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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-15 01:46:08 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Misericordia + +Author: Benito Pérez Galdós + +Release Date: June 14, 2007 [EBook #21831] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MISERICORDIA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + + + + +Misericordia + +Benito Pérez Galdós + + + + +I + + +Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián... +mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son más +graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos +por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza +del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más +puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan +maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, +la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien +danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y +vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en +jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra +banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios +cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un +mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí +advertiréis el encanto, la simpatía, el _ángel_, dicho sea en andaluz, +que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas +de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como +un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio +bifronte, con su torre _barbiana_, el cupulín de la capilla de la +Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de +ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto +campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, _majo_, por decirlo de +una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, +como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también +es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos +viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo +mamarracho. + +Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida +de fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entra +por la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y no +necesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagrado +culto por una parte y otra, porque tenemos un _contador_ infalible: los +pobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte +la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de +guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera +de lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras que +van a donde lavan. + +Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en el +patinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y +San Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puede +escaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. En +rigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permiten a +los intrépidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque +los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las +inclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel o +pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas +a derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidable +ocupación del terreno y táctica exquisita, no se escapa un cristiano, y +forzar el túnel no es menos difícil y glorioso que el memorable paso de +las Termópilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y +media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitas +viejas, ciegos machacones, reforzados por niños de una acometividad +irresistible (entiéndase que se aplican estos términos al arte de la +postulación), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora de +comer, pues también aquel ejército se raciona metódicamente, para volver +con nuevos bríos a la campaña de la tarde. Al caer de la noche, si no +hay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, o +Adoración Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatiente +a su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso al +escondrijo donde mal vive. Por de pronto, observémosle en su rudo luchar +por la pícara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cual +no hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sino +pulgas y otras feroces alimañas. + +Una mañana de Marzo, ventosa y glacial, en que se helaban las palabras +en la boca, y azotaba el rostro de los transeúntes un polvo que por lo +frío parecía nieve molida, se replegó el ejército al interior del +pasadizo, quedando sólo en la puerta de hierro de la calle de San +Sebastián un ciego entrado en años, de nombre Pulido, que debía de +tener cuerpo de bronce, y por sangre alcohol o mercurio, según resistía +las temperaturas extremas, siempre fuerte, sano, y con unos colores que +daban envidia a las flores del cercano puesto. La florista se replegó +también en el interior de su garita, y metiendo consigo los tiestos y +manojos de siemprevivas, se puso a tejer coronas para niños muertos. En +el patio, que fue _Zementerio de S. Sebastián_, como declara el azulejo +empotrado en la pared sobre la puerta, no se veían más seres vivientes +que las poquísimas señoras que a la carrera lo atravesaban para entrar +en la iglesia o salir de ella, tapándose la boca con la misma mano en +que llevaban el libro de oraciones, o algún clérigo que se encaminaba a +la sacristía, con el manteo arrebatado del viento, como pájaro negro que +ahueca las plumas y estira las alas, asegurando con su mano crispada la +teja, que también quería ser pájaro y darse una vuelta por encima de la +torre. + +Ninguno de los entrantes o salientes hacía caso del pobre Pulido, porque +ya tenían costumbre de verle impávido en su guardia, tan insensible a la +nieve como al calor sofocante, con su mano extendida, mal envuelto en +raída capita de paño pardo, modulando sin cesar palabras tristes, que +salían congeladas de sus labios. Aquel día, el viento jugaba con los +pelos blancos de su barba, metiéndoselos por la nariz y pegándoselos al +rostro, húmedo por el lagrimeo que el intenso frío producía en sus +muertos ojos. Eran las nueve, y aún no se había estrenado el hombre. Día +más _perro_ que aquel no se había visto en todo el año, que desde Reyes +venía siendo un año fulastre, pues el día del santo patrono (20 de +Enero) sólo _se habían hecho_ doce _chicas_, la mitad aproximadamente que +el año anterior, y la Candelaria y la novena del bendito San Blas, que +otros años fueron tan de provecho, vinieron en aquel con diarios de +siete _chicas_, de cinco _chicas_: ¡valiente puñado! «Y me _paice_ a +mí--decía para sus andrajos el buen Pulido, bebiéndose las lágrimas y +escupiendo los pelos de su barba--, que el amigo San José también nos +vendrá con mala pata... ¡Quién se acuerda del San José del primer año de +Amadeo!... Pero ya ni los santos del cielo son como es debido. Todo se +acaba, Señor, hasta _el fruto de la festividá_, o, como quien dice, la +_probeza honrada_. Todo es por tanto pillo como hay en la política +_pulpitante_, y el aquel de las suscriciones para las _vítimas_. Yo que +Dios, mandaría a los ángeles que reventaran a todos esos que en los +papeles andan siempre inventando _vítimas_, al cuento de jorobarnos a +los pobres _de tanda_. Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales por +un lado, el _Congrieso_ dichoso, y por otro las _congriogaciones_, los +_metingos_ y _discursiones_ y tantas cosas de imprenta, quitan la +voluntad a los más cristianos... Lo que digo: quieren que no _haiga_ +pobres, y se saldrán con la suya. Pero _pa_ entonces, yo quiero saber +quién es el guapo que saca las ánimas del Purgatorio... Ya, ya se +pudrirán allá las señoras almas, sin que la cristiandad se acuerde de +ellas, porque... a mí que no me digan: el rezo de los ricos, con la +barriga bien llena y las carnes bien abrigadas, no vale... por Dios vivo +que no vale». + +Al llegar aquí en su meditación, acercósele un sujeto de baja estatura, +con luenga capa que casi le arrastraba, rechoncho, como de sesenta años, +de dulce mirar, la barba cana y recortada, vestido con desaliño; y +poniéndole en la mano una perra grande, que sacó de un cartucho que sin +duda destinaba a las limosnas del día, le dijo: «No te la esperabas hoy: +di la verdad. ¡Con este día!... + +---Sí que la esperaba, mi Sr. D. Carlos--replicó el ciego besando la +moneda--, porque hoy es el _universario_, y usted no había de faltar, +aunque se helara el cero de los _terremotos_ (sin duda quería decir +_termómetros_). + +--Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es +flojo milagro con estas heladas y este pícaro viento Norte, capaz de +encajarle una pulmonía al caballo de la Plaza Mayor. Y tú, Pulido, ten +cuidado. ¿Por qué no te vas adentro? + +--Yo soy de bronce, Sr. D. Carlos, y a mí ni la muerte me quiere. Mejor +se está aquí con la ventisca, que en los interiores, alternando con esas +viejas charlatanas, que no tienen educación... Lo que yo digo: la +educación es lo primero, y sin educación, ¿cómo quieren que _haiga_ +caridad?... D. Carlos, que el Señor se lo aumente, y se lo dé de +gloria...». + +Antes de que concluyera la frase, el D. Carlos voló; y lo digo así, +porque el terrible huracán hizo presa en su desmedida capa, y allá +veríais al hombre, con todo el paño arremolinado en la cabeza, dando +tumbos y giros, como un rollo de tela o un pedazo de alfombra +arrebatados por el viento, hasta que fue a dar de golpe contra la +puerta, y entró ruidosa y atropelladamente, desembarazando su cabeza del +trapo que la envolvía. «¡Qué día... vaya con el día de porra!»--exclamaba +el buen señor, rodeado del enjambre de pobres, que con chillidos +plañideros le saludaron; y las flacas manos de las viejas le ayudaban a +componer y estirar sobre sus hombros la capa. Acto continuo repartió las +perras, que iba sacando del cartucho una a una, sobándolas un poquito +antes de entregarlas, para que no se le escurriesen dos pegadas; y +despidiéndose al fin de la pobretería con un sermoncillo gangoso, +exhortándoles a la paciencia y humildad, guardó el cartucho, que aún +tenía monedas para los de la puerta del frontis de Atocha, y se metió en +la iglesia. + + + + +II + + +Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigió a la +capilla de Nuestra Señora de la Blanca. Era hombre tan extremadamente +metódico, que su vida entera encajaba dentro de un programa +irreductible, determinante de sus actos todos, así morales como físicos, +de las graves resoluciones, así como de los pasatiempos insignificantes, +y hasta del moverse y del respirar. Con un solo ejemplo se demuestra el +poder de la rutinaria costumbre en aquel santo varón, y es que, viviendo +en aquellos días de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siempre +por la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin que +hubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en los +treinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de la +Plazuela del Ángel. Salía invariablemente por la calle de Atocha, aunque +a la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de la +Cruz. + +Humillado ante el altar de los Dolores, y después ante la imagen de San +Lesmes, permanecía buen rato en abstracción mística; despacito recorría +todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasión +se alteraba; oía luego dos misitas, siempre dos, ni una más ni una +menos; hacía otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en la +capilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacristía, donde con +el coadjutor o el sacristán se permitía una breve charla, tratando del +tiempo, o de _lo malo que está todo_, o bien de comentar el cómo y el +por qué de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por la +puerta que da a la calle de Atocha, donde repartía las últimas monedas +del cartucho. Tal era su previsión, que rara vez dejaba de llevar la +cantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: como +aconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya sabía el mendigo +que la tenía segura al día siguiente; y si sobraba, se corría el buen +señor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichada +en que ponerla. + +Pues señor, entró D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta +que llamaremos del Cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos +de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a +picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer, +¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y +sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta, y +que, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse? +En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque +cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias +usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la +palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable +del dime y direte. + +«¿No _vus_ dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habéis visto. Decir +ahora si yo me equivoco y no estoy al tanto. + +--Yo también lo dije... Toma... como que es el _aniversario del mes_, día +24; quiere decir que cumple mes la defunción de su esposa, y Don Carlos +bendito no falta este día, aunque lluevan ruedas de molino, porque otro +más cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid. + +--Pues yo me temía que no viniera, motivado al frío que hace, y pensé +que, por ser día de perra gorda, el buen señor suprimía la _festividá_. + +--Hubiéralo dado mañana, bien lo sabes, Crescencia, que D. Carlos sabe +cumplir y paga lo que debe. + +--Hubiéranos dado mañana la gorda de hoy, eso sí; pero quitándonos la +chica de mañana. Pues ¿qué crees tú, que aquí no sabemos de cuentas? Sin +agraviar, yo sé ajustarlas como la misma luz, y sé que el D. Carlos, +cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarse +algunos días, lo cual que ha de saberle mal a la difunta. + +--Cállate, mala lengua. + +--Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona! + +--¡Lenguaza!». + +Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se +entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas +ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas +vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La +_señá_ Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien +tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues +en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres +humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás, +y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata, +siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del +envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano +de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases +altaneras y descorteses tenía por nombre _Flora_ y por apodo _la +Burlada_, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña +y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el +miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía +que decir algo picante y malévolo cuando los demás _repartijaban_, y +nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos +sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia. +Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover +de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus +encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca, +asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba +su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo, +cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y +la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las +ideas con un temblor insultante. + +Tipo contrario al de _la Burlada_ era el de _señá_ Casiana: alta, +huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por +llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de +los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran +todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y +feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin +brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de +gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios +delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar +rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a _la +Burlada_ podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo +en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un +caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros, +cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el +otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda +región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división +capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo +mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el +principio de distinción capital. Las _antiguas_, o sea las que llevaban +ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de +preeminencias que por todos eran respetadas, y las _nuevas_ no tenían +más remedio que conformarse. Las _antiguas_ disfrutaban de los mejores +puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto +a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen +esta jurisprudencia en beneficio de alguna _nueva_, ya les había caído +que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso +acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas +colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las +_antiguas_; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para +que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a +la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era +fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la +preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo +dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el +antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden +determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro, +dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas; +_la Burlada_, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más +nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial +o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la +chispa de la discordia. + +La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o +salida de fieles. Pero _la Burlada_ no podía refrenar su reconcomio, y +en la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de +quien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás, +se deslenguó nuevamente con la _antigua_, diciéndole: «Adulona, más que +adulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienes +casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se +sabe. + +--Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que te +enseñe la educación. + +--¡A ver!... + +--No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad. + +--Pero, señoras, por Dios--dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio más +próximo a la iglesia--. Arreparen que están alzando el Santísimo +Sacramento. + +--Es esta habladora, escorpionaza. + +--Es esta dominanta... ¡A ver!... Pues, hija, ya que eres _caporala_, no +tires tanto de la cuerda, y deja que las _nuevas_ alcancemos algo de la +limosna, que todas _semos_ hijas de Dios... ¡A ver! + +--¡Silencio, digo! + +--¡Ay, hija... ni que _fuas_ Cánovas!». + + + + +III + + +Más adentro, como a la mitad del pasadizo, a la izquierda, había otro +grupo, compuesto de un ciego, sentado; una mujer, también sentada, con +dos niñas pequeñuelas, y junto a ella, en pie, silenciosa y rígida, una +vieja con traje y manto negros. Algunos pasos más allá, a corta +distancia de la iglesia, se apoyaba en la pared, cargando el cuerpo +sobre las muletas, el cojo y manco Elíseo Martínez, que gozaba el +privilegio de vender en aquel sitio _La Semana Católica_. Era, después +de Casiana, la persona de más autoridad y mangoneo en la cuadrilla, y +como su lugarteniente o mayor general. + +Total: siete reverendos mendigos, que espero han de quedar bien +registrados aquí, con las convenientes distinciones de figura, palabra y +carácter. Vamos con ellos. + +La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente, +era, además de _nueva_, temporera, porque acudía a la mendicidad por +lapsos de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin duda +por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran. +Respondía al nombre de la _señá Benina_ (de lo cual se infiere que +Benigna se llamaba), y era la más callada y humilde de la comunidad, si +así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de +perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los +_parroquianos_ que entraban o salían; en los _repartos_, aun siendo +leoninos, nunca formuló protesta, ni se la vio siguiendo de cerca ni de +lejos la bandera turbulenta y demagógica de la _Burlada_. Con todas y +con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con +miramiento a la Casiana, con respeto al cojo, y únicamente se permitía +trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia, +con el ciego llamado Almudena, del cual, por el pronto, no diré más sino +que es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh. +Fijarse bien. + +Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena +educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante +que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas +perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos, +grandes y obscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y +los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras +de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no +terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera, y aún +conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la +frente; sobre ella pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo +mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la +expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de +líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en +penitencia. Faltábanle sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si +bien podría creerse que hacía las veces de esta el lobanillo del tamaño +de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más +arriba del entrecejo. + +A eso de las diez, la Casiana salió al patio para ir a la sacristía +(donde tenía gran metimiento, como _antigua_), para tratar con D. Senén +de alguna incumbencia desconocida para los compañeros y por lo mismo muy +comentada. Lo mismo fue salir la _caporala_, que correrse la Burlada +hacia el otro grupo, como un envoltorio que se echara a rodar por el +pasadizo, y sentándose entre la mujer que pedía con dos niñas, llamada +Demetria, y el ciego marroquí, dio suelta a la lengua, más cortante y +afilada que las diez uñas lagartijeras de sus dedos negros y rapantes. + +«¿Pero qué, no creéis lo que vos dije? La _caporala_ es rica, mismamente +rica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí nos lo quita a +las que _semos_ de verdadera _solenidá_, porque no tenemos más que el +día y la noche. + +--Vive por allá arriba--indicó la Crescencia--, _orilla en ca los Paúles_. + +--¡Quiá, no, señora! Eso era antes. Yo lo sé todo--prosiguió la Burlada, +haciendo presa en el aire con sus uñas--. A mí no me la da ésa, y he +tomado lenguas. Vive en Cuatro Caminos, donde tiene corral, y en él +cría, con perdón, un cerdo; sin agraviar a nadie, el mejor cerdo de +Cuatro Caminos. + +--¿Ha visto usted la jorobada que viene por ella? + +--¿Que si la he visto? Esa cree que _semos_ bobas. La corcovada es su +hija, y por más señas costurera, ¿sabes?, y con achaque de la joroba, +pide también. Pero es modista, y gana dinero para casa... Total, que +allí son ricos, el Señor me perdone; ricos sinvergonzonazos, que engañan +a nosotras y a la Santa Iglesia católica, apostólica. Y como no gasta +nada en comer, porque tiene dos o tres casas de donde le traen todos los +días los cazolones de cocido, que es la gloria de Dios... ¡a ver! + +--Ayer--dijo Demetria quitándole la teta a la niña--, bien lo _vide_. Le +trajeron... + +--¿Qué? + +--Pues un arroz con almejas, que lo menos había para siete personas. + +--¡A ver!... ¿Estás segura de que era con almejas? ¿Y qué, _golía_ bien? + +--¡Vaya si _golía_!... Los cazolones los tiene en _ca_ el sacristán. Allí +vienen y se los llenan, y hala con todo para Cuatro Caminos. + +--El marido...--añadió la Burlada echando lumbre por los ojos--, es uno que +vende teas y perejil... Ha sido _melitar_, y tiene siete cruces sencillas +y una con cinco _riales_... Ya ves qué familia. Y aquí me tienes que hoy +no he comido más que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijo +la Ricarda en el cajón de Chamberí, tendré que quedarme al santo raso. +¿Tú qué dices, Almudena? + +El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con áspera y +dificultosa lengua: + +--¿Hablar vos del _Piche_? Conocierle mí. No ser marido la Casiana con +casarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz, +quirido. + +--¿Conócesle tú? + +--Conocierle mí, comprarmi dos rosarios él... de mi tierra dos rosarios, +y una pieldra imán. Diniero él, mucho diniero... Ser capatazo de la sopa +en el Sagriado Corazón de allá... y en toda la probieza de allá, +mandando él, con garrota él... barrio Salmanca... capatazo... Malo, mu +malo, y no dejar comer... Ser un criado del Goberno, del Goberno malo de +Ispania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajas +soterranas. Guardar él, matarnos de hambre él... + +--Es lo que faltaba--dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira--; que +también tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos. + +--¡Tanto como eso!... Vaya usted a saber--indicó la Demetria, volviendo a +dar la teta a la criatura, que había empezado a chillar--. ¡Calla, +tragona! + +--¡A ver!... Con tanto _chupío_, no sé cómo vives, hija... Y usted, señá +Benina, ¿qué cree? + +--¿Yo?... ¿De qué? + +--De si _tien_ o no _tien_ dinero en el Banco. + +--¿Y a mí qué? Con su pan se lo coman. + +--Con el nuestro, ¡ja, ja!... y encima codillo de jamón. + +--¡A callar se ha dicho!--gritó el cojo, vendedor de _La Semana_--. Aquí se +viene a lo que se viene, y a guardar la _circuspición_. + +--Ya callamos, hombre, ya callamos. ¡A ver!... ¡Ni que _fuas_ Vítor +Manuel, el que puso preso al Papa! + +--Callar, digo, y tengan más religión. + +--Religión tengo, aunque no como con la Iglesia como tú, pues yo vivo en +compañía del hambre, y mi negocio es miraros tragar y ver los +_papelaos_ de cosas ricas que vos traen de las casas. Pero no tenemos +envidia, ¿sabes, Eliseo? y nos alegramos de ser pobres y de morirnos de +flato, para irnos en globo al cielo, mientras que tú... + +--Yo ¿qué? + +--¡A ver!... Pues que estás rico, Eliseo; no niegues que estás rico... +Con la _Semana_, y lo que te dan D. Senén y el señor cura... Ya sabemos: +el que parte y reparte... No es por murmurar: Dios me libre. Bendita sea +nuestra santa miseria... El Señor te lo aumente. Dígolo porque te estoy +agradecida, Eliseo. Cuando me cogió el coche en la calle de la Luna... +fue el día que llevaron a ese Sr. de Zorrilla... pues, como digo, mes y +medio estuve en el _espital_, y cuando salí, tú, viéndome sola y +desamparada, me dijiste: «_Señá_ Flora, ¿por qué no se pone a pedir en +un templo, quitándose de la _santimperie_, y arrimándose al cisco de la +religión? Véngase conmigo y verá cómo puede sacar un diario, sin rodar +por las calles, y tratando con pobres decentes». Eso me dijiste, Eliseo, +y yo me eché a llorar, y me vine acá contigo. De lo cual vino el estar +yo aquí, y muy agradecida a tu _conduta_ fina y de caballero. Sabes que +rezo un Padrenuestro por ti todos los días, y le pido al Señor que te +haga más rico de lo que eres; que vendas _sinfinidá_ de _Semanas_, y +que te traigan buen bodrio del café y de la casa de los señores condes, +para que te hartes tú y la _carreterona_ de tu mujer. ¿Qué importa que +Crescencia y yo, y este pobre Almudena, nos desayunemos a las _doce del +mediodía_ con un mendrugo, que serviría para empedrar las santas calles? +Yo le pido al Señor que no te falte para el aguardentazo. Tú lo +necesitas para vivir; yo me moriría si lo catara... ¡Y ojalá que tus dos +hijos lleguen a duques! Al uno le tienes de aprendiz de tornero, y te +mete en casa seis reales cada semana; al otro le tienes en una taberna +de las Maldonadas, y saca buenas propinillas de las golfas, con +perdón... El Señor te los conserve, y te los aumente cada año, y véate +yo vestido de terciopelo y con una pata nueva de palo santo, y a tu +tarasca véala yo con sombrero de plumas. Soy agradecida: se me ha +olvidado el comer, de las hambres que paso; pero no tengo malos +quereres, Eliseo de mi alma, y lo que a mí me falta tenlo tú, y come y +bebe, y emborráchate; y ten casa de balcón con mesas de _de noche_, y +camas de hierro con sus colchas rameadas, tan limpias como las del Rey; +y ten hijos que lleven boina nueva y alpargata de suela, y niña que +gaste toquilla rosa y zapatito de charol los domingos, y ten un buen +anafre, y buenos felpudos para delante de las camas, y cocina de _co_, +con papeles nuevos, y una batería que da gloria con _tantismas_ +cazoletas; y buenas láminas del Cristo de la Caña y Santa Bárbara +bendita, y una cómoda llena de ropa blanca; y pantallas con flores, y +hasta máquina de coser que no sirve, pero encima de ella pones la pila +de _Semanas_; ten también muchos amigos y vecinos buenos, y las grandes +casas de acá, con señores que por verte inválido te dan barreduras del +almacén de azúcar, y _papelaos_ del café de _la moca_, y de arroz de +tres pasadas; ten también metimiento con las señoras de la Conferencia, +para que te paguen la casa o la cédula, y den plancha de fino a tu +mujer... ten eso y más, y más, Eliseo... + +Cortó los despotriques vertiginosos de la Burlada, produciendo un +silencio terrorífico en el pasadizo, la repentina aparición de la _señá_ +Casiana por la puerta de la iglesia. + +--Ya salen de misa mayor--dijo; y encarándose después con la habladora, +echó sobre ella toda su autoridad con estas despóticas palabras: +«Burlada, pronto a tu puesto, y cerrar el pico, que estamos en la casa +de Dios». + +Empezaba a salir gente, y caían algunas limosnas, pocas. Los casos de +ronda total, dando igual cantidad a todos, eran muy raros, y aquel día +las escasas moneditas de cinco y dos céntimos iban a parar a las manos +diligentes de Eliseo o de la _caporala_, y algo le tocó también a la +Demetria y a _señá_ Benina. Los demás poco o nada lograron, y la ciega +Crescencia se lamentó de no haberse estrenado. Mientras Casiana hablaba +en voz baja con Demetria, la Burlada pegó la hebra con Crescencia en el +rincón próximo a la puerta del patio. + +--¡Qué le estará diciendo a la Demetria! + +--A saber... Cosas de ellas. + +--Me ha _golido_ a bonos por el funeral _de presencia_ que tenemos mañana. +A Demetria le dan más, por ser _arrecomendada_ de ese que celebra la +primera misa, el D. Rodriguito de las medias moradas, que dicen es +secretario del Papa. + +--Le darán toda la carne, y a nosotras los huesos. + +--¡A ver!... Siempre lo mismo. No hay como andar con dos o tres criaturas +a cuestas para sacar tajada. Y no miran a la decencia, porque estas +holgazanotas, como Demetria, sobre ser unas grandísimas pendonazas, +hacen luego del vicio su comercio. Ya ves: cada año se trae una +lechigada, y criando a uno, ya tiene en el buche los huesos del año que +viene. + +--¿Y es casada? + +--Como tú y como yo. De mí nada dirán, pues en San Andrés bendito me casé +con mi Roque, que está en gloria, de la consecuencia de una caída del +andamio. Esta dice que tiene el marido en _Celiplinas_, y será que +desde allá le hace los chiquillos... por carta... ¡Ay, qué mundo! Te +digo que sin criaturas no se saca nada: los señores no miran a la +_dinidá_ de una, sino a si da el pecho o no da el pecho. Les da lástima +de las criaturas, sin reparar en que más _honrás_ somos las que no las +tenemos, las que estamos en la _senetú_, hartas de trabajos y sin poder +valernos. Pero vete tú ahora a _golver_ del revés el mundo, y a gobernar +la compasión de los señores. Por eso se dice que todo anda trastornado y +al revés, hasta los cielos benditos, y lleva razón Pulido cuando habla +de la _rigolución mu_ gorda, _mu_ gorda, que ha de venir para meter en +cintura a ricos miserables y a pobres _ensalzaos_». + +Concluía la charlatana vieja su perorata, cuando ocurrió un suceso tan +extraño, fenomenal e inaudito, que no podría ser comparado sino a la +súbita caída de un rayo en medio de la comunidad mendicante, o a la +explosión de una bomba: tales fueron el estupor y azoramiento que en +toda la caterva mísera produjo. Los más antiguos no recordaban nada +semejante; los nuevos no sabían lo que les pasaba. Quedáronse todos +mudos, perplejos, espantados. ¿Y qué fue, en suma? Pues nada: que Don +Carlos Moreno Trujillo, que toda la vida, desde que _el mundo era +mundo_, salía infaliblemente por la puerta de la calle de Atocha... no +alteró aquel día su inveterada costumbre; pero a los pocos pasos volvió +adentro, para salir por la calle de las Huertas, hecho singularísimo, +absurdo, equivalente a un retroceso del sol en su carrera. + +Pero no fue principal causa de la sorpresa y confusión la desusada +salida por aquella parte, sino que D. Carlos se paró en medio de los +pobres (que se agruparon en torno a él, creyendo que les iba a repartir +otra perra por barba), les miró como pasándoles revista, y dijo: «Eh, +señoras ancianas, ¿quién de vosotras es la que llaman la _señá_ Benina?». + +--Yo, señor, yo soy--dijo la que así se llamaba, adelantándose temerosa de +que alguna de sus compañeras le quitase el nombre y el estado civil. + +--Esa es--añadió la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese que +hacía falta su _exequatur_ de caporala para conocimiento o certificación +de la personalidad de sus inferiores. + +--Pues, _señá_ Benina--agregó D. Carlos embozándose hasta los ojos para +afrontar el frío de la calle--, mañana, a las ocho y media, se pasa usted +por casa; tenemos que hablar. ¿Sabe usted dónde vivo? + +--Yo la acompañaré--dijo Eliseo echándosela de servicial y diligente en +obsequio del señor y de la mendiga. + +--Bueno. La espero a usted, _señá_ Benina. + +--Descuide el señor. + +--A las ocho y media en punto. Fíjese bien--añadió D. Carlos a gritos, que +resultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas húmedas del +embozo raído--. Si va usted antes, tendrá que esperarse, y si va después, +no me encuentra... Ea, con Dios. Mañana es 25: me toca en Montserrat, y +después, al cementerio. Con que... + + + + +IV + + +¡María Santísima, San José bendito, qué comentarios, qué febril +curiosidad, qué ansia de investigar y sorprender los propósitos del buen +D. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresa +privó a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cual +andaba la procesión... dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La +_señá_ Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, se +despidió afectuosamente, como siempre lo hacía, y se fue. Siguiola, con +minutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezaron +a saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa y +confusión: «Ya lo sabremos mañana... Será por desempeñarla... Tiene más +de cuarenta papeletas. + +--Aquí todas nacen de pie--dijo _la Burlada_ a Crescencia--, menos +nosotras, que hemos caído en el mundo como talegos». + +Y la Casiana, afilando más su cara caballuna, hasta darle proporciones +monstruosas, dijo con acento de compasión lúgubre: «¡Pobre Don Carlos! +Está más loco que una cabra». + +A la mañana siguiente, aprovechando la comunidad el hecho feliz de no +haber ido a la parroquia ni la _señá_ Benina ni el ciego Almudena, +menudearon los comentarios del extraño suceso. La Demetria expuso +tímidamente la opinión de que D. Carlos quería llevar a la Benina a su +servicio, pues gozaba ésta fama de gran cocinera, a lo que agregó Eliseo +que, en efecto, la tal había sido maestra de cocina; pero no la querían +en ninguna parte por vieja. + +«Y por sisona--afirmó la Casiana, recalcando con saña el término--. Habéis +de saber que ha sido una sisona tremenda, y por ese vicio se ve ahora +como se ve, teniendo que pedir para una rosca. De todas las casas en que +estuvo la echaron por ser tan larga de uñas, y si ella _hubiá_ tenido +_conduta_, no le faltarían casas buenas en que acabar tranquila... + +--Pues yo--declaró _la Burlada_ con negro escepticismo--, _vos_ digo que si +ha venido a pedir es porque fue honrada; que las muy sisonas juntan +dinero para su vejez y se hacen ricas... que las hay, vaya si las hay. +Hasta con coche las he conocido yo. + +--Aquí no se habla mal de _naide_. + +--No es hablar mal. ¡A ver!... La que habla pestes es _bueycencia_, +señora presidenta de ministros. + +--¿Yo? + +--Sí... Vuestra Eminencia Ilustrísima es la que ha dicho que la Benina +sisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuviera +no vendría a pedir. Tómate esa. + +--Por _bocona_ te has de condenar tú. + +--No se condena una por bocona, sino por rica, mayormente cuando quita la +limosna a los pobres de buena ley, a los que tienen hambre y duermen al +raso. + +--Ea, que estamos en la casa de Dios, _señoras_--dijo Eliseo dando golpes +en el suelo con su pata de palo--. Guarden respeto y decencia unas para +otras, como manda la santísima _dotrina_». + +Con esto se produjo el recogimiento y tranquilidad que la vehemencia de +algunos alteraba tan a menudo, y entre pedir gimiendo y rezar +bostezando se les pasaban las tristes horas. + +Ahora conviene decir que la ausencia de la _señá_ Benina y del ciego +Almudena no era casual aquel día, por lo cual allá van las explicaciones +de un suceso que merece mención en esta verídica historia. Salieron +ambos, como se ha dicho, uno tras otro, con diferencia de algunos +minutos; pero como la anciana se detuvo un ratito en la verja, hablando +con Pulido, el ciego marroquí se le juntó, y ambos emprendieron juntos +el camino por las calles de San Sebastián y Atocha. + +«Me detuve a charlar con Pulido por esperarte, amigo Almudena. Tengo que +hablar contigo». + +Y agarrándole por el brazo con solicitud cariñosa, le pasó de una acera +a otra. Pronto ganaron la calle de las Urosas, y parados en la esquina, +a resguardo de coches y transeúntes, volvió a decirle: «Tengo que hablar +contigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo, +porque los demás _conocimientos_ de la parroquia para nada me sirven. +¿Te enteras tú? Son unos egoístas, corazones de pedernal... El que +tiene, porque tiene; el que no tiene, porque no tiene. Total, que la +dejarán a una morirse de vergüenza, y si a mano viene, se gozarán en +ver a una pobre mendicante por los suelos». + +Almudena volvió hacia ella su rostro, y hasta podría decirse que la +miró, si mirar es dirigir los ojos hacia un objeto, poniendo en ellos, +ya que no la vista, la intención, y en cierto modo la atención, tan +sostenida como ineficaz. Apretándole la mano, le dijo: «_Amri_, saber tú +que servirte Almudena él, Almudena mí, como _pierro_. _Amri_, _dicermi_ +cosas tú... de cosas _tigo_. + +--Sigamos para abajo, y hablaremos por el camino. ¿Vas a tu casa? + +--Voy a do _quierer_ tú. + +--Paréceme que te cansas. Vamos muy a prisa. ¿Te parece bien que nos +sentemos un rato en la Plazuela del Progreso para poder hablar con +tranquilidad?». + +Sin duda respondió el ciego afirmativamente, porque cinco minutos +después se les veía sentados, uno junto a otro, en el zócalo de la verja +que rodea la estatua de Mendizábal. El rostro de Almudena, de una +fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del +cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la +boca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegando +la floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Los +ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas +sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo había +perdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de +pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la +morisca. Vestía con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja y +llena de mugre, no tenía desgarrón ni avería que no estuvieran +enmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches y +retazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente +defendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongo +revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir a +prestarlos en aquella, que quizás no sería la última, pues las +abolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa material +del cráneo que cubría. El palo era duro y lustroso; la mano con que lo +empuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico, +la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda +de merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lo +menos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vida +vagabunda del desgraciado hijo de Sus. + +«Pues a lo que íbamos, Almudena--dijo la _señá_ Benina, quitándose el +pañuelo para volver a ponérselo, como persona desasosegada y nerviosa +que quiere ventilarse la cabeza--. Tengo un grave compromiso, y tú, nada +más que tú, puedes sacarme de él. + +--_Dicermi_ ella, tú... + +--¿Qué pensabas hacer esta tarde? + +--En casa mí, _mocha_ que jacer mí: lavar ropa mí, coser _mocha_, +remendar _mocha_. + +--Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como +tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja +con la lengua más pronto que yo con mis dedos; coses a la perfección; +eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera... Y después de pedir en la +parroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo +para ir un ratito al café... Eres de lo que no hay; y si en el mundo +hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debieran +darte un premio... Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejo +trabajar, porque tienes que hacerme un servicio... Para las ocasiones +son los amigos. + +--¿Qué _sucieder_ ti? + +--Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si tú no +me amparas me tiro por el viaducto... Como lo oyes. + +--_Amri_... tirar no. + +--Es que hay compromisos tan grandes, tan grandes, que parece imposible +que se pueda salir de ellos. Te lo diré de una vez para que te hagas +cargo: necesito un duro... + +--¡Un _durro_!--exclamó Almudena, expresando con la súbita gravedad del +rostro y la energía del acento el espanto que le causaba la magnitud de +la cantidad. + +--Sí, hijo, sí... un duro, y no puedo ir a casa si antes no lo consigo. +Es preciso que yo tenga ese duro: discurre tú, pues hay que sacarlo de +debajo de las piedras, buscarlo como quiera que sea. + +--Es _mocha_... _mocha_...--murmuraba el ciego volviendo su rostro hacia +el suelo. + +--No es tanto--observó la otra, queriendo engañar su pena con ideas +optimistas--. ¿Quién no tiene un duro? Un duro, amigo Almudena, lo tiene +cualquiera... Con que ¿puedes buscármelo tú, sí o no?». + +Algo dijo el ciego en su extraña lengua que Benina tradujo por la +palabra «imposible», y lanzando un suspiro profundo, al cual contestó +Almudena con otro no menos hondo y lastimero, quedose un rato en +meditación dolorosa, mirando al suelo y después al cielo y a la estatua +de Mendizábal, aquel verdinegro señor de bronce que ella no sabía quién +era ni por qué le habían puesto allí. Con ese mirar vago y distraído que +es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del +alma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentes +presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo. +Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches +con botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual era +conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En +las tiendas entraban compradores que salían con paquetes. Mendigos +haraposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasó +revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas +las casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos, +adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de +la vida faltaba un duro. Después pensé que sería un paso muy salado que +se presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieran +el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo. +Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondrían +bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que en +cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor +insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como +un _átomo inmenso_. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con +otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración +sensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo: +los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues +siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había +para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y +para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus +manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina +se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no +podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el +estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua? + + + + +V + + +Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditación calculista, +que debía de ser muy triste por la cara que ponía, te dijo: + +«¿No tenier tú cosa que _peinar_? + +--No, hijo: todo empeñado ya, hasta las papeletas. + +--¿No haber persona que _priestar ti_? + +--No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar una mala +cara. + +--Señor Carlos llamar ti mañana. + +--Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena, +pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal que +tengo en la garganta. + +--No llorar, _amri_. Tú ser buena _migo_; yo arremediando ti... Veslo +ahora. + +--¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto. + +--Yo _peinar_ ropa. + +--¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te darán? + +--Dos _piesetas_ y media. + +--Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás? + +--Vamos a casa _migo_--dijo Almudena levantándose con resolución. + +--Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde. ¡Pues no +hay poquito que andar de aquí a la posada de Santa Casilda!». + +Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes, +hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad que por la viveza +del paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oía campanadas de +relojes hacía una mueca de desesperación. El viento frío del Norte les +empujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco. +Las manos de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas destilaban. +Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con oquedad fría y triste. + +No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda de +Toledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena de viviendas +baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Entrase a ella por un +patio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura, +residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto que +habitaba Almudena era el último del piso bajo, al ras del suelo, y no +había que franquear un solo escalón para penetrar en él. Componíase la +vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: a +un lado la cocina, a otro la sala, que también era alcoba o gabinete, +con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias como +otras del mismo caserón o humana madriguera. Una silla era el único +mueble, pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas, arrimado +todo a un ángulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros, +cacerolas, botellas, ni tampoco de víveres. En el centro de la +habitación, vio Benina un bulto negro, algo como un lío de ropa, o un +costal abandonado. A la escasa luz que entraba después de cerrada la +puerta, pudo observar que aquel bulto tenía vida. Por el tacto, más que +por la vista, comprendió que era una persona. + +«Ya estar aquí la _Pedra_ borracha. + +--¡Ah! ¡qué cosas! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto... Borrachona, +sinvergüenzonaza... Pero no perdamos tiempo, hijo; dame el traje, que yo +lo llevaré... y con la ayuda de Dios, sacaré siquiera dos ochenta. Ve +pensando en buscarme lo que falta. La Virgen Santísima te lo dará, y yo +he de rezarle para que te lo dé doblado, que a mí seguro es que no +quiere darme cosa ninguna». + +Haciéndose cargo de la impaciencia de su amiga, el ciego descolgó de un +clavo el traje que él llamaba nuevo, por un convencionalismo muy +corriente en las combinaciones mercantiles, y lo entregó a su amiga, que +en cuatro zancajos se puso en el patio y en la Ronda, tirando luego +hacia el llamado Campillo de Manuela. El mendigo, en tanto, pronunciando +palabras coléricas, que no es fácil al narrador reproducir, por ser en +lengua arábiga, palpaba el bulto de la mujer embriagada, que como cuerpo +muerto en mitad del cuartucho yacía. A las expresiones airadas del +ciego, sólo contestó con ásperos gruñidos, y dio media vuelta, +espatarrándose y estirando los brazos para caer de nuevo en sopor más +hondo y en más brutal inercia. + +Almudena metía mano por entre las ropas negras, cuyos pliegues, +revueltos con los del mantón, formaban un lío inextricable, y +acompañando su registro de exclamaciones furibundas, exploró también el +fláccido busto, como si amasara pellejos con trapos. Tan nervioso estaba +el hombre, que descubría lo que debe estar cubierto, y tapaba lo que +gusta de ver la luz del día. Allí sacó rosarios, escapularios, un fajo +de papeletas de empeño envuelto en un pedazo de periódico, trozos de +herradura recogidos en las calles, muelas de animales o de personas, y +otras baratijas. Terminado el registro, entró la Benina, de vuelta ya de +su diligencia, la cual había despachado con tanta presteza, como si la +hubieran llevado y traído en volandas los angelitos del cielo. Venía la +pobre mujer sofocadísima del veloz correr por las calles; apenas podía +respirar, y su rostro sudoroso despedía fuego, sus ojos alegría. + +«Me han dado tres--dijo mostrando las monedas--, una en cuartos. No he +tenido poca suerte en que estuviera allí Valeriano; que a llegar a estar +el ama, la Reimunda, trabajo que costara sacarle dos y pico». + +Respondiendo al contento de la anciana, Almudena, con cara de regocijo y +triunfo, le mostró entre los dedos una peseta. + +«Encuentrarla aquí, en el _piecho_ de esta... Cogerla _tigo_. + +--¡Oh, qué suerte! ¿Y no tendrá más? Busca bien, hijo. + +--No tenier más. Mi regolver cosas _piecho_». + +Benina sacudía las ropas de la borracha esperando ver saltar una moneda. +Pero no saltaron más que dos horquillas, y algunos pedacitos de carbón. + +«No tenier más». + +Siguió parloteando el ciego, y por las explicaciones que le dio del +carácter y costumbres de la mujerona, pudo comprender que si se hubieran +encontrado a esta en estado de normal despejo, les habría dado la peseta +con sólo pedirla. Con una breve frase sintetizó Almudena a su compañera +de hospedaje: «Ser güena, ser mala... Coger ella _tudo_, dar ella +_tudo_». + +Acto continuo levantó el colchón, y escarbando en la tierra, sacó una +petaca vieja y sucia, que cuidadosamente escondía entre trapos y +cartones, y metiendo los dedos en ella, como quien saca un cigarro, +extrajo un papelejo, que desenvuelto mostró una monedita de dos reales, +nueva y reluciente. La cogió Benina, mientras Almudena sacaba de su +bolsillo, donde tenía multitud de herramientas, tijeras, canuto de +agujas, navaja, etc., otro envoltorio con dos perras gordas. Añadió a +ellas la que había recibido de D. Carlos, y lo dio todo a la pobre +anciana, diciéndole: «_Amri_, arriglar así tigo. + +--Sí, sí... Pongo lo mío de hoy, y ya falta tan poco, que no quiero +molestarte más. ¡Gracias a Dios! Me parece mentira. ¡Ay, hijo, qué +bueno eres! Mereces que te caiga la lotería, y si no te cae, es porque +no hay justicia en la tierra ni en el cielo... Adiós, hijo, no puedo +detenerme ni un momento más... Dios te lo pague... Estoy en ascuas. Me +voy volando a casa... Quédate en la tuya... y a esta pobre desgraciada, +cuando despierte, no la pegues, hijo, ¡pobrecita! Cada uno, por el aquel +de no sufrir, se emborracha con lo que puede: esta con el aguardentazo, +otros con otra cosa. Yo también las cojo; pero no así: las mías son de +cosa de más adentro... Ya te contaré, ya te contaré». + +Y salió disparada, las monedas metidas en el seno, temerosa de que +alguien se las quitara por el camino, o de que se le escaparan volando, +arrastradas de sus tumultuosos pensamientos. Al quedarse solo, Almudena +fue a la cocina, donde, entre otros cachivaches, tenía una palanganita +de estaño y un cántaro de agua. Se lavó las manos y los ojos; después +cogió un cazuelo en que había cenizas y carbones apagados, y pasando a +una de las casas vecinas, volvió al poco rato con lumbre, sobre la cual +derramó un puñadito de cierta substancia que en un envoltorio de papel +tenía junto a la cama. Levantose del fuego humareda muy densa y un olor +penetrante. Era el sahumerio de benjuí, única remembranza material de la +tierra nativa que Almudena se permitía en su destierro vagabundo. El +aroma especial, característico de casa mora, era su consuelo, su placer +más vivo, práctica juntamente casera y religiosa, pues envuelto en aquel +humo se puso a rezar cosas que ningún cristiano podía entender. + +Con el humazo, la borracha gruñía más, y carraspeaba, y tosía, como +queriendo dar acuerdo de sí. El ciego no le hacía más caso que a un +perro, atento sólo a sus rezos en lengua que no sabemos si era arábiga o +hebrea, tapándose un ojo con cada mano, y bajándolas después sobre la +boca para besárselas. Mediano rato empleó en sus meditaciones, y al +terminarlas, vio sentada ante sí a la mujerzuela que con ojos esquivos y +lloricones, a causa del picor producido por el espeso sahumerio, le +miraba. Presentándole gravemente las palmas de las manos, Almudena le +soltó estas palabras: + +«Gran púa, no haber más que un Dios... _b'rracha_, _b'rrachona_, no +haber más que un Dios... un Dios, un Dios solo, solo». + +Soltó la otra sonora carcajada, y llevándose la mano al pecho, quería +arreglar el desorden que la mano inquieta de su compañero de vivienda +había causado en aquella parte interesantísima de su persona. Tan torpe +salía del sueño alcohólico, que no acertaba a poner cada cosa en su +sitio, ni a cubrir las que la honestidad quiere y ha querido siempre +que se cubran. «_Jai_, tú me has _arregistrao_. + +--Sí... No haber más que un Dios, un Dios solo. + +--¿Y a mí, qué? Por mí que _haigan_ dos o cuarenta, todos los que ellos +mesmos quieran haberse... Pero di, gorrón, me has quitado la peseta. No +me importa. _Pa_ ti era. + +--¡Un Dios solo!». + +Y viéndole coger el palo, se puso la mujer en guardia, diciéndole: «Ea, +no pegues, _Jai_. Basta ya de sahumerio, y ponte a hacer la cena. +¿Cuánto dinero tienes? ¿Qué quieres que te traiga?... + +--_¡B'rrachona!_ no haber diniero... Llevarlo los _embaixos_, tú dormida. + +--¿Qué te traigo?--murmuró la mujer negra tambaleándose y cerrando los +ojos--. Aguárdate un poquitín. Tengo sueño, _Jai_». + +Cayó nuevamente en profundo sopor, y Almudena, que había requerido el +palo con intenciones de usarlo como infalible remedio de la embriaguez, +tuvo lástima y suspiró fuerte, mascullando estas o parecidas palabras: +«Pegar ti otro día». + + + + +VI + + +Casi no es hipérbole decir que la _señá_ Benina, al salir de Santa +Casilda, poseyendo el incompleto duro que calmaba sus mortales +angustias, iba por rondas, travesías y calles como una flecha. Con +sesenta años a la espalda, conservaba su agilidad y viveza, unidas a una +perseverancia inagotable. Se había pasado lo mejor de la vida en un +ajetreo afanoso, que exigía tanta actividad como travesura, esfuerzos +locos de la mente y de los músculos, y en tal enseñanza se había +fortificado de cuerpo y espíritu, formándose en ella el temple +extraordinario de mujer que irán conociendo los que lean esta puntual +historia de su vida. Con increíble presteza entró en una botica de la +calle de Toledo; recogió medicinas que había encargado muy de mañana; +después hizo parada en la carnicería y en la tienda de ultramarinos, +llevando su compra en distintos envoltorios de papel, y, por fin, entró +en una casa de la calle Imperial, próxima a la rinconada en que está el +Almotacén y Fiel Contraste. Deslizose a lo largo del portal angosto, +obstruido y casi intransitable por los colgajos de un comercio de +cordelería que en él existe; subió la escalera, con rápidos andares +hasta el principal, con moderado paso hasta el segundo; llegó jadeante +al tercero, que era el último, con honores de sotabanco. Dio vuelta a un +patio grande, por galería de emplomados cristales, de suelo desigual, a +causa de los hundimientos y desniveles de la vieja fábrica, y al fin +llegó a una puerta de cuarterones, despintada; llamó... Era su casa, la +casa de su señora, la cual, en persona, tentando las paredes, salió al +ruido de la campanilla, o más bien afónico cencerreo, y abrió, no sin la +precaución de preguntar por la mirilla, cuadrada, defendida por una cruz +de hierro. + +«Gracias a Dios, mujer...--le dijo en la misma puerta--. ¡Vaya unas horas! +Creí que te había cogido un coche, o que te había dado un accidente». + +Sin chistar siguió Benina a su señora hasta un gabinetillo próximo, y +ambas se sentaron. Excusó la criada las explicaciones de su tardanza por +el miedo que sentía de darlas, y se puso a la defensiva, esperando a ver +por dónde salía doña Paca, y qué posiciones tomaba en su irascible +genio. Algo la tranquilizó el tono de las primeras palabras con que fue +recibida; esperaba una fuerte reprimenda, vocablos displicentes. Pero +la señora parecía estar de buenas, domado, sin duda, el áspero carácter +por la intensidad del sufrimiento. Benina se proponía, como siempre, +acomodarse al son que le tocara la otra, y a poco de estar junto a ella, +cambiadas las primeras frases, se tranquilizó. «¡Ay, señora, qué día! Yo +estaba deshecha; pero no me dejaban, no me dejaban salir de aquella +bendita casa. + +--No me lo expliques--dijo la señora, cuyo acentillo andaluz persistía, +aunque muy atenuado, después de cuarenta años de residencia en Madrid--. +Ya estoy al tanto. Al oír las doce, la una, las dos, me decía yo: 'Pero, +Señor, por qué tarda tanto la Nina?'. Hasta que me acordé... + +--Justo. + +--Me acordé... como tengo en mi cabeza todo el almanaque... de que hoy es +San Romualdo, confesor y obispo de Farsalia... + +--Cabal. + +--Y son los días del señor sacerdote en cuya casa estás de asistenta. + +--Si yo pensara que usted lo había de adivinar, habría estado más +tranquila--afirmó la criada, que en su extraordinaria capacidad para +forjar y exponer mentiras, supo aprovechar el sólido cable que su ama le +arrojaba--. ¡Y que no ha sido floja la tarea! + +--Habrás tenido que dar un gran almuerzo. Ya me lo figuro. ¡Y que no +serán cortos de tragaderas los curánganos de San Sebastián, compañeros y +amigos de tu D. Romualdo! + +--Todo lo que le diga es poco. + +--Cuéntame: ¿qué les has puesto?--preguntó ansiosa la señora, que gustaba +de saber lo que se comía en las casas ajenas--. Ya estoy al tanto. Les +harías una mayonesa. + +--Lo primero un arroz, que me quedó muy a punto. ¡Ay, Señor, cuánto lo +alabaron! Que si era yo la primera cocinera de toda la Europa... que si +por vergüenza no se chupaban los dedos... + +--¿Y después? + +--Una pepitoria que ya la quisieran para sí los ángeles del cielo. Luego, +calamares en su tinta... luego... + +--Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa, +pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos de +otras mesas... como te conozco, no dudo que habrás traído algo. ¿Dónde +tienes la cesta?». + +Viéndose cogida, Benina vacilé un instante; mas no era mujer que se +arredraba ante ningún peligro, y su maestría para el embuste le sugirió +pronto el hábil quite: «Pues, señora, dejé la cesta, con lo que traje, +en casa de la señorita Obdulia, que lo necesita más que nosotras. + +--Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuéntame más. ¿Y un buen +solomillo, no pusiste? + +--¡Anda, anda! Dos kilos y medio, señora. Sotero Rico me lo dio de lo +superior. + +--¿Y postres, bebidas?... + +--Hasta _Champaña de la Viuda_. Son el diantre los curas, y de nada se +privan... Pero vámonos adentro, que es muy tarde, y estará la señora +desfallecida. + +--Lo estaba; pero... no sé: parece que me he comido todo eso de que has +hablado... En fin, dame de almorzar. + +--¿Qué ha tomado? ¿El poquito de cocido que le aparté anoche? + +--Hija, no pude pasarlo. Aquí me tienes con media onza de chocolate +crudo. + +--Vamos, vamos allá. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero pronto +despacho... ¡Ah! también le traigo las medicinas. Eso lo primero. + +--¿Hiciste todo lo que te mandé?--preguntó la señora, en marcha las dos +hacia la cocina--. ¿Empeñaste mis dos enaguas? + +--¿Cómo no? Con las dos pesetas que saqué, y otras dos que me dio D. +Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo. + +--¿Pagaste el aceite de ayer? + +--¡Pues no! + +--¿Y la tila y la sanguinaria? + +--Todo, todo... Y aún me ha sobrado, después de la compra, para mañana. + +--¿Querrá Dios traernos mañana un buen día?--dijo con honda tristeza la +señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa +prontitud, reunía astillas y carbones. + +--¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto. + +--¿Por qué me lo aseguras, Nina? + +--Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día, +estoy por decir que un gran día. + +--Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas. +Siempre estás con que mañana, que mañana... + +--Dios es bueno. + +--Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no me +deja respirar. Tras un día malo, viene otro peor. Pasan años aguardando +el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me +canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora, +y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las +espero malas para que vengan... siquiera regulares. + +--Pues yo que la señora--dijo Benina dándole al fuelle--, tendría confianza +en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... ¿no me ve? Yo +siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte, +y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuros, y +desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar. + +--Ya no aspiro a la buena vida, Nina--declaró casi llorando la señora--: +sólo aspiro al descanso. + +--¿Quién piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en este +mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso. +Morirse no. + +--¿Te conformas con esta vida? + +--Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra. Venga todo antes +que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y +pueda uno comérselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza. + +--¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación, +deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y +embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernos +perseguidos de tenderos y vendedores? + +--¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida, se defiende como +puede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las +tiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que a +nadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da +dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos +de allegar lo que hace falta, sin robarlo... eso no. Porque yo prometo +pagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres... que hay +formalidad en casa, ya que no _haigan_ otras cosas. ¡Estaría bueno que +nos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo, +como sabemos, que están ricos!... + +--Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro; quiero +decir, dignidad. + +--Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé también +que Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me deje +morir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quia!... +lo que tienen es pico... Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo +que Dios, no tan sólo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra +suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las +casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo es +de Dios. + +--Y la moneda, la indecente moneda, ¿de quién es?--preguntó con lastimero +acento la señora--. Contéstame. + +--También es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata... Los billetes, +no sé... Pero también, también. + +--Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene... y las +tiene todo el mundo menos nosotras... ¡Ea! date prisa, que siento +debilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya: están sobre la +cómoda. Tomaré una papeleta de salicilato antes de comer... ¡Ay, qué +trabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a mí, tengo yo +que tirar de ellas. _(Levantándose con gran esfuerzo.)_ Mejor andaría yo +con muletas. ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto parece +burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los +riñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone que +yo digiera como un buitre. + +--Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora. ¡Bendito sea +el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre +santísima!». + + + + +VII + + +Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz Doña Francisca +Juárez de Zapata, conocida en los años de aquella su decadencia +lastimosa por _doña Paca_, a secas, con lacónica y plebeya +familiaridad. Ved aquí en qué paran las glorias y altezas de este mundo, +y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora, rodando hacia la +profunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los años +59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna, +entre agonías, dolores y vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estas +caídas nos ofrecen las poblaciones grandes, más que ninguna esta de +Madrid, en que apenas existen hábitos de orden, pero a todos los +ejemplos supera el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete del +destino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas en +la vida social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de lo +que es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buena +muestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde el nacimiento +llevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. Nacida en Ronda, +su vista se acostumbró desde la niñez a las vertiginosas depresiones del +terreno; y cuando tenía pesadillas, soñaba que se caía a la profundísima +hondura de aquella grieta que llaman _Tajo_. Los nacidos en Ronda deben +de tener la cabeza muy firme y no padecer de vértigos ni cosa tal, +hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doña Paca no sabía +mantenerse firme en las alturas: instintivamente se despeñaba; su +cabeza no era buena para esto ni para el gobierno de la vida, que es la +seguridad de vista en el orden moral. + +El vértigo de Paquita Juárez fue un estado crónico desde que la casaron, +muy joven, con D. Antonio María Zapata, que le doblaba la edad, +intendente de ejército, excelente persona, de holgada posición por su +casa, como la novia, que también poseía bienes raíces de mucha cuenta. +Sirvió Zapata en el ejército de África, división de Echagüe, y después +de Wad-Ras pasó a la Dirección del ramo. Establecido el matrimonio en +Madrid, le faltó tiempo a la señora para poner su casa en un pie de vida +frívola y aparatosa que, si empezó ajustando las vanidades al marco de +las rentas y sueldos, pronto se salió de todo límite de prudencia, y no +tardaron en aparecer los atrasos, las irregularidades, las deudas. +Hombre ordenadísimo era Zapata; pero de tal modo le dominaba su esposa, +que hasta le hizo perder sus cualidades eminentes; y el que tan bien +supo administrar los caudales del ejército, veía perderse los suyos, +olvidado del arte para conservarlos. Paquita no se ponía tasa en el +vestir elegante, ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo de +bailes y reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue ya +el desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo, hubo +de vencer la modorra en que su cara mitad le tenía, y se puso a hacer +números y a querer establecer método y razón en el gobierno de su +hacienda; pero ¡oh triste sino de la familia! cuando más engolfado +estaba el hombre en su aritmética, de la que esperaba su salvación, +cogió una pulmonía, y pasó a mejor vida el Viernes Santo por la tarde, +dejando dos hijos de corta edad: Antoñito y Obdulia. + +Administradora y dueña del caudal activo y pasivo, Francisca no tardó en +demostrar su ineptitud para el manejo de aquellas enredosas materias, y +a su lado surgieron, como los gusanos en cuerpo corrupto, infinitas +personas que se la comían por dentro y por fuera, devorándola sin +compasión. En esta época desastrosa, entró a su servicio Benigna, que si +desde el primer día se acreditó de cocinera excelente, a las pocas +semanas hubo de revelarse como la más intrépida sisona de Madrid. Qué +tal sería la moza en este terreno, que la misma doña Francisca, de una +miopía radical para la inspección de sus intereses, pudo apreciar la +rapacidad minuciosa de la sirviente, y aun se determinó a corregirla. En +justicia, debo decir que Benigna (entre los suyos llamada _Benina_, y +_Nina_ simplemente por la señora) tenía cualidades muy buenas que, en +cierto modo, compensaban, en los desequilibrios de su carácter, aquel +defecto grave de la sisa. Era muy limpia, de una actividad pasmosa, que +producía el milagro de agrandar las horas y los días. Además de esto, +Doña Francisca estimaba en ella el amor intenso a los niños de la casa; +amor sincero y, si se quiere, positivo, que se revelaba en la vigilancia +constante, en los exquisitos cuidados con que sanos o enfermos les +atendía. Pero las cualidades no fueron bastante eficaces para impedir +que el defecto promoviera cuestiones agrias entre ama y sirviente, y en +una de estas, Benina fue despedida. Los niños la echaron muy de menos, y +lloraban por su Nina graciosa y soboncita. + +A los tres meses se presentó de visita en la casa. No podía olvidar a la +señora ni a los nenes. Estos eran su amor, y la casa, todo lo material +de ella, la encariñaba y atraía. Paquita Juárez también tenía especial +gusto en charlar con ella, pues algo (no sabían qué) existía entre las +dos que secretamente las enlazaba, algo de común en la extraordinaria +diversidad de sus caracteres. Menudearon las visitas. ¡Ay! la Benina no +se encontraba a gusto en la casa donde a la sazón servía. En fin, que ya +la tenemos otra vez en la domesticidad de Doña Francisca; y tan contenta +ella, y satisfecha la señora, y los pequeñuelos locos de alegría. +Sobrevino en aquel tiempo un aumento de las dificultades y ahogos de la +familia en el orden administrativo: las deudas roían con diente voraz el +patrimonio de la casa; se perdían fincas valiosas, pasando sin saber +cómo, por artes de usura infame, a las manos de los prestamistas. Como +carga preciosa que se arroja de la embarcación al mar en los apuros del +naufragio, salían de la casa los mejores muebles, cuadros, alfombras +riquísimas: las alhajas habían salido ya... Pero por más que se +aligeraba el buque, la familia continuaba en peligro de zozobra y de +sumergirse en los negros abismos sociales. + +Para mayor desdicha, en aquel funesto periodo del 70 al 80, los dos +niños padecieron gravísimas enfermedades: tifoidea el uno; eclampsia y +epilepsia la otra. Benina les asistió con tal esmero y solicitud tan +amorosa, que se pudo creer que les arrancaba de las uñas de la muerte. +Ellos le pagaban, es verdad, estos cuidados con un afecto ardiente. Por +amor de Benina, más que por el de su madre, se prestaban a tomar las +medicinas, a callar y estarse quietecitos, a sudar sin ganas, y a no +comer antes de tiempo: todo lo cual no impidió que entre ama y criada +surgiesen cuestiones y desavenencias, que trajeron una segunda +despedida. En un arrebato de ira o de amor propio, Benina salió +disparada, jurando y perjurando que no volvería a poner los pies en +aquella casa, y que al partir sacudía sus zapatos para no llevarse +pegado en ellos el polvo de las esteras... pues lo que es alfombras, ya +no las había. + +En efecto: antes del año, apareciose Benina en la casa. Entró, anegado +en lágrimas el rostro, diciendo: «Yo no sé qué tiene la señora; yo no sé +qué tiene esta casa, y estos niños, y estas paredes, y todas las cosas +que aquí hay: yo no sé más sino que no me hallo en ninguna parte. En +casa rica estoy, con buenos amos que no reparan en dos reales más o +menos; seis duros de salario... Pues no me hallo, señora, y paso la +noche y el día acordándome de esta familia, y pensando si estarán bien o +no estarán bien. Me ven suspirar, y creen que tengo hijos. Yo no tengo a +nadie en el mundo más que a la señora, y sus hijos son mis hijos, pues +como a tales les quiero...». Otra vez Benina al servicio de Doña +Francisca Juárez, como criada única y para todo, pues la familia había +dado un bajón tremendo en aquel año, siendo tan notorias las señales de +ruina, que la criada no podía verlas sin sentir aflicción profunda. +Llegó la ocasión ineludible de cambiar el cuarto en que vivían por otro +más modesto y barato. Doña Francisca, apegada a las rutinas y sin +determinación para nada, vacilaba. La criada, quitándole en momentos tan +críticos las riendas del gobierno, decidió la mudanza, y desde la calle +de Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocas +dificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregló con la +generosa ayuda de Benina, que sacó del Monte sus economías, importantes +tres mil y pico de reales, y las entregó a la señora, estableciéndose +desde entonces comunidad de intereses en la adversa como en la próspera +fortuna. Pero ni aun en aquel rasgo de caridad hermosa desmintió la +pobre mujer sus hábitos de sisa, y descontó un pico para guardarlo +cuidadosamente en su baúl, como base de un nuevo montepío, que era para +ella necesidad de su temperamento y placer de su alma. + +Como se ve, tenía el vicio del descuento, que en cierto modo, por otro +lado, era la virtud del ahorro. Difícil expresar dónde se empalmaban y +confundían la virtud y el vicio. La costumbre de escatimar una parte +grande o chica de lo que se le daba para la compra, el gusto de +guardarla, de ver cómo crecía lentamente su caudal de perras, se +sobreponían en su espíritu a todas las demás costumbres, hábitos y +placeres. Había llegado a ser el sisar y el reunir como cosa instintiva, +y los actos de este linaje se diferenciaban poco de las rapiñas y +escondrijos de la urraca. En aquella tercera época, del 80 al 85, sisaba +como antes, aunque guardando medida proporcional con los mezquinos +haberes de Doña Francisca. Sucediéronse en aquellos días grandes +desventuras y calamidades. La pensión de la señora, como viuda de +intendente, había sido retenida en dos tercios por los prestamistas; los +empeños sucedían a los empeños, y por librarse de un ahogo, caía pronto +en mayores apreturas. Su vida llegó a ser un continuo afán: las +angustias de una semana, engendraban las de la semana siguiente: raros +eran los días de relativo descanso. Para atenuar las horas tristes, +sacaban fuerzas de flaqueza, alegrando con afectadas fantasmagorías los +ratos de la noche, cuando se veían libres de acreedores molestos y de +reclamaciones enfadosas. Fue preciso hacer nuevas mudanzas, buscando la +baratura, y del _Olmo_ pasaron al _Saúco_, y del _Saúco_ al _Almendro_. +Por esta fatalidad de los nombres de árboles en las calles donde +vivieron, parecían pájaros que volaban de rama en rama, dispersados por +las escopetas de los cazadores o las pedradas de los chicos. + +En una de las tremendas crisis de aquel tiempo, tuvo Benina que acudir +nuevamente al fondo de su cofre, donde escondía el _gato_ o montepío, +producto de sus descuentos y sisas. Ascendía el montón a diez y siete +duros. No pudiendo decir a su señora la verdad, salió con el cuento de +que una prima suya, la Rosaura, que comerciaba en miel alcarreña, le +había dado unos duros para que se los guardara. «Dame, dame todo lo que +tengas, Benina, así Dios te conceda la gloria eterna, que yo te lo +devolveré doblado cuando los primos de Ronda me paguen lo del pejugar... +ya sabes... es cosa de días... ya viste la carta». + +Y revolviendo en el fondo del baúl, entre mil baratijas y líos de +trapos, sacó la sisona doce duros y medio y los dio a su ama diciéndole: +«Es todo lo que tengo. No hay más: puede creerlo; es tan verdad como que +nos hemos de morir». + +No podía remediarlo. Descontaba su propia caridad, y sisaba en su +limosna. + + + + +VIII + + +Tantas desdichas, parecerá mentira, no eran más que el preámbulo del +infortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Juárez y +Zapatas había de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamos +al referir su historia. Desde que vivían en la calle del Olmo, Doña +Francisca fue abandonada de la sociedad que la ayudó a dar al viento su +fortuna, y en las calles del Saúco y Almendro desaparecieron las pocas +amistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, los +tenderos chasqueados y las personas que de ella tenían lástima empezaron +a llamarla _Doña Paca_, y ya no hubo forma de designarla con otro +nombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solían añadir al nombre +familiar algún mote infamante: _Doña Paca la tramposa_, _la Marquesa del +infundio_. + +Está visto que Dios quería probar a la dama rondeña, porque a las +calamidades del orden económico añadió la grande amargura de que sus +hijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaran +su espíritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazón +espinas muy punzantes. Antoñito, defraudando las esperanzas de su mamá, +y esterilizando los sacrificios que se habían hecho para encarrilarle en +los estudios, salió de la piel del diablo. En vano su madre y Benina, +sus dos madres más bien, se desvivían por quitarle de la cabeza las +malas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repetía el +caso de que, cuando ellas creían tenerle conquistado con carantoñas y +mimos, él las engañaba con fingida sumisión, y escamoteándoles la +voluntad, se alzaba con el santo y la limosna. Era muy listo para el +mal, y hallábase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sus +travesuras. Sabía esconder su astuta malicia bajo apariencias +agradables; a los diez y seis años engañaba a sus madres como si fueran +niñas; traía falsos certificados de exámenes; estudiaba por apuntes de +los compañeros, porque vendía los libros que se le habían comprado. A +los diez y nueve años, las malas compañías dieron ya carácter grave a +sus diabluras; desaparecía de la casa por dos o tres días, se +embriagaba, se quedó en los huesos. Uno de los principales cuidados de +las dos madres era esconder en las entrañas de la tierra la poca moneda +que tenían, porque con él no había dinero seguro. La sacaba con arte +exquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina. +Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabían +qué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de la +despensa esconder sus mezquinos tesoros. + +Y a pesar de esto, su madre le quería entrañablemente, y Benina le +adoraba, porque no había otro con más arte y más refinado histrionismo +para fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguían comúnmente días +de recogimiento solitario en la casa, derroche de lágrimas y suspiros, +protestas de enmienda, acompañadas de un febril besuqueo de las caras de +las dos madres burladas... El blando corazón de estas, engañado por tan +bonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cómoda y +fácil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalamerías, +verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa en +el centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a sus +correrías infames, y las pobres mujeres a su desesperación. + +Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna o +desgracia), ya no había en la casa cubiertos de plata, ni objeto alguno +de metal valioso. El demonio del chico hacía presa en cuanto encontraba, +sin despreciar las cosas de valor ínfimo; y después de arramblar por los +paraguas y sombrillas, la emprendió con la ropa interior, y un día, al +levantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madres +y hermana, escamoteó el mantel y dos servilletas. De su propia ropa no +se diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa, +respetado de las pulmonías, protegido sin duda contra ellas por el fuego +interior de su perversidad. Ya no sabían Doña Paca y Benina dónde +esconder las cosas, pues temían que les arrebatara hasta la camisa que +llevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche las +vinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchas +y unas tenacillas, y sucesivamente elásticas usadas, retazos de tela, y +multitud de cosas útiles aunque de valor insignificante. Libros no +había ya en la casa, y Doña Paca no se atrevía ni a pedirlos prestados, +temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa habían volado, y +tras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, y +una jaula sin pájaro. + +Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano, +la niña daba también mucha guerra. Desde los doce años se desarrolló en +ella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no sabían cómo +templar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos, +peor. Ya mujer, pasaba sin transición de las inquietudes epilépticas a +una languidez mortecina. Sus melancolías intensas aburrían a las pobres +mujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividad +muscular y mental. La alimentación de Obdulia llegó a ser el problema +capital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famélicos de la +niña, las madres perdían su tiempo, y la paciencia que Dios les había +concedido al por mayor. Un día le daban, a costa de grandes sacrificios, +manjares ricos y substanciosos, y la niña los tiraba por la ventana; +otro, se hartaba de bazofias que le producían horroroso flato. Por +temporadas se pasaba días y noches llorando, sin que pudiera averiguarse +la causa de su duelo; otras veces se salía con un geniecillo +displicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres. +Según opinión de un médico que por lástima las visitaba, y de otros que +tenían consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicológico de la +niña era cuestión de anemia, y contra esto no había más terapéutica que +el tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baños fríos. + +Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabello +castaño, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosa +cuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuado +a semejante criatura, mañosa y enfermiza, que la miseria en que había +crecido y vivía. Por intervalos se notaban en ella síntomas de +presunción, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otras +personas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio de +vida, de lo cual se alegraba Doña Paca, porque tenía sus proyectos +referentes a la niña. La buena señora se habría desvivido por +realizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento de +su educación, bastante descuidada, pues escribía muy mal, e ignoraba los +rudimentos del saber que poseen casi todas las niñas de la clase media. +La ilusión de Doña Paca era casarla con uno de los hijos de su primo +Matías, propietario rondeño, chicos guapines y bien criados, que +seguían carrera en Sevilla, y alguna vez venían a Madrid por San +Isidro. Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi se +entablaron relaciones amorosas que por el carácter de la niña y sus +extravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre no +abandonaba la idea, o al menos, acariciándola en su mente, con ella se +consolaba de tantas desdichas. + +De la noche a la mañana, viviendo la familia en la calle del Olmo, se +iniciaron, sin saber cómo, no sé qué relaciones telegráficas entre +Obdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa de +servicios fúnebres. El bigardón aquel no carecía de atractivos: +estudiaba en la Universidad y sabía mil cosas bonitas que Obdulia +ignoraba, y fueron para ella como una revelación. Literatura y poesía, +versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de él a ella en +cartitas, entrevistas y honestos encuentros. + +No miraba esto con buenos ojos Doña Paca, atenta a su plan de casarla +con el rondeño; pero la niña, que tomado había en aquellos tratos no +pocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca viéndose +contrariada en su espiritual querencia. Le daban por mañana y tarde +furiosos ataques epilépticos, en los que se golpeaba la cara y se +arañaba las manos; y, por fin, un día Benina la sorprendió preparando +una ración de cabezas de fósforos con aguardiente para ponérsela entre +pecho y espalda. La marimorena que se armó en la casa no es para +referida. Doña Paca era un mar de lágrimas; la niña bailaba el +zapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte al +administrador de _entierros_ para que, mediante una buena paliza u otra +medicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasión de _cosas de +muertos_, _cipreses_ y _cementerios_ de que había contagiado a la pobre +señorita. + +Pasado algún tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia del +trato amoroso con _el chico de la funebridad_, consintiéndoselo a veces +por vía de transacción con la epilepsia, y por evitar mayores males, +Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fácil; +y la verdad, con tal solución se ahorraban unas y otros muchos +quebraderos de cabeza, porque también la _familia fúnebre_ andaba a +mojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarse +quería. Pues sucedió que una mañanita la niña supo burlar la vigilancia +de sus dos madres y se escapó de la casa; el mancebo hizo lo propio. +Juntáronse en la calle, con propósito firme de ir a algún poético lugar +donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirando +al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. Así lo +determinaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensando +simultáneamente en cuál sería la mejor manera de matarse, de golpe y +porrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la región pura +de las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaron +repentinamente sus ideas, y con perfecta concordancia pensaron cosas muy +distintas de la muerte. Por fortuna, el chico tenía dinero, pues había +cobrado la tarde anterior una factura de _féretro doble de zinc_ y otra +de un _servicio completo de cama imperial y conducción con seis +caballos_, _etc_... La posesión del dinero realizó el prodigio de +cambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongación de la existencia; +y variando de rumbo se fueron a almorzar a un café, y después a una casa +cercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a sus +respectivas familias, notificándoles que _ya estaban casados_. + +Como casados, propiamente hablando, no lo estaban aún; pero el trámite +que faltaba tenía que venir necesariamente. El padre del chico se +personó en casa de Doña Paca, y allí se convino, llorando ella y +pateando él, que no había más remedio que reconocer y acatar los hechos +consumados. Y puesto que Doña Francisca no podía dar a su niña dinero o +efectos, ni aun en mínima cantidad para ayuda de un catre, él daría a +_Luquitas_ alojamiento en lo alto del depósito de ataúdes, y un +sueldecillo en la sección de _Propaganda_. Con esto, y el corretaje que +pudiera corresponderle por _trabajar el género_ en las _casas +mortuorias_, colocación de _artículos de lujo_, o por agencia de +embalsamamientos, podría vivir el flamante matrimonio con honrada +modestia. + + + + +IX + + +No se había consolado aún la desventurada señora de la pena que el +desatino de su hija le causara, y se pasaba las horas lamentándose de su +suerte, cuando entró en quintas Antoñito. La pobre señora no sabía si +sentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle soldado, con el chopo a +cuestas: al fin era señorito, y se le despegaba la vida de los +cuarteles. Pero también pensaba que la disciplina militar le vendría muy +bien para corregir sus malas mañas. Por fortuna o por desgracia del +joven, sacó un número muy alto, y quedó de reserva. Pasado algún tiempo, +y después de una ausencia de cuatro días, presentose a su madre y le +dijo que se casaba, que quería casarse, y que si no le daba su +consentimiento él se lo tomaría. + +«Hijo mío, sí, sí--dijo la madre prorrumpiendo en llanto--. Vete con Dios, +y solitas Benina y yo, viviremos con alguna tranquilidad. Puesto que has +encontrado quien cargue contigo, y tienes ya quien te cuide y te +aguante, allá te las hayas. Yo no puedo más». + +A la pregunta de cajón sobre el nombre, linaje y condiciones de la +novia, replicó el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan buena que +no había más que pedir. Pronto se supo que era hija de una sastra, que +pespuntaba con primor, y que no tenía más dote que su dedal. + +«Bien, niño, bien--le dijo una tarde Doña Paca--. Me he lucido con mis +hijos. Al menos Obdulia, viviendo entre ataúdes, tiene sobre qué caerse +muerta... Pero tú, ¿de qué vas a vivir? ¿Del dedal y las puntadas de ese +prodigio? Verdad que como eres tan trabajador y tan económico, +aumentarás las ganancias de ella con tu arreglo. ¡Dios mío, qué +maldición ha caído sobre mí y sobre los míos! Que me muera pronto para +no ver los horrores que han de sobrevenir». + +Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empezó el noviazgo de +Antoñito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo de sus mañas +rapaces, hasta que se le vio completamente curado de ellas. Su carácter +sufrió un cambio radical: mostrándose afectuoso con su madre y con +Benina, resignábase a no tener más dinero que el poquísimo que le daban, +y hasta en su lenguaje se conocía el trato de personas más honradas y +decentes que las de antaño. Esto fue parte a que Doña Paca le concediera +el consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de conocerla. +Charlando con su señora de estas cosas, Benina aventuró la idea de que +tal vez por aquel torcido sendero de la boda del mequetrefe, vendría la +suerte a la casa, pues la suerte, ya se sabe, no viene nunca por donde +lógicamente se la espera, sino por curvas y vericuetos increíbles. No se +daba por convencida Doña Paca, que sintiéndose minada de una melancolía +corrosiva, no veía ya en la existencia ningún horizonte que no fuera +ceñudo y tempestuoso. Con hallarse ya las dos mujeres, por la colocación +de los hijos, en mejores condiciones de reposo y de vida, no se avenían +con su soledad, y echaban de menos a _la familia menuda_; cosa en verdad +muy natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a la +descendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les deshonre. + +A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doña Paca de la calle del +Almendro a la Imperial, buscando siempre baraturas, que al fin y al cabo +no le resolvían el problema de vivir sin recursos. Estos se habían +reducido a cero, porque el resto disponible de la pensión apenas bastaba +para tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los días del mes +se pasaban en angustiosos arbitrios para reunir cuartos, cosa en extremo +difícil ya, porque no había en la casa objetos de valor. El crédito en +tiendas o en cajones de la plazuela, habíase agotado. De los hijos nada +podía esperarse, y bastante hacían los pobres con asegurar malamente su +propia subsistencia. La situación era, pues, desesperada, de naufragio +irremediable, flotando los cuerpos entre las bravas olas, sin tabla o +madero a que poder agarrarse. Por aquellos días, hizo la Benina +prodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer a +su ama gastando inverosímiles cantidades metálicas. Como tenía +conocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejores +excelente parroquiana, no le era difícil adquirir comestibles a precio +ínfimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas o +repollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para pobres, +que ocupan casi toda la calle de la Ruda, también tenía buenas amistades +y relaciones, y con poquísimo dinero, o sin ninguno a veces, tomando al +fiado, adquiría huevos chicos, rotos y viejos, puñados de garbanzos o +lentejas, azúcar morena de restos de almacén, y diversas porquerías que +presentaba a la señora como artículo de mediana clase. + +Por ironía de su destino, Doña Paca, afligida de diversas enfermedades, +conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gusto y +apetito que en cierto modo venían a ser también enfermedad, en aquel +caso de las más rebeldes, porque en las farmacias, llamadas tiendas de +comestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos, +empleando la actividad corpórea, la atención intensa y la inteligente +travesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien, +con delicadezas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la movía, +y además el ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como para +compensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Conformábase +ella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuando +Doña Paca quedase satisfecha. Pero no por caritativa y cariñosa perdía +sus mañas instintivas; siempre ocultaba a su señora una parte del +dinero, trabajosamente reunido, y la guardaba para formar nuevo fondo y +capital nuevo. + +Al año del casorio, los hijos, que habían entrado en la vida matrimonial +con regular desahogo, empezaron a recibir golpes de la suerte, como si +heredaran la maldición recaída sobre la pobre madre. Obdulia, que no +pudo habituarse a vivir entre cajas de muerto, enfermó de hipocondría; +malparió; sus nervios se desataron; la pobreza y las negligencias de su +marido, que de ella no se cuidaba, agravaron sus males constitutivos. +Mezquinamente socorrida por sus suegros, vivía en un sotabanco de la +calle de la Cabeza, mal abrigada y peor comida, indiferente a su esposo, +consumiéndose en letal ociosidad, que fomentaba los desvaríos de su +imaginación. + +En cambio, Antoñito se había hecho hombre formal después de casado, tal +vez por obra y gracia de la virtud, buen juicio y laboriosidad de su +mujer, que salió verdadera alhaja. Pero todos estos méritos, que habían +producido el milagro de la redención moral de Antonio Zapata, no +bastaban a defenderle de la pobreza. Vivía el matrimonio en un cuartito +de la calle de San Carlos, que parecía el interior de una bombonera, y +apenas se entraba en él se veía en todo una mano hacendosa. Para mayor +dicha, el que en otro tiempo perteneció a la clase de los llamados +_golfos_, adquiría el hábito y el gusto del trabajo productivo, y no +habiendo cosa mejor en que ocuparse, se había hecho corredor de +anuncios. Todo el santo día le teníais como un azacán, de comercio en +comercio, de periódico en periódico, y aunque de sus comisiones había +que descontar el considerable gasto de calzado, siempre le quedaba para +ayuda del cocido, y para aliviar a la Juliana de su enorme tarea en la +_Singer_. Y que la moza no se andaba en chiquitas: su fecundidad no era +inferior a su disposición casera, porque en el primer parto se trajo dos +gemelos. No hubo más remedio que poner ama, y una boca más en la casa +obligó a duplicar los movimientos de la _Singer_ y las correrías de +Antoñito por las calles de Madrid. Antes de la venida de los gemelos, el +_ex-golfo_ solía sorprender a su madre con esplendideces y rasgos de +amor filial, que eran las únicas alegrías saboreadas por la infeliz +señora en mucho tiempo: le llevaba una peseta, dos pesetas, a veces +medio duro, y Doña Paca lo agradecía más que si sus parientes de Ronda +le regalaran un cortijo. Pero desde que se posesionaron de la casa los +mellizos, ávidos de vida y de leche, que había que formar con buenos +alimentos, el dichoso y asendereado padre no pudo obsequiar a la +abuelita con los sobrantes de su ganancia, porque no los tenía. Más que +para dar estaba para que le dieran. + +Al contrario de este matrimonio, el de los _funerarios_, Luquitas y +Obdulia, iba mal, porque el esposo se distraía de sus obligaciones +domésticas y de su trabajo; frecuentaba demasiado el café, y quizás +lugares menos honestos, por lo cual se le privó de la cobranza de +facturas de servicios mortuorios. Obdulia no tenía ni asomos de +arreglo; pronto se vio agobiada de deudas; cada lunes y cada martes +enviaba recaditos a su madre con la portera, pidiéndole cuartos, que +Doña Paca no podía darle. Todo esto era ocasión de nuevos afanes y +cavilaciones para Benina, que amaba entrañablemente a la señorita de la +casa, y no podía verla con hambre y necesidad, sin tratar al instante de +socorrerla según sus medios. No sólo tenía que atender a su casa, sino a +la de Obdulia, cuidando de que lo más preciso no faltase en ella. ¡Qué +vida, qué fatigas horrorosas, qué pugilato con el destino, en las +sombras tétricas de la miseria vergonzante, que tiene que guardar el +crédito, mirar por el decoro! La situación llegó a ser un día tan +extremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar a +cielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido el +crédito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio más arbitrio +para continuar la lucha que poner su cara en vergüenza saliendo a pedir +limosna. Hízolo una mañana, creyendo que lo haría por única vez, y +siguió luego todos los días, pues la fiera necesidad le impuso el triste +oficio mendicante, privándola en absoluto de todo otro medio de atender +a los suyos. Llegó por sus pasos contados, y no podía menos de llegar y +permanecer allí hasta la muerte, por ley social, económica, si es que +así se dice. Mas no queriendo que su señora se enterase de tanta +desventura, armó el enredo de que le había salido una buena _proporción_ +de asistenta, en casa de un señor eclesiástico, alcarreño, tan piadoso +como adinerado. Con su presteza imaginativa bautizó al fingido +personaje, dándole, para engañar mejor a la señora, el nombre de D. +Romualdo. Todo se lo creyó Doña Paca, que rezaba algunos Padrenuestros +para que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, por +quien Benina tenía algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por las +noches, engañando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le pedía +noticias de él y de sus sobrinas y hermanas, de cómo estaba puesta la +casa, y del gasto que hacían; a lo que contestaba Benina con detalladas +referencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad. + + + + +X + + +Pues señor, atando ahora el cabo de esta narración, sigo diciendo que +aquel día comió la señora con buen apetito, y mientras tomaba los +alimentos adquiridos con el duro del ciego Almudena, digería fácilmente +los piadosos engaños que su criada y compañera le iba metiendo en el +cuerpo. Había llegado a tener Doña Paca tal confianza en la disposición +de Benina, que apenas se inquietaba ya por las dificultades del mañana, +segura de que la otra las había de vencer con su diligencia y +conocimiento del mundo, valiéndole de mucho la protección del bendito D. +Romualdo. Ama y criada comieron juntas, y de sobremesa Doña Paca le +decía: «No debes escatimar el tiempo a esos señores; y aunque tu +obligación es servirles no más que hasta las doce, si algún día quieren +que te estés allí por la tarde, estate, mujer, que ya me entenderé yo +aquí como pueda. + +--Eso no--respondió Benina--, que tiempo hay para todo, y yo no puedo +faltar de aquí. Ellos son gente buena, y se hacen cargo... + +--Bien se les conoce. Yo le pido al Señor que les premie el buen trato +que te dan, y mi mayor alegría hoy sería saber que a D. Romualdo me le +hacían obispo. + +--Pues ya suena el run run de que van a proponerle; sí, señora, obispo de +no sé qué punto, allá en las islas de Filipinas. + +--¿Tan lejos? No, eso no. Por acá tienen que dejarle para que haga mucho +bien. + +--Lo mismo piensa la Patros, ¿sabe? la mayor de las sobrinas. + +--¿Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco? + +--No; esa es la otra. + +--Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores. + +--Esa. Pues dice que a dónde van ellas por esos mares de tan lejos... No, +no; más vale simple cura por aquí, que arzobispo allá, donde, según +dicen, son las doce del día cuando aquí tenemos las doce de la noche. + +--En los antípodas. + +--Pero la hermana, Doña Josefa, dice que venga la mitra, y sea donde Dios +quisiere, que ella no teme ir al fin del mundo, con tal de ver al +reverendísimo en el puesto que le corresponde. + +--Puede que tenga razón. ¿Y qué hemos de hacer nosotras más que +conformarnos con la voluntad del Señor, si nos llevan tan lejos al que, +amparándote a ti, a mí también me ampara? Ya sabe Dios lo que hace, y +hasta podría suceder que lo que creemos un mal fuera un bien, y que el +buen D. Romualdo, al marcharse, nos dejara bien recomendadas a un obispo +de acá, o al propio Nuncio... + +--Yo creo que sí. En fin, allá veremos». + +No pasó de aquí la conversación referente al imaginario sacerdote, a +quien Doña Paca conocía ya como si le hubiera visto y tratado, +forjándose en su mente un tipo real con los elementos descriptivos y +pintorescos que Benina un día y otro le daba. Pero lo demás que +picotearon se queda en el tintero para dar lugar a cosas de mayor +importancia. + +«Cuéntame, mujer. Y Obdulia ¿qué dice? + +--Pues nada. ¿Qué ha de decir la pobre? El pillo de Luquitas no parece +por allí hace dos días. Asegura la niña que tiene dinero, que cobró de +un _embalsamado_, y se lo gasta con unas pendangas de la calle del +Bonetillo. + +--¡Jesús me valga! Y su padre, ¿qué hace? + +--Reprenderle, castigarle, si le coge a mano. Lo que es a ese no le +enderezan ya. A la niña le mandan comida de casa de los padres; pero tan +tasada, que no le llega al colmillo. Se moriría de hambre si no le +llevara yo lo que le llevo. ¡Pobre ángel! Pues verá usted: estos días me +la he encontrado contenta. Ya sabe usted que la niña es así. Cuando hay +más motivos para que esté alegre, se pone a llorar; cuando debiera estar +triste, se pone como unas castañuelas. Sólo Dios entiende aquella +zampoña y la manera de templarla. Pues la he visto contenta, sí señora, +y es porque da en figurarse cosas buenas. Más vale así. Es de las que se +creen todo lo que fabrican ellas mismas en su cabeza. De este modo, son +felices cuando debieran ser desgraciadas. + +--Pues si le da por lo contrario, ayúdame tú a sentir... ¿Y estaba sola, +enteramente sola con la chica? + +--No, señora: allí estaba ese caballero tan fino que la acompaña algunas +mañanas; ese que es de la familia de los Delgados, paisanos de usted. + +--Ya... Frasquito Ponte. Figúrate si lo conoceré. Es de mi tierra, o de +Algeciras, que viene a ser lo mismo. Ha sido elegantón y se empeña en +serlo todavía... porque te advierto que es más viejo que un palmar... +Buena persona, caballero de principios, y que sabe tratar con damas, de +estos que no se estilan ya, pues ahora todo es grosería y mala +educación. Viene a ser Ponte cuñado de unas primas de mi esposo, porque +su hermana casó con... en fin, ya no me acuerdo del parentesco. Me +alegro de que trate a mi hija, pues a esta le convienen relaciones de +sujetos dignos, decentes y de buena posición. + +--Pues la posición del tal D. Frasquito me parece a mí que es como la del +que está montado al aire, lo mismo que los brillantes. + +--En mis tiempos era un solterón que se daba buena vida. Tenía un buen +empleo, comía en casas grandes, y se pasaba las noches en el Casino. + +--Pues debe de estar ahora más pobre que una rata, porque las noches se +las pasa... + +--¿Dónde? + +--En los palacios encantados de la _señá_ Bernarda, calle de Mediodía +Grande... la casa de dormir, ¿sabe? + +--¿Qué me cuentas? + +--Ese Ponte duerme allí cuando tiene los tres reales que cuesta la cama, +en el dormitorio de primera. + +--Tú estás trastornada, Benina. + +--Le he visto, señora. La Bernarda es amiga mía. Fue la que nos prestó +los ocho duros aquellos, ¿sabe? cuando la señora tuvo que sacar cédula +con recargo, y pagar un poder para mandarlo a Ronda. + +--Ya... la que venía todos los días a reclamar la deuda y nos freía la +sangre. + +--La misma. Pues con todo, es buena mujer. No nos hubiera reclamado _por +justicia_, aunque nos amenazaba. Otras son peores. Sepa usted que está +rica, y con las seis casas de dormir que tiene, no le baja de cuarenta +mil duros lo que ha ganado, sí señora, y todo ello lo ha puesto en el +Banco, y vive del interés. + +--¡Qué cosas se ven! Bueno está el mundo... Pues volviendo al _caballero +Ponte_, que así le llamaban en Andalucía, si es tan pobre como dices, +dará lástima verle... Y más vale así, porque la reputación de la niña +podría sufrir algo, si en vez de ser el tal una ruina, un pobre mendigo +de levita, fuera un galán de posibles, aunque viejo. + +--Yo creo--dijo Benina riendo, pues su condición jovial se mostraba en +cuantito que los afanes de la vida le daban un respiro--, que va allá... +para que le embalsamen... Buena falta le hace. Y que se den prisa, antes +que esté _corruto_». + +Doña Paca se rió un poco con aquellas ocurrencias, y después pidió +informes de la otra familia. + +«Al niño no le he visto ni hoy ni ayer--respondió Benina--; pero me ha +dicho la Juliana que anda corriendo ahora como las mismas exhalaciones, +porque, con esto del trancazo, le han salido muchos anunciantes de +medicinas. Piensa ganar mucho dinero y _echar_ él un periódico, todo de +cosas de tienda, poniendo, un suponer, dónde venden este artículo o el +otro artículo. Los dos mellizos parecen dos rollos de manteca; pero +buenos cocidos y buenos guisados les cuestan, que el ama se sabe cuándo +empieza a comer, pero no cuándo acaba. La Juliana me dijo que probaremos +algo de la _matanza_ que le ha de mandar su tío el día del santo, y +además dos cortes de botinas, de las echadas a perder en la zapatería +para donde ella pespunta. + +--Es buena esa chica--dijo con gravedad Doña Paca--, aunque tan ordinaria, +que no empareja ni emparejará nunca conmigo. Sus regalos me ofenden, +pero se los agradezco por la buena voluntad... En fin, es hora de que +nos acostemos. Pues ya me parece que va medio hecha la digestión, +prepárame la medicina para dentro de media hora. Esta noche me siento +más cargada de las piernas, y con la vista muy perdida. ¡Santo Dios, si +me quedaré ciega! Yo no sé qué es esto. Como bien, gracias a Dios, y la +vista se me va de día en día, sin que me duelan los ojos. Ya no paso las +noches en vela, gracias a ti, que todo lo discurres por mí, y al +despertar, veo las cosas borradas y las piernas se me hacen de algodón. +Yo digo: ¿qué tiene que ver el reúma con la visual? Me mandan que pasee. +¿Pero a dónde voy yo con esta facha, sin ropa decente, temiendo +tropezarme a cada paso con personas que me conocieron en otra posición, +o con esos tipos ordinarios y soeces a quien se debe alguna cantidad?». + +Acordose al oír esto Benina de lo más importante que tenía que decir a +su señora aquella noche, y no queriendo dejarlo para última hora, por +temor a que se desvelara, antes de que salieran de la cocina, y mientras +una y otra recogían las escasas piezas de loza para fregarlas, no +desdeñándose Doña Francisca de este bajo servicio, le dijo en el tono +más natural que usar sabía: + +«¡Ah! ya no me acordaba... ¡qué cabeza tengo! Hoy me encontré al Sr. D. +Carlos Moreno Trujillo». + +Quedose Doña Paca suspensa, y poco faltó para que se le cayera de las +manos el plato que estaba lavando. + +«D. Carlos... Pero ¿has dicho D. Carlos? Y qué... ¿te habló, te preguntó +por mí? + +--Naturalmente, y con un interés que... + +--¿Es de veras? A buenas horas se acuerda de mí ese avaro, que me ha +visto caer en la miseria, a mí, a la cuñada de su mujer... pues Purita y +mi Antonio eran hermanos, ya sabes... y no ha sido para tenderme una +mano... + +--El año pasado, tal día como hoy, cuando se quedó viudo, mandó a la +señora un socorrito. + +--¡Seis duros! ¡Qué vergüenza!--exclamó Doña Paca, dando vueltas a su +indignación y a la inquina y despecho acumulados en su alma durante +tantos años de oprobio y escasez--. La cara se me pone como fuego al +decirlo. ¡Seis duros! y unos pingajos de Purita, guantes sucios, faldas +rotas, y un traje de sociedad, antiquísimo, de cuando se casó la +Reina... ¿Para qué me sirvieron aquellas porquerías?... En fin, sigue +contando: le encontraste, ¿a qué hora, en qué sitio? + +--Serían las doce y media. Él salía de San Sebastián... + +--Ya sé que se pasa toda la mañana de iglesia en iglesia, royendo peanas. +¿Dices que a las doce y media? ¡Pues si a esa hora estabas tú sirviendo +el almuerzo a D. Romualdo!». + +No era Benina mujer que se acobardaba por esta cogida. Su mente, fecunda +para el embuste, y su memoria felicísima para ordenar las mentiras que +antes había dicho y hacerlas valer en apoyo de la mentira nueva, la +sacaron del apuro. + +«¿Pero no dije a usted que cuando ya habían puesto la mesa, faltaba una +ensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la plaza +del Ángel, esquina a Espoz y Mina? + +--Si me lo dijiste, no me acuerdo. ¿Pero cómo dejabas la cocina momentos +antes de servir el almuerzo? + +--Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y además, no entiende +de compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos trae una jofaina en +vez de una ensaladera... Yo fui volando, mientras la Patros se quedaba +en la cocina... que lo entiende, crea usted que lo entiende tanto como +yo, o más... En fin, que me encontré al vejestorio de D. Carlos. + +--Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no tenías que +pasar por San Sebastián, mujer. + +--Digo que él salía de San Sebastián. Le vi venir de allá, mirando al +reloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero salió a saludarle. +D. Carlos me vio; hablamos... + +--¿Y qué te dijo? Cuéntame qué te dijo. + +--¡Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la señora y por los niños. + +--¡Qué le importarán a ese corazón de piedra la madre ni los hijos! ¡Un +hombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas, según dicen, tantas +como la edad de Cristo y una más; un hombre que ha ganado dinerales +haciendo contrabando de géneros, untando a los de la Aduana y engañando +a medio mundo, venirse ahora con cariñitos! A buenas horas, mangas +verdes... Le dirías que le desprecio, que estoy por demás orgullosa con +mi miseria, si miseria es una barrera entre él y yo... Porque ese no se +acerca a los pobres sino con su cuenta y razón. Cree que repartiendo +limosnas de ochavo, y proporcionándose por poco precio las oraciones de +los humildes, podrá engañar al de arriba y estafar la gloria eterna, o +colarse en el cielo de contrabando, haciéndose pasar por lo que no es, +como introducía el hilo de Escocia declarándolo percal de a real y medio +la vara, con marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origen +falsos también... ¿Le has dicho eso? Di, ¿se lo has dicho? + + + + +XI + + +--No le he dicho eso, señora, ni había para qué--replicó Benina, viendo +que Doña Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostro +se le subía. + +--Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer, que +también era _Alejandro en puño_. Pues cuando empezaron mis desastres, se +aprovechaban de mis apuros para hacer su negocio. En vez de ayudarme, +tiraban de la cuerda para estrangularme más pronto. Me veían devorada +por la usura, y no eran para ofrecerme un préstamo en buenas +condiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando me +veía yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazo +de pan, la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda... +Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de un +embargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me dieron por +el San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de la +casa de mi esposo, un cuadro que él estimaba más que su propia vida? +¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatro +duros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedad +y de susto, no sabía lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijo +después que el cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves qué +gente! No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que ni +por el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos de Ronda, +peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una buena parte. Pues +ellos cumplían con una bandejita de dulces el día de San Antonio, y +alguna cursilería de bazar en mi cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón, +que casi todos los días se dejaba caer en casa a la hora a que tomábamos +café... ¡y cómo se relamía! Ya sabes que el de su casa no era más que +agua de fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi palco, +siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De la +grosería con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo. +Ya recordarás que el mismo día en que ajustamos la venta de la sillería, +se estuvieron paseando en él todita la tarde, dándose un pisto +estrepitoso en la Castellana y Retiro». + +No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas, +porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que +le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto, +sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlos +me mandó que fuera a su casa mañana. + +--¿Para qué? + +--Para hablar conmigo... + +--Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna... Justamente: hoy es el +aniversario de la muerte de Pura... Se saldrá con alguna porquería. + +--¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque... + +--¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par +de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocando +violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría la +limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un +poquito de dignidad, Nina. + +--No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es usted +orgullosa y qué sé yo qué. + +--Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir? + +--Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye la +misa, y después echan un parrafito en la sacristía. + +--Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuéntale a D. +Romualdo quién es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de última +hora no son de recibo. En fin, yo sé que no has de dejarme mal, y ya me +contarás mañana lo que saques de la visita, que será lo que el negro del +sermón». + +Algo más hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversación, +evitando las réplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la señora +tardó en dormirse, y la criada también, pasándose parte de la noche en +la preparación mental de sus planes estratégicos para el día siguiente, +que sería, sin duda, muy dificultoso, si no tenía la suerte de que D. +Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bien +podría ser. + +A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minuto +menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y +una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los +muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el +centro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros no +eran _de leer_, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared +del centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasa +negra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía, +que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos, +veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y +pegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitud +de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas +cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado la +señora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque +no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea, +nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y +no lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior. + +Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, con +gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de _andar por +casa_, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuo +de esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por su +aborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa de +tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traía +cuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda +respondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelo +de cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices; +después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina en +pie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en el +sillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado, +al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, como +todo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde. + +«Pues la he llamado a usted para decirle...». + +Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblor +nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este +_tic_ se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados de +excitación del individuo. + +«Para decirle...». + +Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpió +los ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual no +tenía más razón de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su +esposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara, +quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro, +dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y +amarillos. + +«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el +encontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevar +cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la +mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los +ricos... + +--Paran en pobres, sí, señor,--dijo humildemente Benina, que, aunque ya +sabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimiento +reciente de D. Carlos. + +--Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos mi +señora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la +miseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara +sus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y el +que no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supo +jamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés! + +--Verdad, señor, mucha verdad--dijo Benina suspirando, en expectativa de +lo que D. Carlos le daría después de aquel sermón. + +--Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí y +para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi +querida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad los +negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día la +contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos +los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al +Mayor. Vea usted, véalo para que se convenza--añadió marcando más el +temblor negativo--. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera +aprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted». + +Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, que +se acercó para ver tanta maravilla numérica. + +«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada, +ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos del +cartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago y +lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales, +cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día por +día, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca +hubiera hecho balance, no estaría como está. + +--Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance, +que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella, +como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un +ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para +socorrerla. + +--Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a +usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de +llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le +hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza +destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza +destornillada. + +--Sí, señor, convengo en ello. + +--Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha +ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es +este». + +Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo +puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda. + +«Vea usted--dijo el buen señor hojeando el libro--: aquí están todos los +días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del _Debe_; a +otro, la del _Haber_. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos: +carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí +lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa? + +--Pero si a la señora no le ingresa nada. + +--¡Caramelos!--exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro--. Algo +habrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo +alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que +usted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver, +¿por qué no ha de anotarse?». + +Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que la +lástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco para +coger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo +su furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se lo +conociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta las +perras que nos da a los pobres de San Sebastián. + +--Día por día--replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza--. Y +puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses, +en seis, en un año. + +--No, no se moleste, señor--indicó Benina, sintiendo otra vez ganas de +darle un papirotazo--. Llevaré el libro, si usted quiere. La señora se lo +agradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para un +remedio. + +--Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de +escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre +o señas de casa para que no se olviden... Tome usted este lápiz, que ya +está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la +saca usted con el cuchillo de la cocina». + +Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo, +concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento +del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca +Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a +la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande +alegría. + +«No hay ni puede haber prosperidad sin administración--afirmó D. Carlos, +abriendo la gaveta y mirando dentro de ella--. Yo quiero que Francisca +administre, y cuando administre... + +--Cuando administre, ¿qué?