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If you are not located in the United States, you'll -have to check the laws of the country where you are located before using -this ebook. - - - -Title: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2) - -Author: Jaime Luciano Balmes - -Release Date: June 23, 2019 [EBook #59797] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PROTESTANTISMO COMPARADO *** - - - - -Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - - - - - - - - - - EL PROTESTANTISMO - COMPARADO CON - EL CATOLICISMO - - - - - Obras del Dr. D. Jaime Balmes, Pbro. - - - EL PROTESTANTISMO - COMPARADO CON - EL CATOLICISMO - - - EN SUS RELACIONES CON - LA CIVILIZACIÓN EUROPEA - - - DÉCIMA EDICIÓN - - - TOMO PRIMERO - - - BARCELONA - IMPRENTA DEL «DIARIO DE BARCELONA» - CALLE DE LA LIBRETERÍA, N.º 22 - 1921 - - - - - ES PROPIEDAD - - - - -PRÓLOGO - - -Entre los muchos y gravísimos males que han sido el necesario resultado -de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso -para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje -humano: la _afición á los estudios que tienen por objeto al hombre y -la sociedad_. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra, -por decirlo así, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la -inteligencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida -sobre una carroza triunfal, no oyendo más que vítores y aplausos, y -como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se ha detenido -en su carrera, y, absorta en un pensamiento grave, y dominada por un -sentimiento profundo, se ha dicho á sí misma: «_¿Quién soy? ¿de dónde -salí? ¿cuál es mi destino?_» De aquí es que han vuelto á recobrar su -alta importancia las cuestiones religiosas: por manera que, mientras -se las creía disipadas por el soplo del indiferentismo, ó reducidas á -muy pequeño espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses -materiales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas, -y por la pujanza siempre creciente de los debates políticos, se ha -visto que, lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que parecía -oprimirlas, se han presentado de nuevo con todo su grandor, con su -forma gigantesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con la cabeza -en el cielo y los pies en el abismo. - -En esta disposición de los espíritus, era natural que llamase su -atención la revolución religiosa del siglo XVI; y que se preguntase -qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de -la humanidad. Desgraciadamente se han padecido en esta parte -equivocaciones de cuantía; ó bien por mirarse los hechos al través del -prisma de las preocupaciones de secta, ó por considerarlos tan sólo por -lo que presentaban en su superficie: y así se ha llegado á asegurar -que los reformadores del siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las -ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto -se encierra en la palabra _civilización_, y que así dispensaron á las -sociedades europeas un señalado beneficio. - -¿Qué dice sobre esto la historia? ¿qué enseña la filosofía? Bajo el -aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el literario, -¿qué es lo que deben á la reforma del siglo XVI el individuo y la -sociedad? ¿Marchaba bien la Europa bajo la sola influencia del -Catolicismo? ¿Éste embargaba en nada el movimiento de la civilización? -He aquí lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada época tiene -sus necesidades; y fuera de desear que todos los escritores católicos -se convenciesen de que una de las más imperiosas en la actualidad, -es el analizar á fondo ese linaje de cuestiones: Belarmino y Bossuet -trataron las materias conforme á las necesidades de su tiempo; nosotros -debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro. Conozco -la inmensa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; y así no -me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera, -emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor á la verdad; -cuando mis fuerzas se acaben, me sentaré tranquilo, aguardando que otro -que las tenga mayores, dé cumplida cima á tan importante tarea. - - - - -CAPITULO PRIMERO - - -Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por -la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental, -por la muchedumbre, variedad é importancia de las relaciones -que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los -principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el -_Protestantismo_. - -Ruidoso en su origen, llamó desde luego la atención de la Europa -entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las -más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera -á que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar -muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de -que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha. -Engreído con las consideraciones y miramientos, tomaba bríos su osadía -y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas, -ó las resistía abiertamente, ó se replegaba y reconcentraba para -empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la -misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo -aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle -ó combatirle, de todo se servía como de vehículo para propagar su -espíritu y difundir sus máximas. Creando nuevos y pingües intereses, -se halló escudado por protectores poderosos; mientras, convidando -con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba -en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano -alternativamente de la astucia ó de la fuerza, de la seducción ó -de la violencia, según á ello se brindaban las varias ocasiones ó -circunstancias; y, empeñado en abrirse paso en todas direcciones, ó -rompiendo las barreras ó salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los -países que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse -estabilidad y duración. Logrólo así, en efecto; y, á más de los vastos -establecimientos que adquirió y conserva todavía en Europa, fué llevado -en seguida á otras partes del mundo, é inoculado en las venas de -pueblos sencillos é incautos. - -Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente -sus relaciones, deslindándolas como sea menester, señalando á cada -una su lugar, é indicando su mayor ó menor importancia, es necesario -examinar si sería dable descubrir el principio constitutivo del hecho; -ó, al menos, si se puede notar algún rasgo característico, que, pintado -por decirlo así en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza. -Difícil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal género y -tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos -que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y -enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número -de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos -para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios -objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empeña en -mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista más á propósito, -halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le -obstruyen el paso, ó, cubriendo el verdadero camino, le extravían en su -marcha. - -Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su -estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde -luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que -pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en -sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras; -vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas, -tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia -bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no -logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos. - -Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas -direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán -que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á -recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se -quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde -dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio -lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es -invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es -la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle -que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: _Tú varías, y lo que -varía no es verdad_. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por -cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se -empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero -y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El -solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la -_Historia de las variaciones_; y una historia de _variaciones_ es la -historia del _error_.[1] - -Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo, -antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no -está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio -que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento -disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en -alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en -vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento -fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede -formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de -continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y -comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se -deja entender que estoy hablando del _examen privado en materias de -fe_; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón, -ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse -de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el -substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto -se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más -íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los -protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se -verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa -voluntad. - -Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos -del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate, -apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su -conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer -de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un -mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni -esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros -novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio, -fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo -demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de -derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el -mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios -de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder -existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué -punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni -en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le -pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos, -sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en -Inglaterra de lo que se llama _independencia del pensamiento_, enviaba -al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué -quemado vivo en Ginebra Miguel Servet. - -Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me -parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir -que se deja como sentado que los novadores del siglo XVI proclamaron -la _independencia del pensamiento_, sería posible que algunos incautos -tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas -peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando -sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del -entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos -hombres proclamaban el principio del _libre examen_, sólo para -escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de -imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado. -Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas -de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á -presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en -abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é -incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren -de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el -traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente -se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se -mancha.[2] - -Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe -conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes -sólo en un punto: _en protestar contra la autoridad de la Iglesia_. -Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares -y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta; -y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás -á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea -positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera -de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos, -anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable -cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la -estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y -basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general, -nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana, -parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas -no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable, -es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general. -Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le -cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano; -pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno -que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al -espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana; -un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de -aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no -envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al -ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha -adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo: -_Protestantismo_.[3] - -En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se -acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el -libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio, -admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los -zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la -divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos, -daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo -esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque -todavía _protestáis_ contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un -espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que -sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en -saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4] - - - - -CAPITULO II - - -Pero, ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el -Protestantismo, y de que tomase tanta extensión é incremento? Digna -es, por cierto, tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento, -ya por la importancia que encierra en sí propia, ya también porque, -llamándonos á investigar el origen de semejante plaga, nos guía al -lugar más á propósito para que podamos formarnos una idea más cabal -de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal -definido. - -Cuando á efecto de la naturaleza y tamaño del Protestantismo se -trata de señalarle sus causas, es poco conforme á razón el recurrir -á hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo, ó porque -estén limitados á determinados lugares y circunstancias. Es un error -el suponer que de causas muy pequeñas pudiesen resultar efectos muy -grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen á -veces su principio en las pequeñas, también lo es que no es lo mismo -principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser -causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una -leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque -encuentra abundancia de materias inflamables. Lo que es general, -ha de tener causas generales; lo que es muy duradero y arraigado, -causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley constante, así en -el orden moral como en el físico, pero ley cuyas aplicaciones son muy -difíciles, particularmente en el orden moral; pues en él á veces están -las cosas grandes encubiertas con velos tan modestos, está cada efecto -enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan -complicada contextura, que al ojo más atento y perspicaz, ó se le -escapa enteramente, ó se le pasa como cosa liviana y de poco resultado, -lo que tenía tal vez la mayor importancia é influjo; y, al contrario, -andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y -relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil -que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo á juzgar por meras -apariencias. - -Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme -á dar mucha importancia, ni á la rivalidad excitada por la predicación -de las indulgencias, ni á las demasías que pudieran cometer en esta -materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasión, un -pretexto, una señal de combate, pero en sí era muy poca cosa para poner -en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es, -sin embargo, más puesto en razón, el buscar las causas del nacimiento -y extensión del Protestantismo en el carácter y circunstancias de -los primeros novadores. Pondérase con énfasis la fogosa violencia de -los escritos y palabras de Lutero; y hácese notar cuán á propósito -eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de -los nuevos errores, é inspirarles encarnizado odio contra la Iglesia -romana; encarécense no menos la sofística astucia, el estilo metódico, -la expresión elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar -alguna aparente regularidad á la informe masa de errores que enseñaban -los nuevos sectarios, poniéndola más en estado de ser abrazada por -personas de más fino gusto: y á este tenor se van trazando cuadros -más ó menos verídicos de los talentos y demás calidades de otros -hombres: ni á Lutero, ni á Calvino, ni á ninguno de los principales -fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los títulos con que -adquirieron su triste celebridad; pero me parece que el insistir mucho -sobre las calidades personales, y el atribuir á éstas la principal -influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su -extensión, es no evaluar toda su gravedad, y es, además, olvidar lo que -nos ha enseñado la historia de todos los tiempos. - -En efecto: si miramos con imparcialidad á aquellos hombres, nada -encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad, -ó con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, su -erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crítica; -y, ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya -nadie instruído é imparcial que no tenga por exageraciones de partido -las desmedidas alabanzas que les habían tributado. Bajo todos -aspectos, ya se los considera sólo en la clase de aquellos hombres -turbulentos, que reunen las circunstancias necesarias para provocar -trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países -y la experiencia de cada día nos enseñan que esos hombres son cosa -muy común, y que aparecen dondequiera que una funesta combinación de -circunstancias ofrezca ocasión oportuna. - -Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensión é -importancia estuvieran más en proporción con el Protestantismo, se -han señalado comunmente dos: _la necesidad de una reforma_, y el -_espíritu de libertad_. «Había muchos abusos, han dicho algunos; se -descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución.» -«El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros; quiso -quebrantarlas; y el Protestantismo no fué otra cosa _que un esfuerzo -extraordinario en nombre de la libertad, un vuelo atrevido del -pensamiento humano_.» Por cierto que á esas opiniones no puede -tachárselas de que señalen causas pequeñas, y cuya influencia se -circunscriba á espacio breve; y hasta en ambas se encuentra algo -que es muy á propósito para atraerles prosélitos. Ponderando la una -la necesidad de una reforma, abre anchuroso campo para reprender la -inobservancia de las leyes y la relajación de las costumbres, y esto -excita siempre simpatías en el corazón del hombre, indulgente cuando se -trata de los deslices propios, pero severo é inexorable con los ajenos; -y, pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de _libertad_, de -_vuelo atrevido del espíritu_, puede estar siempre segura de hallar -dilatado eco, pues que éste no falta jamás á la palabra que lisonjea el -orgullo. - -No trato yo de negar la necesidad que á la sazón había de una reforma; -convengo en que era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada -á la historia, el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres, -mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos, y sobre todo me -basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los -objetos del Concilio era la _reforma del clero y del pueblo cristiano_; -me basta oir de boca del Papa Pío IV, en la confirmación del mismo -Concilio, que uno de los objetos para que se había celebrado, era la -_corrección de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina_. -Sin embargo, y á pesar de todo esto, no puedo inclinarme á dar á los -abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le -han atribuído muchos; y, á decir verdad, me parece muy mal resuelta -la cuestión, siempre que, para señalar la verdadera causa del mal, -se insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer -consigo los abusos; así como, por otra parte, no me satisfacen las -palabras de _libertad_ y de _atrevido vuelo del pensamiento_. Lo diré -paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos de los hombres -que han dado tanta importancia á los abusos; por más consideraciones -que tenga á los talentos de otros que han apelado al espíritu de -libertad, ni en unos ni en otros encuentro aquel análisis, filosófico é -histórico á la par, que no se aparta del terreno de los hechos, sino -que los examina y alumbra, mostrando la íntima naturaleza de cada uno, -sin descuidar su enlace y encadenamiento. - -Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el -señalamiento de sus causas, por no haberse advertido que no es más -que un hecho común á todos los siglos de la historia de la Iglesia, -pero que tomó su _importancia y peculiares caracteres de la época en -que nació_. Con esta sola consideración, fundada en el testimonio -constante de la historia, y confirmada por la razón y la experiencia, -todo se allana, todo se aclara y explica; nada hemos de buscar en -sus doctrinas, ni en sus fundadores, de extraordinario ni singular; -porque todo lo que tiene de característico, todo proviene de que nació -en _Europa, y en el siglo_ XVI. Desenvolveré este pensamiento, no -echando mano de raciocinios aéreos, que sólo estriben en suposiciones -gratuitas, sino apelando á hechos que nadie podrá contestar. - -Es innegable que el principio de sumisión á la autoridad en materias -de fe, ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu -humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia, -causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta -por ahora consignar el hecho, y recordar á quien lo pusiere en duda, -que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de -las herejías. Conforme á la variedad de tiempos y países, el hecho ha -presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza -el judaísmo y el cristianismo, ora combinando con la doctrina de -Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del -dogma católico con las cavilaciones y sutilezas del sofista griego; -es decir, presentando diferentes aspectos, según ha sido diferente el -estado del espíritu humano. No ha dejado, empero, este hecho de tener -dos caracteres generales, que han manifestado bien á las claras que -el origen es el mismo, á pesar de ser tan vario el resultado en su -naturaleza y objeto. Estos caracteres son: _el odio á la autoridad de -la Iglesia y el espíritu de secta_. - -Bien claro es que, si en cada siglo se había visto nacer alguna secta -que se oponía á la autoridad de la Iglesia, y erigía en dogmas las -opiniones de sus fundadores, no era regular que dejase de acontecer lo -mismo en el siglo XVI; y, atendido el carácter del espíritu humano, -me parece que, si el siglo XVI hubiera sido una excepción de la regla -general, tendríamos actualmente una cuestión bien difícil de resolver, -y sería: ¿cómo fué posible que no apareciese en aquel siglo ninguna -secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera, -sea cual fuere su origen, su ocasión y pretexto; luego que se haya -reunido en torno de la nueva enseña una porción de prosélitos, veo ya -al Protestantismo en toda su extensión, en toda su transcendencia, con -todas sus divisiones y subdivisiones, con toda su audacia y energía -para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de -disciplina se enseñen y observen en la Iglesia. En vez de Lutero, -de Zuinglio, de Calvino, poned, si os place, á Arrio, á Nestorio, á -Pelagio; en lugar de los errores de aquéllos, enseñad, si queréis, los -de éstos: todo será indiferente, porque todo tendrá un mismo resultado. -El error excitará desde luego simpatías, encontrará defensores, -acalorará entusiastas, se extenderá, se propagará con la rapidez de -un incendio, se dividirá luego, y tomarán sus chispas direcciones muy -diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber, -variarán de continuo las creencias, se formularán mil profesiones de -fe, se cambiará ó anonadará la liturgia, y haránse mil trozos los -lazos de disciplina: es decir, tendréis el _Protestantismo_. ¿Y cómo -es que en el siglo XVI haya de tomar el mal tanta gravedad, tanta -extensión y transcendencia? Porque la sociedad de entonces es muy -diferente de todas las anteriores, y lo que en otras épocas pudiera -causar un incendio parcial, había de acarrear en ésta una conflagración -espantosa. Componíase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas -que, como formadas en una misma matriz, tenían mucha semejanza en -ideas, costumbres, leyes é instituciones; habíase entablado, por -consiguiente, entre ellas una viva comunicación, ora excitada por -rivalidades, ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la -lengua latina existía un medio que facilitaba la circulación de toda -clase de conocimientos; y, sobre todo, acababa de generalizarse un -rápido vehículo, un medio de explotación, de multiplicación y expresión -de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera -de la cabeza de un hombre, como un resplandor milagroso preñado de -colosales destinos: _la imprenta_. - -Tal es el espíritu humano, tal su volubilidad, tanto el apego que cobra -fácilmente á toda clase de innovaciones, tal el placer que siente en -abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos, que, una vez -levantada la enseña del error, era imposible que no se agrupasen muchos -en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países donde -era tan vasta, tan activa la investigación, donde fermentaban tantas -discusiones, donde bullían tantas ideas, donde germinaban todas las -ciencias, ya no era dable que el vago espíritu del hombre se mantuviera -fijo en ningún punto, y debía por precisión pulular un hormiguero de -sectas, marchando cada una por su camino, á merced de sus ilusiones -y caprichos. Aquí no hay medio: las naciones civilizadas, ó serán -católicas, ó recorrerán todas las fases del error; ó se mantendrán -aferradas al áncora de la autoridad, ó desplegarán un ataque general -contra ella, combatiéndola en sí misma, y en cuanto enseña ó prescribe. -El hombre cuyo entendimiento está despejado y claro, ó vive tranquilo -en las apacibles regiones de la verdad, ó la busca desasosegado é -inquieto; y como, estribando en principios falsos, siente que no está -firme el terreno, que está mal segura y vacilante su planta, cambia -continuamente de lugar, saltando de error en error, de abismo en -abismo. El vivir en medio de errores, y estar satisfecho de ellos, y -transmitirlos de generación en generación, sin hacer modificación ni -mudanza, es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y -envilecimiento: allí el espíritu no se mueve, porque duerme. - -Colocado el observador en este punto de vista, descubre el -Protestantismo tal cual es en sí; y, como domina completamente la -posición, ve cada cosa en su lugar, y puede, por tanto, apreciar su -verdadero tamaño, descubrir sus relaciones, estimar su influencia, y -explicar sus anomalías. Entonces, situados los hombres en su lugar, y -comparados con el vasto conjunto de los hechos, aparecen en el cuadro -como figuras muy pequeñas, que podrían muy bien ser substituídas por -otras, que nada importa que estuvieran un poco más acá, ó un poco más -allá; que era indiferente que tuviesen esta ó aquella forma, este ó -aquel colorido; y entonces salta á los ojos que el entretenerse mucho -en ponderar la energía de carácter, la fogosidad y audacia de Lutero, -la literatura de Melanchton, el talento sofístico de Calvino, y otras -cosas semejantes, es desperdiciar el tiempo y no explicar nada. Y, -en efecto: ¿qué eran todos esos hombres y otros corifeos? ¿tenían, -acaso, algo de extraordinario? ¿no eran, por ventura, tales como se -los encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni -excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede -asegurarse que, si no hubieran tenido celebridad funesta, la hubieran -tenido muy escasa. Pues ¿por qué hicieron tanto? Porque encontraron un -montón de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy -difícil; y, sin embargo, ahí está todo el misterio. Cuando veo á Lutero -loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias -que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar -groseramente á cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no -se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de -dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresión -que la de lástima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de -llamarse _Notharius Dei_, desvaría, tiene medio perdido el juicio, y -no es extraño, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un -terrible incendio; es que había un almacén de pólvora, y su soplo le ha -aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte, -dice en su delirio: _muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador: -pone en conflagración al mundo_. - -Y los abusos ¿qué influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto -de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna -ocasión, que suministraron algún pábulo, pero que están muy lejos de -haber ejercido la influencia que se les ha atribuído, y no es porque -trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido -caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un -mal, que señalar y analizar su influencia. El varón justo que levanta -su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo -de la Casa del Señor, se expresan con acento tan alto y tan sentido, -que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para -estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que -sale del fondo de su corazón; sale abrasada, porque arde en sus pechos -el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe, -interpreta á su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y -desfigura. - -Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, ateniéndonos á lo -que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza -del Protestantismo, no pueden señalarse como principal causa de él los -abusos; y que, cuando más, pueden indicarse como ocasiones y pretextos. -Si así no fuere, sería menester decir que en la Iglesia, ya desde -su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza -proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya había muchos abusos: -porque también entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban -contra sus dogmas, que sacudían su autoridad, y se apellidaban la -verdadera Iglesia. Esto no tiene réplica; el caso es el mismo; y si se -alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo, y su propagación -rápida, recordaré que esto se verificó también con respecto á otras -sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo de los estragos del -arrianismo: _Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano_. Que, -si algo más se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se -lleva evidenciado que lo que tiene de característico, todo lo debe, no -á los abusos, sino á la _época en que nació_. - -Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de -la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto -ha dado tanto que hablar, y prestado origen á muchas equivocaciones, -será bien, antes de pasar más adelante, detenerse todavía más en esta -importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando -lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos -medios se habían introducido abusos deplorables, que la corrupción -de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una -reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca á los siglos XI y -XII, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como -San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos -después, si bien se habían corregido mucho los abusos, todavía eran -de consideración, bastando para convencernos de esta verdad los -lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma; -distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles -palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV, representándole los -desórdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada -paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo -necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolveré en pocas -palabras algunas cuestiones importantes. - -¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños -desórdenes? ¿Era la Corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo -se la debe achacar á la calamidad de los tiempos. Para un hombre -sensato bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos -siguientes: la disolución del viejo y corrompido imperio romano; la -irrupción é inundación de los bárbaros del Norte; la fluctuación y las -guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos -siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus -turbulencias y desastres; la invasión de los sarracenos, y su ocupación -de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupción, -la relajación de la disciplina, ¿no debían ser el resultado natural, -necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesiástica ¿podía menos de -resentirse profundamente de esa disolución, de ese aniquilamiento de la -sociedad civil? ¿podía no participar de los males de ese horroroso caos -en que se hallaba envuelta la Europa? - -¿Faltó nunca en la Iglesia, el espíritu, el deseo, el anhelo de la -reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasaré por alto los -santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de -abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable, -y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la -corrupción que les rodeaba, mostraban que no se había apagado en -el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las _lenguas del -Cenáculo_. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindiré de -él, para llamar la atención sobre otro más notable, menos sujeto á -cuestiones, menos tachable de exageración, y que no puede decirse -limitado á este ó á aquel individuo, sino que es la verdadera expresión -del espíritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante -reunión de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se -inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina. -Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está -patente á los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de él, -el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica, -ó alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de -llamar la atención, y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido -toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras -sociedades, repararemos que, á medida que las ideas ó las costumbres -cambian, van modificando rápidamente las leyes; y, si éstas le son muy -contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan -por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se había -extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de -la religión se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de -la santidad de su ministerio; pero el fuego santo ardía siempre en -el santuario: allí se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y -aquellos mismos hombres ¡cosa admirable!, aquellos mismos hombres que -la quebrantaban, se reunían con frecuencia para condenarse á sí mismos, -para afear su propia conducta, haciendo de esta manera más sensible, -más público el contraste entre su enseñanza y sus obras. La simonía -y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid -las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraréis -anatematizados. Jamás se vió tan prolongada, tan constante, tan tenaz -lucha del derecho contra el hecho; jamás, como entonces, se vió por -espacio de largos siglos á la ley colocada cara á cara contra las -pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme, inmóvil, sin dar un -paso atrás, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado. - -Y no fué inútil esa constancia, esa santa tenacidad: y así es que á -principios del siglo XVI, es decir, á la época del nacimiento del -Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores, -que las costumbres se habían mejorado mucho, que la disciplina había -adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El -tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso -llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había -desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban -difundiendo rápidamente; y, por prueba incontestable de que no yacía -en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar, podía la -Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en -santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en -sabiduría como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester -no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es -necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo -tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos -y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza -y constancia Gregorio VII, se ha llegado á tacharle de temerario. No -juzguemos á los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos -que todo se ajuste á los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra -imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa, y la variedad -de circunstancias produce situaciones tan extrañas y complicadas, que -apenas alcanzamos á concebirlas. - -Bossuet, en su _Historia de las variaciones_, después de haber hecho -una clasificación del diferente espíritu que guiaba á los hombres que -habían intentado una reforma antes del siglo XVI, y después de citar -las amenazadoras palabras del cardenal Julián, dice: «Así es como, en -el siglo XV, ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo, deploraba -los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece -haber pronosticado los que Lutero iba á causar á toda la cristiandad, -empezando por la Alemania; y no se engañó al creer que el _no haber -cuidado de la reforma_, y el aumento del odio contra el clero, iba á -producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios.» -De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba -una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho á -tiempo la reforma legítima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse -en lo más mínimo á los corifeos del Protestantismo, ni que trate de -poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario, -los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos -de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y -prudentes, sólo servían para hacerla más difícil, introduciendo con sus -malas doctrinas el espíritu de desobediencia, de cisma y de herejía. - -Á pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme á dar tanta -importancia á los abusos, que los mire como una de las principales -causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de -mi opinión he dicho antes. Pero no será fuera del caso advertir que mal -pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar -las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre -prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer -que, si bien existían los abusos, nunca tuvieron los novadores la -intención de corregirlos, antes sí de valerse de este pretexto para -apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legítima -autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina, é introducir de -esta suerte el desorden y la licencia. - -Y á la verdad, ¿cómo sería posible atribuir á los primeros reformadores -el espíritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron -de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran -entregado á un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus -costumbres hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban, -entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de -un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor -al bien; pero ¿sucedió algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el -particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser -tildado de fanático, un hombre que guardó con los primeros corifeos -del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos -los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su -acostumbrada gracia y malignidad, dice así: «Según parece, la reforma -viene á parar á la secularización de algunos frailes, y al casamiento -de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un -suceso muy cómico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias, -por un casamiento.» - -Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de -los novadores del siglo XVI, y que, lejos de intentar la enmienda de -los abusos, se proponían más bien agravarlos. En esta parte, la simple -consideración de los hechos ha guiado á M. Guizot por el camino de la -verdad, cuando no admite la opinión de aquellos que pretenden que «la -reforma había sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo -designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una -simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad -y de verdad.» (_Historia general de la civilización europea, lección -12._) - -Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de -la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de -citar. «La reforma, dice M. Guizot, fué un esfuerzo extraordinario en -nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana.» - -Este esfuerzo nació, según el mismo autor, de la _vivísima actividad_ -que desplegaba el espíritu humano, y del estado de _inercia_ en que -había caído la Iglesia romana: de que á la sazón caminaba el espíritu -humano con fuerte é impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba -_estacionaria_. Ésta es una de aquellas explicaciones que son muy á -propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque, colocados -los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser -examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados -con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan -el juicio. - -Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí -M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la _autoridad_ en -materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió -ser seguramente contra esa _autoridad_; es decir, que aconteció la -sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se -movía de sus dogmas; ó, por valerme de la expresión de M. Guizot: «la -Iglesia se hallaba _estacionaria_.» - -Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto á los -dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir -que andaba muy desacertado en señalar, como particular de una época, lo -que para la Iglesia era un carácter de que ella se había glorificado -en todos tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que á la Iglesia -se la puede llamar _estacionaria_ en sus dogmas; y ésta es una prueba -inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la -verdad es _invariable_, por ser _una_. - -Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa, -nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los -anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de -particular, nada de característico; nada, por consiguiente, se ha -adelantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por -esta razón la compara M. Guizot á los gobiernos _viejos_, ésta es -una _vejez_ que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot -hubiese sentido él propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta -los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar á los ojos del -lector diferentes órdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni -deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En -efecto: á juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda -aplicar á la Iglesia los epítetos de _inerte_, ni _estacionaria_ con -respecto á los dogmas, sino que más bien se deja conjeturar que trata -de referirlo á pretensiones bajo el aspecto político y económico; pues, -por lo que toca á la _tiranía é intolerancia_ que han achacado algunos -á la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia. - -Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que -parece no debíamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia -que á muchos se les haría recio de creer, me es indispensable copiar -literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada -hay más incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una -posición falsa. - -«Había caído la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia, -se hallaba estacionaria: el crédito político de la Corte de Roma se -había disminuído mucho: la dirección de la sociedad europea ya no le -pertenecía, puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo, tenía -el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba -aún toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedíale lo que ha -acontecido, más de una vez á los gobiernos viejos y que han perdido -su influencia: se dirigían de continuo quejas contra ella, y la mayor -parte eran fundadas.» ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese -que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del -pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse -disminuído el influjo político de la Corte de Roma, y el conservar -aún sus pretensiones; el no pertenecerle ya la dirección de la -sociedad europea, y el conservar ella su pompa é importancia exterior, -¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir -con respecto á asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que -poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la -_rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico_, no le parecía -_fundado_, ni muy _filosófico_, ni en correspondiente _proporción con -la extensión é importancia de este suceso_? - -Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relación -directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provocó la -sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba á la sazón -la Corte de Roma: «No es verdad, les responderá M. Guizot, que en el -siglo XVI la Corte de Roma fuese muy tiránica; no es verdad que los -abusos, propiamente dichos, fuesen entonces más numerosos y más graves -de lo que hasta aquella época habían sido. _Al contrario, nunca quizás_ -el gobierno eclesiástico se había mostrado más _condescendiente y -tolerante_, más dispuesto á dejar marchar todas las cosas mientras -no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun -dejándolos sin ejercicio, los derechos que tenía: mientras se le -asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De -este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu -humano, si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con -respecto á él.» Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvidó -completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar -que la reforma protestante había sido un _grande esfuerzo en nombre -de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana_; pues que -nada nos alega, nada recuerda que se opusiese á esta libertad; y aun -si algo pudiera provocar el _levantamiento_, como habría sido _la -intolerancia_, _la crueldad_, el no dejar tranquilo al espíritu humano, -ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo XVI -no era tiránico, antes bien era _condescendiente_, _tolerante_, y que -de su parte hubiera _dejado tranquilo al espíritu humano_. - -Á la vista de tales datos, es evidente que el _esfuerzo extraordinario -en nombre de la libertad de pensar_, es, en boca de M. Guizot, una -palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso -cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas -de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades -políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de -los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la -lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo -una reforma legal _tan oportuna y necesaria_, tal vez se hubiera -evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone -presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á -consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las -relaciones de la inteligencia, y se detiene en _la pompa y aparato -exterior_, recuerda las _rivalidades políticas_, y, abatiendo su vuelo, -hasta desciende al terreno de los _tributos_. - -Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido -de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más -acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar -la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en -tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque, -si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales -trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al -observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien -que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que, -divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar -muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre -peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada -generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces, -alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el -conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta -los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más -elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «_no -alas, sino plomo_». - -M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de -confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos; -además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa -suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de -su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba -bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la -intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer -justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones -contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí: -columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo -espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo, -de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus -discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando _libertad_; -templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra -la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande -y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la -reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían -de obscurecer el cuadro. - -Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal -causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era -necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la -incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho -en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su -gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición -y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría -notado que no hubo allí un _esfuerzo extraordinario, sino una simple -repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que -tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la -atmósfera que le rodeaba_. - -Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común, -agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la -sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado: -y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente -razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas, -de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se -verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de -gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados, -empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las -sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que -todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan -provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos. -Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos, -más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada -cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las -costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se -descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de -otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro; -ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo -centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se -conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy -cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin -experimentar á causa del contacto considerables mudanzas. - -Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución -en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone -en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay -aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma -expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar -la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los -pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte, -sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que -no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se -asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan -y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no -tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí -por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin -aplicaciones la de _no intervención_; pues no se ha visto jamás que -cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan. - -Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y -artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea -sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien -despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha -querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse -como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos, -encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su -extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera -causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente. - -Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en -su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen; -los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes -vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se -reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la -ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó -menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa -se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite -la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no -deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento -y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se -llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa -del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra -Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos -de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder -tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta -braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste. - -Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos -les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del -Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales -que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera -manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y -exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la -misma desgracia. - -Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y -movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia, -para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que -sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5] - - - - -CAPITULO III - - -La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un -corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la -divinidad de la Iglesia católica. - -Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia -católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan -poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que, -atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios -que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio -de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número -considerable de sabios. - -Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los -hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte -á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí -un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también -este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues -prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la -revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino -como escuela filosófica. - -Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que, -en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres -por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de -la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en -África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo -de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un -catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos, -no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que -no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es -decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida -de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de -doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia -católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la -distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta -cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de -consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle -semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el -orden regular de las cosas. - -Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que -una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo -por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo -lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas; -pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos, -conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y -sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares, -muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy -divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo -se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina, -y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre -toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos -cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas -antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos -de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á -las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con -generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad, -rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto -le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido -reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está -haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme -en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas -frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras, -se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin -que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre -sus cabezas. - -Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han -aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que -se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia -puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición -se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será -necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este -prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para -que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan -respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano; -los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta -un hombre que se apellida _Papa_, no son tan sólo los sencillos é -ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el -sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes -veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En -ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos -de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de -sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre -corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad -por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un -conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso -á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle: -habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la -ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible, -bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto -procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que -sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima -consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra -en otra parte. - -«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que -sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien -analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden -presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la -Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se -mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia -ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto -fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia -se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para -esta unión era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para -conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto -una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le -ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto -no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un -sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del -Catolicismo.» - -Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede -responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda -la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una -sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre -dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado -que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos -y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que -ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo -la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le -haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra -secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas -las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la -Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar -alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la -discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre -conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros, -no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios, -universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y -concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber? - -No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la -misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en -explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos -hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y -países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no -habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de -todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes, -más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni -concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema, -un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que -así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y -países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta, -¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto -jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho -tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? ¿por qué, pues, -no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no -se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia, -y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder -material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna -potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia, -por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio? -Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido -infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes -graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á -quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella -_piedra_ sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su -autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de -ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la -ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente: -¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir -una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la -doctrina de la Cátedra de Roma? - -Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece -que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento, -y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus -observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos -talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos -lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras -vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda -clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente -de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de -un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de -independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su -director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar -la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de -M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del -Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza -y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo -eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que -son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos -de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante. -Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió -el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad -intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y -necesidades _de la tradición_ con las pretensiones de la libertad. Y -eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido -y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_.» ¿Qué religión será -ésa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus -efectos_? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la -reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á -la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas -antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M. -Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espíritu limitado_ que ha -manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus -adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían -de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias. -Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el -de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan -consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del -espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios -fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido? - -Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su -origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en -las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las -escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y -políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del -Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada -se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia -ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún -gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es -más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su -origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno -del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un -gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se -extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques, -al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades -más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con -el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar -igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus -mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está -absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha -dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar -una conducta regular y coherente_, ¿no es su apología más victoriosa, -no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en -su seno algo de misterioso? - -Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces -he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas -desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole -cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro -descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio. - -En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra -esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado -de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los -filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del -Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero -de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres -grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes -en la _unidad_ de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va -á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros, -que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el -horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo -sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de -su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse -dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad -de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión -sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y -agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento -sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber -preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de -haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable -independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la -Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de -Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie -de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV; -veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo XVIII; -y en el siglo XIX veo que se levantan también nuevos atletas, que, -después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar -sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica. - -¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una -secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan, -á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad -de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando -respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de -la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos -un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos -arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde -globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del -espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro -del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles, -empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de -su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una -regularidad majestuosa.[6] - - - - -CAPITULO IV - - -Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese -sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar -siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable -conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á -la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la -altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo, -ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede -presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: _esto es -mío_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias -de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho -á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera -llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber -engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos -padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de -tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso, -sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario, -más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el -Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de -todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores: -por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no -hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas -separadas de la Iglesia. - -Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la -simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad -de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en -juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la -oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron -los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las -aguas. - -«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama -protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.^e partie, chap. 2), es -el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden así los -primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu -humano_ en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar -que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos -negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante -resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no -abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento, -muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón; -y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen -con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución -religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoció los verdaderos -principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y -todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.» - -Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma -naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera -poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces -levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza, -que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen -privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía, -allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó -echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío, -ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo -desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la -religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase -de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la -autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos -resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el -maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas. -¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en -un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito -los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la -verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de -algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se -oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus -hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado -bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso -vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó -á la unidad católica. - -El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar -el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya -las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de -instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la -Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una -opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y -que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie -debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve -ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo -que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis -de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de -aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen -siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de -Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las -sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no -puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden, -y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad -tenebrosa. - -Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo -dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas, -ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo -está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente -separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta -la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya -animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y -su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio, -y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja -abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y -pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas -disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo -muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de -apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo, -queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y -legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes -aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales, -no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos -los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes -como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría -increada. - -Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en -qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y -delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de -interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las -antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la -razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el -examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre -la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades -permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano, -sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por -la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar -nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado -el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes -esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el -patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los -sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los -sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo -de los ignorantes. - -Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el -Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje, -no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las -sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha -tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para -resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera, -¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría -de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que -bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo? -Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de -seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su -misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana; -porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no -pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno, -que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer -sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho -á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos -puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás -opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener -sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la -desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como -divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre -la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí -una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen, -habrá sido una impostora. - -Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y -achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados, -pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando -se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones -sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que -echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de -_atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar -completamente alucinados á los lectores vulgares. - -Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de -poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano -la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con -complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra -elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido -su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las -transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella, -llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y -señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación -de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha -dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar -nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos, -queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á -qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué -disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de -las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y -que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la -ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un -día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el -curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo -nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos? - -¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados -á quienes fué concedido descender hasta los cimientos de nuestras -creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes -inspiraciones, y tocar, por decirlo así, los confines del espacio que -puede recorrer el entendimiento humano? Sí, los grandes sabios de todos -tiempos, después de haber tanteado los senderos más ocultos de la -ciencia, después de haberse arrojado á seguir los rumbos más atrevidos, -que en el orden moral y físico se presentaban á su actividad y osadía -en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus -viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado, fruto -natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado -á su vista una bella ilusión, que se ha desvanecido como una sombra -la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el -momento en que se figuraban que iban á entrar en un cielo inundado de -luz, han descubierto con espanto una región de tinieblas, han conocido -con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa -todos á una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento, -ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar de que las -fuerzas del suyo exceden á las de los otros hombres. «Las ciencias, -dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero -es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al -nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que, -habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que -_no saben nada_.» - -El Catolicismo dice al hombre: «Tu entendimiento es muy flaco, y en -muchas cosas necesita un apoyo y una guía»; y el Protestantismo le -dice: «La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor -guía que tú mismo». ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las -lecciones de la más alta filosofía? - -Ya no debe, pues, parecer extraño que los talentos más grandes que -ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensión á -la Religión católica, y que no haya podido ocultárseles la profunda -sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas -materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable. -Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en -su establecimiento, en su conservación, en su doctrina y conducta, -reuna todos los títulos que puedan acreditarla de divina, ¿qué adelanta -el entendimiento con no querer sujetarse á ella? ¿qué alcanza divagando -á merced de sus ilusiones, en gravísimas materias, siguiendo caminos -donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos, escarmientos y -desengaños? - -Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo, -estudie su propia historia, y en ella verá, palpará, que, abandonado -á sus solas fuerzas, tiene muy poca garantía de acierto. Fecundo -en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rápido en conseguir -un pensamiento como poco á propósito para madurarle; semillero de -ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas á otras, como los -insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime -inspiración, y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo -con su pecho; tan hábil é impetuoso para destruir las obras ajenas como -incapaz de dar á las suyas una construcción sólida y duradera; empujado -por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado -y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en -todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engañosas -apariencias; abandonado enteramente á sí mismo, el corazón humano -presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin -rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rápido -curso mil extrañas figuras, siembra en el rastro de su huella mil -chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor, -su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad, -sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para -esclarecer las tinieblas de la noche. - -Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito -donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la -sabiduría y la necedad, el juicio y la locura; ahí se encontrarán -abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi -abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7] - - - - -CAPITULO V - - -Tanta verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del humano -entendimiento, que, aun prescindiendo del aspecto religioso, es muy -notable que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de -nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro -espíritu; y preservativo tal, que, sin él, hubiéranse pulverizado -todas las instituciones sociales, ó, más bien, no se hubieran jamás -planteado; sin él, las ciencias no hubieran dado jamás un paso; y, si -llegase jamás á desaparecer del corazón del hombre, el individuo y la -sociedad quedarían sumergidos en el caos. Hablo de cierta inclinación á -deferir á la autoridad; del _instinto de fe_, digámoslo así; instinto -que merece ser examinado con mucha detención, si se quiere conocer -algún tanto el espíritu del hombre, estudiar con provecho la historia -de su desarrollo y progresos, encontrar las causas de muchos fenómenos -extraños, descubrir hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este -aspecto la Religión católica, y palpar, en fin, lo limitado y poco -filosófico del pensamiento que dirige al Protestantismo. - -Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir á las -primeras necesidades, ni dar curso á los negocios más comunes, sin -la deferencia á la autoridad de la palabra de otros, sin la fe; y -fácilmente se echa de ver que, sin esa fe, desaparecería todo el caudal -de la historia y de la experiencia; es decir, que se hundiría el -fundamento de todo saber. - -Importantes como son estas observaciones, y muy á propósito para -demostrar lo infundado del cargo que se hace á la Religión católica -por sólo exigir fe, no son ellas, sin embargo, las que llaman ahora -mi atención, tratando como trato de presentar la materia bajo otro -aspecto, de colocar la cuestión en otro terreno, donde ganará la verdad -en amplitud é interés, sin perder nada de su inalterable firmeza. - -Recorriendo la historia de los conocimientos humanos, y echando -una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos, nótase -constantemente que, aun aquellos hombres que más se precian de espíritu -de examen, y de libertad de pensar, apenas son otra cosa que el eco -de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato, -que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia, se notará -que, en el fondo, encierra una gran parte de autoridad; y al momento -que en él se introdujera un espíritu de examen enteramente libre, aun -con respecto á aquellos puntos que sólo pertenecen al raciocinio, -hundiríase en su mayor parte el edificio científico, y serían muy -pocos los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de -conocimientos se exceptúa de esta regla general, por mucha que sea la -claridad y exactitud de que se gloríe. Ricas como son en evidencia de -principios, rigurosas en sus deducciones, abundantes en observaciones -y experimentos, las ciencias naturales y exactas, ¿no descansan, -acaso, muchas de sus verdades en otras verdades más altas, para cuyo -conocimiento ha sido necesaria aquella delicadeza de observación, -aquella sublimidad de cálculo, aquella ojeada perspicaz y penetrante, á -que alcanza tan sólo un número de hombres muy reducido? - -Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico el fruto de sus -combinaciones profundas, ¿cuántos eran entre sus discípulos los que -pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias, aun hablando -de aquellos que, á fuerza de mucho trabajo, habían llegado á comprender -algún tanto al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus -cálculos, se habían enterado del caudal de datos y experimentos que -exponía á sus consideraciones el naturalista, y habían escuchado las -reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filósofo: -creían de esta manera hallarse plenamente convencidos, y no deber -en su asenso nada á la autoridad, sino únicamente á la fuerza de la -evidencia y de las razones: ¿sí? Pues haced que desaparezca entonces -el nombre de Newton, haced que el ánimo se despoje de aquella honda -impresión causada por la palabra de un hombre que se presenta con un -descubrimiento extraordinario, y que para apoyarle despliega un tesoro -de saber que revela un genio prodigioso; quitad, repito, la sombra -de Newton, y veréis que en la mente de su discípulo los principios -vacilan, los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y -exactitud, las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y -el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial, -un pensador del todo independiente, conocerá, sentirá cuán sojuzgado se -hallaba por la fuerza de la autoridad, por el ascendiente del genio; -conocerá, sentirá que en muchos puntos tenía asenso, mas no convicción, -y que, en vez de ser un filósofo enteramente libre, era un discípulo -dócil y aprovechado. - -Apélese confiadamente al testimonio, no de los ignorantes, no de -aquellos que han desflorado ligeramente los estudios científicos, sino -de los verdaderos sabios, de los que han consagrado largas vigilias á -los varios ramos del saber: invíteselos á que se concentren dentro de -sí mismos, á que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones -científicas; y que se pregunten con entera calma y desprendimiento si, -aun en aquellas materias en que se conceptúan más aventajados, no -sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente -de algún autor de primer orden, y no han de confesar que, si á -muchas cuestiones de las que tienen más estudiadas les aplicasen con -rigor el método de Descartes, se hallarían con más _creencias_ que -_convicciones_. - -Así ha sucedido siempre, y siempre sucederá así: esto tiene raíces -profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu, y, por lo mismo, -no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en -esto mucho de aquel instinto de conservación que Dios con admirable -sabiduría ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte -correctivo á tantos elementos de disolución como ésta abriga en su seno. - -Malo es, en verdad, muchas veces, malo es, y muy malo, que el hombre -vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por -esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre -estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre -para que no le pudiese engañar, y que se generalizase por el mundo la -filosófica manía de querer sujetarlo todo á riguroso examen: ¡pobre -sociedad entonces! ¡pobre hombre! ¡pobres ciencias, si cundiese á todos -los ramos el espíritu de riguroso, de escrupuloso, de independiente -examen! - -Admiro el genio de Descartes, reconozco los grandes beneficios que -ha dispensado á las ciencias; pero he pensado más de una vez que, si -por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda, se hundiría -de repente la sociedad; y aun entre los sabios, entre los filósofos -imparciales, me parece que causaría grandes estragos; por lo menos es -cierto que en el mundo científico se aumentaría considerablemente el -número de los orates. - -Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y, si el hombre tiene -cierta tendencia á la locura, más ó menos graduada, también posee -un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la -sociedad, cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica -que se proponen convertirla en delirante, ó les contesta con burlona -sonrisa, ó, si se deja extraviar por un momento, vuelve luego en sí, y -rechaza con indignación á aquellos que la habían descaminado. - -Para quien conozca á fondo el espíritu humano, serán siempre -despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las -preocupaciones del vulgo; contra esa docilidad en seguir á otro hombre, -contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como -si en esto de preocupaciones, en esto de asentir á todo sin examen, -hubiera muchos hombres que no fueran vulgo; como si las ciencias no -estuvieran llenas de suposiciones gratuitas; como si en ellas no -hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente, cual -en firmísimo é inalterable apoyo. - -El derecho de posesión y de prescripción es otra de las singularidades -que ofrecen las ciencias, y es bien digno de notarse que, sin haber -tenido jamás esos nombres, haya sido reconocido este derecho, con -tácito, pero unánime, consentimiento. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo? -Estudiad la historia de las ciencias, y encontraréis á cada paso -confirmada esta verdad. En medio de las eternas disputas que han -dividido á los filósofos, ¿cuál es la causa de que una doctrina antigua -haya opuesto tanta resistencia á una doctrina nueva, y diferido por -mucho tiempo y tal vez impedido completamente su establecimiento? -Es porque la antigua estaba ya en posesión, es porque se hallaba -robustecida por un derecho de prescripción: no importa que no se -usaran esos nombres: el resultado era el mismo; y por esta razón los -inventores se han visto muchas veces menospreciados ó contrariados, -cuando no perseguidos. - -Es preciso confesarlo, por más que á ello se resista nuestro orgullo, -y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores -de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos, -anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el entendimiento -humano, vastas las órbitas que ha recorrido, y admirables las obras -con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas -hay siempre una buena parte de exageración, hay mucho que cercenar, -sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere á las relaciones -morales. De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar -que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad -y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que -contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento -del hombre está sometido casi siempre, aunque sin advertirlo, á la -autoridad de otro hombre. - -En cada época se presentan algunos pocos, poquísimos entendimientos -privilegiados, que, alzando su vuelo sobre todos los demás, les -sirven de guía en las diferentes carreras; precipítase tras ellos una -numerosa turba que se apellida sabia, y con los ojos fijos en la enseña -enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y -¡cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha, todos -se precian de seguir aquel rumbo nuevo, como si ellos le hubieran -descubierto, como si avanzaran en él, guiados únicamente por su propia -luz é inspiraciones. Las necesidades, la afición ú otras circunstancias -nos conducen á dedicarnos á este ó aquel ramo de conocimientos; -nuestra debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la -fuerza creatriz; y, ya que no podemos ofrecer nada propio, ya que nos -sea imposible abrir un nuevo camino, nos lisonjeamos de que nos cabe -una parte de gloria siguiendo la enseña de algún ilustre caudillo; -y, en medio de tales sueños, llegamos tal vez á persuadirnos de que -no militamos bajo la bandera de nadie, que sólo rendimos homenaje á -nuestras convicciones, cuando en realidad no somos más que prosélitos -de doctrinas ajenas. - -En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfermiza -razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión de las -cosas, donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber -quién se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvención por tan -orgulloso desvanecimiento; y á pesar nuestro llama las cosas por sus -nombres, clasificándonos á nosotros, y á nuestras opiniones, del -modo que corresponde, según el autor á quien hemos seguido por guía. -La historia de las ciencias ¿es acaso más que la historia de los -combates de una escasa porción de aventajados caudillos? Recórranse los -tiempos antiguos y modernos, extiéndase la vista á los varios ramos -de nuestros conocimientos, y se verá un cierto número de escuelas, -planteadas por algún sabio de primer orden, dirigidas luego por otro -que por sus talentos haya sido digno de sucederle; y durando así, hasta -que, cambiadas las circunstancias, falta de espíritu de vida, muere -naturalmente la escuela, ó presentándose algún hombre audaz, animado -de indomable espíritu de independencia, la ataca, y la destruye, para -asentar sobre sus ruinas la nueva cátedra del modo que á él le viniera -en talante. - -Cuando Descartes destronó á Aristóteles ¿no se colocó por de pronto -en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de independientes, -pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de -_Cartesianos_, eran semejantes á los pueblos que en tiempo de revueltas -aclaman libertad, y destronan al antiguo monarca, para someterse -después al hombre bastante osado que recoge el cetro y la diadema que -yacen abandonados al pie del antiguo solio. - -Créese en nuestro siglo, como se creyó en el anterior, que marcha el -entendimiento humano con entera independencia; y á fuerza de declamar -contra la autoridad en materias científicas, á fuerza de ensalzar la -libertad del pensamiento, se ha llegado á formar la opinión de que -pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo, -y que ahora ya no obedece cada sabio sino á sus propias é íntimas -convicciones. Allégase á todo esto que, desacreditados los sistemas y -las hipótesis, se ha desplegado grande afición al examen y análisis de -los hechos, y esto ha contribuído á que se figuren muchos que, no sólo -ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias, sino que -hasta ha llegado á hacerse imposible. - -Á primera vista, bien pudiera esto parecer verdad; pero, si damos en -torno de nosotros una atenta mirada, notaremos que no se ha logrado -otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes, y reducir -la duración de su mando. Éste es verdadero tiempo de revueltas, y tal -vez de revolución literaria y científica, semejante en un todo á la -política, en que se imaginan los pueblos que disfrutan más libertad, -sólo porque ven el mando distribuído en mayor número de manos, y porque -tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes, -haciendo pedazos como á tiranos á los que antes apellidaran padres y -libertadores; bien que, después de su primer arrebato, dejan el campo -libre para que se presenten otros hombres á ponerles un freno, tal vez -un poco más brillante, pero no menos recio y molesto. Á más de los -ejemplos que nos ofrecería en abundancia la historia de las letras de -un siglo á esta parte, ¿no vemos ahora mismo unos nombres substituídos -á otros nombres, unos directores del entendimiento humano substituídos -á otros directores? - -En el terreno de la política, donde al parecer más debiera campear -el espíritu de libertad, ¿no son contados los hombres que marchan al -frente? ¿no los distinguimos tan claro como á los generales de ejército -en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos ó -tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones á las órdenes -del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina? ¡Oh! -¡cuán bien comprenderán estas verdades aquellos que se hallan elevados -á tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza, ellos que saben que -para engañar á los hombres bastan por lo común las palabras, ellos -habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa, cuando, -al contemplar engreídos el campo de sus triunfos, al verse rodeados -de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con -entusiasmo, habrán oído á algunos de sus más fervientes y más devotos -prosélitos cuál blasonaban de ilimitada libertad de pensar, de completa -independencia en las opiniones y en los votos. - -Tal es el hombre; tal nos le muestran la historia y la experiencia de -cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que eleva el -entendimiento de algunos seres privilegiados, ejercerá siempre, no sólo -sobre los sencillos é ignorantes, sino también sobre el común de los -sabios, una acción fascinadora. ¿Dónde está, pues, el ultraje que hace -á la razón humana la Religión católica, cuando, al propio tiempo que le -presenta los títulos que prueban su divinidad, le exige la fe? ¿Esa fe -que el hombre dispensa tan fácilmente á otro hombre, en todas materias, -aun en aquellas en que más presume de sabio, no podrá prestarla sin -mengua de su dignidad á la Iglesia católica? ¿Será un insulto hecho -á su razón el señalarle una norma fija, que le asegure con respecto -á los puntos que más le importan, dejándole, por otra parte, amplia -libertad de pensar lo que más le agrade sobre aquel mundo que Dios -ha entregado á las disputas de los hombres? Con esto ¿hace acaso más -la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la más alta -filosofía, manifestar un profundo conocimiento del espíritu humano, y -librarle de tantos males como le acarrea su volubilidad é inconstancia, -su veleidoso orgullo, combinados de un modo extraño con esa facilidad -increíble de deferir á la palabra de otro hombre? ¿Quién no ve que con -ese sistema de la Religión católica se pone un dique al espíritu de -_proselitismo_ que tantos daños ha causado á la sociedad? Ya que el -hombre tiene esa irresistible tendencia á seguir los pasos de otro, ¿no -hace un gran beneficio á la humanidad la Iglesia católica, señalándole -de un modo seguro el camino por donde debe andar, si quiere seguir las -pisadas de un Hombre-Dios? ¿No pone de esta manera muy á cubierto la -dignidad humana, librando, al propio tiempo, de terrible naufragio los -conocimientos más necesarios al individuo y á la sociedad?[8] - - - - -CAPITULO VI - - -En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el -entendimiento, se alegará, sin duda, el adelanto de las sociedades; y -el alto grado de civilización y cultura á que han llegado las naciones -modernas se producirá como un título de justicia para lo que se -apellida emancipación del entendimiento. Á mi juicio, está tan distante -esta réplica de tener algo de sólido, está tan mal cimentada sobre el -hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de -la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla -viva, tal como lo juzgan indispensable los católicos. - -Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido -necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se -ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado -á mayor desarrollo, es desconocer completamente la relación que tienen -con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre -que versa semejante autoridad. - -La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta -del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado -para llegar á su alto fin, he aquí los objetos sobre que versa la -fe, y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una -regla infalible; sosteniendo que, á no ser así, no fuera dable evitar -los más lamentables extravíos, ni poner la verdad á cubierto de las -cavilaciones humanas. - -Esta sencilla consideración bastará para convencer de que el examen -privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la -carrera de la civilización, que no en otros que hayan ya adelantado -mucho en ella. En un pueblo cercano á su infancia hay naturalmente un -gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para -que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado -Texto, saboreándose en las de fácil comprensión, y humillando su frente -ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido -encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posición crearía en -cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera aún afectado por -el orgullo y la manía del saber, se habría reducido á muy pocos el -examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y -esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la -enseñanza. - -Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera -del saber; porque la extensión de los conocimientos á mayor número -de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y -subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar -todas las ideas, y por corromper las tradiciones más puras. El pueblo, -cercano á su infancia, como está exento de la vanidad científica, -entregado á sus ocupaciones sencillas, y apegado á sus antiguas -costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que, -rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emoción la historia y -los consejos que él á su vez había recibido de sus antepasados; pero, -cuando la sociedad ha llegado á mucho desarrollo; cuando, debilitado -el respeto á los padres de familia, se ha perdido la veneración á -las canas; cuando nombres pomposos, aparatos científicos, grandes -bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza -de su entendimiento; cuando la multiplicación y actividad de las -comunicaciones esparcen á grandes distancias las ideas, y haciéndolas -fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan -aquella fuerza mágica que señorea los espíritus; entonces es precisa, -indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente, -siempre en disposición de acudir á donde lo exija la necesidad, cubra -con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes -de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre -á merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde -la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está sentada -la sociedad como sobre firmísimo cimiento; cimiento que, una vez -conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae -á pedazos. La historia literaria y política de Europa de tres siglos -á esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir, -siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa -en el momento en que debía ser más fatal: porque, encontrando á las -sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano, -quebrantó el dique, cuando era necesario robustecerle. - -Por cierto que no es saludable apocar en demasía á nuestro espíritu, -achacándole defectos que no tenga, ó exagerando aquellos de que en -realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente, -ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, á -más de serle muy dañoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable á -su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carácter -grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la -verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre, -no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello -que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que -no desconozca los límites que la circunscriben, y que tenga bastante -generosidad y candidez para confesar su flaqueza. - -Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo -que revela la intrínseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo -mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que á veces se -le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle -del todo á sí mismo, sin ningún género de guía. Consiste este hecho -en las sombras que se van encontrando á medida que nos acercamos á la -investigación de los secretos que rodean los primeros principios de -las ciencias: por manera que, aun hablando de las que más nombradía -tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando á profundizar -hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme, -resbaladizo, en términos que el entendimiento, sintiéndose poco seguro -y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara -la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia -se había complacido. - -No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y, -entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como -estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y -á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de -disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién -diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en -ellas puntos débiles, senderos tenebrosos? - -Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias, -consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones -más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano, -desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir -el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta -sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se -presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en -los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en -que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados -en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos -puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á -pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en -todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de -incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién -no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios, -al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz -del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un -camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos -pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas, -sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen -y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en -medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora -que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar -delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el -corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera -de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres -grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo -contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos, -leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en -ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre. - -La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa -numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que -pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones -viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los -raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de -nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola -pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y -rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones; -creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún -tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de -prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de -que actualmente disfruta? - -Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias -escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma -flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas -apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré -á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las -ciencias morales. - -Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que -el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al -investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que -apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que -manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un -insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más -tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones; -sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con -cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos, -persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un -estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones -más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del -sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones -sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de -nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces, -si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la -voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia; -si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con -loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen -sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas -tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para -irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á -tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en -aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia -de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos. - -Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias; -porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos -que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á -nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad, -descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin -embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta -facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios; -pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad -completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres -muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha -consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto, -mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía -acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de -manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre -de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando -en un extremo el _escepticismo_, en el otro la _verdad pura_. - -Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones -semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus -trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los -hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se -recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser -verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las -hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo -que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado -todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el -placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras, -como son las _varias sensaciones que nos causa una naranja_; ahora, -decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el -fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de -algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que -desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto -de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance -de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito -para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré, -no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya -en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones, -sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque -fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo -valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como -muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela -pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la -verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los -brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada, -que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo -porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se -figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca. - -Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto -á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos -morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha -enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el -Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la -autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9] - - - - -CAPITULO VII - - -Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y -estribando sobre este principio como único cimiento, ha debido buscar -en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espíritu -humano, y su verdadero carácter, y sus relaciones con las verdades -religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, según -la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son -el _fanatismo_ y la _indiferencia_. - -Extraño parecerá quizás enlace semejante, y que extravíos tan opuestos -puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay más cierto; -viniendo en esta parte los ejemplos de la historia á confirmar las -lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre -en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo: -ó suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, ó -sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón; es decir, -ó la _inspiración_ ó la _filosofía_. El someter las verdades religiosas -al fallo de la razón debía acarrear tarde ó temprano la indiferencia, -así como la inspiración particular, ó el espíritu privado, había de -engendrar el fanatismo. - -Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante, -y es su vehemente inclinación á imaginar sistemas que, prescindiendo -completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan sólo la -obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común, -y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones. -La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la -repetición perenne de este fenómeno; y, en cuanto cabe en las otras -materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una ú otra forma. -Concebida una idea singular, mírala el entendimiento con aquella -predilección exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir á sus -hijos; y, desenvolviéndola con esta preocupación, amolda en ella todos -los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio -no era más que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego á -ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es -ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si está señoreada -por un corazón lleno de fuego, el calor provoca la fermentación, y ésta -el fanatismo, propagador de todos los delirios. - -Acreciéntase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa -sobre materias religiosas, ó se roza con ellas por relaciones muy -inmediatas: entonces las extravagancias del espíritu alucinado se -transforman en inspiraciones del cielo; la fermentación del delirio, -en una llama divina, y la manía de singularizarse en vocación -extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposición, se desboca -furioso contra todo lo que encuentra establecido; é insultando la -autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las -personas, disfraza la más grosera violencia con el manto del celo, -y encubre la ambición con el nombre del apostolado. Más alucinado á -veces que seductor, el miserable maniático llega quizás á persuadirse -profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha oído la -palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia -algo de singular y extraordinario, transmite á sus oyentes una parte de -su locura, y adquiere en breve un considerable número de prosélitos. No -son, á la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en -esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado -insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido -á acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos -tienen enseñado que, para fascinar un gran número de hombres, basta una -palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante, -por ridículo que sea, no se necesita más que levantar una bandera. - -Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aquí un -hecho, que no sé que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia -en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio á la -ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias -y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las -grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y, -conociendo á fondo la debilidad del humano entendimiento, y su -extremada propensión á las locuras y extravagancias, le ha seguido -siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos, -rechazando con energía sus impotentes tentativas, cuando él ha tratado -de corromper el purísimo manantial de que era poseedora. En las fuertes -y dilatadas luchas que contra él ha sostenido, ha logrado poner de -manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y -le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las -herejías un riquísimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde -se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones, -en su fisonomía característica, en su propio colorido: cuadro de que -se aprovechará, sin duda, el genio á quien esté reservada la grande -obra que está todavía por hacer: _la verdadera historia del espíritu -humano_.[10] - -Tocante á extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no -está nada escasa la historia de Europa de tres siglos á esta parte: -monumentos quedan todavía existentes, y por dondequiera que dirijamos -nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el -seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han -dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente -devastador, ni la violencia de carácter de Lutero, ni los furibundos -esfuerzos con que se oponía á cuantos enseñaban doctrinas diferentes -de las suyas: á unas impiedades sucedieron presto otras impiedades; -á unas extravagancias, otras extravagancias; á un fanatismo, otro -fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas -sectas, todas á cual más violentas, cuantas fueron las cabezas que á -la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carácter -bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de -otro modo sucediese, porque, cabalmente, á más del riesgo que traía -consigo el dejar solo al espíritu humano encarado con todas las -cuestiones religiosas, había una circunstancia que debía acarrear -resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los Libros -Santos encomendada al espíritu privado. - -Manifestóse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se -hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada -tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazón, -es altamente dañoso al espíritu soberbio, que á la terca resolución -de resistir á toda autoridad en materias de fe, añada la ilusoria -persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus -partes, de que no le faltará en todo caso la inspiración del cielo -para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse, ó que recorra -sus páginas con el prurito de encontrar algún texto, que, más ó menos -violentado, pueda prestar apoyo á sutilezas, cavilaciones, ó proyectos -insensatos. - -No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del -Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo, -procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusión de que cualquier -cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido más completo de -lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro -medio al Protestantismo, y que todos los obstáculos que oponía á la -entera libertad en la interpretación del Sagrado Texto eran para él -una inconsecuencia chocante, una apostasía de sus propios principios, -un desconocimiento de su origen; pero esto es su más terminante -condenación; porque, ¿cuáles son los títulos, ni de verdad, ni de -santidad, que podrá presentarnos una religión, que en su principio -fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más -dañosas á la sociedad? - -Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas -reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error -capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante. -Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedará agradecido de -que transcriba aquí sus palabras; dice así: «Llevados los primeros -reformadores de su espíritu de oposición á la Iglesia romana, -reclamaron á voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras -conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por -emancipar al pueblo de la autoridad del Pontífice romano, proclamaron -este derecho sin explicación ni restricciones, y las consecuencias -fueron _terribles_. Impacientes por minar la base de la jurisdicción -papal, sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene -indisputable derecho á interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo; -y, como este principio, tomado en toda su extensión, era insostenible, -fué menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual -es, que la Biblia es un libro fácil, al alcance de todos los espíritus; -que el carácter más inseparable de la revelación divina es una gran -claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora -unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio. - -»El juicio privado de Munzer descubrió en la Escritura que los títulos -de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía, -contraria á la natural igualdad de los fieles, é invitó á sus secuaces -á examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios -la cosa, alabaron á Dios, y procedieron en seguida, por medio del -hierro y del fuego, á la extirpación de los impíos, y á apoderarse de -sus propiedades. El juicio privado creyó también haber descubierto en -la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción -de la libertad cristiana; y heos aquí que Juan de Leyde tira los -instrumentos de su oficio, se pone á la cabeza de un populacho -fanático, sorprende la ciudad de Múnster, se proclama á sí mismo rey -de Sión, toma catorce mujeres á la vez, asegurando que la poligamia -era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos. -Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige á los -amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no -es á propósito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un -largo espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo, levantáronse -una innumerable muchedumbre de fanáticos, ora juntos, ora unos en pos -de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dañinas, -desde el feroz dominio de Fox hasta la metódica locura de Barclay, -desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de -_Praise-God-Barebones_. La piedad, la razón y el buen sentido parecían -desterrados del mundo, y se habían puesto en su lugar una extravagante -algarabía, un frenesí religioso, un celo insensato: todos citaban la -Escritura, todos pretendían haber tenido inspiraciones, visiones, -arrobos de espíritu; y, á la verdad, con tanto fundamento lo pretendían -unos como otros. - -»Sosteníase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio -y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de -Satanás, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia, -y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del -Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como invención pagana, -y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana. -Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo, ni la majestad -del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y -degollados sin compasión por aquellos fanáticos, cuyo único libro era -la Biblia, sin notas ni comentarios. Á la sazón estaba en su mayor -auge el entusiasmo por la oración, la predicación y la lectura de los -Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos leían, pero nadie -escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada -Escritura; en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba -el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de -la nación, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la -Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones, -proscripciones; y todo era, no sólo justificado, sino también -consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos históricos -han asombrado con frecuencia á los hombres de bien, y consternado á -las almas piadosas; _pero, demasiado embebido el lector en sus propios -sentimientos, olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia, -á saber: que la Biblia, sin explicación, ni comentarios, no es para -leída por hombres groseros é ignorantes_. - -»La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de _otro_ -sus instrucciones, y no le es dado acercarse á los manantiales de la -ciencia. Las verdades más importantes en medicina, en jurisprudencia, -en física, en matemáticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben -en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en -general se ha constantemente seguido el mismo método, y siempre que se -le ha dejado hasta cierto punto, _la sociedad se ha conmovido hasta sus -cimientos_.» - -No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto -que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas, ni de declamatorias, -no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto -sabidos. El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer -de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura -sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el -Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la -inteligencia del Sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia, -y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán -con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo -no hubiera cometido otro yerro que éste, bastaría ya para que se -reprobase, se condenase á sí propio, pues que no hace otra cosa una -religión que asienta un principio que la disuelve á ella misma. - -Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el -Protestantismo, y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado -con respecto al espíritu humano, no es necesario ser teólogo, ni -católico; basta haber leído la Escritura, aun cuando sea únicamente -con ojos de literato y filósofo. Un libro que, encerrando en breve -cuadro el extenso espacio de cuatro mil años, y adelantándose hasta -las profundidades del más lejano porvenir, comprende el origen -y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la -historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones -y profecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que -los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso -esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la -fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres -domésticas, ó el candor é inocencia de un pueblo en la infancia; un -libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus -sentencias, predica el apóstol, enseña y disputa el doctor; un libro -donde un profeta, señoreado por el espíritu divino, truena contra la -corrupción y extravío de un pueblo, anuncia las terribles venganzas -del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y -la devastación y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y -sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron á sus ojos en -momentos de arrobo, en que, al través de velos sombríos, de figuras -misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmáticas, viera -desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las -catástrofes de la naturaleza; un libro, ó más bien un conjunto de -libros, donde reinan todos los estilos y campean los más variados -tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica -y la sencillez pastoril, el fuego lírico y la templanza didáctica, -la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y -viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas -y países, en varias lenguas, en circunstancias las más singulares y -extraordinarias, ¿cómo podrá menos de trastrocar la cabeza orgullosa -que recorre á tientas sus páginas, ignorando los climas, los tiempos, -las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la -confunden, de imágenes que la sorprenden, de idiotismos que la -obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo ó al griego que -escribieron allá en siglos muy remotos? ¿Qué efectos ha de producir ese -conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura -es un libro muy fácil, que se brinda de buen grado á la inteligencia -de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad, -no necesita el que lee de la instrucción de nadie, sino que le bastan -sus propias reflexiones, ó concentrarse dentro de sí mismo para prestar -atento oído á la celeste inspiración que levantará el velo que encubre -los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los -protestantes tan ridículos visionarios, tan furibundos fanáticos?