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-The Project Gutenberg EBook of La Puchera, by José María de Pereda
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-
-Title: La Puchera
-
-Author: José María de Pereda
-
-Release Date: July 6, 2017 [EBook #55058]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA PUCHERA ***
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-
-Produced by Josep Cols Canals, Ramon Pajares Box, and the
-Distributed Proofreading team at DP-test Italia.
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-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * En el texto, las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las
- versalitas se han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos sin avisar. Para su
- detección se han tenido en cuenta ediciones posteriores de esta obra.
-
- * Se ha respetado la ortografía original —que difiere ligeramente de
- la actual—, normalizándola a la grafía de mayor frecuencia.
-
- * Se ha respetado la falta de emparejamiento de los signos de
- admiración e interrogación, por ser un rasgo de estilo del autor.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan.
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-
- OBRAS COMPLETAS
- DE
- D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA
-
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-
- OBRAS COMPLETAS
- DE
- D. JOSÉ M. DE PEREDA
- DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
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- Tomo XI
-
- LA PUCHERA
-
- SEGUNDA EDICIÓN
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-
- MADRID
- VIUDA É HIJOS DE MANUEL TELLO
- 1901
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-
-_Es propiedad del autor._
-
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-
-[Ilustración]
-
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-
-
-I
-
-«RÉ» EN LA ARCILLOSA
-
-
-Quién de los dos empujó primero, yo no lo sé. Quizás fuera el mar,
-acaso fuera el río. Averígüelo el geólogo, si es que le importa. Lo
-indudable es que el empuje fué estupendo, diérale quien le diera; es
-decir, el río para salir al mar, ó el mar para colarse en la tierra.
-Mientras el punto se aclara, supongamos que fué el mar, siquiera porque
-no se conciben tan descomunales fuerzas en un río de quinta clase, que
-no tiene doce leguas de curso.
-
-¡Labor de titanes! Primero, el peñasco abrupto, recio y compacto de
-la costa. Allí, á golpe y más golpe, contando por cúmulos de siglos
-la faena, se abrió al fin ancho boquete, irregular y áspero, como
-franqueado á empellones y embestidas. Al desquiciarse los peñascos
-de la ingente muralla, algo cayó hacia afuera que resultó islote
-mondo y escueto, y más de otro tanto hacia dentro, en dos mitades
-casi iguales, que vinieron á ser á modo de contrafuertes ó esconzados
-de la enorme brecha. La labor del intruso para continuar su avance,
-fué ya menos difícil: sólo se trataba de abrirse paso á través de una
-sierra agazapada detrás de la barrera de la costa; y forcejeando allí
-un siglo y otro siglo, buscando á tientas al obstáculo las más blandas
-coyunturas de su armazón de granito, quedó hecho el cauce, profundo y
-tortuoso, entre dos altos taludes que el tiempo fué tapizando de césped
-y bordando de malezas.
-
-Atravesada la sierra, el cauce desembocó en un valle, verde y angosto,
-encajonado entre ondulantes cerros y colinas, que van escalonándose
-suavemente y creciendo á medida que se alejan hacia la erguida
-cordillera que recorta el horizonte con su perfil de jorobas y
-picachos, de Este á Oeste. Las aguas, detenidas un instante al asomar
-al valle, como para formar allí un remedo de golfo, corrieron hacia
-la izquierda, lamiendo por aquel lado las faldas del montecillo que
-las separaba del mar; después retrocedieron súbitamente, describiendo
-rápida curva sobre la derecha; se deslizaron mansas, tranquilas y en
-línea recta, á lo largo del valle hasta dar con otro cerro de escarpada
-ladera; y arrimaditas á él, continuaron corriendo y abriendo cauce
-tierra adentro, hasta perderse en un laberinto inextricable, cuyos
-misterios no había penetrado todavía la luz del sol.
-
-Es posible que en aquellas espesuras toparan con el ocioso río
-dormitando entre sus cañaverales y bajo su espeso dosel de alisos,
-madreselvas y avellanos bravíos; pero lo que no tiene duda, porque bien
-á la vista está, es que desde entonces, por el mismo cauce que llenan
-y desocupan dos veces cada día las salobres aguas, salen al Atlántico
-mezcladas con ellas las insípidas del río, que ha bajado, creciendo
-poco á poco con ayuda de vecinos y despeñándose á menudo, desde sus
-pobres fuentes escondidas en un repliegue sombrío de las montañas del
-fondo.
-
-Este cauce, en su parte recta y más larga, y en sentido opuesto á la
-línea de la costa, tiene dos grandes derivaciones ó caños, que arrancan
-de él, casi verticalmente, como del tronco las ramas principales; y los
-caños, á su vez, otras ramificaciones que surcan en varios sentidos
-la ribera hasta el contorno mismo de la tierra firme: de modo que en
-las pleamares toda la planicie aparece tijereteada y subdividida en
-islillas verdes, en las cuales pastan los ganados el sabroso liquen que
-crece entre apiñados haces de finísimos juncos.
-
-De los dos grandes caños que tiene la ría, es el principal, por ancho,
-largo y navegable, el llamado _la Arcillosa_, no sé por qué, pues allí
-no hay señal de arcilla ni de cosa que se le parezca. El hecho es que
-se llama así, y que en el pueblo que se desparrama á corta distancia
-de él, le consideran como su puerto de mar los contados labradores
-que hacen á pluma y á pelo; quiero decir, que así manejan el dalle y
-_tumban_ un prado en agosto, como _cinglan_ en la _chalana_ y calan la
-_sereña_, ó tienden las redes ó arrastran el _retuelle_ por la canal
-casi enjuta.
-
-Pasan de diez los pueblos que, más de cerca ó más de lejos, se miran
-en las aguas de la ría; y el más grande de todos está encaramado, y
-como á horcajadas, en el mismo perfil de la costa y sobre su curva más
-alta. Abajo, muy abajo, está la playa, espaciosa, limpia y abrigada,
-en la cual mueren blandas y rumorosas hasta las enfurecidas olas que
-momentos antes, y entre bramidos, se estrellaron en las dunas y en los
-peñascos de la barra, impelidas por el huracán. Este pueblo, sin dejar
-de ser _terrestre_, tiene más alientos y caracteres marítimos que los
-demás ribereños. Cuenta con un buen número de lanchas _de altura_,
-y sus pescadores pertenecen, por tanto, á la desdichada legión de
-«héroes anónimos;» es decir, que son de los valientes que pagan, en
-la proporción debida, el negro tributo que tan á menudo cobran á los
-de su oficio las tempestades del Cantábrico. Tiene una delegación,
-aunque humilde, del ministerio de Marina; y la Hacienda pública su poco
-de aduana, que, de vez en cuando, aplica sus ociosos aranceles á las
-heróicas naves que atraviesan la barra y surcan luégo la ría del puerto
-aquél; al cual puerto, y solamente para los efectos... artísticos de
-este libro, llamaremos de San Martín, lo mismo que al pueblo á que
-corresponde; pueblo de notoria importancia en el litoral montañés, á la
-que no contribuye poco el bien adquirido renombre de su hermosa playa,
-en la que se zambulle cada verano un buen contingente de la sociedad
-adinerada, que despuebla, en los meses estivales, por costumbre ó por
-necesidad, las mejores ciudades del interior de España. Casi, casi, es
-sitio _de moda_ en el _Almanaque del turista_.
-
-No lo son, ciertamente, las demás aldeas circunvecinas, ni, en rigor de
-verdad, echan ellas de menos ese timbre vanaglorioso, porque para nada
-le necesitan. Cuál, por empingorotada y descubierta á todos los vientos
-de la rosa; tal, por recogida y acurrucada al socaire de sus arboledas;
-ésta, por agrupadita y _cevil_; aquélla, por desperdigada y montuna; la
-de acá, por «pudiente y hacendosa;» la de allá, por todo lo contrario;
-la de enfrente, por lindera del camino real, y la del otro lado, por
-inaccesible y escondida, cada una de ellas, y según propio aserto,
-con las mozas más garridas, y las mieses más feraces, y las campanas
-más sonoras, y las fuentes más saludables, y el santo más glorioso, de
-todas las mozas, de todas las mieses, de todas las campanas, de todas
-las fuentes de siete leguas á la redonda, y de todos los santos de la
-cristiandad, se considera como lo mejorcito y más envidiable de España;
-y en unión de cuanto puede abarcar la vista desde el campanario de la
-iglesia, el pedazo de tierra más _majo_ de todo el mundo conocido.
-
-Y el caso es que yo mismo ando á dos jemes de creerlo también al pie
-de la letra, porque verdaderamente es de lo más hermoso que puede
-imaginarse aquel panorama inundado de luz y de alegría.
-
-Viniendo á lo que importa, ó sea á Robleces, la susodicha aldea que
-considera á la Arcillosa como su puerto natural y propio, y no sin
-razón puesto que le pertenece, como el del monte comunal, el usufructo
-de la mitad de la ribera enclavada en su término, conviene saber por
-ahora que, después de San Martín, es el pueblo de mayor vecindario
-entre todos los ribereños; que está dividido en tres barrios, separados
-entre sí por tres mieses, dos llosas, cuatro camberones hondos y una
-sierra calva; que del barrio más próximo á la ría y llamado de Las
-Pozas, seguramente por las que en él abundan en invierno, son los
-únicos _anfibios_ que cuenta el vecindario de todo el lugar, y que
-la casuca de Juan Pedro Menocales, más conocido por _el Lebrato_, el
-único matriculado en regla que hay entre los contados _anfibios_,
-está casi dando con los cimientos en el agua de un canalizo que
-serpentea hasta aquellos límites de la junquera y arranca del extremo
-_terrestre_ de la Arcillosa. En ese canalizo, casi en las bardas mismas
-de su corral, fondea, ó mejor dicho, amarra el Lebrato á un estacón
-bien clavado en el suelo, su _chalana_, poco mayor que una masera,
-y otra embarcación de más humos, que también posee y utiliza en las
-grandes ocasiones de su arrastrado oficio: una _barquía_, vieja sí y
-acribillada de remiendos y tapones, calafateada con trapajos _caseros_
-y embadurnada con algo que no tiene ni el negro brillante, ni la
-correa, ni la impermeabilidad del alquitrán de buena casta; pero, al
-cabo, una barquía, capaz... de lo que se irá sabiendo poco á poco.
-Porque en la persona del Lebrato hay algo más de lo que aparentan su
-pellejo arrugado, su delgadez sarmentosa, su carita risueña y aniñada,
-y especialmente aquel sobrar de calzones, de chaleco y de camisa por
-todas partes, como si estas prendas no llevaran dentro más que las
-ramas torcidas del tísico cerojal en que el viento las zarandea para
-secarlas cada vez que la cellisca de la ría las empapa sobre el cuerpo
-de su dueño. Por de pronto, hay, ó más propiamente, había en éste, á
-la sazón de mi cuento, un hombre que, arrastrado por las exigencias
-de su deber de matriculado, había corrido mucho mundo y guerreado
-valerosamente... ¡asómbrese el orbe entero! en Cochinchina, á las
-órdenes del coronel Palanca. De allí vino á la hora menos pensada con
-su correspondiente lucro, bien cosido al ceñidor; unas botas _de agua_,
-que sólo se calzaba en los días de incienso ó cuando iba á Santander, y
-un saco inagotable de cuentos y noticias sobre cosas y personas de por
-allá, que eran el regocijo y el pasmo de todos sus convecinos.
-
-Este Juan Pedro, el Lebrato, tenía un hijo, llamado Pedro Juan, más
-conocido por el mote de _el Josco_[1], el cual hijo era en estampa
-y en carácter todo lo contrario de su padre, es decir, medradote,
-sombrío de faz, corto de genio y seco y áspero de frase. Vivían y
-trabajaban juntos, y andaban en todo tan unidos, aunque eran entre sí
-tan diferentes, como la mar y el cielo ó la noche y el día. El padre
-era el espíritu, la inteligencia y la palabra; el hijo, la fuerza, la
-máquina dócil y segura que rechina á ratos por lo mismo que se mueve,
-pero que no se para mientras la voluntad inteligente no se lo ordena.
-En un solo trabajo fallaba esta máquina, que jamás se resistía á la
-voluntad y al ejemplo de Juan Pedro, ni aun cuando éste se jugaba
-la vida chungueándose con el riesgo mortal, como si se tratara de
-mojarse el vestido en la canal de la Arcillosa: el trabajo de casarse
-Pedro Juan con la mujer que le proponía Juan Pedro. ¡Entonces sí que
-rechinaba la máquina y hasta echaba chispas por todas sus coyunturas!
-Porque al mandato del padre se oponía tenazmente, no la voluntad ni
-la inclinación del hijo, pues inclinación á la moza y voluntad para
-casarse con ella le sobraban, sino la cortedad del genio, que le hacía
-imposible todo paso directo en aquel sentido. ¡Los había intentado en
-vano y de propio impulso tantas veces!
-
- [1] Hosco.
-
-Y la mujer era de suma necesidad en aquella casa tan falta de gobierno
-y del aseo que no pueden tener dos hombres rudos, esclavos además de
-un incesante trabajo. Pedro Juan tenía una hermana; pero esta hermana
-estaba casada y llena de familia; y aunque vivía también en Las Pozas,
-harto tenía que hacer en su propia casa para pensar en el arreglo de
-la de su padre. Gracias que cada ocho días les lavaba la ropa blanca,
-y cada quince daba un recorrido á los pobres trastos del hogar, y
-remendaba lo más apremiante de lo roto, y en los grandes apuros les
-echaban, ella y «el su hombre,» una mano á las faenas. Y para eso, ¡qué
-ponderar la ayuda y los ahogos, y qué zamparse la familia entera las
-hogazas y los torreznos de los pobres solitarios, en un par de comidas
-y otras tantas cenas!
-
-Con ser tanto lo que ocupaban al padre y al hijo los trabajos de la
-ría, esto no era para ellos más que lo accesorio, ó «ayuda de costas:»
-lo principal era la labranza de unas tierras y el cuidado de unos
-animales. Así andaba en aquella pobre casuca revuelto lo marino con
-lo campestre: la red con el arado, el remo con el horcón; y en la
-socarreña adjunta, el aparejo de la barquía sobre la pértiga del carro.
-Tiempos hubo en que las tierras y el ganado y la casa y cuanto en ella
-se contenía, fueron de la propiedad del Lebrato, parte de ello por
-herencia, y el resto adquirido con los doblones venidos de Cochinchina;
-pero á aquellos tiempos bonancibles y prósperos, sucedieron otros bien
-adversos; largas y crueles enfermedades que, tras de dejar viudo al
-pobre hombre, le costaron buenos dineros; plagas que arruinaron las
-cosechas y diezmaron los ganados; el fisco, que no repara cosa mayor
-en tales desventuras para llevarse, por buenas ó por malas, lo mejor
-de la hacienda del atribulado... y lo que de todo esto se sigue por
-ley fatal de las desdichas humanas; y Juan Pedro tuvo que acudir al
-anticipo, y después al préstamo con hipoteca; y como cayó en malas
-manos para todos estos delicados tejemanejes, de la noche á la mañana
-se vió convertido, de acomodado propietario, en simple y menesteroso
-rentero de su prestamista, que aún le ponderaba este favor, pues
-derecho tenía para arrojarle de casa y buscar otro colono para sus
-tierras y ganados. Convenía el Lebrato en ello; y lejos de amilanarse
-por tan poca cosa, sin perder su buen humor ni verse un frunce de más
-ni de menos en sus ojillos risoteros, se lanzaba con doble ahinco á sus
-bregas de pescador, para sacar de ellas el dinero que le costaban la
-escasa borona que le nutría el demacrado cuerpo, y los míseros trapos
-en que le envolvía.
-
-Á Pedro Juan no le alcanzaron más que los tiempos malos; con lo cual y
-la singular contextura de su naturaleza, se acomodó sin esfuerzo á lo
-que ellos daban de sí buenamente, que era bien poco y bien arrastrado
-en su mayor parte.
-
-Y así y con otros trabajillos que no andaban tan á la vista como ello,
-iban tirando de la vida el padre y el hijo al tener yo el gusto de
-presentárselos al lector bondadoso, metidos hasta las choquezuelas en
-la basa de la Arcillosa, cerquita de su empalme con la ría; clavando
-con picachos de madera la parte inferior de una red que alcanzaba de
-orilla á orilla; plegando luégo el resto sobre lo clavado en el suelo;
-afirmándolo allí con cantos sobrepuestos para que no se recelaran los
-pescados ni la levantara la marea según fuera ésta subiendo, y atando,
-por último, en lo alto de cada orilla del ancho cauce, las dos cuerdas
-que arrancaban de los dos extremos de la red oculta. La misma operación
-hicieron en seguida en los dos únicos portillos de la Arcillosa, que,
-aunque lejana, tenían comunicación con la gran arteria de la ría.
-Terminadas estas operaciones, que no duraron menos de dos horas, padre
-é hijo emprendieron la vuelta á casa, á ratos por el fango del estero,
-y á ratos por la junquera, según fueran ó no accesibles sin esfuerzo
-los islotes del atajo.
-
-Mediaba el mes de junio: las mareas eran vivas, el día espléndido,
-y aquella red, la primera que echaba el Lebrato en el vagar que le
-ofrecían sus trabajos campestres, entre el resallo y la siega.
-
-Antes de comer lo poco y mal condimentado que les aguardaba arrimado
-en un pucherete á la lumbre mortecina, ya estaban el padre y el hijo
-Arcillosa arriba en su chalana, porque la pleamar exacta era á las
-doce, y había que levantar la red un buen rato antes de iniciarse el
-descenso de las aguas. Cuando llegó el momento esperado, cada cual haló
-desde la orilla en que estaba del correspondiente cabo, que volvió á
-ser amarrado bien tirante á la respectiva estaca, en cuanto la red
-quedó alzada más de tres palmos sobre la marea; precaución bien tomada,
-porque el _muble_ no es pez que se deja arrinconar por barreras que
-puedan franquearse con un salto de una tercia. Levantadas de igual
-modo las redes en los dos portillos, los rederos se volvieron á casa á
-zamparse la insípida puchera, en paz y en gracia de Dios, mientras la
-línea negra que trazaba la red sobre la tersa y brillante superficie de
-las aguas, advertía á los muchos aficionados del lugar que apercibieran
-sus morrales y retuelles.
-
-Y no fué desairado el aviso, pues desde más de una hora antes de la
-bajamar, ya comenzaron á salir de los tres barrios, triscando como
-potros bravíos, con el morral al costado, el retuelle al hombro, las
-perneras remangadas hasta las ingles, los pies descalzos, los brazos
-en cueros vivos y la cabeza hecha un bardal, cerca de dos docenas de
-mozuelos y más de seis mocetones, que no pararon de correr hasta la
-casa misma de los rederos, donde tomaban de memoria el número que había
-de corresponderles en la fila, según el orden en que iban llegando.
-
-Cuando no quedó en la Arcillosa más agua que la contenida en su canal
-angosta, se formó dentro de ella, y en el orden indicado, la fila, de
-uno en uno, detrás de los rederos y su familia. Iban, pues, delante
-de todos, el Lebrato, su hijo y tres nietos. Tenían los rederos ese
-privilegio en compensación del derecho que asistía á sus convecinos, y
-no se sabe por qué, para tomar parte en toda pesca preparada de igual
-modo en la ribera del lugar.
-
-La fila no bajaba de treinta cuando el Lebrato se agazapó y comenzó á
-andar Arcillosa arriba, á pasos muy cortos y muy lentos, arrastrando al
-mismo tiempo la mitad del aro de su retuelle por el suelo de la canal;
-y los que le seguían, imitando su ejemplo, se fueron humillando uno por
-uno, dando con sus oscilaciones y bamboleos tal aspecto á la procesión,
-que más parecía revolcarse que caminar. Como el diámetro de los
-retuelles no era menor que el ancho de la canal, evidente es que cada
-pescador no podía contar con otros peces que los que se escabulleran,
-casi de milagro, por los resquicios ó las mallas del retuelle del
-que le precedía. De este modo, calcúlese lo que le alcanzaría al que
-formaba en la cola, por cada libra de pescado que embaulara el Lebrato
-en su morral. Ni los cámbaros llegaban esa vez al retuelle del
-muchacho que hacía en la procesión el número treinta.
-
-Pues aún hubo aquella tarde quien hizo el de treinta y uno; porque á
-deshora y cuando ya iba la procesión bien apartada de la orilla, llegó
-Quilino, un mozo del barrio de la Iglesia que siempre iba el último á
-todas partes y donde quiera estaba de más; y hasta en negocios de amor
-(lo único en que acertaba á madrugar como nadie, porque era enamoradote
-y rijoso como él solo) le dejaban «á resultas» y en «veremos,» como le
-estaba pasando entonces con Pilara, que no se resolvía á darle el sí en
-tanto no hablara el Josco que, á lo que parecía, «pensaba en hablar.»
-Con estas cosas se ponía Quilino que ardía. Llegó á la red echando los
-hígados por la boca de tanto correr, y muy arremangado de camisa y
-perneras, pero sin retuelle ni morral: no llevaba más que una talega,
-como de medio celemín. Se lanzó á la basa, entró en la canal y comenzó
-á arrastrar la talega, cuya boca mantenía medio abierta con la ayuda
-de una velorta recién cortada en el camino. Rastreando así con gran
-dificultad, porque la talega era de lienzo bien tupido y oponía gran
-resistencia al agua que entraba en ella para no salir si no la echaban
-por donde había entrado, llegó á la cola de la fila con dos cámbaros
-chicos, tres esquilas y una zapatera, que resultaron en el fondo de la
-talega al derramar el agua que contenía.
-
-Relinchaba y reía entonces la gente de la red á más y mejor, porque
-el Lebrato, contribuyendo sin duda á ello el buen acopio de lobinas,
-mubles y rodaballos que iban haciendo él y Pedro Juan en sus amplios
-morrales, estaba en vena, como nunca, de dicharachos, cuentos y
-chascarrillos graciosos. Y ésta era la salsa que llevaba tanta gente
-á las redes del Lebrato: la mitad más que á las que echaban en la
-Arcillosa misma y en el otro estero, llamado _la Paserona_, _el
-Parrenques_ ó cualquiera de los otros rederos, harto insípidos y
-desanimados, del propio barrio de Las Pozas. Ir á la _ré_ del Lebrato,
-era punto menos que ir á una comedia.
-
-—¿De qué vus riís tanto, chacho?—preguntó Quilino en cuanto se arrimó
-al colero, que en aquel instante estrenaba el morral con un rodaballo
-no más grande ni más grueso que un librillo de fumar.
-
-—Del horror de cosas que mos dice tío Lebrato—respondió el del
-rodaballo chiquitín.—¡Conchis, qué celébre que está hoy!
-
-Y el caso es que la gente aquélla se reía por reir, las más de las
-veces, porque del quinto de la fila para abajo, ninguno celebraba lo
-que verdaderamente salía de los labios de Juan Pedro. Como tenía éste
-poca voz, y en aquellas ocasiones hablaba casi con la boca entre las
-rodillas, y además sonaban mucho el chocleteo de piernas y retuelles
-en el agua y el pujar y toser de los que iban cansándose en aquella
-postura tan incómoda, las palabras del Lebrato, por mucho que éste las
-esforzara, no eran oídas en toda su claridad más abajo del tercero ó
-cuarto de la fila; pero como allí se iba, tanto ó más que por la pesca,
-por oir los relatos de Juan Pedro, era ya cosa convenida que cada frase
-del redero fuera repetida de trecho en trecho y pasada de boca en boca
-hasta las orejas del último de la fila; con lo que acontecía que,
-cuando ésta era larga, al llegar la frase á la mitad del camino, ya no
-tenía punto de semejanza con la que había salido de la cabecera...
-
-Como sucedió un buen rato después de llegar Quilino á formar la cola.
-Comenzando á narrar otro suceso _de allá_, que eran los que más
-embobaban al auditorio, dijo así Juan Pedro, sin dejar de andar ni de
-atender á lo que traía entre manos, ni de recomendar á su hijo los
-pocos peces gordos que se le escapaban por entre los pies ó saltando
-sobre el aro del retuelle:
-
-—Amigos de Dios: una vez pillamos á un general muy runflante de las
-fuerzas de los chinos... porque un mandarín echó un bando con cuatro
-aleluyas... que, por equívoco, le sacaron de las trincheras.
-
-Pues el período éste, emitido á trozos y dando tumbos fila abajo
-cada uno de ellos, de boca en boca y pescado al oído conforme á las
-respectivas entendederas, fué llegando á las de Quilino en la siguiente
-forma:
-
-—«Se ha de ver que Pilarona le dará en resultante con la puerta en los
-hocicos... porque _él_ no anda allí buscando más que las cuatro alubias
-y el poco lardo de la puchera.»
-
-En opinión de Quilino, el _él_ del cuento no podía ser otro que el
-mismo Quilino en cuerpo y alma. Pilara no tenía, que de público se
-supiera, otro pretendiente declarado que él, Quilino, y otro de
-intención, pero muy á la vista: el Josco. Tan á la vista, que la misma
-Pilara le había dicho á él, á Quilino, más de tres veces, que le
-abría la puerta de su casa «á resultas de lo que Pedro Juan hablara,
-cuando rompiera á hablar.» De modo y manera que lo del portazo «en los
-hocicos» se había dicho allí por él, por Quilino, ó por el Josco. Por
-el Josco no podía ser, porque el dicho venía del Lebrato, y el Lebrato
-no había de burlarse de su propio hijo delante de tanta gente. Luego
-era por él, por Quilino; y siendo por él, pasara lo de «la puerta
-en los hocicos,» porque, al cabo, nadie es onza de oro que á todos
-guste; pero lo de las cuatro alubias de la puchera, ¿con qué derecho
-se suponía y se declaraba en público como cosa cierta, siendo en su
-parecer, en el de Quilino, tan calumniosa?
-
-Todas estas cosas discurrió Quilino, á su manera y en un periquete,
-en cuanto llegó á su oído la última frase del período copiado, con lo
-que se puso hecho un veneno; y dando un talegazo furibundo en la basa,
-pidió cuentas del dicho al mozalbete que se le había endosado, el cual
-respondió que como se le entregaron le había hecho correr; reclamó
-entonces á la estafeta inmediata, saliéndose ya para esto de la canal;
-mas como por allá arriba no se había dicho ni oído cosa semejante á lo
-que producía la protesta de Quilino, que bailaba de coraje encima de la
-basa, los treinta de la red le armaron una de risotadas y chiflidos,
-que temblaba la junquera. Cegóse con ello Quilino, y fuése en derechura
-hacia el Josco, que era el que más le ofendía allí, no por lo que
-dijera ni silbara, pues ni desplegó los labios el infeliz, ni con una
-mala arruga en ellos dió á entender que deseaba reirse de lo que estaba
-pasando; sino por ser quien era: el mozo de cuya lengua dependía que
-Pilarona le diera á él ó no le diera «con la puerta en los bocicos.»
-Pedro Juan podría ser corto para decir á una moza «por ahí te pudras;»
-pero á dar pronto, bien y á tiempo una castaña á un provocador, y
-provocador tan mal visto de él como Quilino, que podría ó no podría
-salirse con la suya en el empeño en que estaba metido, no había maestro
-que le ganara. De modo que en cuanto vió la actitud de Quilino y
-sintió que le temblaba un poco la mejilla izquierda, único síntoma que
-anunciaba en él que se había colmado la medida de su aguante, largó el
-retuelle y dió el primer avance para salir de la canal; pero lo observó
-su padre, le cortó el paso con la ayuda de unos cuantos concurrentes, y
-entre todos ellos le volvieron á su sitio, mientras los restantes de la
-red daban otra grita al desconcertado retador y le echaban hacia abajo.
-
-Y á esto debió Quilino la fortuna de conservar por entonces todos sus
-dientes en la boca, y de no haber dejado aquella tarde bien estampada
-su persona en la basa del estero.
-
-Del cual salió sin detenerse más tiempo que el indispensable para
-apañar la talega, echando espumas de rabia por la boca, y sacudiendo
-tan fieros talegazos contra el suelo y hasta contra sus propias zancas
-cuando no estaban hundidas en él, que al intentar un recuento de sus
-cámbaros mientras gateaba la sierra, los halló en las honduras del saco
-hechos una pura papilla. Esto, y el antojársele que ciertos rumores con
-que de rato en rato le escarbaba los oídos el espirante nordeste (que,
-por ser de buena casta, había de morir antes que el sol acabara de
-caer) eran los de la rechifla con que le despedían á él, á Quilino, los
-de la red, encendió nuevas iras en su pecho; trocó en desatada carrera
-el paso acelerado que llevaba, y buscó por el callejo más hondo el
-camino más breve del barrio, decidido á verse con Pilarona y á decirla
-cuanto antes que, «saliérale pez ú rana, _aquello_ no podía seguir así.»
-
-Entre tanto, los de la Arcillosa, olvidados bien pronto de Quilino con
-los lances de la pesca y las cosas del Lebrato, continuaban detrás de
-éste y su familia arrastrando el retuelle, casi siempre vacío; pero
-con la esperanza de mejorar de suerte _más allá_. Y así fué, para
-algunos, al llegar al remate de la canal, punto menos que en seco ya,
-donde los cautivos peces se habían ido refugiando al buscar una salida
-que sólo hallaban los que tenían la suerte de caber por las estrechas
-mallas de la red. Para todos los pescadores hubo algo en aquel sitio;
-pero tan poca cosa para los más de ellos, que sin las cuchufletas del
-Lebrato, el lance de Quilino y otras «deversiones de palabra» que allí
-encontraron, no alcanzara á consolarlos del tiempo que habían perdido,
-ni del dolor de riñones que les hacía renquear, de vuelta á casa.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-II
-
-EL CONFLICTO DE PEDRO JUAN
-
-
-Mejor aprovechá pudo haber sido la tarde—decía Juan Pedro á su hijo
-mientras los dos refrescaban el pescado de los respectivos morrales
-zambulléndole en el agua limpia de la caldera, que para eso habían
-colocado sobre el poyo del soportal de su casa;—pero otras redes han
-dado menos, y quizaes la de mañana no dé ni tanto. ¿Te paece que habrá
-aquí veinte libras?
-
-Pedro Juan dijo con la cabeza que no.
-
-—Ya estaba yo en eso, como lo estoy en que pasan de quince.
-
-Pedro Juan hizo un signo afirmativo.
-
-—Y de deciséis.
-
-Otra afirmación muda del Josco.
-
-—Y de decisiete.
-
-Nueva afirmación muda del susodicho.
-
-—Y de deciocho.
-
-Pedro Juan hizo un gesto que quería decir: «por ahí le andará, sobre
-poco más ó menos.»
-
-—Esa es la cosa; pero con la ventaja de que las piezas son, por el
-respetive, de locimiento pa la salida... y abunda más la _llubina_ que
-el _muble_, con buen qué de rodaballos... Quiere decirse que, motivao á
-este particular, no hay que ablandarse en el precio tanto como solemos:
-bien se puede pedir, uno con otro, á tres reales la libra; y casa por
-casa y escogido, á treinta cuartos lo que menos.
-
-Pedro Juan hizo otro gesto que significaba: «podrá que sí, ú podrá que
-no.»
-
-—Hombre, si te encoges tanto, visto está que no; pero como yo creo que
-no hay razón pa encogerse cuando se hace la cosa en buena concencia y
-en ley de Dios, como ésta... Más caro vende Perrenques pura metralla,
-y no falta quien se lo tome; y los demás rederos, allá se le van en
-humos cuando el caso les llega... y toos lo nesecitan menos que tú
-y que yo... ¡y con ser quien soy!: el único matriculao que anda en
-la ría, y más afuera tamién, y con derecho bien notorio de que no
-anduvieran otros por onde yo ando. Sólo que es uno de esa condición y
-no quiere guerra con sus convecinos, ni hacer mal á naide no más que
-por hacerlo... Dirás tú que éstas son coplas, y que más valiera, en
-ciertos casos, vista la mala ley de otras gentes, hacer con tales y
-con cuales lo que el de más allá hace con uno... Podrás estar en lo
-firme; pero yo estoy más á gusto con hacer lo que hago. Cierto que no
-se engorda con ello; pero se duerme tan guapamente, y no hay ujano que
-roa en los prefundos cuando más devertío está el hombre, ni pentasma
-que le espante ni le engurruñe los hígados cuando la triste nesecidá
-le pone en riesgo de jugarse la vida allá afuera, contra un zoquete de
-borona... Tú, Pedro Juan, hazte la cuenta de que no hay bien ni mal
-que cien años dure... y hala pa lante hasta caer de veras; que de caer
-hemos, igual tú y yo, que semos la miseria andando, que el que tenga
-los mesmos tesoros del _Pirata_... ¿Metistes la camá de juncos en el
-cesto?
-
-Pedro Juan respondió que sí.
-
-—Pos échale haza acá, y trae tamién la triguera pa desapartar lo de
-costumbre.
-
-Pedro Juan hizo lo que le mandaba su padre; y fué de notarse que al
-paso que colocó el cesto muy sosegadamente arrimado al poyo, arrojó
-encima de él la triguera de muy mala gana.
-
-—Convenido, hijo, convenido. Pecao mortal es que aquella boca se los
-zampe; pero á mal tiempo buena cara: á más de que á eso le tenemos
-avezao mucho hace, y sabe Dios lo que sería de otro modo.
-
-Casi á tientas, porque era ya de noche y no había otra luz que la que
-reflejaba la tenue claridad del cielo, comenzó el Lebrato á sacar de
-la caldera los peces que contenía, para colocarlos uno á uno sobre
-la carnada del cesto. De paso, y valiéndose para ello, más que de la
-blancura reluciente del pescado, de la experta sutileza de su tacto de
-pescador, separaba en la triguera los peces que habían de servir para
-los fines que se proponía. Cuando Pedro Juan volvió con dos mimbres,
-que fué á coger de un haz de ellos que guardaba encima de una barrotera
-del estragal, su padre había apartado las tres lobinas, los cuatro
-mubles y los dos rodaballos mayores y más lucidos que había en la
-caldera.
-
-El Josco, sin decir una palabra, se quedó mirando, con muy duro ceño,
-las nueve hermosas piezas; después eligió las tres más grandes, y
-las fué ensartando por las agallas en uno de los mimbres, cuyos
-extremos sobrantes unió muy curiosamente en forma de estrovo. Dió
-otra zambullida en la caldera á los peces ensartados así, y los dejó
-blandamente sobre los que había en el cesto. También fué de notar que
-al ensartar los otros seis escogidos, parecía que los daba de puñaladas
-con el mimbre cuando le pasaba de las agallas á la boca; que se limitó
-á dar un nudo muy tosco á las puntas de la vara, y que arrojó la sarta
-en la triguera sin cansarse en meter antes los peces en el agua. Hecho
-esto, rascó con las uñas lo mayor del barro seco que aún conservaba
-pegado á las zancas; se bajó las perneras que tenía arremangadas; las
-dió unos manotazos hacia los pies; frotó luégo ambas palmas contra las
-respectivas caderas; lió un pito, echó una yesca, y le encendió; y como
-quien se dispone á tomar una resolución heróica, restregóse las manos y
-cogió con cada una de ellas una sarta de pescado.
-
-El Lebrato le miraba de hito en hito y le dejaba hacer sin decirle una
-palabra. Cuando notó que se iba á largar sin más explicaciones, le
-habló así:
-
-—¿Por las trazas, lo vas á llevar esta noche? Pensé que lo dejarías pa
-mañana, de paso que corríamos lo demás, si antes no vienen por ello.
-
-—Es mejor así, ya que hay tiempo y ná que hacer en casa.
-
-—Cierto: las vacas van ya camino del puerto, si es que no han llegado
-á él; el llar está en punto, y la torta la echaré yo pa cenar cuando
-güelvas... Pero...
-
-Y como el Lebrato no apartara los ojos de las dos sartas de peces,
-adivinándole los deseos Pedro Juan, díjole, alzando respectivamente la
-mano en que estaba la sarta grande y la en que estaba la sarta chica:
-
-—Éstos son pa él, y éstos... pa ella.
-
-—¡Pa ella!... ¡Ah, vamos!... Pero nunca otro tanto hicistes, Pedro
-Juan. ¿Cómo tan ocurrío por parte de noche?
-
-—Porque los merece... Por eso.
-
-—Bien está; pero la novedá es lo que me pasma. Con ello y con que se te
-atragante la voluntá...
-
-—Es que he pensao que pué que me atriva mejor así.
-
-—¡Hombre! pues si en unos cuantos peces está y no te fías bastante en
-esos pocos, llévate el canasto entero y verdadero. Con tal que ello
-sea...
-
-El Josco, sin aguardar á que su padre acabara de hablar, cogió con una
-sola mano las dos sartas, salió del portal, y á buen paso tomó la misma
-senda que había llevado Quilino al caer de la tarde; y también, al
-llegar á lo alto de la sierra, buscó por el callejo más hondo el camino
-más breve para ir adonde iba.
-
-Comenzaba á lucir la luna, en el cielo no había una sola nube, y la
-noche picaba un poco en calurosa; por todo lo cual la gente del barrio
-andaba á aquellas horas solazándose, tendida sobre las _mullidas_ del
-corral, murmurando á la puerta de casa, ó de tertulia en la solana,
-según los gustos ó los medios de cada familia: en cualquiera parte
-menos en la cocina y en la cama.
-
-Pedro Juan, que al asomar al barrio comenzaba á temer que le faltara
-resolución para entrar en casa de Pilara con el regalo, por lo mismo
-que jamás le había hecho otro, tuvo la fortuna de encontrarla junto al
-goterial, al pasar por allí como pudo pasar otro cualquiera, pues que
-era camino para ir adonde iba él. Las «buenas noches» se podían dar sin
-segunda intención al mayor enemigo, cuanto más á una buena moza; y él
-se las dió á Pilara, casi sin cortarse, y pensando al mismo tiempo que
-después de dar, por casualidad, las buenas noches á cualquiera, se le
-puede brindar con todo ó con parte de lo que se lleve en la mano, sin
-que esto quiera decir más que «lo que de por sí dice ello mesmo.»
-
-Y eso iba á hacer Pedro Juan, cuando notó que en el fondo del soportal
-había gente; y, por de pronto, se le atascó el brindis en los gañotes.
-Y uno de los del soportal era «por casualidad» Quilino; Quilino, que
-no había hallado en casa á Pilara cuando, de vuelta de la ría, con
-tanto empeño fué buscándola, y acababa de llegar entonces, por tercera
-vez, y sólo esperaba á tomar resuello sentado sobre el cocino de picar
-escajos, para saldar sus cuentas con ella delante de toda la familia;
-porque él era mozo que no se paraba en barras de poco más ó menos,
-y el saldar cuentas de aquella traza, la comezón que se lo echaba
-todo á perder. En cuanto vió que la moza daba cara, y cara de risa, á
-Pedro Juan, que se había plantado delante de ella como caído de las
-goteras, se levantó del cocino de repente, se dió sendos puñetazos en
-las nalgas, golpeó la pared con el pajero que se quitó de la cabeza;
-y después de mirar torcido á la pareja del goterial y de batir mucho
-las mandíbulas, salió disparado á la corralada, bufando más bien que
-diciendo, pero de modo que todos lo oyeran:
-
-—¡Recongrio! ¡Esto no se puede aguantar, y aquí va á haber una
-barbaridá de espanto el día que menos!
-
-El Josco no le hizo caso; pero los demás, incluso Pilara, le rieron de
-firme la corajina. Lo mismo que en la red; y con sólo caer en ello, iba
-Quilino que ahumaba por aquellos bardales afuera.
-
-Pedro Juan, escondiéndose, digámoslo así, en aquel poco de algazara que
-se armó en el portal, atrevióse á decir á la moza, que no le quitaba
-ojo:
-
-—Paece que se toma la luna, ¿eh?
-
-—Ya se ve que sí—respondió Pilara.—De lo que no cuesta, llenemos la
-cesta. Y con eso y sin eso se sale una á cielo raso muchas veces, por
-no ver de cerca lo que hay á subio en el portal.
-
-Que esta saeta iba á Quilino, puede afirmarse; mas que la pescara Pedro
-Juan, ya es más dudoso, porque lejos de darse por entendido, se quedó
-hecho un madero. Viéndole así, añadió Pilara partiendo con los dientes
-pedacitos de un junco de la mullida del corral:
-
-—Muy tarde andas tú por estos barrios. ¿Qué tripa se te ha roto en
-ellos?
-
-—Pos yo vengo—dijo Pedro Juan,—al auto de llevar esto á ese hombre.
-
-Y señalaba con la mano libre á la mayor sarta de peces.
-
-Pilara se agachó un poco para verlos mejor; y entonces, libre él de los
-ojos de ella, que tanto le _avergonzaban_, atrevióse á echarla encima
-del cogote estas palabras:
-
-—Si tú quisieras quedarte con esto otro... digo, no ofendiendo.
-
-Y señalaba con el dedo á la sarta chica, mientras el corazón le daba en
-el pechazo cada golpe que le atolondraba.
-
-Palpó la mocetona los peces, que le parecieron de perlas, y estimó la
-cortesía en mucho más. En prueba de ello, no aguardó á que él le diera
-la velorta, pues se la quitó de la mano.
-
-—¡Vaya que son cosa güeña!—exclamó Pilara levantando la sarta hasta los
-ojos.
-
-—Lo mejor que hubo en la ré,—se atrevió á decir Pedro Juan, con un
-poco de entusiasmo.
-
-Hasta aquí, iba saliéndole á éste tal cual el empeño, y aun entreveía
-la posibilidad de que, enredándose el tiroteo, llegara él á cantar
-de plano; pero acertó Pilara á llamar la atención de la gente de su
-casa, que estaba en el fondo del portal riendo todavía y comentando el
-berrinche de Quilino; y aquí fué el desmoronarse de golpe el valor de
-Pedro Juan, el ponerse colorado de vergüenza, el tronarle los oídos y
-hasta el temblarle las piernas.
-
-—Vaya—dijo resuelto á salvarse en la huida:—á más ver.
-
-Le llamaron desde adentro, le brindaron con un cigarro y un poco de
-conversación, en muestra siquiera de la estima del regalo, que le
-pusieron en las nubes... «pior que pior.»
-
-—¡Coles!—pensaba el Josco mientras se apartaba del goterial.—Si
-entrara, tendría que decir algo, y por ello me lo conocerían; y
-conociéndomelo entre tantos, me moriría allí mesmo de repente.
-
-Y se alejó algunos pasos de aquella casa en dirección á la otra. Pero
-iba avergonzado de su propia cobardía y remordido por la pérdida de una
-ocasión como no volvería á cogerla; y tanto le abrumaron la vergüenza
-y los remordimientos, que retrocedió decidido á hacer una valentía,
-costárale lo que le costara.
-
-De dos zancadas se plantó otra vez en el corral, que era abierto; y
-cubriéndose todo el cuerpo con la esquina de la casa, asomó un poco la
-cabeza dentro del portal y llamó con voz apagada y algo temblona:
-
-—¡Pilara!
-
-Conocióle ésta y salió corriendo al goterial.
-
-—¿Me llamabas, Pedro Juan?—le preguntó muy afable.
-
-—Pienso que sí,—respondió el Josco atarugado otra vez y empezando á
-arrepentirse de su valentía.
-
-—Bueno... Pus aquí me tienes.
-
-—Échate un poquitín más á esta banda del esquinazo... ¡Así!... Digo, si
-no emportuno...
-
-—¿Qué has de emportunar, hombre? ¿Pus á qué estamos unos y otros?
-
-—Eso me paece á mí.
-
-Y como después de estas palabras no rompiera á hablar en un buen rato,
-le echó un remolque Pilara con estas otras:
-
-—Ahora, tú dirás.
-
-Pero ni por esas se dejaba llevar el mocetón hacia donde sus deseos le
-empujaban y la misma Pilara pretendía. Juzgaba perdida la ocasión en
-el último paréntesis de silencio, y sospechaba que había de tomarse á
-risa su retrasada declaración. Hay hombres así en aquel rústico lugar
-y en otros harto más cultos, porque en una y otra parte, con calzones
-de paño pardo ó con levita de sedán, el puntillo exagerado toma á
-menudo trazas de cobardía; y luégo sucede que al querer conducirse como
-prudente, es cuando resulta ridículo.
-
-—Conque tú dirás,—repitió Pilara observando que Pedro Juan continuaba
-callado, pero no en sosiego.
-
-—Pos quería preguntarte—dijo al fin el Josco,—si por casualidá sabes
-tú... si estará en casa ese hombre.
-
-Sonrióse Pilara y respondió:
-
-—Pienso que sí, porque en la solana le ví endenantes.
-
-—Enestonces... voy pa-llá.
-
-—¿Y eso era todo lo que tenías que decirme, hombre de Dios?—preguntóle
-la moza con cierto retintín que encendió algo la sangre del encogido
-redero.
-
-—No, ¡recoles!—contestó éste en el calor del arrechucho, y azotando la
-esquina de la casa con la sarta de peces.—¡Yo tenía que decirte mucho
-más!
-
-—Y ¿por qué no lo dices? ¿pa cuándo lo dejas?
-
-—Lo dejo, Pilara... pa cuando me atriva; pa cuando me atriva, ¡coles!
-¡Y mira que á la mesma punta de la lengua lo tengo!
-
-—Pos atrívete hombre; atrívete ahora. ¿Qué mejor ocasión?
-
-—¡Que me atriva! ¡Recoles! ¿En qué consiste esto? Yo he mirao treinta
-veces la muerte cara á cara sin que se me acelere tan siquiera el
-pulso, ni la color se me cambie, ¡y en esto me desmayo y acongojo! ¡Mal
-rayo me parta por encogío y por... coles!
-
-Y por no atreverse y por conocerlo y por renegar de sí propio, salió
-ahumando de la corralada, igual que Quilino, sin despedirse siquiera.
-
-Y era lo más negro para Pedro Juan, que, huyendo de lo que más le
-atraía, lo llevaba estampado en las mismas niñas de sus ojos. Allí
-estaba la moza en cuerpo y alma, y allí la veía él con su cara redonda,
-colorada y fresca; con su mirar parletero y su boca risueña; con sus
-caderas macizas que retemblaban al andar; con su seno profuso y sus
-hombros anchos y fornidos; limpia como los oros, y un brazo de mar para
-el trabajo. Por eso, y no más que por eso, la tenía él pintiparada
-en los ojos, y más adentro también, y no por el cuarto de casa y la
-media res y los seis carrucos de tierra que pudieran tocarla «en el
-día de mañana,» porque su padre lo tenía y era hombre de arreglo que
-sabría mirar por ello, como había mirado hasta entonces; por eso, por
-limpia y maja y trabajadora la quería él. ¡No más que por eso! Él no
-era _cubicioso_ ni cosa alguna que lo pareciera; y por estar bien á la
-vista, y por no tener vicios y aborrecer el aguardiente y ser apegado
-al trabajo y fiel de palabra y obra, y algo por ser hijo de quien era,
-se le abrían las puertas de aquella casa, que estaban cerradas para
-otros; y el padre le miraba «de buen aquel;» y Pilara no digamos, que
-«hasta le jalaba de la lengua;» y la madre, poco menos, y los demás,
-«cuasi pa el cuasi.»
-
-Todos eran á estimarle allí, y hasta su padre le empujaba hacia ello;
-y él conocía estas cosas, porque ciego había que ser para no verlas,
-y _lo_ deseaba más que nadie... ¡Coles, si lo deseaba! ¡Y «con todo
-y con eso,» llegado el caso de hablar... «lo mesmo que un _murio de
-paré!_;» y para ayuda de males, mientras no hablara, aun con saber lo
-que sabía, hasta las botaratadas de Quilino le amargaban la borona y
-le quitaban el dormir. Su padre había querido sacarle del ahogo más de
-dos veces hablando por él; pero él no lo consintió, porque no era «de
-hombres como Dios manda, consentir que otros arreglen esas cosas.» Y al
-ver cómo se iban poniendo las suyas y que la paciencia se le acababa,
-llegaría pronto la necesidad de decidirse á renunciar á ellas, ó de
-ponerlas en manos de su padre. Y entonces... «¡coles, recoles! ¡otro
-que tal no se habría visto ni se veía en jamás de los jamases!»
-
-Cavilando de esta suerte y andando á buen andar por los callejos del
-barrio, llegó á la portalada de «ese hombre.»
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-III
-
-ADÓNDE FUÉ Á PARAR LA SEGUNDA SARTA DE PECES
-
-
-Porque la casa de «ese hombre» tenía portalada, y de alto y bien volado
-tejadillo; y corral con cerca de cal y canto, casi tan alta como la
-portalada. No era nueva la casa ni tampoco muy vieja, ni tenía escudo
-de armas sobre el cuadrante incrustado en uno de los _esquinales_ del
-mediodía, ni en parte alguna de sus fachadas; pero era grande, de dos
-solanas bien extensas, con buenas cuadras, pajares y graneros; pozo,
-pila y horno en el corral, y mucho rumor y tufo de ganado al pesebre,
-que se percibían en cuanto se penetraba en el hondo soportal.
-
-Hasta él llegó el Josco sin detenerse, porque á aquellas horas la
-portalada no estaba aún cerrada más que con el pestillo, y en la solana
-que daba al corral no había nadie.
-
-Acercóse á la puerta del estragal, que tenía cerrada la mitad de medio
-abajo; metió en el vano la cabeza y buena parte del busto, y gritó allí
-con toda su voz, que no pecaba de suave:
-
-—¡Deo gracias!
-
-—¿Quién llama?—le respondió al momento desde arriba otra voz, por cuyo
-timbre desagradable no hubiera conocido un extraño si era de hombre ó
-de mujer.
-
-—¡Gente de paz!—replicó el Josco maquinalmente, y no de muy buena gana,
-á juzgar por la cara que puso.
-
-—¿Quién es?—volvió á decir la voz de arriba acercándose hasta lo alto
-de la escalera.
-
-—Yo... Pedro Juan,—respondió la de éste.
-
-—¡Ah... eres tú!—exclamó entonces la otra voz.—Y ¿qué traes, qué traes
-á estas horas?
-
-—Esto traigo,—respondió ásperamente el Josco, como si desde allá dentro
-pudiera verse lo que él zarandeaba en la mano.
-
-—Pues ¿qué haces ahí parado? Desdá la _estorneja_ si está echada, y
-¡sube, hombre, sube!
-
-—Es que—replicó Pedro Juan,—si me lo tomaran aquí, sería mejor, porque
-vengo deprisuca y se va hiciendo tarde.
-
-—¡Te digo que subas, y no seas meleno!
-
-Acogió el mozo con un reniego el mandato; y después de golpear la media
-puerta con los peces, metió el brazo derecho por encima de ella, volvió
-la estorneja (taravilla) que la mantenía cerrada, y entró. No se veía
-chispa en el estragal ni en la escalera; subióla á tientas, porque ya
-la conocía, y en lo alto de ella le esperaba un bulto negro, más negro
-que la obscuridad, con una mancha blanca á cada lado; el cual bulto le
-dijo, con la voz de antes:
-
-—Sube, sube... y vente á la cocina á dejar eso... que ya presumo lo que
-será.
-
-Al llegar Pedro Juan arriba, el bulto negro con las dos manchas blancas
-se internó en un carrejo obscuro, á cuyo extremo y á la mano derecha se
-veía un rayo de luz que salía por una puerta. El Josco siguió al bulto,
-con los brazos extendidos y pisando á plomo por precaución muy cuerda,
-y así llegaron los dos á la cocina, cuya era la puerta por donde salía
-el rayo de luz, y en ella entraron.
-
-El bulto negro con manchas blancas resultó ser (no para Pedro Juan, que
-bien conocido le tenía desde que le oyó hablar, sino para el lector,
-que se halla en muy distinto caso que el hijo de Juan Pedro); resultó
-ser, repito, «ese hombre,» el cual estaba en mangas de camisa, como
-siempre que apretaban un poco los calores; y eso que no era robusto
-ni joven, sino todo lo contrario, amojamado y sesentón, de poca talla
-además y algo encorvado; pero como decía Juan Pedro hablando de la
-madera de este sujeto: «es de la veta del tejo, que una vez que medró,
-ya no la parte un rayo.» Tenía la boca grande y los ojos chicos, los
-labios delgados y la mirada sutil y algo truhanesca, lo cual daba al
-conjunto de su fisonomía una expresión que no resultaba antipática.
-Entonces llevaba una badila en la mano.
-
-—Recoge esto que trae Pedro Juan—dijo á una mujer, ya bien madura y
-poco aseada que trajinaba allí, después de mirar bien de cerca y hasta
-de oler y palpar lo que Pedro Juan traía en una de las manos.—Pero,
-hombre—añadió en seguida, disponiéndose á recoger él mismo la sarta de
-pescado,—yo no sé á qué os cansáis en ser tan cumplidos conmigo tú y tu
-padre. Si ya os he dicho...
-
-—Pues si usté no lo quiere, me lo volveré á llevar,—respondió secamente
-el mozo, atenazando de nuevo la velorta, que casi estaba ya en manos
-del sujeto vestido de negro y en mangas de camisa.
-
-—Hombre, no lo digo por tanto—repuso éste, tirando de la velorta y
-quedándose al fin con ella.—Toma, toma, Romana, hazte cargo de esto;
-y si puede ser, echa á la sartén el rodaballo para cenar esta misma
-noche. Cabalmente me alampo yo por los rodaballos... ¡Pues no te digo
-nada Inés!... Como que voy á llamarla para que lo vea.
-
-Y salió á la puerta de la cocina, gritando allí muy recio, mientras
-Romana tiraba los peces encima de una mesa:
-
-—¡Inés! ¡Inés!
-
-Luégo, volviendo hacia Pedro Juan, que ya quería largarse de allí, le
-dijo:
-
-—Aguárdate un poco, hombre; no seas tan súpito. Tú querrás tomar algo.
-
-—No, señor.
-
-—Medio vaso de vino...
-
-—No lo uso: ya lo sabe usté.
-
-—Es verdad... Pues una copa de aguardiente.
-
-—Mucho menos...
-
-—Cierto es también: ya no me acordaba... Pues no sé qué darte, mira.
-
-—Y ¿por qué ha de darme cosa alguna, ni qué cosa he pedido
-yo?—respondió seca y bruscamente Pedro Juan.—Lo que quiero es volverme
-á mi casa, si no hago falta aquí, porque ya es tarde.
-
-En esto entró Inés en la cocina. Aunque iba en chancletas y despeinada
-y con un vestidillo de percal, bastante lacio, y una pañoleta de seda
-descolorida, echada sobre los hombros de cualquier modo, transcendía
-desde luégo á buena moza, y lo era de verdad; y observándola mejor,
-bajo aquel desaliño que acusaba en ella cierta dejadez poco simpática,
-había algo más que una zafia labradora, aunque no llegara, ni con
-mucho, á una dama de buena educación. Su cuerpo era esbelto, gallarda
-y ricamente conformado; sus manos, de la más fina traza, y su cara
-morena, de menuda y fresca boca, nariz algo aguileña y ojos negros y
-de mirar perezoso, si no reflejaba en su expresión todo el encanto que
-suelen dar de sí estas prendas esculturales en otras mujeres, más que
-en ausencia de vida y de sentimientos, parecía consistir en la falta de
-asunto en que emplearlos, ó de un hábil artífice que hubiera sabido dar
-luces á las facetas opacas de aquella piedra tan ricamente formada por
-la naturaleza.
-
-Pedro Juan la dió las buenas noches con toda la cortesía y la mayor
-dulzura que cupieron en su rudeza natural, y ella contestó con las
-mismas palabras y media sonrisa que las sazonó muy sabrosamente.
-
-—¡Mira, mira qué hermosos peces!—le dijo su padre, pues lo era, aunque
-parezca mentira, el sujeto vestido de negro, en mangas de camisa y con
-una badila en la mano.
-
-Inés los miró y hasta los fué levantando por la cola uno por uno, muy
-perezosamente y con cara de disgusto, y repitió los elogios de su
-padre; y por último (el arrastrado oficio obliga á decirlo todo, aunque
-mucho de ello se diga de mala gana), se limpió los dedos resobándolos
-contra su vestido á la altura de las caderas.
-
-Mientras esto acontecía, «ese hombre» preguntaba á Pedro Juan:
-
-—¿Y serán, naturalmente, de la ré de esta tarde?
-
-—De la mesma,—respondió el otro.
-
-—Y ¿qué tal, qué tal ha estado la ré?
-
-—Pos así... tal cual.
-
-—Vamos, una arroba en limpio, como quien dice.
-
-—¡Si ello pasara de media dempués de rebajar eso que está ahí!...
-
-—Echémosle quince libras... Á peseta una con otra, tres duros mal
-contados... No es cosa mayor; pero tampoco tan mala que digamos para
-jornal de una tarde. ¿Qué tal andáis ahora de apuros?
-
-—Como siempre... Semos dos á ganar poco, y son los mil y quinientos á
-jalar de ello... De modo y manera, que con una mano se coge y con otra
-se da... Conque, á más ver, que es tarde y mi padre me espera.
-
-Y con esta despedida y una cara muy fosca, salió Pedro Juan de la
-cocina. El padre de Inés le siguió; y al llegar el primero á la puerta
-de la escalera, le dijo el segundo:
-
-—Lo de los apuros, no lo he dicho por los que pueda tener tu padre
-conmigo; pero ya que salieron á relucir, bueno sería que le recordaras
-el olvido en que me tiene tiempo hace sobre ese particular. Los
-atrasos son como las enfermedades, que si dan en caer unas sobre otras,
-acaban por matar al enfermo. No te diré que me llame á la parte en esos
-tres duros de la ré de hoy, aunque bien pudiera; pero si dan en pintar
-bien las siguientes... en vosotros está el corresponder como es debido,
-sin que yo lo pida.
-
-No vió el sujeto que así hablaba la impresión que iban haciendo sus
-palabras en el temperamento bravío del hijo del Lebrato, porque el
-carrejo continuaba á obscuras; pero, en cambio, sintió retemblar
-aquella parte de la casa tras una recia patada en el suelo, y oyó que
-la voz enronquecida é iracunda de Pedro Juan le dijo:
-
-—¡Sin que usté lo pida!... ¿Y qué ha de pedirnos? ¿Qué le queda ya
-por pedir, ni á nusotros que darle, si no es la pura entraña, coles?
-¿Quiérela tamién? Pos pídala por la Josticia, siquiera por ser lo único
-que tenemos que no sea ya de usté... ¡recoles!
-
-Y se largó escalera abajo, echando por la boca rayos y centellas, á
-media voz. Al llegar al corral, oyó que le decía el otro desde la
-solana:
-
-—No seas bruto, Pedro Juan: toma las cosas como es debido, siquiera por
-la cuenta que os tiene... y dile á tu padre que cuando pueda se dé una
-vuelta por acá, que tengo que hablarle... ¡No es de eso, hombre, no es
-de eso! ¡No te encalabrines otra vez! Es cosa muy diferente... Pero que
-no es de urgencia, que no es de urgencia: cuando buenamente pueda, que
-lo primero es lo primero... Ahora, á las redes mientras hay mareas al
-caso y den el jornal, como la de hoy.
-
-Pedro Juan, que se había detenido unos momentos para oir el recado de
-«ese hombre,» pero sin volver la cara hacia él, por toda respuesta á
-sus amonestaciones echó á andar hacia la calle, levantó el pestillo,
-salió; y cerró la portalada con tal ímpetu y estruendo, que tembló el
-tejadillo y ladraron todos los perros de la vecindad.
-
-Al tomar la calleja de la izquierda, por la cual había venido de casa
-de Pilara, se encontró tope á tope con el médico don Elías, á quien
-él estimaba mucho por su «buen genial» y otras prendas que se irán
-viendo en el curso de este libro. Don Elías, que se perecía por echar
-un párrafo á cualquier hora y aunque fuera con los jarales del monte en
-defecto de cosa mejor, y también porque presumió de dónde salía Pedro
-Juan, le detuvo plantándosele delante con las manos cruzadas sobre los
-riñones y diciéndole:
-
-—Apuesto una oreja á que sé de dónde vienes... hasta por la cara que
-traes.
-
-—No está malo de acertar—respondió el Josco, que nunca como en aquella
-ocasión mereció el mote.—Yo no piso en jamás esta calleja, si no es pa
-eso... pa quemame la sangre, y pa condename, vamos.
-
-—Te digo, Pedro Juan, que de esa cueva no saca nadie cosa mejor. Yo
-tenía que verle para un asunto que puede interesarle mucho; y con todo
-y con ello, hace ya días que lo voy dejando por no tratar con él.
-
-—Pos si se viera usté en nuestro caso, que por buenas ó por malas
-tuviera que apechar... ¡coles!
-
-—¿Quiere decir que hoy te ha recibido mal?
-
-—Talmente mal, no, señor; pero es lo mesmo en finiquito.
-
-—Entendido; es su modo de ser: ni palabra mala ni obra buena.
-
-—¡Eso... eso mesmo!
-
-—¡Si conoceré yo al _Berrugo_!—exclamó aquí con fruición el bueno de
-don Elías, que tenía el prurito de cazar muy largo y aun de entender de
-todo y de dar siempre en el hito, y especialmente de murmurar hasta de
-las estrellitas del cielo.—Pero, hombre, lo que parece increíble es que
-un sujeto de la calidad de ese, consienta lo que consiente en su propia
-casa y se exponga á lo que se expone...
-
-Y como Pedro Juan no mostrara señales de apurarse por conocer lo
-que dejaba apuntado don Elías, éste, tras un breve rato de silencio,
-continuó así:
-
-—Pero, por otra parte, considera uno que esas cosas suceden por
-permisión de Dios para castigo de ciertos pecados gordos, y ya no hay
-razón para extrañarse de nada.
-
-Pedro Juan continuaba oyendo y sin decir una palabra.
-
-—Pinto el caso—añadió don Elías, satisfecho con la atención que le
-consagraba su oyente:—la _Galusa_[2], esa mujerona que tiene en casa
-tantos años hace, desde dos ó tres antes que él enviudara de aquella
-infeliz que valía más que pesaba; y lenguas hay que afirman si ciertos
-disgustos, emparentados con la sirvienta, tuvieron ó no parte en la
-viudez. Pero eso, á Dios que lo sabe: el caso es que desde entonces
-y á creer á las gentes... y lo que á la vista está, esa mujer es la
-que raja y corta y manda ahí, por encima de la pobre Inés y del mismo
-Berrugo, que no se deja mandar de Poncio Pilatos. ¿Es esto algo, Pedro
-Juan? Pues con ser tanto, no vale dos cominos en comparación de lo
-que ha de verse luégo; porque ya anda, como quien dice, llamando á la
-portalada, si es que no está mucho más adentro. ¡Eso ha de ser de
-órdago! ¡El castigo de los castigos!... De manera, hijo, que si la
-venganza puede consolarte de los agravios ó de los perjuicios que en
-esa casa se te hayan hecho, vete consolándote ya, porque venganza has
-de tener, y pronta y bien cumplida.
-
- [2] Ratera, chupona.
-
-Ni por esas se pintaba el menor signo de curiosidad en la cara del
-oyente, ni pronunciaba su boca una palabra. Don Elías no se creyó
-desairado por tan poca cosa; y después de una pausa no muy larga,
-comenzó á echar el resto de este modo:
-
-—Ya que tanto te pica la curiosidad, y es muy natural que te pique,
-voy á contarte lo que hay sobre el particular que te anuncio... á
-condición, por supuesto, de que han de caer mis palabras como en un
-pozo: ya sabes que no me gusta murmurar de nadie, y no quiero que
-mañana se diga, sin fundamento ni razón, que me meto en vidas ajenas...
-Y sábete ahora que de donde le ha de venir al Berrugo el golpe en la
-misma nuca, es de Marcones... ¿No conoces tú á Marcones el de Lumiacos,
-de donde es también la Galusa? Bueno: pues Marcones es sobrino carnal
-de ella, hijo de una hermana casada allí, y bien cargada de familia,
-por más señas. Este Marcos, ó Marcones, como le llaman las gentes
-de acá y de allá, por lo grandote que es, desde muchacho tomó en
-aborrecimiento las labranzas de su casa, propias y en renta, que de
-todo había allí... cuando había algo, porque á la fecha de hoy, hijo
-del alma, si no es á préstamo ó en aparcería... _requiescat in pace_.
-Volviendo á Marcos, has de saberte que buscando un modo de ganarse
-la puchera sin quebrantarse los lomos, discurrió estudiar para cura,
-después de darle el de su lugar medio curso de latín, y de levantarle
-el falso testimonio de que entraba por él como dedo por la sortija.
-¡Bueno estaba el cura para enseñar á nadie lo que no sabía él! Á todo
-esto, el Marcones era díscolo, rebeldote y soez, como un demonio; y
-armaba en casa cada catacumba porque tardaban en cumplirle el gusto de
-irse al seminario, que tiritaba San Pedro... Y aquí es donde se cree
-que empezó la Galusa á poner en contribución á su amo para suplir lo
-que no podía dar el pobre padre, ni aun deshaciéndose de lo mejor que
-tenía y con perjuicio de sus demás hijos. El asunto es que Marcones
-fué al seminario bien provisto de todo, y que se estuvo por allá dos
-años. Al cabo de ellos volvió á Lumiacos á pasar unas vacaciones,
-gordote como un tocino, casi cerrado de barba y empleando más los ojos
-en mirar á las buenas mozas que en leer los libros sagrados; porque,
-amigo, el corpazo aquél no se domaba sólo con latines, y Marcones no se
-apuraba mucho por contrariarle. En esto se le antojó una muchacha de
-buen ver y mejor hacienda, que conoció en Piñales yendo á la romería
-de San Pablo; y tira de acá, tira de allá, golpe por aquí y golpe por
-el otro lado, ella se fué reblandeciendo, porque al fin era hembra;
-él no se acordaba de los libros de la carrera más que de las nubes de
-antaño, y la cosa hubiera ido adelante si no la huele á tiempo el padre
-de la muchacha y la casa con otro más de su gusto, que se presentó
-de la noche á la mañana. Este golpe descompuso á Marcos, que era y
-es un saco de iras y rencores; pero como el perdido no era negocio
-que podía enderezarse con palabrotas fuertes y espumarajos de rabia,
-mientras le salía otro acomodo con puchera segura, vistióse otra vez
-el balandrán y se volvió al seminario. Cerca de otros dos años se
-aguantó en él, sabe Dios cómo, y á expensas de su tía, ó lo que es lo
-mismo, del Berrugo, que ponía el grito en el cielo á cada sangría que
-le arrimaba la mujerona esa, pero que al fin pagaba. Lo que tenía que
-suceder, sucedió. Marcones no podía con la media sotana, porque las
-carnazas le pedían cosa muy diferente; y un día, bien fuera porque se
-hartó de aquella cárcel, bien porque le echaran de ella, ó por los
-dos motivos juntos, pero nunca por las falsedades que él refirió,
-tomó el trote para Lumiacos, y desde Lumiacos se plantó aquí y tuvo
-una encerrona larga con su tía. Da aquella encerrona salió amasado lo
-que después sucedió y lo que está sucediendo á la hora presente, y lo
-que sucederá en el día de mañana, ó séase que, con el pretexto de ser
-amoroso sobrino de su tía y muy agradecido á los favores de su amo,
-dió en entrar en esta casa á menudo, pero con intención bien hecha de
-ir acercándose á Inés y obligándola poco á poco con la ayuda de la
-culebrona. Podría el Berrugo conocerlo ó podría no. De cualquier modo,
-allí estaba la que mandaba en todos para obligarle á que anduvieran las
-cosas al gusto de ella. Si el Berrugo ha caído en la cuenta de lo que
-pasa, ó si cayendo entra con todas, no se sabe á punto fijo, como no
-se sabe tampoco si la pobre Inés ha mirado con buenos ojos á Marcones;
-pero lo cierto de toda verdad es que no pudiendo Marcones, por el
-bien parecer, entrar en esa casa tan á menudo como á él le conviene,
-tomándose por disculpa lo poco diestra que está Inés en primeras
-letras, ha comenzado él, ó comenzará de un momento á otro, á darle una
-lección cada día, á propuesta de la culebrona y con consentimiento de
-todos los demás. La cosa es hecha, como se ve, porque lo que no alcance
-Marcones de por sí solo, lo alcanzará su tía, que es más sierpe que la
-del Paraíso terrenal. En casándose Marcones con Inés, que es á lo que
-se tira, Marcones le buscará el gato al Berrugo, que le tiene bien
-gordo, ¡pero gordísimo! y dará con él, por escondido que se halle... ¡y
-figúrate tú, Pedro Juan; figúratelo, si puedes, qué es lo que sucederá
-con ese gato en tales uñas!... Te digo, Pedro Juan, que aquel día arde
-esa casa con el Berrugo adentro... si es que no arde también el lugar
-de punta á punta, con un vecino de las entrañas de Marcones ahito de
-posibles... Conque ¿te vas enterando? ¿Te parece flojo el lío? ¿Piensas
-que es cosa de cuidado lo que tiene ya encima de su alma ese sujeto,
-para martirio propio y consuelo de desplumados por él?
-
-Pedro Juan se encogió de hombros por toda respuesta á estas preguntas y
-por único comentario á la historia precedente, que de seguro le había
-parecido demasiado larga y poco interesante, porque su círculo de ideas
-y de relaciones era limitadísimo.
-
-Sospechándolo por las señales, don Elías quiso rematar su obra con los
-siguientes pespuntes:
-
-—Por supuesto que yo te entero de esas cosas, tan sabidas de memoria
-aquí hasta por los chicos de la escuela, porque á tí, metido en tu ría
-y en las mieses de Las Pozas, maldito si, fuera de Pilara, te importa
-lo de este barrio dos cominos. Y es bueno saber de todo.
-
-—¡Pilara!... ¡Coles!—exclamó Pedro Juan desperezándose, como si
-saliera de pronto de una modorra.—¿Y usté qué sabe de eso, don Elías?
-
-—¡Pues no se te conoce que digamos!... ¡y como también tiene la moza
-pelos en la lengua, gracias á Dios!...
-
-—Pos qué, ¿lo corre ella mesma, don Elías?
-
-—Vaya, vaya: lo que tú buscas es que yo te regale las orejas; pero no
-estoy de humor de ello. Anda con Dios, que ya es tarde... y punto en
-boca sobre lo que has oído de la mía.
-
-Y con esto y un golpecito sobre el hombro de Pedro Juan, se despidió de
-él don Elías y enderezó los pasos hacia su casa.
-
-El Josco, olvidado ya de su escena con el Berrugo y saboreando á su
-modo el dicho de don Elías sobre los dichos de Pilara, continuó su
-camino hacia abajo; y en cuanto columbró la casa de la mocetona, echó
-una relinchada de las más resonantes; y eso que era muy poco dado á
-estruendos de ninguna especie... Pero como nadie le veía, y además no
-dejaba de estar contento...
-
-Muy cerca ya del corral, echó otra tan repicoteada como la anterior.
-Anduvo un poco más y miró hacia el portal. No había nadie allí, y la
-casa estaba cerrada y en silencio, como todas las del barrio. De pronto
-oyó un ligero ruido y notó que se abría la ventana de la cocina que
-caía al soportal.
-
-—¡Coles... si creo que es Pilara que se asoma!—exclamó espantado como
-si le hubiera salido el lobo en mitad de la calleja.—¿Y qué la digo yo
-á estas horas y pico á pico los dos solos, si me arrimo allá?... ¡Sí,
-espérate un poco!...
-
-Y apretó á correr hacia abajo, tapándose las orejas para no oir los
-carraspeos de la persona que estaba asomada á la ventana. Después le
-sucedió lo de siempre: que se lamentó de la ocasión desaprovechada,
-y se avergonzó de su encogimiento, y se denostó á sí mismo con las
-mayores injurias y los más duros improperios.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-IV
-
-«ESE HOMBRE»
-
-
-«Ese hombre,» llamado así por Pedro Juan; _el Berrugo_ por don Elías...
-y por todo el pueblo de Robleces cuando él no estaba delante; «don
-Baltasar» por cualquiera que se le acercaba, y «don Baltasar Gómez de
-la Tejera» en los sobres de las cartas y en los registros municipales,
-fué en su niñez _Tasarín el de Megañas_, quinto ó sexto hijo de un
-pobre hombre conocido por este mote á causa de ser muy tierno de ojos.
-El cual Megañas era de lo más menesteroso que había en el lugar.
-Tasarín, así nombrado por lo menudito y sutil que era de cuerpo, pasaba
-por muy despabilado y hábil para cuanto no tuviera que ver con el
-oficio de su padre. Confirmando su buena fama, aprendió pronto y bien
-cuanto le enseñaron en la escuela, donde ya se manifestó recelosillo y
-con trastienda; y en cuanto tuvo trece años y hubo reducido á su padre
-á que, vendiendo _el de la vista baja_ que aún estaba á medio hacer, y
-buscando de cualquier modo lo restante, le pagara el viaje, montó en el
-mulo que le correspondía en la recua que á eso se dedicaba entonces,
-y se largó á Sevilla, sin otro amparo que sus buenos propósitos de
-hacerse rico de cualquier modo, y la esperanza levísima de que un
-_jándalo_ pudiente que estaba á la sazón por allá y era natural del
-mismo Robleces, le buscara una taberna en que acomodarse por de pronto.
-
-Cómo se las compuso Tasarín entonces, cuando aún aquéllos eran tiempos
-en que la carrera de jándalo tenía aquí muchos golosos, porque daba
-buenos dineros, nadie lo supo jamás; ni tampoco se supo á ciencia
-cierta en qué ganó más adelante lo muchísimo que tenía, en opinión
-de las gentes, ó los «cuatro cuartos para asegurar la puchera,» que,
-según la afirmación del propio hijo de Megañas, era lo único que había
-logrado ahorrar, cuando, al cabo de veinte años de ausencia, durante
-los cuales feneció Megañas tras de su mujer y se fué dispersando ó
-acabando también el resto de la familia, se presentó en Robleces
-modestamente vestido y sin pizca de aquella bambolla relumbrante con
-que solían llegar al pueblo nativo los jándalos montañeses, aunque no
-trajeran más que lo puesto y lo que decían haber derramado por el
-camino en onzas de oro y en pañuelos de seda. Lo único que trajo capaz
-de producir alguna sorpresa en sus contemporáneos, ó (si se me permite
-la finura) coevos, de su propio lugar, fué una sobrecarga de más de
-diez años, encima de los que verdaderamente tenía: treinta y cuatro aún
-no cumplidos, y representaba cuarenta y cinco largos. Fueron también
-motivo de sorpresa los propósitos que apuntó de enredarse en labranzas
-y ganaderías, con el fin de sacar el mejor fruto posible á las tierras
-que desde Sevilla había ido comprando en el lugar. Aquello era «su
-pobreza; el sudor de tantos años de trabajo, y necesitaba mirar por
-ello para vivir de ello.» Porque hay que advertir que Baltasar compró
-muchas tierras en su pueblo: todas cuantas se ponían en venta; y compró
-también la casa en que había nacido.
-
-Estas compras las hacía, en su nombre, su padre, á quien él enviaba
-el dinero justo para eso, y un piquillo más como de propina «por la
-molestia;» pico tan alambicado, que nunca alcanzó á sacar de apuros
-al pobre hombre, ni mucho menos á curarle del ansia con que al fin
-se largó á la sepultura: el ansia de verse, siquiera una vez, con un
-equipo nuevo, «de arriba abajo;» porque siempre quiso la mala suerte
-de Megañas que cuando tuvo para echarse unos calzones, le faltara la
-chaqueta, y cuando estrenó zapatos, careciera de sombrero. Aunque no
-lo lloraban tanto como él, lo mismo les sucedía á todos y á cada uno de
-los de su casa. La cual casa se reparó, en lo más apremiante, con algo
-que también vino de Sevilla con ese objeto: de modo que cuando llegó
-el jándalo á su pueblo, no le faltó donde albergarse por de pronto,
-aunque estaba ocupada la casa por un aparcero; pues contando con esa
-venida, se tenía de reserva el cuarto del portal, que nadie había
-habitado desde que se le tilló el suelo, que antes era de arcilla, y
-se blanquearon las paredes. Conviene advertir, por si no lo he dicho
-todavía, que esta casa pertenecía al barrio de Los Castrucos, al Oeste
-del de la Iglesia, que está entre los dos, quiero decir, entre Los
-Castrucos y Las Pozas, pero mucho más apartado de éste que de aquél,
-que allá se le va en altura y en secano. Ahora, no se olvide tampoco
-que estos tres barrios solos forman la municipalidad de Robleces, como
-creo que ya se ha declarado.
-
-Pues bueno: por llegar el jándalo éste á su pueblo con mucha fama de
-rico y negando él que lo fuese ni á cien leguas, cayó en la cuenta
-de que necesitaba construir una casuca si había de vivir allí medio
-regularmente, dedicándose á la labranza de las tierras que había
-comprado, para comer con el jugo que de ella sacara, á fuerza de
-pulso y de prudente economía, porque la vivienda en que había nacido,
-bastante milagro hacía con tenerse derecha en virtud de los puntales y
-reparos con que se la amparó años atrás; y andando en estos propósitos,
-ó aparentando que los tenía, fué cuando se le llegó el Mayorazgo
-del barrio de la Iglesia con la pretensión de que le hiciera un
-anticipo, «con su cuenta y razón.» Entraron ambos en explicaciones;
-entendiéronse, y ¡adiós proyectos de casa de nueva planta!; porque
-según se dejaba decir el hijo del difunto Megañas, toda «la miseriuca
-en efectivo» que tenía disponible, la necesitaba para sacar de ahogos
-á un amigo. El tal _amigo_, ó sea el Mayorazgo mencionado, hombre que
-había poseído las mejores fincas rústicas del pueblo, y aún era dueño
-de la casa más grande y más ostentosa de todo el barrio de la Iglesia,
-estaba á la sazón acribillado de deudas y de pleitos; por añadidura,
-hecho un pellejo ya con _madre_, y además, amagado de un _paralís_,
-y medio idiota. Vivía solo, con un ama de gobierno más embrutecida
-que él, y acababa de embarcar para América al único pariente cercano
-que le quedaba en el mundo: un sobrinito de trece años, hijo de una
-hermana viuda que había muerto seis antes en Nubloso, donde estuvo
-casada con un tabernero que salió un perdido. Al decir del Mayorazgo,
-este sacrificio por su sobrino fué «_el trago de gracia_ que le tumbó
-en el suelo;» y por eso acudía al _sevillano_, «que debía de tener las
-onzas á montones,» para que, «por lo que fuera,» le ayudara á ponerse
-á flote. Y á flote le puso el prestamista; y de tal modo, que á los
-diez y ocho meses era suya la casa del Mayorazgo, libre y desempeñada.
-Fortuna para éste que, como si los días de su vida hubieran estado
-ligados á la suerte de su caudal, con el último vaso de aguardiente
-adquirido con los últimos ochavos que quedaban en el arca, caía redondo
-el infeliz, lo mismo que si le hubiera partido un rayo.
-
-Ya tenía el hijo de Megañas ancho y bien oreado albergue. Gastó algunos
-cuartos más de su ahorrada «miseriuca» en repararle, en afirmar paredes
-de huertas y corraladas y en mejorar las cuadras y las accesorias que
-andaban casi por los suelos; y cuando lo tuvo todo á su gusto, comenzó
-á ocuparse, con empeño inteligente, en realizar los cálculos que tanto
-habían sorprendido á sus convecinos de Los Castrucos.
-
-Antes de trasladarse el jándalo, llamado ya por algunos _don_ Baltasar,
-al barrio de la Iglesia, no era sola aquella sorpresa la que el
-hijo de Megañas les había dado: fué bien pronto público y notorio
-su menosprecio por las cosas de tejas arriba, con excepción de unas
-pocas y muy secundarias; y no porque el jándalo alardeara de ello,
-sino porque no sabía disimularlo ni lo intentaba siquiera. Esta fué la
-segunda sorpresa; la cual subió de punto cuando le vieron fanáticamente
-devoto de Santa Bárbara, de San Antonio y de otros santos; fanatismo
-que no se concebía en un hombre tan descreído en otros puntos mucho
-más altos. Para entendernos mejor y más pronto: el jándalo Baltasar
-era un badulaque sin pizca de cultura moral ni intelectual; sin
-más necesidades en la cabeza ni en el corazón que el sacar todo el
-partido posible y en beneficio de sus nativas inclinaciones, del
-mísero pedazo de costra del mundo en que había ejercitado sus artes
-de explotador insaciable. Era irreligioso, porque la ley de Dios le
-ataba las manos rapaces y le imponía deberes penosos; pero rezaba á
-Santa Bárbara porque le librara del rayo que le espantaba; y á San
-Antonio, para que le hiciera encontrar cuanto se le perdía; y á Santa
-Rita, para que no se le escapara una deuda que le parecía de cobro
-imposible. Naturaleza inculta y vulgar, era irreconciliable con el
-buen sentido y esclavo de todas las supersticiones. Se burlaba del
-médico, y admiraba al curandero; rechazaba con asco los jarabes de
-la botica, y se envasaba en el estómago, lleno de fe, las azumbres
-de inmundicias que le preparara un mendigo piojoso en un caldero
-indecente. Creía en brujas á puño cerrado, y en la virtud contra ellas
-del azabache, de los dientes de ajo y de las matas de ruda, y lo
-llevaba al cuello cosido en un trapajo. Creía también que la _villería_
-(comadreja) mataba el ganado de las personas que al topar con ella
-en un desván no la dijeran: «villería, Dios te bendiga de noche y de
-día,» y él nunca dejaba de decírselo como la encontrara; consultaba
-á las adivinas y creía en el zahorí que descubría tesoros, siempre
-que no se interpusiera paño azul... ¡Oh, el tesoro oculto! Éste era
-su manía. Estaba al tanto de todos los más famosos en la larga lista
-de los que no parecen nunca, porque no hay quien dé con ellos ó quien
-pueda acercarse adonde se ocultan; y entre tanto, él, que antes se
-dejaba sacar un diente que un ochavo, se dejaba robar por todos los
-presidiarios que le escribían pidiéndole dinero para los gastos de una
-empresa de aquella catadura, que había de valerle el oro y el moro.
-No hay que añadir lo de los días y números aciagos, y las crecientes
-y menguantes de la luna como factores importantísimos en ciertas
-ocasiones solemnes de la vida y hasta en el corte de las uñas. Todo
-esto era la normal en su temperamento de supersticioso. Por lo demás,
-era suave y hasta persuasivo de palabra; no se encolerizaba nunca, ni
-reñía con nadie, ni fiscalizaba las casas ajenas, ni siquiera mostraba
-interés por los asuntos del municipio, aunque hay quien afirma que de
-todo ello estaba muy bien enterado. Iba á misa cada día de fiesta, y se
-llevaba bastante bien con el párroco, no obstante las frescas que éste
-le cantaba por su modo de hablar de ciertas cosas sacratísimas. Vestía
-muy modestamente y no asomaba á la taberna. De vez en cuando echaba
-un partido á los bolos, y más á menudo jugaba á la _flor de cuarenta_
-con los viejos del barrio, los domingos por la tarde; y esto, mientras
-vivió como de prestado en su casa de Los Castrucos; porque en cuanto se
-trasladó á la del difunto Mayorazgo, tal laberinto revolvió en ella de
-ganado, de sirvientes y hasta de cubas y cuarterolas de vino que trajo
-de la Nava del Rey y de la Rioja, para vender á los taberneros de las
-inmediaciones, que no le quedaba un rato libre ni para ir á misa la
-mayor parte de los días de fiesta.
-
-Y tan retirado andaba del trato con sus convecinos, que muy pocos
-echaron de ver las largas ausencias que durante dos meses hizo del
-pueblo; ni estos pocos supieron qué asunto las motivaba, hasta que un
-domingo, en misa, oyeron leer al párroco la «primera y última» de las
-proclamas de su proyectado casamiento con una tal Cruz Hormigueros y
-la Llosa, hija de Juan y de Petra, naturales y vecinos de San Martín
-de la Barra. Las bodas se celebraron allá, á los pocos días de la
-proclama; y media semana después llegó el nuevo matrimonio á Robleces
-y se estableció en la restaurada casona del barrio de la Iglesia, como
-era de esperar.
-
-Cruz era guapa, muy guapa, y andaría rayando en los veinticinco años.
-Se fué viendo que además de guapa era dulce de genio, como una cordera,
-y blanda y compasiva de corazón. Súpose también que si no era de cepa
-de _señores_, contaba con un buen _qué_ «para mañana ó el otro,» porque
-sus padres lo tenían, por lo cual no trabajaban, aunque vigilaban
-mucho el trabajo que otros hacían para ellos; y habían dado á Cruz una
-educación á la sombra, si no muy literaria, bastante por lo menos para
-formar en ella «una hija como es debido» y «una mujer como Dios manda.»
-
-Cómo se fué conduciendo en la vida íntima el hijo del difunto Megañas
-con una mujer tan excelente; cómo estimó el grosero jándalo las prendas
-de un carácter como el de Cruz, lo publicaron muy luégo la expresión de
-pena mezclada de espanto que se pintó en sus ojos, de mirar tan dulce y
-tan tranquilo antes; el sello angustioso de su boca, tan fresca y tan
-risueña siempre; la palidez que iba difundiéndose de día en día sobre
-el arrebol de aquella cara que fué tan saludable; la cabeza inclinada;
-el paso descuidado y perezoso... Y lo que no publicaron estos síntomas
-harto significativos, lo declaró la disculpable infidelidad de los
-sirvientes de la casa. Por ellos se supo que el jándalo se complacía
-en contrariar todas las inclinaciones y todos los gustos y deseos más
-nobles de su mujer; la empleaba en los oficios más duros y más viles, y
-no la permitía dar una limosna á un pobre ni disponer de un maravedí,
-aun para aquellos menesteres que estaban á cargo de la desdichada. Bien
-que ella vigilara la cocina y hasta cocinara, y remendara y cosiera y
-dispusiera el ollón extraordinario para los obreros, cuando los había;
-pero pagar con su propia mano, ajustar, siquiera, lo que no había en la
-huerta, en el corral ó en el granero de la casa... ¡de ningún modo!:
-para eso estaba él allí; él solo, porque lo entendía, y para eso lo
-había ganado sudando á chorros... Los pobres que llamaran á la puerta,
-que acudieran á Dios, «_si es que le había_,» ó que se murieran de
-hambre... ó que sudaran hieles, como él había sudado para adquirir el
-mendrugo con que se alimentaba y tenía que llenar la peste de bocas
-que estaban á su cargo. Esa era la ley, y por eso, y mientras él fuera
-quien era, no se sentaría nadie á su mesa sin haber ganado antes con
-su trabajo lo que en ella había de comer.
-
-Y era lo más duro y desconsolador para la pobre Cruz, tan horriblemente
-sorprendida con aquellos sucesos de que no creyó capaz al zalamero
-pretendiente, que todas éstas y otras mil cosas las decía y las hacía
-el marido entre cuchufletas y regorjeos, y hasta pasándole á ella
-muchas veces la mano por la cara, ó haciendo una zapateta en el aire, ó
-chasqueando los dedos, como los mozos cuando bailan al uso de la tierra.
-
-Algo de ello transcendió hasta San Martín; y es cosa averiguada que
-los padres de Cruz vinieron en dos ocasiones á Robleces y trataron de
-indagar lo que podría haber de cierto en los indicios; pero como Cruz,
-temiéndose venganzas muy posibles si decía la verdad, alardeaba con sus
-padres de todo lo contrario, y su marido estaba hecho unas castañuelas,
-aunque la infeliz lloraba hilo á hilo cuando más ponderaba su ventura,
-y estaba, ojerosa y descolorida y desencajada, como también andaba ya
-en «meses mayores,» tomábanse aquellas incongruencias por fenómenos de
-ese estado, y se volvieron los padres á San Martín, si no convencidos
-ni contentos, tampoco muy apesadumbrados.
-
-En estas condiciones halló Inés el cuadro de su familia al venir al
-mundo. Cayó en brazos de su abuela, que estaba allí por previsión muy
-atinada de su madre no muchas horas antes de serlo; la cual abuela
-hizo en aquellos días una verdadera _razzia_ en el bien provisto
-gallinero, sin importarle un ardite la cara que ponía su yerno cada vez
-que aleteaba una gallina entre las ansias de la muerte. El bautizo no
-fué muy ostentoso, pero tampoco miserable, gracias á los abuelos que
-apadrinaron á la recién nacida y argumentaron á su gusto la solemnidad.
-
-Cruz recibió á la hija de sus entrañas como un don que el cielo la
-enviaba para consuelo de sus tristezas; los dulces deberes de la madre
-la harían olvidar los martirios de la esposa; las primeras sonrisas,
-las primeras miradas, hasta los vagidos de aquel ángel de Dios, serían
-para la mártir luces y melodías celestes que inundarían los ámbitos de
-la negra cárcel en que su existencia se consumía entre lentos dolores,
-sin el alivio que presta al sér más infeliz de la tierra la libertad
-para quejarse de ellos. Y se entregó en cuerpo y alma á aquella santa
-pasión, que rayó en locura de amor materno. Todos los jugos de su
-vida le parecieron poco para nutrir á la tierna criatura, y nunca
-veía llegada la hora de darle por última vez el néctar de su seno.
-¡Se regalaba tanto la hermosa niña saboreándole codiciosa, mientras
-clavaba en los de su madre sus ojos negros y risotones! ¡Hacía unas
-monadas con aquella boquita, sonriendo y chupando al mismo tiempo!
-¡Y cuántas veces la pobre madre, que se extasiaba contemplándola así,
-regó la carita de ángel con sus lágrimas! ¡Y cómo lo reía la inocente,
-recibiendo, como tibio rocío que la consolaba, aquellas gotas de hiel
-destiladas por un corazón que no latía ya sino para ella!
-
-La naturaleza de Cruz, tan combatida por los dolores morales, no
-pudo triunfar de este gran esfuerzo físico sin padecer un profundo
-quebranto. Inés era «un rollo de manteca» al terminar su lactancia;
-pero á expensas de su madre, que quedó herida de muerte desde entonces.
-Con otro género de vida, con más sosiego y amor en el hogar, con otro
-marido más racional y menos inhumano, acaso se hubiera repuesto,
-porque el ambiente puro y santo de la familia obra milagros en las
-naturalezas, particularmente si son tan _agradecidas_ como lo era la de
-Cruz; pero en aquella casa, con aquel hombre que si se había modificado
-algo en las manifestaciones externas de sus resabios ingénitos, porque
-hasta las bestias se ablandan un poco en presencia de sus hijuelos, era
-el mismo en lo esencial de su barbarie, todo intento en aquel sentido
-fué ocioso. Su inapetencia era calificada de melindre, y su debilidad,
-de holgazanería. ¡Fuera usted á _hacer ganas_ con tales aperitivos, y á
-adquirir fuerzas con semejantes alientos!
-
-Por fortuna, ó mejor dicho, para menos desgracia de la pobre madre,
-Inés iba creciendo y esponjándose de día en día; llegó muy pronto á
-hablar esa media lengua que es el encanto de los niños y la delicia de
-los padres, y Cruz distraía sus pesadumbres y sus dolores enseñándola
-á rezar y _conversando_ con ella. Más tarde vino la ardua tarea de
-educarla. Allí no había modo de hacerlo fuera de casa. Tanto mejor para
-su madre: ella la enseñaría cuanto sabía. Era poco, pero al fin algo
-que, cuando menos, serviría como base de lo que pudiera enseñársela
-después, «si se quería.» Así aprendió Inés á escribir muy mal, á leer
-medianamente, á sumar y restar á tropezones, el catecismo de punta á
-cabo, y cuantos rezos y prácticas piadosas saben enseñar como el mejor
-maestro las madres cristianas.
-
-Entre tanto, los males físicos de Cruz fueron agravándose; su marido
-despidió al médico que de tarde en tarde la visitaba, y la sometió al
-tratamiento de un curandero, rozador de oficio, que gozaba gran fama
-en aquellas aldeas. El rozador se _enteró_ de la enfermedad, no por
-las explicaciones de la enferma, que no quiso darlas, sino por las de
-su marido, y dispuso en el acto un cocimiento de rabos de lagarteza
-(lagartija), moscas de caballo fritas en aceite, y otras cuantas
-indecencias más, en agua de ruda. Se colaría el cocimiento por una
-baeta usada (bayeta), y cuanto más usada mejor, y «el resultante se
-pondría á serenar dos noches á la temperie.» De este resultante tomaría
-la enferma cosa de cuartillo y medio en ayunas, y como media azumbre
-entre comida y cena. Y no había que apurarse; porque si el remedio
-fallaba, tenía él otros de mucha más substancia, que habían hecho
-milagros y volverían á hacerlos.
-
-Por uno bien manifiesto no reventó la pobre enferma, que tomó la
-primera dosis de aquella barbaridad por no atreverse á resistir los
-mandatos de su marido; pero la entraron tales bascas, trasudores y
-desmayos, que se puso á morir.
-
-Ni el supersticioso jándalo se atrevió á insistir en nuevas tentativas,
-pero trajo un _saludador_ á casa. El saludador, después de reconocer á
-la enferma, dijo que su virtud sólo alcanzaba á las «llagas corrutas»
-y á las mordeduras de perro rabioso; pero que probaría con el _anseo_
-(vaho de la boca) solamente. Y el pedazo de bruto se hartó de vahar á
-las narices y boca de la desdichada, vapores de cebolla y aguardiente,
-que eran el lastre de la cloaca de su estómago; con lo que la enferma
-pensó fenecer allí mismo de indignación y de asco.
-
-No dando fruto el saludador, vino una curandera. Reconoció á la
-doliente estirándola los brazos hacia adelante y juntando las manos
-palma con palma. Vió que los dedos de la una sobresalían algo de los
-de la otra, y declaró al punto que la señora estaba _lijá_ (lisiada);
-lo cual consiste, según estas doctoras, en tener desencajados los
-huesos de la espalda. Había, pues, que encajarlos, y á eso se procedió
-inmediatamente. Se colocó detrás de Cruz la curandera, después de
-haberla mandado sentar á la altura conveniente; la agarró por los
-brazos y cerca de los hombros; tiró hacia sí con toda su fuerza,
-mientras con una rodilla apretaba en sentido inverso por el espinazo;
-y de esta suerte estuvo brega que brega hasta que se oyeron crujidos
-en la armazón de la paciente, más un grito dilacerante que exhaló la
-infeliz. En aquel crujido «estaba la cencia:» ya estaban «en caja»
-los huesos. Si para conseguirlo no hubieran bastado las fuerzas de la
-curandera, se hubiera amarrado á la paciente á los pies de la cama
-ó á un poste; y tirando unos de los brazos y apretando otros por la
-espalda, se hubiera logrado también el mismo fin. Eso hay que hacer muy
-á menudo con los hombres y demás personas «algo duras de _gonces_.»
-Hecho el encaje, había que cuidar de que no se deshiciera «de por sí;»
-y con ese objeto se bizmó á la víctima por el pecho y por la espalda;
-en seguida, á la cama, y quince días en ella boca arriba y bien
-alimentada[3].
-
- [3] Suplico á los lectores de buen sentido, que no tomen á
- invención mía este caso ni los dos anteriores con todos sus pelos
- y señales. Están rigorosamente copiados de los que ocurren á cada
- hora en estos pueblos... y hasta en la ciudad.
-
-Por todo este calvario pasó la mártir sin proferir una palabra en son
-de resistencia; pero toda su abnegación no alcanzó á evitar que cuando
-el bárbaro marido la mandó levantar, porque «ya estaba curada,» se
-encontrara sin fuerzas y sin movimiento, y tan dolorida como si tuviera
-hechos alheña todos los huesos de su tronco.
-
-Sin embargo, no murió de este mal. El negro destino de la infeliz la
-reservaba para concluir de un golpe mucho más rudo y de una herida
-mucho más dolorosa. Y ese golpe vino de donde menos podía esperarse.
