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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org - - -Title: La guerra injusta - -Author: Armando Palacio Valdés - -Release Date: March 13, 2013 [EBook #42323] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GUERRA INJUSTA *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - -LA GUERRA INJUSTA - - - - -Armando PALACIO VALDÈS -de la Academia Española - - - - -La -Guerra Injusta - -Cartas de un Español - -BLOUD & GAY -EDITORES -BARCELONE PARIS -35, Calle del Bruch 3, Rue Garancière -1917 -Tous droits réservés - - - - -La Decisión de la Francia - - -La dirección de El Imparcial me ha confiado la honrosa tarea de estudiar -el espíritu francés en estos, para él, tan críticos momentos. Por -honrosa que ella sea, no la hubiera aceptado si otros motivos que no -fuesen del orden moral se ofreciesen ante mis ojos. Soy viejo, mi salud -vacilante; el ruido de la Prensa me ha atemorizado siempre. ¿Por qué -pasar «del silencio al estruendo», por qué abandonar el oscuro rincón -donde desde hace muchos años hablo en voz baja con aquellos espíritus -afines al mío, esparcidos por el ámbito del mundo, sin que la -muchedumbre se entere? - -¿Por qué? Porque la voz de mi conciencia, esa voz que en todo hombre se -va haciendo más poderosa con los años, me lo insinúa con vivas -instancias. Cuando tantos millones de seres humanos viven actualmente en -Europa, entre sangre los unos, otros entre lágrimas, ¿hay derecho á -invocar el temor, la enfermedad ó la vejez? Dejemos murmurar á la vil -materia; no es hora de atender á sus rebeldías. Cesó la hora de las -chanzas y los regalos; hay que mirar cara á cara á la bárbara realidad y -llevar una mano piadosa á las heridas. - -Aquí estoy, pues, y lo primero que me cumple hacer es una declaración -que debo á mi sinceridad y al respeto de los lectores. No soy un neutral -en el sangriento conflicto que hoy aflige á la Humanidad; no lo he sido -jamás en disputa alguna que hayan presenciado mis ojos. Pude haberme -equivocado; pero siempre me coloqué resueltamente al lado del que, en mi -sentir, tenía de su parte la razón y la justicia. Por eso, al estallar -la presente guerra, me incliné del lado de la Francia; porque pensé, y -sigo pensando, que la razón y la justicia se encuentran de su parte. - -En las largas, interminables horas de tren para llegar á esta gran -ciudad, antes tan feliz, hoy tan desgraciada, tuve tiempo á hacer un -minucioso examen de conciencia. Me he preguntado con lealtad si en mi -actitud favorable á los aliados ha podido influir algún motivo que no -fuese absolutamente puro. ¿Sería la simpatía personal? No siento -excesiva preferencia por ningún país, porque estoy íntimamente -persuadido de que los hombres son iguales en todas partes. No existen, -en Europa por lo menos, razas superiores e inferiores; no hay más que -hombres de buena y de mala voluntad. Con los primeros está mi corazón, -lo mismo que alienten en los vergeles de Italia que en las estepas de -Rusia. ¿Sería el interés? Ninguno tengo en que triunfen unos u otros. -¿Sería la gratitud? La debo por igual á los dos beligerantes, pues de -los dos he recibido pruebas inmerecidas de aprecio. ¿Sería, por ventura, -alguna preocupación política? Aquí ya existe motivo para detenerse. -Efectivamente; en orden á la política, admiro á Inglaterra como á ningún -otro país del mundo. Es aquel donde el hombre más respecta al hombre; -por lo tanto, el que puede llamarse sin jactancia más civilizado. Pero -Rusia, en cambio, es el más atrasado: no había, pues, motivo para una -declarada preferencia. - -Persuadido de que la mía en estos momentos se funda sobre la justicia, ó -lo que yo entiendo por justicia, quedo tranquilo y tomo la pluma para -defenderla. - -Y, ahora, perdóneseme que haga una pregunta. Todos los germanófilos ó -francófilos que en nuestra España residen, ¿han descendido así al fondo -de su conciencia y se han preguntado sinceramente en qué motivos fundan -su inclinación? Mis observaciones no me permiten afirmarlo. Unos se -declaran partidarios de Alemania porque son autoritarios y ponen sobre -todas las cosas de este mundo la disciplina social; otros de la Francia -porque es una República y suponen que hay más libertad; muchos marinos -son amigos de los aliados porque admiran la flota inglesa; muchos -militares quedan extasiados ante los métodos de guerra de la Alemania. -Algunos cándidos católicos gritan ¡viva Alemania! porque están ciertos -de que así que el Kaiser aniquile á la Francia su ocupación más urgente -será colocar al Sumo Pontífice en su trono temporal y restablecer la -Inquisición; muchos socialistas, cándidos también, gritan ¡viva Francia! -porque suponen que detrás de su triunfo no se hará esperar el reparto de -la propiedad. En general, los violentos, los coléricos, están con los -germanos; los pacíficos, los mansos (¡bienaventurados los mansos!), se -inclinan á los aliados. - -Añadid á éstos los escépticos, los frívolos, los caprichosos, aquellos -que se declaran por unos ó por otros como en la Plaza de Toros se toma -parte por uno ó por otro espada y en el Hipódromo por uno ú otro -caballo. - -Y, sin embargo, merece la pena de que examinemos con seriedad y rectitud -este litigio. La sangre de nuestros hermanos corre á torrentes. ¿Somos, -por ventura, los españoles tranquilos espectadores sentados en el -coliseo para presenciar una fiesta de gladiadores? ¿Consiste nuestra -tarea en certificar cuál es el que ha dado mejores golpes ó ha caído con -más gracia? No; nuestra carne sangra cuando sangra la de nuestros -hermanos; nuestras lágrimas corren con las que ellos vierten. Unos somos -ante la justicia divina. Pidámosle que nos ilumine y no nos deje caer en -el error, para que ella no nos pida algún día estrecha cuenta de nuestra -injusticia. - -Jamás olvidaré la tarde del 2 de agosto de 1914. Me hallaba veraneando -en un perdido rincón de las Landas francesas y me ocupaba en contemplar -á un obrero que construía un gallinero en el jardín de mi casa, ayudado -de un niño hijo suyo. Eran las cuatro de la tarde. El sol nadaba por el -espacio diáfano; una brisa suave acariciaba nuestras sienes; los pájaros -marinos revoloteaban sobre nuestras cabezas. Departíamos amigablemente. -De pronto, el obrero suspende su trabajo, levanta la cabeza y exclama -inmutado: - ---¡Monsieur, la campana! - -Atendí un momento y escuché, en efecto, el tañido lejano de la campana -de la iglesia. - ---¿Será á fuego? - ---No; no es á fuego--repuso con voz sorda, bajando de nuevo la cabeza y -prosiguiendo su tarea. - -Al cabo de algunos minutos la alzó de nuevo, con el rostro pálido. - ---¡Monsieur, el cañon! - -Atendí otra vez; pero no logré percibirlo. No era extraño, porque nos -hallábamos á 22 kilómetros de Bayona. - ---No oigo nada. - ---¿Has oído tú?--preguntó á su hijo. - ---Sí, lo he oído--respondió el niño, más pálido aun que su padre. - -De pronto, allá á lo lejos, se escucha el redoble del tambor. Me sentí -conmovido hasta lo más profundo de mi ser. ¡El tambor, sí, cuyo redoble -se acercaba siniestro, fatídico, rompiendo el silencio inocente de la -campiña! - -Y en aquel momento acudieron á mi imaginación los recuerdos de la -historia primitiva de la Humanidad. Veía al clan vecino más numeroso y -más guerrero arrojarse de improviso sobre el clan más débil, apoderarse -de sus ganados, violar á sus mujeres, degollar á sus hombres. ¡Ahí -están, ahí están los feroces enemigos! Entonces también resonaría por -los campos el grito de alarma; entonces también los hombres quedarían -pálidos y las mujeres, apretarían á sus hijos contra el pecho. - -Comprendí que una gran nación corría peligro de muerte. La patria de -Pascal y de Racine, de Bossuet, de Rousseau, de Balzac, de Musset y de -Víctor Hugo iba á ser, humillada, tal vez aniquilada para siempre. No -era una guerra romántica, como la de Napoleón, la que se preparaba, en -que un genio ambicioso arrojaba á puntapiés de sus tronos á unos cuantos -ridículos déspotas que tenían á la Europa bajo su férula; en que un -ejército incomparable corría detrás de él ebrio de gloria, pero no de -riquezas. La que ahora se avecinaba era una tragedia sórdida, el rumor -de un pueblo que viene rugiendo de codicia á apoderarse del fruto del -trabajo de su vecino. Pocos meses antes los periódicos alemanes -anunciaban que en la próxima guerra exigirían de indemnización á la -Francia cuarenta mil millones de francos. - -Salí precipitadamente de mi casa y salvé casi á la carrera el kilómetro -que me separaba del burgo. Los habitantes todos se hablaban unos á otros -sin ruido y con imponente calma. - -Al atravesar por medio de un grupo de mujeres me clavaron una mirada -recelosa y hostil. Más allá, al cruzar cerca de otro lo mismo. Yo era el -extranjero que penetra curioso ó indiferente en medio de una familia -afligida. ¡Pobres mujeres! Si supieseis que mi corazón en aquellos -instantes se hallaba tan contristado como el vuestro! - -Tropecé con un grupo de conocidos, que apartaron de mí los ojos -fingiendo no verme. Entonces yo, herido y apenado por aquella -hostilidad, me dirigí resueltamente á ellos. - ---Señores, soy un extranjero; pero no puede serme indiferente la -desgracia que en este momento pesa sobre vosotros. Estoy enteramente -cierto de que no queríais la guerra, de que nadie pensaba siquiera en -ella. - -Aunque llorabais, como es justo, la pérdida de vuestra Alsacia y Lorena, -no esperabais recobrarlas más que por medios diplomáticos. - -Se os ataca indignamente. La razón y la justicia están de vuestro lado. -Por lo tanto, á vuestro lado estoy y quisiera poder probároslo de otro -modo más eficaz que con palabras. - -Silenciosamente me estrecharon todos la mano. Uno dijo al cabo, con -grave acento: - ---Basta de humillaciones. Concluyamos de una vez. - -Y los demás repitieron, uno tras otro: - ---¡Es preciso concluir, es preciso concluir! - -Me separé de ellos y me volví, siguiendo la carretera al borde de la -ría. Sentado en una lancha, arreglando unas redes, vi á un joven -pescador con quien yo solía departir. - ---¿Has oído?--le pregunté, apuntando al sitio donde sonaba el tambor. - ---Sí; he oído. Es preciso concluir--me respondió secamente sin levantar -la cabeza. - -Seguí caminando por la carretera y vi llegar hacia mí una jovencita que -solía ir por mi casa á vender pescado. - ---Ya ves lo que ocurre--le dije--. ¿Tienes miedo? - ---Sí, señor; tengo miedo porque mis dos hermanos deben marchar -inmediatamente... pero es necesario concluir, monsieur, es necesario -concluir. - -Llegué hasta la playa y me senté delante de un humilde café que allí -hay. En una mesa próxima un viejo militar retirado decía á sus amigos: - ---Vale más ser destruído de una vez que humillado á cada instante. Es -preciso concluir. - ---¡Es preciso concluir!--repitieron á coro sus amigos. - -Al cabo de dos años entro de nuevo en Francia, llego á París, y la misma -inquebrantable resolución, expresada en la misma forma, suena por todas -partes en mis oídos. ¡Es necesario concluir! Sí; la guerra no terminará -hasta que se disipe la negra pesadilla que atormentaba á la nación -francesa. O á la tumba, ó á la libertad. El clan vecino no se arrojará -ya sobre ellos mientras estén vivos. - -¡Cuán distinto, sin embargo, el timbre de las voces! Las voces cantan, -las voces ríen, las voces juegan. Un rayo de sol ha caído sobre la -Francia. Ya no se bajan los ojos; ya se levanta la frente; las miradas -se clavan brillantes en nuestro rostro. Un amigo, al abrazarme en la -estación, me dijo al oído alegremente: - ---¡Seguros! - ---¿Ya no tiene usted miedo de que aparezca Lohengrin en el horizonte? - ---Si aparece, vendrá ya sólo con su cisne. - -Pero de este optimismo francés hablaré en mi próximo artículo. - - - - -El optimismo Francés - - -El optimismo está á la moda. También hay en la Filosofía faldas cortas y -largas y cuellos de pajarita. Por todas partes nos rompen los oídos -gritándonos: «¡Sed optimistas!» De América llegan, encerradas en -primorosos libros, estas voces regeneradoras. Los modernos psicólogos -americanos no se cansan de repetirnos la misma canción, un poco monótona -á veces para nuestros oídos latinos. Uno de ellos, muy distinguido, -Waldo Trine, en uno de sus recientes libros truena con mucha elocuencia -contra el hastío y el miedo, á los que llama _dos negros mellizos_. «Al -atraer á nosotros--dice--por el miedo las mismas cosas que nos causan -temor, atraemos también todas cuantas condiciones contribuyen á mantener -el miedo en nuestro ánimo.» - -En efecto, yo también sé por experiencia que el miedo es cosa -desagradable y que el optimismo es mucho más estomacal. No he hallado -jamás, sin embargo, medio intelectual de extirpar el miedo. Lo único que -logró convencerme alguna vez fué ver cerca á la pareja de la Guardia -civil. - -Si para ser optimista bastase querer serlo me parece que no habría una -sola persona en el mundo que no lo fuese. Pues esto es precisamente lo -que pretenden los llamados «filósofos de la voluntad»: «¡Sed optimistas; -basta quererlo!» - -No basta quererlo, no. Para un tenor es fácil dar el do de pecho, y para -un boxeador un gran puñetazo; pero á los demás nos es imposible. Por eso -William James, el más notable y perspicaz de todos ellos, en su famoso -libro _The varieties of religious experience_, divide á los hombres en -dos categorías: los que, para ser felices, les basta nacer una vez, y -los que, por haber nacido desgraciados, necesitan nacer dos veces. _Once -born and twice born_. Los primeros son los optimistas, los que lo ven -todo de color de rosa. El mundo está gobernado por fuerzas benévolas que -se encargan de arreglar las cosas del modo más dichoso posible. El sol -les encanta; la lluvia les parece admirable; si se rompen una pierna lo -consideran como un acontecimiento feliz, porque pudieron haberse roto -las dos. A estos optimistas de nacimiento se oponen los temperamentos -pesimistas, los poseídos de una irremediable tristeza. Para ellos no hay -acontecimiento, por afortunado que parezca, que al cabo no cambie de -naturaleza y se transforme en desgraciado; en toda alegría ven un -probable desengaño; en toda flor, el gusano; en toda opulencia, la -bancarrota inminente. - -Estoy de acuerdo. Existen alguna vez esos dos temperamentos extremos, y -con frecuencia más atenuados. Con lo que no puedo conformarme es con que -el primero sea el temperamento ideal, el que todos debemos admirar y -apetecer. Esos seres que William James llama «nacidos una vez» son los -inconscientes, los que no se dan cuenta de lo que es la vida y el mundo. -En este sentido, el optimista por excelencia es el animal que no sabe -que muere. Pero los que saben que se mueren no pueden ser optimistas de -aquel modo que los psicólogos americanos exaltan. - -No seamos ilusos. La vida es áspera; la realidad, odiosa. El hambre, el -tifus, el cáncer, la guerra, son huéspedes con los que hay que contar. -¿Quién nos hubiera dicho hace tres años que la Europa civilizada, iba á -convertirse en un rebaño de tigres y chacales? Si los «nacidos una vez» -de William James no se percatan de esto, tanto mejor para ellos ó tanto -peor. Para mí los verdaderos hombres son los «nacidos dos veces»; esto -es, aquellos que se dan cuenta de su situación sobre la Tierra, de su -origen y de su destino inmortal. El primero es el «hombre viejo» de San -Pablo, en quien dominan todavía los instintos animales, que vive dormido -en la inconsciencia de la Naturaleza. El segundo es el «hombre nuevo» -que ha abierto sus ojos á la luz; el hombre espiritual, que se alza -sobre su vestidura carnal como la crisálida deja el saquillo que le -servía de cárcel para transformarse en mariposa. «La melancolía--decía -el padre Lacordaire--es inseparable de todo espíritu que va lejos y de -todo corazón que es profundo, y no tiene más que dos remedios: la muerte -o Dios.» Bendita sea, pues, la melancolía, que nos revela nuestra -condición de hombres. Quédese atrás en buena hora esa alegría -inconsciente que nos retiene en los limbos de la animalidad. - - * * * * * - -Hace algunos meses publicó en la _Revue des Deux Mondes_ el doctor -Emmanuel Labat un artículo titulado: «Nuestro optimismo». Es muy digno -de leerse: está perfectamente escrito; lo reconozco con tanta mayor -lealtad cuanto que mi manera de pensar es diametralmente contraria á la -suya. El doctor Labat es un discípulo de la moderna escuela psicológica; -particularmente William James ha ejercido sobre él una influencia -decisiva. Pero el doctor Labat es médico y como tal no vacila en traer, -cuando puede, agua para su molino. Quiero decir que exagera las -enseñanzas un poco nebulosas y panteísticas de la escuela, y las -transforma cuando le acomoda en francamente materialistas. - -Supone este eminente facultativo que el optimismo no es una operación -del espíritu que razona, sino que viene de más lejos, de una fuente más -profunda y más íntima. «El optimismo--dice--es el instinto de vida, el -horror de la muerte, la alegría, el orgullo y la voluntad de vivir.» - -Confieso que no comprendo bien este optimismo, que consiste en tener -horror á la muerte. Llamar optimismo al instinto de conservación es un -abuso del lenguaje. El verdadero optimista debe ser aquel que no tiene -miedo alguno á la muerte, puesto que nos hallamos en un mundo donde es -necesario morir. Era optimista el mártir cristiano que marchaba cantando -al suplicio porque sabía que le esperaba una dicha inmortal, ó el -musulmán que se lanza sobre la espada del enemigo porque le aguarda un -coro de bellas huries, ó el chino que se deja alegremente matar en -América porque está seguro de resucitar en su patria. No lo es el que -guarda inquieto y ansioso su preciosa piel con la certeza de que por más -esfuerzos que haga al fin ha de ser pasto de gusanos. - -Pues de este instinto de vida ó, como antes se decía, de este instinto -de conservación hace derivar el doctor Labat el presente optimismo -francés. Supone que el francés es optimista por naturaleza, y que este -optimismo es la salvaguardia de su existencia. Me parece que se halla en -un error. En Francia hay tantos pesimistas y neurasténicos como en -cualquier otro país; quizá más. Y se comprende bien. El francés en -general es ambicioso, ama la riqueza y trabaja con ahinco por obtenerla. -Pues bien; en la estadística de la neurastenia el primer lugar lo ocupan -los hombres de negocios. Además el francés posee un aguzado espíritu de -crítica, y un crítico no es optimista jamás. - -Por lo demás, yo he vivido en Francia durante los primeros meses de la -guerra y no he podido observar tal optimismo. Vi la decisión, la -inquebrantable voluntad de defenderse hasta morir. Esto no debe llamarse -optimismo. Por el contrario, cuando los alemanes llegaron á las -proximidades de París noté bastante depresión y abatimiento, que en nada -alteró, me complazco en decirlo, su firme y valerosa resolución. - -Pero acaeció la batalla de la Marne, y el espíritu francés se exaltó de -pronto, y reinó por algún tiempo un optimismo candoroso: se creyó en la -victoria inmediata; hasta se pensó en la conquista de Alemania y la -entrada en Berlín. Pasaron los meses, no obstante, y se vino á entender -que no debía esperarse esta clase de victoria. El francés es razonador -por excelencia. En otros países el hombre quizá ostente cualidades más -altas; pero el buen sentido es patrimonio de los franceses. Salvo cuando -se toca á su vanidad nacional, en que suelen traspasar los límites de la -razón. Pero saben volver á ellos prontamente y acomodarse con asombrosa -facilidad á las cirunstancias. - -Todavía se pensó, no obstante, por muchos que les sería posible romper -las líneas alemanas y recuperar el territorio perdido y avanzar por el -enemigo. Al pueblo en que yo habitaba llegó en el último Septiembre, con -licencia por cinco días, un sargento. Es un grande amigo mío, notario de -profesión, soldado por temperamento, hombre enérgico y valeroso. - ---¿Cuándo rompen ustedes la línea?--le pregunté, sonriendo. - ---Cuando queramos--me respondió tranquilamente. - ---¿Lo dice usted de veras? - ---Sí, señor; no aguardamos más que la orden para hacerlo. - -Efectivamente, á los pocos días llegó la orden, y ya se sabe lo que -acaeció. A costa de enormes sacrificios, de una cantidad prodigiosa de -sangre, se avanzó tres ó cuatro kilómetros. A los alemanes les está -sucediendo lo mismo en los actuales momentos, con menos fortuna todavía. - -Ahora el optimismo ha cambiado de rumbo. Para saber lo que es calcular -hay que venir á Francia. Un amigo me demostró hace pocos días con el -lápiz en la mano que los Imperios centrales poseen tales y cuáles -medios de defensa, tantos y cuántos recursos metálicos, que pueden -resistir hasta tal época y que transcurrido este plazo deben sucumbir. -Consideran á Alemania como una plaza sitiada; no será tomada por asalto, -pero caerá rendida por hambre. Tienen ciega y absoluta confianza en la -victoria. - - * * * * * - -Pero esto no es optimismo, dirá el doctor Labat. Se trata aquí de un -cálculo, de la resolución de un problema; nada tiene que ver en ello el -instinto vital. Sin embargo, este es para mí el verdadero y legítimo -optimismo, porque procede de la razón. Aquel otro fisiológico que viene -del fondo mismo de nuestra naturaleza animal podrá endulzar la vida -muchas veces o hacerla más llevadera; pero es en extremo peligroso. -Todos mis lectores, si vuelven la vista atrás y recuerdan la historia de -sus amigos y conocidos, hallarán alguna gran catástrofe o, por lo menos, -una serie de contratiempos originados por este ciego optimismo -instintivo. - -Los franceses se dedican á la hora presente á hacer cálculos. No dicen, -sin embargo, lo que se lee en el fondo de sus ojos. El cálculo mejor es -que cuentan con sus manos y su cabeza. Así como el primer marino del -mundo es el inglés, el mejor soldado es el francés. No asombrarse de -ello: cien años le separan apenas de aquellos otros que recorrieron -vencedores toda Europa. En cien años no se borran las huellas de la -herencia. Por donde han pasado los padres pueden pasar los hijos--decía -Alfredo Musset. - -No hablemos del valor. Rusos, alemanes, franceses, búlgaros, todos se -han batido por igual. Pero hay otras cualidades de capital importancia -para el soldado: la astucia, la alegría, la habilidad manual, la -improvisación. En todas ellas se ha distinguido siempre la raza de los -galos desde los tiempos de Julio César. El galo es el hombre de los -recursos. Mirad á un francés alquilar una casa estropeada, medio -derruida, representando la imagen de la desolación. Volved á los pocos -meses y quedaréis asombrados viendo un nido confortable, rodeado de -flores. Cocina, jardín, pinturas, terraza; todo lo ha improvisado. - -Un vecino mío necesitaba un «garage» y llamó á un albañil, que se lo -construyó rápidamente y á la perfección. Poco después este albañil quedó -sin trabajo, y como mi vecino buscase jardinero, se brindó á desempeñar -este oficio. Efectivamente, lo desempeñó con tal acierto e inteligencia, -que nos dejó maravillados. Más tarde mi vecino se quedó sin cocinera. El -albañil entró en la cocina y resultó un cocinero admirable. - ---¡No despida usted, por Dios, á la nodriza--le dije á mi amigo--, -porque estoy viendo á ese hombre dar el pecho á su niño! - -De estos estuches hay infinidad en Francia. Pues en una guerra larga -como la presente son de gran utilidad. Los alemanes lo fían casi todo á -sus máquinas; pero la mejor máquina de todas es el hombre. Cuando hay -talento la fuerza más pequeña se convierte en formidable. Los alemanes -son superiores en número, en preparación, en máquinas de guerra; pero -los medios de los franceses son ellos mismos, su destreza y su sangre -fría. Los alemanes tienen más y mayores cañones; pero los artilleros -franceses apuntan mejor y saben disimular los suyos con más habilidad. -Aquéllos poseen espléndidas cocinas portátiles; pero éstos, con más -pobres hornillas, comen mejor. - -Joffre es la encarnación actual de este espíritu galo de astucia, valor, -prudencia y alegría. El fué quien salvó á la Francia en un momento -supremo con su táctica admirable; es él quien, paciente y enérgico, -espera que el fruto madure para sacudir el árbol; él es el hombre -piadoso á quien los soldados llaman «papá Joffre», porque economiza la -sangre de sus hijos. ¡Loor á este galo insigne, que fué el baluarte -elegido por la Providencia para salvar la civilización latina y la -independencia de los pueblos débiles! El día en que su estatua se alce -en una de las plazas de París iremos todos, no á clavar sobre ella un -clavo como en la de Hindenburg, sino á coronarla de flores. - -No se parece á los generales alemanes. Estos, no sólo han copiado -fielmente la táctica de Napoleón, sino también sus procedimientos -despiadados.