--dijo Benina con el pensamiento--. ¿Qué nos va +usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se +te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del +cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia. + +--Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no se +le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde +de que apuntarán todo? + +--Sí, señor... no se escapará ni un verbo. + +--Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y +rece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí? + +--Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla. + +--Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados +que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza... +¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración». + +Al oír _doce duros_, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa. +¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso +de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas, +vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de +la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto, +y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad +en aquellos días. + +«Doce duros--repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra--; +pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se +los asigno...». + +A Benina se le cayeron las alas del corazón. + +«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Le +señalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir a +recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo +veré si debo aumentar o no la asignación. Eso depende, fíjese usted, de +que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay +orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos. + +--Bien, señor--manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta le +tenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones +con el estrafalario y ruin vejete--. Yo le respondo de que se llevarán +los apuntes con _ministración_, y no se nos escapará ni una hilacha... +¿Con que pasaré los días 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El +Señor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santo +descanso... por jamás amén». + +D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad +desembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa y +encasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sino +en días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y +firme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat y +terminaban en la Sacramental de San Justo. + + + + +XII + + +«El demontre del viejo--se decía la _señá_ Benina, metiéndose a buen andar +por la calle de las Urosas--, no puede hacer más que lo que le manda su +natural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro Señor en el aquel +de plantas y animales, más raras las hace en el aquel de personas. No +acaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros son +peores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta y +apuntación... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan... +El cuento es que con estos dos duros no se me arregla el día, porque +quiero devolverle a Almudena el suyo, que bueno es tener con él palabra. +Vendrán días malos, y él me servirá... Me quedan veinte reales, de los +cuales habré de dar parte a _la niña_, que está pereciendo, y lo demás +para comer hoy, y... Tendré que decirle a la señora que su pariente no +me ha dado más que el libro de cuentas, con el cual y el lápiz pondremos +un puchero que será muy rico... caldo de números y substancia de +imprenta... ¡qué risa!... En fin, para las mentiras que he de decirla a +Doña Paca, Dios me iluminará, como siempre, y vamos tirando. A ver si +encuentro a Almudena por el camino, que esta es la hora de subir él a la +iglesia. Y si no nos tropezamos en la calle, de fijo está en el café de +la Cruz del Rastro». + +Dirigiose allá, y en la calle de la Encomienda se encontraron: «Hijo, en +tu busca iba--le dijo la Benina cogiéndole por el brazo--. Aquí tienes tu +duro. Ya ves que sé cumplir. + +--_Amri_, no tener priesa. + +--No te debo nada... Y hasta otra, Almudenilla, que días vendrán en que +yo carezca y tú me sirvas, como te serviré yo viceversa... ¿Vienes del +café? + +--Sí, y _golvier_ si querer tú _migo_. Convidar _tigo_». + +Asintió Benina al convite, y un rato después hallábanse los dos +sentaditos en el _café económico_, tomándose sendos vasos de a diez +céntimos. El local era una taberna retocada, con ridículas elegancias +entre pueblo y señorío; dorados chillones; las paredes pintorreadas de +marinas y paisajes; ambiente fétido, y parroquia mixta de pobretería y +vendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos agarrados a los +periódicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagar +bullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente. +Solos en una mesa Benina y el marroquí, charlaron de sus cosas: el ciego +le contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella su +entrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de cuentas y +de los dos duros mensuales. De las riquezas que, según voz pública, +atesoraba Trujillo (treinta y cuatro casas, la mar de dinero en +papelorios del Gobierno, _muchismos_ miles de miles en el Banco), +charlaron extensamente, corriéndose luego a considerar, _verbigracia_, +el sinnúmero de pobres que podrían ser felices con toda aquella _guita_, +que a D. Carlos le venía tan ancha, pues descontando una parte para sus +hijos, que _de natural_ debían poseerlo, con lo demás se apañarían +tantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre. +Pero como ellos no habían de arreglarlo a su gusto, más cuenta les tenía +no pensar en tal cosa, y buscarse cada cual su mendrugo de pan como +pudiera, hasta que viniese la muerte y después Dios a dar a cada uno su +merecido. Por fin, con extraordinaria gravedad y tono de convicción +profunda, Almudena dijo a su amiga que todos los dinerales de D. Carlos +podían ser de ella, si quisiera. + +«¿Míos? ¿Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mío? Tú estás +loco, Almudenilla. + +--_Tudo_ tuya... por la bendita luz. Si no creer mí, _priebar_ tú y ver. + +--Vuélvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mío, +¿cuándo? + +--Cuando querer ti. + +--Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro. + +--Mí _sabier_ cómo... _Dicir_ ti secreto. + +--Y si tú puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer, +pase a ser de otra persona, ¿por qué te conformas con la miseria, por +qué no lo coges para ti?». + +Replicó a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyo +secreto él poseía, había de tener vista. Y el milagro era seguro, por la +bendita luz; y si ella dudaba, no tenía más que probarlo, haciendo +puntualmente todo cuanto él le dijera. + +Siempre fue Benina algo supersticiosa, y solía dar crédito a cuantas +historias sobrenaturales oía contar; además, la miseria despertaba en +ella el respeto de las cosas inverosímiles y maravillosas, y aunque no +había visto ningún milagro, esperaba verlo el mejor día. Un poco de +superstición, un mucho de ansia de fenómenos estupendos y nunca vistos, +y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroquí +explicaciones concretas de su ciencia o arte de magia, pues esto había +de ser seguramente. Díjole el ciego que todo consistía en saber el arte +y modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado _Samdai_. + +«¿Y quién es ese caballero? + +--El Rey de _baixo terra_. + +--¿Cómo? ¿Un Rey que está debajo de la tierra? Pues el diablo será. + +--Diablo no: Rey _bunito_. + +--¿Eso es cosa de tu religión? ¿Tú qué religión tienes? + +--Ser _eibrío_. + +--Vaya por Dios--dijo Benina, que no había entendido el término--. ¿Y a ese +Rey le llamas tú, y viene? + +--Y dar ti _tuda_ que pedir él. + +--¿Me da todo lo que le pida? + +--_Siguro_». + +La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz +mujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertos +de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos, +saltó diciendo: + +«¿Y qué se hace para llamarlo? + +--Yo diciendo ti. + +--¿Y no me pasa nada por hacerlo? + +--_Naida_. + +--¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios? + +--No. + +--Pues ve diciendo; pero no engañes, no engañes, te digo. + +--_N'gañar_ no ti... + +--¿Podemos hacerlo ahora? + +--No: _hacirlo_ a las doce del noche. + +--¿Tiene que ser a esa hora? + +--_Siguro_, _siguro_... + +--¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?... _Amos_, déjame a mí de +pamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D. +Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: ¿qué hay que hacer? + +--_N'cesitas_ cosas _mochas_. Comprar tú cosas. Lo _primiero_ candil de +barro. Pero comprarlo has tú sin hablar _paliabra_. + +--Me vuelvo muda. + +--Muda tú... Comprar cosa... y si hablar no valer. + +--Válgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, y +luego...». + +Almudena ordenó después que había de buscar una olla de barro con siete +agujeros, con siete nada más, todo sin hablar, porque si hablaba no +valía. ¿Pero dónde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? A +esto replicó el ciego que en su tierra las había, y que aquí podían +suplirse con los tostadores que usan las castañeras, buscando el que +tuviese siete _bujeros_, ni uno más ni uno menos. + +«¿Y ello ha de comprarse también sin hablar? + +--Sin hablando _naida_». + +Luego era forzoso procurarse un palo de _carrash_, madera de África, que +aquí llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado _cabe_ +las Américas, lo tenía. Había que comprárselo sin pronunciar palabra. +Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondría el palo al fuego hasta que +se prendiera bien... Esto había de ser el viernes a las cinco en punto. +Si no, no valía. Y el palo estaría ardiendo hasta el sábado, y el sábado +a las cinco en punto se le metía en el agua siete veces, ni una más ni +una menos. + +«¿Todo callandito? + +--Hablar _naida_, _naida_». + +Luego se vestía el palo con ropas de mujer, como una muñeca, y bien +vestidito se le arrimaba a la pared, poniéndole derecho, _amos_, en pie. +Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se le +tapaba con la olla, de modo que no se viese más luz que la que saldría +por los siete _bujeros_, y a corta distancia se ponía la cazuela con +lumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oración una y +otra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así se estaba la +persona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo del +benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce... + +«¡A las doce!--repitió Benina sobresaltada--. ¡Y al dar las doce +campanadas viene... sale, se me aparece!... + +--El Rey de _baixo terra_: pedir tú lo que _quierer_, y darlo ti él. + +--Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que _ese señor_, sin más que +las _cirimonias_ que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don +Carlos Trujillo? + +--Verlo tú, si queriendo. + +--Pero con tanto _requesito_, si una se descuida un poco, o se equivoca +en una sola palabra del rezo mental... + +--Tener tú cuidado _mocha_. + +--¿Y la oración? + +--Mi enseñarla ti; _dicir_ tú: _Semá Israel Adonai Elohino Adonai +Ishat_... + +--Calla, calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no sea +castellano neto yo no atino... Y también te aseguro que tengo mieditis +de esas suertes de brujería... quita, quita... Pero ¡ah! ¡si fuera +verdad, qué gusto, cogerle a ese zorrocloco de D. Carlos todo su +dinero... _amos_, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantos +pobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba, +comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero no, +no... cualquier día iba a venir acá ese Rey Mago... También te digo que +suceden a veces cosas muy _fenómenas_, y que andan por el aire los que +llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y +oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas +verdaderas de otro mundo, que se vienen a este... Todo puede ser, todo +puede ser... Pero yo, qué quieres que te diga, dudo mucho que le den a +una tanto dinero, sin más ni más. Que para socorrer a los pobres, un +suponer, se quite a los ricos medio millón, o la mitad de medio millón, +pase; pero tantas, _tantismas_ talegas para nosotros... no, esa no +cuela. + +--_Tuda_, _tuda_ la que haber en el Banco, _millonas mochas_, _lotería_, +_tuda pa ti_, _hiciendo_ lo que decir ti. + +--Pues si eso es tan fácil, ¿por qué no lo hacen otros? ¿O es que tú solo +tienes el secreto? ¡El secreto tú solo! _Amos_, cuéntaselo al Nuncio, +que aquí no nos tragamos esas papas... Yo no te digo que no sea +posible... y si supiera yo hacer la prueba, la haría, con mil pares... +Vuélveme a decir la receta de lo que ha de comprar una sin hablar...». + +Repitió Almudena las fórmulas y reglas del conjuro, añadiendo +descripción tan viva y pintoresca del Rey _Samdai_, de su rostro +hermosísimo, apostura noble, traje espléndido, de su séquito, que +formaban _arregimientos_ de príncipes y magnates, montados en camellos +blancos como la leche, que la pobre Benina se embelesaba oyéndole, y si +a pie juntillas no le creía, se dejaba ganar y seducir de la ingenua +poesía del relato, pensando que si aquello no era verdad, debía serlo. +¡Qué consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y si +es verdad que hubo Reyes Magos que traían regalos a los niños, ¿por qué +no ha de haber otros Reyes _de ilusión_, que vengan al socorro de los +ancianos, de las personas honradas que no tienen más que una muda de +camisa, y de las _almas_ decentes que no se atreven a salir a la calle +porque deben tanto más cuanto a tenderos y prestamistas? Lo que contaba +Almudena era de lo que _no se sabe_. ¿Y no puede suceder que alguno sepa +lo que no sabemos los demás?... ¿Pues cuántas cosas se tuvieron por +mentira y luego salieron verdades? Antes de que inventaran el telégrafo, +¿quién hubiera creído que se hablaría con las Américas del Nuevo Mundo, +como hablamos de balcón a balcón con el vecino de enfrente? Y antes de +que inventaran la fotografía, ¿quién hubiera pensado que se puede una +retratar sólo con _ponerse_? Pues lo mismo que esto es aquello. Hay +misterios, secretos que no se entienden, hasta que viene uno y dice tal +por cual, y lo descubre... ¡Pues qué más, Señor!... Allá estaban las +Américas desde que Dios hizo el mundo, y nadie lo sabía... hasta que +sale ese Colón, y con no más que poner un huevo en pie, lo descubre todo +y dice a los países: «Ahí tenéis la América y los americanos, y la caña +de azúcar, y el tabaco bendito... ahí tenéis Estados Unidos, y hombres +negros, y onzas de diez y siete duros». ¡A ver! + + + + +XIII + + +No había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando Benina vio +entrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí tienes a esa +fandangona, tu compañera de casa. + +--¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir, _siguro_, con +la Diega... + +--Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser más +borracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos +_tintas_. + +--_Señá_ Diega enseñar vicio ella. + +--¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?». + +Contole el ciego que Pedra era huérfana; su padre fue empleado en el +Matadero de cerdos, con perdón, y su madre _cambiaba_ en la calle de la +Ruda. Murieron los dos, con diferencia de días, por haber comido gato. +Buen plato es el micho; pero cuando está rabioso, le salen pintas en la +cara al que lo come, y a los tres días, muerte natural por calenturas +_perdiciosas_. En fin, que espicharon los padres, y la chica se quedó en +la puerta de la calle, sentadita. Era hermosa: por tal la celebraban; su +voz sonaba como las músicas bonitas. Primero se puso a cambiar, y luego +a vender churros, pues tenía tino de comercianta; pero nada le valió su +buena voluntad, porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que en +pocos días la enseñó a embriagarse, y otras cosas peores. A los tres +meses, Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejándola en los puros +pellejos, y su aliento apestaba. Hablaba como una carreterona, y tenía +un toser perruno y una carraspera que tiraban para atrás. A veces pedía +por el camino de Carabanchel, y de noche se quedaba a dormir en +cualquier parador. De vez en cuando se lavaba un poco la cara, compraba +_agua de olor_, y rociándose las flaquezas, pedía prestada una camisa, +una falda, un pañuelo, y se ponía _de puerta_ en la casa del +_Comadreja_, calle de Mediodía Chica. Pero no tenía constancia para +nada, y ningún acomodo le duró más de dos días. Sólo duraba en ella el +gusto del aguardiente; y cuando se _apimplaba_, que era un día sí y otro +también, hacía figuras en medio del arroyo, y la toreaban los chicos. +Dormía sus monas en la calle o donde le cogía, y más bofetadas tenía en +su cara que pelos en la cabeza. Cuerpo más asistido de cardenales no se +conoció jamás, ni persona que en su corta edad, pues no tenía más que +veintidós años, aunque representaba treinta, hubiera visitado tan a +menudo las prevenciones de la Inclusa y Latina. Almudena la trataba, con +buen fin, desde que se quedó huérfana, y al verla tan arrastrada, dábale +de tres cosas un poco: consejos, limosna y algún palo. Encontrola un día +curándose sus lamparones con zumo de higuera chumbo, y aliñándose las +greñas al sol. Propúsole que se fuera con él, poniendo cada cual la +mitad del alquiler de la casa, y comprometiéndose ella a cortar de raíz +el vicio de la bebida. Discutieron, parlamentaron; diose solemnidad al +convenio, jurando los dos su fiel observancia ante un emplasto viscoso y +sobre un peine de rotas púas, y aquella noche durmió Pedra en el cuarto +de Santa Casilda. Los primeros días todo fue concordia, sobriedad en el +beber; pero la cabra no tardó en tirar al monte, y... otra vez la +endiablada hembra divirtiendo a los chicos y dando que hacer a los del +Orden. + +«No poder mí con ella. _B'rracha_ siempre. Es un dolor... un dolor. Yo +estar ella migo por lástima...». + +Al ver que las dos mujeres, después de atizarse un par de _tintas_, +miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse. + +«_Dir_ tú no, _Amri_. Quedar migo--le dijo el ciego cogiéndola de un +brazo. + +--Temo que armen bronca estas indinas... Acá vienen ya». + +Aproximáronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto el +rostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despedía. Morena, de +facciones tan regulares como pronunciadas, magníficos ojos negros, cejas +que al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no parecía +hecha para sonreír, cuerpo derecho y esbeltísimo en su flaqueza y +desaliño, la compañera de Almudena era una figura trágica, y como tal +impresionó a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensando +que le daría miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugar +solitario. + +De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja. Por la +estatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso, +todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejo +vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de +comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora: +«Esta es de las que sacan espinas con los codos». + +Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sin +alzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio +fuertes palmetazos. + +«_Tati_ quieta--le dijo este enarbolando el palo. + +--Cuidado con él, que es malo y traicionero...--indicó la otra. + +--_Jai_... ¿verdad que eres malo y pegar _tú mí_? + +--Yo _ero beno_; tú mala, _b'rracha_. + +--No lo digas, que se escandalizará la señora anciana. + +--Anciana no ser ella. + +--¿Tú qué sabes, si no la ves? + +--Decente ella. + +--Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas. + +--Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien--dijo Benina, azoradísima, +levantándose. + +--Quédese, quédese... ¡Si es _groma_!». + +La Diega la instó también a quedarse, añadiendo que habían comprado un +décimo de la Lotería, y ofreciéndole participación. + +«Yo no juego--replicó Benina--: no tengo cuartos. + +--Yo sí--dijo el marroquí--: dar vos una _pieseta_. + +--Y la señora, ¿por qué no juega? + +--Mañana sale. Seremos ricas, ricachonas en _efetivo_--dijo la Diega--. Yo, +si me la saco, San Antonio me oiga, volveré a establecerme en la calle +de la Sierpe. Allí te conocí, Almudena. ¿Te acuerdas? + +--No _mi cuerda_, no... + +--Vos conocisteis en Mediodía Chica, por la casa de atrás. + +--A este le llamaban Muley Abbas. + +--Y a ti _Cuarto e kilo_, por lo chica que eres. + +--Poner motes es cosa fea. ¿Verdad, Almudenita? Las personas decentes se +llaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y esta +señora, ¿qué gracia tiene? + +--Yo me llamo Benina. + +--¿Es usted de Toledo, por casualidad? + +--No, señora: soy... dos leguas de Guadalajara. + +--Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa: ¿por qué esta +gorrinaza de Pedrilla te llama a ti _Jai_? ¿Cuál es tu nombre en tu +religión y en tu tierra cochina, con perdón? + +--Llamarle _mi Jai_ porque ser morito él--dijo la trágica remedando su +habla. + +--Nombre mío _Mordejai_--declaró el ciego--, y ser yo nacido en un _puebro +mu bunito_ que llamar allá Ullah de Bergel, _terra_ de Sus... ¡oh! +_terra_ divina, _bunita_... _mochas arbolas_, _aceita mocha_, _miela_, +_frores_, _támaras_, _mocha güena_». + +El recuerdo del país natal le infundió un candoroso entusiasmo, y allí +fue el pintarlo y describirlo con hipérboles graciosas, y un colorido +poético que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres. +Incitado por ellas, contó algunos pasajes de su vida, toda llena de +estupendos casos, peligrosas empresas y fantásticas aventuras. Refirió +primero cómo se había fugado del hogar paterno, de edad de quince años, +lanzándose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desde +aquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole su +padre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: «Dile a Rubén +Toledano que te dé doscientos duros que necesito hoy». El tal debía de +ser al modo de banquero, y entre ambos señores reinaba sin duda +patriarcal confianza; porque el encargo se hizo efectivo sin ninguna +dificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesados +cartuchos de moneda española. Pero en vez de ir con ellos a la casa +paterna, tomó el caminito de Fez, ávido de ver mundo, de trabajar por su +cuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus días, no los +doscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dos +borricos, se puso a portear mercaderías y pasajeros entre Fez y +Mequínez, con buenas ganancias. Pero un día de mucho calor, ¡castigo de +Dios! pasó junto a un río y le entraron ganas de darse un baño. En el +agua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del baño le +dolían los ojos: a los tres días era ciego. + +Como aún tenía dinero, pudo algún tiempo vivir sin implorar la caridad +pública, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos honda +producida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. El +muchacho ágil y fuerte se hizo de la noche a la mañana hombre enclenque +y achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajero +quedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienes +terrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juez +sienta la mano al pecador. No se atrevía el pobre ciego a pedirle que le +devolviese la vista, pues esto no se lo había de conceder. Era castigo, +y el Señor no _se vuelve atrás_ cuando pega de firme. Pedíale que le +diera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una _muquier_ que +le amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cada +día tenía menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraran +otros por ninguna parte, y de _muquieres_ nada. Las que se acercaban a +él fingiéndole cariño, no iban a su covacha más que a robarle. Un día +estaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmente +le picaba, burlándose de él con audacia insolente, cuando... no es +broma... se le aparecieron dos ángeles. + + + + +XIV + + +«¿Pero tú ves algo, Almudena?--le preguntó _Cuarto e kilo_. + +--_Ver mí burtos ellos_». + +Explicó que distinguía las masas de obscuridad en medio de la luz: esto +por lo tocante a las cosas del mundo de acá. Pero en lo de los mundos +misteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrás, fuera y +dentro del nuestro, sus ojos veían claro, cuando veían, _mismo como +vosotras ver migo_. Bueno: pues se le aparecieron dos ángeles, y como no +era cosa de aparecérsele para no decir nada, dijéronle que venían de +parte del Rey de _baixo terra_ con una embajada para él. El señor +_Samdai_ tenía que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mi +hombre al Matadero por la noche, que estuviese allí quemando _ilcienso_, +y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hasta +las doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que añadir +que los ángeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieron +conocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogió sus trebejos de +sahumar, la pipa, la ración de _cáñamo_ en un papel, y se fue caminito +del Matadero: el largo plantón que le esperaba, se le haría menos +aburrido fumando. + +Allí se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos del +sahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que llegó la hora, y lo +primerito que vio fue un par de perros, más grandes que _el cameio_, +_brancos_, con ojos de fuego. Él, Mordejai, _mocha medo_, un _medo_ que +le quitaba el respirar. Vino después un _arregimiento_ de jinetes con +mucho cantorio, galas _mochas_; luego empezó a caer lluvia espesísima de +arena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta el +pescuezo... y no respiraba. Cada vez más _medo_... Por encima de toda +aquella escoria pasó velocísimo otro escuadrón de jinetes, dando al +viento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Siguió un +diluvio de culebras y _alcranes_, que caían silbando y enroscándose. El +pobre ciego se moría de _medo_, sintiéndose envuelto en la horrorosa +nube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres a +pie, en pausada procesión, todos con blancas vestiduras, llevando en la +mano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosas +y azucenas se habían convertido mágicamente las serpientes y alacranes, +y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido de +arena cálida y puntiagudos guijarros. + +Para no cansar, apareció por fin el Rey, hermoso, con humana y divina +hermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro que +parecía tener por pedrería el sol, la luna y las estrellas. Verde era su +traje, que por lo fino debía de ser obra de unas arañas muy pulidas que +en los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. El +séquito de _Samdai_ era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como le +preguntara la Petra si no venía también Su Majestad la Reina, quedose un +momento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que +_vido_ también a la señora del Rey, pero con la cara muy tapada, como la +luna entre nubes, y por esta razón Mordejai no pudo distinguirla bien. +La Soberana vestía de amarillo, de un color así como nuestros +pensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto el +ciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juego +fisonómico de la convicción, y los mohines y gestos elocuentes. + +Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellas +bateas y canastos de oro que traían las mujeres de blanco vestidas. ¿Qué +era? _Pieldras_ de diversas clases, _mochas_, _mochas_, que pronto +formaron montones que no cabrían en ninguna casa: _rubiles_ como +garbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma, _tudas_, +_tudas_ grandes, _diamanta fina_ en tal cantidad, que había para llenar +de ellos sacos _mochas_, y con los sacos un carro de mudanzas; +esmeraldas como nueces y _trompacios_ como _poño mío_... + +Oían esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la cara +del ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relación, no se +hallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estímulo de sus +almas, ávidas de cosas gratas y placenteras, como compensación de la +miseria bochornosa en que vivían. Almudena ponía toda su alma en su +voz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, y +hasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglífico +descifrable, oriental escritura que los oyentes entendían sin saber por +qué. El fin de la espléndida visión fue que el Rey le dijo al bueno de +Mordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no podía +darle más que una; que optase entre las pedrerías de gran valor que +delante miraba, y con las cuales gozaría de una fortuna superior a la de +todos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa, +joya sin duda tan rara que no se podía encontrar sino revolviendo toda +la tierra. Mordejai no vaciló un momento en la elección, y dijo a Su +Majestad de _baixo terra_, que para nada quería tanta pedrería _por +fanegas_, si no le daban _muquier_... «Querer mi ella... gustar mí +_muquier_, y sin _muquier_ migo, no querer _pieldras_ finas, ni +_diniero_ ni _naida_». + +Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la +tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que +aquella era _la suya_, y que la siguiese hasta cogerla o más bien +cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el +Rey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los de +su comitiva, y los _arregimientos_ y las señoras de blanco, y _tudo_, +_tudo_, no quedando más que un olor penetrante del _ilcienso_, y los +ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de +la noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses +estuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía más +que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al +tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por +fin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandeza +del mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino _Samdai_, era +suya. + +«Y no la encontraste hasta _tantismos_ años de correr, y se llamaba +Nicolasa--dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo. + +--¿Tú qué saber? No ser Nicolasa. + +--Entonces será _la señora_--apuntó la Diega, señalando no sin cierta +impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba. + +--¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los +caminos». + +Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió de +limosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en este +punto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon, +París, que es _mu_ grande, con tantos _olivares_ y buenos pisos de +calle, todo como la palma de la mano. Después de subirse hasta un pueblo +que le llaman _Lila_, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcó +para Valencia. + +«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por +_badajes_, que vos daban los _aiuntamientos_, con dos _riales de +tapa_--dijo la Petra--, y de Madrid vos fuisteis a los _Portugales_, y +tres años te duró el contento, camastrón, hasta que la _golfa_ se te fue +con otro. + +--Tú no saber. + +--Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madrid +para llevarle a San Bernardino, y ella fue al _espital_; y estando él +una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo, +verbigracia, _ánimas_, para decirle que la Nicolasa _hablaba_ en +el _espital_ con uno que le iban a dar de alta... + +--No ser eso, no ser eso: cállate tú. + +--Otro día nos lo contará--indicó Benina, que, aunque gustaba de oír +aquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando sus +apremiantes quehaceres. + +--Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?--le dijo la Diega--. ¿A dónde irá +usted que más valga? + +--Otro día contar más--indicó el ciego sonriendo--. Mí ver mundo _mocha_. + +--Estás cansadito, Jai. Convídanos a un medio para que se te remoje la +lengua, que la tienes más seca que suela de zapato. + +--Yo no convidar mí ellas, _b'rrachonas_. No tener _diniero migo_. + +--Por eso no quede--dijo la Diega, rumbosa. + +--Yo no bebo--declaró la Benina--, y además tengo prisa, y con permiso de +la compañía me voy. + +--Quedar ti rato más. Dar once _reloja_. + +--Dejarla--manifestó con benevolencia la Petra--, por si tiene que ir a +ganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado». + +Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unos +dineros que le debían dos mozas de la calle de la Chopa, se habían +lanzado al comercio, pues una y otra tenían suma disposición y travesura +para el compra y vende. La Petra no se sentía mujer honrada y cabal sino +cuando se dedicaba al tráfico, aunque fuese en cosas menudas, como +palillos, mondarajas de tea, y _torraé_. La otra era un águila para +pañuelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos por +milagro, compraron género en una casa de saldos, y en la mañana de aquel +día pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela, +teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchas +de puntilla y dos chalecos de bayona. Otro día _sacarían_ loza, +_imágenes_, y caballos de cartón de los que daban, _a partir +ganancias_, en la fábrica de la calle del Carnero. Largamente hablaron +ambas de su negocio, y se alababan recíprocamente, porque si _Cuarto e +kilo_ era de lo que no hay para la adquisición de género _por gruesas_, a +la otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo. +Otra señal de que había venido al mundo para ser o _comercianta_ o nada, +era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban al +bolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que los +que por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entre +los dedos antes de que cerrar pudiera el puño para guardarlos. + +Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud de +infundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque también ella, +Benina, se sentía _negocianta_; también acarició su alma alguna vez la +ilusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de dedicarse al servicio, +trabajando como una negra, hubiera tomado _una puerta de calle_, otro +gallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral con +Doña Paca la imposibilitaban para el comercio. + +Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando se +levantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D. Carlos, +y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la agenda. + +«Pues no lleva usted ahí pocas cosas--dijo la Petra, cogiendo el libro y +hojeándolo rápidamente, con mohines de lectora, aunque más bien +deletreaba que leía--. ¿Esto qué es? Un libro para llevar cuentas. ¡Cómo +me gusta! _Marzo_, dice aquí, y luego _Pe...setas_, y luego _céntimos_. +Es _mu_ bonito apuntar aquí todo lo que sale y entra. Yo escribo tal +cual; pero en los números me atasco, porque los ochos se me enredan en +los dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que _se lleva_. + +--Ese libro--dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio--, me lo dio un +pariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; pero +no sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el +otro... Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, les +conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien. + +--¿Cuánto? + +--Por ser para ustedes, dos reales. + +--Es mucho--dijo _Cuarto e kilo_, mirando las hojas del libro, que +continuaba en manos de su compañera--. Y ¿para qué lo queremos nosotras, +si nos estorba lo negro? + +--Toma--indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el +dedo mojado en saliva, las hojas--. Se marca con rayitas: tantas +cantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da un real, ea. + +--¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas». + +Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y por +fin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con lápiz y todo. Salió +del café la Benina, gozosa, pensando que no había perdido el tiempo, +pues si resultaban fantásticas las _pieldras_ preciosas que en montones +Mordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatro +perras, como cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalo +del monomaníaco Trujillo. + + + + +XV + + +El largo descanso en el café le permitió recorrer _como una exhalación_ +la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza, donde vivía la +señorita Obdulia, a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse a +casa, pues era indudable que a la niña correspondía la mitad, perra más +o menos, de uno de los duros de D. Carlos. A las doce menos cuarto +entraba en el portal, que por lo siniestro y húmedo parecía la puerta de +una cárcel. En lo bajo había un establecimiento de _burras de leche_, +con borriquitas pintadas en la muestra, y dentro vivían, sin aire ni +luz, las pacíficas nodrizas de tísicos, encanijados y catarrosos. En la +portería daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido, que era +también punto fijo en San Sebastián. Con él y con el burrero charló un +rato antes de subir, y ambos le dieron dos noticias muy malas: que iba a +subir el pan y que había bajado mucho la Bolsa, señal lo primero de que +no llovía, y lo segundo de que estaba al caer una revolución gorda, todo +porque los _artistas_ pedían _las ocho horas_ y los _amos_ no querían +darlas. Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se quitaría +todo el dinero metálico y no quedaría más que papel, hasta para las +pesetas, y que echarían nuevas contribuciones, _inclusive_, por rascarse +y por darse de quién a quién los buenos días. Con estas malas +impresiones subió Benina la escalera, tan descansada como lóbrega, con +los peldaños en panza, las paredes desconchadas, sin que faltaran los +letreros de carbón o lápiz garabateados junto a las puertas de +cuarterones, por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera, ni +los faroles sucios que de día semejaban urnas de santos. En el primer +piso, bajando del cielo, con vecindad de gatos y vistas magníficas a las +tejas y buhardillones, vivía la señorita Obdulia; su casa, por la +anchura de las habitaciones destartaladas y frías, hubiera parecido +convento, a no ser por la poca elevación de los techos, que casi se +cogían con la mano. Esteras y alfombras allí eran tan desconocidas, como +en el Congo las levitas y chisteras; sólo en lo que llamaban gabinete +había un pedazo de fieltro raído, rameado de azul y rojo, como de dos +varas en cuadro. Los muebles de baratillo declaraban con sus chapas +rotas, sus patas inválidas, sus posturas claudicantes, el desastre de +sus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza. + +La misma Obdulia abrió la puerta a Benina, diciéndole que la había +sentido subir, y al punto se vio la buena mujer como asaltada de una +pareja de gatos muy bonitos, que mayando la miraban, el rabo tieso, +frotando su lomo contra ella. «Los pobres animalitos--dijo la _niña_ con +más lástima de ellos que de sí misma--, no se han desayunado todavía». + +Vestía la hija de Doña Paca una bata de franela color rosa, de corte +elegante, ya descompuesta por el mucho uso, las delanteras manchadas de +chocolate y grasa, algún siete en las mangas, la falda arrastrada, +revelándose en todo, como prenda adquirida de lance, que a su dueña le +venía un poco ancha, por _aquello de que la difunta era mayor_. De todos +modos, tal vestimenta se avenía mal con la pobreza de la esposa de +Luquitas. + +«¿No ha venido anoche tu marido?--le dijo Benina, sofocada de la penosa +ascensión. + +--No, hija, ni falta que me hace. Déjale en su café, y en sus casas de +perdición, con las _socias_ que le han sorbido el seso. + +--¿No te han traído nada de casa de tus suegros? + +--Hoy no toca. Ya sabes que lo dejaron en un día sí y otro no. No ha +venido más que Juana Rosa a peinarme, y con ella se fue mi Andrea. Van a +comer juntas en casa de su tía. + +--De modo que estás como los camaleones. No te apures, que Dios aprieta, +pero no ahoga, y aquí estoy yo para que no ayunes más de la cuenta, que +el cielo bien ganado te lo tienes ya... Siento una tosecilla... ¿Ha +venido ese caballero? + +--Sí: ahí está desde las diez. Con las cosas bonitas que cuenta me +entretiene, y casi no me acuerdo de que no hay en casa más que dos onzas +de chocolate, media docena de dátiles, y algunos mendrugos de pan... Si +has de traerme algo, sea lo primero para estos pobres gatos aburridos, +que desde el amanecer no me dejan vivir. Parece que me hablan, y dicen: +«Pero ¿qué es de nuestra buena Nina, que no viene con nuestra +cordillita?». + +--En seguida traeré para remediaros a todos--dijo la anciana--. Pero antes +quiero saludar a ese caballero rancio, que es tan fino y atento con las +señoras». + +Entró en el llamado gabinete, y el señor de Ponte y Delgado se deshizo +con ella en afectuosos cumplidos de buena sociedad. «Siempre echándola a +usted de menos, Benina... y muy desconsolado cuando _brilla usted por su +ausencia_. + +--¡Que brillo por mi ausencia!... ¿Pero qué disparates está usted +diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de +pueblo, esos términos tan _fisnos_... Ea, quédense con Dios. Yo vuelvo +pronto, que tengo que dar de almorzar a la niña y a los señores gatos. Y +aunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aquí penitencia. Le +convido yo... no, le convida la señorita. + +--¡Oh, cuánto honor!... Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme. + +--Sí, ya sabemos que siempre está usted convidado en casas de la +grandeza. Pero como es tan bueno, se _dizna_ sentarse a la mesa de los +pobres. + +--Consideración que tanto le agradecemos--dijo Obdulia--. Ya sé que para el +Sr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas... + +--¡Por Dios, Obdulia!... + +--Pero su mucha bondad le _inspira_ estos y otros mayores sacrificios. +¿Verdad, Ponte? + +--Ya la he reñido a usted, amiga mía, por ser tan paradójica. Llama +sacrificio al mayor placer que puede existir en la vida. + +--¿Tienes carbón?...--preguntó Benina bruscamente, como quien arroja una +piedra en un macizo de flores. + +--Creo que hay algo--replicó Obdulia--; y si no, lo traes también». + +Fue Nina para adentro, y habiendo encontrado combustible, aunque escaso, +se puso a encender lumbre y a preparar sus pucheros. Durante la prosaica +operación, conversaba con las astillas y los carbones, y sirviéndose del +fuelle como de un conducto fonético, les decía: «Voy a tener otra vez el +gusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambre +por la vergüenza que le da... ¡Cuánta miseria en este mundo, Señor! Bien +dicen que quien más ha visto, más ve. Y cuando se cree una que es el +acabose de la pobreza, resulta que hay otros más miserables, porque una +se echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo se +alimenta... Pero estos que juntan la vergüenza con la gana de comer, y +son delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles y +educación, y no quieren rebajarse... ¡Dios mío, qué desgraciados son! +lo que discurrirán para matar el gusanillo... Si me sobra dinero, +después de darle de almorzar, he de ver cómo me las compongo para que +tome la peseta que necesita para pagar el catre de esta noche. Pero ¡ay! +no... que necesitará ocho reales. Me da el corazón que anoche no pagó... +y como esa condenada Bernarda no fía más que una vez... será preciso +pagarle toda la cuenta... y a saber si le ha fiado dos o tres noches... +No, aunque yo tuviera el dinero, no me atrevería a dárselo; y aunque se +lo ofreciese, primero dormía al raso que cogerlo de estas manos +pobres... ¡Señor, qué cosas, qué cosas se van viendo cada día en este +mundo tan grande de la miseria!». + +En tanto el lánguido Frasquito y la esmirriada Obdulia platicaban +gozosos de cosas gratas, harto distantes de la triste realidad. Desde +que vio entrar a la Providencia, en figura de Benina, sintiose la niña +calmada de su ansiedad y sobresalto, y el caballero también respiró por +el propio motivo feliz, y se le alegraron las pajarillas viendo +conjurado, por aquel día, un grave conflicto de subsistencias. Uno y +otro, marchita dama y galán manido, poseían, en medio de su radical +penuria, una _riqueza_ inagotable, eficacísima, casi acuñable, extraída +de la mina de su propio espíritu; y aunque usaban de los productos de +este venero con prodigalidad, mientras más gastaban, más superabundancia +tenían sus caudales. Consistía, pues, esta riqueza, en la facultad +preciosa de desprenderse de la realidad, cuando querían, trasladándose a +un mundo imaginario, todo bienandanzas, placeres y dichas. Gracias a +esta divina facultad, se daba el caso de que ni siquiera advirtiesen, en +muchas ocasiones, sus enormes desdichas, pues cuando se veían privados +absolutamente de los bienes positivos, sacaban de la imaginación el +cuerno de Amaltea, y lo agitaban para ver salir de él los bienes +ideales. Lo extraño era que el Sr. de Ponte Delgado, con tener tres +veces lo menos la edad de Obdulia, casi la superaba en poder +imaginativo, pues en la declinación de la vida, se renovaban en él los +aleteos de la infancia. + +D. Frasquito era lo que vulgarmente se llama _un alma de Dios_. Su edad +no se sabía, ni en parte alguna constaba, pues se había quemado el +archivo de la iglesia de Algeciras donde le bautizaron. Poseía el raro +privilegio físico de una conservación que pudiera competir con la de las +momias de Egipto, y que no alteraban contratiempos ni privaciones. Su +cabello se conservaba negro y abundante; la barba, no; pero con un poco +de betún casi armonizaban una con otro. Gastaba melenas, no de las +románticas, desgreñadas y foscas, sino de las que se usaron hacia el +50, lustrosas, con raya lateral, los mechones bien ahuecaditos sobre las +orejas. El movimiento de la mano para ahuecar los dos mechones y +modelarlos en su sitio, era uno de esos resabios fisiológicos, de +_segunda naturaleza_, que llegan a ser parte integrante de la primera. +Pues con su melenita de cocas y su barba pringosa y retinta, el rostro +de Frasquito Ponte era de los que llaman _aniñados_, por no sé qué +expresión de ingenuidad y confianza que veríais en su nariz chica, y en +sus ojos que fueron vivaces y ya eran mortecinos. Miraban siempre con +ternura, lanzando sus rayos de ocaso melancólico en medio de un celaje +de lagrimales pitañosos, de pestañas ralas, de párpados rugosos, de +extensas patas de gallo. Dos presunciones descollaban entre las muchas +que constituían el orgullo de Ponte Delgado, a saber: la melena y el pie +pequeño. Para las mayores desdichas, para las abstinencias más crueles y +mortificantes, tenía resignación; para llevar zapatos muy viejos o que +desvirtuaran la estructura perfecta y las lindas proporciones de sus +piececitos, no la tenía, no. + + + + +XVI + + +Del arte exquisito para conservar la ropa no hablemos. Nadie como él +sabía encontrar en excéntricos portales sastres económicos, que por +poquísimo dinero _volvían_ una pieza; nadie como él sabía tratar con +mimo las prendas de uso perenne para que desafiaran los años, +conservándose en los puros hilos; nadie como él sabía emplear la bencina +para limpieza de mugres, planchar arrugas con la mano, estirar lo +encogido y enmendar rodilleras. Lo que le duraba un sombrero de copa no +es para dicho. Para averiguarlo no valdría compulsar todas las +cronologías de la moda, pues a fuerza de ser antigua la del +chisterómetro que usaba, casi era moderna, y a esta ilusión contribuía +el engaño de aquella felpa, tan bien alisada con amorosos cuidados +maternales. Las demás prendas de ropa, si al sombrero igualaban en +longevidad, no podían emular con él en el disimulo de años de servicio, +porque con tantas vueltas y transformaciones, y tantos recorridos de +aguja y pases de plancha, ya no eran sino sombra de lo que fueron. Un +gabancillo de verano, clarucho, usaba D. Frasquito en todo tiempo: era +su prenda menos inveterada, y le servía para ocultar, cerrado hasta el +cuello, todo lo demás que llevaba, menos la mitad de los pantalones. Lo +que se escondía debajo de la tal prenda, sólo Dios y Ponte lo sabían. + +Persona más inofensiva no creo haya existido nunca; más inútil, tampoco. +Que Ponte no había servido nunca para nada, lo atestiguaba su miseria, +imposible de disimular en aquel triste occidente de su vida. Había +heredado una regular fortunilla, desempeñó algunos destinos buenos, y no +tuvo atenciones ni cargas de familia, pues se petrificó en el celibato, +primero por adoración de sí mismo, después por haber perdido el tiempo +buscando con demasiado escrúpulo y criterio muy rígido un matrimonio de +conveniencia, que no encontró, ni encontrar podía, con las gollerías y +perendengues que deseaba. En la época en que aún no existía la palabra +_cursi_, Ponte Delgado consagró su vida a la sociedad, vistiendo con +afectada elegancia, frecuentando, no diré los salones, porque entonces +poco se usaba esta denominación, sino algunos estrados de casas buenas y +distinguidas. Los verdaderos salones eran pocos, y Frasquito, por más +que en su vejez hacía gala de haber entrado en ellos, la verdad era que +ni por el forro los conocía. En las tertulias que frecuentaba y bailes +a que asistía, así como en los casinos y centros de reunión masculina, +no digamos que desentonaba; pero tampoco se distinguía por su ingenio, +ni por esa hidalga mezcla de corrección y desgaire que constituye la +elegancia verdadera. Muy estiradito siempre, eso sí; muy atento a sus +guantes, a su corbata, a su pie pequeño, resultaba grato a las damas, +sin interesar a ninguna; tolerable para los hombres, algunos de los +cuales verdaderamente le estimaban. + +Sólo en nuestra sociedad heterogénea, libre de escrúpulos y +distinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatro +terruños, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marqueses +y condes de sangre azul, o con los próceres del dinero, en los centros +de falsa elegancia; que se junten y alternen los que explotan la vida +suntuaria por sus negocios, o sus vanidades, o bien por audaces amoríos, +y los que van a bailar y a comer y departir con las señoras, sin más +objeto que procurarse recomendaciones para un ascenso, o el favor de un +jefe para faltar impunemente a las horas de oficinas. No digo esto por +Frasquito Ponte, el cual era algo más que un pelagatos fino en los +tiempos de su apogeo social. Su decadencia no empezó a manifestarse de +un modo notorio hasta el 59; se defendió heroicamente hasta el 68, y al +llegar este año, marcado en la tabla de su destino con trazo muy negro, +desplomose el desdichado galán en los abismos de la miseria, para no +levantarse más. Años antes se había comido los últimos restos de su +fortuna. El destino que con grandes fatigas pudo conseguir de González +Bravo, se lo quitó despiadadamente la revolución; no gozaba cesantía, no +había sabido ahorrar. Quedose el cuitado sin más rentas que el día y la +noche, y la compasión de algunos buenos amigos que le sentaban a su +mesa. Pero los buenos amigos se murieron o se cansaron, y los parientes +no se mostraban compasivos. Pasó hambres, desnudeces, privaciones de +todo lo que había sido su mayor gusto, y en tan tremenda crisis, su +delicadeza innata y su amor propio fueron como piedra atada al cuello +para que más pronto se hundiera y se ahogara: no era hombre capaz de +importunar a los amigos con solicitudes de dinero, vulgo _sablazos_, y +sólo en contadísimas ocasiones, verdaderos casos críticos o de peligro +de muerte, en la lucha con la miseria, se aventuró a extender la mano en +demanda de auxilio, revistiéndola, eso sí, para guardar las formas, de +un guante, que aunque descosido y roto, guante era al fin. Antes se +muriera de hambre Frasquito, que hacer cosa alguna sin dignidad. Se dio +el caso de entrar disfrazado en el figón de Boto, a comer dos reales de +cocido, antes que presentarse en una buena casa, donde si le admitían +con agasajo, también lastimaban con crueles bromas su decoro, +refregándole en el rostro su gorronería y parasitismo. + +Con angustioso afán buscaba el infeliz medios de existencia, aunque +fueran de los menos lucrativos; pero la cortedad de sus talentos +dificultaba más lo que en todos los casos es difícil. Tanto revolvió, +que al fin pudo encontrar algunos empleíllos, indignos ciertamente de su +anterior posición, pero que le permitieron vivir algún tiempo sin +_rebajarse_. Su miseria, al cabo, podía decorarse con un barniz de +dignidad. Recibir un corto auxilio pecuniario como pasante de un +colegio, o como escribiente de unos boteros de la calle de Segovia, para +llevarles las cuentas y _ponerles_ las cartas, era limosna ciertamente, +pero tan bien disimulada, que no había desdoro en recibirla. Arrastró +vida mísera durante algunos años, solitario habitante de los barrios del +Sur, sin atreverse a pasar a los del Centro y Norte, por miedo de +encontrar _conocimientos_ que le vieran mal calzado y peor vestido; y +habiendo perdido aquellos acomodos, buscó otros, aceptando al fin, no +sin escrúpulos y crispaduras de nervios, el cargo de comisionista o +viajante de una fábrica de jabón, para ir de tienda en tienda y de casa +en casa ofreciendo el género, y colocando las partidas que pudiera. Mas +tan poca labia y malicia el pobrecillo desplegaba en este oficio +chalanesco, que pronto hubo de quedarse en la calle. Últimamente le +deparó el cielo unas señoras viejas de la Costanilla de San Andrés, para +que les llevara las cuentas de un resto de comercio de cerería, que +liquidaban, cediendo en pequeñas partidas las existencias a las +parroquias y congregaciones. Escaso era el trabajo; mas por él le daban +tan sólo dos pesetas diarias, con las cuales realizaba el milagro de +vivir, agenciándose comida y lecho, y no se dice casa, porque en +realidad no la tenía. + +Ya desde el 80, que fue el año terrible para el sin ventura Frasquito, +se determinó a no tener domicilio, y después de unos días de horrorosa +crisis en que pudo compararse al caracol, por el aquel de llevar su casa +consigo, entendiose con la _señá_ Bernarda, la dueña de los dormitorios +de la calle del Mediodía Grande, mujer muy dispuesta y que sabía +distinguir. Por tres reales le daba cama de a peseta, y en obsequio a la +excepcional decencia del parroquiano, por sólo un real de añadidura le +dejaba tener su baúl en un cuartucho interior, donde, además, le +permitía estar una hora todas las mañanas arreglándose la ropa, y +acicalándose con sus lavatorios, cosméticos y manos de tinte. Entraba +como un cadáver, y salía desconocido, limpio, oloroso y reluciente de +hermosura. + +La restante peseta la empleaba en comer y en vestirse... ¡Problema +inmenso, álgebra imposible! Con todos sus apuros, aquella temporada le +dio relativo descanso, porque no sufría la humillación de pedir socorro, +y malo o bueno, tuerto o derecho, tenía el hombre un medio de vivir, y +vivía y respiraba, y aún le sobraba tiempo para dar algunas volteretas +por los espacios imaginarios. Su honesto trato con Obdulia, que vino del +conocimiento con Doña Paca y de las relaciones comerciales de las viejas +cereras con el _funerario_, suegro de la niña, si llevó al espíritu de +Ponte el consuelo de la concordancia de ideas, gustos y aficiones, le +puso en el grave compromiso de desatender las necesidades de boca para +comprarse unas botas nuevas, pues las que por entonces prestaban +servicio exclusivo hallábanse horrorosamente desfiguradas, y por todo +pasaba el menesteroso, menos por entrar con feo pie en las regiones de +lo ideal. + + + + +XVII + + +Con el espantoso desequilibrio que trajeron al menguado presupuesto, las +botas nuevas y otros artículos de verdadera superfluidad, como pomada, +tarjetas, etc., en los cuales fue preciso invertir sumas de relativa +consideración, se quedó Frasquito enteramente vacío de barriga y sin +saber dónde ni cómo había que llenarla. Pero la Providencia, que no +abandona a los buenos, le deparó su remedio en la casa misma de Obdulia, +que le mataba el hambre algunos días, rogándole que la acompañase a +almorzar; y por cierto que tenía que gastar no poca saliva para +reducirle, y vencer su delicadeza y cortedad. Benina, que le leía en el +rostro la inanición, gastaba menos etiquetas que su señorita, y le +servía con brusquedad, riéndose de los melindres y repulgos con que daba +delicada forma a la aceptación. + +Aquel día, que tan siniestro se presentaba, y que la aparición de Benina +trocó en uno de los más dichosos, Obdulia y Frasquito, en cuanto +comprendieron que estaba resuelto el problema de la reparación +orgánica, se lanzaron a cien mil leguas de la realidad, para espaciar +sus almas en el rosado ambiente de los bienes fingidos. Las ideas de +Ponte eran muy limitadas: las que pudo adquirir en los veinte años de su +apogeo social se petrificaron, y ni en ellas hubo modificación, ni las +adquirió nuevas. La miseria le apartó de sus antiguas amistades y +relaciones, y así como su cuerpo se momificaba, su pensamiento se iba +quedando fósil. En su manera de pensar, no había rebasado las líneas del +68 y 70. Ignoraba cosas que sabe todo el mundo; parecía hombre caído de +un nido o de las nubes; juzgaba de sucesos y personas con candorosa +inocencia. La vergüenza de su aflictivo estado y el retraimiento +consiguiente, no tenían poca parte en su atraso mental y en la pobreza +de sus pensamientos. + +Por miedo a que le viesen hecho una facha, se pasaba semanas y aun meses +sin salir de sus barrios; y como no tuviera necesidad imperiosa que al +centro le llamase, no pasaba de la Plaza Mayor. Le azaraba continuamente +la monomanía centrífuga; prefería para sus divagaciones las calles +obscuras y extraviadas, donde rara vez se ve un sombrero de copa. En +tales sitios, y disfrutando de sosiego, tiempo sin tasa y soledad, su +poder imaginativo hacía revivir los tiempos felices, o creaba en los +presentes seres y cosas al gusto y medida del mísero soñador. + +En sus coloquios con Obdulia, Frasquito no cesaba de referirle su vida +social y elegante de otros tiempos, con interesantes pormenores: cómo +fue presentado en las tertulias de los señores de Tal, o de la Marquesa +de Cuál; qué personas distinguidas allí conoció, y cuáles eran sus +caracteres, costumbres y modos de vestir. Enumeraba las casas suntuosas +donde había pasado horas felices, conociendo lo mejorcito de Madrid en +ambos sexos, y recreándose con amenos coloquios y pasatiempos muy +bonitos. Cuando la conversación recaía en cosas de arte, Ponte, que +deliraba por la música y por el _Real_, tarareaba trozos de _Norma_ y de +_Maria di Rohan_, que Obdulia escuchaba con éxtasis. Otras veces, +lanzándose a la poesía, recitábale versos de D. Gregorio Romero +Larrañaga y de otros vates de aquellos tiempos bobos. La radical +ignorancia de la joven era terreno propio para estos ensayos de +literaria educación, pues en todo hallaba novedad, todo le causaba el +embeleso que sentiría una criatura al ver juguetes por primera vez. + +No se saciaba nunca la _niña_ (a quien es forzoso llamar así, a pesar de +ser casada, con su aborto correspondiente) de adquirir informes y +noticias de la vida de sociedad, pues aunque algunos conocimientos de +ello tuviera, por recuerdos vagos de su infancia, y por lo que su madre +le había contado, hallaba en las descripciones y pinturas de Ponte mayor +encanto y poesía. Sin duda, la sociedad del tiempo de Frasquito era más +bella que la coetánea, más finos los hombres, las señoras más graciosas +y espirituales. A ruego de ella, el elegante fósil describía los +convites, los bailes, con todas sus magnificencias; el _buffet_ o +_ambigú_, con sus variados manjares y refrigerios; contaba las aventuras +amorosas que en su tiempo dieron que hablar; enumeraba las reglas de +buena educación que entonces, hasta en los ínfimos detalles de la vida +suntuaria, estaba en uso, y hacía el panegírico de las bellezas que en +su tiempo brillaron, y ya se habían muerto o eran arrinconados +vejestorios. No se dejó en el tintero sus propias aventurillas, o más +bien pinitos amorosos, ni los disgustos que por tales excesos tuvo con +maridos escamones o hermanos susceptibles. De las resultas, había tenido +también su duelo correspondiente, ¡vaya! con padrinos, condiciones, +elección de armas, dimes y diretes, y, por fin, choque de sables, +terminando todo en fraternal almuerzo. Un día tras otro, fue contando +las varias peripecias de su vida social, la cual contenía todas las +variedades del libertinaje candoroso, de la elegancia pobre y de la +tontería honrada. Era también Frasquito un excelente aficionado al arte +escénico, y representó en distintos teatros caseros papeles principales +en _Flor de un día_ y _La trenza de sus cabellos_. Aún recordaba +parlamento y _bocadillos_ de ambas obras, que repetía con énfasis +declamatorio, y que Obdulia oía con arrobamiento, _arrasados los ojos en +lágrimas_, dicho sea con frase de la época. Refirió también, y para ello +tuvo que emplear dos sesiones y media, el baile de trajes que dio, allá +por los años de Maricastaña, una señora Marquesa o Baronesa de No sé +cuántos. No olvidaría Frasquito, si mil años viviese, aquella grandiosa +fiesta, a la que asistió de _bandido calabrés_. Y se acordaba de todos, +absolutamente de todos los trajes, y los describía y especificaba, sin +olvidar cintajo ni galón. Por cierto que los preparativos de su +vestimenta, y los pasos que tuvo que dar para procurarse las prendas +características, le robaron tanto tiempo día y noche, que faltó semanas +enteras a la oficina, y de aquí le vino la primera cesantía, y con la +cesantía sus primeros atrasos. + +Aunque en muy pequeña escala, también podía Frasquito satisfacer otra +curiosidad de Obdulia: la curiosidad, o más bien ilusión, de los viajes. +No había dado la vuelta al mundo; pero ¡había estado en París! y para un +elegante, esto quizás bastaba. ¡París! ¿Y cómo era París? Obdulia +devoraba con los ojos al narrador, cuando este refería con hiperbólicos +arranques las maravillas de la gran ciudad, nada menos que en los +esplendorosos tiempos del segundo Imperio. ¡Ah! ¡la Emperatriz Eugenia, +los Campos Elíseos, los bulevares, Nôtre Dame, Palais Royal... y para +que en la descripción entrara todo, Mabille, las loretas!... Ponte no +estuvo más que mes y medio, viviendo con grande economía, y aprovechando +muy bien el tiempo, día y noche, para que no se le quedara nada por ver. +En aquellos cuarenta y cinco días de libertad parisiense, gozó lo +indecible, y se trajo a Madrid recuerdos e impresiones que contar para +tres años seguidos. Todo lo vio, lo grande y lo chico, lo bello y lo +raro; en todo metió su nariz chiquita, y no hay que decir que se +permitió su poco de libertinaje, deseando conocer los encantos secretos +y seductoras gracias que esclavizan a todos los pueblos, haciéndoles +tributarios de la voluptuosa Lutecia. + +Precisamente aquel día, mientras Benina con diligencia suma trasteaba en +la cocina y comedor, Frasquito contaba a Obdulia cosas de París, y tan +pronto, en su pintoresco relato, descendía a las alcantarillas, como se +encaramaba en la torre del pozo artesiano de Grenelle. + +--Muy cara ha de ser la vida en París--le dijo su amiga--. ¡Ah! Sr. de +Ponte, eso no es para pobres. + +--No, no lo crea usted. Sabiendo manejarse, se puede vivir como se +quiera. Yo gastaba de cuatro a cinco napoleones diarios, y nada se me +quedó por ver. Pronto aprendí las _correspondencias_ de los ómnibus, y a +los sitios más distantes iba por unos cuantos _sus_. Hay _restauranes_ +económicos, donde le sirven a usted por poco dinero buenos platos. +Verdad es que en propinas, que allí llaman _pour boire_, se gasta más de +la cuenta; pero créame usted, las da uno con gusto por verse tratado con +tanta amabilidad. No oye usted más que _pardon_, _pardon_ a todas horas. + +--Pero entre las mil cosas que usted vio, Ponte, se olvida de lo mejor. +¿No vio usted a los grandes hombres? + +--Le diré a usted. Como era verano, los grandes hombres se habían ido a +tomar baños. Víctor Hugo, como usted sabe, estaba en la emigración. + +--Y a Lamartine, ¿no le vio usted? + +--En aquella época, ya el autor de _Graziella_ había fallecido. Una +tarde, los amigos que me acompañaban en mis paseos me enseñaron la casa +de Thiers, el gran historiador, y también me llevaron al café donde, por +invierno, solía ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock. + +--¿El de las novelas para reír? Tiene gracia; pero sus indecencias y +porquerías me fastidian. + +También vi la zapatería donde le hacían las botas a Octavio Feuillet. +Por cierto que allí me encargué unas, que me costaron seis napoleones... +¡pero qué hechura, qué género! Me duraron hasta el año de la muerte de +Prim... + +--Ese Octavio, ¿de qué es autor? + +--De _Sibila_ y otras obras lindísimas. + +--No le conozco... Creo confundirle con Eugenio Sué, que escribió, si no +recuerdo mal, los _Pecados capitales_ y _Nuestra Señora de París_. + +--_Los Misterios de París_, quiere usted decir. + +--Eso... ¡Ay, me puse mala cuando leí esa obra, de la gran impresión que +me produjo! + +--Se identificaba usted con los personajes, y vivía la vida de ellos. + +--Exactamente. Lo mismo me ha pasado con _María o la hija de un +jornalero_...». + +En esto les avisó Benina que ya tenía preparada la pitanza, y les faltó +tiempo para caer sobre ella y hacer los debidos honores a la tortilla de +escabeche y a las chuletas con patatas fritas. Dueño de su voluntad en +todo acto que requiriese finura y buenas formas, Ponte se las compuso +admirablemente con sus nervios para no dar a conocer la ferocidad de su +hambre atrasada. Con bondadosa confianza, Benina le decía: «Coma, coma, +Sr. de Ponte, que aunque esta no es comida fina, como las que a usted le +dan en otras casas, no le viene mal ahora... Los tiempos están malos. +Hay que apencar con todo... + +--Señora Nina--replicaba el _proto-cursi_--, yo aseguro, bajo mi palabra de +honor, que es usted un ángel; yo _me inclino a creer_ que en el cuerpo de +usted se ha encarnado un ser benéfico y misterioso, un ser que es _mera_ +personificación de la Providencia, según la entendían y entienden los +pueblos antiguos y modernos. + +--¡Válgate Dios lo que sabe, y qué tonterías tan saladas dice!». + + + + +XVIII + + +Con la reparadora substancia del almuerzo, los cuerpos parecía que +resucitaban, y los espíritus fortalecidos levantaron el vuelo a las más +altas regiones. Instalados otra vez en el gabinete, Ponte Delgado contó +las delicias de los veranos de Madrid en su tiempo. En el Prado se +reunía toda la nata y flor. Los pudientes iban de estación a la Granja. +Él había visitado más de una vez el Real Sitio, y había visto correr +las fuentes. + +«¡Y yo que no he visto nada, nada!--exclamaba Obdulia con tristeza, +poniendo en sus bellos ojos un desconsuelo infantil--. Crea usted, amigo +Ponte, que ya me habría vuelto tonta de remate, si Dios no me hubiera +dado la facultad de figurarme las cosas que no he visto nunca. No puede +usted imaginar cuánto me gustan las flores: me muero por ellas. En su +tiempo, mamá me dejaba tener tiestos en el balcón: después me los +quitaron, porque un día regué tanto, que subió el policía y nos echaron +multa. Siempre que paso por un jardín, me quedo embobada mirándolo. +¡Cuánto me gustaría ver los de Valencia, los de la Granja, los de +Andalucía!... Aquí apenas hay flores, y las que vemos vienen por +ferrocarril, y llegan mustias. Mi deseo es admirarlas en la planta. +Dicen que hay tantísimas clases de rosas: yo quiero verlas, Ponte; yo +quiero _aspirar su aroma_. Se dan grandes y chicas, encarnadas y +blancas, de muchas variedades. Quisiera ver una planta de jazmín grande, +grande, que me diera sombra. ¡Y cómo me quedaría yo embelesada, viendo +las mil florecillas caer sobre mis hombros, y prendérseme en el pelo!... +Yo sueño con tener un magnífico jardín y una estufa... ¡Ay! esas estufas +con plantas tropicales y flores rarísimas, quisiera verlas yo. Me las +figuro; las estoy viendo... me muero de pena por no poder poseerlas. + +--Yo he visto--dijo Ponte--, la de D. José Salamanca en sus buenos tiempos. +Figúresela usted más grande que esta casa y la de al lado juntas. +Figúrese usted palmeras y helechos de gran altura, y piñas de América +con fruto. Me parece que la estoy viendo. + +--Y yo también. Todo lo que usted me pinta, lo veo. A veces, soñando, +soñando, y viendo cosas que no existen, es decir, que existen en otra +parte, me pregunto yo: '¿Pero no podría suceder que algún día tuviera yo +una casa magnífica, elegante, con salones, estufa... y que a mi mesa se +sentaran los _grandes hombres_... y yo hablara con ellos y con ellos me +instruyera?'. + +--¿Por qué no ha de poder ser? Usted es muy joven, Obdulia, y tiene aún +mucha vida por delante. Todo eso que usted ve en sueños, véalo como una +realidad posible, probable. Dará usted comidas de veinte cubiertos, una +vez por semana, los miércoles, los lunes... Le aconsejo a usted, como +perro viejo en sociedad, que no ponga más de veinte cubiertos, y que +invite para esos días gente muy escogida. + +--¡Ah!... bien... lo mejor, la _crema_... + +--Los demás días, seis cubiertos, los convidados íntimos y nada más; +personas de alcurnia, ¿sabe? personas allegadas a usted y que le tengan +cariño y respeto. Como es usted tan hermosa, tendrá adoradores... eso no +lo podrá evitar... No dejará de verse en algún peligro, Obdulia. Yo le +aconsejo que sea usted muy amable con todos, muy fina, muy cortés; pero +en cuanto se propase alguno, revístase de dignidad, y vuélvase más fría +que el mármol, y desdeñosa como una reina. + +--Eso mismo he pensado yo, y lo pienso a todas horas. Estaré tan ocupada +en divertirme, que no se me ocurrirá ninguna cosa mala. ¡Que gusto ir a +todos los teatros, no perder ópera, ni concierto, ni función de drama o +comedia, ni estreno, ni nada, Señor, nada! Todo lo he de ver y gozar... +Pero crea usted una cosa, y se la digo con el corazón. En medio de todo +ese barullo, yo gozaría extremadamente en repartir muchas limosnas; iría +yo en busca de los pobres más desamparados, para socorrerles y... En +fin, que yo no quiero que haya pobres... ¿Verdad, Frasquito, que no debe +haberlos? + +--Ciertamente, señora. Usted es un ángel, y con la _varilla mágica de su +bondad_ hará desaparecer todas las miserias. + +--Ya se me figura que es verdad cuanto usted me dice. Yo soy así. Vea +usted lo que me pasa: hace un rato hablábamos de flores; pues ya se me +ha pegado a la nariz un olor riquísimo. Paréceme que estoy dentro de mi +estufa, viendo tantos primores, y oliendo fragancias deliciosas. Y +ahora, cuando hablábamos de socorrer la miseria, se me ocurrió decirle: +'Frasquito, tráigame una lista de los pobres que usted conozca, para +empezar a distribuir limosnas'. + +--La lista pronto se hace, señora mía--dijo Ponte contagiado del delirio +imaginativo, y pensando que debía encabezar la propuesta con el nombre +del primer menesteroso del mundo: _Francisco Ponte Delgado_. + +--Pero habrá que esperar--añadió Obdulia, dándose de hocicos contra la +realidad, para volver a saltar otra vez, cual pelota de goma, y +remontarse a las alturas--. Y diga usted: en ese correr por Madrid +buscando miserias que aliviar, me cansaré mucho, ¿verdad? + +--¿Pero para qué quiere usted sus coches?... Digo, yo _parto de la base_ +de que usted tiene una gran posición. + +--Me acompañará usted. + +--Seguramente. + +--¿Y le veré a usted paseando a caballo por la Castellana? + +--No digo que no. Yo he sido regular jinete. No gobierno mal... Ya que +hemos hablado de carruajes, le aconsejo a usted que no tenga cocheras... +que se entienda con un alquilador. Los hay que sirven muy bien. Se +quitará usted muchos quebraderos de cabeza. + +--¿Y qué le parece a usted?--dijo Obdulia ya desbocada y sin freno--. +Puesto que he de viajar, ¿a dónde debo ir primero, a Alemania o a Suiza? + +--Lo primero a París... + +--Es que yo me figuro que ya he visto a París... Eso es de clavo +pasado... Ya estuve: quiero decir, ya estoy en que estuve, y que +volveré, de paso para otro país. + +--Los lagos de Suiza son linda cosa. No olvide usted las ascensiones a +los Alpes para ver... los perros del Monte San Bernardo, los grandes +témpanos de hielo, y otras maravillas de la Naturaleza. + +--Allí me hartaré de una cosa que me gusta atrozmente: manteca de vacas +bien fresca... Dígame, Ponte, con franqueza: ¿qué color cree usted que +me sienta mejor, el rosa o el azul? + +--Yo afirmo que a usted le sientan bien todos los colores _del iris_; +mejor dicho: no es que este o el otro color hagan valer más o menos su +belleza; es que su belleza tiene bastante poder para dar realce a +cualquier color que se le aplique. + +--Gracias... ¡Qué bien dicho! + +--Yo, si usted me lo permite--manifestó el galán marchito, sintiendo el +vértigo de las alturas--, haré la comparación de su figura de usted con +la figura y rostro... ¿de quién creerá?... pues de la Emperatriz +Eugenia, ese prototipo de elegancia, de hermosura, de distinción... + +--¡Por Dios, Frasquito! + +--No digo más que lo que siento. Esa mujer _ideal_ no se me ha olvidado, +desde que la vi en París, paseando en el _Bois_ con el Emperador. La he +visto mil veces después, cuando _flaneo_ solito por esas calles soñando +despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas _en +mis habitaciones_. Paréceme que la estoy viendo ahora, que la veo +siempre... Es una idea, es un... no sé qué. Yo soy un hombre que adora +los ideales, que no vive sólo de la _vil materia_. Yo desprecio la _vil +materia_, yo sé desprenderme del _frágil barro_... + +--Entiendo, entiendo... Siga usted. + +--Digo que en mi espíritu vive la imagen de aquella mujer... y la veo +como un ser real, como un ente... no puedo explicarlo... como un ente, +no figurado, sino tangible y... + +--¡Oh! sí... lo comprendo. Lo mismo me pasa a mí. + +--¿Con ella? + +--No... con... no sé con quién». + +Por un momento, creyó Frasquito que el _ser ideal_ de Obdulia era el +Emperador. Incitado a completar su pensamiento, prosiguió así: + +«Pues, amiga mía, yo que _conozco_, que _conozco_, digo, a Eugenia de +Guzmán, sostengo que usted es como ella, o que ella y usted son una +misma persona. + +--Yo no creo que pueda existir tal semejanza, Frasquito--replicó la niña, +turbada, echando lumbre por los ojos. + +--La fisonomía, las facciones, así de perfil como de frente, la +expresión, el aire del cuerpo, la mirada, el gesto, los andares, todo, +todo es lo mismo. Créame usted, yo no miento nunca. + +--Puede ser que haya cierto parecido...--indicó Obdulia, ruborizándose +hasta la raíz del cabello--. Pero no seremos iguales; eso no. + +--Como dos gotas de agua. Y si se _parecen ustedes_ en lo físico...--dijo +Frasquito, echándose para atrás en el sillón y adoptando un tonillo de +franca naturalidad--, no es menor el parecido en lo moral, en el aire de +persona que ha nacido y vive en la más alta posición, en algo que revela +la conciencia de una superioridad a la que todos rinden acatamiento. En +suma, yo sé lo que me digo. Nunca veo tan clara la semejanza como cuando +usted manda algo a la Benina: se me figura que veo a Su Majestad +Imperial dando órdenes a sus chambelanes. + +--¡Qué cosas!... Eso no puede ser, Ponte... no puede ser». + +Entrole a la niña un reír nervioso, cuya estridencia y duración +parecían anunciar un ataque epiléptico. Riose también Frasquito, y +desbocándose luego por los espacios imaginativos, dio un bote +formidable, que, traducido al lenguaje vulgar, es como sigue: + +«Hace poco indicó usted que me vería paseando a caballo por la +Castellana. ¡Ya lo creo que podría usted verme! Yo he sido un buen +jinete. En mi juventud, tuve una jaca torda, que era una pintura. Yo la +montaba y la gobernaba admirablemente. Ella y yo _llamamos la atención_ +en La Línea primero, después en Ronda, donde la vendí, para comprarme un +caballo jerezano, que después fue adquirido... pásmese usted... por la +Duquesa de Alba, hermana de la Emperatriz, mujer elegantísima también... +y que también se le parece a usted, sin que las dos hermanas se +parezcan. + +--Ya, ya sé...--dijo Obdulia, haciendo gala de entender de linajes--. Eran +hijas de _la Montijo_. + +--Cabal, que vivía en la plazuela del Ángel, en aquel gran palacio que +hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos... mansión de +hadas... yo estuve una noche... me presentaron Paco Ustáriz y Manolo +Prieto, compañeros míos de oficina... Pues sí, yo era un buen jinete, y +créame, algo queda. + +--Hará usted una figura arrogantísima... + +--¡Oh! no tanto. + +--¿Por qué es usted tan modesto? Yo lo veo así, y suelo ver las cosas +bien claras. Todo lo que yo veo es verdad. + +--Sí; pero... + +--No me contradiga usted, Ponte, no me contradiga en esto ni en nada. + +--Acato humildemente sus aseveraciones--dijo Frasquito humillándose--. +Siempre hice lo mismo con todas las damas a quienes he tratado, que han +sido muchas, Obdulia, pero muchas... + +--Eso bien se ve. No conozco otra persona que se le iguale en la finura +del trato. Francamente, es usted el prototipo de la elegancia... de +la... + +--¡Por Dios!...». + +Al llegar a esta frase, el punto o vértice del delirio hízoles caer de +bruces sobre la realidad la brusca entrada de Benina, que, concluidas +sus faenas de fregado y arreglo de la cocina y comedor, se despedía. +Cayó Ponte en la cuenta de que era la hora de ir a cumplir sus +obligaciones en la casa donde trabajaba, y pidió licencia a la imperial +dama para retirarse. Esta se la dio con sentimiento, mostrándose +pesarosa de la soledad en que hasta el próximo día quedaba en sus +palacios, habitados por sombras de chambelanes y otros guapísimos +palaciegos. Que estos, ante los ojos de los demás mortales, tomaran +forma de gatos mayadores, a ella no le importaba. En su soledad, se +recrearía discurriendo muy a sus anchas por la estufa, admirando las +galanas flores tropicales, y aspirando sus embriagadoras fragancias. + +Fuese Ponte Delgado, despidiéndose con afectuosas salutaciones y +sonrisas tristes, y tras él Benina, que apresuró el paso para alcanzarle +en el portal o en la calle, deseosa de echar con él un parrafito. + + + + +XIX + + +«Sí, D. Frasco--le dijo codeándose con él en la calle de San Pedro +Mártir--. Usted no tiene confianza conmigo, y debe tenerla. Yo soy pobre, +más pobre que las ratas; y Dios sabe las amarguras que paso para +mantener a mi señora y a la niña, y mantenerme a mí... Pero hay quien me +gana en pobreza, y ese pobre de más _solenidá_ que nadie es usted... No +diga que no. + +--Señá Benina, repito que es usted un ángel. + +--Sí... de cornisa... Yo no quiero que usted esté tan desamparado. ¿Por +qué le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena es la vergüenza; pero no +tanta, Señor... Ya sabemos que el Sr. de Ponte es persona decente; pero +ha venido a menos, tan a menos, que no se lo lleva el viento porque no +tiene por dónde agarrarlo. Pues bueno: yo soy _Juan Claridades_; después +de atender a todo lo del día, me ha sobrado una peseta. Téngala... + +--Por Dios, _señá_ Benina--dijo Frasquito palideciendo primero, después +rojo. + +--No haga melindres, que le vendrá muy bien para que pueda pagarle a +Bernarda la cama de anoche. + +--¡Qué ángel, santo Dios, qué ángel! + +--Déjese de _angelorios_, y coja la moneda. ¿No quiere? Pues usted se lo +pierde. Ya verá como las gasta la _dormilera_, que no fía más que una +noche, y apurando mucho, dos. Y no salga diciendo que a mí me hace +falta. ¡Como que no tengo otra! Pero yo me gobernaré como pueda para +sacar el diario de mañana de debajo de las piedras... Que la tome, digo. + +--_Señá_ Benina, he llegado a tal extremidad de miseria y humillación, +que aceptarla la peseta, sí, señora, la aceptaría, olvidándome de quién +soy y de mi dignidad, etc... pero ¿cómo quiere usted que yo _reciba ese +anticipo_, sabiendo, como sé, que usted pide limosna para atender a su +señora? No puedo, no... Mi conciencia se subleva... + +--Déjese de sublevaciones, que no somos aquí _de tropa_. O usted se lleva +la pesetilla, o me enfado, como Dios es mi padre. D. Frasquito, no haga +papeles, que es usted más mendigo que el inventor del hambre. ¿O es que +necesita más dinero, porque le debe más a la Bernarda? En este caso, no +puedo dárselo, porque no lo tengo... Pero no sea usted lila, D. +Frasquito, ni se haga de mieles, que esa lagartona de la Bernarda se lo +comerá vivo, si no le acusa las cuarenta. A un parroquiano como usted, +_de la aristocracia_, no se le niega el hospedaje porque deba, un +suponer, tres noches, cuatro noches... Plántese el buen Frasquito, con +cien mil pares, y verá cómo la Bernarda agacha las orejas... Le da usted +sus cuatro reales a cuenta, y... échese a dormir tranquilo en el +camastro». + +O no se convencía Ponte, o convencido de lo buena que sería para él la +posesión de la peseta, le repugnaba el acto material de extender la mano +y recibir la limosna. Benina reforzó su argumentación diciéndole: «Y +puesto que es el niño tan vergonzoso, y no se atreve con su patrona, ni +aun dándole a cuenta la _cantidá_, yo le hablaré a Bernarda, yo le diré +que no le riña, ni le apure... Vamos, tome lo que le doy, y no me fría +más la sangre, Sr. D. Frasquito». + +Y sin darle tiempo a formular nuevas protestas y negativas, le cogió la +mano, le puso en ella la moneda, cerrole el puño a la fuerza, y se +alejó corriendo. Ponte no hizo ademán de devolverle el dinero, ni de +arrojarlo. Quedose parado y mudo; contempló a la Benina como a visión +que se desvanece en un rayo de luz, y conservando en su mano izquierda +la peseta, con la derecha sacó el pañuelo y se limpió los ojos, que le +lloraban horrorosamente. Lloraba de irritación oftálmica senil, y +también de alegría, de admiración, de gratitud. + +Aún tardó Benina más de una hora en llegar a la calle Imperial, porque +antes pasó por la de la Ruda a hacer sus compras. Estas hubieron de ser +al fiado, pues se le había concluido el dinero. Recaló en su casa +después de las dos, hora no intempestiva ciertamente: otros días había +entrado más tarde, sin que la señora por ello se enfadara. Dependía el +ser bien o mal recibida de la racha de humor con que a Doña Paca cogía +en el momento de entrar. Aquella tarde, por desgracia, la pobre señora +rondeña se hallaba en una de sus más violentas crisis de irritabilidad +nerviosa. Su genio tenía erupciones repentinas, a veces determinadas por +cualquier contrariedad insignificante, a veces por misterios del +organismo difíciles de apreciar. Ello es que antes de que Benina +traspasara la puerta, Doña Francisca le echó esta rociada: «¿Te parece +que son éstas horas de venir? Tengo yo que hablar con D. Romualdo, para +que me diga la hora a que sales de su casa... Apuesto a que te +descuelgas ahora con la mentira de que fuiste a ver a la niña, y que has +tenido que darle de comer... ¿Piensas que soy idiota, y que doy crédito +a tus embustes? Cállate la boca... No te pido explicaciones, ni las +necesito, ni las creo; ya sabes que no creo nada de lo que me dices, +embustera, enredadora». + +Conocedora del carácter de la señora, Benina sabía que el peor sistema +contra sus arrebatos de furor era contradecirla, darle explicaciones, +sincerarse y defenderse. Doña Paca no admitía razonamientos, por +juiciosos que fuesen. Cuanto más lógicas y justas eran las aclaraciones +del contrario, más se enfurruñaba ella. No pocas veces Benina, inocente, +tuvo que declararse culpable de las faltas que la señora le imputaba, +porque, haciéndolo así, se calmaba más pronto. + +«¿Ves cómo tengo razón?--proseguía la señora, que cuando se ponía en tal +estado, era de lo más insoportable que imaginarse puede--. Te callas... +quien calla, otorga. Luego es cierto lo que yo digo; yo siempre estoy al +tanto... Resulta lo que pensé: que no has subido a casa de Obdulia, ni +ese es el camino. Sabe Dios dónde habrás estado de pingo. Pero no te dé +cuidado, que yo lo averiguaré... ¡Tenerme aquí sola, muerta de +hambre!... ¡Vaya una mañana que me has hecho pasar! He perdido la cuenta +de los que han venido a cobrar piquillos de las tiendas, cantidades que +no se han pagado ya por tu desarreglo... Porque la verdad, yo no sé +dónde echas tú el dinero... Responde, mujer... defiéndete siquiera, que +si a todo das la callada por respuesta, me parecerá que aún te digo +poco». + +Benina repitió con humildad lo dicho anteriormente: que había concluido +tarde en casa de D. Romualdo; que D. Carlos Trujillo la entretuvo la mar +de tiempo; que había ido después a la calle de la Cabeza... + +«Sabe Dios, sabe Dios lo que habrás hecho tú, correntona, y en qué +sitios habrás estado... A ver, a ver si hueles a vino». + +Oliéndole el aliento, rompió en exclamaciones de asco y horror: «Quita, +quítate allá, borracha. Apestas a aguardiente. + +--No lo he catado, señora; me lo puede creer». + +Insistía Doña Paca, que en aquellas crisis convertía en realidades sus +sospechas, y con su terquedad forjaba su convicción. + +«Me lo puede creer--repitió Benina--. No he tomado más que un vasito de +vino con que me obsequió el Sr. de Ponte. + +--Ya me está dando a mí mala espina ese señor de Ponte, que es un viejo +verde muy zorro y muy tuno. Tal para cual, pues también tú las matas +callando... No pienses que me engañas, hipócrita... Al cabo de la vejez, +te da por la disolución, y andas de picos pardos. ¡Qué cosas se ven, +Señor, y a qué desarreglos arrastra el maldito vicio!... Te callas: +luego es cierto. No; si aunque lo negaras no me convencerías, porque +cuando yo digo una cosa, es porque la sé... Tengo yo un ojo...». + +Sin dar tiempo a que la delincuente se explicara, salió por este otro +registro: + +«¿Y qué me cuentas, mujer? ¿Qué recibimiento te hizo mi pariente D. +Carlos? ¿Qué tal? ¿Está bueno? ¿No revienta todavía? No necesitas +decirme nada, porque, como si hubiera estado yo escondidita detrás de +una cortina, sé todo lo que hablasteis... ¿A que no me equivoco? Pues te +dijo que lo que a mí me pasa es por mi maldita costumbre de no llevar +cuentas. No hay quien le apee de esa necedad. Cada loco con su tema; la +locura de mi pariente es arreglarlo todo con números... Con ellos se ha +enriquecido, robando a la Hacienda y a los parroquianos; con ellos +quiere al fin de la vida salvar su alma, y a los pobres nos recomienda +la medicina de los números, que a él no le salva ni a nosotros nos sirve +para nada. ¿Con que acierto? ¿Fue esto lo que te dijo? + +--Sí, señora. Parece que lo estaba usted oyendo. + +--Y después de machacar con esa monserga del Debe y Haber, te habrá dado +una limosna para mí... Ignora que mi dignidad se subleva al recibirla. +Le estoy viendo abrir las gavetas como quien quiere y no quiere, coger +el taleguito en que tiene los billetes, ocultándolo para que no lo +vieras tú; le veo sobar el saquito, guardarlo cuidadosamente; le veo +echar la llave... Y el muy cochino se descuelga con una porquería. No +puedo precisar la cantidad que te habrá dado para mí, porque es tan +difícil anticiparse a los cálculos de la avaricia; pero desde luego te +aseguro, sin temor de equivocarme, que no ha llegado a los cuarenta +duros». + +La cara que puso Benina al oír esto no puede describirse. La señora, que +atentamente la observaba, palideció, y dijo después de breve pausa: + +«Es verdad: me he corrido mucho. Cuarenta, no; pero, aun con lo cicatero +y mezquino que es el hombre, no habrá bajado de los veinticinco duros. +Menos que eso no lo admito, Nina; no puedo admitirlo. + +--Señora, usted está delirando--replicó la otra, plantándose con firmeza +en la realidad--. El Sr. D. Carlos no me ha dado nada, lo que se llama +nada. Para el mes que viene empezará a darle a usted una _paga_ de dos +duros mensuales. + +--Embustera, trapalona... ¿Crees que me embaucas a mí con tus enredos? +Vaya, vaya, no quiero incomodarme... Me tiene peor cuenta, y no estoy yo +para coger berrinches... Comprendido, Nina, comprendido. Allá te +entenderás con tu conciencia. Yo me lavo las manos, y dejo a Dios que te +dé tu merecido. + +--¿Qué, señora? + +--Hazte ahora la simple y la gatita Marirramos. ¿Pero no ves que yo te +calo al instante y adivino tus _infundios_? Vamos, mujer, confiésalo; no +trates de añadir a la infamia el engaño. + +--¿Qué, señora? + +--Pues que has tenido una mala tentación... Confiésamelo, y te perdono... +¿No quieres declararlo? Pues peor para ti y para tu conciencia, porque +te sacaré los colores a la cara. ¿Quieres verlo? Pues los veinticinco +duros que te dio para mí D. Carlos, se los has dado a ese Frasquito +Ponte para que pague sus deudas, y vaya a comer de fonda, y se compre +corbatas, pomada y un bastoncito nuevo... Ya ves, ya ves, bribonaza, +cómo todo te lo adivino, y conmigo no te valen ocultaciones. Si sé yo +más que tú. Ahora te ha dado por proteger a ese Tenorio fiambre, y le +quieres más que a mí, y a él le atiendes y a mí no, y de él te da +lástima, y a mí, que tanto te quiero, que me parta un rayo». + +Rompió a llorar la señora, y Benina que ya sentía ganas de contestar a +tanta impertinencia dándole azotes como a un niño mañoso, al ver las +lágrimas se compadeció. Ya sabía que el llanto era la terminación de la +crisis de cólera, la sedación del acceso, mejor dicho, y cuando tal +sucedía, lo mejor era soltar la risa, llevando la disputa al terreno de +las burlas sabrosas. + +«Pues sí, señora Doña Francisca--le dijo abrazándola--. ¿Creía usted que +habiéndome salido ese novio tan hechicero y tan saleroso, le había de +dejar yo en necesidad, sin darle para el pelo? + +--No creas que me engatusas con tus bromitas, trapalona, +zalamera...--decía la señora, ya desarmada y vencida--. Yo te aseguro que +no me importa nada lo que has hecho, porque el dinero de Trujillete yo +no lo había de tomar... Preferiría morirme de hambre, a manchar mis +manos con él... Dáselo, dáselo a quien quieras, ingratona, y déjame a mí +en paz; déjame que me muera olvidada de ti y de todo el mundo. + +--Ni usted ni yo nos moriremos tan pronto, porque aún hemos de dar mucha +guerra--le dijo la criada, disponiéndose con gran diligencia a darle de +comer. + +--Veremos qué porquerías me traes hoy... Enséñame la cesta... Pero, hija, +¿no te da vergüenza de traerle a tu ama estas piltrafas asquerosas?... +¿Y qué más? coliflor... Ya me tienes apestada con tus coliflores, que me +dan flato, y las estoy repitiendo tres días... En fin, ¿a qué estamos en +el mundo más que a padecer? Dame pronto estos comistrajos... ¿Y huevos +no has traído? Ya sabes que no los paso, como no sean bien frescos. + +--Comerá usted lo que le den, sin refunfuños, que el poner tantos peros a +la comida que Dios da, es ofenderle y agraviarle. + +--Bueno, hija, lo que tú quieras. Comeremos lo que haya, y daremos +gracias a Dios. Pero come tú también, que me da pena verte tan +ajetreada, desviviéndote por los demás, y olvidada de ti misma y del +alivio de tu cuerpo. Siéntate conmigo, y cuéntame lo que has hecho hoy». + +A media tarde, comían las dos, sentaditas a la mesa de la cocina. Doña +Paca, suspirando con toda su alma, entre un bocado y otro, expresó en +esta forma las ideas que bullían en su mente: + +«Dime, Nina, entre tantas cosas raras, incomprensibles, qué hay en el +mundo, ¿no habría un medio, una forma... no sé cómo decirlo, un +sortilegio por el cual nosotras pudiéramos pasar de la escasez a la +abundancia; por el cual todo eso que en el mundo está de más en tantas +manos avarientas, viniese a las nuestras que nada poseen? + +--¿Qué dice la señora? ¿Que si podría suceder que en un abrir y cerrar de +ojos pasáramos de pobres a ricas, y viéramos, un suponer, nuestra casa +llena de dinero, y de cuanto Dios crió? + +--Eso quiero decir. Si son verdad los milagros, ¿por qué no _sucede_ uno +para nosotras, que bien merecido nos lo tenemos? + +--¿Y quién dice que no _suceda_, que no tengamos +esa _ocurrencia_?--respondió Benina, en cuya mente surgió de improviso, +con poderoso relieve y extraordinaria plasticidad, el conjuro que +Almudena le había enseñado, para pedir y obtener todos los bienes de la +tierra. + + + + +XX + + +De tal modo se posesionaron de su espíritu la idea y las imágenes +expresadas por el ciego africano, que a punto estuvo de contarle a su +ama el maravilloso método de conjurar y hacer venir al _Rey de baixo +terra_. Pero recelando que aquel secreto sería menos eficaz cuanto más +se divulgara, contúvose en su locuacidad, y tan sólo dijo que bien +podría suceder que de la noche a la mañana se les metiera por las +puertas la fortuna. Al acostarse junto a Doña Paca, pues dormían en la +misma alcoba, pensó que todo aquello de Almudena era una _papa_, y +tomarlo en serio la mayor de las necedades. Quiso dormirse, mas no pudo; +volvió su espíritu a dar agasajo a la idea, creyéndola de posible +realización, Y si esfuerzos hacía por desecharla, con mayor tenacidad la +pícara idea se le metía en el cerebro. + +«¿Qué se pierde por probarlo?--se decía, arropándose en la cama--. Podrá +no ser verdad... ¿Pero y si lo fuese? ¡Cuántas mentiras hubo que luego +se volvieron verdades como puños!... Pues lo que es yo, no me quedo sin +probarlo, y mañana mismo, con el primer dinero que saque, compro el +candil de barro, sin hablar. El cuento es que no sé cómo puede tratarse +un _artículo_ sin hablar... En fin, me haré la sordomuda... Luego buscaré +el palitroque, también sin hablar... Falta que el moro me enseñe la +oración, y que yo la aprenda sin que se me escape un verbo...». + +Después de un breve sueño, despertó creyendo firmemente que en la salita +próxima había unas esportonas o seretas muy grandes, muy grandes, llenas +de diamantes, _rubiles_, perlas y zafiros... En la obscuridad de las +habitaciones nada podía ver; pero de que aquellas riquezas estaban allí +no tenía la menor duda. Cogió la caja de fósforos, dispuesta a encender, +para recrear su vista en el tesoro; mas por no despertar a Doña Paca, +cuyo sueño era muy ligero, dejó para la mañana el examen de tantas +maravillas... Pasado un rato, no tardó en reírse de su ilusión, +diciéndose: «¡Pues no soy poco lila!... Es todavía pronto para que +traigan eso...». Al amanecer, despertose al ladrido de dos perrazos +blancos que salían de debajo de las camas; sintió la campanilla de la +puerta; echose al suelo, y en camisa corrió a abrir, segura de que +llamaba algún _ayudante_ o gentilhombre del Rey de luenga barba y +vestido verde... Pero no era nadie; no había ser viviente en la puerta. + +Arreglose para salir, disponiendo el desayuno de la señora, y dando el +primer barrido a la casa, y a las siete salía ya con su cesta al brazo +por la calle Imperial. Como no tenía un céntimo ni de dónde le viniera, +encaminose a San Sebastián, pensando por el camino en D. Romualdo y su +familia, pues de tanto hablar de aquellos señores, y de tanto +comentarlos y describirlos, había llegado a creer en su existencia. +«¡Vaya que soy _gilí_!--se decía--. Invento yo al tal D. Romualdo, y ahora +se me antoja que es persona _efetiva_ y que puede socorrerme. No hay más +D. Romualdo que el pordioseo bendito, y a eso voy, y veremos si cae +algo, con permiso de la _Caporala_». El día era bueno; al entrar, díjole +Pulido que había funeral de primera, y boda en la sacristía. La novia +era sobrina de un ministro _pleniputenciano_, y el novio... _cosa de +periódicos_. Ocupó Benina su puesto, y se estrenó con dos céntimos que +le dio una señora. Sus compañeras trataron de _hacerla cantar_ el para +qué la había llamado D. Carlos; pero sólo contestó con evasivas y medias +palabras. Suponiendo la Casiana que el señor de Trujillo había tratado +con _señá_ Benina el darle los restos de comida de su casa, la trató con +miramiento, sin duda por llamarse a la parte. + +Al fin los del funeral no repartieron cosa mayor; y si los del bodorrio +se corrieron algo más, acudió tanta pobretería de otros cuadrantes, y se +armó tal barullo y confusión, que unos cogieron por cinco, y otros se +quedaron _in albis_. Al ver salir a la novia, tan emperifollada, y a las +señoras y caballeros de su compañía, cayeron sobre ellos como nube de +langosta, y al padrino le estrujaron el gabán, y hasta le chafaron el +sombrero. Trabajo le costó al buen señor sacudirse la terrible plaga, y +no tuvo más remedio que arrojar un puñado de calderilla en medio del +patio. Los más ágiles hicieron su agosto; los más torpes gatearon +inútilmente. La _Caporala_ y Eliseo trataban de poner orden, y cuando +los novios y todo el acompañamiento se metieron en los coches, quedó en +las inmediaciones de la iglesia la turbamulta mísera, gruñendo y +pataleando. Se dispersaba, y otra vez se reunía con remolinos +zumbadores. Era como un motín, vencido por su propio cansancio. Los +últimos disparos eran: «_Tú cogiste más_... _me han quitado lo mío_... +_aquí no hay decencia_... _cuánto pillo_...». La Burlada, que era de las +que más habían apandado, echaba sapos y culebras de su boca, concitando +los ánimos de toda la cuadrilla contra la _Caporala_ y Eliseo. Por fin, +intervino la policía, amenazándoles con _recogerles_ si no callaban, y +esto fue como la palabra de Dios. Los intrusos se largaron; los de casa +se metieron en el pasadizo. Benina sacó de toda la campaña del día, +comprendido funeral y boda, 22 céntimos, y Almudena, 17. De Casiana y +Eliseo se dijo que habían sacado peseta y media cada uno. + +Al retirarse juntos el ciego marroquí y Benina, lamentándose de su mala +sombra, fueron a parar, como la otra vez, a la plaza del Progreso, y se +sentaron al pie de la estatua para deliberar acerca de las dificultades +y ahogos de aquel día. No sabía ya Benina a qué santo encomendarse: con +la limosna de la jornada no tenía ni para empezar, porque érale forzoso +pagar algunas deudillas en los establecimientos de la calle de la Ruda, +a fin de sostener el crédito y poder trampear unos días más. Díjole +Almudena que él se hallaba en absoluta imposibilidad de favorecerla; lo +más que podía hacer era entregarle las perras de la mañana, y por la +noche lo que sacar pudiera en el resto del día, pidiendo en su puesto de +costumbre, calle del Duque de Alba, junto al cuartel de la Guardia +Civil. Rechazó la anciana esta generosidad, porque también él necesitaba +vivir y alimentarse, a lo que repuso el marroquí que con un café con pan +_migao_, en la Cruz del Rastro, tenía bastante para tirar hasta la +noche. Resistiéndose a admitir la oferta, planteó Benina la cuestión de +conjurar al Rey de _baixo terra_, mostrando una confianza y fe que +fácilmente se explican por la grande necesidad en que estaba. Lo +desconocido y misterioso busca sus prosélitos en el reino de la +desesperación, habitado por las almas que en ninguna parte hallan +consuelo. + +«Ahora mismo--dijo la pobre mujer--, quiero comprar las cosas. Hoy es +viernes, y mañana sábado hacemos la prueba. + +--_Compriar_ ti cosas, sin hablar... + +--Claro, sin decir una palabra. ¿Qué se pierde por hacer la prueba? Y +dime otra cosa: ¿ha de ser precisamente a media noche?». + +Contestó el ciego que sí, repitiendo las reglas y condiciones +imprescindibles para la eficacia del conjuro, y Benina trató de fijarlo +todo en su memoria. + +«Ya sé--le dijo al fin--, que estarás todo el día en la fuentecilla del +Duque de Alba--. Si se me olvida algo, iré a preguntártelo, y a que me +enseñes la oración. Eso sí que me ha de costar trabajo aprenderlo, sobre +todo si no me lo pones en lengua cristiana, que lo que es en la tuya, +hijo de mi alma, no sé cómo voy a componerme para no equivocarme. + +--Si _quivoquiar_ ti, Rey no _vinier_». + +Desalentada con estas dificultades, separose Benina de su amigo, por la +prisa que tenía de reunir algunas perras con que completar lo que para +las obligaciones de aquel día necesitaba, y no pudiendo esperar ya cosa +alguna del crédito, se puso a pedir en la esquina de la calle de San +Millán, junto a la puerta del café de los Naranjeros, importunando a los +transeúntes con el relato de sus desdichas: que acababa de salir del +hospital, que su marido se había caído de un andamio, que no había +comido en tres semanas, y otras cosas que partían los corazones. Algo +iba pescando la infeliz, y hubiera cogido algo más, si no se pareciese +por allí un maldito guindilla que la conminó con llevarla a los sótanos +de la prevención de la Latina, si no se largaba con viento fresco. +Ocupose luego en comprar los adminículos para el conjuro, empresa harto +engorrosa, porque todo había de hacerse por señas, y se fue a su casa +pensando que sería gran dificultad efectuar allí la endiablada +hechicería sin que se enterase la señora. Contra esto no había más +recurso que _figurar_ que D. Romualdo se había puesto muy malito, y salir +de noche a velarle, yéndose a casa de Almudena... Pero la presencia de +la Petra podría ser obstáculo: al peligro de que un testigo incrédulo +imposibilitara la _cosa_, se añadía el inconveniente grave de que, en +caso de éxito feliz, la borrachona quisiera apropiarse todos o una parte +de los tesoros donados por el Rey... Por cierto que mejor que en piedras +preciosas, sería que lo trajesen todo en moneda corriente, o en fajos de +billetes de Banco, bien sujetos con una goma, como ella los había visto +en las casas de cambio. Porque... no era floja pejiguera tener que ir a +las platerías a proponer la venta de tantas perlas, zafiros y +diamantes... En fin, que lo trajeran como les diese la gana: no era cosa +de poner reparos, ni exigir muchos perendengues. + +Halló a Doña Paca de mal temple, porque se había parecido en la casa, +muy de mañana, un dependiente de la tienda, y habíala insultado con +expresiones brutales y soeces. La pobre señora lloraba y se tiraba de +los pelos, suplicando a su fiel amiga que arase la tierra en busca de +los pocos duros que hacían falta, para tirárselos al rostro al bestia +del tendero, y Benina se devanaba los sesos por encontrar la solución +del terrible conflicto. + +«Mujer, por piedad, discurre, inventa algo--le decía la señora, hecha un +mar de lágrimas--. Para las ocasiones son los amigos. En circunstancias +muy críticas, no hay más remedio que perder la vergüenza... ¿No se te +ocurre, como a mí, que tu D. Romualdo podría sacarnos del compromiso?». + +La criada no contestó. Preparando la comida de su ama, daba vueltas en +su mente a las combinaciones más sutiles. Repetida la proposición por +Doña Paca, pareció que Benina la encontraba razonable. «D. Romualdo... +sí, sí. Iré a ver... Pero no respondo, señora, no respondo. Quizás +desconfíen... Una cosa es hacer caridad, y otra prestar dinero... y no +salimos del paso con menos de diez duros... ¿Qué dijo ese bruto de +Gabino? ¿que volvería mañana a darnos otro escándalo?... ¡Canalla, +ladrón... que todo lo vende _adúltero_!... Pues, sí, es cosa de diez +duros, y no sé si D. Romualdo... Por él no quedaría; pero su hermana es +_puño en rostro_... ¡Diez duros!... Voy a ver... Pero no extrañe la +señora que tarde un poco. Estas cosas... no sabe una cómo tratarlas... +Depende de la cara que pongan; a lo mejor salen con aquello de «vuelva +usted...». Me voy, me voy; ya me entra la desazón... tardaré... pero no +tarda quien a casa llega... + +--Sobre todo si no trae las manos vacías. Vete, hija, vete, y el Señor te +acompañe y te afine las entendederas. Si yo tuviera tu talento, pronto +saldría de estas trapisondas. Aquí me quedo rezando a todos los santos +del cielo para que te inspiren, y a las dos nos saquen de este +Purgatorio. Adiós, hija». + +Habiéndose trazado un plan, el único que, en su certero juicio, le +ofrecía remotas probabilidades de éxito, dirigiose Benina a la calle de +Mediodía Grande, y a la casa de dormir propiedad de su amiga Doña +Bernarda. + + + + +XXI + + +La dueña del establecimiento brillaba por su ausencia. Fue recibida +Benina por la _encargada_, y por un hombre llamado Prieto, que +disfrutaba de toda la confianza de aquella, y llevaba la contabilidad +del alquiler diario de camas. No tuvo la anciana más remedio que +esperar, pues aquel par de _congrios_ carecían de facultades para +resolverle el problema que tan atrozmente la inquietaba. Hablando, +hablando, del negocio de dormir (el año iba muy malo, y cada noche +dormía menos gente, y los _micos_ menudeaban), ocurriole a Benina +preguntar por Frasquito Ponte; a lo que respondió Prieto que la noche +anterior se habían visto en el caso de no admitirle porque era deudor ya +de _siete camas_, y no había dado nada a cuenta. + +«¡Pobre señor!--dijo Benina--; habrá dormido al raso... Es un dolor... a +sus años... Mejorando lo presente, es más viejo que la Cuesta de la +Vega». + +Refirió la encargada que no sabiendo Don Frasquito dónde meterse, había +conseguido ser albergado en la casa del _Comadreja_, calle de Mediodía +Chica, dos pasos de allí. Por más señas, había corrido la noticia de que +estaba enfermo. Al oír esto, olvidósele repentinamente a Benina el +objeto principal que a tal sitio la llevara, y no pensó más que en +averiguar qué había sido del desamparado Frasquito. Tiempo tenía de dar +un salto a la casa del _Comadreja_, y volver a punto que regresase a su +domicilio la Doña Bernarda. Dicho y hecho. Un momento después, entraba +la diligente anciana en la fementida tabernuca que _da la cara_ al +público en el _establecimiento_ citado, y lo primero que allí vio fue la +abominable estampa de Luquitas, el esposo de Obdulia, que con otros +perdidos y dos o tres mujeres zarrapastrosas, jugaba a las cartas en una +sucia mesilla circular, entre copas de Cariñena y Pardillo. En el +momento de entrar Benina, acababan un juego, y antes de echar otra mano, +el hijo de Doña Paca tiró sobre la mesa los asquerosos naipes, que en +mugre competían con las manos de los jugadores; se levantó +tambaleándose, y con media lengua y finura desconcertada, de la que +suelen emplear los borrachos, ofreció a la criada de su suegra un vaso +de vino. «Quite allá, señorito, yo ya he bebido... Se agradece...»--dijo +la anciana, rechazando el vaso. + +Pero tan pesado se puso el señorito, y con tal insistencia le coreaban +los demás pidiendo que bebiese _la señora_, que esta tuvo miedo, y tomó +la mitad del contenido del vaso pegajoso. No quería ponerse a mal con +aquella gentuza, por lo que pudiera tronar, y sin perder tiempo ni +meterse en dimes y diretes con el vicioso Luquitas, por el abandono en +que a su mujer tenía, se fue derecha a su objeto: «¿Y no está por aquí +la _Pitusa_? + +--Aquí está para servirla--dijo una mujer escuálida, saliendo por estrecha +puertecilla, bien disimulada entre los estantes llenos de botellas y +garrafas que había detrás del mostrador. Como grieta que da paso al +escondrijo de una anguila, así era la puerta, y la mujer el ejemplar más +flaco, desmedrado y escurridizo que pudiera encontrarse en la fauna a +que tales hembras pertenecen. Tan flaco era su rostro, que al verlo de +perfil podría tenérsele por construido de chapa, como las figuras de las +veletas. En su cuello no cabían más costurones, y en una de sus orejas +el agujero del pendiente era tan grande, que por él se podría meter con +toda holgura un dedo. Los dientes mellados y negros, las cejas calvas, +las pestañas pitañosas, los ojos tiernos, de mirada de lince, +completaban su fisonomía. Del cuerpo no he de decir sino que +difícilmente se encontrarían formas más exactamente comparables a las de +un palo de escoba vestido, o, si se quiere, cubierto de trapos de fregar +suelos; de los brazos y manos, que al gesticular parecía que azotaban, +como los tirajos de un zorro que quisiera limpiar el polvo a la cara del +interlocutor; de su habla y acento, que sonaban como si estuviera +haciendo gárgaras, y aunque parezca extraño, diré también, para dar +completa idea de la persona, que de todas estas exterioridades +desapacibles se desprendía un cierto airecillo de afabilidad, un moral +atractivo, por lo que termino asegurando que la _Pitusa_ no era +antipática ni mucho menos. + +--«¿Qué trae por acá la _señá_ Benina?--le dijo sacudiéndole de firme en +los dos hombros--. Oí contar que estaba usted en grande, en casa rica... +Ya, ya sacará buenas rebañaduras... ¡Y que no tendrá usted mal +_gato_!... + +--Hija, no... De eso hace un siglo. Ahora estamos en baja. + +--¿Qué? ¿Le va mal? + +--Tirando, tirando. Si sopas, comerlas, y si no, nada... Y el +_Comadreja_, ¿está? + +--¿Para qué le quiere, _señá_ Benina? + +--Hija, te pregunto por saber de él, si está con salud. + +--Se defiende. La herida se le abre cuando menos lo piensa. + +--Vaya por Dios... Dime otra cosa... + +--Mándeme. + +--Quiero saber si has recogido en tu casa a un caballero que le llaman +Frasquito Ponte, y si le tienes aquí todavía, porque me dijeron que +anoche se puso muy malo». + +Por toda respuesta, la _Pitusa_ mandó a Benina que la siguiera, y ambas, +agachándose, se escurrieron por el agujero que hacía las veces de puerta +entre los estantillos del mostrador. De la otra parte arrancaba una +escalera estrechísima, por la cual subieron una tras otra. + +«Es una persona decente, como quien dice, personaje--añadía Benina, +segura ya de encontrar allí al infortunado caballero. + +--De la grandeza. _Vele_ aquí a dónde vienen a parar los _títulos_». + +Por un pasillo mal oliente y sucio llegaron a una cocina, donde no se +guisaba. Fogón y vasares servían de depósito de botellas vacías, cajas +deshechas, sillas rotas y montones de trapos. En el suelo, sobre un +jergón mísero, yacía cuan largo era D. Francisco Ponte, en mangas de +camisa, inmóvil, la fisonomía descompuesta. Dos mujeronas, de rodillas a +un lado y otro, la una con un vaso de agua y vino, la otra atizándole +friegas, le hablaban a gritos: «Vuelva en sí... ¿Qué demonios le +pasa?... Eso no es más que maulería. ¿No quiere beber más?». + +Benina, de hinojos, se puso también a gritarle, sacudiéndole: «D. +Frasquito de mi alma, ¿qué es eso? Abra los ojos y véame: soy la Nina». + +No tardaron las dos tarascas que, entre paréntesis, si apostaran a +repugnantes y feas, no habría quien les ganara; no tardaron, digo, en +dar a la anciana las explicaciones que del suceso pedía. No admitido +Ponte en las alcobas de la Bernarda, arrimose al quicio de la puerta de +la capilla de Irlandeses para pasar la noche. Allí le encontraron ellas, +y se pusieron a darle bromas, a decirle cosas... _amos_... cosas que se +dicen y que no eran para ofenderse. Total: que el pobre vejete mal +pintado se hubo de incomodar, y al correr tras ellas con el palo +levantado para pegarles, pataplum, cayó redondo al suelo. Soltaron ellas +la risa, creyendo que había tropezado; pero al ver que no se movía, +acudieron; llegose también el sereno, le echó a la cara la linterna, y +entonces vieron que tenía un ataque. Húrgale por aquí, húrgale por allá, +y el buen señor como cuerpo difunto. Llamado el _Comadreja_, lo +_desanimó_, y dijo que todo era un _sincopiés_; y como es _caritativo +él_, _buen cristiano él_, y además había estudiado un año de +Veterinaria, mandó que le llevaran a su casa para asistirle y devolverle +el resuello con friegas y sinapismos. + +Así se hizo, cargándole entre las dos y otra compañera, pues el enfermo +pesaba como un manojo de cañas, y en casa, a fuerza de pellizcos y +restregones, volvió en sí, y les dio las gracias tan amable. La +_Pitusa_ le hizo unas sopas, que tomó con apetito, dando a cada momento +_las más expresivas gracias_... tan fino, y así estuvo hasta la mañana, +bien apañadito en su jergón. No podían ponerle en un cuarto, porque en +toda la noche apenas los hubo desocupados, y allí, en la cocina vieja, +estaba muy bien, por ser pieza de ventilación. + +Lo peor fue que a la mañana, cuando se levantaba para marcharse, le +repitió el ataque, y todo el santo día le daban de hora en hora unos +_sincopieses_ tan tremendos, que se quedaba como cadáver, y costaba Dios +y ayuda volverle en sí. Le habían dejado en mangas de camisa, porque se +quejaba de calor; pero allí estaba la ropa sin que nadie la tocase, ni +le afanaran cosa alguna de lo que tenía en los bolsillos. Había dicho el +_Comadreja_ que si no se recobraba en la noche, daría parte a la +Delegación para que le llevaran al Hospital. + +Manifestó Benina a la _Pitusa_ que era un dolor mandar al Hospital a tan +ilustre señorón, y que ella se determinaría a llevarle a su casa, sí... +Hirió la mente de la anciana una atrevida idea, y con la resolución que +era cualidad primaria de su carácter, se apresuró a ponerla en práctica +con toda prontitud. «¿Quieres oírme una palabrita?--dijo a la _Pitusa_, +cogiéndola por el brazo para sacarla de la cocina. Y al extremo del +pasillo, entraron en la única habitación _vividera_ de la casa: una +alcoba con cama camera de hierro, colcha de punto de gancho, espejos +torcidos, láminas de odaliscas, cómoda derrengada, y un San Antonio en +su peana, con flores de trapo y lamparilla de aceite. El diálogo fue +rápido y nervioso: + +«¿Qué se le ofrece? + +--Pues poca cosa. Que me prestes diez duros. + +--_Señá_ Benina, ¿está usted en sus cabales? + +--En ellos estoy, Teresa Conejo, como lo estaba cuando te presté los mil +reales, y te salvé de ir a la cárcel... ¿No te acuerdas? Fue el año y el +día del ciclón, que arrancó los árboles del Botánico... Tú habitabas en +la calle del Gobernador; yo en la de San Agustín, donde servía... + +--Sí que me acuerdo. Yo la conocí a usted de que comprábamos juntas... + +--Te viste en un fuerte compromiso. + +--Empezaba yo a rodar por el mundo... + +--Y rodando, rodando, caíste en una tentación... + +--Y como servía usted en casa grande, yo calculé y dije: 'Pues esta, si +quiere, podrá sacarme'. + +--Te llegaste a mí con mucho miedo... lo que pasa... no querías +levantarte el faldón, y que yo te dejara destapada. + +--Pero usted me tapó... ¡Cuánto se lo agradecí, Benina! + +--Y sin réditos... Luego tú, en cuanto hiciste las paces con el del +almacén de vinos, me pagaste... + +--Duro sobre duro. + +--Pues bien: ahora soy yo la que se ha caído: necesito doscientos reales, +y tú me los vas a dar. + +--¿Cuándo? + +--Ahora mismo. + +--¡Mecachis... San Dios! ¡Como no se me vuelva dinero la chimenea de los +garbanzos! + +--¿No los tienes? ¿Ni tu _Comadreja_ tampoco? + +--Estamos como el gallo de Morón... ¿Y para qué quiere los diez duros? + +--Para lo que a ti no te importa. Di si me los das o no me los das. Yo te +los pagaré pronto; y si quieres real por duro, no hay _incomeniente_. + +--No es eso: es que no tengo ni un cuarto partido por medio. Este ganado +indecente no trae más que miseria. + +--¡Válgate Dios! ¿Y...? + +--No, no tengo alhajas. Si las tuviera... + +--Busca bien, _maestra_. + +--Pues bueno. Hay dos sortijas. No son mías: son del _Rey de Bastos_, un +amigo de Rumaldo, que se las dio a guardar, y Rumaldo me las dio a mí. + +--Pues... + +--Si usted me da su palabra de desempeñarlas dentro de ocho días y +traérmelas, pero palabra formal, ¡San Dios! lléveselas... Darán los diez +por largo, pues una de ellas tiene un brillante que da _la catarata_». + +Poco más se habló. Cerraron bien la puerta, para que nadie pudiera +fisgonear desde el pasillo. Si alguien lo hiciera, no habría oído más +que un abrir y cerrar de los cajones de la cómoda, un cuchicheo de +Benina, y roncas gárgaras de la otra. + + + + +XXII + + +A poco de volver las dos mujeres al lado del desmayado Frasquito, entró +el _Comadreja_, que era un mocetón achulado, de buen porte, con tez y +facciones algo gitanescas, sombrero ancho, bien ceñido el talle, y lo +primero que dijo fue que pronto sería conducido el _interfezto_ al +Hospital. Protestó Benina, sosteniendo que la enfermedad de Ponte era de +las que exigen trato casero y de familia; en el Hospital se moriría sin +remedio, y así, valía más que ella se le llevara a la casa de su señora +Doña Francisca Juárez, la cual, aunque había venido muy a menos, todavía +se hallaba en posición de hacer una obra de caridad, albergando a su +paisano el Sr. de Ponte, con quien tenía, si mal no recordaba, lejano +parentesco. En esto volvió de su desvanecimiento el galán pobre, y +reconociendo a su bienhechora, le besó las manos, llámandola _ángel_ y +qué sé yo qué, muy gozoso de verla a su lado. Con gesto imperioso, al +que siguió una patada, la _Pitusa_ ordenó a las dos arrapiezas que se +fueran a su obligación en la puerta de la calle; el _Comadreja_ bajó a +despachar, y quedándose solas la Benina y su amiga con el pobre Ponte, +le vistieron del levitín y gabán para llevársele. + +«Aquí en confianza, D. Frasquito--le dijo la Benina--, cuéntenos por qué +no hizo lo que le mandé. + +--¿Qué, señora? + +--Dar a Bernarda la peseta, a cuenta de noches debidas... ¿O es que se +gastó la peseta en algo que le hacía falta, un suponer, en pintura para +la fisonomía del bigote? En este caso, no digo nada. + +--Cosmético, no... yo se lo juro--respondió Frasquito con lánguido acento, +sacando de su boca las palabras como con un gancho--. Lo gasté... pero no +en eso... Tenía que pro... pro... si lo diré al fin... que +proporcionarme una foto... grafía». + +Rebuscó en el bolsillo de su gabán, y de entre sobadas cartas y papeles, +sacó uno que desdobló, mostrando un retrato fotográfico, tamaño de +tarjeta ordinaria. + +«¿Quién es esta madama?--dijo la _Pitusa_, que con presteza lo cogió para +examinarlo--. Como guapa, lo es... + +--Quería yo--prosiguió Frasquito tomando aliento a cada sílaba--, +demostrarle a Obdulia su perfecta semejanza con... + +--Pues este retrato no es de la niña--dijo Benina contemplándolo--. Algo se +le parece en el corte de cara; pero no es mismamente. + +--Digan ustedes si se parece o no. Para mí son idénticas... La una como +la otra, esta como aquella. + +--¿Pero quién es? + +--La Emperatriz Eugenia... ¿Pero no la ven? No lo había más que en casa +de Laurent, y no lo daban por menos de una peseta... Forzoso adquirirlo, +demostrar a Obdulia la similitud... + +--D. Frasquito, por la Virgen, mire que vamos a creer que está ido... +¡Gastar la peseta en un retrato!...». + +No se dio por convencido el caballero pobre, y guardando cuidadosamente +la cartulina, se abrochó su gabán y trató de ponerse en pie; operación +complicadísima que no pudo realizar, por la extraordinaria flojedad de +sus piernas, no más gruesas que palillos de tambor. Con la prontitud que +usar solía en casos como aquel, Benina salió a tomar un coche, para lo +cual antes tenía que evacuar otra diligencia de suma importancia. Mas +como era tan ejecutiva, pronto despachó: con sus diez duros en el +bolsillo, volvió a Mediodía Grande en coche simón tomado por horas, y +en la puerta de la casa se tropezó con Petra la borrachera y su +compañera _Cuarto e kilo_, que de la taberna vociferando salían. + +--«Ya, ya sabemos que se le lleva consigo...--dijéronle con retintín--. Así +se portan las mujeres de rumbo, que estiman a un hombre... Vaya, vaya, +que eso es correrse... Bien se ve que se puede. + +--¡A ver!... Pero como a ustedes no les importa, yo digo... ¿Y qué? + +--Pues na... En fin, aliviarse. + +--¡Contento que tiene usted al ciego Almudena! + +--¿Qué le pasa? + +--Que ha esperado a la señora toda la tarde... ¡Cómo había de ir, si +andaba buscando al caballero canijo!... + +--Un recadito nos dio para usted por si la veíamos. + +--¿Qué dice? + +--A ver si me acuerdo... ¡Ah! sí: que no compre la olla... + +--La olla de los siete _bujeros_... que él tiene una que trajo de su +tierra. + +--¿Y qué? ¿Van a poner fábrica de coladores? Si no, ¿para qué son tantos +_ujeros_? + +--Cállense las muy boconas. Ea, con Dios. + +--Y estamos de coche. ¡Vaya un lujo! ¡Cómo se conoce que corre la guita! + +--Que os calléis... Más valdría que me ayudarais a bajarle y meterle en +el coche. + +--Vaya que sí. Con alma y vida». + +De divertimiento sirvió a todas las de casa y a las de fuera. Fue una +ruidosa función el acto de bajar a Frasquito, cantándole coplas en son +funerario, y diciéndole mil cuchufletas aplicadas a él y a la Benina, +que insensible a los desahogos de la vil canalla, se metió en su coche, +llevando al caballero andaluz como si fuera un lío de ropa, y mandó al +cochero picar hacia la calle Imperial, cuidando de despabilar bien al +caballo. + +No fue, como es fácil suponer, floja sorpresa la de Doña Francisca al +ver que le metían en la casa un cuerpo al parecer moribundo, +transportado entre Benina y un mozo de cuerda. La pobre señora había +pasado la tarde y parte de la noche en mortal ansiedad, y al ver cosa +tan extraña, creía soñar o tener trastornado el sentido. Pero la +traviesa criada se apresuró a tranquilizarla, diciéndole que aquel no +era cadáver, como de su aspecto lastimoso podía colegirse, sino enfermo +gravísimo, el propio D. Frasquito Ponte Delgado, natural de Algeciras, a +quien había encontrado en la calle; y sin meterse en más explicaciones +del inaudito suceso, acudió a confortar el atribulado espíritu de Doña +Paca con la fausta noticia de que llevaba en su bolso nueve duros y +pico, suma bastante para atender al compromiso más urgente, y poder +respirar durante algunos días. + +--«¡Ah, qué peso me quitas de encima de mi alma!--exclamó la señora +elevando las manos--. El Señor le bendiga. Ya estamos en situación de +hacer una obra de caridad, recogiendo a este desgraciado... ¿Ves? Dios +en un solo punto y ocasión nos ampara y nos dice que amparemos. El favor +y la obligación vienen aparejados. + +--Hay que tomar las cosas como las dispone... _el que menea los truenos_. + +--¿Y dónde ponemos a este pobre mamarracho?--dijo Doña Paca palpando a +Frasquito, que, aunque no estaba sin conocimiento, apenas hablaba ni se +movía, yacente en el santo suelo, arrimadito a la pared». + +Como después del casamiento de Obdulia y Antoñito habían sido vendidas +las camas de estos, surgió un conflicto de instalación doméstica, que +Nina resolvió proponiendo armar su cama en el cuartito del comedor, para +colocar en ella al pobre enfermo. Ella dormiría en un jergón sobre la +estera, y ya verían, ya verían si era posible arrancar al cuitado viejo +de las uñas de la muerte. + +«Pero, Nina de mi alma, ¿has pensado bien en la carga que nos hemos +echado encima?... Tú que no puedes, llévame a cuestas, como dijo el +otro. ¿Te parece que estamos nosotras para meternos a protectoras de +nadie?... Pero acaba de contarme: ¿fue D. Romualdo bendito quien...? + +--Sí, señora, Rumaldo...--respondió la anciana, que en su aturdimiento no +se había preparado para el embuste. + +--¡Bendito, mil veces bendito señor! + +--Ella... Teresa Conejo. + +--¿Qué dices, mujer? + +--Digo que... ¿Pero usted no se entera de lo que hablo? + +--Has dicho que... ¿Por ventura es cazador D. Romualdo? + +--¿Cazador? + +--Como has dicho no sé qué de un conejo. + +--Él no caza; pero le regalan... qué sé yo... tantas cosas... la perdiz, +el conejo de campo... Pues esta tarde... + +--Ya; te dijo: 'Benina, a ver cómo me pones mañana este conejo que me han +traído...'. + +--Sobre si había de ser en salmorejo o con arroz, estuvieron disputando; +y como yo nada decía y se me saltaban las lágrimas, 'Benina, ¿qué +tienes? Benina, ¿qué te pasa?...'. En fin, que del conejo tomé pie para +contarle el apuro en que me veía...». + +Convencida Doña Paca, ya no se pensó más que en instalar a Frasquito, +el cual parecía no darse cuenta de lo que le pasaba. Al fin, cuando ya +le habían acostado, reconoció a la viuda de Juárez, y mostrándole su +gratitud con apretones de manos y un suspirar afectuoso, le dijo: + +«Tal hija, tal madre... Es usted el vivo retrato de la Montijo. + +--¿Qué dice este hombre? + +--Le da porque todas nos parecemos a... no sé quién... a los emperadores +de Francia... En fin, dejarlo. + +--¿Estoy en el palacio de la plaza del Ángel?