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-The Project Gutenberg EBook of Sonata de primavera, by Ramón del Valle-Inclán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org
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-Title: Sonata de primavera
- memorias del marqués de Bradomín
-
-Author: Ramón del Valle-Inclán
-
-Release Date: March 30, 2013 [EBook #42440]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SONATA DE PRIMAVERA ***
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-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
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- COSTE DIECISEIS-REALES DE VELLON
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- PERLADO, PAEZ Y COMPAÑÍA, EDITORES.--MADRID
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- OPERA OMNIA
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- SONATA
- DE
- PRIMAVERA
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- MEMORIAS DEL
- MARQVES
- DE BRADOMIN
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- VOL V
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- SONATA DE PRIMAVERA
-
- MEMORIAS DEL MARQVES
-
- DE BRADOMIN
-
- LAS PVBLICA
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- DON RAMON DEL VALLE-INCLAN
-
- OPERA OMNIA
-
- VOL V
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- DEDICATORIA
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-
-_NO hace todavía tres años vivía yo escribiendo novelas
-por entregas, que firmaba orgulloso, no sé si por desdén si por
-despecho. Me complacía dolorosamente la oscuridad de mi nombre y el
-olvido en que todos me tenían. Hubiera querido entonces que los libros
-estuviesen escritos en letra lombarda, como las antiguas ejecutorias, y
-que sólo algunos iniciados pudiesen leerlas. Esta quimera ha sido para
-mí como un talismán. Ella me ha guardado de las competencias mezquinas,
-y por ella no he sentido las crueldades de una vida toda de dolor. Solo,
-altivo y pobre he llegado á la literatura sin enviar mis libros á esos
-que llaman críticos, y sin sentarme una sola vez en el corro donde á
-diario alientan sus vanidades las hembras y los eunucos del Arte. De
-alguien, sin embargo, he recibido protección tan generosa y noble,
-que sin ella nunca hubiera escrito las MEMORIAS DEL MARQUÉS DE
-BRADOMÍN. Tal protección, única en mi vida, fué de un gran literato
-y de un gran corazón: He nombrado á Don José Ortega Munilla.
-
-Hoy quiero ofrecerle este libro con aquel ingenuo y amoroso respeto que,
-cuando yo era niño, ofrecían los pastores de los casales amigos el más
-blanco de sus corderos en la casa de mi padre.
-
-V.-I.
-
-Real Sitio de Aranjuez.--Mayo de 1904._
-
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-
- SONETO
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- SONETO AUTUMNAL PARA EL SEÑOR MARQUÉS DE BRADOMÍN
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-
- MARQVÉS (COMO EL DIVINO
- LO ERES) TE SALUDO!
-
- _Es el Otoño y vengo de un Versalles doliente,
- Hacía mucho frío y erraba vulgar gente,
- El chorro de agua de Verlaine, estaba mudo.
- Me quedé pensativo ante un mármol desnudo,
- Cuando vi una paloma que cruzó de repente,
- Y por caso de cerebración inconsciente,
- Pensé en ti. Toda exégesis en este caso eludo.
- Versalles melancólico, una paloma, un lindo
- Mármol, un vulgo errante municipal y espeso,
- Anteriores lecturas de tus sutiles prosas,
- La reciente impresión de tus triunfos... Prescindo
- De más detalles, para explicarte por eso
- Como autumnal te envío este ramo de rosas._
-
- RUBÉN DARÍO
-
-[imagen: MI SANGRE SE DERRAMA POR LA CAZA QUE CAZO].
-
-[imagen: MEMORIAS DEL MARQVÉS DE BRADOMÍN]
-
-
-_NOTA_
-
-_Estas páginas son un fragmento de las «Memorias Amables», que ya muy
-viejo empezó á escribir en la emigración el Marqués de Bradomín. Un Don
-Juan admirable. ¡El más admirable tal vez!..._
-
-_Era feo, católico y sentimental._
-
-
-
-
- MEMORIAS DEL MARQVES DE BRADOMIN
-
-ANOCHECÍA cuando la silla de posta traspuso la Puerta
-Salaria y comenzamos á cruzar la campiña llena de misterio y de rumores
-lejanos. Era la campiña clásica de las vides y de los olivos, con sus
-acueductos ruinosos, y sus colinas que tienen la graciosa ondulación de
-los senos femeninos. La silla de posta caminaba por una vieja calzada:
-Las mulas del tiro sacudían pesadamente las colleras, y el golpe alegre
-y desigual de los cascabeles despertaba un eco en los floridos olivares.
-Antiguos sepulcros orillaban el camino y mustios cipreses dejaban caer
-sobre ellos su sombra venerable.
-
-La silla de posta seguía siempre la vieja calzada, y mis ojos fatigados
-de mirar en la noche, se cerraban con sueño. Al fin quedéme dormido, y
-no desperté hasta cerca del amanecer, cuando la luna, ya muy pálida, se
-desvanecía en el cielo. Poco después, todavía entumecido por la quietud
-y el frío de la noche, comencé á oir el canto de madrugueros gallos, y
-el murmullo bullente de un arroyo que parecía despertarse con el sol. A
-lo lejos, almenados muros se destacaban negros y sombríos sobre celajes
-de frío azul. Era la vieja, la noble, la piadosa ciudad de Ligura.
-
-Entramos por la Puerta Lorencina. La silla de posta caminaba lentamente,
-y el cascabeleo de las mulas hallaba un eco burlón, casi sacrílego, en
-las calles desiertas donde crecía la yerba. Tres viejas, que parecían
-tres sombras, esperaban acurrucadas á la puerta de una iglesia todavía
-cerrada, pero otras campanas distantes ya tocaban á la misa de alba. La
-silla de posta seguía una calle de huertos, de caserones y de conventos,
-una calle antigua, enlosada y resonante. Bajo los aleros sombríos
-revoloteaban los gorriones, y en el fondo de la calle el farol de una
-hornacina agonizaba. El tardo paso de las mulas me dejó vislumbrar una
-Madona: Sostenía al Niño en el regazo, y el Niño, riente y desnudo,
-tendía los brazos para alcanzar un pez que los dedos virginales de la
-madre le mostraban en alto, como en un juego cándido y celeste. La
-silla de posta se detuvo. Estábamos á las puertas del Colegio Clementino.
-
-Ocurría esto en los felices tiempos del Papa-Rey, y el Colegio
-Clementino conservaba todas sus premáticas, sus fueros y sus rentas.
-Todavía era retiro de ilustres varones, todavía se le llamaba noble
-archivo de las ciencias. El rectorado ejercíalo desde hacía muchos años
-un ilustre prelado: Monseñor Estefano Gaetani, obispo de Betulia, de la
-familia de los Príncipes Gaetani. Para aquel varón, lleno de evangélicas
-virtudes y de ciencia teológica, llevaba yo el capelo cardenalicio. Su
-Santidad había querido honrar mis juveniles años, eligiéndome entre sus
-guardias nobles, para tan alta misión. Yo soy Bibiena di Rienzo, por la
-línea de mi abuela paterna. Julia Aldegrina, hija del Príncipe Máximo
-de Bibiena, que murió en 1770, envenenado por la famosa comedianta
-Simoneta la Corticelli, que tiene un largo capítulo en las Memorias del
-Caballero de Sentgal.
-
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-
-
-DOS BEDELES con sotana y birreta paseábanse en el
-claustro. Eran viejos y ceremoniosos. Al verme entrar corrieron á mi
-encuentro:
-
---¡Una gran desgracia, Excelencia! ¡Una gran desgracia!
-
-Me detuve, mirándoles alternativamente:
-
---¿Qué ocurre?
-
-Los dos bedeles suspiraron. Uno de ellos comenzó:
-
---Nuestro sabio rector...
-
-Y el otro, lloroso y doctoral, rectificó:
-
---¡Nuestro amantísimo padre, Excelencia!... Nuestro amantísimo padre,
-nuestro maestro, nuestro guía, está en trance de muerte. Ayer sufrió un
-accidente hallándose en casa de su hermana...
-
-Y aquí el otro bedel, que callaba enjugándose los ojos, rectificó á su
-vez:
-
---La Señora Princesa Gaetani. Una dama española que estuvo casada con el
-hermano mayor de Su Ilustrísima. El Príncipe Filipo Gaetani. Aún no hace
-el año que falleció en una cacería. ¡Otra gran desgracia, Excelencia!
-
-Yo interrumpí un poco impaciente:
-
---¿Monseñor ha sido trasladado al Colegio?
-
---No lo ha consentido la Señora Princesa. Ya os digo que está en trance
-de muerte.
-
-Inclinéme con solemne pesadumbre:
-
---¡Acatemos la voluntad de Dios!
-
-Los dos bedeles se santiguaron devotamente. Allá en el fondo del
-claustro resonaba un campanilleo argentino, grave, litúrgico. Era
-el viático para Monseñor, y los bedeles se quitaron las birretas.
-Poco después, bajo los arcos, comenzaron á desfilar los colegiales:
-Humanistas y teólogos, doctores y bachilleres formaban larga procesión.
-Salían por un arco divididos en dos hileras, y rezaban con sordo rumor.
-Sus manos cruzadas sobre el pecho, oprimían las birretas, mientras las
-flotantes becas barrían las losas. Yo hinqué una rodilla en tierra y
-los miré pasar. Bachilleres y doctores también me miraban. Mi manto de
-guardia noble pregonaba quién era yo, y ellos lo comentaban en voz baja.
-Cuando pasaron todos, me levanté y seguí detrás.
-
-La campanilla del viático ya resonaba en el confín de la calle. De
-tiempo en tiempo algún viejo devoto salía de su casa con un farol
-encendido, y haciendo la señal de la cruz se incorporaba al cortejo.
-Nos detuvimos en una plaza solitaria, frente á un palacio que tenía
-todas las ventanas iluminadas. Lentamente el cortejo penetró en el ancho
-zaguán. Bajo la bóveda, el rumor de los rezos se hizo más grave, y el
-argentino son de la campanilla revoloteaba glorioso sobre las voces
-apagadas y contritas.
-
-Subimos la señorial escalera. Hallábanse francas todas las puertas,
-y viejos criados con hachas de cera nos guiaron á través de los
-salones desiertos. La cámara donde agoniza Monseñor Estefano Gaetani
-estaba sumida en religiosa oscuridad. El noble prelado yacía sobre un
-lecho antiguo con dosel de seda. Tenía cerrados los ojos: Su cabeza
-desaparecía en el hoyo de las almohadas, y su corvo perfil de patricio
-romano destacábase en la penumbra, inmóvil, blanco, sepulcral, como el
-perfil de las estatuas yacentes. En el fondo de la estancia, donde había
-un altar, rezaban arrodilladas la Princesa y sus cinco hijas.
-
-La Princesa Gaetani era una dama todavía hermosa, blanca y rubia: Tenía
-la boca muy roja, las manos como de nieve, dorados los ojos y dorado
-el cabello. Al verme clavó en mí una larga mirada y sonrió con amable
-tristeza. Yo me incliné y volví á contemplarla. Aquella Princesa Gaetani
-me recordaba el retrato de María de Médicis, pintado cuando sus bodas
-con el Rey de Francia, por Pedro Pablo Rubens.
-
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-
-
-MONSEÑOR apenas pudo entreabrir los ojos y alzarse sobre
-las almohadas cuando el sacerdote que llevaba el viático se acercó á
-su lecho: Recibida la comunión, su cabeza volvió á caer desfallecida,
-mientras sus labios balbuceaban una oración latina, fervorosos y torpes.
-El cortejo comenzó á retirarse en silencio: Yo también salí de la
-alcoba. Al cruzar la antecámara, acercóse á mí un familiar de Monseñor:
-
---¿Vos, sin duda, sois el enviado de Su Santidad?...
-
---Así es: Soy el Marqués de Bradomín.
-
---La Princesa acaba de decírmelo...
-
---¿La Princesa me conoce?
-
---Ha conocido á vuestros padres.
-
---¿Cuándo podré ofrecerle mis respetos?
-
---La Princesa desea hablaros ahora mismo.
-
-Nos apartamos para seguir la plática en el hueco de una ventana. Cuando
-desfilaron los últimos colegiales y quedó desierta la antecámara, miré
-instintivamente hacia la puerta de la alcoba, y vi á la Princesa que
-salía rodeada de sus hijas, enjugándose los ojos con un pañuelo de
-encajes. Me acerqué y le besé la mano. Ella murmuró débilmente:
-
---¡En qué triste ocasión vuelvo á verte, hijo mío!
-
-La voz de la Princesa Gaetani despertaba en mi alma un mundo de
-recuerdos lejanos que tenían esa vaguedad risueña y feliz de los
-recuerdos infantiles. La Princesa continuó:
-
---¿Qué sabes de tu madre? De niño te parecías mucho á ella, ahora no...
-¡Cuántas veces te tuve en mi regazo! ¿No te acuerdas de mí?
-
-Yo murmuré indeciso:
-
---Me acuerdo de la voz...
-
-Y callé evocando el pasado. La Princesa Gaetani me contemplaba
-sonriendo, y de pronto, en el dorado misterio de sus ojos, yo adiviné
-quién era. Á mi vez sonreí: Ella entonces me dijo:
-
---¿Ya te acuerdas?
-
---Sí...
-
---¿Quién soy?
-
-Volví á besar su mano, y luego respondí:
-
---La hija del Marqués de Agar...
-
-Sonrió tristemente recordando su juventud, y me presentó á sus hijas:
-
---María del Rosario, María del Carmen, María del Pilar, María de la
-Soledad, María de las Nieves... Las cinco son Marías.
-
-Con una sola y profunda reverencia las salude á todas. La mayor, María
-del Rosario, era una mujer de veinte años, y la más pequeña, María de
-las Nieves, una niña de cinco. Todas me parecieron bellas y gentiles.
-María del Rosario era pálida, con los ojos negros, llenos de luz
-ardiente y lánguida. Las otras, en todo semejantes á su madre, tenían
-dorados los ojos y el cabello. La Princesa tomó asiento en un ancho
-sofá de damasco carmesí, y empezó á hablarme en voz baja. Sus hijas se
-retiraron en silencio, despidiéndose de mí con una sonrisa, que era á la
-vez tímida y amable. María del Rosario salió la última. Creo que además
-de sus labios me sonrieron sus ojos, pero han pasado tantos años, que
-no puedo asegurarlo. Lo que recuerdo todavía es que viéndola alejarse,
-sentí que una nube de vaga tristeza me cubría el alma. La Princesa
-se quedó un momento con la mirada fija en la puerta por donde habían
-desaparecido sus hijas, y luego, con aquella sonrisa de dama amable y
-devota, me dijo:
-
---¡Ya las conoces!
-
-Yo me incliné:
-
---¡Son tan bellas como su madre!
-
---Son muy buenas y eso vale más.
-
-Yo guardé silencio, porque siempre he creído que la bondad de las
-mujeres es todavía más efímera que su hermosura. Aquella pobre señora
-creía lo contrario, y continuó:
-
---María Rosario entrará en un convento dentro de pocos días. ¡Dios la
-haga llegar á ser otra Beata Francisca Gaetani!
-
-Yo murmuré con solemnidad:
-
---¡Es una separación tan cruel como la muerte!
-
-La Princesa me interrumpió vivamente:
-
---Sin duda que es un dolor muy grande, pero también es un consuelo saber
-que las tentaciones y los riesgos del mundo no existen para ese ser
-querido. Si todas mis hijas entrasen en un convento, yo las seguiría
-feliz... ¡Desgraciadamente no son todas como María Rosario!
-
-Calló, suspirando con la mirada abstraída, y en el fondo dorado de sus
-ojos yo creí ver la llama de un fanatismo trágico y sombrío. En aquel
-momento, uno de los familiares que velaban á Monseñor Gaetani asomóse
-á la puerta de la alcoba, y allí estuvo sin hacer ruido, dudoso de
-turbar nuestro silencio, hasta que la Princesa se dignó interrogarle,
-suspirando entre desdeñosa y afable:
-
---¿Qué ocurre, Don Antonino?
-
-Don Antonino sonrió con beatitud:
-
---Ocurre, Excelencia, que Monseñor desea hablar al enviado de Su
-Santidad.
-
---¿Sabe que está aquí?
-
---Lo sabe, sí, Excelencia. Le ha visto cuando recibió la Santa Unción.
-Aun cuando pudiera parecer lo contrario, Monseñor no ha perdido el
-conocimiento un solo instante.
-
-Á todo esto yo me había puesto en pie. La Princesa me alargó su mano,
-que todavía en aquel trance supe besar con más galantería que respeto, y
-entré en la cámara donde agonizaba Monseñor.