--Señor, señor--le decía á éste el general Junott--, es -imposible apoderarse de aquella batería austríaca; un fuego infernal -barre á nuestros hombres.--¡Adelante!--respondía Napoleón. - ---Señor, que cada regimiento que avanza es -sacrificado.--¡Adelante!--repetía Bonaparte. - -No quiero confundir, y me importa dejarlo bien establecido, al pueblo -alemán con sus actuales directores políticos y militares. El alemán es -un pueblo dotado de sólidas virtudes, es valeroso, inteligente, tenaz, -laborioso, idealista. Pero como todos los idealistas, carece de -espíritu crítico, y por eso es en grado sumo sugestionable. Se les ha -subido la _raza_ á la cabeza y han podido decir y cometer muchos -disparates. Nadie, sin embargo, dejará de admirar sus altas cualidades, -sólo manchadas por la envidia que sienten hacia los ingleses. Son celos -de parientes que pronto se van á resolver de un modo ó de otro. - -Lo que no puede tolerarse, lo que causa penosa impresión es que Mauricio -Barrés les haya llamado _raza asquerosa_. En Francia todos los hombres -de sentido común reprobaron este ultraje, y no faltaron voces -autorizadas en la Prensa que se alzaron contra él. - -Sin embargo, el doctor Labat le apoya con argumentos medicales. Dice que -el instinto de vida (¡vuelta al instinto de vida!) justifica estas -atrocidades; que él ha consultado el asunto con los heridos de su -hospital y que todos estaban unánimes en asegurar que Mauricio Barrés -tenía razón, y que, cuando se da un bayonetazo diciendo «¡Toma, cochino! -¡Revienta, asqueroso!», la bayoneta penetra unas pulgadas más en el -cuerpo del enemigo. - -Confieso que tales quirúrgicas razones no me han convencido. Mi -pensamiento vuela hacia aquella memorable batalla de Fontenoy, cuando -el general francés, al acercarse el enemigo, se descubre y -grita--¡Señores ingleses, tirad los primeros!--Quizá parezca hoy esto -quijotesco; pero entre el _tirad los primeros_ de aquel general y el -_toma, cochino_, de Barrés no vacilo en preferir los primeros. Se puede -asegurar que el que dice «tirad los primeros» jamás, jamás volverá la -espalda al enemigo, mientras que no puede afirmarse otro tanto del que -grita «¡toma, cochino!» - -¡Tiempos menguados los que me han tocado en suerte! En los vuestros -quisiera haber vivido, hombres de honor, y no en estos de vergüenza, -donde se aconseja á los soldados que ensucien sus labios para infundirse -valor, y á los oficiales se les ordena que fusilen mujeres y dejen caer -bombas por la noche sobre la cuna de los niños. - - - - -Meditación sobre el conflicto - - -Ni los gases asfixiantes que se desprenden de las trincheras alemanas ni -la retórica, más asfixiante aún, con que germanos y germanófilos exaltan -su moralidad lograrán sofocar á la rebelde verdad. - -Esta verdad es que la guerra monstruosa á que asistimos atónitos los -humanos ha sido meditada largo espacio, preparada y provocada por una -nación europea con el exclusivo fin de dominar moral y materialmente á -todas las demás. - -Como es un hecho que salta á la vista y no hay posibilidad de negarlo, -los que entre nosotros los españoles simpatizan con esta nación invocan -para justificar su simpatía los agravios que en tiempos más ó menos -remotos recibimos de ingleses y franceses. El lobo de la fábula invocaba -también para comerse el cordero los agravios que le había inferido su -padre. - -En todos los tiempos y en todas las regiones del mundo habitado los -pueblos combaten con sus vecinos, no con los que viven lejos de ellos. -Si Berlín estuviese en Burdeos ó Lisboa, seguramente hubiéramos andado á -porrazos con los alemanes como hemos hecho con franceses y portugueses. -Austria y Alemania, que no sólo son vecinas sino hermanas, han luchado -entre sí hasta nuestros mismos días. - -Cuando se deja el terreno del odio para entrar en el de las razones, se -argumenta en forma muy diversa según los casos. - -Contra Inglaterra se emplea el argumento crematístico. Inglaterra posee -colonias riquísimas, inmensos territorios en las cinco partes del mundo, -mientras Alemania, nación altamente civilizada, tan merecedora como ella -por lo menos cuenta con muy pocas. ¿Por qué? - -Los que formulan con indignación esta pregunta, hombres ricos muchos de -ellos y propietarios de tierras, no se dan cuenta de que emplean contra -Inglaterra el mismo lenguaje que contra ellos usan socialistas y -comunistas:--«Nosotros valemos tanto como vosotros. Vosotros sois ricos -y nosotros pobres. ¿Por qué? ¡Soltad, ladrones, soltad esas tierras que -detentáis injustamente! - -Este argumento tendría valor en el caso de que Inglaterra fuese una -nación sin capacidad para colonizar. ¿Serían más felices sus colonias si -se hallasen en poder de los Alemanes? Preguntádselo á ellas. - -Contra Francia se emplea el argumento religioso. Esa nación que ha -decretado la separación de la Iglesia y del Estado y que ha expulsado de -su seno á las órdenes religiosas merece un castigo ejemplar. - -Suponiendo que fuese justo, no lo es ciertamente extenderlo á los que no -tienen culpa alguna. En Francia la masa del pueblo es católica y -actualmente, por su libre voluntad y sin necesidad del erario público, -sostiene el culto católico con el mismo decoro que antes. Nadie la ha -hecho responsable de los sangrientes excesos de la Convención, de los -asesinatos perpetrados por Robespierre y Marat. ¿Por qué se la hace -ahora de las disposiciones de un ministro anticlerical? - -Se olvida ó se quiere olvidar que en esa Francia impía el pensamiento -cristiano irradia una luz maravillosa que se esparce por todo el mundo, -que existe allí, á la hora presente, no sólo un grupo de filósofos -espiritualistas con Boutroux á la cabeza que libra en el terreno del -pensamiento gloriosas batallas contra los sabios materialistas de la -Alemania, los Wundt, los Hæckel y los Ostwald, sino también una falanje -de eminentes apologistas católicos, muchos de ellos sacerdotes, cuyos -libros sirven de consuelo á todos los creyentes de Europa. Se olvida que -algunos de estos sacerdotes combaten hoy en las trincheras de la Alsacia -y de Flandes y que escuchan estupefactos y doloridos los injustos -reproches que contra su patria lanzan muchos que blasonan de católicos. - -Contra Rusia se emplea el argumento del atraso. ¡Pobres rusos! No tienen -cañones de precisión, no tienen ferrocarriles estratégicos ni gases -asfixiantes; comen con los dedos; son unos salvajes. Es menester ir allá -para enseñarles el manejo de las armas de fuego y el uso del tenedor. - -Sin embargo estos salvajes, provistos de mazas de hierro en vez de -fusiles, como aseguran los periódicos alemanes, se baten desde hace un -año con todo el ejército austriaco y más de un tercio del alemán. - -Por último contra Bélgica se usa un argumento sanchopancesco. ¿A esta -Bélgica, quién la ha metido en tan descabellada aventura? ¿Cómo se -atrevió á hacer frente al coloso alemán? ¿No sabe que es de prudentes -mantenerse siempre en buenas relaciones con los poderosos? Si hubiera -dejado pasar buenamente á los ejércitos del kaiser, no sufriría tanta -calamidad y habría recibido un bolsillo repleto de monedas de oro, y -¿quién sabe? quizá al final de la guerra se encontraría con el regalito -de una provincia francesa. - -Esto es lo que se escucha acá. Allá en Alemania se desdeñan las razones: -penetramos en el teatro de la voluntad rugiente y el automatismo. De -allá no viene más que una palabra: «¡Queremos!» Y á este _queremos_ -responden en todas las regiones del mundo los hombres donde predomina la -voluntad sobre la razón:--«Puesto que vosotros queréis, nosotros -queremos también». - -Es un caso de disgregación mental en que el psiquismo inferior, el -centro del automatismo rompe su engranaje con la libre razón y se -entrega pasivamente á todos los caprichos del hipnotizador. Los -hipnotizadores del pueblo alemán son los magnates de la política y del -ejército prusianos secundados por la cobardía de algunos intelectuales. -Ellos son los que le han impuesto no sólo la guerra sino la ferocidad en -la guerra. Les han dicho:--«Guardaos de vuestro corazón como de un -enemigo; fusilad sacerdotes, destruid monumentos, violad mujeres; -asfixiad niños, no perdais medio alguno de aterrar á nuestros enemigos». -Y aquellos honrados ciudadanos, aquellos bondadosos padres de familia -que todos hemos conocido, fusilan, violan, saquean, asfixian. Si les -dicen:--«Sacrificad á los prisioneros» los sacrificarán. - -Semejante estado de miseria moral infunde más compasión que odio. Son -hombres dormidos y tales horrores no deben imputarse á ellos sino á sus -magnetizadores. - -¿Pero á quién enviaremos la cuenta de la dispersión que se ha operado en -los centros cerebrales de algunos de mis compatriotas? Porque hay entre -nosotros sujetos que así que se les insinúa la idea de que los teutones -no han hecho bien en entregar al pillaje la ciudad de Lovaina y en -fusilar algunos sacerdotes, enrojecen, se espeluznan, cada seso se les -va por su lado y gritan que ellos harían eso y matarían más sacerdotes -aún y se los comerían con salsa tártara. - -Hasta he oído, estremecido, á algunas señoras acoger con satisfacción la -noticia del hundimiento del _Lusitania_ y las hazañas de los zepelines. - -Aterrador es el hundimiento del _Lusitania_, pero es más aterrador -todavía este naufragio del alma femenina... - -Como todo lo que araña un instante la corteza del menguado planeta que -habitamos, esta guerra pasará también. La espesa nube que cubre hoy toda -la Europa se disolverá al cabo en la atmósfera azul. La madre tierra -beberá la sangre, tragará los huesos y en su seno fecundo la vida -inmortal proseguirá su trabajo misterioso. Las praderas volverán á -esmaltarse de flores, los árboles agitarán otra vez dulcemente sus copas -al soplo de la brisa de la tarde, los pájaros de Dios con suaves trinos -bendecirán la llegada de la aurora. - -¿Y de todo esto que quedará? Una gran vergüenza y un gran remordimiento. - -Un gran remordimiento, sí. - -Llegará un día, y el Cielo lo traiga pronto, en que esos autómatas -asesinos de mujeres y niños, saldrán de su estupor hipnótico y -horrorizados de sí mismos caerán de rodillas delante de sus hijos y les -pedirán perdón de haberles escandalizado tanto, de haber ultrajado ante -sus ojos infantiles el honor del género humano, de haber querido -arrancarles del corazón aquello por lo que solamente el hombre puede -vivir y debe morir. - - - - -La Estrategia de Napoleón - - -Ayer pasé el día en Marly y la Malmaison. Es placentero para el cuerpo -reposarse del ruido de la metrópoli y gozar unos instantes del sosiego y -la frescura de los campos. Lo es más aun para el espíritu huir de la -realidad cuando es enfadosa y refugiarse en el pasado. Los dramas más -dolorosos, cuando se contemplan de lejos y están ya sepultados en el -abismo del tiempo, recrean nuestra alma en vez de atormentarla. No es -otro el secreto del Arte. El mundo, como pura representación, nunca hace -daño. - -En Marly no hay rastro de la Corte fastuosa que lo habitó. Es una -plácida aldea donde se oye el mugir de los ganados y los crujidos de la -guadaña. Así y todo recorrí sus bosques y praderas con respeto, evocando -la figura del Rey Sol, que tanto se placía en aquellos lugares. Su amor -excesivo á Marly fué occasión para que uno de sus cortesanos le dijese -en un arrebato de adulación que «la lluvia de Marly no mojaba». Luis -XIV tenía el esófago ancho, pero no pudo tragar este bocado. - -La Malmaison fué para mi un desengaño. El palacio está cerrado desde el -comienzo de la guerra. Guardas y _ciceroni_ han ido á combatir. Hube de -reducirme á largos paseos por el parque, evocando la figura del vencedor -de Austerlitz. - -Luis XIV y Napoleón. Dos monstruos de orgullo y egoísmo. Saint-Simon ha -analizado con maravillosa sagacidad el orgullo del primero y Taine el -egoísmo del segundo. ¡Quien sabe! Yo he conocido una costurera tan -egoísta como Napoleón y un limpiabotas más orgulloso que Luis XIV. - -Es mi humilde opinión que si tomásemos en la calle á cualquier -transeúnte y le infundiésemos el valor y la inteligencia de Bonaparte -sería un nuevo Napoleón: por el egoísmo no quedaría. Y si le dotásemos -del poder de Luis XIV sería otro Luis XIV; tampoco quedaría por el -orgullo. Egoísmo y orgullo son congénitos en nuestra naturaleza, y los -que se libran de tal poder, seres excepcionales ante los cuales debemos -caer de rodillas. - -¡Cuántos recuerdos guarda esta morada de la Malmaison! La graciosa -figura de la Emperatriz Josefina parece sonreiros detrás de cada macizo -de flores. Aquí fué dichosa; aquí, después, la más infeliz de las -mujeres; aquí rindió el último suspiro aquella dulce y simpática -criatura, víctima del egoísmo implacable de su marido. Todos los -idilios, en este mundo miserable, terminan con lágrimas. - -Surgen en mi memoria los dramáticos días en que Bonaparte llega á París -con la secreta decisión de repudiar á su esposa. Principia por mostrarse -con ella más frío y ceremonioso; cierra después la comunicación entre -sus habitaciones; por último se lo hace saber por medio de diplomáticos -emisarios. - -¿Qué pasaría por el corazón de aquella noble criatura al averiguar que -su marido idolatrado, aquel hombre que con su amor le había dado el -trono más alto de la tierra, iba á romper el tierno y sagrado vínculo -que los unía y compartir su lecho y su gloria con otra mujer? Tengo por -seguro que en aquellos días se firmó en el cielo la sentencia de -Napoleón. ¡Ay del que maltrata á un niño ó estruja el corazón de una -mujer! Los ángeles no tardan en tomar venganza de él. - -Alguien pensará que esto es una bobería. ¡Quién sabe, no obstante, si en -la balanza divina una lágrima pesará más que un Imperio! El mundo no es -otra cosa que el símbolo de una realidad más alta. Una palabra vertida -por un pobre carpintero en Nazareth ha estremecido á la Creación. -Caballos, batallas, cañones, son nada; los Imperios, sombras; las -estrellas, apariencias; la gloria, un sueño. Pero la palabra de un -hombre bueno queda para la eternidad. - -No todos los millares de seres que Bonaparte sacrificó á su ambición -depondrán contra él en el juicio final. Muchos eran tan ambiciosos y -ávidos de gloria. Si ellos perdieron la vida, él también exponía la suya -á cada instante, porque nunca guerreaba de lejos, al estilo moderno. -Pero cuando suene la hora de la justicia suprema se alzará la Emperatriz -Josefina leyendo entre sollozos ante el Consejo la renuncia de sus -derechos y Bonaparte quedará irremediablemente condenado. - -Napoleón era un hombre de presa. Repito que todos lo somos cuando se nos -provee de garras adecuadas. Se dejó empujar por la ley de ascensión que -impera en esta vida, por lo que hoy se llama «voluntad de poder». - -Dentro de cada hombre hay un tirano que utiliza sus recursos como un -automóvil la gasolina para correr y atropellar. Es el Destino de los -antiguos. Es la fatalidad de los modernos. Napoleón creía en ella -ciegamente. «La política, he aquí la fatalidad», decía á Goethe en la -breve entrevista que con él tuvo. Y sus ojos, al pronunciar esta frase, -expresaban la tristeza y la inquietud. Todos los hombres, hasta los más -grandes, tiemblan cuando hablan del Destino, porque ni el genio, ni el -valor, ni la prudencia, pueden nada contra él. Tan sólo hay un ser en el -mundo que lo desprecia; es el santo. Que hablasen á Santa Teresa ó á San -Vicente de Paúl de la fatalidad, y se echarían á reir. - -El arte de la guerra necesitaba un maestro; todas las artes lo han -tenido. Alejandro, César, estaban ya muy lejos; su estrategia no servía -para el mundo moderno. Llegó Bonaparte y lo encontró todo preparado: -hombres como los romanos, poseídos de su grandeza y un exceso de sangre -en las venas; pólvora y fusiles. - -He estudiado con cariño la historia de este gran seductor de la juventud -y no he podido ver en ella los magnos propósitos que se le atribuyen y -que él quizá se atribuyese engañándose á sí mismo: la resurrección del -poderío romano, del Imperio de Carlo Magno, etc., etc. No he logrado -percibir más que un gran _amateur_, un hombre enamorado de la espada, -como Miguel Angel del escoplo, Rubens del pincel y Balzac de la pluma. -Cincelaba, pintaba y esculpía en el campo de batalla. La guerra no era -para su cerebro un medio, sino un fin. Sacaba de ella su felicidad, y -por eso no quiso abandonarla cuando era tiempo y se perdió. - -El culto de Napoleón, como el de Budha, no echó profundas raíces en el -suelo donde había nacido. Algo también parecido acaeció á nuestra -religión cristiana, que germinó y se propagó, no en Oriente, sino en -Occidente. En Francia, muertos ó dispersos los veteranos que le -siguieron en sus románticas expediciones, comenzó la hostilidad. De -todos los puntos, no sólo de los altos sitiales conservadores, sino de -la misma juventud generosa, de los ignorantes y los intelectuales, -partieron dardos que fueron á clavarse en la estatua del gran hombre. No -eran clavos de oro como los de la estatua de Hindenburg, sino flechas -envenenadas. Con el desarrollo de las ideas pacifistas y humanitarias en -Francia, el menosprecio se hizo aún más ostensible. De este menosprecio -la expresión más aguda fué el libro de Taine «Orígenes de la Francia -contemporánea». Aquí el héroe maravilloso queda reducido á un aventurero -afortunado, á un _condottiere_ sin sentido moral, sin grandeza ni -poesía. - -Encontrando ya pocos fieles en Francia el culto de Napoleón, se refugió -en Alemania. Los alemanes que poseen muchas y grandes cualidades, no -brillan por la originalidad. No es pueblo de invención, sino de -adaptación, como los japoneses. Apenas ninguno de los grandes inventos -modernos se les debe; pero han sabido utilizarlos y llevarlos todos á -una singular perfección. Los ingleses y franceses tienen más genio -inventivo; pero como manipuladores, los germanos les sacan ventaja. - -Si hemos de conceder á algún pueblo sobre la tierra la palma de la -invención, es al inglés. Son inventores, no solamente de métodos y -ventajas en las artes industriales, sino en los usos mismos de la vida, -en las costumbres, en los placeres y los juegos. Han conseguido imponer -su manera de vivir y hasta sus caprichos más extravagantes al mundo -entero. Esto se debe al respeto que allí ha inspirado siempre la -iniciativa individual. En Francia también existe una natural aptitud que -no se acumula en algunos gigantes, sino que vive esparcida por todos los -entendimientos y todas las manos. Es cosa sabida que por lo general un -francés puede hacer las veces de otro. - -Pero en Alemania apenas existe la iniciativa individual; su fuerza la -sacan de la disciplina y la paciencia. Tácito decía de los germanos: -«Capaces sólo para los grandes esfuerzos, sin tener paciencia para -trabajos continuos». El gran Tácito no ha dado aquí en el blanco; la -paciencia es la que les caracteriza. Un profesor de colegio alemán me -decía hace algunos años que los niños españoles se hallan por lo común -mejor dotados que los alemanes, pero que al cabo de algún tiempo éstos -les vencen por la constancia del esfuerzo. - -No es maravilla, pues, que así como han perfeccionado el vapor, la -electricidad y la aviación, hayan progresado asombrosamente en el arte -de la guerra. Para estudiarlo acudieron á la más pura y abundosa fuente, -á la estrategia napoleónica. Bonaparte fué en este orden el maestro más -grande que ha existido y tal vez exista jamás. La guerra no tenía para -él secreto alguno. En su cerebro se acumulaba tal suma de penetración, -de resolución y, sobre todo, de sentido común, que lo hacían invencible. - -Porque la gran estrategia ha sido y será siempre cuestión de sentido -común, y no puede evolucionar. El mariscal alemán Schlieffer, jefe del -Estado Mayor, ha escrito un libro demostrando que la batalla de Cannas, -librada por el cartaginés Aníbal, ha sido el modelo ó el ideal de todas -las batallas habidas y por haber. En todas ellas el fin perseguido por -un ejército es y será siempre el envolvimiento del enemigo. - -Durante la segunda mitad del siglo XIX los estratégicos alemanes se -dedicaron con ahinco al estudio de las guerras napoleónicas. Es -incalculable el número de libros y artículos de revista que sobre este -tema han visto allí la luz pública, la serie de conferencias que se han -pronunciado. Aprendieron las batallas de memoria, penetraron hasta los -más recónditos pliegues del pensamiento del maestro. En la guerra de -1870 han aplicado con feliz éxito el sistema de convergencia ó -concentración de fuerzas que Napoleón empleó en sus primeras campañas, -sobre todo en la de Italia. En la