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-The Project Gutenberg EBook of El Tesoro de Gastón, by Emilia Pardo Bazán
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: El Tesoro de Gastón
-
-Author: Emilia Pardo Bazán
-
-Illustrator: José Passos
-
-Release Date: May 26, 2017 [EBook #54791]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL TESORO DE GASTÓN ***
-
-
-
-
-Produced by Carlos Colón, Nahum Maso i Carcases, Josep
-Cols Canals, University of Toronto and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive)
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-
- Notas del Transcriptor
-
- Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.
-
- Los errores obvios de puntuación y de imprenta han sido corregidos.
-
- Las páginas en blanco presentes en el original han sido eliminadas en
- la versión electrónica.
-
- El texto en cursiva se indica con _guión bajo_.
-
- El texto en letra versalita (versalilla) ha sido sustituido por
- mayúsculas.
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- * * * * *
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-
- COLECCIÓN ELZEVIR ILUSTRADA
-
- VOLUMEN SEXTO
-
-
- El Tesoro de Gastón
-
-
-
-
- Colección Elzevir Ilustrada
-
-
- VOLÚMENES PUBLICADOS
-
- I.--M. HERNÁNDEZ VILLAESCUSA.--_Oro oculto_, novela.
-
- II.--VITAL AZA.--_Bagatelas_, poesías.
-
- III.--ALFONSO PÉREZ NIEVA.--_Ágata_, novela.
-
- IV.--NILO MARÍA FABRA.--_Presente y futuro._ Nuevos cuentos.
-
- V.--FEDERICO URRECHA.--_Agua pasada._ (Cuentos, bocetos y semblanzas).
-
- VI.--EMILIA PARDO BAZÁN.--_El Tesoro de Gastón_, novela.
-
-
- EN PRENSA
-
- M. MORERA Y GALICIA.--_Poesías_, con un prólogo de Antonio de Valbuena.
-
- ENRIQUE R. DE SAAVEDRA, DUQUE DE RIVAS.--_Cuadros de la fantasía y de
- la vida real._
-
-
- EN PREPARACIÓN
-
- JUAN GUALBERTO LÓPEZ VALDEMORO, CONDE DE LAS NAVAS.--_El Procurador
- Yerbabuena_, novela.
-
- ANTONIO DE VALBUENA.--_Santificar las fiestas_, cuentos.
-
- CARLOS FRONTAURA.--_El cura, el maestro y el alcalde._
-
- MIGUEL RAMOS CARRIÓN.--_Zarzamora_, novela.
-
-
- Y OTROS DE
-
- ALTAMIRA (RAFAEL).
- AZA (VITAL).
- BECERRO DE BENGOA (RICARDO).
- LINIERS (SANTIAGO).
- MARINA (JUAN).
- OLLER (NARCISO).
- PÉREZ ZÚÑIGA (JUAN).
- THEBUSSEM (DR.)
- VALERA (JUAN), ETC., ETC.
-
-
-
-
- _Emilia Pardo Bazán_
-
-
- El
-
- Tesoro de Gastón
-
- _Novela_
-
- Ilustraciones de
-
- JOSE PASSOS
-
-
- Con licencia del Ordinario
-
- [Ilustración]
-
- BARCELONA
-
- JUAN GILI, LIBRERO
-
- 223, CORTES, 223
-
- MDCCCXCVII
-
-
-
-
- ES PROPIEDAD
-
-
-
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- I
-
- La llegada
-
-
-Cuando se bajó en la estación del Norte, harto molido, á pesar de haber
-pasado la noche en _wagon-lit_, Gastón de Landrey llamó á un mozo,
-como pudiera hacer el más burgués de los viajeros, y le confió su
-maleta de mano, su estuche, sus mantas y el talón de su equipaje. ¡Qué
-remedio, si de esta vez no traía ayuda de cámara! Otra mortificación
-no pequeña fué el tener que subirse á un coche de punto, dándole las
-señas: Ferraz, 20... Siempre, al volver de París, le había esperado,
-reluciente de limpieza, la fina berlinilla propia, en la cual se
-recostaba sin hablar palabra, porque ya sabía el cochero que á tal hora
-el señorito sólo á casa podía ir, para lavarse, desayunarse y acostarse
-hasta las seis de la tarde lo menos...
-
-En fin, ¡qué remedio! Hay que tomar el tiempo como viene, y el tiempo
-venía para Gastón muy calamitoso. Mientras el simón, con desapacible
-retemblido de vidrios, daba la breve carrera, Gastón pensaba en mil
-cosas nada gratas ni alegres. El cansancio físico luchaba con la
-zozobra y la preocupación, mitigándolas. Sólo después de refugiado
-en su linda _garçonnière_; sólo después de hacer chorrear sobre las
-espaldas la enorme esponja siria, de mudarse la ropa interior y de
-sorber el par de huevos pasados y la taza de té ruso que le presentó
-Telma, su única sirviente actual, excelente mujer que le había conocido
-tamaño; sólo en el momento, generalmente tan sabroso, de estirarse
-entre blancas sábanas después de un largo viaje, decidióse Gastón á
-mirar cara á cara el presente y el porvenir.
-
-Agitóse en la cama y se volvió impaciente, porque divisaba un horizonte
-oscuro, cerrado, gris como un día de lluvia. Arruinado, lo estaba; pero
-apenas podía comprender la causa del desastre. Que había gastado mucho,
-era cierto; que desde la muerte de su madre llevaba vida bulliciosa,
-descuidada y espléndida, tampoco cabía negarlo. Sin embargo, echando
-cuentas, (tarea á que no solía dedicarse Gastón), no se justificaba,
-por lo derrochado hasta entonces, tan completa ruina. El caudal de
-la casa de Landrey, casi doblado por la sabia economía y la firme
-administración de aquella madre incomparable, daba tela para mucho más.
-¡Seis años! ¡Disolverse en seis años, como la sal en el agua, un caudal
-que rentaba de quince á diez y siete mil duros!
-
-Acudían á la memoria de Gastón, claras y terminantes, las palabras de
-su madre, pronunciadas en una conferencia que se verificó cosa de dos
-meses antes de la desgracia.
-
---Tonín,--había dicho cariñosamente la dama,--yo estoy bastante
-enfermucha; no te asustes, no te aflijas, querido, que todos hemos de
-morir algún día, y lo que importa es que sea muy á bien con Dios; lo
-demás... ¡ya se irá arreglando! Siento dejarte huérfano en minoría,
-pero pronto llegarás á la mayor edad, y así que dispongas de lo
-tuyo, acuérdate de dos cosas, hijo... Que ni hay poco que no baste
-ni mucho que no se gaste, y... que no debemos ser ricos... sólo...
-¡para hacer nuestro capricho, olvidándonos de los pobres y del alma!
-Quedan aumentadas las rentas... gracias á que no he fiado á nadie lo
-que pude hacer yo misma... ¡y eso que soy una mujer, una ignorantona,
-una infeliz! Tú, que eres hombre, y que recibes doblado el capital,
-puedes acrecentarlo, sin prescindir de... ¡de que hay deberes, para un
-caballero sobre todo!... ¡y de que la fortuna se nos da en depósito, á
-fin de que la administremos honradamente!... ¿Verdad, Tonín, que vas á
-pensar en esto que te he dicho... así... así que no estemos... juntos?
-Dame un beso... ¡Ay!... ¡Cuidado, que por ahí anda la pupa!
-
-Y Gastón, de pronto, sintió como los ojos se le humedecían, acordándose
-de que el ¡ay! de su madre había delatado, por primera vez, la horrible
-enfermedad cuidadosamente oculta, el zaratán en el seno.
-
-Poco después la operaban, y no tardaba en sucumbir á una hemorragia
-violenta... y Gastón veía á su madre tan pálida, tendida en el
-abierto ataúd, y recordaba días de llanto, de no poder acostumbrarse
-á la orfandad, á la soledad absoluta... Después, con la movilidad
-de los años juveniles, venía el consuelo, y con la mayor edad, el
-gozo de verse dueño de sus acciones y de su hacienda, ¡libre, mozo,
-opulento! Dando una vuelta repentina en la cama, lo mismo que si el
-colchón tuviese abrojos, Gastón volvía á rumiar la sorpresa de haber
-despabilado tan pronto la herencia de sus mayores.
-
---¡Si no es posible humanamente!--calculaba.--¡Si no me cabe en la
-cabeza! Vamos á ver; yo no soy un vicioso; no he jugado sino por
-entretenimiento; no he tenido de esos entusiasmos por mujeres pagadas,
-en que se consumen millones sin sentir. ¿Qué hice, en resumidas
-cuentas? Vivir con anchura; pasarme largas temporadas en el extranjero,
-sobre todo en el delicioso París; comer y fumar regaladamente;
-divertirme como joven que soy; pagar sin regatear buenos cocheros y
-caballos de pura raza, cuentas de sastre y de tapicero, de joyero y
-de camisero, de hotel, de _restaurant_... Todo ello, aunque se cobre
-por las setenas, no absorbería ni la tercera parte de mi caudal... oh,
-eso que no me lo nieguen. ¡Aunque me lo prediquen frailes descalzos!
-Me sucede lo que á la persona que ha dejado en un cajón una suma de
-dinero, no sabe cuánto, pero volviendo á abrir el cajón nota que hace
-menos bulto, y dice: «Gatuperio...»
-
-Aquí Gastón suspiró, abrazó la almohada buscando frescura para las
-mejillas, y pensó entrever, como filtrado por las cerradas maderas de
-las ventanas, un rayito de luz.
-
---El caso es que yo fuí bien prudente. De imprevisor nadie podrá
-tacharme. ¿Á quién mejor había de confiar mis negocios, y la gestión y
-administración de mis bienes, que á don Jerónimo Uñasín? Un viejo tan
-experto, con tal fama de seriedad y honradez en los negocios; y además,
-de una condición encantadora; nunca le pedía yo con urgencia dinero,
-que á vuelta de correo no me lo girase sin objeción alguna... En lo que
-no tiene disculpa don Jerónimo, es en no haberme avisado de que mis
-gastos eran excesivos; de que á ese paso me quedaba como el gallo de
-Morón...
-
-Al hacer reflexión tan sensata, por primera vez el incauto mozo sintió
-algo que podría llamarse la mordedura de la sospecha y el aguijón del
-reconcomio. Evocó el recuerdo de la cara de don Jerónimo y se le figuró
-advertir en ella rasgos del tipo hebreo, la nariz aguileña, de presa,
-la boca voraz, los ojos cautelosos y ávidos... Las palabras de su madre
-resonaron de nuevo en su corazón olvidadizo: «No he fiado á nadie lo
-que pude hacer yo misma...»
-
- [Ilustración]
-
-Al cabo se durmió. Á las seis, obedeciendo órdenes, Telma vino á
-despertarle de un sueño agitado, lleno de pesadillas; arreglóse á
-escape, y á las siete menos cuarto conferenciaba con don Jerónimo. Más
-de una hora duró la entrevista, de la cual salió Gastón con la sangre
-encendida de cólera y el espíritu impregnado de amargura. La venda
-se había roto súbitamente y Gastón veía,--¡á buena hora!--que aquel
-tunante de apoderado general era el verdadero autor de su ruina.
-
-Á preguntas, reconvenciones y quejas, sólo había respondido don
-Jerónimo con hipócrita y melosa sonrisilla, que provocaba á chafarle de
-una puñada los morros.
-
---¿Qué quería usted que hiciese?--silbaba el culebrón.--¿Pues no
-estaba usted pidiendo fondos y fondos á cada instante? ¿Pues no era
-usted mayor de edad, dueño de sus acciones y sabedor de á cuánto
-ascendían sus rentas? Usted, desde París, libranza va y libranza viene,
-y Jerónimo Uñasín teniendo que dejarle á usted bien, y que buscar y
-desenterrar las cantidades aunque fuese en el profundo infierno...
-¡Bien me agradece usted los apuros que he pasado, las sofoquinas,
-las vergüenzas, sí, señor! ¡que vergüenza y muy grande es, á mis
-años, andar solicitando á prestamistas y aguantando feos! Todo lo he
-hecho, por ser usted hijo de los señores de Landrey, que tanto me
-apreciaban... Ahora conozco que me pasé de tonto, que debí cerrarme á
-la banda y contestarle á usted cuando me pedía monises: «otro talla,
-señor mío...»
-
---Pero usted bien veía que yo me quedaba pobre,--exclamaba Gastón con
-indignación apenas reprimida,--y debiera usted, como persona de más
-experiencia, aconsejarme, llamarme la atención, advertirme... Yo le dí
-á usted poder ilimitado... Yo tenía depositada mi confianza en usted.
-
---¡Sí, sí, advertir! ¡Bonito recibimiento me esperaba! Ya sé yo lo que
-son jóvenes contrariados en sus antojos... Y además, don Gastoncito,
-¿quién me decía á mí que al echar así la casa por la ventana, no
-preparaba usted una gran boda? Hay en París señoritas de la colonia
-americana, que apalean el oro... ¡Es preciso respetar muchísimo,
-muchísimo la libertad de cada uno! y lamentaría toda mi vida que por mí
-fuese usted á perder la colocación brillante que se merece...
-
---Téngame Dios de su mano,--pensó Gastón al escuchar esta nueva
-insolencia, y conociendo que se le subía á la cabeza la ira, y las
-manos se le crispaban ansiosas de abofetear al judío.
-
-Al fin, con violento esfuerzo sobre sí mismo, revolviendo
-trabajosamente la lengua en la boca seca y llena de hiel, pronunció:
-
---Bien, cortemos discusiones, que á nada conducen; al grano... ¿Me
-queda algo, lo preciso para comer?
-
-Vaciló un instante don Jerónimo, y afectó un golpe de tos, ruidosa y
-como asmática, antes de responder, fingiendo fatiga:
-
---Mire usted, lo que es eso... hasta que... ¡bruum! hasta que... yo...
-reconozca... y liquide... ¡bruum!... los créditos... y se proceda... á
-la venta de... de las fincas hipotecadas... es imposible decir si el...
-¡bruum! pasivo... supera al activo... Acaso tengamos déficit... pero
-¡bruum! ej... ej... no será muy grande...
-
---¿Es decir,--preguntó Gastón con temblor de labios,--que aún podrá
-suceder que después de venderlo todo... deba dinero?
-
---Ej, ej... calculo que una futesa...
-
-No quiso oir más Gastón. Tomando su sombrero, despidióse con una frase
-bronca, y abandonó el nido del ave de rapiña á quien tarde veía el pico
-y las garras. En el recibimiento, mientras recogía sombrero y bastón,
-no pudo menos de fijarse, con penosa y estéril lucidez, en detalles que
-le sorprendieron: un soberbio mueble de antesala tallado, un rico tapiz
-antiguo, una alfombra nueva y densa como vellón de cordero, un retrato,
-escuela de Pantoja, una lámpara de muy buen gusto. Parecía la entrada
-de una casa señorial, y al acordarse de que antaño don Jerónimo se
-honraba con alfombra de cordelillo y sillas de Vitoria, Gastón se trató
-á sí mismo de majadero, no sin reprimirse para no emprenderla á palos
-con los muebles y con el dueño en especial...
-
-Volvió á su morada á pie, devorando la pesadumbre, queriendo
-sobreponerse á ella, y sin conseguirlo. Telma, solícita, le había
-preparado una comida de sus platos predilectos; pero no estaba la
-Magdalena para tafetanes, ni Gastón para apreciar debidamente el mérito
-del puré de alcachofas, los langostinos en pirámide y las costilletas
-de cordero delicadamente rebozadas en salsa bechamela.
-
---Hija, es preciso que me vaya acostumbrando á las lentejas y al pan
-seco,--respondió con un humorístico alarde cuando la vieja criada,
-llevándose la fuente, preguntaba con inquietud, si era que ya «tenía
-perdida la mano.»
-
-Y la fiel servidora, antes de cruzar la puerta, clavó en su amo una
-mirada perruna é inteligente, una mirada que se condolía...
-
-Vestido el frac, después de comer, Gastón dedicó la noche á intentar
-ver á dos ó tres personas de quienes esperaba consejo y auxilio.
-Á ninguna encontró en casa, y sería caso raro que lo contrario
-acaeciese en Madrid, donde la noche se consagra á círculos, teatros y
-sociedades. Rendido, harto de dar tumbos en el alquilón, se recogió
-á las doce y media. Una gran desolación, un pesimismo mortal le
-agobiaban, poniéndole á dos dedos de la desesperación furiosa. Sin
-duda que al siguiente día le sería fácil encontrar en casa, amables y
-sonrientes, á sus noctámbulos amigos; pero ¿qué sacaría de ellos? Á
-lo sumo... buenas palabras... ¡Ni Daroca, el bolsista; ni el flamante
-marqués de Casa-Planell, el riquísimo banquero; ni Díaz Carpio, el
-actual subsecretario de Hacienda; ni mucho menos el gomoso Carlitos
-Lanzafuerte, iban á abrir la bolsa y ponerla á disposición del
-_tronado_!... (Tan feo nombre se daba á sí propio Gastón).
-
- [Ilustración]
-
-Al dejar Telma sobre la mesa de noche la bebida usual, la copa de agua
-azucarada con gotas de cognac y limón, mientras Gastón, inerte, yacía
-en la meridiana, esperando á que se retirase la criada para empezar á
-desnudarse, ésta dijo no sin cierta timidez, el recelo de los criados
-que ven á sus amos muy tristes:
-
---Señorito... anteayer mandó á preguntar por usted la señora
-Comendadora. ¿No sabe? Su tía, la del convento... Que si había vuelto
-ya de Francia... y que deseaba verle... Que cuando viniese, por Dios no
-dejase de ir, sin tardanza ninguna...
-
---¡Bien, bien!--contestó él impaciente.
-
-Así que apagó la bujía y se tendió en la cama, la arcaica figura de
-la Comendadora se alzó en la oscuridad. Abandonado de todos Gastón, un
-instinto le impulsaba á buscar arrimo y consuelo, á desear comunicarse
-con alguien que le compadeciese y le amase de veras. Y su tía abuela,
-la Comendadora, era la única parienta cercana que tenía en el mundo.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- II
-
- La Comendadora
-
-
-Como no le dejasen dormir sus melancólicos pensamientos, Gastón se
-levantó temprano, se vistió con diligencia, y subiendo democráticamente
-al tranvía, se dejó llevar hasta muy cerca del convento de las
-Comendadoras, que se eleva sombrío, dominado por su vasta iglesia, en
-una calle de las más solitarias del antiguo Madrid. Las Comendadoras
-no tienen reja. Mano á mano, á guisa de seglares damas--y bien nobles
-que lo son--reciben á sus visitas en un locutorio bajo, amplio,
-esterado, encalado, cuyas paredes adornan cuadros religiosos anegados
-en betún, y que amueblaban canapés de paja con respaldo de lira, y
-braseros claveteados--un salón de principios del siglo.--Paseando
-febrilmente esperó Gastón á su tía. La portera le había dicho que
-doña Catalina--así se llamaba la Comendadora--estaba en el coro, y
-que tardaría cosa de unos veinte minutos. «No traigo prisa, gracias,»
-contestó el mozo: pero, solo ya, medía el locutorio con rápidas
-pisadas. Desde que se había levantado y salido á la calle, batallaba
-con la idea de que todo lo de su ruina era un mal sueño. ¡Una casa
-tan vieja, tan sólida como la casa de Landrey, venirse á tierra por
-artimañas de un usurero maldito! No; no podía ser que él, Gastón de
-Landrey, con sus propias manos acostumbradas á calzar guantes, con su
-propia cabeza hecha á las esencias y á los lavatorios del peluquero,
-tuviese que trabajar y discurrir como el resto de los mortales, á fin
-de ganarse el pan de cada día... La vida iba á continuar, rauda y
-disipada; la única vida posible, la _vida_ en el sentido parisiense del
-vocablo.
-
-Al pensar esto, una oleada de esperanza inundó á Gastón, esperanza
-venida no sabía de dónde, tal vez de la tranquilidad del locutorio, del
-aristocrático silencio del convento, donde debían de ser inmutables
-todas las cosas.
-
-Cuando se hallaba más engolfado en sus sueños, abrióse la puerta
-lateral, gruesa hoja de encina, y apareció en el hueco, inmóvil y muda,
-la Comendadora, la misma doña Catalina de Landrey y Castro, con las
-tocas negras, el blanco escapulario, y en el pecho la roja heráldica
-cruz. Adelantándose vivamente, Gastón corrió á abrazar á su tía, á
-sostenerla, á traerla en vilo hasta la silla baja, situada cerca de la
-reja que daba á la calle, el sitio donde solían conversar otras veces;
-pero la anciana murmuró suplicante:
-
---¡Al jardín... al jardín... allí hace sol... allí no tendremos frío!
-
-No sentía Gastón ni pizca de frío en el locutorio: entrado el mes de
-Mayo, la temperatura era suave y radiante la mañana. No obstante,
-asintió sonriendo y quiso coger á la anciana por el talle.
-
---No, voy delante,--exclamó ella.
-
-Lentamente, deslizándose como una sombra, precedió á Gastón por dos
-ó tres pasillos y antesalas, hasta llegar á una carcomida puerta
-cuyo picaporte alzó. Al pisar el umbral del jardín, Gastón se paró
-deslumbrado.
-
-No era el jardín muy grande: servía de patio al convento, y en su
-centro, por todo adorno, tenía un pozo con brocal, el humilde pozo de
-Castilla. Cuatro cuarterones simétricos, recortados en forma circular
-á fin de dejar sitio al pozo y holgura para sacar agua, formaban el
-sencillo trazado del jardín monástico. Sólo que estos arriates, con
-exclusión absoluta de toda otra flor ó planta, estaban materialmente
-tapizados de pies de azucena floridos. Era una espesura de azucenas.
-Y bajo la sábana de oro que el sol tendía generosamente, la nívea
-blancura de las flores, su apretada abundancia, su esbeltez, su
-elegante forma casta y mística, halagaban los ojos y embriagaban
-dulcemente el corazón. Era un jardín mariano, cultivado únicamente por
-amor á la Virgen, para poder cubrir su altar de ramilletes simbólicos,
-en el gracioso culto llamado de las flores de Mayo; ó más bien era
-otro altar que brotaba de la tierra seca y desnuda, por virtud del
-riego continuo de unas manos piadosas, enamoradas de María.
-
- [Ilustración]
-
-En un ángulo del jardín daba todavía la sombra, y sobre un banco de
-ladrillo se sentó la Comendadora pausadamente, convidando á su sobrino
-á que la imitase. La claridad que bañaba el jardín caía sobre el
-rostro de doña Catalina, patentizando la labor de los años; estrago
-no diremos, porque en medio de su carácter de vetustez, bajo el
-severo contorno de la toca, aquel rostro tenía aún líneas de belleza
-pasada, vestigios de algo que debió de ser escultural. Parecían las
-majestuosas facciones modeladas en esa cera amarillenta, resquebrajada,
-de los cirios viejos y muy secos; la boca no era más que una línea
-pálida, dilatada por una sonrisa misteriosa; las cejas y las pestañas,
-encanecidas, sombreaban de un modo fatídico los ojos, donde persistía
-una vida extraordinaria, una especie de magnetismo. Los clavaba en
-Gastón con tal fuerza, con insistencia tal, que el mozo por un instante
-creyó á la Comendadora enterada de su ruina, y calculó para sí, algo
-impaciente:
-
---Menudo sermón me espera. Agarrarse.
-
-Recordaba Gastón que, cuando de niño solía venir al convento, le daba
-mucha lástima su tía la Comendadora. ¡Siempre metida entre aquellas
-cuatro paredes, siempre arrebujada en aquellos austeros paños!
-Después, ya hombre y capaz de entender, había sabido la historia de
-doña Catalina, y la lástima creció. Doña Catalina era hija de don
-Martín de Landrey, uno de los nobles que en la lucha entre españoles
-y franceses por la independencia, inficionados de volterianismo y de
-lo que llamaban entonces _ideas nuevas_, abrazaron el partido del
-invasor. Es de advertir que los Landrey descendían en línea recta de un
-caballero bretón venido con Beltrán Duguesclín ó Claquín á favorecer á
-don Enrique de Trastamara, que casó con española, que no quiso volver
-á Bretaña cuando la vió incorporada á la corona francesa, y á quien el
-fratricida estimó y colmó de _mercedes_, otorgándole bienes y feudos
-en la tierra gallega, tan semejante á la vieja Armórica, señalada
-por su fidelidad á don Pedro, y en la cual le convenía al bastardo
-arraigar á sus partidarios. En cierto modo, don Martín de Landrey
-obedecía al atavismo cuando se afrancesaba; mas no lo creyeron así sus
-deudos ni menos doña Catalina, que era entonces una criatura, pero que
-se daba cuenta de todo. Débil y enfermiza ya, pudo tanto en ella el
-disgusto de ver á su padre, en quien adoraba, señalado con el dedo y
-despreciado y maltratado cuando por fin salió de España el intruso,
-que contrajo un raro padecimiento nervioso, convulsiones seguidas
-de profundos síncopes. Su hermano,--el abuelo de Gastón,--ardiente
-patriota y español acérrimo, había reñido con don Martín por diferencia
-de opiniones, y vivía en Madrid, en casa de un tío suyo, el marqués
-de Lanzafuerte, algo favorito de Fernando VII; y Catalina se encerró
-con su padre, en el desmantelado castillo de Landrey, por huir de la
-malevolencia y la antipatía que en Compostela, lo mismo que en la
-corte, despertaba el afrancesado.
-
- [Ilustración]
-
-Vivieron allí padre é hija largos años en hosca soledad, ella siempre
-enferma, él también achacoso, y cada día más misantrópico y saturado
-de hiel, y cuando vino la última hora de don Martín, la hija sufrió el
-horrible dolor de ver morir al padre como un réprobo, rechazando con
-mil pretextos toda clase de auxilios espirituales, y ya, por último,
-amenazando con coger las pistolas que tenía á la cabecera ¡y hacer un
-ejemplo si un cura pasaba el umbral!--Así que hubo cerrado los ojos
-al infeliz, doña Catalina, en vez de caer al suelo presa de uno de
-sus accesos acostumbrados, se mostró casi impasible; veló el cadáver,
-atendió al entierro, encargó misas, muchas misas, y se estuvo cerca de
-un mes encerrada en las habitaciones del difunto, registrando cómodas
-y armarios, poniendo en orden documentos y papeles. Una noche, los
-labriegos y pescadores de la costa donde se asienta el castillo de
-Landrey, vieron con sorpresa un gran resplandor rojo, y si al pronto
-creyeron que había incendio, no tardaron en comprender que era una
-descomunal hoguera encendida en mitad del patio de honor. Delante
-de la hoguera estaba doña Catalina de pie, mandando la maniobra, y
-dos criados traían en cestos libros y manuscritos, despedazaban los
-volúmenes y los arrojaban á la hoguera, atizando y cebando su llama
-con provisión de leña y ramaje seco, para que devorase pronto aquel
-fárrago.--Gastón había oído referir á su madre que allí se abrasaron
-las obras de bastantes franchutes de la cáscara amarga, y muchos
-papelotes que probaban las íntimas conexiones de don Martín de Landrey
-con la masonería española, su afiliación á la secta y el alto grado
-que en ella poseía... La quemazón duró hasta el amanecer, y sólo al
-blanquear la luz del alba las almenas de las torres se retiró doña
-Catalina lentamente, después de cerciorarse, removiendo con un palo la
-ya moribunda hoguera, de que allí sólo quedaban cenizas. Pocos días
-después de este suceso, doña Catalina, dejándolo todo bien arreglado
-y habiendo repartido entre los pobres labriegos cuantiosas limosnas
-y perdonado, por cuenta de su legítima, deudas y atrasos de pagos de
-rentas, salió hacia Madrid, donde la reclamaba su hermano don Felipe de
-Landrey. Llevaba en su compañía doña Catalina á una niña de unos tres
-años de edad, huérfana de madre, hija del mayordomo, que no era sino
-Telma, la actual sirviente de Gastón.