--dijo Ponte examinando la +mísera alcoba con extraviados ojos. + +--Sí, señor... Arrópese ahora; estese quietecito para que coja el sueño. +Luego le daremos buen caldo... y a vivir». + +Dejáronle solo, y Benina se echó nuevamente a la calle, ávida de tapar +la boca a los acreedores groseros, que con apremio impertinente y +desvergonzado abrumaban a las dos mujeres. Diose el gustazo de ponerles +ante los morros los duros que se les debían, hizo más provisiones, fue a +la calle de la Ruda, y con su cesta bien repleta de víveres y el corazón +de esperanzas, pensando verse libre de la vergüenza de pedir limosna, al +menos por un par de días, volvió a su casa. Con presteza metódica se +puso a trabajar en la cocina, en compañía de su ama, que también estaba +risueña y gozosa. «¿Sabes lo que me ha pasado--dijo a Benina--en el rato +que has estado fuera? Pues me quedé dormidita en el sillón, y soñé que +entraban en casa dos señores graves, vestidos de negro. Eran D. +Francisco Morquecho y D. José María Porcell, paisanos míos, que venían a +participarme el fallecimiento de D. Pedro José García de los Antrines, +tío carnal de mi esposo. + +--¡Pobre señor; se ha muerto!--exclamó Nina con toda el alma. + +--Y el tal D. Pedro José, que es uno de los primeros ricachos de la +Serranía... + +--Pero dígame: ¿es soñado lo que me cuenta o es verdad? + +--Espérate, mujer. Venían esos dos señores, D. Francisco y D. José María, +médico el uno, el otro secretario del Ayuntamiento... pues venían a +decirme que el García de los Antrines, tío carnal de mi Antonio, les +había nombrado testamentarios... + +--Ya... + +--Y que... la cosa es clara... como no tenía el tal sucesión directa, +nombraba herederos... + +--¿A quién? + +--Ten calma, mujer... Pues dejaba la mitad de sus bienes a mis hijos +Obdulia y Antoñito, y la otra mitad a Frasquito Ponte. ¿Qué te parece? + +--Que a ese bendito señor debían de hacerle santo. + +--Dijéronme D. Francisco y D. José María que hace días andaban buscándome +para darme conocimiento de la herencia, y que preguntando aquí y acullá, +al fin averiguaron las señas de esta casa... ¿por quién dirás? por el +sacerdote D. Romualdo, propuesto ya para obispo, el cual les dijo +también que yo había recogido al señor de Ponte... 'De modo--me dijeron +echándose a reír--, que al venir a ofrecer a usted nuestros respetos, +señora mía, matamos dos pájaros de un tiro'. + +--Pero vamos a cuentas: todo eso es, como quien dice, soñado. + +--Claro: ¿no has oído que me quedé dormida en el sillón?... Como que esos +dos señores que estuvieron a visitarme, se murieron hace treinta años, +cuando yo era novia de Antonio... figúrate... y García de los Antrines +era muy viejo entonces. No he vuelto a saber de él... Pues sí, todo ha +sido obra de un sueño; pero tan a lo vivo que aún me parece que les +estoy mirando... Te lo cuento para que te rías... no, no es cosa de +risa, que los sueños... + +--Los sueños, los sueños, digan lo que quieran--manifestó Nina--, son +también de Dios; ¿y quién va a saber lo que es verdad y lo que es +mentira? + +--Cabal... ¿Quién te dice a ti que detrás, o debajo, o encima de este +mundo que vemos, no hay otro mundo donde viven los que se han muerto?... +¿Y quién te dice que el morirse no es otra manera y forma de vivir?... + +--Debajo, debajo está todo eso--afirmó la otra meditabunda--. Yo hago caso +de los sueños, porque bien podría suceder, una comparanza, que los que +andan por allá vinieran aquí y nos trajeran el remedio de nuestros +males. Debajo de tierra hay otro mundo, y el toque está en saber cómo y +cuándo podemos hablar con los vivientes _soterranos_. Ellos han de saber +lo mal que estamos por acá, y nosotros soñando vemos lo bien que por +allá lo pasan... No sé si me explico... digo que no hay justicia, y para +que la _haiga_, soñaremos todo lo que nos dé la gana, y soñando, un +suponer, traeremos acá la justicia». + +Contestó Doña Paca con una sarta de suspiros sacados de lo más hondo de +su pecho, y Benina se lanzó, con fiebre y tenacidad de idea fija, a +pensar nuevamente en el maravilloso conjuro. Trasteando sin sosiego en +la cocina, con los ojos del alma, no veía más que el cazuelo de los +siete _bujeros_, el palo de laurel, vestido, y la oración... ¡demontres +de oración! ¡Esto sí que era difícil! + + + + +XXIII + + +Todo iba bien a la mañana siguiente: Don Frasquito mejorando de hora en +hora, y con las entendederas en estado de mediana claridad; Doña Paca +contenta; la casa bien provista de vituallas; aquel día y el próximo +asegurados, por lo cual la pobre Benina podría descansar de su penosa +postulación en San Sebastián. Mas siéndole preciso sostener la comedia +de su asistencia en la casa del eclesiástico, salió como todos los días, +la cesta al brazo, dispuesta a no perder la mañana y hacer algo útil. Al +salir le dijo su ama: «Me parece que tendremos que hacer un obsequio a +nuestro D. Romualdo... Conviene demostrar que somos agradecidas y bien +educadas. Llévale de mi parte dos botellas de _Champagne_ de buena +marca, para que acompañe con ellas el guisado, que le harás hoy, del +conejo. + +--¿Pero está loca, señora? ¿Sabe lo que cuestan dos botellas de +_Champaña_? Nos empeñaríamos para tres meses. Siempre ha de ser usted lo +mismo. Por gustar tanto del quedar bien, se ve ahora tan pobre. Ya le +obsequiaremos cuando nos caiga la lotería, pues de hoy no pasa que +busque yo quien me ceda una peseta en un décimo de los de a tres. + +--Bueno, bueno: anda con Dios». + +Y se fue la señora a platicar con Frasquito, que animado y locuaz +estaba. Una y otro evocaron recuerdos de la tierra andaluza en que +habían nacido, resucitando familias, personas y sucesos; y charla que te +charla, Doña Francisca salió por el registro de su sueño, aunque se +guardó bien de contárselo al paisano. «Dígame, Ponte: ¿qué ha sido de D. +Pedro José García de los Antrines?». Después de un penoso espurgo en los +obscuros cartapacios de su memoria, respondió Frasquito que el D. Pedro +se había muerto el año de la Revolución. + +«Anda, anda; y yo creí que aún vivía. ¿Sabe usted quién heredó sus +bienes? + +--Pues su hijo Rafael, que no ha querido casarse. Ya va para viejo. Bien +podría suceder que se acordara de nosotros, de sus hijos de usted y de +mí, pues no tiene parentela más próxima. + +--¡Ay! no lo dude usted: se acordará...--manifestó Doña Paca con grande +animación en los ojos y en la palabra--. Si no se acordara, sería un +puerco... Lo que me decían D. Francisco Morquecho y D. José María +Porcell... + +--¿Cuándo? + +--Hace... no sé cuánto tiempo. Verdad que ya pasaron a mejor vida. Pero +me parece que les estoy viendo... Fueron testamentarios de García de los +Antrines, ¿no es cierto? + +--Sí, señora. También yo les traté mucho. Eran amigos de mi casa, y les +tengo muy presentes en mi memoria... Me parece que les estoy viendo con +sus levitas negras de corte antiguo... + +--Así, así. + +--Sus corbatines de suela, y aquellos sombreros de copa que parecían la +torre de Santa María...». + +Prosiguió el coloquio con esta vaga fluctuación entre lo real y lo +imaginativo; y en tanto, Benina, calle arriba, calle abajo, ya con la +mente despejada, tranquilo el espíritu por la posesión de un caudal no +inferior a tres duros y medio, pensaba que toda la tracamundana del +conjuro de Almudena era simplemente un engaña-bobos. Más probable veía +el éxito en la lotería, que no es, por más que digan, obra de la ciega +casualidad, pues ¿quién nos dice que no anda por los aires un ángel o +demonio invisible que se encarga de sacar la bola del gordo, sabiendo de +antemano quién posee el número? Por esto se ven cosas tan raras: +verbigracia, que se reparte el premio entre multitud de infelices que +se juntaron para tal fin, poniendo este un real, el otro una peseta. Con +tales ideas se dio a pensar quién le proporcionaría una participación +módica, pues adquirir ella sola un décimo parecíale mucho aventurar. Con +la Petra y su compañera _Cuarto e kilo_, que probaban fortuna en casi +todas las extracciones, no quería cuentas, mejor se entendería para este +negocio con Pulido, su compañero de mendicidad en la parroquia, del cual +se contaba que hacía combinaciones de jugadas lotéricas con el burrero +vecino de Obdulia; y para cogerle en su morada antes de que saliese a +pedir, apresuró el paso hacia la calle de la Cabeza, y dio fondo en el +establecimiento de burras de leche. En los establos de aquellas +pacíficas bestias daban albergue a Pulido los honrados lecheros, gente +buena y humilde. Una hermana de la burrera vendía décimos por las +calles, y un tío del burrero, que tuvo el mismo negocio en la misma +calle y casa, años atrás, se había sacado el gordo, retirándose a su +pueblo, donde compró tierras. La afición se perpetuó, pues, en el +establecimiento, formando hábito vicioso; y a la fecha de esta historia, +con lo que los burreros llevaban gastado en quince años de jugadas, +habrían podido triplicar el ganado asnal que poseían. + +Tuvo Benina la suerte de encontrar a toda la familia reunida, ya de +regreso las pollinas de su excursión matinal. Mientras estas devoraban +el pienso de salvado, los racionales se entretenían en hacer cálculos de +probabilidades, y en aquilatar las razones en que se podía fundar la +certidumbre de que saliese premiado al día siguiente el 5.005, del cual +poseían un décimo. Pulido, examinando el caso con su poderosa vista +interior, que por la ceguera de los ojos corporales prodigiosamente se +le aumentaba, remachó el convencimiento de los burreros, y en tono +profético les dijo que tan cierto era que saldría premiado el 5.005, +como que hay Dios en el Cielo y Diablo en los Infiernos. Inútil es decir +que la pretensión de Benina cayó en aquella obcecada familia como una +bomba, y que el primer impulso de todos fue negarle en absoluto la +participación que solicitaba, pues ello equivalía a regalarle montones +de dinero. + +Picose la mendiga, diciéndoles que no le faltaban tres pesetas para +tirarlas en un decimito, _todo para ella_, y este golpe de audacia +produjo su efecto. Por último, se convino en que, si ella compraba el +décimo, ellos le tomarían la mitad, dándole una participación de dos +reales en el mágico 5.005, número seguro, tan seguro como _estarlo +viendo_. Así se hizo: salió Benina, y llevó al poco rato un décimo del +4.844, el cual, visto por los otros, y _oído cantar_ por el ciego, +produjo en toda la cuadrilla lotérica la mayor confusión y desconcierto, +como si por arte misterioso la suerte se hubiera pasado del uno al otro +número. Por fin, hiciéronse los tratos y combinaciones a gusto de todos, +y el burrero extendió las papeletas de participación, quedándose la +anciana con seis reales en el suyo y dos en el otro. Salió Pulido +refunfuñando, y se fue a su parroquia de muy mal talante, diciéndose que +aquella _eclesiástica pocritona_ había ido a quitarles la suerte; los +burreros se despotricaron contra Obdulia, afirmando que no pagaba el pan +y compraba tiestos de flores, y que el casero la iba a plantar en la +calle; y Benina subió a ver a la _niña_, a quien encontró en manos de la +peinadora, que trataba de arreglarle una bonita cabeza. Aquel día sus +suegros le habían mandado albóndigas y sardinas en escabeche; Luquitas +había entrado en casa a las seis de la mañana, y aún dormía como un +cachorro. Pensaba la _niña_ irse de paseo, ansiosa de ver jardines, +arboledas, carruajes, gente elegante, y su peinadora le dijo que se +fuera al Retiro, donde vería estas cosas, y todas las fieras del mundo, +y además cisnes, que son, una comparanza, gansos de pescuezo largo. Al +saber que Frasquito, enfermo, se hallaba recogido en casa de Doña Paca, +mostró la niña sincera aflicción, y quiso ir a verle; pero Benina se lo +quitó de la cabeza. Más valía que le dejara descansar un par de días, +evitándole conversaciones _deliriosas_, que le trastornaban el seso. +Asintiendo a estas discretas razones, Obdulia se despidió de su criada, +persistiendo en irse de paseo, y la otra tomó el olivo presurosa hacia +la calle de la Ruda, donde quería pagar deudillas de poco dinero. Por el +camino pensó que le convendría ceder parte de la excesiva cantidad +empleada en lotería, y a este fin hizo propósito de buscar al ciego moro +para que jugase una peseta. Más seguro era esto que no la operación de +llamar a los espíritus _soterranos_... + +Esto pensaba, cuando se encontró de manos a boca con Petra y Diega, que +de vender venían, trayendo entre las dos, mano por mano, una cesta con +baratijas de mercería ordinaria. Paráronse con ganas de contarle algo +estupendo y que sin duda la interesaba: «¿No sabe, _maestra_? Almudena +la anda buscando. + +--¿A mí? Pues yo quisiera hablar con él, por ver si quiere tomarme... + +--Le tomará a usted medidas. Eso dice... + +--¿Qué? + +--Que está furioso... Loco perdido. A mí por poco me mata esta mañana de +la tirria que me tiene. En fin, el disloque. + +--Se muda de Santa Casilda... Se va a las Cambroneras. + +--Le ha dado la tarantaina, y baila sobre un pie solo». + +Prorrumpieron en desentonadas risas las dos mujerzuelas, y Benina no +sabía qué decirles. Entendiendo que el africano estaría enfermo, indicó +que pensaba ir a San Sebastián en su busca, a lo que replicaron las +otras que no había salido a pedir, y que si quería la _maestra_ +encontrarle, buscárale hacia la Arganzuela o hacia la calle del Peñón, +pues en tal rumbo le habían visto ellas poco antes. Fue Benina hacia +donde se le indicaba, despachados brevemente sus asuntos en la calle de +la Ruda; y después de dar vueltas por la Fuentecilla, y subir y bajar +repetidas veces la calle del Peñón, vio al marroquí, que salía de casa +de un herrero. Llegose a él, le cogió por el brazo y... + +«Soltar mí, soltar mí tú...--dijo el ciego estremeciéndose de la cabeza a +los pies, cual si recibiese una descarga eléctrica--. Mala tú, _gañadora_ +tú... matar yo ti». + +Alarmose la pobre mujer, advirtiendo en el rostro de su amigo grandísima +turbación: contraía y dilataba los labios con vibraciones convulsivas, +desfigurando su habitual expresión fisonómica; manos y piernas +temblaban; su voz había enronquecido. + +«¿Qué tienes tú, Almudenilla? ¿Qué mosca te ha picado? + +--Picar tú mí, mosca mala... _Viner migo_... Querer yo hablar _tigo_. +_Muquier_ mala ser ti... + +--Vamos a donde quieras, hombre. ¡Si parece que estás loco!». + +Bajaron a la Ronda, y el marroquí, conocedor de aquel terreno, guió +hacia la fábrica del gas, dejándose llevar por su amiga cogido del +brazo. Por angostas veredas pasaron al paseo de las Acacias, sin que la +buena mujer pudiera obtener explicaciones claras de los motivos de +aquella extraña desazón. + +«Sentémonos aquí--dijo Benina al llegar junto a la Fábrica de alquitrán--; +estoy cansadita. + +--Aquí no... más _abaixo_...». + +Y se precipitaron por un sendero empinadísimo, abierto en el terraplén. +Hubieran rodado los dos por la pendiente si Benina no le sostuviera +moderando el paso, y asegurándose bien de dónde ponía la planta. +Llegaron, por fin, a un sitio más bajo que el paseo, suelo quebrado, +lleno de escorias que parecen lavas de un volcán; detrás dejaron casas, +cimentadas a mayor altura que las cabezas de ellos; delante tenían +techos de viviendas pobres, a nivel más bajo que sus pies. En las +revueltas de aquella hondonada se distinguían chozas míseras, y a lo +lejos, oprimida entre las moles del Asilo de Santa Cristina y el taller +de Sierra Mecánica, la barriada de las Injurias, donde hormiguean +familias indigentes. + +Sentáronse los dos. Almudena, dando resoplidos, se limpió el copioso +sudor de su frente. Benina no le quitaba los ojos, atenta a sus +movimientos, pues no las tenía todas consigo, viéndose sola con el +enojado marroquí en lugar tan solitario. «A ver... _amos_... a ver por +qué soy tan mala y tan engañadora. ¿Por qué? + +--_Poique_ ti _n'gañar_ mí. Yo _quiriendo_ ti, tú _quirier_ otro... Sí, +sí... Señor _bunito_, _cabaiero_ galán... ti queriendo él... Enfermo él +casa _Comadreja_... tú llevar casa tuya él... _quirido_ tuyo... +_quirido_... rico él, señorito él... + +--¿Quién te ha contado esas papas, Almudena?--dijo la buena mujer +echándose a reír con toda su alma. + +--No negar tú cosa... Tu _n'fadar_ mí; _riyendo_ tú mí...». + +Al expresarse de este modo, poseído de súbito furor, se puso en pie, y +antes de que Benina pudiera darse cuenta del peligro que la amenazaba, +descargó sobre ella el palo con toda su fuerza. Gracias que pudo la +infeliz salvar la cabeza apartándola vivamente; pero la paletilla, no. +Quiso ella arrebatarle el palo; pero antes de que lo intentara recibió +otro estacazo en el hombro, y un tercero en la cadera... La mejor +defensa era la fuga. En un abrir y cerrar de ojos, se puso la anciana a +diez pasos del ciego. Este trató de seguirla; ella le buscaba las +vueltas; se ponía en lugar seguro, y él descargaba sus furibundos +garrotazos en el aire y en el suelo. En una de estas cayó boca abajo, y +allí se quedó cual si fuera la víctima, mordiendo la tierra, mientras la +señora de sus pensamientos le decía: «Almudena, Almudenilla, si te cojo, +verás... ¡tontaina, borricote!...». + + + + +XXIV + + +Después de revolcarse en el suelo con epiléptica contracción de brazos y +piernas, y de golpearse la cara y tirarse de los pelos, lanzando +exclamaciones guturales en lengua arábiga, que Benina no entendía, +rompió a llorar como un niño, sentado ya a estilo moro, y continuando en +la tarea de aporrearse la frente y de clavar los dedos convulsos en su +rostro. Lloraba con amargo desconsuelo, y las lágrimas calmaron sin +duda, su loca furia. Acercose Benina un poquito, y vio su rostro +inundado de llanto que le humedecía la barba. Sus ojos eran fuentes por +donde su alma se descargaba del raudal de una pena infinita. + +Pausa larga. Almudena, con voz quejumbrosa de chiquillo castigado, llamó +cariñosamente a su amiga. + +«Nina... _amri_... ¿Estar aquí ti? + +--Sí, hijo mío, aquí estoy viéndote llorar como San Pedro después que +hizo la canallada de negar a Cristo. ¿Te arrepientes de lo que has +hecho? + +--Sí, sí... _amri_... ¡Haber pegado ti!... ¿Doler ti _mocha_? + +--¡Ya lo creo que me escuece! + +--Yo malo... _yorando_ mí días _mochas_, _poique_ pegar ti... _Amri_, +_perdoñar_ tú mí... + +--Sí... perdonado... Pero no me fío. + +--Tomar tú palo--le dijo alargándoselo--Venir qui... _cabe_ mí. Coger palo +y dar mí fuerte, hasta que matar tú mí. + +--No me fío, no. + +--Tomar tú este _cochilo_--añadió el africano sacando del bolso interior +del chaquetón una herramienta cortante--. Mercarlo yo pa pegar ti... +Matar tú mí con él, quitar vida mí. Mordejai no _quierer_ vida... muerte +sí, muerte...». + +Como quien no hace nada, Benina se apoderó de las dos armas, palo y +cuchillo, y arrimándose ya sin temor alguno al desdichado ciego, le +puso la mano en el hombro. «Me has partido algún hueso, porque me duele +_mocha_--le dijo--. A ver dónde me curo yo ahora... No, hueso roto no hay; +pero me has levantado unos morcillones como mi cabeza, y el árnica que +gaste yo esta tarde tú me la tienes que abonar. + +--Dar yo ti... vida... _Perdoñar_ mí... _Yorar_ yo meses _mochas_, si tú +no _perdoñando_ mí... Estar loco... yo _quierer_ ti... Si tú no _quierer_ +mí, Almudena matar si él _sigo_. + +--Bueno va. Pero tú has tomado algún maleficio. ¡Vaya, que salir ahora +con ese cuento de enamorarte de mí! ¿Pero tú no sabes que soy una vieja, +y que si me vieras te caerías para atrás del miedo que te daba? + +--No ser vieja tú... Yo _quiriendo_ ti. + +--Tú quieres a Petra. + +--No... _B'rracha_... fea, mala... Tú ser _muquier_ una sola... No haber +otra mí». + +Sin dar tregua a su intensa aflicción, cortando las palabras con los +hondos suspiros y el continuo sollozar, torpe de lengua hasta lo sumo, +declaró Almudena lo que sentía, y en verdad que si pudo entender Benina +lenguaje tan extraño, no fue por el valor y sentido de los conceptos, +sino por la fuerza de la verdad que el marroquí ponía en sus +extrañísimas modulaciones, aullidos, desesperados gritos, y sofocados +murmullos. Díjole que desde que el Rey _Samdai_ le señaló la +mujer _única_, para que le siguiera y de ella se apoderara, anduvo +corriendo por toda la tierra. Más él caminaba, más delante iba la mujer, +sin poder alcanzarla nunca. Andando el tiempo, creyó que la fugitiva era +Nicolasa, que con él vivió tres años en vida errante. Pero no era; +pronto vio que no era. La suya delante, siempre delante, entapujadita y +sin dejarse ver la cara... Claro, que él veía la figura con los ojos del +alma... Pues bueno: cuando conoció a Benina, una mañana que por primera +vez se presentó ella en San Sebastián, llevada por Eliseo, el corazón, +queriendo salírsele del pecho, le dijo: «Esta es, esta sola, y no hay +otra». Más hablaba con ella, más se convencía de que era _la suya_; pero +quería dejar pasar tiempo, y _priebarlo_ mejor. Por fin llegó la +certidumbre, y él esperando, esperando una ocasión de decírselo a +ella... Así, cuando le contaron que Benina quería al _galán bunito_, y +que se lo había llevado a su casa nada menos que en coche, le entró tal +desconsuelo, seguido de tan espantosa furia, que el hombre no sabía si +matarse o matarla... Lo mejor sería consumar a un tiempo las dos +muertes, después de haber despachado para el otro mundo a media +humanidad, repartiendo golpes a diestro y siniestro. + +Oyó Benina con interés y piedad este relato, que aquí se da, para no +cansar, reducido a mínimas proporciones; y como era mujer de buen +sentido, no incurrió en la ligereza de engreírse con aquella pasión +africana, ni tampoco hizo chacota de ella, como natural parecía, +considerando su edad y las condiciones físicas del desdichado ciego. +Manteniéndose en un justo medio de discreción, miraba sólo el fin +inmediato de que su amigo se tranquilizara, apartando de su mente las +ideas de muerte y exterminio. Explicole lo del _galán bunito_, +procurando convencerle de que sólo un sentimiento de caridad habíala +movido a llevarle a la casa de su señora, sin que mediase en ello el +amor, ni cosa tocante a las relaciones de hombre y mujer. No se daba por +convencido Mordejai, que planteó por fin la cuestión en términos que +justificaban la veracidad y firmeza de su afecto, a saber: para que él +creyese lo que Benina acababa de decirle, convenía que se lo demostrara +con hechos, no con palabras, que el viento se lleva. ¿Y cómo se lo +demostraría con hechos, de modo que él quedase plenamente satisfecho y +convencido? Pues de un modo muy sencillo: dejando todo, su señora, _casa +suya_, _galán bunito_; yéndose a vivir con Almudena, y quedando unidos ya +los dos para toda la vida. + +No respondió la anciana con negación rotunda por no excitarle más, y se +limitó a presentarle los inconvenientes del abandono brusco de su +señora, que se moriría si de ella se separase. Pero a todas estas +razones oponía el marroquí, otras fortalecidas en el fuero y leyes de +amor, que a todo se sobreponen. «Si tú _quierer mí_, _amri_, mí casar +_tigo_». + +Al hacer la oferta de su blanca mano, acompañándola de un suspirar +tierno y de remilgos de vergüenza, con sus enormes labios que se +dilataban hasta las orejas o se contraían formando un hocico monstruoso, +Benina no pudo evitar una risilla de burla. Pero conteniéndose al +instante, acudió a la respuesta con este discretísimo argumento: + +«Hijo, así te llamo porque pudieras serlo... agradezco tu fineza; pero +repara que he cumplido los sesenta años. + +--_Cumplir no cumplir sisenta_, _milienta_, _yo quierer ti_. + +--Soy una vieja, que no sirve para nada. + +--_Sirvi_, _amri_; yo _quierer_ ti... tú _mais_ que la luz _bunita_; moza +tú. + +--¡Qué desatino! + +--Casar _migo tigo_, y _dirnos migo_ con tú a _terra_ mía, _terra_ de +Sus. Mi padre Saúl, rico él; mis _germanos_, ricos ellos; mi madre +Rimna, rica _bunita_ ella... _quierer_ ti, _dicir_ hija ti... +Verás _terra_ mía: _aceita mocha_, _laranjas mochas_... _carnieras +mochas_ padre mío... _mochas arbolas_ cabe el río; casa grande... noria +d'agua fresca... _bunito_; ni frío ni _calora_». + +Aunque la pintura de tanta felicidad influía levemente en su ánimo, no +se dejaba seducir Benina, y como persona práctica vio los inconvenientes +de una traslación repentina a países tan distantes, donde se encontraría +entre gentes desconocidas, que hablaban una lengua de todos los +demonios, y que seguramente se diferenciarían de ella por las +costumbres, por la religión y hasta por el vestido, pues allá, de fijo +andaban con taparrabo... ¡Bonita estaría ella con taparrabo! ¡Vaya, que +se le ocurrían unas cosas al buen Mordejai! Mostrándose afectuosa y +agradecida, le argumentó con los inconvenientes de la precipitación en +cosa tan grave como es el casarse de buenas a primeras, y correrse de un +brinco nada menos que al África, que es, como quien dice, _donde +empiezan los Pirineos_. No, no: había que pensarlo despacio, y tomarse +tiempo para no salir con una patochada. Mucho más práctico, según ella, +era dejar todo ese lío del casamiento y del viaje de novios para más +adelante, ocupándose por el pronto en realizar, con todos los requisitos +que aseguraran el éxito, el conjuro del rey _Samdai_. Si la cosa +resultaba, como Almudena le aseguró, y venían a poder de ella las +banastas de piedras preciosas, que tan fácilmente se convertirían en +billetes de Banco, ya tenían todas las cuestiones resueltas, y lo demás +prontamente se allanaría. El dinero es el arreglador infalible de +cuantas dificultades hay en el mundo. Total: que ella se comprometía a +cuanto él quisiera, y desde luego empeñaba su palabra de casorio y de +seguirle hasta el fin del mundo, siempre y cuando el rey _Samdai_ +concediese lo que con todas las reglas, ceremonias y rezos benditos se +le había de pedir. + +Quedose meditabundo el africano al oír esto, y después se dio golpetazos +en la frente, como hombre que experimenta gran confusión y desconsuelo. +«_Perdoñar_ mí tú... Olvidar mí _dicer_ ti cosa. + +--¿Qué? ¿Vas a salir ahora con inconvenientes? ¿Es que la operación no +vale porque faltaría algún requisito? + +--Olvidar mí _requesito_... No valer, _poique_ ser tú _muquier_. + +--¡Condenado!--exclamó Benina sin poder contener su enojo--, ¿por qué no +empezaste por ahí? Pues si el primer _requesito_ es ser hombre... ¡a ver! + +--_Perdoñar_ mí... Olvidar cosa _migo_. + +--Tú no tienes la cabeza buena. ¡Vaya una plancha! Pero ¡ay! la culpa es +mía, por haberme creído las paparruchas que inventan en tu tierra +maldecida, y en esa tu religión de los demonios coronados. No, no lo +creí... Era que la pobreza me cegaba... Y no lo creo, no. Perdóneme Dios +el mal pensamiento de llamar al diablo con todos esos arrumacos; +perdóneme también la Virgen Santísima. + +--Si no valer eso _poique_ ser tú _muquier_...--replicó Almudena +vergonzoso--, saber mí otra cosa... que si _jacer_ tú, coger has tú _tuda +la diniera_ que tú _querier_. + +--No, no me engañas otra vez. ¡Buen pájaro estás tú!... Ya no creo nada +de lo que me digas. + +--Por la bendita luz, verdad ser... Rayo del cielo matar mí, si _n'gañar_ +ti... ¡Coger _diniero_, _mocha diniero_! + +--¿Cuándo? + +--Cuando _quiriendo_ tú. + +--A ver... Aunque no he de creerlo, dímelo pronto. + +--Yo dar ti _p'peleto_... + +--¿Un papelito? + +--Sí... Poner tú punta _lluengua_... + +--¿En la punta de la lengua? + +--Sí: entrar con ello Banco, _p'peleto en llengua_, y _naide_ ver ti. +Poder coger _diniero tuda_... No ver ti _naide_. + +--Pero eso es robar, Almudena. + +--_Naide_ ver, _naide_ a ti _dicir naida_. + +--Quita, quita... Yo no tengo esas mañas. Robar, no. ¿Que no me ven? Pero +Dios me verá». + + + + +XXV + + +No desistía el apasionado marroquí de ganar la voluntad de la dama (que +así debemos llamarla en este caso, toda vez que como tal él la veía con +los ojos de su alma); y conociendo que los medios positivos eran los más +eficaces, y que antes que las razones con que él pudiera expugnarla la +rendiría su propia codicia y el anhelo de enriquecerse, se arrancó con +otro sortilegio, producto natural de su sangre semítica y de su rica +imaginación. Díjole que entre todos los secretos de que por favor de +Dios era depositario, había uno que no pensaba confiar más que a la +persona que fuese dueña de todo su cariño; y como esta persona era ella, +la mujer soñada, la mujer prometida por el soberano _Samdai_, a ella +sola revelaba el infalible procedimiento para descubrir los tesoros +_soterrados_. Aunque afectaba Benina no dar crédito a tales historias, +ello es que no perdió sílaba del relato que Almudena le hizo. La cosa +era muy sencilla, por él pintada, aunque las dificultades prácticas para +llegar a producir el mágico efecto saltaban a la vista. La persona que +quisiera saber, _siguro_, _siguro_, dónde había dinero escondido, no +tenía más que abrir un hoyo en la tierra, y estarse dentro de él +cuarenta días, en paños menores, sin otro alimento que harina de cebada +sin sal, ni más ocupación que leer un libro santo, de luengas hojas, y +meditar, meditar sobre las profundas verdades que aquellas escrituras +contenían... + +--¿Y eso tengo que hacerlo yo?--dijo Benina impaciente--. ¡Apañado estás! +¿Y ese libro está escrito en tu lengua? Tonto, ¿cómo voy a leer yo esos +garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro? + +--_Leyerlo_ mí... _leyer_ tú. + +--Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa de los topos, +¿podemos estar los dos? + +--_Siguro_. + +--Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro--dijo con sorna la +_dama_--, llevarás antiparras de ciego... + +--Mí saberlo de _memueria_--replicó impávido el africano». + +La _operación_, pasados los cuarenta días de penitencia, terminaba por +escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mágicas +que él sabía, él solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y +mientras el viento lo llevaba de aquí para allá, ella y él rezarían +devotamente oraciones _mochas_, sin quitar los ojos del papel volante. +Allí donde cayese, se encontraría, cavando, cavando, el tesoro +soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro. + +Manifestó Benina su incredulidad soltando la risa; pero alguna huella +dejaba en su espíritu la nueva quisicosa para encontrar tesoros, porque +con toda formalidad se dejó decir: «No creo yo que haya dinero enterrado +en los campos. Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es +aquí... donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del +suelo de las leñeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado +en las paredes... + +--Mismo poder yo _discubrierlo_ él... Yo _dicer_ ti, si tú _quiriendo_ mí, +si tú casar _migo_. + +--Ya trataremos de eso más despacio--dijo Benina quitándose el pañuelo y +volviéndoselo a poner, señal de impaciencia y ganas de marcharse. + +--No _dirti_ tú, _amri_, no--murmuró el ciego quejumbroso, agarrándola por +la falda. + +--Es tarde, hijo, y hago falta en casa. + +--Tú _migo_ siempre. + +--No puede ser por ahora. Ten paciencia, hijo». + +Poseído nuevamente de furor, al sentir que se levantaba, se arrojó sobre +ella, clavándole la zarpa en los brazos, y manifestando con rugidos, +más que con voces, su ardiente anhelo de tenerla en su compañía. «Mí +_queriendo_ ti... Matar mí, _ajogar_ mismo yo en río, si tú no _venier_ +mí... + +--Déjame por Dios, Almudena--dijo con acento de aflicción la _dama_, +creyendo vencerle mejor con súplicas afectuosas--. Yo te quiero; pero me +llaman mis obligaciones. + +--Matar yo _galán bunito_--gritó el ciego apretando los puños, y dando +algunos pasos hacia la anciana, que medrosa se había apartado de él. + +--Ten juicio; si no, no te quiero... Vámonos. Si me prometes ser bueno y +no pegarme, iremos juntos. + +--_Piegar_ ti no, no... _quiriendo_ ti más que a la bendita luz. + +--Pues si no me pegas, vamos--dijo Benina, aproximándose cariñosa, y +cogiéndole por el brazo». + +Apaciguado el buen Mordejai, emprendieron otra vez la marcha hacia +arriba, y por el camino dijo el ciego a la _dama_ que se había despedido +de Santa Casilda, por romper con la Petra; y como los tiempos venían +malos y no se ganaban perras, pensaba trasladarse aquella misma tarde a +las Cambroneras, _cabe_ el Puente de Toledo, pues en aquel barrio había +estancias para dormir por solos diez céntimos cada noche. No aprobó +Benina el cambio de domicilio, porque allí, según había oído, vivían en +grande estrechez e incomodidad los pobres, amontonados y revueltos en +cuartuchos indecentes; pero él insistió, dolorido y melancólico, +asegurando que _quería estar mal_, hacer penitencia, pasarse los días +_yorando_, _yorando_, hasta conseguir que _Adonai_ ablandase el corazón +de la mujer amada. Suspiraron ambos, y silenciosos subieron toda la +calle de Toledo. + +Como Benina le ofreciese un duro para la mudanza, Almudena expresó un +desinterés sublime: «No _querier_ mí _diniero_... _Diniero_ cosa +puerca... asco _diniero_... Mí _quierer amri_... _muquier_ mía _migo_. + +--Bueno, bueno: ten paciencia--le dijo Benina, temerosa de que se +descompusiera al final de la jornada--. Yo te prometo que mañana +hablaremos de eso. + +--¿_Viner_ tú Cambroneras? + +--Sí, te lo prometo. + +--Mí no _golver pirroquia_... Carga mí _gente suberbiosa_: Casiana, +Eliseo... asco mí _genta_. Mí pedir _Puenta Tolaido_... + +--Espérame mañana... y prométeme tener juicio. + +--_Yorando_, _yorando_ mí. + +--¿Pero a qué vienen esos lloriqueos?... Almudenilla, si yo te quiero... +_Amos_, no me des disgustos. + +--_Ora ti_, casa tuya, ver _galán bunito_, _jacer_ tú cariños él. + +--¿Yo? ¡Estás fresco! ¡Sí, sí, para él estaba! ¿Pero tú qué te has +creído? ¡Valiente caso hago yo de esa estantigua! Tiene más años que la +Cuesta de la Vega: es pariente de mi señora, y por encargo de esta se le +recogió para llevarle a casa. + +--¡_Mam'rracho_ él! + +--¡Y tan mamarracho! Ni hay comparanza entre él y tú... En fin, chico: +tengo mucha prisa. Adiós. Hasta mañana». + +Aprovechando un momento en que el marroquí se quedaba como lelo, apretó +a correr, dejándole arrimadito a la pared, junto a la tienda llamada del +_Botijo_. Era la única forma posible de separación, dada la tenaz +adherencia del pobre ciego. Desde lejos le miró Benina, inmóvil, la +cabeza caída. Pasado un rato, se dejó caer en el suelo, y allí le vieron +toda la tarde los transeúntes, sentado, mudo, la negra mano extendida. + +No encontró la Nina en su casa grandes novedades, como por tal no se +tuviera el contento de Doña Paca, que no cesaba de alabar la finura de +su huésped, y la gracia con que a la conversación traía los recuerdos de +Algeciras y Ronda. Sentíase la buena señora transportada a sus verdes +años; casi olvidaba su pobreza, y movida del generoso instinto que en +aquella edad primera había sido fundamento de su carácter imprevisor y +de sus desgracias, propuso a Nina que se trajeran para Frasquito dos +botellas de Jerez, pavo en galantina, huevo hilado, y cabeza de jabalí. + +«Sí, señora--replicó la criada--: todo eso traeremos, y luego nos vamos a +la cárcel, para ahorrar a los tenderos el trabajo de llevarnos. ¿Pero +usted se ha vuelto loca? Para esta noche haré unas sopas de ajo con +huevos, y _san sacabó_. Crea usted que a ese caballero le sabrán a +gloria, acostumbrado como está a comistrajos indecentes. + +--Bueno, mujer. Se hará lo que tú quieras. + +--En vez de cabeza de jabalí, pondremos cabeza de ajo. + +--Creo, con tu permiso, que en todas las circunstancias, aunque sea +sacrificándose, debe una portarse como quien es. En fin, ¿cuánto dinero +tenemos? + +--Eso a usted no le importa. Déjeme a mí, que ya sabré arreglarme. Cuando +se acabe, no es usted quien ha de ir a buscarlo. + +--Ya, ya sé que irás tú y lo buscarás. Yo no sirvo para nada. + +--Sí sirve usted; y ahora, ayúdeme a pelar estas patatitas. + +--Lo que quieras. ¡Ah!... se me olvidaba. Frasquito toma té... y como +está tan delicadillo, hay que traerlo bueno. + +--Del mejor. Iré por él a la China. + +--No te burles. Vas a la tienda, y pides del que llaman _mandarín_. Y de +paso te traes un quesito bueno para postre... + +--Sí, sí... eche usted y no se derrame. + +--Ya ves que está acostumbrado a comer en casas grandes. + +--Justamente: como la taberna de Boto, en la calle del Ave María... +ración de guisado, a real; con pan y vino, treinta y cinco céntimos. + +--Estás hoy... que no se te puede aguantar. Pero a todo me avengo, Nina. +Tú mandas. + +--¡Ay, si yo no mandara, bonitas andaríamos! Ya nos habrían llevado a San +Bernardino o al mismísimo Pardo». + +Bromeando así llegó la noche, y cenando frugalmente, alegres los tres y +resignados con la pobreza, mal tolerable y llevadero cuando no falta un +pedazo de pan con que matar el hambre. Y el historiador debe hacer +constar asimismo que el buen temple en que estaba Doña Paca se torció un +poco al recogerse las dos en la alcoba, la señora en su cama, Benina en +el suelo, por haber cedido su lecho a Frasquito. Como la viuda de Zapata +era tan voluble de genio, en un instante, sin que se supiera el motivo, +pasaba de la bondad apacible a la ira insana, de la credulidad infantil +a la desconfianza marrullera, de las palabras razonables a los +disparates más absurdos. Conocía muy bien la criada este fácil girar de +los pensamientos y la voluntad de su señora, a quien comparaba con una +veleta; y sin tomar a pecho sus displicencias y raptos de ira, esperaba +que cambiase el viento. En efecto, este variaba de improviso, rolando al +cuadrante bueno; y si en un momento la malva se había convertido en +cardo, en otro momento tornaba a su primera condición. + +El mal humor de Doña Paca en la noche a que me refiero, debe atribuirse, +según datos fehacientes, a que Frasquito, en sus conversaciones de la +tarde, y en los ratos de la cena y sobremesa de esta, mostró por Benina +unas preferencias que lastimaron profundamente el amor propio de la +viuda infeliz. A Benina manifestaba el buen señor casi exclusivamente su +gratitud, reservando para la señora una cortés deferencia; para Benina +eran todas sus sonrisas, sus frases más ingeniosas, la ternura de sus +ojos lánguidos, como de carnero a medio morir; y a tantas indiscreciones +unió Ponte la de llamarla _ángel_ como unas doscientas veces en el curso +de la frugal cena. + +Y dicho esto, oigamos a Doña Paca, entre sábanas metida, mientras la +otra se acostaba en el suelo: «Pues, hija, nadie me quita de la cabeza +que le has dado un bebedizo a este pobre señor. ¡Vaya cómo te quiere! Si +no fueras una vieja feísima y sin ninguna gracia, creería que le habías +hecho tilín... Cierto que eres buena, caritativa, que sabes ganar la +simpatía por lo bien que atiendes a todo, y por tu dulzura y ese modito +suave... que bien podría engañar a los que no te conocen... Pero con +todas esas prendas, imposible que un hombre tan corrido se prende de +ti... Si te lo crees y por ello estás inflada de orgullo, mi parecer es +que no te compongas, pobre Nina. Siempre serás lo que fuistes... y no +temas que yo le quite a D. Frasquito la ilusión, contándole tus malas +mañas, lo sisona que eras, y otras cosillas, otras cosillas que tú +sabes, y yo también...». + +Callaba Benina, tapándose la boca con la sábana, y esta humildad y +moderación encendieron más el rencorcillo de la viuda de Zapata, que +prosiguió molestando a su compañera: «Nadie reconoce como yo tus buenas +cualidades, porque las tienes; pero hay que ponerte siempre a distancia, +no dejarte salir de tu baja condición, para que no te desmandes, para +que no te subas a las barbas de los superiores. Acuérdate de las dos +veces que tuve que echarte de mi casa por sisona... ¡A tal extremo llegó +tu descaro, ¿qué digo descaro? tu cinismo en aquel vicio feo, que... +vamos, yo, que jamás he hecho una cuenta, ni me gusta, veía mi dinero +pasando de mi bolsillo al tuyo... en chorro continuo!... Pero ¿qué? ¿No +dices nada?... ¿No contestas? ¿Te has vuelto muda? + +--Sí, señora, me he vuelto muda--fue la única respuesta de la buena +mujer--. Puede que cuando la señora se canse y cierre el pico, lo abra yo +para decirle... en fin, no digo nada». + + + + +XXVI + + +«Ja, ja... Di lo que quieras...--prosiguió Doña Paca--. ¿Te atreverías a +decir algo ofensivo de mí? ¡Que no he sabido llevar el Cargo y Data! ¿Y +qué? ¿Quién te ha dicho a ti que las señoras son tenedoras de libros? El +no llevar cuentas ni apuntar nada, no era más que la forma natural de mi +generosidad sin límites. Yo dejaba que todo el mundo me robase; veía la +mano del ladrón metiéndose en mi bolsillo, y me hacía la tonta... Yo he +sido siempre así. ¿Es esto pecado? El Señor me lo perdonará. Lo que Dios +no perdona, Benina, es la hipocresía, los procederes solapados, y el +estudio con que algunas personas componen sus actos para parecer +mejores de lo que son. Yo siempre he llevado el alma en mi rostro, y me +he presentado a los ojos de todo el mundo como soy, como era, con mis +defectos y cualidades, tal como Dios me hizo... ¿Pero tú no tienes nada +que contestarme?... ¿O es que no se te ocurre nada para defenderte? + +--Señora, callo, porque estoy dormida. + +--No, tú no duermes, es mentira: la conciencia no te deja dormir. +Reconoces que tengo razón, y que eres de las que se componen para +disimular y esconder sus maldades... No diré que sean precisamente +_maldades_, tanto no. Soy generosa en esto como en todo, y +diré _flaquezas_... pero ¡qué flaquezas! Somos frágiles: verdaderamente +tú puedes decir: «No me llamo Benina, sino Fragilidad...». Pero no te +apures, pues ya sabes que no he de ir con cuentos al Sr. de Ponte para +desprestigiarte, y deshojar la flor de sus ilusiones... ¡Qué risa!... No +viendo en ti, como no puede verlo, una figura elegante, ni un rostro +fresco y sonrosado, ni modales finos, ni educación de señora, ni nada de +eso, que es por lo que se enamoran los hombres, habrá visto... ¿qué? Por +Dios que no acierto. Si tú fueras franca, que no lo eres, ni lo serás +nunca... ¿Oyes lo que digo? + +--Sí, señora, oigo. + +--Si tú fueras franca, me dirías que el Sr. de Ponte te llama _ángel_ por +lo bien que haces las sopas de ajo, acartonaditas... Y ¿te parece a ti +que esto es suficiente motivo para que a una mujer la llamen _ángel_ con +todas sus letras? + +--¿Pero a usted qué le importa?... Deje al Sr. de Ponte Delgado que me +ponga los motes que quiera. + +--Tienes razón, sí, sí... Puede que te lo diga irónicamente, que estos +señorones, muy curtidos en sociedad, emplean a menudo la ironía, y +cuando parece que nos alaban, lo que hacen es tomarnos el pelo, como +suele decirse... Por si el hombre va por derecho, y se ha prendado de ti +con buen fin... que todo podría ser, Benina... se ven cosas muy raras... +tú debes proceder con lealtad, y confesarle tus máculas, no vaya a creer +Frasquito que la pureza de los ángeles del cielo es cualquier cosa +comparada con tu pureza. Si así no lo haces, eres una mala mujer... La +verdad, Nina, en estos casos, la verdad. El hombre se ha creído que eres +un prodigio de conservación, ja, ja... que has hecho un milagro, pues +milagro sería, en plena vida de Madrid y en la clase de servicio +doméstico, una virginidad de sesenta años... Puedes plantarte en los +cincuenta y cinco, si así te conviene... Pero si le engañas en la edad, +que esta es superchería muy corriente en nuestro sexo, no andes con +bromas en lo que es de ley moral, Nina; eso no. Mira, hija, yo te quiero +mucho, y como señora tuya y amiga te aconsejo que le hables clarito, +que le cuentes tus faltas y caídas. Así el buen señor no se llamará a +engaño, si andando el tiempo descubre lo que tú ahora le ocultaras. No, +Nina, no; hija mía, dile todo, aunque se te ponga la cara muy colorada, +y se te congestione la verruga que llevas en la frente. Confiesa tu +grave falta de aquellos tiempos, cuando contabas treinta y cinco años... +y ten valor para decirle: «Sr. D. Frasquito, yo quise a un guardia civil +que se llamaba Romero, el cual me tuvo trastornada más de dos años, y al +fin se negó a casarse conmigo...». Vamos, mujer, no es para que te +pongas como la grana. Después de todo, ¿qué ha sido ello? Querer a un +hombre. Pues para eso han venido las mujeres al mundo: para querer a los +hombres. Tuviste la desgracia de tropezar con uno, que te salió malo. +Cuestión de suerte, hija. Ello es que estuviste loca por él... Bien me +acuerdo. No se te podía aguantar; no hacías nada al derecho. Sisabas de +lo lindo, y mientras tú no tenías un traje decente, a él no le faltaban +buenos puros... A mí, que veía tus padecimientos y tu ceguera, pues +atormentada y sin un día de tranquilidad, en vez de huir del suplicio, +ibas a él; a mí, que vi todo esto, nadie tiene que contármelo, Nina. +Conozco la historia, aunque no la sé toda entera, porque algo me has +ocultado siempre... y a mí me refirieron cosas que no sé si son ciertas +o no... Dijéronme que de tus amores tuviste... + +--Eso no es verdad. + +--Y que lo echaste a la Inclusa... + +--Eso no es verdad--repitió Benina con acento firme y sonora voz, +incorporándose en el lecho. Al oírla, calló súbitamente Doña Paca, como +el ratoncillo nocturno que cesa de roer al sentir los pasos o la voz del +hombre. Oyose tan sólo, durante largo rato, alguno que otro suspiro +hondísimo de la señora, que después empezó a quejarse y a gruñir por lo +bajo. La otra no chistaba. Había hecho rápida crisis el genio de la +infeliz señora, determinándose un brusco giro de la veleta. La ira y +displicencia trocáronse al punto en blandura y mimo. No tardó en +presentarse el síntoma más claro de la sedación, que era un vivo +arrepentimiento de todo lo que había dicho y la vergüenza de recordarlo, +pues no significaban otra cosa los gruñidos, y el quejarse de +imaginarios dolores. Como Benina no respondiera a estas demostraciones, +Doña Paca, ya cerca de media noche, se arrancó a llamarla: «Nina, Nina, +¡si vieras qué mala estoy! ¡Vaya una nochecita que estoy pasando! Parece +que me aplican un hierro caliente al costado, y que me arrancan a +tirones los huesos de las piernas. Tengo la cabeza como si me hubieran +sacado los sesos, poniéndome en su lugar miga de pan y perejil muy +picadito... Por no molestarte, no te he dicho que me hagas una tacita de +tila, que me refriegues la espalda, y que me des una papeleta de +salicilato, de bromuro, o de sulfonal... Esto es horrible. Estás dormida +como un cesto. Bien, mujer, descansa, engorda un poquito... No quiero +molestarte». + +Sin despegar los labios, abandonaba Nina el jergón, y, echándose una +falda, hacía la taza de tila en la cocinilla económica, y antes o +después daba la medicina a la enferma, y luego las friegas, y por fin +acostábase con ella para arrullarla como a un niño, hasta que conseguía +dormirla. Anhelando olvidar la señora su anterior desvarío, creía que el +mejor medio era borrar con expresiones cariñosas las malévolas ideas de +antes, y así, mientras su compañera la arrullaba, decíale: «Si yo no te +tuviera, no sé qué sería de mí. Y luego me quejo de Dios, y le digo +cosas, y hasta le insulto, como si fuera un cualquiera. Verdad que me +priva de muchos bienes; pero me ha dado tu compañía y amistad, que vale +más que el oro y la plata y los brillantes... Y ahora que me acuerdo, +¿qué me aconsejas tú que debo hacer para el caso de que vuelvan D. +Francisco Morquecho y D. José María Porcell con aquella embajada de la +herencia?... + +--Pero, señora, si eso lo ha soñado usted... y los tales caballeros hace +mil años que están muy achantaditos debajo de la tierra. + +--Dices bien: yo lo soñé... Pero si no aquellos, otros puede que vengan +con la misma música el mejor día. + +--¿Quién dice que no? ¿Ha soñado usted con cajas vacías? Porque eso es +señal de herencia segura. + +--¿Y tú, qué has soñado? + +--¿Yo? Anoche, que nos encontrábamos con un toro negro. + +--Pues eso quiere decir que descubriremos un tesoro escondido... Mira tú, +¿quién nos dice que en esta casa antigua, que habitaron en otro tiempo +comerciantes ricos, no hay dentro de tal pared o tabique alguna olla +bien repleta de peluconas? + +--Yo he oído contar que en el siglo pasado vivieron aquí unos +almacenistas de paños, poderosos, y cuando se murieron... no se encontró +dinero ninguno. Bien pudiera ser que lo emparedaran. Se han dado casos, +muchos casos. + +--Yo tengo por cierto que dinero hay en esta finca... Pero a saber dónde +demontres lo escondieron esos indinos. ¿No habría manera de averiguarlo? + +--¡No sé... no sé!--murmuró Benina, dejando volar su mente vagarosa hacia +los orientales conjuros propuestos por Almudena. + +--Y si en las paredes no, debajo de los baldosines de la cocina o de la +despensa puede estar lo que aquellos señores escondieron, creyendo que +lo iban a disfrutar en el otro mundo. + +--Podrá ser... Pero es más probable que sea en las paredes, o, un +suponer, en los techos, entre las vigas... + +--Me parece que tienes razón. Lo mismo puede ser arriba que abajo. Yo te +aseguro que cuando piso fuerte en los pasillos y en el comedor, y se +estremece todo el caserón como si quisiera derrumbarse, me parece que +siento un ruidillo... así como de metales que suenan y hacen tilín... +¿No lo has sentido tú? + +--Sí, señora. + +--Y si no, haz la prueba ahora mismo. Date unos paseos por la alcoba, +pisando fuerte, y oiremos...». + +Hízolo Benina como su señora mandaba, con no menos convicción y fe que +ella, y en efecto... oyeron un retintín metálico, que no podía provenir +más que de las enormes cantidades de plata y oro (más oro que plata +seguramente) empotradas en la vetusta fábrica. Con esta ilusión se +durmieron ambas, y en sueños seguían oyendo el tin, tin... + +La casa era como un inmenso cuerpo, y sudaba, y por cada uno de sus +infinitos poros soltaba una onza, o centén, o monedita de veintiuno y +cuartillo. + + + + +XXVII + + +A la mañanita del siguiente día iba Benina camino de las Cambroneras, +con su cesta al brazo, pensando, no sin inquietud, en las exaltaciones +del buen Almudena, que le llevarían de pronto a la locura, si ella, con +su buena maña, no lograba contenerle en la razón. Más abajo de la Puerta +de Toledo encontró a la Burlada y a otra pobre que pedía con un niño +cabezudo. Díjole su compañera _de parroquia_ que había trasladado su +domicilio al Puente, por no poderse arreglar en el _riñón de Madrid_ con +la carestía de los alquileres y la mezquindad del fruto de la limosna. +En una casucha junto al río le daban hospedaje por poco más de nada, y a +esta ventaja unía la de ventilarse bien en los paseos que se daba mañana +y tarde, del río al _punto_ y del _punto_ al río. Interrogada por Benina +acerca del ciego moro y de su vivienda, respondió que le había visto +junto a la fuentecilla, pasado el Puente, pidiendo; pero que no sabía +dónde moraba. «Vaya, con Dios, señora--dijo la Burlada despidiéndose--. +¿No va usted hoy al _punto_? Yo sí... porque aunque poco se gana, allí +tiene una su arreglo. Ahora me dan todas las tardes un buen _platao_ de +comida en _ca_ el señor banquero, que vive mismamente de cara a la +entrada por la calle de las Huertas, y vivo como una canóniga, gozando +de ver cómo se le afila la jeta a la _Caporala_ cuando la muchacha del +señor banquero me lleva mi gran cazolón de comestible... En fin: con +esto y algo que cae, vivimos, _Doña_ Benina, y puede una _chincharse_ en +las _ricas_. Adiós, que lo pase bien, y que encuentre a su moro con +salud... Vaya, conservarse». + +Siguió cada cual su rumbo, y a la entrada del Puente, dirigiose Benina +por la calzada en declive que a mano derecha conduce al arrabal llamado +de las Cambroneras, a la margen izquierda del Manzanares, en terreno +bajo. Encontrose en una como plazoleta, limitada en el lado de Poniente +por un vulgar edificio, al Sur por el pretil del contrafuerte del +puente, y a los otros dos lados por desiguales taludes y terraplenes +arenosos, donde nacen silvestres espinos, cardos y raquíticas yerbas. El +sitio es pintoresco, ventilado, y casi puede decirse alegre, porque +desde él se dominan las verdes márgenes del río, los lavaderos y sus +tenderijos de trapos de mil colores. Hacia Poniente se distingue la +sierra, y a la margen opuesta del río los cementerios de San Isidro y +San Justo, que ofrecen una vista grandiosa con tanto copete de panteones +y tanto verdor obscuro de cipreses... La melancolía inherente a los +camposantos no les priva, en aquel panorama, de su carácter decorativo, +como un buen telón agregado por el hombre a los de la Naturaleza. + +Al descender pausadamente hacia la explanada, vio la mendiga dos +burros... ¿qué digo dos? ocho, diez o más burros, con sus collarines de +encarnado rabioso, y junto a ellos grupos de gitanos tomando el sol, que +ya inundaba el barrio con su luz esplendorosa, dando risueño brillo a +los colorines con que se decoraban brutos y personas. En los animados +corrillos todo era risas, chacota, correr de aquí para allá. Las +muchachas saltaban; los mozos corrían en su persecución; los chiquillos, +vestidos de harapos, daban volteretas, y sólo los asnos se mantenían +graves y reflexivos en medio de tanta inquietud y algarabía. Las gitanas +viejas, algunas de tez curtida y negra, comadreaban en corrillo aparte, +arrimaditas al edificio grandón, que es una casa de corredor de regular +aspecto. Dos o tres niñas lavaban trapos en el charco que hacia la mitad +de la explanada se forma con las escurriduras y desperdicios de la +fuente vecinal. Algunas de estas niñas eran de tez muy obscura, casi +negra, que hacía resaltar las filigranas colgadas de sus orejas; otras +de color de barro, todas ágiles, graciosas, esbeltísimas de talle y +sueltas de lengua. Buscó la anciana entre aquella gente caras conocidas; +y mira por aquí y por allá, creyó reconocer a un gitano que en cierta +ocasión había visto en el Hospital, yendo a recoger a una amiga suya. No +quiso acercarse al grupo en que el tal con otros disputaba _sobre_ un +burro, cuyas mataduras eran objeto de vivas discusiones, y aguardó +ocasión favorable. Esta no tardó en venir, porque se enredaron a +trompada limpia dos churumbeles, el uno con las perneras abiertas de +arriba abajo, mostrando las negras canillas; el otro con una especie de +turbante en la cabeza, y por todo vestido un chaleco de hombre: acudió +el gitano a separarlos; ayudole Benina, y a renglón seguido le embocó en +esta forma: + +«Dígame, buen amigo: ¿ha visto por aquí ayer y hoy a un ciego moro que +le llaman Almudena? + +--Sí, señora: _halo_ visto... _jablao_ con él--replicó el gitano, mostrando +dos carreras de dientes ideales por su blancura, igualdad y perfecta +conservación, que se destacaban dentro del estuche de dos labios enormes +y carnosos, de un violado retinto--. Le _vide_ en la puente... díjome +que moraba _dende_ anoche en las casas de Ulpiano... y que... no sé qué +más... Desapártese, buena mujer, que esta bestia es _mu desconsiderá_, y +cocea...». + +Huyó Benina de un brinco, viendo cerca de sí las patas traseras de un +grandísimo burro, que dos gandules apaleaban, como para conocerle las +mañas y proveer a su educación asnal y gitanesca, y se fue hacia las +casas que le indicó con un gesto el de la perfecta dentadura. + +Arranca de la explanada un camino o calle tortuosa en dirección a la +puente segoviana. A la izquierda, conforme se entra en él, está la casa +de corredor, vasta colmena de cuartos pobres que valen seis pesetas al +mes, y siguen las tapias y dependencias de una quinta o granja que +llaman de Valdemoro. A la derecha, varias casas antiquísimas, +destartaladas, con corrales interiores, rejas mohosas y paredes sucias, +ofrecen el conjunto más irregular, vetusto y mísero que en arquitectura +urbana o campesina puede verse. Algunas puertas ostentan lindos azulejos +con la figura de San Isidro y la fecha de la construcción, y en los +ruinosos tejados, llenos de jorobas, se ven torcidas veletas de chapa de +hierro, graciosamente labrado. Al aproximarse, notando Benina que +alguien se asomaba a una reja del piso bajo, hizo propósito de +preguntar: era un burro blanco, de orejas desmedidas, las cuales enfiló +hacia afuera cuando ella se puso al habla. Entró la anciana en el primer +corral, empedrado, todo baches, con habitaciones de puertas desiguales y +cobertizos o cajones vivideros, cubiertos de chapa de latón enmohecido: +en la única pared blanca o menos sucia que las demás, vio un barco +pintado con almazarrón, fragata de tres palos, de estilo infantil, con +chimenea de la cual salían curvas de humo. En aquella parte, una mujer +esmirriada lavaba pingajos en una artesa: no era gitana, sino _paya_. +Por las explicaciones que esta le dio, en la parte de la izquierda +vivían los gitanos con sus pollinos, en pacífica comunidad de +habitaciones; por lecho de unos y otros el santo suelo, los dornajos +sirviendo de almohadas a los racionales. A la derecha, y en cuadras +también borriqueñas, no menos inmundas que las otras, acudían a dormir +de noche muchos pobres de los que andan por Madrid: por diez céntimos se +les daba una parte del suelo, y a vivir. Detalladas las señas de +Almudena por Benina, afirmó la mujer que, en efecto, había dormido allí; +pero con los demás pobres se había largado tempranito, pues no brindaban +aquellos dormitorios a la pereza. Si la _señora_ quería algún recado +para el ciego moro, ella se lo daría, siempre y cuando viniese la +segunda noche a dormir. + +Dando las gracias a la esmirriada, salió Benina, y se fue por toda la +calle adelante, atisbando a un lado y otro. Esperaba distinguir en +alguno de aquellos calvos oteros la figura del marroquí tomando el sol o +entregado a sus melancolías. Pasadas las casas de Ulpiano, no se ven a +la derecha más que taludes áridos y pedregosos, vertederos de escombros, +escorias y arena. Como a cien metros de la explanada hay una curva o más +bien zig-zag, que conduce a la estación de las Pulgas, la cual se +reconoce desde abajo por la mancha de carbón en el suelo, las +empalizadas de cerramiento de vía, y algo que humea y bulle por encima +de todo esto. Junto a la estación, al lado de Oriente, un arroyo de +aguas de alcantarilla, negras como tinta, baja por un cauce abierto en +los taludes, y salvando el camino por una atarjea, corre a fecundar las +huertas antes de verterse en el río. Detúvose allí la mendiga, +examinando con su vista de lince el zanjón, por donde el agua se despeña +con turbios espumarajos, y las huertas, que a mano izquierda se +extienden hasta el río, plantadas de acelgas y lechugas. Aún siguió más +adelante, pues sabía que al africano le gustaba la soledad del campo y +la ruda intemperie. El día era apacible: luz vivísima acentuaba el +verde chillón de las acelgas y el morado de las lombardas, derramando +por todo el paisaje notas de alegría. Anduvo y se paró varias veces la +anciana, mirando las huertas que recreaban sus ojos y su espíritu, y los +cerros áridos, y nada vio que se pareciese a la estampa de un moro ciego +tomando el sol. De vuelta a la explanada, bajó a la margen del río, y +recorrió los lavaderos y las casuchas que se apoyan en el contrafuerte, +sin encontrar ni rastros de Mordejai. Desalentada, se volvió a los +Madriles de arriba, con propósito de repetir al día siguiente sus +indagaciones. + +En su casa no encontró novedad; digo, sí: encontró una, que bien pudiera +llamarse maravilloso suceso, obra del subterráneo genio _Samdai_. A poco +de entrar, díjole Doña Paca con alborozo: «Pero, mujer, ¿no sabes...? +Deseaba yo que vinieras para contártelo... + +--¿Qué, señora? + +--Que ha estado aquí D. Romualdo. + +--¡D. Romualdo!... Me parece que usted sueña. + +--No sé por qué... ¿Es cosa del otro mundo que ese señor venga a mi casa? + +--No; pero... + +--Por cierto que me ha dado qué pensar... ¿Qué sucede? + +--No sucede nada. + +--Yo creí que había ocurrido algo en casa del señor sacerdote, alguna +cuestión desagradable contigo, y que venía a darme las quejas. + +--No hay nada de eso. + +--¿No le viste tú salir de casa? ¿No te dijo que acá venía? + +--¡Qué cosas tiene! Ahora me va a decir a mí el señor a dónde va, cuando +sale. + +--Pues es muy raro... + +--Pero, en fin, si vino, a usted le diría... + +--¿A mí qué había de decirme, si no le he visto?... Déjame que te +explique. A las diez bajó a hacerme compañía, como acostumbra, una de +las chiquillas de la cordonera, la mayor, Celedonia, que es más lista +que la pólvora. Bueno: a eso de las doce menos cuarto, tilín, llaman a +la puerta. Yo dije a la chiquilla: «Abre, hija mía, y a quien quiera que +sea le dices que no estoy». Desde el escándalo que me armó aquel tunante +de la tienda, no me gusta recibir a nadie cuando no estás tú... Abrió +Celedonia... Yo sentía desde aquí una voz grave, como de persona +principal, pero no pude entender nada... Luego me contó la niña que era +un señor sacerdote... + +--¿Qué señas? + +--Alto, guapo... Ni viejo, ni joven. + +--Así es--afirmó Benina, asombrada de la coincidencia--. ¿Pero no dejó +tarjeta? + +--No, porque se le había olvidado la cartera. + +--¿Y preguntó por mí? + +--No. Sólo dijo que deseaba verme para un asunto de sumo interés. + +--En ese caso, volverá. + +--No muy pronto. Dijo que esta tarde tenía que irse a Guadalajara. Tú +habrás oído hablar de ese viaje. + +--Me parece que sí... Algo dijeron de bajar a la estación, y de la +maleta, y no sé qué. + +--Pues, ya ves... Puedes llamar a Celedonia para que te lo explique +mejor. Dijo que sentía tanto no encontrarme... que a la vuelta de +Guadalajara vendría... Pero es raro que no te haya hablado de ese asunto +de interés que tiene que tratar conmigo. ¿O es que lo sabes y quieres +reservarme la sorpresa? + +--No, no: yo no sé nada del asunto ese... ¿Y está segura la Celedonia del +nombre? + +--Pregúntaselo... Dos o tres veces repitió: «Dile a tu señora que ha +estado aquí D. Romualdo». + +Interrogada la chiquilla, confirmó todo lo expresado por Doña Paca. Era +muy lista, y no se le escapaba una sola palabra de las que oyera al +señor eclesiástico, y describía con fiel memoria su cara, su traje, su +acento... Benina, confusa un instante por la rareza del caso, lo dio +pronto al olvido por tener cosas de más importancia en qué ocupar su +entendimiento. Halló a Frasquito tan mejorado, que acordaron levantarle +del lecho; mas al dar los primeros pasos por la habitación y pasillo, +encontrose el galán con la novedad de que la pierna derecha se le había +quedado un poco inválida... Esperaba, no obstante, que con la buena +alimentación y el ejercicio recobraría dicho miembro su actividad y +firmeza. Pronto le darían de alta. Su reconocimiento a las dos señoras, +y principalmente a Benina, le duraría tanto como la vida... Sentía nuevo +aliento y esperanzas nuevas, presagios risueños de obtener pronto una +buena colocación que le permitiera vivir desahogadamente, tener hogar +propio, aunque humilde, y... En fin, que estaba el hombre animado, y con +la inagotable farmacia de su optimismo se restablecía más pronto. + +Como a todo atendía Nina, y ninguna necesidad de las personas sometidas +a su cuidado se le olvidaba, creyó conveniente avisar a las señoras de +la Costanilla de San Andrés, que de seguro habrían extrañado la ausencia +de su dependiente. + +«Sí, hágame el favor de llevarles un recadito de mi parte--dijo el galán, +admirando aquel nuevo rasgo de previsión--. Dígales usted lo que le +parezca, y de seguro me dejará en buen lugar». + +Así lo hizo Benina a prima noche, y a la mañana siguiente, con la +fresca, emprendió de nuevo su caminata hacia el Puente de Toledo. + + + + +XXVIII + + +Encontrose a un anciano harapiento que solía pedir, con una niña en +brazos, en el Oratorio del Olivar, el cual le contó llorando sus +desdichas, que serían bastantes a quebrantar las peñas. La hija del tal, +madre de la criatura, y de otra que enferma quedara en casa de una +vecina, se había muerto dos días antes «de miseria, señora, de +cansancio, de tanto padecer echando los _gofes_ en busca de un medio +panecillo». ¿Y qué hacía él ahora con las dos crías, no teniendo para +mantenerlas, si para él solo no sacaba? El Señor le había dejado de su +mano. Ningún santo del cielo le hacía ya maldito caso. No deseaba más +que morirse, y que le enterraran pronto, pronto, para no ver más el +mundo. Su única aspiración mundana era dejar colocaditas a las dos niñas +en algún _arrecogimiento_ de los muchos que hay para _párvulas de ambos +sexos_. ¡Y para que se viera su mala sombra!... Había encontrado un +alma caritativa, un señor eclesiástico, que le ofreció meter a las nenas +en un Asilo; pero cuando creía tener arreglado el negocio, venía el +demonio a descomponerlo... «Verá usted, señora: ¿conoce por casualidad a +un señor sacerdote muy apersonado que se llama D. Romualdo? + +--Me parece que sí--repuso la mendiga, sintiendo de nuevo una gran +confusión o vértigo en su cabeza. + +--Alto, bien plantado, hábitos de paño fino, ni viejo ni joven. + +--¿Y dice que se llama D. Romualdo? + +--D. Romualdo, sí señora. + +--¿Será... por casualidad, uno que tiene una sobrinita nombrada Doña +Patros? + +--No sé cómo la llaman; pero sobrina tiene... y guapa. Pues verá usted mi +perra suerte. Quedó en darme, ayer por la tarde, la razón. Voy a su +casa, y me dicen que se había marchado a Guadalajara. + +--Justamente...--dijo Benina, más confusa, sintiendo que lo real y lo +imaginario se revolvían y entrelazaban en su cerebro--. Pero pronto +vendrá. + +--A saber si vuelve». + +Díjole después el pobre viejo que se moría de hambre; que no había +entrado en su boca, en tres días, más que un pedazo de bacalao crudo +que le dieron en una tienda, y algunos corruscos de pan, que mojaba en +la fuente para reblandecerlos, porque ya no tenía hueso en la boca. +Desde el día de San José que quitaron la sopa en el Sagrado Corazón, no +había ya remedio para él; en parte alguna encontraba amparo; el cielo no +le quería, ni la tierra tampoco. Con ochenta y dos años cumplidos el 3 +de Febrero, San Blas bendito, un día después de la Candelaria, ¿para qué +quería vivir más ni qué se le había perdido por acá? Un hombre que +sirvió al Rey doce años; que durante cuarenta y cinco había picado miles +de miles de toneladas de piedra en esas _carreteras de Dios_, y que +siempre fue bien mirado y _puntoso_, nada tenía que hacer ya, más que +encomendarse al sepulturero para que le pusiera mucha tierra, mucha +tierra encima, y apisonara bien. En cuantito que colocara a las dos +criaturas, se _acostaría_ para no levantarse hasta el día del Juicio por +la tarde... ¡y se levantaría el último! Traspasada de pena Benina al oír +la referencia de tanto infortunio, cuya sinceridad no podía poner en +duda, dijo al anciano que la llevara a donde estaba la niña enferma, y +pronto fue conducida a un cuarto lóbrego, en la planta baja de la casa +grande de corredor, donde juntos vivían, por el pago de tres pesetas al +mes, media docena de pordioseros con sus respectivas proles. La mayor +parte de estos hallábanse a la sazón en Madrid, buscando la santa +_perra_. Sólo vio Benina una vieja, petiseca y dormilona, que parecía +alcoholizada, y una mujer panzuda, tumefacta, de piel vinosa y tirante, +como la de un corambre repleto, con la cara erisipelada, mal envuelta en +trapos de distintos colores. En el suelo, sobre un colchón flaco, +cubierto de pedazos de bayeta amarilla y de jirones de mantas +morellanas, yacía la niña enferma, como de seis años, el rostro lívido, +los puños cerrados en la boca. «Lo que tiene esta criatura es +hambre--dijo Benina, que habiéndola tocado en la frente y manos, la +encontró fría como el mármol. + +--Puede que así sea, porque cosa caliente no ha entrado en nuestros +cuerpos desde ayer». + +No necesitó más la bondadosa anciana, para que se le desbordase la +piedad, que caudalosa inundaba su alma; y llevando a la realidad sus +intenciones con la presteza que era en ella característica, fue al +instante a la tienda de comestibles, que en el ángulo de aquel edificio +existe, y compró lo necesario para poner un puchero inmediatamente, +tomando además huevos, carbón, bacalao... pues ella no hacía nunca las +cosas a medias. A la hora, ya estaban remediados aquellos infelices, y +otros que se agregaron, inducidos del olor que por toda la parte baja +de la colmena prontamente se difundió. Y el Señor hubo de recompensar su +caridad, deparándole, entre los mendigos que al festín acudieron, un +lisiado sin piernas, que andaba con los brazos, el cual le dio por fin +noticias verídicas del extraviado Almudena. + +Dormía el moro en las casas de Ulpiano, y el día se lo pasaba rezando de +firme, y tocando en un guitarrillo de dos cuerdas que de Madrid había +traído, todo ello sin moverse de un apartado muladar, que cae debajo de +la estación de las Pulgas, por la parte que mira hacia la puente +segoviana. Allá se fue Benina despacito, porque el sujeto que la guiaba +era de lenta andadura, como quien anda con las nalgas encuadernadas en +suela, apoyándose en las manos, y estas en dos zoquetes de palo. Por el +camino, el hombre _de medio cuerpo arriba_ aventuró algunas indicaciones +críticas acerca del moro, y de su conducta un tanto estrafalaria. Creía +él que Almudena era en su tierra clérigo, quiere decirse, presbítero del +_Zancarrón_, y en aquellos días hacía las penitencias de la Cuaresma +_majometana_, que consisten en dar zapatetas en el aire, comer sólo pan +y agua, y mojarse las palmas de la mano con saliva. «Lo que canta con la +cítara ronca, debe de ser cosa de funerales de allá, porque suena +triste, y dan ganas de llorar oyéndolo. En fin, señora, allí le tiene +usted tumbado sobre la alfombra de picos, y tan quieto que parece que +lo han vuelto de piedra». + +Distinguió, en efecto, Benina la inmóvil figura del ciego, en un +vertedero de escorias, cascote y basuras, que hay entre la vía y el +camino de las Cambroneras, en medio de una aridez absoluta, pues ni +árbol ni mata, ni ninguna especie vegetal crecen allí. Siguió adelante +el despernado, y Benina, con su cesta al brazo, subió gateando por la +escombrera, no sin trabajo, pues aquel material suelto de que formado +estaba el talud, se escurría fácilmente. Antes de que ganar pudiera la +altura en que el africano se encontraba, anunció a gritos su llegada, +diciéndole: «¡Pero, hijo, vaya un sitio que has ido a escoger para +ponerte al sol! ¿Es que quieres secarte, y volverte cuero para +tambores?... ¡Eh... Almudena, que soy yo, que soy yo la que sube por +estas escaleras alfombradas!... Chico, ¿pero qué?... ¿Estás tonto, estás +dormido?». + +El marroquí no se movía, la cara vuelta hacia el sol, como un pedazo de +carne que se quisiera tostar. Tirole la anciana una, dos, tres +piedrecillas, hasta que consiguió acertarle. Almudena se movió con +estremecimiento; y poniéndose de rodillas, exclamó: «_B'nina_, tú +_B'nina_. + +--Sí, hijo mío: aquí tienes a esta pobre vieja, que viene a verte al +yermo donde moras. ¡Pues no te ha dado mala ventolera! ¡Y que no me ha +costado poco trabajo encontrarte! + +--¡_B'nina_!--repitió el ciego con emoción infantil, que se revelaba en un +raudal de lágrimas, y en el temblor de manos y pies--. Tú _vinir_ cielo. + +--No, hijo, no--replicó la buena mujer, llegando por fin junto a él, y +dándole palmetazos en el hombro--. No vengo del cielo, sino que subo de +la tierra por estos maldecidos peñascales. ¡Vaya una idea que te ha +dado, pobre morito! Dime: ¿y es tu tierra así?». + +No contestó Mordejai a esta pregunta; callaron ambos. El ciego la +palpaba con su mano trémula, como queriendo verla por el tacto. + +«He venido--dijo al fin la mendiga--porque me pensé, un suponer, que +estarías muerto de hambre. + +--Mí no _comier_... + +--¿Haces penitencia? Podías haberte puesto en mejor sitio... + +--Este _micor_... monte _bunito_. + +--¡Vaya un monte! ¿Y cómo llamas a esto? + +--Monte _Sinaí_... Mí estar _Sinaí_. + +--Donde tú estás es en Babia. + +--Tú _vinir_ con ángeles, _B'nina_... tú _vinir_ con fuego. + +--No, hijo: no traigo fuego ni hace falta, que bastante achicharradito +estás aquí. Te estás quedando más seco que un bacalao. + +--_Micor_... mí _quierer_ seco... y arder como _paixa_. + +--En paja te convertirías si yo te dejara. Pero no te dejo, y ahora vas a +comer y beber de lo que traigo en mi cesta. + +--Mí no _comier_... mí ser _squieleto_». + +Sin esperar a más razones, Almudena extendió las manos, palpando en el +suelo. Buscaba su guitarro, que Benina vio y cogió, rasgueando sus dos +cuerdas destempladas. + +«¡_Dami_, _dami_!--le dijo el ciego impaciente, tocado de inspiración». + +Y agarrando el instrumento, pulsó las cuerdas, y de ellas sacó sonidos +tristes, broncos, sin armónica concordancia entre sí. Y luego rompió a +cantar en lengua arábiga una extraña melopea, acompañándose con sonidos +secos y acompasados que de las dos cuerdas sacaba. Oyó Benina este +canticio con cierto recogimiento, pues aunque nada sacó en limpio de la +letra gutural y por extremo áspera, ni en la cadencia del son encontró +semejanza con los estilos de acá, ello es que la tal música resultaba de +una melancolía intensa. Movía el ciego sin cesar su cabeza, cual si +quisiera dirigir las palabras de su canto a diferentes partes del cielo, +y ponía en algunas endechas una vehemencia y un ardor que denotaban el +entusiasmo de que estaba poseído. + +«Bueno, hijo, bueno--le dijo la anciana cuando terminó de cantar--. Me +gusta mucho tu música... Pero ¿el estómago no te dice que a él no le +catequizas con esas coplas, y que le gustan más las buenas magras? + +--_Comier_ tú... mí cantar... _Comier_ yo con alegría de ser tú _migo_. + +--¿Te alimentas con tenerme aquí? ¡Bonita substancia! + +--Mí _quierer_ ti... + +--Sí, hijo, quiéreme; pero haz cuenta de que soy tu madre, y que vengo a +cuidar de ti. + +--Tú ser _bunita_. + +--¡_Mia_ que yo bonita... con más años que San Isidro, y esta miseria y +esta facha!». + +No menos inspirado hablando que cantando, Almudena le dijo: «Tú ser _com +la zucena_, _branca_... _Com_ palmera del _D'sierto_ cintura tuya... +rosas y _casmines_ boca tuya... la estrella de la tarde _ojitas tuyas_. + +--¡María Santísima! Todavía no me había yo enterado de lo bonita que soy. + +--_Donzellas tudas_, _invidia_ de ti _tenier ellas_... _Hiciéronte_ manos +Dios con _regocijación_. Loan ti ángeles con cítara. + +--¡San Antonio bendito!... Si quieres que te crea todas esas cosas, me +has de hacer un favor: comer lo que te traigo. Después que tengas llena +la barriga hablaremos, pues ahora no estás en tus cabales». + +Diciéndolo, iba sacando de la cesta pan, tortilla, carne fiambre y una +botella de vino. Enumeraba las provisiones, creyendo que así le +despertaría el apetito, y como argumento final le dijo: «Si te empeñas +en no comer, me enfado, y no vuelvo más a verte. Despídete de mi boca de +rosas, y de mis ojitos como las estrellas del cielo... Y luego has de +hacer todo lo que yo te mande: volverte a Madrid, y vivir en tu casita +como antes vivías. + +--Si tú casar _migo_, sí... Si no casar, no. + +--¿Comes o no comes? Porque yo no he venido aquí a perder el tiempo +echándote sermones--declaró Benina desplegando toda la energía de su +acento--. Si te empeñas en ayunar, me voy ahora mismo. + +--_Comier_ tú... + +--Los dos. He venido a verte, y a que almorcemos juntos. + +--¿Casar tú _migo_? + +--¡Ay qué pesado el hombre! Pareces un chiquillo. Me veré obligada a +darte un par de mojicones... Ha, morito, come y aliméntate, que ya se +tratará lo del casorio. ¿Piensas que voy yo a tomar un marido seco al +sol, y que se va quedando como un pergamino?». + +Con estas y otras razones logró convencerle, y al fin el desdichado dejó +de hacer ascos a la comida. Empezando con repulgos, acabó por devorar +con voracidad. Pero no abandonaba su tema, y entre bocado y bocado, +decía: «_Casar_ yo _tigo_... _dirnos terra_ mía... Yo casar por +_arreligión_ tuya si _quierer_ tú... Tú casar por _arreligión mía_, si +_quierer_ ella... Mí ser _d'Israel_... Bautisma jacieron mí señoritas +_confirencia_... Poner mí nombre _Joseph Marien Almudena_... + +--José María de la Almudena. Si eres cristiano, no me hables a mí de +otras _arreligiones_ malas. + +--No haber más que un Dios, uno solo, sólo Él--exclamó el ciego, poseído +de exaltación mística--. Él _melecina_ a los quebrantados de corazón... +Él contar número estrellas, y a _tudas_ ellas por nombre llama. Adoran +_Adonai_ el animal y _tuda cuatropea_, y el pájaro de ala... +_¡Alleluyah!_... + +--Hombre, sí, cantemos ahora las aleluyas para que no nos haga daño la +comida. + +--Voz de _Adonai_ sobre las aguas, sobre aguas _mochas_. La voz de +_Adonai_ con _forza_, la voz de _Adonai_ con _jermosura_. La voz de +_Adonai_ quiebra los _alarzes_ del Lebanón y Tsión como fijos de +unicornios... La voz de _Adonai_ corta llamas de fuego, _face_ temblar +_D'sierto_; _fará_ temblar _Adonai D'sierto_ de Kader... La voz de +_Adonai face_ _adoloriar_ ciervas... En palacio suyo _tudas_ decir +_grolia_. _Adonai_ por el diluvio se asentó... _Adonai_ bendecir su +_puelbro_ con paz...». + +Aún prosiguió recitando oraciones hebraicas en castellano del siglo XV, +que en la memoria desde la infancia conservaba, y Benina le oía con +respeto, aguardando que terminase para traerle a la realidad y sujetarle +a la vida común. Discutieron un rato sobre la conveniencia de tornar a +la posada de Santa Casilda; mas no parecía él dispuesto a complacerla en +extremo tan importante, mientras no le diese ella palabra formal de +aceptar su negra mano. Trató de explicar la atracción que, en el estado +de su espíritu, sobre él ejercían los áridos peñascales y escombreras en +que a la sazón se encontraba. Realmente, ni él sabía explicárselo, ni +Benina entenderlo; pero el observador atento bien puede entrever en +aquella singular querencia un caso de atavismo o de retroacción +instintiva hacia la antigüedad, buscando la semejanza geográfica con las +soledades pedregosas en que se inició la vida de la raza... ¿Es esto un +desatino? Quizás no. + + + + +XXIX + + +Con todo su ingenio y travesura no pudo la anciana convencer al marroquí +de la oportunidad de volverse al Madrid alto. «Y no sé--le dijo echando +mano de todos los argumentos--, no sé cómo vas a arreglarte para vivir en +este monte de tus penitencias. Porque tú no pides; aquí nadie ha de +traerte el garbanzo, como no sea yo; y yo, si ahora tengo algún dinero, +pronto me quedaré sin una mota, y tendré que volver a pedirlo con +vergüenza. ¿Esperas tú que aquí te caiga el maná? + +--_Cader sí manjá_--replicó Almudena con profunda convicción. + +--Fíate de eso... Pero dime otra cosa, hijito: ¿habrá por aquí dinero +enterrado? + +--Haber _mocha_, _mocha_. + +--Pues, hijo, a ver si lo sacas, que en este caso no perderías el tiempo. +Pero ¡quia! no creo yo las papas que tú cuentas, ni las hechicerías que +te has traído de tu tierra de infieles... No, no: aquí no hay salvación +para el pobre; y eso de sacar tesoros, o de que le traigan a uno las +carretadas de piedras preciosas, me parece a mí que es conversación. + +--Si tú casar _migo_, mí _encuentrar_ tesoro _mocha_. + +--Bueno, bueno... Pues ponte a trabajar para la averiguación de dónde +está la tinaja llena de dinero. Yo vendré a sacarla, y como sea verdad, +a casarnos tocan». + +Diciéndolo, recogía en su cesta los restos de comida para marcharse. +Almudena se opuso a que se fuese tan pronto; pero ella insistía en +retirarse, con la firmeza que gastaba en toda ocasión: «¡Pues estaría +bueno que me quedara yo aquí, puesta al sol y al aire como un pellejo en +secadero de curtidores! Y dime, Almudenita: ¿me vas tú a mantener aquí? +¿Y a mi señora, quién le mantiene el pico?». + +Esta referencia a la casa de la señora despertó en Mordejai el recuerdo +del _galán bunito_; y como se excitara más de la cuenta con tal motivo, +apresurose Benina a calmarle con la noticia de que Ponte se había +marchado ya a sus palacios aristocráticos, y de que ni ella ni su ama +Doña Francisca querían trato ni roce con aquel viejo camastrón, que les +había dado un mal pago, despidiéndose a la francesa, y _quedándoles a +deber_ el pupilaje. Tragose el africano esta bola con infantil candor; y +haciendo prometer y jurar a su amiga que a verle volvería diariamente +mientras él continuase en aquella obligación de sus acerbas penitencias, +la dejó marchar. Fuese Benina por arriba, prefiriendo subir hacia la +estación, como salida más cómoda y practicable. + +De vuelta a casa, lo primero que su señora le preguntó fue si sabía +cuándo regresaba de Guadalajara D. Romualdo, a lo que respondió ella que +no se tenían aún noticias seguras del regreso del señor. Nada ocurrió +aquel día digno de notarse, sino que Ponte mejoraba rápidamente, +poniéndose muy gozoso con la visita de Obdulia, que estuvo cuatro horas +platicando con él y con su mamá de cosas elegantes, y de sucesos +rondeños anteriores en cuarenta años a la época presente. Debe hacerse +notar también que a Benina se le iba mermando el dinero, pues comió allí +la _niña_, y fue preciso añadir merluza al ordinario condumio, y además +dátiles y pastas para postres. Con el gasto de aquellos días, con las +prodigalidades caritativas en las Cambroneras, los duros que restaron +del préstamo de la _Pitusa_, después de saldados débitos apremiantes, se +iban reduciendo por horas, hasta quedar en uno solo, o poco más, el día +de la tercera escapatoria al arrabal del Puente de Toledo. + +Es cosa averiguada que en aquella tercera excursión le salió al +encuentro el anciano del día anterior, que dijo llamarse Silverio, y +con él iban, formados como en línea de batalla, otros míseros habitantes +de aquellos humildes caseríos, llevando de intérprete al hombre +despernado, que se expresaba con soltura, como si con esta facultad le +compensara la Naturaleza por la horrible mutilación de su cuerpo. Y fue +y dijo, en nombre del gremio de pordioseros allí presente, que la señora +debía distribuir sus beneficios entre todos sin distinción, pues todos +eran igualmente acreedores a los frutos de su inmensa caridad. +Respondioles Benina con ingenua sencillez que ella no tenía frutos ni +cosa alguna que repartir, y que era tan pobre como ellos. Acogidas estas +expresiones con absoluta incredulidad, y no sabiendo el lisiado qué +oponer a ellas, pues toda su oratoria se le había consumido en el primer +discurso, tomó la palabra el viejo Silverio, y dijo que ellos no se +habían caído de ningún nido, y que bien a la vista estaba que la señora +no era lo que parecía, sino una _dama disfrazada_ que, con trazas y +pingajos de _mendiga de punto_, se iba por aquellos sitios para +_desaminar_ la verdadera pobreza y remediarla. Tocante a esto del +disfraz no había duda, porque ellos la conocían de años atrás. ¡Ah! y +cuando vino, _la otra vez_, la _señora disfrazada_, a todos les había +socorrido igualmente. Bien se acordaban él y otros de la cara y modos +de la tal, y podían atestiguar que era la misma, la misma que en aquel +momento estaban viendo con sus ojos y palpando con sus manos. + +Confirmaron todos a una voz lo dicho por el octogenario Silverio, el +cual hubo de añadir que por santa fue tenida la señora de antes, y por +santísima tendrían a la presente, respetando su disfraz, y poniéndose +todos de rodillas ante ella para adorarla. Contestó Benina con gracejo +que tan santa era ella como su abuela, y que miraran lo que decían y +volvieran de su grave error. En efecto: había existido años atrás una +señora muy linajuda, llamada Doña Guillermina Pacheco, corazón hermoso, +espíritu grande, la cual andaba por el mundo repartiendo los dones de la +caridad, y vestía humilde traje, sin faltar a la decencia, revelando en +su modestia soberana la clase a que pertenecía. Aquella dignísima señora +ya no vivía. Por ser demasiado buena para el mundo, Dios se la llevó al +Cielo cuando más falta nos hacía por acá. Y aunque viviera, _amos_, +¿cómo podía ser confundida con ella, con la infeliz Benina? A cien +leguas se conocía en esta a una mujer de pueblo, criada de servir. Si +por su traje pobrísimo, lleno de remiendos y zurcidos, por sus +alpargatas rotas, no comprendían ellos la diferencia entre una cocinera +jubilada y una señora nacida de marqueses, pues bien pudiera esta +vestirse de máscara, en otras cosas no cabía engaño ni equivocación: por +ejemplo, en el habla. Los que oyeron la palabra de Doña Guillermina, que +se expresaba al igual de los mismos ángeles, ¿cómo podían confundirla +con quien decía las cosas en lenguaje ordinario? Había nacido ella en un +pueblo de Guadalajara, de padres labradores, viniendo a servir a Madrid +cuando sólo contaba veinte años. Leía con dificultad, y de escritura +estaba tan mal, que apenas ponía su nombre: _Benina de Casia_. Por este +apellido, algunos guasones de su pueblo se burlaban de ella diciendo que +_venía_ de Santa Rita. Total: que ella no era santa, sino muy pecadora, +y no tenía nada que ver con la Doña Guillermina de marras, que ya gozaba +de Dios. Era una pobre como ellos, que vivía de limosna, y se las +gobernaba como podía para mantener a los suyos. Habíala hecho Dios +generosa, eso sí; y si algo poseía, y encontraba personas más +necesitadas que ella, le faltaba tiempo para desprenderse de todo... y +tan contenta. + +No se dieron por convencidos los miserables, dejados de la mano de Dios, +y alargando las suyas escuálidas, con afligidas voces pedían a Benina de +Casia que les socorriese. Andrajosos y escuálidos niños se unieron al +coro, y agarrándose a la falda de la infeliz alcarreña, le pedían pan, +pan. Compadecida de tantas desdichas, fue la anciana a la tienda, compró +una docena de panes altos, y dividiéndolos en dos, los repartió entre la +miserable cuadrilla. La operación se dificultó en extremo, porque todos +se abalanzaban a ella con furia, cada uno quería recibir su parte antes +que los demás, y alguien intentó apandar dos raciones. Diríase que se +duplicaban las manos en el momento de mayor barullo, o que salían otras +de debajo de la tierra. Sofocada, la buena mujer tuvo que comprar más +libretas, porque dos o tres viejas a quienes no tocó nada, ponían el +grito en el cielo, y alborotaban el barrio con sus discordes y +lastimeros chillidos. + +Ya se creía libre de tales moscones, cuando la llamó con roncas voces +una mujer que llevaba en brazos a un niño cabezudo, monstruoso. Al punto +en ella reconoció a la que había visto con la Burlada días antes, camino +de la Puerta de Toledo. Pretendía la tal que Benina subiese con ella a +un cuarto alto de la casa de corredor, donde le mostraría el más +lastimoso cuadro que podría imaginarse. Prestose Benina a subir, porque +más podía en ella siempre la piedad que la conveniencia, y por la +escalera le explicaba la otra la situación de su desdichada familia. No +era casada; pero _por lo civil_ había tenido dos niños que se le habían +muerto de garrotillo, uno tras otro, con diferencia de seis días. Aquel +que llevaba, de cabeza deforme, no era suyo, sino de una compañera que +andaba con un ciego _de violín_, borracha ella, y si a mano +venía, _tomadora_. La que contaba estas tristezas llamábase Basilisa; +tenía a su padre baldadito, de andar en el río cogiendo anguilas, con el +agua hasta los corvejones; a su hermana Cesárea bizmada, de los golpes +que le dio su querido, un silbante, un golfo, un _rata_, «a quien tiene +usted toda la noche jugando al mus en _cas_ del _Comadreja_, Mediodía +Chica. ¿Conoce la señora ese _establecimiento_? + +--De nombre--dijo Benina medianamente interesada en la historia. + +--Pues ese sinvergüenza, tras apalear a mi hermana, nos empeñó los +mantones y las enaguas. Debe usted de conocerle, porque otro más granuja +no lo hay en Madrid. Le llaman por mal nombre _Si Toséis Toméis_... y +por abreviar le decimos _Toméis_. + +--No le conozco... Yo no me trato con gente de esa». + +Subieron, y en uno de los cuartos más estrechos del corredor alto, vio +Benina el tremendo infortunio de aquella familia. El viejo reumático +parecía loco; en la desesperación que le causaban sus dolores, +vociferaba, blasfemando, y Cesárea, de la inanición que la consumía, +estaba como idiota, y no hacía más que dar azotes en las nalgas a un +chico mocoso, lloricón, y que ponía los ojos en blanco de la fuerza de +sus berridos y contorsiones. En medio de este desbarajuste, las dos +mujeres expresaron a Benina que su mayor apuro, a más del hambre, era +pagar al casero, que no las dejaba vivir, reclamando a todas horas las +tres semanas que se debían. Contestó la anciana que, con gran +sentimiento, no se hallaba en disposición de sacarlas del compromiso, +por carecer de dinero, y lo único que podía ofrecerles era una peseta, +para que se remediaran aquel día y el siguiente. Traspasado el corazón +de lástima, se despidió de la infeliz patulea, y aunque se mostraron las +dos mujeres agradecidas, bien se conocía que algún reconcomio se les +quedaba dentro del cuerpo por no haber recibido el socorro que +esperaban. + +En la escalera detuvieron a Benina dos vejanconas, una de las cuales le +dijo con mal modo: «¡Vaya, que confundirla a usted con Doña +Guillermina!... ¡Zopencos, más que burros! Si aquella era un ángel +vestido de persona, y esta... bien se ve que es una _tía ordinaria_, que +viene acá dándose el pisto de repartir limosnas... ¡Señora!... ¡vaya una +señora!... apestando a cebolla cruda... y con esas manos de fregar... +Ahora se dan santas del _pan pringao_, y... ¡a cuarto las +imágenes; _caras de Dios_ a cuarto!». + +No hizo caso la buena mujer, y siguió su camino; pero en la calle, o +como quiera que se llame aquel espacio entre casas, se vio importunada +por sinnúmero de ciegos, mancos y paralíticos, que le pedían con tenaz +insistencia pan, o perras con qué comprarlo. Trató de sacudirse el +molesto enjambre; pero la seguían, la acosaban, no la dejaban andar. No +tuvo más remedio que gastarse en pan otra peseta y repartirlo presurosa. +Por fin, apretando el paso, logró ponerse a distancia de la enfadosa +pobretería, y se encaminó al vertedero donde esperaba encontrar al buen +Mordejai. En el propio sitio del día anterior estaba mi hombre +aguardándola ansioso; y no bien se juntaron, sacó ella de la cesta los +víveres que llevaba, y se pusieron a comer. Mas no quería Dios que +aquella mañana le saliesen las cosas a Benina conforme a su buen corazón +y caritativas intenciones, porque no hacía diez minutos que estaban +comiendo, cuando observó que en el camino, debajito del vertedero, se +reunían gitanillos maleantes, alguno que otro lisiado de mala estampa, y +dos o tres viejas desarrapadas y furibundas. Mirando al grupo idílico +que en la escombrera formaban la anciana y el ciego, toda aquella +gentuza empezó a vociferar. ¿Qué decían? No era fácil entenderlo desde +arriba. Palabras sueltas llegaban... que si era santa de pega; que si +era una ladrona que se fingía beata para robar mejor... que si era una +lame-cirios y chupa-lámparas... En fin, aquello se iba poniendo malo, y +no tardó en demostrarlo una piedra, ¡pim! lanzada por mano vigorosa, y +que Benina recibió en la paletilla... Al poco rato, ¡pim, pam! otra y +otras. Levantáronse ambos despavoridos, y recogiendo en la cesta la +comida, pensaron en ponerse en salvo. La _dama_ cogió por el brazo a su +caballero y le dijo: «Vámonos, que nos matan». + + + + +XXX + + +Trepando difícilmente por el declive pedregoso, cayendo y levantándose a +cada instante, cogidos del brazo, las cabezas gachas, huían del +formidable tiroteo. Este llegó a ser tan intenso, que no había respiro +entre golpe y golpe. A Benina la tocaron los proyectiles en partes +vestidas, donde no podían hacer gran daño; pero Almudena tuvo la +desgracia de que un guijarro le cogiese la cabeza en el momento de +volverse para increpar al enemigo, y la descalabradura fue tremenda. +Cuando llegaron, jadeantes y doloridos, a un sitio resguardado de la +terrible lluvia de piedras, la herida del marroquí chorreaba sangre, +tiñendo de rojo su faz amarilla. Lo extraño era que el descalabrado +callaba, y la que había salido ilesa ponía el grito en el cielo, +pidiendo rayos y centellas que confundieran a la infame cuadrilla. La +suerte les deparó un guarda-agujas, que vivía en una caseta próxima al +lugar del siniestro, hombre reposado y pío que, demostrando tener en +poco a las víctimas del atentado, las acogió como buen cristiano en su +vivienda humilde, compadecido de su desgracia. A poco llegó la guardesa, +que también era compasiva, y lo primero que hicieron fue dar agua a +Benina para que le lavase la herida a su compañero, y de añadidura +sacaron vinagre, y trapos para hacer vendas. El moro no decía más que: +«_Amri_, ¿_pieldra_ ti no? + +--No, hijo: no me ha tocado más que una china en el cogote, que no me ha +hecho sangre. + +¿_Dolier_ ti? + +--Poco... no es nada. + +--Son los _embaixos_... _espirtos_ malos de _soterrá_. + +--¡Indecentes granujas! ¡Lástima de pareja de la Guardia civil, o +siquiera del Orden! + +Con los procedimientos más elementales le hicieron la cura al pobre +ciego, restañándole la sangre, y poniéndole vendas que le tapaban uno de +los ojos; después le acostaron en el suelo, porque se le iba la cabeza y +no podía tenerse en pie. Volvió la mendiga a sacar de su cesta el pan y +la carne a medio comer, ofreciendo partir con sus generosos protectores; +pero estos, en vez de aceptar, les brindaron con sardinas y unos churros +que les habían sobrado de su almuerzo. Hubo por una y otra parte +ofrecimientos, finuras y delicadezas, y cada cual, al fin, se quedó con +lo suyo. Pero Benina aprovechó las buenas disposiciones de aquella +honrada gente para proponerles que albergasen al ciego en la caseta +hasta que ella pudiese prepararle alojamiento en Madrid. No había que +pensar en que volviese a las Cambroneras, donde sin duda le tenían mala +voluntad. A Madrid y a su casa de ella no podía conducirlo, porque ella +servía en una casa, y él... En fin, que no era fácil explicarlo... y si +los señores guarda-agujas pensaban mal de las relaciones entre Benina y +el moro, que pensaran. «Miren ustedes--dijo la anciana viéndoles +perplejos y desconfiados--, no poseo más dinero que esta peseta y estas +perras. Tómenlas, y tengan aquí al pobre ciego hasta mañana. Él no les +molestará, porque es bueno y honrado. Dormirá en este rincón con sólo +que le den una manta vieja, y tocante a comer, de lo que ustedes +tengan». + +Después de una corta vacilación aceptaron el trato, y permitiéndose dar +un consejo a la para ellos extraña pareja, dijo el guarda: «Lo que deben +hacer ustedes es dejarse de andar de vagancia por calles y caminos, +donde todo es ajetreo y malos pasos, y ver de meterse o que los metan en +un asilo, la señora en las _ancianitas_, el señor en otro recogimiento +que hay para ciegos, y así tendrían asegurado el comer y el abrigo por +todo el tiempo que vivieran». Nada contestó Almudena, que amaba la +libertad, y la prefería trabajosa y miserable a la cómoda sujeción del +asilo. Benina, por su parte, no queriendo entrar en largas +explicaciones, ni desvanecer el error de aquella buena gente, que sin +duda les creía asociados para la vagancia y el merodeo, se limitó a +decir que no se recogían en un _establecimiento_ por causa de la mucha +_existencia_ de pobres, y que sin recomendaciones y tarjetas de +personajes no había manera de conseguir plaza. A esto respondió la +guardesa que podrían lograr sus deseos de _recogerse_, si se entendían +con un señor muy piadoso que anda en estas cosas de asilos; un +sacerdote... que le llaman D. Romualdo. + +«¡D. Romualdo!... ¡Ah! sí, ya sé; digo, no le conozco más que de nombre. +¿Es un señor cura, alto y guapetón, que tiene una sobrina llamada Doña +Patros, que bizca un poco?». + +Al decir esto, sintió la Benina que se renovaba en su mente la extraña +confusión y mezcolanza de lo real y lo imaginado. + +«Yo no sé si bizca o no bizca la sobrina...--prosiguió la guardesa--; pero +sé que el D. Romualdo es de tierra de Guadalajara. + +--Es verdad... Y ahora se ha ido a su pueblo... Por cierto que le +proponen para Obispo, y habrá ido a traer los papeles». + +Convinieron todos en que el D. Romualdo misterioso no vendría del pueblo +sin traerse los papeles, y en seguida se cerró trato para el hospedaje y +custodia de Almudena en la caseta por veinticuatro horas, dando Benina +la peseta y perros que tenía (menos tres piezas chicas que guardó +aparte), y comprometiéndose los otros a cuidar del ciego como si fuera +su hijo. Aún tuvo la pobre Nina que bregar un poquito con el marroquí, +empeñado en que le llevara _sigo_; pero al fin pudo convencerle, +encareciéndole el peligro de que la herida de la cabeza le trajera algún +trastorno grave si no se estaba quietecito. «_Amri_, _golver ti_ +mañana--decía el infeliz al despedirla--. Si dejar mí solo, _murierme yo +migo_». Prometió la anciana solemnemente volver a su compañía, y se fue +melancólica, revolviendo en su magín las tristezas de aquel día, a las +cuales se unían presagios negros, barruntos de mayores afanes, porque se +había quedado sin un cuarto, por dejarse llevar del ímpetu caritativo de +su corazón dando tanta limosna. Seguramente vendrían para ella grandes +apreturas, pues tenía que devolver pronto a la _Pitusa_ sus joyas, +allegar recursos para mantener a la señora y a su huésped, socorrer a +Almudena, etc... Tantas obligaciones se había echado encima, que ya no +sabía cómo atender a ellas. + +Llegó a su casa, después de hacer sus compras a crédito, y encontrando a +Frasquito muy bien, propuso a Doña Paca darle de alta, y que se fuera a +desempeñar sus obligaciones y a ganarse la vida. Asintió a ello la +señora, y la tristeza de ambas se aumentó con la noticia, traída por la +criada de Obdulia, de que esta se había puesto muy malita, con alta +fiebre, delirio, y un traqueteo de nervios que daba compasión. Allá se +fue Benina, y después de avisar a los suegros de la señorita para que la +atendieran, volvió a tranquilizar a la mamá. Mala tarde y peor noche +pasaron, pensando en las dificultades y aprietos que de nuevo se les +ofrecían, y a la siguiente mañana la infeliz mujer ocupaba su puesto en +San Sebastián, pues no había otra manera de defenderse de tantas y tan +complejas adversidades. Cada día mermaba su crédito, y las obligaciones +contraídas en la calle de la Ruda, o en las tiendas de la calle +Imperial, la abrumaban. Viose en la necesidad de salir también al +pordioseo de tarde, y un ratito por la noche, pretextando tener que +llevar un recado a la _niña_. En la breve campaña nocturna, sacaba +escondido un velo negro, viejísimo, de Doña Paca, para entapujarse la +cara; y con esto y unos espejuelos verdes que para el caso guardaba, +hacía divinamente el tipo de señora ciega vergonzante, arrimadita a la +esquina de la calle de Barrionuevo, atacando con quejumbroso reclamo a +media voz a todo cristiano que pasaba. Con tal sistema, y _trabajando_ +tres veces por día, lograba reunir algunos cuartos; mas no todo lo +necesario para sus atenciones, que no eran pocas, porque Almudena se +había puesto mal, y seguía en la caseta de las Pulgas. Nada cobraba el +guarda-agujas por hospedaje del infeliz moro; pero había que llevar a +este la comida. Obdulia no entraba en caja: era forzoso asistirla de +medicamentos y caldos, pues los suegros se llamaban Andana, y no era +cosa de mandarla al Hospital. Tenía, pues, sobre sí la heroica mujer +carga demasiado fuerte; pero la soportaba, y seguía con tantas cruces a +cuestas por la empinada senda, ansiosa de llegar, si no a la cumbre, a +donde pudiera. Si se quedaba en mitad del camino, tendría la +satisfacción de haber cumplido con lo que su conciencia le dictaba. + +Por la tarde, pretextando compras, pedía en la puerta de San Justo, o +junto al Palacio arzobispal; pero no podía entretenerse mucho, porque su +tardanza no inquietara demasiado a la señora. Al volver una tarde de su +petitorio, sin más _ganancia_ que una perra chica, se encontró con la +novedad de que Doña Paca, acompañada de Frasquito, había ido a visitar a +Obdulia. Díjole además la portera que momentos antes había subido a la +casa un señor sacerdote, alto, de buena presencia, el cual, cansado de +llamar, se fue, dejando un recadito en la portería. + +«¡Ya!... Es D. Romualdo... + +--Así dijo, sí, señora. Ya ha venido dos veces, y... + +--¿Pero se marcha otra vez a Guadalajara? + +--De allá vino ayer tarde. Tiene que hablar con Doña Paca, y volverá +cuando pueda». + +Ya tenía Benina un espantoso lío en la cabeza con aquel dichoso clérigo, +tan semejante, por las señas y el nombre, al suyo, al de su invención; y +pensaba si, por milagro de Dios, habría tomado cuerpo y alma de persona +verídica el ser creado en su fantasía por un mentir inocente, obra de +las aflictivas circunstancias. «En fin, veremos lo que resulta de todo +esto--se dijo subiendo pausadamente la escalera--. Bien venido sea ese +señor cura si viene a traernos algo». Y de tal modo arraigaba en su +mente la idea de que se convertía en real el mentido y figurado +sacerdote alcarreño, que una noche, cuando pedía con antiparras y velo, +creyó reconocer en una señora, que le dio dos céntimos, a la mismísima +Doña Patros, la sobrina que bizcaba una miaja. + +Pues, señor, Doña Paca y Frasquito trajeron la buena noticia de que +Obdulia se restablecía lentamente. «Mira, Nina--le dijo la viuda--: como +quiera que sea, has de llevarle a Obdulia una botella de amontillado. A +ver si te la fían en la tienda; y si no, busca el dinero como puedas, +que lo que tiene la _niña_ es debilidad. La otra se mostró conforme con +esta esplendidez, por no chocar, y se puso a hacer la cena. Taciturna +estuvo hasta la hora de acostarse, y Doña Francisca se incomodó con ella +porque no la entretenía, como otras veces, con festivas conversaciones. +Sacó fuerzas de flaqueza la heroica anciana, y con su espíritu muy +turbado, su mente llena de presagios sombríos, empezó a despotricar como +una taravilla, para que se embelesara la señora con unas cuantas +chanzonetas y mil tonterías imaginadas, y pudiera coger el sueño. + + + + +XXXI + + +Repuesto de su herida el ciego moro, volvió a pedir, a instancias de su +amiga, pues no estaban los tiempos para pasarse la vida al sol tocando +la vihuela. Las necesidades aumentaban, imponíase la dura realidad, y +era forzoso sacar las perras del fondo de la masa humana como de un mar +rico en tesoros de todas clases. No pudo Almudena resistir a la enérgica +sugestión de la _dama_, y poco a poco se fue curando de aquellas +murrias, y del delirio místico y penitencial que le desconcertó días +antes. Convinieron, tras empeñada discusión, en trasladar _su punto_ de +San Sebastián a San Andrés, porque Almudena conocía en esta parroquia a +un señor clérigo muy bondadoso, que en otra ocasión le había protegido. +Allí se fueron, pues; y aunque también en San Andrés había _Caporalas_ y +Eliseos, con distintos nombres, por ser estos caracteres como fruto +natural de la vida en todo grupo o familia de la sociedad humana, no +parecían tan despóticos y altaneros como en la otra parroquia. El +clérigo que al marroquí protegía era un joven muy listo, algo arabista +y hebraizante, que solía echar algún párrafo con él, no tanto por +caridad como por estudio. Una mañana observó Benina que el curita joven +salía de la Rectoral acompañado de otro sacerdote, alto, bien parecido, +y hablaron los dos mirando al ciego moro. Sin duda decían algo referente +a él, a su origen, a su habla y religión endemoniadas. Después uno y +otro clérigos en ella se fijaron, ¡qué vergüenza! ¿Qué pensarían, qué +dirían de ella? Suponíanla quizás compañera del africano, su mujer +quizás, su... + +En fin, que el presbítero alto y guapetón se fue hacia la Cava Baja, y +el otro, el sabio, se dignó parlotear un rato con Almudena en lengua +arábiga. Después se fue hacia Benina, y con todo miramiento le dijo: +«Usted, _Doña Benigna_, bien podría dejarse de esta vida, que a su edad +es tan penosa. No está bien que ande tras el moro como la soga tras el +caldero. ¿Por qué no entra en la _Misericordia_? Ya se lo he dicho a D. +Romualdo, y ha prometido interesarse...». + +Quedose atónita la buena mujer, y no supo qué contestar. Por decir algo, +expresó su agradecimiento al Sr. de Mayoral, que así nombraban al +clérigo erudito, y añadió que ya había reconocido en el otro señor +sacerdote al benéfico D. Romualdo. + +«Ya le he dicho también--agregó Mayoral--, que es usted criada de una +señora que vive en la calle Imperial, y prometió informarse de su +comportamiento antes de recomendarla...». + +Poco más dijo, y Benina llegó al mayor grado de confusión y vértigo de +su mente, pues el sacerdote alto y guapetón que poco antes viera, +concordaba con el que ella, a fuerza de mencionarlo y describirlo en un +mentir sistemático, tenía fijo en su caletre. Ganas sintió de correr por +la Cava Baja, a ver si le encontraba, para decirle: «Sr. D. Romualdo, +perdóneme _si le he inventado_. Yo creí que no había mal en esto. Lo +hice porque la señora no me descubriera que salgo todos los días a pedir +limosna para mantenerla. Y si esto de _aparecerse_ usted ahora con +cuerpo y vida de persona es castigo mío, perdóneme Dios, que no lo +volveré a hacer. ¿O es usted otro D. Romualdo? Para que yo salga de esta +duda que me atormenta, hágame el favor de decirme si tiene una sobrina +bizca, y una hermana que se llama Doña Josefa, y si le han propuesto +para Obispo, como se merece, y ojalá fuera verdad. Dígame si es usted el +mío, mi D. Romualdo, u otro, que yo no sé de dónde puede haber salido, y +dígame también qué demontres tiene que hablar con la señora, y si va a +darle las quejas porque yo he tenido el atrevimiento de _inventarle_». + +Esto le habría dicho, si encontrádole hubiera; pero no hubo tal +encuentro, ni tales palabras fueron pronunciadas. Volviose a casa muy +triste, y ya no se apartó de su mente la idea de que el benéfico +sacerdote alcarreño no era invención suya, de que todo lo que soñamos +tiene su existencia propia, y de que las mentiras entrañan verdades. +Pasaron dos días en esta situación, sin más novedad que un crecimiento +horroroso de las dificultades económicas. Con tanto pordiosear mañana y +tarde, nunca le salía la cuenta; no había ya ningún nacido que le fiara +valor de un real; la _Pitusa_ amenazola con _dar parte_ si no le devolvía +en breve término sus alhajas. Faltábale ya la energía, y sus grandes +ánimos flaqueaban; perdía la fe en la Providencia, y formaba opinión +poco lisonjera de la caridad humana; todas sus diligencias y correrías +para procurarse dinero, no le dieron más resultado que un duro que le +prestó por pocos días Juliana, la mujer de Antoñito. La limosna no +bastaba ni con mucho; en vano se privaba ella hasta de su ordinario +alimento, para disimular en casa la escasez; en vano iba con las +alpargatas rotas, magullándose los pies. La economía, la sordidez misma, +eran ineficaces: no había más remedio que sucumbir y caer diciendo: +«Llegué hasta donde pude: lo demás hágalo Dios, si quiere». + +Un sábado por la tarde se colmaron sus desdichas con un inesperado y +triste incidente. Salió a pedir en San Justo: Almudena hacía lo mismo en +la calle del Sacramento. Estrenose ella con diez céntimos, inaudito +golpe de suerte, que consideró de buen augurio. ¡Pero cuán grande era su +error, al fiarse de estas golosinas que nos arroja el destino adverso +para atraernos y herirnos más cómodamente! Al poco rato del feliz +estreno, se apareció un individuo de la ronda secreta que, empujándola +con mal modo, le dijo: «Ea, buena mujer, eche usted a andar para +adelante... Y vivo, vivo... + +--¿Qué dice?... + +--Que se calle y ande... + +--¿Pero a dónde me lleva? + +--Cállese usted, que le tiene más cuenta... ¡Hala! a San Bernardino. + +--¿Pero qué mal hago yo... señor? + +--¡Está usted pidiendo!... ¿No le dije a usted ayer que el señor +Gobernador no quiere que se pida en esta calle? + +--Pues manténgame el señor Gobernador, que yo de hambre no he de morirme, +por Cristo... ¡Vaya con el hombre!... + +--¡Calle usted, _so borracha_!... ¡Andando digo! + +--¡Que no me empuje!... Yo no soy _criminala_... Yo tengo familia, +conozco quién me abone... Ea, que no voy a donde usted quiere +llevarme...». + +Se arrimó a la pared; pero el fiero polizonte la despegó del arrimo con +un empujón violentísimo. Acercáronse dos de Orden público, a los cuales +el de la ronda mandó que la llevaran a San Bernardino, juntamente con +toda la demás pobretería de ambos sexos que en la tal calle y callejones +adyacentes encontraran. Aún trató Benina de ganar la voluntad de los +guardias, mostrándose sumisa en su viva aflicción. Suplicó, lloró +amargamente; mas lágrimas y ruegos fueron inútiles. Adelante, siempre +adelante, llevando a retaguardia al ciego africano, que en cuanto se +enteró de que la _recogían_, se fue hacia los del Orden, pidiéndoles que +a él también le echasen la red, y al mismo infierno le llevaran, con tal +que no le separasen de ella. Presión grande hubo de hacer sobre su +espíritu la desgraciada mujer para resignarse a tan atroz desventura... +¡Ser llevada a un recogimiento de mendigos callejeros como son +conducidos a la cárcel los rateros y malhechores! ¡Verse imposibilitada +de acudir a su casa a la hora de costumbre, y de atender al cuidado de +su ama y amiga! Cuando consideraba que Doña Paca y Frasquito no tendrían +qué comer aquella noche, su dolor llegaba al frenesí: hubiera embestido +a los corchetes para deshacerse de ellos, si fuerzas tuviera contra dos +hombres. Apartar no podía del pensamiento la consternación de su señora +infeliz, cuando viera que pasaban horas, horas... y la Nina sin parecer. +¡Jesús, Virgen Santísima! ¿Qué iba a pasar en aquella casa? Cuando no se +hunde el mundo por sucesos tales, seguro es que no se hundirá jamás... +Más allá de las Caballerizas trató nuevamente de enternecer con razones +y lamentos el corazón de sus guardianes. Pero ellos cumplían una orden +del jefe, y si no la cumplían, mediano réspice les echarían. Almudena +callaba, andando agarradito a la falda de Benina, y no parecía +disgustado de la recogida y conducción al depósito de mendicidad. + +Si lloraba la pobre postulante, no lloraba menos el cielo, concordando +con ella en sombría tristeza, pues la llovizna que a caer empezó en el +momento de la recogida, fue creciendo hasta ser copiosa lluvia, que la +puso perdida de pies a cabeza. Las ropas de uno y otro mendigo +chorreaban; el sombrero hongo de Almudena parecía la pieza superior de +la fuente de los Tritones: poco le faltaba ya para tener verdín. El +calzado ligero de Benina, destrozado por el mucho andar de aquellos +días, se iba quedando a pedazos en los charcos y barrizales en que se +metía. Cuando llegaron a San Bernardino, pensaba la anciana que mejor +estaría descalza. «_Amri_--le dijo Almudena cuando traspasaban la triste +puerta del Asilo Municipal--, no _yorar_ ti... Aquí bien _tigo migo_... +No _yorar_ ti... _contentado_ mí... Dar sopa, dar pan nosotras...». + +En su desolación, no quiso Benina contestarle. De buena gana le habría +dado un palo. ¿Cómo había de hacerse cargo aquel vagabundo de la razón +con que la infeliz mujer se quejaba de su suerte? ¿Quién, sino ella, +comprendería el desamparo de su señora, de su amiga, de su hermana, y la +noche de ansiedad que pasaría, ignorante de lo que pasaba? Y si le +hacían el favor de soltarla al día siguiente, ¿con qué razones, con qué +mentiras explicaría su larga ausencia, su desaparición súbita? ¿Qué +podía decir, ni qué invento sacar de su fecunda imaginación? Nada, nada: +lo mejor sería desechar todo embuste, revelando el secreto de su +mendicidad, nada vergonzosa por cierto. Pero bien podía suceder que Doña +Francisca no lo creyese, y que se quebrantara el lazo de amistad que +desde tan antiguo las unía; y si la señora se enojaba de veras, +arrojándola de su lado, Nina se moriría de pena, porque no podía vivir +sin Doña Paca, a quien amaba por sus buenas cualidades y casi casi por +sus defectos. En fin, después de pensar en todo esto, y cuando la +metieron en una gran sala, ahogada y fétida, donde había ya como un +medio centenar de ancianos de ambos sexos, concluyó por echarse en los +brazos amorosos de la resignación, diciéndose: «Sea lo que Dios quiera. +Cuando vuelva a casa diré la verdad; y si la señora está viva para +cuando yo llegue y no quiere creerme, que no me crea; y si se enfada, +que se enfade; y si me despide, que me despida; y si me muero, que me +muera». + + + + +XXXII + + +Aunque Nina no lo pensara y dijera, bien se comprenderá que el +desasosiego y consternación de Doña Paca en aquella triste noche +superaron a cuanto pudiera manifestar el narrador. A medida que avanzaba +el tiempo, sin que la criada volviese al hogar, crecía la angustia del +ama, quien, si al principio echó de menos a su compañera por la falta +que en el orden material hacía, pronto se inquietó más, pensando en la +desgracia que habría podido ocurrirle: cogida de coche, verbigracia, o +muerte repentina en la calle. Procuraba el bueno de Frasquito +tranquilizarla, pero inútilmente. Y el desteñido viejo tenía que +callarse cuando su paisana le decía: «¡Pero si nunca ha pasado esto; +nunca, querido Ponte! Ni una sola vez ha faltado de casa en tantísimos +años». + +Surgieron dificultades graves para cenar formalmente, y nada se +adelantaba con que las chiquillas de la cordonera se brindasen oficiosas +a sustituir a la criada ausente. Verdad que Doña Paca perdió en absoluto +el apetito, y lo mismo, o poco menos, le pasaba a su huésped. Pero como +no había más remedio que tomar algo para sostener las fuerzas, ambos se +propinaron un huevo batido en vino y unos pedacitos de pan. De dormir, +no se hable. La señora contaba las horas, medias y cuartos de la noche +por los relojes de la vecindad, y no hacía más que medir el pasillo de +punta a punta, atenta a los ruidos de la escalera. Ponte no quiso ser +menos: la galantería le obligaba a no acostarse mientras su amiga y +protectora estuviese en vela, y para conciliar las obligaciones de +caballero con su fatiga de convaleciente, descabezó un par de sueñecitos +en una silla. Para esto hubo de adoptar postura violenta, haciendo +almohada de sus brazos, cruzados sobre el respaldo, y al dormirse se le +quedó colgando la cabeza, de lo que le sobrevino un tremendo tortícolis +a la mañana siguiente. + +Al amanecer de Dios, vencida del cansancio Doña Paca, se quedó dormidita +en un sillón. Hablaba en sueños, y su cuerpo se sacudía de rato en rato +con estremecimientos nerviosos. Despertó sobresaltada, creyendo que +había ladrones en la casa, y el día claro, con el vacío de la ausencia +de Nina, le resultó más triste y solitario que la noche. Según +Frasquito, que en esto pensaba cuerdamente, ningún rastro parecía más +seguro que informarse de los señores en cuya casa servía Benina de +asistenta. Ya lo había pensado también su paisana la tarde anterior; +pero como ignoraba el número de la casa de D. Romualdo en la calle de la +Greda, no se determinaron a emprender las averiguaciones. Por la mañana, +habiéndose brindado el portero a inquirir el paradero de la extraviada +sirviente, se le mandó con el encargo, y a la hora volvió diciendo que +en ninguna portería de tal calle daban razón. + +Y a todas estas, no había en la casa más que algún resto de cocido del +día anterior, casi avinagrado ya, y mendrugos de pan duro. Gracias que +los vecinos, enterados del conflicto tan grave, ofrecieron a la ilustre +viuda algunos víveres: este, sopas de ajo; aquel, bacalao frito; el +otro, un huevo y media botella de peleón. No había más remedio que +alimentarse, haciendo de tripas corazón, porque la naturaleza no espera: +es forzoso vivir, aunque el alma se oponga, encariñada con su amiga la +muerte. Pasaban lentas las horas del día, y tanto Ponte como su paisana +no podían apartar su atención de todo ruido de pasos que sonaba en la +escalera. Pero tantos desengaños sufrieron, que, al fin, rendidos y sin +esperanza, se sentaron uno frente a otro, silenciosos, con reposo y +gravedad de esfinges, y mirándose confirieron tácitamente la solución +del enigma a la divina voluntad. Ya se sabría el paradero de Nina, o los +motivos de su ausencia, cuando Dios se dignara darlos a conocer por los +medios y caminos a que nunca alcanza nuestra previsión. + +Las doce serían ya, cuando sonó un fuerte campanillazo. La dama rondeña +y el galán de Algeciras saltaron, cual muñecos de goma, en sus +respectivos asientos. «No, no es ella--dijo Doña Paca con gran +desaliento--. Nina no llama así». + +Y como quisiese Frasquito salir a la puerta le detuvo ella con una +observación muy en su punto: «No salga usted, Ponte, que podría ser uno +de esos gansos de la tienda que vienen a darme un mal rato. Que abra la +niña. Celedonia, corre a abrir, y entérate bien: si es alguno que nos +trae noticias de Nina, que pase. Si es alguien de la tienda, le dices +que no estoy». + +Corrió la chiquilla, y volvió desalada al instante diciendo: «Señora, D. +Romualdo». + +Efecto de gran intensidad emocional, que casi era terrorífica. Ponte dio +varias vueltas de peonza sobre un pie, y Doña Paca se levantó y volvió +a caer en el sillón como unas diez veces, diciendo: «Que pase... Ahora +sabremos... ¡Dios mío, D. Romualdo en casa!... A la salita, Celedonia, a +la salita... Me echaré la falda negra... Y no me he peinado... ¡Con qué +facha le recibo!... Que pase, niña... Mi falda negra». + +Entre el algecireño y la chiquilla la vistieron de mala manera, y con la +prisa le ponían la ropa del revés. La señora se impacientaba, +llamándoles torpes y dando pataditas. Por fin se arregló de cualquier +modo, pasose un peine por el pelo, y dando tumbos se fue a la salita +donde aguardaba el sacerdote, en pie, mirando las fotografías de +personas de la familia, única decoración de la mezquina y pobre +estancia. + +«Dispénseme usted, Sr. D. Romualdo--dijo la viuda de Zapata, que de la +emoción no podía tenerse en pie, y hubo de arrojarse en una silla, +después de besar la mano al sacerdote--. Gracias a Dios que puedo +manifestar a usted mi gratitud por su inagotable bondad. + +--Es mi obligación, señora...--repuso el clérigo un tanto sorprendido--, y +nada tiene usted que agradecerme. + +--Y dígame ahora, por Dios--agregó la señora, con tanto miedo de oír una +mala noticia, que apenas hablar podía--; dígamelo pronto. ¿Qué ha sido de +mi pobre Nina?». + +Sonó este nombre en el oído del buen sacerdote como el de una perrita +que a la señora se le había perdido. + +«¿No parece?...--le dijo por decir algo. + +--¿Pero usted no sabe...? ¡Ay, ay! Es que ha ocurrido una desgracia, y +quiere ocultármelo, por caridad». + +Prorrumpió en acerbo llanto la infeliz dama, y el clérigo permanecía +perplejo y mudo. «Señora, por piedad, no se aflija usted... Será, o no +será lo que usted supone. + +--¡Nina, Nina de mi alma! + +--¿Es persona de su familia, de su intimidad? Explíqueme... + +--Si el Sr. D. Romualdo no quiere decirme la verdad por no aumentar mi +tribulación, yo se lo agradezco infinito... Pero vale más saber... ¿O es +que quiere darme la noticia poquito a poco, para que me impresione +menos?... + +--Señora mía--dijo el sacerdote con impaciente franqueza, ávido de aclarar +las cosas--. Yo no le traigo a usted noticias buenas ni malas de la +persona por quien llora, ni sé qué persona es esa, ni en qué se funda +usted para creer que yo... + +--Dispénseme, Sr. D. Romualdo. Pensé que la Benina, mi criada, mi amiga y +compañera más bien, había sufrido algún grave accidente en su casa de +usted, o al salir de ella, o en la calle, y... + +--¿Qué más?... Sin duda, señora Doña Francisca Juárez, hay en esto un +error que yo debo desvanecer, diciendo a usted mi nombre: Romualdo +Cedrón. He desempeñado durante veinte años el arciprestazgo de Santa +María de Ronda, y vengo a manifestar a usted, por encargo expreso de los +demás testamentarios, la última voluntad del que fue mi amigo del alma, +Rafael García de los Antrines, que Dios tenga en su santa gloria». + +Si Doña Paca viera que se abría la tierra y salían de ella escuadrones +de diablos, y que por arriba el cielo se descuajaraba, echando de sí +legiones de ángeles, y unos y otros se juntaban formando una inmensa +falange gloriosa y bufonesca, no se quedara más atónita y confusa. +¡Testamento, herencia! ¿Lo que decía el clérigo era verdad, o una +ridícula, despiadada burla? ¿Y el tal sujeto era persona real, o imagen +fingida en la mente enferma de la dama infeliz? La lengua se le pegó al +paladar, y miraba a D. Romualdo con aterrados ojos. + +«No es para que usted se asuste, señora. Al contrario: yo tengo la +satisfacción de comunicar a Doña Francisca Juárez el término de sus +sufrimientos. El Señor, que ha probado sin duda ya con creces su +conformidad y resignación, quiere premiar ahora estas virtudes, +sacándola a usted de la tristísima situación en que ha vivido tantos +años». + +A doña Paca le caía un hilo de lágrimas de cada ojo, y no acertaba a +proferir palabra. ¡Cuál sería su emoción, cuáles su sorpresa y júbilo, +que se borró de su mente la imagen de Benina, como si la ausencia y +pérdida de esta fuese suceso ocurrido muchos años antes! + +«Comprendo--prosiguió el buen sacerdote enderezando su cuerpo y +aproximando el sillón para tocar con su mano el brazo de Doña +Francisca--, comprendo su trastorno... No se pasa bruscamente del +infortunio al bienestar, sin sentir una fuerte sacudida. Lo contrario +sería peor... Y puesto que se trata de cosa importante, que debe ocupar +con preferencia su atención, hablemos de ello, señora mía, dejando para +después ese otro asunto que la inquieta... No debe usted afanarse tanto +por su criada o amiga... ¡Ya parecerá!». + +Esta frase llevó de nuevo al espíritu de Doña Paca la idea de Nina y el +sentimiento de su misteriosa desaparición. Notando en el _ya parecerá_ +de D. Romualdo una intención benévola y optimista, dio en creer que el +buen señor, después que despachase el asunto principal, le hablaría del +caso de la anciana, que sin duda no era de suma gravedad. Pronto la +mente de la señora con rápido giro de veleta tornó a la idea de la +herencia, y a ella se agarró, dejando lo demás en el olvido; y +observando el presbítero su ansiedad de informes, se apresuró a +satisfacerla. + +--Pues ya sabrá usted que el pobre Rafael pasó a mejor vida el 11 de +Febrero... + +--No lo sabía, no, señor. Dios le haya dado su descanso... ¡ay! + +--Era un santo. Su único error fue abominar del matrimonio, despreciando +los excelentes partidos que sus amigos le proponíamos. Los últimos años +vivió en un cortijo llamado las _Higueras de Juárez_... + +--Lo conozco. Esa finca fue de mi abuelo. + +--Justamente: de D. Alejandro Juárez... Bueno: pues Rafael contrajo en +las _Higueras_ la afección del hígado que le llevó al sepulcro a los +cincuenta y cinco años de edad. ¡Lástima de mocetón, casi tan alto como +yo, señora, con una musculatura no menos vigorosa que la mía, y un pecho +como el de un toro, y aquel rostro rebosando vida!... + +--¡Ay!... + +--En nuestras cacerías del jabalí y del venado, nunca conseguí cansarle. +Su amor propio era más fuerte que su complexión fortísima. Desafiaba los +chubascos, el hambre y la sed... Pues vea usted aquel roble quebrarse +como una caña. A los pocos meses de caer enfermo se le podían contar los +huesos al través de la piel... se fue consumiendo, consumiendo... + +--¡Ay!... + +--¡Y con qué resignación llevaba su mal, y qué bien se preparó para la +muerte, mirándola como una sentencia de Dios, contra la cual no debe +haber protesta, sino más bien una conformidad alegre! ¡Pobre Rafael, qué +pedazo de ángel!... + +--¡Ay!... + +--Yo no vivía ya en Ronda, porque tenía intereses en mi pueblo que me +obligaron a fijar mi residencia en Madrid. Pero cuando supe la gravedad +del amigo queridísimo, me planté allá... Un mes le acompañé y asistí... +¡Qué pena!... Murió en mis brazos. + +--¡Ay!...». + +Estos ayes eran suspiros que a Doña Paca se le salían del alma, como +pajaritos que escapan de una jaula abierta por los cuatro costados. Con +noble sinceridad, sin dejar de acariciar en su pensamiento la probable +herencia, se asociaba al duelo de D. Romualdo por el generoso solterón +rondeño. + +«En fin, señora mía: murió como católico ferviente, después de otorgar +testamento... + +--¡Ay!... + +--En el cual deja el tercio de sus bienes a su sobrina en segundo grado, +Clemencia Sopelana, ¿sabe usted? la esposa de D. Rodrigo del Quintanar, +hermano del Marqués de Guadalerce. Los otros dos tercios los destina, +parte a una fundación piadosa, parte a mejorar la situación de algunos +de sus parientes que, por desgracias de familia, malos negocios u otras +adversidades y contratiempos, han venido a menos. Hallándose usted y sus +hijos en este caso, claro está que son de los más favorecidos, y... + +--¡Ay!... Al fin Dios ha querido que yo no me muera sin ver el término de +esta miseria ignominiosa. ¡Bendito sea una y mil veces el que da y quita +los males, el Justiciero, el Misericordioso, el Santo de los +Santos!...». + +Con tal efusión rompió en llanto la desdichada Doña Francisca, cruzando +las manos y poniéndose de hinojos, que el buen sacerdote, temeroso de +que tanta sensibilidad acabase en una pataleta, salió a la puerta, dando +palmadas, para que viniese alguien a quien pedir un vaso de agua. + + + + +XXXIII + + +Acudió el propio Frasquito con el socorro del agua, y D. Romualdo, en +cuanto la señora bebió y se repuso de su emoción, dijo al desmedrado +caballero: «Si no me equivoco, tengo el honor de hablar con D. Francisco +Ponte Delgado... natural de Algeciras... Por muchos años. ¿Es usted +primo en tercer grado de Rafael Antrines, de cuyo fallecimiento tendrá +noticia? + +--¿Falleció?... ¡Ay, no lo sabía!