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-The Project Gutenberg EBook of El Protestantismo comparado con el
-Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2), by Jaime Luciano Balmes
-
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-Title: El Protestantismo comparado con el Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2)
-
-Author: Jaime Luciano Balmes
-
-Release Date: June 23, 2019 [EBook #59797]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PROTESTANTISMO COMPARADO ***
-
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-
-Produced by Carlos Colon, Josep Cols Canals and the Online
-Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
-file was produced from images generously made available
-by The Internet Archive/Canadian Libraries)
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- EL PROTESTANTISMO
- COMPARADO CON
- EL CATOLICISMO
-
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- Obras del Dr. D. Jaime Balmes, Pbro.
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- EL PROTESTANTISMO
- COMPARADO CON
- EL CATOLICISMO
-
-
- EN SUS RELACIONES CON
- LA CIVILIZACIÓN EUROPEA
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- DÉCIMA EDICIÓN
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- TOMO PRIMERO
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- BARCELONA
- IMPRENTA DEL «DIARIO DE BARCELONA»
- CALLE DE LA LIBRETERÍA, N.º 22
- 1921
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- ES PROPIEDAD
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-PRÓLOGO
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-
-Entre los muchos y gravísimos males que han sido el necesario resultado
-de las hondas revoluciones modernas, figura un bien sumamente precioso
-para la ciencia, y que probablemente no será estéril para el linaje
-humano: la _afición á los estudios que tienen por objeto al hombre y
-la sociedad_. Tan recios han sido los sacudimientos, que la tierra,
-por decirlo así, se ha entreabierto bajo nuestras plantas; y la
-inteligencia humana, que poco antes marchaba altiva y desvanecida
-sobre una carroza triunfal, no oyendo más que vítores y aplausos, y
-como abrumada de laureles, se ha estremecido también, se ha detenido
-en su carrera, y, absorta en un pensamiento grave, y dominada por un
-sentimiento profundo, se ha dicho á sí misma: «_¿Quién soy? ¿de dónde
-salí? ¿cuál es mi destino?_» De aquí es que han vuelto á recobrar su
-alta importancia las cuestiones religiosas: por manera que, mientras
-se las creía disipadas por el soplo del indiferentismo, ó reducidas á
-muy pequeño espacio por el sorprendente desarrollo de los intereses
-materiales, por el progreso de las ciencias naturales y exactas,
-y por la pujanza siempre creciente de los debates políticos, se ha
-visto que, lejos de estar ahogadas bajo la inmensa balumba que parecía
-oprimirlas, se han presentado de nuevo con todo su grandor, con su
-forma gigantesca, sentadas en la cúspide de la sociedad, con la cabeza
-en el cielo y los pies en el abismo.
-
-En esta disposición de los espíritus, era natural que llamase su
-atención la revolución religiosa del siglo XVI; y que se preguntase
-qué es lo que había hecho esa revolución en pro de la causa de
-la humanidad. Desgraciadamente se han padecido en esta parte
-equivocaciones de cuantía; ó bien por mirarse los hechos al través del
-prisma de las preocupaciones de secta, ó por considerarlos tan sólo por
-lo que presentaban en su superficie: y así se ha llegado á asegurar
-que los reformadores del siglo XVI contribuyeron al desarrollo de las
-ciencias, de las artes, de la libertad de los pueblos, y de todo cuanto
-se encierra en la palabra _civilización_, y que así dispensaron á las
-sociedades europeas un señalado beneficio.
-
-¿Qué dice sobre esto la historia? ¿qué enseña la filosofía? Bajo el
-aspecto religioso, bajo el social, bajo el político y el literario,
-¿qué es lo que deben á la reforma del siglo XVI el individuo y la
-sociedad? ¿Marchaba bien la Europa bajo la sola influencia del
-Catolicismo? ¿Éste embargaba en nada el movimiento de la civilización?
-He aquí lo que me he propuesto examinar en esta obra. Cada época tiene
-sus necesidades; y fuera de desear que todos los escritores católicos
-se convenciesen de que una de las más imperiosas en la actualidad,
-es el analizar á fondo ese linaje de cuestiones: Belarmino y Bossuet
-trataron las materias conforme á las necesidades de su tiempo; nosotros
-debemos tratarlas cual lo exigen las necesidades del nuestro. Conozco
-la inmensa amplitud de las cuestiones que arriba he indicado; y así no
-me lisonjeo de poder dilucidarlas cual ellas demandan: como quiera,
-emprendo mi camino con el aliento que inspira el amor á la verdad;
-cuando mis fuerzas se acaben, me sentaré tranquilo, aguardando que otro
-que las tenga mayores, dé cumplida cima á tan importante tarea.
-
-
-
-
-CAPITULO PRIMERO
-
-
-Existe en medio de las naciones civilizadas un hecho muy grave, por
-la naturaleza de las materias sobre que versa; muy transcendental,
-por la muchedumbre, variedad é importancia de las relaciones
-que abarca; interesante en extremo, por estar enlazado con los
-principales acontecimientos de la historia moderna: este hecho es el
-_Protestantismo_.
-
-Ruidoso en su origen, llamó desde luego la atención de la Europa
-entera, sembrando en unas partes la alarma, y excitando en otras las
-más vivas simpatías; rápido en su desarrollo, no dió lugar siquiera
-á que sus adversarios pudiesen ahogarle en su cuna; y, al contar
-muy poco tiempo desde su aparición, ya dejaba apenas esperanza de
-que pudiera ser atajado en su incremento, ni detenido en su marcha.
-Engreído con las consideraciones y miramientos, tomaba bríos su osadía
-y se acrecentaba su pujanza; exasperado con las medidas coercitivas,
-ó las resistía abiertamente, ó se replegaba y reconcentraba para
-empezar de nuevo sus ataques con más furiosa violencia; y de la
-misma discusión, de las mismas investigaciones críticas, de todo
-aquel aparato erudito y científico que se desplegó para defenderle
-ó combatirle, de todo se servía como de vehículo para propagar su
-espíritu y difundir sus máximas. Creando nuevos y pingües intereses,
-se halló escudado por protectores poderosos; mientras, convidando
-con los más vivos alicientes todo linaje de pasiones, las levantaba
-en su favor, poniéndolas en la combustión más espantosa. Echaba mano
-alternativamente de la astucia ó de la fuerza, de la seducción ó
-de la violencia, según á ello se brindaban las varias ocasiones ó
-circunstancias; y, empeñado en abrirse paso en todas direcciones, ó
-rompiendo las barreras ó salvándolas, no paraba hasta alcanzar en los
-países que iba ocupando, el arraigo que necesitaba para asegurarse
-estabilidad y duración. Logrólo así, en efecto; y, á más de los vastos
-establecimientos que adquirió y conserva todavía en Europa, fué llevado
-en seguida á otras partes del mundo, é inoculado en las venas de
-pueblos sencillos é incautos.
-
-Para apreciar en su justo valor un hecho, para abarcar cumplidamente
-sus relaciones, deslindándolas como sea menester, señalando á cada
-una su lugar, é indicando su mayor ó menor importancia, es necesario
-examinar si sería dable descubrir el principio constitutivo del hecho;
-ó, al menos, si se puede notar algún rasgo característico, que, pintado
-por decirlo así en su fisonomía, nos revele su íntima naturaleza.
-Difícil tarea, por cierto, al tratar de hechos de tal género y
-tamaño como es el que nos ocupa; ya por la variedad de los aspectos
-que se ofrecen, ya por la muchedumbre de relaciones que se cruzan y
-enmarañan. En tales materias, amontónanse con el tiempo un gran número
-de opiniones, que, como es natural, han buscado todas sus argumentos
-para apoyarse; y así se encuentra el observador con tantos y tan varios
-objetos, que se ofusca, se abruma y se confunde: y, si se empeña en
-mudar de lugar, por colocarse en un punto de vista más á propósito,
-halla esparcidos por el suelo tanta abundancia de materiales, que le
-obstruyen el paso, ó, cubriendo el verdadero camino, le extravían en su
-marcha.
-
-Con sólo dar una mirada al Protestantismo, ora se le considere en su
-estado actual, ora en las varias fases de su historia, siéntese desde
-luego la suma dificultad de encontrar en él nada de constante, nada que
-pueda señalarse como su principio constitutivo: porque, incierto en
-sus creencias, las modifica de continuo, y las varía de mil maneras;
-vago en sus miras, y fluctuante en sus deseos, ensaya todas las formas,
-tantea todos los caminos; y, sin que alcance jamás una existencia
-bien determinada, sigue siempre con paso mal seguro nuevos rumbos, no
-logrando otro resultado que enredarse en más intrincados laberintos.
-
-Los controversistas católicos le han perseguido y acosado en todas
-direcciones; pero, si les preguntáis con qué resultado, os dirán
-que han tenido que habérselas con un nuevo Proteo, que, próximo á
-recibir un golpe, le eludía, cambiando de forma. Y en efecto, si se
-quiere atacar al Protestantismo en sus doctrinas, no se sabe á dónde
-dirigirse; porque no se sabe nunca cuáles son éstas, y aun él propio
-lo ignora; pudiendo decirse que bajo este aspecto el Protestantismo es
-invulnerable, porque invulnerable es lo que carece de cuerpo. Ésta es
-la razón de no haberse encontrado arma más á propósito para combatirle
-que la empleada por el ilustre obispo de Meaux: _Tú varías, y lo que
-varía no es verdad_. Arma muy temida por el Protestantismo, y, por
-cierto, digna de serlo; pues que todas las transformaciones que se
-empleen para eludir su golpe, sólo sirven para hacerle más certero
-y más recio. ¡Qué pensamiento tan cabal el de ese grande hombre! El
-solo título de la obra debió hacer temblar á los protestantes: es la
-_Historia de las variaciones_; y una historia de _variaciones_ es la
-historia del _error_.[1]
-
-Esta variedad, que no debe mirarse como extraña en el Protestantismo,
-antes sí como natural y muy propia, al paso que nos indica que él no
-está en posesión de la verdad, nos revela también que el principio
-que le mueve y le agita, no es un principio de vida, sino un elemento
-disolvente. Hasta ahora siempre se le ha pedido en vano que asentase en
-alguna parte el pie, y presentase un cuerpo uniforme y compacto; y en
-vano será también pedírselo en adelante, porque vano es pedir asiento
-fijo á lo que está fluctuando en la vaguedad de los aires; y mal puede
-formarse un cuerpo compacto por medio de un elemento, que tiende de
-continuo á separar las partes, disminuyendo siempre su afinidad, y
-comunicándoles nuevas fuerzas para repelerse y rechazarse. Bien se
-deja entender que estoy hablando del _examen privado en materias de
-fe_; ya sea que para el fallo se cuente con la sola luz de la razón,
-ó con particulares inspiraciones del cielo. Si algo puede encontrarse
-de constante en el Protestantismo, es este espíritu de examen; es el
-substituir á la autoridad pública y legítima, el dictamen privado: esto
-se encuentra siempre junto al Protestantismo, mejor diremos, en lo más
-íntimo de su seno; éste es el único punto de contacto de todos los
-protestantes, el fundamento de su semejanza; y es bien notable que se
-verifica todo esto á veces sin su designio, á veces contra su expresa
-voluntad.
-
-Pésimo y funesto como es semejante principio, sí al menos los corifeos
-del Protestantismo le hubieran proclamado como seña de combate,
-apoyándole, empero, siempre con su doctrina, y sosteniéndole con su
-conducta, hubieran sido consecuentes en el error, y, al verles caer
-de precipicio en precipicio, se habría conocido que era efecto de un
-mal sistema, pero que, bueno ó malo, era al menos un sistema. Pero ni
-esto siquiera: y, examinando las palabras y hechos de los primeros
-novadores, se nota que, si bien echaron mano de ese funesto principio,
-fué para resistir á la autoridad que los estrechaba; pero, por lo
-demás, nunca pensaron en establecerle completamente. Trataron, sí, de
-derribar la autoridad legítima, pero con el fin de usurpar ellos el
-mando; es decir, que siguieron la conducta de los revolucionarios
-de todas clases, tiempos y países: quieren echar al suelo el poder
-existente, para colocarse ellos en su lugar. Nadie ignora hasta qué
-punto llevaba Lutero su frenética intolerancia; no pudiendo sufrir, ni
-en sus discípulos, ni en los demás, la menor contradicción á cuanto le
-pluguiese á él establecer, sin entregarse á los más locos arrebatos,
-sin permitirse los más soeces dicterios. Enrique VIII, el fundador en
-Inglaterra de lo que se llama _independencia del pensamiento_, enviaba
-al cadalso á cuantos no pensaban como él; y á instancias de Calvino fué
-quemado vivo en Ginebra Miguel Servet.
-
-Llamo tan particularmente la atención sobre este punto, porque me
-parece muy importante el hacerlo: el hombre es muy orgulloso, y, al oir
-que se deja como sentado que los novadores del siglo XVI proclamaron
-la _independencia del pensamiento_, sería posible que algunos incautos
-tomaran por aquellos corifeos un secreto interés, mirando sus violentas
-peroratas como la expresión de un arranque generoso, y contemplando
-sus esfuerzos como dirigidos á la vindicación de los derechos del
-entendimiento. Sépase, pues, para no olvidarse jamás, que aquellos
-hombres proclamaban el principio del _libre examen_, sólo para
-escudarse contra la legítima autoridad; pero que en seguida trataban de
-imponer á los demás el yugo de las doctrinas que ellos habían forjado.
-Se proponían destruir la autoridad emanada de Dios, y sobre las ruinas
-de ella establecer la suya propia. Doloroso es el verse precisado á
-presentar las pruebas de esta aserción: no porque no se ofrezcan en
-abundancia, sino porque, si se quiere echar mano de las más seguras é
-incontestables, hay que recordar palabras y hechos que, si bien cubren
-de oprobio á los fundadores del Protestantismo, tampoco es grato el
-traerlos á la memoria; porque al pronunciar tales cargos la frente
-se ruboriza, y al consignarlos en un escrito parece que el papel se
-mancha.[2]
-
-Mirado en globo el Protestantismo, sólo se descubre en él un informe
-conjunto de innumerables sectas, todas discordes entre sí, y acordes
-sólo en un punto: _en protestar contra la autoridad de la Iglesia_.
-Ésta es la causa de que sólo se oigan entre ellas nombres particulares
-y exclusivos, por lo común sólo derivados del fundador de la secta;
-y que, por más esfuerzos que hayan hecho, no han alcanzado jamás
-á darse un nombre general, expresivo al mismo tiempo de una idea
-positiva; de suerte que hasta ahora sólo se denominan á la manera
-de las sectas filosóficas. Luteranos, calvinistas, zuinglianos,
-anglicanos, socinianos, arminianos, anabaptistas, y la interminable
-cadena que podría recordar, son nombres que muestran plenamente la
-estrechez y mezquindad del círculo en que se encierran sus sectas; y
-basta pronunciarlos para notar que no hay en ellos nada de general,
-nada de grande. Á quien conozca medianamente la religión cristiana,
-parece que esto debería bastarle para convencerse de que estas sectas
-no son verdaderamente cristianas; pero lo singular, lo más notable,
-es lo que ha sucedido con respecto á encontrar un nombre general.
-Recorred su historia, y veréis que tantea varios, pero ninguno le
-cuadra, en encerrándose en ellos algo de positivo, algo de cristiano;
-pero, al ensayar uno como recogido al acaso en la Dieta de Espira, uno
-que en sí propio lleva su condenación, porque repugna al origen, al
-espíritu, á las máximas, á la historia entera de la religión cristiana;
-un nombre que nada expresa de unidad, ni de unión; es decir, nada de
-aquello que es inseparable del nombre cristiano; un nombre que no
-envuelve ninguna idea positiva, que nada explica, nada determina; al
-ensayar éste, se le ha ajustado perfectamente, todo el mundo se lo ha
-adjudicado por unanimidad, por aclamación; y es porque era el suyo:
-_Protestantismo_.[3]
-
-En el vago espacio señalado por este nombre, todas las sectas se
-acomodan, todos los errores tienen cabida: negad con los luteranos el
-libre albedrío, renovad con los arminianos los errores de Pelagio,
-admitid la presencia real con unos, desechadla luego con los
-zuinglianos y calvinistas; si queréis, negad con los socinianos la
-divinidad de Jesucristo, adheríos á los episcopales ó á los puritanos,
-daos si os viniera en gana á las extravagancias de los cuáqueros, todo
-esto nada importa: no dejáis por ello de ser protestantes, porque
-todavía _protestáis_ contra la autoridad de la Iglesia. Es ése un
-espacio tan anchuroso, del que apenas podréis salir, por grandes que
-sean vuestros extravíos: es todo el vasto terreno que descubrís en
-saliendo fuera de las puertas de la Ciudad Santa.[4]
-
-
-
-
-CAPITULO II
-
-
-Pero, ¿cuáles fueron las causas de que apareciese en Europa el
-Protestantismo, y de que tomase tanta extensión é incremento? Digna
-es, por cierto, tal cuestión de ser examinada con mucho detenimiento,
-ya por la importancia que encierra en sí propia, ya también porque,
-llamándonos á investigar el origen de semejante plaga, nos guía al
-lugar más á propósito para que podamos formarnos una idea más cabal
-de la naturaleza y relaciones de ese fenómeno, tan observado como mal
-definido.
-
-Cuando á efecto de la naturaleza y tamaño del Protestantismo se
-trata de señalarle sus causas, es poco conforme á razón el recurrir
-á hechos de poca importancia; ya porque lo sean de suyo, ó porque
-estén limitados á determinados lugares y circunstancias. Es un error
-el suponer que de causas muy pequeñas pudiesen resultar efectos muy
-grandes; pues que, si bien es verdad que las cosas grandes tienen á
-veces su principio en las pequeñas, también lo es que no es lo mismo
-principio que causa, y que el principiar una cosa por otra, y el ser
-causada por ella, son expresiones de significado muy diferente. Una
-leve chispa produce tal vez un espantoso incendio; pero es porque
-encuentra abundancia de materias inflamables. Lo que es general,
-ha de tener causas generales; lo que es muy duradero y arraigado,
-causas muy duraderas y profundas. Ésta es una ley constante, así en
-el orden moral como en el físico, pero ley cuyas aplicaciones son muy
-difíciles, particularmente en el orden moral; pues en él á veces están
-las cosas grandes encubiertas con velos tan modestos, está cada efecto
-enlazado con tantas causas, y por medio de tan delicadas hebras y tan
-complicada contextura, que al ojo más atento y perspicaz, ó se le
-escapa enteramente, ó se le pasa como cosa liviana y de poco resultado,
-lo que tenía tal vez la mayor importancia é influjo; y, al contrario,
-andan las cosas pequeñas tan cubiertas de oropel, tan adornadas y
-relumbrantes, tan acompañadas de ruidoso cortejo, que es muy fácil
-que engañen al hombre, ya muy propenso de suyo á juzgar por meras
-apariencias.
-
-Insistiendo en los principios que acabo de asentar, no puedo inclinarme
-á dar mucha importancia, ni á la rivalidad excitada por la predicación
-de las indulgencias, ni á las demasías que pudieran cometer en esta
-materia algunos subalternos; pudo todo esto ser una ocasión, un
-pretexto, una señal de combate, pero en sí era muy poca cosa para poner
-en conflagración el mundo. Aunque tal vez sea más plausible, no es,
-sin embargo, más puesto en razón, el buscar las causas del nacimiento
-y extensión del Protestantismo en el carácter y circunstancias de
-los primeros novadores. Pondérase con énfasis la fogosa violencia de
-los escritos y palabras de Lutero; y hácese notar cuán á propósito
-eran para inflamar el ánimo de los pueblos, arrastrarlos en pos de
-los nuevos errores, é inspirarles encarnizado odio contra la Iglesia
-romana; encarécense no menos la sofística astucia, el estilo metódico,
-la expresión elegante de Calvino, calidades muy adaptadas para dar
-alguna aparente regularidad á la informe masa de errores que enseñaban
-los nuevos sectarios, poniéndola más en estado de ser abrazada por
-personas de más fino gusto: y á este tenor se van trazando cuadros
-más ó menos verídicos de los talentos y demás calidades de otros
-hombres: ni á Lutero, ni á Calvino, ni á ninguno de los principales
-fundadores del Protestantismo, trato de disputarles los títulos con que
-adquirieron su triste celebridad; pero me parece que el insistir mucho
-sobre las calidades personales, y el atribuir á éstas la principal
-influencia en el desarrollo del mal, es no conocerle en toda su
-extensión, es no evaluar toda su gravedad, y es, además, olvidar lo que
-nos ha enseñado la historia de todos los tiempos.
-
-En efecto: si miramos con imparcialidad á aquellos hombres, nada
-encontraremos en ellos de tan singular que no se halle con igualdad,
-ó con exceso, en casi todas las cabezas de secta. Sus talentos, su
-erudición, su saber, todo ha pasado ya por el crisol de la crítica;
-y, ni entre los católicos ni entre los protestantes, se halla ya
-nadie instruído é imparcial que no tenga por exageraciones de partido
-las desmedidas alabanzas que les habían tributado. Bajo todos
-aspectos, ya se los considera sólo en la clase de aquellos hombres
-turbulentos, que reunen las circunstancias necesarias para provocar
-trastornos. Desgraciadamente, la historia de todos tiempos y países
-y la experiencia de cada día nos enseñan que esos hombres son cosa
-muy común, y que aparecen dondequiera que una funesta combinación de
-circunstancias ofrezca ocasión oportuna.
-
-Cuando se ha querido buscar otras causas, que por su extensión é
-importancia estuvieran más en proporción con el Protestantismo, se
-han señalado comunmente dos: _la necesidad de una reforma_, y el
-_espíritu de libertad_. «Había muchos abusos, han dicho algunos; se
-descuidó la reforma legítima, y este descuido provocó la revolución.»
-«El entendimiento humano estaba en cadenas, han dicho otros; quiso
-quebrantarlas; y el Protestantismo no fué otra cosa _que un esfuerzo
-extraordinario en nombre de la libertad, un vuelo atrevido del
-pensamiento humano_.» Por cierto que á esas opiniones no puede
-tachárselas de que señalen causas pequeñas, y cuya influencia se
-circunscriba á espacio breve; y hasta en ambas se encuentra algo
-que es muy á propósito para atraerles prosélitos. Ponderando la una
-la necesidad de una reforma, abre anchuroso campo para reprender la
-inobservancia de las leyes y la relajación de las costumbres, y esto
-excita siempre simpatías en el corazón del hombre, indulgente cuando se
-trata de los deslices propios, pero severo é inexorable con los ajenos;
-y, pronunciando la otra las deslumbradoras palabras de _libertad_, de
-_vuelo atrevido del espíritu_, puede estar siempre segura de hallar
-dilatado eco, pues que éste no falta jamás á la palabra que lisonjea el
-orgullo.
-
-No trato yo de negar la necesidad que á la sazón había de una reforma;
-convengo en que era necesaria; bastándome para esto el dar una ojeada
-á la historia, el escuchar los sentidos lamentos de grandes hombres,
-mirados por la Iglesia como hijos muy predilectos, y sobre todo me
-basta leer en el primer decreto del Concilio de Trento que uno de los
-objetos del Concilio era la _reforma del clero y del pueblo cristiano_;
-me basta oir de boca del Papa Pío IV, en la confirmación del mismo
-Concilio, que uno de los objetos para que se había celebrado, era la
-_corrección de las costumbres y el restablecimiento de la disciplina_.
-Sin embargo, y á pesar de todo esto, no puedo inclinarme á dar á los
-abusos tanta influencia en el nacimiento del Protestantismo como le
-han atribuído muchos; y, á decir verdad, me parece muy mal resuelta
-la cuestión, siempre que, para señalar la verdadera causa del mal,
-se insiste mucho sobre los funestos resultados que habían de traer
-consigo los abusos; así como, por otra parte, no me satisfacen las
-palabras de _libertad_ y de _atrevido vuelo del pensamiento_. Lo diré
-paladinamente: por más respeto que se merezcan algunos de los hombres
-que han dado tanta importancia á los abusos; por más consideraciones
-que tenga á los talentos de otros que han apelado al espíritu de
-libertad, ni en unos ni en otros encuentro aquel análisis, filosófico é
-histórico á la par, que no se aparta del terreno de los hechos, sino
-que los examina y alumbra, mostrando la íntima naturaleza de cada uno,
-sin descuidar su enlace y encadenamiento.
-
-Se ha divagado tanto en la definición del Protestantismo y en el
-señalamiento de sus causas, por no haberse advertido que no es más
-que un hecho común á todos los siglos de la historia de la Iglesia,
-pero que tomó su _importancia y peculiares caracteres de la época en
-que nació_. Con esta sola consideración, fundada en el testimonio
-constante de la historia, y confirmada por la razón y la experiencia,
-todo se allana, todo se aclara y explica; nada hemos de buscar en
-sus doctrinas, ni en sus fundadores, de extraordinario ni singular;
-porque todo lo que tiene de característico, todo proviene de que nació
-en _Europa, y en el siglo_ XVI. Desenvolveré este pensamiento, no
-echando mano de raciocinios aéreos, que sólo estriben en suposiciones
-gratuitas, sino apelando á hechos que nadie podrá contestar.
-
-Es innegable que el principio de sumisión á la autoridad en materias
-de fe, ha encontrado siempre mucha resistencia por parte del espíritu
-humano. No es éste el lugar de señalar las causas de esta resistencia,
-causas que en el curso de esta obra me propongo analizar; me basta
-por ahora consignar el hecho, y recordar á quien lo pusiere en duda,
-que la historia de la Iglesia va siempre acompañada de la historia de
-las herejías. Conforme á la variedad de tiempos y países, el hecho ha
-presentado diferentes fases: ora haciendo entrar en torpe mezcolanza
-el judaísmo y el cristianismo, ora combinando con la doctrina de
-Jesucristo los sueños de los orientales, ora alterando la pureza del
-dogma católico con las cavilaciones y sutilezas del sofista griego;
-es decir, presentando diferentes aspectos, según ha sido diferente el
-estado del espíritu humano. No ha dejado, empero, este hecho de tener
-dos caracteres generales, que han manifestado bien á las claras que
-el origen es el mismo, á pesar de ser tan vario el resultado en su
-naturaleza y objeto. Estos caracteres son: _el odio á la autoridad de
-la Iglesia y el espíritu de secta_.