-
-En Madrid quisieron divertir y festejar á Catalina; además de su
-hermano tenía dilatada parentela de primos y primas, porque una hermana
-de su bisabuelo se había casado con el duque de Ambas Castillas, y otra
-con el de Lanzafuerte, dejando ambos numerosa y masculina prole, que
-se enlazó luego á otras familias de muy alta alcurnia. Catalina alegó
-el riguroso luto para no concurrir á distracciones ni á saraos, y el
-día en que se cumplió un año justo de la muerte de su padre, anunció
-el decidido propósito de entrar en las Comendadoras. Era libre y dueña
-de sus acciones, y nadie podía oponerse á su deseo, con tal resolución
-manifestado. No obstante, don Felipe se opuso, y alegó el peligro de
-la salud; con aquel terrible mal nervioso, aquellos desvanecimientos y
-accesos convulsivos ¿era prudente, era ni siquiera cristiano encerrarse
-en un convento? Doña Catalina respondió que la Iglesia había arreglado
-las cosas tan bien, que existían conventos para todos los estados de
-salud; que las Comendadoras no hacían vida penitente, sino recoleta
-y regular, y que ella estaba segura de resistir bien la prueba. Y en
-efecto, no sólo la resistió, sino que dentro del convento su organismo
-débil y quebrantado se templó hasta adquirir el vigor del acero; el
-equilibrio se estableció, la paz reinó en su antes combatido espíritu,
-y poco á poco la cara triste y los nublados ojos de doña Catalina se
-convirtieron en la hermosa faz y las serenas pupilas de la que todos
-dieron en nombrar la monja guapa.
-
---Desde que tu tía Catalina pronunció los votos, revivió,--decíale á
-Gastón su madre.--La pobre se conoce que había ofrecido este sacrificio
-por los pecados de don Martín. Ella cumplió lo que tenía el deber de
-cumplir, y nada aprovecha tanto al alma y al cuerpo.
-
-Á pesar de la afirmación de su madre, Gastón recordaba que no había
-cesado de compadecer á su tía Catalina, de considerarla una víctima
-inmolada á preocupaciones, una vida tronchada en flor, una especie de
-fantasma sentenciado á desaparecer del mundo. Para él, entregado al
-desorden y tropelías de la voluntad, la regla en el vivir constituía
-una esclavitud, y cualquier valla cruel tiranía. ¡No hay más, doña
-Catalina le daba lástima! ¿Y por qué en aquel instante, á aquella hora
-virginal de la pura y radiante mañanita, en aquel jardín monástico
-todo paz, donde sólo se escuchaba el vuelo de algún abejorro, donde
-las azucenas abrían tímidamente sus cálices de raso blanco y vertían
-en silencio su pomo fragante, Gastón, en vez de compadecer á doña
-Catalina, advertía que la envidiaba? Sí, no lo podía dudar; envidiaba
-á la Comendadora, como envidia el marinero, desde su esquife que las
-olas hacen crujir y van á tragarse pronto, al pobre ermitaño que bebe
-de la apacible fuente antes de la oración... Era hermoso haber vivido
-sin tacha; haber realizado lo que creemos bueno y justo; haber dado
-testimonio de su fe ante los hombres, y haber llegado casi á los
-noventa años con aquella sonrisa misteriosa, no la de la esfinge, sino
-la de la santa que ya entrevé la bienaventuranza celeste...
-
---Aquí estaremos mejor,--pronunció con cascada voz la Comendadora,
-interrumpiendo los calendarios de su sobrino.--Importa muchísimo que
-no nos oiga nadie... ¡nadie!... Á estas horas no aparecen monjas por
-aquí... Lo que te voy á decir es sólo para tí... ¿me entiendes? Para
-tí... tú eres el único nieto varón de mi hermano Felipe... y ya no
-queda en este mundo más personas que tú y yo llevando directamente el
-apellido de Landrey...
-
-Gastón se estremeció. Acababa de presentir que no iba á escuchar de
-labios de su tía el obligado sermón al sobrino manirroto. Conocía el
-culto de doña Catalina por el apellido de la familia, única debilidad
-mundana que siempre se notó en la ejemplar reclusa, que no había cesado
-ni un día de enterarse de los nacimientos, bodas, muertes, malandanzas
-y bienandanzas de sus sobrinos. La Comendadora no era verosímil que
-conociese el estado de la hacienda de Gastón, y por consiguiente,
-lo que iba á dejar salir de su hundida boca de sibila agorera, la
-revelación anunciada, sólo podía referirse al pasado, á ese _ayer_ de
-todas las familias, más romántico en las nobles, en quienes se enlaza
-estrechamente con la historia.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- III
-
- La revelación
-
-
---¡Qué miedo he pasado de morirme antes que tú volvieses de ese
-París!--exclamó la anciana subrayando con tedio el nombre de la capital
-francesa.--¡Lo que he rezado á santa Rita para que me conservase la
-vida unos días más!
-
---¡Pero, tía, si está usted para vivir cien años!--afirmó Gastón
-chanceramente.
-
-Doña Catalina clavó en el rostro de su sobrino los negrísimos ojos, lo
-único que sobrevivía en su semblante momificado, con extraordinaria
-expresión, sobrehumana casi.
-
---Á la lámpara se le acaba el aceite,--dijo en voz sorda,--pero la
-misericordia divina no ha permitido que la muerte me sorprenda. Sé de
-cierto que se acerca la hora...
-
---Vamos, tiita, aprensiones... Me ha de enterrar usted á mí y pedir
-para que me admitan en la gloria,--insistió el sobrino.
-
---No lo digas á nadie, hijo mío,--prosiguió la reclusa sin
-atenderle.--¡Sólo á tí y al confesor lo descubriré!... ¡Como te estoy
-viendo... he visto... he visto á don Martín de Landrey, tu bisabuelo...
-mi padre!
-
-Estremecióse Gastón. En aquel jardín embalsamado, entre los vitales
-efluvios que derramaba el sol ascendiendo á su zenit, sintió pasar el
-soplo frío del _más allá_, un hálito del otro mundo.
-
---¡Si vieses qué mal color tenía!--continuó doña Catalina tiritando
-como si las frescas azucenas de Mayo fuesen copos de nieve.--Lo mismo
-que cuando lo deposité en la caja... ¡Y una cara de sufrir!... ¡Virgen
-Santísima, Madre de los afligidos, perdón para él... y para todos los
-pecadores!
-
-La cabeza agobiada de la Comendadora cayó sobre el pecho, y Gastón,
-cariñosamente, sólo acertó á murmurar:
-
---Tía... ¿no habrá sido... una figuración de usted?... ¡Hay así...
-momentos en que desvariamos!...
-
---¡No! Era él en persona... ¡Podría yo desconocerle! ¡Podría confundir
-con cualquier ruido su voz, que me dijo... en un tono tan triste...
-como si las palabras saliesen de la pared!... «¡Catalina... te
-espero... hasta luego, Catalina!...»
-
-Hizo una pausa, y Gastón vió humedecerse ligeramente las áridas pupilas
-de la dama, que movía los labios, rezando para sí, sin articular.
-Gastón, quebrantado aún del viaje y de las penosas impresiones
-recientes, notaba un vértigo que atribuía al olor subido de las flores,
-más aromosas cuanto más calentaba el sol. No quería Gastón reconocer
-que, á pesar suyo, le impresionaban las palabras de la Comendadora.
-
-De pronto doña Catalina se enderezó, ya tranquila y al parecer olvidada
-de sus temores.
-
---Natural es morir, hijo mío,--declaró serenamente.--Otros eran
-jóvenes y se han ido primero. Eso sí que asusta. Ya no hay más Landrey
-que tú. Á mí la tierra me llama, después de ochenta y ocho años y cinco
-meses que estoy en el mundo. Tú ahora empiezas la jornada... ¡Cómo te
-pareces á tu abuelo, al pobre Felipe!... ¡Qué bien has hecho en venir
-aprisa!...
-
---En cuanto me avisó Telma. Ayer mismo llegué á Madrid... Ya ve usted,
-ni veinticuatro horas...
-
-Algo que remedaba una sonrisa y era más bien fúnebre mueca, animó el
-semblante amojamado de la Comendadora.
-
---Acércate más, hijo del alma... Ya apenas tengo voz; no puedo
-esforzarme... Si me paro, no te asustes... Me falta resuello... Soy muy
-viejecita... Además, tengo frío... Mira, mira... Helada estoy.
-
-La diestra glacial de la Comendadora cayó sobre la de Gastón, que
-sintió impulsos de retirarla, pero se contuvo. Parecíale advertir
-el contacto de un cadáver: tal estaba de inerte y seca á la vez
-aquella mano que había debido de ser bella y que conservaba aún las
-proporciones y el delicado dibujo de una mano patricia.
-
- [Ilustración]
-
---¿Eres buen cristiano?--preguntó de improviso doña Catalina.
-
---Bueno no sé; cristiano sí,--respondió no sin extrañeza Gastón.
-
---¡Es que si eres... de esos... que sólo creen en la materia...
-entonces... aunque te llames Landrey... yo... no tengo nada que
-decirte!...--¿Crees firmemente en Dios, que nos perdona... que nos ha
-redimido?... ¿Crees, ó no crees? No mientas... ¡Un Landrey no miente...
-sería mucha vergüenza! ¡Sería propio de un villano!
-
---Creo en Dios,--murmuró Gastón sonriendo del á su parecer pueril
-interrogatorio.
-
---¿Y en la Virgen?
-
---Y en la Virgen,--afirmó el mozo con calor involuntario, más conmovido
-ya de lo que aparentaba.
-
-Doña Catalina cruzó las manos como transportada de gozo. Después, sin
-transición, exclamó, fijando en Gastón sus vividos ojos:
-
---¿Has estado alguna vez en nuestro castillo de Landrey, cerca de la
-Puebla de Beirana?
-
---Nunca, querida tía,--declaró Gastón desorientado y algo confuso.--Y
-eso que siempre me daba curiosidad. Debe de ser una antigualla
-preciosa... es decir, con carácter... de eso precisamente, de
-antigualla. Pero ya sabe usted lo que sucede: se forman planes, se
-fantasea el viaje... y hoy por esto y mañana por aquello... se queda
-todo en proyecto, y corren días, y meses, y años... Nada, que no he
-visto Landrey.
-
---Mal hecho... ¡Lo mismo hicieron tu padre y tu abuelito... yo no se
-lo aprobé! ¡Aquel es nuestro solar, el sitio en que se respeta nuestro
-nombre, el sitio en que éramos como reyes! ¡Los señores de Landrey!
-¡Eso era decir algo! El que fundó el castillo y los señoríos,--por
-cierto que se llamaba como tú, Gastón de Landrey,--fué de los que
-vinieron á ayudar á don Enrique... Me lo contó mil veces mi padre,
-que eso sí, era estudiosísimo... ¡El estudio es cosa buena cuando no
-nos aparta de Dios!... ¿Por qué decía yo esto?... ¡Ah! Sí, sí... Aquel
-Landrey ó Landroi era ya un caballero muy noble... sus abuelos habían
-estado en las Cruzadas, con San Luis... El caso es ser grande en el
-cielo... pero en fin, los que desde hace siglos...
-
-Detúvose la Comendadora, fatigada sin duda, y Gastón, que callaba por
-respeto, empezó á creer que estaba perdiendo el tiempo lastimosamente.
-
---La pobrecilla ya chochea...--pensó,--y se le va el santo al cielo...
-Incoherencias, alucinación... ¡Cerca de noventa años y el claustro!...
-Querrá que restaure á Landrey y junte allí mesnadas y alce pendón y
-caldera... ¡Y cómo revela el orgullo nobiliario, su flaco, en pugna con
-la humildad cristiana! ¡Si supiese que el último Landrey va á carecer
-de lo más preciso!
-
---Mi hermano,--continuó la Comendadora,--pudo titular, y prefirió ser
-Landrey á secas... Hay condes y duques nuevos, pero los Landrey son
-todos viejos... ¡Ah! Ya recuerdo, ya sé... Hablábamos del castillo.
-Digo, no; hablábamos de tu bisabuelo, de mi padre... ¡que Dios le haya
-perdonado!--y el acento de doña Catalina se quebró en un sollozo.--¡El
-pobre!... esto pasó la noche antes de morir... porque murió en Landrey,
-en el cuarto de _la parra_, que tiene pintada una, al temple... Pues
-me llamó... así, en voz alta... «¡Catalina!» «Aquí estoy.» «¿Me oyes
-bien?» «Sí, señor, diga lo que quiera.» «Acércate, santita...» (me
-llamaba _santita_ por cariño y por chiste). «Así que yo fallezca,
-registrarás mis papeles... y quemarás lo que deba quemarse...» «No
-tenga miedo...» «¡Pero cuidado!... En el mueble de concha, unas
-cartas... ¡las quemas sin leerlas!» «Lo que usted mande, señor...»
-«Hay también en el mismo mueble... ¡atiende! una caja de plata, de
-resorte... y dentro dos papeles doblados y enrollados... de mi letra...
-¡Esos sí que los lees... y los guardas... y te guías por ellos para
-encontrar el tesoro!...»
-
---¡El tesoro!...--repitió Gastón fascinado por la palabra mágica que su
-tía acababa de pronunciar.
-
---Así dijo: «el tesoro...» Y me acuerdo bien, que me cogió la mano y
-me la apretó mucho, mucho, y añadió... ¡verás! «Es para tí sola... es
-tu dote... Te prohibo que le dés nada á Felipe... ¡ni un maravedí! Á
-Felipe no... Es mi enemigo: me ha tratado como á un perro... sé que
-me ha llamado _traidor_... Me cree renegado, apestado y maldito... Tú
-aquí, encerrada en estas paredes conmigo en lo mejor de tu edad...
-Á cada cual su recompensa... Felipe, el mayorazgo, se lo lleva casi
-todo... Tú tienes una legítima corta... ¡Más rica tú que él! ¡Para tí
-el tesoro!...»
-
-Guardó silencio otra vez la Comendadora, exhausta por el esfuerzo, pero
-sus ojos centelleaban. Gastón no sabía lo que le pasaba: el olor de las
-azucenas le atravesaba como un clavo las sienes, y su corazón latía de
-esperanza: en aquel momento daba por cuerda y muy cuerda á la monja.
-Ésta, con dolorido acento, articuló despacito:
-
---Al otro día murió...
-
---¿Y la caja?--exclamó aturdidamente el mozo.
-
---¡Ah!... La caja... Es verdad, hijo, es verdad... No, no creas que
-la perdí... Allí estaba como _él_ dijo, en el mueble de concha...
-junto á las cartas... que olían á esencias... y las quemé... ¡Qué bien
-ardieron! ¡Como yesca!
-
---Pero... la cajita... con sus misteriosos papeles dentro...
-
---La recogí... ¡No faltaba más!... Aquí la tengo... Espera... espera.
-
-Y con un movimiento que parecería cómico á quien no fuese capaz
-de estimar lo que representaba de dignidad y de pudor y de vida
-inmaculada, la Comendadora se volvió hacia la pared, se alzó el
-escapulario y se registró el seno con una mano que la vejez hacía
-insegura... Gastón, ansioso, disimulaba la impaciencia y la curiosidad.
-Vuelta de cara ya la señora, presentó á su sobrino un objeto oblongo,
-una cajita de plata algo mayor que una tabaquera y finamente cincelada
-al estilo de Luis XV; cazadores con tricornio y damiselas con peinado
-de erizón acosaban á un ciervo entre el follaje de un bosquecillo.
-Gastón tendió la mano vivamente, pero doña Catalina le contuvo
-sonriendo con alarde de malicia casi infantil.
-
---El resorte... Sino ni tú ni diez como tú la abrís...
-
- [Ilustración]
-
-Y apoyando de cierta manera la uña del seco pulgar en la charnela de
-la caja, alzóse lentamente la tapa, y Gastón pudo ver en el dorado
-fondo, enrollado, un papel amarillento. La monja casi reía, gozosa y
-triunfante.
-
---¿Eh? Ya lo ves, ahí lo tienes... Sesenta y pico de años hace que lo
-conservo... Ni un solo día se ha separado de mí...
-
---Pero, tía,--observó enajenado Gastón, que sin poder contenerse se
-entregaba á férvidas ilusiones,--si poseía usted esto, ¿por qué no
-buscó el tesoro? ¿Ó es que ya lo ha buscado usted? No entiendo...
-
---No, no, yo no lo he buscado... Dios no quiso que lo buscase... Por
-cosas que... que yo me sé... desde que me faltó mi padre... ofrecí ser
-monja... ¡y para eso no necesitaba grandes riquezas! Mi padre había
-prohibido que el tesoro fuese de Felipe... Pude dárselo á los pobres...
-sino que... no sé si Dios me castigará por esto... la verdad, tengo
-un delirio por el nombre de la familia... es falta de humildad, lo
-conozco... ¡Quería que ese tesoro se lo llevase un Landrey!...
-
-Y volviendo á apoderarse de la mano convulsa de Gastón, añadió bajo,
-casi al oído del mozo:
-
---Tú puedes hacer que Dios me perdone esta debilidad... Eres cristiano,
-hijo mío... Usa del tesoro, no como pagano, sino como cristiano...
-Las riquezas son un depósito... No abuses, no derroches, reparte con
-los infelices... y acuérdate también del alma... de la tuya... de la
-mía... ¡y sobre todo de la de mi pobre padre!... Esto último no te
-lo encargo, que te lo mando... ¿lo oyes? Te lo mando con un pie en la
-sepultura...
-
---Prometo á usted hacer lo que desea,--declaró Gastón subyugado, lleno
-de fe en el tesoro.
-
-Y tomando la cajita, apresuróse á desenrollar el papel que contenía,
-con ansia de leerlo. Antes de que lo hiciese, recordó de súbito y
-exclamó:
-
---Mire usted, tía, que usted habló de dos papeles... y aquí hay uno,
-uno no más.
-
-Indescriptible expresión de pena cavilosa oscureció el mirar de
-doña Catalina. Su cabeza tuvo un temblequeteo senil y sus manos se
-enclavijaron, como si pidiese misericordia.
-
---¡Yo, yo destruí el otro!--gimió desconsolada.
-
---¿Usted? ¿Por qué?... ¿Lo destruyó usted á propósito? ¿Qué era?
-
---Era el que más valía... ¡Era el plano!...
-
---¡El plano!--repitió Gastón.--¿Un plano del castillo, sin duda?
-
---Del castillo y de sus alrededores... Con tinta azul, y señalcitas de
-puntos encarnados... Hecho por _él_ mismo... ¡Si tenía una cabeza, un
-saber de todo!
-
---¿Pero y cómo destruyó usted ese documento... cómo fué?...
-
---Porque... ¡Verás!... Yo, en el mundo, padecía síncopes... y unas
-congojas... así como convulsiones... Cuando me encerré sola á quemar
-aquellas cartas... ¡las de las esencias! mientras ardían, abrí la caja
-esta de plata... saqué los papeles... los estuve mirando... Y cátate
-que de improviso me da el ataque... no quiero llamar, porque las cartas
-no las debía ver nadie... lo pasé allí, sin auxilio... caigo junto
-al fuego... el plano enrollado rueda á la chimenea... ¡y gracias á
-Nuestra Señora, que no ardí yo... pero se me tostaron las suelas de los
-zapatos! Milagrosamente me salvé.
-
---Y el otro papel... no el plano... ¿Á ver qué dice?--exclamó Gastón
-sin acertar á reprimir su impaciencia.
-
-Y desenrollando el papelito, vió que sólo contenía escritas en muy
-clara letra, estos renglones:
-
-«Hallarás lo que buscares, si guiado por el Norte sigues el camino
-de los antiguos en peligro de muerte. Las piedras viejas son las más
-preciosas, y el que se humille se ensalzará.»
-
- [Ilustración]
-
---¿No sabe usted qué significa esto?...--interrogó el mozo, que
-encontró el texto, más que oscuro, negro como boca de lobo.
-
---No, hijo mío... Con el plano, de seguro se entendía... Yo no hice
-nada, y ahora mi cabeza... Ya ves... ¡Los años!... Pero en Landrey lo
-entenderás perfectamente, tú que eres muchacho y listo... Guarda esa
-cajita ¡guárdala! y véte, que es cerca de mediodía, se acaba la hora de
-locutorio, y vendrán á llamarme... Y si cumples lo que me ofreciste...
-¡Dios te bendiga!...
-
-Doña Catalina alargó sus brazos flacos y cogió la bonita cabeza
-pelicastaña de Gastón, pegando el rostro á la blanca frente juvenil del
-último de su linaje. Un hielo mortal serpenteó por las venas del mozo;
-pensó que acababa de besarle un fantasma sin labios.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- IV
-
- Gusanillo
-
-
-Salió Gastón del convento fluctuando entre la convicción y el
-escepticismo. Su convicción era involuntaria; pero su incredulidad,
-sostenida por el amor propio cifrado en no _caer de inocente_, no
-se fundaba únicamente en lo enigmático del texto del papel y en la
-destrucción del plano, sino en lo inverosímil de que existiese nada
-menos que un tesoro, soterrado de un modo tan novelesco, en un sitio
-tan romántico y llegando tan á punto para salvar de la ruina á la casa
-de Landrey. ¡Vamos, si tenía que ser á la fuerza una paparrucha, una
-quimera nacida en el pobre meollo de una monja alelada! Á pesar de
-la caja, que apretaba contra su pecho,--y que instintivamente en el
-tranvía cubrió con ambas manos, por defenderla de algún rata,--Gastón
-temía ser ridículo ante sí propio, si prestaba fe absoluta á la
-historia. Lo que más influye en que nos parezcan _irreales_ los
-sucesos, es la comparación con un medio en el cual esos sucesos no
-encajan. Venía Gastón de París, saturado de aquel ambiente positivo
-y prosaico, sin más aspiración que el goce material del momento
-presente, y la Comendadora, siempre con la vista fija en lo pasado y
-en lo porvenir, tomando la tierra como tránsito, existiendo únicamente
-para expiar las culpas de su padre y para evocar las memorias de su
-raza, era como figura de cuadro ó de tapiz, algo artístico, singular é
-interesante sin duda, pero tan fuera de la realidad como los santos de
-piedra de los viejos pórticos...
-
---La chifladura se pega,--cavilaba el mozo,--y si estoy con la buena
-señora una horita más, ¡nada! que me creo lo del tesoro á pies
-juntillas.
-
-Sin embargo, Gastón notaba cierta calentura, esa fiebre ligera que
-acompaña á los accesos de esperanza violenta y repentina. Pasó el
-día vagando por Madrid, sin decidirse á ver á nadie, y se acostó
-temprano, como hombre que tiene mucho que conferir consigo mismo.
-Durmióse pronto pesadamente, y soñó cosas raras; vióse descendiendo
-á un negro subterráneo por torcida escalera de caracol; delante de
-él, guiándole, iba un espectro con hábito monástico, que llevaba en
-sus manos descarnadas--manos de esqueleto--una linterna, la consabida
-linterna sorda de las novelas y de los dramas espeluznantes. El
-espectro, al deslizarse por los peldaños de la húmeda y resbaladiza
-escalera, producía un medroso ruido de choque de huesos, y los pliegues
-del hábito, al pegarse al cuerpo, diseñaban planos sin carne y palillos
-mondos y lirondos. La luz de la linterna, al caer sobre la pared,
-dejaba ver fungosas vegetaciones, é inmundos insectos, asustados,
-correteaban en busca de los rincones oscuros. Bajaban y bajaban, sin
-encontrar nunca el término de aquella escalera horrible, que sin duda
-se perdía en las entrañas del planeta, buscando su centro. Gastón
-anhelaba de cansancio, pero el espectro seguía bajando cada vez más
-aprisa, y era preciso ir tras él hasta el mismísimo averno. Allá abajo,
-en la sombría profundidad última, Gastón divisaba un punto rojo, y
-á medida que descendían, el punto se agrandaba, cundía, acabando
-por ser la boca de un horno gigantesco, en que ardía--¡temeroso
-espectáculo!--un monigote con chupa y casaca, un pelele de principios
-del siglo, retorciéndose entre las llamas sin consumirse... Y el
-espectro, de pie ante el horno, sollozaba:
-
---¡Agua bendita! ¡Agua bendita! ¡Trae agua bendita, Gastón!...
-
-En este punto del sueño despertó el mozo. Notaba una sed devoradora, y
-tendió la mano, cogiendo la copa sobre la mesa de noche. Cuando bebía
-con ansia, la puerta se abrió, penetró Telma lo mismo que un rehilete,
-abrió atropelladamente las ventanas por donde entró la luz del día y
-se plantó delante de la cama, exclamando en voz que entrecortaba el
-llanto:
-
---Señorito... Señorito... La señora Comendadora...
-
---¿Qué... qué ocurre?
-
---¡Ay, señorito!... ¡Acaban de traer el recado! Esta noche...
-
---Ha muerto, ¿verdad?--preguntó el mozo que recibía la noticia en
-aquel instante, sin la menor sorpresa, como si se tratase de un hecho
-previsto.
-
---Sí, señor... ¡Ay, Jesús! ¡Señorita querida mía, que era como
-mi madre! ¡Santa de mi alma!--exclamó Telma, derramando lágrimas
-abundantes.
-
---Voy ahora mismo al convento...--declaró Gastón, mientras salía la
-criada, sofocada de pena.
-
-Y en efecto, ni una hora tardó el sobrino de doña Catalina en pisar
-nuevamente el locutorio del convento: sólo que de esta vez le recibió
-la abadesa, dama cincuentona, gruesa, afable y de porte señoril,
-con ribetes mundanos, porque antes de vestir el noble hábito, doña
-Francisca de Borja Mascareñas y Quevedo había frecuentado más los
-salones que las iglesias, y de su conversión se habló bastante,
-atribuyéndola á rudos desengaños, ó como decía ella en su gracioso y
-expresivo lenguaje, á _bofetones en el alma_. Lo que refirió la abadesa
-á Gastón fué lo que era de suponer sobre el caso, ni impensado ni
-sorprendente, del fallecimiento de una monja tan anciana:
-
- [Ilustración]
-
---Muy viejecita, muy viejecita era la pobre... Ya nos temíamos lo que
-ocurrió, y cada noche que se recogía, decíamos:--¿Se levantará la
-madre Catalina?--Así es que dormía á su lado una lega, por precaución,
-y gracias á tal medida no careció de auxilios en sus últimos momentos.
-Pudo recibir,--y no fué pequeño consuelo para ella y para todas
-nosotras,--el Viático y la Extrema. ¡Alabado sea el Señor! Murió con
-una paz... Estaba contentísima de haberle visto á usted... Eso me
-lo decía ayer tarde. ¿Y sabe usted que desde hace unos quince días
-andaba con el tema de que se acercaba su último instante? Era un
-presentimiento, sin duda...
-
---¿Pero de qué murió?--preguntó Gastón afanoso.--¡Porque estaba tan
-bien, ayer, tan locuaz, tan entera!
-
---¡Á esa edad! De muerte natural... ¡de acabársele la cuerda al reloj!
-Nada, un ataquillo de asma, que para una persona joven sería cuestión
-de toser y carraspear un poco... Pero ella no tenía fuerzas para mondar
-la garganta, y la menor cosa ¡psé! ¡una flemita! basta para ahogar á un
-anciano... No somos nada... ¡una miseria! Al volver la cabeza así...
-se acaba todo, alegría, ilusiones, proyectos, gustos y disgustos...