[11] - - - - -CAPITULO VIII - - -Injusticia fuera tachar una religión de falsa, sólo porque en su seno -hubieran aparecido fanáticos: esto equivaldría á desecharlas todas; -pues que no sería dable encontrar una que estuviese exenta de semejante -plaga. No está el mal en que se presenten fanáticos en medio de una -religión, sino en que ella los forme, en que los incite al fanatismo, -ó les abra para él anchurosa puerta. Si bien se mira, en el fondo del -corazón humano hay un germen abundante de fanatismo, y la historia -del hombre nos ofrece de ello tan abundantes pruebas, que apenas se -encontrará hecho que deba ser reconocido como más indudable. Fingid -una ilusión cualquiera, contad la visión más extravagante, forjad el -sistema más desvariado; pero tened cuidado de bañarlo todo con un tinte -religioso, y estad seguros de que no os faltarán prosélitos entusiastas -que tomarán á pecho el sostener vuestros dogmas, el propagarlos, y -que se entregarán á vuestra causa con una mente ciega y un corazón de -fuego; es decir, tendréis bajo vuestra bandera una porción de fanáticos. - -Algunos filósofos han gastado largas páginas en declamar contra el -fanatismo, y como que se han empeñado en desterrarle del mundo, ora -dando á los hombres empalagosas lecciones filosóficas, ora empleando -contra el _monstruo_ toda la fuerza de una oratoria fulminante. Bien -es verdad que á la palabra _fanatismo_ le han señalado una extensión -tan lata, que han comprendido bajo esta denominación toda clase de -religiones; pero yo creo, sin embargo, que, aun cuando se hubieran -ceñido á combatir el verdadero fanatismo, habrían hecho harto mejor si, -no fatigándose tanto, hubiesen gastado algún tiempo en examinar esta -materia con espíritu analítico, tratándola, después de atento examen, -sin preocupación, con madurez y templanza. - -Por lo mismo que veían que éste era un achaque del espíritu humano, -escasas esperanzas podían tener, si es que fueran filósofos cuerdos y -sesudos, de que con razones y elocuencia alcanzaran á desterrar del -mundo al malhadado _monstruo_; pues que, hasta ahora, no sé yo que -la filosofía haya sido parte á remediar ninguna de aquellas graves -enfermedades que son como el patrimonio del humano linaje. Entre tantos -yerros como ha tenido la filosofía del siglo XVIII, ha sido uno de los -más capitales la manía de los tipos: de la naturaleza del hombre, de -la sociedad, de todo se ha imaginado un tipo allá en su mente; todo ha -debido acomodarse á aquel tipo, y cuanto no ha podido doblegarse para -ajustarse al molde, todo ha sufrido tal descarga filosófica, que, al -menos, no ha quedado impune por su poca flexibilidad. - -¿Pues qué? ¿podrá negarse que haya fanatismo en el mundo? Y mucho. -¿Podrá negarse que sea un mal? Y muy grave. ¿Cómo se podría extirpar? -De ninguna manera. ¿Cómo se podrá disminuir su extensión, atenuar su -fuerza, refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces, ¿no -será con la filosofía? Ahora lo veremos. - -¿Cuál es el origen del fanatismo? Antes es necesario fijar el verdadero -sentido de esta palabra. Entiéndese por fanatismo, tomado en su -acepción más lata, una viva exaltación del ánimo fuertemente señoreado -por alguna opinión, ó falsa, ó exagerada. Si la opinión es verdadera, -encerrada en sus justos límites, entonces no cabe el fanatismo; y, si -alguna vez lo hubiere, será con respecto á los medios que se emplean -en defenderla; pero, entonces ya existirá también un juicio errado, en -cuanto se cree que la opinión verdadera autoriza para aquellos medios; -es decir, que habrá error, ó exageración. Pero, si la opinión fuere -verdadera, los medios de defenderla, legítimos, y la ocasión, oportuna, -entonces no hay fanatismo, por grande que sea la exaltación del ánimo, -por viva que sea la efervescencia, por vigorosos que sean los esfuerzos -que se hagan, por costosos que sean los sacrificios que se arrostren; -entonces habrá entusiasmo en el ánimo y heroísmo en la acción, pero -fanatismo no: de otra manera los héroes de todos tiempos y países -quedarían afeados con la mancha de fanáticos. - -Tomado el fanatismo con toda esta generalidad, se extiende á cuantos -objetos ocupan al espíritu humano; y así hay fanáticos en religión, en -política, y hasta en ciencias y literatura; no obstante, el significado -más propio de la palabra _fanatismo_, no sólo atendiendo á su valor -etimológico, sino también usual, es cuando se aplica á materias -religiosas; y, por esta causa, el solo nombre de fanático, sin ninguna -añadidura, expresa un _fanático_ en religión; cuando, al contrario, si -se le aplica con respecto á otras materias, debe andar acompañado del -apuesto que las califique; así se dice: fanáticos políticos, fanáticos -en literatura, y otras expresiones por este tenor. - -No cabe duda de que, en tratándose de materias religiosas, tiene el -hombre una propensión muy notable á dejarse dominar de una idea, á -exaltarse de ánimo en favor de ella, á transmitirla á cuantos le -rodean, á propagarla luego por todas partes, llegando con frecuencia -á empeñarse en comunicarla á los otros, aunque sea con las mayores -violencias. - -Hasta cierto punto se verifica también el mismo hecho en las materias -no religiosas; pero es innegable que en las religiosas adquiere el -fenómeno un carácter que le distingue de cuanto acontece en esfera -diferente. En cosas de religión adquiere el alma del hombre una nueva -fuerza; una energía terrible, una expansión sin límites; para él no hay -dificultades, no hay obstáculos, no hay embarazos de ninguna clase; los -intereses materiales desaparecen enteramente, los mayores padecimientos -se hacen lisonjeros, los tormentos son nada, la muerte misma es una -ilusión agradable. - -El hecho es vario, según lo es la persona en quien se verifica, según -lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se realiza; -pero, en el fondo, es el mismo: examinada la cosa en su raíz, se halla -que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma, -que las extravagancias de los discípulos de Fox. - -Acontece en esta pasión lo propio que en las demás, que, si producen -los mayores males, es sólo porque se extravían de su objeto legítimo, ó -se dirigen á él por medios que no están de acuerdo con lo que dictan la -razón y la prudencia; pues que, bien observado, el fanatismo no es más -que el _sentimiento religioso extraviado_; sentimiento que el hombre -lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro, y que se encuentra como -esparcido por la sociedad, en todos los períodos de su existencia. -Hasta ahora ha sido siempre vano el empeño de hacer irreligioso al -hombre: uno que otro individuo se ha entregado á los desvaríos de una -irreligión completa; pero el linaje humano protesta sin cesar contra -ese individuo, que ahoga en su corazón el sentimiento religioso. Como -este sentimiento es tan fuerte, tan vivo, tan poderoso á ejercer sobre -el hombre una influencia sin límites, apenas se aparta de su objeto -legítimo, apenas se desvía del sendero debido, cuando ya produce -resultados funestos; pues que se combinan desde luego dos causas muy á -propósito para los mayores desastres, como son: _absoluta ceguera del -entendimiento, y una irresistible energía en la voluntad_. - -Cuando se ha declamado contra el fanatismo, buena parte de los -protestantes y filósofos no se han olvidado de prodigar ese apodo á -la Iglesia católica; y por cierto que debieran andar en ello con más -tiento, cuando menos en obsequio de la buena filosofía. Sin duda que -la Iglesia no se gloriará de que haya podido curar todas las locuras -de los hombres, y, por tanto, no pretenderá tampoco que de entre sus -hijos haya podido desterrar de tal manera el fanatismo, que, de vez en -cuando, no haya visto en su seno algunos fanáticos; pero sí que puede -gloriarse de que jamás religión alguna ha dado mejor en el blanco para -curar, en cuanto cabe, este achaque del espíritu humano; pudiendo, -además, asegurarse que tiene de tal manera tomadas sus medidas, que, -en naciendo el fanatismo, le cerca desde luego con un vallado, en -que podrá delirar por algún tiempo, pero no producirá efectos de -consecuencias desastrosas. - -Esos extravíos de la mente, esos sueños de delirio que, nutridos -y avivados, con el tiempo arrastran al hombre á las mayores -extravagancias, y hasta á los más horrorosos crímenes, apáganse por -lo común en su mismo origen, cuando existe en el fondo del alma el -saludable convencimiento de la propia debilidad, y el respeto y -sumisión á una autoridad infalible; y, ya que á veces no se logre -sofocar el delirio en su nacimiento, quédase al menos aislado, -circunscrito á una porción de hechos más ó menos verosímiles, pero -dejando intacto el depósito de la verdadera doctrina, y sin quebrantar -aquellos lazos que unen y estrechan á todos los fieles como miembros de -un mismo cuerpo. ¿Se trata de revelaciones, de visiones, de profecías, -de éxtasis? Mientras todo esto tenga un carácter privado, y no se -extienda á las verdades de fe, la Iglesia, por lo común, disimula, -tolera, se abstiene de entrometerse, calla, dejando á los críticos la -discusión de los hechos, y al común de los fieles amplia libertad para -pensar lo que más les agrade. Pero, si toman las cosas un carácter más -grave, si el visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos -de doctrina, veréis, desde luego, que se despliega el espíritu de -vigilancia; la Iglesia aplica atentamente el oído para ver si se mezcla -por allí alguna voz que se aparte de lo enseñado por el divino Maestro; -fija una mirada observadora sobre el nuevo predicador, por si hay algo -que manifieste, ó al hombre alucinado y errante en materias de dogma, ó -al lobo cubierto con piel de oveja; y, en tal caso, levanta desde luego -el grito, advierte á todos los fieles, ó del error, ó del peligro, y -llama con la voz de pastor á la oveja descarriada. Si ésta no escucha, -si no quiere seguir más que sus caprichos, entonces la separa del -rebaño, la declara como lobo, y, de allí en adelante, el error y el -fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee perseverar en el seno de -la Iglesia. - -Por cierto que no dejarán los protestantes de echar en cara á los -católicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido la Iglesia, -recordando las revelaciones y visiones de los muchos Santos que -veneramos sobre los altares; echaránnos también en cara el fanatismo: -fanatismo que dirán no haberse limitado á estrecho círculo, pues que -ha sido bastante á producir los resultados más notables. «Los solos -fundadores de las órdenes religiosas, dirán ellos, ¿no ofrecen acaso -el espectáculo de una serie de fanáticos que, alucinados ellos mismos, -ejercían sobre los demás, con su palabra y ejemplo, la influencia más -fascinadora que jamás se haya visto?» Como no es éste el lugar de -tratar por extenso el punto de las comunidades religiosas, cosa que me -propongo hacer en otra parte de esta obra, me contentaré con observar -que, aun dando por supuesto que todas las visiones y revelaciones -de nuestros Santos y las inspiraciones del cielo con que se creían -favorecidos los fundadores de las órdenes religiosas, no pasaran de -pura ilusión, nada tendrían adelantado los adversarios para achacar á -la Iglesia católica la nota de fanatismo. Por de pronto, ya se echa -de ver que, en lo tocante á visiones de un particular, mientras se -circunscriban á la esfera individual, podrá haber allí ilusión, y, -si se quiere, fanatismo; pero no será el fanatismo dañoso á nadie, y -nunca alcanzará á acarrear trastornos á la sociedad. Que una pobre -mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo, que se -figure oir con frecuencia la palabra de la Virgen, que se imagine que -confabula con los ángeles, que le traen mensajes de parte de Dios; todo -esto podrá excitar la credulidad de unos y la mordacidad de otros; pero -á buen seguro que no costará á la sociedad ni una gota de sangre, ni -una sola lágrima. - -Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué muestras nos dan de -fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto que se -merecen sus virtudes, y de la gratitud con que debe corresponderles -la humanidad por los beneficios inestimables que han dispensado; -aun cuando diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus -inspiraciones, podríamos apellidarlos _ilusos_, más no _fanáticos_. En -efecto: nada encontramos en ellos, ni de frenesí, ni de violencia; son -hombres que desconfían de sí mismos; que, á pesar de creerse llamados -por el cielo para algún grande objeto, no se atreven á poner manos -á la obra sin haberse postrado antes á los pies del Sumo Pontífice, -sometiendo á su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva -orden, pidiéndole sus luces, sujetándose dócilmente á su fallo, y no -realizando nada sin haber obtenido su licencia. ¿Qué semejanza hay, -pues, de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos -que arrastran en pos de sí una muchedumbre de furibundos, que matan, -destruyen por todas partes, dejando por doquiera regueros de sangre -y de ceniza? En los fundadores de las órdenes religiosas vemos á un -hombre que, dominado fuertemente por una idea, se empeña en llevarla á -cabo, aun á costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una -idea fija, desenvuelta en un plan ordenado, teniendo á la vista algún -objeto altamente religioso y social; y, sobre todo, vemos ese plan -sometido al juicio de una autoridad, examinado con madura discusión, y -enmendado, ó retocado, según parece más conforme á la prudencia. Para -un filósofo imparcial, sean cuales fueren sus opiniones religiosas, -podrá haber en todo esto más ó menos ilusión, más ó menos preocupación, -más ó menos prudencia y acierto; pero, fanatismo, no, de ninguna -manera, porque nada hay aquí que presente semejante carácter.[12] - - - - -CAPITULO IX - - -El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la _inspiración -privada_ del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y -de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carácter tan maligno -y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males -funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena -parte á la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es -la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escándalo -de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas, -empezaron á manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo -XVI. Andando el tiempo, llegaron á extenderse de un modo terrible, -filtrándose en todos los ramos científicos y literarios, comunicando -su expresión y sabor á los idiomas, y poniendo en peligro todas las -conquistas que en pro de la civilización y cultura había hecho por -espacio de muchos siglos el linaje humano. - -En el mismo siglo XVI, en el mismo calor de las disputas y guerras -religiosas encendidas por el Protestantismo, cundía la incredulidad -de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que -aparentaba, pues que no era fácil quitarse de repente la máscara, -cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias -religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con -el manto de la reforma; y que, ora alistándose bajo la bandera de una -secta, ora pasando á la de otra, trataría de enflaquecerlas á todas -para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias. - -No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al -Deísmo, y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible -que, al tiempo de la aparición de los nuevos errores, no hubiese -muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus -últimas consecuencias. La religión cristiana, tal como la conciben -los protestantes, es una especie de sistema filosófico más ó menos -razonable; pues que, examinada á fondo, pierde el carácter de divina; -y, en tal caso, ¿cómo podrá señorear un ánimo que á la reflexión y á -las meditaciones reuna espíritu de independencia? Y, á decir verdad, -una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar -hasta el escepticismo religioso á todos los hombres que, no siendo -fanáticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el áncora de la -autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de -los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el ánimo una -vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de -todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo ó indiferencia -asentando doctrinas extrañas que pudieran servir de enseña para -reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala -fe, encubriendo el pérfido intento de alimentar en el ánimo de sus -secuaces el fanatismo de secta. - -Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montagne el simple buen -sentido, pues, aunque sólo alcanzó los primeros principios de la -reforma, sabemos que decía: «este principio de enfermedad degenerará en -un execrable ateísmo»; testimonio notable, cuya conservación debemos -á un escritor que, por cierto, no era apocado ni fanático: á su hijo -Montagne. (_Ensayos_, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiaría -ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del -Protestantismo, que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones; -porque es bien sabido que Montagne fué uno de los primeros escépticos, -que figuraron con gran nombradía en Europa. Por aquellos tiempos era -menester andar con cuidado en manifestarse ateo ó indiferente, aun -entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fácil sospechar -que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet, por -cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano -Chacón, cuando, al empezar el último tercio del siglo XVII, decía que -la «herejía de los ateístas, de los que nada creen, andaba muy válida -en Francia y en otras partes». - -Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las -controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la -incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al -promediar el siglo XVI, se conoce que el mal se presentaba bajo un -aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos -pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religión? -¿quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la -viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible? - -Se conoce que á la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas, y que -la incredulidad se hallaba ya muy cercana á poder presentarse como -una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la -preferencia en Europa. Con más ó menos disfraz habíase ya presentado -desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante, -porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta -religiosa, y la religión empezaba á sentirse demasiado fuerte para que -no pudiera apellidarse ya con su propio nombre. - -El último tercio del siglo XVII nos presenta una crisis muy notable con -respecto á la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada, -pero que se dió á conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fué -un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias -diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: _la una hacia -el Catolicismo, la otra hacia el Ateísmo_. - -Bien sabido es cuánto se había disputado hasta aquella época sobre -la religión: las controversias religiosas eran el gusto dominante, -bastando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de los -escolásticos, así católicos como protestantes, sino también de los -sabios seculares; habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios -de los príncipes y reyes. Tanta controversia debía naturalmente -descubrir el vicio radical del Protestantismo; y, no pudiendo -mantenerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladizo, había -de esforzarse en salir de él, ó bien llamando en su apoyo el principio -de autoridad, ó bien abandonándose al ateísmo ó á una completa -indiferencia. Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera -nada equívoca; y así es que, mientras Bayle creía la Europa bastante -preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una cátedra de -incredulidad y de escepticismo, se había entablado seria y animada -correspondencia para la reunión de los disidentes de Alemania al gremio -de la Iglesia católica. - -Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que mediaron -entre el luterano Molano, abate de Lockum, y Cristóbal, obispo de -Tyna, y después de Neustad; y para que no faltase un monumento del -carácter grave que habían tomado las negociaciones, se conserva aún la -correspondencia motivada por este asunto, entre dos hombres de los -más insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet -y Leibnitz. No había llegado aún el feliz momento, y consideraciones -políticas que debieran desaparecer á la vista de tamaños intereses, -ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz, para -que no conservara en el curso de la discusión y de las negociaciones -aquella sinceridad y buena fe y aquella elevación de miras con que al -parecer había comenzado. Aunque no surtiese buen efecto la negociación, -el sólo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el -vacío descubierto en el Protestantismo, cuando los dos hombres más -célebres de su comunión, Molano y Leibnitz, se atrevían ya á dar -pasos tan adelantados: y sin duda debían de ver en la sociedad que -los rodeaba abundantes disposiciones para la reunión al gremio de -la Iglesia, pues no de otra manera se hubieran comprometido en una -negociación de tanta importancia. - -Alléguese á todo esto la declaración de la universidad luterana de -Helmstad en favor de la religión católica, y las nuevas tentativas -hechas á favor de la reunión por un príncipe protestante que se dirigió -al Papa Clemente XI, y tendremos vehementes indicios de que la reforma -se sentía ya herida de muerte; y que, si obra tan grande hubiese Dios -querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano -del hombre, tal vez no fuera ya entonces imposible que, á fuerza de la -convicción que de lo ruinoso del sistema protestante se habían formado -sus sabios más ilustres, se adelantase no poco para cicatrizar las -llagas abiertas á la unidad religiosa por los perturbadores del siglo -XVI. - -Pero el Eterno, en la altura de sus designios, lo tenía destinado de -otra manera; y, permitiendo que la corriente de los espíritus tomase -la dirección más extraviada y perversa, quiso castigar al hombre con -el fruto de su orgullo. No fué la propensión á la unidad la que dominó -en el siglo inmediato, sino el gusto por una filosofía escéptica, -indiferente con respecto á todas las religiones, pero muy enemiga -en particular de la católica. Cabalmente á la sazón se combinaban -influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese -alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se -habían dividido y subdividido las sectas protestantes: y esto, si bien -es verdad que debilitaba al Protestantismo, sin embargo, estando él -como estaba difundido por la mayor parte de Europa, había inoculado -el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y, como no -quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques, ni cabía imaginar -error ni desvarío que no tuviera sus apóstoles y prosélitos, era muy -peligroso que cundiera en los ánimos aquel cansancio y desaliento, -que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos inútilmente -para la consecución de un objeto, y aquel fastidio que se engendra con -interminables disputas y chocantes escándalos. - -Para colmo de infortunio, para llevar al más alto punto el cansancio y -fastidio, sobrevino una nueva desgracia, que produjo los más funestos -resultados. Combatían con gran denuedo y con notable ventaja los -adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los -protestantes: las lenguas, la historia, la crítica, la filosofía, todo -cuanto tiene de más precioso, de más rico y brillante el humano saber, -todo se había desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y -los grandes hombres que por doquiera se veían figurar en los puestos -más avanzados de los defensores de la Iglesia católica, parecían -consolarla algún tanto de las lamentables pérdidas que le habían hecho -sufrir las turbulencias del siglo XVI, cuando he aquí que, mientras -estrechaba en sus brazos á tantos hijos predilectos que se gloriaban -de este nombre, notó con pasmosa sorpresa que algunos de éstos se -le presentaban en ademán hostil, bien que solapado: y al través de -palabras mal encubiertas, y de una conducta mal disfrazada, no le -fué difícil reparar que trataban de herirla con herida de muerte. -Protestando siempre la sumisión y la obediencia, pero sin someterse -ni obedecer jamás; resistiendo siempre á la autoridad de la Iglesia, -ensalzando, empero, de continuo esa misma autoridad de origen divino; -encubriendo sagazmente el odio á todas las leyes é instituciones -existentes, con la apariencia del celo por el restablecimiento de la -antigua doctrina; zapando los cimientos de la moral, al paso que se -mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa -humildad y afectada modestia la hipocresía y el orgullo, llamando -firmeza á la obstinación, y entereza de conciencia á la ceguedad -refractaria, presentaban esos rebeldes el aspecto más peligroso que -jamás había presentado herejía alguna; y sus palabras de miel, su -estudiado candor, el gusto por la antigüedad, el brillo de erudición -y de saber, hubieran sido parte á deslumbrar á los más avisados, si -desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con -el carácter eterno é infalible de toda secta de error: _el odio á la -autoridad_. - -Luchaban, empero, de vez en cuando, con los enemigos declarados de -la Iglesia, defendían con mucho aparato de doctrina la verdad de los -sagrados dogmas, citaban con respeto y deferencia los escritos de -los Santos Padres, manifestaban acatar las tradiciones y venerar las -decisiones conciliares y pontificias; y, teniendo siempre la extraña -pretensión de apellidarse católicos, por más que lo desmintieran con -sus palabras y conducta; no abandonando jamás la peregrina ocurrencia, -que tuvieron desde su principio, de negar la existencia de su secta, -ofrecían á los incautos el funesto escándalo de una disensión -dogmática, que parecía estar en el mismo seno del Catolicismo. -Declarábalos herejes la Cabeza de la Iglesia, todos los verdaderos -católicos acataban profundamente la decisión del Vicario de Jesucristo, -y de todos los ángulos del orbe católico se levantaba unánimemente un -grito que pronunciaba anatemas contra quien no escuchara al sucesor de -Pedro; pero ellos, empeñados en negarlo todo, en eludirlo todo, en -tergiversarlo todo, mostrábanse siempre como una porción de católicos -oprimidos por el espíritu de _relajación, de abusos y de intriga_. - -Faltaba ese nuevo escándalo para que acabasen de extraviarse los -ánimos, y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la sociedad -europea, se desarrollase con la mayor rapidez, presentando los -síntomas más terribles y alarmantes. Tanto disputar sobre la religión, -tanta muchedumbre y variedad de sectas, tanta animosidad entre los -adversarios que figuraban en la arena, debieron por fin disgustar de -la religión misma á aquellos que no estaban aferrados en el áncora de -la autoridad; y, para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema, -el ateísmo en dogma y la impiedad en moda, sólo faltaba un hombre -bastante laborioso para recoger, reunir y presentar en cuerpo los -infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera -bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba á -cundir entonces, comunicando al sofisma y á la declamación aquella -fisonomía seductora, aquel giro engañoso, aquel brillo deslumbrador, -que aun en medio de los mayores extravíos se encuentran siempre en las -producciones del genio. Este hombre se presentó: era Bayle; y el ruido -que metió en el mundo su célebre _Diccionario_, y el curso que tuvo -desde luego, manifestaron bien á las claras que el autor había sabido -comprender toda la oportunidad del momento. - -El _Diccionario_ de Bayle es una de aquellas obras que, aun -prescindiendo de su mayor ó menor mérito científico y literario, -forman, no obstante, muy notable época; porque se recoge en ellas el -fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues -de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por -su mérito, como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto -para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy -esparcidas en la sociedad, por más que anduvieran fluctuantes, sin -dirección fija, como marchando al acaso. El solo nombre del autor -recuerda entonces una vasta historia, porque él es la personificación -de ellas. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la -inauguración solemne de la cátedra de incredulidad en medio de Europa. -Los sofistas del siglo XVIII tuvieron á la mano un abundante repertorio -para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y, para que -nada faltase, para que pudieran rehabilitar los cuadros envejecidos, -avivarse los colores anublados, y esparcirse por doquiera los encantos -de la imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara á la -sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores -hasta el borde del abismo, apenas había descendido Bayle al sepulcro, -ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes -talentos competían con su malignidad y osadía: era Voltaire. - -Necesario ha sido conducir al lector hasta la época que acabo de -apuntar, porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo -el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreligión, -el ateísmo, y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea á las -sociedades modernas. No es mi ánimo el tachar de impíos á todos -los protestantes: y reconozco gustoso la entereza y tesón con que -algunos de sus sabios más ilustres se han opuesto al progreso de la -impiedad. No ignoro que los hombres adoptan á veces un principio -cuyas consecuencias rechazan, y que entonces sería una injusticia el -colocarlos en la misma clase de aquellos que defienden á las claras -esas mismas consecuencias; pero también sé que, por más que se resistan -los protestantes á confesar que su sistema conduzca al ateísmo, no deja -por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este -punto sus intenciones, mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta -las últimas consecuencias su principio fundamental, no desviándome -nunca de lo que nos enseñan acordes la filosofía y la historia. - -Bosquejar, ni siquiera rápidamente, lo que sucedió en Europa desde -la época de la aparición de Voltaire, sería trabajo por cierto bien -inútil, pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares -los escritos sobre esa materia, que, si quisiera entrar en ella, -difícilmente podría evitar la nota de copiante. Llenaré, pues, más -cumplidamente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado -actual de la religión en los dominios de la pretendida reforma. - -En medio de tantos sacudimientos y trastornos, en el vértigo comunicado -á tantas cabezas, cuando han vacilado los cimientos de todas las -sociedades, cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y -arraigadas instituciones, cuando la misma verdad católica sólo -ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del -Omnipotente, fácil es calcular cuán malparado debe de estar el flaco -edificio del Protestantismo, expuesto, como todo lo demás, á tan recios -y duros ataques. - -Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la -extensión de la Gran Bretaña, la situación deplorable de las creencias -entre los protestantes de Suiza, aun con respecto á los puntos más -capitales; y, para que no quedase ninguna duda sobre el verdadero -estado de la religión protestante en Alemania, es decir, en su país -natal, en aquel país donde se había establecido como en su patrimonio -más predilecto, el ministro protestante barón de Starch ha tenido -cuidado de decirnos que _en Alemania no hay ni un solo punto de la fe -cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros -protestantes_. Por manera que el verdadero estado del Protestantismo -me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de -J. Heyer, ministro protestante: publicó J. Heyer en 1818 una obra que -se titula _Ojeada sobre las confesiones de fe_, y, no sabiendo cómo -desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la -adopción de un símbolo, propone un expediente muy sencillo, que, por -cierto, allana todas las dificultades, y es: _desecharlos todos_. - -El único medio que tiene de conservarse el Protestantismo, es falsear, -en cuanto le sea posible, su principio fundamental; es decir, apartar -á los pueblos de la vía del examen, haciendo que permanezcan adheridos -á las creencias que se les han transmitido con la educación, y no -dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen, cuando se -someten á la autoridad de un simple particular, mientras resisten á la -autoridad de la Iglesia católica. Pero no es éste cabalmente el camino -que llevan las cosas, y, por más que tal vez se propusieran seguirle -algunos de los protestantes, las solas sociedades bíblicas que con -un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las -clases la lectura de la Biblia, son un poderoso obstáculo para que -pueda adormecerse el ánimo de los pueblos. Esta difusión de la Biblia -es una perenne apelación al examen particular, al espíritu privado; -ella acabará de disolver lo que resta del Protestantismo, bien que, -al propio tiempo, prepara tal vez á las sociedades días de luto y de -llanto. No se ha ocultado todo esto á los protestantes, y algunos de -los más notables entre ellos han levantado ya la voz, y advertido del -peligro.[13] - - - - -CAPITULO X - - -Quedando demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del -Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que, -siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma, no -haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su -propio seno, ¿cómo ha podido resistir á dos adversarios tan poderosos -como la religión católica, por una parte, y la irreligión y el -ateísmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente á esta pregunta, es -necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: ó bien en -cuanto significa una creencia determinada, ó bien en cuanto expresa -un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre sí, -están acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de -cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es -menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido -que sus fundadores, no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y -los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron también formar -un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo á sus -prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo -ha desaparecido ya casi enteramente, ó, mejor diremos, desapareció -al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni á formarse. Harto -queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus -variaciones, y su estado actual en los varios países de Europa; -viniendo el tiempo á confirmar cuán equivocados anduvieron los -pretendidos reformadores, cuando se _imaginaron poder fijar las -columnas de Hércules del espíritu humano_, según la expresión de una -escritora protestante: Madama de Staël. - -Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, ¿quién las defiende -ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las -Iglesias protestantes, ¿hay alguna que se dé á conocer por su celo -ardiente en la conservación de estos ó de aquellos dogmas? ¿cuál es -el protestante que no se ría de la _divina_ misión de Lutero, y que -crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la -pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone -al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción, el -celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus -púlpitos? ¡Qué diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias -protestantes con la Iglesia católica! Preguntadla sobre sus creencias, -y oiréis de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo -que oyó Lutero de la boca de León X; y cotejad la doctrina de León X -con la de sus antecesores, y os hallaréis conducidos por vía recta, -siempre por un mismo camino, hasta los Apóstoles, hasta Jesucristo. -¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pureza de la moral? La -voz de los antiguos Padres tronará contra vuestros extravíos; y, -estando en el siglo XIX, creeréis que se han alzado de sus tumbas -los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad, -encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito, se os prodigarán -consideraciones; si es elevada vuestra posición social, se os tratará -con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queréis -introducir alguna novedad en la doctrina, si valiéndoos de vuestro -poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma, si -para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los ánimos, -demandáis una transacción, ó, al menos, una explicación ambigua: _eso -no, jamás_, os responderá el Sucesor de San Pedro; _eso no, jamás: la -fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad -es inmutable, es una_; y á la voz del Vicario de Jesucristo, que -desvanecerá todas vuestras esperanzas, se unirán las voces de nuevos -Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jerónimos y Agustinos. Siempre -la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad, -siempre la misma energía para conservar intacto el depósito sagrado, -para defenderle contra los ataques del error, para enseñarle en -toda su pureza á los fieles, para transmitirle sin mancha á las -generaciones venideras. ¿Será eso obstinación, ceguera, fanatismo? -¡Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los -trastornos más espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres, -las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de -la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia, -¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa -terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador, -uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la -educación, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud -no podrá menos de reconocer, si es que tenga instrucción sobre la -materia, sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza -que ha recibido; y que deseará, cuando menos, examinar de cerca ese -prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero -volvamos al intento. - -Á pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espantoso entre -las sectas protestantes, á pesar de que en adelante irá cundiendo -todavía más, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los -disidentes á la Iglesia católica, nada extraño es que no desaparezca -enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas -que conservan el nombre y algún rastro de cristianas. Para que esto -no sucediera así, sería menester, ó que los pueblos protestantes se -hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo, ó bien que -ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan -establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es -imposible, y he aquí la causa por que se conserva, y se conservará bajo -una ú otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que -vuelvan al redil de la Iglesia. - -Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los -pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irreligión y en -el ateísmo, ó en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con -respecto á un individuo, mas no con respecto á un pueblo. Á fuerza -de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos -continuados, puede uno que otro individuo sofocar los más vivos -sentimientos de su corazón, acallar los clamores de su conciencia, y -desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido común; pero, -un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y -docilidad, que, en medio de los más funestos extravíos, y aun de los -crímenes más atroces, le hace prestar atento oído á las inspiraciones -de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus -costumbres, son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho -consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de -buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que -la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas. -La expansión del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables -desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor, -el hombre vuelve á entrar en sí mismo, y deja de nuevo accesible su -alma, á los acentos de la razón y de la virtud. Estudiando con atención -á la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella -casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos -de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación á -las reconvenciones del buen sentido; que oponen un frío estoicismo -á las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que -ostentan, como modelo de filosofía, de firmeza y de elevación de alma, -la ignorancia, la obstinación y la aridez de un corazón helado. El -común de los hombres es más sencillo, más cándido, más natural; y, por -tanto, mal puede avenirse con un sistema de ateísmo ó de indiferencia. -Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún -sabio soñador, podrá cundir como una convicción muy cómoda en las -disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podrá extenderse -á un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero, establecerse -tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso -no sucederá jamás. - -No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y -la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su -asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde -nazcan las de razón, virtud, justicia, obligación, derecho, ideas -todas tan necesarias á la existencia y conservación de la sociedad -como la sangre y el nutrimiento á la vida del individuo, la sociedad -desaparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban á los miembros -de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmonía que -esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de -existir, ó, cuando más, es un nudo grosero, momentáneo, semejante en -un todo á la comunicación de los brutos. Afortunadamente ha favorecido -Dios á todos los seres con un maravilloso instinto de conservación, -y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan -indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno -aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando -toda economía, las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta -barbarie, y acabarían por dispersar sus miembros, como al impulso del -viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre sí ni apego -ni enlace. - -Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad, al menos las -repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado -á ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en -el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para -desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efímeros -triunfos han podido alguna vez engreirlos, dándoles exageradas -esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas -y de los sucesos ha venido luego á manifestarles que, cuando cantaban -alborozados su triunfo, se parecían al insensato que se lisonjeara de -haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado á -desnaturalizar el corazón de algunas madres. - -La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad, -si no es religiosa, será supersticiosa; si no cree cosas razonables, -las creerá extravagantes; si no tiene una religión bajada del cielo, -la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un -delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna; -esforzarse en contenerla, es interponer una débil mano para detener el -curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y -el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición, fanatismo, seducción, -todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero -no es más que amontonar nombres, y azotar el viento. - -Siendo, como es, la religión una verdadera necesidad, tenemos ya -la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la -experiencia, y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que, -en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan -más ó menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente -la una los dominios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos -también que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sería -necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; y que, no -siendo esto posible durante la civilización actual, á menos que no sea -la católica, irán siguiendo las sectas protestantes ocupando con más ó -menos variaciones el país que han conquistado. - -Y, en efecto, en el estado actual de la civilización de las sociedades -protestantes, ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las -necedades del Alcorán, ni las groserías de la idolatría? - -Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de -las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la -legislación, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos, -mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus -preceptos las costumbres, marcada su fisonomía hasta en los hábitos -y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del -genio, comunicado su gusto á todas las bellas artes; en una palabra, -filtrado, por decirlo así, el Cristianismo en todas las partes de esa -civilización tan grande, tan variada y fecunda de que se glorían las -sociedades modernas, ¿cómo era posible que desapareciese hasta el -nombre de una religión, que á su venerable antigüedad reune tantos -títulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? ¿Cómo era posible -que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de -esas otras religiones, que á primera vista muestran, desde luego, el -dedo del hombre; que á primera vista manifiestan como distintivo un -sello grosero, donde está escrito _degradación_ y _envilecimiento_? Aun -cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos -de la religión cristiana, por más que desfigure su belleza, y rebaje -su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos -vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que éste nos -da de Dios, y algunas máximas de su moral, estos vestigios valen más, -se elevan á mucha mayor altura, que todos los sistemas filosóficos, que -todas las otras religiones de la tierra. - -He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de -religión cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible -que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado -de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no -debemos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la -pretendida reforma. Añádanse á todo esto los esfuerzos de la política, -el natural apego de los ministros á sus propios intereses, el ensanche -con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos -de preocupaciones antiguas, el poder de la educación, y otras causas -semejantes, y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no -parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando -muchos de los países en que, por fatales combinaciones, alcanzó -establecimiento y arraigo. - - - - -CAPITULO XI - - -No hay mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el -Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa -influencia que ha ejercido sobre la civilización europea, por medio de -sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha -procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo -de las demás, que podríamos llamar negativas, porque no consisten en -otra cosa que en la negación de la autoridad. Estas últimas, como muy -conformes á la inconstancia y volubilidad del espíritu humano, han -encontrado acogida; pero, las demás, no; todo ha desaparecido con sus -autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de -cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era -indispensable para que la civilización europea no perdiera eternamente -su naturaleza y carácter; por manera que aquellas doctrinas que tenían -una tendencia demasiado directa á desnaturalizar completamente esa -civilización, la civilización las ha rechazado; mejor diremos, las ha -despreciado. - -Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención, y en -que, sin embargo, quizás no se haya reparado, y es lo acontecido con -respecto á la doctrina de los primeros novadores relativa á la libertad -humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores -de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío, hallándose -consignado esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos -han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito -entre los protestantes, y que debía ser sostenida con tesón, pues que -regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han -servido como de primer núcleo para la formación de una secta. Parece, -además, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y -arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista debía -también influir mucho en la legislación de las naciones protestantes; -y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas -la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base, y la -sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba -todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado á las -costumbres y á la legislación, hubiera reemplazado la civilización y -dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana. - -Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta -doctrina; sin duda que no han faltado sectas más ó menos numerosas -que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha -consideración las llagas abiertas por ella á la moralidad de algunos -pueblos. Pero es cierto también que, en la generalidad de la gran -familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administración, la -legislación, las ciencias, las costumbres, no han dado oídos á esa -horrible enseñanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre -albedrío, en que se hace á Dios autor del pecado, en que se descarga -sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura -humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que -sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente -las ideas de bien y de mal, y se embota el estímulo de toda virtud, -asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los -justos son pecados. - -La razón pública, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este -punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en -teoría religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo común -en la práctica; porque era demasiado profunda la impresión que en -esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica, porque -era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas -católicas se había comunicado á la sociedad europea. Así fué como la -Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por -el Protestantismo, preservaba á la sociedad del envilecimiento que -consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra -el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que -han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la -desmoralización, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree -arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; así -libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se -ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso -de los acontecimientos. Así fué como el Papa, condenando esos errores -de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo, dió un -grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las -ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden público, -la sociedad; así fué como el Vaticano conservó la dignidad del hombre, -asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la -conciencia; así fué como la cátedra de Roma, luchando con las ideas -protestantes, y defendiendo el sagrado depósito que le confiara el -Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de -la civilización. - -Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que -habláis de las _disputas religiosas_ con esa fría indiferencia, con -esos visos de burla y de compasión, como si nunca se tratase de otra -cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos _no viven de sólo -pan_; viven también de ideas, de máximas que, convertidas en jugo, ó -les comunican grandeza, vigor y lozanía, ó los debilitan, los postran, -los condenan á la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la -faz del globo, recorred los períodos de la historia de la humanidad, -comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veréis que, -dando la Iglesia católica tan alta importancia á la conservación de la -verdad en las materias más transcendentales, y no transigiendo nunca en -punto á ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y -saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que -del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando -se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas -cuestiones los destinos de la humanidad. - -Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un -principio disolvente: ahí está la causa de sus variaciones incesantes, -ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento. Como religión -particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio, ningún -carácter positivo, ninguna economía, nada de cuanto se necesita para -formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en -él que pueda apellidarse positivo, no es más que vestigios, ruinas; -todo está sin fuerza, sin acción, sin espíritu de vida. No puede -mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse -en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con -tanta gloria el Catolicismo, y decir: _esto es mío_. El Protestantismo -puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que -puede decir con toda verdad: _yo las he amontonado_. - -Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras ardía la -llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas -circunstancias, desplegó cierta fuerza que, si bien no manifestaba -la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energía del -delirio. Pero su época pasó, la acción del tiempo ha dispersado -los elementos que daban pábulo al incendio; y, por más que se haya -trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido -encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No -deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente parece hacer de -nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa -filosofía, tal vez la política, quizás el mezquino interés, que toman -su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cuán á propósito es -para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades, -van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con -su huella impura, seguros de que será un violento veneno para dar la -muerte al pueblo incauto, que llegue á beber de la dorada copa con que -pérfidamente se le brinda. - -Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra -del Omnipotente. Dios no abandonará su obra; y, por más que el hombre -forceje, por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo, no -podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la -verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de -las mismas relaciones de los seres, enlázase, trábase fuertemente con -ellos, y no son parte á desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni -los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes -lazos que vinculan la completa masa del universo, tiéndese sobre sus -usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que -no reciben jamás el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor -y frescura, y sólo sirven de red engañosa tendida á los pasos del -caminante. - -¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras -pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cándida, modesta y -confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso, -porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia -el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía, se -pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresión de -vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. ¿Admiráis -tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando -es el núcleo de una facción, ó la bandera de un partido; sabed que -entonces es rápido en su acción, violento en sus medios; es un meteoro -funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la -obscuridad, la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día -despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable, fecundando con -suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegría -y hermosura. - - - - -CAPITULO XII - - -Para apreciar en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la -sociedad española las doctrinas protestantes, será bien dar una ojeada -al actual estado de las ideas religiosas en Europa. Á pesar del vértigo -intelectual, que es uno de los caracteres dominantes de la época, es -un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y de irreligión ha -perdido mucho de su fuerza; y que, en la parte que desgraciadamente le -queda de existencia, es más bien transformado en indiferentismo, que -no conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido -en el pasado siglo. Con el tiempo se gastan todas las declamaciones, -los apodos fastidian, las continuas repeticiones fatigan; irrítase el -ánimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos, descúbrense el -vacío de los sistemas, la falsedad de las opiniones, lo precipitado de -los juicios, lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo, van -publicándose datos que ponen de manifiesto las solapadas intenciones, -lo engañoso de las palabras, la mezquindad de las miras, lo maligno -y criminal de los proyectos; y al fin restablécese en su imperio la -verdad, recobran las cosas sus propios nombres, toma otra dirección el -espíritu público; y lo que antes se encontraba inocente y generoso, -preséntase como culpable y villano; y, rasgados los fementidos -disfraces, muéstrase la mentira, rodeada de aquel descrédito que -debiera haber sido siempre su único patrimonio. - -Las ideas irreligiosas, como todas aquellas que pululan en sociedades -muy adelantadas, no quisieron, ni pudieron mantenerse en el recinto de -la especulación, é invadiendo los dominios de la práctica, quisieron -señorear todos los ramos de administración y de política. El trastorno -que debían producir en la sociedad, debía serles fatal á ellas mismas: -porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios -de un sistema, y sobre todo que más desengañe á los hombres, que la -piedra de toque de la experiencia. Yo no sé qué facilidad tiene nuestro -entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos, y qué -fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores -extravagancias; pues que, en tratándose de apelar á la disputa, apenas -puede la razón desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero, en -llegando á la experiencia, todo se cambia: el ingenio enmudece, sólo -hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande, y -sobre objetos de mucho interés ó de alta importancia, difícil es que -pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de -los resultados. Y de aquí es que observamos á cada paso que un hombre -que haya adquirido grande experiencia, llega á poseer cierto tacto tan -delicado y seguro, que, á la sola exposición de un sistema, señala con -el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia, fogosa y confiada, -apela á las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido, -el precioso, el raro, el inapreciable buen sentido, menea cuerdamente -la cabeza, encoge tranquilamente los hombros, y, dejando escapar una -ligera sonrisa, abandona seguro sus predicciones á la prueba del tiempo. - -No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la -práctica aquellas doctrinas, cuya divisa era la incredulidad; tanto se -ha dicho ya sobre esto, que quien emprenda el tocarlo de nuevo, corre -mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador. Bastará decir que -aun aquellos hombres que por principios, por intereses, recuerdos ú -otras causas, como que pertenecen aún al siglo pasado, se han visto -precisados á modificar sus doctrinas, á limitar los principios, á -paliar las proposiciones, á retocar los sistemas, á templar el calor y -el arrebato de las invectivas; queriendo dar una muestra de su aprecio -y veneración á aquellos escritores que formaron las delicias de su -juventud, dicen con indulgente tono: «que aquellos hombres eran grandes -sabios, pero que eran sabios de gabinete»; como si, en tratándose de -hechos y de práctica, lo que se llama sabiduría de mero gabinete, no -fuese una peligrosa ignorancia. - -Como quiera, lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el provecho -de desacreditarse la irreligión como sistema; y que los pueblos la -miran, si no con horror, al menos con desvío y con desconfianza. Los -trabajos científicos provocados en todos ramos por la irreligión, que -con locas esperanzas había creído que los cielos dejarían de cantar -la gloria del Señor, que la tierra desconocería á Aquel que le dió su -cimiento, y que la naturaleza toda levantaría su testimonio contra -Dios, que le dió el ser y la animó con la vida, han hecho desaparecer -el divorcio que, con escándalo, se iba introduciendo entre la religión -y las ciencias, y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus -se ha visto que podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los -sabios del siglo XIX. ¿Y qué diremos del triunfo de la religión en todo -lo que existe de bello, de tierno y de sublime sobre la tierra? ¡Cuán -grande se ha manifestado en este triunfo la acción de la Providencia! -¡Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad, esa mano -misteriosa que rige los destinos del universo, tiene como en reserva -á un hombre extraordinario; llega el momento, el hombre se presenta, -marcha, el mismo no sabe á dónde, pero marcha con paso firme á cumplir -el alto destino que el Eterno le ha señalado en la frente. - -El ateísmo anegaba á la Francia en un piélago de sangre y de lágrimas, -y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares; mientras el -soplo de la tempestad despedaza las velas de su navío, él escucha -absorto el bramar del huracán, y contempla abismado la majestad del -firmamento. Extraviado por las soledades de América, pregunta á las -maravillas de la creación el nombre de su autor; y el trueno le -contesta en el confín del desierto, las selvas le responden con sordo -mugido, y la bella naturaleza, con cánticos de amor y de harmonía. -La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos, la -huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que -enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado, -una choza salvaje, le inspiran aquellos sublimes pensamientos que -penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hombre. -Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de -tales espectáculos, llena su mente de conceptos elevados, y rebosando -su pecho de la dulzura que han producido en él los encantos de tanta -belleza, pisa de nuevo el suelo de su patria. ¿Y qué encuentra allí? -La huella ensangrentada del ateísmo, las ruinas y cenizas de los -antiguos templos, ó devorados por el fuego, ó desplomados á los golpes -de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos -de tantas víctimas inocentes, y que poco antes ofrecieran en su -lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido. Nota, sin embargo, -un movimiento: ve que la religión quiere descender de nuevo sobre la -Francia, como un pensamiento de consuelo, para aliviar un infortunio, -como un soplo de vida para reanimar un cadáver; desde entonces oye -por todas partes un concierto de célica harmonía; se agitan, rebullen -en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la soledad, -y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la -religión, revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la -naturaleza, y, hablando un lenguaje superior y divino, muestra á los -hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la -tierra: era Chateaubriand. - -Sin embargo, es preciso confesarlo: un vértigo como se ha introducido -en las ideas no se remedia en poco tiempo; y no es fácil que -desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha debido dejar -la irreligión con sus estragos. Los ánimos, es verdad, van cansados del -sistema de irreligión; una desazón profunda agita la sociedad; ella -ha perdido su equilibrio; la familia ha sentido aflojar sus lazos, -y el individuo suspira por un rayo de luz, por una gota de consuelo -y esperanza. Pero, ¿dónde hallará el mundo el apoyo que le falta? -¿Seguirá el buen camino, el único, cual es entrar de nuevo en el redil -de la Iglesia católica? ¡Ah! Sólo Dios es el dueño de los secretos -del porvenir; sólo él mira desplegados con toda claridad delante de -sus ojos, los grandes acontecimientos que se preparan sin duda á la -humanidad; sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y -energía que vuelve á apoderarse de los espíritus en el examen de -las grandes cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será -el fruto que recogerán las generaciones venideras de los triunfos -conseguidos por la religión, en las ciencias, en la política, en todos -los ramos por donde se explaya el humano entendimiento. - -Nosotros, débiles mortales, que, arrastrados rápidamente por el -precipitado curso de las revoluciones y trastornos, tenemos apenas -el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que está -envuelto el país que atravesamos, ¿qué podremos decir que tenga alguna -prenda de acierto? Sólo podemos asegurar que la presente es una -época de inquietud, de agitación, de transición; que multiplicados -escarmientos y repetidos desengaños, fruto de espantosos trastornos y -de inauditas catástrofes, han difundido por todas partes el descrédito -de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras, sin que por esto -haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religión; -que el corazón, fatigado de tantos infortunios, se abre de buen grado -á la esperanza, sin que el entendimiento deje de contemplar en grande -incertidumbre el porvenir, y de columbrar tal vez una nueva cadena de -calamidades. Merced á las revoluciones, al vuelo de la industria, á la -actividad y extensión del comercio, al adelanto y expansión prodigiosa -de la imprenta, á los progresos científicos, á la facilidad, rapidez y -amplitud de las comunicaciones, al gusto por los viajes, á la acción -disolvente del Protestantismo, de la incredulidad y del escepticismo, -presenta en la actualidad el espíritu humano una de aquellas fases -singulares, que forman época en su historia. - -El entendimiento, la fantasía, el corazón, se hallan en estado de -grande agitación, de movilidad, de desarrollo, presentando, al -propio tiempo, los contrastes más singulares, las extravagancias más -ridículas, y hasta las contradicciones más absurdas. - -Observad las ciencias, y, sin notar en su estudio aquellos trabajos -prolijos, aquella paciencia incansable, aquella marcha pausada y -detenida que caracterizan los estudios de otras épocas, descúbrese, -sin embargo, un espíritu de observación, un prurito de generalizar, de -alzar las cuestiones á un punto de vista elevado y transcendente, y, -sobre todo, un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en -que se divisan los puntos de contacto que entre sí tienen, los lazos -que las hermanan, y los canales por donde se comunican recíprocamente -la luz. - -Las cuestiones de religión, de política, de moral, de legislación, de -economía, todas van enlazadas, marchan de frente, dándose al horizonte -científico un grandor, una inmensidad, que no había jamás alcanzado. -Este adelanto, este abuso, ó este caos, si se quiere, es un dato que no -debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época, cuando se -examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre -aislado, no es un efecto casual: es el resultado de un sinnúmero de -causas que han conducido la sociedad á este punto; es un grande hecho, -fruto de otros hechos; es una expresión del estado intelectual en la -actualidad; es un síntoma de fuerzas y de enfermedades, un anuncio de -transición y de mudanza, tal vez una señal consoladora, tal vez un -funesto presagio. Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando la -fantasía, y la prodigiosa expansión del corazón, en esa literatura tan -varia, tan irregular, tan fluctuante, pero, al propio tiempo, tan rica -de hermosísimos cuadros, rebosante de sentimientos delicadísimos, y -embutida de pensamientos atrevidos y generosos? Dígase lo que se quiera -del abatimiento de las ciencias, del decaimiento de los estudios; -nómbrense con tono mofador _las luces del siglo_, vuélvase la vista -dolorida hacia tiempos más estudiosos, más sabios, más eruditos; en -esto habrá sus verdades, sus falsedades, sus exageraciones, como -acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podrá negarse -que, sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos, tal vez nunca -había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía, tal -vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo, tan -general, tan variado: tal vez nunca como ahora se habrá deseado, con -tan excusable curiosidad é impaciencia, el levantar una punta del velo -que encubre un inmenso porvenir. - -¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos? ¿Quién podrá -restablecer el sosiego en ese piélago combatido por tantas borrascas? -¿Quién podrá dar unión, enlace, consistencia, para formar un todo -compacto, capaz de resistir á la acción de los tiempos? ¿Quién podrá -darlo á esos elementos que se rechazan con tanta fuerza, que luchan sin -cesar, estallando con detonaciones horrorosas? ¿Será el Protestantismo, -con su principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando -el principio disolvente del espíritu privado en materias religiosas, y -realizando este pensamiento con derramar á manos llenas entre todas las -clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia? - -Sociedades inmensas, orgullosas con su poderío, engreídas de su -saber, disipadas por los placeres, refinadas con el lujo, expuestas -de continuo á la poderosa acción de la imprenta, disponiendo de unos -medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos á nuestros -mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas -las intrigas una sombra, toda corrupción un velo, todo crimen un -título, todo error un intérprete, todo interés un pábulo; trocados -los nombres, socavados los cimientos, cargadas de escarmientos y -desengaños, flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa -incertidumbre, dando de vez en cuando una mirada á la antorcha -celestial para seguir sus resplandores, y contentándose luego con -fugaces vislumbres, haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta, y -abandonándose luego á merced de los vientos y de las ondas, presentan -las sociedades modernas un cuadro tan extraordinario como interesante, -donde pueden campear con toda amplitud y libertad las esperanzas -y temores, los pronósticos y conjeturas, pero sin que sea dable -lisonjearse de acierto, sin que el hombre sensato pueda tomar más -cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado -en los arcanos del Señor, á cuyos ojos están desplegados con toda -claridad los sucesos de todos los tiempos, y los futuros destinos de -los pueblos. - -Pero sí que se alcanza fácilmente que, siendo, como es, el -Protestantismo disolvente por su propia naturaleza, nada puede producir -en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los -pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en -continua guerra los entendimientos con respecto á las más altas é -importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano. - -Cuando en medio de ese tenebroso caos, donde vagan tantos elementos, -tan diferentes, tan opuestos y tan poderosos, que, luchando de -continuo, se chocan, se pulverizan y se confunden, busca el observador -un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al -mundo, una idea robusta que, enfrenando tanto desorden y anarquía, se -enseñoree de los entendimientos, y los vuelva al camino de la verdad, -ocurre, desde luego, el Catolicismo como el único manantial de tantos -bienes; y al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza, á -pesar de los inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días -para aniquilarle, llénase de consuelo el corazón, y, brotando en él -la esperanza, parece que le convida á saludar á esa religión divina, -felicitándola por el nuevo triunfo que va á adquirir sobre la tierra. - -Hubo un tiempo en que, inundada la Europa por una nube de bárbaros, -vió desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua -civilización y cultura: los legisladores con sus leyes, el imperio con -su brillo y poderío, los sabios con las ciencias, las artes con sus -monumentos, todo se hundió; y esas inmensas regiones donde florecían -poco antes toda la civilización y cultura que habían adquirido los -pueblos por espacio de muchos siglos, viéronse sumidas de repente en -la ignorancia y en la barbarie. Pero la brillante centella de luz -arrojada sobre el mundo desde la Palestina, continuaba fulgurando aún -en medio del caos; en vano se levantó la espesa polvareda que amagaba -envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno, -continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos, fué extendiendo su -órbita brillante, y los pueblos, que tal vez no pensaban que pudiera -servirles de más que de una guía para marchar sin tropiezo por entre la -obscuridad, viéronla presentarse como sol resplandeciente, esparciendo -por todas partes la luz y la vida. - -¿Y quién sabe si en los arcanos del Eterno no le está reservado otro -triunfo más difícil, y no menos saludable y brillante? Instruyendo la -ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando -la ferocidad, preservó á la sociedad de ser víctima, tal vez para -siempre, de la brutalidad más atroz, y de la estupidez más degradante; -pero, ¿qué timbre más glorioso para ella, si, rectificando las ideas, -centralizando y purificando los sentimientos, asentando los eternos -principios de toda sociedad, enfrenando las pasiones, templando los -enconos, cercenando las demasías, y señoreando todos los entendimientos -y voluntades, pudiera levantarse como una reguladora universal, que, -estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos, inspirara la -debida templanza á esta sociedad agitada con tanta furia por tan -poderosos elementos, que, privados de un punto céntrico y atrayente, la -están de continuo amenazando con la disolución y el caos? - -No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo físico -se disolvería con espantosa catástrofe, si faltase por un momento el -principio fundamental que da unidad, orden y concierto á los variados -movimientos de todos los sistemas; y, si la sociedad, llena como está -de movimiento, de comunicación y de vida, no entra bajo la dirección de -un principio regulador, universal y constante, al fijar la vista sobre -la suerte de las generaciones venideras, el corazón tiembla, y la mente -se anubla. - -Hay, empero, un hecho sumamente consolador, y es el admirable progreso -que hace el Catolicismo en varios países. En Francia, en Bélgica se -robustece; en el Norte de Europa parece que se le teme, cuando de tal -manera se le combate; en Inglaterra, es tanto lo que ha ganado en -menos de medio siglo, que sería increíble, si no constara en datos -irrecusables; y en sus misiones vuelve á manifestarse tan emprendedor y -fecundo, que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío. - -Y cuando los otros pueblos tienden á la unidad, ¿podría prevalecer el -desbarro de que nosotros nos encamináramos al cisma? Cuando los demás -pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún -principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha -quitado la incredulidad, España, que conserva el Catolicismo, y todavía -solo, todavía poderoso, ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que -la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias, que aseguraría, á -no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneración moral á que aspiran -los pueblos, anhelantes por salir de la posición angustiosa en que -los colocaron las doctrinas irreligiosas, ¿será posible que no se -quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva á -muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la -irreligión, y por conservar todavía la unidad religiosa, inestimable -herencia de una larga serie de siglos? ¿Será posible que no se advierta -lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa -unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan -bellos recuerdos, y tan admirablemente podría servir para elemento de -regeneración en el orden social? - -Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las -tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto, tienen -alguna probabilidad de resultado, responderé con alguna distinción. -El Protestantismo es profundamente débil, ya por su naturaleza, y, -además, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España, -ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que está -muy arraigado en el país; y por esta causa, y bajo este aspecto, no -puede ser temible su acción. Pero, ¿quién impide que, si llegase á -establecerse en nuestro suelo, por más reducido que fuera su dominio, -no causara terribles males? - -Por de pronto, salta á la vista que tendríamos otra manzana de -discordia, y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría -á cada paso. Como el Protestantismo en España, á más de su debilidad -intrínseca, tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría -tan falto de su elemento, viérase forzado á buscar sostén arrimándose -á cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como -un punto de reunión para los descontentos; y, ya que se apartase de su -objeto, fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera -de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, disturbios, y -quizás catástrofes, he aquí el resultado inmediato, infalible, de -introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo á la buena fe de -todo hombre que conozca medianamente al pueblo español. - -Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una -importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la -política extranjera. ¿Qué palanca tendría entonces para causar en -nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y -cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar -un punto de apoyo! Hay en Europa una nación temible por su inmenso -poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y -artes, y que, teniendo á la mano grandes medios de acción por todo el -ámbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia -verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones -modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y -política, y que en medio de terribles trastornos contemplara las -pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se -aventaja á las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al -paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas épocas suelen -encubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos, tiene -sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitarse -en su seno las tormentas que á otros países los inundan de sangre y de -lágrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitación y del -acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en -un porvenir más ó menos lejano las espinosas situaciones que podrían -acarrearle gravísimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma -que le aseguran su constitución, sus hábitos, sus riquezas, y sobre -todo el Océano que la ciñe. Colocada en posición tan ventajosa, acecha -la marcha de los otros pueblos, para uncirlos á su carro con doradas -cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas -palabras; ó al menos procura embarazar su marcha y atajar sus -progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse -de su influjo. Atenta siempre á engrandecerse por medio de las artes -y comercio, con una política mercantil en grado eminente, cubre, no -obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos; -y si bien, cuando se trata de los demás pueblos, es indiferente del -todo á la religión é ideas políticas, sin embargo, se vale diestramente -de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar á sus -adversarios, y envolvernos á todos en la red mercantil que tiene de -continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra. - -No es posible que se escape á su sagacidad lo mucho que tendría -adelantado para contar á España en el número de sus colonias, si -pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto -por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería -entre ambos pueblos, como porque sería éste el medio más seguro para -que el español perdiese del todo ese carácter singular, esa fisonomía -austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la -única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio -de tan espantosos trastornos; quedando así susceptible de toda clase -de impresiones ajenas, y dúctil y flexible en todos los sentidos que -pudiera convenir á las interesadas miras de los solapados protectores. - -No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con -tanta previsión, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute -con tanta destreza, ni que los lleve á cabo con igual tenacidad. -Como, después de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha -permanecido en un estado regular desde el último tercio del siglo XVII, -y enteramente extraña á los trastornos sufridos en este período por -los demás pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de política -concertado, así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera -sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente, heredando -los datos y las miras que guiaron á los antecesores. Conocen sus -gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo -evento; y así no descuidan de escudriñar á fondo qué es lo que hay -en cada nación que los pueda ayudar ó contrastar; saliendo de la -órbita política, penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual -se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de -su existencia, cuál es su principio vital, cuáles las causas de su -fuerza y energía. Era en el otoño de 1805, y daba Pitt una comida de -campo, á la que asistían varios de sus amigos. Llególe entre tanto -un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con -cuarenta mil hombres, y la marcha de Napoleón sobre Viena. Comunicó -la funesta noticia á sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron: -«Todo está perdido, ya no hay remedio contra Napoleón.» «Todavía hay -remedio, replicó Pitt; todavía hay remedio si consigo levantar una -guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en España.» -«Sí, señores, añadió después, la España será el primer pueblo donde se -encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar la Europa.» - -Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista á la fuerza -de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos -que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes -europeos: derrocar á Napoleón, libertar la Europa. No es raro que la -marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas -nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar á las miras -de un gabinete, le salgan otro día al paso, y le sean un poderoso -obstáculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le -interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar á una nación libertándola -de interesadas tutelas, y asegurándole su verdadera independencia, son -ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos; -son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo, -por la influencia de instituciones robustas, por la antigüedad de los -hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso, -que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con -lo presente, y lo presente se extiende á lo porvenir; entonces brotan -á porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de -acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energía, constancia; -porque hay en las ideas fijeza y elevación, porque hay en los corazones -generosidad y grandeza. - -No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan á esta -nación desventurada, tuviéramos la desgracia de que se levantasen -hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de -introducir en nuestra patria la religión protestante. Estamos demasiado -escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos -que indican á las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas -veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el -imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación. Y no es que se -conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII; -pero sí que podría suceder que, aprovechándose de una fuerte ruptura -con la Santa Sede, de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos, -del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia, -ó de otros motivos semejantes, se tantease con este ó aquel nombre, -que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas -protestantes. - -Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del -extranjero, pues que ésta ya existe de hecho, y tan amplia, que -seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por -sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por -plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechándole de todo lo -necesario para alcanzar predominio, y para debilitar, ó destruir, si -fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engaño, si en la ceguedad y -rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen -de gobierno, no encontrase en ellos decidida protección el nuevo -sistema religioso, una vez le hubiéramos admitido. Cuando se trataría -de admitirle, se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán -modesto, reclamando tan sólo habitación, en nombre de la tolerancia y -de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía, -reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar á palmos el -terreno de la religión católica. Resonaran entonces con más y más vigor -aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos -traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira -porque está por expirar. El desvío con que mirarían los pueblos á la -pretendida reforma, sería, á no dudarlo, culpado de rebeldía; las -pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones; -el celo fervoroso de los sacerdotes católicos, acusado de provocación -sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la -infección, sería denunciado como una conjuración diabólica, urdida por -la intolerancia y el espíritu de partido, y confiada en su ejecución á -la ignorancia y al fanatismo. - -En medio de los esfuerzos de los unos y de la resistencia de los -otros, viéramos más ó menos parodiadas escenas de tiempos que pasaron -ya, y, si bien el espíritu de templanza, que es uno de los caracteres -del siglo, impediría que se repitiesen los excesos que mancharon de -sangre los fastos de otras naciones, no dejarían, sin embargo, de ser -imitados. Porque es menester no olvidar que, en tratándose de religión, -no puede contarse en España con la frialdad é indiferencia que, en -caso de un conflicto, manifestarían en la actualidad otros pueblos: -en éstos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza, -pero en España son todavía muy hondos, muy vivos, muy enérgicos: y -el día que se les combatiera de frente, abordando las cuestiones sin -rebozo, sentiríase un sacudimiento tan universal como recio. Hasta -ahora, si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado -lamentables escándalos, y hasta horrorosas catástrofes, no ha faltado -nunca un disfraz que, más ó menos transparente, encubría, empero, algún -tanto la perversidad de las intenciones. Unas veces ha sido el ataque -contra esta ó aquella persona, á quien se han achacado maquinaciones -políticas; otras contra determinadas clases, acusadas de crímenes -imaginarios; tal vez se ha desbordado la revolución, y se ha dicho que -era imposible contenerla, y que los atropellamientos, los insultos, los -escarnios de que ha sido objeto lo más sagrado que hay en la tierra -y en el cielo, eran sucesos inevitables, tratándose de un populacho -desenfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz, y un disfraz, poco ó -mucho, siempre cubre; pero, cuando se viesen atacados de propósito, -á sangre fría, todos los dogmas del Catolicismo, despreciados los -puntos más capitales de la disciplina, ridiculizados los misterios más -augustos, escarnecidas las ceremonias más sagradas; cuando se viera -levantar un templo contra otro templo, una cátedra contra otra cátedra, -¿qué sucedería? Es innegable que se exasperarían los ánimos hasta -el extremo, y, si no resultaban, como fuera de temer, estrepitosas -explosiones, tomarían al menos las controversias religiosas un -carácter tan violento, que nos creeríamos trasladados al siglo XVI. - -Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en -el orden político sean enteramente contrarios á los dominantes en la -sociedad, sucedería á menudo que el principio religioso, rechazado -por la sociedad, encontraría su apoyo en los hombres influyentes en -el orden político; reproduciéndose con circunstancias agravantes el -triste fenómeno, que tantos años ha estamos presenciando, de querer -los gobernantes torcer á viva fuerza el curso de la sociedad. Ésta es -una de las diferencias más capitales entre nuestra revolución y la de -otros países; ésta es la clave para explicar chocantes anomalías: allí -las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad, y se arrojaron -en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero de la -esfera política, y trataron en seguida de bajar á la esfera social; -la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes -innovaciones, y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos -choques. - -De esta falta de harmonía ha resultado que el gobierno en España ejerce -sobre los pueblos muy escasa influencia, entendiendo por influencia -aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la idea de -la fuerza. No hay duda que esto es un mal, porque tiende á debilitar el -poder, necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado -ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna, -cuando un gobierno es liviano é insensato, el que se encuentre con una -sociedad mesurada y cuerda, que, mientras aquél corre á precipitarse -desatentado, vaya ésta marchando con paso sosegado y majestuoso. Mucho -hay que esperar del buen instinto de la nación española, mucho hay -que prometerse de su proverbial gravedad, aumentada además con tanto -infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir -también el verdadero camino de su felicidad, y que la vuelve sorda á -las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de extraviarla. Si -van ya muchos años que por una funesta combinación de circunstancias, -y por la falta de harmonía entre el orden político y el social, no -acierta á darse un gobierno que sea su verdadera expresión, que adivine -sus instintos, que siga sus tendencias, que la conduzca por el camino -de la prosperidad, esperanza alimentamos de que ese día vendrá, y de -que brotarán del seno de esa sociedad, rica de vida y de porvenir, -esa misma harmonía que le falta, ese equilibrio que ha perdido. Entre -tanto, es altamente importante que todos los hombres que sientan -latir en su pecho un corazón español, que no se complazcan en ver -desgarradas las entrañas de su patria, se reunan, se pongan de acuerdo, -obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal, -alcanzando á esparcir en nuestro suelo una semilla de eterna discordia, -añadiendo esa otra calamidad á tantas otras calamidades, y ahogando los -preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra -civilización remozada, alzándose del abatimiento y postración en que la -sumieran circunstancias aciagas. - -¡Ah! oprímese el alma con angustiosa pesadumbre, al solo pensamiento -de que pudiera venir un día en que desapareciese de entre nosotros esa -unidad religiosa, que se identifica con nuestros hábitos, nuestros -usos, nuestras costumbres, nuestras leyes; que guarda la cuna de -nuestra monarquía en la cueva de Covadonga, que es la enseña de nuestro -estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la -Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civilización en medio -de tiempos tan trabajosos, que acompañaba á nuestros terribles tercios -cuando imponían silencio á la Europa, que conduce á nuestros marinos -al descubrimiento de nuevos mundos, á dar los primeros la vuelta á -la redondez del globo; que alienta á nuestros guerreros al llevar á -cabo conquistas heroicas, y que en tiempos más recientes sella el -cúmulo de tantas y tan grandiosas hazañas derrocando á Napoleón. -Vosotros que con precipitación tan liviana condenáis las obras de los -siglos, que con tanta avilantez insultáis á la nación española, que -tiznáis de barbarie y obscurantismo el principio que presidió nuestra -civilización, ¿sabéis á quién insultáis? ¿sabéis quién inspiró el -genio del gran Gonzalo, de Hernán Cortés, de Pizarro, del Vencedor de -Lepanto? Las sombras de Garcilaso, de Herrera, de Ercilla, de Fray -Luis de León, de Cervantes, de Lope de Vega, ¿no os infunden respeto? -¿Osaréis, pues, quebrantar el lazo que á ellos nos une, y hacernos -indigna prole de tan esclarecidos varones? ¿Quisierais separar por -un abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres -de sus costumbres, rompiendo así con todas nuestras tradiciones, -olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que -los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de -nuestros antepasados, sólo permanecieran entre nosotros, como una -reprensión la más elocuente y severa? ¿Consentiríais que se cegasen los -ricos manantiales á donde podemos acudir para resucitar la literatura, -vigorizar la ciencia, reorganizar la legislación, restablecer el -espíritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria, y colocar de nuevo -á esta nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen, -dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca, y que en su -corazón augura? - - - - -CAPITULO XIII - - -Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el -Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la -superioridad de aquél sobre éste, no sólo en lo concerniente á certeza, -sino también en todo lo relativo á los instintos, á los sentimientos, -á las ideas, al carácter del espíritu humano, será bien entrar -ahora en otra cuestión, no más importante por cierto, pero sí menos -dilucidada, y en que será preciso luchar con fuertes antipatías, y -disipar considerable número de prevenciones y errores. En medio de -las dificultades de que está erizada la empresa que voy á acometer, -aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la -materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás -á leer, obviándose de esta manera el peligro que suele amenazar á los -que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser -oídos. He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: _Comparados -el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente -para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos, -para la causa de la civilización?_ - -_Libertad_: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas -como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy -fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera -claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos á que -se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose -su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir á guarismo -las aplicaciones que se hacen de la palabra _libertad_? Salvándose en -todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, son infinitas las -modificaciones y graduaciones á que se la sujeta. Circula el aire con -libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y -se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para -que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla -enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata á un amigo -con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones -libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene -libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene -poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un -hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene -libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones; -hay votaciones libres; dictámenes libres, interpretación libre, -versificación libre, libertad de comercio, libertad de enseñanza, -libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad -política, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada, -excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas, ¿á qué -fatigarse en la enumeración, cuando es poco menos que imposible el dar -cima á tan enfadosa tarea? Pero menester parecía detenerse algún tanto -en ella, aun á riesgo de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de -este fastidio podrá contribuir á grabar profundamente en el ánimo la -saludable verdad de que, cuando en la conversación, en los escritos, -en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan á menudo esta -palabra, aplicándola á objetos de mayor importancia, es necesario -reflexionar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en -el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente, -sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las -precauciones y tino que las aplicaciones exigen. - -Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase -de ver que siempre entraña en su significado _ausencia de causa que -impida ó coarte el ejercicio de alguna libertad_: infiriéndose de aquí -que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es -indispensable atender á la naturaleza y circunstancias de la facultad -cuyo uso se quiere impedir ó limitar, sin perder de vista los varios -objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y -también el carácter, la eficacia y extensión de la causa que al efecto -se empleare. Para aclarar la materia, propongámonos formar juicio de -esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se -afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien: -¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo -pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición; -porque, como semejante coartación es imposible, vano es decir que no -se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión -del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir -la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habéis -dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente -terreno; y, si no queréis significar que todo hombre, á todas horas, -en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere á -la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distinguir cosas, -personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender -á mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar -en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan -largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la -libertad del pensamiento, aquella proposición tan general, con toda su -apariencia de sencillez y claridad. - -Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región -donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente -á los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso -que el pensamiento no tenga sus leyes, á las que ha de sujetarse por -precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma -de una sana razón? ¿Puede desoir los consejos del buen sentido? ¿Puede -olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos -principios de la moral? - -He aquí cómo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun -aplicándola á lo que seguramente hay de más libre en el hombre, como -es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de -sentidos, que nos obligan á un sinnúmero de distinciones, y nos llevan -por necesidad á restringir la proposición general, si algo queremos -expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el -buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con -lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman -el buen orden y la conservación de la sociedad. ¿Y qué no podría -decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con -nombres indeterminados y vagos, cubiertos á propósito con el equívoco y -las tinieblas? - -Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque, -defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar -por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni -aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí; porque, -según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es -un hombre á los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino, -por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido -con inefable dignación y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados -declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto -Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo á quien le matare, no -tan sólo á quien le mutilare, no tan sólo á quien le robare, sino ¡cosa -admirable! hasta á quien se propasare á ofenderle con solas palabras. -«Quien llamare á su hermano _fatuo_, será reo del fuego del infierno.» -(Mat., c. 5, v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro. - -Levántase el pecho con generosa indignación, al oir que se achaca á -la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto es que, si -se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los -demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren -trastrocar monstruosamente los nombres, si se da á la palabra libertad -su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce, -entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano -linaje: _ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la -civilización es la verdadera libertad_. - -Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que -el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo -de la civilización europea; pero á este hecho no se le da todavía por -algunos la importancia que merece, á causa de no ser bastante bien -apreciado. Con respecto á la civilización, distínguese á veces el -influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las -excelencias de aquél y escaseando los encomios á éste; sin reparar -que, cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo -demandar una consideración siempre principal, y, por lo tocante á -mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se halló por largos siglos -enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido -ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra -por concluir; y que con una injusticia é ingratitud que no acierta uno -á calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de -obscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica -civilización, de las luces y de la libertad que á él principalmente son -debidas. - -Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del -Catolicismo con la civilización europea; si faltaba la paciencia que -es menester en las prolijas investigaciones á que tal examen conduce, -al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde -en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo, -y compararlos con aquellos otros en que fué el principio dominante. -El Oriente y el Occidente, ambos sujetos á grandes trastornos, ambos -profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio católico se -halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profundamente -arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de -comparación muy á propósito para estimar lo que vale el Cristianismo -sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y -la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron -repetidos y espantosos, el caos llegó á su complemento, y, sin embargo, -del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos -que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las -furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío -y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilización -rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada -se remozaba, y á los embates del ariete que nada había podido contra -nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en -los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los -que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales. - -Si un día estuviese destinada la Europa á sufrir de nuevo algún -espantoso y general trastorno, ó por un desborde universal de las ideas -revolucionarias, ó por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre -los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta -en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su -cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone á -la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos -van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente, -con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos -presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el -momento oportuno, se arrojase á una tentativa sobre la independencia -de la Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en -los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el -poder de esa _unidad_ proclamada y sostenida por el Catolicismo; -entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de -la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se -recordaría un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya á olvidarse, -y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de -Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico. Y ¿quién sabe si en -los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que -ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quién sabe -si influye el secreto presentimiento, ó quizás la previsión, de la -necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratándose de la -causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes -esfuerzos? Pero volvamos al intento. - -No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civilización -europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenómeno -al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho, -no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él; -se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son -algo más que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene -no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos: -_después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc_. Sin el -Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada -la civilización europea por los trabajos é influencia de la religión -católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después, no se -desplegaron á causa del Protestantismo, sino á pesar del Protestantismo. - -Al extravío de ideas en esta materia ha contribuído no poco el estudio -poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado -no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de -fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de -la historia de la Iglesia. Para comprender á fondo una institución, no -basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también -los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los -obstáculos que le salen al encuentro. Nunca se formará concepto cabal -sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia; -y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones -con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la -historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que, -desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido -todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron -bajo el aspecto dogmático y crítico. - -Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta -materia, y es el dar sobrada importancia á las intenciones de los -hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de -las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los -acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por -los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y -esto es un error muy grave: la vista se ha de extender á mayor espacio -y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo -que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de -ellas iban brotando, pero considerándolo todo como es en sí, es decir, -en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares, -contemplados en su aislamiento y pequeñez. Que es menester grabar -profundamente en el ánimo la importante verdad de que, cuando se -desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de -una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los -mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes -figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se -distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es -muy pequeño, sólo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los -antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y -avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo, -ni los bárbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los -musulmanes dominando el Asia y el África y amenazando la idependencia -de Europa, pensaron, ni pensar podían en que sirviesen de instrumento -para realizar los destinos cuya ejecución nosotros admiramos. - -Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilización cristiana, -cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no -es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres -que á ella han contribuído de una manera muy principal, conocieran en -toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale á la gloria -de un hombre, el que se le señale como escogido instrumento de la -Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado á su conocimiento -particular, á sus intenciones personales. Basta reconocer que un -rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no -hay necesidad de que él mismo previera que ese rayo reflejando se -desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los -hombres pequeños son comunmente más pequeños de lo que piensan; pero -los hombres grandes son á veces más grandes de lo que creen; y es que -no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos -designios de la Providencia. - -Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos grandes -hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazón y harmonía -se descubran á la primera ojeada. Preciso es resignarse á sufrir la -vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es -menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos -al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, más ó -menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme -á nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que más nos -agrada. ¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica, -cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables -piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál -despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas -fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿no veis -ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están -trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el -admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista? -Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados -acá y acullá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto; -los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un -designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan; -pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción -de las grandes obras, y va todo caminando al destino señalado en los -arcanos del Eterno. - -He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma -del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de comprender -el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que -aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la -tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo -de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de -asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se -alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad, -de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar -el caos de los siglos y salir enteras de entre los más horrorosos -sacudimientos. Que estos ó aquellos hombres no se hayan regido por la -idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución, nada -importa, si la institución ha sobrevivido á los trastornos, si la idea -ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces -el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de -los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la -institución. - -Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar -propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir. -Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente -de los sucesos, no se atribuye á su inteligencia ni voluntad, mayor -esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar -debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron -parte, no se da exagerada importancia á sus personas, honrándolas con -encomios que no merezcan ó achacándoles cargos injustos. Entonces no se -confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira -con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante -sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del -imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio -VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que -Gregorio XVI. - -Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible -indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto; -cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que -se escaseen los elogios á la virtud; no simpatizo con esa escuela -histórica fatalista, que ha vuelto á presentar sobre el mundo -el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su -influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos, -y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la -marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega -necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa -mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan -ceñido el mundo con un arco de hierro. - -Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos; -pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las -naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo -demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto -hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena -de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con -infinita inteligencia y regida con inefable amor. - - - - -CAPITULO XIV - - -¿En qué estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta -en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar -debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al -individuo y á la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de -la civilización cristiana. - -Sombrío cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro -nació el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su -corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción -más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de -la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno -las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban -las ideas á merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso, -y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio -para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía -que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeñaba en -ponderarla, acertaba á contenerse en los lindes señalados por la razón -y la naturaleza: siendo á este propósito bien notable que, mientras una -gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se -exaltasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables -monstruos, sobre las aras de los dioses. - -Con semejantes elementos debía cundir tarde ó temprano la disolución -social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida -de los bárbaros, más ó menos tarde aquella sociedad se hubiera -trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un -pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese -preservarla de la ruina. - -La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y -por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones; expuesta su -frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica, -estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados -hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal, -no era éste capaz ni de restablecer la harmonía de la sociedad, ni -de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones: -entusiasmo que, en tratándose de corazones vírgenes, puede ser excitado -hasta por la superstición más irracional y absurda. Á juzgar por -la relajación de costumbres, por la flojedad de los ánimos, por la -afeminación y el lujo, por el completo abandono á las más repugnantes -diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas -nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos -heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercían sobre el ánimo de los -pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable -como instrumentos de disolución. Ni era posible que sucediese de otra -manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de -que pueden gloriarse griegos y romanos; que habían oído disputar á -sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el -hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era -necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que -rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposición de ánimo de la -parte más ignorante del pueblo, á buen seguro que lo creyeran cuantos -se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir -filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las -maliciosas agudezas de sus poetas satíricos. - -Si la religión era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la -_ciencia_. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de -ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad, -ni jamás fué bastante á restituirle el equilibrio perdido. Revuélvase -la historia de los tiempos antiguos: hallaránse al frente de algunos -pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mágico influjo sobre el -corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican -las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias -instituciones un gobierno, labrando más ó menos cumplidamente la dicha -y la prosperidad de los pueblos que se entregaron á su dirección y -cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres -procedieron á consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones -científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban -á impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por -aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de -los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables -cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto -de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. ¿Y -qué? ¿fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que -florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que -sojuzgaron el mundo, no poseían, por cierto, la extensión y variedad de -conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y ¿quién trocara, -sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros -hombres? - -Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas -de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa -tanto más fácil de notar, cuando son tan patentes los resultados -prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diríase -que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fué negado; si bien -que, mirada á fondo la cosa, no es tanta la diferencia como á primera -vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicación de -los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado -á respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su débil -mano á causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos á -tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, á -obrar conforme á las leyes á que están sujetos los cuerpos sobre los -cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede -muy de otra manera: el hombre puede obrar directa á inmediatamente -sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve -por precisión limitado á practicar sus ensayos en objetos de poca -entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que -puede imaginarlas á su gusto, proceder conforme á sus cavilaciones, -y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las -extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las -escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido -de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran -podido manejar á su arbitrio. Por desgracia, no sucede así en la -sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas -bases, y entonces resultan gravísimos males, pero males que evidencian -la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo: -la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de -las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se -manifiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que -atribuye á sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos, -del sano instinto de los pueblos, y á veces de las inspiraciones de un -genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de -parecido á la ciencia. - -Pero, dando de mano á esas consideraciones generales, siempre muy -útiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre, -¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba -sobre las ruinas de las antiguas escuelas, á la época de que hablamos? -Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los -filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de -confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles, -recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y -aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios. -Pero, cuando apareció el Cristianismo, estaban sofocados los gérmenes -del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían -ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de -disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los sofismas y las -cavilaciones se habían substituído á la madurez del juicio y á la -severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas -de sus escombros otras, tan estériles como extrañas, brotaba por todas -partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos -que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado -un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la -historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas -indigna, cual es su profunda inmoralidad, ¿puede darse cosa más vacía, -más insulsa, más digna de lástima?[14] - -La legislación romana, tan recomendable por la justicia y equidad que -entraña y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede -contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civilización -antigua, no era parte, sin embargo, á prevenir la disolución de -que estaba amenazada la sociedad. Nunca debió ésta su salvación á -jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de -la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que -la jurisprudencia se haya levantado al más alto punto de esplendor, que -los jurisconsultos estén animados de los sentimientos más puros, que -vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si -el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales -han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con -las leyes? - -Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus -mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retratadas la -equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido á las leyes -romanas el honroso dictado de _razón escrita_. - -Como una prueba de imparcialidad, omito de propósito el notar -los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se -me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del -Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad -que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de -la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los -emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando -de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de -Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su -estudio y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres. -Sabemos por Suetonio (in _Caesa._, c. 44) que Julio César se había -propuesto la utilísima tarea de reducir á pocos libros lo más selecto y -necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes; -un pensamiento semejante había ocurrido á Cicerón, quien escribió un -libro sobre la redacción metódica del derecho civil (_De iure civili in -arte dirigendo_), como atestigua Gellio (_Noct. Att._, l. 1, c. 22); -y, según nos dice Tácito (_Ann._, l. 3, c. 28), este trabajo había -también ocupado la atención del emperador Augusto. Esos proyectos -revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia; pero -no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le -tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los -jurisconsultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte -del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo; -y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el -recuerdo de su época. - -Asentados estos hechos, observaré que, por ser paganos los emperadores -y los jurisconsultos, no se infiere que las ideas cristianas dejasen -de ejercer influencia sobre sus obras. El número de los cristianos -era inmenso por todas partes; la misma crueldad con que se los había -perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los tormentos y -la muerte, debían de haber llamado la atención de todo el mundo; y es -imposible que entre los hombres pensadores no se excitara la curiosidad -de examinar cuál era la enseñanza que la religión nueva comunicaba á -sus prosélitos. La lectura de las apologías del Cristianismo, escritas -ya en los primeros siglos con tanta fuerza de raciocinio y elocuencia, -las obras de varias clases publicadas por los primeros Padres, las -homilías de los obispos dirigidas á los pueblos, encierran un caudal -tan grande de sabiduría, respiran tanto amor á la verdad y á la -justicia, proclaman tan altamente los eternos principios de la moral, -que no podía menos de hacerse sentir su influencia aun entre aquellos -que condenaban la religión del Crucificado. - -Cuando van extendiéndose doctrinas que tengan por objeto aquellas -grandes cuestiones que más interesan al hombre, si estas doctrinas -son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con ardor por un crecido -número de discípulos, y sustentadas con el talento y el saber de -hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan -aun á aquellos mismos que las combaten con acaloramiento. Su influencia -en tales casos es imperceptible, pero no deja de ser muy real y -verdadera; se asemejan á aquellas exhalaciones de que se impregna la -atmósfera: con el aire que respiramos absorbemos á veces la muerte, á -veces un aroma saludable que nos purifica y conforta. - -No podía menos de verificarse el mismo fenómeno con respecto á una -doctrina predicada de un modo tan extraordinario, propagada con tanta -rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y defendida por -escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Alejandría, Ireneo -y Tertuliano. La profunda sabiduría, la embelesante belleza de las -doctrinas explanadas por los doctores cristianos, debían de llamar -la atención hacia los manantiales donde las bebían; y es regular -que esa picante curiosidad pondría en manos de muchos filósofos y -jurisconsultos los libros de la Sagrada Escritura. ¿Qué tuviera de -extraño que Epicteto se hubiese saboreado largos ratos en la lectura -del _sermón sobre la montaña_; ni que los oráculos de la jurisprudencia -recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religión que, -creciendo de un modo admirable en extensión y pujanza, andaba -apoderándose de todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor á -la verdad y á la justicia, el espíritu de fraternidad, las grandiosas -ideas sobre la dignidad del hombre, temas perpetuos de la enseñanza -cristiana, no eran para quedar circunscritos al solo ámbito de los -hijos de la Iglesia. Con más ó menos lentitud, íbanse filtrando por -todas las clases; y cuando con la conversión de Constantino adquirieron -influencia política y predominio público, no se hizo otra cosa que -repetir el fenómeno de que, en siendo un sistema muy poderoso en el -orden social, pasa á ejercer un señorío, ó al menos su influencia, en -el orden político. Con entera confianza abandono estas reflexiones al -juicio de los hombres pensadores, seguro de que, si no las adoptan, al -menos no las juzgarán desatendibles. Vivimos en una época fecunda en -acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y -por eso estamos más en proporción de comprender los inmensos efectos -de las influencias indirectas y lentas, el poderoso ascendiente de las -ideas, y la fuerza irresistible con que se abren paso las doctrinas. - -Á esa falta de principios vitales para regenerar la sociedad, á tan -poderosos elementos de disolución como abrigaba en su seno, allegábase -otro mal, y no de poca cuantía, en lo vicioso de la organización -política. Doblegada la cerviz del mundo bajo el yugo de Roma, veíanse -cien y cien pueblos, muy diferentes en usos y costumbres, amontonados -en desorden como el botín de un campo de batalla, forzados á formar un -cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de una lanza. - -La unidad en el gobierno no podía ser provechosa, porque era violenta; -y añadiéndose que esta unidad era despótica, desde la silla del imperio -hasta los últimos mandarines, no podía traer otro resultado que el -abatimiento y la degradación de los pueblos; siéndoles imposible -desplegar aquella elevación y energía de ánimo, frutos preciosos del -sentimiento de la propia dignidad, y el amor á la independencia de la -patria. Si al menos Roma hubiese conservado sus antiguas costumbres, -si abrigara en su seno aquellos guerreros tan célebres por la fama de -sus victorias como por la sencillez y austeridad de sus costumbres, -pudiérase concebir la esperanza de que emanara á los pueblos vencidos -algo de las prendas de los vencedores, como un corazón joven y -robusto reanima con su vigor un cuerpo extenuado con las más rebeldes -dolencias. Pero desgraciadamente no era así: los Fabios, los Camilos, -los Escipiones, no hubieran conocido su indigna prole; y Roma, la -señora del mundo, yacía esclava bajo los pies de unos monstruos, -que ascendían al trono por el soborno y la violencia, manchaban el -cetro con su corrupción y crueldad, y acababan la vida en manos de un -asesino. La autoridad del Senado y la del pueblo habían desaparecido: -quedaban tan sólo algunos vanos simulacros, _vestigia morientis -libertatis_, como los apellida Tácito; vestigios de la libertad -expirante; y aquel pueblo rey, _que antes distribuía el imperio, las -fasces, las legiones, y todo, á la sazón ansiaba tan sólo dos cosas: -pan y juegos_. - - Qui dabat olim - Imperiun, fasces, legiones, omnia, nunc se - Continet, atque duas tantum res anxius optat: - Panem et circenses. - - (JUVENAL, SATYR. 