-
-Bien claro es que, si en cada siglo se había visto nacer alguna secta
-que se oponía á la autoridad de la Iglesia, y erigía en dogmas las
-opiniones de sus fundadores, no era regular que dejase de acontecer lo
-mismo en el siglo XVI; y, atendido el carácter del espíritu humano,
-me parece que, si el siglo XVI hubiera sido una excepción de la regla
-general, tendríamos actualmente una cuestión bien difícil de resolver,
-y sería: ¿cómo fué posible que no apareciese en aquel siglo ninguna
-secta? Pues bien: una vez nacido en el siglo XVI un error cualquiera,
-sea cual fuere su origen, su ocasión y pretexto; luego que se haya
-reunido en torno de la nueva enseña una porción de prosélitos, veo ya
-al Protestantismo en toda su extensión, en toda su transcendencia, con
-todas sus divisiones y subdivisiones, con toda su audacia y energía
-para desplegar un ataque general contra cuantos puntos de dogma y de
-disciplina se enseñen y observen en la Iglesia. En vez de Lutero,
-de Zuinglio, de Calvino, poned, si os place, á Arrio, á Nestorio, á
-Pelagio; en lugar de los errores de aquéllos, enseñad, si queréis, los
-de éstos: todo será indiferente, porque todo tendrá un mismo resultado.
-El error excitará desde luego simpatías, encontrará defensores,
-acalorará entusiastas, se extenderá, se propagará con la rapidez de
-un incendio, se dividirá luego, y tomarán sus chispas direcciones muy
-diferentes; todo se defenderá con aparato de erudición y de saber,
-variarán de continuo las creencias, se formularán mil profesiones de
-fe, se cambiará ó anonadará la liturgia, y haránse mil trozos los
-lazos de disciplina: es decir, tendréis el _Protestantismo_. ¿Y cómo
-es que en el siglo XVI haya de tomar el mal tanta gravedad, tanta
-extensión y transcendencia? Porque la sociedad de entonces es muy
-diferente de todas las anteriores, y lo que en otras épocas pudiera
-causar un incendio parcial, había de acarrear en ésta una conflagración
-espantosa. Componíase la Europa de un conjunto de sociedades inmensas
-que, como formadas en una misma matriz, tenían mucha semejanza en
-ideas, costumbres, leyes é instituciones; habíase entablado, por
-consiguiente, entre ellas una viva comunicación, ora excitada por
-rivalidades, ora por comunidad de intereses; en la generalidad de la
-lengua latina existía un medio que facilitaba la circulación de toda
-clase de conocimientos; y, sobre todo, acababa de generalizarse un
-rápido vehículo, un medio de explotación, de multiplicación y expresión
-de todos los pensamientos y afectos; un medio que poco antes saliera
-de la cabeza de un hombre, como un resplandor milagroso preñado de
-colosales destinos: _la imprenta_.
-
-Tal es el espíritu humano, tal su volubilidad, tanto el apego que cobra
-fácilmente á toda clase de innovaciones, tal el placer que siente en
-abandonar los antiguos rumbos para seguir otros nuevos, que, una vez
-levantada la enseña del error, era imposible que no se agrupasen muchos
-en torno de ella. Sacudido el yugo de la autoridad en países donde
-era tan vasta, tan activa la investigación, donde fermentaban tantas
-discusiones, donde bullían tantas ideas, donde germinaban todas las
-ciencias, ya no era dable que el vago espíritu del hombre se mantuviera
-fijo en ningún punto, y debía por precisión pulular un hormiguero de
-sectas, marchando cada una por su camino, á merced de sus ilusiones
-y caprichos. Aquí no hay medio: las naciones civilizadas, ó serán
-católicas, ó recorrerán todas las fases del error; ó se mantendrán
-aferradas al áncora de la autoridad, ó desplegarán un ataque general
-contra ella, combatiéndola en sí misma, y en cuanto enseña ó prescribe.
-El hombre cuyo entendimiento está despejado y claro, ó vive tranquilo
-en las apacibles regiones de la verdad, ó la busca desasosegado é
-inquieto; y como, estribando en principios falsos, siente que no está
-firme el terreno, que está mal segura y vacilante su planta, cambia
-continuamente de lugar, saltando de error en error, de abismo en
-abismo. El vivir en medio de errores, y estar satisfecho de ellos, y
-transmitirlos de generación en generación, sin hacer modificación ni
-mudanza, es propio de aquellos pueblos que vegetan en la ignorancia y
-envilecimiento: allí el espíritu no se mueve, porque duerme.
-
-Colocado el observador en este punto de vista, descubre el
-Protestantismo tal cual es en sí; y, como domina completamente la
-posición, ve cada cosa en su lugar, y puede, por tanto, apreciar su
-verdadero tamaño, descubrir sus relaciones, estimar su influencia, y
-explicar sus anomalías. Entonces, situados los hombres en su lugar, y
-comparados con el vasto conjunto de los hechos, aparecen en el cuadro
-como figuras muy pequeñas, que podrían muy bien ser substituídas por
-otras, que nada importa que estuvieran un poco más acá, ó un poco más
-allá; que era indiferente que tuviesen esta ó aquella forma, este ó
-aquel colorido; y entonces salta á los ojos que el entretenerse mucho
-en ponderar la energía de carácter, la fogosidad y audacia de Lutero,
-la literatura de Melanchton, el talento sofístico de Calvino, y otras
-cosas semejantes, es desperdiciar el tiempo y no explicar nada. Y,
-en efecto: ¿qué eran todos esos hombres y otros corifeos? ¿tenían,
-acaso, algo de extraordinario? ¿no eran, por ventura, tales como se
-los encuentra con frecuencia en todas partes? Algunos de ellos ni
-excedieron siquiera de la raya de medianos; y de casi todos puede
-asegurarse que, si no hubieran tenido celebridad funesta, la hubieran
-tenido muy escasa. Pues ¿por qué hicieron tanto? Porque encontraron un
-montón de combustible y le pegaron fuego: ya veis que esto no es muy
-difícil; y, sin embargo, ahí está todo el misterio. Cuando veo á Lutero
-loco de orgullo, precipitarse en aquellos delirios y extravagancias
-que tanto lamentaban sus propios amigos; cuando le veo insultar
-groseramente á cuantos le contradicen, indignarse contra todo lo que no
-se humilla en su presencia; cuando le oigo vomitar aquel torrente de
-dicterios soeces, de palabras inmundas, apenas me causa otra impresión
-que la de lástima: este hombre, que tiene la singular ocurrencia de
-llamarse _Notharius Dei_, desvaría, tiene medio perdido el juicio, y
-no es extraño, porque ha soplado, y con su soplo se ha manifestado un
-terrible incendio; es que había un almacén de pólvora, y su soplo le ha
-aproximado una chispa, y el insensato que en su ceguera no lo advierte,
-dice en su delirio: _muy poderoso soy; mirad: mi soplo es abrasador:
-pone en conflagración al mundo_.
-
-Y los abusos ¿qué influencia tuvieron? Si no abandonamos el mismo punto
-de vista en que nos hemos colocado, veremos que dieron tal vez alguna
-ocasión, que suministraron algún pábulo, pero que están muy lejos de
-haber ejercido la influencia que se les ha atribuído, y no es porque
-trate ni de negarlos, ni de excusarlos; no es porque no haga el debido
-caso de los lamentos de grandes hombres; pero no es lo mismo llorar un
-mal, que señalar y analizar su influencia. El varón justo que levanta
-su voz contra el vicio, el ministro del santuario devorado por el celo
-de la Casa del Señor, se expresan con acento tan alto y tan sentido,
-que no siempre sus quejas y gemidos pueden servir de dato seguro para
-estimar el justo valor de los hechos. Ellos sueltan una palabra que
-sale del fondo de su corazón; sale abrasada, porque arde en sus pechos
-el amor, y el celo de la justicia; y viene en pos de ellos la mala fe,
-interpreta á su maligno talante las expresiones, y todo lo exagera y
-desfigura.
-
-Sea lo que fuere de todo esto, bien claro es que, ateniéndonos á lo
-que dejamos firmemente asentado con respecto al origen y naturaleza
-del Protestantismo, no pueden señalarse como principal causa de él los
-abusos; y que, cuando más, pueden indicarse como ocasiones y pretextos.
-Si así no fuere, sería menester decir que en la Iglesia, ya desde
-su origen, aun en el tiempo de su primitivo fervor, y de su pureza
-proverbial, tan ponderada por los adversarios, ya había muchos abusos:
-porque también entonces pululaban de continuo sectas, que protestaban
-contra sus dogmas, que sacudían su autoridad, y se apellidaban la
-verdadera Iglesia. Esto no tiene réplica; el caso es el mismo; y si se
-alegare la extensión que ha tenido el Protestantismo, y su propagación
-rápida, recordaré que esto se verificó también con respecto á otras
-sectas; reproduciré lo que decía San Jerónimo de los estragos del
-arrianismo: _Gimió el orbe entero y asombróse de verse arriano_. Que,
-si algo más se quiere citar con respecto al Protestantismo, bastante se
-lleva evidenciado que lo que tiene de característico, todo lo debe, no
-á los abusos, sino á la _época en que nació_.
-
-Lo dicho hasta aquí es bastante para que pueda formarse concepto de
-la influencia que los abusos pudieron ejercer: pero, como este asunto
-ha dado tanto que hablar, y prestado origen á muchas equivocaciones,
-será bien, antes de pasar más adelante, detenerse todavía más en esta
-importante materia, fijando, en cuanto cabe, las ideas, y separando
-lo verdadero de lo falso, lo cierto de lo incierto. Que en los siglos
-medios se habían introducido abusos deplorables, que la corrupción
-de costumbres era mucha, y que, por consiguiente, era necesaria una
-reforma, es cierto, indudable. Por lo que toca á los siglos XI y
-XII, tenemos de esta triste verdad testigos tan intachables como
-San Pedro Damián, San Gregorio VII y San Bernardo. Algunos siglos
-después, si bien se habían corregido mucho los abusos, todavía eran
-de consideración, bastando para convencernos de esta verdad los
-lamentos de los varones respetables que anhelaban por la reforma;
-distinguiéndose muy particularmente el cardenal Julián en las terribles
-palabras con que se dirigía al Papa Eugenio IV, representándole los
-desórdenes del clero, principalmente del de Alemania. Confesada
-paladinamente la verdad, pues no creo que la causa del Catolicismo
-necesite para su defensa del embozo y de la mentira, resolveré en pocas
-palabras algunas cuestiones importantes.
-
-¿Quién tenía la culpa de que se hubiesen introducido tamaños
-desórdenes? ¿Era la Corte de Roma? ¿Eran los obispos? Creo que sólo
-se la debe achacar á la calamidad de los tiempos. Para un hombre
-sensato bastará recordar que en Europa se habían consumado los hechos
-siguientes: la disolución del viejo y corrompido imperio romano; la
-irrupción é inundación de los bárbaros del Norte; la fluctuación y las
-guerras de éstos entre sí y con los demás pueblos por espacio de largos
-siglos; el establecimiento y el predominio del feudalismo con todas sus
-turbulencias y desastres; la invasión de los sarracenos, y su ocupación
-de una parte considerable de Europa. La ignorancia, la corrupción,
-la relajación de la disciplina, ¿no debían ser el resultado natural,
-necesario, de tanto trastorno? La sociedad eclesiástica ¿podía menos de
-resentirse profundamente de esa disolución, de ese aniquilamiento de la
-sociedad civil? ¿podía no participar de los males de ese horroroso caos
-en que se hallaba envuelta la Europa?
-
-¿Faltó nunca en la Iglesia, el espíritu, el deseo, el anhelo de la
-reforma de los abusos? Se puede demostrar que no. Pasaré por alto los
-santos varones, que en todos aquellos calamitosos tiempos no dejó de
-abrigar en su seno; la historia nos los cuenta en número considerable,
-y de virtudes tan acendradas, que, al paso que contrastaban con la
-corrupción que les rodeaba, mostraban que no se había apagado en
-el seno de la Iglesia católica el divino fuego de las _lenguas del
-Cenáculo_. Este solo hecho prueba ya mucho; pero prescindiré de
-él, para llamar la atención sobre otro más notable, menos sujeto á
-cuestiones, menos tachable de exageración, y que no puede decirse
-limitado á este ó á aquel individuo, sino que es la verdadera expresión
-del espíritu que animaba al cuerpo de la Iglesia. Hablo de la incesante
-reunión de concilios en que se reprobaban y condenaban los abusos, y se
-inculcaba la santidad de costumbres, y la observancia de la disciplina.
-Afortunadamente este hecho consolador está fuera de toda duda; está
-patente á los ojos de todo el mundo, bastando, para convencerse de él,
-el haber abierto una vez siquiera algún libro de historia eclesiástica,
-ó alguna colección de concilios. Es sobremanera digno este hecho de
-llamar la atención, y aun puede añadirse que quizá no se ha advertido
-toda la importancia que encierra. En efecto: si observamos las otras
-sociedades, repararemos que, á medida que las ideas ó las costumbres
-cambian, van modificando rápidamente las leyes; y, si éstas le son muy
-contrarias, en poco tiempo las hacen callar, las arrollan, las echan
-por el suelo. Pero en la Iglesia no sucedió así: la corrupción se había
-extendido por todas partes de una manera lamentable: los ministros de
-la religión se dejaban arrastrar de la corriente, y se olvidaban de
-la santidad de su ministerio; pero el fuego santo ardía siempre en
-el santuario: allí se proclamaba, se inculcaba sin cesar la ley; y
-aquellos mismos hombres ¡cosa admirable!, aquellos mismos hombres que
-la quebrantaban, se reunían con frecuencia para condenarse á sí mismos,
-para afear su propia conducta, haciendo de esta manera más sensible,
-más público el contraste entre su enseñanza y sus obras. La simonía
-y la incontinencia eran los dos vicios dominantes; pues bien, abrid
-las colecciones de los concilios, y por dondequiera los encontraréis
-anatematizados. Jamás se vió tan prolongada, tan constante, tan tenaz
-lucha del derecho contra el hecho; jamás, como entonces, se vió por
-espacio de largos siglos á la ley colocada cara á cara contra las
-pasiones desencadenadas; y mantenerse allí firme, inmóvil, sin dar un
-paso atrás, sin permitirles tregua ni descanso hasta haberlas sojuzgado.
-
-Y no fué inútil esa constancia, esa santa tenacidad: y así es que á
-principios del siglo XVI, es decir, á la época del nacimiento del
-Protestantismo, vemos que los abusos eran incomparablemente menores,
-que las costumbres se habían mejorado mucho, que la disciplina había
-adquirido vigor, y que se la observaba con bastante regularidad. El
-tiempo de las declamaciones de Lutero no era el tiempo calamitoso
-llorado por San Pedro Damián y por San Bernardo: el caos se había
-desembrollado mucho; la luz, el orden y la regularidad se iban
-difundiendo rápidamente; y, por prueba incontestable de que no yacía
-en tanta ignorancia y corrupción como se quería ponderar, podía la
-Iglesia ofrecer una exquisita muestra de hombres tan distinguidos en
-santidad como brillaron en aquel mismo siglo, y tan eminentes en
-sabiduría como resplandecieron en el Concilio de Trento. Es menester
-no olvidar la situación en que se había encontrado la Iglesia; es
-necesario no perder de vista que las grandes reformas exigen largo
-tiempo; que estas reformas encontraban resistencia en los eclesiásticos
-y en los seglares, y que, por haberlas querido emprender con firmeza
-y constancia Gregorio VII, se ha llegado á tacharle de temerario. No
-juzguemos á los hombres fuera de su lugar y tiempo; no pretendamos
-que todo se ajuste á los mezquinos tipos que nos forjamos en nuestra
-imaginación: los siglos ruedan en una órbita inmensa, y la variedad
-de circunstancias produce situaciones tan extrañas y complicadas, que
-apenas alcanzamos á concebirlas.
-
-Bossuet, en su _Historia de las variaciones_, después de haber hecho
-una clasificación del diferente espíritu que guiaba á los hombres que
-habían intentado una reforma antes del siglo XVI, y después de citar
-las amenazadoras palabras del cardenal Julián, dice: «Así es como, en
-el siglo XV, ese cardenal, el hombre más grande de su tiempo, deploraba
-los males, previendo sus funestas consecuencias; de manera que parece
-haber pronosticado los que Lutero iba á causar á toda la cristiandad,
-empezando por la Alemania; y no se engañó al creer que el _no haber
-cuidado de la reforma_, y el aumento del odio contra el clero, iba á
-producir una secta más temible para la Iglesia que la de los bohemios.»
-De estas palabras se infiere que el ilustre obispo de Meaux encontraba
-una de las principales causas del Protestantismo en no haberse hecho á
-tiempo la reforma legítima. No se crea, por esto, que Bossuet excuse
-en lo más mínimo á los corifeos del Protestantismo, ni que trate de
-poner en salvo las intenciones de los novadores; antes al contrario,
-los coloca en la clase de los reformadores turbulentos, que, lejos
-de favorecer la verdadera reforma deseada por los hombres sabios y
-prudentes, sólo servían para hacerla más difícil, introduciendo con sus
-malas doctrinas el espíritu de desobediencia, de cisma y de herejía.
-
-Á pesar de la autoridad de Bossuet, no puedo inclinarme á dar tanta
-importancia á los abusos, que los mire como una de las principales
-causas del Protestantismo, y no es necesario repetir lo que en apoyo de
-mi opinión he dicho antes. Pero no será fuera del caso advertir que mal
-pueden apoyarse en la autoridad de Bossuet los que intenten sincerar
-las intenciones de los primeros reformadores; pues que el ilustre
-prelado es el primero en suponerlos altamente culpables, y en reconocer
-que, si bien existían los abusos, nunca tuvieron los novadores la
-intención de corregirlos, antes sí de valerse de este pretexto para
-apartarse de la fe de la Iglesia, substraerse al yugo de la legítima
-autoridad, quebrantar todos los lazos de la disciplina, é introducir de
-esta suerte el desorden y la licencia.
-
-Y á la verdad, ¿cómo sería posible atribuir á los primeros reformadores
-el espíritu de una verdadera reforma, cuando casi todos cuidaron
-de desmentirlo con su vergonzosa conducta? Si al menos se hubieran
-entregado á un riguroso ascetismo, si con la austeridad de sus
-costumbres hubiesen condenado la relajación de que se lamentaban,
-entonces podríamos sospechar si sus mismos extravíos fueron efecto de
-un celo exagerado, si fueron arrebatados al mal por un exceso de amor
-al bien; pero ¿sucedió algo de semejante? Oigamos lo que dice sobre el
-particular un testigo de vista, un hombre que por cierto no puede ser
-tildado de fanático, un hombre que guardó con los primeros corifeos
-del Protestantismo tantas consideraciones y miramientos, que no pocos
-los han calificado de culpables: es Erasmo, que, hablando con su
-acostumbrada gracia y malignidad, dice así: «Según parece, la reforma
-viene á parar á la secularización de algunos frailes, y al casamiento
-de algunos sacerdotes: y esa gran tragedia se termina, al fin, por un
-suceso muy cómico, pues que todo se desenlaza, como en las comedias,
-por un casamiento.»
-
-Esto manifiesta hasta la evidencia cuál era el verdadero espíritu de
-los novadores del siglo XVI, y que, lejos de intentar la enmienda de
-los abusos, se proponían más bien agravarlos. En esta parte, la simple
-consideración de los hechos ha guiado á M. Guizot por el camino de la
-verdad, cuando no admite la opinión de aquellos que pretenden que «la
-reforma había sido una tentativa concebida y ejecutada con el solo
-designio de reconstituir una Iglesia pura, la Iglesia primitiva; ni una
-simple mira de mejora religiosa, ni el fruto de una utopia de humanidad
-y de verdad.» (_Historia general de la civilización europea, lección
-12._)
-
-Tampoco será difícil ahora el apreciar en su justo valor el mérito de
-la explicación que ha dado de este fenómeno el escritor que acabo de
-citar. «La reforma, dice M. Guizot, fué un esfuerzo extraordinario en
-nombre de la libertad, una insurrección de la inteligencia humana.»
-
-Este esfuerzo nació, según el mismo autor, de la _vivísima actividad_
-que desplegaba el espíritu humano, y del estado de _inercia_ en que
-había caído la Iglesia romana: de que á la sazón caminaba el espíritu
-humano con fuerte é impetuoso movimiento, y la Iglesia se hallaba
-_estacionaria_. Ésta es una de aquellas explicaciones que son muy á
-propósito para granjearse admiradores y prosélitos; porque, colocados
-los pensamientos en terreno tan general y elevado, no pueden ser
-examinados de cerca por la mayor parte de los lectores, y, presentados
-con el velo de una imagen brillante, deslumbran los ojos, y preocupan
-el juicio.
-
-Como lo que coarta la libertad de pensar, tal como la entiende aquí
-M. Guizot, y como la entienden los protestantes, es la _autoridad_ en
-materias de fe, infiérese que el levantamiento de la inteligencia debió
-ser seguramente contra esa _autoridad_; es decir, que aconteció la
-sublevación del entendimiento, porque él marchaba, y la Iglesia no se
-movía de sus dogmas; ó, por valerme de la expresión de M. Guizot: «la
-Iglesia se hallaba _estacionaria_.»
-
-Sea cual fuere la disposición de ánimo de M. Guizot con respecto á los
-dogmas de la Iglesia católica, al menos como filósofo debió advertir
-que andaba muy desacertado en señalar, como particular de una época, lo
-que para la Iglesia era un carácter de que ella se había glorificado
-en todos tiempos. En efecto: van ya más de 18 siglos que á la Iglesia
-se la puede llamar _estacionaria_ en sus dogmas; y ésta es una prueba
-inequívoca de que ella sola está en posesión de la verdad: porque la
-verdad es _invariable_, por ser _una_.
-
-Si, pues, el levantamiento de la inteligencia se hizo por esta causa,
-nada tuvo la Iglesia en aquel siglo que no tuviera en todos los
-anteriores, y no lo haya conservado en los siguientes; nada hubo de
-particular, nada de característico; nada, por consiguiente, se ha
-adelantado en la explicación de las causas del fenómeno; y si por
-esta razón la compara M. Guizot á los gobiernos _viejos_, ésta es
-una _vejez_ que la tuvo la Iglesia desde su cuna. Como si M. Guizot
-hubiese sentido él propio la flaqueza de sus raciocinios, presenta
-los pensamientos en grupo, en tropel; hace desfilar á los ojos del
-lector diferentes órdenes de ideas, sin cuidar de clasificaciones, ni
-deslindes, para que la variedad distraiga y la mezcla confunda. En
-efecto: á juzgar por el contexto de su discurso, no parece que entienda
-aplicar á la Iglesia los epítetos de _inerte_, ni _estacionaria_ con
-respecto á los dogmas, sino que más bien se deja conjeturar que trata
-de referirlo á pretensiones bajo el aspecto político y económico; pues,
-por lo que toca á la _tiranía é intolerancia_ que han achacado algunos
-á la Corte de Roma, lo rechaza M. Guizot como una calumnia.
-
-Supuesto que en esta parte presenta una incoherencia de ideas que
-parece no debíamos esperar de su claro entendimiento, incoherencia
-que á muchos se les haría recio de creer, me es indispensable copiar
-literalmente sus propias palabras, y en ellas aprenderemos que nada
-hay más incoherente que los grandes talentos, una vez colocados en una
-posición falsa.
-
-«Había caído la Iglesia, dice M. Guizot, en un estado de inercia,
-se hallaba estacionaria: el crédito político de la Corte de Roma se
-había disminuído mucho: la dirección de la sociedad europea ya no le
-pertenecía, puesto que había pasado al gobierno civil. Con todo, tenía
-el poder espiritual las mismas pretensiones que antes; conservaba
-aún toda su pompa, toda su importancia exterior: sucedíale lo que ha
-acontecido, más de una vez á los gobiernos viejos y que han perdido
-su influencia: se dirigían de continuo quejas contra ella, y la mayor
-parte eran fundadas.» ¿Cómo es posible que M. Guizot no advirtiese
-que nada señalaba aquí que tuviese relación con la libertad del
-pensamiento, nada que no fuera de un orden muy diferente? El haberse
-disminuído el influjo político de la Corte de Roma, y el conservar
-aún sus pretensiones; el no pertenecerle ya la dirección de la
-sociedad europea, y el conservar ella su pompa é importancia exterior,
-¿significa acaso otra cosa que las rivalidades que pudieron existir
-con respecto á asuntos políticos? ¿Y cómo pudo olvidar M. Guizot que
-poco antes había dicho que el señalar como causa del Protestantismo la
-_rivalidad de los soberanos con el poder eclesiástico_, no le parecía
-_fundado_, ni muy _filosófico_, ni en correspondiente _proporción con
-la extensión é importancia de este suceso_?