-Asustaría si lo pensásemos bien.
-
---¿No puedo verla?--preguntó Gastón, que sentía el pecho oprimido y el
-corazón en un puño.
-
---Está de cuerpo presente, en su cama, y las celdas son clausura... No,
-no es posible... ¡Y es lástima, porque si viese usted qué natural se
-ha quedado! Hasta parece joven... El funeral se cantará ahora, dentro
-de poco, en la iglesia, y bajarán el ataúd ya cerrado: y esta tarde se
-dará sepultura al cadáver. ¿Desearía usted conservar algún recuerdo de
-su tía? Puedo darle á usted el rosario que usaba, con las medallitas...
-
---Mil gracias, señora,--contestó Gastón inclinándose.--Poseo un
-recuerdo de la tía Catalina, que ella misma, en previsión de la
-desgracia, me entregó ayer.
-
-Y como la abadesa le mirase con cierta curiosidad, Gastón añadió
-sencillamente:
-
---Una tabaquerita de plata... Pero si ustedes creen que no tengo
-derecho á conservarla, estoy pronto á devolverla.
-
---¡Santo Dios!--dijo cortesmente la abadesa.--Hizo divinamente; que
-usted la disfrute mil años. Le quería á usted mucho, y bien puede
-usted rogar por ella, aunque creo piadosamente que es ella la que debe
-interceder por nosotros.
-
---¡Ojalá que de aquí á un año les regale yo á ustedes en compensación
-de la tabaquera, una Santa Catalina de plata maciza!--añadió
-Gastón.--Si algo la ocurre á usted que mandarme... Esta tarde misma
-necesito salir para una finca que tengo allá en Galicia, en la Puebla
-de Beirana... á no ser que necesiten ustedes ordenarme cualquier cosa
-relativa al entierro de la tía, que entonces...
-
---Que Santa Catalina le dé á usted feliz viaje,--contestó la abadesa
-sonriendo, mientras el mozo besaba respetuosamente la manga de su
-hábito.
-
- [Ilustración]
-
-Al salir del locutorio Gastón entró en la iglesia. Empezaban los
-preparativos del funeral y se alzaba en el centro el túmulo, vestido de
-paños negros orlados de galones de oro apagado y mustio. El monaguillo
-arreglaba las hachas en los grandes hacheros. Á poco bajaron la caja
-forrada de paño negro también y el sacristán ayudó á colocarla sobre el
-catafalco. Cuatro ó seis caballeros de la Orden, avisados temprano,
-mal despiertos aún, iban acomodándose en los bancos de la nave. Uno de
-ellos, el conde del Sacrovalle, divisó á Gastón apoyado en un pilar,
-y le llamó con la mano, brindándole sitio en el banco, á la cabecera.
-Encendidos los altos cirios, cuya llama amarilla chisporroteaba
-vivamente, poblóse el altar de sacerdotes con negras vestiduras, y
-en el coro aparecieron las siluetas de las monjas, visibles tras el
-espeso enrejillado de madera. El órgano empezó á quejarse, acompañando
-las voces de los sacerdotes que clara y ahincadamente entonaban las
-plegarias y las invocaciones graves, tan humanas en su terror, del
-Oficio de difuntos. Gastón escondía la cara en el pañuelo. Sentía
-como si unos dientes sutiles y agudos se le hincasen dentro, muy
-adentro, á su parecer más allá del corazón, en un lugar que, por lo
-recóndito y lo sensible, debía de ser el ápice de la conciencia. No
-podía Gastón atribuir tal efecto al dolor de haber perdido á doña
-Catalina: si es cierto que la quería bien, poco lugar ocupaba en su
-vida; ningún vacío le dejaba la Comendadora: sus muchos años hacían
-de su muerte algo previsto, que no arrancaba lágrimas. No: lo que
-sentía Gastón era un torcedor íntimo, una cólera secreta contra sí
-propio, esa sensación oscura que lentamente se condensa para formar
-el sentimiento de la responsabilidad moral. Era la detestación de
-nosotros mismos, la censura,--más que ninguna severa,--que hacemos de
-nuestros propios actos; era el juez interior que tantas veces duerme,
-pero que cuando sacude la modorra nos registra el alma y nos condena
-sin defensa ni apelación, porque tiene las pruebas, la evidencia en
-la mano... Del enlutado ataúd, Gastón creía que se elevaba una voz,
-preguntando:--¿Eres cristiano?--Y que el juez, el rígido juez de negra
-toca, respondía:--Como si no lo fueses... Lo has sido en el nombre,
-¿pero en los hechos? ¿Cuándo te has acordado tú de Dios? ¿Cuándo has
-pensado en el prójimo? ¿En qué y cómo has dilapidado tu hacienda? Buen
-comer, regalo, deleites, ociosidad... ¿Y qué más hicieras si fueses
-pagano? ¿Eras cristiano cuando al salir de una cena desordenada, en una
-noche fría, por no desabrocharte el gabán de pieles no dabas limosna?
-¿Eras cristiano, ni aun caballero, cuando por un quítame allá esas
-pajas, en aquella solitaria encrucijada del bosque de Bolonia, le
-abrías la cabeza á tu mejor amigo? ¿Eras cristiano, ni aun caballero,
-cuando con tu derecha apretabas la mano del duque de Argentán, mientras
-en tu izquierda crujía un diminuto billetito de su esposa? ¿Eras
-cristiano cuando?...--La lista fué larga, y Gastón seguía con el
-pañuelo sobre el rostro, escuchando al inflexible juez.--¡Y todavía
-te indignas porque, aprovechando tus horas de culto á los ídolos, un
-bribón te ha robado la bolsa! Para lo bien que tú la empleabas... ¡Y
-todavía serás capaz de desenterrar el tesoro de Landrey, y darle el
-mismo paso, iguales despachaderas que á la hacienda que te dejó tu
-madre! ¡Ay de tí, si con tal objeto descubres ese tesoro! ¿No sé yo
-acaso que ayer, al soñar con él, pensabas en nuevos goces, en nuevas
-locuras?...--Y aquí el invisible juez tomaba forma humana: era doña
-Catalina, del color de la cera, con los párpados cerrados, la nariz
-afilada, la boca sin labios, las manos en los puros huesos, toda ella
-de una catadura tan espantable y temerosa, que Gastón quitaba el
-pañuelo y miraba al ataúd con ojos de loco...
-
- [Ilustración]
-
-Entretanto resonaban los sublimes acentos del _Dies iræ_, y el viejo
-conde del Sacrovalle decía al derrengado marqués del Altocueto:
-
---¿Sabe usted que noto al sobrino muy afligido? Tiene buenos
-sentimientos ese muchacho...
-
-La misma noche, en el tren correo, salieron Telma y Gastón hacia el
-Noroeste, con rumbo al castillo de Landrey.
-
-
-
-
- V
-
- Landrey
-
-
-De tres maneras tuvieron que viajar Gastón y su leal servidora
-antes de sentar el pie en el castillo: al dejar el tren, tomaron la
-diligencia que por una carretera provincial descuidada conduce á
-la Puebla de Beirana, y antes de llegar á la Puebla alquilaron dos
-peludos y trasijados rocines con su espolique y bagajero, para el
-trozo sin camino practicable que conduce á «las torres.» Al pronto, en
-aquella hora del crepúsculo, Gastón no distinguió, de su casa solar,
-sino una masa informe, un hacinamiento de construcciones pintorescas
-destacándose sobre el fondo de un celaje verde claro, más bien que
-azul, realzado al poniente por una franja de oro pálido, blanco casi.
-Armado de una vara de mimbre cortada en un seto, Gastón arreaba á su
-fementida cabalgadura, cuyos cascos golpeaban duramente la calzada
-de piedras, desasentada ya é invadida por las hierbas, que conducía á
-la alta puerta del patio de honor, flanqueada por cubos ó tamboretes,
-y superada por gallardo escudo con penachos de hiedra. La decoración
-entrevista parecióle grandiosa. Al mismo tiempo, sintiendo que le
-lastimaba la grosera albarda del jaco, se acordó de sus lindos _poneys_
-de París, hoy vendidos, y pensó con melancolía que probablemente
-nunca le sería dable oprimir el lomo de otro animal tan fino y tan
-ardiente como _Digby_, hijo del famoso _Douglas I_ y de la yegua árabe
-_Zelmira_, traída de Argel por el coronel de spahis La Morlière... El
-_hombre viejo_, el civilizado epicúreo, renacía ya, sin querer.
-
- [Ilustración]
-
-Ocurriósele, además, que iba á pasar una noche de perros, y varios días
-y noches no más agradables, porque el tal castillote debía de estar
-incivil, después de tantos años que no se habitaba. El mayordomo, de
-quien sólo sabía Gastón que se llamaba don Cipriano Lourido, y que era
-alcalde de la Puebla, si bien no había sido avisado de la llegada
-del amo, una cama, al menos, se la podría ofrecer. Con esta confianza
-empujó la cancilla de troncos sin labrar que sustituía al portón
-bardado de hierro, y penetró en el patio, llamando á gritos por alguno.
-Telma, apeándose ágilmente, comenzó á gritar también. El áspero ladrido
-de un perro fué la única respuesta. La puerta del castillo estaba
-cerrada á piedra y lodo. Por fin, á una ventana con reja se asomó un
-rostro lleno de arrugas, y una vejezuela preguntó con hostil acento:
-
---¿Quién anda por ahí?
-
-Telma, en dialecto, respondió, no menos enojada:
-
---Es el amo, el señorito, el dueño de esta casa, y si no abrís pronto,
-veréis lo que os sucede.
-
-La bruja desapareció, y por diez minutos no se oyó nada; diríase que
-era un castillo encantado. Entonces el bagajero, rascándose la cabeza
-con sorna, dió su parecer:
-
---Convendría que el señorito bajase á aposentarse en la Puebla, porque
-don Cipriano Lourido había más de cuatro años que no vivía en el
-castillo; como que tenía en la plaza una casa muy magnífica... Allí, en
-el castillo, sólo estaban unos caseros, puestos por Lourido mismo...
-Era dudoso que abriesen á tales horas.--¿Y por qué no me dijiste eso
-cuando me bajé de la diligencia, pavisoso?--exclamó Gastón.
-
---¡Señorito... porque no me preguntaban...!--repuso el bagajero con
-gran flema.
-
-Iba el castellano de Landrey á montar en cólera, cuando corrieron
-unos rechinantes cerrojos, abrióse la puerta, y el casero, receloso y
-humilde, apareció murmurando:
-
---Buenas noches nos dé Dios...
-
-Á la luz de una mala candileja de petróleo, subió Gastón la escalera de
-piedra que conducía á un piso alto. Eran aposentos vastísimos, salones
-más bien, con desconchadas pinturas al temple y restos de un mobiliario
-que debió de ser suntuoso, pero que se caía á pedazos, destruído por
-el abandono y la humedad. En algunas partes el techo se encontraba
-agujereado, y el chorreo de las goteras había podrido el piso, cuyos
-carcomidos tablones cedían bajo el pie. Notábanse también sitios
-vacíos donde habían existido muebles, y tablas arrancadas, quién sabe
-si para cebar el fuego en una noche de invierno. Telma, recorriendo
-todas las habitaciones mientras Gastón comprobaba estos detalles,
-volvió despavorida: ¡no había sábanas, no había manteles, no había
-comida, no había leña, no había nada, nada, y allí era imposible vivir!
-
---Una noche se pasa de cualquier modo, mujer, y mañana Dios
-dirá,--respondió el mozo haciendo de tripas corazón.--Aún tenemos
-fiambres del viaje, y hay media botella de ponche sueco. Dormiré
-envuelto en mis mantas, y tú te arreglarás con tus mantones.
-Paciencia...
-
---Yo, si lo siento, es por el señorito,--contestó la criada.--Lo que
-es por mí... ¡Ay, señorito! este castillo pone miedo á cualquiera.
-Cuando salí de aquí tenía yo dos años; me llevó consigo doña Catalina,
-que me quería mucho, y después quedé con don Felipe, su abuelo de
-usted, que en paz descanse... No sé cómo estaría esto en vida de don
-Martín. Pero siendo ya muchachona, vine á asistir á mi padre cuando
-murió, y me acuerdo muy bien de que aquí no faltaba cosa ninguna: ni
-el mueble de seda, ni las camas con adornitos de metal, ni la blancura
-en los armarios, ni los relojes riquísimos, que los trajera don Martín
-de Inglaterra... Mi padre lo cuidaba todo, y daba gloria ver estas
-habitaciones. Pues no ha pasado tanto tiempo, ¡treinta y tantos años!
-¿Dónde va la riqueza que aquí había? El casero dice que á él se lo
-entregaron así...
-
- [Ilustración]
-
-No hizo objeciones Gastón, y aunque ardía en deseos de registrar su
-morada, comprendiendo que sin luz sería imposible, resolvió despachar
-el ala de pollo y la terrina de hígado trufado que aún le quedaba,
-y enrollando al cuerpo la manta, se tendió sobre un canapé Imperio,
-desvencijado, ratonado y con hernias de pelote.
-
-Ya se deja entender que dormiría medianamente, y que no fué menester
-que le despertase el vigilante gallo. Á la primera luz matutina se puso
-en pie molido como cibera, y sacudiéndose y esperezándose, examinó
-mejor la sala donde había pasado la noche, encontrándola, si cabe,
-más maltratada y lastimosa. Sin embargo, una nota alegre y fresca le
-regocijó; era una golondrina, que entrando por la ventana sin vidrios,
-exhaló un pitío al huir asustada de la presencia de un ser humano.
-
-Al pronto Gastón, sorprendido, ni recordaba por qué estaba allí, en
-aquel desmantelado salón. Recordó de súbito, y la idea del tesoro se
-le figuró entonces un gracioso disparate, inspirado en una novela
-del género de Ana Radcliffe.--¡Haber venido aquí por eso!--pensó,
-embromándose á sí mismo. La verdad es que no era por eso sólo; también
-huía de la trapisonda de sus asuntos en Madrid, de las caras compasivas
-ó desdeñosas que suelen ver los tronados; huía de los compromisos, del
-veraneo en Biarritz ó en Bélgica, en el suntuoso _château_ moderno
-de la Casa-Planell, de todo lo que antes formaba su placer y su
-costumbre... Volvía á Landrey, á la casa de la familia, arrojado por
-la tempestad.--Sin embargo, el tesoro había sido la estrella de su
-peregrinación... «¡El tesoro!» Llamó risueño á Telma, y sacando de la
-cartera algunos billetes,--porque el día de la marcha había mal vendido
-á la _Pimiento_, corredora de alhajas, diez alfileres de corbata
-primorosos, entre ellos el de la _lágrima negra_, perla muy rara que
-perteneció á Sara Bernhardt,--dijo perentoriamente:
-
---Hoy mismo traerás de la Puebla lo necesario para tí y para mí... Ropa
-blanca sobre todo... Buscarás un carpintero y un albañil... ¡ah! y un
-vidriero... Hay que poner habitables dos dormitorios, un comedor y la
-cocina... Después veremos...
-
---Beba el señorito esta leche,--suplicó ella presentándosela en
-grosero cuenco de barro.
-
-Gastón la bebió de bonísima gana, y Telma añadió:
-
---¡Si viese cómo escondían la vaca y regateaban la ordeñadura los
-bribones de los caseros! Se la he sacado á tirones...
-
---¡Págales, págales su leche!
-
---¡Valientes pillos! ¡Como si no fuesen del señorito los prados y el
-dinero de la aparcería y el establo y todo!--refunfuñó Telma saliendo
-con aire belicoso, dispuesta á volver patas arriba la Puebla en un
-santiamén.
-
-Emprendió Gastón la exploración del interior de su residencia, y volvió
-á comprobar su estado lamentable. Lo que más le llamó la atención fué
-que, aparte de la acción del tiempo y del abandono, había sitios en que
-colaboraba con ellos la mano del hombre. En los techos, sobre todo,
-notábanse huellas de vandalismo; las vigas arrancadas y el pontonaje
-descubierto. Varios salones, amueblados antaño, carecían de mobiliario,
-no quedándoles más que algunas sillas cojas, ordinarias, que jamás
-debieron de pertenecerles. Y, cosa más singular aún, en las paredes,
-donde no era posible que el edificio hubiese sufrido tanto, á raíz del
-piso, notábanse grandes espacios que sin duda se habían desmoronado,
-cuidadosamente recompuestos con recebo y llano muy recientes.
-
-Buscando la escalera por donde penetraron la noche anterior, Gastón
-salió al vasto zaguán, y de allí al patio, deseoso de dar un vistazo á
-la parte exterior del castillo. En la tupida vegetación que alfombraba
-el patio, sólo blanqueaba un sendero, abierto por el paso de la gente.
-La fachada que caía á este patio era la del cuerpo de edificio donde
-había dormido Gastón; fachada relativamente moderna, de mediados del
-siglo XVIII, que decoraba una portada con columnas corintias y un
-escudo barroco con casco y cimera de plumaje enroscado.
-
- [Ilustración]
-
---Este es,--pensó Gastón,--el Pazo, construído por mi tatarabuelo, á
-quien debía de parecerle, y con razón, muy incómodo el castillo.
-
-Á la derecha alzábase una tapia, la del huerto, cuyos manzanos y
-perales sobresalían del caballete, y á la izquierda una recia poterna
-abovedada daba acceso al recinto del castillo. Faltaba la puerta, y
-Gastón se metió libremente en el recinto donde, como guerrero símbolo
-de gloria, crecía denso matorral de laureles, árbol que vive á gusto
-entre las piedras. Desviando aquella maleza aromática y trepando por
-una brecha del derruído parapeto, llegó Gastón al segundo recinto, y
-rodeándolo se halló al pie de la blasonada puerta de medio punto, de
-bien cortadas dovelas. Era la torre del Homenaje, todavía erguida y
-almenada, y que dominaba al conjunto propiamente llamado el castillo,
-obra que en el fino ajuste de sus piedras y en la solidez y elegancia
-de sus proporciones, así como en el diseño ojival de sus ventanas,
-proclamaba á voces ser construcción del siglo XV, época de esplendor
-para los señores de Landrey, ya entonces bien arraigados en el país, y
-siempre protegidos de los reyes de la casa de Trastamara. Prolongábase
-el recinto fortificado hasta mucho más allá de la torre, y formaba
-una especie de arrecife sobre el valle, indicando cuánta tuvo que ser
-la resistencia y poderío de aquel castillo, frecuentemente amenazado
-en las guerras de Portugal y en las luchas intestinas que señalaron
-el advenimiento al trono de la primera Isabel, en perjuicio de doña
-Juana, la _Beltraneja_. Parte del recinto, el que gozaba del mediodía,
-se había utilizado para construir el Pazo y plantar el huerto; en
-otra parte se cosechaba maíz; pero todo un lado, el que dominaba el
-río, encontrábase lo mismo que en tiempo de los Landrey belicosos;
-derruídos paredones, zarzales, y hasta robles ya corpulentos obstruían
-los baluartes á los cuales el río servía de inexpugnable foso natural.
-En la parte más saliente de la especie de península que formaba el
-conjunto del castillo, Gastón se detuvo al pie de otra torre, ó por
-mejor decir, de las cuatro paredes ya en parte desmoronadas de un alto
-y angosto torreón, erguido y majestuoso, negruzco y cayéndose de vejez
-con saeteras y pocas y estrechas ventanas, á todas luces muy anterior
-al castillo. Aquel era el verdadero solar, la primitiva madriguera
-del compañero de Beltrán Claquín, del hijodalgo bretón que vino á
-hacer casta en tierra española; y Gastón, penetrado de cierto respeto
-inexplicable, se paró al pie de la torre, cuya puerta, muy baja,
-obstruía un montón de piedras.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- VI
-
- El Norte
-
-
-En esta exploración del conjunto de Landrey se le había pasado la
-mañana á Gastón, pues era vasto el circuito, las construcciones muchas,
-y el mozo, imbuído y guiado sin advertirlo por la secreta ilusión del
-tesoro, se detenía involuntariamente más de lo razonable á reconocer la
-configuración de una muralla, ó la dirección de un pasadizo. Despierto
-el apetito con el aire puro, volvióse á casa á esperar á Telma, que de
-allí á poco apareció por la calzada seguida de un borrico cargado de
-trastos y de dos fornidos gañanes portadores de varios bultos y líos.
-No se desdeñó Gastón de ayudar á la descarga, hecha la cual, Telma
-se dió prisa á aderezarle algo que comiese, dejando para después el
-acomodo del ajuar.
-
---Señorito,--advirtió Telma alzados los manteles,--casi no he gastado
-nada, porque no encontré dónde comprar ropa ni colchones. Todo viene
-prestado; ¿y sabe quién nos lo presta? ¡El caifás de Lourido! Del lobo
-un pelo. Me salió al encuentro, hecho pura jalea, y tumba conque el
-señorito no debía venir sin avisarle, y vuelta conque fuese á parar
-en su casa, donde hay todas las comodidades, y que aquí el señorito
-no puede vivir. Y ahí tiene, que los colchones son de don Cipriano,
-y las mantas de don Cipriano, y el quinqué de don Cipriano, y sólo
-pude comprar el mineral, los platos, las ollas y las sartenes... Para
-eso, don Cipriano me obsequió con un paquete de café molido, y unos
-dulces... ¡Si levantase la cabeza doña Catalina y viese al señor de
-Landrey obsequiado por Lourido, que llegó á casa en pernetas--bien me
-acuerdo--y que la primer noche le hizo mi padre fregar con estropajo
-la cara, porque daba asco de tanta roña! ¡Si traía el hombre
-cazcarrias del año que se las pidiesen!
-
---Telma,--preguntó Gastón interrumpiéndola,--tú que has vivido mucho
-tiempo en esta casa, explícame... Aquí hay una torre muy vieja, muy
-vieja. ¿La recuerdas habitada alguna vez?
-
---¿Dice esa tan negra, tan fea, que le llaman de la Reina
-mora?--respondió Telma riéndose.
-
---¿De la Reina mora?--repitió Gastón sorprendido.
-
---¿No sabía que tiene ese nombre? Verdad que como el señorito no ha
-estado aquí nunca... Esa torre, señorito, es la abuela de todas, la
-que dicen que se edificó primero, hace una barbaridad de años. Y
-también cuentan... ¿pero quién da crédito á mentiras? que en esa torre
-estuvo presa una mora, muy guapísima, una reina de allá entre ellos,
-que la trajo de la guerra un señor de Landrey; y que la mora se puso
-muy triste de verse así emparedada, y se quedó seca, seca, hasta que
-se murió, y que la enterraron con unas alhajas que tenía magníficas,
-collares y pulseras, y pendientes y muchas preciosidades, allí mismo
-debajo de la torre, en una cueva atroz que no se sabe á dónde va á
-parar... ¡como que anda diez leguas arreo por debajo de la montaña!
-¡Cuentos, cuentos!--añadió Telma echándola de espíritu fuerte.
-
-Oía Gastón con palpitante interés. La popular conseja, enlazada en
-su imaginación á los datos auténticos que él solo conocía en el
-mundo, le causaba una excitación indescriptible. En su exploración
-matinal no había dejado de orientarse y de advertir que la caduca y
-semidesmoronada torre caía al Norte con tal precisión como si fuese
-la aguja imantada y Landrey un inmenso navío. Recordaba las palabras
-del manuscrito, que se había aprendido de memoria: «Hallarás lo que
-buscares, si guiado por el Norte...» Á hacer su gusto, inmediatamente
-se volvería á la torre, para seguir registrando, ya con doblada
-insistencia, sus piedras reveladoras; pero se lo estorbó una visita
-intempestiva, la del señor Lourido en persona, que apeándose de una
-redonda y bien cuidada yegüecilla castaña, subía las escaleras todo lo
-apresuradamente que su obesidad permitía. La adversidad había empezado
-ya á adiestrar á Gastón, y el instinto le dictó recibir al apoderado
-con muestras de cordialidad y contento, lo mismo que si estuviese
-encantado de sus buenos oficios y hubiese hallado á Landrey en el
-estado más floreciente.
-
- [Ilustración]
-
---Á éste es preciso verle venir,--pensó mientras observaba con atención
-la cara de don Cipriano, tosca y vulgar, colorada y morena, pero con
-rasgos de incomparable astucia y disimulo en los diminutos y recelosos
-ojuelos, en la arremangada nariz y en la voraz y blanquísima dentadura,
-que conservaba intacta á los cincuenta y cinco años.
-
-Don Cipriano venía, claro es, á saludar al señorito; á dolerse de que
-no le hubiese prevenido de su llegada, en cuyo caso le esperaría en la
-estación, y le traería mejor montado y atendido, no á Landrey, sino
-á la Puebla, porque estarse en Landrey era una locura, y el señorito
-no debía tardar nada en bajar á residir en casa de don Cipriano, donde
-podrían muy en paz tratar de los asuntos--y Lourido recalcaba la
-palabra, dándole especial significación.
-
---Mil gracias,--dijo Gastón con cortesía;--pero yo he venido para
-vivir en Landrey. Me dolía que este castillo estuviese deshabitado,
-abandonado...
-
---Se han hecho en él muchísimas reparaciones, señorito,--contestó
-precipitadamente el apoderado,--y eso que no había... (ademán expresivo
-de refregar el pulgar contra el índice). Yo no cesaba de remendar... (y
-así diciendo, señaló á la pared).
-
---Ya veo que ahí se ha trabajado,--declaró Gastón,--pero en cambio, las
-vigas de los techos parece que están arrancadas á propósito...
-
-Dijo estas palabras Gastón en tono chancero, para que no sonasen á
-reprensión, y no pudo menos de sorprenderle el efecto que causaron
-en Lourido, cuyos ojos cautelosos é inquietos se revolvieron en las
-órbitas á estilo de los del ratón cogido en la ratonera y que no sabe
-por dónde salir.
-
---El señorito,--articuló al fin con voz turbada,--no sabe lo que es
-una casa vieja... Allá por las tierras donde anduvo el señorito, las
-casas son nuevas... ¿Piensa el señorito que las vigas son de hierro?
-¡Los años pueden mucho... las vigas se caen!...
-
---Ya lo sé,--respondió Gastón diplomáticamente.--Comprendo bien que
-habrá usted tenido que luchar con mil dificultades... No, si no es que
-me queje. Al contrario: tengo que darle á usted las gracias por todos
-los trastos que hoy me envió. Si no es por usted, no duermo entre
-sábanas...
-
---Créame el señorito,--insistió Lourido ya más sereno.--Véngase á la
-Puebla, y no viva más entre polilla y _ratas_. En mi choza no carecerá
-de nada.
-
---Ya me han dicho que tiene usted la mejor casa del pueblo...--murmuró
-Gastón,--y se la envidio, pero por ahora quiero estarme entre estas
-paredes ruinosas.
-
---El castillo está cayéndose; si el señorito piensa hacer obras,
-mírelo bien antes,--indicó Lourido;--porque le tiene que costar miles y
-miles de pesos... Ya hablaremos de esto, señorito, porque usted ignora
-muchas cosas de que yo le puedo enterar, y le conviene, antes de dar
-paso ninguno: el que llega de fuera viene con los ojos cerrados: sería
-una lástima meterse en trifulcas.
-
---Ya bajaré á la Puebla á tratar de eso con usted,--repuso Gastón,
-disimulando la ironía,--y crea que sin su acertadísimo y amistoso
-consejo no emprenderé nada. En efecto, estoy á ciegas.
-
---Me parece que sí,--declaró perentoriamente el apoderado, cada vez más
-tranquilo, y reventando de importancia.