10.) - -Vino, por fin, la plenitud de los tiempos: el Cristianismo apareció, y -sin proclamar ninguna alteración en las formas políticas, sin atentar -contra ningún gobierno, sin ingerirse en nada que fuese mundanal y -terreno, llevó á los hombres una doble salud, llamándolos al camino -de una felicidad eterna, al paso que iba derramando á manos llenas -el único preservativo contra la disolución social, el germen de una -regeneración lenta y pacífica, pero grande, inmensa, duradera, á la -prueba de los trastornos de los siglos. Y ese preservativo contra -la disolución social, y ese germen de inestimables mejoras, era una -enseñanza elevada y pura, derramada sobre todos los hombres, sin -excepción de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia benéfica -que se desata en suavísimos raudales sobre una campiña mustia y -agostada. - -No hay religión que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el -secreto de dirigir al hombre, ni cuya conducta en esa dirección sea un -testimonio más solemne del reconocimiento de la alta dignidad humana. -El Cristianismo ha partido siempre del principio de que el primer paso -para apoderarse de todo el hombre es apoderarse de su entendimiento; -que, cuando se trata de extirpar un mal, ó de producir un bien, es -necesario tomar por blanco principal las ideas, dando de esta manera un -golpe mortal á los sistemas de violencia, que tanto dominan dondequiera -que él no existe, y proclamando la saludable verdad de que, cuando se -trata de dirigir á los hombres, el medio más indigno y más débil es la -fuerza. Verdad benéfica y fecunda, que abría á la humanidad un nuevo y -venturoso porvenir. - -Sólo desde el Cristianismo se encuentran, por decirlo así, cátedras de -la más sublime filosofía, abiertas á todas horas, en todos lugares, -para todas las clases del pueblo: las más altas verdades sobre Dios -y el hombre, las reglas de la moral más pura, no se limitan ya á ser -comunicadas á un número escogido de discípulos en lecciones ocultas -y misteriosas: la sublime filosofía del Cristianismo ha sido más -resuelta, se ha atrevido á decir á los hombres la verdad entera y -desnuda, y eso en público, en alta voz, con aquella generosa osadía, -compañera inseparable de la verdad. - -«Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del día, y lo que os digo -al oído, predicadlo desde los terrados.» Así hablaba Jesucristo á sus -discípulos. (Mat., c. 10, v. 27.) - -Luego que se hallaron encarados el Cristianismo y el paganismo, hízose -palpable la superioridad de aquél, no tan sólo por el contenido de las -doctrinas, sino también por el modo de propagarlas: púdose conocer -desde luego que una religión cuya enseñanza era tan sabia y tan pura, -y que, para difundirla, se encaminaba sin rodeos, en derechura, al -entendimiento y al corazón, había de desalojar bien pronto de sus -usurpados dominios á otra religión de impostura y mentira. Y, en -efecto, ¿qué hacía el paganismo para el bien de los hombres? ¿cuál -era su enseñanza sobre las verdades morales? ¿qué diques oponía á la -corrupción de costumbres? «Por lo que toca á las costumbres, dice á -este propósito San Agustín, ¿cómo no cuidaron los dioses de que sus -adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios, á quien -no adoraban, los desechó, y con razón; pero los dioses, cuyo culto se -quejan que se les prohiba esos hombres ingratos, esos dioses, ¿por qué -á sus adoradores no les ayudaron con ley alguna para vivir? Ya que -los hombres cuidaban del culto, justo era que los dioses no olvidasen -el cuidado de la vida y costumbres. Se me dirá que nadie es malo sino -por su voluntad; ¿quién lo niega? Pero cargo era de los dioses, no -ocultar á los pueblos sus adoradores los preceptos de la moral, sino -predicárselos á las claras, reconvenir y reprender por medio de los -vates á los pecadores, amenazar públicamente con la pena á los que -obraban mal, y prometer premios á los que obraban bien. En los templos -de los dioses, ¿cuándo resonó una voz alta y vigorosa que á tamaño -objeto se dirigiese?» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 4.) Traza en seguida -el Santo Doctor un negro cuadro de las torpezas y abominaciones que se -cometían en los espectáculos y juegos sagrados celebrados en obsequio -de los dioses, á que él mismo dice que había asistido en su juventud, y -luego continúa: «Infiérese de esto que no se curaban aquellos dioses de -la vida y costumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto, -dejándolas que se abandonasen á tan horrendos y detestables males, no -dañando tan sólo á sus campos y viñedos, no á su casa y hacienda, no al -cuerpo sujeto á la mente, sino permitiéndoles, sin ninguna prohibición -imponente, que abrevasen de maldad á la directora del cuerpo, á su -misma alma. Y, si se pretende que vedaban tales maldades, que se nos -manifieste, que se nos pruebe. Jáctanse de no sé qué susurros que -sonaban á los oídos de muy pocos, en que, bajo un velo misterioso, se -enseñaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero muéstrennos -los lugares señalados para semejantes reuniones, no los lugares donde -los farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no -donde se celebraban las fiestas fugales con la más estragada licencia, -sino donde oyesen los pueblos los preceptos de los dioses, sobre -reprimir la codicia, quebrantan la ambición, y refrenar los placeres; -donde aprendiesen esos infelices aquella enseñanza que con severo -lenguaje les recomendaba Persio (_Satyr._ 3) cuando decía: «Aprended, -oh miserables, á conocer las causas de las cosas, lo que somos, á -qué nacimos, cuál debe ser nuestra conducta, cuán deleznable es el -término de nuestra carrera, cuál es la razonable templanza en el amor -del dinero, cuál su utilidad verdadera, cuál la norma de nuestra -liberalidad con nuestros deudos y nuestra patria, á dónde te ha llamado -Dios y cuál es el lugar que ocupas entre los hombres.» Dígasenos en qué -lugares solían recitarse de parte de los dioses semejantes preceptos, -dónde pudiesen oirlos con frecuencia los pueblos sus adoradores; -muéstrensenos estos lugares, así como nosotros mostramos iglesias -instituídas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la -religión cristiana.» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 6.) - -Esta religión divina, profunda conocedora del hombre, no ha olvidado -jamás la debilidad é inconstancia que le caracterizan; y por esta -causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle -sin cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable, -las saludables verdades de que dependen su bienestar temporal y -su felicidad eterna. En tratándose de verdades morales, el hombre -olvida fácilmente lo que no resuena de continuo á sus oídos; y, si se -conservan las buenas máximas en su entendimiento, quedan como semilla -estéril, sin fecundar el corazón. Bueno es y muy saludable que los -padres comuniquen esta enseñanza á sus hijos: bueno es y muy saludable -que sea éste un objeto preferente en la educación privada; pero es -necesario, además, que haya un ministerio público que no le pierda -nunca de vista, que se extienda á todas las clases y á todas las -edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos -y las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo -borrando. - -Es tan importante para la instrucción y moralidad de los pueblos -ese sistema de continua predicación y enseñanza practicado en -todas épocas y lugares por la Iglesia católica, que debe juzgarse -como un gran bien el que, en medio del prurito que atormentó á los -primeros protestantes, de desechar todas las prácticas de la Iglesia, -conservasen, sin embargo, la de la predicación. Y no es necesario -por eso el desconocer los daños que en ciertas épocas han traído las -violentas declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos ó fanáticos; -sino que, en el supuesto de haberse roto la unidad, en el supuesto de -haberse arrojado á los pueblos por el azaroso camino del cisma, habrá -influído no poco en la conservación de las ideas más capitales sobre -Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales de la moral, el oir -los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por quien -las había estudiado de antemano en la Sagrada Escritura. Sin duda que -el golpe mortal dado á las jerarquías por el sistema protestante, y -la consiguiente degradación del sacerdocio, hace que la cátedra de -la predicación no tenga entre los disidentes el sagrado carácter de -cátedra del Espíritu Santo; sin duda que es un grande obstáculo, para -que la predicación pueda dar fruto, el que un ministro protestante no -pueda ya presentarse como un ungido del Señor, sino que, como ha dicho -un escritor de talento, sólo sea _un hombre vestido de negro que sube -al púlpito todos los domingos para hablar de cosas razonables_; pero -al menos oyen los pueblos algunos trozos de las excelentes pláticas -morales que se encuentran en el Sagrado Texto; tienen con frecuencia -á su vista los edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo -Testamento; y, sobre todo, se les refieren á menudo los pasos de la -vida de Jesucristo, de esa vida admirable, modelo de toda perfección; -y que, aun mirada con ojos humanos, es, en confesión de todo el mundo, -la pura santidad por excelencia, el más hermoso conjunto moral que se -viera jamás, la realización de un bello ideal que bajo la forma humana -jamás concibió la filosofía en sus altos pensamientos, jamás retrató -la poesía en sus sueños más brillantes. Esto es muy útil, altamente -saludable; porque siempre lo es el nutrir el ánimo de los pueblos con -el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos á la virtud -con el estímulo de tan altos ejemplos. - - - - -CAPITULO XV - - -Por grande que fuese la importancia dada por la Iglesia á la -propagación de la verdad, y por más convencida que estuviera de que, -para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradación que se -ofrecía á su vista, el primer cuidado había de dirigirse á exponer el -error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó á -esto; sino que, descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un -sistema lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad -pudiese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas -dan las doctrinas de Jesucristo. No fué la Iglesia sólo una _escuela -grande y fecunda, fué una asociación regeneradora_; no esparció sus -doctrinas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza de -que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas -sus relaciones, las aplicó á todos los objetos, procuró inculcarlas -á las costumbres y á las leyes, y realizarlas en instituciones que -sirviesen de silenciosa, pero elocuente, enseñanza á las generaciones -venideras. Veíase desconocida la dignidad del hombre, reinando por -doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción -de costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las -relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades -que jamás le dió la naturaleza; despreciados los sentimientos de -humanidad en el abandono de la infancia, en el desamparo del pobre y -del enfermo; llevadas al más alto punto la barbarie y la crueldad en -el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; veíase, -por fin, coronando el edificio social, rodeada de satélites y cubierta -de hierro, la odiosa tiranía, mirando con despreciador desdén á los -infelices pueblos que yacían á sus plantas, amarrados con remachadas -cadenas. - -En tamaño conflicto no era pequeña empresa la de desterrar el error, -reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corregir los -vicios de la legislación, enfrenar el poder y harmonizarle con los -intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia -y la sociedad; y, sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la -Iglesia. - -Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que conviene -profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden -excitar la curiosidad de la ciencia, é interesar los sentimientos del -corazón. ¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud? -¿Fué el Cristianismo? ¿y fué él solo, con sus ideas grandiosas sobre -la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de fraternidad y -caridad, y, además, con su conducta prudente, suave y benéfica? Me -lisonjeo de poder manifestar que sí. - -Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia católica ha -tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud; es -una verdad demasiado clara, salta á los ojos con sobrada evidencia, -para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño -y la eficacia con que trabajó la Iglesia para la mejora del estado -social, dice: «Nadie ignora con cuánta obstinación combatió los vicios -de aquel estado, la esclavitud por ejemplo.» Pero á renglón seguido, y -como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un hecho que por -necesidad había de excitar á favor de la Iglesia católica las simpatías -de la humanidad entera, continúa: «Mil veces se ha dicho y repetido -que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida -enteramente á las máximas del Cristianismo. Esto es, á mi entender, -adelantar demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio -de la sociedad cristiana, sin que semejante estado la confundiese ó -irritase mucho.» Muy errado anda M. Guizot, queriendo probar que no es -debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud, -porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad -cristiana. Si se quería proceder con buena lógica, era necesario mirar -antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el -espíritu de orden y de paz que anima á la Iglesia, podía permitir que -se arrojase á una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo, -sin alcanzar el objeto que se proponía. El número de los esclavos era -inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en -las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales: -sistema funesto, sin duda, pero que era una temeridad pretender -arrancarle de un golpe, pues que sus raíces penetraban muy hondo, se -extendían á largo trecho debajo de las entrañas de la tierra. - -Contáronse en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil -esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron á los enemigos -nada menos que veinte mil, según refiere Tucídides. El mismo autor nos -dice que en Chío era crecidísimo el número de los esclavos, y que la -defección de éstos, pasándose á los atenienses, puso en apuros á sus -dueños; y, en general, era tan grande su número en todas partes, que -no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad pública. -Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran -concertarse. «Es muy conveniente, dice Platón (_Diál. 6. De las -leyes_), que los esclavos no sean de un mismo país, y que, en cuanto -fuere posible, sean discordes sus costumbres y voluntades, pues que -repetidas experiencias han enseñado en las frecuentes defecciones que -se han visto entre los mesenios, y en las demás ciudades que tienen -muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños suelen de esto -resultar.» - -Aristóteles en su _Economía_ (1. 1, c. 5) da varias reglas sobre el -modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide -con Platón, advirtiendo expresamente: «que no se han de tener muchos -esclavos de un mismo país». En su _Política_ (l. 2, c. 7) nos dice -que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de -sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio á los -lacedemonios, de parte de los ilotas. «Con frecuencia ha sucedido, -dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios, -siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por -las conspiraciones de los ilotas.» Ésta era una dificultad que llamaba -seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo salvar los -inconvenientes que consigo traía esa inmensa muchedumbre de esclavos. -Laméntase Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo -de tratarlos, y se conoce que era ésta una materia que daba mucho -cuidado. Transcribiré sus propias palabras: «Á la verdad, que el modo -con que se debe tratar á esa clase de hombres es tarea trabajosa y -llena de cuidados: porque, si se usa de blandura, se hacen petulantes -y quieren igualarse con los dueños: y, si se los trata con dureza, -conciben odio y maquinan asechanzas.» - -En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habiéndose propuesto el -darles un traje distintivo, se opuso á esta medida el Senado, temeroso -de que, si ellos llegaban á conocer su número, peligrase el orden -público: y á buen seguro que no eran vanos semejantes temores, pues que -ya de mucho antes habían los esclavos causado considerables trastornos -en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda -que «los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la -piratería y el latrocinio»; y en tiempos más recientes, Espartaco, á la -cabeza de un ejército de esclavos, fué por algún tiempo el terror de -Italia, y dió mucho que entender á distinguidos generales romanos. - -Había llegado á tal exceso en Roma el número de los esclavos, que -muchos dueños los tenían á centenares. Cuando fué asesinado el prefecto -de Roma Pedanio Secundo, fueron sentenciados á muerte 400 esclavos -suyos (Tácit., _Ann._, l. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo, los tenía -en tal abundancia, que dió á sus hijos nada menos que 400. Esto había -llegado á ser un objeto de lujo, y á competencia se esforzaban los -romanos en distinguirse por el número de sus esclavos. Querían que, al -hacerse la pregunta de _Quot pascit servos_, cuántos esclavos mantiene, -según expresión de Juvenal (_Satyr._ 3, v. 140), pudiesen ostentarlos -en grande abundancia; llegando la cosa á tal extremo, que, según nos -asegura Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían á -un verdadero ejército. - -No era solamente en Grecia é Italia donde era tan crecido el número de -los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueños, y, favorecidos -por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado, que los -degollaron á todos. Pasando á pueblos bárbaros, y prescindiendo de -otros más conocidos, nos refiere Herodoto (lib. 3) que, volviendo de la -Media, los escitas se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose -forzados los dueños á cederles el terreno, abandonando su patria; y -César en sus comentarios (_De Bello Gall._, lib. 6) nos atestigua lo -abundantes que eran los esclavos en la Galia. - -Siendo tan crecido en todas partes el número de esclavos, ya se ve que -era del todo imposible predicar su libertad, sin poner en conflagración -el mundo. Desgraciadamente, queda todavía en los tiempos modernos un -punto de comparación, que, si bien en una escala muy inferior, no deja -de cumplir á nuestro propósito. En una colonia donde los esclavos -negros sean muy numerosos, ¿quién se arroja de golpe á ponerlos en -libertad? ¿Y cuánto se agrandan las dificultades, qué dimensión tan -colosal adquiere el peligro, tratándose, no de una colonia, sino del -universo? El estado intelectual y moral de los esclavos los hacía -incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de la -sociedad; y en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y por el -deseo de venganza nutridos en sus pechos con el mal tratamiento que -se les daba, hubieran reproducido en grande las sangrientas escenas -con que dejaran ya manchadas en tiempos anteriores las páginas de -la historia. ¿Y qué hubiera acontecido entonces? Que, amenazada la -sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera puesto en vela contra -los principios favorecedores de la libertad, hubiéralos en adelante -mirado con prevención y suspicaz desconfianza, y, lejos de aflojar -las cadenas de los esclavos, se las habría remachado con más ahinco y -tenacidad. De aquella inmensa masa de hombres brutales y furibundos, -puestos sin preparación en libertad y movimiento, era imposible que -brotase una organización social: porque una organización social no se -improvisa, y mucho menos con semejantes elementos; y, en tal caso, -habiéndose de optar entre la esclavitud y el aniquilamiento del -orden social, el instinto de conservación que anima á la sociedad, -como á todos los seres, hubiera acarreado indudablemente la duración -de la esclavitud allí donde hubiese permanecido todavía, y su -restablecimiento allí donde se la hubiese destruído. - -Los que se han quejado de que el Cristianismo no anduviera más pronto -en la abolición de la esclavitud, debían recordar que, aun cuando -supongamos posible una emancipación repentina ó muy rápida, aun cuando -queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad -habrían resultado, la sola fuerza de las cosas, saliendo al paso con -sus obstáculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida. -Demos de mano á todas las consideraciones sociales y políticas, y -fijémonos únicamente en las económicas. Por de pronto era necesario -alterar todas las relaciones de la propiedad: porque, figurando en ella -los esclavos como una parte principal, cultivando ellos las tierras, -ejerciendo los oficios mecánicos, en una palabra, estando distribuído -entre ellos lo que se llama trabajo, y hecha esta distribución en -el supuesto de la esclavitud, quitada esta base se acarreaba una -dislocación tal, que la mente no alcanza á comprender sus últimas -consecuencias. - -Quiero suponer que se hubiese procedido á despojos violentos, que -se hubiese intentado un reparto, una nivelación de propiedades; que -se hubiesen distribuído tierras á los emancipados, y que á los más -opulentos señores se les hubiese forzado á manejar el azadón y el -arado; quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos -sueños de un delirante: ni aun así, se habría salido del paso: porque -es menester no olvidar que la producción de los medios de subsistencia -ha de estar en proporción con las necesidades de los que han de -subsistir; y esto era imposible, supuesta la emancipación de los -esclavos. La producción estaba regulada, no suponiendo precisamente el -número de individuos que á la sazón existían, sino también que la mayor -parte de éstos eran esclavos; y las necesidades de un hombre libre son -alguna cosa más que las necesidades de un esclavo. - -Si ahora, después de diez y ocho siglos, rectificadas las ideas, -suavizadas las costumbres, mejoradas las leyes, amaestrados los pueblos -y los gobiernos, fundados tantos establecimientos públicos para el -socorro de la indigencia, ensayados tantos sistemas para la buena -distribución del trabajo, repartidas de un modo más equitativo las -riquezas, hay todavía tantas dificultades para que un número inmenso -de hombres no sucumba víctima de horrorosa miseria; si es éste el mal -terrible que atormenta á la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como -un sueño funesto, ¿qué hubiera sucedido con la emancipación universal -al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran reconocidos -en el derecho como _personas_, sino como _cosas_; cuando su unión -conyugal no era juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los -frutos de esa unión era declarada por las mismas reglas que rigen con -respecto á los brutos, cuando el infeliz esclavo era maltratado, -atormentado, vendido, y aun muerto, conforme á los caprichos de su -dueño? ¿No salta á los ojos que el curar males semejantes era obra de -siglos? ¿No es esto lo que nos están enseñando las consideraciones de -humanidad, de política y de economía? - -Si se hubiesen hecho insensatas tentativas, á no tardar mucho, los -mismos esclavos habrían protestado contra ellas, reclamando una -esclavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y despreciando -una libertad incompatible con su existencia. Éste es el orden de la -naturaleza: el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le -faltan los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No -es necesario recorrer á ejemplos de particulares, que se nos ofrecieran -con abundancia; en pueblos enteros se ha visto una prueba patente de -esta verdad. Cuando la miseria es excesiva, difícil es que no traiga -consigo el envilecimiento, sofocando los sentimientos más generosos, -desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro corazón las -palabras de independencia y libertad. «La plebe, dice César, hablando -de los galos (_Bello Gallico_, lib. 6), está casi en el lugar de los -esclavos, y de sí misma ni se atreve á nada, ni es contado su voto para -nada; y muchos hay que, agobiados de deudas y de tributos, ú oprimidos -por los poderosos, _se entregan á los nobles en esclavitud_: habiendo -sobre éstos así entregados, todos los mismos derechos que sobre los -esclavos.» En los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes -ejemplos; porque sabido es que entre los chinos abundan en gran manera -los esclavos, cuya esclavitud no reconoce otro origen, sino que ellos ó -sus padres no se vieron capaces de proveer á su subsistencia. - -Estas reflexiones, apoyadas en datos que nadie me podrá contestar, -manifiestan hasta la evidencia la profunda sabiduría del Cristianismo -en proceder con tanto miramiento en la abolición de la esclavitud. -Hízose todo lo que era posible en favor de la libertad del hombre; no -se adelantó más rápidamente en la obra, porque no podía ejecutarse sin -malograr la empresa, sin poner gravísimos obstáculos á la deseada -emancipación. He aquí el resultado que, al fin, vienen á dar siempre -los cargos que se hacen á algún procedimiento de la Iglesia: se le -examina á la luz de la razón, se le coteja con los hechos, viniéndose -á parar á que el procedimiento de que se la culpa, está muy conforme -con lo que dicta la más alta sabiduría, y con los consejos de la más -exquisita prudencia. - -¿Qué quiere decirnos, pues, M. Guizot cuando, después de haber -confesado que el Cristianismo trabajó con ahinco en la abolición de -la esclavitud, le echa en cara el que consintiese por largo tiempo su -duración? ¿Con qué lógica pretende de aquí inferir que no es verdad -que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio -dispensado á la humanidad? Duró siglos la esclavitud en medio del -Cristianismo, es cierto; pero anduvo siempre en decadencia, y su -duración fué sólo la necesaria para que el beneficio se realizase sin -violencias, sin trastornos, asegurando su universalidad y su perpetua -conservación. Y de estos siglos en que duró, débese todavía cercenar -una parte muy considerable, á causa de que, en los tres primeros, se -halló la Iglesia proscripta á menudo, mirada siempre con aversión, y -enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la organización -social. Débese también descontar mucho de los siglos posteriores, -porque había transcurrido todavía muy poco tiempo desde que la Iglesia -ejercía su influencia directa y pública, cuando sobrevino la irrupción -de los bárbaros del Norte, que, combinada con la disolución de que se -hallaba atacado el imperio, y que cundía de un modo espantoso, acarreó -un trastorno tal, una mezcolanza tan informe de lenguas, de usos, de -costumbres y de leyes, que no era casi posible ejercer con mucho fruto -una acción reguladora. Si en tiempos más cercanos ha costado tanto -trabajo el destruir el feudalismo, si después de siglos de combates -quedan todavía en pie muchas de sus reliquias, si el tráfico de los -negros, á pesar de ser limitado á determinados países, á peculiares -circunstancias, está todavía resistiendo al grito universal de -reprobación que contra semejante infamia se levanta de los cuatro -ángulos del mundo, ¿cómo hay quien se atreva á manifestar extrañeza, -é inculpar al Cristianismo, porque la esclavitud duró algunos siglos, -después de proclamadas la fraternidad entre todos los hombres, y su -igualdad ante Dios? - - - - -CAPITULO XVI - - -Afortunadamente la Iglesia católica fué más sabia que los filósofos, -y supo dispensar á la humanidad el beneficio de la emancipación, sin -injusticias y trastornos: ella regenera las sociedades, pero no lo hace -en baños de sangre. Veamos, pues, cuál fué su conducta en la abolición -de la esclavitud. - -Mucho se ha encarecido ya el espíritu de amor y fraternidad que anima -al Cristianismo; y esto basta para convencer de que debió de ser grande -la influencia que tuvo en la grande obra de que estamos hablando. -Pero quizás no se ha explorado bastante todavía cuáles son los medios -positivos, prácticos, digámoslo así, de que echó mano para conseguir su -objeto. Al través de la obscuridad de los siglos, en tanta complicación -y variedad de circunstancias, ¿será posible rastrear algunos hechos que -sean como las huellas que indiquen el camino seguido por la Iglesia -católica para libertar á una inmensa porción del linaje humano de la -esclavitud en que gemía? ¿Será posible decir algo más que algunos -encomios generales de la caridad cristiana? ¿Será posible señalar un -plan, un sistema, y probar su existencia y desarrollo, apoyándose, -no precisamente en expresiones sueltas, en pensamientos altos, en -sentimientos generosos, en acciones aisladas de algunos hombres -ilustres, sino en hechos positivos, en documentos históricos, que -manifiesten cuál era el espíritu y la tendencia del mismo cuerpo de la -Iglesia? Creo que sí: y no dudo que me sacará airoso en la empresa lo -que puede haber de más convincente y decisivo en la materia, á saber: -los monumentos de la legislación eclesiástica. - -Y ante todo no será fuera del caso recordar lo que se lleva ya indicado -anteriormente: que, cuando se trata de conducta, de designios, de -tendencias, con respecto á la Iglesia, no es necesario suponer que -esos designios cupieran en toda su extensión en la mente de ningún -individuo en particular, ni que todo el mérito y efecto de semejante -conducta fuesen bien comprendidos por ninguno de los que en ella -intervenían: y aun puede decirse que no es necesario suponer que los -primeros cristianos conociesen toda la fuerza de las tendencias del -Cristianismo con respecto á la abolición de la esclavitud. Lo que -conviene manifestar es que se obtuvo el resultado por las doctrinas y -la conducta de la Iglesia; pues que entre los católicos, si bien se -estiman los méritos y el grandor de los individuos en lo que valen, no -obstante, cuando se habla de la Iglesia, desaparecen los individuos; -sus pensamientos y su voluntad son nada, porque el espíritu que anima, -que vivifica y dirige á la Iglesia, no es el espíritu del hombre, -sino el Espíritu del mismo Dios. Los que no pertenezcan á nuestra -creencia, echarán mano de otros nombres; pero estaremos conformes, -cuando menos, en que, mirados los hechos de esta manera, elevados -sobre el pensamiento y voluntad del individuo, conservan mucho mejor -sus verdaderas dimensiones, y no se quebranta en el estudio de la -historia la inmensa cadena de los sucesos. Dígase que la conducta de la -Iglesia fué inspirada y dirigida por Dios, ó bien que fué hija de un -_instinto_, que fué el _desarrollo de una te tendencia entrañada por -sus doctrinas_; empléense estas ó aquellas expresiones, hablando como -católico ó como filósofo: en esto no es menester detenerse ahora; que -lo que conviene manifestar es que ese instinto fué generoso y atinado, -que esa tendencia se dirigía á un grande objeto y que lo alcanzó. - -Lo primero que hizo el Cristianismo con respecto á los esclavos, -fué disipar los errores que se oponían, no sólo á su emancipación -universal, sino hasta á la mejora de su estado; es decir, que la -primera fuerza que desplegó en el ataque fué, según tiene de costumbre, -_la fuerza de las ideas_. Era este primer paso tanto más necesario -para curar el mal, cuanto acontecía en él lo que suele suceder en -todos los males, que andan siempre acompañados de algún error, que, ó -los produce, ó los fomenta. Había no sólo la opresión, la degradación -de una gran parte de la humanidad; sino que estaba muy acreditada una -opinión errónea, que procuraba humillar más y más á esa parte de la -humanidad. La raza de los esclavos era, según dicha opinión, una raza -vil, que no se levantaba ni de mucho al nivel de la de los hombres -libres: era una raza degradada por el mismo Júpiter, marcada con un -sello humillante por la naturaleza misma, destinada ya de antemano á -ese estado de abyección y vileza. Doctrina ruin sin duda, desmentida -por la naturaleza humana, por la historia, por la experiencia, pero -que no dejaba por esto de contar distinguidos defensores, y que, con -ultraje de la humanidad y escándalo de la razón, la vemos proclamar por -largos siglos, hasta que el Cristianismo vino á disiparla, tomando á su -cargo la vindicación de los derechos del hombre. - -Homero nos dice (_Odis._, 17) que «Júpiter quitó la mitad de la mente -á los esclavos». En Platón encontramos el rastro de la misma doctrina, -pues que, si bien en boca de otros, como acostumbra, no deja, sin -embargo, de aventurar lo siguiente: «Se dice que en el ánimo de los -esclavos nada hay de sano ni entero, y que un hombre prudente no debe -fiarse de esa casta de hombres, cosa que atestigua también el más sabio -de nuestros poetas; citando en seguida el pasaje de Homero, arriba -indicado (_Plat._, _l. de las Leyes._) Pero donde se encuentra esa -degradante doctrina en toda su negrura y desnudez, es en la _Política_ -de Aristóteles. No ha faltado quien ha querido defenderle, pero en -vano; porque sus propias palabras le condenan sin remedio. Explicando -en el primer capítulo de su obra la constitución de la familia, y -proponiéndose fijar las relaciones entre el marido y la mujer, y entre -el señor y el esclavo, asienta que, así como la hembra es naturalmente -diferente del varón, así el esclavo es diferente del dueño; he aquí sus -palabras: «_y así la hembra y el esclavo son distinguidos por la misma -naturaleza_.» Esta expresión no se le escapó al filósofo, sino que la -dijo con pleno conocimiento, y no es otra cosa que el compendio de su -teoría. En el capítulo 3 continúa analizando los elementos que componen -la familia y, después de asentar que «una familia perfecta consta de -libres y de esclavos», se fija en particular sobre los últimos, y -empieza combatiendo una opinión que parecía favorecerles demasiado. -«Hay algunos, dice, que piensan que la esclavitud es cosa fuera del -orden de la naturaleza; pues que sólo viene de la ley el ser éste -esclavo y aquél libre, ya que por la naturaleza en nada se distinguen.» -Antes de rebatir esta opinión, explica las relaciones del dueño y del -esclavo, valiéndose de la semejanza del artífice y del instrumento, y -también del alma y del cuerpo, y continúa: «Si se comparan el macho -y la hembra, aquél es superior y por esto manda, ésta inferior y por -esto obedece, y lo propio ha de suceder en todos los hombres; y _así -aquellos que son tan inferiores cuanto lo es el cuerpo respecto del -alma, y el bruto respecto del hombre, y cuyas facultades consisten -principalmente en el uso del cuerpo, siendo este uso el mayor provecho -que de ellos se saca, éstos son esclavos por naturaleza_. Á primera -vista podría parecer que el filósofo habla solamente de los fatuos, -pues así parecen indicarlo sus palabras; pero veremos en seguida por el -contexto que no es tal su intención. Salta á la vista que, si hablara -de los fatuos, nada probaría contra la opinión que se propone impugnar, -siendo el número de éstos tan escaso, que es nada en comparación de -la generalidad de los hombres: además que, si á los fatuos quisiera -ceñirse, ¿de qué sirviera su teoría, fundada únicamente en una -excepción monstruosa y muy rara? - -Pero no necesitamos andarnos en conjeturas sobre la verdadera mente -del filósofo; él mismo cuida de explicárnosla, revelándonos, al propio -tiempo, el por qué se había valido de expresiones tan fuertes, que -parecían sacar la cuestión de su quicio. Nada menos se propone que -atribuir á la naturaleza el expreso designio de producir hombres de -dos clases: unos nacidos para la libertad, otros para la esclavitud. -El pasaje es demasiado importante y curioso para que podamos dejar de -copiarle. Dice así: «_Bien quiere la naturaleza procrear diferentes -los cuerpos de los libres y los de los esclavos: de manera que los -de éstos sean robustos, y á propósito para los usos necesarios, y -los de aquéllos bien formados, inútiles sí para trabajos serviles, -pero acomodados para la vida civil, que consiste en el manejo de -los negocios de la guerra y de la paz_; pero muchas veces sucede lo -contrario, y á unos les cabe cuerpo de esclavo y á otros alma de libre. -No hay duda que, si en el cuerpo se aventajasen tanto algunos como las -imágenes de los dioses, todo el mundo sería de parecer que debieran -servirlos aquellos que no hubiesen alcanzado tanta gallardía. Si esto -es verdad hablando del cuerpo, mucho más lo es hablando del alma; bien -que no es tan fácil ver la hermosura de ésta como la de aquél; y así -no puede dudarse que hay algunos hombres nacidos para la libertad, así -como hay otros nacidos para la esclavitud: esclavitud que, á más de ser -útil á los mismos esclavos, es también _justa_.» - -¡Miserable filosofía! que para sostener un estado degradante necesitaba -apelar á tamañas cavilaciones, achacando á la naturaleza la intención -de procrear diferentes castas, nacidas las unas para dominar, las -otras para servir: ¡filosofía cruel! la que así procuraba quebrantar -los lazos de fraternidad con que el Autor de la naturaleza ha querido -vincular al humano linaje, que así se empeñaba en levantar una -barrera entre hombre y hombre, que así ideaba teorías para sostener -la desigualdad; y no aquella desigualdad que resulta necesariamente -de toda organización social, sino una desigualdad tan terrible y -degradante cual es la de la esclavitud. - -Levanta el Cristianismo la voz, y en las primeras palabras que -pronuncia sobre los esclavos los declara iguales en dignidad de -naturaleza á los demás hombres: iguales también en la participación -de las gracias que el Espíritu Divino va á derramar sobre la tierra. -Es notable el cuidado con que insiste sobre este punto el apóstol San -Pablo: no parece sino que tenía á la vista las degradantes diferencias -que por un funesto olvido de la dignidad del hombre se querían señalar: -nunca se olvida de inculcar la nulidad de la diferencia del esclavo y -del libre. «Todos hemos sido bautizados en un espíritu, para formar un -mismo cuerpo, judíos ó gentiles, _esclavos ó libres_.» (I ad Cor., c. -12, v. 13.) «Todos sois hijos de Dios por la fe que es Cristo Jesús. -Cualesquiera que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido -de Cristo: no hay judío ni griego, no hay _esclavo ni libre_, no hay -macho ni hembra: pues todos sois uno en Jesucristo.» (Ad Gal., c. 3, v. -26, 27, 28.) «Donde no hay gentil ni judío, circunciso é incircunciso, -bárbaro y escita, _esclavo y libre_, sino todo y en todos Cristo.» (_Ad -Coloss._, c. 3, v. 11.) - -Parece que el corazón se ensancha al oir proclamar en alta voz esos -grandes principios de fraternidad y de santa igualdad; cuando acabamos -de oir á los oráculos del paganismo ideando doctrinas para abatir -más y más á los desgraciados esclavos, parece que despertamos de un -sueño angustioso, y nos encontramos con la luz del día, en medio de -una realidad halagüeña. La imaginación se complace en mirar á tantos -millones de hombres que, encorvados bajo el peso de la degradación y -de la ignominia, levantan sus ojos al cielo, y exhalan un suspiro de -esperanza. - -Aconteció con esta enseñanza del Cristianismo lo que acontece con -todas las doctrinas generosas y fecundas: penetran hasta el corazón -de la sociedad, quedan allí depositadas como un germen precioso y, -desenvueltas con el tiempo, producen un árbol inmenso que cobija bajo -su sombra las familias y las naciones. Como esparcidas entre hombres, -no pudieron tampoco librarse de que se las interpretase mal, y se las -exagerase; y no faltaron algunos que pretendieron que la libertad -cristiana era la proclamación de la libertad universal. Al resonar á -los oídos de los esclavos las dulces palabras del Cristianismo, al oir -que se los declaraba hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, al ver que -no se hacía distinción alguna entre ellos y sus amos, ni aun los más -poderosos señores de la tierra, no ha de parecer tampoco muy extraño -que hombres acostumbrados solamente á las cadenas, al trabajo y á -todo linaje de pena y envilecimiento, exagerasen los principios de la -doctrina cristiana, é hiciesen de ella aplicaciones, que ni eran en sí -justas, ni tampoco capaces de ser reducidas á la práctica. - -Sabemos por San Jerónimo que muchos, oyendo que se los llamaba á la -libertad cristiana, pensaron que con ésta se les daba la libertad; y -quizás el Apóstol aludía á este error, cuando en su primera carta á -Timoteo (c. 6, v. 1) decía: «Todos los que están bajo el yugo de la -esclavitud, que honren con todo respeto á sus dueños para que el nombre -y la doctrina del Señor no sean blasfemados.» Este error había tenido -tal eco, que después de tres siglos andaba todavía muy válido, viéndose -obligado el concilio de Gangres, celebrado por los años de 324, á -excomulgar á aquellos que, bajo pretexto de piedad, enseñaban que los -esclavos debían dejar á sus amos, y retirarse de su servicio. No era -esto lo que enseñaba el Cristianismo; y, además, queda ya bastante -evidenciado que no hubiera sido éste el verdadero camino para llegar á -la emancipación universal. - -Así es que el mismo Apóstol, á quien hemos oído hablar á favor de -los esclavos un lenguaje tan generoso, les inculca repetidas veces -la obediencia á sus dueños; pero es notable que, mientras cumple con -este deber impuesto por el espíritu de paz y de justicia que anima al -Cristianismo, explica de tal manera los motivos en que se ha de fundar -la obediencia de los esclavos, recuerda con tan sentidas y vigorosas -palabras las obligaciones que pesan sobre los dueños, y asienta tan -expresa y terminantemente la igualdad de todos los hombres ante Dios, -que bien se conoce cuál era su compasión para con esa parte desgraciada -de la humanidad, y cuán diferentes eran sobre este particular sus ideas -de las de un mundo endurecido y ciego. - -Albérgase en el corazón del hombre un sentimiento de noble -independencia, que no le consiente sujetarse á la voluntad de otro -hombre, á no ser que se le manifiesten títulos legítimos en que -fundarse puedan las pretensiones del mando. Si estos títulos andan -acompañados de razón y de justicia, y, sobre todo, si están radicados -en altos objetos que el hombre acata y ama, la razón se convence, el -corazón se ablanda, y el hombre cede. Pero, si la razón del mando es -sólo la voluntad de otro hombre, si se hallan encarados, por decirlo -así, hombre con hombre, entonces bullen en la mente los pensamientos -de igualdad, arde en el corazón el sentimiento de la independencia, -la frente se pone altanera y las pasiones braman. Por esta causa, en -tratándose de alcanzar obediencia voluntaria y duradera, es menester -que el que manda se oculte, desaparezca el hombre, y sólo se vea el -representante de un poder superior, ó la personificación de los motivos -que manifiestan al súbdito la justicia y la utilidad de la sumisión: de -esta manera no se obedece á la voluntad ajena por lo que es en sí, sino -porque representa un poder superior, ó porque es el intérprete de la -razón y de la justicia; y así no mira el hombre ultrajada su dignidad, -y se le hace la obediencia suave y llevadera. - -No es menester decir si eran tales los títulos en que se fundaba la -obediencia de los esclavos antes del Cristianismo: las costumbres los -equiparaban á los brutos, y las leyes venían, si cabe, á recargar la -mano, usando de un lenguaje que no puede leerse sin indignación. -El dueño mandaba porque tal era su voluntad, y el esclavo se veía -precisado á obedecer, no en fuerza de motivos superiores, ni de -obligaciones morales, sino porque era una propiedad del que mandaba, -era un caballo regido por el freno, era una máquina que había de -corresponder al impulso del manubrio. ¿Qué extraño, pues, si aquellos -infelices, abrevados de infortunio y de ignominia, abrigaban en su -pecho aquel hondo y concentrado rencor, aquella virulenta saña, aquella -terrible sed de venganza, que á la primera oportunidad reventaba -con explosión espantosa? El horroroso degüello de Tiro, ejemplo y -terror del universo, según la expresión de Justino, las repetidas -sublevaciones de los penestas en Tesalia, de los ilotas en Lacedemonia, -las defecciones de los de Chío y Atenas, la insurrección acaudillada -por Herdonio, y el terror causado por ella á todas las familias de -Roma, las sangrientas escenas, la tenaz y desesperada resistencia de -las huestes de Espartaco, ¿qué eran sino el resultado natural del -sistema de violencia, de ultraje y desprecio con que se trataba á los -esclavos? ¿No es esto lo mismo que hemos visto reproducido en tiempos -recientes, en las catástrofes de los negros de las colonias? Tal es la -naturaleza del hombre: quien siembra desprecio y ultraje, recoge furor -y venganza. - -Estas verdades no se ocultaron al Cristianismo, y así es que, si -predicó la obediencia, procuró fundarla en títulos divinos; si -conservó á los dueños sus derechos, también les enseñó altamente sus -obligaciones; y allí donde prevalecieron las doctrinas cristianas, -pudieron los esclavos decir: «Somos infelices, es verdad; á la desdicha -nos han condenado, ó el nacimiento, ó la pobreza, ó los reveses de -la guerra; pero al fin se nos reconoce por hombres, por hermanos; y -entre nosotros y nuestros dueños hay una reciprocidad de obligaciones -y de derechos.» Oigamos, ó si no, lo que dice el Apóstol: «Esclavos, -obedeced á los señores carnales con temor y temblor, con sencillez -de corazón como á Cristo, _no sirviendo con puntualidad para agradar -á los hombres_, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la -voluntad de Dios, sirviendo de buena voluntad, _como al Señor, y no -como á los hombres_; sabiendo que cada uno recibirá del Señor el bien -que hiciere, sea _esclavo_, sea _libre_. Y vosotros, señores, haced lo -mismo con vuestros esclavos, aflojando en vuestras amenazas; sabiendo -que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos; y _delante de él no -hay acepción de personas_.» (_Ad Ephes._, c. 6, v. 5, 6, 7, 8, 9.) - -En la carta á los colosenses (c. 3) vuelve á inculcar la misma -doctrina de la obediencia, fundándola en los mismos motivos; y, como -consolando á los infelices esclavos, les dice: «Del Señor recibiréis -la retribución de la heredad. Servid á Cristo Señor. Pues, quien -hace injuria, recibirá su condigno castigo: y no hay delante de Dios -acepción de personas.» Y más abajo (c. 4, v. 1), dirigiéndose á -los señores, añade: «Señores, dad á los esclavos lo que es justo y -equitativo; sabiendo que vosotros también tenéis un Señor en el cielo.» - -Esparcidas doctrinas tan benéficas, ya se ve que había de mejorarse -en gran manera la condición de los esclavos, siendo el resultado más -inmediato el templarse aquel rigor tan excesivo, aquella crueldad que -nos sería increíble, si no nos constara en testimonios irrecusables. -Sabido es que el dueño tenía el derecho de vida y de muerte, y que se -abusaba de esta facultad hasta matar á un esclavo por un capricho, -como lo hizo Quinto Flaminio en medio de un convite; y hasta arrojar -á las murenas á uno de esos infelices, por haber tenido la desgracia -de quebrar un vaso, como se nos refiere de Vedio Polión. Y no se -limitaba tamaña crueldad al círculo de algunas familias que tuviesen un -dueño sin entrañas, no, sino que estaba erigida en sistema; resultado -funesto, pero necesario, del extravío de las ideas sobre este punto, -del olvido de los sentimientos de humanidad: sistema violento que sólo -se sostenía teniendo hincado sin cesar el pie sobre la cerviz del -esclavo, que sólo se interrumpía cuando, pudiendo éste prevalecer, se -arrojaba sobre su dueño y lo hacía pedazos. Era antiguo proverbio: -«tantos enemigos, cuantos esclavos.» - -Ya hemos visto los estragos que hacían esos hombres furiosos y -abrasados de sed de venganza, siempre que podían quebrantar las -cadenas que los oprimían; pero, á buen seguro que no les iban en zaga -los dueños, cuando se trataba de inspirarles terror. En Lacedemonia, -temiéndose un día de la mala voluntad de los ilotas, los reunieron á -todos cerca del templo de Júpiter, y los pasaron á cuchillo (_Tucy._, -l. 4); y en Roma había la bárbara costumbre de que, siempre que fuese -asesinado algún dueño, fueran condenados á muerte todos sus esclavos. -Congoja da el leer en Tácito (_Ann._, l. 14, 43) la horrorosa escena -ocurrida después de haber sido asesinado por uno de sus esclavos -el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo. Eran nada menos que 400 -los esclavos del difunto, y, según la antigua costumbre, debían ser -conducidos todos al suplicio. Espectáculo tan cruel y lastimoso en que -se iba á dar la muerte á tantos inocentes, movió á compasión al pueblo, -que llegó al extremo de amotinarse para impedir tamaña carnicería. -Perplejo el Senado, deliberaba sobre el negocio, cuando, tomando la -palabra un orador llamado Casio, sostuvo con energía la necesidad de -llevar á cabo la sangrienta ejecución, no sólo á causa de prescribirlo -así la antigua costumbre, sino también por no ser posible de otra -manera el preservarse de la mala voluntad de los esclavos. En sus -palabras sólo hablan la injusticia y la tiranía; ve por todas partes -peligros y asechanzas; no sabe excogitar otros preservativos que la -fuerza y el terror; siendo notable en particular la siguiente cláusula, -porque en breve espacio nos retrata las ideas y costumbres de los -antiguos sobre este punto: «Sospechosa fué siempre á nuestros mayores -la índole de los esclavos, aun de aquellos que, por haberles nacido -en sus propias posesiones y casas, podían desde la cuna haber cobrado -afición á los dueños; pero, después que tenemos esclavos de naciones -extrañas, de diferentes usos y de diversa religión, para contener á -esa canalla no hay otro medio que el terror.» La crueldad prevaleció: -se reprimió la osadía del pueblo, se cubrió de soldados la carrera, y -los 400 desgraciados fueron conducidos al patíbulo. - -Suavizar ese trato cruel, desterrar esas horrendas atrocidades, era -el primer fruto que debían dar las doctrinas cristianas; y puede -asegurarse que la Iglesia no perdió jamás de vista tan importante -objeto, procurando que la condición de los esclavos se mejorase en -cuanto era posible; que en materia de castigo se substituyese la -indulgencia á la crueldad; y, lo que más importaba, se esforzó en -que ocupase la razón el lugar del capricho, que á la impetuosidad -de los dueños sucediese la calma de los tribunales: es decir, que -se anduvieran aproximando los esclavos á los libres, rigiendo, con -respecto á ellos, no el hecho, sino el derecho. - -La Iglesia no ha olvidado jamás la hermosa lección que le dió el -Apóstol cuando, escribiendo á Filemón, intercedía por un esclavo, y -esclavo fugitivo, llamado Onésimo, y hablaba en su favor un lenguaje -que no se había oído nunca en favor de esa clase desgraciada. «Te -ruego, le decía, por mi hijo Onésimo; ahí te lo he remitido, recíbelo -como mis entrañas, no como á esclavo, sino como á hermano cristiano; -si me amas, recíbelo como á mí; si en algo te ha dañado, ó te debe, -yo quedo responsable.» (_Ep. ad Philem._) No, la Iglesia no olvidó -esta lección de fraternidad y de amor, y el suavizar la suerte de los -esclavos fué una de sus atenciones más predilectas. - -El concilio de Elvira, celebrado á principios del siglo IV, sujeta á -penitencia á la mujer que haya golpeado con daño grave á su esclava. El -de Orleans, celebrado en 549 (can. 22), prescribe que, si se refugiare -en la iglesia algún esclavo que hubiere cometido algunas faltas, se le -vuelva á su amo, pero haciéndole antes prestar juramento de que, al -salir, no le hará daño ninguno; mas que, si le maltratare quebrantando -el juramento, sea separado de la comunión y de la mesa de los -católicos. Este canon nos revela dos cosas: la crueldad acostumbrada -de los amos, y el celo de la Iglesia por suavizar el trato de los -esclavos. Para poner freno á la crueldad, nada menos se necesitaba -que exigir un juramento; y la Iglesia, aunque de suyo tan delicada en -materia de juramentos, juzgaba, sin embarco, el negocio de bastante -importancia para que pudiera y debiera emplearse en él el augusto -nombre de Dios. - -El favor y protección que la Iglesia dispensaba á los esclavos, se iba -extendiendo rápidamente: y, á lo que parece, debía de introducirse en -algunos lugares la costumbre de exigir juramento, no tan sólo de que el -esclavo refugiado en la iglesia no sería maltratado en su persona, pero -que ni aun se le impondría trabajo extraordinario, ni se le señalaría -con ningún distintivo que le diera á conocer. De esta costumbre, -procedente sin duda del celo por el bien de la humanidad, pero que -quizás hubiera traído inconvenientes aflojando con demasiada prontitud -los lazos de la obediencia, y dando lugar á excesos de parte de los -esclavos, encuéntranse los indicios en una disposición del concilio de -Epaona (hoy, según algunos, Abbón), celebrado por los años de 517, en -que se procura atajar el mal, prescribiendo una prudente moderación, -sin levantar por eso la mano de la protección comenzada. En el canon -39 ordena que, si un esclavo reo de algún delito atroz se retrae á la -iglesia, sólo se le libre de las penas corporales; sin obligar al dueño -á prestar juramento de que no le impondrá trabajo extraordinario, ó que -no le cortará el pelo para que no sea conocido. Y nótese bien que, si -se pone esa limitación, es cuando el esclavo haya cometido un delito -atroz, y que, en tal caso, la facultad que se le deja al amo, es la de -imponerle trabajo extraordinario, ó de distinguirle cortándole el pelo. - -Quizás no faltará quien tizne de excesiva semejante indulgencia; pero -es menester advertir que, cuando los abusos son grandes y arraigados, -el empuje para arrancarlos ha de ser fuerte; y que á veces, si bien -parece á primera vista que se traspasan los límites de la prudencia, -este exceso aparente no es más que aquella oscilación indispensable -que sufren las cosas antes de alcanzar su verdadero aplomo. Aquí no -trataba la Iglesia de proteger el crimen, no reclamaba indulgencia -para el que no la mereciese; lo que se proponía era poner coto á la -violencia y al capricho de los amos; no quería consentir que un hombre -sufriese los tormentos y la muerte, porque tal fuese la voluntad de -otro hombre. El establecimiento de leyes justas, y la legítima acción -de los tribunales, son cosas á que jamás se ha opuesto la Iglesia; pero -la violencia de los particulares no ha podido consentirla nunca. - -De este espíritu de oposición al ejercicio de la fuerza privada, -espíritu que entraña nada menos que la organización social, encontramos -una muestra muy á propósito en el canon 15 del concilio de Mérida, -celebrado en el año 666. Sabido es, y lo llevo ya indicado, que los -esclavos eran una parte principal de la propiedad, y que, estando -arreglada la distribución del trabajo conforme á esa base, no le era -posible prescindir de tener esclavos á quien tuviese propiedades, -sobre todo si eran algo considerables. La Iglesia se hallaba en este -caso; y, como no estaba en su mano el cambiar de golpe la organización -social, tuvo que acomodarse á esta necesidad, y tenerlos también. Si -con respecto á éstos quería introducir mejoras, bueno era que empezase -ella misma á dar el ejemplo; y este ejemplo se halla en el canon del -concilio que acabo de citar. En él, después de haber prohibido á los -obispos y á los sacerdotes el maltratar á los sirvientes de la Iglesia -mutilándolos, dispone el concilio que, si cometen algún delito, se los -entregue á los jueces seglares, pero de manera que los obispos moderen -la pena á que sean condenados. Es digno de notarse que, según se deduce -de este canon, estaba todavía en uso el derecho de mutilación, hecha -por el dueño particular, y que quizás se conservaba aún muy arraigado, -cuando vemos que el concilio se limita á prohibir esta pena á los -eclesiásticos, y nada dice con respecto á los legos. - -En esta prohibición influía, sin duda, la mira de que, derramando -sangre humana, no se hicieran incapaces los eclesiásticos de ejercer -aquel elevado ministerio, cuyo acto principal es el augusto sacrificio -en que se ofrece una víctima de paz y de amor; pero esto nada quita de -su mérito, ni disminuye su influencia en la mejora de la suerte de los -esclavos: siempre era reemplazar la vindicta particular con la vindicta -pública; era una nueva proclamación de la igualdad de los esclavos con -los libres cuando se trataba de efusión de sangre; era declarar que las -manos que derramasen la de un esclavo, quedaban con la misma mancha que -si hubiesen vertido la de un hombre libre. Y era necesario inculcar de -todos modos esas verdades saludables, ya que estaban en tan abierta -contradicción con las ideas y costumbres antiguas; era necesario -trabajar asiduamente en que desapareciesen las expresiones vergonzosas -y crueles, que mantenían privados á la mayor parte de los hombres de la -participación de los derechos de la humanidad. - -En el canon que acabo de citar hay una circunstancia notable, que -manifiesta la solicitud de la Iglesia para restituir á los esclavos la -dignidad y consideración de que se hallaban privados. El rapamiento de -los cabellos era entre los godos una pena muy afrentosa, y que, según -nos dice Lucas de Tuy, casi les era más sensible que la muerte. Ya se -deja entender que, cualquiera que fuese la preocupación sobre este -punto, podía la Iglesia permitir el rapamiento, sin incurrir en la -nota que consigo lleva el derramamiento de sangre; pero, sin embargo, -no quiso hacerlo; y esto indica que procuraba borrar las marcas de -humillación, estampadas en la frente del esclavo. Después de haber -prevenido á los sacerdotes y obispos, que entreguen al juez á los que -sean culpables, dispone que «no toleren que se los rape con ignominia». - -Ningún cuidado estaba de más en esta materia: era necesario -acechar todas las ocasiones favorables, procurando que anduviesen -desapareciendo las odiosas excepciones que afligían á los esclavos. -Esta necesidad se manifiesta bien á las claras en el modo de expresarse -el concilio undécimo de Toledo, celebrado en el año 675. En su canon -6.º prohibe á los obispos el juzgar por sí los delitos dignos de -muerte, y el mandar la mutilación de los miembros; pero véase cómo -juzgó necesario advertir que no consentía excepción, añadiendo: «ni aun -contra los siervos de su Iglesia». El mal era grave, y no podía ser -curado sino con solicitud muy asidua; por manera que, aun limitándonos -al derecho más cruel de todos, cual es el de vida y muerte, vemos -que cuesta largo trabajo el extirparle. Á principios del siglo VI no -faltaban ejemplos de tamaño exceso, pues que el concilio de Epaona en -su canon 34 dispone «que sea privado por dos años de la comunión de la -Iglesia el amo que por su _propia autoridad_ haga quitar la vida á un -esclavo». Había promediado ya el siglo IX, y todavía nos encontramos -con atentados semejantes; atentados que procuraba reprimir el concilio -de Wormes, celebrado en el año 868, sujetando á dos años de penitencia -al amo que con su _autoridad privada_ hubiese dado muerte á su esclavo. - - - - -CAPITULO XVII - - -Mientras se suavizaba el trato de los esclavos, y se los aproximaba en -cuanto era posible á los hombres libres, era necesario no descuidar -la obra de la emancipación universal; pues que no bastaba mejorar -ese estado, sino que, además, convenía abolirle. La sola fuerza de -las doctrinas cristianas, y el espíritu de caridad que, al par con -ellas, se iba difundiendo por toda la tierra, atacaban tan vivamente -la esclavitud, que, tarde ó temprano, debían llevar á cabo su completa -abolición; porque es imposible que la sociedad permanezca por largo -tiempo en un orden de cosas que esté en oposición con las ideas de que -está imbuída. Según las doctrinas cristianas, todos los hombres tienen -un mismo origen y un mismo destino, todos son hermanos en Jesucristo, -todos están obligados á amarse de todo corazón, á socorrerse en -las necesidades, á no ofenderse ni siquiera de palabra; todos son -iguales ante Dios, pues que serán juzgados sin acepción de personas; -el Cristianismo se iba extendiendo, arraigando por todas partes, -apoderándose de todas las clases, de todos los ramos de la sociedad: -¿cómo era posible, pues, que continuase la esclavitud, ese estado -degradante en que el hombre es propiedad de otro, en que es vendido -como un bruto, en que se le priva de los dulcísimos lazos de familia, -en que no participa de ninguna de las ventajas de la sociedad? Cosas -tan contrapuestas, ¿podían vivir juntas? - -Las leyes estaban en favor de la esclavitud, es verdad, y aun puede -añadirse más, y es que el Cristianismo no desplegó un ataque directo -contra esas leyes; pero, en cambio, ¿qué hizo? Procuró apoderarse de -las ideas y costumbres, les comunicó un nuevo impulso, les dió una -dirección diferente, y, en tal caso, ¿qué pueden las leyes? Se afloja -su rigor, se descuida su observancia, se empieza á sospechar de su -equidad, se disputa sobre su conveniencia, se notan sus malos efectos, -van caducando poco á poco, de manera que, á veces, ni es necesario -darles un golpe para destruirlas; se las arrumba por inútiles, ó, si -merecen pena de una abolición expresa, es por mera ceremonia: son como -un cadáver que se entierra con honor. - -Mas no se infiera de lo que acabo de decir, que, por dar tanta -importancia á las ideas y costumbres cristianas, pretenda que se -abandonó el buen éxito á esa sola fuerza, sin que, al propio tiempo, -cuidara la Iglesia de tomar las medidas conducentes, demandadas por los -tiempos y circunstancias: nada de eso; antes, como llevo indicado ya, -la Iglesia echó mano de varios medios, los más á propósito para surtir -el efecto deseado. - -Si se quería asegurar la obra de emancipación, era muy conveniente, -en primer lugar, poner á cubierto de todo ataque la libertad de los -manumitidos: libertad que, desgraciadamente, no dejaba de verse -combatida con frecuencia, y de correr graves peligros. De este triste -fenómeno no es difícil encontrar las causas en los restos de las ideas -y costumbres antiguas, en la codicia de los poderosos, en el sistema -de violencia generalizado con la irrupción de los bárbaros, y en la -pobreza, desvalimiento y completa falta de educación y moralidad, -en que debían de encontrarse los infelices que iban saliendo de la -esclavitud; porque es de suponer que muchos no conocerían todo el valor -de la libertad, que no siempre se portarían en el nuevo estado conforme -dicta la razón y exige la justicia, y que, entrando de nuevo en la -posesión de los derechos de hombre libre, no sabrían cumplir con sus -nuevas obligaciones. Pero, todos estos inconvenientes, inseparables de -la naturaleza de las cosas, no debían impedir la consumación de una -obra reclamada por la religión y la humanidad; era necesario resignarse -á sufrirlos, considerando que en la parte de culpa que caber pudiera -á los manumitidos, había muchos motivos de excusa, á causa de que -el estado de que acababan de salir, embargaba el desarrollo de las -facultades intelectuales y morales. - -Poníase á cubierto de los ataques de la injusticia, y quedaba, en -cierto modo, revestida de una inviolabilidad sagrada la libertad de -los nuevos emancipados, si su emancipación se enlazaba con aquellos -objetos que á la sazón ejercían más poderoso ascendiente. Hallábase -en este caso la Iglesia, y cuanto era de su pertenencia; y por lo -mismo fué, sin duda, muy conducente que se introdujese la costumbre de -manumitir en los templos. Este acto, al paso que reemplazaba los usos -antiguos, y los hacía olvidar, venía á ser como una declaración tácita -de lo muy agradable que era á Dios la libertad de los hombres; una -proclamación práctica de su igualdad ante Dios, ya que allí mismo se -ejecutaba la manumisión, donde se leía con frecuencia que delante de -Dios no hay acepción de personas, en el mismo lugar donde desaparecían -todas las distinciones mundanas, donde quedaban confundidos todos los -hombres, unidos con suaves lazos de fraternidad y de amor. Verificada -de este modo la manumisión, la Iglesia tenía un derecho más expedito -para defender la libertad del manumitido; pues que, habiendo sido -ella testigo del acto, podía dar fe de su espontaneidad y demás -circunstancias para asegurar la validez; y aun podía también reclamar -su observancia, apoyándose en que faltar á ella era, en cierto modo, -una profanación del lugar sagrado, era no cumplir lo prometido delante -del mismo Dios. - -No se olvidaba la Iglesia de aprovechar en favor de los manumitidos, -semejantes circunstancias; y así vemos que el primer concilio de -Orange, celebrado en 441, dispone en su canon 7 que es menester -reprimir con censuras eclesiásticas á los que quieren someter á algún -género de servidumbre á los esclavos á quienes se haya dado libertad -en la Iglesia; y un siglo después encontramos repetida la misma -prohibición en el canon 7 del 5.º concilio de Orleans, celebrado en el -año 549. - -La protección dispensada por la Iglesia á los esclavos manumitidos -era tan manifiesta y conocida de todos, que se introdujo la costumbre -de recomendárselos muy particularmente. Hacíase esta recomendación á -veces en testamento, como nos lo indica el concilio de Orange poco ha -citado; ordenando que, por medio de las censuras eclesiásticas, se -impida que sean sometidos á género alguno de servidumbre los esclavos -manumitidos, recomendados en testamento á la Iglesia. No siempre se -hacía por testamento esa recomendación, según se infiere del canon 6 -del concilio de Toledo, celebrado en 589, donde se dispone que, cuando -sean recomendados á la Iglesia algunos manumitidos, no se los prive -ni á ellos ni á sus hijos de la protección de la misma. Aquí se habla -en general, sin limitarse al caso de mediar testamento. Lo mismo -puede verse en otro concilio de Toledo, celebrado en el año 633, donde -se dice que la Iglesia recibirá únicamente bajo su protección á los -libertos de los particulares que se los hayan recomendado. - -Aun cuando la manumisión no se hubiese hecho en el templo, ni hubiese -mediado recomendación particular, no obstante, la Iglesia no dejaba de -tomar parte en la defensa de los manumitidos, en viendo que peligraba -su libertad. Quien estime en algo la dignidad del hombre, quien abrigue -en su pecho algún sentimiento de humanidad, seguramente no llevará á -mal que la Iglesia se entrometiese en esa clase de negocios, aunque -no consideráramos otros títulos que los que da al hombre generoso la -protección del desvalido; no le desagradará el encontrar mandado en el -canon 29 del concilio de Agde en Languedoc, celebrado en 506, que la -Iglesia, en caso necesario, tome la defensa de aquellos á quienes sus -amos han dado legítimamente libertad. - -En la grande obra de la abolición de la esclavitud, ha tenido no -escasa parte el celo que en todos tiempos y lugares ha desplegado la -Iglesia por la redención de los cautivos. Sabido es que una porción -considerable de esclavos debía esta suerte á los reveses de la guerra. -Á los antiguos les hubiera parecido fabulosa la índole suave de las -guerras modernas; ¡ay de los vencidos! podíase exclamar con toda -verdad; no había medio entre la muerte y la esclavitud. Agravábase el -mal con una preocupación funesta que se había introducido contra la -redención de los cautivos; preocupación que tenía su apoyo en un rasgo -de asombroso heroísmo. Admirable es sin duda la fortaleza de Régulo; -erízanse los cabellos al leer las valientes pinceladas con que le -retrata Horacio (L. 3, od. 5); y el libro se cae de las manos al llegar -el terrible lance en que: - - Fertur pudicae confugis osculum - Parvosque natos, ut capitis minor, - A se removisse, et virilem - Torvus humi possuisse vultum. - -Pero, sobreponiéndonos á la profunda impresión que nos causa tanto -heroísmo, y al entusiasmo que excita en nuestro pecho todo cuanto -revela una grande alma, no podremos menos de confesar que aquella -virtud rayaba en feroz; y que en el terrible discurso que sale de los -labios de Régulo, hay una política cruel contra la que se levantarían -vigorosamente los sentimientos de humanidad, si no estuviera embargada -y como aterrada nuestra alma, á la vista del sublime desprendimiento -del hombre que habla. - -El Cristianismo no podía avenirse con semejantes doctrinas: no quiso -que se sostuviese la máxima de que, para hacer á los hombres valientes -en la guerra, era necesario dejarlos sin esperanza; y los admirables -rasgos de valor, las asombrosas escenas de inalterable fortaleza y -constancia, que esmaltan por doquiera las páginas de la historia de -las naciones modernas, son un elocuente testimonio del acierto de la -religión cristiana, al proclamar que la suavidad de costumbres no -estaba reñida con el heroísmo. Los antiguos rayaban siempre en uno de -dos extremos: la molicie ó la ferocidad; entre estos extremos hay un -medio, y este medio lo ha enseñado la religión cristiana. - -Consecuente, pues, el Cristianismo en sus principios de fraternidad -y de amor, tuvo por uno de los objetos más dignos de su caritativo -celo el rescate de los cautivos; y ora miremos los hermosos rasgos de -acciones particulares que nos ha conservado la historia, ora atendamos -al espíritu que ha dirigido la conducta de la Iglesia, encontraremos -un nuevo y bellísimo título para granjear á la religión cristiana la -gratitud de la humanidad. - -Un célebre escritor moderno, M. de Chateaubriand, nos ha presentado en -los bosques de los francos á un sacerdote cristiano esclavo, y esclavo -voluntario, por haberse entregado él mismo á la esclavitud en rescate -de un soldado cristiano que gemía en el cautiverio, y que había dejado -su esposa en el desconsuelo, y á tres hijos en la orfandad y en la -pobreza. El sublime espectáculo que nos ofrece Zacarías, sufriendo -con serena calma la esclavitud por el amor de Jesucristo y de aquel -infeliz á quien había libertado, no es una mera ficción del poeta; en -los primeros siglos de la Iglesia viéronse en abundancia semejantes -ejemplos, y el que haya llorado al ver el heroico desprendimiento y -la inefable caridad de Zacarías, puede estar seguro de que con sus -lágrimas ha pagado un tributo á la verdad. «Á muchos de los nuestros -hemos conocido, dice el Papa San Clemente, que se entregaron ellos -mismos al cautiverio para rescatar á otros.» (Carta 1 á los Corin., c. -55.) - -Era la redención de los cautivos un objeto tan privilegiado, que estaba -prevenido por antiquísimos cánones que, si esta atención lo exigía, se -vendiesen las alhajas de las iglesias, hasta sus vasos sagrados: en -tratándose de los infelices cautivos, no tenía límites la caridad; el -celo saltaba todas las barreras, hasta llegar al caso de mandarse que, -por malparados que se hallasen los negocios de una iglesia, primero que -á su reparación, debía atenderse á la redención de los cautivos. (Cuas. -12, q. 2.) Al través de los trastornos que consigo trajo la irrupción -de los bárbaros, vemos que la Iglesia, siempre constante en su -propósito, no desmiente la generosa conducta con que había principiado. -No cayeron en olvido ni en desuso las disposiciones benéficas de los -antiguos cánones, y las generosas palabras del santo obispo de Milán en -favor de los cautivos, encontraron un eco, que nunca se interrumpió, á -pesar del caos de los tiempos. (V. S. Ambros., de off. L. 2, c. 15.) -Por el canon 5 del concilio de Macón, celebrado en 585, vemos que los -sacerdotes se ocupaban en el rescate de los cautivos, empleando para -ello los bienes eclesiásticos; el de Reims, celebrado en el año 625, -impone la pena de suspensión de sus funciones al obispo que deshaga -los vasos sagrados; añadiendo, empero, generosamente: «_por cualquier -otro motivo que no sea el de redimir cautivos_»; y mucho tiempo después -hallamos en el canon 12 del de Verneuil, celebrado en el año 844, que -los bienes de la Iglesia servían para la redención de cautivos. - -Restituído á la libertad el cautivo, no le dejaba sin protección la -Iglesia, antes se la continuaba con solicitud, librándole cartas -de recomendación; seguramente con el doble objeto de guardarle de -nuevas tropelías en su viaje, y de que no le faltasen los medios para -repararse de los quebrantos sufridos en el cautiverio. De este nuevo -género de protección tenemos un testimonio en el canon 2 del concilio -de Lión, celebrado en 583, donde se dispone: que los obispos deben -poner en las cartas de recomendación que dan á los cautivos, la fecha, -y el precio del rescate. - -De tal manera se desplegó en la Iglesia el celo por la redención de -los cautivos, que hasta se llegaron á cometer imprudencias, que se -vió en la necesidad de reprimirlas la autoridad eclesiástica. Pero -estos mismos excesos nos indican hasta qué punto llegaba el celo, pues -que por su impaciencia caía en extravíos. Sabemos por un concilio -celebrado en Irlanda, llamado de San Patricio, y que tuvo lugar por -los años de 451 ó 456, que algunos clérigos se ocupaban en procurar -la libertad de los cautivos haciéndoles huir; exceso que reprime -con mucha prudencia el concilio en su canon 32, disponiendo que el -eclesiástico que quiera redimir cautivos, lo haga con su dinero, pues -que el robarlos para hacerles huir, daba ocasión á que los clérigos -fuesen mirados como ladrones, y redundaba en deshonra de la Iglesia. -Documento notable, que, si bien nos manifiesta el espíritu de orden -y de equidad que dirige á la Iglesia, no deja, al propio tiempo, de -indicarnos cuán profundamente estaba grabado en los ánimos lo santo, lo -meritorio, lo generoso que era el dar libertad á los cautivos, pues que -algunos llegaban al exceso de persuadirse de que la bondad de la obra -autorizaba la violencia. - -Es también muy loable el desprendimiento de la Iglesia en este punto: -una vez invertidos sus bienes en la redención de un cautivo, no quería -que se la recompensase en nada, aun cuando alcanzasen á hacerlo las -facultades del redimido. De esto tenemos un claro testimonio en las -cartas del Papa San Gregorio, donde vemos que, estando recelosas -algunas personas, libradas del cautiverio con la plata de la Iglesia, -de si con el tiempo podría venir caso en que se les pidiera la cantidad -expendida, les asegura el Papa que no, y manda que nadie se atreva á -molestarles ni á ellos ni á sus herederos, en ningún tiempo, atendido -que los sagrados cánones permiten invertir los bienes eclesiásticos en -la redención de los cautivos. (L. 7, ep. 14.) - -Este celo de la Iglesia por tan santa obra debió de contribuir -sobremanera á disminuir el número de los esclavos; y fué mucho más -saludable su influencia por haberse desplegado cabalmente en las épocas -de más necesidad; es decir, cuando, por la disolución del imperio -romano, por la irrupción de los bárbaros, por la fluctuación de los -pueblos, que fué el estado de Europa durante muchos siglos, y por la -ferocidad de las naciones invasoras, eran tan frecuentes las guerras, -y tan repetidos los trastornos, y tan familiar se había hecho por -doquiera el reinado de la fuerza. Á no haber mediado la acción benéfica -y libertadora del Cristianismo, lejos de disminuirse el inmenso número -de los esclavos legado por la sociedad vieja á la sociedad nueva, se -habría acrecentado más y más: porque dondequiera que prevalece el -derecho brutal de la fuerza, si no le sale al paso para contenerla y -suavizarla algún poderoso elemento, el humano linaje camina rápidamente -al envilecimiento, resultando, por necesidad, el que la esclavitud gane -terreno. - -Ese lamentable estado de fluctuación y de violencia, era de suyo muy -á propósito para inutilizar los esfuerzos que hacía la Iglesia en la -abolición de la esclavitud; y no le costaba escaso trabajo el impedir -que se malograse por una parte lo que ella procuraba remediar por -otra. La falta de un poder central, la complicación de las relaciones -sociales, pocas bien deslindadas, muchas violentas, y todas sin prenda -de estabilidad, hacía que estuviesen mal seguras las propiedades y -las personas, y que, así como eran invadidas aquéllas, fueran éstas -privadas de su libertad. Por manera que era menester evitar que hiciese -ahora la violencia de los particulares, lo que antes hacían las -costumbres y la legislación. Así vemos que en el canon 3 del concilio -de Lión, celebrado por los años de 566, se excomulga á los que retienen -injustamente en la esclavitud á personas libres; en el canon 17 del de -Reims, celebrado en el año 625, se prohibe bajo pena de excomunión el -perseguir á personas libres para reducirlas á esclavitud; en el canon -27 del de Londres, celebrado en el año 1102, se prohibe la bárbara -costumbre de hacer comercio de hombres cual si fueran brutos animales; -y en el capítulo 7 del concilio de Coblenza, celebrado en el año 922, -se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano para venderlo. -Declaración notable, en que la libertad es tenida en tanto precio, que -se la equipara con la vida. - -Otro de los medios de que se valió la Iglesia para ir aboliendo la -esclavitud, fué el dejar á los infelices que por su pobreza hubiesen -caído en ese estado, camino abierto para salir de él. Ya he notado más -arriba que la indigencia era una de las fuentes de la esclavitud; y -hemos visto el pasaje de Julio César, en que nos dice cuán general era -esto entre los galos. Sabido es también que, por el derecho antiguo, -el que había caído en la esclavitud, no podía recuperar su libertad -sino conforme á la voluntad de su amo; pues que, siendo el esclavo una -verdadera propiedad, nadie podía disponer de ella sin consentimiento -del dueño, y mucho menos el mismo esclavo. Este derecho era muy -corriente, supuestas las doctrinas paganas; pero el Cristianismo miraba -la cosa con otros ojos; y, si el esclavo era una propiedad, no dejaba -por esto de ser hombre. Así fué que la Iglesia no quiso seguir en este -punto las estrictas reglas de las otras propiedades; y, en mediando -alguna duda, ó en ofreciéndose alguna oportunidad, siempre se ponía -de parte del esclavo. Previas estas consideraciones, se comprenderá -todo el mérito de un nuevo derecho que introdujo la Iglesia, cual es, -que las personas libres que hubiesen sido vendidas ó empeñadas por -necesidad, tornasen á su estado primitivo, en devolviendo el precio que -hubiesen recibido. - -Este derecho, que se halla expresamente consignado en un concilio de -Francia, celebrado por los años 616, según se cree en Boneuil, abría -anchurosa puerta para recobrar la libertad: pues que, á más de dejar -en el corazón del esclavo la esperanza, con la que podía discurrir y -practicar medios para obtener el rescate, hacía la libertad dependiente -de la voluntad de cualquiera, que, compadecido de la suerte de un -desgraciado, quisiera pagar ó adelantar la cantidad necesaria. -Recuérdese ahora lo que se ha notado sobre el ardiente celo despertado -en tantos corazones para esa clase de obras, y que los bienes de la -Iglesia se daban por muy bien empleados, siempre que podían acudir -al socorro de un infeliz, y se verá la influencia incalculable que -había de tener la disposición que se acaba de mentar; se verá que -esto equivalía á cegar uno de los más abundantes manantiales de la -esclavitud, y abrir á la libertad un anchuroso camino. - - - - -CAPITULO XVIII - - -No dejó también de contribuir á la abolición de la esclavitud la -conducta de la Iglesia con respecto á los judíos. Ese pueblo singular, -que lleva en su frente la marca de un proscripto, que anda disperso -entre todas las naciones, sin confundirse con ellas, como nadan enteras -en un líquido las porciones de una materia insoluble, procura mitigar -su infortunio acumulando tesoros, y parece que se venga del desdeñoso -aislamiento en que le dejan los otros pueblos, chupándoles la sangre -con crecidas usuras. En tiempos de grandes trastornos y calamidades, -que por necesidad debían de acarrear la miseria, podía campear á sus -anchuras el detestable vicio de una codicia desapiadada; y, recientes -como eran la dureza y crueldad de las antiguas leyes y costumbres sobre -la suerte de los deudores, no estimado aún en su justa medida todo el -valor de la libertad, no faltando ejemplos de algunos que la vendían -para salir de un apuro, era urgente evitar el riesgo y no consentir que -tomase sobrado incremento el poderío de las riquezas de los judíos, en -perjuicio de la libertad de los cristianos. - -Que no era imaginario el peligro, demuéstralo el mal nombre que desde -muy antiguo llevan los judíos en la materia; y lo confirman los hechos -que todavía se están presenciando en nuestros tiempos. El célebre -Herder, en su _Adrastea_, se atreve á pronosticar que los hijos de -Israel llegarán con el tiempo, á fuerza de su conducta sistemática -y calculada, á reducir á los cristianos á no ser más que esclavos -suyos: si, pues, en circunstancias infinitamente menos favorables á -los judíos, cabe que hombres distinguidos abriguen semejantes temores, -¿qué no debía recelarse de la codicia inexorable de los judíos en los -desgraciados tiempos á que nos referimos? - -Por estas consideraciones, un observador imparcial, un observador -que no esté dominado del miserable prurito de salir abogando por una -secta cualquiera, con tal que pueda tener la complacencia de inculpar -á la Iglesia católica, aun cuando sea en contra de los intereses de -la humanidad; un observador que no pertenezca á la clase de aquellos -que no se alarmarían tanto de una irrupción de cafres como de una -disposición en que la potestad eclesiástica parezca extender algún -tanto el círculo de sus atribuciones; un observador que no sea tan -rencoroso, tan pequeño, tan miserable, verá, no con escándalo, sino con -mucho gusto, que la Iglesia seguía con prudente vigilancia los pasos de -los judíos, aprovechando las ocasiones que se ofrecían, para favorecer -á los esclavos cristianos, y llegando al fin á madurar el negocio -hasta prohibirles el tenerlos. - -El tercer concilio de Orleans, celebrado en el año 538, en su canon -13 prohibe á los judíos el obligar á los esclavos cristianos á cosas -opuestas á la religión de Jesucristo. Esta disposición, que aseguraba -al esclavo la libertad en el santuario de su conciencia, le hacía -respetable á los ojos de su propio dueño, y era una proclamación -solemne de la dignidad del hombre, en que se declaraba que la -esclavitud no podía extender sus dominios á la sagrada región del -espíritu. Esto, sin embargo, no bastaba, sino que era conveniente -facilitar á los esclavos de los judíos el recobro de la libertad. -Sólo habían pasado tres años cuando se celebró el cuarto concilio -de Orleans, y es notable lo que se adelantó en éste con respecto al -anterior: pues que en su canon 30 permite rescatar á los esclavos -cristianos que huyan á la iglesia, con tal que se pague á los dueños -judíos el precio correspondiente. Si bien se mira, una disposición -semejante debía producir abundantes resultados en favor de la libertad, -dando asa á los esclavos cristianos para que huyesen á la iglesia, -é implorando desde allí la caridad de sus hermanos, lograsen más -fácilmente que se les socorriera con el precio del rescate. - -El mismo concilio, en su canon 31, dispone que el judío que pervierta -á un esclavo cristiano, sea condenado á perder todos sus esclavos. -Nueva sanción á la seguridad de la conciencia del esclavo, nuevo camino -abierto por donde pudiera entrar la libertad. - -Iba la Iglesia avanzando con aquella unidad de plan, con aquella -constancia admirable que han reconocido en ella sus mismos enemigos, -y en el breve espacio que media entre la época indicada y el último -tercio del mismo siglo, se deja notar el adelanto, pues se encuentra en -las disposiciones canónicas mayor empresa, y, si podemos expresarnos -así, mayor osadía. En el concilio de Macón, celebrado en el año 581 -ó 582, en su canon 16 llega á prohibir expresamente á los judíos el -tener esclavos cristianos: y á los existentes permite rescatarlos, -pagando 12 sueldos. La misma prohibición encontramos en el canon 14 -del concilio de Toledo, celebrado en el año 589; por manera que, á -esta época, manifestaba la Iglesia sin rebozo cuál era su voluntad: no -quería absolutamente que un cristiano fuese esclavo de un judío. - -Constante en su propósito, atajaba el mal por todos los medios -posibles, limitando, si era menester, la facultad de vender los -esclavos, en ocurriendo peligro de que pudieran caer en manos de los -judíos. Así vemos que en el canon 9 del concilio de Châlons, celebrado -en el año 650, se prohibe el vender esclavos cristianos fuera del reino -de Clodoveo, con la mira de que no caigan en poder de los judíos. -No todos comprendían el espíritu de la Iglesia en este punto, ni -secundaban debidamente sus miras; pero ella no se cansaba de repetirlas -y de inculcarlas. Á mediados del siglo VII se nota que en España no -faltaban seglares y aun clérigos cristianos que vendieran sus esclavos -á los judíos; pero acude desde luego á reprimir este abuso el concilio -10 de Toledo, tenido en el año 656, prohibiendo en su canon 7 que -los cristianos, y principalmente los clérigos, vendan sus esclavos á -judíos; «porque, añade bellamente el concilio, no se puede ignorar que -estos esclavos fueron redimidos con la sangre de Jesucristo, por cuyo -motivo antes se los debe comprar que venderlos.» - -Esa inefable dignación de un Dios hecho hombre, vertiendo la sangre -por la redención de todos los hombres, era el más poderoso motivo que -inducía á la Iglesia á interesarse con tanto celo en la manumisión -de los esclavos; y, en efecto, no se necesitaba más para concebir -aversión á desigualdad tan afrentosa, que pensar cómo aquellos mismos -hombres, abatidos hasta el nivel de los brutos, habían sido objeto -de las miradas bondadosas del Altísimo, lo mismo que sus dueños, lo -mismo que los monarcas más poderosos de la tierra. «Ya que nuestro -Redentor, decía el Papa San Gregorio, y Criador de todas las cosas, -se dignó propicio tomar carne humana, para que, roto con la gracia de -su divinidad el vínculo de la servidumbre que nos tenía en cautiverio, -nos restituyese á la libertad primitiva, es obra saludable el restituir -por la manumisión su nativa libertad á los hombres, pues que en -su principio á todos los crió libres la naturaleza, y sólo fueron -sometidos al yugo de la servidumbre por el derecho de gentes.» (Lib. 5, -ep. 12.) - -Siempre juzgó la Iglesia muy necesario el limitar todo lo posible la -enajenación de sus bienes; y puede asegurarse que, en general, fué -regla de su conducta, en esta materia, confiar poco en la discreción -de ninguno de los ministros, tomados en particular. Obrando de esta -manera, se proponía evitar las dilapidaciones, que de otra suerte -hubieran sido frecuentes, estando esos bienes desparramados por todas -partes, y encontrándose á cargo de ministros escogidos de todas -las clases del pueblo, y expuestos á la diversidad de influencias -que consigo llevan las relaciones de parentesco, de amistad, y mil -y mil otras circunstancias, efecto de la variedad de índole, de -conocimientos, de prudencia, y aun de tiempos, climas y lugares: por -esto se mostró recelosa la Iglesia en punto á conceder la facultad -de enajenar; y, si venía el caso, sabía desplegar saludable rigor -contra los ministros que olvidasen sus deberes, dilapidando los bienes -que tenían encomendados. Á pesar de todo esto, ya hemos visto que -no reparaba en semejantes consideraciones cuando se trataba de la -redención de cautivos: y se puede también manifestar que, en lo tocante -á la propiedad que consistía en esclavos, miraba la cosa con otros -ojos, y trocaba su rigor en indulgencia. - -Bastaba que los esclavos hubiesen servido bien á la Iglesia, para -que los obispos pudiesen concederles la libertad, donándoles también -alguna cosa para su manutención. Este juicio sobre el mérito de los -esclavos se encomendaba, según parece, á la discreción del obispo; y -ya se ve que semejante disposición abría ancha puerta á la caridad -de los prelados, así como, por otra parte, estimulaba á los esclavos -á observar un comportamiento que les mereciese tan precioso galardón. -Como podía ocurrir que el obispo sucesor, levantando dudas sobre la -suficiencia de los motivos que habían inducido al antecesor á dar -libertad á un esclavo, quisiese disputársela, estaba mandado que los -obispos respetasen en esta parte las disposiciones de sus antecesores; -no tan sólo dejando en libertad á los manumitidos, sino también no -quitándoles lo que el obispo les hubiera señalado, fuese en _tierras_, -_viñas_, ó _habitación_. Así lo encontramos ordenado en el canon 7 del -concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el año 506. Ni obsta el -que en otros lugares se prohiba la manumisión, pues que en ellos se -habla en general, y no concretándose al caso en que los esclavos fuesen -beneméritos. - -Las enajenaciones ó empeños de los bienes eclesiásticos hechos por un -obispo que no dejase nada al morir, debían revocarse; y ya se echa de -ver que la misma disposición está indicando que se trata de aquellos -casos en que el obispo hubiese obrado con infracción de los cánones; -mas, á pesar de esto, si sucedía que el obispo hubiese dado libertad á -algunos esclavos, encontramos que se templaba el rigor, previniéndose -que los manumitidos continuasen gozando de su libertad. Así lo ordenó -el concilio de Orleans, celebrado en el año 541, en su canon 9; dejando -tan sólo á los manumitidos el cargo de prestar sus servicios á la -Iglesia: servicios que, como es claro, no serían otros que los de los -libertos, y que, por otra parte, eran también recompensados con la -protección que á los de esta clase dispensaba la Iglesia. - -Como un nuevo indicio de la indulgencia en punto á los esclavos, puede -también citarse el canon 10 del concilio de Celchite (Celichytense) -en Inglaterra, celebrado en el año 816, canon de que nada menos -resultaba, sino quedar libres en pocos años todos los siervos ingleses -de las iglesias en los países donde se observase; pues que disponía -que á la muerte de un obispo se diese libertad á todos sus siervos -ingleses, añadiendo que cada uno de los demás obispos y abades debía -manumitir tres siervos, dándoles á cada uno tres sueldos. Semejantes -disposiciones iban allanando el camino para adelantar más y más lo -comenzado, y preparando las cosas y los ánimos de manera que, pasado -algún tiempo, pudieran presentarse escenas tan generosas como la -del concilio de Armach, en 1171, en que se dió libertad á todos los -ingleses que se hallaban esclavos en Irlanda. - -Estas condiciones ventajosas de que disfrutaban los esclavos de la -Iglesia, eran de mucho más valor, á causa de una disciplina que se -había introducido que se las hacía inadmisibles. Si los esclavos de -la Iglesia hubieran podido pasar á manos de otros dueños, venido este -caso, se habrían hallado sin derecho á los beneficios que recibían -los que continuaban bajo su poder; pero felizmente estaba permitido -el permutar esos esclavos por otros, y, si salían del poder de la -Iglesia, era quedando en libertad. De esta disciplina tenemos un -expreso testimonio en las Decretales de Gregorio IX (l. 3, t. 19, c. 3 -y 4); y es notable que en el documento que allí se cita, son tenidos -los esclavos de la Iglesia como consagrados á Dios, fundándose en esto -la disposición de que no puedan pasar á otras manos, y que no salgan -de la Iglesia, á no ser para la libertad. Se ve también allí mismo que -los fieles, en remedio de su alma, solían ofrecer los esclavos á Dios -y á sus santos; y, pasando así al poder de la Iglesia, quedaban fuera -del comercio común, sin que pudiesen volver á servidumbre profana. El -saludable efecto que debían producir esas ideas y costumbres, en que -se enlazaba la religión con la causa de la humanidad, no es menester -ponderarlo: basta observar que el espíritu de la época era altamente -religioso, y que todo cuanto se asía del áncora de la religión estaba -seguro de salir á puerto. - -La fuerza de las ideas religiosas que se andaban desenvolviendo -cada día, dirigiendo su acción á todos los ramos, se enderezaba muy -particularmente á substraer por todos los medios posibles al hombre -del yugo de la esclavitud. Á este propósito, es muy digna de notarse -una disposición canónica del tiempo de San Gregorio el Grande. En -un concilio de Roma, celebrado en el año 597, y presidido por este -Papa, se abrió á los esclavos una nueva puerta para salir de su -abyecto estado, concediéndoles que recobrasen la libertad aquellos -que quisiesen abrazar la vida monástica. Son dignas de notarse las -palabras del Santo Papa, pues que en ellas se descubre el ascendiente -de los motivos religiosos, y cómo iban prevaleciendo sobre todas las -consideraciones é intereses mundanos. Este importante documento se -encuentra entre las epístolas de San Gregorio, y se hallará en las -notas al fin de este tomo. - -Sería desconocer el espíritu de aquellas épocas el figurarse que -semejantes disposiciones quedasen estériles; no era así, sino que -causaban los mayores efectos. Puédenos dar de ello una idea lo que -leemos en el decreto de Graciano (Distin. 54, c. 12), donde se ve que -rayaba la cosa en escándalo; pues que fué menester reprimir severamente -el abuso de que los esclavos huían de sus amos ó se iban con pretexto -de religión á los monasterios; lo que daba motivo á que se levantasen -por todas partes quejas y clamores. Como quiera, y aun prescindiendo de -lo que nos indican esos abusos, no es difícil conjeturar que no dejaría -de cogerse abundante fruto, ya por procurarse la libertad de muchos -esclavos; ya también porque los realzaría en gran manera á los ojos del -mundo, el verlos pasar á un estado, que luego fué tornando creces, y -adquiriendo inmenso prestigio y poderosa influencia. - -Contribuirá no poco á darnos una idea del profundo cambio que por -esos medios se iba obrando en la organización social, el pararnos un -momento á considerar lo que acontecía con respecto á la ordenación de -los esclavos. La disciplina de la Iglesia sobre este punto era muy -consecuente con sus doctrinas. El esclavo era un hombre como los -demás, y por esta parte podía ser ordenado lo mismo que el primer -magnate; pero, mientras estaba sujeto á la potestad de su dueño, -carecía de la independencia necesaria á la dignidad del augusto -ministerio, y por esta razón se exigía que el esclavo no pudiese ser -ordenado, sin ser antes puesto en libertad. Nada más razonable, más -justo ni más prudente que esta limitación en una disciplina que, por -otra parte, era tan noble y generosa; en esa disciplina que por sí sola -era una protesta elocuente en favor de la dignidad del hombre, una -solemne declaración de que, por tener la desgracia de estar sufriendo -la esclavitud, no quedaba rebajado del nivel de los demás hombres, pues -que la Iglesia no tenía á mengua el escoger sus ministros entre los que -habían estado sujetos á la servidumbre; disciplina altamente humana y -generosa, pues que, colocando en esfera tan respetable á los que habían -sido esclavos, tendía á disipar las preocupaciones contra los que se -hallaban en dicho estado, y labraba relaciones fuertes y fecundas, -entre los que á él pertenecían, y la más acatada clase de los hombres -libres. - -En esta parte llama sobremanera la atención el abuso que se había -introducido de ordenar á los esclavos sin consentimiento de sus dueños: -abuso muy contrario, en verdad, á los sagrados cánones, y que fué -reprimido con laudable celo por la Iglesia, pero que, sin embargo, -no deja de ser muy útil al observador para apreciar debidamente el -profundo efecto que andaban produciendo las ideas é instituciones -religiosas. Sin pretender disculpar en nada lo que en eso hubiera de -culpable, bien se puede hacer también méritos del mismo abuso; pues -que los abusos muchas veces no son más que exageraciones de un buen -principio. Las ideas religiosas estaban mal avenidas con la esclavitud, -ésta se hallaba sostenida por las leyes, y de aquí esa lucha incesante -que se presentaba bajo diferentes formas, pero siempre encaminada al -mismo blanco, á la emancipación universal. Con mucha confianza se -pueden emplear en la actualidad ese linaje de argumentos, ya que los -más horrendos atentados de las revoluciones los hemos visto excusar con -la mayor indulgencia, sólo en gracia de los principios de que estaban -imbuídos los revolucionarios, y de los fines que llevaba la revolución, -que eran el cambiar enteramente la organización social. - -Curiosa es la lectura de los documentos que sobre este abuso nos han -quedado, y que pueden leerse por extenso al fin de este volumen, -sacados del Decreto de Graciano. (Dist. 54, c. 9, 10, 11, 12.) -Examinándolos con detenimiento se echa de ver: 1.º Que el número de -esclavos que por este medio alcanzaban libertad era muy numeroso, pues -que las quejas y los clamores que en contra se levantan son generales. -2.º Que los obispos estaban por lo común á favor de los esclavos, que -llevaban muy lejos su protección, y que procuraban realizar de todos -modos las doctrinas de igualdad, pues que se afirma allí mismo que casi -ningún obispo estaba exento de caer en esa reprensible condescendencia. -3.º Que los esclavos, conociendo ese espíritu de protección, se -apresuraban á deshacerse de las cadenas, y arrojarse en brazos de la -Iglesia. 4.º Que ese conjunto de circunstancias debía de producir en -los ánimos un movimiento muy favorable á la libertad, y que, entablada -tan afectuosa correspondencia entre los esclavos y la Iglesia, á la -sazón tan poderosa é influyente, debió de resultar que la esclavitud se -debilitase rápidamente, caminando los pueblos á esa libertad que siglos -adelante vemos llevada á complemento. - -La Iglesia de España, á cuyo influjo civilizador han tributado tantos -elogios hombres por cierto poco adictos al Catolicismo, manifestó -también en esta parte la altura de sus miras y su consumada prudencia. -Siendo tan grande como hemos visto el celo caritativo á favor de -los esclavos, y tan decidida la tendencia á elevarlos al sagrado -ministerio, era conveniente dejar un desahogo á ese impulso generoso, -conciliándole, en cuanto era dable, con lo que demandaba la santidad -del ministerio. Á este doble objeto se encaminaba sin duda la -disciplina que se introdujo en España de permitir la ordenación de -los esclavos de la Iglesia, manumitiéndolos antes, como lo dispone el -canon 74 del 4.º concilio de Toledo, celebrado en el año 633, y como -se deduce también del canon 11 del 9.º concilio también de Toledo, -celebrado en el año 655, donde se manda que los obispos no puedan -introducir en el clero á los siervos de la Iglesia sin haberles dado -antes libertad. - -Es notable que esta disposición se ensanchó en el canon 18 del concilio -de Mérida, celebrado en el año 666, donde se concede, hasta á los -curas párrocos, el escoger para sí clérigos entre los siervos de su -iglesia, con la obligación, empero, de mantenerlos según sus rentas. -Con esta disciplina sin cometer ninguna injusticia se salvaban todos -los inconvenientes que podía traer consigo la ordenación de los -esclavos; y, además, se conseguían muy benéficos resultados por una vía -más suave: porque, ordenándose siervos de la misma iglesia, era más -fácil que se los pudiera escoger con tino, echando mano de aquellos -que más lo merecieran por sus dotes intelectuales y morales: se abría -también ancha puerta para que pudiese la Iglesia emancipar sus siervos, -haciéndolo por un conducto tan honroso, cual era el de inscribirlos -en el número de sus ministros, y, finalmente, dábase á los legos un -ejemplo muy saludable, pues que, si la Iglesia se desprendía tan -generosamente de sus esclavos, y era en este punto tan indulgente, que, -sin limitarse á los obispos, extendía la facultad hasta á los curas -párrocos, no debía tampoco ser tan doloroso á los seglares el hacer -algún sacrificio de sus intereses en pro de la libertad de aquellos que -pareciesen llamados á tan santo ministerio. - - - - -CAPITULO XIX - - -Así andaba la Iglesia deshaciendo, por mil y mil medios, la cadena de -la servidumbre, sin salirse, empero, nunca de los límites señalados -por la justicia y la prudencia: así procuraba que desapareciese de -entre los cristianos ese estado degradante, que de tal modo repugnaba -á sus grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre, á sus generosos -sentimientos de fraternidad y de amor. Dondequiera que se introduzca -el Cristianismo, las cadenas de hierro se trocarán en suaves lazos, y -los hombres abatidos podrán levantar con nobleza su frente. Agradable -es sobremanera el leer lo que pensaba sobre este punto uno de los -más grandes hombres del Cristianismo: San Agustín. (_De Civit. Dei_, -1. 19, c. 14, 15, 16.) Después de haber sentado en pocas palabras la -obligación del que manda, sea padre, marido ó señor, de mirar por el -bien de aquel á quien manda, encontrando así uno de los cimientos de -la obediencia en la misma utilidad del que obedece; después de haber -dicho que los justos no mandan por prurito ni soberbia, sino por el -deseo de hacer bien á sus súbditos: «_neque enim dominandi cupiditate -imperant, sed officia consulendi, nec principandi superbia, sed -providendi misericordia_»; después de haber proscripto con tan nobles -doctrinas toda opinión que se encaminara á la tiranía, ó que fundase la -obediencia en motivos de envilecimiento; como si temiese alguna réplica -contra la dignidad del hombre, enardécese de repente su grande alma, -aborda de frente la cuestión, la eleva á su altura más encumbrada, y, -desatando sin rebozo los nobles pensamientos que hervían en su frente, -invoca en su favor el orden de la naturaleza, y la voluntad del mismo -Dios, exclamando: «Así lo prescribe el orden natural, así crió Dios -al hombre; díjole que dominara á los peces del mar, á las aves del -cielo, y á los reptiles que se arrastran sobre la tierra. _La criatura -racional, hecha á su semejanza, no quiso que dominase sino á los -irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre al bruto._» - -Este pasaje de San Agustín es uno de aquellos briosos rasgos que se -encuentran en los escritores de genio, cuando, atormentados por la -vista de un objeto angustioso, sueltan la rienda á la generosidad -de sus ideas y pensamientos, expresándose con osada valentía. El -lector, asombrado con la fuerza de la expresión, busca, suspenso y sin -aliento, lo que está escrito en las líneas que siguen, como abrigando -un recelo de que el autor se haya extraviado, seducido por la nobleza -de su corazón y arrastrado por la fuerza de su genio; pero se siente -un placer inexplicable cuando se descubre que no se ha apartado del -camino de la sana doctrina, sino que únicamente ha salido, cual -gallardo atleta, á defender la causa de la razón, de la justicia y de -la humanidad. Tal se nos presenta aquí San Agustín: la vista de tantos -desgraciados como gemían en la esclavitud, víctimas de la violencia y -caprichos de los amos, atormentaba su alma generosa; mirando al hombre -á la luz de la razón y de las doctrinas cristianas, no encontraba -motivo por que hubiese de vivir en tanto envilecimiento una porción -tan considerable del humano linaje; y por eso, mientras proclama las -doctrinas que acabo de indicar, lucha por encontrar el origen de tamaña -ignominia, y, no hallándola en la naturaleza del hombre, la busca en el -pecado, en la maldición. «Los primeros justos, dice, fueron más bien -constituídos pastores de ganados que no reyes de hombres, dándonos -Dios á entender con esto lo que pedía el orden de las criaturas, y lo -que exigía la pena del pecado: pues que la condición de la servidumbre -fué con razón impuesta al pecador; y por esto no encontramos en las -Escrituras la palabra _sirvió_ hasta que el justo Noé la arrojó como -un castigo sobre su hijo culpable. De lo que se sigue que este nombre -vino de la culpa, no de la naturaleza.» - -Este modo de mirar la esclavitud como hija del pecado, como un fruto de -la maldición de Dios, era de la mayor importancia; pues que, dejando -salva la dignidad de la naturaleza del hombre, atajaba de raíz todas -las preocupaciones de superioridad natural que en su desvanecimiento -pudieran atribuirse los libres. Quedaba también despejada la esclavitud -del valor que podía darle el ser mirada como un pensamiento político, -ó medio de gobierno; pues sólo se debía considerarla como una de -tantas plagas arrojadas sobre la humanidad por la cólera del Altísimo. -En tal caso, los esclavos tenían un motivo de resignación; pero la -arbitrariedad de los amos encontraba un freno, y la compasión de todos -los libres, un estímulo; pues que, habiendo nacido todos en culpa, -todos hubieran podido hallarse en igual estado; y, si se envanecían por -no haber caído en él, no tenían más razón que quien se gloriase, en -medio de una epidemia, de haberse conservado sano, y se creyese por eso -con derecho de insultar á los infelices enfermos. En una palabra, el -estado de la esclavitud era una plaga, y nada más; era como la peste, -la guerra, el hambre ú otras semejantes; y por esta causa era deber de -todos los hombres el procurar, por de pronto, aliviarla, y el trabajar -para abolirla. - -Semejantes doctrinas no quedaban estériles; proclamadas á la faz -del mundo, resonaban vigorosamente por los cuatro ángulos del orbe -católico: y, á más de ser puestas en práctica como lo acabamos de ver -en ejemplos innumerables, eran conservadas, como una teoría preciosa -al través del caos de los tiempos. Habían pasado ocho siglos, y las -vemos reproducidas por otra de las lumbreras más resplandecientes de -la Iglesia católica: Santo Tomás de Aquino. (1 p, q. 96, art. 4.) En -la esclavitud no ve tampoco ese grande hombre, ni diferencia de razas, -ni la inferioridad imaginaria, ni medios de gobierno; no acierta á -explicársela de otro modo que considerándola como una plaga acarreada á -la humanidad por el pecado del primer hombre. - -Tanta es la repugnancia con que ha sido mirada entre los cristianos la -esclavitud, tan falso es lo que asienta M. Guizot de que «á la sociedad -cristiana no la confundiese ni irritase ese estado». Por cierto que -no hubo aquella confusión é irritación ciegas, que, salvando todas -las barreras, y no reparando en lo que dicta la justicia y aconseja -la prudencia, se arrojan sin tino á borrar la marca de abatimiento é -ignominia; pero, si se habla de aquella confusión é irritación que -resultan de ver oprimido y ultrajado al hombre, que no están, empero, -reñidas con una santa resignación y longanimidad, y que, sin dar -treguas á la acción de un celo caritativo, no quieren, sin embargo, -precipitar los sucesos, antes los preparan maduramente para alcanzar -efecto más cumplido; si hablamos de esta santa confusión é irritación, -¿cabe mejor prueba de ella, que los hechos que he citado, que las -doctrinas que he recordado? ¿cabe protesta más elocuente contra la -duración de la esclavitud que la doctrina de los dos insignes doctores, -que, como acabamos de ver, la declaran un fruto de maldición, un -castigo de la prevaricación del humano linaje; que no la pueden -concebir sino poniéndola en la misma línea de las grandes plagas que -afligen á la humanidad? - -Las profundas razones que mediaron para que la Iglesia recomendase á -los esclavos la obediencia, bastante las llevo evidenciadas, y no puede -haber nadie imparcial que se lo achaque á olvido de los derechos del -hombre. Ni se crea por eso que faltase en la sociedad cristiana la -firmeza necesaria para decir la verdad toda entera, con tal que fuera -verdad saludable. Tenemos de ello una prueba en lo que sucedió con -respecto al matrimonio de los esclavos: sabido es que no era reputado -como tal, y que ni aun podían contraerle sin el consentimiento de sus -amos, so pena de considerarse como nulo. Había en esto una usurpación, -que luchaba abiertamente con la razón y la justicia: ¿qué hizo, pues, -la Iglesia? Rechazó sin rodeos tamaña usurpación. Oigamos, ó si no, -lo que decía el Papa Adriano I. «Según las palabras del Apóstol, así -como en Cristo Jesús no se ha de remover de los sacramentos de la -Iglesia ni al libre ni al esclavo, así tampoco entre los esclavos no -deben de ninguna manera prohibirse los matrimonios; y, si los hubieren -_contraído contradiciéndolo y repugnándolo los amos, de ninguna manera -se deben por eso disolver_.» (_De Coniu. serv._, l. 4., t. 9, c. 1.) -Esta disposición, que aseguraba la libertad de los esclavos en uno -de los puntos más importantes, no debe ser tenida como limitada á -determinadas circunstancias; era algo más, era una proclamación de -su libertad en esta materia, era que la Iglesia no quería consentir -que los hombres estuviesen al nivel de los brutos, viéndose forzados -á obedecer al capricho ó al interés de otro hombre, sin consultar -siquiera los sentimientos del corazón. Así lo entendía Santo Tomás, -pues que sostiene abiertamente que, en punto á contraer matrimonio, _no -deben los esclavos obedecer á sus dueños_. (2.ª 2.^{ae}, q. 104, art. -5.) - -En el rápido bosquejo que acabo de trazar, he cumplido, según creo, -con lo que al principio insinué: de que no adelantaría una proposición -que no la apoyara en irrecusables documentos, sin dejarme extraviar -por el entusiasmo á favor del Catolicismo, hasta atribuirle lo que -no le pertenezca. Velozmente, á la verdad, hemos atravesado el caos -de los siglos: pero se nos han presentando, en diversísimos tiempos -y lugares, pruebas convincentes de que el Catolicismo es quien ha -abolido la esclavitud, á pesar de las ideas, de las costumbres, de los -intereses, de las leyes que formaban un reparo, al parecer invencible; -y todo sin injusticias, sin violencias, sin trastornos, y todo con la -más exquisita prudencia, con la más admirable templanza. Hemos visto -á la Iglesia católica desplegar contra la esclavitud un ataque tan -vasto, tan variado, tan eficaz, que, para quebrantarse la ominosa -cadena, no se ha necesitado siquiera un golpe violento; sino que, -expuesta á la acción de poderosísimos agentes, se ha ido aflojando, -deshaciendo, hasta caerse á pedazos. Primero se enseñan en alta voz -las verdaderas doctrinas sobre la dignidad del hombre, se marcan las -obligaciones de los amos y de los esclavos, se los declara iguales -ante Dios, reduciéndose á polvo las teorías degradantes que manchan -los escritos de los mayores filósofos de la antigüedad; luego se -empieza la aplicación de las doctrinas, procurando suavizar el trato -de los esclavos; se lucha con el derecho atroz de vida y muerte, se -les abren por asilo los templos, no se permite que á la salida sean -maltratados, y se trabaja por substituir á la vindicta privada la -acción de los tribunales; al propio tiempo se garantiza la libertad de -los manumitidos enlazándola con motivos religiosos, se defiende con -tesón y solicitud la de los ingenuos, se procura cegar las fuentes -de la esclavitud, ora desplegando vivísimo celo por la redención de -los cautivos, ora saliendo al paso á la codicia de los judíos, ora -abriendo expeditos senderos por donde los vendidos pudiesen recobrar -la libertad; se da en la Iglesia el ejemplo de la suavidad y del -desprendimiento, se facilita la emancipación admitiendo á los esclavos -á los monasterios y al estado eclesiástico, y por otros medios que iba -sugiriendo la caridad: y así, á pesar del hondo arraigo que tenía la -esclavitud en la sociedad antigua, á pesar del trastorno traído por la -irrupción de los bárbaros, á pesar de tantas guerras y calamidades de -todos géneros, con que se inutilizaba en gran parte el efecto de toda -acción reguladora y benéfica, se vió, no obstante, que la esclavitud, -esa lepra que afeaba á las civilizaciones antiguas, fué disminuyéndose -rápidamente en las naciones cristianas, hasta que al fin desapareció. - -No se descubre, por cierto, un plan concebido y concertado por los -hombres; mas, por lo mismo que sin ese plan se nota tanta unidad de -tendencias, tanta identidad de miras, tanta semejanza en los medios, -hay una prueba evidente del espíritu civilizador y libertador entrañado -por el Catolicismo; y los verdaderos observadores se complacerán, sin -duda, en ver en el cuadro que acabo de presentar, cuál concuerdan -admirablemente en dirigirse al mismo blanco, los tiempos del imperio, -los de la irrupción de los bárbaros, y los de la época del feudalismo; -y, más que en aquella mezquina regularidad que distingue lo que es -obra exclusiva del hombre, se complacerán, repito, los verdaderos -observadores, en andar recogiendo los hechos desparramados en aparente -desorden, desde los bosques de la Germania hasta las campiñas de la -Bética, desde las orillas del Támesis hasta las márgenes del Tiber. - -Estos hechos yo no los he fingido; anotadas van las épocas, citados -los concilios; al fin de este volumen encontrará el lector, originales -y por extenso, los textos que aquí he extractado y resumido, y allí -podrá cerciorarse plenamente de que no le he engañado. Que, si tal -hubiera sido mi intención, á buen seguro que no hubiera descendido al -terreno de los hechos: entonces habría divagado por las regiones de -las teorías; habría pronunciado palabras pomposas y seductoras; habría -echado mano de los medios más á propósito para encantar la fantasía -y excitar los sentimientos; me habría colocado en una de aquellas -posiciones, en que puede un escritor suponer á su talante cosas que -jamás han existido, y lucir, con harto escaso trabajo, las galas de la -imaginación y la fecundidad del ingenio. Me he impuesto una tarea algo -más penosa, quizás no tan brillante, pero ciertamente más fecunda. - -Y ahora podremos preguntar á M. Guizot, cuáles han sido las _otras -causas_, las _otras ideas_, los _otros principios_ de _civilización_, -cuyo completo desarrollo, según nos dice, ha sido necesario _para que -triunfase al fin la razón, de la más vergonzosa de las iniquidades_. -Esas causas, esas ideas, esos principios de civilización que, según -él, ayudaron á la Iglesia en la abolición de la esclavitud, menester -era explicarlos, indicarlos cuando menos; que así el lector hubiera -podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no -brotaron del seno de la Iglesia, ¿dónde estaban? ¿Estaban en los -restos de la civilización antigua? Pero los restos de una civilización -destrozada, y casi aniquilada, ¿podrían hacer lo que no hizo ni -pensó hacer jamás esa misma civilización cuando se hallaba en todo -su vigor, pujanza y lozanía? ¿Estaban quizás en el individualismo de -los bárbaros, cuando este individualismo era inseparable compañero de -la violencia, y, por consiguiente, debía ser una fuente de opresión -y esclavitud? ¿Estaban quizás en el patronazgo militar, introducido, -según Guizot, por los mismos bárbaros, que puso los cimientos de esa -organización aristocrática, convertida más tarde en feudalismo? Pero, -¿qué tenía que ver ese patronazgo con la abolición de la esclavitud, -cuando era lo más á propósito para perpetuarla en los indígenas de -los países conquistados, y extenderla á una porción considerable -de los mismos conquistadores? ¿Dónde está, pues, una idea, una -costumbre, una institución que, sin ser hija del Cristianismo, haya -contribuído á la abolición de la esclavitud? Señálese la época de su -nacimiento, el tiempo de su desarrollo; muéstresenos que no tuvo su -origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que él no puede -pretender exclusivamente el honroso título de haber abolido estado -tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella -idea, costumbre ó institución que haya tomado una parte en la bella y -grandiosa empresa de libertar á la humanidad. - -Y ahora, bien se puede preguntar á las Iglesias protestantes, á esas -hijas ingratas que, después de haberse separado del seno de su madre, -se empeñan en calumniarla y afearla: ¿dónde estabais vosotras cuando la -Iglesia católica iba ejecutando la inmensa obra de la abolición de la -esclavitud? ¿Cómo podréis achacarle que simpatiza con la servidumbre, -que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? ¿Podréis -vosotras presentar un título, que así os merezca la gratitud del -linaje humano? ¿Qué parte podéis pretender en esa grande obra, que es -el primer cimiento que debía echarse para el desarrollo y grandor de -la civilización europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llevó á cabo el -Catolicismo; y solo hubiera conducido á la Europa á sus altos destinos, -si vosotras no hubierais venido á torcer la majestuosa marcha de esas -grandes naciones, arrojándolas desatentadamente por un camino sembrado -de precipicios: camino cuyo término está cubierto con densas sombras, -en medio de las cuales sólo Dios sabe lo que hay.[15] - - - - -NOTAS - - - [1] Pág. 11.--_La historia de las variaciones de los - protestantes_, de Bossuet, es una de aquellas obras que - agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten - añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa - del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no - queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad. - Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho - católico, abandonando la religión protestante, en que había - sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia - católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no - disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre - escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la - relación del efecto que le produjo su lectura; dice así: - «En la _Historia de las variaciones_, ataque tan vigoroso - como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de - raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las - incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros - reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente, - llevan el carácter del error, mientras que la no _interrumpida - unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la - infalible verdad_: leí, aprobé, creí.» (_Gibbon, Memorias._) - - [2] Pág. 13.--Lutero, á quien se empeñan todavía algunos - en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de - pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la - humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y - evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada - grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey - de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado - _de Captivitate Babilonica_, y, enojado este por semejante - atrevimiento, escribe al Rey, llamándole _sacrílego_, _loco_, - _insensato_, _el más grosero de todos los puercos y de todos - los asnos_. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto - ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito. - Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos - el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto, - no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no - obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo, - así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que, - lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía - obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso - jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba - á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué - desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia, - hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal - miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando - leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En - sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió - Lutero su carácter, llamándolos hombres _condenados_, - _insensatos_, _blasfemos_. Cuando así trataba á sus compañeros - disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores - de Lovaina _verdaderas bestias_, _puercos_, _paganos_, - _epicúreos_, _ateos_; que prorrumpiese en otras expresiones - que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose - contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo - el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna - de los magistrados; que en este punto sólo podía caber - arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada; - y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos - como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran - reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y - libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería - fácil aducir muchas otras pruebas. - - No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia - de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir - sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta - verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo - querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha - tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía, - escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la - cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible - explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de - escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que - no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y - veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y - se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento - generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano! - La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más - de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se - manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que - da á sus adversarios. _Malvados_, _tunantes_, _borrachos_, - _locos_, _furiosos_, _rabiosos_, _bestias_, _toros_, - _puercos_, _asnos_, _perros_, _viles esclavos de Satanás_: he - aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos - del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría - añadir, si no temiese fastidiar á los lectores! - - [3] Pág. 14.--En la dieta de Espira se había hecho un decreto - que contenía varias disposiciones relativas al cambio de - religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse - á este decreto y presentaron una _protesta_; de aquí vino - que los disidentes empezaron á llamarse _protestantes_. Como - este nombre es la condenación de las Iglesias separadas, - han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre - en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre - falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se - llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente - al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos, - pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio, - sino á la _Biblia_. Llámanse también á veces _reformados_, y - algunos suelen apellidar al Protestantismo _Reforma_; pero - basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad. - _Revolución religiosa_ le cuadraría mucho mejor. - - [4] Pág. 15.--El conde de Maistre, en su obra _Del Papa_, - ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera - inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy - atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombre - _positivo_ y propio, con que se llama ella á sí misma, y hace - que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado - varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice, - es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en - persona podría escribir sobre la puerta de su casa: _Palacio - de Artemisa_. La dificultad está en obligar á los demás á - darnos el nombre que nosotros escogemos.» - - No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese - argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San - Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se - llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no - son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.» - _Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos, - montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi - esse Sinagogam._ (_Hieron., lib. adversus Luciferanios._) - «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de - católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le - obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar - católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino - les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes - se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «_Tenet me in - Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter - tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes - haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino - alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum, - vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere._» (_S. Aug._) - Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado - también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello - testimonio los que han visitado aquellos países en que hay - diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII y - que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos - quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los - llaman luteranos y calvinistas. _Singuli volunt dici catholici - et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis - nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur._» - (_Caramuel._) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades - de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa - que debieran pesar los heterodoxos: esto es, _que á excepción - del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden - saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes - llama católicos á los romanos_.» (_Habitavi in haereticorum - civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi - auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter - praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet - sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos._) - Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien - que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que - estos argumentos son algo más que sutilezas. - - [5] Pág 36.--Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha - exagerado su influencia en los desastres que en los últimos - siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al - propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza - de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los - primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una - línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en - los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los - segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los - primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido - ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia - que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia - en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas - exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo, - por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En - un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia, - hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el - prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para - deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla - entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las - historia de Fleury. - - Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones - tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos. - Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan - copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería - fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas - colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa, - de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos - verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos - abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad - y la corrupción humanas; segunda, que en todas épocas la - Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego, - asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca - también la correspondiente disposición canónica que lo reprime - ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que - el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos, - sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida - la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se - encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables. - En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era _necesario - que hubiese escándalos_, no porque nadie se halle forzado á - darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano, - que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de - haberlos. - - [6] Pág. 45.--Ese concierto, esa unidad, que se descubren en - el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo - hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas. - Si no suponemos que _hay aquí el dedo de Dios_, ¿cómo será - posible explicar ni concebir la duración del centro de la - unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya - sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada - nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les - presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en - que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los - Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica. - Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por - lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á - gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí - mismo. Helo aquí: - - NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPA - - El muy santo Obispo de la Iglesia } En el concilio de Soissons de - Católica. } 300 Obispos. - - El muy santo y muy feliz Patriarca. } Ibíd., tomo 7. Concil. - - El muy feliz Señor. } S. Agustín., Ep. 95. - - El Patriarca universal. } S. León P, Ep. 62. - - El Jefe de la Iglesia del mundo. } Innoc. ad PP. Concili. - } Milevit. - - El Obispo elevado á la cumbre } S. Cipr., Ep. 3 et 12. - apostólica. } - - El Padre de los Padres. } Concil. de Calced., ses. 3. - - El Soberano Pontífice de los } Ibíd. in praef. - Obispos. } - - El Soberano Sacerdote. } Concil. de Calced., ses. 16. - - El Príncipe de los Sacerdotes. } Esteban Ob. de Cartago. - - El Prefecto de la Casa de Dios, } Concil. de Cartago, Ep. ad - y el Custodio y Guarda de la } Damasum. - viña del Señor. } - - El Vicario de Jesucristo, y el } S. Jerón., praef. in Evang. - Confirmador de la fe de los } ad Damasum. - cristianos. } - - El Sumo Sacerdote. } Valentiniano y toda la - } antigüedad. - - El Soberano Pontífice. } Concil. de Calced., in Ep. ad - } Theod. Imper. - - El Príncipe de los Obispos. } Ibíd. - - El Heredero de los apóstoles. } S. Bern., lib. de Consid. - - Abrahán por el Patriarcado. } S. Ambros., in 1 ad Tim., 3. - - Melquisedech por el orden. } Concil. de Calced., Epist. ad - } Leonem. - - Moisés por la autoridad. } S. Bern., Epist. 190 - - Samuel por la jurisdicción. } Ibíd. et in lib. de Consid. - - Pedro por el poder. } Ibíd. - - Cristo por la unción. } Ibíd. - - El Pastor del aprisco de } Ibíd., lib. 2, Consid. - Jesucristo. } - - El Llavero de la Casa de Dios. } Idem idem, cap. 8. - - El Pastor de todos los pastores. } Ibíd. - - El Pontífice llamado á la plenitud } Ibíd. - del poder. - - San Pedro fué la boca de } S. Crisóst., Homil. 2, in - Jesucristo. } divers. serm. - - La Boca y el Jefe del apostolado. } Orig., Hom. 55, in Matth. - - La Cátedra y la Iglesia principal. } S. Cipr., Ep. 55, ad Corn. - - El Origen de la unidad sacerdotal. } S. Cipr., Epist. 3,2 - - El Lazo de la unidad. } Idem ibíd., 4,2. - - La Iglesia donde reside el poder } Idem ibíd., 3,8. - principal. - - La Iglesia Raíz y Matriz de todas } S. Anaclet. Pap., Epist. ad - las demás Iglesias. } om. Episc. et fidel. - - La Sede sobre la cual ha construído } S. Dámas., Ep., ad univ. - el Señor la Iglesia universal. } Episc. - - El Punto Cardinal y el Jefe de } S. Marcelin., Pap., Epist. ad - todas las Iglesias. } Episc. Antioc. - - El Refugio de los Obispos. } Conc. de Alex., Ep. ad Felic. - } P. - - La Suprema Sede Apostólica. } S. Atanas. - - La Iglesia presidente. } Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de - } SS. Trinit. - - La Sede Suprema que no puede } S. León, in nat. SS. Apost. - ser juzgada por otra. } - - La Iglesia antepuesta á todas las } Víctor de Utica, in lib. de - demás Iglesias. } perfect. - - La primera de todas las Sedes. } S. Próspero, lib. de Ingrat. - - La Fuente apostólica. } S. Ignat., Ep. ad Rom, in - } Suscript. - - El Puerto segurísimo de toda la } Concil. Rom. por S. Gelasio. - Comunión Católica. } - - [7] Pág. 54.