actual, por virtud de las -circunstancias, no han podido desarrollar en grande este método; pero en -cambio, apelan al mismo que Napoleón hubo de apelar en la campaña de -1813. - -La situación de los ejércitos alemanes en los presentes momentos es casi -exactamente la misma que ocupaban en aquella fecha los de Bonaparte. -Este, rodeado por los aliados de entonces, se apoyaba con el núcleo más -escogido y fuerte de su ejército en el centro de Alemania, cerca de -Dresde. Tenía en el Norte un ejército llamado de Berlín para oponerse al -de su antiguo subordinado Bernadotte; al Este, otro llamado de Silesia, -para resistir al mandado por el mariscal Blucher, y por fin, otro al -Sur, para combatir á los austriacos y prusianos mandados por el mariscal -Schwarzenberg. Su táctica consistía en movimientos de vaivén, en lo que -ahora se llama _juego de lanzadera_. Añadía repentinamente sus fuerzas á -las de uno de los ejércitos de la perifería, y después á otro, según le -convenía. La táctica de los aliados se limitaba á retirarse cuando el -Emperador acudía á un sitio y avanzar al mismo tiempo por el otro. - -Este movimiento de vaivén, este _juego de lanzadera_ es el que ejecutan -actualmente los germanos con medios desmesuradamente más eficaces, -trasladando sus fuerzas de Oriente á Occidente, y viceversa. Napoleón -ejecutaba estos movimientos con marchas forzadas á pie, mientras ahora -se utilizan las líneas férreas. Napoleón los dirigía por sí mismo, -mientras ahora existe un Estado Mayor que, obedeciendo al plan del -general en jefe, se encarga de dirigirlos. - -Los aliados consiguieron al fin estrechar círculo y reducir á Bonaparte -á librar la batalla de Leipzig, donde fué derrotado y por milagro pudo -salvar su ejército y trasladar el teatro de la guerra á Francia. -¿Lograrán los aliados de ahora estrechar el círculo alemán y obligarles -á aceptar batallas con fuerzas inferiores? Es un secreto de lo porvenir. -La Inglaterra así lo tiene calculado y previsto. Desarrolla contra -Alemania el mismo plan y sistema que empleó tenazmente para hacer -sucumbir á Napoleón. - -Pero si los alemanes lograrán vencer en esta guerra (caso ya imposible), -los franceses tendrían la satisfacción y el disgusto á la vez de ser -vencidos por el mismo caudillo que tantas veces les llevó á la -victoria. - - - - -Los socialistas franceses - - -No hay hombre con el corazón en su sitio que no se haya sentido alguna -vez socialista. Al bajar á una mina; al tropezar, saliendo del teatro, -con el bulto de un mendigo, helado por el frío y el hambre, estalla la -cuerda de nuestros razonamientos habituales y nos damos cuenta de que -todos somos un poco estafadores y que caminamos sobre un terreno -movedizo y falso. - -Y sin embargo, hay sujetos que así que escuchan la palabra socialismo -ponen la cara larga, se espeluznan, dejan escapar odiosos sonidos -guturales y algunos derraman abundantes lágrimas. Bombas que revientan -sembrando el exterminio; manos negras que registran sus archivos; otras -manos, más negras aun, que se introducen en su gaveta; imprecaciones; -blasfemias; todo surge en temerosa visión delante de sus ojos -aterrados. - -No es para tanto. El socialismo, como la misma palabra lo indica, no -significa en el fondo otra cosa que el deseo y propósito de organizar la -sociedad de un modo más justo. Este deseo y propósito son perfectamente -legítimos. ¿O es que pensamos que la sociedad humana ha llegado á la -perfección? - -Pero si á este deseo se mezcla el odio, todo flaquea y se derrumba. El -odio es el más eficaz disolvente que existe sobre la tierra. En cuanto -este dios infernal se presenta todo cambia de aspecto y se ennegrece. Y, -desgraciadamente, el socialismo ha hecho su aparición en nuestros días -acompañado de tan funesta deidad. - -Un _leader_ del socialismo español, con quien tropecé hace años en una -fonda, me decía: «Desengáñese usted; este asunto se resolverá como todos -los otros de este mundo: por la fuerza.» Yo le respondí: «Está usted en -un error, amigo mío; este asunto, como todos los otros de este mundo, se -resolverá por el amor.» - -Y el tiempo ha empezado ya á darme la razón. ¿Quién puede imaginar á la -hora presente que triunfe una revolución popular disponiendo la -burguesía de mercenarios con mausers, cañones de tiro rápido y -ametralladoras? - -Sí; el amor; esto es, el sentimiento de fraternidad, guiado por la -razón, es el que se encargará de resolver este problema, limando poco á -poco las irritantes desigualdades sociales. La Naturaleza no da saltos; -pero la sociedad tampoco. La orilla está lejos; pero está más cerca de -lo que hace algún tiempo pensábamos. - -El moderno socialismo tiene su fuerza en Alemania. Esta afirmación -sorprenderá y causará pena á algunos de nuestros germanófilos que no -pueden imaginar que de Alemania venga otra cosa que autoridad, sumisión, -disciplina. Y tienen razón, después de todo; las masas socialistas están -mucho más disciplinadas en Alemania que en otras partes. Por eso son -mucho más peligrosas. Esta disciplina matará la otra. - -En Francia el socialismo ha sido siempre más teórico que práctico. Hubo -diversas clases de soñadores. Los unos atacaron la propiedad: fueron los -_comunistas_. Los otros atacaron la familia: fueron los _fourieristas_, -los del famoso falansterio. Otros, la religión: fueron los -_sansimonianos_. Ninguno de estos soñadores, sin embargo, logró -arrastrar y concitar las masas; ninguno pudo organizar en París una -manifestación de 300.000 hombres, como la que se efectuó en Berlín hace -algunos años. - -Si venís á Francia y recorréis las provincias os sorprenderá conocer el -personal con que hoy cuenta el socialismo. Veis en un pueblo un precioso -jardín cultivado con el mayor esmero, rodeado de verja; en el fondo, un -soberbio hotel; hay jardineros que riegan y podan; hay criaditas, -elegantemente vestidas con su delantal y su cofia blanca, asomadas á la -terraza. «¿A quién pertenece esta finca?»--preguntáis--. «A monsieur -F...--os responden--; jefe aquí del partido socialista.» Entráis á -consultar con un médico famoso. Os abre la puerta un criado de librea; -la casa está puesta con lujo excepcional; antes de pasar á su gabinete -podéis echar una mirada furtiva al comedor, donde se halla reunida una -familia numerosa tomando el té. Este doctor es el célebre B..., director -y propietario de una revista socialista. Entráis en una iglesia á oir -misa, y al salir tropezáis con un caballero que espera á su señora. -Esta, vestida con suprema elegancia, con el devocionario en la mano, se -acerca á él sonriente, le pasa el libro, se cuelga á su brazo y ambos se -alejan departiendo alegremente. Es monsieur D..., diputado socialista -por el departamento. - -Por lo que se advierte, estos socialistas franceses no son ya muy -peligrosos ni para la propiedad, ni para la familia, ni para la -religión. Son microbios, cultivados que han perdido su virulencia. - -¡Pero los nuestros son ponzoñosos en grado extremo!--oigo exclamar á -algún conservador furioso--; Y me recuerda los viles asesinatos de -Cullera, los incendios, las crueldades de Barcelona, los pillajes y -depredaciones de otros sitios. - -Tiene razón; por ahora nuestros socialistas son descamisados, y el -carecer de camisa no ayuda mucho á la moralidad. «Si es que el pobre -puede ser honrado»--decía Cervantes--. La honradez es un producto caro -y, en general, sólo está al alcance de las personas de posición -desahogada. El privilegio más envidiable de los ricos es que pueden -proporcionarse el lujo de ser honrados. - -Sin embargo, ha llegado á mis oídos que alguno de los jefes actuales del -socialismo español tiene camisas de noche y de vestir, y no sólo -camisas, sino también fincas urbanas, y que es un despiadado casero que -envía á sus inquilinos el recibo indefectiblemente el primero de mes á -la hora del almuerzo para que pierdan el apetito y se les indigesten los -filetes empanados. No creo en esta leyenda negra, inventada y -esparcida, sin duda, por algún malévolo reaccionario. - -En todo caso, debiéramos alegrarnos de que los socialistas posean fincas -urbanas. Y si adquieren algunas acciones del Banco de España, mejor que -mejor. El día en que los socialistas españoles tengan jardines -enverjados y lleven á sus señoras á misa, los burgueses no tienen ya que -temblar por sus títulos de propiedad y sus gavetas. - -Los socialistas de todos los países han añadido á su bandera en los -tiempos modernos un lema seductor: «¡Abajo la guerra!», «Fraternidad -universal». Está perfectamente. Yo me sentí cautivado desde el primer -momento por este grito que responde á la aspiración vehemente de todo -espíritu cristiano. - -Fraternidad universal. ¡Qué hermosa palabra! Pero esperando esta -fraternidad tan dilatada, ¿no podrían los buenos socialistas hacer uso -de otra, más restringida? Porque todos los días vemos que cuando se -declara la huelga en cualquier establecimiento industrial, si un -desdichado obrero, acosado por el hambre, se presenta allí pidiendo -trabajo, sus hermanitos se arrojan sobre él con fraternidad canina. - -Nadie ha dejado de experimentar en Europa un sentimiento de simpatía al -ver estampado entre los principios del moderno socialismo el desarme de -las naciones y, como consecuencia, la paz entre ellas. Antiguamente se -decía: «Paz, entre los Príncipes cristianos.» No debiera suprimirse la -frase, porque los Príncipes cristianos han sido los principales -causantes de esta guerra. Todos, hasta los más recalcitrantes burgueses, -volvieron hacia ellos los ojos con afectuosa complacencia. En las -tinieblas que amontonaron sobre la vieja Europa los incesantes -armamentos, sembrando el pavor en todas las almas, el único rayo de luz -que percibimos venía del socialismo. La diplomacia--nos decíamos--es -impotente, está desacreditada; pero el socialismo es fuerte, las masas -de trabajadores se encargarán de oponer una barrera á las ambiciones y -soberbia de los tiranos. Si dejan caer el fusil y se cruzan de brazos, -¿quién marchará á la batalla? - -Amarga ha sido la decepción. No dejaron caer el fusil; al contrario, se -apresuraron todos á empuñarlo y á servirse de él con la misma -inconsciencia que los soldados mercenarios. - -¿Ha sido cobardía? ¿Ha sido el feroz instinto gregario que arrastra á -las muchedumbres cuando se logra enardecerlas? No sé; pero es bien -lamentable. Entre todas las bancarrotas que la presente guerra ha traído -consigo, la más triste es la del socialismo. Hablando hace algunas horas -con uno le expresé, no sin cierto calor y amargura, mi sentimiento de -tristeza ante el espectáculo que en esta guerra habían dado al mundo sus -correligionarios. - ---¿Valía la pena--le dije--de que ustedes estuvieran tantos años -predicando la paz y la fraternidad internacional, oponiéndose -sistemáticamente á los armamentos, para que terminasen siendo tan -feroces guerreros como los demás? - -He aquí los términos en que respondió á mi interpelación: - -«Para todos, lo mismo burgueses que socialistas, han llegado tiempos -bien duros. Cuando se grita ¡fuego! en una casa, los más estoicos saltan -de la cama, y cuando se grita ¡ladrones!, el mayor santo echa mano al -cuchillo de la cocina. Ser pacifista teniendo á su lado un enemigo que -acecha vuestros movimientos para arrojarse sobre vosotros al primer -descuido, es un verdadero crimen. Sí; nosotros los socialistas franceses -hemos cometido ese crimen, y debemos expiarlo derramando profusamente -nuestra sangre. Nos hemos opuesto á los gastos militares; hemos -maltratado á nuestros bravos y previsores generales, pensando que allá -abajo nuestros hermanos harían lo mismo. Algo hacían; pero ahora vemos -que todo era comedia, que en el fondo eran cómplices de los tiranos y lo -mismo unos que otros estaban de acuerdo para lanzarse sobre nosotros y -arrancarnos el fruto de nuestro trabajo. Todas las leyes, lo mismo las -humanas que las divinas, ceden ante el derecho de legítima defensa. ¿No -os defendisteis vosotros con brío en Zaragoza y Gerona cuando nosotros -invadimos vuestro territorio? Y, sin embargo, vosotros sabíais bien que -no llevábamos propósito de apoderarnos de vuestro bolsillo. El caso era -bien distinto que ahora. Los franceses penetramos injustamente, lo -reconozco, en el territorio de otras naciones; fué un movimiento de -vanidad explotado por un hombre de genio; antes nuestra República había -sido atacada por ellas. Pero los franceses llevábamos algo que daros. -Llevábamos en el orden político los sagrados derechos del hombre, -desconocidos y hollados entonces en Europa; llevábamos en el orden civil -un Código que todos después habéis copiado. Ibamos á sustituir un -régimen despótico por otro liberal, á cambiar simplemente un rey por -otro. Después de todo, franceses eran ambos; el uno; hermano de -Bonaparte; el otro, nieto de Luis XIV. La prueba de que no éramos unos -bandidos es que los hombres más eminentes que entonces poseíais se -pusieron de nuestra parte, los Moratín, los Silvela, los Meléndez -Valdés, los Hermosilla, etc. Y en otras naciones acaeció lo mismo. -Goethe, el más alto espíritu que la Alemania ha tenido hasta ahora, -fué injuriado en su país por suponérsele amigo nuestro. - -«Pero Alemania, ¿qué es lo que trae de nuevo y de bueno á la Europa? Ni -tiene más inspirados poetas, ni más profundos filósofos, ni sus leyes -son más sabias, ni sus costumbres más puras. Tiene algunos hombres de -ciencia eminentes. Otros existen, tan grandes como ellos, en Francia, en -Inglaterra, en Italia y en Rusia. Los más sorprendentes inventos -modernos no se deben á ellos, sino á Edison y Marconi. En vez de un -régimen más liberal y humano traen consigo la autocracia militar. Ellos -son los que han impuesto á toda Europa esa moderna esclavitud que se -llama servicio militar obligatorio. Ellos son los que se han opuesto á -la generosa iniciativa del Zar Nicolás II proponiendo el desarme. Ellos -son los que han hecho fracasar la Conferencia de La Haya. Ellos son los -que mantenían la alarma y la zozobra en todo el mundo. ¿Qué les debemos -pues, en resumen? Un poco más de química y mucho menos sentido moral.» - -Dejo á mi vehemente interlocutor la responsabilidad de estas razones -que, aunque exageradas, guardan un fondo de verdad. - - - - -Franceses y Españoles - - -Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un -equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar -de las relaciones entre franceses y españoles en los actuales momentos -sin herir á los unos ó á los otros es empresa que debiera hacerme -retroceder por lo peligrosa. _¡Callad! ¡Desconfiad! ¡Los oídos enemigos -os escuchan!_, se lee hoy en París por todas partes: en las estaciones -de los ferrocarriles, en los tranvías, en los cafés, en los comercios. -No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda -tirante poseo un balancín, del cual me he servido siempre con buen -éxito. Este balancín se llama _sinceridad_. - -Pero el citado esparcido letrerito se presta á algunas consideraciones. -Desde luego hace ostensible que el carácter francés es expansivo. En -Berlín no hará falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos -se hallasen en guerra (que no se hallarán) con alguna otra potencia -europea, tampoco. - -Tenía yo un amigo de esta región con el cual tropecé en la calle después -de larga ausencia. - ---¿Cuándo ha llegado usted?--le pregunté. - ---Hace tres días--me respondió. - -Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, añadió: - ---Y algo más. - -Maestros como éste hacen falta, por lo visto, en Francia. - -Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es -manifiesto que en España no son todos amigos y admiradores de la -Francia. Antiguos resentimientos, cóleras, despechos; esto es lo que -sale á la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque. - -Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en -estrecho comercio con una persona, las pequeñas molestias, -desatenciones, injusticias, que nuestro congénito egoísmo arrastra -consigo, se van depositando lentamente en lo que los psicólogos llaman -«conciencia subliminal». La educación, el amor á la tranquilidad, la -pereza, también retienen prisioneros todos aquellos elementos de -discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento -imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con -los ojos inyectados. - -Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta -ahora de ganar nuestra simpatía. La Prensa particularmente no ha -vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en más de una -ocasión. Cuando el actual presidente de la República nos hizo el honor -de visitarnos, algunos de los periodistas que con él vinieron no -estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus -correspondencias leí con estupefacción que las calles de Madrid eran -lóbregas. Es sencillamente ridículo, porque en todas las capitales de -Europea hay calles más lóbregas que en Madrid. Un francés me dijo en -cierta ocasión que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos. - -Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que -maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen á producir el -efecto de una puñalada. Son pocas las personas de sangre fría capaces de -asignar á las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de -Spinosa, que dice: «Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree -haberle dado ningún motivo de odio, le odia á su vez.» - -Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa -supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se -convertiría aquella mansión en un campo de Agramante. Cuando uno es -bastante estúpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas -reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos. - -Por lo demás, no creo que si tuviésemos cerca á los alemanes fueran más -piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes años vino á -visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nación; -todo le interesaba, todo le conmovía; recorría los pueblecitos de la -provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y -aprendía unas canciones bárbaras, que repetía de un mondo que me hacía -estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de -que aquella admiración por España no era de buena ley. Un día vino él -mismo á confirmarlas. - ---Ayer--me dijo--he tropezado con un amigo y compañero de Leipzig que -desde hace unos días está en España. El pobre hombre se queja de todo, -se queja de los ferrocarriles españoles, se queja de los hoteles, de -los servicios públicos, del correo, del pavimento de las calles, de la -Policía, del alumbrado... Yo le he dicho:--Hombre, eres un tonto. A -España no se viene á buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni -Policía, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas. - -Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista -nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en -Mequinez. - -Aparte de estas antipatías dispersas, engendradas por el despecho, -existen en nuestra nación poderosos elementos que en la presente -contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin -temor á equivocarse, que de los tres estamentos, clero, _milicia y -estado llano_, sólo el último simpatiza con los aliados. Los dos -primeros, más o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los -Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su -actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es -lógico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta -inclinado hacia él. Si en vez de los explosivos y los líquidos -inflammables predominase en Alemania el dulce de almíbar, y la fábrica -Krupp, en vez de cañones, fabricase mantecadas, todos los confiteros -españoles serían germanofilos. - -No encuentro tan justificada la actitud del primero. ¿De dónde ó de qué -procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia -los alemanes? - ---No es el amor por los alemanes lo que les impulsa--me decía un -amigo--. Es el odio hacia los franceses. - ---¡Imposible!