-
- [Ilustración]
-
-Prolongáronse visita y ofrecimientos hasta muy entrada la tarde, y
-Gastón, por aquel día, renunció á curiosear sus dominios. Acostóse
-con las gallinas, y madrugó al día siguiente, saliendo cuando la
-aurora principiaba á dorar las cimas del hemiciclo de montañas que
-por dos lados circunda á Landrey. Si altas razones de discreción no
-nos lo vedasen, aquí venía á pelo especificar dónde se extiende esa
-comarca deleitosa; pero sea lícito decir que Landrey está situado
-en la falda de una de las sierras en que espiran, entre los cabos
-Ortegal y Finisterre, las últimas ondulaciones, apenas sensibles, de
-la cordillera Cantábrica. Gastón, al dirigirse tan de mañana á la
-torre, llevaba el propósito de trepar hasta su mayor altura y dominar
-el panorama completo. No sin trabajo consiguió salvar las gruesas
-piedras y los escombros hacinados ante la puerta, y muy arañado de
-manos saltó al interior. Era mayor allí la ruina. Trozos enteros
-de pared, desmoronándose, habían atascado la sala baja, siendo muy
-arduo reconocer su forma. Gastón ascendió por los escombros hasta
-poner el pie sobre una de las piedras salientes donde se sostenía la
-escalera y la armazón del piso. Aprovechando este auxilio y las mismas
-desigualdades de la pared, y no sin riesgo de caer de cabeza sobre los
-derrumbados sillares; cogiéndose á las plantas parásitas que cedían
-bajo su mano, y con una audacia loca, logró llegar á donde aspiraba; á
-la ventana del último piso de la torre. Ya en ella, pudo acomodarse con
-toda seguridad, pues el hueco de la ventana, con sus dos poyos, formaba
-una especie de gabinete, y ofrecía asiento seguro su antepecho. El
-elegante marco de la esbelta ojiva encerraba un cuadro maravilloso.
-
-Gastón, al pronto, sintió mareo. La torre, por aquel lado, se fundaba
-en escueta roca que descendía al río, si no tajada, al menos en rápido
-declive; natural defensa que no habían desaprovechado los fundadores.
-Al fin se serenó Gastón, familiarizándose con la altura, y requirió sus
-gemelos marinos, de los cuales viajando no se separaba nunca. Graduólos
-y se recreó en el paisaje. La sierra apenas dibujaba, en lontananza,
-sus crestas blandas, de un violeta suave, como el de un collar de
-amatistas, y al pie de la torre, el río, uno de esos ríos gallegos
-profundos y callados, que ni se secan ni se desbordan, iba ensanchando
-su curso hasta desembocar en el mar, formando antes la apacible ría que
-baña el arenal de la Puebla, reluciente á los primeros rayos del sol
-como polvillo de oro. La línea del mar era de rosado nácar con vetas
-de azul turquesa, y los grandes bosques, en la vertiente, de un verdor
-fino, primaveral. Una paz encantadora, una alegría juvenil ascendía de
-la naturaleza, que parecía salir de un embalsamado baño de rocío.
-
- [Ilustración]
-
-La Puebla la veía Gastón tan distintamente, con su caserío blanco de
-techos rojos entreabiertos á manera de abanico de cinco varillas--las
-únicas cinco calles algo importantes del pueblo--que hubiera podido
-contar las casas, como podía contar las lanchas pescadoras que,
-izando la airosa vela latina, se desparramaban ya por la opalizada
-extensión del mar. La plaza de la Puebla se le metió por los oculares
-á Gastón, y vió, en la torre de la humilde iglesia parroquial, el
-entrar y salir de los pájaros, y la cuerda de las campanas. Frente á
-la iglesia, haciendo esquina con el Ayuntamiento, se alzaba nueva,
-flamante, una estupenda casa, horrible grillera de cuatro pisos y
-bohardillón, toda reluciente, pintorreada de verde rabioso, con triple
-galería de cristales, y encima de la puerta una charolada lápida
-de _seguros mutuos_, testimonio de sabia previsión en el dueño...
-Cuando el señorito de Landrey tenía asestado su anteojo al palacio de
-Lourido,--no podía ser menos,--en una de las galerías, muy adornada de
-enredaderas, aparecieron dos mujeres, una joven y otra madura, ambas
-desgreñadas, en faldas y justillo, recién salidas de la cama, porque
-se desperezaban aún. La joven, á lo que se percibía con ayuda de los
-gemelos, era fresca, colorada, blanca, y una copiosa melena rubia,
-suelta, flotaba desordenadamente por su cuello y hombros. «Es la hija
-de don Cipriano,» pensó Gastón; y por resabios malos, aferró el anteojo
-y encandiló el mirar. Una mímica expresiva de las dos mujeres indicó
-que discutían y se enzarzaban; el displicente gesto de la doncella, sus
-ademanes y rabotadas, respondían á los airados manoteos de la dueña,
-asaz puntiaguda de huesos y de muy fea anatomía. De pronto la vieja
-agarró un brazo de la joven, y ésta, desprendiéndose como una culebra,
-enseñando el puño, huyó al interior del aposento. La galería quedó
-desierta...
-
-Varió entonces la dirección del indiscreto anteojo, y torciéndolo á
-la derecha, admiró los manchones de castaños, y más allá los sombríos
-pinares. De un campanario semioculto entre arboledas, le trajo el
-viento el argentino son de la campana tocando á misa. Al herir sus
-oídos este toque familiar, tan gozoso en el campo, cuya soledad
-dulcifica, en el cristal de los gemelos se encuadró una vista nueva,
-no observada hasta entonces. Era una quinta con su huerto, cercada por
-una tapia de mampostería: la casa no parecía nueva, sino restaurada;
-el balconaje de arcos de piedra que tenía al frente denunciaba la
-reparación. Por las columnas trepaban rosales floridos, y delante de la
-casa, un jardín á la inglesa rodeaba un estanque natural, ó diminuto
-lago, sombreado por árboles péndulos. Más lejos, el jardín frutal y
-varias dependencias, una era y un hórreo grande, indicaban que allí no
-se cultivaban sólo flores y plantas de adorno. Cuando Gastón notaba
-este detalle, de la casa salió corriendo un niño, y tras él un perro
-negro, saltando y haciéndole fiestas; minutos después, una mujer
-vestida de claro, cubierta la cabeza con anchísimo sombrero de paja, se
-reunió al perro y al niño. No era fácil detallar á aquella distancia
-las facciones de la dama del jardín; pero que era dama, se conocía á
-tiro de ballesta, en los movimientos, en la esbeltez de la silueta, y
-hasta en el sombrerón, que se quitó un instante; entonces Gastón pudo
-distinguir que tenía el pelo oscuro. La dama asió al niño de la mano,
-le halagó y se lo llevó hacia los árboles, donde el grupo desapareció.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- VII
-
- La torre de la Reina mora
-
-
-Estas últimas vistas del anteojo tuvieron la virtud de dejar pensativo
-á Gastón. No había cumplido los treinta, y estaba preparado por su
-vida anterior, por la atmósfera de molicie y sensualidad respirada,
-á que la mujer, en el hecho de serlo, le causare efecto perturbador.
-No era Gastón un vicioso libertino, y esta verdad la llevaba escrita
-en la tersura de sus sienes, en la humedad y brillo de sus ojos; pero
-como ningún freno moral conocía desde la pérdida de su madre; como
-á nada serio había aspirado; como no enderezaba su existencia hacia
-ningún fin, el capricho y epicureísmo egoísta se habían apoderado de
-él, tomando cuerpo en esos juegos y antojos de la imaginación y de los
-sentidos, sueltos como potros brincadores.
-
-Bien registrado el panorama, quiso Gastón bajarse de su observatorio.
-El descenso era más peligroso aún que la subida, y dos ó tres veces
-creyó que caería precipitado. Al fin se vió salvo sobre los escombros,
-y entonces, olvidado ya de otras fantasías, se dedicó á examinar las
-ruinas hacinadas. No pudo menos de fijarse en que alguna de las piedras
-caídas ofrecían el aspecto, no de haberse desmoronado por la acción del
-tiempo, sino de ser arrancadas violentamente. Hasta mostraban aristas
-rotas por el hierro. Estas piedras señaladas así ocupaban un ángulo
-de la torre, y formaban un montón bastante alto; sin embargo, Gastón,
-resueltamente, hizo rodar dos ó tres de la cima, y vió con sorpresa
-que el montón cubría una puertecilla muy baja. Apartó más piedras,
-descansando cuando le fatigaba aquel trabajo rudo, y después de mucho
-bregar, logró descubrir de la puertecilla lo bastante para dar paso
-al cuerpo de un hombre. Mal como pudo, por ella se coló, encontrándose
-en un pasadizo angosto, abovedado, torcido, en declive, y tan bajo
-de techo, que Gastón lo seguía encorvándose hasta la tierra. Pronto
-terminaba el pasadizo, en el primer peldaño de una escalera de caracol
-de piedra, no menos estrecha y angustiosa.
-
-Bajóla Gastón encendiendo fósforos, pues la obscuridad era completa,
-y por la dirección de aquel conducto juzgó que debía de hallarse á
-la izquierda de la torre, hacia el castillo propiamente dicho. Hasta
-veintiún peldaños contó Gastón, y al concluir de bajarlos, desembocó en
-un aposento subterráneo, sin rastros de ventilación ni de luz, redondo
-y abovedado también. No podía dudar que fuese un calabozo, el _in
-pace_ de la torre feudal. Gastón había oído hablar de estos _in pace_,
-creyendo siempre que sólo existían en la imaginación de los novelistas
-y de los arqueólogos; y al encontrarse en aquel lugar donde supuso que
-habían languidecido los enemigos del poderoso señor de Landrey, se
-estremeció profundamente. Repuesto, y encendido otro fósforo, examinó
-la mazmorra, movido por un interés que ya nada tenía de humanitario.
-¿Descubriría allí, por felicísima casualidad, el _camino que seguían
-los antiguos_, la veta que guiase hasta el filón áureo del tesoro?
-Fosforito tras fosforito, Gastón reconoció las paredes y el techo,
-que tocaba con la mano. Una vegetación verdosa, húmeda, resbaladiza,
-cubría las piedras, pero no había en ellas señal de abertura, de reja,
-de argolla, ni de ninguna otra particularidad de las que indican una
-entrada secreta. Los sillares eran gruesos, sólidos, bien trabados,
-y el pavimento tampoco presentaba nada de anormal; raso como las
-paredes, sin indicio de trampa ó sumidero. Golpeó Gastón por todos
-lados, y no sonó á hueco. Entonces fatigado ya, con las yemas de los
-dedos abrasadas, desanduvo el camino, y salió á ver el sol, á respirar
-libremente.
-
- [Ilustración]
-
-Rióse de sí mismo. ¿Pues no había entrevisto, en su fantasía, el
-tesoro? Sentóse en los escombros, y, cogiéndose la cabeza entre las
-manos, concentró el pensamiento en la hipótesis. Todas las fuerzas de
-su inteligencia se pusieron en juego, solicitadas por el problema de
-que dependía su porvenir.
-
-¿Existía en realidad el tesoro, no aquí ni allí, sino en alguna parte,
-oculto, difícil, pero no imposible de encontrar? ¿Ó era sólo delirio de
-un moribundo y una reclusa? Y si no deliraban, si en efecto el tesoro
-se depositó en algún escondrijo del castillo, ¿no lo había descubierto
-nadie durante los sesenta y pico de años que la mansión de Landrey
-llevaba entregada á manos pecadoras? ¿Aquel don Cipriano Lourido, ave
-de rapiña cebada en el cuerpo de sus amos, no podría haber olfateado
-las enterradas riquezas?
-
-Al ocurrírsele esta probabilidad, Gastón se fijó en ella, herido
-por un destello luminoso. Recordó las vigas arrancadas, las paredes
-recebadas de nuevo, las piedras de la torre removidas á mano y
-amontonadas como para disimular la puerta, y estas señales extrañas le
-pareció que demostraban con elocuencia la sospecha que germinaba en su
-espíritu.
-
---Si Lourido no descubrió el tesoro, por lo menos lo ha
-buscado,--discurrió con lógica.--¿Será esa la explicación de su fortuna
-y el cimiento de aquella casa tan maja en la plaza Mayor de la Puebla?
-
-Otra vez repasó en la memoria las palabras del papelito amarillento:
-«Hallarás lo que buscares...» Con la ayuda del plano quemado por doña
-Catalina, debían de ser clarísimos los pocos y enigmáticos renglones.
-Faltando el plano, un logogrifo. Lourido no tenía ni plano, ni el
-papelito siquiera.
-
---Le llevo una ventaja,--dedujo Gastón,--y si no acierto es que seré
-doblemente torpe que él.
-
-Volvió á recordar la misteriosa cláusula: «Si guiado por el Norte
-siguieres el camino que seguían los antiguos en peligro de muerte...»
-¿Cuál podía ser el maldito _camino_? Se golpeó la frente Gastón.
-¡Una mina que permitiese á los moradores del castillo, sitiados y no
-pudiendo resistir, huir por ignorado subterráneo y salvarse! ¡Una
-mina... la mina que las gentes del país prolongaban diez leguas, y
-donde creían sepultada á la Reina mora!
-
-¿De qué manera encontraría la mina? Por dos sitios podía intentarse; ó
-desde el castillo mismo, ó donde desembocase: á orillas del río, ó en
-la montaña. La única indicación algo exacta era la de «guiado por el
-Norte.» Al Norte estaba la torre vetusta, y de ella tenían que arrancar
-las exploraciones. Sin embargo, el calabozo no ofrecía resquicios; la
-obra subterránea del torreón moría allí.
-
---Volveré con una linterna, un pico y una pala,--pensó Gastón, que
-lejos de desalentarse, sentía crecer su engreimiento.
-
-Engolfado en tales propósitos le sorprendió un ruido á sus espaldas.
-Eran dos voces, una infantil, otra muy timbrada, de mujer, que
-discutían. Antes que se diese cuenta de nada Gastón, un niño como de
-ocho años saltó por las piedras hacinadas en la puerta, á riesgo de
-torcerse un pie, y con agilidad vino á caer al lado de Gastón, que le
-amparó con los brazos, le sostuvo y le libró de un descalabro cierto.
-La mujer exhaló un chillido y trepó impetuosamente por las primeras
-piedras en seguimiento de la criatura, y Gastón corrió en su auxilio,
-gritando:
-
---Cuidado, señora... que esas piedras ceden... apóyese usted...
-
-Ningún caso hizo la señora del ofrecimiento; ligera como una corza
-salvó el montón de ruinas, y brincó al otro lado, palpando al niño con
-ansiedad. Segura ya de que no se había hecho daño alguno, volvióse á
-Gastón diciendo:
-
---Mil gracias... ¡Si no es por usted, este diabólico...!
-
- [Ilustración]
-
-Mirábala Gastón de hito en hito, sorprendido de la aparición. Tenía
-delante á una mujer que representaba de veintiséis á veintiocho años,
-alta y bien proporcionada, de gentil presencia. Su traje, singular
-en aquel rincón del mundo, era el que prescribe la moda á las
-excursionistas; una falda de tartán escocés á cuadros verdes y azules,
-bastante corta, polainas de paño sujetando fuerte y holgado zapato de
-cuero, y gabancillo de alpaca azul, recto y flojo, sobre el cual un
-cuello vuelto, de batista sin almidonar, dejaba libre la garganta. Esta
-era morena y mórbida, y remataba en una cabeza que no podía llamarse
-hermosa, pero sí expresiva y agraciada. El sol y el aire habían dorado
-la tez, y sus tonos de ágata fina aumentaban la luz de los garzos ojos
-y la frescura de la boca limpia y grande. El cabello, oscurísimo, se
-recogía en sencillo rodete bajo el sombrero marinero de paja amarilla,
-sin más adorno que el ala disecada de una paloma. Llevaba la señora
-guantes gruesos, de hilo, y á la cintura una escarcela de charol.
-Gastón se inclinó, se descubrió y dijo extremando el rendimiento:
-
---¡Ojalá fuese verdad que yo hubiese tenido la fortuna de servir á
-usted de algo! Soy tan inútil, que ni aún quiso usted que la ayudase á
-salvar las piedras...
-
---Estoy muy acostumbrada á pasos difíciles,--respondió la
-excursionista,--y como usted comprenderá, ahí por los pedregales y los
-derrumbaderos no siempre se encuentran señores amables que ofrezcan la
-mano... Miguel, hijo mío, dí, ¿no te has hecho mal?
-
---¡Qué mal!--chilló el travieso con vocecilla aguda.--¡Si no necesité
-del señor! Salté perfectamente solo...
-
---Calla, fanfarrón... Si no fuese tu antojo de entrar en la torre de
-la Reina mora, no molestábamos á este caballero... Dale las gracias, y
-vámonos, que es preciso volver á casita antes que se enfríe el caldo...
-
---¡Yo no me voy!--replicó el chico.--¡No me voy sin buscar el tesoro!
-
-Atónito se quedó Gastón al pronunciar el niño tales palabras.
-
---¡El tesoro!--repitió con una emoción que le ponía la voz temblona.
-
---El tesoro de la Reina mora,--explicó la dama riendo.--¿Es usted
-forastero? Entonces no tiene nada de particular que no sepa que en esta
-torre estuvo cautiva una sultana, y la sepultaron con sus alhajas en
-una mina descomunal que hay debajo, y que llega hasta los antípodas...
-
-Gastón sintió frío... En vez de confirmar sus ilusiones, la leyenda,
-referida así en chanza, las prestaba color de insensata quimera. ¡La
-graciosa boca que se burlaba de la mina, disipaba á la vez los sueños
-de oro!
-
---Nada de eso sabía, señora,--dijo disimulando el cuidado,--pero si el
-tal tesoro anda por aquí, Miguelito y yo lo encontraremos.
-
---¡De fijo!--contestó con el mismo aire de buen humor la dama.--En
-asociándose...
-
---Para que Miguelito y yo nos asociemos--insistió, Gastón,--es
-preciso que su mamá nos autorice á ser amigos; y para que se digne
-autorizarnos, que sepa quién es el futuro amigo de Miguelito... Me
-llamo Gastón de Landrey.
-
---¡De Landrey!--repitió ella con acento de sorpresa y simpatía.--¡Es
-usted el dueño del castillo!
-
---En este momento no,--contestó Gastón galantemente.
-
---Gracias otra vez... ¡Landrey!--murmuró la señora como hablándose á sí
-misma.--¡Qué bonito nombre! ¡Qué antiguo en este país! ¿Es la primera
-vez que viene usted á su casa?
-
---Sí, pero me detendré bastante tiempo.
-
---¡Bien hecho! Lo merecen estas pobres piedras tan simpáticas y tan
-abandonadas. Me alegro en el alma de que esté aquí el señor de
-Landrey... y celebro que haga amistad con Miguelito, y que desentierren
-los capitales de la sultana, que ya habrán criado moho... Como usted no
-va á adivinar mi nombre, me presentaré, aunque sea incorrecto. Me llamo
-Antonia Rojas, viuda de Sarmiento, y vivo en una casita de campo, á
-poco más de un cuarto de legua de aquí. Si en algo podemos servirle...
-
- [Ilustración]
-
---Conozco la casa. Es más, la he visto á usted en ella...
-
---¿De veras?
-
---Esta mañanita, á cosa de las seis, en el jardín... Miguelito
-estaba cerca del estanque, y usted salió de casa; llevaba usted un
-traje claro, y un sombrero mayor que ese... Cogió usted de la mano á
-Miguelito... ¡Ah! También había un perrazo negro, muy hermoso...
-
-Ligero rubor se extendió por la morena cara de la viuda, y Gastón
-comprendió que pecaba de indiscreto. Sus reflexiones lo eran, de
-seguro, pues giraban alrededor de un punto que realmente no tenía por
-qué importarle:
-
---¿Esta mujer que la casualidad me trae aquí, es una persona formal?
-¿Es siquiera lo que se dice una señora?
-
-La fatuidad y la extrañeza debían de transparentarse en su cara, porque
-la dama, hasta entonces tan franca y corriente, se puso grave, y miró
-de soslayo hacia los anteojos marinos de Gastón.
-
---Estos son los culpables,--dijo aturdidamente el mozo,--y si usted
-les guarda rencor, yo se los ofrezco para que los arroje, si gusta, al
-río...
-
-Antonia Rojas levantó la mirada, rehusó con un gesto digno y afable, y
-sin alargar la mano al señor de Landrey, se puso en franquía con pocas
-palabras, corteses, pero llenas de reserva y aplomo.
-
---¿Me permite usted que la escolte hasta su puerta?--preguntó Gastón
-algo contrito.
-
---Voy siempre sola con mi hijo, y me he encariñado con esta
-costumbre,--respondió la señora trepando ágilmente por las piedras.
-
---¿Molestaré á usted al presentarla mis respetos?--insistió Gastón.
-
---Al contrario,--fueron las últimas palabras de Antonia, que sonrió un
-instante, de despedida, mientras Miguelito daba á su amigo el beso más
-voluntario; ese beso abierto y confiado de los niños á la gente que les
-ha caído en gracia.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- VIII
-
- Lourido
-
-
-La aventura preocupó á Gastón, que se entregó á mil conjeturas
-impertinentes acerca de la desconocida excursionista. La curiosidad le
-inducía á dirigirse aquella misma tarde á la quinta para «presentar sus
-respetos,»--como se dice en la hipócrita jerga del mundo,--á la que
-había visto en la torre. No se atrevió, sin embargo, porque si la mamá
-de Miguelito era una señora cabal, de hecho tomaría por donde quemase
-tan inconveniente apresuramiento, y la acogida sería correspondiente
-á él. Resolvió, pues, no bajar á la quinta de Antonia Rojas hasta
-haberse enterado minuciosamente de la fama, hechos y calidad de aquella
-mujer, único medio que ha encontrado la sociedad para prevenir errores
-é inconveniencias. Por este sentir mundano de Gastón, comprenderá el
-lector que ya se había aquietado el bullir de aquel gusanillo que
-empezó á roerle el espíritu en los funerales de la Comendadora...
-
-Deparó la suerte á Gastón los informes que deseaba más pronto de lo que
-pudo imaginar. Vino Telma de la Puebla, á donde había bajado por mil
-fruslerías indispensables en toda casa, y trajo un convite de Lourido,
-en regla, para el señorito: le aguardaban á comer al día siguiente sin
-falta. Como si se tratase de alguna invitación diplomática, Gastón
-envió temprano un billete aceptando y saludando á la señora y señoritas
-de Lourido. Para asistir al convite se acicaló Gastón... No obstante,
-al bajarse de un mal rocín en la plaza; al ver la antipática morada de
-Lourido, con su reluciente lápida de seguros mutuos, sólo se acordó
-de lo positivo; de que allí dentro habitaba un hombre con quien tenía
-pendientes asuntos de interés, y que acaso este hombre se había
-enriquecido desentrañando lo que don Martín de Landrey pensó dejar
-tan oculto. Subió, pues, las escaleras haciendo coraje y cachaza, y
-murmurando entre sí:
-
---¿Qué emboscada me preparará este malsín?
-
-Lourido recibió al señorito bajo palio. ¡Qué honra para él, y para el
-señorito Gastón, qué penitencia!... ¡Comer en la pobre choza, él que
-estaría acostumbrado á no menos que vajilla de plata y servicio de oro,
-en mesas de príncipes! Si no dijo esto mismo el Alcalde, la esencia de
-su discurso sonaba á cosa parecida.
-
-Gastón afirmó que comería divinamente, y entonces varió el registro
-Lourido, insistiendo en que no permitiría que el señorito se alojase
-más tiempo en tan desmantelada vivienda como Landrey.
-
---No le digo á usted que no, don Cipriano,--respondió Gastón aceptando
-un puro y sentándose en el sillón del escritorio del apoderado.--Lo
-he pensado bien, y es muy tentador venirse á esta casa confortable;
-¡Landrey parece un hospital robado! Sólo que no me decidiré mientras
-no arreglemos los asuntos. Quisiera hacerme cargo del estado en que se
-hallan mis intereses por aquí... Como usted corre con esto... mejor es
-para los dos que hablemos de una vez.
-
---¡Alabado sea Dios!--respondió el Alcalde de la Puebla revolviendo los
-sagaces ojillos.--No hay descanso como tratar las cosas así de _pe_ á
-_pá_... Con aplazamientos no hacemos nada.
-
-Levantóse diciendo esto, y fué á abrir una alacenita de hierro
-incrustada en la pared. Trasteó en ella un rato, y al fin sacó en
-triunfo voluminoso mazo de papeles, sellados y por sellar; desató el
-balduque que lo contenía, y esparció sobre la mesa los legajos que
-despedían su olor peculiar á polilla y polvo.
-
---El señorito,--continuó,--querrá hacerme el favor de repasar estos
-documentos, que son los comprobantes de mi administración desde que el
-señorito heredó los bienes... Las cuentas del tiempo de su madre, que
-en paz descanse, aprobadas las tengo ahí. Las otras, también, que las
-aprobó el apoderado general, don Jerónimo, con poderes del señorito; de
-manera que yo, por mi parte, seguro estoy: mi pío es que el señorito
-quede contento y tenga satisfacción de que he cumplido con él y con la
-casa; y mientras el señorito no diga: «Lourido cumplió,» me molesta á
-mí el flato y no estoy á gusto...
-
---¿Dice usted,--interrogó Gastón,--que don Jerónimo aprobó esas cuentas?
-
---Año por año, ahí obra su firma redonda como un sol,--contestó
-Lourido hojeando con viveza los papeles.--Y sepa el señorito que la
-casa de Landrey tiene conmigo un crédito... un créditucho... poco,
-una cochinada. ¡Verá los comprobantes, verá! Por servir á la casa de
-Landrey me veo con el agua al cuello... que á veces me voy á fondo.
-¡Nada! Me comprometí, vamos, y busqué el dinero... debajo de tierra.
-
---Debajo de tierra se encuentra dinero á veces,--replicó Gastón
-haciéndose el distraído, pero espiando la cara del mayordomo, á quien
-vió demudarse.--¿De modo que le debo á usted... cuánto?
-
---Para el señorito muy poco... Para un pobre como Lourido... un
-dineral... ¡Bah! todo lo más serán cuatro ó cinco mil duros... Desde
-que le administro, señorito, ni se me han satisfecho mis honorarios, ni
-los reparos y las obras que ejecuté en el castillo, con autorización de
-don Jerónimo...
-
- [Ilustración]
-
---¿Reparos y obras?--preguntó Gastón, que empezaba á hervir en
-cólera.--¡Pero si está aquello inhabitable!
-
---Y ¿cómo estaría si yo me descuido? Ruinas nada más. Tuve que
-registrar y que afirmar la cimentación...
-
---¿La cimentación? Esa obra es la más á propósito para que un edificio
-se venga abajo...
-
-Gastón sentía que un sudor ligero brotaba en sus sienes. Obras,
-registros y reparos le daban malísima espina; á cada paso se le hincaba
-más en la imaginación el recelo de que Lourido había descubierto el
-tesoro; y una ira sorda, pero furiosa, se alzaba en su alma como el
-torbellino de polvo en el desierto. ¡Aquel bandido, aquel buitre cebado
-en el cadáver de Landrey, engrosado con el espolio de la familia,
-quería consumar el robo reclamando todavía un dinero que Gastón no
-poseía ni podía reunir, y exponiéndole así á la vergüenza!
-
---Además de las obras,--prosiguió Lourido, que no creía sin duda
-prudente insistir en tan delicado punto,--hubo que dar labores para
-beneficiar las tierras, interponer demandas, sufrir prorrateos,
-sostener litigios... y todo lo adelantaba de su bolsillo el presente
-maragato. ¡He pasado tragos! Si no fuese que sabía que el señorito
-dejar no me dejaba descubierto... Porque cada uno necesita de sus
-pobrezas, y por falta de esos cuartos estoy yo boqueando, fuera el
-alma, como la sardina cuando la sacan del copo...