-Llegó á servir á la casa una mujer de Lumiacos, joven todavía y no
-fea, pero dura de genio y de mirar imperioso. Cualquiera hubiera
-pensado que no paraba tres días una sirvienta así en una casa donde las
-más humildes y placenteras no podían resistir dos meses la singular
-tiranía de aquel amo. Pues sucedió todo lo contrario. Sería por artes
-diabólicas que Romana trajera ocultas y supiera manejar en hora y lugar
-convenientes; sería porque no hay hombre tan duro y compacto de madera
-que, bien estudiado, no tenga su veta débil en alguna parte; sería
-porque hasta las voluntades más enteras se encogen cuando chocan de
-improviso con otras que no lo son menos; sería por cualquiera de esos
-misterios ó aberraciones, que no dejan de abundar en la naturaleza
-humana; sería, en fin, por lo que se quiera ó por lo que se le antoje
-al escrupuloso lector; pero ello fué que antes de dos meses de su
-llegada de Lumiacos, la voz de Romana era la que más recio hablaba en
-la casona del barrio de la Iglesia del pueblo de Robleces; Romana quien
-corría con todo «por aliviar á la señora de una carga con que ya no
-podía;» Romana, en fin, el único sér de cuantos comían el pan amargo de
-don Baltasar, para quien las leyes de este tirano fueran letra muerta,
-y las punzantes y crueles chanzas, dulzuras, y hasta prodigalidades la
-ruindad.
-
-Poco á poco la idea de este predominio en un carácter tan grosero como
-el de Romana, fué dando sus naturales frutos. Maltrataba á la niña Inés
-por los motivos más leves, y se atrevía con su ama porque defendía á su
-hija ó no comía de lo que todos, y la daba demasiado que hacer «con sus
-golosinas de embuste.» Este y otros descomedimientos aún más ofensivos,
-llegaron á indignar á Cruz, y un día se quejó de ello á su marido
-delante de la misma criada; pero el marido se puso de parte de la
-mozona de Lumiacos, sin una mala atenuación, sin la más insignificante
-salvedad.
-
-¡Éste sí que fué golpe de muerte! La justicia, el decoro, la candad,
-la conciencia, el pudor... ¡todo lo había pisoteado y escupido aquel
-bárbaro, y todo lo había arrojado á los pies de la zafia fregona que se
-regocijaba en ello!
-
-Por este lado vino la muerte, que se llevó á la infeliz madre en breve
-tiempo á mejor vida, entre el dolor de sus martirios y el espanto de
-dejar al pedazo de su corazón bajo la tiranía de aquellos desalmados.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-V
-
-CONTINUACIÓN DEL ANTERIOR
-
-
-Hubo terribles peloteras entre los suegros y el yerno: los suegros,
-porque pedían cuentas de lo que bien á la vista estaba, y el yerno,
-porque no las quería dar y negaba que hubiera razones para pedírselas;
-los unos, porque además temblaban por la suerte de la huérfana, y
-mandaban elegir al otro entre su hija y su criada; el otro, porque le
-asistía el derecho de quedarse con las dos, y no le reconocía en nadie
-para inmiscuirse en los negocios de su casa; los de San Martín, hechos
-un veneno amenazando, y el de Robleces, hiriendo con sus cuchufletas
-emponzoñadas; al fin, ó porque en el corazón del jándalo, aunque poco
-y muy escondido, había algo de lo que tanto abunda en el corazón de
-otros padres, ó porque el miedo al escándalo le intimidara, ó porque
-en el estado civil en que le había colocado la muerte de su mujer le
-pareciera más peligrosa que antes su condescendencia absoluta á las
-imposiciones de su criada, sin declarar que transigía con sus suegros,
-hizo entender á Romana, en un tono de autoridad que jamás había usado
-con ella, que la niña Inés era su hija, y que se guardara nadie de
-negarla el lugar que la correspondía en aquella casa. Protestó la de
-Lumiacos contra el _atrevimiento_ de su reprensor; pero observándole
-bien y conociendo que aquella vez daba en duro, abstúvose de golpearle
-más, para no comprometer lo principal en una brega inútil por lo
-accesorio.
-
-Después de afirmar así sus derechos, envió á su hija, por una
-temporada, á San Martín, lo que no dejó de halagar á sus suegros. Estas
-temporadas se repitieron con frecuencia; y á ello debió la niña la
-ocasión, si no de mejorar gran cosa, de conservar, por lo menos, lo
-que la había enseñado su madre, y cultivar un poco su carácter y su
-inteligencia en el trato y la comunicación con algunas gentes algo más
-cepilladas que las de su casa de Robleces.
-
-Á todo esto Inés crecía, y sus contornos de niña iban adquiriendo la
-redondez y la turgencia de las mujeres físicamente precoces. En lo
-moral adelantaba menos. Era inteligente y hábil, pero se necesitaba
-ponerla en ocasión de serlo. Dejada á su libre arbitrio, se hallaba
-más á gusto con las ideas en reposo y la curiosidad adormecida. Como si
-su espíritu se hubiera empapado en las lobregueces del hogar paterno
-y en las tristezas y en los desalientos de su madre, en sus ojos
-negros y bien rasgados rara vez se pintaba la codicia por lo externo,
-ni en toda ella ese rebosamiento de vida, eso que tiene á todos los
-niños en constante inquietud por superabundancia de impresiones y
-de espolazos del deseo: era, pues, una niña perezosa, así de cuerpo
-como de espíritu, más que por naturaleza, por hábito, capaz de sentir
-mucho y de pensar risueño, pero con la sensibilidad y el pensamiento
-impresionados todavía por las arideces y tristezas de otros tiempos. En
-camino estaba de refrescar sus ideas y de reconstituir su espíritu con
-las nuevas auras que respiraba tan á menudo en el cariñoso albergue de
-sus abuelos; pero este camino se le fué cerrando la muerte, que en el
-transcurso de dos años y antes que ella cumpliera los diez y siete, se
-llevó á los pobres viejos.
-
-Viviendo ya en Robleces sin la golosina de las escapadas á San Martín,
-aquélla su malograda reconstitución de espíritu, que parecía una
-desgracia, fué para Inés un verdadero beneficio del cielo; pues la
-misma indiferencia que la apartaba de todo interés y cuidado por los
-negocios domésticos, la salvó de los odios de la criada, que no se
-avendría jamás, sin algaradas y escándalos, á que nadie la sustituyera
-en el mangoneo libérrimo que allí ejercía por derecho de conquista.
-Participando probablemente de estos temores, no mostró el menor empeño
-su amo por despertar en Inés los deseos de ocupar en la casa el puesto
-que la correspondía. Antes, y en bien de la paz, halagó su indolente
-dejadez para que se mantuviera en ella. Después de todo, ¿qué más daba
-Inés diligente que Inés perezosa, si al cabo no habían de llevársela de
-casa más que por «afamada» de rica?
-
-Y así pensando el padre, y la criada como se ha visto, y de acuerdo
-los dos, sin darse mutua cuenta de ello, en halagar las indolencias
-de Inés para mantenerla en su modorra, de tal arte se arreglaron, que
-cuando llegó á ser moza, y moza muy garrida de veinte años, tomaba por
-trabajo molestísimo hasta el de lavarse la cara. Las agujas y la escoba
-se le caían de las manos, las letras de molde la hacían chiribitas en
-los ojos, y el tufo de la cocina la mareaba. Salía á la calle lo menos
-que podía, y no hubiera salido jamás sin el deber de ir á misa cada
-día de fiesta y la costumbre de confesarse cada seis meses. Se pasaba
-las horas muertas meciéndose maquinalmente en una silla en la solana
-y dejando vagar el perezoso espíritu por los tranquilos espacios de
-su imaginación, olvidada de que vivía en Robleces y de que en Robleces
-había hombres que parecían bestias, como se lo habían hecho creer
-los pocos ejemplares en que había fijado, por curiosidad, la vista;
-persuadida de que, puesta de pie sobre la cúspide de la montaña que
-tenía enfrente, tocaría el cielo con la cabeza; sin noción alguna de
-lo grande que era el mundo, ni del imperio que ejercían las mujeres en
-él; sin la noticia más vaga de lo que eran pasiones, ni el más leve
-barrunto de las tempestades que cabían en la pequeñez del corazón
-humano.
-
-Algo se agitaba en el suyo, de vez en cuando, que le hacía latir
-más de continuo que lo usual; algo bullía en su mente adormecida
-que le alborotaba las ideas, cuyos choques producían relámpagos que
-ensanchaban los horizontes limitadísimos de su imaginación; algo que,
-relacionado vagamente con estos fenómenos, la impresionaba el organismo
-de modo que sentía en sus ojos hambre de luz, y en toda su alma sed
-de contemplación y de análisis; impulsos de combatir la lobreguez de
-su cárcel con el calor de otro fuego que presentía. Entonces pensaba
-en ser diligente y esmerada y útil, y se avergonzaba de su dejadez
-nada pulcra. Pero estos arrechuchos pasaban, como sueños de fiebre.
-Despertaba Inés, y volvía con su memoria fría á lo soñado; mas ¿qué
-eran en substancia todos aquellos algos, ni qué se le daba á ella
-porque fueran ó dejaran de ser sensaciones casuales y pasajeras, ó
-señales de movimientos más hondos? La realidad de su vida era aquel
-caserón en que ella se había ido formando entre los martirios de su
-madre, el inclemente, descariñado y repulsivo fisgoneo de su padre,
-y la tiranía abominable de Romana. Á eso la había amoldado la fuerza
-irresistible de las cosas. Pudo ser su vida un interminable calvario;
-por un milagro de Dios iba llevándola adelante sin cruz y sin espinas.
-¿Á qué pedir más, ni con qué derecho, ni para qué lo necesitaba? Y
-aunque lo necesitara y tratara de pedirlo, ¿en dónde... á quién? Y
-si no lo pedía, ¿de dónde había de venir por obra de caridad lo que
-no había en todo el espacio que abarcaban sus ojos, ni quién podría
-sospechar más allá de aquellos reducidos horizontes, que en el caserón
-de Robleces existía un sér que, de vez en cuando, distraía los ocios de
-su cerebro cavilando en semejantes locuras?
-
-Con este modo de pensar y de ser, entró en los veintiún años, lo más
-florido de la vida, aquella mujer de cuya hermosura plástica se han
-dado las señas dos capítulos más atrás; y por entonces fueron los
-conciliábulos de Marcones y su tía la Galusa para la conquista del
-_gato_ de que nos informó don Elías hablando con Pedro Juan, al mismo
-tiempo que de otros sucesos, de cuya veracidad en todos sus pormenores
-certifico yo aquí...
-
-Pero, á todo esto, ¿tenía _gato_ aquel hombre, fuera del «pasar» que
-había heredado de los suegros, y no era suyo, sino de su hija? ¿Quién
-estaba en lo cierto? ¿Él, que afirmaba cien veces cada día que sólo
-poseía «cuatro tierrucas y poco más de nada,» ó «todo el mundo,» que le
-consideraba «podrido de onzas de oro?»
-
-La verdad es que el tal sujeto hacía todo lo posible por justificar con
-sus actos sus afirmaciones. Vivía hecho un esclavo de sus haciendas,
-de sus ganados y hasta de sus sirvientes. Comía poco y de prisa, se
-levantaba con el sol y se acostaba tarde. Cuando no tenía criados á
-quienes arrear, cuarterolas de vino que vender, faenas que presidir,
-cuentas que tomar, trabajos, en suma, que reclamaran toda su atención
-y aun su personal esfuerzo, no sosegaba un instante: en el corral,
-amontonaba la leña esparcida por el suelo, ó apañaba _orcinas_
-(astillas muy menudas) que iba echando en una triguera; en las cuadras,
-atropaba con una rastrilla los pelos de yerba caídos delante de las
-pesebreras; en el cercado contiguo á la casa, recogía los cantos
-arrojados por los chicos, y los volvía á la calleja; esparcía las
-toperas, espantaba las gallinas, franqueaba las _sangrías_ ó canalitos
-de riego que estuviesen obstruídos; en el huerto de atrás, sorrapeaba
-los caminos, inventariaba los pies de berza y perseguía los caracoles;
-en la cocina, olía lo que se guisaba, daba un vistazo al hornillo de
-la leña, destapaba el ollón de los criados y sacudía la alcuza junto
-al oído; en la despensa, revisaba el tocino y los garbanzos, recontaba
-los huevos y las longanizas, y veía si se conservaban bien tapados los
-agujeros de los ratones; en el estragal, en la bodega, en el corralón
-trasero, reconocía los aperos, colgaba los que debieran estar colgados
-y arrimaba á la pared los que anduvieran por el suelo; echaba pinos en
-los ojos de las azadas para acuñar los mangos; rascaba el barro seco á
-los rodales... en fin, no paraba; y tan pronto se le veía en la sala
-con una rastrilla en la mano, como en la cuadra con el chaleco entre
-las dos, sin sosiego para vestírsele; y siempre murmurando censuras
-entre dientes y chanzonetas mordaces, largando tal cual _piña_ por la
-espalda á este sirviente distraído, ó soltando una desvergüenza á la
-otra obrera; ponderando el caudal que se despilfarraba en desperdicios,
-por incuria, y evocando tiempos en los cuales costaban las labores
-mucho menos y lucían doble más.
-
-Por supuesto que no se trabajaban en su casa todas las tierras que don
-Baltasar había ido comprando. ¿Ni cómo hubiera sido eso posible, si era
-suya la tercera parte de las mieses del pueblo? Y sin poderlo remediar
-el infeliz, porque él no buscaba jamás á los vendedores: al contrario,
-eran los vendedores los que acudían á él; y no así como quiera, sino
-metiéndole las tierras por los ojos y rogándole mucho en fuerza de la
-necesidad. Porque, como él decía en casos tales: «¿Qué demonios he de
-comprar yo, benditos de pelar, si no tengo un ochavo sobrante después
-de llenar la tripa á los lobos de mi casa!... ¡Si siempre estoy á la
-cuarta pregunta; y tan corta es la manta, que si me tapo la cabeza
-se me descubren los pies!» Y al fin, arañando dos de aquí y cuatro
-de allá, y haciendo un sacrificio por el gusto de hacer un favor, y
-perdiendo un poco cada uno, se quedaba con la finca, que no necesitaba.
-
-Lo propio sucedía con los préstamos. Nunca tenía disponible más que
-lo justo para el último que le pedían; y eso registrando mucho los
-cajones y hasta la pelusa del bolsillo. De manera que solamente
-amarrando y amarrando esta condición y la otra garantía, y previéndolo
-y justipreciándolo todo, podía resolverse á hacer el favor que se
-solicitaba de él. «¿No veis»—decía con todo el acento y todas las
-señales de tener razón,—«que en la estrechez en que vivo y con los
-ahogos que hay en mi casa, uno solo de vosotros que me falte me echa
-á pique, me hunde para _in sæcula sæculorum_? Y bueno que el favor
-se haga; pero no de modo que se salve el favorecido y se pierda el
-favoreciente.»
-
-De este mal fenecieron para sus propietarios menesterosos, una buena
-porción de fincas del pueblo de Robleces, entre ellas las del pobre
-Lebrato. Primero cayeron las tierrucas; después el ganado, que no
-era mucho, cabeza á cabeza; tras el ganado se fué la casa; y como al
-ocurrir cada una de estas caídas, ya quedaba preparado; el tropiezo
-para otra, por aquello de que «quien se ahoga no mira el agua que
-bebe,» después de la casa fué la barquía, y tras de la barquía la
-chalana... en fin, hasta las redes. Cierto que todo ello quedó en
-poder de su primitivo dueño, pero todo y cada cosa pagaba su canon al
-nuevo posidente; y como los tiempos no iban bien y los cálculos mejor
-hechos fallan de continuo, el mísero Lebrato, tras de verse desposeído
-de todo cuanto fué suyo, tenía una deuda constante que nunca lograba
-saldar, por más esfuerzos que hacían él y su hijo en la tierra y el
-mar, allí sudando las hieles á chorros, y acá arriesgando la vida
-muchas veces... porque no había que olvidar que el día en que al «amo,»
-usando de su derecho, más ó menos puesto en justicia, se le antojara
-echarlos de casa y reclamar cuanto en ella y fuera de ella era suyo,
-no les quedaba otro remedio que coger un cesto y echarse á pedir
-limosna de puerta en puerta. Ahora se traslucirá la razón del regalo de
-los peces, y lo de las brusquedades de Pedro Juan, que no entendía de
-contemplaciones ni de perfiles, con su amo.
-
-Decíase que la mano de éste alcanzaba, por idénticos motivos, muy
-afuera de Robleces; y se citaba el caso, entre otros, de un pobre
-hidalgo de Campizas, cogido entre las uñas del Berrugo y á punto ya de
-espirar en ellas.
-
-El cual Berrugo, en el vagar que le dejaban los entretenimientos que
-se han citado, y cada vez que lo juzgaba de necesidad, se encerraba
-en el cuarto del portal, que le servía de despacho, y hasta de bodega
-cuando le convenía; y por lo que allí papeleaba y descubría, sé yo que
-tenía muchísimo dinero, bien colocado y mejor garantido en Andalucía;
-dinero que iba aumentando considerablemente de año en año, porque sus
-productos eran muchos, y poco más de nada lo que de ellos consumía
-su dueño. Con estas pequeñeces y otros negocios muy emparentados con
-ellas, tenían que ver las escapadas que de tarde en tarde hacía el
-Berrugo á la ciudad, por caminos excusados para acreditar su afirmación
-de que iba á tal ó cual aldea á pedir un favor á un amigo.
-
-Conque ¡vaya si tenía _gato_, y gato gordo, aquel hombre! ¡y vaya si
-tenía razón «todo el mundo» para afirmarlo, como lo afirmaba, sin
-saberlo á ciencia cierta!
-
-Quien lo sabía así, como lo sé yo, era la Galusa; pero, por su
-desgracia, el tal _gato_ no estaba en onzas de oro y en ochentines,
-encerrado en botes de hierro, sepultados bajo esta losa, ú ocultos
-en tal lima del tejado, donde con buena nariz ó con buen arte, se da
-con ellos desde luégo, ó se desentierran «el día de mañana.» El gato
-de su amo estaba en especie; y lo que de ello andaba al alcance de
-su mano, no era de lo que se queda fácilmente entre las uñas, por
-diestras y afiladas que sean. La Galusa lo conoció muy pronto, y pensó
-en clavarlas más adentro, para llevarse, no una tira de la piel, sino
-el animal casi entero. Este propósito, que ya le tuvo desde el punto y
-hora de enviudar su amo, se enseñoreó de ella con doblado imperio tan
-pronto como acabó de convencerse de que no eran bastante las migajas de
-aquella mesa para saciar unos apetitos como los suyos. Pero le salieron
-erradas estas cuentas, que le parecían tan galanas y hasta muy puestas
-en razón. Su predominio con el viudo no alcanzaba á tanto como eso. El
-Berrugo podía tener una debilidad de cierta clase; pero dejarse atar de
-pies y manos, como su criada pretendía para desplumarle á mansalva...
-¡á buena puerta llamaba con su tapujo la culebrona!
-
-Resignóse la Galusa, por no perderlo todo, á quedarse, _por entonces_,
-sin lo soñado, y dejó al tiempo que resolviera en definitiva; pero sin
-soltar la veta por donde tenía cogido á su amo.
-
-Considérese ahora si le parecerían de perlas los proyectos de su
-sobrino; proyectos que jamás se le habían ocurrido á ella, porque
-habiendo negado Marcones «por aquéllas que eran cruces» lo de su
-fracaso con la moza de Piñales, y vuéltose en seguida al seminario,
-tan fresco, al parecer, como si fuera verdad lo que juraba, creyó su
-vocación muy decidida; y en este caso, ¿á qué ni para qué echar con las
-ideas por aquéllos ni por otros derroteros semejantes?
-
-Dueño Marcones de Inés—¡y vaya si la conquistaría por malas ó por
-buenas en cuanto se le franquearan las puertas de la casa!—lo sería
-también del gato; y siendo dueño del gato el sobrino, en cambio de la
-ayuda que la tía le prestara, sacaría ésta una tajada en un dos por
-tres, como no podía esperarla nunca de su amo, por esclavizado que le
-tuviera á su yugo.
-
-La dificultad única y por de pronto, consistía en que el Berrugo, que
-tan á regañadientes había dado dinero, aunque bien poco, para ayudar
-á Marcones en su carrera, consintiese en verle holgando en su casa
-después de haber ahorcado los libros. La Galusa se encargó de vencer
-esta dificultad como mejor supiera y pudiera; y pudo y supo lo bastante
-para conjurar las iras y resistencias de su amo con un buen trasteo
-de embustes: al cabo, no se trataba de pedirle dinero ni cosa que lo
-pareciera, sino de enterarle de que Marcos, por motivos bien ó mal
-forjados en la inventiva de éste, se había visto obligado á hacer un
-alto en su carrera; alto que podría durar dos ó tres meses... lo mismo
-que dos ó tres años.
-
-Ello fué que Marcones, después de hecho este desbroce en el camino
-de sus intentos, dió en visitar á menudo á su tía; que se pasaba las
-tardes enteras en la casona de Robleces, «porque»—como decía á su amo
-la Galusa,—«el pobre muchacho era tan cariñoso y agradecido, y tan
-apenado se veía por el percance, que en ningún rincón hallaba sosiego
-sino al lado de su tía y de su generoso protector;» que Marcones
-trataba de interesar á Inés en sus conversaciones, siempre que podía;
-que la Galusa sabía dejarse caer á tiempo sobre las indiferencias
-geniales de Inés, con discretos panerígicos de las prendas del mozón,
-cuando éste no estaba presente; y por último, que, á pesar de que Inés
-y Marcones se habían tratado muy poco hasta entonces (porque no fueron
-muchos los viajes que el segundo hizo á Robleces después de atrapado el
-auxilio que la Galusa logró arrancar á su amo) y de no haberla caído
-nunca muy en gracia, no vió con disgusto aquellas largas visitas del de
-Lumiacos, con las cuales distraía un poco la insulsez enervante de su
-método de vida. Y es de advertir aquí que Marcones, cuando se empeñaba
-en ello y no se lo estorbaba la iracundia feroz que le poseía, era
-dulce de palabra y bondadoso de mirar, y daba á las conversaciones,
-ya que no gran interés, porque le faltaba ingenio, cierta unción que
-seducía fácilmente á personas tan desprevenidas é inexpertas como la
-hija de don Baltasar.
-
-Por el médico don Elías se conocen los principales rasgos del carácter
-y de la naturaleza física de este mozo. Poco queda que añadir aquí para
-terminar su retrato de cuerpo y de alma. Aquél era grandote, más por
-lo macizo y relleno que por lo alto, aunque lo era bastante; relleno y
-macizo de tal suerte, que en cualquiera porción de él en que se fijara
-la vista predominaba la curva cerrada, casi hasta la circunferencia;
-los pies, las manos, los hombros, el pescuezo, la cara: otros tantos
-círculos mal hechos; bollos híspidos, más chicos ó más grandes; aquí
-uno por uno, allá sobrepuestos ó acoplados; pero siempre el bollo,
-particularmente en la cara, que se componía exactamente de dos, uno
-más pequeño que otro, unidos de golpe, quedando hacia abajo el más
-grande y correspondiendo las sienes y parte de las orejas á la mayor
-depresión de los perfiles laterales. Sin embargo, la cara no resultaba
-fea, porque los ojos eran grandes, negros y expresivos, y la boca y la
-nariz muy regulares. El color, ordinariamente, moreno limpio, de nariz
-y mejillas arriba; y de allí para abajo, incluyendo la papada y cuanto
-se veía del pescuezo, el negro agrisado del cisco, resultante de la
-gran espesura y fortaleza de su barba rapada. Digo que _ordinariamente_
-era moreno limpio su color, porque cada movimiento del ánimo le
-transformaba en verde bilioso, así como á la habitual dulzura de su
-mirada, en celaje fulmíneo.
-
-Con ser tan de bulto esta figura, lo primero que un buen observador
-veía en ella era _lo de adentro_; y no le ocurría pensar lo que al
-vulgo de los que miran: «este hombre sería hasta buen mozo si estuviera
-vestido de claro y no tan relleno,» sino «_eso_ es un odre de iras
-y concupiscencias.» Era demasiado transparente el cendal para que,
-sabiendo mirar, no se viera debajo el hervidero de lavas dispuestas á
-saltar en chorros al primer alfilerazo que se diera allí.
-
-Inés, que era vulgo para mirar como para tantas otras cosas, pensó
-también de Marcones, oyéndole y observándole despacio y muy de cerca,
-que con menos carne y con ropa más alegre, podía ser «hasta buen
-mozo.» Y eso que Marcones se había presentado en Robleces con la menor
-cantidad posible de seminarista, en lo externo; pero tras de que hay
-oficios y carreras que imprimen sello indeleble en quien los ejerza ó
-siga, la _secularización_ del de Lumiacos no podía pasar de ciertos
-límites si no había de fracasar en la introducción la comedia que se
-disponía á representar.
-
-Á pesar de esta precaución indispensable, como la paciencia no era
-la virtud del seminarista, procuraba éste aprovechar bien el tiempo;
-para abreviar los trámites de su proyectada empresa; y sin descubrir
-todavía la punta de sus intenciones, preparaba el terreno desplegando
-ante Inés todo lo que él creía pompa de sus recursos; y ahora con un
-latín del _Doctor angélico_, después con la explanación de un punto de
-moral práctica, luégo con una descarga de apóstrofes contra las malas
-costumbres del día, otra vez con un himno dulzón á la doncella fuerte,
-y un catálogo muy encarecido de las prendas que debían poseer los
-hombres para ser dignos de la amorosa elección de «ciertas mujeres,»
-lograba producir en el ánimo de la indocta hija de don Baltasar algo
-de la fascinación que en el del tosco lugareño ejerce el charlatán que
-traga estopas ardiendo y escupe luégo cintas de colores. Por de pronto
-le admiraba Inés por lo mucho que sabía y hasta por lo bien que lo
-charlaba. Después, hay que tener presente que Marcones era la única
-persona, relativamente culta, que había tratado íntima y familiarmente;
-que ciertos puntos que Marcones había tocado en sus fogosas homilías
-sobre determinados movimientos del corazón humano, eran casi los
-mismos que tantas veces había querido explicarse ella durante los
-pasajeros arrechuchos de su alma; que el preopinante era vehemente
-y que se poseía hasta echar lumbre por los ojos cuando, hablando de
-estas cosas, los clavaba en los serenos y dulces de Inés; que Inés
-era toda sinceridad y buena fe, al paso que en el otro no había pizca
-de semejantes ingredientes; y teniendo presentes estas cosas y otras
-que fácilmente se presumen, no es de extrañar que si la admiración de
-Inés no pasaba de la sapiencia de Marcones, su curiosidad hallara en
-la persona del sabio un cebo que no ofrece el hombre que come estopas
-encendidas, al palurdo que le admira por eso solo.
-
-Desde luégo, en el mucho saber del seminarista halló Inés la medida
-de su propia ignorancia, y hasta tuvo sus conatos de avergonzarse
-de ella; no porque sintiera la necesidad de conocer los _Lugares
-teológicos_ ni la gramática latina, que á desconocer esto no lo
-llamaba ella ignorancia, sino porque, fuera del catecismo y de
-escribir desastradamente, no sabía pizca de nada; y esto era demasiado
-poco saber para la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera... ¿Dejó
-traslucir Inés este pensamiento? ¿Se le adivinó Marcones? ¿Entraba
-en los planes de éste el acuerdo á que el caso dió lugar? ¿Anduvo
-en el ajo la Galusa? No se sabe; pero es lo cierto que un día quedó
-convenido entre Inés y él, con pleno y gustosísimo consentimiento de
-don Baltasar, que Marcones, tan suelto de pluma y entendido en cuentas,
-en gramática y en otros ramos de la primera enseñanza, comenzaría á dar
-lecciones á Inés, tan asidua y provechosamente como el mejor maestro de
-escuela.
-
-Y henos aquí, aunque no tan pronto como yo había pensado, empalmando
-el remate de esta digresión indispensable, con los corrientes sucesos
-de este libro, en el punto en que quedaron al despedirse don Elías de
-Pedro Juan, después de haber salido éste de casa del Berrugo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-VI
-
-VARGA ABAJO Y VARGA ARRIBA
-
-
-Pero ¡qué naturaleza más singular la de Quilino! Él bailaba como una
-peonza; él relinchaba mejor que nadie en todas las rondas de mozos; él
-se enternecía hasta el lloro á moco tendido, en un entierro; él cantaba
-la misa, que se las pelaba; él revolvía el corro de bolos... en fin,
-donde se moviera algo, donde pasara algo que no se moviera ni pasara á
-todas horas y en todas partes, triste ó alegre, allí estaba él sin ser
-llamado por nadie, sin hacer falta ninguna y sin servir para maldita
-de Dios la cosa, sino para enmarañar dificultades, agriar lo dulce ó
-entorpecer lo hacedero. Sólo en muy determinados casos era Quilino el
-primero de todos los concurrentes, quiero decir, el que se llevaba la
-mejor parte: verbigracia, en los casos de zambra y alboroto entre los
-mozos del pueblo, por rivalidades de barrio ó cuestiones de galanteo.
-Con ser él incapaz de herir á una mosca, ya se sabía: la primera
-bofetada ó el primer garrotazo, para Quilino; y Quilino al suelo.
-
-Pasaba de los veinticinco años, y, por lo menudo y lampiño, apenas
-representaba veinte; queriendo aparentar una corpulencia que no tenía,
-se mandaba hacer la ropa con muchos sobrantes; y de este modo resultaba
-lo contrario de lo que se proponía: que destacaba más su pequeñez, amén
-de parecer vestido de prestado. Los domingos se llenaba las orejas de
-claveles, la cinta del sombrero de siemprevivas y plumas de pavo real,
-y las alpargatas de dibujos de hiladillo verde y encarnado. ¡Todo por
-las buenas mozas! Y precisamente era de ellas, de las buenas mozas,
-de donde salían las zumbas más crueles y los motes más depresivos
-para él. No tenían número las calabazas que llevaba recibidas en el
-pueblo y fuera del pueblo; y esto era lo que le perdía ya en todos sus
-empeños amorosos: la fama, que le seguía como su sombra, de «barrido
-de todas las cocinas...» Porque, aparte de ello, Quilino, en buena
-ley, no merecía tan mal trato: era trabajador, no bebía, era hijo
-de buenos padres, y no pobre de solemnidad; y estampas más ruines
-que la suya habían hallado buenas colocaciones en el lugar. En honor
-suyo hay que decir también que, gracias á sus buenas prendas, nunca
-llevó las calabazas en crudo. Se le dejaba rondar, se le abrían las
-puertas de la casa los sábados por la noche, se le daba ingreso en la
-cocina; y cuando era llegado el momento de «hablar,» se le respondía
-indefectiblemente que la moza estaba comprometida ó esperando á que
-«hablara» el mozo que se le había anticipado... «¡Recongrio...» y cómo
-se ponía entonces contra «la perra desgracia» que siempre le llevaba
-tarde á esas cosas! ¡Y con qué altanería alegaba en público aquellas
-despedidas corteses, contra los murmuradores que le contaban los
-antojos y galanteos por descalabros en seco!
-
-Á un propósito no menos caritativo obedecían las largas que Pilara le
-iba dando en sus asedios pertinaces. Le dolía mucho á la noble mocetona
-despabilar secamente al pobre muchacho que con tanta obstinación y con
-tan honrados fines la perseguía, si no hemos de creer á los que afirman
-que Pilara conservaba á Quilino por obligar más á Pedro Juan, que era
-celoso. Y es de advertir que jamás estuvo Quilino tan obcecado por moza
-alguna, como por Pilara. Achacábase esto en público á que Pilara era el
-mejor acomodo de cuantos Quilino había tanteado, con haber sido buenos
-todos los demás; pero yo me inclino á creer que entraban por mucho en
-los entusiasmos de Quilino, que era una pólvora, las prendas personales
-de Pilara; prendas que Quilino no había visto reunidas hasta entonces
-en una sola moza de su «comenencia.»
-
-El caso es que él insistía en sus trece, y que estaba resuelto á
-insistir mientras no se le plantara en seco en mitad de la calleja. El
-suceso de la Arcillosa, con el subsiguiente de la llegada del Josco al
-mismo goterial de Pilara cuando él se disponía á tener con ella y con
-toda su casta una explicación que dejara bien deslindados los campos,
-le acabó de encalabrinar, y aquella noche no pegó los ojos. Pensando
-y pensando, creyó que, para acabar de una vez, le tenía más cuenta
-ajustar la que le desvelaba con el mismo Pedro Juan, por la buena y
-en paz y en gracia de Dios; y como era mozo que no dejaba que se le
-encanecieran en el cuerpo las resoluciones que tomaba, en cuanto apuntó
-el día se tiró de la cama y echó á andar hacia Las Pozas, haciéndose el
-sordo á los mugidos con que desde la cuadra le pedían las bestias de
-pesebre el acostumbrado desayuno.
-
-—¡Recongrio!—pensaba Quilino mientras iba varga abajo, unas veces
-callandito, y muy á menudo hablándolo bien recio y con la mímica que
-cada pensamiento reclamaba.—Esto tiene que acabar hoy, ó va á haber
-una gorda en Robleces... Lo que se está hiciendo conmigo no tiene
-igual... ¡vamos, no tiene igual!... Bueno que al hombre se le estime en
-más ó en menos de esto ú de lo otro, porque pa eso están los ojos en la
-cara y el sentío en los aentros; pero ¡congrio! que se le diga... ¡que
-se le diga, congrio! y hablando se entiende la gente. Eso de callarse,
-como se hace conmigo un mes y otro mes, y hoy no te respondo y güélvete
-mañana... ¡hombre, esto ya es ultraje pa uno y puro menosprecio!...
-Pero ¡recongrio! ¿por qué me habrá pasao lo mesmo en toas partes? Si
-dijéramos que yo me descuido... ¡Pero si moza vista por mí, que me
-convenga, ya tiene el envite encima! ¡Y con too y con ello, siempre
-envido tarde!... ¡Ahora, dígaseme si esto no es la pura desgracia
-en carnes vivas!... Corren malas lenguas que too ello es castigo de
-Dios porque me dejo llevar de la cubicia en esas cosas... ¡Mentira,
-congrio! Si pongo los ojos en moza que tenga los fisanes, yo tengo la
-sal pa la puchera... y esto no es ser cubicioso... Quisiera yo ahora
-mesmo de repente que Pilara no tuviera pan que llevar á la boca... ¡Se
-vería, congrio, se vería si Quilino la golvía la espalda como se la
-golverían otros que hoy se beben los aires por ella!... ¡Recongrio,
-qué personal de moza el suyo!... ¡Y decirme á mí que tengo en más los
-cuatro intereses que puedan tocarle en el día de mañana, que aquella
-rebustez de carnes y aquel mirar de ojos... y aquellos!... ¡Recongrio,
-cómo me gustan á mí las mozas grandes y de güena color! ¡Me alampo,
-congrio, me alampo por ellas! Y cuanto más grandes, mejor que mejor...
-¡Si, pensándolo bien, no sé cómo pude pedir á Quica y á Nestasia, que
-no me allegan á mí á salva la parte! Y luégo ¡tan esmirriás y bajucas
-de color!... Pos güeno: yo voy ahora á Las Pozas; voy á verme con Pedro
-Juan, porque quiero que se me estipule claro eso... Pero ¡recongrio!...
-¿qué puede haber visto Pilara en el Josco que no haiga en mí? El Josco,
-fuera del alma, no tiene sentío corporal: es una pura bestia; y hoy
-por hoy, está, en punto á intereses, más á esquina viva que yo. Y si
-levanta media cuarta por encima de mí, y es más doblote y más... ¿qué
-vale eso, recongrio? ¿Sabe de letra lo que yo sé? Pos no conoce la O...
-¿Sabe echar un _Kyrie_ ni entonar solo en una ronda... ni rondar tan
-siquiera?... ¿Baila él, por si acaso? ¿Se arriesgó en jamás á decir á
-una moza «güenos ojos tienes?...» ¡Que anda en la mar como por su casa,
-y que es forzudón en tierra y hace su labor de labranza como la hacen
-pocos y sin decir _jus ni muste_, y siempre á su cuento!... ¿Y qué vale
-eso, recongrio? Yo tamién cumplo con mi deber y llevo mi labor palante
-sin que me pise naide los pies; y respetive á la mar, nunca en ella
-anduve; pero si me avezara, nos veríamos, ¡congrio! nos veríamos... Y
-á más á más, yo canto igual de Iglesia que de too lo que salga; yo sé
-de pluma como pocos del lugar; yo echo un armón á una pértiga si se me
-da la herramienta al caso; yo hablo en concejo tomando la vez de mi
-padre, que no se atrive, y no basta el vecindario entero á tapame la
-boca cuando se empeña en que yo no soy quién, por hijo de familia, pa
-decir palabra allí... ¡Recongrio! ¡yo me meto en toas partes en que se
-meta alma nacía pa hacer lo que haga el más guapo!... ¿Y vale él pa
-eso, congrio? ¿Se atrive tan siquiera á probar si vale ú no vale? ¡Y
-con too y con ello, Pilara esperando y esperando á que hable el Josco,
-y tú, Quilino, á resultas, y güélvete mañana y güélvete otro día!...
-¡Recongrio, yo digo otra vez que esto no se puede aguantar en pacencia!
-
-Aquí tiró Quilino el hongo roñoso y descolorido al suelo, con gran
-furia, y pateó tres veces alrededor de él. Había llegado al portillo
-que separa las praderas de la sierra calva, y desde allí se columbraba
-ya el tejado de la casuca del Lebrato. Quilino, después de desahogar
-con interjecciones y pataleos lo más agrio del repentino berrinchín,
-pensó que sería muy conveniente, antes de encararse con el Josco,
-disponer con sosiego el plan, ó siquiera los puntos principales de su
-embajada; y con esta idea tan cuerda, se sentó en el mismo portillo,
-que era de vallado, á la sombra proyectada sobre él por el alto y
-espeso bardal en que estaba embutido.
-
-Sentado Quilino tan guapamente, volvió á funcionar su discurso del
-siguiente modo:
-
-—Yo voy ahora mesmo á Las Pozas, porque nesecito verme con Pedro
-Juan. Bien cercuca está ya la su casa: en dos saltucos estoy allá.
-Curriente... Yo llego á verme con el Josco y le digo: «Pedro Juan, no
-vengo al auto de lo de ayer tarde en la ré... Tuve un pronto allí,
-tuvistes tú otro, mos desapartaron... y sacabó esa historia... Yo
-no te quiero mal, aunque otra cosa te digan malos quereres y piores
-lenguas; pero bien sabes que me pasa... esto y lo otro y lo de más
-allá...» ¡Recongrio! que me pasa esto no lo puede negar él; y no
-pudiendo negarlo, en josticia estoy al hablarle de lo que le hablo.
-¡Pos, hombre, podía no conocerlo así!... Curriente. Que lo conoce y
-me contesta:—«Quilino, ¿qué es lo que quieres de mí?»—«Pos, hombre,»
-le digo yo, «que anoche estuviste en cá Pilara; que no sé, á la hora
-presente, si hablastes ú no hablastes en finiquito; y que si hablastes
-ú no, y si te arrespondió que tales ó que cuales, lo quiero saber de
-tu boca y no de la suya, pa acabar así primero con esta consumición
-que me está acabando á mí...» ¡Recongrio! me paece que tamién esto es
-de lo menos que puede decir un mozo que se ve como yo me veo... Si el
-Josco fuera un sujeto del aquél de los demás sujetos, no habría qué
-sobre el caso; pero tras de que nunca es él muy parcial ni explicativo,
-es hombre de lunas; y cuando la tiene, como paece que la tenía ayer
-en la Arcillosa, larga la guantá antes que la palabra... Esto hay que
-conocelo y estimalo en el caso presente; porque ¡recongrio! yo tamién
-soy hombre de güétagos; y en cuanto doy con otro que tal, me enrito en
-un periquete y me... Vamos, ¡congrio! que me pierdo... ¡me pierdo!...
-Pos pinto el caso que le da por la güeña, y me dice:—«Quilino, de eso
-que deseas saber, no hay ná hasta la presente, porque no solté anoche
-palabra anguna sobre el particular...» Pos ¡congrio! á un hombre
-que arresponde esto, bien se le puede decir, sin agraviale:—«Pedro
-Juan, ó al río ú á la puente: si te paece poco un día, toma dos...
-ú cuatro ó cinco; pero, pasaos que sean, si no has roto á hablar en
-ellos, déjame el campo á mí: ya sabes que estoy á resultas...» Pero
-¡congrio! _(Quilino se levantó de repente, y se arrancó el sombrero
-de la cabeza.)_ ¡Si el pior mal consiste en que Pilara está jalando
-de la lengua á ese animal; y anque él se empeñe en callarse la boca,
-le ha de hacer ella que cante! _(Al suelo el hongo.)_ Y como él no
-desea otra cosa... _(patadas al sombrero)_ agarraráse al supuesto pa
-lograr lo que no puede de por sí sólo... _(Más patadas.)_ ¡Collonazo!
-¡Cobardón!... _(Amenazas á la casa del Josco, con los puños cerrados.)_
-De modo y manera que el verme yo con el Josco, séase en güeña paz, ó
-séase en guerra que nos destrompe á los dos, es lo mesmo que empiorar
-la cosa pa insécula sinfinito... _(Recoge el sombrero.)_ Onde yo tengo
-que dir ¡recongrio! y va á ser ahora mesmo, es á verme con Pilara. Ella
-es quien debe decirme lo que pasó anoche allí; y por poco que me quede
-en limpio, quedaráme el consuelo _(puñetazos al hongo)_ de desfogar la
-corajina cantándola á la oreja avangelios que la saquen las colores á
-la cara... ¡Ya verá si no hay más que dar á un hombre como yo con la
-puerta en los bocicos, como se corrió en la Arcillosa!... Y respetive
-al Josco... ¡nos veremos tamién en su hora y punto! _(Se encasqueta el
-sombrero.)_ ¡Ay, recongrio!... ¡qué negro va á ser ese día en Robleces!
-
-Y con esta amenaza entre dientes, tomó Quilino á medio galope, varga
-arriba, el mismo sendero que acababa de recorrer varga abajo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-VII
-
-CUENTAS DE FAMILIA
-
-
-Quilino obró como un sabio cuando retrocedió desde el portillo de la
-sierra. Si llega á bajar á Las Pozas, no vuelve á su casa tan entero
-como de ella había salido. Estaba el Josco aquella madrugada, que metía
-miedo.
-
-—Cuenta, Pedro Juan,—le había dicho la noche antes su padre (que ya
-le esperaba con la torta cocida y la cena dispuesta) en cuanto le vió
-entrar, de vuelta de su viaje al barrio de la Iglesia.
-
-Pero el Josco, aunque se había sentado á la cabecera del banco que
-servía á los dos de mesa y de asiento á la vez, ni decía palabra ni
-probaba bocado. Le daba ira y vergüenza lo encogido y desatento que
-había estado con Pilara. Al cabo, y en fuerza de apretar el Lebrato, se
-habían enredado el hijo y el padre en la siguiente conversación, entre
-_mojada_ de tortuca en la sartén, y pellizcos á la hebra de los mubles
-recién fritos en ella:
-
-—En primeramente la dí los peces.
-
-—¿Á quién?
-
-—Á ella.
-
-—¿Á Pilara?
-
-—Á Pilara.
-
-—¿Y qué?
-
-—Y que... ná.
-
-—¿Cómo que ná, hombre?
-
-—¡Coles!... que no me atreví tampoco. ¿Lo quiere más claro?
-
-—Pos ¿sabes lo que te digo yo á eso, Pedro Juan? Pos te digo que
-¡lástima de peces! Y te digo más: te digo que ¡lástima de calzones que
-llevas puestos! Faldas de baeta te sentarían mejor. Las cosas claras.
-
-—Respetive á este punto, padre, lo mesmo digo yo de mí mesmo. Vergüenza
-me da ser tan hombre como soy, y portame como me porto con Pilara...
-¡Y si dijiéramos que ella!... Pero ¡coles! ¡si es una dulzura conmigo!
-¡Si ella mesma me abre la boca y me pone la palabra en los labios! No
-me queda ya más trabajo que echarla haza juera... ¡Pos ni eso, coles!
-¡ni eso poquitín puedo hacer de por mí solo!... Allí estaba Quilino
-cuando llegué yo al goterial. Apartóse ella de él, y vínose conmigo
-hecha unas pascuas en cuanto me vió. ¡Gloria me daba el mirarla, tan
-arrogantona y tan!... Quilino escapó enestonces ajumando de iras...
-«Pos voy á dala los peces ahora, díjeme pa mí solo, y pué que así me
-atriva mejor...» Y la dí los peces; pero por más que los emponderó
-ella, yo ná, padre, ¡lo mesmo que si me hubiera metío otros tantos en
-el guandate!... Pude haber roto á hablar si aquello dura, porque era
-mucho lo que yo me empeñaba en ello; pero antojósele á Pilara enseñar
-los peces á la gente del portal, llamáronme aentro, dióme vergüenza
-entrar... y escapéme. Avergonzóme esto más entoavía, y golví... Llamé
-á Pilara, salió de contao, díjome que me atriviera á decirlo cuanti
-más luégo... y ¡coles! ¡ni por esas me atreví!... y escapéme otra
-vez, sin parar hasta la casa de ese hombre. Al golver de ella, Pilara
-esperándome á la ventana de la cocina; y yo ¡recoles! tapándome las
-orejas por no oirla tusir de mentirucas, y apretando á correr calleja
-abajo, como si los demonios me llevaran... y creo que es la pura
-verdá... Y no hay más que esto, padre... Ahora, déme cuatro mascás,
-que, por cobardón y baldragas, bien merecías las tengo, ¡recoles!
-
-—No es de ese modo, Pedro Juan, como hay que curarte esa cobardía
-que paece cuento en un mozo de tantas agallas como tú pa otros
-particulares de mayor compromiso. La cura esa, bien dicho te tengo cómo
-se ha de hacer, y así hay que hacerla; y así se hará sin tardar mucho,
-porque pué llegar el caso, Pedro Juan, y te hablo con la experencia
-de los años, de que pierdas la güena estima en que la moza te tiene,
-por esa falta que nunca pega bien en los mozos casaderos. Mal paece un
-hombre que en tales casos peca de atrevido, y mucho le agobia esa mala
-fama; pero que te libre Dios de dar en tierra por menosprecio de mujer
-por lo contrario: no te güelves á levantar en toa tu vida.
-
-—Pos esa es la que me quema á mí tamién, padre, que por demás la
-conozco.
-
-—Si la conocieras bien y te quemara mucho, otros jueran tus arranques
-por no caer como lo temo.
-
-—¡Le digo, padre, que me abrasa!... Porque, á más á más de cabeme esos
-recelos, cá vez estoy más alampao por ella.
-
-—Vamos á cuentas claras, Pedro Juan; y que sean éstas las últimas que
-echemos sobre el caso. Á la vista está, y bien de veces hemos convenío
-en ello, que aquí hace falta una mujer, porque el desgubierno en la
-casa nos come la metá de lo que agenciamos fuera de ella: esa es la ley
-y lo será siempre en la hacienda de los pobres. Pilara es hacendosa;
-Pilara es honrá; Pilara es la rebustez y la limpieza andando; Pilara
-te tiene á tí hasta en más de lo que por mi cuenta mereces, con merecer
-no poco; Pilara, con su por qué pa el día de mañana, supiendo la
-probeza y los ahogos de tu padre, güelve las espaldas á más de tres
-mozos bien pudientes pa darte la cara á tí; en su casa no hay quien no
-la alabe el gusto; saben que si tu llegas á entrar allí como marido de
-ella, ha de ser pa traétela á Las Pozas, y con too y con ello te abren
-las puertas de par en par y te hacen, como el otro que dice, la puente
-de plata.
-
-No quiero meter en la cuenta, pa el respetive, la güena ley que dende
-mozos nos tuvimos su padre y yo, por lo que siempre fueron esta casa y
-la suya como la uña y la carne; pero séase lo que se juere, por unas ó
-por otras, por lo de acá ó por lo de allá, ó mírese por arriba ó por
-abajo, Pilara caería aquí como de los mismos cielos de Dios... Y ahora
-te digo que ha de caer; y pa que caiga, ya que tú no sabes amañarte, me
-amañaré yo hablando por tí...
-
-—¡Coles, que me da mucha vergüenza eso!
-
-—Más vergüenza debía darte lo otro... Hablará don Alejo si no...
-
-—Tampoco, ¡recoles! Pior que pior.
-
-—Pos no hay otro remedio pa curar los tus males, y con él he de
-curátelos, Pedro Juan, por éstas que son cruces, si no los curas tú
-bien aína por tí mesmo. Y dejemos esto aquí, como el acero en su vaina,
-y vamos al otro particular. ¿Qué te dijo... ese hombre?
-
-—¡Mal rayo le parta!
-
-—¿Eso te dijo?
-
-—Lo digo yo, padre, porque así mesmo lo deseo.
-
-—Mal deseao, Pedro Juan.
-
-—¡Es un retuno desalmao!
-
-—Anque lo sea: no se puede desear mal á naide, por mucho que lo
-merezca... como ese.
-
-—Pos le daremos confites si no, ¡recoles! ¿Le paece?
-
-—Tampoco, Pedro Juan; que es tan malo no llegar como pasarse... y vamos
-al punto. ¿Qué te dijo... ese hombre?
-
-—Pos ese hombre me pagó el regalo, ajustándome la cuenta de lo pescao
-esta tarde en la ré, á peseta la libra.
-
-—Media hora hace, Pedro Juan, que vino á comprarlo en junto la
-_Bisoja_, y á tres reales se lo dí, grande con chico. ¿Y qué montante
-sacaba él?
-
-—Tres duros justos, á ojo de quince libras que él amontonó porque le
-dió la gana.
-
-—Á tener que pagarlo de su bolsa, ya hobiera corrío menos el peso.
-Trece libras y media resultaron, que valieron cuarenta reales y medio.
-Y ¿pa qué te ajustaba esa cuenta, Pedro Juan?
-
-—Pos ¿pa qué había de ser, coles? Pa llamase á la parte.
-
-—¡Alma de Satanincas! Por mucho ruego, pude sacar á la Bisoja tres
-pesetas de presente. Dios sabe cuándo veremos lo restante, aunque quedó
-en traelo mañana antes de la otra ré. Y tú ¿qué le dijistes?
-
-—Se las canté claras. Sólo que hubiera querío yo cantáselas á guantás,
-mejor que con la lengua.
-
-—No te diré que no lo mereciera bien; pero, por sí ó por no, Pedro
-Juan, nunca te dejes llevar de súpitos cuando con él te veas.
-
-—¡Ésta es más gorda, coles!
-
-—Será lo que te paezca; pero así están las cosas, y así hay que
-tomarlas: á contrapelo. Ya lo sabes tú tan bien como yo. Lo que importa
-es no olvidarlo, porque en manos de ese hombre está el poco pan que
-tú y yo comemos. Por güenas ó malas artes, suyo es hasta el aire que
-alendamos aquí... y un pico más que mediano, que es la espina, Pedro
-Juan, la espina que nos ajuega. Á lo otro, ya estaba uno avezao; y con
-darle media cogecha al cabo de cada año, pagos y finiquitos juéramos,
-y en paz con el dimoño. ¡Pero esa espina!... Verás tú la cuenta:
-cuarenta duros jueron los emprestaos por él cuatro años hace; no ha
-pasao dende estonces una mala peseta de su mano á la mía; nusotros
-le damos cada año un güen qué de la ganancia de la pesca, y con too
-y con ello sube la trampa á más de sesenta duros á la hora presente,
-dispués de pagao por parte el total de rentas y aparcerías, por
-tierras, casa, embarcaciones y ganao. ¿Cómo puede ser esto, hombre de
-Dios? Loco me güelvo pa aclararlo; y él, con decirme que es motivao al
-réito y enseñame un papelón escripío de números y encareceme mucho esos
-favores, firmo el recibo que me pone por delante, ¡y arriba siempre la
-marea! Y conoce, Juan Pedro, que te roban, ¡y aguántate sin resollar
-palabra, por temor de que no te dejen de la noche á la mañana á las
-temperies de Dios, sin otro amparo que lo puesto!,.. ¿Te paece, Pedro
-Juan, que con estos caudales se puede echar roncas á... bribones como
-ese?... Hoy salió tal cual ayuda de la ré; en la de mañana y en la
-otra, sabe Dios lo que saldrá. Si el tiempo sigue al nordeste, iremos á
-la mar con la barquía, á la mojarra y á los durdos, de día ú de noche,
-según tercien otros trabajos; algo dará en su tiempo la ostra; y en
-las noches que se pueda salir de la barra en la otoñá, al anguilo otra
-vez ¡y quiera Dios que con mejor suerte que en esta última campaña de
-primavera!... Pos iremos comiendo de ello, hasta la cogecha del maíz,
-sin que se nos vaya la mano; y el sobrante, al pozo de ese hombre sin
-calo, pa que suba otro poco la marea de la trampa... Esto bien lo sabe
-él. Pos ¿á qué te va con esas cuentas, como si aquí las tuviéramos
-olvidás ó nos diéramos á la bribia, y no hubiera caído en sus manos
-lo que jué mío, por desgracias que Dios dispuso y trampas que me jué
-armando Satanás?
-
-—¡Hay que matar eso, padre!
-
-—¿Cuál, hijo?
-
-—Esa trampa.
-
-—¿Con qué?
-
-—Con el ganao que sea nuestro: ya se lo he dicho más veces.
-
-—¡Si no alcanza, bobo! Tamién te tengo ajustá esta cuenta. Las dos
-vacas son suyas; y en las dos novillas, no tenemos más que la metá: una
-novilla, vamos.
-
-—Pos con esa novilla y lo que se le pueda arrimar de la pesca de too el
-año...
-
-—La metá de la trampa; y ten por cierto, Pedro Juan, que si no la matas
-de un golpe, tanto le entregues á cuenta de ella, tanto pierdes.
-
-—¿Por qué ha de ser eso, coles?
-
-—¿No te lo tengo bien dicho? Motivao al réito de lo que queda en pie.
-Así lo arrojan los números que él hace.
-
-—Es que ese día ¡coles! iría yo á hacer la entrega; y mano á mano con
-él, onde no me oyera naide...
-
-—Pior que pior, Pedro Juan. La mocedá es mala consejera: créeme á mí
-que soy viejo y tengo bien conocío á ese hombre. Pa cada gustazo que tú
-quisieras darte como ese que dices, tiene él veinte modos de echarnos
-á perder. Bien que pensemos en arrancar la espina antes con antes,
-y claro está que ha de ser con la ayuda de la novilla y lo que vaya
-viniendo por onde Dios disponga; pero hoy por hoy, que no tenemos el
-completo, el temporal en los prefundos y en la cara el güen celaje. Eso
-vengo hiciendo yo, Pedro Juan, un año y otro. ¡Qué poco pensarán los
-que me ven hecho unas tarrañuelas en la ría y en la mies, que tu padre
-tiene pesaumbres que le roban el dormir más de cuatro veces!... Y ¿qué
-quieres que te diga, hombre? Sobre que al cabo y al fin no ha de sacar
-uno mejor zoquete llorando que riéndose, lo que uno se ría, aunque sea
-de mala gana, eso saldrá ganando.
-
-—Va en genios.
-
-—Verdá es en parte; pero entra por mucho en ello la experencia de los
-años. Y quédese esto así, por ahora; piensa en lo tratao endenantes
-sobre el particular de Pilara, que es de más urgencia de lo que tú te
-feguras; tapa esos tizones... y vámonos á la cama.
-
-Mucho atormentó al formalote y honrado Pedro Juan, en los primeros
-ratos de insomnio, el recuerdo de las maldades del Berrugo con su
-padre; pero aún le desveló mucho más el examen de su conflicto con
-Pilara: entraba tanto en la pelea lo amargo como lo dulce; y así
-sucedió que, lo mismo soñando que despierto, el Josco fué toda la noche
-un huracán, tan pronto desatado en suspiros clamorosos y temblones,
-como en bramidos desaforados que despertaban á su padre. Á la madrugada
-siguiente, aún sentía la resaca de tan fiero temporal en los profundos
-de su pecho.
-
-¡Y esa fué la ocasión elegida por Quilino para bajar á Las Pozas á
-hombrearse con Pedro Juan! ¡De buena se libró el cascarrabias, con
-volverse desde el portillo de la sierra!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-VIII
-
-EL MÉDICO DON ELÍAS
-
-
-La casa de don Elías era la anteúltima del barrio de la Iglesia por
-aquel lado en cuya dirección iba él, y se llamaba _la casa de los
-Médicos_, por ser la que habitaban todos los titulares del lugar. No
-servía para otra cosa en un pueblo de labradores, por su relativa
-pequeñez y aseñorada disposición, ni en el pueblo la había semejante
-para cumplir los destinos que le habían valido el mote. Cuatro paredes
-lisas, dos de ellas ciegas, con balcón y dos ventanas en la del Sur,
-y otras dos ventanas en la del saliente; un tejado de dos aguas con
-buhardilla y chimenea; la puerta de ingreso debajo del balcón, y
-un huertuco arrimado á la pared del Este. Tal era por fuera. Por
-dentro: la planta baja con el arranque de la escalera en el fondo; á
-la izquierda un pesebre que en tiempos de don Elías sólo sirvió de
-albergadero de gallinas, y lo restante para vestíbulo y leñera, sin
-solución de continuidad. En el piso, una salita, que también servía
-de comedor y, cuando caía una consulta, de despacho del médico; tres
-alcobas y la cocina. En lo alto, un desván en el que no se podía andar
-de pie; y paren ustedes de contar.
-
-Allí moraba don Elías con su mujer, tullida por el reúma y encamada
-seis años hacía, y cuatro hijas mozas, con unos genios y unas
-inquietudes que no cabrían en la sierra del lugar. No podía calcularse,
-á ojo, la edad de ninguna de las cuatro: cada una de ellas parecía más
-vieja que las otras tres; y todas juntas daban, de pronto, la idea
-de un montón de orujo, resultante de una cosecha exprimida fuera de
-sazón. No se me ocurre comparación más adecuada al aspecto y atavío de
-aquellas cuatro mozas. Su padre andaría rayando con los sesenta años,
-y llevaba trece de médico de Robleces. Á Robleces fué á parar desde
-tierra de Campos, de donde era nativo; y se había casado en un pueblo
-de la Rioja, cuyo partido sirvió apenas licenciado en su carrera. Allí
-pasó dos años, y tuvo la primera hija; á los otros dos, la segunda
-en la provincia de Burgos; y con los mismos intervalos, mes abajo,
-mes arriba, la tercera en la provincia de Valladolid, y la cuarta en
-la de Palencia; con lo que se deja comprender que no calentaba gran
-cosa los partidos, en los primeros diez años de profesión, el médico
-don Elías. Tampoco los calentó mucho más en lo sucesivo; pues si de
-los primeros le arrojaban, ya su mala estrella, ya la ilusión de
-conjurarla cambiando de postura, de los siguientes le fueron echando
-las hijas á medida que crecían, y la madre de las hijas según iba
-viéndolas casaderas, movidas una y otras del mismo impulso y de las
-propias intenciones, siempre y en todas partes malogradas. De estos
-fracasos era producto la costumbre de echar pestes aquellas mujeres
-contra el lugarejo en que residían, al paso que suspiraban por los
-que iban dejando atrás. Pero de ninguno renegaron y maldijeron tanto
-como de Robleces, con sus heredades de borona, sus prados rozagantes,
-sus cajigales frondosos, sus callejones embovedados de bardales, sus
-brisas húmedas, su cielo nebuloso y sus aldeanos cantadores y en
-pernetas, que les producían la nostalgia de las llanuras sin fin, del
-suelo con rastrojos amarillos, del sol de la chicharra en un cielo
-que se perdía de vista, y de las gentes que le resistían impasibles
-y taciturnas, envueltas en paño negro, de los pies á la cabeza. Esto
-era la hermosura, la abundancia y la vida; Robleces la tristeza, la
-escasez y la muerte. ¡Ah! si su madre no estuviera como estaba tantos
-años hacía, y por culpa de la indecente charca en que habían caído,
-¡qué pronto la hubieran perdido de vista! ¡Allí se habían arruinado
-ellas; allí habían consumido el caudal que trajeron de reserva, por
-ahorros en otros partidos y restos de la _millonada_ que fué «de la
-familia,» y desleales depositarios se comieron de la noche á la mañana!
-En tal parte ganaba don Elías dos mil duros en metálico y trescientas
-fanegas de trigo, sin contar el filón de las consultas que acudían
-de seis leguas á la redonda; en tal otra aún ganaba mucho más, y en
-cual otra, mucho más todavía; y en cualquiera de esas partes vestían
-ellas de seda, y andaba la plata maciza tirada por los suelos de la
-casa. Y todo, todo y otro tanto más, se había confundido en Robleces,
-donde su madre estaba agonizando y ellas vestían percal, y de los ocho
-prometidos á su padre por el ayuntamiento y los vecinos, no recaudaban
-á veces la mitad.
-
-Y por esto, maldición va, improperio viene; y una pelotera con cada
-vecina que entraba por aquellas puertas, lo mismo que si fuera verdad
-lo de las grandezas pasadas y la millonada «de la familia,» y como
-si los de Robleces se lo hubieran comido, y no hubieran gastado las
-maldicientes el mismo pelaje que en Robleces en cada lugar de la tierra
-que habían habitado.
-
-Pero lo verdaderamente curioso de esta manía, era que don Elías estaba
-también contaminado de ella, y que en fuerza de oirlo y de soñarlo,
-había concluído por creer á puño cerrado que antes de venir á Robleces
-vestían de seda su mujer y sus hijas, andaba la plata tirada por los
-suelos de la casa, y hubo «en la familia» una herencia de treinta
-millones, de un indiano de Méjico, primo hermano de su padre, la cual
-herencia, apenas empezada á repartir entre los parientes del difunto,
-desapareció en la ruína fraudulenta de un banquero de Madrid, que la
-tenía en depósito.
-
-Pero don Elías no injuriaba á nadie más que al banquero, ni pedía
-cuentas á los vecinos de Robleces de los millones estafados ni de las
-grandezas fenecidas: antes al contrario, hablaba de todo ello siempre
-que podía traerlo á colación, y lo traía á cada instante, en tono
-triste y lamentoso (en ocasiones lloraba); y con tal lujo de pormenores
-lo refería, que el oyente más incrédulo vacilaba ya. ¿Y cómo tomar
-por embustero á aquel hombre tan optimista en todo, tan placentero
-y campechano, con aquella cara bonachona y aquel aire de _señor de
-aldea_, pero de los limpios y bien hablados? Era preciso estar más
-avezado á estudiar caracteres de lo que estaban los rústicos vecinos de
-Robleces, para conocer de pronto todo lo que había de candor pueril,
-de histerismo, de inexperiencia y de ignorancia, en el fondo de aquel
-sujeto, cuya palabra era abundante y jamás mentirosa, si no hemos de
-entender por mentira todo lo que se dice ajustado á lo que se cree y se
-siente, aunque sea lo contrario de la verdad.
-
-En los momentos de sus grandes alucinaciones, hasta se olvidaba el
-infeliz de que su vida profesional fuera de Robleces había sido
-también una lucha incesante contra la mala suerte que le arrojaba en
-los partidos más pobres; de las torturas en que ponía el ingenio para
-inventar específicos ó acometer especulaciones con qué suplir lo que no
-daba el partido para matar el hambre, nunca satisfecha, de su familia;
-y de que había sido tan poco afortunado en sus invenciones científicas
-y en sus empresas industriales, como en la lotería de los partidos
-médicos.
-
-Pero pasaba la fiebre; y allí estaba don Elías tan campante,
-husmeándolo todo y sabiéndose de memoria el lugar, de punta á cabo, por
-dentro y por fuera, pescando al aire un indicio y trepando por él hasta
-dar con lo cierto ó con lo que por tal se le antojaba; _previéndolo_
-todo... después de haber sucedido, y no asombrándose de nada;
-haciendo misterio de las cosas más triviales; tragándose los mayores
-absurdos si traían consigo conflictos y perturbaciones; creyendo en
-_aparecidos_; conversando de estas cosas con sus enfermos más que de
-la enfermedad, y devanándose los sesos para discurrir una industria
-que le proporcionara un mediano sobresueldo. ¡Una industria! Á montones
-las había capaces de producirle regatos de oro. Pero ¿cuál de ellas no
-pedía otro de plata para romper á andar? Y ¿dónde tenía él esa plata?
-
-Sin ir más lejos, allí mismo, en Robleces, había una mina sabiéndola
-explotar bien. ¡Cuántas indagaciones, cuántas horas de velar, cuántos
-cálculos de pluma le había costado el convencerse de ello! Pero ¿qué
-adelantaba con estar convencido, si le faltaba lo de siempre, el vil
-puñado de monedas? Cierto que lo que no hay en casa, puede buscarse
-en la ajena; pero esas pescas de dinero hay que hacerlas con cebo de
-cosa que lo valga; y él, en realidad de verdad, ni lo tenía ni lo
-había tenido en los días de su vida, y por eso ni en Robleces ni fuera
-de Robleces había logrado plantear negocio que valiera dos cuartos.
-También sobre esto había cavilado mucho en Robleces, y cavilando y
-cavilando á medida que crecían las angustias de su hogar con la eterna
-agonía de la médica, y llegando, por funesta casualidad, á faltarle
-más de un tercio de la asignación anual por ahogos del municipio y
-escaseces de los _asalariados_, tales fueron las de su casa, que se
-resolvió á llamar á las puertas de la única en que había lo que él
-necesitaba, casi seguro de que no habían de dárselo. Pero como él
-decía: «el no, conmigo le llevo; y menos que esto no he de sacar;»
-y, por último, «yo me ahogo, _él_ es un clavo, y al clavo me agarro,
-aunque me abrase.»
-
-Con estos alientos en el ánimo, recién hechos, como quien dice,
-caminaba don Elías aquella noche en que le conoció el lector, hacia
-su casa, después de terminada su visita, temiendo hallar á la puerta
-alguna nueva _llamada_, y con dudas muy fundadas de no tener qué cenar.
-
-No hubo _llamada_ esperándole á la puerta; pero sí grandes señales
-de haber arriba tiberio gordo. Esto no le apuró maldita la cosa,
-por ser lo diario y corriente en su casa. Empujó la puerta que
-estaba arrimada, encendió una cerilla y subió al piso. En el cual se
-halló á la vallisoletana tirando de la greña á la burgalesa, y á la
-riojana enredada á denuestos con la palentina, mientras de la alcoba
-inmediata (porque esto ocurría en la salita) salían, como del fondo
-de un sepulcro, los ayes angustiosos de la médica. Por el suelo había
-chancletas esparcidas, y se mascaba el polvo del ambiente.
-
-No se cansó don Elías en preguntar el por qué de aquella pelamesa, ni
-tampoco en el intento de conjurarla. Dejó que se acabara ella sola,
-y entró en la alcoba de su mujer para hacerla maquinalmente las
-preguntas de costumbre y oir los quejidos y lamentaciones de todos los
-días.
-
-Cuando notó que había cesado lo de afuera volvió á la salita, que no
-tenía más luz que la que le tocaba de un cabo de vela que ardía muy
-escondido á la puerta de la alcoba. Preguntó si había qué cenar; y
-como quisieran las mujeres hacerle juez en la querella mal apaciguada,
-ocultóse otra vez junto á la enferma sin responder á su pregunta ni
-desplegar sus labios. Al fin, sobre una mesita de pino que había en la
-sala, fueron poniendo sus hijas, con airados ademanes y mucho golpeteo,
-un perol de sopas de ajo, media torta de pan, un huevo pasado por agua,
-un pedazo de queso duro y un cortadillo de vino tinto. Salió don Elías;
-cenaron todos de aquello, menos del huevo, que, como el vino, se le
-sorbió el médico solo; y después de dar el último caldo á la enferma,
-fueron los sanos á recogerse, no sé cómo ni dónde, porque eran otros
-tantos misterios impenetrables las alcobas de aquella casa, en cuyas
-«buenas camas» había que creer por lo que las ponderaba don Elías en
-todas partes.
-
-Y vamos al caso, que ya es hora.
-
-Don Elías se esmeró en su equipaje al día siguiente más que lo
-usual; es decir, se puso camisa limpia, la corbata de lunares y el
-sombrero bueno; porque en cuanto á vestido, jamás tuvo otro que el
-puesto, intachable, eso sí, de limpieza y buen caer, pues el hombre
-era como los mismos oros y sabía llevar la ropa, que es un don como
-otro cualquiera; se echó en el bolsillo más hondo de su gabán unos
-papelotes; hizo apresuradamente la visita á los dos enfermos que tenía
-en el barrio, dejando las restantes para la tarde; y á punto de las
-diez de la mañana, estaba ya en el estragal de don Baltasar Gómez de la
-Tejera llamando con el puño de su bastón en la media puerta cerrada.
-Mandáronle desde arriba que subiera, y subió golpeando mucho los
-peldaños y tosiendo recio, como quien pisa terreno conocido sin miedo
-alguno y sin maldita la necesidad.
-
-Recibióle don Baltasar en mangas de camisa y con un horcón en la mano,
-porque acababa de amparar con una laña bien clavada la punta que se
-le resentía; y le dijo plantándosele delante y cortándole el saludo
-comenzado:
-
-—Pues ¿quién desea morirse aquí sin que yo lo sepa?
-
-Don Elías sintió entonces que se le enfriaban mucho los ánimos; no
-porque hubiera pescado la malicia del apóstrofe, que para esto no
-era tan hábil como para armar torres y montañas sobre el dicho ó el
-hecho más trivial que corriera por el pueblo, sino porque él llevaba
-imaginado el _argumento_ de la visita, y en ese argumento no entraban
-ni las palabras, ni el tono, ni el aire con que don Baltasar acababa
-de saludarle... Á esto achacaba el buen don Elías su repentino
-encogimiento; pero el verdadero motivo consistía en que el pobre médico
-se pasaba de sencillo y tenía más valor para resistir su pobreza que
-para pedir á un rico la limosna de su amparo; y á los temperamentos
-así, todo ruido les suena á desaire y menosprecio. Fuera lo que fuese,
-sucedió que don Elías, sombrero en mano y con el escaso valor que le
-quedaba, respondió así á la pregunta del Berrugo:
-
-—Ni Dios lo permita, señor don Baltasar... Lo que hay es que _me
-caminaba_ de la visita, ¿está usted? y pasando por delante de la
-portalada, me dije: «¡vaya una temporada que hace que no he estado
-yo en esta casa! Pues vamos adentro á saludar á esos señores... y
-quizás del tiro hable yo al señor don Baltasar de un asunto que puede
-importarle.»
-
-Don Baltasar se hizo el admirado de lo del asunto que podía importarle;
-y mientras se resobaba la barbilla con la mano libre, exclamó:
-
-—¡Hola, hola! ¿Conque nada menos que eso? ¡Vea usted cómo, por donde
-menos se piensa suele venir la fortuna!
-
-—No lo dije por tanto, señor don Baltasar; pero ya que estamos en
-ello... valga poco ó valga mucho, hablándolo puede verse.
-
-—¿Y usted desea que hablemos de ese asunto?
-
-—Si usted me concede ese favor...
-
-—Yo, señor don Elías—dijo entonces el Berrugo andando hacia la sala,
-después de haber echado por delante con un ademán expresivo al
-médico,—siempre estoy dispuesto á conceder cuanto se me pida, no siendo
-dinero; porque ese, para mí le quisiera yo.
-
-Esta advertencia fué otro jarro de agua para don Elías; el cual, sin
-darse por entendido, dijo según iba andando y sin volver la cara:
-
-—¿Supongo que doña Inesita y _doña_ Romana seguirán tan buenas como
-siempre?
-
-—¿Doña Inesita y doña... _quién_?—preguntó don Baltasar con una fuerza
-de acento en el _quién_, que la sintió don Elías en los ríñones, lo
-mismo que si por allí le hubiera atravesado el Berrugo con las puntas
-del horcón.
-
-—La _señora_ Romana, quise decir—replicó en seguida el médico,
-subiéndole fuego hasta las orejas;—sólo que como ella es tan... vamos,
-tan digna... por su...
-
-En esto dió un horconazo en el suelo don Baltasar, y dijo á don Elías,
-hallándose ya ambos en la sala y junto á las primeras sillas:
-
-—Aquí.
-
-El médico se dejó caer en una, como herido del rayo, y el Berrugo cogió
-otra y se sentó enfrente de él sin soltar de las manos el horcón,
-puntas arriba. Parecióle increíble; pero hubiera jurado don Elías que
-lo que le iba poniendo nervioso era la visión incesante del trasto
-aquél.
-
-Sentados ya los dos personajes, el de fuera se encontró sin ánimos
-bastantes para exponer su demanda con el método y el arte que él había
-ideado en sus repetidos ensayos, á fin de que el negocio resultara á la
-luz y á la altura que pedía para que se viera como debía ser visto; y
-comprendiendo que entrar con falta de alientos y sin pizca de serenidad
-en una batalla, es lo mismo que perderla, acudió al recurso que nunca
-le faltaba para enardecerse un poco: á traer á la memoria aquellos
-treinta millones heredados por «la familia,» y aquellos tiempos en que
-las mujeres de la suya vestían seda, y andaba la plata maciza tirada
-por los suelos de la casa. Y, efectivamente, lanzar sus recuerdos á
-orearse en el florido campo de aquellas magnificencias, y comenzar
-el hombre á trasudar, á revolverse en la silla, á echar lumbre por
-los ojos y á redoblar en el suelo con la contera del bastón, fué todo
-uno. Ya estaba en lo firme; ya no se le daba una higa por la cara
-mordaz del Berrugo ni por el horcón que tenía entre manos. Expondría
-su pretensión; se reiría de ella el avaro ó no se reiría: lo mismo le
-daba: él habría desarrollado en toda su pompa el cuadro de sus pasadas
-grandezas; el grosero jándalo le habría visto, deslumbrándose; y,
-cuando menos, siempre quedaría patente el derecho que tenía un hombre
-que fué tan poderoso, á pedir en días de decadencia el auxilio de un
-patán afortunado. Atrincherado de tal suerte, don Elías rompió el
-fuego en estos términos, después de pasarse el pañuelo por la frente
-enardecida y sudorosa:
-
-—Cuando se perdieron en la quiebra del Marqués aquellos treinta
-millones de la familia...
-
-—¿Cuántos millones?—preguntó socarronamente don Baltasar, bamboleando
-un poco el cuerpo medio colgado con las manos del mango del horcón.
-
-—Treinta, más que menos,—respondió hasta con altivez don Elías, después
-de carraspear y de estremecerse un poco.
-
-—Preguntábalo porque me pareció haberle oído á usted en otra ocasión
-que los millones esos no eran tantos.
-
-—Treinta han sido siempre: créalo usted—repuso don Elías con el más
-admirable de los aplomos.—Los estoy viendo á cada hora, lo mismo que
-si los tuviera en la mano, en onzas de oro... Porque así vinieron de
-América, señor don Baltasar, ¡en onzas de oro!... y en onzas de oro los
-apandó aquella garduña de Madrid; y en onzas de oro comenzó á hacer
-el reparto del caudal, recreándose ya en la zancadilla que nos tenía
-armada. Toma tú tres, toma tú dos y medio, porque los negocios así y
-los cambios de otra manera, á mi padre le engatusó por el pronto con la
-miseria de veinticinco mil duros, á cuenta de los catorce millones que
-le correspondían á él solo como principal heredero, por pariente más
-cercano de mi difunto tío... Semanas van, meses vienen: el Marqués no
-volvía á resollar; mi padre le escribía carta sobre carta; el hombre no
-las contestaba... hasta que, amigo de Dios, un día... ¡zás! (aquí la
-voz del médico comenzó á ser cavernosa, la mirada de loco y el ademán
-melodramático), de golpe y porrazo, la noticia de que el banquero se
-había presentado en quiebra con un pasivo de doscientos cincuenta
-millones... de pesos fuertes... ¡Toda nuestra fortuna al suelo, de la
-noche á la mañana!... ¡Aquel capitalazo, hecho polvo de repente, y la
-familia rodando desde las mayores alturas del esplendor, hasta la pura
-miseria!
-
-En aquellos momentos don Elías tenía los ojos arrasados en lágrimas.
-Don Baltasar, que no podía oir hablar de millones sin sentir la
-nostalgia de ellos, olvidado por un instante de que trataba con un
-iluso, ó no queriendo, ni en broma, transigir con la impunidad de
-tamaños delitos, preguntó con una seriedad y un interés dignos de su
-interlocutor:
-
-—Pero, hombre, y esos tribunales de justicia ¿no valen para nada?
-
-En seguida conoció don Elías que el sujeto aquél estaba agarrado por el
-interés conmovedor de la historia. Enternecióle esto mucho más, lanzó
-dos sollozos y respondió, corriéndole las lágrimas por la faz abajo:
-
-—¿Y qué tribunal se atreve, señor don Baltasar, con un hombre que
-quiebra de ese modo? ¿Qué juez ni qué emperador le mete mano?... Mi
-padre pensaba como usted... ¡Ojalá no hubiera pensado tal! pues por
-sostener sus derechos, dejó en manos de la justicia los veinticinco mil
-duros que había recibido á cuenta, y cerca de otros tantos que eran de
-su patrimonio. (Aquí una pausa con puchero.) Por lo demás, bien se sabe
-quién le hizo la puerta de escape al ladrón, y cuánto costó hacerla;
-qué personaje tomó cinco, y qué otro recibió diez; y se pasmaría usted
-si yo le dijera hasta qué alturas llegaron esos caudales, y qué manos
-se ensuciaron en ellos. (Otra pausa sin sollozo, pero con suspiro
-hondo.) En fin, mejor es no hablar de estas cosas. (Exaltándose un
-poco.) Pero le aseguro á usted que si á contar me pusiera, tendríamos
-tela para lo que falta de año, y sin cerrar boca... El único consuelo
-que nos ha quedado, si consuelo puede llamarse, es que el facineroso
-no gozó mucho tiempo el fruto de su rapiña. Pasó á París de Francia,
-donde estaba ya á buen recaudo lo nuestro y lo de otros infelices;
-dióse allí á la orgía y al vicio sin freno, y acabó malamente, comido
-de enfermedades viles y asquerosas...
-
-Fuera por haber caído ya de su burro, ó porque considerara bastante
-castigado al ladrón con aquella clase de muerte, don Baltasar cortó
-aquí el relato de don Elías con un horconazo en el suelo y estas
-palabras imperiosas:
-
-—Al caso.
-
-—Vuelvo á él—respondió don Elías dócilmente, y aun muy satisfecho del
-éxito de la primera parte de su empresa.—Cuando se perdieron en la
-quiebra dicha aquellos treinta millones de la familia...
-
-—¿Otra vez?
-
-—Es para mejor empalme del relato, señor don Baltasar... Digo que
-cuando se perdieron aquellos treinta millones de la familia, me hallaba
-yo á pique de finar la carrera, carrera que yo estudiaba de puro
-lujo desde que se supo en España la muerte de mi tío en Méjico y la
-atrocidad de caudal que nos dejaba. Fortuna que no me cegó la pompa, y
-que, contra lo que mi padre quería, seguí dándole firme á los libros,
-por un por si acaso. ¡Bien pronto llegó, señor don Baltasar! Recibí
-el título amargado con las pesadumbres propias de nuestra desgracia;
-salióme un partido en la Rioja... y á la Rioja me fuí de médico,
-también contra el consejo de mi padre, que quería dejarme en Madrid á
-la sombra de los grandes y poderosos amigos que tenía por allá, y bien
-seguro de hacerme facultativo de viso y nota en poco tiempo... Caí en
-gracia en el partido y gané un dineral en él. Caséme allí y puse á la
-médica en el rango que la correspondía. Tuve una hija que se envolvió
-en bien finos pañales; solicitáronme luégo con gran empeño desde
-Zamarrillas, uno de los mejores partidos de la provincia de Valladolid,
-y fuíme allá. Me pagaban de lo bien, y yo sacaba más de otro tanto por
-fuera de mi obligación. También dejé esta mina por otra, y la otra por
-la de más allá; y así, señor don Baltasar, aumentándoseme las hijas y
-los haberes según cambiaba de lugares, mi casa parecía un platal, y la
-familia relumbraba de nutrida y bien puesta. ¡Tonto de mí que tanto
-trabajé para que no se colocaran las cuatro chicas con las brillantes
-proporciones, que las perseguían por donde quiera que andaban!... ¡Ya
-se ve: todo me parecía poco para ellas! Otro gallo las cantara... y
-también á su padre, desde que vino la negra para todos. Y la negra fué
-que la suerte se cansó de ampararme en cuanto bajé de Castilla y entré
-en este pueblo con mis cinco carros de equipaje; porque no traje menos,
-como fué público y notorio... Se acabó el sobresueldo, porque chismes
-y malos quereres lo prepararon así; y hubo que comer de lo ahorrado;
-y ¡allá van las onzas de reserva! ¡y allá los cubiertos de plata por
-docenas!... ¡y allá las sobrecamas de seda fina!...
-
-—Pero, señor don Elías—dijo aquí don Baltasar que, colgado como siempre
-del horcón no apartaba los ojos de los del médico:—paso lo de los cinco
-carros de equipaje, porque no los ví, y paso lo de las minas que iba
-dejando usted atrás, porque me basta que usted lo afirme; pero tantas
-onzas de oro y tantas colchas de seda y tantos cubiertos de plata
-echados á la calle para jamar de ello desde que vino usted á Robleces,
-antójaseme demasiado apetito ó muy mala administración.
-
-—Le canto á usted el Evangelio, señor don Baltasar—respondió el médico
-sin detenerse delante del reparo.—Esto se prueba al aire y cuando se
-quiera, porque es de las cuentas que se sacan por los dedos... ¿Usted
-sabe lo que ha consumido solamente la médica en los años que se lleva
-metida en la cama, y antes de meterse en ella, de estos baños á los
-otros y de estas aguas á las de más allá?
-
-Don Baltasar, que después de hechas las observaciones que le valieron
-esta réplica, había reclinado la frente sobre las manos con que
-empuñaba el horcón, la alzó de pronto; y dando otro horconazo en el
-suelo, volvió á decir á don Elías, en el mismo tono imperioso de la
-otra vez:
-
-—¡Al caso!
-
-—Iba á tratar de él en este instante, señor don Baltasar—replicó don
-Elías acudiendo presuroso á la advertencia.—El caso es—continuó,—que
-desde que estoy en Robleces, me despistojo y me aso, y atormento el
-magín para buscar una industria que me ayude á salir avante con la
-carga que tengo sobre mí; que todo cuanto he discurrido me ha fallado;
-que las cosas se van poniendo en mi casa de modo que ya no dan espera,
-y que estoy resuelto á probar el último recurso, para llevar á cabo mi
-idea, que no puede mentir, según yo la tengo pesada y medida.
-
-El Berrugo había vuelto á reclinar la cabeza sobre las manos; y don
-Elías, muy satisfecho de ello, hizo un alto en su discurso, como para
-adquirir nuevos alientos. Después continuó así, para aplazar otro poco
-la verdadera entrada ea el asunto.
-
-—Lo cierto es, señor don Baltasar, que mi situación tiene bien poco
-de envidiable. Cuento ya sesenta años, y llevo treinta y cinco de
-médico de partido, sin un solo día de descanso, sin una sola noche de
-dormir con tranquilidad... No tengo un vicio de que arrepentirme...
-¡ni siquiera fumo!... Como lo que me dan; á veces... nada, porque no
-lo hay... Gano una miseria, y esa mal cobrada; me debe este vecindario
-más del tercio de mis sueldos desde que vine... ¡Lo juro por Dios que
-me oye! Reclamo las deudas, y casi se ríen de mí los deudores; porque
-lo que se niega al médico no se toma á pecado. Ya se ve, ¡gasta levita!
-¡Si ellos supieran que no hay maldición que pese tanto como la levita
-de los pobres!... Pero si no me paga el concejo, tengo consultas,
-apelaciones... Es verdad: de higos á brevas llega á mi casa un enfermo
-de algún lugarejo de los más cercanos (cuando no le vuelven desde el
-camino con calumniosos informes los que aquí no me quieren bien); me
-entretiene hora y media para explicarme mal lo que le duele; gasto
-yo cerca de otro tanto en decirle lo que es y cómo debe curarse; le
-pido al fin tres pesetas por mí trabajo; parécele mucho, y empieza á
-llorarme desventuras; y por no perderlo todo, tengo que conformarme
-con la mitad... cuando no me la queda á deber para no pagármela nunca.
-Alguna que otra visita cae fuera de Robleces... Pues ande usted legua
-y media á pata, porque nunca me dió el oficio para el lujo de una
-caballería de las peores... ande usted legua y media así por montes
-y barrancos, y otra legua y media de vuelta; sude usted los hígados
-y eche la entraña por la boca, ó métase usted en el barro hasta los
-corvejones y cálese de agua hasta los huesos, y tómese para regalo
-del estómago y compostura de los zapatos que ha roto, ese medio duro
-ó esas cuatro pesetas que le valió la salida... Esta es la verdad...
-¡la triste verdad!... Y viva usted así, señor don Baltasar, con cinco
-mujeres en casa, una de ellas tullida, y las otras... medio desnudas,
-desesperadas y hambrientas, porque son las hijas del médico y no pueden
-ir á ganar la comida sallando los maizales del vecino... No tengo
-deudas, es cierto; pero falta saber si podría tenerlas aunque quisiera.
-Al labriego más pobre no le niega nadie una peseta, porque, cuando
-menos, tiene un azadón que lo vale; el médico no tiene nada, nada con
-que responder, si no es la negra cruz de su levita... De esta manera
-¡bueno está de considerar! la vida no es vida, la salud se quebranta...
-el humor se ennegrece... falta muy á menudo la paz en la familia; y
-á fuerza de ver uno pura tiniebla donde quiera que pone los ojos...
-créame usted, señor don Baltasar, casi tengo por afortunados á los
-pobres enfermos que acaban entre mis manos...
-
-También era triste, bien triste, la voz de don Elías cuando hablaba
-así, y también acabó de hablar brotándole gruesas lágrimas de los
-ojos; pero éstos no chispeaban ni aquélla era forzada y teatral como
-la otra vez, por obra de un sacudimiento del organismo impresionado
-pon una visión histérica. El último relato era la realidad, un pedazo
-de la vida del relatante; y las lágrimas que lloraban sus ojos, venían
-derecha y sosegadamente del fondo del corazón. Pero como esta vez no
-se trataba de millones estafados, don Baltasar no se interesó poco ni
-mucho en aquel triste capítulo de la historia del médico; lejos de
-interesarse, y mucho más de conmoverse, alzó la cabeza que había tenido
-apoyada sobre las manos, y manifestó sus impaciencias inclementes con
-un nuevo horconazo en el suelo y estas palabras, bien duras de acento:
-
-—¡Al caso, don Elías, que me voy aburriendo y tengo que hacer!
-
-Y á echarse iba en él de golpe y porrazo don Elías, después de suspirar
-muy hondo, cuando entró Inés en la sala para advertir á su padre que le
-llamaban abajo, no sé para qué menesteres.
-
-—Pues ya hablaremos en mejor ocasión,—dijo don Elías dispuesto á
-marcharse, después de haber saludado á Inés y al ver que don Baltasar
-se levantaba de la silla.
-
-—De ninguna manera—respondió el Berrugo, obligando al médico á que
-volviera á sentarse.—Tengo ya empeño en conocer esa mina que trae usted
-entre cejas, y hoy mismo ha de ser, porque no respondo de hallarme con
-tanta paciencia otro día. Acompáñale tú, Inés, que vuelvo pronto.
-
-Salió don Baltasar, quedóse el médico, y se sentó á su lado Inés con la
-misma indolencia, el mismo ropaje y la propia traza con que la vimos la
-noche antes entrar en la cocina y coger los peces por el rabo.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-IX
-
-LAS COSAS DE DON ELÍAS EL MÉDICO
-
-
-Desde aquel instante, ya fué don Elías otro hombre; porque el médico
-de Robleces tenía esa gran fortuna en medio de tantas desgracias:
-un simple cambio de escena bastaba para dar nuevo colorido á sus
-pensamientos. Á solas con Inés, ya no se acordaba de su padre ni de
-los asuntos que con él acababa de tratar: otros cuidados muy distintos
-comenzaron á devorarle y á consumirle. Hubiera dado una oreja por saber
-de la boca misma de Inés si estaba ya bien enterada de los intentos con
-que entraba en su casa Marcones el de Lumiacos, y si, caso de estarlo,
-le habían parecido mal, como era de suponer. Había averiguado él estos
-intentos con un lujo increíble de pesquisas, y hablando mucho de ellos
-entre sus hijas, que se perecían por esas cosas, y en varias cocinas
-del lugar y hasta en medio de la calle, de lo que fué testigo el
-lector; y era muy natural que ardiera en deseos de inquirir lo que le
-faltaba, y de beberlo en buena fuente, por el gustazo de correrlo en
-seguida por el pueblo, sin olvidarse de bajar á Las Pozas en busca de
-Pedro Juan, que era el último con quien había tratado del negocio de
-Marcones, para decirle, como á todo el mundo: «Lo sé de su misma boca:
-Inés no le traga por buenas; y antes será muerta que convencida.»
-
-Porque para el médico no tenía duda que Inés aborrecía á Marcones, si
-Marcones la había descubierto tanto así de sus ambiciosos planes; y
-menos lo dudaba cuanto más paraba los ojos en la hija de don Baltasar,
-con su mirar tan dulce, con su estampa de princesa... y con un caudal
-«tan atroz;» porque, á juicio de don Elías, «debía de ser atroz el
-caudal de aquella chica, después de la barbaridad que había heredado de
-sus abuelos de San Martín de la Barra.»
-
-Pero ¿por dónde le hincaba el diente al asunto? Cabalmente era hombre
-que no servía para tanteos insidiosos: lo reconocía él mismo; le
-acosaban demasiado las impaciencias, y en seguida se le iba la burra.
-
-Enfrascado en estos cálculos que le ponían nervioso, don Elías dejaba
-pasar el tiempo sin dirigir una sola palabra á Inés, la cual se
-extrañaba de aquella mudez en un hombre tan comunicativo y locuaz
-de ordinario. Reparaba también la hija de don Baltasar en la avidez
-cariñosa con que la contemplaba el médico, y en el desasosiego con que
-se revolvía en la silla; y haciéndole suma gracia todas aquellas cosas
-de don Elías, acabó por sonreirse sin apartar de él la mirada medio
-escondida entre los párpados, contraídos por unos frunces muy monos.
-
-No sé si creía el médico de Robleces en el fluido magnético y en las
-corrientes simpáticas, ni si había oído hablar de ello siquiera en
-todos los días de su vida; pero lo que no tiene duda es que andando él
-en lo más empeñado de sus hipótesis y escarbando con la imaginación en
-los profundos de la mente de Inés, fué cuando ésta le sonrió; y tan
-preocupado estaba el hombre y tan aferrado á su idea, que en aquella
-sonrisa vió y oyó clara, clarísimamente, que le preguntaba Inés, así,
-en estas terminantes palabras:
-
-—¿No es verdad, don Elías, que he hecho bien en negarme á eso?
-
-Con lo que el iluso acabó de dispararse, y respondió en voz firme,
-acompañándose de un bastonazo en el suelo:
-
-—¡Sí, señora!... ¡admirablemente! ¡perfectísimamente! ¡Y le está muy
-bien empleado al sin vergüenza!... ¡Y que vuelva por otra!...
-
-—¡Pero, don Elías!...—exclamó Inés sobresaltada con aquel estallido del
-médico.
-
-Despertó éste de su pesadilla con la exclamación de Inés, y se deshizo
-en excusas; pero sin arrepentirse de la «providencial» alucinación.
-
-—Perdone usted, Inesita—la dijo.—Tengo la desgracia de interesarme
-demasiado por los negocios ajenos... pero también el don de leer claro
-donde el más lince no ve jota... Es el temperamento, créalo usted. ¡Á
-veces me arden allá dentro unas luces!... Y como sucede además que
-tengo la costumbre de soñar recio...
-
-Y al mismo tiempo pensaba:
-
-—Ha sido una entrada como otra cualquiera; y me alegro, porque el golpe
-dado está, y ya sabes á qué atenerte... como lo sé yo también por lo
-que se te ha escapado... Al buen entendedor...
-
-En esto llegó á la sala don Baltasar con una rastrilla en la mano.
-Levantóse Inés, salió, y ocupó su padre la silla que ella dejaba.
-
-—Vamos—dijo el Berrugo á don Elías,—á rematar en pocas palabras... en
-pocas palabras he dicho, eso que dejamos pendiente.
-
-¡Ya estaba otra vez el médico boca abajo! ¡Ya era el hombre agobiado
-por las desdichas, que iba á «echar un memorial» al poderoso para
-pedirle un mendrugo de pan! ¡Ya le habían caído de repente encima del
-alma toda la negrura y todo el peso de la realidad de su miseria!
-Entristecióse de nuevo y volvió á encogerse. La fe que tenía en
-la importancia de su proyecto, no alcanzaba á darle la más leve
-esperanza de que el hebreo aquél aflojara la bolsa para ayudarle; el
-ficticio valor que le prestaba el recuerdo candente de aquellos días
-esplendorosos, acababa de gastarle, y no era cosa de volver á empezar
-por allí, ni el Berrugo se lo hubiera consentido; y tan desalentado se
-vió, que estuvo tentado á despedirse dejando las cosas como estaban.
-Pero le arreó don Baltasar con una mirada de las suyas, y el hombre se
-arrojó al asunto como pudo haberse tirado por el balcón de enfrente.
-
-—Pues, señor—dijo pasándose el pañuelo de yerbas por toda la cara y
-luégo por el cogote y dándole después dos paseitos por encima de los
-sesos,—el caso es el siguiente: un molino maquilero, de cuatro ruedas,
-puede moler con desahogo seis fanegas al día, pico más ó menos... Me
-parece que no peca de alegre la suposición. Estas seis fanegas cada
-día, me dan al año, en números redondos, dos mil doscientas, ó séanse
-ocho mil ochocientos celemines. Estos ocho mil ochocientos celemines,
-me dan á mí de maquila ocho mil ochocientos maquileros; los cuales
-ocho mil ochocientos maquileros, son lo mismo que quinientos cincuenta
-celemines, ó doscientas veinticinco medias fanegas; doscientas
-veinticinco medias fanegas, á duro cada media fanega, son lo mismo que
-doscientos veinticinco duros, ó sean cuatro mil y quinientos reales...
-Me parece que esto es pura matemática.
-
-Decíalo don Elías, porque le estaba poniendo en graves dudas el
-intraducibie gesto con que le miraba su interlocutor. Para asegurarse
-más de que iba por lo firme, sacó los papelotes del bolsillo, escogió
-uno de ellos, dióle un vistazo y añadió á lo dicho poco antes:
-
-—Justo y cabal: cuatro mil y quinientos reales. Esto, por un lado...
-Por otro: cuatro cerdos á cuarenta y cinco duros uno, grande con
-mediano, son lo mismo que ciento ochenta duros, ó sean tres mil y
-seiscientos reales; que añadidos á los cuatro mil y quinientos de
-arriba, suman la cantidad redonda de ocho mil y cien reales... Pura
-matemática también.
-
-Y se quedó mirando á don Baltasar, que no le dijo palabra ni dejó
-tampoco de mirarle. Creyóle convencido el médico, le alentó mucho esto
-porque aquel hombre era así, y exclamó, irguiéndose hasta con cierta
-arrogancia:
-
-—Señor don Baltasar: con ocho mil reales (quito los ciento) y la
-pobreza que me vale el partido, era yo el hombre más rico de la
-cristiandad.
-
-—No lo dudo—dijo al fin don Baltasar con una parsimonia inconcebible
-en él, aun suponiéndole capaz de divertirse con las cosas de don
-Elías.—Pero siga usted con la cuenta galana. Ya tenemos lo que da el
-molino: falta ver lo que toma.