--replicó Ponte muy cortado--. ¡Pobre +Rafaelito! Cuando yo estuve en Ronda el año 56, poco antes de la caída +de Espartero, él era un niño, tamaño así. Después nos vimos en Madrid +dos o tres veces... Él solía venir a pasar aquí temporadas de otoño; iba +mucho al Real, y era amigo de los Ustáriz; trabajaba por Ríos Rosas en +las elecciones, y por los Ríos Acuña... ¡Oh, pobre Rafael! ¡Excelente +amigo, hombre sencillo y afectuoso, gran cazador!... Congeniábamos en +todo, menos en una cosa: él era muy campesino, muy amante de la vida +rústica, y yo detesto el campo y los arbolitos. Siempre fui hombre de +poblaciones, de grandes poblaciones... + +--Siéntese usted aquí--le dijo D. Romualdo, dando tan fuerte palmetazo en +un viejo sillón de muelles, que de él se levantó espesa nube de polvo. + +Un momento después, habíase enterado el galán fiambre de su +participación en la herencia del primo Rafael, quedándose en tal manera +turulato, que hubo de beberse, para evitar un soponcio, toda el agua que +dejara Doña Francisca. + +No estará de más señalar ahora la perfecta concordancia entre la persona +del sacerdote y su apellido Cedrón, pues por la estatura, la robustez y +hasta por el color podía ser comparado a un corpulento cedro; que entre +árboles y hombres, mirando los caracteres de unos y otros, también hay +concomitancias y parentescos. Talludo es el cedro, y además, bello, +noble, de madera un tanto quebradiza, pero grata y olorosa. Pues del +mismo modo era D. Romualdo: grandón, fornido, atezado, y al propio +tiempo excelente persona, de intachable conducta en lo eclesiástico, +cazador, hombre de mundo en el grado que puede serlo un cura, de +apacible genio, de palabra persuasiva, tolerante con las flaquezas +humanas, caritativo, misericordioso, en suma, con los procedimientos +metódicos y el buen arreglo que tan bien se avenían con su desahogada +posición. Vestía con pulcritud, sin alardes de elegancia; fumaba sin +tasa buenos puros, y comía y bebía todo lo que demandaba el +sostenimiento de tan fuerte osamenta y de musculatura tan recia. Enormes +pies y manos correspondían a su corpulencia. Sus facciones bastas y +abultadas no carecían de hermosura, por la proporción y buen dibujo; +hermosura de mascarón escultórico, miguel-angelesco, para decorar una +imposta, ménsula o el centro de una cartela, echando de la boca +guirnaldas y festones. + +Entrando en pormenores, que los herederos de Rafael anhelaban conocer, +Cedrón les dio noticias prolijas del testamento, que tanto Doña Paca +como Ponte oyeron con la religiosa atención que fácilmente se supone. +Eran testamentarios, además del Sr. Cedrón, D. Sandalio Maturana y el +Marqués de Guadalerce. En la parte que a las dos personas allí presentes +interesaba, disponía Rafael lo siguiente: a Obdulia y a Antoñito, hijos +de su primo Antonio Zapata, les dejaba el cortijo de Almoraima, pero +sólo en usufructo. Los testamentarios les entregarían el producto de +aquella finca, que dividida en dos mitades pasaría a los herederos del +Antonio y de la Obdulia, al fallecimiento de estos. A Doña Francisca y a +Ponte les asignaba pensión vitalicia, como a otros muchos parientes, con +la renta de títulos de la Deuda, que constituían una de las principales +riquezas del testador. + +Oyendo estas cosas, Frasquito se atusaba sobre la oreja los ahuecados +mechones de su melena, sin darse un segundo de reposo. Doña Francisca, +en verdad, no sabía lo que le pasaba: creía soñar. En un acceso de +febril júbilo, salió al pasillo gritando: «¡Nina, Nina, ven y +entérate!... ¡Ya somos ricas!... ¡digo, ya no somos pobres!...». + +Pronto acudió a su mente el recuerdo de la desaparición de su criada, y +volviendo al lado de Cedrón, le dijo entre sollozos: «Perdóneme; ya no +me acordaba de que he perdido a la compañera de mi vida... + +--Ya parecerá--repitió el clérigo, y también Frasquito, como un eco: + +--Ya parecerá. + +--Si se hubiera muerto--indicó Doña Francisca--, creo que la intensidad de +mi alegría la haría resucitar. + +--Ya hablaremos de esa señora--dijo Cedrón--. Antes acabe de enterarse de +lo que tanto le interesa. Los testamentarios, atentos a que usted, lo +mismo que el señor, se hallan en situación muy precaria, por causas que +no quiero examinar ahora, ni hay para qué, han decidido... para eso y +para mucho más les autoriza el testador, dándoles facultades +omnímodas... han decidido, mientras se pone en regla todo lo +concerniente al testamento, liquidación para el pago de derechos reales, +_etcétera_, _etcétera_... han decidido, digo...». + +Doña Paca y Frasquito, de tanto contener el aliento, hallábanse ya +próximos a la asfixia. + +«Han decidido, mejor dicho, decidieron o decidimos... de esto hace dos +meses... señalar a ustedes la cantidad mensual de cincuenta duros como +asignación provisional, o si se quiere anticipo, hasta que determinemos +la cifra exacta de la pensión. ¿Está comprendido? + +--Sí, señor; sí, señor... comprendido, perfectamente comprendido--clamaron +los dos al unísono. + +--Antes hubieran uno y otro recibido este jicarazo--dijo el clérigo--; pero +me ha costado un trabajo enorme averiguar dónde residían. Creo que he +preguntado a medio Madrid... y por fin... No ha sido poca suerte +encontrar juntas en esta casa a las dos _piezas_, perdonen el término de +caza, que vengo persiguiendo como un azacán desde hace tantos días». + +Doña Paca le besó la mano derecha, y Frasquito Ponte la izquierda. Ambos +lagrimeaban. + +«Dos meses de pensión han devengado ustedes ya, y ahora nos pondremos de +acuerdo para las formalidades que han de llenarse, a fin de que uno y +otro perciban desde luego...». + +Llegó a creer Ponte que hacía una rápida ascensión en globo, y se agarró +con fuerza a los brazos del sillón, como el aeronauta a los bordes de la +barquilla. + +«Estamos a sus órdenes--manifestó Doña Francisca en alta voz; y para sí--: +Esto no puede ser; esto es un sueño». + +La idea de que no pudiera Nina enterarse de tanta felicidad, enturbió la +que en aquel momento inundaba su alma. A este pensamiento hubo de +responder, por misteriosa concatenación, el de Ponte Delgado, que dijo: +«¡Lástima que Nina, ese ángel, no esté presente!... Pero no debemos +suponer que le haya pasado ningún accidente grave. ¿Verdad, Sr. D. +Romualdo? Ello habrá sido... + +--Me dice el corazón que está buena y sana, que volverá hoy...--declaró +Doña Paca con ardiente optimismo, viendo todas las cosas envueltas en +rosado celaje--. Por cierto que... Perdone usted, señor mío: hay tal +confusión en mi pobre cabeza... Decía que... Al anunciarse el señor D. +Romualdo en mi casa, yo creí, fijándome sólo en el nombre, que era usted +el dignísimo sacerdote en cuya casa es asistenta mi Benina. ¿Me +equivoco? + +--Creo que sí. + +--Es propio de las grandes almas caritativas esconderse, negar su propia +personalidad, para de este modo huir del agradecimiento y de la +publicidad de sus virtudes... Vamos a cuentas, Sr. D. Romualdo, y hágame +el favor de no hacer misterio de sus grandes virtudes. ¿Es cierto que +por la fama de estas le proponen para obispo? + +--¡A mí!... No ha llegado a mí noticia. + +--¿Es usted de Guadalajara o su provincia? + +--Sí, señora. + +--¿Tiene usted una sobrina llamada Doña Patros? + +--No, señora. + +--¿Dice usted la misa en San Sebastián? + +--No, señora: la digo en San Andrés. + +--¿Y tampoco es cierto que hace días le regalaron a usted un conejo de +campo?... + +--Podría ser... ja, ja... pero no recuerdo... + +--Sea como fuere, Sr. D. Romualdo, usted me asegura que no conoce a mi +Benina. + +--Creo... vamos, no puedo asegurar que me es desconocida, señora mía. +Antójaseme que la he visto. + +--¡Oh! bien decía yo que... Sr. de Cedrón, ¡qué alegría me da! + +--Tenga usted calma. Veamos: ¿esa Benina es una mujer vestida de negro, +así como de sesenta años, con una verruga en la frente?... + +--La misma, la misma, Sr. D. Romualdo: muy modosita, algo vivaracha, a +pesar de su edad. + +--Más señas: pide limosna, y anda por ahí con un ciego africano llamado +Almudena. + +--¡Jesús!--exclamó con estupefacción y susto Doña Paca--. Eso no, ¡válgame +Dios! eso no... Veo que no la conoce usted». + +Y con una mirada puso por testigo a Frasquito de la veracidad de su +denegación. Miró también Ponte al clérigo, después a la señora, +atormentado por ciertas dudas que inquietaron su conciencia. «Benina es +un ángel--se permitió decir tímidamente--. Pida o no pida limosna, y esto +yo no lo sé, es un ángel, palabra de honor. + +--¡Quite usted allá!... ¡Pedir mi Benina... y andar por esas calles con +un ciego!... + +--Moro, por más señas--indicó D. Romualdo. + +--Yo debo manifestar--dijo Ponte con honrada sinceridad--, que no hace +muchos días, pasando yo por la Plaza del Progreso, la vi sentada al pie +de la estatua, en compañía de un mendigo ciego, que por el tipo me +pareció... oriundo del Riff». + +El aturdimiento, el vértigo mental de Doña Paca fueron tan grandes, que +su alegría se trocó súbitamente en tristeza, y dio en creer que cuanto +decían allí era ilusión de sus oídos; ficticios los seres con quienes +hablaba, y mentira todo, empezando por la herencia. Temía un despertar +lúgubre. Cerrando los ojos, se dijo: «¡Dios mío, sácame de tan terrible +duda; arráncame esta idea!... ¿Es esto mentira, es esto verdad? ¡Yo +heredera de Rafaelito Antrines; yo con medios de vivir!... ¡Nina +pidiendo limosna; Nina con un riffeño!... + +--Bueno--exclamó al fin con súbito arranque--. Pues viva Nina, y viva con +su moro, y con toda la morería de Argel, y véala yo, y vuelva a casa, +aunque se traiga al africano metido en la cesta». + +Echose a reír D. Romualdo, y explicando el cuándo y cómo de conocer a +Benina, dijo que por un amigo suyo, coadjutor en San Andrés, clérigo de +mucha ilustración y humanista muy aprovechado, que picaba en las lenguas +orientales, había conocido al árabe Almudena. Con él vio a una mujer que +le acompañaba, de la cual le dijeron que a una señora viuda servía, +andaluza por más señas, habitante en la calle Imperial. «No pude menos +de relacionar estas referencias con la señora Doña Francisca Juárez, a +quien yo no había tenido el gusto de ver todavía, y hoy, al oír a usted +lamentarse de la desaparición de su criada, pensé y dije para mí: «Si la +mujer que se ha perdido es la que yo creo, busquemos el caldero y +encontraremos la soga; busquemos al moro, y encontraremos a la odalisca; +digo, a esa que llaman ustedes... + +--Benigna de Casia... de Casia, sí, señor, de donde viene la broma de que +es parienta de Santa Rita». + +Añadió el Sr. de Cedrón que, no por sus merecimientos, sino por la +confianza con que le distinguían los fundadores del Asilo de ancianos y +ancianas de _la Misericordia_, era patrono y mayordomo mayor del mismo; +y como a él se dirigían las solicitudes de ingreso, no daba un paso por +la calle sin que le acometieran mendigos importunos, y se veía +continuamente asediado de recomendaciones y tarjetazos pidiendo la +admisión. «Podríamos creer--añadió--, que es nuestro país inmensa gusanera +de pobres, y que debemos hacer de la nación un Asilo sin fin, donde +quepamos todos, desde el primero al último. Al paso que vamos, pronto +seremos el más grande Hospicio de Europa... He recordado esto, porque mi +amigo Mayoral, el cleriguito aficionado a letras orientales, me habló de +recoger en nuestro Asilo a la compañera de Almudena. + +--Yo le suplico a usted, mi Sr. D. Romualdo--dijo Doña Francisca +enteramente trastornada ya--, que no crea nada de eso; que no haga ningún +caso de las Beninas figuradas que puedan salir por ahí, y se atenga a la +propia y legítima Nina; a la que va de asistenta a su casa de usted +todas las mañanas, recibiendo allí tantos beneficios, como los he +recibido yo por conducto de ella. Esta es la verdadera; esta la que +hemos de buscar y encontraremos con la ayuda del Sr. de Cedrón y de su +digna hermana Doña Josefa, y de su sobrina Doña Patros... Usted me +negará que la conoce, por hacer un misterio de su virtud y santidad; +pero esto no le vale, no señor. A mí me consta que es usted santo, y que +no quiere que le descubran sus secretos de caridad sublime; y como me +consta, lo digo. Busquemos, pues, a Nina, y cuando a mi compañía vuelva, +gritaremos las dos: ¡Santo, santo, santo!». + +Sacó en limpio de esta perorata el Sr. de Cedrón que Doña Francisca +Juárez no tenía la cabeza buena; y creyendo que las explicaciones y el +contender sobre lo mismo no atenuarían su trastorno, puso punto final en +aquel asunto, y se despidió, quedando en volver al día siguiente para el +examen de papeles, y la entrega, mediante recibo en regla, de las +cantidades devengadas ya por los herederos. + +Duró largo rato la despedida, porque tanto Doña Paca como Frasquito +repitieron, en el tránsito desde la salita a la escalera, sus +expresiones de gratitud como unas cuarenta veces, con igual número de +besos, más bien más que menos, en la mano del sacerdote. Y cuando +desapareció por las escaleras abajo el gran Cedrón, y se vieron solos de +puerta adentro la dama rondeña y el galán de Algeciras, dijo ella: +«Frasquito de mi alma, ¿es verdad todo esto? + +--Eso mismo iba yo a preguntar a usted... ¿Estaremos soñando? ¿Usted qué +cree? + +--¿Yo?... no sé... no puedo pensar... Me falta la inteligencia, me falta +la memoria, me falta el juicio, me falta Nina. + +--A mí también me falta algo... No sé discurrir. + +--¿Nos habremos vuelto tontos o locos?... + +--Lo que yo digo: ¿por qué nos niega D. Romualdo que su sobrina se llama +Patros, que le proponen para Obispo, y que le regalaron un conejo? + +--Lo del conejo no lo negó... dispense usted. Dijo que no se acordaba. + +--Es verdad... ¿Y si ahora, el D. Romualdo que acabamos de ver nos +resultase un ser figurado, una creación de la hechicería o de las artes +infernales... vamos, que se nos evaporara y convirtiera en humo, +resultando todo una ilusión, una sombra, un desvarío?... + +--¡Señora, por la Virgen Santísima! + +--¿Y si no volviese más? + +--¡Si no volviese!... ¡Que no vuelve, que no nos entregará la... +los...!». + +Al decir esto, la cara fláccida y desmayada del buen Frasquito expresaba +un terror trágico. Se pasó la mano por los ojos, y lanzando un graznido, +cayó en el sillón con un accidente cerebral, semejante al de la noche +lúgubre, entre las calles de Irlandeses y Mediodía Grande. + + + + +XXXIV + + +Gracias a los cuidados de Doña Paca, asistida de las chicas de la +cordonera, pronto se repuso Ponte de aquella nueva manifestación de su +mal, y al anochecer, conversando con la dama rondeña, convinieron ambos +en que D. Romualdo Cedrón era un ser efectivo, y la herencia una verdad +incuestionable. No obstante, entre la vida y la muerte estuvieron hasta +el siguiente día, en que se les apareció por segunda vez la imagen del +benéfico sacerdote, acompañado de un notario, que resultó antiguo +conocimiento de Doña Francisca Juárez de Zapata. Arreglado el asunto, +previo examen de papeles, en lo que no hubo dificultad, recibieron los +herederos de Rafaelito Antrines, a cuenta de su pensión, cantidad de +billetes de Banco que a entrambos pareció fabulosa, por causa, sin duda, +de la absoluta limpieza de sus respectivas arcas. La posesión del +dinero, acontecimiento inaudito en aquellos tristes años de su vida, +produjo en Doña Paca un efecto psicológico muy extraño: se le anubló la +inteligencia; perdió hasta la noción del tiempo; no encontraba palabras +con qué expresar las ideas, y estas zumbaban en su cabeza como las +moscas cuando se estrellan contra un cristal, queriendo atravesarlo para +pasar de la obscuridad a la luz. Quiso hablar de su Nina, y dijo mil +disparates. Como se oye un rumor de lejanas disputas, de las cuales sólo +se perciben sílabas y voces sueltas, oía que Frasquito y los otros dos +señores hablaban del asunto; creyó entender que la fugitiva parecería, +que ya se había encontrado el rastro, pero nada más... Los tres hombres +estaban en pie, el notario junto a Cedrón. Chiquitín y con perfil de +cotorra, parecía un perico que se dispone a encaramarse por el tronco de +un árbol. + +Despidiéronse al fin los amables señores con ofrecimientos y cortesanías +afectuosas, y solos la rondeña y el de Algeciras, se entretuvieron, +durante mediano rato, en dar vueltas de una parte a otra de la casa, +entrando sin objeto ni fin alguno, ya en la cocina, ya en el comedor, +para salir al instante, cambiando alguna frase nerviosa cuando uno con +otro se tropezaban. Doña Paca, la verdad sea dicha, sentía que se le +aguaba la felicidad por no poder hacer partícipe de ella a su compañera +y sostén en tantos años de penuria. ¡Ah! Si Nina entrara en aquel +momento, ¡qué gusto tendría su ama en darle la gran sorpresa, +mostrándose primero muy afligida por la falta de cuartos, y enseñándole +después el puñado de billetes! ¡Qué cara pondría! ¡Cómo se le alargarían +los dientes! ¡Y qué cosas haría con aquel montón de metálico! Vamos, que +Dios, digan lo que dijeren, no hace nunca las cosas completas. Así en lo +malo como en lo bueno, siempre se deja un rabillo, para que lo desuelle +el destino. En las mayores calamidades, permite siempre un suspiro; en +las dichas que su misericordia concede, _se le olvida_ siempre algún +detalle, cuya falta _lo echa todo a perder_. + +En uno de aquellos encuentros, de la sala a la cocina y de la cocina a +la alcoba, propuso Ponte a su paisana celebrar el suceso yéndose los dos +a comer de fonda. Él la convidaría gustoso, correspondiendo con tan +corto obsequio a su generosa hospitalidad. Respondió Doña Francisca que +ella no se presentaría en sitios públicos mientras no pudiera hacerlo +con la decencia de ropa que le correspondía; y como su amigo le dijera +que comiendo fuera de casa se ahorraba la molestia de cocinar en la +propia sin más ayuda que las chiquillas de la cordonera, manifestó la +dama que, mientras no volviese Nina, no encendería lumbre, y que todo +cuanto necesitase lo mandaría traer de casa de Botín. Por cierto que se +le iba despertando el apetito de manjares buenos y bien condimentados... +¡Ya era tiempo, Señor! Tantos años de forzados ayunos, bien merecían que +se cantara el _¡alleluya!_ de la resurrección. «Ea, Celedonia, ponte tu +falda nueva, que vas a casa de Botín. Te apuntaré en un papelito lo que +quiero, para que no te equivoques». Dicho y hecho. ¿Y qué menos había de +pedir la señora, para hacer boca en aquel día fausto, que dos gallinas +asadas, cuatro pescadillas fritas y un buen trozo de solomillo, con la +ayuda de jamón en dulce, huevo hilado, y acompañamiento de una docena +de bartolillos?... ¡Hala! + +No logró la dama, con este anuncio de un reparador banquete, sujetar la +imaginación y la voluntad de Frasquito, que desde que tomó el dinero se +sentía devorado por un ansia loca de salir a la calle, de correr, de +volar, pues alas creyó que le nacían. «Yo, señora, tengo que hacer esta +tarde... Me es imprescindible salir... Además, necesito que me dé un +poco el aire... Siento así como un poco de mareo. Me conviene el +ejercicio, crea usted que me conviene... También me urge mucho avistarme +con mi sastre, aunque no sea más que para ponerme al tanto de las modas +que ahora corren, y ver de preparar alguna prenda... Soy muy +dificultoso, y tardo mucho en decidirme por esta o la otra tela. + +--Sí, sí, vaya a sus diligencias; pero no se corra mucho, y vea en este +suceso feliz, como lo veo yo, una lección que nos da la Providencia. Por +mi parte, me declaro convencida de lo buenos que son el orden y el +arreglo, y hago propósito firme de apuntar todo, todito lo que gasto. + +--Y el ingreso también... Lo mismo haré yo, es decir, lo he hecho; pero +no me ha valido, crea usted, amiga de mi alma, que no me ha valido. + +--Teniendo renta segura, el toque está en acomodar las entradas a las +salidas, y no extralimitarse... Por Dios, querido Ponte, no hagamos +otra vez la barbaridad de reírnos del balance y de la... Ahora reconozco +que Trujillo tiene razón. + +--Más balances he hecho yo, señora, que pelos tengo en la cabeza, y +también le digo a usted que no me han valido más que para calentarme la +_ídem_. + +--Ya que Dios nos ha favorecido, seamos ordenados: yo me atrevería a +rogar a usted que, si no le sirve de molestia y _va de compras_, me +traiga un libro de contabilidad, agenda, o como se llame». + +¡Pues no faltaba más! No un libro, sino media docena le traería +Frasquito con mil amores; y prometiéndolo así, se lanzó a la calle, +ávido de aire, de luz, de ver gente, de recrearse en cosas y personas. +Del tirón, andando maquinalmente, se fue hasta el Paseo de Atocha, sin +darse cuenta de ello. Luego volvió hacia arriba, porque más le gustaba +verse entre casas que entre árboles. Francamente, los árboles le eran +antipáticos, sin duda porque, pasando junto a ellos en horas de +desesperación, creía que le ofrecían sus ramas para que se ahorcara. +Internándose en las calles sin dirección fija, contemplaba los +escaparates de sastre, con exhibición de hermosas telas; los de corbatas +y de camisería elegante. No dejaba de echar también un vistazo a los +_restaurants_, y en general a todas las tiendas, que en su larga vida de +penuria bochornosa había mirado con desconsuelo. + +Pasó en esta vagancia dichosa algunas horas, sin cansancio. Sentíase +fuerte, saludable, y hasta robusto. Miraba cariñoso, o con cierto +airecillo de protección, a cuantas mujeres hermosas o aceptables a su +lado pasaban. Un escaparate de perfumería de buen tono le sugirió una +idea feliz: había echado sus canas al aire de una manera indecorosa, sin +aliñarlas y componerlas con el negro disimulo del tinte, y aquella +hermosa tienda le ofrecía ocasión de remediar tan grave falta, +inaugurando allí la campaña de restauración de su existencia, que debía +comenzar por la restauración de su averiado rostro. Allí cambió, pues, +el primer billete de la _resma_ que le diera D. Romualdo Cedrón; después +de hacerse presentar diferentes artículos, hizo provisión abundante de +los que creía más necesarios, y pagando sin regateo, ordenó que le +llevasen a la casa de Doña Francisca el voluminoso paquete de sus +compras de droguería olorosa y colorante. + +Al salir de allí, pensaba en la conveniencia de procurarse pronto una +casa de huéspedes decente y no muy cara, apropiada a la pensión que +disfrutaba, pues de ningún modo se excedería en sus gastos. A los +dormitorios de Bernarda no volvería más, como no fuera a pagarle las +siete noches debidas, y a decirle cuatro verdades. Y divagando y +haciendo risueños cálculos, llegó la hora en que el estómago empezó a +indicarle que no se vive sólo de ilusiones. Problema: ¿dónde comería? La +idea de meterse en un _restaurant_ de los buenos fue prontamente +desechada. Imposible presentarse hecho un tipo. ¿Iría, siguiendo la +rutina de sus tiempos miserables, al figón de Boto? ¡Oh, no!... Siempre +le habían visto allí teñido. Extrañarían verle en repentina vejez, lleno +de canas... Por fin, acordándose de que debía al honrado Boto un +piquillo de anteriores comistrajos, creyó que debía ir allí, y +corresponder con un pago puntual a la confianza del dueño del +establecimiento, dándole la excusa de su grave enfermedad, que bien +claramente en su despintado rostro se pintaba. Encaminó sus pasos a la +calle del Ave María, y entró un poquillo avergonzado en la taberna, +haciendo como que se sonaba, al atravesar la pieza exterior, para +taparse la cara con el pañuelo. Estrecho y ahogado es aquel recinto para +la mucha parroquia que a él concurre, atraída por la baratura y buen +condimento de los guisotes que allí se despachan. A la taberna, +propiamente dicha, no muy grande, sigue un pasillo angosto, donde +también hay mesa, con su banco pegado a la pared, y luego una estancia +reducida y baja de techo a la cual se sube por dos escalones, con dos +mesas largas a un lado y otro, sin más espacio entre ambas que el +preciso para que entre y salga el chiquillo que sirve. En esta parte del +establecimiento se ponía siempre Ponte, creyéndose allí más apartado de +la curiosidad y el fisgoneo de los consumidores, y ocupaba el hueco de +mesa que veía libre, si en efecto lo había, pues se daban casos de estar +todo completo, y los parroquianos como sardinas en banasta. + +Aquella tarde, noche ya, se coló Frasquito en el departamento interior +con buena suerte, pues no había dentro más que tres personas, y una de +las mesas estaba vacía. Sentose en el rincón, junto a la puerta, sitio +muy recogido, en el cual no era fácil que le vieran desde _el público_, +es decir, desde la taberna, y... Otro problema: ¿qué pediría? +Ordinariamente, el aflictivo estado de su peculio le obligaba a +limitarse a un real de guisado, que con pan y vino representaba un gasto +total de cuarenta céntimos, o a igual ración de bacalao en salsa. Uno u +otro condumio, con el pan alto, que aprovechaba hasta la última miga, +comiéndoselo con el caldo y la racioncita de vino, le ofrecían una +alimentación suficiente y sabrosa. En ciertos días solía cambiar el +guiso por el estofado, y en ocasiones muy contadas, por la pepitoria. +Callos, caracoles, albóndigas y otras porquerías, jamás las probó. + +Bueno: pues aquella noche pidió al chico relación completa de lo que +había, y mostrándose indeciso, como persona desganada que no encuentra +manjar bastante incitante para despertar su apetito, se resolvió por la +pepitoria. «¿Le duelen a usted las muelas, Sr. de Ponte?--preguntole el +chico, viendo que no se quitaba el pañuelo de la cara. + +--Sí, hijo... un dolor horrible. No me traigas pan alto, sino francés». + +Frente a Frasquito se sentaban dos que comían guisado, en un solo plato +grande, ración de dos reales, y más allá, en el ángulo opuesto, un +individuo que despachaba pausada y metódicamente una ración de +caracoles. Era verdaderamente el tal una máquina para comerlos, porque +para cada pieza empleaba de un modo invariable los mismos movimientos de +la boca, de las manos y hasta de los ojos. Cogía el molusco, lo sacaba +con un palito, se lo metía en la boca, chupaba después el agüilla +contenida en la cáscara, y al hacer esto dirigía una mirada rencorosa a +Frasquito Ponte; luego dejaba la cáscara vacía y cogía otra llena, para +repetir la misma función, siempre a compás, con igualdad de gestos y +mohines al sacar el bicho, y al comerlo, con igualdad de miradas: una +de simpatía hacia el caracol en el momento de cogerlo; otra de rencor +hacia Frasquito en el momento de chupar. + +Pasó tiempo, y el hombre aquel, de rostro jimioso y figura mezquina, +continuaba acumulando cáscaras vacías en un montoncillo, que crecía +conforme mermaba el de las llenas; y Ponte, que le tenía delante, +principiaba a inquietarse de las miradas furibundas que como figurilla +mecánica de caja de música le echaba, a cada vuelta de manubrio, el +comedor de caracoles. + + + + +XXXV + + +Sentía Ponte Delgado vivas ganas de pedir explicaciones al tipo aquel +por su mirar impertinente. La causa de este no podía ser otra que la +novedad que Frasquito ofrecía al público con el despintado de su rostro, +y el buen caballero se decía: «¿Pero qué le importa a nadie que yo me +_arregle_ o deje de _arreglarme_? Yo hago de mi fisonomía lo que me da +la gana, y no estoy obligado a dar gusto a los señores, presentándoles +siempre la misma cara. Con la vieja, lo mismo que con la joven, sé yo +hacerme respetar y dejar bien puesto mi decoro». Ya se proponía +contraponer al mirar cargantísimo de aquel punto una ojeada de +desprecio, cuando el de los caracoles, vaciado, comido y chupado el +último, y puesta la cáscara en su sitio, pagó el gasto; se colocó en los +hombros la capa, que se le había caído; encasquetose la gorrilla, y +levantándose se fue derecho al desteñido caballero, y con muy buen modo +le dijo: «Sr. de Ponte, perdóneme que le haga una pregunta». + +Por el tono cordial del individuo, comprendió Frasquito que era un +infeliz, de estos que expresan con el modo de mirar todo lo contrario de +lo que son. + +«Usted dirá... + +--Perdóneme, Sr. de Ponte... Quería saber, siempre que usted no lo lleve +a mal, si es verdad que Antonio Zapata y su hermana han tenido una +herencia de _tantismos_ millones. + +--Hombre, tanto como de millones, no creo... Diré a usted: mi parte en la +herencia, como la que también disfruta Doña Francisca Juárez, no pasa de +una pensión, cuya cuantía no sabemos aún a punto fijo. Pero podré darle +a usted dentro de poco noticias exactas. ¿Por casualidad es usted +periodista? + +--No, señor: soy pintor heráldico. + +--¡Ah! Yo creí que era usted de estos que averiguan cosas para ponerlas +en los periódicos. + +--Lo que yo pongo es anuncios. Porque como el arte heráldico está tan por +los suelos, me dedico al corretaje de reclamos y avisos... Antonio y yo +trabajamos en competencia, y nos hacemos una guerra espantosa. Por eso, +al saber que Zapata es rico, quiero que usted influya con él para que me +traspase sus negocios. Soy viudo y tengo seis hijos». + +Al decir esto, poniendo en su tono tanta sinceridad como hombría de +bien, clavaba en el rostro de su interlocutor una mirada semejante a la +del asesino en el momento de dar el golpe a su víctima. Antes de que +Ponte le contestara, prosiguió diciendo: «Yo sé que usted es amigo de la +familia, y que _habla_ con Doña Obdulia... Y a propósito: Doña Obdulia, +o su señora madre, ahora que son ricas, querrán _sacar título_. Yo que +ellas lo sacaría, siendo, como son, de la Grandeza de España. Pues que +no se olvide usted de mí, Sr. de Ponte... Aquí tiene mi tarjeta. Yo les +compongo el escudo y el árbol genealógico, y la ejecutoria en letra +antigua, con iniciales en purpurina, a menor precio que se lo haría el +pintor más pintado. Puede usted juzgar de mi trabajo por los modelos que +tengo en casa. + +--Yo no puedo asegurarle a usted--dijo Frasquito dándose mucha +importancia, con un palillo entre los dientes--, que saquen título ni que +no saquen título. Nobleza les sobra para ello por los cuatro costados, +pues así los Juárez, como los Zapatas, y los Delgados y Pontes, son de +lo más alcurniado de Andalucía. + +--Los Pontes tienen una puente sínople sobre gules, y cuarteles de azur y +oro... + +--Verdad... Por mi parte no pienso sacar título, ni mi herencia es para +tanto... Esas señoras, no sé... Obdulia merece ser Duquesa, y lo es por +la figura y el tono, aunque no se decida a ponerse la corona. De +Emperatriz le corresponde, como hay Dios. En fin, yo no me meto... Y +dejando a un lado la heráldica, vamos a otra cosa». + +En esto, el de los caracoles se había sentado junto a Frasquito, y con +su mirar siniestro era el terror de los parroquianos que les rodeaban. + +«Puesto que usted se dedica al corretaje de anuncios, ¿podría indicarme +una buena casa de huéspedes?... + +--Precisamente hoy _he hecho_ dos... Aquí las tengo en mi cartera +para _Imparcial_ y _Liberal_. Entérese usted... Son de lo bueno: +'habitaciones hermosas, comida a la francesa, cinco platos... treinta +reales'. + +--Me convendría más barata... de catorce o diez y seis reales. + +--También las _hago_... Mañana podré darle una lista de seis lo menos, +todas de confianza». + +Les cortó el diálogo la aparición repentina de Antonio Zapata, que entró +sofocado, metiendo ruido, bromeando a gritos con el dueño del +establecimiento y con varios parroquianos. Subió al cuarto interior, y +tirando sobre la mesa la voluminosa cartera que llevaba, y echándose +atrás el sombrero, se sentó junto a Frasquito y el de los caracoles. + +«¡Vaya una tarde, caballeros, vaya una tarde!--exclamó fatigado; y al +chiquillo que servía le dijo--: No tomo nada. He comido ya... Mi señora +madre nos ha metido en el cuerpo una gallina a mi mujer y a mí... y +encima tira de _Champagne_... y tira de bartolillos. + +--¡Chico, quién te tose ahora!...--le dijo el de los caracoles, la palabra +dulce, el mirar terrorífico--. Y es preciso que me des pronto una razón: +¿me cedes o no me cedes tu negocio? + +--¡Buena se puso mi mujer cuando le propuse no trabajar más! Creí que me +mordía y que me sacaba los ojos. Nada: que seguiremos lo mismo, ella en +su máquina, yo en mis anuncios, porque eso de la herencia no sabemos qué +pateta será... Amigo Ponte, ¿conoce usted esa finca de la Almoraima? +¿Cuánto nos dará de renta? + +--No puedo precisarlo--replicó Frasquito--. Sé que es una magnífica +posesión, con monte, potrero, tierras de sembradura, _ainda mais_, el +mejor puesto de Andalucía para codornices, cuando van a pasar el +Estrecho. + +--Allá nos iremos una temporada... Pero mi mujer, ni _pa Dios_ quiere que +deje yo este oficio de pateta. Aguántate por ahora, Polidura, que con mi +Juliana no se juega: le tengo más miedo que a una leona con hambre... Y +cuéntame, ¿qué has hecho hoy?... ¡Ah! ya no me acordaba: mi madre quiere +comprar una araña... + +--¡Una araña! + +--Sí, hombre, o lámpara colgante para el comedor. Me ha dicho si sabemos +de alguna buena y vistosa, de lance... + +--Sí, sí--replicó Polidura--. En la almoneda de la calle de Campomanes la +tenemos. + +--Otra... También quiere saber si se proporcionarán alfombras de moqueta +y terciopelo en buen uso. + +--Eso, en la almoneda de la Plaza de Celenque. Aquí lo tengo: 'Todo el +mobiliario de una casa. Horas, de una a tres. No se admiten prenderos'. + +--Mi hermana, que, entre paréntesis, se zampó esta tarde media gallina, +lo que quiere es un landó de cinco luces... + +--¡Atiza! + +--Yo he aconsejado a Obdulia--indicó Frasquito con gravedad--, que no +tenga cocheras, que se entienda con un alquilador. + +--Claro... Pero no dará _pa_ tanto el cortijo de pateta. ¡Landó de cinco +luces! Y que tiren de él las burras de leche del _señó_ Jacinto». + +Soltó la risa Polidura; mas notando que al algecireño le sabían mal +aquellas bromas, quiso variar de conversación al instante. El +desvergonzado Antonio Zapata se permitió decir a Ponte: «Con franqueza, +D. Frasco: creo que está usted mejor así. + +--¿Cómo? + +--Sin betún. Bonita figura de caballero anciano y respetable. Convénzase +de que con el tinte no consigue usted parecer joven; lo que parece es... +un féretro. + +--Querido Antonio--replicó Ponte haciendo repulgos con boca y nariz para +disimular su ira, y figurar que seguía la broma--, nos gusta a los viejos +espantar a los muchachos para que... para que nos dejen en paz. Los +chicos del día, por querer saberlo todo, no saben nada...». + +El pobre señor, azarado, no sabía qué decir. Sus tonterías +envalentonaron a Zapata, que prosiguió mortificándole: + +«Y ahora que estamos en fondos, amigo Ponte, lo primero que tiene usted +que hacer es jubilar el _sarcófago_. + +--¿Qué? + +--El sombrero de copa que tiene usted para los días de fiesta, y que es +de la moda que se gastaba cuando ahorcaron a Riego. + +--¿Qué entiende usted de modas? Estas se renuevan, y las formas de ayer +vuelven a _llevarse_ mañana. + +--Así será en la ropa; pero en las personas, el que pasó, pasado se +queda. No le quedan a usted más que los _pinreles_. Los juanetes que +debía tener en ellos, se le han subido a la cabeza... Sí, sí... yo digo +que usted piensa con los callos». + +Ya le faltaba poco a Frasquito para estallar en ira, y de fijo le +hubiera tirado a la cabeza el plato, el vaso de vino y hasta la mesa, si +Polidura no tratara de atenuar la maleante burla con estas palabras +conciliadoras: «Cállate, tonto, que el Sr. de Ponte no ha entrado en +_Villavieja_, y lleva sus añitos mejor que nosotros. + +--No es viejo, no... Es de _cuando Fernando VII gastaba paletot_... Pero, +en fin, si se ofende, me callo... Sr. de Ponte, sabe que se le quiere, y +que si gasto estas bromas es por pasar el rato. No haga usted caso, +_maestro_, y hablemos de otra cosa. + +--Sus chanzas son un poco impertinentes--dijo Frasquito con dignidad--, y +si quiere, irrespetuosas... Pero es usted un chiquillo, y... + +--_¡Pata!_... Ea, se acabó. Voy a preguntarle una cosa, respetable Sr. +de Ponte: ¿en qué empleará usted los primeros cuartos de la pensión? + +--En una obra de justicia y de caridad. Le compraré unas botas a Benina +cuando parezca, si parece, y un traje nuevo. + +--Pues yo le compraré un vestido de odalisca. Es lo que le cuadra, desde +que se ha dedicado a la vida mora. + +--¿Qué dice usted? ¿Se sabe dónde está ese ángel? + +--Ese ángel está en el Pardo, que es el Paraíso a donde son llevados los +angelitos que piden limosna sin licencia. + +--Bromas de usted. + +--¡Humoradas de la vida, Sr. de Ponte! Yo sabía que la Nina se arrimaba a +la puerta de San Sebastián, por pescar algún ochavo... La necesidad es +terrible consejera. ¡Cuando la pobre Nina lo hacía!... Pero yo no supe +hasta hoy que anda emparejada con un moro ciego, y que de ahí le viene +su perdición. + +--¿Está usted seguro de lo que dice? + +--Lo he visto. A mamá no he querido decirle nada, porque no se disguste; +pero... ya estoy al tanto. En una redada que echaron los policías, +cogieron a Nina y al otro, y les zamparon en San Bernardino. De allí me +les empaquetaron para el Pardo, de donde me mandó Nina un papelito, +diciéndome que _haga un empeño_ para que la suelten... Veréis lo que +hice esta mañana: alquilé una bicicleta y me fui al Pardo... Antes que +se me olvide: si sabe mi mujer que he paseado en bicicleta, tendremos +bronca en casa. Tú, Polidura, ten cuidado de no venderme: ya sabes cómo +las gasta Juliana... Pues sigo: me planté allá, y la vi: la pobre está +descalza y con los trapitos en jirones. Da pena verla. El moro es tan +celoso, ¡Dios! que cuando me oyó hablar con ella se puso frenético, y me +quiso pegar... '_Galán bunito_--decía--, _mí matar galán bunito_'. Por no +escandalizar, no le di un par de morradas... + +--Yo no creo que Benina, a sus años...--indicó Frasquito tímidamente. + +--¿Qué ha de hacer usted más que encontrar muy naturales los pinitos de +los ancianos? + +--En fin--dijo Polidura, arrojando todo el furor de su mirada sobre +Antonio--, haz por sacarla. Habrá que buscar un empeño en el Gobierno +civil. + +--Sí, sí... Gestionemos inmediatamente--propuso Ponte--. ¿Será todavía +Gobernador _Pepe Alcañices_? + +--¡Hombre, por Dios! ¿Quién dice? ¿El Duque de Sexto? Usted se empeña en +no pasar del año de _la Nanita_. + +--Si eso es del tiempo de la guerra de África, Sr. de Ponte, o poco +después--afirmó el de los caracoles--. Yo me acuerdo... cuando la unión +liberal... Era Ministro de la Gobernación D. José Posada Herrera. Yo +estaba en _La Iberia_ con Calvo Asensio, Carlos Rubio y D. Práxedes... +Pues apenas ha llovido desde entonces... + +--Sea lo que quiera, señores--añadió Frasquito poniéndose en la realidad--, +hay que sacar a Nina... + +--Hay que sacarla. + +--Con su morito a rastras. Mañana mismo iré a ver a un amigo que tengo en +la Delegación... Pero no se olviden: tú, Polidura, ten cuidado y no +_metas la pata_... Si sabe Juliana que alquilé la bicicleta, ya tengo +_máquina_ para un semestre. + +--¿Va usted a volver al Pardo?... + +--Puede. ¿Y usted, maneja el pedal? + +--No lo he probado. En todo caso, yo iría a caballo. + +--Anda, anda, y qué calladito se lo tenía. ¿Monta usted a la inglesa o a +la española? + +--Yo no sé... Sólo sé que monto bien. ¿Quiere usted verlo? + +--Hombre, sí... Vaya, una apuestita: si no se rompe usted la cabeza, pago +el alquiler del caballo. + +--Y si usted no se desnuca en la máquina, la pago yo. + +--Convenido. ¿Y tú, Polidura? + +--¿Yo?... en el coche de San Francisco. + +--Pues allá los tres. _Sus_ convido a caracoles. + +--Yo convido a lo que quieran--dijo Frasquito levantándose--; y si +conseguimos traernos a Nina y al riffeño, convite general. + +--El _disloque_...». + + + + +XXXVI + + +No se consolaba Doña Paca de la ausencia de Nina, ni aun viéndose +rodeada de sus hijos, que fueron a participar de su ventura, y a darle +parte principal de la que ellos saboreaban con la herencia. Con aquel +cambio de impresiones placenteras, fácilmente se transportaba el +espíritu de la buena señora al séptimo cielo, donde se le aparecían +risueños horizontes; pero no tardaba en caer en la realidad, sintiendo +el vacío por la falta de su compañera de trabajos. En vano la volandera +imaginación de Obdulia quería llevársela, cogida por los cabellos, a dar +volteretas en la región de lo ideal. Dejábase conducir Doña Francisca, +por su natural afición a estas correrías; pero pronto se volvía para +acá, dejando a la otra, desmelenada y jadeante, de nube en nube y de +cielo en cielo. Había propuesto la _niña_ a su mamá vivir juntas, con el +decoro que su posición les permitía. _De hecho_ se separaba de Luquitas, +señalándole una pensión para que viviera; tomarían un hotel con jardín; +se abonarían a dos o tres teatros; buscarían relaciones y amistades de +gente distinguida... «Hija, no te corras tanto, que aún no sabes lo que +te rentará tu mitad de la Almoraima; y aunque yo, por lo que recuerdo de +esa hermosa finca, calculo que no será un grano de anís, bueno es que +sepas qué tamaño ha de tener la sábana antes de estirar la pierna». + +Al decir esto, hablaba la viuda de Zapata con las ideas de la práctica +Nina, que se renovaban en su mente y en ella lucían como las estrellas +en el Cielo. Por de pronto, Obdulia dejó su casa de la calle de la +Cabeza, instalándose con su madre, movida del propósito de buscar pronto +vivienda mejor, nuevecita y en sitio alegre, hasta que llegara el día de +sentar sus reales en el hotel que ambicionaba. Aunque más moderada que +su hija en el prurito de grandezas, sin duda por el vapuleo con que la +domara la implacable experiencia, Doña Paca se iba también del seguro, y +creyéndose razonable, dejábase vencer de la tentación de adquirir +superfluidades dispendiosas. Se le había metido entre ceja y ceja la +compra de una buena lámpara para el comedor, y hasta que viese +satisfecho su capricho, no podía tener sosiego la pobre señora. El +maldito Polidura le proporcionó el _negocio_, encajándole un disforme +mamotreto, que apenas cabía en la casa, y que, colgado en su sitio, +tocaba en la mesa con sus colgajos de cristal. Como pronto habían de +tener casa de techos altos, esto no era inconveniente. También le hizo +adquirir el de los caracoles unos muebles chapeados de palosanto, y +algunas alfombras buenas, que tuvieron el acierto de no colocar, +extendiendo sólo retazos allí donde cabían, para darse el gusto de pisar +en blando. + +Obdulia no cesaba de dar pellizcos al tesoro de su mamá para adquirir +tiestos de bonitas plantas, en los próximos puestos de la Plazuela de +Santa Cruz, y en dos días puso la casa que daba gloria verla: los sucios +pasillos se trocaron en vergeles, y la sala en risueño pensil. En +previsión de la vida de hotel, adquirió también plantas decorativas de +gran tamaño, latanias, palmitos, _ficus_ y helechos arborescentes. Veía +Doña Francisca con gozo la irrupción del reino vegetal en su triste +morada, y ante tanta belleza, sentía emociones propiamente infantiles, +como si al cabo de la vejez volviera a jugar con los nacimientos. +«¡Benditas sean las flores--decía, paseándose por sus encantados +jardines--, que dan alegría a las casas, y bendito sea Dios, que si no +nos permite disfrutar del campo, nos consiente, _por poco dinero_, que +traigamos el campo a casa!». + +Todo el día se lo pasaba Obdulia cuidando sus macetas, y tanto las +regaba, que en algún momento faltó poco para que se hiciera preciso +atravesar a nado el trayecto desde la salita al comedor. Ponte la +incitaba con sus ponderaciones y aspavientos a seguir comprando flores, +y a convertir su casa en Jardín Botánico, o poco menos. Por cierto que +el primero y segundo día de aquella vida nueva, tuvo que reñir Doña Paca +al buen Frasquito, porque siempre que salía se le olvidaba llevarle el +libro de cuentas que le había encargado. El galán manido se disculpaba +con la muchedumbre de sus ocupaciones, hasta que una tarde entró con +diversos paquetes de compras, y la dama rondeña vio entre estos el +libro, del cual se apoderó al instante con ganas de inaugurar en él la +cuenta y razón de un porvenir dichoso. «Pasaré en seguida todo lo que +tengo apuntado en este papelito--dijo--: lo que se trae de casa de Botín, +la araña, las alfombras, varias cosillas... medicamentos... en fin, +todito. Y ahora, hija mía, a ver cómo me das nota clara de tanta y tanta +flor, para apuntarlas _ce_ por _be_, sin que se escape ni una hoja... Pon +mucho cuidado para que salga el balance... ¿Verdad, Frasquito, que tiene +que salir el balance?». + +Curiosa, como hembra, no pudo menos de guluzmear en los paquetes que +llevó Ponte. «¿A ver qué trae usted ahí? Mire que no he de permitirle +tirar el dinero. Veamos: un hongo claro... Bien, me parece muy bien. A +buen gusto nadie le gana. Botas altas... ¡Hombre, qué elegantes! Vaya un +pie: ya querrían muchas mujeres... Corbatas: dos, tres... Mira, Obdulia, +qué bonita esta verde con motas amarillas. Un cinturón que parece un +corsé--faja. Bueno debe de ser esto para evitar que crezca el vientre... +Y esto ¿qué es?... ¡Ah! espuelas. Pero Frasquito, por Dios, ¿para qué +quiere usted espuelas? + +--Ya... es que va a salir a caballo--dijo Obdulia gozosa--. ¿Pasará por +aquí? ¡Ay, qué pena no verle!... ¿Pero a quién se le ocurre vivir en +este cuartucho interior, sin un solo agujero a la calle? + +--Cállate, mujer, pediremos a la vecina, Doña Justa, la profesora de +partos, que nos permita pasar y asomarnos cuando el caballero nos ronde +la calle... ¡Ay, pobre Nina, cuánto se alegraría también de verle!». + +Explicó Ponte Delgado su inopinado renacer a la vida hípica, por el +compromiso en que se veía de ir al Pardo en excursión de recreo con +varios amigos, _de la mejor sociedad_. Él solo iba a caballo; los demás, +a pie o en bicicleta. De las distintas clases de _sport_ o _deportes_ +hablaron un rato con grande animación, hasta que les interrumpió la +entrada de Juliana, la mujer de Antonio, que desde la noticia de la +herencia frecuentaba el trato de su suegra y cuñada. Era mujer garbosa, +simpática, viva de genio, de tez blanca y magnífico pelo negro, peinado +con arte. Cubría su cuerpo con mantón alfombrado, y la cabeza con +pañuelo de seda de cuarteles chillones; calzaba preciosas botinas, y sus +bajos denotaban limpieza y un buen avío de ropa. «¿Pero esto es el +Retiro, o la Alameda de Osuna?--dijo al ver el enorme follaje de arbustos +y flores--. ¿A qué viene tanta _vegetación_? + +--Caprichos de Obdulia--replicó Doña Paca, que se sentía dominada por el +carácter, ya enérgico, ya bromista, de su graciosa nuera--. Esta +monomanía de hacer de mi casa un bosque, me está costando un dineral. + +--Doña Paca--le dijo su nuera cogiéndola sola en el comedor--, no sea usted +tan débil de natural, y déjese guiar por mí, que no he de engañarla. Si +hace caso de las bobadas de Obdulia, pronto se verá usted tan perdida +como antes, porque no hay pensión que baste cuando falta el arreglo. Yo +suprimiría el bosque y las fieras... dígolo por ese orangután mal +_pintao_ que han traído ustedes a casa, y que deben poner en la calle +más pronto que la vista. + +--El pobre Ponte se va mañana a su casa de huéspedes. + +--Déjese llevar por mí, que entiendo del gobierno de una casa... Y no me +salga con la matraca del librito de llevar cuentas. La persona que tiene +el arreglo en su cabeza, no necesita apuntar nada. Yo no sé hacer un +número, y ya ve cómo me las compongo. Siga mi consejo: múdese a un +cuarto baratito, y viva como una pensionista de circunstancias, sin +echar humos ni ponerse a farolear. Haga lo que yo, que me estoy donde +estaba, y no dejaré mi trabajo hasta que no vea claro eso de la +herencia, y me entere de lo que da de sí el cortijo. Quítele a su hija +de la cabeza lo del hotel si no quieren verse por puertas, y tome una +criada que les guise, y ataje el chorro de dinero que se va todos los +días a la tienda de Botín». + +Conforme con estas ideas se mostraba Doña Francisca, asintiendo a todo, +sin atreverse a contradecirla ni a oponer una sola objeción a tan +juiciosos consejos. Sentíase oprimida bajo la autoridad que las ideas de +Juliana revelaban con sólo expresarse, y ni la ribeteadora se daba +cuenta de su influjo gobernante, ni la suegra de la pasividad con que se +sometía. Era el eterno predominio de la voluntad sobre el capricho, y de +la razón sobre la insensatez. + +«Esperando que vuelva Nina--indicó tímidamente la señora--, he pedido a +Botín... + +--No piense usted más en la Nina, Doña Paca, ni cuente con ella aunque +la encontremos, que ya lo voy dudando. Es muy buena, pero ya está +caduca, mayormente, y no le sirve a usted para nada. Además, ¿quién nos +dice que quiere volver, si sabemos que por su voluntad se ha ido? Le +gusta andar de pingo, y no hará usted carrera de ella como la prive de +estarse la mitad del día tomando medida a las calles». + +Para no perder ripio, insistió Juliana en la recomendación que ya había +hecho a su suegra de una buena criada para todo. Era su prima Hilaria, +joven, fuerte, limpia y hacendosa... y de fiel no se dijera. Ya vería +pronto la _diferiencia_ entre la honradez de Hilaria y las rapiñas de +otras. + +«¡Ay!... Pero es muy buena la Nina--exclamó Doña Paca, rebulléndose bajo +las garras de la ribeteadora, para defender a su amiga. + +--Muy buena, sí, y debemos socorrerla... No faltaba más... darle de +comer... Pero créame, Doña Paca, no hará usted nada de provecho sin mi +prima. Y para que no dude más, y se quite quebraderos de cabeza, esta +misma tarde, anochecido, se la mando. + +--Bueno, hija, que venga, y se encargará de la casa... Y a propósito: +aquí hay una gallina asada que se va a perder. Ya me indigesta tanta +gallina. ¿Quieres llevártela? + +--¿Cómo no? Venga. + +--También quedaron cuatro chuletas. Ponte ha comido fuera. + +--Vengan. + +--¿Te lo mando con Hilaria? + +--No, que me lo llevo yo misma. Vamos a ver cómo me arreglo. Lo pongo +todo en un plato, y el plato en una servilleta... así; agarro mis cuatro +puntas... + +--¿Y este pedazo de pastel?... Es riquísimo. + +--Lo envuelvo en un periódico, y ¡hala, que es tarde! Y toda esta fruta, +¿para qué la quiere? Pues apenas ha traído manzanas y naranjas... Deme +acá... las pongo en mi pañuelo... + +--Vas a ir cargada como un burro. + +--No importa... ¡A lo que estamos, tuerta! Mañana vendré por aquí, a ver +cómo anda esto, y a decirle a usted lo que tiene que hacer... Pero, +cuidadito, que no salgamos con echarse en el surco y volver a las +andadas. Porque si mi señora suegra se tuerce en cuanto yo vuelva la +espalda, y empieza a derrochar y hacer disparates... + +--No, no, hija... ¡Qué cosas tienes! + +--Claro, que si se me dice tanto así, yo no me meto en nada. Con su pan +se lo coma, y cada palo aguante su vela. Pero yo quiero que usted tenga +_conduta_ y no pase malos ratos, ni se vea, como hasta ahora, entre las +uñas de los usureros. + +--¡Ay, si cuanto dices es la pura razón! Tú sí que sabes, tú sí que +vales, Juliana. Cierto que tienes el geniecillo un poco fuerte; pero +¿quién no ha de alabártelo, si con ese _ten con ten_ has domado a mi +Antonio? De un perdido has hecho un hombre de bien. + +--Porque no me achico; porque desde el primer día le administré el +bautismo de los cinco mandamientos; porque le chillo en cuanto le veo +cerdear un poco; porque le hago andar derecho como un huso, y me tiene +más miedo que los ladrones a la Guardia civil. + +--¡Y cómo te quiere! + +--Es natural. Se hace una querer del marido, enjaretándose los calzones +como me los enjareto yo... Así se gobiernan las casas chicas y las +grandes, señora, y el mundo. + +--¡Qué salero tienes! + +--Alguna sal me ha puesto Dios, sobre todo en la mollera. Ya lo irá usted +conociendo. Ea, que me marcho. Tengo que hacer en casa». + +Mientras esto hablaban suegra y nuera, en la salita Obdulia y Ponte +departían acerca de aquella, diciendo la _niña_ que jamás perdonaría a +su hermano haber traído a la familia una persona tan ordinaria como +Juliana, que decía _diferiencia_, _petril_ y otras barbaridades. No +harían nunca buenas migas. Al despedirse, Juliana dio besos a Obdulia, y +a Frasquito un apretón de manos, ofreciéndose a plancharle las +camisolas, al precio corriente, y a _volverle_ la ropa, por lo mismo o +menos de lo que le llevaría el sastre más barato. Además, también sabía +ella cortar _para hombre_; y si quería probarlo, encargárale un traje, +que de fijo no saldría menos elegante que el que le hicieran los +cortadores de portal que a él le vestían. Toda la ropa de su Antonio se +la hacía ella, y que dijeran si andaba mal el chico... ¡a ver! Pues a su +tío Bonifacio le había hecho una americana que estrenó para ir al pueblo +(Cadalso de los Vidrios) el día del Santo, y tanto gustó allí la prenda, +que se la pidió prestada el alcalde para cortar otra por ella. Dio las +gracias Ponte, mostrándose escéptico, con galantería, en lo concerniente +a las aptitudes de las señoras para la confección de ropa masculina, y +la despidieron todos en la puerta, ayudándola a cargarse los diversos +bultos, atadijos y paquetes que gozosa llevaba. + + + + +XXXVII + + +No queriendo ser Obdulia inferior a su cuñada, ni aparecer en la casa +con menos autoridad y mangoneo que la intrusa chulita, dijo a su madre +que no podrían arreglarse decorosamente con una criada _para todo_, y +pues Juliana impuso la cocinera, ella imponía la doncella... ¡así! +Discutieron un rato, y tales razones dio la niña en apoyo de la nueva +funcionaria, que no tuvo más remedio Doña Francisca que reconocer su +necesidad. Sí, sí: ¿cómo se habían de pasar sin doncella? Para +desempeñar cargo tan importante, había elegido ya Obdulia a una muchacha +finísima educada en el servicio de casas grandes, y que se hallaba libre +a la sazón, viviendo con la familia del dorador y adornista de la +Empresa fúnebre. Llamábase Daniela, era una preciosidad por la figura, y +un portento de actividad hacendosa. En fin, que Doña Paca, con tal +pintura, deseaba que fuese pronto la doncella fina para recrearse en el +servicio que le había de prestar. + +Por la noche llegó Hilaria, que se inauguró dando a Doña Francisca un +recado de Juliana, el cual parecía más bien una orden. Decía su prima +que no pensara la señora en hacer más compras, y que cuando notase la +falta de alguna cosa necesaria, le avisase a ella, que sabía como nadie +tratar el género, y _sacarlo_ bueno y arreglado. Ítem: que reservase la +señora la mitad lo menos del dinero de la pensión, para ir desempeñando +las infinitas prendas de ropa y objetos diversos que estaban en +_Peñíscola_, dando la preferencia a las papeletas cuyo vencimiento +estuviese al caer, y así en pocos meses podría recobrar sin fin de cosas +de mucha utilidad. Celebró Doña Paca la feliz advertencia de Juliana, +que era la previsión misma, y ofreció seguirla puntualmente, o más bien +obedecerla. Como tenía la cabeza tan mareada, efecto de los inauditos +acontecimientos de aquellos días, de la ausencia de Benina, y ¿por qué +no decirlo? del olor de las flores que embalsamaban la casa, no le había +pasado por las mientes el revisar las resmas de papeletas que en varios +cartapacios guardaba como oro en paño. Pero ya lo haría, sí señora, ya +lo haría... y si Juliana quería encargarse de comisión tan fastidiosa +como el desempeñar, mejor que mejor. Contestó la nueva cocinera que lo +mismo servía ella para el caso que su prima, y acto continuo empezó a +disponer la cena, que fue muy del gusto de Doña Paca y de Obdulia. + +Al día siguiente se agregó a la familia la doncella; y tan necesarios +creían hija y madre sus servicios, que ambas se maravillaban de haber +vivido tanto tiempo sin echarlos de menos. El éxito de Daniela el primer +día fue, pues, tan franco y notorio como el de Hilaria. Todo lo hacía +bien, con arte y presteza, adivinando los gustos y deseos de las señoras +para satisfacerlos al instante. ¡Y qué buenos modos, qué dulce agrado, +qué humildad y ganas de complacer! Diríase que una y otra joven +trabajaban desafiadas y en competencia, apostando a cuál conquistaría +más pronto la voluntad de sus amas. Doña Francisca estaba en sus +glorias, y lo único que la afligía era la estrechez de la habitación, en +la cual las cuatro mujeres apenas podían revolverse. + +Juliana, la verdad sea dicha, no vio con buenos ojos la entrada de la +doncella, que maldita la falta que hacía; pero por no chocar tan pronto, +no dijo nada, reservándose el propósito de plantarla en la calle cuando +se consolidase un poco más el dominio que había empezado a ejercer. En +otras materias aconsejó y llevó a la práctica disposiciones tan +atinadas, que la misma Obdulia hubo de reconocerla como maestra en arte +de gobierno. Ocupábanse además en buscarles casa; pero con tales +condiciones de comodidad, ventilación y baratura la quería, que no era +fácil decidirse hasta no revolver bien todo Madrid. Claro es que +Frasquito ya se había ido con viento fresco a su casa de pupilos +(Concepción Jerónima, 37), y tan contento el hombre. No tenía Doña Paca +habitación para él, y aun acomodarle en el pasillo habría sido difícil, +por estar lleno de plantas tropicales y alpestres; además, no era +pertinente ni decoroso que un señor reputado por elegante y algo +calavera, viviese en compañía de cuatro mujeres solas, tres de las +cuales eran jóvenes y bonitas. Fiel a la estimación que a Doña Francisca +debía, la visitaba Ponte diariamente mañana y tarde, y un sábado anunció +para el siguiente domingo la excursión al Pardo, en que se proponía +reverdecer sus aficiones y habilidades caballerescas. + +¡Con qué placer y curiosidad salieron las cuatro al balcón prestado del +vecino para ver al jinete! Pasó muy gallardo y tieso en un caballote +grandísimo, y saludó y dio varias vueltas, parando el caballo y haciendo +mil monerías. Agitaba Obdulia su pañuelo, y Doña Paca, en la efusión de +su amistoso cariño, no pudo menos de gritarle desde arriba: «Por Dios, +Frasquito, tenga mucho cuidado con esa bestia, no vaya a tirarle al +suelo y a darnos un disgusto». + +Picó espuelas el diestro jinete, trotando hacia la calle de Toledo para +tomar la de Segovia y seguir por la Ronda hasta incorporarse con sus +amigos en la Puerta de San Vicente. Cuatro jóvenes de buen humor +formaban con Antonio Zapata la partida de ciclistas en aquella excursión +alegre, y en cuanto divisaron a Ponte y su gigantesca cabalgadura, +saludáronle con vítores y cuchufletas. Antes de partir en dirección a la +Puerta de Hierro, hablaron Frasquito y Zapata del asunto que +principalmente les reunía, diciendo este que al fin, con no pocas +dificultades, había conseguido la orden para que fuesen puestos en +libertad Benina y su moro. Partieron gozosos, y a lo largo de la +carretera empezó el _match_ entre el jinete del caballo de carne y los +del de hierro, animándose y provocándose recíprocamente con alegres +voces e imprecaciones familiares. Uno de los ciclistas, que era campeón +laureado, iba y venía, adelantándose a los otros, y todos corrían más +veloces que el jamelgo de Frasquito, quien tenía buen cuidado de no +hacer locuras, manteniéndose en un paso y trote moderados. + +Nada les ocurrió en el viaje de ida. Reunidos allá con Polidura y otros +amigos pedestres, que habían salido con la fresca, almorzaron gozosos, +pagando por mitad, según convenio, Frasquito y Antonio; visitaron +rápidamente el recogimiento de pobres, sacaron a los cautivos, y a la +tarde se volvieron a Madrid, echando por delante a Benina y Almudena. No +quiso Dios que la vuelta fuese tan feliz como la ida, porque uno de los +ciclistas, llamado, y no por mal nombre, _Pedro Minio_, de la piel del +diablo, había empinado el codo más de la cuenta en el almuerzo, y dio en +hacer gracias con la máquina, metiéndose y sacándose por angosturas +peligrosas, hasta que en uno de aquellos pasos fue a estrellarse contra +un árbol, y se estropeó una mano y un pie, quedándose inutilizado para +continuar _pedaleando_. No pararon aquí las desdichas, y más acá de la +Puerta de Hierro, ya cerca de los Viveros, el corcel de Frasquito, que +sin duda estaba ya cargado del vertiginoso girar con que las bicicletas +pasaban y repasaban delante de sus ojos, sintiéndose además mal +gobernado, quiso emanciparse de un jinete ridículo y fastidioso. Pasaron +unas carretas de bueyes con carga de retama y carrasca para los hornos +de Madrid, y ya fuera que se espantase el jaco, ya que fingiera el +espanto, ello es que empezó a dar botes y más botes, hasta que logró +despedir hacia las nubes a su elegante caballero. Cayó el pobre Ponte +como un saco medio vacío, y en el suelo se quedó inmóvil, hasta que +acudieron sus amigos a levantarle. Herida no tenía, y por fortuna +tampoco sufrió golpe de cuidado en la cabeza, porque conservaba su +conocimiento, y en cuanto le pusieron en pie empezó a dar voces, rojo +como un pavo, apostrofando al carretero que, según él, había tenido la +culpa del _siniestro_. Aprovechando la confusión, el caballo, ansioso de +libertad, escapó desbocado hacia Madrid, sin dejarse coger de los +transeúntes que lo intentaron, y en pocos minutos Zapata y sus amigos le +perdieron de vista. + +Ya habían traspuesto Benina y Almudena, en su tarda andadura, la línea +de los Viveros, cuando la anciana vio pasar veloz como el viento, el +jamelgo de Ponte, y comprendió lo que había pasado. Ya se lo temía ella, +porque no estaba Frasquito para tales bromas, ni su edad le consentía +tan ridículos alardes de presunción. Mas no quiso detenerse a saber lo +cierto del lance, porque anhelaba llegar pronto a Madrid para que +descansase Almudena, que sufría de calenturas y se hallaba extenuado. +Paso a paso avanzaron en su camino, y en la Puerta de San Vicente, ya +cerca de anochecido, sentáronse a descansar, esperando ver pasar a los +expedicionarios con la víctima en una parihuela. Pero no viéndoles en +más de media hora que allí estuvieron, continuaron su camino por la +Virgen del Puerto, con ánimo de subir a la calle Imperial por la de +Segovia. En lastimoso estado iban los dos: Benina descalza, desgarrada y +sucia la negra ropa; el moro envejecido, la cara verde y macilenta; uno +y otro revelando en sus demacrados rostros el hambre que habían +padecido, la opresión y tristeza del forzado encierro en lo que más +parece mazmorra que hospicio. + +No podía apartar la Nina de su pensamiento la imagen de Doña Paca, ni +cesaba de figurarse, ya de un modo, ya de otro, el acogimiento que en su +casa tendría. A ratos esperaba ser recibida con júbilo; a ratos temía +encontrar a Doña Francisca furiosa por el aquel de haber ella pedido +limosna, y, sobre todo, por andar con un moro. Pero nada ponía tanta +confusión y barullo en su mente como la idea de las novedades que había +de encontrar en la familia, según Antonio con vagas referencias le +dijera al salir del Pardo. ¡Doña Paca, y él, y Obdulia eran ricos! +¿Cómo? Ello fue cosa súbita, traída de la noche a la mañana por D. +Romualdo... ¡Vaya con Don Romualdo! Le había inventado ella, y de los +senos obscuros de la invención salía persona de verdad, haciendo +milagros, trayendo riquezas, y convirtiendo en realidades los soñados +dones del Rey _Samdai_ ¡Quia! Esto no podía ser. Nina desconfiaba, +creyendo que todo era broma del guasón de Antoñito, y que en vez de +encontrar a Doña Francisca nadando en la abundancia, la encontraría +ahogándose, como siempre, en un mar de trampas y miserias. + + + + +XXXVIII + + +Temblorosa llegó a la calle Imperial, y habiendo mandado al moro que se +arrimara a la pared y la esperase allí, mientras ella subía y se +enteraba de si podía o no alojarle en la que fue su casa, le dijo +Almudena: «No _bandonar_ tú mí, _amri_. + +--¿Pero estás loco? ¿Abandonarte yo ahora que estás malito, y los dos +andamos tan de capa caída? No pienses tal desatino, y aguárdame. Te +pondré ahí enfrente, a la entrada de la calle de la Lechuga. + +--¿No _n'gañar_ tú mí? ¿_Golver_ ti _pronta_? + +--En seguidita que vea lo que ocurre por arriba, y si está de buen temple +mi Doña Paca». + +Subió Nina sin aliento, y con gran ansiedad tiró de la campanilla. +Primera sorpresa: le abrió la puerta una mujer desconocida, jovenzuela, +de tipito elegante, con su delantal muy pulcro. Benina creía soñar. Sin +duda los demonios habían levantado en peso la casa para cargar con ella, +dejando en su lugar otra que parecía la misma y era muy diferente. Entró +la prófuga sin preguntar, con no poco asombro de Daniela, que al pronto +no la conoció. ¿Pero qué significaban, qué eran, de dónde habían salido +aquellos jardines, que formaban como alameda de preciosos arbustos desde +la puerta, en todo lo largo del pasillo? Benina se restregaba los ojos, +creyendo hallarse aún bajo la acción de las estúpidas somnolencias del +Pardo, en las fétidas y asfixiantes cuadras. No, no; no era aquella su +casa, no podía ser, y lo confirmaba la aparición de otra figura +desconocida, como de cocinera fina, bien puesta, de semblante +altanero... Y mirando al comedor, cuya puerta al extremo del pasillo se +abría, vio... ¡Santo Dios, qué maravilla, qué cosa...! ¿Era sueño? No, +no, que bien segura estaba de verlo con los ojos corporales. Encima de +la mesa, pero sin tocar a ella, como suspendido en el aire, había _un +montón_ de piedras preciosas, con diferentes brillos, luces y matices, +encarnadas unas, azules o verdes otras. ¡Jesús, qué preciosidad! ¿Acaso +Doña Paca, más hábil que ella, había efectuado el conjuro del rey +_Samdai_, pidiéndole y obteniendo de él las carretadas de diamantes y +zafiros? Antes de que pudiera comprender que todo aquel centellear de +vidrios procedía de los colgajos de la lámpara del comedor, iluminados +por una vela que acababa de encender Doña Paca para revisar los +cuchillos que de la casa de préstamos acababa de traerle Juliana, +apareció esta en la puerta del comedor, y cortando el paso a la pobre +vieja, le dijo entre risueña y desabrida: + +--«Hola, Nina, ¿tú por aquí? ¿Has parecido ya? Creímos que te habías ido +al Congo... No pases, no entres; quédate ahí, que nos vas a poner +perdidos los suelos, lavados de esta tarde... ¡Bonita vienes!... Quita +allá esas patas, mujer, que manchas los baldosines... + +--¿En dónde está la señora?--dijo Nina, volviendo a mirar los diamantes y +esmeraldas, y dudando ya que fueran efectivos. + +--La señora está aquí... Pero te dice que no pases, porque vendrás llena +de miseria...». + +En aquel momento apareció por otro lado la señorita Obdulia, chillando: +«Nina, bien venida seas; pero antes de que entres en casa, hay que +fumigarte y ponerte en la colada... No, no te arrimes a mí. ¡Tantos días +entre pobres inmundos!... ¿Ves qué bonito está todo?». + +Avanzó Juliana hacia ella sonriendo; pero al través de la sonrisa, hubo +de vislumbrar Nina la autoridad que la ribeteadora había sabido +conquistar allí, y se dijo: «Esta es la que ahora manda. Bien se le +conoce el despotismo». A las arrogancias revestidas de benevolencia con +que la acogió la tirana, respondió Nina que no se iría sin ver a su +señora. + +«Mujer, entra, entra--murmuró desde el fondo del comedor, con voz ahogada +por los sollozos la señora Doña Francisca Juárez. + +Manteniéndose en la puerta, le contestó Benina con voz entera: «Aquí +estoy, señora, y como dicen que mancho los baldosines, no quiero pasar; +digo que no paso... Me han sucedido cosas que no le quiero contar por no +afligirla... Lleváronme presa, he pasado hambres... he padecido +vergüenzas, malos tratos... Yo no hacía más que pensar en la señora, y +en si tendría también hambre, y si estaría desamparada. + +--No, no, Nina: desde que te fuiste, ¡mira qué casualidad! entró la +suerte en mi casa... Parece un milagro, ¿verdad? ¿Te acuerdas de lo que +hablábamos, aburriditas en esta soledad, ¡ay! en aquellas noches de +miseria y sufrimientos? Pues el milagro es una verdad, hija, y ya puedes +comprender que nos lo ha hecho tu Don Romualdo, ese bendito, ese +arcángel, que en su modestia no quiere confesar los beneficios que tú y +yo le debemos... y niega sus méritos y virtudes... y dice que no tiene +por sobrina a Doña Patros... y que no le han propuesto para Obispo... +Pero es él, es él, porque no puede haber otro, no, no puede haberlo, que +realice estas maravillas». + +Nina no contestó sílaba, y arrimándose a la puerta, sollozaba. + +«Yo de buena gana te recibiría otra vez aquí--afirmó Doña Francisca, a +cuyo lado, en la sombra, se puso Juliana, sugiriéndole por lo bajo lo +que había de decir--; pero no cabemos en casa, y estamos aquí muy +incómodas... Ya sabes que te quiero, que tu compañía me agrada más que +ninguna... pero... ya ves... Mañana estaremos de mudanza, y se te hará +un hueco en la nueva casa... ¿Qué dices? ¿Tienes algo que decirme? Hija, +no te quejarás: ten presente que te fuiste de mala manera, dejándome sin +una miga de pan en casa, sola, abandonada... ¡Vaya con la Nina! +Francamente, tu conducta merece que yo sea un poquito severa contigo... +Y para que todo hable en contra tuya, olvidaste los sanos principios que +siempre te enseñé, largándote por esos mundos en compañía de un +morazo... Sabe Dios qué casta de pájaro será ese, y con qué sortilegios +habrá conseguido hacerte olvidar las buenas costumbres. Dime, +confiésamelo todo: ¿le has dejado ya? + +--No, señora. + +--¿Le has traído contigo? + +--Sí, señora. Abajo está esperándome. + +--Como eres así, capaz te creo de todo... ¡hasta de traérmele a casa! + +--A casa le traía, porque está enfermo, y no le voy a dejar en medio de +la calle--replicó Benina con firme acento. + +--Ya sé que eres buena, y que a veces tu bondad te ciega y no miras por +el decoro. + +--Nada tiene que ver el decoro con esto, ni yo falto porque vaya con +Almudena, que es un pobrecito. Él me quiere a mí... y yo le miro como un +hijo». + +La ingenuidad con que expresaba Nina su pensamiento no llegó a penetrar +en el alma de Doña Paca, que sin moverse de su asiento, y con los +cuchillos en la falda, prosiguió diciéndole: + +«No hay otra como tú para componer las cosas, y retocar tus faltas hasta +conseguir que parezcan perfecciones; pero yo te quiero, Nina; reconozco +tus buenas cualidades, y no te abandonaré nunca. + +--Gracias, señora, muchas gracias. + +--No te faltará qué comer, ni cama en qué dormir. Me has servido, me has +acompañado, me has sostenido en mi adversidad. Eres buena, buenísima; +pero no abuses, hija; no me digas que venías a casa con el moro _de los +dátiles_, porque creeré que te has vuelto loca. + +--A casa le traía, sí, señora, como traje a Frasquito Ponte, por +caridad... Si hubo misericordia con el otro, ¿por qué no ha de haberla +con este? ¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y +otra para el pobre desnudo? Yo no lo entiendo así, yo no distingo... Por +eso le traía; y si a él no le admite, será lo mismo que si a mí no me +admitiera. + +--A ti siempre... digo, siempre no... quiero decir... es que no tenemos +hueco en casa... Somos cuatro mujeres, ya ves... ¿Volverás mañana? +Coloca a ese desdichado en una buena fonda... no, ¡qué disparate! en el +Hospital... No tienes más que dirigirte a D. Romualdo... Dile de mi +parte que yo le recomiendo... que lo mire como cosa mía... ¡ay, no sé lo +que digo!... como cosa tuya, y tan tuya... En fin, hija, tú verás... +Puede que os alberguen en la casa del Sr. de Cedrón, que debe ser muy +grande... tú me has dicho que es un casetón enorme que parece un +convento... Yo, bien lo sabes, como criatura imperfecta, no tengo la +virtud en el grado heroico que se necesita para alternar con la +pobretería sucia y apestosa... No, hija, no: es cuestión de estómago y +de nervios... De asco me moriría, bien lo sabes. ¡Pues digo, con la +miseria que traerás sobre ti!... Yo te quiero, Nina; pero ya conoces mi +estómago... Veo una mota en la comida, y ya me revuelvo toda, y estoy +mala tres días... Llévate tu ropa, si quieres mudarte... Juliana te dará +lo que necesites... ¿Oyes lo que te digo? ¿Por qué callas? Ya, ya te +entiendo. Te haces la humilde para disimular mejor tu soberbia... Todo +te lo perdono; ya sabes que te quiero, que soy buena para ti... En fin, +tú me conoces... ¿Qué dices? + +--Nada, señora, no he dicho nada, ni tengo nada que decir--murmuró Nina +entre dos suspiros hondos--. Quédese con Dios. + +--Pero no te irás enojada conmigo--añadió con trémula voz Doña Paca, +siguiéndola a distancia en su lenta marcha por el pasillo. + +--No, señora... ya sabe que yo no me enfado...--replicó la anciana +mirándola más compasiva que enojada--. Adiós, adiós». + +Obdulia condujo a su madre al comedor diciéndole: «¡Pobre Nina!... Se +va. Pues mira, a mí me habría gustado ver a ese moro Muza y hablar con +él... ¡Esta Juliana, que en todo quiere meterse!...». + +Atontada por crueles dudas que desconcertaban su espíritu, Doña +Francisca no pudo expresar ninguna idea, y siguió revisando los +cubiertos desempeñados. En tanto, Juliana, conduciendo a la Nina hasta +la puerta con suave opresión de su mano en la espalda de la mendiga, la +despidió con estas afectuosas palabras: «No se apure, _señá_ Benina, que +nada ha de faltarle... Le perdono el duro que le presté la semana +pasada, ¿no se acuerda? + +--Señora Juliana, sí que me acuerdo. Gracias. + +--Pues bien: tome además este otro duro para que se acomode esta noche... +Váyase mañana por casa, que allí encontrará su ropa... + +--Señora Juliana, Dios se lo pague. + +--En ninguna parte estará usted mejor que en la _Misericordia_, y si +quiere, yo misma le hablaré a D. Romualdo, si a usted le da vergüenza. +Doña Paca y yo la recomendaremos... Porque mi señora madre política ha +puesto en mí toda su confianza, y me ha dado su dinero para que se lo +guarde... y le gobierne la casa, y le _suministre_ cuanto pueda +necesitar. Mucho tiene que agradecer a Dios por haber caído en estas +manos... + +--Buenas manos son, señora Juliana. + +--Vaya por casa, y le diré lo que tiene que hacer. + +--Puede que yo lo sepa sin necesidad de que usted me lo diga. + +--Eso usted verá... Si no quiere ir por casa... + +--Iré. + +--Pues, _señá_ Benina, hasta mañana. + +--Señora Juliana, servidora de usted». + +Bajó de prisa los gastados escalones, ansiosa de verse pronto en la +calle. Cuando llegó junto al ciego, que en lugar próximo le esperaba, la +pena inmensa que oprimía el corazón de la pobre anciana reventó en un +llorar ardiente, angustioso, y golpeándose la frente con el puño +cerrado, exclamó: «¡Ingrata, ingrata, ingrata! + +--No _yorar_ ti, _amri_--le dijo el ciego cariñoso, con habla sollozante--. +Señora tuya mala ser, tú _ángela_. + +--¡Qué ingratitud, Señor!... ¡Oh mundo... oh miseria!... Afrenta de Dios +es hacer bien... + +--_Dir_ nosotros _luejos_... _dirnos_, _amri_... _Dispreciar_ ti _mondo_ +malo. + +--Dios ve los corazones de todos; el mío también lo ve... Véalo, Señor de +los cielos y la tierra, véalo pronto». + + + + +XXXIX + + +Dicho lo que antecede, se limpió las lágrimas con mano temblorosa, y +pensó en tomar las resoluciones de orden práctico que las circunstancias +exigían. + +«_Dirnos_, _dirnos_--replicó Almudena cogiéndola del brazo. + +--¿A dónde?--dijo Nina con aturdimiento--. ¡Ah! lo primero a casa de D. +Romualdo». + +Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela, enteramente +idiota. + +--«_R'maldo_ mentira--declaró el ciego. + +--Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a la +señora será otro, algún D. Romualdo de pega... hechura del demonio... +No, no, el de pega es el mío... No sé, no sé. Vámonos, Almudena. +Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la noche bien +abrigadito. La _señá_ Juliana, que es la que ahora corta el queso en la +casa de mi señora, y todo lo suministra... en buen hora sea... me ha +dado este duro. Te llevaré a los palacios de Bernarda, y mañana +veremos. + +--Mañana, _dir_ nosotros _Hierusalaim_. + +--¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso? ¡Vaya, que querer +llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de +Abajo! + +--_Luejos_, _luejos_... tú casar _migo_ y ser _tigo migo_ uno. _Dirnos_ +Marsella por caminos pidiendo... En Marsella _vapora_... pim, pam... +Jaffa... _¡Hierusalaim!_... Casarnos por _arreligión_ tuya, por +_arreligión_ mía... _quierer_ tú... _Veder_ tú _sepolcro_; entrar +tú _S'nagoga_ rezar _Adonai_... + +--Espérate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con las +invenciones de tu cabeza _deliriosa_. Lo primero es que te pongas bueno. + +--Mí estar bueno... mí no _c'lentura_ ya... mí _contentada_. Tú _viener +migo_ siempre, por _mondo_ grande, _caminas mochas_, _libertanza_, mar, +_terra_, _legría mocha_... + +--Muy bonito; pero ahora caigo en la cuenta de que tú y yo tenemos +hambre, y entraremos a cenar en cualquier taberna. Si te parece, aquí en +la Cava Baja... + +--_Onde quierer_ tú, yo _quierer_...». + +Cenaron con relativo contento, y Almudena no cesaba de ponderar las +delicias de irse juntitos a Jerusalén, pidiendo limosna por tierra y por +mar, sin prisa, sin cuidados. Tardarían meses, medio año quizás; pero al +fin darían con sus cuerpos en la Palestina, aunque la emprendiesen por +la vía terrestre hasta Constantinopla. ¡Pues no había pocos países +bonitos que recorrer! Objetaba Nina que ella tenía ya los huesos duros +para correría tan larga, y el africano, no sabiendo ya cómo convencerla, +le decía: «_Ispania terra n'gratituda_... _Correr luejos_, _juyando de +n'gratos_ ellos». + +En cuanto cenaron se recogieron en casa de Bernarda, dormitorios de +abajo, a dos reales cama. Muy tranquilo estuvo Almudena toda la noche, +sin poder coger el sueño, delirando con el viajecito a Jerusalén; y +Benina, por ver de calmarle, mostrábase dispuesta a emprender tan larga +peregrinación. Inquieto y dolorido, cual si la cama fuera de zarzas +punzadoras, Mordejai no hacía más que volverse de un lado para otro, +quejándose de ardores en la piel y de picazones molestísimas, las cuales +no eran motivadas, dicha sea la verdad, por cosa alguna tocante a la +miseria que se combate con polvos insecticidas. Ello provenía quizás de +un extraño giro que la fiebre tomaba, y que se manifestó a la mañana +siguiente en un rojo sarpullo en brazos y piernas. El infeliz se rascaba +con desesperación, y Benina le llevó a la calle, con la esperanza de que +el aire libre y el ejercicio le servirían de alivio. Después de vagar +pidiendo, por no perder la costumbre, fueron a la calle de San Carlos, y +subió Benina a ver a Juliana, que allí le tenía su ropa, y se la dio en +un lío, diciéndole que mientras gestionaban para que fuese recogida en +la _Misericordia_, se albergara en cualquier casa barata, con o sin el +_hombre_, aunque mejor le estaba, para su decoro, dejarse de compañía y +tratos tan indecentes. Añadió que en cuanto se limpiara bien de toda la +inmundicia que había traído del Pardo, podía ir a visitar a Doña Paca, +que gozosa la recibiría; pero que no pensase en volver a su lado, porque +los hijos se oponían a ello, atentos a que su mamá estuviese bien +servida, y _suministrada_ con regularidad. Con todo se mostró conforme +la buena mujer, que en ello veía una voluntad superior incontrastable. + +No era mala persona Juliana; dominante, eso sí, ávida de mostrar las +grandes dotes de gobierno que le había dado Dios, mujer que no soltaba a +dos tirones la presa caída en sus manos. Pero no carecía de amor al +prójimo, se compadecía de Benina, y habiéndole dicho esta que el moro la +esperaba en la calle, quiso verle y juzgarle por sus propios ojos. Que +la traza del pobre africano le pareció lastimosa, se conoció en el gesto +que hizo, en la cara que puso, y en el acento con que dijo: «Ya le +conocía yo a este, de verle pedir en la calle del Duque de Alba. Es buen +punto, y muy enamorado. ¿Verdad, Sr. Almudena, que le gustan a usted las +chicas? + +--Gustar mí _B'nina_, _amri_... + +--Ajajá... Pobre Benina, ¡no se le ha sentado mala mosca! Si lo hace por +caridad, de veras digo que es usted una santa. + +--El pobrecito está enfermo, y no puede valerse». + +Y como el morito, acometido de violentísimas picazones en brazos y +pecho, hiciera garras de sus dedos para rascarse con gana, la +ribeteadora se acercó para mirarle los brazos, que había desnudado de la +manga. «Lo que tiene este hombre--dijo con espanto--es lepra... ¡Jesús, +qué lepra, _seña_ Benina! He visto otro caso: un pobre, del Moro +también, mendigo él, de Orán él, que pedía en Puerta Cerrada, junto al +taller de mi padrastro. Y se puso tan perdido, que no había cristiano +que se le acercara, y ni en los santos Hospitales le querían recibir... + +«Picar, picar _mocha_--era lo único que Almudena decía, pasando las uñas +desde el hombro a la mano, como se pasaría un peine por la madeja. + +Disimulando su asco, por no lastimar a la infeliz pareja, Juliana dijo a +Nina: «¡Pues no le ha caído a usted mala incumbencia con este tipo! Mire +que esa sarna se pega. Buena se va usted a poner, sí señora; buena, +bonita y barata... O es usted más boba que el que asó la manteca, o no +sé lo que es usted». + +Con miradas no más expresó Nina su lástima del pobre ciego, su decisión +de no abandonarle, y su conformidad con todas las calamidades que +quisiera enviarle Dios. Y en esto, Antonio Zapata, que a su casa volvía, +vio a su mujer en el grupo; llegose a ella presuroso, y enterado de lo +que hablaban, aconsejó a Benina que llevara al moro a la consulta de +enfermedades dermatológicas en San Juan de Dios. + +«Más cuenta le tiene--afirmó Juliana--mandarle para su tierra. + +--_Luejos_, _luejos_--dijo Almudena--. _Dir_ nos _Hierusalaim_. + +--No está mal. 'De Madrid a Jerusalén, o la familia del tío Maroma...'. +Bueno, bueno. A otra cosa, mujercita mía, no pegues y escucha. No he +podido hacer tus encargos, porque... te digo que no pegues. + +--Porque te has ido al billar, granuja... Sube, sube, y ajustaremos +cuentas. + +--No subo porque tengo que volver a los carros de pateta. + +--¿Qué dices, granuja? + +--Que no va el carro grande por menos de cuarenta reales, y como me +mandaste que no pasase de treinta... + +--Tendré yo que verlo. Estos hombres no sirven mas que de estorbo, +¿verdad, Nina? + +--Verdad. ¿Y qué es? ¿Se muda la señora? + +--Sí, mujer; pero ya no podrá ser hasta mañana, porque este marido tonto +que me ha dado Dios, salió antes de las ocho a tomar la casa y avisar el +carro, y ya ve usted a qué hora se descuelga por aquí, con todo ese +cuajo, sin haber hecho nada. + +--Bastante he corrido, chica: A las nueve entraba yo en casa de mamá con +el contrato para que lo firmara. Ya ves si ganábamos tiempo. ¿Pero tú +sabes el que he perdido con Frasquito Ponte, que nos ha dado una tabarra +tremenda? Como que tuvimos que llevarle a su casa Polidura y yo con +grandísimo trabajo. ¡Dios, cómo está el hombre, y qué barullo tiene en +la cabeza desde el batacazo de ayer!». + +Igualmente interesadas Benina y Juliana en la buena o mala suerte del +hijo de Algeciras, oyeron atentas lo que Antonio les refirió de las +consecuencias funestísimas de la caída del jinete en el camino del +Pardo. Cuando le vieron en tierra, despedido por el jaco, pensaron todos +que en aquel crítico instante había terminado la existencia mortal del +pobre caballero. Pero al levantarle, recobró Frasquito, como quien +resucita, el movimiento y la palabra, y asegurando no haber recibido +golpe en la cabeza, que era lo más delicado, y palpándose en distintas +partes del cráneo, les dijo: «Nada, nada, señores, tóquenme y no +hallarán el más ligero chichón». De brazos y piernas, si al principio +pareció haber salido con suerte, pues hueso roto seguramente no tenía, a +poco de echar a andar cojeaba horrorosamente de la pierna izquierda, +efecto, sin duda, del violento choque contra el suelo. Pero lo más +extraño fue que, al ser puesto en pie, rompió en una charla incoherente, +impetuosa, roja la cara como un tomate, vibrante y entrecortada la +lengua. Lleváronle a su casa en coche, creyendo que un reposo absoluto +le restablecería; frotáronle todo el cuerpo con árnica, le acostaron, se +fueron... Pero el maldito, según les dijo después la patrona, no bien se +quedó solo, vistiose precipitadamente, y echándose a la calle se fue a +casa de Boto, y allí estuvo hasta muy tarde, _metiéndose con todo el +mundo_, y provocando con destempladas insolencias a los pacíficos +parroquianos. Tan contrario era esto al natural plácido de Frasquito, y +a su timidez y buena educación, que seguramente había perturbación +cerebral grave, por causa del batacazo. No se sabe dónde pasó el resto +de la noche: se cree que estuvo alborotando en las calles de Mediodía +Grande y Chica. Ello es que a poco de llegar Antonio y Polidura a la +casa de Doña Francisca, entró Frasquito muy alborotado, el rostro +encendido, brillantes los ojos, y con gran sorpresa y consternación de +las señoras, empezó a soltar de su boca, un poco torcida, atroces +disparates. Combinando la maña con la fuerza, pudieron sacarle de allí y +volverle a su casa, donde le dejaron, encargando a la patrona que le +sujetara si podía, y que hiciera por darle de comer. Entre otras +tenacidades monomaniacas, tenía la de que su honor le demandaba pedir +explicaciones al moro por el inaudito agravio de suponer, de afirmar en +público que él, Frasquito, hacía la corte a Benina. Más de veinte veces +se arrancó hacia la calle de Mediodía Grande, procurando ver al Sr. de +Almudena, decidido a entregarle su tarjeta; pero el africano escurría el +bulto y no se dejaba ver por ninguna parte. Claro: se había ido a su +tierra, huyendo de la furia de Ponte... pero él estaba decidido a no +parar hasta descubrirle, y obligarle a cumplir como caballero, aunque se +escondiese en el último rincón del Atlas. + +«Si _venier_ mí _galán bunito_--dijo el moro riendo tan estrepitosamente, +que los extremos de su boca se le enganchaban en las orejas--, dar mí él +_patás mochas_. + +--¡Pobre D. Frasquito... cuitado, alma de Dios!--exclamó Nina cruzando las +manos--. Yo me temía que parara en esto... + +--¡Valiente estantigua!--dijo la Juliana--. ¿Y a nosotros qué nos importa +que ese viejo pintado se chifle o no se chifle? ¿Sabéis lo que os digo? +Pues que todo eso proviene de las drogas que se pone en la cara, lo cual +que son venenosas y atacan al sentido. Ea, no perdamos el tiempo. +Antonio, vuélvete a la calle Imperial, diles que preparen todo, y yo iré +_al carro_ a ver si lo arreglo para esta tarde. Nina, vete con Dios, y +cuidado no se te pegue... ¿sabes? ¡Ay, hija, se te pegará, por mucho +aseo que tengas! ¿Ves? ya empiezas a sufrir las consecuencias del mal +paso... por no hacer caso de mí. Doña Paca me dijo que te permitiera ir +allá. Quiere verte: ¡pobre señora! Yo le di mi conformidad, y hoy +pensaba llevarte conmigo... pero ya no me atrevo, hija, ya no me atrevo. +Habiendo de por medio esta pestilencia, no puedes rozarte... Yo había +determinado que fueras todos los días a recoger la comida sobrante en +casa de la que fue tu ama. + +--¿Y ya no...? + +--Sí, sí: la comida es tuya... pero... verás lo que debes hacer... te +llegas al portal a la hora que yo te fije, y mi prima Hilaria te la +bajará y te la dará... acercándose a ti lo menos que pueda... Ya +comprendes... cada una tiene su escrúpulo... No todos los estómagos son +como el tuyo, Nina, a prueba de bomba... con que... + +--Comprendo... señora Juliana. Quédese con Dios». + + + + +XL + + +Las adversidades se estrellaban ya en el corazón de Benina, como las +vagas olas en el robusto cantil. Rompíanse con estruendo, se quebraban, +se deshacían en blancas espumas, y nada más. Rechazada por la familia +que había sustentado en días tristísimos de miseria y dolores sin +cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que ingratitud +tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables consuelos: miró +la vida desde la altura en que su desprecio de la humana vanidad la +ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y su +espíritu se hizo fuerte y grande. Había alcanzado glorioso triunfo; +sentíase victoriosa, después de haber perdido la batalla en el terreno +material. Mas las satisfacciones íntimas de la victoria no la privaron +de su don de gobierno, y atenta a las cosas materiales, acudió, al poco +rato de apartarse de Juliana, a resolver lo más urgente en lo que a la +vida corporal de ambos se refería. Era indispensable buscar albergue; +después trataría de curar a Mordejai de su sarna o lo que fuese, pues +abandonarle en tan lastimoso estado no lo haría por nada de este mundo, +aunque ella se viera contagiada del asqueroso mal. Dirigiose con él a +Santa Casilda, y hallando desocupado el cuartito que antes ocupó el moro +con la Petra, lo tomó. Felizmente, la borracha se había ido con Diega a +vivir en la Cava de San Miguel, detrás de la Escalerilla. Instalados en +aquel escondrijo, que no carecía de comodidades, lo primero que hizo la +anciana alcarreña fue traer agua, toda el agua que pudo, y lavarse bien +y jabonarse el cuerpo; costumbre antigua en ella, que siempre que podía +practicaba en casa de Doña Francisca. Luego se vistió de limpio. El +bienestar que el aseo y la frescura daban a su cuerpo, se confundía en +cierto modo con el descanso de su conciencia, en la cual también sentía +algo como absoluta limpieza y frescor confortante. + +Dedicose luego al arreglo de la casa, y con el poquito dinero que tenía +hizo su compra, y le preparó a Mordejai una buena comida. Pensaba +llevarlo a la consulta al día siguiente, y así se lo dijo, mostrándose +el ciego conforme en todo con lo que la voluntad de ella quisiese +determinar. Mientras comían, le entretuvo y alentó con esperanzas y +palabras dulces, ofreciéndole ir, como él deseaba, a Jerusalén o un +poquito más allá, en cuanto recobrara la salud. Mientras no se le +quitara el sarpullo, no había que pensar en viajes. Se estarían quietos, +él en casa, ella saliendo a pedir sola todos los días para ver de sacar +con qué vivir, que seguramente Dios no les dejaría morir de hambre. Tan +contento se puso el ciego con el plan concebido y propuesto por su +inteligente amiga, y con sus afectuosas expresiones, que rompió a cantar +la melopea arábiga que ya le oyó Benina en el vertedero; pero como al +huir de la pedrea había perdido el guitarrillo, no pudo acompañarse del +son de aquel tosco instrumento. Después propuso a su compañera que +echase el sahumerio, y ella lo hizo de buena gana, pues el humazo +saneaba y aromatizaba la pobre habitación. + +Salieron al día siguiente para la consulta; pero como les designaran +para esta una hora de la tarde, entretuvieron la primera mitad del día +pordioseando en varias calles, siempre con mucho cuidado de los +guindillas, por no caer nuevamente en poder de los que echan el lazo a +los mendigos, cual si fueran perros, para llevarlos al depósito, donde +como a perros les tratan. Debe decirse que el ingrato proceder de Doña +Paca no despertaba en Nina odio ni mala voluntad, y que la conformidad +de esta con la ingratitud no le quitaba las ganas de ver a la infeliz +señora, a quien entrañablemente quería, como compañera de amarguras en +tantos años. Ansiaba verla, aunque fuese de lejos, y llevada de esta +querencia, se llegó a la calle de la Lechuga para atisbar a distancia +discreta si la familia estaba en vías de mudanza, o se había mudado ya. +¡Qué a tiempo llegó! Hallábase en la puerta el carro, y los mozos metían +trastos en él con la bárbara presteza que emplean en esta operación. +Desde su atalaya reconoció Benina los muebles decrépitos, derrengados, y +no pudo reprimir su emoción al verlos. Eran casi suyos, parte de su +existencia, y en ellos veía, como en un espejo, la imagen de sus penas y +alegrías; pensaba que si se acercase, los pobres trastos habían de +decirle algo, o que llorarían con ella. Pero lo que la impresionó +vivamente fue ver salir por el portal a Doña Paca y a Obdulia, con +Polidura y Juliana, como si se fueran a la casa nueva, mientras las +criadas elegantes se quedaban en la antigua, disponiendo la recogida y +transporte de las menudencias, y de toda la morralla casera. + +Turbada y confusa, Nina se escondió en un portal, para ver sin ser +vista. ¡Qué desmejorada encontró a Doña Francisca! Llevaba un vestido +nuevo; pero de tan nefanda hechura, como cortado y cosido de prisa, que +parecía la pobre señora vestida de limosna. Cubría su cabeza con un +manto, y Obdulia ostentaba un sombrerote con disformes ringorrangos y +plumas. Andaba Doña Paca lentamente, la vista fija en el suelo, +abrumada, melancólica, como si la llevaran entre guardias civiles. La +_niña_ reía, charlando con Polidura. Detrás iba Juliana _arreándolos_ a +todos, y mandándoles que fueran de prisa por el camino que les marcaba. +No le faltaba más que el palo para parecerse a los que en vísperas de +Navidad conducen por las calles las manadas de pavos. ¡Cómo se clareaba +el despotismo hasta en sus menores movimientos! Doña Paca era la res +humilde que va a donde la llevan, aunque sea al matadero; Juliana el +pastor que guía y conduce. Desaparecieron en la Plaza Mayor, por la +calle de Botoneras... Benina dio algunos pasos para ver el triste +ganado, y cuando lo perdió de vista, se limpió las lágrimas que +inundaban su rostro. + +«¡Pobre señora mía!--dijo al ciego en cuanto se reunió con él--. La quiero +como hermana, porque juntas hemos pasado muchas penas. Yo era todo para +ella, y ella todo para mí. Me perdonaba mis faltas, y yo le perdonaba +las suyas... ¡Qué triste va, quizás pensando en lo mal que se ha portado +con la Nina! Parece que está peor del reúma, por lo que cojea, y su cara +es de no haber comido en cuatro días. Yo la traía en palmitas, yo la +engañaba con buena sombra, ocultándole nuestra miseria, y poniendo mi +cara en vergüenza por darle de comer conforme a lo que era su gusto y +costumbre... En fin, lo pasado, como dijo el otro, pasó. Vámonos, +Almudena, vámonos de aquí, y quiera Dios que te pongas bueno pronto para +tomar el caminito a Jerusalén, que no me asusta ya por lejos. Andando, +andando, hijo, se llega de una parte del mundo a otra, y si por un lado +sacamos el provecho de tomar el aire y de ver cosas nuevas, por otro +sacamos la certeza de que todo es lo mismo, y que las partes del mundo +son, un suponer, como el mundo en junto; quiere decirse, que en donde +quiera que vivan los hombres, o verbigracia, mujeres, habrá ingratitud, +egoísmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad. Por lo +que debemos hacer lo que nos manda la conciencia, y dejar que se peleen +aquellos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como +los niños, o estos por mangonear, como los mayores, y no reñir con +nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pájaros... +Vámonos hacia el Hospital, y no te pongas triste. + +--Mí no triste--dijo Almudena--; estar _tigo contentado_... tú saber como +Dios cosas _tudas_, y yo _quirier_ ti como _ángela bunita_... Y si no +_quierer_ tú casar _migo_, ser tú _madra_ mía, y yo niño tuyo _bunito_. + +--Bueno, hombre; me parece muy bien. + +--Y tú _com_ palmera _D'sierto granda_, _bunita_; tú _com zucena +branca_... _llirio tú_... Mí _dicier_ ti _amri_: alma mía». + +Mientras iba la infeliz pareja camino del Hospital, Doña Paca y su +séquito, en dirección distinta, se aproximaban a su nueva casa, calle de +Orellana: un tercero limpio, con los papeles y estucos nuevecitos, +buenas luces, ventilación, cocina excelente, y precio acomodado a las +circunstancias. Pareciole muy bien a Doña Francisca, cuando arriba +llegó, sofocada de la interminable escalera; y si le parecía mal, +cuidaba de no manifestarlo, abdicando en absoluto su voluntad y sus +opiniones. El flexible, más que flexible, blanducho carácter de la +viuda, se adaptaba al sentir y al pensar de Juliana; y viendo esta que +se le metía entre los dedos aquella miga de pan, hacía bolitas con ella. +No respiraba Doña Paca sin permiso de la tirana, quien para los más +insignificantes actos de la vida, tenía no pocas órdenes que dictar a la +infeliz señora. Esta llegó a tenerle un miedo infantil; se sentía miga +blanda dentro de la mano de bronce de la ribeteadora, y en verdad que no +era sólo miedo, pues con él se mezclaba algo de respeto y admiración. + +Descansaba la dama del ajetreo de aquel día, ya metidos todos los +muebles, trastos y macetas en la nueva casa, y atacada de una +intensísima tristeza que le devoraba el alma, llamó a su tirana para +decirle: «No me has explicado bien por el camino lo que hablasteis. ¿Qué +historias cuenta Nina de su moro? ¿Es este bien parecido?». + +Dio Juliana las explicaciones que su súbdita le pedía, sin herir a Nina +ni ponerla en mal lugar, demostrando en esto finísimo tacto. + +«Y quedasteis... en que no puede venir a verme, por temor a que nos +contagie de esa peste asquerosa. Has hecho bien. Si no es por ti, me +vería expuesta, sabe Dios, a que se nos pegara la pestilencia... +Quedasteis también en que recogería las sobras de la comida. Pero esto +no basta, y yo tendría mucho gusto en señalarle una cantidad, por +ejemplo, una peseta diaria. ¿Qué dices? + +--Digo que si empezamos con esas bromas, señora Doña Paca, pronto +volveremos a _Peñaranda_. No, no: una peseta es una peseta... Bastante +tiene la Nina con dos reales. Así lo he pensado, y si usted dispone otra +cosa, yo me lavo las manos. + +--Dos reales, dos... tú lo has dicho... y basta, sí. ¿Sabes tú los +milagros que hace Nina con media peseta?». + +En esto llegó Daniela muy alarmada, diciendo que llamaba a la puerta +Frasquito; y Obdulia, que por la mirilla le había visto, opinó que no +se abriera, a fin de evitar otro escándalo como el de la calle Imperial. +Pero ¿quién le había dicho las señas del nuevo domicilio? Sin duda fue +Polidura el soplón, y Juliana hizo juramento de arrancarle una oreja. +Ocurrió el contratiempo grave de que mientras Ponte llamaba con nerviosa +furia, decidido a romper la campanilla, subió Hilaria de la calle y +abrió con el llavín, y ya no fue posible cortar el paso al intruso, que +se precipitó dentro, presentándose ante las asustadas señoras con el +sombrero metido hasta las orejas, blandiendo el bastón, la ropa en gran +detrimento y manchada de tierra y lodo. Se le había torcido la boca, y +arrastraba penosamente la pierna derecha. + +«Por Dios, Frasquito--le dijo Doña Paca suplicante--, no nos alborote. +Está usted malo, y debe meterse en cama». + +Y salió también Obdulia declamando enfáticamente: «Frasquito: ¡una +persona como usted, tan fina, de buena sociedad, decirnos esas cosas!... +Tenga juicio, vuelva en sí. + +--Señora y _madama_--dijo Ponte desencasquetándose el sombrero con gran +dificultad--. Caballero soy y me precio de saber tratar con damas +elegantes; pero como de aquí ha salido la absurda especie, yo vengo a +pedir explicaciones. Mi honor lo exige... + +--¿Y qué tenemos que ver nosotras con el honor de usted, so +espantajo?--gritó Juliana--. ¡Ea, no es persona decente quien falta a las +señoras! El otro día eran para usted emperatrices, y ahora... + +--Y ahora--dijo Ponte temblando ante el enérgico acento de Juliana, como +caña batida del viento--. Y ahora... yo no falto al respeto a las +señoras. Obdulia es una dama; Doña Francisca otra dama. Pero estas +señoras damas... me han calumniado, me han herido en mis sentimientos +más puros, sosteniendo que yo hice la corte a la Benina... y que la +requerí de amores deshonestos, para que por mí y conmigo faltase a la +fidelidad que debe al caballero de la Arabia... + +--¡Si nosotras no hemos dicho semejante desatino! + +--Todo Madrid lo repite... De aquí, de estos salones salió la indigna +especie. Me acusan de un infame delito: de haber puesto mis ojos en un +ángel, de blancas alas célicas, de pureza inmaculada. Sepan que yo +respeto a los ángeles: si Nina fuese criatura mortal, no la habría +respetado, porque soy hombre... yo he catado rubias y morenas, casadas, +viudas y doncellas, españolas y parisienses, y ninguna me ha resistido, +porque me lo merezco... belleza permanente que soy... Pero yo no he +seducido ángeles, ni los seduciré... Sépalo usted, Frasquita; sépalo, +Obdulia... la Nina no es de este mundo... la Nina pertenece al cielo... +Vestida de pobre ha pedido limosna para mantenerlas a ustedes y a mí... +y a la mujer que eso hace, yo no la seduzco, yo no puedo seducirla, yo +no puedo enamorarla... Mi hermosura es humana, y la de ella divina; mi +rostro espléndido es de carne mortal, y el de ella de celeste luz... No, +no, no la he seducido, no ha sido mía, es de Dios... Y a usted se lo +digo, Curra Juárez, de Ronda; a usted, que ahora no puede moverse, de lo +que le pesa en el cuerpo la ingratitud... Yo, porque soy agradecido, soy +de pluma, y vuelo... ya lo ve... Usted, por ser ingrata, es de plomo, y +se aplasta contra el suelo... ya lo ve...». + +Consternadas hija y madre, gritaban pidiendo socorro a los vecinos. Pero +Juliana, más valerosa y expeditiva, no pudiendo sufrir con calma los +impertinentes desvaríos del desdichado Ponte, se fue hacia él furiosa, +le cogió por las solapas, y comiéndoselo con la mirada y la voz le dijo: +«Si no se marcha usted pronto de esta casa, so mamarracho, le tiro a +usted por el balcón». + +Y seguramente lo habría hecho, si la Hilaria y la Daniela no cogieran al +pobre hijo de Algeciras, poniéndole en dos tirones fuera de la puerta. +Presentáronse los porteros y algunos vecinos, atraídos del alboroto, y +al ver reunida tanta gente, salieron las cuatro mujeres al rellano de la +escalera para explicar que aquel sujeto había perdido el juicio, +trocándose de la más atenta y comedida persona del mundo, en la más +importuna y desvergonzada. Bajó Frasquito renqueando hasta la meseta +próxima: allí se paró, mirando para arriba, y dijo: «Ingrata, +ingrrr...». Quiso concluir la palabra, y una violenta contorsión +denunció la inutilidad de sus esfuerzos. De su boca no salió más que un +bramido ronco, como si mano invisible le estrangulara. Vieron todos que +se le descomponían horrorosamente las facciones, los ojos se le salían +del casco, la boca se aproximaba a una de las orejas... Alzó los brazos, +exhaló un ¡ay! angustioso, y se desplomó de golpe. A la caída de su +cuerpo se estremeció de arriba abajo toda la endeble escalera. + +Subiéronle entre cuatro a la casa para prestarle socorro, que ya no +necesitaba el infeliz. Reconociole Juliana, y secamente dijo: «Está más +muerto que mi abuelo». + + + + +Final + + +Ejemplo de los admirables efectos de la voluntad humana en el gobierno +de las grandes como de las pequeñas agrupaciones de seres, era Juliana, +mujer sin principios, que apenas sabía leer y escribir, pero que había +recibido de Naturaleza el don rarísimo de organizar la vida y regir las +acciones de los demás. Si conforme le cayó entre las manos la familia de +Zapata le hubiera tocado gobernar familia de más fuste, o una ínsula, o +un estado, habría salido muy airosa. En la ínsula de Doña Francisca +estableció con mano firme la normalidad al mes de haber empuñado las +riendas, y todos allí andaban derechos, y nadie se rebullía ni osaba +poner en tela de juicio sus irrevocables mandatos. Verdad que para +obtener este resultado precioso empleaba el absolutismo puro, el régimen +de terror; su genio no admitía ni aun observaciones tímidas: su ley era +su santísima voluntad; su lógica, el palo. + +A los caracteres anémicos de la madre y los hijos no les venía mal este +sistema, ensayado ya con feliz éxito en Antonio. Tal dominio llegó a +ejercer sobre Doña Francisca, que la pobre viuda no se atrevía ni a +rezar un Padrenuestro sin pedir su venia a la dictadora, y hasta se +advertía que antes de suspirar, como tan a menudo lo hacía, la miraba +como para decirle: «No llevarás a mal que yo suspire un poquito». En +todo era obedecida ciegamente Juliana por su mamá política, menos en una +cosa. Mandábale que no estuviese siempre triste, y aunque la esclava +respondía con frases de acatamiento, bien se echaba de ver que la orden +no se cumplía. Entraba, pues, la viuda de Zapata en la normalidad +próspera de su existencia con la cabeza gacha, los ojos caídos, el mirar +vago, perdido en los dibujos de la estera, el cuerpo apoltronado, +encariñándose cada día más con la indolencia, el apetito decadente, el +humor taciturno y desabrido, las ideas negras. + +A los quince días de instalarse Doña Francisca en la calle de Orellana, +juzgó la mandona que más eficaz sería su poder y mejor gobernada estaría +la familia viviendo todos juntos: general y subalternos. Trasladose, +pues, y allá fue metiendo su ajuar humilde, y sus chiquillos, y el ama, +para lo cual antes hizo hueco, echando fuera la mar de tiestos y tibores +de plantas, y poniendo en la calle a Daniela, que en rigor no servía +más que de estorbo. A sus funciones de gran canciller agregó pronto las +de doncella y peinadora de su suegra y cuñada. Así todo se quedaba en +casa. + +Pero como no hay felicidad completa en este pícaro mundo, al mes, poco +más o menos, de la mudanza, señalada en las efemérides zapatescas por la +desastrosa muerte de Frasquito Ponte Delgado, empezó a resentirse +Juliana de alteraciones muy extrañas en su salud. La que por su lozana +robustez había hecho gala de compararse a las mulas, daba en la tontería +de padecer lo más contrario a su natural perfectamente equilibrado. ¿Qué +era ello? Embelecos nerviosos y ráfagas de histerismo, afecciones de que +Juliana se había reído más de una vez, atribuyéndolas a remilgos de +mujeres mimosas y a trastornos imaginarios, que, según ella, curaban los +maridos con _jarabe de fresno_. + +Comenzó el mal de Juliana por insomnios rebeldes: se levantaba todas las +mañanas sin haber pegado los ojos; a los pocos días del insomnio empezó +a perder el apetito, y, por fin, al no dormir se agregaron sobresaltos y +angustiosos temores por las noches, y de día una melancolía negra, +pesada, fúnebre. Lo peor para la familia fue que con estos alifafes +enojosos no se atenuaba el absolutismo gobernante de la tirana, sino +que se agravaba. Antonio le proponía sacarla a paseo, y ella a paseo le +mandaba con cien mil pares de demonios. Hízose displicente, y también +mal hablada, grosera, insoportable. + +Por fin, sus monomanías histéricas se condensaron en una sola, en la +idea de que los mellizos no gozaban de buena salud. De nada valía la +evidencia de la extraordinaria robustez de los niños. Con las +precauciones de que les rodeaba, y los cuidados prolijos y minuciosos +que en su conservación ponía, les molestaba, les hacía llorar. De noche +arrojábase del lecho asegurando que las criaturas nadaban en sangre, +degolladas por un asesino invisible. Si tosían, era que se ahogaban; si +comían mal, era que les habían envenenado. + +Una mañana salió precipitadamente, con mantón y pañuelo a la cabeza, y +se fue a los barrios del Sur buscando a Benina, con quien tenía que +hablar. Y por Dios que no gastó pocas horas en encontrarla, porque ya no +vivía en Santa Casilda, sino en los quintos infiernos, o sea en la +carretera de Toledo, a mano izquierda del Puente. Allí la encontró +después de enfadosas pesquisas, dando vueltas y rodeos por aquellos +extraviados caseríos. Vivía la anciana con el moro en una casita, que +más bien parecía choza, situada en los terrenos que dominan la +carretera por el Sur. Almudena iba mejorando de la asquerosa enfermedad +de la piel; pero aún se veía su rostro enmascarado de costras +repugnantes: no salía de casa, y la anciana iba todas las mañanitas a +ganarse la vida pidiendo en San Andrés. No sorprendió poco a Juliana el +verla en buenas apariencias de salud, y además alegre, sereno el +espíritu, y bien asentado en el cimiento de la conformidad con su +suerte. + +«Vengo a reñir con usted, _señá_ Benina--le dijo sentándose en una +piedra, frente a la casucha, junto a la artesa en que la pobre mujer +lavaba, a respetable distancia del ciego, echadito a la sombra--. Sí, +señora, porque usted quedó en ir a recoger la comida sobrante en nuestra +casa, y no ha parecido por allí, ni hemos vuelto a verle el pelo. + +--Pues le diré, señora Juliana--replicó Nina--. Puede creerme que no ha +sido desprecio; no señora, no ha sido desprecio. Es que no lo he +necesitado. Tengo la comida de otra casa, con lo cual y lo que saco nos +basta; y así, bien puede usted dárselo a otro pobre, y para su +conciencia es lo mismo... ¿Qué quiere usted saber? ¿Que quién me da la +comida? Veo que le pica la curiosidad. Pues debo esa bendita limosna a +D. Romualdo Cedrón... le he conocido en San Andrés, donde dice la +Misa... Sí, señora: D. Romualdo, que es un santo, para que lo sepa... Y +ya estoy segura, después de mucho cavilar, que no es el D. Romualdo que +yo inventé, sino otro que se parece a él como se parecen dos gotas de +agua. Inventa unas cosas que luego salen verdad, o las verdades, antes +de ser verdades, un suponer, han sido mentiras muy gordas... Con que ya +lo sabe». + +Declaró la ribeteadora que se alegraba mucho de lo que oía referir; y +que puesto que Don Romualdo la favorecía, Doña Paca y ella darían sus +sobrantes de comida a otros menesterosos. Pero algo más tenía que +decirle: «Yo estoy en deuda con usted, Benina, pues _dispuse_ que mi +madre política, a quien gobierno con una hebra de seda, le señalaría a +usted dos reales diarios... Como no nos hemos visto por ninguna parte, +no he podido cumplir con usted; pero me pesan, me pesan en la conciencia +los dos reales diarios, y aquí se los traigo en quince pesetas, que +hacen el mes completo, _señá_ Benina. + +--Pues lo tomo, sí señora--dijo Nina gozosa--; que esto no es de +despreciar... Vienen a mí estas pesetillas como caídas del cielo, porque +tengo una deuda con la _Pitusa_, calle de Mediodía Grande, y lo +arreglamos dándole yo lo que fuera reuniendo, y peseta por duro de +rédito. Con esto llego a la mitad y un poquito más. Pedradas de estas me +vengan todos los días, señora Juliana. Sabe que se le agradece, y +quiera Dios dárselo en salud para sí, y para su marido y los nenes». + +Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la +chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños, +incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada +de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su +existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus niños. +No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían +malos... se morían sin remedio. + +Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se +dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid. +Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la +mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los +ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica. + +«¿Qué te pasa, Juliana?--le preguntó Nina tuteándola por primera vez. + +--¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren! + +--¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos? + +--Sí... digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se +mueren... ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago +más que llorar y llorar... Ya lo ve usted... + +--Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, +mujer. + +--A eso vengo, _señá_ Benina, porque desde anoche se me ha metido en la +cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar. + +--¿Cómo? + +--Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños... mandándome que +no lo crea. + +--¿Yo?... + +--Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea... +Porque... lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala... + +--Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se +mueren, que tus hijos están sanos y robustos. + +--¿Ve usted?... La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que +dice... Nina, Nina, es usted una santa. + +--Yo no soy santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal... +No llores... y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar». + +FIN DE LA NOVELA + +Madrid, Marzo-Abril de 1897 + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Misericordia, by Benito Pérez Galdós + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MISERICORDIA *** + +***** This file should be named 21831-8.txt or 21831-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/1/8/3/21831/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at https://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. diff --git a/21831-8.zip b/21831-8.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..6715f4d --- /dev/null +++ b/21831-8.zip diff --git a/21831-h.zip b/21831-h.zip Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..b725099 --- /dev/null +++ b/21831-h.zip diff --git a/21831-h/21831-h.htm b/21831-h/21831-h.htm new file mode 100644 index 0000000..6ffc527 --- /dev/null +++ b/21831-h/21831-h.htm @@ -0,0 +1,9794 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" + "http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml"> + <head> + <meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> + <title> + The Project Gutenberg eBook of Misericordia, by Benito Pérez Galdós. + </title> + <style type="text/css"> +/*<![CDATA[ XML blockout */ +<!-- + p { margin-top: .75em; + text-align: justify; + margin-bottom: .75em; + text-indent: 2%; + } + h1,h2 { + text-align: center; + clear: both; + } + hr { width: 50%; + margin-top: 2em; + margin-bottom: 2em; + margin-left: auto; + margin-right: auto; + clear: both; + } + table {margin-left: 20%; margin-right: 20%;} + body{margin-left: 10%; + margin-right: 10%; + background:#fdfdfd; + color:black; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + a:link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + link {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:visited {background-color: #ffffff; color: blue; text-decoration: none; } + a:hover {background-color: #ffffff; color: red; text-decoration:underline; } + .smcap {font-variant: small-caps; + font-family: "Times New Roman", serif; + font-size: large; + } + // --> + /* XML end ]]>*/ + </style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of Misericordia, by Benito Pérez Galdós + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Misericordia + +Author: Benito Pérez Galdós + +Release Date: June 14, 2007 [EBook #21831] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MISERICORDIA *** + + + + +Produced by Chuck Greif + + + + + +</pre> + + +<hr /> + +<h1>Misericordia</h1> + +<h2>Benito Pérez Galdós</h2> +<hr /> + +<p><a name="toc" id="toc"></a></p> +<table summary="toc"> +<tr><td style="text-indent: -5%;"><b>Capítulos:</b> +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X, </b></a> +<a href="#XI"><b>XI, </b></a> +<a href="#XII"><b>XII, </b></a> +<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a> +<a href="#XIV"><b>XIV, </b></a> +<a href="#XV"><b>XV, </b></a> +<a href="#XVI"><b>XVI, </b></a> +<a href="#XVII"><b>XVII, </b></a> +<a href="#XVIII"><b>XVIII, </b></a> +<a href="#XIX"><b>XIX, </b></a> +<a href="#XX"><b>XX, </b></a> +<a href="#XXI"><b>XXI, </b></a> +<a href="#XXII"><b>XXII, </b></a> +<a href="#XXIII"><b>XXIII, </b></a> +<a href="#XXIV"><b>XXIV, </b></a> +<a href="#XXV"><b>XXV, </b></a> +<a href="#XXVI"><b>XXVI, </b></a> +<a href="#XXVII"><b>XXVII, </b></a> +<a href="#XXVIII"><b>XXVIII, </b></a> +<a href="#XXIX"><b>XXIX, </b></a> +<a href="#XXX"><b>XXX, </b></a> +<a href="#XXXI"><b>XXXI, </b></a> +<a href="#XXXII"><b>XXXII, </b></a> +<a href="#XXXIII"><b>XXXIII, </b></a> +<a href="#XXXIV"><b>XXXIV, </b></a> +<a href="#XXXV"><b>XXXV, </b></a> +<a href="#XXXVI"><b>XXXVI, </b></a> +<a href="#XXXVII"><b>XXXVII, </b></a> +<a href="#XXXVIII"><b>XXXVIII, </b></a> +<a href="#XXXIX"><b>XXXIX, </b></a> +<a href="#XL"><b>XL, </b></a> +<a href="#Final"><b>Final</b></a> +</td></tr> +</table> + + +<hr /> +<h2><a name="I" id="I"></a><a href="#toc">I</a></h2> + + +<p>Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián... +mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son más +graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos +por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza +del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más +puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan +maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana, +la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien +danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y +vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en +jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra +banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios +cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un +mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí +advertiréis el encanto, la simpatía, el <i>ángel</i>, dicho sea en andaluz, +que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas +de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como +un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio +bifronte, con su torre <i>barbiana</i>, el cupulín de la capilla de la +Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de +ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto +campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, <i>majo</i>, por decirlo de +una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente, +como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también +es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos +viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo +mamarracho.</p> + +<p>Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida +de fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entra +por la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y no +necesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagrado +culto por una parte y otra, porque tenemos un <i>contador</i> infalible: los +pobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte +la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de +guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera +de lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras que +van a donde lavan.</p> + +<p>Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en el +patinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y +San Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puede +escaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. En +rigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permiten a +los intrépidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque +los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las +inclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel o +pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas +a derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidable +ocupación del terreno y táctica exquisita, no se escapa un cristiano, y +forzar el túnel no es menos difícil y glorioso que el memorable paso de +las Termópilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y +media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitas +viejas, ciegos machacones, reforzados por niños de una acometividad +irresistible (entiéndase que se aplican estos términos al arte de la +postulación), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora de +comer, pues también aquel ejército se raciona metódicamente, para volver +con nuevos bríos a la campaña de la tarde. Al caer de la noche, si no +hay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, o +Adoración Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatiente +a su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso al +escondrijo donde mal vive. Por de pronto, observémosle en su rudo luchar +por la pícara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cual +no hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sino +pulgas y otras feroces alimañas.</p> + +<p>Una mañana de Marzo, ventosa y glacial, en que se helaban las palabras +en la boca, y azotaba el rostro de los transeúntes un polvo que por lo +frío parecía nieve molida, se replegó el ejército al interior del +pasadizo, quedando sólo en la puerta de hierro de la calle de San +Sebastián un ciego entrado en años, de nombre Pulido, que debía de +tener cuerpo de bronce, y por sangre alcohol o mercurio, según resistía +las temperaturas extremas, siempre fuerte, sano, y con unos colores que +daban envidia a las flores del cercano puesto. La florista se replegó +también en el interior de su garita, y metiendo consigo los tiestos y +manojos de siemprevivas, se puso a tejer coronas para niños muertos. En +el patio, que fue <i>Zementerio de S. Sebastián</i>, como declara el azulejo +empotrado en la pared sobre la puerta, no se veían más seres vivientes +que las poquísimas señoras que a la carrera lo atravesaban para entrar +en la iglesia o salir de ella, tapándose la boca con la misma mano en +que llevaban el libro de oraciones, o algún clérigo que se encaminaba a +la sacristía, con el manteo arrebatado del viento, como pájaro negro que +ahueca las plumas y estira las alas, asegurando con su mano crispada la +teja, que también quería ser pájaro y darse una vuelta por encima de la +torre.</p> + +<p>Ninguno de los entrantes o salientes hacía caso del pobre Pulido, porque +ya tenían costumbre de verle impávido en su guardia, tan insensible a la +nieve como al calor sofocante, con su mano extendida, mal envuelto en +raída capita de paño pardo, modulando sin cesar palabras tristes, que +salían congeladas de sus labios. Aquel día, el viento jugaba con los +pelos blancos de su barba, metiéndoselos por la nariz y pegándoselos al +rostro, húmedo por el lagrimeo que el intenso frío producía en sus +muertos ojos. Eran las nueve, y aún no se había estrenado el hombre. Día +más <i>perro</i> que aquel no se había visto en todo el año, que desde Reyes +venía siendo un año fulastre, pues el día del santo patrono (20 de +Enero) sólo <i>se habían hecho</i> doce <i>chicas</i>, la mitad aproximadamente que +el año anterior, y la Candelaria y la novena del bendito San Blas, que +otros años fueron tan de provecho, vinieron en aquel con diarios de +siete <i>chicas</i>, de cinco <i>chicas</i>: ¡valiente puñado! «Y me <i>paice</i> a +mí—decía para sus andrajos el buen Pulido, bebiéndose las lágrimas y +escupiendo los pelos de su barba—, que el amigo San José también nos +vendrá con mala pata... ¡Quién se acuerda del San José del primer año de +Amadeo!... Pero ya ni los santos del cielo son como es debido. Todo se +acaba, Señor, hasta <i>el fruto de la festividá</i>, o, como quien dice, la +<i>probeza honrada</i>. Todo es por tanto pillo como hay en la política +<i>pulpitante</i>, y el aquel de las suscriciones para las <i>vítimas</i>. Yo que +Dios, mandaría a los ángeles que reventaran a todos esos que en los +papeles andan siempre inventando <i>vítimas</i>, al cuento de jorobarnos a +los pobres <i>de tanda</i>. Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales por +un lado, el <i>Congrieso</i> dichoso, y por otro las <i>congriogaciones</i>, los +<i>metingos</i> y <i>discursiones</i> y tantas cosas de imprenta, quitan la +voluntad a los más cristianos... Lo que digo: quieren que no <i>haiga</i> +pobres, y se saldrán con la suya. Pero <i>pa</i> entonces, yo quiero saber +quién es el guapo que saca las ánimas del Purgatorio... Ya, ya se +pudrirán allá las señoras almas, sin que la cristiandad se acuerde de +ellas, porque... a mí que no me digan: el rezo de los ricos, con la +barriga bien llena y las carnes bien abrigadas, no vale... por Dios vivo +que no vale».</p> + +<p>Al llegar aquí en su meditación, acercósele un sujeto de baja estatura, +con luenga capa que casi le arrastraba, rechoncho, como de sesenta años, +de dulce mirar, la barba cana y recortada, vestido con desaliño; y +poniéndole en la mano una perra grande, que sacó de un cartucho que sin +duda destinaba a las limosnas del día, le dijo: «No te la esperabas hoy: +di la verdad. ¡Con este día!...</p> + +<p>---Sí que la esperaba, mi Sr. D. Carlos—replicó el ciego besando la +moneda—, porque hoy es el <i>universario</i>, y usted no había de faltar, +aunque se helara el cero de los <i>terremotos</i> (sin duda quería decir +<i>termómetros</i>).</p> + +<p>—Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es +flojo milagro con estas heladas y este pícaro viento Norte, capaz de +encajarle una pulmonía al caballo de la Plaza Mayor. Y tú, Pulido, ten +cuidado. ¿Por qué no te vas adentro?</p> + +<p>—Yo soy de bronce, Sr. D. Carlos, y a mí ni la muerte me quiere. Mejor +se está aquí con la ventisca, que en los interiores, alternando con esas +viejas charlatanas, que no tienen educación... Lo que yo digo: la +educación es lo primero, y sin educación, ¿cómo quieren que <i>haiga</i> +caridad?... D. Carlos, que el Señor se lo aumente, y se lo dé de +gloria...».</p> + +<p>Antes de que concluyera la frase, el D. Carlos voló; y lo digo así, +porque el terrible huracán hizo presa en su desmedida capa, y allá +veríais al hombre, con todo el paño arremolinado en la cabeza, dando +tumbos y giros, como un rollo de tela o un pedazo de alfombra +arrebatados por el viento, hasta que fue a dar de golpe contra la +puerta, y entró ruidosa y atropelladamente, desembarazando su cabeza del +trapo que la envolvía. «¡Qué día... vaya con el día de porra!»—exclamaba +el buen señor, rodeado del enjambre de pobres, que con chillidos +plañideros le saludaron; y las flacas manos de las viejas le ayudaban a +componer y estirar sobre sus hombros la capa. Acto continuo repartió las +perras, que iba sacando del cartucho una a una, sobándolas un poquito +antes de entregarlas, para que no se le escurriesen dos pegadas; y +despidiéndose al fin de la pobretería con un sermoncillo gangoso, +exhortándoles a la paciencia y humildad, guardó el cartucho, que aún +tenía monedas para los de la puerta del frontis de Atocha, y se metió en +la iglesia.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="II" id="II"></a><a href="#toc">II</a></h2> + + +<p>Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigió a la +capilla de Nuestra Señora de la Blanca. Era hombre tan extremadamente +metódico, que su vida entera encajaba dentro de un programa +irreductible, determinante de sus actos todos, así morales como físicos, +de las graves resoluciones, así como de los pasatiempos insignificantes, +y hasta del moverse y del respirar. Con un solo ejemplo se demuestra el +poder de la rutinaria costumbre en aquel santo varón, y es que, viviendo +en aquellos días de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siempre +por la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin que +hubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en los +treinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de la +Plazuela del Ángel. Salía invariablemente por la calle de Atocha, aunque +a la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de la +Cruz.</p> + +<p>Humillado ante el altar de los Dolores, y después ante la imagen de San +Lesmes, permanecía buen rato en abstracción mística; despacito recorría +todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasión +se alteraba; oía luego dos misitas, siempre dos, ni una más ni una +menos; hacía otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en la +capilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacristía, donde con +el coadjutor o el sacristán se permitía una breve charla, tratando del +tiempo, o de <i>lo malo que está todo</i>, o bien de comentar el cómo y el +por qué de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por la +puerta que da a la calle de Atocha, donde repartía las últimas monedas +del cartucho. Tal era su previsión, que rara vez dejaba de llevar la +cantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: como +aconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya sabía el mendigo +que la tenía segura al día siguiente; y si sobraba, se corría el buen +señor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichada +en que ponerla.</p> + +<p>Pues señor, entró D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta +que llamaremos del Cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos +de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a +picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer, +¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y +sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta, y +que, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse? +En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque +cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias +usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la +palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable +del dime y direte.</p> + +<p>«¿No <i>vus</i> dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habéis visto. Decir +ahora si yo me equivoco y no estoy al tanto.</p> + +<p>—Yo también lo dije... Toma... como que es el <i>aniversario del mes</i>, día +24; quiere decir que cumple mes la defunción de su esposa, y Don Carlos +bendito no falta este día, aunque lluevan ruedas de molino, porque otro +más cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid.</p> + +<p>—Pues yo me temía que no viniera, motivado al frío que hace, y pensé +que, por ser día de perra gorda, el buen señor suprimía la <i>festividá</i>.</p> + +<p>—Hubiéralo dado mañana, bien lo sabes, Crescencia, que D. Carlos sabe +cumplir y paga lo que debe.</p> + +<p>—Hubiéranos dado mañana la gorda de hoy, eso sí; pero quitándonos la +chica de mañana. Pues ¿qué crees tú, que aquí no sabemos de cuentas? Sin +agraviar, yo sé ajustarlas como la misma luz, y sé que el D. Carlos, +cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarse +algunos días, lo cual que ha de saberle mal a la difunta.</p> + +<p>—Cállate, mala lengua.</p> + +<p>—Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona!</p> + +<p>—¡Lenguaza!».</p> + +<p>Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se +entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas +ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas +vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La +<i>señá</i> Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien +tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues +en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres +humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás, +y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata, +siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del +envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano +de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases +altaneras y descorteses tenía por nombre <i>Flora</i> y por apodo <i>la +Burlada</i>, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña +y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el +miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía +que decir algo picante y malévolo cuando los demás <i>repartijaban</i>, y +nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos +sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia. +Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover +de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus +encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca, +asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba +su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo, +cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y +la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las +ideas con un temblor insultante.</p> + +<p>Tipo contrario al de <i>la Burlada</i> era el de <i>señá</i> Casiana: alta, +huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por +llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de +los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran +todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y +feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin +brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de +gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios +delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar +rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a <i>la +Burlada</i> podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo +en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un +caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros, +cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el +otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda +región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división +capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo +mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el +principio de distinción capital. Las <i>antiguas</i>, o sea las que llevaban +ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de +preeminencias que por todos eran respetadas, y las <i>nuevas</i> no tenían +más remedio que conformarse. Las <i>antiguas</i> disfrutaban de los mejores +puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto +a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen +esta jurisprudencia en beneficio de alguna <i>nueva</i>, ya les había caído +que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso +acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas +colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las +<i>antiguas</i>; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para +que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a +la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era +fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la +preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo +dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el +antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden +determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro, +dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas; +<i>la Burlada</i>, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más +nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial +o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la +chispa de la discordia.</p> + +<p>La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o +salida de fieles. Pero <i>la Burlada</i> no podía refrenar su reconcomio, y +en la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de +quien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás, +se deslenguó nuevamente con la <i>antigua</i>, diciéndole: «Adulona, más que +adulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienes +casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se +sabe.</p> + +<p>—Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que te +enseñe la educación.</p> + +<p>—¡A ver!...</p> + +<p>—No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.</p> + +<p>—Pero, señoras, por Dios—dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio más +próximo a la iglesia—. Arreparen que están alzando el Santísimo +Sacramento.</p> + +<p>—Es esta habladora, escorpionaza.</p> + +<p>—Es esta dominanta... ¡A ver!... Pues, hija, ya que eres <i>caporala</i>, no +tires tanto de la cuerda, y deja que las <i>nuevas</i> alcancemos algo de la +limosna, que todas <i>semos</i> hijas de Dios... ¡A ver!</p> + +<p>—¡Silencio, digo!</p> + +<p>—¡Ay, hija... ni que <i>fuas</i> Cánovas!».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="III" id="III"></a><a href="#toc">III</a></h2> + + +<p>Más adentro, como a la mitad del pasadizo, a la izquierda, había otro +grupo, compuesto de un ciego, sentado; una mujer, también sentada, con +dos niñas pequeñuelas, y junto a ella, en pie, silenciosa y rígida, una +vieja con traje y manto negros. Algunos pasos más allá, a corta +distancia de la iglesia, se apoyaba en la pared, cargando el cuerpo +sobre las muletas, el cojo y manco Elíseo Martínez, que gozaba el +privilegio de vender en aquel sitio <i>La Semana Católica</i>. Era, después +de Casiana, la persona de más autoridad y mangoneo en la cuadrilla, y +como su lugarteniente o mayor general.</p> + +<p>Total: siete reverendos mendigos, que espero han de quedar bien +registrados aquí, con las convenientes distinciones de figura, palabra y +carácter. Vamos con ellos.</p> + +<p>La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente, +era, además de <i>nueva</i>, temporera, porque acudía a la mendicidad por +lapsos de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin duda +por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran. +Respondía al nombre de la <i>señá Benina</i> (de lo cual se infiere que +Benigna se llamaba), y era la más callada y humilde de la comunidad, si +así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de +perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los +<i>parroquianos</i> que entraban o salían; en los <i>repartos</i>, aun siendo +leoninos, nunca formuló protesta, ni se la vio siguiendo de cerca ni de +lejos la bandera turbulenta y demagógica de la <i>Burlada</i>. Con todas y +con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con +miramiento a la Casiana, con respeto al cojo, y únicamente se permitía +trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia, +con el ciego llamado Almudena, del cual, por el pronto, no diré más sino +que es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh. +Fijarse bien.</p> + +<p>Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena +educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante +que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas +perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos, +grandes y obscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y +los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras +de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no +terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera, y aún +conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la +frente; sobre ella pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo +mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la +expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de +líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en +penitencia. Faltábanle sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si +bien podría creerse que hacía las veces de esta el lobanillo del tamaño +de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más +arriba del entrecejo.</p> + +<p>A eso de las diez, la Casiana salió al patio para ir a la sacristía +(donde tenía gran metimiento, como <i>antigua</i>), para tratar con D. Senén +de alguna incumbencia desconocida para los compañeros y por lo mismo muy +comentada. Lo mismo fue salir la <i>caporala</i>, que correrse la Burlada +hacia el otro grupo, como un envoltorio que se echara a rodar por el +pasadizo, y sentándose entre la mujer que pedía con dos niñas, llamada +Demetria, y el ciego marroquí, dio suelta a la lengua, más cortante y +afilada que las diez uñas lagartijeras de sus dedos negros y rapantes.</p> + +<p>«¿Pero qué, no creéis lo que vos dije? La <i>caporala</i> es rica, mismamente +rica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí nos lo quita a +las que <i>semos</i> de verdadera <i>solenidá</i>, porque no tenemos más que el +día y la noche.</p> + +<p>—Vive por allá arriba—indicó la Crescencia—, <i>orilla en ca los Paúles</i>.</p> + +<p>—¡Quiá, no, señora! Eso era antes. Yo lo sé todo—prosiguió la Burlada, +haciendo presa en el aire con sus uñas—. A mí no me la da ésa, y he +tomado lenguas. Vive en Cuatro Caminos, donde tiene corral, y en él +cría, con perdón, un cerdo; sin agraviar a nadie, el mejor cerdo de +Cuatro Caminos.</p> + +<p>—¿Ha visto usted la jorobada que viene por ella?</p> + +<p>—¿Que si la he visto? Esa cree que <i>semos</i> bobas. La corcovada es su +hija, y por más señas costurera, ¿sabes?, y con achaque de la joroba, +pide también. Pero es modista, y gana dinero para casa... Total, que +allí son ricos, el Señor me perdone; ricos sinvergonzonazos, que engañan +a nosotras y a la Santa Iglesia católica, apostólica. Y como no gasta +nada en comer, porque tiene dos o tres casas de donde le traen todos los +días los cazolones de cocido, que es la gloria de Dios... ¡a ver!</p> + +<p>—Ayer—dijo Demetria quitándole la teta a la niña—, bien lo <i>vide</i>. Le +trajeron...</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—Pues un arroz con almejas, que lo menos había para siete personas.</p> + +<p>—¡A ver!... ¿Estás segura de que era con almejas? ¿Y qué, <i>golía</i> bien?</p> + +<p>—¡Vaya si <i>golía</i>!... Los cazolones los tiene en <i>ca</i> el sacristán. Allí +vienen y se los llenan, y hala con todo para Cuatro Caminos.</p> + +<p>—El marido...—añadió la Burlada echando lumbre por los ojos—, es uno que +vende teas y perejil... Ha sido <i>melitar</i>, y tiene siete cruces sencillas +y una con cinco <i>riales</i>... Ya ves qué familia. Y aquí me tienes que hoy +no he comido más que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijo +la Ricarda en el cajón de Chamberí, tendré que quedarme al santo raso. +¿Tú qué dices, Almudena?</p> + +<p>El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con áspera y +dificultosa lengua:</p> + +<p>—¿Hablar vos del <i>Piche</i>? Conocierle mí. No ser marido la Casiana con +casarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz, +quirido.</p> + +<p>—¿Conócesle tú?</p> + +<p>—Conocierle mí, comprarmi dos rosarios él... de mi tierra dos rosarios, +y una pieldra imán. Diniero él, mucho diniero... Ser capatazo de la sopa +en el Sagriado Corazón de allá... y en toda la probieza de allá, +mandando él, con garrota él... barrio Salmanca... capatazo... Malo, mu +malo, y no dejar comer... Ser un criado del Goberno, del Goberno malo de +Ispania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajas +soterranas. Guardar él, matarnos de hambre él...</p> + +<p>—Es lo que faltaba—dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira—; que +también tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos.</p> + +<p>—¡Tanto como eso!... Vaya usted a saber—indicó la Demetria, volviendo a +dar la teta a la criatura, que había empezado a chillar—. ¡Calla, +tragona!</p> + +<p>—¡A ver!... Con tanto <i>chupío</i>, no sé cómo vives, hija... Y usted, señá +Benina, ¿qué cree?</p> + +<p>—¿Yo?... ¿De qué?</p> + +<p>—De si <i>tien</i> o no <i>tien</i> dinero en el Banco.</p> + +<p>—¿Y a mí qué? Con su pan se lo coman.</p> + +<p>—Con el nuestro, ¡ja, ja!... y encima codillo de jamón.</p> + +<p>—¡A callar se ha dicho!—gritó el cojo, vendedor de <i>La Semana</i>—. Aquí se +viene a lo que se viene, y a guardar la <i>circuspición</i>.</p> + +<p>—Ya callamos, hombre, ya callamos. ¡A ver!... ¡Ni que <i>fuas</i> Vítor +Manuel, el que puso preso al Papa!</p> + +<p>—Callar, digo, y tengan más religión.</p> + +<p>—Religión tengo, aunque no como con la Iglesia como tú, pues yo vivo en +compañía del hambre, y mi negocio es miraros tragar y ver los +<i>papelaos</i> de cosas ricas que vos traen de las casas. Pero no tenemos +envidia, ¿sabes, Eliseo? y nos alegramos de ser pobres y de morirnos de +flato, para irnos en globo al cielo, mientras que tú...</p> + +<p>—Yo ¿qué?</p> + +<p>—¡A ver!... Pues que estás rico, Eliseo; no niegues que estás rico... +Con la <i>Semana</i>, y lo que te dan D. Senén y el señor cura... Ya sabemos: +el que parte y reparte... No es por murmurar: Dios me libre. Bendita sea +nuestra santa miseria... El Señor te lo aumente. Dígolo porque te estoy +agradecida, Eliseo. Cuando me cogió el coche en la calle de la Luna... +fue el día que llevaron a ese Sr. de Zorrilla... pues, como digo, mes y +medio estuve en el <i>espital</i>, y cuando salí, tú, viéndome sola y +desamparada, me dijiste: «<i>Señá</i> Flora, ¿por qué no se pone a pedir en +un templo, quitándose de la <i>santimperie</i>, y arrimándose al cisco de la +religión? Véngase conmigo y verá cómo puede sacar un diario, sin rodar +por las calles, y tratando con pobres decentes». Eso me dijiste, Eliseo, +y yo me eché a llorar, y me vine acá contigo. De lo cual vino el estar +yo aquí, y muy agradecida a tu <i>conduta</i> fina y de caballero. Sabes que +rezo un Padrenuestro por ti todos los días, y le pido al Señor que te +haga más rico de lo que eres; que vendas <i>sinfinidá</i> de <i>Semanas</i>, y +que te traigan buen bodrio del café y de la casa de los señores condes, +para que te hartes tú y la <i>carreterona</i> de tu mujer. ¿Qué importa que +Crescencia y yo, y este pobre Almudena, nos desayunemos a las <i>doce del +mediodía</i> con un mendrugo, que serviría para empedrar las santas calles? +Yo le pido al Señor que no te falte para el aguardentazo. Tú lo +necesitas para vivir; yo me moriría si lo catara... ¡Y ojalá que tus dos +hijos lleguen a duques! Al uno le tienes de aprendiz de tornero, y te +mete en casa seis reales cada semana; al otro le tienes en una taberna +de las Maldonadas, y saca buenas propinillas de las golfas, con +perdón... El Señor te los conserve, y te los aumente cada año, y véate +yo vestido de terciopelo y con una pata nueva de palo santo, y a tu +tarasca véala yo con sombrero de plumas. Soy agradecida: se me ha +olvidado el comer, de las hambres que paso; pero no tengo malos +quereres, Eliseo de mi alma, y lo que a mí me falta tenlo tú, y come y +bebe, y emborráchate; y ten casa de balcón con mesas de <i>de noche</i>, y +camas de hierro con sus colchas rameadas, tan limpias como las del Rey; +y ten hijos que lleven boina nueva y alpargata de suela, y niña que +gaste toquilla rosa y zapatito de charol los domingos, y ten un buen +anafre, y buenos felpudos para delante de las camas, y cocina de <i>co</i>, +con papeles nuevos, y una batería que da gloria con <i>tantismas</i> +cazoletas; y buenas láminas del Cristo de la Caña y Santa Bárbara +bendita, y una cómoda llena de ropa blanca; y pantallas con flores, y +hasta máquina de coser que no sirve, pero encima de ella pones la pila +de <i>Semanas</i>; ten también muchos amigos y vecinos buenos, y las grandes +casas de acá, con señores que por verte inválido te dan barreduras del +almacén de azúcar, y <i>papelaos</i> del café de <i>la moca</i>, y de arroz de +tres pasadas; ten también metimiento con las señoras de la Conferencia, +para que te paguen la casa o la cédula, y den plancha de fino a tu +mujer... ten eso y más, y más, Eliseo...</p> + +<p>Cortó los despotriques vertiginosos de la Burlada, produciendo un +silencio terrorífico en el pasadizo, la repentina aparición de la <i>señá</i> +Casiana por la puerta de la iglesia.</p> + +<p>—Ya salen de misa mayor—dijo; y encarándose después con la habladora, +echó sobre ella toda su autoridad con estas despóticas palabras: +«Burlada, pronto a tu puesto, y cerrar el pico, que estamos en la casa +de Dios».</p> + +<p>Empezaba a salir gente, y caían algunas limosnas, pocas. Los casos de +ronda total, dando igual cantidad a todos, eran muy raros, y aquel día +las escasas moneditas de cinco y dos céntimos iban a parar a las manos +diligentes de Eliseo o de la <i>caporala</i>, y algo le tocó también a la +Demetria y a <i>señá</i> Benina. Los demás poco o nada lograron, y la ciega +Crescencia se lamentó de no haberse estrenado. Mientras Casiana hablaba +en voz baja con Demetria, la Burlada pegó la hebra con Crescencia en el +rincón próximo a la puerta del patio.</p> + +<p>—¡Qué le estará diciendo a la Demetria!</p> + +<p>—A saber... Cosas de ellas.</p> + +<p>—Me ha <i>golido</i> a bonos por el funeral <i>de presencia</i> que tenemos mañana. +A Demetria le dan más, por ser <i>arrecomendada</i> de ese que celebra la +primera misa, el D. Rodriguito de las medias moradas, que dicen es +secretario del Papa.</p> + +<p>—Le darán toda la carne, y a nosotras los huesos.</p> + +<p>—¡A ver!... Siempre lo mismo. No hay como andar con dos o tres criaturas +a cuestas para sacar tajada. Y no miran a la decencia, porque estas +holgazanotas, como Demetria, sobre ser unas grandísimas pendonazas, +hacen luego del vicio su comercio. Ya ves: cada año se trae una +lechigada, y criando a uno, ya tiene en el buche los huesos del año que +viene.</p> + +<p>—¿Y es casada?</p> + +<p>—Como tú y como yo. De mí nada dirán, pues en San Andrés bendito me casé +con mi Roque, que está en gloria, de la consecuencia de una caída del +andamio. Esta dice que tiene el marido en <i>Celiplinas</i>, y será que +desde allá le hace los chiquillos... por carta... ¡Ay, qué mundo! Te +digo que sin criaturas no se saca nada: los señores no miran a la +<i>dinidá</i> de una, sino a si da el pecho o no da el pecho. Les da lástima +de las criaturas, sin reparar en que más <i>honrás</i> somos las que no las +tenemos, las que estamos en la <i>senetú</i>, hartas de trabajos y sin poder +valernos. Pero vete tú ahora a <i>golver</i> del revés el mundo, y a gobernar +la compasión de los señores. Por eso se dice que todo anda trastornado y +al revés, hasta los cielos benditos, y lleva razón Pulido cuando habla +de la <i>rigolución mu</i> gorda, <i>mu</i> gorda, que ha de venir para meter en +cintura a ricos miserables y a pobres <i>ensalzaos</i>».</p> + +<p>Concluía la charlatana vieja su perorata, cuando ocurrió un suceso tan +extraño, fenomenal e inaudito, que no podría ser comparado sino a la +súbita caída de un rayo en medio de la comunidad mendicante, o a la +explosión de una bomba: tales fueron el estupor y azoramiento que en +toda la caterva mísera produjo. Los más antiguos no recordaban nada +semejante; los nuevos no sabían lo que les pasaba. Quedáronse todos +mudos, perplejos, espantados. ¿Y qué fue, en suma? Pues nada: que Don +Carlos Moreno Trujillo, que toda la vida, desde que <i>el mundo era +mundo</i>, salía infaliblemente por la puerta de la calle de Atocha... no +alteró aquel día su inveterada costumbre; pero a los pocos pasos volvió +adentro, para salir por la calle de las Huertas, hecho singularísimo, +absurdo, equivalente a un retroceso del sol en su carrera.</p> + +<p>Pero no fue principal causa de la sorpresa y confusión la desusada +salida por aquella parte, sino que D. Carlos se paró en medio de los +pobres (que se agruparon en torno a él, creyendo que les iba a repartir +otra perra por barba), les miró como pasándoles revista, y dijo: «Eh, +señoras ancianas, ¿quién de vosotras es la que llaman la <i>señá</i> Benina?».</p> + +<p>—Yo, señor, yo soy—dijo la que así se llamaba, adelantándose temerosa de +que alguna de sus compañeras le quitase el nombre y el estado civil.</p> + +<p>—Esa es—añadió la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese que +hacía falta su <i>exequatur</i> de caporala para conocimiento o certificación +de la personalidad de sus inferiores.</p> + +<p>—Pues, <i>señá</i> Benina—agregó D. Carlos embozándose hasta los ojos para +afrontar el frío de la calle—, mañana, a las ocho y media, se pasa usted +por casa; tenemos que hablar. ¿Sabe usted dónde vivo?</p> + +<p>—Yo la acompañaré—dijo Eliseo echándosela de servicial y diligente en +obsequio del señor y de la mendiga.</p> + +<p>—Bueno. La espero a usted, <i>señá</i> Benina.</p> + +<p>—Descuide el señor.</p> + +<p>—A las ocho y media en punto. Fíjese bien—añadió D. Carlos a gritos, que +resultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas húmedas del +embozo raído—. Si va usted antes, tendrá que esperarse, y si va después, +no me encuentra... Ea, con Dios. Mañana es 25: me toca en Montserrat, y +después, al cementerio. Con que...</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="IV" id="IV"></a><a href="#toc">IV</a></h2> + + +<p>¡María Santísima, San José bendito, qué comentarios, qué febril +curiosidad, qué ansia de investigar y sorprender los propósitos del buen +D. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresa +privó a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cual +andaba la procesión... dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La +<i>señá</i> Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, se +despidió afectuosamente, como siempre lo hacía, y se fue. Siguiola, con +minutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezaron +a saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa y +confusión: «Ya lo sabremos mañana... Será por desempeñarla... Tiene más +de cuarenta papeletas.</p> + +<p>—Aquí todas nacen de pie—dijo <i>la Burlada</i> a Crescencia—, menos +nosotras, que hemos caído en el mundo como talegos».</p> + +<p>Y la Casiana, afilando más su cara caballuna, hasta darle proporciones +monstruosas, dijo con acento de compasión lúgubre: «¡Pobre Don Carlos! +Está más loco que una cabra».</p> + +<p>A la mañana siguiente, aprovechando la comunidad el hecho feliz de no +haber ido a la parroquia ni la <i>señá</i> Benina ni el ciego Almudena, +menudearon los comentarios del extraño suceso. La Demetria expuso +tímidamente la opinión de que D. Carlos quería llevar a la Benina a su +servicio, pues gozaba ésta fama de gran cocinera, a lo que agregó Eliseo +que, en efecto, la tal había sido maestra de cocina; pero no la querían +en ninguna parte por vieja.</p> + +<p>«Y por sisona—afirmó la Casiana, recalcando con saña el término—. Habéis +de saber que ha sido una sisona tremenda, y por ese vicio se ve ahora +como se ve, teniendo que pedir para una rosca. De todas las casas en que +estuvo la echaron por ser tan larga de uñas, y si ella <i>hubiá</i> tenido +<i>conduta</i>, no le faltarían casas buenas en que acabar tranquila...</p> + +<p>—Pues yo—declaró <i>la Burlada</i> con negro escepticismo—, <i>vos</i> digo que si +ha venido a pedir es porque fue honrada; que las muy sisonas juntan +dinero para su vejez y se hacen ricas... que las hay, vaya si las hay. +Hasta con coche las he conocido yo.</p> + +<p>—Aquí no se habla mal de <i>naide</i>.</p> + +<p>—No es hablar mal. ¡A ver!... La que habla pestes es <i>bueycencia</i>, +señora presidenta de ministros.</p> + +<p>—¿Yo?</p> + +<p>—Sí... Vuestra Eminencia Ilustrísima es la que ha dicho que la Benina +sisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuviera +no vendría a pedir. Tómate esa.</p> + +<p>—Por <i>bocona</i> te has de condenar tú.</p> + +<p>—No se condena una por bocona, sino por rica, mayormente cuando quita la +limosna a los pobres de buena ley, a los que tienen hambre y duermen al +raso.</p> + +<p>—Ea, que estamos en la casa de Dios, <i>señoras</i>—dijo Eliseo dando golpes +en el suelo con su pata de palo—. Guarden respeto y decencia unas para +otras, como manda la santísima <i>dotrina</i>».</p> + +<p>Con esto se produjo el recogimiento y tranquilidad que la vehemencia de +algunos alteraba tan a menudo, y entre pedir gimiendo y rezar +bostezando se les pasaban las tristes horas.</p> + +<p>Ahora conviene decir que la ausencia de la <i>señá</i> Benina y del ciego +Almudena no era casual aquel día, por lo cual allá van las explicaciones +de un suceso que merece mención en esta verídica historia. Salieron +ambos, como se ha dicho, uno tras otro, con diferencia de algunos +minutos; pero como la anciana se detuvo un ratito en la verja, hablando +con Pulido, el ciego marroquí se le juntó, y ambos emprendieron juntos +el camino por las calles de San Sebastián y Atocha.</p> + +<p>«Me detuve a charlar con Pulido por esperarte, amigo Almudena. Tengo que +hablar contigo».</p> + +<p>Y agarrándole por el brazo con solicitud cariñosa, le pasó de una acera +a otra. Pronto ganaron la calle de las Urosas, y parados en la esquina, +a resguardo de coches y transeúntes, volvió a decirle: «Tengo que hablar +contigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo, +porque los demás <i>conocimientos</i> de la parroquia para nada me sirven. +¿Te enteras tú? Son unos egoístas, corazones de pedernal... El que +tiene, porque tiene; el que no tiene, porque no tiene. Total, que la +dejarán a una morirse de vergüenza, y si a mano viene, se gozarán en +ver a una pobre mendicante por los suelos».</p> + +<p>Almudena volvió hacia ella su rostro, y hasta podría decirse que la +miró, si mirar es dirigir los ojos hacia un objeto, poniendo en ellos, +ya que no la vista, la intención, y en cierto modo la atención, tan +sostenida como ineficaz. Apretándole la mano, le dijo: «<i>Amri</i>, saber tú +que servirte Almudena él, Almudena mí, como <i>pierro</i>. <i>Amri</i>, <i>dicermi</i> +cosas tú... de cosas <i>tigo</i>.</p> + +<p>—Sigamos para abajo, y hablaremos por el camino. ¿Vas a tu casa?</p> + +<p>—Voy a do <i>quierer</i> tú.</p> + +<p>—Paréceme que te cansas. Vamos muy a prisa. ¿Te parece bien que nos +sentemos un rato en la Plazuela del Progreso para poder hablar con +tranquilidad?».</p> + +<p>Sin duda respondió el ciego afirmativamente, porque cinco minutos +después se les veía sentados, uno junto a otro, en el zócalo de la verja +que rodea la estatua de Mendizábal. El rostro de Almudena, de una +fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del +cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la +boca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegando +la floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Los +ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas +sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo había +perdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de +pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la +morisca. Vestía con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja y +llena de mugre, no tenía desgarrón ni avería que no estuvieran +enmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches y +retazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente +defendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongo +revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir a +prestarlos en aquella, que quizás no sería la última, pues las +abolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa material +del cráneo que cubría. El palo era duro y lustroso; la mano con que lo +empuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico, +la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda +de merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lo +menos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vida +vagabunda del desgraciado hijo de Sus.</p> + +<p>«Pues a lo que íbamos, Almudena—dijo la <i>señá</i> Benina, quitándose el +pañuelo para volver a ponérselo, como persona desasosegada y nerviosa +que quiere ventilarse la cabeza—. Tengo un grave compromiso, y tú, nada +más que tú, puedes sacarme de él.</p> + +<p>—<i>Dicermi</i> ella, tú...</p> + +<p>—¿Qué pensabas hacer esta tarde?</p> + +<p>—En casa mí, <i>mocha</i> que jacer mí: lavar ropa mí, coser <i>mocha</i>, +remendar <i>mocha</i>.</p> + +<p>—Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como +tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja +con la lengua más pronto que yo con mis dedos; coses a la perfección; +eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera... Y después de pedir en la +parroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo +para ir un ratito al café... Eres de lo que no hay; y si en el mundo +hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debieran +darte un premio... Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejo +trabajar, porque tienes que hacerme un servicio... Para las ocasiones +son los amigos.</p> + +<p>—¿Qué <i>sucieder</i> ti?</p> + +<p>—Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si tú no +me amparas me tiro por el viaducto... Como lo oyes.</p> + +<p>—<i>Amri</i>... tirar no.</p> + +<p>—Es que hay compromisos tan grandes, tan grandes, que parece imposible +que se pueda salir de ellos. Te lo diré de una vez para que te hagas +cargo: necesito un duro...</p> + +<p>—¡Un <i>durro</i>!—exclamó Almudena, expresando con la súbita gravedad del +rostro y la energía del acento el espanto que le causaba la magnitud de +la cantidad.</p> + +<p>—Sí, hijo, sí... un duro, y no puedo ir a casa si antes no lo consigo. +Es preciso que yo tenga ese duro: discurre tú, pues hay que sacarlo de +debajo de las piedras, buscarlo como quiera que sea.</p> + +<p>—Es <i>mocha</i>... <i>mocha</i>...—murmuraba el ciego volviendo su rostro hacia +el suelo.</p> + +<p>—No es tanto—observó la otra, queriendo engañar su pena con ideas +optimistas—. ¿Quién no tiene un duro? Un duro, amigo Almudena, lo tiene +cualquiera... Con que ¿puedes buscármelo tú, sí o no?».</p> + +<p>Algo dijo el ciego en su extraña lengua que Benina tradujo por la +palabra «imposible», y lanzando un suspiro profundo, al cual contestó +Almudena con otro no menos hondo y lastimero, quedose un rato en +meditación dolorosa, mirando al suelo y después al cielo y a la estatua +de Mendizábal, aquel verdinegro señor de bronce que ella no sabía quién +era ni por qué le habían puesto allí. Con ese mirar vago y distraído que +es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del +alma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentes +presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo. +Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches +con botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual era +conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En +las tiendas entraban compradores que salían con paquetes. Mendigos +haraposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasó +revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas +las casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos, +adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de +la vida faltaba un duro. Después pensé que sería un paso muy salado que +se presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieran +el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo. +Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondrían +bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que en +cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor +insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como +un <i>átomo inmenso</i>. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con +otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración +sensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo: +los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues +siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había +para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y +para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus +manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina +se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no +podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el +estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="V" id="V"></a><a href="#toc">V</a></h2> + + +<p>Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditación calculista, +que debía de ser muy triste por la cara que ponía, te dijo:</p> + +<p>«¿No tenier tú cosa que <i>peinar</i>?</p> + +<p>—No, hijo: todo empeñado ya, hasta las papeletas.</p> + +<p>—¿No haber persona que <i>priestar ti</i>?</p> + +<p>—No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar una mala +cara.</p> + +<p>—Señor Carlos llamar ti mañana.</p> + +<p>—Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena, +pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal que +tengo en la garganta.</p> + +<p>—No llorar, <i>amri</i>. Tú ser buena <i>migo</i>; yo arremediando ti... Veslo +ahora.</p> + +<p>—¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto.</p> + +<p>—Yo <i>peinar</i> ropa.</p> + +<p>—¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te darán?</p> + +<p>—Dos <i>piesetas</i> y media.</p> + +<p>—Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás?</p> + +<p>—Vamos a casa <i>migo</i>—dijo Almudena levantándose con resolución.</p> + +<p>—Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde. ¡Pues no +hay poquito que andar de aquí a la posada de Santa Casilda!».</p> + +<p>Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes, +hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad que por la viveza +del paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oía campanadas de +relojes hacía una mueca de desesperación. El viento frío del Norte les +empujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco. +Las manos de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas destilaban. +Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con oquedad fría y triste.</p> + +<p>No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda de +Toledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena de viviendas +baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Entrase a ella por un +patio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura, +residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto que +habitaba Almudena era el último del piso bajo, al ras del suelo, y no +había que franquear un solo escalón para penetrar en él. Componíase la +vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: a +un lado la cocina, a otro la sala, que también era alcoba o gabinete, +con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias como +otras del mismo caserón o humana madriguera. Una silla era el único +mueble, pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas, arrimado +todo a un ángulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros, +cacerolas, botellas, ni tampoco de víveres. En el centro de la +habitación, vio Benina un bulto negro, algo como un lío de ropa, o un +costal abandonado. A la escasa luz que entraba después de cerrada la +puerta, pudo observar que aquel bulto tenía vida. Por el tacto, más que +por la vista, comprendió que era una persona.</p> + +<p>«Ya estar aquí la <i>Pedra</i> borracha.</p> + +<p>—¡Ah! ¡qué cosas! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto... Borrachona, +sinvergüenzonaza... Pero no perdamos tiempo, hijo; dame el traje, que yo +lo llevaré... y con la ayuda de Dios, sacaré siquiera dos ochenta. Ve +pensando en buscarme lo que falta. La Virgen Santísima te lo dará, y yo +he de rezarle para que te lo dé doblado, que a mí seguro es que no +quiere darme cosa ninguna».</p> + +<p>Haciéndose cargo de la impaciencia de su amiga, el ciego descolgó de un +clavo el traje que él llamaba nuevo, por un convencionalismo muy +corriente en las combinaciones mercantiles, y lo entregó a su amiga, que +en cuatro zancajos se puso en el patio y en la Ronda, tirando luego +hacia el llamado Campillo de Manuela. El mendigo, en tanto, pronunciando +palabras coléricas, que no es fácil al narrador reproducir, por ser en +lengua arábiga, palpaba el bulto de la mujer embriagada, que como cuerpo +muerto en mitad del cuartucho yacía. A las expresiones airadas del +ciego, sólo contestó con ásperos gruñidos, y dio media vuelta, +espatarrándose y estirando los brazos para caer de nuevo en sopor más +hondo y en más brutal inercia.</p> + +<p>Almudena metía mano por entre las ropas negras, cuyos pliegues, +revueltos con los del mantón, formaban un lío inextricable, y +acompañando su registro de exclamaciones furibundas, exploró también el +fláccido busto, como si amasara pellejos con trapos. Tan nervioso estaba +el hombre, que descubría lo que debe estar cubierto, y tapaba lo que +gusta de ver la luz del día. Allí sacó rosarios, escapularios, un fajo +de papeletas de empeño envuelto en un pedazo de periódico, trozos de +herradura recogidos en las calles, muelas de animales o de personas, y +otras baratijas. Terminado el registro, entró la Benina, de vuelta ya de +su diligencia, la cual había despachado con tanta presteza, como si la +hubieran llevado y traído en volandas los angelitos del cielo. Venía la +pobre mujer sofocadísima del veloz correr por las calles; apenas podía +respirar, y su rostro sudoroso despedía fuego, sus ojos alegría.</p> + +<p>«Me han dado tres—dijo mostrando las monedas—, una en cuartos. No he +tenido poca suerte en que estuviera allí Valeriano; que a llegar a estar +el ama, la Reimunda, trabajo que costara sacarle dos y pico».</p> + +<p>Respondiendo al contento de la anciana, Almudena, con cara de regocijo y +triunfo, le mostró entre los dedos una peseta.</p> + +<p>«Encuentrarla aquí, en el <i>piecho</i> de esta... Cogerla <i>tigo</i>.</p> + +<p>—¡Oh, qué suerte! ¿Y no tendrá más? Busca bien, hijo.</p> + +<p>—No tenier más. Mi regolver cosas <i>piecho</i>».</p> + +<p>Benina sacudía las ropas de la borracha esperando ver saltar una moneda. +Pero no saltaron más que dos horquillas, y algunos pedacitos de carbón.</p> + +<p>«No tenier más».</p> + +<p>Siguió parloteando el ciego, y por las explicaciones que le dio del +carácter y costumbres de la mujerona, pudo comprender que si se hubieran +encontrado a esta en estado de normal despejo, les habría dado la peseta +con sólo pedirla. Con una breve frase sintetizó Almudena a su compañera +de hospedaje: «Ser güena, ser mala... Coger ella <i>tudo</i>, dar ella +<i>tudo</i>».</p> + +<p>Acto continuo levantó el colchón, y escarbando en la tierra, sacó una +petaca vieja y sucia, que cuidadosamente escondía entre trapos y +cartones, y metiendo los dedos en ella, como quien saca un cigarro, +extrajo un papelejo, que desenvuelto mostró una monedita de dos reales, +nueva y reluciente. La cogió Benina, mientras Almudena sacaba de su +bolsillo, donde tenía multitud de herramientas, tijeras, canuto de +agujas, navaja, etc., otro envoltorio con dos perras gordas. Añadió a +ellas la que había recibido de D. Carlos, y lo dio todo a la pobre +anciana, diciéndole: «<i>Amri</i>, arriglar así tigo.</p> + +<p>—Sí, sí... Pongo lo mío de hoy, y ya falta tan poco, que no quiero +molestarte más. ¡Gracias a Dios! Me parece mentira. ¡Ay, hijo, qué +bueno eres! Mereces que te caiga la lotería, y si no te cae, es porque +no hay justicia en la tierra ni en el cielo... Adiós, hijo, no puedo +detenerme ni un momento más... Dios te lo pague... Estoy en ascuas. Me +voy volando a casa... Quédate en la tuya... y a esta pobre desgraciada, +cuando despierte, no la pegues, hijo, ¡pobrecita! Cada uno, por el aquel +de no sufrir, se emborracha con lo que puede: esta con el aguardentazo, +otros con otra cosa. Yo también las cojo; pero no así: las mías son de +cosa de más adentro... Ya te contaré, ya te contaré».</p> + +<p>Y salió disparada, las monedas metidas en el seno, temerosa de que +alguien se las quitara por el camino, o de que se le escaparan volando, +arrastradas de sus tumultuosos pensamientos. Al quedarse solo, Almudena +fue a la cocina, donde, entre otros cachivaches, tenía una palanganita +de estaño y un cántaro de agua. Se lavó las manos y los ojos; después +cogió un cazuelo en que había cenizas y carbones apagados, y pasando a +una de las casas vecinas, volvió al poco rato con lumbre, sobre la cual +derramó un puñadito de cierta substancia que en un envoltorio de papel +tenía junto a la cama. Levantose del fuego humareda muy densa y un olor +penetrante. Era el sahumerio de benjuí, única remembranza material de la +tierra nativa que Almudena se permitía en su destierro vagabundo. El +aroma especial, característico de casa mora, era su consuelo, su placer +más vivo, práctica juntamente casera y religiosa, pues envuelto en aquel +humo se puso a rezar cosas que ningún cristiano podía entender.</p> + +<p>Con el humazo, la borracha gruñía más, y carraspeaba, y tosía, como +queriendo dar acuerdo de sí. El ciego no le hacía más caso que a un +perro, atento sólo a sus rezos en lengua que no sabemos si era arábiga o +hebrea, tapándose un ojo con cada mano, y bajándolas después sobre la +boca para besárselas. Mediano rato empleó en sus meditaciones, y al +terminarlas, vio sentada ante sí a la mujerzuela que con ojos esquivos y +lloricones, a causa del picor producido por el espeso sahumerio, le +miraba. Presentándole gravemente las palmas de las manos, Almudena le +soltó estas palabras:</p> + +<p>«Gran púa, no haber más que un Dios... <i>b'rracha</i>, <i>b'rrachona</i>, no +haber más que un Dios... un Dios, un Dios solo, solo».</p> + +<p>Soltó la otra sonora carcajada, y llevándose la mano al pecho, quería +arreglar el desorden que la mano inquieta de su compañero de vivienda +había causado en aquella parte interesantísima de su persona. Tan torpe +salía del sueño alcohólico, que no acertaba a poner cada cosa en su +sitio, ni a cubrir las que la honestidad quiere y ha querido siempre +que se cubran. «<i>Jai</i>, tú me has <i>arregistrao</i>.</p> + +<p>—Sí... No haber más que un Dios, un Dios solo.</p> + +<p>—¿Y a mí, qué? Por mí que <i>haigan</i> dos o cuarenta, todos los que ellos +mesmos quieran haberse... Pero di, gorrón, me has quitado la peseta. No +me importa. <i>Pa</i> ti era.</p> + +<p>—¡Un Dios solo!».</p> + +<p>Y viéndole coger el palo, se puso la mujer en guardia, diciéndole: «Ea, +no pegues, <i>Jai</i>. Basta ya de sahumerio, y ponte a hacer la cena. +¿Cuánto dinero tienes? ¿Qué quieres que te traiga?...</p> + +<p>—<i>¡B'rrachona!</i> no haber diniero... Llevarlo los <i>embaixos</i>, tú dormida.</p> + +<p>—¿Qué te traigo?—murmuró la mujer negra tambaleándose y cerrando los +ojos—. Aguárdate un poquitín. Tengo sueño, <i>Jai</i>».</p> + +<p>Cayó nuevamente en profundo sopor, y Almudena, que había requerido el +palo con intenciones de usarlo como infalible remedio de la embriaguez, +tuvo lástima y suspiró fuerte, mascullando estas o parecidas palabras: +«Pegar ti otro día».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="VI" id="VI"></a><a href="#toc">VI</a></h2> + + +<p>Casi no es hipérbole decir que la <i>señá</i> Benina, al salir de Santa +Casilda, poseyendo el incompleto duro que calmaba sus mortales +angustias, iba por rondas, travesías y calles como una flecha. Con +sesenta años a la espalda, conservaba su agilidad y viveza, unidas a una +perseverancia inagotable. Se había pasado lo mejor de la vida en un +ajetreo afanoso, que exigía tanta actividad como travesura, esfuerzos +locos de la mente y de los músculos, y en tal enseñanza se había +fortificado de cuerpo y espíritu, formándose en ella el temple +extraordinario de mujer que irán conociendo los que lean esta puntual +historia de su vida. Con increíble presteza entró en una botica de la +calle de Toledo; recogió medicinas que había encargado muy de mañana; +después hizo parada en la carnicería y en la tienda de ultramarinos, +llevando su compra en distintos envoltorios de papel, y, por fin, entró +en una casa de la calle Imperial, próxima a la rinconada en que está el +Almotacén y Fiel Contraste. Deslizose a lo largo del portal angosto, +obstruido y casi intransitable por los colgajos de un comercio de +cordelería que en él existe; subió la escalera, con rápidos andares +hasta el principal, con moderado paso hasta el segundo; llegó jadeante +al tercero, que era el último, con honores de sotabanco. Dio vuelta a un +patio grande, por galería de emplomados cristales, de suelo desigual, a +causa de los hundimientos y desniveles de la vieja fábrica, y al fin +llegó a una puerta de cuarterones, despintada; llamó... Era su casa, la +casa de su señora, la cual, en persona, tentando las paredes, salió al +ruido de la campanilla, o más bien afónico cencerreo, y abrió, no sin la +precaución de preguntar por la mirilla, cuadrada, defendida por una cruz +de hierro.</p> + +<p>«Gracias a Dios, mujer...—le dijo en la misma puerta—. ¡Vaya unas horas! +Creí que te había cogido un coche, o que te había dado un accidente».</p> + +<p>Sin chistar siguió Benina a su señora hasta un gabinetillo próximo, y +ambas se sentaron. Excusó la criada las explicaciones de su tardanza por +el miedo que sentía de darlas, y se puso a la defensiva, esperando a ver +por dónde salía doña Paca, y qué posiciones tomaba en su irascible +genio. Algo la tranquilizó el tono de las primeras palabras con que fue +recibida; esperaba una fuerte reprimenda, vocablos displicentes. Pero +la señora parecía estar de buenas, domado, sin duda, el áspero carácter +por la intensidad del sufrimiento. Benina se proponía, como siempre, +acomodarse al son que le tocara la otra, y a poco de estar junto a ella, +cambiadas las primeras frases, se tranquilizó. «¡Ay, señora, qué día! Yo +estaba deshecha; pero no me dejaban, no me dejaban salir de aquella +bendita casa.</p> + +<p>—No me lo expliques—dijo la señora, cuyo acentillo andaluz persistía, +aunque muy atenuado, después de cuarenta años de residencia en Madrid—. +Ya estoy al tanto. Al oír las doce, la una, las dos, me decía yo: 'Pero, +Señor, por qué tarda tanto la Nina?'. Hasta que me acordé...</p> + +<p>—Justo.</p> + +<p>—Me acordé... como tengo en mi cabeza todo el almanaque... de que hoy es +San Romualdo, confesor y obispo de Farsalia...</p> + +<p>—Cabal.</p> + +<p>—Y son los días del señor sacerdote en cuya casa estás de asistenta.</p> + +<p>—Si yo pensara que usted lo había de adivinar, habría estado más +tranquila—afirmó la criada, que en su extraordinaria capacidad para +forjar y exponer mentiras, supo aprovechar el sólido cable que su ama le +arrojaba—. ¡Y que no ha sido floja la tarea!</p> + +<p>—Habrás tenido que dar un gran almuerzo. Ya me lo figuro. ¡Y que no +serán cortos de tragaderas los curánganos de San Sebastián, compañeros y +amigos de tu D. Romualdo!</p> + +<p>—Todo lo que le diga es poco.</p> + +<p>—Cuéntame: ¿qué les has puesto?—preguntó ansiosa la señora, que gustaba +de saber lo que se comía en las casas ajenas—. Ya estoy al tanto. Les +harías una mayonesa.</p> + +<p>—Lo primero un arroz, que me quedó muy a punto. ¡Ay, Señor, cuánto lo +alabaron! Que si era yo la primera cocinera de toda la Europa... que si +por vergüenza no se chupaban los dedos...</p> + +<p>—¿Y después?</p> + +<p>—Una pepitoria que ya la quisieran para sí los ángeles del cielo. Luego, +calamares en su tinta... luego...</p> + +<p>—Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa, +pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos de +otras mesas... como te conozco, no dudo que habrás traído algo. ¿Dónde +tienes la cesta?».</p> + +<p>Viéndose cogida, Benina vacilé un instante; mas no era mujer que se +arredraba ante ningún peligro, y su maestría para el embuste le sugirió +pronto el hábil quite: «Pues, señora, dejé la cesta, con lo que traje, +en casa de la señorita Obdulia, que lo necesita más que nosotras.</p> + +<p>—Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuéntame más. ¿Y un buen +solomillo, no pusiste?</p> + +<p>—¡Anda, anda! Dos kilos y medio, señora. Sotero Rico me lo dio de lo +superior.</p> + +<p>—¿Y postres, bebidas?...</p> + +<p>—Hasta <i>Champaña de la Viuda</i>. Son el diantre los curas, y de nada se +privan... Pero vámonos adentro, que es muy tarde, y estará la señora +desfallecida.</p> + +<p>—Lo estaba; pero... no sé: parece que me he comido todo eso de que has +hablado... En fin, dame de almorzar.</p> + +<p>—¿Qué ha tomado? ¿El poquito de cocido que le aparté anoche?</p> + +<p>—Hija, no pude pasarlo. Aquí me tienes con media onza de chocolate +crudo.</p> + +<p>—Vamos, vamos allá. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero pronto +despacho... ¡Ah! también le traigo las medicinas. Eso lo primero.</p> + +<p>—¿Hiciste todo lo que te mandé?—preguntó la señora, en marcha las dos +hacia la cocina—. ¿Empeñaste mis dos enaguas?</p> + +<p>—¿Cómo no? Con las dos pesetas que saqué, y otras dos que me dio D. +Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo.</p> + +<p>—¿Pagaste el aceite de ayer?</p> + +<p>—¡Pues no!</p> + +<p>—¿Y la tila y la sanguinaria?</p> + +<p>—Todo, todo... Y aún me ha sobrado, después de la compra, para mañana.</p> + +<p>—¿Querrá Dios traernos mañana un buen día?—dijo con honda tristeza la +señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa +prontitud, reunía astillas y carbones.</p> + +<p>—¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto.</p> + +<p>—¿Por qué me lo aseguras, Nina?</p> + +<p>—Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día, +estoy por decir que un gran día.</p> + +<p>—Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas. +Siempre estás con que mañana, que mañana...</p> + +<p>—Dios es bueno.</p> + +<p>—Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no me +deja respirar. Tras un día malo, viene otro peor. Pasan años aguardando +el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me +canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora, +y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las +espero malas para que vengan... siquiera regulares.</p> + +<p>—Pues yo que la señora—dijo Benina dándole al fuelle—, tendría confianza +en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... ¿no me ve? Yo +siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte, +y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuros, y +desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.</p> + +<p>—Ya no aspiro a la buena vida, Nina—declaró casi llorando la señora—: +sólo aspiro al descanso.</p> + +<p>—¿Quién piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en este +mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso. +Morirse no.</p> + +<p>—¿Te conformas con esta vida?</p> + +<p>—Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra. Venga todo antes +que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y +pueda uno comérselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.</p> + +<p>—¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación, +deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y +embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernos +perseguidos de tenderos y vendedores?</p> + +<p>—¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida, se defiende como +puede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las +tiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que a +nadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da +dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos +de allegar lo que hace falta, sin robarlo... eso no. Porque yo prometo +pagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres... que hay +formalidad en casa, ya que no <i>haigan</i> otras cosas. ¡Estaría bueno que +nos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo, +como sabemos, que están ricos!...</p> + +<p>—Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro; quiero +decir, dignidad.</p> + +<p>—Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé también +que Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me deje +morir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quia!... +lo que tienen es pico... Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo +que Dios, no tan sólo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra +suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las +casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo es +de Dios.</p> + +<p>—Y la moneda, la indecente moneda, ¿de quién es?—preguntó con lastimero +acento la señora—. Contéstame.</p> + +<p>—También es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata... Los billetes, +no sé... Pero también, también.</p> + +<p>—Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene... y las +tiene todo el mundo menos nosotras... ¡Ea! date prisa, que siento +debilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya: están sobre la +cómoda. Tomaré una papeleta de salicilato antes de comer... ¡Ay, qué +trabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a mí, tengo yo +que tirar de ellas. <i>(Levantándose con gran esfuerzo.)</i> Mejor andaría yo +con muletas. ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto parece +burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los +riñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone que +yo digiera como un buitre.</p> + +<p>—Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora. ¡Bendito sea +el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre +santísima!».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="VII" id="VII"></a><a href="#toc">VII</a></h2> + + +<p>Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz Doña Francisca +Juárez de Zapata, conocida en los años de aquella su decadencia +lastimosa por <i>doña Paca</i>, a secas, con lacónica y plebeya +familiaridad. Ved aquí en qué paran las glorias y altezas de este mundo, +y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora, rodando hacia la +profunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los años +59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna, +entre agonías, dolores y vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estas +caídas nos ofrecen las poblaciones grandes, más que ninguna esta de +Madrid, en que apenas existen hábitos de orden, pero a todos los +ejemplos supera el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete del +destino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas en +la vida social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de lo +que es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buena +muestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde el nacimiento +llevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. Nacida en Ronda, +su vista se acostumbró desde la niñez a las vertiginosas depresiones del +terreno; y cuando tenía pesadillas, soñaba que se caía a la profundísima +hondura de aquella grieta que llaman <i>Tajo</i>. Los nacidos en Ronda deben +de tener la cabeza muy firme y no padecer de vértigos ni cosa tal, +hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doña Paca no sabía +mantenerse firme en las alturas: instintivamente se despeñaba; su +cabeza no era buena para esto ni para el gobierno de la vida, que es la +seguridad de vista en el orden moral.</p> + +<p>El vértigo de Paquita Juárez fue un estado crónico desde que la casaron, +muy joven, con D. Antonio María Zapata, que le doblaba la edad, +intendente de ejército, excelente persona, de holgada posición por su +casa, como la novia, que también poseía bienes raíces de mucha cuenta. +Sirvió Zapata en el ejército de África, división de Echagüe, y después +de Wad-Ras pasó a la Dirección del ramo. Establecido el matrimonio en +Madrid, le faltó tiempo a la señora para poner su casa en un pie de vida +frívola y aparatosa que, si empezó ajustando las vanidades al marco de +las rentas y sueldos, pronto se salió de todo límite de prudencia, y no +tardaron en aparecer los atrasos, las irregularidades, las deudas. +Hombre ordenadísimo era Zapata; pero de tal modo le dominaba su esposa, +que hasta le hizo perder sus cualidades eminentes; y el que tan bien +supo administrar los caudales del ejército, veía perderse los suyos, +olvidado del arte para conservarlos. Paquita no se ponía tasa en el +vestir elegante, ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo de +bailes y reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue ya +el desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo, hubo +de vencer la modorra en que su cara mitad le tenía, y se puso a hacer +números y a querer establecer método y razón en el gobierno de su +hacienda; pero ¡oh triste sino de la familia! cuando más engolfado +estaba el hombre en su aritmética, de la que esperaba su salvación, +cogió una pulmonía, y pasó a mejor vida el Viernes Santo por la tarde, +dejando dos hijos de corta edad: Antoñito y Obdulia.</p> + +<p>Administradora y dueña del caudal activo y pasivo, Francisca no tardó en +demostrar su ineptitud para el manejo de aquellas enredosas materias, y +a su lado surgieron, como los gusanos en cuerpo corrupto, infinitas +personas que se la comían por dentro y por fuera, devorándola sin +compasión. En esta época desastrosa, entró a su servicio Benigna, que si +desde el primer día se acreditó de cocinera excelente, a las pocas +semanas hubo de revelarse como la más intrépida sisona de Madrid. Qué +tal sería la moza en este terreno, que la misma doña Francisca, de una +miopía radical para la inspección de sus intereses, pudo apreciar la +rapacidad minuciosa de la sirviente, y aun se determinó a corregirla. En +justicia, debo decir que Benigna (entre los suyos llamada <i>Benina</i>, y +<i>Nina</i> simplemente por la señora) tenía cualidades muy buenas que, en +cierto modo, compensaban, en los desequilibrios de su carácter, aquel +defecto grave de la sisa. Era muy limpia, de una actividad pasmosa, que +producía el milagro de agrandar las horas y los días. Además de esto, +Doña Francisca estimaba en ella el amor intenso a los niños de la casa; +amor sincero y, si se quiere, positivo, que se revelaba en la vigilancia +constante, en los exquisitos cuidados con que sanos o enfermos les +atendía. Pero las cualidades no fueron bastante eficaces para impedir +que el defecto promoviera cuestiones agrias entre ama y sirviente, y en +una de estas, Benina fue despedida. Los niños la echaron muy de menos, y +lloraban por su Nina graciosa y soboncita.</p> + +<p>A los tres meses se presentó de visita en la casa. No podía olvidar a la +señora ni a los nenes. Estos eran su amor, y la casa, todo lo material +de ella, la encariñaba y atraía. Paquita Juárez también tenía especial +gusto en charlar con ella, pues algo (no sabían qué) existía entre las +dos que secretamente las enlazaba, algo de común en la extraordinaria +diversidad de sus caracteres. Menudearon las visitas. ¡Ay! la Benina no +se encontraba a gusto en la casa donde a la sazón servía. En fin, que ya +la tenemos otra vez en la domesticidad de Doña Francisca; y tan contenta +ella, y satisfecha la señora, y los pequeñuelos locos de alegría. +Sobrevino en aquel tiempo un aumento de las dificultades y ahogos de la +familia en el orden administrativo: las deudas roían con diente voraz el +patrimonio de la casa; se perdían fincas valiosas, pasando sin saber +cómo, por artes de usura infame, a las manos de los prestamistas. Como +carga preciosa que se arroja de la embarcación al mar en los apuros del +naufragio, salían de la casa los mejores muebles, cuadros, alfombras +riquísimas: las alhajas habían salido ya... Pero por más que se +aligeraba el buque, la familia continuaba en peligro de zozobra y de +sumergirse en los negros abismos sociales.</p> + +<p>Para mayor desdicha, en aquel funesto periodo del 70 al 80, los dos +niños padecieron gravísimas enfermedades: tifoidea el uno; eclampsia y +epilepsia la otra. Benina les asistió con tal esmero y solicitud tan +amorosa, que se pudo creer que les arrancaba de las uñas de la muerte. +Ellos le pagaban, es verdad, estos cuidados con un afecto ardiente. Por +amor de Benina, más que por el de su madre, se prestaban a tomar las +medicinas, a callar y estarse quietecitos, a sudar sin ganas, y a no +comer antes de tiempo: todo lo cual no impidió que entre ama y criada +surgiesen cuestiones y desavenencias, que trajeron una segunda +despedida. En un arrebato de ira o de amor propio, Benina salió +disparada, jurando y perjurando que no volvería a poner los pies en +aquella casa, y que al partir sacudía sus zapatos para no llevarse +pegado en ellos el polvo de las esteras... pues lo que es alfombras, ya +no las había.</p> + +<p>En efecto: antes del año, apareciose Benina en la casa. Entró, anegado +en lágrimas el rostro, diciendo: «Yo no sé qué tiene la señora; yo no sé +qué tiene esta casa, y estos niños, y estas paredes, y todas las cosas +que aquí hay: yo no sé más sino que no me hallo en ninguna parte. En +casa rica estoy, con buenos amos que no reparan en dos reales más o +menos; seis duros de salario... Pues no me hallo, señora, y paso la +noche y el día acordándome de esta familia, y pensando si estarán bien o +no estarán bien. Me ven suspirar, y creen que tengo hijos. Yo no tengo a +nadie en el mundo más que a la señora, y sus hijos son mis hijos, pues +como a tales les quiero...». Otra vez Benina al servicio de Doña +Francisca Juárez, como criada única y para todo, pues la familia había +dado un bajón tremendo en aquel año, siendo tan notorias las señales de +ruina, que la criada no podía verlas sin sentir aflicción profunda. +Llegó la ocasión ineludible de cambiar el cuarto en que vivían por otro +más modesto y barato. Doña Francisca, apegada a las rutinas y sin +determinación para nada, vacilaba. La criada, quitándole en momentos tan +críticos las riendas del gobierno, decidió la mudanza, y desde la calle +de Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocas +dificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregló con la +generosa ayuda de Benina, que sacó del Monte sus economías, importantes +tres mil y pico de reales, y las entregó a la señora, estableciéndose +desde entonces comunidad de intereses en la adversa como en la próspera +fortuna. Pero ni aun en aquel rasgo de caridad hermosa desmintió la +pobre mujer sus hábitos de sisa, y descontó un pico para guardarlo +cuidadosamente en su baúl, como base de un nuevo montepío, que era para +ella necesidad de su temperamento y placer de su alma.</p> + +<p>Como se ve, tenía el vicio del descuento, que en cierto modo, por otro +lado, era la virtud del ahorro. Difícil expresar dónde se empalmaban y +confundían la virtud y el vicio. La costumbre de escatimar una parte +grande o chica de lo que se le daba para la compra, el gusto de +guardarla, de ver cómo crecía lentamente su caudal de perras, se +sobreponían en su espíritu a todas las demás costumbres, hábitos y +placeres. Había llegado a ser el sisar y el reunir como cosa instintiva, +y los actos de este linaje se diferenciaban poco de las rapiñas y +escondrijos de la urraca. En aquella tercera época, del 80 al 85, sisaba +como antes, aunque guardando medida proporcional con los mezquinos +haberes de Doña Francisca. Sucediéronse en aquellos días grandes +desventuras y calamidades. La pensión de la señora, como viuda de +intendente, había sido retenida en dos tercios por los prestamistas; los +empeños sucedían a los empeños, y por librarse de un ahogo, caía pronto +en mayores apreturas. Su vida llegó a ser un continuo afán: las +angustias de una semana, engendraban las de la semana siguiente: raros +eran los días de relativo descanso. Para atenuar las horas tristes, +sacaban fuerzas de flaqueza, alegrando con afectadas fantasmagorías los +ratos de la noche, cuando se veían libres de acreedores molestos y de +reclamaciones enfadosas. Fue preciso hacer nuevas mudanzas, buscando la +baratura, y del <i>Olmo</i> pasaron al <i>Saúco</i>, y del <i>Saúco</i> al <i>Almendro</i>. +Por esta fatalidad de los nombres de árboles en las calles donde +vivieron, parecían pájaros que volaban de rama en rama, dispersados por +las escopetas de los cazadores o las pedradas de los chicos.</p> + +<p>En una de las tremendas crisis de aquel tiempo, tuvo Benina que acudir +nuevamente al fondo de su cofre, donde escondía el <i>gato</i> o montepío, +producto de sus descuentos y sisas. Ascendía el montón a diez y siete +duros. No pudiendo decir a su señora la verdad, salió con el cuento de +que una prima suya, la Rosaura, que comerciaba en miel alcarreña, le +había dado unos duros para que se los guardara. «Dame, dame todo lo que +tengas, Benina, así Dios te conceda la gloria eterna, que yo te lo +devolveré doblado cuando los primos de Ronda me paguen lo del pejugar... +ya sabes... es cosa de días... ya viste la carta».</p> + +<p>Y revolviendo en el fondo del baúl, entre mil baratijas y líos de +trapos, sacó la sisona doce duros y medio y los dio a su ama diciéndole: +«Es todo lo que tengo. No hay más: puede creerlo; es tan verdad como que +nos hemos de morir».</p> + +<p>No podía remediarlo. Descontaba su propia caridad, y sisaba en su +limosna.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="VIII" id="VIII"></a><a href="#toc">VIII</a></h2> + + +<p>Tantas desdichas, parecerá mentira, no eran más que el preámbulo del +infortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Juárez y +Zapatas había de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamos +al referir su historia. Desde que vivían en la calle del Olmo, Doña +Francisca fue abandonada de la sociedad que la ayudó a dar al viento su +fortuna, y en las calles del Saúco y Almendro desaparecieron las pocas +amistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, los +tenderos chasqueados y las personas que de ella tenían lástima empezaron +a llamarla <i>Doña Paca</i>, y ya no hubo forma de designarla con otro +nombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solían añadir al nombre +familiar algún mote infamante: <i>Doña Paca la tramposa</i>, <i>la Marquesa del +infundio</i>.</p> + +<p>Está visto que Dios quería probar a la dama rondeña, porque a las +calamidades del orden económico añadió la grande amargura de que sus +hijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaran +su espíritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazón +espinas muy punzantes. Antoñito, defraudando las esperanzas de su mamá, +y esterilizando los sacrificios que se habían hecho para encarrilarle en +los estudios, salió de la piel del diablo. En vano su madre y Benina, +sus dos madres más bien, se desvivían por quitarle de la cabeza las +malas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repetía el +caso de que, cuando ellas creían tenerle conquistado con carantoñas y +mimos, él las engañaba con fingida sumisión, y escamoteándoles la +voluntad, se alzaba con el santo y la limosna. Era muy listo para el +mal, y hallábase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sus +travesuras. Sabía esconder su astuta malicia bajo apariencias +agradables; a los diez y seis años engañaba a sus madres como si fueran +niñas; traía falsos certificados de exámenes; estudiaba por apuntes de +los compañeros, porque vendía los libros que se le habían comprado. A +los diez y nueve años, las malas compañías dieron ya carácter grave a +sus diabluras; desaparecía de la casa por dos o tres días, se +embriagaba, se quedó en los huesos. Uno de los principales cuidados de +las dos madres era esconder en las entrañas de la tierra la poca moneda +que tenían, porque con él no había dinero seguro. La sacaba con arte +exquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina. +Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabían +qué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de la +despensa esconder sus mezquinos tesoros.</p> + +<p>Y a pesar de esto, su madre le quería entrañablemente, y Benina le +adoraba, porque no había otro con más arte y más refinado histrionismo +para fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguían comúnmente días +de recogimiento solitario en la casa, derroche de lágrimas y suspiros, +protestas de enmienda, acompañadas de un febril besuqueo de las caras de +las dos madres burladas... El blando corazón de estas, engañado por tan +bonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cómoda y +fácil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalamerías, +verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa en +el centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a sus +correrías infames, y las pobres mujeres a su desesperación.</p> + +<p>Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna o +desgracia), ya no había en la casa cubiertos de plata, ni objeto alguno +de metal valioso. El demonio del chico hacía presa en cuanto encontraba, +sin despreciar las cosas de valor ínfimo; y después de arramblar por los +paraguas y sombrillas, la emprendió con la ropa interior, y un día, al +levantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madres +y hermana, escamoteó el mantel y dos servilletas. De su propia ropa no +se diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa, +respetado de las pulmonías, protegido sin duda contra ellas por el fuego +interior de su perversidad. Ya no sabían Doña Paca y Benina dónde +esconder las cosas, pues temían que les arrebatara hasta la camisa que +llevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche las +vinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchas +y unas tenacillas, y sucesivamente elásticas usadas, retazos de tela, y +multitud de cosas útiles aunque de valor insignificante. Libros no +había ya en la casa, y Doña Paca no se atrevía ni a pedirlos prestados, +temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa habían volado, y +tras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, y +una jaula sin pájaro.</p> + +<p>Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano, +la niña daba también mucha guerra. Desde los doce años se desarrolló en +ella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no sabían cómo +templar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos, +peor. Ya mujer, pasaba sin transición de las inquietudes epilépticas a +una languidez mortecina. Sus melancolías intensas aburrían a las pobres +mujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividad +muscular y mental. La alimentación de Obdulia llegó a ser el problema +capital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famélicos de la +niña, las madres perdían su tiempo, y la paciencia que Dios les había +concedido al por mayor. Un día le daban, a costa de grandes sacrificios, +manjares ricos y substanciosos, y la niña los tiraba por la ventana; +otro, se hartaba de bazofias que le producían horroroso flato. Por +temporadas se pasaba días y noches llorando, sin que pudiera averiguarse +la causa de su duelo; otras veces se salía con un geniecillo +displicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres. +Según opinión de un médico que por lástima las visitaba, y de otros que +tenían consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicológico de la +niña era cuestión de anemia, y contra esto no había más terapéutica que +el tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baños fríos.</p> + +<p>Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabello +castaño, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosa +cuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuado +a semejante criatura, mañosa y enfermiza, que la miseria en que había +crecido y vivía. Por intervalos se notaban en ella síntomas de +presunción, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otras +personas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio de +vida, de lo cual se alegraba Doña Paca, porque tenía sus proyectos +referentes a la niña. La buena señora se habría desvivido por +realizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento de +su educación, bastante descuidada, pues escribía muy mal, e ignoraba los +rudimentos del saber que poseen casi todas las niñas de la clase media. +La ilusión de Doña Paca era casarla con uno de los hijos de su primo +Matías, propietario rondeño, chicos guapines y bien criados, que +seguían carrera en Sevilla, y alguna vez venían a Madrid por San +Isidro. Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi se +entablaron relaciones amorosas que por el carácter de la niña y sus +extravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre no +abandonaba la idea, o al menos, acariciándola en su mente, con ella se +consolaba de tantas desdichas.</p> + +<p>De la noche a la mañana, viviendo la familia en la calle del Olmo, se +iniciaron, sin saber cómo, no sé qué relaciones telegráficas entre +Obdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa de +servicios fúnebres. El bigardón aquel no carecía de atractivos: +estudiaba en la Universidad y sabía mil cosas bonitas que Obdulia +ignoraba, y fueron para ella como una revelación. Literatura y poesía, +versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de él a ella en +cartitas, entrevistas y honestos encuentros.</p> + +<p>No miraba esto con buenos ojos Doña Paca, atenta a su plan de casarla +con el rondeño; pero la niña, que tomado había en aquellos tratos no +pocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca viéndose +contrariada en su espiritual querencia. Le daban por mañana y tarde +furiosos ataques epilépticos, en los que se golpeaba la cara y se +arañaba las manos; y, por fin, un día Benina la sorprendió preparando +una ración de cabezas de fósforos con aguardiente para ponérsela entre +pecho y espalda. La marimorena que se armó en la casa no es para +referida. Doña Paca era un mar de lágrimas; la niña bailaba el +zapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte al +administrador de <i>entierros</i> para que, mediante una buena paliza u otra +medicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasión de <i>cosas de +muertos</i>, <i>cipreses</i> y <i>cementerios</i> de que había contagiado a la pobre +señorita.</p> + +<p>Pasado algún tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia del +trato amoroso con <i>el chico de la funebridad</i>, consintiéndoselo a veces +por vía de transacción con la epilepsia, y por evitar mayores males, +Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fácil; +y la verdad, con tal solución se ahorraban unas y otros muchos +quebraderos de cabeza, porque también la <i>familia fúnebre</i> andaba a +mojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarse +quería. Pues sucedió que una mañanita la niña supo burlar la vigilancia +de sus dos madres y se escapó de la casa; el mancebo hizo lo propio. +Juntáronse en la calle, con propósito firme de ir a algún poético lugar +donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirando +al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. Así lo +determinaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensando +simultáneamente en cuál sería la mejor manera de matarse, de golpe y +porrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la región pura +de las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaron +repentinamente sus ideas, y con perfecta concordancia pensaron cosas muy +distintas de la muerte. Por fortuna, el chico tenía dinero, pues había +cobrado la tarde anterior una factura de <i>féretro doble de zinc</i> y otra +de un <i>servicio completo de cama imperial y conducción con seis +caballos</i>, <i>etc</i>... La posesión del dinero realizó el prodigio de +cambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongación de la existencia; +y variando de rumbo se fueron a almorzar a un café, y después a una casa +cercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a sus +respectivas familias, notificándoles que <i>ya estaban casados</i>.</p> + +<p>Como casados, propiamente hablando, no lo estaban aún; pero el trámite +que faltaba tenía que venir necesariamente. El padre del chico se +personó en casa de Doña Paca, y allí se convino, llorando ella y +pateando él, que no había más remedio que reconocer y acatar los hechos +consumados. Y puesto que Doña Francisca no podía dar a su niña dinero o +efectos, ni aun en mínima cantidad para ayuda de un catre, él daría a +<i>Luquitas</i> alojamiento en lo alto del depósito de ataúdes, y un +sueldecillo en la sección de <i>Propaganda</i>. Con esto, y el corretaje que +pudiera corresponderle por <i>trabajar el género</i> en las <i>casas +mortuorias</i>, colocación de <i>artículos de lujo</i>, o por agencia de +embalsamamientos, podría vivir el flamante matrimonio con honrada +modestia.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="IX" id="IX"></a><a href="#toc">IX</a></h2> + + +<p>No se había consolado aún la desventurada señora de la pena que el +desatino de su hija le causara, y se pasaba las horas lamentándose de su +suerte, cuando entró en quintas Antoñito. La pobre señora no sabía si +sentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle soldado, con el chopo a +cuestas: al fin era señorito, y se le despegaba la vida de los +cuarteles. Pero también pensaba que la disciplina militar le vendría muy +bien para corregir sus malas mañas. Por fortuna o por desgracia del +joven, sacó un número muy alto, y quedó de reserva. Pasado algún tiempo, +y después de una ausencia de cuatro días, presentose a su madre y le +dijo que se casaba, que quería casarse, y que si no le daba su +consentimiento él se lo tomaría.</p> + +<p>«Hijo mío, sí, sí—dijo la madre prorrumpiendo en llanto—. Vete con Dios, +y solitas Benina y yo, viviremos con alguna tranquilidad. Puesto que has +encontrado quien cargue contigo, y tienes ya quien te cuide y te +aguante, allá te las hayas. Yo no puedo más».</p> + +<p>A la pregunta de cajón sobre el nombre, linaje y condiciones de la +novia, replicó el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan buena que +no había más que pedir. Pronto se supo que era hija de una sastra, que +pespuntaba con primor, y que no tenía más dote que su dedal.</p> + +<p>«Bien, niño, bien—le dijo una tarde Doña Paca—. Me he lucido con mis +hijos. Al menos Obdulia, viviendo entre ataúdes, tiene sobre qué caerse +muerta... Pero tú, ¿de qué vas a vivir? ¿Del dedal y las puntadas de ese +prodigio? Verdad que como eres tan trabajador y tan económico, +aumentarás las ganancias de ella con tu arreglo. ¡Dios mío, qué +maldición ha caído sobre mí y sobre los míos! Que me muera pronto para +no ver los horrores que han de sobrevenir».</p> + +<p>Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empezó el noviazgo de +Antoñito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo de sus mañas +rapaces, hasta que se le vio completamente curado de ellas. Su carácter +sufrió un cambio radical: mostrándose afectuoso con su madre y con +Benina, resignábase a no tener más dinero que el poquísimo que le daban, +y hasta en su lenguaje se conocía el trato de personas más honradas y +decentes que las de antaño. Esto fue parte a que Doña Paca le concediera +el consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de conocerla. +Charlando con su señora de estas cosas, Benina aventuró la idea de que +tal vez por aquel torcido sendero de la boda del mequetrefe, vendría la +suerte a la casa, pues la suerte, ya se sabe, no viene nunca por donde +lógicamente se la espera, sino por curvas y vericuetos increíbles. No se +daba por convencida Doña Paca, que sintiéndose minada de una melancolía +corrosiva, no veía ya en la existencia ningún horizonte que no fuera +ceñudo y tempestuoso. Con hallarse ya las dos mujeres, por la colocación +de los hijos, en mejores condiciones de reposo y de vida, no se avenían +con su soledad, y echaban de menos a <i>la familia menuda</i>; cosa en verdad +muy natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a la +descendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les deshonre.</p> + +<p>A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doña Paca de la calle del +Almendro a la Imperial, buscando siempre baraturas, que al fin y al cabo +no le resolvían el problema de vivir sin recursos. Estos se habían +reducido a cero, porque el resto disponible de la pensión apenas bastaba +para tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los días del mes +se pasaban en angustiosos arbitrios para reunir cuartos, cosa en extremo +difícil ya, porque no había en la casa objetos de valor. El crédito en +tiendas o en cajones de la plazuela, habíase agotado. De los hijos nada +podía esperarse, y bastante hacían los pobres con asegurar malamente su +propia subsistencia. La situación era, pues, desesperada, de naufragio +irremediable, flotando los cuerpos entre las bravas olas, sin tabla o +madero a que poder agarrarse. Por aquellos días, hizo la Benina +prodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer a +su ama gastando inverosímiles cantidades metálicas. Como tenía +conocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejores +excelente parroquiana, no le era difícil adquirir comestibles a precio +ínfimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas o +repollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para pobres, +que ocupan casi toda la calle de la Ruda, también tenía buenas amistades +y relaciones, y con poquísimo dinero, o sin ninguno a veces, tomando al +fiado, adquiría huevos chicos, rotos y viejos, puñados de garbanzos o +lentejas, azúcar morena de restos de almacén, y diversas porquerías que +presentaba a la señora como artículo de mediana clase.</p> + +<p>Por ironía de su destino, Doña Paca, afligida de diversas enfermedades, +conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gusto y +apetito que en cierto modo venían a ser también enfermedad, en aquel +caso de las más rebeldes, porque en las farmacias, llamadas tiendas de +comestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos, +empleando la actividad corpórea, la atención intensa y la inteligente +travesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien, +con delicadezas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la movía, +y además el ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como para +compensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Conformábase +ella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuando +Doña Paca quedase satisfecha. Pero no por caritativa y cariñosa perdía +sus mañas instintivas; siempre ocultaba a su señora una parte del +dinero, trabajosamente reunido, y la guardaba para formar nuevo fondo y +capital nuevo.</p> + +<p>Al año del casorio, los hijos, que habían entrado en la vida matrimonial +con regular desahogo, empezaron a recibir golpes de la suerte, como si +heredaran la maldición recaída sobre la pobre madre. Obdulia, que no +pudo habituarse a vivir entre cajas de muerto, enfermó de hipocondría; +malparió; sus nervios se desataron; la pobreza y las negligencias de su +marido, que de ella no se cuidaba, agravaron sus males constitutivos. +Mezquinamente socorrida por sus suegros, vivía en un sotabanco de la +calle de la Cabeza, mal abrigada y peor comida, indiferente a su esposo, +consumiéndose en letal ociosidad, que fomentaba los desvaríos de su +imaginación.</p> + +<p>En cambio, Antoñito se había hecho hombre formal después de casado, tal +vez por obra y gracia de la virtud, buen juicio y laboriosidad de su +mujer, que salió verdadera alhaja. Pero todos estos méritos, que habían +producido el milagro de la redención moral de Antonio Zapata, no +bastaban a defenderle de la pobreza. Vivía el matrimonio en un cuartito +de la calle de San Carlos, que parecía el interior de una bombonera, y +apenas se entraba en él se veía en todo una mano hacendosa. Para mayor +dicha, el que en otro tiempo perteneció a la clase de los llamados +<i>golfos</i>, adquiría el hábito y el gusto del trabajo productivo, y no +habiendo cosa mejor en que ocuparse, se había hecho corredor de +anuncios. Todo el santo día le teníais como un azacán, de comercio en +comercio, de periódico en periódico, y aunque de sus comisiones había +que descontar el considerable gasto de calzado, siempre le quedaba para +ayuda del cocido, y para aliviar a la Juliana de su enorme tarea en la +<i>Singer</i>. Y que la moza no se andaba en chiquitas: su fecundidad no era +inferior a su disposición casera, porque en el primer parto se trajo dos +gemelos. No hubo más remedio que poner ama, y una boca más en la casa +obligó a duplicar los movimientos de la <i>Singer</i> y las correrías de +Antoñito por las calles de Madrid. Antes de la venida de los gemelos, el +<i>ex-golfo</i> solía sorprender a su madre con esplendideces y rasgos de +amor filial, que eran las únicas alegrías saboreadas por la infeliz +señora en mucho tiempo: le llevaba una peseta, dos pesetas, a veces +medio duro, y Doña Paca lo agradecía más que si sus parientes de Ronda +le regalaran un cortijo. Pero desde que se posesionaron de la casa los +mellizos, ávidos de vida y de leche, que había que formar con buenos +alimentos, el dichoso y asendereado padre no pudo obsequiar a la +abuelita con los sobrantes de su ganancia, porque no los tenía. Más que +para dar estaba para que le dieran.</p> + +<p>Al contrario de este matrimonio, el de los <i>funerarios</i>, Luquitas y +Obdulia, iba mal, porque el esposo se distraía de sus obligaciones +domésticas y de su trabajo; frecuentaba demasiado el café, y quizás +lugares menos honestos, por lo cual se le privó de la cobranza de +facturas de servicios mortuorios. Obdulia no tenía ni asomos de +arreglo; pronto se vio agobiada de deudas; cada lunes y cada martes +enviaba recaditos a su madre con la portera, pidiéndole cuartos, que +Doña Paca no podía darle. Todo esto era ocasión de nuevos afanes y +cavilaciones para Benina, que amaba entrañablemente a la señorita de la +casa, y no podía verla con hambre y necesidad, sin tratar al instante de +socorrerla según sus medios. No sólo tenía que atender a su casa, sino a +la de Obdulia, cuidando de que lo más preciso no faltase en ella. ¡Qué +vida, qué fatigas horrorosas, qué pugilato con el destino, en las +sombras tétricas de la miseria vergonzante, que tiene que guardar el +crédito, mirar por el decoro! La situación llegó a ser un día tan +extremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar a +cielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido el +crédito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio más arbitrio +para continuar la lucha que poner su cara en vergüenza saliendo a pedir +limosna. Hízolo una mañana, creyendo que lo haría por única vez, y +siguió luego todos los días, pues la fiera necesidad le impuso el triste +oficio mendicante, privándola en absoluto de todo otro medio de atender +a los suyos. Llegó por sus pasos contados, y no podía menos de llegar y +permanecer allí hasta la muerte, por ley social, económica, si es que +así se dice. Mas no queriendo que su señora se enterase de tanta +desventura, armó el enredo de que le había salido una buena <i>proporción</i> +de asistenta, en casa de un señor eclesiástico, alcarreño, tan piadoso +como adinerado. Con su presteza imaginativa bautizó al fingido +personaje, dándole, para engañar mejor a la señora, el nombre de D. +Romualdo. Todo se lo creyó Doña Paca, que rezaba algunos Padrenuestros +para que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, por +quien Benina tenía algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por las +noches, engañando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le pedía +noticias de él y de sus sobrinas y hermanas, de cómo estaba puesta la +casa, y del gasto que hacían; a lo que contestaba Benina con detalladas +referencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="X" id="X"></a><a href="#toc">X</a></h2> + + +<p>Pues señor, atando ahora el cabo de esta narración, sigo diciendo que +aquel día comió la señora con buen apetito, y mientras tomaba los +alimentos adquiridos con el duro del ciego Almudena, digería fácilmente +los piadosos engaños que su criada y compañera le iba metiendo en el +cuerpo. Había llegado a tener Doña Paca tal confianza en la disposición +de Benina, que apenas se inquietaba ya por las dificultades del mañana, +segura de que la otra las había de vencer con su diligencia y +conocimiento del mundo, valiéndole de mucho la protección del bendito D. +Romualdo. Ama y criada comieron juntas, y de sobremesa Doña Paca le +decía: «No debes escatimar el tiempo a esos señores; y aunque tu +obligación es servirles no más que hasta las doce, si algún día quieren +que te estés allí por la tarde, estate, mujer, que ya me entenderé yo +aquí como pueda.</p> + +<p>—Eso no—respondió Benina—, que tiempo hay para todo, y yo no puedo +faltar de aquí. Ellos son gente buena, y se hacen cargo...</p> + +<p>—Bien se les conoce. Yo le pido al Señor que les premie el buen trato +que te dan, y mi mayor alegría hoy sería saber que a D. Romualdo me le +hacían obispo.</p> + +<p>—Pues ya suena el run run de que van a proponerle; sí, señora, obispo de +no sé qué punto, allá en las islas de Filipinas.</p> + +<p>—¿Tan lejos? No, eso no. Por acá tienen que dejarle para que haga mucho +bien.</p> + +<p>—Lo mismo piensa la Patros, ¿sabe? la mayor de las sobrinas.</p> + +<p>—¿Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco?</p> + +<p>—No; esa es la otra.</p> + +<p>—Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores.</p> + +<p>—Esa. Pues dice que a dónde van ellas por esos mares de tan lejos... No, +no; más vale simple cura por aquí, que arzobispo allá, donde, según +dicen, son las doce del día cuando aquí tenemos las doce de la noche.</p> + +<p>—En los antípodas.</p> + +<p>—Pero la hermana, Doña Josefa, dice que venga la mitra, y sea donde Dios +quisiere, que ella no teme ir al fin del mundo, con tal de ver al +reverendísimo en el puesto que le corresponde.</p> + +<p>—Puede que tenga razón. ¿Y qué hemos de hacer nosotras más que +conformarnos con la voluntad del Señor, si nos llevan tan lejos al que, +amparándote a ti, a mí también me ampara? Ya sabe Dios lo que hace, y +hasta podría suceder que lo que creemos un mal fuera un bien, y que el +buen D. Romualdo, al marcharse, nos dejara bien recomendadas a un obispo +de acá, o al propio Nuncio...</p> + +<p>—Yo creo que sí. En fin, allá veremos».</p> + +<p>No pasó de aquí la conversación referente al imaginario sacerdote, a +quien Doña Paca conocía ya como si le hubiera visto y tratado, +forjándose en su mente un tipo real con los elementos descriptivos y +pintorescos que Benina un día y otro le daba. Pero lo demás que +picotearon se queda en el tintero para dar lugar a cosas de mayor +importancia.</p> + +<p>«Cuéntame, mujer. Y Obdulia ¿qué dice?</p> + +<p>—Pues nada. ¿Qué ha de decir la pobre? El pillo de Luquitas no parece +por allí hace dos días. Asegura la niña que tiene dinero, que cobró de +un <i>embalsamado</i>, y se lo gasta con unas pendangas de la calle del +Bonetillo.</p> + +<p>—¡Jesús me valga! Y su padre, ¿qué hace?</p> + +<p>—Reprenderle, castigarle, si le coge a mano. Lo que es a ese no le +enderezan ya. A la niña le mandan comida de casa de los padres; pero tan +tasada, que no le llega al colmillo. Se moriría de hambre si no le +llevara yo lo que le llevo. ¡Pobre ángel! Pues verá usted: estos días me +la he encontrado contenta. Ya sabe usted que la niña es así. Cuando hay +más motivos para que esté alegre, se pone a llorar; cuando debiera estar +triste, se pone como unas castañuelas. Sólo Dios entiende aquella +zampoña y la manera de templarla. Pues la he visto contenta, sí señora, +y es porque da en figurarse cosas buenas. Más vale así. Es de las que se +creen todo lo que fabrican ellas mismas en su cabeza. De este modo, son +felices cuando debieran ser desgraciadas.</p> + +<p>—Pues si le da por lo contrario, ayúdame tú a sentir... ¿Y estaba sola, +enteramente sola con la chica?</p> + +<p>—No, señora: allí estaba ese caballero tan fino que la acompaña algunas +mañanas; ese que es de la familia de los Delgados, paisanos de usted.</p> + +<p>—Ya... Frasquito Ponte. Figúrate si lo conoceré. Es de mi tierra, o de +Algeciras, que viene a ser lo mismo. Ha sido elegantón y se empeña en +serlo todavía... porque te advierto que es más viejo que un palmar... +Buena persona, caballero de principios, y que sabe tratar con damas, de +estos que no se estilan ya, pues ahora todo es grosería y mala +educación. Viene a ser Ponte cuñado de unas primas de mi esposo, porque +su hermana casó con... en fin, ya no me acuerdo del parentesco. Me +alegro de que trate a mi hija, pues a esta le convienen relaciones de +sujetos dignos, decentes y de buena posición.</p> + +<p>—Pues la posición del tal D. Frasquito me parece a mí que es como la del +que está montado al aire, lo mismo que los brillantes.</p> + +<p>—En mis tiempos era un solterón que se daba buena vida. Tenía un buen +empleo, comía en casas grandes, y se pasaba las noches en el Casino.</p> + +<p>—Pues debe de estar ahora más pobre que una rata, porque las noches se +las pasa...</p> + +<p>—¿Dónde?</p> + +<p>—En los palacios encantados de la <i>señá</i> Bernarda, calle de Mediodía +Grande... la casa de dormir, ¿sabe?</p> + +<p>—¿Qué me cuentas?</p> + +<p>—Ese Ponte duerme allí cuando tiene los tres reales que cuesta la cama, +en el dormitorio de primera.</p> + +<p>—Tú estás trastornada, Benina.</p> + +<p>—Le he visto, señora. La Bernarda es amiga mía. Fue la que nos prestó +los ocho duros aquellos, ¿sabe? cuando la señora tuvo que sacar cédula +con recargo, y pagar un poder para mandarlo a Ronda.</p> + +<p>—Ya... la que venía todos los días a reclamar la deuda y nos freía la +sangre.</p> + +<p>—La misma. Pues con todo, es buena mujer. No nos hubiera reclamado <i>por +justicia</i>, aunque nos amenazaba. Otras son peores. Sepa usted que está +rica, y con las seis casas de dormir que tiene, no le baja de cuarenta +mil duros lo que ha ganado, sí señora, y todo ello lo ha puesto en el +Banco, y vive del interés.</p> + +<p>—¡Qué cosas se ven! Bueno está el mundo... Pues volviendo al <i>caballero +Ponte</i>, que así le llamaban en Andalucía, si es tan pobre como dices, +dará lástima verle... Y más vale así, porque la reputación de la niña +podría sufrir algo, si en vez de ser el tal una ruina, un pobre mendigo +de levita, fuera un galán de posibles, aunque viejo.</p> + +<p>—Yo creo—dijo Benina riendo, pues su condición jovial se mostraba en +cuantito que los afanes de la vida le daban un respiro—, que va allá... +para que le embalsamen... Buena falta le hace. Y que se den prisa, antes +que esté <i>corruto</i>».</p> + +<p>Doña Paca se rió un poco con aquellas ocurrencias, y después pidió +informes de la otra familia.</p> + +<p>«Al niño no le he visto ni hoy ni ayer—respondió Benina—; pero me ha +dicho la Juliana que anda corriendo ahora como las mismas exhalaciones, +porque, con esto del trancazo, le han salido muchos anunciantes de +medicinas. Piensa ganar mucho dinero y <i>echar</i> él un periódico, todo de +cosas de tienda, poniendo, un suponer, dónde venden este artículo o el +otro artículo. Los dos mellizos parecen dos rollos de manteca; pero +buenos cocidos y buenos guisados les cuestan, que el ama se sabe cuándo +empieza a comer, pero no cuándo acaba. La Juliana me dijo que probaremos +algo de la <i>matanza</i> que le ha de mandar su tío el día del santo, y +además dos cortes de botinas, de las echadas a perder en la zapatería +para donde ella pespunta.</p> + +<p>—Es buena esa chica—dijo con gravedad Doña Paca—, aunque tan ordinaria, +que no empareja ni emparejará nunca conmigo. Sus regalos me ofenden, +pero se los agradezco por la buena voluntad... En fin, es hora de que +nos acostemos. Pues ya me parece que va medio hecha la digestión, +prepárame la medicina para dentro de media hora. Esta noche me siento +más cargada de las piernas, y con la vista muy perdida. ¡Santo Dios, si +me quedaré ciega! Yo no sé qué es esto. Como bien, gracias a Dios, y la +vista se me va de día en día, sin que me duelan los ojos. Ya no paso las +noches en vela, gracias a ti, que todo lo discurres por mí, y al +despertar, veo las cosas borradas y las piernas se me hacen de algodón. +Yo digo: ¿qué tiene que ver el reúma con la visual? Me mandan que pasee. +¿Pero a dónde voy yo con esta facha, sin ropa decente, temiendo +tropezarme a cada paso con personas que me conocieron en otra posición, +o con esos tipos ordinarios y soeces a quien se debe alguna cantidad?».</p> + +<p>Acordose al oír esto Benina de lo más importante que tenía que decir a +su señora aquella noche, y no queriendo dejarlo para última hora, por +temor a que se desvelara, antes de que salieran de la cocina, y mientras +una y otra recogían las escasas piezas de loza para fregarlas, no +desdeñándose Doña Francisca de este bajo servicio, le dijo en el tono +más natural que usar sabía:</p> + +<p>«¡Ah! ya no me acordaba... ¡qué cabeza tengo! Hoy me encontré al Sr. D. +Carlos Moreno Trujillo».</p> + +<p>Quedose Doña Paca suspensa, y poco faltó para que se le cayera de las +manos el plato que estaba lavando.</p> + +<p>«D. Carlos... Pero ¿has dicho D. Carlos? Y qué... ¿te habló, te preguntó +por mí?</p> + +<p>—Naturalmente, y con un interés que...</p> + +<p>—¿Es de veras? A buenas horas se acuerda de mí ese avaro, que me ha +visto caer en la miseria, a mí, a la cuñada de su mujer... pues Purita y +mi Antonio eran hermanos, ya sabes... y no ha sido para tenderme una +mano...</p> + +<p>—El año pasado, tal día como hoy, cuando se quedó viudo, mandó a la +señora un socorrito.</p> + +<p>—¡Seis duros! ¡Qué vergüenza!—exclamó Doña Paca, dando vueltas a su +indignación y a la inquina y despecho acumulados en su alma durante +tantos años de oprobio y escasez—. La cara se me pone como fuego al +decirlo. ¡Seis duros! y unos pingajos de Purita, guantes sucios, faldas +rotas, y un traje de sociedad, antiquísimo, de cuando se casó la +Reina... ¿Para qué me sirvieron aquellas porquerías?... En fin, sigue +contando: le encontraste, ¿a qué hora, en qué sitio?</p> + +<p>—Serían las doce y media. Él salía de San Sebastián...</p> + +<p>—Ya sé que se pasa toda la mañana de iglesia en iglesia, royendo peanas. +¿Dices que a las doce y media? ¡Pues si a esa hora estabas tú sirviendo +el almuerzo a D. Romualdo!».</p> + +<p>No era Benina mujer que se acobardaba por esta cogida. Su mente, fecunda +para el embuste, y su memoria felicísima para ordenar las mentiras que +antes había dicho y hacerlas valer en apoyo de la mentira nueva, la +sacaron del apuro.</p> + +<p>«¿Pero no dije a usted que cuando ya habían puesto la mesa, faltaba una +ensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la plaza +del Ángel, esquina a Espoz y Mina?</p> + +<p>—Si me lo dijiste, no me acuerdo. ¿Pero cómo dejabas la cocina momentos +antes de servir el almuerzo?</p> + +<p>—Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y además, no entiende +de compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos trae una jofaina en +vez de una ensaladera... Yo fui volando, mientras la Patros se quedaba +en la cocina... que lo entiende, crea usted que lo entiende tanto como +yo, o más... En fin, que me encontré al vejestorio de D. Carlos.</p> + +<p>—Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no tenías que +pasar por San Sebastián, mujer.</p> + +<p>—Digo que él salía de San Sebastián. Le vi venir de allá, mirando al +reloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero salió a saludarle. +D. Carlos me vio; hablamos...</p> + +<p>—¿Y qué te dijo? Cuéntame qué te dijo.</p> + +<p>—¡Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la señora y por los niños.</p> + +<p>—¡Qué le importarán a ese corazón de piedra la madre ni los hijos! ¡Un +hombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas, según dicen, tantas +como la edad de Cristo y una más; un hombre que ha ganado dinerales +haciendo contrabando de géneros, untando a los de la Aduana y engañando +a medio mundo, venirse ahora con cariñitos! A buenas horas, mangas +verdes... Le dirías que le desprecio, que estoy por demás orgullosa con +mi miseria, si miseria es una barrera entre él y yo... Porque ese no se +acerca a los pobres sino con su cuenta y razón. Cree que repartiendo +limosnas de ochavo, y proporcionándose por poco precio las oraciones de +los humildes, podrá engañar al de arriba y estafar la gloria eterna, o +colarse en el cielo de contrabando, haciéndose pasar por lo que no es, +como introducía el hilo de Escocia declarándolo percal de a real y medio +la vara, con marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origen +falsos también... ¿Le has dicho eso? Di, ¿se lo has dicho?</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XI" id="XI"></a><a href="#toc">XI</a></h2> + + +<p>—No le he dicho eso, señora, ni había para qué—replicó Benina, viendo +que Doña Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostro +se le subía.</p> + +<p>—Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer, que +también era <i>Alejandro en puño</i>. Pues cuando empezaron mis desastres, se +aprovechaban de mis apuros para hacer su negocio. En vez de ayudarme, +tiraban de la cuerda para estrangularme más pronto. Me veían devorada +por la usura, y no eran para ofrecerme un préstamo en buenas +condiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando me +veía yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazo +de pan, la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda... +Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de un +embargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me dieron por +el San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de la +casa de mi esposo, un cuadro que él estimaba más que su propia vida? +¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatro +duros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedad +y de susto, no sabía lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijo +después que el cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves qué +gente! No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que ni +por el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos de Ronda, +peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una buena parte. Pues +ellos cumplían con una bandejita de dulces el día de San Antonio, y +alguna cursilería de bazar en mi cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón, +que casi todos los días se dejaba caer en casa a la hora a que tomábamos +café... ¡y cómo se relamía! Ya sabes que el de su casa no era más que +agua de fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi palco, +siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De la +grosería con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo. +Ya recordarás que el mismo día en que ajustamos la venta de la sillería, +se estuvieron paseando en él todita la tarde, dándose un pisto +estrepitoso en la Castellana y Retiro».</p> + +<p>No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas, +porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que +le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto, +sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlos +me mandó que fuera a su casa mañana.</p> + +<p>—¿Para qué?</p> + +<p>—Para hablar conmigo...</p> + +<p>—Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna... Justamente: hoy es el +aniversario de la muerte de Pura... Se saldrá con alguna porquería.</p> + +<p>—¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque...</p> + +<p>—¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par +de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocando +violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría la +limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un +poquito de dignidad, Nina.</p> + +<p>—No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es usted +orgullosa y qué sé yo qué.</p> + +<p>—Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir?</p> + +<p>—Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye la +misa, y después echan un parrafito en la sacristía.</p> + +<p>—Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuéntale a D. +Romualdo quién es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de última +hora no son de recibo. En fin, yo sé que no has de dejarme mal, y ya me +contarás mañana lo que saques de la visita, que será lo que el negro del +sermón».</p> + +<p>Algo más hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversación, +evitando las réplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la señora +tardó en dormirse, y la criada también, pasándose parte de la noche en +la preparación mental de sus planes estratégicos para el día siguiente, +que sería, sin duda, muy dificultoso, si no tenía la suerte de que D. +Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bien +podría ser.</p> + +<p>A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minuto +menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y +una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los +muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el +centro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros no +eran <i>de leer</i>, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared +del centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasa +negra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía, +que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos, +veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y +pegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitud +de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas +cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado la +señora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque +no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea, +nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y +no lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior.</p> + +<p>Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, con +gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de <i>andar por +casa</i>, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuo +de esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por su +aborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa de +tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traía +cuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda +respondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelo +de cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices; +después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina en +pie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en el +sillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado, +al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, como +todo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde.</p> + +<p>«Pues la he llamado a usted para decirle...».</p> + +<p>Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblor +nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este +<i>tic</i> se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados de +excitación del individuo.</p> + +<p>«Para decirle...».</p> + +<p>Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpió +los ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual no +tenía más razón de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su +esposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara, +quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro, +dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y +amarillos.</p> + +<p>«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el +encontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevar +cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la +mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los +ricos...</p> + +<p>—Paran en pobres, sí, señor,—dijo humildemente Benina, que, aunque ya +sabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimiento +reciente de D. Carlos.</p> + +<p>—Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos mi +señora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la +miseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara +sus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y el +que no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supo +jamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés!</p> + +<p>—Verdad, señor, mucha verdad—dijo Benina suspirando, en expectativa de +lo que D. Carlos le daría después de aquel sermón.</p> + +<p>—Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí y +para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi +querida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad los +negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día la +contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos +los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al +Mayor. Vea usted, véalo para que se convenza—añadió marcando más el +temblor negativo—. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera +aprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted».</p> + +<p>Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, que +se acercó para ver tanta maravilla numérica.</p> + +<p>«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada, +ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos del +cartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago y +lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales, +cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día por +día, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca +hubiera hecho balance, no estaría como está.</p> + +<p>—Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance, +que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella, +como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un +ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para +socorrerla.</p> + +<p>—Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a +usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de +llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le +hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza +destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza +destornillada.</p> + +<p>—Sí, señor, convengo en ello.</p> + +<p>—Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha +ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es +este».</p> + +<p>Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo +puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.</p> + +<p>«Vea usted—dijo el buen señor hojeando el libro—: aquí están todos los +días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del <i>Debe</i>; a +otro, la del <i>Haber</i>. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos: +carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí +lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?</p> + +<p>—Pero si a la señora no le ingresa nada.</p> + +<p>—¡Caramelos!—exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro—. Algo +habrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo +alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que +usted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver, +¿por qué no ha de anotarse?».</p> + +<p>Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que la +lástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco para +coger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo +su furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se lo +conociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta las +perras que nos da a los pobres de San Sebastián.</p> + +<p>—Día por día—replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza—. Y +puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses, +en seis, en un año.</p> + +<p>—No, no se moleste, señor—indicó Benina, sintiendo otra vez ganas de +darle un papirotazo—. Llevaré el libro, si usted quiere. La señora se lo +agradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para un +remedio.</p> + +<p>—Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de +escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre +o señas de casa para que no se olviden... Tome usted este lápiz, que ya +está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la +saca usted con el cuchillo de la cocina».</p> + +<p>Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo, +concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento +del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca +Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a +la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande +alegría.</p> + +<p>«No hay ni puede haber prosperidad sin administración—afirmó D. Carlos, +abriendo la gaveta y mirando dentro de ella—. Yo quiero que Francisca +administre, y cuando administre...</p> + +<p>—Cuando administre, ¿qué?—dijo Benina con el pensamiento—. ¿Qué nos va +usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se +te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del +cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.</p> + +<p>—Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no se +le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde +de que apuntarán todo?</p> + +<p>—Sí, señor... no se escapará ni un verbo.</p> + +<p>—Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y +rece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?</p> + +<p>—Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.</p> + +<p>—Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados +que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza... +¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración».</p> + +<p>Al oír <i>doce duros</i>, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa. +¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso +de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas, +vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de +la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto, +y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad +en aquellos días.</p> + +<p>«Doce duros—repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra—; +pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se +los asigno...».</p> + +<p>A Benina se le cayeron las alas del corazón.</p> + +<p>«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Le +señalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir a +recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo +veré si debo aumentar o no la asignación. Eso depende, fíjese usted, de +que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay +orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos.</p> + +<p>—Bien, señor—manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta le +tenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones +con el estrafalario y ruin vejete—. Yo le respondo de que se llevarán +los apuntes con <i>ministración</i>, y no se nos escapará ni una hilacha... +¿Con que pasaré los días 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El +Señor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santo +descanso... por jamás amén».</p> + +<p>D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad +desembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa y +encasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sino +en días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y +firme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat y +terminaban en la Sacramental de San Justo.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XII" id="XII"></a><a href="#toc">XII</a></h2> + + +<p>«El demontre del viejo—se decía la <i>señá</i> Benina, metiéndose a buen andar +por la calle de las Urosas—, no puede hacer más que lo que le manda su +natural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro Señor en el aquel +de plantas y animales, más raras las hace en el aquel de personas. No +acaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros son +peores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta y +apuntación... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan... +El cuento es que con estos dos duros no se me arregla el día, porque +quiero devolverle a Almudena el suyo, que bueno es tener con él palabra. +Vendrán días malos, y él me servirá... Me quedan veinte reales, de los +cuales habré de dar parte a <i>la niña</i>, que está pereciendo, y lo demás +para comer hoy, y... Tendré que decirle a la señora que su pariente no +me ha dado más que el libro de cuentas, con el cual y el lápiz pondremos +un puchero que será muy rico... caldo de números y substancia de +imprenta... ¡qué risa!... En fin, para las mentiras que he de decirla a +Doña Paca, Dios me iluminará, como siempre, y vamos tirando. A ver si +encuentro a Almudena por el camino, que esta es la hora de subir él a la +iglesia. Y si no nos tropezamos en la calle, de fijo está en el café de +la Cruz del Rastro».