--le respondí--. En la doctrina cristiana la palabra odio -no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado está obligado á -proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida. -Además, es posible odiar á una persona ó á una docena de ellas; pero -monstruoso y absurdo, aborrecer á cuarenta millones de seres humanos. - -Hablando con la sinceridad que he prometido, diré que me inclino á creer -en la existencia de alguna revelación sólo conocida de religiosos y -sacerdotes y oculta para la mayoría de nosotros. Es más que probable que -alguna monja, en uno ú otro convento de España, haya tenido una visión -celestial como las de Santa Teresa o su discípula la beata Marina de -Escobar, en que Nuestro Señor le revelase que debiéramos colocarnos -resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo -vituperable que no se haga pública, á fin de que no vivamos en pecado -mortal los fieles cristianos que en España hemos tomado parte por los -aliados. - -Comprendo, no obstante, que ciertos católicos se hayan dejado extraviar -por la ley de asociación en los sentimientos de que también habla -Spinosa. Cuando una persona ó cosa nos ha causado una impresión -desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona ó cosa nos la -produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva á todos los -franceses la aversión que les han inspirado unos pocos. - -El sectarismo había llegado á hacerse odioso en Francia. Era un -terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda -en su memoria el género humano la imagen espantosa. No se cortaban -cabezas, pero sí carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con -desastrosas consecuencias para las víctimas y sus familias. El Poder -central, como en tiempo de Robespierre, tenía delatores en todos los -pueblos de la República. A las oficinas del ministerio del Interior y de -la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era -una Inquisición invertida. Había una lista de las personas que -confesaban y comulgaban; otra de las que asistían solamente á misa los -domingos; otra, por fin, de los que acompañaban á sus señoras hasta la -iglesia y se quedaban á la puerta. ¿No es verdad que esto hace reir? -Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto -instinto de lo cómico, hayan podido sufrir tamañas ridiculeces. - -Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la -cobardía social, como en todas las épocas y en todos lo países se -registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la -nación, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino -por la cesantía y la postergación. ¿Tiene esto algo de sorprendente? -Figurémonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra España se -hallaba entre las garras de una minoría grosera y anárquica, cuando se -ponían restricciones al culto católico, cuando se insultaba en la calle -á sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferían -blasfemias repugnantes; figurémonos que existiese á nuestro lado una -nación timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio -mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; ¿no clamaríamos -inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con -respecto á España, en este caso á la hora presente. - -Con razón ó sin ella se halla aquí esparcida la opinión de que los -españoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta -irritación se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos -españoles, lo mismo señoras que caballeros, se me quejan de que en -ciertos sitios se les recibe con descortesía; que en los comercios donde -realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras -desagradables. Yo les respondo: «Señoras y caballeros, no debe -sorprenderles mucho que esto suceda. Es fácil olvidarse de que el amor -no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de -desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los demás se -ponen á ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo -tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el -odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos á su amo, que -no se ha movido de casa. Mi padre tenía un perro que no podía entrar en -cierto caserío cuando íbamos de paseo, y se veía obligado á volverse por -tener allí un enemigo formidable de su misma raza. Aconteció que el -dueño de este perro vino un día á visitarnos; el nuestro, con gran -sorpresa de todos, porque era muy pacífico, se arrojó sobre él -furiosamente y costó gran trabajo impedir que le despedazase. Así es el -mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aquí los vidrios -que allá, en Madrid, rompen los germanófilos.» - -Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me -acompañan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera -molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes -con irreprochable corrección. Acaso sea todo aprensión y bobería de -estos buenos españoles. - -Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto -desconcertarnos. ¿Qué significa el vulgo? Lo que nos importa aquí y en -todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse -clase intelectual. París es algunos millares de personas, y Madrid -algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus -sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de -un lado o de otro al más ligero soplo; lo que hoy ama mañana lo -aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio. -Recuerdo que cuando vine por primera vez á París, hace más de veinte -años, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por -italiano á fin de evitarme molestias. Hoy me convendría afectar el -acento toscano ó napolitano. - -Los intelectuales franceses están de nuestra parte han recibido con -gratitud el manifiesto que el año anterior les han enviado los nuestros; -saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos -aprecian á veces más de lo justo. En un estudio sobre la literatura -española publicado recientemente por el sabio catedrático de la Sorbona -Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: «De todas las -literaturas extranjeras, la española es quizá la que ha ejercido en -Francia la acción más profunda y continua.» Es falso, pues, que nos -desprecien los únicos capaces de apreciar y despreciar. Y como éstos -son, en definitiva, los que guían la opinión y dirigen el mundo, debemos -estar seguros de la amistad de la Francia. - - - - - -El ahorro francés - - -«Francia tiene un «gato»; es necesario quitárselo», decía el Príncipe de -Bismarck á sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los -discípulos de hoy quisieron repetir la hazaña. Pero los franceses han -guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que -aquéllos pongan la mano sobre su lomo. - -¡Pobre animalito! ¡Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sería triste -que los bárbaros se apoderasen de él. Seguro que con su piel harían -correas de fusiles y con sus mantecas engrasarían las llaves de los -cañones. - -No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algún -oscuro rincón uno de estos felinos, pequeño o grande. Conocí á un -funcionario del Municipio que mantenía á su esposa, su suegra y dos -hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. Así y todo, me confesó -que separaba 15 todos los meses para su «gato». El día en que no pudiese -darle siquiera unos céntimos de cordilla, el francés se moriría de -ictericia. - -El Shah de Persia declaraba hace años á un periodista que lo que más le -admiraba en Francia era el ahorro. - -Yo creo que si hubiera visto á una estanquerita que vive en la rue de -Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar. - -De todos modos, no ofrece duda que tiene en este país una importancia -capital y que á él se debe el grado inaudito de prosperidad material á -que había llegado. Es incalculable el número de Sociedades que aquí se -encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y -vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento -aquella famosa «Tutelar», de dolorosa memoria para muchos españoles. La -estanquerita de la calle de Clichy nos decía ayer á un joven profesor de -la Sorbona y á mi que mediante una pequeña cantidad que imponía todos -los meses en la caja de dos de estas Sociedades tenía la seguridad de -disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios. - ---¿Pero es que tendrá usted el mal gusto de envejecer?--le preguntó el -joven profesor. - -La estanquerita se echó á reir, ignoro si porque le «hizo» gracia la -salida de mi amigo ó por enseñar unos lindos dientes sevillanos. - -El ahorro francés no es sórdido ni repugnante; es prudente, metódico, -sabio. Un francés no se priva jamás de lo necesario y se autoriza todos -aquellos goces compatibles con él. Entre nosotros se dan casi siempre -los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana ó ha -ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero -poseyendo millones. - -Los tenía un viejo solterón que existía hace años en mi pueblo. Para su -regalo había adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera, -Rioja, Manzanilla, Jerez; todo añejo y exquisito. Por lo menos eso se -decía entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente -todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando -y le era pesado engullirlas, bajaba á la cueva antes de cenar, tomaba -una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato. -«El que se coma las patatas--decía--se bebe la botella de Jerez.» En -efecto; se comía las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba -con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo á la cueva -para colocarla en su sitio, repitiéndose la misma escena al día -siguiente. - -Aquí se bebería la botella de Jerez así que hubiera apartado lo bastante -para comprar otra. - -Es una pasión el ahorro en Francia; pero es una pasión discreta, -reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los -franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeño -empleado toma los domingos su caña de pescar, después que ha almorzado, -y se va al río. En la apariencia es un recreo; él así lo manifiesta. -Pero los vecinos saben á qué atenerse. «Monsieur F*** va por la cena», -dicen para sí. Nadie sonríe, no obstante, ni menos se autoriza la más -ligera broma. - -En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en -nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacífico, cortés, -insinuante; alguna vez también poeta melancólico. Pero tocad el asunto -del dinero; inmediatamente asomará á sus ojos la tragedia. - -Cualquiera que á París venga en este momento y no conozca el carácter -francés quedará estupefacto. La gente ríe, canta, se divierte como si -se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera -á torrentes á pocos pasos de aquí. En los rostros no se pinta zozobra ni -tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera -un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de -la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas -por coquetería. Mucho se engañaría el que juzgase por estos signos el -espíritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el país más -prudente y sensato de la tierra. El francés suena los cascabeles para -disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su -demencia. - -¡Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no -la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el -mundo. Si los franceses lo son un poco más que los otros, el caso no -tiene excesiva importancia. Pero sí la tiene enorme la frialdad que -tanta cordura ha engendrado. Entráis en el seno de una familia y -observáis con sorpresa que los hijos, así que comienzan á ganar dinero, -lo colocan en las Cajas de Ahorro y sólo dan á sus padres lo que gastan -en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que -tiene más de un hijo se le mira con cierta compasión despreciativa. Le -dije en cierta ocasión á una señora que dirige una tienda de bisutería: - ---Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese -siete hermanos. - -La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura: - ---¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes! - -En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee -500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee -300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo -contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se -observa generalmente en los ricos españoles! - -En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta -frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota -doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes -palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía -se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se -contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que -reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora -que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía -calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho. - -Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego -que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me -informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había -perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le -ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos -especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos -ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse. -Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los -últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo. -Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia. -Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás -mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con -entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan -perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus -riquezas. El ciego me replicó, suspirando: - ---Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como -usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo. - -Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas -almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el -honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la -importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la -importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora -por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por -igual fervoroso culto. - -En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como -todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre, -peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido -valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los -periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen -ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia? -Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde -hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á -sus parroquianos. - -Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el -propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente -la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas -en que había tomado parte. - ---Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los -cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso. -Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto -nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron -una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de -aquellos cochinos... - ---¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!--exclamó -monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás -vivamente. - -Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita -de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido -y balbució algunas palabras incoherentes. - -¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de -sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado? -¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante, -sino que corría de su bolsillo. - -Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una -virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se -priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus -semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte -de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le -llamamos interesado. - -Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una -rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama -con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros -cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de -energía nos será de mayor utilidad. - -Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque -ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado -todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido -unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien -generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son -estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus -gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus -palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún -beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle. - -Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero -es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil; -pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no -complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto -al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto -de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si -nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á -puerto seguro. - - - - -Las mujeres y la guerra - - -Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español -recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de -jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á -nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al -parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se -escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse. - -En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las -cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el -otro, y así sucesivamente. - -Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen -240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del -vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la -clase más numerosa. - -Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los -españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando -nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos -marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada -uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo -el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En -ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en -España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que -diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania -es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo -llevamos dentro. - -Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y -exclamó: - ---¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas -cosas! - ---No hay que hacer un viaje tan largo--le respondí--. Se conoce que no -pasea usted por las avenidas del Retiro. - -La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se -refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York. -Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población -flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los -alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para -divertirse. - -Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los -franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han -deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará -de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías -cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la -única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De -tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro -nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París) -pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con -pudor. - -Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las -provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde -hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí -mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las -damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer -divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra -parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese? - -Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele -un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia, -la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse -amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que -me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas. - -El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su -influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin -ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas -para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si -leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa -variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición -para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son -pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas -estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio -pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os -dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro, -porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real. - -Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más -envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de -viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa -concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es -cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil -sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja. - -Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que -arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están -fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice: - ---Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no -conseguirá entrar en el coche. - -Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio -donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la -puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que -me dice: - ---Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado. - -Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de -adorar á estas buenas viejas francesas? - -Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España -provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el -mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una -aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres -labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada -trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las -acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos -paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con -frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos -conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con -un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa -entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo -toda cortesía. - ---¡Oh, madame!--gritaba, una dando á la otra un arañazo. - ---¡Oh, mademoiselle!