-
-—Nada, señor don Baltasar, nada como quien dice: un molinero, que
-con las propinas y su buen arte y un piquillo de surplús, que sale
-de aquí y de allá, estará hecho un canónigo. Este retejo y aquella
-reparación... ¡nada, señor don Baltasar, nada! eso y mucho más sale del
-excedente de molienda que no consta en el presupuesto, y de ciertos
-recursos que se irán desenvolviendo según el negocio vaya marchando.
-Los cuatro cerdos: menos que nada: los compro lechazos, engordan con
-las barreduras, se ponen en ocho meses que no caben por la puerta, y
-los vendo á puja mayor, porque han de sacarme los ojos por ellos. Ya
-sabe usted que no hay cerdo más solicitado que el cerdo de molino...
-
-—Corriente, señor don Elías, corriente... y siga usted con la cuenta
-galana... Ya no nos falta más que tener molino.
-
-Desplegó el médico el papelón más grande de los que tenía entre
-manos, lleno de dibujos toscos y de garabatos incomprensibles, y dijo
-contoneándose en la silla:
-
-—El molino: aquí está el plano, con su escala y todo. No está puesto en
-limpio, que eso ya lo haría, si fuese necesario, pincel más diestro que
-el mío; pero está bien clara cada cosa... Llave en mano, no debe costar
-un maravedí más de sesenta y dos mil reales... Aquí constan las razones.
-
-—Que estarán muy en su punto: corriente también. ¿Qué nos falta ahora,
-señor don Elías?
-
-—Pues... buscar esos sesenta y dos mil reales.
-
-—Y ¿dónde están ellos?
-
-—¡Esa es la negra, señor don Baltasar!
-
-—Pues suponga usted que no es tan negra como parece, y que hay un
-desesperado que los da...
-
-—Negocio concluído entonces.
-
-—Corriente: ¿y qué rebajamos de los ocho mil reales de producto, por
-réditos de ese capital?
-
-—Ni un ochavo, señor don Baltasar... Esa miseria saldría del mismo
-fondo que las otras: de acá y de allá, y del auge que fuera tomando el
-negocio.
-
-—Corriente también. Y ¿con qué respondemos á su dueño de esa miseria
-que nos presta para hacer el molino?
-
-—Con el molino mismo.
-
-—Es de razón. Pero un día se levanta ese hombre de mal temple, y se
-llama á lo que es suyo.
-
-—Nos veríamos en ese caso, señor don Baltasar; nos veríamos. ¿No hay
-más que llamarse á lo suyo así, de golpe y porrazo? Está previsto todo
-en mis cálculos. Ese hombre me firmaría, ante todo, una cláusula de no
-reclamar cosa alguna, fuera de los intereses, en un mínimum de treinta
-años. En ese tiempo, con un poco de economía y el natural desahogo que
-me fuera dando el incremento de la finca, iría yo matando la deuda sin
-sentirlo.
-
-—Pues no he dicho nada, señor don Elías. Es usted más pájaro de lo que
-yo pensaba en punto á estos particulares. ¿Y dónde plantamos el molino,
-para ponernos al cabo de todo... si es que se puede saber?
-
-—El molino, señor don Baltasar (y en esta estriba la firmeza de mis
-cálculos), se plantará donde no tengamos que temer ni las sequías
-del verano, ni los aguaduchos del invierno: en el último canalizo de
-acá, de la Arcillosa, según se la mira, á la mano izquierda: hay allí
-anchura y fondo para un navío de tres puentes, con una angostura que se
-salta de un brinco desde la sierra, y que está como puesta allí para
-dar ingreso al molino. Lo demás ya lo sabe usted: viene la marea, abre
-usted los saetines; ya está el agua en casa, cierra usted los saetines;
-baja la marea, abre usted los saetines y empiezan los rodetes á danzar,
-á razón de quince horas diarias; y así todo el año, como un reló,
-con el agua represada en el canalizo, que me ahorra el mejor de los
-camarados y la mejor de las presas, que son la ruína de los molinos;
-porque amén de lo que cuestan de nueva planta, de aquí las refuerza
-usted hoy, y de allá se quebrantan mañana, y es el no acabar en todo el
-año de Dios; cosa que no ocurrirá en el mío, y por eso dije antes que
-no hay para qué mentar como gasto las reparaciones que ocurran. ¿No es
-una hermosura esto, don Baltasar, y no parece mentira que no haya dado
-nadie hasta ahora en escarbar esa mina de oro?
-
-—En verdad que mentira parece, señor don Elías. Pero dígame y perdone:
-¿qué es lo que tengo yo que hacer en esa mina, y por qué lado puede
-interesarme á mí, como me dijo al principio?
-
-El médico estaba maravillado de la paciencia y la afabilidad con que
-le atendía aquel hombre, cuyas despabiladeras eran proverbiales en
-el lugar; y creyéndole en buen cuarto de hora, se aventuró á decirle
-derechamente:
-
-—Con usted contaba yo para darle la preferencia en el anticipo de los
-sesenta y dos mil reales, si el negocio no le desagrada, tal como se le
-he expuesto.
-
-—Hombre—respondió el Berrugo apoyándose en la rastrilla como antes
-se había apoyado en el horcón,—el negocio, para usted, me parece
-morrocotudo, por mal que le salga, si llega á andar el molino. Pero me
-dijo usted al principio que podía interesarme á mí tanto como á usted;
-y hasta ahora, fuera de la cláusula de los treinta años como mínimum
-del plazo para el préstamo, no veo cosa que me tiente mucho...
-
-—Ha de tener usted presente—repuso don Elías algo apurado por la
-observación de don Baltasar,—que el cálculo está hecho á menores; que
-se cuenta con la prosperidad del negocio, y que con ella y sin ella, á
-ese capital nunca le faltaría una ganancia harto mejor que la que dan
-aquí las tierrucas de la mies; ganancia que si pasa del uno y medio, me
-dejo yo segar el gaznate.
-
-—También es verdad eso—dijo don Baltasar oscilando sobre la
-rastrilla.—En fin, que es usted, señor don Elías, el mismo Satanás
-para oliscar tesoros... Hombre—añadió levantando de pronto la cabeza
-y mirando de hito en hito al médico,—y ya que salió la palabra: ¿qué
-opina usted de los tesoros enterrados? ¿Cree usted que los hay y que
-hay tantos como se dice?
-
-Lo mismo que si le hubieran restregado la piel con un manojo de
-ortigas, se estremeció don Elías de repente al oir las preguntas del
-Berrugo; y con los ojos encandilados y acentuando las palabras en el
-suelo con la contera de su bastón, estalló así:
-
-—¡Yo creo, señor don Baltasar, en los tesoros ocultos, y creo que el
-mundo está lleno de ellos, y creo que en España abundan más que en
-ninguna parte! Yo no los he visto, soy franco; pero conozco muchas
-gentes enriquecidas con ellos; y se me han referido y demostrado cosas
-á ese respecto... y me han sucedido otras tan extraordinarias, que
-dejarían turulato al hombre de menos tragaderas. Afirmo, pues, que hay
-tesoros, ¡muchos tesoros ocultos!; que está sembrado de ellos el suelo
-español... y que quizás el más rico de todos esos tesoros le tenemos
-usted y yo á las mismas puertas de nuestra casa.
-
-—Supongo—dijo don Baltasar, tan colgado de la rastrilla y tan atento á
-las declamaciones ardorosas del médico, que parecía estar empeñado en
-partirse en dos con el ástil, de arriba abajo,—que no se referirá usted
-ahora al molino de antes.
-
-—¡Qué molino ni qué cazuelas!—respondió don Elías con el más
-despreciativo de los desdenes.—¡Para hacerle de diamantes habría con el
-tesoro que yo digo!
-
-Y como don Elías levantara la voz á medida que se iba entusiasmando,
-tapóle la boca con una manaza don Baltasar, y díjole recatándose, y muy
-por lo bajo:
-
-—Hombre, si á usted le fuera lo mismo, podríamos continuar hablando de
-eso en otra parte... ahí, en esa pieza que es mi cuarto. No es porque
-yo dé importancia al asunto, sino porque no hay necesidad de que nadie
-se entere y nos tome por locos.
-
-—Más loco será quien por locos nos tenga, señor don Baltasar,—respondió
-don Elías, con grandes trazas de estarlo ya de remate, levantándose
-de la silla, embolsándose los papelotes y disponiéndose á seguir á
-su interlocutor, que, puesto de pie y con la rastrilla en la mano
-izquierda, le señalaba con la derecha el cuarto que tenía la entrada
-por una de las cabeceras del salón.
-
-Coláronse ambos allí, donde no había más que una cama, dos sillas, un
-palanganero con sus avíos maltratados, una percha con poca ropa, y esa
-vieja, y bastante roña por los suelos.
-
-Sentados nuevamente los dos personajes, era de ver lo que se había
-crecido don Elías, de cuyos labios y actitudes atrevidas parecía estar
-pendiente su interlocutor, como el zorro consabido de lo que soltara de
-su pico el cuervo de la fábula.
-
-—¿Apostamos dos cuartos... ó lo que usted quiera—comenzó don Baltasar,
-guiñando los ojuelos, con la barbilla en la palma de la mano izquierda,
-el codo sobre el muslo y en la diestra la rastrilla, pinos arriba,—á
-que sé yo qué tesoro es ese que usted supone tan cerquita de nuestra
-casa?
-
-—¿Apostamos—respondió don Elías, imitando cuanto pudo la postura, el
-gesto y hasta la voz de don Baltasar, y añadiendo por su cuenta una
-sonrisilla entre nerviosa y truhanesca,—apostamos los sesenta y dos mil
-reales del molino á que, aun suponiendo que sepa usted de qué tesoro
-se trata, porque apenas hay quien no le conozca de nombre, ni usted ni
-mortal viviente del globo terráqueo tiene las noticias que yo tengo de
-él?
-
-—Pues si tantas noticias tiene usted de ese tesoro—dijo don Baltasar
-ganando un punto á don Elías,—¿en qué consiste que no le ha echado ya
-la zarpa?
-
-—No quiere decir tanto como eso lo que ya le he dicho á usted, señor
-don Baltasar—replicó don Elías, tan valentón como antes.—Yo le he
-dicho, y lo repito, que no hay sér viviente en el universo mundo que
-tenga mejores noticias que las que yo tengo sobre el particular de
-que tratamos. Podrán no ser estas noticias, sin dejar de valer lo que
-valen, lo suficiente para poner la mano encima de la cosa oculta;
-podrán ser más que sobradas para otra persona más firme que yo de
-voluntad, más codiciosa é de mayores recursos, ó menos dispuesta á
-tumbarse con la carga al primer tropiezo del camino; pero valgan ó
-no valgan de la manera que digo, esas noticias que yo tengo, señor
-don Baltasar, son de tal arte y adquiridas de tal modo, que al hombre
-de más agallas le harían tiritar de asombro y le pondrían los pelos
-de punta, como me los pusieron á mí... y se me ponen ahora con sólo
-recordarlo...
-
-Y no exageraba don Elías: mientras hablaba así, le echaban lumbre los
-ojos, y parecía que se le erizaban las barbas y los mechones grises de
-la cabeza.
-
-—¡Pataratas!—exclamó entonces don Baltasar cambiando su postura por
-otra muy desdeñosa; pero con intención visible de herir el flaco de don
-Elías para que soltara el queso.
-
-—¿Pataratas?—repitió el desapercibido médico, no cabiéndole ya en la
-silla y dispuesto á confundir al Berrugo con la prueba espeluznante de
-lo que afirmaba.
-
-—Pataratas no más,—insistió el de la rastrilla, volviendo á colgarse
-de ella con las dos manos y haciendo como que no daba un alfiler por
-cuanto pudiera referirle el otro.
-
-—Pues vamos á verlo ahora mismo—concluyó don Elías, que casi se
-desnudaba de pura desazón que le producía la desdeñosa incredulidad del
-Berrugo.—Y entienda usted, señor don Baltasar, que esto que le voy á
-referir lo sabremos en el mundo usted y yo solos... ¡Y ojalá sea más
-activo, más perseverante y más afortunado que yo!
-
-—Amén—dijo el Berrugo.—Y ahora, vengan esos espantos; pero por lo más
-derecho que usted pueda, porque se me van acabando los aguantes.
-
-Don Elías no esperó la segunda provocación del Berrugo. Le brotaban las
-impaciencias por todas partes: por los ojos, en llamas; por los poros,
-en sudor. Como que el bendito estaba en sus glorias entonces. ¡Qué
-molino maquilero ya ni qué calabazas, ni qué se le daba á él por tener
-la casa llena de desventuras y de miserias, ni porque el seminarista de
-Lumiacos entrara en la casona de Robleces con estos propósitos ó con
-las otras miras? Confundir á aquel hombre tan duro de pelar, y además
-de confundirle, maravillarle: eso era lo que había que hacer en el
-mundo, y eso podía hacerlo él, y lo iba á hacer en el acto. Tirando á
-dar de ese modo, dijo así, saboreando las palabras y encareciéndolas
-mucho:
-
-—Hará cosa de ocho meses, bajé á Las Pozas á visitar al Lebrato, que se
-hallaba en cama desde la víspera. Tenía calentura y se quejaba de un
-dolor al costado. Le dispuse lo que me pareció conveniente, y al otro
-día ya le encontré sin novedad. Es duro el hombre ese y animoso como él
-solo. Con todo y con ello, no le dejé que se levantara por entonces,
-por temor de una recaída. Tomando pie de esto, y sobre si el que come
-de su trabajo no puede ni debe cuidar de la salud como los que tienen
-el riñón bien cubierto, hubimos de hablar largamente los dos; porque
-el Lebrato, como usted sabe, es hombre verboso y muy entretenido, y á
-mí me gusta oirle: tenía en aquella ocasión poco ó nada que hacer, y
-le fuí dando cuerda. Puede que usted sepa también que ese sujeto tiene
-la costumbre, cuando de riquezas se habla con él, de comparar las más
-grandes con _los tesoros del Pirata_: el caso es que aquel día volvió
-á sacar esos tesoros á cuento, como los ha sacado mil veces, y los
-sacan á cada paso muchas gentes de este lugar y de otros de la Ribera.
-Yo, que siempre lo he oído como quien oye llover y la he tomado en el
-son que me lo cantaban, aquel día, séase por buscar un motivo más de
-conversación, ó porque las cosas vinieron dispuestas así por decreto
-misterioso, tuve la ocurrencia de preguntar al Lebrato qué tesoros eran
-esos que tan á menudo oía nombrar desde que me hallaba en Robleces.
-Entonces el preguntado me refirió lo que, por lo visto, es aquí versión
-corriente... y será eso que usted dice saber, con mucha ponderación, lo
-mismo que si supiera algo de fuste.
-
-—Ya se irá viendo, señor don fanfarrias, lo que usted sabe, y ello
-nos dará el valor de lo que yo sé. Diga, diga por de pronto lo que le
-refirió el Lebrato.
-
-—Nada en substancia, señor don Baltasar: que se sabe que en tiempos
-que casi se pierden de vista, había un pirata por estos mares que
-robaba hasta la saliva al sursuncorda; que como no tenía suelo en qué
-poner el pie sin la seguridad de que no le colgaran, mientras se iba
-redondeando á su gusto para campar por sus caudales donde quiera que
-se presentara—porque en esto de respetarse al ladrón de tesoros, los
-tiempos no han cambiado hasta la fecha cosa mayor,—escondía en un sitio
-de esta costa lo que pirateaba más lejos ó más cerca de ella; que esto
-acontecía en aquellas épocas en que venían de las Américas los barcos
-abarrotados de onzas de oro y de perlas preciosas, y que á la caza de
-estos barcos andaba el pirata día y noche, con buena fortuna; que
-fuérase porque la mar se le tragara de por sí, ó porque se encontró con
-lo que merecía donde menos se lo esperaba, desapareció de repente y
-para _in sæcula_ de esta costa, dejando ocultos en ella los tesoros que
-había robado; que si estos tesoros están en cueva más ó menos escondida
-ó sepultados en tierra firme, no se sabe; pero que no hay quien dude
-que están en esta costa y que darían, por su gran valor, para comprar
-media España; y finalmente, que de esto no se duda, porque viene y
-ha venido la historia de boca en boca y de padres á hijos hasta la
-presente generación... Esto es, señor don Baltasar, lo que se sabe de
-público... y lo mismo que sabe usted; porque usted no sabe de ella una
-jota ni una tilde más.
-
-—Ni usted tampoco,—respondió resueltamente don Baltasar dando un
-rastrillazo en las tablas.
-
-Sonrióse convulso don Elías, y dijo:
-
-—Ahora lo vamos á ver.
-
-Se enjugó el sudor de la cara nuevamente con su pañuelo de yerbas, y
-continuó así, arrimando un poco más su silla á la del Berrugo:
-
-—Esta conversación la tuve yo al anochecer con el Lebrato; y cuando _me
-caminaba_ hacia mi casa por el recuesto arriba, apenas distinguía la
-senda más que por su blancura. Aquel día, señor don Baltasar, había
-sido uno de los más negros para mí, por el estado de la médica agravado
-por un encono repentino de sus humores, y el extremo en que nos tenían
-acorralados á todos las escaseces del hogar, por dificultades en la
-cobranza del tercio. Mala había sido la semana; pero aquel día fué,
-como le he dicho, de lo peor. Declárolo así, porque bien pudiera haber
-tenido ello parte en que yo diera tanta importancia como la que dí á
-la historia del Lebrato. Ello fué que subí al barrio pensando mucho en
-los tesoros enterrados ahí enfrente; que llegué á casa; que la casa
-me pareció un camposanto con los muertos sin enterrar; que comparé
-aquellas tristes miserias con las pompas del tesoro que yo llevaba en
-la cabeza; que la comparanza me echó el alma por los suelos, y que
-sin poderla levantar de allí y corriendo las horas entre los ayes
-de la enferma y el vocingleo de las hijas, me fuí á la cama... sin
-cenar bocado, porque no le había en casa, señor don Baltasar, ¿á qué
-negarlo? Tampoco niego que me acosté con hambre: nunca había andado
-más ni comido menos que aquel día. El hambre no es el mejor llamativo
-del sueño; y con este gusanillo en el estómago y la cabeza abarrotada
-de onzas de oro y de diamantes, de piratas ahorcados y de cuevas y
-peñascos de la costa, el corazón me golpeaba allá dentro como un
-desesperado, y la piel me escocía como si me la ortigaran. Tumba de
-aquí y vira de allá, buscando posturas que siempre resultaban peores,
-el tiempo pasaba y yo no me dormía; la médica dejó de quejarse, como
-si se hubiera muerto; las hijas ya no chistaban; en el aire no se oía
-un mosquito; el silencio era el de las sepulturas, y la obscuridad,
-negra, negrísima, como yo no he visto otra en noche cerrada. Echéme, al
-fin, boca arriba, y púseme á hacer castillos con el tesoro. Ya era yo
-príncipe con carrozas, y andaban en mis palacios los jamones por los
-suelos y los chorizos á patadas... cuando, amigo, se abre la puerta de
-la alcoba... y entra por la abertura un rayo de luz que me envuelve
-toda la cabeza... y detrás del rayo de luz... la mano seca; y detrás de
-la mano seca... el cuerpo arrebujado en la sábana de siempre y con la
-cara al descubierto.
-
-—¿El cuerpo de quién, hombre de Dios?—preguntó don Baltasar que se iba
-poniendo algo nervioso, quizá más que por oir á don Elías, por verle.
-
-—¡El de mi hermana Dorotea!—respondió el médico, entre crispaturas de
-sus nervios.
-
-—¿Y qué hermana es esa, que yo no conozco?
-
-—Una hermana, señor don Baltasar, que iba para santa, si es que no lo
-era ya; que adoraba en mí, y se nos murió de la noche á la mañana, en
-la flor de su hermosura, durante aquellos disgustos con motivo de la
-pérdida de los treinta millones de la familia...
-
-—Enterado, enterado y siga usted adelante,—dijo aquí el Berrugo
-cortando la palabra al médico, con lengua, con manos y con ojos, y
-hasta con la rastrilla, temeroso de que volviera á echarse con la
-histeria por aquellos derroteros.
-
-—Una hermana que se me aparece muy á menudo, no solamente en la
-obscuridad de la noche, sino á la misma luz del día y cuando menos lo
-pienso, como vaya solo por el monte ó por alguno de estos callejos
-hondos. Siempre se me aparece envuelta en la misma sábana, y de noche
-nunca le falta la linterna. Las más de las veces se contenta con
-mirarme; y cuando me dice algo, nunca es cosa mayor. Yo tampoco la digo
-nada, porque no lo creo puesto en razón, vista su conducta conmigo.
-Señas son las que me hace, ¡mucha seña! hasta que se va disolviendo
-poco á poco, como el humo con el viento.
-
-Mucho era ya lo que sudaba don Elías, y muy estrecha le venía la ropa,
-á juzgar por los esfuerzos espasmódicos que hacía debajo de ella. Se
-detuvo unos instantes en su relato; volvió á limpiarse la cara con el
-pañuelo; y con los alientos cobrados, continuó hablando así:
-
-—En la noche que yo digo, se me acercó mandándome por señas que me
-tragara hasta los suspiros. Se aproximó hasta el borde de la cama. Yo
-nunca la había tenido tan cerca, y empecé á dar diente con diente;
-porque con la luz de aquella linterna, tras de cegarme los ojos,
-parecía caldearme la sesera. «¡Levántate!» me dijo; y yo, como si la
-voz fuera cordel que tirara de mí, levantéme y traté de vestirme.
-«¡Vente como estás!» me ordenó. Preguntéla entonces con los ojos,
-porque con la palabra no podía, que adónde y para qué. Me comprendió
-y me dijo: «Adonde yo te lleve.» Púsose en marcha, y yo la seguí, tal
-como estaba: descalzo y en ropas menores. La noche era de las frías
-de noviembre; pero yo no reparé en tan poca cosa. Las puertas se iban
-abriendo sin ruido delante de la fantasma, y yo la seguía paso por
-paso; y así salimos de la alcoba... y atravesamos la sala... y pasamos
-el carrejo... y bajamos la escalera... y nos encontramos en la calle.
-Entonces tomó la visión, por arrimadito á la setura de mi huerto, el
-camino de la llosa Grande, y yo me fuí detrás, sin mojarme los pies en
-las pozas de la calleja, que era lo que más me asombraba. Llegamos á
-la llosa; se puso la fantasma al asomo mismo de la ladera de hacia la
-ría... y me llamó... Acerquéme y me dijo: «Vas á ver ahora el camino
-por donde se va á eso que te estaba quitando el sueño.» Lo decía por el
-tesoro: no podía ser por otra cosa.
-
-Al llegar á este punto el relato, el Berrugo tenía los ojos clavados
-en los fulgurantes de don Elías, la boca entreabierta y el cuerpo muy
-arrimado al mango de la rastrilla.
-
-—Y ¿qué sucedió entonces?—preguntó al médico, pareciéndole muy larga
-la pausa que había hecho el narrador para enjugarse otra vez la cara y
-dominar un poco las emociones que le tenían trémulo y erizado.
-
-—Sucedió—dijo en seguida,—que la fantasma extendió el brazo hacia
-adelante, con la linterna en la mano; que el chorro de luz, que
-salía derecho... derecho, de ella, se fué alargando... alargando...
-alargando, y atravesó las praderas de abajo... después los
-camberones... después la sierra calva; y entró en la Ribera, y la
-atravesó también á lo ancho... y llegó á los coteros de la otra banda
-por donde se mete la ría para salir á la mar... y avanzó por encima
-del más chico... y trepó por el que le sigue... hasta encaramarse en
-el mismo lomo de la costa... Si avanzó más allá, yo no lo pude saber,
-porque la tierra se acaba allí, y el rayo de luz se estrellaba en
-el cielo que en aquel punto se junta con la tierra... ¡Y era lo más
-asombroso de todo esto, que cuanto el chorro de luz iba tocando, se
-veía tan claramente como puedo ver yo ahora las rayas de la palma de la
-mano! ¡Así ví yo hasta los mismos peces de la ría!
-
-—¿De modo que vería usted lo que tanto deseaba?—dijo el Berrugo, no sé
-si burlándose de don Elías ó queriendo aparentarlo.
-
-—De eso no ví pizca, señor don Baltasar, ni verlo debía; porque lo que
-mi hermana me enseñaba, no era el tesoro, sino el camino por donde se
-llega hasta él.
-
-—¡Valiente puñado son tres moscas! ¡Valiente real con ocho cuartos y
-medio!—exclama entonces el Berrugo, visiblemente desencantado.—¡Y esos
-eran los tantos y los cuántos que usted sabía? Pero, hombre, ¿no se le
-ocurrió á usted siquiera averiguar un poco más?...
-
-—¡Vaya si se me ocurrió!—dijo el otro visionario.—¡Y bien de preguntas
-y de ruegos hice á la fantasma! Pero ¡que si quieres! Se calló como
-una muerta; dióse la vuelta hacia acá; mandóme que la siguiera; y
-siguiéndola, me llevó hasta mi casa por el mismo camino y del propio
-modo que me había sacado de ella; me acompañó hasta la alcoba, y en
-cuanto me vió metido en la cama, apagó de un soplo la linterna... y
-hasta hoy.
-
-—¡Pataratas, repito!—vociferó el Berrugo, dando otro rastrillazo en
-el suelo.—Todo eso, con ser tan poco, es pura visión de un sueño con
-hambre, que es la casta de sueños más visionarios que hay.
-
-—¡Le juro á usted que estaba tan despierto entonces como lo estamos
-ahora los dos, y que alboreaba ya el día cuando logré trasponerme un
-poco!
-
-—Y estando usted en la cuenta de que eso que le pasó aquella noche no
-fué soñado, ¿cómo se explica que desde entonces acá no haya usted dado
-paso alguno por ese camino que vió?
-
-—¿Y qué sabe usted si los he dado?
-
-—¡Qué ha de dar usted, san simplaina! ¡qué ha de dar usted!
-
-—¡Pues sí, señor, que los he dado! Sépase usted que aquel mismo día
-por la tarde, con la disculpa de que iba á tomar la barca para pasar
-á San Martín á visitar á un enfermo, seguí por toda la orilla de la
-Ribera hasta llegar al punto en que empezó la luz á dar en los coteros
-de allá; que seguí el camino que tenía yo bien marcado en la memoria,
-aunque con los rodeos obligados por las curvas que hace allí la ría,
-y que echando los pulmones por la boca, porque el viaje ese resulta
-mucho más largo de lo que parece á la vista desde la llosa, me planté
-en el mismo sitio en que se detuvo la luz. Allí me harté de registrar
-con los ojos cuanto había al alcance de ellos... ¡y nada! Debajo y á
-todo lo largo, á derecha é izquierda, un puro peñascal, casi á pico,
-y un machaqueo de oleajes contra él, que metía miedo; cosa de un
-cuarto de legua mar adentro, un islote muy grande y muy descarado...
-y después las aguas sin fin. Rastreando bien el camino á la vuelta,
-no ví más que sierra pelada... Días después, y viendo que mi hermana
-no volvía á aparecérseme, consulté el caso con una adivina que llegó
-á la puerta de mi casa pidiendo una limosna. Confirmó lo que me había
-dicho la fantasma, pero no me añadió nada nuevo; antes al contrario,
-me dió á entender que ese tesoro «no sería desenterrado por mí.» Esto
-me desalentó mucho; y con ello y lo propenso que yo soy á echarme con
-la cruz de mis pobrezas al primer tropezón, volvíme á mi molino, que
-es bien hacedero si hallo ayuda, y hasta me olvidé del tesoro; pero
-sin dejar de creer, como hoy creo con fe ciega, que el tesoro existe
-de toda verdad, y que está escondido en el islote, ó en la costa, ó en
-la sierra calva, dentro de la línea que marcó el chorro de luz; línea
-que, si usted quiere, le señalaré yo desde la llosa y en el punto
-mismo en que estuve con la fantasma. El que yo no me le lleve, no es
-razón para que quiera privar de él á otro más afortunado... Esta es
-la historia—añadió don Elías después de una corta pausa.—Y ahora, con
-franqueza, señor don Baltasar: usted no sabía, sobre ese tesoro, ni la
-mitad de lo que yo le he relatado.
-
-—¡Bah!—exclamó el Berrugo en ademán y tono despreciativos, levantándose
-de la silla al mismo tiempo.—Como la ayuda que usted halle para labrar
-su molino sea de tanta substancia como las noticias que usted da para
-descubrir ese tesoro, ¡vaya unas maquiladas de hambre que va usted á
-cosechar!
-
-—Y á propósito—dijo don Elías, levantándose también y mientras arrimaba
-á la pared su correspondiente silla,—¿en qué quedamos de eso?
-
-—¿De qué?
-
-—De los sesenta y dos mil reales.
-
-—¿Los que había de anticiparle yo aceptando la preferencia que usted me
-daba y las condiciones que me expuso?
-
-—Justo y cabal.
-
-Don Baltasar cogió á don Elías por un brazo, muy suavemente; y
-encaminándose con él hacia la puerta, le dijo:
-
-—Le prometo á usted que han de ser para construir ese molino, los
-primeros tres mil duros que yo desentierre con las noticias que usted
-acaba de darme.
-
-—Estimando, señor don Baltasar,—contestó el bueno de don Elías, muy
-resentido y no poco cortado con la cínica burla del sujeto aquél, que
-le llevó casi en vilo hasta la puerta de la escalera, donde le despidió
-con una palmadita en la espalda.
-
-En el estragal se detuvo el médico un instante para limpiarse el sudor
-de la cara y del pescuezo, operación para la cual no le había dado
-arriba don Baltasar el tiempo necesario; y es cosa averiguada que
-mientras recorría con el pañuelo todos aquellos espacios ardorosos,
-formulaba el resumen de las impresiones que había sacado de la visita,
-en los siguientes términos:
-
-—Verdaderamente es un lechón ese hombre.
-
-Como es averiguado también que, al salir á la calleja, vió que por ella
-iba alejándose cierta mujeruca muy chismosa con la que echaba él á
-menudo largos párrafos; que se empeñó en alcanzarla, que hasta corrió
-para conseguirlo, y que, después de detenerla y de ponerse cara á cara
-los dos, la dijo con mucho misterio y jadeando:
-
-—¡Sépase usted que resultó lo que yo me pensaba!... ¡Inés no traga
-á Marcones ni con jarabe!... ¡Lo sé de su misma boca!... ¡Me lo ha
-confesado ella misma!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-X
-
-POR DÓNDE FLAQUEABA EL BERRUGO
-
-
-Con pensar como pensaba y creer lo que creía el Berrugo sobre el
-_dogma_ de las minas de _oro puro_ y de los tesoros enterrados, había
-llegado á viejo sin dar á la versión vaga y confusa acerca de los
-del _Pirata_, mayor importancia que la que pudiera darle el aldeano
-menos iluso de los contornos de la Ribera. Consideróla siempre como
-«dichos de las gentes, á tontas y á locas;» y ocurriendo además que
-estos dichos sonaban muy poco y muy de tarde en tarde, hasta llegó á
-olvidarse de ellos. Las noticias sobre tesoros ocultos habían de ser
-de otra casta muy diferente para que don Baltasar las diera crédito, y
-de llegar á él muy de otro modo: con los mayores visos de formalidad
-y con los requisitos que pedían «esas cosas tan serias;» en fin, por
-el estilo de las dos que él llevaba recibidas hasta entonces: una de
-Ceuta y otra de Santoña. ¡Aquéllas sí que eran noticias! En un enorme
-cartapacio, la historia minuciosa del tesoro, acompañada del plano
-del terreno. Buenos cuartos le habían costado, y aún estaba el fruto
-sin recoger; pero el tiempo no envejece, y ya se vería el resultado á
-la hora menos pensada. En último caso, y dando por supuesto que los
-denunciantes hubieran fenecido en la empresa del desentierro, allí
-estaban aquellos papeles que no podían mentir, con sus planos en toda
-regla para guiarle á él, si quería desenterrarlos por sí mismo; y un
-viaje al campo de Algeciras y otro á cierta cañada de los puertos del
-Asón, no eran, en los actuales tiempos, hazañas del otro jueves. Por
-de pronto, dos adivinas de la ciudad, con quienes había consultado sus
-dudas en otras tantas ocasiones, le habían dicho que aguardara con fe
-lo prometido por aquellos honrados sujetos de Ceuta y de Santoña; y con
-la fe de un hebreo seguía aguardando, porque nunca fallaba la palabra
-de una adivina, cuanto más la de dos.
-
-Un día, no mucho antes de conocerle el lector, fué á consultar á una
-muy afamada de la villa próxima, sobre el paradero de un novillo que
-se le había extraviado y no parecía por ninguna parte. La adivina
-le dijo qué dirección había tomado el animal y en qué sitios debía
-buscarle; y ya se disponía el crédulo á pagar á la prodigiosa mujer
-la media peseta convenida por la consulta, cuando la tal, clavándole
-los ojos muy encandilados y mostrándole la baraja con una carta medio
-desprendida de ella, le dijo en voz de espectro embriagado:
-
-—¡Por su propia virtud se sale! ¡Señal es de que grandes cosas
-barrunta, que le interesan á usté!... ¿Quiere conocerlas por otra media
-peseta?
-
-—¡Vengan esas cosas!—respondió el Berrugo conmovido y temblando, no sé
-si de miedo supersticioso, ó de ansiedades avarientas.
-
-Con este permiso, la adivina volvió á tender las cartas; y combinando
-aquí y sumando allí, y murmurando ensalmos y conjuros; y ahora porque
-sota, y luégo porque caballo; y volviendo á barajar, y tornando á sus
-combinaciones; y porque si los oros abajo y si los bastos arriba, y
-las espadas antes y las copas después, y espanto viene y espeluzno
-va, llegó á decir al consultante estupefacto que había un tesoro más
-rico que todos los tesoros juntos de la tierra, y muy cerquita de su
-casa (de la casa del Berrugo), que le estaba destinado á él solo desde
-tiempos de muy atrás, y que con la vista de sus ojos y desde su propio
-tejado, podría alcanzar á ver el punto en que se escondía, si no se le
-ocultaran «aguas al frente, tierras acá, peñas arriba y cantos debajo.»
-
-El hombre se crispó al oir estas revelaciones, y pidió con ansia otras
-algo más precisas; pero la adivina le declaró que no podía darlas,
-porque no era ella quien hablaba en su boca; ni decía palabra de más ni
-de menos que lo que la mandaba quien sabía todas las cosas y la había
-dado esa virtud, en cambio de la desgracia de no poder salir de pobre
-con lo mismo que hacía ricos poderosos á los demás.
-
-El Berrugo se resignó; y después de pagar á la adivina, en monedas de
-cobre, la peseta convenida por las dos consultas, y de mandarla repetir
-las señas del sitio en que se ocultaba el tesoro, para grabarlas bien
-en la memoria, volvióse á Robleces con el convencimiento de que ni el
-tesoro prometido podía ser otro que el famoso del _Pirata_, ni el lugar
-de su escondite estar en otra parte que en la costa, por el lado del
-mar.
-
-Y sucedió luégo que pasaron unos cuantos días, y que pareció el novillo
-en el sitio indicado por la adivina. ¡Otro palito á la hoguera en que
-se abrasaba la credulidad ambiciosa del Berrugo! Acertando en lo uno
-aquella mujer, ¿por qué había de equivocarse en lo otro, aun suponiendo
-que fuera posible alguna vez que se equivocara una adivina? De
-razonamientos como éste fué obra el recado que dió el Berrugo al Josco
-para su padre, la noche en que conoció el lector á aquel personaje.
-Al día siguiente, la visita del médico que no pisaba los suelos de
-aquella casa años hacía; y en esa visita, la historia horripilante de
-la _aparecida_ que enseña á su hermano, con la luz maravillosa de su
-linterna, el camino por donde debía buscarse el tesoro; y las señas
-de este camino resultan idénticas á las que se le habían dado á él
-sin _haberlas pedido_; y á mayor abundamiento, una adivina pordiosera
-que llama á las puertas de don Elías, le dice que el tesoro existe,
-pero que no será para él; y el médico, con lo necesitado que está, se
-conforma, olvida lo del tesoro, y consagra sus afanes á la locura de su
-molino maquilero. En resumen, _se comprueba_ la existencia del tesoro
-en sitio bien determinado, por dos adivinadoras y una _aparecida_. Una
-de las adivinadoras, _sin que nadie se lo mande_, advierte al Berrugo
-que el tesoro de que se trata está destinado para él; y la otra cae,
-_como de milagro_, en casa de don Elías, y le declara que ese tesoro
-no llegará jamás á sus manos, porque no le pertenece. ¿Qué quería
-significar todo esto? ¿No eran bien elocuentes tantas y tan extrañas
-coincidencias acumuladas en tan breve tiempo? ¿Cabía mayor claridad en
-una revelación de aquella especie? ¡Ni las mismas de Santoña y de Ceuta
-eran merecedoras de tanta fe!
-
-Aquella noche se hartó de rezar á Santa Rita, y al otro día encargó á
-Inés que pusiera dos velas de á cuarterón en el altar de San Antonio.
-En seguida mandó á buscar al Lebrato.
-
-Acudió Juan Pedro sin tardanza, y el Berrugo se encerró con él en su
-cuarto.
-
-—No voy á pedirte dinero... por ahora,—le dijo, disimulando sus
-impaciencias con aquel arte diabólico que él tenía para esas cosas.
-
-—Lo mesmo fuera—respondió el Lebrato tranquilizándose mucho con la
-advertencia;—porque no hay en casa otros cuartos que los que se
-hicieran de mí, si se empeñaba usté en ello.
-
-—No es para tanto, hombre; no es para tanto... _todavía_, aunque, en
-uso de mi derecho, quisiera apretarte un poco para sacarte una hebra de
-la tajada que me debes. Ahora, quiero decir, por el momento, se trata
-de cosa muy distinta.
-
-—Pues usté dirá, señor don Baltasar.
-
-Y don Baltasar, después de rascarse el cogote y de soplarse las uñas
-apiñadas, y de atrapar en el aire con la mano un mosquito que pasaba,
-dijo:
-
-—Pues te digo, Juan Pedro, y no lo vas á creer, que toda mi vida he
-tenido un hipo, y que no quisiera morirme sin el gusto de haberme
-curado de él.
-
-—¿Y qué hipo es ese?—preguntó el Lebrato sin barruntar por dónde iban
-las intenciones de aquel sujeto de los demonios.
-
-—¡Pásmate, hombre!—exclamó el Berrugo enseñando toda su negra y
-desportillada dentadura, y cargándose del lado izquierdo sobre el rozón
-cuya asta empuñaba con aquella mano:—el hipo de salir una vez siquiera
-á la mar alta, y recrear un poco la vista desde allí.
-
-—¡Vaya con el hipo ese!—exclamó á su vez el Lebrato, muy satisfecho de
-que el hipo de don Baltasar no hubiera resultado pulmonía para él.
-
-—¿Te parece raro, verdad?
-
-—Maldita la cosa, señor: nada más en su punto que ese deseo.
-
-—Pues verás—añadió el Berrugo manoseándose la barbilla mal afeitada:—yo
-me dije en cuanto apuntó el verano: «Pues en éste ha de ser... y antes
-con antes, para que no me suceda lo que en otros muchos, que por irlo
-dejando para la semana que viene, nunca lo hice...» Y luégo pensé:
-«Juan Pedro tiene barquía, y anda con ella por aquellas honduras como
-yo por el corral de mi casa; el tiempo está seguro, la mar estará
-como un plato... pues ahora ó nunca. Voy á decirle á Juan Pedro que
-aborrezca medio día...» Y en eso estaba; y por eso fué el recado que te
-mandé por Pedro Juan antes de anoche.
-
-—Puedo jurarle á usted que no me dió ninguno.
-
-—Es que le dije yo que no corría prisa, como era la verdad; pero,
-amigo, hoy me he levantado de otro temple muy distinto... Conque
-¿tienes la barquía bien dispuesta?
-
-—De la campaña del _anguilo_ está, que acabo de dar por finiquita;
-conque hágase el cargo.
-
-—Me alegro. ¿Y la mar?
-
-—Como usté dijo: lo mesmo que un plato.
-
-—Pues entonces, Juan Pedro, cuanto más antes: mañana mismo... por la
-mañana... ¿Te parece?
-
-—En hubiendo marea para subir la barquía por la Arcillosa, para mí toas
-las horas son buenas, inclusen las de la noche... Conque... Aguárdese
-y perdone: hoy pleamar de una; bajamar de siete... á las once, media
-marea... Á esa hora, á las once, ya puede salir la barquía de onde está.
-
-—Pues á las once. Y ¿cuánto se tarda en llegar?
-
-—Contra corriente y dos remos solos... echemos hora y media.
-
-—Á las doce y media; y luégo allá otra hora... ¡Bah! todo será llevar
-la pitanza y matar la gazuza en la barquía.
-
-—Si es que no echa usté antes el estógamo por la boca.
-
-—¿Suele suceder eso muy á menudo?
-
-—Á los que no están avezaos, siempre que se embarcan.
-
-—Allá veremos: en último resultado, saldré ganando la comida que ahorre.
-
-—Si no nos la partimos entre el hijo y yo.
-
-—¿Pues no pensáis llevar vosotros la vuestra?—preguntó aquí el Berrugo
-con aire de asombro mezclado de disgusto.
-
-—Pensaba—respondió el Lebrato sin andarse en remilgos,—que, por esa
-vez, comeríamos los tres de una misma puchera; pero si á usté le paece
-mucho ese despilfarre...
-
-—¡Vaya que sois pegajosos como el mismo demonio! En fin, irá para los
-tres, ya que te empeñas; y no hay más que hablar. Á las once menos
-cuarto estaré mañana en tu casa. ¡Y silencio sobre estos particulares!
-
-El Lebrato se despidió y llegó á ella sin poder sospechar qué fines
-podrían guiar al Berrugo en aquel paseo que intentaba, tan extraño á
-sus conocidos gustos.
-
-Pedro Juan, cuando se enteró del caso, tampoco dió en el quid... ni lo
-intentó siquiera; pero, en cambio, dijo á su padre, y fué todo lo que
-habló:
-
-—¡Qué ocasión más güeña, coles!
-
-—¿Pa qué, Pedro Juan?—le preguntó el Lebrato.
-
-—Pa échale á fondo con un canto al pescuezo.
-
-Al otro día y á la hora calculada por el Lebrato, estaba la barquía
-fuera de la barra, con don Baltasar á bordo. Todo ello junto no
-abultaba tanto allí como un perdigón sobre una sábana extendida.
-
-—¡Cóspitis, qué grandísimo es esto mirado desde aquí!—exclamó el
-Berrugo agarrado con las manos á ambos careles para aguantar los
-balances del barquichuelo columpiado por las lentas ondulaciones de la
-mar, aunque se perdía de vista reluciente y llana como un espejo.—Cien
-veces lo ví desde arriba, y nunca lo creí tan ancho ni tan hondo...
-Allí está la isla. ¡Parece una seta grande! Y ¿qué hay en ella, Juan
-Pedro?
-
-—Un puro peñasco, como usté ve,—respondió el Lebrato.
-
-—¿Y por la parte de allá?
-
-—Lo mesmo que por la de acá: peñasco limpio.
-
-—¿Sin una mala gatera, hombre?
-
-—Le digo á usté que como por la banda de acá.
-
-—¿Y encima?... Parece que verdeguea algo.
-
-—Peñasco puro tamién: cuatro matucas de herbachos, y algún conejo que
-otro.
-
-—¡Hola! ¡Conque conejos! ¿Da modo que estará eso lleno de cuevas?
-
-¡De qué manera tan extraña y original pronunciaba el Berrugo la palabra
-_cuevas_! Parecía que se le llenaba la boca de monedas de oro y de
-sartas de diamantes.
-
-—Alguna que otra minuca, á modo de madrigueras—respondió el
-Lebrato.—Poco más de ná.
-
-—¿Tú has estado allí?
-
-—¡Horror de veces!... ¿Quiere usté que subamos ahora?
-
-—Si no hay más que eso que ver, no vale la pena.
-
-—No hay otra cosa... ¿Aónde quiere usté ir si no?
-
-—Por derecho hacia afuera, hasta que yo os mande parar.
-
-Bogaron los dos remeros en aquel sentido; y cuando llegó la barquía á
-un punto desde el cual, mirando hacia atrás, podía verse una extensa
-línea de costa á uno y á otro lado de la boca del puerto, el Berrugo
-mandó parar la rema y se sentó de cara á la barra.
-
-—¡Mucho me gusta á mí contemplar esos peñascos!—dijo, devorando con los
-ojos todo lo que veía de la costa.—Y paréceme que este lado de acá de
-la entrada es más bajo que el otro. ¿No te parece á tí lo mismo, Juan
-Pedro?
-
-—Eso bien á la vista está,—respondió el Lebrato.
-
-—¿Y cuál de estos dos lados os parece á vosotros más... más... vamos,
-más desconcertadote y descuajaringado?
-
-—Allá se andan entrambos en ese particular—respondió el Lebrato,—y en
-cá uno de ellos arman las rompientes buenos cañoneos cuando el caso
-llega. Pero ¿á usté qué más le da que sean esas peñas más recias ó más
-finas de barba, si usté no las ha de afeitar?
-
-—Pues ahí verás tú, hombre, cómo hay gustos para todo. Aquí me tienes
-á mí que me alampo por recrear la vista en un peñascal hecho una
-triguera... Y el caso es que no descubro yo cosa mayor de esa traza.
-
-—¿Cómo es eso de una triguera, don Baltasar?
-
-—Quiero yo decir... con muchos agujeros, hondos, ¡bien hondos! Así...
-
-Y barrenaba en el aire con las dos manos y con la cabeza, como si fuera
-abriendo una mina con todo el cuerpo.
-
-—¿Cuevas querrá usté decir?—preguntóle el Lebrato.
-
-—Hombre, tanto como _cuevas_...—respondió el Berrugo, acentuando á su
-modo esta palabra,—no diré... Pero, en fin, sean cuevas. Tampoco las
-veo.
-
-—Pues crea usté que no faltan: sólo que hay que atracarse mucho para
-verlas... Dende aquí puedo yo señalar una que paece la madre de toas.
-
-—¿Por qué?
-
-—Por lo grande.
-
-—¿Y hacia dónde está?
-
-—Cara á cara con la isla.
-
-—¡Con la isla! ¿Y es tan grande como tú dices?
-
-—Dicen que coge allá medio barrio de Las Pozas.
-
-Á todo esto, el Josco bostezaba de aburrimiento y de hambre, y el
-condenado Berrugo ni se mareaba ni se acordaba de comer. El Lebrato se
-pasaba muy á menudo la lengua por los labios y miraba al cesto en que
-iban las provisiones. Y como el tiempo corría sin que allí se hiciera
-cosa de provecho, atrevióse á decir á don Baltasar después de responder
-á su última pregunta:
-
-—Paéceme que podíamos aprovechar esta parada pa... tomar ese bocao.
-
-—¿Tanta gazuza tenéis, hambrones?—dijo el Berrugo muy contrariado con
-la observación.—Yo dejaba la comida para cuando estuviéramos adentro de
-la barra, y así ha de ser... pero antes quisiera dar un vistazo, desde
-abajo, á esa cuevona que tanto me has ponderado...
-
-—¡Coles!—dijo aquí el Josco con una sacudida sobre el banco, que hizo
-tumbar de una banda á la barquía.—¡Si hay más de media hora de rema!
-
-—¿Y qué vale eso para vosotros?—repuso don Baltasar en son de
-chunga.—¡Hala para allá; y con eso comeremos luégo con mejor apetito!
-
-Viró la barquía y se puso en el rumbo indicado por el Berrugo, entre
-las maldiciones que le iban echando mentalmente el Lebrato y á media
-voz Pedro Juan.
-
-—Pues, hombre—decía el condenado hijo del difunto Megañas, siempre
-agarrado á los careles del barquichuelo, que en ocasiones se hundía
-dulcemente, como si le chuparan desde el fondo de la mar,—si no es para
-recrearse uno en estas cosas, ¿á qué se viene aquí una sola vez en toda
-la vida?
-
-—Es una fantesía, vamos—dijo el Lebrato haciendo de tripas corazón;—y
-por otra pior le pudo dar.
-
-—Justo, una fantasía... Tú lo has dicho, Juan Pedro: una fantasía como
-otra cualquiera. ¿No la tiene el cura en venirse con vosotros cada
-lunes y cada martes, unas veces de día y otras de noche cerrada, por el
-gustazo de dar un tiento á las mojarras ó al anguilo?
-
-—¡Y que la tiene bien puesta el señor don Alejo, y que lo entiende de
-verdá, y que paece mentira lo gran mareante que es hoy, con los años
-que lleva á cuestas!... Pos golviendo á la fantesía de usté, ha de
-saberse que otras cosas se pueden ver en el mundo de menos fama que esa
-cueva.
-
-—¡Fama!—repitió el Berrugo mirando con avidez al Lebrato.—¿Qué fama
-puede tener ese covachón de mala muerte, hombre de Dios?
-
-—Fama, fama... tanto como fama, puá que no; pero lo que es nombrá, bien
-nombrá fué en un tiempo entre unos cuantos de mi oficio. Mire usté: al
-difunto _Lomias_, el hermano menor de Perrenques, que conocía estos
-sitios tan bien como yo, no había quien le quitara de la cabeza que en
-esa cueva estaban escondidos los tesoros del Pirata.
-
-El Berrugo creyó sentir de pronto el tintineo de un manojo de
-campanillas en los oídos, y que se le alargaba el cuerpo más de un
-cuarto de legua. Buscando una disculpa para taparse con las manos la
-cara, que podía delatar sus emociones, exclamó:
-
-—¡Qué barbaridad!
-
-Y añadió sin descubrirse todavía:
-
-—¡Parece mentira que haya un hombre capaz de creer en esos tesoros, y
-menos en que puedan estar enterrados aquí ó allá!
-
-—Pues ya sabe usté de uno que lo creía.
-
-—Y ¿por qué lo creía ese bobalicón?
-
-—Porque se lo había dicho una adivina.
-
-—¡Una adivina! ¡Qué te parece!
-
-Tuvo que hacer aquí una larga pausa don Baltasar, porque este nuevo
-dato le hizo perder la serenidad que iba recobrando, y dijo después,
-con la cara entre las manos aún:
-
-—Pero, hombre, si tanta fe tenía en la palabra de una embusterona de
-esas, ¿por qué no entró en la cueva á probar fortuna?
-
-—Primeramente, porque el sujeto era algo receloso de suyo al auto de
-cuevas prefundas; dimpués, porque la puerta de esa no está tan en llano
-como la de mi casa; y en final, porque la mesma adivina le alvirtió que
-no se cansara en buscar ese tesoro que no estaba destinao pa él.
-
-—¡También eso?—gritó aquí el Berrugo entre temblores y hormigueos de
-todas sus carnes.—¡Si te digo—añadió después de reponerse un poco,—que
-hay bestias con los sentidos más cabales que algunos hombres!... Y
-¿qué has hecho tú, Juan Pedro, que no has metido mano á ese platal?...
-porque tú creerás también en esas paparruchonas.
-
-—Yo, señor don Baltasar—respondió el Lebrato, no sé si con segunda
-intención,—estoy bien curao de sustos de esa clase, y sólo creo en que
-soy de los que nacieron pa jalar de la vida en beneficio de otros que
-la tienen bien regalona...
-
-Y así se fueron acercando con la barquía al punto deseado por el
-Berrugo.
-
-—Allí está la cueva,—dijo el Lebrato apuntando con el índice á un
-boquerón que se columbraba sobre lo que podía llamarse imposta de la
-fachada de aquella conglomeración ciclópea, y á una muy respetable
-distancia de lo que también se podría llamar cornisa de la misma
-fachada.
-
-Lo primero que observó el Berrugo fué que la cueva, por la distancia
-á que se hallaba de la boca del puerto, y por tener enfrente la isla,
-debía caer en el eje mismo del rayo de luz lanzado por la linterna
-maravillosa de la hermana de don Elías. Después notó que la mar
-jugueteaba al pie del peñasco entre un enorme rimero de piedras que
-parecían desgajadas de arriba, y se estremeció de pies á cabeza al
-recordar la seña más importante de las que le había dado la adivina
-para orientación del tesoro.
-
-—_¡Cantos abajo!_—exclamó en sus adentros; y para cerciorarse mejor,
-preguntó al Lebrato señalando al montón:
-
-—¿Qué es eso, Juan Pedro?
-
-—Pos bien á la vista está—respondió el preguntado:—peñas.
-
-—Peñas... sueltas, querrás decir.
-
-—Peñas serán siempre, sueltas ó amarrás.
-
-—Pues mira, así, de pronto, me parecían otra cosa: ¡como tiran á
-redondas y están tan amontonadas!... Vamos, que las tomé por... por
-_cantos_.
-
-—¿Cantos gordos?
-
-—Eso es: cantos gordos.
-
-—Pos cantos gordos son en finiquito.
-
-—Eso creo yo... Y ¿sabes que hubiera necesitado buenas agallas el
-difunto Lomias para subir á la cueva, si llega á intentarlo? Mira que,
-á ojo, no hay menos de cincuenta pies desde los cantos á ella... y sin
-un saliente á que agarrarse. ¡Debió de verse en buenos apuros el Pirata
-para subir y bajar tan á menudo! ¡Qué melenos, hombre, los que se lo
-tragaron!
-
-—La entrada á la cueva no hay que buscarla por ese lao, señor don
-Baltasar.
-
-—¿Por dónde si no, Juan Pedro?
-
-—Por arriba.
-
-—¡Por arriba!... ¡Si hay casi otro tanto como desde abajo para llegar á
-ella!
-
-—Corriente; pero arrepare usté por la rinconá de ese lao de la
-derecha... porque too ello en junto paece á modo de torre grandona, con
-un murio por cada costao. Por esa rinconá se hace pie onde se quiere;
-y como no está el peñasco á plomo enteramente, se abaja sin novedá
-hasta el balconuco; luégo es cosa de dos zancás á la izquierda, con el
-cuerpo bien arrimao al peñasco y las manos agarrás á los salientes...
-¡Si no me diera Dios trabajos mayores que el de entrar ahí! Si hubo
-Pirata, así entraría él, desembarcándose primero en aquella playuca de
-allá abajo, y guiándose luégo, pa conocer la cueva dende tierra, por la
-monteruca que tiene encima, como pa eso solo.
-
-El Berrugo miraba y remiraba el peñasco mientras el Lebrato iba
-diciendo esto. Acabó el uno de hablar, y aún siguió mirando y remirando
-el otro.
-
-De pronto se estremeció don Baltasar, apartó los ojos de la cueva y sus
-alrededores, y dijo á los remeros:
-
-—Todo esto que estamos hablando, es pura música sin substancia... Basta
-de cuevas y de mar, y vámonos para dentro cuanto antes, que también yo
-voy sintiendo ganas de comer.
-
-Remaron firme el Lebrato y el Josco, y media hora después estaba la
-barquía dentro de la barra.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XI
-
-LAS LUNAS DEL JOSCO
-
-
-Al día siguiente de estos sucesos, domingo por la tarde, y á punto de
-anochecer, iba Quilino á todo andar hacia casa de don Elías. Llevaba
-la cara medio tapada con el moquero, sujeto allí con las dos manos;
-el hongo con siemprevivas y plumas de pavo real, muy tirado sobre
-los ojos; la blusa azul con trencillas encarnadas, y los pantalones
-amarillos con cuadros verdes, muy manchados de polvo por el lado
-derecho, de arriba abajo. Al desembocar en la _brañuca_ que viene á
-formar una plazoleta delante de la _casa de los Médicos_, se halló casi
-frente á frente con don Elías, que asomaba por otra de las callejas que
-convergen allí. Indicóle por señas que tenía que hablarle, y el médico
-se detuvo, con el bastón entre las manos cruzadas atrás, la cabeza algo
-gacha y los ojos, llenos de curiosidad, clavados en Quilino, á quien
-no conoció hasta que le hubo mirado y remirado muy de cerca; porque es
-de advertir que Quilino ni apartaba el moquero de la cara, ni levantaba
-las alas del sombrero: no hacía más que indicar con la mano izquierda
-y una mirada tristona y suplicante, que deseaba tratar de su negocio
-arriba, en casa del médico.
-
-—Pero ¿qué mil demonios te pasa, hombre?—le preguntó por de pronto don
-Elías, cuya curiosidad necesitaba de ordinario mucho menos que aquel
-aparato misterioso, para desbordarse y no dejarle instante de sosiego.
-
-—¡Arriba, arriba!—continuaba dictándole Quilino con la mano y con los
-ojos.
-
-—Pues vamos arriba,—concluyó el médico entendiéndole.
-
-Entraron los dos en la casa; subieron á la salita; desalojáronla de
-mala gana las cuatro hijas del médico, que estaban riñendo en ella;
-cerró don Elías todas las puertas; y como ya no se veía allí cosa
-mayor, encendió con una cerilla el cabo de vela que sacó del cuarto
-de la médica, y se fué derecho á Quilino que aguardaba de pie en medio
-del despacho y en la misma postura de manos, de moquero y de hongo que
-había tenido abajo.
-
-—Á ver qué es lo que te ocurre,—le dijo al acercarse á él.
-
-Y Quilino quieto y mudo, y cada vez más encogido y tembloroso.
-Chocándole ya esto á don Elías, le arrimó la luz á la cara con una
-mano, y con la otra le apartó un poco el pañuelo que le tapaba la
-boca. Quilino lanzó entonces un quejido, y el médico vió que tenía los
-carrillos muy inflados y que había sangre entre los labios comprimidos.
-Se alarmó don Elías y corrió á buscar una palangana y agua fresca.
-Volvió al minuto con una de zinc roñoso y un jarro, y halló á Quilino
-descuajaringado en una silla.
-
-—¡Echa aquí lo que sea!—le dijo con imperio, poniéndole la palangana
-debajo de la barbilla.
-
-Pero Quilino miraba al médico con ojos de espanto, y no le obedecía.
-
-—¡Échalo te digo!—insistió don Elías.
-
-Y Quilino cada vez más angustiado y más rebelde.
-
-Entonces el médico posó el jarro en el suelo, y con la mano libre
-empujó por el cogote á Quilino, que aún se resistía, diciéndole al
-mismo tiempo:
-
-—¡Te digo que lo eches... aunque resulte la asadura!
-
-Con este zarandeo le vino un golpe de tos al paciente... ¡y allá va
-eso! Un tercio de la palangana llenó. El infeliz Quilino cerró los
-ojos por no verlo, y comenzó á palidecer. Don Elías no estaba mucho
-más sereno.
-
-—¿Es del arca, por si acaso?—le preguntó alarmado.
-
-Quilino dijo que no con la cabeza, y al mismo tiempo señalaba con la
-mano al carrillo derecho.
-
-El médico entonces le dió el jarro con agua y le dijo que se enjuagara
-bien. Hízolo Quilino á duras penas, porque estaba pálido y temblón como
-hoja de otoño que se cae del árbol; y en seguida, dejando don Elías la
-palangana y tomando la palmatoria, arrimó la luz á la boca de Quilino y
-díjole:
-
-—Ábrela bien... ¡Más, si puedes!... Baja un poco la lengua. ¡Ajajá!...
-Ya veo el manantial... ¿Tenías cabales las muelas de esta quijada?
-
-Quilino contestó que sí con los ojos.
-
-—Pues no te faltan más que dos á la hora presente.
-
-—¿No hay dá que hueso cascao tamién?—preguntó Quilino con voz
-enfermiza, después que el médico sacó los dedos de la boca.
-
-—Abre otra vez, y lo veremos.
-
-Palpó y miró el médico bien despacio, y no halló señales de lo que
-temía Quilino; pero sí dos hondas heridas en el carrillo.
-
-—Pero ¿cómo fué eso, hombre?—le preguntó mientras se limpiaba los
-dedos con el pañuelo.
-
-—Pos de una sola guantá,—respondió Quilino, más tranquilizado y después
-de escupir el último buche de agua sanguinolenta.
-
-—¿Á mano limpia?
-
-—Á mano limpia.
-
-—¡Vaya una mano de órdago!... Y ¿de quién es ella, si puede saberse?
-
-—Del Josco.
-
-—Claro: de uno así tenía que ser... Y ¿cuándo, dónde y por qué fué
-ello, hombre de Dios?
-
-—Es largo de contar eso, señor don Elías.
-
-—Entonces, cállalo, y perdona la curiosidad.
-
-—No hay que perdonar ni pa qué callarlo, porque las maldaes ¡recongrio!
-deben de conocerse por los hombres de bien.
-
-—Corriente. Pero antes de empezar, toma otro par de buches de agua,
-mientras yo te traigo un vasito de vino para que te confortes por
-adentro... ¡Ah! y por si me olvido de decírtelo después: cuando vayas á
-casa, te enjuagas unas cuantas veces del mismo modo, y mejor si mezclas
-el agua con un poco de vinagre... y cosa concluida.
-
-Salió don Elías muy diligente en busca del vino, porque eternidades
-le parecían ya los minutos que tardara en oir el relato prometido;
-enjuagóse el contundido mozo; y para salir de una duda que le estaba
-preocupando mucho, metió los dedos en la palangana y los paseó vuelta y
-media por el fondo. En seguida dió con lo que buscaba. Las dos muelas
-estaban allí.
-
-—¡Las dos, recongrio! ¡Enteras y verdaeras!... ¡Lo mesmo te he de sacar
-yo á tí los hígados el día que te coja á mi gusto! ¡Lo mesmo, recongrio!
-
-Con esta jaculatoria entre dientes y las dos muelas en la mano, le
-halló don Elías al volver á la sala con un cortadillo de vino tinto
-sobre un plato de loza muy cuarteada...
-
-—Échate esto al coleto, poco á poco—le dijo.—Pero, calla... ¡esas son
-tus muelas! ¿Dónde las tenías, hombre?
-
-—Estaban aquí,—respondió Quilino señalando á la palangana.
-
-—Con sus raíces enteras, limpias y campantes; ¡como no las arranco yo
-mismo con la llave inglesa!... ¡Y cuidado que la una es de las de tres
-patas!... ¡de las más negras de arrancar!... ¡Vaya un empuje de brazo!
-
-Después de hablar así, y viendo que Quilino se guardaba los huesos en
-el bolsillo repicoteado de la blusa, arrojó el contenido de la jofaina
-por el balcón.
-
-—Éstas se las ha de tragar él angún día, ¡recongrio!—decía Quilino
-mientras guardaba las muelas y de modo que le oyera don Elías.
-
-Oyólo, en efecto; y al mismo tiempo que vertía agua limpia en la
-jofaina para esclarecerla, lavándose de paso los dedos en ella, anotó
-lo dicho por Quilino de este modo:
-
-—Bien está ese propósito en un hombre de tan buenas agallas como tú;
-pero, por de pronto, ten mucho cuidado con no darle antes motivos á él
-para que vuelva por las que te dejó en la boca esta tarde.
-
-—¿Á mí?—respondió Quilino contoneándose en la silla, después de beberse
-lo poco que quedaba en el vaso.—¿Á mí arrancarme él otra muela más, ni
-medio diente tan siquiera!... ¡No me conoce usté, don Elías!...
-
-El cual acabó su tarea en dos voleos; sentóse junto á Quilino en
-seguida, y le dijo:
-
-—Cuenta ahora todo lo que tienes que contarme.
-
-Quilino comenzó por echarse el hongo hacia atrás; luégo encendió un
-cigarro; después se palpó el carrillo derecho, que se le iba hinchando
-bastante, y por último habló así:
-
-—Yo tenía cuentas pendientes con el Josco... porque quizaes sepa usté
-que Pilara me tiene, de meses acá, á resultas de lo que él hable, y
-nunca acaba de hablar.
-
-—Estoy enterado, ¡perfectamente enterado de eso!—dijo el médico con el
-mismo aplomo que si fuera cierto lo que afirmaba.—Adelante.
-
-—Pos güeno—prosiguió Quilino palpándose la hinchazón, que no le dejaba
-pronunciar las palabras con la soltura de costumbre:—hubiendo esas
-cuentas entre los dos, yo he tratao de ajustalas muchas veces...
-¡Recongrio! ¿quién se atreve á sosteneme á mí que no está muy puesto en
-razón esto que yo quiero?... Y queriéndolo así, yo he tratao del caso
-las miles de veces con Pilara; y Pilara en sus trece: que vente mañana
-y que güélvete otro día... Yo tengo mi porqué, anque no sea mucho; el
-Josco, ni tanto siquiera... ¡Recongrio! con esto solo estoy en derecho
-de llamame á la parte en casos como ese... ¿Qué hay que decir en
-contra?... Quisiera yo oirlo... ¡Quisiera yo oirlo, recongrio!
-
-—No hay que acalorarse, Quilino, no hay que acalorarse—interrumpió el
-médico con gran formalidad.—La razón es tuya, no se puede negar. ¿Y la
-familia? ¿Sabe algo de ello? ¿Te recibe bien?...
-
-—¡Recongrio! ¡Pos podía no!... Vamos al punto. Estando así las cosas,
-la otra tarde, en la ré, tuvimos unas palabras yo y el Josco; y no
-hubo allí una trigedia, porque mos desapartaron... Esto me enconó
-la sangre; y por la noche juime en cá Pilara pa dejar de una vez pa
-siempre aclarao el sí ú el no; y ¡recongrio! malas penas entro en el
-portal onde estaba toa la gente de la casa, cuando cata al Josco como
-llovío de las nubes y sin querer pasar más aentro de las goteras, y
-cata á Pilara, que andaba roncerona conmigo, arrimándose á él hecha
-unas mieles... ¡Recongrio! ¡esto era una somostá pa mí! Por tal la
-consideré, y juime pa casa por no ver aquello. Pero yo estaba en razón
-quisiendo saber si el Josco había hablao ú no había hablao aquella
-noche. ¿No es esto la pura verdá, recongrio?
-
-Don Elías respondió afirmativamente con un gesto.
-
-—Pos pa sabelo—continuó Quilino,—me abajé al otro día, muy de mañanuca,
-á Las Pozas. No pasé del Portillo, porque allí consideré, pensándolo
-mejor, que quien tenía la obligación de aclarame el caso, era Pilara...
-Güelta pa el barrio de la Iglesia. Me planto en la juenti aonde ella
-suele dir á aquellas horas; y espera que espera, Pilara no venía.
-Aborrecíme; y pensando que ya me echarían de menos en casa, á casa me
-golví. Dende aquel punto y hora, el diablo paece que me la enculta,
-porque no he podío dar con ella... hasta esta tarde en el corro; y
-no era cosa de ajustar esa clase de cuentas allí. Pero la bailé tres
-veces, y ¡recongrio! pior que pior; porque si dende lejos me alampaba
-por ella, acercuca, acercuca y viendo retemblale las gorduras, es cosa
-de... ¡Recongrio, qué grandona es y qué maja!
-
-—¡Buena mozona está de veras!—dijo aquí el médico, y no por complacer á
-Quilino solamente.
-
-—Le digo á usté, don Elías, que es pa perdese un hombre, ¡pa perdese,
-congrio!—exclamó hecho una pólvora Quilino;—y eso es lo que me ha pasao
-á mí... ¡Y luégo le dicen á uno que si va por esto ú por lo otro, y no
-por el puro personal de ella! ¿De qué será la sangre de esas gentes,
-recongrio? ¿De qué pensarán que es la mía?... Pos á lo que voy: estando
-en esto, ahí viene el Josco, que de pascuas en San Juan se le ve una
-vez en el corro de este barrio; y viniendo el Josco, bien portao de
-ropa, porque la tiene pa esos casos; pero más jarisco y resecón que
-lo jué nunca, ¡sacabó el mundo pa Pilara, que ya no tuvo ojos pa
-mirar si no era al jabalín de Las Pozas! ¡Y Quilino, señor don Elías;
-Quilino, ¡recongrio! rumiando venenos y amargores, y amarrando las iras
-pa no abrir en canal á aquel hombre y perdese con él pa sinfinito!
-¡Recongrio, qué ratos pasé! Dempués bailó el Josco con ella... cosa
-que en los jamases había hecho... ¡en los jamases, congrio! Esto acabó
-de cegame. Quise echale ajuera en una güelta á lo alto, cosa curriente
-en toas partes... ¡y no se salió, recongrio! ¡no se salió ni por esas!
-Híceme el tonto al agravio, por no perdeme allí y á medio pueblo
-conmigo... y hartéme de bailar con las otras mozas.
-
-—Bien hecho, Quilino, bien hecho. ¡Eso es ser prudente de veras!
-
-—¡Si yo soy así, don Elías!... ¡Le digo á usté que soy así, anque
-paezca mentira con estas agallas que tengo, recongrio! Pos, señor, que
-sacabó el corro; y acabándose el corro y viendo yo que Pedro Juan iba
-á tomar ruta á Las Pozas, atajéle el camino por un arrodeo; y en el
-callejo del Hisuco, híceme el alcontraizo con él. «¿Se va pa casa, eh?»
-díjele yo. «¿Y cai con eso?» me arrespondió parándose de plonto. «Pos
-ná, hombre,» díjele yo otra vez, «hablar por hablar como entre güenos
-amigos.» Así escomencemos, don Elías; y hablando, hablando, el hombre
-jué templándose; y al ver yo que la cosa estaba en punto, díjele: «Pos
-yo tenía que decite dos palabras respetive á esto y á lo otro.» Y se
-lo estipulé finamente; sin faltale, vamos... ¡sin faltale ni en tanto
-así, recongrio! El hombre se quedó algo cortao en primeramente; dempués
-golvió á decime: «¿Y cai con eso?» Y yo arrespondí: «Pos tal y cual,»
-¡siempre finamente, recongrio, y sin faltale en cosa anguna! Al último
-me dijo: «Que la haiga hablao ú que no, no es cuenta tuya.» «¡Hombre!»
-le dije yo otra vez; «que mira esto, que considera lo otro... que
-por aquí, que por allá,» y él que: «Déjame en paz,» y «que arriba y
-que abajo.» Y por este orden jué tomando auge la cosa. «Te digo por
-tu bien,» me dijo en remate, «que sigas tu camino en paz.» «Pos ahora
-es cuando hay que apretar,» díjeme yo, pensando que el hombre se
-encogía... Sí que arreparé que se le abajaba la color y le temblaba
-mucho un carrillo por arrimao á la ojalera; pero tomé el caso á favor
-mío; arrastróme esta fortaleza y esta entraña que tengo, y pensando
-aturdile, le llamé cobardón y sinvergüenza, echando al mesmo tiempo
-centellas por los ojos... ¡Recongrio!...
-
-—¡Valentía fué de veras la tuya, Quilino!—exclamó el médico.
-
-—¡Valentía?...—respondió Quilino creciéndose medio palmo.—Le digo á
-usté que á mí no se me conoce hasta la presente, ¡recongrio!
-
-—¿Y qué respondió él á esa provocación tuya?
-
-—Lo que no hubiera respondío á estar yo más sobre mí de lo que estaba.
-Porque yo, señor don Elías, no me alcordé en aquellos momentos de que
-el Josco es hombre de lunas, y que en aquel estonces podía muy bien
-estar con ella; y á los valientes así, el valiente que se les cuadre
-debe cogerlos siempre la delantera... Si yo doy en el ite, don Elías;
-si yo doy en el ite, ¡recongrio! detrás de las palabras va la mano, y
-tiene que dir la josticia á levantale esta noche en el callejo. Pero
-no jué así por un olvido mío, y se me adelantó él á mí, como era de
-esperar.
-
-—Bien; pero ¿de qué modo se adelantó?
-
-—Pos... con la guantá de que hablé endenantes.
-
-—¿Sin prevenirte con una mala palabra?
-
-—¡Ni una, recongrio! Y esa es la traición que ha de pagame sin tardar
-mucho.
-
-—Y tú ¿qué hiciste?
-
-—¿Qué había de hacer, recongrio? ¿Dióme él tiempo pa ná? ¡Si aquello
-jué un rayo que vino sobre mí! Sentí el golpe; resonóme aentro como
-si me hubieran espatarrao la cabeza con un mazo de encambar; dí cosa
-de tres güeltas alreguedor; y cuando vine en conocimiento, me ví solo
-en el callejo y sangrando por la boca. Como no sabía de qué era ni lo
-que podía salir por allí, apretando mucho las quijás y cerrando bien
-los labios, víneme de una correndera á que me reconociera usté... Pero
-¡recongrio! si cuando golví en mis cabales me alcuentro cara á cara
-con el traidor, me pierdo, señor don Elías, ¡me pierdo, recongrio, por
-éstas que son cruces!...
-
-—Pues mira, Quilino—díjole el médico, y creo que sin poner en duda las
-valentonadas del mozalbete,—más vale que no te encontraras con él. Es
-hombre el Josco de mucho puño y malas moscas; y una buena dentadura,
-como la que á tí te queda, no tiene precio.
-
-—¿Y cree usté—le preguntó Quilino señalando al carrillo, que seguía
-hinchándose,—que esto no pasará á cosas mayores?
-
-—Lo creo, como creo también que Pilara está muy enamorada de Pedro
-Juan; y lo creo porque lo sé, ¿entiendes? porque lo sé; y habiendo esto
-por medio, no debes tú empeñarte más en ese imposible en que estás
-enredado.
-
-—¡No empeñame más!... ¡Recongrio! Primero que yo eche pie atrás sin
-que esto sea con su cuenta y razón, acaba medio Robleces entre mis
-manos... ¡Si le güelvo á decir á usté que á Quilino no se le conoce
-aquí entoavía, recongrio!
-
-—¡Bah!... todo eso es pólvora de los pocos años—dijo don Elías
-levantándose y llevando en seguida á Quilino hacia la puerta
-de la sala, donde le añadió al oído y con mucho misterio estas
-palabras:—Mira, hombre: si quieres consolarte del fracaso de tu negocio
-con Pilara, yo te citaré otro de mucho más bulto. ¿Conoces á Marcones
-el de Lumiacos?
-
-—¿El estudiante que ha dao en venir á Robleces toas las tardes?
-
-—Ese mismo.
-
-—Sí que le conozco.
-
-—Pues ese pedantón sin vergüenza ha ahorcado los libros que estudiaba,
-y anda ahora á caza del gato del Berrugo, casándose con su hija, Pero
-¡morruda castaña le van á dar!... Porque Inés no le traga ni á palos.
-Me lo ha confesado ella misma. ¡Eso es lo que se llama una calabacera
-de órdago! Puedes correrlo por ahí si te da la gana.
-
-Con esto despidió á Quilino, enterándole antes de lo que debía hacer en
-el caso de que se le enconaran las heridas del carrillo; y en seguida
-llamó á sus hijas á la sala para contarlas, á su modo, quiero decir,
-aumentándole en más de la mitad, el suceso de Quilino con todos sus
-precedentes y consecuencias. Estas comidillas suplían en aquella casa
-por la mejor de las cenas; y cabalmente la de aquella noche fué de las
-más frugales de todo el año.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XII
-
-EN QUÉ MANOS ANDABA INÉS
-
-
-Jamás se supo qué hizo don Baltasar en lo del asunto que motivó el
-paseo marítimo recién historiado, en los días siguientes á él, ni si
-hizo algo siquiera; pues si lo hizo, fué por sí solo y sin que nadie se
-enterara de ello. Lo que no puede negarse es que faltó de casa en la
-primera semana más veces que las de costumbre, y que á la preocupación
-que le distraía, siempre que no necesitaba los cinco sentidos para
-consagrarlos á sus habituales tareas, se debió el que no reparara
-lo que sin aquel motivo hubiera reparado: en lo pegajoso que se iba
-haciendo allí Marcones, y en el calor con que se tomaba entre el
-sobrino y la tía la educación primaria de Inés.
-
-Sólo cuando los días corrieron y tras de la sorpresa de ver á su hija
-muy peripuesta y repeinada, fué recibiendo otras no menos chocantes,
-como las de hallar su cama muy curiosa y bien mullida, sin mugre y con
-toalla limpia el palanganero, su ropa de uso con los botones completos
-y sin manchas ni descosidos, el techo sin una sola telaraña, y muy
-fregoteado el suelo, la mesa puesta con orden y limpieza á las horas de
-comer, y cada mueble de la casa en su sitio; sólo, repito, cuando todo
-esto y algo más á su semejanza aconteció, por la fuerza misma de las
-cosas volvió la atención hacia ello. Examinólo más despacio entonces; y
-cuando su curiosidad andaba rayando con el asombro, llamó aparte á la
-Galusa, que seguía con el gobierno de la casa, y la preguntó:
-
-—¿Qué mil demonios pasa aquí? ¿Con qué se ha curado Inés tan de repente
-de aquella galbana que la tenía siempre como perro á la sombra? ¿Por
-qué se peripone y se lavotea? ¿Por qué está mi cuarto hecho unos soles,
-y no se ve en toda la casa un lamparón, ni una silla con polvo ni fuera
-de su lugar?
-
-Toda esta descarga de preguntas recibió la pelindrusca aquélla
-sonriéndose con toda su bocaza, rascándose los brazos desnudos
-y mirando á su amo con una pascua en cada ojo; y después de
-hacerle desear un poco la respuesta, se la dió en estos términos,
-encareciéndolos mucho con el tono y los ademanes:
-
-—Todo eso que se ve y más de otro tanto como ello, que no está tan á la
-vista, es obra de ese dimoño de muchacho.
-
-—¿De tu sobrino?
-
-—Del mesmo... ¡Le digo que paece mentira! Si tuviera los mengues en
-el cuerpo, no hiciera más milagros de los que ha hecho en tan pocos
-días... Está Inés que no se la conoce... ¿Ve usté cómo limpia? Pos lo
-mesmo escribe ya y saca cuentas y va aprendiendo las miles cosas que
-Marcos la enseña en libros. ¡Lo que sabe el mal demónchicos de él!
-¡Y cómo lo cierne y lo habla y sabe ponerlo en la palma de la mano
-para que se vea como es debido! No, y ella no es de las que tienen
-por fantesía los ojos en la cara: la verdá hay que decirla siempre;
-y le aseguro, porque lo he visto, que en el aire pesca la endina las
-enseñanzas... ¡en el aire, vamos! Como que no paece sino que son nacíos
-pa entenderse los dos en esos particulares... y en otros muchos.
-
-—Que tu sobrino—replicó el Berrugo en el tono de burla fría que le era
-propio,—la enseñe á escribir y contar y algunas cosas más de las que él
-sabe... á costa de quien yo me sé, no me pasma; ¡pero á ser limpia?...
-
-—¡Pos hasta eso!... Y ¿por qué no ha de enseñárselo igualmente?
-
-—Porque nadie puede dar lo que no tiene; y ó yo no le he mirado bien,
-ó tu sobrino Marcos puede llevar un plantío de berzas en cada mano.
-
-—¡Qué cosas que tiene este hombre!—dijo aquí la Galusa algo picada.—El
-mi sobrino Marcos tiene más limpieza que todo eso... Y aunque no la
-tuviera, si sabe enseñar el modo de que otro la tenga, ¿qué más da?...
-¡Vaya que se le paga al enfeliz con buen rumbo el trabajo que se toma
-por puro antusiasmo y pujos naturales de hacer el bien!
-
-—Poco á poco sobre eso—dijo el Berrugo amoscándose.—En decir que tu
-sobrino es puerco, no falto á la justicia, porque á la vista lo lleva;
-pero el meterme tú por los ojos las enseñanzas que da á Inés como un
-favor del otro jueves, ya va por caminos muy diferentes. En primer
-lugar, yo no le llamé para que se tomara ese trabajo: él y tú lo
-barajásteis con Inés, sabe Dios cómo; en segundo lugar, si tu sobrino
-tiene vergüenza, á más que á eso le obliga el dineral que aflojé yo
-para ayudar á que aprendiera lo que sabe, por ceguedades con que le
-atolondran á uno los demonios, y por arrastrados miramientos que nunca
-lloraré bastante... ¿Lo entiendes?... Pues ahora le puedes ir con el
-cuento si te acomoda; y si le parecen mucho las Indias que me da con
-sus enseñanzas á Inés, que la deje sin ellas: al fin y al cabo, para
-hembra, le sobraba la mitad de lo poco que sabía, y yo bien hecho
-estoy á vivir entre roñas... como tú; y si me apuras un poco, hasta
-me engordan; pero si quiere seguir, y no haría nada de más, ni tú
-tampoco en aconsejárselo, que no espere que yo se lo agradezca tanto
-así (y marcó lo negro de la uña del dedo meñique); porque, como ya te
-he dicho, bien pagado se lo tengo... ¿Te vas enterando? Pues contigo
-va también la solfa, por si acaso quieres entonar con ella la letanía
-de alabanzas á tu sobrino... Y en seguida, vuelve por otra: ya ves que
-aquí se sabe corresponder como es debido... Y mírame los colmillos.
-¿Ves qué retorcidos están?... Por si habías soñado con jincarme los
-tuyos en parte blanda con el memorial de sabidurías del zanguango...
-
-Aunque la Galusa estaba bien acostumbrada á las genialidades de su
-amo, y solía reirse de muchas de ellas porque eran chisporroteos que
-no podían quemarla ni el pelo de su ropón de ama y señora inamovible
-de la casa, las de esta vez ya le penetraron más hondo, no solamente
-por las especies apuntadas en ellas, el tonillo chocarrero de que iban
-acompañadas y lo grave del asunto con que podían ligarse en definitiva,
-sino porque esa vez no era la primera, ni siquiera la cuarta, que, en
-poco tiempo, la domada bestia se atrevía á enseñar los dientes y las
-garras á la domadora.
-
-—¿Qué es lo que _se quiere_ decir con eso?—preguntó de repente la
-ofendida, poniéndose en jarras, un poco doblada por los ríñones, con el
-pescuezo rígido y los ojos clavados en los del Berrugo.
-
-Sabía éste, por una larga experiencia, que las grandes cóleras de su
-criada comenzaban á estallar suprimiéndole á él la personalidad en
-sus invectivas, para eludir todo tratamiento; pero más valiente en
-esta ocasión que en otras semejantes, cuadróse á su vez delante de la
-retadora, y la contestó remedándola el estilo:
-
-—Se quiere decir con eso, lo que nos da la real gana. ¿_Quedamos_
-enterados?
-
-—¡No... mal hombre!—repuso la cotorrona hecha un basilisco;—¡no quedo
-enterada!... ¡Porque yo no hice qué pa merecer eso! ¡Y aquí pasa algo
-de un tiempo acá, que quiero saber!... ¡Yo no soy ya lo que era!
-
-—Eso bien salta á los ojos—dijo el Berrugo con una calma incisiva que
-acabó de exasperar á la Galusa.—No hay más que vernos la estampa.
-
-—¡Miren por onde se descuelga el grandísimo... pendejo, que tamién
-tiene que ver! La culpa tuvo quien no se dió á valer más cuando lo
-valía, y puso manjar de reyes en boca que merecía carrancas... Ahora
-viene el pago en la moneda de todos los desalmaos: dispués de comernos
-la hebra...
-
-—Justo—interrumpió don Baltasar,—arrojamos los huesos. Nada más puesto
-en razón... Pero entiéndase que no se va por ese camino ahora, ni hay
-para qué llorar golpes que no se han recibido... Y ya se ha dicho lo
-bastante y hasta de sobra, para que se nos entienda... y lo dicho se
-repite... y de lo dicho se responde... y si se quiere más claro, se
-pone al sol... y si pica, rascarse... y si duele, que duela... ¿Lo
-vamos entendiendo mejor?... Pues nos alegramos... y hasta otra.
-
-Con esto, chasqueó los dedos don Baltasar; hizo una zapateta delante de
-la criada, trémula de ira, y se largó de allí arrastrando la escoba que
-llevaba en la mano.
-
-No le contó la Galusa todo esto á su sobrino; pero le dijo sobre ello
-algo que debía saber, para tenerlo muy en cuenta.
-
-—Yo no sé—le dijo entre otras cosas,—qué es lo que le pasa á ese pícaro
-de hombre de un tiempo acá. Antes era un borrego para mí; y sin dejarse
-llevar en todo por onde yo quesiera llevarle, tampoco se empeñaba en
-arrastrarme consigo contra mi gusto... Pero ahora, hijo del alma, ¡ya
-te quiero un cuento! Se da á la burla y al chungue cuando le hablo
-de lo que no quiere oir... y gracias que se conforma con eso... ¡Ay,
-Marcos, qué otra era yo en esta casa en aquellos días de la difunta,
-y hasta en algunos más cercanos! ¡Cómo me contemplaba el endino y me
-buscaba el buen gesto, y qué recio tosía yo delante de él!... Pero,
-hombre, ¡si fué ayer, como quien dice, cuando entoavía supe arrancarle
-esos cuartos pa la tu carrera, que era punto más que tocar el cielo con
-las uñas! Cierto que ya por entonces me costaba un triunfo lo que antes
-conseguía yo con sólo un mirar de los ojos; pero ¡tanto como esto de
-ahora!... Porque la cosa va empiorando de día en día... ¡Y tengo que
-andar con un tiento!... Á veces pruebo á enfadarme: pior que pior...
-¡Cristo del alma! no digo yo que enfadarme, con sólo ponerme josca en
-tiempos de la difunta... y algunos de más acá, ¡cómo le abajaba los
-humos al arrastrao, y qué blando me miraba... y qué!... Pero, hombre,
-¿en qué consisten estas cosas?
-
-Marcones, que escuchaba á su tía con mal ceño y mucha atención, la
-respondió al punto:
-
-—En que desde esa difunta acá, han pasado muchos años, tía; y con
-los años, que todo lo consumen, van cambiando las personas hasta en
-estampa; y con las personas y las estampas, los pareceres y los gustos
-y los deseos; y lo que ayer se apetecía por sabroso, hoy se aborrece
-por insípido; y el que antaño era mozo de correa, ogaño es un vejancón
-que no puede con las bragas...
-
-—Y mira que bien puedes estar en lo cierto, Marcos; que ya me iba yo
-barruntando algo de ello por más de cuatro señales... Pero á lo que te
-voy: por éstas y otras, no hay que fiar cosa alguna de ese hombre pa el
-asunto que traes entre manos.
-
-—Que traemos.
-
-—Sea como mejor te paezca. Y dígote, Marcos, que te andes con mucho
-tiento en el particular; que no rastree ese... mal alma, ni una pizca
-de cubicia en tí... Tú no eres pa él más que un mozo agradecío que paga
-parte de lo que debe al padre, con el beneficio que hace á la hija. ¿Te
-vas enterando?... ¡Y golpe á la hija... que quiera que no! Porque si de
-ella no sale, no hay otra puerta á que llamar.
-
-—¿Responde usted de que no se me cierren las de esta casa?
-
-—De eso creo que sí, si tú te mantienes en el ten con ten que te he
-dicho; porque él es gustoso de que sigas desasnando á Inés.
-
-—Pues todo lo demás corre de mi cuenta.
-
-—¿Y qué tal marcha la cosa, qué tal?
-
-—Como una seda, tía... ¡como una seda!... ¡le digo á usted que como una
-seda! Inés ve por mis ojos, discurre con mi entendimiento, y no pisa
-otro camino que aquél por donde yo quiero llevarla.
-
-—¿Y la has dicho ya algo por onde pueda leerte la voluntá?
-
-—Me voy dejando caer siempre que lo pide el caso.
-
-—Y ¿qué tal, qué tal lo recibe?
-
-—Como una seda, tía... ¡lo mismo que una seda!
-
-—Pos eso es lo prencipal... Yo, bien lo irás notando, poco vos estorbo
-con la presencia...
-
-—Sí; pero eso no basta: hay que seguir avivando el fuego que queda
-encendido en ella cuando yo me marcho.
-
-—En eso estoy, Marcos; y bien sabes que lo hago los más de los días,
-y que si no lo hago en todos, es porque no la suspenda el machaqueo.
-Ayer, sin ir más allá, ¡qué cosas la dije en un ratuco que se me vino á
-las manos! «¡Vaya, que buena estrella te alumbró,» la dije yo así, «el
-día en que el mi sobrino se nos coló por esas puertas! Estabas hecha
-una venturá y como un palomino á oscuras, y en un quítame esas pajas te
-güelve ese Merlín de Satanás lo de arriba abajo, como el otro que dice,
-y te hace otra mujer de la que eras, y toda una señora como lo debías
-de ser... ¿No paece que hablan ángeles por su boca cuando te pedrica lo
-que quiere enseñarte, y que lleva un hechizo en la mano cuando pinta
-aquellas escrituras que imitas tú tan guapamente? Pos esto, hijuca,
-se puede estimar en lo que vale, porque á la vista está; pero ¿qué te
-diré yo de lo que anda enculto y en los adrentos de la persona? ¿Cómo
-te emponderaré lo que no has podío ver entoavía? ¿Qué alabanzas serían
-bastantes pa poner onde se debe aquel sentir cariñoso; aquel corazón
-de perlas, que de tan grande como es no le cabe entre pecho y espalda,
-y aquella santidá de prencipios que le consume y desmejora apurándose
-lo que no debe por el bien de los demás?... ¡Si te digo, Inés, que en
-ocasiones miles me entran como pesaumbres de verle tan tirao por la
-Iglesia, al hacerme el cargo de lo mucho que escasean en estos tiempos
-los buenos mandos y los padres de familia como debieran de ser! ¡Dios
-sabe lo que se hace; pero á mí no hay quien me saque de la cabeza que
-no tendría que envidiar cosa anguna á la princesa más relumbrante, la
-mujer que alcanzara la suerte de un hombre como el mi sobrino!...» Y
-así, por este arte, fuí pedricando y pedricando...
-
-—Y ¿qué respondía ella?—preguntó aquí Marcones, en cuya caraza estaba
-pintada la convicción de que él valía todo aquello y mucho más.
-
-—Aticuenta que ná, y aticuenta que mucho—dijo la Galusa.—Ná, porque
-fueron pocas sus palabras; y mucho, porque toas ellas fueron un puro
-_amén_; y más entoavía que por esto, por aquel mirar de ojos dulces, y
-aquel reir de boca placentera... y hasta aquel sospiro temblón con que
-escuchaba sin perder tilde todo lo que yo la iba pedricando.
-
-—¿Sabe usted una cosa, tía?—volvió á preguntarla Marcones, después de
-permanecer un rato en silencio con la cabeza medio inclinada, una mano
-en la sobarba y los ojos muy abiertos.
-
-—Tú dirás, Marcos,—respondió la Galusa arrimándose más á él.
-
-—Pues digo que, á veces, tengo algo de miedo á mi propia obra.
-
-—¿Por qué, hijo?
-
-—Porque usted no sabe los peligros que se corren en meter de repente
-en una cabeza tantas luces como he metido yo en la de Inés, cuando
-se quiere que esa cabeza no suelte el freno que uno le pone para
-gobernarla.
-
-—No te entiendo.
-
-—Quiero decir que cuando más se espabila un entendimiento, más se
-aficiona á discurrir por su cuenta propia; y discurriendo mucho de este
-modo, más deseos hay; y habiendo más deseos, más se comparan las cosas;
-y comparándolas, no se toma lo que se nos da, sino lo que escogemos
-nosotros... En fin, yo me entiendo. Pero no quiere esto decir que hasta
-la fecha tenga yo el menor motivo para temer que se me quede la obra
-entre las manos, hecha trizas; ya le he dicho á usted que no puede ir
-el asunto mejor de lo que va. Lo que temo es por el día de mañana, si
-no conjuro los peligros hoy.
-
-—¡Pues conjúralos, hombre!
-
-—¿Qué más quisiera yo, rayos y centellas!... Pero ¿cómo? ¿No sabe usted
-que yo no soy un mozo soltero como todos los demás? ¿que entro en esta
-casa como un seminarista en vacantes, á enseñar á la hija de su padre
-lo mucho que ignoraba?... ¿que con este ropaje que visto no puedo
-llamar á las cosas por sus nombres, y necesito una eternidad de tiempo
-para no echar á perder lo que, en otras condiciones, daría yo por
-acabado en pocos días? ¡Ah, si yo pudiera vestirme de colores y echar á
-la lumbre el medio balandrán que tanto me pesa!
-
-—¡Pues échale, alma de Dios!
-
-—Tras de ello ando; pero muy poco á poco, para no dar el golpe en
-falso. Á veces creo que ya es hora, por ciertas señales; pero luégo
-pienso de otro modo; y para asegurarme más, lo aplazo para otro día. Y
-así estoy consumiéndome la sangre, asándomela, mejor dicho; porque ha
-de saber usted también, que desde que veo á esa muchacha tan limpia,
-tan peripuesta, tan alegre... tan realísima moza, me llevan los
-demonios hasta con el aire que se le enreda en el pelo y las moscas que
-se la ponen encima... ¿Me va usted entendiendo ahora mejor?
-
-—¡Vaya si te voy entendiendo!... Sólo que no tengo los recelos que tú,
-porque la cosa marcha en el aire. Pero, por si acaso, no eches en
-olvido lo que te dije. Espéralo todo de ella... ¡y aprieta de firme
-ahí! Por lo demás, y si á recelos fuéramos, uno bien gordo podía yo
-tener...
-
-—¿Cuál?
-
-—Pos el de que tú no pescaras la breva que buscas, y perdiera yo la que
-tengo bien ganá.
-
-—¿Cómo, cómo?
-
-—¿Cómo? Llegando Inés á crecerse tanto, que tú le paecieras poco, y
-quisiera ser ama de su casa. ¡Y mira que ya no puedo contar con aquel
-arrimo que en otros tiempos me puso aquí por encima de la madre que la
-parió! Tú lo has dicho, Marcos: dende estonces acá, han corrió muchos
-años, y con los años cambian las gentes y se mudan los gustos... ¡Pos
-mira que tendría que ver!
-
-—¡Bah, bah, bah!... No hay que hablar de eso—concluyó Marcones
-bamboleando el corpazo y revolviendo el aire con las manos
-abiertas.—Las cosas van como una seda, y esa es la que vale... Hoy
-por hoy, Inés es prenda mía... ¡mía!... ¿lo entiende usted bien? y en
-buenas manos está.
-
-—¡Dios te oiga, hijo; Dios te oiga, porque güeña falta nos hace!
-
-Y con esto se fué la Galusa hacia la cocina, mientras su sobrino
-enderezaba los pasos á la escalera.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XIII
-
-LA OBRA DE MARCONES
-
-
-En la misma sencillez del plan de enseñanza establecido por Marcones y
-aceptado por Inés, estaba la condición que más honraba al ingenio del
-seminarista, tan interesado en que fueran entrando en la desprevenida
-inteligencia de la discípula, mayores cantidades del maestro que de
-las materias que éste le explicara. Ya se ha dicho que la hija de don
-Baltasar Gómez de la Tejera escribía desastrosamente, y bien puede
-afirmarse en esta otra página, sin faltar á la verdad, que aún lo hacía
-mucho peor que eso. La pluma era una estaca entre sus dedos encogidos;
-y mientras la estaca subía ó bajaba á empujones, de la línea trazada
-en el papel, la pendolista hacía embudos con los labios y entornaba y
-revolvía la cabeza. De esta labor penosa resultaban letras mal avenidas
-y deformes, una vez apiñadas y medio embebidas las chicas en las
-grandes, porque había de todo en cada palabra, y otra vez danzando por
-los aires sin cuenta ni razón; y á cada palitroque hacia arriba ó hacia
-abajo, allá va un borrón como una oblea, y allá va en seguida Inés á
-limpiarle con el dedo mojado en la lengua. Daba compasión una plana de
-aquel arte.
-
-Cabalmente era Marcones un gran pendolista, y rasgueaba con el
-desembarazo de un adornista de planas de Navidad; y poseyendo este
-talento, fuera por lucirlo ó por probar el temple de su arma, al
-modo que lo hace el espadachín de academia con el acero que recibe
-para entrar en un duelo... de salón, antes de dar comienzo al primer
-ejercicio trazó con la pluma, sin levantarla del papel y con el brazo
-al aire, el nombre de Inés envuelto en un laberinto de espirales y
-_emparrillados_ que arrancaban de la misma letra inicial. Inés se
-quedó maravillada. Pues bien: lo notó el pendolista; y en lugar de
-volverla á _palotes_ para comenzar por el principio, trámite en que él
-no podría lucirse gran cosa, la dedicó al rasgueo continua para vencer
-sus resabios _de escuela_ y dar la necesaria soltura á su mano. La
-discípula lo celebró en el alma y puso los cinco sentidos en ello. Pero
-no daba golpe.