-
-Realizando un esfuerzo heroico, Gastón se dominó.
-
---Pues por hoy me es imposible satisfacerle á usted esa deuda,--declaró
-resueltamente.
-
---El señorito tiene una manera muy fácil de pagar,--indicó felinamente
-Lourido.--Con me ceder el señorito las tierras de Landrey... que al fin
-nada le valen y el señorito ni se fija en ellas... porque el señorito,
-ya se ve, anda por Madrid y por Francia y esto poco le interesa... que
-es un rincón...
-
---¡Las tierras de Landrey!--repitió Gastón sintiéndose palidecer bajo
-la ofensa de la proposición, pero conteniéndose porque veía un rastro
-de luz y quería seguirlo.
-
---Ya sé que me meto en un perro negocio... sólo que, como el señorito
-no puede pagar y á mí me hacen falta los cuartos, tan cierto como que
-somos hombres... por salir los dos de esta mala andadura...
-
---¿Las tierras... y el castillo?
-
-Lourido bajó los párpados para que no se trasluciese la llama repentina
-de sus ojos diminutos, y, colorado de emoción, contestó reprimiéndose:
-
---Ya se sabe... aunque el castillo no vale un ochavo... pero el que
-merque las tierras, el castillo ha de mercar; quien lleva la vaca lleva
-la soga...
-
---¿Sabe usted,--repuso Gastón, á quien el instinto dictó entonces una
-conducta salvadora y maquiavélica,--que merece pensarse la proposición?
-Yo realmente no tengo gran empeño en conservar estas paredes ruinosas.
-Con todo, darlo así, en pago de una deuda... Mi interés me aconseja, si
-es que lo vendo, sacarlo á subasta y el que más ofrezca... Ya ve usted
-sólo las rentas...
-
---¡Ay! ¡El señorito se va á llevar chasco!... Cuando uno quiere vender
-es cuando nadie compra... No crea el señorito que _Roschil_ le daría
-más que el presente maragato... Si el señorito piensa que es poco...
-¡porque no diga que no guardo consideración á la casa!... ¡un par de
-miles de duritos más... y eso que me ahorco, me ahorco!
-
-Gastón iba, sin duda, á responder, cuando sonaron á la puerta voces de
-mujeres jóvenes. «Papá, papá,» decían en dos tonos diferentes, el uno
-afectadamente fino y zalamero, el otro natural y cariñoso.--«Entrar,
-niñas...» Hicieron irrupción en el despacho, y Gastón se levantó y
-saludó hasta los pies á las dos señoritas del Alcalde. En la primera,
-la del pomposo vestido azul con cintajos amarillos, la del crespo moño,
-la de la enharinada tez, reconoció Gastón á la que se desperezaba
-tan de mañana en la galería, y pensó que era lástima que se hubiese
-tomado el trabajo de componerse, porque era realmente guapa y lozana,
-y el ridículo adorno la echaba á pique.--«Si me permitiese pasar un
-plumero por esa cara bonita emplastada de polvos de arroz...»--La otra
-muchacha, modestamente vestida de hábito del Carmen, era de exigua
-estatura y cara macilenta, y cojeaba mucho, apoyándose en una muleta
-corta.
-
---Esta se llama Florita,--dijo Lourido, presentando á la enharinada con
-mal encubierto orgullo.--Y ésta, Concha,--añadió señalando á la de la
-muleta.--La pobrecilla padece...
-
---Pero no he perdido el buen humor,--declaró espontáneamente la coja,
-riendo con ingenua amabilidad.
-
-Media hora después, Gastón ocupaba, en la mesa de don Cipriano, el
-puesto que los anfitriones juzgaron de honor;--entre las dos muchachas,
-y frente al ama de la casa, á quien el señorito de Landrey había visto
-con conatos de pegar y arañar á la rubia Flora, y que en el festín se
-esforzaba por demostrar una inverosímil dulzura melosa, desmentida por
-un rostro avinagrado y enjuto.--Abusando de los diminutivos, llamaba
-á sus hijas _Floritiña_ y _Conchitiña_; hablaba sin cesar, hasta
-causar mareo, de lo inferior de su comida y del gran sacrificio que
-hacía Gastón en aceptarla, así como de los méritos y habilidades de
-sus niñas, sobre todo de Flora. Gastón supuso que la coja era uno de
-esos seres que las familias indelicadas sacrifican, posponiéndolos
-siempre á otros más guapos y sanos; y sin querer se interesó por la
-muchacha, ocupándose de ella más que de Florita, que estaba colorada
-de despecho. Su deseo de atraer la atención del señorito era tan
-visible, que le servía, le ofrecía aceitunas y dulces, y ella misma
-quiso ponerle el azúcar en el café, á lo cual la animaban expresivas
-ojeadas de su madre y densas carcajaditas de su padre, que olvidado,
-al parecer, de asuntos, deudas y adquisiciones, se mostraba hecho un
-almíbar con Gastón.
-
- [Ilustración]
-
-Al través de los incidentes de la comida, Gastón no perdía de vista ni
-un instante á su desconocida de la torre de la Reina mora. No sabía
-cómo traer la conversación hacia ella, y al fin lo hizo por el medio
-más elemental, diciendo con indiferencia aparente:
-
---¿Conocen ustedes á una señora de Rojas, que tiene un niño muy
-travieso? Ayer les he encontrado visitando la parte más arruinada de mi
-pobre castillo...
-
-Como tocadas por una corriente eléctrica, saltaron Flora y su madre.
-
---¡Vamos, ya se le metió á usted por los ojos la viudita!--dijo la
-esposa de Lourido en tono de compadecer á Gastón.--¡Eso era de ene!
-
---No,--protestó Gastón sin empeño,--me parece que esa señora no contaba
-con mi presencia. El chiquillo se entró corriendo en la torre, donde yo
-estaba...
-
---¡Ay! ¡el chiquillo!--intervino Flora remedando irónicamente el acento
-de Gastón.--Sí, sí... ¡al chiquillo le tiene ella bien enseñado!
-
---¡Mujer!--exclamó Concha sublevada.--¡No sé cómo dices eso! Es de mala
-conciencia pensar ciertas cosas.
-
---¿Pero ustedes creen,--dijo Gastón aparentando candidez,--que fueron á
-la torre sólo para encontrarme?
-
-Hubo un duo de risas malignas; Concha se quedó seria.
-
---Vaya, aunque es usted de Madrí, parece bien inocente,--declaró la
-mamá, con dejos de hiel en la voz.--Los hombres... ninguno ve ciertas
-cosas, por más _de_ que salten así á los ojos.--Y al decir esto la
-alcaldesa agitaba sus dedos esqueletados.
-
---Además,--continuó Flora quitándole la palabra á su madre,--¡la viuda
-es muy larga, muy trucha! Engaña á Licurgo con aquella marcialidad y
-aquel qué se me da á mí que gasta.
-
---Vamos... ¿es una mujer de mala conducta?--interrogó Gastón como si le
-convenciesen.
-
---¡No, señor! gritó Concha, sin poderse contener.--¡Hace las caridades
-que puede y va á la iglesia, que yo lo veo!... ¡mucho más que otras!...
-
---No le haga caso á esta _papulita_,--advirtió la madre tragándose con
-los ojos al testigo benévolo.--Ésta, como no hace más que rezar y oir
-misas, piensa que todos son santos de palo... Y la de Rojas es una
-santa _mocarda_. De mala conducta... ¡puede que ahora no sea, pero el
-diablo sabe lo que hizo en vida del marido, cuando rodaba allá en el
-extranjero, que mismamente parecían el judío errante!... Así dieron el
-trueno gordo, que ella triunfó y gastó como una emperatriz, y entonces
-él, desesperado ya el pobrecillo, ¿qué quería que hiciese? Se mató...
-
---¿Se suicidó el marido de esa señora?--preguntó Gastón esta vez
-impresionado.
-
---¡Ya lo creo!--gritó la dueña triunfante.--Dos tiros se pegó en la
-barba y en el cielo de la boca... Ya ve usted qué principios tendrá
-ella, que anda por ahí como si tal cosa, alegre...
-
---¡Después de seis años!--advirtió Concha.--¡Pues bien triste y bien
-enferma estuvo! El bruto y el mal cristiano fué él; ella no. ¿Querían
-que también se matase?
-
---Para mí el marido hizo la acción porque descubriría algún enredo de
-la mujer,--declaró la señora de Lourido.
-
---Y por otra parte, no tenían ya sobre qué caerse muertos,--agregó
-Lourido.--Ella está miserable como las arañas.
-
---Miserable, sí,--contestó Flora,--pero tan romántica como siempre.
-¡Unos trajes y unos sombreros! No sé si ese modo de vestir será
-elegante... Raro parece. ¡Y las faldas tan rabicortas! ¡Qué descaro!
-
---Pero, mujer, si es para andar por el monte,--arguyó la defensora,
-impaciente y acalorada.--¿Había de llevar cola? ¡Si yo no fuese coja,
-me vestía como ella!
-
---¡Estarías bonita! Que te aproveche; á mí la de Rojas me parece un
-guardia civil...
-
-Aquí llegaban de la discusión cuando entró un galancete, el juez
-municipal, muy rizado á hierro y muy soplado de cuello y puños,
-declarado aspirante de Flora; y Gastón aprovechó el momento para
-cambiar de conversación, porque ya sabía cuánto le importaba. Con esto
-pasaron del comedor á la sala de recibir, en cuya consola se ostentaba
-un soberbio reloj de mármol y bronce y dos candelabros del más puro
-estilo Imperio.
-
---Os reconozco,--pensó el señorito de Landrey,--os reconozco, reliquias
-de mi casa, testimonio de la rapacidad de este buitre... Ahora quiere
-que lo principal siga á lo accesorio, y se propone que el castillo haga
-compañía al reloj...
-
-Distrájole de estos pensamientos Flora, preguntándole si tocaba el
-piano, sólo para buscar cháchara y que rabiase de celos aparte el juez
-municipal; y Gastón, que era sujeto abonado, se prestó admirablemente
-al juego.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- IX
-
- Iniciación
-
-
-Con más impaciencia que antes deseaba Gastón el momento de saludar á
-Antonia Rojas, que ya tenía para él los alicientes del misterio; y
-pareciéndole que al tercer día no es incorrecto visitar á una señora
-que lo permite, escogió las primeras horas de la tarde y se echó á
-adivinar el camino, por no buscar guía que le condujese.
-
-Sin gran trabajo se orientó y llegó al pie de la tapia, encontrando de
-par en par la verja que cerraba el portón. No era cosa de meterse como
-Pedro por su casa, y al mismo tiempo no veía á nadie, cuando de entre
-un macizo de flores salió disparado el niño, tendiéndole los brazos y
-el corazón en ellos.
-
---¡Vaya, por fin vienes!--chillaba la voz aguda y fresquísima.--¡Pero
-cuánto tardaste! Yo quería ir ayer á buscar contigo el tesoro... y no
-me dejó mamá. ¡Qué gusto! He de enseñarte mis cabritas... Otelo, no
-ladres, tonto... es gente conocida...--añadió halagando al perrazo
-negro, que obedeciendo á la intimación de buena acogida, meneó la
-poblada cola y apoyó las patas en los hombros de su amo.
-
---¿Está visible tu mamá?
-
---¡Ya lo creo! Vénte,--chilló Miguelito.
-
-Y saltando á la pata coja, precedió á Gastón, que se dejó llevar.
-
-Atravesaron el jardín, y después el zaguán de la casa, claro y adornado
-con jarrones de loza y plantas de invernadero; salieron á un patio
-cuadrangular, rodeado de edificios nuevos que parecían dependencias,
-y en uno de ellos, del cual salía humo, entró Miguelito seguido de
-Gastón. La luz que penetraba en el vasto cobertizo por una serie de
-altas ventanas, alumbró un espectáculo original.
-
-En medio del cobertizo, cerca de una cocina baja donde borboritaba
-enorme caldero, y al pie de un tonel que despedía espeso vaho, estaba
-Antonia ataviada de un modo bien diferente que el día en que Gastón la
-había conocido. Una falda de percal claro y un cuerpo de manga corta,
-resguardados por cumplido delantal de _oxford_ á rayas blanco y cereza;
-un pañolito de seda roja atado á la curra, con la gracia picante de un
-tocado criollo, componían el traje de la señora. Los brazos, morenos y
-de un modelado suave y vigoroso á la vez, se agitaban sobre el tonel
-humeante, derramando en él el contenido de un frasco de cristal. Una
-moza aseada y robusta, enarbolando la pala, esperaba el momento de
-revolver la lejía; porque, fuerza es decirlo, aquella decoración no era
-más que fondo para la humilde operación casera de colar la ropa...
-
-Gastón esperaba un chillido, una protesta, una ojeada de cólera al
-niño. Quedó chasqueado. Lo que hizo Antonia, al darse cuenta de la
-sorpresa, fué reir espontáneamente...
-
---No nos pidamos perdones, señor de Landrey,--dijo sin
-alterarse,--porque sería cuento de nunca acabar. Por mi parte está
-usted perdonado. Miguelito, mira, hijo mío, ya sabes que á las visitas
-se las lleva á la sala.
-
---¡Á éste no!--declaró Miguel.--Éste no es visita, que es mi amigo... y
-le llevo á ver las cabras...
-
---¡Sí, las cabras y mamá!...--añadió Antonia plácidamente.--Espéreme
-usted en la sala... ó en el jardín... ¡Hasta dentro de un instante!
-
-Gastón obedeció de mala gana. La viuda, encendida, con el pañuelo
-picaresco y el traje de mecánica, le había parecido de perlas;
-mejor cien veces que en la torre. Por su gusto reemplazaría á la
-moza de pala, ayudando á revolver la ropa en el tonel. No hubo más
-remedio que dejarse llevar otra vez por Miguelito, y admirar los
-brincos de dos chivitas blancas, prisioneras en el traspatio, al pie
-del hórreo,--porque no dejaban cosa á vida en la huerta ni en el
-jardín.--Al cabo dieron fondo en una sala baja, á la cual se accedía
-por el zaguán, y donde muebles modernos y antiguos, cuadros viejos y
-grabados ingleses, un soberbio piano de cola, producían un conjunto
-familiar, de tonos íntimos y artísticos á la vez. En los jarrones
-había flores frescas, y en el centro de la sala un acuario de salón,
-de reducidas dimensiones, muy bien cuidado, estaba lleno de pececillos
-y curiosos moluscos y zoófitos, que Miguelito enseñó con orgullo á su
-amigo.
-
- [Ilustración]
-
---Yo he de ser marino, como mi abuelito,--declaró la criatura,--y ya
-sé lo que hay en el fondo del mar... Estos pescaditos venían en la
-red, ¿sabes? y mamá y yo vamos á ver cómo la sacan... y recogemos lo
-más bonito. ¡Nos divertimos tanto! Mira, mira, ese es el erizo... Qué
-espinas, ¿eh? No se le puede poner la mano... Oye, ese bicho se llama
-caballo de mar... ¡Qué raro! Fíjate en la concha _vieira_... ésa la
-trae Santiago Apóstol en la esclavina...
-
-Entretenido con la charla del chico, no dejaba Gastón de aguardar con
-impaciencia á Antonia, que tardó bien poco en presentarse, sin pañuelo
-ni delantal y de mangas largas, pero en traje no menos sencillo y
-campestre que el otro. Excusóse Gastón lamentando haber presenciado é
-interrumpido su faena, y ella respondió con llaneza y sinceridad:
-
---No tiene nada de molesto que le vean á uno enfaenado. Crea usted que,
-por otra parte, si yo pudiese prescindir de trabajar, tal vez me dejase
-tentar de la pereza; pero Miguel y yo viviríamos muy mal. No soy rica
-y me gustan las cosas refinadas, de limpieza y de cuidado: ¿qué voy
-á hacer, sino presenciar ó ejecutar en persona? Aquí dejan á la ropa,
-al lavarla, un color moreno poco simpático: con mis químicas logro que
-salga muy blanca. La costumbre y no la virtud me va aficionando ya á
-estos trajines, ó por lo menos, no se me hacen cuesta arriba como al
-principio. No hay mejor que tomar con buen ánimo las labores y las
-obligaciones; se hace uno amigo de ellas.
-
---Necesitaría algunas lecciones de usted para aprender esa filosofía,
-que bien la necesito,--dijo Gastón.
-
---Esa filosofía, como usted la llama,--respondió Antonia
-festivamente,--tiene uno que enseñársela á sí mismo...
-
---¿No existe maestra?--preguntó con intención el señorito de Landrey.
-
---Sí, señor; conozco una maestra de eso...--murmuró Antonia, cuyo
-movible rostro cambió de expresión y se nubló.--Una maestra muy dura...
-¡La desgracia!...
-
---Entonces ya puedo yo ser discípulo,--declaró Gastón, con asomos de
-melancolía.
-
-Hubo un momento de silencio: el giro confidencial del diálogo
-desagradaba sin duda á Antonia. Miguelito salvó la situación cogiendo
-á su madre de la mano y empeñándose en que había de ver Gastón la casa
-y el jardín en sus menores detalles. Antonia, sonriendo, declaró al
-levantarse para cumplir el capricho del niño:
-
---Así como así, este _paseo del propietario_ es inevitable... El
-trago, de una vez. No le perdonaremos á usted ni las lechugas ni las
-zanahorias.
-
- [Ilustración]
-
-Recorrieron, en efecto, la casa, el jardín, el huerto y las
-dependencias. Era la casa, irregular en su forma, muy cómoda y
-desahogada interiormente, y por el aseo y el orden parecía uno de esos
-primorosos _cottages_ de las inmediaciones de Londres, en los cuales
-se vive á gusto, y cada hora del día acarrea un goce honesto y sano,
-del cuerpo ó de la inteligencia. Las habitaciones revelaban en su
-distribución un sentido especial de la realidad, de las necesidades que
-imponen una vida solitaria y la educación de un niño: y Gastón vió con
-interés el cuarto de estudio, sus mapas, sus libros de estampas, sus
-cajas de geometría, sus cuadernos, todo sin manchas ni hojas rotas,
-todo regularizado, como pudiera estarlo en un colegio bien entendido.
-Nada faltaba en la mansión: ni la bibliotequita, bien surtida de libros
-útiles y recreativos y de obras clásicas españolas; ni la despensa,
-provista de conservas y dulces caseros; ni el frutero, donde todavía
-amarilleaban las manzanas de la última cosecha: y Gastón, acordándose
-de su desmantelado castillo, apreció mejor la gracia y la intimidad
-modesta de la casa de Antonia. Del huerto se había sacado también todo
-el partido imaginable: los cuadros de legumbres parecían canastillas
-de flores, por lo bien cuidados y dispuestos; los árboles revelaban
-una poda inteligente; y el establo, que albergaba dos vacas con sus
-ternerillos, no se veía menos limpio ni barrido que la sala. Entre
-las dependencias descubrió Gastón una diminuta lechería, forrada de
-azulejos, digna de Holanda por lo exquisitamente pulcro de sus tazones,
-jarros y tanques de metal: y como la elogiase calurosamente, Antonia se
-paró y dijo con entusiasmo:
-
---¡Ah! Es que esta lechería me ayuda á vivir... ¡es una rentita que no
-descuido yo ni un minuto! De diez á doce reales diarios limpios saco de
-estas paredes... y en el campo doce reales levantan en peso... ¡No se
-ría usted! ¡El señor de Landrey se ríe de esta aldeana!
-
---No me río... La envidio á usted, por el contrario. Pero ¿cómo diablos
-saca usted eso de una lechería?
-
---Hago quesos, y los envío á Madrid... Sin sospechar que venían de
-tan cerca de la casa de usted puede que los haya usted probado. No
-me permiten,--y eso mortifica mi vanidad, lo confieso,--ponerles el
-rótulo que me gustaría: «Quinta de Sadorio,» impreso con molde...
-Quieren hacerlos pasar por el famoso _fromage suisse_, y lo logran;
-y como ganan, porque yo se los vendo baratos, y no hay derechos de
-aduanas, tengo clientela segura... No doy abasto á los pedidos, y
-me parece que pronto tendré que ensanchar mi comercio, comprando un
-pradito más...
-
-De sorpresa en sorpresa iba Gastón. ¿Era aquella la mujer calificada
-en la Puebla de _romántica_, y que se le había aparecido en traje de
-excursionista en la torre de la Reina mora? ¿Había cálculo en tanto
-aparato de laboriosidad y economía? ¿Es humanamente posible fingir
-un género de vida y unas costumbres como las de Antonia Rojas? Sin
-querer, las intenciones y propósitos de Gastón respecto á la viuda,
-iban modificándose; si al pronto la tuvo por fácil presa, ahora, con el
-naciente respeto, la juzgaba torre alta é inaccesible. Terminaron la
-visita de la propiedad, y salieron á reposar á una terraza cerca del
-estanque, donde encontraron servida ligera colación: té con leche,
-hasta media docena de quesitos, y un plato de fresas: para otra fruta
-era temprano: Antonia sirvió el té y preparó las _rôties_ untadas con
-miel de abeja, que trascendía á flores de campo y romero; y como Gastón
-se mostrase confuso y agradecido del obsequio, Miguel explicó que era
-la misma merienda de todas las tardes...
-
---No, hijo mío,--advirtió su madre,--los quesos son un extraordinario,
-para que este señor los pruebe. Lo otro sí: es un lujo que nos damos el
-de tomar un té inglés de primera: me lo envían unos amigos que tengo,
-cónsules en Plymouth. Lo demás... caserito. La leche, de mis vacas; la
-miel, de mis abejas; las fresas, de las platabandas que hay debajo de
-los rosales... cuyas rosas se lucen en ese vasito de China...
-
---Señora,--murmuró Gastón, saboreando con delicia la infusión
-perfumada,--yo no soy adulador, pero crea usted que este té tan
-elegante, este servicio tan delicado, me parece un sueño que me lo
-ofrezcan á un cuarto de hora de Landrey. No he tomado en mi vida
-ninguno que tan bien me supiese...
-
---Era de suponer que diría usted eso,--respondió maliciosamente la
-viuda.
-
---Qué, ¿no lo cree usted? Pues no acostumbro hacer madrigales al té,
-señora... Lo que más me admira es que tenga usted estos servidores
-óptimos... é invisibles, porque nos lo hemos encontrado todo aquí como
-traído por mano de las hadas.
-
---¡Dios mío! ¡Qué bueno es usted! Tengo los mismos servidores que
-todo el mundo... Dos muchachas, á quienes he ido enseñando lo más
-elemental... Pero hago que, cuando estoy sola, me sirvan con los
-mismos requisitos que si estuviese alguien de fuera (lo cual aquí no
-suele suceder), y por eso, sin que me haya escabullido para mandarlo,
-usted ve una servilleta planchada y unas cucharas que relucen... ¡Gran
-misterio! Lo que no me explico es que nadie proceda de otro modo;
-es más cómodo así... ¡Soy muy comodona; no vaya usted á suponer lo
-contrario!
-
-Gastón se sentía, sin comprender por qué, feliz. Sabíale á gloria la
-refacción, y el aire perfumado de esencias de flor que bañaba sus
-sienes, le refrescaba el espíritu. Hubiese querido prolongar aquella
-visita una semana; tan bien se hallaba en el jardín de Antonia. La
-conversación, desviándose ya de los temas de la vida práctica, rodó
-sobre mil asuntos diversos: se habló de viajes, de música y hasta de
-arquitectura, á propósito de Landrey. Antonia ensalzaba el castillo
-propiamente dicho, el que era posterior á la torre de la Reina mora, y
-no comprendía que Gastón hubiese permitido tocar, en ausencia suya, á
-tan hermosas y sólidas piedras.
-
- [Ilustración]
-
---Estaban firmes, más firmes que las del Pazo, que es muy
-posterior,--exclamó.--Han hurgado allí por todas partes, y sin que se
-explique la razón. ¿Cómo ha dado usted licencia?
-
---No la he dado realmente, señora... Esa es una historia de que
-hablaremos,--contestó Gastón, confirmado en sus sospechas por estas
-preguntas de Antonia.--Pero deseo que un día visite usted conmigo á
-Landrey y veamos esos trabajos.
-
-Cuando salió Gastón de Sadorio, la luna brillaba en el firmamento, y
-en su corazón lucía un rayito de sol alegre y dulce. Las madreselvas,
-desde los zarzales, le enviaban aromas penetrantes y deliciosos; el
-aire era tibio, el camino poético y silencioso, y la última caricia de
-Miguel calentaba aún las mejillas del señorito. Al llegar á Landrey, no
-pudo menos de preguntarse á sí propio con sorpresa:
-
---¿Estaré enamorado? ¿Ó son efectos del lugar, la hora, las
-circunstancias?... ¡Lo cierto es que no cabe pasar tarde más bonita que
-ésta!
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- X
-
- La consejera
-
-
-Aunque la discreción ponga coto á ciertos impulsos, extraño sería que
-no triunfasen de ella en un mozo como Gastón, poco acostumbrado á la
-disciplina moral,--que muchas veces consiste en vivir á contrapelo
-del gusto.--Cautivado por Antonia Rojas, Gastón deseaba verla á cada
-instante, y la misma levadura de respeto y de admiración involuntaria
-que se mezclaba á otros sentimientos menos ordenados y pacíficos, le
-inducía á creer que no era peligrosa la frecuencia del trato con la
-viuda, ni las reiteradas visitas á Sadorio. Fué primero cada tres
-días, después cada dos, por último, diariamente. Antonia no le
-esperaba: jamás la encontró ni vagando por el jardín, ni tocando el
-piano, ni sentada lánguidamente en un cenador, ni cortando flores con
-la larga tijera que para este oficio llevaba pendiente de la cintura.
-Siempre la sorprendió ó dirigiendo la preparación de unos apetitosos
-calamares en conserva, ó poniendo en madurero la cosecha de tomates
-tempranos, ó haciendo que trasquilasen el melonar, ó desnatando leche,
-ó cortando blusas para Miguelito: ocupaciones nada sentimentales, y
-que no autorizaban ningún poético desmán. Ocurrió con aquellas visitas
-un fenómeno, aflictivo para el ya prendado Gastón: y fué que en las
-primeras, Antonia le recibió expansiva y afable; en las segundas,
-reservada y cortés; y cuando las menudeó, empezó á mostrarse seca, fría
-y hasta incivil, pues le dejaba solo con Miguelito las horas muertas,
-y se marchaba á sus quehaceres. El niño, en cambio, estaba cada día
-más afectuoso con su amigo, y le abrumaba á caricias, á preguntas
-y atenciones, allá á su inocente estilo. No sabiendo Gastón qué
-discurrir para complacer á su único partidario en la casa, ideó buscar
-un caballito pequeño, barato y manso, que compró en la Puebla, y que
-trajo á Sadorio, con objeto de dar lecciones de equitación á Miguel.
-La idea produjo embriaguez de dicha en la criatura; pero Antonia,
-terminada la primera lección, llamó á Gastón á la sala, y en frases
-bien escogidas para no herirle, y firmes bastante para reprimirle, le
-dijo claramente que sus visitas continuas no eran convenientes, ni
-admisibles sus regalos. Y como él mostrase gran pesadumbre, Antonia
-dulcificó la voz y añadió:
-
---Usted debe comprender que, en esta soledad, es muy grata la compañía;
-usted debe comprender que yo ni soy insociable, ni tengo tantas
-distracciones que me estorbe la que usted me proporciona con su amable
-trato. Pero no le hago á usted tan poco perspicaz que no se dé cuenta
-del efecto que sus visitas diarias han de causar en el público.
-
---¿Hay aquí público, Antonia?--preguntó Gastón con ironía.