--gritaba la otra respondiendo con un estirón de -pelos. - -Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son -republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas -señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina, -por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan -sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que -sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de -nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su -curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se -obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó -anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una -historia que las enternece. - -Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las -he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más -dignidad aun. - -Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en -denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las -mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas -ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en -todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus -esposos y hermanos hasta morir. - -¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de -agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la -justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que -el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido -por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos -cuartel! - -Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada -injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los -maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus -hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con -igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que -ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta -inquietud y amargura: - ---Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son -los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de -los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en -las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los -hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan -recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un -hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de -establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave -conflicto, puede usted creerme. - -Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa -original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si -hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no -necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige -placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los -hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual -salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera. - -Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su -hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras -permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados -rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin, -recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para -arbitrar recursos. - -Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan -á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen -mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se -conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan -en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un -piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y -el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales, -representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de -prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados. - -Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos -recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo. -Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre -aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino -flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á -convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente, -prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos. - -Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio, -transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas -enfermeras le pregunté: - ---¿Son ustedes aquí todas voluntarias? - ---Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias. - -Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota: - -Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El -hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates, -_sin piernas y ciego_. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle -por primera vez al hospital, el hijo le preguntó: - ---Padre, ¿me quieres todavía? - ---Infinitamente más que antes, hijo mío. - ---Pues voy á pedirte un favor. - ---Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición. - ---Mátame. - ---¿Qué es lo que estas diciendo? - ---Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá. - -Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre. - - - - -Autores y libros - - -Después de los políticos, los literatos somos lo peor en cada país. La -política es la región del interés y la vanidad; el arte solamente de la -vanidad. Un artista prescindirá sin inconveniente del almuerzo si os -dignáis elogiar sus obras: en el caso de que habléis mal de las de sus -colegas prescindirá también de la cena. Un político necesita además -«champagne» y buenos cigarros. Tratándose no obstante de adulación tiene -el estómago menos delicado que el literato. Cuando yo era joven y -asistía á ciertas tertulias de políticos he visto á más de uno engullir -con fruición verdaderos platos de taberna. - -Se habla, sin embargo, demasiado de la vanidad de los poetas; como si -los que no lo son estuvieran exentos de ella. Todos los que ejecutan -alguna obra en este mundo, y hasta los que no ejecutan ninguna, se -juzgan dignos de ser celebrados. - -Entre los grandes literatos, según dicen, el francés es el más -puntilloso e insufrible. Ignoro si esto es así, porque no tengo el honor -de tratar á ninguno. Pero en España existía hace años un famoso poeta á -quien preguntaba en cierta ocasión uno de sus jóvenes admiradores: - ---Dígame, usted, don M..., ¿quién es más grande poeta, Shakespeare ó -usted? - ---Te diré--respondió el poeta español gravemente, dispuesto á esclarecer -el asunto. - -No imagino que Víctor Hugo hubiese ido más allá. - -De todos modos yo perdono á los literatos su impertinencia. Y si el -lector quiere perdonarlos también fácilmente, no tiene más que hacer lo -que yo: vivir alejado de ellos. - -Un amigo mío, gran aficionado á los toros, me decía: «Me encantan las -corridas; pero detesto á los toreros. Si yo fuese un déspota como -Calígula, una vez terminada la fiesta los encerraría en la cárcel y no -los dejaría salir hasta la siguiente.» De igual manera encerremos á los -autores en la cárcel de sus libros y no los saquemos sino en los -momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en París, -hace ya muchos años, pertenecían al número de los vivos Zola, Daudet, -Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiración que me -inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relación con -ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las -tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron -con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su -orgullo[1]. - -[Nota 1: Después de publicado este artículo en _El Imparcial_ he -tenido ocasión de conocer personalmente á algunos eminentes escritores -franceses que han sido para mi mucho más corteses y amables aun que -Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que á ellos se refiere -cuanto acabo de decir.] - -Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se -disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe -realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aquí la más -alta aristocracia social, y sin ser precedidos de líctores y fasces el -público les abre paso y les saluda con respeto. Pero en España no existe -ni nunca ha existido, aunque supongo que existirá con el tiempo, porque -no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo más rústico de Europa. -Cuando recuerdo aquellos desdichados y famélicos literatos nuestros del -siglo XVIII, que pasaron su vida injuriándose, sin que el público -advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al -mismo tiempo. - -Aquí, no sólo se disputan la gloria, pero también el dinero. Porque la -literatura vale dinero, aunque no tanto como por ahí se dice. Las -ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que -obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la -hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se -hacen esfuerzos increíbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan á -veces hasta los últimos extravíos de lo ridículo. Un poeta anuncia en -los periódicos que el gallo que le inspiró su comedia se ha vendido en -cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que -tal día de tal mes, á las cuatro en punto de la tarde, morirá de muerte -natural en su propio lecho. Unos sonríen y se encogen de hombros al leer -estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se -persigue. - -La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que -Alejandro Dumas (hijo) decía de su padre: «Mi padre es tan glorioso, -que se disfrazaría con gusto de lacayo y se sentaría en la trasera del -coche con tal de que el público pensase que iba dentro.» Un joven -periodista me iniciaba estos días en el arte de adquirirla, en los -secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar á -cabo para bloquear y rendir á la opinión. - ---Un artículo de M. D... cuesta tres mil francos--me decía--. Uno de M. -L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale más que dos mil, porque -su periódico tiene menos circulación. - ---¡Pero esos críticos deben vivir en la opulencia!--exclamé yo con -asombro. - ---Esos críticos no perciben un céntimo de ese dinero. - ---¡Cómo! ¿Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado -en el periódico? - ---Nada de eso. Si la vendieran perderían enteramente su crédito. No -tienen otra obligación que escribir acerca del libro que el director les -presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de él, bueno o -malo. - ---¿De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos -francos porque le, llamen tonto en un periódico? - ---Así es--replicó mi joven interlocutor--, porque aquí vale más ser un -tonto conocido que un genio ignorado. - -Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados -directores y propietarios de periódicos españoles que dejan el paso -libre en las columnas de sus diarios á toda clase de adjetivos -arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada. - -Por estos datos podrá el lector inferir la enorme significación que aquí -tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prócer que el -plebeyo, las damas y los caballeros. El número de librerías es -asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La -señorita del comercio donde compráis galletas ó corbatas os hablará de -las últimas producciones literarias con acierto y sagacidad -sorprendentes, y á veces tratará de nuestra literatura misma con mayor -conocimiento de ella que algunos millonarios españoles. Después de la -guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les -faltará dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido -continuar publicando obras españolas, aunque nosotros no tengamos que -soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da á -luz algunos volúmenes en lengua francesa. - -Por eso, porque los literatos franceses están acostumbrados á que se les -mime y festeje en demasía, á que se conozcan por todo el mundo y se -transmitan á los últimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus -estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar -algunas simplezas. La guerra ha sido ocasión para que se profieriesen -bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble -francés, que después de la guerra de la Vendée entra en su casa con el -cuerpo y el alma transidos de dolor por el egoísmo de algunos de sus -compañeros, se limita á decir con magnánima sencillez: «Todos los -barones no han cumplido con su deber.» De igual modo podemos decir -ahora: «Todos los escritores no han conservado su dignidad.» Se han -escrito y publicado muchas ridículas fanfarronadas, amenazas, frases de -mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emoción y sólo -para fijar las miradas del público. Esta es la plaga de la literatura -francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad, -para convertirse en lacayos de la opinión. Les llevamos sobre este -punto los que en España cultivamos las letras una ventaja envidiable. -Que escribamos tuerto ó derecho, como ángeles ó demonios sabemos de -antemano que el gran público no se cuidará de nosotros; trabajamos para -unas docenas de aficionados; somos libres como el búho de Minerva. - -¡Oh, sacra libertad; jamás pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he -sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes -libros que entregué al público; pero confieso que nunca los sentí más -tiernos que allá en mis años juveniles cuando bajaba la escalera de un -eminente político después de haber estado algunas horas en su tertulia. -¡Dios mío!--exclamaba, levantando mis ojos--. ¿De qué vale la gloria y -el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? ¡Pobre -grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un -esclavo como tú de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy á sentarme en -un banco de Recoletos ó á comer un beefsteak al café Habanero, y no me -perseguirá, no, la turba de tus zorroclocos aduladores. - -Los escritores franceses ponen demasiado el oído á los rumores de la -calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden -pasarse sin mimos, como los niños. Necesitarían una escuela más ruda -para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros días, -el buen sentido, que es el fondo del espíritu galo, se impuso. Hace -mucho tiempo que se han desterrado de los periódicos las frases de mal -gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad. - -Me hallaba uno de estos días sobre la terraza de la iglesia del Sagrado -Corazón, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora -de la melancolía. El panorama que mis ojos descubrían es único en el -mundo. La gran Lutecia extendía la techumbre de sus moradas hasta los -últimos confines del horizonte. El Sol, ocultándose unas veces detrás de -las nubes, otras asomándose repentinamente, jugaba con ella, bañándola -de luz y oscureciéndola alternativamente. Allá una neblina azulada daba -la impresión de una paz idílica; aquí una nube negra inspiraba tristeza -y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Inválidos, el -Panteón, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Señora, evocaban en mi -espíritu los hechos más salientes de la historia antigua y moderna. - -En aquel momento sentí como nunca la importancia de esta gran ciudad. -Víctor Hugo ha dicho: «París es el cerebro del mundo.» No lo creo: es -una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enfático. -París no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas -partes hay cerebros. París es la mano del mundo. Los hombres sobre este -planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no sólo por la -distancia física, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano -que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos -en nuestra soledad. - -¡Grande y noble destino el de Francia! Aquí venimos todos á lavarnos de -nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las -fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y -groserías de que está plagado el mundo. La Francia entera parece un gran -salón y París la señora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener -en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los -alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedarían uncidos al yugo -amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo -fueron al de Atenas. - -La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeñeces -de los hombres. Cuando entran en París, los reyes más déspotas se -convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de -buena sociedad. Todo el mundo se arregla aquí la barba y se quita las -botas de montar. Los «pieles rojas» de América os pedirán perdón cuando -pasan delante de vosotros. - -Alguien me dirá que estas son apariencias y que lo que importa es poseer -elevada inteligencia y recto corazón. Convenido; pero la cortesía es un -antídoto contra el egoísmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se -llega á los sentimientos, dicen los modernos psicólogos. Pascal tomaba -agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que -necesita todos los frenos de la educación para no mostrar su lacería. - -Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es, -además, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos -lujos: Inglaterra posee una literatura más rica; Alemania, una filosofía -más alta; Italia, un arte más espléndido. Sin embargo, tomada en -conjunto, Francia es la nación que sobresale. Su literatura en el siglo -XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon, -Mme de Sévigné, Molière, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los -más grandes de otros países. En el siglo XVIII hay colosos como -Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux, -Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo -han alentado aquí hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Víctor -Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de éstos -algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nación puede -ostentar. - -Y si pasamos á la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus -aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han -sido y continúan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal, -Laplace, D'Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampère, -Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los -presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine, -Brown-Sequard lo pregonan igualmente. - -No hay en estos últimos años un sabio naturalista que pueda compararse á -Pasteur, ni un matemático á Enrique Poincaré, fallecido recientemente, -ni metafísico á Bergson, vivo aun para gloria de su nación. En los -momentos actuales trabajan aquí brillantemente sabios como Le Dantec, -Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le -Bon y otros muchos que me es imposible nombrar. - -Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan -ávida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armónico que -realizan aquí, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los -sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo -menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazón se -me aprieta y una ola de amargura llega á mi garganta y quiere ahogarme. - -Ese pueblo español se me representa como un hombre bien dotado, de -fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera -que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese allá y le sacudiese -rudamente y le gritase al oído: «¡Despierta, despierta! ¿No escuchas el -canto de la alondra? ¿No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la -tierra? La obra es larga. ¡Apresúrate! La Humanidad espera todavía mucho -de quien ha engendrado á Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien -no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continúas durmiendo, -el polvo formará costra sobre ti, los ratones y las arañas treparán -encima y los carneros imprimirán su pezuña sobre tu rostro.» - -Quizá el dormido despierte, quizá se restregue los ojos y después de -vacilar le responda: «¡Para qué!» Y se vuelva del otro lado para seguir -durmiendo. - -Acaso tenga razón. ¿Qué es lo que vería al ponerse en pie? Campos -desecados, hombres hambrientos, el nepotismo dictando órdenes, la -injusticia erigida en sistema, la frivolidad soltando carcajadas -estúpidas, una política mezquina envenenando las inteligencias más altas -y los más nobles caracteres... - -¡Duerme, pueblo español, duerme! Vale más vivir dormido que despierto y -desesperado. - - - - -El Krishna de las trincheras - - -La repetición es la ley de la vida. Se repiten los hechos y también los -pensamientos. Lo que pensaron nuestros más antiguos progenitores cuando -comenzaron á pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros. - -En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la -Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un -estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofía del -Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en -el Pórtico; los hombres más grandes de la antigüedad le rindieron culto. -Y en nuestros mismos días, cuando la fe cristiana no endulza nuestra -amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta á los -sucesos y entregando su pensamiento al oráculo de la fatalidad. - -De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más -profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del -Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los -ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente -al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los -tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban. -Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de -cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este, -á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente -cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de -amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente -que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel -arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer -sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de -dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á -doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter -insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe -inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que -la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si -fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc., -etc. - -Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre -dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó -á mi noticia: - -No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con -un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus -conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto -tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de -la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á -él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto, -de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía -pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y -disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social. - -La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur -Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo -rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de -sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en -los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace -interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que -lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió -repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré -en breves palabras. - -«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía--nos -dijo--había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se -había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más -feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de -una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á -lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor, -se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en -él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de -los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar -alguno. - -Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en -un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros -claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían -para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que -llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había -hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando -nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos -atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás -profería una queja. - -Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno -imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no -darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre -habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de -dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un -estado de estupor difícil de describir. - -Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme -fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración -de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana -siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en -la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la -guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía -fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando. - ---No puedes dormir, ¿verdad?