-
-Si algunos creyesen que, aun cuando todo esto no tuviera relación
-directa con la libertad del pensamiento, no obstante, se provocó la
-sublevación intelectual con la intolerancia que manifestaba á la sazón
-la Corte de Roma: «No es verdad, les responderá M. Guizot, que en el
-siglo XVI la Corte de Roma fuese muy tiránica; no es verdad que los
-abusos, propiamente dichos, fuesen entonces más numerosos y más graves
-de lo que hasta aquella época habían sido. _Al contrario, nunca quizás_
-el gobierno eclesiástico se había mostrado más _condescendiente y
-tolerante_, más dispuesto á dejar marchar todas las cosas mientras
-no se cuestionase sobre su poder, mientras se le reconociesen, aun
-dejándolos sin ejercicio, los derechos que tenía: mientras se le
-asegurase la misma existencia, se le pagasen los mismos tributos. De
-este modo el gobierno eclesiástico hubiera dejado tranquilo al espíritu
-humano, si el espíritu humano hubiese querido hacer otro tanto con
-respecto á él.» Es decir, que no parece sino que M. Guizot se olvidó
-completamente de que asentaba todos esos antecedentes para manifestar
-que la reforma protestante había sido un _grande esfuerzo en nombre
-de la libertad, un levantamiento de la inteligencia humana_; pues que
-nada nos alega, nada recuerda que se opusiese á esta libertad; y aun
-si algo pudiera provocar el _levantamiento_, como habría sido _la
-intolerancia_, _la crueldad_, el no dejar tranquilo al espíritu humano,
-ya nos ha dicho M. Guizot que el gobierno eclesiástico en el siglo XVI
-no era tiránico, antes bien era _condescendiente_, _tolerante_, y que
-de su parte hubiera _dejado tranquilo al espíritu humano_.
-
-Á la vista de tales datos, es evidente que el _esfuerzo extraordinario
-en nombre de la libertad de pensar_, es, en boca de M. Guizot, una
-palabra vaga, indefinible; y, al proferirla, parece que se propuso
-cubrir con brillante velo la cuna del Protestantismo, aun á expensas
-de la consecuencia en sus propias opiniones. Desechó las rivalidades
-políticas y apela luego á ellas; no da importancia á la influencia de
-los abusos, no los juzga por verdadera causa, y se olvida que en la
-lección antecedente había asentado que, si se hubiera hecho á tiempo
-una reforma legal _tan oportuna y necesaria_, tal vez se hubiera
-evitado la revolución religiosa: traza un cuadro en que se propone
-presentar puntos de contraste con esta libertad, quiere alzarse á
-consideraciones generales, elevadas, que abarquen la posición y las
-relaciones de la inteligencia, y se detiene en _la pompa y aparato
-exterior_, recuerda las _rivalidades políticas_, y, abatiendo su vuelo,
-hasta desciende al terreno de los _tributos_.
-
-Esa incoherencia de ideas, esa debilidad de raciocinio, ese olvido
-de los propios asertos, sólo podrá parecer extraño á quien esté más
-acostumbrado á admirar el vuelo de los grandes talentos que á estudiar
-la historia de sus aberraciones. Cabalmente M. Guizot se hallaba en
-tal posición, que es muy difícil no equivocarse y deslumbrarse; porque,
-si es verdad que el caminar rastreramente sobre los hechos individuales
-trae el inconveniente de circunscribir la vista, y de conducir al
-observador á la colección de una serie de hechos aislados, más bien
-que á la formación de un cuerpo de ciencia, también es cierto que,
-divagando el espíritu por un inmenso espacio donde haya de abarcar
-muchos y muy variados hechos en todos sus aspectos y relaciones, corre
-peligro de alucinarse á cada paso; también es cierto que la demasiada
-generalidad suele rayar en hipotética y fantástica; que no pocas veces,
-alzándose con inmoderado vuelo el entendimiento para descubrir mejor el
-conjunto de los objetos, llega á no verlos como son en sí, quizás hasta
-los pierda enteramente de vista; y por eso es menester que los más
-elevados observadores recuerden con frecuencia el dicho de Bacón: «_no
-alas, sino plomo_».
-
-M. Guizot tenía demasiada imparcialidad para que no pudiese menos de
-confesar la exageración con que habían sido abultados los abusos;
-además, tenía mucha filosofía para desconocer que no eran causa
-suficiente para producir un efecto tamaño; y hasta el sentimiento de
-su propia dignidad y decoro no le permitió mezclarse con esa turba
-bulliciosa y descomedida, que clama sin cesar contra la crueldad y la
-intolerancia; y así es que en esta parte hizo un esfuerzo para hacer
-justicia á la Iglesia romana. Pero desgraciadamente sus prevenciones
-contra la Iglesia no le permitieron ver las cosas como son en sí:
-columbró que el origen del Protestantismo debía buscarse en el mismo
-espíritu humano; pero, conocedor del siglo en que vive, y, sobre todo,
-de la época en que hablaba, presintió que, para ser bien acogidos sus
-discursos, era menester lisonjear al auditorio apellidando _libertad_;
-templó con algunas palabras suaves la amargura de los cargos contra
-la Iglesia, mas procurando luego que todo lo bello, todo lo grande
-y generoso, estuviera de parte del pensamiento engendrador de la
-reforma, y que recayesen sobre la Iglesia todas las sombras que habían
-de obscurecer el cuadro.
-
-Á no ser así, hubiera visto, sin duda, que, si bien la principal
-causa del Protestantismo se halla en el espíritu humano, no era
-necesario recurrir á parangones injustos; no hubiera caído en la
-incoherencia que acabamos de ver; hubiera encontrado la raíz del hecho
-en el propio carácter del espíritu humano, y hubiera explicado su
-gravedad y transcendencia, con sólo recordar la naturaleza, posición
-y circunstancias de las sociedades en cuyo centro apareció. Habría
-notado que no hubo allí un _esfuerzo extraordinario, sino una simple
-repetición de lo acontecido en cada siglo; un fenómeno común, que
-tomó un carácter especial, á causa de la particular disposición de la
-atmósfera que le rodeaba_.
-
-Este modo de considerar el Protestantismo como un hecho común,
-agrandado, empero, y extendido á causa de las circunstancias de la
-sociedad en que nació, me parece tan filosófico como poco reparado:
-y así presentaré otra proposición, que nos suministrará juntamente
-razones y ejemplos. Tal es el estado de las sociedades modernas,
-de tres siglos á esta parte, que todos los hechos que en ellas se
-verifiquen, han de tomar un carácter de generalidad, y, por tanto, de
-gravedad, que los ha de distinguir de los mismos hechos, verificados,
-empero, en otras épocas en que era diferente el estado de las
-sociedades. Dando una ojeada á la historia antigua, observaremos que
-todos los hechos tenían cierto aislamiento, por el cual ni eran tan
-provechosos cuando eran buenos, ni tan nocivos cuando eran malos.
-Cartago, Roma, Lacedemonia, Atenas, y todos esos pueblos antiguos,
-más ó menos adelantados en la carrera de la civilización, siguen cada
-cual su camino; pero siempre de una manera particular: las ideas, las
-costumbres, las formas políticas se sucedían unas á otras; pero no se
-descubre esa influencia de las ideas de un pueblo sobre las ideas de
-otro pueblo, de las costumbres del uno sobre las costumbres del otro;
-ese espíritu propagador que tiende á confundirlos á todos en un mismo
-centro: por manera que, excepto el caso de violenta conmixtión, se
-conoce muy bien que podrían los pueblos antiguos estar largo tiempo muy
-cercanos, conservando íntegramente cada uno sus propias fisonomías, sin
-experimentar á causa del contacto considerables mudanzas.
-
-Observad, empero, cuán de otra manera sucede en Europa: una revolución
-en un país afecta todos los otros; una idea salida de una escuela pone
-en agitación á los pueblos, y en alarma á los gobiernos: nada hay
-aislado; todo se generaliza, todo se propaga, tomando con la misma
-expansión una fuerza terrible. He aquí por qué no es posible estudiar
-la historia de un pueblo, sin que se presenten en la escena todos los
-pueblos; no es posible estudiar la historia de una ciencia, de un arte,
-sin que se compliquen desde luego cien relaciones con otros objetos que
-no son ni científicos, ni artísticos: y es porque todos los pueblos se
-asimilan, todos los objetos se enlazan, todas las relaciones se abarcan
-y se cruzan; he aquí por qué no hay un asunto en un país en que no
-tomen interés, y aun parte si es posible, todos los demás; y he aquí
-por qué, concretándonos á la política, es y será siempre una idea sin
-aplicaciones la de _no intervención_; pues no se ha visto jamás que
-cada cual no procure intervenir en todos los negocios que le interesan.
-
-Estos ejemplos, tomados de los órdenes políticos, literarios y
-artísticos, me parecen muy á propósito para dar á entender mi idea
-sobre lo que ha sucedido con respecto al orden religioso; y, si bien
-despojan al Protestantismo de ese manto filosófico con que se le ha
-querido cubrir aun en su cuna; si le quitan todo derecho á suponerse
-como un pensamiento que, lleno de previsión y de proyectos grandiosos,
-encerraba grandes destinos, tampoco rebajan en nada su gravedad y su
-extensión, en nada limitan el hecho; antes sí indican la verdadera
-causa de que se haya presentado con aspecto tan imponente.
-
-Desde el punto de vista que acabo de señalar, todo se descubre en
-su verdadero tamaño: los hombres apenas figuran, casi desaparecen;
-los abusos se ofrecen como son: ocasiones y pretextos; los planes
-vastos, las ideas altas y generosas, los esfuerzos de independencia se
-reducen á suposiciones arbitrarias; el cebo de las depredaciones, la
-ambición, las rivalidades de los soberanos, juegan como causas más ó
-menos influyentes, pero siempre en un orden secundario: ninguna causa
-se excluye; sólo que se las coloca á todas en su lugar, no se permite
-la exageración en su influencia, y, señalándose una principal, no
-deja de mirarse el hecho como de tal naturaleza, que en su nacimiento
-y desarrollo debieron de obrar un sinnúmero de agentes. Y, cuando se
-llega á una cuestión capital en la materia; cuando se pregunta la causa
-del odio, de la exasperación, que han manifestado los sectarios contra
-Roma; cuando se pregunta si esto no revela algunos grandes abusos
-de su parte, si no hace sospechar su sinrazón, se puede responder
-tranquilamente: que siempre se ha visto que las olas en la tormenta
-braman furiosas contra la roca inmóvil que las resiste.
-
-Tan lejos estoy de atribuir á los abusos la influencia que muchos
-les han asignado con respecto al nacimiento y desarrollo del
-Protestantismo, que estoy convencido de que, por más reformas legales
-que se hubieran hecho, por más condescendiente que se hubiera
-manifestado la autoridad eclesiástica en acceder á demandas y
-exigencias de todas clases, hubiera acontecido, poco más ó menos, la
-misma desgracia.
-
-Es necesario haber reparado bien poco en la extrema inconstancia y
-movilidad del espíritu humano, y haber estudiado muy poco su historia,
-para desconocer que era ésta una de aquellas grandes calamidades que
-sólo Dios, por providencia especial, es bastante á evitarlas.[5]
-
-
-
-
-CAPITULO III
-
-
-La proposición sentada al fin del capítulo anterior me sugiere un
-corolario, que, si no me engaño, ofrece una nueva demostración de la
-divinidad de la Iglesia católica.
-
-Se ha observado como cosa muy admirable la duración de la Iglesia
-católica por espacio de 18 siglos, y eso á pesar de tantos y tan
-poderosos adversarios; pero quizá no se ha notado bastante que,
-atendida la índole del espíritu humano, uno de los grandes prodigios
-que presenta sin cesar la Iglesia, es la unidad de doctrina en medio
-de toda clase de enseñanza, y abrigando siempre en su seno un número
-considerable de sabios.
-
-Llamo muy particularmente sobre este punto la atención de todos los
-hombres pensadores; y estoy seguro de que, aun cuando yo no acierte
-á desenvolver cual merece este pensamiento, encontrarán ellos aquí
-un germen de muy graves reflexiones. Tal vez se acomodará también
-este modo de mirar la Iglesia, al gusto de ciertos lectores, pues
-prescindiré enteramente de los caracteres que se rocen con la
-revelación, y consideraré el Catolicismo, no como religión divina, sino
-como escuela filosófica.
-
-Nadie que haya saludado la historia de las letras, me podrá negar que,
-en todos tiempos, haya tenido la Iglesia en su seno hombres ilustres
-por su sabiduría. En los primeros siglos, la historia de los Padres de
-la Iglesia es la historia de los sabios de primer orden, en Europa, en
-África y en Asia; después de la irrupción de los bárbaros, el catálogo
-de los hombres que conservaron algo del antiguo saber, no es más que un
-catálogo de eclesiásticos; y, por lo que toca á los tiempos modernos,
-no es dable señalar un solo ramo de los conocimientos humanos, en que
-no figuren en primera línea un número considerable de católicos. Es
-decir, que, de 18 siglos á esta parte, hay una serie no interrumpida
-de sabios, que son católicos, ó que están acordes en un cuerpo de
-doctrina formado de la reunión de las verdades enseñadas por la Iglesia
-católica. Prescindiendo ahora de los caracteres de divinidad que la
-distinguen, y considerándola únicamente como una escuela, ó una secta
-cualquiera, puede asegurarse que presenta en el hecho que acabo de
-consignar, un fenómeno tan extraordinario, que, ni es posible hallarle
-semejante en otra parte, ni es dable explicarle como comprendido en el
-orden regular de las cosas.
-
-Seguramente que no es nuevo en la historia del espíritu humano, el que
-una doctrina, más ó menos razonable, haya sido profesada algún tiempo
-por un cierto número de hombres ilustrados y sabios: este espectáculo
-lo hemos presenciado en las sectas filosóficas antiguas y modernas;
-pero que una doctrina se haya sostenido por espacio de muchos siglos,
-conservando adictos á ella á sabios de todos tiempos y países, y
-sabios, por otra parte, muy discordes en sus opiniones particulares,
-muy diferentes en costumbres, muy opuestos tal vez en intereses y muy
-divididos por sus rivalidades, este fenómeno es nuevo, es único, sólo
-se encuentra en la Iglesia católica. Exigir fe, unidad en la doctrina,
-y fomentar de continuo la enseñanza, y provocar la discusión sobre
-toda clase de materias; incitar y estimular el examen de los mismos
-cimientos en que estriba la fe, preguntando para ello á las lenguas
-antiguas, á los monumentos de los tiempos más remotos, á los documentos
-de la historia, á los descubrimientos de las ciencias observadoras, á
-las lecciones de las más elevadas y analíticas; presentarse siempre con
-generosa confianza en medio de esos grandes liceos donde una sociedad,
-rica de talentos y de saber, reune como en focos de luz todo cuanto
-le han legado los tiempos anteriores, y lo demás que ella ha podido
-reunir con sus trabajos, he aquí lo que ha hecho siempre, y está
-haciendo todavía, la Iglesia; y, sin embargo, la vemos perseverar firme
-en su fe, en su unidad de doctrina, rodeada de hombres ilustres, cuyas
-frentes, ceñidas de los laureles literarios ganados en cien palestras,
-se le humillan serenas y tranquilas, sin que lo tengan á mengua, sin
-que crean que deslustren las brillantes aureolas que resplandecen sobre
-sus cabezas.
-
-Los que miran el Catolicismo como una de tantas sectas que han
-aparecido sobre la tierra, será menester que busquen algún hecho que
-se parezca á éste; será menester que nos expliquen cómo la Iglesia
-puede de continuo presentarnos ese fenómeno, que tan en oposición
-se encuentra con la innata volubilidad del espíritu humano; será
-necesario que nos digan cómo la Iglesia romana ha podido realizar este
-prodigio, y qué imán secreto tiene en sus manos el Sumo Pontífice para
-que él pueda hacer lo que no ha podido otro hombre. Los que inclinan
-respetuosamente sus frentes al oir la palabra salida del Vaticano;
-los que abandonan su propio parecer para sujetarse á lo que les dicta
-un hombre que se apellida _Papa_, no son tan sólo los sencillos é
-ignorantes: miradlos bien: en sus frentes altivas descubriréis el
-sentimiento de sus propias fuerzas, y en sus ojos vivos y penetrantes
-veréis que se trasluce la llama del genio que oscila en su mente. En
-ellos reconoceréis á los mismos que han ocupado los primeros puestos
-de las academias europeas, que han llenado el mundo con la fama de
-sus nombres: nombres transmitidos á las generaciones venideras entre
-corrientes de oro. Recorred la historia de todos los tiempos, viajad
-por todos los países del orbe, y, si encontráis en ninguna parte un
-conjunto tan extraordinario, el saber unido con la fe, el genio sumiso
-á la autoridad, la discusión hermanada con la unidad, presentadle:
-habréis hecho un descubrimiento importante; habréis ofrecido á la
-ciencia un nuevo fenómeno que explicar: ¡ah! esto os será imposible,
-bien lo sabéis; y por esto apelaréis á nuevos efugios, por esto
-procuraréis obscurecer con cavilaciones la luz de una observación que
-sugiere á una razón imparcial, y hasta al sentido común, la legítima
-consecuencia de que en la Iglesia católica hay algo que no se encuentra
-en otra parte.
-
-«Estos hechos, dirán los adversarios, son ciertos; las reflexiones que
-sobre ellos se han emitido no dejan de ser deslumbradoras; pero, bien
-analizada la materia, desaparecerán todas las dificultades que pueden
-presentarse por la extrañeza que causa el haberse verificado en la
-Iglesia un hecho que no se ha verificado en ninguna secta. Si bien se
-mira, cuanto hasta aquí se lleva alegado, sólo prueba que en la Iglesia
-ha habido siempre un sistema determinado, que, apoyado en un punto
-fijo, ha podido ser realizado con uniforme regularidad. En la Iglesia
-se ha conocido que el origen de la fuerza está en la unión, que para
-esta unión era necesario establecer _unidad_ en la doctrina, y que para
-conservar esta _unidad_ era necesaria la sumisión á la autoridad. Esto
-una vez conocido, se ha establecido el principio de sumisión, y se le
-ha conservado invariablemente: he aquí explicado el fenómeno; en esto
-no negaremos que haya sabiduría profunda, que haya un plan vasto, un
-sistema singular; pero nada podréis inferir en pro de la divinidad del
-Catolicismo.»
-
-Esto es lo que se responderá, porque es lo único que se puede
-responder; pero fácil es de notar que, á pesar de esa respuesta, queda
-la dificultad en todo su vigor. Resulta siempre en claro que hay una
-sociedad sobre la tierra, que por espacio de 18 siglos ha sido siempre
-dirigida por un principio constante, fijo; una sociedad que ha logrado
-que se adhiriesen á este principio hombres eminentes de todos tiempos
-y países, y, por tanto, permanece siempre en pie todo el embarazo que
-ofrecen á los adversarios las siguientes preguntas: ¿Cómo es que sólo
-la Iglesia ha tenido este principio? ¿cómo es que á sólo ella se le
-haya ocurrido tal pensamiento? ¿cómo es que, si ha ocurrido á otra
-secta, ninguna lo haya podido poner en planta? ¿cómo es que todas
-las sectas filosóficas hayan desaparecido unas en pos de otras, y la
-Iglesia no? ¿cómo es que las otras religiones, si han querido conservar
-alguna unidad, han tenido siempre que huir de la luz, y esquivar la
-discusión, y envolverse en negras sombras; y la Iglesia haya siempre
-conservado su _unidad_, buscando la luz, y no ocultando sus libros,
-no escaseando la enseñanza, sino fundando por todas partes colegios,
-universidades y demás establecimientos, donde pudiesen reunirse y
-concentrarse todos los resplandores de la erudición y del saber?
-
-No basta decir que hay un sistema, un plan: la dificultad está en la
-misma existencia de ese sistema, de ese plan; la dificultad está en
-explicar cómo se han podido concebir y ejecutar. Si se tratase de pocos
-hombres reunidos en ciertas circunstancias, en determinados tiempos y
-países, para la ejecución de un proyecto limitado á breve espacio, no
-habría aquí nada de particular; pero se trata de 18 siglos, se trata de
-todos los países, de las circunstancias más variadas, más diferentes,
-más opuestas; se trata de hombres que no han podido avenirse, ni
-concertarse. ¿Cómo se explica todo esto? Si no es más que un sistema,
-un plan humano, ¿qué hay de misterioso en esa ciudad de Roma, que
-así reune en torno suyo á tantos hombres ilustres de todos tiempos y
-países? Si el Pontífice de Roma no es más que el jefe de una secta,
-¿cómo es que de tal modo alcanza á fascinar el mundo? ¿se habría visto
-jamás un mago que ejecutase extrañeza más estupenda? ¿No hace ya mucho
-tiempo que se declama contra su _despotismo religioso_? ¿por qué, pues,
-no ha habido otro hombre que le haya arrebatado el cetro? ¿por qué no
-se ha erigido otra cátedra que disputase á la suya la preeminencia,
-y se mantuviese en igual esplendor y poderío? ¿Es acaso por su poder
-material? Es muy limitado, y no podría medir sus armas con ninguna
-potencia de Europa. ¿Es por el carácter particular, por la ciencia,
-por las virtudes de los hombres que han ocupado el solio pontificio?
-Pero, ¿cómo es posible que en el espacio de 18 siglos no hayan tenido
-infinita variedad los caracteres de los Papas, y muy diferentes
-graduaciones su ciencia y sus virtudes? Á quien no sea católico, á
-quien no viere en el Pontífice romano al Vicario de Jesucristo, aquella
-_piedra_ sobre la cual edificó Jesucristo la Iglesia, la duración de su
-autoridad ha de parecerle el más extraordinario de los fenómenos, ha de
-ofrecérsele como una de las cuestiones más dignas de proponerse á la
-ciencia que se ocupa en la historia del espíritu humano la siguiente:
-¿cómo es posible que por espacio de tantos siglos haya podido existir
-una serie no interrumpida de sabios, que no se hayan apartado de la
-doctrina de la Cátedra de Roma?
-
-Al comparar M. Guizot el Protestantismo con la Iglesia romana, parece
-que la fuerza de esta verdad conmovía algún tanto su entendimiento,
-y que los rayos de esta luz introducían el desconcierto en sus
-observaciones. Oigámosle de nuevo; oigamos á ese escritor cuyos
-talentos y nombradía habrán deslumbrado en estas materias á aquellos
-lectores que ni examinan siquiera la solidez de las pruebas, mientras
-vengan envueltas en hermosas imágenes; á aquellos que aplauden toda
-clase de pensamientos, mientras desfilen ante sus ojos en un torrente
-de elocuencia encantadora; que, llenos de entusiasmo por el mérito de
-un hombre, le escuchan como infalible oráculo, y, mientras blasonan de
-independencia intelectual, subscriben sin examen á las decisiones de su
-director, escuchan con sumisión sus fallos, y no se atreven á levantar
-la frente para pedirle los títulos del predominio. En las palabras de
-M. Guizot notaremos que sintió, como todos los grandes hombres del
-Protestantismo, el vacío inmenso que hay en estas sectas, y la fuerza
-y robustez que entraña la Religión católica; notaremos que no pudo
-eximirse de la regla general de los grandes ingenios, regla de que
-son prueba los más explícitos testimonios consignados en los escritos
-de los hombres más eminentes que ha tenido la reforma protestante.
-Después de haber notado M. Guizot la inconsecuencia con que precedió
-el Protestantismo, y su falta de buena organización en la sociedad
-intelectual, continúa: «No se ha sabido hermanar todos los derechos y
-necesidades _de la tradición_ con las pretensiones de la libertad. Y
-eso proviene, sin duda, de que la _reforma no ha plenamente comprendido
-y aceptado, ni sus principios, ni sus efectos_.» ¿Qué religión será
-ésa que _ni comprende ni acepta plenamente sus principios, y sus
-efectos_? ¿Salió jamás de boca humana condenación más terminante de la
-reforma? ¿Cómo podrá pretender el derecho de dirigir ni al hombre ni á
-la sociedad? ¿Pudo decirse jamás otro tanto de las sectas filosóficas
-antiguas y modernas? «De ahí ese aire de inconsecuencia, continúa M.
-Guizot, que ha tenido la reforma, y el _espíritu limitado_ que ha
-manifestado, circunstancias que han prestado armas y ventajas á sus
-adversarios. Sabían éstos bien lo que deseaban y lo que hacían; partían
-de principios fijos, y marchaban hasta sus últimas consecuencias.
-Nunca ha habido un gobierno más consecuente y sistemático que el
-de la Iglesia romana.» ¿Y de dónde trae su origen ese sistema tan
-consecuente? Cuando es tanta la inconstancia y la volubilidad del
-espíritu del hombre, ¿este sistema, esta consecuencia, estos principios
-fijos, nada dicen á la filosofía y al buen sentido?
-
-Al reparar en esos terribles elementos de disolución que tienen su
-origen en el espíritu del hombre, y que tanta fuerza han adquirido en
-las sociedades modernas; al notar cómo destrozan y pulverizan todas las
-escuelas filosóficas, todas las instituciones religiosas, sociales y
-políticas, pero sin alcanzar á abrir una brecha en las doctrinas del
-Catolicismo, sin alterar ese sistema tan fijo y consecuente, ¿nada
-se inferirá en favor de la Religión católica? Decir que la Iglesia
-ha hecho lo que no han podido hacer jamás ninguna escuela, ningún
-gobierno, ninguna sociedad, ninguna religión, ¿no es confesar que es
-más sabia que la humanidad entera? Y esto ¿no prueba que no debe su
-origen al pensamiento del hombre, y que ha bajado del mismo seno
-del Criador del universo? En una sociedad formada de hombres, en un
-gobierno manejado por hombres, que cuenta 18 siglos de duración, que se
-extiende á todos los países, que se dirige al salvaje en sus bosques,
-al bárbaro en su tienda, al hombre civilizado en medio de las ciudades
-más populosas; que cuenta entre sus hijos al pastor que se cubre con
-el pellico, al rústico labrador, al poderoso magnate; que hace resonar
-igualmente su palabra al oído del hombre sencillo ocupado en sus
-mecánicas tareas, como al del sabio que, encerrado en su gabinete, está
-absorto en trabajos profundos; un gobierno como éste, tener, como ha
-dicho M. Guizot, _siempre una idea fija, una voluntad entera, y guardar
-una conducta regular y coherente_, ¿no es su apología más victoriosa,
-no es su panegírico más elocuente, no es una prueba de que encierra en
-su seno algo de misterioso?