</p> + +<p>Dirigiose allá, y en la calle de la Encomienda se encontraron: «Hijo, en +tu busca iba—le dijo la Benina cogiéndole por el brazo—. Aquí tienes tu +duro. Ya ves que sé cumplir.</p> + +<p>—<i>Amri</i>, no tener priesa.</p> + +<p>—No te debo nada... Y hasta otra, Almudenilla, que días vendrán en que +yo carezca y tú me sirvas, como te serviré yo viceversa... ¿Vienes del +café?</p> + +<p>—Sí, y <i>golvier</i> si querer tú <i>migo</i>. Convidar <i>tigo</i>».</p> + +<p>Asintió Benina al convite, y un rato después hallábanse los dos +sentaditos en el <i>café económico</i>, tomándose sendos vasos de a diez +céntimos. El local era una taberna retocada, con ridículas elegancias +entre pueblo y señorío; dorados chillones; las paredes pintorreadas de +marinas y paisajes; ambiente fétido, y parroquia mixta de pobretería y +vendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos agarrados a los +periódicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagar +bullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente. +Solos en una mesa Benina y el marroquí, charlaron de sus cosas: el ciego +le contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella su +entrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de cuentas y +de los dos duros mensuales. De las riquezas que, según voz pública, +atesoraba Trujillo (treinta y cuatro casas, la mar de dinero en +papelorios del Gobierno, <i>muchismos</i> miles de miles en el Banco), +charlaron extensamente, corriéndose luego a considerar, <i>verbigracia</i>, +el sinnúmero de pobres que podrían ser felices con toda aquella <i>guita</i>, +que a D. Carlos le venía tan ancha, pues descontando una parte para sus +hijos, que <i>de natural</i> debían poseerlo, con lo demás se apañarían +tantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre. +Pero como ellos no habían de arreglarlo a su gusto, más cuenta les tenía +no pensar en tal cosa, y buscarse cada cual su mendrugo de pan como +pudiera, hasta que viniese la muerte y después Dios a dar a cada uno su +merecido. Por fin, con extraordinaria gravedad y tono de convicción +profunda, Almudena dijo a su amiga que todos los dinerales de D. Carlos +podían ser de ella, si quisiera.</p> + +<p>«¿Míos? ¿Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mío? Tú estás +loco, Almudenilla.</p> + +<p>—<i>Tudo</i> tuya... por la bendita luz. Si no creer mí, <i>priebar</i> tú y ver.</p> + +<p>—Vuélvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mío, +¿cuándo?</p> + +<p>—Cuando querer ti.</p> + +<p>—Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.</p> + +<p>—Mí <i>sabier</i> cómo... <i>Dicir</i> ti secreto.</p> + +<p>—Y si tú puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer, +pase a ser de otra persona, ¿por qué te conformas con la miseria, por +qué no lo coges para ti?».</p> + +<p>Replicó a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyo +secreto él poseía, había de tener vista. Y el milagro era seguro, por la +bendita luz; y si ella dudaba, no tenía más que probarlo, haciendo +puntualmente todo cuanto él le dijera.</p> + +<p>Siempre fue Benina algo supersticiosa, y solía dar crédito a cuantas +historias sobrenaturales oía contar; además, la miseria despertaba en +ella el respeto de las cosas inverosímiles y maravillosas, y aunque no +había visto ningún milagro, esperaba verlo el mejor día. Un poco de +superstición, un mucho de ansia de fenómenos estupendos y nunca vistos, +y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroquí +explicaciones concretas de su ciencia o arte de magia, pues esto había +de ser seguramente. Díjole el ciego que todo consistía en saber el arte +y modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado <i>Samdai</i>.</p> + +<p>«¿Y quién es ese caballero?</p> + +<p>—El Rey de <i>baixo terra</i>.</p> + +<p>—¿Cómo? ¿Un Rey que está debajo de la tierra? Pues el diablo será.</p> + +<p>—Diablo no: Rey <i>bunito</i>.</p> + +<p>—¿Eso es cosa de tu religión? ¿Tú qué religión tienes?</p> + +<p>—Ser <i>eibrío</i>.</p> + +<p>—Vaya por Dios—dijo Benina, que no había entendido el término—. ¿Y a ese +Rey le llamas tú, y viene?</p> + +<p>—Y dar ti <i>tuda</i> que pedir él.</p> + +<p>—¿Me da todo lo que le pida?</p> + +<p>—<i>Siguro</i>».</p> + +<p>La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz +mujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertos +de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos, +saltó diciendo:</p> + +<p>«¿Y qué se hace para llamarlo?</p> + +<p>—Yo diciendo ti.</p> + +<p>—¿Y no me pasa nada por hacerlo?</p> + +<p>—<i>Naida</i>.</p> + +<p>—¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?</p> + +<p>—No.</p> + +<p>—Pues ve diciendo; pero no engañes, no engañes, te digo.</p> + +<p>—<i>N'gañar</i> no ti...</p> + +<p>—¿Podemos hacerlo ahora?</p> + +<p>—No: <i>hacirlo</i> a las doce del noche.</p> + +<p>—¿Tiene que ser a esa hora?</p> + +<p>—<i>Siguro</i>, <i>siguro</i>...</p> + +<p>—¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?... <i>Amos</i>, déjame a mí de +pamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D. +Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: ¿qué hay que hacer?</p> + +<p>—<i>N'cesitas</i> cosas <i>mochas</i>. Comprar tú cosas. Lo <i>primiero</i> candil de +barro. Pero comprarlo has tú sin hablar <i>paliabra</i>.</p> + +<p>—Me vuelvo muda.</p> + +<p>—Muda tú... Comprar cosa... y si hablar no valer.</p> + +<p>—Válgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, y +luego...».</p> + +<p>Almudena ordenó después que había de buscar una olla de barro con siete +agujeros, con siete nada más, todo sin hablar, porque si hablaba no +valía. ¿Pero dónde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? A +esto replicó el ciego que en su tierra las había, y que aquí podían +suplirse con los tostadores que usan las castañeras, buscando el que +tuviese siete <i>bujeros</i>, ni uno más ni uno menos.</p> + +<p>«¿Y ello ha de comprarse también sin hablar?</p> + +<p>—Sin hablando <i>naida</i>».</p> + +<p>Luego era forzoso procurarse un palo de <i>carrash</i>, madera de África, que +aquí llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado <i>cabe</i> +las Américas, lo tenía. Había que comprárselo sin pronunciar palabra. +Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondría el palo al fuego hasta que +se prendiera bien... Esto había de ser el viernes a las cinco en punto. +Si no, no valía. Y el palo estaría ardiendo hasta el sábado, y el sábado +a las cinco en punto se le metía en el agua siete veces, ni una más ni +una menos.</p> + +<p>«¿Todo callandito?</p> + +<p>—Hablar <i>naida</i>, <i>naida</i>».</p> + +<p>Luego se vestía el palo con ropas de mujer, como una muñeca, y bien +vestidito se le arrimaba a la pared, poniéndole derecho, <i>amos</i>, en pie. +Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se le +tapaba con la olla, de modo que no se viese más luz que la que saldría +por los siete <i>bujeros</i>, y a corta distancia se ponía la cazuela con +lumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oración una y +otra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así se estaba la +persona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo del +benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce...</p> + +<p>«¡A las doce!—repitió Benina sobresaltada—. ¡Y al dar las doce +campanadas viene... sale, se me aparece!...</p> + +<p>—El Rey de <i>baixo terra</i>: pedir tú lo que <i>quierer</i>, y darlo ti él.</p> + +<p>—Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que <i>ese señor</i>, sin más que +las <i>cirimonias</i> que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don +Carlos Trujillo?</p> + +<p>—Verlo tú, si queriendo.</p> + +<p>—Pero con tanto <i>requesito</i>, si una se descuida un poco, o se equivoca +en una sola palabra del rezo mental...</p> + +<p>—Tener tú cuidado <i>mocha</i>.</p> + +<p>—¿Y la oración?</p> + +<p>—Mi enseñarla ti; <i>dicir</i> tú: <i>Semá Israel Adonai Elohino Adonai +Ishat</i>...</p> + +<p>—Calla, calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no sea +castellano neto yo no atino... Y también te aseguro que tengo mieditis +de esas suertes de brujería... quita, quita... Pero ¡ah! ¡si fuera +verdad, qué gusto, cogerle a ese zorrocloco de D. Carlos todo su +dinero... <i>amos</i>, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantos +pobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba, +comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero no, +no... cualquier día iba a venir acá ese Rey Mago... También te digo que +suceden a veces cosas muy <i>fenómenas</i>, y que andan por el aire los que +llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y +oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas +verdaderas de otro mundo, que se vienen a este... Todo puede ser, todo +puede ser... Pero yo, qué quieres que te diga, dudo mucho que le den a +una tanto dinero, sin más ni más. Que para socorrer a los pobres, un +suponer, se quite a los ricos medio millón, o la mitad de medio millón, +pase; pero tantas, <i>tantismas</i> talegas para nosotros... no, esa no +cuela.</p> + +<p>—<i>Tuda</i>, <i>tuda</i> la que haber en el Banco, <i>millonas mochas</i>, <i>lotería</i>, +<i>tuda pa ti</i>, <i>hiciendo</i> lo que decir ti.</p> + +<p>—Pues si eso es tan fácil, ¿por qué no lo hacen otros? ¿O es que tú solo +tienes el secreto? ¡El secreto tú solo! <i>Amos</i>, cuéntaselo al Nuncio, +que aquí no nos tragamos esas papas... Yo no te digo que no sea +posible... y si supiera yo hacer la prueba, la haría, con mil pares... +Vuélveme a decir la receta de lo que ha de comprar una sin hablar...».</p> + +<p>Repitió Almudena las fórmulas y reglas del conjuro, añadiendo +descripción tan viva y pintoresca del Rey <i>Samdai</i>, de su rostro +hermosísimo, apostura noble, traje espléndido, de su séquito, que +formaban <i>arregimientos</i> de príncipes y magnates, montados en camellos +blancos como la leche, que la pobre Benina se embelesaba oyéndole, y si +a pie juntillas no le creía, se dejaba ganar y seducir de la ingenua +poesía del relato, pensando que si aquello no era verdad, debía serlo. +¡Qué consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y si +es verdad que hubo Reyes Magos que traían regalos a los niños, ¿por qué +no ha de haber otros Reyes <i>de ilusión</i>, que vengan al socorro de los +ancianos, de las personas honradas que no tienen más que una muda de +camisa, y de las <i>almas</i> decentes que no se atreven a salir a la calle +porque deben tanto más cuanto a tenderos y prestamistas? Lo que contaba +Almudena era de lo que <i>no se sabe</i>. ¿Y no puede suceder que alguno sepa +lo que no sabemos los demás?... ¿Pues cuántas cosas se tuvieron por +mentira y luego salieron verdades? Antes de que inventaran el telégrafo, +¿quién hubiera creído que se hablaría con las Américas del Nuevo Mundo, +como hablamos de balcón a balcón con el vecino de enfrente? Y antes de +que inventaran la fotografía, ¿quién hubiera pensado que se puede una +retratar sólo con <i>ponerse</i>? Pues lo mismo que esto es aquello. Hay +misterios, secretos que no se entienden, hasta que viene uno y dice tal +por cual, y lo descubre... ¡Pues qué más, Señor!... Allá estaban las +Américas desde que Dios hizo el mundo, y nadie lo sabía... hasta que +sale ese Colón, y con no más que poner un huevo en pie, lo descubre todo +y dice a los países: «Ahí tenéis la América y los americanos, y la caña +de azúcar, y el tabaco bendito... ahí tenéis Estados Unidos, y hombres +negros, y onzas de diez y siete duros». ¡A ver!</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XIII" id="XIII"></a><a href="#toc">XIII</a></h2> + + +<p>No había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando Benina vio +entrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí tienes a esa +fandangona, tu compañera de casa.</p> + +<p>—¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir, <i>siguro</i>, con +la Diega...</p> + +<p>—Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser más +borracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos +<i>tintas</i>.</p> + +<p>—<i>Señá</i> Diega enseñar vicio ella.</p> + +<p>—¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?».</p> + +<p>Contole el ciego que Pedra era huérfana; su padre fue empleado en el +Matadero de cerdos, con perdón, y su madre <i>cambiaba</i> en la calle de la +Ruda. Murieron los dos, con diferencia de días, por haber comido gato. +Buen plato es el micho; pero cuando está rabioso, le salen pintas en la +cara al que lo come, y a los tres días, muerte natural por calenturas +<i>perdiciosas</i>. En fin, que espicharon los padres, y la chica se quedó en +la puerta de la calle, sentadita. Era hermosa: por tal la celebraban; su +voz sonaba como las músicas bonitas. Primero se puso a cambiar, y luego +a vender churros, pues tenía tino de comercianta; pero nada le valió su +buena voluntad, porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que en +pocos días la enseñó a embriagarse, y otras cosas peores. A los tres +meses, Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejándola en los puros +pellejos, y su aliento apestaba. Hablaba como una carreterona, y tenía +un toser perruno y una carraspera que tiraban para atrás. A veces pedía +por el camino de Carabanchel, y de noche se quedaba a dormir en +cualquier parador. De vez en cuando se lavaba un poco la cara, compraba +<i>agua de olor</i>, y rociándose las flaquezas, pedía prestada una camisa, +una falda, un pañuelo, y se ponía <i>de puerta</i> en la casa del +<i>Comadreja</i>, calle de Mediodía Chica. Pero no tenía constancia para +nada, y ningún acomodo le duró más de dos días. Sólo duraba en ella el +gusto del aguardiente; y cuando se <i>apimplaba</i>, que era un día sí y otro +también, hacía figuras en medio del arroyo, y la toreaban los chicos. +Dormía sus monas en la calle o donde le cogía, y más bofetadas tenía en +su cara que pelos en la cabeza. Cuerpo más asistido de cardenales no se +conoció jamás, ni persona que en su corta edad, pues no tenía más que +veintidós años, aunque representaba treinta, hubiera visitado tan a +menudo las prevenciones de la Inclusa y Latina. Almudena la trataba, con +buen fin, desde que se quedó huérfana, y al verla tan arrastrada, dábale +de tres cosas un poco: consejos, limosna y algún palo. Encontrola un día +curándose sus lamparones con zumo de higuera chumbo, y aliñándose las +greñas al sol. Propúsole que se fuera con él, poniendo cada cual la +mitad del alquiler de la casa, y comprometiéndose ella a cortar de raíz +el vicio de la bebida. Discutieron, parlamentaron; diose solemnidad al +convenio, jurando los dos su fiel observancia ante un emplasto viscoso y +sobre un peine de rotas púas, y aquella noche durmió Pedra en el cuarto +de Santa Casilda. Los primeros días todo fue concordia, sobriedad en el +beber; pero la cabra no tardó en tirar al monte, y... otra vez la +endiablada hembra divirtiendo a los chicos y dando que hacer a los del +Orden.</p> + +<p>«No poder mí con ella. <i>B'rracha</i> siempre. Es un dolor... un dolor. Yo +estar ella migo por lástima...».</p> + +<p>Al ver que las dos mujeres, después de atizarse un par de <i>tintas</i>, +miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse.</p> + +<p>«<i>Dir</i> tú no, <i>Amri</i>. Quedar migo—le dijo el ciego cogiéndola de un +brazo.</p> + +<p>—Temo que armen bronca estas indinas... Acá vienen ya».</p> + +<p>Aproximáronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto el +rostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despedía. Morena, de +facciones tan regulares como pronunciadas, magníficos ojos negros, cejas +que al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no parecía +hecha para sonreír, cuerpo derecho y esbeltísimo en su flaqueza y +desaliño, la compañera de Almudena era una figura trágica, y como tal +impresionó a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensando +que le daría miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugar +solitario.</p> + +<p>De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja. Por la +estatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso, +todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejo +vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de +comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora: +«Esta es de las que sacan espinas con los codos».</p> + +<p>Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sin +alzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio +fuertes palmetazos.</p> + +<p>«<i>Tati</i> quieta—le dijo este enarbolando el palo.</p> + +<p>—Cuidado con él, que es malo y traicionero...—indicó la otra.</p> + +<p>—<i>Jai</i>... ¿verdad que eres malo y pegar <i>tú mí</i>?</p> + +<p>—Yo <i>ero beno</i>; tú mala, <i>b'rracha</i>.</p> + +<p>—No lo digas, que se escandalizará la señora anciana.</p> + +<p>—Anciana no ser ella.</p> + +<p>—¿Tú qué sabes, si no la ves?</p> + +<p>—Decente ella.</p> + +<p>—Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.</p> + +<p>—Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien—dijo Benina, azoradísima, +levantándose.</p> + +<p>—Quédese, quédese... ¡Si es <i>groma</i>!».</p> + +<p>La Diega la instó también a quedarse, añadiendo que habían comprado un +décimo de la Lotería, y ofreciéndole participación.</p> + +<p>«Yo no juego—replicó Benina—: no tengo cuartos.</p> + +<p>—Yo sí—dijo el marroquí—: dar vos una <i>pieseta</i>.</p> + +<p>—Y la señora, ¿por qué no juega?</p> + +<p>—Mañana sale. Seremos ricas, ricachonas en <i>efetivo</i>—dijo la Diega—. Yo, +si me la saco, San Antonio me oiga, volveré a establecerme en la calle +de la Sierpe. Allí te conocí, Almudena. ¿Te acuerdas?</p> + +<p>—No <i>mi cuerda</i>, no...</p> + +<p>—Vos conocisteis en Mediodía Chica, por la casa de atrás.</p> + +<p>—A este le llamaban Muley Abbas.</p> + +<p>—Y a ti <i>Cuarto e kilo</i>, por lo chica que eres.</p> + +<p>—Poner motes es cosa fea. ¿Verdad, Almudenita? Las personas decentes se +llaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y esta +señora, ¿qué gracia tiene?</p> + +<p>—Yo me llamo Benina.</p> + +<p>—¿Es usted de Toledo, por casualidad?</p> + +<p>—No, señora: soy... dos leguas de Guadalajara.</p> + +<p>—Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa: ¿por qué esta +gorrinaza de Pedrilla te llama a ti <i>Jai</i>? ¿Cuál es tu nombre en tu +religión y en tu tierra cochina, con perdón?</p> + +<p>—Llamarle <i>mi Jai</i> porque ser morito él—dijo la trágica remedando su +habla.</p> + +<p>—Nombre mío <i>Mordejai</i>—declaró el ciego—, y ser yo nacido en un <i>puebro +mu bunito</i> que llamar allá Ullah de Bergel, <i>terra</i> de Sus... ¡oh! +<i>terra</i> divina, <i>bunita</i>... <i>mochas arbolas</i>, <i>aceita mocha</i>, <i>miela</i>, +<i>frores</i>, <i>támaras</i>, <i>mocha güena</i>».</p> + +<p>El recuerdo del país natal le infundió un candoroso entusiasmo, y allí +fue el pintarlo y describirlo con hipérboles graciosas, y un colorido +poético que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres. +Incitado por ellas, contó algunos pasajes de su vida, toda llena de +estupendos casos, peligrosas empresas y fantásticas aventuras. Refirió +primero cómo se había fugado del hogar paterno, de edad de quince años, +lanzándose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desde +aquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole su +padre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: «Dile a Rubén +Toledano que te dé doscientos duros que necesito hoy». El tal debía de +ser al modo de banquero, y entre ambos señores reinaba sin duda +patriarcal confianza; porque el encargo se hizo efectivo sin ninguna +dificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesados +cartuchos de moneda española. Pero en vez de ir con ellos a la casa +paterna, tomó el caminito de Fez, ávido de ver mundo, de trabajar por su +cuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus días, no los +doscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dos +borricos, se puso a portear mercaderías y pasajeros entre Fez y +Mequínez, con buenas ganancias. Pero un día de mucho calor, ¡castigo de +Dios! pasó junto a un río y le entraron ganas de darse un baño. En el +agua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del baño le +dolían los ojos: a los tres días era ciego.</p> + +<p>Como aún tenía dinero, pudo algún tiempo vivir sin implorar la caridad +pública, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos honda +producida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. El +muchacho ágil y fuerte se hizo de la noche a la mañana hombre enclenque +y achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajero +quedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienes +terrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juez +sienta la mano al pecador. No se atrevía el pobre ciego a pedirle que le +devolviese la vista, pues esto no se lo había de conceder. Era castigo, +y el Señor no <i>se vuelve atrás</i> cuando pega de firme. Pedíale que le +diera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una <i>muquier</i> que +le amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cada +día tenía menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraran +otros por ninguna parte, y de <i>muquieres</i> nada. Las que se acercaban a +él fingiéndole cariño, no iban a su covacha más que a robarle. Un día +estaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmente +le picaba, burlándose de él con audacia insolente, cuando... no es +broma... se le aparecieron dos ángeles.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XIV" id="XIV"></a><a href="#toc">XIV</a></h2> + + +<p>«¿Pero tú ves algo, Almudena?—le preguntó <i>Cuarto e kilo</i>.</p> + +<p>—<i>Ver mí burtos ellos</i>».</p> + +<p>Explicó que distinguía las masas de obscuridad en medio de la luz: esto +por lo tocante a las cosas del mundo de acá. Pero en lo de los mundos +misteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrás, fuera y +dentro del nuestro, sus ojos veían claro, cuando veían, <i>mismo como +vosotras ver migo</i>. Bueno: pues se le aparecieron dos ángeles, y como no +era cosa de aparecérsele para no decir nada, dijéronle que venían de +parte del Rey de <i>baixo terra</i> con una embajada para él. El señor +<i>Samdai</i> tenía que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mi +hombre al Matadero por la noche, que estuviese allí quemando <i>ilcienso</i>, +y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hasta +las doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que añadir +que los ángeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieron +conocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogió sus trebejos de +sahumar, la pipa, la ración de <i>cáñamo</i> en un papel, y se fue caminito +del Matadero: el largo plantón que le esperaba, se le haría menos +aburrido fumando.</p> + +<p>Allí se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos del +sahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que llegó la hora, y lo +primerito que vio fue un par de perros, más grandes que <i>el cameio</i>, +<i>brancos</i>, con ojos de fuego. Él, Mordejai, <i>mocha medo</i>, un <i>medo</i> que +le quitaba el respirar. Vino después un <i>arregimiento</i> de jinetes con +mucho cantorio, galas <i>mochas</i>; luego empezó a caer lluvia espesísima de +arena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta el +pescuezo... y no respiraba. Cada vez más <i>medo</i>... Por encima de toda +aquella escoria pasó velocísimo otro escuadrón de jinetes, dando al +viento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Siguió un +diluvio de culebras y <i>alcranes</i>, que caían silbando y enroscándose. El +pobre ciego se moría de <i>medo</i>, sintiéndose envuelto en la horrorosa +nube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres a +pie, en pausada procesión, todos con blancas vestiduras, llevando en la +mano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosas +y azucenas se habían convertido mágicamente las serpientes y alacranes, +y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido de +arena cálida y puntiagudos guijarros.</p> + +<p>Para no cansar, apareció por fin el Rey, hermoso, con humana y divina +hermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro que +parecía tener por pedrería el sol, la luna y las estrellas. Verde era su +traje, que por lo fino debía de ser obra de unas arañas muy pulidas que +en los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. El +séquito de <i>Samdai</i> era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como le +preguntara la Petra si no venía también Su Majestad la Reina, quedose un +momento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que +<i>vido</i> también a la señora del Rey, pero con la cara muy tapada, como la +luna entre nubes, y por esta razón Mordejai no pudo distinguirla bien. +La Soberana vestía de amarillo, de un color así como nuestros +pensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto el +ciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juego +fisonómico de la convicción, y los mohines y gestos elocuentes.</p> + +<p>Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellas +bateas y canastos de oro que traían las mujeres de blanco vestidas. ¿Qué +era? <i>Pieldras</i> de diversas clases, <i>mochas</i>, <i>mochas</i>, que pronto +formaron montones que no cabrían en ninguna casa: <i>rubiles</i> como +garbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma, <i>tudas</i>, +<i>tudas</i> grandes, <i>diamanta fina</i> en tal cantidad, que había para llenar +de ellos sacos <i>mochas</i>, y con los sacos un carro de mudanzas; +esmeraldas como nueces y <i>trompacios</i> como <i>poño mío</i>...</p> + +<p>Oían esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la cara +del ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relación, no se +hallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estímulo de sus +almas, ávidas de cosas gratas y placenteras, como compensación de la +miseria bochornosa en que vivían. Almudena ponía toda su alma en su +voz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, y +hasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglífico +descifrable, oriental escritura que los oyentes entendían sin saber por +qué. El fin de la espléndida visión fue que el Rey le dijo al bueno de +Mordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no podía +darle más que una; que optase entre las pedrerías de gran valor que +delante miraba, y con las cuales gozaría de una fortuna superior a la de +todos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa, +joya sin duda tan rara que no se podía encontrar sino revolviendo toda +la tierra. Mordejai no vaciló un momento en la elección, y dijo a Su +Majestad de <i>baixo terra</i>, que para nada quería tanta pedrería <i>por +fanegas</i>, si no le daban <i>muquier</i>... «Querer mi ella... gustar mí +<i>muquier</i>, y sin <i>muquier</i> migo, no querer <i>pieldras</i> finas, ni +<i>diniero</i> ni <i>naida</i>».</p> + +<p>Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la +tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que +aquella era <i>la suya</i>, y que la siguiese hasta cogerla o más bien +cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el +Rey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los de +su comitiva, y los <i>arregimientos</i> y las señoras de blanco, y <i>tudo</i>, +<i>tudo</i>, no quedando más que un olor penetrante del <i>ilcienso</i>, y los +ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de +la noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses +estuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía más +que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al +tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por +fin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandeza +del mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino <i>Samdai</i>, era +suya.</p> + +<p>«Y no la encontraste hasta <i>tantismos</i> años de correr, y se llamaba +Nicolasa—dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo.</p> + +<p>—¿Tú qué saber? No ser Nicolasa.</p> + +<p>—Entonces será <i>la señora</i>—apuntó la Diega, señalando no sin cierta +impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.</p> + +<p>—¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los +caminos».</p> + +<p>Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió de +limosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en este +punto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon, +París, que es <i>mu</i> grande, con tantos <i>olivares</i> y buenos pisos de +calle, todo como la palma de la mano. Después de subirse hasta un pueblo +que le llaman <i>Lila</i>, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcó +para Valencia.</p> + +<p>«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por +<i>badajes</i>, que vos daban los <i>aiuntamientos</i>, con dos <i>riales de +tapa</i>—dijo la Petra—, y de Madrid vos fuisteis a los <i>Portugales</i>, y +tres años te duró el contento, camastrón, hasta que la <i>golfa</i> se te fue +con otro.</p> + +<p>—Tú no saber.</p> + +<p>—Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madrid +para llevarle a San Bernardino, y ella fue al <i>espital</i>; y estando él +una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo, +verbigracia, <i>ánimas</i>, para decirle que la Nicolasa <i>hablaba</i> en +el <i>espital</i> con uno que le iban a dar de alta...</p> + +<p>—No ser eso, no ser eso: cállate tú.</p> + +<p>—Otro día nos lo contará—indicó Benina, que, aunque gustaba de oír +aquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando sus +apremiantes quehaceres.</p> + +<p>—Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?—le dijo la Diega—. ¿A dónde irá +usted que más valga?</p> + +<p>—Otro día contar más—indicó el ciego sonriendo—. Mí ver mundo <i>mocha</i>.</p> + +<p>—Estás cansadito, Jai. Convídanos a un medio para que se te remoje la +lengua, que la tienes más seca que suela de zapato.</p> + +<p>—Yo no convidar mí ellas, <i>b'rrachonas</i>. No tener <i>diniero migo</i>.</p> + +<p>—Por eso no quede—dijo la Diega, rumbosa.</p> + +<p>—Yo no bebo—declaró la Benina—, y además tengo prisa, y con permiso de +la compañía me voy.</p> + +<p>—Quedar ti rato más. Dar once <i>reloja</i>.</p> + +<p>—Dejarla—manifestó con benevolencia la Petra—, por si tiene que ir a +ganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado».</p> + +<p>Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unos +dineros que le debían dos mozas de la calle de la Chopa, se habían +lanzado al comercio, pues una y otra tenían suma disposición y travesura +para el compra y vende. La Petra no se sentía mujer honrada y cabal sino +cuando se dedicaba al tráfico, aunque fuese en cosas menudas, como +palillos, mondarajas de tea, y <i>torraé</i>. La otra era un águila para +pañuelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos por +milagro, compraron género en una casa de saldos, y en la mañana de aquel +día pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela, +teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchas +de puntilla y dos chalecos de bayona. Otro día <i>sacarían</i> loza, +<i>imágenes</i>, y caballos de cartón de los que daban, <i>a partir +ganancias</i>, en la fábrica de la calle del Carnero. Largamente hablaron +ambas de su negocio, y se alababan recíprocamente, porque si <i>Cuarto e +kilo</i> era de lo que no hay para la adquisición de género <i>por gruesas</i>, a +la otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo. +Otra señal de que había venido al mundo para ser o <i>comercianta</i> o nada, +era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban al +bolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que los +que por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entre +los dedos antes de que cerrar pudiera el puño para guardarlos.</p> + +<p>Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud de +infundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque también ella, +Benina, se sentía <i>negocianta</i>; también acarició su alma alguna vez la +ilusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de dedicarse al servicio, +trabajando como una negra, hubiera tomado <i>una puerta de calle</i>, otro +gallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral con +Doña Paca la imposibilitaban para el comercio.</p> + +<p>Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando se +levantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D. Carlos, +y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la agenda.</p> + +<p>«Pues no lleva usted ahí pocas cosas—dijo la Petra, cogiendo el libro y +hojeándolo rápidamente, con mohines de lectora, aunque más bien +deletreaba que leía—. ¿Esto qué es? Un libro para llevar cuentas. ¡Cómo +me gusta! <i>Marzo</i>, dice aquí, y luego <i>Pe...setas</i>, y luego <i>céntimos</i>. +Es <i>mu</i> bonito apuntar aquí todo lo que sale y entra. Yo escribo tal +cual; pero en los números me atasco, porque los ochos se me enredan en +los dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que <i>se lleva</i>.</p> + +<p>—Ese libro—dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio—, me lo dio un +pariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; pero +no sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el +otro... Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, les +conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.</p> + +<p>—¿Cuánto?</p> + +<p>—Por ser para ustedes, dos reales.</p> + +<p>—Es mucho—dijo <i>Cuarto e kilo</i>, mirando las hojas del libro, que +continuaba en manos de su compañera—. Y ¿para qué lo queremos nosotras, +si nos estorba lo negro?</p> + +<p>—Toma—indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el +dedo mojado en saliva, las hojas—. Se marca con rayitas: tantas +cantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da un real, ea.</p> + +<p>—¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas».</p> + +<p>Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y por +fin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con lápiz y todo. Salió +del café la Benina, gozosa, pensando que no había perdido el tiempo, +pues si resultaban fantásticas las <i>pieldras</i> preciosas que en montones +Mordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatro +perras, como cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalo +del monomaníaco Trujillo.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XV" id="XV"></a><a href="#toc">XV</a></h2> + + +<p>El largo descanso en el café le permitió recorrer <i>como una exhalación</i> +la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza, donde vivía la +señorita Obdulia, a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse a +casa, pues era indudable que a la niña correspondía la mitad, perra más +o menos, de uno de los duros de D. Carlos. A las doce menos cuarto +entraba en el portal, que por lo siniestro y húmedo parecía la puerta de +una cárcel. En lo bajo había un establecimiento de <i>burras de leche</i>, +con borriquitas pintadas en la muestra, y dentro vivían, sin aire ni +luz, las pacíficas nodrizas de tísicos, encanijados y catarrosos. En la +portería daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido, que era +también punto fijo en San Sebastián. Con él y con el burrero charló un +rato antes de subir, y ambos le dieron dos noticias muy malas: que iba a +subir el pan y que había bajado mucho la Bolsa, señal lo primero de que +no llovía, y lo segundo de que estaba al caer una revolución gorda, todo +porque los <i>artistas</i> pedían <i>las ocho horas</i> y los <i>amos</i> no querían +darlas. Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se quitaría +todo el dinero metálico y no quedaría más que papel, hasta para las +pesetas, y que echarían nuevas contribuciones, <i>inclusive</i>, por rascarse +y por darse de quién a quién los buenos días. Con estas malas +impresiones subió Benina la escalera, tan descansada como lóbrega, con +los peldaños en panza, las paredes desconchadas, sin que faltaran los +letreros de carbón o lápiz garabateados junto a las puertas de +cuarterones, por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera, ni +los faroles sucios que de día semejaban urnas de santos. En el primer +piso, bajando del cielo, con vecindad de gatos y vistas magníficas a las +tejas y buhardillones, vivía la señorita Obdulia; su casa, por la +anchura de las habitaciones destartaladas y frías, hubiera parecido +convento, a no ser por la poca elevación de los techos, que casi se +cogían con la mano. Esteras y alfombras allí eran tan desconocidas, como +en el Congo las levitas y chisteras; sólo en lo que llamaban gabinete +había un pedazo de fieltro raído, rameado de azul y rojo, como de dos +varas en cuadro. Los muebles de baratillo declaraban con sus chapas +rotas, sus patas inválidas, sus posturas claudicantes, el desastre de +sus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza.</p> + +<p>La misma Obdulia abrió la puerta a Benina, diciéndole que la había +sentido subir, y al punto se vio la buena mujer como asaltada de una +pareja de gatos muy bonitos, que mayando la miraban, el rabo tieso, +frotando su lomo contra ella. «Los pobres animalitos—dijo la <i>niña</i> con +más lástima de ellos que de sí misma—, no se han desayunado todavía».</p> + +<p>Vestía la hija de Doña Paca una bata de franela color rosa, de corte +elegante, ya descompuesta por el mucho uso, las delanteras manchadas de +chocolate y grasa, algún siete en las mangas, la falda arrastrada, +revelándose en todo, como prenda adquirida de lance, que a su dueña le +venía un poco ancha, por <i>aquello de que la difunta era mayor</i>. De todos +modos, tal vestimenta se avenía mal con la pobreza de la esposa de +Luquitas.</p> + +<p>«¿No ha venido anoche tu marido?—le dijo Benina, sofocada de la penosa +ascensión.</p> + +<p>—No, hija, ni falta que me hace. Déjale en su café, y en sus casas de +perdición, con las <i>socias</i> que le han sorbido el seso.</p> + +<p>—¿No te han traído nada de casa de tus suegros?</p> + +<p>—Hoy no toca. Ya sabes que lo dejaron en un día sí y otro no. No ha +venido más que Juana Rosa a peinarme, y con ella se fue mi Andrea. Van a +comer juntas en casa de su tía.</p> + +<p>—De modo que estás como los camaleones. No te apures, que Dios aprieta, +pero no ahoga, y aquí estoy yo para que no ayunes más de la cuenta, que +el cielo bien ganado te lo tienes ya... Siento una tosecilla... ¿Ha +venido ese caballero?</p> + +<p>—Sí: ahí está desde las diez. Con las cosas bonitas que cuenta me +entretiene, y casi no me acuerdo de que no hay en casa más que dos onzas +de chocolate, media docena de dátiles, y algunos mendrugos de pan... Si +has de traerme algo, sea lo primero para estos pobres gatos aburridos, +que desde el amanecer no me dejan vivir. Parece que me hablan, y dicen: +«Pero ¿qué es de nuestra buena Nina, que no viene con nuestra +cordillita?».</p> + +<p>—En seguida traeré para remediaros a todos—dijo la anciana—. Pero antes +quiero saludar a ese caballero rancio, que es tan fino y atento con las +señoras».</p> + +<p>Entró en el llamado gabinete, y el señor de Ponte y Delgado se deshizo +con ella en afectuosos cumplidos de buena sociedad. «Siempre echándola a +usted de menos, Benina... y muy desconsolado cuando <i>brilla usted por su +ausencia</i>.</p> + +<p>—¡Que brillo por mi ausencia!... ¿Pero qué disparates está usted +diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de +pueblo, esos términos tan <i>fisnos</i>... Ea, quédense con Dios. Yo vuelvo +pronto, que tengo que dar de almorzar a la niña y a los señores gatos. Y +aunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aquí penitencia. Le +convido yo... no, le convida la señorita.</p> + +<p>—¡Oh, cuánto honor!... Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme.</p> + +<p>—Sí, ya sabemos que siempre está usted convidado en casas de la +grandeza. Pero como es tan bueno, se <i>dizna</i> sentarse a la mesa de los +pobres.</p> + +<p>—Consideración que tanto le agradecemos—dijo Obdulia—. Ya sé que para el +Sr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas...</p> + +<p>—¡Por Dios, Obdulia!...</p> + +<p>—Pero su mucha bondad le <i>inspira</i> estos y otros mayores sacrificios. +¿Verdad, Ponte?</p> + +<p>—Ya la he reñido a usted, amiga mía, por ser tan paradójica. Llama +sacrificio al mayor placer que puede existir en la vida.</p> + +<p>—¿Tienes carbón?...—preguntó Benina bruscamente, como quien arroja una +piedra en un macizo de flores.</p> + +<p>—Creo que hay algo—replicó Obdulia—; y si no, lo traes también».</p> + +<p>Fue Nina para adentro, y habiendo encontrado combustible, aunque escaso, +se puso a encender lumbre y a preparar sus pucheros. Durante la prosaica +operación, conversaba con las astillas y los carbones, y sirviéndose del +fuelle como de un conducto fonético, les decía: «Voy a tener otra vez el +gusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambre +por la vergüenza que le da... ¡Cuánta miseria en este mundo, Señor! Bien +dicen que quien más ha visto, más ve. Y cuando se cree una que es el +acabose de la pobreza, resulta que hay otros más miserables, porque una +se echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo se +alimenta... Pero estos que juntan la vergüenza con la gana de comer, y +son delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles y +educación, y no quieren rebajarse... ¡Dios mío, qué desgraciados son! +lo que discurrirán para matar el gusanillo... Si me sobra dinero, +después de darle de almorzar, he de ver cómo me las compongo para que +tome la peseta que necesita para pagar el catre de esta noche. Pero ¡ay! +no... que necesitará ocho reales. Me da el corazón que anoche no pagó... +y como esa condenada Bernarda no fía más que una vez... será preciso +pagarle toda la cuenta... y a saber si le ha fiado dos o tres noches... +No, aunque yo tuviera el dinero, no me atrevería a dárselo; y aunque se +lo ofreciese, primero dormía al raso que cogerlo de estas manos +pobres... ¡Señor, qué cosas, qué cosas se van viendo cada día en este +mundo tan grande de la miseria!».</p> + +<p>En tanto el lánguido Frasquito y la esmirriada Obdulia platicaban +gozosos de cosas gratas, harto distantes de la triste realidad. Desde +que vio entrar a la Providencia, en figura de Benina, sintiose la niña +calmada de su ansiedad y sobresalto, y el caballero también respiró por +el propio motivo feliz, y se le alegraron las pajarillas viendo +conjurado, por aquel día, un grave conflicto de subsistencias. Uno y +otro, marchita dama y galán manido, poseían, en medio de su radical +penuria, una <i>riqueza</i> inagotable, eficacísima, casi acuñable, extraída +de la mina de su propio espíritu; y aunque usaban de los productos de +este venero con prodigalidad, mientras más gastaban, más superabundancia +tenían sus caudales. Consistía, pues, esta riqueza, en la facultad +preciosa de desprenderse de la realidad, cuando querían, trasladándose a +un mundo imaginario, todo bienandanzas, placeres y dichas. Gracias a +esta divina facultad, se daba el caso de que ni siquiera advirtiesen, en +muchas ocasiones, sus enormes desdichas, pues cuando se veían privados +absolutamente de los bienes positivos, sacaban de la imaginación el +cuerno de Amaltea, y lo agitaban para ver salir de él los bienes +ideales. Lo extraño era que el Sr. de Ponte Delgado, con tener tres +veces lo menos la edad de Obdulia, casi la superaba en poder +imaginativo, pues en la declinación de la vida, se renovaban en él los +aleteos de la infancia.</p> + +<p>D. Frasquito era lo que vulgarmente se llama <i>un alma de Dios</i>. Su edad +no se sabía, ni en parte alguna constaba, pues se había quemado el +archivo de la iglesia de Algeciras donde le bautizaron. Poseía el raro +privilegio físico de una conservación que pudiera competir con la de las +momias de Egipto, y que no alteraban contratiempos ni privaciones. Su +cabello se conservaba negro y abundante; la barba, no; pero con un poco +de betún casi armonizaban una con otro. Gastaba melenas, no de las +románticas, desgreñadas y foscas, sino de las que se usaron hacia el +50, lustrosas, con raya lateral, los mechones bien ahuecaditos sobre las +orejas. El movimiento de la mano para ahuecar los dos mechones y +modelarlos en su sitio, era uno de esos resabios fisiológicos, de +<i>segunda naturaleza</i>, que llegan a ser parte integrante de la primera. +Pues con su melenita de cocas y su barba pringosa y retinta, el rostro +de Frasquito Ponte era de los que llaman <i>aniñados</i>, por no sé qué +expresión de ingenuidad y confianza que veríais en su nariz chica, y en +sus ojos que fueron vivaces y ya eran mortecinos. Miraban siempre con +ternura, lanzando sus rayos de ocaso melancólico en medio de un celaje +de lagrimales pitañosos, de pestañas ralas, de párpados rugosos, de +extensas patas de gallo. Dos presunciones descollaban entre las muchas +que constituían el orgullo de Ponte Delgado, a saber: la melena y el pie +pequeño. Para las mayores desdichas, para las abstinencias más crueles y +mortificantes, tenía resignación; para llevar zapatos muy viejos o que +desvirtuaran la estructura perfecta y las lindas proporciones de sus +piececitos, no la tenía, no.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XVI" id="XVI"></a><a href="#toc">XVI</a></h2> + + +<p>Del arte exquisito para conservar la ropa no hablemos. Nadie como él +sabía encontrar en excéntricos portales sastres económicos, que por +poquísimo dinero <i>volvían</i> una pieza; nadie como él sabía tratar con +mimo las prendas de uso perenne para que desafiaran los años, +conservándose en los puros hilos; nadie como él sabía emplear la bencina +para limpieza de mugres, planchar arrugas con la mano, estirar lo +encogido y enmendar rodilleras. Lo que le duraba un sombrero de copa no +es para dicho. Para averiguarlo no valdría compulsar todas las +cronologías de la moda, pues a fuerza de ser antigua la del +chisterómetro que usaba, casi era moderna, y a esta ilusión contribuía +el engaño de aquella felpa, tan bien alisada con amorosos cuidados +maternales. Las demás prendas de ropa, si al sombrero igualaban en +longevidad, no podían emular con él en el disimulo de años de servicio, +porque con tantas vueltas y transformaciones, y tantos recorridos de +aguja y pases de plancha, ya no eran sino sombra de lo que fueron. Un +gabancillo de verano, clarucho, usaba D. Frasquito en todo tiempo: era +su prenda menos inveterada, y le servía para ocultar, cerrado hasta el +cuello, todo lo demás que llevaba, menos la mitad de los pantalones. Lo +que se escondía debajo de la tal prenda, sólo Dios y Ponte lo sabían.</p> + +<p>Persona más inofensiva no creo haya existido nunca; más inútil, tampoco. +Que Ponte no había servido nunca para nada, lo atestiguaba su miseria, +imposible de disimular en aquel triste occidente de su vida. Había +heredado una regular fortunilla, desempeñó algunos destinos buenos, y no +tuvo atenciones ni cargas de familia, pues se petrificó en el celibato, +primero por adoración de sí mismo, después por haber perdido el tiempo +buscando con demasiado escrúpulo y criterio muy rígido un matrimonio de +conveniencia, que no encontró, ni encontrar podía, con las gollerías y +perendengues que deseaba. En la época en que aún no existía la palabra +<i>cursi</i>, Ponte Delgado consagró su vida a la sociedad, vistiendo con +afectada elegancia, frecuentando, no diré los salones, porque entonces +poco se usaba esta denominación, sino algunos estrados de casas buenas y +distinguidas. Los verdaderos salones eran pocos, y Frasquito, por más +que en su vejez hacía gala de haber entrado en ellos, la verdad era que +ni por el forro los conocía. En las tertulias que frecuentaba y bailes +a que asistía, así como en los casinos y centros de reunión masculina, +no digamos que desentonaba; pero tampoco se distinguía por su ingenio, +ni por esa hidalga mezcla de corrección y desgaire que constituye la +elegancia verdadera. Muy estiradito siempre, eso sí; muy atento a sus +guantes, a su corbata, a su pie pequeño, resultaba grato a las damas, +sin interesar a ninguna; tolerable para los hombres, algunos de los +cuales verdaderamente le estimaban.</p> + +<p>Sólo en nuestra sociedad heterogénea, libre de escrúpulos y +distinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatro +terruños, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marqueses +y condes de sangre azul, o con los próceres del dinero, en los centros +de falsa elegancia; que se junten y alternen los que explotan la vida +suntuaria por sus negocios, o sus vanidades, o bien por audaces amoríos, +y los que van a bailar y a comer y departir con las señoras, sin más +objeto que procurarse recomendaciones para un ascenso, o el favor de un +jefe para faltar impunemente a las horas de oficinas. No digo esto por +Frasquito Ponte, el cual era algo más que un pelagatos fino en los +tiempos de su apogeo social. Su decadencia no empezó a manifestarse de +un modo notorio hasta el 59; se defendió heroicamente hasta el 68, y al +llegar este año, marcado en la tabla de su destino con trazo muy negro, +desplomose el desdichado galán en los abismos de la miseria, para no +levantarse más. Años antes se había comido los últimos restos de su +fortuna. El destino que con grandes fatigas pudo conseguir de González +Bravo, se lo quitó despiadadamente la revolución; no gozaba cesantía, no +había sabido ahorrar. Quedose el cuitado sin más rentas que el día y la +noche, y la compasión de algunos buenos amigos que le sentaban a su +mesa. Pero los buenos amigos se murieron o se cansaron, y los parientes +no se mostraban compasivos. Pasó hambres, desnudeces, privaciones de +todo lo que había sido su mayor gusto, y en tan tremenda crisis, su +delicadeza innata y su amor propio fueron como piedra atada al cuello +para que más pronto se hundiera y se ahogara: no era hombre capaz de +importunar a los amigos con solicitudes de dinero, vulgo <i>sablazos</i>, y +sólo en contadísimas ocasiones, verdaderos casos críticos o de peligro +de muerte, en la lucha con la miseria, se aventuró a extender la mano en +demanda de auxilio, revistiéndola, eso sí, para guardar las formas, de +un guante, que aunque descosido y roto, guante era al fin. Antes se +muriera de hambre Frasquito, que hacer cosa alguna sin dignidad. Se dio +el caso de entrar disfrazado en el figón de Boto, a comer dos reales de +cocido, antes que presentarse en una buena casa, donde si le admitían +con agasajo, también lastimaban con crueles bromas su decoro, +refregándole en el rostro su gorronería y parasitismo.</p> + +<p>Con angustioso afán buscaba el infeliz medios de existencia, aunque +fueran de los menos lucrativos; pero la cortedad de sus talentos +dificultaba más lo que en todos los casos es difícil. Tanto revolvió, +que al fin pudo encontrar algunos empleíllos, indignos ciertamente de su +anterior posición, pero que le permitieron vivir algún tiempo sin +<i>rebajarse</i>. Su miseria, al cabo, podía decorarse con un barniz de +dignidad. Recibir un corto auxilio pecuniario como pasante de un +colegio, o como escribiente de unos boteros de la calle de Segovia, para +llevarles las cuentas y <i>ponerles</i> las cartas, era limosna ciertamente, +pero tan bien disimulada, que no había desdoro en recibirla. Arrastró +vida mísera durante algunos años, solitario habitante de los barrios del +Sur, sin atreverse a pasar a los del Centro y Norte, por miedo de +encontrar <i>conocimientos</i> que le vieran mal calzado y peor vestido; y +habiendo perdido aquellos acomodos, buscó otros, aceptando al fin, no +sin escrúpulos y crispaduras de nervios, el cargo de comisionista o +viajante de una fábrica de jabón, para ir de tienda en tienda y de casa +en casa ofreciendo el género, y colocando las partidas que pudiera. Mas +tan poca labia y malicia el pobrecillo desplegaba en este oficio +chalanesco, que pronto hubo de quedarse en la calle. Últimamente le +deparó el cielo unas señoras viejas de la Costanilla de San Andrés, para +que les llevara las cuentas de un resto de comercio de cerería, que +liquidaban, cediendo en pequeñas partidas las existencias a las +parroquias y congregaciones. Escaso era el trabajo; mas por él le daban +tan sólo dos pesetas diarias, con las cuales realizaba el milagro de +vivir, agenciándose comida y lecho, y no se dice casa, porque en +realidad no la tenía.</p> + +<p>Ya desde el 80, que fue el año terrible para el sin ventura Frasquito, +se determinó a no tener domicilio, y después de unos días de horrorosa +crisis en que pudo compararse al caracol, por el aquel de llevar su casa +consigo, entendiose con la <i>señá</i> Bernarda, la dueña de los dormitorios +de la calle del Mediodía Grande, mujer muy dispuesta y que sabía +distinguir. Por tres reales le daba cama de a peseta, y en obsequio a la +excepcional decencia del parroquiano, por sólo un real de añadidura le +dejaba tener su baúl en un cuartucho interior, donde, además, le +permitía estar una hora todas las mañanas arreglándose la ropa, y +acicalándose con sus lavatorios, cosméticos y manos de tinte. Entraba +como un cadáver, y salía desconocido, limpio, oloroso y reluciente de +hermosura.</p> + +<p>La restante peseta la empleaba en comer y en vestirse... ¡Problema +inmenso, álgebra imposible! Con todos sus apuros, aquella temporada le +dio relativo descanso, porque no sufría la humillación de pedir socorro, +y malo o bueno, tuerto o derecho, tenía el hombre un medio de vivir, y +vivía y respiraba, y aún le sobraba tiempo para dar algunas volteretas +por los espacios imaginarios. Su honesto trato con Obdulia, que vino del +conocimiento con Doña Paca y de las relaciones comerciales de las viejas +cereras con el <i>funerario</i>, suegro de la niña, si llevó al espíritu de +Ponte el consuelo de la concordancia de ideas, gustos y aficiones, le +puso en el grave compromiso de desatender las necesidades de boca para +comprarse unas botas nuevas, pues las que por entonces prestaban +servicio exclusivo hallábanse horrorosamente desfiguradas, y por todo +pasaba el menesteroso, menos por entrar con feo pie en las regiones de +lo ideal.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XVII" id="XVII"></a><a href="#toc">XVII</a></h2> + + +<p>Con el espantoso desequilibrio que trajeron al menguado presupuesto, las +botas nuevas y otros artículos de verdadera superfluidad, como pomada, +tarjetas, etc., en los cuales fue preciso invertir sumas de relativa +consideración, se quedó Frasquito enteramente vacío de barriga y sin +saber dónde ni cómo había que llenarla. Pero la Providencia, que no +abandona a los buenos, le deparó su remedio en la casa misma de Obdulia, +que le mataba el hambre algunos días, rogándole que la acompañase a +almorzar; y por cierto que tenía que gastar no poca saliva para +reducirle, y vencer su delicadeza y cortedad. Benina, que le leía en el +rostro la inanición, gastaba menos etiquetas que su señorita, y le +servía con brusquedad, riéndose de los melindres y repulgos con que daba +delicada forma a la aceptación.</p> + +<p>Aquel día, que tan siniestro se presentaba, y que la aparición de Benina +trocó en uno de los más dichosos, Obdulia y Frasquito, en cuanto +comprendieron que estaba resuelto el problema de la reparación +orgánica, se lanzaron a cien mil leguas de la realidad, para espaciar +sus almas en el rosado ambiente de los bienes fingidos. Las ideas de +Ponte eran muy limitadas: las que pudo adquirir en los veinte años de su +apogeo social se petrificaron, y ni en ellas hubo modificación, ni las +adquirió nuevas. La miseria le apartó de sus antiguas amistades y +relaciones, y así como su cuerpo se momificaba, su pensamiento se iba +quedando fósil. En su manera de pensar, no había rebasado las líneas del +68 y 70. Ignoraba cosas que sabe todo el mundo; parecía hombre caído de +un nido o de las nubes; juzgaba de sucesos y personas con candorosa +inocencia. La vergüenza de su aflictivo estado y el retraimiento +consiguiente, no tenían poca parte en su atraso mental y en la pobreza +de sus pensamientos.</p> + +<p>Por miedo a que le viesen hecho una facha, se pasaba semanas y aun meses +sin salir de sus barrios; y como no tuviera necesidad imperiosa que al +centro le llamase, no pasaba de la Plaza Mayor. Le azaraba continuamente +la monomanía centrífuga; prefería para sus divagaciones las calles +obscuras y extraviadas, donde rara vez se ve un sombrero de copa. En +tales sitios, y disfrutando de sosiego, tiempo sin tasa y soledad, su +poder imaginativo hacía revivir los tiempos felices, o creaba en los +presentes seres y cosas al gusto y medida del mísero soñador.</p> + +<p>En sus coloquios con Obdulia, Frasquito no cesaba de referirle su vida +social y elegante de otros tiempos, con interesantes pormenores: cómo +fue presentado en las tertulias de los señores de Tal, o de la Marquesa +de Cuál; qué personas distinguidas allí conoció, y cuáles eran sus +caracteres, costumbres y modos de vestir. Enumeraba las casas suntuosas +donde había pasado horas felices, conociendo lo mejorcito de Madrid en +ambos sexos, y recreándose con amenos coloquios y pasatiempos muy +bonitos. Cuando la conversación recaía en cosas de arte, Ponte, que +deliraba por la música y por el <i>Real</i>, tarareaba trozos de <i>Norma</i> y de +<i>Maria di Rohan</i>, que Obdulia escuchaba con éxtasis. Otras veces, +lanzándose a la poesía, recitábale versos de D. Gregorio Romero +Larrañaga y de otros vates de aquellos tiempos bobos. La radical +ignorancia de la joven era terreno propio para estos ensayos de +literaria educación, pues en todo hallaba novedad, todo le causaba el +embeleso que sentiría una criatura al ver juguetes por primera vez.</p> + +<p>No se saciaba nunca la <i>niña</i> (a quien es forzoso llamar así, a pesar de +ser casada, con su aborto correspondiente) de adquirir informes y +noticias de la vida de sociedad, pues aunque algunos conocimientos de +ello tuviera, por recuerdos vagos de su infancia, y por lo que su madre +le había contado, hallaba en las descripciones y pinturas de Ponte mayor +encanto y poesía. Sin duda, la sociedad del tiempo de Frasquito era más +bella que la coetánea, más finos los hombres, las señoras más graciosas +y espirituales. A ruego de ella, el elegante fósil describía los +convites, los bailes, con todas sus magnificencias; el <i>buffet</i> o +<i>ambigú</i>, con sus variados manjares y refrigerios; contaba las aventuras +amorosas que en su tiempo dieron que hablar; enumeraba las reglas de +buena educación que entonces, hasta en los ínfimos detalles de la vida +suntuaria, estaba en uso, y hacía el panegírico de las bellezas que en +su tiempo brillaron, y ya se habían muerto o eran arrinconados +vejestorios. No se dejó en el tintero sus propias aventurillas, o más +bien pinitos amorosos, ni los disgustos que por tales excesos tuvo con +maridos escamones o hermanos susceptibles. De las resultas, había tenido +también su duelo correspondiente, ¡vaya! con padrinos, condiciones, +elección de armas, dimes y diretes, y, por fin, choque de sables, +terminando todo en fraternal almuerzo. Un día tras otro, fue contando +las varias peripecias de su vida social, la cual contenía todas las +variedades del libertinaje candoroso, de la elegancia pobre y de la +tontería honrada. Era también Frasquito un excelente aficionado al arte +escénico, y representó en distintos teatros caseros papeles principales +en <i>Flor de un día</i> y <i>La trenza de sus cabellos</i>. Aún recordaba +parlamento y <i>bocadillos</i> de ambas obras, que repetía con énfasis +declamatorio, y que Obdulia oía con arrobamiento, <i>arrasados los ojos en +lágrimas</i>, dicho sea con frase de la época. Refirió también, y para ello +tuvo que emplear dos sesiones y media, el baile de trajes que dio, allá +por los años de Maricastaña, una señora Marquesa o Baronesa de No sé +cuántos. No olvidaría Frasquito, si mil años viviese, aquella grandiosa +fiesta, a la que asistió de <i>bandido calabrés</i>. Y se acordaba de todos, +absolutamente de todos los trajes, y los describía y especificaba, sin +olvidar cintajo ni galón. Por cierto que los preparativos de su +vestimenta, y los pasos que tuvo que dar para procurarse las prendas +características, le robaron tanto tiempo día y noche, que faltó semanas +enteras a la oficina, y de aquí le vino la primera cesantía, y con la +cesantía sus primeros atrasos.</p> + +<p>Aunque en muy pequeña escala, también podía Frasquito satisfacer otra +curiosidad de Obdulia: la curiosidad, o más bien ilusión, de los viajes. +No había dado la vuelta al mundo; pero ¡había estado en París! y para un +elegante, esto quizás bastaba. ¡París! ¿Y cómo era París? Obdulia +devoraba con los ojos al narrador, cuando este refería con hiperbólicos +arranques las maravillas de la gran ciudad, nada menos que en los +esplendorosos tiempos del segundo Imperio. ¡Ah! ¡la Emperatriz Eugenia, +los Campos Elíseos, los bulevares, Nôtre Dame, Palais Royal... y para +que en la descripción entrara todo, Mabille, las loretas!... Ponte no +estuvo más que mes y medio, viviendo con grande economía, y aprovechando +muy bien el tiempo, día y noche, para que no se le quedara nada por ver. +En aquellos cuarenta y cinco días de libertad parisiense, gozó lo +indecible, y se trajo a Madrid recuerdos e impresiones que contar para +tres años seguidos. Todo lo vio, lo grande y lo chico, lo bello y lo +raro; en todo metió su nariz chiquita, y no hay que decir que se +permitió su poco de libertinaje, deseando conocer los encantos secretos +y seductoras gracias que esclavizan a todos los pueblos, haciéndoles +tributarios de la voluptuosa Lutecia.</p> + +<p>Precisamente aquel día, mientras Benina con diligencia suma trasteaba en +la cocina y comedor, Frasquito contaba a Obdulia cosas de París, y tan +pronto, en su pintoresco relato, descendía a las alcantarillas, como se +encaramaba en la torre del pozo artesiano de Grenelle.</p> + +<p>—Muy cara ha de ser la vida en París—le dijo su amiga—. ¡Ah! Sr. de +Ponte, eso no es para pobres.</p> + +<p>—No, no lo crea usted. Sabiendo manejarse, se puede vivir como se +quiera. Yo gastaba de cuatro a cinco napoleones diarios, y nada se me +quedó por ver. Pronto aprendí las <i>correspondencias</i> de los ómnibus, y a +los sitios más distantes iba por unos cuantos <i>sus</i>. Hay <i>restauranes</i> +económicos, donde le sirven a usted por poco dinero buenos platos. +Verdad es que en propinas, que allí llaman <i>pour boire</i>, se gasta más de +la cuenta; pero créame usted, las da uno con gusto por verse tratado con +tanta amabilidad. No oye usted más que <i>pardon</i>, <i>pardon</i> a todas horas.</p> + +<p>—Pero entre las mil cosas que usted vio, Ponte, se olvida de lo mejor. +¿No vio usted a los grandes hombres?</p> + +<p>—Le diré a usted. Como era verano, los grandes hombres se habían ido a +tomar baños. Víctor Hugo, como usted sabe, estaba en la emigración.</p> + +<p>—Y a Lamartine, ¿no le vio usted?</p> + +<p>—En aquella época, ya el autor de <i>Graziella</i> había fallecido. Una +tarde, los amigos que me acompañaban en mis paseos me enseñaron la casa +de Thiers, el gran historiador, y también me llevaron al café donde, por +invierno, solía ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock.</p> + +<p>—¿El de las novelas para reír? Tiene gracia; pero sus indecencias y +porquerías me fastidian.</p> + +<p>También vi la zapatería donde le hacían las botas a Octavio Feuillet. +Por cierto que allí me encargué unas, que me costaron seis napoleones... +¡pero qué hechura, qué género! Me duraron hasta el año de la muerte de +Prim...</p> + +<p>—Ese Octavio, ¿de qué es autor?</p> + +<p>—De <i>Sibila</i> y otras obras lindísimas.</p> + +<p>—No le conozco... Creo confundirle con Eugenio Sué, que escribió, si no +recuerdo mal, los <i>Pecados capitales</i> y <i>Nuestra Señora de París</i>.</p> + +<p>—<i>Los Misterios de París</i>, quiere usted decir.</p> + +<p>—Eso... ¡Ay, me puse mala cuando leí esa obra, de la gran impresión que +me produjo!</p> + +<p>—Se identificaba usted con los personajes, y vivía la vida de ellos.</p> + +<p>—Exactamente. Lo mismo me ha pasado con <i>María o la hija de un +jornalero</i>...».</p> + +<p>En esto les avisó Benina que ya tenía preparada la pitanza, y les faltó +tiempo para caer sobre ella y hacer los debidos honores a la tortilla de +escabeche y a las chuletas con patatas fritas. Dueño de su voluntad en +todo acto que requiriese finura y buenas formas, Ponte se las compuso +admirablemente con sus nervios para no dar a conocer la ferocidad de su +hambre atrasada. Con bondadosa confianza, Benina le decía: «Coma, coma, +Sr. de Ponte, que aunque esta no es comida fina, como las que a usted le +dan en otras casas, no le viene mal ahora... Los tiempos están malos. +Hay que apencar con todo...</p> + +<p>—Señora Nina—replicaba el <i>proto-cursi</i>—, yo aseguro, bajo mi palabra de +honor, que es usted un ángel; yo <i>me inclino a creer</i> que en el cuerpo de +usted se ha encarnado un ser benéfico y misterioso, un ser que es <i>mera</i> +personificación de la Providencia, según la entendían y entienden los +pueblos antiguos y modernos.</p> + +<p>—¡Válgate Dios lo que sabe, y qué tonterías tan saladas dice!».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XVIII" id="XVIII"></a><a href="#toc">XVIII</a></h2> + + +<p>Con la reparadora substancia del almuerzo, los cuerpos parecía que +resucitaban, y los espíritus fortalecidos levantaron el vuelo a las más +altas regiones. Instalados otra vez en el gabinete, Ponte Delgado contó +las delicias de los veranos de Madrid en su tiempo. En el Prado se +reunía toda la nata y flor. Los pudientes iban de estación a la Granja. +Él había visitado más de una vez el Real Sitio, y había visto correr +las fuentes.</p> + +<p>«¡Y yo que no he visto nada, nada!—exclamaba Obdulia con tristeza, +poniendo en sus bellos ojos un desconsuelo infantil—. Crea usted, amigo +Ponte, que ya me habría vuelto tonta de remate, si Dios no me hubiera +dado la facultad de figurarme las cosas que no he visto nunca. No puede +usted imaginar cuánto me gustan las flores: me muero por ellas. En su +tiempo, mamá me dejaba tener tiestos en el balcón: después me los +quitaron, porque un día regué tanto, que subió el policía y nos echaron +multa. Siempre que paso por un jardín, me quedo embobada mirándolo. +¡Cuánto me gustaría ver los de Valencia, los de la Granja, los de +Andalucía!... Aquí apenas hay flores, y las que vemos vienen por +ferrocarril, y llegan mustias. Mi deseo es admirarlas en la planta. +Dicen que hay tantísimas clases de rosas: yo quiero verlas, Ponte; yo +quiero <i>aspirar su aroma</i>. Se dan grandes y chicas, encarnadas y +blancas, de muchas variedades. Quisiera ver una planta de jazmín grande, +grande, que me diera sombra. ¡Y cómo me quedaría yo embelesada, viendo +las mil florecillas caer sobre mis hombros, y prendérseme en el pelo!... +Yo sueño con tener un magnífico jardín y una estufa... ¡Ay! esas estufas +con plantas tropicales y flores rarísimas, quisiera verlas yo. Me las +figuro; las estoy viendo... me muero de pena por no poder poseerlas.</p> + +<p>—Yo he visto—dijo Ponte—, la de D. José Salamanca en sus buenos tiempos. +Figúresela usted más grande que esta casa y la de al lado juntas. +Figúrese usted palmeras y helechos de gran altura, y piñas de América +con fruto. Me parece que la estoy viendo.</p> + +<p>—Y yo también. Todo lo que usted me pinta, lo veo. A veces, soñando, +soñando, y viendo cosas que no existen, es decir, que existen en otra +parte, me pregunto yo: '¿Pero no podría suceder que algún día tuviera yo +una casa magnífica, elegante, con salones, estufa... y que a mi mesa se +sentaran los <i>grandes hombres</i>... y yo hablara con ellos y con ellos me +instruyera?'.</p> + +<p>—¿Por qué no ha de poder ser? Usted es muy joven, Obdulia, y tiene aún +mucha vida por delante. Todo eso que usted ve en sueños, véalo como una +realidad posible, probable. Dará usted comidas de veinte cubiertos, una +vez por semana, los miércoles, los lunes... Le aconsejo a usted, como +perro viejo en sociedad, que no ponga más de veinte cubiertos, y que +invite para esos días gente muy escogida.</p> + +<p>—¡Ah!... bien... lo mejor, la <i>crema</i>...</p> + +<p>—Los demás días, seis cubiertos, los convidados íntimos y nada más; +personas de alcurnia, ¿sabe? personas allegadas a usted y que le tengan +cariño y respeto. Como es usted tan hermosa, tendrá adoradores... eso no +lo podrá evitar... No dejará de verse en algún peligro, Obdulia. Yo le +aconsejo que sea usted muy amable con todos, muy fina, muy cortés; pero +en cuanto se propase alguno, revístase de dignidad, y vuélvase más fría +que el mármol, y desdeñosa como una reina.</p> + +<p>—Eso mismo he pensado yo, y lo pienso a todas horas. Estaré tan ocupada +en divertirme, que no se me ocurrirá ninguna cosa mala. ¡Que gusto ir a +todos los teatros, no perder ópera, ni concierto, ni función de drama o +comedia, ni estreno, ni nada, Señor, nada! Todo lo he de ver y gozar... +Pero crea usted una cosa, y se la digo con el corazón. En medio de todo +ese barullo, yo gozaría extremadamente en repartir muchas limosnas; iría +yo en busca de los pobres más desamparados, para socorrerles y... En +fin, que yo no quiero que haya pobres... ¿Verdad, Frasquito, que no debe +haberlos?</p> + +<p>—Ciertamente, señora. Usted es un ángel, y con la <i>varilla mágica de su +bondad</i> hará desaparecer todas las miserias.</p> + +<p>—Ya se me figura que es verdad cuanto usted me dice. Yo soy así. Vea +usted lo que me pasa: hace un rato hablábamos de flores; pues ya se me +ha pegado a la nariz un olor riquísimo. Paréceme que estoy dentro de mi +estufa, viendo tantos primores, y oliendo fragancias deliciosas. Y +ahora, cuando hablábamos de socorrer la miseria, se me ocurrió decirle: +'Frasquito, tráigame una lista de los pobres que usted conozca, para +empezar a distribuir limosnas'.</p> + +<p>—La lista pronto se hace, señora mía—dijo Ponte contagiado del delirio +imaginativo, y pensando que debía encabezar la propuesta con el nombre +del primer menesteroso del mundo: <i>Francisco Ponte Delgado</i>.</p> + +<p>—Pero habrá que esperar—añadió Obdulia, dándose de hocicos contra la +realidad, para volver a saltar otra vez, cual pelota de goma, y +remontarse a las alturas—. Y diga usted: en ese correr por Madrid +buscando miserias que aliviar, me cansaré mucho, ¿verdad?</p> + +<p>—¿Pero para qué quiere usted sus coches?... Digo, yo <i>parto de la base</i> +de que usted tiene una gran posición.</p> + +<p>—Me acompañará usted.</p> + +<p>—Seguramente.</p> + +<p>—¿Y le veré a usted paseando a caballo por la Castellana?</p> + +<p>—No digo que no. Yo he sido regular jinete. No gobierno mal... Ya que +hemos hablado de carruajes, le aconsejo a usted que no tenga cocheras... +que se entienda con un alquilador. Los hay que sirven muy bien. Se +quitará usted muchos quebraderos de cabeza.</p> + +<p>—¿Y qué le parece a usted?—dijo Obdulia ya desbocada y sin freno—. +Puesto que he de viajar, ¿a dónde debo ir primero, a Alemania o a Suiza?</p> + +<p>—Lo primero a París...</p> + +<p>—Es que yo me figuro que ya he visto a París... Eso es de clavo +pasado... Ya estuve: quiero decir, ya estoy en que estuve, y que +volveré, de paso para otro país.</p> + +<p>—Los lagos de Suiza son linda cosa. No olvide usted las ascensiones a +los Alpes para ver... los perros del Monte San Bernardo, los grandes +témpanos de hielo, y otras maravillas de la Naturaleza.</p> + +<p>—Allí me hartaré de una cosa que me gusta atrozmente: manteca de vacas +bien fresca... Dígame, Ponte, con franqueza: ¿qué color cree usted que +me sienta mejor, el rosa o el azul?</p> + +<p>—Yo afirmo que a usted le sientan bien todos los colores <i>del iris</i>; +mejor dicho: no es que este o el otro color hagan valer más o menos su +belleza; es que su belleza tiene bastante poder para dar realce a +cualquier color que se le aplique.</p> + +<p>—Gracias... ¡Qué bien dicho!</p> + +<p>—Yo, si usted me lo permite—manifestó el galán marchito, sintiendo el +vértigo de las alturas—, haré la comparación de su figura de usted con +la figura y rostro... ¿de quién creerá?... pues de la Emperatriz +Eugenia, ese prototipo de elegancia, de hermosura, de distinción...</p> + +<p>—¡Por Dios, Frasquito!</p> + +<p>—No digo más que lo que siento. Esa mujer <i>ideal</i> no se me ha olvidado, +desde que la vi en París, paseando en el <i>Bois</i> con el Emperador. La he +visto mil veces después, cuando <i>flaneo</i> solito por esas calles soñando +despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas <i>en +mis habitaciones</i>. Paréceme que la estoy viendo ahora, que la veo +siempre... Es una idea, es un... no sé qué. Yo soy un hombre que adora +los ideales, que no vive sólo de la <i>vil materia</i>. Yo desprecio la <i>vil +materia</i>, yo sé desprenderme del <i>frágil barro</i>...</p> + +<p>—Entiendo, entiendo... Siga usted.</p> + +<p>—Digo que en mi espíritu vive la imagen de aquella mujer... y la veo +como un ser real, como un ente... no puedo explicarlo... como un ente, +no figurado, sino tangible y...</p> + +<p>—¡Oh! sí... lo comprendo. Lo mismo me pasa a mí.</p> + +<p>—¿Con ella?</p> + +<p>—No... con... no sé con quién».</p> + +<p>Por un momento, creyó Frasquito que el <i>ser ideal</i> de Obdulia era el +Emperador. Incitado a completar su pensamiento, prosiguió así:</p> + +<p>«Pues, amiga mía, yo que <i>conozco</i>, que <i>conozco</i>, digo, a Eugenia de +Guzmán, sostengo que usted es como ella, o que ella y usted son una +misma persona.</p> + +<p>—Yo no creo que pueda existir tal semejanza, Frasquito—replicó la niña, +turbada, echando lumbre por los ojos.</p> + +<p>—La fisonomía, las facciones, así de perfil como de frente, la +expresión, el aire del cuerpo, la mirada, el gesto, los andares, todo, +todo es lo mismo. Créame usted, yo no miento nunca.</p> + +<p>—Puede ser que haya cierto parecido...—indicó Obdulia, ruborizándose +hasta la raíz del cabello—. Pero no seremos iguales; eso no.</p> + +<p>—Como dos gotas de agua. Y si se <i>parecen ustedes</i> en lo físico...—dijo +Frasquito, echándose para atrás en el sillón y adoptando un tonillo de +franca naturalidad—, no es menor el parecido en lo moral, en el aire de +persona que ha nacido y vive en la más alta posición, en algo que revela +la conciencia de una superioridad a la que todos rinden acatamiento. En +suma, yo sé lo que me digo. Nunca veo tan clara la semejanza como cuando +usted manda algo a la Benina: se me figura que veo a Su Majestad +Imperial dando órdenes a sus chambelanes.</p> + +<p>—¡Qué cosas!... Eso no puede ser, Ponte... no puede ser».</p> + +<p>Entrole a la niña un reír nervioso, cuya estridencia y duración +parecían anunciar un ataque epiléptico. Riose también Frasquito, y +desbocándose luego por los espacios imaginativos, dio un bote +formidable, que, traducido al lenguaje vulgar, es como sigue:</p> + +<p>«Hace poco indicó usted que me vería paseando a caballo por la +Castellana. ¡Ya lo creo que podría usted verme! Yo he sido un buen +jinete. En mi juventud, tuve una jaca torda, que era una pintura. Yo la +montaba y la gobernaba admirablemente. Ella y yo <i>llamamos la atención</i> +en La Línea primero, después en Ronda, donde la vendí, para comprarme un +caballo jerezano, que después fue adquirido... pásmese usted... por la +Duquesa de Alba, hermana de la Emperatriz, mujer elegantísima también... +y que también se le parece a usted, sin que las dos hermanas se +parezcan.</p> + +<p>—Ya, ya sé...—dijo Obdulia, haciendo gala de entender de linajes—. Eran +hijas de <i>la Montijo</i>.</p> + +<p>—Cabal, que vivía en la plazuela del Ángel, en aquel gran palacio que +hace esquina a la plaza donde hay tantos pajaritos... mansión de +hadas... yo estuve una noche... me presentaron Paco Ustáriz y Manolo +Prieto, compañeros míos de oficina... Pues sí, yo era un buen jinete, y +créame, algo queda.</p> + +<p>—Hará usted una figura arrogantísima...</p> + +<p>—¡Oh! no tanto.</p> + +<p>—¿Por qué es usted tan modesto? Yo lo veo así, y suelo ver las cosas +bien claras. Todo lo que yo veo es verdad.</p> + +<p>—Sí; pero...</p> + +<p>—No me contradiga usted, Ponte, no me contradiga en esto ni en nada.</p> + +<p>—Acato humildemente sus aseveraciones—dijo Frasquito humillándose—. +Siempre hice lo mismo con todas las damas a quienes he tratado, que han +sido muchas, Obdulia, pero muchas...</p> + +<p>—Eso bien se ve. No conozco otra persona que se le iguale en la finura +del trato. Francamente, es usted el prototipo de la elegancia... de +la...</p> + +<p>—¡Por Dios!...».</p> + +<p>Al llegar a esta frase, el punto o vértice del delirio hízoles caer de +bruces sobre la realidad la brusca entrada de Benina, que, concluidas +sus faenas de fregado y arreglo de la cocina y comedor, se despedía. +Cayó Ponte en la cuenta de que era la hora de ir a cumplir sus +obligaciones en la casa donde trabajaba, y pidió licencia a la imperial +dama para retirarse. Esta se la dio con sentimiento, mostrándose +pesarosa de la soledad en que hasta el próximo día quedaba en sus +palacios, habitados por sombras de chambelanes y otros guapísimos +palaciegos. Que estos, ante los ojos de los demás mortales, tomaran +forma de gatos mayadores, a ella no le importaba. En su soledad, se +recrearía discurriendo muy a sus anchas por la estufa, admirando las +galanas flores tropicales, y aspirando sus embriagadoras fragancias.</p> + +<p>Fuese Ponte Delgado, despidiéndose con afectuosas salutaciones y +sonrisas tristes, y tras él Benina, que apresuró el paso para alcanzarle +en el portal o en la calle, deseosa de echar con él un parrafito.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XIX" id="XIX"></a><a href="#toc">XIX</a></h2> + + +<p>«Sí, D. Frasco—le dijo codeándose con él en la calle de San Pedro +Mártir—. Usted no tiene confianza conmigo, y debe tenerla. Yo soy pobre, +más pobre que las ratas; y Dios sabe las amarguras que paso para +mantener a mi señora y a la niña, y mantenerme a mí... Pero hay quien me +gana en pobreza, y ese pobre de más <i>solenidá</i> que nadie es usted... No +diga que no.</p> + +<p>—Señá Benina, repito que es usted un ángel.</p> + +<p>—Sí... de cornisa... Yo no quiero que usted esté tan desamparado. ¿Por +qué le ha hecho Dios tan vergonzoso? Buena es la vergüenza; pero no +tanta, Señor... Ya sabemos que el Sr. de Ponte es persona decente; pero +ha venido a menos, tan a menos, que no se lo lleva el viento porque no +tiene por dónde agarrarlo. Pues bueno: yo soy <i>Juan Claridades</i>; después +de atender a todo lo del día, me ha sobrado una peseta. Téngala...</p> + +<p>—Por Dios, <i>señá</i> Benina—dijo Frasquito palideciendo primero, después +rojo.</p> + +<p>—No haga melindres, que le vendrá muy bien para que pueda pagarle a +Bernarda la cama de anoche.</p> + +<p>—¡Qué ángel, santo Dios, qué ángel!</p> + +<p>—Déjese de <i>angelorios</i>, y coja la moneda. ¿No quiere? Pues usted se lo +pierde. Ya verá como las gasta la <i>dormilera</i>, que no fía más que una +noche, y apurando mucho, dos. Y no salga diciendo que a mí me hace +falta. ¡Como que no tengo otra! Pero yo me gobernaré como pueda para +sacar el diario de mañana de debajo de las piedras... Que la tome, digo.</p> + +<p>—<i>Señá</i> Benina, he llegado a tal extremidad de miseria y humillación, +que aceptarla la peseta, sí, señora, la aceptaría, olvidándome de quién +soy y de mi dignidad, etc... pero ¿cómo quiere usted que yo <i>reciba ese +anticipo</i>, sabiendo, como sé, que usted pide limosna para atender a su +señora? No puedo, no... Mi conciencia se subleva...</p> + +<p>—Déjese de sublevaciones, que no somos aquí <i>de tropa</i>. O usted se lleva +la pesetilla, o me enfado, como Dios es mi padre. D. Frasquito, no haga +papeles, que es usted más mendigo que el inventor del hambre. ¿O es que +necesita más dinero, porque le debe más a la Bernarda? En este caso, no +puedo dárselo, porque no lo tengo... Pero no sea usted lila, D. +Frasquito, ni se haga de mieles, que esa lagartona de la Bernarda se lo +comerá vivo, si no le acusa las cuarenta. A un parroquiano como usted, +<i>de la aristocracia</i>, no se le niega el hospedaje porque deba, un +suponer, tres noches, cuatro noches... Plántese el buen Frasquito, con +cien mil pares, y verá cómo la Bernarda agacha las orejas... Le da usted +sus cuatro reales a cuenta, y... échese a dormir tranquilo en el +camastro».</p> + +<p>O no se convencía Ponte, o convencido de lo buena que sería para él la +posesión de la peseta, le repugnaba el acto material de extender la mano +y recibir la limosna. Benina reforzó su argumentación diciéndole: «Y +puesto que es el niño tan vergonzoso, y no se atreve con su patrona, ni +aun dándole a cuenta la <i>cantidá</i>, yo le hablaré a Bernarda, yo le diré +que no le riña, ni le apure... Vamos, tome lo que le doy, y no me fría +más la sangre, Sr. D. Frasquito».</p> + +<p>Y sin darle tiempo a formular nuevas protestas y negativas, le cogió la +mano, le puso en ella la moneda, cerrole el puño a la fuerza, y se +alejó corriendo. Ponte no hizo ademán de devolverle el dinero, ni de +arrojarlo. Quedose parado y mudo; contempló a la Benina como a visión +que se desvanece en un rayo de luz, y conservando en su mano izquierda +la peseta, con la derecha sacó el pañuelo y se limpió los ojos, que le +lloraban horrorosamente. Lloraba de irritación oftálmica senil, y +también de alegría, de admiración, de gratitud.</p> + +<p>Aún tardó Benina más de una hora en llegar a la calle Imperial, porque +antes pasó por la de la Ruda a hacer sus compras. Estas hubieron de ser +al fiado, pues se le había concluido el dinero. Recaló en su casa +después de las dos, hora no intempestiva ciertamente: otros días había +entrado más tarde, sin que la señora por ello se enfadara. Dependía el +ser bien o mal recibida de la racha de humor con que a Doña Paca cogía +en el momento de entrar. Aquella tarde, por desgracia, la pobre señora +rondeña se hallaba en una de sus más violentas crisis de irritabilidad +nerviosa. Su genio tenía erupciones repentinas, a veces determinadas por +cualquier contrariedad insignificante, a veces por misterios del +organismo difíciles de apreciar. Ello es que antes de que Benina +traspasara la puerta, Doña Francisca le echó esta rociada: «¿Te parece +que son éstas horas de venir? Tengo yo que hablar con D. Romualdo, para +que me diga la hora a que sales de su casa... Apuesto a que te +descuelgas ahora con la mentira de que fuiste a ver a la niña, y que has +tenido que darle de comer... ¿Piensas que soy idiota, y que doy crédito +a tus embustes? Cállate la boca... No te pido explicaciones, ni las +necesito, ni las creo; ya sabes que no creo nada de lo que me dices, +embustera, enredadora».</p> + +<p>Conocedora del carácter de la señora, Benina sabía que el peor sistema +contra sus arrebatos de furor era contradecirla, darle explicaciones, +sincerarse y defenderse. Doña Paca no admitía razonamientos, por +juiciosos que fuesen. Cuanto más lógicas y justas eran las aclaraciones +del contrario, más se enfurruñaba ella. No pocas veces Benina, inocente, +tuvo que declararse culpable de las faltas que la señora le imputaba, +porque, haciéndolo así, se calmaba más pronto.</p> + +<p>«¿Ves cómo tengo razón?—proseguía la señora, que cuando se ponía en tal +estado, era de lo más insoportable que imaginarse puede—. Te callas... +quien calla, otorga. Luego es cierto lo que yo digo; yo siempre estoy al +tanto... Resulta lo que pensé: que no has subido a casa de Obdulia, ni +ese es el camino. Sabe Dios dónde habrás estado de pingo. Pero no te dé +cuidado, que yo lo averiguaré... ¡Tenerme aquí sola, muerta de +hambre!... ¡Vaya una mañana que me has hecho pasar! He perdido la cuenta +de los que han venido a cobrar piquillos de las tiendas, cantidades que +no se han pagado ya por tu desarreglo... Porque la verdad, yo no sé +dónde echas tú el dinero... Responde, mujer... defiéndete siquiera, que +si a todo das la callada por respuesta, me parecerá que aún te digo +poco».</p> + +<p>Benina repitió con humildad lo dicho anteriormente: que había concluido +tarde en casa de D. Romualdo; que D. Carlos Trujillo la entretuvo la mar +de tiempo; que había ido después a la calle de la Cabeza...</p> + +<p>«Sabe Dios, sabe Dios lo que habrás hecho tú, correntona, y en qué +sitios habrás estado... A ver, a ver si hueles a vino».</p> + +<p>Oliéndole el aliento, rompió en exclamaciones de asco y horror: «Quita, +quítate allá, borracha. Apestas a aguardiente.</p> + +<p>—No lo he catado, señora; me lo puede creer».</p> + +<p>Insistía Doña Paca, que en aquellas crisis convertía en realidades sus +sospechas, y con su terquedad forjaba su convicción.</p> + +<p>«Me lo puede creer—repitió Benina—. No he tomado más que un vasito de +vino con que me obsequió el Sr. de Ponte.</p> + +<p>—Ya me está dando a mí mala espina ese señor de Ponte, que es un viejo +verde muy zorro y muy tuno. Tal para cual, pues también tú las matas +callando... No pienses que me engañas, hipócrita... Al cabo de la vejez, +te da por la disolución, y andas de picos pardos. ¡Qué cosas se ven, +Señor, y a qué desarreglos arrastra el maldito vicio!... Te callas: +luego es cierto. No; si aunque lo negaras no me convencerías, porque +cuando yo digo una cosa, es porque la sé... Tengo yo un ojo...».</p> + +<p>Sin dar tiempo a que la delincuente se explicara, salió por este otro +registro:</p> + +<p>«¿Y qué me cuentas, mujer? ¿Qué recibimiento te hizo mi pariente D. +Carlos? ¿Qué tal? ¿Está bueno? ¿No revienta todavía? No necesitas +decirme nada, porque, como si hubiera estado yo escondidita detrás de +una cortina, sé todo lo que hablasteis... ¿A que no me equivoco? Pues te +dijo que lo que a mí me pasa es por mi maldita costumbre de no llevar +cuentas. No hay quien le apee de esa necedad. Cada loco con su tema; la +locura de mi pariente es arreglarlo todo con números... Con ellos se ha +enriquecido, robando a la Hacienda y a los parroquianos; con ellos +quiere al fin de la vida salvar su alma, y a los pobres nos recomienda +la medicina de los números, que a él no le salva ni a nosotros nos sirve +para nada. ¿Con que acierto? ¿Fue esto lo que te dijo?</p> + +<p>—Sí, señora. Parece que lo estaba usted oyendo.</p> + +<p>—Y después de machacar con esa monserga del Debe y Haber, te habrá dado +una limosna para mí... Ignora que mi dignidad se subleva al recibirla. +Le estoy viendo abrir las gavetas como quien quiere y no quiere, coger +el taleguito en que tiene los billetes, ocultándolo para que no lo +vieras tú; le veo sobar el saquito, guardarlo cuidadosamente; le veo +echar la llave... Y el muy cochino se descuelga con una porquería. No +puedo precisar la cantidad que te habrá dado para mí, porque es tan +difícil anticiparse a los cálculos de la avaricia; pero desde luego te +aseguro, sin temor de equivocarme, que no ha llegado a los cuarenta +duros».</p> + +<p>La cara que puso Benina al oír esto no puede describirse. La señora, que +atentamente la observaba, palideció, y dijo después de breve pausa:</p> + +<p>«Es verdad: me he corrido mucho. Cuarenta, no; pero, aun con lo cicatero +y mezquino que es el hombre, no habrá bajado de los veinticinco duros. +Menos que eso no lo admito, Nina; no puedo admitirlo.</p> + +<p>—Señora, usted está delirando—replicó la otra, plantándose con firmeza +en la realidad—. El Sr. D. Carlos no me ha dado nada, lo que se llama +nada. Para el mes que viene empezará a darle a usted una <i>paga</i> de dos +duros mensuales.</p> + +<p>—Embustera, trapalona... ¿Crees que me embaucas a mí con tus enredos? +Vaya, vaya, no quiero incomodarme... Me tiene peor cuenta, y no estoy yo +para coger berrinches... Comprendido, Nina, comprendido. Allá te +entenderás con tu conciencia. Yo me lavo las manos, y dejo a Dios que te +dé tu merecido.</p> + +<p>—¿Qué, señora?</p> + +<p>—Hazte ahora la simple y la gatita Marirramos. ¿Pero no ves que yo te +calo al instante y adivino tus <i>infundios</i>? Vamos, mujer, confiésalo; no +trates de añadir a la infamia el engaño.</p> + +<p>—¿Qué, señora?</p> + +<p>—Pues que has tenido una mala tentación... Confiésamelo, y te perdono... +¿No quieres declararlo? Pues peor para ti y para tu conciencia, porque +te sacaré los colores a la cara. ¿Quieres verlo? Pues los veinticinco +duros que te dio para mí D. Carlos, se los has dado a ese Frasquito +Ponte para que pague sus deudas, y vaya a comer de fonda, y se compre +corbatas, pomada y un bastoncito nuevo... Ya ves, ya ves, bribonaza, +cómo todo te lo adivino, y conmigo no te valen ocultaciones. Si sé yo +más que tú. Ahora te ha dado por proteger a ese Tenorio fiambre, y le +quieres más que a mí, y a él le atiendes y a mí no, y de él te da +lástima, y a mí, que tanto te quiero, que me parta un rayo».</p> + +<p>Rompió a llorar la señora, y Benina que ya sentía ganas de contestar a +tanta impertinencia dándole azotes como a un niño mañoso, al ver las +lágrimas se compadeció. Ya sabía que el llanto era la terminación de la +crisis de cólera, la sedación del acceso, mejor dicho, y cuando tal +sucedía, lo mejor era soltar la risa, llevando la disputa al terreno de +las burlas sabrosas.</p> + +<p>«Pues sí, señora Doña Francisca—le dijo abrazándola—. ¿Creía usted que +habiéndome salido ese novio tan hechicero y tan saleroso, le había de +dejar yo en necesidad, sin darle para el pelo?</p> + +<p>—No creas que me engatusas con tus bromitas, trapalona, +zalamera...—decía la señora, ya desarmada y vencida—. Yo te aseguro que +no me importa nada lo que has hecho, porque el dinero de Trujillete yo +no lo había de tomar... Preferiría morirme de hambre, a manchar mis +manos con él... Dáselo, dáselo a quien quieras, ingratona, y déjame a mí +en paz; déjame que me muera olvidada de ti y de todo el mundo.</p> + +<p>—Ni usted ni yo nos moriremos tan pronto, porque aún hemos de dar mucha +guerra—le dijo la criada, disponiéndose con gran diligencia a darle de +comer.</p> + +<p>—Veremos qué porquerías me traes hoy... Enséñame la cesta... Pero, hija, +¿no te da vergüenza de traerle a tu ama estas piltrafas asquerosas?... +¿Y qué más? coliflor... Ya me tienes apestada con tus coliflores, que me +dan flato, y las estoy repitiendo tres días... En fin, ¿a qué estamos en +el mundo más que a padecer? Dame pronto estos comistrajos... ¿Y huevos +no has traído? Ya sabes que no los paso, como no sean bien frescos.</p> + +<p>—Comerá usted lo que le den, sin refunfuños, que el poner tantos peros a +la comida que Dios da, es ofenderle y agraviarle.</p> + +<p>—Bueno, hija, lo que tú quieras. Comeremos lo que haya, y daremos +gracias a Dios. Pero come tú también, que me da pena verte tan +ajetreada, desviviéndote por los demás, y olvidada de ti misma y del +alivio de tu cuerpo. Siéntate conmigo, y cuéntame lo que has hecho hoy».</p> + +<p>A media tarde, comían las dos, sentaditas a la mesa de la cocina. Doña +Paca, suspirando con toda su alma, entre un bocado y otro, expresó en +esta forma las ideas que bullían en su mente:</p> + +<p>«Dime, Nina, entre tantas cosas raras, incomprensibles, qué hay en el +mundo, ¿no habría un medio, una forma... no sé cómo decirlo, un +sortilegio por el cual nosotras pudiéramos pasar de la escasez a la +abundancia; por el cual todo eso que en el mundo está de más en tantas +manos avarientas, viniese a las nuestras que nada poseen?</p> + +<p>—¿Qué dice la señora? ¿Que si podría suceder que en un abrir y cerrar de +ojos pasáramos de pobres a ricas, y viéramos, un suponer, nuestra casa +llena de dinero, y de cuanto Dios crió?</p> + +<p>—Eso quiero decir. Si son verdad los milagros, ¿por qué no <i>sucede</i> uno +para nosotras, que bien merecido nos lo tenemos?</p> + +<p>—¿Y quién dice que no <i>suceda</i>, que no tengamos +esa <i>ocurrencia</i>?—respondió Benina, en cuya mente surgió de improviso, +con poderoso relieve y extraordinaria plasticidad, el conjuro que +Almudena le había enseñado, para pedir y obtener todos los bienes de la +tierra.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XX" id="XX"></a><a href="#toc">XX</a></h2> + + +<p>De tal modo se posesionaron de su espíritu la idea y las imágenes +expresadas por el ciego africano, que a punto estuvo de contarle a su +ama el maravilloso método de conjurar y hacer venir al <i>Rey de baixo +terra</i>. Pero recelando que aquel secreto sería menos eficaz cuanto más +se divulgara, contúvose en su locuacidad, y tan sólo dijo que bien +podría suceder que de la noche a la mañana se les metiera por las +puertas la fortuna. Al acostarse junto a Doña Paca, pues dormían en la +misma alcoba, pensó que todo aquello de Almudena era una <i>papa</i>, y +tomarlo en serio la mayor de las necedades. Quiso dormirse, mas no pudo; +volvió su espíritu a dar agasajo a la idea, creyéndola de posible +realización, Y si esfuerzos hacía por desecharla, con mayor tenacidad la +pícara idea se le metía en el cerebro.</p> + +<p>«¿Qué se pierde por probarlo?—se decía, arropándose en la cama—. Podrá +no ser verdad... ¿Pero y si lo fuese? ¡Cuántas mentiras hubo que luego +se volvieron verdades como puños!... Pues lo que es yo, no me quedo sin +probarlo, y mañana mismo, con el primer dinero que saque, compro el +candil de barro, sin hablar. El cuento es que no sé cómo puede tratarse +un <i>artículo</i> sin hablar... En fin, me haré la sordomuda... Luego buscaré +el palitroque, también sin hablar... Falta que el moro me enseñe la +oración, y que yo la aprenda sin que se me escape un verbo...».</p> + +<p>Después de un breve sueño, despertó creyendo firmemente que en la salita +próxima había unas esportonas o seretas muy grandes, muy grandes, llenas +de diamantes, <i>rubiles</i>, perlas y zafiros... En la obscuridad de las +habitaciones nada podía ver; pero de que aquellas riquezas estaban allí +no tenía la menor duda. Cogió la caja de fósforos, dispuesta a encender, +para recrear su vista en el tesoro; mas por no despertar a Doña Paca, +cuyo sueño era muy ligero, dejó para la mañana el examen de tantas +maravillas... Pasado un rato, no tardó en reírse de su ilusión, +diciéndose: «¡Pues no soy poco lila!... Es todavía pronto para que +traigan eso...». Al amanecer, despertose al ladrido de dos perrazos +blancos que salían de debajo de las camas; sintió la campanilla de la +puerta; echose al suelo, y en camisa corrió a abrir, segura de que +llamaba algún <i>ayudante</i> o gentilhombre del Rey de luenga barba y +vestido verde... Pero no era nadie; no había ser viviente en la puerta.</p> + +<p>Arreglose para salir, disponiendo el desayuno de la señora, y dando el +primer barrido a la casa, y a las siete salía ya con su cesta al brazo +por la calle Imperial. Como no tenía un céntimo ni de dónde le viniera, +encaminose a San Sebastián, pensando por el camino en D. Romualdo y su +familia, pues de tanto hablar de aquellos señores, y de tanto +comentarlos y describirlos, había llegado a creer en su existencia. +«¡Vaya que soy <i>gilí</i>!—se decía—. Invento yo al tal D. Romualdo, y ahora +se me antoja que es persona <i>efetiva</i> y que puede socorrerme. No hay más +D. Romualdo que el pordioseo bendito, y a eso voy, y veremos si cae +algo, con permiso de la <i>Caporala</i>». El día era bueno; al entrar, díjole +Pulido que había funeral de primera, y boda en la sacristía. La novia +era sobrina de un ministro <i>pleniputenciano</i>, y el novio... <i>cosa de +periódicos</i>. Ocupó Benina su puesto, y se estrenó con dos céntimos que +le dio una señora. Sus compañeras trataron de <i>hacerla cantar</i> el para +qué la había llamado D. Carlos; pero sólo contestó con evasivas y medias +palabras. Suponiendo la Casiana que el señor de Trujillo había tratado +con <i>señá</i> Benina el darle los restos de comida de su casa, la trató con +miramiento, sin duda por llamarse a la parte.</p> + +<p>Al fin los del funeral no repartieron cosa mayor; y si los del bodorrio +se corrieron algo más, acudió tanta pobretería de otros cuadrantes, y se +armó tal barullo y confusión, que unos cogieron por cinco, y otros se +quedaron <i>in albis</i>. Al ver salir a la novia, tan emperifollada, y a las +señoras y caballeros de su compañía, cayeron sobre ellos como nube de +langosta, y al padrino le estrujaron el gabán, y hasta le chafaron el +sombrero. Trabajo le costó al buen señor sacudirse la terrible plaga, y +no tuvo más remedio que arrojar un puñado de calderilla en medio del +patio. Los más ágiles hicieron su agosto; los más torpes gatearon +inútilmente. La <i>Caporala</i> y Eliseo trataban de poner orden, y cuando +los novios y todo el acompañamiento se metieron en los coches, quedó en +las inmediaciones de la iglesia la turbamulta mísera, gruñendo y +pataleando. Se dispersaba, y otra vez se reunía con remolinos +zumbadores. Era como un motín, vencido por su propio cansancio. Los +últimos disparos eran: «<i>Tú cogiste más</i>... <i>me han quitado lo mío</i>... +<i>aquí no hay decencia</i>... <i>cuánto pillo</i>...». La Burlada, que era de las +que más habían apandado, echaba sapos y culebras de su boca, concitando +los ánimos de toda la cuadrilla contra la <i>Caporala</i> y Eliseo. Por fin, +intervino la policía, amenazándoles con <i>recogerles</i> si no callaban, y +esto fue como la palabra de Dios. Los intrusos se largaron; los de casa +se metieron en el pasadizo. Benina sacó de toda la campaña del día, +comprendido funeral y boda, 22 céntimos, y Almudena, 17. De Casiana y +Eliseo se dijo que habían sacado peseta y media cada uno.</p> + +<p>Al retirarse juntos el ciego marroquí y Benina, lamentándose de su mala +sombra, fueron a parar, como la otra vez, a la plaza del Progreso, y se +sentaron al pie de la estatua para deliberar acerca de las dificultades +y ahogos de aquel día. No sabía ya Benina a qué santo encomendarse: con +la limosna de la jornada no tenía ni para empezar, porque érale forzoso +pagar algunas deudillas en los establecimientos de la calle de la Ruda, +a fin de sostener el crédito y poder trampear unos días más. Díjole +Almudena que él se hallaba en absoluta imposibilidad de favorecerla; lo +más que podía hacer era entregarle las perras de la mañana, y por la +noche lo que sacar pudiera en el resto del día, pidiendo en su puesto de +costumbre, calle del Duque de Alba, junto al cuartel de la Guardia +Civil. Rechazó la anciana esta generosidad, porque también él necesitaba +vivir y alimentarse, a lo que repuso el marroquí que con un café con pan +<i>migao</i>, en la Cruz del Rastro, tenía bastante para tirar hasta la +noche. Resistiéndose a admitir la oferta, planteó Benina la cuestión de +conjurar al Rey de <i>baixo terra</i>, mostrando una confianza y fe que +fácilmente se explican por la grande necesidad en que estaba. Lo +desconocido y misterioso busca sus prosélitos en el reino de la +desesperación, habitado por las almas que en ninguna parte hallan +consuelo.</p> + +<p>«Ahora mismo—dijo la pobre mujer—, quiero comprar las cosas. Hoy es +viernes, y mañana sábado hacemos la prueba.</p> + +<p>—<i>Compriar</i> ti cosas, sin hablar...</p> + +<p>—Claro, sin decir una palabra. ¿Qué se pierde por hacer la prueba? Y +dime otra cosa: ¿ha de ser precisamente a media noche?».</p> + +<p>Contestó el ciego que sí, repitiendo las reglas y condiciones +imprescindibles para la eficacia del conjuro, y Benina trató de fijarlo +todo en su memoria.</p> + +<p>«Ya sé—le dijo al fin—, que estarás todo el día en la fuentecilla del +Duque de Alba—. Si se me olvida algo, iré a preguntártelo, y a que me +enseñes la oración. Eso sí que me ha de costar trabajo aprenderlo, sobre +todo si no me lo pones en lengua cristiana, que lo que es en la tuya, +hijo de mi alma, no sé cómo voy a componerme para no equivocarme.</p> + +<p>—Si <i>quivoquiar</i> ti, Rey no <i>vinier</i>».</p> + +<p>Desalentada con estas dificultades, separose Benina de su amigo, por la +prisa que tenía de reunir algunas perras con que completar lo que para +las obligaciones de aquel día necesitaba, y no pudiendo esperar ya cosa +alguna del crédito, se puso a pedir en la esquina de la calle de San +Millán, junto a la puerta del café de los Naranjeros, importunando a los +transeúntes con el relato de sus desdichas: que acababa de salir del +hospital, que su marido se había caído de un andamio, que no había +comido en tres semanas, y otras cosas que partían los corazones. Algo +iba pescando la infeliz, y hubiera cogido algo más, si no se pareciese +por allí un maldito guindilla que la conminó con llevarla a los sótanos +de la prevención de la Latina, si no se largaba con viento fresco. +Ocupose luego en comprar los adminículos para el conjuro, empresa harto +engorrosa, porque todo había de hacerse por señas, y se fue a su casa +pensando que sería gran dificultad efectuar allí la endiablada +hechicería sin que se enterase la señora. Contra esto no había más +recurso que <i>figurar</i> que D. Romualdo se había puesto muy malito, y salir +de noche a velarle, yéndose a casa de Almudena... Pero la presencia de +la Petra podría ser obstáculo: al peligro de que un testigo incrédulo +imposibilitara la <i>cosa</i>, se añadía el inconveniente grave de que, en +caso de éxito feliz, la borrachona quisiera apropiarse todos o una parte +de los tesoros donados por el Rey... Por cierto que mejor que en piedras +preciosas, sería que lo trajesen todo en moneda corriente, o en fajos de +billetes de Banco, bien sujetos con una goma, como ella los había visto +en las casas de cambio. Porque... no era floja pejiguera tener que ir a +las platerías a proponer la venta de tantas perlas, zafiros y +diamantes... En fin, que lo trajeran como les diese la gana: no era cosa +de poner reparos, ni exigir muchos perendengues.</p> + +<p>Halló a Doña Paca de mal temple, porque se había parecido en la casa, +muy de mañana, un dependiente de la tienda, y habíala insultado con +expresiones brutales y soeces. La pobre señora lloraba y se tiraba de +los pelos, suplicando a su fiel amiga que arase la tierra en busca de +los pocos duros que hacían falta, para tirárselos al rostro al bestia +del tendero, y Benina se devanaba los sesos por encontrar la solución +del terrible conflicto.</p> + +<p>«Mujer, por piedad, discurre, inventa algo—le decía la señora, hecha un +mar de lágrimas—. Para las ocasiones son los amigos. En circunstancias +muy críticas, no hay más remedio que perder la vergüenza... ¿No se te +ocurre, como a mí, que tu D. Romualdo podría sacarnos del compromiso?».</p> + +<p>La criada no contestó. Preparando la comida de su ama, daba vueltas en +su mente a las combinaciones más sutiles. Repetida la proposición por +Doña Paca, pareció que Benina la encontraba razonable. «D. Romualdo... +sí, sí. Iré a ver... Pero no respondo, señora, no respondo. Quizás +desconfíen... Una cosa es hacer caridad, y otra prestar dinero... y no +salimos del paso con menos de diez duros... ¿Qué dijo ese bruto de +Gabino? ¿que volvería mañana a darnos otro escándalo?... ¡Canalla, +ladrón... que todo lo vende <i>adúltero</i>!... Pues, sí, es cosa de diez +duros, y no sé si D. Romualdo... Por él no quedaría; pero su hermana es +<i>puño en rostro</i>... ¡Diez duros!... Voy a ver... Pero no extrañe la +señora que tarde un poco. Estas cosas... no sabe una cómo tratarlas... +Depende de la cara que pongan; a lo mejor salen con aquello de «vuelva +usted...». Me voy, me voy; ya me entra la desazón... tardaré... pero no +tarda quien a casa llega...</p> + +<p>—Sobre todo si no trae las manos vacías. Vete, hija, vete, y el Señor te +acompañe y te afine las entendederas. Si yo tuviera tu talento, pronto +saldría de estas trapisondas. Aquí me quedo rezando a todos los santos +del cielo para que te inspiren, y a las dos nos saquen de este +Purgatorio. Adiós, hija».</p> + +<p>Habiéndose trazado un plan, el único que, en su certero juicio, le +ofrecía remotas probabilidades de éxito, dirigiose Benina a la calle de +Mediodía Grande, y a la casa de dormir propiedad de su amiga Doña +Bernarda.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXI" id="XXI"></a><a href="#toc">XXI</a></h2> + + +<p>La dueña del establecimiento brillaba por su ausencia. Fue recibida +Benina por la <i>encargada</i>, y por un hombre llamado Prieto, que +disfrutaba de toda la confianza de aquella, y llevaba la contabilidad +del alquiler diario de camas. No tuvo la anciana más remedio que +esperar, pues aquel par de <i>congrios</i> carecían de facultades para +resolverle el problema que tan atrozmente la inquietaba. Hablando, +hablando, del negocio de dormir (el año iba muy malo, y cada noche +dormía menos gente, y los <i>micos</i> menudeaban), ocurriole a Benina +preguntar por Frasquito Ponte; a lo que respondió Prieto que la noche +anterior se habían visto en el caso de no admitirle porque era deudor ya +de <i>siete camas</i>, y no había dado nada a cuenta.</p> + +<p>«¡Pobre señor!—dijo Benina—; habrá dormido al raso... Es un dolor... a +sus años... Mejorando lo presente, es más viejo que la Cuesta de la +Vega».</p> + +<p>Refirió la encargada que no sabiendo Don Frasquito dónde meterse, había +conseguido ser albergado en la casa del <i>Comadreja</i>, calle de Mediodía +Chica, dos pasos de allí. Por más señas, había corrido la noticia de que +estaba enfermo. Al oír esto, olvidósele repentinamente a Benina el +objeto principal que a tal sitio la llevara, y no pensó más que en +averiguar qué había sido del desamparado Frasquito. Tiempo tenía de dar +un salto a la casa del <i>Comadreja</i>, y volver a punto que regresase a su +domicilio la Doña Bernarda. Dicho y hecho. Un momento después, entraba +la diligente anciana en la fementida tabernuca que <i>da la cara</i> al +público en el <i>establecimiento</i> citado, y lo primero que allí vio fue la +abominable estampa de Luquitas, el esposo de Obdulia, que con otros +perdidos y dos o tres mujeres zarrapastrosas, jugaba a las cartas en una +sucia mesilla circular, entre copas de Cariñena y Pardillo. En el +momento de entrar Benina, acababan un juego, y antes de echar otra mano, +el hijo de Doña Paca tiró sobre la mesa los asquerosos naipes, que en +mugre competían con las manos de los jugadores; se levantó +tambaleándose, y con media lengua y finura desconcertada, de la que +suelen emplear los borrachos, ofreció a la criada de su suegra un vaso +de vino. «Quite allá, señorito, yo ya he bebido... Se agradece...»—dijo +la anciana, rechazando el vaso.</p> + +<p>Pero tan pesado se puso el señorito, y con tal insistencia le coreaban +los demás pidiendo que bebiese <i>la señora</i>, que esta tuvo miedo, y tomó +la mitad del contenido del vaso pegajoso. No quería ponerse a mal con +aquella gentuza, por lo que pudiera tronar, y sin perder tiempo ni +meterse en dimes y diretes con el vicioso Luquitas, por el abandono en +que a su mujer tenía, se fue derecha a su objeto: «¿Y no está por aquí +la <i>Pitusa</i>?</p> + +<p>—Aquí está para servirla—dijo una mujer escuálida, saliendo por estrecha +puertecilla, bien disimulada entre los estantes llenos de botellas y +garrafas que había detrás del mostrador. Como grieta que da paso al +escondrijo de una anguila, así era la puerta, y la mujer el ejemplar más +flaco, desmedrado y escurridizo que pudiera encontrarse en la fauna a +que tales hembras pertenecen. Tan flaco era su rostro, que al verlo de +perfil podría tenérsele por construido de chapa, como las figuras de las +veletas. En su cuello no cabían más costurones, y en una de sus orejas +el agujero del pendiente era tan grande, que por él se podría meter con +toda holgura un dedo. Los dientes mellados y negros, las cejas calvas, +las pestañas pitañosas, los ojos tiernos, de mirada de lince, +completaban su fisonomía. Del cuerpo no he de decir sino que +difícilmente se encontrarían formas más exactamente comparables a las de +un palo de escoba vestido, o, si se quiere, cubierto de trapos de fregar +suelos; de los brazos y manos, que al gesticular parecía que azotaban, +como los tirajos de un zorro que quisiera limpiar el polvo a la cara del +interlocutor; de su habla y acento, que sonaban como si estuviera +haciendo gárgaras, y aunque parezca extraño, diré también, para dar +completa idea de la persona, que de todas estas exterioridades +desapacibles se desprendía un cierto airecillo de afabilidad, un moral +atractivo, por lo que termino asegurando que la <i>Pitusa</i> no era +antipática ni mucho menos.</p> + +<p>—«¿Qué trae por acá la <i>señá</i> Benina?—le dijo sacudiéndole de firme en +los dos hombros—. Oí contar que estaba usted en grande, en casa rica... +Ya, ya sacará buenas rebañaduras... ¡Y que no tendrá usted mal +<i>gato</i>!...</p> + +<p>—Hija, no... De eso hace un siglo. Ahora estamos en baja.</p> + +<p>—¿Qué? ¿Le va mal?</p> + +<p>—Tirando, tirando. Si sopas, comerlas, y si no, nada... Y el +<i>Comadreja</i>, ¿está?</p> + +<p>—¿Para qué le quiere, <i>señá</i> Benina?</p> + +<p>—Hija, te pregunto por saber de él, si está con salud.</p> + +<p>—Se defiende. La herida se le abre cuando menos lo piensa.</p> + +<p>—Vaya por Dios... Dime otra cosa...</p> + +<p>—Mándeme.</p> + +<p>—Quiero saber si has recogido en tu casa a un caballero que le llaman +Frasquito Ponte, y si le tienes aquí todavía, porque me dijeron que +anoche se puso muy malo».</p> + +<p>Por toda respuesta, la <i>Pitusa</i> mandó a Benina que la siguiera, y ambas, +agachándose, se escurrieron por el agujero que hacía las veces de puerta +entre los estantillos del mostrador. De la otra parte arrancaba una +escalera estrechísima, por la cual subieron una tras otra.</p> + +<p>«Es una persona decente, como quien dice, personaje—añadía Benina, +segura ya de encontrar allí al infortunado caballero.</p> + +<p>—De la grandeza. <i>Vele</i> aquí a dónde vienen a parar los <i>títulos</i>».</p> + +<p>Por un pasillo mal oliente y sucio llegaron a una cocina, donde no se +guisaba. Fogón y vasares servían de depósito de botellas vacías, cajas +deshechas, sillas rotas y montones de trapos. En el suelo, sobre un +jergón mísero, yacía cuan largo era D. Francisco Ponte, en mangas de +camisa, inmóvil, la fisonomía descompuesta. Dos mujeronas, de rodillas a +un lado y otro, la una con un vaso de agua y vino, la otra atizándole +friegas, le hablaban a gritos: «Vuelva en sí... ¿Qué demonios le +pasa?... Eso no es más que maulería. ¿No quiere beber más?».</p> + +<p>Benina, de hinojos, se puso también a gritarle, sacudiéndole: «D. +Frasquito de mi alma, ¿qué es eso? Abra los ojos y véame: soy la Nina».</p> + +<p>No tardaron las dos tarascas que, entre paréntesis, si apostaran a +repugnantes y feas, no habría quien les ganara; no tardaron, digo, en +dar a la anciana las explicaciones que del suceso pedía. No admitido +Ponte en las alcobas de la Bernarda, arrimose al quicio de la puerta de +la capilla de Irlandeses para pasar la noche. Allí le encontraron ellas, +y se pusieron a darle bromas, a decirle cosas... <i>amos</i>... cosas que se +dicen y que no eran para ofenderse. Total: que el pobre vejete mal +pintado se hubo de incomodar, y al correr tras ellas con el palo +levantado para pegarles, pataplum, cayó redondo al suelo. Soltaron ellas +la risa, creyendo que había tropezado; pero al ver que no se movía, +acudieron; llegose también el sereno, le echó a la cara la linterna, y +entonces vieron que tenía un ataque. Húrgale por aquí, húrgale por allá, +y el buen señor como cuerpo difunto. Llamado el <i>Comadreja</i>, lo +<i>desanimó</i>, y dijo que todo era un <i>sincopiés</i>; y como es <i>caritativo +él</i>, <i>buen cristiano él</i>, y además había estudiado un año de +Veterinaria, mandó que le llevaran a su casa para asistirle y devolverle +el resuello con friegas y sinapismos.</p> + +<p>Así se hizo, cargándole entre las dos y otra compañera, pues el enfermo +pesaba como un manojo de cañas, y en casa, a fuerza de pellizcos y +restregones, volvió en sí, y les dio las gracias tan amable. La +<i>Pitusa</i> le hizo unas sopas, que tomó con apetito, dando a cada momento +<i>las más expresivas gracias</i>... tan fino, y así estuvo hasta la mañana, +bien apañadito en su jergón. No podían ponerle en un cuarto, porque en +toda la noche apenas los hubo desocupados, y allí, en la cocina vieja, +estaba muy bien, por ser pieza de ventilación.</p> + +<p>Lo peor fue que a la mañana, cuando se levantaba para marcharse, le +repitió el ataque, y todo el santo día le daban de hora en hora unos +<i>sincopieses</i> tan tremendos, que se quedaba como cadáver, y costaba Dios +y ayuda volverle en sí. Le habían dejado en mangas de camisa, porque se +quejaba de calor; pero allí estaba la ropa sin que nadie la tocase, ni +le afanaran cosa alguna de lo que tenía en los bolsillos. Había dicho el +<i>Comadreja</i> que si no se recobraba en la noche, daría parte a la +Delegación para que le llevaran al Hospital.</p> + +<p>Manifestó Benina a la <i>Pitusa</i> que era un dolor mandar al Hospital a tan +ilustre señorón, y que ella se determinaría a llevarle a su casa, sí... +Hirió la mente de la anciana una atrevida idea, y con la resolución que +era cualidad primaria de su carácter, se apresuró a ponerla en práctica +con toda prontitud. «¿Quieres oírme una palabrita?—dijo a la <i>Pitusa</i>, +cogiéndola por el brazo para sacarla de la cocina. Y al extremo del +pasillo, entraron en la única habitación <i>vividera</i> de la casa: una +alcoba con cama camera de hierro, colcha de punto de gancho, espejos +torcidos, láminas de odaliscas, cómoda derrengada, y un San Antonio en +su peana, con flores de trapo y lamparilla de aceite. El diálogo fue +rápido y nervioso:</p> + +<p>«¿Qué se le ofrece?</p> + +<p>—Pues poca cosa. Que me prestes diez duros.</p> + +<p>—<i>Señá</i> Benina, ¿está usted en sus cabales?</p> + +<p>—En ellos estoy, Teresa Conejo, como lo estaba cuando te presté los mil +reales, y te salvé de ir a la cárcel... ¿No te acuerdas? Fue el año y el +día del ciclón, que arrancó los árboles del Botánico... Tú habitabas en +la calle del Gobernador; yo en la de San Agustín, donde servía...</p> + +<p>—Sí que me acuerdo. Yo la conocí a usted de que comprábamos juntas...</p> + +<p>—Te viste en un fuerte compromiso.</p> + +<p>—Empezaba yo a rodar por el mundo...</p> + +<p>—Y rodando, rodando, caíste en una tentación...</p> + +<p>—Y como servía usted en casa grande, yo calculé y dije: 'Pues esta, si +quiere, podrá sacarme'.</p> + +<p>—Te llegaste a mí con mucho miedo... lo que pasa... no querías +levantarte el faldón, y que yo te dejara destapada.</p> + +<p>—Pero usted me tapó... ¡Cuánto se lo agradecí, Benina!</p> + +<p>—Y sin réditos... Luego tú, en cuanto hiciste las paces con el del +almacén de vinos, me pagaste...</p> + +<p>—Duro sobre duro.</p> + +<p>—Pues bien: ahora soy yo la que se ha caído: necesito doscientos reales, +y tú me los vas a dar.</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—Ahora mismo.</p> + +<p>—¡Mecachis... San Dios! ¡Como no se me vuelva dinero la chimenea de los +garbanzos!</p> + +<p>—¿No los tienes? ¿Ni tu <i>Comadreja</i> tampoco?</p> + +<p>—Estamos como el gallo de Morón... ¿Y para qué quiere los diez duros?</p> + +<p>—Para lo que a ti no te importa. Di si me los das o no me los das. Yo te +los pagaré pronto; y si quieres real por duro, no hay <i>incomeniente</i>.</p> + +<p>—No es eso: es que no tengo ni un cuarto partido por medio. Este ganado +indecente no trae más que miseria.</p> + +<p>—¡Válgate Dios! ¿Y...?</p> + +<p>—No, no tengo alhajas. Si las tuviera...</p> + +<p>—Busca bien, <i>maestra</i>.</p> + +<p>—Pues bueno. Hay dos sortijas. No son mías: son del <i>Rey de Bastos</i>, un +amigo de Rumaldo, que se las dio a guardar, y Rumaldo me las dio a mí.</p> + +<p>—Pues...</p> + +<p>—Si usted me da su palabra de desempeñarlas dentro de ocho días y +traérmelas, pero palabra formal, ¡San Dios! lléveselas... Darán los diez +por largo, pues una de ellas tiene un brillante que da <i>la catarata</i>».</p> + +<p>Poco más se habló. Cerraron bien la puerta, para que nadie pudiera +fisgonear desde el pasillo. Si alguien lo hiciera, no habría oído más +que un abrir y cerrar de los cajones de la cómoda, un cuchicheo de +Benina, y roncas gárgaras de la otra.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXII" id="XXII"></a><a href="#toc">XXII</a></h2> + + +<p>A poco de volver las dos mujeres al lado del desmayado Frasquito, entró +el <i>Comadreja</i>, que era un mocetón achulado, de buen porte, con tez y +facciones algo gitanescas, sombrero ancho, bien ceñido el talle, y lo +primero que dijo fue que pronto sería conducido el <i>interfezto</i> al +Hospital. Protestó Benina, sosteniendo que la enfermedad de Ponte era de +las que exigen trato casero y de familia; en el Hospital se moriría sin +remedio, y así, valía más que ella se le llevara a la casa de su señora +Doña Francisca Juárez, la cual, aunque había venido muy a menos, todavía +se hallaba en posición de hacer una obra de caridad, albergando a su +paisano el Sr. de Ponte, con quien tenía, si mal no recordaba, lejano +parentesco. En esto volvió de su desvanecimiento el galán pobre, y +reconociendo a su bienhechora, le besó las manos, llámandola <i>ángel</i> y +qué sé yo qué, muy gozoso de verla a su lado. Con gesto imperioso, al +que siguió una patada, la <i>Pitusa</i> ordenó a las dos arrapiezas que se +fueran a su obligación en la puerta de la calle; el <i>Comadreja</i> bajó a +despachar, y quedándose solas la Benina y su amiga con el pobre Ponte, +le vistieron del levitín y gabán para llevársele.</p> + +<p>«Aquí en confianza, D. Frasquito—le dijo la Benina—, cuéntenos por qué +no hizo lo que le mandé.</p> + +<p>—¿Qué, señora?</p> + +<p>—Dar a Bernarda la peseta, a cuenta de noches debidas... ¿O es que se +gastó la peseta en algo que le hacía falta, un suponer, en pintura para +la fisonomía del bigote? En este caso, no digo nada.</p> + +<p>—Cosmético, no... yo se lo juro—respondió Frasquito con lánguido acento, +sacando de su boca las palabras como con un gancho—. Lo gasté... pero no +en eso... Tenía que pro... pro... si lo diré al fin... que +proporcionarme una foto... grafía».</p> + +<p>Rebuscó en el bolsillo de su gabán, y de entre sobadas cartas y papeles, +sacó uno que desdobló, mostrando un retrato fotográfico, tamaño de +tarjeta ordinaria.</p> + +<p>«¿Quién es esta madama?—dijo la <i>Pitusa</i>, que con presteza lo cogió para +examinarlo—. Como guapa, lo es...</p> + +<p>—Quería yo—prosiguió Frasquito tomando aliento a cada sílaba—, +demostrarle a Obdulia su perfecta semejanza con...</p> + +<p>—Pues este retrato no es de la niña—dijo Benina contemplándolo—. Algo se +le parece en el corte de cara; pero no es mismamente.</p> + +<p>—Digan ustedes si se parece o no. Para mí son idénticas... La una como +la otra, esta como aquella.</p> + +<p>—¿Pero quién es?</p> + +<p>—La Emperatriz Eugenia... ¿Pero no la ven? No lo había más que en casa +de Laurent, y no lo daban por menos de una peseta... Forzoso adquirirlo, +demostrar a Obdulia la similitud...</p> + +<p>—D. Frasquito, por la Virgen, mire que vamos a creer que está ido... +¡Gastar la peseta en un retrato!...».</p> + +<p>No se dio por convencido el caballero pobre, y guardando cuidadosamente +la cartulina, se abrochó su gabán y trató de ponerse en pie; operación +complicadísima que no pudo realizar, por la extraordinaria flojedad de +sus piernas, no más gruesas que palillos de tambor. Con la prontitud que +usar solía en casos como aquel, Benina salió a tomar un coche, para lo +cual antes tenía que evacuar otra diligencia de suma importancia. Mas +como era tan ejecutiva, pronto despachó: con sus diez duros en el +bolsillo, volvió a Mediodía Grande en coche simón tomado por horas, y +en la puerta de la casa se tropezó con Petra la borrachera y su +compañera <i>Cuarto e kilo</i>, que de la taberna vociferando salían.</p> + +<p>—«Ya, ya sabemos que se le lleva consigo...—dijéronle con retintín—. Así +se portan las mujeres de rumbo, que estiman a un hombre... Vaya, vaya, +que eso es correrse... Bien se ve que se puede.</p> + +<p>—¡A ver!... Pero como a ustedes no les importa, yo digo... ¿Y qué?</p> + +<p>—Pues na... En fin, aliviarse.</p> + +<p>—¡Contento que tiene usted al ciego Almudena!</p> + +<p>—¿Qué le pasa?</p> + +<p>—Que ha esperado a la señora toda la tarde... ¡Cómo había de ir, si +andaba buscando al caballero canijo!...</p> + +<p>—Un recadito nos dio para usted por si la veíamos.</p> + +<p>—¿Qué dice?</p> + +<p>—A ver si me acuerdo... ¡Ah! sí: que no compre la olla...</p> + +<p>—La olla de los siete <i>bujeros</i>... que él tiene una que trajo de su +tierra.</p> + +<p>—¿Y qué? ¿Van a poner fábrica de coladores? Si no, ¿para qué son tantos +<i>ujeros</i>?</p> + +<p>—Cállense las muy boconas. Ea, con Dios.</p> + +<p>—Y estamos de coche. ¡Vaya un lujo! ¡Cómo se conoce que corre la guita!</p> + +<p>—Que os calléis... Más valdría que me ayudarais a bajarle y meterle en +el coche.</p> + +<p>—Vaya que sí. Con alma y vida».</p> + +<p>De divertimiento sirvió a todas las de casa y a las de fuera. Fue una +ruidosa función el acto de bajar a Frasquito, cantándole coplas en son +funerario, y diciéndole mil cuchufletas aplicadas a él y a la Benina, +que insensible a los desahogos de la vil canalla, se metió en su coche, +llevando al caballero andaluz como si fuera un lío de ropa, y mandó al +cochero picar hacia la calle Imperial, cuidando de despabilar bien al +caballo.</p> + +<p>No fue, como es fácil suponer, floja sorpresa la de Doña Francisca al +ver que le metían en la casa un cuerpo al parecer moribundo, +transportado entre Benina y un mozo de cuerda. La pobre señora había +pasado la tarde y parte de la noche en mortal ansiedad, y al ver cosa +tan extraña, creía soñar o tener trastornado el sentido. Pero la +traviesa criada se apresuró a tranquilizarla, diciéndole que aquel no +era cadáver, como de su aspecto lastimoso podía colegirse, sino enfermo +gravísimo, el propio D. Frasquito Ponte Delgado, natural de Algeciras, a +quien había encontrado en la calle; y sin meterse en más explicaciones +del inaudito suceso, acudió a confortar el atribulado espíritu de Doña +Paca con la fausta noticia de que llevaba en su bolso nueve duros y +pico, suma bastante para atender al compromiso más urgente, y poder +respirar durante algunos días.</p> + +<p>—«¡Ah, qué peso me quitas de encima de mi alma!—exclamó la señora +elevando las manos—. El Señor le bendiga. Ya estamos en situación de +hacer una obra de caridad, recogiendo a este desgraciado... ¿Ves? Dios +en un solo punto y ocasión nos ampara y nos dice que amparemos. El favor +y la obligación vienen aparejados.</p> + +<p>—Hay que tomar las cosas como las dispone... <i>el que menea los truenos</i>.</p> + +<p>—¿Y dónde ponemos a este pobre mamarracho?—dijo Doña Paca palpando a +Frasquito, que, aunque no estaba sin conocimiento, apenas hablaba ni se +movía, yacente en el santo suelo, arrimadito a la pared».</p> + +<p>Como después del casamiento de Obdulia y Antoñito habían sido vendidas +las camas de estos, surgió un conflicto de instalación doméstica, que +Nina resolvió proponiendo armar su cama en el cuartito del comedor, para +colocar en ella al pobre enfermo. Ella dormiría en un jergón sobre la +estera, y ya verían, ya verían si era posible arrancar al cuitado viejo +de las uñas de la muerte.</p> + +<p>«Pero, Nina de mi alma, ¿has pensado bien en la carga que nos hemos +echado encima?... Tú que no puedes, llévame a cuestas, como dijo el +otro. ¿Te parece que estamos nosotras para meternos a protectoras de +nadie?... Pero acaba de contarme: ¿fue D. Romualdo bendito quien...?</p> + +<p>—Sí, señora, Rumaldo...—respondió la anciana, que en su aturdimiento no +se había preparado para el embuste.</p> + +<p>—¡Bendito, mil veces bendito señor!</p> + +<p>—Ella... Teresa Conejo.</p> + +<p>—¿Qué dices, mujer?</p> + +<p>—Digo que... ¿Pero usted no se entera de lo que hablo?</p> + +<p>—Has dicho que... ¿Por ventura es cazador D. Romualdo?