--murmuró una voz en mi oído. Era la de -Tabourin. - ---No--respondí secamente. - ---¿Estás triste? - ---Sí--respondí con la misma sequedad. - ---¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco? - -Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el -aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos -de agradecerlo y le dije: - ---No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez -sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver -á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que -aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las -lágrimas que vierten y verterán. - -Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando -su boca á mi oído: - ---La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo -creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran -Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra! -La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima -no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego. -Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en -el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo -cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue -jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo -único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias, -imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción? -Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas -atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte -aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea -sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan -grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que -nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino -nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las -cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en -el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida -son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de -horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora -sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la -Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que -nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida. - -No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel -compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos -figurado. - -Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad -de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo -Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que -recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco -más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras -que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis -atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e -irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono -casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los -compañeros y odioso á los jefes. - -Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando -con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de -sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas -nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las -diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero -concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de -ciencia, acaso un gran entomólogo. - -Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno -ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos -unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante -espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con -sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El -teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á -dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron -sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro -reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del -enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno, -percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente. -Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á -la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un -peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser -descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras -balas. - -Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre -Tabourin empuñando el revólver: - ---¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor! - -Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los -brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica -contraía sus labios. - -Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos -abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba. - -Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres; -yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras, -donde fuí recogido por los míos. - -Algunos días después--añadió el amable inválido sonriendo--mi pobre -pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la -ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis -aventuras militares.» - ---¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?--pregunté yo -impresionado por aquel relato. - ---Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado -alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado -persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su -ciencia. - - - - - -Los dos ideales - - -La Europa no atravesó un momento más crítico después de la caída del -Imperio de Occidente. El vulgo supone que la presente es una guerra de -comerciantes: no sabe que lo que está en litigio es el concepto del -Estado y el concepto mismo de la vida. - -Luchan actualmente el ideal germano y el latino. El primero nutrido en -otros tiempos por el panteísmo idealista, cayendo después en el -pesimismo y por fin en el monismo materialista, es hoy francamente -anticristiano. Sus directores invocan, es cierto, el nombre de Dios; -pero entiéndase que es un dios alemán con un Estado Mayor infalible y -cañones de infinito alcance; un nuevo Jehova que se deleita escuchando -los gritos de dolor de los enemigos de su pueblo. - -La moral germana ha subvertido la antigua escala de los valores, de -acuerdo con el pensamiento de su último filósofo, Federico Nietzsche. -Los buenos son los fuertes y los malos los débiles. No hay más que un -instinto primordial al cual debemos obedecer, el de aumentar nuestra -fuerza. Esta es la ley fundamental de la existencia. La moral es una -invención humana; Dios, el bien, la verdad, fantasmas creados por -nuestra imaginación. No hay más que una realidad natural, la vida. El -individuo sano y fuerte que ama la vida es el único digno de vivir. El -que busca el bien y la verdad por ellos mismos y no por amor á la vida -es un degenerado. - -No se crea que estos principios se encuentran expuestos en tal ó cual -pensador aislado de Alemania. Unas veces velados, otras ostensibles, -aparecen en muchos de los libros que allí se publican de algunos años á -esta parte. Léase con cuidado el manifiesto con que sus intelectuales -han pretendido excusar la invasión de la Bélgica y la destrucción de sus -ciudades y se verán latir dentro de él. - -El concepto del Estado germano responde á este concepto de la vida. Así -como el individuo debe subordinar todos sus instintos al primordial de -aumentar su fuerza para que la vida sea cada vez más exuberante, así la -totalidad de estos mismos individuos se debe subordinar á la vida del -Estado para que esta sea cada vez más fuerte y dominadora. Resucita la -idea espartana. Las naciones como los individuos, son dignas de vivir -unas y otras de morir. Nosotros, los latinos, cuyo instinto vital ha -disminuido, somos decadentes, impotentes, y debemos dejar el paso libre -á la raza germana, cuya vida se halla en progreso y representa lo más -alto y espléndido de la humanidad. - -No se engañen los germanófilos españoles: Se quejan de las heridas que -alguna vez les ha causado la vanidad francesa. Son celos y reyertas -entre hermanos. Pero el desprecio alemán es mucho más sincero y por lo -mismo más humillante. La Alemania contempla á nuestra España con la fría -indiferencia con que el naturalista estudia á un insecto. - -Sin embargo, no cometeré la injusticia de suponer que todos los alemanes -participan de estas ideas. En Alemania tengo amigos excelentes que -abominan de ellas tanto como yo; pero no puede negarse que se hallan -esparcidas en su país, y sobre todo que sus directores, tanto los -hombres de acción como los intelectuales, secreta ó manifiestamente las -honran y las aprueban. - -Estamos acostumbrados á ver la Alemania en su época gloriosa de fines -del siglo XVIII, cuando era el emporio de las grandes ideas y los nobles -sentimientos. Al pronunciar el nombre de esta nación acuden á nuestra -memoria los nombres de Goethe y Schiller, de Lessing, de Wieland, de -Kant, Fichte, Juan Pablo Richter, Schelling, etc; nos representamos -aquella sociedad reducida y eminente que tanto semejó á la de Atenas. -Mas, ¡ay! la Alemania actual poco la recuerda. Existen sabios muy -notables, investigadores concienzudos, pero no poetas y metafísicos -inspirados. La ciencia parece subordinada á la industria, la filosofía á -la gloria militar. - -Recuerdo que poco después de su resonante victoria sobre Francia, siendo -yo casi un niño, visité con mi padre una gran fábrica española donde -había algunos ingenieros alemanes. Después de comer y hallándonos de -sobremesa, uno de estos ingenieros (que se llamaba Jacobi como el amable -filósofo amigo de Goethe) se puso á enumerar con orgullosa -satisfacción los productos que su país fabricaba y exportaba á las demás -naciones. Cuando terminó su larga lista hizo una pausa y añadió -sonriendo:--«Y por fin exportamos la filosofía.» - -¿Que quiere esto decir si no que los alemanes ya no miran á sus grandes -filósofos más que como ruinas venerables propias para excitar la -curiosidad del extranjero? - -Los alemanes no creen en sus filósofos como los japoneses no creen en -sus ídolos. Los enseñan sonrientes á los turistas, los exportan al -extranjero como nosotros los españoles exportamos los _cantaores -flamencos_. - -Los latinos, los eslavos y anglo-sajones, más retrasados sin duda en la -evolución biológica, todavía no hemos alcanzado la serenidad olímpica -que caracteriza actualmente á los germanos. Su emperador no se siente -conmovido por los millares de hombres que todos los días envía á la -muerte. Si nosotros, enfrente de esos campos de batalla donde corre la -sangre á torrentes, nos sentimos atacados de una inmensa melancolía, el -Kaiser semejante á Jupiter, padre de los dioses, sacude su bigote -oloroso y sonríe á nuestra pueril debilidad. Sus olímpicos generales han -averiguado que la guerra es una necesidad biológica y el único medio de -que la raza de los efímeros no degenere. - -Los anticuados latinos seguimos pensando que el bien y la verdad deben -buscarse por si mismos, no para aumentar nuestra vitalidad. Entre -nosotros hasta los incrédulos son cristianos, porque no hay quien dude -de que la caridad es la más alta de las virtudes. Nosotros pensamos que -el respeto á los débiles, la piedad y compasión no son sentimientos -debilitantes si no confortantes y que lo que hace verdaderamente -degenerar al nombre es el poder ilimitado. Tiberio, Neron y Domiciano, -esos tres monstruos vergüenza del género humano, fueron excelentes -personas antes de subir al trono. - -En fin, si los germanos triunfasen el ideal cristiano no perecería, -porque «las puertas del infierno jamás prevalecerán contra él» pero -sufriría un eclipse. - -Para sostener su hegemonía necesitaría Alemania y Austria, no sólo -continuar sus armamentos y mantenerse en pie de guerra sino impedir por -la fuerza que las demás naciones se armasen. Los trescientos millones -restantes de europeos quedariamos reducidos al mismo estado que los -trescientos millones de Chinos cuando algunas tribus guerreras de la -Mongolia se apoderaron en el siglo XIII del imperio. Los emperadores -mongoles respetaron las costumbres de los Chinos, pero les prohibieron -las armas. Al cabo de un siglo, aproximadamente, los vencidos tramaron -una conjura asombrosa, casi increíble, y en un día determinado -degollaron á las pequeñas guarniciones de soldados que los mongoles -sostenan en todas las ciudades del imperio. - -A nosotros no nos quedaría este recurso, porque, ¿cómo hallar en Europa -el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña conspiración? - -Apartemos de la imaginación estas visiones apocalípticas que jamás han -de tener realidad. Pensemos más bien que Alemania con la copiosa sangria -y el ayuno regenerador á que se halla sometida recobrará la razón y -volverá á ser por dicha suya la nación tranquila de filósofos poetas y -músicos que tanto hemos admirado siempre. - - - - -El ídolo científico - - -Aquella vieja historia, que aprendimos en la niñez, de un pueblo -caminando por el desierto, guiado por una nube de fuego, es el símbolo -representativo de la marcha de la Humanidad sobre la tierra. - -¿No recordáis cuántas veces aquel pueblo, desprendiéndose del único -verdadero Dios, volvió la espalda á su caudillo y se dejó caer en los -brazos de una inmunda idolatría? Seguid los pasos del género humano al -través de la Historia y veréis repetido constantemente el mismo triste -acto de deslealtad. El fanatismo, la superstición, la idolatría nos -acechan siempre en nuestra peregrinación y nos tienden lazos que no -podemos evitar. - -La presente guerra ha puesto de manifiesto uno de los más funestos en -que ha caído nuestra pobre Humanidad. - -Los admirábamos, sí; admirábamos á esos sabios que nos hablaban de las -moléculas como si toda la vida hubieran bailado con ellas; que nos -contaban sus secretos más íntimos y nos dejaban entrever con palabras -falaces, como la serpiente del Paraíso, que se hallaba cercano el día en -que sería nuestra toda la ciencia del bien y del mal. - -¡Quién se acuerda de Dios! ¡Quién habla de la inmortalidad! Abrid -cualquier libro germano de los últimos tiempos, y en medio de sus -análisis minuciosos consagrados á cualquier especialidad de la ciencia -os sorprenderá un ataque furioso, intempestivo, contra lo que estos -sabios llaman «degradación teológica», una llamarada de odio contra la -superstición teísta. - -No existe más que una divinidad: la Verdad científica. Si en vez de -rendirle culto y adoración corremos á postrarnos ante los altares del -vetusto Dios de nuestros padres, los sabios modernos nos amenazan con la -eterna condenación intelectual. El magnífico edificio de las ciencias -físicas debe sustituir al ruinoso caserón de la teología. Todas nuestras -creencias y nuestras esperanzas son puro subjetivismo. Hay que guardarse -de la fe como de una enfermedad contagiosa. Creer algo que no sea -evidente para nuestra razón es pecar abiertamente contra ella. La fe en -Dios y en la inmortalidad, sin que exista prueba alguna que la -justifique, es procurarse un placer culpable, es una profunda -inmoralidad. - -El viejo Haekel, el sabio más famoso de la Alemania moderna, nos invita -á adorar el éter cósmico. De él sale todo, á él vuelve todo. Postrémonos -de rodillas y cantemos: ¡Santo, Santo inmortal! - -¿Por qué reirnos entonces de aquellos pobres negros que adoraban las -cebollas? Dentro de una cebolla se efectúan admirables y misteriosas -operaciones químicas que repiten las del éter cósmico. Mejor dicho, el -éter impalpable, indivisible, se encuentra allí presente todo él. - -Parece que á los hombres nos atrae irresistiblemente la embriaguez. Nos -indignan los límites. Es necesario apurarlo todo, y si no es así no -estamos contentos. ¿Qué fué la escolástica sino una embriaguez producida -por la lógica? ¿Qué fué la revolución francesa sino una embriaguez -igualitaria? ¿Qué fué el romanticismo más que una embriaguez -sentimental? Pues ahora vivimos en plena borrachera científica. - -Hay que buscar la técnica; ante todo, la técnica. Las matemáticas puras -nos dan la técnica de la medida: la Física, la técnica de las máquinas; -la Química, las prodigiosas transformaciones de la industria. El -conocimiento científico de las costumbres nos dará una moral científica. -La moral tradicional ha muerto; en su lugar queda la moral técnica. - -De esta borrachera técnica participa hoy todo el mundo civilizado. Sin -embargo, los principalmente atacados han sido los alemanes. Y han -demostrado que tienen peor el vino que todos los demás. - -Es un hecho bastante general que el alcohol produce una transformación -del carácter. Un hombre taciturno, díscolo, suele convertirse, cuando ha -ingerido una razonable cantidad de vino, en un alegre compadre tierno y -afectuoso que os abraza, os soba y os deja los hombros llenos de -lágrimas y baba. Por el contrario, los sujetos más tímidos e inofensivos -así que lo prueban adquieren un humor guerrero, intemperante, enseñan -los puños y desafían á todo el mundo. - -Pues otro tanto ha sucedido ahora con las naciones. Francia, que ha sido -siempre un país belicoso, bajo el influjo de la embriaguez científica se -ha tornado humanitaria y pacifista. Alemania, aquella sencilla y -bonachona Alemania de los comienzos del siglo XIX, que hacía derramar -lágrimas de ternura á la sensible madame Stael, se ha transformado en -una nación agresiva y provocadora. - -Esta radical transformación me trae á la memoria el caso de un -condiscípulo que tuve en el Instituto. Era en los primeros años un -muchacho aplicadísimo, formal, pacífico, modelo de estudiantes. Evitaba -con cuidado las disputas. Cuando algunos de nosotros veníamos á las -manos se le veía ponerse serio y apartarse lo más posible del teatro de -la lucha. - -Pues bien; cierto día, minutos antes de entrar en clase, el peor que -teníamos en ella, un chico turbulento y díscolo, á quien todos temíamos, -comenzó á burlarse de él con la mayor ferocidad. Y no sólo le prodigó -los sarcasmos más soeces, sino que llegó á propasarse á vías de hecho -derribándole el sombrero cada vez que se lo ponía. Nosotros -presenciábamos la escena, con pena unos, otros con regocijo, según el -corazón de cada cual. El pobre chico, silencioso y pálido, recogía su -sombrero del suelo y trataba de apartarse de aquel sitio. Pero el otro -no se lo consentía, repitiendo su chiste con creciente alborozo. Al fin -le vimos ponerse tan pálido que daba miedo, y repentinamente se arrojó -sobre su agresor con ímpetu irresistible, le volcó en tierra, se montó -luego sobre él y le aplicó tantos y tan buenos puñetazos en el rostro -que no tardamos en verlo ensangrentado. - -A los pocos días de realizada esta hazaña, sin motivo aparente, desafió -á otro de los más pendencieros y le venció igualmente. Desde entonces -aquel muchacho, tan dócil y simpático, sin dejar de aplicarse al -estudio, se convirtió en un insufrible bravucón de quien todos huíamos. - -Algo semejante les ha ocurrido á esos sabios con gafas de la Alemania. -No hay nada más repulsivo que un pacífico transformado en matón de la -noche á la mañana. - -No hace muchos días se produjo cierta alarma en esta tranquila región. -Corrió por el pueblo la noticia de que un hombre sospechoso venía -atravesando el bosque en bicicleta, y se dijo que era un prisionero -evadido. Comenzó á funcionar el teléfono entre estas aldeas. Por fin, de -una de las más próximas se notificó su paso, y un grupo de vecinos, -salió de aquí con ánimo de detenerle. Así acaeció punto por punto. - -El fugitivo era, en efecto, un oficial alemán, venía en mangas de -camisa, gastaba gafas (¿cómo no?) y tenía una fina cabeza inteligente. - -Se dejó detener sin hacer resistencia alguna, se le condujo al -Ayuntamiento y allí fuimos á verle muchos, empujados por la curiosidad. -Hablaba correctamente el francés y bastante bien el español. Le -dirigimos la palabra, mientras llegaban los gendarmes enviados á buscar, -y nos respondió con la fría altivez y el tono de superioridad tan -frecuente hoy entre los germanos. Porque éstos han llegado á persuadirse -de que no existe ciencia, ni cultura, ni siquiera sentido común, más que -en Alemania. Uno de los señores que allí se encontraban se atrevió á -entrar con él en explicaciones acerca de los fines de la guerra. El -prisionero no titubeó en decirnos que la victoria de Alemania era -cierta, y con ella ganaría mucho el género humano. - ---¿En qué se funda usted para suponer esto último?