-
-Mil veces he contemplado con asombro ese estupendo prodigio; mil veces
-he fijado mis ojos sobre este árbol inmenso que extiende sus ramas
-desde el Oriente al Occidente, desde el Aquilón al Mediodía: véole
-cobijando con su sombra á tantos y tan diferentes pueblos, y encuentro
-descansando tranquilamente debajo de ella la inquieta frente del genio.
-
-En Oriente, en los primeros siglos de haber aparecido sobre la tierra
-esa religión divina, en medio de la disolución que se había apoderado
-de todas las sectas, veo que se agolpan para escuchar su palabra los
-filósofos más ilustres; y en Grecia, en Asia, en los márgenes del
-Nilo, en todos esos países donde hormigueaba poco antes un sinnúmero
-de sectas, veo que se levanta de repente una generación de hombres
-grandes, ricos de erudición, de saber y de elocuencia, y todos acordes
-en la _unidad_ de la doctrina católica. En Occidente, cuando se va
-á precipitar sobre el caduco imperio una muchedumbre de bárbaros,
-que se presentan á lo lejos como una negra nube que asoma en el
-horizonte preñada de calamidades y desastres, en medio de un pueblo
-sumergido en la corrupción de costumbres y olvidado completamente de
-su antigua grandeza, veo á los únicos hombres que pueden apellidarse
-dignos herederos del nombre romano, buscar un asilo á su austeridad
-de costumbres en el retiro de los templos, y pedir á la religión
-sus inspiraciones para conservar el antiguo saber y enriquecerle y
-agrandarle. Lléname de admiración y asombro el encontrar al talento
-sublime, al digno heredero del genio de Platón, que, después de haber
-preguntado por la verdad á todas las escuelas y sectas, después de
-haber recorrido todos los errores con briosa osadía y con indomable
-independencia, se siente al fin dominado por la autoridad de la
-Iglesia, y el filósofo libre se transforma en el grande obispo de
-Hipona. En los tiempos modernos desfila delante de mis ojos esa serie
-de hombres grandes que brillaron en los siglos de León X y de Luis XIV;
-veo perpetuarse esa ilustre raza á través del calamitoso siglo XVIII;
-y en el siglo XIX veo que se levantan también nuevos atletas, que,
-después de haber acosado al error en todas direcciones, van á colgar
-sus trofeos en la puerta de la Iglesia católica.
-
-¡Qué prodigio es éste! ¡dónde se ha visto jamás una escuela, una
-secta, una religión semejante! Todo lo estudian, de todo disputan,
-á todo responden, todo lo saben, pero siempre acordes en la unidad
-de doctrina, siempre sumisos á la autoridad, siempre inclinando
-respetuosamente sus frentes, siempre humillándolas en obsequio de
-la fe; esas frentes donde brilla el saber, donde imprime sus rasgos
-un sentimiento de noble independencia, de donde salen tan generosos
-arranques. ¿No os parece descubrir un nuevo mundo planetario, donde
-globos luminosos ruedan en vastas órbitas por la inmensidad del
-espacio, pero atraídos por una misteriosa fuerza hacia el centro
-del sistema? Fuerza que no les permite el extravío, sin quitarles,
-empero, nada, ni de la magnitud de su mole, ni de la grandiosidad de
-su movimiento, antes inundándolos de luz, y dando á su marcha una
-regularidad majestuosa.[6]
-
-
-
-
-CAPITULO IV
-
-
-Esa idea fija, esa voluntad entera, ese plan tan sabio y constante, ese
-sistema tan trabado, esa conducta tan regular y coherente, ese marchar
-siempre con seguro paso hacia objeto y fin determinado, ese admirable
-conjunto reconocido y confesado por M. Guizot, y que tanto honra á
-la Iglesia católica, mostrando su profunda sabiduría y revelando la
-altura de su origen, no ha sido nunca imitado por el Protestantismo,
-ni en bien, ni en mal; porque, según llevo ya demostrado, no puede
-presentar un solo pensamiento del que tenga derecho á decir: _esto es
-mío_. Se ha querido apropiar el principio de examen privado en materias
-de fe, y algunos de sus adversarios tal vez no se han resistido mucho
-á adjudicárselo, por no reconocer en él otro elemento que pudiera
-llamarse constitutivo; y, además, por reparar que, si de haber
-engendrado tal principio quisiera gloriarse, sería semejante á aquellos
-padres insensatos que labran su propia ignominia, haciendo gala de
-tener hijos de pésima índole, y, díscolos en conducta. Es falso,
-sin embargo, que tal principio sea hijo suyo; antes al contrario,
-más bien podría decirse que el principio de examen ha engendrado el
-Protestantismo, pues que este principio se halla ya en el seno de
-todas las sectas, y se le reconoce como germen de todos los errores:
-por manera que, al proclamar los protestantes el examen privado, no
-hicieron más que ceder á la necesidad que es común á todas las sectas
-separadas de la Iglesia.
-
-Nada hubo en esto de plan, nada de previsión, nada de sistema: la
-simple resistencia á la autoridad de la Iglesia envolvía la necesidad
-de un examen privado sin límites, la erección del entendimiento en
-juez único; y así fué desde un principio enteramente inútil toda la
-oposición que á las consecuencias y aplicaciones de tal examen hicieron
-los corifeos protestantes: roto el dique, no es posible contener las
-aguas.
-
-«El derecho de examinar lo que debe creerse, dice una famosa dama
-protestante (De l'Allemagne, par Mad. Staël, 4.^e partie, chap. 2), es
-el principio fundamental del Protestantismo. _No lo entienden así los
-primeros reformadores; creían poder fijar las columnas del espíritu
-humano_ en los términos de sus propias luces; pero mal podían esperar
-que sus decisiones fuesen recibidas como infalibles, cuando ellos
-negaban este género de autoridad á la Religión católica.» Semejante
-resistencia por parte de ellos sólo sirvió á manifestar que no
-abrigaban ninguna de aquellas ideas que, si extravían el entendimiento,
-muestran al menos en cierto modo la generosidad y nobleza del corazón;
-y de ellos no podrá decir el entendimiento humano que le descaminasen
-con la mira de hacerle andar con mayor libertad. «La revolución
-religiosa del siglo XVI, dice M. Guizot, _no conoció los verdaderos
-principios de la libertad intelectual_; emancipaba el pensamiento, y
-todavía se empeñaba en gobernarlo por medio de la ley.»
-
-Pero en vano lucha el hombre contra la fuerza entrañada por la misma
-naturaleza de las cosas; en vano fué que el Protestantismo quisiera
-poner límites á la extensión del principio de examen, y que á veces
-levantase tan alto la voz, y aun descargase su brazo con tal fuerza,
-que no parecía sino que trataba de aniquilarle. El espíritu de examen
-privado estaba en su mismo seno, allí perseveraba, allí se desenvolvía,
-allí obraba, aun á pesar suyo: no tenía medio el Protestantismo: ó
-echarse en brazos de la autoridad, es decir, reconocer su extravío,
-ó dejar al principio disolvente que ejerciera su acción, haciendo
-desaparecer de entre las sectas separadas hasta la sombra de la
-religion de Jesucristo, y viniendo á poner el Cristianismo en la clase
-de las escuelas filosóficas. Dado una vez el grito de resistencia á la
-autoridad de la Iglesia, pudiéronse muy bien calcular los funestos
-resultados: fué desde luego muy fácil prever que, desenvuelto, el
-maligno germen traía consigo la ruina de todas las verdades cristianas.
-¿Y cómo era posible que no se desenvolviese rápidamente ese germen, en
-un suelo donde era tan viva la fermentación? Señalaron á voz en grito
-los católicos la gravedad é inminencia del riesgo; y en obsequio de la
-verdad es menester confesar que tampoco se ocultó á la previsión de
-algunos protestantes. ¿Quién ignora las explícitas confesiones que se
-oyeron ya desde un principio, y se han oído después, de boca de sus
-hombres más distinguidos? Los grandes talentos nunca se han hallado
-bien con el Protestantismo; siempre han encontrado en él un inmenso
-vacío: y por esta causa se los ha visto propender, ó á la irreligión, ó
-á la unidad católica.
-
-El tiempo, ese gran juez de todas las opiniones, ha venido á confirmar
-el acierto de tan tristes pronósticos: y actualmente han llegado ya
-las cosas á tal extremo, que es necesario, ó estar muy escaso de
-instrucción, ó tener muy limitados alcances, para no conocer que la
-Religión cristiana, tal como la explican los protestantes, es una
-opinión, y no más; es un sistema formado de mil partes incoherentes, y
-que pone el Cristianismo al nivel de las escuelas filosóficas. Y nadie
-debe extrañar que parezca aventajarse algún tanto á ellas, y conserve
-ciertos rasgos que dan á su fisonomía algo que no se encuentra en lo
-que es puramente excogitado por el entendimiento del hombre; ¿sabéis
-de dónde nace todo esto? Nace de aquella sublimidad de la doctrina, de
-aquella santidad de moral, que, más ó menos desfiguradas, resplandecen
-siempre en todo cuanto conserva algún vestigio de la palabra de
-Jesucristo. Pero el endeble resplandor que queda luchando con las
-sombras después que ha desaparecido del horizonte el astro luminoso, no
-puede compararse con la luz del día; las sombras avanzan, se extienden,
-y, ahogando el débil reflejo, acaban por sumir la tierra en obscuridad
-tenebrosa.
-
-Tal es la doctrina del Cristianismo entre los protestantes: con sólo
-dar una ojeada á sus sectas se conoce que ni son meramente filosóficas,
-ni tienen los caracteres de religión verdadera: el Cristianismo
-está entre ellas sin una autoridad, y por esto parece un viviente
-separado de su elemento, un árbol secado en su raíz; por esto presenta
-la fisonomía pálida y desfigurada de un semblante que no está ya
-animado por el soplo de vida. Habla el Protestantismo de la fe, y
-su principio fundamental la hiere de muerte; ensalza el Evangelio,
-y el mismo principio hace vacilar su autoridad, pues que le deja
-abandonado al discernimiento del hombre; y, si pondera la santidad y
-pureza de Jesucristo, ocurre desde luego que en algunas de las sectas
-disidentes se le despoja de su divinidad, y que todas podrían hacerlo
-muy bien, sin faltar al único principio que les sirve de punto de
-apoyo. Y, una vez negada, ó puesta en duda, la divinidad de Jesucristo,
-queda, cuando más, colocado en la clase de los grandes filósofos y
-legisladores, pierde la autoridad necesaria para dar á sus leyes
-aquella augusta sanción que tan respetables las hace á los mortales,
-no puede imprimirles aquel sello que tanto las eleva sobre todos
-los pensamientos humanos, y no se ofrecen ya sus consejos sublimes
-como otras tantas lecciones que fluyen de los labios de la sabiduría
-increada.
-
-Quitando al espíritu humano el punto de apoyo de una autoridad, ¿en
-qué podrá afianzarse? ¿no queda abandonado á merced de sus sueños y
-delirios? ¿no se le abre de nuevo la tenebrosa é intrincada senda de
-interminables disputas que condujo á un caos á los filósofos de las
-antiguas escuelas? Aquí no hay réplica, y en esto andan acordes la
-razón y la experiencia: substituído á la autoridad de la Iglesia el
-examen privado de los protestantes, todas las grandes cuestiones sobre
-la divinidad y el hombre quedan sin resolver; todas las dificultades
-permanecen en pie; y, flotando entre sombras el entendimiento humano,
-sin divisar una luz que pueda servirle de guía segura, abrumado por
-la gritería de cien escuelas que disputan de continuo sin aclarar
-nada, cae en aquel desaliento y postración en que le había encontrado
-el Cristianismo, y del que le había levantado á costa de grandes
-esfuerzos. La duda, el pirronismo, la indiferencia, serán entonces el
-patrimonio de los talentos más aventajados; las teorías vanas, los
-sistemas hipotéticos, los sueños, formarán el entretenimiento de los
-sabios comunes; la superstición y las monstruosidades serán el pábulo
-de los ignorantes.
-
-Y entonces, ¿qué habría adelantado la humanidad? ¿qué habría hecho el
-Cristianismo sobre la tierra? Afortunadamente para el humano linaje,
-no ha quedado la Religión cristiana abandonada al torbellino de las
-sectas protestantes; y en la autoridad de la Iglesia católica ha
-tenido siempre anchurosa base donde ha encontrado firme asiento para
-resistir á los embates de las cavilaciones y errores. Si así no fuera,
-¿á dónde habría ya parado? La sublimidad de sus dogmas, la sabiduría
-de sus preceptos, la unción de sus consejos, ¿serían acaso más que
-bellos sueños contados en lenguaje encantador por un sabio filósofo?
-Sí, es preciso repetirlo: sin la autoridad de la Iglesia nada queda de
-seguro en la fe, es dudosa la divinidad de Jesucristo, es disputable su
-misión, es decir, que desaparece completamente la Religión cristiana;
-porque, en no pudiendo ella ofrecernos sus títulos celestiales, en no
-pudiendo darnos completa certeza de que ha bajado del seno del Eterno,
-que sus palabras son palabras del mismo Dios, que se dignó aparecer
-sobre la tierra para la salud de los hombres, ya no tiene derecho
-á exigirnos acatamiento. Colocada en la serie de los pensamientos
-puramente humanos, deberá someterse á nuestro fallo como las demás
-opiniones de los hombres; en el tribunal de la filosofía podrá sostener
-sus doctrinas como más ó menos razonables, pero siempre tendrá la
-desventaja de habernos querido engañar, de habérsenos presentado como
-divina, cuando no era más que humana; y al empezarse la discusión sobre
-la verdad de su sistema de doctrinas, siempre tendrá en contra de sí
-una terrible presunción, cual es, el que, con respecto á su origen,
-habrá sido una impostora.
-
-Gloríanse los protestantes de la independencia de su entendimiento, y
-achacan á la Religión católica el que viola los derechos más sagrados,
-pues que, exigiendo sumisión, ultraja la dignidad del hombre. Cuando
-se declama en este sentido, vienen muy á propósito las exageraciones
-sobre las fuerzas de nuestro entendimiento, y no se necesita más que
-echar mano de algunas imágenes seductoras, pronunciando las palabras de
-_atrevido vuelo_, de _hermosas alas_, y otras semejantes, para dejar
-completamente alucinados á los lectores vulgares.
-
-Goce enhorabuena de sus derechos el espíritu del hombre, gloríese de
-poseer la centella divina que apellidamos entendimiento, recorra ufano
-la naturaleza, y, observando los demás seres que le rodean, note con
-complacencia la inmensa altura á que sobre todos ellos se encuentra
-elevado; colóquese en el centro de las obras con que ha embellecido
-su morada, y señale como muestras de su grandeza y poder las
-transformaciones que se ejecutan dondequiera que estampare su huella,
-llegando, á fuerza de inteligencia y de gallarda osadía, á dirigir y
-señorear la naturaleza; mas, por reconocer la dignidad y elevación
-de nuestro espíritu mostrándonos agradecidos al beneficio que nos ha
-dispensado el Criador, ¿deberemos llegar hasta el extremo de olvidar
-nuestros defectos y debilidad? ¿Á qué engañarnos á nosotros mismos,
-queriendo persuadirnos de que sabemos lo que en realidad ignoramos? ¿Á
-qué olvidar la inconstancia y volubilidad de nuestro espíritu? ¿Á qué
-disimularnos que en muchas materias, aun de aquellas que son objeto de
-las ciencias humanas, se abruma y confunde nuestro entendimiento, y
-que hay mucho de ilusión en nuestro saber, mucho de hiperbólico en la
-ponderación de los adelantos de nuestros conocimientos? ¿No viene un
-día á desmentir lo que asentamos otro día? ¿no viene de continuo el
-curso de los tiempos burlando todas nuestras previsiones, deshaciendo
-nuestros planes, y manifestando lo aéreo de nuestros proyectos?
-
-¿Qué nos han dicho en todos tiempos aquellos genios privilegiados
-á quienes fué concedido descender hasta los cimientos de nuestras
-creencias, alzarse con brioso vuelo hasta la región de las más sublimes
-inspiraciones, y tocar, por decirlo así, los confines del espacio que
-puede recorrer el entendimiento humano? Sí, los grandes sabios de todos
-tiempos, después de haber tanteado los senderos más ocultos de la
-ciencia, después de haberse arrojado á seguir los rumbos más atrevidos,
-que en el orden moral y físico se presentaban á su actividad y osadía
-en el anchuroso mar de las investigaciones, todos vuelven de sus
-viajes llevando en su fisonomía aquella expresión de desagrado, fruto
-natural de muy vivos desengaños; todos nos dicen que se ha deshojado
-á su vista una bella ilusión, que se ha desvanecido como una sombra
-la hermosa imagen que tanto los hechizaba; todos refieren que en el
-momento en que se figuraban que iban á entrar en un cielo inundado de
-luz, han descubierto con espanto una región de tinieblas, han conocido
-con asombro que se hallaban en una nueva ignorancia. Y por esta causa
-todos á una miran con tanta desconfianza las fuerzas del entendimiento,
-ellos que tienen un sentimiento íntimo que no les deja dudar de que las
-fuerzas del suyo exceden á las de los otros hombres. «Las ciencias,
-dice profundamente Pascal, tienen dos extremos que se tocan: el primero
-es la pura ignorancia natural, en que se encuentran los hombres al
-nacer; el otro es aquel en que se hallan las grandes almas, que,
-habiendo recorrido todo lo que los hombres pueden saber, encuentran que
-_no saben nada_.»
-
-El Catolicismo dice al hombre: «Tu entendimiento es muy flaco, y en
-muchas cosas necesita un apoyo y una guía»; y el Protestantismo le
-dice: «La luz te rodea, marcha por do quieras, no hay para ti mejor
-guía que tú mismo». ¿Cuál de las dos religiones está de acuerdo con las
-lecciones de la más alta filosofía?
-
-Ya no debe, pues, parecer extraño que los talentos más grandes que
-ha tenido el Protestantismo, todos hayan sentido cierta propensión á
-la Religión católica, y que no haya podido ocultárseles la profunda
-sabiduría que se encierra en el pensamiento de sujetar en algunas
-materias el entendimiento humano al fallo de una autoridad irrecusable.
-Y en efecto: mientras se encuentre una autoridad que en su origen, en
-su establecimiento, en su conservación, en su doctrina y conducta,
-reuna todos los títulos que puedan acreditarla de divina, ¿qué adelanta
-el entendimiento con no querer sujetarse á ella? ¿qué alcanza divagando
-á merced de sus ilusiones, en gravísimas materias, siguiendo caminos
-donde no encuentra otra cosa que recuerdos de extravíos, escarmientos y
-desengaños?
-
-Si tiene el espíritu del hombre un concepto demasiado alto de sí mismo,
-estudie su propia historia, y en ella verá, palpará, que, abandonado
-á sus solas fuerzas, tiene muy poca garantía de acierto. Fecundo
-en sistemas, inagotable en cavilaciones, tan rápido en conseguir
-un pensamiento como poco á propósito para madurarle; semillero de
-ideas que nacen, hormiguean y se destruyen unas á otras, como los
-insectos que rebullen en un lago; alzándose tal vez en alas de sublime
-inspiración, y arrastrándose luego como el reptil que surca el polvo
-con su pecho; tan hábil é impetuoso para destruir las obras ajenas como
-incapaz de dar á las suyas una construcción sólida y duradera; empujado
-por la violencia de las pasiones, desvanecido por el orgullo, abrumado
-y confundido por tanta variedad de objetos como se le presentan en
-todas direcciones, deslumbrado por tantas luces falsas, y engañosas
-apariencias; abandonado enteramente á sí mismo, el corazón humano
-presenta la imagen de una centella inquieta y vivaz, que recorre sin
-rumbo fijo la inmensidad de los cielos, traza en su vario y rápido
-curso mil extrañas figuras, siembra en el rastro de su huella mil
-chispas relumbrantes, encanta un momento la vista con su resplandor,
-su agilidad y sus caprichos, y desaparece luego en la obscuridad,
-sin dejar en la inmensa extensión de su camino una ráfaga de luz para
-esclarecer las tinieblas de la noche.
-
-Ahí está la historia de nuestros conocimientos: en ese inmenso depósito
-donde se hallan en confusa mezcla las verdades y los errores, la
-sabiduría y la necedad, el juicio y la locura; ahí se encontrarán
-abundantes pruebas de lo que acabo de afirmar: ellas saldrán en mi
-abono, si se quisiera tacharme de haber recargado el cuadro.[7]
-
-
-
-
-CAPITULO V
-
-
-Tanta verdad es lo que acabo de decir sobre la debilidad del humano
-entendimiento, que, aun prescindiendo del aspecto religioso, es muy
-notable que la próvida mano del Criador ha depositado en el fondo de
-nuestra alma un preservativo contra la excesiva volubilidad de nuestro
-espíritu; y preservativo tal, que, sin él, hubiéranse pulverizado
-todas las instituciones sociales, ó, más bien, no se hubieran jamás
-planteado; sin él, las ciencias no hubieran dado jamás un paso; y, si
-llegase jamás á desaparecer del corazón del hombre, el individuo y la
-sociedad quedarían sumergidos en el caos. Hablo de cierta inclinación á
-deferir á la autoridad; del _instinto de fe_, digámoslo así; instinto
-que merece ser examinado con mucha detención, si se quiere conocer
-algún tanto el espíritu del hombre, estudiar con provecho la historia
-de su desarrollo y progresos, encontrar las causas de muchos fenómenos
-extraños, descubrir hermosísimos puntos de vista que ofrece bajo este
-aspecto la Religión católica, y palpar, en fin, lo limitado y poco
-filosófico del pensamiento que dirige al Protestantismo.
-
-Ya se ha observado muchas veces que no es posible acudir á las
-primeras necesidades, ni dar curso á los negocios más comunes, sin
-la deferencia á la autoridad de la palabra de otros, sin la fe; y
-fácilmente se echa de ver que, sin esa fe, desaparecería todo el caudal
-de la historia y de la experiencia; es decir, que se hundiría el
-fundamento de todo saber.
-
-Importantes como son estas observaciones, y muy á propósito para
-demostrar lo infundado del cargo que se hace á la Religión católica
-por sólo exigir fe, no son ellas, sin embargo, las que llaman ahora
-mi atención, tratando como trato de presentar la materia bajo otro
-aspecto, de colocar la cuestión en otro terreno, donde ganará la verdad
-en amplitud é interés, sin perder nada de su inalterable firmeza.
-
-Recorriendo la historia de los conocimientos humanos, y echando
-una ojeada sobre las opiniones de nuestros contemporáneos, nótase
-constantemente que, aun aquellos hombres que más se precian de espíritu
-de examen, y de libertad de pensar, apenas son otra cosa que el eco
-de opiniones ajenas. Si se examina atentamente ese grande aparato,
-que tanto ruido mete en el mundo con el nombre de ciencia, se notará
-que, en el fondo, encierra una gran parte de autoridad; y al momento
-que en él se introdujera un espíritu de examen enteramente libre, aun
-con respecto á aquellos puntos que sólo pertenecen al raciocinio,
-hundiríase en su mayor parte el edificio científico, y serían muy
-pocos los que quedarían en posesión de sus misterios. Ningún ramo de
-conocimientos se exceptúa de esta regla general, por mucha que sea la
-claridad y exactitud de que se gloríe. Ricas como son en evidencia de
-principios, rigurosas en sus deducciones, abundantes en observaciones
-y experimentos, las ciencias naturales y exactas, ¿no descansan,
-acaso, muchas de sus verdades en otras verdades más altas, para cuyo
-conocimiento ha sido necesaria aquella delicadeza de observación,
-aquella sublimidad de cálculo, aquella ojeada perspicaz y penetrante, á
-que alcanza tan sólo un número de hombres muy reducido?
-
-Cuando Newton arrojó en medio del mundo científico el fruto de sus
-combinaciones profundas, ¿cuántos eran entre sus discípulos los que
-pudieran lisonjearse de estribar en convicciones propias, aun hablando
-de aquellos que, á fuerza de mucho trabajo, habían llegado á comprender
-algún tanto al grande hombre? Habían seguido al matemático en sus
-cálculos, se habían enterado del caudal de datos y experimentos que
-exponía á sus consideraciones el naturalista, y habían escuchado las
-reflexiones con que apoyaba sus aserciones y conjeturas el filósofo:
-creían de esta manera hallarse plenamente convencidos, y no deber
-en su asenso nada á la autoridad, sino únicamente á la fuerza de la
-evidencia y de las razones: ¿sí? Pues haced que desaparezca entonces
-el nombre de Newton, haced que el ánimo se despoje de aquella honda
-impresión causada por la palabra de un hombre que se presenta con un
-descubrimiento extraordinario, y que para apoyarle despliega un tesoro
-de saber que revela un genio prodigioso; quitad, repito, la sombra
-de Newton, y veréis que en la mente de su discípulo los principios
-vacilan, los razonamientos pierden mucho de su encadenamiento y
-exactitud, las observaciones no se ajustan tan bien con los hechos; y
-el hombre que se creyera tal vez un examinador completamente imparcial,
-un pensador del todo independiente, conocerá, sentirá cuán sojuzgado se
-hallaba por la fuerza de la autoridad, por el ascendiente del genio;
-conocerá, sentirá que en muchos puntos tenía asenso, mas no convicción,
-y que, en vez de ser un filósofo enteramente libre, era un discípulo
-dócil y aprovechado.
-
-Apélese confiadamente al testimonio, no de los ignorantes, no de
-aquellos que han desflorado ligeramente los estudios científicos, sino
-de los verdaderos sabios, de los que han consagrado largas vigilias á
-los varios ramos del saber: invíteselos á que se concentren dentro de
-sí mismos, á que examinen de nuevo lo que apellidan sus convicciones
-científicas; y que se pregunten con entera calma y desprendimiento si,
-aun en aquellas materias en que se conceptúan más aventajados, no
-sienten repetidas veces sojuzgado su entendimiento por el ascendiente
-de algún autor de primer orden, y no han de confesar que, si á
-muchas cuestiones de las que tienen más estudiadas les aplicasen con
-rigor el método de Descartes, se hallarían con más _creencias_ que
-_convicciones_.