-
-—¡No es así! ¡No es así!—la decía Marcones al ver cómo ensuciaba
-carillas de papel con unas cosas que parecían madejas enmarañadas de
-sogas viejas de esparto.—Lo primero, aprender á agarrar la pluma...
-¡Nada de encoger los dedos ni de emplear los cinco á la vez! Con tres
-hay bastante si se colocan como se debe. Los otros dos, para apoyo de
-la mano. Vamos á ver si se me ha entendido... ¡Tampoco es así!
-
-Y Marcones se veía entonces precisado á colocar, con sus propios dedos,
-todos los de la mano de Inés, uno por uno, como debían colocarse. Pero
-esto no bastaba, porque la discípula, acostumbrada á otra postura muy
-diferente, con la nueva no acertaba á mover la mano.
-
-—¡Adelante con ella sin miedo!—decía el maestro moviendo la suya en el
-aire, como si rasgueara allí.
-
-Y nada: ó no se movía la mano de Inés, ó si se movía, era para clavar
-los puntos en el papel y largar una hisopada de tinta hasta la pared
-frontera.
-
-Con lo cual, hete aquí á Marcones obligado á agarrar y conducir, con su
-manaza velluda, la suave y torneadita de la torpe muchacha.
-
-—¡Bien suelta la muñeca ahora!... ¡En el aire todo el brazo desde
-el codo!... ¡Que vaya la mano por donde quiera llevarla la mía!...
-¡Ajajá!... ¡Eso es!
-
-Y mientras así exclamaba Marcones, arrastraba aquel pedazo de
-hermosura, tibia y sedosa, por la blanca superficie del papel, en la
-cual iba quedando estampada una curva de rumbos infinitos, tan pronto
-panzuda y rebosando de tinta, como extenuada y sutil hasta tocar en
-lo invisible; no de tan firme trazo ni tan limpia de rebarba como las
-que rasgueaba el pendolista solo y sin que le temblara la mano; pero
-lo bastante pintoresca para que Inés, al considerarla maravilla de su
-pluma, se riera como una boba. Con aquella risa de la educanda se animó
-el profesor, y la curva continuó serpeando y enroscándose por todos los
-espacios limpios de la plana, arriba y abajo, adelante y atrás.
-
-—¡Que se me duermen los dedos!—dijo al fin Inés, conteniendo la risa.
-
-—No importa,—respondió Marcones sin cejar en su empeño.
-
-—¡Es que me aprieta usted mucho!—añadió la discípula menos risueña ya.
-
-—¡Hay que hacerse á todo!—insistió el inexorable maestro.
-
-Y la curva, después de culebrear por los espacios del centro, se coló
-por un ángulo, y acometió á los márgenes, y los fué recorriendo uno por
-uno hasta llenarlos de lazos y caracoleos; y sólo cuando la superficie
-entera del papel fué una mar de tinta, soltó Marcones la presa.
-Entonces aparecieron cárdenos y como adheridos al mango de la pluma,
-los primorosos dedos de la discípula, y los ojos de su maestro echando
-llamas.
-
-Tal fué la primera lección. Las ocho ó diez siguientes fueron por el
-estilo; porque Inés no acababa de soltarse á rasguear por sí sola con
-la valentía y la firmeza necesarias, y su maestro no quería pasar á un
-nuevo trámite sin dejar bien asegurado el anterior.
-
-La _escuela_ se estableció en un cuarto, que en la ciudad se llamaría
-gabinete, con entrada por la sala y frontero á la pieza en que
-conversaron sobre el tesoro oculto don Baltasar y el médico.
-
-La Galusa, desde que comenzaba cada lección, se plantaba delante de la
-mesa con el sucio mandil recogido en la cintura; los brazos, resecos
-y chamuscados, al descubierto; la mano derecha sosteniendo la quijada
-del lado correspondiente, y la izquierda el codo de aquel brazo. Con
-los ojuelos, algo pitarrosos, seguía los movimientos de la mano de
-Inés, y con una madeja de arrugas pardas, que es lo que venía á parecer
-una sonrisa de su ancha boca desdentada, y media frase mal hecha,
-pronunciada con su voz ronquilla, celebrabra las habilidades de su
-sobrino ó los progresos de la discípula; pero en cuanto la torpeza
-de ésta exigía la intervención material de la mano del maestro, ya se
-sabía: á la Galusa siempre le caía algo que hacer fuera del cuarto.
-
-—¡Vaya que es ocurrío el dimoño de muchacho!... ¡Te digo, hija, que si
-no aprendes con él lo mucho que no sabes!...
-
-Y se largaba de allí sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
-
-Á don Baltasar, después del comienzo de la primera lección á que
-asistió por curiosidad y de mala gana, no volvió á vérsele por la
-escuela. Alguna vez pasaba por enfrente, atravesando la sala y
-golpeando sus tablones con el trasto que llevara en la mano; pero sin
-fijar la atención en lo que hubiera en el gabinete, cuya puerta ¡eso
-sí! estaba siempre abierta de par en par.
-
-Llegado el caso de acompañar á las lecciones de escribir otras de un
-poco de gramática, Marcones, con las propias miras, quiero decir, con
-las de que se grabaran en la mente virgen de la educanda más imágenes
-del profesor que textos descarnados del libro, comenzó por echar pestes
-contra todas las gramáticas publicadas y sin publicar. En ninguna de
-ellas había cosa con arte ni sentido común.
-
-Por ejemplo:
-
-—«_Verbo_»—leía Marcones en el librejo que tenía entre manos y que
-era de su propiedad,—«es aquella parte de la oración que sirve para
-significar la afirmación ó juicio que hacemos de las cosas y las
-cualidades que se les atribuyen.»
-
-Y luégo añadía muy indignado:
-
-—¿Es usted capaz de conocer un verbo por estas señas que convienen á
-tantas cosas que no son verbos?
-
-Inés contestaba honradamente que no.
-
-—¡Claro!—exclamaba el otro, haciendo temblar las paredes con el
-estruendo de su voz.—¿Cómo ha de conocerse nada de este mundo con esa
-manera... estúpida de definir?... ¡El verbo no es eso! ¡El verbo,
-_verbum_ de los latinos, es otra cosa muy diferente de lo que se dice
-aquí sin saberse lo que se dice! ¡El verbo no es lo que se declara en
-esta definición... estúpida! ¡El verbo es lo que yo me sé y lo que
-irá usted aprendiendo por las señales que yo le vaya dando! ¿Me ha
-entendido usted bien?
-
-—Muy bien,—respondía la muchacha, sin dudar que aquel mozo sabía más
-que todos los libros de que la hablaba.
-
-—Pues verá usted ahora lo que es un verbo—añadía Marcones arrimándose
-al costado de Inés todo lo necesario para que ésta distinguiera bien la
-palabra que él apuntaba con el dedo en el libro que la ponía sobre la
-mesa, debajo de sus ojos,—y va á servirnos para el caso un trozo de la
-misma definición... estúpida que acabo de leer... Este: «_la afirmación
-ó juicio que hacemos de las cosas_...» ¿Cuál de estas palabras es el
-verbo?
-
-Inés, que no entendía de fingimientos, respondía sin titubear que no lo
-sabía.
-
-—¡Pues es claro que no lo sabe usted! ¿Cómo había de saberlo si aún no
-se lo he enseñado yo? Pues el verbo es esta palabra: «hacemos.»
-
-Y la ponía el dedazo encima, mientras con el brazo izquierdo resobaba
-el derecho de Inés.
-
-—Y ¿en qué se conoce?—preguntó ésta, apartándose un poco hacia el lado
-opuesto.
-
-—Se conoce—respondió Marcones,—se conoce... en todo: por de pronto,
-en que, si la suprimimos, todas las que la acompañan ya no quieren
-decir nada; después, en lo mucho que pueda variar... _hago_, _harás_,
-_haríamos_, _hicimos_... De modo que el verbo es la palabra que más
-varía.
-
-—Entonces—se atrevió á observar Inés,—también es verbo esta otra.
-
-—¿Cuál?
-
-—Ésta: «_la._»
-
-—¡_La_ verbo!...
-
-—¡Como también varía!...—dijo la pobre muchacha para disculpar su
-atrevimiento.
-
-—¿Á ver?
-
-—Creía yo que de su casta eran _los_, _las_, _lo_, _les_, y que esto
-era variar...
-
-—¡Y sí que son de su casta, y que eso es variar!—replicó Marcones
-después de rumiar bastante el reparo.—Sí que es variar eso; pero de muy
-distinta manera que el verbo: eso solamente varía en género y número,
-al paso que el verbo varía en tiempo... y ¡en qué sé yo cuántas cosas
-más! En fin, ya irá usted enterándose poco á poco de estas diferencias.
-Por ahora, puede usted creer, bajo mi palabra, que en este trozo de
-esta definición... estúpida, el verbo es _hacemos_, y que no hay otro
-verbo más que él ahí.
-
-Este era el procedimiento de Marcones en sus enseñanzas teóricas; y
-uno muy semejante también el que usaba en aquellas homilías de que ya
-se habló y continuaba predicando siempre que podía interpolarlas con
-sus lecciones prácticas y teóricas. Según estas peroraciones, todo el
-mundo era una sentina de maldades, y todos los hombres, particularmente
-los solteros, unos pillos. Felizmente había un puñado de excepciones
-honradas y con bastante luz en la inteligencia, no sólo para distinguir
-la zizaña en medio del trigo, sino para enseñar á distinguirla y á
-separarla á las vírgenes inexpertas, dotadas, por la naturaleza y la
-fortuna, de todas las prendas que más excitan los «apetitos infames de
-esos gusanos viles.» Pero las excepciones honradas, con ser muy pocas,
-estaban diseminadas por toda la tierra; y resultaban tan invisibles,
-que él, con todo el afán que sentía por descubrirlas y lo diestro y
-sutil que era de mirar en el fondo de los hombres, no había podido dar
-todavía más que con uno. La modestia no le permitía decir á Inés quién
-era ese hombre único «de sano corazón y de inteligencia luminosa.» Pero
-la consolaba con la promesa de que no la escasearía sus beneficios
-desinteresados, fuera él quien fuese; y la seguridad de que podía
-dormir tranquila, sin el recelo de que la faltara defensa contra el
-«diente ponzoñoso de los viles gusanos.»
-
-Era muy dado Marcones á esta palabrería gerundiana, y se le escapaba
-de los labios en cuanto quería afinar un poco el estilo, elevándose
-hasta el púlpito con que había soñado. Lo advierto porque no se me
-pidan cuentas de pecados que no son míos. Y ahora añado que tras estas
-generalidades... híspidas, salía á relucir lo particular, la punta de
-la oreja, el caso práctico de la vida, el ejemplo, algo forzado, de los
-riesgos de una elección desacertada; el paralelo entre la existencia
-de dos esposos nacidos para serlo, y la de otros dos, «vil gusano»
-él, y mártir de sus equivocaciones ella; disertaciones, en fin, sobre
-temas esbozados en conversaciones de los primeros días entre Inés y el
-preopinante.
-
-Para estos puntos concretos, Marcones usaba los registros más dulces
-de su temperamento: atenuaba la voz, desplegaba la sonrisa, armonizaba
-con la suavidad de la frase el mirar de los ojos y hasta los dobleces
-del cuerpo entre la silla y la mesa. Inés le atendía en estos casos muy
-complacida; y si él, por saborear el triunfo ó por tantear el terreno,
-se callaba, ella se atrevía á excitarle para que siguiera hablando. Y
-esto, que tanto halagaba al mocetón de Lumiacos, era precisamente lo
-que le perdía. Creyéndose á dos pasos de la cumbre de su montaña, daba
-ya por logrado aquel premio de su valentía; y no sólo le aquilataba en
-las mientes, sino que sentía todos los espantos de perderle y todos los
-odios contra el azar que se le entregara á otro sér más afortunado.
-Y como esto le embravecía de repente, volvía á esgrimir el chafarote
-contra fantasmas y vestiglos, y salían de nuevo á danzar los gusanos
-viles, el diente ponzoñoso y el hombre único «de corazón honrado y de
-inteligencia luminosa.»
-
-Y este registro ya no deleitaba tanto á Inés, que no por eso dejaba de
-admirar el mucho saber de aquel mozo.
-
-Pero el hecho era, y hecho evidentísimo, que Inés, desde que estaba
-sujeta á aquellos deberes de educanda, iba transformándose á ojos
-vistas. Tres semanas después de haber comenzado sus lecciones, no la
-conocería el lector que la vió en la antevíspera de esos comienzos,
-entrar en la cocina de su casa, levantar los peces por la cola, y
-limpiarse los dedos en el vestido. Ya no tenía las uñas negras, ni el
-pelo mal recogido, ni la ropa desceñida, ni los pies mal calzados;
-andaba con soltura, pisaba firme, miraba con valentía; se peinaba
-con esmero; se ajustaba la cintura, con lo que destacaban en toda su
-belleza las redondeces del busto; se calzaba bien, y tenían su cara,
-sus manos y su cuello esa suavidad y pureza de tonos que da en unas
-carnes túrgidas y juveniles, el vicio del aseo, el cual se revelaba,
-como un toque muy expresivo del cuadro general, en la fresca blancura
-de los asomos de su ropa interior, por las bocamangas y el escote de su
-vestido de indiana.
-
-Esta transformación que asombraba á la Galusa y sorprendía á su amo y
-enorgullecía á Marcones, era, sin embargo, la cosa más natural en una
-mujer de las condiciones fisiológicas de Inés, aunque de otro modo lo
-entendiera el seminarista, por un error que no carecía de disculpa
-racional. Era innegable que el sobrino de la Galusa tenía gran parte en
-aquel principio de resurrección física y moral de la guapa muchacha de
-Robleces; pero la tenía como la tiene el golpe casual que quiebra el
-pomo, en la fragancia que esparce el líquido derramado. En no estimar
-esta diferencia consistía el disculpable error de Marcones.
-
-En una mente en que hay luz, como la había en la de Inés, aunque
-mortecina por abandono, una idea nueva es aire oxigenado que aviva
-la llama, é imán poderoso que va atrayendo otras muchas, enlazadas
-entre sí como eslabones de una cadena. La conversación del seminarista
-recién llegado á Robleces con la carga de sus malas intenciones, bastó
-para producir en la descuidada muchacha la tentación de comparar su
-absoluta ignorancia con lo que ella tenía por sapiencia del pedantón
-de Lumiacos; el deseo de saber algo, y la noción, á veces, de su
-inútil y abominable dejadez. Pero las conversaciones que producían
-estos efectos, no eran muy frecuentes; y no siendo continuas las
-impresiones, triunfaban de ellas todavía los resabios inveterados,
-dueños y señores de aquella naturaleza inculta. Las lecciones diarias
-la fueron cautivando la atención y moviendo la curiosidad; y si no
-aprendía grandes cosas, averiguaba al menos que podían aprenderse. Iba
-sabiendo, por algo que se la decía y por lo que ella preguntaba con su
-buen sentido natural, que sin salir de Robleces se podía tener una
-idea de lo que eran el mundo y el sol y las estrellas, y por qué leyes
-se regían, y de lo que había acontecido en la tierra desde su creación
-acá; porque había libros que trataban de eso, y eran conocidos hasta
-de los muchachos de la escuela, como los conocería ella si su profesor
-le cumplía la palabra que le había empeñado «para más adelante.» Por
-de pronto, se consagraba con gran empeño á mejorar la letra y aprender
-bien la tabla de multiplicar y las cuatro reglas de la aritmética,
-lo cual iba consiguiendo poco á poco, y á ejercitar la memoria,
-por exigencia propia, con aquellas definiciones de la gramática,
-calificadas de estúpidas por su profesor, cuyo sistema de enseñanza, en
-este punto concreto, no la satisfacía enteramente, porque no la fijaba
-reglas para resolver ella las dudas por sí sola.
-
-Jamás la dieron en cara sus uñas negras ni sus dedos manchados de
-tinta, hasta que tuvo que poner su mano, en la primera lección, tan á
-la vista y tan cerca de un extraño y por tan largo tiempo; y eso que
-las uñas y las manos de Marcones no estaban más limpias que las de
-ella; pero era mujer al cabo; y en la mujer, por indolente que sea,
-siempre hay una presumida, más ó menos á las claras. Con el vestido
-lacio y el pelo mal recogido, le sucedió lo propio que con las uñas
-negras y las manos sucias. Un día se peinó con esmero, se lavó
-despacio y se ciñó bien las ropas de cuerpo. Encontrándose así más á
-gusto y viéndose más guapa en el espejo, al día siguiente se lavoteó
-mucho más, se peinó todavía mejor, y sustituyó el vestido viejo y
-resobado, por otro más limpio y fresco. Y como cuanto más se lavaba y
-se componía, más guapa se veía y más ágil se encontraba, el vicio de
-la compostura y de la limpieza la iba dominando; y llegaron á darla en
-cara los suelos mal barridos y nunca fregados, las mesas empolvadas
-y las sillas fuera de su lugar. Ordenó, pues, las sillas, barrió los
-suelos, despolvoreó las mesas, y hasta juzgó de suma necesidad dar un
-fregoteo bien apretado á todos los suelos de la casa. Por este mismo
-sentimiento de la limpieza ó de otro más hondo muy emparentado con él,
-no volvió á consentir que Marcones agarrara su mano para enseñarla
-á correr la pluma sobre el papel, ni que se pusiera tan vecino á su
-costado para apuntarle las palabras con el dedo. Verdad que á Marcones
-le sudaba la mano y le olía muy mal la ropa; pero mucho influía en
-las nuevas repugnancias de Inés algo que no se olía ni se palpaba,
-aunque la inexperta muchacha no se diera cuenta de ello. Disculpaba
-su resistencia á aquella costumbre con el deseo de adelantar más,
-venciendo la torpeza por sí sola; y de este modo no tenía por qué
-ofenderse Marcones, siempre atendido y mimado, en todo lo restante, por
-su candorosa discípula.
-
-Ya no creía que puesta de pie sobre la cumbre más alta de la cordillera
-de enfrente, tocaría las nubes con la cabeza; ni que las estrellas
-eran luces que se encendían por la noche y se colgaban de la bóveda
-celeste: Marcones la había apuntado algunas ideas sobre éstos y otros
-particulares de tejas arriba; ni tampoco le bastaba para campo de
-sus imaginaciones el que abarcaban sus ojos desde la solana: por el
-contrario, se entretenía mucho trasponiendo en espíritu las cumbres
-y forjándose castillos con lo que imaginaba más allá; y sin querer
-decir esto que lo echara muy de menos, ya no le parecía imposible
-que en aquellas lejanías hubiera alguien que pudiera sospechar que
-en el caserón de Robleces existía un sér que se entretenía pensando
-de aquella manera. En fin, que la máquina de sus ideas había roto á
-andar, y que andaba, si no á gran velocidad, á paso firme y seguro. Y
-andando la máquina de las ideas, el cuerpo no puede resistir la quietud
-infecunda; y por esta ley, el de Inés no se satisfacía ya con los
-bamboleos maquinales en la silla de la solana: comenzaba á parecerle
-poco el caserón con sus techos llenos de telarañas, sus enseres de
-cocina mal bruñidos, sus camas embarulladas, sus rincones con basura,
-sus muebles envejecidos y bisuntos, y la ropa blanca con hilachas y
-agujeros, para emplear los bríos con que se sentía para moverse, y las
-inclinaciones que la empujaban á limpiar lo sucio, á coser lo roto y á
-ordenar lo desordenado; y sin el miedo á despertar los dormidos odios
-del ama de gobierno, ¡sabe Dios hasta dónde se hubieran extendido las
-fronteras de su imperio en aquella casa!
-
-¡Y todo esto en poco más de tres semanas, y fruto de la labor
-revolucionaria de cuatro ideas incompletas, metidas de golpe en una
-cabeza medio á obscuras!
-
-Estando así las cosas, fué cuando Marcones tuvo con su tía la
-entrevista de que se ha dado cuenta minuciosa en el capítulo
-precedente. Creciéronle las fogosas impaciencias con el estímulo de la
-conversación, y en la lección inmediata se propuso meterse un poco más
-en la suerte, para ver si era llegada la hora de echar á la lumbre el
-medio balandrán que ya se le caía de los hombros.
-
-¡El destino de las criaturas! Por estas obscuridades se coló en
-el asunto, agarrándose á no sé qué asidero que le proporcionó la
-casualidad, ó que él inventó allí; porque no tiene duda que la monserga
-venía muy estudiada de Lumiacos. ¡El destino de las criaturas en
-el mundo! ¿De dónde venía? ¿En qué estribaba? ¿Á qué leyes estaba
-subordinado? ¿Quién era capaz de penetrar estos misterios? Y por aquí
-siguió largando preguntas que se quedaban sin respuesta. Acabando con
-lo vago y declamatorio, bajó á lo llano y concreto.—Él mismo, «con
-ser quien era,» no estaba bien seguro de no tropezar á la hora menos
-pensada con un obstáculo que le apartara de la senda que seguía.
-Era hombre, era barro, era frágil, era débil, y había estados tan
-perfectos, si no tan santos, como el del sacerdocio; él se hallaba
-á punto de recibir las primeras órdenes, es decir, de dar el paso
-para entrar en un terreno del cual no se puede salir ya tan libre é
-independiente como se entra en él... ¡Momento solemne y crítico! Esto
-le daba mucho que pensar. Cierto que, por entonces, en aquel paréntesis
-de su carrera (dispuesto quizás por la providencia de Dios) aún era
-libre, aún estaba en el mundo, aún era un hombre como todos los demás,
-aún era dueño de elegir, si el obstáculo se atravesaba, entre la
-Iglesia... y el matrimonio, por ejemplo, sin escándalo de las gentes
-ni menoscabo de la sana moral, puesto que ambos estados eran caminos
-abiertos por la misma ley de Dios para servirle y acatarle, según sus
-santos designios; pero ¿aparecería el obstáculo imaginado? ¿existiría
-alguno de esa especie, destinado para él? ¡Ah!...
-
-Era dulce entonces el registro usado por el declamante, y, además,
-hacía éste largas pausas á menudo, y subrayaba ciertas frases con
-expresivos gestos. Inés le escuchaba sin pestañear y con las manos
-cruzadas sobre la mesa.
-
-De pronto calló Marcones y se quedó mirando á Inés, con los ojazos muy
-lánguidos. Pero Inés no dijo una palabra, ni cambió de postura, ni dejó
-de mirar á Marcones, como si aguardara la continuación de la parrafada
-aquélla. Mas lo esperado no vino, y el silencio continuó un buen rato;
-hasta que le rompió Inés con esta pregunta en crudo:
-
-—¿Qué viene á ser un obispo?
-
-No esperaba el sobrino de la Galusa la salida de Inés por aquella
-puerta tan extraña: empañóle una oleada de bilis el blanco de los ojos
-y el rojo sucio que le matizaba entonces los mofletes; frunció el ceño
-peludo, y respondió con voz áspera y una sonrisa que temblaba de falsa:
-
-—Pues un obispo, viene á ser... un cura que llega á general.
-
-—No iba yo por ahí—replicó Inés riendo el chiste con la mejor buena
-fe.—Quería yo saber qué hace; si manda más ó menos que el rey; qué
-honores tiene... vamos, no sé explicarme.
-
-Marcones satisfizo como mejor pudo los deseos de Inés. Enterada ésta,
-dijo á Marcones con un acento y una expresión de mirada que eran un
-reguero de candor:
-
-—¡Qué suerte para usted si llega á ser obispo! ¡Cuánto me alegraría!
-
-Estas palabras dejaron atolondrado á Marcones. Hacerle capaz de tal
-_ascenso_, y deseársele, valía tanto como desestimar su intencionada
-peroración sobre «el destino de las criaturas en el mundo,» y aun
-algo peor que todo esto: la ocurrencia franca, sincera, evidentemente
-inocentona de Inés, daba la medida de lo que había adelantado el galán
-de Lumiacos en la conquista de la dama de Robleces, con todo el lujo
-de seducciones que había despilfarrado durante un mes de incesante
-batalla. ¡Ni un solo paso!... ¡Y él que se había creído encaramado en
-la muralla, y hasta con una patona dentro de la fortaleza!
-
-Estaba visto: Inés adoraba en el santo, no á la persona, sino á los
-milagros que hacía.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XIV
-
-EL CURA DE ROBLECES
-
-
-Salió de la casona de Robleces el mocetón de Lumiacos con la obscuridad
-de una noche inverniza en la mollera, y el peso de una montaña sobre el
-corazón. La soberbia le impidió decir á su tía una sola palabra de lo
-que estaba pasando. Llevaba la cerviz muy humillada, tropezaba á menudo
-en los cantos de la calleja, brotaban sangre sus ojos, y era verde
-podrido el color de su cara donde no la cubría el negro sucio de su
-barba cerdosa.
-
-Caminando de este modo, se encontró con el cura de Robleces, que venía
-de Los Castrucos. El cura de Robleces era uno de los pocos ejemplares
-que quedaban de aquellos presbíteros de _misa y olla_, como se dice
-por acá, ó de _morral y gancho_, como se los llama en Castilla. Con
-esto se entiende que el cura ya era viejo; porque han pasado muchos
-años desde que no se permite á un hombre «meter barba en cáliz», con
-sólo el estudio de un poco de latín; algo de Teología moral, según el
-padre Lárraga; un brevísimo examen de unas cuantas materias de clavo
-pasado, como de _sacramentis in génere_ ó _de sacramentis in specie_, y
-traducir _mocosuena_ un parrafejo del Breviario.
-
-Ahora se hila de otro modo en la carrera; y por eso Marcones, que la
-seguía, miraba con alto menosprecio al párroco de Robleces. El cual
-párroco, lejos de ofenderse con las altanerías de Marcones, le buscaba
-la lengua muy á menudo para divertirse un rato con él, cantándole de
-paso grandes verdades. Porque es de advertir que el buen clérigo,
-cuanto más á viejo iba, más regocijado era de humor. Llevaba cuarenta
-años sirviendo aquella parroquia, y continuaba gastando, contra la
-nueva costumbre, zapato bajo con hebilla, medias negras, levita de
-largos faldones y sombrero de copa alta; por lo que también solía
-dispararse contra él el pedantón de Lumiacos. Ello era que, por fas ó
-por nefas, nunca se hallaban juntos el clérigo y el seminarista sin
-que armaran tiroteo entre los dos; y aunque casi siempre tenían la
-culpa de ello las intemperancias geniales de Marcones, en el encuentro
-mencionado hubiera fallado la costumbre precisamente por la banda del
-mocetón. ¡Tan cabizbajo iba, tan absorto en sus preocupaciones y tan
-inclinado á no distraerse con nada ni por nadie!
-
-Pero, en cambio, no le cabía á don Alejo la locuacidad en el cuerpo
-aquella tarde; y aunque no buscaba camorra ni cosa que se le pareciera,
-porque el tal clérigo era un bendito de Dios en toda la extensión de
-la palabra, le sobraban algunas en la boca, y de algún modo había de
-emplearlas.
-
-Viendo, pues, venir al seminarista tan cabizbajo y tropezón, esperóle á
-pie firme.
-
-—¿Vas enfermo ó qué te pasa?—le dijo en cuanto se le acercó.
-
-—Y ¿por qué he de ir yo enfermo—respondió ásperamente el seminarista,
-alzando la cabeza y mirando con ferocidad al cura,—ni por qué ha de
-pasarme ninguna cosa?
-
-—Hombre—replicó don Alejo,—mortales somos, y los sucesos de la vida no
-paran un punto ni siempre son de la misma traza. De todas maneras, no
-te enfades, que nunca se ofende al prójimo con un buen fin, como el que
-yo llevaba en lo que te dije... Te ví cabizbajo, te ví que tropezabas;
-y como tú sueles andar más derecho y pisar más firme por lo regular...
-
-—Pues no me pasa nada ni estoy enfermo—dijo Marcones con señales de
-querer cortar con ello la conversación,—y se agradece el buen fin...
-Conque ¿manda usted otra cosa?
-
-—¿Tan de prisa vas, Marcos, que te estorba un ratuco de plática?
-
-—No siempre está el horno para rosquillas, señor don Alejo.
-
-—¿No, eh? Pues cata ahí cómo no iba fuera de camino la pregunta que
-te enderecé... _Tu dixisti_, Marcos... «no siempre está el horno para
-rosquillas:» ergo algo le pasa al tuyo, cosa que me negastes de mal
-temple, como si te hubiera ofendido el supuesto.
-
-—Á mí no puede ofenderme nada de lo que usted me diga, señor don
-Alejo—repuso Marcones esforzándose por despejar el nublado de su
-cara:—la corona y las canas le hacen merecedor de mi respeto...
-
-—Sobre todo cuando tengo razón en lo que te digo, ¿eh?—contestó don
-Alejo alegremente.
-
-—Con razón ó sin ella—replicó el seminarista volviendo á fruncir el
-entrecejo,—no recuerdo haberle faltado á usted jamás á la consideración
-que le debo.
-
-—¡Claro que no, hombre!—se apresuró á decir el cura.—Si todo esto es
-una pura broma. ¡Bueno eres tú para faltar á nadie, con canas y sin
-ellas!...
-
-—¡Repito que no le he faltado á usted nunca!—insistió Marcones picado
-con la ironía de don Alejo,—y mucho menos en esta ocasión en que seguía
-pacíficamente mi camino.
-
-—Vamos, tú quieres decirme que he sido yo quien te ha puesto en trance
-de pecar, tirándote de la lengua. Pues dilo, hombre, dilo claro: con
-eso podré yo decirte á tí que te equivocas de medio á medio, y que el
-diablo me lleve si tuve otro intento, al detenerte, que el de echar un
-párrafo contigo y hacerte una pregunta que se me puso entre los labios
-en cuanto te columbré desde aquí.
-
-—Y ¿qué pregunta era ella, si se puede saber?—interrogó el seminarista,
-poniéndose en guardia, como se pone un jabalí en cuanto oye el menor
-ladrido.
-
-—¡Vaya si se puede saber!—respondió el cura con la mayor inocencia.—Lo
-malo es que, como no está el horno tuyo para rosquillas, según tú mismo
-has confesado, sabe Dios cómo me la tomarás.
-
-—Pues supóngase usted—dijo Marcones apresurada y fogosamente,—que no
-hay tales rosquillas ni tal horno, y que ahora tengo yo grandísimo
-empeño en que se me haga esa pregunta.
-
-—¿Sí?—saltó el cura muy ufano.—Pues por el antojo no habías de malparir
-si fueras embarazada antojadiza. Allá va la pregunta... Pero mira que
-no lleva otra malicia que la que tú quieras darla. Es cosa corriente
-en el lugar, que andas en la casona empeñado en una gran obra de
-misericordia...
-
-—¡Falso!—bramó Marcones, lívido de ira y mirando al cura con unos ojos
-que parecían puñales.
-
-—¿Veslo?—dijo el párroco dando un paso atrás.—Ya se te fué la burra, y
-todavía no te he hecho la pregunta, en rigor de verdad.
-
-—¡Repito que es falso el supuesto!
-
-—Corriente, hombre, corriente; pero conste que me das la respuesta
-antes que yo te haga la pregunta. Y ahora te digo que tienes bien poca
-correa, cuando te sulfuras por una cosa de que debías envanecerte si
-fuera verdad.
-
-—¿Y cuál es esa cosa, señor cura?—preguntó Marcones con sorna.
-
-—¡Ahora escampa!—exclamó don Alejo fingiéndose muy asombrado.—Pues si
-no la conoces todavía, ¿por qué la has dado por falsa y te ha ofendido
-hasta el supuesto de que sea la pura verdad?
-
-Conoció entonces el arisco estudiantón que se le había desbordado la
-bilis algo más de lo que el caso pedía, y trató de encauzarla, no
-tanto por el bien parecer, cuanto por poner á don Alejo en ocasión de
-aclararle lo que se decía por el pueblo, que bien pudiera no ser lo que
-él se había figurado. Con este propósito le replicó, dulcificándose
-cuanto pudo:
-
-—Dejémonos de bromas, señor don Alejo, y dígame claro qué obra de
-misericordia es esa que se me atribuye.
-
-—Sea todo por el amor de Dios—dijo á esto mansamente el cura después
-de carraspear.—Pues se dice, Marcos, que andas enseñando la doctrina á
-cierto feligrés mío que siempre fué muy duro de pelar.
-
-—¿Á qué feligrés?—preguntó el seminarista, más tranquilo viendo por
-dónde iban las suposiciones del cura.
-
-—Á don Baltasar—respondió éste.—Pues mira—añadió,—ya me diera yo con un
-canto en el pecho porque lo consiguieras. Por lo que á mí toca, muchas
-veces he intentado echarle hacia el buen camino, y nunca pude hincarle
-el diente. Conque ¿es verdad ó no?
-
-—No es verdad,—respondió Marcones después de pensarlo un poco.
-
-—Parece que te cuesta decirlo, como si la afirmativa te pesara.
-¡Tendría que ver, Marcos!
-
-—¿Cuál?—preguntó éste volviendo á palidecer.
-
-—Que fuera verdad lo que se dice, y te doliera el confesarlo... por
-humanos respetos... No seas bobo: «hágase el milagro, aunque le haga el
-diablo.»
-
-—Eso es tanto como decirme que me falta competencia para meterme en tal
-cosa, si se me hubiera antojado.
-
-—No es verdad.
-
-—Ó derecho...
-
-—¡Tampoco!
-
-—Pues algo por ese arte ha querido usted dar á entender con el refrán
-del milagro... Y en este punto, señor don Alejo, y con el respeto
-debido á su corona y á sus canas, ya sabe usted que no me coge los
-dedos entre la puerta. Hay aquí (y se golpeaba la cabeza) metralla de
-sobra para vencer en batallas como esa y otras mucho más gordas...
-¿usted me entiende?
-
-—¡Anda, morena!
-
-—Aunque no he metido barba en cáliz, me sobran tres cuartos de lo que
-sé, para saber el doble de lo que bastó á otros para meterla...
-
-—¡Miren el sabijondo que respeta la corona del _insipiens_, si tira
-bien á dar en medio de ella!... No, y en parte no te falta razón para
-echar tanto humo por la chimenea; bien dicho te lo tengo en otras
-ocasiones: desde que _vosotros_ andáis en el mundo, arrastrando por
-los callejones los manteos y con la cabeza muy alta, cada aldehuela
-es un criadero de santos para la corte celestial. ¡Y todo por obra
-de ese puñado de teologías que habéis adquirido arañando por encima
-un compendio del padre Perrone, que nunca saludamos nosotros los
-ignorantes _morralistas del padre Paco!_... ¿No es así como nos llamáis
-los doctores de similor á los pobres _curas de misa y olla?_... Vaya,
-y que no es poca ganga la que tiene un feligrés destripaterrones,
-con un párroco que, para entretenerle el hambre y las pesadumbres,
-le suelta un zoquete en latín, para convencerle de que sabe mucho
-_de communi Theologorum consensu_, _de potestate clavium_ y de otras
-graves materias _de Locis theologicis_, ó se dispara con un pedrique
-muy superferolítico, estudiado de memoria en el sermonario de Juan ó
-de Pedro, como le pudiera estudiar yo, que no entiendo una palabra de
-esas retóricas de púlpito. Con esto, y con pensar que le hace un gran
-favor hasta en cada misa que celebra, y que el curato es un patrimonio
-fundado para él, y que á nada le obliga la investidura por ley de
-mansedumbre y caridad, ya puede afirmar, con la cabeza muy alta, que
-si no está coronada con una mitra, es porque no hay justicia en la
-tierra... ¿Te escuece lo que te digo, eh? Pues mira, lo siento, porque
-no va con esa intención, aunque bien pudiera ir si fuera yo algo
-vengativo... En prueba de que no lo soy, te añado ahora que admito
-excepciones, y muchas, en lo que quizá has tomado por regla general, y
-que conozco algunas ejemplarísimas que lo son por haber sabido suplir
-con modestia, humildad y desinterés, la ciencia, la educación y el
-conocimiento del mundo que les faltan; excepciones que tú, con la
-leche entre los labios todavía y los cuatro libracos del seminario á
-medio digerir, no has hecho nunca al hablar de nosotros, ni siquiera
-por la consideración, de cortesía, de que tengo setenta años y llevo
-cuarenta en esta parroquia, donde si no he formado grandes santos para
-Dios, tampoco enemigos para el cura que, aunque pecador, no tiene
-otro vicio que el de echar una calada mar afuera, cuando el tiempo y
-las ocupaciones se lo permiten, y le da el Lebrato un rinconuco en la
-barquía... Y déjame que me dé á mí mismo este poco de incienso, aquí
-donde nadie nos oye, si no es Dios que sabe por qué lo hago...
-
-Marcones, que estaba hinchado como una vejiga de hieles, había amagado
-al cura, durante su reprimenda, con más de dos estampidos; pero la
-serenidad y la mímica de don Alejo habían logrado contenerle. Así es
-que cuando éste acabó de hablar, el mismo estrago de la interna lucha
-tenía rendido al iracundo seminarista. Con ello y algo que, al fin, le
-imponían los años y la investidura del párroco, limitóse á decirle ¡eso
-sí! con el ceño hecho una tempestad y después de tragarse un bramido de
-la que le andaba por dentro:
-
-—No es ocasión ésta de que se ventile como se debe el punto que acaba
-de tocar usted; por lo que renuncio á decirle algo siquiera de lo
-mucho que se me ocurre en _nuestra_ defensa. Otra vez será...
-
-—¡Lo ha sido ya tantas otras!—exclamó don Alejo.—Sólo que hoy me
-ha dado á mí por hablar un poco más de lo que suelo cuando te oigo
-predicar desde tan alto.
-
-—¡Es que el punto merece ventilarse!
-
-—¡Quiá, hombre, quiá! Si á mí me tienen sin cuidado esas cosas. Una
-vez, y acabóse. Pues dígote, ¡y á mis años! Cayó la pesa ahora...
-y por eso... Y entiende que lo que me has oído no te lo dije para
-convencerte, sino en respuesta á otros dichos tuyos que no te he oído
-hoy por primera vez... ¿Me entiendes? Bueno. Pues hazte la cuenta
-de que no te he dicho nada, y volvamos al principio: te aseguro
-que pondrías una pica en Flandes catequizando al Berrugo, y que lo
-celebraría yo lo mismo que si la hazaña fuera mía. Palabra de honor.
-
-—Y yo le repito á usted—respondió Marcones entrando en la materia de
-muy mala gana,—que es falso ese decir de las gentes.
-
-—Vaya—replicó don Alejo como si le contrariara un buen deseo la
-afirmación;—pues, en ese caso... será más cierto lo otro.
-
-—¿Cuál?—preguntó el seminarista alarmándose de nuevo.
-
-—Nada—respondió el cura,—si el decírtelo ha de ser motivo para que te
-amontones.
-
-—No me amontonaré... ni me he amontonado jamás... ¡Venga eso que se
-dice y necesito saber yo!
-
-—Pues si como relampaguea ahora truena luégo, ¿quién diablos va á parar
-aquí en cuanto yo empiece á hablar?
-
-—Señal de que no me honra mucho la noticia.
-
-—Bien te honraba la de antes, y mira cómo te pusiste: no hago ahora más
-que anunciarte la otra, y ya me la quieres sacar del cuerpo con las
-uñas.
-
-—No hay que exagerar, don Alejo: no llevo las cosas hasta ese punto...
-Tengo muchos enemigos en este pueblo...
-
-—¡Tú?
-
-—Yo, sí, señor; y por donde quiera que ando, porque la malquerencia,
-la ignorancia y la envidia, son de todas partes; tengo también, por
-desgracia ó por fortuna, mi genio y mis prontos correspondientes; y
-cuando las cosas y los dichos se combinan de cierta manera, no es
-de extrañar que uno salte de improviso aparentando lo que no es en
-realidad... Conque hable usted con franqueza, y vaya perdiendo sus
-temores á lo que pueda tronar...
-
-—Hombre, tanto como temor á eso, nunca le he sentido, Marcos: la verdad
-por delante. Una cosa es que me duela verte hecho un jabalí por puntos
-de poco momento, y otra muy distinta el que me tengan sin pizca de
-cuidado esas corajinas que te ponen verde y con los ojos en llamas...
-En fin, que se me da por tus fierezas lo propio que por tus latines, y
-que no quiero aspavientos ni voceríos sin necesidad y en medio de la
-calle. De esta casta son los temores que yo tenía.
-
-—Pues de esos mismos temores hablaba yo, señor don Alejo—contestó
-Marcones con una sonrisa forzada y los carrillos temblando;—y no podía
-hablar de otros, refiriéndome á un sacerdote á quien por su corona y
-por sus canas debo respeto, sin contar con que yo no me como á nadie
-con canas ó sin ellas.
-
-—¡Toma! Eso por entendido se calla, Marcos. Bien lo sabes: perro
-ladrador... amén de que no hay una cuesta abajo sin una cuesta
-arriba... Y no te ofenda tanto como parece por las señales, esta idea
-que tengo de tus agallas; porque, después de todo, con el ropaje que
-vistes, mejor te sienta el aire de cordero que el de tigre... Y ahora,
-para fin y remate de la porfía, te pregunto en santa paz: ¿te lo cuento
-ó no te lo cuento?
-
-—¡Repito que sí!—respondió Marcones devorando oleajes de ira.
-
-—Pues allá va con tu venia y la salvedad consabida. Han notado las
-gentes, que, de mes y medio acá, no sales de la casona. Esto es visto
-y no hay que negarlo. Con este motivo, que es muy de notarse por lo
-nuevo, ya que no por otras razones, han afirmado unos que se trataba de
-lo que antes te dije: de convertir á Dios al amo de la casa, y que ya
-llevabas la obra de misericordia en buen camino. De esto no hay nada,
-desgraciadamente, según tú mismo me has asegurado. Pero dicen otros,
-porque ven á Inés muy peripuesta y hacendosa, como también la he visto
-yo, y porque creen saber que tú la das lecciones de escritura y no sé
-si también de Teología, y porque sacan la cuenta de que te saliste del
-seminario antes de que se cerrara, que si has ahorcado los libros en
-definitiva, y trocado la vocación de sacerdote por la de yerno de don
-Baltasar Gómez de la Tejera, por mal nombre el Berrugo.
-
-—¡Falso, falso!... ¡Un millón de veces mentira!—bramó aquí el mozón de
-Lumiacos, salpicando el chaleco del pobre cura con las espumas de su
-rabia. No le cabía en la calleja.
-
-El cura, con las dos manos sobre el puño de plata de su bastón, le
-miraba con los ojos muy fruncidos y la boca entreabierta. En seguida le
-dijo con mucha calma y sin dejar de mirarle:
-
-—¡Lo propio que la otra vez, y dos cuartos de lo mismo! ¡Y mira que si
-el primer supuesto te honraba, éste te pone en las nubes!... ¿De qué
-color han de ser las cosas que se te cuenten para que no te saquen de
-quicios, hombre? Te aseguro que si mordieras como ladras, el demonio
-que se te pusiera delante...
-
-El de Lumiacos, habiendo llegado el paroxismo de sus furores mudos,
-entró en el período del jadeo fatigoso, que era lo que en tales casos
-le acontecía siempre, y dijo al cura, entre silbidos del resuello:
-
-—Le repito á usted que aquí hay gentes que se gozan en calumniarme...
-¡por envidia!
-
-—¡Por envidia!... ¿por envidia de qué?—le preguntó el cura tan fresco y
-sosegado.
-
-—De... de muchas cosas,—respondió Marcones.
-
-—Corriente... Supongamos que tienes muchas cosas envidiables,
-contándote el genio entre ellas; pero lo de la calumnia... ¿Es
-calumniarte el decir que estás ocupado en enseñar la doctrina cristiana
-á un hombre que no la sabe? ¿Es calumniarte el creer que te tira más
-la vocación de marido que la de cura, y que por eso, y no por asegurar
-mejor la puchera, has ahorcado los libros del seminario? Mozo eres,
-intonso y libre hasta la hora presente; Inés... ¡no te digo nada!: no
-hay mejor acomodo que ella en veinte leguas á la redonda; y en cuanto
-al hecho en sí, el apóstol lo dijo: _melius est nubere quam uri_...
-¿por qué, con todo esto por delante, te emberrenchinas, Marcos? Y si
-un poco me apuras, ¿qué más quisieras tú?
-
-Marcones, mientras el cura le cantaba estas verdades, pensaba que aquel
-día había sido de los más aciagos para él. Acababa de averiguar en la
-casona que, en su juego con Inés, no había ganado una sola baza; y por
-don Alejo, no solamente que se le había descubierto el juego, sino que
-se le veían las cartas. Además, el cura se atrevía á reirse de sus
-latines y de sus espeluznos. Esto, con su poca serenidad, le produjo
-grandísimo embarazo. No sabiendo cómo salir de él airoso y de frente,
-echó por la puerta falsa, contentándose con replicar á don Alejo estas
-palabras solas:
-
-—Y ¿adónde quiere usted ir á parar con todo eso?
-
-—Á ninguna parte, hijo del alma—le contestó en seguida el cura.—Á lo
-sumo, á lo sumo, á decirte que no veo de malo para tí en el negocio de
-tu nueva vocación, más que una cosa.
-
-—¿Cuál?
-
-—El que está muy duro de pelar, y que no vas á salirte con la tuya.
-
-Si Marcones pensó corresponder, á su manera, á esta frescura de don
-Alejo, no es cosa averiguada; pero lo que no tiene duda es que viendo
-venir de hacia Los Castrucos á don Elías, tomó pretexto de ello para
-suspender la conversación y apartarse de allí más que de paso.
-
-Apretó el suyo el médico; y en cuanto alcanzó al cura, se le puso al
-costado y le sopló al oído estas palabras:
-
-—¡Floja es la castaña que le van á dar en casa del Berrugo á ese
-gandulote! Ya sabe usted que anda buscándole el gato casándose con
-Inés, con la ayuda de la culebrona que manda allí. Pues bueno: ¡Inés no
-le traga ni en píldoras! Ella misma me lo ha confesado.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XV
-
-EL PLEITO DEL PROFESOR
-
-
-No sé si lo he dicho; y en la duda, lo digo ahora: Inés no se
-conformaba con lo poco que directamente aprendía de su maestro, sino
-que trabajaba después á solas y por su cuenta, gozándose en ver cómo
-recogía de este modo una espiga bien compacta, por cada grano mal
-sembrado en su cabeza durante la lección. Estos eran los verdaderos
-frutos de lo que reputaba Marcones por obra suya, y obra, además,
-maravillosa. Quiero decir (y no sé si diciéndolo me repetiré también)
-que los adelantos de Inés no consistían en lo que llevaba _aprendido_ y
-que, en absoluto, no valía dos cuartos, sino en los hermosos estímulos
-que se habían despertado en ella, lo cual no tenía precio.
-
-En cada lección sorprendía á su maestro con una pregunta discreta
-acerca de lo tratado en la anterior, ó con el testimonio de un resabio
-vencido en la escritura, en una plana más correcta que la última
-escrita delante de él. Pues bueno: sucedió que después de aquella
-lección en que salió á relucir el caso del obispo, Inés escribía
-planas y más planas, y se ejercitaba en las cuentas, y se aprendía de
-memoria páginas y más páginas de la gramática, de la geografía y de la
-historia, y el de Lumiacos no venía á infundirla con su aplauso nuevos
-alientos para seguir avanzando por aquel camino. Llegaron los días á
-cinco, y ya no sabía Inés qué pensar de tan extraño suceso. Tampoco lo
-sabía la Galusa. ¿Estaría enfermo?
-
-Con esta duda, y de acuerdo con Inés, se mandó un recado á Lumiacos. La
-respuesta fué que, aunque no se encontraba tan bueno como deseaba, iría
-á Robleces al otro día.
-
-Y fué ¡eso sí! muy tristón y con la cabezona algo gacha. La Galusa le
-recibió con una granizada de preguntas; pero él sólo contestó que le
-dejara en paz, porque no tenía por entonces ganas de conversación.
-Andando hacia la sala, mandó á su tía que avisara á Inés, y la encargó
-mucho que por aquel día los dejara solos durante la lección.
-
-Una vez en el cuarto, se sentó, estiró las piernas que parecían dos
-postes, metió las manazas en los bolsillos, dejó caer toda la papada
-sobre el pescuezo... y así le halló Inés pasados pocos instantes.
-
-—¡Ojos que le ven á usted!—díjole cariñosamente la garrida muchacha
-al entrar.—¿Qué ha sido eso? ¿Por qué ha estado usted tantos días sin
-venir?
-
-Incorporóse poco á poco el de Lumiacos, sin sacar las manos de los
-bolsillos ni levantar mucho la cabeza, pero asestando á Inés por debajo
-de las cejas cada mirada que parecían otros tantos mordiscos de los que
-no arrancan la tajada; y con voz algo temblona respondió:
-
-—He estado un poco enfermo: ya lo mandé á decir...
-
-—Es verdad—replicó Inés muy afectuosa,—¡y bien que lo hemos sentido!
-Pero como al mismo tiempo nos decía usted que no había sido cosa
-mayor... Vamos, que con un poco de voluntad... ¡perezoso... más que
-perezoso!
-
-El reprendido tragó de una sola aspiración, que le refrigeró el
-pechazo, todas aquellas tentaciones que esparcía su rozagante
-discípula al echarle esta reprimenda _de mentirucas_; y arrimándose á
-la mesa, enfrente de la silla en que acababa de sentarse Inés, dijo,
-amortiguando la mirada y compungiendo la voz:
-
-—Como yo no podía... ni debía sospechar que se me echara aquí de menos
-por nadie...
-
-—Pues se le echaba á usted—insistió Inés en el mismo tono regocijado y
-sinceramente cariñoso, mientras sacaba de su cartapacio unos papeles.—Y
-si se me hubiera cumplido la palabra que se me tiene dada, yo no sé
-cuántos días hace—añadió sonriendo y mirando al de Lumiacos con un poco
-de malicia,—de prestarme ciertos libros de historias muy divertidas,
-mejor hubiera entretenido el tiempo de la espera.
-
-—No he olvidado lo que prometí—respondió Marcones á la indirecta;—y
-esos libros estarían aquí hace días, si yo hubiera creído que era ya
-hora de leerlos... Yo no me olvido de nada, Inés, ¡de nada!... Y crea
-usted que, á veces, me valdría más tener menos memoria de la que tengo.
-
-Esto lo soltó Marcones en un rasgo declamatorio con dejos de amargura;
-pero como Inés no estaba todavía en aptitud de estimar por toques y
-matices de artificio las segundas intenciones, respetando á la buena de
-Dios el gusto que se encerraba en aquellas palabras, las dejó pasar sin
-meterse para nada con ellas.
-
-—Pero aunque no he tenido historias divertidas que leer—dijo en cambio
-y siguiendo puntualmente, eslabón por eslabón, el encadenamiento de sus
-ideas,—y me han faltado las lecciones de usted, no por eso he dejado de
-aprovechar el tiempo. ¡Vea usted, vea usted si he trabajado!
-
-Y alegre como unas pascuas, comenzó á tender, una á una, sobre la
-mesa, todas las planas que había escrito; después abrió el cuaderno de
-cuentas por las hojas en que estaban las que no conocía su profesor, y,
-por último, le señaló en los respectivos libros lo que de gramática, de
-historia y de geografía se había aprendido de memoria.
-
-Marcones sacó perezosamente las manos de los bolsillos, cogió unas
-cuantas planas, las miró un instante con ojos desanimados, y las arrojó
-en seguida sobre la mesa.
-
-—¡Y para qué?—murmuró al mismo tiempo en tono lúgubre y como si hablara
-para que nadie le oyera.—¡Si esto, que era antes mi orgullo, ha venido
-á ser mi martirio!...
-
-Y se puso á dar vueltas por el cuarto, con la cabeza gacha y las manos
-en los bolsillos.
-
-Como estos matices eran bastante más expresivos que los de antes,
-pescólos Inés; asombróse, y se quedó muy suspensa, mirando sin
-pestañear al mocetón.
-
-El cual, sorprendiendo en una mirada torcida el efecto causado en la
-hija de don Baltasar por sus dichos y por sus hechos, se detuvo de
-pronto delante de ella y la dijo, tétrico y medio espeluznado:
-
-—Inés... yo necesito hablar con usted cuatro palabras... ¿Me las quiere
-usted oir?
-
-Inés, con aquella salida del seminarista, cuyo rostro estaba cárdeno,
-sintió una impresión, como de frío, que la invadía de pies á cabeza; y
-sin saber por qué, tuvo miedo. Instintivamente miró hacia la puerta; y
-el ver que no estaba cerrada, la tranquilizó mucho. Entre tanto, como
-no contestaba á la pregunta de Marcones, éste se la repitió:
-
-—¿Me quiere usted oir esas cuatro palabras?
-
-—Dígalas usted,—contestó al fin la pobre chica, con un nudo en la
-garganta.
-
-Marcones arrimó una silla y se sentó enfrente de Inés. Puso los
-codos sobre la mesa, se pasó por la cabeza medio rapada ambas manos,
-entrelazólas después; y acabando por resobadas una con otra, rompió á
-hablar de esta manera, con largas pausas y muy cavernosa la voz:
-
-—¡Yo no he estado enfermo!... ¡No ha habido tal enfermedad!
-
-Inés, pensando que se la reñía por haberlo creído, se apresuró á
-responder:
-
-—Me alegro; pero usted fué quien nos lo dijo.
-
-—Sí que lo dije... y, sin embargo, no mentí.
-
-La pobre muchacha pintó en un gesto y en un ademán, la nueva confusión
-en que se la ponía con aquellas afirmaciones que la parecían
-contradictorias.
-
-—Aquí se ha comprendido—prosiguió Marcones,—que mi enfermedad era
-del cuerpo; y en esta inteligencia digo yo que no ha habido tal
-enfermedad... Pero estuve enfermo, lo estoy todavía, y, sin la ayuda de
-Dios, continuaré estándolo... del espíritu, que es la enfermedad más
-cruel que puede afligir á un hombre de sano corazón y mente luminosa...
-¿Se acuerda usted de lo que le tengo explicado acerca del particular de
-los hombres de mente luminosa y sano corazón? Vea usted, pues, cómo es
-posible eso que á usted le ha parecido tan contradictorio. Sí, Inés, mi
-enfermedad está en el alma... ¡en el alma! ¡Estoy enfermo del alma!
-
-Y al decir esto, Marcones dió un puñetazo brutal sobre la mesa, y una
-expresión de amargo desconsuelo á su caraza biliosa.
-
-Inés se estremeció con aquel golpe que no esperaba, tomó en serio lo
-del dolor que tanto afligía al seminarista, y hasta se compadeció de
-él; pero no supo qué decirle. Después del puñetazo y la mirada triste y
-casi llorosa, Marcones dió otras dos vueltas por el cuarto. De pronto
-se detuvo, sacó el moquero, le arrimó con las dos manos á sus narices,
-lanzó con ellas una trompetada vibrante y clamorosa, mientras sacudía
-la cabeza á uno y á otro lado; y cuando concluyó la sonata con tres
-notas secas, embolsó el pañuelo y volvió á sentarse enfrente de Inés.
-
-—En la última lección—comenzó á decirla,—hablé á usted algo sobre el
-destino de las criaturas en el mundo. ¿Se acuerda usted?
-
-Inés dijo que sí.
-
-—Con ese motivo—continuó Marcones,—expuse los recelos que yo tenía de
-que á la hora menos pensada se me apareciera en el camino que llevo,
-marchando en busca de lo que creo mi destino, un estorbo que no me
-dejara pasar y si es que no me extraviaba; estorbo que lo mismo podía
-proceder de la voluntad de Dios, que de las malas artes del demonio...
-pero estorbo al fin. ¿Lo recuerda usted?
-
-—Lo recuerdo,—respondió Inés fascinada por la novedad de aquella escena.
-
-—Pues bien—continuó el seminarista, revolviéndose en la silla y
-sin apartar de los de Inés sus voraces ojos.—Mis recelos se han
-confirmado... ó mejor dicho, había graves causas para que yo los
-tuviera; causas que yo llevaba dentro de mí sin conocerlo, pero que se
-dejaban sentir haciéndome pensar como pensaba. Por una inspiración de
-Dios, ó por un artificio del demonio, que quiere perderme encendiéndome
-la codicia de cosas imposibles, aquella misma noche ví en mis adentros,
-tan claro como la luz del día, que mi vocación de sacerdote no era
-tan firme como yo había creído; que había otra que me tiraba mucho
-más; que he sido un temerario en brindarla á usted con lo que no
-puedo llevar á buen remate, y, por último, que en conciencia de hombre
-honrado, no debo continuar dándola á usted las lecciones que le daba...
-¡Todo esto llegué á leer y á sentir dentro de mí mismo! ¡Todo esto,
-Inés! ¿Comprende usted mejor ahora cómo se puede enfermar hasta la
-agonía, sin que en el cuerpo se sienta el más pequeño dolor?
-
-Inés, que cada vez entendía menos lo que la quería decir Marcones, y se
-sentía más deseosa de entenderlo, se atrevió á preguntarle en cuanto él
-cesó de hablar:
-
-—Pero ¿por qué vió usted todas esas cosas tan de repente, y qué tienen
-que ver con ellas las lecciones que usted me da?
-
-Demasiado sabía el de Lumiacos, desde el caso del obispo, que no
-estaba Inés en disposición de comprenderle con metáforas de enamorado
-llorón, y por eso no le exacerbó la bilis esta nueva candidez de la
-desapercibida muchacha; pero no queriendo exponer el éxito de su
-negocio al azar de una embestida en crudo, la iba preparando con toda
-la exornación atenuante que llevaba bien estudiada.
-
-—Pues si usted comprendiera todas esas cosas de repente, con lo poco
-que la he dicho—exclamó,—ya estaba resuelta para mí la dificultad... Si
-usted me hubiera comprendido— insistió, compungiéndose,—no necesitaba
-yo decir en este momento, ni nunca, por qué me retiraba de esta casa...
-¡para siempre! como necesito decirlo para que no se me tenga por un
-hombre informal y desagradecido... Y esta explicación, ¡ésta!, es la
-que me duele tanto como la misma enfermedad.
-
-El pasmo de Inés iba creciendo á medida que se acentuaba el aspecto
-patético de Marcones; el cual estudiaba con ojo sutil el cuadro de
-síntomas que ofrecían los movimientos del ánimo de la inexperta moza.
-
-—Sepa usted—prosiguió el seminarista dando nuevos tintes sombríos á
-su mirada y á su voz,—que el tropiezo que yo temía, ó hablando más
-propiamente, que el imán poderoso, la fuerza sobrenatural que me
-detiene... ¡tampoco es esto lo exacto!... que me arrastra fuera de mi
-camino, está aquí, ¡aquí! en esta misma casa... ¿Me va comprendiendo
-usted?
-
-Tampoco le comprendía Inés por estas señas; y así se lo dió á entender
-en su expresivo ademán, y sin apartar sus compasivos ojos de los
-sanguinolentos de Marcones.
-
-Éste hizo otro envite en el juego en que estaba tan empeñado, de la
-siguiente manera:
-
-—¡Estará decretado también que yo apure gota á gota las hieles de mi
-amargura! ¡Cúmplase la dura ley! En castellano corriente, Inés: desde
-que ando en esta casa, se han despertado en mí sentimientos y fervores
-que son incompatibles con la serenidad de espíritu y con la castidad
-de pensamientos que se requieren para el estado eclesiástico. En una
-palabra: yo no sirvo ya para sacerdote; repito que la causa de ello
-reside aquí, y añado que la conozco y que mi voluntad no ha tenido la
-menor parte en la caída... ¡Puedo jurarlo, Inés, puedo jurarlo si á
-jurarlo se me llamara! Sin embargo, á nadie culpo, nada pido, de nadie
-me quejo. Barro frágil era: tropecé á obscuras en mi camino, y barro
-despedazado soy en este momento. Nada más natural en los azares de la
-miseria humana... ¿Acabó usted de comprenderme?
-
-—No, señor,—respondió Inés muy resuelta, después de unos momentos de
-indecisión.
-
-Esta entereza por remate de lo que él había ido leyendo de nuevo en la
-cara de su discípula mientras la enderezaba las últimas indirectas, no
-le dejó la menor duda de que Inés deseaba y quería entenderle cuanto
-más pronto. El por qué del deseo, ya no estaba tan claro para Marcones.
-
-Arriesgóse éste, y jugó su última carta de la siguiente manera:
-
-—Puesto que es preciso, lo diré más claro todavía. El tropiezo que
-he hallado en mi camino; el imán, la fuerza que me ha sacado de él;
-el hechizo que ha despertado en mí sentimientos incompatibles con el
-estado eclesiástico, y la luz que me ha hecho ver á las claras que mi
-primera vocación no era perfecta... todo esto junto, Inés, todo esto
-junto... es usted. ¿Me he explicado bastante ahora?
-
-Inés se estremeció al oirlo, aunque quizá lo esperaba desde muy poco
-antes. Púsose pálida; en seguida roja; se le acobardó la mirada; cerró
-los ojos, y concluyó por esconderlos detrás de las manos, sobre las
-cuales apoyó la frente.
-
-Marcones, en tanto, estaba lívido, le temblaban los párpados y la
-barbilla, y se le podían contar los latidos del corazón en el paño de
-su chaleco. Aun sin estimar lo que hubiera de carnal en su intentona,
-se jugaba en ella la puchera. Era, pues, muy natural aquel desconcierto
-del seminarista; desconcierto que, con ser tan grande, no le impidió
-ver que urgía aprovechar la situación moral de Inés para rematar
-la obra, y, si no vencer, salir de la batalla con el intento bien
-justificado. Con este propósito añadió á lo dicho, después de un rato
-de silencio y mientras Inés continuaba con la frente sobre las manos:
-
-—Esto que he tenido que declarar á usted, obligado por las razones que
-la dí, ha de quedar entre nosotros como en el fondo de una sepultura.
-Así lo pido, porque tengo derecho á ello; y le tengo, porque, como
-ya lo declaré, á nadie culpo de lo que me pasa, nada reclamo; y por
-lo que á mí solo importa, tengo tomada una resolución bien firme.
-Usted está muy alta: yo estoy muy bajo; usted es hermosa: yo soy una
-persona insignificante y mísera en quien, por el ropaje que viste y las
-ciencias que ha cursado, hasta parecen crímenes estos sentimientos; no
-tengo un solo título para merecerla á usted, al paso que no me parece
-bastante todo el corazón para adorarla. En este conflicto, ¿qué le toca
-hacer á un hombre honrado como yo? Alejarse de aquí, y alejarse para
-siempre. Pero tengo en esta casa deberes que cumplir, y no puedo salir
-de ella sin dejar bien demostrado que, si no los cumplo, es porque me
-lo impiden motivos muy poderosos. Ya conoce usted estos motivos, porque
-solamente para que los conozca usted me he atrevido á arrancar del
-fondo de mi corazón este secreto. Ahora, olvídele usted, discúlpeme
-como mejor pueda con su señor padre, concédame el perdón que la pido de
-rodillas, y déme su permiso para retirarme.
-
-Inés estaba en este momento lo mismo que si de pronto hubiera oído
-crujir los techos y removerse las paredes de la casa: tiritaba de pies
-á cabeza, y no sabía qué hacer ni qué decir, ni adónde mirar en busca
-de un resquicio para huir de aquella situación que la amedretaba.
-
-Marcones, entre tanto, convulso y anhelante, la devoraba con los ojos;
-y como pasaba el tiempo sin que ella descubriera los suyos ni dijera
-una palabra, el fogoso mocetón se levantó de la silla, avanzó el busto
-sobre la mesa, y, casi á la oreja, la disparó estas palabras:
-
-—¡Dígame usted siquiera que me ha oído, ya que no sea bastante
-compasiva para perdonarme!
-
-Al mismo tiempo le tocó un brazo con su manaza, quizás para descubrirle
-la cara tirando de él; pero no sé cuál fué primero, si el llegar la
-mano al brazo, ó el incorporarse de un brinco Inés y dar un paso hacia
-atrás. Marcones retrocedió á su vez otro paso.
-
-—No he querido ofenderla á usted—la dijo entonces, viéndola con la faz
-angustiada y los ojos empañados;—y en cuanto al favor que acabo de
-pedirla...
-
-—Todo lo he oído—respondió al fin Inés trémula y desconcertada;—de todo
-me he hecho cargo... pero yo no sé... yo no entiendo... yo no esperaba
-eso... Se quiere usted marchar y no darme más lecciones... puede que
-tenga razón... y puede que no la tenga: ¡qué sé yo? Para hablar de
-estas cosas, hay que estar muy serena... Puede que lo esté yo mañana...
-En fin, si quiere usted que le diga lo que siento sobre todo lo que me
-ha contado, déjeme que sea capaz de saberlo, porque ahora no lo sé...
-Conque hasta mañana, ¿verdad?
-
-Y como quien sale de un atolladero abriéndose camino á ciegas con
-las manos, salió Inés de su apuro entre el laberinto de estas frases
-descosidas, y en seguida del cuarto, en el cual quedó un instante
-Marcones bañándose el alma en un golfo de dulzuras, por traducir á su
-gusto aquellos desordenados aleteos de un corazón que jamás se había
-visto en apreturas semejantes.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XVI
-
-EL FALLO DE LA EDUCANDA
-
-
-La pobre Inés se pasó aquella noche en claro, y aún no la alcanzó
-para desembrollar el lío de pensamientos que la llenaban la cabeza.
-¿Cómo pudo ella imaginarse que la exquisita diligencia de aquel mozo
-para acudir á su casa y enseñarla lo que no sabía, pudiera terminar
-en lo que había terminado? Cierto que se la venían á la memoria casos
-y pequeñeces que, examinados desde allí, parecían señales de lo que
-luégo se descubrió; pero para haberlos dado entonces la importancia que
-aparentaban desde lejos, se necesitaban una malicia y una experiencia
-que ella no tenía. De todas suertes, ya no era ocasión de ventilar
-ese punto. Había que tomar las cosas en el estado en que fatalmente
-acababan de ponerse; y tomándolas así, ¿qué hacer? Esta era la
-cuestión: sobre esto había que meditar, y nada más que sobre esto.
-
-Ordenando lo mejor que pudo sus alborotados pensamientos, se halló
-con que no sabía á punto fijo si la explosión amorosa de su maestro,
-después de pasada la primera impresión, que fué de asombro, la
-mortificaba ó la complacía. De lo que estaba bien segura, era de no
-haber contribuído, á sabiendas, ni con el más ligero soplo, á encender
-la hoguera en que Marcos parecía consumirse. ¡Y qué hoguera, á juzgar
-por el fuego de las palabras con que el desdichado se la pintaba! Y con
-abrasarse tanto, el pobre mozo se resignaba heróicamente á su martirio,
-sin culpar á nadie, y hasta creyéndose indigno del menor consuelo que
-pudiera darle quien, en rigor, era la causa de sus dolores. Por este
-lado no hallaba Inés motivos para sentirse mortificada con aquellas
-fogosidades tan honradamente declaradas; al contrario: hasta en
-conciencia se creía obligada á compadecerse de Marcos.
-
-Pero descartadas de la cuestión estas consideraciones que tan
-directamente se rozaban con su amor propio halagado y con la natural
-blandura de su corazón; consideradas las cosas en su valor absoluto y
-con entera independencia de todo sentimiento vanidoso y caritativo,
-¿de qué casta era la huella que en los profundos de Inés habían dejado
-las apasionadas confesiones del estudiante? Aquí estaba el lado más
-obscuro de la cuestión, y éste era el que reclamaba toda la fuerza de
-su discurso. Nada la había dicho Marcos que la sorprendiera por nuevo,
-aunque la asombrara por inesperado; porque el adormecimiento de sus
-deseos y de sus pasiones nunca fué tan grande que la impidiera sentir,
-á su modo, esas hermosas revelaciones que suele hacer el corazón
-humano en la primavera de la vida. El caso, pues, del estudiante, era,
-en lo esencial, la realidad de muchos sueños que ella había tenido,
-particularmente desde que la dominaba la afición al aseo y al trabajo.
-Pero estos sueños y aquella realidad, que tanto se parecían en el
-fondo, en todo lo demás eran muy distintos. La propensión de Inés á
-trasponer en sus meditaciones las montañas fronteras con la imaginación
-cuando se la ocupaban ideas de este linaje, no nacía de un temperamento
-caprichoso y visionario, sino de una convicción racional y práctica de
-que no había al alcance de sus ojos realidades de carne y hueso capaces
-de satisfacer las nativas delicadezas de sus dormidos afectos. No por
-esto salían sus exigencias de los límites racionales: no soñaba con un
-príncipe vagabundo de los que andan de puerta en puerta en busca de
-ignoradas hermosuras para llevarlas á ser reinas en palacios de plata
-y oro, como los príncipes de los cuentos con que la entretenía muchas
-veces su pobre madre. Se conformaba con muchísimo menos; pero con ser
-ello tan poco, ¡era tan distinto de Marcos! Podía ser el galán confuso
-de sus imaginaciones más bajo ó más alto, más rubio ó más moreno, más
-triste ó más alegre, dentro del tipo común de los galanes apasionados
-y corteses; pero gordo, grasiento, mofletudo, con la cabeza rapada,
-vestido de negro sucio, teólogo de balandrán y casi cura como Marcos,
-jamás le había soñado. Á Marcos le consagraba ella un afecto de otra
-especie: le admiraba por sabio, le profesaba un cariño respetuoso por
-la paciencia y la perseverancia con que la instruía y la aconsejaba,
-le besaría con gusto la mano y hasta se confesaría con él en cuanto
-cantara misa... De pronto este hombre, este teólogo y casi cura, con la
-cabeza rapada, el vestido negro y el cerviguillo poroso, la descubre
-que arde en amor por ella, y se lo dice en un lenguaje como nunca le
-igualaron, por fogoso, los galanes de sus sueños, más elocuentes, á su
-parecer, por lo mucho que se callaban, que por lo poco que la decían...
-¡Oh! ¿por qué era tan gordo Marcos? ¿por qué había estudiado para
-cura? ¿por qué se afeitaba tanto y no gastaba el pelo con raya y el
-vestido de color? ¿por qué era sobrino de Romana, y por qué, en fin,
-era de Lumiacos?... Pero ¿sería posible que estas cualidades accesorias
-bastaran á desprestigiar, en el concepto de Inés, el altísimo valer
-de aquel profundo y ardoroso sentimiento que el estudiante la había
-confesado de tan hidalga manera?
-
-Y esto era lo que la inexperta muchacha no acertaba á poner en claro.
-Á veces consideraba, «por un momento,» que se le acercaba Marcos, que
-la pedía la respuesta prometida, y que ella se disponía á dársela
-enteramente ajustada á los deseos del enamorado mozo. Y entonces sudaba
-Inés de congoja, porque no hallaba modo de que las palabras salieran
-de sus labios; y no por cortedad de mujer ruborosa, sino por algo como
-repugnancia instintiva: le parecía estar hablando con su padre ó con
-el cura de Robleces. Y por este camino lo ponía peor y se sumía en más
-hondas confusiones, supuesto que Marcos sería todo lo gordo, todo lo
-negro y todo lo teólogo que se quisiera; pero, en rigor de verdad, era
-un hombre en la fuerza de la mocedad, sin votos y sin trabas de ninguna
-especie, libre y casadero como otro cualquiera, y en nada se parecía,
-para el caso que se ventilaba, ni á don Baltasar Gómez ni al cura de
-Robleces. Podían ser, por consiguiente, impresiones pasajeras estas
-repugnancias del ejemplo. Había que averiguarlo.
-
-Y vuelta al torno, y más tumbos en la cama. Y así toda la noche, sin
-sacar otra cosa en limpio que un medio convencimiento de que por el
-solo _delito_ confesado por el estudiante, no merecía éste la pena que
-voluntariamente se había impuesto; que era de necesidad, y hasta de
-conciencia, disuadirle de su empeño y reducirle á que continuara las
-interrumpidas tareas, como si nada hubiera pasado entre el maestro y
-la discípula, y dejar al tiempo la obra de poner en claro aquellas
-nebulosidades que no podía despejar ella por sí sola.
-
-Entre tanto, no pedía Marcones mucho más que esto en las cuentas que
-se echaba revolcándose á obscuras en su camaranchón de Lumiacos.
-Estaba muy satisfecho del resultado de su embestida. Había visto en
-el azoramiento de Inés revelaciones terminantes de impresiones hondas
-y de batallas rudas, y á eso solo tiraba él. Lo demás sería obra de
-la prudencia y del tiempo. Contaba con que Inés, en la situación de
-ánimo en que había quedado, le instaría, aunque fuera de cumplido,
-para que renunciara á su propósito de no volver á Robleces; y él
-entonces pondría el colmo á su abnegación heróica, aceptando el nuevo
-suplicio, mil veces más cruel que el de Tántalo... así, con Tántalo
-y todo: conocía un poco la Mitología, y pensaba que no caería mal en
-aquel trance este arranque erudito que él tenía en mucho, ignorando
-lo corrido que andaba por la tierra. Si, como también era posible,
-Inés no le hacía el ruego «que era de esperar,» él sabría trocar la
-concesión en oferta, resultando siempre el sacrificio heróico, y hasta
-con la exornación, por remate, del supradicho símil mitológico. Todo
-menos cumplir neciamente su amenaza de no volver á Robleces. ¡Tendría
-que ver la simpleza! Inés era de las tajadas que no se abandonan sin
-dejar los dientes en ellas. Esto, extremando las suposiciones; porque
-bien saltaba á la vista, por lo sucedido aquella tarde, que Inés era
-cera dócil á la mano que se empeñara en reblandecerla. Y ¿en qué
-otra mano que la suya había caído la cera? Tiempo, tiempo, astucia y
-perseverancia, era lo único que él necesitaba para salir triunfante de
-su empeño; y triunfaría... ¡por buenas ó por malas!
-
-Con estas inofensivas intenciones, algo lacio de cuerpo, tristón de
-mirada y cetrino de color, entró la tarde siguiente en casa de Inés.
-
-Aguardábale ésta en el cuarto de las lecciones, garrapateando
-maquinalmente números en un papel, pero sin plana nueva. También estaba
-algo lacia y muy ojerosa. Al llegar Marcones, se aturdió mucho y se
-puso colorada. Tomólo á buen agüero el mozón, y se quedó plantado
-delante de la mesa sin decir más palabras que las precisas para dar,
-á media voz, las buenas tardes á Inés; en la cual se reavivaron sus
-caritativos sentimientos, al tomar la palidez y la tristeza de Marcones
-por señales de sus rudas batallas interiores.
-
-—He venido—dijo el de Lumiacos, viendo que Inés nada le decía á
-él,—porque, ó la ilusión me engañó, ó usted me dijo ayer tarde que
-volviera.
-
-—Es cierto,—tartamudeó la pobre muchacha.
-
-Marcones continuó, después de una pausa de silencio, durante la cual no
-supo Inés qué hacer de las manos ni de los ojos:
-
-—Y... ¿recuerda usted por qué y para qué me mandó que volviera?
-
-—Creo... que sí,—respondió Inés á trompicones.
-
-—Pues aquí estoy para recibir las órdenes que tenga usted la bondad de
-darme,—añadió el estudiantón sin moverse de su sitio y con el hongo
-mugriento entre las manos.
-
-Pero Inés, que todavía continuaba tomando, muy á menudo, ciertos dichos
-hueros al pie de la letra, contestó con la mayor sinceridad, después de
-repasar un poco su memoria:
-
-—Yo no recuerdo que tenga que darle á usted ninguna orden.
-
-—Si no es orden—repuso el de Lumiacos fingiéndose más apurado de lo
-que estaba,—será otra cosa: verbigracia, una respuesta que quedara
-pendiente ayer, por ciertos motivos de... de cortedad, supongamos.
-
-—Eso ya es distinto,—dijo Inés entonces, cobrando alientos en las
-apreturas mismas del trance en que se la ponía.
-
-—Pues usted me dirá,—concluyó Marcones, cambiando de pie para
-descansar, y humillando más la cabeza.
-
-Y con esto llegó el apuro gordo para Inés; apuro que consistía en decir
-de memoria el párrafo que para eso había discurrido por la noche,
-después de meditar tantísimo como había meditado.
-
-Por no cansar al lector con la copia fiel de aquellas descosidas frases
-que al fin tuvo que decir la hija de don Baltasar, parrafada la más
-larga de cuantas había _echado_ de una sentada en todos los días de
-su vida, le diré yo que sudando á ratos, animándose en otros, cayendo
-aquí y levantándose allá, vino á declarar á Marcones, en substancia
-y en castellano corriente: que recordaba muy bien cuanto él la había
-confesado el día antes; que se lo agradecía mucho por la parte que
-la tocaba; que no veía en todo ello el menor motivo para huir de
-Robleces, como si hubiera hecho allí algo que mereciera persecución de
-la Justicia; que le parecía mejor y hasta de necesidad, por no dar en
-qué entender á las gentes de casa y de fuera de ella, que las lecciones
-siguieran como hasta allí, él de maestro y ella de discípula, guardando
-cada cual su alma en su almario; y que se dejara el tiempo correr hasta
-que Dios, que estaba en los cielos, dispusiera las cosas... como más
-conviniera.
-
-Marcones quedó muy satisfecho de este dictamen, y más que del dictamen,
-de la emoción interna revelada en el extraño modo de exponerle; pero no
-lo dió á entender así: al contrario, bajó más la cabezona y respondió
-tristemente:
-
-—Lo que usted me propone, sería para mí un suplicio superior á mis
-fuerzas. En la situación en que se han puesto las cosas, me sería
-imposible la vida sujetándola á esa violencia continuada.
-
-Inés se atrevió á replicar muy entera:
-
-—¿Y qué sabe usted lo que se violentarían _los demás_? ¡Si sólo se
-hiciera en la vida lo que le conviene á cada uno!...
-
-Marcones miró fijamente á su discípula, asombrado de su arranque, que
-lo mismo podía significar mucha frescura de espíritu, que un alarde de
-obligada fortaleza. De cualquier modo, era ya temerario insistir en el
-empeño, y parecía llegada la hora de soltar el símil mitológico.
-
-Dispuesto á ello, Marcones, después de fingir con ademanes y
-contorsiones una encarnizada lucha en sus adentros, habló así:
-
-—Pues la voy á dar á usted la mayor prueba que puede pedírseme de la
-honradez y grandeza de la pasión que me devora... Estoy dispuesto á
-padecer ese horroroso suplicio de Tántalo, sólo porque usted lo desea.
-
-Como debía esperarse, Inés, que no conocía, ni de nombre, á aquel
-sujeto, preguntó con los ojos á Marcos quién era y qué suplicio había
-padecido.
-
-Marcos se apresuró á responderla:
-
-—Tántalo era un rey, hijo de dioses, que por sus maldades fué condenado
-al tormento de la sed, teniendo el agua junto á los labios. ¿Se entera
-usted? Pues yo voy á padecer como Tántalo... ¡más que Tántalo! Porque
-mi sed será mayor que la suya, y más fresca y más sabrosa el agua que
-junto á mí tenga... Y yo no he pecado nunca contra usted de propio
-intento; y además, me presto voluntario á padecer el martirio... Voy,
-pues, á ser Tántalo... ¡más grande que Tántalo!... porque usted me lo
-manda y así lo quiere.
-
-Y como si intentara poner ya de manifiesto su grandura, al exclamar así
-alzaba los dos brazos con el hongo en una mano. Da suerte que, en la
-relativa pequeñez de aquella habitación, parecía un espantajo colosal
-teñido con hollín de la chimenea.
-
-Á Inés le pareció tal cual el símil, pero no tanto el _dibujo_ con
-que Marcos le exornó. Díjole lo que mejor pudo y supo para dar por
-terminado aquel gravísimo incidente, en los términos convenidos
-poco antes, es decir, guardando cada cual su alma en su almario y
-encomendando á la providencia de Dios la marcha y el término y remate
-del amoroso pleito; y volvieron el maestro y la discípula á sus
-habituales tareas, tomándolas en el punto en que tan bruscamente las
-había dejado Marcones el día anterior.
-
-Al despedirse aquella tarde el mocetón de Lumiacos, entregó á Inés unos
-librejos.
-
-—Los traía—la dijo,—para dejárselos á usted como recuerdo de un
-desventurado, en la cuenta de que fuera ésta mi última visita. De todas
-maneras, ya está usted en disposición de sacar la debida substancia
-de esta clase de lecturas. Son las novelas ejemplares que la había
-prometido. Léalas usted despacio; y ¡ojalá la entretengan y la enseñen
-todo cuanto yo deseo!
-
-Inés y Marcones se separaron con los suyos respectivos enteramente
-satisfechos: ella, porque, visto de cerca el peligro, le había parecido
-menos imponente que de lejos; él, porque sus fogosas declaraciones
-habían sido aceptadas en principio, y se le dejaban las puertas de
-aquella casa abiertas de par en par, lo cual era un paso de gigante en
-la marcha de su pleito.
-
-Á Inés la había parecido el peligro menos, imponente de cerca que de
-lejos, no sólo por haber hallado á Marcos dócil á sus dictámenes y
-deseos, sino porque, mirado éste con el interés con que acababa de
-mirarle y no le había mirado jamás, aún le halló mucho más gordo,
-más obscuro, más poroso... y más cura que hasta allí; con lo cual se
-aclaraba bastante aquel lado de la cuestión, que tan negro la había
-parecido á ella la noche antes.
-
-Entre tanto, la Galusa se bebía los vientos para averiguar con certeza
-lo que ocurría. Con certeza digo, porque barruntos de algo serio y no
-desagradable, los tenía por lo que había escuchado desde la sala y
-por lo que había leído en las caras y en los continentes de los dos
-interesados principales. Su sobrino, como si se gozara en atormentarle
-la curiosidad, nada había querido contarla al despedirse la víspera;
-y eso que le retozaba la alegría en los ojos, mientras Inés no sabía
-adónde mirar con los suyos, ni poner la mano en cosa que no se le
-cayera de ella. Sólo la había dicho al pasar: «mañana hablaremos.»
-
-Pero, felizmente para la fisgona, Marcones, después de la lección de
-aquella tarde, se encerró con ella, que ya le esperaba, y comenzó á
-cumplirle su promesa, diciéndole al mismo tiempo que se frotaba las
-manos:
-
-—¡Como una seda, tía!... ¡como una seda! ¡Le repito á usted que como
-una seda!
-
-—Bien está—respondió la Galusa hecha toda ojos y oídos;—pero eso ya lo
-teníamos días atrás, hijo del alma.
-
-—Cierto—repuso Marcones;—pero lo teníamos en hipótesis, quiero decir,
-lo dábamos por seguro; al paso que hoy es ya un hecho notorio y
-comprobado.
-
-—¡Benditas sean las horas del Señor!—exclamó la pelindrusca levantando
-hasta la boca las manos entrelazadas.—¿Y cómo te arreglaste para
-saberlo? ¿Qué la dijistes, hijo del mismo dimoño?
-
-—¡Todo, todo, tía! Todo se lo dije, como si me abrasara en fuego de
-amor por ella... ¡y creo que es la pura verdad!; y cada dicho salió á
-su tiempo y cayó como y cuando debía caer... ¡Oh, estaba el plan bien
-arreglado, aquí, aquí, en esta cabeza atestada de filosofías!...
-
-—Y ella ¿qué te dijo?—preguntó trémula de curiosidad la Galusa.
-
-—¡Ella!—respondió Marcones con aire de triunfador.—Con la boca, muy
-poco, por de pronto; pero ¡con los ojos!... ¡pero con el estremecerse
-de todo su cuerpo!... ¡pero con el ponerse descolorida ahora y muy
-encarnada después!... ¡Todo, todo me lo dijo, tía; todo cuanto yo
-necesitaba saber!... ¡Qué al alma fué el golpe, y qué bien meditado
-estaba! Haciéndome el chiquito, conseguí parecerla grande; y
-despidiéndome de ella para siempre, logré que me detuviera á su lado.
-¡Esto es saber entenderlo y poner los recursos á la altura de las
-ocasiones!
-
-—¿Y todo ello—insistió la Galusa, que era desconfiada de suyo,—lo
-leístes por esas señales que dices de la color baja y del temblor del
-cuerpo, sin palabra anguna que lo aclarara más?
-
-—Aunque las señales eran de sobra—respondió desdeñosamente
-Marcones,—para un entendedor como yo, esas señales fueron ayer como
-primer fruto de mis ternezas amorosas y de mis razonamientos de
-hombre honrado. Después acá, ha pasado una noche: la meditación y el
-sosiego han hecho su oficio; y esta misma tarde se ha atrevido Inés á
-confirmarme de palabra lo que yo había leído en las señales que á usted
-le han parecido tan poca cosa. En conclusión, tía: Inés, sabiendo que
-la adoro (así se lo dije), quiere que yo continúe dándola lecciones
-como hasta aquí, con la sola condición de que cada uno de los dos
-guarde en sus adentros lo que sienta sobre ese particular, hasta que
-Dios disponga lo que crea más conveniente para nosotros. ¿Le parecen
-á usted pocas también estas señales? ¿Cree usted que en un asunto como
-el mío se puede dar un paso más grande, ni en un terreno más firme?...
-Ahora, mucha prudencia hasta dar el segundo, y, por lo tanto, no se dé
-usted por entendida con Inés de esto que la he contado. Usted no sabe
-nada, ¡ni una palabra de ello! ¿Estamos?
-
-—Por la cuenta que me tiene—respondió la Galusa muy satisfecha; y en
-seguida añadió:—¡Vaya, que sospensa me dejas y cuento me paece, por
-lo pronto y lo bien que la cosa te ha salido! ¡Te digo que si no se
-tuerce!...
-
-—Por el lado de Inés, respondo de que no—dijo Marcones.—Algo más me
-apura ahora el caso por el otro lado: el lado de ese hombre, que tiene
-los demonios en el cuerpo.
-
-—Y ¿qué te espanta de nuevo en él—objetó la Galusa,—que no te haya
-espantado antes de ahora?
-
-—Tanto como espantarme—replicó el sobrino,—ni ahora me espanta ni antes
-me espantó cosa mayor. En teniendo asegurada la hija, en un extremo
-apurado nada viene á valer la voluntad del padre. Pero por lo mismo
-que estoy á punto de lo primero, me entran temores de que pueda hacer
-don Baltasar una de las suyas á la hora menos pensada y cogiéndome
-desprevenido... Y dígame usted, ya que de esto se trata: ¿no es bien
-raro que ese hombre no haya maliciado algo hasta la fecha?
-
-—Ese hombre—dijo la Galusa,—bien repetido te lo tengo: mientres no le
-pidan dinero ó cosa que lo valga, tanto se le da que la hija se pase
-las horas en conversación contigo, como con uno de la Guardia cevil.
-Además, está en la cuenta de que á tí lo que te tira es la Iglesia, y
-no más que la Iglesia; y con sólo pensar que te cobra en enseñanzas
-algo de lo que te ha prestao para tus estudios, se goza en que se las
-des á su hija. Esto me lo ha dicho á mí, ¡pa que lo entiendas!...
-que por lo restante, poco le importa que Inés no sepa deletrear. Lo
-que le gusta, y mucho, es verla como la ve, de un mes largo acá, tan
-frescachona y recompuesta; y no por lo que campa así, sino por lo que
-al mesmo tiempo tiene de trabajadora y de remango pa el avío del cuarto
-de él y limpieza de toa la casa. Por otra parte, de semanas á hoy, yo
-no sé qué mil demonios trae entre cejas, que anda á ratos muy caviloso,
-y se marcha por esos campos, tan aína por este lao como por el de
-acullá, muchas más veces que antes. ¡Como tiene tantas trapisondas de
-intereses con unos y con otros! Pos ajunta á todo esto que ya está
-pensando en la siega, que ha de acabarse, como siempre, antes del
-Santo, y el Santo es el deciséis. ¿Sabes tú lo que se arregüelve en
-esta casa cuando llega esa labor, con un agosto tan grande como el
-que aquí se hace pa tanto ganao como hay al pesebre? Miedo me da el
-pensarlo, hijo; que en esos días no bastamos la otra moza y yo pa dar
-abasto en la cocina al laberiento de la obrerá, que come... ¡Virgen
-María, lo que ella come! Eso sin contar la fatiga del empaye, y hasta
-de la mies, de que tampoco se libra la otra enfeliz. Y dame segadores;
-y dame carros ajenos porque no bastan los dos de casa; y dame la flor
-de la mocedá del barrio pa el timeneje restante, y fegúrate cómo andará
-ese hombre en esos días, con el hipo que tiene de que aquí no se dé
-golpe ni se coma bocao sin que la su mano y los sus ojos entiendan en
-ello. Así es, hijo del alma, que bien le puedes soltar un cañonazo á la
-oreja en los días que vienen por delante, sin recelo de que él se dé
-por alvertío; y como tamién el laberiento de la cocina me obligará á mí
-á ser ciega y sorda pa cuanto ocurra en esos mesmos días hacia la sala,
-aprovéchate bien y no seas tonto, que, en casos tales, pasar un punto
-es pasar un mundo... Quiero decirte, que no te andes con desimulos,
-receloso de que te pesquen en el aire este ademán ó aquella palabra...
-
-—Ya está esa siembra hecha, tía—dijo Marcones interrumpiendo á la
-Galusa,—y en buen terreno, como se lo tengo referido á usted, sin que
-ello impida que aproveche yo las buenas ocasiones que se me presenten
-para cosechar el fruto antes con antes. Por de pronto, unos librejos
-la he dado que la enseñarán á sentir como se debe y en beneficio mío,
-esas cosas que yo la he hecho almacenar de pronto en la cabeza y en el
-corazón. Leyéndolos bien, se empapará en la materia, me consultará su
-pensar, un caso sacará otro á relucir... y, en fin, yo sé lo que me
-hago.
-
-—¿De modo que ya te salistes con la tuya; que ya quemastes el medio
-balandrán que tanto te pesaba?
-
-—Para ella, sí; pero aún me queda, por respeto á su padre, la
-sotanilla entera... ¡Y si viera usted cómo me han crecido desde ayer
-acá los deseos de vestirme de color y dejarme los bigotes, para ser
-el mejor mozo de la Ribera! ¡Ay, tía!—añadió el estudiante con hondo
-desconsuelo,—¡de qué otro modo tan distinto marcharan estas cosas si yo
-pudiera quitarme de encima hasta el último jirón de paño negro! ¡Mal
-rayo le parta!... Y con esto me voy, que se va haciendo tarde.
-
-Y se fué, despedido por su tía con esta fervorosa imprecación:
-
-—¡La Magalena te guíe, serafín de la cencia, y la fortuna ponga luégo
-en tus manos lo que buscas... que güeña falta _nos_ hace!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XVII
-
-EL AGOSTO DEL BERRUGO
-
-
-Tenía razón la Galusa: el agosto de aquella casa era un reventadero.
-Duraba cerca de dos semanas, porque no entraban, un año con otro, menos
-de sesenta carros de yerba curada en el pajar; y la tarea se llevaba
-en vilo, sin otra interrupción que la del día festivo intermedio. Cada
-tarde se _empayaban_ seis ó siete carros, y á esta norma se acomodaban
-las siegas de cada día. Toda la gente que andaba en la brega era de la
-casa: colonos y deudos de colonos, de los más trabajadores y entendidos
-entre todos los colonos y deudos de colonos del Berrugo, con las únicas
-excepciones, últimamente, de Pilara, por ser la mejor _acaldadora_
-de yerba que se conocía en Robleces, y de Quilino, á ratos, que se
-colaba en el bureo de aquellos agostos sin que nadie le llamara, como
-se colaba en todas partes. Desde que Pedro Juan fué mozo, él y su
-padre eran siempre los segadores de cabecera: aunque viejo el uno y muy
-hechos los dos á las fatigas del mar, tan diferentes de las de tierra
-firme, no había miedo que dalle alguno les picara los talones. Como
-rapado con navaja de afeitar quedaba el suelo en cada _cambá_ de las
-que ellos _tiraban_, acompañándose con sendos crujidos del resuello. El
-Josco tenía además la gracia de conducir la enorme balumba de un carro
-de yerba por un despeñadero, sin que _entornara_, y la de cargarle y
-descargarle en la mitad de tiempo que el labrador más ágil y forzudo.
-Desde la primera vez que lo notó el Berrugo, le encomendó el mejor
-carro de los dos de su casa, y le puso á Pilara por acaldadora. Hay
-quien afirma que de este modo nació, dos agostos antes del que aquí se
-menciona, la buena ley que se tenían Pilara y el hijo del Lebrato. Y en
-verdad que nunca como en aquellas ocasiones eran tan de ver los dos, ni
-parecían mejor cortados el uno para el otro.
-
-Tampoco mentía la Galusa al afirmar á su sobrino que en el agosto, como
-en todo lo de su casa, «ese hombre tenía el hipo de que no se diera
-golpe ni se comiera bocao sin que la su mano y los sus ojos entendieran
-en ello.» Verdaderamente era en aquellos días un argadillo que mareaba.
-Comenzaba el ajetreo por el acopio del «boquible,» como él decía, para
-la «obrerada:» bacalao de desecho, medio podrido, y una oveja sarnosa
-de su rebaño en aparcería; y si no había oveja de estas condiciones,
-una becerruca _azurronada_ y á punto de morirse de ruinera, que nunca
-faltaba en casa de un aparcero ó en la suya propia. El vino, de lo
-tinto picado de su bodega. Para matar el dejo de la carne enferma ó del
-bacalao podrido, sabía él hacer unos adobos cáusticos que levantaban
-ampollas y escaldaban el paladar, de modo que el más sutil de suyo
-no advertía la acritud que pudiera quedarle al vino después del agua
-de fregar con que le había _mejorado_ el inocente. Y nada de pan
-blanco para las comidas: boronas como ruedas de molino. De esto, hasta
-llenarles la andorga. Gracias á Dios, había maíz sobrante en el desván,
-y aquello de menos le comerían los ratones. Para el ollón del mediodía,
-las berzas de _posarmo_, las alubias con gorgojo, el tocino avenado...
-¡y agua que te crió! La _parva_, de una bebida alcohólica, cuyos
-componentes, tan baratos como corrosivos, fueron siempre un secreto
-suyo, y un zoquete de pan duro y mohoso por persona.
-
-Pagando de este modo á los obreros, no le salían, uno con otro, amén de
-los carros, á tres reales y cuartillo de jornal. Costumbre era en otras
-casas pagar, por iguales trabajos, media peseta además de la comida;
-pero el Berrugo tenía leyes especiales y colonos que las sufrían y
-acataban, porque les salía peor la cuenta rebelándose.
-
-Avisada y dispuesta la gente, don Baltasar llamaba al Lebrato: le decía
-qué prados se habían de _tumbar_ los primeros; y antes de salir el
-sol, ya estaba él, con una rastrilla en la mano, esperando en la mies
-á los segadores. Por sí mismo reconocía los hisos y los linderos; y al
-marcarlos hollando la yerba con los pies, siempre metía las marcas más
-de un palmo en los prados colindantes.
-
-—¡Hala por derecho—decía inmediatamente á los segadores,—y apretar de
-firme ahora que está la yerba en buen temple de rocío!
-
-Consumiéndole la impaciencia y por ganar algo, aunque sólo fuera un
-poco tiempo, sin esperar á que se formara un _lombío_ de dos varas
-de largo, ya estaba él esparciéndole con el mango de la rastrilla y
-hurgando casi los talones del último segador de la tanda.
-
-Así, hasta que llegaba una criadona con la parva en una cesta.
-Quedábase la moza para esparcir los lombíos, y se volvía él á casa.
-Á la despensa lo primero. El tocino, las alubias... Del tocino, lo
-que oliera peor entre lo apartado por rancio; de las alubias, las más
-vacías y agorgojadas.
-
-—¡Hospa!—le decía á la Galusa, que recibía de sus manos aquellas
-porquerías en el delantal.—Y para ellos, sobra.