--le pregunté yo, -picado de curiosidad. - ---Me fundo--respondió--en que Alemania es el único país organizado -actualmente. En los demás existen elementos de cultura muy valiosos, es -cierto pero dispersos. Les falta esa eficaz unidad, sin la cual la mayor -parte de las veces permanecen estériles. Lo mismo en la guerra que en la -paz, lo mismo en la ciencia que en el arte, necesitan ustedes una -cohesión, una disciplina que sólo la preponderancia de Alemania es capaz -de dar. No pueden ustedes ver las cosas de una manera continua é -intelectual, ni dar de ellas la explicación verdaderamente científica, -porque trabajan ustedes desordenadamente. Son esfuerzos aislados, -subjetivos, producto de la iniciativa individual que sólo engendran -resultados superficiales. - ---Esos esfuerzos aislados--le repliqué--han producido, sin embargo, toda -la ciencia y todo el arte que han existido y existen sobre nuestro -planeta. Ni Platón, ni Aristóteles, ni Shakespeare, ni Cervantes, ni -Kepler, ni Galileo han necesitado de vuestra férrea organización para -arrancar de este mundo tesoros de verdad y belleza. ¿Qué significa esa -disciplina científica? ¿Por ventura quieren ustedes poner uniforme á los -sabios y los poetas? Yo no veo ventaja alguna en que Pasteur se hubiera -puesto á realizar sus experiencias á toque de corneta ó que Anatole -France necesite para escribir sus libros tomar la orden del comandante -general de la región. - -Chispearon de cólera los ojos del prisionero, como si le hubieran -pinchado, y en términos no muy corteses me dió á entender que yo no -estaba autorizado para contradecirle, «mucho menos siendo español». - -Siguió platicando con los otros señores, que no lograron irritar sus -nervios tanto como yo. No obstante, como uno de ellos reprocharse á los -alemanes las crueldades que habían cometido en Bélgica y en el norte de -Francia, le replicó con sonrisa sarcástica: - ---Ese reproche indica que no existe todavía en Francia un espíritu -verdaderamente científico. Para determinar el bien y el mal de las cosas -es necessario huir de los conceptos _à priori_ y comprender que todo, -absolutamente todo, depende de los resultados experimentales. La -disciplina científica nos obliga á pensar que sólo una sistematización -de los hechos nos dará la verdad exacta, nunca las especulaciones de la -imaginación individual. La guerra es, para ustedes, una aventura; para -nosotros, un teorema. Miramos al resultado y lo desenvolvemos -inflexiblemente. La guerra más cruel es necesariamente la más corta. - ---¡Me alegro muchísimo--exclamé yo--de no ser hombre de ciencia! Es -preferible morir en una crasa ignorancia á llevar la conciencia cargada -con actos de crueldad. Los aquí presentes somos cristianos, y en cada -uno de nuestros semejantes vemos la imagen de Dios, no carneros ó bueyes -que deben sacrificarse para que existan los otros. Y el más grande -filósofo que ustedes han tenido, Emanuel Kant, ha dicho admirablemente -que «jamás debemos tomar un ser humano como medio, sino como fin». - ---Son sutilezas de filósofos, antiguallas metafísicas, en las cuales -ningún espíritu positivo puede ya creer--replicó sin dejar de sonreir--. -Nuestros actos de crueldad han sido y son absolutamente necesarios, como -los términos de un teorema, y tienen una explicación satisfactoria -porque es científica. - ---¿Quiere usted decir qué son asesinatos científicos? - -Me dirigió una larga mirada de ira y desprecio y me volvió la espalda. - -No sentí por ello escozor alguno. Lo único que sentiría en este mundo es -que me volviesen la espalda los hombres honrados y compasivos. - -De esta conversación, como de todo lo que vengo leyendo y averiguando he -sacado la convicción de que los aliados nada adelantarán arrancando á -estos hombres sus cañones si no les arrancan antes sus ideas. - - - - -La religión de Francia - - -La irreligión de la Francia es el tópico que más se beneficia hoy por -sus enemigos. Un fraile á quien yo daba cuenta en España del gran -movimiento religioso que aquí se ha operado con motivo de la guerra me -decía: - ---Sí; se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena. - ---¿Por ventura en España se acuerdan los hombres de ella cuando el cielo -está azul?--le respondí--Porque yo observo que la gran mayoría de ellos -no piensa en el otro mundo sino cuando va á despedirse de este, cuando -las mujeres de su casa ó de la vecindad le meten un sacerdote en la -alcoba y le dicen con más o menos circunloquios: - ---Prepárate, que vas á morir. - ---¡Oh! en España se llenan los templos de gente que es cosa para alabar -á Dios. - ---Sí, de mujeres. Cuando voy por la mañana á la iglesia advierto que -sólo un hombre se acerca á tomar la comunión por cada treinta o cuarenta -mujeres. Parece como si los españoles encomendásemos á la mujer el -negociado de la religión, como le tenemos encomendada la cocina y el -planchado de la ropa. - -Verdad que lleva á cabo aquella tarea con una diligencia y perfección -que no suele poner en ésta. Es verdaderamente asombroso el ardor con que -muchas señoras acuden al templo á todas horas del día. He llegado á -imaginar que para ciertas almas timoratas Dios es un Luis XIV que -constantemente necesita ser adulado. Corren á la novena y á las Cuarenta -Horas como los cortesanos de Versalles se apresuraban á ir al «dîner du -roi» y al «coucher du roi». Hay señora que va á comulgar con tres o -cuatro escapularios colgados al cuello, y si por casualidad se le olvida -alguno en casa, se acerca temblorosa á la sagrada mesa temiendo que -Nuestro Señor se enoje porque no se presenta con todas sus -condecoraciones. - -Pero los espíritus que toman en serio la religión observan con dolor que -la verdadera, la esclarecida fe es patrimonio de muy pocos. Tenemos -costumbre de achacarlo á la corrupción de los tiempos; pero no es así. -Hay muchas personas sinceras que se extasían hablando del fervor de los -tiempos antiguos. Sin embargo, entonces, como ahora, las almas que se -inclinaban á lo Eterno eran muy contadas. Había más devoción aparente, -más hipocresía; pero eran muchos más los que amaban la tierra que el -cielo. - - * * * * * - -En realidad, los hombres se han dividido siempre en paganos y -cristianos, lo mismo antes que después de Jesucristo. Los primeros son -los que suponen que hemos nacido para gozar; los segundos, los que creen -que hemos nacido para trabajar y sufrir. Se trata únicamente de un -concepto de la vida. Pagano y bien pagano era César Borgia, aunque -cardenal de la Iglesia católica, y lo eran sus malvados secuaces y toda -la Corte del Pontífice Alejandro VI, y los cardenales que se comieron -cien bandejas de confites en la boda de Lucrecia Borgia y bailaron con -sus damas y con las de la Princesa de Squilache, según cuenta ésta en -carta sacada á luz recientemente por nuestro sabio compatriota el -marqués de Laurencin. Cristianos fueron Sócrates, Leónidas, Régulo, -Séneca, los Gracos, Paulina, Terencia y todos los mártires ignorados de -la antigüedad, cuyos nombres no han llegado hasta nosotros. No hay que -olvidar la hermosa sentencia de San Anselmo: «Siendo Cristo la verdad y -la justicia, todo el que muera por la verdad y la justicia, aunque no -crea en Cristo, muere por Cristo.» - -Pero aquellos paganos pueden, en algunos supremos instantes de la vida, -transformarse en cristianos. Todos los hombres nacemos empapados en fe. -En cuanto se abre una pequeña puerta en nuestro corazón la religión se -precipita dentro. Por eso vemos que muchos grandes pecadores bajo el -golpe de la Gracia se convierten en fervorosos cristianos. La misma -Lucrecia Borgia que he mentado hacía vida ejemplar en Ferrara los -últimos años de su vida, llevaba siempre cilicio y murió en la opinión -de santa. - -Es menester, sin embargo, para ello que el cerebro no haya sufrido -menoscabo. Aunque parezca raro, las heridas del corazón se curan mucho -más fácilmente que las de la cabeza. Cuando los sesos se pudren el -enfermo no tiene ya remedio. Porque las ideas, ahora y siempre, son las -que gobiernan el mundo. Las ideas engendran los sentimientos y los -actos, ó lo que es igual, toda la vida del hombre. Nosotros no somos lo -que sentimos, sino lo que pensamos; somos siempre proporcionados á -nuestras ideas, y nuestra alma baja ó sube á medida que se levanta ó se -abate nuestro estado mental. - -Por eso es gran error suponer que no ejercen influencia sobre la -conducta del hombre; aunque lo sea mayor, aun el juzgar, como en la Edad -Media que deben inculcarse con fuego y martillo. - - * * * * * - -Tal es la situación que en este terreno ocupa la Francia con respecto á -Alemania. Los franceses son pecadores por razones que ya he expuesto en -anteriores artículos: tenían, hasta cierto punto, el corazón extraviado. -Los alemanes son filósofos, tienen el cerebro corrompido. - -La religión no ha desaparecido de Francia por haber expulsado á las -Ordenes religiosas, como no desapareció de España cuando nuestro -católico Rey Carlos III expulsó, con mayor crueldad aun, á la Compañía -de Jesús, cuando nuestro Gobierno más tarde decretó la exclaustración de -todos los frailes y el populacho penetró en los conventos y degolló á -muchos de ellos. - -Recorred las provincias francesas, visitad las aldeas, y hallaréis -exactamente reproducido el tipo de la religiosidad española. Porque el -catolicismo, como la palabra misma lo indica, ha tenido la virtud de -unificar á los hombres, de imprimirles su sello, haciéndolos á todos -semejantes ante el altar. Las mismas solemnidades, las mismas -procesiones; las mismas Cofradías, las mismas fiestas profanas unidas á -las religiosas. Los niños van al catecismo, las jóvenes asisten á las -procesiones con la medalla y el velo blanco de Hijas de María, las -viejas van indefectiblemente por las tardes á los Oficios. La primera -comunión de los niños se celebra aquí con una alegría y pompa que no he -presenciado jamás en España: acuden de lejanas comarcas los parientes -para ese día feliz, como sucede en España cuando hay una boda; la casa -se convierte en un templo; la calle se alfombra de flores. Ni falta -siquiera el tipo clásico de la beata para tormento de confesores y -alivio de sacristanes. - -¿Por qué, pues, ese odio de muerte á la nación francesa? ¿Qué locura es -la que ha acometido á muchos católicos y á no pocos sacerdotes? A uno -de aquéllos le he oído pronunciar la siguiente frase: «Si en la presente -guerra triunfase Francia dudaría de la existencia de Dios.» - -¿Es esto cristiano? ¿Es siquiera humano? - -En España se leen pocos libros alemanes, porque su idioma no está muy -difundido entre nosotros y no abundan tampoco las traducciones. Además, -hay que confesarlo, estos libros, en general, son alimento demasiado -fuerte para nuestros estómagos latinos. Por eso se desconoce su estado -mental á la hora presente. Pero todo el que haya seguido con un poco de -atención la historia de su filosofía en los tiempos modernos aprenderá -que la religión de la Alemania intelectual de un siglo á esta parte no -es el cristianismo, sino el panteísmo. El panteísmo no puede fundar la -moral; la desconoce en absoluto. Por lo mismo, no es más que un puente -para el monismo materialista. Los intelectuales alemanes hace ya mucho -tiempo que lo han salvado. Como consecuencia ineludible de este -materialismo ha venido la teoría del superhombre y supernación, que es -la dominante hoy. - -Pero se me dirá: los intelectuales no son el país. Grave error. Los -intelectuales son siempre la nación presente o futura. Las ideas nacen -en las cimas, como los arroyos; mas poco á poco descienden por la falda -de la montaña hasta los barrancos; otras veces se filtran calladamente -por los terrenos permeables, y cuando menos lo pensamos nos hallamos -empapados de ellas. Casi nadie lee á Platón, y, sin embargo, hasta el -más rústico aldeano está hoy impregnado de platonismo. De la misma -suerte el pueblo en Alemania no lee á Kant; pero su _ateísmo modesto_, -como lo llamaba Coleridge, le ha penetrado hasta los huesos. Son -hegelianos sin haber leído á Hegel, porque poetas, dramaturgos, -novelistas, críticos y periodistas se han encargado de servirle con -apetitosos guisos el plato del fatalismo panteísta. - -¿Por ventura en Alemania no existe ya la fe? Sí; hay mucha fe... en la -química. Dios se ha transformado en maquinaria, carbón y electricidad. -No ha venido al mundo para sufrir y morir, sino para vivir y hacer -sufrir. Seamos poderosos, trituremos á nuestros vecinos, impongamos -nuestra voluntad en todas partes, y entonces la Divinidad se mostrará -dentro de nosotros como lo que es, una fuerza inmanente y universal. - -Algunos católicos españoles se enternecen leyendo á cada paso en las -proclamas del Kaiser y sus generales el nombre de Dios. Son víctimas de -una admirable falsificación. Ese Dios ha sido también extraído del -carbón, como otros muchos productos, sorprendentes. - -Pero el verdadero, el legítimo Dios tiene una experiencia infinita en -estos asuntos psicológicos y no se deja engañar por las marcas de -fabricación alemanas. Ve en la etiqueta «made in Germania» y rechaza el -artículo, aunque reconociendo que está bien presentado. - - * * * * * - -El espíritu galo no es panteísta. Por lo menos, no lo es desde la fecha -remota en que el cristianismo mató al druidismo en los bosques de la -Galia. El concepto que de la Divinidad tienen, sea para afirmarla, sea -para negarla, es el verdadero. Hay en Francia bastantes escépticos, -Montaignes en miniatura; hay muchos más Rabelais apasionados de la carne -y el vino; pero no se hallará en toda la República un Federico -Nietzsche, un solo hombre que sostenga la maldad por principios. - -La creencia y el escepticismo son estados inestables que se suceden en -el alma de cada hombre como en cada país. No hay que dar á esta -fluctuación demasiada importancia; depende de la imperfección misma de -nuestra naturaleza y es preciso resignarse á ella. Los árboles se visten -de hojas y quedan desnudos alternativamente. ¿Quién diría que después -del escéptico siglo XVIII había de venir el espiritualista XIX? Después -de Voltaire, Diderot y Helvetius, surgen Chateaubriand, Lamartine, -Bonald y De Maistre. Lo que tiene muchísima importancia es la -sustitución de una fe por otra, y esto es lo que sucede actualmente en -Alemania. - -Los franceses han cometido recientemente la calaverada, que nosotros -realizamos hace ochenta años, de suprimir las Ordenes religiosas. - -No hablemos de la separación de la Iglesia y del Estado. Son muchos los -católicos que rechazan la especie de que la Iglesia sea un organismo del -Estado y prefieren la independencia absoluta á un protectorado enfadoso -e interesado. Hablemos solamente de las Ordenes religiosas. - -No ofrece duda que su expulsión ha sido un acto arbitrario y -escandaloso. La República francesa, al prohibir las Congregaciones, -perpetra una atroz injusticia, realiza un atentado contra la libertad, -niega, por lo tanto, su propia existencia. ¿No tiene por lema _libertad, -igualdad, fraternidad_? - -Pero yo quisiera hacer unas preguntas en secreto á esas expulsadas -Congregaciones. ¿Han mirado siempre al fondo de su conciencia? ¿La han -examinado escrupulosamente? ¿No han encontrado allá dentro ningún odio á -las instituciones republicanas? ¿No han conspirado contra ellas alguna -que otra vez? - -Pues si de este examen de conciencia no salen completamente exentos de -pecado, no deben sorprenderse de la penitencia. Quien siembra odios no -puede recoger amor. La abeja necesita miel para su alimentación y la -Naturaleza le proporciona miel; la pulga necesita sangre, y le da -sangre. Es ley consoladora saber que la Naturaleza nos provee con -largueza de aquello que pedimos. - -Si los religiosos franceses hubieran aceptado con leal franqueza las -instituciones republicanas, la República no hubiera puesto la mano sobre -ellas. «Si quieres que las mujeres te sigan--decía nuestro Quevedo--, -echa á andar delante de ellas.» ¿Por qué no aceptar lealmente á la -República? ¿No lo había hecho el Pontífice León XIII, de inolvidable -memoria? Marchar delante de los hombres. He aquí el secreto para -guiarlos. - - * * * * * - -El francés no es un impío nato, como por ignorancia unos, otros con -fines sórdidos, propalan en España. Los franceses guardan en el alma, -como todos los que nacieron y se criaron en la fe de Cristo, la religión -como un fondo de reserva. Mientras son felices muchos abandonan las -prácticas religiosas; cuando son desgraciados acuden y se consuelan con -ellas. Igual, exactamente igual que todos nosotros. Si en el mundo no -hubiera dolor la religión no existiría. - -Yo he visto por las noches poblarse de gente una pequeña iglesia de -aldea. Allí acudían pobres mujeres enlutadas llevando de la mano á sus -hijos, enlutados también. Con paso vacilante las seguían algunos -ancianos de rostro pálido y triste mirada. Y en el silencio augusto del -templo, mientras los corazones se dirigían al Altísimo pidiendo -misericordia, estallaba de vez en cuando un sollozo que me removía las -entrañas. Hoy en París la multitud elegante, que en otro tiempo corría á -los sitios de placer, invade las iglesias. En San Sulpicio, en San -Germán, en la Trinidad, en Nuestra Señora de las Victorias me ha costado -trabajo entrar. No son mujeres solamente, como en Madrid, las que allí -encontraréis; son hombres, muchos hombres que oran con mayor devoción -aun que ellas. El que no se sienta penetrado de respeto ante esta -muchedumbre que humilde y dolorida se postra ante una imagen de la -Virgen pidiendo el alivio de sus penas podrá llamarse cristiano, pero -está bien lejos de merecer este nombre. - -¿Y allá en el frente, en la línea de fuego? - -¡Ah! allá en el frente se repiten las escenas del tiempo de las -Cruzadas. En el fondo de una trinchera se agrupa una compañía de -soldados esperando la orden de salir. Llueven las granadas y estallan -con horrísono estruendo; la tierra se levanta y se agita como el oleaje -de la mar. Ya avanza la infantería alemana en apretadas filas, llevando -delante las ametralladoras, segadoras de hombres. Sonó la hora de -lanzarse al medio de aquel infierno de fuego. Los corazones palpitan, -las manos tiemblan, las gargantas se anudan. En aquel momento supremo se -alza con autoridad la voz de un pobre soldado: - ---¡Todo el que crea en Dios Crucificado, de rodillas! Que cada cual se -arrepienta de sus pecados. Voy á daros la absolución. - -Todos caen, en efecto, de rodillas, y el soldado sacerdote levanta el -brazo y los absuelve. - ---Jamás podré olvidar este instante--me decía el herido que me lo -relataba. - ---Tiene usted razón en no olvidarlo--le respondí. Un instante como ese -ennoblece toda la vida. - -En otra ocasión, practicando un reconocimiento, cae herido un soldado de -la patrulla. Otro soldado se precipita en socorro suyo y trata de cargar -con él para conducirlo á la ambulancia. - ---No te ocupes de mí--le dice el soldado--. Estoy herido de muerte. Sólo -quiero pedirte un favor. Soy sacerdote y te ruego encarecidamente que en -la primera ocasión que tengas recibas por mí la sagrada comunión, ya que -á la hora de la muerte no me ha sido dado el consuelo de recibir á mi -Dios. - -El compañero, confuso y avergonzado, guarda silencio unos instantes. Es -un joven rico y disipado que desde hace años vive apartado de la -religión. Al fin le dice. - ---Aunque desde la infancia no me he confesado, quiero hacerte ése favor. -Dios me ha tocado en el corazón. Quizá dentro de un instante una bala me -mate á mí también. Voy á confesarme contigo, puesto que eres sacerdote. - -Y, en efecto, aquel joven escéptico confiesa allí mismo sus pecados, y -su compañero, moribundo, le da la absolución. - -¡Que cuadro! Parece arrancado á la _Leyenda de oro_ y estampado en uno -de esos códices de la Edad Media que la mano piadosa de un monje ha -dibujado á la pluma. - -Despojémonos, pues, de injustas prevenciones. No nos infatuemos, tanto -con nuestra religión; no motejemos la del vecino. Y pidamos al cielo que -cuando llegue para nosotros también el día de prueba sepamos mostrar la -misma fe y el mismo valor. - - - - -¿Y Después? - - -Y de esta guerra increíble, que jamás se ha visto ni se volverá á ver -sobre la tierra, ¿qué es lo que quedará? Esos arroyos de sangre, -filtrándose en la tierra, ¿fecundaran su seno? ¿Secaran, por lo -contrario, las raíces de las flores y nuestro planeta será para siempre -un recinto siniestro de dolor y de espanto? - -No soy optimista ni pesimista. Pensar que la guerra se halla en el orden -de lo creado y que es de necesidad periódicamente para aliviar los -excesos de la fecundidad, me parece blasfemo. Nunca he creído en la -utilidad del mal; nunca he creído tampoco que procediese de Dios. -Nuestra Libertad, que es nuestra perfección y nuestra imperfección á la -vez, es la que engendra todas las depravaciones que observamos en el -mundo. Y el mismo Dios no puede nada contra nuestra libertad. - -Pero imaginar que el Espíritu de Verdad y de Justicia que gobierna el -mundo se va á cruzar de brazos y no ha de sacar partido para nuestro -bien de nuestros mismos errores y maldades, es igualmente vituperable. - -Amontonamos sobre el camino en nuestra peregrinación por la tierra -obstáculos infranqueables; pero una mano divina los separa. Sembramos -abrojos; pero hay quien se encarga de limpiarlos y guarnecerlos de -flores. - -La guerra presente, que es un mal, engendrará algunos bienes. No -hablemos de razas perdidas, aniquiladas, que preparan el terrero para -otras nuevas. No hablemos tampoco de viejos sistemas que se deshacen -para hacer sitio á otros más perfectos. - -No digamos que la ferocidad es necesaria para el equilibrio de la -existencia y que está justificado el predominio de los más fuertes. Este -es el lenguaje de la impiedad que yo no sé balbucear. Pensemos más bien -que el hombre no está hecho para la guerra sino para la paz, porque no -es una continuación del animal, sino un salto fuera de él. Estamos -compuestos de átomos brutos; pero no somos un átomo bruto. Si alguna vez -dentro de nosotros ruge el león y grazna el buitre no nos inquietemos, -porque están enjaulados. - -Las naciones, como los individuos, sufren accesos periódicos de cólera. -La cólera la han definido los fisiólogos una locura breve. Esta locura -deja rastro pernicioso casi siempre en nuestro organismo, turba el -equilibrio de nuestros humores, causa desperfectos en la máquina -corporal. - -Pero en el alma no sucede otro tanto. Cuando convalecemos de una de -estas fiebres mortíferas nunca dejamos de experimentar confusión y -vergüenza. Esta vergüenza es el reconocimiento de nuestro ser -espiritual, es la voz de lo Alto que nos señala nuestro destino. -Corremos á la jaula de los leones y los tigres y damos otra vuelta á la -llave. - -Así está sucediendo con las naciones europeas. Detrás de esta rabiosa -cólera que las posee, de este colosal ataque de nervios, vendrán días de -laxitud y reflexión y una gran vergüenza se apoderará de ellas. -Descontentas de sí mismas cerrarán los ojos y meditarán largo tiempo. -Una gran reforma moral se prepara. El Derecho internacional va á dar un -salto prodigioso. - -¿Pero las comarcas devastadas?--Volverán la poblarse: el chirrido de la -carreta y el canto suave del campesino sonarán otra vez donde ahora -retumba el cañón y los gritos de batalla.--¿Y tantos miles de pobres -seres mutilados?--Pensarán resignados que han entregado sus pies y sus -manos á la fiera para rescatar las de sus hermanos y que al fin la -tienen encadenada para siempre.--¿Y tanta lágrima, tanta sangre como se -ha vertido?--Las lágrimas son el riego de las almas; para crecer -necesitamos llorar. La sangre ha sido el precio de nuestra redención. - -La Francia ha hecho una cruel experiencia; pero esta experiencia la -salva. Vivía adormecida por un bienestar material del que no hay ejemplo -en la Historia. El goce era su ideal; una sensualidad premeditada y -sabia reinaba en las ciudades y se propagaba á los campos. Cuando esto -sucede, cuando adulamos á nuestro cuerpo, el alma, ofendida, nos -abandona, quedamos convertidos en una estatua viva como aquella de que -hablaba Condillac. No hay maldad, sino frialdad. Los lazos de hombre á -hombre se habían aflojado; cada cual miraba á su vientre: te respeto -para que me respetes y nada más. - -Ahora bien; al alma no le bastan estos reglamentos de Policía. Las salas -de las Delegaciones y Prefecturas están demasiado frías para ella. Los -hombres no hemos nacido solamente para saludarnos con el sombrero. Fué -necesaria esta gran catástrofe para que los franceses dieran unos pasos -atrás y rectificasen la dirección de su marcha. Cuando la desgracia -entra en una casa, los hermanos, que vivían apartados, que apenas se -veían, se abrazan llorando y renuevan la dulce convivencia de la -infancia. La fraternidad, que mucho se había debilitado en Francia en -los últimos años, florece de nuevo y exhala delicados perfumes. -Señalemos este acontecimiento como el más feliz de lo que la terrible -inundación dejará en pos de sí. - -Otra buena partida para su haber será el culto á la austeridad, de que -empiezan ya á dar claras muestras. Los franceses nunca han sido -vividores disipados; pero sí lo han sido ordenados. Quiero decir que se -han concedido siempre todos los placeres posibles, aunque con cálculo. -Ahora renuncian á ellos con admirable resolución. El día de la paz los -veréis desplegar una actividad afanosa para cicatrizar las heridas de la -guerra, para volver á su antigua prosperidad, como las hormigas de un -hormiguero cuando éste ha sido indignamente pisoteado por un hombre ó -una bestia. - -La política se saneará igualmente. Sí; era necesario sanear la política. -Cuando hace dos años una mujer, prevalida de la alta posición política -de su marido, asesinó alevosamente á un publicista distinguido, y esta -mujer fué absuelta libremente por el Jurado, los hombres de sentido -moral exclamaron en Europa:--«¡Esto se descompone!»