-
---Lo hay en todas partes. Éste es reducido y de gente sencilla, pero
-por lo mismo se les debe buen ejemplo, hasta en las apariencias; sobre
-todo, cuando la realidad es honrada y clara, y sólo honrada y clara
-puede ser. ¡Sí, amigo Landrey! Yo quiero que me estimen de veras mis
-criaditas, la Colasa y la Minga... entre otras razones, ¡porque he de
-vivir con ellas muchos años!
-
-Á su pesar rió Gastón el gracejo de la señora, y doblando la cabeza,
-murmuró:
-
---Antonia, yo deseo de todas veras obedecer á usted... y ya se sabe
-que la obedeceré... pero óigame usted, puesto que tengo la suerte de
-que me hable usted con esta franqueza tan noble... que prefiero á
-la seriedad de ayer. La conozco á usted de hace un instante, puede
-decirse, y me he acostumbrado á su amistad de usted tan pronto y de
-una manera tan extraña, que la necesito lo mismo que se necesita el
-aire para respirar. No frunza usted el ceñito: mire que no la estoy
-cortejando; ¡le juro que no se trata de eso! Es que me encuentro en
-circunstancias especialísimas de mi vida, en los momentos penosos en
-que es preciso que alguien nos atienda y nos dé un buen consejo; es
-que me hallo completamente solo, aisladísimo, desorientado, y que,
-probablemente, voy á cometer mil desatinos si me falta una persona
-buena, que vea mejor que yo cuestiones de que penden mi fortuna y
-mi porvenir. La casualidad me ha puesto en contacto con usted, que
-casualmente es también el único ser humano capaz de inspirarme una
-confianza absoluta, incondicional; porque tiene usted un juicio y un
-carácter...
-
---Bien, al caso,--interrumpió Antonia atajando la alabanza.--Si se
-trata de prestarle á usted servicio... es diferente... Aquí estoy.
-
---Pues acepte usted por algún tiempo el papel de confidente y consejera
-mía.
-
---Aceptado,--declaró la viuda sin vacilar.--Yo seré su confidente y
-consejera. Eso no implica que usted venga aquí á menudo. Vendrá usted
-una vez por semana... ó menos, si no es preciso.
-
---Me resigno,--suspiró Gastón.--Vendré los sábados, como los
-empleados... ó los domingos... como el lavandero.
-
- [Ilustración]
-
---He dicho que tal vez menos...--repitió Antonia
-risueña.--Probablemente le señalaré á usted un turno quincenal. En fin,
-eso dependerá de la consulta que usted quiere dirigirme. No sé de qué
-índole será... Para que vea usted que empiezo complaciéndole: mañana se
-viene usted á comer aquí, y, de sobremesa, me comunica esas historias
-de que, según afirma, penden su porvenir y su fortuna. Yo necesitaré,
-de seguro, reflexionar, porque á fuer de gallega tengo el trasacuerdo
-mejor que el acuerdo. Así es que, después de la confidencia, no
-vuelve usted... en diez días. Pero antes de que me honre usted con su
-confianza, á mi vez tengo yo el deber de enterarle á usted bien de
-quién soy, porque usted me conoce de poco acá, y las referencias que
-haya podido oir de mí quizás no brillen por la más rigurosa exactitud.
-
---Tiene usted sus partidarios y sus detractores, Antonia; y entre los
-primeros se cuenta una cojita muy simpática, hija de mi mayordomo
-Lourido.
-
---¡Pobre Concha!--murmuró afectuosamente Antonia.--¡Criatura más
-angelical! La resignación con que sufre,--porque está enfermísima,--le
-ganará un lugar señalado allí donde muchos soberbios y poderosos
-quisieran conseguirlo...
-
-Y, pensativa, la viuda apartó la mirada del rostro de Gastón.
-
---Espero su historia de usted, Antonia, para que se aumente mi
-afecto,--indicó el señor de Landrey, respetuosamente.
-
---¿Quién sabe? Tengo de qué acusarme, como va usted á ver...--Soy
-ferrolana, y mi padre, don Federico de Rojas, era marino. Lo mucho
-que había viajado, y su talento natural, hicieron de él, si no un
-sabio, por lo menos un hombre instruidísimo. Por muerte de mi madre
-reconcentró en mí todo su cariño, y me enseñó ciertas cosas que no
-suelen aprender las muchachas, por ejemplo, botánica é historia
-natural; de ahí salió mi afición á recoger esos bichos raros que ve
-usted en el acuario, y lo mucho que me divierten mi huerto y mi jardín,
-y mis correrías por la montaña para formar herbarios... Un armario
-grande he llenado de cartones--Tenía yo diez y ocho años cuando en un
-baile á bordo me conoció y me pretendió don Luis Sarmiento, que era
-joven, rico, muy bien nacido; que reunía, en fin, las condiciones que
-sueñan los padres para los novios de sus hijas. No hubo oposición; me
-casé, y al año nació Miguelito. Mi esposo era, además de todo lo que he
-dicho, una persona excelente: caballero, pundonoroso y de muy alegre
-humor: sólo que sus padres no se habían cuidado de enseñarle la vida
-real. Había gastado ya mucho de soltero, y por complacerme y recrearme,
-se lanzó á mayores dispendios después de casado: me llevó á viajar
-por toda Europa, con un lujo que ahora conozco que era insensato; me
-compró joyas y trajes; montamos trenes, y vivimos en Madrid anchamente,
-protegiendo artistas y adquiriendo lienzos y esculturas, como si
-nuestra renta fuese quince ó veinte veces más pingüe de lo que en
-realidad era. Aquí debo yo acusarme de mis yerros: en vez de contener
-á mi esposo, gozaba como una loca de aquellos esplendores y placeres,
-porque tengo un instinto de fausto y de arte que no parezco sino una
-Cleopatra... ¡y para llegar á hacer la lejía con mis propias manos ha
-sido menester que la adversidad me haya zorregado con unas disciplinas
-muy recias! Pronto pasó lo que tenía que pasar: mi marido se vió
-ahogado de deudas, de hipotecas y de réditos usurarios; llegó un día en
-que no pudo cumplir ni pagar á nadie, y entonces...--Aquí los garzos y
-rientes ojos de Antonia se vidriaron de lágrimas,--entonces... cometió
-un atentado...
-
---Me lo han dicho,--se apresuró á interrumpir Gastón, viendo el
-trabajo que le costaba á Antonia tocar aquel punto.
-
---¡Ojalá,--prosiguió ella,--me hubiese dicho la verdad de nuestra
-posición! El mismo cariño que me tenía le obligó á callar... No se
-sintió con valor para confesarme que nos encontrábamos arruinados
-y que nuestro hijo sería pobre. Si Dios le inspirase tal rasgo
-de sinceridad,--por eso no negaré jamás á nadie el consuelo de
-una confidencia,--yo, con todo mi cariño, le hubiese confortado,
-persuadiéndole de la verdad: ¡de que aún podíamos vivir... tan felices!
-Haríamos lo que hice después: vender todo, desprendernos de todo,
-cumplir con los acreedores, y retirarnos aquí en paz. La desgracia
-le ofuscó y le hizo olvidar que era cristiano, jefe de una familia,
-padre de un hijo á quien debía el ejemplo de la resignación y de la
-fortaleza... Nada me dijo; no se fió de mí, me cerró su corazón... no
-me miró como amiga... ¿Y sabe usted por qué? Por culpa mía: porque él
-no podía ver en mí más que á una muchachuela sin seso, aturdida con las
-galas, las diversiones y los goces del mundo y de la riqueza... ¡Ya ve
-usted cómo no me falta de qué acusarme!
-
- [Ilustración]
-
-Suspiró hondamente la viuda; y recobrándose y secándose los ojos con el
-pañuelo, prosiguió:
-
---Un solo consuelo tuve, y si no es por él, creo que aquella
-catástrofe, en vez de costarme la salud por algunos años, me cuesta en
-el acto la vida.
-
---¿Su hijo de usted?--dijo echándose á adivinar Gastón.
-
---Eso no es consuelo, eso es _yo misma_,--respondió Antonia.--No;
-el consuelo ¡y bien grande! fué que mi esposo vivió aún tres horas
-después del atentado... y no perdió el conocimiento... y tanto le
-rogué, y tanto le besé la cara y las manos en esas tres horas... que se
-arrepintió... se confesó... ¡y murió absuelto!
-
-El silencio que siguió á estas palabras tuvo algo de magnético:
-parecióle á Gastón que acababa de descubrir el alma de Antonia,--fuerte,
-porque era creyente.--Sus ojos, iluminados de fervoroso entusiasmo,
-hicieron bajar al suelo los de la dama.
-
---Después,--dijo precipitadamente, á fin de cortar aquella corriente
-súbita,--me ví envuelta en mil dificultades para desenredar la
-pequeñísima hacienda que le quedaba á mi hijo. Vendí mis alhajas, mis
-encajes, hasta mis vestidos y abrigos de pieles y terciopelo; vendí
-los coches, los cuadros, los barros, los tapices y los muebles, y por
-supuesto, la plata y las vajillas; cuanto era de lujo se vendió, creo
-que malbaratado, pero en tales naufragios siempre sucede así: hay que
-darle su parte de botín al mar. Yo recordaba que esta casa de Sadorio
-había sido reparada y aumentada por orden de mi marido, que tenía
-cariño á las paredes que le habían visto nacer: y aquí me refugié y
-aquí vivo desde entonces, aprovechando la baratura del país y los
-recursos de economía doméstica que proporcionan el huerto y los prados.
-Miguel se cría robusto, y yo disfruto comodidades que tal vez no poseía
-en mis épocas de derroche. ¿Lo duda usted? En Madrid no teníamos
-bosques, ni extensos jardines, ni flores frescas á toda hora, ni el
-pescado del mar á la sartén... Sepa usted que hasta economizo... ¡Vaya!
-Junto unos ahorrillos para cuando Miguel tenga que ir á seguir carrera
-y yo me vea precisada á acompañarle; lo cual haré para que no se
-desaliente ó se corrompa... Ese día que tendré que dejar á Sadorio...
-me parece que lo sentiré mucho. Me he acostumbrado á esta libertad y á
-esta calma... Fácilmente sacaríamos de aquí una moraleja por el estilo
-de las máximas que escribía Miguelito en sus primeras planas, después
-de los palotes: «Amando el deber lo convertimos en placer.» Ya sabe
-usted mi vulgar historia...
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- XI
-
- El consejo
-
-
-Profundamente impresionado salió de Sadorio aquella tarde Gastón; y
-con ser pocas las horas que faltaban para volver á ver á Antonia,
-parecieron muchas á su impaciencia. Antes de lo que creía, sin embargo,
-logró la vista de su amiga. Era domingo, y como Gastón bajase á la
-Puebla á misa mayor, allí estaba arrodillada la viuda, pero ni volvió
-la cabeza: asistía al santo sacrificio con una compostura no afectada,
-y á su lado, Miguel--¡extraña novedad!--también permanecía quieto y
-atento, hecho un santito,--aunque con un azogue tal en las piernas,
-que al acabarse la misa y salir al atrio, pegó más de una docena de
-saltos: parecía haberse vuelto loco.
-
-Florita, que había avizorado á Gastón en la iglesia, enganchóle
-á la salida, y mientras coqueteaba con él á su estilo lugareño,
-desaparecieron Antonia y Miguel. Despepitábanse la esposa y la hija
-del Alcalde:--¿Por qué no se quedaba Gastón á comer con ellos? ¿Dónde
-se metía, que andaba tan oculto? ¿Qué tal substancia tenía la miel de
-Sadorio? ¿Le habían picado las abejas, que estaba tan seriote?--Trabajo
-le costó zafarse de aquellas obsequiosas interlocutoras, pretextando
-ocupaciones muy urgentes, y no sin prometer que el lunes vendría.
-
---Así como así,--pensó,--Antonia, después del día de hoy, va á
-desterrarme por una temporada...
-
-Á paso apresurado, como el que sigue la estela de su deseo, tomó el
-camino de Sadorio; y ya cerca de la quinta, comprendió que no debía
-presentarse antes de la hora señalada, las dos, y entretuvo el tiempo
-como pudo, entrando en casa de una labradora y pidiendo un vaso de
-leche. Se lo sirvieron fresco y espumante, pues estaba la vaca en
-el establo, por ser domingo y no haber quién la llevase de mañana al
-pasto; y Gastón tiró de la lengua á la vejezuela que ordeñaba la vaca
-y presentaba el cuenco rebosante,--averiguando con pueril alegría que
-era una protegida de Antonia.--Aquel invierno, la vieja, «había estado
-tan en los últimos,--eran sus palabras,--que ya tenía encima los Santos
-Oleos, ¡así Dios me favorezca! y si no es por el caldito que todos los
-días mandaban de Sadorio y los remedios que pagó la señorita en la
-botica de la Puebla, no lo contaría...»--Con esta plática gustosa para
-Gastón, fué acercándose el momento de presentarse en la quinta, y allá
-corrió, dejando por el cuenco de la leche un duro en la mano sarmentosa
-de la vejezuela parlanchina... que le hartó de bendiciones.
-
-Recibiéronle, Antonia con cordialidad, Miguel con arrebatado cariño, y
-se sentaron los tres á una mesa cuyo primor consistía en el decorado de
-flores naturales y en el brillo de la loza y del cristal, y en que sólo
-tentaban el apetito los manjares por su frescura y grata sencillez.
-Las ostras de la Puebla, regadas con el limón cogido en el huerto; el
-pastel de liebre cazada en los vecinos montes; la gallina cebada en el
-corral casero; la densa conserva de membrillo, sabiamente fabricada por
-Colasa, compusieron el banquete. El café salieron á tomarlo al ameno
-sitio de costumbre; y como Miguelito, jugando con Otelo, se alejase á
-ratos, Gastón aprovechó la ocasión propicia, y refirió á Antonia, muy
-despacio, su historia entera. Nada omitió, ni las últimas advertencias
-de su madre, ni la disipación de los primeros años, ni la ruina, ni
-la doblez del maldito Uñasín, ni la revelación de doña Catalina de
-Landrey, ni la conseja del tesoro, ni las recientes inquietudes y las
-reclamaciones inicuas de don Cipriano Lourido... Antonia escuchaba
-atentamente, y de vez en cuando, si no encontraba bastante clara la
-narración, interrumpía con preguntas concretas, á que Gastón respondía
-sinceramente, procurando no alterar los hechos ni la realidad de sus
-sentimientos en lo más mínimo. La necesidad de expansión y de desahogo
-que sentía le desataba la lengua y le movía á acusarse á sí propio,
-pareciéndole como si viese su imagen moral reflejada en un límpido
-espejo, y una fuerza superior le impulsase á describir minuciosamente
-los defectos y tachas de aquella imagen. Al terminar, Antonia quedó un
-rato callada: reflexionaba, y su rostro generalmente alegre tenía una
-expresión de gravedad en armonía con las funciones de juez de un alma
-que se disponía á ejercer.
-
---Antonia,--exclamó con ahinco Gastón, viéndola permanecer silenciosa
-y meditabunda,--hable usted; no tenga reparo en calificarme según le
-plazca, ni en echar por tierra mis ilusiones respecto al imaginario
-tesoro. Á todo estoy preparado, y casi me hará usted un bien acabando
-de extirparme esperanzas quiméricas. Tráteme usted, Antonia, al menos
-hoy... como á un hermano. En cambio del sueño del tesoro me dará usted
-otro sueño más bonito cien veces: soñaré que se interesa usted por mí:
-ya ve si salgo ganando.
-
---¿No se enojará usted porque me exprese con franqueza?--preguntó la
-consejera sonriendo.
-
---Mil veces no... _Al contrario_, como me dijo usted la primera vez que
-la ví y la pregunté si la importunaría mi visita.
-
---Pues lo que saco en limpio de su historia es que es usted responsable
-de la mitad más una de las desdichas que le han sucedido hasta hoy. El
-perder á su madre de usted fué desgracia; el arruinarse, culpa.
-
- [Ilustración]
-
---Lo reconozco. Prosiga usted; repréndame.
-
---Sí que debo reprenderle, y en términos muy severos, porque, amigo
-Gastón, hay ruinas de ruinas. El que emprende algo útil; el que
-invierte con buen fin su capital y tiene la desgracia de no acertar
-y de perderlo; el que por reveses impensados se queda pobre, merece
-lástima. Usted no está en ese caso: lo ha derrochado todo de la manera
-más frívola y más sin substancia, y para mayor dolor, dando escándalo
-al mundo y mal ejemplo á sus amigos y á sus servidores. Tenía usted
-un caudal que manejar y un nombre antiguo é ilustre que sostener; el
-caudal lo ha dedicado usted á insulseces y á torpezas, y el nombre lo
-ha dejado usted á merced de los Louridos, hoy protectores del señor de
-Landrey. Ya ve si la tribulación es merecida.
-
-Por preparado que se encontrase Gastón á oir cosas desagradables, y por
-grande que fuese el prestigio de Antonia para decírselas, sintió un
-bochorno mortificante y un deseo de apología.
-
---Es cierto, Antonia; pero recuerde usted, para no juzgarme tan
-duramente, que á no haber encontrado en mi camino á dos bribones que me
-deparó la suerte, después de todo, no estaría hoy sino algo mermada mi
-hacienda.
-
-Frunció Antonia el ceño, y su cara adquirió expresión todavía más
-severa y triste.
-
---No le disculpa á usted eso. Antes me parece que le acusa más. Sobre
-disipador, ha sido usted neciamente confiado. No ha querido usted
-molestarse ni en saber á quién entregaba sus intereses y consagrar
-á vigilarlos ni una hora de las que perdía en sus vacíos goces. Los
-bribones nacen espontáneamente al lado de los abandonados como usted.
-Si no le hubiesen pelado á usted Uñasín y Lourido, le pelarían otros
-que se llamarían de otra manera: diferencia única. Y no me diga usted
-que le faltó buen consejo, Gastón... porque lo tuvo usted tan bueno,
-que no cabe otro mejor; y á no haberse usted olvidado de las palabras
-de su madre, de que la fortuna se nos da como en depósito... hoy sería
-usted un hombre feliz, rico y con la conciencia tranquila; sería
-usted... óigalo bien, Gastón, porque esta frase me parece que lo dice
-todo... un _administrador de Dios_... que es lo que hay que ser, y lo
-demás, ¡patarata!
-
-Radiante luz penetraba en el espíritu de Gastón, que casi sentía
-impulsos de arrodillarse y de herirse el pecho con el puño cerrado.
-Podía todo aquello mortificarle un poco, pero... ¡qué gran verdad
-encerraba! Antonia, perspicaz al fin como mujer, notó muy bien el
-efecto de la homilía, y se dilató su rostro.
-
---Si aspira usted á restaurar la riqueza de Landrey para volver á
-tirarla por el balcón, no tengo fe en los consejos que le voy á dar:
-recaerá usted en la miseria, y quién sabe si en la deshonra. Antes de
-rehacer el caudal, que es cosa externa, rehágase usted por dentro: me
-parece lo más urgente. Si se ha de cambiar su porvenir, cambie usted,
-transfórmese en otro hombre...
-
---Creo que tiene usted razón, Antonia,--exclamó el señor de Landrey
-con entusiasmo.--Conozco que he sido... un trasto; ¡francamente! Deseo
-regenerarme... pero no podré si usted no me ayuda. Estoy muy solo:
-nadie me quiere; á nadie le importa de mí... Esto no lo había notado
-hasta hoy; vivía en un vértigo, y aturdido no comprendía el vacío de
-mi alma. Ahora conozco que me falta sostén y calor... Si usted no me
-tiende la mano, Antonia, usted que es tan fuerte, tan derecha, tan
-valiente... no haré nada; me echaré al surco.
-
-La viuda de Sarmiento se encendió de emoción; pero fué como el paso
-fugaz de una nube roja sobre un tranquilo cielo. Pesando sus palabras,
-cuya importancia conocía, respondió serenamente:
-
---Si entiende por tender la mano lo que estoy haciendo... ya la
-tiene usted tendida. Pero de esa puerta afuera,--y señaló á la de la
-verja,--es usted el que tiene que valerse. ¿No es usted hombre? ¿No
-ha de poder un hombre recoger sus fuerzas y su voluntad y cumplir un
-propósito? Si yo no fuera mujer, me asociaría á usted para trabajar
-juntos en la restauración de Landrey; hasta me divertiría la empresa.
-Su delicadeza de usted debe hacerle comprender que no puedo en esta
-ocasión olvidar la reserva propia de las faldas. Ni aun como consultora
-me gustaría que, en lo sucesivo, acudiese usted á mí. Le queda á usted
-trazada una línea de conducta, ó mucho me engaño, ó puede seguirla
-solo. ¿Qué, no será usted capaz de remediarse? Porque entonces...
-
---¿Y esa línea de conducta?--murmuró él con tierna sumisión.
-
---Ya lo sabe usted; volverse del revés como un guante. Era usted
-gastador y ha de ser económico; era usted confiado, y ha de ser
-receloso; era usted dormilón, y ha de ser madrugador; era usted
-perezoso, y ha de ser activo; era usted un vago, y ha de trabajar diez
-horas diarias, papelear, hacer números, sepultarse en las cuentas hasta
-el cogote... No ha de fiar usted á nadie sus asuntos, y no ha de perder
-ni un día en caprichos. El venir aquí es capricho también. Pase hoy,
-porque hablamos de cosas serias; mas si le ocurre jugar al picadero con
-Miguelito, yo no he de prestarme á ello. ¡Usted ya no es dueño de un
-minuto!
-
---Pero, Antonia,--objetó Gastón con humorismo,--lo que me aconseja
-usted estaría en carácter si yo tuviese aún millones que administrar.
-Los que me despojaron me quitaron esas ansias. Á fe que bien libre me
-encuentro.
-
---Ese es el error,--exclamó Antonia--No hay semejante ruina. Lo que
-han hecho es embrollarle de mala manera sus asuntos; desean comérsele
-hasta los huesos; pero apostaría lo que no tengo á que si usted se
-lo propone, los desembrolla. Usted mismo reconoce que no ha podido
-gastar, de ningún modo, lo que le da por invertido el peje de Uñasín.
-Si se cruza usted de brazos, claro es que acabarán por llevárselo todo.
-¿Quiere oir lo que yo haría en su caso?
-
---Como que he de acatar á ciegas lo que usted disponga,--declaró
-Gastón, que se sentía revivir.
-
---Pues halague usted á Lourido; déle á entender que conseguirá cuanto
-desee; y únicamente pídale luz para desenredar lo de Madrid. Sírvase
-de un bribón contra otro bribón. Esto es lícito, y como no se trata de
-hacer ninguna picardía... Lourido es hombre que oye crecer la hierba;
-posee gran aptitud para los negocios; en otro campo que la Puebla,
-tendríamos en él á uno de esos reyes de la banca, que sudan oro.
-Utilice usted á Lourido para meter al de Madrid en cintura. Estudie
-con Lourido el problema, y cuando se empape bien en las doctrinas de
-ese maestro, (para el caso presente es que ni de encargo), haga usted
-la maleta y váyase á Madrid á empezar á devanar el ovillo. Después de
-poner orden allá, puede dedicarse á lo de aquí. Á Landrey, hoy por hoy,
-debe usted mirarlo como cosa secundaria.
-
---Á todo esto, Antonia,--interrogó Gastón que había bebido ávidamente
-las palabras de la viuda,--no me dice usted nada de... lo principal.
-
---¿Á qué llama usted lo principal?
-
---Al tesoro.
-
---¿Lo principal el tesoro? ¡Ay Dios mío! Me temo que desde hace media
-hora estoy predicando en desierto.
-
---¿Cree usted que el tesoro es una patraña? Dígalo en seguida... y no
-pensaré en él más.
-
---Mi opinión,--respondió Antonia pausadamente,--es que el tesoro
-existe.
-
---¡Ah!--gritó Gastón, viendo ya relucir el oro y fulgurar las pedrerías.
-
---¡Que existe... y que no debe usted buscarlo!
-
---¿Cómo es eso?--interrogó Gastón sorprendidísimo, aunque iba
-acostumbrándose á la originalidad de su consejera y amiga.
-
---Verá... Primero le diré por qué supongo que existe el tesoro. No cabe
-ni dudar que existía cuando su bisabuelo de usted escribió el documento
-y trazó el plano encerrado en la caja de plata. Un padre no engaña á
-su hija querida desde el lecho de muerte. El relato de doña Catalina
-tampoco es quimera de su imaginación debilitada por la edad: lo que
-le contó á usted está de acuerdo con lo que sabe Telma y consta por
-tradición,--la quema de papeles, el desafecto de don Martín á su hijo,
-su preferencia por la hija que le acompañaba.--Desde que eso sucedió
-han pasado sesenta años, y ha estado el castillo en poder de mayordomos
-y caseros. Ninguno de ellos se ha hecho millonario ni ha derrochado
-caudales: luego ninguno ha descubierto el tesoro...
-
---¿Y Lourido?--interrumpió Gastón.
-
---Ya llegamos á Lourido... Verdad que pasa aquí por rico, y lo es hasta
-cierto punto, porque chupó como una sanguijuela los bienes de la casa
-y prestó á réditos, y compró á desprecio explotando á los infelices;
-pero así y todo, la riqueza de Lourido es riqueza de aldea, la hemos
-visto crecer y sabemos de dónde procede: si hubiese encontrado el
-tesoro prosperaría de golpe, y se marcharía de aquí, porque su mujer y
-su hija Flora rabian por volar á otras esferas... ¡Tampoco Lourido ha
-encontrado el tesoro, aunque bien lo buscó!...
-
- [Ilustración]
-
---¿Que lo ha buscado?--preguntó Gastón estremeciéndose al ver
-confirmadas sus sospechas.
-
---Ya lo creo... Yo trato poco á lo que aquí se llama _señorío_, pero
-hablo muchísimo con los aldeanos... y ellos, á su manera, todo lo
-husmean y todo lo saben. En esta comarca, el secreto del tesoro es un
-secreto á voces. Lourido ha practicado varias excavaciones ocultamente,
-y las gentes piensan que lo que busca son las joyas que la Reina mora
-llevó al sepulcro. Me he reído de esas joyas y de la credulidad de los
-labriegos mil veces, porque no sabía lo que usted acaba de confiarme.
-Hoy comprendo que Lourido tenía olfato. Que por ahora nada consiguió
-encontrar, me lo prueba además otra razón: el empeño que demuestra en
-hacerse con el castillo de Landrey. Dueño del castillo, lo arrasará y
-no parará hasta acertar con el tesoro, que le trae loco de codicia.
-
---Bien, Antonia; todo eso está divinamente deducido, lo que no parece
-es la razón de que yo no realice, en uso de mi derecho, lo que no
-consiguió Lourido,--exclamó Gastón respirando.
-
---La razón... ¡Ay! ¡y qué empedernido está usted; qué difícil va á ser
-que usted se enmiende!--declaró la viuda con pena y hasta con cierto
-tedio, que mortificó á su amigo.--La razón es que el tesoro supone
-para usted lo desconocido y lo fantástico, el golpe de varilla de las
-comedias de magia, la suerte que nos coge dormiditos y nos echa encima
-los bienes como podría echarnos un cubo de agua... ¡Valiente gracia
-haría usted si descubriendo el tesoro repusiese su caudal! ¡Valiente
-hombrada! Después de todo, el caudal es lo que menos importa. Su alma
-de usted, su conducta, su regeneración por el trabajo y por una vida
-que no redunde en daño y en perversión de usted mismo y también de los
-demás, es aquí lo que interesa, al menos á mi parecer... y habíamos
-quedado en que yo era el juez de este litigio... ¿ó se vuelve usted
-atrás?