-
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-
-
-EL NOBLE prelado fijó en mí los ojos moribundos y quiso
-bendecirme, pero su mano cayó desfallecida á lo largo del cuerpo, al
-mismo tiempo que una lágrima le resbalaba lenta y angustiosa por la
-mejilla. En el silencio de la cámara, sólo el resuello de su respiración
-se escuchaba. Al cabo de un momento pudo decir con afanoso balbuceo:
-
---Señor Capitán, quiero que llevéis el testimonio de mi gratitud al
-Santo Padre...
-
-Calló, y estuvo largo espacio con los ojos cerrados. Sus labios secos
-y azulencos, parecían agitados por el temblor de un rezo. Al abrir de
-nuevo los ojos, continuó:
-
---Mis horas están contadas. Los honores, las grandezas, las jerarquías,
-todo cuanto ambicioné durante mi vida, en este momento se esparce
-como vana ceniza ante mis ojos de moribundo. Dios Nuestro Señor no me
-abandona, y me muestra la aspereza y desnudez de todas las cosas...
-Me cercan las sombras de la Eternidad, pero mi alma se ilumina
-interiormente con las claridades divinas de la Gracia...
-
-Otra vez tuvo que interrumpirse, y falto de fuerzas cerró los ojos.
-Uno de los familiares acercóse y le enjugó la frente sudorosa con un
-pañuelo de fina batista. Después, dirigiéndose á mí, murmuró en voz baja:
-
---Señor Capitán, procurad que no hable.
-
-Yo asentí con un gesto. Monseñor abrió los ojos, y nos miró á los dos.
-Un murmullo apagado salió de sus labios: Me incliné para oirle, pero
-no pude entender lo que decía. El familiar me apartó suavemente, y
-doblándose á su vez sobre el pecho del moribundo, pronunció con amable
-imperio:
-
---¡Ahora es preciso que descanse Su Ilustrísima! No habléis...
-
-El prelado hizo un gesto doloroso. El familiar volvió á pasarle el
-pañuelo por la frente, y al mismo tiempo, sus ojos sagaces de clérigo
-italiano, me indicaban que no debía continuar allí. Como ello era
-también mi deseo, le hice una cortesía y me alejé. El familiar ocupo
-un sillón que había cercano á la cabecera, y recogiendo suavemente los
-hábitos, se dispuso á meditar, ó acaso á dormir, pero en aquel momento
-advirtió Monseñor que yo me retiraba, y alzándose con supremo esfuerzo,
-me llamó:
-
---¡No te vayas, hijo mío! Quiero que lleves mi confesión al Santo Padre.
-
-Esperó á que nuevamente me acercase, y con los ojos fijos en el cándido
-altar que había en un extremo de la cámara, comenzó:
-
---¡Dios mío, que me sirva de penitencia el dolor de mi culpa y la
-vergüenza que me causa confesarla!
-
-Los ojos del prelado estaban llenos de lágrimas. Era afanosa y ronca
-su voz. Los familiares se congregaban en torno del lecho. Sus frentes
-inclinábanse al suelo: Todos aparentaban una gran pesadumbre, y
-parecían de antemano edificados por aquella confesión que intentaba
-hacer ante ellos el moribundo obispo de Betulia. Yo me arrodillé. El
-prelado rezaba en silencio, con los ojos puestos en el crucifijo que
-había en el altar. Por sus mejillas descarnadas las lágrimas corrían
-hilo á hilo. Al cabo de un momento, comenzó:
-
---Nació mi culpa cuando recibí las primeras cartas donde mi amigo,
-Monseñor Ferrati, me anunciaba el designio que de otorgarme el capelo
-tenía Su Santidad. ¡Cuán flaca es nuestra humana naturaleza, y cuán
-frágil el barro de que somos hechos! Creí que mi estirpe de Príncipes
-valía más que la ciencia y que la virtud de otros varones: Nació en mi
-alma el orgullo, el más fatal de los consejeros humanos, y pensé que
-algún día seríame dado regir á la Cristiandad. Pontífices y Santos
-hubo en mi casa, y juzgué que podía ser como ellos. ¡De esta suerte nos
-ciega Satanás! Sentíame viejo y esperé que la muerte allanase mi camino.
-Dios Nuestro Señor no quiso que llegase á vestir la sagrada púrpura, y,
-sin embargo, cuando llegaron inciertas y alarmantes noticias, yo temí
-que hiciese naufragar mis esperanzas la muerte que todos temían de Su
-Santidad... ¡Dios mío, he profanado tu altar rogándote que reservases
-aquella vida preciosa porque, segada en más lejanos días, pudiera serme
-propicia su muerte! ¡Dios mío, cegado por el Demonio, hasta hoy no he
-tenido conciencia de mi culpa! ¡Señor, tú que lees en el fondo de las
-almas, tú que conoces mi pecado y mi arrepentimiento, devuélveme tu
-Gracia!
-
-Calló, y un largo estremecimiento de agonía recorrió su cuerpo. Había
-hablado con apagada voz, impregnada de apacible y sereno desconsuelo. La
-huella de sus ojeras se difundió por la mejilla, y sus ojos, cada vez
-más hundidos en las cuencas, se nublaron con una sombra de muerte. Luego
-quedó estirado, rígido, indiferente, la cabeza torcida, entreabierta
-la boca por la respiración, el pecho agitado. Todos permanecimos de
-rodillas, irresolutos, sin osar llamarle ni movernos, por no turbar
-aquel reposo que nos causaba horror. Allá abajo exhalaba su perpetuo
-sollozo la fuente que había en medio de la plaza, y se oían las voces
-de unas niñas que jugaban á la rueda: Cantaban una antigua letra de
-cadencia lánguida y nostálgica. Un rayo de sol, abrileño y matinal,
-brillaba en los vasos sagrados del altar, y los familiares rezaban en
-voz baja, edificados por aquellos devotos escrúpulos que torturaban el
-alma cándida del prelado... Yo, pecador de mí, empezaba á dormirme, que
-había corrido toda la noche en silla de posta, y cansa cuando es larga
-una jornada.
-
-
-AL SALIR de la cámara donde agonizaba Monseñor Gaetani,
-halléme con un viejo mayordomo que me esperaba en la puerta.
-
---Excelencia, mí Señora la Princesa, me envía para que os muestre
-vuestras habitaciones.
-
-Yo apenas pude reprimir un estremecimiento. En aquel instante, no sé
-decir qué vago aroma primaveral traía á mi alma el recuerdo de las cinco
-hijas de la Princesa. Mucho me alegraba la idea de vivir en el Palacio
-Gaetani, y, sin embargo, tuve valor para negarme:
-
---Decid á vuestra Señora la Princesa Gaetani, que me hospedo en el
-Colegio Clementino.
-
-El mayordomo pareció consternado:
-
---Excelencia, creedme que la causáis una gran contrariedad. En fin, si
-os negáis, tengo orden de llevarle recado. Os dignaréis esperar algunos
-momentos. Está terminando de oír misa.
-
-Yo hice un gesto de resignación:
-
---No le digáis nada. Dios me perdonará si prefiero este Palacio, con sus
-cinco doncellas encantadas, á los graves teólogos del Colegio Clementino.
-
-El mayordomo me miró con asombro, como si dudase de mi juicio.
-Después mostró deseos de hablarme, pero tras algunas vacilaciones,
-terminó indicándome el camino, acompañando la acción tan sólo con una
-sonrisa. Yo le seguí. Era un viejo rasurado, vestido con largo levitón
-eclesiástico que casi le rozaba los zapatos, ornados con hebillas de
-plata. Se llamaba Polonio, andaba en la punta de los pies, sin hacer
-ruido, y á cada momento se volvía para hablarme en voz baja y llena de
-misterio:
-
---Pocas esperanzas hay de que Monseñor reserve la vida...
-
-Y después de algunos pasos:
-
---Yo tengo ofrecida una novena á la Santa Madona.
-
-Y un poco más allá, mientras levantaba una cortina:
-
---No estaba obligado á menos. Monseñor me había prometido llevarme á
-Roma.
-
-Y volviendo á continuar la marcha:
-
---¡No lo quiso Dios!... ¡No lo quiso Dios!...
-
-De esta suerte atravesamos la antecámara, y un salón casi oscuro y
-una biblioteca desierta. Allí el mayordomo se detuvo, palpándose las
-faltriqueras de su calzón, ante una puerta cerrada:
-
---¡Válgame Dios!... He perdido mis llaves...
-
-Todavía continuó registrándose: Al cabo dió con ellas, abrió y apartóse
-dejándome paso:
-
---La Señora Princesa desea que dispongáis del salón, de la biblioteca y
-de esta cámara.
-
-Yo entré. Aquella estancia me pareció en todo semejante á la cámara
-en que agonizaba Monseñor Gaetani. También era honda y silenciosa, con
-antiguos cortinajes de damasco carmesí. Arrojé sobre un sillón mi manto
-de guardia noble, y me volví mirando los cuadros que colgaban de los
-muros. Eran antiguos lienzos de la escuela florentina, que representaban
-escenas bíblicas:--Moisés salvado de las aguas, Susana y los ancianos,
-Judith con la cabeza de Holofernes.--Para que pudiese verlos mejor, el
-mayordomo corrió de un lado al otro levantando todos los cortinajes de
-las ventanas. Después me dejó contemplarlos en silencio: Andaba detrás
-de mí como una sombra, sin dejar caer de los labios la sonrisa, una
-vaga sonrisa doctoral. Cuando juzgó que los había mirado á todo sabor y
-talante, acercóse en la punta de los pies y dejó oír su voz cascada,
-más amable y misteriosa que nunca:
-
---¿Qué os parece? Son todos de la misma mano... ¡Y qué mano!...
-
-Yo le interrumpí:
-
---¿Sin duda, Andrea del Sarto?
-
-El Señor Polonio adquirió un continente grave, casi solemne:
-
---Atribuídos á Rafael.
-
-Me volví á dirigirles una nueva ojeada, y el Señor Polonio continuó:
-
---Reparad que tan sólo digo atribuídos. En mi humilde parecer valen más
-que si fuesen de Rafael... ¡Yo los creo del Divino!
-
---¿Quién es el Divino?
-
-El mayordomo abrió los brazos definitivamente consternado:
-
---¿Y vos me lo preguntáis, Excelencia? ¡Quién puede ser sino Leonardo
-de Vinci!...
-
-Y guardó silencio, contemplándome con verdadera lástima. Yo apenas
-disimulé una sonrisa burlona: el Señor Polonio aparentó no verla, y,
-sagaz como un cardenal romano, comenzó á adularme:
-
---Hasta hoy no había dudado... Ahora os confieso que dudo. Excelencia,
-acaso tengáis razón. Andrea del Sarto pintó mucho en el taller de
-Leonardo, y sus cuadros de esa época se parecen tanto, que más de una
-vez han sido confundidos... En el mismo Vaticano hay un ejemplo: La
-Madona de la Rosa. Unos la juzgan del Vinci y otros del Sarto. Yo la
-creo del marido de doña Lucrecia del Fede, pero tocada por el Divino. Ya
-sabéis que era cosa frecuente entre maestros y discípulos.
-
-Yo le escuchaba con un gesto de fatiga. El Señor Polonio, al terminar
-su oración, me hizo una profunda reverencia, y corrió con los brazos en
-alto, de una en otra ventana, soltando los cortinajes. La cámara quedó
-en una media luz, propicia para el sueño. El Señor Polonio se despidió
-en voz baja, como si estuviese en una capilla, y salió sin ruido,
-cerrando tras sí la puerta... Era tanta mi fatiga, que dormí hasta la
-caída de la tarde. Me desperté soñando con María Rosario.
-
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-
-LA BIBLIOTECA tenía tres puertas que daban sobre una
-terraza de mármol. En el jardín las fuentes repetían el comentario
-voluptuoso que parecen hacer á todos los pensamientos de amor, sus voces
-eternas y juveniles. Al inclinarme sobre la balaustrada, yo sentí que
-el hálito de la Primavera me subía al rostro. Aquel viejo jardín de
-mirtos y de laureles mostrábase bajo el sol poniente lleno de gracia
-gentílica. En el fondo, caminando por los tortuosos senderos de un
-laberinto, las cinco hermanas se aparecían con las faldas llenas de
-rosas, como en una fábula antigua. A lo lejos, surcado por numerosas
-velas latinas que parecían de ámbar, extendíase el Mar Tirreno. Sobre la
-playa de dorada arena morían mansas las olas, y el son de los caracoles,
-con que anunciaban los pescadores su arribada á la playa, y el ronco
-canto del mar, parecían acordarse con la fragancia de aquel jardín
-antiguo donde las cinco hermanas se contaban sus sueños juveniles á la
-sombra de los rosáceos laureles.
-
-Se habían sentado en un gran banco de piedra á componer sus ramos. Sobre
-el hombro de María Rosario estaba posada una paloma, y en aquel cándido
-suceso yo hallé la gracia y el misterio de una alegoría. Tocaban á
-fiesta unas campanas de aldea, y la iglesia se perfilaba á lo lejos, en
-lo alto de una colina verde, rodeada de cipreses. Salía la procesión,
-que anduvo alrededor de la iglesia, y distinguíanse las imágenes en
-sus andas, con los mantos bordados que brillaban al sol, y los rojos
-pendones parroquiales que iban delante, flameando victoriosos como
-triunfos litúrgicos. Las cinco hermanas se arrodillaron sobre la yerba,
-y juntaron las manos llenas de rosas.
-
-Los mirlos cantaban en las ramas, y sus cantos se respondían
-encadenándose en un ritmo remoto, como las olas del mar. Las cinco
-hermanas habían vuelto á sentarse: Tejían sus ramos en silencio, y entre
-la púrpura de las rosas revoloteaban como albas palomas sus manos, y los
-rayos del sol que pasaban á través del follaje, temblaban en ellas como
-místicos haces encendidos. Los tritones y las sirenas de las fuentes
-borboteaban su risa quimérica, y las aguas de plata corrían con juvenil
-murmullo por las barbas limosas de los viejos monstruos marinos, que se
-inclinaban para besar á las sirenas, presas en sus brazos. Las cinco
-hermanas se levantaron para volver al Palacio. Caminaban lentamente por
-los senderos del laberinto como princesas encantadas que acarician un
-mismo ensueño. Cuando hablaban, el rumor de sus voces se perdía en los
-rumores de la tarde, y sólo la onda primaveral de sus risas se levantaba
-armónica bajo la sombra de los clásicos laureles.
-
-Cuando penetré en el salón de la Princesa ya estaban las luces
-encendidas. En medio del silencio resonaba llena de gravedad la voz
-de un Colegial Mayor, que conversaba con las señoras que componían la
-tertulia de la Princesa Gaetani. El salón era dorado y de un gusto
-francés, femenino y lujoso. Amorcillos con guirnaldas, ninfas vestidas
-de encajes, galantes cazadores y venados de enramada cornamenta,
-poblaban la tapicería del muro, y sobre las consolas, en graciosos
-grupos de porcelana, duques pastores ceñían el florido talle de
-marquesas aldeanas. Yo me detuve un momento en la puerta. Al verme, las
-damas que ocupaban el estrado sonrieron y el Colegial Mayor se puso en
-pie:
-
---Permítame el Señor Capitán que le salude en nombre de todo el Colegio
-Clementino.
-
-Y me alargó su mano carnosa y blanca, que parecía reclamar la pastoral
-amatista. Por privilegio pontificio vestía beca de terciopelo que
-realzaba su figura prócer y llena de majestad. Era un hombre joven,
-pero con los cabellos blancos. Tenía los ojos llenos de fuego, la nariz
-aguileña y la boca de estatua, firme y bien dibujada. La Princesa me lo
-presentó con un gesto lleno de languidez sentimental:
-
---Monseñor Antonelli. ¡Un sabio y un santo!
-
-Yo me incliné:
-
---Sé, Princesa, que los cardenales romanos le consultan las más arduas
-cuestiones teológicas, y la fama de sus virtudes á todas partes llega...
-
-El Colegial interrumpió con su grave voz, reposada y amable:
-
---No soy más que un filósofo, entendiendo la filosofía como la
-entendían los antiguos: Amor á la sabiduría.
-
-Después, volviendo á sentarse, continuó:
-
---¿Habéis visto á Monseñor Gaetani? ¡Qué desgracia! ¡Tan grande como
-impensada!...
-
-Todos guardamos un silencio triste. Dos señoras ancianas, las dos
-vestidas de seda con noble severidad, interrogaron á un mismo tiempo y
-con la misma voz:
-
---¿No hay esperanzas?
-
-La Princesa suspiró:
-
---No las hay... Solamente un milagro:
-
-De nuevo volvió el silencio. En el otro extremo del salón las hijas
-de la Princesa bordaban un paño de tisú, las cinco sentadas en rueda.