</p> + +<p>—¿Cazador?</p> + +<p>—Como has dicho no sé qué de un conejo.</p> + +<p>—Él no caza; pero le regalan... qué sé yo... tantas cosas... la perdiz, +el conejo de campo... Pues esta tarde...</p> + +<p>—Ya; te dijo: 'Benina, a ver cómo me pones mañana este conejo que me han +traído...'.</p> + +<p>—Sobre si había de ser en salmorejo o con arroz, estuvieron disputando; +y como yo nada decía y se me saltaban las lágrimas, 'Benina, ¿qué +tienes? Benina, ¿qué te pasa?...'. En fin, que del conejo tomé pie para +contarle el apuro en que me veía...».</p> + +<p>Convencida Doña Paca, ya no se pensó más que en instalar a Frasquito, +el cual parecía no darse cuenta de lo que le pasaba. Al fin, cuando ya +le habían acostado, reconoció a la viuda de Juárez, y mostrándole su +gratitud con apretones de manos y un suspirar afectuoso, le dijo:</p> + +<p>«Tal hija, tal madre... Es usted el vivo retrato de la Montijo.</p> + +<p>—¿Qué dice este hombre?</p> + +<p>—Le da porque todas nos parecemos a... no sé quién... a los emperadores +de Francia... En fin, dejarlo.</p> + +<p>—¿Estoy en el palacio de la plaza del Ángel?—dijo Ponte examinando la +mísera alcoba con extraviados ojos.</p> + +<p>—Sí, señor... Arrópese ahora; estese quietecito para que coja el sueño. +Luego le daremos buen caldo... y a vivir».</p> + +<p>Dejáronle solo, y Benina se echó nuevamente a la calle, ávida de tapar +la boca a los acreedores groseros, que con apremio impertinente y +desvergonzado abrumaban a las dos mujeres. Diose el gustazo de ponerles +ante los morros los duros que se les debían, hizo más provisiones, fue a +la calle de la Ruda, y con su cesta bien repleta de víveres y el corazón +de esperanzas, pensando verse libre de la vergüenza de pedir limosna, al +menos por un par de días, volvió a su casa. Con presteza metódica se +puso a trabajar en la cocina, en compañía de su ama, que también estaba +risueña y gozosa. «¿Sabes lo que me ha pasado—dijo a Benina—en el rato +que has estado fuera? Pues me quedé dormidita en el sillón, y soñé que +entraban en casa dos señores graves, vestidos de negro. Eran D. +Francisco Morquecho y D. José María Porcell, paisanos míos, que venían a +participarme el fallecimiento de D. Pedro José García de los Antrines, +tío carnal de mi esposo.</p> + +<p>—¡Pobre señor; se ha muerto!—exclamó Nina con toda el alma.</p> + +<p>—Y el tal D. Pedro José, que es uno de los primeros ricachos de la +Serranía...</p> + +<p>—Pero dígame: ¿es soñado lo que me cuenta o es verdad?</p> + +<p>—Espérate, mujer. Venían esos dos señores, D. Francisco y D. José María, +médico el uno, el otro secretario del Ayuntamiento... pues venían a +decirme que el García de los Antrines, tío carnal de mi Antonio, les +había nombrado testamentarios...</p> + +<p>—Ya...</p> + +<p>—Y que... la cosa es clara... como no tenía el tal sucesión directa, +nombraba herederos...</p> + +<p>—¿A quién?</p> + +<p>—Ten calma, mujer... Pues dejaba la mitad de sus bienes a mis hijos +Obdulia y Antoñito, y la otra mitad a Frasquito Ponte. ¿Qué te parece?</p> + +<p>—Que a ese bendito señor debían de hacerle santo.</p> + +<p>—Dijéronme D. Francisco y D. José María que hace días andaban buscándome +para darme conocimiento de la herencia, y que preguntando aquí y acullá, +al fin averiguaron las señas de esta casa... ¿por quién dirás? por el +sacerdote D. Romualdo, propuesto ya para obispo, el cual les dijo +también que yo había recogido al señor de Ponte... 'De modo—me dijeron +echándose a reír—, que al venir a ofrecer a usted nuestros respetos, +señora mía, matamos dos pájaros de un tiro'.</p> + +<p>—Pero vamos a cuentas: todo eso es, como quien dice, soñado.</p> + +<p>—Claro: ¿no has oído que me quedé dormida en el sillón?... Como que esos +dos señores que estuvieron a visitarme, se murieron hace treinta años, +cuando yo era novia de Antonio... figúrate... y García de los Antrines +era muy viejo entonces. No he vuelto a saber de él... Pues sí, todo ha +sido obra de un sueño; pero tan a lo vivo que aún me parece que les +estoy mirando... Te lo cuento para que te rías... no, no es cosa de +risa, que los sueños...</p> + +<p>—Los sueños, los sueños, digan lo que quieran—manifestó Nina—, son +también de Dios; ¿y quién va a saber lo que es verdad y lo que es +mentira?</p> + +<p>—Cabal... ¿Quién te dice a ti que detrás, o debajo, o encima de este +mundo que vemos, no hay otro mundo donde viven los que se han muerto?... +¿Y quién te dice que el morirse no es otra manera y forma de vivir?...</p> + +<p>—Debajo, debajo está todo eso—afirmó la otra meditabunda—. Yo hago caso +de los sueños, porque bien podría suceder, una comparanza, que los que +andan por allá vinieran aquí y nos trajeran el remedio de nuestros +males. Debajo de tierra hay otro mundo, y el toque está en saber cómo y +cuándo podemos hablar con los vivientes <i>soterranos</i>. Ellos han de saber +lo mal que estamos por acá, y nosotros soñando vemos lo bien que por +allá lo pasan... No sé si me explico... digo que no hay justicia, y para +que la <i>haiga</i>, soñaremos todo lo que nos dé la gana, y soñando, un +suponer, traeremos acá la justicia».</p> + +<p>Contestó Doña Paca con una sarta de suspiros sacados de lo más hondo de +su pecho, y Benina se lanzó, con fiebre y tenacidad de idea fija, a +pensar nuevamente en el maravilloso conjuro. Trasteando sin sosiego en +la cocina, con los ojos del alma, no veía más que el cazuelo de los +siete <i>bujeros</i>, el palo de laurel, vestido, y la oración... ¡demontres +de oración! ¡Esto sí que era difícil!</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXIII" id="XXIII"></a><a href="#toc">XXIII</a></h2> + + +<p>Todo iba bien a la mañana siguiente: Don Frasquito mejorando de hora en +hora, y con las entendederas en estado de mediana claridad; Doña Paca +contenta; la casa bien provista de vituallas; aquel día y el próximo +asegurados, por lo cual la pobre Benina podría descansar de su penosa +postulación en San Sebastián. Mas siéndole preciso sostener la comedia +de su asistencia en la casa del eclesiástico, salió como todos los días, +la cesta al brazo, dispuesta a no perder la mañana y hacer algo útil. Al +salir le dijo su ama: «Me parece que tendremos que hacer un obsequio a +nuestro D. Romualdo... Conviene demostrar que somos agradecidas y bien +educadas. Llévale de mi parte dos botellas de <i>Champagne</i> de buena +marca, para que acompañe con ellas el guisado, que le harás hoy, del +conejo.</p> + +<p>—¿Pero está loca, señora? ¿Sabe lo que cuestan dos botellas de +<i>Champaña</i>? Nos empeñaríamos para tres meses. Siempre ha de ser usted lo +mismo. Por gustar tanto del quedar bien, se ve ahora tan pobre. Ya le +obsequiaremos cuando nos caiga la lotería, pues de hoy no pasa que +busque yo quien me ceda una peseta en un décimo de los de a tres.</p> + +<p>—Bueno, bueno: anda con Dios».</p> + +<p>Y se fue la señora a platicar con Frasquito, que animado y locuaz +estaba. Una y otro evocaron recuerdos de la tierra andaluza en que +habían nacido, resucitando familias, personas y sucesos; y charla que te +charla, Doña Francisca salió por el registro de su sueño, aunque se +guardó bien de contárselo al paisano. «Dígame, Ponte: ¿qué ha sido de D. +Pedro José García de los Antrines?». Después de un penoso espurgo en los +obscuros cartapacios de su memoria, respondió Frasquito que el D. Pedro +se había muerto el año de la Revolución.</p> + +<p>«Anda, anda; y yo creí que aún vivía. ¿Sabe usted quién heredó sus +bienes?</p> + +<p>—Pues su hijo Rafael, que no ha querido casarse. Ya va para viejo. Bien +podría suceder que se acordara de nosotros, de sus hijos de usted y de +mí, pues no tiene parentela más próxima.</p> + +<p>—¡Ay! no lo dude usted: se acordará...—manifestó Doña Paca con grande +animación en los ojos y en la palabra—. Si no se acordara, sería un +puerco... Lo que me decían D. Francisco Morquecho y D. José María +Porcell...</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—Hace... no sé cuánto tiempo. Verdad que ya pasaron a mejor vida. Pero +me parece que les estoy viendo... Fueron testamentarios de García de los +Antrines, ¿no es cierto?</p> + +<p>—Sí, señora. También yo les traté mucho. Eran amigos de mi casa, y les +tengo muy presentes en mi memoria... Me parece que les estoy viendo con +sus levitas negras de corte antiguo...</p> + +<p>—Así, así.</p> + +<p>—Sus corbatines de suela, y aquellos sombreros de copa que parecían la +torre de Santa María...».</p> + +<p>Prosiguió el coloquio con esta vaga fluctuación entre lo real y lo +imaginativo; y en tanto, Benina, calle arriba, calle abajo, ya con la +mente despejada, tranquilo el espíritu por la posesión de un caudal no +inferior a tres duros y medio, pensaba que toda la tracamundana del +conjuro de Almudena era simplemente un engaña-bobos. Más probable veía +el éxito en la lotería, que no es, por más que digan, obra de la ciega +casualidad, pues ¿quién nos dice que no anda por los aires un ángel o +demonio invisible que se encarga de sacar la bola del gordo, sabiendo de +antemano quién posee el número? Por esto se ven cosas tan raras: +verbigracia, que se reparte el premio entre multitud de infelices que +se juntaron para tal fin, poniendo este un real, el otro una peseta. Con +tales ideas se dio a pensar quién le proporcionaría una participación +módica, pues adquirir ella sola un décimo parecíale mucho aventurar. Con +la Petra y su compañera <i>Cuarto e kilo</i>, que probaban fortuna en casi +todas las extracciones, no quería cuentas, mejor se entendería para este +negocio con Pulido, su compañero de mendicidad en la parroquia, del cual +se contaba que hacía combinaciones de jugadas lotéricas con el burrero +vecino de Obdulia; y para cogerle en su morada antes de que saliese a +pedir, apresuró el paso hacia la calle de la Cabeza, y dio fondo en el +establecimiento de burras de leche. En los establos de aquellas +pacíficas bestias daban albergue a Pulido los honrados lecheros, gente +buena y humilde. Una hermana de la burrera vendía décimos por las +calles, y un tío del burrero, que tuvo el mismo negocio en la misma +calle y casa, años atrás, se había sacado el gordo, retirándose a su +pueblo, donde compró tierras. La afición se perpetuó, pues, en el +establecimiento, formando hábito vicioso; y a la fecha de esta historia, +con lo que los burreros llevaban gastado en quince años de jugadas, +habrían podido triplicar el ganado asnal que poseían.</p> + +<p>Tuvo Benina la suerte de encontrar a toda la familia reunida, ya de +regreso las pollinas de su excursión matinal. Mientras estas devoraban +el pienso de salvado, los racionales se entretenían en hacer cálculos de +probabilidades, y en aquilatar las razones en que se podía fundar la +certidumbre de que saliese premiado al día siguiente el 5.005, del cual +poseían un décimo. Pulido, examinando el caso con su poderosa vista +interior, que por la ceguera de los ojos corporales prodigiosamente se +le aumentaba, remachó el convencimiento de los burreros, y en tono +profético les dijo que tan cierto era que saldría premiado el 5.005, +como que hay Dios en el Cielo y Diablo en los Infiernos. Inútil es decir +que la pretensión de Benina cayó en aquella obcecada familia como una +bomba, y que el primer impulso de todos fue negarle en absoluto la +participación que solicitaba, pues ello equivalía a regalarle montones +de dinero.</p> + +<p>Picose la mendiga, diciéndoles que no le faltaban tres pesetas para +tirarlas en un decimito, <i>todo para ella</i>, y este golpe de audacia +produjo su efecto. Por último, se convino en que, si ella compraba el +décimo, ellos le tomarían la mitad, dándole una participación de dos +reales en el mágico 5.005, número seguro, tan seguro como <i>estarlo +viendo</i>. Así se hizo: salió Benina, y llevó al poco rato un décimo del +4.844, el cual, visto por los otros, y <i>oído cantar</i> por el ciego, +produjo en toda la cuadrilla lotérica la mayor confusión y desconcierto, +como si por arte misterioso la suerte se hubiera pasado del uno al otro +número. Por fin, hiciéronse los tratos y combinaciones a gusto de todos, +y el burrero extendió las papeletas de participación, quedándose la +anciana con seis reales en el suyo y dos en el otro. Salió Pulido +refunfuñando, y se fue a su parroquia de muy mal talante, diciéndose que +aquella <i>eclesiástica pocritona</i> había ido a quitarles la suerte; los +burreros se despotricaron contra Obdulia, afirmando que no pagaba el pan +y compraba tiestos de flores, y que el casero la iba a plantar en la +calle; y Benina subió a ver a la <i>niña</i>, a quien encontró en manos de la +peinadora, que trataba de arreglarle una bonita cabeza. Aquel día sus +suegros le habían mandado albóndigas y sardinas en escabeche; Luquitas +había entrado en casa a las seis de la mañana, y aún dormía como un +cachorro. Pensaba la <i>niña</i> irse de paseo, ansiosa de ver jardines, +arboledas, carruajes, gente elegante, y su peinadora le dijo que se +fuera al Retiro, donde vería estas cosas, y todas las fieras del mundo, +y además cisnes, que son, una comparanza, gansos de pescuezo largo. Al +saber que Frasquito, enfermo, se hallaba recogido en casa de Doña Paca, +mostró la niña sincera aflicción, y quiso ir a verle; pero Benina se lo +quitó de la cabeza. Más valía que le dejara descansar un par de días, +evitándole conversaciones <i>deliriosas</i>, que le trastornaban el seso. +Asintiendo a estas discretas razones, Obdulia se despidió de su criada, +persistiendo en irse de paseo, y la otra tomó el olivo presurosa hacia +la calle de la Ruda, donde quería pagar deudillas de poco dinero. Por el +camino pensó que le convendría ceder parte de la excesiva cantidad +empleada en lotería, y a este fin hizo propósito de buscar al ciego moro +para que jugase una peseta. Más seguro era esto que no la operación de +llamar a los espíritus <i>soterranos</i>...</p> + +<p>Esto pensaba, cuando se encontró de manos a boca con Petra y Diega, que +de vender venían, trayendo entre las dos, mano por mano, una cesta con +baratijas de mercería ordinaria. Paráronse con ganas de contarle algo +estupendo y que sin duda la interesaba: «¿No sabe, <i>maestra</i>? Almudena +la anda buscando.</p> + +<p>—¿A mí? Pues yo quisiera hablar con él, por ver si quiere tomarme...</p> + +<p>—Le tomará a usted medidas. Eso dice...</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—Que está furioso... Loco perdido. A mí por poco me mata esta mañana de +la tirria que me tiene. En fin, el disloque.</p> + +<p>—Se muda de Santa Casilda... Se va a las Cambroneras.</p> + +<p>—Le ha dado la tarantaina, y baila sobre un pie solo».</p> + +<p>Prorrumpieron en desentonadas risas las dos mujerzuelas, y Benina no +sabía qué decirles. Entendiendo que el africano estaría enfermo, indicó +que pensaba ir a San Sebastián en su busca, a lo que replicaron las +otras que no había salido a pedir, y que si quería la <i>maestra</i> +encontrarle, buscárale hacia la Arganzuela o hacia la calle del Peñón, +pues en tal rumbo le habían visto ellas poco antes. Fue Benina hacia +donde se le indicaba, despachados brevemente sus asuntos en la calle de +la Ruda; y después de dar vueltas por la Fuentecilla, y subir y bajar +repetidas veces la calle del Peñón, vio al marroquí, que salía de casa +de un herrero. Llegose a él, le cogió por el brazo y...</p> + +<p>«Soltar mí, soltar mí tú...—dijo el ciego estremeciéndose de la cabeza a +los pies, cual si recibiese una descarga eléctrica—. Mala tú, <i>gañadora</i> +tú... matar yo ti».</p> + +<p>Alarmose la pobre mujer, advirtiendo en el rostro de su amigo grandísima +turbación: contraía y dilataba los labios con vibraciones convulsivas, +desfigurando su habitual expresión fisonómica; manos y piernas +temblaban; su voz había enronquecido.</p> + +<p>«¿Qué tienes tú, Almudenilla? ¿Qué mosca te ha picado?</p> + +<p>—Picar tú mí, mosca mala... <i>Viner migo</i>... Querer yo hablar <i>tigo</i>. +<i>Muquier</i> mala ser ti...</p> + +<p>—Vamos a donde quieras, hombre. ¡Si parece que estás loco!».</p> + +<p>Bajaron a la Ronda, y el marroquí, conocedor de aquel terreno, guió +hacia la fábrica del gas, dejándose llevar por su amiga cogido del +brazo. Por angostas veredas pasaron al paseo de las Acacias, sin que la +buena mujer pudiera obtener explicaciones claras de los motivos de +aquella extraña desazón.</p> + +<p>«Sentémonos aquí—dijo Benina al llegar junto a la Fábrica de alquitrán—; +estoy cansadita.</p> + +<p>—Aquí no... más <i>abaixo</i>...».</p> + +<p>Y se precipitaron por un sendero empinadísimo, abierto en el terraplén. +Hubieran rodado los dos por la pendiente si Benina no le sostuviera +moderando el paso, y asegurándose bien de dónde ponía la planta. +Llegaron, por fin, a un sitio más bajo que el paseo, suelo quebrado, +lleno de escorias que parecen lavas de un volcán; detrás dejaron casas, +cimentadas a mayor altura que las cabezas de ellos; delante tenían +techos de viviendas pobres, a nivel más bajo que sus pies. En las +revueltas de aquella hondonada se distinguían chozas míseras, y a lo +lejos, oprimida entre las moles del Asilo de Santa Cristina y el taller +de Sierra Mecánica, la barriada de las Injurias, donde hormiguean +familias indigentes.</p> + +<p>Sentáronse los dos. Almudena, dando resoplidos, se limpió el copioso +sudor de su frente. Benina no le quitaba los ojos, atenta a sus +movimientos, pues no las tenía todas consigo, viéndose sola con el +enojado marroquí en lugar tan solitario. «A ver... <i>amos</i>... a ver por +qué soy tan mala y tan engañadora. ¿Por qué?</p> + +<p>—<i>Poique</i> ti <i>n'gañar</i> mí. Yo <i>quiriendo</i> ti, tú <i>quirier</i> otro... Sí, +sí... Señor <i>bunito</i>, <i>cabaiero</i> galán... ti queriendo él... Enfermo él +casa <i>Comadreja</i>... tú llevar casa tuya él... <i>quirido</i> tuyo... +<i>quirido</i>... rico él, señorito él...</p> + +<p>—¿Quién te ha contado esas papas, Almudena?—dijo la buena mujer +echándose a reír con toda su alma.</p> + +<p>—No negar tú cosa... Tu <i>n'fadar</i> mí; <i>riyendo</i> tú mí...».</p> + +<p>Al expresarse de este modo, poseído de súbito furor, se puso en pie, y +antes de que Benina pudiera darse cuenta del peligro que la amenazaba, +descargó sobre ella el palo con toda su fuerza. Gracias que pudo la +infeliz salvar la cabeza apartándola vivamente; pero la paletilla, no. +Quiso ella arrebatarle el palo; pero antes de que lo intentara recibió +otro estacazo en el hombro, y un tercero en la cadera... La mejor +defensa era la fuga. En un abrir y cerrar de ojos, se puso la anciana a +diez pasos del ciego. Este trató de seguirla; ella le buscaba las +vueltas; se ponía en lugar seguro, y él descargaba sus furibundos +garrotazos en el aire y en el suelo. En una de estas cayó boca abajo, y +allí se quedó cual si fuera la víctima, mordiendo la tierra, mientras la +señora de sus pensamientos le decía: «Almudena, Almudenilla, si te cojo, +verás... ¡tontaina, borricote!...».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXIV" id="XXIV"></a><a href="#toc">XXIV</a></h2> + + +<p>Después de revolcarse en el suelo con epiléptica contracción de brazos y +piernas, y de golpearse la cara y tirarse de los pelos, lanzando +exclamaciones guturales en lengua arábiga, que Benina no entendía, +rompió a llorar como un niño, sentado ya a estilo moro, y continuando en +la tarea de aporrearse la frente y de clavar los dedos convulsos en su +rostro. Lloraba con amargo desconsuelo, y las lágrimas calmaron sin +duda, su loca furia. Acercose Benina un poquito, y vio su rostro +inundado de llanto que le humedecía la barba. Sus ojos eran fuentes por +donde su alma se descargaba del raudal de una pena infinita.</p> + +<p>Pausa larga. Almudena, con voz quejumbrosa de chiquillo castigado, llamó +cariñosamente a su amiga.</p> + +<p>«Nina... <i>amri</i>... ¿Estar aquí ti?</p> + +<p>—Sí, hijo mío, aquí estoy viéndote llorar como San Pedro después que +hizo la canallada de negar a Cristo. ¿Te arrepientes de lo que has +hecho?</p> + +<p>—Sí, sí... <i>amri</i>... ¡Haber pegado ti!... ¿Doler ti <i>mocha</i>?</p> + +<p>—¡Ya lo creo que me escuece!</p> + +<p>—Yo malo... <i>yorando</i> mí días <i>mochas</i>, <i>poique</i> pegar ti... <i>Amri</i>, +<i>perdoñar</i> tú mí...</p> + +<p>—Sí... perdonado... Pero no me fío.</p> + +<p>—Tomar tú palo—le dijo alargándoselo—Venir qui... <i>cabe</i> mí. Coger palo +y dar mí fuerte, hasta que matar tú mí.</p> + +<p>—No me fío, no.</p> + +<p>—Tomar tú este <i>cochilo</i>—añadió el africano sacando del bolso interior +del chaquetón una herramienta cortante—. Mercarlo yo pa pegar ti... +Matar tú mí con él, quitar vida mí. Mordejai no <i>quierer</i> vida... muerte +sí, muerte...».</p> + +<p>Como quien no hace nada, Benina se apoderó de las dos armas, palo y +cuchillo, y arrimándose ya sin temor alguno al desdichado ciego, le +puso la mano en el hombro. «Me has partido algún hueso, porque me duele +<i>mocha</i>—le dijo—. A ver dónde me curo yo ahora... No, hueso roto no hay; +pero me has levantado unos morcillones como mi cabeza, y el árnica que +gaste yo esta tarde tú me la tienes que abonar.</p> + +<p>—Dar yo ti... vida... <i>Perdoñar</i> mí... <i>Yorar</i> yo meses <i>mochas</i>, si tú +no <i>perdoñando</i> mí... Estar loco... yo <i>quierer</i> ti... Si tú no <i>quierer</i> +mí, Almudena matar si él <i>sigo</i>.</p> + +<p>—Bueno va. Pero tú has tomado algún maleficio. ¡Vaya, que salir ahora +con ese cuento de enamorarte de mí! ¿Pero tú no sabes que soy una vieja, +y que si me vieras te caerías para atrás del miedo que te daba?</p> + +<p>—No ser vieja tú... Yo <i>quiriendo</i> ti.</p> + +<p>—Tú quieres a Petra.</p> + +<p>—No... <i>B'rracha</i>... fea, mala... Tú ser <i>muquier</i> una sola... No haber +otra mí».</p> + +<p>Sin dar tregua a su intensa aflicción, cortando las palabras con los +hondos suspiros y el continuo sollozar, torpe de lengua hasta lo sumo, +declaró Almudena lo que sentía, y en verdad que si pudo entender Benina +lenguaje tan extraño, no fue por el valor y sentido de los conceptos, +sino por la fuerza de la verdad que el marroquí ponía en sus +extrañísimas modulaciones, aullidos, desesperados gritos, y sofocados +murmullos. Díjole que desde que el Rey <i>Samdai</i> le señaló la +mujer <i>única</i>, para que le siguiera y de ella se apoderara, anduvo +corriendo por toda la tierra. Más él caminaba, más delante iba la mujer, +sin poder alcanzarla nunca. Andando el tiempo, creyó que la fugitiva era +Nicolasa, que con él vivió tres años en vida errante. Pero no era; +pronto vio que no era. La suya delante, siempre delante, entapujadita y +sin dejarse ver la cara... Claro, que él veía la figura con los ojos del +alma... Pues bueno: cuando conoció a Benina, una mañana que por primera +vez se presentó ella en San Sebastián, llevada por Eliseo, el corazón, +queriendo salírsele del pecho, le dijo: «Esta es, esta sola, y no hay +otra». Más hablaba con ella, más se convencía de que era <i>la suya</i>; pero +quería dejar pasar tiempo, y <i>priebarlo</i> mejor. Por fin llegó la +certidumbre, y él esperando, esperando una ocasión de decírselo a +ella... Así, cuando le contaron que Benina quería al <i>galán bunito</i>, y +que se lo había llevado a su casa nada menos que en coche, le entró tal +desconsuelo, seguido de tan espantosa furia, que el hombre no sabía si +matarse o matarla... Lo mejor sería consumar a un tiempo las dos +muertes, después de haber despachado para el otro mundo a media +humanidad, repartiendo golpes a diestro y siniestro.</p> + +<p>Oyó Benina con interés y piedad este relato, que aquí se da, para no +cansar, reducido a mínimas proporciones; y como era mujer de buen +sentido, no incurrió en la ligereza de engreírse con aquella pasión +africana, ni tampoco hizo chacota de ella, como natural parecía, +considerando su edad y las condiciones físicas del desdichado ciego. +Manteniéndose en un justo medio de discreción, miraba sólo el fin +inmediato de que su amigo se tranquilizara, apartando de su mente las +ideas de muerte y exterminio. Explicole lo del <i>galán bunito</i>, +procurando convencerle de que sólo un sentimiento de caridad habíala +movido a llevarle a la casa de su señora, sin que mediase en ello el +amor, ni cosa tocante a las relaciones de hombre y mujer. No se daba por +convencido Mordejai, que planteó por fin la cuestión en términos que +justificaban la veracidad y firmeza de su afecto, a saber: para que él +creyese lo que Benina acababa de decirle, convenía que se lo demostrara +con hechos, no con palabras, que el viento se lleva. ¿Y cómo se lo +demostraría con hechos, de modo que él quedase plenamente satisfecho y +convencido? Pues de un modo muy sencillo: dejando todo, su señora, <i>casa +suya</i>, <i>galán bunito</i>; yéndose a vivir con Almudena, y quedando unidos ya +los dos para toda la vida.</p> + +<p>No respondió la anciana con negación rotunda por no excitarle más, y se +limitó a presentarle los inconvenientes del abandono brusco de su +señora, que se moriría si de ella se separase. Pero a todas estas +razones oponía el marroquí, otras fortalecidas en el fuero y leyes de +amor, que a todo se sobreponen. «Si tú <i>quierer mí</i>, <i>amri</i>, mí casar +<i>tigo</i>».</p> + +<p>Al hacer la oferta de su blanca mano, acompañándola de un suspirar +tierno y de remilgos de vergüenza, con sus enormes labios que se +dilataban hasta las orejas o se contraían formando un hocico monstruoso, +Benina no pudo evitar una risilla de burla. Pero conteniéndose al +instante, acudió a la respuesta con este discretísimo argumento:</p> + +<p>«Hijo, así te llamo porque pudieras serlo... agradezco tu fineza; pero +repara que he cumplido los sesenta años.</p> + +<p>—<i>Cumplir no cumplir sisenta</i>, <i>milienta</i>, <i>yo quierer ti</i>.</p> + +<p>—Soy una vieja, que no sirve para nada.</p> + +<p>—<i>Sirvi</i>, <i>amri</i>; yo <i>quierer</i> ti... tú <i>mais</i> que la luz <i>bunita</i>; moza +tú.</p> + +<p>—¡Qué desatino!</p> + +<p>—Casar <i>migo tigo</i>, y <i>dirnos migo</i> con tú a <i>terra</i> mía, <i>terra</i> de +Sus. Mi padre Saúl, rico él; mis <i>germanos</i>, ricos ellos; mi madre +Rimna, rica <i>bunita</i> ella... <i>quierer</i> ti, <i>dicir</i> hija ti... +Verás <i>terra</i> mía: <i>aceita mocha</i>, <i>laranjas mochas</i>... <i>carnieras +mochas</i> padre mío... <i>mochas arbolas</i> cabe el río; casa grande... noria +d'agua fresca... <i>bunito</i>; ni frío ni <i>calora</i>».</p> + +<p>Aunque la pintura de tanta felicidad influía levemente en su ánimo, no +se dejaba seducir Benina, y como persona práctica vio los inconvenientes +de una traslación repentina a países tan distantes, donde se encontraría +entre gentes desconocidas, que hablaban una lengua de todos los +demonios, y que seguramente se diferenciarían de ella por las +costumbres, por la religión y hasta por el vestido, pues allá, de fijo +andaban con taparrabo... ¡Bonita estaría ella con taparrabo! ¡Vaya, que +se le ocurrían unas cosas al buen Mordejai! Mostrándose afectuosa y +agradecida, le argumentó con los inconvenientes de la precipitación en +cosa tan grave como es el casarse de buenas a primeras, y correrse de un +brinco nada menos que al África, que es, como quien dice, <i>donde +empiezan los Pirineos</i>. No, no: había que pensarlo despacio, y tomarse +tiempo para no salir con una patochada. Mucho más práctico, según ella, +era dejar todo ese lío del casamiento y del viaje de novios para más +adelante, ocupándose por el pronto en realizar, con todos los requisitos +que aseguraran el éxito, el conjuro del rey <i>Samdai</i>. Si la cosa +resultaba, como Almudena le aseguró, y venían a poder de ella las +banastas de piedras preciosas, que tan fácilmente se convertirían en +billetes de Banco, ya tenían todas las cuestiones resueltas, y lo demás +prontamente se allanaría. El dinero es el arreglador infalible de +cuantas dificultades hay en el mundo. Total: que ella se comprometía a +cuanto él quisiera, y desde luego empeñaba su palabra de casorio y de +seguirle hasta el fin del mundo, siempre y cuando el rey <i>Samdai</i> +concediese lo que con todas las reglas, ceremonias y rezos benditos se +le había de pedir.</p> + +<p>Quedose meditabundo el africano al oír esto, y después se dio golpetazos +en la frente, como hombre que experimenta gran confusión y desconsuelo. +«<i>Perdoñar</i> mí tú... Olvidar mí <i>dicer</i> ti cosa.</p> + +<p>—¿Qué? ¿Vas a salir ahora con inconvenientes? ¿Es que la operación no +vale porque faltaría algún requisito?</p> + +<p>—Olvidar mí <i>requesito</i>... No valer, <i>poique</i> ser tú <i>muquier</i>.</p> + +<p>—¡Condenado!—exclamó Benina sin poder contener su enojo—, ¿por qué no +empezaste por ahí? Pues si el primer <i>requesito</i> es ser hombre... ¡a ver!</p> + +<p>—<i>Perdoñar</i> mí... Olvidar cosa <i>migo</i>.</p> + +<p>—Tú no tienes la cabeza buena. ¡Vaya una plancha! Pero ¡ay! la culpa es +mía, por haberme creído las paparruchas que inventan en tu tierra +maldecida, y en esa tu religión de los demonios coronados. No, no lo +creí... Era que la pobreza me cegaba... Y no lo creo, no. Perdóneme Dios +el mal pensamiento de llamar al diablo con todos esos arrumacos; +perdóneme también la Virgen Santísima.</p> + +<p>—Si no valer eso <i>poique</i> ser tú <i>muquier</i>...—replicó Almudena +vergonzoso—, saber mí otra cosa... que si <i>jacer</i> tú, coger has tú <i>tuda +la diniera</i> que tú <i>querier</i>.</p> + +<p>—No, no me engañas otra vez. ¡Buen pájaro estás tú!... Ya no creo nada +de lo que me digas.</p> + +<p>—Por la bendita luz, verdad ser... Rayo del cielo matar mí, si <i>n'gañar</i> +ti... ¡Coger <i>diniero</i>, <i>mocha diniero</i>!</p> + +<p>—¿Cuándo?</p> + +<p>—Cuando <i>quiriendo</i> tú.</p> + +<p>—A ver... Aunque no he de creerlo, dímelo pronto.</p> + +<p>—Yo dar ti <i>p'peleto</i>...</p> + +<p>—¿Un papelito?</p> + +<p>—Sí... Poner tú punta <i>lluengua</i>...</p> + +<p>—¿En la punta de la lengua?</p> + +<p>—Sí: entrar con ello Banco, <i>p'peleto en llengua</i>, y <i>naide</i> ver ti. +Poder coger <i>diniero tuda</i>... No ver ti <i>naide</i>.</p> + +<p>—Pero eso es robar, Almudena.</p> + +<p>—<i>Naide</i> ver, <i>naide</i> a ti <i>dicir naida</i>.</p> + +<p>—Quita, quita... Yo no tengo esas mañas. Robar, no. ¿Que no me ven? Pero +Dios me verá».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXV" id="XXV"></a><a href="#toc">XXV</a></h2> + + +<p>No desistía el apasionado marroquí de ganar la voluntad de la dama (que +así debemos llamarla en este caso, toda vez que como tal él la veía con +los ojos de su alma); y conociendo que los medios positivos eran los más +eficaces, y que antes que las razones con que él pudiera expugnarla la +rendiría su propia codicia y el anhelo de enriquecerse, se arrancó con +otro sortilegio, producto natural de su sangre semítica y de su rica +imaginación. Díjole que entre todos los secretos de que por favor de +Dios era depositario, había uno que no pensaba confiar más que a la +persona que fuese dueña de todo su cariño; y como esta persona era ella, +la mujer soñada, la mujer prometida por el soberano <i>Samdai</i>, a ella +sola revelaba el infalible procedimiento para descubrir los tesoros +<i>soterrados</i>. Aunque afectaba Benina no dar crédito a tales historias, +ello es que no perdió sílaba del relato que Almudena le hizo. La cosa +era muy sencilla, por él pintada, aunque las dificultades prácticas para +llegar a producir el mágico efecto saltaban a la vista. La persona que +quisiera saber, <i>siguro</i>, <i>siguro</i>, dónde había dinero escondido, no +tenía más que abrir un hoyo en la tierra, y estarse dentro de él +cuarenta días, en paños menores, sin otro alimento que harina de cebada +sin sal, ni más ocupación que leer un libro santo, de luengas hojas, y +meditar, meditar sobre las profundas verdades que aquellas escrituras +contenían...</p> + +<p>—¿Y eso tengo que hacerlo yo?—dijo Benina impaciente—. ¡Apañado estás! +¿Y ese libro está escrito en tu lengua? Tonto, ¿cómo voy a leer yo esos +garrapatos, si en mi propio castellano natural me estorba lo negro?</p> + +<p>—<i>Leyerlo</i> mí... <i>leyer</i> tú.</p> + +<p>—Pero en ese agujero bajo tierra, que será la casa de los topos, +¿podemos estar los dos?</p> + +<p>—<i>Siguro</i>.</p> + +<p>—Bueno. Y para poder ver bien la letra de ese libro—dijo con sorna la +<i>dama</i>—, llevarás antiparras de ciego...</p> + +<p>—Mí saberlo de <i>memueria</i>—replicó impávido el africano».</p> + +<p>La <i>operación</i>, pasados los cuarenta días de penitencia, terminaba por +escribir en un papelito, como los de cigarro, ciertas palabras mágicas +que él sabía, él solo; luego se soltaba el papelito en el aire, y +mientras el viento lo llevaba de aquí para allá, ella y él rezarían +devotamente oraciones <i>mochas</i>, sin quitar los ojos del papel volante. +Allí donde cayese, se encontraría, cavando, cavando, el tesoro +soterrado, probablemente una gran olla repleta de monedas de oro.</p> + +<p>Manifestó Benina su incredulidad soltando la risa; pero alguna huella +dejaba en su espíritu la nueva quisicosa para encontrar tesoros, porque +con toda formalidad se dejó decir: «No creo yo que haya dinero enterrado +en los campos. Puede que en tu tierra se den esos casos; pero lo que es +aquí... donde lo tienes es en los patios, en las corraladas, debajo del +suelo de las leñeras, almacenes y bodegas, y, si a mano viene, empotrado +en las paredes...</p> + +<p>—Mismo poder yo <i>discubrierlo</i> él... Yo <i>dicer</i> ti, si tú <i>quiriendo</i> mí, +si tú casar <i>migo</i>.</p> + +<p>—Ya trataremos de eso más despacio—dijo Benina quitándose el pañuelo y +volviéndoselo a poner, señal de impaciencia y ganas de marcharse.</p> + +<p>—No <i>dirti</i> tú, <i>amri</i>, no—murmuró el ciego quejumbroso, agarrándola por +la falda.</p> + +<p>—Es tarde, hijo, y hago falta en casa.</p> + +<p>—Tú <i>migo</i> siempre.</p> + +<p>—No puede ser por ahora. Ten paciencia, hijo».</p> + +<p>Poseído nuevamente de furor, al sentir que se levantaba, se arrojó sobre +ella, clavándole la zarpa en los brazos, y manifestando con rugidos, +más que con voces, su ardiente anhelo de tenerla en su compañía. «Mí +<i>queriendo</i> ti... Matar mí, <i>ajogar</i> mismo yo en río, si tú no <i>venier</i> +mí...</p> + +<p>—Déjame por Dios, Almudena—dijo con acento de aflicción la <i>dama</i>, +creyendo vencerle mejor con súplicas afectuosas—. Yo te quiero; pero me +llaman mis obligaciones.</p> + +<p>—Matar yo <i>galán bunito</i>—gritó el ciego apretando los puños, y dando +algunos pasos hacia la anciana, que medrosa se había apartado de él.</p> + +<p>—Ten juicio; si no, no te quiero... Vámonos. Si me prometes ser bueno y +no pegarme, iremos juntos.</p> + +<p>—<i>Piegar</i> ti no, no... <i>quiriendo</i> ti más que a la bendita luz.</p> + +<p>—Pues si no me pegas, vamos—dijo Benina, aproximándose cariñosa, y +cogiéndole por el brazo».</p> + +<p>Apaciguado el buen Mordejai, emprendieron otra vez la marcha hacia +arriba, y por el camino dijo el ciego a la <i>dama</i> que se había despedido +de Santa Casilda, por romper con la Petra; y como los tiempos venían +malos y no se ganaban perras, pensaba trasladarse aquella misma tarde a +las Cambroneras, <i>cabe</i> el Puente de Toledo, pues en aquel barrio había +estancias para dormir por solos diez céntimos cada noche. No aprobó +Benina el cambio de domicilio, porque allí, según había oído, vivían en +grande estrechez e incomodidad los pobres, amontonados y revueltos en +cuartuchos indecentes; pero él insistió, dolorido y melancólico, +asegurando que <i>quería estar mal</i>, hacer penitencia, pasarse los días +<i>yorando</i>, <i>yorando</i>, hasta conseguir que <i>Adonai</i> ablandase el corazón +de la mujer amada. Suspiraron ambos, y silenciosos subieron toda la +calle de Toledo.</p> + +<p>Como Benina le ofreciese un duro para la mudanza, Almudena expresó un +desinterés sublime: «No <i>querier</i> mí <i>diniero</i>... <i>Diniero</i> cosa +puerca... asco <i>diniero</i>... Mí <i>quierer amri</i>... <i>muquier</i> mía <i>migo</i>.</p> + +<p>—Bueno, bueno: ten paciencia—le dijo Benina, temerosa de que se +descompusiera al final de la jornada—. Yo te prometo que mañana +hablaremos de eso.</p> + +<p>—¿<i>Viner</i> tú Cambroneras?</p> + +<p>—Sí, te lo prometo.</p> + +<p>—Mí no <i>golver pirroquia</i>... Carga mí <i>gente suberbiosa</i>: Casiana, +Eliseo... asco mí <i>genta</i>. Mí pedir <i>Puenta Tolaido</i>...</p> + +<p>—Espérame mañana... y prométeme tener juicio.</p> + +<p>—<i>Yorando</i>, <i>yorando</i> mí.</p> + +<p>—¿Pero a qué vienen esos lloriqueos?... Almudenilla, si yo te quiero... +<i>Amos</i>, no me des disgustos.</p> + +<p>—<i>Ora ti</i>, casa tuya, ver <i>galán bunito</i>, <i>jacer</i> tú cariños él.</p> + +<p>—¿Yo? ¡Estás fresco! ¡Sí, sí, para él estaba! ¿Pero tú qué te has +creído? ¡Valiente caso hago yo de esa estantigua! Tiene más años que la +Cuesta de la Vega: es pariente de mi señora, y por encargo de esta se le +recogió para llevarle a casa.</p> + +<p>—¡<i>Mam'rracho</i> él!</p> + +<p>—¡Y tan mamarracho! Ni hay comparanza entre él y tú... En fin, chico: +tengo mucha prisa. Adiós. Hasta mañana».</p> + +<p>Aprovechando un momento en que el marroquí se quedaba como lelo, apretó +a correr, dejándole arrimadito a la pared, junto a la tienda llamada del +<i>Botijo</i>. Era la única forma posible de separación, dada la tenaz +adherencia del pobre ciego. Desde lejos le miró Benina, inmóvil, la +cabeza caída. Pasado un rato, se dejó caer en el suelo, y allí le vieron +toda la tarde los transeúntes, sentado, mudo, la negra mano extendida.</p> + +<p>No encontró la Nina en su casa grandes novedades, como por tal no se +tuviera el contento de Doña Paca, que no cesaba de alabar la finura de +su huésped, y la gracia con que a la conversación traía los recuerdos de +Algeciras y Ronda. Sentíase la buena señora transportada a sus verdes +años; casi olvidaba su pobreza, y movida del generoso instinto que en +aquella edad primera había sido fundamento de su carácter imprevisor y +de sus desgracias, propuso a Nina que se trajeran para Frasquito dos +botellas de Jerez, pavo en galantina, huevo hilado, y cabeza de jabalí.</p> + +<p>«Sí, señora—replicó la criada—: todo eso traeremos, y luego nos vamos a +la cárcel, para ahorrar a los tenderos el trabajo de llevarnos. ¿Pero +usted se ha vuelto loca? Para esta noche haré unas sopas de ajo con +huevos, y <i>san sacabó</i>. Crea usted que a ese caballero le sabrán a +gloria, acostumbrado como está a comistrajos indecentes.</p> + +<p>—Bueno, mujer. Se hará lo que tú quieras.</p> + +<p>—En vez de cabeza de jabalí, pondremos cabeza de ajo.</p> + +<p>—Creo, con tu permiso, que en todas las circunstancias, aunque sea +sacrificándose, debe una portarse como quien es. En fin, ¿cuánto dinero +tenemos?</p> + +<p>—Eso a usted no le importa. Déjeme a mí, que ya sabré arreglarme. Cuando +se acabe, no es usted quien ha de ir a buscarlo.</p> + +<p>—Ya, ya sé que irás tú y lo buscarás. Yo no sirvo para nada.</p> + +<p>—Sí sirve usted; y ahora, ayúdeme a pelar estas patatitas.</p> + +<p>—Lo que quieras. ¡Ah!... se me olvidaba. Frasquito toma té... y como +está tan delicadillo, hay que traerlo bueno.</p> + +<p>—Del mejor. Iré por él a la China.</p> + +<p>—No te burles. Vas a la tienda, y pides del que llaman <i>mandarín</i>. Y de +paso te traes un quesito bueno para postre...</p> + +<p>—Sí, sí... eche usted y no se derrame.</p> + +<p>—Ya ves que está acostumbrado a comer en casas grandes.</p> + +<p>—Justamente: como la taberna de Boto, en la calle del Ave María... +ración de guisado, a real; con pan y vino, treinta y cinco céntimos.</p> + +<p>—Estás hoy... que no se te puede aguantar. Pero a todo me avengo, Nina. +Tú mandas.</p> + +<p>—¡Ay, si yo no mandara, bonitas andaríamos! Ya nos habrían llevado a San +Bernardino o al mismísimo Pardo».</p> + +<p>Bromeando así llegó la noche, y cenando frugalmente, alegres los tres y +resignados con la pobreza, mal tolerable y llevadero cuando no falta un +pedazo de pan con que matar el hambre. Y el historiador debe hacer +constar asimismo que el buen temple en que estaba Doña Paca se torció un +poco al recogerse las dos en la alcoba, la señora en su cama, Benina en +el suelo, por haber cedido su lecho a Frasquito. Como la viuda de Zapata +era tan voluble de genio, en un instante, sin que se supiera el motivo, +pasaba de la bondad apacible a la ira insana, de la credulidad infantil +a la desconfianza marrullera, de las palabras razonables a los +disparates más absurdos. Conocía muy bien la criada este fácil girar de +los pensamientos y la voluntad de su señora, a quien comparaba con una +veleta; y sin tomar a pecho sus displicencias y raptos de ira, esperaba +que cambiase el viento. En efecto, este variaba de improviso, rolando al +cuadrante bueno; y si en un momento la malva se había convertido en +cardo, en otro momento tornaba a su primera condición.</p> + +<p>El mal humor de Doña Paca en la noche a que me refiero, debe atribuirse, +según datos fehacientes, a que Frasquito, en sus conversaciones de la +tarde, y en los ratos de la cena y sobremesa de esta, mostró por Benina +unas preferencias que lastimaron profundamente el amor propio de la +viuda infeliz. A Benina manifestaba el buen señor casi exclusivamente su +gratitud, reservando para la señora una cortés deferencia; para Benina +eran todas sus sonrisas, sus frases más ingeniosas, la ternura de sus +ojos lánguidos, como de carnero a medio morir; y a tantas indiscreciones +unió Ponte la de llamarla <i>ángel</i> como unas doscientas veces en el curso +de la frugal cena.</p> + +<p>Y dicho esto, oigamos a Doña Paca, entre sábanas metida, mientras la +otra se acostaba en el suelo: «Pues, hija, nadie me quita de la cabeza +que le has dado un bebedizo a este pobre señor. ¡Vaya cómo te quiere! Si +no fueras una vieja feísima y sin ninguna gracia, creería que le habías +hecho tilín... Cierto que eres buena, caritativa, que sabes ganar la +simpatía por lo bien que atiendes a todo, y por tu dulzura y ese modito +suave... que bien podría engañar a los que no te conocen... Pero con +todas esas prendas, imposible que un hombre tan corrido se prende de +ti... Si te lo crees y por ello estás inflada de orgullo, mi parecer es +que no te compongas, pobre Nina. Siempre serás lo que fuistes... y no +temas que yo le quite a D. Frasquito la ilusión, contándole tus malas +mañas, lo sisona que eras, y otras cosillas, otras cosillas que tú +sabes, y yo también...».</p> + +<p>Callaba Benina, tapándose la boca con la sábana, y esta humildad y +moderación encendieron más el rencorcillo de la viuda de Zapata, que +prosiguió molestando a su compañera: «Nadie reconoce como yo tus buenas +cualidades, porque las tienes; pero hay que ponerte siempre a distancia, +no dejarte salir de tu baja condición, para que no te desmandes, para +que no te subas a las barbas de los superiores. Acuérdate de las dos +veces que tuve que echarte de mi casa por sisona... ¡A tal extremo llegó +tu descaro, ¿qué digo descaro? tu cinismo en aquel vicio feo, que... +vamos, yo, que jamás he hecho una cuenta, ni me gusta, veía mi dinero +pasando de mi bolsillo al tuyo... en chorro continuo!... Pero ¿qué? ¿No +dices nada?... ¿No contestas? ¿Te has vuelto muda?</p> + +<p>—Sí, señora, me he vuelto muda—fue la única respuesta de la buena +mujer—. Puede que cuando la señora se canse y cierre el pico, lo abra yo +para decirle... en fin, no digo nada».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXVI" id="XXVI"></a><a href="#toc">XXVI</a></h2> + + +<p>«Ja, ja... Di lo que quieras...—prosiguió Doña Paca—. ¿Te atreverías a +decir algo ofensivo de mí? ¡Que no he sabido llevar el Cargo y Data! ¿Y +qué? ¿Quién te ha dicho a ti que las señoras son tenedoras de libros? El +no llevar cuentas ni apuntar nada, no era más que la forma natural de mi +generosidad sin límites. Yo dejaba que todo el mundo me robase; veía la +mano del ladrón metiéndose en mi bolsillo, y me hacía la tonta... Yo he +sido siempre así. ¿Es esto pecado? El Señor me lo perdonará. Lo que Dios +no perdona, Benina, es la hipocresía, los procederes solapados, y el +estudio con que algunas personas componen sus actos para parecer +mejores de lo que son. Yo siempre he llevado el alma en mi rostro, y me +he presentado a los ojos de todo el mundo como soy, como era, con mis +defectos y cualidades, tal como Dios me hizo... ¿Pero tú no tienes nada +que contestarme?... ¿O es que no se te ocurre nada para defenderte?</p> + +<p>—Señora, callo, porque estoy dormida.</p> + +<p>—No, tú no duermes, es mentira: la conciencia no te deja dormir. +Reconoces que tengo razón, y que eres de las que se componen para +disimular y esconder sus maldades... No diré que sean precisamente +<i>maldades</i>, tanto no. Soy generosa en esto como en todo, y +diré <i>flaquezas</i>... pero ¡qué flaquezas! Somos frágiles: verdaderamente +tú puedes decir: «No me llamo Benina, sino Fragilidad...». Pero no te +apures, pues ya sabes que no he de ir con cuentos al Sr. de Ponte para +desprestigiarte, y deshojar la flor de sus ilusiones... ¡Qué risa!... No +viendo en ti, como no puede verlo, una figura elegante, ni un rostro +fresco y sonrosado, ni modales finos, ni educación de señora, ni nada de +eso, que es por lo que se enamoran los hombres, habrá visto... ¿qué? Por +Dios que no acierto. Si tú fueras franca, que no lo eres, ni lo serás +nunca... ¿Oyes lo que digo?</p> + +<p>—Sí, señora, oigo.</p> + +<p>—Si tú fueras franca, me dirías que el Sr. de Ponte te llama <i>ángel</i> por +lo bien que haces las sopas de ajo, acartonaditas... Y ¿te parece a ti +que esto es suficiente motivo para que a una mujer la llamen <i>ángel</i> con +todas sus letras?</p> + +<p>—¿Pero a usted qué le importa?... Deje al Sr. de Ponte Delgado que me +ponga los motes que quiera.</p> + +<p>—Tienes razón, sí, sí... Puede que te lo diga irónicamente, que estos +señorones, muy curtidos en sociedad, emplean a menudo la ironía, y +cuando parece que nos alaban, lo que hacen es tomarnos el pelo, como +suele decirse... Por si el hombre va por derecho, y se ha prendado de ti +con buen fin... que todo podría ser, Benina... se ven cosas muy raras... +tú debes proceder con lealtad, y confesarle tus máculas, no vaya a creer +Frasquito que la pureza de los ángeles del cielo es cualquier cosa +comparada con tu pureza. Si así no lo haces, eres una mala mujer... La +verdad, Nina, en estos casos, la verdad. El hombre se ha creído que eres +un prodigio de conservación, ja, ja... que has hecho un milagro, pues +milagro sería, en plena vida de Madrid y en la clase de servicio +doméstico, una virginidad de sesenta años... Puedes plantarte en los +cincuenta y cinco, si así te conviene... Pero si le engañas en la edad, +que esta es superchería muy corriente en nuestro sexo, no andes con +bromas en lo que es de ley moral, Nina; eso no. Mira, hija, yo te quiero +mucho, y como señora tuya y amiga te aconsejo que le hables clarito, +que le cuentes tus faltas y caídas. Así el buen señor no se llamará a +engaño, si andando el tiempo descubre lo que tú ahora le ocultaras. No, +Nina, no; hija mía, dile todo, aunque se te ponga la cara muy colorada, +y se te congestione la verruga que llevas en la frente. Confiesa tu +grave falta de aquellos tiempos, cuando contabas treinta y cinco años... +y ten valor para decirle: «Sr. D. Frasquito, yo quise a un guardia civil +que se llamaba Romero, el cual me tuvo trastornada más de dos años, y al +fin se negó a casarse conmigo...». Vamos, mujer, no es para que te +pongas como la grana. Después de todo, ¿qué ha sido ello? Querer a un +hombre. Pues para eso han venido las mujeres al mundo: para querer a los +hombres. Tuviste la desgracia de tropezar con uno, que te salió malo. +Cuestión de suerte, hija. Ello es que estuviste loca por él... Bien me +acuerdo. No se te podía aguantar; no hacías nada al derecho. Sisabas de +lo lindo, y mientras tú no tenías un traje decente, a él no le faltaban +buenos puros... A mí, que veía tus padecimientos y tu ceguera, pues +atormentada y sin un día de tranquilidad, en vez de huir del suplicio, +ibas a él; a mí, que vi todo esto, nadie tiene que contármelo, Nina. +Conozco la historia, aunque no la sé toda entera, porque algo me has +ocultado siempre... y a mí me refirieron cosas que no sé si son ciertas +o no... Dijéronme que de tus amores tuviste...</p> + +<p>—Eso no es verdad.</p> + +<p>—Y que lo echaste a la Inclusa...</p> + +<p>—Eso no es verdad—repitió Benina con acento firme y sonora voz, +incorporándose en el lecho. Al oírla, calló súbitamente Doña Paca, como +el ratoncillo nocturno que cesa de roer al sentir los pasos o la voz del +hombre. Oyose tan sólo, durante largo rato, alguno que otro suspiro +hondísimo de la señora, que después empezó a quejarse y a gruñir por lo +bajo. La otra no chistaba. Había hecho rápida crisis el genio de la +infeliz señora, determinándose un brusco giro de la veleta. La ira y +displicencia trocáronse al punto en blandura y mimo. No tardó en +presentarse el síntoma más claro de la sedación, que era un vivo +arrepentimiento de todo lo que había dicho y la vergüenza de recordarlo, +pues no significaban otra cosa los gruñidos, y el quejarse de +imaginarios dolores. Como Benina no respondiera a estas demostraciones, +Doña Paca, ya cerca de media noche, se arrancó a llamarla: «Nina, Nina, +¡si vieras qué mala estoy! ¡Vaya una nochecita que estoy pasando! Parece +que me aplican un hierro caliente al costado, y que me arrancan a +tirones los huesos de las piernas. Tengo la cabeza como si me hubieran +sacado los sesos, poniéndome en su lugar miga de pan y perejil muy +picadito... Por no molestarte, no te he dicho que me hagas una tacita de +tila, que me refriegues la espalda, y que me des una papeleta de +salicilato, de bromuro, o de sulfonal... Esto es horrible. Estás dormida +como un cesto. Bien, mujer, descansa, engorda un poquito... No quiero +molestarte».</p> + +<p>Sin despegar los labios, abandonaba Nina el jergón, y, echándose una +falda, hacía la taza de tila en la cocinilla económica, y antes o +después daba la medicina a la enferma, y luego las friegas, y por fin +acostábase con ella para arrullarla como a un niño, hasta que conseguía +dormirla. Anhelando olvidar la señora su anterior desvarío, creía que el +mejor medio era borrar con expresiones cariñosas las malévolas ideas de +antes, y así, mientras su compañera la arrullaba, decíale: «Si yo no te +tuviera, no sé qué sería de mí. Y luego me quejo de Dios, y le digo +cosas, y hasta le insulto, como si fuera un cualquiera. Verdad que me +priva de muchos bienes; pero me ha dado tu compañía y amistad, que vale +más que el oro y la plata y los brillantes... Y ahora que me acuerdo, +¿qué me aconsejas tú que debo hacer para el caso de que vuelvan D. +Francisco Morquecho y D. José María Porcell con aquella embajada de la +herencia?...</p> + +<p>—Pero, señora, si eso lo ha soñado usted... y los tales caballeros hace +mil años que están muy achantaditos debajo de la tierra.</p> + +<p>—Dices bien: yo lo soñé... Pero si no aquellos, otros puede que vengan +con la misma música el mejor día.</p> + +<p>—¿Quién dice que no? ¿Ha soñado usted con cajas vacías? Porque eso es +señal de herencia segura.</p> + +<p>—¿Y tú, qué has soñado?</p> + +<p>—¿Yo? Anoche, que nos encontrábamos con un toro negro.</p> + +<p>—Pues eso quiere decir que descubriremos un tesoro escondido... Mira tú, +¿quién nos dice que en esta casa antigua, que habitaron en otro tiempo +comerciantes ricos, no hay dentro de tal pared o tabique alguna olla +bien repleta de peluconas?</p> + +<p>—Yo he oído contar que en el siglo pasado vivieron aquí unos +almacenistas de paños, poderosos, y cuando se murieron... no se encontró +dinero ninguno. Bien pudiera ser que lo emparedaran. Se han dado casos, +muchos casos.</p> + +<p>—Yo tengo por cierto que dinero hay en esta finca... Pero a saber dónde +demontres lo escondieron esos indinos. ¿No habría manera de averiguarlo?</p> + +<p>—¡No sé... no sé!—murmuró Benina, dejando volar su mente vagarosa hacia +los orientales conjuros propuestos por Almudena.</p> + +<p>—Y si en las paredes no, debajo de los baldosines de la cocina o de la +despensa puede estar lo que aquellos señores escondieron, creyendo que +lo iban a disfrutar en el otro mundo.</p> + +<p>—Podrá ser... Pero es más probable que sea en las paredes, o, un +suponer, en los techos, entre las vigas...</p> + +<p>—Me parece que tienes razón. Lo mismo puede ser arriba que abajo. Yo te +aseguro que cuando piso fuerte en los pasillos y en el comedor, y se +estremece todo el caserón como si quisiera derrumbarse, me parece que +siento un ruidillo... así como de metales que suenan y hacen tilín... +¿No lo has sentido tú?</p> + +<p>—Sí, señora.</p> + +<p>—Y si no, haz la prueba ahora mismo. Date unos paseos por la alcoba, +pisando fuerte, y oiremos...».</p> + +<p>Hízolo Benina como su señora mandaba, con no menos convicción y fe que +ella, y en efecto... oyeron un retintín metálico, que no podía provenir +más que de las enormes cantidades de plata y oro (más oro que plata +seguramente) empotradas en la vetusta fábrica. Con esta ilusión se +durmieron ambas, y en sueños seguían oyendo el tin, tin...</p> + +<p>La casa era como un inmenso cuerpo, y sudaba, y por cada uno de sus +infinitos poros soltaba una onza, o centén, o monedita de veintiuno y +cuartillo.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXVII" id="XXVII"></a><a href="#toc">XXVII</a></h2> + + +<p>A la mañanita del siguiente día iba Benina camino de las Cambroneras, +con su cesta al brazo, pensando, no sin inquietud, en las exaltaciones +del buen Almudena, que le llevarían de pronto a la locura, si ella, con +su buena maña, no lograba contenerle en la razón. Más abajo de la Puerta +de Toledo encontró a la Burlada y a otra pobre que pedía con un niño +cabezudo. Díjole su compañera <i>de parroquia</i> que había trasladado su +domicilio al Puente, por no poderse arreglar en el <i>riñón de Madrid</i> con +la carestía de los alquileres y la mezquindad del fruto de la limosna. +En una casucha junto al río le daban hospedaje por poco más de nada, y a +esta ventaja unía la de ventilarse bien en los paseos que se daba mañana +y tarde, del río al <i>punto</i> y del <i>punto</i> al río. Interrogada por Benina +acerca del ciego moro y de su vivienda, respondió que le había visto +junto a la fuentecilla, pasado el Puente, pidiendo; pero que no sabía +dónde moraba. «Vaya, con Dios, señora—dijo la Burlada despidiéndose—. +¿No va usted hoy al <i>punto</i>? Yo sí... porque aunque poco se gana, allí +tiene una su arreglo. Ahora me dan todas las tardes un buen <i>platao</i> de +comida en <i>ca</i> el señor banquero, que vive mismamente de cara a la +entrada por la calle de las Huertas, y vivo como una canóniga, gozando +de ver cómo se le afila la jeta a la <i>Caporala</i> cuando la muchacha del +señor banquero me lleva mi gran cazolón de comestible... En fin: con +esto y algo que cae, vivimos, <i>Doña</i> Benina, y puede una <i>chincharse</i> en +las <i>ricas</i>. Adiós, que lo pase bien, y que encuentre a su moro con +salud... Vaya, conservarse».</p> + +<p>Siguió cada cual su rumbo, y a la entrada del Puente, dirigiose Benina +por la calzada en declive que a mano derecha conduce al arrabal llamado +de las Cambroneras, a la margen izquierda del Manzanares, en terreno +bajo. Encontrose en una como plazoleta, limitada en el lado de Poniente +por un vulgar edificio, al Sur por el pretil del contrafuerte del +puente, y a los otros dos lados por desiguales taludes y terraplenes +arenosos, donde nacen silvestres espinos, cardos y raquíticas yerbas. El +sitio es pintoresco, ventilado, y casi puede decirse alegre, porque +desde él se dominan las verdes márgenes del río, los lavaderos y sus +tenderijos de trapos de mil colores. Hacia Poniente se distingue la +sierra, y a la margen opuesta del río los cementerios de San Isidro y +San Justo, que ofrecen una vista grandiosa con tanto copete de panteones +y tanto verdor obscuro de cipreses... La melancolía inherente a los +camposantos no les priva, en aquel panorama, de su carácter decorativo, +como un buen telón agregado por el hombre a los de la Naturaleza.</p> + +<p>Al descender pausadamente hacia la explanada, vio la mendiga dos +burros... ¿qué digo dos? ocho, diez o más burros, con sus collarines de +encarnado rabioso, y junto a ellos grupos de gitanos tomando el sol, que +ya inundaba el barrio con su luz esplendorosa, dando risueño brillo a +los colorines con que se decoraban brutos y personas. En los animados +corrillos todo era risas, chacota, correr de aquí para allá. Las +muchachas saltaban; los mozos corrían en su persecución; los chiquillos, +vestidos de harapos, daban volteretas, y sólo los asnos se mantenían +graves y reflexivos en medio de tanta inquietud y algarabía. Las gitanas +viejas, algunas de tez curtida y negra, comadreaban en corrillo aparte, +arrimaditas al edificio grandón, que es una casa de corredor de regular +aspecto. Dos o tres niñas lavaban trapos en el charco que hacia la mitad +de la explanada se forma con las escurriduras y desperdicios de la +fuente vecinal. Algunas de estas niñas eran de tez muy obscura, casi +negra, que hacía resaltar las filigranas colgadas de sus orejas; otras +de color de barro, todas ágiles, graciosas, esbeltísimas de talle y +sueltas de lengua. Buscó la anciana entre aquella gente caras conocidas; +y mira por aquí y por allá, creyó reconocer a un gitano que en cierta +ocasión había visto en el Hospital, yendo a recoger a una amiga suya. No +quiso acercarse al grupo en que el tal con otros disputaba <i>sobre</i> un +burro, cuyas mataduras eran objeto de vivas discusiones, y aguardó +ocasión favorable. Esta no tardó en venir, porque se enredaron a +trompada limpia dos churumbeles, el uno con las perneras abiertas de +arriba abajo, mostrando las negras canillas; el otro con una especie de +turbante en la cabeza, y por todo vestido un chaleco de hombre: acudió +el gitano a separarlos; ayudole Benina, y a renglón seguido le embocó en +esta forma:</p> + +<p>«Dígame, buen amigo: ¿ha visto por aquí ayer y hoy a un ciego moro que +le llaman Almudena?</p> + +<p>—Sí, señora: <i>halo</i> visto... <i>jablao</i> con él—replicó el gitano, mostrando +dos carreras de dientes ideales por su blancura, igualdad y perfecta +conservación, que se destacaban dentro del estuche de dos labios enormes +y carnosos, de un violado retinto—. Le <i>vide</i> en la puente... díjome +que moraba <i>dende</i> anoche en las casas de Ulpiano... y que... no sé qué +más... Desapártese, buena mujer, que esta bestia es <i>mu desconsiderá</i>, y +cocea...».</p> + +<p>Huyó Benina de un brinco, viendo cerca de sí las patas traseras de un +grandísimo burro, que dos gandules apaleaban, como para conocerle las +mañas y proveer a su educación asnal y gitanesca, y se fue hacia las +casas que le indicó con un gesto el de la perfecta dentadura.</p> + +<p>Arranca de la explanada un camino o calle tortuosa en dirección a la +puente segoviana. A la izquierda, conforme se entra en él, está la casa +de corredor, vasta colmena de cuartos pobres que valen seis pesetas al +mes, y siguen las tapias y dependencias de una quinta o granja que +llaman de Valdemoro. A la derecha, varias casas antiquísimas, +destartaladas, con corrales interiores, rejas mohosas y paredes sucias, +ofrecen el conjunto más irregular, vetusto y mísero que en arquitectura +urbana o campesina puede verse. Algunas puertas ostentan lindos azulejos +con la figura de San Isidro y la fecha de la construcción, y en los +ruinosos tejados, llenos de jorobas, se ven torcidas veletas de chapa de +hierro, graciosamente labrado. Al aproximarse, notando Benina que +alguien se asomaba a una reja del piso bajo, hizo propósito de +preguntar: era un burro blanco, de orejas desmedidas, las cuales enfiló +hacia afuera cuando ella se puso al habla. Entró la anciana en el primer +corral, empedrado, todo baches, con habitaciones de puertas desiguales y +cobertizos o cajones vivideros, cubiertos de chapa de latón enmohecido: +en la única pared blanca o menos sucia que las demás, vio un barco +pintado con almazarrón, fragata de tres palos, de estilo infantil, con +chimenea de la cual salían curvas de humo. En aquella parte, una mujer +esmirriada lavaba pingajos en una artesa: no era gitana, sino <i>paya</i>. +Por las explicaciones que esta le dio, en la parte de la izquierda +vivían los gitanos con sus pollinos, en pacífica comunidad de +habitaciones; por lecho de unos y otros el santo suelo, los dornajos +sirviendo de almohadas a los racionales. A la derecha, y en cuadras +también borriqueñas, no menos inmundas que las otras, acudían a dormir +de noche muchos pobres de los que andan por Madrid: por diez céntimos se +les daba una parte del suelo, y a vivir. Detalladas las señas de +Almudena por Benina, afirmó la mujer que, en efecto, había dormido allí; +pero con los demás pobres se había largado tempranito, pues no brindaban +aquellos dormitorios a la pereza. Si la <i>señora</i> quería algún recado +para el ciego moro, ella se lo daría, siempre y cuando viniese la +segunda noche a dormir.</p> + +<p>Dando las gracias a la esmirriada, salió Benina, y se fue por toda la +calle adelante, atisbando a un lado y otro. Esperaba distinguir en +alguno de aquellos calvos oteros la figura del marroquí tomando el sol o +entregado a sus melancolías. Pasadas las casas de Ulpiano, no se ven a +la derecha más que taludes áridos y pedregosos, vertederos de escombros, +escorias y arena. Como a cien metros de la explanada hay una curva o más +bien zig-zag, que conduce a la estación de las Pulgas, la cual se +reconoce desde abajo por la mancha de carbón en el suelo, las +empalizadas de cerramiento de vía, y algo que humea y bulle por encima +de todo esto. Junto a la estación, al lado de Oriente, un arroyo de +aguas de alcantarilla, negras como tinta, baja por un cauce abierto en +los taludes, y salvando el camino por una atarjea, corre a fecundar las +huertas antes de verterse en el río. Detúvose allí la mendiga, +examinando con su vista de lince el zanjón, por donde el agua se despeña +con turbios espumarajos, y las huertas, que a mano izquierda se +extienden hasta el río, plantadas de acelgas y lechugas. Aún siguió más +adelante, pues sabía que al africano le gustaba la soledad del campo y +la ruda intemperie. El día era apacible: luz vivísima acentuaba el +verde chillón de las acelgas y el morado de las lombardas, derramando +por todo el paisaje notas de alegría. Anduvo y se paró varias veces la +anciana, mirando las huertas que recreaban sus ojos y su espíritu, y los +cerros áridos, y nada vio que se pareciese a la estampa de un moro ciego +tomando el sol. De vuelta a la explanada, bajó a la margen del río, y +recorrió los lavaderos y las casuchas que se apoyan en el contrafuerte, +sin encontrar ni rastros de Mordejai. Desalentada, se volvió a los +Madriles de arriba, con propósito de repetir al día siguiente sus +indagaciones.</p> + +<p>En su casa no encontró novedad; digo, sí: encontró una, que bien pudiera +llamarse maravilloso suceso, obra del subterráneo genio <i>Samdai</i>. A poco +de entrar, díjole Doña Paca con alborozo: «Pero, mujer, ¿no sabes...? +Deseaba yo que vinieras para contártelo...</p> + +<p>—¿Qué, señora?</p> + +<p>—Que ha estado aquí D. Romualdo.</p> + +<p>—¡D. Romualdo!... Me parece que usted sueña.</p> + +<p>—No sé por qué... ¿Es cosa del otro mundo que ese señor venga a mi casa?</p> + +<p>—No; pero...</p> + +<p>—Por cierto que me ha dado qué pensar... ¿Qué sucede?</p> + +<p>—No sucede nada.</p> + +<p>—Yo creí que había ocurrido algo en casa del señor sacerdote, alguna +cuestión desagradable contigo, y que venía a darme las quejas.</p> + +<p>—No hay nada de eso.</p> + +<p>—¿No le viste tú salir de casa? ¿No te dijo que acá venía?</p> + +<p>—¡Qué cosas tiene! Ahora me va a decir a mí el señor a dónde va, cuando +sale.</p> + +<p>—Pues es muy raro...</p> + +<p>—Pero, en fin, si vino, a usted le diría...</p> + +<p>—¿A mí qué había de decirme, si no le he visto?... Déjame que te +explique. A las diez bajó a hacerme compañía, como acostumbra, una de +las chiquillas de la cordonera, la mayor, Celedonia, que es más lista +que la pólvora. Bueno: a eso de las doce menos cuarto, tilín, llaman a +la puerta. Yo dije a la chiquilla: «Abre, hija mía, y a quien quiera que +sea le dices que no estoy». Desde el escándalo que me armó aquel tunante +de la tienda, no me gusta recibir a nadie cuando no estás tú... Abrió +Celedonia... Yo sentía desde aquí una voz grave, como de persona +principal, pero no pude entender nada... Luego me contó la niña que era +un señor sacerdote...</p> + +<p>—¿Qué señas?</p> + +<p>—Alto, guapo... Ni viejo, ni joven.</p> + +<p>—Así es—afirmó Benina, asombrada de la coincidencia—. ¿Pero no dejó +tarjeta?</p> + +<p>—No, porque se le había olvidado la cartera.</p> + +<p>—¿Y preguntó por mí?</p> + +<p>—No. Sólo dijo que deseaba verme para un asunto de sumo interés.</p> + +<p>—En ese caso, volverá.</p> + +<p>—No muy pronto. Dijo que esta tarde tenía que irse a Guadalajara. Tú +habrás oído hablar de ese viaje.</p> + +<p>—Me parece que sí... Algo dijeron de bajar a la estación, y de la +maleta, y no sé qué.</p> + +<p>—Pues, ya ves... Puedes llamar a Celedonia para que te lo explique +mejor. Dijo que sentía tanto no encontrarme... que a la vuelta de +Guadalajara vendría... Pero es raro que no te haya hablado de ese asunto +de interés que tiene que tratar conmigo. ¿O es que lo sabes y quieres +reservarme la sorpresa?</p> + +<p>—No, no: yo no sé nada del asunto ese... ¿Y está segura la Celedonia del +nombre?</p> + +<p>—Pregúntaselo... Dos o tres veces repitió: «Dile a tu señora que ha +estado aquí D. Romualdo».</p> + +<p>Interrogada la chiquilla, confirmó todo lo expresado por Doña Paca. Era +muy lista, y no se le escapaba una sola palabra de las que oyera al +señor eclesiástico, y describía con fiel memoria su cara, su traje, su +acento... Benina, confusa un instante por la rareza del caso, lo dio +pronto al olvido por tener cosas de más importancia en qué ocupar su +entendimiento. Halló a Frasquito tan mejorado, que acordaron levantarle +del lecho; mas al dar los primeros pasos por la habitación y pasillo, +encontrose el galán con la novedad de que la pierna derecha se le había +quedado un poco inválida... Esperaba, no obstante, que con la buena +alimentación y el ejercicio recobraría dicho miembro su actividad y +firmeza. Pronto le darían de alta. Su reconocimiento a las dos señoras, +y principalmente a Benina, le duraría tanto como la vida... Sentía nuevo +aliento y esperanzas nuevas, presagios risueños de obtener pronto una +buena colocación que le permitiera vivir desahogadamente, tener hogar +propio, aunque humilde, y... En fin, que estaba el hombre animado, y con +la inagotable farmacia de su optimismo se restablecía más pronto.</p> + +<p>Como a todo atendía Nina, y ninguna necesidad de las personas sometidas +a su cuidado se le olvidaba, creyó conveniente avisar a las señoras de +la Costanilla de San Andrés, que de seguro habrían extrañado la ausencia +de su dependiente.</p> + +<p>«Sí, hágame el favor de llevarles un recadito de mi parte—dijo el galán, +admirando aquel nuevo rasgo de previsión—. Dígales usted lo que le +parezca, y de seguro me dejará en buen lugar».</p> + +<p>Así lo hizo Benina a prima noche, y a la mañana siguiente, con la +fresca, emprendió de nuevo su caminata hacia el Puente de Toledo.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXVIII" id="XXVIII"></a><a href="#toc">XXVIII</a></h2> + + +<p>Encontrose a un anciano harapiento que solía pedir, con una niña en +brazos, en el Oratorio del Olivar, el cual le contó llorando sus +desdichas, que serían bastantes a quebrantar las peñas. La hija del tal, +madre de la criatura, y de otra que enferma quedara en casa de una +vecina, se había muerto dos días antes «de miseria, señora, de +cansancio, de tanto padecer echando los <i>gofes</i> en busca de un medio +panecillo». ¿Y qué hacía él ahora con las dos crías, no teniendo para +mantenerlas, si para él solo no sacaba? El Señor le había dejado de su +mano. Ningún santo del cielo le hacía ya maldito caso. No deseaba más +que morirse, y que le enterraran pronto, pronto, para no ver más el +mundo. Su única aspiración mundana era dejar colocaditas a las dos niñas +en algún <i>arrecogimiento</i> de los muchos que hay para <i>párvulas de ambos +sexos</i>. ¡Y para que se viera su mala sombra!... Había encontrado un +alma caritativa, un señor eclesiástico, que le ofreció meter a las nenas +en un Asilo; pero cuando creía tener arreglado el negocio, venía el +demonio a descomponerlo... «Verá usted, señora: ¿conoce por casualidad a +un señor sacerdote muy apersonado que se llama D. Romualdo?</p> + +<p>—Me parece que sí—repuso la mendiga, sintiendo de nuevo una gran +confusión o vértigo en su cabeza.</p> + +<p>—Alto, bien plantado, hábitos de paño fino, ni viejo ni joven.</p> + +<p>—¿Y dice que se llama D. Romualdo?</p> + +<p>—D. Romualdo, sí señora.</p> + +<p>—¿Será... por casualidad, uno que tiene una sobrinita nombrada Doña +Patros?</p> + +<p>—No sé cómo la llaman; pero sobrina tiene... y guapa. Pues verá usted mi +perra suerte. Quedó en darme, ayer por la tarde, la razón. Voy a su +casa, y me dicen que se había marchado a Guadalajara.</p> + +<p>—Justamente...—dijo Benina, más confusa, sintiendo que lo real y lo +imaginario se revolvían y entrelazaban en su cerebro—. Pero pronto +vendrá.</p> + +<p>—A saber si vuelve».</p> + +<p>Díjole después el pobre viejo que se moría de hambre; que no había +entrado en su boca, en tres días, más que un pedazo de bacalao crudo +que le dieron en una tienda, y algunos corruscos de pan, que mojaba en +la fuente para reblandecerlos, porque ya no tenía hueso en la boca. +Desde el día de San José que quitaron la sopa en el Sagrado Corazón, no +había ya remedio para él; en parte alguna encontraba amparo; el cielo no +le quería, ni la tierra tampoco. Con ochenta y dos años cumplidos el 3 +de Febrero, San Blas bendito, un día después de la Candelaria, ¿para qué +quería vivir más ni qué se le había perdido por acá? Un hombre que +sirvió al Rey doce años; que durante cuarenta y cinco había picado miles +de miles de toneladas de piedra en esas <i>carreteras de Dios</i>, y que +siempre fue bien mirado y <i>puntoso</i>, nada tenía que hacer ya, más que +encomendarse al sepulturero para que le pusiera mucha tierra, mucha +tierra encima, y apisonara bien. En cuantito que colocara a las dos +criaturas, se <i>acostaría</i> para no levantarse hasta el día del Juicio por +la tarde... ¡y se levantaría el último! Traspasada de pena Benina al oír +la referencia de tanto infortunio, cuya sinceridad no podía poner en +duda, dijo al anciano que la llevara a donde estaba la niña enferma, y +pronto fue conducida a un cuarto lóbrego, en la planta baja de la casa +grande de corredor, donde juntos vivían, por el pago de tres pesetas al +mes, media docena de pordioseros con sus respectivas proles. La mayor +parte de estos hallábanse a la sazón en Madrid, buscando la santa +<i>perra</i>. Sólo vio Benina una vieja, petiseca y dormilona, que parecía +alcoholizada, y una mujer panzuda, tumefacta, de piel vinosa y tirante, +como la de un corambre repleto, con la cara erisipelada, mal envuelta en +trapos de distintos colores. En el suelo, sobre un colchón flaco, +cubierto de pedazos de bayeta amarilla y de jirones de mantas +morellanas, yacía la niña enferma, como de seis años, el rostro lívido, +los puños cerrados en la boca. «Lo que tiene esta criatura es +hambre—dijo Benina, que habiéndola tocado en la frente y manos, la +encontró fría como el mármol.</p> + +<p>—Puede que así sea, porque cosa caliente no ha entrado en nuestros +cuerpos desde ayer».</p> + +<p>No necesitó más la bondadosa anciana, para que se le desbordase la +piedad, que caudalosa inundaba su alma; y llevando a la realidad sus +intenciones con la presteza que era en ella característica, fue al +instante a la tienda de comestibles, que en el ángulo de aquel edificio +existe, y compró lo necesario para poner un puchero inmediatamente, +tomando además huevos, carbón, bacalao... pues ella no hacía nunca las +cosas a medias. A la hora, ya estaban remediados aquellos infelices, y +otros que se agregaron, inducidos del olor que por toda la parte baja +de la colmena prontamente se difundió. Y el Señor hubo de recompensar su +caridad, deparándole, entre los mendigos que al festín acudieron, un +lisiado sin piernas, que andaba con los brazos, el cual le dio por fin +noticias verídicas del extraviado Almudena.</p> + +<p>Dormía el moro en las casas de Ulpiano, y el día se lo pasaba rezando de +firme, y tocando en un guitarrillo de dos cuerdas que de Madrid había +traído, todo ello sin moverse de un apartado muladar, que cae debajo de +la estación de las Pulgas, por la parte que mira hacia la puente +segoviana. Allá se fue Benina despacito, porque el sujeto que la guiaba +era de lenta andadura, como quien anda con las nalgas encuadernadas en +suela, apoyándose en las manos, y estas en dos zoquetes de palo. Por el +camino, el hombre <i>de medio cuerpo arriba</i> aventuró algunas indicaciones +críticas acerca del moro, y de su conducta un tanto estrafalaria. Creía +él que Almudena era en su tierra clérigo, quiere decirse, presbítero del +<i>Zancarrón</i>, y en aquellos días hacía las penitencias de la Cuaresma +<i>majometana</i>, que consisten en dar zapatetas en el aire, comer sólo pan +y agua, y mojarse las palmas de la mano con saliva. «Lo que canta con la +cítara ronca, debe de ser cosa de funerales de allá, porque suena +triste, y dan ganas de llorar oyéndolo. En fin, señora, allí le tiene +usted tumbado sobre la alfombra de picos, y tan quieto que parece que +lo han vuelto de piedra».</p> + +<p>Distinguió, en efecto, Benina la inmóvil figura del ciego, en un +vertedero de escorias, cascote y basuras, que hay entre la vía y el +camino de las Cambroneras, en medio de una aridez absoluta, pues ni +árbol ni mata, ni ninguna especie vegetal crecen allí. Siguió adelante +el despernado, y Benina, con su cesta al brazo, subió gateando por la +escombrera, no sin trabajo, pues aquel material suelto de que formado +estaba el talud, se escurría fácilmente. Antes de que ganar pudiera la +altura en que el africano se encontraba, anunció a gritos su llegada, +diciéndole: «¡Pero, hijo, vaya un sitio que has ido a escoger para +ponerte al sol! ¿Es que quieres secarte, y volverte cuero para +tambores?... ¡Eh... Almudena, que soy yo, que soy yo la que sube por +estas escaleras alfombradas!... Chico, ¿pero qué?... ¿Estás tonto, estás +dormido?».</p> + +<p>El marroquí no se movía, la cara vuelta hacia el sol, como un pedazo de +carne que se quisiera tostar. Tirole la anciana una, dos, tres +piedrecillas, hasta que consiguió acertarle. Almudena se movió con +estremecimiento; y poniéndose de rodillas, exclamó: «<i>B'nina</i>, tú +<i>B'nina</i>.</p> + +<p>—Sí, hijo mío: aquí tienes a esta pobre vieja, que viene a verte al +yermo donde moras. ¡Pues no te ha dado mala ventolera! ¡Y que no me ha +costado poco trabajo encontrarte!</p> + +<p>—¡<i>B'nina</i>!—repitió el ciego con emoción infantil, que se revelaba en un +raudal de lágrimas, y en el temblor de manos y pies—. Tú <i>vinir</i> cielo.</p> + +<p>—No, hijo, no—replicó la buena mujer, llegando por fin junto a él, y +dándole palmetazos en el hombro—. No vengo del cielo, sino que subo de +la tierra por estos maldecidos peñascales. ¡Vaya una idea que te ha +dado, pobre morito! Dime: ¿y es tu tierra así?».</p> + +<p>No contestó Mordejai a esta pregunta; callaron ambos. El ciego la +palpaba con su mano trémula, como queriendo verla por el tacto.</p> + +<p>«He venido—dijo al fin la mendiga—porque me pensé, un suponer, que +estarías muerto de hambre.</p> + +<p>—Mí no <i>comier</i>...</p> + +<p>—¿Haces penitencia? Podías haberte puesto en mejor sitio...</p> + +<p>—Este <i>micor</i>... monte <i>bunito</i>.</p> + +<p>—¡Vaya un monte! ¿Y cómo llamas a esto?</p> + +<p>—Monte <i>Sinaí</i>... Mí estar <i>Sinaí</i>.</p> + +<p>—Donde tú estás es en Babia.</p> + +<p>—Tú <i>vinir</i> con ángeles, <i>B'nina</i>... tú <i>vinir</i> con fuego.</p> + +<p>—No, hijo: no traigo fuego ni hace falta, que bastante achicharradito +estás aquí. Te estás quedando más seco que un bacalao.</p> + +<p>—<i>Micor</i>... mí <i>quierer</i> seco... y arder como <i>paixa</i>.</p> + +<p>—En paja te convertirías si yo te dejara. Pero no te dejo, y ahora vas a +comer y beber de lo que traigo en mi cesta.</p> + +<p>—Mí no <i>comier</i>... mí ser <i>squieleto</i>».</p> + +<p>Sin esperar a más razones, Almudena extendió las manos, palpando en el +suelo. Buscaba su guitarro, que Benina vio y cogió, rasgueando sus dos +cuerdas destempladas.</p> + +<p>«¡<i>Dami</i>, <i>dami</i>!—le dijo el ciego impaciente, tocado de inspiración».</p> + +<p>Y agarrando el instrumento, pulsó las cuerdas, y de ellas sacó sonidos +tristes, broncos, sin armónica concordancia entre sí. Y luego rompió a +cantar en lengua arábiga una extraña melopea, acompañándose con sonidos +secos y acompasados que de las dos cuerdas sacaba. Oyó Benina este +canticio con cierto recogimiento, pues aunque nada sacó en limpio de la +letra gutural y por extremo áspera, ni en la cadencia del son encontró +semejanza con los estilos de acá, ello es que la tal música resultaba de +una melancolía intensa. Movía el ciego sin cesar su cabeza, cual si +quisiera dirigir las palabras de su canto a diferentes partes del cielo, +y ponía en algunas endechas una vehemencia y un ardor que denotaban el +entusiasmo de que estaba poseído.</p> + +<p>«Bueno, hijo, bueno—le dijo la anciana cuando terminó de cantar—. Me +gusta mucho tu música... Pero ¿el estómago no te dice que a él no le +catequizas con esas coplas, y que le gustan más las buenas magras?</p> + +<p>—<i>Comier</i> tú... mí cantar... <i>Comier</i> yo con alegría de ser tú <i>migo</i>.</p> + +<p>—¿Te alimentas con tenerme aquí? ¡Bonita substancia!</p> + +<p>—Mí <i>quierer</i> ti...</p> + +<p>—Sí, hijo, quiéreme; pero haz cuenta de que soy tu madre, y que vengo a +cuidar de ti.</p> + +<p>—Tú ser <i>bunita</i>.</p> + +<p>—¡<i>Mia</i> que yo bonita... con más años que San Isidro, y esta miseria y +esta facha!».</p> + +<p>No menos inspirado hablando que cantando, Almudena le dijo: «Tú ser <i>com +la zucena</i>, <i>branca</i>... <i>Com</i> palmera del <i>D'sierto</i> cintura tuya... +rosas y <i>casmines</i> boca tuya... la estrella de la tarde <i>ojitas tuyas</i>.</p> + +<p>—¡María Santísima! Todavía no me había yo enterado de lo bonita que soy.</p> + +<p>—<i>Donzellas tudas</i>, <i>invidia</i> de ti <i>tenier ellas</i>... <i>Hiciéronte</i> manos +Dios con <i>regocijación</i>. Loan ti ángeles con cítara.</p> + +<p>—¡San Antonio bendito!... Si quieres que te crea todas esas cosas, me +has de hacer un favor: comer lo que te traigo. Después que tengas llena +la barriga hablaremos, pues ahora no estás en tus cabales».</p> + +<p>Diciéndolo, iba sacando de la cesta pan, tortilla, carne fiambre y una +botella de vino. Enumeraba las provisiones, creyendo que así le +despertaría el apetito, y como argumento final le dijo: «Si te empeñas +en no comer, me enfado, y no vuelvo más a verte. Despídete de mi boca de +rosas, y de mis ojitos como las estrellas del cielo... Y luego has de +hacer todo lo que yo te mande: volverte a Madrid, y vivir en tu casita +como antes vivías.</p> + +<p>—Si tú casar <i>migo</i>, sí... Si no casar, no.</p> + +<p>—¿Comes o no comes? Porque yo no he venido aquí a perder el tiempo +echándote sermones—declaró Benina desplegando toda la energía de su +acento—. Si te empeñas en ayunar, me voy ahora mismo.</p> + +<p>—<i>Comier</i> tú...</p> + +<p>—Los dos. He venido a verte, y a que almorcemos juntos.</p> + +<p>—¿Casar tú <i>migo</i>?</p> + +<p>—¡Ay qué pesado el hombre! Pareces un chiquillo. Me veré obligada a +darte un par de mojicones... Ha, morito, come y aliméntate, que ya se +tratará lo del casorio. ¿Piensas que voy yo a tomar un marido seco al +sol, y que se va quedando como un pergamino?».</p> + +<p>Con estas y otras razones logró convencerle, y al fin el desdichado dejó +de hacer ascos a la comida. Empezando con repulgos, acabó por devorar +con voracidad. Pero no abandonaba su tema, y entre bocado y bocado, +decía: «<i>Casar</i> yo <i>tigo</i>... <i>dirnos terra</i> mía... Yo casar por +<i>arreligión</i> tuya si <i>quierer</i> tú... Tú casar por <i>arreligión mía</i>, si +<i>quierer</i> ella... Mí ser <i>d'Israel</i>... Bautisma jacieron mí señoritas +<i>confirencia</i>... Poner mí nombre <i>Joseph Marien Almudena</i>...</p> + +<p>—José María de la Almudena. Si eres cristiano, no me hables a mí de +otras <i>arreligiones</i> malas.</p> + +<p>—No haber más que un Dios, uno solo, sólo Él—exclamó el ciego, poseído +de exaltación mística—. Él <i>melecina</i> a los quebrantados de corazón... +Él contar número estrellas, y a <i>tudas</i> ellas por nombre llama. Adoran +<i>Adonai</i> el animal y <i>tuda cuatropea</i>, y el pájaro de ala... +<i>¡Alleluyah!</i>...</p> + +<p>—Hombre, sí, cantemos ahora las aleluyas para que no nos haga daño la +comida.</p> + +<p>—Voz de <i>Adonai</i> sobre las aguas, sobre aguas <i>mochas</i>. La voz de +<i>Adonai</i> con <i>forza</i>, la voz de <i>Adonai</i> con <i>jermosura</i>. La voz de +<i>Adonai</i> quiebra los <i>alarzes</i> del Lebanón y Tsión como fijos de +unicornios... La voz de <i>Adonai</i> corta llamas de fuego, <i>face</i> temblar +<i>D'sierto</i>; <i>fará</i> temblar <i>Adonai D'sierto</i> de Kader... La voz de +<i>Adonai face</i> <i>adoloriar</i> ciervas... En palacio suyo <i>tudas</i> decir +<i>grolia</i>. <i>Adonai</i> por el diluvio se asentó... <i>Adonai</i> bendecir su +<i>puelbro</i> con paz...».</p> + +<p>Aún prosiguió recitando oraciones hebraicas en castellano del siglo <span class="smcap">XV</span>, +que en la memoria desde la infancia conservaba, y Benina le oía con +respeto, aguardando que terminase para traerle a la realidad y sujetarle +a la vida común. Discutieron un rato sobre la conveniencia de tornar a +la posada de Santa Casilda; mas no parecía él dispuesto a complacerla en +extremo tan importante, mientras no le diese ella palabra formal de +aceptar su negra mano. Trató de explicar la atracción que, en el estado +de su espíritu, sobre él ejercían los áridos peñascales y escombreras en +que a la sazón se encontraba. Realmente, ni él sabía explicárselo, ni +Benina entenderlo; pero el observador atento bien puede entrever en +aquella singular querencia un caso de atavismo o de retroacción +instintiva hacia la antigüedad, buscando la semejanza geográfica con las +soledades pedregosas en que se inició la vida de la raza... ¿Es esto un +desatino? Quizás no.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXIX" id="XXIX"></a><a href="#toc">XXIX</a></h2> + + +<p>Con todo su ingenio y travesura no pudo la anciana convencer al marroquí +de la oportunidad de volverse al Madrid alto. «Y no sé—le dijo echando +mano de todos los argumentos—, no sé cómo vas a arreglarte para vivir en +este monte de tus penitencias. Porque tú no pides; aquí nadie ha de +traerte el garbanzo, como no sea yo; y yo, si ahora tengo algún dinero, +pronto me quedaré sin una mota, y tendré que volver a pedirlo con +vergüenza. ¿Esperas tú que aquí te caiga el maná?</p> + +<p>—<i>Cader sí manjá</i>—replicó Almudena con profunda convicción.</p> + +<p>—Fíate de eso... Pero dime otra cosa, hijito: ¿habrá por aquí dinero +enterrado?</p> + +<p>—Haber <i>mocha</i>, <i>mocha</i>.</p> + +<p>—Pues, hijo, a ver si lo sacas, que en este caso no perderías el tiempo. +Pero ¡quia! no creo yo las papas que tú cuentas, ni las hechicerías que +te has traído de tu tierra de infieles... No, no: aquí no hay salvación +para el pobre; y eso de sacar tesoros, o de que le traigan a uno las +carretadas de piedras preciosas, me parece a mí que es conversación.</p> + +<p>—Si tú casar <i>migo</i>, mí <i>encuentrar</i> tesoro <i>mocha</i>.</p> + +<p>—Bueno, bueno... Pues ponte a trabajar para la averiguación de dónde +está la tinaja llena de dinero. Yo vendré a sacarla, y como sea verdad, +a casarnos tocan».</p> + +<p>Diciéndolo, recogía en su cesta los restos de comida para marcharse. +Almudena se opuso a que se fuese tan pronto; pero ella insistía en +retirarse, con la firmeza que gastaba en toda ocasión: «¡Pues estaría +bueno que me quedara yo aquí, puesta al sol y al aire como un pellejo en +secadero de curtidores! Y dime, Almudenita: ¿me vas tú a mantener aquí? +¿Y a mi señora, quién le mantiene el pico?».</p> + +<p>Esta referencia a la casa de la señora despertó en Mordejai el recuerdo +del <i>galán bunito</i>; y como se excitara más de la cuenta con tal motivo, +apresurose Benina a calmarle con la noticia de que Ponte se había +marchado ya a sus palacios aristocráticos, y de que ni ella ni su ama +Doña Francisca querían trato ni roce con aquel viejo camastrón, que les +había dado un mal pago, despidiéndose a la francesa, y <i>quedándoles a +deber</i> el pupilaje. Tragose el africano esta bola con infantil candor; y +haciendo prometer y jurar a su amiga que a verle volvería diariamente +mientras él continuase en aquella obligación de sus acerbas penitencias, +la dejó marchar. Fuese Benina por arriba, prefiriendo subir hacia la +estación, como salida más cómoda y practicable.</p> + +<p>De vuelta a casa, lo primero que su señora le preguntó fue si sabía +cuándo regresaba de Guadalajara D. Romualdo, a lo que respondió ella que +no se tenían aún noticias seguras del regreso del señor. Nada ocurrió +aquel día digno de notarse, sino que Ponte mejoraba rápidamente, +poniéndose muy gozoso con la visita de Obdulia, que estuvo cuatro horas +platicando con él y con su mamá de cosas elegantes, y de sucesos +rondeños anteriores en cuarenta años a la época presente. Debe hacerse +notar también que a Benina se le iba mermando el dinero, pues comió allí +la <i>niña</i>, y fue preciso añadir merluza al ordinario condumio, y además +dátiles y pastas para postres. Con el gasto de aquellos días, con las +prodigalidades caritativas en las Cambroneras, los duros que restaron +del préstamo de la <i>Pitusa</i>, después de saldados débitos apremiantes, se +iban reduciendo por horas, hasta quedar en uno solo, o poco más, el día +de la tercera escapatoria al arrabal del Puente de Toledo.</p> + +<p>Es cosa averiguada que en aquella tercera excursión le salió al +encuentro el anciano del día anterior, que dijo llamarse Silverio, y +con él iban, formados como en línea de batalla, otros míseros habitantes +de aquellos humildes caseríos, llevando de intérprete al hombre +despernado, que se expresaba con soltura, como si con esta facultad le +compensara la Naturaleza por la horrible mutilación de su cuerpo. Y fue +y dijo, en nombre del gremio de pordioseros allí presente, que la señora +debía distribuir sus beneficios entre todos sin distinción, pues todos +eran igualmente acreedores a los frutos de su inmensa caridad. +Respondioles Benina con ingenua sencillez que ella no tenía frutos ni +cosa alguna que repartir, y que era tan pobre como ellos. Acogidas estas +expresiones con absoluta incredulidad, y no sabiendo el lisiado qué +oponer a ellas, pues toda su oratoria se le había consumido en el primer +discurso, tomó la palabra el viejo Silverio, y dijo que ellos no se +habían caído de ningún nido, y que bien a la vista estaba que la señora +no era lo que parecía, sino una <i>dama disfrazada</i> que, con trazas y +pingajos de <i>mendiga de punto</i>, se iba por aquellos sitios para +<i>desaminar</i> la verdadera pobreza y remediarla. Tocante a esto del +disfraz no había duda, porque ellos la conocían de años atrás. ¡Ah! y +cuando vino, <i>la otra vez</i>, la <i>señora disfrazada</i>, a todos les había +socorrido igualmente. Bien se acordaban él y otros de la cara y modos +de la tal, y podían atestiguar que era la misma, la misma que en aquel +momento estaban viendo con sus ojos y palpando con sus manos.</p> + +<p>Confirmaron todos a una voz lo dicho por el octogenario Silverio, el +cual hubo de añadir que por santa fue tenida la señora de antes, y por +santísima tendrían a la presente, respetando su disfraz, y poniéndose +todos de rodillas ante ella para adorarla. Contestó Benina con gracejo +que tan santa era ella como su abuela, y que miraran lo que decían y +volvieran de su grave error. En efecto: había existido años atrás una +señora muy linajuda, llamada Doña Guillermina Pacheco, corazón hermoso, +espíritu grande, la cual andaba por el mundo repartiendo los dones de la +caridad, y vestía humilde traje, sin faltar a la decencia, revelando en +su modestia soberana la clase a que pertenecía. Aquella dignísima señora +ya no vivía. Por ser demasiado buena para el mundo, Dios se la llevó al +Cielo cuando más falta nos hacía por acá. Y aunque viviera, <i>amos</i>, +¿cómo podía ser confundida con ella, con la infeliz Benina? A cien +leguas se conocía en esta a una mujer de pueblo, criada de servir. Si +por su traje pobrísimo, lleno de remiendos y zurcidos, por sus +alpargatas rotas, no comprendían ellos la diferencia entre una cocinera +jubilada y una señora nacida de marqueses, pues bien pudiera esta +vestirse de máscara, en otras cosas no cabía engaño ni equivocación: por +ejemplo, en el habla. Los que oyeron la palabra de Doña Guillermina, que +se expresaba al igual de los mismos ángeles, ¿cómo podían confundirla +con quien decía las cosas en lenguaje ordinario? Había nacido ella en un +pueblo de Guadalajara, de padres labradores, viniendo a servir a Madrid +cuando sólo contaba veinte años. Leía con dificultad, y de escritura +estaba tan mal, que apenas ponía su nombre: <i>Benina de Casia</i>. Por este +apellido, algunos guasones de su pueblo se burlaban de ella diciendo que +<i>venía</i> de Santa Rita. Total: que ella no era santa, sino muy pecadora, +y no tenía nada que ver con la Doña Guillermina de marras, que ya gozaba +de Dios. Era una pobre como ellos, que vivía de limosna, y se las +gobernaba como podía para mantener a los suyos. Habíala hecho Dios +generosa, eso sí; y si algo poseía, y encontraba personas más +necesitadas que ella, le faltaba tiempo para desprenderse de todo... y +tan contenta.</p> + +<p>No se dieron por convencidos los miserables, dejados de la mano de Dios, +y alargando las suyas escuálidas, con afligidas voces pedían a Benina de +Casia que les socorriese. Andrajosos y escuálidos niños se unieron al +coro, y agarrándose a la falda de la infeliz alcarreña, le pedían pan, +pan. Compadecida de tantas desdichas, fue la anciana a la tienda, compró +una docena de panes altos, y dividiéndolos en dos, los repartió entre la +miserable cuadrilla. La operación se dificultó en extremo, porque todos +se abalanzaban a ella con furia, cada uno quería recibir su parte antes +que los demás, y alguien intentó apandar dos raciones. Diríase que se +duplicaban las manos en el momento de mayor barullo, o que salían otras +de debajo de la tierra. Sofocada, la buena mujer tuvo que comprar más +libretas, porque dos o tres viejas a quienes no tocó nada, ponían el +grito en el cielo, y alborotaban el barrio con sus discordes y +lastimeros chillidos.</p> + +<p>Ya se creía libre de tales moscones, cuando la llamó con roncas voces +una mujer que llevaba en brazos a un niño cabezudo, monstruoso. Al punto +en ella reconoció a la que había visto con la Burlada días antes, camino +de la Puerta de Toledo. Pretendía la tal que Benina subiese con ella a +un cuarto alto de la casa de corredor, donde le mostraría el más +lastimoso cuadro que podría imaginarse. Prestose Benina a subir, porque +más podía en ella siempre la piedad que la conveniencia, y por la +escalera le explicaba la otra la situación de su desdichada familia. No +era casada; pero <i>por lo civil</i> había tenido dos niños que se le habían +muerto de garrotillo, uno tras otro, con diferencia de seis días. Aquel +que llevaba, de cabeza deforme, no era suyo, sino de una compañera que +andaba con un ciego <i>de violín</i>, borracha ella, y si a mano +venía, <i>tomadora</i>. La que contaba estas tristezas llamábase Basilisa; +tenía a su padre baldadito, de andar en el río cogiendo anguilas, con el +agua hasta los corvejones; a su hermana Cesárea bizmada, de los golpes +que le dio su querido, un silbante, un golfo, un <i>rata</i>, «a quien tiene +usted toda la noche jugando al mus en <i>cas</i> del <i>Comadreja</i>, Mediodía +Chica. ¿Conoce la señora ese <i>establecimiento</i>?</p> + +<p>—De nombre—dijo Benina medianamente interesada en la historia.</p> + +<p>—Pues ese sinvergüenza, tras apalear a mi hermana, nos empeñó los +mantones y las enaguas. Debe usted de conocerle, porque otro más granuja +no lo hay en Madrid. Le llaman por mal nombre <i>Si Toséis Toméis</i>... y +por abreviar le decimos <i>Toméis</i>.</p> + +<p>—No le conozco... Yo no me trato con gente de esa».</p> + +<p>Subieron, y en uno de los cuartos más estrechos del corredor alto, vio +Benina el tremendo infortunio de aquella familia. El viejo reumático +parecía loco; en la desesperación que le causaban sus dolores, +vociferaba, blasfemando, y Cesárea, de la inanición que la consumía, +estaba como idiota, y no hacía más que dar azotes en las nalgas a un +chico mocoso, lloricón, y que ponía los ojos en blanco de la fuerza de +sus berridos y contorsiones. En medio de este desbarajuste, las dos +mujeres expresaron a Benina que su mayor apuro, a más del hambre, era +pagar al casero, que no las dejaba vivir, reclamando a todas horas las +tres semanas que se debían. Contestó la anciana que, con gran +sentimiento, no se hallaba en disposición de sacarlas del compromiso, +por carecer de dinero, y lo único que podía ofrecerles era una peseta, +para que se remediaran aquel día y el siguiente. Traspasado el corazón +de lástima, se despidió de la infeliz patulea, y aunque se mostraron las +dos mujeres agradecidas, bien se conocía que algún reconcomio se les +quedaba dentro del cuerpo por no haber recibido el socorro que +esperaban.</p> + +<p>En la escalera detuvieron a Benina dos vejanconas, una de las cuales le +dijo con mal modo: «¡Vaya, que confundirla a usted con Doña +Guillermina!... ¡Zopencos, más que burros! Si aquella era un ángel +vestido de persona, y esta... bien se ve que es una <i>tía ordinaria</i>, que +viene acá dándose el pisto de repartir limosnas... ¡Señora!... ¡vaya una +señora!... apestando a cebolla cruda... y con esas manos de fregar... +Ahora se dan santas del <i>pan pringao</i>, y... ¡a cuarto las +imágenes; <i>caras de Dios</i> a cuarto!».</p> + +<p>No hizo caso la buena mujer, y siguió su camino; pero en la calle, o +como quiera que se llame aquel espacio entre casas, se vio importunada +por sinnúmero de ciegos, mancos y paralíticos, que le pedían con tenaz +insistencia pan, o perras con qué comprarlo. Trató de sacudirse el +molesto enjambre; pero la seguían, la acosaban, no la dejaban andar. No +tuvo más remedio que gastarse en pan otra peseta y repartirlo presurosa. +Por fin, apretando el paso, logró ponerse a distancia de la enfadosa +pobretería, y se encaminó al vertedero donde esperaba encontrar al buen +Mordejai. En el propio sitio del día anterior estaba mi hombre +aguardándola ansioso; y no bien se juntaron, sacó ella de la cesta los +víveres que llevaba, y se pusieron a comer. Mas no quería Dios que +aquella mañana le saliesen las cosas a Benina conforme a su buen corazón +y caritativas intenciones, porque no hacía diez minutos que estaban +comiendo, cuando observó que en el camino, debajito del vertedero, se +reunían gitanillos maleantes, alguno que otro lisiado de mala estampa, y +dos o tres viejas desarrapadas y furibundas. Mirando al grupo idílico +que en la escombrera formaban la anciana y el ciego, toda aquella +gentuza empezó a vociferar. ¿Qué decían? No era fácil entenderlo desde +arriba. Palabras sueltas llegaban... que si era santa de pega; que si +era una ladrona que se fingía beata para robar mejor... que si era una +lame-cirios y chupa-lámparas... En fin, aquello se iba poniendo malo, y +no tardó en demostrarlo una piedra, ¡pim! lanzada por mano vigorosa, y +que Benina recibió en la paletilla... Al poco rato, ¡pim, pam! otra y +otras. Levantáronse ambos despavoridos, y recogiendo en la cesta la +comida, pensaron en ponerse en salvo. La <i>dama</i> cogió por el brazo a su +caballero y le dijo: «Vámonos, que nos matan».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXX" id="XXX"></a><a href="#toc">XXX</a></h2> + + +<p>Trepando difícilmente por el declive pedregoso, cayendo y levantándose a +cada instante, cogidos del brazo, las cabezas gachas, huían del +formidable tiroteo. Este llegó a ser tan intenso, que no había respiro +entre golpe y golpe. A Benina la tocaron los proyectiles en partes +vestidas, donde no podían hacer gran daño; pero Almudena tuvo la +desgracia de que un guijarro le cogiese la cabeza en el momento de +volverse para increpar al enemigo, y la descalabradura fue tremenda. +Cuando llegaron, jadeantes y doloridos, a un sitio resguardado de la +terrible lluvia de piedras, la herida del marroquí chorreaba sangre, +tiñendo de rojo su faz amarilla. Lo extraño era que el descalabrado +callaba, y la que había salido ilesa ponía el grito en el cielo, +pidiendo rayos y centellas que confundieran a la infame cuadrilla. La +suerte les deparó un guarda-agujas, que vivía en una caseta próxima al +lugar del siniestro, hombre reposado y pío que, demostrando tener en +poco a las víctimas del atentado, las acogió como buen cristiano en su +vivienda humilde, compadecido de su desgracia. A poco llegó la guardesa, +que también era compasiva, y lo primero que hicieron fue dar agua a +Benina para que le lavase la herida a su compañero, y de añadidura +sacaron vinagre, y trapos para hacer vendas. El moro no decía más que: +«<i>Amri</i>, ¿<i>pieldra</i> ti no?</p> + +<p>—No, hijo: no me ha tocado más que una china en el cogote, que no me ha +hecho sangre.</p> + +<p>¿<i>Dolier</i> ti?</p> + +<p>—Poco... no es nada.</p> + +<p>—Son los <i>embaixos</i>... <i>espirtos</i> malos de <i>soterrá</i>.</p> + +<p>—¡Indecentes granujas! ¡Lástima de pareja de la Guardia civil, o +siquiera del Orden!</p> + +<p>Con los procedimientos más elementales le hicieron la cura al pobre +ciego, restañándole la sangre, y poniéndole vendas que le tapaban uno de +los ojos; después le acostaron en el suelo, porque se le iba la cabeza y +no podía tenerse en pie. Volvió la mendiga a sacar de su cesta el pan y +la carne a medio comer, ofreciendo partir con sus generosos protectores; +pero estos, en vez de aceptar, les brindaron con sardinas y unos churros +que les habían sobrado de su almuerzo. Hubo por una y otra parte +ofrecimientos, finuras y delicadezas, y cada cual, al fin, se quedó con +lo suyo. Pero Benina aprovechó las buenas disposiciones de aquella +honrada gente para proponerles que albergasen al ciego en la caseta +hasta que ella pudiese prepararle alojamiento en Madrid. No había que +pensar en que volviese a las Cambroneras, donde sin duda le tenían mala +voluntad. A Madrid y a su casa de ella no podía conducirlo, porque ella +servía en una casa, y él... En fin, que no era fácil explicarlo... y si +los señores guarda-agujas pensaban mal de las relaciones entre Benina y +el moro, que pensaran. «Miren ustedes—dijo la anciana viéndoles +perplejos y desconfiados—, no poseo más dinero que esta peseta y estas +perras. Tómenlas, y tengan aquí al pobre ciego hasta mañana. Él no les +molestará, porque es bueno y honrado. Dormirá en este rincón con sólo +que le den una manta vieja, y tocante a comer, de lo que ustedes +tengan».</p> + +<p>Después de una corta vacilación aceptaron el trato, y permitiéndose dar +un consejo a la para ellos extraña pareja, dijo el guarda: «Lo que deben +hacer ustedes es dejarse de andar de vagancia por calles y caminos, +donde todo es ajetreo y malos pasos, y ver de meterse o que los metan en +un asilo, la señora en las <i>ancianitas</i>, el señor en otro recogimiento +que hay para ciegos, y así tendrían asegurado el comer y el abrigo por +todo el tiempo que vivieran». Nada contestó Almudena, que amaba la +libertad, y la prefería trabajosa y miserable a la cómoda sujeción del +asilo. Benina, por su parte, no queriendo entrar en largas +explicaciones, ni desvanecer el error de aquella buena gente, que sin +duda les creía asociados para la vagancia y el merodeo, se limitó a +decir que no se recogían en un <i>establecimiento</i> por causa de la mucha +<i>existencia</i> de pobres, y que sin recomendaciones y tarjetas de +personajes no había manera de conseguir plaza. A esto respondió la +guardesa que podrían lograr sus deseos de <i>recogerse</i>, si se entendían +con un señor muy piadoso que anda en estas cosas de asilos; un +sacerdote... que le llaman D. Romualdo.</p> + +<p>«¡D. Romualdo!... ¡Ah! sí, ya sé; digo, no le conozco más que de nombre. +¿Es un señor cura, alto y guapetón, que tiene una sobrina llamada Doña +Patros, que bizca un poco?».</p> + +<p>Al decir esto, sintió la Benina que se renovaba en su mente la extraña +confusión y mezcolanza de lo real y lo imaginado.</p> + +<p>«Yo no sé si bizca o no bizca la sobrina...—prosiguió la guardesa—; pero +sé que el D. Romualdo es de tierra de Guadalajara.</p> + +<p>—Es verdad... Y ahora se ha ido a su pueblo... Por cierto que le +proponen para Obispo, y habrá ido a traer los papeles».</p> + +<p>Convinieron todos en que el D. Romualdo misterioso no vendría del pueblo +sin traerse los papeles, y en seguida se cerró trato para el hospedaje y +custodia de Almudena en la caseta por veinticuatro horas, dando Benina +la peseta y perros que tenía (menos tres piezas chicas que guardó +aparte), y comprometiéndose los otros a cuidar del ciego como si fuera +su hijo. Aún tuvo la pobre Nina que bregar un poquito con el marroquí, +empeñado en que le llevara <i>sigo</i>; pero al fin pudo convencerle, +encareciéndole el peligro de que la herida de la cabeza le trajera algún +trastorno grave si no se estaba quietecito. «<i>Amri</i>, <i>golver ti</i> +mañana—decía el infeliz al despedirla—. Si dejar mí solo, <i>murierme yo +migo</i>». Prometió la anciana solemnemente volver a su compañía, y se fue +melancólica, revolviendo en su magín las tristezas de aquel día, a las +cuales se unían presagios negros, barruntos de mayores afanes, porque se +había quedado sin un cuarto, por dejarse llevar del ímpetu caritativo de +su corazón dando tanta limosna. Seguramente vendrían para ella grandes +apreturas, pues tenía que devolver pronto a la <i>Pitusa</i> sus joyas, +allegar recursos para mantener a la señora y a su huésped, socorrer a +Almudena, etc... Tantas obligaciones se había echado encima, que ya no +sabía cómo atender a ellas.</p> + +<p>Llegó a su casa, después de hacer sus compras a crédito, y encontrando a +Frasquito muy bien, propuso a Doña Paca darle de alta, y que se fuera a +desempeñar sus obligaciones y a ganarse la vida. Asintió a ello la +señora, y la tristeza de ambas se aumentó con la noticia, traída por la +criada de Obdulia, de que esta se había puesto muy malita, con alta +fiebre, delirio, y un traqueteo de nervios que daba compasión. Allá se +fue Benina, y después de avisar a los suegros de la señorita para que la +atendieran, volvió a tranquilizar a la mamá. Mala tarde y peor noche +pasaron, pensando en las dificultades y aprietos que de nuevo se les +ofrecían, y a la siguiente mañana la infeliz mujer ocupaba su puesto en +San Sebastián, pues no había otra manera de defenderse de tantas y tan +complejas adversidades. Cada día mermaba su crédito, y las obligaciones +contraídas en la calle de la Ruda, o en las tiendas de la calle +Imperial, la abrumaban. Viose en la necesidad de salir también al +pordioseo de tarde, y un ratito por la noche, pretextando tener que +llevar un recado a la <i>niña</i>. En la breve campaña nocturna, sacaba +escondido un velo negro, viejísimo, de Doña Paca, para entapujarse la +cara; y con esto y unos espejuelos verdes que para el caso guardaba, +hacía divinamente el tipo de señora ciega vergonzante, arrimadita a la +esquina de la calle de Barrionuevo, atacando con quejumbroso reclamo a +media voz a todo cristiano que pasaba. Con tal sistema, y <i>trabajando</i> +tres veces por día, lograba reunir algunos cuartos; mas no todo lo +necesario para sus atenciones, que no eran pocas, porque Almudena se +había puesto mal, y seguía en la caseta de las Pulgas. Nada cobraba el +guarda-agujas por hospedaje del infeliz moro; pero había que llevar a +este la comida. Obdulia no entraba en caja: era forzoso asistirla de +medicamentos y caldos, pues los suegros se llamaban Andana, y no era +cosa de mandarla al Hospital. Tenía, pues, sobre sí la heroica mujer +carga demasiado fuerte; pero la soportaba, y seguía con tantas cruces a +cuestas por la empinada senda, ansiosa de llegar, si no a la cumbre, a +donde pudiera. Si se quedaba en mitad del camino, tendría la +satisfacción de haber cumplido con lo que su conciencia le dictaba.</p> + +<p>Por la tarde, pretextando compras, pedía en la puerta de San Justo, o +junto al Palacio arzobispal; pero no podía entretenerse mucho, porque su +tardanza no inquietara demasiado a la señora. Al volver una tarde de su +petitorio, sin más <i>ganancia</i> que una perra chica, se encontró con la +novedad de que Doña Paca, acompañada de Frasquito, había ido a visitar a +Obdulia. Díjole además la portera que momentos antes había subido a la +casa un señor sacerdote, alto, de buena presencia, el cual, cansado de +llamar, se fue, dejando un recadito en la portería.</p> + +<p>«¡Ya!... Es D. Romualdo...</p> + +<p>—Así dijo, sí, señora. Ya ha venido dos veces, y...</p> + +<p>—¿Pero se marcha otra vez a Guadalajara?</p> + +<p>—De allá vino ayer tarde. Tiene que hablar con Doña Paca, y volverá +cuando pueda».</p> + +<p>Ya tenía Benina un espantoso lío en la cabeza con aquel dichoso clérigo, +tan semejante, por las señas y el nombre, al suyo, al de su invención; y +pensaba si, por milagro de Dios, habría tomado cuerpo y alma de persona +verídica el ser creado en su fantasía por un mentir inocente, obra de +las aflictivas circunstancias. «En fin, veremos lo que resulta de todo +esto—se dijo subiendo pausadamente la escalera—. Bien venido sea ese +señor cura si viene a traernos algo». Y de tal modo arraigaba en su +mente la idea de que se convertía en real el mentido y figurado +sacerdote alcarreño, que una noche, cuando pedía con antiparras y velo, +creyó reconocer en una señora, que le dio dos céntimos, a la mismísima +Doña Patros, la sobrina que bizcaba una miaja.</p> + +<p>Pues, señor, Doña Paca y Frasquito trajeron la buena noticia de que +Obdulia se restablecía lentamente. «Mira, Nina—le dijo la viuda—: como +quiera que sea, has de llevarle a Obdulia una botella de amontillado. A +ver si te la fían en la tienda; y si no, busca el dinero como puedas, +que lo que tiene la <i>niña</i> es debilidad. La otra se mostró conforme con +esta esplendidez, por no chocar, y se puso a hacer la cena. Taciturna +estuvo hasta la hora de acostarse, y Doña Francisca se incomodó con ella +porque no la entretenía, como otras veces, con festivas conversaciones. +Sacó fuerzas de flaqueza la heroica anciana, y con su espíritu muy +turbado, su mente llena de presagios sombríos, empezó a despotricar como +una taravilla, para que se embelesara la señora con unas cuantas +chanzonetas y mil tonterías imaginadas, y pudiera coger el sueño.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXI" id="XXXI"></a><a href="#toc">XXXI</a></h2> + + +<p>Repuesto de su herida el ciego moro, volvió a pedir, a instancias de su +amiga, pues no estaban los tiempos para pasarse la vida al sol tocando +la vihuela. Las necesidades aumentaban, imponíase la dura realidad, y +era forzoso sacar las perras del fondo de la masa humana como de un mar +rico en tesoros de todas clases. No pudo Almudena resistir a la enérgica +sugestión de la <i>dama</i>, y poco a poco se fue curando de aquellas +murrias, y del delirio místico y penitencial que le desconcertó días +antes. Convinieron, tras empeñada discusión, en trasladar <i>su punto</i> de +San Sebastián a San Andrés, porque Almudena conocía en esta parroquia a +un señor clérigo muy bondadoso, que en otra ocasión le había protegido. +Allí se fueron, pues; y aunque también en San Andrés había <i>Caporalas</i> y +Eliseos, con distintos nombres, por ser estos caracteres como fruto +natural de la vida en todo grupo o familia de la sociedad humana, no +parecían tan despóticos y altaneros como en la otra parroquia. El +clérigo que al marroquí protegía era un joven muy listo, algo arabista +y hebraizante, que solía echar algún párrafo con él, no tanto por +caridad como por estudio. Una mañana observó Benina que el curita joven +salía de la Rectoral acompañado de otro sacerdote, alto, bien parecido, +y hablaron los dos mirando al ciego moro. Sin duda decían algo referente +a él, a su origen, a su habla y religión endemoniadas. Después uno y +otro clérigos en ella se fijaron, ¡qué vergüenza! ¿Qué pensarían, qué +dirían de ella? Suponíanla quizás compañera del africano, su mujer +quizás, su...</p> + +<p>En fin, que el presbítero alto y guapetón se fue hacia la Cava Baja, y +el otro, el sabio, se dignó parlotear un rato con Almudena en lengua +arábiga. Después se fue hacia Benina, y con todo miramiento le dijo: +«Usted, <i>Doña Benigna</i>, bien podría dejarse de esta vida, que a su edad +es tan penosa. No está bien que ande tras el moro como la soga tras el +caldero. ¿Por qué no entra en la <i>Misericordia</i>? Ya se lo he dicho a D. +Romualdo, y ha prometido interesarse...».</p> + +<p>Quedose atónita la buena mujer, y no supo qué contestar. Por decir algo, +expresó su agradecimiento al Sr. de Mayoral, que así nombraban al +clérigo erudito, y añadió que ya había reconocido en el otro señor +sacerdote al benéfico D. Romualdo.</p> + +<p>«Ya le he dicho también—agregó Mayoral—, que es usted criada de una +señora que vive en la calle Imperial, y prometió informarse de su +comportamiento antes de recomendarla...».</p> + +<p>Poco más dijo, y Benina llegó al mayor grado de confusión y vértigo de +su mente, pues el sacerdote alto y guapetón que poco antes viera, +concordaba con el que ella, a fuerza de mencionarlo y describirlo en un +mentir sistemático, tenía fijo en su caletre. Ganas sintió de correr por +la Cava Baja, a ver si le encontraba, para decirle: «Sr. D. Romualdo, +perdóneme <i>si le he inventado</i>. Yo creí que no había mal en esto. Lo +hice porque la señora no me descubriera que salgo todos los días a pedir +limosna para mantenerla. Y si esto de <i>aparecerse</i> usted ahora con +cuerpo y vida de persona es castigo mío, perdóneme Dios, que no lo +volveré a hacer. ¿O es usted otro D. Romualdo? Para que yo salga de esta +duda que me atormenta, hágame el favor de decirme si tiene una sobrina +bizca, y una hermana que se llama Doña Josefa, y si le han propuesto +para Obispo, como se merece, y ojalá fuera verdad. Dígame si es usted el +mío, mi D. Romualdo, u otro, que yo no sé de dónde puede haber salido, y +dígame también qué demontres tiene que hablar con la señora, y si va a +darle las quejas porque yo he tenido el atrevimiento de <i>inventarle</i>».</p> + +<p>Esto le habría dicho, si encontrádole hubiera; pero no hubo tal +encuentro, ni tales palabras fueron pronunciadas. Volviose a casa muy +triste, y ya no se apartó de su mente la idea de que el benéfico +sacerdote alcarreño no era invención suya, de que todo lo que soñamos +tiene su existencia propia, y de que las mentiras entrañan verdades. +Pasaron dos días en esta situación, sin más novedad que un crecimiento +horroroso de las dificultades económicas. Con tanto pordiosear mañana y +tarde, nunca le salía la cuenta; no había ya ningún nacido que le fiara +valor de un real; la <i>Pitusa</i> amenazola con <i>dar parte</i> si no le devolvía +en breve término sus alhajas. Faltábale ya la energía, y sus grandes +ánimos flaqueaban; perdía la fe en la Providencia, y formaba opinión +poco lisonjera de la caridad humana; todas sus diligencias y correrías +para procurarse dinero, no le dieron más resultado que un duro que le +prestó por pocos días Juliana, la mujer de Antoñito. La limosna no +bastaba ni con mucho; en vano se privaba ella hasta de su ordinario +alimento, para disimular en casa la escasez; en vano iba con las +alpargatas rotas, magullándose los pies. La economía, la sordidez misma, +eran ineficaces: no había más remedio que sucumbir y caer diciendo: +«Llegué hasta donde pude: lo demás hágalo Dios, si quiere».</p> + +<p>Un sábado por la tarde se colmaron sus desdichas con un inesperado y +triste incidente. Salió a pedir en San Justo: Almudena hacía lo mismo en +la calle del Sacramento. Estrenose ella con diez céntimos, inaudito +golpe de suerte, que consideró de buen augurio. ¡Pero cuán grande era su +error, al fiarse de estas golosinas que nos arroja el destino adverso +para atraernos y herirnos más cómodamente! Al poco rato del feliz +estreno, se apareció un individuo de la ronda secreta que, empujándola +con mal modo, le dijo: «Ea, buena mujer, eche usted a andar para +adelante... Y vivo, vivo...</p> + +<p>—¿Qué dice?...</p> + +<p>—Que se calle y ande...</p> + +<p>—¿Pero a dónde me lleva?</p> + +<p>—Cállese usted, que le tiene más cuenta... ¡Hala! a San Bernardino.</p> + +<p>—¿Pero qué mal hago yo... señor?</p> + +<p>—¡Está usted pidiendo!... ¿No le dije a usted ayer que el señor +Gobernador no quiere que se pida en esta calle?</p> + +<p>—Pues manténgame el señor Gobernador, que yo de hambre no he de morirme, +por Cristo... ¡Vaya con el hombre!...</p> + +<p>—¡Calle usted, <i>so borracha</i>!... ¡Andando digo!</p> + +<p>—¡Que no me empuje!... Yo no soy <i>criminala</i>... Yo tengo familia, +conozco quién me abone... Ea, que no voy a donde usted quiere +llevarme...».</p> + +<p>Se arrimó a la pared; pero el fiero polizonte la despegó del arrimo con +un empujón violentísimo. Acercáronse dos de Orden público, a los cuales +el de la ronda mandó que la llevaran a San Bernardino, juntamente con +toda la demás pobretería de ambos sexos que en la tal calle y callejones +adyacentes encontraran. Aún trató Benina de ganar la voluntad de los +guardias, mostrándose sumisa en su viva aflicción. Suplicó, lloró +amargamente; mas lágrimas y ruegos fueron inútiles. Adelante, siempre +adelante, llevando a retaguardia al ciego africano, que en cuanto se +enteró de que la <i>recogían</i>, se fue hacia los del Orden, pidiéndoles que +a él también le echasen la red, y al mismo infierno le llevaran, con tal +que no le separasen de ella. Presión grande hubo de hacer sobre su +espíritu la desgraciada mujer para resignarse a tan atroz desventura... +¡Ser llevada a un recogimiento de mendigos callejeros como son +conducidos a la cárcel los rateros y malhechores! ¡Verse imposibilitada +de acudir a su casa a la hora de costumbre, y de atender al cuidado de +su ama y amiga! Cuando consideraba que Doña Paca y Frasquito no tendrían +qué comer aquella noche, su dolor llegaba al frenesí: hubiera embestido +a los corchetes para deshacerse de ellos, si fuerzas tuviera contra dos +hombres. Apartar no podía del pensamiento la consternación de su señora +infeliz, cuando viera que pasaban horas, horas... y la Nina sin parecer. +¡Jesús, Virgen Santísima! ¿Qué iba a pasar en aquella casa? Cuando no se +hunde el mundo por sucesos tales, seguro es que no se hundirá jamás... +Más allá de las Caballerizas trató nuevamente de enternecer con razones +y lamentos el corazón de sus guardianes. Pero ellos cumplían una orden +del jefe, y si no la cumplían, mediano réspice les echarían. Almudena +callaba, andando agarradito a la falda de Benina, y no parecía +disgustado de la recogida y conducción al depósito de mendicidad.</p> + +<p>Si lloraba la pobre postulante, no lloraba menos el cielo, concordando +con ella en sombría tristeza, pues la llovizna que a caer empezó en el +momento de la recogida, fue creciendo hasta ser copiosa lluvia, que la +puso perdida de pies a cabeza. Las ropas de uno y otro mendigo +chorreaban; el sombrero hongo de Almudena parecía la pieza superior de +la fuente de los Tritones: poco le faltaba ya para tener verdín. El +calzado ligero de Benina, destrozado por el mucho andar de aquellos +días, se iba quedando a pedazos en los charcos y barrizales en que se +metía. Cuando llegaron a San Bernardino, pensaba la anciana que mejor +estaría descalza. «<i>Amri</i>—le dijo Almudena cuando traspasaban la triste +puerta del Asilo Municipal—, no <i>yorar</i> ti... Aquí bien <i>tigo migo</i>... +No <i>yorar</i> ti... <i>contentado</i> mí... Dar sopa, dar pan nosotras...».</p> + +<p>En su desolación, no quiso Benina contestarle. De buena gana le habría +dado un palo. ¿Cómo había de hacerse cargo aquel vagabundo de la razón +con que la infeliz mujer se quejaba de su suerte? ¿Quién, sino ella, +comprendería el desamparo de su señora, de su amiga, de su hermana, y la +noche de ansiedad que pasaría, ignorante de lo que pasaba? Y si le +hacían el favor de soltarla al día siguiente, ¿con qué razones, con qué +mentiras explicaría su larga ausencia, su desaparición súbita? ¿Qué +podía decir, ni qué invento sacar de su fecunda imaginación? Nada, nada: +lo mejor sería desechar todo embuste, revelando el secreto de su +mendicidad, nada vergonzosa por cierto. Pero bien podía suceder que Doña +Francisca no lo creyese, y que se quebrantara el lazo de amistad que +desde tan antiguo las unía; y si la señora se enojaba de veras, +arrojándola de su lado, Nina se moriría de pena, porque no podía vivir +sin Doña Paca, a quien amaba por sus buenas cualidades y casi casi por +sus defectos. En fin, después de pensar en todo esto, y cuando la +metieron en una gran sala, ahogada y fétida, donde había ya como un +medio centenar de ancianos de ambos sexos, concluyó por echarse en los +brazos amorosos de la resignación, diciéndose: «Sea lo que Dios quiera. +Cuando vuelva a casa diré la verdad; y si la señora está viva para +cuando yo llegue y no quiere creerme, que no me crea; y si se enfada, +que se enfade; y si me despide, que me despida; y si me muero, que me +muera».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXII" id="XXXII"></a><a href="#toc">XXXII</a></h2> + + +<p>Aunque Nina no lo pensara y dijera, bien se comprenderá que el +desasosiego y consternación de Doña Paca en aquella triste noche +superaron a cuanto pudiera manifestar el narrador. A medida que avanzaba +el tiempo, sin que la criada volviese al hogar, crecía la angustia del +ama, quien, si al principio echó de menos a su compañera por la falta +que en el orden material hacía, pronto se inquietó más, pensando en la +desgracia que habría podido ocurrirle: cogida de coche, verbigracia, o +muerte repentina en la calle. Procuraba el bueno de Frasquito +tranquilizarla, pero inútilmente. Y el desteñido viejo tenía que +callarse cuando su paisana le decía: «¡Pero si nunca ha pasado esto; +nunca, querido Ponte! Ni una sola vez ha faltado de casa en tantísimos +años».</p> + +<p>Surgieron dificultades graves para cenar formalmente, y nada se +adelantaba con que las chiquillas de la cordonera se brindasen oficiosas +a sustituir a la criada ausente. Verdad que Doña Paca perdió en absoluto +el apetito, y lo mismo, o poco menos, le pasaba a su huésped. Pero como +no había más remedio que tomar algo para sostener las fuerzas, ambos se +propinaron un huevo batido en vino y unos pedacitos de pan. De dormir, +no se hable. La señora contaba las horas, medias y cuartos de la noche +por los relojes de la vecindad, y no hacía más que medir el pasillo de +punta a punta, atenta a los ruidos de la escalera. Ponte no quiso ser +menos: la galantería le obligaba a no acostarse mientras su amiga y +protectora estuviese en vela, y para conciliar las obligaciones de +caballero con su fatiga de convaleciente, descabezó un par de sueñecitos +en una silla. Para esto hubo de adoptar postura violenta, haciendo +almohada de sus brazos, cruzados sobre el respaldo, y al dormirse se le +quedó colgando la cabeza, de lo que le sobrevino un tremendo tortícolis +a la mañana siguiente.</p> + +<p>Al amanecer de Dios, vencida del cansancio Doña Paca, se quedó dormidita +en un sillón. Hablaba en sueños, y su cuerpo se sacudía de rato en rato +con estremecimientos nerviosos. Despertó sobresaltada, creyendo que +había ladrones en la casa, y el día claro, con el vacío de la ausencia +de Nina, le resultó más triste y solitario que la noche. Según +Frasquito, que en esto pensaba cuerdamente, ningún rastro parecía más +seguro que informarse de los señores en cuya casa servía Benina de +asistenta. Ya lo había pensado también su paisana la tarde anterior; +pero como ignoraba el número de la casa de D. Romualdo en la calle de la +Greda, no se determinaron a emprender las averiguaciones. Por la mañana, +habiéndose brindado el portero a inquirir el paradero de la extraviada +sirviente, se le mandó con el encargo, y a la hora volvió diciendo que +en ninguna portería de tal calle daban razón.</p> + +<p>Y a todas estas, no había en la casa más que algún resto de cocido del +día anterior, casi avinagrado ya, y mendrugos de pan duro. Gracias que +los vecinos, enterados del conflicto tan grave, ofrecieron a la ilustre +viuda algunos víveres: este, sopas de ajo; aquel, bacalao frito; el +otro, un huevo y media botella de peleón. No había más remedio que +alimentarse, haciendo de tripas corazón, porque la naturaleza no espera: +es forzoso vivir, aunque el alma se oponga, encariñada con su amiga la +muerte. Pasaban lentas las horas del día, y tanto Ponte como su paisana +no podían apartar su atención de todo ruido de pasos que sonaba en la +escalera. Pero tantos desengaños sufrieron, que, al fin, rendidos y sin +esperanza, se sentaron uno frente a otro, silenciosos, con reposo y +gravedad de esfinges, y mirándose confirieron tácitamente la solución +del enigma a la divina voluntad. Ya se sabría el paradero de Nina, o los +motivos de su ausencia, cuando Dios se dignara darlos a conocer por los +medios y caminos a que nunca alcanza nuestra previsión.</p> + +<p>Las doce serían ya, cuando sonó un fuerte campanillazo. La dama rondeña +y el galán de Algeciras saltaron, cual muñecos de goma, en sus +respectivos asientos. «No, no es ella—dijo Doña Paca con gran +desaliento—. Nina no llama así».</p> + +<p>Y como quisiese Frasquito salir a la puerta le detuvo ella con una +observación muy en su punto: «No salga usted, Ponte, que podría ser uno +de esos gansos de la tienda que vienen a darme un mal rato. Que abra la +niña. Celedonia, corre a abrir, y entérate bien: si es alguno que nos +trae noticias de Nina, que pase. Si es alguien de la tienda, le dices +que no estoy».</p> + +<p>Corrió la chiquilla, y volvió desalada al instante diciendo: «Señora, D. +Romualdo».</p> + +<p>Efecto de gran intensidad emocional, que casi era terrorífica. Ponte dio +varias vueltas de peonza sobre un pie, y Doña Paca se levantó y volvió +a caer en el sillón como unas diez veces, diciendo: «Que pase... Ahora +sabremos... ¡Dios mío, D. Romualdo en casa!... A la salita, Celedonia, a +la salita... Me echaré la falda negra... Y no me he peinado... ¡Con qué +facha le recibo!... Que pase, niña... Mi falda negra».</p> + +<p>Entre el algecireño y la chiquilla la vistieron de mala manera, y con la +prisa le ponían la ropa del revés. La señora se impacientaba, +llamándoles torpes y dando pataditas. Por fin se arregló de cualquier +modo, pasose un peine por el pelo, y dando tumbos se fue a la salita +donde aguardaba el sacerdote, en pie, mirando las fotografías de +personas de la familia, única decoración de la mezquina y pobre +estancia.</p> + +<p>«Dispénseme usted, Sr. D. Romualdo—dijo la viuda de Zapata, que de la +emoción no podía tenerse en pie, y hubo de arrojarse en una silla, +después de besar la mano al sacerdote—. Gracias a Dios que puedo +manifestar a usted mi gratitud por su inagotable bondad.