-
-En seguida abajo: á preparar el vino tinto. Después al estragal: los
-aperos; si están listos y corrientes. Al corral de atrás: los carros,
-las armaduras altas... Llamadas, advertencias y preguntas al criado. Al
-pajar, para ver si está bien barrido el suelo y bien apartada la yerba
-vieja, trepando á escape la escalera que arranca de allí, pegada á la
-pared. Antes, un alto en la _payeta_ para sentar las tablas desclavadas
-que estén fuera de su sitio... Abajo otra vez: á la cuadra: las
-telarañas, los boquerones, la ceba sobrante. Arriba de nuevo: vistazo y
-olisqueo á la carne y al bacalao, que están empapándose en el adobo que
-él manipuló. Á la cocina después: á destapar el ollón en que hierven ya
-las berzas, el tocino y las alubias. Le parece el condumio _bajo_: ¡más
-agua! Antes del mediodía, otro viaje á la mies, por si está ó no está
-dada la vuelta á toda la yerba esparcida según la han ido segando...
-Y á casa con tiempo para ver cómo se prepara en la cesta grande la
-comida que ha de llevarse al prado á los segadores, y medir el vino
-correspondiente, que irá en una botija de barro empedernido, con tapón
-de _garojo_... Por la tarde, á la mies todos los criados y él con
-ellos: á virar toda la yerba segada, y hacinarla después, antes que
-caiga el relente. Por la noche, toda la obrerada en la cocina alrededor
-de la mesa grande; y en medio de la mesa, dos tarterones con la carne
-sarnosa ó el bacalao manido, nadando en una charca de salsa fulminante;
-un botellón negro, cargado hasta el gollete de agua de fregar con el
-Rioja avinagrado, y una borona partida en dos mitades. Mucho eructo,
-mucho carraspeo, mucho restregón de pies, mucho vocerío y grandes
-risotadas, y el Berrugo entrando y saliendo y llevando á cada comensal
-una cuenta exacta en la memoria, de lo que mojaba, de lo que mascaba y
-de lo que bebía; y dicharacho va y pulla viene contra el que se pasaba
-«de lo justo,» ¡como si no fuera un acto meritísimo en los infelices,
-no ya engullir, sino catar solamente aquellos fementidos brebajes con
-que se les estaba envenenando allí!
-
-Al otro día se duplicaban las faenas: recoger por la tarde lo segado la
-víspera, y segar y curar otro tanto para recogerlo el día siguiente; y
-con este motivo, más obreros y más impedimenta y doblada actividad en
-el Berrugo, cuya correa daba para cuanto fuera menester. Con la comida
-en la boca y la rastrilla al hombro, tras una mañana sin sosiego, á la
-mies con el primer carro, que era uno de los suyos; y allí, mientras se
-cargaba este carro y llegaba el segundo y comenzaba á cargar, atropa
-y fisgonea y punza y acribilla al lucero del alba. Cargado el primer
-carro, á casa detrás de él aguantando sus bamboleos con la rastrilla y
-recogiendo las yerbas que se caen ó quedan enredadas en los bardales.
-Ya en el corralón y descargándose el carro, á ratos atropaba también
-la yerba desparramada en el suelo; á ratos gateaba por la escalera del
-pajar para ayudar al de adentro á desatascar el boquerón que atascaba
-el descargador del carro; á reñir al «gandul» que se dejaba ahogar
-de aquel modo; y por último, y con un rodeo fatigoso por cuadras,
-escaleras y pasadizos, á atisbar por un ventanillo del granero, que
-comunicaba con el pajar, á la gente moza que acaldaba la gran pila,
-medio á obscuras, porque no había allí otra luz que la que se filtraba
-por las tejas y la lata podrida del tejado, y la intermitente y baja
-que se colaba por el boquerón de la payeta, casi siempre obstruído.
-Y si columbraba retozos, y si descubría zancadillas, ¡Cristo mío,
-qué cuchilladas de lengua tiraba desde aquel escondrijo, y cómo le
-temblaban de frío las carnes al mozo que más sudara en aquel oloroso y
-blando quemadero!
-
-Y así toda la tarde. Por la noche, lo mismo que en la anterior, con la
-sola diferencia de haberse alargado la mesa y añadido una tartera más
-de bacalao podrido ó de carne corrompida, en virtud del aumento de
-comensales: igual entraba y salía y rondaba la mesa, y ponderaba los
-manjares y zahería al más voraz ó al menos escrupuloso.
-
-¡Y con llevarse semana y media de este modo, es decir, sin cerrar boca
-ni parar un punto, comiendo mal y durmiendo peor, no se rendía aquel
-cuerpo que parecía nutrirse de la fatiga y del hambre y del cansancio
-de los demás! Y si por remate del ajetreo le resultaba un carro de
-yerba más de los calculados antes de la siega, hasta se remozaba el
-indino.
-
-Pues á lo que íbamos rato hace: el «boquible» de aquel año se compuso
-del bacalao de siempre y de una cabra con úlceras y papera.
-
-Pedro Juan había dicho á Pilara, dos días antes de empezarse la labor:
-
-—Estoy avisao pa la siega de ese hombre.
-
-Y ella le había respondido, con «un mirar de ojos» de mayor alcance que
-las palabras:
-
-—Tamién yo, Pedro Juan.
-
-—Estonces voy,—había añadido él.
-
-—¿No pensabas dir si no?
-
-—¡Qué sé yo lo que pensaba, coles! De un tiempo acá, no pienso cosa con
-arte, si no es una cosa mesma... y dale que dale, y arriba y abajo y de
-día y de noche.
-
-Esto se había hablado en el corral de Pilara, pasando por allí el Josco
-«por casualidad» y muy de prisa; lo que demuestra, y es lo cierto, que
-el pleito de Pedro Juan no había adelantado un paso, con ser muchos
-los días corridos desde las últimas intimaciones del Lebrato y la
-subsiguiente _guantá_ al temerario Quilino.
-
-—¡Déjeme tan siquiera hasta el agosto... de ese hombre!—había suplicado
-Pedro Juan á su padre ante las nuevas amenazas de éste.—Si allí no lo
-arreglo de por mí mesmo, hágalo usté como quiere... ú haga de mí carná
-de sereña, que sería lo mejor, ¡coles!
-
-El Lebrato había accedido á la súplica; y por eso Pedro Juan esperaba
-la siega del Berrugo, con tales ansias, que las piernas solas, y contra
-el mandato de él, le habían arrastrado á pasar _casualmente_ y muy de
-prisa por el corral de Pilara, para preguntarla aquello poquitín que la
-había preguntado.
-
-Y llegaron los días esperados, y llegó la hora de entrar el Josco con
-el primer carro vacío en la pradera. El corazón le dió media docena de
-golpes en el pecho. Allí estaba Pilara hecha un brazo de mar, atropando
-con la rastrilla el heno fragante que _cascabeleaba_ de puro seco. ¡Qué
-bien le «agolía» á él entonces todo aquello, y qué grandona le parecía
-la mies, y qué alegre el sol que le tostaba, y qué bien entonados
-los cantares que _echaban_ las obreras, y qué poca cosa todas ellas,
-desmedradas y sin arte, al lado de Pilara, que sacaba á la más jampuda
-medio palmo en altura y en redondez!
-
-Pedro Juan _enrabó_, y echó al suelo las cuerdas y el horcón que
-estaban en la pértiga. Iba á comenzar la carga. ¿Subiría Pilara al
-carro? ¿Subiría otra obrera? Esta duda molestó al Josco unos momentos,
-por más que la costumbre de otros años debiera tranquilizarle. ¡Pero
-estaba el mozo tan querenciosote y amarteladón de un tiempo á aquella
-fecha!...
-
-Poco le duró la duda; porque Pilara, leyéndosela en la cara, ó sin
-leérsela, en cuanto vió el carro dispuesto, soltó la rastrilla y se
-encaramó en él por la rabera, después de haber mirado á Pedro Juan de
-un modo que parecía decirle: «¿Cómo pudistes tú pensar cosa diferente,
-inocentón?» Y empezó la carga.
-
-Es cosa de repetir aquí lo que ya se ha dicho; nunca como en aquellas
-ocasiones eran tan de ver Pedro Juan y Pilara: ella arriba, con su
-refajo corto de bayeta encarnada; el talle mal encerrado en un justillo
-de rayas azules; sobre los anchos hombros, un pañuelo de mil colores,
-cuyos picos, cruzados bajo el robusto seno, recogía la jareta del
-delantal; y á la sombra de un pajero con cintas coloradas, la cara
-frescachona, espejo fidelísimo del espíritu más satisfecho del envase
-que le cupo en suerte, entre todos los espíritus que andan por el
-mundo encarnados en criaturas humanas. Abajo él y Pedro Juan, con
-la tabla del abovedado pecho y la cerviz hercúlea, tan blanca como
-el pecho, al sol, lo mismo que la cabeza y los brazos hasta el codo,
-porque de cintura arriba no llevaba otro atavío que la camisa con las
-mangas recogidas y la pechera abierta de par en par; de cintura abajo,
-unos pantalones de mahón y una faja negra para sujetarlos sobre las
-caderas. Ella recibía arriba las horconadas que él la enviaba desde
-abajo; y al ver cómo Pilara las cogía casi al vuelo y las iba acaldando
-en dos meneos, picábase Pedro Juan y doblaba la carga del horcón;
-pero ella la recibía lo mismo que las otras, sin que volara un pelo
-de yerba por los aires; y por mucha prisa que se diera el cargador,
-siempre hallaba á la acaldadora esperándole con los brazos abiertos
-y retozándole la risa placentera en los alegres ojos y entre los
-menudos dientes blanquísimos. Pedro Juan se iba animando más y más...
-por dentro se entiende, pues ni á su cara seriona ni á sus labios
-entreabiertos asomaba la menor señal de sonrisa ni de palabra; y allá
-va media hacina de un golpe sobre la regocijada moza, que aparecía al
-momento sobre la nube, escupiendo yerbas, sacándose otras del seno y
-riendo á carcajadas. Otras veces Pedro Juan la aliviaba el trabajo
-poniéndole la horconada donde más falta la hacía; y también entonces
-se le pagaba la fineza en aquella moneda de miradas alegres y de
-sonrisas dulces que tanto apetecía él, porque verdaderamente le caían
-como un cielo estrellado, en las obscuridades de sus adentros.
-
-Á todo esto, la carga subía y subía, y la balumba se desbordaba de
-la armadura de la pértiga por todos sus cuatro costados; y cuando
-ya no cabía una horconada más sin riesgo de que se desmoronara todo
-ello, Pedro Juan echaba las _cordadas_ de un lado á otro y de atrás á
-delante, por encima de la balumba; y él solo, sufriendo con una mano
-y atesando con la otra con tal firmeza que hacía oscilar la mole y
-hasta cabecear á los bueyes medio ocultos debajo de ella, dejábala
-hecha una pieza, en la mitad de tiempo que emplean dos hombres forzudos
-para la misma labor. Después peinaba lo más saliente de la carga con
-la rastrilla; y, por último, sin bajarse Pilara del carro, conducíale
-con gran tiento á casa, entre los chirridos del eje y los cánticos de
-los obreros que le seguían y, en caso de necesidad, le apuntalaban con
-horcones y rastrillas. Como si la carga fuera de onzas de oro, atendía
-Pedro Juan al menor vaivén de su balumba que podía dar en el suelo, no
-con la yerba, sino con lo que iba sobre ella y valía, en opinión del
-Josco, más que toda la yerba de la mies y que todas las mieses del
-lugar, aunque estuvieran sembradas de ochentines.
-
-Así, hasta que llegaba el carro á la portalada del corral trasero
-de la casona. Entonces se corría Pilara hacia la rabera, se recogía
-con ambas manos las faldas alrededor de los tobillos, y se dejaba
-_desborregar_ por allí abajo hasta el suelo, donde caía blandamente
-y medio acurrucada. Pedro Juan arreaba en seguida; pasaba el carro,
-á duras penas, por debajo del tosco dintel de roble que le prensaba
-la carga y se la mordía con sus asperezas, y le dejaba arrimado á
-la payeta y enfrente del boquerón. Y allí se separaban Pedro Juan y
-Pilara. Él saltaba desde la payeta al carro para descargarle, y ella
-entraba en el pajar y subía á la pila para acaldar la yerba que el otro
-fuera descargando.
-
-Á lo mejor de éstas y de las otras faenas, solía aparecer Quilino: en
-el prado, para hacer que hacemos atropando un poco y revolviendo mucho;
-en los empayes, para irse derecho á la pila con los que acaldaban,
-sobre todo si el carro era el de Pedro Juan, señal de que Pilara
-estaría adentro.
-
-En opinión del Josco, Quilino no tenía pizca de vergüenza. Otro que
-él, con lo que se le había dicho, y mayormente con la _guantá_ que
-había llevado aquel domingo, no se le hubiera vuelto á poner delante
-sino para tomar venganza ó para despedirse para siempre... Pues donde
-estaba Pilara, allí estaba Quilino luciendo la persona, sin importarle
-un comino la cara que pusiera Pedro Juan si se hallaba presente
-también. La guantada aquélla no le había servido de escarmiento. «¿Y
-qué hacer con un chafandín así, coles?» ¿Había de arrancarle Pedro
-Juan un par de muelas cada día? ¿No era esto aventurarse á que una
-vez se le corriera la mano un poco más arriba y le dejara seco?... Y
-¿por qué Pilara no le curaba el hipo, de un escobazo? ¡Coles, esto es
-lo que debía de hacerse... y de haberse hecho ya! ¿Y por qué no se
-había hecho?... Porque no había él, Pedro Juan, «hablao» lo que le
-correspondía. Por eso. Si hubiera hablado, todo se habría dicho; y
-entre ello, que le quitaran estorbos de la vista... No tenía derecho
-á quejarse... Corriente. Pero con esto no se curaba él del resquemor
-que ciertas cosas le producían: bueno que en la mies, bueno que en el
-corro, bueno que aquí ó allá y á cielo abierto; pero ¡coles! ¿á qué
-iba Quilino al pajar en cuanto Pilara estaba adentro? Allí se andaba á
-tientas y nunca se hacía buen pie... Y Quilino podría ser poca persona;
-¡pero lo que es pegajoso y atrevido!... Verdad que Pilara era moza que
-no dejaba pasar las cosas de cierto punto; pero ¿por qué las cosas
-habían de llegar allí, ni siquiera á que el sinvergüenza, con la
-disculpa del barullo de los demás, le pusiera la pata delante, por el
-gusto de verla caer muerta de risa?... Hacía bien, muy bien, el amo en
-vigilar á menudo á la tropa de la pila; pero haría mucho mejor en no
-apartarse un momento de la ventanuca del desván. ¡Por allí, por allí,
-coles, había que estar alerta con el ojo y con el oído!
-
-Y por éstas y otras reflexiones tales, Pedro Juan no sosegaba un punto,
-mientras descargaba el carro, si Quilino estaba en el pajar. Atascaba
-el boquerón lanzando contra él horconadas enormes para acabar primero;
-pero así lo ponía peor, pues con el boquerón tapado no oía pizca á las
-gentes de la pila, y él necesitaba estar oyendo sin cesar á Pilara...
-porque él se entendía. Una tarde le encalabrinaron de tal modo estas
-aprensiones, que se atrevió á gritar desde el carro:
-
-—¡Pilara!
-
-—¡Quéeee!—le respondió en seguida la voz de ésta, allá dentro de todo,
-en lo más hondo del pajar.
-
-—¡Ná!—tuvo que decir, medio cortado, Pedro Juan.—Que pensé que
-llamabas... Pero ya que estamos en esto, ¡habla, habla! ¡no pares de
-hablar!... ¡que te sienta yo á toa hora!... ¡coles, que me gusta mucho
-oirvos!...
-
-Y pareciéndole que había dicho demasiado, se comía la figura de
-vergüenza y atacaba furioso al heno con el horcón, ya que no podía
-largar otra castaña á Quilino; de modo que en un periquete dejó el
-carro vacío, con aplauso expreso del Berrugo, que andaba por los
-alrededores haciendo de las suyas.
-
-—Primero se acabara y de mejor arte—le dijo Pedro Juan, limpiándose con
-su pañuelo de percal los regatos de sudor con yerbas que le corrían por
-pescuezo y pecho abajo,—si ese chafandín no estorbara á la gente de la
-pila.
-
-—¿Quién es el chafandín?—preguntó el Berrugo parándose en firme.
-
-—Quilino.
-
-El hombre dejó de hacer lo que hacía, y tomó á escape la escalera del
-pajar; pero ya salían los empayadores, empapados en sudor, rojos como
-tomates y sacudiéndose las yerbas agarradas al pescuezo. Pilara ardía,
-de puro sofocadona y saludable. El único que no coloreaba y que hasta
-parecía venir en remojo, con los pelos pegados á la cara imberbe y
-descolorida, era Quilino. Retrocedió el Berrugo; y en cuanto bajó el
-mozuelo, le agarró por un brazo y le dijo:
-
-—Oye tú, Milhombres: ya que vengas sin que nadie te llame, que sea para
-servir de algo, y no de estorbo. ¡Cuidado con que te me vuelvas á subir
-á la pila!... ¿Lo entiendes?
-
-Quilino se quedó de pronto suspenso; pero en seguida se encrespó, y
-revirando un poco los ojuelos y la boca lacia, contestó al Berrugo:
-
-—¡Recongrio!... Por si eso lo ha dicho usté por mí, sépase usté que
-Quilino no estorba en nenguna parte... ¡en nenguna, recongrio! Y sépase
-usté tamién, que en venir á servile á usté de balde, le hago más honra
-de la que... angunos merecen, ¡recongrio!
-
-Y se fué, zarandeando la calzonada, para no volver más á aquel agosto.
-
-¡Cómo le saboreaba Pedro Juan día por día y hora por hora, en la mies,
-en el empaye y hasta en aquellos festines infernales con que el Berrugo
-envenenaba el hambre de los que reventaban el cuerpo por servirle! No
-cataba gran cosa, es la verdad, de todo ello, y mucho menos aún cataba
-Pilara, que sólo por cortesía se sentaba á la mesa por las noches; pero
-estaba allí frente á frente con él; y teniéndola allí y atreviéndose á
-mirarla de reojo algunas veces, y oyéndola sus incesantes risotadas,
-con eso solo restauraba las fuerzas de su cuerpo... y hasta le parecía
-menos abominable el Berrugo, que tan grande beneficio le proporcionaba.
-
-Lo peor era que aquello se iba acabando poco á poco, y las cosas no
-habían adelantado un paso; y al día siguiente del agosto del Berrugo,
-tan abundante y alegre, empezaría el agosto de ellos en Las Pozas. Él
-y su padre, solos, enteramente solos, á segar; y á ratos perdidos, y
-como por obra de misericordia, su hermana y la familia de su hermana
-y el carro de su hermana, ayudándolos á meter en el pajar la pobreza
-segada. ¡Y todo este cariz tan triste, por no haber orillado él las
-arrastradas dificultades! Porque sin ellas delante de los ojos, seguro
-estaba de que no había de parecerle el agosto de su casa menos risueño
-que el agosto de «ese hombre.» Pilara ausente ó Pilara presente, ¿qué
-le importaría á Pedro Juan, si la llevaría ya «apalabrada» y como cosa
-de su pertenencia, en las honduras del pechazo?
-
-Y así llegó el último día, y el Josco á sospechar que muy bien pudiera
-acabar la temporada sin haber salido él de su apuro; y este temor
-¡coles! le desconcertaba. Pilara no faltó tampoco aquella tarde: llegó
-cantando, con la rastrilla al hombro y mordiscando el último zoquete
-de la comida de su casa; porque no iba á las labores de la mañana...
-Y se cargó el primer carro del Josco; y el Josco hizo desde abajo
-prodigios de soltura y de fortaleza, y Pilara maravillas de habilidad
-arriba; y él la persiguió á horconadas con mayor empeño que nunca,
-y ella le celebró las gracias, risotera y cariñosona, como jamás le
-había celebrado otras tales... y anduvo el carro cargado, y llegó á la
-portalada, y Pedro Juan le paró allí, y Pilara se _desborregó_, como
-siempre, por la rabera... y el carro anduvo de nuevo, y se arrimó á la
-payeta, y le descargó Pedro Juan; y bajó Pilara del pajar, coloradona
-y reluciente, que daba gloria; y se sentó con otras obreras en el
-carro vacío; y el Josco las condujo á la mies, como tantas veces las
-había conducido: ellas cantando y riendo, y él delante de los bueyes,
-taciturno y con la ahijada al hombro... «y de aquello, ná...» Y se
-cargó de nuevo el carro, lo mismo que siempre; y de igual modo salió
-de la mies y llegó á la portalada, y se desborregó por la rabera la
-mocetona, y se empayó después aquella balumba de yerba... «y de lo
-otro, ná...» En fin, que llegó la hora de cargar Pedro Juan el último
-carro que le correspondía en aquel agosto de «ese hombre;» y le cargó,
-y le sacó de la mies, y le condujo hasta la portalada, y los obreros y
-el Berrugo que le seguían entraron en el corralón, como de costumbre; y
-el carro parado y Pilara encima y Pedro Juan abajo, se quedaron solos
-en la calleja... «y de aquello otro, ná... ¡coles, lo que se llama ná!»
-
-Reconcomiéndose el Josco al considerarlo, arreó un palo á cada buey
-sobre la espalda para que alzaran más la cabeza, y de ese modo hiciera
-Pilara con mayor facilidad su bajada de costumbre, cuando oyó que la
-moza le llamaba:
-
-—¡Pedro Juan!
-
-—¿Qué quieres?—respondió el mozo.
-
-—Ponte por este lao,—le dijo Pilara.
-
-Pedro Juan se puso donde Pilara quería: junto á la rueda derecha
-del carro. Allá arriba, enfrente de él, estaba Pilara recogiéndose
-las faldas contra los tobillos y mirándole con los ojos llenos de
-travesuras inocentonas.
-
-—¿Qué vas á hacer?—la preguntó Pedro Juan.
-
-—Voy á bajar por aquí,—respondió Pilara acurrucándose junto al borde de
-aquella montaña de yerba.
-
-—¿Por qué no abajas por la rabera, como siempre?
-
-—Porque me da la gana de abajar por aquí hoy...
-
-—Güeno. ¿Y qué quieres que haga yo?
-
-—Que me aguantes... si eres quién pa ello.
-
-—¡Eso sí, coles!—exclamó Pedro Juan largando á escape la ahijada.
-
-Temblaba por adentro de puro gusto y de sorpresa el hijo del Lebrato.
-Jamás habían tocado sus manos ni el pelo de la ropa de Pilara, y ahora
-se le iba á ir encima Pilara en carne y hueso, entera y verdadera.
-«¡Coles, qué barbaridá de suerte!» No se paró á considerar si sería ó
-no capaz de resistir en el aire aquella mole. Se creía con fuerzas para
-mucho más... Esparrancóse y se afirmó bien sobre los pies, escupióse
-las manos, levantó los brazos y los ojos hacia Pilara, y la dijo,
-pálido de entusiasmos:
-
-—¡Échate sin miedo, recoles!
-
-Pilara se reía como una boba, y no sabía de qué modo lanzarse por aquel
-precipicio abajo.
-
-—¡Mira que peso mucho, Pedro Juan!—le decía.
-
-—¡Anque pesaras más de otro tanto, Pilara!... Con tal de ser tú lo que
-me caiga encima, aquí hay aguante pa ello... Échate de cualisquier
-modo, ¡pero échate, recoles!
-
-—¡Pos allá voy!
-
-Y Pilara se lanzó... no sé cómo; pero sé que cayó en brazos de Pedro
-Juan, sin que los brazos se doblaran, ni los pies se movieran del sitio
-en que parecían clavados; que un moflete de Pilara resbaló por un
-carrillo del atleta; que éste cerró los ojos como si en aquel instante
-relampagueara; que el roce y el calorcillo y el olor de la moza le
-emborracharon, y que en medio de aquella borrachera fulminante, en los
-breves momentos en que estuvo su boca tan cerca del oído de Pilara,
-introdujo en él estas palabras, encanecidas ya en la punta de su lengua:
-
-—¡Pilara!... ¡Dende aquí á la iglesia á que mos case el señor cura!...
-¿Consentirás en ello?
-
-Y Pilara, que se vino al suelo, pero á pie firme, en el instante de
-recibir este disparo á la oreja, contestó á Pedro Juan, mientras con un
-dedo meñique mataba las cosquillas que le habían hecho las palabras en
-el oído:
-
-—¡Cuánto hace ya, hijo de mi alma, que podíamos estar de güelta, á no
-ser tú tan como eres!
-
-—¿Eso es decirme que sí, Pilara?—se atrevió á preguntar Pedro Juan,
-temblando de gusto.
-
-—¡Y con alma y vida, bobón!—le respondió ella mirándole mimosona.
-
-Todo esto ocurrió en brevísimo tiempo, y en muy poco más descargó el
-carro Pedro Juan. ¡En un tris estuvo que no ahogara á su padre, que
-estaba al boquerón, bajo las tremendas horconadas de yerba que le
-mandaba sin cesar!
-
-Por la noche no probó bocado en la cocina; y cada vez que sus ojos
-se encontraban con los de Pilara, se estremecía de arriba abajo, y á
-veces se reía solo. Ponderó mucho el Berrugo delante de la obrerada sus
-valentías de descargador, y estuvo á pique de abrazar á «ese hombre,»
-no por el elogio, sino porque ya nadie ni nada le parecía allí malo ni
-feo. Entró Inés á dar un vistazo á la mesa, como solía; la halló el
-Josco pintiparada para madrina, y tuvo tentaciones de proponérselo á
-voces allí mismo.
-
-Afortunadamente para Pedro Juan, todo era bulla y algazara en la
-cocina, y nadie reparaba en sus vehementes obsesiones. Hasta el Berrugo
-estaba menos incisivo y cruel que de costumbre: le habían salido dos
-carros más de yerba que otros años, y se había recogido el agosto en un
-día menos.
-
-Por todo lo cual había en la mesa una tartera de plus con el
-sobrante de la cabra laceriosa, y se remató el festín con una rueda
-extraordinaria de un blanquillo averiado que el anfitrión pensaba
-arrojar á la pila del estiércol.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XVIII
-
-VUELTA AL PLEITO DE MARCONES
-
-
-Y aconteció que Inés, apenas hecha aquel tratado de paz con su maestro,
-se vió obligada á poner á prueba el buen andar de aquella máquina de
-su cerebro, que poco antes había comenzado á moverse segura, pero
-lentamente; porque llegó á encontrarse muy mal á gusto en la escuela,
-desempeñando el papel de simple receptáculo pasivo de las enseñanzas
-de Marcones, y quiso tener allí su iniciativa propia, de modo que, sin
-dejar de ser discípula, pudiera dirigir á su profesor.
-
-Parecerá esto algo contradictorio, y aun muestra de inverosímiles
-atrevimientos en la dócil y modestísima educanda. Pues no hay semejante
-cosa. Inés seguía admirando el saber y hasta el método de enseñanza de
-su maestro, y ni remotamente creía que el que ella trataba en imponer
-allí valiera ni siquiera tanto como el otro; pero ocurría que entre las
-aprensiones de Inés se había enmarañado de pronto el concepto personal,
-la idea cristalizada de Marcos vivo y efectivo, de tal suerte, que no
-se puede explicar sino con el ejemplo de lo que pasa á ciertas personas
-aprensivas, con la forzosa y continua presencia de un arma de fuego,
-cargada: temiendo hasta que se dispare sola, la penen á cubierto de
-cualquier imprudencia temeraria y de todo golpe casual. Pues bueno:
-Marcones, desde el estallido de marras, era para Inés un escopetón
-cargado de metralla hasta la boca, que podía volver á dispararse solo á
-la hora menos pensada; y para aislarle, para mantenerle en la posición
-menos peligrosa, para evitar y aun para conjurar los golpes casuales,
-ó, viniendo á lo concreto, para prevenirse contra sus ímpetus fogosos,
-para conjurarlos y para dirigirlos, no había encontrado otro medio que
-_llevar la voz cantante_ en la escuela. Esto no había de conseguirse
-ventilando allí asuntos de cecina ni chismecillos de vecindad,
-sino temas de mayor fuste; puntos pertinentes á las materias de su
-enseñanza, y atrincherarse con ellos; atiborrarse el magín de teorías,
-de dudas y de reparos, y acosar al profesor incesantemente con estas
-armas; obligarle á estar atento siempre y amarrado á esas escaramuzas
-de la discípula; y en cada intento de escapada por el portillo abierto
-ó por la brecha desatendida, acudir allá con nuevos pertrechos que le
-distrajeran y hasta le abrumaran.
-
-Todo esto había intentado Inés, y lo que es más de admirar, todo esto
-había conseguido en pocos días, sometiendo con heróica voluntad su
-buena inteligencia á una gimnasia desesperada. No eran ciertamente
-campo adecuado al ejercicio de tan hermosos elementos de investigación
-y de análisis, los cuatro libracos de texto que Marcones la había
-prestado, y algunos más, por el estilo, que conservaba de su madre;
-pero lo que á la labor le faltara de ancho, lo tendría de hondo; y si
-no hallaba al cabo grandes cosas, aprendía la manera de buscarlas, lo
-cual, apurando bien su tesis, era lo que más falta la hacía por de
-pronto.
-
-Procediendo de este modo, buscando el por qué de aquellas materias
-mal esbozadas, y supliendo con el buen sentido lo que en ellas no se
-columbraba, se halló de manos á boca con que en lo que iba dejando
-atrás, después de sometido á nuevo análisis, veía ella mucho más de lo
-que la había enseñado su maestro; y con esto, y con lo que no traslucía
-bastante claro, y con lo que de intento enturbiaba para dar que hacer
-con la supuesta duda á Marcos, no solamente le tuvo durante una semana
-pendiente de su capricho, sino vencido casi siempre, y muy á menudo
-estupefacto.
-
-Pero ¿qué mosca había picado á Inés para lanzarla tan de repente por
-aquellos trigos de Dios?
-
-La mosca esa daría motivo para que se luciera aquí de firme una pluma
-diestra en anatomías psicológicas y en disquisiciones fantasmagóricas,
-por los profundos de las más recónditas obscuridades del espíritu
-humano, cuando encarna en naturalezas tan sensibles, dóciles y bien
-equilibradas como la de Inés; pero la mía, quiero decir mi pluma,
-torpe y desmazalada de por sí, que á la luz del mediodía y por
-caminos muy trillados se ve y se desea para no andar á tropezones,
-renunciando hasta al intento de echar una suerte entre los, para
-ella, inextricables laberintos de esos perifollos del arte, dirá á la
-buena de Dios que el miedo á los tiros escapados del escopetón de mi
-ejemplo, se le habían infundido á Inés, primeramente su buen instinto
-y excelente gusto natural, que de hora en hora la iban aclarando aquel
-lado obscuro que tanto la preocupó durante la noche que siguió al
-estampido del seminarista; y en segundo lugar, la lectura de aquellos
-librejos recreativos que la había prestado Marcones «para educarla el
-sentimiento.»
-
-Los tales librejos eran novelas de las llamadas _ejemplares_, obras
-de propaganda, pensadas y escritas con las intenciones más honradas
-del mundo, pero que, con excepciones contadísimas, hacen bostezar
-á los niños que sólo apetecen lo maravilloso, y se les caen de las
-manos á las mozas casaderas que ya no se deleitan con austeridades
-candorosas ni con inocentadas insípidas. Y conste ante todo que no
-me burlo de esta clase de lecturas, aunque me lamente de que no sean
-más entretenidas y pegajosas, como lo son las muy contadas que,
-precisamente por ser así y hasta magistrales, no pasan por el tamiz
-de las _almas pías_, que tampoco apechugan con aquéllas... ni con las
-otras. Va todo ello á cuento y en demostración de las buenas tragaderas
-de Inés, que se envasó tres obras ejemplares en día y medio; hazaña
-que casi iguala, si no obscurece, á la que yo rematé, siendo niño,
-leyéndome en igual tiempo á _Misseno_, ó _El Hombre feliz_, la obra
-más de bien que se ha escrito en el mundo, indudablemente, pero cuya
-lectura han terminado muy pocos cristianos y no ha repetido ninguno, yo
-inclusive.
-
-No tenían los alcances filosóficos de esta novela patriarcal las
-devoradas por Inés; pero, en cambio, eran los primeros libros de
-imaginación que ella leía; y por esto, y por tratarse allí de cosas
-muy hacederas en la práctica de la vida entre personajes de carne
-y hueso, no tomó los asuntos de los libros como ficciones de una
-fantasía más ó menos gallarda, sino como relatos fieles de aventuras
-reales y verdaderas. Por feliz casualidad, uno de los tres libros
-leídos era el mejor de la colección, el menos ñoño, el de más arte
-y de mayores atrevimientos de pasión y de colorido. Esta novela la
-cautivó verdaderamente. Reducíase en substancia el asunto de ella á lo
-siguiente, según resultaba de la lectura, entiéndase bien, no de lo que
-se proponía el fervoroso novelista:
-
-Cierto don Zacarías Hernández, hombre muy acaudalado, honradote á su
-modo, receloso y muy escogido en el trato de las gentes, reglamentado
-en su vida, devoto hasta cierto punto, menguado de mollera, y, por
-abominación instintiva, al rape en letras de molde, tenía una hija,
-llamada Amparo, educada con grandes precauciones, recién salida del
-colegio, hermosa como unas perlas, muy humildita por régimen, y
-con unos ojos gachos que, cuando los levantaba, eran dos soles que
-derretían las piedras. El tal don Zacarías era íntimo amigo de un don
-Justiniano Costales, letrado severo y docto, nacido para la profesión
-como la hiedra para el muro: á ella se agarraba, de ella se nutría, con
-ella se deleitaba, y de ella tomaba, con los jugos y el arrimo, las
-líneas del cuerpo, la expresión de la cara, el corte de su ropaje y
-hasta los contados chistes con que se permitía, muy de tarde en tarde,
-despejar un poco los celajes sombríos de su frontispicio austero. Estos
-chistes, aunque eran de los que dan ganas de llorar, se los celebraban
-mucho los canónigos, tres, con quienes se acompañaba en sus metódicos
-paseos, amén, entre otros tales, de don Zacarías, que los reía á
-carcajadas sin entenderlos, porque estaban, los más de ellos, en latín
-de las Pandectas.
-
-Este don Justiniano, letrado viejo, era padre venturoso de Justino,
-que ya oficiaba en estrados, mozo de mirar severo, de patillas lacias
-y de rostro pálido, de luengos faldones, sombrero de copa y botas
-relucientes, bastón de ballena y guantes de medio color. Según el
-novelista, que parecía estimarle mucho, así se presentaba siempre en
-público este joven, que «era solemne sin arrogancia, digno con los
-altaneros, y dócil y sumiso siempre á la autoridad de sus señores
-padres.» Además, hacía versos en latín y cerraba los ojos cuando se
-encontraba con una chica guapa en sus cotidianos paseos en la amena
-compañía de ciertos señores graves, que sólo hablaban de derecho
-político, de filosofía tomística ó de la corrupción de los tiempos.
-Su mejor entretenimiento era el estudio continuo de la ciencia que
-profesaba, y no leía libro de imaginación sin someterle previamente
-«á la censura de su padre espiritual.» Este gran muchacho andaba ya
-rayando con los treinta, y no fumaba todavía delante de las personas
-mayores, ni había entrado jamás en un café. Abominaba del teatro, sin
-conocerle, y no reía otros chistes que los de su padre y las agudezas
-de los tres canónigos, en latín también, aunque no forense: más bien
-era de refectorio.
-
-El cuarto personaje de los principales de la novela, era Isidoro,
-galancete listo y guapo; jurisperito ya igualmente; pero calabaceado
-varias veces en la Universidad, por andar más atento á las seducciones
-del mundo que á los libros de la carrera.
-
-Y sucedió que mientras el don Zacarías Hernández pedía al cielo un
-marido como Justino para su hija, el don Justiniano Costales suspiraba
-por una mujer como Amparo Hernández para su Justino, que, á su vez, se
-regocijaba en la contemplación mental de las dotes, y aun de la dote,
-de que estaba adornada la hija de don Zacarías. De esta mancomunidad de
-lícitos y honrados deseos, nació, por decreto de la divina Providencia,
-según el novelista, el declarado propósito entre los dos padres, de que
-los respectivos hijos se fueran aproximando honestamente, y tratándose
-y conociéndose poco á poco, de manera que sin esfuerzo se manifestara
-el afectuoso vínculo que, por necesidad, había de manifestarse entre
-dos criaturas tan semejantes en la honestidad de sus inclinaciones y
-en la santidad de sus miras. Y así se hizo. Don Justiniano y Justino
-dieron en menudear las visitas á don Zacarías; y en cada una de ellas,
-mientras los dos señores padres departían en un extremo de la estancia,
-cerca del opuesto, Justino, con las piernas formando dos escuadras
-rigurosamente paralelas entre sí, dándose golpecitos en la barbilla con
-el puño de su bastón, cogido por el medio con su diestra enguantada,
-y la siniestra sobre el muslo correspondiente; Justino, digo, en esta
-postura, muy recomendada por el autor de la novela, y colgándole los
-faldones de su ceñido levitón hasta cerca del suelo, recitaba á la
-hermosa Amparo versos en latín, ó disertaba sobre una ley de Partida,
-ó acerca de la política dominante «en sus relaciones con los sagrados
-intereses de la familia y de la sociedad.»
-
-Yendo encarriladas las cosas de esta manera, aparece en escena Isodoro,
-recién hecho abogado, y conoce á Amparo en casa de unas amigas, cuyo
-trato frecuentaba bastante la hija de don Zacarías. Isidoro, como se
-ha dicho, era guapo y despierto; y hay que añadir que era además
-apasionado, fogoso, algo poeta, ingenuo, franco y alegre como un
-cascabel. Le parece monísima la hija del ricacho Hernández, y como lo
-siente se lo espeta. Era la primera declaración terminante y apasionada
-que Amparo había oído, porque hasta aquella fecha el otro no se había
-apeado de sus infolios jurídicos: súpole bien, gustóle el mozo, y
-continuó la intriguilla; hasta que se olió desde la otra casa, y se
-ató corto en ella á Amparo, sin decirla por qué, lo cual no era de
-necesidad para la recluída, porque bien á la vista lo tenía. Isidoro no
-pecaba de encogido; ella se dejaba caer muy guapamente hacia el lado de
-su gusto, y continuó el galán pintándola su pasión fogosa en cartitas
-que la entregaba la sobornada doncella, ó en versos alegóricos que le
-publicaba un semanario de la localidad. Á todo esto, continuaba Justino
-con sus luengos faldones y su aire de magistrado precoz, haciéndola
-disertaciones sobre derecho político, después de haber agotado la
-materia del romano; y en vista de que aún tenía tela cortada para buen
-rato, y de que al otro se le había descubierto también el juego de las
-cartitas y de los versos alegóricos, pusiéronse de acuerdo los señores
-padres; habló don Zacarías á su hija terminantemente de lo que no le
-había dicho Justino una palabra todavía; ponderó los merecimientos y
-las altas prendas personales del hijo de don Justiniano; excomulgó á
-Isidoro por calavera y mundano corrompido; aseguróla que no consentiría
-la menor duda en la elección; atrevióse la pobre Amparo á establecer
-algunas diferencias muy salientes entre los dos aspirantes; tomó don
-Zacarías á descarada rebelión estos reparos; creyó ver ya al demonio
-metido en su casa y sugiriendo aquellas perversas inclinaciones á
-su hija; entregó el conflicto al docto discernimiento de los tres
-canónigos; tomáronle éstos bajo su celosa protección; y con tan buen
-tino se condujeron, que á los pocos días, según afirmaba en conclusión
-el novelista, la divina Providencia _recompensaba_ las virtudes
-ejemplares de Justino casándole con Amparo, desengañada de su error,
-y _castigaba_ al pícaro Isidoro con la pérdida de aquel tesoro, tan
-indebida y ansiosamente codiciado por él.
-
-Tal era, á grandes rasgos, lo principal del asunto de aquella novela.
-
-En opinión de Inés, bien estaría este desenlace cuando por bueno le
-daba el novelista; pero, salvo el respeto debido á un hombre que tan
-bien plumeaba, y á los tres sabios varones que habían convencido á
-Amparo, si ella, Inés, hubiera sido llamada á entender en aquel pleito
-y á sentenciarle en conciencia, condena á Justino y casa á Isidoro con
-Amparo. ¡Lo que es la inexperiencia en las cosas del mundo y en los
-achaques de la vida humana! Á ella le parecía que Justino el estudioso,
-con aquella levita tan larga, y aquella cara tan seria, y aquellos
-versos en latín por todo recreo, y aquellos discursos tan sabios, que
-la recordaban las homilías de Marcones, no resultaba de lo más al
-caso para marido de una muchacha tan alegre y tan linda como Amparo;
-mientras que Isidoro... ¿Y por qué se llamaba malo y corrompido á
-Isidoro, que, como estampa, valía cien veces más que Justino, ó mentían
-las señas que daba de él el novelista? ¿Qué maldades suyas se referían
-en el libro? Que era aficionado á danzas y espectáculos; que con una
-mano cogía el dinero que le enviaban de su casa, y con la otra lo
-gastaba en divertirse y en engalanarse; que se perecía por las chicas
-guapas; que las requebraba siempre que podía; que leía muchas novelas
-y demasiados periódicos; que conocía á muchos periodistas y copleros,
-y se tuteaba con un cómico; que en una ocasión había empeñado la capa
-para prestar á un amigo menesteroso siete duros, y que era muy alegre
-y muy chancero... Corriente. ¿Y qué edad tenía Isidoro? Veinticuatro
-años, y además era fuerte, ágil, no de mucha altura, pero muy gallardo,
-morenito, de ojos y bigote negros... en fin, que era una golosina para
-muchos paladares de buen gusto, y él no hacía por su parte todo lo que
-debía para no dejarse tentar del demonio, que, en forma de chica guapa,
-le tentaba de continuo.
-
-—Pues, señor—concluía Inés,—con el respeto debido al saber de los
-tres señores canónigos, paréceme á mí que con estas prendas y á los
-veinticuatro años de edad, lo menos malo que puede hacer un hombre es
-lo que hacía el pobre Isidoro. Si robara ó matara ó escandalizara con
-sus vicios... Pero ser un poco alegre de genio, bastante desaplicado
-en el estudio, algo coplero y muy aficionado al trato de las muchachas
-bonitas... Más raro me parece á mí lo del otro: á su edad y con su
-carrera, no fumar todavía delante de las personas mayores, y entretener
-á su novia con aquellos sermones tan enrevesados y con aquellas coplas
-en latín. Además, cuando á Amparo la aconsejaban que se decidiera por
-Justino, ya Isidoro había concluído su carrera y tenía juicio y era
-hombre tan capaz como el que más... Vamos, que si yo soy Amparo y no
-se mete la Providencia por medio, me quedo con Isidoro, como tres y
-dos son cinco. ¡Lo que es no entenderlo! ¡Qué cosas diría á las chicas
-el diablo de él, con aquella viveza de sangre y aquellos ojos negros y
-aquella gracia para las coplas! Debe de dar mucho gusto eso...
-
-Aquí la máquina consabida hizo por sí misma un cambio de engranajes, y
-llevó los recuerdos de Inés á aquellas largas temporadas que, de niña,
-pasaba en San Martín de la Barra. Allí había visto ella, entre las
-diversas y extrañas gentes que veraneaban, hombres que se daban un aire
-á ciertos personajes de las novelas que acababa de leer; pero ninguno
-de ellos era tan guapo como Isidoro, aunque se le pareciera un poquito.
-
-Juraría que aquélla era la primera vez que los veía en el espejo de su
-memoria, y tal como los había visto entonces sin fijarse en ellos. Se
-atrevería á contarlos uno á uno. Y ¿por qué le asaltaban ahora estos
-recuerdes y antes no? ¡Cosa más rara!... Y ¿de dónde serían aquellos
-forasteros? ¿Vendrían todos los años á San Martín? ¿Tendría cada uno
-de ellos una historia parecida á las que ella acababa de leer? ¿Harían
-versos? ¿Hablarían como Isidoro? De todas maneras, los hombres de
-aquella traza no eran tan raros ni tan escasos, cuando en un lugar tan
-pequeño como San Martín, se reunían tantos, tan distintos y en tan poco
-tiempo. Desde entonces no había salido ella de Robleces (donde las
-únicas levitas eran la del cura y la del médico) en media docena de
-ocasiones, á otras tantas romerías cercanas; y esas veces, á la fuerza
-y con los ojos velados por la negrura de su tedio, la había llevado
-Romana por hacer público alarde de su imperio en la casa, ó de un celo
-cariñoso de madre postiza, en que nadie creía. No recordaba haber visto
-en esas salidas hombres de la traza de los bañistas de San Martín, ó
-de los personajes de las novelas. Solamente Marcos... ¡Marcos!... Otro
-cambio repentino de la máquina. No ya Isidoro, tan guapo y tan elegante
-y tan donoso de palabra; Justino el de los latines, cualquiera de los
-bañistas de San Martín que hubiera visto y oído á Marcos, gordinflón,
-negrote, puerco de uñas y de ropa, poroso y medio eclesiástico, decirle
-á ella las cosas que la había dicho, ¿qué hubiera pensado del suceso?
-¿Qué rechifla no hubiera hecho de los dos?
-
-Y aquí se tapaba Inés la cara con las manos, y se asombraba de no haber
-caído mucho antes en la cuenta de aquellas enormidades. En fin, que las
-cosas no podían seguir de ese modo, y había que cortar por lo sano. No
-le plantaría en la calle sin más ni más, porque, al cabo, á tuertas ó á
-derechas, le debía un gran beneficio; pero iría desprendiéndose de él
-poco á poco, y, entre tanto, le mantendría á raya.
-
-Tal fué el camino por donde llegó Inés, en pocas horas, á encontrar
-abominable aquel escopetón que en otras pocas más se le había hecho
-temible.
-
-Marcones, á todo esto, no sabía qué pensar de aquella táctica sutil, de
-aquellas estratagemas diabólicas con que la discípula le perseguía y le
-acorralaba y le tapaba los resquicios por donde se le escapaban á él
-los humos y las chispas del volcán que estaba devorándole por dentro,
-particularmente desde que había comenzado el agosto del Berrugo y no se
-oía una mosca ni se veía alma viviente hacia aquella parte de la casa
-donde estaba el cuarto de la escuela. Andaba el mozón desasosegado y
-mohíno; y con cada varapalo que recibía de Inés, se ponía más bravo y
-sospechoso. ¿De dónde habría sacado aquella trasta tantos recursos y
-tan de repente? ¿Por qué andaba tan sobre sí y le tenía en perpetua
-batalla y le ponía en tan graves aprietos? ¿Qué diablejo la había
-infundido tanto valor, tanta travesura y tanto saber?... De las
-novelas, nada le decía por más que la preguntaba.
-
-—No he empezado á leerlas,—le contestaba siempre que el otro le hacía
-la pregunta, para buscar una callejuela por donde sacarla al terreno en
-que la esperaba él.
-
-Al fin, una tarde se le anticipó ella diciéndole:
-
-—Ya he leído tres.
-
-—¡Hola, hola!—exclamó Marcones sobándose las manos.—Y ¿qué tal, qué
-tal? ¿Cosa buena, eh?
-
-Inés le ponderó mucho la de Amparo y Justino. Estaba entusiasmada con
-ella.
-
-—Naturalmente—dijo el seminarista entusiasmado también.—Aquello es la
-verdad pura: un ejemplo de la más alta y cristiana moralidad. ¡Y cómo
-está escrito! ¡Con qué arte y con qué!... ¡Cómo viene por sus pasos
-contados, y qué á tiempo, la Justicia de Dios para dar á cada cual su
-merecido!
-
-Sobre este punto se permitió Inés algunos reparos, ya conocidos del
-lector.
-
-—¡Cómo!—saltó Marcones muy contrariado al oírla.—¡Es posible que no
-encuentre usted muy arreglada á justicia aquella conclusión?
-
-—Ya le he dicho á usted—repuso Inés,—que lo estará, cuando aquellos
-señores, que tanto sabían, lo arreglaron así; pero...
-
-—Pero—añadió Marcones interrumpiéndola,—usted lo hubiera arreglado de
-otro modo, si lo ponen en sus manos. ¿No es eso?
-
-—Justamente—respondió Inés.—¡Vea usted lo que es la ignorancia y la!...
-
-—¡Un joven—prosiguió el de Lumiacos, casi indignado con la ocurrencia
-de Inés,—un joven como Justino, con el discurso y la formalidad de un
-hombre maduro! ¡Un muchacho que habla y hace versos en latín, como
-agua, y maneja los clásicos por debajo de la pata, y se sabe de memoria
-el Fuero Juzgo y las Partidas y todo el Derecho romano, y es humilde
-y temeroso de Dios, y dócil y sumiso á la autoridad de sus señores
-padres, y ni siquiera fuma delante de las personas mayores!...
-
-—Pues por todo eso,—dijo Inés.
-
-—Por todo eso ¿qué?—preguntó Marcones mirándola fieramente.
-
-—Por todo eso—insistió ella,—no le hubiera yo casado con Amparo, que
-era tan guapa y tan joven, y tan alegre y tan rica. Me parecía Isidoro
-más á propósito para ella.
-
-—¡Isidoro!—exclamó escandalizado Marcones.—¡Un danzarín desjuiciado!
-¡Un títere que no sabe hacer una oración primera de activa; que recibe
-el título de abogado por misericordia; que corteja á las chicas
-casquivanas y publica versos profanos en los periódicos, y empeña
-la capa y se tutea con un comediante! ¡Casar una peste así con una
-criatura como Amparo! ¿En qué cabeza cabe? ¿Con qué lógica, Inés;
-con qué moral? ¡El saber, las virtudes, á los pies de la corrupción
-mundana! ¡El juicio y el entendimiento, pisoteados por la locura impía!
-¡Qué sería de _nosotros_, los buenos, con unas leyes de moral así?
-Usted no ha reflexionado bastante, Inés; usted está alucinada... Usted
-no puede pensar de ese modo... ó está contaminada también del virus
-ponzoñoso.
-
-Mucho, muchísimo se alegraba Inés de ver á Marcones tan irracional y
-tan bruto en aquella cuestión. Así le resultaba más antipático, y con
-ello la costaría menos trabajo llegar hasta donde se proponía aquella
-tarde. Dióle cuerda de intento para que despotricara más; y cuando ya
-el pedazo de bárbaro no tuvo dicterios que proferir ni excomuniones que
-lanzar contra los mozos mundanos, y las mozuelas extraviadas, y las
-ideas disolventes, y «los gusanos viles,» y «el liberalismo diabólico,»
-y «la masonería de Satanás,» porque todo esto atropó allí abogando
-por la causa de Justino el estudioso, contra el infeliz Isidoro y los
-«corazoncitos piadosos» que se compadecieran de él; cuando á tales
-extremos, repito, hubo llegado el energúmeno, y rendido y fatigoso,
-viendo que daban en duro sus desatinados machaqueos, dijo á Inés que
-era ya hora de dar principio á las ordinarias tareas, Inés, que no se
-había sentado todavía ni en sentarse pensaba, acabó de atolondrarle con
-estas sencillísimas palabras, dichas con la mayor serenidad:
-
-—He resuelto suspender las lecciones.
-
-—¡Cómo!—exclamó Marcones estupefacto.
-
-—¡Suspender las lecciones ahora!... Y ¿hasta cuándo? ¿Por qué?
-
-—Porque—dijo Inés respondiendo á la segunda pregunta, sin querer
-hacerse cargo de la primera,—porque está la casa muy revuelta con el
-trajín de estos días; y además, he comenzado hoy la novena de San Roque.
-
-—¡Vaya una oportunidad!—replicó Marcones después de permanecer
-unos instantes muy pensativo y contrariado; y en seguida añadió,
-descubriendo, sin poderlo remediar, la grosera hilaza de sus malos
-pensamientos:—¡Suspender las lecciones!... ¡y ahora, cuando en esta
-parte de la casa se vive como en un desierto, y no se siente una mosca
-que nos pueda interrumpir!
-
-—Pues también por eso,—dijo al punto Inés, muy intranquila al ver lo
-que se leía en los ojos chispeantes de aquel zángano.
-
-Y con muy poco más que esto, se despidió.
-
-—Pero ¿hasta cuándo?—la preguntó él desde la escuela, donde se había
-quedado á pie firme, azorradón y mascando hieles corrompidas.
-
-—Ya veremos,—respondió Inés desde allá afuera, sin volver la cara atrás
-y andando á buen paso hacia el otro extremo de la casa, donde resonaba
-la bulla del trajín de aquellos días.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XIX
-
-EL CABALLERO DEL ALTAR MAYOR
-
-
-La fiesta religiosa fué tan solemne como todas las que disponía don
-Alejo en honor del santo patrono de Robleces. No la describo, porque
-me asusta el riesgo de cansar al lector copiándome á mí propio. ¡He
-hablado de tantas otras semejantes á ella!
-
-Predicó el cura de Pandos, la mejor palabra que se conocía en los
-pueblos de tres leguas en contorno, salvo la opinión de don Alejo,
-que le tenía, quizás por un resabio de casta, por orador más atento
-á pasmar con sus sabidurías, que á conmover hiriendo á puño cerrado
-las flaquezas vulgares del rústico auditorio; pero era hombre de fama
-y el predicador más caro de todos los conocidos por allí, y como
-famoso y caro le eligió para mayor lustre de la fiesta; lustre que no
-se empañó porque tres ó cuatro docenas de ignorantes mujerucas se
-durmieron aquel día, mientras el de Pandos, después de ensalzar las
-virtudes y méritos del santo «abogado de la peste,» tronaba contra
-las pestes actuales, y se enredó á brazo partido con la peste del
-espiritismo, la peste del liberalismo y la peste de la masonería. ¿Qué
-culpa tenían, ni el santo ni su panegirista, de que ni las durmientes
-ni los hombrones que bostezaban desperezándose, hubieran oído hablar
-de aquellas cosas en todos los días de su vida, ni de los libros y
-papeles en los cuales había bebido la materia el orador? Algo así dijo
-el cura de Piñales, revestido de diácono, gran admirador del perorante,
-cuando oyó á don Alejo que, con la cabeza inclinada y las manos debajo
-de la casulla, pero con el ojo y el oído muy atentos á lo que pasaba
-entre sus feligreses y se predicaba en el púlpito, decía, dando con el
-codo al subdiácono, gran apologista del Eusebio: «Ahí lo tienes: ¿ves
-lo que es echar margaritas, y margaritas de pega, á animalucos como
-éstos? ¡Y tómate seis duros! De á cuatro los conozco yo que á estas
-horas tendrían al auditorio llorando á moco tendido... Pero así lo
-quieren, buen provecho les haga.» Hablara ó no con razón el apasionado
-don Alejo, el hecho es que el sermón fué del cura de Pandos, lo que
-equivale á decir que fué «de primera.»
-
-Quilino se desgañitó en dos solos muy regorjeados, uno en los _Kyries_
-y otro en el _Sanctus_ habilidad que no lucía él más que en las grandes
-ocasiones. _Pelusa y Gómitos_, los dos acólitos de don Alejo, vestidos
-de roquete blanco con ancho cuello azul, y sotana encarnada, bajo la
-cual asomaban las perneras de mahón remendado y las alpargatas sucias,
-zarandearon á más y mejor el incensario, aunque así y todo predominaba
-en la iglesia el olor á pólvora quemada; porque no tenían número los
-cohetes que reventaban á la puerta misma del templo, para que de este
-modo las salvas fueran más sonadas y bien vistas. De la procesión, no
-digamos: tardó media hora en dar la vuelta alrededor de la iglesia;
-porque hubo cantadoras y danzantes que precedían al santo: aquéllas,
-con sendas panderetas muy emperifolladas, y éstos, tres solamente, con
-tarrañuelas y vestidos de blanco, con muchos pañuelos de seda y sartas
-de cascabeles hasta en las alpargatas Parecían enormes sonajeros de
-goma elástica cuando, al lento compás de las panderetas, piafaban, se
-erguían, doblábanse, saltaban, iban y venían, y marcaban las mudanzas
-y corcovos y las cadencias de los cantares de las mozas, con golpes
-de las tarrañuelas. Por lo que hace al santo, nunca más adornado de
-relicarios y pañuelos se le vió sobre las andas. Hasta el perruco tuvo
-su collar de cintas coloradas, honor jamás tributado hasta entonces
-al caritativo animal. Dicen que fué ocurrencia de Marta, la hija del
-mayordomo de San Roque, y ocurrencia consultada con Quilino, que había
-ayudado la víspera á bajar de la urna al santo.
-
-De concurso, el pueblo entero con los trapillos de cristianar. Ni el
-Berrugo faltó, con su aparejo fino de hombre acomodado, pero no rico.
-El Lebrato lucía las famosas botas de agua, conservadas como una
-reliquia á través de los años, á fuerza de no ponerlas y de fricciones
-de grasa; y el Josco su «vestido bueno,» con el cual no estaba tan
-airoso como con el trabajado y simplicísimo de todos los días, que le
-dejaba al descubierto una buena parte de su rica escultura. Pilara no
-cabía en la iglesia de maja, de contenta y de grandona. Don Elías, que
-no llegó á entrar en ella por estar ya de bote en bote, con camisa
-limpia y el sombrero bueno; y sus dos hijas, con los únicos arreos,
-marchitos y anticuados, que había en la casa para la pareja que
-estuviera de turno en tan señaladas ocasiones. Quilino, cantando en
-el coro, parecía un muestrario de galones y trencillas: los llevaba
-hasta en las costuras laterales del pantalón. También anduvo en la
-fiesta Marcones, convidado á comer aquel día en casa del Berrugo por
-condescendencia de éste á las instancias de la Galusa apoyadas de
-mala gana por Inés. Iba vestido de negro limpio; y, como medio _pieza
-eclesiástica_, se situó á la puerta de la sacristía, en línea diagonal
-con su discípula, casualmente, por supuesto; la cual ocupaba su sitio
-acostumbrado cerca del coro, muy arrimada á la pared y enfrente de
-la puerta principal. ¡Y qué guapísima estaba! con su vestidillo
-flamante de muselina color de barquillo, liso y modesto como el de
-una colegiala, y su mantilla negra, entre cuyos pliegues, como si
-fueran molduras de un marco de ébano, asomaba el óvalo gracioso de su
-cara, de la que hubiera podido decirse, hablando en culto, que parecía
-una leyenda en que se confundían, con arte maravilloso, lo dulce y
-lo picante; cara, en suma, para todos gustos y temperamentos, y muy
-particularmente desde que se asomaban á sus negros ojos las revoltosas
-ideas que se le habían despertado detrás de ellos.
-
-Pues sépase ahora que con estar tan lucida la fiesta, no fué ninguna
-de sus particularidades, predicador inclusive, lo que más llamó la
-atención de los concurrentes, sino otra cosa harto más profana, y,
-sobre todo, bien inesperada: un caballero que estuvo en el presbiterio
-durante la función entera y verdadera, junto á las mismas andas del
-santo. Era hombre joven, de los de treinta bien corridos; de buena
-estatura, gran aire y elegante atavío; llevaba los bigotes engomados,
-y el pelo cortado á media tijera; el pelo y los bigotes eran castaños,
-la cara de buen color y las facciones muy regulares. En conjunto, podía
-llamarse un buen mozo bastante guapo. Cuando los demás se sentaban,
-él se ponía de pie y algo más vuelto hacía el público que al altar
-mayor, y entonces se le podían contar hasta los botones de su blanca
-pechera y los gruesos eslabones de su leontina de oro; y cuando,
-bastante á menudo, sacaba su reló y le hacía saltar la cincelada
-tapa, relampagueaban en ella, lo mismo que en la piedra del anillo
-que ostentaba en su diestra, la luz que penetraba por las vidrieras
-de enfrente y hasta la de las velas que alumbraban al santo desde la
-meseta que sostenía las andas.
-
-Mientras el orador de Pandos permaneció en el púlpito, el caballero,
-plantificado junto á la barandilla y de cara al público, le recorría
-minuciosamente con la mirada. Inés hubiera jurado que esta mirada del
-caballero elegante se detenía algunas veces en ella. Marcones hubiera
-jurado lo mismo. Por sí ó por no, la hija de don Baltasar no miraba al
-caballero sino cuando estaba segura de que el caballero no la miraba á
-ella. Marcones, en tanto, soltaba cada carraspeo que hacía retemblar
-las bóvedas. Pero ¿quién era «el caballero del altar mayor?» ¿Por qué
-se había plantificado allí, en día tan solemne, á la par del mismo
-San Roque y haciendo juego con los tres señores curas cuando éstos
-se sentaban en el banco de la Epístola? ¿Por qué miraba con aquel
-descaro á la gente, y no se sentaba jamás? Cierto que se arrodillaba á
-tiempo y no escandalizaba á nadie con actos de irreverencia; pero ¿por
-qué sacaba tan á menudo el reló, y le relucían tanto la cadena y las
-sortijas? y sobre todo, ¿por qué estaba allí y no en otro sitio más
-retirado de la iglesia, y tenía aquellos pinchos en los bigotes?
-
-Éstas y otras preguntas semejantes se leían en las caras de los
-feligreses de don Alejo durante la función, y se oyeron en multitud de
-bocas después en el portal de la iglesia; y en la carnicería inmediata,
-donde se despedazaban los restos de la vaca sacrificada la víspera por
-la tarde; y en la taberna contigua, en la que mataban el _sefoco_ de la
-iglesia muchos que de ella salían ardorosos y sedientos; y en el corro
-de bolos, y en cualquiera parte donde hubiera dos personas procedentes
-de la función.
-
-Pero el que estaba sobrexcitado y nervioso, era el médico don Elías,
-que había atisbado al forastero desde la puerta trasera de la iglesia,
-por encima de la masa de cabezas, al ponerse de puntillas para ver un
-poco al predicador. Don Elías no sabía más sobre el caso que los
-restantes vecinos de Robleces; pero como á él iba una gran parte de las
-preguntas, por razón de su porte de caballero, y tenía el prurito de no
-ignorar en absoluto nada de cuanto le fuese preguntado, y por añadidura
-le roía como á nadie la curiosidad, el hombre se volvía tarumba para
-responder á tantos sin decir que no sabía una palabra.
-
-—Yo he visto esa cara—respondía, sobre poco más ó menos, para salir
-del paso, dándose aires de saberlo casi todo;—más: sé quién es ese
-caballero; sólo que en este momento no me acuerdo bien. Tengo como una
-idea de que me ha consultado alguna vez cierta enfermedad, y hasta
-sospecho—aquí bajaba la voz y la daba una entonación misteriosa,
-acompañándose con los correspondientes ademanes y miradas,—y hasta
-sospecho que ha de ser uno de esos personajes de la masonería, de
-quienes hablaba el predicador... Aquellas ojeadas acá y allá; aquel
-tecleo de manos en la cadena del reló... masonismo puro... Así se
-entienden desde lejos, unos con otros, esos pajarracos... Y como donde
-menos se piensa... En fin, no quiero hablar, por si me equivoco; y lo
-mejor será que no me tiréis de la lengua... De seguro le han conocido
-mis chicas, y ellas me sacarán de la duda.
-
-Entre tanto, Inés llegaba á su casa preocupada con las mismas de todo
-el vecindario y otra más; pero sin afanarse tanto como don Elías por
-resolverlas. Á lo sumo, se decía mientras andaba, como se había dicho
-en la iglesia mientras miraba al forastero, y aun después de mirarle:
-
-—No es enteramente como Isidoro; pero es del corte de algunos que yo
-conocí de vista en San Martín. ¿Y por qué se habrá fijado tanto en mí?
-
-Ésta era la duda que Inés sacaba de ventaja á todos los concurrentes á
-la función, exceptuando á Marcones, que estaba más picado de ella que
-la misma Inés.
-
-Cuando llegó á casa, andaba la Galusa, que no había ido á la fiesta
-religiosa por cuidar de la cocina, vertiendo en una media fuente y tres
-platos hondos el arroz con leche que había preparado en un calderillo.
-Era el postre de la comida de aquella solemnidad clásica. El Berrugo se
-permitía, en honor de ella, ese lujo, más el de un gallo en pepitoria y
-dos libras de peces que había _comprado_ al Lebrato, amén de la puchera
-bien pertrechada de embutidos y carne fresca, y vino abundante de lo
-poco puro que había en su bodega.
-
-Aún aguardaba á su hija otra sorpresa tan grande como la que tuvo al
-ver al caballero de marras en el altar mayor; la cual sorpresa se la
-dió su padre recién llegado á casa, preguntándola:
-
-—¿Qué cara pondría el médico si yo le convidara á comer hoy?
-
-¡En la vida se le había ocurrido otro tanto! Por de pronto, Inés
-aplaudió la ocurrencia de todo corazón, y su padre mandó á escape con
-el recado á casa de don Elías.
-
-—Me ha dado esa corazonada—la dijo en seguida,—al verle en el portal de
-la iglesia con cara de hambre y hablando por los codos.
-
-—Ha hecho usted muy bien—dijo la bondadosa muchacha,—porque es un
-bendito de Dios...
-
-—El otro convidado—añadió el Berrugo, mientras Inés se ponía de
-codos sobre la baranda del balcón, porque este diálogo ocurría entre
-puertas,—el gandulote de Lumiacos, en el pasadizo queda cuchicheando
-con su tía... Pero, mujer, ahora que me acuerdo, ¿quién sería aquel
-caballerete fachendoso que estaba oyendo misa encaramado junto al altar
-mayor?
-
-—¡Ahí le tiene usted!—respondió Inés al punto, enderezándose
-repentinamente.
-
-—¿En dónde?
-
-—Por la calleja de la iglesia viene hacia acá.
-
-—Efectivamente,—dijo el Berrugo acercándose á la baranda.
-
-La pared del corral, que era alta, ocultó en aquel instante al
-forastero.
-
-—¿Adónde demonios irá por ahí?—preguntó don Baltasar.
-
-Iba á responder Inés que no lo sabía, cuando oyó un carraspeo muy cerca
-de la portalada, y por debajo de ella vió asomar unos pies muy bien
-calzados, mientras el pestillo se movía, levantado desde afuera.
-
-—¡Á nuestra casa viene!—exclamó entonces en el colmo de la sorpresa.
-
-—¡Toma, y es verdad!—dijo el Berrugo, viendo asomar medio cuerpo del
-personaje dentro de la corralada.
-
-El padre y la hija se retiraron muy á prisa del balcón, precisamente
-en el instante en que entraba en la sala, por la puerta del carrejo,
-haciendo una pesada reverencia, Marcones, con la boca muy risueña y los
-ojos muy fruncidos.
-
-Inés estuvo á pique de descubrir el detestable efecto que la produjo la
-repentina aparición de aquella nube tan negra.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XX
-
-QUIÉN ERA ÉL
-
-
-El caballero, después de llamar abajo y de recibir del mismo don
-Baltasar, desde lo alto de la escalera, el permiso para subir, subió.
-
-—¿El señor don Baltasar Gómez de la Tejera?—preguntó muy cortés, apenas
-hubo llegado al descanso.
-
-—Servidor de usted,—respondió don Baltasar descubriéndose la cabeza,
-porque descubierta la tenía ya el otro.
-
-El cual le tendió en seguida la mano y le dijo, á vueltas de las
-palabras usuales del saludo corriente entre personas bien educadas:
-
-—Mil perdones, ante todo, por lo intempestivo de la hora, señor don
-Baltasar.
-
-—Pase usted más adentro, y cúbrase—dijo el Berrugo interrumpiendo
-al visitante y cubriéndose él.—Se entiende—añadió deteniéndose y
-deteniendo al otro, que le seguía,—si lo que tiene que decirme no es
-asunto reservado; porque, en este caso, hablaríamos en otra parte.
-
-—¡Nada de eso, mi señor don Baltasar!—respondió el personaje,—¡nada de
-eso! Todo cuanto aquí me trae es claro, natural y sencillo, y puede
-publicarse á voces á la puerta de la iglesia.
-
-—Pues pasemos adelante entonces... y usted dirá,—repuso don Baltasar
-andando hacia la sala, en la cual se hallaban Inés y Marcones en
-silencio y de bien distinta manera impresionados con lo que estaba
-sucediendo á pocos pasos de allí.
-
-Al ver entrar al elegante caballero del altar mayor haciendo
-reverencias y derramando fragancias de perfumería, Inés, después
-de responderle con medias palabras, muy mal articuladas, y entre
-corrientes de fuego que la pusieron rojas las mejillas, manifestó
-intenciones de retirarse, conducta á que la tenía acostumbrada su padre
-en parecidas ocasiones.
-
-—¡Oh, de ninguna manera, señorita!—se apresuró á decir el visitante,
-conociendo las intenciones de Inés.—De ninguna manera consentiré que
-usted se retire porque yo entre. ¡Pues no faltaría más! Supongo—añadió
-dirigiéndose á don Baltasar,—que esta hermosa señorita es hija de
-usted.
-
-El Berrugo respondió que sí lo era.
-
-—Pues le felicito á usted de todo corazón, señor don Baltasar, por ser
-padre venturoso de tan bella criatura... Lo digo sin el menor asomo de
-lisonja—añadió el expansivo y galante caballero, al ver que la pobre
-Inés no sabía dónde esconder la cara hecha una lumbre.—¿Y se llama?
-
-—Inés,—respondió el Berrugo, no sé si complacido ó molesto con aquellas
-cortesías á que él no estaba avezado.
-
-—¡Inés!—repitió el otro.—¡Bonito nombre!
-
-Y como después de esto, y aun algo antes de ello, echara ciertas
-ojeadas á Marcones, adivinándole la curiosidad le dijo el Berrugo:
-
-—Este sujeto es Marcos, el sobrino de mi criada Romana. Es de Lumiacos,
-y va para cura. Ahora está de vacaciones, y hoy viene á comer con
-nosotros.
-
-No ya verde, amarillo y azul se puso Marcones al oir estas señas que
-de él daba, en el tono más fríamente burlón que pudiera imaginarse,
-el padre de su discípula, que quizás estuviera en aquel instante
-comparando su corte, medio eclesiástico, con la vistosa y elegante
-traza del impertinente caballero del altar mayor. Así fué que, temiendo
-dar un estallido más gordo, que se lo echara todo á perder, pagó con
-una cabezada y un gruñido el amago de reverencia que le hizo el
-forastero, y salió de la sala sin que tratara nadie de detenerle, con
-lo cual acabó de enfurruñarse.
-
-Solos los tres, y como en familia, sentóse en medio el visitante, por
-invitación de don Baltasar, y dijo así, con el pulgar de la izquierda
-en el bolsillo correspondiente de su chaleco, y la diestra en el ala de
-su sombrero de cazo, puesto de canto sobre el muslo derecho:
-
-—Le considero á usted, señor don Baltasar, y á usted, señorita Inés, y
-hasta al pueblo entero de Robleces, en la mayor curiosidad por saber de
-qué nube se ha caído este personaje extraño que se plantifica durante
-la fiesta de San Roque en mitad del presbiterio, y se cuela ahora por
-las puertas de esta casa. Lo que menos se han figurado las honradas y
-sencillas gentes que me han visto allí, es que yo había elegido lugar
-tan alto y ocasión tan solemne para lucir mi cadena de oro y mi pechera
-con brillantes... ¿Presumo mal, señorita Inés? Vamos, dígamelo usted
-francamente. ¿No le pasó á usted por la cabeza la aprensión de que
-yo era un farsante presuntuoso, que elegía aquel sitio para lucir la
-persona, como los jándalos de otros tiempos?
-
-—No se me ocurrió semejante cosa,—respondió Inés muy acobardada, pero
-con toda sinceridad.
-
-—No es extraño, si bien se mira—dijo el apuesto galán con el acento
-meloso que suavizaba todas sus palabras,—porque á la edad de usted y
-con su honrado candor, no caben ciertas malicias... Pero ¿á que se le
-ocurrió al señor don Baltasar, que ha vivido más años y corrido más
-mundo y experimentado más gentes?
-
-—Efectivamente—respondió el aludido, sin pararse en barras:—eso fué
-lo primero que se me ocurrió al verle á usted tan empingorotado allá
-arriba, y tan peripuesto: que era usted un farsante. Las cosas claras.
-
-—Ya comprenderá usted que no he de ofenderme con esa claridad, cuando
-me ha visto anticiparme con el supuesto, dándole por bien fundado.
-Y hablando ahora en pura verdad, ¡si supieran ustedes lo lejos que
-iban de ella los que me juzgaban de ese modo! ¡Si supieran todos cuán
-diferentes de esa disculpable flaqueza eran las causas por que he
-venido hoy á Robleces, y me he puesto á oir misa en el altar mayor, y
-estoy ahora bajo los techos de esta casa! ¡Si pudieran imaginárselo
-que pasaba por mí cuando oía la voz cascada del buenísimo don Alejo,
-y lo que hubiera dado yo por sustituir, siquiera con la campanilla
-en la mano, á cualquiera de los muchachuelos que tenían la fortuna
-de ayudarle! ¡Si supieran lo que yo sentía cuando paseaba los ojos
-por cada rincón de la iglesia, y por la barandilla del coro, y por
-la escalera del campanario! ¡Si supieran que no hay un retablo, una
-imagen, una piedra, un adorno en ese templo, que me sea desconocido!
-Y sobre todo, señor don Baltasar y señorita Inés, si supieran ustedes
-lo que pasa por mí al hallarme donde me hallo en este instante, no me
-tendrían por descortés al declararles, como les declaro, que, al venir
-á esta casa, dudo si me arrastra más el amor que la tengo, que la
-estima que me merecen las personas que la habitan.
-
-El extraño personaje parecía muy conmovido al terminar esta parrafada,
-que escucharon el Berrugo y su hija con profundísima atención; y
-viendo don Baltasar que el visitante se detenía después de las últimas
-palabras, precisamente las que más le habían avivado la curiosidad,
-preguntóle con la llaneza que él usaba con todo el mundo:
-
-—Pero ¿quién demonios es usted?
-
-Sonrióse afablemente el interpelado; miró de pasada á Inés, cuya fuerza
-de atención rayaba en el pasmo, y respondió á don Baltasar de este modo:
-
-—Es posible que no tenga usted noticias de un sobrinillo que embarcó
-para la Habana el famoso Mayorazgo de Robleces, muy poco antes de
-venderle á usted esta casa.
-
-—Tengo—dijo el Berrugo,—así como un recuerdo confuso de haber oído
-hablar...
-
-—Pues ese sobrino, señor don Baltasar, soy yo. Tomás Quicanes, natural
-de Nubloso, pero criado y educado en Robleces al lado de mi tío.
-
-—¡Qué me cuenta usted?—exclamó aquí el Berrugo muy asombrado, ó
-aparentando que lo estaba de firme.—¡Conque sobrino del Mayorazgo!
-Pero, hombre, ¡si parece mentira!
-
-—Pues es la pura verdad, señor don Baltasar—repuso el elegante
-mozo,—y un desengaño bien triste para los que me hayan tomado por un
-Archipámpano del otro mundo, al verme hoy tan soplado junto á las andas
-mismas de San Roque. ¿No lo cree usted lo mismo, Inés?—añadió mirando á
-la guapa chica con la mayor naturalidad.
-
-Pero Inés sólo respondió sonriéndose y volviendo á ponerse colorada,
-bajando los ojos al mismo tiempo y pellizcándose con una mano la falda
-de su vestido por cerca de las rodillas.
-
-—Porque las gentes son así—continuó el de Nubloso,—ó, mejor dicho,
-somos así todos, grandes y chicos, cultos é ignorantes. Vivimos de
-impresiones, y nos merece mayor devoción el santo de más lejos... El
-caso es, para acabar pronto, que soy Tomás Quicanes, el sobrino del
-Mayorazgo de Robleces. Fui á la Habana; trabajé veinte años allí,
-procurando repartir bien lo que ganaba entre el regalo del cuerpo y el
-del espíritu, á lo cual debo esta poca luz que traigo en la cabeza; es
-decir, porque no se tome á tonta vanidad, el no volver tan á obscuras
-y tan romo como salí de aquí. Agenciéme honradamente un capitalito; un
-pasar: vamos, para la puchera, como se dice por acá, y víneme resuelto
-á comerla sosegadamente en la tierruca, después de haber corrido una
-buena porción del mundo que no conocía. Un mes hace que llegué á la
-Montaña, y dos días que vine á Nubloso, donde no me queda otra familia
-que un primo lejano, más rico que yo, puesto que es enteramente feliz
-con los cuatro terrones que labra y la fecunda mujer que le da un hijo
-cada año. Con esa familia vivo mientras otra cosa resuelvo: tirábame
-mucho Robleces, por ser mi pueblo adoptivo; era hoy la fiesta de su
-patrono, á cuya imagen tantas veces quité el polvo y canté coplas de su
-novena ayudando á don Alejo, como ahora le ayudan los dos acólitos, y,
-por cierto, con atalajes que no me pusieron á mí nunca, porque entonces
-no se usaban esos lujos en iglesias como las de este lugar; vine á la
-fiesta, ocurrió lo que ustedes saben; y dejando para otra ocasión el
-regalo de darme á conocer á don Alejo, lleguéme á esta casa, donde he
-tenido el honor de referir lo que en el pueblo no sabe á estas horas
-nadie más que ustedes.
-
-—Pues vea usted, señor mío—dijo el Berrugo después de unos instantes de
-silencio:—no me pesa que el caballerete del altar mayor haya resultado
-sobrino de mi amigo el Mayorazgo, ni que haya sido afortunado en sus
-negocios en la otra banda; porque de ser cierto que hay dinero por el
-mundo, cosa que nos parece cuento aquí por la miseria en que vivimos,
-más vale que caiga algo de ello en manos conocidas. Así lo siento y así
-lo digo.
-
-—Y yo acepto ese sentir con todo el aprecio que se merece, señor don
-Baltasar.
-
-—Eso me es enteramente igual, amiguito, con franqueza; quiero decir, el
-que me aprecie ó no me aprecie lo que le he dicho. Á mí me basta para
-galardón de mis sentimientos, el gusto de no atragantarme con ellos. Y
-dejando estas coplas á un lado, ¿qué otra cosa se le ofrece á usted por
-aquí, en que podamos servirle?
-
-Á esta pregunta se sonrió el indiano; bajó un poquito la cabeza y se
-golpeó varias veces el muslo con el sombrero. Después le cogió con
-ambas manos, cruzó los pies; y volviendo á mirar, siempre muy risueño y
-oloroso, á don Baltasar, le dijo:
-
-—Si le contestara á usted que nada se me ocurre, señor don Baltasar,
-más que satisfacer el gusto, medio satisfecho ya, de respirar el
-aire de esta casa, tan llena de recuerdos para mí, y de ponerme á las
-órdenes de sus afortunados dueños, no contestaría toda la verdad.
-
-—Pues, por si acaso era así—repuso el Berrugo,—le he preguntado á usted
-que en qué otra cosa podíamos servirle.
-
-—Hay otra cosa, en efecto—replicó el indiano, tomando nueva postura
-en la silla, no menos airosa que las anteriores,—en que usted podría
-hacerme un servicio superior á todo encarecimiento; pero de esa cosa
-no venía enteramente resuelto á tratar hoy, porque ni es de urgencia
-inmediata, ni el momento que he aprovechado para saludar á ustedes da
-para ello.
-
-—Pues yo le voy á dar á usted—dijo el Berrugo,—otra prueba de lo netas
-que las gasto, declarándole que con eso que acaba de decirme me ha
-metido en grandes ganas de conocer esa cosa que usted desea.
-
-Rióse aquí de todas veras el indiano, volviendo un instante los ojos
-hacia Inés, que no estaba menos picada de la curiosidad que su padre, y
-respondió:
-
-—Ese declarado deseo de usted, señor don Baltasar, me obliga á
-romper las consideraciones que me detenían, y voy á satisfacérsele
-inmediatamente; pero á condición de que, por anticipado, me perdone
-usted, si tengo la desgracia de mortificarle algo el puntillo que tan
-sensible es en todas partes, y singularmente en esta tierra; yo, por de
-pronto, le aseguro que si creyera que en lo que voy á proponerle había
-motivos racionales de mortificación para usted, no se lo propondría...
-
-—¿Quiere usted—saltó el Berrugo muy impacientado ya,—dejarse de jarabes
-de confitería, y decirme en las menos palabras que pueda, y á la
-pata-la-llana, lo que pretende de mí?
-
-—Pues pretendo—respondió el sobrino del Mayorazgo, sorteando con
-soltura y gracia aquellas impetuosidades de su interlocutor,—y por
-supuesto, señor don Baltasar, pura y simplemente como por ansias del
-corazón, como por antojo de enamorado sensible...
-
-—¿Otra vez á la confitería?—exclamó el Berrugo, casi levantándose de la
-media silla que ocupaba.
-
-—Ayúdeme usted, Inesita, por caridad—dijo el indiano entonces,
-envolviendo á la suspensa joven en una mirada muy risueña y en una
-nueva onda de fragancias;—ayúdeme usted á contener la noble sinceridad
-de su señor padre, que no me deja ser tan cortés y respetuoso como yo
-quisiera y él se merece...
-
-Pero como Inés no le respondía más que con sonrisas, muy dulces, eso
-sí, y con pellizcos á la falda del vestido, y las impaciencias de su
-padre crecían por momentos, el indiano añadió en seguida volviéndose
-hacia don Baltasar:
-
-—Puesto que usted lo pide neto y sin repulgos, allá va tan neto y claro
-como la luz del sol: deseo comprar esta casa. ¿Me la quiere usted
-vender?
-
-—¡Demonio!—exclamó el Berrugo alzándose media cuarta sobre el asiento,
-mientras Inés le miraba con el asombro pintado en los ojos.—¡Venderle
-yo esta casa!
-
-—Es una proposición como otra cualquiera, señor don Baltasar—dijo
-el indiano, dominando perfectamente la escena con sus aires de gran
-personaje.—La quería usted clara, y clara se la he expuesto... Los
-motivos, ya le he indicado á usted cuáles son... motivos que llama
-usted, con suma gracia, de confitería; pero que en un hombre de mis
-ideas y de mis sentimientos, pueden mil veces más que todas las pompas
-de la tierra... En cuanto al precio, el que usted fijara. No creo que
-fuera tan alto que pasara de ciertos límites, ni yo me considero tan
-pobre que no pudiera pagarle á usted, hasta con réditos, las ganas,
-como sería justo. ¿Es esto hablar claro también, señor don Baltasar?
-Creo que sí. Pues ahora, si en ello hay algo que pueda mortificarle á
-usted, bórrese, olvídese... y como si no hubiera dicho nada.
-
-—¡Qué demonio he de ofenderme yo por esas cosas!—respondió el Berrugo,
-que estaba entonces en sus glorias.—¡Á buena parte viene usted, hombre!
-¡Ni que se tratara de una puñalada por la espalda!... Sépase usted,
-para en adelante, que yo soy de los que creen que hay derecho para
-proponer la compra de cuanto se le ponga á uno por delante; más creo:
-creo que el comprar ó no comprar lo que se desea, sólo es cuestión de
-precio. Y esto no lo digo por empezar á subirle el de mi casa, sino
-como regla que profeso en la materia, por razón de lo que llevo visto y
-observado.
-
-—Sin decirle ahora, señor don Baltasar—replicó el indiano, que andaba
-tan atento á las impresiones reveladas en Inés, como á las palabras
-de su padre,—hasta qué punto estoy de acuerdo con esa regla de usted,
-yo me felicito, por lo pronto, de que la proposición que he tenido
-el honor de hacerle no le haya mortificado lo más mínimo. Y esto
-declarado, me atrevo á pedirle á usted permiso para dirigirle otra
-pregunta.
-
-—Ya está usted haciéndomela,—contestó el Berrugo.
-
-—Lo que usted me ha dicho respondiendo á mi proposición, ¿significa que
-queda aceptada en principio?
-
-—¡En principio! ¡en principio!—recalcó el Berrugo en tono
-desdeñoso.—En principio están en venta, bien dicho se lo tengo, todas
-las cosas de este mundo, hasta la honra de las gentes; ¡y no había de
-estarlo esta humilde casa, aun sin los deseos que usted tiene de ella?
-¡Pues, hombre!...
-
-—Entendido, y muchas gracias, señor don Baltasar. Y ahora, siquiera
-por lo que el asunto parece disgustar á esta señorita, le pido á usted
-el favor de que no se hable más de él hasta que las circunstancias lo
-reclamen; pero con la advertencia, entiéndalo usted bien, Inesita, de
-que ni ese gusto ni otro alguno mío, daré yo por satisfecho á costa de
-la menor pesadumbre para usted.
-
-—Mi hija—replicó el Berrugo mirando brutalmente á Inés,—no suele
-permitirse los lujos de apesadumbrarse por cosas que son del gusto de
-su padre. ¿No es cierto, Inés?...
-
-Y la pobre, perdiendo de repente todos los colores de su cara,
-respondió tímidamente que sí.
-
-Á este incidente siguieron frases muy superfinas y corteses del
-indiano, enderezadas, tanto como á templar las crudezas del padre,
-á quedar él bien acreditado en el concepto de la hija; hasta que al
-cabo de otra buena ración de palabras sin substancia, cambiadas con el
-Berrugo, sacó el deslumbrante reló, miróle, púsose de pie y dijo:
-
-—Estoy abusando de la bondad de ustedes hace rato: es más tarde de lo
-que yo creía... quizás iban ustedes ya á comer...
-
-—Pues á propósito—interrumpióle el Berrugo, que aquel día estaba en
-vena de despilfarros,—¿por qué no come usted con nosotros? Es ya tarde:
-desde aquí á Nubloso hay una buena tirada; y además, ó somos ó no somos
-de la casa, como quien dice...
-
-—¡Oh, señor don Baltasar!—respondió el sobrino del Mayorazgo,
-haciéndose una pura miel.—¡Tanto favor para mí!... ¡Tanta molestia para
-ustedes!... Yo no sé si debo...
-
-Y en esto miraba á Inés, la cual parecía decirle con la expresión de
-sus ojos dulces: «quédese usted, sin cumplidos.» Al mismo tiempo le
-soltaba el Berrugo estas claridades:
-
-—Ya sabe usted que yo no entiendo de dulzainas. De verdad ofrezco. Diga
-claro y pronto lo que más desee. Comida hay abundante, porque es día
-de repique gordo, y ningún perjuicio nos causa con quedarse. Si nos le
-causara, me hubiera librado muy bien de convidarle, por si me cogía por
-la palabra... En resumen, ¿acepta ó no?
-
-El indiano, que parecía gustar mucho de las genialidades de don
-Baltasar, se reía mientras le escuchaba; y en cuanto éste acabó de
-hablar, le respondió:
-
-—Pues acepto... y con muchísimo gusto.
-
-No bien lo dijo, salió Inés de la sala apresuradamente, al tiempo mismo
-que entraba en ella, muy sofocado, don Elías.
-
-—Aquí tiene usted otro convidado,—dijo el Berrugo al indiano, señalando
-al médico.
-
-El cual se quedó estupefacto al hallarse, cara á cara, con el caballero
-del altar mayor. ¡Venturoso y bien singular para él aquel día de San
-Roque! ¡Convidado á comer por el Berrugo, quizás para ofrecerle los
-sesenta y dos mil reales del molino, y verse allí mismo en ocasión de
-averiguar lo que á la sazón ignoraba todo el pueblo!
-
-—Sentiría—dijo después de hacer una reverencia al forastero,—haber
-hecho esperar á ustedes. Camino de mi casa me alcanzó el recado que
-usted, señor don Baltasar, se sirvió mandarme; desde la puerta de la
-calle, por tardar menos, dije á la familia que no me aguardara hoy á
-comer, y á escape retrocedí para acá... Pero ¡qué calor el de hoy y qué
-sudar en aquella iglesia!
-
-Y sudaba todavía, aunque no había entrado en ella, el santo varón; pero
-sudaba de emociones súbitas, inesperadas... de puro gusto, en fin.
-
-—El señor—dijo el Berrugo al indiano,—es don Elías, el médico de
-Robleces.
-
-—Para servir á usted, caballero—díjole á su vez don Elías,—aunque no
-tengo el gusto de...
-
-—Tomás Quicanes—respondió muy cortésmente el forastero, tendiéndole la
-mano,—y muy servidor de usted.
-
-Estrechósela con ansia el médico; y mientras le miraba anheloso y hasta
-conmovido, le decía:
-
-—Tomás Quicanes... Tomás Quicanes... Creo recordar... Sí: esa cara... y
-ese porte... Sólo que no caigo...
-
-—¡Qué ha de caer usted, hombre, qué ha de caer usted?—saltó don
-Baltasar, que observaba muy atentamente la escena;—¡si en la vida de
-Dios ha visto á este caballero hasta que le vió esta mañana en el altar
-mayor! ¡Cuidado que es gana... de confitear!
-
-—¿Quién sabe?—terció Quicanes, apiadado de don Elías.—Aunque es poco el
-tiempo que llevo en España, puede el señor haberme visto...
-
-—¡Qué ha de ver, hombre, qué ha de ver este infeliz, que no ha salido
-de Robleces hace trece ó catorce años! Y si no, á la prueba. El señor
-es—añadió mirando á don Elías y apuntando al indiano,—natural de
-Nubloso, sobrino del Mayorazgo á quien yo compré esta casa. Hace veinte
-años que se fué á América, y dos días que llegó á su pueblo. Vamos á
-ver, ¿sabía usted algo de esto? ¿Dónde le ha conocido usted, visto
-siquiera, hasta hoy?
-
-Bendijo don Elías la desvergüenza del Berrugo, gracias á la cual
-averiguaba él de un golpe todo lo que necesitaba saber; pero humilló la
-cabeza y respondió mansamente:
-
-—En efecto: estaba yo equivocado. Sin duda le he confundido con otra
-persona... Y ¿viene usted—añadió irguiéndose de pronto, quizás por
-atajar con la pregunta alguna otra salida genial del Berrugo,—para
-volver á marcharse, como hacen tantos, ó para dejar los huesos en la
-tierruca?
-
-—Ese es mi propósito, señor don Elías—respondió afablemente el
-indiano:—dejar aquí los huesos...
-
-Pero el Berrugo no estaba ya para meter la cuchara en las cosas de
-don Elías: le preocupaba más lo que pasaría en la cocina en aquellos
-momentos críticos; y dejando solos á los dos convidados, salió de la
-sala, advirtiéndoles, y era la verdad, que iba á ver á cuántos se
-estaba de comida.
-
-Y hablando, hablando, el indiano y don Elías, acertó el primero á
-preguntar al segundo cuántos años llevaba de médico en Robleces, de
-dónde era nativo y qué familia tenía.
-
-¡Tú que tal dijiste! Si con pretextos mucho más remotos largaba don
-Elías la historia de sus soñadas grandezas, tan pronto nacidas como
-acabadas, ¿cómo no soltarla en aquella gran ocasión, á solas con un
-personaje que no le conocía más que por los informes cáusticos de don
-Baltasar, y quizás era otro millonario, pero millonario de verdad? ¡Oh,
-qué día, que día aquél para el médico de Robleces! Todo, todo se lo
-dijo; todo se lo refirió al indiano. Lo de sus graneles partidos, lo de
-las sedas á montones, y la plata por los suelos... lo de la millonada,
-en fin. ¡Y con qué lujo de pormenores, y con qué emoción tan profunda
-y conmovedora! Como si lo contara por primera vez. El de Nubloso le
-escuchó estupefacto.
-
-Cuando, recién acabada la historia, entró don Baltasar avisando que iba
-ya la sopa á la mesa, aún tenía el médico las mejillas ardiendo, los
-pelos de punta y los ojos arrasados en lágrimas, las cuales enjugaba
-con el pañuelo.
-
-—Vamos—dijo el Berrugo al notarlo y dirigiéndose al otro,—ya le echó á
-usted la millonada encima.
-
-—¿Por qué lo dice usted?—preguntó el indiano, que indudablemente estaba
-un poco conmovido.
-
-—Por las señales—respondió el Berrugo apuntando á la cara de don
-Elías,—y porque ya contaba yo con ello.
-
-—¡Ay, señor don Baltasar!—exclamó don Elías, plegando en tres dobleces
-el pañuelo:—cada cual se queja de lo que le duele...
-
-—Verdaderamente—añadió el indiano,—es historia interesante la del señor.
-
-—¿Interesante, eh?—dijo en el tono burlón de costumbre don Baltasar:—no
-lo sabe usted bien todavía; pero ya lo irá sabiendo poco á poco...
-Ahora, señor don Elías, vamos á matar las pesadumbres en la mesa, que
-ya nos esperan allá; y con buen apetito, si hemos de juzgar por la cara
-de tigre enciscado que tiene el seminarista.
-
-—¡Hombre!—exclamó don Elías, muy aliviado ya de sus tristezas con
-aquella noticia.—¡Conque Marcones... digo, conque Marcos también está
-hoy por acá? ¡Cuánto me alegro!... Pase usted, señor de Quicanes.
-
-—¡Oh, eso no, señor don Elías!... Primero usted...
-
-—¡De ningún modo!
-
-—¡De ninguna manera!
-
-—¡Canario!—dijo entonces el Berrugo que lo presenciaba.—¿Esas tenemos
-también y á tales horas? ¡Á ver si pasan de una vez juntos ó separados,
-ó los paso yo de parte á parte!
-
-Echólos por delante, y se fueron los tres al comedor.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXI
-
-ARROZ Y GALLO MUERTO
-
-
-En opinión de Inés, desde el momento en que se quedaba á comer el
-peripuesto indiano de Nubloso, el asunto de la comida aquélla adquiría
-una gravedad excepcional. Con Marcos y con el médico, todo podía pasar,
-porque eran personas de confianza y no estaban hechos ni á tanto
-siquiera; pero ¡con aquel caballero tan planchado y oloroso, que había
-corrido tanto mundo!...
-
-Y por eso salió de la sala del modo que se dijo. Del tirón, fué á la
-cocina á advertir lo que ocurría, y sin reparar en la caraza fosca que
-tenía Marcones, á quien halló paseándose en el carrejo, con las manos
-en los bolsillos y la cabeza gacha. Examinando los manjares, catando
-las salsas y reparando en la vasija, ¡qué poco, qué malo, qué sucio
-y qué viejo le pareció todo! Limpió cuidadosamente los careles de
-los platos y de la media fuente en que se había cuajado el arroz con
-leche, que ya tenía su buena costra de canela en polvo: bajó la poca y
-mala loza que había en el vasar, y escogió los platos menos deslucidos
-por el uso, para reemplazar con ellos los que aún fueran peores de
-los que estaban ya en la mesa; encargó mucho que se _barciaran_ con
-gran curiosidad en las fuentes los cocidos y el gallo en pepitoria, y
-hasta se atrevió á lamentarse de que estuviera un poco salada la sopa
-de fideos. La Galusa la veía hacer y mangonear, con un despecho muy
-mal disimulado, y la oía sin responderla más que con un borboteo de
-colmena, que no cesaba un punto, y algún cucharetazo que otro, bien
-sonado, ó tal cual rabonada en corto; pero cuando oyó lo de la sopa
-salada, se picó de veras y cantó claro.
-
-—¡Ni anque viniera el obispo á comerla!—comenzó á decir, andando de
-acá para allá y subiendo el tono á medida que trasteaba y removía
-mesas y cachivaches.—¡Ni anque por ello juéramos á perder casorio con
-el marqués de la fanfarria!... ¡Bah, que te quiero un cuento con el
-fachendas, que está bien hecho á comer borona fría!...
-
-—Y tú ¿qué sabes de eso... ni qué te importa?—dijo Inés, á quien
-indignó la grosera reticencia de la criada.