-
-Así ha sucedido siempre, y siempre sucederá así: esto tiene raíces
-profundas en la íntima naturaleza de nuestro espíritu, y, por lo mismo,
-no tiene remedio. Ni tal vez conviene que lo tenga; tal vez entra en
-esto mucho de aquel instinto de conservación que Dios con admirable
-sabiduría ha esparcido sobre la sociedad; tal vez sirve de fuerte
-correctivo á tantos elementos de disolución como ésta abriga en su seno.
-
-Malo es, en verdad, muchas veces, malo es, y muy malo, que el hombre
-vaya en pos de la huella de otro hombre; no es raro el que se vean por
-esta causa lamentables extravíos; pero peor fuera aún que el hombre
-estuviera siempre en actitud de resistencia contra todo otro hombre
-para que no le pudiese engañar, y que se generalizase por el mundo la
-filosófica manía de querer sujetarlo todo á riguroso examen: ¡pobre
-sociedad entonces! ¡pobre hombre! ¡pobres ciencias, si cundiese á todos
-los ramos el espíritu de riguroso, de escrupuloso, de independiente
-examen!
-
-Admiro el genio de Descartes, reconozco los grandes beneficios que
-ha dispensado á las ciencias; pero he pensado más de una vez que, si
-por algún tiempo pudiera generalizarse su método de duda, se hundiría
-de repente la sociedad; y aun entre los sabios, entre los filósofos
-imparciales, me parece que causaría grandes estragos; por lo menos es
-cierto que en el mundo científico se aumentaría considerablemente el
-número de los orates.
-
-Afortunadamente no hay peligro de que así suceda; y, si el hombre tiene
-cierta tendencia á la locura, más ó menos graduada, también posee
-un fondo de buen sentido de que no le es posible desprenderse; y la
-sociedad, cuando se presentan algunos individuos de cabeza volcánica
-que se proponen convertirla en delirante, ó les contesta con burlona
-sonrisa, ó, si se deja extraviar por un momento, vuelve luego en sí, y
-rechaza con indignación á aquellos que la habían descaminado.
-
-Para quien conozca á fondo el espíritu humano, serán siempre
-despreciables vulgaridades esas fogosas declamaciones contra las
-preocupaciones del vulgo; contra esa docilidad en seguir á otro hombre,
-contra esa facilidad en creerlo todo sin haber examinado nada. Como
-si en esto de preocupaciones, en esto de asentir á todo sin examen,
-hubiera muchos hombres que no fueran vulgo; como si las ciencias no
-estuvieran llenas de suposiciones gratuitas; como si en ellas no
-hubiera puntos flaquísimos sobre los cuales estribamos buenamente, cual
-en firmísimo é inalterable apoyo.
-
-El derecho de posesión y de prescripción es otra de las singularidades
-que ofrecen las ciencias, y es bien digno de notarse que, sin haber
-tenido jamás esos nombres, haya sido reconocido este derecho, con
-tácito, pero unánime, consentimiento. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo?
-Estudiad la historia de las ciencias, y encontraréis á cada paso
-confirmada esta verdad. En medio de las eternas disputas que han
-dividido á los filósofos, ¿cuál es la causa de que una doctrina antigua
-haya opuesto tanta resistencia á una doctrina nueva, y diferido por
-mucho tiempo y tal vez impedido completamente su establecimiento?
-Es porque la antigua estaba ya en posesión, es porque se hallaba
-robustecida por un derecho de prescripción: no importa que no se
-usaran esos nombres: el resultado era el mismo; y por esta razón los
-inventores se han visto muchas veces menospreciados ó contrariados,
-cuando no perseguidos.
-
-Es preciso confesarlo, por más que á ello se resista nuestro orgullo,
-y por más que se hayan de escandalizar algunos sencillos admiradores
-de los progresos de las ciencias: muchos han sido esos progresos,
-anchuroso es el campo por donde se ha espaciado el entendimiento
-humano, vastas las órbitas que ha recorrido, y admirables las obras
-con que ha dado una prueba de sus fuerzas; pero en todas estas cosas
-hay siempre una buena parte de exageración, hay mucho que cercenar,
-sobre todo cuando el nombre de ciencia se refiere á las relaciones
-morales. De semejantes ponderaciones nada puede deducirse para probar
-que nuestro entendimiento sea capaz de marchar con entera agilidad
-y desembarazo por toda clase de caminos; nada puede deducirse que
-contradiga el hecho que hemos establecido de que el entendimiento
-del hombre está sometido casi siempre, aunque sin advertirlo, á la
-autoridad de otro hombre.
-
-En cada época se presentan algunos pocos, poquísimos entendimientos
-privilegiados, que, alzando su vuelo sobre todos los demás, les
-sirven de guía en las diferentes carreras; precipítase tras ellos una
-numerosa turba que se apellida sabia, y con los ojos fijos en la enseña
-enarbolada va siguiendo afanosa los pasos del aventajado caudillo. Y
-¡cosa singular! todos claman por la independencia en la marcha, todos
-se precian de seguir aquel rumbo nuevo, como si ellos le hubieran
-descubierto, como si avanzaran en él, guiados únicamente por su propia
-luz é inspiraciones. Las necesidades, la afición ú otras circunstancias
-nos conducen á dedicarnos á este ó aquel ramo de conocimientos;
-nuestra debilidad nos está diciendo de continuo que no nos es dada la
-fuerza creatriz; y, ya que no podemos ofrecer nada propio, ya que nos
-sea imposible abrir un nuevo camino, nos lisonjeamos de que nos cabe
-una parte de gloria siguiendo la enseña de algún ilustre caudillo;
-y, en medio de tales sueños, llegamos tal vez á persuadirnos de que
-no militamos bajo la bandera de nadie, que sólo rendimos homenaje á
-nuestras convicciones, cuando en realidad no somos más que prosélitos
-de doctrinas ajenas.
-
-En esta parte el sentido común es más cuerdo que nuestra enfermiza
-razón; y así es que el lenguaje (esta misteriosa expresión de las
-cosas, donde se encuentra tanto fondo de verdad y exactitud sin saber
-quién se lo ha comunicado) nos hace una severa reconvención por tan
-orgulloso desvanecimiento; y á pesar nuestro llama las cosas por sus
-nombres, clasificándonos á nosotros, y á nuestras opiniones, del
-modo que corresponde, según el autor á quien hemos seguido por guía.
-La historia de las ciencias ¿es acaso más que la historia de los
-combates de una escasa porción de aventajados caudillos? Recórranse los
-tiempos antiguos y modernos, extiéndase la vista á los varios ramos
-de nuestros conocimientos, y se verá un cierto número de escuelas,
-planteadas por algún sabio de primer orden, dirigidas luego por otro
-que por sus talentos haya sido digno de sucederle; y durando así, hasta
-que, cambiadas las circunstancias, falta de espíritu de vida, muere
-naturalmente la escuela, ó presentándose algún hombre audaz, animado
-de indomable espíritu de independencia, la ataca, y la destruye, para
-asentar sobre sus ruinas la nueva cátedra del modo que á él le viniera
-en talante.
-
-Cuando Descartes destronó á Aristóteles ¿no se colocó por de pronto
-en su lugar? La turba de filósofos que blasonaban de independientes,
-pero cuya independencia era desmentida por el título que llevaban de
-_Cartesianos_, eran semejantes á los pueblos que en tiempo de revueltas
-aclaman libertad, y destronan al antiguo monarca, para someterse
-después al hombre bastante osado que recoge el cetro y la diadema que
-yacen abandonados al pie del antiguo solio.
-
-Créese en nuestro siglo, como se creyó en el anterior, que marcha el
-entendimiento humano con entera independencia; y á fuerza de declamar
-contra la autoridad en materias científicas, á fuerza de ensalzar la
-libertad del pensamiento, se ha llegado á formar la opinión de que
-pasaron ya los tiempos en que la autoridad de un hombre valía algo,
-y que ahora ya no obedece cada sabio sino á sus propias é íntimas
-convicciones. Allégase á todo esto que, desacreditados los sistemas y
-las hipótesis, se ha desplegado grande afición al examen y análisis de
-los hechos, y esto ha contribuído á que se figuren muchos que, no sólo
-ha desaparecido completamente la autoridad en las ciencias, sino que
-hasta ha llegado á hacerse imposible.
-
-Á primera vista, bien pudiera esto parecer verdad; pero, si damos en
-torno de nosotros una atenta mirada, notaremos que no se ha logrado
-otra cosa sino aumentar algún tanto el número de los jefes, y reducir
-la duración de su mando. Éste es verdadero tiempo de revueltas, y tal
-vez de revolución literaria y científica, semejante en un todo á la
-política, en que se imaginan los pueblos que disfrutan más libertad,
-sólo porque ven el mando distribuído en mayor número de manos, y porque
-tienen más anchura para deshacerse con frecuencia de los gobernantes,
-haciendo pedazos como á tiranos á los que antes apellidaran padres y
-libertadores; bien que, después de su primer arrebato, dejan el campo
-libre para que se presenten otros hombres á ponerles un freno, tal vez
-un poco más brillante, pero no menos recio y molesto. Á más de los
-ejemplos que nos ofrecería en abundancia la historia de las letras de
-un siglo á esta parte, ¿no vemos ahora mismo unos nombres substituídos
-á otros nombres, unos directores del entendimiento humano substituídos
-á otros directores?
-
-En el terreno de la política, donde al parecer más debiera campear
-el espíritu de libertad, ¿no son contados los hombres que marchan al
-frente? ¿no los distinguimos tan claro como á los generales de ejército
-en campaña? En la arena parlamentaria ¿vemos acaso otra cosa que dos ó
-tres cuerpos de combatientes que hacen sus evoluciones á las órdenes
-del respectivo caudillo con la mayor regularidad y disciplina? ¡Oh!
-¡cuán bien comprenderán estas verdades aquellos que se hallan elevados
-á tal altura! Ellos que conocen nuestra flaqueza, ellos que saben que
-para engañar á los hombres bastan por lo común las palabras, ellos
-habrán sentido mil veces asomar en sus labios la sonrisa, cuando,
-al contemplar engreídos el campo de sus triunfos, al verse rodeados
-de una turba preciada de inteligente que los admiraba y aclamaba con
-entusiasmo, habrán oído á algunos de sus más fervientes y más devotos
-prosélitos cuál blasonaban de ilimitada libertad de pensar, de completa
-independencia en las opiniones y en los votos.
-
-Tal es el hombre; tal nos le muestran la historia y la experiencia de
-cada día. La inspiración del genio, esa fuerza sublime que eleva el
-entendimiento de algunos seres privilegiados, ejercerá siempre, no sólo
-sobre los sencillos é ignorantes, sino también sobre el común de los
-sabios, una acción fascinadora. ¿Dónde está, pues, el ultraje que hace
-á la razón humana la Religión católica, cuando, al propio tiempo que le
-presenta los títulos que prueban su divinidad, le exige la fe? ¿Esa fe
-que el hombre dispensa tan fácilmente á otro hombre, en todas materias,
-aun en aquellas en que más presume de sabio, no podrá prestarla sin
-mengua de su dignidad á la Iglesia católica? ¿Será un insulto hecho
-á su razón el señalarle una norma fija, que le asegure con respecto
-á los puntos que más le importan, dejándole, por otra parte, amplia
-libertad de pensar lo que más le agrade sobre aquel mundo que Dios
-ha entregado á las disputas de los hombres? Con esto ¿hace acaso más
-la Iglesia que andar muy de acuerdo con las lecciones de la más alta
-filosofía, manifestar un profundo conocimiento del espíritu humano, y
-librarle de tantos males como le acarrea su volubilidad é inconstancia,
-su veleidoso orgullo, combinados de un modo extraño con esa facilidad
-increíble de deferir á la palabra de otro hombre? ¿Quién no ve que con
-ese sistema de la Religión católica se pone un dique al espíritu de
-_proselitismo_ que tantos daños ha causado á la sociedad? Ya que el
-hombre tiene esa irresistible tendencia á seguir los pasos de otro, ¿no
-hace un gran beneficio á la humanidad la Iglesia católica, señalándole
-de un modo seguro el camino por donde debe andar, si quiere seguir las
-pisadas de un Hombre-Dios? ¿No pone de esta manera muy á cubierto la
-dignidad humana, librando, al propio tiempo, de terrible naufragio los
-conocimientos más necesarios al individuo y á la sociedad?[8]
-
-
-
-
-CAPITULO VI
-
-
-En contra de la autoridad que trata de ejercer su jurisdicción sobre el
-entendimiento, se alegará, sin duda, el adelanto de las sociedades; y
-el alto grado de civilización y cultura á que han llegado las naciones
-modernas se producirá como un título de justicia para lo que se
-apellida emancipación del entendimiento. Á mi juicio, está tan distante
-esta réplica de tener algo de sólido, está tan mal cimentada sobre el
-hecho en que pretende apoyarse, que, antes bien, del mayor adelanto de
-la sociedad debiera inferirse la necesidad más urgente de una regla
-viva, tal como lo juzgan indispensable los católicos.
-
-Decir que las sociedades en su infancia y adolescencia hayan podido
-necesitar esa autoridad como un freno saludable, pero que este freno se
-ha hecho inútil y degradante cuando el entendimiento humano ha llegado
-á mayor desarrollo, es desconocer completamente la relación que tienen
-con los diferentes estados de nuestro entendimiento, los objetos sobre
-que versa semejante autoridad.
-
-La verdadera idea de Dios, el origen, el destino y la norma de conducta
-del hombre, y todo el conjunto de medios que Dios le ha proporcionado
-para llegar á su alto fin, he aquí los objetos sobre que versa la
-fe, y sobre los cuales pretenden los católicos la necesidad de una
-regla infalible; sosteniendo que, á no ser así, no fuera dable evitar
-los más lamentables extravíos, ni poner la verdad á cubierto de las
-cavilaciones humanas.
-
-Esta sencilla consideración bastará para convencer de que el examen
-privado sería mucho menos peligroso en pueblos poco adelantados en la
-carrera de la civilización, que no en otros que hayan ya adelantado
-mucho en ella. En un pueblo cercano á su infancia hay naturalmente un
-gran fondo de candor y sencillez, disposiciones muy favorables para
-que recibiera con docilidad las lecciones esparcidas en el Sagrado
-Texto, saboreándose en las de fácil comprensión, y humillando su frente
-ante la sublime obscuridad de aquellos lugares que Dios ha querido
-encubrir con el velo del misterio. Hasta su misma posición crearía en
-cierto modo una autoridad; pues, como no estuviera aún afectado por
-el orgullo y la manía del saber, se habría reducido á muy pocos el
-examinar el sentido de las revelaciones hechas por Dios al hombre, y
-esto produciría naturalmente un punto céntrico de donde dimanara la
-enseñanza.
-
-Pero sucede muy de otra manera en un pueblo adelantado en la carrera
-del saber; porque la extensión de los conocimientos á mayor número
-de individuos, aumentando el orgullo y la volubilidad, multiplica y
-subdivide las sectas en infinitas fracciones, y acaba por trastornar
-todas las ideas, y por corromper las tradiciones más puras. El pueblo,
-cercano á su infancia, como está exento de la vanidad científica,
-entregado á sus ocupaciones sencillas, y apegado á sus antiguas
-costumbres, escucha con docilidad y respeto al anciano venerable que,
-rodeado de sus hijos y nietos, refiere con tierna emoción la historia y
-los consejos que él á su vez había recibido de sus antepasados; pero,
-cuando la sociedad ha llegado á mucho desarrollo; cuando, debilitado
-el respeto á los padres de familia, se ha perdido la veneración á
-las canas; cuando nombres pomposos, aparatos científicos, grandes
-bibliotecas, hacen formar al hombre un gran concepto de la fuerza
-de su entendimiento; cuando la multiplicación y actividad de las
-comunicaciones esparcen á grandes distancias las ideas, y haciéndolas
-fermentar por medio del calor que adquieren con el movimiento, les dan
-aquella fuerza mágica que señorea los espíritus; entonces es precisa,
-indispensable, una autoridad, que, siempre viva, siempre presente,
-siempre en disposición de acudir á donde lo exija la necesidad, cubra
-con robusta égida el sagrado depósito de las verdades independientes
-de tiempos y climas, sin cuyo conocimiento flota eternamente el hombre
-á merced de sus errores y caprichos, y marcha con vacilante paso desde
-la cuna al sepulcro; aquellas verdades sobre las cuales está sentada
-la sociedad como sobre firmísimo cimiento; cimiento que, una vez
-conmovido, pierde su aplomo el edificio, oscila, se desmorona, y se cae
-á pedazos. La historia literaria y política de Europa de tres siglos
-á esta parte nos ofrece demasiadas pruebas de lo que acabo de decir,
-siendo de lamentar que cabalmente estalló la revolución religiosa
-en el momento en que debía ser más fatal: porque, encontrando á las
-sociedades agitadas por la actividad que desplegaba el espíritu humano,
-quebrantó el dique, cuando era necesario robustecerle.
-
-Por cierto que no es saludable apocar en demasía á nuestro espíritu,
-achacándole defectos que no tenga, ó exagerando aquellos de que en
-realidad adolece; pero tampoco es conveniente engreirle sobradamente,
-ponderando más de lo que es justo el alcance de sus fuerzas: esto, á
-más de serle muy dañoso en diferentes sentidos, es muy poco favorable á
-su mismo adelanto; y aun, si bien se mira, es poco conforme al carácter
-grave y circunspecto, que ha de ser uno de los distintivos de la
-verdadera ciencia. Que la ciencia, si ha de ser digna de este nombre,
-no ha de ser tan pueril, que se muestre ufana y vanidosa por aquello
-que en realidad no le pertenece como propiedad suya: es menester que
-no desconozca los límites que la circunscriben, y que tenga bastante
-generosidad y candidez para confesar su flaqueza.
-
-Un hecho hay en la historia de las ciencias, que, al propio tiempo
-que revela la intrínseca debilidad del entendimiento, hace palpar lo
-mucho que entra de lisonja en los desmedidos elogios que á veces se
-le prodigan; infiriéndose de aquí cuán arriesgado sea el abandonarle
-del todo á sí mismo, sin ningún género de guía. Consiste este hecho
-en las sombras que se van encontrando á medida que nos acercamos á la
-investigación de los secretos que rodean los primeros principios de
-las ciencias: por manera que, aun hablando de las que más nombradía
-tienen por su verdad, evidencia y exactitud, en llegando á profundizar
-hasta sus cimientos, parece que se encuentra un terreno poco firme,
-resbaladizo, en términos que el entendimiento, sintiéndose poco seguro
-y vacilante, retrocede, temeroso de descubrir alguna cosa que lanzara
-la incertidumbre y la duda sobre aquellas verdades, en cuya evidencia
-se había complacido.
-
-No participo yo del mal humor de Hobbes contra las matemáticas, y,
-entusiasta como soy de sus adelantos y profundamente convencido como
-estoy de las ventajas que su estudio acarrea á las demás ciencias y
-á la sociedad, mal pudiera tratar, ni de disminuir su mérito, ni de
-disputarles ninguno de los títulos que las ennoblecen; pero, ¿quién
-diría que ni ellas se exceptúan de la regla general? ¿faltan acaso en
-ellas puntos débiles, senderos tenebrosos?
-
-Por cierto que, al exponerse los primeros principios de estas ciencias,
-consideradas en toda su abstracción, y al deducir las proposiciones
-más elementales, camina el entendimiento por un terreno llano,
-desembarazado, donde ni se ofrece siquiera la idea de que pueda ocurrir
-el más ligero tropiezo. Prescindiré ahora de las sombras que hasta
-sobre este camino podrían esparcir la ideología y la metafísica, si se
-presentasen á disputar sobre algunos puntos, aun buscando su apoyo en
-los escritos de filósofos aventajados; pero, ciñéndonos al círculo en
-que naturalmente se encierran las matemáticas, ¿quién de los versados
-en ellas ignora que, avanzando en sus teorías, se encuentran ciertos
-puntos donde el entendimiento tropieza con una sombra; donde, á
-pesar de tener á la vista la demostración, y de haberla empleado en
-todas sus partes, se halla como fluctuante, sintiendo un no sé qué de
-incertidumbre, de que apenas acierta á darse cuenta á sí propio? ¿Quién
-no ha experimentado que, á veces, después de dilatados raciocinios,
-al divisar la verdad, se halla uno como si hubiera descubierto la luz
-del día, pero después de haber andado largo trecho á obscuras, por un
-camino cubierto? Fijando entonces vivamente la atención sobre aquellos
-pensamientos que divagan por la mente como exhalaciones momentáneas,
-sobre aquellos movimientos casi imperceptibles que en tales casos nacen
-y mueren de continuo en nuestra alma, se nota que el entendimiento, en
-medio de sus fluctuaciones, extiende la mano sin advertirlo al áncora
-que le ofrece la autoridad ajena, y que, para asegurarse, hace desfilar
-delante de sus ojos la sombra de algunos matemáticos ilustres, y el
-corazón como que se alegra de que aquello esté ya enteramente fuera
-de duda, por haberlo visto de una misma manera una serie de hombres
-grandes. ¿Y qué? ¿se sublevarán tal vez la ignorancia y el orgullo
-contra semejantes reflexiones? Estudiad esas ciencias, ó, cuando menos,
-leed su historia, y os convenceréis de que también se encuentran en
-ellas abundantes pruebas de la debilidad del entendimiento del hombre.
-
-La portentosa invención de Newton y Leibnitz ¿no encontró en Europa
-numerosos adversarios? ¿no necesitó para solidarse bien, el que
-pasara algún tiempo, y que la piedra de toque de las aplicaciones
-viniese á manifestar la verdad de los principios y la exactitud de los
-raciocinios? ¿y creéis, por ventura, que si ahora se presentara de
-nuevo esa invención en el campo de las ciencias, hasta suponiéndola
-pertrechada de todas las pruebas con que se la ha robustecido, y
-rodeada de aquella luz con que la han bañado tantas aclaraciones;
-creéis, por ventura, repito, que no necesitaría también de algún
-tiempo, para que, afirmada, digámoslo así, con el derecho de
-prescripción, alcanzase en sus dominios la tranquilidad y sosiego de
-que actualmente disfruta?
-
-Bien se deja sospechar que no les ha de caber á las demás ciencias
-escasa parte de esa incertidumbre, que trae su origen de la misma
-flaqueza del espíritu humano; y, como quiera que en cuanto á ellas
-apenas me parece posible que haya quien trate de contradecirlo, pasaré
-á presentar algunas consideraciones sobre el carácter peculiar de las
-ciencias morales.
-
-Tal vez no se ha reparado bastante que no hay estudio más engañoso que
-el de las verdades morales; y le llamo engañoso, porque, brindando al
-investigador con una facilidad aparente, le empeña en pasos en que
-apenas se encuentra salida. Son como aquellas aguas tranquilas que
-manifiestan poca profundidad, un fondo falso, pero que encierran un
-insondable abismo. Familiarizados nosotros con su lenguaje desde la más
-tierna infancia; viendo en rededor nuestro sus continuas aplicaciones;
-sintiendo que se nos presentan como de bulto, y hallándonos con
-cierta facilidad de hablar de repente sobre muchos de sus puntos,
-persuadímonos con ligereza de que tampoco nos ha de ser difícil un
-estudio profundo de sus más altos principios, y de sus relaciones
-más delicadas; y ¡cosa admirable! apenas salimos de la esfera del
-sentido común, apenas tratamos de desviarnos de aquellas expresiones
-sencillas, las mismas que balbucientes pronunciábamos en el regazo de
-nuestra madre, nos hallamos en el más confuso laberinto. Entonces,
-si el entendimiento se abandona á sus cavilaciones; si no escucha la
-voz del corazón, que le habla con tanta sencillez como elocuencia;
-si no templa aquella fogosidad que le comunica el orgullo; si con
-loco desvanecimiento no atiende á lo que le prescribe el cuerdo buen
-sentido, llega hasta el exceso de despreciar el depósito de aquellas
-tan saludables como necesarias verdades que conserva la sociedad para
-irlas transmitiendo de generación en generación; y, marchando solo, á
-tientas, en medio de las más densas tinieblas, acaba por derrumbarse en
-aquellos precipicios de extravagancias y delirios de que la historia
-de las ciencias nos ofrece tan repetidos y lamentables ejemplos.
-
-Si bien se observa, se nota una cosa semejante en todas las ciencias;
-porque el Criador ha querido que no nos faltaran aquellos conocimientos
-que nos eran necesarios para el uso de la vida, y para llegar á
-nuestro destino; pero no ha querido complacer nuestra curiosidad,
-descubriéndonos verdades que para nada nos eran necesarias. Sin
-embargo, en algunas materias ha comunicado al entendimiento cierta
-facilidad que le hace capaz de enriquecer de continuo sus dominios;
-pero, en orden á las verdades morales, le ha dejado en una esterilidad
-completa: lo que necesitaba saber, ó se lo ha grabado con caracteres
-muy sencillos é inteligibles en el fondo de su corazón, ó se lo ha
-consignado de un modo muy expreso y terminante en el Sagrado Texto,
-mostrándole una regla fija en la autoridad de la Iglesia, á donde podía
-acudir para aclarar sus dudas; pero, por lo demás, le ha dejado de
-manera que, si se trata de cavilar y espaciarse á su capricho, recorre
-de continuo un mismo camino, lo hace y deshace mil veces; encontrando
-en un extremo el _escepticismo_, en el otro la _verdad pura_.