</p> + +<p>—Es mi obligación, señora...—repuso el clérigo un tanto sorprendido—, y +nada tiene usted que agradecerme.</p> + +<p>—Y dígame ahora, por Dios—agregó la señora, con tanto miedo de oír una +mala noticia, que apenas hablar podía—; dígamelo pronto. ¿Qué ha sido de +mi pobre Nina?».</p> + +<p>Sonó este nombre en el oído del buen sacerdote como el de una perrita +que a la señora se le había perdido.</p> + +<p>«¿No parece?...—le dijo por decir algo.</p> + +<p>—¿Pero usted no sabe...? ¡Ay, ay! Es que ha ocurrido una desgracia, y +quiere ocultármelo, por caridad».</p> + +<p>Prorrumpió en acerbo llanto la infeliz dama, y el clérigo permanecía +perplejo y mudo. «Señora, por piedad, no se aflija usted... Será, o no +será lo que usted supone.</p> + +<p>—¡Nina, Nina de mi alma!</p> + +<p>—¿Es persona de su familia, de su intimidad? Explíqueme...</p> + +<p>—Si el Sr. D. Romualdo no quiere decirme la verdad por no aumentar mi +tribulación, yo se lo agradezco infinito... Pero vale más saber... ¿O es +que quiere darme la noticia poquito a poco, para que me impresione +menos?...</p> + +<p>—Señora mía—dijo el sacerdote con impaciente franqueza, ávido de aclarar +las cosas—. Yo no le traigo a usted noticias buenas ni malas de la +persona por quien llora, ni sé qué persona es esa, ni en qué se funda +usted para creer que yo...</p> + +<p>—Dispénseme, Sr. D. Romualdo. Pensé que la Benina, mi criada, mi amiga y +compañera más bien, había sufrido algún grave accidente en su casa de +usted, o al salir de ella, o en la calle, y...</p> + +<p>—¿Qué más?... Sin duda, señora Doña Francisca Juárez, hay en esto un +error que yo debo desvanecer, diciendo a usted mi nombre: Romualdo +Cedrón. He desempeñado durante veinte años el arciprestazgo de Santa +María de Ronda, y vengo a manifestar a usted, por encargo expreso de los +demás testamentarios, la última voluntad del que fue mi amigo del alma, +Rafael García de los Antrines, que Dios tenga en su santa gloria».</p> + +<p>Si Doña Paca viera que se abría la tierra y salían de ella escuadrones +de diablos, y que por arriba el cielo se descuajaraba, echando de sí +legiones de ángeles, y unos y otros se juntaban formando una inmensa +falange gloriosa y bufonesca, no se quedara más atónita y confusa. +¡Testamento, herencia! ¿Lo que decía el clérigo era verdad, o una +ridícula, despiadada burla? ¿Y el tal sujeto era persona real, o imagen +fingida en la mente enferma de la dama infeliz? La lengua se le pegó al +paladar, y miraba a D. Romualdo con aterrados ojos.</p> + +<p>«No es para que usted se asuste, señora. Al contrario: yo tengo la +satisfacción de comunicar a Doña Francisca Juárez el término de sus +sufrimientos. El Señor, que ha probado sin duda ya con creces su +conformidad y resignación, quiere premiar ahora estas virtudes, +sacándola a usted de la tristísima situación en que ha vivido tantos +años».</p> + +<p>A doña Paca le caía un hilo de lágrimas de cada ojo, y no acertaba a +proferir palabra. ¡Cuál sería su emoción, cuáles su sorpresa y júbilo, +que se borró de su mente la imagen de Benina, como si la ausencia y +pérdida de esta fuese suceso ocurrido muchos años antes!</p> + +<p>«Comprendo—prosiguió el buen sacerdote enderezando su cuerpo y +aproximando el sillón para tocar con su mano el brazo de Doña +Francisca—, comprendo su trastorno... No se pasa bruscamente del +infortunio al bienestar, sin sentir una fuerte sacudida. Lo contrario +sería peor... Y puesto que se trata de cosa importante, que debe ocupar +con preferencia su atención, hablemos de ello, señora mía, dejando para +después ese otro asunto que la inquieta... No debe usted afanarse tanto +por su criada o amiga... ¡Ya parecerá!».</p> + +<p>Esta frase llevó de nuevo al espíritu de Doña Paca la idea de Nina y el +sentimiento de su misteriosa desaparición. Notando en el <i>ya parecerá</i> +de D. Romualdo una intención benévola y optimista, dio en creer que el +buen señor, después que despachase el asunto principal, le hablaría del +caso de la anciana, que sin duda no era de suma gravedad. Pronto la +mente de la señora con rápido giro de veleta tornó a la idea de la +herencia, y a ella se agarró, dejando lo demás en el olvido; y +observando el presbítero su ansiedad de informes, se apresuró a +satisfacerla.</p> + +<p>—Pues ya sabrá usted que el pobre Rafael pasó a mejor vida el 11 de +Febrero...</p> + +<p>—No lo sabía, no, señor. Dios le haya dado su descanso... ¡ay!</p> + +<p>—Era un santo. Su único error fue abominar del matrimonio, despreciando +los excelentes partidos que sus amigos le proponíamos. Los últimos años +vivió en un cortijo llamado las <i>Higueras de Juárez</i>...</p> + +<p>—Lo conozco. Esa finca fue de mi abuelo.</p> + +<p>—Justamente: de D. Alejandro Juárez... Bueno: pues Rafael contrajo en +las <i>Higueras</i> la afección del hígado que le llevó al sepulcro a los +cincuenta y cinco años de edad. ¡Lástima de mocetón, casi tan alto como +yo, señora, con una musculatura no menos vigorosa que la mía, y un pecho +como el de un toro, y aquel rostro rebosando vida!...</p> + +<p>—¡Ay!...</p> + +<p>—En nuestras cacerías del jabalí y del venado, nunca conseguí cansarle. +Su amor propio era más fuerte que su complexión fortísima. Desafiaba los +chubascos, el hambre y la sed... Pues vea usted aquel roble quebrarse +como una caña. A los pocos meses de caer enfermo se le podían contar los +huesos al través de la piel... se fue consumiendo, consumiendo...</p> + +<p>—¡Ay!...</p> + +<p>—¡Y con qué resignación llevaba su mal, y qué bien se preparó para la +muerte, mirándola como una sentencia de Dios, contra la cual no debe +haber protesta, sino más bien una conformidad alegre! ¡Pobre Rafael, qué +pedazo de ángel!...</p> + +<p>—¡Ay!...</p> + +<p>—Yo no vivía ya en Ronda, porque tenía intereses en mi pueblo que me +obligaron a fijar mi residencia en Madrid. Pero cuando supe la gravedad +del amigo queridísimo, me planté allá... Un mes le acompañé y asistí... +¡Qué pena!... Murió en mis brazos.</p> + +<p>—¡Ay!...».</p> + +<p>Estos ayes eran suspiros que a Doña Paca se le salían del alma, como +pajaritos que escapan de una jaula abierta por los cuatro costados. Con +noble sinceridad, sin dejar de acariciar en su pensamiento la probable +herencia, se asociaba al duelo de D. Romualdo por el generoso solterón +rondeño.</p> + +<p>«En fin, señora mía: murió como católico ferviente, después de otorgar +testamento...</p> + +<p>—¡Ay!...</p> + +<p>—En el cual deja el tercio de sus bienes a su sobrina en segundo grado, +Clemencia Sopelana, ¿sabe usted? la esposa de D. Rodrigo del Quintanar, +hermano del Marqués de Guadalerce. Los otros dos tercios los destina, +parte a una fundación piadosa, parte a mejorar la situación de algunos +de sus parientes que, por desgracias de familia, malos negocios u otras +adversidades y contratiempos, han venido a menos. Hallándose usted y sus +hijos en este caso, claro está que son de los más favorecidos, y...</p> + +<p>—¡Ay!... Al fin Dios ha querido que yo no me muera sin ver el término de +esta miseria ignominiosa. ¡Bendito sea una y mil veces el que da y quita +los males, el Justiciero, el Misericordioso, el Santo de los +Santos!...».</p> + +<p>Con tal efusión rompió en llanto la desdichada Doña Francisca, cruzando +las manos y poniéndose de hinojos, que el buen sacerdote, temeroso de +que tanta sensibilidad acabase en una pataleta, salió a la puerta, dando +palmadas, para que viniese alguien a quien pedir un vaso de agua.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXIII" id="XXXIII"></a><a href="#toc">XXXIII</a></h2> + + +<p>Acudió el propio Frasquito con el socorro del agua, y D. Romualdo, en +cuanto la señora bebió y se repuso de su emoción, dijo al desmedrado +caballero: «Si no me equivoco, tengo el honor de hablar con D. Francisco +Ponte Delgado... natural de Algeciras... Por muchos años. ¿Es usted +primo en tercer grado de Rafael Antrines, de cuyo fallecimiento tendrá +noticia?</p> + +<p>—¿Falleció?... ¡Ay, no lo sabía!—replicó Ponte muy cortado—. ¡Pobre +Rafaelito! Cuando yo estuve en Ronda el año 56, poco antes de la caída +de Espartero, él era un niño, tamaño así. Después nos vimos en Madrid +dos o tres veces... Él solía venir a pasar aquí temporadas de otoño; iba +mucho al Real, y era amigo de los Ustáriz; trabajaba por Ríos Rosas en +las elecciones, y por los Ríos Acuña... ¡Oh, pobre Rafael! ¡Excelente +amigo, hombre sencillo y afectuoso, gran cazador!... Congeniábamos en +todo, menos en una cosa: él era muy campesino, muy amante de la vida +rústica, y yo detesto el campo y los arbolitos. Siempre fui hombre de +poblaciones, de grandes poblaciones...</p> + +<p>—Siéntese usted aquí—le dijo D. Romualdo, dando tan fuerte palmetazo en +un viejo sillón de muelles, que de él se levantó espesa nube de polvo.</p> + +<p>Un momento después, habíase enterado el galán fiambre de su +participación en la herencia del primo Rafael, quedándose en tal manera +turulato, que hubo de beberse, para evitar un soponcio, toda el agua que +dejara Doña Francisca.</p> + +<p>No estará de más señalar ahora la perfecta concordancia entre la persona +del sacerdote y su apellido Cedrón, pues por la estatura, la robustez y +hasta por el color podía ser comparado a un corpulento cedro; que entre +árboles y hombres, mirando los caracteres de unos y otros, también hay +concomitancias y parentescos. Talludo es el cedro, y además, bello, +noble, de madera un tanto quebradiza, pero grata y olorosa. Pues del +mismo modo era D. Romualdo: grandón, fornido, atezado, y al propio +tiempo excelente persona, de intachable conducta en lo eclesiástico, +cazador, hombre de mundo en el grado que puede serlo un cura, de +apacible genio, de palabra persuasiva, tolerante con las flaquezas +humanas, caritativo, misericordioso, en suma, con los procedimientos +metódicos y el buen arreglo que tan bien se avenían con su desahogada +posición. Vestía con pulcritud, sin alardes de elegancia; fumaba sin +tasa buenos puros, y comía y bebía todo lo que demandaba el +sostenimiento de tan fuerte osamenta y de musculatura tan recia. Enormes +pies y manos correspondían a su corpulencia. Sus facciones bastas y +abultadas no carecían de hermosura, por la proporción y buen dibujo; +hermosura de mascarón escultórico, miguel-angelesco, para decorar una +imposta, ménsula o el centro de una cartela, echando de la boca +guirnaldas y festones.</p> + +<p>Entrando en pormenores, que los herederos de Rafael anhelaban conocer, +Cedrón les dio noticias prolijas del testamento, que tanto Doña Paca +como Ponte oyeron con la religiosa atención que fácilmente se supone. +Eran testamentarios, además del Sr. Cedrón, D. Sandalio Maturana y el +Marqués de Guadalerce. En la parte que a las dos personas allí presentes +interesaba, disponía Rafael lo siguiente: a Obdulia y a Antoñito, hijos +de su primo Antonio Zapata, les dejaba el cortijo de Almoraima, pero +sólo en usufructo. Los testamentarios les entregarían el producto de +aquella finca, que dividida en dos mitades pasaría a los herederos del +Antonio y de la Obdulia, al fallecimiento de estos. A Doña Francisca y a +Ponte les asignaba pensión vitalicia, como a otros muchos parientes, con +la renta de títulos de la Deuda, que constituían una de las principales +riquezas del testador.</p> + +<p>Oyendo estas cosas, Frasquito se atusaba sobre la oreja los ahuecados +mechones de su melena, sin darse un segundo de reposo. Doña Francisca, +en verdad, no sabía lo que le pasaba: creía soñar. En un acceso de +febril júbilo, salió al pasillo gritando: «¡Nina, Nina, ven y +entérate!... ¡Ya somos ricas!... ¡digo, ya no somos pobres!...».</p> + +<p>Pronto acudió a su mente el recuerdo de la desaparición de su criada, y +volviendo al lado de Cedrón, le dijo entre sollozos: «Perdóneme; ya no +me acordaba de que he perdido a la compañera de mi vida...</p> + +<p>—Ya parecerá—repitió el clérigo, y también Frasquito, como un eco:</p> + +<p>—Ya parecerá.</p> + +<p>—Si se hubiera muerto—indicó Doña Francisca—, creo que la intensidad de +mi alegría la haría resucitar.</p> + +<p>—Ya hablaremos de esa señora—dijo Cedrón—. Antes acabe de enterarse de +lo que tanto le interesa. Los testamentarios, atentos a que usted, lo +mismo que el señor, se hallan en situación muy precaria, por causas que +no quiero examinar ahora, ni hay para qué, han decidido... para eso y +para mucho más les autoriza el testador, dándoles facultades +omnímodas... han decidido, mientras se pone en regla todo lo +concerniente al testamento, liquidación para el pago de derechos reales, +<i>etcétera</i>, <i>etcétera</i>... han decidido, digo...».</p> + +<p>Doña Paca y Frasquito, de tanto contener el aliento, hallábanse ya +próximos a la asfixia.</p> + +<p>«Han decidido, mejor dicho, decidieron o decidimos... de esto hace dos +meses... señalar a ustedes la cantidad mensual de cincuenta duros como +asignación provisional, o si se quiere anticipo, hasta que determinemos +la cifra exacta de la pensión. ¿Está comprendido?</p> + +<p>—Sí, señor; sí, señor... comprendido, perfectamente comprendido—clamaron +los dos al unísono.</p> + +<p>—Antes hubieran uno y otro recibido este jicarazo—dijo el clérigo—; pero +me ha costado un trabajo enorme averiguar dónde residían. Creo que he +preguntado a medio Madrid... y por fin... No ha sido poca suerte +encontrar juntas en esta casa a las dos <i>piezas</i>, perdonen el término de +caza, que vengo persiguiendo como un azacán desde hace tantos días».</p> + +<p>Doña Paca le besó la mano derecha, y Frasquito Ponte la izquierda. Ambos +lagrimeaban.</p> + +<p>«Dos meses de pensión han devengado ustedes ya, y ahora nos pondremos de +acuerdo para las formalidades que han de llenarse, a fin de que uno y +otro perciban desde luego...».</p> + +<p>Llegó a creer Ponte que hacía una rápida ascensión en globo, y se agarró +con fuerza a los brazos del sillón, como el aeronauta a los bordes de la +barquilla.</p> + +<p>«Estamos a sus órdenes—manifestó Doña Francisca en alta voz; y para sí—: +Esto no puede ser; esto es un sueño».</p> + +<p>La idea de que no pudiera Nina enterarse de tanta felicidad, enturbió la +que en aquel momento inundaba su alma. A este pensamiento hubo de +responder, por misteriosa concatenación, el de Ponte Delgado, que dijo: +«¡Lástima que Nina, ese ángel, no esté presente!... Pero no debemos +suponer que le haya pasado ningún accidente grave. ¿Verdad, Sr. D. +Romualdo? Ello habrá sido...</p> + +<p>—Me dice el corazón que está buena y sana, que volverá hoy...—declaró +Doña Paca con ardiente optimismo, viendo todas las cosas envueltas en +rosado celaje—. Por cierto que... Perdone usted, señor mío: hay tal +confusión en mi pobre cabeza... Decía que... Al anunciarse el señor D. +Romualdo en mi casa, yo creí, fijándome sólo en el nombre, que era usted +el dignísimo sacerdote en cuya casa es asistenta mi Benina. ¿Me +equivoco?</p> + +<p>—Creo que sí.</p> + +<p>—Es propio de las grandes almas caritativas esconderse, negar su propia +personalidad, para de este modo huir del agradecimiento y de la +publicidad de sus virtudes... Vamos a cuentas, Sr. D. Romualdo, y hágame +el favor de no hacer misterio de sus grandes virtudes. ¿Es cierto que +por la fama de estas le proponen para obispo?</p> + +<p>—¡A mí!... No ha llegado a mí noticia.</p> + +<p>—¿Es usted de Guadalajara o su provincia?</p> + +<p>—Sí, señora.</p> + +<p>—¿Tiene usted una sobrina llamada Doña Patros?</p> + +<p>—No, señora.</p> + +<p>—¿Dice usted la misa en San Sebastián?</p> + +<p>—No, señora: la digo en San Andrés.</p> + +<p>—¿Y tampoco es cierto que hace días le regalaron a usted un conejo de +campo?...</p> + +<p>—Podría ser... ja, ja... pero no recuerdo...</p> + +<p>—Sea como fuere, Sr. D. Romualdo, usted me asegura que no conoce a mi +Benina.</p> + +<p>—Creo... vamos, no puedo asegurar que me es desconocida, señora mía. +Antójaseme que la he visto.</p> + +<p>—¡Oh! bien decía yo que... Sr. de Cedrón, ¡qué alegría me da!</p> + +<p>—Tenga usted calma. Veamos: ¿esa Benina es una mujer vestida de negro, +así como de sesenta años, con una verruga en la frente?...</p> + +<p>—La misma, la misma, Sr. D. Romualdo: muy modosita, algo vivaracha, a +pesar de su edad.</p> + +<p>—Más señas: pide limosna, y anda por ahí con un ciego africano llamado +Almudena.</p> + +<p>—¡Jesús!—exclamó con estupefacción y susto Doña Paca—. Eso no, ¡válgame +Dios! eso no... Veo que no la conoce usted».</p> + +<p>Y con una mirada puso por testigo a Frasquito de la veracidad de su +denegación. Miró también Ponte al clérigo, después a la señora, +atormentado por ciertas dudas que inquietaron su conciencia. «Benina es +un ángel—se permitió decir tímidamente—. Pida o no pida limosna, y esto +yo no lo sé, es un ángel, palabra de honor.</p> + +<p>—¡Quite usted allá!... ¡Pedir mi Benina... y andar por esas calles con +un ciego!...</p> + +<p>—Moro, por más señas—indicó D. Romualdo.</p> + +<p>—Yo debo manifestar—dijo Ponte con honrada sinceridad—, que no hace +muchos días, pasando yo por la Plaza del Progreso, la vi sentada al pie +de la estatua, en compañía de un mendigo ciego, que por el tipo me +pareció... oriundo del Riff».</p> + +<p>El aturdimiento, el vértigo mental de Doña Paca fueron tan grandes, que +su alegría se trocó súbitamente en tristeza, y dio en creer que cuanto +decían allí era ilusión de sus oídos; ficticios los seres con quienes +hablaba, y mentira todo, empezando por la herencia. Temía un despertar +lúgubre. Cerrando los ojos, se dijo: «¡Dios mío, sácame de tan terrible +duda; arráncame esta idea!... ¿Es esto mentira, es esto verdad? ¡Yo +heredera de Rafaelito Antrines; yo con medios de vivir!... ¡Nina +pidiendo limosna; Nina con un riffeño!...</p> + +<p>—Bueno—exclamó al fin con súbito arranque—. Pues viva Nina, y viva con +su moro, y con toda la morería de Argel, y véala yo, y vuelva a casa, +aunque se traiga al africano metido en la cesta».</p> + +<p>Echose a reír D. Romualdo, y explicando el cuándo y cómo de conocer a +Benina, dijo que por un amigo suyo, coadjutor en San Andrés, clérigo de +mucha ilustración y humanista muy aprovechado, que picaba en las lenguas +orientales, había conocido al árabe Almudena. Con él vio a una mujer que +le acompañaba, de la cual le dijeron que a una señora viuda servía, +andaluza por más señas, habitante en la calle Imperial. «No pude menos +de relacionar estas referencias con la señora Doña Francisca Juárez, a +quien yo no había tenido el gusto de ver todavía, y hoy, al oír a usted +lamentarse de la desaparición de su criada, pensé y dije para mí: «Si la +mujer que se ha perdido es la que yo creo, busquemos el caldero y +encontraremos la soga; busquemos al moro, y encontraremos a la odalisca; +digo, a esa que llaman ustedes...</p> + +<p>—Benigna de Casia... de Casia, sí, señor, de donde viene la broma de que +es parienta de Santa Rita».</p> + +<p>Añadió el Sr. de Cedrón que, no por sus merecimientos, sino por la +confianza con que le distinguían los fundadores del Asilo de ancianos y +ancianas de <i>la Misericordia</i>, era patrono y mayordomo mayor del mismo; +y como a él se dirigían las solicitudes de ingreso, no daba un paso por +la calle sin que le acometieran mendigos importunos, y se veía +continuamente asediado de recomendaciones y tarjetazos pidiendo la +admisión. «Podríamos creer—añadió—, que es nuestro país inmensa gusanera +de pobres, y que debemos hacer de la nación un Asilo sin fin, donde +quepamos todos, desde el primero al último. Al paso que vamos, pronto +seremos el más grande Hospicio de Europa... He recordado esto, porque mi +amigo Mayoral, el cleriguito aficionado a letras orientales, me habló de +recoger en nuestro Asilo a la compañera de Almudena.</p> + +<p>—Yo le suplico a usted, mi Sr. D. Romualdo—dijo Doña Francisca +enteramente trastornada ya—, que no crea nada de eso; que no haga ningún +caso de las Beninas figuradas que puedan salir por ahí, y se atenga a la +propia y legítima Nina; a la que va de asistenta a su casa de usted +todas las mañanas, recibiendo allí tantos beneficios, como los he +recibido yo por conducto de ella. Esta es la verdadera; esta la que +hemos de buscar y encontraremos con la ayuda del Sr. de Cedrón y de su +digna hermana Doña Josefa, y de su sobrina Doña Patros... Usted me +negará que la conoce, por hacer un misterio de su virtud y santidad; +pero esto no le vale, no señor. A mí me consta que es usted santo, y que +no quiere que le descubran sus secretos de caridad sublime; y como me +consta, lo digo. Busquemos, pues, a Nina, y cuando a mi compañía vuelva, +gritaremos las dos: ¡Santo, santo, santo!».</p> + +<p>Sacó en limpio de esta perorata el Sr. de Cedrón que Doña Francisca +Juárez no tenía la cabeza buena; y creyendo que las explicaciones y el +contender sobre lo mismo no atenuarían su trastorno, puso punto final en +aquel asunto, y se despidió, quedando en volver al día siguiente para el +examen de papeles, y la entrega, mediante recibo en regla, de las +cantidades devengadas ya por los herederos.</p> + +<p>Duró largo rato la despedida, porque tanto Doña Paca como Frasquito +repitieron, en el tránsito desde la salita a la escalera, sus +expresiones de gratitud como unas cuarenta veces, con igual número de +besos, más bien más que menos, en la mano del sacerdote. Y cuando +desapareció por las escaleras abajo el gran Cedrón, y se vieron solos de +puerta adentro la dama rondeña y el galán de Algeciras, dijo ella: +«Frasquito de mi alma, ¿es verdad todo esto?</p> + +<p>—Eso mismo iba yo a preguntar a usted... ¿Estaremos soñando? ¿Usted qué +cree?</p> + +<p>—¿Yo?... no sé... no puedo pensar... Me falta la inteligencia, me falta +la memoria, me falta el juicio, me falta Nina.</p> + +<p>—A mí también me falta algo... No sé discurrir.</p> + +<p>—¿Nos habremos vuelto tontos o locos?...</p> + +<p>—Lo que yo digo: ¿por qué nos niega D. Romualdo que su sobrina se llama +Patros, que le proponen para Obispo, y que le regalaron un conejo?</p> + +<p>—Lo del conejo no lo negó... dispense usted. Dijo que no se acordaba.</p> + +<p>—Es verdad... ¿Y si ahora, el D. Romualdo que acabamos de ver nos +resultase un ser figurado, una creación de la hechicería o de las artes +infernales... vamos, que se nos evaporara y convirtiera en humo, +resultando todo una ilusión, una sombra, un desvarío?...</p> + +<p>—¡Señora, por la Virgen Santísima!</p> + +<p>—¿Y si no volviese más?</p> + +<p>—¡Si no volviese!... ¡Que no vuelve, que no nos entregará la... +los...!».</p> + +<p>Al decir esto, la cara fláccida y desmayada del buen Frasquito expresaba +un terror trágico. Se pasó la mano por los ojos, y lanzando un graznido, +cayó en el sillón con un accidente cerebral, semejante al de la noche +lúgubre, entre las calles de Irlandeses y Mediodía Grande.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXIV" id="XXXIV"></a><a href="#toc">XXXIV</a></h2> + + +<p>Gracias a los cuidados de Doña Paca, asistida de las chicas de la +cordonera, pronto se repuso Ponte de aquella nueva manifestación de su +mal, y al anochecer, conversando con la dama rondeña, convinieron ambos +en que D. Romualdo Cedrón era un ser efectivo, y la herencia una verdad +incuestionable. No obstante, entre la vida y la muerte estuvieron hasta +el siguiente día, en que se les apareció por segunda vez la imagen del +benéfico sacerdote, acompañado de un notario, que resultó antiguo +conocimiento de Doña Francisca Juárez de Zapata. Arreglado el asunto, +previo examen de papeles, en lo que no hubo dificultad, recibieron los +herederos de Rafaelito Antrines, a cuenta de su pensión, cantidad de +billetes de Banco que a entrambos pareció fabulosa, por causa, sin duda, +de la absoluta limpieza de sus respectivas arcas. La posesión del +dinero, acontecimiento inaudito en aquellos tristes años de su vida, +produjo en Doña Paca un efecto psicológico muy extraño: se le anubló la +inteligencia; perdió hasta la noción del tiempo; no encontraba palabras +con qué expresar las ideas, y estas zumbaban en su cabeza como las +moscas cuando se estrellan contra un cristal, queriendo atravesarlo para +pasar de la obscuridad a la luz. Quiso hablar de su Nina, y dijo mil +disparates. Como se oye un rumor de lejanas disputas, de las cuales sólo +se perciben sílabas y voces sueltas, oía que Frasquito y los otros dos +señores hablaban del asunto; creyó entender que la fugitiva parecería, +que ya se había encontrado el rastro, pero nada más... Los tres hombres +estaban en pie, el notario junto a Cedrón. Chiquitín y con perfil de +cotorra, parecía un perico que se dispone a encaramarse por el tronco de +un árbol.</p> + +<p>Despidiéronse al fin los amables señores con ofrecimientos y cortesanías +afectuosas, y solos la rondeña y el de Algeciras, se entretuvieron, +durante mediano rato, en dar vueltas de una parte a otra de la casa, +entrando sin objeto ni fin alguno, ya en la cocina, ya en el comedor, +para salir al instante, cambiando alguna frase nerviosa cuando uno con +otro se tropezaban. Doña Paca, la verdad sea dicha, sentía que se le +aguaba la felicidad por no poder hacer partícipe de ella a su compañera +y sostén en tantos años de penuria. ¡Ah! Si Nina entrara en aquel +momento, ¡qué gusto tendría su ama en darle la gran sorpresa, +mostrándose primero muy afligida por la falta de cuartos, y enseñándole +después el puñado de billetes! ¡Qué cara pondría! ¡Cómo se le alargarían +los dientes! ¡Y qué cosas haría con aquel montón de metálico! Vamos, que +Dios, digan lo que dijeren, no hace nunca las cosas completas. Así en lo +malo como en lo bueno, siempre se deja un rabillo, para que lo desuelle +el destino. En las mayores calamidades, permite siempre un suspiro; en +las dichas que su misericordia concede, <i>se le olvida</i> siempre algún +detalle, cuya falta <i>lo echa todo a perder</i>.</p> + +<p>En uno de aquellos encuentros, de la sala a la cocina y de la cocina a +la alcoba, propuso Ponte a su paisana celebrar el suceso yéndose los dos +a comer de fonda. Él la convidaría gustoso, correspondiendo con tan +corto obsequio a su generosa hospitalidad. Respondió Doña Francisca que +ella no se presentaría en sitios públicos mientras no pudiera hacerlo +con la decencia de ropa que le correspondía; y como su amigo le dijera +que comiendo fuera de casa se ahorraba la molestia de cocinar en la +propia sin más ayuda que las chiquillas de la cordonera, manifestó la +dama que, mientras no volviese Nina, no encendería lumbre, y que todo +cuanto necesitase lo mandaría traer de casa de Botín. Por cierto que se +le iba despertando el apetito de manjares buenos y bien condimentados... +¡Ya era tiempo, Señor! Tantos años de forzados ayunos, bien merecían que +se cantara el <i>¡alleluya!</i> de la resurrección. «Ea, Celedonia, ponte tu +falda nueva, que vas a casa de Botín. Te apuntaré en un papelito lo que +quiero, para que no te equivoques». Dicho y hecho. ¿Y qué menos había de +pedir la señora, para hacer boca en aquel día fausto, que dos gallinas +asadas, cuatro pescadillas fritas y un buen trozo de solomillo, con la +ayuda de jamón en dulce, huevo hilado, y acompañamiento de una docena +de bartolillos?... ¡Hala!</p> + +<p>No logró la dama, con este anuncio de un reparador banquete, sujetar la +imaginación y la voluntad de Frasquito, que desde que tomó el dinero se +sentía devorado por un ansia loca de salir a la calle, de correr, de +volar, pues alas creyó que le nacían. «Yo, señora, tengo que hacer esta +tarde... Me es imprescindible salir... Además, necesito que me dé un +poco el aire... Siento así como un poco de mareo. Me conviene el +ejercicio, crea usted que me conviene... También me urge mucho avistarme +con mi sastre, aunque no sea más que para ponerme al tanto de las modas +que ahora corren, y ver de preparar alguna prenda... Soy muy +dificultoso, y tardo mucho en decidirme por esta o la otra tela.</p> + +<p>—Sí, sí, vaya a sus diligencias; pero no se corra mucho, y vea en este +suceso feliz, como lo veo yo, una lección que nos da la Providencia. Por +mi parte, me declaro convencida de lo buenos que son el orden y el +arreglo, y hago propósito firme de apuntar todo, todito lo que gasto.</p> + +<p>—Y el ingreso también... Lo mismo haré yo, es decir, lo he hecho; pero +no me ha valido, crea usted, amiga de mi alma, que no me ha valido.</p> + +<p>—Teniendo renta segura, el toque está en acomodar las entradas a las +salidas, y no extralimitarse... Por Dios, querido Ponte, no hagamos +otra vez la barbaridad de reírnos del balance y de la... Ahora reconozco +que Trujillo tiene razón.</p> + +<p>—Más balances he hecho yo, señora, que pelos tengo en la cabeza, y +también le digo a usted que no me han valido más que para calentarme la +<i>ídem</i>.</p> + +<p>—Ya que Dios nos ha favorecido, seamos ordenados: yo me atrevería a +rogar a usted que, si no le sirve de molestia y <i>va de compras</i>, me +traiga un libro de contabilidad, agenda, o como se llame».</p> + +<p>¡Pues no faltaba más! No un libro, sino media docena le traería +Frasquito con mil amores; y prometiéndolo así, se lanzó a la calle, +ávido de aire, de luz, de ver gente, de recrearse en cosas y personas. +Del tirón, andando maquinalmente, se fue hasta el Paseo de Atocha, sin +darse cuenta de ello. Luego volvió hacia arriba, porque más le gustaba +verse entre casas que entre árboles. Francamente, los árboles le eran +antipáticos, sin duda porque, pasando junto a ellos en horas de +desesperación, creía que le ofrecían sus ramas para que se ahorcara. +Internándose en las calles sin dirección fija, contemplaba los +escaparates de sastre, con exhibición de hermosas telas; los de corbatas +y de camisería elegante. No dejaba de echar también un vistazo a los +<i>restaurants</i>, y en general a todas las tiendas, que en su larga vida de +penuria bochornosa había mirado con desconsuelo.</p> + +<p>Pasó en esta vagancia dichosa algunas horas, sin cansancio. Sentíase +fuerte, saludable, y hasta robusto. Miraba cariñoso, o con cierto +airecillo de protección, a cuantas mujeres hermosas o aceptables a su +lado pasaban. Un escaparate de perfumería de buen tono le sugirió una +idea feliz: había echado sus canas al aire de una manera indecorosa, sin +aliñarlas y componerlas con el negro disimulo del tinte, y aquella +hermosa tienda le ofrecía ocasión de remediar tan grave falta, +inaugurando allí la campaña de restauración de su existencia, que debía +comenzar por la restauración de su averiado rostro. Allí cambió, pues, +el primer billete de la <i>resma</i> que le diera D. Romualdo Cedrón; después +de hacerse presentar diferentes artículos, hizo provisión abundante de +los que creía más necesarios, y pagando sin regateo, ordenó que le +llevasen a la casa de Doña Francisca el voluminoso paquete de sus +compras de droguería olorosa y colorante.</p> + +<p>Al salir de allí, pensaba en la conveniencia de procurarse pronto una +casa de huéspedes decente y no muy cara, apropiada a la pensión que +disfrutaba, pues de ningún modo se excedería en sus gastos. A los +dormitorios de Bernarda no volvería más, como no fuera a pagarle las +siete noches debidas, y a decirle cuatro verdades. Y divagando y +haciendo risueños cálculos, llegó la hora en que el estómago empezó a +indicarle que no se vive sólo de ilusiones. Problema: ¿dónde comería? La +idea de meterse en un <i>restaurant</i> de los buenos fue prontamente +desechada. Imposible presentarse hecho un tipo. ¿Iría, siguiendo la +rutina de sus tiempos miserables, al figón de Boto? ¡Oh, no!... Siempre +le habían visto allí teñido. Extrañarían verle en repentina vejez, lleno +de canas... Por fin, acordándose de que debía al honrado Boto un +piquillo de anteriores comistrajos, creyó que debía ir allí, y +corresponder con un pago puntual a la confianza del dueño del +establecimiento, dándole la excusa de su grave enfermedad, que bien +claramente en su despintado rostro se pintaba. Encaminó sus pasos a la +calle del Ave María, y entró un poquillo avergonzado en la taberna, +haciendo como que se sonaba, al atravesar la pieza exterior, para +taparse la cara con el pañuelo. Estrecho y ahogado es aquel recinto para +la mucha parroquia que a él concurre, atraída por la baratura y buen +condimento de los guisotes que allí se despachan. A la taberna, +propiamente dicha, no muy grande, sigue un pasillo angosto, donde +también hay mesa, con su banco pegado a la pared, y luego una estancia +reducida y baja de techo a la cual se sube por dos escalones, con dos +mesas largas a un lado y otro, sin más espacio entre ambas que el +preciso para que entre y salga el chiquillo que sirve. En esta parte del +establecimiento se ponía siempre Ponte, creyéndose allí más apartado de +la curiosidad y el fisgoneo de los consumidores, y ocupaba el hueco de +mesa que veía libre, si en efecto lo había, pues se daban casos de estar +todo completo, y los parroquianos como sardinas en banasta.</p> + +<p>Aquella tarde, noche ya, se coló Frasquito en el departamento interior +con buena suerte, pues no había dentro más que tres personas, y una de +las mesas estaba vacía. Sentose en el rincón, junto a la puerta, sitio +muy recogido, en el cual no era fácil que le vieran desde <i>el público</i>, +es decir, desde la taberna, y... Otro problema: ¿qué pediría? +Ordinariamente, el aflictivo estado de su peculio le obligaba a +limitarse a un real de guisado, que con pan y vino representaba un gasto +total de cuarenta céntimos, o a igual ración de bacalao en salsa. Uno u +otro condumio, con el pan alto, que aprovechaba hasta la última miga, +comiéndoselo con el caldo y la racioncita de vino, le ofrecían una +alimentación suficiente y sabrosa. En ciertos días solía cambiar el +guiso por el estofado, y en ocasiones muy contadas, por la pepitoria. +Callos, caracoles, albóndigas y otras porquerías, jamás las probó.</p> + +<p>Bueno: pues aquella noche pidió al chico relación completa de lo que +había, y mostrándose indeciso, como persona desganada que no encuentra +manjar bastante incitante para despertar su apetito, se resolvió por la +pepitoria. «¿Le duelen a usted las muelas, Sr. de Ponte?—preguntole el +chico, viendo que no se quitaba el pañuelo de la cara.</p> + +<p>—Sí, hijo... un dolor horrible. No me traigas pan alto, sino francés».</p> + +<p>Frente a Frasquito se sentaban dos que comían guisado, en un solo plato +grande, ración de dos reales, y más allá, en el ángulo opuesto, un +individuo que despachaba pausada y metódicamente una ración de +caracoles. Era verdaderamente el tal una máquina para comerlos, porque +para cada pieza empleaba de un modo invariable los mismos movimientos de +la boca, de las manos y hasta de los ojos. Cogía el molusco, lo sacaba +con un palito, se lo metía en la boca, chupaba después el agüilla +contenida en la cáscara, y al hacer esto dirigía una mirada rencorosa a +Frasquito Ponte; luego dejaba la cáscara vacía y cogía otra llena, para +repetir la misma función, siempre a compás, con igualdad de gestos y +mohines al sacar el bicho, y al comerlo, con igualdad de miradas: una +de simpatía hacia el caracol en el momento de cogerlo; otra de rencor +hacia Frasquito en el momento de chupar.</p> + +<p>Pasó tiempo, y el hombre aquel, de rostro jimioso y figura mezquina, +continuaba acumulando cáscaras vacías en un montoncillo, que crecía +conforme mermaba el de las llenas; y Ponte, que le tenía delante, +principiaba a inquietarse de las miradas furibundas que como figurilla +mecánica de caja de música le echaba, a cada vuelta de manubrio, el +comedor de caracoles.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXV" id="XXXV"></a><a href="#toc">XXXV</a></h2> + + +<p>Sentía Ponte Delgado vivas ganas de pedir explicaciones al tipo aquel +por su mirar impertinente. La causa de este no podía ser otra que la +novedad que Frasquito ofrecía al público con el despintado de su rostro, +y el buen caballero se decía: «¿Pero qué le importa a nadie que yo me +<i>arregle</i> o deje de <i>arreglarme</i>? Yo hago de mi fisonomía lo que me da +la gana, y no estoy obligado a dar gusto a los señores, presentándoles +siempre la misma cara. Con la vieja, lo mismo que con la joven, sé yo +hacerme respetar y dejar bien puesto mi decoro». Ya se proponía +contraponer al mirar cargantísimo de aquel punto una ojeada de +desprecio, cuando el de los caracoles, vaciado, comido y chupado el +último, y puesta la cáscara en su sitio, pagó el gasto; se colocó en los +hombros la capa, que se le había caído; encasquetose la gorrilla, y +levantándose se fue derecho al desteñido caballero, y con muy buen modo +le dijo: «Sr. de Ponte, perdóneme que le haga una pregunta».</p> + +<p>Por el tono cordial del individuo, comprendió Frasquito que era un +infeliz, de estos que expresan con el modo de mirar todo lo contrario de +lo que son.</p> + +<p>«Usted dirá...</p> + +<p>—Perdóneme, Sr. de Ponte... Quería saber, siempre que usted no lo lleve +a mal, si es verdad que Antonio Zapata y su hermana han tenido una +herencia de <i>tantismos</i> millones.</p> + +<p>—Hombre, tanto como de millones, no creo... Diré a usted: mi parte en la +herencia, como la que también disfruta Doña Francisca Juárez, no pasa de +una pensión, cuya cuantía no sabemos aún a punto fijo. Pero podré darle +a usted dentro de poco noticias exactas. ¿Por casualidad es usted +periodista?</p> + +<p>—No, señor: soy pintor heráldico.</p> + +<p>—¡Ah! Yo creí que era usted de estos que averiguan cosas para ponerlas +en los periódicos.</p> + +<p>—Lo que yo pongo es anuncios. Porque como el arte heráldico está tan por +los suelos, me dedico al corretaje de reclamos y avisos... Antonio y yo +trabajamos en competencia, y nos hacemos una guerra espantosa. Por eso, +al saber que Zapata es rico, quiero que usted influya con él para que me +traspase sus negocios. Soy viudo y tengo seis hijos».</p> + +<p>Al decir esto, poniendo en su tono tanta sinceridad como hombría de +bien, clavaba en el rostro de su interlocutor una mirada semejante a la +del asesino en el momento de dar el golpe a su víctima. Antes de que +Ponte le contestara, prosiguió diciendo: «Yo sé que usted es amigo de la +familia, y que <i>habla</i> con Doña Obdulia... Y a propósito: Doña Obdulia, +o su señora madre, ahora que son ricas, querrán <i>sacar título</i>. Yo que +ellas lo sacaría, siendo, como son, de la Grandeza de España. Pues que +no se olvide usted de mí, Sr. de Ponte... Aquí tiene mi tarjeta. Yo les +compongo el escudo y el árbol genealógico, y la ejecutoria en letra +antigua, con iniciales en purpurina, a menor precio que se lo haría el +pintor más pintado. Puede usted juzgar de mi trabajo por los modelos que +tengo en casa.</p> + +<p>—Yo no puedo asegurarle a usted—dijo Frasquito dándose mucha +importancia, con un palillo entre los dientes—, que saquen título ni que +no saquen título. Nobleza les sobra para ello por los cuatro costados, +pues así los Juárez, como los Zapatas, y los Delgados y Pontes, son de +lo más alcurniado de Andalucía.</p> + +<p>—Los Pontes tienen una puente sínople sobre gules, y cuarteles de azur y +oro...</p> + +<p>—Verdad... Por mi parte no pienso sacar título, ni mi herencia es para +tanto... Esas señoras, no sé... Obdulia merece ser Duquesa, y lo es por +la figura y el tono, aunque no se decida a ponerse la corona. De +Emperatriz le corresponde, como hay Dios. En fin, yo no me meto... Y +dejando a un lado la heráldica, vamos a otra cosa».</p> + +<p>En esto, el de los caracoles se había sentado junto a Frasquito, y con +su mirar siniestro era el terror de los parroquianos que les rodeaban.</p> + +<p>«Puesto que usted se dedica al corretaje de anuncios, ¿podría indicarme +una buena casa de huéspedes?...</p> + +<p>—Precisamente hoy <i>he hecho</i> dos... Aquí las tengo en mi cartera +para <i>Imparcial</i> y <i>Liberal</i>. Entérese usted... Son de lo bueno: +'habitaciones hermosas, comida a la francesa, cinco platos... treinta +reales'.</p> + +<p>—Me convendría más barata... de catorce o diez y seis reales.</p> + +<p>—También las <i>hago</i>... Mañana podré darle una lista de seis lo menos, +todas de confianza».</p> + +<p>Les cortó el diálogo la aparición repentina de Antonio Zapata, que entró +sofocado, metiendo ruido, bromeando a gritos con el dueño del +establecimiento y con varios parroquianos. Subió al cuarto interior, y +tirando sobre la mesa la voluminosa cartera que llevaba, y echándose +atrás el sombrero, se sentó junto a Frasquito y el de los caracoles.</p> + +<p>«¡Vaya una tarde, caballeros, vaya una tarde!—exclamó fatigado; y al +chiquillo que servía le dijo—: No tomo nada. He comido ya... Mi señora +madre nos ha metido en el cuerpo una gallina a mi mujer y a mí... y +encima tira de <i>Champagne</i>... y tira de bartolillos.</p> + +<p>—¡Chico, quién te tose ahora!...—le dijo el de los caracoles, la palabra +dulce, el mirar terrorífico—. Y es preciso que me des pronto una razón: +¿me cedes o no me cedes tu negocio?</p> + +<p>—¡Buena se puso mi mujer cuando le propuse no trabajar más! Creí que me +mordía y que me sacaba los ojos. Nada: que seguiremos lo mismo, ella en +su máquina, yo en mis anuncios, porque eso de la herencia no sabemos qué +pateta será... Amigo Ponte, ¿conoce usted esa finca de la Almoraima? +¿Cuánto nos dará de renta?</p> + +<p>—No puedo precisarlo—replicó Frasquito—. Sé que es una magnífica +posesión, con monte, potrero, tierras de sembradura, <i>ainda mais</i>, el +mejor puesto de Andalucía para codornices, cuando van a pasar el +Estrecho.</p> + +<p>—Allá nos iremos una temporada... Pero mi mujer, ni <i>pa Dios</i> quiere que +deje yo este oficio de pateta. Aguántate por ahora, Polidura, que con mi +Juliana no se juega: le tengo más miedo que a una leona con hambre... Y +cuéntame, ¿qué has hecho hoy?... ¡Ah! ya no me acordaba: mi madre quiere +comprar una araña...</p> + +<p>—¡Una araña!</p> + +<p>—Sí, hombre, o lámpara colgante para el comedor. Me ha dicho si sabemos +de alguna buena y vistosa, de lance...</p> + +<p>—Sí, sí—replicó Polidura—. En la almoneda de la calle de Campomanes la +tenemos.</p> + +<p>—Otra... También quiere saber si se proporcionarán alfombras de moqueta +y terciopelo en buen uso.</p> + +<p>—Eso, en la almoneda de la Plaza de Celenque. Aquí lo tengo: 'Todo el +mobiliario de una casa. Horas, de una a tres. No se admiten prenderos'.</p> + +<p>—Mi hermana, que, entre paréntesis, se zampó esta tarde media gallina, +lo que quiere es un landó de cinco luces...</p> + +<p>—¡Atiza!</p> + +<p>—Yo he aconsejado a Obdulia—indicó Frasquito con gravedad—, que no +tenga cocheras, que se entienda con un alquilador.</p> + +<p>—Claro... Pero no dará <i>pa</i> tanto el cortijo de pateta. ¡Landó de cinco +luces! Y que tiren de él las burras de leche del <i>señó</i> Jacinto».</p> + +<p>Soltó la risa Polidura; mas notando que al algecireño le sabían mal +aquellas bromas, quiso variar de conversación al instante. El +desvergonzado Antonio Zapata se permitió decir a Ponte: «Con franqueza, +D. Frasco: creo que está usted mejor así.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Sin betún. Bonita figura de caballero anciano y respetable. Convénzase +de que con el tinte no consigue usted parecer joven; lo que parece es... +un féretro.</p> + +<p>—Querido Antonio—replicó Ponte haciendo repulgos con boca y nariz para +disimular su ira, y figurar que seguía la broma—, nos gusta a los viejos +espantar a los muchachos para que... para que nos dejen en paz. Los +chicos del día, por querer saberlo todo, no saben nada...».</p> + +<p>El pobre señor, azarado, no sabía qué decir. Sus tonterías +envalentonaron a Zapata, que prosiguió mortificándole:</p> + +<p>«Y ahora que estamos en fondos, amigo Ponte, lo primero que tiene usted +que hacer es jubilar el <i>sarcófago</i>.</p> + +<p>—¿Qué?</p> + +<p>—El sombrero de copa que tiene usted para los días de fiesta, y que es +de la moda que se gastaba cuando ahorcaron a Riego.</p> + +<p>—¿Qué entiende usted de modas? Estas se renuevan, y las formas de ayer +vuelven a <i>llevarse</i> mañana.</p> + +<p>—Así será en la ropa; pero en las personas, el que pasó, pasado se +queda. No le quedan a usted más que los <i>pinreles</i>. Los juanetes que +debía tener en ellos, se le han subido a la cabeza... Sí, sí... yo digo +que usted piensa con los callos».</p> + +<p>Ya le faltaba poco a Frasquito para estallar en ira, y de fijo le +hubiera tirado a la cabeza el plato, el vaso de vino y hasta la mesa, si +Polidura no tratara de atenuar la maleante burla con estas palabras +conciliadoras: «Cállate, tonto, que el Sr. de Ponte no ha entrado en +<i>Villavieja</i>, y lleva sus añitos mejor que nosotros.</p> + +<p>—No es viejo, no... Es de <i>cuando Fernando VII gastaba paletot</i>... Pero, +en fin, si se ofende, me callo... Sr. de Ponte, sabe que se le quiere, y +que si gasto estas bromas es por pasar el rato. No haga usted caso, +<i>maestro</i>, y hablemos de otra cosa.</p> + +<p>—Sus chanzas son un poco impertinentes—dijo Frasquito con dignidad—, y +si quiere, irrespetuosas... Pero es usted un chiquillo, y...</p> + +<p>—<i>¡Pata!</i>... Ea, se acabó. Voy a preguntarle una cosa, respetable Sr. +de Ponte: ¿en qué empleará usted los primeros cuartos de la pensión?</p> + +<p>—En una obra de justicia y de caridad. Le compraré unas botas a Benina +cuando parezca, si parece, y un traje nuevo.</p> + +<p>—Pues yo le compraré un vestido de odalisca. Es lo que le cuadra, desde +que se ha dedicado a la vida mora.</p> + +<p>—¿Qué dice usted? ¿Se sabe dónde está ese ángel?</p> + +<p>—Ese ángel está en el Pardo, que es el Paraíso a donde son llevados los +angelitos que piden limosna sin licencia.</p> + +<p>—Bromas de usted.</p> + +<p>—¡Humoradas de la vida, Sr. de Ponte! Yo sabía que la Nina se arrimaba a +la puerta de San Sebastián, por pescar algún ochavo... La necesidad es +terrible consejera. ¡Cuando la pobre Nina lo hacía!... Pero yo no supe +hasta hoy que anda emparejada con un moro ciego, y que de ahí le viene +su perdición.</p> + +<p>—¿Está usted seguro de lo que dice?</p> + +<p>—Lo he visto. A mamá no he querido decirle nada, porque no se disguste; +pero... ya estoy al tanto. En una redada que echaron los policías, +cogieron a Nina y al otro, y les zamparon en San Bernardino. De allí me +les empaquetaron para el Pardo, de donde me mandó Nina un papelito, +diciéndome que <i>haga un empeño</i> para que la suelten... Veréis lo que +hice esta mañana: alquilé una bicicleta y me fui al Pardo... Antes que +se me olvide: si sabe mi mujer que he paseado en bicicleta, tendremos +bronca en casa. Tú, Polidura, ten cuidado de no venderme: ya sabes cómo +las gasta Juliana... Pues sigo: me planté allá, y la vi: la pobre está +descalza y con los trapitos en jirones. Da pena verla. El moro es tan +celoso, ¡Dios! que cuando me oyó hablar con ella se puso frenético, y me +quiso pegar... '<i>Galán bunito</i>—decía—, <i>mí matar galán bunito</i>'. Por no +escandalizar, no le di un par de morradas...</p> + +<p>—Yo no creo que Benina, a sus años...—indicó Frasquito tímidamente.</p> + +<p>—¿Qué ha de hacer usted más que encontrar muy naturales los pinitos de +los ancianos?</p> + +<p>—En fin—dijo Polidura, arrojando todo el furor de su mirada sobre +Antonio—, haz por sacarla. Habrá que buscar un empeño en el Gobierno +civil.</p> + +<p>—Sí, sí... Gestionemos inmediatamente—propuso Ponte—. ¿Será todavía +Gobernador <i>Pepe Alcañices</i>?</p> + +<p>—¡Hombre, por Dios! ¿Quién dice? ¿El Duque de Sexto? Usted se empeña en +no pasar del año de <i>la Nanita</i>.</p> + +<p>—Si eso es del tiempo de la guerra de África, Sr. de Ponte, o poco +después—afirmó el de los caracoles—. Yo me acuerdo... cuando la unión +liberal... Era Ministro de la Gobernación D. José Posada Herrera. Yo +estaba en <i>La Iberia</i> con Calvo Asensio, Carlos Rubio y D. Práxedes... +Pues apenas ha llovido desde entonces...</p> + +<p>—Sea lo que quiera, señores—añadió Frasquito poniéndose en la realidad—, +hay que sacar a Nina...</p> + +<p>—Hay que sacarla.</p> + +<p>—Con su morito a rastras. Mañana mismo iré a ver a un amigo que tengo en +la Delegación... Pero no se olviden: tú, Polidura, ten cuidado y no +<i>metas la pata</i>... Si sabe Juliana que alquilé la bicicleta, ya tengo +<i>máquina</i> para un semestre.</p> + +<p>—¿Va usted a volver al Pardo?...</p> + +<p>—Puede. ¿Y usted, maneja el pedal?</p> + +<p>—No lo he probado. En todo caso, yo iría a caballo.</p> + +<p>—Anda, anda, y qué calladito se lo tenía. ¿Monta usted a la inglesa o a +la española?</p> + +<p>—Yo no sé... Sólo sé que monto bien. ¿Quiere usted verlo?</p> + +<p>—Hombre, sí... Vaya, una apuestita: si no se rompe usted la cabeza, pago +el alquiler del caballo.</p> + +<p>—Y si usted no se desnuca en la máquina, la pago yo.</p> + +<p>—Convenido. ¿Y tú, Polidura?</p> + +<p>—¿Yo?... en el coche de San Francisco.</p> + +<p>—Pues allá los tres. <i>Sus</i> convido a caracoles.</p> + +<p>—Yo convido a lo que quieran—dijo Frasquito levantándose—; y si +conseguimos traernos a Nina y al riffeño, convite general.</p> + +<p>—El <i>disloque</i>...».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXVI" id="XXXVI"></a><a href="#toc">XXXVI</a></h2> + + +<p>No se consolaba Doña Paca de la ausencia de Nina, ni aun viéndose +rodeada de sus hijos, que fueron a participar de su ventura, y a darle +parte principal de la que ellos saboreaban con la herencia. Con aquel +cambio de impresiones placenteras, fácilmente se transportaba el +espíritu de la buena señora al séptimo cielo, donde se le aparecían +risueños horizontes; pero no tardaba en caer en la realidad, sintiendo +el vacío por la falta de su compañera de trabajos. En vano la volandera +imaginación de Obdulia quería llevársela, cogida por los cabellos, a dar +volteretas en la región de lo ideal. Dejábase conducir Doña Francisca, +por su natural afición a estas correrías; pero pronto se volvía para +acá, dejando a la otra, desmelenada y jadeante, de nube en nube y de +cielo en cielo. Había propuesto la <i>niña</i> a su mamá vivir juntas, con el +decoro que su posición les permitía. <i>De hecho</i> se separaba de Luquitas, +señalándole una pensión para que viviera; tomarían un hotel con jardín; +se abonarían a dos o tres teatros; buscarían relaciones y amistades de +gente distinguida... «Hija, no te corras tanto, que aún no sabes lo que +te rentará tu mitad de la Almoraima; y aunque yo, por lo que recuerdo de +esa hermosa finca, calculo que no será un grano de anís, bueno es que +sepas qué tamaño ha de tener la sábana antes de estirar la pierna».</p> + +<p>Al decir esto, hablaba la viuda de Zapata con las ideas de la práctica +Nina, que se renovaban en su mente y en ella lucían como las estrellas +en el Cielo. Por de pronto, Obdulia dejó su casa de la calle de la +Cabeza, instalándose con su madre, movida del propósito de buscar pronto +vivienda mejor, nuevecita y en sitio alegre, hasta que llegara el día de +sentar sus reales en el hotel que ambicionaba. Aunque más moderada que +su hija en el prurito de grandezas, sin duda por el vapuleo con que la +domara la implacable experiencia, Doña Paca se iba también del seguro, y +creyéndose razonable, dejábase vencer de la tentación de adquirir +superfluidades dispendiosas. Se le había metido entre ceja y ceja la +compra de una buena lámpara para el comedor, y hasta que viese +satisfecho su capricho, no podía tener sosiego la pobre señora. El +maldito Polidura le proporcionó el <i>negocio</i>, encajándole un disforme +mamotreto, que apenas cabía en la casa, y que, colgado en su sitio, +tocaba en la mesa con sus colgajos de cristal. Como pronto habían de +tener casa de techos altos, esto no era inconveniente. También le hizo +adquirir el de los caracoles unos muebles chapeados de palosanto, y +algunas alfombras buenas, que tuvieron el acierto de no colocar, +extendiendo sólo retazos allí donde cabían, para darse el gusto de pisar +en blando.</p> + +<p>Obdulia no cesaba de dar pellizcos al tesoro de su mamá para adquirir +tiestos de bonitas plantas, en los próximos puestos de la Plazuela de +Santa Cruz, y en dos días puso la casa que daba gloria verla: los sucios +pasillos se trocaron en vergeles, y la sala en risueño pensil. En +previsión de la vida de hotel, adquirió también plantas decorativas de +gran tamaño, latanias, palmitos, <i>ficus</i> y helechos arborescentes. Veía +Doña Francisca con gozo la irrupción del reino vegetal en su triste +morada, y ante tanta belleza, sentía emociones propiamente infantiles, +como si al cabo de la vejez volviera a jugar con los nacimientos. +«¡Benditas sean las flores—decía, paseándose por sus encantados +jardines—, que dan alegría a las casas, y bendito sea Dios, que si no +nos permite disfrutar del campo, nos consiente, <i>por poco dinero</i>, que +traigamos el campo a casa!».</p> + +<p>Todo el día se lo pasaba Obdulia cuidando sus macetas, y tanto las +regaba, que en algún momento faltó poco para que se hiciera preciso +atravesar a nado el trayecto desde la salita al comedor. Ponte la +incitaba con sus ponderaciones y aspavientos a seguir comprando flores, +y a convertir su casa en Jardín Botánico, o poco menos. Por cierto que +el primero y segundo día de aquella vida nueva, tuvo que reñir Doña Paca +al buen Frasquito, porque siempre que salía se le olvidaba llevarle el +libro de cuentas que le había encargado. El galán manido se disculpaba +con la muchedumbre de sus ocupaciones, hasta que una tarde entró con +diversos paquetes de compras, y la dama rondeña vio entre estos el +libro, del cual se apoderó al instante con ganas de inaugurar en él la +cuenta y razón de un porvenir dichoso. «Pasaré en seguida todo lo que +tengo apuntado en este papelito—dijo—: lo que se trae de casa de Botín, +la araña, las alfombras, varias cosillas... medicamentos... en fin, +todito. Y ahora, hija mía, a ver cómo me das nota clara de tanta y tanta +flor, para apuntarlas <i>ce</i> por <i>be</i>, sin que se escape ni una hoja... Pon +mucho cuidado para que salga el balance... ¿Verdad, Frasquito, que tiene +que salir el balance?».</p> + +<p>Curiosa, como hembra, no pudo menos de guluzmear en los paquetes que +llevó Ponte. «¿A ver qué trae usted ahí? Mire que no he de permitirle +tirar el dinero. Veamos: un hongo claro... Bien, me parece muy bien. A +buen gusto nadie le gana. Botas altas... ¡Hombre, qué elegantes! Vaya un +pie: ya querrían muchas mujeres... Corbatas: dos, tres... Mira, Obdulia, +qué bonita esta verde con motas amarillas. Un cinturón que parece un +corsé—faja. Bueno debe de ser esto para evitar que crezca el vientre... +Y esto ¿qué es?... ¡Ah! espuelas. Pero Frasquito, por Dios, ¿para qué +quiere usted espuelas?</p> + +<p>—Ya... es que va a salir a caballo—dijo Obdulia gozosa—. ¿Pasará por +aquí? ¡Ay, qué pena no verle!... ¿Pero a quién se le ocurre vivir en +este cuartucho interior, sin un solo agujero a la calle?</p> + +<p>—Cállate, mujer, pediremos a la vecina, Doña Justa, la profesora de +partos, que nos permita pasar y asomarnos cuando el caballero nos ronde +la calle... ¡Ay, pobre Nina, cuánto se alegraría también de verle!».</p> + +<p>Explicó Ponte Delgado su inopinado renacer a la vida hípica, por el +compromiso en que se veía de ir al Pardo en excursión de recreo con +varios amigos, <i>de la mejor sociedad</i>. Él solo iba a caballo; los demás, +a pie o en bicicleta. De las distintas clases de <i>sport</i> o <i>deportes</i> +hablaron un rato con grande animación, hasta que les interrumpió la +entrada de Juliana, la mujer de Antonio, que desde la noticia de la +herencia frecuentaba el trato de su suegra y cuñada. Era mujer garbosa, +simpática, viva de genio, de tez blanca y magnífico pelo negro, peinado +con arte. Cubría su cuerpo con mantón alfombrado, y la cabeza con +pañuelo de seda de cuarteles chillones; calzaba preciosas botinas, y sus +bajos denotaban limpieza y un buen avío de ropa. «¿Pero esto es el +Retiro, o la Alameda de Osuna?—dijo al ver el enorme follaje de arbustos +y flores—. ¿A qué viene tanta <i>vegetación</i>?</p> + +<p>—Caprichos de Obdulia—replicó Doña Paca, que se sentía dominada por el +carácter, ya enérgico, ya bromista, de su graciosa nuera—. Esta +monomanía de hacer de mi casa un bosque, me está costando un dineral.</p> + +<p>—Doña Paca—le dijo su nuera cogiéndola sola en el comedor—, no sea usted +tan débil de natural, y déjese guiar por mí, que no he de engañarla. Si +hace caso de las bobadas de Obdulia, pronto se verá usted tan perdida +como antes, porque no hay pensión que baste cuando falta el arreglo. Yo +suprimiría el bosque y las fieras... dígolo por ese orangután mal +<i>pintao</i> que han traído ustedes a casa, y que deben poner en la calle +más pronto que la vista.</p> + +<p>—El pobre Ponte se va mañana a su casa de huéspedes.</p> + +<p>—Déjese llevar por mí, que entiendo del gobierno de una casa... Y no me +salga con la matraca del librito de llevar cuentas. La persona que tiene +el arreglo en su cabeza, no necesita apuntar nada. Yo no sé hacer un +número, y ya ve cómo me las compongo. Siga mi consejo: múdese a un +cuarto baratito, y viva como una pensionista de circunstancias, sin +echar humos ni ponerse a farolear. Haga lo que yo, que me estoy donde +estaba, y no dejaré mi trabajo hasta que no vea claro eso de la +herencia, y me entere de lo que da de sí el cortijo. Quítele a su hija +de la cabeza lo del hotel si no quieren verse por puertas, y tome una +criada que les guise, y ataje el chorro de dinero que se va todos los +días a la tienda de Botín».</p> + +<p>Conforme con estas ideas se mostraba Doña Francisca, asintiendo a todo, +sin atreverse a contradecirla ni a oponer una sola objeción a tan +juiciosos consejos. Sentíase oprimida bajo la autoridad que las ideas de +Juliana revelaban con sólo expresarse, y ni la ribeteadora se daba +cuenta de su influjo gobernante, ni la suegra de la pasividad con que se +sometía. Era el eterno predominio de la voluntad sobre el capricho, y de +la razón sobre la insensatez.</p> + +<p>«Esperando que vuelva Nina—indicó tímidamente la señora—, he pedido a +Botín...</p> + +<p>—No piense usted más en la Nina, Doña Paca, ni cuente con ella aunque +la encontremos, que ya lo voy dudando. Es muy buena, pero ya está +caduca, mayormente, y no le sirve a usted para nada. Además, ¿quién nos +dice que quiere volver, si sabemos que por su voluntad se ha ido? Le +gusta andar de pingo, y no hará usted carrera de ella como la prive de +estarse la mitad del día tomando medida a las calles».</p> + +<p>Para no perder ripio, insistió Juliana en la recomendación que ya había +hecho a su suegra de una buena criada para todo. Era su prima Hilaria, +joven, fuerte, limpia y hacendosa... y de fiel no se dijera. Ya vería +pronto la <i>diferiencia</i> entre la honradez de Hilaria y las rapiñas de +otras.</p> + +<p>«¡Ay!... Pero es muy buena la Nina—exclamó Doña Paca, rebulléndose bajo +las garras de la ribeteadora, para defender a su amiga.</p> + +<p>—Muy buena, sí, y debemos socorrerla... No faltaba más... darle de +comer... Pero créame, Doña Paca, no hará usted nada de provecho sin mi +prima. Y para que no dude más, y se quite quebraderos de cabeza, esta +misma tarde, anochecido, se la mando.</p> + +<p>—Bueno, hija, que venga, y se encargará de la casa... Y a propósito: +aquí hay una gallina asada que se va a perder. Ya me indigesta tanta +gallina. ¿Quieres llevártela?</p> + +<p>—¿Cómo no? Venga.</p> + +<p>—También quedaron cuatro chuletas. Ponte ha comido fuera.</p> + +<p>—Vengan.</p> + +<p>—¿Te lo mando con Hilaria?</p> + +<p>—No, que me lo llevo yo misma. Vamos a ver cómo me arreglo. Lo pongo +todo en un plato, y el plato en una servilleta... así; agarro mis cuatro +puntas...</p> + +<p>—¿Y este pedazo de pastel?... Es riquísimo.</p> + +<p>—Lo envuelvo en un periódico, y ¡hala, que es tarde! Y toda esta fruta, +¿para qué la quiere? Pues apenas ha traído manzanas y naranjas... Deme +acá... las pongo en mi pañuelo...</p> + +<p>—Vas a ir cargada como un burro.</p> + +<p>—No importa... ¡A lo que estamos, tuerta! Mañana vendré por aquí, a ver +cómo anda esto, y a decirle a usted lo que tiene que hacer... Pero, +cuidadito, que no salgamos con echarse en el surco y volver a las +andadas. Porque si mi señora suegra se tuerce en cuanto yo vuelva la +espalda, y empieza a derrochar y hacer disparates...</p> + +<p>—No, no, hija... ¡Qué cosas tienes!</p> + +<p>—Claro, que si se me dice tanto así, yo no me meto en nada. Con su pan +se lo coma, y cada palo aguante su vela. Pero yo quiero que usted tenga +<i>conduta</i> y no pase malos ratos, ni se vea, como hasta ahora, entre las +uñas de los usureros.</p> + +<p>—¡Ay, si cuanto dices es la pura razón! Tú sí que sabes, tú sí que +vales, Juliana. Cierto que tienes el geniecillo un poco fuerte; pero +¿quién no ha de alabártelo, si con ese <i>ten con ten</i> has domado a mi +Antonio? De un perdido has hecho un hombre de bien.</p> + +<p>—Porque no me achico; porque desde el primer día le administré el +bautismo de los cinco mandamientos; porque le chillo en cuanto le veo +cerdear un poco; porque le hago andar derecho como un huso, y me tiene +más miedo que los ladrones a la Guardia civil.</p> + +<p>—¡Y cómo te quiere!</p> + +<p>—Es natural. Se hace una querer del marido, enjaretándose los calzones +como me los enjareto yo... Así se gobiernan las casas chicas y las +grandes, señora, y el mundo.</p> + +<p>—¡Qué salero tienes!</p> + +<p>—Alguna sal me ha puesto Dios, sobre todo en la mollera. Ya lo irá usted +conociendo. Ea, que me marcho. Tengo que hacer en casa».</p> + +<p>Mientras esto hablaban suegra y nuera, en la salita Obdulia y Ponte +departían acerca de aquella, diciendo la <i>niña</i> que jamás perdonaría a +su hermano haber traído a la familia una persona tan ordinaria como +Juliana, que decía <i>diferiencia</i>, <i>petril</i> y otras barbaridades. No +harían nunca buenas migas. Al despedirse, Juliana dio besos a Obdulia, y +a Frasquito un apretón de manos, ofreciéndose a plancharle las +camisolas, al precio corriente, y a <i>volverle</i> la ropa, por lo mismo o +menos de lo que le llevaría el sastre más barato. Además, también sabía +ella cortar <i>para hombre</i>; y si quería probarlo, encargárale un traje, +que de fijo no saldría menos elegante que el que le hicieran los +cortadores de portal que a él le vestían. Toda la ropa de su Antonio se +la hacía ella, y que dijeran si andaba mal el chico... ¡a ver! Pues a su +tío Bonifacio le había hecho una americana que estrenó para ir al pueblo +(Cadalso de los Vidrios) el día del Santo, y tanto gustó allí la prenda, +que se la pidió prestada el alcalde para cortar otra por ella. Dio las +gracias Ponte, mostrándose escéptico, con galantería, en lo concerniente +a las aptitudes de las señoras para la confección de ropa masculina, y +la despidieron todos en la puerta, ayudándola a cargarse los diversos +bultos, atadijos y paquetes que gozosa llevaba.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXVII" id="XXXVII"></a><a href="#toc">XXXVII</a></h2> + + +<p>No queriendo ser Obdulia inferior a su cuñada, ni aparecer en la casa +con menos autoridad y mangoneo que la intrusa chulita, dijo a su madre +que no podrían arreglarse decorosamente con una criada <i>para todo</i>, y +pues Juliana impuso la cocinera, ella imponía la doncella... ¡así! +Discutieron un rato, y tales razones dio la niña en apoyo de la nueva +funcionaria, que no tuvo más remedio Doña Francisca que reconocer su +necesidad. Sí, sí: ¿cómo se habían de pasar sin doncella? Para +desempeñar cargo tan importante, había elegido ya Obdulia a una muchacha +finísima educada en el servicio de casas grandes, y que se hallaba libre +a la sazón, viviendo con la familia del dorador y adornista de la +Empresa fúnebre. Llamábase Daniela, era una preciosidad por la figura, y +un portento de actividad hacendosa. En fin, que Doña Paca, con tal +pintura, deseaba que fuese pronto la doncella fina para recrearse en el +servicio que le había de prestar.</p> + +<p>Por la noche llegó Hilaria, que se inauguró dando a Doña Francisca un +recado de Juliana, el cual parecía más bien una orden. Decía su prima +que no pensara la señora en hacer más compras, y que cuando notase la +falta de alguna cosa necesaria, le avisase a ella, que sabía como nadie +tratar el género, y <i>sacarlo</i> bueno y arreglado. Ítem: que reservase la +señora la mitad lo menos del dinero de la pensión, para ir desempeñando +las infinitas prendas de ropa y objetos diversos que estaban en +<i>Peñíscola</i>, dando la preferencia a las papeletas cuyo vencimiento +estuviese al caer, y así en pocos meses podría recobrar sin fin de cosas +de mucha utilidad. Celebró Doña Paca la feliz advertencia de Juliana, +que era la previsión misma, y ofreció seguirla puntualmente, o más bien +obedecerla. Como tenía la cabeza tan mareada, efecto de los inauditos +acontecimientos de aquellos días, de la ausencia de Benina, y ¿por qué +no decirlo? del olor de las flores que embalsamaban la casa, no le había +pasado por las mientes el revisar las resmas de papeletas que en varios +cartapacios guardaba como oro en paño. Pero ya lo haría, sí señora, ya +lo haría... y si Juliana quería encargarse de comisión tan fastidiosa +como el desempeñar, mejor que mejor. Contestó la nueva cocinera que lo +mismo servía ella para el caso que su prima, y acto continuo empezó a +disponer la cena, que fue muy del gusto de Doña Paca y de Obdulia.</p> + +<p>Al día siguiente se agregó a la familia la doncella; y tan necesarios +creían hija y madre sus servicios, que ambas se maravillaban de haber +vivido tanto tiempo sin echarlos de menos. El éxito de Daniela el primer +día fue, pues, tan franco y notorio como el de Hilaria. Todo lo hacía +bien, con arte y presteza, adivinando los gustos y deseos de las señoras +para satisfacerlos al instante. ¡Y qué buenos modos, qué dulce agrado, +qué humildad y ganas de complacer! Diríase que una y otra joven +trabajaban desafiadas y en competencia, apostando a cuál conquistaría +más pronto la voluntad de sus amas. Doña Francisca estaba en sus +glorias, y lo único que la afligía era la estrechez de la habitación, en +la cual las cuatro mujeres apenas podían revolverse.</p> + +<p>Juliana, la verdad sea dicha, no vio con buenos ojos la entrada de la +doncella, que maldita la falta que hacía; pero por no chocar tan pronto, +no dijo nada, reservándose el propósito de plantarla en la calle cuando +se consolidase un poco más el dominio que había empezado a ejercer. En +otras materias aconsejó y llevó a la práctica disposiciones tan +atinadas, que la misma Obdulia hubo de reconocerla como maestra en arte +de gobierno. Ocupábanse además en buscarles casa; pero con tales +condiciones de comodidad, ventilación y baratura la quería, que no era +fácil decidirse hasta no revolver bien todo Madrid. Claro es que +Frasquito ya se había ido con viento fresco a su casa de pupilos +(Concepción Jerónima, 37), y tan contento el hombre. No tenía Doña Paca +habitación para él, y aun acomodarle en el pasillo habría sido difícil, +por estar lleno de plantas tropicales y alpestres; además, no era +pertinente ni decoroso que un señor reputado por elegante y algo +calavera, viviese en compañía de cuatro mujeres solas, tres de las +cuales eran jóvenes y bonitas. Fiel a la estimación que a Doña Francisca +debía, la visitaba Ponte diariamente mañana y tarde, y un sábado anunció +para el siguiente domingo la excursión al Pardo, en que se proponía +reverdecer sus aficiones y habilidades caballerescas.</p> + +<p>¡Con qué placer y curiosidad salieron las cuatro al balcón prestado del +vecino para ver al jinete! Pasó muy gallardo y tieso en un caballote +grandísimo, y saludó y dio varias vueltas, parando el caballo y haciendo +mil monerías. Agitaba Obdulia su pañuelo, y Doña Paca, en la efusión de +su amistoso cariño, no pudo menos de gritarle desde arriba: «Por Dios, +Frasquito, tenga mucho cuidado con esa bestia, no vaya a tirarle al +suelo y a darnos un disgusto».</p> + +<p>Picó espuelas el diestro jinete, trotando hacia la calle de Toledo para +tomar la de Segovia y seguir por la Ronda hasta incorporarse con sus +amigos en la Puerta de San Vicente. Cuatro jóvenes de buen humor +formaban con Antonio Zapata la partida de ciclistas en aquella excursión +alegre, y en cuanto divisaron a Ponte y su gigantesca cabalgadura, +saludáronle con vítores y cuchufletas. Antes de partir en dirección a la +Puerta de Hierro, hablaron Frasquito y Zapata del asunto que +principalmente les reunía, diciendo este que al fin, con no pocas +dificultades, había conseguido la orden para que fuesen puestos en +libertad Benina y su moro. Partieron gozosos, y a lo largo de la +carretera empezó el <i>match</i> entre el jinete del caballo de carne y los +del de hierro, animándose y provocándose recíprocamente con alegres +voces e imprecaciones familiares. Uno de los ciclistas, que era campeón +laureado, iba y venía, adelantándose a los otros, y todos corrían más +veloces que el jamelgo de Frasquito, quien tenía buen cuidado de no +hacer locuras, manteniéndose en un paso y trote moderados.</p> + +<p>Nada les ocurrió en el viaje de ida. Reunidos allá con Polidura y otros +amigos pedestres, que habían salido con la fresca, almorzaron gozosos, +pagando por mitad, según convenio, Frasquito y Antonio; visitaron +rápidamente el recogimiento de pobres, sacaron a los cautivos, y a la +tarde se volvieron a Madrid, echando por delante a Benina y Almudena. No +quiso Dios que la vuelta fuese tan feliz como la ida, porque uno de los +ciclistas, llamado, y no por mal nombre, <i>Pedro Minio</i>, de la piel del +diablo, había empinado el codo más de la cuenta en el almuerzo, y dio en +hacer gracias con la máquina, metiéndose y sacándose por angosturas +peligrosas, hasta que en uno de aquellos pasos fue a estrellarse contra +un árbol, y se estropeó una mano y un pie, quedándose inutilizado para +continuar <i>pedaleando</i>. No pararon aquí las desdichas, y más acá de la +Puerta de Hierro, ya cerca de los Viveros, el corcel de Frasquito, que +sin duda estaba ya cargado del vertiginoso girar con que las bicicletas +pasaban y repasaban delante de sus ojos, sintiéndose además mal +gobernado, quiso emanciparse de un jinete ridículo y fastidioso. Pasaron +unas carretas de bueyes con carga de retama y carrasca para los hornos +de Madrid, y ya fuera que se espantase el jaco, ya que fingiera el +espanto, ello es que empezó a dar botes y más botes, hasta que logró +despedir hacia las nubes a su elegante caballero. Cayó el pobre Ponte +como un saco medio vacío, y en el suelo se quedó inmóvil, hasta que +acudieron sus amigos a levantarle. Herida no tenía, y por fortuna +tampoco sufrió golpe de cuidado en la cabeza, porque conservaba su +conocimiento, y en cuanto le pusieron en pie empezó a dar voces, rojo +como un pavo, apostrofando al carretero que, según él, había tenido la +culpa del <i>siniestro</i>. Aprovechando la confusión, el caballo, ansioso de +libertad, escapó desbocado hacia Madrid, sin dejarse coger de los +transeúntes que lo intentaron, y en pocos minutos Zapata y sus amigos le +perdieron de vista.</p> + +<p>Ya habían traspuesto Benina y Almudena, en su tarda andadura, la línea +de los Viveros, cuando la anciana vio pasar veloz como el viento, el +jamelgo de Ponte, y comprendió lo que había pasado. Ya se lo temía ella, +porque no estaba Frasquito para tales bromas, ni su edad le consentía +tan ridículos alardes de presunción. Mas no quiso detenerse a saber lo +cierto del lance, porque anhelaba llegar pronto a Madrid para que +descansase Almudena, que sufría de calenturas y se hallaba extenuado. +Paso a paso avanzaron en su camino, y en la Puerta de San Vicente, ya +cerca de anochecido, sentáronse a descansar, esperando ver pasar a los +expedicionarios con la víctima en una parihuela. Pero no viéndoles en +más de media hora que allí estuvieron, continuaron su camino por la +Virgen del Puerto, con ánimo de subir a la calle Imperial por la de +Segovia. En lastimoso estado iban los dos: Benina descalza, desgarrada y +sucia la negra ropa; el moro envejecido, la cara verde y macilenta; uno +y otro revelando en sus demacrados rostros el hambre que habían +padecido, la opresión y tristeza del forzado encierro en lo que más +parece mazmorra que hospicio.</p> + +<p>No podía apartar la Nina de su pensamiento la imagen de Doña Paca, ni +cesaba de figurarse, ya de un modo, ya de otro, el acogimiento que en su +casa tendría. A ratos esperaba ser recibida con júbilo; a ratos temía +encontrar a Doña Francisca furiosa por el aquel de haber ella pedido +limosna, y, sobre todo, por andar con un moro. Pero nada ponía tanta +confusión y barullo en su mente como la idea de las novedades que había +de encontrar en la familia, según Antonio con vagas referencias le +dijera al salir del Pardo. ¡Doña Paca, y él, y Obdulia eran ricos! +¿Cómo? Ello fue cosa súbita, traída de la noche a la mañana por D. +Romualdo... ¡Vaya con Don Romualdo! Le había inventado ella, y de los +senos obscuros de la invención salía persona de verdad, haciendo +milagros, trayendo riquezas, y convirtiendo en realidades los soñados +dones del Rey <i>Samdai</i> ¡Quia! Esto no podía ser. Nina desconfiaba, +creyendo que todo era broma del guasón de Antoñito, y que en vez de +encontrar a Doña Francisca nadando en la abundancia, la encontraría +ahogándose, como siempre, en un mar de trampas y miserias.</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXVIII" id="XXXVIII"></a><a href="#toc">XXXVIII</a></h2> + + +<p>Temblorosa llegó a la calle Imperial, y habiendo mandado al moro que se +arrimara a la pared y la esperase allí, mientras ella subía y se +enteraba de si podía o no alojarle en la que fue su casa, le dijo +Almudena: «No <i>bandonar</i> tú mí, <i>amri</i>.</p> + +<p>—¿Pero estás loco? ¿Abandonarte yo ahora que estás malito, y los dos +andamos tan de capa caída? No pienses tal desatino, y aguárdame. Te +pondré ahí enfrente, a la entrada de la calle de la Lechuga.</p> + +<p>—¿No <i>n'gañar</i> tú mí? ¿<i>Golver</i> ti <i>pronta</i>?</p> + +<p>—En seguidita que vea lo que ocurre por arriba, y si está de buen temple +mi Doña Paca».</p> + +<p>Subió Nina sin aliento, y con gran ansiedad tiró de la campanilla. +Primera sorpresa: le abrió la puerta una mujer desconocida, jovenzuela, +de tipito elegante, con su delantal muy pulcro. Benina creía soñar. Sin +duda los demonios habían levantado en peso la casa para cargar con ella, +dejando en su lugar otra que parecía la misma y era muy diferente. Entró +la prófuga sin preguntar, con no poco asombro de Daniela, que al pronto +no la conoció. ¿Pero qué significaban, qué eran, de dónde habían salido +aquellos jardines, que formaban como alameda de preciosos arbustos desde +la puerta, en todo lo largo del pasillo? Benina se restregaba los ojos, +creyendo hallarse aún bajo la acción de las estúpidas somnolencias del +Pardo, en las fétidas y asfixiantes cuadras. No, no; no era aquella su +casa, no podía ser, y lo confirmaba la aparición de otra figura +desconocida, como de cocinera fina, bien puesta, de semblante +altanero... Y mirando al comedor, cuya puerta al extremo del pasillo se +abría, vio... ¡Santo Dios, qué maravilla, qué cosa...! ¿Era sueño? No, +no, que bien segura estaba de verlo con los ojos corporales. Encima de +la mesa, pero sin tocar a ella, como suspendido en el aire, había <i>un +montón</i> de piedras preciosas, con diferentes brillos, luces y matices, +encarnadas unas, azules o verdes otras. ¡Jesús, qué preciosidad! ¿Acaso +Doña Paca, más hábil que ella, había efectuado el conjuro del rey +<i>Samdai</i>, pidiéndole y obteniendo de él las carretadas de diamantes y +zafiros? Antes de que pudiera comprender que todo aquel centellear de +vidrios procedía de los colgajos de la lámpara del comedor, iluminados +por una vela que acababa de encender Doña Paca para revisar los +cuchillos que de la casa de préstamos acababa de traerle Juliana, +apareció esta en la puerta del comedor, y cortando el paso a la pobre +vieja, le dijo entre risueña y desabrida:</p> + +<p>—«Hola, Nina, ¿tú por aquí? ¿Has parecido ya? Creímos que te habías ido +al Congo... No pases, no entres; quédate ahí, que nos vas a poner +perdidos los suelos, lavados de esta tarde... ¡Bonita vienes!... Quita +allá esas patas, mujer, que manchas los baldosines...</p> + +<p>—¿En dónde está la señora?—dijo Nina, volviendo a mirar los diamantes y +esmeraldas, y dudando ya que fueran efectivos.</p> + +<p>—La señora está aquí... Pero te dice que no pases, porque vendrás llena +de miseria...».</p> + +<p>En aquel momento apareció por otro lado la señorita Obdulia, chillando: +«Nina, bien venida seas; pero antes de que entres en casa, hay que +fumigarte y ponerte en la colada... No, no te arrimes a mí. ¡Tantos días +entre pobres inmundos!... ¿Ves qué bonito está todo?».</p> + +<p>Avanzó Juliana hacia ella sonriendo; pero al través de la sonrisa, hubo +de vislumbrar Nina la autoridad que la ribeteadora había sabido +conquistar allí, y se dijo: «Esta es la que ahora manda. Bien se le +conoce el despotismo». A las arrogancias revestidas de benevolencia con +que la acogió la tirana, respondió Nina que no se iría sin ver a su +señora.</p> + +<p>«Mujer, entra, entra—murmuró desde el fondo del comedor, con voz ahogada +por los sollozos la señora Doña Francisca Juárez.</p> + +<p>Manteniéndose en la puerta, le contestó Benina con voz entera: «Aquí +estoy, señora, y como dicen que mancho los baldosines, no quiero pasar; +digo que no paso... Me han sucedido cosas que no le quiero contar por no +afligirla... Lleváronme presa, he pasado hambres... he padecido +vergüenzas, malos tratos... Yo no hacía más que pensar en la señora, y +en si tendría también hambre, y si estaría desamparada.</p> + +<p>—No, no, Nina: desde que te fuiste, ¡mira qué casualidad! entró la +suerte en mi casa... Parece un milagro, ¿verdad? ¿Te acuerdas de lo que +hablábamos, aburriditas en esta soledad, ¡ay! en aquellas noches de +miseria y sufrimientos? Pues el milagro es una verdad, hija, y ya puedes +comprender que nos lo ha hecho tu Don Romualdo, ese bendito, ese +arcángel, que en su modestia no quiere confesar los beneficios que tú y +yo le debemos... y niega sus méritos y virtudes... y dice que no tiene +por sobrina a Doña Patros... y que no le han propuesto para Obispo... +Pero es él, es él, porque no puede haber otro, no, no puede haberlo, que +realice estas maravillas».</p> + +<p>Nina no contestó sílaba, y arrimándose a la puerta, sollozaba.</p> + +<p>«Yo de buena gana te recibiría otra vez aquí—afirmó Doña Francisca, a +cuyo lado, en la sombra, se puso Juliana, sugiriéndole por lo bajo lo +que había de decir—; pero no cabemos en casa, y estamos aquí muy +incómodas... Ya sabes que te quiero, que tu compañía me agrada más que +ninguna... pero... ya ves... Mañana estaremos de mudanza, y se te hará +un hueco en la nueva casa... ¿Qué dices? ¿Tienes algo que decirme? Hija, +no te quejarás: ten presente que te fuiste de mala manera, dejándome sin +una miga de pan en casa, sola, abandonada... ¡Vaya con la Nina! +Francamente, tu conducta merece que yo sea un poquito severa contigo... +Y para que todo hable en contra tuya, olvidaste los sanos principios que +siempre te enseñé, largándote por esos mundos en compañía de un +morazo... Sabe Dios qué casta de pájaro será ese, y con qué sortilegios +habrá conseguido hacerte olvidar las buenas costumbres. Dime, +confiésamelo todo: ¿le has dejado ya?</p> + +<p>—No, señora.</p> + +<p>—¿Le has traído contigo?</p> + +<p>—Sí, señora. Abajo está esperándome.</p> + +<p>—Como eres así, capaz te creo de todo... ¡hasta de traérmele a casa!</p> + +<p>—A casa le traía, porque está enfermo, y no le voy a dejar en medio de +la calle—replicó Benina con firme acento.</p> + +<p>—Ya sé que eres buena, y que a veces tu bondad te ciega y no miras por +el decoro.</p> + +<p>—Nada tiene que ver el decoro con esto, ni yo falto porque vaya con +Almudena, que es un pobrecito. Él me quiere a mí... y yo le miro como un +hijo».</p> + +<p>La ingenuidad con que expresaba Nina su pensamiento no llegó a penetrar +en el alma de Doña Paca, que sin moverse de su asiento, y con los +cuchillos en la falda, prosiguió diciéndole:</p> + +<p>«No hay otra como tú para componer las cosas, y retocar tus faltas hasta +conseguir que parezcan perfecciones; pero yo te quiero, Nina; reconozco +tus buenas cualidades, y no te abandonaré nunca.</p> + +<p>—Gracias, señora, muchas gracias.</p> + +<p>—No te faltará qué comer, ni cama en qué dormir. Me has servido, me has +acompañado, me has sostenido en mi adversidad. Eres buena, buenísima; +pero no abuses, hija; no me digas que venías a casa con el moro <i>de los +dátiles</i>, porque creeré que te has vuelto loca.</p> + +<p>—A casa le traía, sí, señora, como traje a Frasquito Ponte, por +caridad... Si hubo misericordia con el otro, ¿por qué no ha de haberla +con este? ¿O es que la caridad es una para el caballero de levita, y +otra para el pobre desnudo? Yo no lo entiendo así, yo no distingo... Por +eso le traía; y si a él no le admite, será lo mismo que si a mí no me +admitiera.</p> + +<p>—A ti siempre... digo, siempre no... quiero decir... es que no tenemos +hueco en casa... Somos cuatro mujeres, ya ves... ¿Volverás mañana? +Coloca a ese desdichado en una buena fonda... no, ¡qué disparate! en el +Hospital... No tienes más que dirigirte a D. Romualdo... Dile de mi +parte que yo le recomiendo... que lo mire como cosa mía... ¡ay, no sé lo +que digo!... como cosa tuya, y tan tuya... En fin, hija, tú verás... +Puede que os alberguen en la casa del Sr. de Cedrón, que debe ser muy +grande... tú me has dicho que es un casetón enorme que parece un +convento... Yo, bien lo sabes, como criatura imperfecta, no tengo la +virtud en el grado heroico que se necesita para alternar con la +pobretería sucia y apestosa... No, hija, no: es cuestión de estómago y +de nervios... De asco me moriría, bien lo sabes. ¡Pues digo, con la +miseria que traerás sobre ti!... Yo te quiero, Nina; pero ya conoces mi +estómago... Veo una mota en la comida, y ya me revuelvo toda, y estoy +mala tres días... Llévate tu ropa, si quieres mudarte... Juliana te dará +lo que necesites... ¿Oyes lo que te digo? ¿Por qué callas? Ya, ya te +entiendo. Te haces la humilde para disimular mejor tu soberbia... Todo +te lo perdono; ya sabes que te quiero, que soy buena para ti... En fin, +tú me conoces... ¿Qué dices?</p> + +<p>—Nada, señora, no he dicho nada, ni tengo nada que decir—murmuró Nina +entre dos suspiros hondos—. Quédese con Dios.</p> + +<p>—Pero no te irás enojada conmigo—añadió con trémula voz Doña Paca, +siguiéndola a distancia en su lenta marcha por el pasillo.</p> + +<p>—No, señora... ya sabe que yo no me enfado...—replicó la anciana +mirándola más compasiva que enojada—. Adiós, adiós».</p> + +<p>Obdulia condujo a su madre al comedor diciéndole: «¡Pobre Nina!... Se +va. Pues mira, a mí me habría gustado ver a ese moro Muza y hablar con +él... ¡Esta Juliana, que en todo quiere meterse!...».</p> + +<p>Atontada por crueles dudas que desconcertaban su espíritu, Doña +Francisca no pudo expresar ninguna idea, y siguió revisando los +cubiertos desempeñados. En tanto, Juliana, conduciendo a la Nina hasta +la puerta con suave opresión de su mano en la espalda de la mendiga, la +despidió con estas afectuosas palabras: «No se apure, <i>señá</i> Benina, que +nada ha de faltarle... Le perdono el duro que le presté la semana +pasada, ¿no se acuerda?</p> + +<p>—Señora Juliana, sí que me acuerdo. Gracias.</p> + +<p>—Pues bien: tome además este otro duro para que se acomode esta noche... +Váyase mañana por casa, que allí encontrará su ropa...</p> + +<p>—Señora Juliana, Dios se lo pague.</p> + +<p>—En ninguna parte estará usted mejor que en la <i>Misericordia</i>, y si +quiere, yo misma le hablaré a D. Romualdo, si a usted le da vergüenza. +Doña Paca y yo la recomendaremos... Porque mi señora madre política ha +puesto en mí toda su confianza, y me ha dado su dinero para que se lo +guarde... y le gobierne la casa, y le <i>suministre</i> cuanto pueda +necesitar. Mucho tiene que agradecer a Dios por haber caído en estas +manos...</p> + +<p>—Buenas manos son, señora Juliana.</p> + +<p>—Vaya por casa, y le diré lo que tiene que hacer.</p> + +<p>—Puede que yo lo sepa sin necesidad de que usted me lo diga.</p> + +<p>—Eso usted verá... Si no quiere ir por casa...</p> + +<p>—Iré.</p> + +<p>—Pues, <i>señá</i> Benina, hasta mañana.</p> + +<p>—Señora Juliana, servidora de usted».</p> + +<p>Bajó de prisa los gastados escalones, ansiosa de verse pronto en la +calle. Cuando llegó junto al ciego, que en lugar próximo le esperaba, la +pena inmensa que oprimía el corazón de la pobre anciana reventó en un +llorar ardiente, angustioso, y golpeándose la frente con el puño +cerrado, exclamó: «¡Ingrata, ingrata, ingrata!</p> + +<p>—No <i>yorar</i> ti, <i>amri</i>—le dijo el ciego cariñoso, con habla sollozante—. +Señora tuya mala ser, tú <i>ángela</i>.</p> + +<p>—¡Qué ingratitud, Señor!... ¡Oh mundo... oh miseria!... Afrenta de Dios +es hacer bien...</p> + +<p>—<i>Dir</i> nosotros <i>luejos</i>... <i>dirnos</i>, <i>amri</i>... <i>Dispreciar</i> ti <i>mondo</i> +malo.</p> + +<p>—Dios ve los corazones de todos; el mío también lo ve... Véalo, Señor de +los cielos y la tierra, véalo pronto».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XXXIX" id="XXXIX"></a><a href="#toc">XXXIX</a></h2> + + +<p>Dicho lo que antecede, se limpió las lágrimas con mano temblorosa, y +pensó en tomar las resoluciones de orden práctico que las circunstancias +exigían.</p> + +<p>«<i>Dirnos</i>, <i>dirnos</i>—replicó Almudena cogiéndola del brazo.</p> + +<p>—¿A dónde?—dijo Nina con aturdimiento—. ¡Ah! lo primero a casa de D. +Romualdo».</p> + +<p>Y al pronunciar este nombre se quedó un instante lela, enteramente +idiota.</p> + +<p>—«<i>R'maldo</i> mentira—declaró el ciego.</p> + +<p>—Sí, sí, invención mía fue. El que ha llevado tantas riquezas a la +señora será otro, algún D. Romualdo de pega... hechura del demonio... +No, no, el de pega es el mío... No sé, no sé. Vámonos, Almudena. +Pensemos en que tú estás malo, que necesitas pasar la noche bien +abrigadito. La <i>señá</i> Juliana, que es la que ahora corta el queso en la +casa de mi señora, y todo lo suministra... en buen hora sea... me ha +dado este duro. Te llevaré a los palacios de Bernarda, y mañana +veremos.</p> + +<p>—Mañana, <i>dir</i> nosotros <i>Hierusalaim</i>.</p> + +<p>—¿A dónde has dicho? ¿A Jerusalén? ¿Y dónde está eso? ¡Vaya, que querer +llevarme a ese punto, como si fuera, un suponer, Jetafe o Carabanchel de +Abajo!</p> + +<p>—<i>Luejos</i>, <i>luejos</i>... tú casar <i>migo</i> y ser <i>tigo migo</i> uno. <i>Dirnos</i> +Marsella por caminos pidiendo... En Marsella <i>vapora</i>... pim, pam... +Jaffa... <i>¡Hierusalaim!</i>... Casarnos por <i>arreligión</i> tuya, por +<i>arreligión</i> mía... <i>quierer</i> tú... <i>Veder</i> tú <i>sepolcro</i>; entrar +tú <i>S'nagoga</i> rezar <i>Adonai</i>...</p> + +<p>—Espérate, hijo, ten un poco de calma, y no me marees con las +invenciones de tu cabeza <i>deliriosa</i>. Lo primero es que te pongas bueno.</p> + +<p>—Mí estar bueno... mí no <i>c'lentura</i> ya... mí <i>contentada</i>. Tú <i>viener +migo</i> siempre, por <i>mondo</i> grande, <i>caminas mochas</i>, <i>libertanza</i>, mar, +<i>terra</i>, <i>legría mocha</i>...</p> + +<p>—Muy bonito; pero ahora caigo en la cuenta de que tú y yo tenemos +hambre, y entraremos a cenar en cualquier taberna. Si te parece, aquí en +la Cava Baja...</p> + +<p>—<i>Onde quierer</i> tú, yo <i>quierer</i>...».</p> + +<p>Cenaron con relativo contento, y Almudena no cesaba de ponderar las +delicias de irse juntitos a Jerusalén, pidiendo limosna por tierra y por +mar, sin prisa, sin cuidados. Tardarían meses, medio año quizás; pero al +fin darían con sus cuerpos en la Palestina, aunque la emprendiesen por +la vía terrestre hasta Constantinopla. ¡Pues no había pocos países +bonitos que recorrer! Objetaba Nina que ella tenía ya los huesos duros +para correría tan larga, y el africano, no sabiendo ya cómo convencerla, +le decía: «<i>Ispania terra n'gratituda</i>... <i>Correr luejos</i>, <i>juyando de +n'gratos</i> ellos».</p> + +<p>En cuanto cenaron se recogieron en casa de Bernarda, dormitorios de +abajo, a dos reales cama. Muy tranquilo estuvo Almudena toda la noche, +sin poder coger el sueño, delirando con el viajecito a Jerusalén; y +Benina, por ver de calmarle, mostrábase dispuesta a emprender tan larga +peregrinación. Inquieto y dolorido, cual si la cama fuera de zarzas +punzadoras, Mordejai no hacía más que volverse de un lado para otro, +quejándose de ardores en la piel y de picazones molestísimas, las cuales +no eran motivadas, dicha sea la verdad, por cosa alguna tocante a la +miseria que se combate con polvos insecticidas. Ello provenía quizás de +un extraño giro que la fiebre tomaba, y que se manifestó a la mañana +siguiente en un rojo sarpullo en brazos y piernas. El infeliz se rascaba +con desesperación, y Benina le llevó a la calle, con la esperanza de que +el aire libre y el ejercicio le servirían de alivio. Después de vagar +pidiendo, por no perder la costumbre, fueron a la calle de San Carlos, y +subió Benina a ver a Juliana, que allí le tenía su ropa, y se la dio en +un lío, diciéndole que mientras gestionaban para que fuese recogida en +la <i>Misericordia</i>, se albergara en cualquier casa barata, con o sin el +<i>hombre</i>, aunque mejor le estaba, para su decoro, dejarse de compañía y +tratos tan indecentes. Añadió que en cuanto se limpiara bien de toda la +inmundicia que había traído del Pardo, podía ir a visitar a Doña Paca, +que gozosa la recibiría; pero que no pensase en volver a su lado, porque +los hijos se oponían a ello, atentos a que su mamá estuviese bien +servida, y <i>suministrada</i> con regularidad. Con todo se mostró conforme +la buena mujer, que en ello veía una voluntad superior incontrastable.</p> + +<p>No era mala persona Juliana; dominante, eso sí, ávida de mostrar las +grandes dotes de gobierno que le había dado Dios, mujer que no soltaba a +dos tirones la presa caída en sus manos. Pero no carecía de amor al +prójimo, se compadecía de Benina, y habiéndole dicho esta que el moro la +esperaba en la calle, quiso verle y juzgarle por sus propios ojos. Que +la traza del pobre africano le pareció lastimosa, se conoció en el gesto +que hizo, en la cara que puso, y en el acento con que dijo: «Ya le +conocía yo a este, de verle pedir en la calle del Duque de Alba. Es buen +punto, y muy enamorado. ¿Verdad, Sr. Almudena, que le gustan a usted las +chicas?</p> + +<p>—Gustar mí <i>B'nina</i>, <i>amri</i>...</p> + +<p>—Ajajá... Pobre Benina, ¡no se le ha sentado mala mosca! Si lo hace por +caridad, de veras digo que es usted una santa.</p> + +<p>—El pobrecito está enfermo, y no puede valerse».</p> + +<p>Y como el morito, acometido de violentísimas picazones en brazos y +pecho, hiciera garras de sus dedos para rascarse con gana, la +ribeteadora se acercó para mirarle los brazos, que había desnudado de la +manga. «Lo que tiene este hombre—dijo con espanto—es lepra... ¡Jesús, +qué lepra, <i>seña</i> Benina! He visto otro caso: un pobre, del Moro +también, mendigo él, de Orán él, que pedía en Puerta Cerrada, junto al +taller de mi padrastro. Y se puso tan perdido, que no había cristiano +que se le acercara, y ni en los santos Hospitales le querían recibir...</p> + +<p>«Picar, picar <i>mocha</i>—era lo único que Almudena decía, pasando las uñas +desde el hombro a la mano, como se pasaría un peine por la madeja.</p> + +<p>Disimulando su asco, por no lastimar a la infeliz pareja, Juliana dijo a +Nina: «¡Pues no le ha caído a usted mala incumbencia con este tipo! Mire +que esa sarna se pega. Buena se va usted a poner, sí señora; buena, +bonita y barata... O es usted más boba que el que asó la manteca, o no +sé lo que es usted».</p> + +<p>Con miradas no más expresó Nina su lástima del pobre ciego, su decisión +de no abandonarle, y su conformidad con todas las calamidades que +quisiera enviarle Dios. Y en esto, Antonio Zapata, que a su casa volvía, +vio a su mujer en el grupo; llegose a ella presuroso, y enterado de lo +que hablaban, aconsejó a Benina que llevara al moro a la consulta de +enfermedades dermatológicas en San Juan de Dios.</p> + +<p>«Más cuenta le tiene—afirmó Juliana—mandarle para su tierra.</p> + +<p>—<i>Luejos</i>, <i>luejos</i>—dijo Almudena—. <i>Dir</i> nos <i>Hierusalaim</i>.</p> + +<p>—No está mal. 'De Madrid a Jerusalén, o la familia del tío Maroma...'. +Bueno, bueno. A otra cosa, mujercita mía, no pegues y escucha. No he +podido hacer tus encargos, porque... te digo que no pegues.</p> + +<p>—Porque te has ido al billar, granuja... Sube, sube, y ajustaremos +cuentas.</p> + +<p>—No subo porque tengo que volver a los carros de pateta.</p> + +<p>—¿Qué dices, granuja?</p> + +<p>—Que no va el carro grande por menos de cuarenta reales, y como me +mandaste que no pasase de treinta...</p> + +<p>—Tendré yo que verlo. Estos hombres no sirven mas que de estorbo, +¿verdad, Nina?</p> + +<p>—Verdad. ¿Y qué es? ¿Se muda la señora?</p> + +<p>—Sí, mujer; pero ya no podrá ser hasta mañana, porque este marido tonto +que me ha dado Dios, salió antes de las ocho a tomar la casa y avisar el +carro, y ya ve usted a qué hora se descuelga por aquí, con todo ese +cuajo, sin haber hecho nada.</p> + +<p>—Bastante he corrido, chica: A las nueve entraba yo en casa de mamá con +el contrato para que lo firmara. Ya ves si ganábamos tiempo. ¿Pero tú +sabes el que he perdido con Frasquito Ponte, que nos ha dado una tabarra +tremenda? Como que tuvimos que llevarle a su casa Polidura y yo con +grandísimo trabajo. ¡Dios, cómo está el hombre, y qué barullo tiene en +la cabeza desde el batacazo de ayer!».</p> + +<p>Igualmente interesadas Benina y Juliana en la buena o mala suerte del +hijo de Algeciras, oyeron atentas lo que Antonio les refirió de las +consecuencias funestísimas de la caída del jinete en el camino del +Pardo. Cuando le vieron en tierra, despedido por el jaco, pensaron todos +que en aquel crítico instante había terminado la existencia mortal del +pobre caballero. Pero al levantarle, recobró Frasquito, como quien +resucita, el movimiento y la palabra, y asegurando no haber recibido +golpe en la cabeza, que era lo más delicado, y palpándose en distintas +partes del cráneo, les dijo: «Nada, nada, señores, tóquenme y no +hallarán el más ligero chichón». De brazos y piernas, si al principio +pareció haber salido con suerte, pues hueso roto seguramente no tenía, a +poco de echar a andar cojeaba horrorosamente de la pierna izquierda, +efecto, sin duda, del violento choque contra el suelo. Pero lo más +extraño fue que, al ser puesto en pie, rompió en una charla incoherente, +impetuosa, roja la cara como un tomate, vibrante y entrecortada la +lengua. Lleváronle a su casa en coche, creyendo que un reposo absoluto +le restablecería; frotáronle todo el cuerpo con árnica, le acostaron, se +fueron... Pero el maldito, según les dijo después la patrona, no bien se +quedó solo, vistiose precipitadamente, y echándose a la calle se fue a +casa de Boto, y allí estuvo hasta muy tarde, <i>metiéndose con todo el +mundo</i>, y provocando con destempladas insolencias a los pacíficos +parroquianos. Tan contrario era esto al natural plácido de Frasquito, y +a su timidez y buena educación, que seguramente había perturbación +cerebral grave, por causa del batacazo. No se sabe dónde pasó el resto +de la noche: se cree que estuvo alborotando en las calles de Mediodía +Grande y Chica. Ello es que a poco de llegar Antonio y Polidura a la +casa de Doña Francisca, entró Frasquito muy alborotado, el rostro +encendido, brillantes los ojos, y con gran sorpresa y consternación de +las señoras, empezó a soltar de su boca, un poco torcida, atroces +disparates. Combinando la maña con la fuerza, pudieron sacarle de allí y +volverle a su casa, donde le dejaron, encargando a la patrona que le +sujetara si podía, y que hiciera por darle de comer. Entre otras +tenacidades monomaniacas, tenía la de que su honor le demandaba pedir +explicaciones al moro por el inaudito agravio de suponer, de afirmar en +público que él, Frasquito, hacía la corte a Benina. Más de veinte veces +se arrancó hacia la calle de Mediodía Grande, procurando ver al Sr. de +Almudena, decidido a entregarle su tarjeta; pero el africano escurría el +bulto y no se dejaba ver por ninguna parte. Claro: se había ido a su +tierra, huyendo de la furia de Ponte... pero él estaba decidido a no +parar hasta descubrirle, y obligarle a cumplir como caballero, aunque se +escondiese en el último rincón del Atlas.</p> + +<p>«Si <i>venier</i> mí <i>galán bunito</i>—dijo el moro riendo tan estrepitosamente, +que los extremos de su boca se le enganchaban en las orejas—, dar mí él +<i>patás mochas</i>.</p> + +<p>—¡Pobre D. Frasquito... cuitado, alma de Dios!—exclamó Nina cruzando las +manos—. Yo me temía que parara en esto...</p> + +<p>—¡Valiente estantigua!—dijo la Juliana—. ¿Y a nosotros qué nos importa +que ese viejo pintado se chifle o no se chifle? ¿Sabéis lo que os digo? +Pues que todo eso proviene de las drogas que se pone en la cara, lo cual +que son venenosas y atacan al sentido. Ea, no perdamos el tiempo. +Antonio, vuélvete a la calle Imperial, diles que preparen todo, y yo iré +<i>al carro</i> a ver si lo arreglo para esta tarde. Nina, vete con Dios, y +cuidado no se te pegue... ¿sabes? ¡Ay, hija, se te pegará, por mucho +aseo que tengas! ¿Ves? ya empiezas a sufrir las consecuencias del mal +paso... por no hacer caso de mí. Doña Paca me dijo que te permitiera ir +allá. Quiere verte: ¡pobre señora! Yo le di mi conformidad, y hoy +pensaba llevarte conmigo... pero ya no me atrevo, hija, ya no me atrevo. +Habiendo de por medio esta pestilencia, no puedes rozarte... Yo había +determinado que fueras todos los días a recoger la comida sobrante en +casa de la que fue tu ama.</p> + +<p>—¿Y ya no...?</p> + +<p>—Sí, sí: la comida es tuya... pero... verás lo que debes hacer... te +llegas al portal a la hora que yo te fije, y mi prima Hilaria te la +bajará y te la dará... acercándose a ti lo menos que pueda... Ya +comprendes... cada una tiene su escrúpulo... No todos los estómagos son +como el tuyo, Nina, a prueba de bomba... con que...</p> + +<p>—Comprendo... señora Juliana. Quédese con Dios».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="XL" id="XL"></a><a href="#toc">XL</a></h2> + + +<p>Las adversidades se estrellaban ya en el corazón de Benina, como las +vagas olas en el robusto cantil. Rompíanse con estruendo, se quebraban, +se deshacían en blancas espumas, y nada más. Rechazada por la familia +que había sustentado en días tristísimos de miseria y dolores sin +cuento, no tardó en rehacerse de la profunda turbación que ingratitud +tan notoria le produjo; su conciencia le dio inefables consuelos: miró +la vida desde la altura en que su desprecio de la humana vanidad la +ponía; vio en ridícula pequeñez a los seres que la rodeaban, y su +espíritu se hizo fuerte y grande. Había alcanzado glorioso triunfo; +sentíase victoriosa, después de haber perdido la batalla en el terreno +material. Mas las satisfacciones íntimas de la victoria no la privaron +de su don de gobierno, y atenta a las cosas materiales, acudió, al poco +rato de apartarse de Juliana, a resolver lo más urgente en lo que a la +vida corporal de ambos se refería. Era indispensable buscar albergue; +después trataría de curar a Mordejai de su sarna o lo que fuese, pues +abandonarle en tan lastimoso estado no lo haría por nada de este mundo, +aunque ella se viera contagiada del asqueroso mal. Dirigiose con él a +Santa Casilda, y hallando desocupado el cuartito que antes ocupó el moro +con la Petra, lo tomó. Felizmente, la borracha se había ido con Diega a +vivir en la Cava de San Miguel, detrás de la Escalerilla. Instalados en +aquel escondrijo, que no carecía de comodidades, lo primero que hizo la +anciana alcarreña fue traer agua, toda el agua que pudo, y lavarse bien +y jabonarse el cuerpo; costumbre antigua en ella, que siempre que podía +practicaba en casa de Doña Francisca. Luego se vistió de limpio. El +bienestar que el aseo y la frescura daban a su cuerpo, se confundía en +cierto modo con el descanso de su conciencia, en la cual también sentía +algo como absoluta limpieza y frescor confortante.</p> + +<p>Dedicose luego al arreglo de la casa, y con el poquito dinero que tenía +hizo su compra, y le preparó a Mordejai una buena comida. Pensaba +llevarlo a la consulta al día siguiente, y así se lo dijo, mostrándose +el ciego conforme en todo con lo que la voluntad de ella quisiese +determinar. Mientras comían, le entretuvo y alentó con esperanzas y +palabras dulces, ofreciéndole ir, como él deseaba, a Jerusalén o un +poquito más allá, en cuanto recobrara la salud. Mientras no se le +quitara el sarpullo, no había que pensar en viajes. Se estarían quietos, +él en casa, ella saliendo a pedir sola todos los días para ver de sacar +con qué vivir, que seguramente Dios no les dejaría morir de hambre. Tan +contento se puso el ciego con el plan concebido y propuesto por su +inteligente amiga, y con sus afectuosas expresiones, que rompió a cantar +la melopea arábiga que ya le oyó Benina en el vertedero; pero como al +huir de la pedrea había perdido el guitarrillo, no pudo acompañarse del +son de aquel tosco instrumento. Después propuso a su compañera que +echase el sahumerio, y ella lo hizo de buena gana, pues el humazo +saneaba y aromatizaba la pobre habitación.</p> + +<p>Salieron al día siguiente para la consulta; pero como les designaran +para esta una hora de la tarde, entretuvieron la primera mitad del día +pordioseando en varias calles, siempre con mucho cuidado de los +guindillas, por no caer nuevamente en poder de los que echan el lazo a +los mendigos, cual si fueran perros, para llevarlos al depósito, donde +como a perros les tratan. Debe decirse que el ingrato proceder de Doña +Paca no despertaba en Nina odio ni mala voluntad, y que la conformidad +de esta con la ingratitud no le quitaba las ganas de ver a la infeliz +señora, a quien entrañablemente quería, como compañera de amarguras en +tantos años. Ansiaba verla, aunque fuese de lejos, y llevada de esta +querencia, se llegó a la calle de la Lechuga para atisbar a distancia +discreta si la familia estaba en vías de mudanza, o se había mudado ya. +¡Qué a tiempo llegó! Hallábase en la puerta el carro, y los mozos metían +trastos en él con la bárbara presteza que emplean en esta operación. +Desde su atalaya reconoció Benina los muebles decrépitos, derrengados, y +no pudo reprimir su emoción al verlos. Eran casi suyos, parte de su +existencia, y en ellos veía, como en un espejo, la imagen de sus penas y +alegrías; pensaba que si se acercase, los pobres trastos habían de +decirle algo, o que llorarían con ella. Pero lo que la impresionó +vivamente fue ver salir por el portal a Doña Paca y a Obdulia, con +Polidura y Juliana, como si se fueran a la casa nueva, mientras las +criadas elegantes se quedaban en la antigua, disponiendo la recogida y +transporte de las menudencias, y de toda la morralla casera.</p> + +<p>Turbada y confusa, Nina se escondió en un portal, para ver sin ser +vista. ¡Qué desmejorada encontró a Doña Francisca! Llevaba un vestido +nuevo; pero de tan nefanda hechura, como cortado y cosido de prisa, que +parecía la pobre señora vestida de limosna. Cubría su cabeza con un +manto, y Obdulia ostentaba un sombrerote con disformes ringorrangos y +plumas. Andaba Doña Paca lentamente, la vista fija en el suelo, +abrumada, melancólica, como si la llevaran entre guardias civiles. La +<i>niña</i> reía, charlando con Polidura. Detrás iba Juliana <i>arreándolos</i> a +todos, y mandándoles que fueran de prisa por el camino que les marcaba. +No le faltaba más que el palo para parecerse a los que en vísperas de +Navidad conducen por las calles las manadas de pavos. ¡Cómo se clareaba +el despotismo hasta en sus menores movimientos! Doña Paca era la res +humilde que va a donde la llevan, aunque sea al matadero; Juliana el +pastor que guía y conduce. Desaparecieron en la Plaza Mayor, por la +calle de Botoneras... Benina dio algunos pasos para ver el triste +ganado, y cuando lo perdió de vista, se limpió las lágrimas que +inundaban su rostro.</p> + +<p>«¡Pobre señora mía!—dijo al ciego en cuanto se reunió con él—. La quiero +como hermana, porque juntas hemos pasado muchas penas. Yo era todo para +ella, y ella todo para mí. Me perdonaba mis faltas, y yo le perdonaba +las suyas... ¡Qué triste va, quizás pensando en lo mal que se ha portado +con la Nina! Parece que está peor del reúma, por lo que cojea, y su cara +es de no haber comido en cuatro días. Yo la traía en palmitas, yo la +engañaba con buena sombra, ocultándole nuestra miseria, y poniendo mi +cara en vergüenza por darle de comer conforme a lo que era su gusto y +costumbre... En fin, lo pasado, como dijo el otro, pasó. Vámonos, +Almudena, vámonos de aquí, y quiera Dios que te pongas bueno pronto para +tomar el caminito a Jerusalén, que no me asusta ya por lejos. Andando, +andando, hijo, se llega de una parte del mundo a otra, y si por un lado +sacamos el provecho de tomar el aire y de ver cosas nuevas, por otro +sacamos la certeza de que todo es lo mismo, y que las partes del mundo +son, un suponer, como el mundo en junto; quiere decirse, que en donde +quiera que vivan los hombres, o verbigracia, mujeres, habrá ingratitud, +egoísmo, y unos que manden a los otros y les cojan la voluntad. Por lo +que debemos hacer lo que nos manda la conciencia, y dejar que se peleen +aquellos por un hueso, como los perros; los otros por un juguete, como +los niños, o estos por mangonear, como los mayores, y no reñir con +nadie, y tomar lo que Dios nos ponga delante, como los pájaros... +Vámonos hacia el Hospital, y no te pongas triste.</p> + +<p>—Mí no triste—dijo Almudena—; estar <i>tigo contentado</i>... tú saber como +Dios cosas <i>tudas</i>, y yo <i>quirier</i> ti como <i>ángela bunita</i>... Y si no +<i>quierer</i> tú casar <i>migo</i>, ser tú <i>madra</i> mía, y yo niño tuyo <i>bunito</i>.</p> + +<p>—Bueno, hombre; me parece muy bien.</p> + +<p>—Y tú <i>com</i> palmera <i>D'sierto granda</i>, <i>bunita</i>; tú <i>com zucena +branca</i>... <i>llirio tú</i>... Mí <i>dicier</i> ti <i>amri</i>: alma mía».</p> + +<p>Mientras iba la infeliz pareja camino del Hospital, Doña Paca y su +séquito, en dirección distinta, se aproximaban a su nueva casa, calle de +Orellana: un tercero limpio, con los papeles y estucos nuevecitos, +buenas luces, ventilación, cocina excelente, y precio acomodado a las +circunstancias. Pareciole muy bien a Doña Francisca, cuando arriba +llegó, sofocada de la interminable escalera; y si le parecía mal, +cuidaba de no manifestarlo, abdicando en absoluto su voluntad y sus +opiniones. El flexible, más que flexible, blanducho carácter de la +viuda, se adaptaba al sentir y al pensar de Juliana; y viendo esta que +se le metía entre los dedos aquella miga de pan, hacía bolitas con ella. +No respiraba Doña Paca sin permiso de la tirana, quien para los más +insignificantes actos de la vida, tenía no pocas órdenes que dictar a la +infeliz señora. Esta llegó a tenerle un miedo infantil; se sentía miga +blanda dentro de la mano de bronce de la ribeteadora, y en verdad que no +era sólo miedo, pues con él se mezclaba algo de respeto y admiración.</p> + +<p>Descansaba la dama del ajetreo de aquel día, ya metidos todos los +muebles, trastos y macetas en la nueva casa, y atacada de una +intensísima tristeza que le devoraba el alma, llamó a su tirana para +decirle: «No me has explicado bien por el camino lo que hablasteis. ¿Qué +historias cuenta Nina de su moro? ¿Es este bien parecido?».</p> + +<p>Dio Juliana las explicaciones que su súbdita le pedía, sin herir a Nina +ni ponerla en mal lugar, demostrando en esto finísimo tacto.</p> + +<p>«Y quedasteis... en que no puede venir a verme, por temor a que nos +contagie de esa peste asquerosa. Has hecho bien. Si no es por ti, me +vería expuesta, sabe Dios, a que se nos pegara la pestilencia... +Quedasteis también en que recogería las sobras de la comida. Pero esto +no basta, y yo tendría mucho gusto en señalarle una cantidad, por +ejemplo, una peseta diaria. ¿Qué dices?</p> + +<p>—Digo que si empezamos con esas bromas, señora Doña Paca, pronto +volveremos a <i>Peñaranda</i>. No, no: una peseta es una peseta... Bastante +tiene la Nina con dos reales. Así lo he pensado, y si usted dispone otra +cosa, yo me lavo las manos.</p> + +<p>—Dos reales, dos... tú lo has dicho... y basta, sí. ¿Sabes tú los +milagros que hace Nina con media peseta?».</p> + +<p>En esto llegó Daniela muy alarmada, diciendo que llamaba a la puerta +Frasquito; y Obdulia, que por la mirilla le había visto, opinó que no +se abriera, a fin de evitar otro escándalo como el de la calle Imperial. +Pero ¿quién le había dicho las señas del nuevo domicilio? Sin duda fue +Polidura el soplón, y Juliana hizo juramento de arrancarle una oreja. +Ocurrió el contratiempo grave de que mientras Ponte llamaba con nerviosa +furia, decidido a romper la campanilla, subió Hilaria de la calle y +abrió con el llavín, y ya no fue posible cortar el paso al intruso, que +se precipitó dentro, presentándose ante las asustadas señoras con el +sombrero metido hasta las orejas, blandiendo el bastón, la ropa en gran +detrimento y manchada de tierra y lodo. Se le había torcido la boca, y +arrastraba penosamente la pierna derecha.</p> + +<p>«Por Dios, Frasquito—le dijo Doña Paca suplicante—, no nos alborote. +Está usted malo, y debe meterse en cama».</p> + +<p>Y salió también Obdulia declamando enfáticamente: «Frasquito: ¡una +persona como usted, tan fina, de buena sociedad, decirnos esas cosas!... +Tenga juicio, vuelva en sí.</p> + +<p>—Señora y <i>madama</i>—dijo Ponte desencasquetándose el sombrero con gran +dificultad—. Caballero soy y me precio de saber tratar con damas +elegantes; pero como de aquí ha salido la absurda especie, yo vengo a +pedir explicaciones. Mi honor lo exige...</p> + +<p>—¿Y qué tenemos que ver nosotras con el honor de usted, so +espantajo?—gritó Juliana—. ¡Ea, no es persona decente quien falta a las +señoras! El otro día eran para usted emperatrices, y ahora...</p> + +<p>—Y ahora—dijo Ponte temblando ante el enérgico acento de Juliana, como +caña batida del viento—. Y ahora... yo no falto al respeto a las +señoras. Obdulia es una dama; Doña Francisca otra dama. Pero estas +señoras damas... me han calumniado, me han herido en mis sentimientos +más puros, sosteniendo que yo hice la corte a la Benina... y que la +requerí de amores deshonestos, para que por mí y conmigo faltase a la +fidelidad que debe al caballero de la Arabia...</p> + +<p>—¡Si nosotras no hemos dicho semejante desatino!</p> + +<p>—Todo Madrid lo repite... De aquí, de estos salones salió la indigna +especie. Me acusan de un infame delito: de haber puesto mis ojos en un +ángel, de blancas alas célicas, de pureza inmaculada. Sepan que yo +respeto a los ángeles: si Nina fuese criatura mortal, no la habría +respetado, porque soy hombre... yo he catado rubias y morenas, casadas, +viudas y doncellas, españolas y parisienses, y ninguna me ha resistido, +porque me lo merezco... belleza permanente que soy... Pero yo no he +seducido ángeles, ni los seduciré... Sépalo usted, Frasquita; sépalo, +Obdulia... la Nina no es de este mundo... la Nina pertenece al cielo... +Vestida de pobre ha pedido limosna para mantenerlas a ustedes y a mí... +y a la mujer que eso hace, yo no la seduzco, yo no puedo seducirla, yo +no puedo enamorarla... Mi hermosura es humana, y la de ella divina; mi +rostro espléndido es de carne mortal, y el de ella de celeste luz... No, +no, no la he seducido, no ha sido mía, es de Dios... Y a usted se lo +digo, Curra Juárez, de Ronda; a usted, que ahora no puede moverse, de lo +que le pesa en el cuerpo la ingratitud... Yo, porque soy agradecido, soy +de pluma, y vuelo... ya lo ve... Usted, por ser ingrata, es de plomo, y +se aplasta contra el suelo... ya lo ve...».</p> + +<p>Consternadas hija y madre, gritaban pidiendo socorro a los vecinos. Pero +Juliana, más valerosa y expeditiva, no pudiendo sufrir con calma los +impertinentes desvaríos del desdichado Ponte, se fue hacia él furiosa, +le cogió por las solapas, y comiéndoselo con la mirada y la voz le dijo: +«Si no se marcha usted pronto de esta casa, so mamarracho, le tiro a +usted por el balcón».</p> + +<p>Y seguramente lo habría hecho, si la Hilaria y la Daniela no cogieran al +pobre hijo de Algeciras, poniéndole en dos tirones fuera de la puerta. +Presentáronse los porteros y algunos vecinos, atraídos del alboroto, y +al ver reunida tanta gente, salieron las cuatro mujeres al rellano de la +escalera para explicar que aquel sujeto había perdido el juicio, +trocándose de la más atenta y comedida persona del mundo, en la más +importuna y desvergonzada. Bajó Frasquito renqueando hasta la meseta +próxima: allí se paró, mirando para arriba, y dijo: «Ingrata, +ingrrr...». Quiso concluir la palabra, y una violenta contorsión +denunció la inutilidad de sus esfuerzos. De su boca no salió más que un +bramido ronco, como si mano invisible le estrangulara. Vieron todos que +se le descomponían horrorosamente las facciones, los ojos se le salían +del casco, la boca se aproximaba a una de las orejas... Alzó los brazos, +exhaló un ¡ay! angustioso, y se desplomó de golpe. A la caída de su +cuerpo se estremeció de arriba abajo toda la endeble escalera.</p> + +<p>Subiéronle entre cuatro a la casa para prestarle socorro, que ya no +necesitaba el infeliz. Reconociole Juliana, y secamente dijo: «Está más +muerto que mi abuelo».</p> + + + +<hr /> +<h2><a name="Final" id="Final"></a><a href="#toc">Final</a></h2> + + +<p>Ejemplo de los admirables efectos de la voluntad humana en el gobierno +de las grandes como de las pequeñas agrupaciones de seres, era Juliana, +mujer sin principios, que apenas sabía leer y escribir, pero que había +recibido de Naturaleza el don rarísimo de organizar la vida y regir las +acciones de los demás. Si conforme le cayó entre las manos la familia de +Zapata le hubiera tocado gobernar familia de más fuste, o una ínsula, o +un estado, habría salido muy airosa. En la ínsula de Doña Francisca +estableció con mano firme la normalidad al mes de haber empuñado las +riendas, y todos allí andaban derechos, y nadie se rebullía ni osaba +poner en tela de juicio sus irrevocables mandatos. Verdad que para +obtener este resultado precioso empleaba el absolutismo puro, el régimen +de terror; su genio no admitía ni aun observaciones tímidas: su ley era +su santísima voluntad; su lógica, el palo.</p> + +<p>A los caracteres anémicos de la madre y los hijos no les venía mal este +sistema, ensayado ya con feliz éxito en Antonio. Tal dominio llegó a +ejercer sobre Doña Francisca, que la pobre viuda no se atrevía ni a +rezar un Padrenuestro sin pedir su venia a la dictadora, y hasta se +advertía que antes de suspirar, como tan a menudo lo hacía, la miraba +como para decirle: «No llevarás a mal que yo suspire un poquito». En +todo era obedecida ciegamente Juliana por su mamá política, menos en una +cosa. Mandábale que no estuviese siempre triste, y aunque la esclava +respondía con frases de acatamiento, bien se echaba de ver que la orden +no se cumplía. Entraba, pues, la viuda de Zapata en la normalidad +próspera de su existencia con la cabeza gacha, los ojos caídos, el mirar +vago, perdido en los dibujos de la estera, el cuerpo apoltronado, +encariñándose cada día más con la indolencia, el apetito decadente, el +humor taciturno y desabrido, las ideas negras.</p> + +<p>A los quince días de instalarse Doña Francisca en la calle de Orellana, +juzgó la mandona que más eficaz sería su poder y mejor gobernada estaría +la familia viviendo todos juntos: general y subalternos. Trasladose, +pues, y allá fue metiendo su ajuar humilde, y sus chiquillos, y el ama, +para lo cual antes hizo hueco, echando fuera la mar de tiestos y tibores +de plantas, y poniendo en la calle a Daniela, que en rigor no servía +más que de estorbo. A sus funciones de gran canciller agregó pronto las +de doncella y peinadora de su suegra y cuñada. Así todo se quedaba en +casa.</p> + +<p>Pero como no hay felicidad completa en este pícaro mundo, al mes, poco +más o menos, de la mudanza, señalada en las efemérides zapatescas por la +desastrosa muerte de Frasquito Ponte Delgado, empezó a resentirse +Juliana de alteraciones muy extrañas en su salud. La que por su lozana +robustez había hecho gala de compararse a las mulas, daba en la tontería +de padecer lo más contrario a su natural perfectamente equilibrado. ¿Qué +era ello? Embelecos nerviosos y ráfagas de histerismo, afecciones de que +Juliana se había reído más de una vez, atribuyéndolas a remilgos de +mujeres mimosas y a trastornos imaginarios, que, según ella, curaban los +maridos con <i>jarabe de fresno</i>.</p> + +<p>Comenzó el mal de Juliana por insomnios rebeldes: se levantaba todas las +mañanas sin haber pegado los ojos; a los pocos días del insomnio empezó +a perder el apetito, y, por fin, al no dormir se agregaron sobresaltos y +angustiosos temores por las noches, y de día una melancolía negra, +pesada, fúnebre. Lo peor para la familia fue que con estos alifafes +enojosos no se atenuaba el absolutismo gobernante de la tirana, sino +que se agravaba. Antonio le proponía sacarla a paseo, y ella a paseo le +mandaba con cien mil pares de demonios. Hízose displicente, y también +mal hablada, grosera, insoportable.</p> + +<p>Por fin, sus monomanías histéricas se condensaron en una sola, en la +idea de que los mellizos no gozaban de buena salud. De nada valía la +evidencia de la extraordinaria robustez de los niños. Con las +precauciones de que les rodeaba, y los cuidados prolijos y minuciosos +que en su conservación ponía, les molestaba, les hacía llorar. De noche +arrojábase del lecho asegurando que las criaturas nadaban en sangre, +degolladas por un asesino invisible. Si tosían, era que se ahogaban; si +comían mal, era que les habían envenenado.</p> + +<p>Una mañana salió precipitadamente, con mantón y pañuelo a la cabeza, y +se fue a los barrios del Sur buscando a Benina, con quien tenía que +hablar. Y por Dios que no gastó pocas horas en encontrarla, porque ya no +vivía en Santa Casilda, sino en los quintos infiernos, o sea en la +carretera de Toledo, a mano izquierda del Puente. Allí la encontró +después de enfadosas pesquisas, dando vueltas y rodeos por aquellos +extraviados caseríos. Vivía la anciana con el moro en una casita, que +más bien parecía choza, situada en los terrenos que dominan la +carretera por el Sur. Almudena iba mejorando de la asquerosa enfermedad +de la piel; pero aún se veía su rostro enmascarado de costras +repugnantes: no salía de casa, y la anciana iba todas las mañanitas a +ganarse la vida pidiendo en San Andrés. No sorprendió poco a Juliana el +verla en buenas apariencias de salud, y además alegre, sereno el +espíritu, y bien asentado en el cimiento de la conformidad con su +suerte.</p> + +<p>«Vengo a reñir con usted, <i>señá</i> Benina—le dijo sentándose en una +piedra, frente a la casucha, junto a la artesa en que la pobre mujer +lavaba, a respetable distancia del ciego, echadito a la sombra—. Sí, +señora, porque usted quedó en ir a recoger la comida sobrante en nuestra +casa, y no ha parecido por allí, ni hemos vuelto a verle el pelo.</p> + +<p>—Pues le diré, señora Juliana—replicó Nina—. Puede creerme que no ha +sido desprecio; no señora, no ha sido desprecio. Es que no lo he +necesitado. Tengo la comida de otra casa, con lo cual y lo que saco nos +basta; y así, bien puede usted dárselo a otro pobre, y para su +conciencia es lo mismo... ¿Qué quiere usted saber? ¿Que quién me da la +comida? Veo que le pica la curiosidad. Pues debo esa bendita limosna a +D. Romualdo Cedrón... le he conocido en San Andrés, donde dice la +Misa... Sí, señora: D. Romualdo, que es un santo, para que lo sepa... Y +ya estoy segura, después de mucho cavilar, que no es el D. Romualdo que +yo inventé, sino otro que se parece a él como se parecen dos gotas de +agua. Inventa unas cosas que luego salen verdad, o las verdades, antes +de ser verdades, un suponer, han sido mentiras muy gordas... Con que ya +lo sabe».</p> + +<p>Declaró la ribeteadora que se alegraba mucho de lo que oía referir; y +que puesto que Don Romualdo la favorecía, Doña Paca y ella darían sus +sobrantes de comida a otros menesterosos. Pero algo más tenía que +decirle: «Yo estoy en deuda con usted, Benina, pues <i>dispuse</i> que mi +madre política, a quien gobierno con una hebra de seda, le señalaría a +usted dos reales diarios... Como no nos hemos visto por ninguna parte, +no he podido cumplir con usted; pero me pesan, me pesan en la conciencia +los dos reales diarios, y aquí se los traigo en quince pesetas, que +hacen el mes completo, <i>señá</i> Benina.</p> + +<p>—Pues lo tomo, sí señora—dijo Nina gozosa—; que esto no es de +despreciar... Vienen a mí estas pesetillas como caídas del cielo, porque +tengo una deuda con la <i>Pitusa</i>, calle de Mediodía Grande, y lo +arreglamos dándole yo lo que fuera reuniendo, y peseta por duro de +rédito. Con esto llego a la mitad y un poquito más. Pedradas de estas me +vengan todos los días, señora Juliana. Sabe que se le agradece, y +quiera Dios dárselo en salud para sí, y para su marido y los nenes».</p> + +<p>Con palabra nerviosa, afluente y un tanto hiperbólica, aseguró la +chulita que no tenía salud; que padecía de unos males extraños, +incomprensibles. Pero los llevaba con paciencia, sin cuidarse para nada +de su propia persona. Lo que la inquietaba, lo que hacía de su +existencia un atroz suplicio, era la idea de que enfermaran sus niños. +No era idea, no era temor: era seguridad de que Paquito y Antoñito caían +malos... se morían sin remedio.</p> + +<p>Trató Benina de quitarle de la cabeza tales ideas; pero la otra no se +dio a partido, y despidiéndose presurosa, tomó la vuelta de Madrid. +Grande fue la sorpresa de la anciana y del moro al verla aparecer a la +mañana siguiente muy temprano, agitada, trémula, echando lumbre por los +ojos. El diálogo fue breve, y de mucha substancia o miga psicológica.</p> + +<p>«¿Qué te pasa, Juliana?—le preguntó Nina tuteándola por primera vez.</p> + +<p>—¿Qué me ha de pasar? ¡Que los niños se me mueren!</p> + +<p>—¡Ay, Dios mío, qué pena! ¿Están malitos?</p> + +<p>—Sí... digo, no: están buenos. Pero a mí me atormenta la idea de que se +mueren... ¡Ay, Nina de mi alma, no puedo echar esta idea de mí! No hago +más que llorar y llorar... Ya lo ve usted...</p> + +<p>—Ya lo veo, sí. Pero si es una idea, haz por quitártela de la cabeza, +mujer.</p> + +<p>—A eso vengo, <i>señá</i> Benina, porque desde anoche se me ha metido en la +cabeza otra idea: que usted, usted sola, me puede curar.</p> + +<p>—¿Cómo?</p> + +<p>—Diciéndome que no debo creer que se mueren los niños... mandándome que +no lo crea.</p> + +<p>—¿Yo?...</p> + +<p>—Si usted me lo afirma, lo creeré, y me curaré de esta maldita idea... +Porque... lo digo claro: yo he pecado, yo soy mala...</p> + +<p>—Pues, hija, bien fácil es curarte. Yo te digo que tus niños no se +mueren, que tus hijos están sanos y robustos.</p> + +<p>—¿Ve usted?... La alegría que me da es señal de que usted sabe lo que +dice... Nina, Nina, es usted una santa.</p> + +<p>—Yo no soy santa. Pero tus niños están buenos y no padecen ningún mal... +No llores... y ahora vete a tu casa, y no vuelvas a pecar».</p> + +<p style="margin-top: 3em;">FIN DE LA NOVELA</p> + +<p style="margin-top: 3em;">Madrid, Marzo-Abril de 1897</p> + + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Misericordia, by Benito Pérez Galdós + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MISERICORDIA *** + +***** This file should be named 21831-h.htm or 21831-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + https://www.gutenberg.org/2/1/8/3/21831/ + +Produced by Chuck Greif + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + https://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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