-
---No,--respondió Gastón enérgicamente, con involuntario esfuerzo.--Á
-usted me encomiendo, y se me figura que he comprendido bien sus
-indicaciones y que las voy á seguir de tal manera... que usted misma se
-admirará.
-
---¡Quiéralo Dios! Pues, siendo así, el tesoro,--lo repito,--significa
-para usted algo insano, una especie de lotería con que cuenta para
-remediar males que causó su imprevisión y su vida loca. Si aspira á
-que yo le estime... dejará en paz el tesoro. Esas cosas que se deben
-al azar, se agradecen cuando el azar quiere enviárnoslas, pero no se
-buscan; buscarlas sería seguir las huellas de Lourido... y usted no ha
-de proponerse tal modelo.
-
-Gastón calló. Sentíase subyugado por aquella mujer animosa, en quien
-tenía que reconocer la superioridad del criterio y la firmeza de la
-voluntad. Este sentimiento iba acompañado, preciso es reconocerlo, de
-cierta humillación. No podía dudar que Antonia manifestaba ideas dignas
-de un hombre, y que todo aquello debería él haberlo discurrido antes,
-en vez de dormirse al arrullo del goce y en el seno de la pereza y la
-indolencia.
-
---¡Qué lección me está dando!--pensaba.--¡Parece que veo en un espejo
-la cara del ser más inútil de la tierra! ¡Pero yo le demostraré
-á Antonia que también, cuando llega el caso, sé dominar las
-circunstancias! Y á fe que he de averiguar si la que me administra
-estos sabios consejos tiene en ese cuerpo tan sano y tan hermoso algo
-que se parezca á un corazón... Porque hasta hoy, al menos para mí, se
-me figura que no existe en Antonia tal víscera.
-
-Mientras la ingratitud y la fatuidad dictaban al mal convertido Gastón
-semejantes reflexiones, Antonia, como si quisiese confirmar la opinión
-de su amigo acerca de su despego é insensibilidad, añadió:
-
---Ya he dicho á usted cuanto se me alcanza acerca de su situación
-actual. Si usted es capaz de penetrarse bien de todo ello, no necesita
-que insista; y si no... cuanto yo porfiase sería machacar en hierro
-frío. Creo que usted no gustará de machaquerías. Además, á un hombre
-de la edad de usted... no se le lleva de la mano. Si quiere hacerme á
-su vez un favor, evitar que mi nombre ande en lenguas, dejará de venir
-definitivamente. La malicia grosera de las aldeas no sé si es más
-terrible que la malicia sutil é ingeniosa de los pueblos grandes. Si
-usted es sincero conmigo, me confesará que tiene motivos para darme en
-esto la razón.
-
---Es cierto, Antonia,--contestó noblemente el señorito de Landrey.--Aún
-hoy á la salida de misa, unas bocas pecadoras... Pero, en último
-término,--añadió dejándose llevar del atractivo poderoso que sobre
-él ejercía Antonia,--¿qué nos importa? ¿Quién tiene derecho á
-fiscalizarnos? ¿No somos libres?
-
---Nadie es libre...--tartamudeó Antonia, cuya voz temblaba,--y usted
-menos que nadie. ¡Tiene usted que levantar su casa y su apellido! Á esa
-tarea, dedique usted todo el tiempo, toda la energía de que sea capaz.
-Venir aquí es una distracción como otra cualquiera. No conviene que
-usted se distraiga... Y por último, yo deseo que no venga... y usted
-debe respetar mi deseo.
-
---Lo respetaré, Antonia; se lo prometo, ya lo verá,--contestó él con un
-tono que parecía frío, y no era sino el velo de un despecho profundo y
-doloroso.
-
-La tarde última que Gastón pasaba en el jardín de la quinta se acabó
-tristemente. Antonia se esforzaba por reanimar la conversación, pero
-el señorito de Landrey se había encerrado en un mutismo displicente.
-Cuando se retiró, apenas estrechó la mano de su consejera; á Miguelito,
-en cambio, le apretó contra el corazón y le besó arrebatadamente en los
-ojos.
-
-
-
-
- XII
-
- Táctica y estrategia
-
-
-Gastón cumplió su promesa de ir á comer al día siguiente con la familia
-de Lourido; acogiéronle al pronto con cierta hostilidad, pero la escena
-cambió, aun no bien el señorito de Landrey, sentado á la izquierda
-de Florita, armó con la muchacha una escaramuza de coqueteos, tan
-marcados, que extrañaron á Concha y regocijaron al Alcalde y á la
-Alcaldesa. Saltaba á los ojos: ¡el señorito cortejaba á la niña! ¡Y qué
-bien se insinuaba, y cómo sabía asestar los tiros, y de qué expresivo
-modo manifestaba la impresión producida por la belleza de Flora! Ésta,
-de puro engreída, no tocaba á los platos: y Concha, con su buen humor
-invencible, la soltó esta pulla en seco:
-
---¿Qué santo es hoy, Flora? Como veo que ayunas al traspaso...
-
-No por eso recobró el apetito la interpelada; tal era su embeleso al
-recibir las ojeadas incendiarias y las atenciones constantes de Gastón,
-que al servirla, al bromear con ella, adoptaba lánguidas actitudes
-de galán deseoso de disimular su inclinación y que no lo consigue.
-Sofocada bajo la espesa capa de polvos de arroz, Flora comparaba al
-juez municipal con aquel apuesto y arrogante caballero, cuyos modales
-respiraban distinción y desenfado gracioso, cuya ropa trascendía á
-no sé qué perfume tenue y fino, y que era además _el señorito_, el
-dueño de Landrey, el personaje más eminente que había encontrado en
-su camino, un ser distinto de los otros... También al Alcalde le
-chispeaban los ratoniles ojillos. ¿No era _aquello, aquello_ mismo, lo
-que él se había atrevido á soñar, un día en que recontaba su ya orondo
-peculio... pero como se sueña el golpe más inesperado de la suerte,
-que puede venir y sin embargo, juraríamos que no vendrá? ¡Florita
-señora de Landrey! ¡Qué diablo! ¡Para eso ha exprimido el padre el
-limón del préstamo; para eso ha bebido el sudor de los braceros y las
-lágrimas de los huérfanos y las viudas; para eso sabe hacer que, en
-el plazo de un año, una onza se doble y arroje á la partida del haber
-treinta y dos duros!
-
-Al terminarse la comida, Flora dió señales de querer arrastrar á
-Gastón á la senda de perdición del piano; pero el señorito de Landrey,
-como quien realiza un esfuerzo, rogó á Lourido que le concediese una
-entrevista, para hablar de negocios. Encerráronse en el despacho, y
-Gastón, con abandono lleno de confianza, enteró á don Cipriano de lo
-que le sucedía.
-
---Al encontrarme, don Cipriano, con que le debo á usted cinco mil
-duros... ó tal vez más... quisiera pagárselos inmediatamente, bien lo
-sabe Dios, pero si no saco á subasta las tierras y el castillo, lo cual
-dice usted que sería un desacierto...
-
---¡Un _sin pies_!--exclamó el usurero, que creía decir _un ciempiés_.
-
---Bueno, si yo lo creo también...--declaró Gastón con ingenuidad.--Pero
-repito que, á no cometer ese _sin pies_... no sé cómo arreglarme.
-Resulta que, en Madrid, mis asuntos están peor que aquí todavía. Se
-me figura que no ha tenido acierto mi apoderado, el señor de Uñasín,
-sujeto por otra parte honradísimo... y que me ha metido en un lío muy
-gordo. Y como usted es tan inteligente, vengo á consultarle... ¿Quiere
-usted enterarse de este legajo?
-
-Contenía el legajo los estados de cuenta y los comprobantes remitidos
-por Uñasín para su revisión y aprobación, y que el señorito de Landrey
-había recibido en uno de los últimos correos, acompañados de una carta
-muy melosa, en que el buitre solicitaba que se le devolviesen cuanto
-antes legalizados y en forma, «al objeto de aplacar á los acreedores,
-que están venenosos.» Lourido, con rapidez febril, tomó aquel mazo de
-papeles, y empezó á examinarlo hoja por hoja, apasionadamente.
-
---Si quisiera usted enterarse despacio...--dijo con indiferencia
-Gastón,--la verdad... como me aburre todo esto de los negocios...
-preferiría que usted se batiese ahí con esos mamotretos... y yo me
-volvería á la sala... ¡He dejado á sus hijas con la palabra en la
-boca!... Antes de subir á Landrey, volveré á ver qué ha sacado usted en
-limpio...
-
- [Ilustración]
-
-Y con el aire del que consigue sacudirse una mosca, corrió á la sala,
-mientras Lourido se restregaba las manos de gozo...
-
-Cuando Gastón, al anochecer, se presentó otra vez en el despacho,
-Lourido le acogió con una explosión de indignación exagerada y de
-satisfacción irónica; y riendo y gruñendo á la vez, exclamó:
-
---¡No es mal punto filipino el apoderado general! ¡Honradísimo... sí,
-buena honradez nos dé Dios! ¡Yo ya me lo había tragado, por cosas
-que me pasaron con él; pero no creí que gastase tanta _envilantez_!
-¡Amañados le ha puesto los asuntos, señorito... amañados! Ni una madeja
-dada al gato...
-
---¿De modo que... estoy arruinado sin remedio?--preguntó Gastón.
-
---¡Quiá! ¿Me chupo yo el dedo? Si me deja estudiar este protocolo
-unas horitas más... le diré cómo ha de hacer para empezar á salir del
-pantano. Las cosas es menester darlas cinco vueltas. Al principio todo
-parece el mundo universal, y después resulta una _cunca_ de mijo menudo.
-
---Verá usted,--dijo Gastón con el mismo abandono.--Á mí ya se me
-había ocurrido que aquí podía haber mácula... sólo que no sabía
-cómo defenderme. Y, la verdad: _hoy_ sentiría quedar pobre; estoy
-cansadísimo de la vida de soltero, y deseo establecerme aquí, en este
-país tan precioso, en esa casa vieja de Landrey, que usted sostuvo y
-yo quisiera arreglar... Una mujer sencilla, una joven linda y honesta,
-ajena á los engaños y á las locuras de la corte...--añadió como absorto
-y hablándose á sí mismo.--¡Pero casarse sin tener pan!... No. Lo que
-haré, si no puedo salvar nada de mi hacienda, será irme á cualquier
-parte con un destino que me den mis amigos de Madrid...
-
---¡Jesús, señorito! Déjeme á mí, guíese por mí, que le aseguro que
-hemos de salir avante... Esta noche me peleo con los papeles, y mañana
-venga aquí, que le diré...
-
---Pensaba venir de todos modos, porque sus hijas de usted quieren que
-demos un paseo y que nos embarquemos á pescar _panchos_...--respondió
-Gastón con alegría descuidada, propia de un muchacho de diez y seis
-años á lo sumo.
-
-Al retirarse Gastón, conferenció la familia Lourido,--excepto Concha, á
-quien despidieron á su cuarto por sospechosa y recalcitrante.--Resultó
-de la conferencia, que la Alcaldesa, y sobre todo, como era natural,
-Florita, habían notado en el dueño de Landrey señales del más fino
-enamoramiento; lo cual, junto á las palabras que se le habían escapado
-en el despacho de Lourido, calentó las cabezas, y dió tela para
-fantasmagorías del porvenir. Sin embargo, ni Flora ni su madre podían
-ver en aquellas risueñas perspectivas lo que veía don Cipriano; el
-tesoro enterrado en las fundaciones de Landrey, y cuya búsqueda y
-descubrimiento serían lícitos ya y podrían realizarse sin temor,
-cuando se hiciesen á nombre del amo, pero el amo casado con la hija
-del mayordomo... Así aquella misteriosa riqueza soterrada y oculta en
-las entrañas de piedra de Landrey actuaba sobre la mente de cuantos
-sospechaban su existencia, y guiaba sus determinaciones, según la
-calidad respectiva de las almas, impulsando á Antonia á aconsejar el
-desprendimiento, y á Lourido á abrazar la causa de Gastón y luchar
-desde lejos, oponiendo su penetración y socarronería galaica á las
-artimañas de Uñasín...
-
- [Ilustración]
-
-Transcurrieron varios días, durante los cuales Lourido papeleó mucho y
-celebró varias conferencias con Gastón, informándose de pormenores que
-importaban á los asuntos pendientes. En esta primer campaña demostró
-Lourido una perspicacia, un instinto para los negocios, que asombraron
-al señorito; en otro _medio_, aquel usurero de aldea se hombrearía
-con los negociantes que subyugan una plaza comercial y hacen brotar
-millones donde sientan la planta; además, había en él la aptitud
-innata de una raza cautelosa, de una tierra en que todos saben derecho
-y son capaces de retorcer el argumento al abogado más sutil.--Mientras
-el mayordomo iba poniendo en claro los intrincados negocios de Gastón,
-éste, afectando un desdén olímpico hacia la cuestión de interés,
-aprovechaba las ocasiones de escaparse á charlar con las muchachas,
-es decir, con Florita, de quien era ya declarado galán; y cada día
-inventaban paseos y correrías por los montes y la playa, partidas de
-pesca ó meriendas en algún soto, que hacían retorcerse de celos al
-juez municipal, antes preferido y hoy desdeñado adorador de la linda
-rubia. En la Puebla no se hablaba de otra cosa más que de los amoríos
-del señorito de Landrey con la hija de su mayordomo, creyéndose muy
-próxima una boda que á nadie sorprendía, dada la fabulosa riqueza que
-las exageraciones lugareñas atribuían á Lourido. Sólo Telma, con esa
-libertad de expresión que adquieren los criados antiguos, echaba de
-vez en cuando á su amo indirectas transparentes y muy agrias.--¡Qué
-hubiese dicho la señora Comendadora si ve á su sobrino arrimarse á
-aquella casta cochina de Lourido, que había entrado en el castillo con
-andrajos, en pernetas, y ahora estaba gordo á fuerza de chupar el jugo
-á sus amos!
-
-Á estas salidas de la vieja criada contestaba Gastón con risas y
-bromas, y alguna vez con abrazos expansivos y fuertes, pues había
-llegado, en aquella soledad, á cobrar intenso cariño á Telma, dando
-todo su valor á la abnegación incondicional de un ser cuya vida había
-absorbido por completo la casa de Landrey, sin que pidiese á esta
-casa más de lo que pide la hiedra al muro: adherirse.--Entre las
-muchas ideas nuevas que iban abriéndose paso en el cerebro de Gastón,
-figuraba la del derecho de toda criatura humana; y Telma, que antes
-era para él algo como un _objeto_ que se había acostumbrado á ver,
-convertíase en _persona_. Siempre la había tratado con dulzura, y ahora
-la respetaba... interiormente, con un respeto piadoso; y el día en que
-llegó á esta altura cristiana y moral--respetar á su criada--Gastón
-sintió una alegría secreta, y subiéndose á la torre de la Reina mora,
-asestó el anteojo al jardín de Antonia, y vió en él á Miguelito
-jugando con Otelo.--La viuda no apareció; estaría retirada, de seguro
-trabajando.
-
-Lourido entretanto llegaba á dominar la cuestión encomendada á su
-tacto y á sus luces. Como el explorador que penetra en una selva y
-va cortando con el hacha lo que se opone á su paso, abríase camino á
-través de los obstáculos hacinados por Uñasín. Aislando cuestiones,
-podía afirmar ya que con los datos existentes, y mucha energía,
-Uñasín no tendría más remedio que vomitar lo que había querido
-zamparse; la casa de Landrey, descalabrada, pero viva. Era preciso
-sacrificar más de una tercera parte, y las otras dos saldrían á flote,
-gravadas con algunos créditos é hipotecas que no sería difícil ir
-descargando...--¡El señorito encontraría quién le prestase dinero
-en mejores condiciones!--exclamaba fervorosamente Lourido, dando á
-entender, en frases que querían ser reticentes y veladas, pero más
-claras que tela de cedazo, lo que podía esperar Gastón elevado á la
-categoría de yerno suyo, y cuando el liberar la hacienda de Landrey
-fuere salvar el patrimonio de los descendientes de don Cipriano...
-
- [Ilustración]
-
-Gastón lo aprobaba todo, aunque enterándose menudamente: nunca
-discípulo preguntó más, ni escuchó con mayor atención á un maestro.
-Como si sufriese el ascendiente de la inteligencia y el contagio de la
-actividad del Alcalde, poco á poco había ido tomando la costumbre de
-trabajar con él primero una hora, luego hasta tres, sin prescindir por
-eso de las expediciones y los correteos á pie y en pollino, acompañando
-á Florita. En las horas de despacho ahondaba en lo que le importaba
-mucho, pertrechándose á fin de realizar el indispensable y urgente
-viaje á Madrid, en que debía consultarse con un abogado de fama y
-pelear con Uñasín cuerpo á cuerpo. Don Cipriano le amaestraba, le ponía
-los puntos sobre las ies, le hacía fijarse especialmente en las mil
-vueltas que jurídicamente cabe dar á una misma cuestión. Las cataratas
-se le caían al señorito de Landrey. No sólo iba viendo la explotación
-de que era víctima, sino el tejido fuerte y mañoso de la red en que
-le envolvían, y el modo de romper las mallas y sacar fuera la cabeza
-para respirar y las manos para concluir de rasgar la odiosa prisión. Y
-constituía la nota cómica la indignación de Lourido al demostrar las
-arterias y habilidades de Uñasín. Sus exclamaciones podrían traducirse
-de esta manera:
-
---¡Lástima no habérseme ocurrido esa treta á mí! ¡Buen golpe para que
-lo diese el presente maragato!
-
-Cuando Gastón se creyó impuesto en todo lo necesario, dejó á Telma
-guardando el castillo y salió hacia Madrid, donde esperaba no perder
-tiempo. Florita, desde su marcha, guardó un retraimiento absoluto;
-economizó más de una fanega de harina, por lo que dejó de empolvarse;
-otorgó treguas á su hermoso pelo rubio, no martirizándolo con las
-tenacillas; aflojó tres dedos el corsé; se dió tono anticipado de
-viudita noble, y hasta se prestó á acompañar á la iglesia, muy de velo
-á la cara, á su hermana Concha, organizadora de una espléndida novena,
-con gozos, á la Patrona de la Puebla. Allí tuvo el gusto de mirar con
-fisga á Antonia Rojas, que concurría á la novena todas las tardes y que
-aparecía algo descolorida y menos animada que de costumbre.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- XIII
-
- El aro de oro
-
-
-Poco más de un mes estuvo en Madrid Gastón, y la tarde en que regresó,
-al ver á Telma que había salido á esperarle, la abrazó con tanto
-cariño, que la vieja sirviente se deshizo en llanto. El señorito venía
-muy diferente: ¡qué formal, qué aplomado, qué hombre!
-
-Al otro día de la llegada, Gastón empezó á dar órdenes para arreglar
-las habitaciones del castillo y reparar lo que era más urgente que se
-reparase. Los muebles de comodidad, las ropas, el ajuar todo, llegarían
-en breve por el ferrocarril: Gastón levantaba su apeadero de Madrid
-y se traía el mobiliario: además había adquirido muchas cosas, no de
-lujo, pero necesarias. Albañiles y carpinteros empezaron á arreglar
-los techos y pisos del Pazo y de la capilla, cerrada desde tiempo
-inmemorial, en cuyo magnífico retablo barroco anidaban las palomas y
-las golondrinas, y en cuyo púlpito se guarecía una tribu de ratones.
-
-Corrió una semana, y como Gastón no hubiese bajado á la Puebla, ni
-dado señales de existir para la familia de don Cipriano, Florita, que
-se engalanaba todos los días inútilmente, tuvo un ataque de nervios
-y un soponcio, y el Alcalde, caballero en su yegua, subió lleno de
-inquietud la calzada pedregosa. Recibióle Gastón con afabilidad,
-celebró que se le hubiese ocurrido venir, y le obsequió con vino y
-bizcochos; después se encerraron los dos en el aposento que el señorito
-de Landrey empezaba á utilizar para despacho, instalando en él estantes
-con libros y papeles y una mesa ministro. La encerrona duró más de dos
-horas, y al cabo de ellas salió Lourido en un estado digno de lástima:
-desemblantado, mortecino de ojos, gacho de orejas, hasta temblón de
-manos; y Telma, que corrió á ordenar que le trajesen la yegua á la
-puerta del Pazo y le tuviesen el estribo, notó que dos ó tres veces
-volvía la cabeza el Alcalde y miraba atrás crispando los puños, como el
-que quiere comerse con la vista y el deseo á algo ó á alguien...
-
- [Ilustración]
-
-Dos días después--era domingo--Miguelito, que se entretenía en botar
-al agua una lucida escuadrilla de barcos de papel en el pilón de la
-fuente, sintió que unas manos se le apoyaban sobre los ojos, y una voz
-le decía:
-
---¿Quién soy?
-
---¡Gastón, Gastón!--chilló el niño desprendiéndose y volando hacia la
-casa.--¡Mamá! ¡Está aquí Gastón!
-
-Antonia Rojas tardó poco en aparecer: Gastón la saludó con efusiva
-alegría, y la miró á la cara fija, larga y tiernamente, encontrándola
-desmejorada y delgada, como persona que ha sufrido.
-
---¿Ha estado usted enferma?--preguntó afanosamente el señorito de
-Landrey, dirigiéndose al sitio donde acostumbraban charlar, á los
-asientos cerca de la fuente.
-
---Enferma, no...--respondió débilmente Antonia, que sin embargo hablaba
-con voz quebrantada y tenía apagada la claridad de sus hermosos ojos y
-el antes vivo carmín de su encendida boca.--Es un poco de debilidad,
-ó yo qué sé... En resumen, nada. Vamos á ver, hábleme usted de sus
-asuntos... Vuelve usted de Madrid... Supongo que ha arreglado algo...
-No habrá perdido el tiempo...
-
---¡Antonia, Antonia!--respondió Gastón que parecía enajenado.--Sí, lo
-he perdido... He perdido todo el tiempo que transcurrió entre este
-día y aquel en que usted me desterró de su casa... He perdido todo el
-tiempo que no pasé cerca de usted..., pero he de enmendarme ¡vive el
-cielo! y ahora será preciso que usted me permita estar á su lado...
-por... por largos años... ¿Quiere usted?
-
-La palidez de Antonia se convirtió en un rubor vivísimo; cayó sobre sus
-ojos garzos la cortina sedosa de sus párpados, y sólo la agitación de
-su seno respondió á la apasionada pregunta del señorito de Landrey.
-
-Rehaciéndose al fin, pudo articular no sin mucha confusión y vergüenza:
-
---No entiendo... ¿De qué se trata? ¡No creo que pague mi amistad con
-una ofensa ni con una chanza de mal gusto!
-
---¿De qué se trata? ¡De que si antes me alejó usted por evitar que
-nuestra amistad escandalizase á estas buenas gentes, hay un medio de
-que mi presencia aquí, en vez de escandalizar, edifique! ¡De que todos
-la comprendan, la aprueben y la envidien quizás!... Antonia, ¡cuánto
-tiempo hace que sabe usted lo que ahora está oyendo!
-
-La viuda, con poderoso esfuerzo, se serenaba completamente. Sin
-necesidad de poner la mano sobre el corazón, había aquietado sus
-latidos mediante uno de esos actos de voluntad, cuyo secreto poseen
-las naturalezas enérgicas y resignadas á la vez. Su animosa y franca
-sonrisa volvió á jugar en la boca expansiva y grande y en los ojos
-garzos que se fijaron tranquilamente en los de Gastón, candentes de
-entusiasmo y de brío juvenil. Y revelando en su voz calma y dignidad,
-contestó despacio:
-
---Hace tiempo que sé que usted... ha visto en mí algo más... ó algo
-menos que una amiga... y por eso le rogué que no menudease las visitas,
-y, últimamente... es decir, mucho antes del viaje... que las suprimiese
-por completo. Aun cuando usted no demostrase... tanta complacencia
-en venir, le hubiese rogado lo mismo, por mil razones de prudencia.
-Pero... después de que usted, á ruegos míos, se alejó de aquí... ¡han
-sucedido muchas cosas!
-
---¿Á usted, Antonia?--interrogó Gastón con ansiedad.
-
---Á mí, no. Yo he seguido mi vida de siempre. Á usted...
-
---Es cierto,--declaró él tranquilizado.--Mi suerte ha cambiado por
-completo de faz, y á usted lo debo, ¡Antonia del alma! Me creía pobre,
-arruinado, hasta cargado con deudas mayores que mi haber... y gracias
-á sus discretos consejos, á sus sabias lecciones, me encuentro dueño
-de gran parte de ese caudal que juzgaba perdido, y lo que es mejor,
-libre de trampas y ahogos, sin depender de nadie para nada. Esto sólo
-ya sería deber á usted un beneficio inmenso... ¡Pues falta lo mejor,
-el mayor bien que usted me ha dispensado! Yo era un hombre inútil,
-un ocioso vividor, que si no tenía los instintos del vicio, había
-adquirido los hábitos de disipación que conducen á él insensiblemente.
-Usted me ha despertado, me ha iluminado y me ha hecho reflexionar sobre
-mi propio destino. Me he visto y me he avergonzado de verme. Me he
-comparado con usted y me he sonrojado de quererla valiendo tan poco. Me
-he propuesto merecerla á usted cambiando de vida y de costumbres. Hoy
-podría volver á mis antiguas mañas; con lo que he salvado del naufragio
-tengo para reingresar en las filas de la vagancia elegante. En vez de
-hacerlo, me vengo á Landrey á restaurar la vieja casa de mi familia,
-no por vanidad, sino para conseguir, ayudado de usted, practicar el
-consejo de mi madre, y ser solamente depositario de mi riqueza...
-
- [Ilustración]
-
-Escuchaba Antonia con la mirada brillante, los labios entreabiertos
-como para beber el maná de aquellas deliciosas palabras: su expresión
-era de felicidad profunda, incontrastable. Sin embargo, un pensamiento
-que cruzó por sus ojos los oscureció repentinamente. Afirmando con
-trabajo la voz que la emoción enronquecía, preguntó:
-
---¿Cómo ha salvado usted su hacienda? Deseo saberlo. ¿De qué medios se
-ha valido usted para poner á Lourido suave como un guante?
-
-Algo confuso, Gastón se preparó á entonar el _mea culpa_.
-
---Antonia, voy á ser con usted enteramente leal... porque ya la
-considero á usted como á mi propia conciencia... Cuando la pedí su
-parecer y usted me trazó con tanto acierto mi línea de conducta, al
-pronto me sentí un poco chafado... sí, chafado, es la verdad... viendo
-que una mujer me daba tal lección... Puede ser que este mal sentimiento
-no durase un minuto, si usted no me ordena, á renglón seguido, que
-no aportase por aquí... Esta orden, ¡cuyas razones comprendo! hirió
-mi amor propio: yo creía que usted debía sentir algo por mí, aunque
-sólo fuese una amistad tierna... y tanta entereza y tanta frialdad me
-irritaron... En fin, salí de aquí contrariado y con ganas de hacer á
-usted sufrir en su vanidad de mujer... para averiguar si me quería un
-poco... ¡Ya ve si hay en mí fondo de tontería y de malos instintos!...
-Me propuse que usted rabiase... y al mismo tiempo... ¡que me tuviese
-por listo y por mozo de muchas camándulas! ¿No se ríe usted? Pues lo
-cuento para que se ría, no para que se contriste...
-
---No me puedo reir,--murmuró Antonia.
-
---Bastante castigo me impone usted con eso... Abreviando: me metí
-en casa de Lourido mañana y tarde, y mientras el padre empezaba á
-desenredar las trapisondas de allá, y me imponía de cómo era fácil
-salir de la trampa en que había caído, la hija... se figuró... se
-persuadió de que...