--He dicho que los más distinguidos protestantes - sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas - de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta - aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos - al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si - dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las - varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan, - para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de - los concilios y refugiarnos en ellos.» (_Si diutius steterit - mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae - interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei - unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea - confugiamus._) - - Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de - la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una - libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra - parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se - necesitan inspectores para conservar el orden, observar - atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico, - velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los - juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos, - sería menester crearlos. _La monarquía del Papa serviría - también mucho para conservar entre tan diversas naciones la - uniformidad de la doctrina._» - - Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el - centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á - quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.» - (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illi _unum_ - Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in - _unitate_ continerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.) - - «Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice - Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los - nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y, - levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra. - Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que - pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra - al Romano Pontífice, _¿en qué punto de la religión convienen? - Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás - cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro - como impía._» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae - quas describis cogitationes: video nostros palantes omni - doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo - ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione - sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura - sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem - religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano - Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras - omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod - alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream - Duditium.) - - Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el - Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos - en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que - han creído que había muerto católico. Los protestantes le - acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los - católicos que le habían tratado en París, pensaban de la - misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del - insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su - muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que - Grocio en su obra titulada _De Antichristo_ no piensa como - los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es - que en otra obra publicada, _Votum pro pace Ecclesiae_, dice - redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar - fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»; - lo cierto es que en su obra póstuma, _Rivetiani apologetici - discussio_, asienta abiertamente el principio fundamental del - Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse - por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la - sola Sagrada Escritura.» - - La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra - prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín - sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la - contradicción en que estaba con este principio la intolerancia - de los protestantes, pues que, estribando en el examen - privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad, - y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de - que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su - origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de - la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus - principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces - condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar - excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los - mayores desórdenes de la impiedad.» - - Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad - cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de - tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión - que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la - autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas - de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana - para terminar las disputas que se suscitaban en todas - partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si - mismos, y _despedazarse las entrañas con sus propias manos_.» - (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.) - - Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de - Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció - también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de - organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos - de participar del furor de los protestantes contra el Papa, - miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías. - Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones - católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades - religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para - él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se - tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino - á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada - en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á - los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan - singular. En el citado año dióse á luz en París la _Exposición - de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de - pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M. - Emery, antiguo superior general de San Sulpicio_. En esta obra - de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo - título en el manuscrito original es: _Sistema teológico_. El - principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez, - dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí: - «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias - en materia de religión, implorada la asistencia divina, y - depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo - espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido - del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna - opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre - todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que - debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones, - como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable - antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos - más ciertos.» - - Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la - Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo; - adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina - de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos, - el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las - santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del - Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten - los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser - tratados en él, es preciso admitir que el primero de los - obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la - Iglesia entera.» - - [8] Pág. 63.--Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre - la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de - nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la - necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera - aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los - hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con - insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de - los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luis Vives. - - «_Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit - quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum - tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia - imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus - contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut - in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque - ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad - manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae - oculum ad lumen solis_: ea omnia, quae universum hominum - genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum - id in universitate artium est verum, sed in singulis earum, - in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut - ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis: - ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam: - _scire nihil_.» (_Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia. - Lib. 4, cap. 3._) - - Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy - versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana, - había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento - humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las - ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había - propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar - por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su - obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y - ciencias y el modo de enseñarlas. - - Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se - han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros - alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso - de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será - bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á - nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo - á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca: - «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si - no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «_Puto - multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent - pervenisse._» - - [9] Pág. 70.--Es cierto que, al acercarse á los primeros - principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento - rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general - no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y - evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal, - que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la - domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre los - _límites_, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien. - Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; solo - me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen - en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los - elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse - sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte - elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos - puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis - metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar, - si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede - recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por - el distinguido jesuíta español _Eximeno_ á su amigo _Juan - Andrés_, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la - materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede - recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su - título es: _Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium_. - - Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir - en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse - á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los - brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido - este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias - fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad; - allí la _antorcha se apagaba en sus manos_, por valerme de la - expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por - un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y - de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos - sueños de su genio. - - [10] Pág. 73.--Para ver con toda claridad, para sentir con - viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa - más á propósito que recorrer la historia de las herejías, - historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha - tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que - se apellidaba el _legislador de los judíos_, _el reparador - del mundo_, _el Paracleto_, mientras tributaba á su querida - Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán, - predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados - del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios, - puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien - es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por - su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y - profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu - humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en - ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla. - - [11] Pág 79.--Quizás no todos se persuadirán fácilmente de - que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento, - en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer - aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían - escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré - de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde - Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el - pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de - ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas. - Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo - Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus - obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede - darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un - sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la - línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro? - Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo - con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que, - según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus - argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del - caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche, - se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla, - y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no - obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico, - le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda - respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque - la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una - voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí, - dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren - repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede - matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con - sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de - esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El - pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del - Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un - ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca - negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, - pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas - no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se - expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con - la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras - se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la - Ciudad, se le aparece un fantasma _blanco ó negro_, como nos - dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del - apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio. - - ¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton - entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más - ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de - fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo, - nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada - paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la - dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al - nuevo _Evangelio_, una inundación del Tiber, el que en Roma - una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla, - y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro - con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios - indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la - próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente - á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está - temblando por ella á causa de que Marte presenta un aspecto - horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa - muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que - por el otoño serían los astros más favorables á las disputas - eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro - buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre - religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos, - es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por - tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas, - se le pronostica que había de padecer un naufragio en el - Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales. - Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que - el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para - siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría - la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría - de tener en su poder la profecía original, además que los - terremotos que suceden le confirman en su creencia. - - Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado, - ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades - del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto - á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias, - destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos - ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster, - que él llama _La Montaña de Sión_, hace llevar á sus pies todo - el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes, - lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la - distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común, - á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra - que habían de emprender, saliendo de la _Montaña de Sión_, - _para someter_, según decía, _á su poder todas las naciones - de la tierra_; y mueren por fin en un arrojo temerario, en - que se prometía que, _cual nuevo Gedeón_, exterminaría con - un puñado de hombres el _ejército de los impíos_. No faltó á - Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold, - quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este - fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las - calles de Múnster gritando: _El rey de Sión viene_. Entró en - su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo - se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar. - Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y - escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de - ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel. - Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más - adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados - fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de - nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del - nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino - que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose - nada menos que proclamarse _rey_. En tan lastimoso vértigo - estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir - á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar - una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con - el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el - arte de profetizar, se presenta á los _jueces de Israel_ y les - habla de esta manera: _He aquí lo que dice el Señor Dios, el - Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel, - y después de él á David, no siendo más que un simple pastor, - así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión_. Los - jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró - que también había tenido él la misma revelación, que la había - callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro - profeta, era menester resignarse á subir al trono, _para - cumplir las órdenes del Altísimo_. Los jueces insistieron - en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en - la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por - un _profeta_ de parte de Dios una espada desnuda _en señal - de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para - extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del - mundo_, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado - solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con - la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad - real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de - tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á la _santa_ - libertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los - asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se - siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que - los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que - una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños - excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero - ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado - la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían - arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que - con la interpretación individual se les trastornase la cabeza, - y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos? - Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se - indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos - los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio - ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero - encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de - su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa, - exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no - podían también los anabaptistas decir: _que habían hablado con - Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos - los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran - solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las - cosas_? - - Hermán predicando la _matanza de todos los sacerdotes y - magistrados del mundo_; David Jorge proclamando que sólo - su doctrina era perfecta, que _la del antiguo y nuevo - Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de - Dios_; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles, - despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y - enseñando que _era bueno perseverar en el pecado para que - la gracia pudiese abundar_; Macket pretendiendo que había - descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos - de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las - calles de Londres _que el Cristo venía allí con su vaso en - la mano_, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el - trance del suplicio: «_¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los - cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?_» Esos - deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos - recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo - nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox, - William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el - barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan - para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie - de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para - formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más - ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del - espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la - historia, consúltense los autores, no precisamente católicos, - sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se - encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de - esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en - medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los - nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso - del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que - parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada - todavía á escuchar la relación de otras visiones como la - acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á - ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el - cielo Juana Soutchote. - - [12] Pág. 86.--Nada más palpable que la diferencia que media - en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas - partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones - celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven - orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos - ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo - siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba - revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en - España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los - incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de - achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo - de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni - una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo - para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía - entre les protestantes? Después que en la nota anterior se - habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios, - quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello - como apacible. - - Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos - de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor - angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que - viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí, - hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo - ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan - ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije - primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era - grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido, - que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se - abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres - no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta - diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no - lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y - al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me - parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á - las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me - dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (_Vida de Santa - Teresa_, capítulo 29, n.º 11.) - - He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza - una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas - plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran - resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el - ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de - una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose - á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan - buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa - le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla, - quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando - en arrobamiento.» (_Vida_, cap. 28, n.º 7.) - - Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan - vivo colorido, y con tan amable sencillez. - - No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto - género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos - evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia - cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en - olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con - afán, y hacen de ellos lujosas ediciones. - - »Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió - mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber - espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda - clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro - Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi - alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo - (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor, - por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé - que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me - acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á - entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este - espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede - representar, ni ver este Señor, aunque esté siempre presente - dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese - quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente - el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender. - Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que, - con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.» - (_Vida_, capítulo 40, número 4.) - - En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y - presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa, - que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso - sistema. - - «Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor - que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma - en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no - lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este - diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque - no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa - me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí - en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me - acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella - limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (_Vida_, cap. - 40, número 7.) - - Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones - no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni - extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban - el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran - servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría - por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he - dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas - el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo, - ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un - círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus - favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada - de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su - inspiración sea una realidad. - - Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de - la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa - Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la - materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones - de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando - esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á - olvidarla. - - [13] Pág. 96.--He indicado las sospechas que inspiraban - algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de - mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen - únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga - que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así - produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción. - - Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas - que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.» - «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et - utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de - Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que - yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis - de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.» - «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos - vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth. - Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos - sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del - heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las - convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan - Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero, - de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los - otros. _Bendito sea Dios_, respondió Lutero, _pues que sucede - á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me - sucedía_.» (Ioannes Matthesius, condone 12.) - - Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho, - y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen - consignadas expresamente en varios lugares de las obras de - Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen - insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados - en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que - los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no - entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana - duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los - muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis, - omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili, - et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam - hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur - in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus - sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.» - (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg, - in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et - Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese - semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba - haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y - sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «_Aunque - no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el - alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de - muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que - la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen - que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes - expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que - también en la templanza de las conversaciones familiares._» - Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul - cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio: - tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima - pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat - vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter - pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis. - (_Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc._) - - En el mismo siglo XVI no faltaron algunos que, sin curarse de - dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la - incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le - costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los - católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas, - que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado - la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter - y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos - pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos - reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las - conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo - de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber - nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué - ejecutada en el año 1549. - - Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros - escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa - tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos - están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes, - asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que - ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la - condición de su propia esencia.» «_Ils sont plaisants quand, - pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en - a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment - naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la - condition de leur propre essence, etc._» (_Montaigne Es. Tom. - 2, cap. 12._) - - Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al - menos las expresiones que sobre este particular se le habían - escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir - como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible - trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me - sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como - en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un - golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno - de insensibilidad y de indolencia.» «_Je me plonge, la tête - baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et - reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure, - qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un - puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence._» - (_Montaigne Livr. 3, chap. 9._) - - Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese - plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (_Je veux que - la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier - d'elle_), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que, - estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo - aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo - instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse - sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia. - Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel - pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía: - «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes, - que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una - tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira, - á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase - también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un - rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es - preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina - y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á - los más hábiles.» «_En matière de religion il faut s'attacher - à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont - une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus - habiles._» - - Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón - he culpado al Protestantismo de haber sido una de las - principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí - lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer - los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse - á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas, - sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se - encuentre. Añadiré también que, si en el siglo XVII se notó - que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió - de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo - la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino - asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la - Iglesia Católica. - - No me es posible, sin salir de los límites que me he - prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la - correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre - Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á - fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras - de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset, - que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en - París en 1814. - - [14] Pág. 143.--Para formarse idea del estado de la _ciencia_ - al tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse - de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado - á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas - que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la - Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más - informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda. - Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao, - Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres - que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con - la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas - filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de - concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear - un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el - nombre de religión. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y - confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las - antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas; - no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de - corrupción y obscenidad. - - Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera - filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano - saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con - sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión - divina á confundir el desatentado orgullo del hombre, - mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos, - y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa - notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen - estremecer, se apellidaban á sí mismos _Gnósticos_, por el - superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está - visto: el hombre en todos los siglos es el mismo. - - [15] Pág 205.--He creído que no dejaría de ser útil copiar - aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el - texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su - contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la - especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que - carecía. - - - Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud de la - Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los diferentes - medios de que se valió para llevar á cabo la abolición de la - esclavitud. - - - § I - - - (Concilium Eliberitanum, anno 305.) - - Se impone penitencia á la señora que maltrata á su esclava. - - «Si qua domina furore zeli accensa flagris verberaverit - ancillam suam, ita ut in tertium diem animam cum cruciatu - effundat; eo quod incertum sit, voluntate an casu occiderit; - si voluntate, post septem annos, si casu, post quinquenii - tempora, acta legitima poenitentia, ad communionem placuit - admiti. Quod si infra tempora constituta fuerit infirmata, - accipiat communionem.» (Canon 5.) - - Nótese que la palabra _ancillam_ expresa una esclava - propiamente tal, no una sirvienta cualquiera, como se entiende - de aquellas otras palabras _flagris verberaverit_, que era el - castigo propio de los esclavos. - - - (Concilium Epaonense, anno 517.) - - Se excomulga al dueño que por autoridad propia mata á su - esclavo. - - «Si quis servum proprium sine conscientia iudicis occiderit, - excommunicatione biennii effusionem sanguinis expiabit.» - (Canon 34.) - - Esta misma disposición se halla repetida en el canon 15 del - concilio 17 de Toledo, celebrado en el año 694, copiándose el - mismo canon del concilio de Epaona, con muy ligera variación. - - (Ibíd.) El esclavo reo de un delito atroz, se libra de - suplicios corporales, refugiándose en la iglesia. - - «Servus reatu atrociore culpabilis si ad ecclesiam confugerit, - a corporalibus tantum suppliciis excusetur. De capillis vero, - vel quocumque opere, placuit a dominis iuramenta non exigi.» - (Canon 39.) - - - (Concilium Aurelianense quintum, anno 549.) - - Precauciones muy notables para que los amos no maltratasen á - los esclavos que se habían refugiado en las iglesias. - - «De servis vero, qui pro qualibet culpa ad ecclesiae septa - confugerint, id statuimus observandum, ut sicut in antiquis - constitutionibus tenetur scriptum, pro concessa culpa datis a - domino sacramentis, quisquis ille fuerit, expediatur de venia - iam securus. Enim vero si immemor fidei dominus trascendisse - convincitur quod iuravit, ut is qui veniam acceperat, probetur - postmodum pro ea culpa qualicumque supplicio cruciatus, - dominus ille qui immemor fuit datae fidei, sit ab omnium - communione suspensus. Iterum si servus de promissione veniae - datis sacramentis a domino iam securus exire noluerit, ne - sub tali contumacia requirens locum fugae, domino fortasse - dispereat, egredi nolentem a domino eum liceat occupari, - ut nullam, quasi pro retentatione servi, quibuslibet modis - molestiam, aut calumniara patiatur ecclesia: fidem tamen - dominus, quam pro concessa venia dedit, nulla temeritate - trascendat. Quod si aut gentilis dominus fuerit, aut alterius - sectae, qui a conventu ecclesiae probatur extraneus, is qui - servum repetit, personas requirat bonae fidei chistianas, - ut ipsi in persona domini servo praebeant sacramenta: quia - ipsi possunt servare quod sacrum est, qui pro transgressione - ecclesiasticam metuunt disciplinam.» (Can. 22.) - - Difícil es llevar más allá la solicitud para mejorar la suerte - de los esclavos, de lo que se deduce del curioso documento que - se acaba de copiar. - - - (Concilium Emeritense, anno 666.) - - Se prohibe á los obispos la mutilación de sus esclavos, y se - ordena que su castigo se encargue el juez de la ciudad, pero - sin raparlos torpemente. - - «Si regalis pietas pro salute omnium suarum legum dignata est - ponere decreta, cur religio sancta per sancti concilii ordinem - non habeat instituta, quae omnino debent esse cavenda? Ideoque - placuit huic sancto concilio, ut omnis potestas episcopalis - modum suae ponat irae; nec pro quolibet excessu cuilibet ex - familia ecclesiae aliquod corporis membrorum sua ordinatione - praesumat extirpare, aut auferre. Quod si talis emerserit - culpa advocato iudice civitatis, ad examen eius deducatur quod - factum fuisse asseritur. Et quia omnino iustum est ut pontifex - saevissimam non impendant vindictam; quidquid coram iudice - verius patuerit, per disciplinae severitatem absque turpi - decalvatione maneat emendatum.» (Can 15.) - - - (Concilium Teletanum undecimum, anno 675.) - - Se prohibe á los sacerdotes la mutilación de los esclavos. - - «His a quibus domini sacramenta tractanda sunt, iudicium - sanguinis agitare non licet: et ideo magnopere talium - excessibus prohibendum est; ne indiscretae praesumptionis - motibus agitati, aut quod morte plectendum est, sententia - propriae iudicare praesumant, aut truncationes quaslibet - membrorum quibuslibet personis aut per se inferant, aut - inferendas praecipiant. Quod si quisquam horum immemor - praeceptorum, aut ecclesiae, suae familiis, aut in quibuslibet - personis tale quid fecerit, et concessi ordinis honore - privatus, et loco suo, perpetuo damnationis teneatur religatus - ergastulo: cui tamen communio exeunti ex hac vita non neganda - est, propter domini misericordiam, _qui non vult peccatoris - mortem, sed ut convertatur et vivat_.» (Can. 6.) - - Es de notar que, cuando en los dos cánones últimamente - citados se usa de la palabra _familia_, se deben entender los - esclavos. Que ésta es la verdadera acepción de la palabra se - deduce claramente del canon 74 del concilio 4.º de Toledo, - celebrado en el año 633, donde se lee: De _familiis_ ecclesiae - constituere presbiteros et diaconos per parochias liceat..... - ea tamen ratione ut _antea manumissi libertatem status sui - percipiant_.» Lo mismo se deduce del sentido en que emplea - esta palabra el Papa San Gregorio, en su epístola 44, 1. 4. - - - (Concilium Wormatiense, anno 868.) - - Se impone penitencia al amo que por autoridad propia mata á su - esclavo. - - «Si quis servum proprium sine conscientia iudicum qui - tale quid commisserit, quod morte sit dignum, occiderit, - excommunicatione vel poenitentia biennii, reatum sanguinis - emendabit.» (Can. 38) - - «Si qua femina furore zeli accensa, flagris verberaverit - ancillam suam, ita ut intra tertium diem animam suam cum - cruciata efiundat, eo quod incertum sit voluntate, an casu - occiderit; si voluntate, septem annos, si casu, per quinque - annorum tempora legitimam peragat poenitentiam.» (Can. 39.) - - - (Concilium Arausicanum primum, anno 441.) - - Se reprime la violencia de los que se vengaban del asilo - dispensado á los esclavos, apoderándose de los de la Iglesia. - - «Si quis autem mancipia clericorum pro suis mancipiis ad - ecclesiam fugientibus crediderit occupanda, per omnes - ecclesias districtissima damnatione feriatur.» (Can. 6.) - - - § II - - (Ibíd) Se reprime á los que atentan en cualquier sentido - contra la libertad de los manumitidos en la Iglesia, ó que le - hayan sido recomendados por testamento. - - «In ecclesia manumissos, vel per testamentum ecclesiae - commendatos, si quis in servitutem, vel obsequium, vel ad - colonariam conditionem imprimere tentaverit, animadversione - ecclesiastica coerceatur.» (Can. 7.) - - - (Concilium quintum Aurelianense, anno 549.) - - Se asegura la libertad de los manumitidos en las iglesias; - y se prescribe que éstas se encarguen de la defensa de los - libertos. - - «Et quia plurimorum suggestione comperimus, eos qui in - ecclesiis iuxta patrioticam consuetudinem a servitiis fuerunt - absoluti, pro libito quorumcumque iterum ad servitium - revocari, impium esse tractavimus, ut quod in ecclesia Dei - consideratione a vinculo servitutis absolvitur, irritum - habeatur. Ideo pietatis causa communi concilio placuit - observandum, ut quaecumque mancipia ab ingenuis dominis - servitute laxantur, in ea libertate maneant, quam tunc a - dominis perceperunt. Huiusmodi quoque libertas si a quocumque - pulsata fuerit, cum iustitia ab ecclesiis defendatur, praeter - eas culpas, pro quibus leges collatas servis revocare - iusserunt libertates.» (Can. 7.) - - - (Concilium Masticonense secundum, anno 585.) - - Se prescribe que la Iglesia defienda á los libertos, ora hayan - sido manumitidos en el templo, ora hayan pasado largo tiempo - disfrutando la libertad. Se reprime la arbitrariedad de los - jueces que atropellaban á esos desgraciados, y se dispone que - los obispos conozcan de estas causas. - - «Quae dum postea universo coetui secundum consuetudinem - recitata innotescerent, Praetextatus et Pappulus viri - beatissimi dixerunt: Decernat itaque, et de miseris libertis - vestrae auctoritatis vigor insignis, qui ideo plus a iudicibus - affliguntur, quia sacris sunt commendati ecclesiis; ut - si quas quispiam dixerit contra eos actiones habere, non - audeat eos magistratus contradere; sed in episcopi tantum - iudicio, in cuius praesentia litem contestans quae sunt - iustitiae ac veritatis audiat. Indignum est enim, ut hi qui - in sacrosancta ecclesia iure noscuntur legitimo manumissi aut - per epistolam, aut per testamentum aut per longinquitatem - temporis libertatis iure fruuntur, a quolibet iniustissime - inquietentur Universa sacerdotalis Congregatio dixit: Iustum - est, ut contra calumniatorum omnium versutias defendantur, qui - patrocinium immortalis ecclesiae concupiscunt. Et quicumque a - nobis de libertis latum decretum; superbiae ausu praevaricare - tentaverit, irreparabili damnationis suae sententia feriatur. - Sed si placuerit episcopu ordinarium iudicem, aut quemlibet - alium saecularem, in audientiam eorum accerseri, cum libuerit - fiat, et nullus alius audeat causas pertractare libertorum - nisi episcopus cuius interest, aut is cui idem audiendum - tradiderit.» (Can. 7.) - - - (Concilium Parisiense quintum, anno 614.) - - Se encarga á los sacerdotes la defensa de los manumitidos. - - «Liberti quorumcumque ingenuorum a sacerdotibus defensentur, - nec ad publicum ulterius revocentur. Quod si quis ausu - temerario eos imprimere voluerit, aut ad publicum revocare, et - admonitus per pontificem ad audientiam venire neglexerit, aut - emendare quod perpetravit distulerit, communione privetur.» - (Can. 5.) - - - (Concilium Toletanum tertium, anno 589.) - - Se prescribe que los manumitidos recomendados á las iglesias - sean protegidos por los obispos. - - «De libertis autem id Dei praecipiunt sacerdotes, ut si qui - ab episcopis facti sunt secundum modum quo canones antiqui - dant licentiam, sint liberi; et tantum a patrocinio ecclesiae - tam ipsi quam ab eis progeniti non recedant. Ab aliis quoque - libertati traditi, et ecclesiis commendati, patrocinio - episcopali tegantur, a principe hoc episcopus postulet.» (Can. - 6.) - - - (Concilium Toletanum quartum, anno 633.) - - Se manda que la Iglesia se encargue de defender la libertad y - el peculio de los manumitidos recomendados á ella. - - «Liberti qui a quibuscumque manumissi sunt, atque ecclesiae - patrocinio commendati existunt, sicut regulae antiquorum - patrum constituerunt, sacerdotali defensione a cuiuslibet - insolentia protegantur; sive in statu libertatis eorum, seu in - peculio quod habere noscuntur.» (Can. 72.) - - - (Concilium Agathense, anno 506.) - - Se dispone que la Iglesia defienda á los manumitidos; y - se habla en general, prescindiendo de que le hayan sido - recomendados ó no. - - «Libertos legitime a dominis suis factos ecclesia, si - necessitas exigerit, tueatur quos si quis ante audientiam, - aut pervadere aut expoliare praesumpserit, ab ecclesia - repellatur.» (Can. 29.) - - - § III - - Se dispone que se atienda á la redención de los cautivos; y - que á este objeto se pospongan los intereses de la Iglesia, - por desolada que se halle. - - «Sicut omnino grave est, frustra ecclesiastica ministeria - venundare, sic iterum culpa est, imminente huiusmodi - necessitate, res maxime desolatae Ecclesiae captivis suis - praeponere, et in eorum redemptione cessare.» (Caus. 12. Q 2.ª - Can. 16.) - - Notables palabras de San Ambrosio sobre la redención de los - cautivos. Para atender á tan piadoso objeto, el santo obispo - quebranta y vende los vasos sagrados. - - - (S. Ambrosius, de Off. L. 2, cap. 15.) - - (§ 70) «Summa etiam liberalitas captos redimere, eripere ex - hostium manibus, subtrahere neci homines, et maxime faeminas - turpidini, reddere parentibus liberos, parentes liberis, cives - patriae restituere. Nota sunt haec nimis Illiriae vastitate et - Thraciae: quanti ubique venales erant captivi orbe.....» - - Ibíd. (§ 71.) «Praecipua est igitur liberalitas, redimere - captivos et maxime ab hoste barbaro, qui nihil deferat - humanitatis ad misericordiam, nisi quod avaritia reservaverit - ad redemptionem.» - - Ib. L. 2. C. 2. (§ 13.) «_Ut nos aliquando in invidiam - incidimus, quod confregerimus vasa mistica, ut captivos - redimeremus_, quod arrianis displicere potuerat, nec - tam factum displicerit, quam ut esset quod in nobis - reprehenderetur.» - - Estos nobles y caritativos sentimientos no eran sólo de San - Ambrosio; sus palabras son la expresión de los sentimientos - de toda la Iglesia. A más de diferentes pruebas que podría - traer aquí, y de lo que se deduce de los cánones que insertaré - á continuación, es digna de notarse la sentida carta de San - Cipriano, de la cual copiaré algunos trozos, en los cuales - están compendiados los motivos que impulsaban á la Iglesia en - tan piadosa tarea, y vivamente pintados el celo y la caridad - con que la ejercía: - - «Cyprianus, Ianuario, Maximo, Proculo, Victori, Modiano, - Nemesiano, Nampulo et Honorato fratribus salutem. Cum - maximo animi nostri gemitu et non sine lacrymis legimus - litteras vestras, fratres carissimi, quas ad nos pro - dilectionis vestrae sollicitudine de fratrum nostrorum - et sororum captivitate fecistis. Quis enim non doleat in - eiusmodi casibus, ut quis non dolorem fratris sui suum - proprium computet, cum loquatur apostolus Paulus et dicat: - _Si patitur unum membrum, compatiuntur et caetera membra; - si laetatur membrum unum, collaetantur et caetera membra?_ - (1 ad Cor., 12.) Et alio loco: _Quis infirmatur inquit et - non ego infirmor?_ (2 ad Cor., 11.) Quare nunc et nobis - captivitas fratrum nostra captivitas computanda est; et - periclitantium dolor pro nostro dolore numerandus est, cum - sit scilicet adunationis nostrae corpus unum, et non tantum - dilectio instigare nos debeat et conferare ad fratrum membra - redimenda. Nam cum denuo apostolus Paulus dicat: _Nescitis - quia templum Dei estis, et Spiritus Dei habitat in vobis?_ - (1 ad Cor., 3) etiamsi charitas nos minus adigeret ad opem - fratribus ferendam, considerandum tamen hoc in loco fuit, Dei - templum esse quae capta sunt, nec pati non longa cessatione - et neglecto dolore debere, ut diu Dei templa captiva sint; - sed quibus possumus viribus elaborare et velociter gerere - ut Christum iudicem et Dominum et Deum nostum promereamur - absequiis nostris. Nam cum dicat Paulus apostolus, _Quotquot - in Christo baptizati estis, Christum induistis_ (Ad Gal., - 3), in captivis fratribus nostris contemplandus est Christus - et redimendus de periculo captivitatis, qui nos de diaboli - faucibus exuit, nunc ipse qui manet et habitat in nobis de - barbarorum manibus exuatur, et redimatur nummaria quantitate - qui nos cruce redemit et sanguine... - - Quantus vero communis omnibus nobis moeror atque cruciatus - est de periculo virginum quae illic tenentur; pro quibus - non tantum libertatis, sed et pudoris iactura plangenda - est, nec tam vincula barbarorum quam lenonum et lupanarium - stupra deflenda sunt, ne membra Christo dicata et in aeternum - continentiae honorem pudica virtute devota, insultantium - libidine et contagione foedentur? Quae omnia istic secundum - litteras vestras fraternitas nostra cogitans et dolenter - examinans; prompte omnes et libenter ac largiter subsidia - nummaria fratribus contulerunt... - - Missimus autem sextertia centum millia nummorum, quae istic in - ecclesia cui de Domini indulgentia praesumus, cleri et plebis - apud nos consistentis collatione, collecta sunt, quae vos - illic pro vestra diligentia dispensabitis... - - Si tamen ad explorandam nostri animi charitatem, et examinandi - nostri pectoris fidem tale aliquid acciderit, nolite cunctari - nuntiare haec nobis litteris vestris, pro certo habentes - ecclesiam nostram et fraternitatem istic universam, ne haec - ultra fiant precibus orare, si facta fuerint, libenter et - largiter, subsidia praestare.» (Epist. 60)... - - Véase, pues, cómo el celo de la Iglesia por la redención - de los cautivos, que tan vivo se desplegó siglos después, - había comenzado ya en los primeros tiempos; y se fundaba en - los grandes y elevados motivos que divinizan en cierto modo - la obra, asegurando, además, á quien la ejerce, una corona - inmarcesible. - - En las obras de San Gregorio se hallarán también importantes - noticias sobre este punto (V. L. 3, ep. 16; L. 4, ep. 17; L. - 6, ep. 35; L. 7, ep. 26, 28 y 38; L. 9, ep. 17.) - - - (Concilium Masticonense secundum, anno 585.) - - Los bienes de la Iglesia se empleaban en la redención de los - cautivos. - - «Unde statuimus ac decernimus, ut nos antiquus a fidelibus - reparetur; et decimas ecclesiasticis famulantibus ceremoniis - populus omnis inferat, quas sacerdotes aut in pauperum - usum, _aut in captivorum redemptionem praerogantes_, suis - orationibus pacem populo ac salutem impetrent: si quis autem - contumax nostris statutis saluberrimis fuerit, a membris - ecclesiae omni tempore separetur.» (Can. 5.) - - - (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.) - - Se permite quebrar los vasos sagrados para expenderlos en la - redención de cautivos. - - «Si quis episcopus, excepto si evenerit ardua necessitas - pro redemptione captivorum, ministeria sancta frangere pro - qualicumque conditione praesumpserit, ab officio cessabit - ecclesiae.» (Can. 22.) - - - (Concilium Lugdunense tertium, anno 683.) - - Se ve, por el siguiente canon, que los obispos daban á los - cautivos cartas de recomendación; y se prescribe en él que se - pongan en ellas la fecha y el precio del rescate; y que se - expresen también las necesidades de los cautivos. - - «Id etiam de epistolis placuit captivorum, ut ita sint sancti - pontifices cauti, ut in servitio pontificibus consistentibus, - qui eorum manu vel subscriptione agnoscat epistolae aut - quaelibet insinuationum litterae dari debeant, quatenus de - subscriptionibus nulla ratione possit Deo propitio dubitare: - et epistola commendationis pro necessitate cuiuslibet - promulgata dies datarum et pretia constituta, vel necessitates - captivorum quos cum epistolis dirigunt, ibidem inserantur.» - (Can. 2.) - - - (Synodus S. Patricii Auxilii et Isernini Episcoporum in - Hibernia celebrata, circa annum Christi 450, vel 456.) - - Excesos á que eran llevados algunos eclesiásticos por un celo - indiscreto á favor de los cautivos. - - «Si quis clericorum voluerit iuvare captivo com suo pretio - illi subveniat, nam si per furtum illum inviolaberit, - blasphemantur multi clerici per unum latronem, qui sic fecerit - excommunionis sit.» (Can. 32.) - - - (Ex epistolis S. Gregorii.) - - La Iglesia gastaba sus bienes en el rescate de los cautivos, - y, aun cuando con el tiempo tuvieran facultades para - reintegrarla de la cantidad adelantada, ella no quería - semejante reintegro: les condonaba generosamente el precio del - rescate. - - «Sacrorum canonum statuta et legalis permitit auctoritas, - licite res ecclessiasticas in redemptionem captivorum impendi. - Et ideo, quia edocti a vobis sumus, ante annos fere 18 - reverendissimum quemdam Fabium, Episcopum Ecclesia Firmanae, - libras 11 argenti de eadem ecclesia pro redemptione vestra, ac - patris vestri Passivi, fratris et coepiscopi nostri, tunc vero - clerici, necnon matris vestrae, hostibus impedisse, atque ex - hoc quamdam formidinem vos habere, ne hoc quod datum est, a - vobis quolibet tempore repetatur, huius praecepti auctoritate - suspicionem vestram praevidimus auferendam; constituentes, - nullam vos exinde, haeredesque vestros quolibet tempore - repetitionis molestiam sustinere, nec a quoquam vobis aliquam - obiici quaestionem.» (Libro 8, ep. 14, et hab. Caus. 12, Q. 2, - C. 15.) - - - (Concilium Vernense secundum, anno 884.) - - Los bienes de la Iglesia servían para el rescate de los - cautivos. - - «Ecclessiae facultates quas reges et reliqui christiani - Deo voverunt, ad alimentum servorum Dei et pauperum, ad - exceptionem hospitum, _redemptionis captivorum_, atque - templorum. Dei instaurationem, nunc in usu saecularium - detinentur. Hinc multi servi Dei pecuniam cibi et potus ac - vestimentorum patiuntur, pauperes consuetam eleemosynam non - accipiunt, negliguntur hospites, _fraudantur captivi_, et fama - omnium meritu laceratur.» (Can. 12.) - - Es digno de notarse en el canon anterior el uso que hacía - la Iglesia de sus bienes; pues que vemos que, á más de la - manutención de los clérigos y los gastos del culto, servían - para el socorro de pobres, de peregrinos, y para el rescate de - los cautivos. Hago aquí esta observación, porque se ofrece la - oportunidad; y no porque sea el canon citado el único texto en - que pueda fundarse la prueba del buen uso que hacía la Iglesia - de sus bienes. Muchos son los cánones que podrían citarse, - empezando desde los llamados apostólicos; siendo de notar - la expresión de que se valen á veces para afear la maldad - de los que se apoderaban de los bienes eclesiásticos, ó los - administraban mal. _Pauperum necatores, matadores de pobres_, - se los llama, para dar á entender que uno de los principales - objetos de esos bienes era el socorro de los necesitados. - - - § IV - - - (Concilium Lugdunense secundum, anno 566.) - - Se excomulga á los que atentan contra la libertad de la - personas. - - «Et quia peccatis facientibus multi in perniciem animae suae - ita conati sunt, aut conantur assurgere, ut animas longa - temporis quiete sine ulla status sui competitione viventes, - nunc improba proditione atque traditione, aut captivaverint - aut captivare conentur, si iuxta praeceptum domini regis - emendare distulerint, quosque hos quos obduxerunt, in loco - in quo longum tempus quiete vixerint, restaurare debeant, - ecclesiae communione priventur.» (Can. 3.) - - Del canon que acabo de citar se infiere que era muy general el - abuso de apelar los particulares á la violencia para reducir - á esclavitud á personas libres. Tal era en aquella época - la situación de Europa, á causa de las irrupciones de los - bárbaros, que el poder público era débil en extremo, ó, mejor - podríamos decir, que no existía. Por esto es muy bello el ver - á la Iglesia salir en apoyo del orden público, y en defensa de - la libertad, excomulgando á los que atacaban y menospreciaban - así el precepto del rey: _praeceptum domini regis_. - - - (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.) - - Se reprime el mismo abuso que en el canon anterior. - - «Si quis ingenuum aut liberum ad servitium inclinare voluerit, - an fortasse iam fecit, et commonitus ab episcopo se de - inquietudine eius revocare neglexerit, aut emendare noluerit, - tanquam calumniae reum placuit sequestrari.» (Can. 17.) - - - (Concilium Confluentium, anno 922.) - - Se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano y lo - vende. - - «Item interrogatum est, quid de eo faciendum sit qui - christianum hominem seduxerit, et sic vendiderit; responsumque - est ab omnibus, homicidii reatum, ipsum hominem sibi - contrahere.» (Can. 7.) - - - (Concilium Londinense, anno 1102.) - - Se prohibe el comercio de hombres que se hacía en Inglaterra, - vendiéndolos como brutos animales. - - «Nequis illud _nefarium negotium_ quo hactenus in Anglia - solebant homines sicut bruta animalia venundari, deinceps - ullatenus facere praesumat.» - - Echase de ver, por el canon que acabo de citar, cuánto se - adelantaba la Iglesia en todo lo perteneciente á la verdadera - civilización. Estamos en el siglo XIX, y se mira como un - notable paso dado por la civilización moderna, el que las - grandes naciones europeas firmen tratados para reprimir el - tráfico de los negros; y por el canon citado se ve que, á - principios del siglo XI, cabalmente en la misma ciudad de - Londres, donde se ha firmado últimamente el famoso convenio, - se prohibía el tráfico de hombres, calificándole cual merece. - _Nefarium negorium: detestable negocio_, le apellida el - concilio; _tráfico infame_, le llame la civilización moderna, - heredando, sin advertirlo, sus pensamientos y hasta sus - palabras de aquellos hombres á quienes se apellida _bárbaros_, - de aquellos obispos á quienes se ha calumniado, pintándolos - poco menos que como una turba de conjurados contra la libertad - y la dicha del género humano. - - - (Synodus incerti loci, circa annum 616.) - - Se manda que las personas que se hubiesen vendido ó empeñado, - vuelvan _sin dilación_ al estado de libertad, así que - devuelvan el precio; y se dispone que no se les pueda exigir - más de lo que hubiesen recibido. - - «De ingenuis qui se pro pecunia aut alia re vendiderint, vel - oppignoraverint, placuit ut quandoquidem pretium, quantum - pro ipsis datum est, invenire potuerunt, absque dilatione - ad statum suae conditionis reddito pretio reformentur, nec - amplius quam pro eis datum est requiratur. Et interim, - si vir ex ipsis, uxorem ingenuam habuerit, aut mulier - ingenuum habuerit maritum filii qui ex ipsis nati fuerint in - ingenuitate permaneant.» (Can. 14.) - - Es tan importante el canon del concilio que acabo de citar, - celebrado, según opinan algunos, en Boneuil, que bien merece - que se hagan sobre él algunas reflexiones. Cabalmente esta - disposición tan benéfica en que se concedía al vendido el - volver á la libertad, una vez satisfecho el precio que había - recibido en la venta, atajaba un mal que debía de estar muy - arraigado en las Galias, pues que databa de muy antiguo; - supuesto que sabemos por César, citado ya en el texto, que - muchos, acosados por la necesidad, se vendían para salir de - situaciones apuradas. - - Es también muy digno de notarse lo que se dispone en el mismo - canon con respecto á los hijos de la persona vendida; pues, - ora sea el padre, ora la madre, se prescribe que, en ambos - casos, los hijos sean libres; derogándose aquí la tan sabida - regla del derecho civil: _partus sequitur ventrem_. - - - § V - - - (Concilium Aurelianense tertium, anno 538.) - - Se prohibe el devolver á los judíos los esclavos refugiados - en las iglesias, si hubieren buscado este asilo, ó bien - por obligarlos los amos á cosas contrarias á la religión - cristiana, bien por haber sido maltratados después de haberlos - sacado antes del asilo de la iglesia. - - «De mancipiis christianis, quae in iudaeorum servitio - detinentur, si eis quod christiana religio vetat, a dominis - imponitur, aut si eos quos de ecclesia excusatos tollent, - pro culpa quae remissa est, affligere aut caedere fortasse - praesumpserint, et ad ecclesiam iterato confugerint, - nullatenus a sacerdote reddantur, nisi pretium offeratur - ac detur, quod mancipia ipsa valere pronuntiaverit iusta - taxatio.» (Can. 13.) - - - (Concilium Aurelianense quartum, anno 541.) - - Se manda observar lo mandado en el precedente concilio del - mismo nombre, en el canon arriba citado. - - «Cum prioribus canonibus iam fuerit definitum, ut de mancipiis - christianis, quae apud iudaeos sunt, si ad ecclesiam - confugerint, et redimi se postulaverint, etiam ad quoscumque - christianos refugerint, et servire iudaeis noluerint, - taxato et oblato a fidelibus iusto pretio, ab eorum dominio - liberentur, ideo statuimus, ut tam iusta constitutio ab - omnibus catholicis conservetur.» (Can. 30.) - - (Ibíd.) Se castiga con la pérdida de todos los esclavos al - judío que pervierte á un esclavo cristiano. - - «Hoc etiam decernimus observandum, ut quicumque iudaeus. - proselytum, qui advena dicitur, iudaeum facere praesumpserit, - aut christianum factum ad iudaicam superstitionem adducere; - vel si iudaeus christianam ancillam suam sibi crediderit - sociandum; vel si de parentibus christianis natum, iudaeum - sub promissione fecerit libertatis, mancipiorum amissione - multetur.» (Can. 31.) - - - (Concilium Masticonense primum, anno 581.) - - Se prohibe á los judíos el tener en adelante esclavos - cristianos, y con respecto á los existentes, se permite á - cualquier cristiano el rescatarlos, pagando al dueño judío 12 - sueldos. - - «Et liceat quid de christianis qui aut de captivitatis - incursu, aut fratribus iudaeorum servitio implicantur, - debeat observari, non solum canonicis statutis, sed et - legum beneficio pridem fuerit constitutum; tamen quia - nunc item quorundam querela exorta est, quosdam iudaeos, - per civitates aut municipia consistentes, in tantam - insolentiam et proterviam prorrupisse, ut nec reclamantes - christianos liceat vel pretio de eorum servitute absolvi; - idcirco praesenti concilio, Deo auctore, sancimus ut nullus - christianus iudaeos deinceps debeat deservire; sed datis pro - quolibet bono mancipio 12 solidis, ipsum mancipium quicumque - christianus, seu ad ingenuitatem, seu ad servitium, licentiam - habeat redimendi: quia nefas est, ut quos Christus dominus - sanguinis sui effusione redemit, persecutorum vinculis maneant - irretiti. Quod si acquiescere his quae statuimus quicumque - iudaeus noluerit, quamdiu ad pecuniam constitutam venire - distulerit, liceat mancipio ipsi cum christianis ubicumque - voluerit habitare. Illud etiam specialiter sancientes, quod - si qui iudaeus christianum mancipium ad errorem iudaicum - convictus fuerit suassisse, ut ipse mancipio careat et legandi - damnatione plectatur.» (Can. 16.) - - El canon que antecede, equivale á poco menos que un decreto - de entera emancipación de los esclavos cristianos; porque, - si los judíos quedaban inhibidos de adquirir nuevos esclavos - cristianos, y los que tenían, podían ser rescatados por - cualquier cristiano, claro es que la puerta quedaba abierta - de tal suerte á la caridad de los fieles, que por necesidad - hubo de disminuirse en gran manera el número de los esclavos - cristianos que gemían en poder de los judíos. Y no es esto - decir que estas disposiciones canónicas surtiesen desde luego - todo el efecto que se proponía la Iglesia; pero sí que, - siendo éste el único poder que á la sazón permanecía en pie, - y que ejercía influencia sobre los pueblos, debían de ser sus - disposiciones sumamente provechosas á aquellos en cuyo favor - se establecían. - - - (Concilium Toletanum tertium, anno 589.) - - Se prohibe á los judíos el adquirir esclavos cristianos. Si un - judío induce al judaísmo, ó circuncida á un esclavo cristiano, - éste queda libre, sin que haya de pagarse nada al dueño. - - «Suggerente concilio, id gloriosissimus dominus noster, - canonibus inserendum praecipit, ut iudaeis non liceat - christianas habere uxores, _neque mancipia comparare in usus - proprios_.» - - «Si qui vero christiani ab eis iudaico ritu sunt maculati, - vel etiam circumcissi, non reddito pretio ad libertatem et - religionem redeant christianam.» (Can. 14.) - - Es notable este canon, ya porque defendía la conciencia - del esclavo, ya porque imponía al dueño una pena favorable - á la libertad. De esta clase de penas para reprimir la - arbitrariedad de los amos que violentaban la conciencia de - los esclavos, encontramos un ejemplo muy curioso en el siglo - siguiente, en una colección de leyes de Ina, rey de los - sajones occidentales. Helo aquí: - - - (Leges Inae Regis Saxonum Occidiorum, anno 692.) - - Si un amo hace trabajar á su esclavo en domingo, el esclavo - queda libre. - - «Si servus operatur die dominica per praeceptura domini sui, - sit liber.» (Leg. 3.) - - - OTRO EJEMPLO - - (Concilium Berghamstedae anno 5.º Withredi Regis Cantii, id est - Christi 697: sub Bertualdo Cantuariensi archiepiscopo celebratum. - Haec sunt iudicia Withredi Regis Cantuariorum.) - -Si un amo da de comer carne á un esclavo en día de ayuno, éste queda -libre. - -«Si quis servo suo carnem in ieiunio dediderit comedendam, servus liber -exeat.» (Can. 15.) - - -(Concilium Toletanum quartum, anno 633.) - -Se prohibe enteramente á los judíos el tener esclavos cristianos; -disponiéndose que, si algún judío contraviene á lo mandado aquí, se le -quiten los esclavos y éstos alcancen del príncipe la libertad. - -«Ex decreto gloriosissimi principis hoc sanctum elegit concilium, ut -iudaeis non liceat christianos servos habere, nec christiana mancipia -emere, nec cuiusquam consequi largitate: nefas est enim ut membra -Christi serviant Antichristi ministris. Quod si deinceps servos -christianos, vel ancillas iudaei habere praesumpserint, sublati ab -eorum dominatu libertatem a principe consequantur.» (Can. 66.) - - -(Concilium Rhemense, anno 625.) - -Se prohibe vender esclavos cristianos á los gentiles ó judíos; y se -anulan esas ventas si se hicieren. - -«Ut christiani iudaeis vel gentilibus non vendantur; et si quis -christianorum necessitate cogente mancipia sua christiana elegerit -venundanda, non aliis nisi tantum christianis expendat. Nam si -paganis aut iudaeis vendiderit, communione privetur, et emptio careat -firmitate.» (Can. 11.) - -Ninguna precaución era excesiva en aquellos calamitosos tiempos. A -primera vista podría parecer que semejantes disposiciones eran efecto -de la intolerancia de la Iglesia con respecto á los judíos y á los -gentiles; y, sin embargo, era en realidad un dique contra la barbarie -que lo iba invadiendo todo; una garantía de los derechos más sagrados -del hombre: garantía tanto más necesaria cuanto puede decirse que todas -las otras habían desaparecido. Léase, ó si no el documento que sigue -á continuación, donde se ve que algunos llegaban hasta el horrible -extremo de vender sus esclavos á los gentiles para sacrificarlos. - - -(Gregorius Papa III, ep. I ad Bonifacium Archiepiscoporum; anno 731.) - -«Hoc quoque inter alia crimina agi in partibus illis dixisti, quod -quidam ex fidelibus ad _immolandum_ paganis sua venundent mancipia. -Quod ut magnopere corrigere debeas fratres commonemus, nec sinas fieri -ultra; scelus est enim et impietas. Eis ergo qui haec perpetraverunt, -similem homicidiae indices poenitentiam.» - -Estos excesos debían de llamar en gran manera la atención, pues que -vemos que el concilio de Ciptines, celebrado en el año 743, vuelve -á insistir en lo mismo, prohibiendo que los esclavos cristianos se -entreguen á gentiles. - -«Et ut mancipia christiana paganis non tradantur.» (Can. 7.) - - -(Concilium Cabilonense, anno 650.) - -Se prohibe vender un esclavo cristiano fuera del territorio comprendido -en el reino de Clodoveo. - -«Pietatis est maxime et religionis intuitus, ut captivitatis vinculum -omnino a christianis redimatur. Unde Sancta Synodus noscitur censuisse, -ut nullus mancipium extra fines vel terminos, qui ob regnum domini -Clodovei regis pertinent, debeat venundare, ne quod obsit, per tale -commercium, aut captivitatis vinculo, vel quod peius est, iudaica -servitute mancipia christiana teneantur implicita.» (Can. 9.) - -El antecedente canon en que se prohibe la venta de los esclavos -cristianos fuera del territorio del reino de Clodoveo, por temor de -que caiga el esclava en poder de paganos, ó de judíos; y el otro del -concilio de Reims copiado más arriba en que se encuentra una especie -semejante, son notables bajo dos aspectos: 1.º En cuanto manifiestan -el sumo respeto que se ha de tener al alma del hombre, aunque sea -esclavo; pues que se prohibe el venderlo allí donde pueda hallarse en -un compromiso la conciencia de vendido; respeto que era muy importante -sostener, así para desarraigar las erradas doctrinas antiguas sobre -este punto, como por ser el primer paso que debía darse para llegar á -la emancipación. 2.º Limitándose la facultad de vender, se entrometía -la ley en esa clase de propiedad, distinguiéndola de las demás, y -colocándola en una categoría diferente, y más elevada: esto era un paso -muy adelantado para declarar guerra abierta á esa misma propiedad, -pasando á abolirla por medios legítimos. - - -(Concilium decimum Toletanum, anno 656.) - -Se reprende severamente á los clérigos que vendían sus esclavos á -judíos y se les conmina con penas terribles. - -«Septimae collationis immane satis et infandum operationis studium -nunc sanctum nostrum adiit concilium; quo plerique ex sacerdotibus -et Levitis, qui pro sacris ministeriis, et pietatis studio, -gubernationisque augmento sanctae ecclesiae deputati sunt officio, -malunt imitari turbam malorum, potius quam sanctorum patrum insistere -mandatis: ut ipsi etiam qui redimere debuerunt, venditiones facere -intendant, quos Christi sanguine praesciunt esse redemptos; ita -dumtaxat ut eorum dominio qui sunt empti in rito Iudaismi convertantur -opressi, et fit execrabile commercium ubi nitente Deo iustum et sanctum -adesse conventum; quia maiorum canones vetuerunt ut nullus iudaeorum -coniugia vel servitia habere praesumat de christanorum coetu.» - -Sigue reprendiendo elocuentemente á los culpables, y luego continúa: -«Si quis enim post hanc definitionem talia agere tentaverit, noverit se -extra ecclesiam fieri, et praesenti, et futuro iudicio cum Iuda simili -poena percelli, dummodo Dominum denuo proditionis pretio malunt ad -iracundiam provocare.» (Can. 7.) - - -§ VI - -Manumisión que hace el Papa San Gregorio I de dos esclavos de la -Iglesia romana; texto notable en que explica el Papa los motivos que -inductan á los cristianos á manumitir sus esclavos. - -«Cum Redemptor noster totius conditor creaturae ad hoc propitiatus -humanam voluerit carnem assumere, ut divinitatis suae gratia, diruto -quo tenebamur captivi vinculo servitutis, pristinae nos restitueret -libertati; salubriter agitur, si homines quos ab initio natura creavit -liberos et protulit, et ius gentium iugo substituit servitutis, in -ea natura in qua nati fuerant, manumitentis beneficio, libertati -reddantur. Atque ideo pietatis intuitu, et huius rei consideratione -permoti, vos Montanam atque Thomam famulos Sanctae Romanae Ecclesiae, -cui Deo adiutore deservimus, liberos ex hac die civesque Romanos -efficimus, omneque vestrum vobis relaxamus servitutis peculium.» (S. -Greg., L. 5, ep. 12.) - - -(Concilium Agathense, anno 506.) - -Se manda que los obispos respeten la libertad de los manumitidos por -sus predecesores. Se indica la facultad que tenían los obispos de -manumitar á los esclavos beneméritos, y se fija la cantidad que podían -donarles para su subsistencia. - -«Sane si quos de servis ecclesiae benemeritos sibi episcopus libertate -donaverit collatam libertatem a successoribus placuit custodiri cum -ho quod eis manumissor in libertate contulerit, quod tamen iubemus -viginti solidorum numerum, et modum in terrula, vineola, vel hospitiola -tenere. Quod amplius datum fuerit, post manumissoris mortem ecclesia -revocabit.» (Can. 7.) - - -(Concilium Aurelianense quartum, anno 541.) - -Se manda devolver á la Iglesia lo empeñado ó enajenado por el obispo, -que nada le haya dejado de bienes propios; pero se exceptúan de esta -regla los esclavos manumitidos, quienes deberán quedar en libertad. - -«Ut episcopus qui de facultate propria ecclesiae nihil relinquit, -de ecclesiae facultate si quid aliter quam canones eloquuntur -obligaverit, vendiderit, aut distraxerit, ad ecclesiam revocetur. -Sane si de servis ecclesiae libertos fecerit numero competenti, in -ingenuitate permaneant, ita ut ab officio ecclesiae non recedant.» -(Can. 9.) - - -(Synodus Celichytensis, anno 816.) - -Se ordena que á la muerte de cada obispo se dé libertad á todos sus -esclavos ingleses. Se dispone la solemnidad que ha de haber en las -exequias del difunto, previniéndose que, al fin de ellas, cada obispo -y abad habían de manumitir tres esclavos, dándoles á cada uno tres -sueldos. - -«Decimo iubetur, et hoc firmiter statuimus asservandum, tam in nostris -diebus, quamque etiam futuris temporibus, omnibus successoribus -nostris qui post nos illis sedibus ordinentur quibus ordinati sumus: -ut quandocumque aliquis ex numero episcoporum migraverit de saeculo, -hoc pro anima illius praecipimus, ex substantia uniuscumque rei -decimam partem dividere, ad distribuere pauperibus in eleemosynam, -sive in pecoribus, et armentis, scu de ovibus et porcis, vel etiam in -cellariis, _necnon omnem hominem Anglicum liberare, qui in diebus suis -sit servituti subiectus_, ut per illud sui proprii laboris fructum -retributionis percipere mereatur, et indulgentiam peccatorum. Nec -ullatenus ab aliqua persona huic capitulo contradicatur, sed magis, -prout condecet, a successoribus augeatur, et eius memoria semper in -posterum per universas ecclesias nostrae ditioni subiectas cum Dei -laudibus habeatur et honoretur. Prorsus orationes et eleemosynas -quae inter nos specialiter condictam habemus, id est, ut statim per -singulas parochias in singulis quibusque ecclesiis, pulsato signo, -omnis famulorum Dei coetus ad basilicam conveniant, ibique pariter XXX -psalmos pro defuncti animae decantent. Et postea unusquisque antistes -et abbas sexcentos psalmos, et centum viginti missas celebrare faciat, -_et tres homines liberet, et eorum cuilibet tres solidos distribuat_.» -(Can. 10.) - - -(Concilium Ardamachiense in Hibernia celebratum anno 1171:) - -(Ex Giraldo Cambrensi, cap. 28 Hiberniae expugnatae.) - -Curioso documento en que se refiere la generosa resolución tomada en -el concilio de Armach en Irlanda, de dar libertad á todos los esclavos -ingleses. - -«His completis convocatos apud Ardamachiam totius Hiberniae clero, et -super advenarum in insulam adventu tractato diutius et deliberato, -tandem communis omnium in hoc sententia resedit; propter peccata -scilicet populi sui, eoque praecipue quod Anglos olim, tam a -mercatoribus, quam praedonibus atque piratis, emere passim, et in -servitutem redigere consueverant, divinae, censura vindictae hoc eis -incomodum accidisse, ut et ipsi quoque ab eadem gente in servitutem -vice reciproca iam redigantur. Anglorum namque populus adhuc integro -eorum regno, communi gentis vitio liberos suos venales exponere, et -priusquam inopiam ullam aut inediam sustinerent, filios proprios et -cognatos in Hiberniam vendere consueverant. Unde et probabiliter credi -potest, sicut venditores olim, ita emptores, tam enormi delicto iuga -servitutis iam meruisse. Decretum est itaque in praedicto concilio, -et cum universitatis consensu publice statutum, ut Angli ubique -per insulam, servitutis vinculo mancipati, in pristinam revocentur -libertatem.» - -En el documento que se acaba de leer, es digno sobremanera de notarse -cómo influían las ideas religiosas en amansar las feroces costumbres -de los pueblos. Sobreviene una calamidad pública, y he aquí que -desde luego se encuentra la causa de ella en la indignación divina, -ocasionada por el tráfico que hacían los irlandeses comprando esclavos -ingleses á los mercaderes, y á los bandoleros y piratas. - -No deja también de ser curioso el ver que por aquellos tiempos eran -los ingleses tan bárbaros, que vendían á sus hijos y parientes, á -la manera de los africanos de nuestros tiempos. Y esto debía de ser -bastante general, pues que leemos en el lugar arriba copiado: que esto -era _común vicio de aquellos pueblos_; _communi gentis vitio_. Así se -concibe mejor cuán necesaria era la disposición insertada más arriba, -del concilio de Londres, celebrado en 1102, en que se prohibe ese -infame tráfico de hombres. - - -(Ex concilio apud Silvanectum, anno 864.) - -Los esclavos de la Iglesia no deben permutarse con otros; á no ser que -por la permuta se les dé libertad. - -«Mancipia ecclesiastica, nisi ad libertatem, non convenit commutari; -videlicet ut mancipia, quae pro eclesiastico homine dabuntur, in -Ecclesiae servitute permaneant, et ecclesiasticus homo, qui commutatur, -fruatur perpetua libertate. Quod enim semel Deo consecratum est, ad -humanus usus transferri non decet.» (V. Decret. Greg. IX. L. 3, Tit. -19, cap. 3.) - - -(Ex eodem, anno 864.) - -Contiene la misma especie que el anterior; y además se deduce de el que -los fieles, en remedio de sus almas, acostumbraban ofrecer sus esclavos -á Dios y á los santos. - -«Iniustum videtur et impium, ut mancipia, quae fideles Deo, et -Sanctis eius pro remedio animae suae consecrarunt, cuiuscumque -muneris mancipio, vel commutationis commercio iterum in servitutem -saecularium redigantur, cum canonica auctoritas servos tantummodo -permittat distrahi fugitivos. Et ideo ecclaesiarum Rectores summopere -caveant, ne eleemosyna unius, alterius peccatum fiat. Et est absurdum -ut ab ecclesiastica dignitate servus discedens, humanae sit obnoxius -servituti. (Ibíd., cap. 4.) - - -(Concilium Romanum sub S. Gregorio I, anno 597.) - -Se ordena que se dé libertad á los esclavos que quieran abrazar la vida -monástica, previas las precauciones que pudiesen probar la verdad de la -vocación. - -«Multos de ecclesiastica seu saeculari familia, novimus ad omnipotentis -Dei servitium festinare ut ab humana servitute liberi in divino -servitio valeant familiarius in monasteriis conservari, quos si passim -dimittimus, omnibus fugiendi ecclesiastici iuris dominium occasionem -praebemus: si vero festinantes ad omnipotentis Dei servitium, incaute -retinemus, illi invenimur negare quaedam qui dedit omnia. Unde necesse -est, ut quisquis ex iuris ecclesiastici vel saecularis militiae -servitute ad Dei servitium converti desiderat, probetur prius in laico -habitu constitutus: et si mores eius atque conversatio bona desiderio -eius testimonium ferunt, absque retractatione servire in monasterio -omnipotenti Domino permittatur, ut ab humano servitio liber recedat qui -in divino obsequio districtiorem appetit servitutem.» (S. Greg., Epist. -44., Lib. 4.) - - -(Ex epistolis Gelasii Papae.) - -Se reprime el abuso que iba cundiendo de ordenar á los esclavos sin -consentimiento de sus dueños. - -«Ex antiquis regulis et novella synodali explanatione comprehensum est, -personas obnoxias servituti, cingulo coelestis militiae non praecingi. -Sed nescio utrum ignorantia an voluntate rapiamini, _ita ut ex hac -causa nullus pene Episcoporum videatur extorris_. Ita enim nos frequens -et plurimorum querela nos circumstrepit, ut ex hac parte nihil penitus -potetur constitutum.» (Distin. 54, c. 9.) - -«_Frequens equidem, et assidua nos querela circumstrepit_ de his -pontificibus, qui nec antiquas regulas nec decreta nostra noviter -directa cogitantes, obnoxias possesionibus obligatasque personas, -venientes ad clericalis officii cingulum non recusant.» (Ibíd., c. 10.) - -«Actores siquidem filiae nostrae illustris et magnificae feminae, -Maximae petitori nobis insinuatione conquesti sunt, Sylvestrum atque -Candidum, originarios suos, contra constitutiones quae supradictae -sunt, et contradictione praeeunte a Lucerino Pontifice Diaconos -ordinatos.» (Ibíd, c. 11.) - -«_Generalis etiam querelae vitanda praesumptio est, qua propemodum -causantur universi_, passim servos et originarios, dominorum iura, -possesionumque fugientes, sub religiosae conversationis obtentu, -vel ad monasteria sese conferre, vel ad ecclesiasticum famulatum, -conniventibus quippe praesulibus, indifferenter admitti. Quae modis -omnibus est amovenda pernicies, ne per christiani nominis institutum -aut aliena pervadi, aut publica videatur disciplina subverti.» (Ibíd., -c. 12.) - - -(Concilium Emeritense, anno 666.) - -Se permite á los párrocos el escoger de entre los siervos de la Iglesia -algunos para clérigos. - -«Quidquid unanimiter digne disponitur in sancta Dei ecclesia, -necessarium est ut a parochitanis presbyteris custoditum maneat. Sunt -enim nonnulli qui ecclessiarum suarum res ad plenitudinem habent et -sollicitudo illis nulla est habendi clericos cum quibus omnipotenti -Deo laudum debita persolvant officia. Proinde instituit haec sancta -synodus ut omnes parochitani presbyteri, iuxta ut in rebus sibi a Deo -creditis sentiunt habere virtutem, de ecclesiae suae familia clericos -sibi faciant; quos per bonam voluntatem ita nutriant, ut et officium -sanctum digne peragant, et ad servitium suum aptos eos habeat. Hi etiam -victum et vestitum dispensatione presbyteri merebuntur, et domino et -presbytero suo, atque utilitati ecclesiae fideles esse debent. Quod -si inutiles apparuerint, ut culpa patuerit, correptione disciplinae -feriantur: si quis presbyterorum hanc sententiam minime custodierit et -non adimpleverit, ab episcopo suo corrigatur: ut plenissime custodiat, -quod digne iubetur.» (Can. 18.) - - -(Concilium Toletanum nonum, anno 655.) - -Se dispone que los obispos den libertad á los esclavos de la Iglesia -que hayan de ser admitidos en el clero. - -«Qui ex familiis ecclesiae servituri devocantur in clerum ab Episcopis -suis, necesse est, ut libertatis percipiant donum: et si honestae vitae -claruerint meritis, tunc demum maioribus fungantur officiis.» (Can. 11.) - - -(Concilium quartum Toletanum, anno 633.) - -Se permite ordenar á los esclavos de la Iglesia dándoles antes libertad. - -«De familiis ecclesiae constituere presbyteros et diaconos per -parochias liceat; quos tamen vitae rectitudo et probitas morum -comendat: ea tamen ratione, _ut antea manumissi libertatem status sui -percipiant_, et denuo ad ecclesiasticos honores succedant; irreligiosum -est enim obligatos existere servituti, qui sacri ordinis suscipiunt -dignitatem.» (Can. 74.) - - -§VII - -Visto ya cuál fué la conducta de la Iglesia con respecto á la -esclavitud en Europa, excitase, naturalmente, el deseo de saber cómo se -ha portado en tiempos más recientes con relación á los esclavos de las -otras partes del mundo. Afortunadamente puedo ofrecer á mis lectores -un documento, que, al paso que manifiesta cuáles son en este punto las -ideas y los sentimientos del actual pontífice Gregorio XVI, contiene, -en pocas palabras, una interesante historia de la solicitud de la Sede -Romana, en favor de los esclavos de todo el universo. Hablo de unas -letras apostólicas contra el tráfico de negros, publicadas en Roma en -el día 3 de noviembre de 1839. Recomiendo encarecidamente su lectura, -porque ellas son una confirmación auténtica y decisiva, de que la -Iglesia ha manifestado siempre y manifiesta todavía, en este gravísimo -negocio de la esclavitud, el más acendrado espíritu de caridad, sin -herir en lo más mínimo la justicia, ni desviarse de lo que aconseja la -prudencia. - - -Gregorio PP. XVI ad futuram rei memoriam. - -«Elevado al grado supremo de dignidad apostólica, y siendo, aunque sin -merecerlo, en la tierra vicario de Jesucristo Hijo de Dios, que por su -caridad excesiva se dignó hacerse hombre y morir para redimir al género -humano, hemos creído que corresponde á nuestra pastoral solicitud hacer -todos los esfuerzos para apartar á los cristianos del tráfico que están -haciendo con los negros y con otros hombres, sean de la especie que -fueren. Tan luego como comenzaron á esparcirse las luces del Evangelio, -los desventurados que caían en la más dura esclavitud, y en medio de -las infinitas guerras de aquella época, vieron mejorarse su situación -porque los apóstoles, inspirados por el espíritu de Dios, inculcaban -á los esclavos la máxima de obedecer á sus señores temporales como al -mismo Jesucristo, y á resignarse con todo su corazón á la voluntad -de Dios; pero, al mismo tiempo, imponían á los dueños el precepto de -mostrarse humanos con sus esclavos, concederles cuanto fuese justo y -equitativo, y no maltratarlos, sabiendo que el Señor de unos y otros -está en los cielos, y que para El no hay acepción de personas. - -»La Ley Evangélica, al establecer de una manera universal y fundamental -la caridad sincera para con todos, y el Señor declarando que miraría -como hechos ó negados á sí mismo, todos los actos de beneficencia y de -misericordia hechos ó negados á las pobres y á los débiles, produjo, -naturalmente, el que los cristianos, no sólo mirasen como hermanos á -sus esclavos sobre todo cuando se habían convertido al Cristianismo, -sino que se mostrasen inclinados á dar la libertad á aquellos que por -su conducta se hacían acreedores á ella, lo cual acostumbraban hacer, -particularmente en las fiestas solemnes de Pascuas, según refiere San -Gregorio de Nicea. Todavía hubo quienes inflamados de la caridad más -ardiente, cargaron ellos mismos con las cadenas para rescatar á sus -hermanos, y un hombre apostólico, nuestro predecesor el Papa Clemente -I, de santa memoria, atestigua haber conocido á muchos que hicieron -esta obra de misericordia; y ésta es la razón por que, habiéndose -disipado con el tiempo las supersticiones de los paganos, y habiéndose -dulcificado las costumbres de los pueblos más bárbaros, gracias á los -beneficios de la fe, movida por la caridad, las cosas han llegado al -punto de que hace muchos siglos no hay esclavos en la mayor parte de -las naciones cristianas. - -»Sin embargo, y lo decimos con el dolor más profundo, todavía se -vieron hombres, aun entre cristianos, que, vergonzosamente cegados -por el deseo de una ganancia sórdida, no vacilaron en reducir á la -esclavitud en tierras remotas á los indios, á los negros, y á otras -desventuradas razas, ó ayudar en tan indigna maldad, ínstituyendo y -organizando el tráfico de estos desventurados, á quienes otros habían -cargado de cadenas. Muchos pontífices romanos, nuestros predecesores, -de gloriosa memoria, no se olvidaron, en cuanto estuvo de su parte, -de poner un coto á la conducta de semejantes hombres, como contraria -á su salvación, y degradante para el nombre cristiano; porque ellos -veían bien que ésta era una de las causas que más influyen para que las -naciones infieles mantengan un odio constante á la verdadera religión. - -»A este fin se dirigen las letras apostólicas de Paulo III de 20 de -mayo de 1537, remitidas al cardenal arzobispo de Toledo, selladas con -el sello del Pescador, y otras letras mucho más amplias de Urbano -VIII de 22 de abril de 1639 dirigidas al colector de los derechos de -la Cámara apostólica en Portugal; letras en las cuales se contienen -las más serias y fuertes reconvenciones contra los que se atreven á -reducir á la esclavitud á los habitantes de la India occidental ó -meridional, venderlos, comprarlos, cambiarlos, regalarlos, separarlos -de sus mujeres y de sus hijos, despojarlos de sus bienes, llevarlos -ó enviarlos á reinos extranjeros, y privarlos de cualquier modo de -su libertad, retenerlos en la servidumbre, ó bien prestar auxilio y -favor á los que tales cosas hacen, bajo cualquier causa ó pretexto, -ó predicar ó enseñar que esto es lícito, y por último cooperar á -ello de cualquier modo. Benedicto XIV confirmó después y renovó -estas prescripciones de los Papas ya mencionados, por nuevas letras -apostólicas á los obispos del Brasil y de algunas otras regiones en -20 de diciembre de 1741, en las que excita con el mismo objeto la -solicitud de dichos obispos. - -»Mucho antes, otro de nuestros predecesores más antiguos, Pío II, en -cuyo pontificado se extendió el dominio de los portugueses en la -Guinea y en el país de los negros, dirigió sus letras apostólicas en 7 -de octubre de 1482 al obispo de Ruvo, cuando iba á partir para aquellas -regiones, en las que no se limitaba únicamente á dar á dicho prelado -los poderes convenientes para ejercer en ellas el santo ministerio -con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión para censurar -severamente la conducta de los cristianos que reducían á los neófitos -á la esclavitud. En fin, Pío VII en nuestros días, animado del mismo -espíritu de caridad y de religión que sus antecesores, interpuso con -celo sus buenos oficios cerca de los hombres poderosos, para hacer -que cesase enteramente el tráfico de los negros entre los cristianos. -Semejantes prescripciones y solicitud de nuestros antecesores nos han -servido, con la ayuda de Dios, para defender á los indios y otros -pueblos arriba dichos, de la barbarie, de las conquistas y de la -codicia de los mercaderes cristianos; mas es preciso que la Santa -Sede tenga por qué regocijarse del completo éxito de sus esfuerzos y -de su celo, puesto que, si el tráfico de los negros ha sido abolido -en parte, todavía se ejerce por un gran número de cristianos. Por -esta causa, deseando borrar semejante oprobio de todas las comarcas -cristianas, después de haber conferenciado con todo detenimiento con -muchos de nuestros venerables hermanos, los cardenales de la Santa -Iglesia romana, reunidos en consistorio, y siguiendo las huellas de -nuestros predecesores, en virtud de la autoridad apostólica, advertimos -y amonestamos con la fuerza del Señor á todos los cristianos, de -cualquiera clase y condición que fuesen, y les prohibimos que ninguno -sea osado en adelante á molestar injustamente á los indios, á los -negros ó á otros hombres, sean los que fueren, despojarlos de sus -bienes ó reducirlos á la esclavitud, ni á prestar ayuda ó favor á -los que se dedican á semejantes excesos, ó á ejercer un tráfico tan -inhumano, por el cual los negros, como si no fuesen hombres, sino -verdaderos impuros animales, reducidos cual ellos á la servidumbre -sin ninguna distinción, y contra las leyes de la justicia y de la -humanidad, son comprados, vendidos y dedicados á los trabajos más -duros, con cuyo motivo se excitan desavenencias, y se fomentan -continuas guerras en aquellos pueblos por el cebo de la ganancia -propuesta á los raptores de negros. - -»Por esta razón, y en virtud de la autoridad apostólica, reprobamos -todas las dichas cosas como absolutamente indignas del nombre -cristiano; y en virtud de la propia autoridad, prohibimos enteramente, -y prevenimos á todos los eclesiásticos y legos el que se atrevan á -sostener como cosa permitida el tráfico de negros, bajo ningún pretexto -ni causa, ó bien predicar y enseñar en público ni en secreto, ninguna -cosa que sea contraria á lo que se previene en estas letras apostólicas. - -»Y con el fin de que dichas letras lleguen á conocimiento de todos, -y que ninguno pueda alegar ignorancia, decretamos y ordenamos que se -publiquen y fijen según costumbre, por uno de nuestros oficiales, -en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles de la -Cancillería Apostólica, del Palacio de Justicia, del monte Citorio, y -en el campo de Flora. - -»Dado en Roma en Santa María la Mayor, sellado con el sello -del Pescador á 3 de noviembre de 1839, y el 9.º de nuestro -pontificado.--Aloisio, cardenal Lambruschini.» - -Llamo particularmente la atención sobre el interesante documento que -acabo de insertar, y que puede decirse que corona magníficamente el -conjunto de los esfuerzos hechos por la Iglesia para la abolición de -la esclavitud. Y como en la actualidad sea la abolición del tráfico de -los negros uno de los negocios que más absorben la atención de Europa, -siendo el objeto de un tratado concluído recientemente entre las -grandes potencias, será bien detenernos algunos momentos á reflexionar -sobre el contenido de las letras apostólicas del Papa Gregorio XVI. - -Es digno de notarse, en primer lugar, que ya en 1482 el Papa Pío II -dirigió sus letras apostólicas al obispo de Ruvo cuando iba á partir -para aquellas regiones, letras en que no se limitaba únicamente á dar -á dicho prelado los poderes convenientes para ejercer en ellas el -santo ministerio con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión -para censurar severamente la conducta de los cristianos que reducían á -los neófitos á la esclavitud. Cabalmente á fines del siglo XV, cuando -puede decirse que tocaban á su término los trabajos de la Iglesia -para desembrollar el caos en que se había sumergido la Europa á causa -de la irrupción de los bárbaros, cuando las instituciones sociales y -políticas iban desarrollándose cada día más, formando ya á la sazón un -cuerpo algo regular y coherente, empieza la Iglesia á luchar con otra -barbarie que se reproduce en países lejanos, por el abuso que hacían -los conquistadores de la superioridad de fuerzas y de inteligencia con -respecto á los pueblos conquistados. - -Este solo hecho nos indica que para la verdadera libertad y bienestar -de los pueblos, para que el derecho prevalezca sobre el hecho y no se -entronice el mando brutal de la fuerza, no bastan las luces, no basta -la cultura de los pueblos, sino que es necesaria la religión. Allá -en tiempos antiguos vemos pueblos extremadamente cultos que ejercen -las más inauditas atrocidades; y en tiempos modernos, los europeos, -ufanos de su saber y de sus adelantos, llevaron la esclavitud á -los desgraciados pueblos que cayeron bajo su dominio. ¿Y quién fué -el primero que levantó la voz contra tamaña injusticia, contra tan -horrenda barbarie? No fué la política, que quizás no lo llevaba á mal -para que así se asegurasen las conquistas; no fué el comercio, que veía -en ese tráfico infame un medio expedito para sórdidas pero pingües -ganancias; no fué la filosofía, que, ocupada en comentar las doctrinas -de Platón y Aristóteles, no se hubiera quizás resistido mucho á que -renaciese para los países conquistados la degradante teoría de las -_razas nacidas para la esclavitud_; fué la religión católica, hablando -por boca del Vicario de Jesucristo. - -Es ciertamente un espectáculo consolador para los católicos el que -ofrece un pontífice romano condenando, hace ya cerca de cuatro siglos, -lo que la Europa, con toda su civilización y cultura, viene á condenar -ahora; y con tanto trabajo, y todavía con algunas sospechas de miras -interesadas por parte de alguno de los promovedores. Sin duda que -no alcanzó el pontífice á producir todo el bien que deseaba; pero -las doctrinas no quedan estériles, cuando salen de un punto desde el -cual pueden derramarse á grandes distancias, y sobre personas que las -reciben con acatamiento, aun cuando no sea sino por respeto á aquel -que las enseña. Los pueblos conquistadores eran á la sazón cristianos, -y cristianos sinceros; y así es indudable que las amonestaciones del -Papa, transmitidas por boca de los obispos y demás sacerdotes, no -dejarían de producir muy saludables efectos. En tales casos, cuando -vemos una providencia dirigida contra un mal, y notamos que el mal -ha continuado, solemos equivocarnos, pensando que ha sido inútil, y -que quien la ha tomado no ha producido ningún bien. No es lo mismo -extirpar un mal que disminuirle; y no cabe duda en que, si las bulas -de los Papas no surtían todo el efecto que ellos deseaban, debían -de contribuir al menos á atenuar el daño, haciendo que no fuese tan -desastrosa la suerte de los infelices pueblos conquistados. El mal que -se previene y evita no se ve, porque no llega á existir, á causa del -preservativo; pero se palpa el mal existente, éste nos afecta, éste nos -arranca quejas, y olvidamos con frecuencia la gratitud debida á quien -nos ha preservado de otros más graves. Así suele acontecer con respecto -á la religión. Cura mucho, pero todavía precave más que no cura, -porque, apoderándose del corazón del hombre, ahoga muchos males en su -misma raíz. - -Figurémonos á los europeos del siglo XV, invadiendo las Indias -orientales y occidentales, sin ningún freno, entregados únicamente á -las instigaciones de la codicia, á los caprichos de la arbitrariedad, -con todo el orgullo de conquistadores, y con todo el desprecio -que debían de inspirarles los indios, por la inferioridad de sus -conocimientos, y por el atraso de su civilización y cultura; ¿qué -hubiera sucedido? Si es tanto lo que han tenido que sufrir los pueblos -conquistados, á pesar de los gritos incesantes de la religión, á pesar -de su influencia en las leyes y en las costumbres, ¿no hubiera llegado -el mal á un extremo intolerable, á no mediar esas poderosas causas que -le salían sin cesar al encuentro, ora previniéndole ora atenuándole? En -masa hubieran sido reducidos á la esclavitud los pueblos conquistados, -en masa se los hubiera condenado á una degradación perpetua, en masa se -los hubiera privado para siempre, hasta de la esperanza de entrar un -día en la carrera de la civilización. - -Deplorable es, por cierto, lo que han hecho los europeos con los -hombres de las otras razas; deplorable es, por cierto, lo que todavía -están haciendo algunos de ellos; pero al menos no puede decirse que la -religión católica no se haya opuesto con todas sus fuerzas á tamaños -excesos, al menos no puede decirse que la Cabeza de la Iglesia haya -dejado pasar ninguno de esos males, sin levantar contra ellos la voz, -sin recordar los derechos del hombre, sin condenar la injusticia y sin -execrar la crueldad, sin abogar por la causa del linaje humano, no -distinguiendo razas, climas ni colores. - -¡De dónde le viene á Europa ese pensamiento elevado, ese sentimiento -generoso, que la impulsan á declararse tan terminantemente contra -el tráfico de hombres, que la conducen á la completa abolición de -la esclavitud en las colonias! Cuando la posteridad recuerde esos -hechos tan gloriosos para la Europa, cuando los señale para fijar una -nueva época en los anales de la civilización del mundo, cuando busque -y analice las causas que fueron conduciendo la legislación y las -costumbres europeas hasta esa altura; cuando elevándose sobre causas -pequeñas y pasajeras, sobre circunstancias de poca entidad, sobre -agentes muy secundados, quiera buscar el principio vital que impulsaba -á la civilización europea hacia término tan glorioso, encontrará que -ese principio era el Cristianismo. Y cuando trate de profundizar más y -más en la materia, cuando investigue si fué el Cristianismo bajo una -forma general y vaga, el Cristianismo sin autoridad, el Cristianismo si -el Catolicismo, he aquí lo que le enseñará la historia. El Catolicismo -dominando solo, exclusivo, en Europa, abolió la esclavitud en las -razas europeas; el Catolicismo, pues, introdujo en la civilización -europea el principio de la abolición de la esclavitud; manifestando -con la práctica que no era necesaria en la sociedad como se había -creído antiguamente, y que para desarrollarse una civilización grande y -saludable era necesario empezar por la santa obra de la emancipación. -El Catolicismo inoculó, pues, en la civilización europea el principio -de la abolición de la esclavitud; á él se debe, pues, si, dondequiera -que esta civilización ha existido junto con esclavos, ha sentido -siempre un profundo malestar que indicaba bien á las claras que había -en el fondo de las cosas dos principios opuestos dos elementos en -lucha, que habían de combatir sin cesar hasta que prevaleciendo el -más poderoso, el más noble y fecundo, pudiese sobreponerse al otro, -logrando primero sojuzgarle, y no parando hasta aniquilarle del todo. -Todavía más: cuando se investigue si en la realidad vienen los hechos -á confirmar esa influencia del Catolicismo, no sólo por lo que toca á -la civilización de Europa, sino también de los países conquistados por -los europeos en los tiempos modernos, así en Oriente como en Occidente, -ocurrirá desde luego la influencia que han ejercido los prelados y -sacerdotes católicos en suavizar la suerte de los esclavos en las -colonias, se recordará lo que se debe á las misiones católicas, y se -producirán, en fin, las letras apostólicas de Pío II, expedidas en -1482, y mencionadas más arriba, las de Paulo III en 1537, las de Urbano -VIII en 1639, las de Benedicto XIV en 1741 y las de Gregorio XVI en -1839. - -En esas letras se encontrará, ya enseñado y definido, todo cuanto se ha -dicho y decirse puede en este punto en favor de la humanidad; en ellas -se encontrará reprendido, condenado, castigado, lo que la civilización -europea se ha resuelto al fin á condenar y castigar; y cuando se -recuerde que fué también un Papa, Pío VII, quien en el presente siglo -_interpuso con celo su mediación y sus buenos oficios con los hombres -poderosos, para hacer que cesase enteramente el tráfico de negros entre -los cristianos_, no podrá menos de reconocerse y confesarse que el -Catolicismo ha tenido la principal parte en esa grandiosa obra, dado -que él es quien ha fundado el principio en que ella se funda, quien ha -establecido los precedentes que la guían, quien ha proclamado sin cesar -las doctrinas que la inspiran, quien ha condenado siempre las que se -le oponían, quien se ha declarado en todos tiempos en guerra abierta -con la crueldad y la codicia, que venían en apoyo y fomento de la -injusticia y de la inhumanidad. - -El Catolicismo, pues, ha cumplido perfectamente su misión de paz y de -amor, quebrantando sin injusticias ni catástrofes las cadenas en que -gemía una parte del humano linaje; y las quebrantaría del todo en las -cuatro partes del mundo, si pudiese dominar por algún tiempo en Asia -y en África, haciendo desaparecer la abominación y el envilecimiento, -introducidos y arraigados en aquellos infortunados países por el -mahometismo y la idolatría. - -Doloroso es, á la verdad, que el Cristianismo no haya ejercido todavía -sobre aquellos desgraciados países toda la influencia que hubiera sido -menester para mejorar la condición social y política de sus habitantes, -por medio de un cambio en las ideas y costumbres; pero, si se buscan -las causas de tan sensible retardo, no se encontrarán, por cierto, -en la conducta del Catolicismo. No es éste el lugar de señalarlas; -pero, reservándome hacerlo después, indicaré entre tanto que no cabe -escasa responsabilidad al Protestantismo por los obstáculos que, como -demostraré á su tiempo, ha puesto á la influencia universal y eficaz -del Cristianismo sobre los pueblos infieles. - -En otro lugar de esta obra me propongo examinar detenidamente tan -importante materia, lo que hace que me contente aquí con esta ligera -indicación. - - - FIN DE LAS NOTAS - - - - - ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS Y MATERIAS - DEL - TOMO PRIMERO - - - PÁG. - - Prólogo. Objeto de la obra. 5 - - Capítulo I. Naturaleza y nombre del Protestantismo. 9 - - Cap. II. Investigación de las causas del Protestantismo. Examen - de la influencia de sus fundadores. Varias causas que - se le han señalado. Equivocaciones que se han padecido en - este punto. Opiniones de Guizot y de Bossuet. Se designa la - verdadera causa del hecho, fundada en el mismo estado social - de los pueblos europeos. 15 - - Cap. III. Nueva demostración de la divinidad de la Iglesia - católica sacada de sus relaciones con el espíritu humano. - Fenómeno extraordinario que se presenta en la Cátedra de - Roma. Superioridad del Catolicismo sobre el Protestantismo. - Confesión notable de Guizot; sus consecuencias. 37 - - Cap. IV. El Protestantismo lleva en su seno un principio - disolvente. Tiende de suyo al aniquilamiento de todas las - creencias. Peligrosa dirección que da al entendimiento. - Descripción del espíritu humano. 46 - - Cap. V. _Instinto de fe._ Se extiende hasta á las ciencias. - Newton. Descartes. Observaciones sobre la historia de la - filosofía. Proselitismo. Actual situación del entendimiento. 54 - - Cap. VI. Diferentes necesidades religiosas de los pueblos, en - relación á los varios estados de su civilización. Sombras - que se encuentran al acercarse á los primeros principios de - las ciencias. Ciencias matemáticas. Carácter particular de - las ciencias morales. Ilustración de algunos ideólogos - modernos. Error cometido por el Protestantismo en la dirección - religiosa del espíritu humano. 63 - - Cap. VII. Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos - acarreados á la Europa por el Protestantismo. Origen del - fanatismo. Servicio importante prestado por la Iglesia á la - _historia del espíritu humano_. La Biblia abandonada al examen - privado, sistema errado y funesto del Protestantismo. Texto - notable de O'Callaghan. Descripción de la Biblia. 71 - - Cap. VIII. El fanatismo. Su definición. Sus relaciones con el - _sentimiento religioso_. Imposibilidad de destruirle. Medios de - atenuarle. El Catolicismo ha puesto en práctica esos medios, - muy acertadamente. Observaciones sobre los pretendidos - fanáticos católicos. Verdadero carácter de la exaltación - religiosa de los fundadores de órdenes religiosas. 79 - - Cap. IX. La incredulidad y la indiferencia religiosa, acarreadas - á la Europa por el Protestantismo. Síntomas fatales que - se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida - en el último tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz. - Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle: - observaciones sobre la época de su publicación. Deplorable - estado de las creencias entre los protestantes. 86 - - Cap. X. Se resuelve una importante cuestión sobre la duración - del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la - sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades - europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo - del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la - verdad. Íntimo enlace del Cristianismo con la civilización - europea. 96 - - Cap. XI. Doctrinas del Protestantismo. Su clasificación en - positivas y negativas. Fenómeno muy singular: la civilización - europea ha rechazado uno de los dogmas más principales - de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante - prestado á la civilización europea por el Catolicismo, con - la defensa del libre albedrío. Carácter del error. Carácter de - la verdad. 103 - - Cap. XII. Examen de los efectos que produciría en España el - Protestantismo. Estado actual de las ideas religiosas. Triunfos - de la religión. Estado actual de la ciencia y de la literatura. - Situación de las sociedades modernas. Conjeturas sobre - su porvenir, y sobre la futura influencia del Catolicismo. - Sobre las probabilidades de la introducción del Protestantismo - en España. La Inglaterra. Sus relaciones con España. - Pitt: Carácter de las ideas religiosas en España. Situación - de España. Sus elementos de regeneración. 108 - - Cap. XIII. Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo - en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos. - _Libertad._ Vago sentido de esta palabra. La civilización - europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación - del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos - del Catolicismo en las catástrofes que pueden amenazar - á la Europa. Observaciones sobre los estudios - filosófico-históricos. Fatalismo de cierta escuela histórica - moderna. 127 - - Cap. XIV. Estado religioso, social y científico del mundo á la - época de la aparición del Cristianismo. Derecho romano. - Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas - cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organización - política del imperio. Sistema del Cristianismo para regenerar - la sociedad: su primer paso se dirigió al cambio de las ideas. - Comparación del Cristianismo con el paganismo en la enseñanza - de las buenas doctrinas. Observaciones sobre el púlpito - de los protestantes. 138 - - Cap. XV. La Iglesia no fué tan sólo una _escuela grande y - fecunda, sino también una asociación regeneradora_. Objetos que - tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. _La - esclavitud._ Quién abolió la esclavitud. Opinión de Guizot. - Número inmenso de esclavos. Con qué tino debía procederse en la - abolición de la esclavitud. La abolición repentina era - imposible. Impúgnase la opinión de Guizot. 152 - - Cap. XVI. La Iglesia católica empleó para la abolición de la - esclavitud, no sólo un sistema de doctrinas, y sus máximas - y espíritu de claridad, sino también un conjunto de medios - prácticos. Punto de vista desde el cual debe mirarse este - hecho histórico. Ideas erradas de los antiguos sobre la - esclavitud. Homero, Platón, Aristóteles. El Cristianismo se - ocupó desde luego en combatir esos errores. Doctrinas - cristianas sobre las relaciones entre esclavos y señores. La - Iglesia se ocupa en suavizar el trato cruel que se daba á los - esclavos. 161 - - Cap. XVII. La Iglesia defiende con celo la libertad de los - manumitidos. Manumisión en las iglesias. Saludables efectos - de esta práctica. Redención de cautivos. Celo de la Iglesia - en practicar y promover esta obra. Preocupación de los romanos - sobre este punto. Influencia que tuvo en la abolición de la - esclavitud el celo de la Iglesia por la redención de los - cautivos. La Iglesia protege la libertad de los ingenuos. 176 - - Cap. XVIII. Sistema seguido por la Iglesia con respecto á los - esclavos de los judíos. Motivos que impulsaban á la Iglesia - á la manumisión de sus esclavos. Su indulgencia en este - punto. Su generosidad para con sus libertos. Los esclavos - de la Iglesia eran considerados como consagrados á Dios. - Saludables efectos de esta consideración. Se concede libertad - á los esclavos que querían abrazar la vida monástica. - Efectos de esta práctica. Conducta de la Iglesia en la - ordenación de los esclavos. Represión de abusos que en esta - parte se introdujeron. Disciplina de la Iglesia de España sobre - este particular. 186 - - Cap. XIX. Doctrinas de San Agustín sobre la esclavitud. - Importancia de estas doctrinas para acarrear su abolición. Se - impugna á Guizot. Doctrinas de Santo Tomás sobre la misma - materia. Matrimonio de los esclavos. Disposición del derecho - canónico sobre este matrimonio. Doctrina de Santo - Tomás sobre este punto. Resumen de los medios empleados - por la Iglesia para la abolición de la esclavitud. Impúgnase - á Guizot. Se manifiesta que la abolición de la esclavitud es - debida exclusivamente al Catolicismo. Ninguna parte tuvo - en esta grande obra el Protestantismo. 197 - - - - -ÍNDICE DE LAS NOTAS - - - PÁG. - - (1) Gibbon, y la Historia de las variaciones de los - protestantes, de Bossuet. 207 - - (2) Intolerancia de Lutero y demás corifeos del - Protestantismo. 207 - - (3) _Protestantismo_: origen de este nombre. 209 - - (4) Observaciones sobre los nombres. 209 - - (5) Abuso. 210 - - (6) Unidad y concierto del Catolicismo. Feliz pensamiento de - San Francisco de Sales. 211 - - (7) Confesiones de los más distinguidos protestantes sobre la - debilidad del Protestantismo. Lutero, Melanchton, - Calvino, Reza, Grocio, Papín, Puffendorf, Leibnitz. - Descubrimiento importante de una obra póstuma de Leibnitz - sobre la religión. 213 - - (8) Ciencias humanas. Luis Vives. 215 - - (9) Ciencias matemáticas. Eximeno, jesuíta español. 216 - - (10) Herejías de los primeros siglos. Su carácter. 217 - - (11) Superstición y fanatismo de los protestantes. El diablo de - Lutero. La fantasma de Zuinglio. Los pronósticos de - Melanchton. Matías Harlem. El sastre de Leyde, rey de - Sión. Hermán, Nicolás, Hacket, y otros visionarios y - fanáticos. 217 - - (12) Sobre las visiones de los católicos. Santa Teresa. Las - visiones de esta Santa. 221 - - (13) Mala fe de los fundadores del Protestantismo. Textos - notables que la manifiestan. Estragos que hizo desde luego - la incredulidad. Gruet. Pasajes notables de Montaigne. 223 - - (14) Las extravagancias de las primeras herejías como muestra - del estado de la _ciencia_ en aquellos tiempos. 226 - - (15) Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud - de la Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los - diferentes medios de que se valió para llevar á cabo la - abolición de la esclavitud. 227 - - (§1) Cánones dirigidos á suavizar el trato de los esclavos. 228 - - (§2) Cánones dirigidos á la defensa de la libertad de los - manumitidos, y á la protección de los libertos - recomendados á la Iglesia. 230 - - (§3) Cánones y otros documentos con respecto á la redención de - cautivos. 232 - - (§4) Cánones relativos á la defensa de la libertad de los - ingenuos. (Al principiar el canon del Concilium Lugdunense - secundum, anno 566). 236 - - (§5) Cánones sobre los esclavos de los judíos. 238 - - (§6) Cánones sobre las manumisiones que hacía la Iglesia de - sus esclavos. 243 - - (§7) Letras apostólicas del Papa Gregorio XVI sobre el tráfico - de negros. Doctrinas, conducta é influencia del Catolicismo - sobre la abolición de este tráfico, y de la esclavitud - en las colonias. 