-Hablaban en voz baja las unas con las otras, y sonreían con las cabezas
-inclinadas: Sólo María Rosario permanecía silenciosa, y bordaba
-lentamente como si soñase. Temblaba en las agujas el hilo de oro, y
-bajo los dedos de las cinco doncellas nacían las rosas y los lirios
-de la flora celeste que puebla los paños sagrados. De improviso, en
-medio de aquella paz, resonaron tres aldabadas. La Princesa palideció
-mortalmente: Los demás no hicieron sino mirarse. El Colegial Mayor se
-puso en pie:
-
---Permitirán que me retire: No creí que fuese tan tarde... ¿Cómo han
-cerrado ya las puertas?
-
-La Princesa repuso temblando:
-
---No las han cerrado.
-
-Y las dos ancianas vestidas de seda negra, susurraron:
-
---¡Algún insolente!
-
-Cambiaron entre ellas una mirada tímida, como para infundirse ánimo,
-y quedaron atentas, con un ligero temblor. Las aldabadas volvían á
-sonar, pero esta vez era dentro del Palacio Gaetani. Una ráfaga pasó por
-el salón y apagó algunas luces. La Princesa lanzó un grito. Todos la
-rodeamos: Ella nos miraba con los labios trémulos y los ojos asustados:
-Insinuó una voz:
-
---Cuando murió el Príncipe Filipo, ocurrió esto... ¡Y él lo contaba de
-su padre!
-
-En aquel momento el Señor Polonio apareció en la puerta del salón, y
-en ella se detuvo. La Princesa incorporóse en el sofá, y se enjugó los
-ojos: Después, con noble entereza, le interrogó:
-
---¿Ha muerto?
-
-El mayordomo inclinó la frente:
-
---¡Ya goza de Dios!
-
-Una onda de gemidos se levantó en el estrado. Las damas rodearon á la
-Princesa, y el Colegial Mayor se santiguó.
-
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-
-
-MARÍA ROSARIO, con los ojos arrasados de lágrimas
-guardaba lentamente sus agujas y su hilo de oro. Yo la veía en el otro
-extremo del salón, inclinada sobre un menudo y cincelado cofre que
-sostenía abierto en el regazo: Sin duda rezaba en voz baja, porque sus
-labios se movían débilmente. En su mejilla temblaba la sombra de las
-pestañas, y yo sentía que en el fondo de mi alma aquel rostro pálido
-temblaba con el encanto misterioso y poético que tiembla en el fondo de
-un lago, el rostro de la luna. María Rosario cerró el cofre, y dejando
-en él la llave de oro, lo puso sobre la alfombra para tomar en brazos á
-la más niña de sus hermanas que lloraba asustada. Después se inclinó,
-besándola. Yo veía cómo la infantil y rubia guedeja de María Nieves
-desbordaba sobre el brazo de María Rosario, y hallaba en aquel grupo la
-gracia cándida de esos cuadros antiguos que pintaron los monjes devotos
-de la Virgen. La niña murmuró:
-
---¡Tengo sueño!...
-
---¿Quieres que llame á tu doncella para que te acueste?
-
---Malvina me deja sola. Se figura que estoy durmiendo y se va muy
-despacio, y cuando estoy sola tengo miedo.
-
-María Rosario alzóse con la niña en brazos, y como una sombra silenciosa
-y pálida atravesó el salón. Yo acudí presuroso á levantar el cortinaje
-de la puerta. María Rosario pasó con los ojos bajos, sin mirarme: La
-niña, en cambio, volvió hacia mí sus claras pupilas llenas de lágrimas,
-y me dijo con una voz muy tenue:
-
---Buenas noches, Marqués, hasta mañana.
-
---Adiós, preciosa.
-
-Y con el alma herida por el desdén que María Rosario me mostrara, volví
-al estrado, donde la Princesa seguía con el pañuelo sobre los ojos. Las
-ancianas de su tertulia la rodeaban, y de tiempo en tiempo se volvían
-aconsejadoras y prudentes para hablar en voz baja con las niñas, que
-también suspiraban, pero con menos dolor que su madre:
-
---Hijas mías, debéis hacer que se acueste.
-
---Hay que disponer los lutos.
-
---¿Dónde ha ido María Rosario?
-
-El Colegial Mayor también dejaba oir alguna vez su voz grave y amable:
-Cada palabra suya producía un murmullo de admiración entre las señoras.
-La verdad es que cuanto manaba de sus labios parecía lleno de ciencia
-teológica y de unción cristiana. De rato en rato fijaba en mí una mirada
-rápida y sagaz, y yo comprendía, con un estremecimiento, que aquellos
-ojos negros querían leer en mi alma. Yo era el único que allí permanecía
-silencioso, y acaso el único que estaba triste. Adivinaba, por primera
-vez en mi vida, todo el influjo galante de los prelados romanos, y
-acudía á mi memoria la leyenda de sus fortunas amorosas. Confieso que
-hubo instantes donde olvidé la ocasión, el sitio y hasta los cabellos
-blancos que peinaban aquellas nobles damas, y que tuve celos, celos
-rabiosos del Colegial Mayor. De pronto me estremecí: Hacía un momento
-que callaban todos, y en medio del silencio, el Colegial se acercaba á
-mí: Posó familiar su diestra sobre mi hombro, y me dijo:
-
---Caro Marqués, es preciso enviar un correo á Su Santidad.
-
-Yo me incliné:
-
---Tenéis razón, Monseñor.
-
-Y él repuso con extremada cortesía:
-
---Me congratula que seáis del mismo consejo... ¡Qué gran desgracia,
-Marqués!
-
---¡Muy grande, Monseñor!
-
-Nos miramos de hito en hito, con un profundo convencimiento de que
-fingíamos por igual, y nos separamos. El Colegial Mayor volvió al
-lado de la Princesa, y yo salí del salón para escribir al Cardenal
-Camarlengo, que lo era entonces Monseñor Sassoferrato.
-
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-
-
-MARÍA ROSARIO, en aquella hora, tal vez estaba velando
-el cadáver de Monseñor Gaetani! Tuve este pensamiento al entrar en la
-biblioteca, llena de silencio y de sombras. Vino del mundo lejano, y
-pasó sobre mi alma como soplo de aire sobre un lago de misterio. Sentí
-en las sienes el frío de unas manos mortales, y, estremecido, me puse de
-pie. Quedó abandonado sobre la mesa el pliego de papel, donde solamente
-había trazado la cruz, y dirigí mis pasos hacia la cámara mortuoria. El
-olor de la cera llenaba el Palacio. Criados silenciosos velaban en los
-largos corredores, y en la antecámara paseaban dos familiares, que me
-saludaron con una inclinación de cabeza. Sólo se oía el rumor de sus
-pisadas y el chisporroteo de los cirios que ardían en la alcoba.
-
-Yo llegué hasta la puerta y me detuve: Monseñor Gaetani yacía rígido
-en su lecho, amortajado con hábito franciscano: En las manos yertas
-sostenía una cruz de plata, y sobre su rostro marfileño la llama de los
-cirios, tan pronto ponía un resplandor como una sombra. Allá en el fondo
-de la estancia rezaba María Rosario: Yo permanecí un momento mirándola:
-Ella levantó los ojos, se santiguó tres veces, besó la cruz de sus
-dedos, y poniéndose en pie vino hacia la puerta:
-
---¿Marqués, queda mi madre en el salón?
-
---Allí la dejé...
-
---Es preciso que descanse, porque ya lleva así dos noches... ¡Adiós,
-Marqués!
-
---¿No queréis que os acompañe?
-
-Ella se volvió:
-
---Acompañadme, sí... La verdad es que María Nieves me ha contagiado su
-miedo...
-
-Atravesamos la antecámara. Los familiares detuvieron un momento el
-silencioso pasear, y sus ojos inquisidores nos siguieron hasta la
-puerta. Salimos al corredor, que estaba sólo, y sin poder dominarme
-estreché una mano de María Rosario, y quise besarla, pero ella la retiró
-con vivo enojo:
-
---¿Qué hacéis?
-
---¡Que os adoro! ¡Que os adoro!
-
-Asustada, huyó por el largo corredor. Yo la seguí.
-
---¡Os adoro! ¡Os adoro!
-
-Mi aliento casi rozaba su nuca, que era blanca como la de una estatua, y
-exhalaba no sé qué aroma de flor y de doncella.
-
---¡Os adoro! ¡Os adoro!
-
-Ella suspiró con angustia:
-
---¡Dejadme! ¡Por favor, dejadme!
-
-Y sin volver la cabeza, azorada, trémula, huía por el corredor. Sin
-aliento y sin fuerzas se detuvo en la puerta del salón. Yo todavía
-murmuré á su oído:
-
---¡Os adoro! ¡Os adoro!
-
-María Rosario se pasó la mano por los ojos y entró. Yo entré detrás
-atusándome el mostacho. María Rosario se detuvo bajo la lámpara y me
-miró con ojos asustados, enrojeciendo de pronto: Luego quedó pálida,
-pálida como la muerte. Vacilando se acercó á sus hermanas, y tomó
-asiento entre ellas, que se inclinaron en sus sillas para interrogarla:
-Apenas respondía. Se hablaban en voz baja con tímida mesura, y en los
-momentos de silencio oíase el péndulo de un reloj. Poco á poco había ido
-menguando la tertulia: Solamente quedaban aquellas dos señoras de los
-cabellos blancos y los vestidos de gro negro. Ya cerca de media noche la
-Princesa consintió en retirarse á descansar, pero sus hijas continuaron
-en el salón, velando hasta el día, acompañadas por las dos señoras, que
-contaban historias de su juventud: Recuerdos de antiguas modas femeninas
-y de las guerras de Bonaparte. Yo escuchaba distraído, y desde el fondo
-de un sillón, oculto en la sombra, contemplaba á María Rosario: Parecía
-sumida en un ensueño: Su boca, pálida de ideales nostalgias, permanecía
-anhelante como si hablase con las almas invisibles, y sus ojos
-inmóviles, abiertos sobre el infinito, miraban sin ver. Al contemplarla,
-yo sentía que en mi corazón se levantaba el amor, ardiente y trémulo
-como una llama mística. Todas mis pasiones se purificaban en aquel fuego
-sagrado y aromaban como gomas de Arabia. ¡Han pasado muchos años, y
-todavía el recuerdo me hace suspirar!
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-
-YA CERCA del amanecer me retiré á la biblioteca. Era
-forzoso escribir al Cardenal Camarlengo, y decidí hacerlo en aquellas
-horas de monótona tristeza, cuando todas las campanas de Ligura se
-despertaban tocando á muerto, y prestes y arciprestes encomendaban á
-Dios el alma del difunto Obispo de Betulia.
-
-En mi carta, dile á Monseñor Sassoferrato cuenta de todo muy
-extensamente, y luego de haber lacrado y puesto los cinco sellos con
-las armas pontificias, llamé al mayordomo y le entregué el pliego, para
-que sin pérdida de momento, un correo lo llevase á Roma. Hecho esto,
-me dirigí al oratorio de la Princesa, donde sin intervalo se sucedían
-las misas desde antes de rayar el sol. Primero habían celebrado los
-familiares que velaran el cadáver de Monseñor Gaetani, después los
-capellanes de la casa, y luego algún obeso colegial mayor que llegaba
-apresurado y jadeante. La Princesa había mandado franquear las puertas
-del Palacio, y á lo largo de los corredores sentíase el sordo murmullo
-del pueblo que entraba á visitar el cadáver. Los criados vigilaban en
-las antesalas, y los acólitos pasaban y repasaban con su ropón rojo y su
-roquete blanco, metiéndose á empujones por entre los devotos.
-
-Al entrar en el oratorio mi corazón palpitó. Allí estaba María Rosario,
-y cercano á ella tuve la suerte de oir misa. Recibida la bendición me
-adelanté á saludarla. Ella me respondió temblando: También mi corazón
-temblaba, pero los ojos de María Rosario no podían verlo. Yo hubiérale
-rogado que pusiese su mano sobre mi pecho, pero temí que desoyese mi
-ruego. Aquella niña era cruel como todas las santas que tremolan en la
-tersa diestra la palma virginal. Confieso que yo tengo predilección por
-aquellas otras que primero han sido grandes pecadoras. Desgraciadamente
-María Rosario nunca quiso comprender que era su destino mucho menos
-bello que el de María de Magdala. La pobre no sabía que lo mejor de
-la santidad son las tentaciones. Quise ofrecerle agua bendita, y con
-galante apresuramiento me adelanté á tomarla: María Rosario tocó apenas
-mis dedos, y haciendo la señal de la cruz, salió del oratorio. Salí
-detrás, y pude verla un momento en el fondo tenebroso del corredor,
-hablando con el mayordomo. Al parecer le daba órdenes en voz baja:
-Volvió la cabeza, y viendo que me acercaba, enrojeció vivamente. El
-mayordomo exclamó:
-
---¡Aquí está el Señor Marqués!
-
-Y luego, dirigiéndose á mí con una profunda reverencia, continuó:
-
---Excelencia, perdonad que os moleste, pero decid si estáis quejoso de
-mí. ¿He cometido con vos, alguna falta, acaso algún olvido?...
-
-María Rosario le interrumpió con enojo:
-
---Callad, Polonio.
-
-El melifluo mayordomo pareció consternado:
-
---¿Qué hice yo para merecer?...
-
---Os digo que calléis.
-
---Y os obedezco, pero como me reprocháis haber descuidado el servicio
-del Señor Marqués...
-
-María Rosario, con las mejillas llameantes y la voz timbrada de cólera y
-de lágrimas, volvió á interrumpir:
-
---Os mando que calléis. Son insoportables vuestras explicaciones.
-
---¡Qué hice yo, cándida paloma, qué hice yo?
-
-María Rosario, con un poco más de indulgencia, murmuró:
-
---¡Basta!... ¡Basta!... Perdonad, Marqués.
-
-Y haciéndome una leve cortesía, se alejó. El mayordomo quedóse en medio
-del corredor con las manos en la cabeza y los ojos llorosos:
-
---Hubiérame tratado así una de sus hermanas, y me hubiera reído... La
-más pequeña no ignora que es princesina. No, no me hubiera reído, porque
-son mis señoras... Pero ella, ella que jamás ha reñido con nadie, venir
-á reñir hoy con este pobre viejo... ¡Y qué injustamente, Señor, qué
-injustamente!
-
-Yo le pregunté con una emoción para mí desconocida hasta entonces:
-
---¿Es la mejor de sus hermanas?
-
---Y la mejor de las criaturas. Esa niña ha sido engendrada por los
-ángeles...
-
-Y el Señor Polonio, enternecido, comenzó un largo relato de las virtudes
-que adornaban el alma de aquella doncella hija de príncipes, y era el
-relato del viejo mayordomo ingenuo y sencillo, como los que pueblan la
-Leyenda Dorada.
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-
-LLEGABAN por el cadáver de Monseñor!... Y el mayordomo
-partióse de mi lado muy afligido y presuroso. Todas las campanas de la
-histórica ciudad doblaban á un tiempo. Oíase el canto latino de los
-clérigos resonando bajo el pórtico del Palacio, y el murmullo de la
-gente que llenaba la plaza. Cuatro colegiales mayores bajaron en hombros
-el féretro y el duelo se puso en marcha. Monseñor Antonelli me hizo
-sitio á su derecha, y con humildad, que me pareció estudiada, comenzó á
-dolerse de lo mucho que con la muerte de aquel santo y de aquel sabio
-perdía el Colegio Clementino: Yo á todo asentía con un vago gesto, y
-disimuladamente miraba á las ventanas, llenas de mujeres: Monseñor tardó
-poco en advertirlo, y me dijo con una sonrisa tan amable como sagaz:
-
---Sin duda no conocéis nuestra ciudad.
-
---No, Monseñor.
-
---Si permanecéis algún tiempo entre nosotros y queréis conocerla, yo me
-ofrezco á ser vuestro guía. ¡Está llena de riquezas artísticas!
-
---Gracias, Monseñor.
-
-Seguimos en silencio. El son de las campanas llenaba el aire, y el grave
-cántico de los clérigos parecía reposar en la tierra, donde todo es
-polvo y podredumbre. Jaculatorias, misereres, responsos caían sobre el
-féretro como el agua bendita del hisopo. Encima de nuestras cabezas las
-campanas seguían siempre sonando, y el sol, un sol abrileño, joven y
-rubio como un mancebo, brillaba en las vestiduras sagradas, en la seda
-de los pendones y en las cruces parroquiales con un alarde de poder
-pagano.
-
-Atravesamos casi toda la ciudad. Monseñor había dispuesto que se diese
-tierra á su cuerpo en el Convento de los Franciscanos, donde hacía
-más de cuatro siglos tenían enterramiento los Príncipes Gaetani. Una
-tradición piadosa, dice que el Santo de Asís fundó el Convento de
-Ligura, y que vivió allí algún tiempo. Todavía florece en el huerto,
-el viejo rosal que se cubría de rosas en todas las ocasiones que
-visitaba aquella fundación, el Divino Francisco. Llegamos entre dobles
-de campanas. En la puerta de la iglesia, alumbrándose con cirios,
-esperaba la Comunidad dividida en dos largas hileras. Primero los
-novicios, pálidos, ingenuos, demacrados: Después los profesos, sombríos,
-torturados, penitentes: Todos rezaban con la vista baja y sobre las
-sandalias los cirios lloraban gota á gota su cera amarilla.