-
---¡De que usted se casaba con ella!--prorrumpió Antonia como á su pesar
-y no acertando á reprimirse.--Y lo pensó todo el país, y se dió por
-hecha la boda...
-
---¡Antonia,--afirmó Gastón seriamente,--mi falta no es tan grande
-como usted supone!... Ahora conozco que no procedí con entera
-caballerosidad, y que no todos los medios son buenos para empleados;
-indudablemente, si Lourido no se imaginase que yo pretendía á su hija,
-no se tomaría el interés extraordinario que se tomó en arreglar mis
-asuntos...
-
---Esté usted cierto de ello. Usted tuvo la triste habilidad de engañar
-á ese bribón y también á su hija, á una mujer... Ahí está un consejo
-que yo no le había dado.
-
---¡Es usted severa y cruel!... Antonia, puede usted creerme bajo
-palabra de honor; no he dicho jamás á Flora una palabra ni de amores,
-ni de casamiento. Lisonjas, bromas, piropos, tonterías, acompañarla,
-sí; otra cosa, no ciertamente. Esa familia, desde el punto y hora en
-que me vió y supo mi ruina, que para ellos era todavía prosperidad,
-soñó que me casase con Flora, y su obcecación se explica; todo lo
-convirtieron en substancia.--Reconociendo que estaba en deuda con don
-Cipriano de las enseñanzas que me dió y de la labor fina que hizo para
-romper la telaraña de Uñasín, le he firmado en un barbecho sus cuentas,
-que en menor escala eran dignas de las del otro, ¡una gazapera! y en el
-acto de firmarlas, como he enajenado fincas y tengo dinero disponible,
-le he pagado duro sobre duro los seis mil que se lleva de _bóbilis_...
-Además, pienso enviar á Concha un relicario y á Flora un bonito
-brazalete... ¡que no es el de esponsales, porque ese... ese, aquí lo
-tengo! y le pido á usted que sea buena y lo acepte en seguida ¡en
-prueba de que me perdona!
-
-Con un movimiento gracioso, Antonia rechazó el delgado aro de oro en
-que se engastaba una gruesa perla, y contestó tratando de disimular lo
-vivo de sus sentimientos:
-
---Gastón, no hay resolución impremeditada que no se llore después...
-Deme usted tiempo de reflexionar, y de reflexionar á solas,
-consultándome á mí misma... Algún castigo merece la travesura de usted
-con Flora... Le impongo ocho días de extrañamiento. Vuelva usted el
-domingo que viene...
-
- [Ilustración]
-
---¡Qué barbaridad!--gritó Gastón.--¡Ocho días! Antonia, no voy á tener
-paciencia... ¿Por qué me sujeta usted á tal cuarentena, si se ha
-conmovido usted al verme entrar en el jardín? ¡Se ha conmovido usted!
-¡Lo he visto! Y nada; como es usted una cabeza de hierro, no valdrá que
-yo pida misericordia...
-
---No valdría,--respondió Antonia dulcemente.--Es preciso que conozca
-usted bien mis defectos, y se convenza de mi testarudez. Así no irá
-engañado.
-
---Pero me voy á aburrir mucho,--declaró Gastón.
-
---La gente sensata y laboriosa no se aburre jamás,--dijo sonriendo ella.
-
---Pues á lo menos,--imploró Gastón viendo al niño que se acercaba dando
-vueltas á una cuerda que hacía restallar como un látigo,--hágame usted
-un favor muy grande... Envíeme mañana á Miguelito á pasar conmigo el
-día... Le prometo á usted que no le mimaré ni le levantaré de cascos...
-Le daré de comer cosas sanas... Cuidaré mucho de que no se rompa la
-cabeza en los escombros... ¿me promete enviármele?
-
---Bien, irá Miguelito... No me le vuelva loco...--exclamó festivamente
-la madre.
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- XIV
-
- Miguelito
-
-
-Loco ya, pero de contento, llegó el niño á Landrey á cosa de las
-once, acompañado de Colasa, encargada también de recogerle antes del
-anochecer, y á quien Gastón hizo extensivo el convite, encomendando
-á Telma que la obsequiase cumplidamente. Á medio día se sirvió el
-almuerzo, y Miguelito, estimulado por la caminata y la novedad, lo
-encontró todo de ángeles; fué preciso que Gastón le contuviese, para
-que el festín no parase en cólico. Después de comer recorrieron las
-habitaciones del Pazo y las ruinas del castillo, sin olvidar la
-vetusta torre en que se conocieron, y donde Gastón, en un arranque de
-sensibilidad, besó al niño subiéndole en brazos; mas como las tardes de
-verano son largas, y Gastón deseaba que su convidado no se aburriese un
-minuto, preguntóle:
-
---¿Qué quieres hacer ahora? ¿Quieres pasear? ¿Quieres que volvamos á
-casa, á ver las estampas del álbum?
-
---Quería,--declaró misteriosamente Miguel,--buscar el nido de la
-comadreja. Sé dónde está, y mamá no me deja volver allí, porque las
-piedras resbalan mucho.
-
---¿Es junto al río?
-
---En el mismo río... Tú no tienes miedo, ¿eh?
-
---No, mi vida... ¿Y tú, yendo conmigo, tampoco lo tendrás?
-
---¡Buena gana! Sin tí no lo tengo... ¡figúrate los dos! Mira, llevemos
-palos... las piedras resbalan,--repitió Miguel, que en realidad sentía
-una especie de terror atractivo al pensar en el resbaladero.
-
-Preparáronse á la expedición, y Gastón guardó en el bolsillo pastas y
-un vaso, para merendar y refrigerarse á orillas del río. Echaron á
-andar con buen ánimo, pero ni uno ni otro sabían el camino, y al primer
-chicuelo aldeano que encontraron le comprometieron á que sirviese de
-guía para llevarles al sitio, llamado, según informes de Miguel, _o
-Paso da cova_,--el Paso de la cueva.--El muchacho, que se dedicaba á
-apacentar unas mansas vaquitas, se ofreció á ponerles en dirección del
-río, volviéndose después, por no separarse del ganado. Orientóles en
-efecto, y Gastón comprendió que ya no necesitaba más, pues la bajada
-al río no ofrecía dificultad seria, y una vez en la orilla, todo se
-reducía á seguir derecho, hasta llegar al resbaladero famoso.
-
-No era difícil la bajada al río, en el sentido de que se veía por donde
-realizarla; mas lo empinado y agrio del monte hacía el sendero casi
-impracticable: equivalía á despeñarse cabeza abajo, y la seca rama
-de los pinos, llamada en el país _espinallo_, aumentaba el riesgo,
-haciendo resbaladiza la estrecha vereda, buena sólo para las cabras,
-si allí las hubiese, que no las hay. Miguelito reía á carcajadas,
-agarrándose á Gastón que le sostenía cuidadosamente; y la risa se
-convirtió en convulsión cuando el señorito de Landrey, en uno de los
-sitios más peliagudos, cayó de espaldas, sentado, y se levantó todo
-cubierto de _espinallo_, sacudiéndose y exagerando la queja, para que
-el chico exagerase la alegría...
-
-Cuando llegaron á la margen del río, no por eso fué la empresa menos
-ardua. Al contrario: por allí no había camino practicable, ni estrecho
-ni ancho, ni malo ni bueno, y era preciso saltar por cima de agudos
-pedruscos, ó abrirse paso difícilmente entre carrascas y aliagas
-que picaban las piernas. En algunos sitios, lo tajado de la orilla
-y la estrechez del lugar en donde con gran trabajo se podía sentar
-la planta, ocasionaban verdadero peligro, y Gastón, temeroso de una
-desgracia, tomaba á Miguelito en brazos y le obligaba, á pesar de
-su resistencia, á dejarse conducir fuera del atolladero. El chico
-protestaba, jurando que por allí había pasado él con su madre, los dos
-á pie, y «divinamente.» Llegaron á un sitio tan propio para romperse
-las vértebras, que Gastón sentía impulsos de desandar lo andado y
-enviar enhoramala la expedición y el _Paso da cova_, donde, después de
-todo, no habría más que unas lajas resbaladizas como si de jabón las
-untasen; pero el chico era tan resuelto defensor de que se terminase
-la hazaña gloriosamente, y Gastón se sentía ya tan padrazo, que no
-hubo remedio sino salvar, medio á gatas, el sitio empecatado, del cual
-salieron con las manos arañadas y sangrientas. Al verse fuera del
-apuro, Gastón, respirando, miró alrededor, é hizo un movimiento de
-sorpresa, notando algo como involuntario y oscuro estremecimiento de
-todo su ser.
-
-Hallábanse en un lugar donde, ensanchándose de pronto el álveo del
-río, disminuye en profundidad y es vadeable, caso raro en los ríos de
-Galicia. El agua clara y tranquila descubre el lecho de arena, y baña
-suavemente un trozo de pradería natural, tendido á ambos lados del
-escarpe del monte. Á la otra margen, Gastón veía el principio de un
-sendero, no pendiente y agrio como el que habían seguido para bajar,
-sino asaz cómodo y practicable, que se perdía entre los pinares de la
-montaña. Pero lo que más impresionaba al señorito de Landrey, era
-notar que, á sus espaldas, sobre una ladera escarpadísima, casi cortada
-á pico, descollaba una torre que conoció: era la de la _Reina mora_.
-Estaban debajo del vetusto torreón, tan á plomo con él, que una piedra
-lanzada de las ventanas hubiese podido caerles sobre la cabeza; y sin
-embargo, por aquel lado la torre era absolutamente inaccesible: querer
-subir por el tajo á pico sería como intentar asirse á una lisa pared de
-acero. Los que sitiasen á Landrey no era posible ni que intentasen el
-asalto del torreón por donde cae al río.
-
-¿Por qué se destacó en el espíritu de Gastón esta idea con extremada
-lucidez? ¿Por qué la recibió como se recibe á un huésped que
-afanosamente esperamos? Al pronto ni lo supo él mismo. Un aturdimiento
-singular, especie de mareo del entendimiento, le dominaba; y como entre
-sueños, al través del zumbido de la sangre agolpándose á sus sienes,
-oía la voz del niño.
-
---Aquí es,--decía.--Qué bonito, ¿eh? Pero no hay resbaladero, ¿sabes?
-porque hoy el río va más crecido y cubre las lajas... que son atroces
-de lisas... Dijo mamá cuando estuvimos aquí, que esas lajas no las puso
-Dios, sino que las colocó la gente para cruzar á pie enjuto, y que
-deben de tener mil años, por lo gastadísimas que están... ¡Vén, anda!
-que te enseñaré el _Paso da cova_ y el nidal de la comadreja...
-
- [Ilustración]
-
-No eran ya las sienes; era el corazón, era todo el cuerpo de Gastón
-lo que se agitaba como saturado de azogue... La idea inicial había
-sido llamada por las otras, que acudieron con la rapidez propia de
-su inmaterialidad; y agrupándose como un haz de rayos lumínicos,
-produjeron la claridad viva que en aquel instante deslumbraba y
-enloquecía al señorito de Landrey... Las palabras del manuscrito de
-don Martín rodaban por su cerebro á guisa de olas encrespadas: «Si
-guiado por el Norte siguieres el camino de los antiguos en peligro de
-muerte...» Allí, allí estaba «el camino de los antiguos;» por allí los
-defensores de Landrey podían no sólo bajar á la corriente á surtirse
-de agua, sino escapar, desvanecerse como el humo cuando les amenazasen
-los sitiadores, cruzando el río por las lajas colocadas á mano, y
-perdiéndose en el sendero del otro lado de la montaña cubierto de
-robles y pinos... ¡La mina, la mina! ¡El tesoro!
-
---Vén, te enseñaré donde he visto esconderse la comadreja,--repetía el
-niño, tirando de la mano á Gastón, que embobado se dejó arrastrar.
-
-Orientóse Miguelito con ese acierto topográfico que distingue á los
-niños, cuya retentiva fresca no pierde un detalle, y empezó á desviar
-los brezos y los renuevos de roble que revestían la base del escarpe,
-descubriendo un sitio en que sólo su mirada avizor podría adivinar
-la boca de una cueva,--orificio angosto, cegado por desplomes de
-tierra y piedras, entre las cuales surgía recia y lozana vegetación,
-disimulando perfectamente la entrada y haciendo hasta dudoso que tal
-abertura fuese otra cosa sino madriguera de los tejones y las _martas_,
-abundantes en aquel país.--Pero Gastón no dudaba; era la boca de la
-mina militar del castillo de Landrey, y la emoción le empapaba las
-sienes en sudor helado y le hacía temblar las piernas...
-
- [Ilustración]
-
-Calló: no era posible confiar tal secreto á Miguelito. Cuando, ya
-anochecido, habiendo regresado los dos á Landrey, lo entregó á Colasa
-que se proponía, viéndole muerto de sueño y de cansancio, llevarle
-á cuestas hasta Sadorio, Gastón, al despedirse del chico, le dió un
-abrazo largo, largo, vehemente, y entre dientes murmuró, al estrecharle:
-
---¡Criatura, que Dios te bendiga!
-
-Aquella noche no durmió Gastón; literalmente no concilió el sueño
-cinco minutos; y sin embargo, una especie de fiebre le causó raras
-alucinaciones. Cerrando los ojos se representó á la Comendadora con
-sus hábitos y á don Martín, con su casaca y su calzón corto, que
-armados de antorchas le alumbraban por las vueltas y recovecos de
-medroso subterráneo... Al amanecer, ya estaba pidiendo á Telma un
-ligero desayuno, provisión de fiambres y las herramientas de los
-albañiles, que éstos solían dejar en un cesto de esparto, por no
-llevarlas y traerlas todos los días; además se surtió de una azada,
-una pala y de un «guadaño» para segar la maleza. Encargó á Telma el
-sigilo y que diese á los albañiles dinero en pago de sus herramientas,
-que supondrían perdidas, y con paso ágil, bajó como la víspera, sin
-que esta vez las asperezas y escabrosidades del sendero le pareciesen
-tantas; ó por decir toda la verdad, sin que su enajenamiento le diese
-lugar á reparar en ellas. Descendía como desciende la piedra, por su
-propio impulso y sin percibir los obstáculos que la podrían detener. En
-media hora recorrió el trayecto que el día anterior les había costado á
-Miguelito y á él, adoptando mil precauciones, cerca de una.--Al verse
-ante la boca de la cueva, detúvose y reflexionó.
-
-¿Á dónde podía conducir la mina? Sin duda á las fundaciones de la
-torre, en que Gastón, «guiado por el Norte,» esperaba encontrar el
-tesoro. Mas Gastón recordaba que debajo de la torre había realizado un
-registro inútil, hallando una especie de mazmorra subterránea, en que
-ni las paredes sonaban á hueco, ni se veían rastros de comunicación,
-puerta, escalera, ni argolla alguna. ¿Iría la mina á perderse en el
-seno de la montaña? ¿Sería mina siquiera?
-
-Con una especie de rabia, con fuerzas que centuplicaba la ardiente
-curiosidad, Gastón puso manos á la obra. Empezó por cortar y raer la
-maleza, descubriendo el orificio de la cueva; y después, con ayuda de
-la pala, desobstruyéndolo de la tierra que se hacinaba ante él. De vez
-en cuando miraba en derredor, por si le observaba alguien. El sitio
-estaba completamente solitario.
-
-Temía el señorito de Landrey encontrar piedras que sus fuerzas no
-alcanzasen á remover, y vió con júbilo que era tierra endurecida,
-mezclada al grijo del lecho del río, lo único que dificultaba á un
-hombre la entrada en la gruta. Esta convicción le animó, y pronto
-consiguió despejar la boca, y descubrir un conducto que, en vez
-de bajar, subía en ángulo. Encendiendo su linterna, y aferrando la
-piqueta, Gastón ascendió por el conducto; sus rodillas tropezaban en
-las desigualdades de la mina--ya no podía dudar que lo era--y una
-alimaña pasó rozando con sus piernas, en fuga loca, sin que pudiese
-distinguir si era el bicho algún tejón ó sólo una gruesa rata. Notó
-luego que se ensanchaba la mina y mostrábase cada vez más suave su
-declive, y no avanzó sino examinando las paredes, que nada ofrecían de
-particular: parecían de barro, y las impregnaba una humedad ligera. No
-había ni rastro de esa vegetación fungosa que algunas cuevas poseen:
-y á medida que Gastón adelantaba, el ambiente se hacía más seco. Como
-quince minutos habría caminado Gastón, cuando de pronto la cueva cesó:
-una pared de arcilla la terminaba.
-
-Si la tal pared se hubiese desplomado sobre él, no sentiría impresión
-más fuerte y abrumadora. Quedóse de hielo, abierta la boca, dilatados
-los ojos. Al fin, procurando rehacerse, paseó la linterna por la pared
-de alto á bajo. Su corazón saltó impetuoso; el barro, resquebrajado á
-trechos, cubría un muro de piedra.
-
- [Ilustración]
-
-Dejó la linterna en el suelo y atacó el muro, con la piqueta, mostrando
-un vigor digno de un demoledor profesional. Era el muro recio, pero no
-como de sillería, ni siquiera de cantos muy gruesos; á pocas embestidas
-comenzó á desmoronarse, y metiendo por el hueco la linterna, Gastón
-vió una especie de sala redonda, parecidísima á la que conocía, y esto
-le hizo temblar. ¿Si estaría echando abajo una pared para encentrarse,
-burlado y desesperado, al pie de la torre de la Reina mora, en el
-sitio donde ya le constaba que no existía rastro de tesoro? Tal idea
-le hizo desmayar, y se sentó sobre los escombros. Recordó entonces
-que tenía en el bolsillo carne fiambre y un frasco de vino generoso;
-reparó sus fuerzas con bocado y trago, y sin más, arremetió otra
-vez contra el muro. Cayeron los escombros; fué la abertura capaz de
-dejar poso al cuerpo de Gastón, y se enjaretó por ella con esfuerzo,
-saltando linterna en mano dentro de una mazmorra circular, toda
-revestida de piedra, sin escalera ni acceso á ninguna parte... ¡No
-era la ya conocida! ¡Era otra, situada, de fijo, bajo las fundaciones
-de la torre! En el techo, enorme argolla emporlonada en una losa; en
-el suelo, nada, la tierra; y en la pared ¡cielo santo! una especie de
-hornacina tapiada con cal... El escondrijo.
-
-
-
-
- XV
-
- El tesoro
-
-
-Antes de atacar con la piqueta la hornacina, Gastón echó mano al frasco
-y volvió á beber un trago copioso. Creía tener brasas en la garganta
-y en el pecho, y se sentía desfallecer. La embriaguez del triunfo
-presentido le abrumaba; no era la codicia, no era la sed de riquezas lo
-que le causaba tal vértigo; era el misterio romancesco y la dramática
-historia del tesoro, cuyo valor acaso no equivaldría á lo que la
-imaginación fantaseaba.
-
- [Ilustración]
-
-La piqueta retumbó al fin embistiendo contra la pared. Sus sordos
-golpes fueron arrancando el yeso ennegrecido, la dura mezcla que
-trababa los pedruscos de la mampostería. Á cada fragmento que se
-derrumbaba, crecía el anhelo de Gastón. Abierto un boquete, apareció un
-hueco, y en él algo confuso... bultos informes; la luz, introducida,
-descubrió que eran, no cofrecillos de sándalo con herrajes de pulido
-acero, ni arquillas de cedro incrustadas de nácar, según correspondía
-á las joyas de la Reina mora, sino buenamente panzudas ollas de barro
-vidriado, de las que en el país se venden á dos reales... Si había
-allí riquezas, no las soterró ninguna beldad musulmana, que las hubiese
-recibido en dádiva ó prenda de amor de algún emir granadí; don Martín
-de Landrey, el de aciaga memoria, al escoger tal sitio para ocultar
-su dinero y evitar que pasase á manos odiadas, había cedido sin duda
-á la sugestión de la leyenda, y tal vez al curiosear los subterráneos
-buscando las perlas de Golconda y el oro del Darro de la sultana,
-concibió la idea de resguardar allí por poco tiempo el caudal destinado
-á la hija amada y predilecta,--á la piadosa Antígona que consolaba su
-ceguera moral.
-
-Con golpes convulsivos Gastón ensanchó el boquete; cayó de súbito un
-gran trozo, y parecieron descubiertas las enormes ollas. Eran hasta
-seis, y pesaban más que plomo. Llenas hasta el borde, cuatro de ellas
-estaban hidrópicas de onzas, de esas hermosas peluconas de Carlos III
-y Carlos IV, que ya se tienen por rareza en los tiempos actuales.
-Dos contenían artísticas joyas de diamantes y brillantes montadas en
-plata,--collares, tembleques, piochas, broches, arracadas, hebillas,
-diademas, peinetas, ramos, y hasta un pájaro de esa mezclada pedrería
-llamada ensaladilla por los joyeros, en que se combinan los rubíes
-pálidos, los topacios, las esmeraldas claras y la lluvia de las _bellas
-rosas_, ó diamantitos menudos como chispas de luz. La envoltura de
-barro grosero de una de las ollas encerraba,--como el cuerpo humano,
-deleznable, el alma inmortal,--una colección de ricos sartales de
-perlas, y dos abanicos del finísimo gusto María Antonieta, de varillaje
-de oro incrustado de camafeos.
-
-Al pronto, le dió vueltas la cabeza á Gastón; temía que las ollas se
-deshiciesen en polvo y la fantástica riqueza se evaporase. Se llevó
-las manos á las sienes; respiró; y cuando empezaba á recobrar el
-aplomo, notó que la vela de la linterna se extinguía; un momento más
-y se quedaba á oscuras. Sólo tuvo tiempo para recoger una olla, la
-que contenía perlas y abanicos, y salir á escape de la mazmorra y de
-la cueva. Al verse al aire libre, al sol, á orillas del río, comenzó
-á persuadirse de que no soñaba. Allí tenía parte de su hallazgo...
-Por prudencia volvió á obstruir el orificio, colocando la tierra y las
-ramas de modo que no se advirtiese diferencia; y abrazado á su olla,
-subió á Landrey con alas en los pies. Telma creyó que el señorito
-desvariaba,--y desvariaba algo, en efecto,--cuando pedía otra vela y un
-saco de lona. Al anochecer, Gastón, en cuatro viajes, había subido el
-contenido de las ollas cerrándolo en un recio cofre; pero sus fuerzas
-se agotaban, y una calentura que creyó originada por la violenta fatiga
-le postró en el lecho. Telma, llena de inquietud, se instaló á su
-cabecera; le sirvió infusiones, y veló su sueño agitado por angustiosas
-pesadillas, en que pronunciaba palabras truncadas y frases enteras que
-parecían de un criminal. ¡Como que se trataba de riquezas, de prisión,
-de subterráneo!... La luz de la mañana trajo á Gastón algún alivio,
-pero encontrábase tan quebrantado, que le fué imposible levantarse; y
-por la tarde el recargo se presentó otra vez, acompañado de sudor y
-del mismo delirio congojoso. No cambió al día siguiente el estado del
-enfermo; y Telma, conocedora de los males que en el país se padecían,
-comprendió que se trataba de calenturas cuotidianas, de las que suele
-causar el detenerse largo tiempo á orillas del río, sobre todo en las
-horas de la tarde y con el cuerpo sudoroso, y anunció su resolución de
-bajar á la Puebla y traer al médico, experto en recetar quinina para
-esta clase de achaques.
-
---No llames al médico,--ordenó con debilitada voz Gastón.--Vete á
-Sadorio y díle á la señora de Sarmiento... á doña Antonia Rojas... que
-no estoy bueno... y que la suplico que venga á cuidarme.
-
---¡Señorito!--objetó Telma asustada y creyendo que su amo deliraba aún.
-
---Obedece, Telma... Estoy en mi juicio... Que venga... Así que venga,
-sanaré... Ya lo verás... Anda, Telma... Anda, abuelita querida.
-
-Este nombre cariñoso tenía la virtud de poner á Telma como un guante.
-Sin replicar, llevó á la quinta el extraño recado. ¡Y qué grande su
-admiración al ver que Antonia, apenas lo escuchó, se encasquetó el
-sombrerillo marinero, cogió de la mano á Miguelito, y echó á andar más
-ligera que una corza!
-
- [Ilustración]
-
-Al entrar Antonia sola en la habitación del enfermo, se incorporó en
-la cama el señorito de Landrey; tendió la mano abrasada al encuentro
-de otra mano fresca y trémula, y mirando á su amiga, á su futura
-esposa, sacó de debajo de la almohada las sartas de perlas y las
-enroscó á la muñeca de la dama. Ésta miraba con sorpresa la joya, y su
-ceño se fruncía ya desaprobando el regalo, que creía una intempestiva
-prodigalidad de Gastón; pero el enfermo, en voz baja, la dijo unas
-cuantas palabras que la hicieron retroceder de asombro.
-
---Ahí está, en ese cofre,--repetía Gastón.--Deseo que todo, todo, se lo
-lleve usted en seguida á su casa. Pertenece á Miguelito, que es quien
-por inspiración de algún ángel lo ha descubierto. Ya comprenderá usted
-que si la llamé, para esto era; mi mal no ofrece cuidado, y usted se
-volverá ahora mismo á Sadorio, no quiero que los malsines puedan glosar
-su presencia de usted aquí. Lo único que me reservo son las joyas de
-familia... Quiero que usted las posea y las santifique.
-
---Gastón,--articuló Antonia dulcemente,--me iré, pero prométame usted
-que vendrá el médico y que atenderá usted á su salud como si yo aquí
-estuviese. Del tesoro no hablemos; ya sabe usted que soy firme en mis
-resoluciones, y no lo aceptaríamos nunca ni Miguel ni yo; pertenece á
-la casa de Landrey. Respetemos la voluntad de los que fueron. No se
-olvide usted... de lo que nunca olvidó doña Catalina; el alma de don
-Martín pide sufragios... Me encargo de recordarle á usted esa pobre
-alma en pena.
-
---¿Vendrá usted mañana?
-
---Y pasado, y todos los días, mientras usted no se ponga bien...
-
---Ya estoy mucho mejor,--declaró Gastón reanimado y sin soltar la mano
-empeñada en desasirse.
-
- [Ilustración]
-
---Pues cordura... y á descansar, y á tomar lo que disponga el médico...
-y á sanar pronto... Y á tener presente quien envía estas riquezas... Es
-nuestro Amo... sí, Gastón; somos sus administradores... Yo no lo sabía,
-pero me lo ha enseñado la desgracia.
-
---Y á mí el amor,--respondió apasionadamente el señorito de
-Landrey.--Por todas partes se puede ir á Roma... Y ahora... que entre
-el chiquillo; le quiero tanto como... ¡como á su mamá!
-
- [Ilustración: Fin]
-
-
-
-
- Índice
-
-
- I. La llegada, 5
-
- II. La Comendadora, 21
-
- III. La revelación, 37
-
- IV. Gusanillo, 53
-
- V. Landrey, 67
-
- VI. El Norte, 81
-
- VII. La torre de la Reina mora, 97
-
- VIII. Lourido, 113
-
- IX. Iniciación, 131
-
- X. La consejera, 147
-
- XI. El consejo, 161
-
- XII. Táctica y estrategia, 181
-
- XIII. El aro de oro, 197
-
- XIV. Miguelito, 211
-
- XV. El tesoro, 227
-
- [Ilustración]
-
-
-
-
- ESTE LIBRO SE
- ACABÓ DE IMPRIMIR EN BARCELONA
- EN EL ESTABLECIMIENTO TIPO-LITOGRÁFICO
- DE ESPASA Y COMPAÑÍA,
- EL 15 DE MAYO
- DE 1897
-
-
-
-
-
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-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL TESORO DE GASTÓN ***
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