-
-Algunos ideólogos modernos reclamarán, tal vez, contra reflexiones
-semejantes, y mostrarán en contra de esta aserción el fruto de sus
-trabajos analíticos. «Cuando no se había descendido al análisis de los
-hechos, dirán ellos; cuando se divagaba entre sistemas aéreos, y se
-recibían palabras sin examen ni discernimiento, entonces pudiera ser
-verdad todo esto; pero ahora, cuando las ideas de bien y mal moral las
-hemos aclarado nosotros tan completamente, que hemos deslindado lo
-que había en ellas de preocupación y de filosofía; que hemos asentado
-todo el sistema de moral sobre principios tan sencillos, como son el
-placer y el dolor; que hemos dado en estas materias ideas tan claras,
-como son las _varias sensaciones que nos causa una naranja_; ahora,
-decir todo esto, es ser ingrato con las ciencias; es desconocer el
-fruto de nuestros sudores.» Ni me son desconocidos los trabajos de
-algunos nuevos ideólogo-moralistas, ni la engañosa sencillez con que
-desenvuelven sus teorías, dando á las más difíciles materias un aspecto
-de facilidad y llaneza, que, al parecer, debe de estar todo al alcance
-de las inteligencias más limitadas: no es éste el lugar á propósito
-para examinar esas teorías, esas investigaciones analíticas; observaré,
-no obstante, que, á pesar de tanta sencillez, no parece que se vaya
-en pos de ellos ni la sociedad, ni la ciencia; y que sus opiniones,
-sin embargo de ser recientes, son ya viejas. Y no es extraño, porque
-fácilmente se había de ocurrir que, á pesar de su positivismo, si puedo
-valerme de esta palabra, son tan hipotéticos esos ideólogos, como
-muchos de los antecesores á quienes ellos motejan y desprecian. Escuela
-pequeña y de espíritu limitado, que, sin estar en posesión de la
-verdad, no tiene siquiera aquella belleza con que hermosean á otras los
-brillantes sueños de grandes hombres; escuela orgullosa y alucinada,
-que cree profundizar un hecho, cuando le obscurece, y afianzarle, sólo
-porque le asevera; y que, en tratándose de relaciones morales, se
-figura que analiza el corazón, sólo porque le descompone y diseca.
-
-Si tal es nuestro entendimiento, si tanta es su flaqueza con respecto
-á todas las ciencias, si tanta es su esterilidad en los conocimientos
-morales, que no ha podido adelantar un ápice sobre lo que le ha
-enseñado la bondadosa Providencia, ¿qué beneficio ha hecho el
-Protestantismo á las sociedades modernas, quebrantando la fuerza de la
-autoridad, única capaz de poner un dique á lamentables extravíos?[9]
-
-
-
-
-CAPITULO VII
-
-
-Rechazada por el Protestantismo la autoridad de la Iglesia, y
-estribando sobre este principio como único cimiento, ha debido buscar
-en el hombre todo su apoyo; y, desconocido hasta tal punto el espíritu
-humano, y su verdadero carácter, y sus relaciones con las verdades
-religiosas y morales, le ha dejado ancho campo para precipitarse, según
-la variedad de las situaciones, en dos extremos tan opuestos como son
-el _fanatismo_ y la _indiferencia_.
-
-Extraño parecerá quizás enlace semejante, y que extravíos tan opuestos
-puedan dimanar de un mismo origen, y, sin embargo, nada hay más cierto;
-viniendo en esta parte los ejemplos de la historia á confirmar las
-lecciones de la filosofía. Apelando el Protestantismo al solo hombre
-en las materias religiosas, no le quedaban sino dos medios de hacerlo:
-ó suponerle inspirado del cielo para el descubrimiento de la verdad, ó
-sujetar todas las verdades religiosas al examen de la razón; es decir,
-ó la _inspiración_ ó la _filosofía_. El someter las verdades religiosas
-al fallo de la razón debía acarrear tarde ó temprano la indiferencia,
-así como la inspiración particular, ó el espíritu privado, había de
-engendrar el fanatismo.
-
-Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante,
-y es su vehemente inclinación á imaginar sistemas que, prescindiendo
-completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan sólo la
-obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común,
-y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones.
-La historia de la filosofía apenas presenta otros cuadros que la
-repetición perenne de este fenómeno; y, en cuanto cabe en las otras
-materias, no ha dejado de reproducirse, bajo una ú otra forma.
-Concebida una idea singular, mírala el entendimiento con aquella
-predilección exclusiva y ciega, con que suele un padre distinguir á sus
-hijos; y, desenvolviéndola con esta preocupación, amolda en ella todos
-los hechos, y le ajusta todas las reflexiones. Lo que en un principio
-no era más que un pensamiento ingenioso y extravagante, pasa luego á
-ser un germen, del cual nacen vastos cuerpos de doctrina; y, si es
-ardiente la cabeza donde ha brotado ese pensamiento, si está señoreada
-por un corazón lleno de fuego, el calor provoca la fermentación, y ésta
-el fanatismo, propagador de todos los delirios.
-
-Acreciéntase singularmente el peligro cuando el nuevo sistema versa
-sobre materias religiosas, ó se roza con ellas por relaciones muy
-inmediatas: entonces las extravagancias del espíritu alucinado se
-transforman en inspiraciones del cielo; la fermentación del delirio,
-en una llama divina, y la manía de singularizarse en vocación
-extraordinaria. El orgullo, no pudiendo sufrir oposición, se desboca
-furioso contra todo lo que encuentra establecido; é insultando la
-autoridad, atacando todas las instituciones, y despreciando las
-personas, disfraza la más grosera violencia con el manto del celo,
-y encubre la ambición con el nombre del apostolado. Más alucinado á
-veces que seductor, el miserable maniático llega quizás á persuadirse
-profundamente de que son verdaderas sus doctrinas, y de que ha oído la
-palabra del cielo; y, presentando en el fogoso lenguaje de la demencia
-algo de singular y extraordinario, transmite á sus oyentes una parte de
-su locura, y adquiere en breve un considerable número de prosélitos. No
-son, á la verdad, muchos los capaces de representar el primer papel en
-esa escena de locura; pero, desgraciadamente, los hombres son demasiado
-insensatos para dejarse arrastrar por el primero que se arroje atrevido
-á acometer la empresa: pues que la historia y la experiencia harto nos
-tienen enseñado que, para fascinar un gran número de hombres, basta una
-palabra, y que, para formar un partido, por malvado, por extravagante,
-por ridículo que sea, no se necesita más que levantar una bandera.
-
-Ahora que se ofrece la oportunidad, quiero dejar consignado aquí un
-hecho, que no sé que nadie le haya observado: y es, que la Iglesia
-en sus combates con la herejía ha prestado un eminente servicio á la
-ciencia que se ocupa en conocer el verdadero carácter, las tendencias
-y el alcance del espíritu humano. Celosa depositaria de todas las
-grandes verdades, ha procurado siempre conservarlas intactas, y,
-conociendo á fondo la debilidad del humano entendimiento, y su
-extremada propensión á las locuras y extravagancias, le ha seguido
-siempre de cerca los pasos, le ha observado en todos sus movimientos,
-rechazando con energía sus impotentes tentativas, cuando él ha tratado
-de corromper el purísimo manantial de que era poseedora. En las fuertes
-y dilatadas luchas que contra él ha sostenido, ha logrado poner de
-manifiesto su incurable locura, ha desenvuelto todos sus pliegues, y
-le ha mostrado en todas sus fases: recogiendo en la historia de las
-herejías un riquísimo caudal de hechos, un cuadro muy interesante donde
-se halla retratado el espíritu humano en sus verdaderas dimensiones,
-en su fisonomía característica, en su propio colorido: cuadro de que
-se aprovechará, sin duda, el genio á quien esté reservada la grande
-obra que está todavía por hacer: _la verdadera historia del espíritu
-humano_.[10]
-
-Tocante á extravagancias y delirios del fanatismo, por cierto que no
-está nada escasa la historia de Europa de tres siglos á esta parte:
-monumentos quedan todavía existentes, y por dondequiera que dirijamos
-nuestros pasos, encontraremos que las sectas fanáticas nacidas en el
-seno del Protestantismo, y originadas de su principio fundamental, han
-dejado impresa una huella de sangre. Nada pudieron contra el torrente
-devastador, ni la violencia de carácter de Lutero, ni los furibundos
-esfuerzos con que se oponía á cuantos enseñaban doctrinas diferentes
-de las suyas: á unas impiedades sucedieron presto otras impiedades;
-á unas extravagancias, otras extravagancias; á un fanatismo, otro
-fanatismo; quedando luego la falsa reforma fraccionada en tantas
-sectas, todas á cual más violentas, cuantas fueron las cabezas que á
-la triste fecundidad de engendrar un sistema reunieron un carácter
-bastante resuelto para enarbolar una bandera. Ni era posible que de
-otro modo sucediese, porque, cabalmente, á más del riesgo que traía
-consigo el dejar solo al espíritu humano encarado con todas las
-cuestiones religiosas, había una circunstancia que debía acarrear
-resultados funestísimos: hablo de la interpretación de los Libros
-Santos encomendada al espíritu privado.
-
-Manifestóse entonces con toda evidencia que el mayor abuso es el que se
-hace de lo mejor; y que ese libro inefable, donde se halla derramada
-tanta luz para el entendimiento, tantos consuelos para el corazón,
-es altamente dañoso al espíritu soberbio, que á la terca resolución
-de resistir á toda autoridad en materias de fe, añada la ilusoria
-persuasión de que la Escritura Sagrada es un libro claro en todas sus
-partes, de que no le faltará en todo caso la inspiración del cielo
-para la disipación de las dudas que pudieran ofrecerse, ó que recorra
-sus páginas con el prurito de encontrar algún texto, que, más ó menos
-violentado, pueda prestar apoyo á sutilezas, cavilaciones, ó proyectos
-insensatos.
-
-No cabe mayor desacierto que el cometido por los corifeos del
-Protestantismo, al poner la Biblia en manos de todo el mundo,
-procurando, al mismo tiempo, acreditar la ilusión de que cualquier
-cristiano era capaz de interpretarla; no cabe olvido más completo de
-lo que es la Sagrada Escritura. Bien es verdad que no quedaba otro
-medio al Protestantismo, y que todos los obstáculos que oponía á la
-entera libertad en la interpretación del Sagrado Texto eran para él
-una inconsecuencia chocante, una apostasía de sus propios principios,
-un desconocimiento de su origen; pero esto es su más terminante
-condenación; porque, ¿cuáles son los títulos, ni de verdad, ni de
-santidad, que podrá presentarnos una religión, que en su principio
-fundamental envuelve el germen de las sectas más fanáticas y más
-dañosas á la sociedad?
-
-Difícil fuera reunir en breve espacio tantos hechos, tantas
-reflexiones, tan convincentes pruebas en contra de ese error
-capital del Protestantismo, como ha reunido un mismo protestante.
-Es O'Callaghan: y no dudo que el lector me quedará agradecido de
-que transcriba aquí sus palabras; dice así: «Llevados los primeros
-reformadores de su espíritu de oposición á la Iglesia romana,
-reclamaron á voz en grito el derecho de interpretar las Escrituras
-conforme al juicio particular de cada uno....; pero, afanados por
-emancipar al pueblo de la autoridad del Pontífice romano, proclamaron
-este derecho sin explicación ni restricciones, y las consecuencias
-fueron _terribles_. Impacientes por minar la base de la jurisdicción
-papal, sostuvieron sin limitación alguna que cada individuo tiene
-indisputable derecho á interpretar la Sagrada Escritura por sí mismo;
-y, como este principio, tomado en toda su extensión, era insostenible,
-fué menester, para afirmarle, darle el apoyo de otro principio, cual
-es, que la Biblia es un libro fácil, al alcance de todos los espíritus;
-que el carácter más inseparable de la revelación divina es una gran
-claridad: principios ambos, que, ora se les considere aislados, ora
-unidos, son incapaces de sufrir un ataque serio.
-
-»El juicio privado de Munzer descubrió en la Escritura que los títulos
-de nobleza y las grandes propiedades son una usurpación impía,
-contraria á la natural igualdad de los fieles, é invitó á sus secuaces
-á examinar si no era ésta la verdad del hecho: examinaron los sectarios
-la cosa, alabaron á Dios, y procedieron en seguida, por medio del
-hierro y del fuego, á la extirpación de los impíos, y á apoderarse de
-sus propiedades. El juicio privado creyó también haber descubierto en
-la Biblia que las leyes establecidas eran una permanente restricción
-de la libertad cristiana; y heos aquí que Juan de Leyde tira los
-instrumentos de su oficio, se pone á la cabeza de un populacho
-fanático, sorprende la ciudad de Múnster, se proclama á sí mismo rey
-de Sión, toma catorce mujeres á la vez, asegurando que la poligamia
-era una de las libertades cristianas, y el privilegio de los Santos.
-Pero, si la criminal locura de los paisanos extranjeros aflige á los
-amigos de la humanidad y de una piedad razonable, por cierto que no
-es á propósito para consolarlos la historia de Inglaterra, durante un
-largo espacio del siglo XVII. En ese período de tiempo, levantáronse
-una innumerable muchedumbre de fanáticos, ora juntos, ora unos en pos
-de otros, embriagados de doctrinas extravagantes y de pasiones dañinas,
-desde el feroz dominio de Fox hasta la metódica locura de Barclay,
-desde el formidable fanatismo de Cromwell hasta la necia impiedad de
-_Praise-God-Barebones_. La piedad, la razón y el buen sentido parecían
-desterrados del mundo, y se habían puesto en su lugar una extravagante
-algarabía, un frenesí religioso, un celo insensato: todos citaban la
-Escritura, todos pretendían haber tenido inspiraciones, visiones,
-arrobos de espíritu; y, á la verdad, con tanto fundamento lo pretendían
-unos como otros.
-
-»Sosteníase con mucho rigor que era conveniente abolir el sacerdocio
-y la dignidad Real; pues que los sacerdotes eran los servidores de
-Satanás, y los reyes eran los delegados de la Prostituta de Babilonia,
-y que la existencia de unos y otros era incompatible con el reino del
-Redentor. Esos fanáticos condenaban la ciencia como invención pagana,
-y las universidades como seminarios de la impiedad anticristiana.
-Ni la santidad de sus funciones protegía al obispo, ni la majestad
-del trono al rey; uno y otro eran objetos de desprecio y de odio, y
-degollados sin compasión por aquellos fanáticos, cuyo único libro era
-la Biblia, sin notas ni comentarios. Á la sazón estaba en su mayor
-auge el entusiasmo por la oración, la predicación y la lectura de los
-Libros Santos; todos oraban, todos predicaban, todos leían, pero nadie
-escuchaba. Las mayores atrocidades se las justificaba por la Sagrada
-Escritura; en las transacciones más ordinarias de la vida se usaba
-el lenguaje de la Sagrada Escritura; de los negocios interiores de
-la nación, de sus relaciones exteriores, se trataba con frases de la
-Escritura; con la Escritura se tramaban conspiraciones, traiciones,
-proscripciones; y todo era, no sólo justificado, sino también
-consagrado con citas de la Sagrada Escritura. Estos hechos históricos
-han asombrado con frecuencia á los hombres de bien, y consternado á
-las almas piadosas; _pero, demasiado embebido el lector en sus propios
-sentimientos, olvida la lección encerrada en esta terrible experiencia,
-á saber: que la Biblia, sin explicación, ni comentarios, no es para
-leída por hombres groseros é ignorantes_.
-
-»La masa del linaje humano ha de contentarse con recibir de _otro_
-sus instrucciones, y no le es dado acercarse á los manantiales de la
-ciencia. Las verdades más importantes en medicina, en jurisprudencia,
-en física, en matemáticas, ha de recibirlas de aquellos que las beben
-en los primeros manantiales: y, por lo que toca al Cristianismo, en
-general se ha constantemente seguido el mismo método, y siempre que se
-le ha dejado hasta cierto punto, _la sociedad se ha conmovido hasta sus
-cimientos_.»
-
-No necesitan comentarios esas palabras de O'Callaghan; y por cierto
-que no se las podrá tachar ni de hiperbólicas, ni de declamatorias,
-no siendo más que una sencilla y verídica narración de hechos harto
-sabidos. El solo recuerdo de ellos debería ser bastante para convencer
-de los peligros que consigo trae el poner la Sagrada Escritura
-sin notas ni comentarios en manos de cualquiera, como lo hace el
-Protestantismo, acreditando en cuanto puede el error de que para la
-inteligencia del Sagrado Texto es inútil la autoridad de la Iglesia,
-y que no necesita más todo cristiano que escuchar lo que le dictarán
-con frecuencia sus pasiones y sus delirios. Cuando el Protestantismo
-no hubiera cometido otro yerro que éste, bastaría ya para que se
-reprobase, se condenase á sí propio, pues que no hace otra cosa una
-religión que asienta un principio que la disuelve á ella misma.
-
-Para apreciar en esta parte el desacierto con que procede el
-Protestantismo, y la posición falsa y arriesgada en que se ha colocado
-con respecto al espíritu humano, no es necesario ser teólogo, ni
-católico; basta haber leído la Escritura, aun cuando sea únicamente
-con ojos de literato y filósofo. Un libro que, encerrando en breve
-cuadro el extenso espacio de cuatro mil años, y adelantándose hasta
-las profundidades del más lejano porvenir, comprende el origen
-y destinos del hombre y del universo; un libro que, tejiendo la
-historia particular de un pueblo escogido, abarca en sus narraciones
-y profecías las revoluciones de los grandes imperios; un libro en que
-los magníficos retratos donde se presentan la pujanza y el lujoso
-esplendor de los monarcas de Oriente, se encuentran al lado de la
-fácil pincelada que nos describe la sencillez de las costumbres
-domésticas, ó el candor é inocencia de un pueblo en la infancia; un
-libro donde narra el historiador, vierte tranquilamente el sabio sus
-sentencias, predica el apóstol, enseña y disputa el doctor; un libro
-donde un profeta, señoreado por el espíritu divino, truena contra la
-corrupción y extravío de un pueblo, anuncia las terribles venganzas
-del Dios de Sinaí, llora inconsolable el cautiverio de sus hermanos y
-la devastación y soledad de su patria, cuenta en lenguaje peregrino y
-sublime los magníficos espectáculos que se desplegaron á sus ojos en
-momentos de arrobo, en que, al través de velos sombríos, de figuras
-misteriosas, de emblemas obscuros, de apariciones enigmáticas, viera
-desfilar ante su vista los grandes sucesos de la sociedad y las
-catástrofes de la naturaleza; un libro, ó más bien un conjunto de
-libros, donde reinan todos los estilos y campean los más variados
-tonos, donde se hallan derramadas y entremezcladas la majestad épica
-y la sencillez pastoril, el fuego lírico y la templanza didáctica,
-la marcha grave y sosegada de la narración histórica y la rapidez y
-viveza del drama; un conjunto de libros escritos en diferentes épocas
-y países, en varias lenguas, en circunstancias las más singulares y
-extraordinarias, ¿cómo podrá menos de trastrocar la cabeza orgullosa
-que recorre á tientas sus páginas, ignorando los climas, los tiempos,
-las leyes, los usos y costumbres; abrumada de alusiones que la
-confunden, de imágenes que la sorprenden, de idiotismos que la
-obscurecen; oyendo hablar en idioma moderno al hebreo ó al griego que
-escribieron allá en siglos muy remotos? ¿Qué efectos ha de producir ese
-conjunto de circunstancias, creyendo el lector que la Sagrada Escritura
-es un libro muy fácil, que se brinda de buen grado á la inteligencia
-de cualquiera, y que, en todo caso, si se ofreciere alguna dificultad,
-no necesita el que lee de la instrucción de nadie, sino que le bastan
-sus propias reflexiones, ó concentrarse dentro de sí mismo para prestar
-atento oído á la celeste inspiración que levantará el velo que encubre
-los más altos misterios? ¿Quién extrañará que se hayan visto entre los
-protestantes tan ridículos visionarios, tan furibundos fanáticos?[11]
-
-
-
-
-CAPITULO VIII
-
-
-Injusticia fuera tachar una religión de falsa, sólo porque en su seno
-hubieran aparecido fanáticos: esto equivaldría á desecharlas todas;
-pues que no sería dable encontrar una que estuviese exenta de semejante
-plaga. No está el mal en que se presenten fanáticos en medio de una
-religión, sino en que ella los forme, en que los incite al fanatismo,
-ó les abra para él anchurosa puerta. Si bien se mira, en el fondo del
-corazón humano hay un germen abundante de fanatismo, y la historia
-del hombre nos ofrece de ello tan abundantes pruebas, que apenas se
-encontrará hecho que deba ser reconocido como más indudable. Fingid
-una ilusión cualquiera, contad la visión más extravagante, forjad el
-sistema más desvariado; pero tened cuidado de bañarlo todo con un tinte
-religioso, y estad seguros de que no os faltarán prosélitos entusiastas
-que tomarán á pecho el sostener vuestros dogmas, el propagarlos, y
-que se entregarán á vuestra causa con una mente ciega y un corazón de
-fuego; es decir, tendréis bajo vuestra bandera una porción de fanáticos.
-
-Algunos filósofos han gastado largas páginas en declamar contra el
-fanatismo, y como que se han empeñado en desterrarle del mundo, ora
-dando á los hombres empalagosas lecciones filosóficas, ora empleando
-contra el _monstruo_ toda la fuerza de una oratoria fulminante. Bien
-es verdad que á la palabra _fanatismo_ le han señalado una extensión
-tan lata, que han comprendido bajo esta denominación toda clase de
-religiones; pero yo creo, sin embargo, que, aun cuando se hubieran
-ceñido á combatir el verdadero fanatismo, habrían hecho harto mejor si,
-no fatigándose tanto, hubiesen gastado algún tiempo en examinar esta
-materia con espíritu analítico, tratándola, después de atento examen,
-sin preocupación, con madurez y templanza.
-
-Por lo mismo que veían que éste era un achaque del espíritu humano,
-escasas esperanzas podían tener, si es que fueran filósofos cuerdos y
-sesudos, de que con razones y elocuencia alcanzaran á desterrar del
-mundo al malhadado _monstruo_; pues que, hasta ahora, no sé yo que
-la filosofía haya sido parte á remediar ninguna de aquellas graves
-enfermedades que son como el patrimonio del humano linaje. Entre tantos
-yerros como ha tenido la filosofía del siglo XVIII, ha sido uno de los
-más capitales la manía de los tipos: de la naturaleza del hombre, de
-la sociedad, de todo se ha imaginado un tipo allá en su mente; todo ha
-debido acomodarse á aquel tipo, y cuanto no ha podido doblegarse para
-ajustarse al molde, todo ha sufrido tal descarga filosófica, que, al
-menos, no ha quedado impune por su poca flexibilidad.
-
-¿Pues qué? ¿podrá negarse que haya fanatismo en el mundo? Y mucho.
-¿Podrá negarse que sea un mal? Y muy grave. ¿Cómo se podría extirpar?
-De ninguna manera. ¿Cómo se podrá disminuir su extensión, atenuar su
-fuerza, refrenar su violencia? Dirigiendo bien al hombre. Entonces, ¿no
-será con la filosofía? Ahora lo veremos.
-
-¿Cuál es el origen del fanatismo? Antes es necesario fijar el verdadero
-sentido de esta palabra. Entiéndese por fanatismo, tomado en su
-acepción más lata, una viva exaltación del ánimo fuertemente señoreado
-por alguna opinión, ó falsa, ó exagerada. Si la opinión es verdadera,
-encerrada en sus justos límites, entonces no cabe el fanatismo; y, si
-alguna vez lo hubiere, será con respecto á los medios que se emplean
-en defenderla; pero, entonces ya existirá también un juicio errado, en
-cuanto se cree que la opinión verdadera autoriza para aquellos medios;
-es decir, que habrá error, ó exageración. Pero, si la opinión fuere
-verdadera, los medios de defenderla, legítimos, y la ocasión, oportuna,
-entonces no hay fanatismo, por grande que sea la exaltación del ánimo,
-por viva que sea la efervescencia, por vigorosos que sean los esfuerzos
-que se hagan, por costosos que sean los sacrificios que se arrostren;
-entonces habrá entusiasmo en el ánimo y heroísmo en la acción, pero
-fanatismo no: de otra manera los héroes de todos tiempos y países
-quedarían afeados con la mancha de fanáticos.
-
-Tomado el fanatismo con toda esta generalidad, se extiende á cuantos
-objetos ocupan al espíritu humano; y así hay fanáticos en religión, en
-política, y hasta en ciencias y literatura; no obstante, el significado
-más propio de la palabra _fanatismo_, no sólo atendiendo á su valor
-etimológico, sino también usual, es cuando se aplica á materias
-religiosas; y, por esta causa, el solo nombre de fanático, sin ninguna
-añadidura, expresa un _fanático_ en religión; cuando, al contrario, si
-se le aplica con respecto á otras materias, debe andar acompañado del
-apuesto que las califique; así se dice: fanáticos políticos, fanáticos
-en literatura, y otras expresiones por este tenor.
-
-No cabe duda de que, en tratándose de materias religiosas, tiene el
-hombre una propensión muy notable á dejarse dominar de una idea, á
-exaltarse de ánimo en favor de ella, á transmitirla á cuantos le
-rodean, á propagarla luego por todas partes, llegando con frecuencia
-á empeñarse en comunicarla á los otros, aunque sea con las mayores
-violencias.
-
-Hasta cierto punto se verifica también el mismo hecho en las materias
-no religiosas; pero es innegable que en las religiosas adquiere el
-fenómeno un carácter que le distingue de cuanto acontece en esfera
-diferente. En cosas de religión adquiere el alma del hombre una nueva
-fuerza; una energía terrible, una expansión sin límites; para él no hay
-dificultades, no hay obstáculos, no hay embarazos de ninguna clase; los
-intereses materiales desaparecen enteramente, los mayores padecimientos
-se hacen lisonjeros, los tormentos son nada, la muerte misma es una
-ilusión agradable.
-
-El hecho es vario, según lo es la persona en quien se verifica, según
-lo son las ideas y costumbres del pueblo en medio del cual se realiza;
-pero, en el fondo, es el mismo: examinada la cosa en su raíz, se halla
-que tienen un mismo origen las violencias de los sectarios de Mahoma,
-que las extravagancias de los discípulos de Fox.