-
-Dijéronse muchas misas, cantóse un largo entierro, y el ataúd bajó al
-sepulcro que esperaba abierto desde el amanecer. Cayó la losa encima,
-y un colegial me buscó con deferencia cortesana, para llevarme á la
-sacristía. Los frailes seguían murmurando sus responsos, y la iglesia
-iba quedando en soledad y en silencio. En la sacristía saludé á muchos
-sabios y venerables teólogos que me edificaron con sus pláticas. Luego
-vino el Prior, un anciano de blanca barba, que había vivido largos años
-en los Santos Lugares. Me saludó con dulzura evangélica, y haciéndome
-sentar á su lado comenzó á preguntarme por la salud de Su Santidad. Los
-graves teólogos hicieron corro para escuchar mis nuevas, y como era muy
-poco lo que podía decirles, tuve que inventar en honor suyo toda una
-leyenda piadosa y milagrera: ¡Su Santidad recobrando la lozanía juvenil
-por medio de una reliquia! El Prior con el rostro resplandeciente de fe,
-me preguntó:
-
---¿De qué Santo era, hijo mío?
-
---De un Santo de mi familia.
-
-Todos se inclinaron como si yo fuese el Santo: El temblor de un rezo,
-pasó por las luengas barbas, que salían del misterio de las capuchas, y
-en aquel momento yo sentí el deseo de arrodillarme y besar la mano del
-Prior. Aquella mano que sobre todos mis pecados podía hacer la cruz: Ego
-Te Absolvo.
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-
-CUANDO volví al Palacio hallé á María Rosario en la
-puerta de la capilla repartiendo limosnas entre una corte de mendigos
-que alargaban las manos escuálidas bajo los rotos mantos. María Rosario
-era una figura ideal que me hizo recordar aquellas santas hijas de
-príncipes y de reyes: Doncellas de soberana hermosura, que con sus manos
-delicadas curaban á los leprosos. El alma de aquella niña encendíase con
-el mismo anhelo de santidad. A una vieja encorvada le decía:
-
---¿Cómo está tu marido, Liberata?
-
---¡Siempre lo mismo, señorina!... ¡Siempre lo mismo!
-
-Y después de recoger su limosna y de besarla, retirábase la vieja
-salmodiando bendiciones, temblona sobre su báculo. María Rosario la
-miraba un momento, y luego sus ojos compasivos se tornaban hacia otra
-mendiga que daba el pecho á un niño escuálido, envuelto en el jirón de
-un manto:
-
---¿Es tuyo ese niño, Paula?
-
---No, Princesina: Era de una curmana que se ha muerto: Tres ha dejado la
-pobre, éste es el más pequeño.
-
---¿Y tú lo has recogido?
-
---¡La madre me lo recomendó al morir!
-
---¿Y qué es de los otros dos?
-
---Por esas calles andan. El uno tiene cinco años, el otro siete: Pena da
-mirarlos, desnudos como ángeles del Cielo.
-
-María Rosario tomó en brazos al niño, y lo besó con dos lágrimas en los
-ojos. Al entregárselo á la mendiga, le dijo:
-
---Vuelve esta tarde y pregunta por el Señor Polonio.
-
---¡Gracias, mi señorina!
-
-Un murmullo ardiente como una oración, entreabrió las bocas renegridas y
-tristes de aquellos mendigos:
-
---¡La pobre madre se lo agradecerá en el Cielo!
-
-María Rosario continuó:
-
---Y si encuentras á los otros dos pequeños, tráelos también contigo.
-
---Los otros, hoy no sé dónde poder hallarlos, mi Princesina.
-
-Un viejo de calva sien y luenga barba nevada, sereno y evangélico en su
-pobreza, se adelantó gravemente:
-
---Los otros, aunque cativo, tienen también amparo. Los ha recogido
-Barberina la Prisca. Una viuda lavandera que también á mí me tiene
-recogido.
-
-Y el viejo, que insensiblemente había ido algunos pasos hacia delante,
-retrocedió tentando en el suelo con el báculo, y en el aire con
-una mano, porque era ciego. María Rosario lloraba en silencio, y
-resplandecía, hermosa y cándida como una Madona, en medio de la sórdida
-corte de mendigos, que se acercaban de rodillas para besarle las manos.
-Aquellas cabezas humildes, demacradas, miserables, tenían una expresión
-de amor. Yo recordé entonces los antiguos cuadros, vistos tantas veces
-en un antiguo monasterio de la Umbría: Tablas prerrafaélicas que pintó
-en el retiro de su celda un monje desconocido, enamorado de los ingenuos
-milagros que florecen la leyenda de la Reina de Turingia.
-
-María Rosario también tenía una hermosa leyenda, y los lirios blancos de
-la caridad también la aromaban. Vivía en el Palacio como en un convento.
-Cuando bajaba al jardín traía la falda llena de espliego que esparcía
-entre sus vestidos, y cuando sus manos se aplicaban á una labor monjil,
-su mente soñaba sueños de santidad. Eran sueños albos como las parábolas
-de Jesús, y el pensamiento acariciaba los sueños, como la mano acaricia
-el suave y tibio plumaje de las palomas familiares. María Rosario
-hubiera querido convertir el Palacio en albergue donde se recogiese
-la procesión de viejos y lisiados, de huérfanos y locos que llenaban
-la capilla pidiendo limosna y salmodiando padrenuestros. Suspiraba
-recordando la historia de aquellas santas princesas que acogían en sus
-castillos á los peregrinos que volvían de Jerusalén.
-
-En la vieja ciudad hablábase de ella como de una santa lejana, una
-santa triste y bella que de nadie se dejase ver. Sus días se deslizaban
-como esos arroyos silenciosos que parecen llevar dormido en su fondo el
-cielo que reflejan: Reza y borda en el silencio de las grandes salas
-desiertas y melancólicas: Tiemblan las oraciones en sus labios, tiembla
-en sus dedos la aguja, que enhebra el hilo de oro, y en el paño de tisú
-florecen las rosas y los lirios que pueblan los mantos sagrados. Y
-después del día, lleno de quehaceres humildes, silenciosos, cristianos,
-por las noches se arrodilla en su alcoba, y reza con fe ingenua al Niño
-Jesús, que resplandece bajo un fanal, vestido con alba de seda recamada
-de lentejuelas y abalorios. La paz familiar se levanta como una alondra
-del nido de su pecho, y revolotea por todo el Palacio, y canta sobre las
-puertas, á la entrada de las grandes salas. María Rosario fué el único
-amor de mi vida. Han pasado muchos años, y al recordarla ahora todavía
-se llenan de lágrimas mis ojos áridos, ya casi ciegos.
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-QUEDABA todavía el olor de la cera en el Palacio. La
-Princesa tendida en el canapé de su tocador, se dolía de la jaqueca.
-Sus hijas, vestidas de luto, hablaban en voz baja, y de tiempo en
-tiempo, entraba ó salía sin ruido, alguna de ellas. En medio de un gran
-silencio, la Princesa incorporóse lánguidamente, volviendo hacia mí el
-rostro todavía hermoso, que parecía más blanco bajo una toca de negro
-encaje:
-
---¿Xavier, tú cuándo tienes que volver á Roma?
-
-Yo me estremecí:
-
---Mañana, señora.
-
-Y miré á María Rosario, que bajó la cabeza y se puso encendida como una
-rosa. La Princesa, sin reparar en ello, apoyó la frente en la mano, una
-mano evocación de aquellas que en los retratos antiguos sostienen á
-veces una flor, y á veces un pañolito de encaje: En tan bella actitud
-suspiró largamente, y volvió á interrogarme:
-
---¿Por qué mañana?
-
---Porque ha terminado mi misión, señora.
-
---¿Y no puedes quedarte algunos días más con nosotras?
-
---Necesitaría un permiso.
-
---Pues yo escribiré hoy mismo á Roma.
-
-Miré disimuladamente á María Rosario: Sus hermosos ojos negros me
-contemplaban asustados, y su boca intensamente pálida, que parecía
-entreabierta por el anhelo de un suspiro, temblaba. En aquel momento, su
-madre volvió la cabeza hacia donde ella estaba:
-
---María Rosario.
-
---Señora.
-
---Acuérdate de escribir en mi nombre á Monseñor Sassoferrato. Yo firmaré
-la carta.
-
-María Rosario, siempre ruborosa, repuso con aquella serena dulzura que
-era como un aroma:
-
---¿Queréis que escriba ahora?
-
---Como te parezca, hija.
-
-María Rosario se puso en pie.
-
---¿Y qué debo decirle á Monseñor?
-
---Le notificas nuestra desgracia, y añades que vivimos muy solas, y que
-esperamos de su bondad un permiso para retener á nuestro lado por algún
-tiempo al Marqués de Bradomín.
-
-María Rosario se dirigió hacia la puerta: Tuvo que pasar por mi lado y
-aprovechando audazmente la ocasión, le dije en voz baja:
-
---¡Me quedo, porque os adoro!
-
-Fingió no haberme oído, y salió. Volvíme entonces hacia la Princesa, que
-me miraba con una sombra de afán, y le pregunté aparentando indiferencia:
-
---¿Cuándo toma el velo María Rosario?
-
---No está designado el día.
-
---La muerte de Monseñor Gaetani, acaso lo retardará.
-
---¿Por qué?
-
---Porque ha de ser un nuevo disgusto para vos.
-
---No soy egoísta. Comprendo que mi hija será feliz en el convento, mucho
-más feliz que á mi lado, y me resigno.
-
---¿Es muy antigua la vocación de María Rosario?
-
---Desde niña.
-
---¿Y no ha tenido veleidades?
-
---¡Jamás!
-
-Yo me atusé el bigote con la mano un poco trémula.
-
---Es una vocación de Santa.
-
---Sí, de Santa... Te advierto que no sería la primera en nuestra
-familia. Santa Margarita de Ligura, Abadesa de Fiesoli, era hija de un
-Príncipe Gaetani. Su cuerpo se conserva en la capilla del Palacio, y
-después de cuatrocientos años está como si acabase de expirar: Parece
-dormida. ¿Tú no bajaste á la cripta?
-
---No, señora.
-
---Pues es preciso que bajes un día.
-
-Quedamos en silencio. La Princesa volvió á suspirar llevándose las manos
-á la frente: Sus hijas, allá en el fondo de la estancia, se hablaban
-en voz baja. Yo las miraba sonriendo y ellas me respondían en idéntica
-forma, con cierta alegría infantil y burlona, que contrastaba con sus
-negros vestidos de duelo. Empezaba á decaer la tarde, y la Princesa
-mandó abrir una ventana que daba sobre el jardín.
-
---¡Me marea el olor de esas rosas, hijas mías!
-
-Y señalaba los floreros que estaban sobre el tocador. Abierta la
-ventana, una ligera brisa entró en la estancia: Era alegre, perfumada y
-gentil como un mensaje de la Primavera: Sus alas invisibles alborotaron
-los rizos de aquellas cabezas juveniles, que allá en el fondo de la
-estancia me miraban y me sonreían. ¡Rizos rubios, dorados, luminosos,
-cabezas adorables, cuántas veces os he visto en mis sueños pecadores más
-bellas que esas aladas cabezas angélicas que solían ver en sus sueños
-celestiales los santos ermitaños!
-
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-
-
-LA PRINCESA se acostó al comienzo de la noche, poco
-después del rosario. En el salón, medio apagado, hablaban en voz baja
-las viejas damas que desde hacía veinte años acudían regularmente
-á la tertulia del Palacio Gaetani: Comenzaba á sentirse el calor,
-y estaban abiertas las puertas de cristales que daban al jardín.
-Dos hijas de la Princesa, María Socorro y María Pilar, hacían los
-honores: La conversación era lánguida, de una languidez apocada y
-beata. Afortunadamente, al sonar las nueve en el reloj de la Catedral,
-las señoras se levantaron, y María Socorro y María Pilar salieron
-acompañándolas. Yo quedé solo en el vasto salón, y no sabiendo qué
-hacer, bajé al jardín.
-
-Era una noche de Primavera, silenciosa y fragante. El aire agitaba las
-ramas de los árboles con blando movimiento, y la luna iluminaba por un
-instante la sombra y el misterio de los follajes. Sentíase pasar por el
-jardín un largo estremecimiento, y luego todo quedaba en esa amorosa paz
-de las noches serenas. En el azul profundo temblaban las estrellas, y la
-quietud del jardín parecía mayor que la quietud del cielo. A lo lejos,
-el mar, misterioso y ondulante, exhalaba su eterna queja. Las dormidas
-olas fosforecían al pasar tumbando los delfines, y una vela latina
-cruzaba el horizonte bajo la luna pálida.
-
-Yo recorría un sendero orillado por floridos rosales: Las luciérnagas
-brillaban al pie de los arbustos, el aire era fragante, y el más leve
-soplo bastaba para deshojar en los tallos las rosas marchitas. Yo sentía
-esa vaga y romántica tristeza que encanta los enamoramientos juveniles,
-con la leyenda de los grandes y trágicos dolores que se visten á la
-usanza antigua. Consideraba la herida de mi corazón como aquellas que
-no tienen cura, y pensaba que de un modo fatal decidiría de mi suerte.
-Con extremos verterianos soñaba superar á todos los amantes que en el
-mundo han sido, y por infortunados y leales pasaron á la historia, y aún
-asomaron más de una vez la faz lacrimosa en las cantigas del vulgo.
-Desgraciadamente, quedéme sin superarlos, porque tales romanticismos
-nunca fueron otra cosa que un perfume derramado sobre todos mis amores
-de juventud. ¡Locuras gentiles y fugaces que duraban algunas horas, y
-que, sin duda por eso, me han hecho suspirar y sonreir toda la vida!
-
-De pronto huyeron mis pensamientos. Daba las doce el viejo reloj de
-la Catedral, y cada campanada, en el silencio del jardín, retumbó con
-majestad sonora. Volví al salón, donde ya estaban apagadas las luces. En
-los cristales de una ventana temblaba el reflejo de la luna, y allá, en
-el fondo, brillaba la esfera de un reloj, que con delicado y argentino
-son daba también las doce. Me detuve en la puerta, para acostumbrarme á
-la oscuridad, y poco á poco mis ojos columbraron la forma incierta de
-las cosas. Una mujer hallábase sentada en el sofá del estrado. Yo sólo
-distinguía sus manos blancas: El cuerpo era una sombra negra. Quise
-acercarme, y vi cómo sin ruido se ponía en pie y cómo sin ruido se
-alejaba y desaparecía. Hubiérala creído un fantasma engaño de mis ojos,
-si al dejar de verla no llegase hasta mí un sollozo. Al pie del sofá
-estaba caído un pañuelo perfumado de rosas y húmedo de llanto. Lo besé
-con afán. No dudaba que aquel fantasma había sido María Rosario.
-
-Pasé la noche en vela, sin conseguir conciliar el sueño. Vi rayar el
-alba en las ventanas de mi alcoba, y sólo entonces, en medio del alegre
-voltear de un esquilón que tocaba á misa, me dormí. Al despertarme, ya
-muy entrado el día, supe con profundo reconocimiento cuánto por la
-salud de mi alma se interesaba la Princesa Gaetani. La noble señora
-estaba muy afligida porque yo había perdido el Oficio Divino.
-
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-
-
-AL CAER de la tarde llegaron aquellas dos señoras de los
-cabellos blancos y los negros y crujientes vestidos de seda. La Princesa
-se incorporó saludándolas con amable y desfallecida voz:
-
---¿Dónde habéis estado?
-
---¡Hemos corrido toda Ligura!
-
---¡Vosotras!
-
-Ante el asombro de la Princesa, las dos señoras se miraron sonriendo:
-
---Cuéntale tú, Antonina.
-
---Cuéntale tú, Lorencina.
-
-Y luego las dos comienzan el relato al mismo tiempo: Habían oído un
-sermón en la Catedral: Habían pasado por el Convento de las Carmelitas
-para preguntar por la Madre Superiora que estaba enferma: Habían velado
-al Santísimo. Aquí la Princesa interrumpió:
-
---¿Y cómo sigue la Madre Superiora?
-
---Todavía no baja al locutorio.
-
---¿A quién habéis visto?
-
---A la Madre Escolástica. ¡La pobre siempre tan buena y tan cariñosa! No
-sabes cuánto nos preguntó por ti y por tus hijas: Nos enseñó el hábito
-de María Rosario: Iba á mandárselo para que lo probase: Lo ha cosido
-ella misma: Dice que será el último, porque está casi ciega.
-
-La Princesa suspiró:
-
---¡Yo no sabía que estuviese ciega!
-
---Ciega no, pero ve muy poco.