--Todos vimos ya -revolotear los cuervos sobre la carne podrida. Era necesario atajar la -gangrena con el bisturí y el cauterio. Los alemanes fueron comisionados -por la Providencia para hacerlo. Se encargaron también de batir las -cataratas á esos ciegos partidarios que ignoran la justicia y la -tolerancia.--«¡Cómo tardan los bárbaros en llegar! ¿Que hace -Atila?»--exclamaba un día Ernesto Hello, contemplando la corrupción del -segundo Imperio.--Y Atila vino, en efecto, poco después. Ha llegado -también ahora no para castigar la lujuria, sino la mentira. Si la -República francesa no hace honor á su lema «libertad, igualdad -fraternidad, ¿para qué existe? - -La Providencia divina tiene mucho más que hacer en Alemania. El gran -pecado de los germanos es el orgullo. Pero el orgullo es el mayor pecado -de la Humanidad, es el que nos transforma realmente en bestia. - -El Rey Nabucodonosor comió heno, como el buey, á causa de su soberbia. -¿No caemos todos en cuatro patas así que se nos sube el humo á la -cabeza? - -¿De dónde les vino este orgullo? El origen principal está en los excesos -de su industrialismo. Ver cómo juegan con los átomos y los escamotean y -transforman los gases en sólidos y arrastran las fuerzas naturales á -todos los usos, es cosa al parecer que hincha á los hombres de un modo -extraordinario. Los alemanes habían llegado en este orden á mayor -adelantamiento que los demás países y quedaron llenos de sí mismos y -empezaron á mirar con desprecio á los que no sabían fabricar pan de -madera, y á creerse el pueblo elegido por Dios. - -Pero Dios no necesita panaderos. Cuando los magos de Faraón convirtieron -las varas en serpientes, la de Aarón se las tragó á todas. Para mucha -gente este es el fin y el compendio de toda la civilización: las -retortas, los alambiques y los gases inflamables. Algunos tiemblan de -emoción y ponen los ojos en blanco al referir las contradanzas que los -alemanes hacen ejecutar á la materia bruta. Yo les respondo: «Aunque les -viese transformar el palacio de la Equitativa en un gran pastel de -hojaldre siempre admiraría más un diálogo de Platón y un drama de -Shakespeare. - -Los alemanes eran más admirables cuando en Weimar, una de sus pequeñas -ciudades, se reunían á la vez hombres como Goethe, Schiller, Herder, -Wieland Kotzebue, músicos inspirados, grandes pintores, arquitectos, -sabios, actores, que ahora con sus cañones y zeppelines. No hay que -decir esto al vulgo que sólo se postra ante las obras tangibles. ¡Como -si el mundo moral no precediese al material y lo invisible á lo visible! - -El progreso que se cifra tan sólo en utilizar las fuerzas de la -Naturaleza para nuestro regalo es un fantástico progreso. Si el hombre -no progresa moralmente, estas fuerzas, en vez de utilizarse para su -provecho, se emplearán en su destrucción. Y es lo que ha acontecido -ahora. ¡Cuándo terminará esta grosera superstición del industrialismo! -Platón, Epicteto, Sófocles, Cicerón, eran hombres bien civilizados y se -alumbraban con aceite. El apóstol San Pablo no era un salvaje, aunque -desconociese el bicarbonato de soda. El corazón del hombre siempre será -más interesante que la Naturaleza. El actor nos importa más que los -bastidores y bambalinas de que está rodeado. - -Por la derrota de su soberbia volverá á ser grande la Alemania. Cuando -nos sopla el viento de la fortuna, cuando nuestros negocios prosperan y -vivimos rodeados de comodidades y sumergidos en la riqueza, entonces es -cuando corremos grave riesgo de perder la dicha. La sabia Providencia, -que vela por nosotros, nos abre los ojos de un modo brusco para que -rectifiquemos el camino. - -Es inútil que nuestras viles pasiones se oculten bajo el manto del -patriotismo. Este se compone de una centésima de amor y noventa y nueve -de orgullo. Así como por la ley divina y humana tenemos derecho á -defender nuestra vida como individuos, igualmente lo tenemos para -defender con la fuerza nuestra independencia nacional. Fuera de esto el -patriotismo no es más que un orgullo colectivo. No imagino que un ruso ó -un alemán por pertenecer á una gran nación sea más grande, ni más sabio, -ni más feliz que un holandés ó un suizo. La grandeza de un hombre no se -mide por el terreno que ocupan sus pies, sino por el horizonte que -descubren sus ojos. Un mendigo inglés es como un mendigo español, y un -sabio lo mismo. - -Los alemanes habían llegado á un grado inaudito de prosperidad -industrial y comercial. Ignoro si por eso había allí más hombres felices -que en los demás países. De todos modos, en medio de su prosperidad la -serpiente aduladora les sopló al oído que debían comer el fruto -prohibido. Este fruto era la riqueza de sus vecinos y su humillación. -Pensaron que las leyes naturales son indeclinables y que las morales no -lo son: profundo error. Mañana se encontrarán arrojados de su paraíso -(si es que lo era) tristes, maltrechos, ensangrentados. Verdad que han -hecho mucho daño á los demás; ¿pero este pensamiento puede hacer feliz á -ningún hombre? Esperemos que, tras experiencia tan dolorosa, irán á -buscar de nuevo su cielo, no en la fábrica Krupp, sino donde siempre lo -han tenido: en la moderación, en la sobriedad, en la tranquila vida de -familia, en las bibliotecas y en las salas de concierto. - - * * * * * - -Y para Inglaterra, ¿qué consecuencias tendrá la presente guerra? - -Ninguna. Los dardos más acerados se embotan en la piel del elefante. -Abrirá su gran Libro mayor; apuntará en el «Debe» los hombres y los -barcos perdidos; en el «Haber», algunas colonias alemanas conquistadas, -y lo cerrará después y saldrá á paseo con el paraguas bajo el brazo. - -Es una singular nación Inglaterra. En una novela de Julio Verne, que leí -en mi adolescencia, cierto francés obsequioso, para adular al capitán -del barco en donde iba, que era inglés, le decía: «Admiro tanto á -Inglaterra, que si no fuese francés querría ser inglés.» El capitán, -dando un chupetón á su pipa, respondió tranquilamente: «Pues yo, si no -fuese inglés, querría ser inglés.» ¡A cuántos en Europa les pasa lo -mismo! - -Admiro su literatura, su política, sus costumbres, sus juegos, su -originalidad y hasta me hace gracia su orgullo, que nada tiene de -agresivo; pero sobre todo la admiro porque es la patria de los hombres -libres. Todos los demás, comparados con ellos, somos esclavos. Cuántas -veces, presenciando las arbitrariedades y atropellos de la autoridad en -España, oyendo hablar de la insolencia de los militares alemanes, de la -intolerancia de los jacobinos franceses, de la crueldad de los esbirros -rusos, me tengo dicho: «Prohibid, atropellad, maltratad: ¡mientras -exista Inglaterra no desaparecerá la libertad del mundo! Allí iremos en -último extremo á refugiarnos los que no hemos nacido serviles!» - -Se moteja el orgullo británico. Sin embargo, dondequiera que hay una -cosa digna de admiración allí está un inglés admirándola. Su orgullo -significa la confianza en sí mismos; esto no inspira aversión, sino -respeto. Cuando estalló la guerra se creía unánimemente en Europa, y los -alemanes fundaron en ello toda su esperanza, que las inmensas y lejanas -colonias de Inglaterra se alzarían para sacudir su dominio. Acaeció todo -lo contrario. Las colonias se sintieron heridas en la metrópoli como en -su propio corazón y se aprestaron á enviarla todos sus recursos. - -No se ha meditado bastante sobre este hecho, único en la historia de la -humanidad. ¡Qué conducta amable y generosa es necesario seguir para que -aquellos que se hallan bajo nuestro señorío nos amen lo bastante para no -romper el yugo cuando la ocasión se presenta! Que en tiempos pretéritos -han cometido actos de crueldad. No tantos ni tan grandes como los de -otras naciones. ¿Para qué hablar de lo que está sepultado en los abismos -del tiempo? La historia del género humano es la historia de la fiera -humana. No contemos los mordiscos que nos hemos tirado los unos á los -otros. - -Durante la guerra que sostuvieron con los boers del Africa meridional -experimentaron algunos dolorosos reveses debidos á la pericia y valor -de aquellos improvisados guerreros. Uno de los caudillos que más daño -les hizo fué, como todo el mundo sabe, el general Dewet. Pues bien; -cierto día, en un cinematógrafo, apareció repentinamente su retrato. Un -aplauso unánime estalló en la sala acogiendo la efigie de su heroico -enemigo. Pensemos en lo que sucedería en cualquier otro país de Europa -en caso semejante. ¡Oh, grande y noble pueblo; no temas que tu inmenso -poderío se destruya! ¡Los ángeles sostienen sobre sus alas los poderes -justos! - -El contacto más intimo con Francia e Inglaterra, países libres, hará á -Rusia más libre. En este país se da el caso inaudito de que un déspota -imponga la libertad á su pueblo. «Vosotros los filósofos--decía Catalina -II á Diderot, que la empujaba con vehemencia á las reformas--escribís -sobre el papel, que sufre perfectamente el roce de la pluma; pero -nosotros los Reyes escribimos sobre la piel humana que es mucho más -susceptible.» El buen Zar Nicolás II tiene ocasión ahora de comprobar la -sentencia de su abuela. En su vasto Imperio existe un poderoso partido -reaccionario, que grita como nuestros chisperos del siglo pasado: -«¡Vivan las cadenas!» y que ha paralizado su generosa iniciativa. Frente -á ese partido se alza feroz, intransigente, otro que pretende hacer -tabla rasa de la tradición. Con tanto demonio desatado no es fácil salir -del infierno. - -Italia ganará á Trieste. La sombra de Silvio Pellico, que gime errante -todavía por la Italia irredenta, podrá descansar tranquila en su -sepulcro. Bélgica restañará presto sus heridas. Turquía entregará al -cristiano el sepulcro de Cristo. Los Estados balkánicos seguirán -tirándose pellizcos á la sordina hasta que Europa, como un maestro -severo, llevándose el dedo á los labios y enseñándoles la vara, les -imponga reposo. - -¿Vendrá el desarme? Sí; yo espero que vendrá el desarme. La enfermedad -ha hecho crisis. O muere ó se salva el enfermo: ó descendemos de nuevo á -los antros profundos de la animalidad ó asomamos la cabeza sobre las -nubes. «El animal toma su punto de apoyo en la planta--dice nuestro -huésped reciente Enrique Bergson--; el hombre cabalga sobre la -animalidad, y la Humanidad entera en el espacio, y el tiempo es un -inmenso ejército que galopa al lado de cada uno de nosotros, delante y -detrás de nosotros, en una carga arrebatada capaz de derribar todas las -resistencias y de franquear muchos obstáculos, hasta la muerte quizá.» - -El obstáculo con que ahora ha tropezado la Humanidad es el más alto que -se le ha presentado en su larga carrera. El trampolín está delante. Si -retrocede seguiremos cabalgando, no delante, sino al lado mismo del -animal; seguirá imperando, como en el fondo del océano, la ley del más -fuerte. El estado de guerra se perpetuará en nuestro planeta; el odio -establecerá definitivamente su imperio sobre los corazones; la fiera -rugirá de nuevo por la boca de los cañones. Si lo salta, caerá en el -blando regazo de la ley de Cristo, adquirirá para siempre conciencia de -sí misma y proseguirá gloriosamente su camino hacia los altos destinos -que la Providencia la tiene reservado. - -FIN - - - - -INDICE - - -La decisión de la Francia, 5 - -El optimismo Francés, 15 - -Meditación sobre el conflicto, 31 - -La Estrategia de Napoleón, 41 - -Los socialistas franceses, 55 - -Franceses y Españoles, 69 - -El ahorro francés, 83 - -Las mujeres y la guerra, 99 - -Autores y libros, 111 - -El Krishna de las trincheras, 127 - -Los dos ideales, 141 - -El ídolo científico, 151 - -La religión de Francia, 165 - -¿Y después?, 183 - -PARIS - -IMPRIMERIE ARTISTIQUE LUX - -131, boulevard Saint-Michel. - - * * * * * - -Las correcciones hecho por el transcriptor del texto electrónico: - -ciendo=> siendo {pg 115} - -ha atemoridazo=> ha atemoridazo {pg 5} - -con lo años=> con los años {pg 5} - -se encuantran=> se encuentran {pg 6} - -Plaza de Torros=> Plaza de Toros {pg 8} - -uno ú otro raballo=> uno ú otro caballo {pg 9} - -ha dado mejores polpes=> ha dado mejores golpes {pg 9} - -allá á los lejos=> allá á lo lejos {pg 10} - -Ahí éstan=> Ahí están {pg 11} - -Napoléon=> Napoleón {pg 11, 44, 45, 46, 51} - -mas que por medios diplomáticos=> más que por medios diplomáticos {pg -12} - -El optimismo Frances=> El optimismo Francés {pg 17, 199} - -està á la moda=> está á la moda {pg 17} - -gritàndonos=> gritándonos {pg 17} - -nuestro ànimo=> nuestro ánimo {pg 17} - -mucho màs estomacal. No he hallado jamàs=> mucho más estomacal. No he -hallado jamás {pg 18} - -es fàcil dar=> es fácil dar {pg 18} - -todo espítiru=> todo espíritu {pg 20} - -atràs en buen hora=> atrás en buena hora {pg 20} - -diamentralmente contraria=> diametralmente contraria {pg 21} - -pantéísticas=> panteísticas {pg 21} - -esta enimente facultativo=> este eminente facultativo {pg 21} - -màs=> más {pg 21, 43, 46, 47, 53, 67} - -otro páis=> otro país {pg 22} - -las cicunstancias=> las cirunstancias {pg 23} - -jardin=> jardín {pg 26} - -máquinas de guerra=> máquinas de guerra {pg 27} - -cocinas portàtiles=> cocinas portátiles {pg 27} - -és él quien=> es él quien {pg 28} - -es impossible=> es imposible {pg 28} - -hoy esto qujotesco=> hoy esto quijotesco {pg 30} - -de vergüenza=> de verguenza {pg 30} - -Berlin=> Berlín {pg 34} - -ejercitos del kaiser=> ejércitos del kaiser {pg 37} - -les insinua=> les insinúa {pg 38} - -del corazon=> del corazón {pg 39} - -todavia este naufragio=> todavía este naufragio {pg 39} - -Allá én Alemania=> Allá en Alemania {pg 37} - -Asi y todo recorri=> Así y todo recorrí {pg 43} - -comiengo de la guerra=> comienzo de la guerra {pg 44} - -vencedos de Austerlitz=> vencedor de Austerlitz {pg 44} - -libran de tal poder libran de tal podre {pg 44} - -egoismo del segundo=> egoísmo del segundo {pg 44} - -egoísmo no quedaria=> egoísmo no quedaría {pg 44} - -dotàsemos=> dotásemos {pg 44} - -tampoco quedaria=> tampoco quedaría {pg 44} - -Luis XIV seria otro=> Luis XIV sería otro {pg 44} - -cualquier transeunte=> cualquier transeúnte {pg 44} - -aqui=> aquí {pg 45, 89, 121, 170} - -dias=> días {pg 45, 185} - -le habia dado=> le había dado {pg 45} - -tomar veganza=> tomar venganza {pg 45} - -ambiciosos y avidos=> ambiciosos y ávidos {pg 46} - -propositos que=> propósitos que {pg 47} - -decia á Goethe en=> decía á Goethe en {pg 47} - -engañandose á sí mismo=> engañándose á sí mismo {pg 47} - -Origenes de la Francia contemporánea=> Orígenes de la Francia -contemporánea {pg 48} - -pueblo sobre las=> pueblo sobre la {pg 49} - -peron que al cabo=> pero que al cabo {pg 50} - -estrategia napoléonica=> estrategia napoleónica {pg 51} - -lo hacian invencible=> lo hacían invencible {pg 50} - -por un ejercito=> por un ejército {pg 51} - -Su tàctica consistía=> Su táctica consistía {pg 52} - -lograran vencer=> lograrán vencer {pg 53} - -Entrais á consultar=> Entráis á consultar {pg 60} - -tropezàis con=> tropezáis con {pg 60} - -Tiene razon=> Tiene razón {pg 61} - -el espectàculo=> el espectáculo {pg 64} - -oponiéndose sistemàticamente=> oponiéndose sistemáticamente {pg 64} - -vuestros movimietnos para=> vuestros movimientos para {pg 64} - -los franceses llevàbamos=> los franceses llevábamos {pg 64} - -entonces poséíais=> entonces poseíais {pg 66} - -todo le mundo=> todo el mundo {pg 67} - -lementables equivocaciones=> lamentables equivocaciones {pg 71} - -los francess=> los franceses {pg 76} - -se quadaban á la puerta=> se quedaban á la puerta {pg 78} - -Figurémenos que=> Figurémonos que {pg 78} - -más produnfa=> más profunda {pg 81} - -El ahorro frances=> El ahorro francés {pg 85} - -facilitar le ahorro=> facilitar el ahorro {pg 86} - -como si fuerza=> como si fuera {pg 89} - -por coquetaría=> por coquetería {pg 89} - -Mucho se engañaria=> Mucho se engañaría {pg 89} - -La comercianta=> La comerciante {pg 90} - -Enablé conversación=> Entablé conversación {pg 91} - -pais=> país {pg 91, 145, 146} - -Libreme Dios=> Líbreme Dios {pg 92} - -había ba tido=> había batido {pg 92} - -sea montonaban=> se amontonaban {pg 93} - -se hundian en=> se hundían en {pg 93} - -echandose hacia atrás=> echándose hacia atrás {pg 93} - -Paro el genio francés=> Pero el genio francés {pg 94} - -extravió le rumbo=> extravió el rumbo {pg 94} - -no està desprovista=> no está desprovista {pg 100} - -impossible resistir=> imposible resistir {pg 103} - -voy jamas=> voy jamás {pg 105} - -dejaría calir=> dejaría salir {pg 114} - -esfuerzos increibles=> esfuerzos increíbles {pg 116} - -coche son tal=> coche con tal {pg 117} - -perderian enteramente=> perderían enteramente {pg 117} - -El numero de librerías=> El número de librerías {pg 118} - -nuestra literarura misma=> nuestra literatura misma {pg 118} - -como el buho de Minerva=> como el búho de Minerva {pg 120} - -bañandola de luz=> bañándola de luz {pg 121} - -entran en Paris=> entran en París {pg 122} - -cortesia es un andidoto=> cortesía es un antidoto {pg 123} - -Entonces es cuando Krishna la revela=> Entonces es cuando Krishna le -revela {pg 130} - -habiamos visto=> habíamos visto {pg 133} - -¿Estas triste?=> ¿Estás triste? {pg 134} - -divisó este=> divisó éste {pg 131} - -vez sería que me me matase=> vez sería que me matase {pg 134} - -mas=> más {muchas instancias} - -quedrabura del terreno=> quebrabura del terreno {pg 137} - -despues=> después {muchas instancias} - -por el panteismo=> por el panteísmo {pg 143} - -un dios aleman=> un dios alemán {pg 143} - -La moral es una invencion=> La moral es una invención {pg 144} - -nuestra imaginacion=> nuestra imaginación {pg 144} - -invasion de la Bélgica y la destruccion=> invasión de la Bélgica y la -destrucción {pg 144} - -asi la totalidad=> así la totalidad {pg 144} - -desprecio aleman=> desprecio alemán {pg 145} - -la fria indiferencia=> la fría indiferencia {pg 145} - -los hombres de accion=> los hombres de acción {pg 145} - -esta nacion=> esta nación {pg 146} - -Existen sábios muy notables=> Existen sabios muy notables {pg 146} - -la filosofia=> la filosofía {pg 146} - -habia algunos=> había algunos {pg 146} - -filosófo=> filósofo {pg 146} - -hallandonos=> hallándonos {pg 146} - -orgullosa satisfaccion=> orgullosa satisfacción {pg 146} - -las demas naciones=> las demás naciones {pg 146} - -la filosofia=> la filosofía {pg 146} - -filósfo amigo=> filósofo amigo {pg 146} - -Los emeñan sonrientes á los turistas=> Los enseñan sonrientes á los -turistas {pg 147} - -sonrie á nuestra pueril debilidad sonríe á nuestra pueril debilidad {pg -147} - -sus idolos=> sus ídolos {pg 147} - -evolucion biológica, todavia=> evolución biológica, todavía {pg 147} - -los diás envia=> los días envía {pg 147} - -inmensa melancolia, el Kaiser cemejante=> inmensa melancolía, el Kaiser -semejante {pg 147} - -latinos seguimo pensando=> latinos seguimos pensando {pg 147} - -piédad y compasion=> piedad y compasión {pg 148} - -Neron y Domiciano=> Nerón y Domiciano {pg 148} - -no pereceria=> no perecería {pg 148} - -jamas prevaleceran contra él» pero sufriria=> jamás prevalecerán contra -él» pero sufriría {pg 148} - -su hegemonia necesitaria=> su hegemonía necesitaría {pg 148} - -increible, y en un dia=> increíble, y en un día {pg 148} - -no solo continuar=> no sólo continuar {pg 148} - -no pereceria=> no perecería {pg 148} - -nos quedaria=> nos quedaría {pg 149} - -tamaña conspiracion=> tamaña conspiración {pg 149} - -la ímaginacion=> la imaginación {pg 149} - -que jamas han de tener realidad=> que jamás han de tener realidad {pg -149} - -la razon=> la razón {pg 149} - -de filosófos=> de filósofos {pg 149} - -en que seria=> en que sería {pg 154} - -cientifica=> científica {pg 156} - -se acerca à=> se acerca á {pg 166} - -se extasian=> se extasían {pg 167} - -la antiguedad=> la antigüedad {pg 168} - -facilmente=> fácilmente {pg 168} - -alegria=> alegría {pg 170} - -lee á Platon=> lee á Platón {pg 172} - -el legitimo Dios el legítimo Dios {pg 173} - -arboles=> árboles {pg 174} - -le respondi=> le respondí {pg 178} - -confuso y avergozado=> confuso y avergonzado {pg 178} - -confiesa alli=> confiesa allí {pg 179} - -filtrandose=> filtrándose {pg 183} - -guerra increible=> guerra increíble {pg 183} - -las raices=> las raíces {pg 183} - -periodicamente=> periódicamente {pg 183} - -he creido tampoco=> he creído tampoco {pg 183} - -creido en la utilidad=> creído en la utilidad {pg 183} - -confusion y vergüenza.=> confusión y vergüenza. {pg 185} - -rabiosa colera=> rabiosa cólera {pg 185} - -Vivia adormecida=> Vivía adormecida {pg 186} - -al alma ne le bastan=> al alma no le bastan {pg 186} - -que vivian apartados=> que vivían apartados {pg 187} - -alta prosición política=> alta posición política {pg 188} - -exclamaba un dia=> exclamaba un día {pg 188} - -el bicarbonato de sosa=> el bicarbonato de soda {pg 190} - -en la metropoli=> en la metrópoli {pg 194} - -nuestro señorio=> nuestro señorío {pg 194} - -Los angeles=> Los ángeles {pg 195} - -con vehemancia=> con vehemencia {pg 196} - -escribis sobre el papel=> escribís sobre el papel {pg 195} - -como hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios para tamaña -conspiracion=> cómo hallar en Europa el disimulo y el sigilo necesarios -para tamaña conspiración {pg 149} - - - - - - - - - -End of Project Gutenberg's La guerra injusta, by Armando Palacio Valdés - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GUERRA INJUSTA *** - -***** This file should be named 42323-8.txt or 42323-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/2/3/2/42323/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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