-
-Acontece en esta pasión lo propio que en las demás, que, si producen
-los mayores males, es sólo porque se extravían de su objeto legítimo, ó
-se dirigen á él por medios que no están de acuerdo con lo que dictan la
-razón y la prudencia; pues que, bien observado, el fanatismo no es más
-que el _sentimiento religioso extraviado_; sentimiento que el hombre
-lleva consigo desde la cuna hasta el sepulcro, y que se encuentra como
-esparcido por la sociedad, en todos los períodos de su existencia.
-Hasta ahora ha sido siempre vano el empeño de hacer irreligioso al
-hombre: uno que otro individuo se ha entregado á los desvaríos de una
-irreligión completa; pero el linaje humano protesta sin cesar contra
-ese individuo, que ahoga en su corazón el sentimiento religioso. Como
-este sentimiento es tan fuerte, tan vivo, tan poderoso á ejercer sobre
-el hombre una influencia sin límites, apenas se aparta de su objeto
-legítimo, apenas se desvía del sendero debido, cuando ya produce
-resultados funestos; pues que se combinan desde luego dos causas muy á
-propósito para los mayores desastres, como son: _absoluta ceguera del
-entendimiento, y una irresistible energía en la voluntad_.
-
-Cuando se ha declamado contra el fanatismo, buena parte de los
-protestantes y filósofos no se han olvidado de prodigar ese apodo á
-la Iglesia católica; y por cierto que debieran andar en ello con más
-tiento, cuando menos en obsequio de la buena filosofía. Sin duda que
-la Iglesia no se gloriará de que haya podido curar todas las locuras
-de los hombres, y, por tanto, no pretenderá tampoco que de entre sus
-hijos haya podido desterrar de tal manera el fanatismo, que, de vez en
-cuando, no haya visto en su seno algunos fanáticos; pero sí que puede
-gloriarse de que jamás religión alguna ha dado mejor en el blanco para
-curar, en cuanto cabe, este achaque del espíritu humano; pudiendo,
-además, asegurarse que tiene de tal manera tomadas sus medidas, que,
-en naciendo el fanatismo, le cerca desde luego con un vallado, en
-que podrá delirar por algún tiempo, pero no producirá efectos de
-consecuencias desastrosas.
-
-Esos extravíos de la mente, esos sueños de delirio que, nutridos
-y avivados, con el tiempo arrastran al hombre á las mayores
-extravagancias, y hasta á los más horrorosos crímenes, apáganse por
-lo común en su mismo origen, cuando existe en el fondo del alma el
-saludable convencimiento de la propia debilidad, y el respeto y
-sumisión á una autoridad infalible; y, ya que á veces no se logre
-sofocar el delirio en su nacimiento, quédase al menos aislado,
-circunscrito á una porción de hechos más ó menos verosímiles, pero
-dejando intacto el depósito de la verdadera doctrina, y sin quebrantar
-aquellos lazos que unen y estrechan á todos los fieles como miembros de
-un mismo cuerpo. ¿Se trata de revelaciones, de visiones, de profecías,
-de éxtasis? Mientras todo esto tenga un carácter privado, y no se
-extienda á las verdades de fe, la Iglesia, por lo común, disimula,
-tolera, se abstiene de entrometerse, calla, dejando á los críticos la
-discusión de los hechos, y al común de los fieles amplia libertad para
-pensar lo que más les agrade. Pero, si toman las cosas un carácter más
-grave, si el visionario entra en explicaciones sobre algunos puntos
-de doctrina, veréis, desde luego, que se despliega el espíritu de
-vigilancia; la Iglesia aplica atentamente el oído para ver si se mezcla
-por allí alguna voz que se aparte de lo enseñado por el divino Maestro;
-fija una mirada observadora sobre el nuevo predicador, por si hay algo
-que manifieste, ó al hombre alucinado y errante en materias de dogma, ó
-al lobo cubierto con piel de oveja; y, en tal caso, levanta desde luego
-el grito, advierte á todos los fieles, ó del error, ó del peligro, y
-llama con la voz de pastor á la oveja descarriada. Si ésta no escucha,
-si no quiere seguir más que sus caprichos, entonces la separa del
-rebaño, la declara como lobo, y, de allí en adelante, el error y el
-fanatismo ya no se hallan en ninguno que desee perseverar en el seno de
-la Iglesia.
-
-Por cierto que no dejarán los protestantes de echar en cara á los
-católicos la muchedumbre de visionarios que ha tenido la Iglesia,
-recordando las revelaciones y visiones de los muchos Santos que
-veneramos sobre los altares; echaránnos también en cara el fanatismo:
-fanatismo que dirán no haberse limitado á estrecho círculo, pues que
-ha sido bastante á producir los resultados más notables. «Los solos
-fundadores de las órdenes religiosas, dirán ellos, ¿no ofrecen acaso
-el espectáculo de una serie de fanáticos que, alucinados ellos mismos,
-ejercían sobre los demás, con su palabra y ejemplo, la influencia más
-fascinadora que jamás se haya visto?» Como no es éste el lugar de
-tratar por extenso el punto de las comunidades religiosas, cosa que me
-propongo hacer en otra parte de esta obra, me contentaré con observar
-que, aun dando por supuesto que todas las visiones y revelaciones
-de nuestros Santos y las inspiraciones del cielo con que se creían
-favorecidos los fundadores de las órdenes religiosas, no pasaran de
-pura ilusión, nada tendrían adelantado los adversarios para achacar á
-la Iglesia católica la nota de fanatismo. Por de pronto, ya se echa
-de ver que, en lo tocante á visiones de un particular, mientras se
-circunscriban á la esfera individual, podrá haber allí ilusión, y,
-si se quiere, fanatismo; pero no será el fanatismo dañoso á nadie, y
-nunca alcanzará á acarrear trastornos á la sociedad. Que una pobre
-mujer se crea favorecida con particulares beneficios del cielo, que se
-figure oir con frecuencia la palabra de la Virgen, que se imagine que
-confabula con los ángeles, que le traen mensajes de parte de Dios; todo
-esto podrá excitar la credulidad de unos y la mordacidad de otros; pero
-á buen seguro que no costará á la sociedad ni una gota de sangre, ni
-una sola lágrima.
-
-Y los fundadores de las órdenes religiosas ¿qué muestras nos dan de
-fanatismo? Aun cuando prescindiéramos del profundo respeto que se
-merecen sus virtudes, y de la gratitud con que debe corresponderles
-la humanidad por los beneficios inestimables que han dispensado;
-aun cuando diéramos por supuesto que se engañaron en todas sus
-inspiraciones, podríamos apellidarlos _ilusos_, más no _fanáticos_. En
-efecto: nada encontramos en ellos, ni de frenesí, ni de violencia; son
-hombres que desconfían de sí mismos; que, á pesar de creerse llamados
-por el cielo para algún grande objeto, no se atreven á poner manos
-á la obra sin haberse postrado antes á los pies del Sumo Pontífice,
-sometiendo á su juicio las reglas en que pensaban cimentar la nueva
-orden, pidiéndole sus luces, sujetándose dócilmente á su fallo, y no
-realizando nada sin haber obtenido su licencia. ¿Qué semejanza hay,
-pues, de los fundadores de las órdenes religiosas con esos fanáticos
-que arrastran en pos de sí una muchedumbre de furibundos, que matan,
-destruyen por todas partes, dejando por doquiera regueros de sangre
-y de ceniza? En los fundadores de las órdenes religiosas vemos á un
-hombre que, dominado fuertemente por una idea, se empeña en llevarla á
-cabo, aun á costa de los mayores sacrificios; pero vemos siempre una
-idea fija, desenvuelta en un plan ordenado, teniendo á la vista algún
-objeto altamente religioso y social; y, sobre todo, vemos ese plan
-sometido al juicio de una autoridad, examinado con madura discusión, y
-enmendado, ó retocado, según parece más conforme á la prudencia. Para
-un filósofo imparcial, sean cuales fueren sus opiniones religiosas,
-podrá haber en todo esto más ó menos ilusión, más ó menos preocupación,
-más ó menos prudencia y acierto; pero, fanatismo, no, de ninguna
-manera, porque nada hay aquí que presente semejante carácter.[12]
-
-
-
-
-CAPITULO IX
-
-
-El fanatismo de secta, nutrido y avivado en Europa por la _inspiración
-privada_ del Protestantismo, es ciertamente una llaga muy profunda y
-de mucha gravedad; pero no tiene, sin embargo, un carácter tan maligno
-y alarmante como la incredulidad y la indiferencia religiosa: males
-funestos que las sociedades modernas tienen que agradecer en buena
-parte á la pretendida reforma. Radicados en el mismo principio que es
-la base del Protestantismo; ocasionados y provocados por el escándalo
-de tantas y tan extravagantes sectas que se apellidan cristianas,
-empezaron á manifestarse con síntomas de gravedad ya en el mismo siglo
-XVI. Andando el tiempo, llegaron á extenderse de un modo terrible,
-filtrándose en todos los ramos científicos y literarios, comunicando
-su expresión y sabor á los idiomas, y poniendo en peligro todas las
-conquistas que en pro de la civilización y cultura había hecho por
-espacio de muchos siglos el linaje humano.
-
-En el mismo siglo XVI, en el mismo calor de las disputas y guerras
-religiosas encendidas por el Protestantismo, cundía la incredulidad
-de un modo alarmante; y es probable que sería más común de lo que
-aparentaba, pues que no era fácil quitarse de repente la máscara,
-cuando, poco antes, estaban tan profundamente arraigadas las creencias
-religiosas. Es muy verosímil que andaría disfrazada la incredulidad con
-el manto de la reforma; y que, ora alistándose bajo la bandera de una
-secta, ora pasando á la de otra, trataría de enflaquecerlas á todas
-para levantar su trono sobre la ruina universal de las creencias.
-
-No es necesario ser muy lógico para pasar del Protestantismo al
-Deísmo, y de éste al Ateísmo no hay más que un paso; y es imposible
-que, al tiempo de la aparición de los nuevos errores, no hubiese
-muchos hombres reflexivos que desenvolviesen el sistema hasta sus
-últimas consecuencias. La religión cristiana, tal como la conciben
-los protestantes, es una especie de sistema filosófico más ó menos
-razonable; pues que, examinada á fondo, pierde el carácter de divina;
-y, en tal caso, ¿cómo podrá señorear un ánimo que á la reflexión y á
-las meditaciones reuna espíritu de independencia? Y, á decir verdad,
-una sola ojeada sobre el comienzo del Protestantismo debía de arrojar
-hasta el escepticismo religioso á todos los hombres que, no siendo
-fanáticos, no estaban, por otra parte, aferrados con el áncora de la
-autoridad de la Iglesia; porque tal es el lenguaje y la conducta de
-los corifeos de las sectas, que brota naturalmente en el ánimo una
-vehemente sospecha de que aquellos hombres se burlaban completamente de
-todas las creencias cristianas; que encubrían su ateísmo ó indiferencia
-asentando doctrinas extrañas que pudieran servir de enseña para
-reunir prosélitos; que extendían sus escritos con la más insigne mala
-fe, encubriendo el pérfido intento de alimentar en el ánimo de sus
-secuaces el fanatismo de secta.
-
-Esto es lo que dictaba al padre del célebre Montagne el simple buen
-sentido, pues, aunque sólo alcanzó los primeros principios de la
-reforma, sabemos que decía: «este principio de enfermedad degenerará en
-un execrable ateísmo»; testimonio notable, cuya conservación debemos
-á un escritor que, por cierto, no era apocado ni fanático: á su hijo
-Montagne. (_Ensayos_, de Montagne, 1. 2, c. 12.) Tal vez no presagiaría
-ese hombre, que con tanta cordura juzgaba la verdadera tendencia del
-Protestantismo, que fuese su hijo una confirmación de sus predicciones;
-porque es bien sabido que Montagne fué uno de los primeros escépticos,
-que figuraron con gran nombradía en Europa. Por aquellos tiempos era
-menester andar con cuidado en manifestarse ateo ó indiferente, aun
-entre los mismos protestantes; pero, aun cuando sea fácil sospechar
-que no todos los incrédulos tendrían el atrevimiento de Gruet, por
-cierto que no ha de costar trabajo el dar crédito al célebre toledano
-Chacón, cuando, al empezar el último tercio del siglo XVII, decía que
-la «herejía de los ateístas, de los que nada creen, andaba muy válida
-en Francia y en otras partes».
-
-Seguían ocupando la atención de todos los sabios de Europa las
-controversias religiosas, y, entre tanto, la gangrena de la
-incredulidad avanzaba de un modo espantoso; por manera que, al
-promediar el siglo XVI, se conoce que el mal se presentaba bajo un
-aspecto alarmante. ¿Quién no ha leído con asombro los profundos
-pensamientos de Pascal sobre la indiferencia en materias de religión?
-¿quién no ha percibido en ellos aquel acento conmovido, que nace de la
-viva impresión causada en el ánimo por la presencia de un mal terrible?
-
-Se conoce que á la sazón estaban ya muy adelantadas las cosas, y que
-la incredulidad se hallaba ya muy cercana á poder presentarse como
-una escuela que se colocara al lado de las demás que se disputaban la
-preferencia en Europa. Con más ó menos disfraz habíase ya presentado
-desde mucho tiempo en el socinianismo; pero esto no era bastante,
-porque el socinianismo llevaba al menos el nombre de una secta
-religiosa, y la religión empezaba á sentirse demasiado fuerte para que
-no pudiera apellidarse ya con su propio nombre.
-
-El último tercio del siglo XVII nos presenta una crisis muy notable con
-respecto á la religión: crisis que tal vez no ha sido bien reparada,
-pero que se dió á conocer por hechos muy palpables. Esta crisis fué
-un cansancio de las disputas religiosas marcada en dos tendencias
-diametralmente opuestas, y, sin embargo, muy naturales: _la una hacia
-el Catolicismo, la otra hacia el Ateísmo_.
-
-Bien sabido es cuánto se había disputado hasta aquella época sobre
-la religión: las controversias religiosas eran el gusto dominante,
-bastando decir que no formaban solamente la ocupación favorita de los
-escolásticos, así católicos como protestantes, sino también de los
-sabios seculares; habiendo penetrado esa afición hasta en los palacios
-de los príncipes y reyes. Tanta controversia debía naturalmente
-descubrir el vicio radical del Protestantismo; y, no pudiendo
-mantenerse firme el entendimiento en un terreno tan resbaladizo, había
-de esforzarse en salir de él, ó bien llamando en su apoyo el principio
-de autoridad, ó bien abandonándose al ateísmo ó á una completa
-indiferencia. Estas dos tendencias se hicieron sentir de una manera
-nada equívoca; y así es que, mientras Bayle creía la Europa bastante
-preparada para que pudiera abrirse ya en medio de ella una cátedra de
-incredulidad y de escepticismo, se había entablado seria y animada
-correspondencia para la reunión de los disidentes de Alemania al gremio
-de la Iglesia católica.
-
-Conocidas son de todos los eruditos las contestaciones que mediaron
-entre el luterano Molano, abate de Lockum, y Cristóbal, obispo de
-Tyna, y después de Neustad; y para que no faltase un monumento del
-carácter grave que habían tomado las negociaciones, se conserva aún la
-correspondencia motivada por este asunto, entre dos hombres de los
-más insignes que se contaban en Europa en ambas comuniones: Bossuet
-y Leibnitz. No había llegado aún el feliz momento, y consideraciones
-políticas que debieran desaparecer á la vista de tamaños intereses,
-ejercieron maligna influencia sobre la grande alma de Leibnitz, para
-que no conservara en el curso de la discusión y de las negociaciones
-aquella sinceridad y buena fe y aquella elevación de miras con que al
-parecer había comenzado. Aunque no surtiese buen efecto la negociación,
-el sólo haberse entablado indica ya bastante que era muy grande el
-vacío descubierto en el Protestantismo, cuando los dos hombres más
-célebres de su comunión, Molano y Leibnitz, se atrevían ya á dar
-pasos tan adelantados: y sin duda debían de ver en la sociedad que
-los rodeaba abundantes disposiciones para la reunión al gremio de
-la Iglesia, pues no de otra manera se hubieran comprometido en una
-negociación de tanta importancia.
-
-Alléguese á todo esto la declaración de la universidad luterana de
-Helmstad en favor de la religión católica, y las nuevas tentativas
-hechas á favor de la reunión por un príncipe protestante que se dirigió
-al Papa Clemente XI, y tendremos vehementes indicios de que la reforma
-se sentía ya herida de muerte; y que, si obra tan grande hubiese Dios
-querido que tuviera alguna apariencia de depender en algo de la mano
-del hombre, tal vez no fuera ya entonces imposible que, á fuerza de la
-convicción que de lo ruinoso del sistema protestante se habían formado
-sus sabios más ilustres, se adelantase no poco para cicatrizar las
-llagas abiertas á la unidad religiosa por los perturbadores del siglo
-XVI.
-
-Pero el Eterno, en la altura de sus designios, lo tenía destinado de
-otra manera; y, permitiendo que la corriente de los espíritus tomase
-la dirección más extraviada y perversa, quiso castigar al hombre con
-el fruto de su orgullo. No fué la propensión á la unidad la que dominó
-en el siglo inmediato, sino el gusto por una filosofía escéptica,
-indiferente con respecto á todas las religiones, pero muy enemiga
-en particular de la católica. Cabalmente á la sazón se combinaban
-influencias muy funestas para que la tendencia hacia la unidad pudiese
-alcanzar su objeto; eran ya innumerables las fracciones en que se
-habían dividido y subdividido las sectas protestantes: y esto, si bien
-es verdad que debilitaba al Protestantismo, sin embargo, estando él
-como estaba difundido por la mayor parte de Europa, había inoculado
-el germen de la duda religiosa en la sociedad europea; y, como no
-quedaba ya verdad que no hubiera sufrido ataques, ni cabía imaginar
-error ni desvarío que no tuviera sus apóstoles y prosélitos, era muy
-peligroso que cundiera en los ánimos aquel cansancio y desaliento,
-que viene siempre en pos de los grandes esfuerzos hechos inútilmente
-para la consecución de un objeto, y aquel fastidio que se engendra con
-interminables disputas y chocantes escándalos.
-
-Para colmo de infortunio, para llevar al más alto punto el cansancio y
-fastidio, sobrevino una nueva desgracia, que produjo los más funestos
-resultados. Combatían con gran denuedo y con notable ventaja los
-adalides del Catolicismo contra las innovaciones religiosas de los
-protestantes: las lenguas, la historia, la crítica, la filosofía, todo
-cuanto tiene de más precioso, de más rico y brillante el humano saber,
-todo se había desplegado con el mayor aparato en esa gran palestra; y
-los grandes hombres que por doquiera se veían figurar en los puestos
-más avanzados de los defensores de la Iglesia católica, parecían
-consolarla algún tanto de las lamentables pérdidas que le habían hecho
-sufrir las turbulencias del siglo XVI, cuando he aquí que, mientras
-estrechaba en sus brazos á tantos hijos predilectos que se gloriaban
-de este nombre, notó con pasmosa sorpresa que algunos de éstos se
-le presentaban en ademán hostil, bien que solapado: y al través de
-palabras mal encubiertas, y de una conducta mal disfrazada, no le
-fué difícil reparar que trataban de herirla con herida de muerte.
-Protestando siempre la sumisión y la obediencia, pero sin someterse
-ni obedecer jamás; resistiendo siempre á la autoridad de la Iglesia,
-ensalzando, empero, de continuo esa misma autoridad de origen divino;
-encubriendo sagazmente el odio á todas las leyes é instituciones
-existentes, con la apariencia del celo por el restablecimiento de la
-antigua doctrina; zapando los cimientos de la moral, al paso que se
-mostraban entusiastas encarecedores de su pureza; disfrazando con falsa
-humildad y afectada modestia la hipocresía y el orgullo, llamando
-firmeza á la obstinación, y entereza de conciencia á la ceguedad
-refractaria, presentaban esos rebeldes el aspecto más peligroso que
-jamás había presentado herejía alguna; y sus palabras de miel, su
-estudiado candor, el gusto por la antigüedad, el brillo de erudición
-y de saber, hubieran sido parte á deslumbrar á los más avisados, si
-desde un principio no se hubiesen distinguido ya los novadores con
-el carácter eterno é infalible de toda secta de error: _el odio á la
-autoridad_.
-
-Luchaban, empero, de vez en cuando, con los enemigos declarados de
-la Iglesia, defendían con mucho aparato de doctrina la verdad de los
-sagrados dogmas, citaban con respeto y deferencia los escritos de
-los Santos Padres, manifestaban acatar las tradiciones y venerar las
-decisiones conciliares y pontificias; y, teniendo siempre la extraña
-pretensión de apellidarse católicos, por más que lo desmintieran con
-sus palabras y conducta; no abandonando jamás la peregrina ocurrencia,
-que tuvieron desde su principio, de negar la existencia de su secta,
-ofrecían á los incautos el funesto escándalo de una disensión
-dogmática, que parecía estar en el mismo seno del Catolicismo.
-Declarábalos herejes la Cabeza de la Iglesia, todos los verdaderos
-católicos acataban profundamente la decisión del Vicario de Jesucristo,
-y de todos los ángulos del orbe católico se levantaba unánimemente un
-grito que pronunciaba anatemas contra quien no escuchara al sucesor de
-Pedro; pero ellos, empeñados en negarlo todo, en eludirlo todo, en
-tergiversarlo todo, mostrábanse siempre como una porción de católicos
-oprimidos por el espíritu de _relajación, de abusos y de intriga_.
-
-Faltaba ese nuevo escándalo para que acabasen de extraviarse los
-ánimos, y para que la gangrena fatal que iba cundiendo por la sociedad
-europea, se desarrollase con la mayor rapidez, presentando los
-síntomas más terribles y alarmantes. Tanto disputar sobre la religión,
-tanta muchedumbre y variedad de sectas, tanta animosidad entre los
-adversarios que figuraban en la arena, debieron por fin disgustar de
-la religión misma á aquellos que no estaban aferrados en el áncora de
-la autoridad; y, para que la indiferencia pudiera erigirse en sistema,
-el ateísmo en dogma y la impiedad en moda, sólo faltaba un hombre
-bastante laborioso para recoger, reunir y presentar en cuerpo los
-infinitos materiales que andaban dispersos en tantas obras; que supiera
-bañarlos con un tinte filosófico acomodado al gusto que empezaba á
-cundir entonces, comunicando al sofisma y á la declamación aquella
-fisonomía seductora, aquel giro engañoso, aquel brillo deslumbrador,
-que aun en medio de los mayores extravíos se encuentran siempre en las
-producciones del genio. Este hombre se presentó: era Bayle; y el ruido
-que metió en el mundo su célebre _Diccionario_, y el curso que tuvo
-desde luego, manifestaron bien á las claras que el autor había sabido
-comprender toda la oportunidad del momento.
-
-El _Diccionario_ de Bayle es una de aquellas obras que, aun
-prescindiendo de su mayor ó menor mérito científico y literario,
-forman, no obstante, muy notable época; porque se recoge en ellas el
-fruto de lo pasado y se desenvuelven con toda claridad los pliegues
-de un extenso porvenir. En tales casos no figura el autor tanto por
-su mérito, como por haberse sabido colocar en el verdadero puesto
-para ser el representante de ideas que de antemano estaban ya muy
-esparcidas en la sociedad, por más que anduvieran fluctuantes, sin
-dirección fija, como marchando al acaso. El solo nombre del autor
-recuerda entonces una vasta historia, porque él es la personificación
-de ellas. La publicación de la obra de Bayle puede mirarse como la
-inauguración solemne de la cátedra de incredulidad en medio de Europa.
-Los sofistas del siglo XVIII tuvieron á la mano un abundante repertorio
-para proveerse de toda clase de hechos y argumentos; y, para que
-nada faltase, para que pudieran rehabilitar los cuadros envejecidos,
-avivarse los colores anublados, y esparcirse por doquiera los encantos
-de la imaginación y las agudezas del ingenio; para que no faltara á la
-sociedad un director que la condujera por un sendero cubierto de flores
-hasta el borde del abismo, apenas había descendido Bayle al sepulcro,
-ya brillaba sobre el horizonte literario un mancebo cuyos grandes
-talentos competían con su malignidad y osadía: era Voltaire.
-
-Necesario ha sido conducir al lector hasta la época que acabo de
-apuntar, porque tal vez no se hubiera imaginado la influencia que tuvo
-el Protestantismo en engendrar y arraigar en Europa la irreligión,
-el ateísmo, y esa indiferencia fatal que tantos daños acarrea á las
-sociedades modernas. No es mi ánimo el tachar de impíos á todos
-los protestantes: y reconozco gustoso la entereza y tesón con que
-algunos de sus sabios más ilustres se han opuesto al progreso de la
-impiedad. No ignoro que los hombres adoptan á veces un principio
-cuyas consecuencias rechazan, y que entonces sería una injusticia el
-colocarlos en la misma clase de aquellos que defienden á las claras
-esas mismas consecuencias; pero también sé que, por más que se resistan
-los protestantes á confesar que su sistema conduzca al ateísmo, no deja
-por ello de ser muy cierto: pueden exigirme que yo no culpe en este
-punto sus intenciones, mas no quejarse de que haya desenvuelto hasta
-las últimas consecuencias su principio fundamental, no desviándome
-nunca de lo que nos enseñan acordes la filosofía y la historia.
-
-Bosquejar, ni siquiera rápidamente, lo que sucedió en Europa desde
-la época de la aparición de Voltaire, sería trabajo por cierto bien
-inútil, pues que son tan recientes los hechos y andan tan vulgares
-los escritos sobre esa materia, que, si quisiera entrar en ella,
-difícilmente podría evitar la nota de copiante. Llenaré, pues, más
-cumplidamente mi objeto presentando algunas reflexiones sobre el estado
-actual de la religión en los dominios de la pretendida reforma.