-
-—¡En gracia de Dios—continuó ésta,—habla bajo el piojo resucitao, pa
-que no le oyeran los que no son sordos y andaban por los carrejos, por
-haber sido echaos de las salas! ¡Vaya con el sobrino del borrachón de
-Robleces, que ahora no coge en ellas de puro inflante, y antayer salió
-de aquí muerto de hambre y en carnitas!... ¡Y too nos paece poco pa
-regalale el gusto al gran señor de morondanga!... Pos un rato hace, ni
-la sopa estaba salá ni los platos negreaban... ni por aquí asomó naide
-pa alvertir que si esto arriba y que si lo otro abajo... Y me paece á
-mí que con lo que era mucho y güeno pa unos, bien puede regalase, sin
-que se le caiga la venera, el hijo de su madre, que no es de mejor
-casta que el nieto de la mía. ¡Ya lo quisiera el grandísimo... que
-con ser tanto y un poco menos, se vería muy honrao! ¡Á qué vienen las
-cosas á parar, María Madre de Dios, y de tan de súpito y contino! Y
-gracias que paran en esto solo; que al paso que vamos, día vendrá de
-echanos á comer al estragal, y en una escudilluca, como á los probes
-de la puerta... ¡Bah, que eso y más merecemos!... Y vete y vente,
-tonto de tí; y rompe zapatos y enseña lo que no se sabe; y acábate tú,
-desventurá del jinojo, y gasta los años olvidá de tu hacienda por
-mejorar la del vecino...
-
-Marcones, que lo oía desde el carrejo, apareció de pronto á la puerta
-de la cocina, mustio de continente; y con voz enronquecida y lenta,
-dijo á la Galusa, mirando de reojo á Inés:
-
-—Hace usted muy mal, tía, en tomar tan á pecho cosas que no lo
-merecen... ó que deben perdonarse, como las perdono yo en la parte que
-me alcanzan. Obrar bien es lo que me importa; que Dios está en los
-cielos, y en la tierra no se mueve la hoja de un árbol sin su santa
-voluntad.
-
-Sin darse Inés por más entendida de las palabras del sobrino que de
-las últimas de la tía, aunque todas ellas la habían mortificado mucho,
-salió de la cocina sin desplegar los labios ni mirar á nadie, y se fué
-en derechura al comedor, pieza triste y destartalada. Allí estaba la
-mesa puesta para cuatro comensales: faltaba el cubierto del indiano...
-¡y qué basto era el mantel y qué mal lavado estaba! Afortunadamente
-había otro más fino en la alacena... Pero aquellos vasos de vidrio,
-viejos y con roña indeleble en el fondo... Y de eso sí que no había
-cosa mejor de reserva... ¡Qué mal, qué mal provista estaba la casa
-para un lance inesperado como el de aquel día! Y lo peor era que el
-forastero, al notarlo, pensaría que la culpa de todo la tenía ella,
-por descuidada é indolente y no su padre, por ahorrativo y hasta
-roñoso. Después, Romana, á cuyo cargo andaban todavía allí todas
-esas cosas, estaba tan encariñada como su amo con la suciedad y la
-miseria... ¡Oh, era preciso que aquello cambiara ya!... y cambiaría,
-pronto, ¡muy pronto! De nada la servía á ella ser limpia y esmerada y
-rumbosa, si la otra no la dejaba terreno en que emplearse, ni medios
-para lucirse, ni ocasión siquiera de pelear contra ciertos resabios
-de su padre. Pero ¡qué indirectas tan brutales la acababa de echar!
-¡Bien las había entendido ella! Lo del casorio, ¡qué barbaridad!...
-Lo de enseñar lo que no se sabía... lo dijo por el otro, que estaría
-resentido con las bromas de su padre... Pues también el tal, con aquel
-aire gazmoño con que habló á su tía desde la puerta tapándola toda...
-¡Qué grande y qué negro le pareció allí! ¡Qué diferencia con el de la
-sala! ¡Y se extrañaba Romana de que ella se tomara por él cuidados que
-no se había tomado por los demás! ¡Qué falta de sentido común, y qué
-sobras de malas intenciones!... Bueno. Ya estaba cambiado el mantel,
-y Luca, la otra criada, había puesto encima de la mesa el montón
-de platos escogidos. Bien poco más lucían que los retirados. Él se
-colocaría allí, su padre aquí, ella acá y _los otros enfrente_... No,
-porque, de este modo, estaría cara á cara con Marcos... Mejor sería
-poner á Marcos acá y ponerse ella á esta otra parte... Pero entonces
-tendría de frente al otro... En fin, ya se arreglaría ese punto cuando
-llegara el caso.
-
-Vino en esto su padre; encargóse de activar las faenas de la cocina,
-y se fué ella á su cuarto. Allí se lavó las manos; se limpió
-escrupulosamente las uñas; se refrescó un poquito la cara, que tenía
-algo ardorosa; se arregló el pelo y los pliegues de la falda; se encajó
-bien el talle, y pasó repetidas veces las manos abiertas por todas
-las graciosas hondonadas y gallardas altitudes de su cuerpo, para
-estirar las arrugas del vestido. Después se miró al espejo, que era
-bien mezquino ciertamente; y no sé qué juicio formaría de su propia
-estampa reflejada á pedazos en él; pero aseguro, de mi cuenta y riesgo,
-que estaba guapísima entonces y hecha una real moza, de los pies á la
-cabeza, la hija de don Baltasar Gómez de la Tejera.
-
-Oyó, en esto, que la gente se rebullía hacia el comedor; fuése hacia
-allá, y encontróla arrastrando las sillas para sentarse á la mesa,
-por mandato imperioso y terminante del amo de la casa. El sitio que
-la habían dejado á ella libre, estaba enfrente del que ocupaba el
-forastero... La casualidad, ó quien allí mandaba, lo había dispuesto
-así... ¿Qué remedio tenía?
-
-Sentáronse todos, y llegó la Galusa con una enorme sopera entre manos.
-Dejóla sobre la mesa, y se largó en seguida dando rabonadas; y con
-tales humos en la jeta, que parecía ir diciendo: «¡así reventéis con
-ello!» Don Baltasar encomendó á su hija la delicada tarea de hacer
-plato á los comensales porque á él «no se le amañaba cosa mayor;» y
-con este motivo, Inés se puso de pie para dominar mejor las alturas de
-la sopera, y tuvo ocasión el indiano de Nubloso, que indudablemente
-era mozo de gusto, de admirar un buen rato la corrección de líneas
-y la escultural riqueza del cuerpo de la joven, destacado sobre la
-mesa como torso griego sobre su pedestal. Ocurriósele á Inés, muy
-atinadamente, que el primer plato debía ser para el indiano, por
-forastero y más extraño á la casa que los otros convidados; y así lo
-hizo, con aprobación de su padre, para quien fué el segundo; el tercero
-se le llevó don Elías, por razón de edad, y aun por ser la primera vez
-que comía allí; después, ya no había que dudar: el cuarto, es decir,
-el último, para Marcones. ¡Con qué tripas le dió las gracias por la
-_atención_ el seminarista de Lumiacos!
-
-Servida Inés y vuelta á sentar, comenzó la comida, y con ella el
-obligado tiroteo de palabras entre los comensales. El de Nubloso
-la tenía fácil y amena: don Baltasar le tentó sin ambajes; y el
-mozo, nada pesaroso de ello, rompió á hablar (muy al caso siempre y
-trayéndolo todo bien traído, con agudas salidas del carril, de vez en
-cuando, hacia éste y hacia el otro comensal, y particularmente hacia
-Inés, que le oía embelesada) de sus cosas y de sus peregrinaciones.
-Las había hecho repetidas veces por los Estados Unidos, conocía á
-Inglaterra y á Francia, y singularmente á sus capitales. Y no siempre
-fué el vicio de ver y de admirar, la fuerza que le arrastró á los
-viajes. Á la mayor parte de ellos fué impulsado por sus negocios.
-Desenvolviendo este tema, dejó traslucir, bien á las claras, que tenía
-caudales depositados en los Bancos de Londres, de París y de Nueva
-York. El era español en cuerpo y alma, por lo que toca á su amor á la
-patria como suelo y como madre; pero como nación, como estado político,
-ya no tanto. En este concepto, España le parecía una matrona, muy
-hermosa sí, pero á la que no se le podía fiar media peseta. Por eso
-había tenido él buen cuidado de dejar el puñado de ellas que le habían
-producido veinte años de desvelos, á buen recaudo, antes de entrarse
-por las puertas de aquella gran señora, tan ligera de cascos.
-
-Puestas aquí las cosas, hizo animadas pinturas, verdaderas ó
-fantásticas, de las gentes y costumbres de por allá, tan distintas de
-las españolas; pero las que le merecieron grandes preferencias fueron
-las norte-americanas. Sobre estas gentes y costumbres habló largo y
-tendido, y sacó á relucir todo el catálogo convencional que existe ya
-consagrado por el uso, de las enormidades, en lo malo y en lo bueno, de
-los supuestos «bárbaros de la civilización:» lo de los ferrocarriles
-tendidos sobre cuatro estacas podridas encima de un abismo horroroso;
-lo de las casas con ruedas; lo de las cuadrillas de foragidos europeos
-convertidos allí, en un par de meses, en hombres honrados y poderosos;
-lo de las ciudades de cien mil almas con monumentos grandiosos, creadas
-en año y medio donde antes no había más que un bosque virgen plagado de
-_Pieles rojas_; lo de las señoritas que viajan sin otra compañía que el
-revólver, á quienes todo el mundo respeta mientras ellas se mantengan
-dentro de las leyes de esa nueva orden de caballería de doncellas
-andantes, etc., etc., etc., para venir á parar á que el pueblo
-_yankee_, dijérase lo que de él se dijera, y casi siempre por censores
-que no le conocían, era un gran pueblo...
-
-—¡Niégolo en redondo!—dijo de repente la voz iracunda y retumbante de
-Marcones, que ya estaba hasta la coronilla de la charla del de Nubloso,
-de sus miradas á Inés, de la fascinación con que ésta le atendía, y de
-la importancia que daban al charlatán los otros dos papanatas que le
-tiraban de la lengua.
-
-El indiano se quedó suspenso ante la embestida feroz del seminarista;
-don Baltasar estuvo á pique de tirarle con un vaso; don Elías se hacía
-cruces mentalmente, y á Inés se le bajaron los colores de la cara.
-
-Más sereno que todos ellos el indiano, preguntó muy fino, y hasta
-risueño, al de Lumiacos:
-
-—Y ¿por qué lo niega usted?
-
-—Lo niego—respondió Marcones, verde y convulso, á causa de no haber en
-derredor suyo dos ojos que le miraran bien,—porque tengo razones para
-negarlo.
-
-—Y ¿cuáles son esas razones?—volvió á preguntar el otro.
-
-—La primera y la principal... la única, si usted quiere, es que no
-merece el nombre de grande, por rico y poderoso que sea, un pueblo de
-masones sin religión.
-
-—Y ¿quién le ha dicho á usted que ese pueblo es así?
-
-—Todo el mundo lo sabe.
-
-—No basta esa razón, porque con la misma puedo replicarle yo á usted
-que todo el mundo se equivoca. En los Estados Unidos hay religión, y
-muy bien observada, aunque no sea la nuestra, que también abunda; y en
-cuanto á lo de la masonería, podrá haberla allí como en cualquiera
-otra parte; pero eso ¿qué? También por acá abunda, á juzgar por lo que
-nos dijo hoy el predicador; y, sin embargo, bien cacareó la grandeza de
-España, sin que protestara usted.
-
-—¡Es muy distinto el caso, señor mío! España siempre será España, ¡la
-patria de Pelayo y de Recaredo!; y si nos aflige también esa peste,
-cuénteselo usted á los escocidos con el sermón de nuestro gran orador,
-que tanto la defienden, porque... ellos se entenderán.
-
-—No conozco á esos escocidos ni á esos defensores de esa peste, ni
-aunque los conociera les iría con el cuento: no por ser de usted, sino
-porque no vendría muy al caso; pero ciñéndonos al que usted ha sacado á
-relucir, ¿por qué ha de poder llamarse grande á España con masones, y
-no á los Estados Unidos con masones también?
-
-—Porque esos Estados Unidos son unos herejes dejados de la mano de Dios.
-
-—¡Dejados de la mano de Dios!... Y ¿cómo se explica entonces su gran
-riqueza y su gran prosperidad?
-
-Aquí se infló Marcones y se bañó toda la caraza en una sonrisa
-triunfal: le había venido á la memoria un latinajo contundente, y le
-iba á lanzar sobre el indiano, como pudo lanzarle el plato recién
-desocupado de garbanzos con verdura, que tenía entre las manos:
-
-—Porque—gritó desaforadamente,—_Oportet heresses esse._
-
-—¿Lo cuál quiere decir?...—preguntó el de Nubloso muy
-tranquilamente.—Porque le confieso á usted, sin rubor, que no entiendo
-jota de latín.
-
-—Ya, ya me he ido haciendo cargo—replicó en tono burlesco
-Marcones.—¡Así va ello!
-
-—¿Quiere usted decirme—preguntó el indiano, con cierta sorna,—que sin
-saber latín no se puede hablar de lo que se ha visto en el mundo?
-
-—Lo que yo digo y repito—añadió Marcones con voz retumbante y ademán
-airado,—es que los Estados Unidos son un pueblo de herejes y de
-masones, y que, en buena conciencia católica, no puede tomarse la
-defensa de él sin incurrir en gravísimo pecado.
-
-El de Nubloso soltó la carcajada, y don Elías poco menos; Inés estaba
-disgustadísima, mirando tan pronto al uno como al otro contrincante.
-Afortunadamente enfrió don Baltasar en aquel momento los ímpetus del
-pedantón, con una entrada de las suyas.
-
-—El pecado gordo, zanguangón de los demonios, será el del obispo que
-te ordene á tí, si piensas oficiar de predicador de esa manera. ¡Pues
-dígote que habrá que oirte con paraguas!...
-
-—Yo acepto la reprensión, señor don Baltasar—respondió Marcones, lívido
-de ira reconcentrada, de rencor y de despecho comprimidos,—por ser
-de usted; pero no porque sea justa ni haya venido por los trámites
-exigidos en buenas reglas de moral. Y ahora, conste que quedo
-maniatado, pero no vencido.
-
-—Y ¿no te queda en el morral—preguntóle el Berrugo con una voz y un
-gesto que eran dos cuchillos,—algún latinajo sobrante para acabar de
-tendernos boca arriba?... ¡Vaya con los sacristanes de Lumiacos, que
-van á matar moros á hisopadas!
-
-—Yo reconozco, don Baltasar—dijo el indiano interviniendo de muy buen
-humor en esta pelea á sartenazos,—que el señor estuvo en su derecho al
-ponérseme de frente del modo que lo hizo. Túvome, quizás, por uno de
-los apestados á que se refería el sermón de esta mañana, y ha cumplido
-con su deber saliéndome al encuentro con los puños cerrados. Porque,
-si yo no era el masón y el espiritista, ¿quién había de serlo en aquel
-montón de fervorosos aldeanos, hartos de majar terrones? Y si no lo
-dijo para que se le entendiera, ¿para qué lo dijo? ¿No es así, señor
-seminarista? Pues pelillos á la mar de todas suertes; y vamos á firmar
-las paces ahora mismo bebiendo los dos á la salud de esta hermosa
-señorita, á quien hemos respetado bien poco haciéndola testigo de una
-porfía sobre puntos que no valen junto á ella dos cominos... Conque
-arriba el vaso, señor teólogo...
-
-—¡Y el mío también, aunque por él no se pregunte!—exclamó entonces don
-Elías, entusiasmado y nervioso, alzando el suyo, que le temblaba en la
-mano.
-
-Con esto, el de Lumiacos, no pudiendo ya alegar decorosamente la
-sutileza con que pensaba eludir el compromiso en que le ponía el
-indiano, á quien detestaba y maldecía en sus adentros, levantó también,
-aunque algo á rastras, su correspondiente vaso. Bebieron los tres
-comensales: Marcones, como si bebiera solimán. Y ¿cómo no, si conocía
-la treta del pícaro indianete para hacer por recodo aquella fineza
-á Inés, y estaba viendo que, aunque entre congojas y trasudores,
-la aceptaba la pícara y le acusaba el recibo con los ojos! Y su
-padre, ¿por qué se había quedado hecho un papanatas y como quien ve
-visiones? ¿Cómo toleraba aquel escándalo? ¿Para cuándo guardaba sus
-despachaderas? ¿Por qué tan groserote y desengañado con él, y tan
-complaciente y baldragas con el bribón de Nubloso?
-
-Como si el indiano hubiera leído al seminarista estos endiablados
-pensamientos, le saludó muy risueño con el vaso después de apurarle; y
-en seguida, lo mismo que si nada hubiera ocurrido, se volvió hacia el
-médico para preguntarle por las condiciones higiénicas de Robleces, y
-qué dolencias eran las que se padecían de ordinario en el partido.
-
-Á lo que proveyó don Elías cumplidamente, después de carraspear un poco
-y de contonearse en la silla, buscando la requerida actitud. Sobre lo
-primero, afirmó que no había en la tierra punto más sano que Robleces;
-y á lo segundo, respondió que las enfermedades más comunes allí eran la
-_lijadura_, el _padrejón_, el _paralís_ y las del _arca_.
-
-—Veo con placer—dijo el indiano, sin intención aparente de burlarse de
-don Elías,—que la ciencia ha adoptado al fin la nomenclatura vulgar de
-estas buenas y sencillas gentes.
-
-—No, señor—respondió el candoroso médico:—somos nosotros los que nos
-hemos acomodado á ella, en la necesidad de tratar á estos enfermos á su
-gusto.
-
-En esto llegó á la mesa el gallo en pepitoria; y mientras Inés le
-repartía entre los comensales, don Baltasar cantó la vida y altos
-merecimientos de aquel animalejo, que dejaba en el corral cinco
-generaciones de su ilustre casta. ¡Así estaban de negros y correosos
-sus venerables pedazos!
-
-Después comenzó el indiano, que tenía buena memoria, á preguntar por
-ciertos sujetos que él había conocido allí siendo niño, y también
-fué don Elías el que llevó el peso de las respuestas, porque, con
-ser forastero, sabía de las cosas y personas de Robleces, presentes
-y pasadas, mucho más que todos los que le acompañaban á la mesa. Por
-ejemplo:
-
-—Y ¿qué fué de aquel tío _Carrancas_, muy devoto, que rezaba por
-delante el Calvario alrededor de la iglesia?
-
-—Á ese tío Carrancas no le alcancé yo, ni á su mujer, que le pegaba
-á menudo; pero sí á su hijo Manuelón, que casó con la _Silguera_...
-Tuvieron tres ó cuatro de familia, y por ahí andan padres é hijos
-matando el hambre como Dios les da á entender.
-
-—¿Y en qué vino á parar la famosa _Murciégala_, que era tenida aquí por
-bruja? ¡Qué miedos me hizo pasar á mí, la condenada de ella, con aquel
-refajo negro sobre la cabeza y aquellos ojos chiquitines y relucientes,
-hundidos allá dentro!
-
-—Esa pagó lo que debía, aunque un poco tarde—dijo don Baltasar,
-quitando la vez á don Elías, porque en materia de brujas era creyente á
-puño cerrado.—La muy arrastrada, ¡cuántos daños hizo en el lugar!...
-
-—¿La Murciégala, eh?—añadió el médico inmediatamente á lo dicho por el
-Berrugo.—¡Buena alhaja! ¡buena de veras! Estas manos la extendieron el
-pasaporte.
-
-—Pero, hombre—exclamó el indiano,—¿cómo puede ser eso, si la dejé yo
-hecha un carcamal cuando me fuí de Robleces?
-
-—Pues ese carcamal fué tirando hasta los noventa y tantos años, y
-hubiera tirado hasta los noventa mil, por no haber enfermedad conocida
-capaz de acabar con él.
-
-—¿Cómo acabó entonces?
-
-—De una tunda de órdago que la dieron una noche.
-
-—¿Quién?
-
-—Jamás se puso en claro que fueran manos mortales, por lo que se cree
-que el negocio fuera cosa de entre ellas.
-
-—¿Entre quiénes?
-
-—Entre las del unto y la escoba, por piques del oficio, ¡ó vaya usted á
-saber! Lo cierto es que mano de hombre no es capaz de poner un cuerpo
-en el estado de molienda en que yo ví el de aquel demonio cuando fuí
-llamado á eso por la autoridad. Debajo de la cama estaba, como una pila
-de basura.
-
-—¡Qué barbaridad!
-
-—No habiendo amaño posible para aquel saco de huesos en polvo, se le
-dió la Extrema, y _laus Deo_. Le aseguro á usted, señor de Quicanes,
-que si no acaba de aquel modo ó de otro parecido, hoy se encuentra
-usted á la Murciégala en Robleces, tan campante y tan bruja como en sus
-mejores tiempos. ¡Qué pelleja de los demonios la suya! ¡Y el benditón
-de don Alejo que todavía se sulfura cuando se le menciona el caso, y
-truena contra la Justicia, porque dice que no cumplió entonces con su
-deber... ni yo tampoco, por no haber dado cuenta del estropicio al
-juzgado correspondiente! ¡Me asan, señor de Quicanes; me asan vivo
-estos inocentes de Dios, si me propaso á semejante cosa!
-
-—¡Pues vaya, señor don Elías—dijo alzando el vaso el indiano, quizá
-por no exponerse á que le asaran á él allí si predicaba cuanto se le
-estaba ocurriendo sobre el particular,—un trago al descanso y sosiego
-perdurables de esa infeliz pecadora, que tan molida acabó!
-
-—¡Eso sí, voto al chápiro!—respondió el médico, á quien ya le
-chispeaban los ojos,—que yo no soy hombre de llevar los rencores más
-allá de la sepultura.
-
-Bebieron los dos mirándose cara á cara, y dijo en seguida el de Nubloso:
-
-—Y ahora, para concluir de molestarle con preguntas, respóndame á la
-que se me pone entre los labios. Cuando me marché de aquí, comenzaba á
-cobrar el barato en el pueblo y á bullir mucho en el ayuntamiento, un
-tal _Planchetas_. ¿Qué ha sido de él?
-
-—Pues el Planchetas—respondió don Elías muy hueco, porque cuanto más
-le preguntaba el otro, más le regalaba el gusto,—acabó como debía: en
-punta. ¿No es así, señor don Baltasar? El Planchetas, realmente era
-hombre bien acomodado, para lo que aquí se usa. Tenía sus tierras, su
-casa, sus ganados... todo propio. Era fachendoso de suyo; pensó que
-aquel pasar daba para los imposibles, y ahí le tenía usted luciendo
-la persona en todas partes... Feria va, mercado viene, petulancia por
-aquí, mangoneo por allá; y lo que era peor: comiendo á menudo fuera de
-casa, ¡y qué comer! Á lo príncipe: en las mejores tabernas, y échese y
-no se derrame; ¡y vengan chorizos á todas horas, y demonios colorados!
-En fin, hasta que se arruinó. Si no mienten mis informes, el señor
-don Baltasar le sacó de los últimos apuros... ¿Me equivoco, señor don
-Baltasar?
-
-El cual no respondió á la pregunta del médico, porque llegaron en aquel
-instante, conducidos por la Galusa y la otra criada, la media fuente y
-los tres platos hondos repletos de arroz con leche; y en cuanto los vió
-en la mesa el indiano, exclamó, sin poderse contener:
-
-—¡Dichosa edad y tiempos dichosos aquéllos en que este dulce manjar
-era mi mayor deleite!... Y perdone el señor estudiante de Lumiacos que
-yo me permita aplicar aquí este mal zurcido remiendo de mi erudición
-profana. He gastado muchísimo dinero en libros españoles de ameno y
-provechoso entretenimiento, y me sé el _Quijote_ de memoria. Usted,
-que le conocerá tan bien como yo, sabrá con qué frecuencia ve uno
-reflejados sus propios actos y sentimientos en aquel fiel espejo de la
-vida humana.
-
-—Yo no gasto el tiempo en leer paparruchas—respondió el seminarista,
-que verdeaba.—Le necesito para estudios de más fuste y de mayor alcance
-moral...
-
-—Pues hace usted bien,—respondió muy fresco el indiano.
-
-—Sobre todo, por lo que le engorda,—añadió el Berrugo, que
-indudablemente tenía algo de tirria al sobrino de su criada...
-
-Inés se condolía mucho del mal trato que se daba allí á su profesor,
-cuyas amarguras adivinaba; pero don Elías se frotaba las manos debajo
-de la mesa á cada apabullo que sufría el pedantón.
-
-Mientras el arroz se repartía, dijo el Berrugo:
-
-—Aplíquense á esto todos los convidados, porque es lo último; y Dios
-sabe cuándo volverán á verse en otra: á lo menos en mi casa.
-
-—Pues por lo que á mí toca—dijo el perfumado Quicanes, que dominaba ya,
-á su discreción, el concurso con Berrugo y todo, dirigiéndose á Inés,
-que le servía,—cargue usted sin duelo... y sin perjuicio de los demás,
-se entiende; pero á condición de que de lo que me sirva, ha de aceptar
-después la primera cucharada, que yo le ofreceré como tributo de mi
-reconocimiento y de mi admiración.
-
-Inés, que le servía del arroz de la media fuente, en cuanto oyó las
-primeras palabras del apóstrofe, dejó á medio llenar el plato que tenía
-en la mano izquierda, y tomó uno de los hondos que vinieron llenos
-de la cocina. Á entregársele iba al afable convidado, cuando éste la
-espetó la condición de la cucharada como tributo. ¡Y allí fué el apuro
-de la infeliz! Vaciló unos momentos, roja de vergüenza y temblándole la
-mano; pero al fin, echando también á broma el lance, alargó muy risueña
-el plato al otro, que le esperaba afilándose las guías del bigote y con
-los ojos muy parleteros, y le salió al encuentro alzándose de la silla.
-La de Marcones crujió en el mismo instante, como si la estuvieran
-haciendo polvo. Don Elías aplaudió á grito pelado, y el Berrugo ya no
-sabía qué pensar de aquellas cosas.
-
-Concluído el reparto del arroz con leche, Inés y el indiano cumplieron
-honradamente sus mutuos compromisos: ella entre congojas de cortedad,
-pero sin repugnancia maldita, y él... ¡figúrenselo ustedes!
-
-Por remate de todo ello, sacó el tal una vistosa petaca de piel de
-Rusia con grandes cifras de plata, llena de puros de gran vitola,
-con los cuales brindó á cada uno de los tres comensales; pero ni don
-Baltasar ni el médico fumaban; y en cuanto á Marcones, rechazando con
-irónica modestia la petaca del indiano, sacó él otra de suela, muy
-resobada y con mugre, y le dijo, eructando, y mientras la abría y
-asomaban dentro de ella unos papelillos arrugados:
-
-—Gracias, yo no lo gasto tan fino.
-
-Y se puso á liar un cigarro, con el relativo consuelo de pensar que con
-aquel último trámite de la comida, acabarían las estomagadas de bilis
-que estaban martirizándole. Pero tampoco le salió la cuenta por allí;
-porque el diablejo del indiano, ayudado de don Elías, consiguió que
-Inés los aceptara por acompañantes para asistir á la procesión de la
-tarde y después á la romería. ¡Y el Berrugo que lo toleraba en paz y
-hasta se había brindado á ir con ellos!
-
-Acordado así, don Baltasar, para hacer tiempo, se fué á sus rondas de
-costumbre por cuadras y corrales; Inés á sus quehaceres, y Marcones,
-por de pronto, á desfogar con su tía, ¡que también tenía que oir! las
-bilis acumuladas.
-
-El indiano y el médico permanecieron solos unos instantes en la mesa,
-apurando los restos del blanquillo que quedaba en el fondo del botellón.
-
-—Y ¿qué nos hacemos nosotros dos ahora, señor don Elías?—le preguntó
-el indiano mientras se lavaba las puntas de los dedos en el agua
-de su vaso, y después de limpiarse esmeradamente los labios con la
-servilleta,—¿Adónde iremos, sin estorbar á nadie?
-
-—Sospecho—respondió don Elías,—que en el balcón del saliente debe de
-correr ahora un vientecillo muy agradable y hasta digestivo... Podemos
-ir allá si le parece.
-
-—¡Gran idea, señor don Elías!
-
-Andando los dos hacia el balcón y guiando el médico, que conocía bien
-el camino, dijo al otro, arrimando mucho la boca á su oreja:
-
-—¡Menudos revolcones ha llevado hoy, señor de Quicanes, el pedantón
-ese! ¡Buenos fueron los que le dió en seco don Baltasar; pero los
-de usted por lo fino!... La Inés se bañaba en agua de rosas... Es
-natural...
-
-—¿Por qué?
-
-—Porque no le puede ver... casi me lo ha dicho á mí ella misma... ¡Pues
-podía no ser así! ¡Una moza de órdago como la Inés!... ¡Para el zoquete
-de Lumiacos estaba!
-
-—¿Cómo es eso, cómo es eso?—preguntó aquí con viveza y gran interés el
-indiano.
-
-—Verdad que usted no está en autos—dijo el médico, muy satisfecho y
-orondo.—Pero esto no es para hablado aquí.
-
-Apretaron el paso; llegaron al balcón, donde, en efecto, corría un
-nordeste muy delicioso; sentáronse, y continuó de esta suerte el
-médico, mientras el indiano, sin apartar la atención de las palabras de
-don Elías, recorría con los ojos el hermoso panorama que se descubría
-desde allí:
-
-—Pues el pedantón ese anda tras el gato del Berrugo.
-
-—¿Y quién es el Berrugo?—preguntó el de Nubloso, después de arrojar de
-su boca una espesa nube del humo de su aromático cigarro.
-
-—El Berrugo es don Baltasar—respondió muy bajito el médico.—Le dan ese
-mote por lo hebra que es y lo... Pues bueno: el Berrugo es riquísimo,
-señor de Quicanes.
-
-—¿Lo cree usted así?
-
-—Le digo á usted que poderoso.
-
-—Y ¿de qué modo trata de heredarle el seminarista?
-
-—Casándose con Inés.
-
-—¡Casándose con Inés! ¿Pues no estudia para cura?
-
-—Estudiaba, señor de Quicanes, estudiaba; pero hace meses lo dejó...
-ó le dejaron. Con la disculpa de dar lecciones de primera enseñanza
-á Inés, viene aquí todos los días, para ver si se va colando poco á
-poco... Amaños del zanguango con la pícara de su tía, la Galusa...
-El Berrugo no sabe jota de ello; y por el trato que le da hoy, puede
-usted calcular lo que ocurriría si el gandulote se llegara á explicar
-más claro... ¡Y el pedantón no cae en la cuenta ni en la mala voluntad
-que le tiene la Inés, y sigue erre que erre!... Pues ¿por qué se le
-figura á usted que fué el estampido suyo cuando aquello de los Estados
-Unidos? ¡Bastante se le da al hijo de su padre porque haya herejes allá
-ó deje de haberlos!... Con el zancarrón de la Meca apechugaría él si,
-haciéndose moro, aseguraba la puchera.
-
-—Pues ¿qué mosca le picó entonces?
-
-—El estar usted llevándose las preferencias de todos, y en particular
-las de Inés. Las cosas claras, señor de Quicanes.
-
-—¡Bah!—respondió éste aparentando dar poca importancia á las noticias y
-pareceres de don Elías.—Cosucas de aldea.
-
-—Hombre—dijo el médico, cambiando súbitamente de actitud, de tono y
-de temperatura,—y á propósito de esos Estados Unidos y de esas otras
-tierras lejanas de que nos hablaba usted: ¿conque tan bonitas son esas
-mujeres de por allá?
-
-—De primera, señor don Elías, ¡de primera!—respondió el interpelado,
-después de mirar al médico con cierta extrañeza maliciosa.
-
-—Pues vamos á echar un párrafo sobre ese particular, señor de Quicanes,
-para hacer tiempo.
-
-—¡Hola, hola!—exclamó Quicanes, mirando con socarronería al
-médico.—¿Esas tenemos también?
-
-—¡Juego limpio, señor de Quicanes, gracias á Dios!—dijo don Elías
-humildemente.—Pero, créame usted: aquí vivimos en pura tiniebla sobre
-las cosas del mundo, y no disgusta un recreillo de palabra de vez en
-cuando. Por lo demás, ¡á buena parte viene usted, señor de Quicanes!
-
-—Pues vaya el párrafo,—dijo éste, acomodándose mejor en la silla en que
-estaba meciéndose.
-
-Y hablando él y mintiendo á más y mejor, hecho ojos y oídos, don Elías,
-y sonando sin cesar el repiqueteo de las campanas de la iglesia, fué
-pasando el tiempo, y llegó el Berrugo á advertirles que Inés estaba
-pronta y esperando para ir á la procesión.
-
-En lo más obscuro del pasadizo tocó don Baltasar al médico en el
-hombro; detúvose allí unos instantes con él, y le preguntó en son de
-chunga:
-
-—¿Y cómo va el negocio de los molinos?
-
-—¡Ya pareció el dinero!—pensó don Elías, vuelto de pronto á la realidad
-de sus estrecheces.—Para eso me convidó á comer. No es tan malo este
-hombre como se le cree.—Pues el negocio de los molinos—respondió en voz
-alta,—en el estado en que le dejamos aquel día, señor don Baltasar. Ya
-usted ve: falta la guita...
-
-—Pues yo—le añadió el Berrugo,—sigo en mis trece: en cuanto descubra el
-tesoro, con las señas que usted me dió, le pongo en la mano los cuatro
-mil duros... ¿No son cuatro mil?...
-
-—Sesenta y dos mil reales solamente, según mis cálculos,—respondió el
-médico, de mala gana ya.
-
-—En fin, lo que sea—añadió el Berrugo.—Hombre, y á propósito: ¿ha
-vuelto usted á ver á la fantasma de la linterna?
-
-—He visto la fantasma—respondió el médico algo crispado;—pero sin
-linterna y á media tarde, en el callejo de los Mulos; y nada me dijo
-sobre ese particular ni sobre ningún otro.
-
-Soltóle el Berrugo una risotada que era para el pobre médico una
-zambullida en agua de diciembre, y se largó detrás del indiano, que
-aguardaba en el crucero de los dos pasadizos. Don Elías le siguió algo
-cabizbajo y diciendo para sí:
-
-—Verdaderamente es incurable la indecencia de este hombre.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXII
-
-EXAMEN DE CONCIENCIA
-
-
-Corta de genio Inés y modestísima como era, no estaba pesarosa de que
-la gente la viera en público acompañada del caballero del altar mayor,
-norte de todas las miradas y tema de todas las conversaciones de aquel
-día en Robleces, por la mañana y por la tarde; particularmente por la
-tarde, cuando se vió al caballero que tanto había llamado la atención
-en el presbiterio, cosido á las faldas de la hija de don Baltasar, y á
-don Baltasar detrás de los dos, y con don Baltasar, el médico. ¡Cosas
-más raras!
-
-Así fueron á visitar al santo, que estaba en el cuerpo de la iglesia
-con todos los perifollos de por la mañana, y á echar unas monedas
-de cobre en el platillo que había sobre las andas, y después á la
-procesión, mucho más larga que la otra, pero con las mismas cantadoras
-y los propios danzantes, hechos ya una porquería de polvo y de sudor,
-mas no rendidos; y el campaneo y los cohetes y la muchedumbre fervorosa
-de por la mañana, y otro tercio más de la gente forastera que había
-venido á la romería. Los curas de Piñales y de Campizas, que habían
-comido con don Alejo, le acompañaban en la procesión, y Quilino, con
-un librón abierto entre manos, les hacía el tiple en sus cánticos, á
-los que contestaba el público á cada instante con un clamoroso «_ora
-pro nobis_.» Al predicador de Pandos, después de comer también con don
-Alejo, se le había visto salir de Robleces, á medio galope del tordillo
-que montaba, en dirección á su pueblo.
-
-Si á don Elías se le hubiera permitido satisfacer su gusto en toda
-regla, mientras la procesión iba por lo más hondo de la carrera que
-seguía, se hubiera encaramado él en el tejadillo del porche de la
-iglesia; y después de mandar que cesara el ruido de las campanas y
-el de los cantores y el de los cohetes y hasta el de las hojas que
-removía el nordeste en bardales y cajigas, habría referido á voces,
-á la muchedumbre detenida allá abajo, la historia del caballero del
-altar mayor, teniendo buen cuidado de añadir que aquella historia no la
-habían sabido hasta entonces más que él y la familia de don Baltasar.
-
-Pero nada de esto le era permitido al oficioso médico; y, bien á su
-pesar, se conformaba con decir, á hurtadillas del Berrugo, que iba á su
-derecha, á cada conocido que pasaba por su izquierda, y aludiendo al
-indiano que le precedía departiendo con Inés:
-
-—Es natural de Nubloso, y está riquísimo. He comido hoy con él.
-
-La romería se celebraba cerca de la iglesia en una gran pradera,
-lindante por un lado con un espeso cajigal. En este cajigal
-humeaban los merenderos y resonaban los cantares, las panderetas y
-las tarrañuelas de dos ó tres corros de baile; y bailes, hasta de
-tambor, había también en la pradera, con sus respectivos cercos de
-espectadores; y por entre estos corros de baile y los del cajigal, el
-«agua de limón fría como la nieve,» las banastucas clásicas con perojos
-roderos, rosquillas duras y avellanas tostás; las bandadas de muchachos
-oliéndolo y curioséandolo todo, pero sin catar gran cosa de ello, por
-la pícara contra de lo caro que andaba; el mozón pretendiente colmando
-de _perdones_ el moquero de la moza... y en fin, lo de costumbre, por
-no apestar al lector con pinturas de que ya le tengo harto.
-
-Por allí andaban, alegres y peripuestos y en amoroso grupo, la
-repolluda Pilara con toda su familia, y Pedro Juan y su padre; éste con
-las botas de agua, la medalla de Cochinchina y una corbata de seda,
-lacia y descolorida, anudada á la marinera. En cuanto Pilara vió á Inés
-y el Lebrato á su padre, se arrimó toda la comparsa á saludarlos... Ya
-estaba arreglado aquello. Pedro Juan y su padre habían comido aquel
-día en casa de Pilara, como si todos fueran ya unos. «La cosa sería
-allá pa la cogedera de los fisanes, al apuntar la toñá.» _Comenencias_
-de cada cual lo pedían así. Todos estaban muy contentos; y ya contaba
-Juan Pedro con darse una vuelta «por ca su amo, pa ponerle en los autos
-al respetive, como era debido.» También Pilara tenía pensamiento de
-avistarse con Inés para pedirla cierto favor que estimaría Pedro Juan
-en tanto ó más que ella. Era «cosa de los dos en concierto.» Inés, que
-quería mucho á la noble Pilarona, dió el favor por otorgado, si cabía
-en sus posibles. El Berrugo se hizo de nuevas, y preguntó á Juan Pedro
-si su hijo era para en casa de la novia, ó la novia para en casa de él.
-
-—Es ella pa en mi casa,—respondió el Lebrato.
-
-—Más vale así para _nosotros_,—dijo entonces el Berrugo, que, por
-apego á sus haciendas, parecía muy dispuesto á no haber consentido lo
-contrario.
-
-Poco después se separaron los dos grupos; y me consta que de la
-historia de los amores de Pedro Juan y de Pilara, que á instancias
-del indiano le refirió Inés, tomó pie el placentero acompañante para
-improvisar una plática que no tenía comparación con aquellas homilías
-que espetaba Marcones á la hija del Berrugo en los comienzos de su
-trato con ella. Marcones hablaba y hablaba, tomando los puntos al
-estilo de predicador, llenando de latines las parrafadas y vomitando
-tempestades contra gentes que ningún daño le habían hecho. Oyendo á
-Marcos se podía bostezar y hasta dormirse, y entraban como deseos de
-santiguarse cuando acababa, y de decir «amén» por remate.
-
-El «predique» del otro fué más dulce, más insinuante y persuasivo: nada
-de latines ni de Santos Padres; las palabras eran de las más usuales
-y corrientes y sin adobo de rencores contra nadie; el tema, claro y
-sencillísimo: parecía que hablaba por boca del oyente; y por eso, con
-lo que decía á Inés no la daba ganas de bostezar, sino que la llevaba
-prendida la voluntad; y como si ello fuera gancho con que la sacara
-de allá dentro lo que más quisiera ocultar ella, la obligó más de dos
-veces á decir su parecer, sofocada de calor y temblando como una hoja.
-No había modo de permanecer serena ni enteramente callada, oyendo
-peroraciones como aquélla en boca de un hombre tan elegante, tan
-cortés, tan afectuoso y perfumado como el caballero del altar mayor.
-Después de la predicación para ella sola, se volvió hacia don Baltasar
-y el médico que los seguían, con trazas de ir algo aburridos, y también
-tuvo ingeniosas ocurrencias con que entretenerlos un buen rato. Luégo
-sacó un pañuelo blanco, de finísima batista, limpio y sin estrenar,
-y le llenó de cuanto se vendía en los puestos inmediatos; pagó
-rumbosamente, y ofreció aquellos _perdones_ á Inés, que no se atrevió
-á rehusarlos, después de haber tomado el médico, por cortesía, un
-puñadito de avellanas y dos perojos; don Baltasar no tomó cosa alguna,
-porque «no lo usaba jamás... ni de balde.» Pero verdaderamente estaba
-como algo fascinado con el rumbo y la charla y el atalaje y la conducta
-de aquel mozo.
-
-El cual, después de bien corrida la media tarde, con el pretexto de que
-había una hora de camino hasta Nubloso, se despidió afabilísimo de don
-Baltasar, prometiéndole, y bien recio, no sé si para que Inés lo oyera,
-volver muy pronto á tratar «del consabido asunto pendiente;» de Inés,
-con intachable cortesía, y del médico, con la más campechana franqueza.
-Fuése... y desde aquel momento ya no supieron qué hacerse en la romería
-ni don Baltasar ni su hija, ni el médico que los acompañaba bostezando.
-
-Dijo Inés, á poco rato, que se encontraba rendida y con ganas de volver
-á casa; aplaudióla el gusto su padre, y se alegró de ello don Elías
-que ya estaba impaciente por quedarse solo y en completa libertad de
-echarse por aquellas espesuras de curiosos, para referir á sus anchas
-la historia, bien comentada, del caballero del altar mayor.
-
-Atravesando el cajigal para abreviar más el camino, vieron muy
-alborotada y en desorden á la gente de un corro de baile. Detuviéronse
-á observar desde lejos; y por una abertura que se hizo en la masa
-circundante, distinguieron allá dentro un bulto pintarrajeado, que
-volteaba, hecho un ovillo, entre aullidos de espanto y risotadas de
-burla.
-
-Acercóse don Elías, por encargo del Berrugo, para averiguar lo que era
-y, por de pronto, había puesto á Inés tiritando de susto; y al cabo de
-un rato volvió muy diligente, con las manos atrás, el puño del bastón
-entre ellas, bamboleando el cuerpo á diestro y á siniestro y queriendo
-anunciar con la cara lo que comenzó á decir con la lengua mucho antes
-de llegar adonde le esperaban:
-
-—Lo tengo pronosticado... Ese muchacho no puede acabar en bien.
-
-—¿Qué muchacho?—le preguntó el Berrugo.
-
-—Quilino—respondió don Elías.—Ese berraquillo de los demonios.
-
-—Pues ¿qué le ha pasado?
-
-—Que le han dado otra castaña, pero de órdago.
-
-—Y ¿por qué?—preguntó Inés.
-
-—Según se cuenta—respondió muy espetado don Elías,—parece ser que
-Quilino, después que le despachó Pilara pocos días hace, en cuanto
-habló claro Pedro Juan, se encalabrinó por la Marta, la hija del
-mayordomo de San Roque, buena moza y bien metida en carnes y con su
-por qué de legítima, por parte de madre, aunque no mucho. Parece ser
-también que Marta da cara tiempo hace al _Pinto_ de Los Castrucos,
-mozón con cada puño como una mandarria, que la corteja de firme, aunque
-sin haber hablado por derecho todavía; y que habiendo todo esto por
-delante, le dijo la Marta á Quilino, no sé si de buena voluntad ó
-queriendo entretenerse con él, como tantas otras se han entretenido,
-que le abriría la puerta, pero dejándole á resultas de lo que
-determinara el otro. Conformóse Quilino, porque no tenía otro remedio;
-pero es el condenado de él tan rijoso y emperrado, que quería llevar
-las cosas al galope; y hurga hoy, hurga mañana, tan pronto á Marta como
-al Pinto, atrevióse con él hace un momento en el mismo corro del baile:
-atufóse el mozón, que es una encina brava; y allá va el castañetazo
-sin más explicaciones, y Quilino al suelo.
-
-—Y ¿no ha habido quien los separe?—preguntó Inés estremecida.
-
-—¿Qué más separados los quiere usted?—dijo el médico.—Al Pinto le
-bastó un golpe para deshacerse de la mosca, y el otro birriagas no es
-hombre de volver por el segundo. Nada: les digo á ustedes que, salvo el
-arranque de muelas que ahora no ha habido, lo mismo que la otra vez.
-
-—¿Qué fué lo de esa otra vez?—preguntó el Berrugo.
-
-—Pues otro castañetazo que, por un motivo exactamente igual, le alumbró
-el Josco en el callejo del Hisuco. Tres vueltas le hizo dar en redondo,
-y dos muelas le arrancó de cuajo. Yo las tuve en la mano y curé al
-provocativo. Les digo á ustedes que en poco tiempo se ha metido bajo un
-par de mazas de las de órdago; vamos, como no las hay en Robleces ni en
-diez leguas á la redonda.
-
-No se habló más del suceso; y andando, andando los tres personajes,
-llegaron á dar vista á la portalada de don Baltasar. Despidióse
-allí don Elías, sin que le respondiera el Berrugo, y éste y su hija
-siguieron andando y se metieron en casa.
-
-Inés ponderaba mucho su cansancio; y en cuanto su padre se apartó
-de ella, sin detenerse á desocupar el pañuelo cargado de perdones,
-con él entre manos se fué á la solana y se sentó en una silla. Quiso
-probar el regalo de su cortés acompañante, y no pudo. Sentía como un
-nudo en la garganta que la impedía deglutir lo que molía y trituraba
-su fina y esmaltada dentadura. Tendióse hacia atrás hasta tocar en
-la pared con el respaldo de la silla; apoyó las puntas de los pies
-en la balaustrada del balcón; dejó sobre el regazo el pañuelo de
-perdones atado por las cuatro puntas; cruzó los brazos bajo el pecho,
-y comenzó á mecerse como en aquellos días en que tenía apagadas todas
-las luces de la imaginación. La tarde caía; el cielo rojeaba sobre
-la línea del horizonte por donde el sol iba á esconderse pronto; la
-brisa había cesado; el ambiente era dulce y oloroso; á lo lejos se
-oían los cantares, intermitentes y como á la sordina, de los romeros
-que volvían á sus hogares atravesando mieses y collados, y, de tarde
-en cuando, algún rumor de conversaciones y estallidos de carcajadas,
-en las callejas contiguas; y con ser los ruidos tan apagados y la luz
-tan templada, aún le parecían á Inés diablejos que se le metían por los
-oídos y por los ojos para revolverla y enmarañarla los pensamientos
-que ella quería ordenar á su gusto para examinarlos mejor... Porque
-su cabeza estaba llena, rebosando de pensamientos, y en aquel instante
-quería el silencio absoluto y la obscuridad de las noches sin luna,
-para entenderse con ellos. El silencio no podía crearle ella por su
-sola voluntad; pero la noche sí. Cerró los ojos y continuó meciéndose.
-Los ruidos no la distraían ya tanto. Podía hacer aquel examen que la
-estaba tentando desde que se había apartado de ella el inesperado é
-interesante personaje. El examen debía hacerse punto por punto y según
-el orden riguroso en que los sucesos habían ocurrido.
-
-Ella había ido á misa por la mañana, y podía jurar que sin otro
-pensamiento extraño á los de todos los días, que el bien insignificante
-y disculpable de que el vestido que estrenaba no la sentaba mal del
-todo, y hasta la hacía buen cuerpo. De pronto, y ya dispuesta á rezar
-un Padrenuestro á San Roque después de la procesión, al dirigir los
-ojos al santo vió al lado mismo de las andas á un caballero á quien
-jamás había visto. La pareció desde luégo muy aseñorado, muy rica y
-aseadamente vestido, airoso de cuerpo, y guapo, muy guapo de cara.
-Le favorecían mucho aquellos bigotes con puntas. Con más ó menos
-curiosidad de saber, después de salir de la fiesta, quién sería él, así
-hubiera quedado el asunto. Pero ocurrió á lo mejor que el forastero
-fijó la vista en ella. Pudo ser esto casualidad una vez, dos veces,
-si se quiere; ¿pero tres, cuatro, y diez, y ciento y á cada instante
-mientras el sermón, como realmente sucedió, bien visto por ella con el
-rabillo del ojo, y por Marcos, que andaba con los suyos, llenos de ira,
-desde la puerta de la sacristía al caballero del altar mayor? ¡Cuidado
-que para notarlo Marcos, debió de ser mucha la tenacidad del otro en
-mirarla! Pues así y todo, podía explicarse el suceso por no haber en la
-iglesia otra mujer del porte de ella, ni tan... guapa precisamente, no,
-pero tan bien conservadita á la sombra; y con la idea de pasar mejor el
-rato, dando un poco de entretenimiento á los ojos... Sin embargo, ella
-no pudo menos entonces de acordarse de Isidoro, y de comparar al otro
-con él. Allá se iban en estampa, aunque Isidoro tenía la ventaja de
-algunos años de menos, no muchos. En lo demás, no podía decirse nada:
-no conocía _por dentro_ al del altar mayor; aunque, á juzgar por lo que
-se le traslucía en los ojos y en el aire, no era el sujeto para que,
-sin más ni más, le hiciera ascos una mujer como la rica Amparo de la
-novela. Una duda la había asaltado de pronto: ¿sería casado ó soltero?
-Y otra duda en seguida: si era casado, ¿cómo se atrevía á miraría á
-ella de aquel modo? Y como reflexión final sobre estas dudas y sus
-causas, ¿qué la importaba á ella que el caballero del altar mayor
-fuera soltero ó casado, ó valiera más ó menos que Isidoro, si, una vez
-terminada la misa, cada cual se iría por su camino, y si te he visto no
-me acuerdo?
-
-En este temple de ánimo, por lo tocante al forastero, había salido de
-la iglesia.
-
-Apenas llega á casa y se asoma al balcón, el caballero en la calleja;
-y pocos momentos después, el caballero en la sala, á su lado. Tuvo
-ocasión entonces de examinarle bien escrupulosamente. Su cutis era
-sano y terso, aunque estaba un poco tomado del aire y del sol; sus
-labios, húmedos y de color de rosa; sus dientes, blanquísimos, no
-grandes y muy apretados; sus ojos, vivarachos y muy _reparones_; las
-manos, regalares y bien cuidadas; la voz, de buen sonido y con unas
-caídas muy dulces y algo extrañas para ella; la ropa, finísima; el
-calzado, primoroso; los puños, el cuello y la pechera de la camisa,
-como los ampos de la nieve... y un olor cada vez que se movía ó sacaba
-el pañuelo del bolsillo, ¡un olor!... como el de la yerba segada, y
-el de la madreselva de los callejos, y el de la mejorana, todo junto.
-Pues de buenas á primeras, aquel caballero la llama «hermosa señorita.»
-¡Qué exageración! ¡Así se puso ella de aturdida, y, á juzgar por el
-calorazo que sintió de pronto, de encarnada! Pero ¿quién sería él y
-á que iba allí? ¡Qué ansiedad la suya por averiguarlo! Al fin lo dijo
-todo, ¡y con qué soltura y gracia! Y no parecía sino que cuanto iba
-diciendo lo decía para ella más que para su padre. Otra cosa rara: no
-se desencantó cuando supo que el elegante caballero se llamaba Tomás
-Quicanes, y era de Nubloso y sobrino del Mayorazgo de Robleces, y que
-antes de ser lo que era, había sido un muchachuelo pobre, embarcado de
-limosna, por su tío, para la Habana. Y eso ¿qué? Bien mirado, más valía
-así; porque, en el fondo, todos resultaban unos. Lo de la compra de la
-casa, de pronto la sobrecogió, porque conocía á su padre y le creía muy
-capaz de vendérsela si el otro se la pagaba bien; pero después, ya fué
-cosa muy distinta. ¡Qué luégo la leyó en la cara el disgusto, y con qué
-finura la curó de él al instante! Al ser invitado á comer, la miró á
-ella, como si la pidiera la respuesta que debía dar; y ella entonces,
-sin poder remediarlo, le animó con los ojos á que se quedara. ¿Lo
-comprendería él así? El hecho fué que se quedó, sin necesidad de nuevas
-instancias.
-
-Ya en la mesa, ¡qué desembarazo el suyo y qué soltura tan agradables
-para todo! ¡Qué bien refirió su vida y sus viajes, y qué curioso y
-entretenido era todo aquello que contaba de las gentes de por allá
-fuera! ¡Cuánto había visto, cuánto sabía, y cómo le agradecía ella las
-atenciones que la dedicaba durante el relato, que también parecía hecho
-para ella sola! De pronto se enreda Marcos con él... ¡Qué bruto, qué
-bruto estuvo Marcos entonces! ¡Qué modo tan soez de acometerle sin qué
-ni para qué! Porque ¿qué sabía el estudiantón de Lumiacos de aquellas
-cosas tan lejanas? ¿Quién le metía á él en camisa de once varas? Pero
-no iban por ahí los pensamientos ni las intenciones de Marcos al hacer
-lo que hizo. Marcos estaba despechado, herido, celosote... ¡Qué horror!
-¡Dónde tuvo ella los ojos y el sentido común para no ver ni apreciar
-lo que debió haber visto y apreciado desde el primer día? ¡Cómo pudo
-estimar por sabio á aquel mastuerzo, ni tolerarle en calma la confesión
-que la hizo, ni firmar paces con él en seguida, cuando debió haberle
-plantado en el corral? Con todo, no la pareció bien la crueldad con que
-le había tratado su padre. La lección del indiano, ¡esa sí que había
-sido fina y al alma! Y ¡qué contraste formaban los dos, Virgen María, á
-pesar de estar Marcos de ropa nueva y camisa limpia!... Porque si llega
-á sentarse á la mesa con el vestido sucio de todos los días, con las
-manos roñosas y las uñas negras, hubiera tenido que ver... como cuando
-la guiaba á ella la pluma... y la declaraba su amor... ¡qué barbaridad!
-¡qué abominación y qué vergüenza!...
-
-Fué donosa la manera de cortar el agudo convidado la porfía: brindando
-y obligando á Marcos á brindar por ella, ¡Qué porrazos la dió entonces
-el corazón en el pecho, y qué llamaradas de fuego la subieron al
-rostro! No se atrevía á mirar al indiano, que parecía tener saetas en
-los ojos, fijos en ella... Pero el apuro gordo fué cuando lo del arroz
-con leche: ¡salirle con la que le salió, cuando ya tenía el plato en
-la mano para dársele!... No porque á ella no la gustara, y mucho, la
-condición que él la imponía, sino porque hay que estar muy hecha á esas
-cosas para que... sobre todo delante de gente. Tras este apuro, el de
-la cucharada, ¡que fué de prueba también!... Se acercaba el instante
-de levantarse todos de la mesa. Y después ¿qué sucedería? Cada cual
-se iría por su lado; ¡y fuera usted á saber cuándo se vería ella en
-otra semejante! Esta consideración la apenaba: no lo podía remediar.
-De pronto se le ocurre á él lo de ir todos juntos á la procesión y
-á la romería. ¿La adivinaba los pensamientos á ella; se los leía en
-la cara, ó era todo una casual y simple coincidencia de deseos?...
-¡Con qué gusto, después de dar unas vueltas por la cocina (donde ya
-estaban comiendo los criados bajo la presidencia de Romana que echaba
-lumbre por los ojos, mientras su sobrino la aguardaba dando vueltas
-por el carrejo, hecho una turbonada de estío), y después de recoger
-los cubiertos de plata, se encerró en su cuarto para acicalarse de
-nuevo y aguardar la hora convenida con él!... Durante este tiempo, que
-le pareció interminable, examinando bien despacio todo lo ocurrido,
-concluyó por convencerse de que todo lo que la pasaba podía pasar sin
-otras consecuencias que aquellas sensaciones y aquellas inquietudes que
-la estaban desconcertando y jamás había conocido. Esto, por lo tocante
-á ella. Por lo tocante á él, quizá estuviera entonces tan fresco
-como una lechuga. ¿Hacía bien ó mal en dejarse llevar de aquellas
-impresiones, como una boba?
-
-Precisamente estaba haciéndose esta pregunta cuando la avisó su padre
-que era ya hora de ir á la iglesia. Dejó la respuesta para otra
-ocasión, y salió.
-
-Aunque algo cortada, se complacía mucho en que las gentes la vieran
-acompañada de aquel caballero que tanto llamaba la atención; y se
-conmovió hondamente, hasta ponerse colorada, cuando oyó decir á una
-mujeruca que pasó á su lado: «¡Vaya que aparean de veras los dos, y
-campan á cuál que más!» Después no había vuelto á ocurrir cosa de
-particular, hasta que, á instancias de su acompañante, le contó los
-amores de Pilara y Pedro Juan... y la dijo él lo que la dijo, tomando
-pie de la simple y breve historia, y hasta del dicho de la mujeruca
-cuando pasaba junto á los dos... Y aquí, aquí estaba lo nuevo, lo
-singular, lo hondo, la miga, la enjundia del caso del caballero del
-altar mayor en sus tratos y comunicaciones con ella, ó no había
-enjundia, ni miga, ni hondura, ni nada en el caso ni en el mundo entero.
-
-—En primer lugar, me habló... Pero ¿cómo he de recordar yo todas
-aquellas palabras tan dulces y tan bien hilvanadas que me dijo?... En
-fin, á la substancia, que es igual. Comenzó ponderando mucho el poder
-de eso que llaman amor, que doma y enternece hasta los brutos... Y no
-lo dijo por Pilara y Pedro Juan precisamente, sino que fué á parar á
-ellos tomando el punto de más atrás: de las mismas bestias. Pintando
-ese amor como una necesidad en nosotros, llegó con la pintura á poner
-bien á las claras lo triste que era rodar por el mundo, á lo mejor
-de la vida, sin patria, sin familia y sin tener á quién amar, como
-le había sucedido á él. Atrevíme yo entonces, con miedo, ¡con mucho
-miedo! á decirle que cómo podía ser eso, habiendo por allá mujeres tan
-guapas, según él mismo nos lo había asegurado en la mesa... Á esto
-me respondió... ¡Vamos, es una lástima que no pueda yo acordarme de
-ello palabra por palabra! porque en las palabras juntas estriba toda
-la hermosura de aquella comparación que me hizo entre las flores de
-trapo y las rosas de mayo, tan coloraditas y olorosas, que nacían y se
-criaban, por la mano de Dios, en los huertucos pobres de su tierra.
-En una de estas rosas, sin saber cuál, pensaba él siempre, y por ella
-suspiraba mientras andaba solo y descarriado entre las flores de trapo
-que tanto abundaban por esos mundos. Para recreo de los ojos y pasar
-el tiempo, aquellas mujeres, hermosas á fuerza de compostura y adorno;
-pero para lo otro, para lo que él llamaba necesidades de un corazón
-puro y honrado, la rosa colorada del huertuco de su tierra, que nace
-entre matas de alhelíes y de tomillo, y muy arrimadita á las hiedras
-de la pared... En fin, una mujer, por las trazas... como yo. Viendo
-que se callaba, atrevíme otra vez; y bajo ¡muy bajo! porque la voz
-me temblaba y se me enronquecía, preguntéle que si, desde que estaba
-en la tierra, había encontrado... el huertuco (no tuve ánimos para
-decirle que la rosa) que tan de menos echaba andando por esos mundos
-de Dios. ¡Virgen María, lo que yo sudé entonces de vergüenza, temiendo
-haberle preguntado lo que no debía, en buena educación! Pero ¿cómo no
-preguntarle sobre ello ó sobre cualquier otro punto que viniera al
-caso, si me estaba él sacando de la boca las palabras con los ojos? ¡Si
-yo no he visto un mirar como aquél, en los días de mi vida, ni un metal
-de voz semejante! ¡Podría jurar que aquellas palabras no me sonaban
-en los oídos, sino aquí, en lo hondo, en lo más hondo del pecho!
-Además, ó callarme, y eso no sería cortés, ó decirle la verdad de lo
-que estaba pensando. Y se la dije. Luégo, ya que lo de la pregunta
-no tenía remedio, me quedó el temor á la respuesta. ¿Cómo sería? No
-tardó medio minuto en dármela, y me pareció ese tiempo una eternidad.
-¡De las palabras de la respuesta sí que me acuerdo bien!; y no porque
-fueron las últimas, sino porque... ¡qué sé yo? «No sólo he encontrado
-el huerto—me dijo,—sino la rosa, y no porque haya salido á buscarla,
-sino porque Dios me la acaba de poner en el camino.» Al oir esto, sentí
-como un temblor de los pies á la cabeza; no veía á la gente que tenía
-delante de los ojos, y el corazón me golpeaba sin cesar allá dentro,
-como ahora que revuelvo el caso en la memoria. Se calló un poco,
-mirándome mucho, y volvió á decirme: «Falta saber si Dios me ha puesto
-delante lo que tanto codiciaba yo, para mi fortuna ó para mi martirio,
-porque estoy casi seguro de no merecerlo...» ¿No era esto ponerme bien
-á prueba de tentaciones de declararle lo que no debía? Pues todavía
-me dijo más; me dijo: «¿Quiere usted saber en qué punto de la tierra
-he hecho ese hallazgo, cuando menos le esperaba?» Le respondí con los
-ojos, porque en mi boca ya no había voz, que sí quería; y entonces
-volvió á decirme: «Pues en Robleces.» ¡Dios mío! ya no fué temblor en
-todo el cuerpo lo que yo sentí, ni turbación de la vista: fué como un
-golpe en la cabeza, después de una gran sacudida en el corazón, que
-me robó hasta el conocimiento. Me aguanté á pie firme por un milagro
-de Dios. Por fortuna no dijo una palabra más: si la dice, creo que me
-muero. Al contrario, como tiene recursos para todo, porque ¡ahora sí
-que me atrevo á asegurar que no sólo puede compararse con Isidoro, sino
-que vale hasta más que él! dejándome en aquel estado, se volvió hacia
-mi padre y don Elías, y nos enredó á todos en una nueva conversación...
-Pero ¿soy yo la de Robleces? Y si no lo soy, ¿por qué me habló de ella
-del modo que me habló?
-
-Este es el caso; y ahora, ¡Virgen María! ¿qué pensar yo de él? ¿qué
-pensar de lo que siento en mí, y que, por sentirlo, mirando hacia
-dentro con los ojos cerrados, parece que tengo acá un mundo para mí
-sola... y para él; pero un mundo mil veces más grande y más hermoso que
-el que vería si abriera los ojos y mirara hacia afuera? ¡Santa Patrona
-de mi alma, cómo dolerá perder esto después de haberlo visto, aunque
-sea soñando, como puedo soñar yo ahora!
-
-Le faltaba el golpe de gracia á la pobre Inés, y se le dió su padre
-entrando á _despertarla_ en la solana, cuando ya anochecía, con la
-siguiente extraña comisión:
-
-—Inés—la dijo en cuanto ésta se incorporó, hablándola muy bajo y muy
-arrimado á ella:—soy ya perro viejo, y huelo á largas distancias las
-perrerías de los demás. Tú eres pobre ¡muy pobre! para mantenerte de
-señora, porque tu padre no tiene más que un pasar para vivir como
-vivimos. Si el indianete ese resulta ser lo que aparenta, y, andando
-los días, te apunta deseos de casarse contigo, por mí no lo dejes. Pero
-entre tanto, ojo alerta, y no te fíes.
-
-¡Hasta su padre le había conocido las intenciones! ¡Qué mucho que
-dudara ella?
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXIII
-
-CORRIDA EN PELO
-
-
-Con el silencio, la soledad y las tinieblas de la noche, los
-pensamientos de Inés parecían una gusanera que le había invadido el
-cerebro. No la dejaron sosegar un punto. Levantóse con el sol, y para
-todo se halló distraída y perezosa, menos para acicalarse. El espejo la
-seducía; y mirándose y remirándose en él, maravillábase de que en tan
-breves horas hubieran empalidecido tanto los colores de su cara, y se
-hubieran convertido en acentuadas ojeras las dos levísimas nubes que
-antes parecían, más bien que manchas, sombra de sus pestañas espesas.
-
-No había desaparecido aquel extraño y casi imperceptible temblor;
-sentía las mismas ansias de dilatar el pecho suspirando, de admirar la
-naturaleza en la luz del sol, en los pájaros del aire, en la hermosura
-del cielo, en las flores del campo y en el rumor de las arboledas; y
-de querer bien á todos, de perdonar agravios y de imaginarse el mundo
-entero como un eterno paraíso en que no se conocieran los dolores ni
-las lágrimas.
-
-Llegó el mediodía, sentóse á la mesa con su padre, probó de todo y no
-comió nada. Retiróse otra vez á su cuarto; volvió á sus meditaciones,
-cerrando los ojos y mirando hacia dentro para recrearse en la
-contemplación de lo que de este modo veía desde el día anterior;
-y estando tan bien entretenida, llegó la Galusa, raboneando, para
-decirla, con voz de serrucho, que su sobrino Marcos la esperaba. ¡Adiós
-sueños regalados!
-
-—Y ¿qué me quiere?—preguntó Inés ásperamente, como quien se despierta
-con la sacudida brusca de un importuno.
-
-—¡Ésta si qué!—dijo con desgarro la Galusa.—¿Á que resulta ahora
-mesmo que hasta mos cojea la memoria? Pos el mi sobrino vendrá á lo
-que ha venío tantas veces á esta casa, y con buen aprecio de los que
-ahora paece que lo miran de otro modo... y ellos sabrán por qué...
-¡María Madre, con los dengues de empalago que se usan tan de súpito
-y contino!... Conque ¡ea!—añadió de pronto, silbándolo mejor que
-diciéndolo, y empinándose sobre los _soletos_, como una culebra sobre
-su rosca,—¡á ver qué se le dice!
-
-Alzóse también Inés indignada con el atrevimiento de la fregona, y la
-respondió, con una entereza nueva en la hija pacentísima de la pobre
-mártir:
-
-—De lo que hay que decir y de lo que haya que hacer, no necesito yo dar
-cuenta á nadie. ¿Lo entiendes?
-
-Entendiólo, y de firme, la Galusa; y hecha un fardo de veneno, se largó
-de allí dando un portazo furibundo.
-
-Á poco rato salió también Inés, y se fué en derechura y, al parecer,
-muy animosa, al cuarto de las lecciones, donde suponía que estaría
-aguardándola el sobrino de su criada. Y allí estaba, en efecto, el
-seminarista con sus arreos de diario, arranciados y sebosos; el
-cervigón encorvado y la caraza medio iracunda y tristona.
-
-Saludó á Inés entre dientes, y casi del mismo modo le respondió ella
-sin sentarse en la silla de costumbre ni decirle una palabra más.
-Quedáronse, pues, uno y otro frente á frente y en silencio. Viendo que
-ella no le rompía, rompióle él de este modo, con la voz muy temblona y
-el color verdinegro, señal de las cóleras que le batían interiormente:
-
-—Pues yo he venido, como de costumbre, á tener el gusto de que...
-continúen las lecciones.
-
-—Estaba en cuenta—respondió Inés, con voz no muy firme tampoco,—de
-haberle dicho á usted, días hace, que deseaba suspenderlas.
-
-—Hasta que pasara San Roque, si yo no entendí mal—replicó el de
-Lumiacos;—y como ya pasó ayer...
-
-—Pues yo quise decir—repuso Inés,—que también después que pasara.
-
-—Juraría—insistió Marcones algo amoscado,—que no había trazas de pensar
-eso en el modo de decir lo que usted me dijo.
-
-Cargóse un poco Inés con la frescura del mozallón, y le respondió:
-
-—De todas maneras, lo digo ahora, y es igual.
-
-—Eso ya es distinto—concluyó Marcones temblándole los labios; y
-añadió en seguida, dando vueltas al sombrero entre las manos:—Lo que
-yo necesito es conocer la voluntad de usted, y nada más. Ahora ya la
-conozco... Pero conste que yo no creo haber dado motivos para que se me
-reciba hoy aquí tan secamente como se me recibe.
-
-—Ni yo lo creo tampoco,—dijo Inés, arrepentida de no haber sido algo
-más afable con su profesor.
-
-—Pues lo parece por las señas,—respondió el de Lumiacos creciéndose con
-el encogimiento de la otra.
-
-—No siempre está una de igual humor,—apuntó Inés, manoseando las
-orillas del delantal.
-
-—Es que—arremetió nuevamente Marcones alzando la voz á medida que le
-bajaba el color de los labios temblorosos,—yo siempre he venido aquí
-para prestarle á usted los servicios... insignificantes, que la he
-prestado, con la mejor voluntad y con el mayor... desinterés.
-
-—¿Y le he dicho yo á usted algo en contrario?—replicó Inés atreviéndose
-á mirarle á la cara.—Una cosa es que no quiera dar ya más lecciones,
-porque... yo me entiendo, y otra muy distinta que no le agradezca á
-usted, como le agradezco, y mucho, ¡muchísimo! esos buenos servicios
-que me ha prestado.
-
-Contemplóla unos instantes el mozón, con una cara en que se apedreaban
-las sonrisas contrahechas y el coraje comprimido; y dijo en seguida,
-sin cesar de sonreirse en falso:
-
-—Ya me voy haciendo cargo de cómo anda el agradecimiento por acá...
-particularmente desde ayer.
-
-Púsose algo colorada Inés, no solamente porque entendió la alusión,
-sino porque la irritó bastante la grosería, y contestó, con la voz
-alterada y los ojos humedecidos:
-
-—Yo no le he dado á usted motivo para que me diga esas cosas.
-
-Y con esto quiso retirarse; pero el otro la detuvo con un ademán y
-diciéndola al mismo tiempo:
-
-—Ni una palabra ha salido de mis labios, Inés, con ánimo de
-mortificarla á usted... Lo digo yo, y basta. Y quede con esto saldada
-la cuenta que estábamos ajustando... Pero—continuó tomando una actitud
-que quería ser humilde y hasta sentimental,—¿cree usted, en buena
-conciencia, que, arreglada esa cuenta, no queda ninguna otra por
-liquidar entre los dos?
-
-Conoció Inés por dónde iban los humos de aquel calero, y respondió
-valientemente y sin vacilar:
-
-—Ninguna.
-
-—¡Ninguna?—repitió el otro, dominando el despecho para fingir mal una
-pesadumbre.—Pues yo pensaba—añadió encrespándose de repente,—que había,
-por lo menos, una... ¡una, Inés, una!; y cuenta de vida ó muerte para
-mí... Haga usted memoria.
-
-Inés se impacientaba, porque estaba sintiendo ya el estallido del
-escopetón de marras; y probó otra vez á marcharse, volviendo á negar
-que hubiera cuenta alguna que saldar entre ambos. Entonces la cortó el
-paso Marcones y la dijo, como á la desesperada ya:
-
-—Hay una cuenta, ¡bien memorable para nosotros!... ¡que no debe usted
-olvidar!... ¡que no puede usted haber olvidado! Es la cuenta de mis
-desventuras aquí, de mis debilidades, de mis tropiezos; la cuenta
-de mi tesoro perdido, de mi vocación malograda por atender más á
-los intereses ajenos que á los míos propios; porque yo soy de esa
-contextura... Un día, dos días, le hablé á usted de estas cosas, de
-estas desventuras, de ese tesoro perdido... de esa vocación malograda.
-¡Es imposible, Inés, imposible que lo haya usted olvidado!... Yo quería
-irme, desaparecer de aquí para siempre; volver al consuelo de mis
-libros, al refugio de mis piadosas meditaciones... ¿Lo recuerda usted?
-
-—Eso sí lo recuerdo—contestó con bastante serenidad la pobre
-muchacha.—Y también recuerdo que yo tuve la culpa, y Dios me la
-perdone, de que se quedara usted.
-
-—Ergo...—exclamó entonces exaltándose el fogosón de Lumiacos,—la cuenta
-está sin liquidar. _Quod erat demonstrandum._ ¿Nos vamos entendiendo
-ahora mejor, señorita Inés y aprovechada discípula mía?
-
-—No, señor—respondió ésta con valeroso arranque.—¡Y á ver si acabamos
-de una vez! Yo le rogué á usted que se quedara; no para... eso que trae
-usted ahora á colación, sino para seguir dándome lecciones... en lugar
-de ayudarle á que se marchara cuanto antes, después de haberle oído lo
-que le oí sobre... eso.
-
-—Se estima la franqueza—dijo aquí, verde de rabia, el despechado
-pedantón;—pero conste que, mientras usted me mandaba, me pedía... me
-rogaba que no me fuera, y yo consentía en ello, _ipso facto_ quedaba...
-eso sin ventilar.
-
-—Está usted muy equivocado—insistió Inés sin perder el valor con que
-había empezado á guerrear contra aquel zoquete.—Eso se ventiló también
-entonces.
-
-—¡Cómo!
-
-—Conviniéndonos en no volver á hablar de ello, y en dejarlo á lo que
-Dios dispusiera.
-
-—Corriente...
-
-—Y Dios ha dispuesto que se acabe así, como yo quiero que se acabe.
-
-—¡Dios!—gruñó Marcones al oir esto, como hablaría un mastín irritado,
-si supiera hablar.—¿Dios... ó el diablo en figura de algún indianete
-impío?
-
-Á esta embestida brutal ya no quiso contestar Inés, y salió del cuarto,
-aunque muy indignada, mucho más afligida. El lance daba para todo en
-una naturaleza tan noble y delicada como la suya.
-
-Poco después de esta escena, Marcones se encerró con su tía para darle
-cuenta de lo sucedido.
-
-—¡Esto se acabó!—la dijo por entrar, golpeándose la cabeza con los
-puños, después de haber arrojado el hongo roñoso contra la pared.—¡Esto
-se acabó, tía!... ¡y sin compostura!... ¡y para siempre! ¡Mal rayo me
-parta!... ¡y á usted primero!... ¡y á la desagradecida de ella!... ¡y
-al pillo de su padre!... ¡y al sinvergüenza fachendoso que se me metió
-por en medio de repente!... ¡y al lucero del alba!... ¡y al universo
-mundo!
-
-Y después de este estampido, el pedazo de bárbaro se tumbó sobre la
-cama de su tía, y comenzó á revolcarse allí y á morder las almohadas de
-coraje...
-
-Dejábale hacer la Galusa, sin hablar más palabra que para recomendarle
-que gritara menos y no la rompiera «dá que cosa,» alejándose al propio
-tiempo de él todo cuanto permitía la estrechez del cuarto, por si la
-alcanzaba «dá que golpe;» y cuando le vió rendido y jadeante, como
-cerdo después de una trotada, acercósele poco á poco, sorbiendo la
-moquita y en la postura que le era habitual en casos tales, y le habló
-así:
-
-—¡Bien calá me la tenía yo, hijo del alma!... ¡Y po-la-mor de Dios,
-no te güelvas á amontonar, que si mos oyen esas gentes, será entoavía
-pior! ¡Bien calá me la tenía acá dentro, hasta en los istantes en que
-tú me lo pintabas tan fino y pasadero como una seda! Mucho bocao era
-pa molío tan pronto; ¡y veía yo cosas y remilgos en ella!... Pero
-lo que toca dende ayer acá; dende que se entró ese hombre por estas
-puertas, y te echaron á tí de la sala, y vino ella á la cocina, y pasó
-lo que pasó en la mesa, ciego de remate había que ser pa no verlo tan
-claro como la mesma luz del sol. Ayer tarde te lo dije: «esto voló pa
-sinfinito.» Pos ¿y dispués? ¿Cómo golvió de la romería la gatuca mansa?
-Como sal en el agua: derretía de too. Pos ¿habló palabra ella? ¿Cató
-bocao? ¿Pegó los ojos en la santa noche de Dios? ¿Amorzó esta mañana?
-¿Comió al meodía?... ¿Tocaron sus manos silla ni escoba? ¿Sabe ella
-lo que hace ni por ónde anda ni pa qué quiere los cinco sentíos, si
-no es pa?... ¡Güen hechizo la dieron de súpito y contino! ¡El demonio
-de la pícara bribona! ¡Pos dígote con él! ¡El baldragucas pordiosero,
-embarcao de limosna ayer por el borrachón de su tío, y hoy no le cabe
-en el pueblo y se va al altar mayor á locir los perendengues de la otra
-banda, que Dios sabe de qué serán y quién se habrá quedao sin ellos!
-¡María Madre!...
-
-—¿Me quiere usted dejar en paz, grandísima bruja de los demonios?—rugió
-en esto Marcones.—¿Me quiere usted dejar en paz; usted que tiene la
-culpa de todo lo que á mí me pasa hoy?
-
-—¡Yo la culpa, arrastraón de Satanás?—contestó la Galusa, puesta en
-jarras de repente y largando en lluvia la saliva por los portillos de
-la boca.—¡Yo la culpa?
-
-—¡Usted, sí!—añadió el sobrinazo, sentándose al borde de la cama, que
-crujió como sí fuera á hacerse trizas.—Usted fué quien me puso en el
-camino ese; usted quien me empujó para que anduviera; usted quien me
-prometió limpiármele de estorbos... y usted quien no ha sabido cumplir
-ni pizca de lo que me prometió, ayudándome como debió ayudarme.
-
-—¡Grandísimo hijo de una perra ladrona, desalmaote y gandul!—replicó
-la Galusa, que bailaba de coraje escuchando á su sobrino.—¿Á qué me
-comprometí yo que no te haiga cumplió con sobras pa otro tanto? ¿Quién
-más que tu tía ha mirao por tí? ¿Quién hizo las miles bajezas y se
-arrastró por los suelos pa sacar á esta garduña la ayuda de costas pa
-los tus estudios, cuando yo pensé que la iglesia te jalaba? ¿Quién
-malgastó esos dineros y se me metió un día por estas puertas con el
-moco lacio, pensando en buscarse la puchera de otro modo? ¿Quién de
-los dos puso más partías en la cuenta que ajustemos sobre el caso?
-¿Quién era el que había de llevarse los mundos por delante con la
-cencia que no le cabía en el pellejo? Pensando que eras auto pa lo que
-prometías, siquiera por lo caro que me ibas saliendo y lo mucho que
-te emponderabas, bien de solfas tuyas la canté pa allanarte el camino;
-bien te guardé la puerta cada tarde, y bien libre te dejé de estorbos
-el terreno pa que mejor te despacharas á tu gusto. Si no tuvistes alma,
-cobardón, pa agarrar las ocasiones por la greña, y si con ese geniazo
-de perro de cabaña y ese corpanchón de fardo mal atao, te has hecho
-aborrecible al padre y á la hija, ¿qué culpa tiene tu tía de ello?
-
-Hay que tener presente, para formarse una idea aproximada de aquel
-cuadro, que la Galusa, por temor á que la oyeran, no gritaba: expelía
-las iras por la boca, entre hervores y silbidos de las fauces,
-retorciéndose el cuerpo sarmentoso y con los ojos flameando, casi fuera
-de sus órbitas ensangrentadas. Estaba espantosa; y su sobrino, por no
-verla ni oiría, cerró los suyos, se tapó los oídos con las manazas,
-y volvió á tumbarse boca abajo en la cama, donde lloró de rabia y de
-despecho.
-
-La furia, anhelante, con los labios amarillos y entreabiertos,
-temblorosa y desencajada, volviendo á poner los puños sobre las
-caderas, inclinóse hacia su sobrino; le estuvo contemplando unos
-instantes como si se gozara en sus tormentos, y luégo comenzó á
-hurgarle, entre sollozo y bufido, con piropos como éstos:
-
-—¡Echa, gandulón, echa! ¡echa la mala casta con los hígados por los
-gañotes! ¡echa por esos ojazos el solimán corrompío que te sobra en la
-entraña, á ver si, limpio de tanta maldá, acabas de estimar á tu tía en
-lo que debes!... ¡Desalmaón! ¡mondregote!... ¡cochinazo!
-
-Marcones estaba entregado, ó no oía los vituperios con que le
-acribillaba la Galusa implacable; porque no respondió una mala palabra,
-ni levantó la cabeza, ni separó las manos de sus oídos. Al fin dejó
-también de gemir y de lanzar rugidos sordos entre las almohadas; y
-sin duda por creerle bastante domado ya, cesó también la furia de
-mortificarle. De pronto se incorporó el hombrazo; y clavando los ojos,
-hinchados y sanguinolentos, en su tía, la dijo, conteniendo á duras
-penas y en fuerza de contorsiones, el torrente de su voz que quería
-escapársele de la garganta:
-
-—¡Si, bien considerada mi desgracia, yo no sé por dónde me duele más!
-¡Si voy creyendo ahora que, por encima de lo que tiene en dinero esa
-mujer, la estimo á ella en lo que vale por sí sola! ¡Si de un tiempo
-acá, por donde quiera que voy, en donde quiera que me hallo, me
-persigue su estampa como una tentación de los demonios! La tengo metida
-aquí, ¡aquí! (y se golpeaba la cabeza); y desde que sospeché lo que
-había de sucederme y, sobre todo, desde que sucedió lo que me está
-sucediendo, más que estampa de mujer, es fuego, es lumbre que me devora
-y me enloquece, y me pone como usted me ha visto, y me obliga á decir
-lo que no siento.
-
-—Eso ya es otra cosa—dijo entonces la Galusa, como si nada hubiera
-pasado entre los dos,—y güeno es saberlo pa tenerlo en consideración
-al respetive de ca uno. En este mundo, bien lo sabes tú: al son que se
-toca, bailan las gentes; y según que con razón ó sin ella se la agravia
-á una, al mesmo consonante se responde, anque no se sienta la metá de
-lo que se diga. Conque, hazte tú el cargo por lo que te toca en la
-engarra pasá... y vamos á lo que no da espera. ¿Qué tienes cavilao pa
-en seguida, dispués de lo que te está pasando?
-
-—Nada,—respondió Marcones en el mayor abatimiento.
-
-—Poco es ello—dijo la Galusa,—pa lo que el caso pide. Pos yo, días hace
-que estoy pensando en lo que debes hacer.
-
-—¿Y qué es lo que usted ha pensado?
-
-—Que parando el negocio éste en lo que paró, y dándole por finiquito pa
-en jamás... porque hay que conocelo, Marcos: á las cosas que caen de
-este modo, no hay juerza humana que las levante...
-
-—Pero ¿qué es lo que usted ha pensado?—insistió el otro, impaciente,
-y más que impaciente, atormentado por aquel parecer de su tía,
-precisamente porque era el suyo también.
-
-—Yo he pensao—continuó la Galusa encareciendo mucho el dictamen con
-gestos y contorsiones,—que si no tienes agallas pa apechugar con el
-oficio de tu padre, debes tratar de golverte á tus estudios... porque,
-hijo del alma, no hay en ca güerto una breva como la que se ha perdío
-aquí, ni es cosa de echarse por el mundo á buscar las pocas que hay
-en él, ni, la verdá sea dicha, eres tú de los más amañaos pa salirte
-con la tuya en casos tales... Y no te me güelvas á soliviantar, como
-paece por las trazas, porque ya sabes cómo las gasto... cuanti más que,
-estando en lo que estamos y viendo lo que pasa, hay que hablar en pura
-verdá, anque ella mos descuaje... Más he perdío yo, si bien se mira, y
-me aguanto. Tú, mozo eres y en tiempo estás de hacer por la vida. Yo
-he gastao la mía en servir á un bribonazo; y á la hora presente, si me
-echara de su casa, tendría que irme á pedir limosna con un cestuco.
-Día es éste en que no he podío ajustar mis cuentas con él. ¿Qué tal
-estarán, dejás á una concencia como la suya? ¿Te vas hiciendo el cargo
-de lo que yo salí perdiendo con no ganar tú lo que querías? Pos ahora,
-tu dirás.
-
-—Digo—respondió Marcones domando mal las tempestades que le
-combatían,—que mientras esto no termine de un modo imposible,
-enteramente imposible, ¿lo entiende usted? absolutamente imposible de
-remediar, yo no puedo, ni debo, ni quiero pensar en buscarme otros
-caminos para vivir sin trabajar la miserable tierra en Lumiacos; porque
-lo que es en esto, no hay que soñar siquiera. Primero que rascaboñigas
-pobre, sería ladrón de caminos, ó me tiraría de cabeza desde la cruz
-del campanario.
-
-—Curriente—dijo la Galusa cruzándose de brazos.—Y ¿á qué llamas tú ser
-imposible de arreglar... eso que se mos desarregló?
-
-—Á que esté casada ella,—respondió Marcones.
-
-—¡Pero si es ella, simplón, la que pior cara te pone!... ¡Ah, pos si
-no!...
-
-—Por lo mismo. Seré el perro del hortelano.
-
-—¡Si tuvieras, tan siquiera, los güesos que él roía, pa ir viviendo
-hasta allá!... Porque la cosa pué ser de dura larga, anque te paezca
-destinto por lo del fachendoso de ayer... Aparencias de fanfarria... si
-es que no viene el tuno á buscar aquí lo que no has podío hallar tú...
-¡Y la tontona de ella que se feúra otra cosa!
-
-—Sea lo que fuere, tía, yo no la perderé de vista, por lo menos
-mientras ese nuevo fregado no se aclare de un modo ó de otro. Me da el
-corazón que yo he de tener algo que hacer aquí todavía.
-
-—¿Corazoná dijistes... y tuya? ¡Madre de Dios! Mira, testarudón del
-diaño, y hate cargo, pa que me creas, de que, si no soy bruja, voy ya
-picando en vieja, que pa el caso es lo mesmo: cuanto más pernees y te
-corcomas delante de ella, más los regalarás el gusto á los dos. ¿Qué
-más querrían los pícaros!... ¡No seas bobo!... echa cruz y raya á lo
-pasao; no pongas más los pies en Robleces, y menos en esta casa, y
-güélvete á tus libros. No llegarás á santo por ahí, porque, á la verdá,
-no eres de la madera de ellos con esa carnaza tan mordía del ujano, que
-Satanás te dió; pero tendrás la puchera que buscas, sin machacar los
-tarrones de Lumiacos.
-
-El sobrinote oía, se golpeaba la cabeza y no contestaba; y la Galusa,
-insistiendo en su tema, permanecía delante de él mirándole fijamente
-y con los brazos cruzados. Al fin, y después de un bufido descomunal,
-púsose Marcones de pie y dijo á su tía, alzando los dos brazos á un
-tiempo:
-
-—Pero, consejera de los demonios, ¡cómo he de volver yo al seminario,
-aunque fuera capaz de pretenderlo? ¡Por qué puerta quiere usted que
-entre, si todas se me cerraron cuando de él salí la última vez? Y
-aunque alguna de ellas se me abriera, como por milagro de Dios, ¿de
-dónde me saca usted los recursos con que antes me ayudaba? ¿Ó piensa
-usted que á una cabra tan villana como ese hombre, se la puede ordeñar
-dos veces?
-
-—Eso, ni soñalo, Marcos, ni soñalo... ni yo ¡Virgen Madre! me pondría
-en asomo de pretendelo—respondió la Galusa; y luégo, bajando más la voz
-y acercándose más á él, que apartaba la cara por no recibir en ella el
-rocío en que salían envueltas las palabras, añadió éstas:—Contaba yo
-con ese reparo que me pones de la ayuda de costas, porque del otro no
-hay mucho caso que hacer: no jué la tuya, falta que merezca cárcel, y
-otras más gordas se habrán perdonao allí. Pos contando con lo que te
-digo, sépaste ahora que, por güeñas ó por malas, mano á mano ó por la
-de la Josticia, ese hombre ha de arreglar las cuentas conmigo, y pienso
-que sea bien aína. Le he servío más de venticinco años, y de su bolsa
-á la mía ha pasao muy poco más que el coste de los cuatro pispajos con
-que me visto. Por mal que se me pague mi trabajo en ese tiempo, siempre
-saldrá un resultante de más que lo que á tí te hace falta pa acabar
-los estudios. Vistas las cosas como se debe, si no me muero yo antes,
-muerto este hombre, cuéntame á mí de patas en la calleja. Pa vivir con
-ello solo, ese resultante no será cosa mayor... ¿estás tú?
-
-—Estoy; ¿y qué?
-
-—Que si quieres ser cura y te comprometes en regla á llevame á mí á
-tu lao cuando lo seas, yo te daré el sustipendio pa que acabes los
-estudios.
-
-—¿De lo que le saque usted á la cabra esa?—preguntó Marcones á su tía,
-después de una mirada de burla.—¡Como no se lo robe!
-
-—¡Ojalá pudiera, Marcos! ¡ojalá pudiera!... Y bien sabe Dios, y no me
-remuerde la concencia por ello, que tengo hechos los imposibles por
-meter los brazos hasta el codo; pero el arrastrao, tan... cabra es,
-que no lo tiene en cosa en que se puedan jincar las uñas de repente; y
-primero se le descubrirán las costillas, que un ochavo en sonante.
-
-—¡Como que se va usted á confesar conmigo ahora!... ¡Vaya con la
-inocente que se pasa de maliciosa!
-
-—¿Pos qué te piensas, alma de Dios? ¿Piensas que yo tamién tengo gato,
-y quiero escondele de tí con esto que te digo?
-
-—¿Y se le busco yo á usted por si acaso? Buen provecho le haga. Yo
-también, en lugar de usted, le tendría, como usted le tiene.
-
-—¡Como le tengo yo!
-
-—¡Pues claro! ¡Buena es usted para estar veinticinco años en una casa
-como ésta, donde lo hay, aunque sea en telarañas!... Al fin, del duro
-se ha de sacar, y no del desnudo; y á poco que se vaya quedando entre
-las manos cada vez, á fuerza de pasar y pasar...
-
-—Justas y cabales: una corteza de roña, como que roña es lo único que
-ha pasao por ellas...
-
-—En fin, dejemos esto, que no viene muy á pelo en la ocasión presente.
-
-—Pero ¿en qué quedamos de lo otro?
-
-Aquí se remontó de nuevo Marcones, que, por más que él quisiera
-aparentar cosa muy diferente, no había echado por mera chanza aquella
-zarpada hacia el supuesto gato de su tía, y respondió á la pregunta de
-ésta:
-
-—En que no estoy en este instante para pensar en lo que no sea lo que
-tan loco me trae; que me voy, por de pronto, de esta maldecida casa,
-que así la abrase un rayo en cuanto yo salga de ella; que no quiero
-volver á Robleces mientras no pueda traer conmigo las plagas que le
-pido al demonio para castigo de ingratas y desalmados; que aborrezco en
-esta hora á toda la raza de Adán, y que he sido un bestia en andarme
-con finezas de caballero delante de la puerta cerrada, cuando pude
-haberme colado dentro, saltando como un ladrón por la ventana. ¡Y
-déjeme ahora que me largue por esos campos de Dios á desfogarme á mi
-gusto, y á tragar á borbotones el aire que necesito para no ahogarme de
-ira!
-
-Y con esto, se caló el sombrero y echó á andar hacia la puerta, desde
-la cual se volvió de repente para decir á su tía, que continuaba
-mirándole y con los brazos cruzados:
-
-—Ahí quedan seis plumas de acero, dos mangos de palo, una gramática,
-una aritmética, una geografía, una historia de España, dos catecismos,
-una historia sagrada... y cuatro novelas que, en mal hora, puse en
-manos de la muy desagradecida. Son objetos de mi propiedad, y los
-reclamo.
-
-Y se fué dando un portazo feroz, que hizo estremecerse á la Galusa.
-
-Ésta permaneció todavía unos momentos en la misma postura en que estaba
-antes de marcharse su sobrino; y dijo después entre dientes, clavando
-los ojos de rámila sarnosa en la puerta por donde Marcones había salido:
-
-—Pos es la primera vez que saca á relocir, el gandulote, esa
-sonata... ¿Conque el gato mío, eh? No sé qué vientos le soplarán en
-mi muerte; pero lo que es en vida, no te has de relamber los morrazos
-¡sinvergüenzón! con la puchera que pongas con él.
-
-Sorbió la moquita, se pasó una mano por las narices, y salió también
-del cuarto.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXIV
-
-LEÑA AL FUEGO
-
-
-Muy poco dió que pensar á Inés el lance de la despedida de Marcones.
-Algo la pesaba haber sido tan lacónica y desabrida con él durante la
-entrevista; pero los descomedimientos y groserías del estudiantón, y,
-sobre todo, la aversión que le tenía por motivos bien justificados,
-disculpaban aquella falta, y aun otras mayores que hubiera podido
-cometer entonces. No pensó más en ello, y volvió á su tema. ¿Cuándo
-vendría _el otro_? Porque él tenía que venir, una vez por lo menos:
-se lo había prometido á su padre al despedirse en la romería, para
-tratar del asunto pendiente entre ellos dos; y este asunto pendiente
-era la compra de la casa... ¡La compra de la casa!... Y ¿para qué
-quería la casa _él_?... Capricho de hombre rico. Pero, sabiendo que
-le desagradaba á ella ese negocio y habiéndola prometido lo que la
-prometió cuando la conoció el desagrado en la cara, ¿cómo se explicaba
-aquél su manifiesto propósito, delante de ella misma, de volver luégo
-para tratar del asunto pendiente? ¿Si sería todo una disculpa para
-volver á verla y continuar la interrumpida conversación?
-
-Y como le esperaba á cada instante, era un asombro lo que se componía,
-y las combinaciones que hacía con los cuatro vestidillos, tres
-pañoletas de seda cruda y dos juegos de puños y cuellos, que eran todo
-su equipaje. Pero pasaron dos días, y el de Nubloso no vino; pasaron
-tres, y tampoco; y al cuarto... vino Pilara, frescona y grande como
-ella misma. Temblaba el suelo donde pisaba; y al entrar en la pieza
-en que la recibió Inés, retumbaba la voz en techos y paredes. Todo en
-aquella mujer era sano, recio y de temple: encina pura, mármol sin veta
-y acero toledano, salvo el corazón, que era blandísima cera neta, de
-panales.
-
-Pues iba, risoterona y ufana, á pedir á Inés aquel favor de que
-la habló en la romería, y era «cosa de ella y de Pedro Juan, en
-concierto.» Inés la repitió que contara con él, si podía hacérsele.
-
-—¡Vaya si puedes!—dijo Pilara, con las manos sobre las caderas y
-revolviendo el cuerpo á uno y otro lado sobre los pies, inmóviles
-como dos lingotes de hierro, atornillados en las tablas. (Se tuteaban
-las dos desde niñas, aunque Pilara tenía tres años más que Inés.)
-En seguida añadió sin pararse en barras:—Pos yo y Pedro Juan, en
-concierto, queremos que seas tú la madrina del casorio... Ya ves, á ná
-compromete ello, si no es á un poco de molestia...
-
-Á lo que respondió Inés que, por su parte, no había inconveniente
-alguno.
-
-—¿Temes, quizaes, que le haiga por la de tu padre?—la preguntó entonces
-Pilara.
-
-—Por si acaso le hubiera—respondió Inés,—tengo que consultar con él
-antes de comprometerme. Ya te avisaré lo que resulte, después de
-hablarle hoy mismo.
-
-Quedaron conformes; y Pilara, que no era más ligera de visitas que
-de mole, charló con Inés largamente de sus cosas y proyectos. Estaba
-«prendá, prendaona de too, del venturao de Pedro Juan.» Pedro Juan era
-pobre, tan pobre como las ánimas benditas que estaban en cueros vivos;
-pero en Pedro Juan, desnudo y sin una _mozá_ de tierra propia, había un
-caudal de nobleza, de trabajo y de _rebustez_. Era una peña con alma de
-oro, y «auta pa los imposibles.» Bien lo sabían en casa de ella, cuando
-tanto la alababan el gusto de estimarle y «la lealtá y la pacencia
-con que había esperao tanto tiempo á que él rompiera la cortedá.»
-Otros podían tener cuatro carrucos de tierra que manipular, y una
-choza propia en que meterse; ¿pero de qué valía todo ello, si llevaban
-contra sí, «al mesmo tiempo, la consomición de este vicio ó de la otra
-deficultá?» En casa de Pedro Juan no había más que lo justo para el
-avío de dos hombres, «poco arreparones y mal amañaos;» pero ella no
-saldría de la suya «con los brazos colgando y á la ventura de Dios.