-
---Pues no tiene años para eso...
-
-La Princesa acabó con un gesto de fatiga, llevándose las manos á la
-frente. Después se distrajo mirando hacia la puerta, donde asomaba la
-escuálida figura del Señor Polonio. Detenido en el umbral, el mayordomo
-saludaba con una profunda reverencia:
-
---¿Da su permiso mi Señora la Princesa?
-
---Adelante, Polonio. ¿Qué ocurre?
-
---Ha venido el sacristán de las Madres Carmelitas con el hábito de la
-Señorina.
-
---¿Y ella lo sabe?
-
---Probándoselo queda.
-
-Al oír esto, las otras hijas de la Princesa, que sentadas en rueda,
-bordaban el manto de Santa Margarita de Ligura, habláronse en voz baja,
-juntando las cabezas, y salieron de la estancia con alegre murmullo,
-en un grupo casto y primaveral como aquel que pintó Sandro Boticelli.
-La Princesa las miró con maternal orgullo, y luego hizo un ademán
-despidiendo al mayordomo, que, en lugar de irse, adelantó algunos pasos
-balbuciendo:
-
---Ya he dado el último perfil al Paso de las Caídas... Hoy empiezan las
-procesiones de Semana Santa.
-
-La Princesa replicó con desdeñosa altivez:
-
---Y sin duda has creído que yo lo ignoraba.
-
-El mayordomo pareció consternado:
-
---¡Líbreme el Cielo, Señora!
-
---¿Pues entonces?...
-
---Hablando de las procesiones, el sacristán de las Madres me dijo que
-tal vez este año no saliesen las que costea y patrocina mi Señora la
-Princesa.
-
---¿Y por qué causa?
-
---Por la muerte de Monseñor, y el luto de la casa.
-
---Nada tiene que ver con la religión, Polonio.
-
-Aquí la Princesa creyó del caso suspirar. El mayordomo se inclinó:
-
---Cierto, Señora, ciertísimo. El sacristán lo decía contemplando mi
-obra. Ya sabe la Señora Princesa... El Paso de las Caídas... Espero que
-mi Señora se digne verlo...
-
-El mayordomo se detuvo sonriendo ceremoniosamente. La Princesa asintió
-con un gesto, y luego volviéndose á mí pronunció con ligera ironía:
-
---¿Tú acaso ignoras que mi mayordomo es un gran artista?
-
-El viejo se inclinó:
-
---¡Un artista!... Hoy día ya no hay artistas. Los hubo en la antigüedad.
-
-Yo intervine con mi juvenil insolencia:
-
---¿Pero de qué epoca sois, Señor Polonio?
-
-El mayordomo repuso sonriendo:
-
---Vos tenéis razón, Excelencia... Hablando con verdad, no puedo decir
-que éste sea mi siglo...
-
---Vos pertenecéis á la antigüedad más clásica y más remota. ¿Y cuál arte
-cultiváis, Señor Polonio?
-
-El Señor Polonio repuso con suma modestia:
-
---Todas, Excelencia.
-
---¡Sois un nieto de Miguel Angel!
-
---El cultivarlas todas no quiere decir que sea maestro en ellas,
-Excelencia.
-
-La Princesa sonrió con aquella amable ironía que al mismo tiempo
-mostraba señoril y compasivo afecto por el viejo mayordomo:
-
---Xavier, tienes que ver su última obra: ¡El Paso de las Caídas! ¡Una
-maravilla!
-
-Las dos ancianas juntaron las secas manos con infantil admiración:
-
---¡Si cuando joven hubiera querido ir á Roma!... ¡Oh!
-
-El mayordomo lloraba enternecido:
-
---¡Señoras!... ¡Mis nobles Mecenas!
-
-De pronto se oyó murmullo de juveniles voces que se aproximaban, y un
-momento después el coro de las cinco hermanas invadía la estancia. María
-Rosario traía puesto el blanco hábito que debía llevar durante toda
-la vida, y las otras se agrupaban en torno como si fuese una Santa. Al
-verlas entrar, la Princesa se incorporó muy pálida: Las lágrimas acudían
-á sus ojos, y luchaba en vano por retenerlas. Cuando María Rosario se
-acercó á besarle la mano, le echó los brazos al cuello y la estrechó
-amorosamente. Quedó después contemplándola, y no pudo contener un grito
-de angustia.
-
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-
-
-YO ESTABA tan conmovido que, como en sueños, oí la voz
-del viejo mayordomo: Hablaba después de un profundo silencio:
-
---Si merezco el honor... Perdonad, pero ahora van á llevarse esa pobre
-obra de mis manos pecadoras. Si queréis verla, apenas queda tiempo...
-
-Las dos señoras se levantaron sacudiéndose las crujientes y arrugadas
-faldas:
-
---¡Oh!... Vamos allá.
-
-Antes de salir ya comenzaron las explicaciones del Señor Polonio:
-
---Conviene saber que el Nazareno y el Cirineo son los mismos que había
-antiguamente. De mi mano son únicamente los judíos. Los hice de cartón.
-Ya conocen mi antigua manía de hacer caretas. Una manía y de las peores.
-Con ella di gran impulso á los Carnavales, que es la fiesta de Satanás.
-¡Aquí, antes nadie se vestía de máscara, pero como yo regalaba á todo el
-mundo mis caretas de cartón! ¡Dios me perdone! Los Carnavales de Ligura
-llegaron á ser famosos en Italia... Vengan por aquí sus Excelencias.
-
-Pasamos á una gran sala que tenía las ventanas cerradas. El Señor
-Polonio adelantóse para abrirlas. Después se volvió pidiendo mil
-perdones, y nosotros entramos. Mis ojos quedaron extasiados al ver en
-medio de la sala unas andas con Jesús Nazareno, entre cuatro judíos
-torvos y barbudos. Las dos señoras lloraban de emoción:
-
---¡Si considerásemos lo que Nuestro Señor padeció por nosotros!
-
---¡Ay!... Si lo considerásemos!
-
-En presencia de aquellos cuatro judíos vestidos á la chamberga, era
-indudable que las devotas señoras procuraban hacerse cargo del drama
-de la Pasión. El Señor Polonio daba vueltas en torno de las andas, y
-con los nudillos golpeaba suavemente las fieras cabezas de los cuatro
-deicidas:
-
---¡De cartón!... Sí, señoras, igual que las caretas. Fué una idea que me
-vino sin saber cómo.
-
-Las damas repetían juntando las manos:
-
---¡Inspiración divina!...
-
---¡Inspiración de lo alto!...
-
-El Señor Polonio sonreía:
-
---Nadie, absolutamente nadie, esperaba que pudiese realizar la idea...
-Se burlaban de mí... Ahora, en cambio, todo se vuelven parabienes. ¡Y
-yo perdono aquellos sarcasmos! ¡He llevado mi idea en la frente un año
-entero!
-
-Oyéndole, las señoras, repetían enternecidas:
-
---¡Inspiración!...
-
---¡Inspiración!...
-
-Jesús Nazareno, desmelenado, lívido, sangriento, agobiado bajo el peso
-de la cruz, parecía clavar en nosotros su mirada dulce y moribunda.
-Los cuatro judíos, vestidos de rojo, le rodeaban fieros. El que iba
-delante tocaba la trompeta. Los que le daban escolta á uno y otro lado,
-llevaban sendas disciplinas, y aquel que caminaba detrás, mostraba al
-pueblo la sentencia de Pilatos. Era un papel de música, y el mayordomo
-tuvo cuidado de advertirnos cómo en aquel tiempo de gentiles, los
-escribanos hacían unos garabatos muy semejantes á los que hacen los
-músicos. Volviéndose á mí con gravedad doctoral, continuó:
-
---Los moros y los judíos todavía escriben de una manera semejante.
-¿Verdad, Excelencia?
-
-Cuando el Señor Polonio se hallaba en esta erudita explicación, llegó
-un sacristán capitaneando á cuatro devotos que venían para llevarse á
-la iglesia de los Capuchinos aquel famoso Paso de las Caídas. El Señor
-Polonio cubrió las andas con una colcha, y les ayudó á levantarlas.
-Después los acompañó hasta la puerta de la estancia:
-
---¡Cuidado!... No tropezar con las paredes... ¡Cuidado!...
-
-Enjugóse las lágrimas, y abrió una ventana para verlos salir. La primera
-preocupación del sacristán, cuando asomó en la calle, fué mirar al
-cielo, que estaba completamente encapotado. Luego se puso al frente de
-su tropa, y echó por medio. Los cuatro devotos iban casi corriendo. Las
-andas envueltas en la colcha roja bamboleaban sobre sus hombros. El
-Señor Polonio se dirigió á nosotros:
-
---Sin cumplimiento: ¿Qué les ha parecido?
-
-Las dos señoras estuvieron, como siempre, de acuerdo.
-
---¡Edificante!
-
---¡Edificante!
-
-El Señor Polonio sonrió beatíficamente, y se volvió á la ventana con la
-mano extendida hacia la calle para enterarse si llovía.
-
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-
-
-AQUELLA noche las hijas de la Princesa habíanse
-refugiado en la terraza, bajo la luna, como las hadas de los cuentos:
-Rodeaban á una amiga joven y muy bella, que de tiempo en tiempo
-me miraba llena de curiosidad. En el salón, las señoras ancianas
-conversaban discretamente, y sonreían al oir las voces juveniles que
-llegaban en ráfagas, perfumadas con el perfume de las lilas que se
-abrían al pie de la terraza. Desde el salón distinguíase el jardín,
-inmóvil bajo la luna, que envolvía en pálida claridad la cima mustia de
-los cipreses y el balconaje de la terraza, donde un pavo real abría su
-abanico de quimera y de cuento.
-
-Yo quise varias veces acercarme á María Rosario. Todo fué inútil: Ella
-adivinaba mis intenciones, y alejábase cautelosa, sin ruido, con la
-vista baja y las manos cruzadas sobre el escapulario del hábito monjil
-que conservaba puesto. Viéndola á tal extremo temerosa, yo sentía
-halagado mi orgullo donjuanesco, y algunas veces, sólo por turbarla,
-cruzaba de un lado al otro. La pobre niña al instante se prevenía para
-huir: Yo pasaba aparentando no advertirlo.
-
-Algunas veces entraba en el salón, y deteníame al lado de las viejas
-damas, que recibían mis homenajes con timidez de doncellas. Recuerdo
-que me hallaba hablando con aquella devota Marquesa de Tescara, cuando,
-movido por un oscuro presentimiento, volví la cabeza y busqué con los
-ojos la blanca figura de María Rosario: la Santa ya no estaba.
-
-Una nube de tristeza cubrió mi alma. Dejé á la vieja linajuda y salí á
-la terraza. Mucho tiempo permanecí reclinado sobre el florido balconaje
-de piedra, contemplando el jardín. En el silencio perfumado cantaba un
-ruiseñor, y parecía acordar su voz con la voz de las fuentes. El reflejo
-de la luna iluminaba aquel sendero de los rosales que yo había recorrido
-otra noche. El aire suave y gentil, un aire á propósito para llevar
-suspiros, pasaba murmurando, y á lo lejos, entre mirtos inmóviles,
-ondulaba el agua de un estanque. Yo evocaba en la memoria el rostro de
-María Rosario, y no cesaba de pensar:
-
---¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?...
-
-Bajé lentamente hacia el estanque. Las ranas que estaban en la orilla
-saltaron al agua produciendo un ligero estremecimiento en el dormido
-cristal. Había allí un banco de piedra y me senté. La noche y la luna
-eran propicias al ensueño, y pude sumergirme en una contemplación
-semejante al éxtasis. Confusos recuerdos de otros tiempos y otros
-amores se levantaron en mi memoria. Todo el pasado resurgía como una
-gran tristeza y un gran remordimiento. Mi juventud me parecía mar de
-soledad y de tormentas, siempre en noche. El alma languidecía en el
-recogimiento del jardín, y el mismo pensamiento volvía como el motivo
-de un canto lejano:
-
---¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?
-
-Ligeras nubes blancas erraban en torno de la luna y la seguían en
-su curso fantástico y vagabundo: Empujadas por un soplo invisible,
-la cubrieron y quedó sumido en sombras el jardín. El estanque dejó
-de brillar entre los mirtos inmóviles: Sólo la cima de los cipreses
-permaneció iluminada. Como para armonizar con la sombra, se levantó una
-brisa que pasó despertando largo susurro en todo el recinto y trajo
-hasta mí el aroma de las rosas deshojadas. Lentamente volví hacia el
-Palacio: Mis ojos se detuvieron en una ventana iluminada, y no sé
-qué oscuro presentimiento hizo palpitar mi corazón. Aquella ventana
-alzábase apenas sobre la terraza, permanecía abierta, y el aire
-ondulaba la cortina. Me pareció que por el fondo de la estancia cruzaba
-una sombra blanca. Quise acercarme, pero el rumor de unas pisadas bajo
-la avenida de los cipreses me detuvo: El viejo mayordomo paseaba á la
-luz de la luna sus ensueños de artista. Yo quedé inmóvil en el fondo del
-jardín. Y contemplando aquella luz, el corazón latía:
-
---¿Qué siente ella?... ¿Qué siente ella por mí?
-
-¡Pobre María Rosario! Yo la creía enamorada, y, sin embargo, mi corazón
-presentía no sé qué quimérica y confusa desventura. Quise volver á
-sumergirme en mi amoroso ensueño, pero el canto de un sapo repetido
-monótonamente bajo la arcada de los cipreses, distraía y turbaba mi
-pensamiento. Recuerdo que de niño he leído muchas veces en un libro
-de devociones donde rezaba mi abuela, que el diablo solía tomar ese
-aspecto para turbar la oración de un santo monje. Era natural que á mí
-me ocurriese lo mismo. Yo calumniado y mal comprendido, nunca fui otra
-cosa que un místico galante, como San Juan de la Cruz. En lo más florido
-de mis años, hubiera dado gustoso todas las glorias mundanas para poder
-escribir en mis tarjetas: El Marqués de Bradomín, Confesor de Princesas.
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-
-EN ACHAQUES de amor, quién no ha pecado. Yo estoy
-convencido de que el diablo tienta siempre á los mejores. Aquella
-noche el cornudo monarca del abismo encendió mi sangre con su aliento
-de llamas y despertó mi carne flaca, fustigándola con su rabo negro.
-Yo cruzaba la terraza, cuando una ráfaga violenta alzó la flameante
-cortina, y mis ojos mortales vieron arrodillada en el fondo de la
-estancia la sombra pálida de María Rosario. No puedo decir lo que
-entonces pasó por mí. Creo que primero fué un impulso ardiente, y
-después una audacia fría y cruel: La audacia que se admira en los labios
-y en los ojos de aquel retrato que del divino César Borgia, pintó el
-divino Rafael de Sanzio. Me volví mirando en torno: Escuché un instante:
-En el jardín y en el Palacio todo era silencio. Llegué cauteloso á la
-ventana, y salté dentro. La Santa dió un grito: Se dobló blandamente
-como una flor cuando pasa el viento, y quedó tendida, desmayada, con el
-rostro pegado á la tierra. En mi memoria vive siempre el recuerdo de sus
-manos blancas y frías: ¡Manos diáfanas como la hostia!...
-
-Al verla desmayada la cogí en brazos y la llevé á su lecho, que era como
-altar de lino albo, y de rizado encaje. Después, con una sombra de
-recelo, apagué la luz: Quedó en tinieblas el aposento y con los brazos
-extendidos comencé á caminar en la oscuridad. Ya tocaba el borde de
-su lecho y percibía la blancura del hábito monjil, cuando el rumor de
-unos pasos en la terraza heló mi sangre, y me detuvo. Manos invisibles
-alzaron la flameante cortina y la claridad de la luna penetró en la
-estancia. Los pasos habían cesado: Una sombra oscura se destacaba en el
-hueco iluminado de la ventana. La sombra se inclinó mirando hacia el
-fondo del aposento, y volvió á erguirse. Cayó la cortina, y escuché de
-nuevo el rumor de los pasos que se alejaban.
-
-Inmóvil, yerto, anhelante, permanecí sin moverme. De tiempo en tiempo
-la cortina temblaba: Un rayo de luna esclarecía el aposento, y con
-amoroso sobresalto mis ojos volvían á distinguir el cándido lecho y la
-figura cándida que yacía como la estatua en un sepulcro. Tuve miedo,
-y cauteloso llegué hasta la ventana. El sapo dejaba oir su canto bajo
-la arcada de los cipreses, y el jardín, húmedo y sombrío, susurrante
-y oscuro, parecía su reino. Salté la ventana como un ladrón, y anduve
-á lo largo de la terraza pegado al muro. De pronto, me pareció sentir
-leve rumor, como de alguno que camina recatándose. Me detuve y miré,
-pero en la inmensa sombra que el Palacio tendía sobre la terraza y el
-jardín, nada podía verse. Seguí adelante, y apenas había dado algunos
-pasos cuando un aliento jadeante rozó mi cuello, y la punta de un puñal
-desgarró mi hombro. Me volví con fiera presteza: Un hombre corría á
-ocultarse en el jardín. Le reconocí con asombro, casi con miedo, al
-cruzar un claro iluminado por la luna, y desistí de seguirle, para
-evitar todo escándalo. Más, mucho más que la herida, me dolía dejar de
-castigarle, pero ello era forzoso, y entréme en el Palacio, sintiendo el
-calor tibio de la sangre correr por mi cuerpo. Musarelo, mi criado, que
-dormitaba en la antecámara, despertóse al ruido de mis pasos y encendió
-las luces de un candelabro. Después se cuadró militarmente:
-
---A la orden, mi Capitán.