248 - - - - - EL PROTESTANTISMO - COMPARADO CON - EL CATOLICISMO - - - TOMO SEGUNDO - - - - -CAPITULO XX - - -El más bello timbre de la civilización europea, la conquista más -preciosa en favor de la humanidad, cual es la abolición de la -esclavitud, ya hemos visto á quién se debe: á la Iglesia católica: por -medio de sus doctrinas tan benéficas como elevadas, y de un sistema -tan eficaz como prudente, con su generosidad sin límites, su celo -incansable, su firmeza invencible, abolió la esclavitud en Europa; -es decir, dió el primer paso que debía darse en la regeneración de -la humanidad, sentó la primera piedra que debía sentarse en el hondo -y anchuroso cimiento de la civilización europea: _la emancipación de -los esclavos, la abolición para siempre de este estado tan degradante: -la libertad universal_. Sin levantar antes al hombre de ese abyecto -estado, sin alzarle sobre el nivel de los brutos, no era posible crear -ni organizar una civilización llena de grandor y dignidad; porque, -dondequiera que se ve á un hombre acurrucado á los pies de otro hombre, -esperando con ojo inquieto las órdenes de su amo, ó temblando medroso -al solo movimiento de un látigo; dondequiera que el hombre es vendido -como un bruto, estimadas todas sus facultades, y hasta su vida, por -algunas monedas, allí la civilización no se desenvolverá jamás cual -conviene: siempre será flaca, enfermiza, falseada, porque, donde esto -se verifica, la humanidad lleva en su frente una marca de ignominia. - -Probado, pues, que fué el Catolicismo quien quitó de en medio ese -obstáculo á todo adelanto social, limpiando, por decirlo así, á la -Europa de esa repugnante lepra que la infestaba de pies á cabeza, -entremos ahora en la investigación de lo que hizo el Catolicismo -para levantar el grandioso edificio de la civilización europea; que, -si reflexionamos seriamente cuanto ella entraña de vital y fecundo, -encontraremos nuevos y poderosos títulos que merecen á la Iglesia -católica la gratitud de los pueblos. Y ante todo será bien echar -una ojeada sobre el vasto é interesante cuadro que nos presenta la -civilización europea, resumiendo en pocas palabras sus principales -perfecciones; pues que de esta manera podremos más fácilmente darnos -razón á nosotros mismos de la admiración que nos causa, y del -entusiasmo que nos inspira. El individuo, con un vivo sentimiento de su -dignidad, con un gran caudal de laboriosidad, de acción y energía, y -con un desarrollo simultáneo de todas sus facultades; la mujer, elevada -al rango de compañera del hombre, y compensado, por decirlo así, el -deber de la sujeción con las respetuosas consideraciones de que se la -rodea; la blandura y firmeza de los lazos de familia, con poderosas -garantías de buen orden y de justicia; una admirable conciencia -pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de justicia y -de equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia que -sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente que -el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos; cierta -suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita grandes -catástrofes, y en medio de la paz hace la vida más dulce y apacible; un -profundo respeto al hombre y á su propiedad, que hace tan raras las -violencias particulares, y sirve de saludable freno á los gobernantes -en toda clase de formas políticas: un vivo anhelo de perfección en -todos ramos; una irresistible tendencia, errada á veces, pero siempre -viva, á mejorar el estado de las clases numerosas; un secreto impulso -á proteger la debilidad, á socorrer el infortunio, impulso que á veces -se desenvuelve con generoso celo, y, cuando no, permanece siempre -en el corazón de la sociedad causándole el malestar y la desazón de -un remordimiento; un espíritu de universalidad, de propagación, de -cosmopolitismo; un inagotable fondo de recursos para remozarse sin -perecer, para salvarse en las mayores crisis; una generosa inquietud -que se empeña en adelantarse al porvenir, y de que resultan una -agitación y un movimiento incesantes, algo peligrosos á veces, pero -que son comunmente el germen de grandes bienes, y señal de un poderoso -principio de vida: he aquí los grandes caracteres que distinguen á la -civilización europea, he aquí los rasgos que la colocan en un puesto -inmensamente superior á todas las demás civilizaciones antiguas y -modernas. - -Leed la historia, desparramad vuestras miradas por todo el orbe, y -dondequiera que no reina el Cristianismo, si no prevalece la vida -bárbara ó la salvaje, hallaréis, por lo menos, una civilización que en -nada se parece á la nuestra, que ni aun remotamente puede comparársele. -Veréis algunas de esas civilizaciones con cierta regularidad, con -señales de firmeza, pues que duran al través de largos siglos; pero, -¿cómo duran? Sin caminar, sin moverse, porque carecen de vida, porque -su regularidad y duración son la de una estatua de mármol, que -inmóvil ve pasar ante sí numerosas generaciones. Pueblos hubo también -con una civilización que rebosaba de actividad y movimiento; pero, -¿qué actividad? ¿qué movimiento? Unos, dominados por el espíritu -mercantil, no aciertan á fundar sobre sólida base su felicidad -interior, sólo saben abordar á nuevas playas que ofrezcan cebo á su -codicia, desembarazándose del excedente de la población por medio -de las colonias, y estableciendo en el nuevo país crecido número de -factorías; otros, disputando y combatiendo eternamente por la mayor -ó menor latitud de la libertad política, olvidan su organización -social, no cuidan de su libertad civil, y, revolviéndose turbulentos en -estrechísimo círculo de espacio y de tiempo, no serían dignos siquiera -de que la posteridad conservara sus nombres, si no brillara entre ellos -con indecible encanto el genio de lo bello, si en los monumentos de su -saber no reflejaran, como en un claro espejo, algunos hermosos rayos -de la ciencia tradicional del Oriente; otros, grandiosos y terribles á -la verdad, pero trabajados sin cesar por las disensiones intestinas, -llevan esculpido en su frente el formidable destino de la conquista, -le cumplen avasallando el mundo, y caminan desde luego á su ruina -por un rapidísimo declive, en que nada los puede contener; otros, -por fin, exaltados por un violento fanatismo, se levantan como las -olas azotadas por el huracán, se arrojan sobre los demás pueblos como -inundación devastadora, y amenazan arrastrar en su fragosa corriente -á la misma civilización cristiana; pero es en vano su esfuerzo, se -estrellan sus oleadas contra una resistencia invencible; redoblan sus -acometidas, pero siempre forzadas á retroceder, y á tenderse de nuevo -sobre su lecho con un sordo bramido. Y ahora, vedlos allá al Oriente, -cual parecen un turbio charco que los ardores del sol acaban de secar; -vedlos allá los hijos y sucesores de Mahoma y de Omar, vedlos allá de -rodillas á las plantas del poderío europeo, mendigando una protección -que por ciertas miras se les dispensa, pero con desdeñoso desprecio. - -Éste es el cuadro que nos ofrecen todas las civilizaciones antiguas y -modernas, excepto la europea, es decir, la cristiana. Sólo ella abarca -á la vez todo lo grande y lo bello que se encuentra en las demás; -sólo ella atraviesa las más profundas revoluciones, sin perecer; sólo -ella se extiende á todas las razas, se acomoda á todos los climas, -se aviene con las más variadas formas políticas; sólo ella se enlaza -amigablemente con todo linaje de instituciones, mientras pueda circular -por su corazón cual fecundante savia, produciendo gratos y saludables -frutos para bien de la humanidad. - -¿Y de dónde habrá recibido la civilización europea su inmensa -superioridad sobre todas las otras? ¿De dónde ha salido tan gallarda, -tan rica, tan variada y fecunda, con ese sello de dignidad, de nobleza -y elevación, sin castas, sin esclavos, sin eunucos, sin esas miserias -que cual asquerosa lepra encontramos en los demás pueblos antiguos y -modernos? ¡Ah! los europeos nos lamentamos á menudo, y tan sentidamente -cual hacerlo pudo ningún pueblo; y no reflexionamos que somos los hijos -mimados de la Providencia, y que, si es verdad que sufrimos males, -patrimonio inseparable de la humanidad, son, empero, muy ligeros, -nulos, en comparación de los que sufrieron y sufren los demás pueblos. -Por lo mismo que es grande nuestra dicha, somos más descontentadizos, -y, por decirlo así, más melindrosos; sucediéndonos lo que á un hombre -de distinguida clase, acostumbrado á vivir rodeado de consideración -y respeto en medio de las comodidades y regalos: una leve palabra le -indigna, la más pequeña molestia le mortifica y desazona; sin reparar -que hay tantos hombres desnudos, y transidos de miseria, que no pueden -cubrir su desnudez sino con algunos harapos, ni apagar su hambre sino -con algunos mendrugos, todo recogido al través de mil repulsas y -bochornos. - -Al contemplar la civilización europea, hieren el ánimo tantas y tan -varias impresiones, agólpase tal tropel de objetos como demandando -consideración y preferencia, que, si bien la imaginación se recrea con -la magnificencia y hermosura del cuadro, el entendimiento se abruma, -no atinando fácilmente por dónde se deba empezar el examen. El mejor -recurso, en tales casos, es la simplificación, descomponiendo el -objeto complexo, y reduciéndolo todo á sus elementos más simples. -_El individuo_, _la familia_, _la sociedad_: he aquí lo que debemos -examinar á fondo, he aquí lo que ha de ser el blanco de nuestras -investigaciones; que, si llegamos á comprenderlo bien, tal como es en -sí y prescindiendo de ligeras variaciones que no afectan su esencia, la -civilización europea, con todas sus riquezas, con todos sus secretos, -se desenvolverá á nuestros ojos, como sale de entre las sombras una -campiña abundante y amena al bañarla los rayos de la aurora. - -Debe la civilización europea todo cuanto es y todo cuanto tiene, á la -posesión en que está de las principales verdades sobre el individuo, -sobre la familia y sobre la sociedad; se han comprendido en Europa -mejor que en ninguna otra parte la verdadera naturaleza, las verdaderas -relaciones, el verdadero fin de estos objetos; se tienen sobre ellos -ideas, sentimientos, miras de que se careció en otras civilizaciones; y -estas ideas y sentimientos están grabados fuertemente en la fisonomía -de los pueblos europeos, inoculados en sus leyes, en sus costumbres, -en sus instituciones, en su lenguaje; se respiran con el aire, porque -traen impregnada nuestra atmósfera como un aroma vivificante. Y es -porque de largos siglos abriga en su seno la Europa un principio -robusto que los conserva, propaga y aplica; es porque en las épocas más -trabajosas en que disuelta la sociedad tuvo que formarse de nuevo, fué -cabalmente cuando este principio regenerador disfrutó de más influjo -y prepotencia. Pasaron los tiempos, sobrevinieron grandes mudanzas, -el Catolicismo sufrió alternativas en su poder é influencia sobre la -Europa; pero la civilización, que era su obra, era demasiado sólida -para ser fácilmente destruída; el impulso era sobrado fuerte y certero -para que se perdiera fácilmente el rumbo; la Europa era un joven en -la flor de sus años, dotado de complexión robusta, y en cuyas venas -circula en abundancia la salud y la vida; los excesos del trabajo y de -la disipación le postran por algún tiempo, le hacen palidecer; pero -bien pronto recobra su rostro la lozanía y los colores, bien pronto -recobran sus miembros la agilidad y la fuerza. - - - - -CAPITULO XXI - - -El _individuo_: he aquí el elemento más simple de la sociedad; he aquí -lo primero que debe estar bien constituído, por decirlo así; he aquí lo -que, en siendo mal comprendido y apreciado, será un eterno obstáculo -á la medra de la verdadera civilización. Ante todo es necesario -advertir que aquí se trata sólo del individuo, del hombre tal como -es en sí, y prescindiendo de las numerosas relaciones que le rodean, -luego que se pasa á considerarlo como miembro de una sociedad. Mas -no se crea, por esto, que voy á considerar al hombre en un completo -aislamiento, llevándole al desierto, reduciéndole al estado salvaje, -y analizando el individualismo tal como nos le ofrecen algunas hordas -errantes, excepción monstruosa que sólo ha podido resultar de la -degradación de la naturaleza humana. Esto equivaldría á resucitar el -método de Rousseau, método puramente utópico, que sólo puede conducir -al error y á la extravagancia. Las piezas de una máquina pueden ser -examinadas aparte, aisladamente, con la mira de comprender mejor su -construcción peculiar; pero nunca deben olvidarse los usos á que se -las destina, nunca debe perderse de vista el todo á que pertenecen; de -otra suerte; el juicio que sobre ellas se forme, no podrá menos de ser -equivocado. El cuadro más sublime y sorprendente no sería más que una -ridícula monstruosidad, si se examinaran en completo aislamiento, ó -en combinaciones arbitrarias, los grupos y las figuras: con semejante -método podrían convertirse en sueños de un delirante los prodigios de -Miguel Ángel y Rafael. - -Pero, sin olvidar que el hombre no está solo en el mundo, y que no -ha nacido para vivir solo; sin olvidar que, á más de lo que es en -sí, forma también parte del gran sistema del universo, y que, á más -de los destinos que le corresponden como comprendido en el vasto -plan de la creación, está elevado por la bondad del Criador á otra -esfera más alta, superior á todo pensamiento terreno; sin prescindir -de nada de esto, como en buena filosofía no se puede prescindir, -queda todavía lugar al estudio del individuo, y del individualismo; -en la consideración del hombre puédese todavía abstraer la calidad -del ciudadano, abstracción que, lejos de conducirnos á extravagantes -paradojas, es muy á propósito para comprender á fondo cierta -particularidad notable que se observa en la civilización europea, -cierto distintivo que por sí solo no la dejaría confundir con las otras. - -Que deba hacerse una distinción entre el hombre y el ciudadano, que -estos dos aspectos den lugar á consideraciones muy diferentes, nadie -habrá que no lo perciba fácilmente; pero es tarea algo difícil el -deslindar hasta dónde se extiendan los resultados de esa distinción, -hasta qué punto sea conveniente el sentimiento de la independencia -personal, cuál sea la esfera que deba señalarse al desarrollo puramente -individual, qué es lo que sobre este particular se encuentra en nuestra -civilización que no se halle en las otras; es tarea harto difícil -apreciar debidamente esta diferencia, señalar su origen y objeto, y -pesar atinadamente cuál ha sido su verdadero influjo en la marcha de -la civilización. Tarea, repito, muy difícil, porque se encierran aquí -varias cuestiones, bellas é importantes en verdad, pero delicadas, -profundas, donde es muy fácil equivocarse, porque es casi imposible -fijar certeramente la mirada, á causa de que los objetos tienen algo -de vago, de indeterminado, de aéreo, andan como fluctuando, sólo -vinculados entre sí por relaciones imperceptibles. - -Tropezamos aquí con el famoso _individualismo_, que, según Guizot, -fué importado por los bárbaros del Norte y representó un papel tan -descollante, que debe se reconocido como uno de los primeros y más -fecundos principios de la civilización europea. Analizando el célebre -publicista los elementos de esta civilización, señalando la parte que -en su juicio cupo al imperio romano y á la Iglesia, pretende hallar -algo de singular y muy fecundo en el sentimiento de individualismo -que traían los germanos consigo, y que inocularon en las costumbres -europeas. - -No será inútil dar razón aquí de la opinión de M. Guizot sobre esta -importante y delicada materia, porque, al paso que se logrará fijar -mejor el estado de la cuestión, cosa harto difícil en objetos de suyo -tan vagos, se disipará la grave equivocación que padecen algunos en -este punto, debida á la autoridad del citado escritor, que, con los -recursos de su ingenio y los encantos de su elocuencia, ha hecho -verosímil y plausible lo que, examinado á fondo, no es más que una -paradoja. - -Como al combatir las opiniones de un escritor debe tenerse el primer -cuidado en no alterárselas, atribuyéndole lo que en realidad no ha -dicho, y estando, por otra parte, la materia que nos ocupa tan sujeta á -equivocaciones, será bien copiar por entero las palabras de M. Guizot. -«El estado general de la sociedad entre los bárbaros es lo que nos -importa conocer; y esto cabalmente es muy difícil. Comprendemos sin -mucho trabajo el sistema municipal romano, y la Iglesia cristiana; su -influencia se ha perpetuado hasta nuestros días; encontramos su huella -en muchas instituciones, en hechos que tenemos á la vista, y esto nos -facilita mil medios de reconocerlos y explicarlos. Nada, empero, ha -quedado de las costumbres y del estado social de los bárbaros; vémonos -obligados á adivinar, ora apelando á remotísimos monumentos históricos, -ora supliendo la falta de esos monumentos con un atrevido esfuerzo de -imaginación.» - -No negaré ser muy poco lo que nos ha quedado de las costumbres de los -bárbaros, ni disputaré con M. Guizot sobre lo que pueda valer una -observación que versa sobre hechos en que sea menester _suplir con -esfuerzos de imaginación lo mucho que de ellos nos falta_, en que -nos _veamos obligados_ á entrar en la peligrosa y resbaladiza senda -de _adivinar_; no desconozco lo que son estas materias, y en las -reflexiones que acabo de hacer sobre la cuestión que nos ocupa, y en -los términos con que la he calificado, bien se alcanza que no juzgo -posible andar con la regla y el compás; pero sí que puede servir esto -para prevenir á los lectores contra la ilusión que pudiera causarles -una doctrina que, bien profundizada, no es más, repito, que una -brillante paradoja. - -«Hay un sentimiento, un hecho, continúa M. Guizot, que es preciso -analizar y comprender para pintar con rasgos verídicos á un bárbaro: -tal es el placer de la independencia individual: el placer de lanzarse -con su fuerza y su libertad en medio de las vicisitudes del mundo y -de la vida; los goces de una actividad sin trabajo, la inclinación á -una vida aventurera, llena de imprevisión, de desigualdad, de peligro. -Éste era el sentimiento dominante del estado bravío, la necesidad -moral que ponía en perpetuo movimiento aquellas masas de hombres. -Viviendo nosotros en medio de una sociedad tan regular, tan uniforme, -nos es sobremanera difícil representarnos ese sentimiento con todo el -imperio, con toda la violencia que ejercía sobre los bárbaros de los -siglos IV y V. Una sola obra he visto en la cual se halla perfectamente -retratado ese carácter de la barbarie: la Historia de la conquista -de Inglaterra por los normandos, de M. Thierry, es el solo libro -en que se ven reproducidos con una exactitud, con una naturalidad -verdaderamente homéricas, los motivos, las inclinaciones, los impulsos -que mueven y agitan á los hombres en un estado social próximo á la -barbarie. En ninguna parte he comprendido, he sentido mejor lo que -es un bárbaro, lo que es la vida de un bárbaro. Algo semejante se -encuentra en las novelas de Cooper sobre los salvajes de América, si -bien, á mi entender, en un grado muy inferior, de una manera menos -simple, menos verdadera. Vese en la vida de los salvajes americanos, -en las relaciones que los unen, en los sentimientos que abrigan en -medio de sus bosques, algún reflejo, alguna analogía que recuerda hasta -cierto punto la vida y las costumbres de los primitivos germanos. -Estos cuadros son ciertamente un poco ideales, tienen algo de poético; -la parte repugnante de las costumbres y de la vida de los bárbaros -no se presenta en ellos con toda su crudeza; y no hablo solamente de -los males acarreados por esas costumbres al estado social, sino de la -situación interior, individual del mismo bárbaro. En esta necesidad -imperiosa de independencia personal había algo de más material, algo de -más grosero de lo que se desprende y pudiera deducirse de la obra de M. -Thierry: dominaba en los bárbaros del Norte cierto grado de brutalidad, -de embriaguez, de apatía, que no siempre se ven fielmente representadas -en aquellas narraciones. No obstante, profundizando más y más las -cosas, á pesar de esa confusa mezcla de brutalidad, de materialismo, -de egoísmo estúpido, se conoce que aquella pasión por la independencia -individual es un sentimiento noble, cuyo poder deriva todo de la parte -superior, de la naturaleza moral del mismo hombre: es el placer de -sentirse hombre, el sentimiento de la personalidad, de la espontaneidad -humana en su libre desarrollo. - -»Á los bárbaros germanos, señores, debe la moderna civilización ese -sentimiento desconocido enteramente de los romanos, de la Iglesia, de -casi todas la civilizaciones antiguas. Cuando en éstas hace algún papel -la libertad, es la libertad política, la libertad del ciudadano; ésta -era la que le movía, la que le entusiasmaba; no su libertad personal: -pertenecía á una asociación, se hallaba consagrado á una asociación, -y por una asociación estaba pronto á sacrificarse. Lo mismo sucedía -en la Iglesia cristiana: reinaba entre los fieles un vivo apego á la -corporación cristiana, un rendido acatamiento, un entero abandono á -sus leyes, un fuerte empeño de extender su imperio: otras veces el -sentimiento religioso conducía al hombre á una reacción sobre sí -mismo, sobre su alma, á una lucha interior, para sojuzgar su libre -albedrío y someterlo á las inspiraciones de su fe. El sentimiento, -empero, de independencia personal, ese anhelo de libertad que se -desarrolla sin otro fin ni objeto que el de complacerse, este -sentimiento, repito, era desconocido á los romanos y á la sociedad -cristiana. Los bárbaros le llevaron consigo y le depositaron en la -cuna de la civilización europea. Tan descollante papel ha en ella -representado, tan hermosos resultados ha producido, que es imposible -dejar de reconocerle como uno de sus elementos principales.» (_Historia -de la civilización europea. Lección II._) - -El sentimiento de la independencia personal atribuído exclusivamente á -un pueblo, ese sentimiento vago, indefinible, con una extraña mezcla de -noble y de brutal, de bárbaro y de civilizador, tiene algo de poético, -muy propio para seducir la fantasía; pero, como el contraste mismo con -que se procura aumentar el efecto de las pinceladas lleva en sí algo de -extraordinario y hasta contradictorio, la severa razón sospecha algún -error oculto, y se pone en cautelosa guarda. - -Si es verdad que tal fenómeno haya existido, ¿de dónde pudo dimanar? -¿fué quizás un resultado del clima? Pero ¿cómo es concebible que -abrigaran los hielos del Norte lo que no abrigaban los ardores del -Mediodía? ¿cómo es que, desenvolviéndose con tanta fuerza en los países -meridionales de Europa el sentimiento de la independencia política, -cabalmente no se encontrara en ellos el sentimiento de la independencia -personal? ¿no fuera una extrañeza, mejor diré, un absurdo, que los -climas se hubiesen repartido como patrimonios los sentimientos de las -dos clases de libertad? - -Diráse quizás que procedía este sentimiento del estado social; pero, en -tal caso, no era menester atribuirle como característico á un pueblo; -bastaba asentar, en general, que ese sentimiento era propio de los -pueblos que se hallasen en el estado social de los germanos. Además -que, si era un efecto del estado social, ¿cómo pudo ser un germen, un -principio fecundo de civilización, lo que era propio de la barbarie? -Este sentimiento debiera haberse borrado por la civilización, no -conservarse en medio de ella, no contribuir á su desarrollo; y, si bajo -alguna forma debía permanecer, ¿por qué no sucedió lo mismo en otras -civilizaciones, ya que no fueron, por cierto, los germanos el único -pueblo que haya pasado de la barbarie á la civilización? - -No se pretende, por eso, decir que los bárbaros del Norte no ofrecieran -bajo este aspecto alguna particularidad notable, ni tampoco que no se -encuentre en la civilización europea un sentimiento de personalidad, -por decirlo así, que no se halla en las demás civilizaciones; pero sí -que para explicar el individualismo de los germanos es poco filosófico -valerse de misterios y enigmas, sí que para señalar la razón de la -superioridad que tiene en esta parte la civilización europea, no es -necesario acudir á la barbarie de los germanos. Si queremos formarnos -idea cabal de esta cuestión tan complexa é importante, conviene ante -todo fijar en cuanto cabe la verdadera naturaleza del individualismo -de los bárbaros. En un opúsculo que di á luz hace algún tiempo, cuyo -título era: _Observaciones sociales, políticas y económicas sobre -los bienes del clero_, traté por incidencia de ese individualismo, -y me esforcé en aclarar sobre este punto las ideas, y, como desde -entonces no he variado de opinión, antes me he confirmado más en ella, -trasladaré á continuación lo que allí decía: «¿Qué venía á ser este -sentimiento? ¿era peculiar de aquellos pueblos, era un resultado de -las influencias del clima, de una situación social? ¿era tal vez un -sentimiento, que se halle en todos lugares y tiempos, pero modificado á -la sazón por circunstancias particulares? ¿Cuál era su fuerza, cuál su -tendencia, qué encerraba de justo ó de injusto, de noble ó degradante, -de provechoso ó nocivo? ¿qué bienes llevó á la sociedad, qué males? -y éstos ¿cómo se combatieron, por quién, y por qué medios, con qué -resultado? Muchas cuestiones hay encerradas aquí; pero no traen, -sin embargo, la complicación que pudiera parecer; aclarada una idea -fundamental, las demás se desenvolverán muy fácilmente; y, simplificada -la teoría, vendrá luego la historia en su confirmación y apoyo. - -»Hay en el fondo del corazón del hombre un sentimiento fuerte, -vivo, indeleble, que le inclina á conservarse, á evitarse males, y -á procurarse bienestar y dicha. Llámesele amor propio, instinto de -conservación, deseo de la felicidad, anhelo de perfección, egoísmo, -individualismo, llámesele como se quiera, el sentimiento existe: aquí -dentro le tenemos, no podemos dudar de él; él nos acompaña en todos -nuestros pasos, en todas nuestras acciones, desde que abrimos los -ojos á la luz hasta que descendemos al sepulcro. Este sentimiento, -si bien se le observa en su origen, naturaleza y objeto, no es más -que una gran ley de todos los seres, aplicada al hombre; ley que, -siendo una garantía de la conservación y perfección de los individuos, -contribuye de un modo admirable á la harmonía del universo. Bien claro -es que semejante sentimiento nos ha de llevar naturalmente á aborrecer -la opresión, y á experimentar un desagrado por cuanto tiende á -embarazarnos, ó á coartarnos el uso de nuestras facultades: la razón es -obvia; todo esto nos causa un malestar, y á semejante estado se opone -nuestra naturaleza; hasta el niño más tierno sufre ya de mala gana la -ligadura que le embarga el libre movimiento: se enfada, forceja, llora. - -»Además, si por una ú otra causa no carece totalmente el individuo -del conocimiento de sí mismo; si, por poco que sea, han podido -desarrollarse algún tanto sus facultades intelectuales, brotará en -el fondo de su alma otro sentimiento que nada tiene de común con el -instinto de conservación que impele á todos los seres, otro sentimiento -que pertenece exclusivamente á la inteligencia: hablo del sentimiento -de dignidad, del aprecio, de la estimación de nosotros mismos, de ese -fuego que brota en el corazón de nuestra más tierna infancia, y que, -nutrido, extendido y avivado con el pábulo que va suministrando el -tiempo, es capaz de aquella fuerza prodigiosa, de aquella expansión que -tan inquietos, tan activos, tan agitados nos trae en todos los períodos -de nuestra vida. La sujeción de un hombre á otro hombre envuelve algo -que hiere este sentimiento de dignidad; porque, aun suponiendo esta -sujeción conciliada con toda la libertad y suavidad posibles, con -todos los respetos á la persona sujeta, revela al menos á ésta alguna -flaqueza ó necesidad que la obliga á dejarse cercenar algún tanto del -libre uso de sus facultades: y he aquí otro origen del sentimiento de -independencia personal. - -»Infiérese de lo que acabo de exponer, que el hombre lleva siempre -consigo el amor á la independencia, que este sentimiento es común á -todos los tiempos y países, y que no puede ser de otra manera, pues que -hemos encontrado su raíz en dos sentimientos tan naturales al hombre, -como son: _el deseo de bienestar, y el sentimiento de su dignidad_. - -»Es evidente que en la infinidad de situaciones, física y moralmente -diversas, en que puede encontrarse el individuo, las modificaciones de -tales sentimientos podrán también variarse hasta lo infinito; y que -éstos, sin salir del círculo que les traza su esencia, tienen mucha -latitud para que sean susceptibles de muy diferentes graduaciones -en su energía ó debilidad, y para que sean morales ó inmorales, -justos ó injustos, nobles ó innobles, provechosos ó nocivos, y, por -consiguiente, para que puedan comunicar al individuo á quien afectan -mucha diversidad de inclinaciones, de hábitos y costumbres, dando así -á la fisonomía de los pueblos rasgos muy diferentes, según sea el modo -particular y característico con que se hallan afectados los individuos. -Aclaradas ya estas nociones, sin haber dejado nunca de la mano el -corazón del hombre, queda también manifestado cómo deben resolverse -todas las cuestiones generales que se habían ofrecido con relación -al sentimiento de individualismo; echándose de ver también que no es -menester recurrir á palabras misteriosas, ni á explicaciones poéticas; -porque nada hay aquí que no pueda sujetarse á riguroso análisis. - -»Las ideas que el hombre se forme de su bienestar y dignidad, y los -medios de que disponga para alcanzar aquél, y conservar ésta, he -aquí lo que graduará la fuerza, determinará la naturaleza, fijará -el carácter, señalará la tendencia de todos estos sentimientos; -es decir, que todo dependerá del estado físico y moral en que se -hallen la sociedad y el individuo. Y, aun en igualdad de las demás -circunstancias, dad al hombre las verdaderas ideas de su bienestar y -dignidad, tales como las enseñan la razón y, sobre todo, la religión -cristiana, y formaréis un buen ciudadano; dádselas equivocadas, -exageradas, absurdas, tales como las explican escuelas perversas y como -las propalan los tribunos de todos los tiempos y países, y sembraréis -abundante semilla de turbulencias y desastres. - -»Falta ahora hacer una aplicación de esta doctrina, para que, -concretándonos al objeto que nos ocupa, podamos manifestar con toda -claridad el punto principal que nos hemos propuesto. - -»Si fijamos nuestra atención sobre los pueblos que invadieron y -derribaron el imperio romano, ateniéndonos á los rasgos que sobre -ellos nos ha conservado la historia, á lo que de sí arrojan las mismas -circunstancias en que se encontraban, y á lo que en esta materia -ha podido enseñar á la ciencia moderna la inmediata observación de -algunos pueblos de América, no nos será imposible formarnos idea de -cuál era entre los bárbaros invasores el estado de la sociedad y del -individuo. Situados los bárbaros en su país natal, en medio de sus -montes y bosques cubiertos de nieve y de escarcha, tenían también -sus lazos de familia, sus relaciones de parentesco, su religión, sus -tradiciones, sus hábitos, sus costumbres, su apego al propio suelo, su -amor á la independencia de la patria, su entusiasmo por las hazañas -de sus mayores, su amor á la gloria adquirida en el combate, su anhelo -de perpetuar en sus hijos una raza robusta, valiente y libre, sus -distinciones de familias, sus divisiones en tribus, sus sacerdotes, sus -caudillos, su gobierno. Sin que sea menester entrar ahora en cuestiones -sobre el carácter que entre ellos tenían las formas de gobierno, y -dando de mano á cuanto pudiera decirse sobre su monarquía, asambleas -públicas y otros puntos semejantes, cuestiones todas que, á más de ser -ajenas de este lugar, llevan siempre consigo mucho de imaginario é -hipotético, me contentaré con observar lo que para todos los lectores -será incontestable, y es, que la organización de la sociedad era entre -ellos cual debía esperarse de ideas rudas y supersticiosas, usos -groseros y costumbres feroces; es decir, que su estado social no se -elevaba sobre aquel nivel que naturalmente debían de haberle señalado -tan imperiosas necesidades, como son, el que no se convirtieran en -absoluto caos sus bosques, y que á la hora del combate no marcharan sin -alguna cabeza y guía confusos pelotones. - -»Nacidos aquellos pueblos en climas destemplados y rigurosos, -embarazándose y estrechándose unos á otros por su asombrosa -multiplicación, escasos, por lo mismo, de medios de subsistencia, y -teniendo á la vista la abundancia y comodidades con que les brindaban -espaciosas y cultivadas comarcas, sentíanse á la vez acosados de -grandes necesidades, y estimulados vivamente por la presencia y -cercanía de la presa; y, como que no veían otro dique que las flacas -legiones de una civilización muelle y caduca, sintiéndose ellos -robustos de cuerpo, esforzados y briosos de ánimo, y alentados por -su misma muchedumbre, despegábanse fácilmente de su país natal, -desenvolvíase en su pecho el espíritu emprendedor, y se precipitaban -impetuosos sobre el imperio, como un torrente que se despeña de un alto -risco, inundando las llanuras vecinas. - -»Por imperfecto que fuera su estado social, por groseros que fueran -los lazos de que estaba formado, bastábales, sin embargo, á ellos -en su país natal, y en sus costumbres primitivas; y, si los bárbaros -hubiesen permanecido en sus bosques, habría continuado aquella forma de -gobierno llenando á su modo su objeto, como nacida que era de la misma -necesidad, adaptada á las circunstancias, arraigada con el hábito, -sancionada por la antigüedad, y enlazada con todo linaje de tradiciones -y recuerdos. - -»Pero eran sobrado débiles estos lazos sociales para que pudieran ser -trasladados sin quebrantarse; y aquellas formas de gobierno eran, -como se echa de ver, tan acomodadas al estado de barbarie, y, por -consiguiente, tan circunscriptas y limitadas, que mal podían aplicarse -á la nueva situación en que casi de repente se encontraron aquellos -pueblos. - -»Figuraos ahora á los bravos hijos de las selvas arrojados sobre el -Mediodía, como un león sobre su presa, precedidos de sus feroces -caudillos, seguidos del enjambre de sus mujeres é hijos, llevando -consigo sus rebaños y sus groseros arreos, destrozando de paso -numerosas legiones, saltando trincheras, salvando fosos, escalando -baluartes y murallas, talando campiñas, arrasando bosques, incendiando -populosas ciudades, arrastrando grandes pelotones de esclavos recogidos -en el camino, arrollando cuanto se les opone, y llevando delante de -sí numerosas bandadas de fugitivos, corriendo pavorosas y azoradas -por escapar del hierro y del fuego; figuráoslos un momento después, -engreídos por la victoria, ufanos con tantos despojos, encrudecidos -con tantos combates, incendios, saqueos y matanzas; trasladados -como por encanto á un nuevo clima, bajo otro cielo, nadando en la -abundancia, en los placeres, en nuevos goces de todas clases; con una -confusa mezcla de idolatría y de Cristianismo, de mentira y de verdad, -muertos en los combates los principales caudillos, confundidas con el -desorden las familias, mezcladas las razas, alterados y perdidos los -antiguos hábitos y costumbres, y desparramados, por fin, los pueblos -en países inmensos, en medio de otros pueblos de diversas lenguas, de -otras ideas, de distintos usos y costumbres; figuraos, si podéis, ese -desorden, esa confusión, ese caos; y decidme si no veis quebrantados, -hechos mil trozos todos los lazos que formaban la sociedad de esos -pueblos, y si no veis desaparecer de repente la sociedad civilizada con -la sociedad bárbara, aniquilarse todo lo antiguo, antes que pudiera -reemplazarlo nada nuevo. - -»Y entonces, si fijáis vuestra vista sobre el adusto hijo del aquilón, -al sentir que se relajan de repente todos los vínculos que le unían -con su sociedad, que se quebrantan todas las trabas que contenían su -fiereza, al encontrarse solo, aislado, en posición tan nueva, tan -singular y extraordinaria, conservando un obscuro recuerdo de su país, -sin haberse aficionado todavía al recién ocupado, sin respeto á una -ley, sin temor á un hombre, sin apego á una costumbre, ¿no le veis, -arrastrado de su impetuosa ferocidad, arrojarse sin freno á dondequiera -que le conducen sus hábitos de violencia, de vagancia, de pillaje y -matanzas; y, confiado siempre en su nervudo brazo, en su planta ligera, -guiado por las inspiraciones de un corazón lleno de brío y de fuego, y -por una fantasía exaltada con la vista de tantos, tan nuevos y variados -países, por los azares de tantos viajes y combates, no le veis acometer -temerario todas las empresas, rechazar toda sujeción, sacudir todo -freno, y saborearse en los peligros de nuevas luchas y aventuras? ¿Y -no encontráis aquí el misterioso individualismo, el sentimiento de -independencia personal, con toda su realidad filosófica y con toda su -verdad histórica? - -»Este individualismo brutal, este feroz sentimiento de independencia, -que ni podía conciliarse con el bienestar del individuo, ni con su -verdadera dignidad; que, entrañando un principio de guerra eterna, y de -vida errante, debía acarrear necesariamente la degradación del hombre -y la completa disolución de la sociedad, tan lejos estaba de encerrar -un germen de civilización, que antes bien era lo más á propósito para -conducir la Europa al estado salvaje, ahogando en su misma cuna toda -sociedad, desbaratando todas las tentativas encaminadas á organizarla -y acabando de aniquilar cuantos restos hubiesen quedado de la -civilización antigua.» - -Las reflexiones que se acaban de presentar serán más ó menos felices, -pero al menos no adolecen de la inconcebible incoherencia, por no -decir contradicción, de hermanar la barbarie y la brutalidad con -la civilización y la cultura; por lo menos no se llama principio -descollante, fecundo en la civilización europea, á lo mismo que un -poco más allá se señala como uno de los obstáculos más poderosos que -salían al paso á las tentativas de organización social. Como en este -punto coincide M. Guizot con la opinión que acabo de manifestar, y -hace resaltar notablemente la incoherencia de su doctrina, el lector -no llevará á mal que se lo haga oir de su propia boca: «Es claro -que, si los hombres carecen de ideas que se extiendan más allá de su -propia existencia; si su horizonte intelectual no alcanza más allá del -individualismo; si se dejan arrastrar por la fuerza de sus pasiones é -intereses; si no poseen un cierto número de nociones y de sentimientos -comunes que sirvan como de lazo entre todos los asociados; es claro, -digo, que será imposible entre ellos toda idea de sociedad, que cada -individuo será en la sociedad á que pertenezca, un principio de -trastorno y de disolución. - -»Dondequiera que domine casi absolutamente el individualismo; -dondequiera que el hombre no se considere más que á sí propio, que -sus ideas no se extiendan más allá de sí mismo, no obedezca más que -á su pasión, la sociedad (hablo de una sociedad un poco dilatada y -permanente) llega á ser poco menos que imposible. Tal era en el tiempo -de que hablamos el estado moral de los conquistadores de Europa. -Hice ya notar en la última reunión que debíamos á los germanos el -sentimiento enérgico de la libertad particular y del individualismo -humano. Pues bien: cuando el hombre se halla en un estado de extrema -rusticidad y de ignorancia, entonces ese sentimiento es el egoísmo -con toda su brutalidad, con toda su insociabilidad, y en este estado -se encontraba entre los germanos desde el siglo V hasta el VIII. -Sin hallarse acostumbrados á más que á cuidar de su propio interés, -á satisfacer sus pasiones, á dar cumplimiento á su voluntad, ¿cómo -habrían podido acomodarse á un estado un poco organizado? Habíase -intentado varias veces hacerlos entrar en él, ellos mismos lo deseaban; -mas, burlaban siempre esos deseos, y hacían inútil toda tentativa, -la brutalidad, la ignorancia, la imprevisión. Á cada instante se ve -levantarse un embrión de sociedad, y á cada instante se ve esa misma -sociedad desmembrarse, arruinarse, por faltar en los hombres ideas -morales y comunes, elementos tan necesarios é indispensables. - -»Tales eran, señores, las dos verdaderas causas que prolongaron el -estado de la barbarie: mientras existieron, ella también duró.» -(_Historia general de la civilización europea. Lección III._) - -Á M. Guizot sucedióle con su _individualismo_ lo que suele acontecer -á los grandes talentos: un fenómeno singular los hiere vivamente, -inspírales un ardiente deseo de averiguar la causa, y tropiezan á -menudo, caen en error, arrastrados por una secreta inclinación á -señalar un origen nuevo, inesperado, sorprendente. Para extraviarle, -mediaba todavía otra causa. En su mirada vasta y penetrante sobre la -civilización europea, en el cotejo que de ella hizo con las más famosas -civilizaciones antiguas, descubrió una diferencia muy notable entre el -individuo de la primera y el individuo de las otras; vió, sintió en el -hombre europeo algo de más noble, de más independiente que no hallaba -ni en el griego ni en el romano; era menester señalar el origen de esta -diferencia, y no era poco trabajosa la tarea para la posición en que se -encontraba el historiador filósofo. Ya al echar una ojeada sobre los -varios elementos de la civilización europea, se le había presentado la -Iglesia como uno de los más poderosos, como uno de los más influyentes -en la organización social, y en el impulso que hizo marchar el -mundo hacia un porvenir grande y venturoso; ya lo había reconocido -expresamente así, y tributado un testimonio á la verdad, con aquellos -rasgos magníficos que trazar sabe su elocuente pluma; ¿y queríase ahora -que, para explicar el fenómeno que llamaba su atención, recurriese -también al Cristianismo, á la Iglesia? Eso hubiera sido dejarla -sola en la grande obra de la civilización, y M. Guizot á toda costa -quería señalarle coadjutores; por esta causa fija sus miradas sobre -las hordas bárbaras; y en la frente adusta, en la fisonomía feroz, -en el mirar inquieto y fulminante del hijo de las selvas, pretende -descubrir el tipo, algo tosco sí, pero no menos verdadero, de la noble -independencia, de la elevación y dignidad, que lleva rasgueadas en su -frente el individuo europeo. - -Aclarada ya la naturaleza del misterioso individualismo de los -germanos, y demostrado también que, lejos de ser un elemento de -civilización, lo era de desorden y barbarie, falta ahora examinar cuál -es la diferencia que media entre la civilización europea y las demás -con respecto al sentimiento de dignidad é independencia que anima al -individuo; falta determinar á punto fijo cuáles son las modificaciones -que en Europa ha tomado un sentimiento, el cual, como vimos ya, mirado -en sí, es común á todos los hombres. - -En primer lugar, carece de fundamento lo que afirma M. Guizot: que -_el sentimiento de independencia personal, ese anhelo de libertad que -agita los corazones sin otro fin ni objeto que el de complacerse, fuese -característico de los bárbaros, y desconocido entre los romanos_. -Claro es que, al entablarse semejante comparación, no puede entenderse -del sentimiento en su estado de bravura y ferocidad, pues que esto -equivaldría á decirnos que los pueblos civilizados no podían tener el -carácter distintivo de la barbarie; pero, si le despojamos de esta -circunstancia, hallábase, y muy vivo, no sólo entre los romanos, sino -también entre los pueblos más famosos de la antigüedad. - -«Cuando en las civilizaciones antiguas, dice M. Guizot, hace algún -papel la libertad, debe entenderse de la libertad política, de -la libertad del ciudadano; ésta era la que le movía, la que le -entusiasmaba, no su libertad personal; pertenecía á una asociación, y -por una asociación estaba pronto á sacrificarse.» Sin que sea menester -negar que había ese espíritu de consagrarse á una asociación, y con -algunas particularidades notables, que más abajo me propongo explicar, -puédese afirmar, no obstante, que el deseo de _la libertad personal, -con el solo fin y objeto de complacerse_, quizás era entre ellos -más vivo que entre nosotros; si no, ¿qué buscaban los fenicios, los -griegos isleños y asiáticos, y los cartagineses, cuando emprendían -sus navegaciones, que, para el atraso de aquellos tiempos, eran tan -osadas y peligrosas como las de nuestros más intrépidos marinos? -¿Era acaso por _sacrificarse á una asociación_, cuando sólo ansiaban -descubrir nuevas playas donde pudiesen amontonar plata y oro, y -todo linaje de preciosidades? ¿No los guiaba el anhelo de adquirir, -de _complacerse_? ¿Dónde está la asociación? ¿Dónde se la divisa? -¿Vemos acaso otra cosa que el individuo con sus pasiones, con sus -gustos, con su afán de satisfacerlos? Y los griegos, esos griegos -tan muelles, tan voluptuosos, tan sedientos de placer, ¿no tenían -vivísimo el sentimiento de su _libertad personal_, de poder vivir con -amplia libertad, con el _solo fin y objeto de complacerse_? Sus poetas -cantando el néctar y los amores, sus libres cortesanas recibiendo los -obsequios de los hombres más famosos, y haciendo olvidar á los sabios -la mesura y gravedad filosóficas, y el pueblo celebrando sus fiestas -en medio de la disolución más espantosa, ¿era todo esto un sacrificio -que se hacía en las aras de la asociación? ¿Tampoco había aquí el -individualismo, el afán de _complacerse_? - -Por lo que toca á los romanos, si se hablase de lo que se llama bellos -tiempos de la república, no fuera quizás tan fácil ofrecer pruebas de -lo que estamos manifestando; pero cabalmente se trata de los romanos -del imperio, de los romanos que vivían en la época de la irrupción -de los bárbaros; de esos romanos tan sedientos de _complacerse_, y -tan devorados de esa fiebre de que tan negros cuadros nos conserva la -historia. Sus soberbios palacios, sus magníficas quintas, sus regalados -baños, sus espléndidos cenáculos, sus mesas opíparas, sus lujosos -trajes, su disipación voluptuosa, ¿no muestran acaso al individuo, -que, sin pensar en la asociación á que pertenece, trata tan sólo de -lisonjear sus pasiones y caprichos, viviendo con la mayor comodidad, -regalo y esplendor posibles; que no cuida de otra cosa que de solazarse -con sus amigos, de mecerse blandamente en los brazos del placer, de -satisfacer todos sus caprichos, de saciar todas sus pasiones, que todo -lo ha olvidado, que en nada piensa, sino en que tiene un corazón que -ansía por complacerse y gozar? - -No es fácil tampoco atinar por qué M. Guizot atribuye exclusivamente -á los bárbaros _el placer de sentirse hombre, el sentimiento de su -personalidad, de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_. ¿Y -podemos creer que de tales sentimientos carecieran los vencedores -de Maratón y de Platea, los pueblos que tantos monumentos nos han -legado que inmortalizan sus nombres? Cuando en las bellas artes, en -las ciencias, en la oratoria, en la poesía, brillaban por doquiera -hermosísimos rasgos de genio, ¿no existía el _placer de sentirse -hombre_, no se tenía _el sentimiento y poder del libre desarrollo en -todas las facultades_? Y en una sociedad donde tan apasionadamente -se amaba la gloria, como sucedía entre los romanos, que puede -presentarnos hombres como Cicerón y Virgilio; en una sociedad donde -pudieron escribirse las valientes plumadas de Tácito, esas plumadas -que á la distancia de diez y nueve siglos hacen retemblar todavía los -corazones generosos; ¿allí no había el _placer de sentirse hombre, no -había el orgullo de comprender su dignidad, no había el sentimiento -de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_? ¿Cómo es posible -concebir que en esta parte se aventajasen los bárbaros del Norte á los -griegos y romanos? - -¿Á qué semejantes paradojas? ¿Á qué semejante trastorno y confusión de -ideas? ¿Qué valen las palabras, por brillantes que sean, cuando nada -significan? ¿Qué valen las observaciones, por delicadas que parezcan, -cuando el entendimiento á la primera ojeada descubre en ellas la -inexactitud y la vaguedad, y, examinándolas á fondo, las encuentra -llenas de incoherencias y de absurdos? - - - - -CAPITULO XXII - - -Si profundizamos la cuestión que se agita, si no nos dejamos llevar -hasta el error y la extravagancia por la manía de pasar plaza de -pensadores profundos y de observadores muy delicados, si hacemos uso -de una recta y templada filosofía, fundada en los hechos que nos -suministra la historia, echaremos de ver que la diferencia capital -entre nuestra civilización y las antiguas, con respecto al individuo, -consistía en que el _hombre, como hombre_, no era estimado en lo que -vale. No faltaban ni el _sentimiento de independencia personal_, ni -el anhelo de _complacerse y gozar, ni cierto orgullo de sentirse -hombre_: el defecto no estaba en el corazón, sino en la cabeza. Lo que -faltaba, sí, era la comprensión de toda la dignidad del hombre, era el -alto concepto que de nosotros mismos nos ha dado el Cristianismo, al -paso que con admirable sabiduría nos ha manifestado también nuestras -flaquezas; lo que faltaba, sí, á las sociedades antiguas, lo que ha -faltado y faltará á todas en las que no reine el Cristianismo, era -ese respeto, esa consideración de que entre nosotros está rodeado -un individuo, un _hombre sólo por ser hombre_. Entre los griegos el -griego lo es todo; los extranjeros, los bárbaros, no son nada; en -Roma el título de ciudadano romano hace al hombre; quien carece de -ese título, es nada. En los países cristianos, si nace una criatura -deforme ó privada de algún miembro, excita la compasión, es objeto -de más tierna solicitud, bástale para ello el ser hombre, y, sobre -todo, hombre desgraciado; entre los antiguos era mirada una criatura -así como cosa inútil, despreciable, y, en ciertas ciudades, como por -ejemplo en Lacedemonia, estaba prohibido alimentarla, y por orden de -los magistrados encargados de la policía de los nacimientos ¡horror -causa decirlo! era arrojada á una sima. Era un hombre; pero esto ¿qué -importaba? Era un hombre que para nada podía servir, y una sociedad -sin entrañas no quería imponerse la carga de mantenerle. Léase á -Platón (_Lib. 5 de Rep._), á Aristóteles (_Pol._, lib. 7, c. 15 y -16), y se verá los medios crueles que sabían excogitar esos filósofos -para precaver el excesivo progreso que ha hecho la sociedad bajo la -influencia del Cristianismo, en todo lo que dice relación al hombre. - -Los juegos públicos, esas horrendas escenas en que morían á centenares -los hombres, para divertir á un concurso desnaturalizado, ¿no son un -elocuente testimonio de cuán en poco era tenido el hombre, pues que tan -bárbaramente se le sacrificaba por motivos los más livianos? - -El derecho del más fuerte estaba terriblemente practicado por los -antiguos, y ésta es una de las causas á que debe atribuirse esa -absorción, por decirlo así, en que vemos al individuo con respecto á -la sociedad. La sociedad era fuerte, el individuo era débil; y así la -sociedad absorbía al individuo, se arrogaba sobre él cuantos derechos -puedan imaginarse; y, si alguna vez servía de embarazo, podía estar -seguro de ser aplastado con mano de hierro. Al leer el modo con que -explica M. Guizot esta particularidad de las civilizaciones antiguas, -no parece sino que en ellas había un patriotismo desconocido, entre -nosotros, patriotismo que, llevado hasta la exageración, y no andando -acompañado del sentimiento de independencia personal, producía esa -especie de absorción individual, ese anonadamiento del individuo -en presencia de la sociedad. Si hubiese reflexionado más á fondo -sobre esta materia, habría alcanzado fácilmente que no estribaba la -diferencia en que unos hombres tuvieran unos sentimientos de que -carezcan los otros, sino en que se ha verificado una revolución inmensa -en las ideas, en que el individuo, el hombre, es tenido en mucho, -cuando entonces era tenido en nada; y de aquí no era difícil inferir -que las mismas diferencias que se notasen en los sentimientos, debían -tener su origen en la diferencia de las ideas. - -En efecto, no es extraño que, viendo el individuo cuán en poco era -tenido por sí mismo, viendo el poder ilimitado que sobre él se arrogaba -la sociedad, y que sirviendo de estorbo era pulverizado, nada extraño -es que él mismo se formase de la sociedad y del poder público una -idea exagerada, que se anonadase en su corazón ante ese coloso que le -infundía miedo, y que, lejos de mirarse como miembro de una asociación, -cuyo objeto era la seguridad y la felicidad de todos los individuos, y -para cuyo logro era indispensable por parte de éstos el resignarse á -algunos sacrificios, se considerase antes bien como una cosa consagrada -á esta asociación, y en cuyas aras debía ofrecerse en holocausto sin -reparos de ninguna clase. Ésta es la condición del hombre: cuando un -poder obra sobre él por mucho tiempo en acción ilimitada, ó se indigna -contra este poder y le rechaza con violencia, ó bien se humilla, se -abate, se anonada ante aquella fuerza cuya acción prepotente le doblega -y aterra. Véase si es éste el contraste que sin cesar nos ofrecen las -sociedades antiguas: la más ciega sumisión, el anonadamiento, de una -parte, y, de otra, el espíritu de insubordinación, de resistencia, -manifestado en explosiones terribles. Así, y sólo así, es posible -comprender cómo unas sociedades en que la agitación y las turbulencias -eran, por decirlo así, el estado normal, nos presentan ejemplos tan -asombrosos como Leónidas pereciendo con sus trescientos lacedemonios en -el paso de las Termópilas, Scévola con la mano en el brasero, Régulo -volviéndose á Cartago para padecer y morir, y Marco Curcio arrojándose -armado en la insondable sima abierta en medio de Roma. - -Todo esto, que á primera vista pudiera parecer inconcebible, se aclara -perfectamente cotejándolo con lo acontecido en las revoluciones de -los tiempos modernos. Trastornos terribles han desquiciado algunas -naciones; la lucha de las ideas é intereses, trayendo consigo el calor -de las pasiones, acarreó por algunos intervalos, más ó menos duraderos, -el olvido de las verdaderas relaciones sociales: ¿y qué sucedió? Que, -al paso que se proclamaba una libertad sin límites, y se ponderaban sin -cesar los derechos del individuo, levantábase en medio de la sociedad -un poder terrible, que, concentrando en su mano toda la fuerza pública, -la descargaba del modo más inhumano sobre el individuo. En esas épocas -resucitaba en toda su fuerza la formidable máxima del _salus populi_ -de los antiguos, pretexto de tantos y tan horrendos atentados; y, por -otra parte, se veía renacer aquel patriotismo frenético y feroz, que -los hombres superficiales admiran en los ciudadanos de las antiguas -repúblicas. - -¡Cosa notable! Algunos escritores habían prodigado desmedidos elogios -á los antiguos, y sobre todo á los romanos; parece que tenían vivos -deseos de que la civilización moderna se amoldase á la antigua; -hiciéronse locas tentativas, se atacó con inaudita violencia la -organización social existente, procuróse con ahinco que perecieran, -ó al menos se sofocaran, las ideas cristianas sobre el individuo y -la sociedad, se pidieron inspiraciones á las sombras de los antiguos -romanos, y en el brevísimo plazo que duró el ensayo, viéronse también, -cual en la antigua Roma, rasgos admirables de fortaleza, de valor, -de patriotismo, contrastando de un modo horroroso con inauditas -crueldades, con horrendos crímenes; y en medio de una nación grande y -generosa, viéronse aparecer de nuevo con espanto de la humanidad los -sangrientos espectros de Mario y Sila. Tanta verdad es que el hombre -es el mismo por todas partes, y que un mismo orden de ideas viene, al -fin, á engendrar un mismo orden de hechos. Que desaparezcan la ideas -cristianas, que las ideas antiguas recobren su fuerza, y veréis que el -mundo nuevo se parecerá al mundo viejo. - -Felizmente para la humanidad, esto es imposible; todos los ensayos -hechos hasta ahora para lograr tan funesto efecto han sido y debido -ser poco duraderos; lo propio sucederá en adelante; pero la página -ensangrentada que dejan en la historia de la humanidad tan criminales -tentativas, ofrece un rico caudal de reflexiones al observador filósofo -para conocer á fondo las delicadas é íntimas relaciones de las ideas -con los hechos, para contemplar en su desnudez la vasta trama de -la organización social, y apreciar en su justo valor la influencia -benéfica ó nociva de las varias religiones y sistemas filosóficos. - -Las épocas de revolución, es decir, aquellas épocas tempestuosas en -que se hunden los gobiernos unos tras otros, como edificios cimentados -sobre un terreno volcanizado, llevan todas ese carácter que las -distingue: _el predominio de los intereses del poder público sobre -todos los intereses privados_. Nunca es más flaco ese poder, nunca es -menos duradero; pero nunca es más violento, más frenético; todo lo -sacrifica á su seguridad ó á su venganza; la sombra de sus enemigos -le persigue y le hace estremecer á todas horas; su propia conciencia -le atormenta y no le deja descanso; la debilidad de su organización y -la movilidad de su asiento le advierten á cada paso de la proximidad -de su caída, y en su impotente desesperación se agita y se revuelve -convulsivo, como un moribundo que expira entre padecimientos atroces. -¿Qué es entonces á sus ojos la vida de los ciudadanos, si esta vida -puede inspirarle la más leve, la más remota sospecha? Si con la sangre -de millares de víctimas puede alcanzar algunos momentos de seguridad, -si puede prolongar por algunos días más su existencia: «perezcan, dice, -perezcan mis enemigos; así lo exige la seguridad del Estado; es decir, -la mía.» - -¿Y de dónde tanto frenesí? ¿de dónde tanta crueldad? ¿Sabéis de dónde? -La causa está en que, derribado el gobierno antiguo por medio de la -fuerza, y entronizado otro en su lugar, apoyado sólo en la fuerza, la -idea del derecho ha desaparecido de la región del poder, la legitimidad -no le escuda, su misma novedad le muestra como de poco valer, y le -augura escasa duración; y, falto de razón y de justicia, y viéndose -precisado á invocarlas para sostenerse, las busca en la misma necesidad -de un poder, en esa necesidad social que está siempre patente; proclama -que la salud del pueblo es la suprema ley, y entonces la propiedad, la -vida del individuo son nada, se aniquilan completamente á la vista de -un espectro sangriento, que se levanta en el centro de la sociedad, y -que, armado con la fuerza, y rodeado de satélites y de cadalsos dice: -«yo soy el poder público, á mí me está confiada la salud del pueblo, yo -soy el que vela por los intereses de la sociedad.» - -¿Y sabéis lo que acontece entonces con esa falta absoluta de respeto -al individuo, con ese completo aniquilamiento del hombre ante el poder -aterrador que se pretende representante de la sociedad? Sucede que -renace el sentimiento de asociación en diferentes sentidos; pero no un -sentimiento dirigido por la razón y por miras benéficas y previsoras, -sino un sentimiento ciego, instintivo, que lleva á los hombres á no -quedarse solos, sin defensa, en medio del campo de batalla y asechanzas -en que se ha convertido la sociedad; que los conduce á unirse, ó para -sostener al poder, si, arrastrados por el torbellino de la revolución, -se han identificado con él y le miran como su único resguardo y -defensa contra los enemigos que les amenazan, ó para derribarle, si, -arrojados por una ú otra causa á las filas contrarias, le contemplan -como su enemigo más capital, y la fuerza de que dispone, como una -espada levantada de continuo sobre sus cabezas. Entonces se verifica -que los hombres pertenecen á una asociación, están consagrados á -una asociación, y por esta asociación están prontos á sacrificarse; -porque no pueden vivir solos, porque conocen, ó sienten al menos -instintivamente, que el individuo es nada, porque, rotos todos los -diques que mantenían el orden social, no le queda al individuo aquella -esfera tranquila donde podía vivir sosegado, independiente, seguro de -que un poder, fundado en la legitimidad y guiado por la razón y la -justicia, velaba por la conservación del orden público y por el respeto -de los derechos del individuo. Entonces los medrosos tiemblan y se -humillan, y empiezan á representar la primera escena de la esclavitud, -donde el oprimido besa la mano opresora, donde la víctima adora al -verdugo; los más audaces, ó se resisten y pelean, ó se buscan y reunen -en las sombras, preparando explosiones terribles; nadie pertenece -á sí mismo; el individuo se siente absorbido por todas partes, ó -por la fuerza que oprime, ó por la fuerza que conspira; porque sólo -la justicia es el numen tutelar de los individuos; y, cuando ella -desaparece, no son más que imperceptibles granos de arena arrebatados -por el huracán, gotas de agua confundidas en las oleadas de una -tormenta. - -Concebid sociedades donde no reine ese frenesí que nunca puede ser -duradero, pero que, sin embargo, no posean las verdaderas ideas sobre -los derechos y deberes del individuo y del poder público; sociedades -donde se encuentren como divagando al acaso algunas nociones sobre esos -puntos cardinales, pero inciertas, obscuras, imperfectas, ahogadas en -la atmósfera de mil preocupaciones y errores, donde bajo esa influencia -se haya organizado un poder público, con estas ó aquellas formas, pero -que al fin haya llegado á solidarse por la fuerza del hábito, y por -falta de otro mejor que satisfaga las necesidades más urgentes de la -sociedad; y entonces habréis concebido las sociedades antiguas, mejor -diremos, las sociedades sin el Cristianismo; entonces concebiréis -el anonadamiento del individuo ante la fuerza del poder público, sea -bajo el despotismo asiático, sea bajo la turbulenta democracia de las -antiguas repúblicas. Es lo mismo que habréis podido observar en las -sociedades modernas en las épocas de revolución; sólo que en estas -sociedades es pasajero y estrepitoso ese mal, cual los estragos de -una tempestad; pero en las antiguas era su estado normal, como una -atmósfera viciada, que afecta y daña sin cesar á los que viven en ella. - -Si examinamos la causa de dos fenómenos tan encontrados, como son, -la exaltación patriótica de los antiguos griegos y romanos, y la -postración y abatimiento político en que yacían otros pueblos, y en que -yacen todavía aquellos donde no domina el Cristianismo; si buscamos -la raíz de esa abnegación individual que se descubre en el fondo de -dos sentimientos tan opuestos; si investigamos cuál es la causa de que -no se encuentre ni en unos ni en otros ese desarrollo individual que -se observa en Europa, acompañado de un patriotismo razonable, pero -que no sofoca el sentimiento de una legítima independencia personal; -encontraremos una muy poderosa en que el hombre no se conocía á sí -mismo, no sabía bien lo que era; y que sus verdaderas relaciones con la -sociedad eran miradas al través de mil preocupaciones y errores, y, por -consiguiente, mal comprendidas. - -Á la luz de estas observaciones se echa de ver que la admiración por el -patriótico desprendimiento, por la heroica abnegación de los antiguos, -se ha llevado quizás demasiado lejos; y que tanto distan esas calidades -de revelar en ellos una mayor perfección individual, una elevación de -alma superior á la de los hombres de los tiempos modernos, que antes -bien podrían indicar ideas menos altas que las nuestras, sentimientos -menos independientes que los nuestros. Y qué, ¿no conciben, acaso, -algunos ciegos admiradores de los antiguos cómo pueden sostenerse -tan extrañas aserciones? Entonces les diré que admiren también á las -mujeres de la India al arrojarse tranquilas á la hoguera después de -la muerte de sus maridos; que admiren al esclavo que se da la muerte -porque no puede sobrevivir á su dueño; y entonces notarán que la -abnegación personal no es siempre señal infalible de elevación de alma, -sino que á veces puede ser el resultado de no conocer toda la dignidad -propia, de imaginarse consagrado á otro ser, absorbido por él, de mirar -la propia existencia como una cosa secundaria, sin más objeto que el de -servir á otra existencia. - -Y no queremos, no, rebajar en nada el mérito que á los antiguos -legítimamente pertenezca; no queremos, no, deprimir su heroísmo en -lo que tenga de justo y de laudable; no queremos, no, atribuir á los -modernos un individualismo egoísta que les impida el sacrificarse -individualmente por su patria: tratamos únicamente de señalar á cada -cosa su justo lugar, disipando preocupaciones hasta cierto punto -excusables, pero que no dejan de falsear lastimosamente los principales -puntos de vista de la historia antigua y moderna. - -Á ese anonadamiento del individuo, que notamos en los antiguos, -contribuían también la escasez y la imperfección de su desarrollo -moral, la falta de reglas en que se hallaba con respecto á su dirección -propia, por cuyo motivo la sociedad se entrometía en todas sus cosas, -como si la razón pública hubiese querido suplir el defecto de la razón -privada. Si bien se observa, se notará que, aun en los países en que -metía más ruido la libertad política, era harto desconocida la libertad -civil; de manera que, mientras los ciudadanos se lisonjeaban de ser -muy libres porque podían tomar parte en las deliberaciones de la plaza -pública, eran privados de aquella libertad que más de cerca interesa -al hombre, cual es, la que ahora se denomina civil. Podemos formar -concepto de las ideas y costumbres de los antiguos sobre este punto, -leyendo á uno de sus más célebres escritores políticos: Aristóteles. -Nótase en los escritos de este filósofo que apenas acertaba á ver otro -título que hiciera digno del nombre de ciudadano que el tomar parte en -el gobierno de la república; y estas ideas, que pudieran parecer muy -democráticas, muy á propósito para extender los derechos de la clase -más numerosa, y que quizás algunos creerían dimanadas de la exageración -de la dignidad del hombre, se hermanaban muy bien en su mente con un -profundo desprecio del mismo hombre, con el sistema de vincular en -un reducido número todos los honores y consideraciones, condenando -al abatimiento y á la nulidad, nada menos que todos los labradores, -artesanos y mercaderes. (_Pol._ L. 7, c. 9 y 12. L. 8, c. 1 y 2, L. -3, c. 1.) Ya se ve que esto suponía ideas muy peregrinas sobre el -individuo y la sociedad, y confirma más y más lo que he dicho arriba -sobre el origen de las extrañezas, por no decir monstruosidades, que -nos admiran en las repúblicas antiguas. Lo repetiré, porque conviene -mucho no olvidarlo: una de las principales raíces del mal, era la -falta de conocimiento del hombre, era el poco aprecio de su dignidad -en cuanto hombre, era que el individuo estaba escaso de reglas para -dirigirse á sí mismo y para conciliarse la estimación; en una palabra, -era que faltaban las luces cristianas que debían esclarecer el caos. - -Tan profundamente se ha grabado en el corazón de las sociedades -modernas ese sentimiento de la dignidad del hombre, con tales -caracteres se halla escrita por doquiera la verdad de que el hombre, -ya por solo este título, es muy respetable, muy digno de alta -consideración, que aquellas escuelas que se han propuesto realzar al -individuo, aunque sea con inminente riesgo de un espantoso trastorno -en la sociedad, toman siempre por tema de su enseñanza, esa dignidad, -esa nobleza, distinguiéndose sobremanera de los antiguos demócratas, -en que éstos se agitaban en un círculo reducido, mezquino, sin pasar -más allá de un cierto orden de cosas, sin extender su vista fuera de -los límites del propio país; cuando en el espíritu de los demócratas -modernos se nota un anhelo de invasión en todos los ramos, un ardor de -provocación que abarca todo el mundo: nunca invocan nombres pequeños; -_el hombre, su razón, sus derechos imprescriptibles_: he aquí sus -temas. Preguntadles qué quieren, y os dirán que quieren pasar el nivel -sobre todas las cabezas, para defender la santa causa de la humanidad. -Esta exageración de ideas, motivo y pretexto de tantos trastornos -y crímenes, nos revela un hecho precioso, cual es, el progreso -inmenso que á las ideas sobre la dignidad de nuestra naturaleza ha -comunicado el Cristianismo, pues que en las sociedades que le deben su -civilización, cuando se trata de extraviarlas, no se encuentra medio -más á propósito que el invocar esa dignidad. - -Como la religión cristiana es altamente enemiga de todo lo criminal, -y no podía consentir que, á nombre de defender y realzar la dignidad -humana, se trastornase la sociedad, muchos de los más ardientes -demócratas se han desatado en injurias y sarcasmos contra la religión; -pero, como también la historia está diciendo muy alto que todo cuanto -se sabe y se siente de verdadero, de justo y de razonable sobre este -punto, es debido á la religión cristiana, se ha tanteado últimamente -si se podría hacer una monstruosa alianza entre las ideas cristianas y -lo más extravagante de las democráticas: un hombre demasiado célebre -se ha encargado del proyecto; pero el verdadero Cristianismo, es -decir, el Catolicismo, rechaza esas monstruosas alianzas, y no conoce -á sus más insignes apologistas, así que llegan á desviarse del camino -señalado por la eterna verdad. El abate de Lamennais vaga ahora por las -tinieblas del error abrazado con una mentida sombra de Cristianismo; -y el supremo Pastor de la Iglesia ha levantado ya su augusta voz para -prevenir á los fieles contra las ilusiones con que podría deslumbrarnos -un nombre por tantos títulos ilustre. - - - - -CAPITULO XXIII - - -Si, entendiendo el individualismo en un sentido justo y razonable; si, -tomando el sentimiento de la independencia personal en una acepción, -que ni repugne á la perfección del individuo, ni esté en lucha con los -principios constitutivos de toda sociedad, queremos hallar otras causas -que hayan influído en el desarrollo de ese sentimiento, aun pasando -por alto una de las principales, señalada ya más arriba, cual es, la -verdadera idea del hombre y de sus relaciones con sus semejantes, -encontraremos todavía en las mismas entrañas del Catolicismo, algunas -sobremanera dignas de llamar la atención. M. Guizot se ha equivocado -grandemente cuando ha pretendido equiparar á los fieles con los -antiguos romanos en punto á falta del sentimiento de independencia -personal; nos pinta al individuo fiel como absorbido por la asociación -de la Iglesia, como enteramente consagrado á ella, como pronto á -sacrificarse por ella; de manera que lo que hacía obrar al fiel, eran -los intereses de la asociación. En esto hay un error; pero, como lo que -ha dado quizás ocasión á este error, es una verdad, menester se hace -deslindar los objetos con mucho cuidado. - -Es indudable que desde la cuna del Cristianismo fueron los fieles -sumamente adictos á la Iglesia, y que siempre se entendió que dejaba de -ser contado en el número de los verdaderos discípulos de Jesucristo el -que se apartase de la comunión de la Iglesia. Es indudable también que -«tenían los fieles, como dice M. Guizot, un vivo apego á la Iglesia, -un rendido acatamiento á sus leyes, un fuerte empeño de extender su -imperio»; pero no es verdad que obrase en el fondo de todos estos -sentimientos, como causa de ellos, el solo espíritu de asociación, y -que esto excluyese el desarrollo del verdadero individualismo. El fiel -pertenecía á una asociación, pero esta asociación él la miraba como -un medio de alcanzar su felicidad eterna, como una nave en que andaba -embarcado entre las borrascas de este mundo para llegar salvo al puerto -de la eternidad; y, si bien creía imposible el salvarse fuera de ella, -no se entendía consagrado á ella, sino á Dios. El romano estaba pronto -á sacrificarse por su patria; el fiel, por su fe; cuando el romano -moría, moría por su patria; pero, cuando el fiel moría, no moría por -la Iglesia, sino que moría por su Dios. Ábranse los monumentos de la -Historia eclesiástica, léanse las actas de los mártires, y véase lo que -sucedía en aquel lance terrible, en que el Cristianismo manifestaba -todo lo que era; en que, á la vista de los potros, de las hogueras y -de los más horrendos suplicios, se manifestaba en toda su verdad el -resorte que obraba en el corazón del fiel. Les pregunta el juez su -nombre; lo declaran, y manifiestan que son cristianos: se les invita -á que sacrifiquen á los dioses: «nosotros no sacrificamos sino á un -solo Dios, criador del cielo y de la tierra»; se les echa en cara como -ignominioso el seguir á un hombre que fué clavado en cruz; ellos tienen -á mucha honra la ignominia de la cruz, y proclaman altamente que el -crucificado es su Salvador y su Dios: se les amenaza con los tormentos; -los desprecian porque son pasajeros, y se regocijan de que puedan -sufrir algo por Jesucristo: la cruz del suplicio está ya aparejada, -ó la hoguera arde á su vista, ó el verdugo tiene levantada el hacha -fatal que ha de cortarles la cabeza; nada les importa, esto es un -instante, y en pos viene una nueva vida, una felicidad inefable, y sin -fin. Échase de ver en todo esto que lo que movía el corazón del fiel, -eran el amor de su Dios y el interés de la felicidad eterna; y que, -por consiguiente, es falso y muy falso que el fiel se pareciese á los -antiguos republicanos, anonadando su individuo ante la asociación á que -pertenecía, y dejando que en ella se absorbiese á su persona como una -gota de agua en la inmensidad del Océano. El individuo fiel pertenecía -á una asociación que le daba la pauta de su creencia y la norma de -su conducta: á esta asociación la miraba como fundada y dirigida por -el mismo Dios; pero su mente y su corazón se elevaban hasta el mismo -Dios, y, cuando escuchaba la voz de la Iglesia, creía también hacer su -negocio propio, individual, nada menos que el de su felicidad eterna. - -El deslinde que se acaba de hacer era muy necesario en esta materia, -donde son tan varias y delicadas las relaciones, que la más ligera -confusión puede conducir á errores de monta, haciendo, de otra parte, -perder de vista un hecho recóndito y preciosísimo, que arroja mucha -luz para estimar debidamente las causas del desarrollo y perfección -del individuo en la civilización cristiana. Necesario como es un orden -social al que esté sometido el individuo, conviene, sin embargo, que -éste no sea de tal modo absorbido por aquél, de manera que sólo se le -conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de acción -que pueda considerársele como propia. Á no ser así, no se desarrollará -jamás de un modo cabal la verdadera civilización, la que, consistiendo -en la perfección simultánea del individuo y de la sociedad, no puede -existir á no ser que tanto ésta como aquél tengan sus órbitas de tal -manera arregladas, que el movimiento que se hace en la una, no embargue -ni embarace el de la otra. - -Previas esas reflexiones, sobre las que llamo muy particularmente la -atención de todos los hombres pensadores, observaré lo que quizás no se -ha observado todavía, y es, que el Cristianismo contribuyó sobremanera -á crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los -lazos que le unen á la sociedad, desenvuelve todas sus facultades. -De la boca de un apóstol salieron aquellas generosas palabras que -encierran nada menos que una severa limitación del poder político, -que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el -individuo, cuando se propasa á exigirle lo que éste cree contrario á su -conciencia: _Obedire oportet Deo magis quam hominibus_. (_Act._, c. -5, v. 29.) _Primero se ha de obedecer á Dios que á los hombres._ Los -cristianos fueron los primeros que dieron el grandioso ejemplo de que -individuos de todos países, edades, sexos y condiciones, arrostrasen -toda la cólera del poder y todo el furor de las pasiones populares, -antes de pronunciar una palabra que los manifestase desviados de los -principios que profesaban en el santuario de su conciencia: y esto no -con las armas en la mano, no en conmociones populares donde pudiesen -despertarse las pasiones fogosas que comunican al alma una energía -pasajera; sino en medio de la soledad y lobreguez de los calabozos, en -la aterradora calma de los tribunales, es decir, en aquella situación -en que el hombre se encuentra solo, aislado, y en que el mostrar -fortaleza y dignidad revela la acción de las ideas, la nobleza de los -sentimientos, la firmeza de una conciencia inalterable, el grandor del -alma. - -El Cristianismo fué quien grabó fuertemente en el corazón del hombre, -que el individuo tiene sus deberes que cumplir, aun cuando se -levante contra él el mundo entero; que el individuo tiene un destino -inmenso que llenar, y que es para él un negocio propio, enteramente -propio, y cuya responsabilidad pesa sobre su libre albedrío. Esta -importante verdad, sin cesar inculcada por el Cristianismo á todas las -edades, sexos y condiciones, ha debido de contribuir poderosamente -á despertar en el hombre un sentimiento vivo de su personalidad, en -toda su magnitud, en todo su interés, y combinándose con las demás -inspiraciones del Cristianismo, llenas todas de grandor y dignidad, -ha levantado el alma humana del polvo en que la tenían sumida la -ignorancia, las más groseras supersticiones, y los sistemas de -violencia que la oprimían por todas partes. Como extrañas y asombrosas -sonarían sin duda á los oídos de los paganos las valientes palabras de -Justino, que expresaban nada menos que la disposición de ánimo de la -generalidad de los fieles, cuando en su Apología dirigida á Antonio Pío -decía: «Como no tenemos puestas las esperanzas en las cosas presentes, -despreciamos á los matadores, mayormente siendo la muerte una cosa que -tampoco se puede evitar.» - -Esa admirable entereza, ese heroico desprecio de la muerte, esa -presencia de ánimo en el hombre, que, apoyado en el testimonio de su -conciencia, desafía todos los poderes de la tierra, debía de influir -tanto más en el engrandecimiento del alma, cuanto no dimanaba de -aquella fría impasibilidad estoica, que, sin contar con ningún motivo -sólido, se empeñaba en luchar con la misma naturaleza de las cosas; -sino que tenía su origen en un sublime desprendimiento de todo lo -terreno, en la profunda convicción de lo sagrado del deber, y de que -el hombre, sin cuidar de los obstáculos que le oponga el mundo, debe -marchar con firme paso al destino que le ha señalado el Criador. Ese -conjunto de ideas y sentimientos comunicaba al alma un temple fuerte -y vigoroso, que, sin rayar en aquella dureza feroz de los antiguos, -dejaba al hombre en toda su dignidad, en toda su nobleza y elevación. Y -conviene notar que esos preciosos efectos no se limitaban á un reducido -número de individuos privilegiados, sino que, conforme al genio de -la religión cristiana, se extendían á todas las clases: porque la -expansión ilimitada de todo lo bueno, el no conocer ninguna acepción -de personas, el procurar que resuene su voz hasta en los más obscuros -lugares, es uno de los más bellos distintivos de esa religión divina. -No se dirigía tan sólo á las clases elevadas, ni á los filósofos, sino -á la generalidad de los fieles, la lumbrera del África, San Cipriano, -cuando compendiaba en pocas palabras la grandeza del hombre, y -rasgueaba con osada mano el alto temple en que debe mantenerse nuestra -alma, sin aflojar jamás. «Nunca, decía, nunca admirará las obras -humanas quien se conociere hijo de Dios. _Despéñase de la cumbre de su -nobleza quien puede admirar algo que no sea Dios._» (_De Spectaculis._) -Sublimes palabras que hacen levantar la frente con dignidad, que hacen -latir el corazón con generoso brío, que, derramándose sobre todas las -clases como un calor fecundo, hacían que el último de los hombres -pudiese decir lo que antes pareciera exclusivamente propio del ímpetu -de un vate: - - Os homini sublime dedit, coelumque tueri - Iussit, et erectos ad sidera tullere vultus. - -El desarrollo de la vida moral, de la vida interior, de esa vida en que -el hombre se acostumbra á concentrarse sobre sí mismo, dándose razón -circunstanciada de todas sus acciones, de los motivos que las dirigen, -de la bondad ó malicia que encierran, y del fin á que le conducen, es -debido principalmente al Cristianismo, á su influjo incesante sobre -el hombre en todos los estados, en todas las situaciones, en todos -los momentos de su existencia. Con un desarrollo semejante de la -vida individual, en todo lo que tiene de más íntimo, de más vivo é -interesante para el corazón del hombre, era incompatible esa absorción -del individuo en la sociedad, esa abnegación ciega en que el hombre se -olvidaba de sí mismo para no pensar en otra cosa que en la asociación -á que pertenecía. Esa vida moral, interior, faltaba á los antiguos, -porque carecían de principios donde fundarla, de reglas para dirigirla, -de inspiraciones con que fomentarla y nutrirla; y así observamos que en -Roma, tan pronto como el elemento político fué perdiendo su ascendiente -sobre las almas, gastándose el entusiasmo con las disensiones -intestinas, y sofocándose todo sentimiento generoso con el insoportable -despotismo que sucedió á las últimas turbulencias de la república, se -desenvuelven rápidamente la corrupción y la molicie más espantosas; -pues que la actividad del alma, consumida poco antes en los debates del -foro, y en las gloriosas hazañas de la guerra, no encontrando pábulo -en que cebarse, se abandona lastimosamente á los goces materiales, con -un desenfreno tal, que nosotros apenas acertamos á concebir, á pesar -de la relajación de costumbres de que con razón nos lamentamos. Por -manera que entre los antiguos sólo vemos dos extremos: ó un patriotismo -llevado al más alto punto de exaltación, ó una postración completa -de las facultades de una alma, que se abandona sin tasa á cuanto le -sugieren sus pasiones desordenadas: el hombre era siempre esclavo, ó de -sus propias pasiones, ó de otro hombre, ó de la sociedad. - -Merced al enflaquecimiento de las creencias, acarreado por el -individualismo intelectual en materias religiosas proclamado por el -Protestantismo; merced al quebrantamiento del lazo moral con que reunía -á los hombres la unidad católica, podemos observar en la civilización -europea algunas muestras de lo que debía de ser entre los antiguos el -hombre, falto como estaba de los verdaderos conocimientos sobre sí -mismo, y sobre su origen y destino. Pero, dejando para más adelante -el señalar los puntos de semejanza que se descubren entre la sociedad -antigua y la moderna en aquellas partes donde se ha debilitado la -influencia de las ideas cristianas, bástame por ahora observar que, -si la Europa llegase á perder completamente el Cristianismo, como -lo han deseado algunos insensatos, no pasaría una generación, sin -que renaciesen entre nosotros el individuo y la sociedad tales como -estaban entre los antiguos, salvo, empero, las modificaciones que trae -necesariamente consigo el diferente estado material de ambos pueblos. - -La libertad de albedrío, altamente proclamada por el Catolicismo, y tan -vigorosamente por él sostenida, no sólo contra la antigua enseñanza -pagana, sino y muy particularmente contra los sectarios de todos -tiempos, y en especial contra los fundadores de la llamada Reforma, -ha sido también un poderoso resorte que ha contribuído más de lo que -se cree al desarrollo y perfección del individuo, y á realzar sus -sentimientos de independencia, su nobleza y su dignidad. Cuando el -hombre llega á considerarse arrastrado por la irresistible fuerza -del destino, sujeto á una cadena de acontecimientos en cuyo curso él -no puede influir; cuando llega á figurarse que las operaciones del -alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son -más que una vana ilusión, desde entonces el hombre se anonada, se -siente asimilado á los brutos, no es ya el príncipe de los vivientes, -el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar, y que -mal de su grado ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran -máquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mérito -y el demérito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son -palabras sin sentido; el hombre goza ó sufre, sí, pero á la manera del -arbusto, que, ora es mecido por el blando céfiro, ora azotado por el -furioso aquilón. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: él es -el dueño de su destino; y el bien y el mal, la vida y la muerte están -ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el -santuario de su conciencia. El alma tiene allí su trono, donde está -sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella, y el orbe -desplomándose sobre su frágil cuerpo, no pueden forzarla á querer ó á -no querer. El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se -despliega á nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura, -el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de -desmerecer nos detiene, y la vista del galardón que puede ser alcanzado -con libre voluntad, y que está como suspendido al extremo de los -senderos de la virtud, hace estos senderos más gratos y apacibles, y -comunica al alma actividad y energía. Si el hombre es libre, conserva -un no sé qué de más grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen, -hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperación del -infierno. ¿Qué es un hombre que ha carecido de libertad, y que, sin -embargo, es castigado? ¿qué significa ese absurdo, dogma capital de -los fundadores del Protestantismo? Es una víctima miserable, débil, -en cuyos tormentos se complace una omnipotencia cruel, un Dios que ha -querido criar para ver sufrir, un tirano con infinito poder, es decir, -el más horrendo de los monstruos. Pero, si el hombre es libre, cuando -sufre, sufre porque lo ha merecido: y, si le contemplamos en medio -de la desesperación, sumido en un piélago de horrores, lleva en su -frente la señal del rayo con que justamente le ha herido el Eterno; y -parécenos oirle todavía con su ademán altanero, con su mirada soberbia, -cuál pronuncia aquellas terribles palabras: _non serviam, no serviré_. - -En el hombre, como en el universo, todo está enlazado maravillosamente, -todas las facultades tienen sus relaciones, que, por delicadas, no -dejan de ser íntimas, y el movimiento de una cuerda hace retemblar -todas las otras. Necesario es llamar la atención sobre esa mutua -dependencia de nuestras facultades para prevenir la respuesta que -quizás darían algunos, de que sólo se ha probado que el Catolicismo -ha debido de contribuir á desenvolver al individuo en un sentido -místico: no, no; las reflexiones que acabo de presentar, prueban algo -más: prueban que al Catolicismo es debida la clara idea, el vivo -sentimiento del orden moral en toda su grandeza y hermosura; prueban -que al Catolicismo es debido lo que se llama conciencia propiamente -tal; prueban que al Catolicismo es debido el que el hombre se crea con -un destino inmenso cuyo negocio le es enteramente propio, y destino que -está puesto en manos de su libre albedrío; prueban que al Catolicismo -es debido el verdadero conocimiento del hombre, el aprecio de su -dignidad, la estimación, el respeto que se le dispensan por el mero -título de hombre; prueban que el Catolicismo ha desenvuelto en nuestra -alma los gérmenes de los sentimientos más nobles y generosos, puesto -que ha levantado la mente con los más altos conceptos, y ha ensanchado -y elevado nuestro corazón, asegurándole una libertad que nadie le puede -arrebatar, brindándole con un galardón de eternal ventura, pero dejando -en su mano la vida y la muerte, haciéndole en cierto modo árbitro de su -destino. Algo más que un mero misticismo es todo esto: es nada menos -que el verdadero individualismo, el único individualismo noble, justo, -razonable; es nada menos que un conjunto de poderosos impulsos para -llevar al individuo á su perfección en todos sentidos; es nada menos -que el primero, el más indispensable, el más fecundo elemento de la -verdadera civilización.[1] - - - - -CAPITULO XXIV - - -Hemos visto lo que debe al Catolicismo el individuo; veamos ahora -lo que le debe la familia. Claro es que, si el Catolicismo es quien -ha perfeccionado al individuo, siendo éste el primer elemento de la -familia, la perfección de ella deberá ser también mirada como obra -del Catolicismo; pero sin insistir en esta ilación, quiero considerar -el mismo lazo de familia, y para esto es menester llamar la atención -sobre la mujer. No recordaré lo que era la mujer entre los antiguos, -ni lo que es todavía en los pueblos que no son cristianos; la -historia, y aun más la literatura de Grecia y Roma, nos darían de ello -testimonios tristes, ó más bien vergonzosos; y todos los pueblos de -la tierra nos ofrecerían abundantes pruebas de la verdad y exactitud -de la observación de Buchanan, de que, dondequiera que no reine el -Cristianismo, hay una tendencia á la degradación de la mujer. - -Quizás el Protestantismo no quiera en esta parte ceder terreno al -Catolicismo, pretendiendo que, por lo que toca á la mujer, en nada ha -perjudicado la Reforma á la civilización europea. Pero, prescindiendo, -por de pronto, de si el Protestantismo acarreó en este punto algunos -males, cuestión que se ventilará más adelante, no puede al menos -ponerse en duda que, cuando él apareció, tenía ya la religión católica -concluída su obra por lo tocante á la mujer: pues que nadie ignora -que el respeto y consideración que se dispensa á las mujeres, y la -influencia que ejercen sobre la sociedad, datan de mucho antes que del -primer tercio del siglo XVI. De lo que se deduce que el Catolicismo no -tuvo ni pudo tener al Protestantismo por colaborador, y que obró solo, -enteramente solo, en uno de los puntos más cardinales de toda verdadera -civilización; y que, al confesarse generalmente que el Cristianismo ha -colocado á la mujer en el rango que le corresponde, y que más conviene -para el bien de la familia y de la sociedad, tributándose este elogio -al Cristianismo se le tributa al Catolicismo; pues que, cuando se -levantaba á la mujer de la abyección, cuando se la alzaba al grado -de digna compañera del hombre, no existían esas sectas disidentes, -que también se apellidan cristianas; no había más Cristianismo que la -Iglesia católica. - -Como el lector habrá notado ya que en el decurso de esta obra no -se atribuyen al Catolicismo blasones y timbres, echando mano de -generalidades, sino que para fundarlos se desciende al pormenor de los -hechos, estará naturalmente esperando que se haga lo mismo aquí, y que -se indique cuáles son los medios de que se ha valido el Catolicismo -para dar á la mujer consideración y dignidad: no quedará el lector -defraudado en su esperanza. - -Por de pronto, y antes de bajar á pormenores, es menester observar que -á mejorar el estado de la mujer debieron de contribuir sobremanera -las grandiosas ideas del Cristianismo sobre la humanidad; ideas que, -comprendiendo al varón como á la hembra, sin diferencia ninguna, -protestaban vigorosamente contra el estado de envilecimiento en que -se tenía á esa preciosa mitad del linaje humano. Con la doctrina -cristiana quedaban desvanecidas para siempre las preocupaciones contra -la mujer; é igualada con el varón en la unidad de origen y destino y en -la participación de los dones celestiales, admitida en la fraternidad -universal de los hombres entre sí y con Jesucristo, considerada -también como hija de Dios y coheredera de Jesucristo, como compañera -del hombre, no como esclava, ni como vil instrumento de placer, debía -callar aquella filosofía que se había empeñado en degradarla; y aquella -literatura procaz que con tanta insolencia se desmandaba contra las -mujeres, hallaba un freno en los preceptos cristianos, y una reprensión -elocuente en el modo lleno de dignidad con que, á ejemplo de la -Escritura, hablaban de ella todos los autores eclesiásticos. - -Pero, á pesar del benéfico influjo que por sí mismas habían de -ejercer las doctrinas cristianas, no se hubiera logrado cumplidamente -el objeto, si la Iglesia no tomara tan á pecho el llevar á cabo la -obra más necesaria, más imprescindible para la buena organización -de la familia y de la sociedad: hablo de la reforma del matrimonio. -La doctrina cristiana es en esta parte muy sencilla: _uno con una, -y para siempre_; pero la doctrina no era bastante, á no encargarse -de su realización la Iglesia, á no sostener esa realización con -firmeza inalterable; porque las pasiones, y sobre todo las del varón, -braman contra semejante doctrina, y la hubieran pisoteado sin duda, -á no estrellarse contra el insalvable valladar que no les ha dejado -vislumbrar ni la más remota esperanza de victoria. ¿Y querrá también -gloriarse de haber formado parte del valladar el Protestantismo, que -aplaudió con insensata algazara el escándalo de Enrique VIII, que se -doblegó tan villanamente á las exigencias de la voluptuosidad del -landgrave de Hesse-Cassel? ¡Qué diferencia tan notable! Por espacio -de muchos siglos, en medio de las más varias y muchas veces terribles -circunstancias, lucha impávida la Iglesia católica con las pasiones de -los potentados, para sostener sin mancilla la santidad del matrimonio: -ni los halagos ni las amenazas nada pueden recabar de Roma que sea -contrario á la enseñanza del Divino Maestro, y el Protestantismo, al -primer choque, ó, mejor diré, al asomo del más ligero compromiso, al -solo temor de malquistarse con un príncipe, y no muy poderoso, cede, se -humilla, consiente la poligamia, hace traición á su propia conciencia, -abre ancha puerta á las pasiones para que puedan destruir la santidad -del matrimonio, esa santidad que es la más segura prenda del bien de -las familias, la primera piedra sobre que debe cimentarse la verdadera -civilización. - -Más cuerda en este punto la sociedad protestante que los falsos -reformadores, empeñados en dirigirla, rechazó con admirable buen -sentido las consecuencias de semejante conducta; y ya que no conservase -las doctrinas del Catolicismo, siguió al menos la saludable tendencia -que él le había comunicado, y la poligamia no se estableció en Europa. -Pero la historia conservará los hechos que muestran la debilidad de -la llamada Reforma, y la fuerza vivificante del Catolicismo: ella -dirá á quién se debe que en medio de los siglos bárbaros, en medio -de la más asquerosa corrupción, en medio de la violencia y ferocidad -por doquiera dominantes, tanto en el período de la fluctuación de los -pueblos invasores, como en el del feudalismo, como en el tiempo en que -descollaba ya prepotente el poderío de los reyes, ella dirá, repito, á -quién se debe que el matrimonio, el verdadero paladión de la sociedad, -no fuera doblegado, torcido, hecho trizas, y que el desenfreno de la -voluptuosidad no campease con todo su ímpetu, con todos sus caprichos, -llevando en pos de sí la desorganización más profunda, adulterando el -carácter de la civilización europea, y lanzándola en la honda sima en -que yacen desde muchos siglos los pueblos del Asia. - -Los escritores parciales pueden registrar los anales de la historia -eclesiástica para encontrar desavenencias entre papas y príncipes, y -echar en cara á la Corte de Roma su espíritu de _terca intolerancia_ -con respecto á la santidad del matrimonio; pero, si no los cegara el -espíritu de partido, comprenderían que, si esa _terca intolerancia_ -hubiera aflojado un instante, si el Pontífice de Roma hubiese -retrocedido ante la impetuosidad de las pasiones un solo paso, una vez -dado el primero, encontrábase una rápida pendiente, y al fin de ésta, -un abismo; comprenderían el espíritu de verdad, la honda convicción, la -viva fe de que está animada esa augusta Cátedra, ya que nunca pudieron -consideraciones ni temores de ninguna clase hacerla enmudecer, cuando -se ha tratado de recordar á todo el mundo, y muy en particular á -los potentados y á los reyes: _serán dos en una carne; lo que Dios -unió, no lo separe el hombre_; comprenderían que, si los papas se han -mostrado inflexibles en este punto, aun á riesgo de los desmanes de -los reyes, además de cumplir con el sagrado deber que les imponía el -augusto carácter de jefes del Cristianismo, hicieron una obra maestra -en política, contribuyeron grandemente al sosiego y bienestar de los -pueblos: «porque los casamientos de los príncipes, dice Voltaire, -forman en Europa el destino de los pueblos, y nunca se ha visto una -corte libremente entregada á la prostitución, sin que hayan resultado -revoluciones y sediciones.» (_Ensayo sobre la historia gener., tom. 3, -cap. 101._) - -Esta observación tan exacta de Voltaire bastaría para vindicar á los -papas, y con ellos al Catolicismo, de las calumnias de miserables -detractores; pero, si esa reflexión no se concreta al orden político -y se la extiende al orden social, crece todavía en valor, y adquiere -una importancia inmensa. La imaginación se asombra al pensar en lo que -hubiera acontecido, si esos reyes bárbaros en quienes el esplendor de -la púrpura no bastaba á encubrir al hijo de las selvas, si esos fieros -señores encastillados en sus fortalezas, cubiertos de hierro y rodeados -de humildes vasallos, no hubieran encontrado un dique en la autoridad -de la Iglesia; si al echar á alguna belleza una mirada de fuego, si al -sentir con el nuevo ardor que se engendraba en su pecho el fastidio -por su legítima esposa, no hubiesen tropezado con el recuerdo de una -autoridad inflexible. Podían, es verdad, cometer una tropelía contra -el obispo, ó hacer que enmudeciese con el temor ó los halagos; podían -violentar los votos de un concilio particular, ó hacerse un partido -con amenazas, ó con la intriga y el soborno; pero allá, en obscura -lontananza, divisaban la cúpula del Vaticano, la sombra del Sumo -Pontífice se les aparecía como una visión aterradora; allí perdían la -esperanza, era inútil combatir: el más encarnizado combate no podía -dar por resultado la victoria; las intrigas más mañosas, los ruegos -más humildes, no recabarán otra respuesta que: _uno con una, y para -siempre_. - -La simple lectura de la historia de la Edad Media, aquella escena -de violencias, donde se retrata con toda viveza el hombre bárbaro -forcejando por quebrantar los lazos que pretende imponerle la -civilización; con sólo recordar que la Iglesia debía estar siempre -en vigilante guarda, no tan sólo para que no se hiciesen pedazos los -vínculos del matrimonio, sino también para que no fuesen víctimas de -raptos y tropelías las doncellas, aun las consagradas al Señor; salta á -los ojos que, si la Iglesia católica no se hubiese opuesto como un muro -de bronce al desbordamiento de la voluptuosidad, los palacios de los -príncipes y castillos de los señores se habrían visto con su serrallo y -harén, y siguiendo por la misma corriente las demás clases, quedara la -mujer europea en el mismo abatimiento en que se encuentra la musulmana. -Y, ya que acabo de mentar á los sectarios de Mahoma, recordaré aquí á -los que pretenden explicar la monogamia y poligamia sólo por razones de -clima, que los cristianos y mahometanos se hallaron por largo tiempo -en los mismos climas, y que con las vicisitudes de ambos pueblos se -han establecido las respectivas religiones, ora en climas más rígidos, -ora en más templados y suaves; y, sin embargo, no se ha visto que las -religiones se acomodasen al clima, sino que antes bien el clima ha -tenido, por decirlo así, que doblegarse á las religiones. - -Gratitud eterna deben los pueblos europeos al Catolicismo, por -haberles conservado la monogamia, que á no dudarlo ha sido una de las -causas que más han contribuído á la buena organización de la familia -y al realce de la mujer. ¿Cuál sería ahora la situación de Europa, -qué consideración disfrutaría la mujer, si Lutero, el fundador del -Protestantismo, hubiese alcanzado á inspirar á la sociedad la misma -indiferencia en este punto que él manifiesta en su _Comentario sobre -el Génesis_? «Por lo que toca á saber, dice Lutero, si se pueden tener -muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas nos deja en completa -libertad»; y añade después que _esto no se halla ni permitido, ni -prohibido, y que él por sí no decide nada_. ¡Desgraciada Europa, si -semejantes palabras, salidas nada menos que de la boca de un hombre que -arrastró en pos de su secta tantos pueblos, se hubiesen pronunciado -algunos siglos antes, cuando la civilización no había recibido -todavía bastante impulso para que, á pesar de las malas doctrinas, -pudiese seguir en los puntos más capitales una dirección certera! -¡Desgraciada Europa, si á la sazón en que escribía Lutero, no se -hallaran ya muy formadas las costumbres, y si la buena organización -dada á la familia por el Catolicismo, no tuviera ya raíces demasiado -profundas para ser arrancadas por la mano del hombre! El escándalo -del landgrave de Hesse-Cassel, á buen seguro que no fuera un ejemplo -aislado, y la culpable condescendencia de los doctores luteranos habría -tenido resultados bien amargos. ¿De qué sirvieran, para contener la -impetuosidad feroz de los pueblos bárbaros y corrompidos, aquella fe -vacilante, aquella incertidumbre, aquella cobarde flojedad con que se -amilanaba la Iglesia protestante, á la sola exigencia de un príncipe -como el landgrave? ¿Cómo sostuviera una lucha de siglos, la que al -primer amago del combate ya se rinde, la que antes del choque ya se -quebranta? - -Al lado de la monogamia, puede decirse que figura por su alta -importancia la indisolubilidad del matrimonio. Aquellos que se apartan -de la doctrina de la Iglesia opinando que es útil en ciertos casos -permitir el divorcio, de tal manera que se considere, como suele -decirse, disuelto el vínculo, y que cada uno de los consortes pueda -pasar á segundas nupcias, no me podrán negar que miran el divorcio como -un remedio, y remedio peligroso, de que el legislador echa mano á duras -penas, sólo en consideración á la malicia ó á la flaqueza; no me podrán -negar que el multiplicarse mucho los divorcios acarrearía males de -gravísima cuenta, y que, para prevenirlos en aquellos países donde las -leyes civiles consienten este abuso, es menester rodear la permisión -de todas las precauciones imaginables; y, por consiguiente, tampoco me -podrán disputar que el establecer la indisolubilidad como principio -moral, el cimentarla sobre motivos que ejercen poderoso ascendiente -sobre el corazón, el seguir la marcha de las pasiones, teniéndolas de -la mano para que no se desvíen por tan resbaladiza pendiente, es un -eficaz preservativo contra la corrupción de costumbres, es una garantía -de tranquilidad para las familias, es un firme reparo contra gravísimos -males que vendrían á inundar la sociedad; y, por tanto, que obra -semejante es la más propia, la más digna de ser objeto de los cuidados -y del celo de la verdadera religión. ¿Y qué religión ha cumplido con -este deber, sino la católica? ¿Cuál ha desempeñado más cumplidamente -tan penosa y saludable tarea? ¿Ha sido el Protestantismo, que ni -alcanzó á penetrar la profundidad de las razones que guiaban en este -particular la conducta de la Iglesia católica? - -Los protestantes, arrastrados por su odio á la Iglesia romana, y -llevados del prurito de innovarlo todo, creyeron hacer una gran reforma -secularizando, por decirlo así, el matrimonio, y declamando contra -la doctrina católica, que le miraba como un verdadero sacramento. No -cumpliría á mi objeto el entrar aquí en una controversia dogmática -sobre esta cuestión; bástame hacer notar que fué grave desacuerdo -despojar el matrimonio del augusto sello de un sacramento, y que con -semejante paso se manifestó el Protestantismo muy escaso conocedor del -corazón humano. El considerar el matrimonio, no como un mero contrato -civil, sino como un verdadero sacramento, era ponerle bajo la augusta -sombra de la religión, y elevarle sobre la turbulenta atmósfera de las -pasiones: ¿quién puede dudar que todo esto se necesita cuando se trata -de poner freno á la pasión más viva, más caprichosa, más terrible del -corazón del hombre? ¿Quién duda que para producir este efecto no son -bastante las leyes civiles, y que son menester motivos que, arrancando -de más alto origen, ejerzan más eficaz influencia? - -Con la doctrina protestante se echaba por tierra la potestad de la -Iglesia en asuntos matrimoniales, quedando exclusivamente en manos de -la potestad civil. Quizás no faltará quien piense que este ensanche -dado á la potestad secular no podía menos de ser altamente provechoso -á la causa de la civilización, y que el arrojar de este terreno á -la autoridad eclesiástica fué un magnífico triunfo sobre añejas -preocupaciones, una utilísima conquista sobre usurpaciones injustas. -¡Miserables! Si se albergaran en vuestra mente elevados conceptos, -si vibraran en vuestros pechos aquellas harmoniosas cuerdas, que -dan un conocimiento delicado y exacto de las pasiones del hombre, y -que inspiran los medios más á propósito para dirigirlas, vierais, -sintierais que el poner el matrimonio bajo el manto de la religión, -substrayéndolo, en cuanto cabe, de la intervención profana, era -purificarle, era embellecerle, era rodearle de hermosísimo encanto, -porque se colocaba bajo inviolable salvaguardia aquel precioso tesoro, -que con sólo una mirada se aja, que con un levísimo aliento se empaña. -¿Tan mal os parece un denso velo corrido á la entrada del tálamo -nupcial, y la religión guardando sus umbrales con ademán severo? - - - - -CAPITULO XXV - - -Pero, se nos dirá á los católicos: ¿no encontráis vuestras doctrinas -sobrado duras, demasiado rigurosas? ¿no advertís que esas doctrinas -prescinden de la flaqueza y volubilidad del corazón humano, que -le exigen sacrificios superiores á sus fuerzas? ¿no conocéis que -es inhumano sujetar á la rigidez de un principio las afecciones -más tiernas, los sentimientos más delicados, las inspiraciones más -livianas? ¿Concebís toda la dureza que entraña una doctrina que se -empeña en mantener unidos, amarrados con el lazo fatal, á dos seres que -ya no se aman, que ya se causan mutuo fastidio, que quizá se aborrecen -con un odio profundo? Á estos seres que suspiran por su separación, -que antes quisieran la muerte que permanecer unidos, responderles con -un _jamás_, con un _eterno jamás_, mostrándoles, al propio tiempo, -el sello divino, que se grabó en su lazo en el momento solemne de -recibir el sacramento del matrimonio, ¿no es olvidar todas las reglas -de la prudencia, no es un proceder desesperante? ¿No vale algo más la -indulgencia del Protestantismo, que, acomodándose á la flaqueza humana, -se presta más fácilmente á lo que exige, á veces nuestro capricho, á -veces nuestra debilidad? - -Es necesario contestar á esta réplica, disipar la ilusión que pueden -causar ese linaje de argumentos, muy á propósito para inducir á un -errado juicio, seduciendo de antemano el corazón. En primer lugar, -es exagerado el decir que, con el sistema católico, se reduzca á un -extremo desesperante á los esposos desgraciados. Casos hay en que -la prudencia demanda que los consortes se separen, y entonces no -se oponen á la separación, ni las doctrinas ni las prácticas de la -Iglesia católica. Verdad es que no se disuelve por eso el vínculo -del matrimonio, ni ninguno de los consortes queda libre para pasar á -segundas nupcias; pero hay ya lo bastante para que no se pueda suponer -tiranizados á ninguno de los dos; no se les obliga á vivir juntos, y, -de consiguiente, no sufren ya el tormento, á la verdad intolerable, de -permanecer siempre reunidas dos personas que se aborrecen. - -«Pero bien, se nos dirá, una vez separados los consortes, no se -les atormenta con la cohabitación, que les era tan penosa, pero se -les priva de pasar á segundas nupcias, y, por tanto, se les veda -el satisfacer otra pasión que pueden abrigar en su pecho, y que -quizá fué la causa del fastidio ó aborrecimiento, de que resultaron -la discordia y la desdicha en el primer matrimonio. ¿Por qué no se -considera entonces este matrimonio como disuelto del todo, quedando -enteramente libres ambos consortes? ¿Por qué no se les permite seguir -las afecciones de su corazón, que, fijado ya sobre otro objeto, les -augura días más felices?» Aquí, donde la salida parece más difícil, -donde la fuerza de la dificultad se presenta más apremiadora, aquí es -donde puede alcanzar el Catolicismo un triunfo más señalado, aquí es -donde puede mostrar más claramente cuán profundo es su conocimiento del -corazón del hombre, cuán sabias son en este punto sus doctrinas, cuán -previsora y atinada su conducta. Lo que parece rigor excesivo, no es -más que una severidad necesaria; y que, tanto dista de merecer la tacha -de cruel, que antes bien es para el hombre una prenda de sosiego y -bienestar. Á primera vista no se concibe cómo puede ser así, y, por lo -mismo, será menester desentrañar este asunto, descendiendo, en cuanto -posible sea, á un profundo examen de los principios que justifican á la -luz de la razón la conducta observada por el Catolicismo, no sólo por -lo tocante al matrimonio, sino también en todo lo relativo al corazón -humano. - -Cuando se trata de dirigir las pasiones, se ofrecen dos sistemas de -conducta. Consiste el uno en condescender, el otro en resistir. En el -primero se retrocede delante de ellas á medida que avanzan; nunca se -les opone un obstáculo invencible, nunca se las deja sin esperanza; se -les señala en verdad una línea para que no pasen de ciertos límites, -pero se les deja conocer que, si se empeñan en pisarla, esta línea -se retirará un poco más; por manera que la condescendencia está en -proporción con la energía y con la obstinación de quien la exige. En -el segundo, también se marca á las pasiones una línea, de la que no -pueden pasar; pero esta línea es fija, inmóvil, resguardada en toda su -extensión por un muro de bronce. En vano lucharían para salvarla; no -les queda ni una sombra de esperanza; el principio que las resiste no -se alterará jamás; no consentirá transacciones de ninguna clase. No les -queda recurso de ninguna especie, á no ser que quieran pasar adelante -por el único camino que nunca puede cerrarse á la libertad humana: -el de la maldad. En el primer sistema, se permite el desahogo para -prevenir la explosión; en el segundo, no se consiente que principie -el incendio, para no verse obligado á contener su progreso; en aquél, -se temen las pasiones cuando están en su nacimiento, y se confía -limitarlas cuando hayan crecido; en éste, se conceptúa que, si no es -fácil contenerlas cuando son pequeñas, lo será mucho menos cuando sean -grandes; en el uno, se procede en el supuesto de que las pasiones -con el desahogo se disipan y se debilitan; en el otro, se cree que -satisfaciéndose no se sacían, y que antes bien se hacen más sedientas. - -Generalmente hablando, puede decirse que el Catolicismo sigue el -segundo sistema; es decir, que, en tratando con las pasiones, su regla -constante es atajarlas en los primeros pasos; dejarlas, en cuanto -cabe, sin esperanza; ahogarlas, si es posible, en la misma cuna. Y es -necesario advertir que hablamos aquí de la severidad con las pasiones, -no con el hombre que las tiene; que es muy compatible no transigir con -la pasión, y ser indulgente con la persona apasionada; ser inexorable -con la culpa, y sufrir benignamente al culpable. Por lo tocante al -matrimonio, ha seguido este sistema con una firmeza que asombra; el -Protestantismo ha tomado el camino opuesto; ambos convienen en que -el divorcio que llevare consigo la disolución del vínculo, es un mal -gravísimo; pero la diferencia está en que, según el sistema católico, -no se deja entrever ni siquiera la esperanza de que pueda venir el -caso de esa disolución, pues se la veda absolutamente, sin restricción -alguna, se la declara imposible, cuando en el sistema protestante se la -puede consentir en ciertos casos; el Protestantismo no tiene para el -matrimonio un sello divino que garantice su perpetuidad, que lo haga -inviolable y sagrado; el Catolicismo tiene este sello, le imprime en -el misterioso lazo, y en adelante queda el matrimonio bajo la guarda de -un símbolo augusto. - -¿Cuál de las dos religiones es más sabia en este punto? ¿cuál procede -con más acierto? Para resolver esta cuestión, prescindiendo, como -prescindimos aquí, de las razones dogmáticas, y de la moralidad -intrínseca de los actos humanos que forman el objeto de las leyes cuyo -examen nos ocupa, es necesario determinar cuál de los dos sistemas -arriba descritos es más á propósito para el manejo y dirección de -las pasiones. Meditando sobre la naturaleza del corazón del hombre y -ateniéndonos á lo que nos enseña la experiencia de cada día, puede -asegurarse que el medio más adaptado para enfrenar una pasión es -dejarla sin esperanza; y que el condescender con ella, el permitirle -continuos desahogos, es incitarla más y más, es juguetear con el fuego -al rededor del combustible, dejarle que prenda en él una y otra vez, -con la vana confianza de que siempre será fácil apagar el incendio. - -Demos una rápida ojeada sobre las pasiones más violentas, y observemos -cuál es su curso ordinario, según el sistema que con ellas se practica. -Ved al jugador, á ese hombre dominado por un desasosiego indefinible, -que abriga al mismo tiempo una codicia insaciable y una prodigalidad -sin límites, que ni se contenta con la más inmensa fortuna, ni vacila -en aventurarla á un azar de un momento, que en medio del mayor -infortunio sueña todavía en grandes tesoros, que corre afanoso y -sediento en pos de un objeto, que parece el oro, y que, sin embargo, -no lo es, pues que su posesión no le satisface; ved á ese hombre, cuyo -corazón inquieto sólo puede vivir en medio de la incertidumbre, del -riesgo, suspenso entre el temor y la esperanza, y que, al parecer, -se complace en esa rápida sucesión de vivas sensaciones que de -continuo le sacuden y atormentan: ¿cuál es el remedio para curarle -de esa enfermedad, de esa fiebre devoradora? Aconsejadle un sistema -de condescendencia, decidle que juegue, pero que se limite á cierta -cantidad, á ciertas horas, á ciertos lugares; ¿qué lograréis? Nada, -absolutamente nada. Si estos medios pudieran servir de algo, no habría -jugador en el mundo que no se hubiese curado de su pasión; porque -ninguno hay que no se haya fijado mil veces á sí mismo esos límites, -que no se haya dicho mil veces: «jugarás no más que hasta tal hora, -no más que en este ó aquel lugar, no más que sobre tal cantidad.» Con -estos paliativos, con estas precauciones impotentes, ¿qué le sucede -al desgraciado jugador? Que se engaña miserablemente, que la pasión -transige para cobrar fuerzas y asegurar mejor la victoria, que va -ganando terreno, que va ensanchando el círculo prefijado, y que vuelve -á los primeros excesos, si no á otros mayores. ¿Queréis curarle de -raíz? Si algún remedio queda, será, no lo dudéis, abstenerse desde -luego completamente. Esto, á primera vista, será más doloroso, pero -en la práctica será más fácil; desde que la pasión vea cerrada toda -esperanza, empezará á debilitarse, y al fin desaparecerá. No creo que -ninguna persona experimentada tenga la menor duda sobre la exactitud de -lo que acabo de decir; y que no convenga conmigo en que el mejor medio -de ahogar esa formidable pasión es quitarle de una vez todo pábulo, -dejarla sin esperanza. - -Vamos á otro ejemplo más allegado al objeto que principalmente me -propongo dilucidar. Supongamos á un hombre señoreado por el amor; -¿creéis que, para curarle de su mal, será conveniente consentirle un -desahogo, concediéndole ocasiones, bien que menos frecuentes, de ver -á la persona amada? ¿Paréceos si podrá serle saludable el permitirle -la continuación, vedándole, empero, la frecuencia? ¿Se apagará, se -amortiguará siquiera con esa precaución, la llama que arde en su -pecho? Es cierto que no: la misma compresión de esta llama acarreará -su aumento, y multiplicará su fuerza; y como, por otra parte, se le va -dando algún pábulo, si bien más escaso, y se le deja un respiradero por -donde puede desahogarse, irá ensanchando cada día ese respiradero, -hasta que, al fin, alcance á desembarazarse del obstáculo que la -resiste. Pero quitad á esa pasión la esperanza; empeñad al amante -en un largo viaje, ó poned de por medio algunos impedimentos que no -dejen entrever como probable, ni siquiera posible, el logro del fin -deseado; y entonces, salvas algunas rarísimas excepciones, conseguiréis -primero la distracción, y en seguida el olvido. ¿No es esto lo que -está enseñando á cada paso la experiencia? ¿No es éste el remedio que -la misma necesidad sugiere todos los días á los padres de familia? Las -pasiones son como el fuego: se apaga si se le echa agua en abundancia; -pero se enardece con más viveza, si el agua es poca é insuficiente. - -Pero elevemos nuestra consideración, coloquémonos en un horizonte más -vasto, y observemos las pasiones obrando en un campo más extenso, -y en regiones de mayor altura. ¿Cuál es la causa de que, en épocas -tormentosas, se exciten tantas y tan enérgicas pasiones? Es que todas -conciben esperanzas de satisfacerse; es que, volcadas las clases más -elevadas, y destruídas las instituciones más antiguas y colosales, -y reemplazadas por otras que antes eran imperceptibles, todas las -pasiones ven abierto el camino para medrar en medio de la confusión -y de la borrasca. Ya no existen las barreras que antes parecían -insalvables, y cuya sola vista, ó no dejaba nacer la pasión, ó la -ahogaba en su misma cuna; todo ha quedado abierto, sin defensa; sólo se -necesita valor y constancia para saltar intrépido por en medio de los -escombros y ruinas que se han amontonado con el derribo de lo antiguo. - -Considerada la cosa en abstracto, no hay absurdo más palpable que la -monarquía hereditaria, que la sucesión en la corona asegurada á una -familia donde á cada paso puede encontrarse sentado en el solio, ó -un niño, ó un imbécil, ó un malvado; y, sin embargo, en la práctica -nada hay más sabio, más prudente, más previsor. Así lo ha enseñado la -experiencia de largos siglos, así con esa enseñanza lo conoce bien -claro la razón, así lo han aprendido con tristes escarmientos los -desgraciados pueblos que han tenido la monarquía electiva. Y esto, -¿por qué? Por la misma razón que estamos ponderando: porque con la -monarquía hereditaria se cierra toda puerta á la esperanza de una -ambición desmesurada; porque, de otra suerte, abriga la sociedad un -eterno germen de agitación y revueltas, promovidas por todos los que -pueden concebir alguna esperanza de empuñar un día el mando supremo. -En tiempos sosegados, y en una monarquía hereditaria, llegar á ser -rey un particular, por rico, por noble, por sabio, por valiente, por -distinguido que sea de cualquier modo, es un pensamiento insensato, -que ni siquiera asoma en la mente del hombre; pero cambiad las -circunstancias, introducid la probabilidad, tan sólo una remota -posibilidad, y veréis como no faltan luego fervientes candidatos. - -Fácil sería desenvolver más semejante doctrina, haciendo de ella -aplicación á todas las pasiones del hombre; pero estas indicaciones -bastan para convencer que, cuando se trata de sojuzgar una pasión, lo -primero que debe hacerse es oponerle una valla insuperable, que no le -deje esperanza alguna de pasar adelante; entonces la pasión se agita -por algunos momentos, se levanta contra el obstáculo que la resiste; -pero, encontrándole inmóvil, retrocede, se abate, y cual las olas del -mar se acomoda murmurando al nivel que se le ha señalado. - -Hay en el corazón humano una pasión formidable que ejerce poderosa -influencia sobre los destinos de la vida, y que con sus ilusiones -engañosas y seductoras labra no pocas veces una larga cadena de dolor -y de infortunio. Teniendo un objeto necesario para la conservación del -humano linaje, y encontrándose en cierto modo en todos los vivientes -de la naturaleza, revístese, sin embargo, de un carácter particular, -con sólo abrigarse en el alma de un ser inteligente. En los brutos -animales, el instinto la guía de un modo admirable, limitándola á lo -necesario para la conservación de las especies; pero, en el hombre, -el instinto se eleva á pasión; y esta pasión, nutrida y avivada por el -fuego de la fantasía, refinada con los recursos de la inteligencia, -y veleidosa é inconstante por estar bajo la dirección de un libre -albedrío, que puede entregarse á tantos caprichos cuantas son las -impresionas que reciben los sentidos y el corazón, se convierte en un -sentimiento vago, voluble, descontentadizo, insaciable; parecido al -malestar de un enfermo calenturiento, al frenesí de un delirante, que -ora divaga por un ambiente embalsamado de purísimos aromas, ora se -agita convulsivo con las ansias de la agonía. - -¿Quién es capaz de contar la variedad de formas bajo las cuales se -presenta esa pasión engañosa, y la muchedumbre de lazos que tiende á -los pies del desgraciado mortal? Observadla en su nacimiento, seguidla -en su carrera, hasta el fin de ella, cuando toca á su término y se -extingue como una lámpara moribunda. Asoma apenas el leve bozo en el -rostro del varón, dorando graciosamente una faz tierna y sonrosada, -y ya brota en su pecho como un sentimiento misterioso, le inquieta y -desasosiega, sin que él mismo conozca la causa. Una dulce melancolía -se desliza en su corazón, pensamientos desconocidos divagan por su -mente, sombras seductoras revolotean por su fantasía, un imán secreto -obra sobre su alma, una seriedad precoz se pinta en su semblante, -todas sus inclinaciones toman otro rumbo; ya no le agradan los juegos -de la infancia, todo le hace augurar una vida nueva, menos inocente, -menos tranquila; la tormenta no ruge aún, el cielo no se ha encapotado -todavía, pero los rojos celajes que le matizan son un triste presagio -de lo que ha de venir. Llega, entre tanto, la adolescencia, y lo que -antes era un sentimiento vago, misterioso, incomprensible al mismo -que le abrigaba, es, desde entonces, más pronunciado, los objetos se -esclarecen y se presentan como son en sí, la pasión los ve, y á ellos -se encamina. Pero no creáis que por esto la pasión sea constante; es -tan vana, tan voluble y caprichosa, como los objetos que se le van -presentando; corre sin cesar en pos de ilusiones, persiguiendo sombras, -buscando una satisfacción que nunca encuentra, esperando una dicha que -jamás llega. Exaltada la fantasía, hirviendo el corazón, arrebatada el -alma entera, sojuzgada en todas sus facultades, rodéase el ardiente -joven de las más brillantes ilusiones, comunícalas á cuanto le -circunda, presta á la luz del cielo un fulgor más esplendente, reviste -la faz de la tierra de un verdor más lozano, de colores más vivos, -esparciendo por doquiera el reflejo de su propio encanto. - -En la edad viril, cuando el pensamiento es más grave y más fijo, -cuando el corazón ha perdido de su inconstancia, cuando la voluntad -es más firme y los propósitos más duraderos, cuando la conducta que -debe regir los destinos de la vida está ya sujeta á una norma, y como -encerrada en un carril, todavía se agita en el corazón del hombre -esa pasión misteriosa, todavía le atormenta con inquietud incesante. -Sólo que entonces, con el mayor desarrollo de la organización física, -la pasión es más robusta y más enérgica; sólo que entonces, con el -mayor orgullo que inspiran al hombre la independencia de la vida, el -sentimiento de mayores fuerzas, y la mayor abundancia de medios, la -pasión es más decidida, más osada, más violenta; así como, á fuerza -de los desengaños y escarmientos que le ha dado la experiencia, se ha -hecho más cautelosa, más previsora, más astuta; no anda acompañada de -la candidez de los primeros años, sino que sabe aliarse con el cálculo, -sabe marchar á su fin por caminos más encubiertos, sabe echar mano de -medios más acertados. ¡Ay del hombre que no se precave á tiempo contra -semejante enemigo! Consumirá su existencia en una agitación febril; y -de inquietud en inquietud, de tormenta en tormenta, si no acaba con la -vida en la flor de sus años, llegará á la vejez dominado todavía por -su pasión funesta; ella le acompañará hasta el sepulcro, con aquellas -formas asquerosas y repugnantes con que se pinta en un rostro surcado -por los años, en unos ojos velados que auguran la muerte ya cercana. - -Ahora bien: ¿cuál es el sistema que conviene seguir para enfrenar esa -pasión y encerrarla en sus justos límites, para impedir que acarree al -individuo la desdicha, á las familias el desorden, á las sociedades el -caos? La regla invariable del Catolicismo, así en la moral que predica, -como en las instituciones que plantea, es la _represión_. Ni siquiera -el deseo le consiente; y declara culpable á los ojos de Dios á quien -mirare á una mujer con pensamiento impuro. Y esto ¿por qué? Porque, á -más de la moralidad intrínseca que se encierra en la prohibición, hay -una mira profunda en ahogar el mal en su origen; siendo muy cierto que -es más fácil impedir al hombre el que se complazca en malos deseos, que -no el que se abstenga de satisfacerlos, después de haberles dado cabida -en su abrasado corazón; porque hay una razón muy profunda en procurar -de esta suerte la tranquilidad del alma, no permitiéndole que, cual -sediento Tántalo, sufra con la vista del agua que huye de sus labios. -_Quid vis videre quod non licet habere?_ _¿Para qué quieres ver lo -que no puedes obtener?_ dice sabiamente el autor del admirable libro -_De la imitación de Jesucristo_, compendiando así, en pocas palabras, -la sabiduría que se encierra en la santa severidad de la doctrina -cristiana. - -Los lazos del matrimonio, señalando á la pasión un objeto legítimo, -no ciegan, sin embargo, el manantial de agitación y de caprichosa -inquietud que se alberga en el corazón. La posesión empalaga y -fastidia, la hermosura se marchita y se aja, las ilusiones se disipan, -el hechizo desaparece, y, encontrando el hombre una realidad que está -muy lejos de alcanzar á los bellos sueños á que se entregara allá en -sus delirios una imaginación fogosa, siente brotar en su pecho nuevos -deseos; y, cansado del objeto poseído, alimenta nuevas ilusiones, -buscando en otra parte aquella dicha ideal que se imaginaba haber -encontrado, y huyendo de la triste realidad, que así burla sus más -bellas esperanzas. - -Dad entonces rienda suelta á las pasiones del hombre, dejadle que -de un modo ú otro pueda alimentar la ilusión de hacerse feliz con -otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio á la -compañera de sus días, y veréis como el fastidio llegará más pronto, -como la discordia será más viva y ruidosa; veréis como los lazos -se aflojan luego de formados, como se gastan con poco tiempo, como -se rompen al primer impulso. Al contrario, proclamad la ley que no -exceptúe ni á pobres ni á ricos, ni á débiles ni á potentados, ni -á vasallos ni á reyes; que no atienda á diferencias de situación, -de índole, de salud, ni á tantos otros motivos, que en manos de las -pasiones, y sobre todo entre los poderosos, fácilmente se convierten -en pretextos; proclamad esa ley como bajada del cielo, mostrad el lazo -del matrimonio como sellado con un sello divino; y á las pasiones que -murmuran, decidles en alta voz que si quieren satisfacerse no tienen -otro camino que el de la inmoralidad; pero que la autoridad encargada -de la guarda de esa ley divina, jamás se doblegará á condescendencias -culpables, que jamás consentirá que se cubra con el velo de la dispensa -la infracción del precepto divino, que jamás dejará á la culpa sin -el remordimiento, y entonces veréis que las pasiones se abaten y se -resignan, que la ley se extiende, se afirma, y se arraiga hondamente -en las costumbres, y habréis asegurado para siempre el buen orden y -la tranquilidad de las familias; y la sociedad os deberá un beneficio -inmenso. Y he aquí cabalmente lo que ha hecho el Catolicismo, -trabajando para ello largos siglos; y he aquí lo que venía á deshacer -el Protestantismo, si se hubiesen seguido generalmente en Europa sus -doctrinas y sus ejemplos; si los pueblos dirigidos no hubiesen tenido -más cordura que sus directores. - -Los protestantes y los falsos filósofos, examinando las doctrinas y las -instituciones de la Iglesia católica al través de sus preocupaciones -rencorosas, no han acertado á concebir á qué servían los dos grandes -caracteres que distinguen siempre por doquiera los pensamientos y las -obras del Catolicismo: _unidad y fijeza_: _unidad_ en las doctrinas, -_fijeza_ en la conducta, señalando un objeto y marchando hacia él, sin -desviarse jamás. Esto los ha escandalizado; y, después de declamar -contra la _unidad_ de la doctrina, han declamado también contra la -_fijeza_ en la conducta. Si meditaran sobre el hombre, conocieran que -esta fijeza es el secreto de dirigirle, de dominarle, de enfrenar sus -pasiones cuando convenga, de exaltar su alma cuando sea menester, -haciéndola capaz de los mayores sacrificios, de las acciones más -heroicas. Nada hay peor para el hombre que la _incertidumbre_, que -la _indecisión_; nada que tanto le debilite y esterilice. Lo que es -el escepticismo al entendimiento, es la indecisión á la voluntad. -Prescribidle al hombre un objeto fijo, y haced que se dirija hacia él: -á él se dirigirá y le alcanzará. Dejadle vacilando entre varios, que no -tenga para su conducta una norma fija, que no sepa cuál es su porvenir, -que marche sin saber á dónde va, y veréis que su energía se relaja, -sus fuerzas se enflaquecen, hasta que se abate y se para. ¿Sabéis el -secreto con que los grandes caracteres dominan el mundo? ¿Sabéis cómo -son capaces ellos mismos de acciones heroicas, y cómo hacen capaces -de ellas á cuantos los rodean? Porque tienen un objeto fijo para sí, -y para los demás: porque le ven con claridad, le quieren con firmeza, -y se encaminan hacia él, sin dudas, sin rodeos, con esperanza firme, -con fe viva, sin consentir la vacilación, ni en sí mismos ni en los -otros. Alejandro, César, Napoleón, y los demás héroes antiguos y -modernos, ejercían sin duda con el ascendiente de su genio una acción -fascinadora; pero el secreto de su predominio, de su pujanza, de su -impulso que todo lo arrollaba, era la unidad de pensamiento, la fijeza -del plan, que engendraban un carácter firme, aterrador, dándoles sobre -los demás hombres una superioridad inmensa. Así pasaba Alejandro el -Gránico, y empezaba, y llevaba á cabo su prodigiosa conquista del -Asia; así pasaba César el Rubicón, y ahuyentaba á Pompeyo, y vencía -en Farsalia, y se hacía señor del mundo; así dispersaba Napoleón á los -habladores que estaban disertando sobre la suerte de Francia, vencía en -Marengo, se ceñía la diadema de Carlomagno, y aterraba y asombraba el -mundo con los triunfos de Austerlitz y de Jena. - -Sin _unidad_ no hay orden, sin _fijeza_ no hay estabilidad; y en -el mundo moral como en el físico, nada puede prosperar que no -sea ordenado y estable. Así el Protestantismo, que ha pretendido -hacer progresar al individuo y á la sociedad destruyendo la unidad -religiosa, é introduciendo en las creencias y en las instituciones la -_multiplicidad_ y _movilidad_ del pensamiento privado, ha acarreado -por doquiera la confusión y el desorden, y ha desnaturalizado la -civilización europea, inoculando en sus venas un elemento desastroso, -que le ha causado y le causará todavía gravísimos males. Y no puede -inferirse de esto que el Catolicismo esté reñido con el adelanto de los -pueblos, por la _unidad_ de sus doctrinas y la _fijeza_ de las reglas -de su conducta; pues también cabe que marche lo que es _uno_, también -cabe movimiento en un sistema que tenga _fijos_ algunos de sus puntos. -Este universo que nos asombra con su grandor, que nos admira con sus -prodigios, que nos encanta con su variedad y belleza, está sujeto á la -_unidad_, y está regido por leyes fijas y constantes. - -Ved ahí algunas de las razones que justifican la severidad del -Catolicismo; ved ahí por qué no ha podido mostrarse condescendiente con -esa pasión que, una vez desenfrenada, no respeta linde ni barrera, que -introduce la turbación en los corazones y el desorden en las familias, -que gangrena la sociedad, quitando á las costumbres todo decoro, ajando -el pudor de las mujeres y rebajándolas del nivel de dignas compañeras -del hombre. En esta parte el Catolicismo es severo, es verdad; pero -esta severidad no podía renunciarla, sin renunciar al propio tiempo sus -altas funciones de depositario de la sana moral, de vigilante atalaya -por los destinos de la humanidad.[2] - - - - -CAPITULO XXVI - - -Ese anhelo del Catolicismo para cubrir con tupido velo los secretos -del pudor, y por rodear de moralidad y de recato la pasión más procaz, -manifiéstase en sumo grado en la importancia que ha dado á la virtud -contraria, hasta coronando con brillante aureola la entera abstinencia -de placeres sensuales: la _virginidad_. Cuanto haya contribuído -con esto el Catolicismo á realzar á la mujer, no lo comprenderán -ciertamente los entendimientos frívolos, mayormente si andan guiados -por las inspiraciones de un corazón voluptuoso; pero no se ocultará -á los que sean capaces de conocer que todo cuanto tiende á llevar al -más alto punto de delicadeza el sentimiento del pudor, todo cuanto -fortifica la moralidad, todo cuanto se encamina á presentar á una parte -considerable del bello sexo como un dechado de la virtud más heroica, -todo esto se endereza también á levantar á la mujer sobre la turbia -atmósfera de las pasiones groseras, todo esto contribuye á que no se -presente á los ojos del hombre como un mero instrumento de placer, -todo esto sirve maravillosamente á que, sin disminuirse ninguno de los -atractivos con que la ha dotado la naturaleza, no pase rápidamente de -triste víctima del libertinaje á objeto de menosprecio y fastidio. - -La Iglesia católica había conocido profundamente esas verdades; y así, -mientras celaba por la santidad de las relaciones conyugales, mientras -creaba en el seno de las familias la bella dignidad de una matrona, -cubría con misterioso velo la faz de la virgen cristiana, y las esposas -del Señor eran guardadas como un depósito sagrado en la augusta -obscuridad de las sombras del santuario. Reservado estaba á Lutero, -al grosero profanador de Catalina de Boré, el desconocer también en -este punto la profunda y delicada sabiduría de la religión católica; -digna empresa del fraile apóstata, que después de haber hecho pedazos -el augusto sello religioso del tálamo nupcial, se arrojase también á -desgarrar con impúdica mano el sagrado velo de las vírgenes consagradas -al Señor; digna empresa de las duras entrañas del perturbador violento -el azuzar la codicia de los príncipes, para que se lanzasen sobre -los bienes de doncellas desvalidas, y las expulsaran de sus moradas, -atizando luego la voluptuosidad, y quebrantando todas las barreras -de la moral, para que, cual bandadas de palomas sin abrigo, cayesen -en las garras del libertinaje. ¿Y qué? ¿también así se aumentaba el -respeto debido al bello sexo? ¿también así se acendraba el sentimiento -del pudor? ¿también así progresaba la humanidad? ¿también así daba -Lutero robusto impulso á las generaciones venideras, brío al espíritu -humano, medra y lozanía á la cultura y civilización? ¿Quién que sienta -latir en su pecho un corazón sensible, podrá soportar las desenvueltas -peroratas de Lutero, mayormente si ha leído las bellísimas páginas de -los Ciprianos, de los Ambrosios, de los Jerónimos y demás lumbreras de -la Iglesia católica, sobre los altos timbres de una virgen cristiana? -En medio de siglos donde campeaba sin freno la barbarie más feroz, -¿quién llevará á mal encontrarse con aquellas solitarias moradas, donde -se albergan las esposas del Señor, preservando sus corazones de la -corrupción del mundo, y ocupadas perennemente en levantar sus manos al -cielo para atraer hacia la tierra el rocío de la divina misericordia? -Y en tiempos y países más civilizados, ¿tan mal contrasta un asilo de -la virtud más pura y acendrada, con un inmenso piélago de disipación -y libertinaje? ¿También eran aquellas moradas un legado funesto de la -ignorancia, un monumento de fanatismo, en cuya destrucción se ocupaban -dignamente los corifeos de la Reforma protestante? ¡Ah! si así fuere, -protestemos contra todo lo interesante y bello, ahoguemos en nuestro -corazón todo entusiasmo por la virtud, no conozcamos otro mundo que el -que se encierra en el círculo de las sensaciones más groseras, que tire -el pintor su pincel y el poeta su lira, y, desconociendo todo nuestro -grandor y dignidad, digamos embrutecidos: _comamos y bebamos, que -mañana moriremos_. - -No, la verdadera civilización no puede perdonarle jamás al -Protestantismo esa obra inmoral é impía; la verdadera civilización -no puede perdonarle jamás el haber violado el santuario del pudor -y de la inocencia, el haber procurado con todas sus fuerzas que -desapareciese todo respeto á la virginidad, pisando, de esta suerte, un -dogma profesado por todo el humano linaje; el no haber acatado lo que -acataron los griegos en sus sacerdotisas de Ceres, los romanos en sus -vestales, los galos en sus druidesas, los germanos en sus adivinas; el -haber llevado más allá la procacidad de lo que no hicieron jamás los -disolutos pueblos del Asia, y los bárbaros del nuevo continente. Mengua -es, por cierto, que se haya atacado en Europa lo que se ha respetado -en todas las partes del mundo; que se haya tachado de preocupación -despreciable, una creencia universal del género humano, sancionada, -además, por el Cristianismo. ¿Dónde se ha visto una irrupción de -bárbaros que compararse pudiera al desbordamiento del Protestantismo -contra lo más inviolable que debe haber entre los hombres? ¿Quién dió -el funesto ejemplo á los perpetradores de semejantes crímenes en las -revoluciones modernas? - -Que, en medio de furores de una guerra, se atreva la barbarie de los -vencedores á soltar el brutal desenfreno de la soldadesca sobre las -moradas de las vírgenes consagradas al Señor, esto se concibe muy -bien; pero, el perseguir por sistema estos santos establecimientos, -concitando contra ellos las pasiones del populacho, y atacando -groseramente la institución en su origen y en su objeto, esto es más -que inhumano y brutal, esto carece de nombre cuando lo hacen los mismos -que se precian de reformadores, de amantes del Evangelio puro, y que -se proclaman discípulos de Aquel que en sus sublimes consejos señaló la -_virginidad_ como una de las virtudes más hermosas que pueden esmaltar -la aureola de un cristiano. ¿Y quién ignora que ésta fué una de las -obras con más ardor emprendidas por el Protestantismo? - -La mujer sin pudor ofrecerá un cebo á la voluptuosidad, pero no -arrastrará jamás el alma con el misterioso sentimiento que se apellida -amor. ¡Cosa notable! El deseo más imperioso que se abriga en el corazón -de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor, -desagrada, ofende; así está sabiamente ordenado que sea el castigo de -su falta, lo que hiere más vivamente su corazón. Por esta causa, todo -cuanto contribuye á realzar en las mujeres ese delicado sentimiento, -las realza á ellas mismas, las embellece, les asegura mayor predominio -sobre el corazón de los hombres, les señala un lugar más distinguido, -así en el orden doméstico como en el social. Estas verdades no las -comprendió el Protestantismo, cuando condenó la _virginidad_. Sin duda -que esta virtud no es condición necesaria para el pudor; pero es su -bello ideal, su tipo de perfección; y por cierto que el desterrar de la -tierra ese modelo, el negar su belleza, el condenarle como perjudicial, -no era nada á propósito para conservar un sentimiento que está en -continua lucha con la pasión más poderosa del corazón humano, y que -difícilmente se conserva en toda su pureza si no anda acompañado de las -precauciones más exquisitas. Delicadísima flor, de hermosos colores -y suavísimo aroma, puede apenas sufrir el leve oreo del aura más -apacible; su belleza se marchita con extremada facilidad, sus olores se -disipan como exhalación pasajera. - -Pero, combatiendo la virginidad, se me hablará quizás de los -perjuicios que acarrea á la población, contándose como defraudadas á -la multiplicación del humano linaje las ofrendas que se hacen en las -aras de aquella virtud. Afortunadamente, las observaciones de los más -distinguidos economistas han venido á disipar este error proclamado -por el Protestantismo, y reproducido por la filosofía incrédula del -siglo XVIII. Los hechos han demostrado, de una manera convincente, dos -verdades, á cual más importantes, para vindicar las doctrinas y las -instituciones católicas: 1.ª Que la felicidad de los pueblos no está -en proporción necesaria con el aumento de su población. 2.