-Llevaría una buena cama, con su mullida y buenas ropas; tres sillas de
-torno; una caldera de cobre; un arca de pino atestá de equipaje; uno de
-la vista baja, á medio criar, y una novilla de quince meses, sin contar
-los trampantojos que se la jueran arrimando de acá y de allá.» Era la
-única hija de su padre; su padre lo tenía, y le daban eso por ahora,
-porque así lo querían también los demás. Si mañana faltara Juan Pedro,
-«que sería el hombre más honrao de toa la cristiandá si no viviera
-Pedro Juan, que lo era tanto como él,» se vería lo más conveniente:
-si seguir los dos en Las Pozas, ó subirse á la casa de la Iglesia, en
-que tenía ella una cuarta parte. No la gustaba «el un oficio de Pedro
-Juan, por lo arriesgao que era;» y por eso solo se alegraría de subirle
-al barrio para quitarle la tentación del agua salada, y hacerle que se
-conformara con ser solamente labrador, aunque de este modo sacara menos
-provecho que de los dos oficios juntos; además, que había que mirar
-también por el cuerpo, que no era de hierro «pa traele, como le traía
-el enfeliz, hecho una estorneja, hoy en el regadío de la mar, y mañana
-en el secano de la tierra...»
-
-De pronto dejó Pilara sus asuntos propios, y saltó á los de la
-escuchante.
-
-—¿Y qué me cuentas del caballero del día de San Roque?—la dijo cruzando
-los brazos, que casi se perdían de vista, con lo rollizos que eran,
-debajo del pecho, y mirándola con la cabeza algo entornada.
-
-Lo mismo que la grana se le puso la cara á Inés al verse acometida de
-improviso con esta pregunta.
-
-—Pues ¿qué he de contarte?—respondió, no muy á punto ni con gran
-firmeza.—Nada que no sepas tú.
-
-—¡Vaya—continuó Pilara sin hacer más caso de los colores de Inés que de
-su respuesta,—que campaba de firme, empingorotao allá arriba, ajunto
-al altar mayor! ¡De firme que campaba con su cadena relumbrante, su
-pechera blanca, su etelaje de gran señor... y hasta con aquellos
-pinchos debajo de las narices, mujer! ¡Andando que le caían guapamente
-esos amenículos allí! Pos dígote que se despepitaban las gentes
-por saber quién era, y naide lo sabía, hasta que por la tarde se
-plantifica en la romería contigo... Me gustó aquello, ¿qué quieres
-que te diga?... Me gustó de veras; y tamién te digo que en jamás de
-los tiempos ví pareja mejor apareá... Y no creas que jué ocurrencia
-mía solamente; que el que más y el que menos de los que vos vieron,
-pensaron lo mesmo que yo. Á muchos oí decir, como me decía yo á mí
-mesma: «Nacíos paecen el uno pa el otro.» Y era la verdá pura, ¡ja, ja,
-ja, ja!
-
-Retembló el cuarto con la risotada de la mocetona; la cual, sin fijarse
-más que la otra vez en que Inés volvía á ponerse muy colorada, continuó
-diciendo:
-
-—¡Mujer! y luégo salimos, á las tantas de la tarde que golvió don Elías
-por allí y lo cernió, en un dos por tres, á too bicho viviente, con
-que el caballero relumbrante jué primero un muchachuco de Nubloso...
-¡Alabao sea el Señor por siempre! ¡Quién había de magináselo? Pos mira,
-mos alegramos de sabelo; que si es tan poderoso como cuentan, más vale
-que lo deje por acá, que angunos se locirán con ello; porque la moneda,
-polvo viene á ser que se esparce; y quien se alcuentra con algo de él
-encima de la ropa, eso sale ganando... Y ¿sabes qué te digo tamién al
-respetive, y á más de cuatro se lo oí lo mesmo en la romería aquella
-tarde? Pos dígote que, por muchas inflas que tenga el piripuesto ese, y
-por muchas que sean las tierras y las gentes que haiga visto y pueda
-ver, no alcontrará pa mujer propia un acomodo que tan pintámente le
-caiga, como tú... Andando, Inés; y no te sefoque el dicho, que es el
-avangelio; y güeno es ser homilde, pero no tanto como tú, que ya te
-pasas, con ser quien eres y valer lo que vales... Y con esto me voy,
-que bastante poste te he dao esta tarde. Ya me avisarás de eso otro,
-¿verdá?... Curriente. De padrino no hay ná hasta la presente: es cosa
-de ellos. Conque me marcho; y si no lo tomas á mal, te daré un beso por
-despedía... Me sale el antojo de acá: créemelo.
-
-Puso de muy buena gana Inés la mejilla izquierda tan alta como pudo;
-bajó Pilara más de medio palmo la cabeza, y ¡chaas! ¡chaas! Igual
-estrépito que si se hubiera rasgado en tres tiras media sábana _casera_.
-
-Fuése Pilara al cabo; habló Inés á su padre sobre lo que aquélla
-deseaba; accedió á ello el Berrugo, á condición de que no le costara
-dinero el favor; llegó la noche, y amaneció el nuevo día, y fueron
-corriendo las horas de él; y por aquella portalada no entró más persona
-extraña á la casa que el Lebrato.
-
-La comisión que éste llevaba era para don Baltasar. Comenzó por
-referirle «el particular» del casamiento de su hijo, casi en los mismos
-términos que Pilara á Inés, con idénticas reflexiones y con las
-propias noticias sobre lo que llevaba la novia al domicilio conyugal,
-y lo que esperaba para el día de mañana. El Berrugo no halló pero que
-poner ni al relato, ni á las reflexiones, ni á las noticias. Nada le
-pedían, nada le costaba: al contrario, salía ganando en el bodorrio
-aquél un elemento que daría gran prosperidad á su casería de Las Pozas.
-No se lo dijo así al Lebrato; pero le alabó el gusto de su hijo y le
-ponderó el acierto de todos en arreglar las bodas cuanto antes. ¡Como
-que había dado permiso á Inés, que se le había pedido, para ser madrina
-de ellas!
-
-Estimó Juan Pedro el favor en todo lo que valía, y animóse á exponer la
-pretensión que él llevaba por su parte. Por demás sabía «el señor don
-Baltasar» que una casa como la de Las Pozas no estaba en disposición de
-recibir de golpe y porrazo á la mujer que había de establecerse allí
-como reina y señora de ella.
-
-Cierto que Pilara traería lo más preciso para el avío y comodidad del
-matrimonio; pero esto mismo le obligaba á él, al Lebrato, á hacer mayor
-esfuerzo para arrimar algo de su parte. Pedro Juan no tenía más que lo
-puesto y la muda para los domingos: había que _echarle_, por lo corto,
-un vestido flamante y su calzado correspondiente; y después, ¿qué menos
-que un par de camisas nuevas?... Pues «el timineje del negocio,»
-aunque la boda fuera en la casa de arriba, sus gastos traía también á
-la de abajo; que no había de salir todo el desgaste de una sola piedra,
-«ni sería bien vista la gorroná, dao que la hobiese, ni la consentiría
-él, que conocía lo que obliga al hombre de bien el agasajo de otro.» La
-casa misma pedía su gasto correspondiente: un poco de blanqueo; «dos
-escobás siquiera» había que dar al cuarto de _ellos_; y el llar de
-la cocina no podía dejarse como estaba, sin una baldosa entera... En
-fin, que había gastos, y no pocos, que hacer por parte de Juan Pedro
-con motivo de la boda de su hijo. El no quería ni necesitaba ponerse
-colorado delante de nadie para pedirle á préstamo un puñado de pesetas,
-porque sabía dónde y cómo ganarlas honradamente. Dentro de pocos días,
-en cuanto apuntara septiembre, empezarían su hijo y él la campaña de la
-ostra. Sacándoselo al cuerpo sin caridad, bien podía atenderse á este
-recurso de día, y por la noche al de la pesca del durdo y del anguilo,
-mar afuera. La brega sería ruda; pero cuando el caso lo reclama,
-«mentira paece la correa que da un hombre avezao á la probeza.» En
-suma, el favor que le pedía «al señor don Baltasar,» era que, por
-aquella vez sola, le dejara libres los productos de la campaña, sin
-que le reclamara «en el San Martín» la parte acostumbrada de ellos
-para aminorar la deuda pendiente. Las rentas por todo lo demás, no le
-faltarían á su hora y punto debidos.
-
-El Berrugo, después de oir al Lebrato en silencio, pero no sosegado,
-porque tan pronto se rascaba la barbilla ó se pasaba la mano abierta
-por la cara ó pescaba mosquitos en el aire, como golpeaba el suelo con
-el mango del rozón que tenía en la otra mano, consideró, ante todo,
-que el favor solicitado no era de los que costaban dinero, es decir,
-dinero sacado de su bolsa. Tratábase sólo de no cobrar, _por entonces_,
-un piquillo que cuanto más se retrasara en poder del deudor, tanto más
-iría engordando en provecho de un acreedor tan diestro saca-cuentas
-como él... Por otra parte, no estaba muy seguro de no necesitar el
-día menos pensado á Juan Pedro para cierto negocio que le traía á mal
-traer. Podía, pues, y debía echárselas de rumboso impunemente en aquel
-trance, y se las echó.
-
-Aunque no duraron mucho estas meditaciones, al Lebrato le parecieron
-muy largas, y temía lo peor al ver el afán con que el Berrugo se
-rascaba la barbilla con una mano y golpeaba el suelo con el rozón que
-agarraba la otra.
-
-De pronto le dió don Baltasar en las espinillas con el mango del
-instrumento aquél; le encaró, de un empellón, hacia la calle, y le
-dijo: —Al último, harás de mí hasta ochavos morunos, si te empeñas
-en ello. Ya estás servido... y andando; y cuéntale el cuento al
-sinvergüenza que te diga que no soy blando de corazón.
-
-Y no ocurrió más de extraordinario en la casona de Robleces, hasta
-el otro día en que, al fin, se metió por la portalada el indiano de
-Nubloso.
-
-El Berrugo andaba trasteando en el estragal, y allí le recibió, con muy
-buena cara por cierto.
-
-—¡Hola, hola!—le dijo en cuanto le vió, pero sin dejar de hacer lo que
-hacía.—¿Se viene á cumplir la palabra, eh?
-
-—Hay de todo, señor don Baltasar—respondió el indiano muy
-afable,—porque vengo á verlos á ustedes y á ofrecerles de nuevo mis
-respetos; pero no á tratar del punto consabido que tenemos pendiente
-usted y yo. En esto falto á la palabra que le empeñé al despedirme el
-día de San Roque; y falto con toda intención, porque quiero invertir el
-poco tiempo que traigo disponible, en lo primero, que es cosa mucho más
-agradable para mí.
-
-—Ciertamente que no corre prisa, por mi parte, ese asunto, y no seré
-yo quien se le meta á usted por los ojos... Y con franqueza, si lo que
-quiere á la presente es conversación, yo no puedo dársela en un buen
-rato, porque tengo mucho que hacer por aquí; pero no faltará quien se
-la dé, si le es igual una que otra. Arriba está Inés, que debe de tener
-el tiempo muy de sobra y le recibirá, si quiere usted subir y descansar
-un poco.
-
-—¡Oh, señor don Baltasar!—repuso el indiano muy risueño,—siempre me da
-usted en su casa muchísimo más de lo que vengo buscando...
-
-—Yo soy así, hombre—dijo al punto don Baltasar mientras colgaba
-un dalle de la viga del techo; y en seguida, arrimándose al hueco
-de la escalera y haciendo embudo sobre la boca con las manos,
-gritó:—¡Inés!... ¡Inés!... ¡Allá va este... sujeto del otro día!...
-Suba usted, suba usted, sin ceremonia—añadió volviéndose hacia el
-indiano;—suba usted, que ella le enseñará el camino. Yo subiré en
-cuanto despache aquí abajo.
-
-Tomás Quicanes no iba tan majo como el día de San Roque. Nada de levita
-negra, ni de pechera con brillantes, ni de botinas de charol: un terno
-gris, de americana; calzado amarillo de suela recia; hongo obscuro,
-corbata clara y cuello bajo y blanquísimo, como los puños; pero con
-este traje sencillo, holgado, de buen corte y de esmerada hechura,
-valía doble que con el otro el buen sobrino del difunto Mayorazgo
-de Robleces. Lo mismo opinó Inés en cuanto le atisbó desde la sala
-al asomar él por la portalada; y eso que la inexperta hija de don
-Baltasar no pudo estimar el día de San Roque lo que había de cursi en
-el aparatoso atalaje, cargado de relumbrones, del caballero del altar
-mayor. Y no sólo le encontró mejor mozo así, sino más «tratable,»
-más... de carne y hueso; en fin, menos temible para un apuro como «el
-del otro día,» si llegaba el caso.
-
-Es de advertirse, por si fué malicia de la neófita en intrigas de
-aquella especie, que al entrar el indiano en la corralada, Inés cosía á
-la parte de adentro del balcón, y que al llegar á la sala acompañándole
-desde el carrejo, la sillita y los avíos de costura estaban á la parte
-de afuera, es decir, en la misma solana y delante de la puerta. Ello
-fué que el indiano, al verlos donde los veía, no quiso aceptar la silla
-que, muy de cumplido, le ofreció Inés en la sala.
-
-—¡De ningún modo!—la dijo.—Por las señales, estaba usted trabajando
-allí; y como yo no soy de cumplido ni quiero que mi visita la sirva á
-usted de molestia, se la haré á usted en la solana, si me lo permite.
-
-—Como á usted le guste más,—respondió Inés dirigiéndose al balcón.
-
-Otras dos observaciones por lo que valgan: Inés apartó la silla y los
-cachivaches, como si les estorbaran el paso, y los colocó á un lado
-y á muy buena distancia de la puerta; y el visitante había visto, al
-asomar al carrejo, entre la penumbra de las inmediaciones, vagar una
-silueta antipática, que era la de la Galusa.
-
-¿Huían los dos, visitante y visitada, de una misma contingencia
-desagradable, al resistirse el uno á hacer la visita en la sala, y al
-estar tan bien dispuesta la otra para recibirla en lo más escondido
-del balcón? Lo que no tiene duda es que en aquel sitio, deparado por
-la casualidad ó elegido por la malicia, se podía echar un párrafo, no
-alzando mucho la voz, sin que nadie se enterara de él, ni tampoco de la
-mímica que le acompañara, como no fueran los pajaritos del aire; porque
-por el pedazo de calleja que desde allí se descubría, no pasaban cuatro
-transeúntes, y esos muy distraídos y torpotes, en toda una tarde de
-Dios.
-
-Yo me inclino á lo de la malicia, y de parte de entrambos; porque
-también es indudable que, al comenzar la visita, ya se apuntó en cada
-uno de ellos el mismo afán de llegar cuanto antes con la conversación á
-un paradero indudablemente preconcebido.
-
-Duraron poco, muy poco, en boca del visitante, y eso que no dejaba de
-ser socorrido de conversación, esos preliminares de rúbrica en tales
-casos, emparentados siempre, más de cerca ó más de lejos, con las
-evoluciones meteorológicas, con el sistema de vida diaria y con otras
-materias así; en seguida se plantó, retrocediendo de un salto, en el
-día de San Roque, «de feliz y perdurable memoria para él.»
-
-Con esto solo, ya comenzó á aletear y revolverse algo en los adentros
-de Inés, y se le pusieron á la pobre los carrillitos como la misma
-grana; y porque hizo un alto en la conversación el otro, y por creer
-y temer ella quizás que de un nuevo salto de ideas se le largara Dios
-sabía adónde, corta y novicia como era, se atrevió á tenerle á raya
-preguntándole, sin dejar de coser, pero sin saber lo que cosía:
-
-—¿Ha comenzado usted á tratar abajo con mi padre de _ese asunto_?
-
-Por los hondos, aunque, en apariencia, lejanos enlaces que tenía esta
-cuestión con la que á ella la interesaba tanto, la había sugerido
-su buen instinto la idea de sacarla á relucir para los fines que se
-proponía; pero fué inútil la precaución, porque no pensaba el indiano
-en huir del terreno en que se había metido de un salto y de muy buena
-gana.
-
-—¿Y qué asunto es ese?—preguntó él á su vez, haciéndose el ignorante,
-para tomar aquel nuevo camino que también guiaba al paradero deseado.
-
-—El que prometió usted tratar con mi padre al despedirse en la
-romería, en la primera visita que le hiciera. Creo yo que será el de la
-compra de esta casa.
-
-Y se sonreía la picaruela, como si no le creyera ya capaz de ello.
-
-Sonrióse también el otro, y la dijo en seguida, tejiendo y destejiendo
-entre los dedos de ambas manos la cadena de su reló:
-
-—Ese asunto se quedará sin ventilar por ahora, porque se me ha puesto
-por medio otro que me interesa bastante más: el de cierto huertuco...
-¿Se acuerda usted?
-
-¡Vaya si se acordaba! Pero lo negó sin maldita la conciencia; por lo
-cual tuvo el otro que volver sobre lo tratado en la romería de San
-Roque, sabiendo que se le engañaba descaradamente en aquella negativa,
-pero aceptando con gusto el engaño para desenvolver más á sus anchas la
-metáfora, algo cursi, como todas las metáforas de todos los enamorados
-de este mundo, del huertuco montañés y de la rosa colorada.
-
-Ya estaba, pues, la gran cuestión en pie, y ya dudaba Inés si seguir
-cosiendo ó si dejarlo: si no cosía, no sabía qué hacer de las manos
-ni de los ojos; y si cosía, se pinchaba; y cosiendo ó no cosiendo,
-le andaban unas cosas por todo el cuerpo y delante de la vista, y le
-subían unos calores y sentía tales ruidos en las sienes, que no podía
-parar ni sosegar un punto. ¡Y se estaba todavía al principio de una
-historia de la que conocía ella hasta la penúltima página! ¿Qué sería
-cuando llegara el momento de aclararse el único punto que quedó sin
-aclarar en la romería? ¿Cuando se la dijera terminantemente quién era
-«la de Robleces?» Pero ¿llegaría á decirlo él? Y si no lo decía, ¿por
-qué la atormentaba sacando á relucir de nuevo la misma historia?
-
-¡Aprensiones disculpables en un espíritu abierto, noble y
-generosamente, á las primeras llamadas del corazón, como las rosas de
-la metáfora al calor de los rayos solares! Puede que resulte también
-algo cursi esta otra metáfora que tomo del montón de las corrientes;
-pero no hallo otra de mejor arte ni más al caso, y por eso me valgo
-de ella para venir á parar á que, con todo el miedo que tenía Inés al
-final de la historia, se le hacía mucho lo que tardaba en llegar á él
-el relatante, y hasta temía que no llegara nunca.
-
-En lo cual se equivocaba grandemente; porque el indiano, aunque
-contando los pasos y gozándose en la contemplación del terreno que
-exploraba al mismo tiempo, llegó y llegó bien; y llegando, resultó, y
-así se lo dijo á Inés, claro, muy claro, aunque le temblaba un poco la
-voz al decírselo, que «la de Robleces» era ella; ella, que en pocas
-horas se había hecho dueña y señora de su corazón y de su vida, y más
-que por la hermosura de su cuerpo, que era singular, por la nobleza y
-sublime candidez de su alma, que no tenía precio.
-
-Todo esto oyó Inés sin morirse, como lo temía desde lejos. Algo la
-pasó, es verdad, que le pareció el fin de la vida; pero no por las
-ansias ni los dolores ni el desconsuelo, sino por lo dulce, por lo
-agradable y, sobre todo, por lo extraño; de manera que, más que muerte,
-era aquello la terminación de una existencia insulsa, y el comienzo de
-otra mucho más placentera y amable.
-
-Y todo esto leyó y fué saboreando codicioso, detalle por detalle, el
-afortunado galán, en el mirar turbado, en el respirar anhelante y en el
-casto y dulcísimo abandono de todo su sér, con que la pobre novicia,
-sin voz ni energía en su garganta para responder con palabras, reveló
-claramente las tempestades de su pecho.
-
- * * * * *
-
-Sucedió después una cosa bien extraña. Á fuerza de contemplar
-embebecido á Inés, acabó el singular enamorado por mirarla, más que
-como triunfador satisfecho de su hazaña, como temerario que lamenta,
-con honrado corazón, el estrago irremediable de una ligereza. En
-seguida, como para intentar una prueba en que deseara ser vencido,
-tomó, suave y cariñosamente, una mano de Inés entre las suyas, y la
-preguntó sin dejar de contemplarla:
-
-—¿Sería usted capaz de hacer un sacrificio por mí?
-
-—Hasta el de la vida,—respondió temblando Inés, no con palabras, sino
-en una mirada que se fué alzando poco á poco hasta difundirse en la
-amorosa y á la vez compasiva del otro.
-
-El cual, entendiendo bien la respuesta, añadió:
-
-—Pues la voy á pedir el único con que no contaría usted entre todos
-los que puede haberse imaginado: que guarde, como en el secreto de la
-confesión, lo que acaba de pasar entre nosotros... hasta que yo la diga
-cuándo es la hora de publicarlo á voces. Le pido á usted esto, que
-sólo por pedirlo yo en tal ocasión ha de parecerle sacrificio, y bien
-extraño, por el amor que siento por usted, y delante de Dios la juro
-que es verdadero y grande. Hemos de hablar á menudo de estas cosas, y
-todo se aclarará cuando se deba.
-
-Se levantó momentos después; se despidió «hasta luégo» con todos los
-miramientos, entusiasmos y delicadezas que el caso requería; y sin que
-el Berrugo pareciera por allí ni por las inmediaciones, fuése.
-
-Inés recibió su última despedida desde la portalada, y cayó en seguida,
-transfigurada y absorta, en las honduras de su pensamiento, que era un
-volcán; y todo, todo lo creyó posible, menos que aquel hombre fuera
-capaz de engañarla.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXV
-
-ANALES DE TRES SEMANAS
-
-
-No siempre halló el indiano de Nubloso igual comodidad que aquella
-tarde para hablar con Inés á sus anchas, ni, en rigor de verdad, me
-atrevo á afirmar que estos inconvenientes le contrariaran poco ni
-mucho; porque es de saberse que «la cosa bien extraña» que sucedió al
-acabarse la visita historiada más atrás, continuaba siendo misterio,
-y misterio bien mortificante, para Inés, por culpa de aquel hombre
-empecatado que huía de toda ocasión en que pudiera verse obligado
-á levantar siquiera la punta del velo misterioso. Pero no por eso
-faltaban el tiempo necesario ni lugar á propósito para decir él lo
-que quería y necesitaba decir, aunque no fuera, ni con mucho, cuanto
-deseaba saber ella, ni dejó de seguir su marcha devoradora el fuego
-amoroso en que parecían estar ardiendo los dos.
-
-Á la tercera visita, ya se tuteaban; y deshechos con esta llaneza en el
-trato los estorbos que el ceremonioso «usted» opone á la franqueza de
-la expresión, aun en caracteres más resueltos y adestrados que el de
-Inés, la máquina de las ideas de ésta, aquella máquina que para ponerse
-en franco y seguro movimiento tuvo bastante con el impulso casual y
-rudimentario de una mano tan torpe como la del grosero seminarista,
-al calor de los afectos nuevamente adquiridos y con el estímulo de su
-comunicación frecuente con los del hombre que se los había infundido,
-tomó de repente unos vuelos maravillosos. ¡Entonces sí que estaba
-desconocida! Como en idénticos casos la había sucedido ya, no pudiendo,
-por su ignorancia é inexperiencia, extender á lo ancho la labor de
-sus investigaciones, las hizo á lo hondo, con la fuerza y la luz de
-su inteligencia clarísima; y la cuenta le salió aún mejor así, porque
-ahondar se necesitaba, y no otra cosa, para dar con el filón que ella
-iba buscando. Y ahondando, ahondando con el análisis de sí propia y el
-de la conexión íntima que «debía haber» entre su modo de sentir y el
-modo de sentir del otro, aunque llamando las cosas á su manera, llegó
-con los razonamientos á un punto de cordura y de fortaleza tales, que
-pusieron en graves apuros al receloso y asombrado galán. Para ser un
-poco atrevida, además de esto, le sobró con el ansia, que la devoraba,
-de aclarar el enigma que la servía de tormento á todas horas, y la
-amargaba las dulzuras de aquella pasión que ella consideraba como un
-don inmerecido de Dios.
-
-Pero ¿por qué había de haber esa nube negra en un cielo tan limpio, tan
-puro, tan lleno de luz, como el de sus recién forjadas ilusiones? Y si
-bastaba un soplo de _él_ para deshacerla, ¿por qué no soplaba? Y entre
-tanto, aquella nube podía ir extendiéndose y espesando y cubriéndolo
-todo, hasta el mismo sol; y entonces ¡Virgen María! no quería pensar en
-ello. Era imposible que las cosas llegaran á un extremo tan espantoso.
-«¡La nube! ¡el misterio!» ¿De qué se trataba, al fin y al cabo? De
-que ella no revelara á nadie lo que estaba pasando entre los dos. Sin
-necesidad del encargo, hubiera quedado el secreto guardado en lo más
-hondo de su corazón, mientras lo guardado «no diera más de sí.» Pero
-¿por qué se le hacía el encargo? Aquí estaba la malicia. ¿Era un pecado
-lo sucedido? ¡Imposible! Y si no lo era, ¿por qué tenía él tanto empeño
-en que no se descubriera? Podía haber en este empeño un fin de casta
-más noble que la del misterio que á ella la alarmaba; por ejemplo: el
-de probar su fe ó su discreción, atormentando un poco su curiosidad;
-pero en este caso, ¿por qué andaba él tan preocupado, tan receloso,
-tan vacilante? Esto, esto solo era lo grave, lo extraño. Á veces la
-asaltaban recelos espantosos. ¿Habría otra mujer en alguna parte del
-mundo, que pudiera pedirle cuentas de «lo que estaba pasando entre
-los dos?...» ¿Estaría...? ¡Qué enormidad! Eso, honradamente, no podía
-imaginarse: no cabía en lo posible. De todas suertes, la tentación de
-sospecharlo solamente, la arrastraba á considerar si no habría pecado
-ella de ligereza al entregarse tan pronto, tan irreflexivamente y tan
-confiada, á una pasión así, inspirada por un hombre de cuya lealtad no
-tenía otras pruebas que las de su palabra, que podía muy bien no ser
-honrada... Tampoco era posible esto; también caía fuera de los límites
-que la perversidad humana tenía, en el concepto inexperimentado y
-naturalmente bondadoso de Inés... De cualquier modo, ella no comprendía
-aquella reserva sospechosa que tan malos ratos la daba y no podían
-pasar inadvertidos para él. ¡De qué distinto modo se conduciría
-ella en el caso contrario! Sin haber ocurrido, y sólo por el placer
-desinteresado de confiarle hasta el último secreto de su conciencia de
-mujer y de enamorada, le había referido la historia de la resurrección
-de su espíritu, con todos sus pormenores; y lejos de intimidarse al
-sacar á relucir los graves episodios de la explosión amorosa de su
-profesor, los relató con especial parsimonia, porque hasta se recreaba
-en traer con ellos á la memoria lo abominables qué le parecieron
-en cuanto pudo considerarlos con serenidad; amén de que, cotejando
-y comparando tiempos con tiempos, hombre con hombre y sentimientos
-con sentimientos, los que le había infundido el absorto escuchante
-adquirían doblada consistencia y mayor intensidad. ¡Y él, que, con
-trabajo menos escrupuloso, podía proporcionarla á ella un placer más
-regalado, la dejaba penar y consumirse entre dudas y confusiones! ¡Qué
-mal hecho estaba eso! ¡Ah! si ella fuera un poco más atrevida ó un poco
-menos compasiva y tolerante, ¡cuántas veces le hubiera puesto, con una
-pregunta, en la necesidad de descubrirla el misterio!... ¿Qué harían
-las demás mujeres en casos parecidos al suyo? Porque ella no sabía
-nada, nada absolutamente, en materia de amores, sino lo que había leído
-en las novelejas prestadas por Marcos, y lo que estaba observando en sí
-misma, lo cual no se parecía en lo más mínimo á lo que ocurría en las
-novelas.
-
-Entre tanto, la situación de las cosas, en general, no podía ser más
-embarazosa para todos allí. Su padre, aunque parecía andar siempre á su
-cuento y no reparar en nada, veía con el rabillo del ojo cuanto pasaba
-á su alrededor, por lo menos desde que entraba tan de continuo en
-la casa el indiano de Nubloso. Un día la dijo deteniéndola en lo más
-obscuro del carrejo, como por casualidad:
-
-—Mujer, ¿sabes tú lo que anda buscando por aquí ese sujeto?
-
-Inés comprendió desde luégo á qué sujeto se refería su padre, y se puso
-roja y sofocada; pero, por fortuna, no se veía la mano delante en aquel
-esófago tenebroso, ni se vió, por consiguiente, la turbación con que
-respondió para salir del paso:
-
-—Á mí nada me ha dicho.
-
-Tosió el hombre, y se marchó golpeando el suelo con algo que llevaba en
-la mano.
-
-Otro día se encaró con ella á la puerta de la sala; y como si replicara
-á la respuesta que se le había dado en lo más obscuro del carrejo días
-atrás, dijo esto solo y sin mirar á su hija de frente:
-
-—Pues á mí tampoco me ha dicho una mala palabra hasta la hora en que
-estamos, sobre lo que desea y busca por aquí... Y no quisiera tomarle
-yo la delantera para preguntárselo... ¡Y, cuidado, que motivos no
-faltan ya!...
-
-Y se fué.
-
-Esta nueva embestida puso á Inés en el colmo de la angustia; porque
-lo que su boca no decía sobre lo que la estaba pasando, lo publicaban
-á gritos su raro y nuevo modo de ser, y las idas y venidas del otro,
-desconcertado y receloso, y sus apartes con él. ¡Y era tonto y ciego
-don Baltasar para no caer en la cuenta de lo que tan á la vista estaba!
-¡Y era, mudo, gracias á Dios, para no explicarse á las claras con el
-otro, si llegaba á «tomarle la delantera!»
-
-Pues ¿y la Galusa? ¡Válgame Dios, cómo rastreaba por escondrijos y
-rincones la pista del «fregado indecente,» en cuanto asomaba el tunante
-por las puertas de la casa! ¡Qué zumbar el suyo mientras iba y venía,
-como moscardón aprisionado, y qué zaherir con indirectas envenenadas
-á la pobre Inés, cada vez que se topaba con ella, ó la veía, medio
-alelada, torpe y desmañada, acercarse á todo para no hacer luégo cosa
-con cosa! ¡Qué aborrecimiento la tenía y qué poco le disimulaba! ¡Y
-ella conociéndolo todo, y hasta que había razones aparentes para
-mucho de ello, y no pudiendo desplegar los labios para defenderse en
-lo defendible, ni siquiera para decirle á él: «habla tú, que con una
-palabra puedes hacer que se concluya pronto, y todo esto!»
-
-Y aún fueron más allá los conflictos de la pobre muchacha. Días
-andando, y en uno de labor, al ir ella á misa, porque las oía muy á
-menudo, especialmente desde el de San Roque, la esperaba don Alejo
-paseándose en el portal de la iglesia, de levita y con bonete.
-
-—Vaya, Inesuca—la dijo,—aquí te cojo y aquí te mato; y te cojo, porque
-te esperaba; y te esperaba, porque, si no te cojo aquí y antes de misa,
-no te cojo en ninguna parte. ¿Estás? Bueno; pues ahora te advierto qué
-no se trata de robarte la mantilla, ni de sacarte ninguna tira del
-pellejo. Esto te lo digo para que te cures del susto que te ha hecho
-perder de repente los colores de la cara. ¡Valiente foragido soy yo
-para dar disgustos á nadie, y menos á tí, corderuca de Dios!... En fin,
-que se trata de que me consume una curiosidad, y de que quiero que tú
-me saques de ella. ¿Querrás?
-
-De algunos días á aquella parte, todos los ruidos le sonaban á Inés de
-un mismo modo, y todos los golpes iban á parar á su dedo malo. Por esta
-triste experiencia, barruntó que lo que pensaba preguntarla don Alejo
-tenía que ver, por más acá ó por más allá, con lo que «á ella la estaba
-pasando.» Y dicho y hecho.
-
-Apenas prometió al cura complacerle, si le era posible, en lo que la
-pedía, cátale metido de hoz y de coz en el asunto, de la siguiente
-manera:
-
-—Pues has de saberte que el día de San Roque, al anochecer, supe que
-aquel caballero tan majo que oyó la misa en el altar mayor y tanto
-me había llamado la atención, resultó ser Tomasín; Tomás Quicanes,
-el sobrinuco huérfano del Mayorazgo, que vivía con él y me ayudaba
-las misas con una inteligencia, una gracia y una compostura, que
-me daban gloria. Te aseguro que no lo quise creer cuando don Elías
-fué á mi casa á contármelo y á hacerse lenguas de lo campechano que
-era y de lo mucho que sabía; y no lo quise creer, porque tras de no
-haberle yo sacado en la iglesia por la pinta, cosa que, bien mirada,
-no tenía nada de particular, me parecía mentira que hallándose en
-Robleces y tan cerca de mí ese caballerete tan espetado, no hubiera
-corrido á darme un abrazo y á decirme: «aquí tiene usted, con barbas
-ya y cargado de perendengues, á Tomasín Quicanes, el sacristanuco tan
-querido de usted.» Algo me explicó don Elías de las intenciones del
-tal sobre el caso, y de las buenas ausencias que había hecho de mí
-entre él y vosotros aquella tarde; pero, vamos, no me conformaba con
-eso. Á los pocos días ya vino él en persona á verme á mi casa... por
-supuesto, después de haber estado en la tuya... ¡Bah!... ¡y se me pone
-coloradita, lo mismo que si ello fuera un pecado! Á ver si se te bajan
-esos colores y me escuchas como es debido... Pues, señor, que vino;
-que se me dió á conocer, y que le conocí hasta en el modo de mirar y
-en cada una de las facciones de su cara; y que pasé con él, hasta
-que empezaba á cerrar la noche, el rato más agradable que creo haber
-pasado en todos los días de mi vida. ¡Qué guapo está, qué bien habla,
-qué cariñoso es y qué finamente siente y observa y compara lo que aquí
-dejó, lo que halla al volver... y qué sé yo qué otro tanto más! El
-arrastrado de él, de recién llegado á la Habana me escribió algunas
-veces; pero después lo fué dejando, dejando... ¡Y si vieras, Inesuca,
-qué majamente me pintó él este modo de ir olvidándose, no de mí, sino
-de escribirme de vez en cuando! ¡Qué fantasía de chico! Daban ganas de
-decirle que se volviera á marchar para dejar de escribirme, por sólo
-el gusto de oirle disculparse á la vuelta. Extrañándome yo de estas
-cosas, le pregunté sobre el particular; y supe, con el contento que
-puedes suponerte, que había gastado más de la mitad de lo que había
-ido ganando en sus negocios, en instruirse y en despabilarse, aunque
-despabilado lo fué él siempre de suyo... y esta opinión es cosa mía;
-que había cultivado más el trato de las personas letradas, que el de
-las adineradas; que tenía hasta pasión por los buenos libros; que había
-viajado mucho... en fin, que no acabaría yo, Inesuca, si te fuera
-relatando lo que entonces le oí, lo que le he podido sacar después acá;
-porque te advierto que rara es la visita que te hace á tí... digo, que
-os hace á vosotros, sin que antes ó después no me haga á mí otra; y lo
-que de todo ello he ido coligiendo yo á mi manera, aunque lego... ¿Te
-vas enterando, Inesuca?
-
-¡Si se iba enterando Inés! Sin perder punto ni coma, y con una codicia
-de ello, que bien se pintaba en sus ojos radiantes de luz y de regocijo.
-
-—Me entero,—respondió, sonriéndose, á la pregunta del cura.
-
-—¡Pues podías no!—replicó éste; y añadió en seguida:—Y ahora va lo
-bueno, quiero decir, el golpe con que te amenacé al cogerte aquí.
-Córrese entre las gentes, que Tomasuco el de Nubloso, con haber rodado
-tanto mundo, no ha podido hallar en todo él lo que, cuando menos se
-esperaba, tuvo la suerte de encontrar en Robleces; ó séase, hablando
-claro, una mujer que le llene por entero para casarse con ella y acabar
-la vida, en santa paz los dos, en la tierruca. Gran pensamiento... y
-gran ojo, sobre todo; porque resulta, también según los dichos de las
-gentes, que esta mujer, Inesuca, eres tú... ¿Es verdad eso? Pues cata
-el golpe que te prometí, y venga la respuesta; pero tal como yo la
-deseo... Te advierto de antemano que el sujeto ese no me ha dicho nada
-de por sí, aunque no tiene boca bastante para ponderarte cuando de tí
-me habla; y cuenta también que esto ocurre en cada visita que me hace.
-
-Inés recibió «el golpe» de don Alejo con mayor serenidad de lo que
-esperaba, y pudo responder á él con gran firmeza; porque la última
-noticia, y la única desagradable de cuantas le había dado de carretilla
-el buen señor, le ofrecía una salida de soslayo, que era al mismo
-tiempo la verdad fiel de lo que estaba sintiendo; y la salida fué la
-siguiente:
-
-—Pues si él no le ha dicho á usted una palabra de eso, ¿qué quiere
-usted que le diga yo?
-
-—Eso no es responderme á derechas, Inesuca,—añadió don Alejo algo
-contrariado.
-
-—Pues le juro á usted—repuso ella muy serenamente, como que juraba
-verdad,—que no le puedo decir otra cosa.
-
-Se quedó con esto algo suspenso el cura, y la dijo en seguida:
-
-—Te creo, porque basta que así me lo afirmes aunque no me lo
-juraras; pero te aseguro que lo siento como si hubiera perdido
-algo de á cuanto... Pues, mira, Inesuca—añadió de pronto con gran
-encarecimiento,—si no hay nada de lo dicho, debiera haberlo. Las gentes
-tienen razón. Voz del pueblo, voz de Dios. Marcones te lo hubiera
-entonado en latín, por pintar la cigüeña; yo te lo digo en castellano
-neto para que me entiendas mejor. Y ahora, hija mía, dame palabra de
-que, si llega á suceder algo de lo supuesto, no se lo dirás á nadie
-fuera de tu casa antes que á mí; perdona el plante que te he dado, y
-quédate bendita de Dios, como yo te bendigo, por lo buena que eres, que
-me voy á decirte la misa.
-
-¡Oh, qué tentaciones tan fuertes tuvo Inés entonces de detener á don
-Alejo para decirle que quería confesarse con él! ¡Qué mejor confidente,
-qué mejor consejero que aquel santo varón, para confiarle, en el
-secreto del confesonario, una tribulación como la suya? Y en ello no
-faltaría á su compromiso empeñado. Como en el secreto de la confesión
-estaba obligada á guardar «lo que había pasado entre los dos,» y así
-quedaría guardado, confiándoselo, como penitente, á su confesor.
-
-Pero mientras dudaba, se perdió la oportunidad, y con ello se calmaron
-las tentaciones. Entró en la iglesia, y á poco empezó la misa. ¡Con qué
-fervor la oyó, y con qué fe le pidió á la Virgen que la amparara en el
-trance en que se veía!
-
-Después se encontró más fortalecida; y al volver á casa pensando en
-todo lo que don Alejo la había dicho, sólo quería acordarse de lo mucho
-bueno que le había contado de él. Así le veía ella más engrandecido á
-sus ojos; y así quería verle, «porque él no podía ser de otra manera.»
-
-Y, entre tanto, y como si tratara de desmentirla con su comportamiento,
-ni en todo aquel día ni en los dos que le siguieron, apareció por
-Robleces el indiano de Nubloso.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
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-
-
-XXVI
-
-LA PUCHERA DEL LEBRATO
-
-
-El «negocio de la ostra» le tenía el Lebrato á la puerta de casa,
-como quien dice; y por «llanuco y hacedero de por sí,» no era cosa
-para quebrantar huesos tan duros como los suyos y los de Pedro Juan.
-Plantarse con la chalana en la primera revuelta y la más grande de las
-dos de la ría, á la bajamar; fondearse allí, ó no fondearse, sobre
-la misma canal; una especie de rastrillo de hierro, de púas fuertes,
-largas y algo encorvadas, con mango de palo: un instrumento así para
-cada uno, y á sacar con él cantos sueltos del fondo; cantos que, según
-la suerte soplara, unas veces salían en _blanco_, y otras veces más ó
-menos sarpullidos de ostras de todos tamaños; arrancar las grandes,
-dejar las de _cría_, y volver el canto al agua. Y al sol. No tenía ni
-tiene más intríngulis la explotación de aquel rico ostrero natural.
-La venta era siempre segura y pronta, porque andaban los especuladores
-disputándose la mercancía para revenderla á escape en los quintos
-infiernos. El oficio, pues, no tenía otras quiebras que los fríos y las
-celliscas de los meses invernales. Había en ellos horas de chuparse un
-hombre las uñas amoratadas, y de quedársele el cuerpo entumecido, y
-helada la saliva en la boca. Pero de estos días no abundaban; y en la
-ocasión de que se trata, mucho menos. Comenzaba septiembre, primer mes
-de _erre_ después de la veda del verano; el tiempo al nordeste, claro,
-suave y noble como él solo, y «pa largo» por las trazas, y el trabajo
-se hacía en mangas de camisa; de modo que más que fatiga, resultaba
-entretenimiento agradable. Porque no era sola la chalana del Lebrato la
-que andaba á la ostra allí, aunque podía, y en buena ley debiera serlo,
-por no haber en el pueblo otro matriculado que él; pero ya se ha dicho
-que Juan Pedro no era hombre de usar de sus privilegios en perjuicio
-de nadie, y toleraba la media docena larga de chalanas que acompañaban
-en el ostrero á la suya; y hasta se alegraba de ello, porque, de ese
-modo, el campechano pescador no cerraba boca, y era la escuadrilla un
-hervidero de conversaciones, que tenían que oir.
-
-Como el tiempo estaba tan hermoso, no se conformó con aquel solo
-recurso, que no dejaba de rendirle su buen por qué; y según se lo había
-anunciado «al señor don Baltasar,» teniendo la barquía bien recorrida
-y preparada, probó de noche «á lo de afuera;» ¡y esto sí que ya era
-harina de otro costal! Solamente el viaje hasta la barra, era trabajo
-de hora y media de rema incesante. Por el primer tramo, es decir, por
-lo que se podía llamar valle de la ría, menos mal: era ir como á cielo
-abierto, con anchos horizontes de Sur á Oeste, y en toda aquella línea,
-á no ser la noche brumosa y cerrada, siempre había celajes luminosos
-que alegraban la vista y entonaban un poco el ánimo; pero por el
-segundo tramo, desenvuelto en curvas desorientadas y caprichosas, con
-sus taludes altísimos y casi á plomo, como una _hoz_ abierta entre
-montañas, ya era más triste la boga. No había otra luz que la que
-sacaban las palas de los remos, en gotas fosforescentes, al remover
-el agua, ni más cielo que el que se veía por entre los dos bordes de
-la rendija aquélla. El chapoteo que de esta faena resultaba, muy á
-menudo repercutía y se multiplicaba en las cuencas de los peñascos
-coronados por una greña de carrascas y zarzales, cuya espesura hacía
-la obscuridad mucho más negra de lo que era. Algunas veces se oía un
-ligero chasquido no lejos de la barquía, como el que produciría una
-pedrezuela arrojada en el agua: era el salto de un muble de un rebaño
-de los que volvían á la mar con la vaciante; y hasta este leve sonido
-hallaba eco que le repitiera y le propagara. Ni el Lebrato ni su hijo
-hablaban en todo aquel trayecto otras palabras que las puramente
-precisas: la solemnidad pavorosa de la naturaleza se impone á los
-espíritus más valientes y despreocupados; donde quiera que el hombre se
-ve gusano por la fuerza del contraste, allí se esconde ó se arrastra
-tímido y silencioso, como si realmente lo fuera. Es muy común la
-observación, y muy exacta, de que cesan de repente las conversaciones
-de todos los viajeros de un tren cuando éste atraviesa un túnel. Se ve
-gusano mísero allí. Y es de advertir también, que los miedos de esta
-clase son de los que no se vencen con la costumbre de sentirlos. Pedro
-Juan y su padre conocían aquel trayecto, que habían recorrido cien
-veces, lo mismo á pleno sol que entre tinieblas, como los caminos de su
-barrio; y, sin embargo, nunca le pasaban de noche, hacia la mar, sin
-verse dominados por aquel sentimiento que no tenían ellos por medroso,
-y que en el fondo lo era. Distingo el viaje «_hacia la mar_,» porque
-cuando, de vuelta de ella, recorrían el mismo esófago negro, sin ser
-mucho más locuaces se sentían más animosos; lo cual prueba que si el
-paso es triste é imponente de noche por sí mismo, lo es todavía en más
-alto grado como camino de una región mucho más pavorosa y de mayores
-riesgos de muerte.
-
-Volviendo al asunto y dejando á un lado enojosas filosofías, digo
-que remando sin cesar los dos hombres y adelantando la barquía entre
-espesas tinieblas y fantásticos ruidos, llegaba á percibirse el de la
-mar, que, por dormida que esté, siempre sueña lo bastante recio sobre
-los duros cabezales de la costa, para que la sientan los más torpes
-de oído, durante el silencio y la quietud de la noche. El espacio se
-iba también ensanchando, aunque no aclarándose, delante de la pobre
-embarcación; comenzaba ésta, que hasta entonces se había deslizado
-como por encima de un cristal, á cabecear lentamente; avanzaba
-otro buen tramo; se acentuaban más los ruidos de la mar y también
-los cabeceos; aparecía por la proa, á la vista de los remeros, la
-masa de espesas sombras interrumpida en un espacio que para un ojo
-inexperto se abarcaba con los brazos extendidos... y aquel espacio
-era la barra, la boca del puerto; se bogaba un poco más; descubríanse
-la cabeza y rezaban fervorosamente un _credo_ el Lebrato y su hijo;
-y como conocían aquella puerta tenebrosa lo mismo que la puerta de
-su casa, la enfilaban diestramente... y ya estaban en la mar: una
-línea negra, negrísima hacia tierra: la costa; y otra enfrente, pero
-lejos, muy lejos, un poco más fina y algo más clara: el horizonte. En
-derredor de la barquía, un breve espacio ondulante y con intermitencias
-fosforescentes.
-
-En medio de esta obscuridad, había que buscar en las peñas de la
-costa ciertas cuevas que deja al descubierto la marea cuando baja;
-y no habían de ser las primeras que se descubrieran á la casualidad
-acercándose á los peñascos, sino las cuevas tales y cuales; porque el
-pescado en cuya busca iban el Lebrato y su hijo á aquellas horas, tiene
-sus preferencias de refugio, muy marcadas, y sólo en esos refugios, y
-no en otros muy parecidos, hay que buscarle.
-
-Los pescadores los conocían perfectamente, y los tenían bien
-registrados uno por uno en la memoria; y aunque á obscuras, ó casi
-casi, sin titubear un instante, iban explorándolos todos, atracando la
-barquía hasta la misma boca de la sima, ó, cuando menos, á la peña en
-que estuviere. Una vez allí, se hundía en el pozo, que había dejado
-lleno la marea, un palo, de la largura necesaria para alcanzar hasta
-el fondo con un anzuelo que llevaba á la punta, fijo en un _reñal_
-muy corto; y si había anguilo adentro, es decir, congrio pequeño, iba
-al cebo traidor, le mordía y fuera con él. Y para todo esto, mucho
-silencio y ni chispa de claridad. Si el estado de la mar no permitía
-acercar la embarcación á la costa, se apartaba de ella cosa de una
-milla, y se probaba fortuna calando allí un aparejo de cordel, de
-muchas brazas. Pero siempre á obscuras. Si no se trababa congrio, se
-trababa un durdo regular, ó una mojarra de buen tamaño; y allá salía la
-cuenta, cuando mordían; porque si daban en no morder, ni mojarra, ni
-durdo, ni anguilo, ni nada; y noche y trabajo perdidos.
-
-Y esto al comenzar la temporada de otoño, que, si venía noble, era
-un verano que daba gusto; pero en la de primavera (la mejor de las
-dos para el anguilo, por la abundancia y por la clase), con sus
-destemplanzas repentinas, con la crudeza de sus borrascas... ¡ya te
-quiero un cuento! ¡Qué noches había pasado el Lebrato en esas rudas
-campañas! ¡Qué riesgos había corrido, y de qué apuros le había sacado
-la divina Providencia!
-
-Porque es de saberse que antes de tener un hijo, primero muchacho
-animoso y decidido, y después mozo robusto y fuerte, hacía él solo la
-tarea de los dos; solo se iba en su barquía, y solo se pasaba en la mar
-la mayor parte de la noche, registrando cuevas con el palo, ó calando
-el aparejo á larga distancia de la costa; solo iba también de día á la
-dorada, al barbo, ó á la lobina grande; y lo mismo le daba quedarse de
-la barra para dentro, si mordía algo de á cuanto, que salir de la barra
-para fuera en caso contrario. No tenían cuenta sus zambullidas en la
-mar, por _desborregarse_ á obscuras entre las rocas; pasaban de seis
-sus embestidas á la barra, á media vela y á la desesperada, por haberle
-sorprendido otros tantos temporales afuera; y en ninguno de éstos ni
-de otros lances parecidos, llegó á faltarle la serenidad, ni se marcó
-en su frente una arruga más de las que de ordinario tenía. Por dentro
-le andaría la procesión; pero sutil había de ser de ojo el que se la
-descubriera mirándole de arriba á abajo.
-
-Sólo una vez en su vida, confesado por él, llegó, no á perder la
-serenidad, sino á tener miedo y á sentir que le temblaban las carnes,
-y no de frío. Fué aquél un lance espantoso, y aconteció tres años
-antes de la ocasión en que el lector tuvo el gusto de conocerle. Le
-acompañaba Pedro Juan aquella noche terrible; y á la pena que le
-daba el considerar el peligro que estaba corriendo su hijo, atribuía
-él mucha parte de la angustia que le andaba por adentro. Las cuevas
-estaban dando «su buen por qué» en aquella campaña de primavera, y
-la tentación de la ganancia segura cegaba demasiado el buen ojo del
-Lebrato para distinguir tiempos de tiempos. Los que entonces reinaban,
-pecaban más de crudos que de bonancibles, y lo que era peor, pecaban
-de _locos_. Tan pronto dormían como danzaban. Ello fué que aquella
-noche habló Pedro Juan cerca de la barra, para decirle que sería mejor
-volverse desde allí, porque no le gustaba el _rute_ de la mar, y la
-noche era negra como boca de lobo; pero el Lebrato, echando á broma el
-asunto con su jovialidad de carácter, «Jala pa lante—le contestó,—que
-piores las hemos corrío.»—Y el barquichuelo salió á la mar, que aunque
-no rompía en la costa, tenía «los demonios adentro,» en concepto
-de Pedro Juan. En el de su padre, la barquía podía atracarse á las
-cuevas, sin pizca de riesgo; y se atracó á la primera. Era la bajamar
-muy honda, porque las mareas eran vivas, y la cueva había quedado,
-aunque no muy alta, lo suficiente para que no se pudiera maniobrar
-en el pozo desde la barquía. Saltaron los dos al peñasco, en una de
-cuyas grietas atascó el Josco el rizón del barquichuelo para dejarle
-amarrado. Se registró bien la cueva con los palos, y prendieron dos
-congrios; y como la mina no daba más, pasaron á la inmediata: cosa
-de diez ó doce brazas más al Este, y cuestión de pisar firme y con
-los pies descalzos en las puntas salientes de abajo, y de ayudarse,
-cuando se podía, en las de arriba con las manos. El escabroso camino
-era curvo además, en sentido horizontal, y la cueva se hallaba en un
-esconce del gran peñasco, y, como si dijéramos, á espaldas de la otra.
-Bregando allí largo rato, porque la cueva, como aseguraba Juan Pedro,
-«lo tenía, pero no quería darlo,» Pedro Juan notó que el _rute_ de
-la mar iba creciendo á lo lejos; que la resaca batía más que antes
-debajo de sus pies, y pensó, muy cuerdamente, que cuando tal ocurría
-en aquel rincón al socaire, peor debía de andar la cosa hacia la otra
-cueva, que tenía la cara al vendaval. Debió de caer el Lebrato en las
-mismas aprensiones que su hijo, y al mismo tiempo; porque suspendió de
-pronto los tanteos que hacía en el pozo, y dijo á Pedro Juan: «Vámonos
-pa la barquía, y á escape.» Se vieron mal, muy mal, para llegar hasta
-allá, porque rompía ya la mar en los desquiciados peñascones que les
-servían de camino; el aire, cargado de lluvia, arreciaba por instantes;
-la obscuridad, aunque pareciera imposible, se había ennegrecido más
-todavía, y á aquel sendero le faltaba bastante para ser un camino
-real. El primero que llegó fué el Lebrato; pero el anuncio de su
-llegada á Pedro Juan fué una exclamación, de tal sonido, que heló la
-sangre en las venas del valiente mozo. La mar había hecho astillas
-ó se había llevado la barquía, porque allí no quedaba más señal de
-ella que el rizón atascado en la grieta del peñasco. No podía darse
-situación más desamparada y pavorosa que aquélla, para dos hombres,
-por valientes que fueran, como lo eran ellos. La marea comenzando á
-subir; la mar embraveciéndose por momentos; el viento y la lluvia
-arreciando; las asperezas de dos rocas puntiagudas, para apoyar los
-pies desnudos; el brocal, digámoslo así, del pozo aquél, ó para mayor
-exactitud de la comparación, la mandíbula inferior de aquella boca
-abierta, para sentarse y economizar algo las fuerzas y aguantar mejor
-las salpicaduras de la rompiente y los embates del viento... y eso,
-solamente hasta que la mar, que subía, los echara de allí, ó se los
-tragara, que era lo más probable, lo casi seguro. Porque ¿en dónde
-hallaban otro refugio, si detrás de ellos no había más que un peñasco
-altísimo, y aunque no enteramente á plomo ni limpio de hendiduras y
-asperezas, bien marcadas en la memoria del Lebrato, se necesitaban la
-agilidad y la ligereza del mono y toda la luz y la calma de un mediodía
-de julio, para intentar, con un poco de fe en el buen éxito, una
-escapada por allí? ¡Cómo intentar ellos ese milagro, entre tinieblas
-espesas, azotados por la lluvia y el viento, viejo y débil ya el uno, y
-mal conocedor del horrible camino el otro?
-
-Pues le intentaron, por no tener más remedio.
-
-—Tú eres hombre de fe, Pedro Juan, hijo mío—comenzó por decirle su
-padre, después de meditar un poco sobre la situación en que los dos se
-hallaban, con aquella serenidad de espíritu jamás turbada.—Pues porque
-lo eres, quiero que te agarres á ella, como yo me agarro á la mía, pa
-sacar fuerzas de onde no tenemos las bastantes pa salir de este apuro
-por el único camino que hay. Podremos llegar ú no llegar á puerto.
-Si me hallara solo, puede que pensara que no; pero la pena que me da
-verte tan mozo y tan noble... y por sola la culpa mía en este riesgo
-tan grande, me deja muchas esperanzas de que hemos de llegar. De toas
-suertes, hay que escoger entre tomar ese camino ó dejarse tragar aquí
-por la marea brava, como montón de _zaramá_... y no es de duda el caso,
-á mi modo de ver.
-
-Explicóle en seguida su proyecto, con cuantas señas pudo darle del
-camino; oyóle Pedro Juan, que no chistaba ni se movía, como si fuera un
-pedazo más de aquella roca; aprobó la idea con una sacudida del cuerpo,
-que quería significar «ya estamos andando;» y volvió á decirle su padre:
-
-—Así me gustan los hombres, Pedro Juan: en los apuros gordos, poca
-palabra y mucho corazón... Vamos parriba, hijo mío, cuanto primero...
-Yo voy delante de tí, porque conozco mejor la escalera: onde yo pise y
-me agarre, pisa y agárrate tú, si es que lo ves en noche tan oscura.
-Por si acaso no, vente bien cercuca de mí... Y oye tamién: pa que el
-camino te resulte más entretenío, y hasta más llano, vete rezando de
-corazón y ajustando de memoria las cuentas pendientes que puedas tener
-allá arriba, que no serán grandes, á mi ver; y por sí ó por no, y por
-si nos quedamos á medio camino, pídele á Dios que te eche este trabajo
-en el platillo de los méritos; y puede que con ello solo te resulte lo
-bastante pa saldar en ganancias al finiquito... Pero, al mesmo tiempo,
-no dejes de agarrarte bien á la peña. Así lo pienso yo hacer, y démonos
-un abrazo por lo que pueda ocurrir...
-
-Abrazáronse, y concluyó el animoso Lebrato:
-
-—Ahora ¡á ello, y que el Señor nos ampare!
-
-Y empezó aquella ascensión tremenda, inverosímil, en que cada paso de
-avance, á tientas, bajo la fría cellisca que á la vez que entumecía
-los miembros de los dos infelices, hacía más resbaladizo el peñasco,
-les costaba minutos de reflexión y nuevos pasos de retroceso, ó hacia
-los lados para tomar nuevo rumbo, mugiendo el abismo á sus pies y
-no viendo por delante otra cosa que la negrura de la mole que iban
-escalando y parecía no tener fin. La gran esperanza del Lebrato estaba
-en llegar á una ancha grieta que debía de haber en el último tercio
-del peñasco, más tendida que las que iban siguiendo á gatas. Allí se
-podría tomar un respiro, y acaso esperar á que amaneciera el nuevo
-día; pero las fuerzas iban faltándole, le sangraban las manos y los
-pies despellejados por los dientes de la peña, y temía á cada instante
-desalentar á su hijo con el ejemplo de sus desfallecimientos. Con
-las fuerzas de su abnegación de padre, más que con las de su cuerpo
-desmayado, avanzó otro poco; pero con tan mala suerte, que se le
-resbalaron los pies; y á no encontrar inmediatamente apoyo en la cabeza
-de Pedro Juan, que le seguía muy de cerca, tras de los pies hubiera ido
-el Lebrato entero y verdadero sin parar hasta el abismo, que seguía
-bramando á más y mejor.
-
-Conoció el Josco de dónde venía el golpe, y dijo al sentirle, con igual
-frescura que si hablara en la socarreña de su casa, bien descansado y á
-_subio_:
-
-—¡Ya podía avisar, coles!
-
-—¡No te amilanes por eso, hijo del alma!—le gritó el padre.—Fué que se
-me desborregaron los pies. Tú tente firme, que á mí, ánimos y fuerzas
-me sobran, gracias á Dios.
-
-—Pos mire—replicó Pedro Juan, agarrado como una lapa y haciendo
-equilibrios con las piernas de su padre sobre la cabeza;—por si güelve
-á suceder, mejor será una cosa: si usté se compromete á guiar, yo me
-comprometo á subile de este modo, y mejor si me pone una pata en cá
-hombral.
-
-—¡Eso es!—dijo el de arriba como espantado de la ocurrencia del de
-abajo.—Pa que te despeñes primero, y sólo por sacarme avante á mí.
-
-—Y no se haría más que lo debido... Pero no hay miedo de ello, padre.
-Yo estoy lo mesmo que cuando escomencé á subir, y usté no pesa más que
-una pluma. ¡Arriba, padre!
-
-Y así hubo que hacerlo; y así llegaron los dos, en una pieza, hasta
-donde quería llegar el Lebrato por de pronto. Incómodo, terrible era
-aquello también; pero aunque mal, se pudo tomar allí un respiro. Según
-la cuenta del Lebrato, faltarían sobre cinco ó seis varas para llegar á
-los matos de arriba.
-
-—Eso no es ná—dijo entonces el Josco,—si hay onde jincar las uñas y
-afirmar un poco los pies.
-
-—No falta de ello—respondió su padre.—Pero ¿no sería mejor aguantase
-aquí, como pudiéramos, hasta que amanezca Dios? Esto de ver por ónde se
-anda...
-
-—Dios—dijo el Josco,—no puede habernos dejao llegar hasta aquí, por
-sólo el gusto de que nos despeñemos de tan alto. Pudo haber acabao con
-nusotros mucho antes, y no acabó. Á más á más, yo no sé si, viéndolo
-de día, me aguantará la cabeza lo que debe de verse dende aquí hasta
-abajo... ¡Arriba, padre!
-
-Cómo, yo no lo sé ni ellos lo supieron bien jamás; pero ello fué que
-subieron: rotos, desollados, empapados en agua y ateridos de frío,
-eso sí; pero subieron. Y para que su buena fortuna fuera completa, al
-otro día apareció la barquía entre dos aguas y metida por la marea, en
-la playa de San Martín. Rota y bien machacada estaba del costado de
-estribor; pero todo ello fué cuestión de cuatro tablucas más sobre los
-muchos remiendos que ya tenía; y á la mar otra vez con sus dueños, como
-si nada hubiera pasado aquella noche.
-
-Así, y por el estilo, se ganaba ordinariamente la puchera el bueno de
-Juan Pedro, el Lebrato; y tan alegre y campante como si no hubiere
-vidas más regalonas en el mundo.
-
-Por eso dije, y repito ahora, que la campaña que emprendió en
-septiembre con los fines que conocemos, fué toda ella coser y cantar; y
-tan placentera llegó á ser en la parte dedicada á la pesca de día, por
-lo bonancible del tiempo y lo socorrido del trabajo, que Juan Pedro se
-lo advirtió al señor cura, sabiendo lo mucho que á este santo varón le
-gustaban aquellos recreos de vez en cuando. Y don Alejo, que no deseaba
-otra cosa, echó cuatro ó cinco canas á la mar, que le rejuvenecieron
-otros tantos años.
-
-Se divertían mucho con él el Lebrato y Pedro Juan; porque, tras de ser
-sumamente entendido en el oficio, y de haber hecho grandes valentías
-ejerciéndole por entretenimiento en su mocedad, era hombre de buenas
-ocurrencias, y sabía enjaretarles los consejos y los «pedriques» de tal
-modo, y tan á la llana y entendibles, que «se les metían ellos solos
-hasta adentro.»
-
-¡Bueno se le echó á Pedro Juan, entre calada y calada á las porredanas
-y al durdo, á media milla de la costa, la antevíspera de leerle la
-última proclama de su casamiento! ¡Y bien que le supo al mocetón, no
-sólo por el valor del «pedrique en sí,» sino por las alabanzas á Pilara
-en que se le dieron envuelto!
-
-Al desembarcar aquel día junto al corral mismo del Lebrato, porque la
-marea lo consintió, despidióse don Alejo en estos términos:
-
-—Si el tiempo lo permite, todavía he de echar otra canita á la mar en
-la primera salida que hagáis después que Pedro Juan se case.
-
-Y luégo, volviéndose hacia su padre, añadió:
-
-—Te digo que no puedo echar de la memoria lo que me has contado de
-aquel viaje del Berrugo. Pero ¿qué demonio iría buscando ese hombre
-por allí? ¿Será capaz de haber tomado en serio lo de?... ¡Ave María
-Purísima!
-
-Á todo esto, el Josco tenía ya su vestido de arriba abajo, sus
-borceguíes con clavillos, su sombrero hongo y sus dos camisas de
-repuesto: todo ello nuevo, flamante; y además tenía la promesa de su
-cuñado, de prestarle la capa para la ceremonia. Se había invertido
-un celemín de cal viva en blanquear lo que debía blanquearse de la
-casa, y el Lebrato tenía ya preparados el mortero y las baldosas para
-sentarlas en el llar de la cocina y dejarle como nuevo. Y con esto,
-y con estar apalabrado para padrino el médico don Elías, invitado á
-ello por el Lebrato, que quería dar digna pareja á la madrina escogida
-por la novia; y por haber ésta mandado ya abajo la cama con sus ropas
-correspondientes, y la caldera y las sillas; y estando corridas las
-tres proclamas... y en fin, todo listo y corriente, pusiéronse de
-acuerdo con el cura los de arriba y los de abajo; y un sábado, el
-último sábado de septiembre, con un sol esplendoroso en las alturas y
-mucho rocío en el suelo; las panojas curándose en las mieses; el pelo
-de la _toñá_ apuntando en las praderas; los graneros muy vacíos y los
-pajares abarrotados; las vacas para llegar del puerto y las gentes muy
-desocupadas; Inés triste todavía; el de Nubloso en enigma; el Berrugo
-muy inquieto; Marcones desesperado en Lumiacos; la Galusa hecha una
-serpiente; don Elías conmovido y vidrioso con el gran suceso de su
-padrinazgo y la boda subsiguiente; don Alejo cavilando todavía en el
-caso del Berrugo, y no poco en su conversación con Inés, unos días
-antes, en el portal de la iglesia; Quilino carcomiéndose vivo, y el
-mundo entero, impasible y descuidado, dando volteretas por los aires;
-un sábado, repito, de esta traza, y el último de septiembre, casáronse
-Pedro Juan y Pilarona, sin que en la ceremonia ocurriera cosa que el
-lector no presuma, con excepción de una sola; y fué que al preguntar
-don Alejo al novio si quería por esposa á Pilara, respondió mirándole
-con gran extrañeza:
-
-—¡Pos no he de quererla, coles? Eso bien lo sabe ella. Y usté tamién.
-
-La boda se celebró en casa de Pilara; y allá asistió todo el cortejo de
-la iglesia, menos Inés, que se excusó por no sentirse bien de salud, y
-creo que era cierta la excusa.
-
-Don Elías fué, durante el festín, un cepillo de nervios electrizados.
-Repitió la historia de sus quebrantos de fortuna; sostuvo la realidad
-de las apariciones y la existencia corporal de las brujas; y ya iba á
-referir el lance de la linterna, cuando entró don Alejo, que había
-prometido darse por allí una vuelta á última hora, y esto le contuvo.
-Pero, en cambio, habló el cura con él, cuando se marcharon los dos
-solos, del viaje del Berrugo á la mar, con sus investigaciones acerca
-de la cueva del Pirata; y no sé quién se quedó más asombrado, si don
-Elías cuando oyó esto, enlazándolo en seguida, por detalles y por
-fecha, con lo ocurrido en su visita á don Baltasar, ó don Alejo cuando
-el médico, espeluznado, le contó lo que en ella había pasado entre los
-dos.
-
-—¡Locos, locos de atar entrambos!—exclamaba para sí don Alejo en cuanto
-se separó de don Elías.
-
-Y casi al mismo tiempo iba pensando éste:
-
-—No hay duda: el indecente ese cogió la pista que yo le dí, y anda
-detrás del tesoro. ¡Tendría que ver que yo se le pusiera en la mano!
-
-De estos pensamientos le apartó Quilino, que se cruzaba con él en la
-calleja. Dejó en seguida el médico lo uno por lo otro, como lo tenía
-de costumbre; y parándose con él, le dijo con apariencias de broma,
-pero yo creo que con toda seriedad, aludiendo al casamiento de Pilara,
-después de darle la noticia de que él había sido padrino:
-
-—Un cuidado menos para tí, hombre.
-
-—¡Un cuidao pa mí eso?—respondió Quilino despreciativamente;—¿cuándo lo
-fué ello, recongrio?
-
-—Pues bien te consumías y despatarrabas por ella poco hace,—replicó don
-Elías.
-
-—¿Por ella yo, congrio; por ella!—insistió Quilino con la risa del
-conejo.—Era tó ello pura pamema, señor don Elías: pura pamema. ¿Pa qué
-quería yo ese telarón, recongrio?... Sólo que yo tenía con el Josco
-ciertos piques, y le tomaba por ese lao... Por eso me alegro de lo que
-acaba de ocorrir esta mañana... ¡me alegro, congrio!; porque acabá de
-una vez la desculpa que yo tenía pa lo otro, sacabó lo demás... Créame
-usté, don Elías; ¡créame usté, recongrio! ¡ese hombre y yo, tal y como
-estaban las cosas antes, no cogíamos vivos en el mundo! ¡no cogíamos,
-recongrio!
-
-Y se fué sin decir más, y en el momento en que don Elías iba á
-preguntarle por el estado de sus relaciones con el Pinto de Los
-Castrucos, después de la castaña del día de San Roque por la tarde.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXVII
-
-LUZ Y TINIEBLAS
-
-
-Lo que tenía que suceder, sucedió. Tomás Quicanes llegó un día, el
-cuarto después de la boda de Pilara, á la casona de Robleces. Aquella
-visita era la segunda que hacía á Inés desde que ésta había hablado
-con don Alejo en el portal de la iglesia: salía la pobre enamorada á
-visita por semana. ¡Bien se las iba escatimando el muy desagradecido!
-Desagradecido precisamente, no; porque si en lo del misterio seguía tan
-reservado como la primera vez, en lo demás bien dulce, bien expresivo
-y bien amoroso se mostraba con ella; pero por aquellas inquietudes,
-por aquel disgusto continuo tan mal disimulado, por aquellas extrañas
-comezones, y últimamente por aquellas largas ausencias, testimonios
-visibles de una conciencia intranquila y recelosa, que no eran cosa
-buena, algún nombre malo merecía.
-
-De esta traza fueron los pensamientos de Inés, cuando aquel día vió
-entrar en la corralada al hombre que tan buenos y tan malos ratos la
-hacía pasar. Le pareció más desmejorado que la última vez que le había
-visto; pero, en cambio, notó que venía con aire más resuelto.
-
-Por si esto era señal de traer algo nuevo que decirla, le esperó en la
-solana. Y á la solana se encaminó él derechamente, como si fuera cosa
-convenida entre los dos.
-
-Realmente estaba algo desencajado de semblante, parecía muy animoso y
-decidido; mas no para cosa buena, porque su mirar, aunque valiente, era
-triste; y en su voz, de ordinario tan sonora y agradable, había notas
-ásperas y desacordes.
-
-Sentáronse los dos, y él habló poco, lo menos que pudo, de cosas sin
-importancia para ninguno de ellos. En seguida dijo á Inés, abordando,
-como de un salto á ojos cerrados, la conversación que iba dispuesto á
-entablar con ella:
-
-—No necesito preguntarte, porque demasiado á la vista está, lo que te
-dará que pensar y que sufrir la extraña conducta que observo contigo,
-desde que en este mismo sitio que ocupamos ahora, al confiarte los
-sentimientos que, como por encanto, me habías infundido, me descubriste
-el fondo de tu alma candorosa y noble, donde me ví ocupando un lugar
-que yo no merecía. Sobre esto quiero y necesito hablarte, y á eso
-vengo hoy.
-
-Sintió Inés un hormigueo, frío y cosquilloso al mismo tiempo, que
-de pronto la invadió de pies á cabeza. Aquello que se la decía era
-lo mismo que coger la punta del velo para levantarle en seguida y
-descubrir el misterio mortificador. El temor á la verdad, tras de
-aquellos preliminares tan sospechosos, comenzaba á espantarla.
-
-Conocióselo el indiano, que no apartaba sus ojos de los de ella; y
-por martirizarla menos con preparativos ociosos y con atenuaciones
-inútiles, de otro salto, más á ciegas aún que el anterior, se coló
-dentro del asunto.
-
-—Escúchame, Inés—la dijo;—y después que me hayas oído, escúpeme,
-apedréame, arrójame de tu casa, maldíceme... Todo menos esta violencia
-bochornosa en que vivo, y las angustias que te hago pasar á tí... He
-estado engañándote inicuamente.
-
-—¡Virgen María!—exclamó al oirlo la candorosa Inés, pálida como la
-cera, sin voz apenas y temblando como una hoja.
-
-—Te juro—continuó el otro, resuelto á todo ya,—que si hubiera robado
-ó matado, me costaría menos violencia, en este mismo caso, confesarte
-esos crímenes, que decirte lo que soy en verdad y lo que he hecho.
-
-Inés, en un impulso instintivo de repugnancia, apartó su silla un buen
-trecho de la que ocupaba el indiano, y al mismo tiempo le preguntó,
-mirándole con el asombro y el miedo pintados en sus ojos:
-
-—Pero ¿quién eres entonces?... ¿De dónde has venido?
-
-—Es cierto—la respondió el interpelado, sin quejarse de aquellas
-manifestaciones de Inés,—que soy Tomás Quicanes, el pobre muchacho de
-Nubloso embarcado de limosna para América, por su tío el Mayorazgo de
-Robleces, con el cual viví mucho tiempo en esta misma casa; cierto lo
-que os conté de mis afanes de veinte años para adquirir dos caudales,
-el uno de dinero y el otro de instrucción y de cultura; cierto lo de
-mis viajes, unas veces por la pasión de viajar, y otras por parecerme
-que la conveniencia de mis negocios me lo pedía; cierto, certísimo,
-Inés, que lo mismo en la quietud de mi casa que viajando, no se
-apartaba de mi memoria el dulce recuerdo de la patria querida, con sus
-campos fragantes y sus montañas altivas, sus risueñas aldeas y sus
-huertucos floridos; ciertas las impresiones conmovedoras que os dije
-haber sentido al despertárseme los recuerdos de mi niñez en la iglesia
-de Robleces y bajo los techos de esta casa; ciertas también las ansias
-que te pinté, de mi corazón, libre hasta entonces, como el aire y la
-luz que nos envuelven ahora, por llenar en esta suspirada tierra el
-vacío que no llenó en otras muy lejanas; y cierto, en fin, el juramento
-que te hice aquí mismo, y ahora quiero repetirte, poniendo otra vez
-por testigo á Dios, de haber llenado tú sola ese vacío... Todo esto es
-cierto, Inés.
-
-—Pues si todo eso es cierto—exclamó Inés, que escuchaba anhelante y
-parecía ir reviviendo á medida que el otro hablaba,—¿cuál es el pecado
-por que mereces que yo te apedree?
-
-—Pero yo vine á este pueblo...—añadió Tomás Quicanes, pidiendo á Inés
-con un ademán y una mirada suplicante, que le permitiera continuar;—yo
-vine á este pueblo y me presenté en esta casa haciendo una ostentación
-ridícula... infame, de una riqueza que no tenía, que no tengo... Y en
-esto engañé al pueblo entero, lo que es una bambollada jandalesca é
-imperdonable; á tu padre, y esto ya es una maldad; y á tí, sobre todo,
-Inés; á tí, que si eres incapaz de haberme querido pensando en los
-caudales con que me suponías, en cambio es imposible que puedas mirar
-con buenos ojos al hombre que se mete en el pueblo y en tu casa por la
-puerta de un embuste semejante.
-
-Se engañaba grandemente el indiano _engañador_ en el supuesto; porque
-Inés, apenas cesó él de hablar, arrastrando un poco la silla hacia
-la otra, y revelando en lo animoso de su mirada el peso que se le iba
-quitando del corazón, le dijo:
-
-—¡Y ese es el pecado por que merecías ser escupido y apedreado por mí?
-
-—Déjame llegar más adelante con la cruz—respondió el otro sonriendo muy
-forzadamente.—Si sólo se tratara aquí de un juego más ó menos lícito y
-corriente, con decirte eso solo, ó con no decirte palabra y no volver
-á poner los pies en esta casa, hubiera yo salido del apuro; pero yo
-tengo puesto en este lance algo más que el empeño vanidoso, ya logrado,
-de llegar á oir de una boca como la tuya que soy amado de mujer que
-tanto vale; y no pudiendo callar, ni huir, ni continuar adelante en
-esta actitud insostenible, al confesarte el delito necesito exponerte
-también sus circunstancias, para que no caigas en la sospecha de que
-trato de engañarte con otra farsa mayor y más abominable.
-
-Se nubló un poquito con esto la naciente alegría de Inés, pero no
-decayeron sus buenos ánimos. El otro continuó de esta manera:
-
-—Me ví en América, á la edad que tengo, es decir, en el descenso ya de
-la juventud, desalentado para los negocios y sin esperanzas de hacerme
-rico por aquel camino. Con haber ganado mucho y bien honradamente, y
-sin un solo vicio dispendioso de que tenga que arrepentirme, cuando
-más aborrecibles se me hicieron aquel trabajo y aquel clima y aquellas
-costumbres, y con mayores fuerzas me tiraba la pasión de la patria
-nativa, me hallé con un puñado de oro por todo caudal ahorrado: lo
-preciso para vivir aquí cuatro ó seis años de caballero pudiente,
-después de hacer una excursión de despedida por determinados países
-de Europa. No sé si pasó por mi imaginación la posibilidad, bien
-acariciada y entrevista, de un casamiento ventajoso por acá, ó si
-fué sólo una idea volandera que cayó en el platillo de los cálculos
-risueños que yo me hacía, como contrapeso para inclinar la balanza
-del lado de mis preferencias. El hecho es que liquidé mis negocios;
-que tomé el puñado de oro de mis únicas ganancias positivas; que vine
-á España con los rodeos proyectados allá, y que llegué á Nubloso
-en la ocasión que os referí. Apenas hube llegado, oí hablar de los
-caudales de tu padre, de ciertas _cosas_ suyas, y de tus hermosas
-prendas personales... Y aquí entra lo negro y lo hediondo del asunto:
-oyendo estos relatos, tentóme el demonio; un demonio especial que debe
-de haber, tentador de la canalla y de los hombres que se hallan muy
-propensos á encanallarse; tentóme, digo, un demonio así; y pensada
-y deliberadamente, á ciencia y conciencia de lo que hacía, me vestí
-de indiano de pacotilla, rico y estrepitoso; me llené de batista
-almidonada, de colgajos y relumbrones, de paños finos y relucientes, y
-de perfumes de mucho alcance; y eligiendo, premeditadamente también, el
-día del santo patrono de este pueblo y el presbiterio de la iglesia,
-para que siendo el concurso más abundante resultara la exhibición más
-señalada, vine y plantéme donde me viste, en la persuasión bien fundada
-de que, entre estas gentes sencillas, cuanto mayor fuera mi estruendo,
-mayor sería su admiración... y la tuya por consiguiente. Y perdóname
-el agravio que entonces te inferí con el supuesto, por no tener cabal
-idea de lo que eres. Que no faltarías á la misa en fiesta tan solemne,
-no podía dudarlo yo, ni tampoco que me sería fácil hallarte con los
-ojos entre un concurso de toscos labradores, para ayudar con la mirada
-á la obra que yo me prometía de mi equipaje ostentoso. De manera,
-Inés, que persiguiendo estos fines innobles, me planté aquel día en
-el altar mayor, y sacaba el reló tan á menudo, y me movía de manera
-que brillaran en todo su esplendor las tapas y la cadena de oro, y
-las piedras de mis anillos y botones, y te miraba á cada instante
-después que te descubrí entre la muchedumbre; farsa fué igualmente mi
-inmediata visita á vosotros, en la que, de propio intento también,
-estuve estrepitosamente locuaz y charramente cortés: farsa, y farsa
-innoble y grosera, la del pretexto que alegué de la compra de la casa,
-para tener por mucho tiempo abiertas las puertas de ella; farsa ciertas
-exageraciones de efecto en la relación que hice en la mesa, de mis
-viajes; farsa, y farsa no ya grosera, sino infame, las insinuaciones
-pérfidas sobre capitales míos depositados en los más famosos bancos del
-mundo; y farsa sostenida ya á aquellas horas, no sólo por el propósito
-concebido en Nubloso, sino por el estímulo de tu belleza, que me estaba
-llamando grandemente la atención.
-
-Hablando contigo en la romería por la tarde, este interés fué creciendo
-extraordinariamente; y cuando tratamos del caso del huertuco pobre y
-la rosa colorada, y, sobre todo, cuando vine á continuarle aquí, ya no
-podía decidir yo si me empujaba el empeño de triunfar en la innoble
-empresa acometida, ó la curiosidad desinteresada de ver lo que se
-descubría escarbando en tus pensamientos. Pero aún no me remordía la
-conciencia; aún me tenía cegado el demonio para que no viera lo bajo
-y lo abominable del empeño en que estaba metido. Esto me lo reservaba
-Dios para que lo sintiera de un golpe súbito y tremendo, en el instante
-en que, después de aclararte yo aquí, en este mismo sitio, á tu lado,
-contemplándote y sintiéndote y observándote á mi gusto, sensación por
-sensación y latido por latido, lo que te faltaba conocer del cuento
-comenzado en la romería, ví tu alma, cándida y pura como los ampos de
-la nieve. Ese fué el espejo, Inés, que Dios me puso delante de los ojos
-para que se reflejara en él cuanto había de miserable en mi proceder
-de canalla. Y tanto me avergonzó el espectáculo, que, te lo juro, en
-aquel instante deseaba haberme equivocado en lo que había leído en
-el elocuente silencio con que me respondiste. Me hubiera dolido el
-desengaño; pero era mucho más doloroso lo que temía y ha sucedido ya:
-que á medida que fuera conociéndote, había de ir avivándose mi llama
-y cerrándose la salida del conflicto en que me veo. Vil y atormentado
-callando, aunque posible me fuera callar, y despreciable á tus ojos
-refiriéndote abochornado lo que me acabas de oir... Porque, por más
-vueltas que á mi pecado se dé, no hay modo de tapar lo que tiene de
-canallesco, de ridículo, de chocarrero y de mal gusto... En fin, que me
-parece menos aborrecible que yo, el hombre que da á otro una puñalada
-para robarle una onza. Aquí, cuando menos, hay el mérito de arriesgar
-la vida.
-
-Otra equivocación de juicio de Tomás Quicanes: Inés, en lugar de
-apedrearle y de escupirle después de escucharle el relato, se rió de él
-con las mejores ganas.
-
-—¡Y por esa bobería—exclamó al mismo tiempo, llena su hermosa faz de
-regocijo,—me has hecho pasar lo que yo he estado pasando!
-
-—¡Bobería?—repitió el otro, asombrado.
-
-—Bobería, sí—insistió Inés.—¿Qué quieres! Cada uno tiene su modo de ver
-las cosas: yo veo esas tuyas así.
-
-—No es posible, Inés—replicó el otro, no muy satisfecho con aquellas
-anchuras de manga en puntos tan delicados, á su entender.—No es posible
-que con tu buen entendimiento desconozcas...
-
-—Yo no sé—le interrumpió Inés muy decidida,—si mi entendimiento es
-bueno ó es malo: lo que sé es que, arreglando acá dentro, á mi modo,
-todas esas cosas que me has contado, no solamente te las perdono, sino
-que hasta me alegro de que hayan sucedido.
-
-—¡De que hayan sucedido?
-
-—Sí. ¿Pues no es el apuro en que te has visto la mejor señal del chasco
-que te llevaste en la burla que querías hacer de mí? ¿No fué chasco el
-parecerte, cuando menos lo esperabas, que valía yo, por mí sola, mucho
-más que el dinero que tenía? ¿No te remordió entonces la conciencia
-por haber querido engañarme? Pues ¿qué más puedo pedir yo para probar
-la buena ley de ese cariño que me tienes, ni cómo, después de haberte
-escuchado, puedo dejar de quererte... mucho más de lo que te quería?
-
-Quicanes recibía aquellas generosas declaraciones, como suave rocío
-que le refrigeraba la vida; pero esos refrigerantes tan gustosos, no
-alcanzaban con su benéfico influjo á la seca é inaccesible región de
-sus pensamientos, donde mandaba la lógica inexorable, con una altivez
-de gran señora. Se empeñó en demostrar á Inés, con nuevas razones, el
-sólido fundamento que tenían sus escrúpulos, ya incurables.
-
-—Si á escrúpulos fuéramos—llegó á decirle Inés de muy buen
-humor,—empezaría yo por pintarte los míos, y no acabaríamos nunca.
-
-—¡Escrúpulos tú!
-
-—Y allá va uno de muestra, y de la misma casta que otro tuyo—repuso
-Inés con gran donaire.—Me has creído rica, y tampoco lo soy. Á cada
-instante me lo está diciendo mi padre, que debe saberlo bien.
-
-—¡Ojalá fuera verdad eso, Inés!—exclamó arrebatado el de Nubloso.—Con
-lo que tengo, que es poco para vivir de caballero, habría lo suficiente
-para adquirir aquí la hacienda de un labrador acomodado... Esto lo
-resolvería todo, y me abriría una brecha en el encierro sin salida
-que...
-
-Y no dijo más; porque le cortó la palabra, y hasta la respiración, un
-tremendo golpetazo en el suelo, que hizo salir nubes de polvo por las
-rendijas de las tablas.
-
-Le había dado don Baltasar, que se apareció en la solana de repente,
-con el cabo de un rastrillón que llevaba en la mano derecha. Mientras
-con la izquierda hacía una señal de llamada á Tomás Quicanes, le dijo:
-
-—Una palabra, caballerito.
-
-Levantóse Quicanes al punto, y se acercó á don Baltasar que le
-introdujo en la sala. Inés, helada de susto y latiéndole el corazón
-aceleradamente, también se levantó, pero sin saber para qué.
-
-—He resuelto—dijo el Berrugo arrimándose mucho á Quicanes, pero de
-costado y sin mirarle á la cara,—no venderle á usted la casa; entre
-otras razones, por no ponerle en el negro apuro de no podérmela pagar.
-Y como este asunto era el único que había pendiente entre los dos, y
-aquí no puede haber otros asuntos que los míos, nada tiene usted ya
-que hacer aquí desde este instante y por todos los días de su vida...
-¿Queda usted enterado?
-
-El pobre Tomás Quicanes se ahogaba bajo el peso de aquel cinismo con
-que se le despedía, y sin atreverse á responder una palabra; porque,
-en el fondo, aquel hombre grosero tenía mucha razón para tratarle como
-le trataba. Intentó, no obstante, alegar algunas excusas.
-
-—Aquí no hay disculpas ni reflexiones que valgan—le interrumpió el
-Berrugo dando un rastrillazo en el suelo.—Á todo tirar, una sola: el
-comprobante, bien claro, de que tiene usted todos esos caudalazos
-que aparenta. ¿Le tiene usted?... Esa agachada de cabeza es la mejor
-confirmación de lo que yo me sabía... Pues lo dicho, y á la calle; y
-agradézcame que me conforme con esto poco y no le diga todo lo que
-siento, por considerar que no ha sido la culpa de usted solo.
-
-Y hablando y empujándole y sin querer oirle una palabra, le llevó hasta
-la escalera, desde donde volvió á la sala á todo andar. Inés, que lo
-había oído todo, se hallaba, temblando y descolorida, á la puerta del
-balcón.
-
-—Óyeme tú ahora, gatuca mansa—la dijo su padre llevándola de un brazo
-hasta el medio de la sala:—¿sabías tú que ese granuja no tiene sobre
-qué caerse muerto?
-
-—Cuando usted entró en el balcón—respondió tiritando Inés,—estábamos
-hablando de eso.
-
-—¿De que no tenía un cuarto?
-
-—De los pocos que tiene, y de los bochornos que ha pasado por querer
-aparentar otra cosa.
-
-—¡Y tenía desvergüenza para irte á tí con esas coplas? ¡Ah, tunante!
-¿De modo que tú le llenarías los oídos de insolencias?
-
-—No, señor,—respondió Inés bajando la cabeza, pero con acento firme.
-
-—Y puede que hayas sido capaz hasta de perdonarle la gracia... si es
-que no se la has ponderado también.
-
-—Sí, señor,—volvió á responder Inés, con igual firmeza y la misma
-actitud que antes.
-
-—¡Alma de los demonios!—exclamó entonces su padre, punzándola con su
-mirada de saeta.—Pero ¿qué sangre es la tuya? ¿Á quién sales? ¡Digo!...
-á los blandengues de San Martín de la Barra... ¡Mal rayo para la casta
-esa!... Pues vas á ver ahora quién te perdona á tí, corazón de palomita
-blanca... Porque yo soy ya perro viejo, y con los ojos cerrados sé por
-dónde va el aire de ciertos fregados de mala jeta, entre lobos corridos
-y corderillas sin hiel...
-
-Se acercó á la puerta del carrejo, y llamó desde allí á Romana. Y vino
-la Galusa, que, por lo pronto que llegó, debía de estar bien cerca.
-¡Y qué resplandeciente de iras satisfechas traía la cara de merluza
-podrida! En cuanto su amo la vió entrar, la dijo:
-
-—Ese pillete de Nubloso, á quien acabo de plantar en la calleja, se ha
-dejado aquí algo que puede ser cebo que le tiente á volver... sobre
-todo, si hay quien se le meta á menudo por los ojos. De tu cuenta
-corre, desde ahora mismo, que eso no suceda; y para que no te excuses,
-en una falta, con no tener atribuciones bastantes, da por recibidas
-todas las que necesites... Y no hay que hablar más, porque de antiguo
-nos conocemos. Y ahora, escucha tú—añadió dirigiéndose á su hija:—hazte
-la cuenta, y no te equivocarás, de que estás encarcelada, y que
-ésta—señalando á la Galusa,—ha de ser tu carcelera... ¡Ni á misa los
-domingos! ¡Ni á que te dé siquiera el aire de la solana!
-
-La infeliz creyó morirse de espanto y de indignación; y á tal punto
-llegó ésta, que la dió fuerzas y valor bastantes para responder á su
-padre:
-
-—Pues si esa mujer ha de ser mi carcelera, busque usted otra que me
-guarde de su sobrino... y de ella misma, que le ayuda.
-
-—¡Falso, embusterona!—chilló iracunda la criada.
-
-El Berrugo pareció sorprenderse con la advertencia de su hija; pero en
-seguida se encogió de hombros y respondió cínica y fríamente:
-
-—¡Bah! De las uñas de esos dos enemigos, ya te guardará el
-aborrecimiento que los tienes.
-
-Y se largó de allí chasqueando los dedos de la mano izquierda y
-arrastrando el cabo del rastrillo con la derecha. La Galusa, después
-de echar á Inés una mirada que era un látigo empapado en vinagre, se
-largó también.
-
-La desdichada Inés fué la única que se quedó allí: fría, espantada,
-sin alientos para moverse, ni lágrimas en sus ojos para desahogar las
-angustias que no la cabían en el pecho.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXVIII
-
-EN EL FONDO DEL ABISMO
-
-
-Ocurrió del modo siguiente: llegó á Lumiacos un indiano de aquel
-pueblo. Era joven todavía, no muy hablador, y poco apegado á la tierra,
-porque la tachaba de miserable. Á los ocho días de haber venido, ya
-estaba deseando marcharse. Quejábase de que le saqueaban vivo aquellas
-gentes «hambronas,» empezando por las de su casa. Fuera de este
-achaque, no parecía mala persona. Hablando de estas cosas una vez con
-Marcones, que era el único ocioso del lugar, le preguntó el seminarista
-si conocía «por casualidad» á Tomás Quicanes el de Nubloso. Á lo que
-respondió en seguida el de Lumiacos:
-
-—¡Pues no he de conocerle, camará?... Y remuchísimo que le conozco.
-
-—¡Hola, hola!—exclamó al oirlo Marcones, ávido de noticias del hombre
-á quien más detestaba en el mundo.—Y ¿qué tal, qué tal sujeto es?
-
-—De primera—respondió el otro.—Es mozo que sabe de todo; que habla como
-un libro, y además, tres lenguas; que plumea como nadie; que en Cuba se
-codeaba con lo más curro y más letrado... y que ha visto mucho mundo.
-Es sujeto de cuenta, créame, camará. Y todo se lo debe á sí propio. No
-le conozco más que un pero.
-
-—¿Cuál es, cuál es?—saltó Marcones como si quisiera quitar al
-preopinante aquel pero de la boca para saborearle pronto.
-
-—Pues, camará—respondió el indiano,—el pero de que no tiene un cuarto,
-que no es chico pero.
-
-—¡Qué me cuenta usted?—exclamó Marcones, no sabiendo contener su
-alegría.—¡Conque sin un cuarto!... Á esquina, que decimos acá;
-_paupérrimus_, que diríamos en la gran lengua madre. Pues, hombre, bien
-se pavonea por ahí, cargado de perendengues, y bien de millonadas echa
-por la boca cuando llega el caso.
-
-—Tiene buenos equipajes; no es tan pobre como para morirse de hambre
-en cuatro días, y puede que alguna vez le haya dado por esas bromas,
-aunque nunca oí que por ahí le diera.
-
-Y no pasó más. Con ello en el buche, picó Marcones para Robleces;
-entró en la casona por la portalada del corralón de atrás, cerca de la
-que arrancaba una escalera que iba á descargar enfrente de la cocina;
-atisbó desde la puerta, oyó á su tía, tosió de cierto modo, oyóle ella,
-salió, entendióle que no quería ser visto, bajaron los dos la escalera,
-salieron del corralón; y arrimaditos á la portalada, ella hecha toda
-oídos y moquita, y él todo mugre y veneno, dijo el sobrinazo gandul á
-la bribona de su tía:
-
-—Ha llegado á Lumiacos un indiano que conoce mucho al de Nubloso; y
-resulta de sus informes, que el caballero relumbrante del altar mayor
-es un tuno como una loma, sin un cuarto y muy desacreditado en Cuba...
-¡Si me lo daba á mí el corazón el otro día! Conque ya lo sabe usted; y
-ahora, en seguida, el golpe bien aplomado y donde deba darse. Después,
-ya me dirá lo que vaya resultando, porque yo me vuelvo sin parar por
-donde he venido.
-
-Y no pasó más que esto entre el sobrino y la tía. Subió ésta á
-escape la escalera, sabiendo que estaba en casa en aquel momento «el
-fachendoso,» porque le había sentido entrar media hora antes de que
-llegara su sobrino; husmeó el aire como perra golosa, averiguó dónde
-trajinaba su amo, corrió allá, apartóse con él á un lado, y le embutió
-en los oídos las noticias recibidas de Marcones, con toda esta
-fidelidad:
-
-—Acabo de saber por boca que nunca miente y lo tomó de otra que
-tal, que el caballerazo ese que tanto se despepita por Inés y le
-hace á usté la rosca en toas partes, es un pillo de primera; que no
-tiene un ochavo, ni crédito ni vergüenza; que ha estado en la cárcel
-por tramposo, y viene ajuyendo de allá, por temor de que le manden
-á presidio. Tiene á Inés por rica, y eso anda buscando él con el
-deslumbre de unos ropajes que debe al que se los vendió.
-
-—¿Quién ha dicho eso?—la preguntó el Berrugo en seguida, pero sin
-mirarla á la cara, por no vérsela.
-
-—Otro indiano más honrao que él, que acaba de llegar de la otra banda,
-y le conoce mucho. Yo ni entro ni salgo en cosas que no son mías; pero
-tengo ley al pan que como; soy mujer de concencia, y, por lo que valga,
-ahí le queda á usté eso que le he dicho.
-
-Y se fué, sorbiendo la moquita y arrastrando las chancletas.
-
-Al Berrugo le sobraba todo lo de la cárcel y lo del presidio. Con
-saber que no tenía un cuarto y era muy listo y algo despilfarrado el
-caballerete del altar mayor, le bastaba. Este era su gran delito. Hasta
-qué punto serían ciertas las noticias de ello, lo averiguaría él del
-mismo interesado, porque sabría ponerle en ocasión bien apretada. Con
-noticias y sin noticias, estaba ya resuelto á echarle el «alto» de un
-momento á otro.
-
-Conque dejó lo que estaba haciendo, que era poco más de nada, y se
-fué en derechura á la solana, donde sabía él que estaban «de palique»
-los dos, y ocurrió lo que el lector ha visto al final del capítulo
-antecedente.
-
-Ni en aquel día ni en aquella noche consiguió Inés darse cuenta bien
-arreglada de lo que la estaba pasando. Eran sus pensamientos como un
-oleaje de mar brava que hubiera invadido de repente su cerebro. No
-podía traducir en ideas coordinadas los sucesos. Teníala del estruendo,
-del desastre, de los celajes pavorosos, del huracán desatado, del
-desconsuelo, del abandono, de los grandes dolores, de la soledad del
-alma, de las angustias de la agonía; porque de todo esto había algo
-dentro de su corazón y de su cabeza, pero revuelto y agitado. Sabía que
-todo aquel conjunto era un martirio; pero no atinaba á distinguir cuál
-de ello la mortificaba más, ni en dónde ni por qué. Su discurso estaba
-á obscuras y perturbado, por exceso de ideas tristes y de impresiones
-dolorosas.