-
---Acércate, Musarelo...
-
-Y tuve que apoyarme en la puerta para no caer. Musarelo era un soldado
-veterano que me servía desde mi entrada en la Guardia Noble. En voz baja
-y serena, le dije:
-
---Vengo herido...
-
-Me miró con ojos asustados:
-
---¿Dónde, Señor?
-
---En el hombro.
-
-Musarelo levantó los brazos, y clamó con la pasión religiosa de un
-fanático:
-
---¡A traición sería!...
-
-Yo sonreí. Musarelo juzgaba imposible que un hombre pudiese herirme cara
-á cara:
-
---Sí, fué á traición. Ahora véndame, y que nadie se entere...
-
-El soldado comenzó á desabrocharme la bizarra ropilla. Al descubrir la
-herida, yo sentí que sus manos temblaban:
-
---No te desmayes, Musarelo.
-
---No, mi Capitán.
-
-Y todo el tiempo, mientras me curaba, estuvo repitiendo por lo bajo:
-
---¡Ya buscaremos á ese bergante!...
-
-No, no era posible buscarle. El bergante estaba bajo la protección de
-la Princesa, y acaso en aquel instante le refería las hazañas de su
-puñal. Torturado por este pensamiento, pasé la noche inquieto y febril.
-Quería adivinar lo venidero, y perdíame en cavilaciones.
-
-Aún recuerdo que mi corazón tembló como el corazón de un niño, cuando
-volví á verme enfrente de la Princesa Gaetani.
-
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-
-FUÉ AL ENTRAR en la biblioteca, que por hallarse á
-oscuras yo había supuesto solitaria, cuando oí la voz apasionada de la
-Princesa Gaetani:
-
---¡Cuánta infamia! ¡Cuánta infamia!
-
-Desde aquel momento tuve por cierto que la noble señora lo sabía todo,
-y, cosa extraña, al dejar de dudar dejé de temer. Con la sonrisa en los
-labios y atusándome el mostacho entré en la biblioteca:
-
---Me pareció oiros, y no quise pasar sin saludaros, Princesa.
-
-La Princesa estaba pálida como una muerta:
-
---¡Gracias!
-
-En pie, tras el sillón que ocupaba la dama, hallábase el mayordomo, y
-en la penumbra de la biblioteca, yo le adivinaba asaetándome con los
-ojos. La Princesa inclinóse hojeando un libro. Sobre el vasto recinto
-se cernía el silencio como un murciélago de maleficio, que sólo se
-anuncia por el aire frío de sus alas. Yo comprendía que la noble señora
-buscaba herirme con su desdén, y un poco indeciso, me detuve en medio de
-la estancia. Mi orgullo levantábase en ráfagas, pero sobre los labios
-temblorosos estaba la sonrisa. Supe dominar mi despecho y me acerqué
-galante y familiar:
-
---¿Estáis enferma, señora?
-
---No...
-
-La Princesa continuaba hojeando el libro, y hubo otro largo silencio. Al
-cabo suspiró dolorida, incorporándose en su sillón:
-
---Vamos, Polonio...
-
-El mayordomo me dirigió una mirada oblicua que me recordó al viejo
-Bandelone, que hacía los papeles de traidor en la compañía de Ludovico
-Straza:
-
---A vuestras órdenes, Excelencia.
-
-Y la Princesa, seguida del mayordomo, sin mirarme, atravesó el largo
-salón de la biblioteca. Yo sentí la afrenta, pero todavía supe
-dominarme, y le dije:
-
---Princesa, esperad que os cuente cómo esta noche me han herido...
-
-Y mi voz, helada por un temblor nervioso, tenía cierta amabilidad
-felina que puso miedo en el corazón de la Princesa. Yo la vi palidecer
-y detenerse mirando al mayordomo: Después murmuró fríamente, casi sin
-mover los labios:
-
---¿Dices que te han herido?
-
-Su mirada se clavó en la mía, y sentí el odio en aquellos ojos redondos
-y vibrantes como los ojos de las serpientes. Un momento creí que llamase
-á sus criados para que me arrojasen del Palacio, pero temió hacerme tal
-afrenta, y desdeñosa siguió hasta la puerta, donde se volvió lentamente:
-
---¡Ah!... No tuve carta autorizando tu estancia en Ligura.
-
-Yo repuse sonriendo, sin apartar mis ojos de los suyos:
-
---Será preciso volver á escribir.
-
---¿Quién?
-
---Quien escribió antes: María Rosario...
-
-La Princesa no esperaba tanta osadía y tembló. Mi leyenda juvenil,
-apasionada y violenta, ponía en aquellas palabras un nimbo satánico.
-Los ojos de la Princesa se llenaron de lágrimas, y como eran todavía
-muy bellos, mi corazón de andante caballero tuvo un remordimiento. Por
-fortuna las lágrimas de la Princesa no llegaron á rodar, sólo empañaron
-el claro iris de su pupila. Tenía el corazón de una gran dama y supo
-triunfar del miedo: Sus labios se plegaron por el hábito de la sonrisa,
-sus ojos me miraron con amable indiferencia, y su rostro cobró una
-expresión calma, serena, tersa, como esas santas de aldea que parecen
-mirar benévolamente á los fieles. Detenida en la puerta, me preguntó:
-
---¿Y cómo te han herido?
-
---En el jardín, señora...
-
-La Princesa, sin moverse del umbral, escuchó la historia que yo quise
-contarle. Atendía sin mostrar sorpresa, sin desplegar los labios, sin
-hacer un gesto. Por aquel camino de mutismo intentaba quebrantar mi
-audacia, y como yo adivinaba su intención, me complacía hablando sin
-reposo para velar su silencio. Mis últimas palabras fueron acompañadas
-de una profunda cortesía, pero ya no tuve valor para besarle la mano:
-
---¡Adiós, Princesa!... Avisadme si tenéis noticias de Roma.
-
-Crucé la silenciosa biblioteca y salí. Después, meditando á solas si
-debía abandonar el Palacio Gaetani, resolví quedarme. Quería mostrar á
-la Princesa que cuando suelen otros desesperarse, yo sabía sonreir, y
-que donde otros son humillados, yo era triunfador. ¡El orgullo ha sido
-siempre mi mayor virtud!
-
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-
-
-PERMANECÍ todo el día retirado en mi cámara. Hallábame
-cansado como después de una larga jornada, sentía en los párpados
-una aridez febril, y sentía los pensamientos enroscados y dormidos
-dentro de mí, como reptiles. A veces se despertaban y corrían sueltos,
-silenciosos, indecisos: Ya no eran aquellos pensamientos de orgullo y de
-conquista, que volaban como águilas con las garras abiertas. Ahora mi
-voluntad flaqueaba, sentíame vencido y sólo quería abandonar el Palacio.
-Hallábame combatido por tales bascas, cuando entró Musarelo:
-
---Mi Capitán, un padre capuchino desea hablaros.
-
---Dile que estoy enfermo.
-
---Se lo he dicho, Excelencia.
-
---Dile que me he muerto.
-
---Se lo he dicho, Excelencia.
-
-Miré á Musarelo que permanecía ante mí con un gesto impasible y
-bufonesco:
-
---¿Pues entonces qué pretende ese padre capuchino?
-
---Rezaros los responsos, Excelencia.
-
-Iba yo á replicar, pero en aquel momento una mano levantó el majestuoso
-cortinaje de terciopelo carmesí:
-
---Perdonad que os moleste, joven caballero.
-
-Un viejo de luenga barba, vestido con el sayal de los capuchinos, estaba
-en el umbral de la puerta. Su aspecto venerable me impuso respeto:
-
---Entrad, Reverendo Padre.
-
-Y adelantándome le ofrecí un sillón. El capuchino rehusó sentarse, y
-sus barbas de plata se iluminaron con la sonrisa grave y humilde de los
-Santos. Volvió á repetir:
-
---Perdonad que os moleste...
-
-Hizo una pausa esperando á que saliese Musarelo, y después continuó:
-
---Joven caballero, poned atención en cuanto voy á deciros, y líbreos
-el Cielo de menospreciar mi aviso. ¡Acaso pudiera costaros la vida!
-Prometedme que después de haberme oído no querréis saber más, porque
-responderos me sería imposible. Vos comprenderéis que este silencio
-lo impone un deber de mi estado religioso, que todo cristiano ha de
-respetarlo. ¡Vos sois cristiano!...
-
-Yo repuse inclinándome profundamente:
-
---Soy un gran pecador, Reverendo Padre.
-
-El rostro del capuchino volvió á iluminarse con indulgente sonrisa:
-
---Todos lo somos, hijo mío.
-
-Después, con las manos juntas y los ojos cerrados, permaneció un momento
-como meditando. En las hundidas cuencas, casi se transparentaba el globo
-de los ojos bajo el velo descarnado y amarillento de los párpados. Al
-cabo de algún tiempo continuó:
-
---Mi palabra y mi fe no pueden seros sospechosas, puesto que ningún
-interés vil me trae á vuestra presencia. Solamente me guía una poderosa
-inspiración, y no dudo que es vuestro Angel quien se sirve de mí para
-salvaros la vida, no pudiendo comunicar con vos. Ahora decidme si estáis
-conmovido, y si puedo daros el consejo que guardo en mi corazón:
-
---¡No lo dudéis, Reverendo Padre! Vuestras palabras me han hecho sentir
-algo semejante al terror. Yo juro seguir vuestro consejo, si en su
-ejecución no hallo nada contra mi honor de caballero.
-
---Está bien, hijo mío. Espero que por un sentimiento de caridad, suceda
-lo que suceda, á nadie hablaréis de este pobre capuchino.
-
---Lo prometo por mi fe de cristiano, Reverendo Padre... Pero hablad, os
-lo ruego.
-
---Hoy, después de anochecido, salid por la cancela del jardín, y bajad
-rodeando la muralla. Encontraréis una casa terreña que tiene en el
-tejado un cráneo de buey: Llamad allí. Os abrirá una vieja, y le diréis
-que deseáis hablarla: Con esto solo os hará entrar. Es probable que ni
-siquiera os pregunte quién sois, pero si lo hiciéseis, dad un nombre
-supuesto. Una vez en la casa, rogadle que os escuche, y exigidle secreto
-sobre lo que vais á confiarle. Es pobre, y debéis mostraros liberal con
-ella, porque así os servirá mejor. Veréis cómo inmediatamente cierra su
-puerta para que podáis hablar sin recelo. Vos entonces, hacedle entender
-que estáis resuelto á recobrar el anillo, y cuanto ha recibido con él.
-No olvidéis esto: El anillo y cuanto ha recibido con él. Amenazadla
-si se resiste, pero no hagáis ruido, ni la dejéis que pida socorro.
-Procurad persuadirla ofreciéndole doble dinero del que alguien le ha
-ofrecido por perderos. Estoy seguro que acabará haciendo aquello que
-le mandéis, y que todo os costará bien poco. Pero aun cuando así no
-fuese, vuestra vida debe seros más preciada que todo el oro del Perú.
-No me preguntéis más, porque más no puedo deciros... Ahora, antes de
-abandonaros, juradme que estáis dispuesto á seguir mi consejo.
-
---Sí, Reverendo Padre, seguiré la inspiración del Angel que os trajo.
-
---¡Así sea!
-
-El capuchino trazó en el aire una lenta bendición, y yo incliné la
-cabeza para recibirla. Cuando salió, confieso que no tuve ánimos de
-reir. Con estupor, casi con miedo, advertí que en mi mano faltaba un
-anillo que llevaba desde hacía muchos años, y solía usar como sello. No
-pude recordar dónde lo había perdido. Era un anillo antiguo: Tenía el
-escudo grabado en amatista, y había pertenecido á mi abuelo el Marqués
-de Bradomín.
-
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-
-
-BAJÉ AL JARDÍN donde volaban los vencejos en la sombra
-azul de la tarde. Las veredas de mirtos seculares, hondas y silenciosas,
-parecían caminos ideales que convidaban á la meditación y al olvido,
-entre frescos aromas que esparcían en el aire las yerbas humildes que
-brotaban escondidas como virtudes. Llegaba á mí sofocado y continuo el
-rumor de las fuentes sepultadas entre el verde perenne de los mirtos,
-de los laureles y de los bojes. Una vibración misteriosa parecía salir
-del jardín solitario, y un afán desconocido me oprimía el corazón.
-Yo caminaba bajo los cipreses, que dejaban caer de su cima un velo
-de sombra. Desde lejos, como á través de larga sucesión de pórticos,
-distinguí á María Rosario sentada al pie de una fuente, leyendo en un
-libro: Seguí andando con los ojos fijos en aquella feliz aparición. Al
-ruido de mis pasos alzó levemente la cabeza, y con dos rosas de fuego
-en las mejillas volvió á inclinarla, y continuó leyendo. Yo me detuve
-porque esperaba verla huir, y no encontraba las delicadas palabras que
-convenían á su gracia eucarística de lirio blanco. Al verla sentada al
-pie de la fuente, sobre aquel fondo de bojes antiguos, leyendo el libro
-abierto en sus rodillas, adiviné que María Rosario tenía por engaño
-del sueño, mi aparición en su alcoba. Al cabo de un momento volvió á
-levantar la cabeza, y sus ojos, en un batir de párpados, echaron sobre
-mí una mirada furtiva. Entonces le dije:
-
---¿Qué leéis en este retiro?
-
-Sonrió tímidamente:
-
---La Vida de la Virgen María.
-
-Tomé el libro de sus manos, y al cedérmelo, mientras una tenue llamarada
-encendía de nuevo sus mejillas, me advirtió:
-
---Tened cuidado que no caigan las flores disecadas que hay entre las
-páginas.
-
---No temáis...
-
-Abrí el libro con religioso cuidado, aspirando la fragancia delicada y
-marchita que exhalaba como un aroma de santidad. En voz baja leí:
-
---«La Ciudad Mística de Sor María de Jesús, llamada de Agreda.»
-
-Volví á entregárselo, y ella, al recibirlo, interrogó sin osar mirarme:
-
---¿Acaso conocéis este libro?
-
---Lo conozco porque mi padre espiritual lo leía cuando estuvo prisionero
-en los Plomos de Venecia.
-
-María Rosario, un poco confusa, murmuró:
-
---¡Vuestro padre espiritual! ¿Quién es vuestro padre espiritual?
-
---El Caballero de Casanova.
-
---¿Un noble español?
-
---No, un aventurero veneciano.
-
---¿Y un aventurero?...
-
-Yo la interrumpí:
-
---Se arrepintió al final de su vida.
-
---¿Se hizo fraile?
-
---No tuvo tiempo, aun cuando dejó escritas sus confesiones.
-
---¿Como San Agustín?
-
---¡Lo mismo! Pero humilde y cristiano, no quiso igualarse con aquel
-doctor de la iglesia, y las llamó Memorias.
-
---¿Vos las habéis leído?
-
---Es mi lectura favorita.
-
---¿Serán muy edificantes?
-
---¡Oh!... ¡Cuánto aprenderíais en ellas!... Jacobo de Casanova fue gran
-amigo de una monja en Venecia.
-
---¿Como San Francisco fué amigo de Santa Clara?
-
---Con una amistad todavía más íntima.
-
---¿Y cuál era la regla de la monja?
-
---Carmelita.
-
---Yo también seré carmelita.
-
-María Rosario calló ruborizándose, y quedó con los ojos fijos en el
-cristal de la fuente, que la reflejaba toda entera. Era una fuente
-rústica cubierta de musgo: Tenía un murmullo tímido como de plegaria, y
-estaba sepultada en el fondo de un claustro circular, formado por arcos
-de antiquísimos bojes. Yo me incliné sobre la fuente, y como si hablase
-con la imagen que temblaba en el cristal de agua, murmuré:
-
---¡Vos, cuando estéis en el convento, no seréis mi amiga!...
-
-María Rosario se apartó vivamente:
-
---¡Callad!... ¡Callad, os lo suplico!...
-
-Estaba pálida, y juntaba las manos mirándome con sus hermosos ojos
-angustiados. Me sentí tan conmovido, que sólo supe inclinarme en demanda
-de perdón. Ella gimió:
-
---Callad, porque de otra suerte no podré deciros...