ª Que tanto -ese aumento como la disminución dependen del concurso de tantas otras -causas, que el celibato religioso, si es que en algo figure entre -ellas, debe considerarse como de una influencia insignificante. - -Una religión mentida y una filosofía bastarda y egoísta se empeñaron -en equiparar los secretos de la multiplicación humana con la de los -otros vivientes. Prescindieron de todas las relaciones religiosas, no -vieron en la humanidad más que un vasto plantel, en que no convenía -dejar nada estéril. Así se allanó el camino para considerar también al -individuo como una máquina de que debían sacarse todos los productos -posibles; para nada se pensó en la caridad, en la sublime enseñanza -de la religión sobre la dignidad y los destinos del hombre; y así la -industria se ha hecho cruel, y la organización del trabajo, planteada -sobre bases puramente materiales, aumenta el bienestar presente de los -ricos, pero amenaza terriblemente su porvenir. - -¡Hondos designios de la Providencia! La nación que ha llevado más -allá estos principios funestos, encuéntrase en la actualidad agobiada -de hombres y de productos. Espantosa miseria devora sus clases más -numerosas, y toda la habilidad de los hombres que la dirigen no será -parte á desviarla de los escollos á que se encamina, impelida por la -fuerza de los elementos á que se entregó sin reserva. Los distinguidos -profesores de la universidad de Oxford, que, al parecer, van conociendo -los vicios radicales del Protestantismo, encontrarían aquí abundante -objeto de meditación para investigar hasta qué punto contribuyeron -los pretendidos reformadores del siglo XVI á preparar la situación -crítica, en que, á pesar de sus inmensos adelantos, se encuentra la -Inglaterra. - -En el mundo físico, todo está dispuesto con _número, peso y medida_; -las leyes del universo muestran, por decirlo así, un cálculo infinito, -una geometría infinita; pero guardémonos de imaginarnos que todo -podemos expresarlo por nuestros mezquinos signos, que todo podemos -encerrarlo en nuestras reducidas combinaciones. Guardémonos, sobre -todo, de la insensata pretensión de semejar demasiado el mundo moral al -mundo físico, de aplicar sin distinción á aquél lo que sólo es propio -de éste, y de trastornar con nuestro orgullo la misteriosa harmonía -de la creación. El hombre no ha nacido tan sólo para _procrear_, no -es sólo una rueda colocada en su puesto para funcionar en la gran -máquina del mundo. Es un ser á imagen y semejanza de Dios, un ser -que tiene su destino superior á cuanto le rodea sobre la tierra. No -rebajéis su altura, no inclinéis su frente al suelo inspirándole tan -sólo pensamientos terrenos; no estrechéis su corazón privándole de -sentimientos virtuosos y elevados, no dejándole otro gusto que el de -los goces materiales. Si sus pensamientos religiosos le llevan á una -vida austera, si se apodera de su alma el generoso empeño de sacrificar -en las aras de su Dios los placeres de esta vida, ¿por qué se lo habéis -de impedir? ¿con qué derecho le insultáis, despreciando un sentimiento -que exige, por cierto, más alto temple de alma que el entregarse -livianamente al goce de los placeres? - -Estas consideraciones, comunes á ambos sexos, adquieren todavía mayor -importancia cuando se aplican á la mujer. Con su fantasía exaltada, -su corazón apasionado y su espíritu ligero, necesita, aun más que el -varón, de inspiraciones severas, de pensamientos serios, graves, que -contrapesen, en cuanto sea posible, aquella volubilidad con que recorre -todos los objetos, recibiendo con facilidad extrema las impresiones -de cuanto toca, y comunicándolas á su vez, como un agente magnético, -á cuantos la rodean. Dejad, pues, que una parte del bello sexo se -entregue á una vida de contemplación y austeridad, dejad que las -doncellas y las matronas tengan siempre á la vista un modelo de todas -las virtudes, un sublime tipo de su más bello adorno, que es el pudor; -esto no será inútil por cierto: esas vírgenes no son defraudadas, ni á -la familia ni á la sociedad; una y otra recobrarán con usura lo que os -imaginabais que habían perdido. - -En efecto: ¿quién alcanza á medir la saludable influencia que deben -de haber ejercido sobre las costumbres de la mujer, las augustas -ceremonias con que la Iglesia católica solemniza la consagración de -una virgen á Dios? ¿Quién puede calcular los santos pensamientos, las -castas inspiraciones que habrán salido de esas silenciosas moradas del -pudor, que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de ciudades -populosas? ¿Creéis que la doncella en cuyo pecho se agitara una pasión -ardorosa, que la matrona que diera cabida en su corazón á inclinaciones -livianas, no habrán encontrado mil veces un freno á su pasión, en el -solo recuerdo de la hermana, de la parienta, de la amiga, que allá en -silencioso albergue levantaba al cielo un corazón puro, ofreciendo en -holocausto al Hijo de la Virgen, todos los encantos de la juventud y de -la hermosura? Esto no se calcula, es verdad; pero es cierto á lo menos -que de allí no sale un pensamiento liviano, que allí no se inspira una -inclinación voluptuosa; esto no se calcula, es verdad; pero tampoco se -calcula la saludable influencia que ejerce sobre las plantas el rocío -de la mañana, tampoco se calcula la acción vivificante de la luz sobre -la naturaleza, tampoco se calcula cómo el agua que se filtra en las -entrañas de la tierra, la fecunda y fertiliza, haciendo brotar de su -seno vistosas flores y regalados frutos. - -Son tantas las causas cuya existencia y eficacia son indudables, y -que, sin embargo, no pueden sujetarse á un cálculo riguroso, que, si -buscamos la razón de la impotencia que caracteriza toda obra hija -exclusiva del pensamiento del hombre, la encontraremos en que él no -es capaz de abarcar el conjunto de relaciones que se complican en esa -clase de objetos, y no puede apreciar debidamente las influencias -indirectas, á veces ocultas, á veces imperceptibles, de puro delicadas. -Por eso viene el tiempo á disipar tantas ilusiones, á desmentir tantos -pronósticos, á manifestar la debilidad de lo que se creía fuerte, y -la fuerza de lo que se creía débil; y es que con el tiempo se van -desenvolviendo mil relaciones cuya existencia no se sospechaba, -se ponen en acción mil causas que no se conocían, ó quizás se -despreciaban; los efectos van creciendo, se van presentando de bulto, -hasta que, al fin, se crea una situación nueva, donde no es posible -cerrar los ojos á la evidencia de los hechos, donde no es dado resistir -á la fuerza de las cosas. - -Y he aquí una de las sinrazones que más chocan en los argumentos de -los enemigos del Catolicismo. No aciertan á mirar los objetos sino por -un aspecto, no comprenden otra dirección de una fuerza que en línea -recta; no ven que, así el mundo moral como el físico, es un conjunto de -relaciones infinitamente variadas, de influencias indirectas, que obran -á veces con más eficacia que las directas; que todo forma un sistema de -correspondencia y harmonía, donde no conviene aislar las partes sino -lo necesario para conocer mejor los lazos ocultos y delicados que las -unen con el todo; donde es necesario dejar que obre el tiempo, elemento -indispensable de todo desarrollo cumplido, de toda obra duradera. - -Permítaseme esa breve digresión para inculcar verdades que nunca se -tendrá demasiado presentes, cuando se trate de examinar las grandes -instituciones fundadas por el Catolicismo. La filosofía tiene en la -actualidad que devorar amargos desengaños; vese precisada á retractar -proposiciones avanzadas con demasiada ligereza, á modificar principios -establecidos con sobrada generalidad; y todo este trabajo se hubiera -podido ahorrar, siendo un poco más circunspecta en sus fallos, andando -con mayor mesura en el curso de sus investigaciones. Coligada con el -Protestantismo, declaró guerra á muerte á las grandes instituciones -católicas, clamó por la excentralización moral y religiosa, y un -grito unánime se levanta de los cuatro ángulos del mundo civilizado -invocando un principio de unidad. El instinto de los pueblos le busca, -los filósofos ahondan en los secretos de la ciencia con la mira de -descubrirle; ¡vanos esfuerzos! _Nadie puede poner otro fundamento que -el que está puesto ya_; su duración responde de su solidez. - - - - -CAPITULO XXVII - - -Un celo incansable por la santidad del matrimonio, y un sumo cuidado -para llevar el sentimiento del pudor al más alto punto de delicadeza, -son los dos polos de la conducta del Catolicismo para realzar á la -mujer. Éstos son los grandes medios de que echó mano para lograr su -objeto; de ahí procede el poder y la importancia de las mujeres en -Europa; y es muy falso lo que dice M. Guizot (Lec. 4) de «que esta -particularidad de la civilización europea haya venido del seno del -feudalismo». No disputaré sobre la mayor ó menor influencia que pudo -ejercer en el desarrollo de las costumbres domésticas; no negaré que -el estado de aislamiento en que vivía el señor feudal, el «encontrar -siempre en su castillo á su mujer, á sus hijos y á nadie más que á -ellos, el ser ellos siempre su compañía permanente, el participar ellos -solos de sus placeres y penas, el compartir sus intereses y destinos, -no hubiese de contribuir á desenvolver las costumbres domésticas, y -á que éstas tomasen un grande y poderoso ascendiente sobre el jefe -de familia». Pero ¿quién hizo que, al volver el señor á su castillo, -encontrase tan sólo á una mujer, y no á muchas? ¿Quién le contuvo para -que no abusase de su poderío, convirtiendo su casa en harén? ¿Quién -le enfrenó para que no soltase la rienda á sus pasiones, y de ellas no -hiciese víctimas á las más hermosas doncellas que veía en las familias -de sus rendidos vasallos? Nadie negará que quien esto hizo fueron las -doctrinas y las costumbres introducidas y arraigadas en Europa por la -Iglesia católica, y las leyes severas con que opuso un firme valladar -al desbordamiento de las pasiones; y, por consiguiente, aun dado que el -feudalismo hubiera hecho el bien que se supone, sería este bien debido -á la Iglesia católica. - -Ha dado ocasión, sin duda, á que se exagerase la influencia del -feudalismo en dar importancia á las mujeres, un hecho de aquella -época que se presenta muy de bulto, y que efectivamente á primera -vista no deja de deslumbrar. Este hecho consiste en el gallardo -espíritu de caballería, que, brotando en el seno del feudalismo, y -extendiéndose rápidamente, produjo las acciones más heroicas, dió -origen á una literatura rica de imaginación y sentimiento, y contribuyó -no poco á amansar y suavizar las feroces costumbres de los señores -feudales. Distinguíase principalmente aquella época por su espíritu de -galantería; mas no la galantería común cual se forma dondequiera con -las tiernas relaciones de los dos sexos, sino una galantería llevada -á la mayor exageración por parte del hombre, combinada de un modo -singular con el valor más heroico, con el desprendimiento más sublime, -con la fe más viva y la religiosidad más ardiente. _Dios y su dama_: -he aquí el eterno pensamiento del caballero; lo que embarga todas -sus facultades, lo que ocupa todos sus instantes, lo que llena toda -su existencia. Con tal que pueda alcanzar un triunfo sobre la hueste -infiel, con tal que le aliente la esperanza de ofrecer á los pies de -su señora los trofeos de la victoria, no hay sacrificio que le sea -costoso, no hay viaje que le canse, no hay peligro que le arredre, no -hay empresa que le desanime; su imaginación exaltada le traslada á un -mundo fantástico, su corazón arde como una fragua, todo lo acomete, á -todo da cima; y aquel mismo hombre que poco antes peleaba como un león, -en los campos de la Bética ó de la Palestina, se ablanda como una cera -al solo nombre del ídolo de su corazón, vuelve sus amorosos ojos hacia -su patria, y se embelesa con el solo pensamiento de que, suspirando un -día al pie del castillo de su señora, podrá recabar quizás una seña -amorosa, ó una mirada fugitiva. ¡Ay del temerario que osare disputarle -su tesoro! ¡Ay del indiscreto que fijare sus ojos en las almenas de -donde espera el caballero una seña misteriosa! No es tan terrible la -leona á la que han arrebatado sus cachorros; y el bosque azotado por el -aquilón no se agita como el corazón del fiero amante; nada será capaz -de detener su venganza; ó dar la muerte á su rival, ó recibirla. - -Examinando esta informe mezcla de blandura y de fiereza, de religión y -de pasiones, mezcla que, sin duda, habrán exagerado un poco el capricho -de los cronistas y la imaginación de los trovadores, pero que no deja -de tener su tipo muy real y verdadero, nótase que era muy natural en -su época, y que nada entraña de la contradicción que á primera vista -pudiera presentar. En efecto: nada más natural que el ser muy violentas -las pasiones de unos hombres, cuyos progenitores poco lejanos habían -venido de las selvas del Norte á plantar su tienda ensangrentada sobre -las ruinas de las ciudades que habían destruído; nada más natural -que el no conocer otro juez que el de su brazo unos hombres que no -ejercían otra profesión que la guerra, y que, además, vivían en una -sociedad que, estando todavía en embrión, carecía de un poder público -bastante fuerte para tener á raya las pasiones particulares; y nada, -por fin, más natural en esos mismos hombres que el ser tan vivo el -sentimiento religioso, pues que la religión era el único poder por -ellos reconocido, la religión había encantado su fantasía con el -esplendor y magnificencia de los templos y la majestad y pompa del -culto, la religión los había llenado de asombro presentando á sus ojos -el espectáculo de las virtudes más sublimes y haciendo resonar á sus -oídos un lenguaje tan elevado, como dulce y penetrante: lenguaje que, -si bien no era por ellos bien comprendido, no dejaba de convencerlos de -la santidad y divinidad de los misterios y preceptos de la religión, -arrancándoles una admiración y acatamiento, que, obrando sobre almas de -tan vigoroso temple, engendraba el entusiasmo y producía el heroísmo. -En lo que se echa de ver que todo cuanto había de bueno en aquella -exaltación de sentimientos, todo dimanaba de la religión; y que, si de -ella se prescinde, sólo vemos al bárbaro que no conoce otra ley que su -lanza, ni otra guía en su conducta que las inspiraciones de un corazón -lleno de fuego. - -Calando más y más en el espíritu de la caballería, y parándose -particularmente en el carácter de los sentimientos que entrañaba con -respecto á la mujer, parece que, lejos de realzarla, la supone ya -realzada, ya rodeada de consideración; no le da un nuevo lugar, la -encuentra ocupándolo ya. Y, á la verdad, á no ser así, ¿cómo es posible -concebir tan exagerada, tan fantástica galantería? Pero imaginaos -la belleza de la virgen cubierta con el velo del pudor cristiano, y -aumentándose así la ilusión y el encanto; entonces concebiréis el -delirio del caballero; imaginaos á la virtuosa matrona, á la compañera -del hombre, á la madre de familia, á la mujer única en quien se -concentran todas las afecciones del marido y de los hijos, á la esposa -cristiana, y entonces concebiréis también por qué el caballero se -embriaga con el solo pensamiento de alcanzar tanta dicha, y por qué -el amor es algo más que un arrebato voluptuoso, es un respeto, una -veneración, un culto. - -No han faltado algunos que han pretendido encontrar el origen de esa -especie de culto, en las costumbres de los germanos, y, refiriéndose -á ciertas expresiones de Tácito, han querido explicar la mejora -social de las mujeres como dimanada del respeto con que las miraban -aquellos bárbaros. M. Guizot desecha esta aserción, y la combate -muy atinadamente, haciendo observar «que lo que nos dice Tácito de -los germanos, no era característico de aquellos pueblos, pues que -expresiones iguales á las de Tácito, los mismos sentimientos, los -mismos usos de los germanos se descubren en las relaciones que hacen -una multitud de historiadores de otros pueblos salvajes». Todavía -después de la observación de M. Guizot, se ha sostenido la misma -opinión, y así es menester combatirla de nuevo. - -He aquí el pasaje de Tácito: «Inesse quin etiam sanctum aliquid et -providum putant: nec aut consilia earum aspernantur, aut responsa -negligunt. Vidimus sub divo Vespasiano, Velledam diu apud plerosque -numinis loco habitam.» (_De mor. Germ._) «Hasta llegan á creer que -hay en las mujeres algo de santo y de profético, y ni desprecian sus -consejos, ni desoyen sus pronósticos. En tiempo del divino Vespasiano, -vimos que por largo espacio Velleda fué tenida por muchos como diosa.» -Á mi juicio, se entiende muy mal ese pasaje de Tácito, cuando se le -quiere dar extensión á las costumbres domésticas, cuando se le quiere -tomar como un rasgo que retrata las relaciones conyugales. Si se fija -debidamente la atención en las palabras del historiador, se echará de -ver que esto distaba mucho de su mente; pues que sus palabras sólo -se refieren á la superstición de considerar á algunas mujeres como -profetisas. Confírmase la verdad y exactitud de esta observación con -el mismo ejemplo que aduce de Velleda, la cual dice era reputada por -muchos como diosa. En otro lugar de sus obras (_Histor._, lib. 4), -explica Tácito su pensamiento, pues hablando de la misma Velleda nos -dice «que esta doncella de la nación de los Bructeros tenía gran -dominio, á causa de la antigua costumbre de los germanos, con que -miraban á muchas mujeres como profetisas, y, andando en aumento la -superstición, llegaban hasta á tenerlas por diosas.» «Ea virgo nationis -Bructerae late imperitabat: vetere apud germanos more, quo plerasque -faeminarum, fatidicas, e augescente superstitione, arbitrantur deas.» -El texto que se acaba de citar prueba hasta la evidencia que Tácito -habla de la superstición, no del orden doméstico, cosas muy diferentes, -pues no media inconveniente alguno en que algunas mujeres sean tenidas -como semidiosas, y, entre tanto, la generalidad de ellas no ocupen en -la sociedad el puesto que les corresponde. En Atenas se daba grande -importancia á las sacerdotisas de Ceres; en Roma á las vestales; y las -Pitonisas, y la historia de las famosas Sibilas, manifiestan que el -tener por fatídicas á las mujeres, no era exclusivamente propio de los -germanos. No debo ahora explicar la causa de estos hechos, me basta -consignarlos; tal vez la fisiología podría en esta parte suministrar -luces á la filosofía de la historia. - -Que el orden de la superstición y el de la familia eran muy diferentes, -es fácil notarlo en la misma obra de Tácito, cuando describe la -severidad de costumbres de los germanos con respecto al matrimonio. -Nada hay allí de aquel _sanctum et providum_; sólo sí una austeridad -que conservaba á cada cual en la línea de sus deberes, y lejos de -ser la mujer tenida como diosa, si caía en la infidelidad, quedaba -encomendado al marido el castigo de su falta. Es curioso el pasaje, -pues indica que entre los germanos no debían tampoco de ser escasas las -facultades del hombre sobre la mujer. «Accisis crinibus, dice, nudatam -coram propinquis expellit domo maritus, ac per omnem vicum verbere -agit.» «Rapado el cabello, échala de casa el marido en presencia de -los parientes, y desnuda la anda azotando por todo el lugar.» Este -castigo da, sin duda, una idea de la ignominia que entre los germanos -acompañaba al adulterio; pero no es muy favorable á la estimación -pública de la mujer: ésta hubiera ganado mucho con la pena del -apedreamiento. - -Cuando Tácito nos describe el estado social de los germanos, es -preciso no olvidar que quizás algunos rasgos de costumbres son de -propósito realzados algún tanto, pues que nada es más natural en un -escritor del temple de Tácito, viviendo acongojado y exasperado -por la espantosa corrupción de costumbres que á la sazón dominaba -entre los romanos. Píntanos con magníficas plumadas la santidad -del matrimonio de los germanos, es verdad; pero ¿quién no ve que, -mientras escribe, tiene á la vista aquellas matronas que, como dice -Séneca, debían contar los años, no por la sucesión de los cónsules, -sino por el cambio de maridos? ¿aquellas damas sin rastro de pudor, -entregadas á la disolución más asquerosa? Poco trabajo cuesta el -concebir dónde se fijaba la ceñuda mirada de Tácito, cuando arroja sus -concisas reflexiones como flechas: «Nemo, enim, illic vitia ridet, nec -corrumpere et corrumpi saeculum vocatur.» «Allí el vicio no hace reir, -ni la corrupción se apellida moda.» Rasgo vigoroso que retrata todo -un siglo, y que nos hace entender el secreto gusto que tendría Tácito -en echar en cara á la corrompida cultura de los romanos la pureza de -costumbres de los bárbaros. Lo mismo que aguzaba el festivo ingenio de -Juvenal y envenenaba su punzante sátira, excitaba la indignación de -Tácito, y arrancaba á su grave filosofía reprensiones severas. - -Que sus cuadros tenían algo de exagerado en favor de los germanos, y -que entre ellos no eran las costumbres tan puras cual se nos quiere -persuadir, indícanlo otras noticias que tenemos sobre aquellos -bárbaros. Posible es que fueran muy delicados en punto al matrimonio, -pero lo cierto es que no era desconocida en sus costumbres la -poligamia. César, testigo ocular, refiere que el rey germano Ariovisto -tenía dos mujeres (_De bello gall._, L. 1); y esto no era un ejemplo -aislado, pues que el mismo Tácito nos dice que había algunos pocos que -tenían á un tiempo varias mujeres, no por liviandad, sino por nobleza: -«exceptis admodum paucis, qui non libidine, sed ob nobilitatem pluribus -nuptiis ambiuntur.» No deja de hacer gracia aquello de _non libidine, -sed ob nobilitatem_; pero, al fin, resulta que los reyes y los nobles, -bajo uno ú otro pretexto, se tomaban alguna mayor libertad de la que -hubiera querido el austero historiador. - -¿Quién sabe cómo estaría la moralidad en medio de aquellas selvas? Si -discurriendo con analogía quisiéramos aventurar algunas conjeturas -fundándonos en las semejanzas que es regular tuviesen entre sí los -diferentes pueblos del Norte, ¿qué no podríamos sospechar por aquella -costumbre de los bretones, quienes, de diez en diez ó de doce en doce, -tenían las mujeres comunes, y mayormente hermanos con hermanos, y -padres con hijos, de suerte que, para distinguir las familias, tenían -que andar á tientas, atribuyendo los hijos al primero que había tomado -la doncella? César, testigo de vista, es quien lo refiere: «Uxores -habent (Britanni) deni duodenique inter se communes, et maxime fratres -cum fratribus et parentes cum liberis; sed si qui sunt ex his nati, -eorum habentur liberi, a quibus primum virgines quaeque ductae sunt.» -(_De bell. gall._, L. 4.) - -Sea de esto lo que fuere, es cierto, al menos, que el principio de la -monogamia no era tan respetado entre los germanos como se ha querido -suponer; había una excepción en favor de los nobles, es decir, de los -poderosos, y esto bastaba para desvirtuarle y preparar su ruina. En -estas materias, limitar la ley con excepciones en favor del poderoso -es poco menos que abrogarla. Se dirá que al poderoso nunca le faltan -medios para quebrantar la ley; pero no es lo mismo que él la quebrante -ó que ella misma se retire para dejarle el camino libre: en el primer -caso, el empleo de la fuerza no anonada la ley, el mismo choque con que -se la rompe hace sentir su existencia, y pone de manifiesto la sinrazón -y la injusticia; en el segundo, la misma ley se prostituye, por decirlo -así: las pasiones no necesitan de la violencia para abrirse paso, ella -les franquea villanamente la puerta. Desde entonces queda envilecida -y degradada, hace vacilar el mismo principio moral que le sirve de -fundamento; y, como en pena de su complicidad inicua, se convierte en -objeto de animadversión de aquellos que se encuentran forzados todavía -á rendirle homenaje. - -Así que, una vez reconocido entre los germanos el privilegio -de poligamia en favor de los poderosos, debía, con el tiempo, -generalizarse esta costumbre á las demás clases del pueblo; y es muy -probable que así se hubiera verificado luego que la ocupación de nuevos -países más templados y feraces, y algún adelanto en su estado social, -les hubiesen proporcionado en mayor abundancia los medios de satisfacer -las necesidades más urgentes. Sólo puede prevenirse tan grave mal, con -la inflexible severidad de la Iglesia católica. Los nobles y los reyes -conservaban todavía fuerte inclinación al privilegio de que hemos visto -que disfrutaran sus antecesores antes de abrazar la religión cristiana, -y de aquí es que, en los primeros siglos después de la irrupción, vemos -que la Iglesia alcanza á duras penas á contenerlos en sus inclinaciones -violentas. Los que se han empeñado en descubrir entre los germanos -tantos elementos de la civilización moderna, ¿no hubieran quizás andado -más acertados en encontrar en las costumbres que se han indicado más -arriba, una de las causas que ocasionaron tan frecuentes choques entre -los príncipes seculares y la Iglesia? - -No alcanzo por qué se ha de buscar en los bosques de los bárbaros -el origen de una de las más bellas cualidades que honran nuestra -civilización, ni por qué se les han de atribuir virtudes de que, por -cierto, no se mostraron muy provistos, tan pronto como se arrojaron -sobre el Mediodía. Sin monumentos, sin historia, con escasísimos -indicios sobre el estado social de aquellos pueblos, difícil es, por -no decir imposible, asentar nada fijo sobre sus costumbres; pero ¿qué -había de ser de la moralidad en medio de tanta ignorancia, tanta -superstición y barbarie? - -Lo poco que sabemos de aquellos tiempos hemos tenido que tomarlo de -los historiadores romanos, y, desgraciadamente, no es éste uno de -los mejores manantiales para beber el agua bien pura. Sucede, casi -siempre, que los observadores, mayormente cuando son guerreros que van -á conquistar, sólo pueden dar alguna cuenta del estado político de -los pueblos poco conocidos á quienes observan, andando escasos en lo -tocante al social y de familia. Y es que, para formarse idea de esto -último, es necesario mezclarse é intimarse con los pueblos observados, -cosa que no suele consentir el diferente estado de la civilización, y -mucho menos cuando entre observadores y observados reinan encarnizados -odios, hijos de largas temporadas de guerra á muerte. Añádase á esto -que, en tales casos, lo que llama más particularmente la atención es lo -que puede favorecer ó contrariar los designios de los conquistadores, -quienes, por lo común, no dan mucha importancia á las relaciones -morales, y se verá por qué los pueblos que son objeto de observación -quedan conocidos sólo en la corteza, y cuánto debe desconfiarse -entonces de todas las narraciones relativas á religión y costumbres. - -Juzgue el lector si esto es aplicable cuando se trata de apreciar -debidamente el valor de lo que sobre los bárbaros nos cuentan los -romanos; basta fijar la vista en aquellas escenas de sangre y horrores -prolongadas por siglos, en las que se veía, de una parte, la ambición -de Roma, que, no contenta con el dominio del orbe conocido, quería -extender su mando hasta lo más recóndito y escabroso de las selvas del -Norte, y, de otra, resaltaba el indomable espíritu de independencia de -los bárbaros, que rompían y hacían pedazos las cadenas que se pretendía -imponerles, y destruían con briosas acometidas las vallas con que se -esforzaba en encerrarlos en los bosques la estrategia de los generales -romanos. - -Como quiera, siempre es muy arriesgado buscar en la barbarie el origen -de uno de los más bellos florones de la civilización, y explicar por -sentimientos supersticiosos y vagos, lo que por espacio de muchos -siglos forma el estado normal de un gran conjunto de pueblos, los más -adelantados que se vieron jamás en los fastos del mundo. Si estos -nobles sentimientos que se nos quieren presentar como dimanados de los -bárbaros, existían realmente entre ellos, ¿cómo es que no perecieron -en medio de las transmigraciones y trastornos? Si nada ha quedado de -aquel estado social, ¿serán cabalmente estos sentimientos lo único -que se habrá conservado, y no como quiera, sino despojados de la -superstición y grosería, purificados, ennoblecidos, transformados en -un sentimiento racional, justo, saludable, caballeresco, digno de -pueblos civilizados? Tamañas aserciones presentan á la primera ojeada -el carácter de atrevidas paradojas. Por cierto que, cuando se ofrece -explicar grandes fenómenos en el orden social, es algo más filosófico -buscar su origen en ideas que hayan ejercido por largo tiempo vigorosa -influencia sobre la sociedad, en las costumbres é instituciones que -hayan emanado de esas ideas, en leyes que hayan sido reconocidas y -acatadas durante muchos siglos, como establecidas por un poder divino. - -¿Á qué, pues, para explicar la consideración de que disfrutan las -mujeres europeas, recurrir á la veneración supersticiosa tributada por -pueblos bárbaros, allá en sus salvajes guaridas, á Velleda, á Aurinia ó -á Gauna? La razón, el simple buen sentido, nos están diciendo que no es -éste el verdadero origen del admirable fenómeno que vamos examinando; -que es necesario buscar en otra parte el conjunto de causas que han -concurrido á producirle. La historia nos revela estas causas, mejor -diremos, nos las hace palpables, ofreciéndonos en abundancia los hechos -que no dejan la menor duda sobre el principio del cual ha dimanado tan -saludable y transcendental influencia. Antes del Cristianismo, la mujer -estaba oprimida bajo la tiranía del varón, pero elevada sobre el rango -de esclava: como débil que era, veíase condenada á ser la víctima del -fuerte. Vino la religión cristiana, y con sus doctrinas de fraternidad -en Jesucristo, y de igualdad ante Dios, sin distinción de condiciones -ni sexos, destruyó el mal en su raíz, enseñando al hombre que la -mujer no debía de ser su esclava, sino su compañera. Desde entonces -la mejora de la condición de la mujer se hizo sentir en todas partes -donde iba difundiéndose el Cristianismo; y en cuanto era posible, -atendido el arraigo de las costumbres antiguas, la mujer recogió bien -pronto el fruto de una enseñanza que venía á cambiar completamente -su posición, dándole, por decirlo así, una nueva existencia. He aquí -una de las primeras causas de la mejora de la condición de la mujer: -causa sensible, patente, cuyo señalamiento no pide ninguna suposición -gratuita, que no se funda en conjeturas, que salta á los ojos con sólo -dar una mirada á los hechos más conocidos de la historia. - -Además, el Catolicismo, con la severidad de su moral, con la alta -protección dispensada al delicado sentimiento del pudor, corrigió y -purificó las costumbres; así realzó considerablemente á la mujer, -cuya dignidad es incompatible con la corrupción y la licencia. Por -fin: el mismo Catolicismo, ó la Iglesia católica, y nótese bien que -no decimos el Cristianismo, con su firmeza en establecer y conservar -la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio, puso un freno á los -caprichos del varón, y concentró sus sentimientos hacia su esposa, -única é inseparable. Así con este conjunto de causas pasó la mujer del -estado de esclava al rango de compañera del hombre; así se convirtió -el instrumento de placer en digna madre de familia rodeada de la -consideración y respeto de los hijos y dependientes; así se creó en -las familias la identidad de intereses, se garantizó la educación de -los hijos, resultando esa intimidad en que se hermanan marido y mujer, -padres é hijos, sin el derecho atroz de vida y muerte, sin facultad -siquiera para castigos demasiado graves: y todo vinculado por lazos -robustos, pero blandos, afianzados en los principios de la sana moral; -sostenidos por las costumbres, afirmados y vigilados por las leyes, -apoyados en la reciprocidad de intereses, asegurados con el sello de la -perpetuidad y endulzados por el amor. He aquí descifrado el misterio, -he aquí explicado á satisfacción el origen del realce y de la dignidad -de la mujer europea, he aquí de donde nos ha venido esa admirable -organización de la familia que los europeos poseemos sin apreciarla, -sin conocerla bastante, sin procurar, cual debiéramos, su conservación. - -Al ventilar esta importante materia, he distinguido de propósito -entre el Cristianismo y el Catolicismo, para evitar la confusión de -palabras, que nos habría llevado á la confusión de las cosas. En la -realidad, el verdadero, el único Cristianismo es el Catolicismo; pero -hay ahora la triste necesidad de no poder emplear indistintamente -estas palabras: y esto no sólo á causa de los protestantes, sino por -razón de esa monstruosa nomenclatura filosófico-cristiana que no se -olvida jamás de mezclar el Cristianismo entre las sectas filosóficas; -ni más ni menos que si esa religión divina no fuera otra cosa que un -sistema imaginado por el pensamiento del hombre. Como el principio de -la caridad descuella en todas partes donde se encuentra la religión -de Jesucristo, y se hace visible hasta á los ojos de los incrédulos, -aquellos filósofos que han querido permanecer en la incredulidad, sin -incurrir, empero, en la nota de volterianos, se han apoderado de las -palabras de fraternidad y de humanidad, para hacerlas servir de tema -á su enseñanza, atribuyendo principalmente al Cristianismo el origen -de esas ideas sublimes y de los generosos sentimientos que de ellas -emanan. Así aparentan que no rompen con toda la historia de lo pasado, -como lo hiciera allá en sus sueños la filosofía del siglo anterior, -sino que pretenden acomodarlo á lo presente, y preparar el camino á más -grande y dichoso porvenir. - -Pero no creáis que el Cristianismo de esos filósofos sea una religión -divina; nada de eso: es una idea feliz, grandiosa, fecunda en grandes -resultados, pero no es más que una idea puramente humana. Es un -producto de largos y penosos trabajos de la humanidad. El politeísmo, -el judaísmo, la filosofía de Oriente, la de Egipto, de Grecia, todo era -una especie de trabajo preparatorio para la grande obra. Jesucristo, -según ellos, no hizo más que formular ese pensamiento que en embrión -se removía y se agitaba en el seno de la humanidad: él fijó la idea, -la desenvolvió, y, haciéndola bajar al terreno de la práctica, hizo -dar al linaje humano un paso de inmensa importancia en el camino de la -perfección á que se dirige. Pero, en todo caso, Jesucristo no es más, á -los ojos de esos filósofos, que un filósofo en Judea, como un Sócrates -en Grecia, ó un Séneca en Roma:[.?] Y no es poca fortuna si le conceden -todavía esa existencia de hombre, y no les place transformarle en un -ser mitológico, convirtiendo la narración del Evangelio en una pura -alegoría. - -Así es de la mayor importancia en la época actual el distinguir entre -el Cristianismo y el Catolicismo, siempre que se trata de poner en -claro y de presentar á la gratitud de los pueblos los inefables -beneficios de que son deudores á la religión cristiana. Conviene -demostrar que lo que ha regenerado al mundo no ha sido una idea lanzada -como al acaso en medio de tantas otras que se disputaban la preferencia -y el predominio; sino un conjunto de verdades y de preceptos bajados -del cielo, transmitidos al género humano por un Hombre-Dios por medio -de una sociedad formada y autorizada por él mismo, para continuar hasta -la consumación de los siglos la obra que él estableció con su palabra, -sancionó con sus milagros y selló con su sangre. Conviene, por tanto, -mostrar á esa sociedad, que es la Iglesia católica, realizando en sus -leyes y en sus instituciones las inspiraciones y la enseñanza del -Divino Maestro, y cumpliendo al mismo tiempo el alto destino de guiar -á los hombres hacia la felicidad eterna, y el de mejorar su condición -y consolar y disminuir sus males en esta tierra de infortunio. De esta -suerte se concreta, por decirlo así, el Cristianismo, ó mejor diremos, -se le muestra tal cual es, no cual lo finge el vano pensamiento del -hombre. - -Y cuenta que no debemos temer jamás por la suerte de la verdad á causa -de un examen detallado y profundo de los hechos históricos: que, si -en el vasto campo á que nos conducen semejantes investigaciones -encontramos de vez en cuando la obscuridad, andando largos trechos -por caminos abovedados donde no penetran los rayos del sol, donde -sonoroso el terreno que pisamos amenaza con abismos á nuestra planta, -marchemos todavía con más aliento y brío; á la vuelta de la sinuosidad -más medrosa descubriremos en lontananza la luz que alumbra la -extremidad del camino, y la verdad sentada á sus umbrales, sonriéndose -apaciblemente de nuestros temores y sobresaltos. - -Entre tanto es necesario decirlo á esos filósofos, como á los -protestantes: el Cristianismo, sin estar realizado en una sociedad -visible que esté en continuo contacto con los hombres, y autorizada, -además, para enseñarlos y dirigirlos, no sería más que una teoría -semejante á tantas otras como se han visto y se ven sobre la tierra; -y, por consiguiente, fuera también, si no del todo estéril, á lo menos -impotente para levantar ninguna de esas obras que atraviesan intactas -el curso de los siglos. Y es una de éstas, sin duda, el matrimonio -cristiano, la organización de la familia, que ha sido su inmediata -consecuencia. En vano se hubieran difundido ideas favorables á la -dignidad de la mujer, y encaminadas á la mejora de su condición, si -la santidad del matrimonio no se hubiese hallado escudada por un -poder generalmente reconocido y acatado. Las pasiones, que á pesar de -encontrarse con este poder forcejaban, no obstante, por abrirse camino, -¿qué hubieran hecho en el caso de no hallar otro obstáculo que el de -una teoría filosófica, ó de una idea religiosa no realizada en ninguna -sociedad que exigiese sumisión y obediencia? - -No tenemos, pues, necesidad de acudir á esa filosofía extravagante que -anda buscando la luz en medio de las tinieblas, y que, al ver que el -orden ha sucedido al caos, tiene la peregrina ocurrencia de afirmar que -el orden fué producido por el caos. Supuesto que encontramos en las -doctrinas, en las leyes de la Iglesia católica el origen de la santidad -del matrimonio y de la dignidad de la mujer, ¿por qué lo buscaríamos -en las costumbres brutales de unos bárbaros que tenían apenas un velo -para el pudor, y para los secretos del tálamo nupcial? Hablando César -de las costumbres de los germanos de no conocer á las mujeres hasta -cierta edad, dice: «Y en esto no cabe ocultación ninguna, pues que -en los ríos se bañan mezclados y sólo usan de unas pieles ó pequeños -zamarros, dejando desnuda gran parte del cuerpo»; «_cuius res nulla est -ocultatio. quod et promiscui in fluminibus perluuntur, et pellibus aut -rhenonum tegumentis utuntur magna corporis parte nuda_.» (César, _De -bel. gall._, L. 6.) - -Heme visto obligado á contestar á textos con textos, disipando los -castillos aéreos levantados por el prurito de cavilar y de andar en -busca de causas extrañas en la explicación de fenómenos cuyo origen se -encuentra fácilmente, apelando con sinceridad y buena fe á lo que nos -enseñan de consuno la filosofía y la historia. Así era menester, dado -que se trataba de esclarecer uno de los puntos más delicados de la -historia del linaje humano, de buscar la procedencia de uno de los más -fecundos elementos de la civilización europea: se trataba nada menos -que de comprender la organización de la familia, es decir, de fijar uno -de los polos sobre que gira el eje de la sociedad. - -Gloríese enhorabuena el Protestantismo de haber introducido el -divorcio, de haber despojado el matrimonio del bello y sublime carácter -de sacramento, de haber substraído del cuidado y de la protección de -la Iglesia el acto más importante de la vida del hombre; gócese en -las destrucciones de los sagrados asilos de las vírgenes consagradas -al Señor, y en sus declamaciones contra la virtud más angelical y más -heroica: nosotros, después de haber defendido la doctrina y la conducta -de la Iglesia católica en el tribunal de la filosofía y de la historia, -concluiremos invocando el fallo, no precisamente de la alta filosofía, -sino del simple buen sentido, de las inspiraciones del corazón.[3] - - - - -CAPITULO XXVIII - - -Al enumerar en el capítulo XX los principales caracteres que distinguen -la civilización europea, señalé, como uno de ellos, «_una admirable -conciencia pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de -justicia y equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia -que sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente -que el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos_». -Ahora es menester explicar con alguna extensión en qué consiste esa -conciencia pública, cuál es su origen, y cuáles sus resultados, -indagando al propio tiempo la parte que en formularla ha cabido, así -al Protestantismo como al Catolicismo. Cuestión importante y delicada, -y que, sin embargo, me atrevería á decir que está intacta; pues que -no sé que nadie se haya ocupado en ella. Se habla continuamente de -la excelencia de la moral cristiana, y en este punto están acordes -los hombres de todas las sectas y escuelas de Europa; pero no se -fija bastante la atención en el modo con que esa moral ha llegado á -dominarlo todo, desalojando primero la corrupción del paganismo, y -manteniéndose después, á pesar de los estragos de la incredulidad, -formando una admirable conciencia pública, cuyos beneficios disfrutamos -todos, sin apreciarlos debidamente, sin advertirlos siquiera. - -Profundizaremos mejor la materia si ante todo nos formamos una idea -bien clara de lo que se entiende por conciencia. La conciencia, tomando -esta palabra en su sentido general ó más bien ideológico, significa -el conocimiento que tiene cada cual de sus propios actos. Así se dice -que el alma tiene conciencia de sus pensamientos, de los actos de su -voluntad, de sus sensaciones; por manera que, tomada en esta acepción -la palabra conciencia, expresa una percepción de lo que estamos -haciendo ó padeciendo. - -Trasladada esta palabra al orden moral, significa el juicio que -formamos de nuestras acciones, en cuanto son buenas ó malas. Así, -antes de ejercer una acción, la conciencia nos la señala como buena ó -mala, y, de consiguiente, como lícita ó ilícita, dirigiendo de este -modo nuestra conducta; así, después de haberla ejercido, nos dice la -conciencia si hemos obrado bien ó mal, excusándonos ó condenándonos, -premiándonos con la tranquilidad del corazón ó atormentándonos con el -remordimiento. - -Previas estas aclaraciones, no será difícil concebir la que debe -entenderse por conciencia pública; la cual no es otra cosa que el -juicio que forma sobre las acciones la generalidad de los hombres; -resultando de esto que, así como la conciencia privada puede ser recta -ó errónea, ajustada ó lata, lo propio sucede con la pública; y que -entre la generalidad de los hombres de distintas sociedades ha de -mediar una diferencia semejante á la que se nota en este punto entre -los individuos. Es decir, que, así como en una misma sociedad se -encuentran hombres de una conciencia más ó menos recta, más ó menos -errónea, más ó menos ajustada, más ó menos lata, deben encontrarse -también sociedades que aventajan á otras en formar el juicio más ó -menos acertado sobre la moralidad de las acciones, y que sean en este -punto más ó menos delicadas. - -Si bien se observa, la conciencia del individuo es el resultado de -varias causas muy diferentes. Es un error el creer que la conciencia -esté sólo en el entendimiento; tiene raíces en el corazón. La -conciencia es un juicio, es verdad; pero juzgamos de las cosas de -una manera muy diferente, según el modo con que las sentimos, y si á -esto se añade que, en tratándose de ideas y acciones morales, tienen -muchísima influencia los sentimientos, resulta que la conciencia -se forma bajo el influjo de todas las causas que obran con alguna -eficacia sobre nuestro corazón. Comunicad á los niños los mismos -principios morales, dándoles la enseñanza por un mismo libro y por un -mismo maestro; pero suponed que el uno vea en su propia familia la -aplicación continua de la instrucción que recibe, cuando el otro no -observa más en la suya que tibieza ó distracción. Suponed, además, -que estos dos niños entran en la adolescencia con la misma convicción -religiosa y moral, de suerte que, por lo tocante á su entendimiento, no -se descubra entre los dos la menor diferencia. ¿Creéis, sin embargo, -que su juicio será idéntico sobre la moralidad de las acciones que se -les vaya ofreciendo? Es cierto que no. Y esto, ¿por qué? Porque el uno -no tiene más que convicciones, el otro tiene, además, los sentimientos; -en el uno la doctrina ilustraba la mente, en el otro venía el ejemplo -continuo á grabar la doctrina en el corazón. Así es que lo que aquél -mirará con indiferencia, éste lo contemplará con horror; lo que el -primero practicará con descuido, el segundo lo practicará con mucho -cuidado; lo que para el uno será objeto de mediano interés, será para -el otro de alta importancia. - -La conciencia pública, que en último resultado viene á ser en cierto -modo la suma de las conciencias privadas, está sujeta á las mismas -influencias á que lo están éstas: por manera que tampoco le basta la -enseñanza, sino que le es necesario, además, el concurso de otras -causas que pueden, no sólo instruir el entendimiento, sino formar el -corazón. Comparando la sociedad cristiana con la pagana, échase de ver -al instante que en esta parte debe aquélla encontrarse muy superior á -ésta, no sólo por la pureza de su moral y la fuerza de los principios -y motivos con que la sanciona, sino también porque sigue el sabio -sistema de inculcar de continuo esa moral, consiguiendo de esta suerte -grabarla más vivamente en el ánimo de los que la aprendan y recordarla -incesantemente para que no pueda olvidarse. - -Con esta continua repetición de las mismas verdades consigue el -Cristianismo lo que no pueden alcanzar las demás religiones, de las -cuales ninguna ha podido acertar en la organización y ejercicio de -un sistema tan importante. Pero, como quiera que sobre este punto me -extendí bastante en el primer tomo de esta obra (cap. XIV), no repetiré -aquí lo que dije allí, y pasaré á consideraciones particulares sobre la -conciencia pública europea. - -Es innegable que en esta conciencia dominan, generalmente hablando, la -razón y la justicia. Revolved los códigos, observad los hechos, y, ni -en las leyes, ni en las costumbres, descubriréis aquellas chocantes -injusticias, aquellas repugnantes inmoralidades que encontraréis en -otros pueblos. Hay males, por cierto, y muy graves; pero al menos nadie -los desconoce, y se los llama con su nombre. No se apellida bien al -mal y mal al bien; es decir, que está en ciertas materias la sociedad -como aquellos individuos de buenos principios y de malas costumbres, -que son los primeros en reconocer que su conducta es errada, que hay -contradicción entre sus doctrinas y sus obras. - -Lamentámonos con frecuencia de la corrupción de costumbres, del -libertinaje de nuestras capitales; pero, ¿qué son la corrupción y el -libertinaje de las sociedades modernas, si se los compara al desenfreno -de las sociedades antiguas? No puede negarse que hay en algunas -capitales de Europa una corrupción espantosa. En los registros de la -policía figuran un asombroso número de mujeres perdidas; en los de las -casas de beneficencia, el de los niños expósitos; y en las casas más -acomodadas hacen dolorosos estragos la infidelidad conyugal y todo -linaje de disipación y desorden. Sin embargo, los excesos no llegan -ni de mucho al extremo en que los vemos entre los pueblos más cultos -de la antigüedad, como son los griegos y romanos. Por manera que -nuestra sociedad, tal como nosotros la vemos con harta pena, hubiérales -parecido á ellas un modelo de pudor y de decoro. ¿Será menester -recordar los nefandos vicios, tan comunes y tan públicos entonces, -y que ahora apenas se nombran entre nosotros, ó por cometerse muy -raras veces, ó porque, temiendo la mirada de la conciencia pública, -se ocultan en las más densas sombras, como debajo de las entrañas de -la tierra? ¿Será necesario traer á la memoria las infamias de que -están mancillados los escritos de los antiguos cuando nos retratan -las costumbres de su tiempo? Nombres ilustres, así en las ciencias -como en las armas, han pasado á la posteridad con manchas tan negras, -que, no sin dificultad, se estampan ahora en un escrito; y esto nos -revela la profunda corrupción en que yacerían sumidas todas las -clases, cuando se sabía, ó al menos se sospechaba, que hasta tal punto -se habían degradado los hombres que por su elevada posición y demás -circunstancias eran las lumbreras que guiaban la sociedad en su marcha. - -¿Habláis de la codicia, de esa sed de oro que todo lo invade y -marchita? Pues mirad á esos usureros que chupaban la sangre del -pueblo por todas partes: leed los poetas satíricos, y allí veréis -lo que eran en este punto las costumbres; consultad los anales de -la Iglesia, y veréis sus trabajos para atenuar las males de ese -vicio. Leed los monumentos de la historia romana, y encontraréis -la _maldita sed de oro_, y los desapiadados pretores robando sin -pudor, llevando á Roma en triunfo el fruto de sus rapiñas, para vivir -allí con escandaloso fausto y comprar los sufragios que habían de -levantarlos á nuevos mandos. No, en la civilización europea, entre -pueblos educados por el Cristianismo, no se tolerarían por tanto tiempo -tamaños males; supóngase el desgobierno, la tiranía, la corrupción de -costumbres, hasta el punto que se quiera; pero la conciencia pública -levantará su voz, dará una mirada ceñuda á los opresores; si bien -podrán cometerse tropelías parciales, jamás la rapiña se erigirá -en un sistema seguido sin rebozo, como una pauta de gobierno. Esas -palabras de _justicia_, de _moralidad_, de _humanidad_, que sin cesar -resuenan entre nosotros, y no como palabras vanas, sino produciendo -efectos inmensos, y evitando grandes males, están como impregnando -nuestra atmósfera, las respiramos, detienen mil y mil veces la mano -del culpable, y, resistiendo con increíble fuerza á las doctrinas -materialistas y utilitarias, continúan ejerciendo en la sociedad un -efecto incalculable. Hay un sentimiento de moralidad que todo lo -suaviza y domina, sentimiento cuya fuerza es tanta, que obliga al vicio -á conservar las apariencias de la virtud, á encubrirse con cien velos, -si no quiere ser el objeto de la execración pública. - -La sociedad moderna parece que debió heredar la corrupción de la -antigua, supuesto que se formó de los fragmentos de ella, y esto en la -época en que la disolución de costumbres había llegado al mayor exceso. -Es notable, además, que la irrupción de los bárbaros estuvo tan lejos -de mejorar la situación, que, antes bien, contribuyó á empeorarla. Y -esto, no sólo por la corrupción propia de sus costumbres brutales y -feroces, sino también por el desorden que introdujeron en los pueblos -invadidos, quebrantando la fuerza de las leyes, convirtiendo en un caos -los usos y costumbres, y aniquilando toda autoridad. - -De lo que resulta que es tanto más singular la mejora de la conciencia -pública que distingue á los pueblos europeos, y que no puede atribuirse -á otra causa que á la influencia del vital y poderoso principio que -obró en el seno de Europa por largos siglos. - -Es sobremanera digna de observarse la conducta seguida en este punto -por la Iglesia, siendo quizá uno de los hechos más importantes que -se encuentran en la historia de la Edad media. Colocaos en un siglo -cualquiera, en un siglo en que la corrupción y la injusticia levanten -más erguida la frente, y siempre observaréis que, por más repugnante, -por más impuro que sea el hecho, la ley es siempre pura: es decir, -que la razón y la justicia tenían siempre quien las proclamaba, aun -cuando pareciese que por nadie debían ser escuchadas. Las tinieblas -de la ignorancia eran densas en extremo, las pasiones desenfrenadas -no reconocían dique que alcanzase á contenerlas; pero la enseñanza, -las amonestaciones de la Iglesia no faltaban jamás, como en una -noche tenebrosa brilla á lo lejos el faro que indica á los perdidos -navegantes la esperanza de salvamento. - -Al leer la historia de la Iglesia, cuando se ven por todas partes -reuniones de concilios proclamando los principios de la moral -evangélica, mientras se tropieza á cada paso con hechos los más -escandalosos; cuando se oye sin cesar inculcado el derecho tan -quebrantado y pisoteado por el hecho, pregúntase uno naturalmente: -¿de qué sirve todo esto? ¿de qué sirven las palabras cuando están en -completa discordancia con las cosas? No creáis, sin embargo, que esta -proclamación sea inútil, no os desaliente el tener que esperar siglos -para recoger el fruto de esa palabra. - -Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de una sociedad -un principio, al cabo este principio llega á ejercer su influencia; -y, si es verdadero, y entraña, por consiguiente, un elemento de vida, -al fin prevalece sobre los demás que se le oponen y se hace dueño -de cuanto le rodea. Dejad, pues, á la verdad que hable, dejadla -que proteste, y que proteste sin cesar; esto impedirá que el vicio -prescriba, esto le dejará siempre con su nombre propio, esto impedirá -al hombre insensato de divinizar sus pasiones, de colocarlas sobre los -altares, después de haberlas adorado en su corazón. - -No lo dudéis: esa protesta no será inútil; la verdad saldrá, al fin, -victoriosa y triunfante: que la protesta de la verdad es la voz del -mismo Dios, que condena las usurpaciones de su criatura. - -Así sucedió, en efecto: la moral cristiana, en lucha primero con las -disolutas costumbres del imperio y después con la brutalidad de los -bárbaros, tuvo que atravesar muchos siglos sufriendo rudas pruebas; -pero, al fin, triunfó de todo y llegó á dominar la legislación y las -costumbres públicas. Y no es esto decir que ni á aquélla ni á éstas -pudiera elevarlas al grado de perfección que reclama la pureza de la -moral evangélica; pero sí que hizo desaparecer las injusticias más -chocantes, desterró los usos más feroces, enfrenó la procacidad de -las costumbres más desenvueltas, y logró, por fin, que el vicio fuera -llamado en todas partes por su nombre, que no se le disfrazase con -mentidos colores, que no se le divinizase con la impudencia intolerable -con que se hacía entre los antiguos. - -En los tiempos modernos, tiene que luchar con la escuela que proclama -el interés privado como único principio de moral; y, si bien es verdad -que no alcanza á evitar que esta funesta enseñanza acarree grandes -males, no deja, sin embargo, de disminuirlos. ¡Ay del mundo, el día en -que pudiera decirse sin rebozo: _mi virtud es mi utilidad, mi honor -es mi utilidad; todo es bueno ó malo, según que me proporciona una -sensación grata ó ingrata_! ¡Ay del mundo, el día en que la conciencia -pública no rechazase con indignación tan impudente lenguaje! - -La oportunidad que se brinda, y el deseo de aclarar más y más tan -importante materia, me inducen á presentar algunas observaciones sobre -una opinión de Montesquieu relativa á los censores de Grecia y Roma. Si -hay digresión, no será inoportuna. - - - - -CAPITULO XXIX - - -Montesquieu ha dicho que las repúblicas se conservan por la virtud y -las monarquías por el honor: observando, además, que este honor hace -que no sean necesarios entre nosotros los _censores_, como lo eran -entre los antiguos. Es muy cierto que en las sociedades modernas no -existen esos _censores_ encargados de velar por la conservación de las -buenas costumbres; pero no lo es que la causa de esta diferencia sea la -señalada por el ilustre publicista. Las sociedades cristianas tienen -en los ministros de la religión los _censores natos_ de las costumbres. -La plenitud de esta magistratura la posee la Iglesia, con la diferencia -de que el poder censorio de los antiguos era una autoridad puramente -civil, y el de la Iglesia, un poder religioso, que tiene su origen y su -sanción en la autoridad divina. - -La religión de Grecia y Roma no ejercía ni podía ejercer sobre las -costumbres ese poder censorio, bastando para convencerse de esta verdad -el notable pasaje de San Agustín que llevo copiado en el capítulo -XIV, pasaje tan interesante en esta materia, que me atreveré á pedir -la repetición de su lectura. He aquí la razón de que se encuentren en -Grecia y Roma los censores, que no se vieron después en los pueblos -cristianos. Esos censores eran un suplemento de la religión pagana y -mostraban á las claras su impotencia; pues que, siendo dueña de toda la -sociedad, no alcanzaba á cumplir una de las primeras misiones de toda -religión, que es el vigilar sobre las costumbres. Tanta verdad es lo -que acabo de observar, que así que han menguado en los pueblos modernos -la influencia de la religión y el ascendiente de sus ministros, han -aparecido de nuevo en cierto modo los antiguos _censores_ en la -institución que llamamos _policía_: cuando faltan los medios morales, -es indispensable echar mano de los físicos; á la persuasión se -substituye la violencia; y, en vez del misionero caritativo y celoso, -encuentra el culpable al encargado de la fuerza pública. - -Mucho se ha escrito ya sobre el sistema de Montesquieu con respecto á -los principios que sirven de base á las diferentes formas de gobierno, -pero quizás no se ha reparado todavía en el fenómeno que, observado -por el publicista, contribuyó á deslumbrarle. Como esto se enlaza -íntimamente con el punto que acabo de tocar sobre las causas de la -existencia de los censores, desenvolveré con alguna extensión las -indicaciones que acabo de presentar. - -En tiempo de Montesquieu no era la religión cristiana tan -profundamente conocida como lo es ahora con respecto á su importancia -social, y, si bien en este punto le tributó el autor del _Espíritu de -las leyes_ un cumplido elogio, es menester no olvidar cuáles habían -sido en los años de su juventud sus preocupaciones anticristianas; -y hasta conviene tener presente que en su _Espíritu de las leyes_ -dista mucho de hacer á la verdadera religión la justicia que le es -debida. Estaban á la sazón en su ascendiente las ideas de la filosofía -irreligiosa que años después arrastró á tantos malogrados ingenios; -y Montesquieu no tuvo bastante fuerza para sobreponerse del todo al -espíritu que tanto cundía, y que amenazaba invadirlo y dominarlo todo. - -Combinábase con esta causa, otra que, aunque en sí distinta, reconocía, -sin embargo, el mismo origen, y era: la prevención favorable por -todo lo antiguo, una admiración ciega por todo lo que era griego ó -romano. Parecíales á los filósofos de dicha época que la perfección -social y política había llegado al más alto punto entre aquellos -pueblos; que poco ó nada se les podía añadir ni quitar; y que hasta -en religión eran mil veces preferibles sus fábulas y sus fiestas, á -los dogmas y al culto de la religión cristiana. Á los ojos de los -nuevos filósofos, el cielo del Apocalipsis no podía sufrir parangón -con el cielo de los Campos Elíseos; la majestad de Jehová era inferior -á la de Júpiter; todas las más altas instituciones cristianas eran -un legado de la ignorancia y del fanatismo; los establecimientos más -santos y benéficos eran obra de miras torcidas, la expresión y el -vehículo de sórdidos intereses; el poder público no era más que atroz -tiranía; sólo eran bellas, sólo eran justas, sólo eran saludables las -instituciones paganas: allí todo era sabio, todo abrigaba designios -profundos, altamente provechosos á la sociedad; sólo los antiguos -habían disfrutado de las ventajas sociales, sólo ellos habían acertado -á organizar un poder público con garantías para la libertad de los -ciudadanos. Los pueblos modernos debían llorar con lágrimas de amargura -por no poder disfrutar del bullicio del foro. por no oir oradores como -Demóstenes y Cicerón, por carecer de los juegos olímpicos, por no poder -asistir al pugilato de los atletas, por no serles dado profesar una -religión que, si bien llena de ilusiones y mentiras, daba, sin embargo, -á la naturaleza toda un interés dramático, animando sus fuentes, sus -ríos, sus cascadas y sus mares, poblando de hermosas ninfas los campos, -las praderas y los bosques, dando al hombre dioses compañeros del hogar -doméstico, y, sobre todo, haciendo la vida más llevadera y agradable -con soltar la rienda á las pasiones, supuesto que las divinizaba bajo -las formas más hechiceras. - -Al través de semejantes preocupaciones, ¿cómo era posible comprender -las instituciones de la Europa moderna? Todo se trastornaba de un modo -deplorable; todo lo existente se condenaba sin apelación, y quien -saliera á su defensa, era reputado por hombre ó de pocos alcances, ó de -mala fe, y que no podía contar con otro apoyo que el que le dispensaban -los gobiernos todavía preocupados en favor de una religión y de unas -instituciones que, según todas las probabilidades, habían de perecer á -no lardar. ¡Lamentables aberraciones del espíritu humano! ¿Qué dirían -aquellos escritores si ahora se levantasen de la tumba? ¡Y todavía -no ha pasado un siglo desde la época en que empezó á ser influyente -su escuela! ¡Y sus discípulos han sido por largo tiempo dueños de -arreglar el mundo como bien les ha parecido! ¡Y no han hecho más que -hacer derramar torrentes de sangre, amontonando nuevos escarmientos y -desengaños en la historia de la humanidad! - -Pero volvamos á Montesquieu. Este publicista, que tanto se resintió -de la atmósfera que le rodeaba, y que también no dejó de tener alguna -parte en malearla, advirtió los hechos que de bulto se presentan á los -ojos del observador, y cuáles son los efectos de la conciencia pública -creada entre los pueblos europeos por la influencia cristiana; pero, -notando los efectos, no se remontó á la verdadera causa, y así se -empeñó en ajustarlos de todos modos al sistema que había imaginado. -Comparando la sociedad antigua con la moderna, descubrió una notable -diferencia en la conducta de los hombres, observando que entre nosotros -se ejercen las acciones más heroicas y más bellas y se evitan, por una -parte, muchos vicios que contaminaban á los antiguos; cuando, por otra -parte, se echa de ver que los hombres de nuestras sociedades no siempre -tienen aquel alto temple moral que debiera de ser la causa regular de -esta conducta. La codicia, la ambición, el amor de los placeres y demás -pasiones, reinan todavía en el mundo, bastando dar una mirada en torno, -para descubrirlas por doquiera; y, sin embargo, estas pasiones no se -desmandan hasta tal punto que se entreguen á los excesos que lamentamos -en los antiguos: hay un freno misterioso que las contiene; antes de -arrojarse sobre el cebo que las brinda, dan siempre al rededor de sí -una cautelosa mirada; no se atreven á ciertos excesos, á no ser que -puedan contar de seguro con un velo que las encubra. Temen de un modo -particular la vista de los hombres: no pueden vivir sino en la soledad -y en las tinieblas. ¿Cuál es la causa de este fenómeno? se preguntaba -á sí mismo el autor del _Espíritu de las leyes_. «Los hombres, diría, -obran muchas veces, no por virtud moral, sino por consideración al -juicio que de las acciones formarán los demás: esto es obrar por -honor; éste es un hecho que se observa en Francia y en las demás -monarquías de Europa: éste será, pues, un carácter distintivo de los -gobiernos monárquicos; ésta será la base de esa forma política; ésta la -diferencia de la república y del despotismo.» - -Oigamos al mismo autor: «¿En qué clase de gobierno son necesarios -los censores? En una república donde el principio del gobierno es la -virtud. No son solamente los crímenes lo que destruye la virtud, sino -también las negligencias, las faltas, cierta tibieza en el amor de la -patria, los ejemplos peligrosos, las semillas de corrupción, lo que sin -chocar con las leyes las elude, y sin destruirlas las enflaquece. Todo -esto debe ser corregido por los censores. - -»En las monarquías no son necesarios por estar fundadas en el -honor, y la naturaleza de éste es el tener _por censor á todo el -universo_. Cualquiera que falte al honor, se encuentra expuesto á las -reconvenciones de los mismos que carecen de él.» (_Espíritu de las -leyes_, lib. V, cap. XIX). He aquí lo que pensaba este publicista. Sin -embargo, reflexionando sobre la materia, se echa de ver que padeció una -equivocación trasladando al orden político, y explicando por causas -meramente políticas, un hecho puramente social. Montesquieu señala -como característico de las monarquías lo que es general á todas las -sociedades modernas, y parece que no comprendió la verdadera causa de -que en éstas no haya sido necesaria la institución de censores, así -como no alcanzó el verdadero motivo de esta necesidad en las repúblicas -antiguas. - -Las formas monárquicas no han dominado exclusivamente en Europa. Se -han visto en ella poderosas repúblicas, y se encuentra todavía alguna -nada despreciable. La misma monarquía ha sufrido muchas modificaciones, -aliándose, ora con la democracia, ora con la aristocracia, ora -ejerciendo un poder sin límites, ora obrando en círculos más ó menos -dilatados; y, sin embargo, se encuentra por todas partes ese freno de -que habla Montesquieu, y que apellida _honor_; es decir, un poderoso -estímulo para hacer buenas acciones y un robusto dique para evitar las -malas, por consideración al juicio que de nosotros formarán los demás. - -«En las monarquías, dice Montesquieu, no se necesitan censores; ellas -están fundadas sobre el honor, y es de la naturaleza del honor el tener -por censor á todo el universo»; palabras notables que nos revelan todo -el pensamiento del escritor, y que, al propio tiempo, nos indican el -origen de su equivocación. Estas mismas palabras nos servirán de clave -para descifrar el enigma. Para hacerlo cual conviene á la importancia -de la materia, y con la claridad que se necesita en un objeto que -por las complicadas relaciones que abarca ofrece alguna confusión, -procuraré presentar las ideas con la mayor precisión posible. - -El respeto al juicio de los demás es innato en el hombre: y, de -consiguiente, está en su misma naturaleza el que haga ó evite muchas -cosas, por consideración á este juicio. Esto se funda en un hecho -tan sencillo como es el amor de nuestra buena reputación, el deseo -de parecer bien ó el temor de parecer mal á los ojos de nuestros -semejantes. Esto, de puro claro y sencillo, no necesita ni aun -consiente pruebas ni comentarios. - -El honor es un estímulo más ó menos vivo, ó un freno más ó menos -poderoso, según la mayor ó menor severidad de juicio que supongamos -en los demás. Por esta causa, entre personas generosas hace el tacaño -un esfuerzo por parecer liberal; así como el pródigo se limita, si se -halla entre compañeros amantes de la economía. En una reunión donde -la generalidad de los concurrentes sea morigerada, se mantienen en la -línea del deber aun los libertinos; cuando en otra donde campee la -licencia, llegan á permitirse cierta libertad hasta los habitualmente -severos de costumbres. - -La sociedad en que vivimos es una gran reunión: si sabemos que dominan -en ella principios severos, si oímos proclamadas por todas partes -las reglas de la sana moral, si conceptuamos que la generalidad de -los hombres con quienes vivimos llama á cada acción con su verdadero -nombre, sin que falsee su juicio el desarreglo que tal vez pueda haber -en su conducta, entonces nos veremos rodeados por todas partes de -testigos y de jueces, á cuya corrupción no podemos alcanzar: y esto -nos detendrá á cada paso en los deseos de obrar mal, nos impulsará de -continuo á portarnos bien. - -Muy de otra suerte sucederá si nos prometemos indulgencia en la -sociedad que nos rodea: entonces, aun suponiéndonos con las mismas -convicciones, el vicio no nos parecerá tan feo, ni el crimen tan -detestable, la corrupción tan asquerosa; serán muy diferentes nuestros -pensamientos con respecto á la moralidad de nuestra conducta, y, -andando el tiempo, llegarán á resentirse nuestras acciones de la -influencia funesta de la atmósfera en que vivimos. - -De esto se infiere que, para formar en nuestro corazón el sentimiento -del honor, de manera que sea bastante eficaz para evitar el mal y -producir el bien, conviene que dominen en la sociedad sanos principios -de moral, de suerte que sean una creencia generalmente arraigada. Si -esto se consigue, se llegará á formar ciertos hábitos sociales, que -moralizarán las costumbres, y que, aun cuando no alcancen á prevenir -la corrupción de muchos individuos, serán bastantes, sin embargo, á -obligar al vicio á cubrirse con ciertas formas, que, por más hipócritas -que sean, no dejarán de contribuir al decoro de las costumbres. - -Los saludables efectos de estos hábitos durarán todavía después de -debilitadas considerablemente las creencias que servían de base á los -principios morales; y la sociedad recogerá en abundancia beneficiosos -frutos del mismo árbol que desprecia ó descuida. Ésta es la historia de -la moralidad de las sociedades modernas, que, si bien corrompidas de -un modo lamentable, no lo son tanto, sin embargo, como las antiguas, y -conservan en su legislación y en sus costumbres un fondo de moralidad -y decoro que no han podido destruir los estragos de las ideas -irreligiosas. - -Consérvase todavía la conciencia pública: ella censura todos los -días al vicio y encarece la hermosura y las ventajas de la virtud; -reina sobre los gobiernos y sobre los pueblos, y ejerce el poderoso -ascendiente de un elemento esparcido por todas partes, como -desparramado en la atmósfera que respiramos. - -«Á más del Areópago, dice Montesquieu, había en Atenas guardianes de -las costumbres, y guardianes de las leyes; en Lacedemonia todos los -ancianos eran censores; en Roma tenían este encargo los magistrados -particulares; así como el Senado vigila sobre el pueblo, es menester -que haya censores que á su vez vigilen así al pueblo como al Senado: -ellos deben restablecer en la república todo lo que se ha corrompido, -notar la tibieza, juzgar las negligencias y corregir las faltas, como -las leyes castigan los crímenes.» (_Espíritu de las leyes_, lib. V, -cap. VII.) No parece sino que el autor del _Espíritu de las leyes_ se -propone retratar las funciones de un poder religioso, describiéndonos -las atribuciones de los censores antiguos. Alcanzar á donde no llegan -las leyes civiles, corregir y castigar á su modo lo que éstas dejan -impune, ejercer sobre la sociedad una influencia más delicada, más -minuciosa, de la que pertenece al legislador: he aquí el objeto de -los censores. ¿Y quién no ve que este poder está muy bien reemplazado -por el poder religioso, y que, si aquél no ha sido necesario en las -sociedades modernas, debe atribuirse, ó á la presencia de éste, ó al -resultado de su acción ejercida por largos siglos? - -Que este poder religioso obró por largo tiempo sobre todos los -entendimientos y los corazones con un ascendiente decisivo, es un hecho -consignado en todas las páginas de la historia de Europa; y cuál haya -sido el resultado de esa influencia saludable, tan calumniada y tan -mal comprendida, lo estamos palpando nosotros, que vemos dominantes -todavía en el pensamiento, en la conciencia pública, los principios de -justicia y de sana moral, á pesar de los estragos que han causado en la -conciencia particular las doctrinas irreligiosas é inmorales. - -Para dar mejor á comprender el poderoso influjo de esa conciencia, -será bien hacerlo sensible con algún ejemplo. Supóngase que el -magnate más opulento, que el monarca más poderoso, se entregue á los -abominables excesos á que se abandonaron los Tiberios, los Nerones, -y otros monstruos que mancharon el solio del imperio. ¿Qué sucederá? -No lo sabemos; pero lo cierto es que nos parece ver levantado tan -alto el grito de reprobación y de horror universal, parécenos ver al -monstruo tan abrumado bajo el peso de la execración pública, que se nos -hace hasta imposible que este monstruo pueda existir. Nos parece un -anacronismo, un absurdo de la época, y no porque no pensemos que haya -algunos hombres bastante inmorales para semejantes infamias, bastante -pervertidos de entendimiento y de corazón para ofrecer ese espectáculo -de ignominia, sino porque vemos que eso choca, se estrella contra las -costumbres universales, y que un escándalo semejante no podría durar un -momento á los ojos de la conciencia pública. - -Infinitos contrastes podría presentar, pero me contentaré con otro que, -recordando un bello pasaje de la historia antigua, y pintándonos la -virtud de un héroe, nos retrata las costumbres de una época, y el mal -estado de la conciencia pública. Supóngase que un general de nuestra -Europa moderna toma por asalto una plaza, donde una señora distinguida, -esposa de uno de los principales caudillos del ejército enemigo, cae en -manos de la soldadesca. Presentada al general la hermosa prisionera, -¿cuál debe ser la conducta del vencedor? Claro es que nadie vacilará un -momento en afirmar que la señora debe ser tratada con el miramiento más -delicado, que debe dejársela desde luego libre, permitiéndole que vaya -á reunirse con su esposo, si ésta fuera su voluntad. Esta conducta la -encontramos nosotros tan obligatoria, tan en el orden regular de las -cosas, tan conforme á todas nuestras ideas y sentimientos, que á buen -seguro no haríamos un mérito particular por ella á quien la hubiese -observado. Diríamos que el general vencedor cumplió con un deber -riguroso, sagrado, de que le era imposible prescindir, si no quería -cubrirse de baldón y de ignominia. Por cierto que no encomendaríamos -á la historia el cuidado de inmortalizar un hecho semejante; lo -dejaríamos pasar desapercibido en el curso regular de los sucesos -comunes. Pues bien: esto hizo Escipión en la toma de Cartagena con la -mujer de Mardonio; y la historia antigua nos recuerda esta generosidad -como un eterno monumento de las virtudes del héroe. Este parangón -explica mejor que todo comentario el inmenso progreso de las costumbres -y de la conciencia pública bajo la influencia cristiana. - -Y esta conducta, que entre nosotros es considerada como muy regular y -como estrictamente obligatoria, no trae su origen del honor monárquico, -como pretendería Montesquieu; sino de la mayor elevación de ideas sobre -la dignidad del hombre, de un conocimiento más claro de las verdaderas -relaciones sociales, de una moral más pura, más fuerte, porque está -sentada sobre cimientos eternos. Esto que se encuentra en todas partes, -que se hace sentir por doquiera, que ejerce su predominio sobre los -buenos, y que impone respeto aun á los malos, sería el poderoso -obstáculo que se atravesara á los pasos del hombre inmoral que en casos -semejantes se empeñase en dar rienda suelta á su crueldad, ó á otras -pasiones. - -El claro entendimiento del autor del _Espíritu de las leyes_ hubiera -reparado, sin duda, en estas verdades, á no estar preocupado por su -distinción favorita, que, establecida desde el comienzo de su obra, -la sujeta toda á un sistema inflexible. Y bien sabido es lo que son -los sistemas, cuando, concebidos de antemano, sirven como de matriz -á una obra. Son el verdadero lecho de tormento de las ideas y de los -sucesos; de buen ó de mal grado, todo se ha de acomodar al sistema: lo -que sobra, se trunca; lo que falta, se añade. Así vemos que la razón de -la tutela de las mujeres romanas la encuentra también Montesquieu en -motivos políticos fundados en la forma republicana; y el derecho atroz -concedido á los padres sobre los hijos, la potestad patria, que tan -ilimitada establecían las leyes romanas, pretende que dimanaba también -de razones políticas. Como si no fuera evidente que el origen de una y -otra de estas disposiciones del antiguo derecho romano, debe referirse -á razones puramente domésticas y sociales, del todo independientes de -la forma de gobierno.[4] - - - - -CAPITULO XXX - - -Definida la naturaleza de la conciencia pública, señalado su origen, -é indicados sus efectos, fáltanos ahora preguntar si se pretenderá -también que el Protestantismo haya tenido parte en formarla, -atribuyéndole de esta suerte la gloria de haber servido también en este -punto á perfeccionar la civilización europea. - -Se ha demostrado ya que el origen de la conciencia pública se hallaba -en el Cristianismo. Éste puede considerarse bajo dos aspectos: ó -como una doctrina, ó como una institución para realizar la doctrina; -es decir, que la moral cristiana podemos mirarla, ó en sí misma, ó -en cuanto es enseñada ó inculcada por la Iglesia. Para formar la -conciencia pública, haciendo prevalecer en ella la moral cristiana, -no era bastante la aparición de esa doctrina; sino que era precisa -la existencia de una sociedad que, no sólo la conservase en toda su -pureza para irla transmitiendo de generación en generación, sino que -la predicase sin cesar á los hombres, haciendo de ella aplicaciones -continuas á todos los actos de la vida. Conviene observar que, por -más poderosa que sea la fuerza de las ideas, tienen, sin embargo, una -existencia precaria hasta que han llegado á realizarse, haciéndose -sensibles, por decirlo así, en alguna institución, que, al paso que -reciba de ellas la vida y la dirección de su movimiento, les sirva á -su vez de resguardo contra los ataques de otras ideas ó intereses. El -hombre está formado de cuerpo y alma, el mundo entero es un complexo -de seres espirituales y corporales, un conjunto de relaciones morales -y físicas; y así es que una idea, aun la más grande y elevada, si -no tiene una expresión sensible, un órgano por donde hacerse oir y -respetar, comienza por ser olvidada, queda confundida y ahogada en -medio del estrépito del mundo, y, al cabo, viene á desaparecer del -todo. Por esta causa, toda idea que quiere obrar sobre la sociedad, -que pretende asegurar un porvenir, tiende, por necesidad, á crear -una institución que la represente, que sea su personificación; no -se contenta con dirigirse á los entendimientos, descendiendo así al -terreno de la práctica sólo por medios indirectos, sino que se empeña, -además, en pedir á la materia sus formas, para estar de bulto á los -ojos de la humanidad. - -Estas reflexiones, que someto con entera confianza al juicio de -los hombres pensadores y sensatos, son la condenación del sistema -protestante; manifestando que, tan lejos está la pretendida Reforma -de poderse atribuir ninguna parte en el saludable fenómeno cuya -explicación nos ocupa, que, antes bien, debe decirse que por sus -principios y conducta le hubiera impedido, si afortunadamente en el -siglo XVI la Europa no se hubiese hallado en edad adulta, y, por -consiguiente, poco menos que incapaz de perder las doctrinas, los -sentimientos, los hábitos, las tendencias, que le había comunicado la -Iglesia católica con una educación continuada por espacio de tantos -siglos. - -En efecto: lo primero que hizo el Protestantismo fué atacar á la -autoridad; y no como un simple acto de resistencia, sino proclamando -esta resistencia como un verdadero derecho, erigiendo en dogmas el -examen particular y el espíritu privado. Con este solo paso quedaba la -moral cristiana sin apoyo; porque no había una sociedad que pudiera -pretender derecho á explicarla, ni á enseñarla; es decir, que esa -moral quedaba relegada al orden de aquellas ideas que, no estando -representadas y sostenidas por ninguna institución, no teniendo órganos -autorizados para hacerse oir, carecen de medios directos para obrar -sobre la sociedad, ni saben dónde guarecerse, en el caso de hallarse -combatidas. - -Pero, se me dirá, el Protestantismo ha conservado también esa -institución que realiza la idea, conservando sus ministros, su culto, -su predicación, en una palabra, todo lo necesario para que la verdad -tuviese medios para llegar hasta el hombre, y de estar con él en -comunicación continua. No negaré lo que haya aquí de verdad, y hasta -recordaré que en el capítulo XIV de esta obra no tuve reparo en afirmar -«que debía juzgarse como un gran bien el que, en medio del prurito que -atormentó á los primeros protestantes de desechar todas las prácticas -de la Iglesia, conservasen, sin embargo, la de la predicación». Añadí -también en el mismo lugar «que, sin desconocer los daños que en ciertas -épocas han traído las declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos, -ó fanáticos, sin embargo, en el supuesto de haberse roto la unidad, -en el supuesto de haber arrojado á los pueblos por el azaroso camino -del cisma, habrá influído no poco en la conservación de las ideas -más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales -de la moral, el oir con frecuencia los pueblos explicadas semejantes -verdades por quien las había estudiado de antemano en la Sagrada -Escritura». Repito aquí lo mismo que allí dije: que el haber conservado -los protestantes la predicación debía de haber producido considerables -bienes. Pero, con esto no se dice otra cosa sino que el Protestantismo, -á pesar del mucho mal que hizo, no lo llevó al extremo que era de -temer, atendidos sus principios. Parecióse en esta parte á los hombres -de malas doctrinas, quienes no son tan malos como debieran ser, si su -corazón estuviera de acuerdo con su entendimiento. Tienen la fortuna de -ser inconsecuentes. El Protestantismo había proclamado la abolición de -la autoridad, el derecho de examen sin límites; había erigido en regla -de fe y de conducta la inspiración privada; pero, en la práctica, se -apartó algún tanto de estas doctrinas. Así es que se entregó con ardor -á lo que él llamaba la predicación evangélica, y sus ministros fueron -llamados evangélicos. De suerte que, mientras se acababa de establecer -que cada individuo tenía el derecho ilimitado de examen, y que, sin -prestar oídos á ninguna autoridad externa, sólo debía escuchar los -consejos, ó de su razón, ó de su inspiración privada, se difundían por -todas partes ministros protestantes, que se pretendían los órganos -legítimos para comunicar á los pueblos la divina palabra. - -Se verá todavía más lo extraño de semejante conducta, si se recuerda -la doctrina de Lutero con respecto al sacerdocio. Bien sabido es -que, embarazado el heresiarca por las jerarquías que constituyen el -ministerio de la Iglesia, pretendió derribarlas todas de una vez, -sosteniendo que todos los cristianos eran sacerdotes, sin que se -necesitase más para ejercer el sagrado ministerio que una simple -presentación; nada añadía de esencial ni característico á la calidad -de sacerdote, pues que ésta era patrimonio de todos los fieles. -Infiérese de esta doctrina que el predicador protestante carece de -misión, no tiene carácter que le distinga de los demás cristianos, -no puede ejercer, por consiguiente, sobre ellos autoridad alguna, no -puede hablar imitando á Jesucristo _quasi potestatem habens_; y, por -tanto, no es más que un orador que toma la palabra en presencia de -un auditorio, sin más derecho que el que le dan su instrucción, su -facundia, ó su elocuencia. - -Esta predicación sin autoridad, predicación que, en el fondo, y por los -propios principios del predicador mismo, no era más que humana, á pesar -de que por una chocante inconsecuencia se pretendiese divina, si bien -podía contribuir algún tanto á la conservación de los buenos principios -morales que hallaba ya establecidos por todas partes, hubiera sido -impotente para plantearlos en una sociedad donde hubiesen sido -desconocidos; mayormente teniendo que luchar con otros diametralmente -opuestos, sostenidos, además, por preocupaciones envejecidas, -por pasiones arraigadas, por intereses robustos. Hubiera sido -impotente para introducir sus principios en una sociedad semejante, -y conservarlos después intactos al través de las revoluciones más -espantosas y de los trastornos más inauditos; hubiera sido impotente -para comunicarlos á pueblos bárbaros que, ufanos de sus triunfos, no -escuchaban otra voz que el instinto de su ferocidad, guiado por el -sentimiento de la fuerza; hubiera sido impotente para hacer doblegar -ante esos principios así á los vencedores como á los vencidos, -refundiéndolos en un solo pueblo, imprimiendo un mismo sello á las -leyes, á las instituciones, á las costumbres, para formar esa admirable -sociedad, ese conjunto de naciones, ó, mejor diremos, esa gran nación, -que se apellida Europa. Es decir, que el Protestantismo, por su misma -constitución, hubiera sido incapaz de realizar lo que realizó la -Iglesia católica. - -Todavía más: este simulacro de predicación que ha conservado el -Protestantismo, es, en el fondo, un esfuerzo para imitar á la Iglesia, -para no quedarse desarmado en presencia de un adversario á quien tanto -temía. Érale preciso conservar un medio de influencia sobre el pueblo, -un conducto abierto para comunicarle las varias interpretaciones de la -Biblia que á los usurpadores de la autoridad les pluguiese adoptar; y -por esto conservaba la preciosa práctica de la Iglesia romana, á pesar -de las furibundas declamaciones contra todo lo emanado de la Cátedra de -San Pedro. - -Pero, donde se hace notar la inferioridad del Protestantismo con -respecto al conocimiento y comprensión de los medios más á propósito -para extender y cimentar la moralidad, haciéndola dominar sobre todos -los actos de la vida, es en haber interrumpido toda comunicación de la -conciencia del fiel con la dirección del sacerdote, en no haber dejado -á éste otra cosa que una dirección general, la que, por lo mismo que se -extiende de una vez sobre todos, no se ejerce eficazmente sobre nadie. -Aun cuando no consideremos más que bajo este aspecto la abolición del -sacramento de la Penitencia entre los protestantes, puede asegurarse -que desconocieron uno de los medios más legítimos, más poderosos y -suaves, para dar á la vida del hombre una dirección conforme á los -principios de la sana moral. Acción legítima, porque legítima es la -comunicación directa, íntima, de la conciencia que debe ser juzgada -por Dios, con la conciencia de aquel que hace las veces de Dios en la -tierra. Acción poderosa, porque, establecida la íntima comunicación de -hombre á hombre, de alma con alma, se identifican, por decirlo así, los -pensamientos y los afectos, y, ausente todo testigo que no sea el mismo -Dios, las amonestaciones tienen más fuerza, los mandatos más autoridad, -y los mismos consejos penetran mejor hasta el fondo del alma, con -más unción y más dulzura. Acción suave, porque supone la espontánea -manifestación de la conciencia que se trata de dirigir, manifestación -que trae su origen de un precepto, pero que no puede ser arrancada por -la violencia, supuesto que sólo Dios puede ser el juez competente de su -sinceridad; suave, repito, porque, obligado el ministro al más estricto -secreto, y tomadas por la Iglesia todas las precauciones imaginables -para precaver la revelación, puede el hombre descansar tranquilo, -con la seguridad de que serán fielmente guardados los arcanos de su -conciencia. - -Pero, se nos dirá, ¿creéis acaso que todo esto sea necesario para -establecer y conservar una buena moralidad? Si esta moralidad ha de -ser algo más que una probidad mundana, expuesta á quebrantarse al -primer encuentro con un interés, ó dejarse arrastrar por el seductor -halago de las pasiones engañosas; si ha de ser una moralidad delicada, -severa, profunda, que se extienda á todos los actos de la vida, que -la dirija, que la domine, haciendo del corazón humano ese bello ideal -que admiramos en los católicos dedicados á la verdadera observancia y -á las prácticas de su religión; si se habla de esta moralidad, repito, -es necesario que esté bajo la inspección del poder religioso, y que -reciba la dirección y las inspiraciones de un ministro del santuario en -esa abertura íntima, sincera, de todos los más recónditos pliegues del -corazón, y de los deslices á que nos conduce á cada paso la debilidad -de nuestra naturaleza. Esto es lo que enseña la religión católica, y -yo añado que esto es lo que muestra la experiencia, y lo que enseña la -filosofía. No quiero decir con esto que sólo entre los católicos sea -posible practicar acciones virtuosas; sería una exageración desmentida -por la experiencia de cada día: hablo únicamente de la eficacia con que -obra una institución católica despreciada por los protestantes; hablo -de su alta importancia para arraigar y conservar una moralidad firme, -íntima, que se extienda á todos los actos de nuestra alma. - -No hay duda que hay en el hombre una monstruosa mezcla de bien y de -mal, y que no le es dado en esta vida alcanzar aquella perfección -inefable que, consintiendo en la conformidad perfecta con la verdad -y con la santidad divinas, no puede concebirse siquiera, sino para -cuando el hombre, despojado del cuerpo mortal, tendrá su espíritu -sumido en un piélago purísimo de luz y de amor. Pero no cabe duda -tampoco que, aun en esta morada terrestre, en esta mansión de miserias -y tinieblas, puede el hombre llegar á poseer esa moralidad universal, -profunda y delicada que se ha descrito más arriba: y sea cual fuere -la corrupción del mundo de que con razón nos lamentamos, es menester -confesar que se encuentran todavía en él un número considerable de -honrosas excepciones, en personas que ajustan su conducta, su voluntad, -hasta sus más íntimos pensamientos y afecciones, á la severa regla -de la moral evangélica. Para llegar á este punto de moralidad, y -cuenta que aun no decimos de perfección evangélica, sino de moralidad, -es necesario que el principio religioso esté presente con viveza á -los ojos del alma, que obre de continuo sobre ella, alentándola ó -reprimiéndola en la infinita variedad de encuentros que en el concurso -de la vida se ofrecen para apartarnos del camino del deber. La vida del -hombre es una cadena de actos infinitos en número, por decirlo así, y -que no pueden andar acordes siempre con la razón y con la ley eterna, á -no estar incesantemente bajo un regulador universal y fijo. - -Y no se diga que una moralidad semejante es un bello ideal, que, aun -cuando existiera, traería consigo una tal confusión en los actos del -alma, y, por consiguiente, tal complicación en la vida entera, que ésta -llegaría á hacerse insoportable. No, no es meramente un bello ideal -lo que existe en la realidad, lo que se ofrece á menudo á nuestros -ojos, no tan sólo en el retiro de los claustros y en las sombras del -santuario, sino también en medio del bullicio y de las distracciones -del mundo. No acarrea tampoco confusión á los actos del alma ni -complica los negocios de la vida, lo que establece una regla fija. Al -contrario: lejos de confundir, aclara y distingue; lejos de complicar, -ordena y simplifica. Asentad esta regla y tendréis la unidad, y, en pos -de la unidad, el orden en todo. - -El Catolicismo se ha distinguido siempre por su exquisita vigilancia -sobre la moral, y por su cuidado en arreglar todos los actos de -la vida, y hasta los más secretos movimientos del corazón. Los -observadores superficiales han declamado contra la abundancia de -moralistas, contra el estudio detenido y prolijo que se ha hecho de -los actos humanos, considerados bajo el aspecto moral; pero debían -haber observado que, si el Catolicismo es la religión en cuyo seno han -aparecido mayor número de moralistas, y donde se han examinado más -minuciosamente todas las acciones humanas, es porque esta religión -tiene por objeto moralizar al hombre todo entero, por decirlo así, -en todos sentidos, en sus relaciones con Dios, con sus semejantes y -consigo mismo. Claro es que semejante tarea trae necesariamente un -examen más profundo y detenido del que sería menester, si se tratase -únicamente de dar al hombre una moralidad incompleta, y que, no pasando -de la superficie de sus actos, no se filtrase hasta lo íntimo del -corazón. - -Ya que se ha tocado el punto de los moralistas católicos, y sin -que pretenda excusar las demasías á que se hayan entregado algunos -de ellos, ora por un refinamiento de sutileza, ora por espíritu de -partidos y disputas, demasías que nunca pueden ser imputadas á la -Iglesia católica, la que, cuando no las ha reprobado expresamente, -al menos les ha hecho sentir su desagrado, obsérvase, no obstante, -que esta abundancia, este lujo, si se quiere, de estudios morales, ha -contribuído quizá más de lo que se cree á dirigir los entendimientos al -estudio del hombre, ofreciendo abundancia de datos y de observaciones -á los que se han querido dedicar posteriormente á esta ciencia -importante, que es, sin duda, uno de los objetos más dignos y más -útiles que pueden ofrecerse á nuestros trabajos. En otro lugar de -esta obra me propongo desenvolver las relaciones del Catolicismo con -el progreso de las ciencias y de las letras, y así me hallo precisado -á contentarme por ahora con las indicaciones que acabo de hacer. -Permítaseme, sin embargo, observar que el desarrollo del espíritu -humano en Europa fué principalmente teológico; y que así en el punto de -que tratamos, como en otros muchos, deben los filósofos á los teólogos -mucho más de lo que, según parece, ellos se figuran. - -Volviendo á la comparación de la influencia protestante con la -influencia católica, relativamente á la formación y conservación -de una sana conciencia pública, queda demostrado que, habiendo el -Catolicismo sostenido siempre el principio de autoridad combatido por -el Protestantismo, dió á las ideas morales una fuerza, una acción, que -no hubiera podido darles su adversario, quien, por su naturaleza, por -sus mismos principios fundamentales, las ha dejado sin más apoyo que el -que tienen las ideas de una escuela filosófica. - -«Pues bien, se me dirá, ¿desconocéis acaso la fuerza de las ideas, -fuerza propia, entrañada en su misma naturaleza, que tan á menudo -cambia la faz de la humanidad, decidiendo de sus destinos? ¿No sabéis -que las ideas se abren paso al través de todos los obstáculos, á pesar -de todas las resistencias? ¿Habéis olvidado lo que nos enseña la -historia entera? ¿Pretendéis despojar el pensamiento del hombre de su -fuerza vital, creadora, que le hace superior á todo cuanto le rodea?» -Tal suele ser el panegírico que se hace de la fuerza de las ideas; así -las oímos presentar á cada paso como si tuvieran en la mano la varita -mágica para cambiarlo y transformarlo todo, á merced de sus caprichos. -Respetando como el que más el pensamiento del hombre, y confesando que -en realidad hay mucho de verdadero en lo que se llama la fuerza de una -idea, me permitirán, sin embargo, los entusiastas de esta fuerza, hacer -algunas observaciones, no para combatir de frente su opinión, sino para -modificarla en lo que fuere necesario. - -En primer lugar, las ideas con respecto al punto de vista desde el -cual las miramos aquí, deben distinguirse en dos órdenes: unas que -lisonjean nuestras pasiones, otras que las reprimen. Las primeras no -puede negarse que tienen una fuerza expansiva, inmensa. Circulando con -movimiento propio, obran por todas partes, ejercen una acción rápida y -violenta, no parece sino que están rebosando de actividad y de vida; -las segundas tienen la mayor dificultad en abrirse paso, progresan -lentamente, necesitan apoyarse en alguna institución que les asegure -estabilidad. Y esto ¿por qué? Porque lo que obra en el primer caso -no son las ideas, sino las pasiones que formando un cortejo toman su -nombre, encubriendo de esta suerte lo que á primera vista se ofrecería -como demasiado repugnante; en el segundo es la verdad la que habla; y -la verdad en esta tierra de infortunio es escuchada muy difícilmente; -porque la verdad conduce al bien, y el _corazón del hombre_, según -expresión del sagrado texto, _está inclinado al mal desde la -adolescencia_. - -Los que tanto nos encarecen la fuerza íntima de las ideas, debieran -señalarnos en la historia antigua y moderna una idea, una sola idea, -que, encerrada en su propio círculo, es decir, en el orden puramente -filosófico, merezca la gloria de haber contribuído notablemente á la -mejora del individuo ni de la sociedad. - -Suele decirse á menudo que la fuerza de las ideas es inmensa, que -una vez sembradas entre los hombres fructifican tarde ó temprano, -que una vez depositadas en el seno de la humanidad se conservan como -un legado precioso que, transmitido de generación en generación, -contribuye maravillosamente á la mejora del mundo, á la perfección á -que se encamina el humano linaje. No hay duda que en estas aserciones -se encierra una parte de verdad; porque, siendo el hombre un ser -inteligente, todo lo que afecta inmediatamente su inteligencia, no -puede menos de influir en su destino. Así es que no se hacen grandes -mudanzas en la sociedad, si no se verifican primero en el orden de las -ideas; y es endeble y de escasa duración todo cuanto se establece, ó -contra ellas, ó sin ellas. Pero de aquí á suponer que toda idea útil -encierre tanta fuerza conservadora de sí propia, que por lo mismo no -necesite de una institución que le sirva de apoyo y defensa, mayormente -si ha de atravesar épocas muy turbulentas, hay una distancia inmensa, -que no se puede salvar, so pena de ponernos en desacuerdo con la -historia entera. - -No, la humanidad, considerada por sí sola, entregada á sus propias -fuerzas, como la consideran los filósofos, no es una depositaria tan -segura como se ha querido suponer. Desgraciadamente tenemos de esa -verdad bien tristes pruebas; pues que, lejos de parecerse el humano -linaje á un depositario fiel, ha imitado más bien la conducta de un -dilapidador insensato. En la cuna del género humano encontramos las -grandes ideas sobre la unidad de Dios, sobre el hombre, sobre sus -relaciones con Dios y sus semejantes: estas ideas eran, sin duda, -verdaderas, saludables, fecundas; pues bien, ¿qué hizo de ellas -el género humano? ¿no las perdió, modificándolas, mutilándolas, -estropeándolas, de un modo lastimoso? ¿Dónde estaban esas ideas cuando -vino Jesucristo al mundo? ¿Qué había hecho de ellas la humanidad? Un -pueblo, un solo pueblo las conserva, pero ¿cómo? Fijad la atención -sobre el pueblo escogido, sobre el pueblo judío, y veréis que existe en -él una lucha continua entre la verdad y el error; veréis que con una -ceguera inconcebible se inclina sin cesar á la idolatría, á substituir -á la ley sublime del Sinaí las abominaciones de los gentiles. ¿Y sabéis -cómo se conserva la verdad en aquel pueblo? Notadlo bien: apoyada en -instituciones las más robustas que imaginarse puedan, pertrechada con -todos los medios de defensa de que la rodeó el legislador inspirado -por Dios. Se dirá que aquél era un pueblo de _dura cerviz_, como dice -el sagrado texto; desgraciadamente, desde la caída de nuestro primer -padre, esta dureza de cerviz es un patrimonio de la humanidad; _el -corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia_, y -siglos antes de que existiese el pueblo judío, abrió Dios sobre el -mundo las cataratas del cielo, y borró al hombre de la faz de la -tierra, _porque toda carne había corrompido su camino_. - -Infiérese de aquí la necesidad de instituciones robustas para la -conservación de las grandes ideas morales; y se ve con evidencia que no -deben abandonarse á la volubilidad del espíritu humano, so pena de ser -desfiguradas y aun perdidas. - -Además, las instituciones son necesarias, no precisamente para enseñar, -sino también para aplicar. Las ideas morales, mayormente las que -están en oposición muy abierta con las pasiones, no llegan jamás al -terreno de la práctica sino por medio de grandes esfuerzos; y para -esos esfuerzos no bastan las ideas en sí mismas, son menester medios -de acción con que pueda enlazarse el orden de las ideas con el orden -de los hechos. Y he aquí una de las razones de la importancia de las -escuelas filosóficas cuando se trata de edificar. Son no pocas veces -poderosas para destruir, porque para destruir basta la acción de un -momento, y esta acción puede ser comunicada fácilmente en un acceso -de entusiasmo; pero, cuando quieren edificar poniendo en planta sus -concepciones, se encuentran faltas de acción, y, no teniendo otros -medios de ejercerla que lo que se llama la fuerza de las ideas, como -que éstas varían ó se modifican incesantemente, dando de ello el -primer ejemplo las mismas escuelas, queda reducido á objeto de pura -curiosidad lo que poco antes se propalara como la causa infalible del -progreso del linaje humano. - -Con estas últimas reflexiones prevengo la objeción que se me podría -hacer, fundándose en la mucha fuerza adquirida por las ideas por medio -de la prensa. Ésta propaga, es verdad, y por lo mismo multiplica -extraordinariamente la fuerza de las ideas; pero, tan lejos está -de conservar, que antes bien es el mejor disolvente de todas las -opiniones. Obsérvese la inmensa órbita recorrida por el espíritu del -hombre desde la época de ese importante descubrimiento, y se echará -de ver que el consumo (permítaseme la expresión), que el consumo de -las opiniones ha crecido en una proporción asombrosa. Sobre todo desde -que la prensa se ha hecho periódica, la historia del espíritu humano -parece la representación de un drama rapidísimo, donde unas escenas -suceden á otras, sin dejar apenas tiempo al espectador para oir de boca -de los actores una palabra fugitiva. No estamos todavía á la mitad del -presente, y, sin embargo, no parece sino que han transcurrido muchos -siglos. ¡Tantas son las escuelas que han nacido y muerto, tantas las -reputaciones que se han encumbrado muy alto, hundiéndose luego en el -olvido! - -Esta rápida sucesión de ideas, lejos de contribuir al aumento de la -fuerza de las mismas, acarrea necesariamente su flaqueza y esterilidad. -El orden natural en la vida de las ideas es: primero aparecer, en -seguida difundirse, luego realizarse en alguna institución que las -represente, y, por fin, ejercer su influencia sobre los hechos, obrando -por medio de la institución en que se han personificado. En todas -estas transformaciones que por necesidad reclaman algún tiempo, es -necesario que las ideas conserven su crédito, si es que han de producir -algún resultado provechoso. Este tiempo falta, cuando se suceden -unas á otras con demasiada rapidez, pues que las nuevas trabajan en -desacreditar las que las han precedido, y de esta suerte las utilizan. -Por cuya causa quizás nunca, como ahora, ha sido más legítima una -profunda desconfianza en la fuerza de las ideas, ó sea en la filosofía, -para producir nada de consistente en el orden moral; y bajo este -aspecto es muy controvertible el bien que ha hecho la imprenta á las -sociedades modernas. Se concibe más, pero se madura menos: lo que -gana el entendimiento en extensión, lo pierde en profundidad, y la -brillantez teórica contrasta lastimosamente con la impotencia práctica. -¿Qué importa que nuestros antecesores no fuesen tan diestros como -nosotros para improvisar una discusión sobre las más altas cuestiones -sociales y políticas, si alcanzaron á fundar y organizar instituciones -admirables? Los arquitectos que levantaron los sorprendentes monumentos -de los siglos que apellidamos bárbaros, por cierto que no serían ni -tan eruditos ni tan cultos como los de nuestra época; y, sin embargo, -¿quién tendría aliento para comenzar siquiera lo que ellos consumaron? -He aquí la imagen más cabal de lo que está sucediendo en el orden -social ó político. Es necesario no olvidarlo: los grandes pensamientos -nacen más bien de la intuición que del discurso; el acierto en la -práctica depende más de la calidad inestimable, llamada tino, que de -una reflexión ilustrada; y la experiencia enseña á menudo que quien -_conoce mucho, ve poco_. El genio de Platón no hubiera sido el mejor -consejero del genio de Solón y de Licurgo; y toda la ciencia de Cicerón -no hubiera alcanzado á lo que alcanzaron el tacto y el buen sentido de -los hombres rudos, como Rómulo y Numa.[5] - - - - -CAPITULO XXXI - - -_Cierta suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita -grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce y -apacible_, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como -características de la civilización europea. Éste es un hecho que no -necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes, al dar en -torno de nosotros una mirada: resalta vivamente abriendo las páginas -de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean -los que fueren. ¿En qué consiste esta suavidad de costumbres? ¿cuál -es su origen? ¿quién la ha favorecido? ¿quién la ha contrariado? He -aquí unas cuestiones á cual más interesantes, y que se enlazan de un -modo particular con el objeto que nos ocupa: porque en pos de ellas -se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: ¿el Catolicismo ha -influído en algo en crear esta suavidad de costumbres? ¿le ha puesto -algún obstáculo ó le ha causado algún retardo? ¿al Protestantismo le ha -cabido alguna parte en esta obra, en bien ó en mal? - -Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de costumbres; -porque, aun cuando ésta sea una de aquellas ideas que todo el mundo -conoce, ó más bien siente; no obstante, cuando se trata de esclarecerla -y analizarla, es necesario dar de ella una definición cabal y exacta, -en cuanto sea posible. La suavidad de costumbres consiste en la -_ausencia de la fuerza_, de modo que serán _más ó menos_ suaves en -cuanto se emplee _menos ó más_ la fuerza. Así, costumbres suaves -no es lo mismo que costumbres benéficas: éstas incluyen el bien, -aquéllas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo -que costumbres conformes á la razón y á la justicia: no pocas veces -la inmoralidad es también suave, porque anda hermanada, no con la -fuerza, sino con la seducción y la astucia. Así es que la suavidad de -costumbres consiste en dirigir el espíritu del hombre, no por medio de -la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas á -su entendimiento, ó de cebos ofrecidos á sus pasiones; y por esto la -suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razón, pero es -siempre el reinado de los espíritus, por más que éstos sean no pocas -veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos -se labran. - -Supuesto que la suavidad de costumbres proviene de que en el trato -de los hombres sólo se emplean la _convicción_, la _persuasión_ ó la -_seducción_, claro es que las sociedades más adelantadas, es decir, -aquellas donde la inteligencia ha llegado á gran desarrollo, deben -participar más ó menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia -domina porque es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque -el cuerpo se enerva. Además: en sociedades muy adelantadas, que por -precisión acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en -los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo -universal y duradero, siendo, además, aplicables á todos los pormenores -de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales: -la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el -obstáculo: ó le remueve ó se hace pedazos ella misma; y he aquí un -eterno manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad -de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en -un caos, y perecer. - -En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso -de la fuerza. Nada más natural: las pasiones se alían con ella porque -se le asemejan: son enérgicas como la violencia, rudas como el choque. -Cuando las sociedades han llegado á mucho desarrollo, las pasiones se -divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser -violentas y se hacen astutas. En el primer caso, si son los pueblos -los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en -el segundo, pelean con las armas de la industria, del comercio, del -contrabando: si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con -ejércitos, con invasiones; en el segundo con notas: en una época los -guerreros lo son todo; en la otra no son nada: su papel no puede ser de -mucha importancia, cuando en vez de pelear se negocia. - -Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota desde luego -una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la -suya; ni griegos ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en -el grado que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más -bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse -muelles, pero no suaves: porque hacían uso de la fuerza siempre que -este uso no demandaba energía en el ánimo ni vigor en el cuerpo. - -Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilización -antigua, sobre todo de la romana; y este fenómeno, que á primera vista -parece muy extraño, no deja de tener causas profundas. Á más de la -principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que -han tenido los pueblos modernos, _la caridad cristiana_, descendiendo á -algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar á -establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres. - -La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su -organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para -introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre -puede arrojar á otro hombre á las murenas, castigando así con la -muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho -quitar la vida á uno de sus semejantes en medio de la algazara de un -festín; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la -voluptuosidad y el esplendor de la más suntuosa magnificencia, sabiendo -que centenares de hombres están encerrados y amontonados en obscuros -subterráneos por su interés y por sus placeres; quien puede escuchar -el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para -atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del -día siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá -tener costumbres muelles, pero no suaves; su corazón podrá ser cobarde, -pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del -hombre libre en la sociedad antigua: esta organización era considerada -como indispensable; otro orden de cosas no se concebía siquiera como -posible. - -¿Quién removió este obstáculo? ¿No fué la Iglesia católica aboliendo la -esclavitud, después de haber suavizado el trato cruel que se daba á los -esclavos? Véanse los capítulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra -con las notas que á ellos se refieren, donde se halla demostrada esta -verdad con razones y documentos incontestables. - -El derecho de vida y muerte, concedido por las leyes á la potestad -patria, introducía también en la familia un elemento de dureza, que -debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente, el corazón -del padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la -ley; pero, si esto no pudo impedir algunos hechos, cuya lectura nos -estremece, ¿no hemos de pensar también que en el curso ordinario de -la vida pasarían de continuo escenas crueles que recordarían á los -miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido -su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará -llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y á la -aplicación de castigos inhumanos? Esa tiránica extensión de la potestad -patria á derechos que no concedió la naturaleza, fué desapareciendo -sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes, -secundadas también en buena parte por la influencia del Cristianismo. -(V. cap. XIV.) Á esta causa puede agregarse otra, que tiene con ella -mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la mujer, y -la escasa consideración que ésta disfrutaba. - -Los juegos públicos eran también entre los romanos otro elemento de -dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal -diversión es asistir fríamente á un espectáculo de homicidios, que se -complace en mirar cómo perecen en la arena á centenares los hombres, ó -luchando entre sí, ó en las garras de las bestias? - -Siendo español, no puedo menos de intercalar un párrafo para decir dos -palabras en contestación á una dificultad, que no dejará de ocurrírsele -al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates -de hombres con fieras. ¿Y los toros en España? se me preguntará -naturalmente; ¿no es un país cristiano católico donde se ha conservado -la costumbre de lidiar los hombres con las fieras? Apremiadora -parece la objeción, pero no lo es tanto, que no deje una salida -satisfactoria. Y ante todo, y para prevenir toda mala inteligencia, -declaro que esa diversión popular es, á mi juicio, bárbara, digna, -si posible fuese, de ser extirpada completamente. Pero, toda vez -que acabo de consignar esta declaración tan explícita y terminante, -permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto -el nombre de mi patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el -corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si -una aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de -riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente -nuestra curiosidad, no puede ser una cadena no interrumpida de -sucesos regulares y felices. Pedimos encontrarnos á menudo con hechos -extraordinarios y sorprendentes; y, por más que nos cueste decirlo, -nuestro corazón, al mismo tiempo que abriga la compasión más tierna por -el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar -escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aquí el gusto por la -tragedia, de aquí la afición á aquellos espectáculos donde los actores -corran, ó en la apariencia ó en la realidad, algún grave peligro. - -No explicaré yo el origen de este fenómeno; bástame consignarlo aquí, -para hacer notar á los extranjeros que nos acusan de bárbaros, que la -afición del pueblo español á la diversión de los toros no es más que la -aplicación á un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra -en el corazón del hombre. Los que tanta humanidad afectan cuando se -trata de la costumbre del pueblo español, deberían decirnos también: -¿de dónde nace que se vea acudir un concurso inmenso á todo espectáculo -que por una ú otra causa sea peligroso á los actores; de dónde nace -que todos asistirían con gusto á una batalla por más sangrienta que -fuese, si era dable asistir sin peligro; de dónde nace que en todas -partes acude un numeroso gentío á presenciar la agonía y las últimas -convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace, finalmente, -que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices -también de la barbarie española asistiendo á la plaza de toros? - -Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una costumbre que me -parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en -esto, como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español, -hay exageraciones que es necesario reducir á límites razonables. Á más -de esto, hay que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy -poderosa de esa reprensible diversión. - -No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino en los males -que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en España -lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en -proporción á las innumerables veces que se repiten las funciones; de -manera que, si se formara un estado comparativo entre las desgracias -ocurridas en esta diversión y las que acaecen en otras clases de -juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizás el -resultado manifestaría que la costumbre de los toros, bárbara como -es en sí misma, no lo es tanto, sin embargo, que merezca atraer -esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido á bien -favorecernos los extranjeros. - -Y, volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse una diversión -donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con aquellos -juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer -de los espectadores? Después del triunfo de Trajano sobre los dacios, -duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en ellos el -espantoso número de diez mil gladiadores. Tales eran los juegos que -formaban la diversión, no sólo del populacho romano, sino también de -las clases elevadas; en esa repugnante carnicería se gozaba aquel -pueblo corrompido, que hermanaba con la voluptuosidad más refinada, la -crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho más -arriba, á saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves; -antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con -el instinto feroz del derramamiento de sangre. - -En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no -es posible que se toleren jamás espectáculos semejantes. El principio -de la caridad ha extendido demasiado sus dominios, para que puedan -repetirse tamaños excesos. Verdad es que no recaba de los hombres que -se hagan recíprocamente todo el bien que deberían; pero al menos impide -que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir tranquilos á la -muerte de sus semejantes, cuando no les impele á ello otro motivo que -el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición -del Cristianismo comenzaron á echarse las semillas de esta aversión á -presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos -á los espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y -avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la -Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible -con la asistencia á unos juegos donde se presenciaba el homicidio bajo -las formas más crueles y refinadas. «Nosotros, decía bellamente uno de -los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre -matar á un hombre ó ver que se le mata.»[6] - - - - -CAPITULO XXXII - - -La sociedad moderna debía, al parecer, distinguirse por la dureza -y crueldad de sus costumbres, pues que, siendo un resultado de la -sociedad de los romanos, y de la de los bárbaros, debió heredar de -ambas esa dureza y crueldad. En efecto, ¿quién ignora la ferocidad de -costumbres de los bárbaros del Norte? Los historiadores de aquella -época nos han dejado narraciones horrorosas cuya lectura nos hace -estremecer. Llegóse á pensar que estaba cercano el fin del mundo, y á -la verdad que los que hacían semejante presagio eran bien excusables -de creer que estaba muy próxima la mayor de las catástrofes, cuando -eran tantas las que abrumaban á la triste humanidad. La imaginación no -alcanza á figurarse lo que hubiera sido del mundo en aquella crisis, si -el Cristianismo no hubiese existido; y, aun suponiendo que se hubiese -llegado á organizar de nuevo la sociedad bajo una ú otra forma, no -hay duda en que las relaciones, así privadas como públicas, habrían -quedado en un estado deplorable, tomando, además, la legislación un -sesgo injusto é inhumano. Por esta razón fué un beneficio inestimable -la influencia de la Iglesia en la legislación civil; y la misma -prepotencia temporal del clero fué una de las primeras salvaguardias de -los más altos intereses de la sociedad. - -Mucho se ha dicho contra este poder temporal del clero, y contra este -influjo de la Iglesia en los negocios temporales; pero ante todo -era menester hacerse cargo de que ese poder y ese influjo fueron -traídos por la misma naturaleza de las cosas; es decir, que fueron -_naturales_, y, por consiguiente, el hablar contra ellos es un estéril -desahogo contra la fuerza de acontecimientos cuya realización no era -dado al hombre impedir. Eran, además, _legítimos_: porque, cuando la -sociedad se hunde, es muy legítimo que la salve quien pueda, y en la -época á que nos referimos, sólo podía salvarla la Iglesia. Ésta, como -que no es un ser abstracto, sino una sociedad real y sensible, debía -obrar sobre la civil por medios también reales y sensibles. Supuesto -que se trataba los intereses materiales de la sociedad, los ministros -de la Iglesia debían tomar parte, de una ú otra suerte, en la dirección -de estos negocios. Estas reflexiones son tan obvias y sencillas, que -para convencerse de su verdad y exactitud basta el simple buen sentido. -En la actualidad están generalmente acordes sobre este punto cuantos -entienden algo en historia; y, si no supiésemos cuánto trabajo suele -costar al entendimiento del hombre el entrar en el verdadero camino, y, -sobre todo, cuánta mala fe se ha mezclado en esa clase de cuestiones, -difícil fuera explicar cómo se ha tardado tanto en ponerse todo el -mundo de acuerdo sobre una cosa que salta á los ojos, con la simple -lectura de la historia. Pero volvamos al intento. - -Esa informe mezcla de la crueldad de un pueblo culto, pero corrompido, -con la ferocidad atroz de un pueblo bárbaro, orgulloso, además, de sus -triunfos, y abrevado de sangre vertida en tantas guerras continuadas -por tan largo tiempo, dejó en la sociedad europea un germen de dureza y -crueldad, que se hizo sentir por largos siglos y cuyo rastro ha llegado -hasta épocas recientes. El precepto de la caridad cristiana estaba -en las cabezas, pero la crueldad de los romanos, combinada con la -ferocidad de los bárbaros, dominaba todavía el corazón; las ideas eran -puras, benéficas, como emanadas de una religión de amor; pero hallaban -una resistencia terrible en los hábitos, en las costumbres, en las -instituciones, en las leyes; porque todo llevaba el sello más ó menos -desfigurado de los dos principios que se acaban de señalar. - -Reparando en la lucha continua, tenaz, que se traba entre la Iglesia -católica y los elementos que le resisten, se conoce con toda evidencia -que las ideas cristianas no hubieran alcanzado á dominar la legislación -y las costumbres, si el Cristianismo no hubiese sido más que una idea -religiosa abandonada al capricho del individuo, tal como la conciben -los protestantes; si no se hubiese realizado en una institución -robusta, en una sociedad fuertemente constituída, cual es la Iglesia -católica. Para que se forme concepto de los esfuerzos hechos por la -Iglesia, indicaré algunas de las disposiciones tomadas con el objeto de -suavizar las costumbres. - -Las enemistades particulares tenían á la sazón un carácter violento; el -derecho se decidía por el hecho, y el mundo estaba amenazado de no ser -otra cosa que el patrimonio del más fuerte. El poder público, que, ó no -existía, ó andaba como confundido en el torbellino de las violencias y -desastres que su mano endeble no alcanzaba á evitar ni á reprimir, era -impotente para dar á las costumbres una dirección pacífica, haciendo -que los hombres se sujetasen á la razón y á la justicia. Así vemos que -la Iglesia, á más de la enseñanza y de las amonestaciones generales, -inseparables de su augusto ministerio, adoptaba en aquella época -ciertas medidas para oponerse al torrente devastador de la violencia, -que todo lo asolaba y destruía. - -El concilio de Arles, celebrado á mediados del siglo V, por los años de -443 á 452, dispone en su canon 50 que no se debe permitir la asistencia -á la iglesia á los que tienen enemistades públicas, hasta que se hayan -reconciliado con sus enemigos. - -El concilio de Angers, celebrado en el año 453, prohibe en su canon 3.º -las violencias y mutilaciones. - -El concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el año 506, ordena en -su canon 31 que los enemigos que no quieran reconciliarse, sean desde -luego amonestados por los sacerdotes, y, si no siguieren los consejos -de éstos, sean excomulgados. - -En aquella época tenían los galos la costumbre de andar siempre -armados, y con sus armas entraban en la iglesia. Alcánzase fácilmente -que una costumbre semejante debía de traer graves inconvenientes, -haciendo no pocas veces de la casa de oración arena de venganzas y de -sangre. Á mediados del siglo VII vemos que el concilio de Châlons, -en su canon 17, señala la pena de excomunión contra todos los legos -que promuevan tumultos ó saquen la espada para herir á alguno en las -iglesias ó en sus recintos. Esto nos indica la prudencia y la previsión -con que había sido dictado el canon 29 del tercer concilio de Orleans, -celebrado en el año 538, donde se manda que nadie asista con armas á -misa ni á vísperas. - -Es curioso observar la uniformidad de plan y la identidad de miras con -que marchaba la Iglesia. En países muy distantes, y en época en que no -podía ser frecuente la comunicación, hallamos disposiciones análogas -á las que se acaban de apuntar. El concilio de Lérida, celebrado en -el año 546, ordena en el canon 7.º que el que haga juramento de no -reconciliarse con su enemigo, sea privado de la comunión del cuerpo y -sangre de Jesucristo hasta haber hecho penitencia de su juramento, y -haberse reconciliado. - -Pasaban los siglos, continuaban las violencias, y el precepto de -caridad fraternal que nos obliga al amor de nuestros propios enemigos, -encontraba abierta resistencia en el carácter duro y en las pasiones -feroces de los descendientes de los bárbaros; pero la Iglesia no -se cansaba de insistir en la predicación del precepto divino, -inculcándolo á cada paso y procurando hacerlo eficaz por medio de penas -espirituales. Habían transcurrido más de 400 años desde la celebración -del concilio de Arles, en que hemos visto privados de asistir á la -iglesia á los que tenían enemistades públicas, y encontramos que el -concilio de Worsmes, celebrado en el año 868, prescribe en su canon 41 -que se excomulgue á los enemistados que no quieran reconciliarse. - -Basta tener noticia del desorden de aquellos siglos para figurarse si -durante ese largo espacio se habían podido remediar las enemistades -encarnizadas y violentas; parece que debiera de haberse cansado la -Iglesia de inculcar un precepto que tan desatendido estaba, á causa -de funestas circunstancias; sin embargo, ella habla hoy como había -hablado ayer, como siglos antes, no desconfiando nunca de que sus -palabras producirían algún bien en la actualidad y serían fecundas en -el porvenir. - -Éste es su sistema; no parece sino que oye de continuo aquellas -palabras _clama y no ceses, levanta tu voz como una trompeta_. Así -alcanza el triunfo sobre todas las resistencias; así, cuando no puede -ejercer predominio sobre la voluntad de un pueblo, hace resonar de -continuo su voz en las sombras del santuario; allí reune _siete mil -que no doblaron la rodilla ante Baal_, y al paso que los afirma en -la fe y en las buenas obras, protesta en nombre de Dios contra los -que _resisten al Espíritu Santo_. Tal vez durante la disipación y -las orgías de una ciudad populosa, penetramos en un sagrado recinto -donde reinan la gravedad y la meditación en medio del silencio y -de las sombras. Un ministro del santuario, rodeado de un número -escogido de fieles, hace resonar de vez en cuando algunas palabras -austeras y solemnes: he aquí la personificación de la Iglesia en -épocas desastrosas por el enflaquecimiento de la fe ó la corrupción de -costumbres. - -Una de las reglas de conducta de la Iglesia católica ha sido el no -doblegarse jamás ante el poderoso. Cuando ha proclamado una ley, la ha -proclamado para todos, sin distinción de clases. En las épocas de la -prepotencia de los pequeños tiranos que bajo distintos nombres vejaban -los pueblos, esta conducta contribuyó sobremanera á hacer populares -las leyes eclesiásticas; porque nada más propio para hacer llevadera -al pueblo una carga, que ver sujeto á ella al noble y hasta al mismo -rey. En el tiempo á que nos referimos, prohibíanse severamente las -enemistades y las violencias entre los plebeyos; pero la misma ley se -extendía también á los grandes y á los mismos reyes. No había mucho que -el Cristianismo se hallaba establecido en Inglaterra, y encontramos -sobre este particular un ejemplo curioso. Nada menos que tres príncipes -excomulgados en un mismo año, y en una misma ciudad, y obligados á -hacer penitencia de los delitos cometidos. En la ciudad de Landaff, -en el país de Gales, en Inglaterra, en la metrópoli de Cantorbery, se -celebraron en el año 560 tres concilios. En el primero fué excomulgado -Monrico, rey de Clamargon, por haber dado muerte al rey Cineiba, á -pesar de la paz que se habían jurado sobre las santas reliquias; en -el segundo se excomulga al rey Morcante, que había quitado la vida -á Friaco su tío, después de haberle jurado igualmente la paz; en el -tercero se excomulgó al rey Guidnerto por haber dado muerte á su -hermano, que le disputaba la corona. - -No deja de ser interesante ver á los jefes de los bárbaros, que -convertidos en reyes se asesinaban tan fácil y atrozmente, obligados á -reconocer la autoridad de un poder superior que los precisaba á hacer -penitencia de haber manchado sus manos con la sangre de sus parientes, -y haber quebrantado la santidad de sus pactos, y échase de ver los -saludables efectos que de esto debían seguirse para suavizar las -costumbres. - -«Fácil era, dirán los enemigos de la Iglesia, los que se empeñan en -rebajar el mérito de todos sus actos, fácil era, dirán, predicar la -suavidad de costumbres exigiendo la observancia de los preceptos -divinos á jefes de tan escaso poder y que no tenían de rey más que el -nombre. Fácil era habérselas con reyezuelos bárbaros que, fanatizados -por una religión que no comprendían, inclinaban humildemente la cabeza -ante el primer sacerdote que se presentaba á intimidarlos de parte de -Dios. Pero ¿qué significa esto? ¿qué influencia pudo tener en el curso -de los grandes acontecimientos? La historia de la civilización europea -ofrece un teatro inmenso, donde los hechos deben estudiarse en mayor -escala, donde las escenas han de ser grandiosas, si es que han de -ejercer influencia sobre el ánimo de los pueblos.» - -Despreciemos lo que hay de fútil en un razonamiento semejante; pero, ya -que se quieran escenas grandes, que hayan debido influir en desterrar -el empleo brutal de la fuerza, sin suavizar las costumbres, abramos -la historia de los primeros siglos de la Iglesia, y no tardaremos en -encontrar una página sublime, eterno honor del Catolicismo. - -Reinaba sobre todo el mundo conocido un emperador cuyo nombre era -acatado en los cuatro ángulos de la tierra, y cuya memoria es respetada -por la posteridad. En una ciudad importante el pueblo amotinado -degüella al comandante de la guarnición, y el emperador en su cólera -manda que el pueblo sea exterminado. Al volver en sí el emperador -revoca la orden fatal; pero ya era tarde: la orden estaba ejecutada, -y millares de víctimas habían sucumbido en una carnicería horrorosa. -Al esparcirse la noticia de tan atroz catástrofe, un santo obispo se -retira de la corte del emperador y le escribe desde la campaña estas -graves palabras: «Yo no me atrevo á ofrecer el sacrificio, si vos -pretendéis asistir á él: si el derramamiento de la sangre de un solo -inocente bastaría á vedármelo, ¡cuánto más siendo tantas las muertes -inocentes!» El emperador, confiado en su poder, no se detiene por esta -carta y se dirige á la iglesia. Llegado al pórtico, se le presenta -un hombre venerable, que con ademán grave y severo le detiene y le -prohibe entrar. «Has imitado, le dice, á David en el crimen; imítale -en la penitencia.» El emperador cede, se humilla, se somete á las -disposiciones del santo prelado; y la religión y la humanidad quedan -triunfantes. La ciudad desgraciada se llama Tesalónica, el emperador -era Teodosio el Grande, y el prelado era San Ambrosio, arzobispo de -Milán. - -En este acto sublime se ven personificadas de un modo admirable, y -encontrándose cara á cara, la justicia y la fuerza. La justicia triunfa -de la fuerza, pero ¿por qué? Porque el que representa la justicia -la representa en nombre del cielo, porque los vestidos sagrados, la -actitud imponente del hombre que detiene al emperador, recuerdan á -éste la misión divina del santo obispo y el ministerio que ejerce en -la sagrada jerarquía de la Iglesia. Poned en lugar del obispo á un -filósofo y decidle que vaya á detener al emperador, amonestándole que -haga penitencia de su crimen, y veréis si la sabiduría humana alcanza -á tanto como el sacerdocio hablando en nombre de Dios; poned, si os -place, á un obispo de una Iglesia que haya reconocido la supremacía -espiritual en el poder civil, y veréis si en su boca tienen fuerza las -palabras para alcanzar tan señalado triunfo. - -El espíritu de la Iglesia era el mismo en todas épocas, sus tendencias -eran siempre hacia el mismo objeto; su lenguaje igualmente severo, -igualmente fuerte, ora hablase á un plebeyo romano, ora á un bárbaro, -sea que dirigiese sus amonestaciones á un patricio del imperio ó á -un noble germano: no le amedrentaba ni la púrpura de los Césares, ni -la mirada fulminante de los reyes _de la larga cabellera_. El poder -de que se halló investida en la Edad media no dimanó únicamente de -ser ella la sola que había conservado alguna luz de las ciencias y el -conocimiento de principios de gobierno, sino también de esa firmeza -inalterable que ninguna resistencia, ningún ataque, eran bastantes á -desconcertar. ¿Qué hubiera hecho á la sazón el Protestantismo para -dominar circunstancias tan difíciles y azarosas? Falto de autoridad, -sin un centro de acción, sin seguridad en su propia fe, sin confianza -en sus medios, ¿qué recursos hubiera empleado para contener el ímpetu -de la fuerza que señoreada del mundo acababa de hacer pedazos los -restos de la civilización antigua, y oponía un obstáculo poco menos que -insuperable á toda tentativa de organización social? El Catolicismo, -con su fe ardiente, su autoridad robusta, su unidad indivisible, su -trabazón jerárquica, pudo acometer la alta empresa de suavizar las -costumbres con aquella confianza que inspira el sentimiento de las -propias fuerzas, con aquel brío que alienta el corazón cuando se abriga -en él la seguridad del triunfo. - -No se crea, sin embargo, que la manera con que suavizó las costumbres -la Iglesia católica fuese siempre un rudo choque contra la fuerza; -vémosla emplear medios indirectos, contentarse con prescribir lo que -era asequible, exigir lo menos para allanar el camino al logro de lo -más. - -En una capitular de Carlomagno formada en Aix-la-Chapelle en el año -813, que consta de 26 artículos, que no son otra cosa que una especie -de confirmación y resumen de cinco concilios celebrados poco antes -en las Galias, encontramos dos artículos añadidos, de los cuales el -segundo prescribe que se proceda contra los que, con pretexto del -derecho llamado _Fayda_, excitan ruidos y tumultos en los domingos y -fiestas, y también en los días de trabajo. Ya hemos visto más arriba -emplear las sagradas reliquias para hacer más respetable el juramento -de paz y amistad que se prestaban los reyes: acto augusto en que se -hacía intervenir el cielo para evitar la fusión de sangre y traer la -paz á la tierra; ahora vemos que el respeto á los domingos y demás -fiestas se utiliza también para preparar la abolición de la bárbara -costumbre de que los parientes de un hombre muerto pudiesen vengar la -muerte, dándola al matador. - -El lamentable estado de la sociedad europea en aquella época se retrata -vivamente en los mismos medios que el poder eclesiástico se veía -obligado á emplear para disminuir algún tanto los desastres ocasionados -por las violencias de las costumbres. El no acometer á nadie para -maltratarle, el no recurrir á la fuerza para obtener una reparación, ó -desahogar la venganza, nos parece á nosotros tan justo, tan conforme -á razón, tan natural, que apenas concebimos posible que puedan las -cosas andar de otra manera. Si en la actualidad se promulgase una ley -que prohibiese el atacar á su enemigo en este ó en aquel día, en esta -ó en aquella hora, nos parecería el colmo de la ridiculez y de la -extravagancia. No lo parecía, sin embargo, en aquellos tiempos; y una -prohibición semejante se hacía á cada paso, no en obscuras aldeas, sino -en las grandes ciudades, en asambleas numerosísimas, donde se contaban -á centenares los obispos, donde acudían los condes, los duques, los -príncipes y reyes. Esa ley que á nosotros nos parecería tan extraña, -y por la que se ve que la autoridad se tenía por dichosa si podía -alcanzar que los principios de justicia fuesen respetados al menos -algunos días, particularmente en las mayores solemnidades, esa ley fué -por largo tiempo uno de los puntos capitales del derecho público y -privado de Europa. - -Ya se habrá conocido que estoy hablando de la _Tregua de Dios_. Muy -necesaria debía ser á la sazón una ley semejante, cuando la vemos -repetida tantas veces en países muy distantes unos de otros. Entre lo -mucho que se podría recordar sobre esta materia, me contentaré con -apuntar algunas decisiones conciliares de aquella época. - -El concilio de Tubuza, en la diócesis de Elna, en el Rosellón, -celebrado por Guifredo, arzobispo de Narbona, en el año 1041, establece -la _Tregua de Dios_, mandando que, desde la tarde del miércoles hasta -la mañana del lunes, nadie tomase cosa alguna por fuerza, ni se vengase -de ninguna injuria, ni exigiese prendas de fiador. Quien contraviniese -á este decreto, debía pagar la composición de las leyes, como merecedor -de muerte, ó ser excomulgado y desterrado del país. - -Considerábase tan beneficiosa la práctica de esta disposición, que, en -el mismo año, se tuvieron en Francia otros muchos concilios sobre el -mismo asunto. Teníase también el cuidado de recordar con frecuencia -esta obligación, como lo vemos en el concilio de Saint-Gilles, en -Languedoc, celebrado en el año 1042, y en el de Narbona, celebrado en -1045. - -Á pesar de insistirse tanto sobre lo mismo, no se alcanzaba todo -el fruto deseado, como lo indica la fluctuación que sufrían las -disposiciones de la ley. Así vemos que, en el año 1047, la _Tregua de -Dios_ se limitaba á un tiempo menor del que tenía en 1041, pues que el -concilio de Telugis, de la diócesis de Elna, celebrado en 1047, dispone -que en todo el condado del Rosellón nadie acometa á su enemigo desde la -hora nona del sábado hasta la hora de prima del lunes; por manera que -la ley era entonces mucho más lata que en 1041, donde hemos visto que -la _Tregua de Dios_ comprendía desde la tarde del miércoles hasta la -mañana del lunes. - -En el mismo concilio que acabo de citar, se encuentra una disposición -notable, pues que se manda que nadie pueda acometer á un hombre que va -á la iglesia, ó vuelve de ella, ó que _acompaña mujeres_. - -En el año 1054, la _Tregua de Dios_ iba ganando terreno, pues, no sólo -vuelve á comprender desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por -la mañana después de la salida del sol, sino que se extiende á largas -temporadas. Así vemos que el concilio de Narbona, celebrado por el -arzobispo Guifredo en dicho año, á más de señalar comprendido en la -_Tregua de Dios_ desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por la -mañana, la declara obligatoria para el tiempo y días siguientes: desde -el primer domingo de Adviento hasta la octava de la Epifanía, desde el -domingo de la Quincuagésima hasta la octava de Pascua, desde el domingo -que precede la Ascensión hasta la octava de Pentecostés, en los días -de las fiestas de Nuestra Señora, de San Pedro, de San Lorenzo, de San -Miguel, de Todos los Santos, de San Martín, de Santos Justo y Pastor, -titulares de la Iglesia de Narbona, y todos los días de ayuno; y esto, -so pena de anatema y de destierro perpetuo. - -En el mismo concilio se encuentran otras disposiciones tan bellas, que -no es posible dejar de recordarlas, dado que se trata de manifestar -y hacer sentir la influencia de la Iglesia católica en suavizar las -costumbres. En el canon 9.