-
-Á la madrugada la rindió el sueño, que fué bien poco benéfico con
-ella, como todos los sueños que caen en cerebros tempestuosos; porque
-al despertar de él fué cuando empezó su verdadero martirio. Con
-aquel reposo no había logrado más que la triste ganancia de que cada
-elemento de la tempestad se disgregara por su lado; pero la tempestad
-allá le quedaba, en pedazos, si pudiera decirse así, que la batían con
-diabólica estrategia y á cielo sereno, para que mejor se viera y se
-estimara su destructora labor. ¡Tantos y tan largos días de recelos
-mortificantes; desaparecer éstos de pronto; disiparse aquella nube
-negra, que era la única mancha del cielo de sus ilusiones; volver á
-ver la luz risueña y el alma en reposo; y en otro instante caer en las
-tinieblas de un abismo, y verse prisionera allí! ¡y con qué carcelera,
-Virgen de la Soledad!
-
-Á las brusquedades de su padre, á la sequedad de su alma, ya estaba
-bien acostumbrada; á la excomunión lanzada por él sobre sus amores,
-era posible acostumbrarse á fuerza de meditar en ella buscando el modo
-de conjurarla y con la esperanza de encontrarle; pero ¡á aquel nuevo
-género de tiranía!...
-
-Se podía haber arrojado de casa al otro, como se le arrojó, por tenerle
-en poco: esto hasta era de esperarse después de visto que el caballero
-ostentoso del día de San Roque, era pobre; se podía haberla reprendido
-por pensar como pensaba en este delicado punto; haberla amenazado...
-hasta castigado á golpes, porque todo ello cabía en la especial
-naturaleza de su padre, y, aunque injusto y cruel, no la afrentaba;
-pero ¡entregarla de una manera tan humillante, bárbara é injuriosa, al
-arbitrio de aquella mujer desalmada y grosera, que la detestaba y tenía
-rencores que desahogar sobre ella!...
-
-Jamás hubiera creído á un padre capaz de tan despiadados rigores con
-un hijo... y por primera vez; porque aquel disgusto era el primero que
-ella daba á su padre, y aquel castigo el primero que de él recibía, y
-por una falta bien disculpable... ¿No la había animado él mismo á que
-pusiera buena cara al otro, cuando le consideraba rico? ¿Y así, con esa
-facilidad, dejaban de ser buenos los hombres que lo habían sido?...
-¿Y era todo ello un juego de chanza, para tomarle y dejarle con la
-frescura que su padre quería? ¡Imposible que no llegara á tener estas
-cosas en consideración! La misma enormidad del castigo la hacía creer
-que era obra de un arrebato que pasaría, más ó menos pronto; pero que
-pasaría... Al fin, era su padre el juez.
-
-Entre tanto, de tal modo la espantaba la condición singular de su
-cautiverio, que por huir del bochorno de que la abominable carcelera
-extremara en daño suyo las amplias atribuciones que la habían dado,
-huía hasta de los resquicios de las puertas por donde se filtraran el
-aire y la luz, y deseaba la noche, martirio de los atribulados que no
-duermen; porque, siquiera, aunque velando y padeciendo, encerrada en su
-cuarto durante aquellas negras horas, estaba libre de los asedios y de
-la presencia de la aborrecible mujer.
-
-El primer día, menos mal, porque la Galusa se satisfizo con pasar y
-repasar á su lado para gozarse en la contemplación de su angustia, y
-en lanzarla miradas torcidas como para darla á entender: «por aquí
-ando, y ya sabes para qué.» Al segundo día, ya comenzó la mortificación
-directa: si estaba sentada Inés, porque no se movía ni trabajaba como
-era debido; si, por distraerse, trabajaba, porque aquello no era
-trabajar, ni arte, ni remango, ni cosa que se le pareciera; porque
-la vió despeinada una hora después de levantarse, que «dejadona» y
-que «puerca» y que «á aviarse pronto, porque en la casa está todo por
-hacer;» porque salió muy peinada más tarde y bien ceñida de ropa,
-que «la marimoños, y la relambida, y la piripuesta, y la señoría de
-cuerno,» y que en «esas morondangas mos pasamos las horas,» y que «así
-sale ello dispués y vienen las desazones á los padres de bien que no
-merecen hijas tan deshacendás y correntonas,» y que «ya te lo dirán de
-misas y las irás pagando poco á poco, que güeña falta mos hace.» Y
-así todo el día. Á su padre, solamente le veía en la mesa; pero, como
-lo tuvo siempre por costumbre, devoraba en tres ó cuatro embestidas la
-bazofia que le ponían delante, y se largaba de allí sin hablar palabra,
-tan fresco y despreocupado como si nada hubiera ocurrido que mereciera
-la pena de hacerle cavilar un poco.
-
-Al tercer día dieron los atrevimientos de la Galusa un avance de mucha
-importancia. Al volver Inés á su cuarto para peinarse, notó la falta
-del espejo, que media hora antes estaba colgado en su sitio. Sin
-sospechar lo que ocurría y como la cosa más natural del mundo, fué á
-preguntar á la Galusa por él.
-
-—Ese trampantojo, tentación de las holganzas de tontas y
-presomías—respondió la fregona con desgarro,—le ha sacao de allí quien
-tiene poderes pa ello: le he sacao yo, yo. ¿Lo quieres más claro?
-
-—No se trata—dijo Inés con repugnancia,—de saber quién le ha sacado,
-sino de saber en dónde está, porque le necesito yo ahora.
-
-—Ese espejo—insistió la Galusa con chocarrero retintín,—se ha sacao de
-onde estaba, porque no hacía falta allí; y como se ha sacao por eso,
-no tienes pa qué preguntar por él. ¿Lo entiendes? Á tientas me peino
-yo, que soy tan güena como la que más... Conque aplícate el cuento; y
-si te paece poco ese espejo pa verte los moños de cuchiflito, mírate
-en la sartén de la cocina; que, al último, pa los galanes que han de
-arreparar en tí... ¡Á la escoba, á la escoba y al remiendo, que eso
-hace más falta en la casa que rizos y perendengues!
-
-Pensó Inés que tanta desvergüenza no podía caer dentro de las
-facultades que la carcelera había recibido para atormentarla, y corrió
-despavorida á referir el suceso á su padre.
-
-El cual, como en un caso idéntico había hecho con su pobre mujer,
-después de oir la queja con una indiferencia glacial y hasta burlona,
-respondió encogiéndose de hombros y volviendo la espalda á su hija:
-
-—Pues cuando ella lo ha hecho, bien hecho estará.
-
-Y se marchó tan fresco.
-
-Desde aquel instante tomaron los sufrimientos de Inés un nuevo
-carácter, y sus ideas otros rumbos. Hasta allí, se veía, aunque bajo
-una ley inicua, al amparo de la misma ley, que tendría sus límites
-determinados y sus cláusulas protectoras y relativamente benéficas;
-pero la aprobación de su padre al hecho incalificable de la Galusa; la
-insolencia de la una y el cinismo cruel del otro, le daban la norma
-de lo que podía llegar á ser su vida en una cárcel como aquélla.
-Considerábase abandonada de todo el mundo, y sola, maniatada é
-indefensa, entre dos fieras, algo así como una loba y un tigre. Se
-horrorizó; y por no enloquecer de espanto, salió de su habitación donde
-se había encerrado después de la respuesta de su padre.
-
-En aquel instante cayó en su cerebro el germen de una idea bien
-extraña á la condición de su naturaleza, que, sin embargo, le acogió
-sin repugnancia. La fuerza del mismo huracán que se le había traído,
-le borró la impresión de la caída. Vino á ser ésta como una ráfaga
-primaveral y de relativo consuelo, en medio de tantas otras invernizas,
-desencadenadas y tempestuosas.
-
-Aquella misma mañana había hecho el impaciente Marcones una escapada
-á Robleces, para preguntar á su tía «si se había dado el golpe» y con
-qué resultados. Entró en la casa lo mismo que la vez anterior, como un
-gatazo negro, golosón y ratero, por la escalera de atrás; salió de la
-cocina la Galusa, como lo que era; y aconsejándole que se largara de
-allí cuanto antes, porque convenía que no se le viera en Robleces hasta
-que ella le avisara, le dijo de prisa y al oído:
-
-—Se dió el golpe, y como en la misma nuca: redondo quedó el otro. Ella
-está con el lazo al pescuezo, y yo tengo la punta del cordel en la
-mano y jalo de él lo que jalase debe hasta que me pida miselicordia.
-Cuando este caso llegue y se allane á entrar por el aro que yo la ponga
-delante, será la ocasión de venir tú, con el aviso que yo te dé, pa que
-resulte lo que se busca por ese camino, sin que lo sueñe el indecente
-de su padre, ni pueda estorbarlo con toa su maldá, que es mucha; porque
-el hombre ese es hechura del demonio, y el demonio le ciega...
-
-Marcones se frotaba las manos, y al marcharse dijo á su tía:
-
-—Pues tire usted firme del cordel, hasta que saque la lengua cuanto
-antes; y si ni por esas se da á partido, tire más, aunque la ahogue. Ó
-para _nosotros_, ó para nadie.
-
-No necesitaba la Galusa, para ser mala, los consejos de su sobrino,
-que aún era peor. Tiró del cordel á cada instante en toda aquella
-mañana, después de lo del espejo, porque lloraba, porque andaba mano
-sobre mano, porque lo poco que hacía lo hacía mal... ¡hasta porque no
-respondía una palabra á sus desvergonzadas agresiones, que llamaba la
-pícara «buenos consejos!» Al llevar los condumios á la mesa, porque
-estaba la infeliz triste y desganada, más tirones y más recios, á las
-barbas de su padre que no desplegaba los labios sino para engullir la
-ración de costumbre, como una bestia en su cubil. Por la tarde, nuevas
-provocaciones y nuevos martirios; hasta que al anochecer, rendida de
-sufrir y sin saber cómo conjurar las iras de aquel demonio que, por
-los fines que perseguía y la impunidad que gozaba, iba emborrachándose
-en su propia maldad nativa, trató de encerrarse en su cuarto. No se
-lo consintieron ni la criada ni el amo; el cual la exigió que le
-acompañara á la mesa, porque le gustaba verla obediente y curada cuanto
-antes de «las puntas de soberbia» que la traían á mal traer.
-
-Y no fué esto lo peor. Después de cenar, digo, de asistir á la mesa,
-porque cenar no cenó, al ir á la cocina á recoger su palmatoria de hoja
-de lata, con su correspondiente cabito de sebo, la Galusa, delante de
-los otros dos criados que acababan de cenar y estaban ya dormilentos y
-sin cosa alguna que hacer, la mandó con gran imperio, que antes de irse
-á la cama diera una barrida á aquel suelo, que buena falta le hacía.
-Resistióse Inés indignada, porque veía la intención de humillarla
-delante de aquellos testigos asombrados; y entonces la Galusa tuvo
-el atrevimiento de ponerle la escoba en la mano, diciéndola hecha un
-basilisco:
-
-—¡Á barrer, porque yo lo mando!
-
-Inés pensó caerse muerta de angustia; pero tal fué el exceso de su
-indignación, que la dió fuerza bastante para arrojar la escoba á la
-insolente fregona, y decirla al mismo tiempo, resuelta á todo ya:
-
-—¡No quiero!... ¡Barre tú, que ese es tu oficio!
-
-Inmediatamente volvió á coger la palmatoria y salió de la cocina, entre
-los dicterios y las amenazas de la Galusa; llegó á su cuarto y se
-encerró en él. Dejó la luz encima de su cómoda, arrimó una silla á la
-cabecera de la cama, sentóse y cayó llorando sobre las almohadas.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXIX
-
-EL PODER DE UNA IDEA
-
-
-¡Era imposible que mujer alguna se hubiera visto jamás en una situación
-tan desesperada como la suya! Esto fué lo primero que se le ocurrió á
-Inés, abarcando con el pensamiento todo el cuadro de sus desdichas;
-y como por evocación milagrosa, surgió de pronto en su memoria el
-recuerdo venerado de su madre. Nunca supo ella de qué enfermedad
-había muerto, después de padecer tanto y tanto; pero desde niña,
-andaban siempre asociados en su memoria á los recuerdos de las grandes
-melancolías y desfallecimientos de la mártir, el de las durezas de su
-padre y el de los atrevimientos de la criada: la misma Romana, aunque
-no tan repulsivamente fea como la que á ella la estaba martirizando.
-Jamás podía pensar en lo uno sin que á ese pensamiento siguiera
-el pensamiento de lo otro. Eran ambos recuerdos necesariamente
-inseparables, como las figuras de un mismo cuadro. Y viendo por la
-propia experiencia lo que dolían las inclementes durezas de su padre
-y los inconcebibles atrevimientos de la criada, ¿no era bien llano y
-natural suponer que la enfermedad de esas mismas durezas y de esos
-mismos atrevimientos fuera la que había martirizado á su madre hasta
-quitarle la vida? ¡Y ese mismo martirio había comenzado ya para ella,
-sola, desamparada de todos, encerrada entre cuatro paredes, sin un alma
-que se apiadara de sus ignorados sufrimientos!... Una había, sí, una,
-capaz no sólo de compadecerla, sino de padecer por ella; pero ¿cómo
-enterarle de lo que sucedía en aquella cárcel? Y aunque se enterara,
-¿de qué serviría, si aquellas puertas estaban cerradas para todos,
-y principalmente para él? ¡Y después de haberle conocido y de haber
-soñado un mundo tan hermoso para los dos, aquel negro cautiverio, aquel
-martirio incesante... y para siempre, para siempre, y ella al principio
-de la vida! ¡Imposible! No cabían en lo humano resignación ni fuerzas
-bastantes para arrastrar una cruz así. Morir de una puñalada ó de un
-veneno de la infame carcelera, menos mal; pero pisoteada, escarnecida,
-vilipendiada por ella; morir de sus improperios, de sus insolencias,
-de sus asquerosas altiveces, y sabiendo la víctima que este género de
-muerte le autoriza y le aplaude su propio padre, el que estaba obligado
-á defenderla y ampararla...
-
-Y aquí la idea que había sentido Inés en germen por la mañana, apareció
-desenvuelta y en completo desarrollo en su cerebro.
-
-Se incorporó sobresaltada, febril; calculó que habría permanecido como
-dos horas en aquellas fatigosas meditaciones, y que podría infundir
-alguna sospecha en sus carceleros la luz que se escapara por las
-rendijas de la puerta, si se fijaban en ella, y se levantó; fué á su
-pobre ropero, tomó de él un mantón de abrigo, se le echó sobre los
-hombros, apagó la luz y volvió á sentarse en la silla.
-
-Ya no pensó más en la barbarie de su padre ni en las indignidades de la
-criada. Se entregó resuelta, decidida, al imperio tentador de la otra
-idea; no para poner en tela de juicio el más ó el menos de su cordura,
-pues sobre este punto ya no cabía dudar, sino para discurrir el modo de
-realizarla.
-
-Esta labor duró más de una hora. Todo quedaba previsto y calculado;
-todo era posible y realizable ya, y todos los riesgos y todos los
-escrúpulos y todos los obstáculos de la meditada empresa, le parecían
-cosa de juego comparados con la espantosa realidad de su cautiverio.
-Escuchó sin moverse de la silla, con gran atención, y no oyó el más
-leve ruido en toda la casa. Dejó que corriera más tiempo, pareciéndole
-siglos los minutos; y cuando calculó que sería la media noche, sin
-vacilar un instante, sin querer dar oídos á los reparos que algunas
-veces la hacían sus timideces y debilidades de sexo, trémula por la
-fuerza misma de su resolución, se quitó los zapatos, y, con ellos
-en la mano, se fué hasta la puerta. Escuchó allí de nuevo, y no oyó
-otros ruidos que los que hacía dentro de su pecho el acelerado latir
-de su corazón. Tranquilizábala mucho la bien fundada reflexión de
-que no había en la casa quien la creyera capaz de lo que ella estaba
-proyectando á aquellas horas de la noche. Era seguro que todos dormían
-profundamente, y la Galusa más descuidada qué nadie. Además, creía con
-ciega fe que tenía á Dios de su parte y que no la abandonaría.
-
-Levantó el pestillo y entreabrió la puerta, muy poco á poco. Todo era
-silencio y obscuridad en la casa. Salió al pasillo, cerró otra vez
-la puerta de su cuarto; y después de convencerse de que las tablas
-del suelo no crujían; bajo sus pies, siguió andando á tientas por el
-carrejo, hasta tropezar su mano derecha con la puerta de la cocina:
-enfrente estaba la que abría á la escalera de atrás, y cuya llave se
-dejaba siempre en la cerradura. Dirigióse á aquella puerta, y, en
-efecto, tenía puesta la llave. Pero ¿rechinaría la cerradura? Por si
-acaso, volvió la llave con sumo tiento. Ni las moscas, si las había
-por allí, debieron de oirla. Esto la animó, y sacó la llave de la
-cerradura; abrió lo menos que pudo de la puerta, que tampoco rechinó;
-salió á la meseta, y volvió á trancar por fuera para que el viento,
-si salía, no golpeara la puerta y pusiera en alarma á los de casa
-antes de lo previsto. Hecho esto con toda felicidad, recogió la llave,
-que, dejada en la cerradura por aquel lado, podía servir de señal
-para conocer el camino de la fugitiva, y bajó la escalera. Estaba
-segura de que el postigo de la portalada del corralón se cerraba por
-dentro con un pasador de hierro, y así era. Descorrió el pasador sin
-la menor dificultad, salió á la calleja y dejó cerrada la puerta con
-el pestillo. Allí se calzó los zapatos. Tenía los pies helados y las
-medias húmedas, por la frialdad y el rocío de la escalera, que era de
-piedra.
-
-Pero, aunque el cielo estaba estrellado, ¡qué obscura era la noche,
-y qué miedo la daba verse allí sola! No quiso pensar en eso, por no
-desfallecer cuando más necesarias le eran la serenidad y la energía;
-y encomendándose á Dios nuevamente, tomó la calleja que conducía á la
-llosa Grande. Por de pronto, salir de las inmediaciones de su casa.
-Si la debilidad de mujer, y de mujer nunca vista en tales apreturas,
-llegaba á vencerla, que fuera lejos de allí y donde no pudiera
-apiadarse nadie de ella y la volviera á su presidio, creyendo ejercer
-un acto de caridad. Ya en la llosa, y después de tropezar mucho en los
-cantos de la calleja, detúvose á respirar, considerando de paso lo
-que la restaba por hacer. Conocía el camino por donde se comunicaban
-la llosa y las praderas de abajo; pero ¿daría con él en una noche tan
-obscura y con la intranquilidad en que se hallaba? Y después de verse
-en las praderas, ¿sabría continuar hasta la sierra?... ¿tendría valor
-para tanto? ¡Es increíble la fuerza que infunde la desesperación!
-Aquella mujer tímida, humilde por naturaleza, retraída y recelosa por
-hábito, no vaciló un instante y se lanzó al abismo de sombras, huyendo
-de la tentación de arrepentirse de una empresa que la hubiera parecido
-espantable locura unos días antes.
-
-Siguiendo el camino de la llosa sin extraviarse, bajó á las praderas
-y continuó andando de prisa, muy arrebujada en el chal, tiritando de
-zozobra y ensañándose en los recuerdos de su pasado martirio, para
-hacer más llevadero aquél que estaba sufriendo... Pero ¡qué obscuridad
-tan cerrada! ¡qué silencio tan temeroso! ¡qué soledad la suya, y qué
-inmensidad la de aquel negro espacio _vacío_!... ¿Avanzaría más, ó
-retrocedería siquiera hasta el bardal de la llosa, para aguardar,
-acurrucada allí, más cerca del barrio, á que alboreara el día? Pero ¿no
-era ya tanta la distancia hasta la llosa como hasta donde ella iba?...
-Ciertamente. Luego se hallaba en un punto alejado por todas partes de
-todo humano auxilio. ¡Y entonces sí que se aterró de veras, y comenzó á
-oir ruidos de los más extraños; hasta voces que la amenazaban, y como
-lamentos de agonizantes; y á ver bultos más negros que la obscuridad,
-que venían de lejos hacia ella! Apretó el paso, que llegó á carrera,
-y cerró los ojos que para nada necesitaba allí, sino para levantarlos
-á menudo al cielo, del que los bajaba en seguida, porque hasta el
-titilar de las estrellas le daba miedo. Y corre y corre desalentada
-y anhelante, con el pecho oprimido y la boca entreabierta para
-respirar el aire que pasa por la estrechez de su garganta contraída,
-frío y cortante como la hoja de un puñal; y los ruidos no cesan; y
-uno de ellos le parece la voz infernal de la Galusa que la persigue
-arrastrando las chancletas y llenándola de improperios. Se le figura
-que oye sus pasos ya muy cerca, y corre más todavía para que la fiera
-no la alcance; pero sólo consigue aumentar la fatiga, porque la inmunda
-carcelera corre más que ella... y al fin la alcanza... y la pone la
-mano sobre el cuello... y la agarra por el chal... y entonces la
-infeliz prisionera lanza un grito de angustia, que repiten los ecos de
-aquella soledad, con lo que su espanto llega al paroxismo; vacilan sus
-piernas, falta el aire en su pecho, y cae desvanecida junto al vallado
-de la sierra.
-
-Tardó largo rato en volver en sí, y otro mayor en darse clara cuenta de
-lo que la había pasado. Orientóse al fin; y reconociendo el vallado,
-recobró de nuevo los ánimos perdidos, porque sabía que desde allí ya
-se columbraba de día el refugio que ella iba buscando. Levantóse y
-tomó resueltamente el camino de la sierra; y siguiéndole con no poca
-dificultad, por ser algo más áspero que el de las praderas, llegó á
-casa del Lebrato. El humilde soportal le pareció un palacio, más grande
-y ostentoso que todos los palacios de verdad que ella tenía imaginados.
-Se acercó á la puerta, ó mejor dicho, se pegó á ella; y golpeándola sin
-cesar con ambos puños muy cerrados, gritó, arrimando la enardecida boca
-á la cerradura:
-
-—¡Pilara!... ¡Juan Pedro!... ¡Ábranme pronto, por el amor de Dios!
-
-No tardó en oiría el Lebrato, que era ligero de dormir. Sintióle con
-delicia Inés andar detrás de la puerta. Antes de abrirla preguntó:
-
-—Pero ¿quién llama á estas horas con tanta prisa?
-
-—¡Soy yo, Juan Pedro!—respondió la de afuera anhelante.—¡Soy Inés!
-
-—¡Santísimo nombre de Dios!—exclamó desde adentro el Lebrato, mientras
-abría la puerta aceleradamente.—¡Qué peazo del cielo se habrá caído, pa
-que tal asombro suceda esta noche?
-
-Abrió; entró Inés, ó más bien, se lanzó dentro; y á la luz del
-candil que tenía el Lebrato en la mano, pudo verla, para colmo de
-su asombro, pálida como la muerte, desencajada, anhelosa, con el
-cabello desmelenado sobre los ojos, y todo su vestido en desorden. Sin
-preguntarla lo que sucedía ni esperar á que ella se lo dijera, comenzó
-á gritar, arrimándose á una puertuca del fondo, frontera á la cocina:
-
-—¡Pilara!... ¡Pedro Juan!... ¡Arriba en el aire, que vais á tener aquí
-algo que hacer!
-
-Después condujo á Inés á la cocina; la presentó una silla para que se
-sentara, pareciéndole poco el banco; colgó el candil, y se dispuso á
-hacer lumbre.
-
-—Esto, lo primero—la decía en tanto el buen hombre,—y mientres usté nos
-dice en qué la podemos valer. ¡Viene aterecía de frío, ángel de Dios!
-
-—¡No, no!—respondió Inés tiritando:—lo primero ha de ser esconderme
-donde yo esté segura de que no me encuentre nadie.
-
-—Pos ¿qué más segura que aquí á la hora de la noche en que estamos,
-inocente?—dijo el Lebrato.—Á menos que no la vengan persiguiendo
-cercuca. Pero aunque así fuera, mientres llaman y se abre, ya da tiempo
-pa lo que haiga que hacer á ese respetive.
-
-—Es verdad—respondió Inés algo más confiada.—Pero, por si acaso,
-tranque usted bien la puerta, Juan Pedro.
-
-—Eso sí que se hará,—respondió éste saliendo á cumplirlo.
-
-Volvió al punto, y continuó amontonando palucos en el llar para
-encenderlos en seguida; pero sin disimular enteramente la curiosidad
-que le estaba consumiendo. En esto ya apareció Pilara en escena, con
-los ojos como puños y muy ligera y desceñida de ropa, y detrás Pedro
-Juan, por el estilo de su mujer. Ambos se hicieron cruces de asombro al
-ver á Inés allí, sola, á aquellas horas y de aquella traza.
-
-Reunida ya toda la familia, Inés, llorando desconsolada, contó en pocas
-palabras lo que la había sucedido. Pilarona lloró de toda verdad, y su
-marido se volvió indignado hacia su padre para decirle:
-
-—¿Ve usté, recoles, si hay tela pa hacer con «ese hombre» lo que yo
-dije el día que jué con nusotros á la mar?
-
-El Lebrato se desentendió de esta alusión, y dijo por comentario al
-relato de Inés:
-
-—¡Lo propio que se hizo con la bendita de Dios que la echó á usté al
-mundo en mala hora! Y las mesmas cuatro manos en concierto acabaron con
-ella.
-
-—¡Desde esta tarde—exclamó Inés horrorizada,—tengo yo esa sospecha,
-Juan Pedro!
-
-—Y bien tenida, doña Inés—añadió éste,—porque la cosa se vió, y naide
-la duda en Robleces... Pero vamos al caso que ahora importa. ¿Qué es lo
-que usté tiene pensao en el apuro que se ve, y en qué de ello podemos
-ayudarla nusotros?
-
-—Yo, á punto fijo, no lo sé—respondió Inés enjugándose los ojos.—Sé que
-he salido esta noche de casa para no volver más á ella; que me pareció
-demasiado cerca la de don Alejo, para ir á buscar un amparo allí, y que
-he venido á pedírsele á ustedes, confiada en que me le darán, y porque
-Pilara es la única amiga que tengo en el mundo.
-
-—¡Así se hace, canastos!—exclamó entonces Pilara conmovidona de veras,
-escondiendo la mitad de Inés en un abrazo y dándola un beso resonante
-en la cara.—¡Eso es dar honra al corazón de una!
-
-Inés continuó así, después de pagar con otro beso cariñoso el arranque
-de Pilara:
-
-—Estando ya aquí bien segura, siquiera por un buen rato, se podía—es lo
-que yo pensaba—avisar á don Alejo, que sé que me quiere bien, y pedirle
-su parecer.
-
-—¿Y á nengún otro sujeto más?—preguntó Pilara con una sonrisa muy
-maliciosa.—Vamos, con franqueza, que aquí no ha de hacerse más que el
-tu gusto.
-
-Inés bajó un poco la cabeza, algo turbada, y no supo qué responder.
-Pilara la ayudó entonces de este modo:
-
-—Anque lo has contao por encima, como si te atragantaras con ello,
-lo bastante se vió pa creer ahora que ha de gustarte el paecer del
-caballero ese en este particular.
-
-—Pues que venga él también—dijo Inés echando de buena gana escrúpulos á
-un lado.—Yo les contaré lo que me pasa, y ellos me dirán lo que mejor
-les parezca. Iréme á servir á un amo, á pedir una limosna... á tirarme
-á la ría... ¡Dios me lo perdone! Todo lo que me digan haré... ¡todo
-menos volver á la cárcel de donde me he escapado!
-
-—Ya se arreglará la cosa—dijo el Lebrato hondamente compadecido de
-aquella pobre criatura,—sin melecinas tan amargas como esas. Cabalmente
-había de venir hoy por aquí don Alejo á las seis de la mañana, porque
-tenía concertao salir pa la mar con nusotros á esa hora; pero como
-el caso es de apuro, lo que se va á hacer es lo siguiente. Tú, Pedro
-Juan, vas á picar ahora mesmo pa Nubloso, que no está más lejos de aquí
-que el barrio de la Iglesia de Robleces; yo pico pa casa de don Alejo.
-Tú le cuentas el caso al sujeto, de modo que naide se entere más que
-él, y te le traes volando contigo. Yo hago otro tanto con don Alejo; y
-cátanos aquí á los cuatro juntos en una hora lo más. No son toavía, por
-mi cuenta, las dos de la mañana, y nos quedan tres horas de noche pa
-arreglar ese asunto sin que se enteren de él ni los pájaros del aire.
-
-Se aprobó la idea; se aviaron en un periquete el padre y el hijo;
-salieron juntos de casa, y á poco rato echó por su lado cada cual de
-ellos. Al separarse, dijo el Lebrato á Pedro Juan:
-
-—Asunto es éste que nos puede costar caro á tí y á mí, si ese hombre,
-que tan tigre es pa la hija, agüele que la hemos amparao en nuestra
-casa. Pero los hombres de bien son pa las ocasiones, y lo primero es lo
-primero; y Dios mos ve á toos y á cada uno.
-
-Pilara, después de cerrar bien la puerta por dentro, se quedó animando
-á Inés; y como ya la lumbre había tomado cuerpo, consiguió que se
-quitara los zapatos, que estaban empapados de rocío, para secarlos al
-fuego, así como los bajos de su ropa, y que se calentara los pies.
-Luégo trajo un peine, y ella misma le arregló el pelo desmelenado, al
-paso que la iba diciendo:
-
-—¡Pos dígote que estaría güeno que ese sujeto te viera de la trazuca
-que estás, como si te hubieran sacao con unas trentes del bardal de una
-calleja!... ¡Ni más ni menos te vió él, hija del alma, cuando se prendó
-de tí!...
-
-Y no la pesaba ciertamente á Inés, que al fin era mujer y mujer
-enamorada, aunque atribulada y mísera, la ocurrencia de Pilara. Después
-que acabó ésta su tarea lo mejor que pudo, y la palpó los pies para
-ver si estaban secos, diciéndola, pasmada de su pequeñez, que «paecía
-mentira que con aquellos dos fisanucos se pudiera sostener derecha una
-presona,» y dió vuelta á los zapatos para que acabaran de secarse, fué
-á la alacena y volvió con un jarro de leche y una cazuela muy limpia.
-
-—Es—la dijo acurrucándose junto al llar,—de la que traigo yo de arriba
-ca día; porque aquí no la tendremos hasta la primavera que viene. Te
-voy á calentar una racionuca de ello pa que, ahora que estás algo más
-sobre tí mesma, te confortes un poco por aentro... No hay á mano otra
-cosa que darte.
-
-—¡Cómo me cuidas, Pilara!—díjola Inés conmovida.—¡Si supieras lo que
-consuela eso después de pasar por lo que he pasado yo!...
-
-Y rompió á llorar otra vez.
-
-—¡Bah, bah!—la dijo Pilara.—Á ver si no golvemos á mojar la pistaña.
-Eso ya se acabó, y pa siempre.
-
-Para distraerla un poco mientras la leche se calentaba, y llegó á
-tomarla Inés y á calzarse, la noble mocetona la habló de muchas cosas:
-de lo contenta que estaba en compañía de aquellos dos hombres, que le
-parecían los mejores de todos los hombres del mundo; de la casuca, del
-partido que había ido sacando de ella y del que iría sacando poco á
-poco: aquí la mesa, allá las sillas; «esta paré que tanto blanquea,
-estaba antes negra como el jollín;» el llar, con sus baldosas tan
-majas, estaba nuevo, flamante, y «el poyo de la _jornía_, bien amañao:»
-cosas de su suegro. El cuarto de ellos, antes no era cuarto: era «un
-abertal.» Se le había cerrado con un tabique y una puertuca: eso había
-sido cosa de los de arriba, «pa mejor paecer.» El viejo dormía en otro
-cuartuco bien abrigado, donde siempre durmió, á la otra esquina de
-la casa, con una ventanuca al saliente. Cuando Inés estuviera en sus
-cabales, ya se enteraría de todo á la luz del día. Las dos vacas y las
-novillas «de ellos» habían venido del puerto, gordas que partían: una,
-ya cargá de dos meses, y otra de tres; la su novilla estaba también en
-la _corte_, y con ella componían cinco cabezas. El de la vista baja
-tenía un diente que daba gusto. Al paso que iba, por Navidad sería una
-montaña de tocino bien _hebroso_. Y así.
-
-Hasta que se oyeron pasos en el portal, y dió el corazón de Inés dos
-volteretas en el pecho. Abrió Pilara la puerta después de cerciorarse
-de que era «gente de paz» la que llamaba, y entraron juntos los cuatro
-que se esperaban; porque los que venían de Nubloso, llegaron al portal
-en el poco tiempo que tardó Pilara en abrir la puerta. Lo mismo
-Quicanes que don Alejo, venían bien enterados de lo que ocurría; y en
-cuanto Inés los tuvo delante, se echó á llorar desconsolada.
-
-—Eso va contigo, Tomasuco—le dijo el cura al de Nubloso;—consuélala
-tú que sabes, pero sin abusar del chicoleo, porque no hay tiempo que
-perder, y yo traigo mi plan para acabar primero.
-
-¡Bueno estaba Quicanes para consolar á nadie cuando se le estaba
-saliendo á él el alma por la boca, particularmente desde que tenía
-delante á Inés, de cuyos dolores era él la causa! Pero hizo lo que
-pudo; y no lo hizo mal, si ha de juzgarse la obra por los resultados.
-Inés siguió llorando un ratito más; pero bien claro se veía en sus
-ojos, en cuanto pudo mirar con ellos á su amante, que había vuelto la
-vida á su corazón. También don Alejo ayudó valientemente á aquel acto
-de caridad.
-
-Se habló allí poco, muy poco, sobre el caso peliagudo. No había para
-qué hablar mucho. El de Nubloso manifestó solemnemente al cura que, por
-los motivos que él sabía desde que se lo había declarado todo en su
-casa al salir de la de Inés despedido por su padre, no podía ofrecer
-otro sacrificio que el de su vida para defenderla de toda agresión,
-viniera de donde viniese, y que á esa obra había jurado consagrarse
-desde que Pedro Juan le había enterado de lo que pasaba.
-
-—Eso—respondió don Alejo sin perder su buen humor de siempre,—es nada
-y es demasiado. Nada, porque contra los derechos de un padre, por
-duro de alma que sea, en ese particular no hay valentía que valga; y
-demasiado, porque sería la mayor tontada del mundo desperdiciar una
-vida que nos hace falta aquí para otra cosa. Y atiende bien á esto
-que te voy á decir; y tú, chiquilla, prepárate á ayudarme en todo, y
-guárdete Dios de poner un solo reparo á lo que declare y disponga,
-porque eso será lo que haya de hacerse. Y digo, Tomás, que todo cuanto
-me dijiste aquel día y anteayer cuando volviste á tratar conmigo del
-propio asunto y á adquirir noticias que no pude darte de esta infeliz,
-me pareció muy atendible; porque en esto de delicadezas, cada cual
-discurre y lo entiende á su modo, y hay que respetar los escrúpulos de
-cada quisque. Pero hoy han cambiado las circunstancias, y hay que mirar
-el asunto por otro lado diferente. Ya sabes lo que le pasa á Inés, ¿no
-es verdad?... Pues bueno: de esa misma enfermedad murió su madre: los
-mismos verdugos la mataron. Puedo jurarte que es cierto. Para librarse
-de una muerte así, no basta escaparse de la cárcel. Más tarde ó más
-temprano, la fugitiva volverá á sus hierros; porque, ya te lo he dicho,
-la ley ampara en estos casos al carcelero, por bárbaro que sea. En una
-palabra, Inés no puede estar segura en ningún escondrijo, aunque se le
-guarden coraceros, mientras no la ampare otra ley. ¿Me entiendes?...
-¡Otra vez los puntos y las comas de calabaza!... Pues te lo pondré más
-claro todavía: tienes que elegir entre estos dos extremos: ó dejar
-que Inés perezca á fuego lento entre dos demonios, como pereció su
-pobre madre, ó ponerla sin tardanza al amparo da la ley, cosa que ya
-traigo estudiada y se hace en medio minuto delante del Juez, después de
-tenerla en lugar seguro. Éste es el caso. Á ver ahora, entre estas dos
-delicadezas, cuál te parece más delicada.
-
-Y claro es que, en el dilema, el de Nubloso se fué por donde don Alejo
-quería.
-
-—Pues se acabó la historia—dijo el buen cura.—Antes que amanezca el
-día, estamos tú y yo, con Inés, en Ansares, en casa de mi sobrino
-Gaspar, hombre de bien y caballero, aunque no gasta más que media
-levita. Tiene una mujer que vale tanto como él, y dos hijas que, si no
-anduviera Inés de por medio, diría que eran las dos muchachas mejores
-y más majas que hay en todos los pueblos del contorno. Allí encontrará
-esta infeliz el sosiego y el amor que no la han dado en su casa; y la
-guardará la puerta de demonios que quieran asaltarla, una cuartilluca
-de papel con cuatro garabatos que nos extenderá quien deba, en este
-mismo día en que estamos, hasta que remate yo la obra á mi gusto en la
-iglesia de Robleces. Conque arriba, muchachos, que no hay tiempo que
-perder. Ya veis que yo ni siquiera me he sentado.
-
-Y era la verdad, que de pie hablaba don Alejo y con la capa de larga
-esclavina sobre los hombros, por más señas.
-
-De lo que allí pasó entonces, sólo quiero decir, porque lo demás se
-adivina, amén de resultar empalagoso si se cuenta, que Inés volvió
-á ver en su imaginación el cielo aquél de sus esperanzas, barrido
-de nubes, limpio y sereno; y que al hallarse en el portal entre sus
-dos protectores, ya no temió á las tinieblas de la noche, ni á las
-asperezas del camino, ni á los sabuesos de su cárcel, ni á la zarpa de
-la Galusa, ni á todos los verdugos de la tierra que se conjuraran para
-acabar con ella. Volvía á vivir, y se congratulaba de haber padecido
-aquel martirio cruel, porque la abría las puertas de su soñado paraíso.
-
-Pisando ya la mullida del corral, se volvió don Alejo para decir al
-Lebrato que, acompañado de sus hijos, despedía desde el portal á los
-que se marchaban:
-
-—Ya supondrás que la canita de hoy se me queda sin echar; pero mañana,
-si Dios quiere, será otra cosa. Aquí me tendréis á la hora convenida...
-digo, si pensáis volver también mañana á la mar.
-
-—Anque sólo juera por dale á usté ese gusto, señor don Alejo—respondió
-el Lebrato,—aquí me tendrá esperándole á la hora que quiera venir.
-
-—Pues hasta mañana.
-
-Y se perdieron en las sombras de afuera los tres del corral que se
-iban, y se metieron en casa los otros tres que se quedaban.
-
-[Ilustración]
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-[Ilustración]
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-XXX
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-COSECHA DE TEMPESTADES
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-Era ya muy entrado el día cuando la gente de la casona de Robleces
-notó la falta de Inés, Primero se notó la de la llave de la puerta
-de atrás, y el que estuviera descorrido el pasador del postigo de la
-portalada; pero la una podía haberse caído de la cerradura, ó ¡fuera
-usted á saber! y el otro haberse quedado sin correr por olvido casual,
-aunque aseguraba el Berrugo que le había corrido él mismo, como todas
-las noches; como aseguraba también que la llave había quedado en la
-cerradura, y bien atravesada, para que no pudiera meterse otra falsa
-desde afuera. De todos modos, cualquier recelo cabía menos el de que
-Inés hubiera andado en el ajo. Lo que le descubrió fué su cama sin
-deshacer, cuando la Galusa, viendo que «la zanganota» no salía tan
-temprano como de costumbre, entró en el cuarto resuelta á «enderezarla
-á escobazos, si juere menester.» Se quedó helada al notar aquel
-indicio, y no quiso decir una palabra á su amo hasta cerciorarse de
-que Inés no estaba escondida en ningún rincón de la casa. No dando con
-ella, por más que preguntó á los otros criados y la llamó á voces desde
-muchas partes, ató aquel cabo suelto á los del pasador corrido y de la
-llave extraviada, y fuése, aleteando con los brazos y echando espuma
-venenosa por la boca, adonde trajinaba su amo. Refirióle el caso entre
-bascas y aspavientos, y se quedó el hombre hecho una pieza.
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-—Pues esa pícara—fué lo primero que habló el Berrugo al volver de
-su asombro,—no ha ido lejos, si ha ido sola, aunque haya salido por
-la puerta de atrás; y si no ha ido sola, el granuja, el pillo que
-la acompañó, estaba en inteligencia con ella; y esto no puede haber
-sucedido sin tu consentimiento, ó sin haber descuidado la vigilancia
-que corría de tu cuenta. De cualquier modo, tú eres la responsable;
-y si no me la entregas hoy, aquí mismo, en todo el día, soy capaz de
-sentarte en el llar de la cocina para freirte el pellejo, ¡bribonaza!
-¡Ya estás andando!
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-Por primera vez en su vida, no tuvo la Galusa agallas para responder á
-su amo. Tan crespo y endemoniado le vió; y como á ella le interesaba
-tanto como á él el hallazgo de la fugitiva, dejando piques á un lado
-volvióse corriendo á la cocina para mandar al mocetón, que estaba
-almorzando con Luca, que fuera á escape á Lumiacos á decir á su sobrino
-que viniera sin perder minuto. Le parecía á la bruja, y con razón, que
-ningún mastín como aquél para dar con la oveja descarriada y sacarla de
-las fauces del lobo, si andaba lobo en el ajo, como se lo iba temiendo.
-Ella misma se echó á la calle á pedir noticias de casa en casa. Á la
-del cura no se atrevió á ir, porque le temía de lumbre desde muchos
-años atrás. Estaba enterado de la historia de la mártir, y no perdonaba
-ocasión de flagelarla á ella con echedizas que sacaban sangre. De ese
-paso se encargaría su sobrino.
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-Cuando supuso que podía haber llegado ya éste, se volvió á casa, sin
-haber hallado el menor rastro de lo que buscaba y bien segura de que
-no había en el barrio alma nacida que no se complaciera en ocultársele
-si le hubiera conocido. El Berrugo, entre tanto, dió parte al alcalde,
-excitándole, con ruegos y con amenazas, á que «cumpliera con su deber.»
-El alcalde porque le temía, como todo el pueblo, prometió echar los
-bofes en el empeño; pero en seguida de dar las órdenes á las personas
-que habían de ejecutarlas, fué diciendo al oído de cada una, que si
-topaban con la pista, se hicieran los tontos y se echaran por otro
-lado; porque era «sacar ánima del purgatorio dejar á la enfeliz fuera
-del alcance de aquellos dos demonios.»
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-Era ya más de media mañana cuando llegó Marcones, bien enterado de lo
-que pasaba, por el recadista. Venía verde, y sudaba hollín con azufre.
-En cuanto le atisbó su tía, corrió á su encuentro y le dijo ahogándose
-de rabia:
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-—Si no se la ha llevao ese pícaro á Nubloso, y anque se la llevara,
-el cura debe de andar en el fregao. Ella no tiene en el pueblo otro
-conocimiento que él; y á más que más, hoy no ha tocao á misa... ¡Vete á
-ver al cura sin parar!
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-Y Marcones corrió á ver al cura, que había vuelto á casa media hora
-antes. Aún tenía los zapatos sucios, y bien se le conocía en la cara y
-en el desaliño de toda su persona, la brega en que había andado desde
-las dos de la mañana. Todo lo tuvo muy en cuenta Marcones tan pronto
-como lo advirtió; y como él también llevaba á la vista buenas señales
-de la trotada que acababa de darse desde Lumiacos, y de la procesión
-que le andaba por adentro, bastóle á don Alejo una mirada para colegir
-lo que iba buscando allí el sobrino de la Galusa.
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-El cual, sabiendo por experiencia cómo las gastaba de frescas el cura
-de Robleces, le expuso su embajada con todo el comedimiento que cabía
-en un descomedido de su tamaño.
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-Quedósele mirando el cura después de oirle, con una cara que era un
-mosáico de reflejos: reflejos de burla, de gozo, de indignación... y
-hasta de un poco de ira, y luégo le preguntó:
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-—Y ¿quién eres tú, qué títulos, qué derechos tienes para venir á
-pedirme esos informes?
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-—Mandado soy, señor don Alejo—respondió tragando bilis el de
-Lumiacos.—Los favores recibidos obligan; el trato frecuente engendra
-interés y cariño, y las penas de los favorecedores se sienten y se
-lloran como las propias penas.
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-—¡Los favores recibidos!—repitió el cura mirando de alto á bajo á
-Marcones.—¡Las penas de los favorecedores!... ¡El cariño que les
-tenemos!... Pedantón y gazmoñote, ¡cómo has podido soñar que si yo
-supiera algo de eso te lo había de contar á tí? ¿Piensas que no sé lo
-que pasa? ¿Piensas que no te conozco? ¡Y había de ser yo capaz de poner
-en vuestras manos lo que acaba de salvar de ellas la Providencia de
-Dios!
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-Marcones rugió como un oso acorralado, y saltó de un golpe al registro
-de lo patético con espeluzno:
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-—¡Usted me falta! ¡Usted me injuria! ¡Usted se prevale de sus
-canas!... ¡Yo no he venido aquí á eso!
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-—Yo no te falto—replicó don Alejo con firmeza.—Yo no te injurio. Lo que
-hago es decirte la verdad, porque ya es hora y te me pones á tiro. Y lo
-dicho se lo cuentas si quieres á la bribona de tu tía y al pícaro de su
-amo... Porque yo no le temo, ¿entiendes? Á mí, si no es del pellejo,
-no tiene por dónde agarrarme, como tiene agarrados á tantos infelices.
-Yo todos mis bienes los llevo conmigo, en esta levita raída y en estos
-calzones con la culera remendada. ¡Mírala! Y á mucha honra; que ese es
-mi deber mientras haya en la parroquia otros más necesitados que yo. Y
-le añades que no ha de ser el cura de Robleces quien le dé noticias de
-la pobre oveja escapada de los dientes del lobo; pero que renuncie á
-esa carne para _in sæcula_, porque el milagro fué obra de Dios, y las
-obras de Dios son de larga dura. ¿Te vas enterando?
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-—De lo que me voy enterando—respondió Marcones, lívido y temblón,—es
-de que hay sobrado con lo que usted me dice, para ver que no fué todo
-obra de Dios, y que anduvieron también en ello manos carnales, bien
-conocidas de usted... y que por mucho menos se ha visto intervenir á la
-Justicia. ¿Me va usted entendiendo á mí?
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-—¡Pues no he de entenderte, imprudentón de Satanás? Y porque te
-entiendo, te declaro que tampoco me asusta la Justicia con que me
-amenazas. ¡Ojalá me pusiérais hoy delante de ella! ¡Qué cosas habían de
-saberse! ¡Qué cosas, Marcos, qué cosas! Todo Robleces iría á declarar
-conmigo; y ¡pobres de ellos entonces... y pobre de tí también!
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-—¡De mí?—exclamó Marcones llamándose á lo terrible con el aparato;
-pero, en el fondo, bien encogido ante la firmeza imperturbable del
-cura.—¡Usted me ofende otra vez; usted me calumnia de nuevo!
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-—Pataratas son esas—añadió don Alejo con aire despreciativo.—¿No te
-he dicho que te conozco? ¿Crees que no se te ha visto el juego en esa
-casa? ¿Piensas que se ignora en el lugar la parte que tú tienes, más de
-cerca ó más de lejos, en lo sucedido anoche en ella?... ¡Calla, calla,
-zagalón de los demonios, por la cuenta que te tiene, y no vuelvas á
-soñar con buscarte por ese lado la puchera! ¡Para tí estaba!
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-—¡Eso es otro insulto!—replicó, ronco de ira, Marcones.—¡Yo no he
-entrado en esa casa jamás con semejantes intenciones, y usted lo sabe
-muy bien! ¡Yo no nací para eso; yo sigo muy distinta carrera; yo tengo
-otra vocación más alta! Ella me tira, ella me reclama; y con la ayuda
-de Dios, no pasarán muchos días sin que yo vuelva al seminario.
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-—¡Al seminario tú!—exclamó en tono incisivo el cura.—¡Tú al seminario!
-¡Imposible que se te vuelvan á abrir aquellas puertas! ¡Imposible que
-haya un obispo que te ordene; porque no puede concebirse que baje Dios
-á unas manos como las tuyas! Quédate, quédate en Lumiacos machacando
-terrones, que para eso naciste, y ayuda á tu padre, que mucho lo
-necesita y bien se lo debes. Arrímate al ariego y desmocha cajigas
-en el monte; desengrásate así, bárbaro, y castiga esas carnazas; y
-para ofender menos á Dios, busca una mozona capaz de sufrirte ese
-geniazo brutal, y cásate con ella. Así, cuando menos, sudarás lo que
-ganes, y podrás comer honradamente tu puchera. Con esto no tengo más
-que decirte; y como ya llevas más de lo que venías buscando, dame las
-gracias y lárgate cuanto antes, porque yo tengo otras cosas que hacer.
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-Y mientras Marcones daba patadas en el suelo y se golpeaba las nalgas
-con los puños cerrados, y castañeteaba los dientes y echaba espumarajos
-por la boca entre apóstrofes bravíos, don Alejo le volvía la espalda
-muy tranquilamente, y desaparecía de la saluca en que había recibido la
-embajada.
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-Cuando el de Lumiacos volvió á entrar en la casona, era tal su talante,
-que no parecía sino que acababa de recibir una paliza, después de un
-remojón en una charca. Así iba de lación, de palidote, de sudoroso y
-de trémulo. Contó el caso á su tía, y la tía, después de convenir con
-el sobrino en que el cura, por las trazas, había tenido gran parte en
-el fregado, y en que había que andarse con mucho tiento para ajustar
-con él esa clase de cuentas que podían enredarse demasiado, si el cura
-se empeñaba en ello, opinó además que, siendo ya el negocio principal
-cosa perdida para ellos dos, convendría meditar mucho sobre el modo
-de tratar del caso con «ese hombre» para que no hiciera una de las
-suyas que los comprometiera á todos, ó sobre si sería preferible no
-decirle una palabra y dejar que el demonio fuera haciendo su oficio y
-disponiendo de lo suyo libremente. Tuvo el sobrino por atinados los
-pareceres de su tía, y se pusieron á ventilar las dudas apuntadas.
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-Ventilándolas estaban, cuando se apeó de un rocín de mal pelaje y
-de peores aparejos, barrigón y desherrado, junto al mismo poste del
-soportal, Leto González, el de Los Castrucos, Juez municipal del
-distrito de Robleces. El cual Juez (que debía de traer larga jornada,
-por los jadeos del penco y lo que él mismo renqueaba al moverse, con
-las perneras encaramadas hasta cerca de las ligas y arrastrando por el
-suelo la única espuela que calzaba), baldragas y apocadote como era,
-atrevióse á llamar, sin duda por lo que tenía de justicia respetable
-en aquella ocasión, con dos varazos tremendos á la puerta del estragal
-de la casona; y pareciéndole que tardaban mucho en responderle, á
-echar escalera arriba y anunciarse allí con otro par de varazos, bien
-sacudidos y resonantes sobre la puerta del carrejo.
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-Salió entonces el Berrugo, que andaba subiendo y bajando sin saber
-lo que se hacía toda la mañana de Dios, aunque aparentaba cosa muy
-diferente; vió á Leto tan atrevido; acordóse del cargo que ejercía en
-el lugar; sospechó que su visita podría tener algo que ver con lo que
-á él le estaba preocupando; condújole á la sala sin preguntarle lo que
-quería; siguióle el otro muy hueco, sacando de paso unos papeles del
-bolsillo; y cara á cara y á pie firme allí los dos, sin preludios ni
-reparos y sin señal de miedo alguno, el Juez municipal de Robleces dijo
-al señor don Baltasar Gómez de la Tejera que, por delegación del señor
-Juez de primera instancia del partido, le hacía saber que, á petición
-de don Tomás Quicanes, de Nubloso, quedaba depositada su hija, doña
-Inés, en casa de don Gaspar de la Peña, natural y vecino de Ansares.
-Probó lo que declaraba con documentos fehacientes; enteróse el Berrugo
-sin desplegar sus labios ni hacer un gesto; cumpliéronse y se llenaron
-todas las formalidades de rúbrica; despidióse el de Los Castrucos, y
-dejóle ir don Baltasar sin decirle una insolencia, ni mostrar con signo
-alguno el efecto que le había producido la embajada.
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-La Galusa, que atisbó la escena desde el carrejo, se maravilló
-de aquella imperturbabilidad pacentísima de su señor y cómplice.
-Consideróla como celaje falso y encubridor de alguna tempestad
-destinada probablemente á descargar en seguida sobre su cabeza, y creyó
-muy conveniente esperar _á subio_, y siquiera los primeros embates.
-Llamó á su sobrino con una seña; díjole al oído lo que temía, y le
-llevó á su cuarto, donde se encerraron los dos, dispuestos á no abrir
-la puerta como no la echara abajo el huracán.
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-Se engañaba grandemente la Galusa, con lo bien conocido que tenía á su
-amo. El Berrugo no era hombre de estrépitos, sobre todo, de estrépitos
-infructuosos. La tempestad que había dentro de él no era de las que
-pasan con cuatro estampidos gordos y unos cuantos aguaceros, ni de las
-que sirven para instrumento de las cóleras de nadie: era de las sordas
-que empujan y flagelan y arrastran al más templado; y arrastrado y
-flagelado por la suya, sin acordarse para maldita la cosa de su criada,
-que no era lo que entonces le dolía, bajó á su leonera del portal, y
-allí se encerró, con las dos vueltas de la llave.
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-Sobándose la barbilla con los dedos apiñados de una mano, y rascándose
-á menudo la cabeza con la otra, comenzó á pasear en redondo en el
-mezquino espacio que dejaban libre las cubas, los barriles, la mesa
-y un par de sillas derrengadas que ocupaban lo restante de la pieza.
-Allí, y de parecido modo, solía él correr los temporales de su vida;
-aclarar los puntos dificultosos de sus problemas económicos; preparar
-sus grandes resoluciones, y hasta soñar á gusto en sus ideales
-tentadores y disponer la urdimbre de sus cábalas supersticiosas. No
-sabía pensar con arte si no se movía mucho y á solas y al amparo de
-sus ídolos, á modo de penates, que estaban allí; y lo mismo en lo que
-le contrariaba que en lo que le seducía, siempre había encontrado,
-por obscurecidos que estuvieran los horizontes de sus ideas, un punto
-luminoso que le guiara en su labor tempestuosa (porque en tempestades,
-más ó menos recias, paraban en su cerebro diabólico todos sus
-problemas), y al cabo llegaba á ser franca y triunfal salida.
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-Pero el huracán de esta vez era de noche cerrada y como jamás le había
-corrido él.
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-—Me coge—pensaba con la rapidez que se movía,—como en una ratonera, y
-atado de pies y manos, y cuando empiezo á sentirme rendido de pelear
-á muerte con la mitad del género humano para sacarle el quilo... y es
-la primera vez que se me quiebra la suerte y el demonio me abandona,
-si es que no se pone contra mí, como lo voy temiendo; porque solamente
-cegado por él, he podido ser yo tan torpe como he sido... ¿Qué al caso
-venían ahora esos rigores, si con mucho menos hubiera logrado todo lo
-que me proponía? Pero ¿quién había de creerla capaz de una resolución
-así? Yo me dejaba llevar del ejemplo de su madre, que no se movió, que
-no despegó sus labios, ni con una mala mirada se rebeló contra mí; y
-eso que acabé por matarla. ¡Como si los tiempos y los casos fueran los
-mismos! ¡Ciego, más que ciego! ¡Bestia, más que bestia! ¡Y pude recibir
-en mi casa á ese bribón, sin calarle las malas intenciones, y hasta
-metérsele á ella por los ojos, creyéndole rico y campechano!... Porque
-un hombre así era todo lo que yo ambicionaba para ella: un hombre rico
-que la aceptara por pobre. Y no por su bien. ¡Por su bien!... Si sólo
-se tratara de llevármela de casa, ¡qué mayor ganga para mí? Un bulto
-menos y una ración que ahorrar; y á ver cómo no hacían de ella trizas
-y jigote escabechado, ¡bribona! ¡Pero resultar ahora que el currutaco
-ese que la levantó de cascos y se la llevó consigo y la encerró donde
-yo no puedo entrar para sacarla tiras del pellejo, es un tuno sin un
-real, listo como la pimienta, y con humos de gran señor!... ¡Lo que á
-mí más me ha espantado siempre! ¡Un sinvergüenza de esa estofa, que me
-reclamará, por de pronto, lo que yo no quiero ni debo darle, y mañana
-me devorará estas riquezas que no puedo llevar conmigo á la sepultura,
-ni esconderlas donde nadie las encuentre! En fin, que me dieron la
-tostada. ¡Y qué tostada!... ¡Tonto yo!... ¡pillo redomado él, y viles,
-infames y cochinas las leyes que le amparan contra mí!... Pero, señor,
-¿por qué ha de haber esas leyes? ¿En qué justicia cabe que lo que yo
-tengo, que lo que yo gano, que lo que yo sudo, no ha de ser mío, mío
-solamente, y para nadie más que para mí? ¡Ah, pillos legisladores! Si
-tuviérais camisa que perder, ya pensaríais de otro modo; pero hacéis
-las leyes descamisados y hambrientos, y así salen ellas: encubridoras
-de ladrones... Mientras viva, ese granuja, invocando derechos que
-vosotros le habéis dado, meterá las uñas de raposo en mis bolsillos;
-y tras de arrancarme lo que es ya de su mujer desde que murió su
-madre, dará un tiento á lo que es mío, para sacar una tajada de ello á
-título de gananciales... ¡que no será poco, en gracia de Dios, si el
-demonio no me da tan buena maña para esconderlo, como la que me dió
-para adquirirlo!; y cuando me muera, volverá esa garduña, y levantará
-las tablas del suelo y las latas del desván, y revolverá todos los
-rincones de la casa pensando que lo tengo escondido en onzas de oro...
-¡En onzas de oro! Las onzas enterradas no producen, ¡cochinote!, al
-paso que se dejan ver de ojos de zahorí ratero, como la ladrona de mi
-criada... ¡y como tú!... Y cuando más engañado se crea el grandísimo
-bribón, porque no halle barriles de monedas en que hundir los brazos
-hasta el codo, rebuscando aquí y allá, vendrá á abrir esa alacena ¡esa!
-atestada de legajos; y comenzará á deshacerlos uno á uno; ¡y entonces
-sí que se relamerá de gusto, el gran canalla, al ver el caudalazo que
-representan, y pensar en la vida regalona que podrá darse, y al fin se
-dará, con aquellas gotas del sudor y de la sangre del mismo corazón de
-este mentecato majadero... y más que estúpido!... ¡Oh, que no pudiera
-yo estar á aquellas horas á su lado, para hacer con los papeles una
-hoguera en el corral y asar al ladrón en ella!... ¡Leyes, leyes de
-bandidos! ¡Malditas sean por siempre jamás amén!... Yo quisiera ahora
-ser cien veces, mil veces, un millón de veces, más rico de lo que
-soy, para hacer unas leyes á mi gusto, ó comprar á la Justicia y al
-rey mismo, para que no rigieran conmigo las que oprimen á los demás,
-y se me autorizara para colgar por el pescuezo al pillo ese, y á la
-taimada que le ayuda contra mí, y á todos sus encubridores y cómplices
-indecentes. ¡Mal rayo los parta, y á mí, por tonto, con ellos!
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-Aquí hizo el Berrugo, de repente, un alto en sus vueltas de torbellino;
-y con la mano con que se acariciaba la barbilla, recorrió toda la cara
-y se restregó mucho las narices y los ojos. Éstos le chispeaban, y
-tenía los pelos erizados y la boca muy reseca. Permaneció así un buen
-rato, como si le deslumbrara y le abstrajera alguna visión interna, ó
-se hubiera desquiciado de repente la máquina de sus pensamientos. Ello
-es que presentaba todo el aspecto de un loco enjaulado. De pronto bajó
-otra vez la mano á la barbilla, y volvió á sus paseos circulares y
-vertiginosos.
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-—¡Y decir á Dios—pensaba mientras se movía,—que esto de unas riquezas
-tan enormes, que parecería dicho vano á cualquiera, podría ser una
-realidad visible y palpable á la hora menos pensada! Porque _él_ está
-allí; tan fijo, como yo estoy ahora abrasándome la sangre entre estos
-montones de miseria... Y no puede estar en otra parte; porque es
-imposible que mientan tantas señales juntas. Allí está, lo juraría,
-hacia lo hondo, entre lo obscuro: parte en cajones bien enzunchados;
-lo otro en pilas y á granel... pero mucho, ¡muchísimo!... ¡Y yo que á
-estas horas podía haberlo visto con mis ojos y palpado con mis manos,
-si no fuera tan gallina! El Lebrato decía verdad. Es una escalera
-aquello. Cincuenta veces lo he estudiado; otras tantas he tenido las
-piernas en el primer peldaño; pero la altura, la cabeza... el miedo,
-¡qué demonio! me ha echado siempre hacia atrás... Y eso no puede
-averiguarse de otro modo... No hay hombre en el mundo que merezca tal
-confianza: el más honrado me engañaría. Sin ese temor, ya hubiera yo
-enderezado á Juan Pedro; y con temor y todo, he estado á pique de
-proponérselo... ¡Para él estaba! Después de visto y palpado por mí,
-ya será otra cosa. Ya sería aquello mío, y ya no podría engañarme
-cuando con él y con otros y por los medios seguros que yo dispondría
-con todo sosiego, se fuera sacando... ¡qué hermosura! No acabaríamos
-de ver filas de carros desde allá hasta Robleces, en una semana, ¡y
-todos cargados de ello!... Después, aquí mismo, caja por caja... ¡qué
-curiosidad antes de abrirlas, y qué admiración, qué asombro, después
-de abiertas! ¡Qué correr mares de oro por el suelo!... Y ¡qué oro!
-De lo superior de entonces; no de este oro de pega que se usa, que
-tiene una mitad de alquimia. ¿Pues la pedrería suelta? ¡Á celemines!
-¿Y las joyas? ¡Á montones! Para guardarlo, me daría el gobierno un
-batallón de civiles... y además dormiría yo sobre ello, por si acaso.
-¡Qué colchón tan asombroso! En seguida iría comprando y comprando,
-aquí media ciudad, allá media provincia, y aún me quedarían tesoros
-bastantes para ser señor de honras y conciencias, después de ser tan
-poderoso como el rey más poderoso entre todos los reyes del mundo... Y
-no temieran esos personajes que yo fuera á disputarles la bambolla con
-mis lujos. Baltasar Gómez de la Tejera sería como ahora, y tan Berrugo
-como he sido hasta aquí, según me llaman mis cariñosos convecinos, á
-quienes parta un rayo. Me daría por satisfecho con ver llegada la hora
-de que anduvieran las gentes á mi gusto y se fabricaran las leyes á mi
-antojo. Porque esa hora habría llegado ya, y sin necesidad de que yo la
-llamara: en cuanto se oliera por el mundo que se apaleaban las onzas y
-los diamantes en este caserón de Robleces. ¡Vaya si conozco yo á los
-hombres, y sé lo que escasea el dinero entre ellos!... Pues repito que
-esto que doy por hecho no es soñar; que esto puede ser la verdad pura á
-la hora menos pensada: en cuanto á mí se me ponga entre cajas el empeño
-de vencer con una industria, que ya tengo bien ideada, ese recelillo
-que me queda... esta punta de miedo que me acomete en cuanto me arrimo
-allá y avanzo una pierna ó la mirada fuera de lo seguro y firme...
-Porque insisto, porfío... ¡juro que él está allí, allí, esperando á que
-lo descubra con mis propios ojos!... porque no pueden descubrirlo otros
-que los míos... porque está destinado para mí, y para nadie más que
-para mí... y ha de ser mío, aunque para estorbarlo se juntara el cielo
-con la tierra...
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-Hasta muy cerca de aquí, ya había llegado el Berrugo durante el verano
-aquél, muchas, muchísimas veces, con este mismo arrechucho; pero en
-la ocasión de que se trata, exaltado ya el hombre por el disgusto que
-había pensado digerir allí cuando cayó abismado en las honduras de su
-manía, avanzó con ella mucho más adelante; y llegó á ver tal cúmulo
-de demostraciones evidentes y de facilidades comprobadas, que acabó
-por hablar á voces; y loco, loco de remate estaba, cuando oyó golpes
-en la puerta de su encierro. La sorpresa le volvió algo á la realidad
-de la vida; pero, recelando de todo, dudó si se haría el sordo ó si
-respondería. En esta duda, los golpes se repitieron, y al fin se
-decidió á preguntar quién llamaba.
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-—Soy yo, si no molesto,—respondió la voz de don Elías desde el portal.
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-Abrió entonces, estremecido y como si obedeciera á un impulso extraño,
-el supersticioso don Baltasar; y don Elías, que por su parte también
-iba bien espeluznado, se quedó suspenso al verle de aquella traza
-alarmante.
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-—¿Qué se le ofrece?—preguntó al médico, atravesándose en la puerta á
-medio abrir.
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-—Me dijo Antón, que salía al llegar yo á la portalada, que estaba usted
-aquí, y por eso he llamado sin subir; porque á usted es á quien vengo
-buscando.
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-—Y ¿para qué?
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-—Para una cosa que le interesa muchísimo.
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-—Pues dígala pronto, porque estoy de prisa y de mal humor.
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-—Si me permitiera usted—añadió don Elías pasándose el pañuelo por la
-frente para enjugarse el sudor,—entrar un poquito más adentro... porque
-convendría que nadie se enterara.
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-El Berrugo, por toda contestación, dió un paso atrás sin soltar su mano
-del pestillo. Entró don Elías de medio lado; cerró el otro la puerta, y
-sin moverse de allí le dijo con la mirada:
-
-—Ya está usted hablando.
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-Entendióle don Elías, y comenzó de esta suerte:
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-—Como la noche ha sido toledana para mí, levantéme con el sol; y no
-siendo esa hora la más á propósito para visitarle á usted, con la mira
-de hacer tiempo, bajéme á despachar la visita de Las Pozas, que no era
-larga, por mi cuenta; pero parece que el demonio se había metido allí
-de patas desde anteayer acá, porque no bien salía de una casa, ya me
-estaban llamando para otra... Yo no sé si los higos, que no escasean
-este año, ó la mucha mora que hay por esos bardales... porqueriucas de
-nada; pero ello es que con tanta visita y un rato que pasé en la última
-de ellas para tomar una taza de leche, que buena falta me hacía, porque
-estaba en ayunas, se me fué más de media mañana.
-
-—Y á mí ¿qué me importan esos higos ni esas moras, ni esa taza
-de leche, ni que se lleven los demonios á todo el barrio de Las
-Pozas?—saltó el Berrugo impaciente y con un gesto y una voz que
-flagelaban.
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-—Quería decirle á usted—replicó don Elías humildemente,—que por esa
-razón, y por lo que he tardado desde Las Pozas aquí, aunque he venido á
-escape y sin tropezar con alma nacida, no me ha sido posible avistarme
-con usted tan pronto como yo deseaba... Voy á entrar al punto en
-materia, señor don Baltasar, que ya veo que está usted muy impaciente.
-Pues, señor, que, como le dije á usted hace un momento, esta última
-noche fué toledana para mí. La médica se puso como para quedárseme
-entre las manos; á las chicas les dió la ventolera también, y armaron
-cada catacumba que temblaba la casa; la cena fué mucho peor que todo
-ello, y, resultado, que á las altas horas logré un poco de sosiego y me
-metí en la cama: por supuesto, para no pegar los ojos. Que vuelta acá,
-que vuelta allá y que vuelta al otro lado, en una de ellas ¡zás!... la
-linterna á los ojos y mi hermana detrás de ella.
-
-Aquí dió un salto el Berrugo; y por más que tosió y carraspeó para
-disimularle, no lo hubiera conseguido á no estar ya don Elías
-enteramente espeluznado, y absorto en la ilación de su relato, que
-continuó de esta manera:
-
-—Acordándome de la otra vez, dí por hecho que iba á ser cosa de otro
-viaje á la llosa grande, en ropas menores y descalzo, y traté de
-incorporarme; pero me hizo señas para que me estuviera quedo, y en
-seguida, con su voz, con su misma voz, con la voz que tuvo en vida y
-yo recuerdo muy bien, aunque bajito, muy bajo y muy arrimada la boca
-á mi oído, me dijo... ¡por estas cruces se lo juro á usted, señor don
-Baltasar! me dijo: «Elías, dile á ese hombre, que está donde él ha
-creído; que suyo es, que no tarde y que no tema.» Con esto apagó la
-luz, y se desvaneció ella también.
-
-El pestillo de la puerta, bajo la mano temblorosa del Berrugo,
-repiqueteaba en su retenedor; y no con toses, con alaridos disfrazaba
-el supersticioso la crispatura en que le había puesto la declaración
-del otro visionario. Pues aún halló en los rincones de sus adentros
-roñosos, un poco de ironía burlona para decir á don Elías, que se había
-quedado con los ojos encandilados y la frente bañada en sudor:
-
-—Pero, alma de Dios, ¡cuándo acabará usted de ver visiones y de
-jeringar al prójimo con los relatos de ellas?
-
-—¡No hay tales visiones, señor don Baltasar!—replicó el médico
-irguiéndose inspirado y atrevido.
-
-—¡Quite usted allá!—añadió el otro, empujándole hacia la puerta.
-
-—Y «ese hombre»—insistió don Elías haciéndole frente,—«ese hombre» á
-quien se refería mi hermana, es usted, por todas las señales.
-
-—¡Vaya usted con doscientos mil demonios, y no me rompa más la cabeza
-con sus majaderías!
-
-Y al mismo tiempo que le lanzaba estos improperios, con una mano abría
-la puerta y con otra le arrojaba del cuarto.
-
-En seguida que se vió solo, volvió á cerrar; corrió hacia la mesa,
-y cayó desplomado en una silla con los ojos fulgurantes, la boca
-entreabierta, los brazos en cruz y las piernas estiradas.
-
-Entre tanto, don Elías, limpiándose el sudor de la cara con el pañuelo,
-salía á la calle al rayar el mediodía, sin sospechar, el desdichado,
-que á aquellas horas era el único viviente del barrio de la Iglesia
-que no sabía una palabra del suceso gordo ocurrido la noche antes en
-aquella misma casa.
-
-¡Él, que se descuajaringaba y desvivía por correr un mal chismuco antes
-que nadie!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-XXXI
-
-«POR DO MÁS PECADO HABÍA»
-
-
-Á la hora convenida con el Lebrato, y después de decir misa, estaba
-don Alejo en la barquía, con un chaquetón negro y un _galero_, negro
-también y también viejo, porque el chaquetón lo era: únicas prendas que
-llevaba encima, diferentes de las de todos los días. Llevaba muchas
-cosas que contar; y con la promesa de ir haciéndolo por el camino,
-agarró la caña del timón; bogaron el Lebrato y Pedro Juan, y comenzó la
-barquía á deslizarse por la Arcillosa adelante. Estaba la mañana como
-la mejor de primavera, y esto acababa de transportar al animoso párroco
-á los buenos tiempos de sus aficiones de «pescador de altura,» como
-él se llamaba á sí propio con gran énfasis. Para explotarlo todo y no
-perder el tiempo, en cuanto desembocó en la ría largó un aparejillo de
-_sereña_, de su propiedad, cuyos anzuelos había encarnado poco antes;
-y así las cosas, remando firme el Lebrato y Pedro Juan, y avanzando
-mucho la barquía, dió principio el cura á sus relatos, mientras
-gobernaba con una mano y sacudía blandamente con la otra el aparejo
-tendido.
-
-Lo de Inés se había arreglado tan puntual y guapamente como lo tenía
-calculado él. Estaba ya bien libre, la pobre, por todos los días de su
-vida, de caer en la infame ratonera de que se había escapado por un
-milagro de Dios. En otra, harto más llevadera, la encerraría él muy
-pronto, y en buena compañía. ¡Que fuera la Galusa á hincarle las uñas
-allí! Había sido muy de notar el sosiego con que recibió el Berrugo
-la notificación del depósito de su hija. Refirió también lo que sabía
-de los pasos dados inútilmente por las gentes de la casa, y bien á
-la fuerza, por la autoridad, en busca de la fugitiva; y aseguró que
-Marcones, al encararse con él, había sido bien despachado.
-
-Al Lebrato le pareció todo ello muy bien, y Pedro Juan habló un poco
-para ratificarse en su conocido dictamen del canto al pescuezo, por lo
-tocante al Berrugo.
-
-—No se quedará sin él, aquí ó allá, si le merece—dijo el cura;—que
-Dios consiente y no para siempre. Y ahora va lo mejor de todo lo
-acontecido ayer en la casona. Parece ser que el Berrugo se encerró en
-su leonera de abajo, en cuanto ocurrió lo del Juez municipal; y que
-mientras estuvo encerrado allí, entre la tía y el sobrino, que andaban
-en conciliábulos arriba, llegó á armarse tal zipizape, que al fin se
-echaron las uñas. Según Luca, que lo oyó, la cosa se fué encrespando
-sobre quién de los dos había tenido más culpa en que la tajada se les
-escapara de los dientes. La moza se asustó; y viendo que no subía su
-amo, aunque ya era bien pasada la hora de comer, bajó á llamarle con
-ánimo de que pusiera paz entre aquellos dos demonios, que andaban ya
-muy cerca de rodar por los suelos. Golpeó á la puerta, pero el hombre
-no respondía; golpeó más, y tampoco; hasta que en fuerza de golpear
-y golpear y de decir á gritos, por el ojo de la cerradura, que se
-mataban arriba, destrancó el Berrugo, abrió y se presentó delante de
-la muchacha, con una traza que metía miedo: con los ojos encandilados,
-las cejas erizadas, el poco pelo hecho una greña, y el color de la
-cara, de difunto. Preguntó, como espantado, quién se mataba; respondió
-Luca lo que ocurría; y después de decir él que ojalá fuera verdad, la
-emprendió para arriba con todo el aire de un demente. Guióse por el
-ruido de la marimorena, y se encontró en el cuarto de la Galusa al
-sobrino y á la tía, hechos un ovillo, rodando á los pies de la cama:
-él con la cara desollada á arañazos, y las dos manos en el pescuezo de
-ella, que ya enseñaba los gañotes y se la saltaban los ojos, mientras
-retemblaba la casa con maldiciones y blasfemias. El Berrugo no se
-anduvo en chiquitas: sin decir una palabra, pero con todas las trazas
-de recrearse en ello, y no para poner paz, sino para acabar cuanto
-antes lo comenzado, puntapié va á la una, bofetón al otro, silletazo
-por aquí, garrotazo por allá; hasta que alzándose los dos de repente,
-y como si un odio común los hubiera puesto de acuerdo, empréndenla
-con él, hechos dos furias; y allí, Pedro Juan, hubiera fenecido el
-desdichado sin necesidad del canto tuyo, á no llegar Antón, que volvía
-de levantar un vallado en una heredad de la llosa Grande, y meterse
-por medio, con la ayuda que entonces se atrevió Luca á prestarle.
-Separados los tres combatientes, que parecían, por lo erizados y
-gruñones, tres perros vagabundos después de una engarra, lo primero
-que ladró el Berrugo, porque aquello no se parecía á voz humana, fué
-para decir á la tía y al sobrino que salieran inmediatamente de su
-casa, para no volver jamás á poner los pies en ella. Dió esto motivo
-á una nueva encrespadura de la fiera, que reclamaba sus soldadas y
-alegaba otros derechos que eran un escándalo y, en buena justicia,
-merecían la recompensa de un presidio para la reclamante y para
-el reclamado; y como éste conservaba aún en la mano el garrote que
-había cogido antes en un rincón del cuarto para esgrimirle, como le
-esgrimió, sobre el ovillo, y se disponía á esgrimirle nuevamente sobre
-la provocadora, armóse el terne criado de resolución; echó del cuarto
-á empellones, pocos, pero buenos, á la tía y al sobrino; llevó á éste
-medio en volandas hasta la calleja; púsole encarado á Lumiacos con la
-advertencia, muy en serio, de que tomara soleta por allí y sin mirar
-hacia atrás; volvióse arriba, y se encontró á la Galusa amarrándose las
-greñas en mitad del carrejo, y jurando, entre aullidos, que en cuanto
-acabara aquella labor y se calzara unos zapatos, iba á largarse de
-casa, pero para ir á la del Juez y encausar á aquel ladrón de soldadas,
-mal padre y peor marido. Y así lo hizo poco después. Se largó de casa
-con un lío al brazo, á medio tapar con las puntas de un chaluco lleno
-de lamparones y pispajos.
-
-Á todo esto, el Berrugo, sin querer probar bocado ni soltar de la
-mano el garrote, se había puesto á dar vueltas por la sala; y dando
-vueltas y más vueltas, sin hablar una palabra, mirando sin saber á qué
-y estremeciéndose á lo mejor de repente, se pasó hasta media tarde.
-Entonces empezó á mascullar algunos dichos que no se le entendían
-bien, y en dos ocasiones se plantó encarado á la pared; hizo muy arriba
-de ella una raya con el palo, y dijo muy claramente: «¡Lo menos,
-hasta aquí! ¡Qué hermosura!» Otra vez dijo, muy claro también: «Con
-quince brazas hay de sobra, y ya sé de dónde sacarlas.» Y después
-de decir esto, sin reparar siquiera en los dos criados que andaban
-casi arrimados á él y mirándole de hito en hito, bajó á escape al
-cuartón del estragal; descolgó todas las cuerdas de carro que había
-allí; las fué anudando una con otra; atesó bien los nudos; midió las
-brazas que daban entre todas; le parecieron bastantes; y haciendo
-después con la cuerda entera una madeja muy curiosa, se la echó al
-hombro, se metió en el cuarto del portal, que es su leonera, y allí
-quedaba encerrado media hora después de anochecido, que fué cuando
-vino Luca á mi casa á contarme todo lo que os he contado y á pedirme
-mi parecer. Porque la moza ha llegado á cogerle miedo, y no sabe qué
-partido tomar: si largarse de casa, ó seguir allí por caridad, hasta
-ver en qué para aquello. Quedéme asombrado, como podéis suponer, y la
-aconsejé que se aguantara, con ciertas precauciones, sobre todo de
-noche, un par de días siquiera, si Antón se aguantaba también. Suponía
-yo, y sigo suponiendo, que todo aquello no es más que un arrechucho
-ocasionado por lo de Inés, y un poco más encrespado por la zurribanda
-del mediodía. Es la primera vez en su vida que le sale el tiro por
-la culata; el hombre es malo á toda ley, y pierde los estribos de
-coraje... Hoy no he sabido cosa alguna de él. Al pasar para Las Pozas,
-quise preguntar; pero ví la casa muy cerrada y hallé la portalada
-trancada por dentro: supuse que estarían durmiendo todos... y no sé
-más. Conque ¿qué os parece la historia?
-
-De perlas les había parecido. Por saborearla mejor, hasta se habían
-descuidado en la rema mientras el cura la contaba.
-
-—Siempre pensé yo—dijo el Lebrato,—que ese hombre había de acabar de
-mala manera... Porque, por mi cuenta, ya está loco.
-
-—Y si lo de la cuerda—apuntó el Josco,—fué pa colgase con ella, permita
-Dios que no güelva en sus cabales.
-
-—Sobre eso de la cuerda—dijo el cura dando un tirón muy fuerte del
-aparejo, pero sin trabar nada en él, aunque la picada había sido
-buena,—sobre eso de la cuerda, desde que Luca me contó que Antón había
-dicho que el médico, el otro visionario, había estado encerrado con él
-en la leonera, tengo acá ciertas sospechas de que esté relacionado con
-su manía, lo cual no tendría nada de particular. Pero no hay miedo que
-haga un disparate; porque es hombre que, cuerdo ó loco, tiene mucha
-ley á su pellejo. Lo indubitable hasta la hora presente, es que le ha
-llegado la suya, y que se ve la mano de Dios encima de él amenazándole
-con el castigo que le espera...
-
-—Mucho tiene—observó el Lebrato;—pero á cambio de ello, no quisiera
-verme en su lugar.
-
-—¡En el pellejo de ese hombre?—exclamó el Josco estremecido.—¡Recoles!
-¡moro relajao primero!
-
-En éstas y otras, anduvo la barquía más de otro tanto; y el cura, dale
-que dale á la sereña y encarna que encarna anzuelos, y no embarcó más
-que dos panchos y una lobina, que no pesaban en junto medio cuarterón.
-Más adelante ya tuvo mejor suerte en su cacea: pescó dos mubles de
-á libra, y una porredana de tres cuarterones bien corridos. Todo,
-por supuesto, para entretener sus impaciencias hasta llegar al «pozo
-grande,» donde no se mataba el hambre de unas aficiones como las suyas,
-con parvidades como aquéllas.
-
-Un poquito de resaca había en la barra cuando se disponían los
-expedicionarios á pasarla, pero sin malicia. La mar estaba noble, los
-horizontes limpios como la plata, y el nordeste apuntando. Lo peor era
-que con la charla y la cacea, y algo que se había descuidado el cura
-después de misa, cuando entraba la barquía en la mar estaban al caer
-las diez: media mañana perdida para la pesca, y la marea despuntando
-ya. Como que don Alejo sintió cierto ruborcillo _profesional_ al
-presentarse tan tarde delante de hombres del oficio, más madrugadores
-que él, que pescaban en dos barquichuelos parecidos al del Lebrato, al
-socaire de la isla: precisamente en el sitio de sus preferencias. Así y
-todo, gobernó hacia allá, pero con ánimos de comenzar la pesca á medio
-camino, de acuerdo con el parecer de Juan Pedro.
-
-—Pues bogar firme vosotros—dijo;—que yo iré encarnando por los tres, y
-ese tiempo ganaremos.
-
-Á los diez minutos de esto, cesó la boga y comenzó la pesca. El Lebrato
-había conocido ya las barquías de la isla. Las dos eran de San Martín.
-
-Entre si muerden ó no muerden, y si sería peor ó mejor un poco más acá
-ó un poco más allá, pasó cerca de media hora; y ya iban á hacer otra
-_impuesta_, más hacia la isla, cuando el Josco, que pescaba por la
-banda de tierra, exclamó de pronto:
-
-—¡Coles! ¿Qué es aquello?
-
-Volviéronse hacia Pedro Juan su padre y don Alejo; y siguiendo la
-dirección de la mirada del asombrado mozo, distinguieron en el peñasco
-de enfrente, un poco á la derecha del boquerón del Pirata, como á la
-mitad de distancia entre la cornisa y la imposta de la fachada de
-aquella mole llamada por el Lebrato «á modo de torre grandona,» y á más
-de sesenta pies sobre el mar, algo que, desde allí, parecía un hombre
-abierto de piernas y de brazos, adherido á la peña como una garrapata.
-Reparando más, vieron que la figura se movía tan pronto hacia un lado
-como hacia otro, hacia arriba como hacia abajo, cual si vacilara y
-temiera. De pronto se llevó el cura las manos á la cabeza, y exclamó
-horrorizado:
-
-—¡Santísimo nombre de Dios! ¡Armar, hijos, esos remos, y vamos hacia
-allá, que es él!
-
-—¿Quién?—le preguntó el Lebrato, que parecía adivinar la respuesta.
-
-—¡Quién ha de ser—respondió el cura sin apartar la vista de la
-peña,—sino un hombre dejado de la mano de Dios, como ese desdichado? Y
-¿cuántos hombres de esos conoces tú, Juan Pedro, más que uno... tu amo?
-
-—¡Válgame Jesús!—exclamó el Lebrato acabando de encapillar el estrovo,
-y al mismo tiempo que su hijo, dispuesto ya á dar la primera estrepada,
-exclamaba por su parte:
-
-—¡Recoles, qué hombre ese!
-
-—Y ¿aónde vamos?—preguntó el Lebrato, acelerado y trémulo.
-
-—¡Qué sé yo?—respondió el cura, sentándose al timón, pero sin dejar
-de mirar á la peña.—Por de pronto, hacia allá, á acercarnos todo lo
-posible... porque ese infeliz está gastando las fuerzas sin adelantar
-un paso... y va á caer sin remedio.
-
-—¿Y qué adelantaremos con ir—repuso Juan Pedro sin dejar de bogar con
-brío,—si la barquía no puede atracar hasta debajo de él? ¿No ve usté
-que está escripío de peñas al reador, en más de tres brazas de anchura,
-y cómo rompe la mar allí? Si cae, señor don Alejo, se desnuca, lo
-primero; y lo que de él quede, se lo tragará la rompiente en un decir
-Jesús.
-
-—Pos caer, cae, y sin tardar mucho,—dijo Pedro Juan con gran aplomo.
-
-—Sea lo que fuere, suceda lo que sucediere, hay que acercarse allá y
-discurrir un modo de prestarle algún auxilio... Malo es, malo ha sido;
-pero es hijo de Dios como nosotros... ¡Hala más, Juan Pedro!... ¡hala
-tú también de firme, muchacho!... Y no estaría de sobra que aquellos
-otros acudieran también...
-
-«Aquellos otros» eran los de las barquías de San Martín, á los cuales
-comenzó á llamar con el pañuelo el cura, puesto de pie.
-
-—¡Virgen María, qué demencia!—continuó exclamando y con la mirada fija
-otra vez en el peñasco.—¡Y allí está como una lapa, sin subir ni
-bajar, el desdichado, acabando con las pocas fuerzas que le quedarán!
-Pero, hombre, ¿no habría medio de darle ayuda por alguna parte? Quizás
-por arriba...
-
-—Sería tanto como despeñarse los dos, él y quien bajara á
-ayudarle—replicó el Lebrato.—Pero anque eso se arriesgara uno á hacer,
-¿por onde se va pa llegar antes que él se despeñe? Si tuviera un poco
-de serenidá, echándose hacia la izquierda pa ganar el balconuco, como
-yo le dije dende aquí mesmo un día... ¡Santo Dios!—exclamó aterrado de
-pronto el pobre hombre.—¡Si con aquel dicho habré tenío yo parte en esa
-barbaridá de locura?... Pero, señor, yo lo dije por decir, y por mí
-mesmo, que soy capaz de hacerlo como lo dije... no por él, bien lo sabe
-Dios que nos estaría escuchando.
-
-—No te apure ese temor, Juan Pedro—se apresuró á decirle el cura para
-desvanecerle el escrúpulo,—aunque no te afirmaré que el desventurado
-no haya tenido en cuenta tu dicho en medio de su locura para atreverse
-á cometer la que está cometiendo ahora; pero ¿qué culpa tienes tú de
-qué haya un hombre, tan desatinado, que tome al pie de la letra esos
-diches, sin distinguir de colores?
-
-—Quien ahí le ha puesto—apuntó grave y secamente Pedro Juan,—no ha sío
-el dicho de usté ni el de naide; que ha sío, ó el demonio, que le cegó
-por la cubicia que le consomía, ú Dios, que quiere que las pague toas
-juntas de ese modo...
-
-Avanzó la barquía un poco más; y según iba aclarándose la figura,
-iban enmudeciendo los que la contemplaban; porque á la vez crecía lo
-terrible y solemne del espectáculo.
-
-De pronto se oyó un grito agudo y lamentoso, como si saliera del fondo
-de una sima; y el hombre de la peña se desprendió de sus asideros y
-cayó precipitado por su propio peso; pero no hasta la mar, sino, con
-grandísimo asombro de los espectadores, hasta cuatro ó seis varas más
-abajo, donde se quedó oscilando y con la cara vuelta hacia la barquía.
-
-—¡Coles... la cuerda!—exclamó Pedro Juan, mientras los demás estaban
-como petrificados.—¡Ya está visto pa qué la quería!
-
-Efectivamente, el Berrugo (porque ya no cabía duda que era él) estaba
-amarrado por debajo de los sobacos con una cuerda sujeta arriba por
-el otro extremo. La cuerda, buscando su aplomo al caer el cuerpo
-que sostenía, se apartó hacia la derecha del camino que llevaba don
-Baltasar, y éste se halló debajo de la imposta, enfrente de la parte
-más lisa y cóncava de la peña, oscilando en el aire sobre un fondo
-sombrío y viscoso, y tejiendo con brazos y pies, como sapo en estaca.
-Horrorizaba verle así.
-
-Ó porque distinguió á la barquía, ó porque el instinto de conservación
-se lo impuso, sucedió que el desdichado comenzó á dar alaridos y á
-pedir ayuda en todos los acentos que caben en los registros del espanto
-y de la desesperación.
-
-El cura, sin saber qué hacerse, como los otros dos, se descubrió la
-cabeza y se puso á rezar por él.
-
-—No hay poder humano que le ayude—dijo al mismo tiempo el
-Lebrato.—Otro, en su pellejo, se esquilaría por la cuerda; pero ¿de qué
-le ha de servir á él, que desde mucho más arriba, onde tenía apoyo pa
-los pies, no pudo aprovecharla pa ayudase con las manos tan siquiera?
-
-—Sea lo que sea—exclamó el cura dejando de rezar, pálido y
-demudado,—acerquémonos más; y ya que no podamos salvarle la vida,
-hagamos algo por su alma.
-
-Anduvo la barquía hasta acercarse tanto á las rompientes, que don
-Baltasar conoció á los que iban en ella. Lo demostró con un grito de
-júbilo.
-
-—¡Dios os envía!... ¡Don Alejo!... ¡Hay Dios!... ¡Ya creo en Él... y en
-su misericordia!
-
-—Por la cuenta que te tiene ahora,—murmuró Pedro Juan al oir aquellas
-voces que parecían de un alma en pena.
-
-—Bien está eso, señor don Baltasar—gritó el cura con la poca voz que
-le dejaba su angustia.—Pero no deje también de creer en su justicia...
-y mire, mire... nosotros vamos á hacer por usted todo lo que
-humanamente se pueda; pero, por si no alcanza, prepárese para una buena
-muerte...
-
-—¡Eso no!—gritó el Berrugo pataleando allá arriba.—¡Yo no quiero morir!
-¡Yo estoy en sana salud y quiero vivir todavía!
-
-—Y entonces, ¿por qué se puso tan en peligro de perecer, como se ha
-puesto por su gusto?
-
-—¡Yo no me puse!... ¡Yo no sé por dónde ni cuándo he venido aquí!...
-¡Yo he debido estar loco!... Agarrado á esta peña allá arriba, me ha
-despertado el espanto... ¡Por compasión!... ¡por caridad!... ¡ayúdenme,
-ampárenme... y pronto, que la cuerda trisca, y es de esparto viejo
-lo más de ella... y ya se me turba la vista... y me van faltando las
-fuerzas!...
-
-De pronto se le ocurrió al Lebrato que se le podía socorrer
-desembarcando en la playuca, y corriendo luégo á tirar de la cuerda
-desde arriba. Pero había media hora hasta la playuca, y otro tanto por
-tierra, y la cuerda flaqueaba ya, y el hombre no parecía estar más
-firme que la cuerda.
-
-—No importa—respondió el cura;—es el único recurso, y hay que
-intentarle...
-
-En esto llegaron las dos barquías, cargadas de hombres con el horror
-pintado en las caras; y al triste son de los alaridos cada vez más
-lentos y apagados del infeliz Berrugo, les comunicó don Alejo su
-proyecto. Una de las barquías podía quedarse allí para animar con
-su presencia al agonizante, y las otras dos ir con sus hombres á
-auxiliarle por la playuca. Se convino en ello; partieron á toda fuerza
-de remo las barquías de San Martín hacia la playuca, y don Alejo se lo
-gritó á don Baltasar para darle alientos.
-
-—¡Es tarde ya!—respondió el mísero, con la cabeza caída y los miembros
-lacios.—Me va faltando la vida; y la cuerda, que me ahoga con mi propio
-peso, trisca cada vez más.
-
-—¡Hay que intentarlo, con todo!—dijo el cura; y añadió en seguida:—Y
-mire, don Baltasar: como antes le dije, por si acaso tiene usted razón,
-prepárese para una buena muerte... Haga un acto de contrición. ¡Mire
-que otros en mejor salud han fenecido!... ¡Mire que voy creyendo que
-para algo me trajo el Señor aquí hoy!...
-
-No se sabe si respondió algo don Baltasar y no dejó oirlo el incesante
-machaqueo de la resaca; pero está fuera de duda que volvió á patalear
-entonces, porque esto se vió.
-
-El Lebrato daba diente con diente, sin apartar sus ojos del
-espectáculo, y su hijo, contemplándole también sin cesar, estaba como
-electrizado. Don Alejo, impaciente y conmovido, mirando tan pronto á
-don Baltasar como á las barquías, que no andaban tanto como su deseo,
-continuó amonestando al moribundo, pues por tal le consideraba; y al
-ver que no le respondía, y que cada vez inclinaba más la cabeza y eran
-sus movimientos más débiles, recitó la oración de los agonizantes,
-arrodillándose los tres en la barquía; y luégo, levantando el brazo
-derecho y clavando los ojos compasivos en don Baltasar, bendíjole, y
-rezó con voz vibrante y solemne:
-
-—_Si es bene dispositus, ego te absolvo a pecatis tuis, in nomine
-Patris et Filii et Spíritus Sancti._
-
-En aquel mismo instante se oyó un trisquido y también algo como
-lamento, y se vió á don Baltasar precipitarse rápidamente, con las
-piernas y los brazos extendidos, como una rana que se lanza al charco,
-desde la altura en que oscilaba moribundo de horror y de fatiga, al
-erizado peñascal, en cuyas puntas rebotó dos ó tres veces antes de
-desaparecer entre las revueltas espumas de la resaca.
-
-El Lebrato y el cura lanzaron un grito. El Josco se echó hacia
-atrás, pálido como la pechera de su camisa; y los tres contemplaron,
-consternados, cómo se enrojecían las espumas del agua que batía las
-peñas entre las cuales había desaparecido don Baltasar.
-
-El cura volvió á hincarse de rodillas; y mirando al cielo le elevó esta
-súplica, como recomendación del alma del desdichado:
-
-—_Súscipe, Domine, servum tuum in locum sperandæ sibi salvationis a
-misericordia tua._
-
-Era imponente y aflictivo aquello; y aún lo fué más cuando al ver los
-del barquichuelo flotar el largo pedazo de cuerda que había caído
-á la mar con el mísero despeñado, se lanzaron, con riesgo de sus
-vidas, á cogerle; y tirando de él don Alejo y remando los otros dos
-hacia afuera, apareció, casi á flote y remolcado por la barquía, el
-ensangrentado cadáver con el cráneo deshecho y los miembros destrozados.
-
- POLANCO, agosto-octubre 1888.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Páginas.
-
-
- I. —«Ré» en la Arcillosa. 5
-
- II. —El conflicto de Pedro Juan. 27
-
- III. —Adónde fué á parar la segunda sarta de peces. 43
-
- IV. —«Ese hombre». 61
-
- V. —Continuación del anterior. 81
-
- VI. —Varga abajo y varga arriba. 101
-
- VII. —Cuentas de familia. 111
-
- VIII. —El médico don Elías. 123
-
- IX. —Las cosas de don Elías el médico. 147
-
- X. —Por dónde flaqueaba el Berrugo. 177
-
- XI. —Las lunas del Josco. 197
-
- XII. —En qué manos andaba Inés. 213
-
- XIII. —La obra de Marcones. 227
-
- XIV. —El cura de Robleces. 247
-
- XV. —El pleito del profesor. 265
-
- XVI. —El fallo de la educanda. 281
-
- XVII. —El agosto del Berrugo. 301
-
- XVIII. —Vuelta al pleito de Marcones. 325
-
- XIX. —El caballero del altar mayor. 345
-
- XX. —Quién era él. 357
-
- XXI. —Arroz y gallo muerto. 377
-
- XXII. —Examen de conciencia. 405
-
- XXIII. —Corrida en pelo. 427
-
- XXIV. —Leña al fuego. 449
-
- XXV. —Anales de tres semanas. 469
-
- XXVI. —La puchera del Lebrato. 483
-
- XXVII. —Luz y tinieblas. 505
-
- XXVIII.—En el fondo del abismo. 523
-
- XXIX. —El poder de una idea. 537
-
- XXX. —Cosecha de tempestades. 557
-
- XXXI. —«Por do más pecado había». 581
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-
-
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-
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