-
-Se llevó las manos á la frente y estuvo así un instante. Yo veía que
-toda su figura temblaba. De repente, con una fuerza trágica se descubrió
-el rostro, y clamó enronquecida:
-
---¡Aquí vuestra vida peligra!... ¡Salid hoy mismo!
-
-Y corrió á reunirse con sus hermanas, que venían por una honda carrera
-de mirtos, las unas en pos de las otras, hablando y cogiendo flores
-para el altar de la capilla. Me alejé lentamente. Empezaba á declinar
-la tarde, y sobre la piedra de armas que coronaba la puerta del jardín,
-se arrullaban dos palomas que huyeron al acercarme. Tenían adornado
-el cuello con alegres listones de seda, tal vez anudados un día por
-aquellas manos místicas y ardientes que sólo hicieron el bien sobre
-la tierra. Matas de viejos alelíes florecían en las grietas del muro,
-y los lagartos tomaban el sol sobre las piedras caldeadas, cubiertas
-de un liquen seco y amarillento. Abrí la cancela y quedé un momento
-contemplando aquel jardín lleno de verdor umbrío y de reposo señorial.
-El sol poniente dejaba un reflejo dorado sobre los cristales de una
-torre que aparecía cubierta de negros vencejos, y en el silencio de
-la tarde se oía el murmullo de las fuentes y las voces de las cinco
-hermanas.
-
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-
-
-SIGUIENDO el muro del jardín, llegué á la casa terreña
-que tenía el cráneo de buey en el tejado. Una vieja hilaba sentada
-en el quicio de la puerta, y por el camino pasaban rebaños de ovejas
-levantando nubes de polvo. La vieja al verme llegar se puso en pie:
-
---¿Qué deseáis?
-
-Y al mismo tiempo, con un gesto de bruja avarienta, humedecía en los
-labios decrépitos el dedo pulgar para seguir torciendo el lino. Yo le
-dije:
-
---Tengo que hablaros.
-
-A la vista de dos sequines, la vieja sonrió agasajadora:
-
---¡Pasad!... ¡Pasad!...
-
-Dentro de la casa ya era completamente de noche, y la vieja tuvo que
-andar á tientas para encender un candil de aceite. Luego de colgarle en
-un clavo, volvióse á mí:
-
---¿Veamos qué desea tan gentil caballero?
-
-Y sonreía mostrando la caverna desdentada de su boca. Yo hice un gesto
-indicándole que cerrase la puerta, y obedeció solícita, no sin echar
-antes una mirada al camino por donde un rebaño desfilaba tardo, al son
-de las esquilas. Después vino á sentarse en un taburete, debajo del
-candil, y me dijo juntando sobre el regazo las manos que parecían un
-haz de huesos:
-
---Por sabido tengo que estáis enamorado, y vuestra es la culpa si no
-sois feliz. Antes hubiéseis venido, y antes tendríais el remedio.
-
-Oyéndola hablar de esta suerte comprendí que se hacía pasar por
-hechicera, y no pude menos de sorprenderme, recordando las misteriosas
-palabras del capuchino. Quedé un momento silencioso, y la vieja,
-esperando mi respuesta, no me apartaba los ojos astutos y desconfiados.
-De pronto le grité:
-
---Sabed, señora bruja, que tan sólo vengo por un anillo que me han
-robado.
-
-La vieja se incorporó horriblemente demudada:
-
---¿Qué decís?
-
---Que vengo por mi anillo.
-
---¡No lo tengo! ¡Yo no os conozco!
-
-Y quiso correr hacia la puerta para abrirla, pero yo le puse una pistola
-en el pecho, y retrocedió hacia un rincón dando suspiros. Entonces sin
-moverme le dije:
-
---Vengo dispuesto á daros doble dinero del que os han prometido por
-obrar el maleficio, y lejos de perder, ganaréis entregándome el anillo y
-cuanto os trajeron con él...
-
-Se levantó del suelo todavía dando suspiros, y vino á sentarse en el
-taburete debajo del candil, que al oscilar tan pronto dejaba toda la
-figura en la sombra, como la iluminaba el pergamino del rostro y de las
-manos. Lagrimeando murmuró:
-
---Perderé cinco sequines, pero vos me daréis doble cuando sepáis...
-Porque acabo de reconoceros.
-
---¿Decid entonces quién soy?
-
---Sois un caballero español, que sirve en la Guardia Noble del Santo
-Padre.
-
---¿No sabéis mi nombre?
-
---Sí, esperad...
-
-Y quedó un momento con la cabeza inclinada, procurando acordarse. Yo
-veía temblar sobre sus labios palabras que no podían oirse. De pronto me
-dijo:
-
---Sois el Marqués de Bradomín.
-
-Juzgué entonces que debía sacar de la bolsa los diez sequines prometidos
-y mostrárselos. La vieja al verlos lloró enternecida:
-
---Excelencia, nunca os hubiera hecho morir, pero os hubiera quitado la
-lozanía...
-
---Explicadme eso.
-
---Venid conmigo... Me hizo pasar tras un cañizo negro y derrengado, que
-ocultaba el hogar donde ahumaba una lumbre mortecina con olor de azufre.
-
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-
-
-LA VIEJA había descolgado el candil: Alzábale sobre su
-cabeza para alumbrarse mejor, y me mostraba el fondo de su vivienda, que
-hasta entonces, por estar entre sombras, no había podido ver. Al oscilar
-la luz, yo distinguía claramente sobre las paredes negras de humo,
-lagartos, huesos puestos en cruz, piedras lucientes, clavos y tenazas.
-La bruja puso el candil en tierra y se agachó revolviendo en la ceniza:
-
---Ved aquí vuestro anillo.
-
-Y lo limpió cuidadosamente en la falda, antes de dármelo, y quiso ella
-misma colocarlo en mi mano:
-
---¿Por qué os trajeron ese anillo?
-
---Para hacer el sortilegio era necesaria una piedra que lleváseis desde
-hacía muchos años.
-
---¿Y cómo me la robaron?
-
---Estando dormido, Excelencia.
-
---¿Y vos qué intentábais hacer?
-
---Ya antes os lo dije... Me mandaban privaros de toda vuestra fuerza
-viril... Hubiérais quedado como un niño acabado de nacer...
-
---¿Cómo obraríais ese prodigio?
-
---Vais á verlo.
-
-Siguió revolviendo en la ceniza y descubrió una figura de cera toda
-desnuda, acostada en el fondo del brasero. Aquel ídolo, esculpido sin
-duda por el mayordomo, tenía una grotesca semejanza conmigo. Mirándole
-yo reía largamente, mientras la bruja rezongaba:
-
---¡Ahora os burláis! Desgraciado de vos si hubiese bañado esa figura
-en sangre de mujer, según mi ciencia... ¡Y más desgraciado cuando la
-hubiese fundido en las brasas!...
-
---¿Era eso todo?
-
---Sí...
-
---Tened vuestros diez sequines. Ahora abrid la puerta.
-
-La vieja me miró astuta:
-
---¿Ya os vais, Excelencia? ¿No deseáis nada de mí? Si me dais otros diez
-sequines yo haré delirar por vuestros amores á la Señora Princesa. ¿No
-queréis, Excelencia?
-
-Yo repuse secamente:
-
---No.
-
-La vieja entonces tomó del suelo el candil, y abrió la puerta. Salí al
-camino, que estaba desierto. Era completamente de noche, y comenzaban
-á caer gruesas gotas de agua, que me hicieron apresurar el paso.
-Mientras me alejaba iba pensando en el reverendo capuchino que había
-tenido tan cabal noticia de todo aquello. Hallé cerrada la cancela del
-jardín y tuve que hacer un largo rodeo. Daban las nueve en el reloj de
-la Catedral cuando atravesaba el arco románico que conducía á la plaza
-donde se alzaba el Palacio Gaetani. Estaban iluminados los balcones,
-y de la iglesia de los Dominicos, salía entre cirios el Paso de la
-Cena. Aún recuerdo aquellas procesiones largas, tristes, rumorosas, que
-desfilaban en medio de grandes chubascos. Había procesiones al rayar
-el día, y procesiones por la tarde, y procesiones á la media noche. Las
-cofradías eran innumerables. Entonces la Semana Santa tenía fama en
-aquella vieja ciudad pontificia.
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-
-LA PRINCESA, durante la tertulia, no me habló ni me
-miró una sola vez. Yo, temiendo que aquel desdén fuese advertido,
-decidí re-retirarme. Con la sonrisa en los labios llegué hasta donde
-la noble señora hablaba suspirando. Cogí audazmente su mano, y la
-besé, haciéndole sentir la presión decidida y fuerte de mis labios. Vi
-palidecer intensamente sus mejillas y brillar el odio en sus ojos, sin
-embargo, supe inclinarme con galante rendimiento y solicitar su venia
-para retirarme. Ella repuso fríamente:
-
---Eres dueño de hacer tu voluntad.
-
---¡Gracias, Princesa!
-
-Salí del salón en medio de un profundo silencio. Sentíame humillado, y
-comprendía que acababa de hacerse imposible mi estancia en el Palacio.
-Pasé la noche en el retiro de la biblioteca, preocupado con este
-pensamiento, oyendo batir monótonamente el agua en los cristales de las
-ventanas. Sentíame presa de un afán doloroso y contenido, algo que era
-insensata impaciencia de mí mismo, y de las horas, y de todo cuanto me
-rodeaba. Veíame como prisionero en aquella biblioteca oscura, y buscaba
-entrar en mi verdadera conciencia, para juzgar todo lo acaecido durante
-aquel día con serena y firme reflexión. Quería resolver, quería decidir,
-y extraviábase mi pensamiento, y mi voluntad desaparecía, y todo
-esfuerzo era vano.
-
-¡Fueron horas de tortura indefinible! Ráfagas de una insensata violencia
-agitaban mi alma. Con el vértigo de los abismos me atraían aquellas
-asechanzas misteriosas, urdidas contra mí en la sombra perfumada de
-los grandes salones. Luchaba inútilmente por dominar mi orgullo y
-convencerme que era más altivo y más gallardo abandonar aquella misma
-noche, en medio de la tormenta, el Palacio Gaetani. Advertíame presa
-de una desusada agitación, y al mismo tiempo comprendía que no era
-dueño de vencerla, y que todas aquellas larvas que entonces empezaban
-á removerse dentro de mí, habían de ser fatalmente furias y sierpes.
-Con un presentimiento sombrío, sentía que mi mal era incurable y que mi
-voluntad era impotente para vencer la tentación de hacer alguna cosa
-audaz, irreparable. ¡Era aquello el vértigo de la perdición!...
-
-A pesar de la lluvia, abrí la ventana. Necesitaba respirar el aire
-fresco de la noche. El cielo estaba negro. Una ráfaga aborrascada pasó
-sobre mi cabeza: Algunos pájaros sin nido habían buscado albergue bajo
-el alar, y con estremecimientos llenos de frío sacudían el plumaje
-mojado, piando tristemente. En la plaza resonaba la canturía de una
-procesión lejana. La iglesia del convento tenía las puertas abiertas,
-y en el fondo brillaba el altar iluminado. Oíase la voz senil de una
-carraca. Las devotas salían de la iglesia y se cobijaban bajo el arco
-de la plaza para ver llegar la procesión. Entre dos hileras de cirios,
-bamboleaban las andas, allá en el confín de una calle estrecha y alta.
-En la plaza esperaban muchos curiosos cantando una oración rimada. La
-lluvia redoblando en los paraguas, y el chapoteo de los pies en los
-charcas contrastaba con la nota tibia y sensual de las enaguas blancas
-que asomaban bordeando los vestidos negros, como espumas que bordean
-sombrío oleaje de tempestad. Las dos señoras de los negros y crujientes
-vestidos de seda, salieron de la iglesia, y pisando en la punta de los
-pies, atravesaron corriendo la plaza, para ver la procesión desde las
-ventanas del Palacio. Una ráfaga agitaba sus mantos.
-
-Caían gruesas gotas de agua que dejaban un lamparón oscuro en las
-losas de la plaza. Yo tenía las mejillas mojadas, y sentía como una
-vaga efusión de lágrimas. De pronto se iluminaron los balcones, y las
-Princesas, con otras damas, asomaron en ellos. Cuando la procesión
-llegaba bajo el arco, llovía á torrentes. Yo la vi desfilar desde
-el balcón de la biblioteca, sintiendo á cada instante en la cara el
-salpicar de la lluvia arremolinada por el viento. Pasaron primero los
-Hermanos del Calvario, silenciosos y encapuchados. Después los Hermanos
-de la Pasión, con hopas amarillas y cirios en las manos. Luego seguían
-los Pasos: Jesús en el Huerto de las Olivas, Jesús ante Pilatos, Jesús
-ante Herodes, Jesús atado á la Columna. Bajo aquella lluvia fría y
-cenicienta tenían una austeridad triste y desolada. El último en
-aparecer fué el Paso de las Caídas. Sin cuidarse del agua, las damas se
-arrastraron de rodillas hasta la balaustrada del balcón. Oyóse la voz
-trémula del mayordomo:
-
---¡Ya llega! ¡Ya llega!
-
-Llegaba, sí, pero cuán diferente de como lo habíamos visto la primera
-vez en una sala del Palacio. Los cuatro judíos habían depuesto
-su fiereza bajo la lluvia. Sus cabezas de cartón se despintaban:
-Ablandábanse los cuerpos, y flaqueaban las piernas como si fuesen á
-hincarse de rodillas. Parecían arrepentidos. Las dos hermanas de los
-rancios vestidos de gro, viendo en ello un milagro, repetían llenas de
-unción:
-
---¡Edificante, Antonina!
-
---¡Edificante, Lorencina!
-
-La lluvia caía sin tregua como un castigo, y desde un balcón vecino
-llegaban con vaguedad de poesía y de misterio, los arrullos de dos
-tórtolas que cuidaba una vieja enlutada y consumida que rezaba entre dos
-cirios encendidos en altos candeleros, tras los cristales. Busqué con
-los ojos al Señor Polonio: Había desaparecido.
-
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-
-POCO DESPUÉS, apesadumbrado y dolorido, meditaba en
-mi cámara cuando una mano batió con los artejos en la puerta y la voz
-cascada del mayordomo vino á sacarme un momento del penoso cavilar:
-
---Excelencia, este pliego.
-
---¿Quién lo ha traído?
-
---Un correo que acaba de llegar.
-
-Abrí el pliego y pasé por él una mirada. Monseñor Sassoferrato me
-ordenaba presentarme en Roma. Sin acabar de leerlo me volví al
-mayordomo, mostrando un profundo desdén:
-
---Señor Polonio, que dispongan mi silla de posta.
-
-El mayordomo preguntó hipócritamente:
-
---¿Vais á partir, Excelencia?
-
---Antes de una hora.
-
---¿Lo sabe mi señora la Princesa?
-
---Vos cuidaréis de decírselo.
-
---¡Muy honrado, Excelencia! Ya sabéis que el postillón está enfermo...
-Habrá que buscar otro. Si me autorizáis para ello yo me encargo de
-hallar uno que os deje contento.
-
-La voz del viejo y su mirada esquiva, despertaron en mi alma una
-sospecha. Juzgué que era temerario confiarse á tal hombre, y le dije:
-
---Yo veré á mi postillón.
-
-Me hizo una profunda reverencia, y quiso retirarse, pero le detuve:
-
---Escuchad, Señor Polonio.
-
---Mandad, Excelencia.
-
-Y cada vez se inclinaba con mayor respeto. Yo le clavé los ojos,
-mirándole en silencio: Me pareció que no podía dominar su inquietud.
-Adelantando un paso le dije:
-
---Como recuerdo de mi visita, quiero que conservéis esta piedra.
-
-Y sonriendo me saqué de la mano aquel anillo, que tenía en una amatista
-grabadas mis armas. El mayordomo me miró con ojos extraviados:
-
---¡Perdonad!
-
-Y sus manos agitadas rechazaban el anillo. Yo insistí:
-
---Tomadlo.
-
-Inclinó la cabeza y lo recibió temblando. Con un gesto imperioso le
-señalé la puerta.
-
---Ahora salid.
-
-El mayordomo llegó al umbral, y murmuró resuelto y acobardado:
-
---Guardad vuestro anillo.
-
-Con insolencia de criado lo arrojó sobre una mesa. Yo le miré amenazador:
-
---Presumo que vais á salir por la ventana, Señor Polonio.
-
-Retrocedió, gritando con energía:
-
---¡Conozco vuestro pensamiento! No basta á vuestra venganza el maleficio
-con que habéis deshecho aquellos judíos, obra de mis manos, y con ese
-anillo queréis embrujarme. ¡Yo haré que os delaten al Santo Oficio!