º se prohibe cortar los olivos, señalándose -una razón, que, si á los ojos de los juristas no parecerá bastante -general y adecuada, es á los de la filosofía de la historia un hermoso -símbolo de las ideas religiosas, ejerciendo sobre la sociedad su -benéfica influencia. La razón que señala el concilio, es que los -_olivos suministran la materia del santo Crisma y del alumbrado de las -iglesias_. Una razón semejante producía, sin duda, más efecto que todas -las que pudieran sacarse de Ulpiano y Justiniano. - -En el canon 10 se manda que, en todo tiempo y lugar, gocen de la -seguridad de la _Tregua_ los pastores y sus ovejas, disponiéndose lo -mismo en el canon 11 con respecto á las casas situadas á treinta pasos -al rededor de las iglesias. En el canon 18 se prohibe á los que tienen -pleito usar de procedimientos de hecho ó cometer alguna violencia, -antes que la causa haya sido juzgada en presencia del obispo y del -señor del lugar. En los demás cánones se prohibe robar á los mercaderes -y peregrinos, y hacer daño á nadie, bajo la pena de ser separados de -la Iglesia los perpetradores de este delito, si lo hubiesen cometido -durante la _Tregua_. - -Á medida que iba adelantando el siglo XI, notamos que se inculca más y -más la saludable práctica de la _Tregua de Dios_, interviniendo en este -negocio la autoridad de los Papas. - -En el concilio de Gerona, celebrado por el cardenal Hugo el Blanco -en 1068, se confirmó la _Tregua de Dios_ por autoridad de Alejandro -II, so pena de excomunión; y en 1080, el concilio de Lilebona, en -Normandía, supone establecida ya muy generalmente esta _Tregua_, pues -que manda en su canon primero que los obispos y los señores cuiden de -su observancia, aplicando á los prevaricadores censuras y otras penas. - -En el año 1093, el concilio de Troya, en la Pulla, celebrado por Urbano -II, confirma también la _Tregua de Dios_; siendo notable el ensanche -que debía ir tomando esa disposición eclesiástica, pues que á dicho -concilio asistían setenta y cinco obispos. Mucho mayor era el número -en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por el mismo Urbano -II en el año 1095, pues que contaba nada menos que trece arzobispos, -doscientos veinte obispos y muchos abades. En su canon 1.º confirma la -_Tregua_ con respecto al jueves, viernes, sábado y domingo; pero quiere -que se observe todos los días de la semana con respecto á los monjes, -clérigos y mujeres. - -En los cánones 29 y 30 se dispone que, si alguno, perseguido por su -enemigo, se refugia junto á una cruz, debe estar allí tan seguro -como si hubiese buscado asilo en la iglesia. Esta enseña sublime de -redención, después de haber dado salud al linaje humano, empapándose -en la cima del Calvario con la sangre del Hijo de Dios, servía ya de -amparo á los que, en el asalto de Roma, se refugiaban á ella, huyendo -del furor de los bárbaros; y siglos después encontramos que, levantada -en los caminos, salvaba todavía al desgraciado que se abrazaba con -ella, huyendo de un enemigo sediento de venganza. - -El concilio de Ruán, celebrado en el año 1096, extiende todavía más -el dominio de la _Tregua_, mandando observarla desde el domingo antes -del miércoles de Ceniza hasta la segunda feria después de la octava de -Pentecostés, desde la puesta del sol en el miércoles antes del Adviento -hasta la octava de la Epifanía, y en cada semana, desde el miércoles -puesto el sol hasta su salida del lunes siguiente; y, por fin, en todas -las fiestas y vigilias de la Virgen y de los Apóstoles. - -En el canon 2.º se ordena que gocen de una paz perpetua todos los -clérigos, monjas y religiosas, _mujeres_, _peregrinos_, _mercaderes_ -y sus criados, _los bueyes y caballos de arado_, _los carreteros_, -_los labradores_ y todas las tierras que pertenecen á los santos, -prohibiendo acometerlos, robarlos, ó ejercer en ellos alguna violencia. - -En aquella época se conoce que la ley se sentía más fuerte, y que -podía exigir la obediencia en tono más severo; pues vemos que en el -canon 3.º del mismo concilio se prescribe que todos los varones que -hayan cumplido doce años, presten juramento de observar la _Tregua_; -y en el canon 4.º se excomulga á los que se resistan á prestarle; así -como algunos años después, á saber, en 1115, la _Tregua_ empieza á -comprender, no ya algunas temporadas, sino años enteros: el concilio -de Troya, en la Pulla, celebrado en dicho año por el papa Pascual, -establece la _Tregua_ por tres años. - -Los papas continuaban con ahinco la obra comenzada, sancionando con -el peso de su autoridad, y difundiendo con su influencia, entonces -universal y poderosa en toda la Europa, la observancia de la _Tregua_. -Ésta, aunque en la apariencia no fuese otra cosa que un acatamiento á -la religión por parte de las pasiones violentas, que por respeto á ella -suspendían sus hostilidades, era, en el fondo, el triunfo del derecho -sobre el hecho, y uno de los más admirables artificios que se han visto -empleados jamás para suavizar las costumbres de un pueblo bárbaro. -Quien se veía precisado á no poder echar mano de la fuerza en cuatro -días de la semana, y largas temporadas del año, claro es que debía de -inclinarse á costumbres más suaves, no empleándola nunca. Lo que cuesta -trabajo, no es convencer al hombre de que obra mal, sino hacerle perder -el hábito de obrar mal; y sabido es que todo hábito se engendra por la -repetición de los actos, y se pierde cuando se logra que éstos cesen -por algún tiempo. - -Así, es sumamente satisfactorio el ver que los papas procuraban -sostener y propagar esa _Tregua_ renovando el mandamiento de su -observancia en concilios numerosos, y, por tanto, de una influencia -más eficaz y universal. En el concilio de Reims, abierto por el mismo -pontífice Calixto II en 1119, se expidió un decreto en confirmación -de la misma _Tregua_. Asistieron á este concilio trece arzobispos, -más de doscientos obispos y un gran número de abades y eclesiásticos -distinguidos en dignidad. Inculcóse la misma observancia en el concilio -de Letrán IX, general, celebrado en 1123, congregado por Calixto II. -Eran más de trescientos los prelados entre arzobispos y obispos, y el -número de los abades pasaba de seiscientos. En 1130 se insiste sobre lo -mismo en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por Inocencio -II, renovándose los reglamentos pertenecientes á la observancia de la -_Tregua_; y en el concilio de Aviñón en 1209, celebrado por Hugo, -obispo de Riez, y Milón, notario del papa Inocencio III, ambos legados -de la Santa Sede, se confirman las leyes anteriormente establecidas -para la observancia de la _paz_ y de la _Tregua_, condenándose á los -revoltosos que la perturbaban. En el concilio de Montpeller, celebrado -en 1215, juntado por Roberto de Corceón, y presidido por el cardenal de -Benevento como legado que era en la provincia, se renueva y confirma -todo cuanto en distintos tiempos se había arreglado para la seguridad -pública, y más recientemente para la subsistencia de la paz entre señor -y señor, y entre los pueblos. - -Á los que han mirado la intervención de la sociedad eclesiástica en -los negocios civiles como una usurpación de las atribuciones del poder -público, podríase preguntarles si puede ser usurpado lo que no existe, -y si un poder incapacitado para ejercer sus atribuciones propias, se -quejaría con razón de que las ejerciese otro que tuviese para ello la -inteligencia y la fuerza necesarias. No se quejaba entonces el poder -político de esas pretendidas usurpaciones, y así los gobiernos como los -pueblos las miraban como muy justas y legítimas, porque, como se ha -dicho más arriba, eran naturales, necesarias, traídas por la fuerza de -los acontecimientos, dimanadas de la situación de las cosas. Por cierto -que sería ahora curioso ver que los obispos se ocupasen en la seguridad -de los caminos, que publicasen edictos contra los incendiarios, los -ladrones, los que cortasen los olivos ó causasen otros estragos -semejantes; pero en aquellos tiempos se consideraba este proceder como -muy natural y muy necesario. Merced á estos cuidados de la Iglesia, á -este solícito desvelo, que después se ha culpado con tanta ligereza, -pudieron echarse los cimientos de este edificio social cuyos bienes -disfrutamos, y llevarse á cabo una reorganización que hubiera sido -imposible sin la influencia religiosa y sin la acción de la potestad -eclesiástica. - -¿Queréis saber el concepto que debe formarse de un hecho, descubriendo -si es hijo de la naturaleza misma de las cosas, ó efecto de -combinaciones astutas? Reparad el modo con que se presenta, los -lugares en que nace, los tiempos en que se verifica; y cuando le veáis -reproducido en épocas muy distintas, en lugares muy lejanos, entre -hombres que no han podido concertarse, estad seguros que lo que obra -allí no es el plan del hombre, sino la fuerza misma de las cosas. -Estas condiciones se verifican de un modo palpable en la acción de la -potestad eclesiástica sobre los negocios públicos. Abrid los concilios -de aquellas épocas y por doquiera os ocurrirán los mismos hechos; así, -por ejemplo, el concilio de Palencia, en el reino de León, celebrado -en 1129, ordena en su canon 12 que se destierre ó se recluya en un -monasterio á los que acometan á los clérigos, monjes, mercaderes, -peregrinos y mujeres. Pasad á Francia y encontraréis el concilio de -Clermont, en Auvernia, celebrado en 1130, que en su canon 13 excomulga -á los incendiarios. En 1157 os ocurrirá el concilio de Reims, mandando -en su canon 3.º que durante la guerra no se toque la persona de los -clérigos, monjes, mujeres, viajantes, labradores y viñeros. Pasad á -Italia y encontraréis el concilio de Letrán IX, general, convocado -en 1179, que prohibe, en su canon 22, maltratar é inquietar á los -monjes, clérigos, peregrinos, mercaderes, aldeanos que van de viaje, -ó están ocupados en la agricultura, y á los animales empleados en -ella. En el canon 24 se excomulga á los que apresen ó despojen á los -cristianos que naveguen para su comercio ú otras causas legítimas y á -los que roben á los náufragos, si no restituyen lo robado. Pasando á -Inglaterra, encontramos el concilio de Oxford, celebrado en 1222 por -Esteban Langton, arzobispo de Cantorbery, prohibiendo en el canon 20 -que nadie pueda tener ladrones para su servicio. En Suecia el concilio -de Arbogen, celebrado en 1396 por Enrique, arzobispo de Upsal, dispone -en su canon 5.º que no se conceda sepultura eclesiástica á los piratas, -raptores, incendiarios, ladrones de caminos reales, opresores de pobres -y otros malhechores. Por manera que, en todas partes, y en todos -tiempos, se encuentra el mismo hecho: la Iglesia luchando contra la -injusticia, contra la violencia, y esforzándose por reemplazarlas con -el reinado de la justicia y de la ley. - -Yo no sé con qué espíritu han leído algunos la historia eclesiástica, -que no hayan sentido la belleza del cuadro que se ofrece en las -repetidas disposiciones que no he hecho más que apuntar, todas -dirigidas á proteger al débil contra el fuerte. Si al clérigo y al -monje, como débiles que son por pertenecer á una profesión pacífica, se -les protege de una manera particular en los cánones citados, notamos -que se dispensa la misma protección á las mujeres, á los peregrinos, -á los mercaderes, á los aldeanos que van de viaje y se ocupan en los -trabajos del campo, á los animales de cultivo, en una palabra, á todo -lo débil. Y cuenta que esta protección no es un mero arranque de -generosidad pasajera: es un sistema seguido en lugares muy diferentes, -continuado por espacio de siglos, desenvuelto y aplicado por los -medios que la caridad sugiere, inagotable en recursos y artificios -cuando se trata de hacer el bien y de evitar el mal. Y por cierto que -aquí no puede decirse que la Iglesia obrase por miras interesadas, -porque, ¿cuál era el provecho material que podía resultarle de impedir -el despojo de un obscuro viajante, el atropellamiento de un pobre -labrador, ó el insulto hecho á una desvalida mujer? El espíritu que la -animaba entonces, á pesar de los abusos que consigo traía la calamidad -de los tiempos; el espíritu que la animaba entonces, como ahora, era el -Espíritu de Dios; ese Espíritu que le comunica sin cesar una decidida -inclinación á lo bueno, á lo justo, y que la impele de continuo á -buscar los medios más á propósito para realizarlo. - -Juzgue ahora el lector imparcial si esfuerzos tan continuados por -parte de la Iglesia para desterrar de la sociedad el dominio de la -fuerza debieron ó no contribuir á suavizar las costumbres. Esto aun -limitándonos al tiempo de paz; pues, por lo que toca al de guerra, no -es necesario siquiera detenerse en probarlo. El _vae victis_ de los -antiguos ha desaparecido en la historia moderna, merced á la religión -divina que ha inspirado á los hombres otras ideas y sentimientos; -merced á la Iglesia católica, que con su celo por la redención de -los cautivos ha suavizado las máximas feroces de los romanos, que -conceptuaban necesario, para hacer á los hombres valientes, no dejarles -esperanza de salir de la esclavitud, en caso de que á ella los -condujesen los azares de la guerra. Si el lector quiere tomarse la pena -de leer el capítulo XVII de esta obra con el § III de la nota primera, -donde se hallan algunos de los muchos documentos que se podrían citar -sobre este punto, formará cabal concepto de la gratitud que se merece -la Iglesia católica por su caridad, su desprendimiento, su celo -incansable en favor de los infelices que, privados de libertad, gemían -en poder de los enemigos. Á esto debe añadirse también la consideración -de que, abolida la esclavitud, había de suavizarse por necesidad el -sistema de la guerra. Porque, si al enemigo no era lícito matarle, una -vez rendido, ni tampoco retenerle en esclavitud, todo se reducía á -retenerle el tiempo necesario para que no pudiese hacer daño, ó hasta -que se recibiese por él la compensación correspondiente. He aquí el -sistema moderno, que consiste en retener los prisioneros hasta que se -haya terminado la guerra ó verificado un canje. - -Bien que, según lo dicho más arriba, la suavidad de costumbres -consiste, propiamente hablando, en la _exclusión de la fuerza_, no -obstante, como en este mundo todo se enlaza, no debe mirarse esta -exclusión de un modo abstracto, considerando posible que exista por la -sola fuerza del desarrollo de la inteligencia. Una de las condiciones -necesarias para una verdadera suavidad de costumbres, es que, no sólo -se eviten en cuanto sea posible los medios violentos, sino que, además, -se empleen los _benéficos_. Si esto no se verifica, las costumbres -serán más bien enervadas que suaves, y el uso de la fuerza no será -desterrado de la sociedad, sino que andará en ella disfrazado con -artificio. Por estas razones conviene echar una ojeada sobre el -principio de donde ha sacado la civilización europea el espíritu de -beneficencia que la distingue; pues que así se acabará de manifestar -que al Catolicismo es debida principalmente nuestra suavidad de -costumbres. Además, que, aun prescindiendo del enlace que con esto -tiene la beneficencia, ella por sí sola entraña demasiada importancia, -para que sea posible desentenderse de consagrarle algunas páginas, -cuando se hace una reseña analítica de los elementos de nuestra -civilización.[7] - - - - -CAPITULO XXXIII - - -Las costumbres no serán jamás suaves, si no existe la beneficencia -pública. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no -se confunden, no obstante, se hermanan. La beneficencia pública, -propiamente tal, era desconocida entre los antiguos. El individuo -podía ser benéfico una que otra vez; la sociedad no tenía entrañas. -Así es que la fundación de establecimientos públicos de beneficencia -no entró jamás en su sistema de administración. ¿Qué hacían, pues, de -los desgraciados? se nos dirá; y nosotros responderemos á esta pregunta -con el autor del _Genio del Cristianismo_: «Tenían dos conductos para -deshacerse de ellos: el infanticidio y la esclavitud.» - -Dominaba ya el Cristianismo en todas partes, y vemos todavía que los -rastros de costumbres atroces daban mucho que entender á la autoridad -eclesiástica. El concilio de Vaisón, celebrado en el año 442, al -establecer un reglamento sobre pertenencia legítima de los expósitos, -manda castigar con censura eclesiástica á los que perturbaban con -reclamaciones importunas á las personas caritativas que habían recogido -un niño; lo que hacía el concilio con la mira de no apartar de esta -costumbre benéfica, porque, en el caso contrario, según añade, _estaban -expuestos á ser comidos por los perros_. No dejaban, todavía, de -encontrarse algunos, padres desnaturalizados que mataban á sus hijos; -pues que un concilio de Lérida, celebrado en el año 546, impone siete -años de penitencia á los que cometan semejante crimen; y el de Toledo, -celebrado en 589, dispone en su canon 17 que se impida que los padres y -madres quiten la vida á sus hijos. - -No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos excesos, -que por su misma oposición á las primeras ideas de moral, y por su -repugnancia á los sentimientos más naturales, se prestaban á ser -desarraigados y extirpados. La dificultad consistía en encontrar -los medios para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde -estuviesen siempre á la mano los socorros, no sólo para los niños, -sino también para los viejos inválidos, para los enfermos, para los -pobres que no pudiesen vivir de su trabajo; en una palabra, para todas -las necesidades. Como nosotros vemos esto planteado ya, y nos hemos -familiarizado con su existencia, nos parece una cosa tan natural y -sencilla, que apenas acertamos á distinguir una mínima parte del mérito -que encierra. Supóngase, empero, por un instante que no existiesen -semejantes establecimientos; trasladémonos con la imaginación á aquella -época en que no se tenía de ellos ni idea siquiera; ¿qué esfuerzos tan -continuados no supone el plantearlos y organizarlos? - -Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana, debían ser -socorridas todas las necesidades con más frecuencia y eficacia que -no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se -hubiese limitado á medios puramente individuales: porque nunca habría -faltado un número considerable de fieles que hubieran recordado las -doctrinas y el ejemplo de Jesucristo, quien, mientras nos enseñaba -la obligación de amar á los demás hombres como á nosotros mismos, y -esto no con un afecto estéril, sino dando de comer al hambriento, de -beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo -y al encarcelado, nos ofrecía en su propia conducta un modelo de la -práctica de esa virtud. De mil maneras podía ostentar el infinito -poder que tenía sobre el cielo y la tierra: al imperio de su voz se -hubieran humillado dóciles todos los elementos, los astros se hubieran -detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus -leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia, -en atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servían de remedio ó -consuelo de los desgraciados. Su vida está compendiada en la sencillez -sublime de aquellas dos palabras del sagrado texto: _Pertransiit -benefaciendo._ _Pasó haciendo bien._ - -Sin embargo, por más que pudiese esperarse de la caridad cristiana -entregada á sus propias inspiraciones, y obrando en la esfera meramente -individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que -era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de -las cuales se evitase que el socorro de las necesidades estuviese -sujeto á las contingencias inseparables de todo lo que depende de la -voluntad del hombre y de circunstancias de momento. Por este motivo, -fué sumamente cuerdo y previsor el pensamiento de plantear un gran -número de establecimientos de beneficencia. La Iglesia fué quien lo -concibió y lo realizó; y en esto no hizo otra cosa que aplicar á un -caso particular la regla general de su conducta: no dejar nunca á la -voluntad del individuo lo que puede vincularse en una institución. Y -es digno de notarse que ésta es una de las razones de la robustez que -tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo: de manera que, así como el -principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad -y la firmeza en la fe, así la regla de reducirlo todo á instituciones -asegura la solidez y duración á todas sus obras. Estos dos principios -tienen entre sí una correspondencia íntima; porque, si bien se mira, el -uno supone la desconfianza en el entendimiento del hombre, el otro en -su voluntad y en sus medios Individuales. El uno supone que el hombre -no se basta á sí mismo para el conocimiento de muchas verdades, el otro -que es demasiado veleidoso y débil para que el hacer el bien pueda -quedar encomendado á su inconstancia y flaqueza. Y ni uno ni otro hacen -injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su dignidad; no hacen más -que decirle lo que en realidad es, sujeto al error, inclinado al mal, -variable en sus propósitos y escaso en sus recursos. Verdades tristes, -pero atestiguadas por la experiencia de cada día, y cuya explicación -nos ofrece la religión cristiana, asentando como dogma fundamental la -caída del humano linaje en la prevaricación del primer padre. - -El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente opuestos, aplica -también á la voluntad el espíritu de individualismo que predica para -el entendimiento, y así es que de suyo es enemigo de instituciones. -Concretándonos al objeto que nos ocupa, vemos que su primer paso, en -el momento de su aparición, fué destruir lo existente, sin pensar -cómo podría reemplazarse. Increíble parecerá que Montesquieu haya -llegado al extremo de aplaudir esa obra de destrucción, y ésta es -otra prueba de la maligna influencia ejercida sobre los espíritus -por la pestilente atmósfera del siglo pasado. «Enrique VIII, dice -el citado autor, queriendo reformar la Inglaterra, destruyó los -frailes; gente perezosa que fomentaba la pereza de los demás, porque, -practicando la _hospitalidad_, hacía que una infinidad de personas -ociosas, nobles y de la clase del pueblo, pasasen su vida corriendo -de convento en convento. _Quitó también los hospitales, donde el -pueblo bajo encontraba su subsistencia_, como los nobles la suya en -los monasterios. Desde aquella época se estableció en Inglaterra -el espíritu de industria y de comercio.» (_Espíritu de las leyes._ -Lib. 23, cap. 29.) Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de -Enrique VIII en destruir los conventos apoyándose en la miserable -razón de que, faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba, -se quitaría á los ociosos este recurso, es cosa que no fuera de -extrañar, supuesto que semejantes vulgaridades eran del gusto de la -filosofía que empezaba á cundir á la sazón. En todo lo que estaba en -oposición con las instituciones del Catolicismo se pretendía encontrar -profundas razones de economía y de política; cosa muy fácil, porque -un ánimo preocupado encuentra en los libros, como en los hechos, todo -lo que quiere. Podíase, sin embargo, preguntar á Montesquieu cuál -había sido el paradero de los bienes de los conventos; y, como de -esos pingües despojos cupo una buena parte á esos mismos nobles que -antes encontraban allí la hospitalidad, quizás podría reconvenirse al -autor del _Espíritu de las leyes_, por haber pretendido disminuir la -ociosidad de éstos por un medio tan singular como era darles los bienes -de aquellos que los hospedaban. Por cierto que, teniendo los nobles -en su casa los mismos bienes que sufragaban para darles hospitalidad, -se les ahorraba el trabajo de _correr de convento en convento_. Pero -lo que no puede tolerarse, es que presente como un golpe maestro en -economía política «_el haber quitado los hospitales, donde el pueblo -bajo encontraba su subsistencia_.» ¡Qué! ¿Á tan poco alcanza vuestra -vista, tan desapiadada es vuestra filosofía, que creáis conducente para -el fomento de la industria y comercio la destrucción de los asilos del -infortunio? - -Y es lo peor que, seducido Montesquieu por el prurito de hacer lo que -se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de negar la -utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma ésta es la causa -de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan. Si -las naciones son pobres, no quiere hospitales; si son ricas, tampoco; -y para sostener esa paradoja inhumana se apoya en las razones que verá -el lector en las siguientes palabras. «Cuando la nación es pobre, dice, -la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es más, por -decirlo así, que la misma miseria general. Todos los hospitales no -sirven entonces para remediar esa pobreza particular; _al contrario, el -espíritu de pereza que ellos inspiran aumenta la pobreza general, y, -por consiguiente, la particular_.» He aquí los hospitales presentados -como dañosos á las naciones pobres, y, por tanto, condenados. Oigámosle -ahora por lo tocante á las ricas. «He dicho que las naciones ricas -necesitaban hospitales, porque en ellas está sujeta la fortuna á -mil accidentes; pero _échase de ver que socorros pasajeros valdrían -mucho más que establecimientos perpetuos_. El mal es _momentáneo_; de -consiguiente, es menester que _los socorros sean de una misma clase_, y -aplicables al accidente particular.» (_Espíritu de las leyes._ Lib. 23, -cap. 29.) Difícil es encontrar nada más vacío y más falso que lo que -se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese -de juzgar esa obra, cuyo mérito se ha exagerado tanto, merecería una -calificación aun más severa de la que le da M. Bonald cuando la llama -«_la más profunda de las obras superficiales_». - -Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de la sociedad, -la Europa en general no ha adoptado esas máximas; y en este punto, como -en muchos otros, se han dejado aparte las preocupaciones contra el -Catolicismo, y se ha seguido con más ó menos modificaciones el sistema -que él había enseñado. En la misma Inglaterra existen en considerable -número los establecimientos de beneficencia, sin que se crea que para -aguijonear la diligencia del pobre sea menester exponerle al peligro -de perecer de hambre. Conviene, sin embargo, observar que ese sistema -de establecimientos públicos de beneficencia, generalizado en la -actualidad por toda Europa, no hubiera existido sin el Catolicismo; y -puede asegurarse que, si el cisma religioso protestante hubiese tenido -lugar antes de que se plantease y organizase el indicado sistema, no -disfrutaría actualmente la sociedad europea de unos establecimientos -que tanto le honran, y que, además, son un precioso elemento de buena -policía y de tranquilidad pública. - -No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de esta clase, -cuando ya existen muchos otros del mismo género, cuando los gobiernos -tienen á la mano inmensos recursos, y disponen de la fuerza necesaria -para proteger todos los intereses, que plantear un gran número de ellos -cuando no hay tipos á que referirse, cuando se han de improvisar los -recursos de mil maneras diferentes, cuando el poder público no tiene -ni prestigio ni fuerza para mantener á raya las pasiones violentas -que se esfuerzan en apoderarse de todo lo que les ofrece algún cebo. -Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la existencia -del Protestantismo; lo segundo lo había hecho siglos antes la Iglesia -católica. - -Y nótese bien que lo que se ha realizado en los países protestantes -á favor de la beneficencia, no ha sido más que actos administrativos -del gobierno, actos que necesariamente debía inspirarle la vista de -los buenos resultados que hasta entonces habían producido semejantes -establecimientos. Pero el Protestantismo en sí, y considerado como -Iglesia separada, nada ha hecho. Ni tampoco podía hacer, pues que allí -donde conserva algo de organización jerárquica, es un puro instrumento -del poder civil, y, por tanto, no puede obrar por inspiración propia. -Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, además del vicio de -su constitución, sus preocupaciones contra los institutos religiosos, -tanto de hombres como de mujeres; y así está privado de uno de los -poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar á cabo las obras -de caridad más arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es -necesario el desprendimiento de todas las cosas, y hasta de sí mismo; y -esto es lo que se encuentra eminentemente en las personas consagradas -á la beneficencia en un instituto religioso; allí se empieza por el -desprendimiento raíz de todos los demás: el de la propia voluntad. - -La Iglesia católica, lejos de proceder en esta parte por inspiraciones -del poder civil, ha considerado como objeto propio el cuidar del -socorro de todas las necesidades; y los obispos han sido considerados -como los protectores y los inspectores natos de los establecimientos -de beneficencia. Y de aquí es que por derecho común los hospitales -estaban sujetos á los obispos, y en la legislación canónica ha -ocupado siempre un lugar muy principal el ramo de establecimientos de -beneficencia. - -Es antiquísimo en la Iglesia legislar sobre esos establecimientos, y -así vemos que el concilio de Calcedonia, al prescribir que esté bajo la -autoridad del obispo de la ciudad el clérigo constituído _in ptochiis_, -esto es, según explicación de Zonaras, «en unos establecimientos -destinados al alimento y cuidado de los pobres, como son aquellos -donde se reciben y mantienen los pupilos, los viejos y enfermos», usa -la siguiente expresión: _según la tradición de los Santos Padres_; -indicando con esto que existían ya disposiciones antiguas de la Iglesia -sobre tales objetos, pues que ya entonces se apelaba á la tradición, -en tratándose de arreglar algún punto á ellos concerniente. Son -conocidas también de los eruditos las antiguas _Diaconías_, lugares de -beneficencia donde se recogían viudas pobres, huérfanos, viejos y otras -personas miserables. - -Cuando con la irrupción de los bárbaros se introdujo por todas partes -el dominio de la fuerza, los bienes que habían adquirido, ó que en lo -sucesivo adquiriesen, los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que -de suyo ofrecían un cebo muy estimulante. No faltó, empero, la Iglesia -á cubrirlos con su protección. La prohibición de apoderarse de ellos -se hacía de un modo muy severo, y los perpetradores de este atentado -eran castigados como _homicidas de pobres_. El concilio de Orleans, -celebrado en el año 549, prohibe en su canon 13 el apoderarse de los -bienes de hospitales; y en el canon 15, confirmando la fundación de un -hospital hecho en León por el rey Childeberto y la reina Ultragotha, -encargando la seguridad y la buena administración de sus bienes, impone -á los contraventores la pena de anatema como reos de _homicidio de -pobres_. - -Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son á un tiempo de -beneficencia y de policia, y adoptadas en la actualidad en varios -países, las encontramos en antiquísimos concilios; como el formar una -lista de los pobres de la parroquia, el obligar á ésta á mantenerlos, y -otras semejantes. Así, el concilio de Tours, celebrado por los años de -566 ó 567, ordena en su canon 5.º que cada ciudad mantenga sus pobres, -y que los sacerdotes rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para -evitar que los mendigos anden vagabundos por las ciudades y provincias. -Por lo que toca á los leprosos, el canon 21 del concilio de Orleans, -poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de -los pobres leprosos de sus diócesis, suministrándoles del fondo de la -Iglesia alimento y vestido; y el concilio de León, celebrado en el -año 583, manda en su canon 6.º que los leprosos de cada ciudad y su -territorio sean mantenidos á expensas de la Iglesia, cuidando de esto -el obispo. - -Teníase en la Iglesia una matrícula de los pobres, para distribuirles -una parte de los bienes, y estaba expresamente prohibido el recibir -nada de ellos por inscribirlos en la misma. En el concilio de Reims, -celebrado en el año 874, se prohibe en el 2.º de sus cinco artículos -el recibir nada de los pobres que se matriculaban, y esto so pena de -deposición. - -La solicitud por la mejora de la suerte de los presos, que tanto se -ha desplegado en los tiempos modernos, es antiquísima en la Iglesia, -y es de notar que ya en el siglo sexto había en ellas un visitador -de cárceles. El arcediano, ó el prepósito de la iglesia, tenía la -obligación de visitar los presos todos los domingos. No se exceptuaba -de esta solicitud ninguna clase de criminales; y el arcediano debía -enterarse de sus necesidades y suministrarles el alimento y lo demás -que necesitasen, por medio de una persona recomendable elegida por el -obispo. Así consta del canon 20 del concilio de Orleans, celebrado en -el año 549. - -Larga sería la tarea de enumerar ni aun una pequeña parte de las -disposiciones que atestiguan el celo desplegado por la Iglesia en el -consuelo y alivio de todos los desgraciados; ni esto fuera propio de -este lugar, dado que sólo me he propuesto comparar el espíritu del -Protestantismo con el del Catolicismo con respecto á las obras de -beneficencia. Pero, ya que el mismo desarrollo de la cuestión me ha -llevado como de la mano á algunas indicaciones históricas, no puedo -menos de recordar el capítulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle, -donde se ordena que los prelados, siguiendo los ejemplos de sus -predecesores, funden un hospital para recibir tantos pobres cuantos -alcancen á mantener las rentas de la iglesia. Los canónigos habían -de dar al hospital el diezmo de sus frutos, y uno de ellos debía -ser nombrado para recibir á los pobres extranjeros, y para la -administración del hospital. Esto en la regla para los canónigos. En la -regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se establezca -un hospital cerca del monasterio, y que dentro del mismo haya un sitio -destinado para recibir á las mujeres pobres. De esta práctica resultó -que, muchos siglos después, se veían en varias partes hospitales junto -á la iglesia de los canónigos. - -Llegando á tiempos más cercanos, son en muy crecido número los -institutos que se fundaron con objetos de beneficencia; siendo de -admirar la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios -de socorrer las necesidades que se iban ofreciendo. No es dado -calcular á punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparición del -Protestantismo; pero, discurriendo por analogía, se puede conjeturar -que, si el desarrollo de la civilización europea se hubiese llevado -á su complemento bajo el principio de la unidad religiosa, y sin -las revoluciones y reacciones incesantes en que se halló sumida la -Europa, merced á la pretendida reforma, no habría dejado de nacer del -seno de la religión católica algún sistema general de beneficencia -que, organizado con una grande escala y conforme á lo que han ido -exigiendo los nuevos progresos de la sociedad, quizás hubiera prevenido -ó remediado esa plaga del pauperismo, que es el cáncer de los -pueblos modernos. ¿Qué no podía esperarse de los esfuerzos de toda la -inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto -para lograr este objeto? Desgraciadamente se rompió la unidad de la -fe, se desconoció la autoridad que debía ser el centro en adelante, -como lo había sido hasta allí, y, desde entonces, la Europa, que -estaba destinada á ser en breve un pueblo de hermanos, se convirtió en -un campo de batalla donde se peleó con inaudito encarnizamiento. El -rencor, engendrado por la diferencia de religión, no permitió que se -aunasen los esfuerzos para salir al paso de las nuevas complicaciones -y necesidades que iban á brotar de la organización social y política -alcanzada por la Europa á costa de los trabajos de tantos siglos; en -lugar de esto, se aclimataron entre nosotros las disputas rencorosas, -la insurrección y la guerra. - -Es menester no olvidar que con el cisma de los protestantes, no sólo se -ha impedido la reunión de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar -el fin indicado, sino que se ha causado, además, otro mal muy grave, -cual es: que el Catolicismo no ha podido obrar de una manera regular, -aun en los países donde se ha conservado con predominio, ó principal, -ó exclusivo. Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de -defensa, y así se ha visto precisado á gastar una gran parte de sus -recursos en procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta -de esto ser muy probable que el orden actual de cosas en Europa es del -todo diferente del que hubiera sido en la suposición contraria, y que -tal vez, en este último caso, no hubiera sido necesario fatigarse en -esfuerzos impotentes contra un mal que, según todas las apariencias, si -no se imaginan otros medios que los conocidos hasta aquí, es poco menos -que incurable. - -Se me dirá que, en tal caso, la Iglesia hubiera conservado una -autoridad excesiva sobre todo el ramo de beneficencia, lo que habría -sido una limitación injusta de las facultades del poder civil; pero -esto es un error. Porque es falso que la Iglesia pretendiese nada -que no estuviese muy de acuerdo con lo que exige el mismo carácter de -protectora de todos los desgraciados, de que se halla tan dignamente -revestida. Verdad es que en ciertos siglos apenas se oye otra voz, -ni se ve otra acción que la suya, en todo lo tocante al ramo de -beneficencia; pero es menester observar que en aquellos siglos estaba -muy lejos el poder civil de poseer una administración ordenada y -vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde á la Iglesia. Tanto -dista de haber mediado en esto ninguna ambición por parte de ella, que, -antes bien, llevada por su celo sin límites, había cargado sobre sus -hombros todo el cuidado, así de lo espiritual como de lo temporal, sin -reparar en ninguna clase de sacrificios y dispendios. - -Tres siglos han pasado desde el funesto acontecimiento que lamentamos, -y la Europa, que durante este tiempo ha estado sujeta en buena parte -á la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo paso más allá -de lo que estaba ya hecho antes de aquella época. No puedo creer que, -si estos tres siglos hubiesen corrido bajo la influencia exclusiva -del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno alguna invención -caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia á toda la -altura reclamada por la complicación de los nuevos intereses. Echando -una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espíritu de -los que se ocupan en esta cuestión gravísima, figura la _asociación_ -bajo una ú otra forma. Cabalmente éste ha sido uno de los principales -favoritos del Catolicismo, el cual, así como proclama la _unidad_ en -la fe, así proclama la _unión_ en todo. Pero hay la diferencia de que -muchas de las asociaciones que se conciben y plantean, no son más que -_aglomeración_ de intereses, faltándoles la _unión_ de voluntades, -la _unidad_ de fin, circunstancias que no se encuentran sino por -medio de la caridad cristiana; y, no obstante, son necesarias estas -circunstancias para llevar á cabo las grandes obras de beneficencia, si -en ella se ha de encontrar algo más que una medida de administración -pública. Esta administración de poco sirve cuando no es vigorosa; y, -desgraciadamente, cuando alcanza este vigor, su acción se resiente un -poco de la dureza y tirantez de los resortes. Por esto se necesita -la caridad cristiana, que, filtrándose por todas partes á manera de -bálsamo, suavice lo que tenga de duro la acción del hombre. - -¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades, -sino por medio de la administración civil, sin intervención de la -caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la -_filantropía_ exagerará los cuidados que prodiga al infortunio, -pero en la realidad las cosas pasarán de otra manera. El amor de -nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es -tan abundante de palabras como escaso de obras. La vista del pobre, -del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para -que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan á -ello muy poderosos motivos. ¿Cuánto menos se puede esperar que los -cuidados penosos, humillantes, de todas horas, que reclama el socorro -de esos infelices, puedan ser sostenidos cual conviene por un vago -sentimiento de humanidad? No: donde falte la caridad cristiana, podrá -haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera, por parte de los -asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto á una buena -administración; pero faltará una cosa que con nada se suple, que no se -paga, _el amor_. Mas, se nos dirá, ¿no tenéis fe en la filantropía? No; -porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropía es la moneda falsa -de la caridad. - -Muy razonable era, pues, que la Iglesia tuviese una intervención -directa en todos los ramos de beneficencia, pues que ella era quien -debía saber mejor que nadie el modo de hacer obrar la caridad -cristiana, aplicándola á todo linaje de necesidades y miserias. No -era esto satisfacer la ambición, sino dar pábulo al celo; no era -reclamar un privilegio, sino hacer valer un derecho. Por lo demás, si -os empeñareis en apellidar ambición este deseo, al menos no podréis -negarnos que es una ambición de nueva clase, una ambición muy digna de -gloria y prez, la de reclamar el privilegio de socorrer y consolar el -infortunio.[8] - - - - -CAPITULO XXXIV - - -La cuestión sobre la suavidad de costumbres, tratada en los capítulos -anteriores, me conduce naturalmente á otra, harto difícil ya de suyo, -y que, además, ha llegado á ser en extremo espinosa, á causa de las -muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias -religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinónima de -intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea -trabajosa el empeño de aclarárselas. Basta pronunciar el nombre de -intolerancia, para que el ánimo de algunas personas se sienta asaltado -de toda clase de ideas tétricas y horrorosas. La legislación, las -instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado -sin apelación, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las -causas que á esto contribuyen son varias; pero, si se quiere señalar la -principal, se podría repetir la profunda sentencia de Catón, cuando, -acusado, á la edad de 86 años, de no sé qué delitos de su vida, en -épocas muy anteriores, dijo: «Difícil es dar cuenta de la propia -conducta á hombres de otro siglo del en que uno ha vivido.» - -Cosas hay sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin -poseer no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la época en -que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar á este -punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento á cubierto -del influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos -los que lo alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en -que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí -la primera dificultad que ocurre en la discusión de esta clase de -cuestiones. - -El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron, han tenido -también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada existe en el -mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un lado; -porque las cosas, miradas así, son falsas, ó, en otros términos, no son -ellas mismas. Todo cuerpo tiene tres dimensiones: quien no atienda más -que á una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy -diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la -más útil que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de -los males é inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en -pocas páginas lo que en realidad está desparramado en muchos siglos. -Su historia resultará repugnante, negra, digna de execración. Dejad -que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro, y con hechos -históricos, los males é inconvenientes de la monarquía, y los vicios y -los crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero, -á un amante de ésta, dejadle que á su vez pueda retrataros también con -hechos históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces -la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho -adelanto de los pueblos; la civilización y la cultura os parecerán -detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espíritu -humano, se puede hacer de la historia de la ciencia, la historia de -la locura y hasta del crimen. Acumulando los accidentes funestos -ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar -esta profesión benéfica, como la carrera del homicidio. En una -palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo -se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía, si, haciendo -abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no atendemos -á otra cosa que á los males que presenciamos en un mundo creado por su -poder y sujeto á su providencia. - -Apliquemos estos principios. Si, dejando aparte el espíritu de los -tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo -diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los -católicos, cuidando de que los rigores de Fernando é Isabel, de Felipe -II, de la reina María de Inglaterra, de Luis XIV, y todo lo acontecido -en el espacio de tres siglos, se vean reducidos en pocas páginas, y -con los colores tan recargados como posible sea; el lector que recibe -en pocos momentos la impresión de sucesos que se anduvieron realizando -en trescientos años, el lector que, viviendo en una sociedad donde las -cárceles se van convirtiendo en casas de recreo, y donde es vivamente -combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lóbrego -calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir -vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los desgraciados -que perecen, y se indigna contra los autores de lo que él apellida -horrendas atrocidades. Nada se le ha dicho al cándido lector de los -principios y de la conducta de los protestantes en la misma época, -nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de -Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos, y -se acostumbra á mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y -de sangre. Pero el juicio que de ahí se forme, ¿será recto? ¿será un -fallo dado con pleno conocimiento de causa? Veamos lo que haríamos al -encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba, sobre -la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la -ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, ó al -menos lo que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá -nuestra vista, volver el objeto mirándole en sus diferentes caras, -atender á los bienes después de habernos hecho cargo de los males; -disminuir la impresión que éstos nos han causado y considerarlos -como fueron en sí, es decir, distribuídos á grandes distancias en -el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos -tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal, -para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar -debidamente las cosas en la historia de la humanidad. Lo propio se -habría de ejecutar en el caso en cuestión, para precaverse contra -el error á que conducen las falsas relaciones, y la exageración de -ciertos hombres, cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no -presentándolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisición y por -cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen -tampoco las leyes severas que sobre este particular regían en otros -tiempos: ó están abrogadas, ó han caído en desuso; y así nadie puede -tener un interés en que se las mire desde un punto de vista falso. -Concíbese que para algunos existiese ese interés, mientras se trató de -hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el -objeto, la Inquisición y esas leyes son un hecho histórico que conviene -examinar con detenimiento é imparcialidad. - -Aquí hay dos cuestiones: la del principio, y la de su aplicación; ó -bien, de la intolerancia, y del modo de ejercerla. Es menester no -confundir estas dos cosas, que, por más enlazadas que se hallen, son, -sin embargo, muy diferentes. Empezaré por examinar la primera. - -En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal, -y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia. ¿Quién cuida -de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza á -la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas, -echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos. Se pronuncian -maquinalmente, se emplean á cada paso para establecer proposiciones -de la mayor transcendencia, sin recelo siquiera de que en ellas se -envuelva un orden de ideas, de cuya buena ó mala inteligencia y -aplicación está pendiente la sociedad. Pocos se paran en que hay aquí -cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran -parte de la historia en que, según como se resuelvan los problemas -sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo -presente, y no se deja, para edificar en el porvenir, más que un -movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes -casos, es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la -misma suerte que se toma y da una moneda corriente, sin pararse en -examinar si es ó no es de buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre -lo más útil; y así como, en tratándose de monedas de algún valor, nos -tomamos la molestia de examinarlas para evitar el engaño, es menester -observar la misma conducta con respecto á palabras cuyo significado sea -muy transcendental. - -_Tolerancia_: ¿que significa esa palabra? Propiamente hablando, -significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que -se cree conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase -de escándalos, se toleran las mujeres públicas, se toleran estos ó -aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre -acompañada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud, -serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de -las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie -dirá jamás que _tolera la verdad_. - -En contra de esto último puede hacerse una observación, fundada en -el uso generalmente introducido de decir: _tolerar las opiniones_; -y opinión es muy diferente de error. Á primera vista, la dificultad -parece no tener solución; pero, bien mirada la cosa, es muy difícil -encontrársela. Cuando decimos que toleramos una opinión, hablamos -siempre de opinión contraria á la nuestra. En este caso, la opinión -ajena es en nuestro juicio un error; pues que no es posible que -tengamos una opinión sobre un punto, es decir, que pensemos que una -cosa es ó no es, ó es de esta manera ó de la otra, sin que al propio -tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran. Si -nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que -afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado á una -completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los -otros será también una mera opinión; pero, si llega la convicción á -tal punto, que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos á -la certeza, entonces estaremos también ciertos de que los que forman -un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra -tolerancia referida á opiniones, se envuelve siempre la significación -de tolerancia de errores. Quien está por el _sí_, tiene por falso el -_no_; y quien está por el _no_, tiene por falso el _sí_. Esto no es más -que una simple aplicación de aquel famoso principio: _es imposible que -una cosa sea y no sea al mismo tiempo_. - -Pero, entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando decimos _respetar -las opiniones_? ¿Se sobrentenderá también que respetamos errores? No. -El _respetar las opiniones_ puede tener dos sentidos muy razonables. -El primero se funda en la misma flaqueza de convicción de la persona -que respeta; porque, cuando sobre un punto no hemos llegado á más que -á formar opinión, se entiende que no hemos llegado á certeza; y, por -tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones -por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que -respetamos la opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que -podemos engañarnos, y de que quizás no está la verdad de nuestra parte. -Segundo: respetar las opiniones significa á veces respetar las personas -que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así -se dice á veces _respetar las preocupaciones_, y claro es que no se -habla entonces de un verdadero respeto que á ellas se profese. - -De donde se ve que la expresión _respetar las opiniones ajenas_ tiene -significado muy diferente, según que la persona que las respeta tiene ó -no convicciones ciertas en sentido contrario. - -Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen y cuáles -sus efectos, si, antes de examinarla en la sociedad, la analizamos de -suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca á su elemento -más simple: la tolerancia considerada en el individuo. Se llama -tolerante un individuo, cuando está habitualmente en tal disposición de -ánimo, que soporta sin enojarse ni alterarse las opiniones contrarias á -la suya. Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las diferentes -materias sobre que verse. En materias religiosas, la tolerancia, así -como la intolerancia, pueden encontrarse en quien tenga religión y en -quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas -situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante. -Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la -intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error: ¿quién -más tolerante que San Francisco de Sales? ¿y quién más intolerante que -Voltaire? - -La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana -de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un -ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de -dos principios: la caridad y la humanidad: la caridad, que nos hace -amar á todos los hombres, aun á nuestros mayores enemigos; que nos -inspira la compasión de sus faltas y errores; que nos obliga á mirarlos -como hermanos, y á emplear los medios que estén en nuestro alcance -para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lícito considerarlos -privados de esperanza de salvación, mientras viven sobre la tierra. -Rousseau ha dicho que «es imposible vivir en paz con gentes á quienes -se cree condenadas»; nosotros no creemos ni podemos creer condenado -á nadie, mientras vive; pues que, por grande que sea su iniquidad, -todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de -Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de -Ginebra que «amar á esos tales sería aborrecer á Dios», que antes bien -dejaría de pertenecer á nuestra creencia quien sostuviese semejante -doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia; -la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra -flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que -no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos, sino como -mayores títulos de agradecimiento á la liberal mano de la Providencia; -la humildad, que, no limitándose á la esfera individual, sino abrazando -la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran -familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el -pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con -tinieblas en el entendimiento, y, por consiguiente, digno de lástima é -indulgencia en sus faltas y extravíos; esa virtud sublime en su mismo -anonadamiento, y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada -tanto á Dios, porque la _humildad es la verdad_, esa virtud nos hace -indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento -que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia. - -No bastará, sin embargo, para que un hombre religioso sea tolerante -en toda la extensión de la palabra, el que sea caritativo y humilde: -la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica las causas. -Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia -embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un paralelo -de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero -cuya conducta será muy diferente. Supónganse dos sacerdotes, ambos -distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el -uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas, y -no tratando sino con católicos, mientras el otro, empleado en misiones -en diferentes países donde se hallan establecidas diversas religiones, -se ha visto precisado á conversar con hombres de distintas creencias, á -vivir entre ellos, y á sufrir el altar de una religión falsa levantado -á poca distancia del de la religión verdadera. Los principios de la -caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán como -un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero, á pesar de -todo esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un -hombre que, ó tenga otras creencias, ó no profese ninguna. El primero, -que jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con -respeto de la religión, se estremecerá, se indignará, á la primera -palabra que oiga contra la fe ó las ceremonias de la Iglesia, siéndole -poco menos que imposible sostener con serenidad la conversación ó -la disputa que sobre la materia se entable; mientras el segundo, -acostumbrado á oir cosas semejantes, á ver contrariada su creencia, á -discutir con hombres que la tenían diferente, se mantendrá sosegado y -calmoso, entrando reposadamente en la cuestión, si necesario fuere, ó -esquivándola hábilmente, si así lo dictare la prudencia. ¿De dónde esta -variedad? No es difícil conocerlo: es que este último, con el trato, la -experiencia, las contradicciones, ha llegado á poseer un conocimiento -claro de la verdadera situación del mundo, se ha hecho cargo de la -funesta combinación de circunstancias que han conducido ó mantienen -á muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en -el lugar en que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el -beneficio que él debe á la Providencia, y es para con los otros más -benigno é indulgente. Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan -caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero, ¿cómo se puede exigir -de él que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las -señales de su indignación, cuando oye negar por la primera vez lo -que él ha creído siempre con la fe más viva, sin que haya encontrado -otra oposición que los argumentos propuestos en algunos libros? No -le faltaba, por cierto, la noticia de la existencia de herejes é -incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos á menudo, -el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto -extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de -variada disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como -que nunca había sufrido, no había podido embotarse; y así, con las -mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos, que el -otro, no había alcanzado aquella viveza, por decirlo así, con que un -entendimiento claro, y además ejercitado con la práctica, entra en el -espíritu de aquellos con quienes habla, y ve las razones ó los motivos -ó las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la -verdad. - -Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga -religión, supone cierta blandura de ánimo, que, nacida del trato -y de los hábitos que éste engendra, se hermana, no obstante, con -las convicciones religiosas más profundas, y con el celo más puro -y ardiente por la propagación de la verdad. En lo moral como en lo -físico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se -sostenga por largo tiempo en actitud violenta. El hombre se indignará -una, dos, cien veces al oir que se impugna su manera de pensar; pero -no es posible que continúe indignándose siempre, y así al cabo vendrá -á resignarse á la oposición, se acostumbrará á sufrirla con templanza, -y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se contentará con -defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y, cuando no, tratará -de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito, -procurando reservarlas del viento disipador que oye soplar en sus -alrededores. - -La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios, -sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una disposición -de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir -formado con la repetición del sufrimiento. - -Pasando ahora á considerar la tolerancia en el hombre no religioso, -observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que, no sólo -no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto -extravío de ideas, ora por mirarla como un obstáculo á sus pasiones ó -á sus particulares designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su -intolerancia es la peor, porque no va acompañada de ningún principio -moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias -siéntese, por decirlo así, en guerra consigo mismo, y con el linaje -humano: consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su -conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la -doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios. -Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo -excesivo de rencor y despecho; por esto sus palabras destilan hiel; por -esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia. - -Hay, empero, otra clase de hombres, que, si bien carecen de religión, -no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una -especie de escepticismo, á que han sido conducidos, ó por la lectura de -malos libros, ó por reflexiones de una filosofía superficial y ligera; -no están adheridos á la religión, pero tampoco están enemistados con -ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad; -y aun algunos abrigan cierto deseo de volver á poseerla: allá en -momentos de recogimiento y meditación recuerdan con gusto los días -en que ofrecían á Dios un entendimiento fiel y un corazón puro, y al -ver cómo se precipitan los momentos de la vida, quizás conservan aún -la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes -de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero, si bien se -mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud: es -una simple necesidad que resulta de su posición. Mal puede indignarse -contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y, por tanto, no -encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión -quien la considera como una cosa necesaria al bienestar de la sociedad; -mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de -menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de -esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia, -en tal caso, nada tiene de extraño, es natural, necesaria; y lo que -fuera inconcebible, lo que fuera extravagante, y que indicaría un mal -corazón, sería la intolerancia. - -Elevando del individuo á la sociedad las consideraciones que se -acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la -intolerancia, puede mirarse, ó en el gobierno, ó en la sociedad: -porque sucede á veces que no andan acordes, y que mientras el gobierno -sostiene un principio, predomina en la sociedad otra directamente -opuesto. Como el gobierno está formado de un corto número de -individuos, es aplicable á él todo cuanto se ha dicho de la tolerancia, -considerada en la esfera puramente individual: bien que debe tenerse en -cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse -sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos, y á menudo se -ven precisados á sacrificarlos en las aras de la opinión pública. Por -algún tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrán -contrariarla ó falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les -sale al paso, obligándolos á cambiar de rumbo. - -Limitándonos, pues, á considerar la tolerancia en la sociedad, pues que -al fin, tarde ó temprano, el gobierno llega á ser la expresión de las -ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podemos notar que sigue -los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un principio, -sino de un hábito. Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo -hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan á sufrirse -unos á otros, á tolerarse, porque á esto los conduce el cansancio de -repetidos choques, y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y -apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando -se encuentran cara á cara por primera vez los hombres que las tienen -distintas, el choque más ó menos rudo es siempre inevitable. Las causas -de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es -luchar contra ella. - -Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad actual les -es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no -han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha -consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto -de la doctrina por ellos predicada. En efecto: ¿qué es lo que han -dicho por nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta -fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado á -vivir en paz á los hombres de todas religiones; pero, antes que ellos -empezasen á decírselo, los hombres comenzaban ya á tomar ese partido -en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas -y tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna -alcanzase un predominio exclusivo. Tienen, es verdad, ciertos filósofos -incrédulos un triste título á sus pretensiones sobre la extensión de -la tolerancia, y es que, habiendo llegado á sembrar la incredulidad y -el escepticismo, han generalizado, así en los gobiernos como en los -pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la -indiferencia por todas las religiones. - -Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en nuestro siglo?; -ó, mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla bien, -y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en -un todo conforme á la descrita más arriba con respecto al individuo -que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera -como muy útiles al bien público, y hasta alimenta una vaga esperanza -de volver á ellas algún día. En lo que hay en esto de bueno ninguna -parte han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta -contra ellos; que ellos, mientras eran impotentes para apoderarse del -mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo á todo lo más sagrado que -hay en el cielo y en la tierra, y así que pudieron levantarse al poder, -derribaron con furor indecible todo lo existente, é hicieron perecer -millones de víctimas en el destierro y en los cadalsos. - -La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la -suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la -organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las -sociedades, la mayor comunicación de las personas por medio de los -viajes, y la de las ideas por la prensa: he aquí las causas que han -producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo -todo, estableciéndose de hecho donde no ha podido establecerse de -derecho. Esas causas, como es fácil de notar, son de diferentes -órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte -exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado -simultáneamente en el desarrollo de la civilización. - - - - -CAPITULO XXXV - - -En el siglo anterior se declamó mucho contra la intolerancia; pero una -filosofía menos ligera que la entonces dominante, hubiera reflexionado -algo más sobre un hecho que, sea cual fuere el juicio que de él se -forme, no puede, sin embargo, negarse haber sido general á todos los -países y á todos los tiempos. En Grecia, Sócrates muere bebiendo la -cicuta; Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos -dioses extranjeros que lo son sólo por nombre, pues que, formando parte -de aquella especie de panteísmo que era el fondo de su religión, sólo -necesitan, para ser declarados dioses de Roma, una mera formalidad; -que se les libre, por decirlo así, el título de ciudadanos. Pero no -consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la religión de los -judíos ni de los cristianos, de quienes tenía ideas muy equivocadas, -en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran muy -diferentes de la suya. La historia de los emperadores gentiles es la -historia de la persecución de la Iglesia; y así que los emperadores -se hicieron cristianos, empieza una legislación penal contra los -que siguen una religión diferente de la que domina en el Estado. -En los siglos posteriores la intolerancia continuó en diferentes -formas, y también ha continuado hasta nosotros, que no estamos de -ellas tan libres como se quisiera hacernos creer. La emancipación de -los católicos en Inglaterra es de fecha muy reciente; las ruidosas -desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo Pontífice, por causa -de las arbitrariedades de aquél con respecto á la religión católica, -son de ayer; la cuestión de Argovia en Suiza está pendiente aún; y -la persecución del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan -escandalosa como nunca. Esto, en cuanto á los hombres de las sectas -disidentes; pues, por lo que toca á la tolerancia de los _humanos_ -filósofos del siglo XVIII, menester es confesar que hubiera sido muy -amable, á no recibir su digna sanción de la mano de Robespierre. - -Todo gobierno que profesa una religión es más ó menos intolerante con -las otras; y esta intolerancia sólo disminuye, ó cesa, cuando los que -profesan la religión odiada se hacen temer por ser muy fuertes, ó -despreciar por muy débiles. Aplicad á todos los tiempos y países la -regla que se acaba de establecer; por todas partes la encontraréis -exacta; es un compendio de la historia de los gobiernos con respecto á -las religiones. El gobierno inglés ha sido siempre intolerante con los -católicos, y continuará siéndolo más ó menos según las circunstancias; -los gobiernos de Prusia y de Rusia seguirán como hasta aquí, bien que -con las modificaciones que exigirá la variedad de los tiempos; así como -en los países donde predomine el principio católico se pondrán trabas -más ó menos fuertes al ejercicio del culto protestante. Se me citará -como prueba de lo contrario el ejemplo de la Francia, donde, á pesar -de ser el Catolicismo la religión de la inmensa mayoría, son tolerados -los demás cultos, sin que se trasluzca la menor señal de reprimirlos -ni molestarlos. Esto se atribuirá quizás al espíritu público; pero yo -creo que dimana del estado de aquella sociedad, en la cual ha dejado -profundas huellas la filosofía del siglo pasado y también de que en -las regiones del poder de aquel país no prevalece ningún principio -fijo; no siendo más toda su política interior y exterior que una -continua transacción para salir del paso, del mejor modo, que se pueda. -Esto dicen los hechos, esto expresan las bien conocidas opiniones del -reducido número de hombres que de algunos años á esta parte disponen de -los destinos de la Francia. - -Se ha pretendido establecer como un principio la tolerancia universal, -negando á los gobiernos el derecho de violentar las conciencias en -materias religiosas;, sin embargo, y á pesar de cuanto se ha dicho, los -filósofos no han podido poner su aserción bien en claro, y mucho menos -hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno. Para demostrar -que la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de -permitir esos pretendidos filósofos que les dirija algunas preguntas. - -Si viene á establecerse en vuestro país una religión cuyo culto -demande sacrificios humanos, ¿la toleraréis?--No.--Y ¿por qué?--Porque -no podemos tolerar un crimen semejante.--Pero entonces seréis -intolerantes, violentaréis las conciencias ajenas, prohibiendo como -un crimen lo que á los ojos de estos hombres es un obsequio á la -Divinidad. Así lo pensaron muchos pueblos antiguos, así lo piensan -todavía algunos en nuestros tiempos; ¿con qué derecho, pues, queréis -que vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?--No importa, -seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia será en pro de la -humanidad.--Aplaudo vuestra conducta; pero no podéis negarme que se ha -ofrecido un caso en que la intolerancia de una religión os ha parecido -un derecho y un deber. - -Pero, si proscribís el ejercicio de ese culto atroz, ¿al menos -permitiréis enseñar la doctrina donde se encarezca como santa y -saludable la práctica de los sacrificios humanos?--No, porque esto -equivaldría á permitir la enseñanza del asesinato.--Enhorabuena; pero -reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado una doctrina, con la -cual os habéis creído con derecho y obligación de ser intolerantes. - -Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoráis, por cierto, -los sacrificios ofrecidos en la antigüedad á la diosa del amor, y -el nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia -y Corinto; si un culto semejante renaciese entre vosotros, -¿le toleraríais?--No, por contrario á las sagradas leyes del -pudor.--¿Toleraríais que se enseñara al menos la doctrina que le -apoyase?--No, por la misma razón.--Entonces encontramos otro caso -en que os creéis con derecho y obligación de ser intolerantes, de -violentar la conciencia ajena, y no podéis alegar otra razón, sino que -á esto os obliga vuestra conciencia propia. - -Todavía más: supongamos que con la lectura de la Biblia vuelven á -calentarse algunas cabezas, y tratan de fundar un nuevo cristianismo á -imitación de Matías Harlem ó Juan de Leyde; que empiezan los sectarios -á difundir sus doctrinas, á reunir conciliábulos, y que con sus -peroratas fanáticas arrastran una parte del pueblo; ¿toleraréis esa -nueva religión?--No, porque esos hombres podrían renovar en nuestros -tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en -nombre de Dios, y para cumplir, según decían, las órdenes del Altísimo, -los anabaptistas atacaban la propiedad, destruían todo poder existente, -y sembraban por todas partes la desolación y el exterminio.--Obraréis -con tanta justicia como prudencia, pero al fin tampoco podéis negar -que ejerceréis un acto de intolerancia. ¿Qué se ha hecho, pues, de la -tolerancia universal, de ese principio tan claro, tan cierto, si á cada -paso os encontráis vosotros mismos con la necesidad de restringirle, -mejor diré, de arrumbarle y de obrar en sentido diametralmente opuesto? -Diréis que la seguridad del Estado, el buen orden de la sociedad, la -moral pública, os obligan á obrar así; pero entonces ¿qué viene á -ser un principio que en ciertos casos se halla en oposición con los -intereses de la moral pública, del bien social y la seguridad del -Estado? ¿Y creéis, por ventura, que aquellos contra quienes declamáis, -no pensaban también poner á cubierto esos intereses, cuando eran -intolerantes? - -En todos tiempos y países, se ha reconocido como un principio -indisputable que el poder público tiene el derecho, en algunos casos, -de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor ó menor violencia que -con esto se haga á la conciencia de los individuos que los ejercían -ó pretendían ejercerlos. Si no bastaba el constante testimonio de la -historia, debiera ser suficiente á convencernos de esta verdad el -breve diálogo que se acaba de leer; donde se ha visto que los más -ardientes encomiadores de la tolerancia podían verse obligados á -ser intolerantes. Ellos se veían precisados á serlo en nombre de la -humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden público; luego -la tolerancia universal de doctrinas y religiones proclamada como un -deber de todo gobierno es un error, una regla sin aplicación; pues -que hemos demostrado hasta la evidencia que la intolerancia ha sido -siempre, y es todavía, un principio reconocido por todo gobierno y cuya -aplicación, más ó menos severa ó indulgente, depende de la diversidad -de circunstancias, y, sobre todo, del punto de vista desde el cual mira -las cosas el gobierno que la ha de ejercer. - -Surge aquí una gravísima cuestión de derecho, cuestión que á primera -vista parece conducir á la condenación de toda intolerancia relativa -á doctrinas y á los actos que á consecuencia de ellas se practican. -Sin embargo, mirada la cosa á fondo, no es así; y aun dado que el -entendimiento no alcanzara á disipar completamente la dificultad -por medio de razones directas, con todo, indirectamente, y con la -argumentación que llaman _ad absurdum_, se llega á conocer la verdad, -al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de guía á la -incierta prudencia humana. He aquí la cuestión: «¿Con qué derecho puede -prohibirse á un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme -á ella, si él está convencido de que aquella doctrina es verdadera, -y que cumple con su obligación ó ejerce un derecho, cuando obra -conforme á lo que la misma le prescribe? Si la prohibición no ha de -ser ridícula, ha de llevar la sanción de la pena; y, cuando apliquéis -esa pena, castigaréis á un hombre que en su conciencia es inocente. La -justicia supone el culpable; y nadie es culpable, si primero no lo es -en su conciencia. La culpabilidad radica en la misma conciencia, y sólo -podemos ser responsables de la infracción de una ley cuando esta ley ha -hablado por el órgano de nuestra conciencia. Si ella nos dice que una -acción es mala, no podemos ejecutarla, por más que nos la prescriba la -ley, y si nos dicta que tal acción es un deber, no podemos omitirla, -por más que esté prohibida por la ley.» He aquí presentado en pocas -palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse -contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas -emanan; veamos ahora cuál es el verdadero peso de estas reflexiones, -que á primera vista parecen tan concluyentes. - -Por de pronto salta á la vista que la admisión de este sistema haría -imposible todo castigo de los crímenes políticos. Bruto clavando el -puñal en el pecho de César, Jacobo Clement asesinando á Enrique III, -obraban, sin duda, á impulsos de una exaltación de ánimo que les -hacía mirar su atentado como un acto de heroísmo; y, sin embargo, -si uno y otro hubiesen sido conducidos á un tribunal, ¿os parecería -razonable exigir que se libertasen de la pena, el uno alegando su -amor de la patria, el otro su celo por la religión? La mayor parte de -los crímenes políticos se cometen con la convicción de que se obra -bien, aun prescindiendo de las épocas turbulentas, donde los hombres -de los diferentes bandos están íntimamente persuadidos de tener cada -cual la razón de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman -contra un gobierno en épocas pacíficas, son, por lo común, obra de -algunos individuos que tienen por ilegítimo ó por tiránico el poder; y -trabajando para derribarle, obran conforme á sus principios. El juez -los castiga justamente aplicándoles la ley impuesta por el legislador; -y, sin embargo, ni el legislador al señalar la pena, ni el juez al -aplicarla, ignoran, ni ignorar pueden, la disposición de ánimo en que -debía de hallarse el delincuente cuando la infringía. - -Se dirá que, atendiendo á la fuerza de estas razones, se va aumentando -cada día la compasión y la indulgencia por los crímenes políticos; -pero yo replicaré que, si establecemos el principio de que la justicia -humana no tiene derecho á castigar cuando el delincuente ha obrado -en fuerza de sus principios, no sólo deberían endulzarse esas penas, -sino abolirse. En tal caso, la pena capital sería un verdadero -asesinato; la pecuniaria, un robo, y las demás, un atropellamiento. -Y advertiré de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor -contra los crímenes políticos; la historia de Europa en los últimos -años nos suministraría algunas pruebas de lo contrario. No se ven en -la actualidad aquellos castigos atroces que estaban en uso en otras -épocas; pero esto no dimana de que se atienda á la conciencia del que -ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de costumbres -que va difundiéndose por todas partes, y que no ha podido menos de -afectar la legislación criminal. Lo que es extraño es la severidad -que les queda á las leyes relativas á los crímenes políticos, cuando -tantos y tantos de los mismos legisladores, en las diferentes naciones -de Europa, sabían muy bien que ellos á su tiempo habían cometido el -mismo crimen. No serán pocos seguramente los que, al votarse una ley -penal, habrán opinado con indulgencia, porque presentían ó preveían que -aquella misma ley habría de pesar un día sobre sus propias cabezas. - -La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la subversión -del orden social, porque haría imposible todo gobierno. Pero, aun -dejando aparte ese mal gravísimo, que, como acabamos de ver, dimana -naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal -cuando ha obrado á impulsos de su conciencia, nótase, por otra parte, -que no son únicamente los crímenes políticos los que vendrían á quedar -sin castigo, sino también los delitos comunes. Los atentados contra -la propiedad pertenecen á este género, y, sin embargo, es bien sabido -que no han faltado en otras épocas, y desgraciadamente no faltan en la -nuestra, muchos hombres que miran la propiedad como una usurpación, -como una injusticia. Los atentados contra la santidad del matrimonio -son también delitos comunes, y, no obstante, se han visto sectas que -le declaraban ilícito, y otras han opinado y opinan por la comunidad -de mujeres. Las santas leyes del pudor y el respeto á la inocencia -han sido también consideradas por algunas sectas como una injusta -limitación de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una -obra meritoria. ¿Y qué? Aun cuando no se pudiese dudar del extravío de -ideas, del ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes -doctrinas, ¿quién se atrevería á negar la justicia del castigo que se -les impusiese, cuando á consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, ó -cuando se empeñasen en difundir por la sociedad su funesta enseñanza? - -Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra -conforme á su conciencia, libres serían de cometer todos los crímenes -que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los partidarios de la -doctrina del interés privado, porque, destruyendo como destruyen la -base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia, pues -que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se -ha querido hacer valer, ¿cuántas y cuántas veces podría echarse en -cara á los tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen -cuando aplican el castigo á esa clase de hombres? Entonces podríamos -decirles: «¿Con qué derecho castigáis á ese hombre que, no admitiendo -la existencia de Dios, no puede reconocerse culpable á sus ojos, y, por -tanto, ni á los vuestros? Vosotros habíais hecho la ley en cuya fuerza -le castigáis, pero esa ley ningún valor tenía en su conciencia, porque -vosotros sois sus iguales, y él no reconoce la existencia de ningún ser -superior que haya podido concederos el derecho de coartar la libertad. -¿Con qué justicia castigáis á ese otro que está convencido de que todas -sus acciones son efecto de causas necesarias, que el libre albedrío es -una quimera, y que, cuando se arroja á cometer la acción que vosotros -tacháis de criminal, no piensa ser más libre para dejar de obrar, que -el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene á la vista, ó -sobre otro bruto que le ha enfurecido? ¿Con qué justicia castigáis á -quien está persuadido de que la moral es una mentira, que no hay otra -que el interés privado, que el bien y el mal no son otra cosa que ese -mismo interés bien ó mal entendido? Si le hacéis sufrir una pena, será, -no porque sea culpable según su conciencia, sino porque ha errado un -cálculo, porque se ha equivocado en las probabilidades del resultado -que su acción le había de acarrear.» He aquí las consecuencias -necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder público la -facultad de castigar los crímenes que se cometen á consecuencia de un -error de entendimiento. - -Pero se dirá que el derecho de castigar se entiende con respecto á las -acciones, no á las doctrinas; que las primeras deben sujetarse á la -ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla -de las doctrinas en cuanto están únicamente en el entendimiento sin -manifestarse en lo exterior, claro es que, no sólo no hay derecho, -pero ni siquiera posibilidad de castigarlas, porque sólo Dios puede -conocer los secretos del espíritu del hombre; pero, si se trata de las -doctrinas manifestadas, entonces es falso el principio, y acabamos de -demostrar que ni los mismos que le sostienen en teoría pueden atenerse -á él en la práctica. Por fin, se nos podrá replicar que, aun cuando la -doctrina que impugnamos conduce á grandes absurdos, sin embargo, no -deja de permanecer en pie la dificultad capital, que consiste en la -incompatibilidad de la justicia del castigo con la acción dictada ó -permitida por la conciencia de quien la comete. ¿Cómo se suelta esa -dificultad? ¿Cómo se salva tamaño inconveniente? ¿Podrá ser lícito en -ningún caso tratar como culpable á quien no lo es en el tribunal de su -propia conciencia? - -Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones deben estar de -acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente cuestión; -y, sin embargo, no es así; y entre los católicos, de una parte, y los -incrédulos y protestantes, de otra, media una diferencia profunda. -Los primeros tienen por principio inconcuso que hay _errores de -entendimiento que son culpables_; los segundos piensan, al contrario, -que todos _los errores de entendimiento son inocentes_. Los católicos -miran como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer á -Dios, el error acerca de las importantes verdades religiosas y morales; -sus adversarios excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia, -y no pueden conducirse de otro modo, so pena de ser inconsecuentes. -Los católicos admiten la posibilidad de la ignorancia invencible de -algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan á ciertas -circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero -sus adversarios, ponderando de continuo la libertad del pensar, no -poniéndole más trabas que las que sean del gusto de cada individuo, -afirmando sin cesar que cada cual es libre de tener las opiniones que -más le agraden, han llegado á inspirar á todos sus partidarios la -convicción de que no hay opiniones culpables ni errores culpables, -que no tiene el hombre la obligación de escudriñar cuidadosamente el -fondo de su alma para examinar si hay algunas causas secretas que le -impelen á apartarse de la verdad; han llegado, por fin, á confundir -monstruosamente la libertad física del entendimiento con la libertad -moral; han desterrado del orden de las opiniones las ideas de _lícito_ -ó _ilícito_; han dado á entender que estas ideas no tenían aplicación -cuando se trataba del pensamiento. Es decir, que en el orden de las -ideas han confundido el derecho con el hecho, han declarado inútiles é -incompetentes todas las leyes divinas y humanas. ¡Insensatos! ¡Cómo -si fuera posible que lo que hay más alto y más noble en la humana -naturaleza, no estuviera sujeto á ninguna regla; cómo si fuera posible -que lo que hace al hombre rey de la creación, no debiese concurrir á la -inefable harmonía de las partes del universo entre sí, y del todo con -Dios; cómo si esta harmonía pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera -en el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de -mantenerse adherido á la verdad! - -He aquí una razón profunda que justifica á la Iglesia católica, cuando -considera el pecado de herejía como uno de los mayores que el hombre -puede cometer. ¡Qué! Vosotros que os sonreís de lástima y desprecio al -sólo mentar el nombre de pecado de herejía; vosotros que le consideráis -como una invención sacerdotal para dominar las conciencias y escatimar -la libertad del pensamiento, ¿con qué derecho os arrogáis la facultad -de condenar las herejías que se oponen á vuestra ortodoxia? ¿Con qué -derecho condenáis esas sociedades donde se enseñan máximas atentatorias -á la propiedad, al orden público, á la existencia del poder? Si el -pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo más mínimo -viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta á -ninguna traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar -á obrar contra ella ó á desobedecer sus inspiraciones, ¿por qué no -dejáis hacer á esos hombres que quieren destruir todo el orden social -existente, á esas asociaciones subterráneas que de vez en cuando -envían algunos de sus miembros á disparar el plomo homicida contra el -pecho de los reyes? Sabed que si, para declarar injusta y cruel la -intolerancia que se ha tenido en ciertas épocas con vuestros errores, -invocáis vosotros vuestras convicciones, ellos también pueden invocar -las suyas. Vosotros decíais que las doctrinas de la Iglesia eran -invenciones humanas, ellos dicen que las doctrinas reinantes en la -sociedad son también invenciones humanas; vosotros decíais que el orden -social antiguo era un monopolio, ellos dicen que es un monopolio el -orden actual; vosotros decíais que los poderes antiguos eran tiránicos, -y ellos dicen que los poderes actuales tiránicos son; vosotros -decíais que queríais destruir lo existente para fundar instituciones -nuevas que harían la dicha de la humanidad, ellos dicen que quieren -derribar todo lo existente para plantear también otras instituciones -que labrarán la dicha del humano linaje; vosotros declarabais santa -la guerra que se hacía al poder antiguo, y ellos declaran santa -la guerra que se hace al poder actual; vosotros apelasteis á los -medios de que podíais disponer y los pretendisteis legitimados por -la necesidad, ellos declaran también legítimo el único medio que -tienen, que consiste en concertarse, en prepararse para el momento -oportuno, procurando acelerarle asesinando personas augustas. Habéis -pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones hasta el ateísmo, -y habéis enseñado que nadie tenía el derecho de impediros el obrar -conforme á vuestros principios: pues bien, principios tienen también, -y principios horribles, los fanáticos de quienes estamos hablando; -convicciones tienen también, y convicciones horribles. ¿Qué prueba más -convincente de que existe entre ellos esa convicción espantosa, que -verlos, en medio de la alegría y de las fiestas públicas, deslizarse -pálidos y sombríos entre la alborozada muchedumbre, escoger el puesto -oportuno y aguardar imperturbables el momento fatal, para sumergir -en la desolación una augusta familia, y cubrir de luto una nación, -con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execración -pública y acabar la vida en un cadalso? Pero, nos dirán nuestros -adversarios, estas convicciones no tienen escusa; bien la tendrían, -si tenerla hubieran podido las vuestras; con la diferencia de que -vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos sistemas en medio -de la comodidad y de los regalos, quizás en medio de la opulencia y á -la sombra del poder, y ellos se formaron sus abominables doctrinas, -en medio de la obscuridad, de la pobreza, de la miseria, de la -desesperación. - -En verdad que la inconsecuencia de ciertos hombres es en extremo -chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la -espiritualidad é inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el -derribar toda la moral y socavar sus más profundos cimientos, todo ha -sido para ellos una cosa muy excusable, y hasta, si se quiere, digna -de alabanza. Los escritores que desempeñaron tan funesta tarea, son -todavía dignos de apoteosis; es menester lanzar la Divinidad de los -templos para colocar en ellos los nombres y las imágenes de los jefes -de aquellas escuelas: debajo de las bóvedas de la magnífica basílica, -en los lugares destinados al reposo de las cenizas del cristiano -que espera la resurrección, es necesario levantar los sepulcros de -Voltaire y de Rousseau, para que las generaciones venideras desciendan -á recogerse algunos momentos en aquellas mansiones silenciosas y -sombrías, y á recibir las inspiraciones de aquellos genios. Entonces, -¿cómo es posible quejarse con razón de que se ataque la propiedad, la -familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero ¿es acaso más -sagrada que Dios? Por más transcendentales que quieran suponerse las -verdades relativas á la familia y á la sociedad, ¿son, por ventura, -de un orden superior á los eternos principios de la moral? ó, por -mejor decir, ¿son, acaso, otra cosa que la aplicación de esos eternos -principios? - -Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el principio de que -hay errores culpables, principio que, si no en la teoría, al menos en -la práctica todo el mundo debe admitir, pero principio que en teoría -sólo el Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la -razón de la justicia con que el poder humano castiga la propalación y -la enseñanza de ciertas doctrinas, y los actos que á consecuencia de -ellas se cometen, sin pararse en la convicción que pudiera abrigar el -delincuente. La ley conviene en que existió ó pudo existir ese error -de entendimiento; pero en tal caso declara culpable ese mismo error; y -cuando el hombre invoca el testimonio de la propia conciencia, la ley -le recuerda el deber que tenía de rectificarla. He aquí el fundamento -de la justicia de una legislación que parecía tan injusta; fundamento -que era necesario encontrar, si no se quería dejar una gran parte de -las leyes humanas con la mancha más negra; porque negra mancha fuera -la de arrogarse el derecho de castigar á quien no fuera verdaderamente -culpable: derecho absurdo, que tan lejos está de pertenecer á la -justicia humana, que no compete al mismo Dios. La misma justicia -infinita dejaría de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente. - -Podríase señalar quizás otro origen al derecho que tienen los gobiernos -de castigar la propagación de ciertas doctrinas, y las acciones que á -consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la convicción -de los criminales sea la más profunda. Podríase decir que los gobiernos -obran en nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un -derecho á su propia defensa. Hay doctrinas que amenazan la existencia -misma de la sociedad, y, por tanto, ésta se halla en la necesidad y en -el derecho de combatir á sus autores. Por más plausible que parezca -una razón semejante, adolece, sin embargo, de un inconveniente muy -grave, y es que hace desaparecer de un golpe la idea de castigo y de -justicia. Quien se defiende, cuando hiere al invasor, no le castiga, -sino que le rechaza; y, si se mira la sociedad desde este punto de -vista, el criminal conducido al patíbulo no será un verdadero criminal: -no será más que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en -que temerariamente se empeñó. La voz del juez que le condena no será -la augusta voz de la justicia; su fallo no representará otra cosa que -la acción de la sociedad, vengándose de quien ha osado atacarla. La -palabra _pena_ tiene entonces un sentido muy diferente: y la graduación -de ella sólo depende del cálculo, no de un principio de justicia. Es -menester no olvidarlo: en suponiéndose que la sociedad, por derecho de -defensa, impone castigo al que ella, por otra parte, considera como -del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que lucha. -Esto asienta muy bien, tratándose de sociedad con sociedad; pero, muy -mal, tratándose de sociedad con individuo. Parécenos entonces ver la -lucha desigual de un desmesurado gigante con un pequeñísimo pigmeo. El -gigante le toma en sus manos y le aplasta contra una roca. - -Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda evidencia lo -que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal: -demostrado está que es tan impracticable en la región de los hechos -como insostenible en teoría; y, por tanto, vienen al suelo todas las -acusaciones que se han hecho al Catolicismo por su intolerancia. En -claro queda que la intolerancia es, en cierto modo, un derecho de todo -poder público; que así se ha reconocido siempre; que así se reconoce -ahora todavía; á pesar de que, generalmente hablando, se han elevado -á las regiones del poder los filósofos partidarios de la tolerancia. -Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio; -sin duda que en su nombre se ha perseguido también á la verdad; pero, -¿de qué no abusan los hombres? Lo que debía hacerse, pues, en buena -filosofía, no era establecer proposiciones insostenibles, y además -altamente peligrosas; no era declamar hasta el fastidio contra los -hombres y las instituciones de los siglos que nos han precedido, sino -procurar la propagación de sentimientos suaves é indulgentes, y, -sobre todo, no combatir las altas verdades, sin las cuales no puede -sostenerse la sociedad, y cuya desaparición dejaría el mundo entregado -á la fuerza, y, por consiguiente, á la arbitrariedad y á la tiranía. - -Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado bastante que con -ellos estaba ligada íntimamente la moral, y que esa moral misma es un -dogma. Con la proclamación de una libertad de pensar ilimitada, se ha -concedido al entendimiento la impecabilidad; el error ha dejado de -figurar entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable. Se ha -olvidado que para _querer_, es necesario _conocer_, y que para _querer -bien_, es indispensable _conocer bien_. Si se examinan la mayor parte -de los extravíos de nuestro corazón, se encontrará que tienen su origen -en un concepto errado; ¿cómo es posible, pues, que no sea para el -hombre un deber el preservar su entendimiento de error? Pero, desde que -se ha dicho que las opiniones importaban poco, que el hombre era libre -de escoger las que quisiese, sin ningún género de trabas, aun cuando -perteneciesen á la religión y á la moral, la verdad ha perdido de su -estimación y no disfruta á los ojos del hombre aquella alta importancia -que antes tenía por sí misma, por su valor intrínseco; y muchos son los -que no se creen obligados á ningún esfuerzo para alcanzarla. Lamentable -situación de los espíritus y que encierra uno de los más terribles -males que afligen á la sociedad.[9] - - - - -CAPITULO XXXVI - - -Hállome naturalmente conducido á decir cuatro palabras sobre la -intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre la Inquisición, -y particularmente la de España; á examinar brevemente qué es lo que -puede echarse en cara al Catolicismo por la conducta que ha seguido en -los últimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisición, -y la intolerancia de algunos príncipes católicos, ha sido uno de -los argumentos de que más se han servido los enemigos de la Iglesia -para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversión y de odio. Y -menester es confesar que, en esta especie de ataque, tenían de su -parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En -efecto, y como ya llevo indicado más arriba, para el común de los -lectores que no cuidan de examinar á fondo las cosas, que se dejan -llevar candorosamente á donde quiera el sagaz autor, que abrigan un -corazón sensible y dispuesto á interesarse por el infortunio, ¿qué -medio más á propósito para excitar la indignación, que presentar á su -vista negros calabozos, caballetes, sambenitos y hogueras? En medio de -nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de costumbres, de la benignidad -de los códigos criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de -golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo -agrupado, presentando en un solo cuadro las desagradables escenas que -anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo -tiempo? Entonces, teniendo el arte de recordar que todo esto se hacía -en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el contraste, -la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el -clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos son -considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar -y desolar á la humanidad. Los escritores que así han procedido, no -se han acreditado, por cierto, de muy concienzudos; porque es regla -que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que -no es legítimo el movimiento que excitan en el ánimo, si antes no le -convencen ó no le suponen convencido; y, además, es una especie de mala -fe el tratar únicamente con argumentos de sentimiento materias que, por -su misma naturaleza, sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas -á la luz de la fría razón. En tales casos no debe empezarse moviendo, -sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector. - -No es mi ánimo hacer aquí la historia de la Inquisición, ni del sistema -que en diferentes países se ha seguido en punto de intolerancia en -materias religiosas; esto me fuera imposible, atendidos los estrechos -límites á que me hallo circunscrito; y sería, además, inconducente -para el objeto de esta obra. De la Inquisición en general, de la de -España en particular, y de la legislación más ó menos intolerante -que ha regido en varios países, ¿puede resultar un cargo contra el -Catolicismo? Bajo este respecto, ¿puede sufrir un parangón con el -Protestantismo? Éstas son las cuestiones que yo debo examinar. - -Tres cosas se presentan desde luego á la consideración del observador: -la legislación é instituciones de intolerancia; el uso que de ellas -se ha hecho, y, finalmente, los actos de intolerancia que se han -cometido fuera del orden de dichas leyes é instituciones. Por lo que -á esto último corresponde, diré, en primer lugar, que nada tiene que -ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y las -demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en -nada deben embarazar á los apologistas de la misma; porque la religion -no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si -no se quiere proceder con la más evidente injusticia. El hombre tiene -un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud, -que aun los mayores crímenes procura disfrazarlos con su manto; ¿y -sería razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra? Hay en -la historia de la humanidad épocas terribles en que se apodera de -las cabezas un vértigo funesto; el furor encendido por la discordia, -ciega los entendimientos y desnaturaliza los corazones; llámase bien -al mal, y mal al bien; y los más horrendos atentados se cometen -invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes épocas, el -historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente la conducta -que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos, -pero guardarse de juzgar, por ellos, ni las ideas ni las instituciones -dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso -de delirio; y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de -la conducta del delirante, por lo que dice y hace mientras se halla en -ese lamentable estado. - -En tiempos tan calamitosos ¿qué bando puede gloriarse de no haber -cometido grandes crímenes? Ateniéndonos á la misma época que acabamos -de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos, asesinados de -una manera alevosa? El almirante Coligny muere á manos de los asesinos -que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa -había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleans; Enrique -III muere asesinado por Jacobo Clement, pero éste es el mismo Enrique -que había hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los -corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de -Moulins; y que, además, había tenido parte también en el degüello de -San Bartolomé. Entre los católicos se cometieron atrocidades; pero, ¿no -las cometieron también sus adversarios? Échese, pues, un velo sobre -esas catástrofes, sobre estos aflictivos monumentos de la miseria y -perversidad del corazón del hombre. - -El tribunal de la Inquisición, considerado en sí, no es más que la -aplicación á un caso particular de la doctrina de intolerancia, -que, con más ó menos extensión, es la doctrina de todos los poderes -existentes. Así es que sólo nos resta examinar el carácter de esa -aplicación, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le -han hecho sus enemigos. En primer lugar, es necesario advertir que los -encomiadores de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia, si -pretenden que esa intolerancia soló se vió en los tiempos en que, según -ellos, la Iglesia había degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que, -desde los siglos en que empezó la Iglesia á tener influencia pública, -comienza la herejía á figurar en los códigos como delito; y hasta ahora -no he podido encontrar una época de completa tolerancia. - -Hay también que hacer otra observación importante, que indica una de -las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabalmente -la Inquisición tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes -maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos habían -sido tratados con más dureza. En el siglo XI, cuando no se aplicaba -todavía á los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla -general los maniqueos; y hasta en tiempo de los emperadores gentiles -eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y -Maximiano publicaron en el año 296 un edicto que condenaba á diferentes -penas á los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y á los jefes de -la secta á la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre -como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no -sólo por lo que toca á la religión, sino también por lo relativo á -las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fué una de las -causas del rigor que se introdujo en esta materia; y, añadiéndose al -carácter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres -aparecieron en los siglos XI, XII y XIII, se atinará en otro de los -motivos que produjeron escenas que á nosotros nos parecen inconcebibles. - -Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre -las turbulencias y desastres que asolaron el mediodía de la Francia, -se ve con toda claridad que, no sólo se disputaba sobre este ó aquel -punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en -peligro. Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los -del siglo XVI, mediando, empero, la diferencia de que estos últimos -eran en general menos democráticos, menos aficionados á dirigirse á -las masas, si se exceptúan los frenéticos anabaptistas. En la dureza -de costumbres de aquellos tiempos, cuando, á causa de largos siglos -de trastornos y violencias, la fuerza había llegado á obtener una -preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se -veían amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su -aplicación habían de resentirse del espíritu de la época. - -En cuanto á la Inquisición de España, la cual no fué más que una -extensión de la misma que se había establecido en otras partes, es -necesario dividir su duración en tres grandes épocas, aun dejando -aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragón, anteriormente -á su importación en Castilla. La primera comprende el tiempo en que -se dirigió principalmente contra los judaizantes y los moros, desde -su instalación en tiempo de los Reyes Católicos hasta muy entrado el -reinado de Carlos V; la segunda abraza desde que comenzó á dirigir -todos sus esfuerzos para impedir la introducción del Protestantismo en -España, hasta que cesó este peligro, la que contiene desde mediados -del reinado de Carlos V hasta el advenimiento de los Borbones; y, -finalmente, la última encierra la temporada en que se ciñó á reprimir -vicios nefandos, y á cerrar el paso á la filosofía de Voltaire, hasta -su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que, -siendo en dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba -modificando según las circunstancias, no pueden deslindarse á punto -fijo, ni el principio de la una, ni el fin de la otra. Pero no deja, -por esto, de ser verdad que estas tres épocas existen en la historia de -la Inquisición, y que presentan caracteres muy diferentes. - -Nadie ignora las circunstancias particulares en que fué establecida la -Inquisición en tiempo de los Reyes Católicos; pero bueno será hacer -notar que quien solicitó del Papa la bula para el establecimiento de -la Inquisición, fué la Reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que -rayan más alto en nuestra historia, y que todavía conserva, después -de tres siglos, el respeto y la veneración de todos los españoles. -Tan lejos anduvo la Reina de ponerse con esta medida en contradicción -con la voluntad del pueblo, que antes bien no hacía más que realizar -uno de sus deseos. La Inquisición se establecía principalmente contra -los judíos; la bula del Papa había sido expedida en 1478; y antes que -la Inquisición publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las -Cortes de Toledo de 1480 cargaban reciamente la mano en el negocio, -disponiendo que, para impedir el daño que el comercio de judíos con -cristianos podía acarrear á la fe católica estuviesen obligados los -judíos no bautizados á llevar un signo distintivo, á vivir en barrios -separados, que tenían el nombre de _juderías_, y á retirarse antes de -la noche. Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judíos, y -se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano, mercader, -barbero y tabernero. Por ahí se ve que, á la sazón, la intolerancia era -popular; y que, si queda justificada á los ojos de los monárquicos por -haber sido conforme á la voluntad de los Reyes, no debiera quedarlo -menos delante de los amigos de la soberanía del pueblo. - -Sin duda que el corazón se contrista al leer el destemplado rigor con -que á la sazón se perseguía á los judíos; pero menester es confesar que -debieron de mediar algunas causas gravísimas para provocarlo. Se ha -señalado como la principal, el peligro de la monarquía española, aun -no bien afianzada, si dejaba que obrasen con libertad los judíos, á la -sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias -más influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los -cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva -posición de los tres pueblos; y así es que consideró necesario -quebrantar un poder que podía comprometer de nuevo la independencia -de los cristianos. También es necesario advertir que, al establecerse -la Inquisición, no estaba finalizada todavía la guerra de ocho siglos -contra los moros. La Inquisición se proyecta antes de 1478, y no se -plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta -1492. En el momento, pues, de establecerse la Inquisición, estaba la -obstinada lucha en su tiempo crítico, decisivo; faltaba saber todavía -si los cristianos habían de quedar dueños de toda la Península, ó -si los moros conservarían la posesión de una de las provincias más -hermosas y más feraces, si continuarían establecidos allí, en una -situación excelente para sus comunicaciones con África, y sirviendo de -núcleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante -pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la Media -Luna. Poder que á la sazón estaba todavía tan pujante, como lo dieron -á entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el -resto de Europa. En crisis semejantes, después de siglos de combates, -en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, ¿cuándo -se ha visto que los contendientes se porten con moderación y dulzura? - -No puede negarse que en el sistema represivo que se siguió contra los -judíos y los moros, pudo influir mucho el instinto de conservación -propia; y que quizás los Reyes Católicos tendrían presente este motivo, -cuando se decidieron á pedir para sus dominios el establecimiento de la -Inquisición. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y, para -formarse idea del estado á que hubieran podido llegar las cosas, si no -se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta recordar lo mucho que -dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los -restos de los moros. - -Sin embargo, conviene no atribuirlo todo á la política de los Reyes, -y guardarse del prurito de realzar la previsión y los planes de -los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino á -creer que Fernando é Isabel siguieron naturalmente el impulso de la -generalidad de la nación, la cual miraba con odio á los judíos que -permanecían en su secta, y con suspicaz desconfianza á los que habían -abrazado la religión cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la -exaltación de los sentimientos religiosos, general á la sazón en toda -Europa y muy particularmente en España, y la conducta de los mismos -judíos, que habían atraído sobre sí la indignación pública. - -Databa de muy antiguo en España la necesidad de enfrenar la codicia de -los judíos para que no resultase en opresión de los cristianos: las -antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano -repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal á su colmo: gran -parte de las riquezas de la Península habían pasado á manos de los -judíos; y casi todos los cristianos habían llegado á ser sus deudores. -De aquí resultó el odio del pueblo contra ellos; de aquí los tumultos -frecuentes en muchas poblaciones de la Península, tumultos que fueron -más de una vez funestos á los judíos, pues que se derramó su sangre -en abundancia. Difícil era, en efecto, que un pueblo acostumbrado por -espacio de largos siglos á librar su fortuna en la suerte de las armas, -se resignase tranquilo y pacífico á la suerte que le iban deparando las -artes y las exacciones de una raza extranjera, que llevaba, además, en -su propio nombre el recuerdo de una maldición terrible. - -En los tiempos siguientes se convirtió á la religión cristiana un -inmenso número de judíos; pero, ni por esto se disipó la desconfianza, -ni se extinguió el odio del pueblo. Y, á la verdad, es muy probable -que muchas de esas conversiones no serían demasiado sinceras, dado que -eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban, -permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara á -conjeturarlo así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número -de judaizantes que se encontraron luego que se investigó con cuidado -cuáles eran los reos de ese delito. Como quiera, lo cierto es que se -introdujo la distinción de _cristianos nuevos_ y _cristianos viejos_, -siendo esta denominación un título de honor, y la primera una tacha de -ignominia; y que los judíos convertidos eran llamados por desprecio -_marranos_. - -Con más ó menos fundamento se les acusaba también de crímenes -horrendos. Decíase que en sus tenebrosos conciliábulos perpetraban -atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera para honor de -la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión y en -venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo -para el sacrificio los días más señalados de las festividades -cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la -familia de Guzmán, que, enamorado de una doncella judía, estuvo una -noche oculto en la familia de ésta, y vió con sus ojos cómo los judíos -cometían el crimen de crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo -en que los cristianos celebraban la institución del sacramento de la -Eucaristía. - -Á más de los infanticidios, se les imputaban sacrilegios, -envenenamientos, conspiraciones y otros crímenes; y que estos rumores -andaban muy acreditados, lo prueban las leyes que les prohibían las -profesiones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce -la desconfianza que se tenía de su moralidad. - -No es menester detenerse en examinar el mayor ó menor fundamento que -tenían semejantes acusaciones; ya sabemos á cuánto llega la credulidad -pública, sobre todo cuando está dominada por un sentimiento exaltado -que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bástanos que -estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir á -cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y, por -consiguiente, cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del -espíritu público, se inclinase á tratarlos con mucho rigor. - -Que los judíos procurarían concertarse para hacer frente á los -cristianos, ya se deja entender por la misma situación en que se -encontraban; y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbués, -indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios -para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás -gastos que consigo llevaba la trama, se reunieron por medio de una -contribución voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza -judía. Esto indica una organización muy avanzada, y que, en efecto, -podía ser fatal, si no se la hubiese vigilado. - -Á propósito de la muerte de San Pedro de Arbués, haré una observación -sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del -establecimiento de la Inquisición en España, fundándose en este trágico -acontecimiento. ¿Qué señal más evidente de esta verdad, se nos dirá, -que la muerte dada al inquisidor? ¿No es un claro indicio de que la -indignación del pueblo había llegado á su colmo, y de que no quería -en ninguna manera la Inquisición, cuando, para deshacerse de ella, se -arrojaba á tamaños excesos? No negaré que, si por pueblo entendemos los -judíos y sus descendientes, llevaban muy á mal el establecimiento de -la Inquisición; pero no era así con respecto á lo restante del pueblo. -Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos dió lugar á un suceso -que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios. -Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levantó el pueblo -con tumulto espantoso para vengar el asesinato. Los sublevados se -habían esparcido por la ciudad, y, distribuídos en grupos, andaban -persiguiendo á los _cristianos nuevos_; de suerte que hubiera ocurrido -una catástrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso -de Aragón, no se hubiese resuelto á montar á caballo, y presentarse -al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería sobre los -culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que -la Inquisición fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que -los enemigos de ella tuviesen la mayoría numérica; mucho más si se -considera que ese tumulto popular no pudo prevenirse, á pesar de las -precauciones que para el efecto debieron emplear los conjurados, á la -sazón muy poderosos por sus riquezas é influencia. - -Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes, -obsérvase un hecho digno de llamar la atención. Los encausados por la -Inquisición, ó que temen serlo, procuran de todas maneras substraerse -á la acción de este tribunal, huyen de España, y se van á Roma. Quizá -no pensarían que así sucediese los que se imaginan que Roma ha sido -siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecución; -y, sin embargo, nada hay más cierto. Son innumerables las causas -formadas en la Inquisición, que de España se avocaron á Roma, en el -primer medio siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar, -además, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indulgencia. -No sé que pueda citarse un solo reo de aquella época que, habiendo -acudido á Roma, no mejorara su situación. En la historia de la -Inquisición de aquel tiempo ocupan una buena parte las contestaciones -de los reyes con los papas, donde se descubre siempre, por parte -de éstos, el deseo de limitar la Inquisición á los términos de la -justicia y de la humanidad. No siempre se siguió cual convenía la -línea de conducta prescrita por los Sumos Pontífices. Así vemos que -éstos se vieron obligados á recibir un sinnúmero de apelaciones, y á -endulzar la suerte que hubiera cabido á los reos si su causa se hubiese -fallado definitivamente en España. Vemos también que, solicitado el -Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen -definitivamente en España, nombra un juez de apelación, siendo el -primero D. Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran, sin -embargo, aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que -la exaltación de ánimo llevase á cometer injusticias, ó se arrojase á -medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de -muy poco tiempo, decía, en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483, -que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos españoles de -Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por temor -de ser presos. Añadía el Papa que unos habían recibido ya la absolución -de la Penitenciaría apostólica, y otros se disponían á recibirla; -continuaba quejándose de que en Sevilla no se hiciese el debido caso de -las gracias recientemente concedidas á varios reos, y, por fin, después -de varias prevenciones, hacía notar á los Reyes Fernando é Isabel que -la misericordia para con los culpables era más agradable á Dios que -el rigor de que se quería usar, como lo prueba el ejemplo del Buen -Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y concluía exhortando á los -Reyes á que tratasen benignamente á aquellos que hiciesen confesiones -voluntarias, permitiéndoles residir en Sevilla, ó donde quisiesen; -dejándoles el goce de todos sus bienes, como si jamás hubiesen cometido -el crimen de herejía. - -Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se -suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios -en la formación de la causa en primera instancia, ó injusticias en la -aplicación de la pena; los reos no siempre acudían á Roma para pedir -reparación de una injusticia, sino porque estaban seguros de que allí -encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el número -considerable de refugiados españoles, á quienes se les probó que habían -recaído en el judaísmo. Nada menos que 250 resultaron de una sola vez -convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecución capital; -se les impusieron algunas penitencias, y, cuando fueron absueltos, -pudieron volverse á sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho -ocurrió en Roma en el año 1498. - -Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisición de -Roma, de que no haya llegado jamás á la ejecución de una pena capital, -á pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apostólica -papas muy rígidos y muy severos en todo lo tocante á la administración -civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levantados cadalsos -por asuntos de religión; en todas partes se presencian escenas que -angustian el alma; y Roma es una excepción de esa regla general; -Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia -y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los -protestantes y los filósofos la tolerancia universal; pero los hechos -están diciendo lo que va de unos á otros: los papas, con un tribunal -de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los protestantes -y los filósofos la hicieron verter á torrentes. ¿Qué les importa á -las víctimas el oir que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es -acibarar la pena con el sarcasmo. - -La conducta de Roma, en el uso que ha hecho del tribunal de la -Inquisición, es la mejor apología del Catolicismo contra los que -se empeñan en tildarle de bárbaro y sanguinario; y, á la verdad, -¿qué tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que -pudo desplegarse en este ó aquel lugar, á impulsos de la situación -extraordinaria de razas rivales, de los peligros que amenazaban á una -de ellas, ó del interés que pudieron tener los reyes en consolidar la -tranquilidad de sus Estados y poner fuera de riesgo sus conquistas? -No entraré en el examen detallado de la Inquisición de España con -respecto á los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor -contra ellos sea preferible á la benignidad empleada y recomendada -por los papas; lo que deseo consignar aquí, es que aquel rigor fué -un resultado de circunstancias extraordinarias, del espíritu de los -pueblos, de la dureza de costumbres todavía muy general en Europa en -aquella época, y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por -los excesos que pudieron cometerse. Aun hay más: atendido el espíritu -que domina en todas las providencias de los papas relativas á la -Inquisición, y la inclinación manifiesta á ponerse siempre del lado -que podía templar el rigor, y á borrar las marcas de ignominia de los -reos y de sus familias, puede conjeturarse que, si no hubiesen temido -los papas indisponerse demasiado con los reyes, y provocar escisiones -que hubieran podido ser funestas, habrían llevado mucho más allá sus -medidas. Para convencerse de esto, recuérdense las negociaciones sobre -el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragón, y véase -á qué lado se inclinaba la Corte de Roma. - -Dado que estamos hablando de la intolerancia contra los judaizantes, -bueno será recordar la disposición de ánimo de Lutero con respecto -á los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador -de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra -la opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los -sentimientos más benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin -duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo. Desgraciadamente -para ellos, la historia no lo atestigua así; y, según todas las -apariencias, si el fraile apóstata se hubiese encontrado en la posición -de Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. He -aquí cuál era el sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo -apologista Seckendorff: «Hubiérase debido arrasar sus sinagogas, -destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y -hasta los libros del viejo Testamento, prohibir á los rabinos que -enseñasen, y obligarlos á ganarse la vida por medio de trabajos -penosos.» Al menos la Inquisición de España procedía, no contra los -judíos, sino contra los judaizantes, es decir, contra aquellos que, -habiéndose convertido al Cristianismo, reincidían en sus errores, -y unían á su apostasía el sacrilegio, profesando exteriormente una -creencia que detestaban en secreto, y que profanaban, además, con el -ejercicio de su religión antigua. Pero Lutero extendía su rigor á los -mismos judíos; de suerte que, según sus doctrinas, nada podía echarse -en cara á los reyes de España cuando los expulsaron de sus dominios. - -Los moros y moriscos ocuparon también mucho por aquellos tiempos la -Inquisición de España; á ellos puede aplicarse con pocas modificaciones -cuanto se ha dicho sobre los judíos. También era una raza aborrecida, -una raza con la que se había combatido por espacio de ocho siglos, y -que, permaneciendo en su religión, excitaba el odio, y, abjurándola, -no inspiraba confianza. También se interesaron por ellos los papas -de un modo muy particular, siendo notable á este propósito una bula -expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evangélico, -diciéndose en ella que la ignorancia de aquellos desgraciados era una -de las principales causas de sus faltas y errores, y que, para hacer -sus conversiones sinceras y sólidas, debía, primeramente, procurarse -ilustrar sus entendimientos con la luz de la sana doctrina. - -Se dirá que el Papa otorgó á Carlos V la bula en que le relegaba del -juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar -nada en punto á los moros, y que así pudo el Emperador llevar á cabo -la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el Papa se -resistió por largo tiempo á esta concesión, y que, si condescendió con -la voluntad del monarca, fué porque éste juzgaba que la expulsión era -indispensable para asegurar la tranquilidad en sus reinos. Si esto era -así en la realidad ó no, el Emperador era quien debía saberlo, no el -Papa, colocado á mucha distancia y sin conocimiento detallado de la -verdadera situación de las cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca -español quien opinaba así: cuéntase que, estando prisionero en Madrid -Francisco I, Rey de Francia, dijo un día á Carlos V que la tranquilidad -no se solidaría nunca en España basta que se expeliesen los moros y -moriscos. - - - - -CAPITULO XXXVII - - -Se ha dicho que Felipe II fundó en España una nueva Inquisición, -más terrible que la del tiempo de los Reyes Católicos, y aun se ha -dispensado á la de éstos cierta indulgencia, que no se ha concedido á -la de aquél. Por de pronto, resalta aquí una inexactitud histórica muy -grande; porque Felipe II no fundó una nueva Inquisición: sostuvo la que -le habían legado los Reyes Católicos, y recomendado muy particularmente -en testamento su padre y antecesor Carlos V. La comisión de las Cortes -de Cádiz, en el proyecto de abolición de dicho tribunal, al paso que -excusa la conducta de los Reyes Católicos, vitupera severamente la de -Felipe II, y procura que recaigan sobre este príncipe toda la odiosidad -y toda la culpa. Un ilustre escritor francés que ha tratado poco ha -esta cuestión importante, se ha dejado llevar de las mismas ideas con -aquel candor que es no pocas veces el patrimonio del genio. «Hubo en -la Inquisición de España, dice el ilustre Lacordaire, dos momentos -solemnes, que es preciso no confundir: uno al fin del siglo XV, bajo -Fernando é Isabel, antes que los moros fuesen echados de Granada, su -último asilo; otro á mediados del siglo XVI bajo Felipe II, cuando el -Protestantismo amenazaba introducirse en España, La comisión de las -Cortes distinguió perfectamente estas dos épocas, marcando de ignominia -la Inquisición de Felipe II, y expresándose con mucha moderación con -respecto á la de Isabel y de Fernando.» Cita en seguida un texto donde -se afirma que Felipe II fué el verdadero fundador de la Inquisición, y -que, si ésta se elevó en seguida á tan alto poder, todo fué debido á -la refinada política de aquel príncipe, añadiendo un poco más abajo el -citado escritor que Felipe II fué el inventor de los autos de fe para -aterrorizar la herejía, y que el primero se celebró en Sevilla en 1559. -(_Memoria para el restablecimiento en Francia del orden de los Frailes -Predicadores, por el abate Lacordaire._ Capítulo 6.) - -Dejemos aparte la inexactitud histórica sobre la invención de los -autos de fe, pues es bien sabido que ni los sambenitos ni las hogueras -fueron invención de Felipe II. Estas inexactitudes se le escapan -fácilmente á todo escritor, mayormente cuando no recuerda un hecho -sino por incidencia; y así es que ni siquiera debemos detenernos en -eso; pero enciérrase en dichas palabras una acusación á un monarca, á -quien ya de muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe -II continuó la obra empezada por sus antecesores; y si á éstos no se -les culpa, tampoco se le debe culpar á él. Fernando é Isabel emplearon -la Inquisición contra los judíos apóstatas; ¿por qué no pudo emplearla -Felipe II contra los protestantes? Se dirá, empero, que abusó de su -derecho y que llevó su rigor hasta el exceso; mas á buen seguro que no -se anduvo muy abundante de indulgencia en tiempo de Fernando é Isabel. -¿Se han olvidado, acaso, las numerosas ejecuciones de Sevilla y otros -puntos? ¿Se ha olvidado lo que dice en su historia el Padre Mariana? -¿Se han olvidado las medidas que tomaron los papas para poner coto á -ese rigor excesivo? - -Las palabras citadas contra Felipe son sacadas de la obra _La -Inquisición sin máscara_, que se publicó en España en 1811; pero se -calculará fácilmente el peso de autoridad semejante, en sabiéndose -que su autor se ha distinguido hasta su muerte por un odio profundo -contra los reyes de España. La portada de la obra llevaba el nombre de -Natanael Jomtob, pero el verdadero autor es un español bien conocido, -que en los escritos publicados al fin de su vida no parece sino que -se propuso vindicar con su desmedida exageración, y sus furibundas -invectivas, todo lo que anteriormente había atacado: tan insoportable -es su lenguaje contra todo cuanto se le ofrece al paso. Religión, -reyes, patria, clases, individuos, aun los de su mismo partido y -opiniones, todo lo insulta, todo lo desgarra, como atacado de un exceso -de rabia. - -No es extraño, pues, que mirase á Felipe II como han acostumbrado -mirarle los protestantes y los filósofos; es decir, como un príncipe -arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la humanidad, como -un monstruo de maquiavelismo que esparcía las tinieblas para cebarse á -mansalva en la crueldad y tiranía. - -No seré yo quien me encargue de justificar en todas sus partes la -política de Felipe II, ni negaré que haya alguna exageración en los -elogios que le han tributado algunos escritores españoles; pero tampoco -puede ponerse en duda que los protestantes, y los enemigos políticos -de este monarca, han tenido un constante empeño en desacreditarle. -¿Y sabéis por qué los protestantes le han profesado á Felipe II tan -mala voluntad? Porque él fué quien impidió que penetrara en España -el Protestantismo, él fué quien sostuvo la causa de la Iglesia -católica en aquel agitado siglo. Dejemos aparte los acontecimientos -transcendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgará -como mejor le agradare; pero, ciñéndonos á España, puede asegurarse que -la introducción del Protestantismo era inminente, inevitable, sin el -sistema seguido por aquel monarca. Si en este ó aquel caso hizo servir -la Inquisición á su política, éste es otro punto que no nos toca -examinar aquí; pero reconózcase al menos que la Inquisición no era un -mero instrumento de miras ambiciosas, sino una institución sostenida en -vista de un peligro inminente. - -De los procesos formados por la Inquisición en aquella época, resulta -con toda evidencia que el Protestantismo andaba cundiendo en España de -una manera increíble. Eclesiásticos distinguidos, religiosos, monjas, -seglares de categoría, en una palabra, individuos de las clases más -influyentes, se hallaron contagiados de los nuevos errores; bien se -echa de ver que no eran infructuosos los esfuerzos de los protestantes -para introducir en España sus doctrinas, cuando procuraban de todos -modos llevarnos los libros que las contenían, hasta valiéndose de la -singular estratagema de encerrarlos en botas de vino de Champaña y -Borgoña, con tal arte, que los aduaneros no podían alcanzar á descubrir -el fraude, como escribía á la sazón el embajador de España en París. - -Una atenta observación del estado de los espíritus en España en aquella -época, haría conjeturar el peligro, aun cuando hechos incontestables -no hubieran venido á manifestarle. Los protestantes tuvieron buen -cuidado de declamar contra los abusos, presentándose como reformadores, -y trabajando por atraer á su partido á cuantos estaban animados de -un vivo deseo de reforma. Este deseo existía en la Iglesia de mucho -antes; y si bien es verdad que en unos el espíritu de reforma era -inspirado por malas intenciones, ó, en otros términos, disfrazaban con -este nombre su verdadero proyecto, que era de destrucción, también es -cierto que en muchos católicos sinceros había un deseo tan vivo de -ella, que llegaba á celo imprudente y rayaba en ardor destemplado. Es -probable que este mismo celo llevado hasta la exaltación se convertiría -en algunos en acrimonia; y que así prestarían más fácilmente oídos -á las insidiosas sugestiones de los enemigos de la Iglesia. Quizás -no fueron pocos los que empezaron por un celo indiscreto, cayeron -en la exageración, pasaron en seguida á la animosidad, y al fin se -precipitaron en la herejía. No faltaba en España esta disposición de -espíritu, que, desenvuelta con el curso de los acontecimientos, hubiera -dado frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido -tomar pie. Sabido es que en el concilio de Trento se distinguieron -los españoles por su celo reformador y por la firmeza en expresar sus -opiniones: y es necesario advertir que, una vez introducida en un país -la discordia religiosa, los ánimos se exaltan con las disputas, se -irritan con el choque continuo, y á veces hombres respetables llegan -á precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos se habrían -horrorizado. Difícil es decir á punto fijo lo que hubiera sucedido por -poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que, cuando -uno lee ciertos pasajes de Luis Vives, de Arias Montano, de Carranza, -de la consulta de Melchor Cano, parece que está sintiendo en aquellos -espíritus cierta inquietud y agitación, como aquellos sordos mugidos -que anuncian en lontananza el comienzo de la tempestad. - -La famosa causa del arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza -es uno de los hechos que se han citado más á menudo en prueba de la -arbitrariedad con que procedía la Inquisición de España. Ciertamente -es mucho el interés que excita el ver sumido de repente en estrecha -prisión, y continuando en ella largos años, uno de los hombres más -sabios de Europa, arzobispo de Toledo, honrado con la íntima confianza -de Felipe II y de la reina de Inglaterra, ligado en amistad con los -hombres más distinguidos de la época, y conocido en toda la cristiandad -por el brillante papel que había representado en el concilio de -Trento. Diez y siete años duró la causa, y á pesar de haber sido -avocada á Roma, donde no faltarían al arzobispo protectores poderosos, -todavía no pudo recabarse que en el fallo se declarase su inocencia. -Prescindiendo de lo que podía arrojar de sí una causa tan extensa y -complicada, y de los mayores ó menores motivos que pudieron dar las -palabras y los escritos de Carranza para hacer sospechar de su fe, -yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del -todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda: -hela aquí. Habiendo caído enfermo al cabo de poco de fallada la causa, -se conoció luego que su enfermedad era mortal y se le administraron -los santos sacramentos. En el acto de recibir el Sagrado Viático, -en presencia de un numeroso concurso, declaró del modo más solemne -que jamás se había apartado de la fe de la Iglesia católica, que de -nada le remordía la conciencia de todo cuanto se le había acusado, y -confirmó su dicho poniendo por testigo á aquel mismo Dios que tenía -en su presencia, á quien iba á recibir bajo las sagradas especies, -y á cuyo tremendo tribunal debía en breve comparecer. Acto patético -que hizo derramar lágrimas á todos los circunstantes, que disipó de -un soplo las sospechas que contra él se habían podido concebir, y -aumentó las simpatías excitadas ya durante la larga temporada de su -angustioso infortunio. El Sumo Pontífice no dudó de la sinceridad de la -declaración, como lo indica el que se puso sobre su tumba un magnífico -epitafio, que por cierto no se hubiera permitido, á quedar alguna -sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad -no dar fe á tan explícita declaración, salida de la boca de un hombre -como Carranza, y moribundo, y en presencia del mismo Jesucristo. - -Pagado este tributo al saber, á las virtudes y al infortunio de -Carranza, resta ahora examinar si, por más pura que estuviese su -conciencia, puede decirse con razón que su causa no fué más que una -traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja -entender que no se trata aquí de examinar el inmenso proceso de aquella -causa; pero así como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando -un borrón sobre Felipe II y sobre los adversarios de Carranza, séame -permitido también hacer algunas observaciones sobre la misma para -llevar las cosas á su verdadero punto de vista. En primer lugar, salta -á los ojos que es bien singular la duración tan extremada de una causa -destituída de todo fundamento, ó al menos que no hubiese tenido en -su favor algunas apariencias. Además, si la causa hubiese continuado -siempre en España, no fuera tan de extrañar su prolongación; pero no -fué así, sino que estuvo pendiente muchos años también en Roma. ¿Tan -ciegos eran los jueces ó tan malos, que, ó no viesen la calumnia, ó no -la desechasen, si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha -querido suponer? - -Se puede responder á esto que las intrigas de Felipe II, empeñado en -perder al arzobispo, impedían que se aclarase la verdad, como lo prueba -la morosidad que hubo en remitir á Roma al ilustre preso, á pesar de -las reclamaciones del Papa, hasta verse, según dicen, obligado Pío V -á amenazar con la excomunión á Felipe II, si no se enviaba á Roma á -Carranza. No negaré que Felipe II haya tenido empeño en agravar la -situación del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado -poco favorable al reo; sin embargo, para saber si la conducta del -rey era criminal ó no, falta averiguar si el motivo que le impelía -á obrar así, era de resentimiento personal, ó si en realidad era la -convicción, ó la sospecha, de que el arzobispo fuese luterano. Antes de -su desgracia era Carranza muy favorecido y honrado de Felipe: dióle de -ello abundantes pruebas con las comisiones que le confió en Inglaterra, -y, finalmente, nombrándole para la primera dignidad eclesiástica de -España; y así es que no podemos presumir que tanta benevolencia se -cambiase de repente en un odio personal, á no ser que la historia -nos suministre algún dato donde fundar esta conjetura. Este dato es -el que yo no encuentro en la historia, ni sé que hasta ahora se haya -encontrado. Siendo esto así, resulta que, si en efecto se declaró -Felipe II tan contrario del arzobispo, fué porque creía, ó al menos -sospechaba fuertemente, que Carranza era hereje. En tal caso pudo ser -Felipe II imprudente, temerario, todo lo que se quiera; pero nunca se -podrá decir que persiguiese por espíritu de venganza, ni por miras -personales. - -También se han culpado otros hombres de aquella época, entre los -cuales figura el insigne Melchor Cano. Según parece, el mismo Carranza -desconfió de él; y aun llegó á estar muy quejoso por haber sabido -que Cano se había atrevido á decir que el arzobispo era tan hereje -como Lutero. Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho en la -_Vida de Carranza_, asegura que, sabedor Cano de esto, lo desmintió -abiertamente, afirmando que jamás había salido de su boca expresión -semejante. Y á la verdad, el ánimo se inclina fácilmente á dar crédito -á la negativa; hombres de un espíritu tan privilegiado como Melchor -Cano, llevan en su propia dignidad un preservativo demasiado poderoso -contra toda bajeza, para que sea permitido sospechar que descendiera al -infame papel de calumniador. - -Yo no creo que las causas del infortunio de Carranza sea menester -buscarlas en rencores ni envidias particulares, sino que se las -encuentra en las circunstancias críticas de la época y en el mismo -natural de este hombre ilustre. Los gravísimos síntomas que se -observaban en España de que el luteranismo estaba haciendo prosélitos; -los esfuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros -y emisarios, y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros -países, y, en particular, en el fronterizo reino de Francia, tenía -tan alarmados los ánimos y los traía tan asustadizos y suspicaces, -que el menor indicio de error, sobre todo en personas constituídas en -dignidad, ó señaladas por su sabiduría, causaba inquietud y sobresalto. -Conocido es el ruidoso negocio de Arias Montano sobre la Poliglota de -Amberes, como y también los padecimientos del insigne fray Luis de León -y de otros hombres ilustres de aquellos tiempos. Para llevar las cosas -al extremo, mezclábase en esto la situación política de España con -respecto al extranjero; pues que, teniendo la monarquía española tantos -enemigos y rivales, temíase con fundamento que éstos se valdrían de -la herejía para introducir en nuestra patria la discordia religiosa, -y, por consiguiente, la guerra civil. Esto hacía naturalmente que -Felipe II se mostrase desconfiado y suspicaz, y que, combinándose en su -espíritu el odio á la herejía y el deseo de la propia conservación, se -manifestase severo é inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus -dominios la pureza de la fe católica. - -Por otra parte, menester es confesar que el natural de Carranza no era -el más á propósito para vivir en tiempos tan críticos sin dar algún -grave tropiezo. Al leer sus _Comentarios sobre el Catecismo_, conócese -que era hombre de entendimiento muy despejado, de erudición vasta, de -ciencia profunda, de un carácter severo y de un corazón generoso y -franco. Lo que piensa lo dice con pocos rodeos, sin pararse mucho en el -desagrado que en estas ó aquellas personas podían excitar sus palabras. -Donde cree descubrir un abuso, lo señala con el dedo y le condena -abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de semejanza que -tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se le -hicieron cargos, no sólo por lo que resultaba de sus escritos, sino -también por algunos sermones y conversaciones. No sé hasta qué punto -pudiera haberse excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar -que quien escribía con el tono que él lo hace, debía expresarse de -palabra con mucha fuerza, y quizás con demasiada osadía. - -Además, es necesario también añadir, en obsequio de la verdad, que en -sus _Comentarios sobre el Catecismo_, tratando de la justificación, -no se explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y -que reclamaban las calamitosas circunstancias de aquella época. Los -versados en estas materias saben cuán delicados son ciertos puntos, -que cabalmente eran entonces el objeto de los errores de Alemania; y -fácilmente se concibe cuánto debían de llamar la atención las palabras -de un hombre como Carranza, por poca ambigüedad que ofreciesen. Lo -cierto es que en Roma no salió absuelto de los cargos, que se le obligó -á abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consideró -sospechoso, y que se le impusieron por ello algunas penitencias. -Carranza en el lecho de la muerte protestó de su inocencia, pero tuvo -el cuidado de declarar que no por esto tenía por injusta la sentencia -del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre la inocencia del -corazón anda acompañada de la prudencia en los labios. - -Heme detenido algún tanto en esta causa célebre, porque se brinda -á consideraciones que hacen sentir el espíritu de aquella época; -consideraciones que sirven, además, para restablecer en su puesto la -verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la -perversidad de de los hombres. Desgraciadamente hay una tendencia á -explicarlo todo así, y por cierto que no es escaso el fundamento que -muchas veces dan los hombres para ello; pero, mientras no haya una -evidente necesidad de hacerlo, deberíamos abstenernos de acriminar. El -cuadro de la historia de la humanidad es de suyo demasiado sombrío, -para que podamos tener gusto en obscurecerle, echándole nuevas manchas; -y es menester pensar que á veces acusamos de crimen lo que no fué más -que ignorancia. El hombre está inclinado al mal, pero no está menos -sujeto al error; y el error no siempre es culpable. - -Yo creo que pueden darse las gracias á los protestantes del rigor y -de la suspicacia que desplegó en aquellos tiempos la Inquisición de -España. Los protestantes promovieron una revolución religiosa; y es una -ley constante que toda revolución, ó destruye el poder atacado, ó le -hace más severo y duro. Lo que antes se hubiera juzgado indiferente, -se considera como sospechoso, y lo que en otras circunstancias sólo se -hubiera tenido por una falta, es mirado entonces como un crimen. Se -está con un temor continuo de que la libertad se convierta en licencia; -y como las revoluciones destruyen, invocando la reforma, quien se -atreva á hablar de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La -misma prudencia en la conducta será tildada de precaución hipócrita; -un lenguaje franco y sincero, calificado de insolencia y de sugestión -peligrosa; la reserva lo será de mañosa reticencia; y hasta el mismo -silencio será tenido por significativo, por disimulo alarmante. En -nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que estamos en -excelente posición para comprender fácilmente todas las fases de la -historia de la humanidad. - -Es un hecho indudable la reacción que produjo en España el -Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que, así el poder -eclesiástico como el civil, concediesen en todo lo tocante á religión -mucha menor latitud de la que antes se permitía. La España se preservó -de las doctrinas protestantes, cuando todas las probabilidades -estaban indicando que al fin se nos llegarían á comunicar de un modo -ú otro: y claro es que este resultado no pudo obtenerse sin esfuerzos -extraordinarios. Era aquello una plaza sitiada, con un poderoso enemigo -á la vista, donde los jefes andan vigilantes de continuo, en guarda -contra los ataques de afuera y en vela contra las traiciones de adentro. - -En confirmación de estas observaciones aduciré un ejemplo, que servirá -por muchos otros: quiero hablar de lo que sucedió con respecto á las -Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dará una idea de lo que -anduvo sucediendo en lo demás, por el mismo curso natural de las -cosas. Cabalmente tengo á la mano un testimonio tan respetable como -interesante: el mismo Carranza, de quien acabo de hablar. Oigamos -lo que dice en el prólogo que precede á sus _Comentarios sobre el -Catecismo Cristiano_. «Antes que las herejías de Lutero saliesen del -infierno á esta luz del mundo, no sé yo que estuviese vedada la Sagrada -Escritura en lenguas vulgares entre ningunas gentes. En España, había -Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes católicos, en -tiempo que se consentían vivir entre cristianos los moros y judíos en -sus leyes. Después que los judíos fueron echados de España, hallaron -los jueces de la religión que algunos de los que se convirtieron á -nuestra santa fe, instruían á sus hijos en el judaísmo, enseñándoles -las ceremonias de la ley de Moisés, por aquellas Biblias vulgares; las -cuales ellos imprimieron después en Italia, en la ciudad de Ferrara. -Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias vulgares en España; -pero siempre se tuvo miramiento á los colegios y monasterios, y á las -personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les daba licencia -que las tuviesen y leyesen.» Continúa Carranza haciendo en pocas -palabras la historia de estas prohibiciones en Alemania, Francia y -otras partes, y después prosigue: «En España, que estaba y está limpia -de la cizaña, por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en -vedar generalmente todas las traslaciones vulgares de la Escritura, -por quitar la ocasión á los extranjeros de tratar de sus diferencias -con personas simples y sin letras. _Y también porque tenían y tienen -experiencia de casos particulares y errores que comenzaban á nacer -en España, y hallaban que la raíz era haber leído algunas partes de -la Escritura sin las entender._ Esto que he dicho aquí es historia -verdadera de lo que ha pasado. Y por este fundamento se ha prohibido la -Biblia en lengua vulgar.» - -Este curioso pasaje de Carranza nos explica en pocas palabras el -curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero no existe ninguna -prohibición, pero el abuso de los judíos la provoca; bien que -dejándose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en -seguida los protestantes, perturban la Europa con sus Biblias, amenaza -el peligro de introducirse los nuevos errores en España, se descubre -que algunos extraviados lo han sido por mala inteligencia de algún -pasaje de la Biblia, lo que obliga á quitar esta arma á los extranjeros -que intentasen seducir á las personas sencillas, y así la prohibición -se hace general y rigurosa. - -Volviendo á Felipe II, no conviene perder de vista que este monarca -fué uno de los más firmes defensores de la Iglesia católica, que fué -la personificación de la política de los siglos fieles en medio del -vértigo que á impulsos del Protestantismo se había apoderado de la -política europea. Á él se debió en gran parte que al través de tantos -trastornos pudiese la Iglesia contar con la poderosa protección de los -príncipes de la tierra. La época de Felipe II fué crítica y decisiva -en Europa; y, si bien es verdad que no fué afortunado en Flandes, -también lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso á la -política protestante, á la que no permitió señorearse de Europa como -ella hubiera deseado. Aun cuando supusiéramos que entonces no se hizo -más que ganar tiempo, quebrantándose el primer ímpetu de la política -protestante, no fué poco beneficio para la religión católica, por -tantos lados combatida. ¿Qué hubiera sido de la Europa, si en España -se hubiese introducido el Protestantismo como en Francia, si los -hugonotes hubiesen podido contar con el apoyo de la Península? Y si el -poder de Felipe II no hubiese infundido respeto, ¿qué no hubiera podido -suceder en Italia? Los sectarios de Alemania ¿no hubieran alcanzado -á introducir allí sus doctrinas? Posible fuera, y en esto abrigo la -seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres que conocen -la historia; posible fuera que, si Felipe II hubiese abandonado su -tan acriminada política, la religión católica se hubiese encontrado, -al entrar en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no más que -como tolerada, en la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale -esta tolerancia, cuando se trata de la Iglesia católica, nos lo dice -siglos ha la Inglaterra, nos lo dice en la actualidad la Prusia, y, -finalmente, la Rusia, de un modo todavía más doloroso. - -Es menester mirar á Felipe II desde este punto de vista; y fuerza es -convenir que, considerado así, es un gran personaje histórico, de los -que han dejado un sello más profundo en la política de los siglos -siguientes, y que más influjo han tenido en señalar una dirección al -curso de los acontecimientos. - -Aquellos españoles que anatematizan al fundador del Escorial, menester -es que hayan olvidado nuestra historia, ó que al menos la tengan en -poco. Vosotros arrojáis sobre la frente de Felipe II la mancha de -odioso tirano, sin reparar que, disputándole su gloria, ó trocándola en -ignominia, destruís de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojáis -en el fango la diadema que orló las sienes de Fernando y de Isabel. -Si no podéis perdonar á Felipe II el que sostuviese la Inquisición, -si por esta sola causa no podéis legar á la posteridad su nombre sino -cargado de execraciones, haced lo mismo con el de su ilustre padre -Carlos V, y llegando á Isabel de Castilla escribid también en la lista -de los tiranos, de los azotes de la humanidad, el nombre que acataron -ambos mundos, el emblema de la gloria y pujanza de la monarquía -española. Todos participaron en el hecho que tanto levanta vuestra -indignación; no anatematicéis, pues, al uno, perdonando á los otros con -una indulgencia hipócrita; indulgencia que no empleáis por otra causa, -sino porque el sentimiento de nacionalidad que late en vuestros pechos -os obliga á ser parciales, inconsecuentes, para no veros precisados -á borrar de un golpe las glorias de España, á marchitar todos sus -laureles, á renegar de vuestra patria. Ya que desgraciadamente nada -nos queda sino grandes recuerdos, no los despreciemos; que estos -recuerdos en una nación son como en una familia caída los títulos de -su antigua nobleza: elevan el espíritu, fortifican en la adversidad, -y, alimentando en el corazón la esperanza, sirven á preparar un nuevo -porvenir. - -El inmediato resultado de la introducción del Protestantismo en España -habría sido, como en los demás países, la guerra civil. Ésta nos -fuera á nosotros más fatal por hallarnos en circunstancias mucho más -críticas. La unidad de la monarquía española no hubiera podido resistir -á las turbulencias y sacudimientos de una disensión intestina; porque -sus partes eran tan heterogéneas, y estaban, por decirlo así, tan -mal pegadas, que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las -leyes y las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragón eran muy -diferentes de las de Castilla; un vivo sentimiento de independencia, -nutrido por las frecuentes reuniones de sus Cortes, se abrigaba en -sus pueblos indómitos; y sin duda que hubieran aprovechado la primera -ocasión de sacudir un yugo que no les era lisonjero. Con esto, y las -facciones que hubieran desgarrado las entrañas de todas las provincias, -se habría fraccionado miserablemente la monarquía, cabalmente cuando -debía hacer frente á tan multiplicadas atenciones en Europa, en África -y en América. Los moros estaban aún á nuestra vista, los judíos no -se habían olvidado de España; y por cierto que unos y otros hubieran -aprovechado la coyuntura, para medrar de nuevo á favor de nuestras -discordias. Quizás estuvo pendiente de la política de Felipe II, no -sólo la tranquilidad, sino también la existencia de la monarquía -española. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario, se le -hubiera acusado de incapaz é imbécil. - -Una de las mayores injusticias de los enemigos de la religión, al -atacar á los que la han sostenido, es el suponerlos de mala fe; el -acusarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras tortuosas é -interesadas. Cuando se habla, por ejemplo, del maquiavelismo de Felipe -II, se supone que la Inquisición, aun cuando en la apariencia tenía -un objeto puramente religioso, no era más en realidad que un dócil -instrumento político, puesto en las manos del astuto monarca. Nada más -especioso para los que piensan que estudiar la historia es ofrecer esas -observaciones picantes y maliciosas, pero nada más falso en presencia -de los hechos. - -Viendo en la Inquisición un tribunal extraordinario, no han podido -concebir algunos cómo era posible su existencia sin suponer en el -monarca que le sostenía y fomentaba, razones de Estado muy profundas, -miras que alcanzaban mucho más allá de lo que se descubre en la -superficie de las cosas. No se ha querido ver que cada época tiene -su espíritu, su modo particular de mirar los objetos, y su sistema -de acción, sea para procurarse bienes, sea para evitarse males. En -aquellos tiempos, en que por todos los reinos de Europa se apelaba -al hierro y al fuego en las cuestiones religiosas, en que así los -protestantes como los católicos quemaban á sus adversarios, en que la -Inglaterra, la Francia, la Alemania estaban presenciando las escenas -más crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular la -quema de un hereje, que en nada chocaba con las ideas comunes. Á -nosotros se nos erizan los cabellos á la sola idea de quemar á un -hombre vivo. Hallándonos en una sociedad donde el sentimiento religioso -se ha amortiguado en tal manera, y acostumbrados á vivir entre hombres -que tienen religión diferente de la nuestra, y á veces ninguna, no -alcanzamos á concebir que pasaba entonces como un suceso muy ordinario -el ser conducidos al patíbulo esta clase de hombres. Léanse, empero, -los escritores de aquellos tiempos; y se notará la inmensa diferencia -que va de nuestras costumbres á los suyas; se observará que nuestro -lenguaje templado y tolerante hubiera sido para ellos incomprensible. -¿Qué más? El mismo Carranza, que tanto sufrió de la Inquisición, -¿piensan quizás algunos cómo opinaba sobre estas materias? En su citada -obra, siempre que se ofrece la oportunidad de tocar este punto, emite -las mismas ideas de su tiempo, sin detenerse siquiera en probarlas, -dándolas como cosa fuera de duda. Cuando en Inglaterra se encontraba al -lado de la reina María, sin ningún reparo ponía también en planta sus -doctrinas sobre el rigor con que debían ser tratados los herejes; y á -buen seguro que lo hacía sin sospechar, en su intolerancia, que tanto -había de servir su nombre para atacar esa misma intolerancia. - -Los reyes y los pueblos, los eclesiásticos y los seglares, todos -estaban acordes en este punto. ¿Qué se diría ahora de un rey que con -sus manos aproximase la leña para quemar á un hereje, que impusiese -la pena de horadar la lengua á los blasfemos con un hierro? Pues lo -primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo hacía San Luis. -Aspavientos hacemos ahora, cuando vemos á Felipe II asistir á un auto -de fe; pero, si consideramos que la corte, los grandes, lo más escogido -de la sociedad, rodeaban en semejante caso al rey, veremos que, si esto -á nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo era para aquellos -hombres, que tenían ideas y sentimientos muy diferentes. No se diga que -la voluntad del monarca lo prescribía así, y que era fuerza obedecer; -no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espíritu de -la época. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia -semejante, si estuviere en contradicción con el espíritu de su tiempo; -no hay monarca tan insensible que no esté él propio afectado del siglo -en que reina. Suponed el más poderoso, el más absoluto de nuestros -tiempos: Napoleón en su apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si -alcanzar podría su voluntad á violentar hasta tal punto las costumbres -de su siglo. - -Á los que afirman que la Inquisición era un instrumento de Felipe II, -se les puede salir al encuentro con una anécdota, que por cierto no -es muy á propósito para confirmarnos en esta opinión. No quiero dejar -de referirla aquí, pues que, á más de ser muy curiosa é interesante, -retrata las ideas y costumbres de aquellos tiempos. Reinando en Madrid -Felipe II, cierto orador dijo en un sermón, en presencia del rey, que -_los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de los vasallos y -sobre sus bienes_. No era la proposición para desagradar á un monarca, -dado que el buen predicador le libraba, de un tajo, de todas las -trabas en el ejercicio de su poder. Á lo que parece, no estaría todo -el mundo en España tan encorvado bajo la influencia de las doctrinas -despóticas como se ha querido suponer, pues que no faltó quien delatase -á la Inquisición las palabras con que el predicador había tratado de -lisonjear la arbitrariedad de los reyes. Por cierto que el orador no -se había guarecido bajo un techo débil; y así es que los lectores -darán por supuesto que, rozándose la denuncia con el poder de Felipe -II, trataría la Inquisición de no hacer de ella ningún mérito. No fué -así, sin embargo: la Inquisición instruyó su expediente, encontró la -proposición contraria á las sanas doctrinas, y el pobre predicador, -que no esperaría tal recompensa, á más de varias penitencias que se -le impusieron, fué condenado á retractarse públicamente, en el mismo -lugar, con todas las ceremonias del auto jurídico, con la particular -circunstancia de leer en un papel, conforme se le había ordenado, las -siguientes notabilísimas palabras: «_Porque, señores, los reyes no -tienen más poder sobre sus vasallos, del que les permite el derecho -divino y humano: y no por su libre y absoluta voluntad_.» Así lo -refiere D. Antonio Pérez, como se puede ver en el pasaje que se inserta -por entero en la nota correspondiente á este capítulo. Sabido es que D. -Antonio Pérez no era apasionado de la Inquisición. - -Este suceso se verificó en aquellos tiempos que algunos no nombran -jamás, sin acompañarles el título de _obscurantismo_, de _tiranía_, de -_superstición_; yo dudo, sin embargo, que en los más cercanos, y en que -se dice que comenzó á lucir para España la aurora de la ilustración -y de la libertad, por ejemplo, de Carlos III, se hubiese llevado -á término una condenación pública, solemne, del despotismo. Esta -condenación era tan honrosa al tribunal que la mandaba, como al monarca -que la consentía. - -Por lo que toca á la ilustración, también es una calumnia lo que se -dice, que hubo el plan de establecer y perpetuar la ignorancia. No lo -indica así, por cierto, la conducta de Felipe II, cuando, á más de -favorecer la grande empresa de la Poliglota de Amberes, recomendaba -á Arias Montano que las sumas que se fuesen recobrando del impresor -Platino, á quien para dicha empresa había suministrado el monarca una -crecida cantidad, se emplease en la compra de libros _exquisitos, así -de impresos como de mano_, para ponerlos en la librería del monasterio -del Escorial, que entonces se estaba edificando; habiendo hecho también -el encargo, como dice el rey en la carta á Arias Montano, á _D. Francés -de Alaba, su embajador en Francia, que procurase de haber los mejores -libros que pudiere en aquel reino_. - -No, la historia de España, desde el punto de vista de la intolerancia -religiosa, no es tan negra como se ha querido suponer. Á los -extranjeros, cuando nos echan en cara la crueldad, podemos responderles -que, mientras la Europa estaba regada de sangre por las guerras -religiosas, en España se conservaba la paz; y por lo que toca al número -de los que perecieron en los patíbulos, ó murieron en el destierro, -podemos desafiar á las dos naciones que se pretenden á la cabeza de la -civilización, la Francia y la Inglaterra, á que muestren su estadística -de aquellos tiempos sobre el mismo asunto, y la comparen con la -nuestra. Nada tememos de semejante cotejo. - -Á medida que anduvo menguando el peligro de introducirse en España el -Protestantismo, el rigor de la Inquisición se disminuyó también; y, -además, podemos observar que suavizaba sus procedimientos, siguiendo -el espíritu de la legislación criminal en los otros países de Europa. -Así vemos que los autos de fe van siendo más raros, según los tiempos -van aproximándose á los nuestros; de suerte que, á fines del siglo -pasado, sólo era la Inquisición una sombra de lo que había sido. No es -necesario insistir sobre un punto que nadie ignora, y en que están de -acuerdo hasta los más acalorados enemigos de dicho tribunal: en esto -encontramos la prueba más convincente de que se ha de buscar en las -ideas y costumbres de la época lo que se ha pretendido hallar en la -crueldad, en la malicia, ó en la ambición de los hombres. Si llegasen -á surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolición de la -pena de muerte, cuando la posteridad leería las ejecuciones de nuestros -tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto á -los anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en -la misma línea que los antiguos quemaderos.[10] - - - - -NOTAS - - - [1] Pág. 45--Recio se hace de creer el extravío de los - antiguos sobre el respeto debido al hombre; inconcebible - parece que llegasen á tener en nada la vida del individuo - que no podía servir en algo á la sociedad; y, sin embargo, - nada hay más cierto. Lamentable fuera que esta ó aquella - ciudad hubiesen dictado una ley bárbara, ó, por una ú otra - causa, llegase á introducirse en ellas una costumbre atroz; - no obstante, mientras la filosofía hubiese protestado contra - tamaños atentados, la razón humana se habría conservado sin - mancilla, y no se la pudiera achacar con justicia que tomase - parte en las nefandas obras del aborto y del infanticidio. - Pero cuando encontramos defendido y enseñado el crimen por - los filósofos más graves de la antigüedad, cuando le vemos - triunfante en el pensamiento de sus hombres más ilustres, - cuando los oímos prescribiendo esas atrocidades con una calma - y serenidad espantosa, el espíritu desfallece, la sangre se - hiela en el corazón; quisiera uno taparse los ojos para no - ver humillada á tanta ignominia, á tanto embrutecimiento, - la filosofía, la razón humana. Oigamos á Platón en su - _República_, en aquel libro donde se proponía reunir las - teorías que eran en su juicio las más brillantes, y al propio - tiempo las más conducentes para el bello ideal de la sociedad - humana. «Menester es, dice uno de los interlocutores del - diálogo, menester es, según nuestros principios, procurar que - entre los hombres y las mujeres de mejor raza, sean frecuentes - las relaciones de los sexos; y al contrario, muy raras entre - los de menos valer. Además, es necesario criar los hijos de - los primeros, _más no de los segundos_, si se quiere tener un - rebaño escogido. En fin, es necesario que sólo los magistrados - tengan noticia de estas medidas, para evitar en cuanto sea - posible la discordia en el rebaño.» «_Muy bien_», responde - otro de los interlocutores. (Platón, _Repúb._, L. 5.) - - He aquí reducida la especie humana á la simple condición de - los brutos; el filósofo hace muy bien en valerse de la palabra - _rebaño_, bien que hay la diferencia de que los magistrados - imbuídos en semejantes doctrinas, debían resultar más duros - con sus súbditos que no lo fuera un pastor con su ganado. No, - el pastor que entre los corderillos recién nacidos encuentra - alguno débil y estropeado, no le mata, no le deja perecer de - hambre; le lleva en brazos junto á la oveja, que le sustentará - con su leche, y le acaricia blandamente para acallar sus - tiernos balidos. - - Pero ¿serán quizás las expresiones citadas, una palabra - escapada al filósofo en un momento de distracción? El - pensamiento que revelan, ¿no podrá mirarse como una de - aquellas inspiraciones siniestras, que se deslizan un - instante en el espíritu del hombre, pasando sin dejar rastro, - como serpea rápido un pavoroso reptil por la amenidad de - una pradera? Así lo deseáramos para la gloria de Platón; - pero, desgraciadamente, él propio nos quita todo medio de - vindicarle, pues que insiste sobre lo mismo tantas veces, y - con tan sistemática frialdad. «En cuanto á los hijos, repite - más abajo, de los ciudadanos de inferior calidad, y aun por - lo tocante á los de los otros, si hubiesen nacido deformes, - los magistrados los _ocultarán_ como conviene, en algún - lugar secreto, que _será prohibido revelar_.» Y uno de los - interlocutores responde: «Sí, sí, queremos conservar en su - pureza la raza de los guerreros.» - - La voz de la naturaleza protestaba en el corazón del filósofo - contra su horrible doctrina; presentábanse á su imaginación - las madres reclamando sus hijos recién nacidos, y por esto - encarga el secreto, prescribe que sólo los magistrados tengan - noticia del lugar fatal, para evitar la discordia en la - ciudad. Así los convierte en asesinos alevosos, que matan, y - ocultan desde luego su víctima bajo las entrañas de la tierra. - - Continúa Platón prescribiendo varias reglas en orden á las - relaciones de los sexos, y, hablando del caso en que el hombre - y la mujer han llegado á una edad algo avanzada, nos ofrece el - siguiente escandaloso pasaje «Cuando uno y otro sexo, dice el - filósofo, hayan pasado de la edad de tener hijos, dejaremos - á los hombres la libertad de continuar con las mujeres las - relaciones que quieran, exceptuando sus hijas, madres, - nietas y abuelas; y á las mujeres les dejaremos la misma - libertad con respecto á los hombres y, les recomendaremos muy - particularmente que tomen todas las precauciones para que no - nazca de tal comercio ningún fruto; y que si á pesar de sus - precauciones nace alguno, que lo expongan: pues que el Estado - no se encarga de mantenerle.» Platón estaba, á lo que parece, - muy satisfecho de su doctrina, pues que en el mismo libro - donde escribía lo que acabamos de ver, dice aquella sentencia - que se ha hecho tan famosa: que los males de los Estados no - se remediarán jamás, ni serán bien gobernadas las sociedades - hasta que los filósofos lleguen á ser reyes, ó los reyes se - hagan filósofos. Dios nos preserve de ver sobre el trono una - filosofía como la suya; por lo demás, su deseo del _reino - de la filosofía_ se ha realizado en los tiempos modernos; y - más que el reino todavía, la divinización, hasta llegar á - tributarle en un templo público los homenajes de la divinidad. - No creo, sin embargo, que sean muchos los que echen de menos - los aciagos días del _Culto de la Razón_. - - La horrible enseñanza que acabamos de leer en Platón, se - transmitía fielmente á las escuelas venideras. Aristóteles, - que en tantos puntos se tomó la libertad de apartarse de - las doctrinas de su maestro, no pensó en corregirlas por lo - tocante al aborto y al infanticidio. En su _Política_ enseña - los mismos crímenes, y con la misma serenidad que Platón. - «Para evitar, dice, que se alimenten las criaturas débiles ó - mancas, la ley ha de prescribir que se las exponga, _ó se las - quite de en medio_. En el caso que esto se hallare prohibido - por las leyes y costumbres de algunos pueblos, entonces es - necesario señalar á punto fijo el número de los hijos que se - puedan procrear; y, si aconteciere que algunos tuvieren más - del número prescrito, se ha de procurar el aborto antes que - el feto haya adquirido los sentidos y la vida.» (Aristót., - _Polít._, L. 7, c. 16.) - - Véase, pues, con cuánta razón he dicho que entre los antiguos, - el hombre, como hombre, no era tenido en nada; que la sociedad - le absorbía todo entero, que se arrogaba sobre él derechos - injustos, que le miraba como un instrumento de que se valía si - era útil, y que, en no siéndolo, se consideraba facultada para - quebrantarle. - - En los escritos de los antiguos filósofos se nota que hacen - de la sociedad una especie de todo, al cual pertenecen los - individuos, como á una masa de hierro los átomos que la - componen. No puede negarse que la unidad es un gran bien de - las sociedades, y que hasta cierto punto es una verdadera - necesidad; pero esos filósofos se imaginan cierta unidad á la - que debe todo sacrificarse, sin consideraciones de ninguna - clase á la esfera individual, sin atender á que el objeto de - la sociedad es el bien y la dicha de las familias y de los - individuos que la componen. Esta unidad es el bien principal, - según ellos; nada puede comparársele; y la ruptura de ella es - el mal mayor que pueda acontecer, y que conviene evitar por - todos los medios imaginables. «El mayor mal de un Estado, dice - Platón, ¿no es lo que le divide, y de _uno hace muchos_? Y su - mayor bien, ¿no es lo que liga todas partes, y le hace _uno_?» - Apoyado en este principio, continúa desenvolviendo su teoría, - y, tomando las familias y los individuos, los amasa, por - decirlo así, para que den un todo compacto, _uno_. Por esto, - á mas de la comunidad de educación y de vida, quiere también - la de mujeres y de hijos: considera como un mal el que haya - goces ni sufrimientos personales; todo lo exige común, social. - No permite que los individuos vivan, ni piensen, ni sientan, - ni obren, sino como partes del gran todo. Léase con reflexión - su _República_, y en particular el libro V, y se echará de ver - que éste es el pensamiento dominante en el sistema de aquel - filósofo. - - Oigamos sobre lo mismo á Aristóteles. «Cuando el fin de - la sociedad es _uno_, claro es que la educación de todos - sus miembros debe ser necesariamente _una, y la misma_. La - educación debería ser pública, no privada; como acontece - ahora, que cada cual cuida de sus hijos, y les enseña lo - que más le agrada. Cada ciudadano es una _partícula_ de la - sociedad, y el cuidado de una partícula debe naturalmente - enderezarse á lo que demanda el todo.» (Arist., _Polít._, L. - 8, c. 1.) - - Para darnos á comprender cómo entiende esta educación común, - concluye haciendo honorífica mención de la que se daba en - Lacedemonia, que, como es bien sabido, consistía en ahogar - todos los sentimientos, excepto el de un patriotismo feroz, - cuyos rasgos todavía nos estremecen. - - No: en nuestras ideas y costumbres no cabe el considerar de - esta suerte la sociedad. Los individuos están ligados á ella, - forman parte de ella, pero sin que pierdan su esfera propia, - ni la esfera de sus familias; y disfrutan de un vasto campo - donde pueden ejercer su acción, sin que se encuentren con el - coloso de la sociedad. El patriotismo existe aún; pero no es - una pasión ciega, instintiva, que lleva al sacrificio como una - víctima con los ojos vendados; sino un sentimiento racional, - noble, elevado, que forma héroes como los de Lepanto y Bailén, - que convierte en leones ciudadanos pacíficos, como en Gerona y - Zaragoza, que levanta cual chispa eléctrica un pueblo entero, - y desprevenido é inerme le hace buscar la muerte en las bocas - de fuego de un ejército numeroso y aguerrido, como Madrid en - pos del sublime _¡Muramos!..._ de Daoiz y de Velarde. - - He insinuado también en el texto que entre los antiguos se - creía con derecho la sociedad para entrometerse en todos los - negocios del individuo; y aun puede añadirse que las cosas - se llevaban hasta un extremo que rayaba en ridículo. ¿Quién - dijera que la ley había de entrometerse en los alimentos que - hubiese de tomar una mujer en cinta, ni en prescribirle el - ejercicio que le convenía hacer? «Conviene, dice gravemente - Aristóteles, que las mujeres embarazadas cuiden bien de - su cuerpo, y que no sean desidiosas en demasía, ni tomen - alimentos sobrado tenues y sutiles. Y esto _lo conseguirá - fácilmente el legislador, ordenándoles y mandándoles_ - que hagan todos los días un paseo para honrar y venerar - aquellos dioses á quienes les cupo en suerte el presidir la - generación.» (_Polít._, L. 7, c. 16.) - - La acción de la ley se extendía á todo; y en algunas partes - no podía escaparse de su severidad ni el mismo llanto de los - niños. «No hacen bien, dice Aristóteles, los que por _medio - de las leyes prohiben á los niños el gritar y llorar_: los - gritos y el llanto les sirven á los niños de ejercicio, y - contribuyen á que crezcan. Esfuerzo natural que desahoga, - y comunica vigor á los que se encuentran en angustia.» - (_Polít._, Lib. 7, cap. 17.) - - Estas doctrinas de los antiguos, ese modo de considerar las - relaciones del individuo con la sociedad, explican muy bien - por qué se miraban entre ellos como cosa muy natural las - castas y la esclavitud. ¿Qué extrañeza nos ha de causar el - ver razas enteras privadas de la libertad, ó tenidas por - incapaces de alternar con otras pretendidas superiores, cuando - vemos condenadas á la muerte generaciones de inocentes, sin - que los concienzudos filósofos dejen traslucir siquiera el - menor escrúpulo sobre la legitimidad de un acto tan inhumano? - Y no es esto decir que ellos, á su modo, no buscasen también - la dicha como fin de la sociedad, sino que tenían ideas - monstruosas sobre los medios de alcanzarla. - - Entre nosotros es tenida también en mucho la conservación - de la unidad social; también consideramos al individuo como - parte de la sociedad, y que en ciertos casos debe sacrificarse - al bien público; pero miramos al mismo tiempo como sagrada - su vida, por inútil, por miserable, por débil que él sea; - y contamos entre los homicidios el matar un niño que acaba - de ver la luz, ó que no la ha visto aún, del mismo modo que - el asesinato de un hombre en la flor de sus años. Además, - consideramos que los individuos y las familias tienen derechos - que la sociedad debe respetar, secretos en que ésta no se - puede entrometer; y cuando se les exigen sacrificios costosos, - sabemos que han de ser previamente justificados por una - verdadera necesidad. Sobre todo, pensamos que la justicia, - la moral, deben reinar en las obras de la sociedad como en - las del individuo; y así como rechazamos con respecto á éste - el principio de la _utilidad privada_, así no le admitimos - tampoco con relación á aquélla. La máxima de que _la salud - del pueblo es la suprema ley_, no la consentimos sino con las - debidas restricciones y condiciones; sin que por esto sufran - perjuicio los verdaderos intereses de la sociedad. Cuando - estos intereses son bien entendidos, no están en pugna con la - sana moral; y, si pasajeras circunstancias crean á veces esa - pugna, no es más que aparente; porque, reducida como está á - pocos momentos, y limitada á pequeño círculo, no impide que - al fin resulten en harmonía, y no se compense con usura el - sacrificio que se haga de la utilidad, en las aras de los - eternos principios de la moral. - - [2] Pág. 66.--El lector me dispensará fácilmente de entrar en - pormenores sobre la situación abyecta y vergonzosa de la mujer - entre los antiguos, y aun entre los modernos, allí donde no - reina el Cristianismo; pues que las severas leyes del pudor - salen á cada paso á detener la pluma, cuando quiere presentar - algunos rasgos característicos. Basta decir que el trastorno - de las ideas era tan extraordinario, que aun los hombres más - señalados por su gravedad y mesura deliraban sobre este punto - de una manera increíble. Dejemos aparte cien y cien ejemplos - que se podrían recordar; pero ¿quién ignora el escandaloso - parecer del sabio Solón sobre prestar las mujeres para mejorar - la raza? ¿Quién no se ha ruborizado al leer lo que dice el - _divino_ Platón, en su _República_, sobre la conveniencia y el - modo de tomar parte las mujeres en los juegos públicos? Pero - echemos un velo sobre estos recuerdos tan vergonzosos á la - sabiduría humana, que así desconocía los primeros elementos de - la moral y las más sentidas inspiraciones de la naturaleza. - Cuando así pensaban los primeros legisladores y sabios, ¿qué - había de suceder entre el vulgo? ¡Cuánta verdad hay en las - palabras del sagrado texto que nos presentan á los pueblos - fallos de la luz divina del Cristianismo como _sentados en las - tinieblas y sombras de la muerte_! - - Lo más temible para la mujer, como lo más propio para - conducirla á la degradación, es lo que mancilla el pudor; - sin embargo, puede contribuir también á este envilecimiento - la ilimitada potestad otorgada sobre ella al varón. En - este particular se hallaba en posición tan dolorosa, que - su suerte venía á ser en muchas partes la de una verdadera - esclava. Pasemos por alto las costumbres de otros pueblos, y - detengámonos un instante en los romanos, donde la fórmula _ubi - tu Caius, ego Caia_, parece indicar una sujeción tan ligera, - que se aproxima á la igualdad. Para apreciar debidamente lo - que valía esta igualdad, basta recordar que un marido romano - se creía facultado hasta para dar la muerte á su mujer, y - esto no precisamente en caso de adulterio, sino por faltas - mucho menos graves. En tiempo de Rómulo fué absuelto de este - atentado Egnacio Mecenio, quien no había tenido otro motivo - para cometerle, que el haber caído su mujer en la flaqueza de - probar el vino de la bodega. Estos rasgos pintan un pueblo; - y aun cuando concedamos toda la importancia que se quiera al - cuidado de los romanos para que sus matronas no se diesen - al vino, no sale muy bien parada de semejantes costumbres - la dignidad de la mujer. Cuando Catón prescribía entre los - parientes la afectuosa demostración de darse un ósculo, con la - mira, según refiere Plinio, de saber si las mujeres sentían - á vino, _an temetum olerent_, hacía por cierto ostentación - de su severidad y de su celo, pero ultrajaba villanamente - la reputación de las mismas mujeres cuya virtud se proponía - conservar. Hay remedios peores que el mal. - - Por lo tocante al mérito de la indisolubilidad del matrimonio, - establecida y conservada por el Catolicismo, fácil me fuera - corroborar de mil maneras lo que llevo dicho en el texto. - Me contentaré, sin embargo, en obsequio de la brevedad, con - insertar un muy notable pasaje de Madama de Staël, que muestra - cuán funestas han sido á la moral pública las doctrinas - protestantes. Este testimonio es mucho más decisivo, no sólo - por ser de una escritora protestante, sino también porque - versa sobre las costumbres de un país que ella tanto estimaba - y admiraba. «El amor es una religión de Alemania, pero una - religión poética que tolera con demasiada facilidad todo lo - que la sensibilidad puede excusar. No puede negarse que en - las provincias protestantes la _facilidad del divorcio ataca - la santidad del matrimonio_. Cámbiase tan tranquilamente de - esposos, como si no se tratase de otra cosa que de arreglar - los incidentes de un drama: el buen natural de los hombres y - de las mujeres hace que estas fáciles separaciones se lleven á - cabo sin amargura; y como en los alemanes hay más imaginación - que verdadera pasión, los acontecimientos más extraños se - realizan entre ellos con la mayor tranquilidad del mundo. - Sin embargo, esto hace perder _toda la consistencia á las - costumbres_ y al carácter; el espíritu de paradoja conmueve - las instituciones más sagradas, y no se tienen en ninguna - materia reglas bastante fijas.» (_De la Alemania_, por Madama - Staël, primera parte, cap. 3.) - - Echase, pues, de ver que el Protestantismo, atacando la - santidad del matrimonio, abrió una llaga profunda á las - costumbres. Ya llevo indicado que el mal no fué tan grave como - era de temer, á causa de que el buen sentido de los pueblos - europeos, formado bajo la enseñanza del Catolicismo, no les - permitió abandonarse sin mesura á las funestas doctrinas de - la pretendida Reforma. Con mucho gusto he consignado este - hecho, pero es necesario, por otra parte, no olvidar las - notables confesiones de la célebre escritora: _la santidad - del matrimonio atacada por el divorcio, el fácil y tranquilo - cambio de esposos, la pérdida de la consistencia de las - costumbres y carácter, el desmoronamiento de las instituciones - más sagradas, la falta de reglas fijas en todas materias_. Si - esto dicen los mismos protestantes, difícil será que á los - católicos se nos pueda tachar de exageración, cuando pintamos - los males acarreados por la Reforma. - - [3] Pág. 90--La filosofía anticristiana ha debido de tener - considerable influencia en ese prurito de encontrar en los - bárbaros el origen del ennoblecimiento de la mujer europea, y - otros principios ó civilización. En efecto, una vez encontrado - en los bosques de Germania el manantial de tan hermosos - distintivos, despojábase al Cristianismo de una porción de sus - títulos, y se repartía entre muchos la gloria que es suya, - exclusivamente suya. No negaré que los germanos de Tácito son - algo poéticos, pero los germanos verdaderos no es creíble - que lo fueran mucho. Algunos pasajes citados en el texto - robustecen sobremanera esta conjetura; pero yo no encuentro - medio más á propósito para disipar todas las ilusiones, que - el leer la historia de la irrupción de los bárbaros, sobre - todo en los testigos oculares. El cuadro, lejos de resultar - poético, se hace en extremo repugnante. Aquella interminable - serie de pueblos desfilan, á los ojos del lector, como una - visión espantosa en un sueño angustioso; y por cierto que la - primera idea que se ofrece al contemplar aquel cuadro, no - es buscar en las hordas invasoras el origen de ninguna de - las calidades de la civilización moderna, sino la terrible - dificultad de explicar cómo pudo desembrollarse aquel caos, - ni cómo fué dado atinar en los medios de hacer que surgiera - de en medio de tanta brutalidad, la civilización más hermosa - y brillante que se vió jamás sobre la tierra. Tácito parece - entusiasta, pero Sidonio, que no escribía á larga distancia de - los bárbaros, que los veía, que los sufría, no participaba á - buen seguro de semejante entusiasmo. «Me encuentro, decía, en - medio de los pueblos de la larga cabellera, precisado á oir el - lenguaje del germano, y aplaudir, mal que me pese, el encanto - del borgoñón borracho, y con los cabellos engrasados de - manteca ácida. _¡Felices vuestros ojos que no los ven; felices - vuestros oídos que no los oyen!_» Si el espacio lo permitiese, - sería fácil amontonar mil y mil textos, que nos mostrarían - hasta la evidencia lo que eran los bárbaros y lo que de ellos - podía esperarse en todos sentidos. Lo que resulta más en - claro que la luz del día, es el designio de la Providencia de - servirse de aquellos pueblos para destruir el imperio romano y - cambiar la faz del mundo. Al parecer, tenían los invasores un - sentimiento de su terrible misión. Marchan, avanzan, ni ellos - mismos saben á dónde van; pero no ignoran que van á destruir. - Atila se hacía llamar el _azote de Dios_, función tremenda - que el mismo bárbaro expresó por estas otras palabras: «_La - estrella cae, la tierra tiembla; yo soy el martillo del - orbe._» «_Donde mi caballo pasa, la hierba no crece jamás._» - Alarico, marchando hacia la capital del mundo, decía: «_No - puedo detenerme: hay alguien que me impele, que me empuja - á saquear á Roma._» Genserico hace preparar una expedición - naval, sus hordas están á bordo, el mismo se embarca también, - nadie sabe el punto á dónde se dirigirán las velas; el piloto - se acerca al bárbaro, y le dice: Señor, _¿á qué pueblos - queréis llevar la guerra?_ «_A los que han provocado la cólera - de Dios_», responde Genserico. - - Si en aquella catástrofe no se hubiese hallado el Cristianismo - en Europa, la civilización estaba perdida, anonadada, quizás - para siempre. Pero, una religión de luz y de amor debía - triunfar de la ignorancia y de la violencia. Durante las - calamidades de la irrupción, evitó ya muchos desastres, merced - al ascendiente que comenzara á ejercer sobre los bárbaros, - y pasado lo más crítico de la refriega, tan luego como los - conquistadores tomaron algún asiento, desplegó un sistema de - acción tan vasto, tan eficaz, tan decisivo, que los vencedores - se encontraron vencidos, no por la fuerza de las armas, sino - de la caridad. No estaba en manos de la Iglesia el prevenir - la irrupción; Dios lo había decretado así, y el decreto debía - cumplirse; así el piadoso monje que salió al encuentro de - Alarico al dirigirse sobre Roma, no pudo detenerle en su - marcha porque el bárbaro responde que no puede pararse, que - hay quien le empuja y que avanza contra su propia voluntad. - Pero la Iglesia aguardaba á los bárbaros después de la - conquista; ella sabía que la Providencia no abandonaría su - obra, que la esperanza de los pueblos en el porvenir estaba - en manos de la Esposa de Jesucristo; así Alarico marcha - sobre Roma, la saquea, la asuela; pero, al encontrarse con - la religión, se detiene, se ablanda, y señala, como lugares - de asilo, las iglesias de San Pedro y de San Pablo. Hecho - notable, que simboliza bellamente la religión cristiana, - preservando de su total ruina el universo. - - [4] Pág. 108.--El alto beneficio dispensado á las sociedades - modernas con la formación de una recta conciencia pública, - podríase encarecer sobremanera comparando nuestras ideas - morales con las de todos los demás pueblos antiguos y - modernos; de donde resultaría demostrado cuán lastimosamente - se corrompen los buenos principios cuando quedan encomendados - á la razón del hombre; sin embargo, me contentaré con decir - dos palabras sobre los antiguos, para que se vea con cuánta - verdad llevo asentado que nuestras costumbres, corrompidas - como se hallan, les hubieran parecido á los gentiles un modelo - de moralidad y decoro. Los templos consagrados á Venus, en - Babilonia y Corinto, recuerdan abominaciones que hasta se nos - hacen incomprensibles. La pasión divinizada exigía sacrificios - dignos de ella: á una divinidad sin pudor le correspondía - el sacrificio del pudor; y el santo nombre de templo se - aplicaba á unas casas de la más desenfrenada licencia; ni un - velo siquiera para los mayores desórdenes. Conocida es la - manera con que las doncellas de Chipre ganaban el dote para - el matrimonio; y nadie ignora los misterios de Adonis, de - Príapo, y otras inmundas divinidades. Hay vicios que, entre - los modernos, carecen, en cierto modo, de nombre; y que, si le - tienen, anda acompañado del recuerdo de un horroroso castigo - sobre ciudades culpables. Leed los escritores antiguos que nos - pintan las costumbres de sus tiempos; el libro se cae de las - manos. Materia es ésta en que se hace necesario contentarse - con indicaciones, que despierten en los lectores la memoria - de lo que les habrá ofendido una y mil veces, al recorrer - la historia y ocuparse en la literatura de la antigüedad - pagana. El autor se ve precisado á contentarse con recuerdos, - absteniéndose de pintar. - - [5] Pág. 122.--Como es tan común en la actualidad el ponderar - la fuerza de las ideas, exagerado quizás juzgarán algunos lo - que acabo de decir sobre su flaqueza, no sólo para influir - sobre la sociedad, sino también para conservarse, siempre que, - permaneciendo en su región propia, no alcanzan á realizarse - en instituciones que sean como su órgano, y que, además, les - sirvan de resguardo y defensa. Lejos estoy, y así lo he dicho - claramente en el texto, de negar ni poner en duda lo que se - llama la fuerza de las ideas; sólo me propongo manifestar que - ellas por sí solas pueden poco, y que la ciencia, propiamente - dicha, es más pequeña cosa de lo que generalmente se cree, en - todo lo concerniente á la organización de la sociedad. Tiene - esta doctrina un íntimo enlace con el sistema seguido por la - Iglesia católica, la cual, si bien ha procurado siempre el - desarrollo del espíritu humano por medio de la propagación - de las ciencias, no obstante, ha señalado á éstas un lugar - secundario en el arreglo de la sociedad. Nunca la religión - ha estado reñida con la verdadera ciencia, pero jamás ha - dejado de manifestar cierta desconfianza en todo lo que era - exclusivo producto del pensamiento del hombre; y nótese bien - que ésta es una de las capitales diferencias entre la religión - y la filosofía del siglo pasado, ó, mejor diremos, éste era - el motivo de su fuerte antipatía. La primera no condenaba - la ciencia, antes la amaba, la protegía, la fomentaba; pero - le señalaba, al propio tiempo, sus límites, le advertía que - en ciertos puntos era ciega, le anunciaba que en ciertas - obras sería impotente, y en otras destructora y funesta. La - segunda proclamaba en alta voz la soberanía de la ciencia, la - declaraba omnipotente, la divinizaba, atribuyéndole fuerza - y brío para cambiar la faz del mundo, y bastante previsión - y acierto para verificar ese cambio en pro de la humanidad. - Ese orgullo de la ciencia, esa divinización del pensamiento - es, si bien se mira, el fondo de la doctrina protestante. - Fuera toda autoridad, la razón es el único juez competente, - el entendimiento recibe directa é inmediatamente de Dios toda - la luz que necesita: he aquí las doctrinas fundamentales del - Protestantismo, es decir, el orgullo del entendimiento. - - Si bien se observa, el mismo triunfo de las revoluciones en - nada ha desmentido las cuerdas previsiones de la religión, - y la ciencia, propiamente dicha, tan lejos se halla de - haber en esta parte ganado crédito, que, antes bien, lo ha - perdido completamente. En efecto: nada queda de la ciencia - revolucionaria; lo que resta son los efectos de la revolución; - los intereses por ella creados, las instituciones que han - brotado de esos mismos intereses, y que, desde luego, han - buscado en la región misma de la ciencia otros principios - en que apoyarse, muy distintos de los que antes se habían - proclamado. - - Tanta verdad es lo que llevo asentado, de que toda idea - necesita realizarse en una institución, que las revoluciones - mismas, guiadas por el instinto que las conduce á conservar - más ó menos enteros los principios que las producen, tienden, - desde luego, á crear esas instituciones donde se puedan - perpetuar las doctrinas revolucionarias, ó donde puedan tener - como un sucesor y representante, después que ellas hayan - desaparecido de las escuelas. Esta indicación podría dar lugar - á extensas consideraciones sobre el origen y el estado actual - de algunas formas de gobierno en distintos pueblos de Europa. - - Hablando de la rapidez con que se suceden unas á otras las - teorías científicas, y de la inmensa amplitud que ha tomado - con la prensa el campo de la discusión, he observado que - no era esto una señal infalible de adelanto científico, ni - menos una prenda de fecundidad del pensamiento para realizar - grandes obras en el orden material, ni en el social. He dicho - que los grandes pensamientos nacen más bien de la _intuición_ - que del _discurso_, y al efecto he recordado hechos y - personajes históricos que dejan esta verdad fuera de duda. La - ideología pudiera suministrarnos abundantes pruebas, si para - probar la esterilidad de la ciencia fuese necesario acudir - á la misma ciencia. Pero el simple buen sentido, amaestrado - por lo que está enseñando á cada paso la experiencia, basta - para convencer de que los hombres más sabios en el libro, - son no pocas veces, no sólo medianos, sino hasta ineptos en - el mundo. Por lo tocante á lo que he insinuado con respecto - á la _intuición_ y al _discurso_, lo someto al juicio de los - hombres que se han dedicado al estudio del entendimiento - humano: estoy seguro de que su opinión no se diferenciará de - la mía. - - [6] Pág. 130.--He atribuído al Cristianismo la suavidad de - costumbres de que disfruta la Europa; y como, á pesar de - haber decaído en el último siglo las creencias religiosas, - ha durado, sin embargo, esta misma suavidad, y se ha elevado - todavía á más alto punto, es menester hacerse cargo de ese - contraste, que á primera vista parece destruir lo que llevo - establecido. Es necesario no olvidar la diferencia indicada - ya en el texto, entre costumbres muelles y costumbres - suaves: lo primero es un defecto; lo segundo, una calidad - preciosa: lo primero dimana del enervamiento del ánimo, del - enflaquecimiento del cuerpo, y del amor de los placeres; lo - segundo trae su origen de la preponderancia de la razón, - del predominio del espíritu sobre el cuerpo, del triunfo de - la justicia sobre la fuerza, y del derecho sobre el hecho. - En las costumbres actuales hay una buena parte de verdadera - suavidad, pero no es poco lo que tiene de molicie: y esto - último no lo han tomado, por cierto, de la religión, sino de - la incredulidad, que, no extendiendo sus ojos más allá de - esta vida, hace olvidar los altos destinos del espíritu, y - hasta su misma existencia, entroniza el egoísmo, despierta - y aviva de continuo la sed de los placeres y hace al hombre - esclavo de sus pasiones. Pero, en lo que nuestras costumbres - tienen de suave, se conoce á la primera ojeada que lo deben - al Cristianismo; pues que todas las ideas y sentimientos en - que se funda dicha suavidad llevan el sello cristiano. La - dignidad del hombre, sus derechos, la obligación de tratarle - con el debido miramiento, de dirigirse antes á su espíritu - por medio de la razón, que á su cuerpo por la violencia, la - necesidad de mantenerse cada cual en la línea de sus deberes, - respetando las propiedades y personas de los demás, todo este - conjunto de principios de donde nace la verdadera suavidad de - costumbres, es debido en Europa á la influencia cristiana, - que, luchando largos siglos con la barbarie y la ferocidad - de los pueblos invasores, logró destruir el sistema de - violencia que éstos habían generalizado. Como la filosofía ha - tenido cuidado de cambiar los antiguos nombres, consagrados - por la religión y autorizados con el uso de muchos siglos, - acontece que hay ciertas ideas que, aun cuando sean hijas - del Cristianismo, sin embargo, apenas se las reconoce como - tales, á causa de que andan disfrazadas con traje mundano. - ¿Quién ignora que el mutuo amor de los hombres, la fraternidad - universal, son ideas enteramente debidas al Cristianismo? - ¿Quién no sabe que la antigüedad pagana no las conocía, ni - las columbraba siquiera? No obstante, este mismo afecto, que - antes se apellidaba _caridad_, porque ésta era la virtud de - que debía proceder, ahora se cubre siempre con otros nombres y - como que se avergüenza de presentarse en público con ninguna - apariencia religiosa. Pasado el vértigo de atacar la religión - cristiana, se confiesa abiertamente que á ella es debido el - principio de la fraternidad universal; pero el lenguaje ha - quedado infecto de la filosofía volteriana, aun después del - descrédito en que ésta ha caído. De aquí resulta que muchas - veces no apreciamos debidamente la influencia cristiana en la - sociedad que nos rodea, y que atribuímos á otras ideas y á - otras causas fenómenos cuyo origen se encuentra evidentemente - en la religión. La sociedad actual, por más indiferente que - sea, tiene de la religión más de lo que comunmente pensamos: - se parece á aquellos hombres que han salido de una familia - ilustre, donde los buenos principios y una educación esmerada - se transmiten como un patrimonio de generación en generación: - aun en medio de sus desórdenes, de sus crímenes, y hasta de - su envilecimiento, conservan en su porte y modales, algunos - rasgos que manifiestan su hidalga cuna. - - [7] Pág. 148.--He citado algunas disposiciones conciliares que - bastan á dar una idea del sistema observado por la Iglesia - con la idea de reformar y suavizar las costumbres. Tanto en - este volumen como en el anterior, ya se ha podido notar cuán - inclinado me hallo á recordar esta clase de monumentos; y - advertiré aquí que á esto me inducen dos motivos: primero, - tratando de comparar el Protestantismo con el Catolicismo, - creo que el mejor medio de retratar el verdadero espíritu - de éste y de señalar su influjo en la civilización europea, - es presentarle obrando; y esto se logra aduciendo las - providencias que los Papas y los concilios iban tomando, - según lo exigían las circunstancias; segundo, atendido el - curso que los estudios históricos van siguiendo en Europa, - generalizándose cada día más el gusto de apelar, no á las - historias, sino á los monumentos históricos, conviene tener - presente que la colección de concilios es de la mayor - importancia, no sólo en el orden religioso y eclesiástico, - sino también en el social y político; por manera que la - historia de Europa se trunca monstruosamente, ó, por mejor - decir, se destruye del todo, si se prescinde de lo que arrojan - las colecciones de los concilios. Por esta causa es muy útil, - y en no pocas materias hasta necesario, el revolver dichas - colecciones, por más que de esto retraigan su desmesurado - volumen y el fastidio que á veces se engendra en el ánimo, - al encontrarse con cien y cien cosas que para nuestros - tiempos carecen de interés. Las ciencias, sobre todo las - que tienen por objeto la sociedad, no conducen á resultados - satisfactorios sino después de penosos trabajos; lo útil se - encuentra á menudo mezclado y confundido con lo inútil; y - la más rica preciosidad se descubre á veces al lado de un - objeto repugnante; pero, en la naturaleza, ¿se encuentra, por - ventura, el oro, sin haber revuelto informes masas de tierra? - - Los que se han empeñado en encontrar entre los bárbaros - del Norte el germen de algunas preciosas calidades de la - civilización europea, sin duda que debieran haberles atribuído - también la suavidad de costumbres modernas, dado que, en - apoyo de esa paradoja, podían echar mano de un hecho, por - cierto algo más especioso del que les ha servido para hacer - honor á los germanos del realce de la mujer en Europa. Hablo - de la conocida costumbre de abstenerse, en cuanto les era - posible, de la aplicación de penas corporales, castigando con - simples multas los delitos más graves. Nada más á propósito - para inducir á creer que aquellos pueblos tenían una feliz - disposición á la suavidad de costumbres, supuesto que aun - en su barbarie empleaban tan templadamente el derecho de - castigar, excediendo á las naciones más civilizadas y cultas. - Mirada la cosa desde este punto de vista, más bien parece que, - con la influencia cristiana sobre los bárbaros, las costumbres - se endurecieron que no se suavizaron; pues que la aplicación - de penas corporales se hizo general, y no se escaseó la de - muerte. - - Pero, fijando atentamente la consideración en esta - particularidad del código criminal de los bárbaros, - echaremos de ver que, tan lejos está de revelar adelanto en - la civilización ni suavidad de costumbres, que antes bien - es la más evidente prueba de su atraso, y el más vehemente - indicio de la dureza y ferocidad que entre ellos reinaban. - En primer lugar, por lo mismo que entre los bárbaros se - castigaban los delitos por medio de multas, ó, como se decía, - por composición, se conoce que la ley atendía más bien á - la _reparación de un daño_ que al _castigo de un crimen_: - circunstancia que muestra de lleno cuán en poco era tenida - la moralidad de la acción, pues que no tanto se atendía á lo - que ella era en sí, como al daño que producía. Esto no era - un elemento de civilización, sino de barbarie; porque tendía - nada menos que á desterrar del mundo la moralidad. La Iglesia - combatió este principio, tan funesto en el orden público como - en el privado, introduciendo en la legislación criminal un - nuevo orden de ideas que cambió completamente su espíritu. - En esta parte M. Guizot ha hecho á la Iglesia católica la - debida justicia; complázcome en reconocerlo y en consignarlo - aquí, transcribiendo sus propias palabras. Después de haber - hecho notar la diferencia que mediaba entre las leyes de - los visigodos, salidas en buena parte de los concilios de - Toledo, y las otras leyes bárbaras, y de haber observado la - inmensa superioridad de las ideas de la Iglesia en materia - de legislación, de justicia, y de todo lo concerniente á la - investigación de la verdad y al destino de los hombres, dice: - «En materia criminal, la relación de las penas con los delitos - está determinada (en las leyes de los visigodos) por nociones - filosóficas y bastante justas; descúbrense los esfuerzos de - un legislador ilustrado que lucha contra la violencia y la - irreflexión de las costumbres bárbaras: hallaremos de esto - un ejemplo muy notable comparando el título de _Caede et - morte hominum_, con las leyes correspondientes de los demás - pueblos. En las otras legislaciones, lo único que parece - constituir el delito es el daño; y el objeto de la pena es - la reparación material que resulta de la composición; pero, - entre los visigodos, se busca en el crimen su elemento moral - y verdadero, la intención. Los varios grados de criminalidad, - el homicidio absolutamente involuntario, el cometido por - inadvertencia, por provocación, con premeditación ó sin - ella, son clasificados y definidos igualmente bien, á poca - diferencia, que en nuestros códigos; y las penas están - señaladas en una proporción bastante equitativa. No satisfecha - con esto la justicia del legislador, intentó abolir, ó al - menos atenuar, la diversidad de valor legal establecida entre - los hombres por las otras leyes bárbaras; no conservándose - otra distinción que la de libre y de esclavo. Con respecto - á los libres, la pena no varía, ni por el origen ni por el - rango del muerto, sino únicamente por los diversos grados - de culpabilidad del asesino. Tocante á los esclavos, no - atreviéndose á quitar enteramente á los dueños el derecho - de vida y muerte, procuró restringirle, sujetándole á un - procedimiento público y regular. El texto de la ley merece ser - citado. - - «Si no debe quedar impune ningún culpable ó cómplice de un - crimen, con mucha más razón debe ser castigado quien haya - cometido un homicidio con malicia ó ligereza. Por lo que, - habiendo algunos dueños, que, en su orgullo, dan muerte á sus - esclavos, sin que éstos hayan cometido falta alguna, conviene - extirpar del todo semejante licencia, y ordenar que la - presente ley sea enteramente observada por todos. Ningún dueño - ni dueña podrá dar muerte á ninguno de sus esclavos, varones - ó hembras, ni á otro de sus dependientes, sin preceder juicio - público. Si un esclavo, ú otro serviente, comete un crimen que - pueda acarrearle pena capital, su amo, ó su acusador, darán - inmediatamente noticia del suceso al juez del lugar donde se - ha cometido el delito, ó al conde, ó al duque. Discutido el - asunto, si el crimen queda probado, el culpable sufrirá la - pena de muerte merecida: aplicándosela, ó el mismo juez ó el - propio dueño; pero haciéndose de tal suerte, que, si el juez - no quiere cuidar de la ejecución, extenderá por escrito la - sentencia de pena capital, y entonces el amo será dueño de - quitar la vida al esclavo, ó de perdonársela. A la verdad, si - el esclavo por una fatal audacia, resistiendo á su señor, ha - intentado herirle, con arma, piedra, ó de otra suerte, y éste, - defendiéndose, mata en su cólera al esclavo, no será reo de la - pena de homicidio, pero será necesario probar que el hecho ha - sucedido así, y esto por el testimonio ó el juramento de los - esclavos, varones ó hembras, que habrán estado presentes, ó - por el juramento del autor del hecho. Cualquiera que por pura - malicia matare á su esclavo, por su propia mano ó la de otro, - sin preceder juicio público, será declarado infame, incapaz - de ser testigo, y obligado á vivir el resto de sus días en el - destierro y en la penitencia, pasando sus bienes á sus más - próximos parientes llamados por la ley á sucederle. (_For. - Jud._, L. VI, Tit. V, L. 12.)» (Guizot, _Historia General de - la Civilización Europea_. Lección 6.) - - Con mucho gusto he copiado este texto de M. Guizot, por ser - una confirmación de lo que acabo de decir sobre la influencia - de la Iglesia con respecto á suavizar las costumbres, y de - lo que de ella llevo asentado en el tomo primero, tocante á - lo mucho que contribuyó á mejorar la suerte de los esclavos, - restringiendo las excesivas facultades de los dueños. Allí - dejé probada esta verdad con abundantes documentos, y por - consiguiente no necesito insistir aquí en demostrarla; - bastando á mi propósito en la actualidad el hacer observar - que M. Guizot está completamente de acuerdo en que la Iglesia - moralizó la legislación de los bárbaros, haciendo que en los - delitos no se considerase únicamente el daño que causaban, - sino la malicia que envolvían; es decir, elevando la acción - del orden físico al moral, y dando á las penas el verdadero - carácter de tales, no permitiendo que quedasen en la línea de - una reparación material. - - Por donde se echa de ver que el sistema criminal de los - bárbaros, que á primera vista parecía indicar un adelanto en - la civilización, procedía del escaso ascendiente que entre - ellos tenían los principios morales, y de que las miras del - legislador se elevaban muy poco sobre el orden puramente - material. - - Todavía hay otra observación que hacer en este punto, y es - que la misma lenidad con que se castigaban los delitos es - la mejor prueba de la facilidad con que se cometían. Cuando - en un país son muy raros los asesinatos, las mutilaciones y - otros atentados semejantes, son mirados con horror; y quien - de ellos se haga culpable, es castigado con severidad. Pero, - cuando el delito se repite á cada paso, pierde insensiblemente - su fealdad y negrura, se acostumbran á su repugnante aspecto, - no sólo los perpetradores, sino también los demás; y entonces - el legislador se siente naturalmente llevado á tratarle con - indulgencia. Esto nos lo demuestra la experiencia de cada día; - y no será difícil al lector el encontrar en la sociedad actual - repetidos delitos á que podría ser aplicable la observación - que acabo de hacer. Entre los bárbaros, era común el apelar - á las vías de hecho, no sólo contra las propiedades, sino - también contra las personas; por cuya razón era muy natural - que este linaje de delitos no fuesen mirados con la aversión - y hasta horror con que lo son en un pueblo donde, habiendo - prevalecido las ideas de razón, de justicia, de derecho, de - ley, no se concibe siquiera cómo pueda subsistir una sociedad - donde cada cual se considere facultado para hacerse justicia - por sí mismo. Así es que las leyes contra esos delitos debían - naturalmente ser benignas, contentándose el legislador con - la reparación del daño, sin cuidar mucho de la culpabilidad - del perpetrador. Esto tiene íntimas relaciones con lo dicho - más arriba sobre la conciencia pública; porque el legislador - es siempre, más ó menos, el órgano de esta misma conciencia. - Cuando en una sociedad es mirada una acción como un crimen - horrendo, no puede el legislador señalarle una pena benigna; - y, al contrario, no le es posible castigar con mucho rigor - lo que la sociedad absuelve ó excusa. Una que otra vez se - alterará esta proporción, una que otra vez desaparecerá dicha - harmonía; pero bien pronto las cosas volverán á su curso - regular, apartándose del camino que seguían con violencia. - Siendo las costumbres muy castas y puras, hay delitos que - andan cubiertos de execración é infamia; pero, en llegando - á ser muy corrompidas, los mismos actos, ó son mirados como - indiferentes, ó cuando más calificados de ligeros deslices. En - un pueblo donde las ideas religiosas ejerzan mucho predominio, - la violación de todo cuanto está consagrado al Señor es mirada - como un horrendo atentado, digno de los mayores castigos; pero - en otro donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la - misma violación no llegará á la esfera de los delitos comunes; - y, lejos de atraer sobre el culpable la justicia de la ley, - mucho será si le acarrea una ligera corrección de la policía. - - El lector no encontrará inoportuna esa digresión sobre la - legislación criminal de los bárbaros, si advierte que, - tratándose de examinar la influencia del Catolicismo en la - civilización europea, es indispensable atender á los otros - elementos que en la formación de ella se han combinado. - De otra suerte, sería imposible apreciar debidamente la - respectiva acción que en bien ó en mal ha cabido á cada uno - de ellos, y, por tanto, no se sacaría en limpio la parte que - puede vindicar como exclusivamente propia la Iglesia, ni - resolver la gran cuestión promovida por los partidarios del - Protestantismo, sobre las pretendidas ventajas acarreadas por - éste á las sociedades modernas. Las naciones bárbaras son uno - de esos elementos, y por esta causa es preciso ocuparse en - ellas con tanta frecuencia. - - [8] Pág. 161.--En los siglos medios, casi todos los - monasterios y colegios de canónigos tenían anejo un hospital, - no sólo para hospedar peregrinos, sino también para el - sustento y alivio de pobres y enfermos. No cabe más hermoso - símbolo de la religión cubriendo con su velo todo linaje de - infortunios, que el ver convertidas en asilo de miserables, - las casas consagradas á la oración y á la práctica de la más - sublimes virtudes. Cabalmente esto se verificaba en aquella - época en que el poder público, no sólo carecía de la fuerza y - luces necesarias para plantear una buena administración con - que acudir al socorro de los necesitados, sino que ni aun - alcanzaba á cubrir con su égida los más sagrados intereses de - la sociedad. Por donde se ve que, cuando todo era impotente, - la religión era todavía robusta y fecunda; cuando todo - perecía, la religión, no sólo se conservaba, sino que fundaba - establecimientos inmortales. Y nótese bien lo que repetidas - veces hemos observado ya: á saber, que la religión que estos - prodigios obraba, no era una religión vaga, abstracta; no era - el cristianismo de los protestantes, sino la religión con - todos sus dogmas, su disciplina, su jerarquía, su Pontífice - supremo, en una palabra, la Iglesia católica. - - Tan lejos estuvo la antigüedad de imaginar que el socorro del - infortunio pudiese encomendarse á sola la administración civil - ó á la caridad individual, que antes bien, como se ha indicado - ya, se consideró como muy conveniente que los hospitales - estuviesen sujetos á los obispos; es decir, que se procuró que - el ramo de beneficencia pública se entroncase en cierto modo - con la jerarquía de la Iglesia; y es de aquí que, por antigua - disciplina, los hospitales estaban sujetos á los obispos en lo - espiritual y en lo temporal; sin atenderse al estado clerical - ó seglar de las personas que cuidaban del establecimiento, ni - tampoco si se había erigido ó no por mandato del obispo. - - No es éste el lugar de referir las vicisitudes que sufrió - esta disciplina, ni las varias causas que las motivaron; - bastando observar que el principio fundamental, es decir, - la intervención de la autoridad eclesiástica en los - establecimientos de beneficencia, ha quedado siempre salvo; - y que nunca la Iglesia ha consentido que se la despojase del - todo de tan hermoso privilegio. Nunca ha creído que pudiese - mirar con indiferencia los abusos que en este punto se - introdujesen en perjuicio de los desgraciados; y así es que - se ha reservado cuando menos el derecho de acudir al remedio - de los males que resultasen de la malicia ó indolencia de - los administradores. A este propósito podemos notar que el - concilio de Viena establece que, si los administradores de - un hospital, clérigos ó legos, se portan con desidia en el - desempeño de su cargo, procedan contra ellos los obispos, - reformando y restaurando el hospital, por autoridad propia, si - no fuera exento, y, si lo fuere, por delegación pontificia. - El concilio de Trento otorgó también á los obispos la - facultad de visitar los hospitales, hasta como delegados de - la Sede Apostólica, en los casos concedidos por el derecho; - prescribiendo, además, que los administradores, clérigos ó - legos, den cada año cuentas al ordinario del lugar, á no - ser que se hubiese prevenido lo contrario en la fundación; - y ordenando que, si, por privilegio, costumbre ó estatuto - particular, las cuentas debiesen presentarse á otro que - al ordinario, al menos se reuna éste á los que hayan de - recibirlas. - - Prescindiendo de las varias modificaciones que en esta parte - hayan podido introducir las leyes y costumbres de diferentes - países, queda siempre en claro cuál ha sido la vigilancia de - la Iglesia sobre el punto de beneficencia; y que su espíritu - y sus máximas la han impelido á entrometerse en esta clase - de negocios, ora dirigiéndolos exclusivamente, ora acudiendo - al remedio del mal que veía introducirse. La potestad civil - reconoció los motivos de esa caritativa y santa ambición; y - así vemos que el emperador Justiniano no repara en conceder - á los obispos un poder público sobre los hospitales, - conformándose en esta parte á la disciplina de la Iglesia, y á - lo reclamado por la conveniencia pública. - - Hay en este punto un hecho notable, que es necesario consignar - aquí, señalando su provechosa influencia. Hablo de haber - sido considerados los bienes de los hospitales como bienes - eclesiásticos. Esto que á primera vista pudiera parecer - indiferente, está muy lejos de serlo; pues que, de esta - manera, quedaban esos bienes con los mismos privilegios que - los de la Iglesia, cubriéndose con una inviolabilidad que les - era tanto más necesaria, cuanto eran difíciles los tiempos, - y fecundos en tropelías y usurpaciones. La Iglesia, que, - por mucha que fuese la turbación pública, conservaba, no - obstante, grande autoridad y ascendiente sobre los gobiernos - y los pueblos, tenía de esta manera un título muy poderoso - y expedito para cubrir con su protección los bienes de los - hospitales, salvándolos, en cuanto era dable, de la rapacidad - de los potentados codiciosos. Y no se crea que esta doctrina - se introdujera con algún designio torcido, ni que fuese una - novedad inaudita esa especie de mancomunidad entre la Iglesia - y los pobres; muy al contrario, esa mancomunidad se hallaba - de tal modo en el orden regular, y tenía tanto fundamento - en las relaciones de aquélla con éstos, que, así como vemos - que los bienes de los hospitales eran considerados como - eclesiásticos, así, por un contraste notable, los bienes de la - Iglesia fueron llamados bienes de pobres. En tales términos - se expresan sobre este punto los Santos Padres, y de tal - manera se habían filtrado en el lenguaje estas doctrinas, que, - tratándose posteriormente de resolver la cuestión canónica - sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia, cuando unos - la atribuían directamente á Dios, otros al Papa, otros al - clero, no faltaron algunos que señalaron como verdaderos - propietarios á los pobres. Ciertamente que esta opinión no - era la más conforme á los principios de derecho; pero el sólo - verla figurar en el campo de la polémica, da lugar á graves - consideraciones. - - [9] Pág. 189.--He procurado, en cuanto ha cabido en mis - alcances, aclarar las ideas sobre la tolerancia, presentando - esta importante materia desde un punto de vista poco conocido; - para mayor ilustración de la misma, diré dos palabras sobre - la intolerancia religiosa y la civil, cosas enteramente - distintas, por más que Rousseau afirme resueltamente lo - contrario. La intolerancia religiosa, ó teológica, consiste - en aquella convicción que tienen todos los católicos de que - la única religión verdadera es la católica. La intolerancia - civil consiste en no sufrir en la sociedad otras religiones, - distintas de la católica. Bastan estas dos definiciones para - dejar convencido á cualquiera que no carezca de sentido común, - de que no non inseparables las dos clases de intolerancia: - siendo muy dable que hombres firmemente convencidos de la - verdad del Catolicismo, sufran á los que, ó tienen diferente - religión, ó no profesan ninguna. La intolerancia religiosa es - un acto del entendimiento, inseparable de la fe, pues quien - cree firmemente que su religión es verdadera, necesariamente - ha de estar convencido de que ella es la única que lo es, - pues que la verdad es una. La intolerancia civil es un acto - de la voluntad, que rechaza á los hombres que no profesan - la misma religión; y tiene diferentes resultados, según - la intolerancia está en el individuo ó en el gobierno. Al - contrario, la tolerancia religiosa es la creencia de que - todas las religiones son verdaderas, lo que, bien explicado, - significa que no hay ninguna que lo sea; pues que no es - posible que cosas contradictorias sean verdaderas al mismo - tiempo. La tolerancia civil es el consentir que vivan en paz - los hombres que tienen religión distinta; y, lo propio que la - intolerancia, produce también diferentes efectos, según está - en el individuo ó en el gobierno. - - Esta distinción, que por su claridad y sencillez está al - alcance de las inteligencias más comunes, fué, sin embargo, - desconocida por Rousseau, asegurando que era una vana ficción, - una quimera irrealizable, y que las dos intolerancias - no podían separarse una de otra. Si Rousseau se hubiese - contentado con observar que, generalizada en un país la - intolerancia religiosa, es decir, como arriba se ha explicado, - la firme convicción de que una religión es verdadera, se - ha de manifestar, así en el trato particular como en la - legislación, cierta tendencia á no sufrir á los que piensan - de otro modo, sobre todo cuando éstos son en número muy - reducido, su observación hubiera sido muy fecunda, y hubiera - coincidido con la opinión que llevo manifestada sobre este - punto, cuando me he propuesto señalar el curso natural que - siguen en esta materia las ideas y los hechos; pero Rousseau - no mira las cosas bajo este aspecto, sino que, dirigiendo - sus tiros al Catolicismo, afirma que las dos especies de - intolerancia son inseparables, porque «es imposible vivir en - paz con gentes á quienes se cree condenadas, y amarlas sería - aborrecer al Dios que las castiga». No es posible llevar más - allá la mala fe: en efecto, ¿quién le ha dicho á Rousseau que - los católicos creen condenado á nadie mientras vive, y que - amar á un hombre extraviado sería aborrecer á Dios? ¿Podía - ignorar que, antes al contrario, es un precepto indispensable, - es un dogma, para todo católico, el deber de amar á todos los - hombres? ¿Podía ignorar lo que saben hasta los niños por los - primeros rudimentos de la doctrina cristiana, que estamos - obligados á amar al prójimo como á nosotros mismos, y que por - la palabra prójimo se entienden todos los que han alcanzado - el cielo, ó pueden alcanzarle, de cuyo número no se excluye á - nadie mientras vive? Dirá Rousseau que al menos estamos en la - convicción de que, si mueren en aquel mal estado, se condenan; - pero no advierte que lo mismo pensamos de los pecadores, - aunque su pecado no sea el de herejía; y, sin embargo, nadie - ha soñado jamás que los católicos justos no puedan tolerar á - los pecadores, y de que se consideren obligados á odiarlos. No - se ha visto religión que más interés manifieste para convertir - á los malos; y tan lejos está la Iglesia católica de enseñar - que se deba aborrecerlos, que, antes bien, en los púlpitos, - en los libros, en la conversación se repiten mil veces las - palabras con que Dios nos manifiesta su voluntad de que los - pecadores no perezcan, que quiere su conversión y su vida, - que hay más alegría en el cielo por uno de ellos que haga - penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan - hacerla. - - Y no se crea que este hombre que así se expresaba contra - la intolerancia de los católicos, fuese partidario de una - completa tolerancia; muy al contrario, en la sociedad, tal - como él la imaginaba, quería que no se tolerasen, no los que - no profesasen la religión verdadera, sino los que se apartasen - de aquélla que al poder civil le pluguiese determinar. - «Mas, dejando aparte, dice, las consideraciones políticas, - vengamos al derecho, y fijemos los principios sobre este punto - importante. El derecho que el pacto social da al soberano - sobre los vasallos, no excede, como ya he dicho, los límites - de la utilidad pública. Los vasallos no deben dar cuenta al - soberano de sus opiniones, sino en cuanto ellas interesan á - la comunidad. Al Estado le importa que cada ciudadano tenga - una religión que le haga amar sus deberes; pero los dogmas de - esa religión no interesan ni al Estado ni á sus miembros, sino - en cuanto se refieren á la moral y á los deberes que el que - los profesa está obligado á cumplir para con los otros. Por - lo demás, cada uno puede tener las opiniones que le acomoden, - sin que pertenezca al soberano entender sobre esto; porque, - como no tiene competencia en el otro mundo, sea cual fuere la - suerte de los vasallos en la otra vida, esto no es asunto del - soberano, con tal que en ésta sean buenos ciudadanos. Hay, - pues, una profesión de fe, puramente civil, cuyos artículos - pertenece al soberano fijar; no precisamente como dogmas de - religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los que - es imposible ser buen ciudadano y fiel vasallo. Sin poder - obligar á nadie á creerlos, puede desterrar del Estado al - que no los crea, no como impío, sino como insociable, como - incapaz de amar sinceramente las leyes y la justicia, y de - sacrificar en caso necesario la vida á su deber. Si alguno, - después de haber reconocido públicamente estos dogmas, se - conduce como si no los creyera, sea castigado con pena de - muerte, porque ha cometido el mayor de los crímenes y mentido - delante de las leyes.» (_Con. Soc._, L. 4, c. 8.) Tenemos, - pues, que en último resultado viene á parar la tolerancia - de Rousseau á facultar al soberano para fijar los artículos - de fe, otorgándole el derecho de castigar con el destierro - y hasta con la muerte, á los que, ó no se conformen con las - decisiones del nuevo papa, ó se aparten de ellas después - de haberlas abrazado. Extraña como parece la doctrina de - Rousseau, no lo es tanto, sin embargo, que no entre en el - sistema general de todos los que no reconocen la supremacía - de un poder en materias religiosas. Rechazan esta supremacía - cuando se trata de atribuirla á la Iglesia católica, ó á su - Jefe, y por una contradicción la más chocante la conceden á - la potestad civil. Está curioso Rousseau cuando, al desterrar - ó matar al que se aparte de la religión formada por el - soberano, no quiere que estas penas se le apliquen como - impío, sino como insociable; Rousseau seguía un impulso, en - él muy natural, de no querer que sonase en algo la impiedad, - en tratando de la aplicación de castigos; pero al hombre que - sufriese el destierro ó pereciese en un cadalso, ¡qué le - importaba el nombre dado á su crimen! En el mismo capítulo se - le escapó á Rousseau una expresión que revela de un golpe á - dónde se enderezaba con tanto aparato de filosofía. «El que - se atreva á decir: _fuera de la Iglesia no hay salud_, debe - ser echado del Estado.» Lo que en otros términos significa - que la tolerancia debe ser para todo el mundo, excepto para - los católicos. Se ha dicho que el _Contrato Social_ fué el - código de la Revolución francesa: y en verdad que ésta no - echó en olvido lo que respecto de los católicos le prescribe - el _tolerante_ legislador. Pocos son en la actualidad los que - se atreven á declararse discípulos del filósofo de Ginebra, - bien que algunos de sus vergonzantes sectarios le prodiguen - todavía desmesurados elogios; pero, confiados en el buen - sentido del linaje humano, debemos esperar que la posteridad - en masa confirmará la nota con que todos los hombres de bien - han señalado al sofista trastornador, y al imprudente autor de - las _Confesiones_. - - Comparado el Protestantismo con el Catolicismo, me he visto - precisado á tratar de la intolerancia, porque éste es uno - de los cargos que con más frecuencia se hacen á la religión - católica; pero en obsequio de la verdad debo advertir que - no todos los protestantes han predicado una tolerancia - universal, y que muchos de ellos han reconocido el derecho de - reprimir y castigar ciertos errores. Grocio, Puffendorf, y - otros que rayan muy alto entre los sabios de que se gloría el - Protestantismo, han estado de acuerdo en este punto, siguiendo - el dictamen de toda la antigüedad, que se conformó siempre con - estos principios, así en la teoría como en la práctica. Se - ha clamado contra la intolerancia de los católicos, como si - ellos la hubiesen enseñado al mundo, como si fuera un monstruo - horrendo, que en ninguna parte se criara, sino allí donde - reina la Iglesia católica. Cuando no otras razones, al menos - la buena fe exigía que se recordase que el principio de la - tolerancia universal no había sido reconocido en ninguna parte - del mundo; y que, así en los libros de los filósofos, como en - los códigos de los legisladores, se encontraba consignado, - con más ó menos dureza, el principio de la intolerancia. - Ora se quisiese condenar este principio como falso, ora se - intentase restringirle, ó dejarle sin aplicación, al menos no - se debía levantar una acusación particular contra la Iglesia - católica, por una doctrina y conducta en que se ha formado, al - ejemplo de la humanidad entera. Así los pueblos cultos como - los bárbaros fueron culpables, si culpa en esto hubiera, y - lejos de recaer exclusivamente la mancha sobre los gobiernos - dirigidos por el Catolicismo y sobre los escritores católicos, - debiera caer sobre todos los gobiernos antiguos, inclusos - los de Grecia y de Roma; debiera caer sobre todos los sabios - de la antigüedad, inclusos Platón, Cicerón y Séneca; debiera - caer sobre los gobiernos y sabios modernos, inclusos los - protestantes. Teniendo esto presente, no hubieran parecido ni - tan erróneas las doctrinas, ni tan negros los hechos; así se - hubiera visto que la intolerancia, tan antigua como el mundo, - no era una invención de los católicos y que sobre todo el - mundo debía recaer la responsabilidad que de ella resultase. - - De cierto, la tolerancia, que tan general se ha hecho ahora - por las causas que llevo indicadas, no se resentirá de las - doctrinas más ó menos severas, más ó menos indulgentes, - que en esta materia se proclamen; pero, por lo mismo que - la intolerancia, tal como en otros tiempos se ejerciera, - ha pasado á ser un mero hecho histórico, que seguramente - nadie recela ver reproducido, conviene sobremanera entrar - en detenido examen de esa clase de cuestiones, para que - desaparezca el borrón que sobre la Iglesia católica han - pretendido echar sus adversarios. - - Viene aquí muy á propósito el recuerdo de la profunda - sabiduría contenida en la Encíclica del Papa contra las - doctrinas de Lamennais. Pretendía dicho escritor que la - tolerancia universal, la libertad absoluta de cultos, es - el estado normal y legítimo de las sociedades, del cual es - imposible separarse, sin atentar á los derechos del hombre y - del ciudadano. Impugnando Lamennais la citada Encíclica, se - empeñó en presentarla como fundadora de nuevas doctrinas, como - un ataque dirigido contra la libertad de los pueblos. No, el - Papa no asentó en la citada Encíclica otras doctrinas que las - profesadas hasta aquí por la Iglesia; y aun podría decirse - que las profesadas por todo gobierno en punto á tolerancia. - Ningún gobierno puede sostenerse, si se le niega el derecho - de reprimir las doctrinas peligrosas al orden social, ora se - cubran con el manto filosófico, ora se disfracen con el velo - de la religión. No se ataca tampoco por esto la libertad del - hombre; porque la única libertad digna de este título es - la libertad conforme á razón. El Papa no ha dicho que los - gobiernos no pudiesen tolerar en ciertos casos diferentes - religiones; pero no ha permitido que se asentase como - principio que la tolerancia absoluta fuese una obligación de - todos los gobiernos. Esta última proposición es contraria á - las sanas doctrinas religiosas, á la razón, á la práctica de - todos los gobiernos en todos tiempos y países, al buen sentido - de la humanidad. Nada han podido en contra todo el talento - y la elocuencia del malogrado escritor; y el Papa alcanzó - un asentimiento más solemne de todos los hombres sensatos - de cualesquiera creencias, desde que el genio obscureció - su frente con la obstinación, desde que su mano empuñó - decididamente el arma innoble del sofisma. Malogrado genio - que conserva apenas una sombra de sí mismo, que ha desplegado - las hermosas alas con que surcaba el azul de los cielos, y - revolotea cual ave siniestra sobre las aguas impuras de un - lago solitario. - - [10] Pág. 222.--Al hablar de la Inquisición de España, no me - he propuesto defender todos sus actos, ni bajo el aspecto - de la justicia, ni tampoco de la conveniencia pública. No - desconociendo las circunstancias excepcionales en que se - encontró, juzgo que hubiera procedido harto mejor, si, - imitando el ejemplo de la Inquisición de Roma, hubiese - ahorrado el derramamiento de sangre, en cuanto le hubiese - sido posible. Podía muy bien velar por la conservación de la - fe, podía prevenir los males que á la religión amenazaban - de parte de moros y judíos, podía preservar la España del - Protestantismo, sin desplegar ese excesivo rigor, que le - mereció graves reprensiones y amonestaciones de parte de los - Sumos Pontífices, que provocó reclamaciones de los pueblos, - que acarreó tantas apelaciones á Roma de los encausados y - condenados, y que suministró pretexto á los adversarios del - Catolicismo para acusar de sanguinaria una religión que tiene - horror á la efusión de sangre. Lo repito, no es responsable la - religión católica de ninguno de los excesos que en su nombre - se hayan podido cometer, y, cuando se habla de la Inquisición, - no se deben fijar principalmente los ojos en la de España, - sino en la de Roma. Allí donde reside el Sumo Pontífice, donde - se sabe cumplidamente cómo debe entenderse el principio de la - intolerancia, y cuál es el uso que de él debe hacerse, allí - la Inquisición ha sido en extremo benigna, indulgente; allí - es el punto donde menos ha sufrido la humanidad por motivo de - religión: y esto sin exceptuar ningún país, tanto aquellos - donde ha existido la Inquisición, como los que carecieron de - ella; tanto donde predominó la religión católica, como donde - prevaleció la protestante. Este hecho es indudable; y para - todo hombre de buena fe debe ser bastante para indicarle cuál - es en esta materia el espíritu del Catolicismo. - - Hago estas reflexiones en prueba de mi imparcialidad, y de que - no desconozco los males, ni dejo de confesarlos, dondequiera - que los vea. Esto no embargante, deseo que no se olviden los - hechos y observaciones que en el texto he aducido, así sobre - la Inquisición en sí misma, en las diferentes épocas de su - duración, como sobre la política de los reyes que la fundaron - y sostuvieron. Por lo mismo, copiaré aquí algunos documentos - que pueden arrojar mucha luz sobre tan importante materia. - He aquí en primer lugar el preámbulo de la Pragmática de D. - Fernando y D.ª Isabel para la expulsión de los judíos, donde - se explanan en pocas palabras los agravios que de ella recibía - la religión, y los peligros que por este motivo amenazaban al - Estado. - - Libro octavo. Título segundo. Lei II de la Nueva Recopilación. - D. Fernando i D.ª Isabel en Granada año 1492 á 30 de Marzo. - Pragmática. - - «Porque Nos fuimos informados que en estos nuestros Reinos - avia algunos malos Christianos, que judaizaban, y apostataban - de nuestra Santa Fé Cathólica, de lo qual era mucha causa - la comunicación de los Judíos con los Christianos, en las - Cortes que hicimos en la ciudad de Toledo el año pasado - de mil quatrocientos i ochenta años, mandamos apartar los - dichos Judíos en todas las Ciudades y Villas, i Lugares de - los nuestros Reinos, i Señoríos, en las Juderías, i lugares - apartados en donde viviesen i morasen, esperando que con - su apartamiento se remediarían otro sí avemos procurado, - i dado órden como se hiciese inquisición en los dichos - nuestros Reinos, la qual, como sabeis, ha mas de doce años - que se ha hecho, i hace, i por ello se han hallado muchos - culpantes, según es notorio: i según somos informados de - los Inquisidores, y de otras muchas personas Religiosas, i - Eclesiásticas, i Seglares, consta; i paresce el gran daño que - á los Christianos se ha seguido, i sigue, de la participación, - conversacion, i comunicacion que han tenido, i tienen con - los Judíos, los quales se prueba que procuran siempre por - quantas vias mas pueden de subvertir, i substraer de nuestra - Santa Fé Cathólica á los Fieles Christianos, i los apartar - della, i atraer i pervertir á su dañada creencia i opinión, - instruyéndoles en las ceremonias, i observancia de su lei, - haciendo ayuntamientos donde les lean, i enseñen lo que han - de creer, i guardar segun su lei, procurando de circuncidar - á ellos, i á sus hijos, dándoles libros por donde rezasen - sus oraciones, i declarándoles los ayunos que han de ayunar, - i juntándose con ellos á leer, i enseñándoles las Historias - de su lei, notificándoles las Pasquas antes que vengan, y - avisándoles lo que en ellas han de guardar, y hacer, dándoles, - y llevándoles de su casa el pan cenceño, y carnes muertas con - ceremonias, instruyéndoles de las cosas que se han de apartar, - assi en los comeres como en las otras cosas, por observancia - de su lei, i persuadiéndoles en quanto pueden que tengan, i - guarden la lei de Moysés, haciéndoles entender que no hai otra - lei, i ni verdad salvo aquella; lo qual consta por muchos - dichos, i confesiones, assi de los mismos Judíos, como de - los que fueron pervertidos, i engañados por ellos, lo qual ha - redundado en gran daño, i detrimento, i oprobio de nuestra - Santa Fé Cathólica: i como quiera que de mucha parte destos - fuimos informados antes de agora, i conoscimos que el remedio - verdadero de todos estos daños, e inconvenientes, está en - apartar del todo la comunicacion de los dichos Judíos con los - Christianos, i echarlos de todos nuestros Reinos, quisímosnos - contentar con mandarlos salir de todas las Ciudades, i Villas, - i Lugares de Andalucía, donde parescia que avia hecho mayor - daño, creyendo que aquello bastaria para que los de las - otras Ciudades, i Villas, i Lugares de los nuestros Reinos, - i Señoríos, cessassen de hacer, y cometer lo susodicho, i - porque somos informados que aquello, ni las justicias que se - han hecho en algunos de los dichos Judíos, que se han hallado - muy culpantes en los dichos crímenes, i delitos contra nuestra - Santa Fé Cathólica, no basta para entero remedio: para obviar - i remediar como cesse tan gran oprobio, i ofensa de la Fé, i - Religion Christiana, i porque cada dia se halla, i paresce - que los dichos Judíos creen en continuar su malo, i dañado - propósito á donde viven, i conversan, i porque no aya lugar - de mas ofender á nuestra Santa Fe Cathólica, assi en los que - hasta aqui Dios ha querido guardar, como en los que cayeron, i - se enmendaron, i reduxeron á la Santa Madre Iglesia, lo qual, - segun la flaqueza de nuestra humanidad, i sujescion diabólica, - que continuo nos guerrea, ligeramente podria acaescer, si la - principal causa desto no se quita, que es echar los dichos - Judíos de nuestros Reinos; i porque quando algun grave, i - detestable crimen es cometido por algunos de algun Colegio, i - Universidad, es razon que el tal Colegio, i Universidad sea - disuelto, y aniquilado, i los menores por los mayores, i los - unos por los otros sean punidos; i aquellos que pervierten el - bien, i honesto vivir de las Ciudades, i Villas por contagio, - que pueda dañarse á los otros, sean expelidos de los pueblos, - i aun por otras mas leves causas que sean en daño de la - República, quanto mas por el mayor de los crímenes, i mas - peligroso, i contagioso, como lo es este: Por ende Nos, con - consejo, i parecer de algunos Prelados.» - - No se trata aquí de examinar si en estas inculpaciones hechas - á los judíos pudo haber ó no alguna parte de exageración: - bien que, según todas las apariencias, debía de haber en esto - un gran fondo de verdad, atendida la situación en que se - encontraban los dos pueblos rivales. Y nótese que, si bien - en el preámbulo de la Pragmática se abstienen los monarcas - de achacar á los judíos cien y cien otros cargos que les - hacía la generalidad del pueblo, no dejaba por esto de andar - muy válida la fama de ellos, y que, por consiguiente, debía - influir sobremanera en agravar la situación de los judíos, y - en inclinar el ánimo de los reyes á tratarlos con dureza. - - Por lo que toca á la desconfianza con que debían de ser - mirados los moros y sus descendientes, á más de los hechos ya - indicados, pueden todavía presentarse otros que manifiestan - la disposición de los ánimos que hacía mirar á esos hombres - como si estuvieran en conspiración permanente contra los - cristianos viejos. Cerca de un siglo había transcurrido desde - la conquista de Granada, y vemos que todavía se abrigaban - recelos de que aquel reino era el centro de las asechanzas - dirigidas por los moros contra los cristianos, saliendo de - allí los avisos, y los auxilios necesarios para que en las - costas pudiesen cometerse contra personas indefensas toda - clase de tropelías. Véase lo que decía Felipe II, en 1567. - - Libro octavo. Título segundo, de la Nueva Recopilación. - - Lei XX. Que pone graves penas á los naturales del Reino de - Granada, que encubrieren, ó acogieren ó favorecieren Turcos, - ó Moros, ó Judíos, ó les dieren avisos, ó se escribieren con - ellos. - - «D. Phelipe II, en Madrid á 10 de Diciembre de 1567 años. - - Porque avemos sido informados que no embargante lo que para - defensa, i seguridad de los mares, i costas de nuestros Reinos - tenemos proveido ansi en mar, como en tierra, especialmente en - el Reino de Granada, los Turcos, Moros, Corsarios, i allende - han hecho, i hacen en el dicho Reino en los puertos, i costas, - y lugares marítimos, i cercanos á ellos, los robos, males, - i daños, i captiverios de Christianos que son notorios, lo - cual diz que han podido, i pueden hacer con facilidad, i - seguridad, mediante el trato, é inteligencia que han tenido - i tienen con algunos naturales de la tierra, los quales los - avisan, i guian, acogen i encubren, i les dan favor, i ayuda, - passándose algunos dellos allende con los dichos Moros, i - Turcos, i llevando consigo sus mugeres, hijos, i ropa, i los - Christianos, i ropa dellos que pueden aver, i que otros de - los dichos naturales, que han sido partícipes, i sabidores, - se quedan en la tierra, i no han sido, ni son castigados, ni - parece que esto está proveido con el rigor, i tan entera, i - particularmente como convendria, i ai mucha dificultad en la - averiguacion, é informacion, i aun descuido, i negligencia en - las Justicias, i Jueces que lo avian de inquirir, i castigar; - i aviéndose sobre esto tratado i platicado en el nuestro - Consejo, para que se proveyese en ello, como en cosa que - tanto importa al servicio de Dios nuestro Señor, i nuestro, i - bien público; y con Nos consultado, fué acordado que deviamos - mandar dar esta nuestra Carta... etc., etc.» - - Pasaban los años y la ojeriza entre los dos pueblos continuaba - todavía; y á pesar de los muchos quebrantos sufridos por la - raza mahometana, no se daban por satisfechos los cristianos. - Es muy probable que un pueblo que había sufrido, y estaba - sufriendo, tantas humillaciones, probaría á vengarse; y así - no se hace tan difícil el creer la verdadera existencia de - las conspiraciones que se les achacaban. Como quiera, la fama - de ellas era general, y el gobierno se hallaba seriamente - alarmado con este motivo. Léase, en comprobación, lo que - decía Felipe III en 1609, en la ley para la expulsión de los - moriscos. - - Libro octavo. Título segundo, de la Nueva Recopilación. - - Lei XXV. Por la qual fueron echados los Moriscos del Reino; - las causas que para ello hubo, y medio que se tubo en su - execucion. - - «D. Phelipe III, en Madrid á 9 de Diciembre de 1609. - - Aviéndose procurado por largo discurso de tiempo la - conservacion de los Moriscos en estos Reinos, i executádose - diversos castigos por el Santo Oficio de la Santa Inquisicion, - i concedídose muchos Edictos de gracia, no omitiendo medio, ni - diligencia para instruirlos en nuestra Santa Fé, sin averse - podido conseguir el fruto que se deseaba, pues ninguno se ha - convertido, antes ha crecido su obstinacion; i aun el peligro - que amenazaba á nuestros Reinos, de conservarlos en ellos, se - Nos presentó por personas mui doctas, i mui temerosas de Dios, - lo que convenia poner breve remedio; i que la dilacion podria - gravar nuestra Real conciencia, por hallarse mui ofendido - nuestro Señor de esta gente, asegurándonos que podríamos sin - ningún escrúpulo castigarlos en las vidas, i en las haciendas, - porque la continuacion de sus delitos, los tenia convencidos - de hereges, i apóstatas, i proditores de lesa Magestad - Divina i humana: i aunque por esto pudiera proceder contra - ellos con el rigor, que sus culpas merecen, todavía deseando - reducirlos por medios suaves y blandos, mandé hacer en la - ciudad, i Reino de Valencia una Junta del Patriarca, i otros - prelados, i personas doctas para que viessen lo que se podria - encaminar, i disponer, i aviéndose entendido que al mismo - tiempo que se estaba tratando de su remedio, los de aquel - Reino, i los de estos passaban adelante con su dañado intento, - i sabiéndose por avisos ciertos, i verdaderos que han enviado - á Constantinopla á tratar con el Turco, ir á Marruecos con - el Rei Buley Fidon, que embiassen á estos Reinos las mayores - fuerzas, que pudiesen en su ayuda, i socorro, asegurándoles - que hallarian en ellos ciento i cinquenta mil hombres, tan - Moros como los de Berberia, que los assistirian con las vidas, - i haciendas, persuadiendo la facilidad de la empresa; aviendo - también intentado la misma plática con Hereges, i otros - Príncipes enemigos nuestros; i atendiendo á todo lo susodicho, - i cumpliendo con la obligacion que tenemos de conservar, i - mantener en nuestros Reinos la Santa Fé Cathólica Romana, i la - seguridad, paz i reposo de ellos en el parecer, i consejo de - varones doctos, i de otras personas mui zelosas del servicio - de Dios, i mio: mandamos que todos los Moriscos habitantes en - estos Reinos, assi hombres, como mugeres, i niños de cualquier - condicion, etc.» - - He dicho que los Papas procuraron ya desde un principio - suavizar los rigores de la Inquisición de España, ora - amonestando á los reyes y á los inquisidores, ora admitiendo - las apelaciones de los encausados y condenados. He añadido - también que la política de los reyes, quienes temían que las - innovaciones religiosas acarreasen perturbación pública, - había embarazado á los Papas para que no pudiesen llevar - tan allá como hubieran deseado, sus medidas de benignidad é - indulgencia; en apoyo de esta aserción escogeré entre otros - documentos uno que manifiesta la irritación de los reyes de - España por el amparo que en Roma encontraban los encausados - por la Inquisición. - - Lib. 8. Tit. 3. Ley 2, de la Nueva Recopilación. - - Que los condenados por la Inquisición, que están ausentados - de estos Reinos, no vuelvan á ellos, so pena de muerte, y - perdimiento de bienes. - - «D. Fernando i D.ª Isabel en Zaragoza á 2 de Agosto año 1498. - Pragmática. - - Porque algunas personas condenadas por Hereges por los - inquisidores se ausentan de nuestros Reinos, i se van á otras - partes, donde con falsas relaciones, i formas indevidas - han impetrado subrepticiamente exenciones, i absoluciones, - comissiones, i seguridades, i otros privilegios, á fin de se - eximir de las tales condiciones, i penas en que incurrieron, - i se quedar con sus errores, i con esto tientan de bolver - á estos nuestros Reinos; por ende, queriendo extirpar tan - grande mal, mandamos que no sean osadas las tales personas - condenadas de bolver, ni buelvan, ni tornen á nuestros Reinos, - i señoríos, por ninguna vía, manera, causa, ni razón que - sea, so pena de muerte y perdimiento de bienes: en la qual - pena queremos, i mandamos que por ese mismo hecho incurran; - i que la tercia parte de los dichos bienes sea para la - persona que lo acusare, i la tercia parte para la Justicia, - i la otra tercia para la nuestra Cámara; i mandamos á las - dichas Justicias, i á cada una, i cualquier dellas en sus - Lugares, i jurisdicciones, que cada i quando supiesen que - algunas de las personas susodichas estuvieren en algún Lugar - de su jurisdiccion, sin esperar otro requerimiento; vayan á - donde la tal persona estuviese, i le prendan el cuerpo, i - luego sin dilacion executen i hagan executar en su persona, - i bienes las dichas penas por Nos puestas, segun que dicho - es; no embargante qualesquier exenciones, reconciliaciones, - seguridades, i otros privilegios que tengan, los quales en - este caso, quanto á las penas susodichas, no les pueden - sufragar; i esto mandamos que hagan, i cumplan assi, so pena - de perdimiento, i confiscacion de todos sus bienes; en la - qual pena incurran qualesquier otras personas, que á las - tales personas encubrieren, ó receptaren, ó supieren donde - están, i no lo notificaren á las dichas nuestras Justicias: - i mandamos á qualesquier Grandes, i Concejos, i otras - personas de nuestros Reinos que den favor i ayuda á nuestras - Justicias, cada i quando que se la pidieren, i menester fuere, - para cumplir i executar lo susodicho, so las penas, que las - Justicias sobre ellos les pusieren.» - - Conócese por el documento que se acaba de copiar que ya en - 1498 habían llegado las cosas á tal punto, que los reyes se - proponían sostener á todo trance el rigor de la Inquisición; y - que se daban por ofendidos de que los Papas se entrometiesen - en suavizarle. Esto indica de dónde procedía la dureza con - que eran tratados los culpables, y revela, además, una de las - causas por que la Inquisición de España usó algunas veces de - sus facultades con excesiva severidad. Bien que no era un - mero instrumento de la política de los reyes, como han dicho - algunos, sentía más ó menos la influencia de ella; y sabido es - que la política, cuando se trata de abatir á un adversario, - no suele mostrarse demasiado compasiva. Si la Inquisición de - España se hubiese hallado entonces bajo la exclusiva autoridad - y dirección de los Papas, mucho más templada y benigna hubiera - sido en su conducta. - - A la sazón el empeño de los reyes de España era que los - juicios de la Inquisición fuesen definitivos, y sin apelación - á Roma; así lo había pedido expresamente al Papa la reina - Isabel, y á esto no sabían avenirse los Sumos Pontífices, - previendo sin duda el abuso que podría hacerse de arma tan - terrible, el día que le faltase el freno de un poder moderador. - - Por los hechos que se acaban de apuntar queda en claro con - cuánta verdad he dicho que, si se excusaba la conducta de - Fernando é Isabel por lo tocante á la Inquisición, no se podía - acriminar la de Felipe II, porque más severos, más duros, se - mostraron los Reyes Católicos que no este monarca. Ya llevo - indicado el motivo por que se ha condenado tan despiadadamente - la conducta de Felipe II; pero es necesario demostrar también - por que se ha ostentado cierto empeño en excusar la de - Fernando é Isabel. - - Cuando se quiere falsear un hecho histórico, calumniando una - persona ó una institución, es menester comenzar afectando - imparcialidad y buena fe; para lo cual sirve en gran manera - el manifestarnos indulgentes con lo mismo que nos proponemos - condenar; pero haciéndolo de manera que esta indulgencia - resalte como una concesión hecha gratuitamente á nuestros - adversarios, ó como un sacrificio que de nuestras opiniones - y sentimientos hacemos, en las aras de la razón y de la - justicia, que son nuestra guía y nuestro ídolo. En tal caso - predisponemos al lector ú oyente á que mire la condenación - que nos proponemos pronunciar como un fallo dictado por la - más estricta justicia, y en que ninguna parte ha cabido - ni á la pasión, ni al espíritu de parcialidad, ni á miras - torcidas. ¿Cómo dudar de la buena fe, del amor á la verdad, - de la imparcialidad de un hombre, que empieza excusando lo - que, según todas las apariencias, atendidas sus opiniones, - debiera anatematizar? He aquí la situación de los hombres de - quienes estamos hablando; proponíanse atacar la Inquisición, - y cabalmente encontraban que la protectora de este tribunal, - y en cierto modo la fundadora, había sido la reina Isabel, - nombre esclarecido que los españoles han pronunciado siempre - con respeto, reina inmortal que es uno de los más bellos - ornamentos de nuestra historia. ¿Qué hacer en semejante - apuro? El medio era expedito: nada importaba que los judíos - y los herejes hubiesen sido tratados con el mayor rigor en - tiempo de los Reyes Católicos, nada obstaba que esos monarcas - hubiesen llevado más allá su severidad que los demás que les - sucedieron; era necesario cerrar los ojos sobre estos hechos, - y excusar la conducta de aquéllos, haciendo notar los graves - motivos que los impulsaron á emplear el rigor de la justicia. - Así se orillaba la dificultad de echar un borrón sobre la - memoria de una gran reina, querida y respetada de todos los - españoles, y se dejaba más expedito el camino para acriminar - sin misericordia á Felipe II. Este monarca tenía contra sí - el grito unánime de todos los protestantes, por la sencilla - razón de que había sido su más poderoso adversario; y así no - era difícil lograr que sobre él recayese todo el peso de la - execración. Esto descifra el enigma, esto explica la razón de - tan injusta parcialidad, esto revela la hipocresía de opinión, - que, excusando á los Reyes Católicos, condena sin apelación á - Felipe II. - - Sin vindicar en un todo la política de este monarca, llevo - presentadas algunas consideraciones, que pueden servir á - templar algún tanto los recios ataques que le han dirigido - sus adversarios; sólo me falta copiar aquí los documentos á - que he aludido, para probar que la Inquisición no era un mero - instrumento de la política de este príncipe, y que él no se - propuso establecer en España un sistema de obscurantismo. - - Don Antonio Pérez en sus _Relaciones_, en las notas á una - carta del confesor del rey, fray Diego de Chaves, en la - que éste afirma que el príncipe seglar tiene poder sobre - la vida de sus súbditos y vasallos, dice: «No me meteré en - decir lo mucho que he oído sobre la calificación de algunas - proposiciones de estas que no es de mi profesión. Los de ella - se lo entenderán luego, en oyendo el sonido; solo diré que, - estando yo en Madrid, salió condenada por la Inquisición - una proposición que uno, no importa decir quién, afirmó en - un sermón en San Hierónimo de Madrid en presencia del rey - católico; es á saber: _Que los reyes tenían poder absoluto - sobre las personas de sus vasallos y sobre sus bienes_. - Fué condenado, demás de otras particulares penas, en que - se retratase públicamente en el mismo lugar con todas las - ceremonias de auto jurídico. Hízolo así en el mismo púlpito; - diciendo que él había dicho la tal proposición en aquel día. - Que él se retrataba de ella, como de proposición errónea. - _Porque, señores_ (así dijo recitando por un papel), _los - reyes no tienen más poder sobre sus vasallos, del que les - permite el derecho divino y humano, y no por su libre y - absoluta voluntad_. Y aun sé el que calificó la proposición, - y ordenó las mismas palabras que había de referir el reo, - con mucho gusto del calificante, porque se arrancaba yerba - tan venenosa, que sentía que iba cresciendo. Bien se ha ido - viendo. El maestro Fray Hernando del Castillo (éste nombraré) - fué el que ordenó lo que recitó el reo, que era consultor del - Santo Oficio, predicador del rey, singular varón en doctrina - y elocuencia, conocido y estimado mucho de su nación y de - la italiana en particular. De éste decía el doctor Velasco, - grave persona de su tiempo, que no había vihuela en manos de - Fabricio Dentici tan suave como la lengua del maestro fray - Hernández del Castillo en los oídos.» - - Y pág. 47 en texto. «Yo sé que las calificaron por muy - escandalosas personas gravísimas en dignidad, en letras, en - limpieza de pecho cristiano, entre ellas persona que en España - tenía lugar supremo en lo espiritual, y que había tenido - oficio antes en el juicio supremo de la Inquisición.» Después - dice que esta persona era el Nuncio de Su Santidad. - - - (Relaciones de Antonio Pérez.) París 1624. - - El notable pasaje de la citada carta de Felipe II al doctor - don Benito Arias Montano, dice así: - - «Lo que vos el Dr. etc. mi capellan, aveis de hacer en Ambares - adonde os enviamos.» - - Fecha de Madrid 25 de Marzo de 1568. - - «Demás de hacer al dicho Plantino esta comodidad y buena obra, - es bien que lleveis entendido que desde ahora tengo aplicados - los seis mil escudos que se le prestan para que como se vayan - cobrando dél, se vayan empleando en libros para el Monasterio - de San Lorenzo el Real de la orden de San Gerónimo, que yo - hago edificar cerca del Escorial, como sabeis. Y así habéis de - ir advertido de este mi fin é intención, para que conforme á - ella hagais diligencia de recoger todos los libros exquisitos, - así impresos como de mano, que vos (como quien tan bien lo - entiende) viéredes que serán convenientes para los traer y - poner en la librería de dicho Monasterio: porque esta es una - de las más principales riquezas que yo querria dejar á los - religiosos que en él hubieren de residir, como la más útil y - necesaria. Y por eso he mandado también á D. Francés de Alaba, - mi embajador en Francia, que procure de haber los mejores - libros que pudiere en aquel reyno y vos habéis de tener - inteligencia con él sobre esto que yo le mandaré escribir que - haga lo mismo con vos; y que antes de comprarlos os envie la - lista de los que se hallaren, y de los precios de ellos para - que vos le advirtais de los que habrá de tomar y dejar, y lo - que podrá dar por cada uno de ellos, y que os vaya enviando - á Amberes los que así fuere comprando, para que vos los - reconozcais, y envieis acá todos juntos á su tiempo.» - - En el reinado de Felipe II, de ese Monarca que se nos pinta - como uno de los principales autores del obscurantismo, se - buscaban en los reinos extranjeros los libros exquisitos, - así impresos como de mano, para traerlos á las librerías - españolas; en nuestro siglo, que apellidamos de ilustración, - se han despojado las librerías españolas, y sus preciosidades - han ido á parar á las extranjeras. ¿Quién ignora el acopio que - de nuestros libros y manuscritos se ha hecho en Inglaterra? - Consúltense los Indices del Museo de Londres y de otras - bibliotecas particulares: el que escribe estas líneas habla - de lo que ha visto con sus propios ojos, y de que ha oído - lamentar á personas respetables. Cuando tan negligentes - nos mostramos en conservar nuestros tesoros, no seamos tan - injustos y tan pueriles, que nos entretengamos en declamar - vanamente contra aquellos mismos que nos los legaron. - - - FIN DE LAS NOTAS - - - - - ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS Y MATERIAS - DEL - TOMO SEGUNDO - - - PÁG. - - Capítulo XX. Cuadro de la civilización moderna. Bosquejo - de las civilizaciones no cristianas. Tres elementos de la - civilización: individuo, familia, sociedad. La perfección de - estos tres elementos dimana de las doctrinas. 4 - - Cap. XXI. Distinción entre el individuo y el ciudadano. - Individualismo de los bárbaros, según M. Guizot. Si este - individualismo perteneció exclusivamente á los bárbaros. - Naturaleza y origen de este sentimiento. Sus modificaciones. - Cuadro de la vida de los bárbaros. Verdadero carácter de su - individualismo. Confesión de M. Guizot. Este sentimiento le - tenían en algún modo todos los pueblos antiguos. 7 - - Cap. XXII. El respeto al hombre, en cuanto hombre, - desconocido de los antiguos. Analogía de esta particularidad - de los antiguos, con un fenómeno de las revoluciones - modernas. Tiranía del poder público sobre los intereses - privados. Explicación de un doble fenómeno que se nos - presenta en las sociedades antiguas y en las modernas - no cristianas. Opinión de Aristóteles. Carácter de la - democracia moderna. 25 - - Cap. XXIII. En la primitiva Iglesia tenían los fieles el - sentimiento de la verdadera independencia. Error de M. - Guizot sobre este punto. Dignidad de la conciencia sostenida - por la sociedad cristiana. Sentimiento del deber. Sublimes - palabras de San Cipriano. Desarrollo de la vida interior. - Defensa del libre albedrío por la Iglesia católica. - Importancia de este dogma para realzar la dignidad del - hombre. 36 - - Cap. XXIV. Ennoblecimiento de la mujer, debido - exclusivamente al Catolicismo. Medios empleados por la - Iglesia para realizarla. Doctrina cristiana sobre la - dignidad de la mujer. Monogamia. Diferente conducta - del Catolicismo y del Protestantismo sobre este punto. - Firmeza de Roma con respecto al matrimonio. Sus efectos. - Indisolubilidad del matrimonio. Del divorcio entre los - protestantes. Efectos del dogma católico, que mira el - matrimonio como verdadero sacramento. 45 - - Cap. XXV. Pretendido rigor del Catolicismo con respecto á - los esposos desgraciados. Dos sistemas para dirigir las - pasiones. Sistema protestante. Sistema católico. Ejemplos. - Pasión del juego. Explosión de las pasiones en tiempos - turbulentos. La causa. El amor. Carácter de esta pasión. El - matrimonio por sí solo no es un freno suficiente. Lo que - debe ser el matrimonio para que sirva de freno. _Unidad y - fijeza_ de las doctrinas y conducta del Catolicismo. Hechos - históricos. Alejandro, César, Napoleón. 53 - - Cap. XXVI. La virginidad. Doctrinas y conducta del - Catolicismo en este punto. Id. del Protestantismo. Id. de la - filosofía incrédula. Origen del principio fundamental de la - economía política inglesa. Consideraciones sobre el carácter - de la mujer. Relaciones de la doctrina sobre la virginidad - con el realce de la mujer. 67 - - Cap. XXVII. Examen de la influencia del feudalismo en - realzar la mujer europea. Opinión de M. Guizot. Origen de su - error. El amor del caballero. Espíritu de la caballería. El - respeto de los germanos por las mujeres. Análisis del famoso - pasaje de Tácito. Consideraciones sobre este historiador. - César, su testimonio sobre los bárbaros. Dificultad de - conocer bien el estado de la familia y de la sociedad entre - los bárbaros. El respeto de que disfruta la mujer europea - es debido al Catolicismo. Distinción del Cristianismo y - Catolicismo; por qué se hace necesaria. 75 - - Cap. XXVIII. La conciencia pública. Su verdadera idea. - Causas que la forman. Comparación de la conciencia pública - de las sociedades modernas con la de las antiguas. - La conciencia pública es debida á la influencia del - Catolicismo. Medios de que éste se sirvió para formarla. 91 - - Cap. XXIX. Examen de la teoría de Montesquieu sobre los - principios en que se fundan las varias formas de gobierno. - Los antiguos censores. Por qué no los han tenido las - sociedades modernas. Causas que en este punto extraviaron á - Montesquieu. Su equivocación sobre el honor. Este honor bien - analizado es el respeto á la conciencia pública. Ilustración - de la materia con hechos históricos. 98 - - Cap. XXX. Dos maneras de considerar el Cristianismo, como - una doctrina y como institución. Necesidad que tiene toda - idea de realizarse en una institución. Vicio radical del - Protestantismo bajo este aspecto. La predicación. El - sacramento de la Penitencia. Influencia de la confesión - auricular en conservar y acendrar la moralidad. Observación - sobre los moralistas católicos. Fuerza de las ideas. - Fenómenos que ofrecen. Necesidad de las instituciones, no - sólo para enseñar, sino también para aplicar las doctrinas. - Influencia de la prensa. Intuición, discurso. 109 - - Cap. XXXI. Suavidad de costumbres, en qué consiste. - Diferencia entre costumbres suaves y costumbres muelles. - Influencia de la Iglesia católica en suavizar las - costumbres. Comparación entre las sociedades paganas y las - cristianas. Esclavitud. Potestad patria. Juegos públicos. - Una reflexión sobre los _Toros_ de España. 123 - - Cap. XXXII. Elementos que se combinaron para perpetuar la - dureza de costumbres en las sociedades modernas. Conducta - de la Iglesia sobre este punto. Cánones y hechos notables. - San Ambrosio y el emperador Teodosio. La tregua de Dios. - Disposiciones muy notables de la autoridad eclesiástica - sobre este punto. 130 - - Cap. XXXIII. Beneficencia pública. Diferencia del - Protestantismo y del Catolicismo con respecto á ella. - Paradoje de Montesquieu. Cánones notables sobre este punto. - Daños acarreados en esta parte por el Protestantismo. Lo que - vale la filantropía. 148 - - Cap. XXXIV. Intolerancia. Mala fe que ha presidido á esta - cuestión. Definición de la tolerancia. Tolerancia de - opiniones, de errores. Tolerancia del individuo. Tolerancia - en los hombres religiosos y en los incrédulos. De dónde - nace en unos y otros. Dos clases de hombres religiosos y de - incrédulos. Tolerancia en la sociedad; de dónde nace. Origen - de la tolerancia que reina en las sociedades actuales. 161 - - Cap. XXXV. La intolerancia es un hecho general en la - historia. Diálogo con los partidarios de la tolerancia - universal. Consideraciones sobre la existencia y el - origen del derecho de castigar doctrinas. Resolución de - esta cuestión. Funesta influencia del Protestantismo y - de la incredulidad en esta materia. Justificación de la - importancia dada por el Catolicismo al pecado de herejía. - Inconsecuencia de los volterianos vergonzantes. Otra - observación sobre el derecho de castigar doctrinas. Resumen. 174 - - Cap. XXXVI. La Inquisición. Instituciones y legislaciones de - intolerancia. Causas del rigor desplegado en los primeros - siglos de la Inquisición. Tres épocas de la Inquisición de - España: contra los judíos y moros, contra los protestantes, - y contra los incrédulos. Judíos; causas del odio con que - eran mirados. Rigores de la Inquisición; sus causas. - Conducta de los Papas en este negocio. Lenidad de la - Inquisición de Roma. Principios intolerantes de Lutero con - respecto a los judíos. Moros y moriscos. 189 - - Cap. XXXVII. Nueva Inquisición atribuída á Felipe II. El P. - Lacordaire. Parcialidad contra Felipe II. Una observación - sobre la obra titulada _La Inquisición sin máscara_. Rápida - ojeada sobre aquella época. Causa de Carranza; observaciones - sobre la misma, y sobre las calidades personales del ilustre - reo. Origen de la parcialidad contra Felipe II. Reflexiones - sobre la política de este monarca. Curiosa anécdota de un - predicador obligado á retractarse. Reflexiones sobre la - influencia del espíritu del siglo. 204 - - - - - ÍNDICE DE LAS NOTAS - - - PÁG. - - (1) 223 - - (2) 227 - - (3) 229 - - (4) 231 - - (5) 231 - - (6) 233 - - (7) 234 - - (8) 238 - - (9) 240 - - (10) 245 - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of El Protestantismo comparado con el -Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2), by Jaime Luciano Balmes - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PROTESTANTISMO COMPARADO *** - -***** This file should be named 59797-8.txt or 59797-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/5/9/7/9/59797/ - -Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals and the Online -Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This -file was produced from images generously made available -by The Internet Archive/Canadian Libraries) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact - -For additional contact information: - - Dr. Gregory B. Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. 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