-
-Y huyó de mi presencia haciendo la señal de la cruz como si huyese
-del Diablo. No pude menos de reirme largamente. Llamé á Musarelo, y le
-ordené que se enterase del mal que aquejaba al postillón. Pero Musarelo
-había bebido tanto, que no estaba capaz para cumplir mi mandato. Sólo
-pude averiguar que el postillón y Musarelo habían cenado con el Señor
-Polonio.
-
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-
-
-QUÉ TRISTE es para mí el recuerdo de aquel día. María
-Rosario estaba en el fondo de un salón llenando de rosas los floreros
-de la capilla. Cuando yo entré quedóse un momento indecisa: Sus ojos
-miraron medrosos hacia la puerta, y luego se volvieron á mí con un ruego
-tímido y ardiente. Llenaba en aquel momento el último florero, y sobre
-sus manos deshojóse una rosa. Yo entonces la dije, sonriendo:
-
---¡Hasta las rosas se mueren por besar vuestras manos!
-
-Ella también sonrió contemplando las hojas que había entre sus dedos,
-y después con leve soplo las hizo volar. Quedamos silenciosos: Era la
-caída de la tarde y el sol doraba una ventana con sus últimos reflejos:
-Los cipreses del jardín levantaban sus cimas pensativas en el azul
-del crepúsculo, al pie de la vidriera iluminada. Dentro apenas si se
-distinguía la forma de las cosas, y en el recogimiento del salón las
-rosas esparcían un perfume tenue y las palabras morían lentamente igual
-que la tarde. Mis ojos buscaban los ojos de María Rosario con el empeño
-de aprisionarlos en la sombra. Ella suspiró angustiada como si el aire
-le faltase, y apartándose el cabello de la frente con ambas manos, huyó
-hacia la ventana. Yo, temeroso de asustarla, no intenté seguirla, y sólo
-le dije después de un largo silencio:
-
---¿No me daréis una rosa?
-
-Volvióse lentamente y repuso con voz tenue:
-
---Si la queréis...
-
-Dudó un instante, y de nuevo se acercó. Procuraba mostrarse serena, pero
-yo veía temblar sus manos sobre los floreros al elegir la rosa. Con una
-sonrisa llena de angustia me dijo:
-
---Os daré la mejor.
-
-Ella seguía buscando en los floreros. Yo suspiré romántico:
-
---La mejor está en vuestros labios.
-
-Me miró apartándose pálida y angustiada:
-
---No sois bueno... ¿Por qué me decís esas cosas?
-
---Por veros enojada.
-
---¡Algunas veces me parecéis el Demonio!...
-
---El Demonio no sabe querer.
-
-Quedóse silenciosa. Apenas podía distinguirse su rostro en la tenue
-claridad del salón, y sólo supe que lloraba cuando estallaron sus
-sollozos. Me acerqué queriendo consolarla:
-
---¡Oh!... Perdonadme.
-
-Y mi voz fué tierna, apasionada y sumisa. Yo mismo, al oirla, sentí
-su extraño poder de seducción. Era llegado el momento supremo, y
-presintiéndolo, mi corazón se estremecía con el ansia de la espera
-cuando está próxima una gran ventura. María Rosario cerraba los ojos con
-espanto, como al borde de un abismo. Su boca descolorida parecía sentir
-una voluptuosidad angustiosa. Yo cogí sus manos que estaban yertas: Ella
-me las abandonó sollozando, con un frenesí doloroso:
-
---¿Por qué os gozáis en hacerme sufrir?... ¡Si sabéis que todo es
-imposible!...
-
---¡Imposible!... Yo nunca esperé conseguir vuestro amor... ¡Ya sé que no
-lo merezco!... Solamente quiero pediros perdón y oir de vuestros labios
-que rezaréis por mí cuando esté lejos.
-
---¡Callad!... ¡Callad!...
-
---Os contemplo tan alta, tan lejos de mí, tan ideal, que juzgo vuestras
-oraciones como las de una Santa.
-
---¡Callad!... ¡Callad!...
-
---Mi corazón agoniza sin esperanza. Acaso podré olvidaros, pero este
-amor habrá sido para mí como un fuego purificador.
-
---¡Callad!... ¡Callad!...
-
-Yo tenía lágrimas en los ojos, y sabía que cuando se llora, las manos
-pueden arriesgarse á ser audaces. ¡Pobre María Rosario, quedóse pálida
-como una muerta, y pensé que iba á desmayarse en mis brazos! Aquella
-niña era una Santa, y viéndome á tal extremo desgraciado, no tenía valor
-para mostrarse más cruel conmigo. Cerraba los ojos, y gemía agoniada:
-
---¡Dejadme!... ¡Dejadme!...
-
-Yo murmuré:
-
---¿Por qué me aborrecéis tanto?
-
-Me miró despavorida, como si al sonido de mi voz se despertase, y
-arrancándose de mis brazos huyó hacia la ventana que doraban todavía
-los últimos rayos del sol. Apoyó la frente en los cristales y comenzó
-á sollozar. En el jardín se levantaba el canto de un ruiseñor, que
-evocaba en la sombra azul de la tarde, un recuerdo ingenuo de santidad.
-
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-
-
-MARIA ROSARIO llamó á la más niña de sus hermanas, que
-con una muñeca en brazos, acababa de asomar en la puerta del salón: La
-llamaba con un afán angustioso y pudoroso que encendía su carne con
-divinas rosas:
-
---¡Entra!... ¡Entra!...
-
-La llamaba tendiéndole los brazos desde el fondo de la ventana. La niña,
-sin moverse, le mostró la muñeca:
-
---Me la hizo Polonio.
-
---Ven á enseñármela.
-
---¿No la ves así?...
-
---No, no la veo.
-
-María Nieves acabó por decidirse, y entró corriendo: Los cabellos
-flotaban sobre su espalda como una nube de oro. Era llena de gentileza,
-con movimientos de pájaro, alegres y ligeros: María Rosario, viéndola
-llegar, sonreía, cubierto el rostro de rubor y sin secar las lágrimas.
-Inclinóse para besarla, y la niña se le colgó al cuello, hablándole con
-agasajo al oído:
-
---¡Si le hicieses un vestido á mi muñeca!...
-
---¿Cómo lo quieres?...
-
-María Rosario le acariciaba los cabellos, reteniéndola á su lado. Yo
-veía cómo sus dedos trémulos desaparecían bajo la infantil y olorosa
-crencha. En voz baja le dije:
-
---¿Qué temíais de mí?
-
-Sus mejillas llamearon:
-
---Nada...
-
-Y aquellos ojos, como no he visto otros hasta ahora, ni los espero ver
-ya, tuvieron para mí una mirada tímida y amante. Callábamos conmovidos,
-y la niña empezó á referirnos la historia de su muñeca: Se llamaba
-Yolanda, y era una reina. Cuando le hiciesen aquel vestido de tisú, le
-pondrían también una corona. María Nieves hablaba sin descanso: Sonaba
-su voz con murmullo alegre, continuo, como el borboteo de una fuente.
-Recordaba cuántas muñecas había tenido, y quería contar la historia de
-todas: Unas habían sido reinas, otras pastoras. Eran largas historias
-confusas, donde se repetían continuamente las mismas cosas. La niña
-extraviábase en aquellos relatos como en el jardín encantado del ogro
-las tres niñas hermanas, Andara, Magalona y Aladina... De pronto huyó de
-nuestro lado. María Rosario la llamó sobresaltada:
-
---¡Ven!... ¡No te vayas!
-
---No me voy.
-
-Corría por el salón, y la cabellera de oro le revoloteaba sobre los
-hombros. Como cautivos, la seguían á todas partes los ojos de María
-Rosario: Volvió á suplicarle:
-
---¡No te vayas!...
-
---Si no me voy.
-
-La niña hablaba desde el fondo oscuro del salón. María Rosario,
-aprovechando el instante, murmuró con apagado acento:
-
---Marqués, salid de Ligura...
-
---¡Sería renunciar á veros!
-
---¿Y acaso no es hoy la última vez? Mañana entraré en el convento.
-¡Marqués, oid mi ruego!...
-
---Quiero sufrir aquí... Quiero que mis ojos, que no lloran nunca, lloren
-cuando os vistan el hábito, cuando os corten los cabellos, cuando las
-rejas se cierren ante vos. ¡Quién sabe, si al veros sagrada por los
-votos, mi amor terreno no se convertirá en una devoción! ¡Vos sois una
-Santa!...
-
---¡Marqués, no digáis impiedades!
-
-Y me clavó los ojos tristes, suplicantes, guarnecidos de lágrimas como
-de oraciones purísimas. Entonces ya parecía olvidada de la niña, que
-sentada en un canapé, adormecía á su muñeca con viejas tonadillas del
-tiempo de las abuelas. En la sombra de aquel vasto salón donde las
-rosas esparcían su aroma, la canción de la niña tenía el encanto de esas
-rancias galanterías que parece se hayan desvanecido con los últimos
-sones de un minué.
-
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-
-
-COMO UNA flor de sensitiva, María Rosario temblaba bajo
-mis ojos. Yo adivinaba en sus labios el anhelo y el temor de hablarme.
-De pronto me miró ansiosa, parpadeando como si saliese de un sueño. Con
-los brazos tendidos hacia mí, murmuró arrebatada, casi violenta:
-
---Salid hoy mismo para Roma. Os amenaza un peligro y tenéis que
-defenderos. Habéis sido delatado al Santo Oficio.
-
-Yo repetí, sin ocultar mi sorpresa:
-
---¿Delatado al Santo Oficio?
-
---Sí, por brujo... Vos habíais perdido un anillo, y por arte diabólica
-lo recobrásteis... ¡Eso dicen, Marqués!
-
-Yo exclamé con ironía:
-
---¿Y quien lo dice es vuestra madre?
-
---¡No!...
-
-Sonreí tristemente:
-
---¡Vuestra madre, que me aborrece porque vos me amáis!
-
---¡Jamás!... ¡Jamás!...
-
---¡Pobre niña, vuestro corazón tiembla por mí, presiente los peligros
-que me cercan, y quiere prevenirlos.
-
---¡Callad, por compasión!... ¡No acuséis á mi madre!...
-
---¿Acaso ella no llevó su crueldad hasta acusaros á vos misma? ¿Acaso
-creyó vuestras palabras cuando le jurabais que no me habíais visto una
-noche?...
-
---¡Sí, las creyó!
-
-María Rosario había dejado de temblar. Erguíase inmaculada y heroica,
-como las Santas ante las fieras del Circo. Yo insistí, con triste
-acento, gustando el placer doloroso y supremo del verdugo:
-
---No, no fuisteis creída. Vos lo sabéis. ¡Y cuántas lágrimas han vertido
-en la oscuridad vuestros ojos!
-
-María Rosario retrocedió hacia el fondo de la ventana:
-
---¡Sois brujo!... ¡Han dicho la verdad!... ¡Sois brujo!...
-
-Luego, rehaciéndose, quiso huir, pero yo la detuve:
-
---Escuchadme.
-
-Ella me miraba con los ojos extraviados, haciendo la señal de la cruz:
-
---¡Sois brujo!... ¡Por favor, dejadme!
-
-Yo murmuré con desesperación:
-
---¿También vos me acusáis?
-
---¿Decid entonces, cómo habéis sabido?...
-
-La miré largo rato en silencio, hasta que sentí descender sobre mi
-espíritu el numen sagrado de los profetas:
-
---Lo he sabido, porque habéis rezado mucho para que lo supiese... ¡He
-tenido en un sueño revelación de todo!...
-
-María Rosario respiraba anhelante. Otra vez quiso huir, y otra vez
-la detuve. Desfallecida y resignada, miró hacia el fondo del salón,
-llamando á la niña:
-
---¡Ven, hermana!... ¡Ven!
-
-Y le tendía los brazos: La niña acudió corriendo: María Rosario
-la estrechó contra su pecho alzándola del suelo, pero estaba tan
-desfallecida de fuerzas, que apenas podía sostenerla, y suspirando con
-fatiga tuvo que sentarla sobre el alféizar de la ventana. Los rayos del
-sol poniente circundaron como una aureola la cabeza infantil: La crencha
-sedeña y olorosa fué como onda de luz sobre los hombros de la niña. Yo
-busqué en la sombra la mano de María Rosario:
-
---¡Curadme!...
-
-Ella murmuró retirándose:
-
---¿Y cómo?...
-
---Jurad que me aborrecéis.
-
---Eso no...
-
---¿Y amarme?
-
---Tampoco. ¡Mi amor no es de este mundo!
-
-Y su voz era tan triste al pronunciar estas palabras, que yo sentí una
-emoción voluptuosa como si cayese sobre mi corazón rocío de lágrimas
-purísimas. Inclinándome para beber su aliento y su perfume, murmuré en
-voz baja y apasionada:
-
---Vos me pertenecéis. Hasta la celda del convento os seguirá mi
-culto mundano. Solamente por vivir en vuestro recuerdo y en vuestras
-oraciones, moriría gustoso.
-
---¡Callad!... ¡Callad!...
-
-María Rosario, con el rostro intensamente pálido, tendía sus manos
-temblorosas hacia la niña que estaba sobre el alféizar, circundada por
-el último resplandor de la tarde, como un arcángel en una vidriera
-antigua. El recuerdo de aquel momento, aún pone en mis mejillas un frío
-de muerte. Ante nuestros ojos espantados se abrió la ventana, con ese
-silencio de las cosas inexorables que están determinadas en lo invisible
-y han de suceder por un destino fatal y cruel. La figura de la niña,
-inmóvil sobre el alféizar, se destacó un momento en el azul del cielo
-donde palidecían las estrellas, y cayó al jardín, cuando llegaban á
-tocarla los brazos de la hermana.
-
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-
-
-FUÉ SATANÁS! ¡Fué Satanás!... Aún resuena en mi oído
-aquel grito angustiado de María Rosario: Después de tantos años, aún la
-veo pálida, divina y trágica como el mármol de una estatua antigua: Aún
-siento el horror de aquella hora:
-
---¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
-
-La niña estaba inerte sobre la escalinata. El rostro aparecía entre el
-velo de los cabellos, blanco como un lirio, y de la rota sien manaba
-el hilo de sangre que los iba empapando. La hermana, como una poseída,
-gritaba:
-
---¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
-
-Levanté á la niña en brazos y sus ojos se abrieron un momento llenos de
-tristeza. La cabeza ensangrentada y mortal, rodó yerta sobre mi hombro,
-y los ojos se cerraron de nuevo, lentos como dos agonías. Los gritos de
-la hermana, resonaban en el silencio del jardín:
-
---¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
-
-La cabellera de oro, aquella cabellera flúida como la luz, olorosa como
-un huerto, estaba negra de sangre. Yo la sentí pesar sobre mi hombro
-semejante á la fatalidad en un destino trágico. Con la niña en brazos
-subí la escalinata. En lo alto salió á mi encuentro el coro angustiado
-de las hermanas. Yo escuché su llanto y sus gritos, yo sentí la muda
-interrogación de aquellos rostros pálidos que tenían el espanto en los
-ojos. Los brazos se tendían hacia mí desesperados, y ellos recogieron el
-cuerpo de la hermana, y lo llevaron hacia el Palacio. Yo quedé inmóvil,
-sin valor para ir detrás, contemplando la sangre que tenía en las
-manos. Desde el fondo de las estancias llegaba hasta mí el lloro de las
-hermanas y los gritos ya roncos de aquella que clamaba enloquecida:
-
---¡Fué Satanás!... ¡Fué Satanás!...
-
-Sentí miedo. Bajé á las caballerizas y con ayuda de un criado enganché
-los caballos á la silla de posta. Partí al galope. Al desaparecer bajo
-el arco de la plaza, volví los ojos llenos de lágrimas para enviarle
-un adiós al Palacio Gaetani. En la ventana, siempre abierta, me pareció
-distinguir una sombra trágica y desolada. ¡Pobre sombra envejecida,
-arrugada, miedosa que vaga todavía por aquellas estancias, y todavía
-cree verme acechándola en la oscuridad! Me contaron que ahora, al cabo
-de tantos años, ya repite sin pasión, sin duelo, con la monotonía de una
-vieja que reza:
-
-¡FUÉ SATANÁS!</small>
-
-[imagen decorative no disponible]
-
- JOSEPH MOJA
-
- ORNAVIT
-
- ACABÓSE DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
- EN LA IMPRENTA HELÉNICA
- DE MADRID Á XXX DÍAS
- DEL MES DE MAYO
- DE MCMXIII
- AÑOS
-
- * * * * *
-
-Errores corregidos por el transcriptor del texto electónico:
-
-que llenaba la capilla pidiendo=> que llenaban la capilla pidiendo {pg
-94}
-
-Al desaparer bajo el arco=> Al desaparecer bajo el arco {pg 217}
-
-
-
-
-
-
-
-
-
-End of Project Gutenberg's Sonata de primavera, by Ramón del Valle-Inclán
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK SONATA DE PRIMAVERA ***
-
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