-
-En medio de tantos sacudimientos y trastornos, en el vértigo comunicado
-á tantas cabezas, cuando han vacilado los cimientos de todas las
-sociedades, cuando se han arrancado de cuajo las más robustas y
-arraigadas instituciones, cuando la misma verdad católica sólo
-ha podido sostenerse con el manifiesto auxilio de la diestra del
-Omnipotente, fácil es calcular cuán malparado debe de estar el flaco
-edificio del Protestantismo, expuesto, como todo lo demás, á tan recios
-y duros ataques.
-
-Nadie ignora las innumerables sectas que hormiguean en toda la
-extensión de la Gran Bretaña, la situación deplorable de las creencias
-entre los protestantes de Suiza, aun con respecto á los puntos más
-capitales; y, para que no quedase ninguna duda sobre el verdadero
-estado de la religión protestante en Alemania, es decir, en su país
-natal, en aquel país donde se había establecido como en su patrimonio
-más predilecto, el ministro protestante barón de Starch ha tenido
-cuidado de decirnos que _en Alemania no hay ni un solo punto de la fe
-cristiana que no se vea atacado abiertamente por los mismos ministros
-protestantes_. Por manera que el verdadero estado del Protestantismo
-me parece viva y exactamente retratado en la peregrina ocurrencia de
-J. Heyer, ministro protestante: publicó J. Heyer en 1818 una obra que
-se titula _Ojeada sobre las confesiones de fe_, y, no sabiendo cómo
-desentenderse de los embarazos que para los protestantes presenta la
-adopción de un símbolo, propone un expediente muy sencillo, que, por
-cierto, allana todas las dificultades, y es: _desecharlos todos_.
-
-El único medio que tiene de conservarse el Protestantismo, es falsear,
-en cuanto le sea posible, su principio fundamental; es decir, apartar
-á los pueblos de la vía del examen, haciendo que permanezcan adheridos
-á las creencias que se les han transmitido con la educación, y no
-dejándoles que adviertan la inconsecuencia en que caen, cuando se
-someten á la autoridad de un simple particular, mientras resisten á la
-autoridad de la Iglesia católica. Pero no es éste cabalmente el camino
-que llevan las cosas, y, por más que tal vez se propusieran seguirle
-algunos de los protestantes, las solas sociedades bíblicas que con
-un ardor digno de mejor causa trabajan para extender entre todas las
-clases la lectura de la Biblia, son un poderoso obstáculo para que
-pueda adormecerse el ánimo de los pueblos. Esta difusión de la Biblia
-es una perenne apelación al examen particular, al espíritu privado;
-ella acabará de disolver lo que resta del Protestantismo, bien que,
-al propio tiempo, prepara tal vez á las sociedades días de luto y de
-llanto. No se ha ocultado todo esto á los protestantes, y algunos de
-los más notables entre ellos han levantado ya la voz, y advertido del
-peligro.[13]
-
-
-
-
-CAPITULO X
-
-
-Quedando demostrada hasta la evidencia la intrínseca debilidad del
-Protestantismo, ocurre naturalmente una cuestión: ¿cómo es que,
-siendo tan flaco por el vicio radical de su constitución misma, no
-haya desaparecido completamente? Llevando un germen de muerte en su
-propio seno, ¿cómo ha podido resistir á dos adversarios tan poderosos
-como la religión católica, por una parte, y la irreligión y el
-ateísmo, por otra? Para satisfacer cumplidamente á esta pregunta, es
-necesario considerar el Protestantismo bajo dos aspectos: ó bien en
-cuanto significa una creencia determinada, ó bien en cuanto expresa
-un conjunto de sectas, que, teniendo la mayor diferencia entre sí,
-están acordes en apellidarse cristianas, conservar alguna sombra de
-cristianismo, desechando, empero, la autoridad de la Iglesia. Es
-menester considerarle bajo estos dos aspectos, ya que es bien sabido
-que sus fundadores, no sólo se empeñaron en destruir la autoridad y
-los dogmas de la Iglesia romana, sino que procuraron también formar
-un sistema de doctrina que pudiera servir como de símbolo á sus
-prosélitos. Por lo que toca al primer aspecto, el Protestantismo
-ha desaparecido ya casi enteramente, ó, mejor diremos, desapareció
-al nacer, si es que pueda decirse que llegase ni á formarse. Harto
-queda evidenciada esta verdad con lo que llevo expuesto sobre sus
-variaciones, y su estado actual en los varios países de Europa;
-viniendo el tiempo á confirmar cuán equivocados anduvieron los
-pretendidos reformadores, cuando se _imaginaron poder fijar las
-columnas de Hércules del espíritu humano_, según la expresión de una
-escritora protestante: Madama de Staël.
-
-Y, en efecto, las doctrinas de Lutero y de Calvino, ¿quién las defiende
-ahora? ¿quién respeta los lindes que ellos prefijaron? Entre todas las
-Iglesias protestantes, ¿hay alguna que se dé á conocer por su celo
-ardiente en la conservación de estos ó de aquellos dogmas? ¿cuál es
-el protestante que no se ría de la _divina_ misión de Lutero, y que
-crea que el Papa es el Anticristo? ¿Quién entre ellos vela por la
-pureza de la doctrina? ¿quién califica los errores? ¿quién se opone
-al torrente de las sectas? ¿El robusto acento de la convicción, el
-celo de la verdad, se deja percibir ya, ni en sus escritos, ni en sus
-púlpitos? ¡Qué diferencia tan notable cuando se comparan las Iglesias
-protestantes con la Iglesia católica! Preguntadla sobre sus creencias,
-y oiréis de la boca del Sucesor de San Pedro, de Gregorio XVI, lo mismo
-que oyó Lutero de la boca de León X; y cotejad la doctrina de León X
-con la de sus antecesores, y os hallaréis conducidos por vía recta,
-siempre por un mismo camino, hasta los Apóstoles, hasta Jesucristo.
-¿Intentáis impugnar un dogma? ¿enturbiáis la pureza de la moral? La
-voz de los antiguos Padres tronará contra vuestros extravíos; y,
-estando en el siglo XIX, creeréis que se han alzado de sus tumbas
-los antiguos Leones y Gregorios. Si es flaca vuestra voluntad,
-encontraréis indulgencia; si es grande vuestro mérito, se os prodigarán
-consideraciones; si es elevada vuestra posición social, se os tratará
-con miramiento; pero, si abusando de vuestros talentos queréis
-introducir alguna novedad en la doctrina, si valiéndoos de vuestro
-poderío queréis exigir alguna capitulación en materias de dogma, si
-para evitar disturbios, prevenir escisiones, conciliar los ánimos,
-demandáis una transacción, ó, al menos, una explicación ambigua: _eso
-no, jamás_, os responderá el Sucesor de San Pedro; _eso no, jamás: la
-fe es un depósito sagrado que nosotros no podemos alterar; la verdad
-es inmutable, es una_; y á la voz del Vicario de Jesucristo, que
-desvanecerá todas vuestras esperanzas, se unirán las voces de nuevos
-Atanasios, Naciancenos, Ambrosios, Jerónimos y Agustinos. Siempre
-la misma firmeza en la misma fe, siempre la misma invariabilidad,
-siempre la misma energía para conservar intacto el depósito sagrado,
-para defenderle contra los ataques del error, para enseñarle en
-toda su pureza á los fieles, para transmitirle sin mancha á las
-generaciones venideras. ¿Será eso obstinación, ceguera, fanatismo?
-¡Ah! El transcurso de 18 siglos, las revoluciones de los imperios, los
-trastornos más espantosos, la mayor variedad de ideas y costumbres,
-las persecuciones de las potestades de la tierra, las tinieblas de
-la ignorancia, los embates de las pasiones, las luces de la ciencia,
-¿nada hubiera sido bastante para alumbrar esa ceguera, ablandar esa
-terquedad, enfriar ese fanatismo? Sin duda que un protestante pensador,
-uno de aquellos que sepan elevarse sobre las preocupaciones de la
-educación, al fijar la vista en ese cotejo, cuya variedad y exactitud
-no podrá menos de reconocer, si es que tenga instrucción sobre la
-materia, sentirá vehementes dudas sobre la verdad de la enseñanza
-que ha recibido; y que deseará, cuando menos, examinar de cerca ese
-prodigio que tan de bulto se presenta en la Iglesia católica. Pero
-volvamos al intento.
-
-Á pesar de la disolución que ha cundido de un modo tan espantoso entre
-las sectas protestantes, á pesar de que en adelante irá cundiendo
-todavía más, no obstante, hasta que llegue el momento de reunirse los
-disidentes á la Iglesia católica, nada extraño es que no desaparezca
-enteramente el Protestantismo, mirado como un conjunto de sectas
-que conservan el nombre y algún rastro de cristianas. Para que esto
-no sucediera así, sería menester, ó que los pueblos protestantes se
-hundiesen completamente en la irreligión y en el ateísmo, ó bien que
-ganase terreno entre ellos alguna otra religión de las que se hallan
-establecidas en otras partes de la tierra. Uno y otro extremo es
-imposible, y he aquí la causa por que se conserva, y se conservará bajo
-una ú otra forma, el falso cristianismo de los protestantes, hasta que
-vuelvan al redil de la Iglesia.
-
-Desenvolvamos con alguna extensión estos pensamientos. ¿Por qué los
-pueblos protestantes no se hundirán enteramente en la irreligión y en
-el ateísmo, ó en la indiferencia? Porque todo esto puede suceder con
-respecto á un individuo, mas no con respecto á un pueblo. Á fuerza
-de lecturas corrompidas, de meditaciones extravagantes, de esfuerzos
-continuados, puede uno que otro individuo sofocar los más vivos
-sentimientos de su corazón, acallar los clamores de su conciencia, y
-desentenderse de las preciosas amonestaciones del sentido común; pero,
-un pueblo, no: un pueblo conserva siempre un gran fondo de candor y
-docilidad, que, en medio de los más funestos extravíos, y aun de los
-crímenes más atroces, le hace prestar atento oído á las inspiraciones
-de la naturaleza. Por más corrompidos que sean los hombres en sus
-costumbres, son siempre pocos los que de propósito han luchado mucho
-consigo mismos para arrancar de sus corazones aquel abundante germen de
-buenos sentimientos, aquel precioso semillero de buenas ideas, con que
-la mano próvida del Criador ha cuidado de enriquecer nuestras almas.
-La expansión del fuego de las pasiones produce, es verdad, lamentables
-desvanecimientos, tal vez explosiones terribles; pero, pasado el calor,
-el hombre vuelve á entrar en sí mismo, y deja de nuevo accesible su
-alma, á los acentos de la razón y de la virtud. Estudiando con atención
-á la sociedad, se nota que, por fortuna, es poco abundante aquella
-casta de hombres que se hallan como pertrechados contra los asaltos
-de la verdad y del bien; que responden con una frívola cavilación á
-las reconvenciones del buen sentido; que oponen un frío estoicismo
-á las más dulces y generosas inspiraciones de la naturaleza, y que
-ostentan, como modelo de filosofía, de firmeza y de elevación de alma,
-la ignorancia, la obstinación y la aridez de un corazón helado. El
-común de los hombres es más sencillo, más cándido, más natural; y, por
-tanto, mal puede avenirse con un sistema de ateísmo ó de indiferencia.
-Podrá semejante sistema señorearse del orgulloso ánimo de algún
-sabio soñador, podrá cundir como una convicción muy cómoda en las
-disposiciones de la mocedad; en tiempos muy revueltos, podrá extenderse
-á un cierto círculo de cabezas volcánicas; pero, establecerse
-tranquilamente en medio de una sociedad, formar su estado normal, eso
-no sucederá jamás.
-
-No, mil veces no: un individuo puede ser irreligioso; la familia y
-la sociedad no lo serán jamás. Sin una base donde pueda encontrar su
-asiento el edificio social, sin una idea grande, matriz, de donde
-nazcan las de razón, virtud, justicia, obligación, derecho, ideas
-todas tan necesarias á la existencia y conservación de la sociedad
-como la sangre y el nutrimiento á la vida del individuo, la sociedad
-desaparecería; y sin los dulcísimos lazos con que traban á los miembros
-de la familia las ideas religiosas, sin la celeste harmonía que
-esparcen sobre todo el conjunto de sus relaciones, la familia deja de
-existir, ó, cuando más, es un nudo grosero, momentáneo, semejante en
-un todo á la comunicación de los brutos. Afortunadamente ha favorecido
-Dios á todos los seres con un maravilloso instinto de conservación,
-y, guiadas por ese instinto, la familia y la sociedad rechazan
-indignadas aquellas ideas degradantes, que, secando con su maligno
-aliento todo jugo de vida, quebrantando todos los lazos y trastornando
-toda economía, las harían retrogradar de golpe hasta la más abyecta
-barbarie, y acabarían por dispersar sus miembros, como al impulso del
-viento se dispersan los granos de arena, por no tener entre sí ni apego
-ni enlace.
-
-Ya que no la consideración del hombre y de la sociedad, al menos las
-repetidas lecciones de la experiencia debieran haber desengañado
-á ciertos filósofos de que las ideas y sentimientos grabados en
-el corazón por el dedo del Autor de la naturaleza, no son para
-desarraigados con declamaciones y sofismas; y, si algunos efímeros
-triunfos han podido alguna vez engreirlos, dándoles exageradas
-esperanzas sobre el resultado de sus esfuerzos, el curso de las ideas
-y de los sucesos ha venido luego á manifestarles que, cuando cantaban
-alborozados su triunfo, se parecían al insensato que se lisonjeara de
-haber desterrado del mundo el amor maternal, porque hubiese llegado á
-desnaturalizar el corazón de algunas madres.
-
-La sociedad, y cuenta que no digo el pueblo ni la plebe; la sociedad,
-si no es religiosa, será supersticiosa; si no cree cosas razonables,
-las creerá extravagantes; si no tiene una religión bajada del cielo,
-la tendrá forjada por los hombres; pretender lo contrario, es un
-delirio; luchar contra esa tendencia, es luchar contra una ley eterna;
-esforzarse en contenerla, es interponer una débil mano para detener el
-curso de un cuerpo que corre con fuerza inmensa: la mano desaparece y
-el cuerpo sigue su curso. Llámesela superstición, fanatismo, seducción,
-todo podrá ser bueno para desahogar el despecho de verse burlado; pero
-no es más que amontonar nombres, y azotar el viento.
-
-Siendo, como es, la religión una verdadera necesidad, tenemos ya
-la explicación de un fenómeno que nos ofrecen la historia y la
-experiencia, y es que la religión nunca desaparece enteramente; y que,
-en llegando el caso de una mudanza, las dos religiones rivales luchan
-más ó menos tiempo sobre el mismo terreno, ocupando progresivamente
-la una los dominios que va conquistando de la otra. De aquí sacaremos
-también que, para desaparecer enteramente el Protestantismo, sería
-necesario que se pusiese en su lugar alguna otra religión; y que, no
-siendo esto posible durante la civilización actual, á menos que no sea
-la católica, irán siguiendo las sectas protestantes ocupando con más ó
-menos variaciones el país que han conquistado.
-
-Y, en efecto, en el estado actual de la civilización de las sociedades
-protestantes, ¿es acaso posible que ganen terreno entre ellas, ni las
-necedades del Alcorán, ni las groserías de la idolatría?
-
-Derramado como está el espíritu del Cristianismo por las venas de
-las sociedades modernas, impreso su sello en todas las partes de la
-legislación, esparcidas sus luces sobre todo linaje de conocimientos,
-mezclado su lenguaje con todos los idiomas, reguladas por sus
-preceptos las costumbres, marcada su fisonomía hasta en los hábitos
-y modales, rebosando de sus inspiraciones todos los monumentos del
-genio, comunicado su gusto á todas las bellas artes; en una palabra,
-filtrado, por decirlo así, el Cristianismo en todas las partes de esa
-civilización tan grande, tan variada y fecunda de que se glorían las
-sociedades modernas, ¿cómo era posible que desapareciese hasta el
-nombre de una religión, que á su venerable antigüedad reune tantos
-títulos de gratitud, tantos lazos, tantos recuerdos? ¿Cómo era posible
-que encontrara acogida en medio de las sociedades cristianas ninguna de
-esas otras religiones, que á primera vista muestran, desde luego, el
-dedo del hombre; que á primera vista manifiestan como distintivo un
-sello grosero, donde está escrito _degradación_ y _envilecimiento_? Aun
-cuando el principio fundamental del Protestantismo zape los cimientos
-de la religión cristiana, por más que desfigure su belleza, y rebaje
-su majestad sublime; sin embargo, con tal que se conserven algunos
-vestigios de Cristianismo, con tal que se conserve la idea que éste nos
-da de Dios, y algunas máximas de su moral, estos vestigios valen más,
-se elevan á mucha mayor altura, que todos los sistemas filosóficos, que
-todas las otras religiones de la tierra.
-
-He aquí por qué ha conservado el Protestantismo alguna sombra de
-religión cristiana: no es otra la causa, sino que era imposible
-que desapareciese del todo el nombre cristiano, atendido el estado
-de las naciones que tomaron parte en el cisma; y he aquí cómo no
-debemos buscar la razón en ningún principio de vida entrañado por la
-pretendida reforma. Añádanse á todo esto los esfuerzos de la política,
-el natural apego de los ministros á sus propios intereses, el ensanche
-con que lisonjea al orgullo la falta de toda autoridad, los restos
-de preocupaciones antiguas, el poder de la educación, y otras causas
-semejantes, y se tendrá completamente resuelta la cuestión; y no
-parecerá nada extraño que vaya siguiendo el Protestantismo ocupando
-muchos de los países en que, por fatales combinaciones, alcanzó
-establecimiento y arraigo.
-
-
-
-
-CAPITULO XI
-
-
-No hay mejor prueba de la profunda debilidad entrañada por el
-Protestantismo, considerado como cuerpo de doctrina, que la escasa
-influencia que ha ejercido sobre la civilización europea, por medio de
-sus doctrinas positivas. Llamo doctrinas positivas aquellas en que ha
-procurado establecer un dogma propio, y de esta manera las distingo
-de las demás, que podríamos llamar negativas, porque no consisten en
-otra cosa que en la negación de la autoridad. Estas últimas, como muy
-conformes á la inconstancia y volubilidad del espíritu humano, han
-encontrado acogida; pero, las demás, no; todo ha desaparecido con sus
-autores, todo se ha sepultado en el olvido. Si algo se ha conservado de
-cristianismo entre los protestantes, ha sido solamente aquello que era
-indispensable para que la civilización europea no perdiera eternamente
-su naturaleza y carácter; por manera que aquellas doctrinas que tenían
-una tendencia demasiado directa á desnaturalizar completamente esa
-civilización, la civilización las ha rechazado; mejor diremos, las ha
-despreciado.
-
-Hay en esta parte un hecho muy digno de llamar la atención, y en
-que, sin embargo, quizás no se haya reparado, y es lo acontecido con
-respecto á la doctrina de los primeros novadores relativa á la libertad
-humana. Bien sabido es que uno de los primeros y más capitales errores
-de Lutero y Calvino consistía en negar el libre albedrío, hallándose
-consignado esta su funesta enseñanza en las obras que de ellos nos
-han quedado. Esta doctrina parece que debía conservarse con crédito
-entre los protestantes, y que debía ser sostenida con tesón, pues que
-regularmente así acontece cuando se trata de aquellos errores que han
-servido como de primer núcleo para la formación de una secta. Parece,
-además, que, habiendo alcanzado el Protestantismo tanta extensión y
-arraigo en varias naciones de Europa, esa doctrina fatalista debía
-también influir mucho en la legislación de las naciones protestantes;
-y ¡cosa admirable! nada de esto ha sucedido; y las costumbres europeas
-la han despreciado, la legislación no la ha tomado por base, y la
-sociedad no se ha dejado dominar ni dirigir por un principio que zapaba
-todos los cimientos de la moral, y que, si hubiese sido aplicado á las
-costumbres y á la legislación, hubiera reemplazado la civilización y
-dignidad europeas con la barbarie y abyección musulmana.
-
-Sin duda que no han faltado individuos corrompidos por tan funesta
-doctrina; sin duda que no han faltado sectas más ó menos numerosas
-que la han reproducido; y no puede negarse tampoco que sean de mucha
-consideración las llagas abiertas por ella á la moralidad de algunos
-pueblos. Pero es cierto también que, en la generalidad de la gran
-familia europea, los gobiernos, los tribunales, la administración, la
-legislación, las ciencias, las costumbres, no han dado oídos á esa
-horrible enseñanza de Lutero, en que se despoja al hombre de su libre
-albedrío, en que se hace á Dios autor del pecado, en que se descarga
-sobre el Criador toda la responsabilidad de los delitos de la criatura
-humana, en que se le presenta como un tirano, pues que se afirma que
-sus preceptos son imposibles, en que se confunden monstruosamente
-las ideas de bien y de mal, y se embota el estímulo de toda virtud,
-asegurando que basta la fe para salvarse, que todas las obras de los
-justos son pecados.
-
-La razón pública, el buen sentido, las costumbres, se pusieron en este
-punto de parte del Catolicismo; y los mismos pueblos que abrazaron en
-teoría religiosa esas funestas doctrinas, las desecharon por lo común
-en la práctica; porque era demasiado profunda la impresión que en
-esos puntos capitales les había dejado la enseñanza católica, porque
-era demasiado vivo el instinto de civilización que de las doctrinas
-católicas se había comunicado á la sociedad europea. Así fué como la
-Iglesia católica, rechazando esos funestos errores difundidos por
-el Protestantismo, preservaba á la sociedad del envilecimiento que
-consigo traen las máximas fatalistas; se constituía en barrera contra
-el despotismo, que se entroniza siempre en medio de los pueblos que
-han perdido el sentimiento de su dignidad; era un dique contra la
-desmoralización, que cunde necesariamente cuando el hombre se cree
-arrastrado por la ciega fatalidad, como por una cadena de hierro; así
-libertaba al espíritu de aquel abatimiento en que se postra cuando se
-ve privado de dirigir su propia conducta, y de influir en el curso
-de los acontecimientos. Así fué como el Papa, condenando esos errores
-de Lutero que formaban el núcleo del naciente Protestantismo, dió un
-grito de alarma contra una irrupción de barbarie en el orden de las
-ideas, salvando de esta manera la moral, las leyes, el orden público,
-la sociedad; así fué como el Vaticano conservó la dignidad del hombre,
-asegurándole el noble sentimiento de la libertad en el santuario de la
-conciencia; así fué como la cátedra de Roma, luchando con las ideas
-protestantes, y defendiendo el sagrado depósito que le confiara el
-Divino Maestro, era, al propio tiempo, el numen tutelar del porvenir de
-la civilización.
-
-Reflexionad sobre esas grandes verdades, entendedlas bien vosotros que
-habláis de las _disputas religiosas_ con esa fría indiferencia, con
-esos visos de burla y de compasión, como si nunca se tratase de otra
-cosa que de frivolidades de escuela. Los pueblos _no viven de sólo
-pan_; viven también de ideas, de máximas que, convertidas en jugo, ó
-les comunican grandeza, vigor y lozanía, ó los debilitan, los postran,
-los condenan á la nulidad y al embrutecimiento. Tended la vista por la
-faz del globo, recorred los períodos de la historia de la humanidad,
-comparad tiempos con tiempos, naciones con naciones, y veréis que,
-dando la Iglesia católica tan alta importancia á la conservación de la
-verdad en las materias más transcendentales, y no transigiendo nunca en
-punto á ella, ha comprendido y realizado mejor que nadie la elevada y
-saludable máxima de que la verdad debe ser la reina del mundo, de que
-del orden de las ideas depende el orden de los hechos y de que, cuando
-se agitan cuestiones sobre las grandes verdades, se interesan en esas
-cuestiones los destinos de la humanidad.
-
-Resumamos lo dicho: el principio esencial del Protestantismo es un
-principio disolvente: ahí está la causa de sus variaciones incesantes,
-ahí está la causa de su disolución y aniquilamiento. Como religión
-particular ya no existe porque no tiene ningún dogma propio, ningún
-carácter positivo, ninguna economía, nada de cuanto se necesita para
-formar un ser: es una verdadera negación. Todo lo que se encuentra en
-él que pueda apellidarse positivo, no es más que vestigios, ruinas;
-todo está sin fuerza, sin acción, sin espíritu de vida. No puede
-mostrar un edificio que haya levantado por su mano, no puede colocarse
-en medio de esas obras inmensas entre las cuales puede situarse con
-tanta gloria el Catolicismo, y decir: _esto es mío_. El Protestantismo
-puede sólo sentarse en medio de espantosas ruinas; y de ellas sí que
-puede decir con toda verdad: _yo las he amontonado_.
-
-Mientras pudo durar el fanatismo de esta secta, mientras ardía la
-llamarada encendida por fogosas declamaciones y avivada por funestas
-circunstancias, desplegó cierta fuerza que, si bien no manifestaba
-la verdadera robustez, mostraba al menos la convulsiva energía del
-delirio. Pero su época pasó, la acción del tiempo ha dispersado
-los elementos que daban pábulo al incendio; y, por más que se haya
-trabajado por acreditar la reforma como obra de Dios, no se ha podido
-encubrir lo que era en realidad: obra de las pasiones del hombre. No
-deben causarnos ilusión esos esfuerzos que actualmente parece hacer de
-nuevo: quien obra en ello, no es el Protestantismo en vida; es la falsa
-filosofía, tal vez la política, quizás el mezquino interés, que toman
-su nombre, se disfrazan con su manto; y, sabiendo cuán á propósito es
-para excitar disturbios, provocar escisiones y disolver las sociedades,
-van recogiendo el agua de los charcos que han quedado manchados con
-su huella impura, seguros de que será un violento veneno para dar la
-muerte al pueblo incauto, que llegue á beber de la dorada copa con que
-pérfidamente se le brinda.
-
-Pero en vano se esfuerza el débil mortal en luchar contra la diestra
-del Omnipotente. Dios no abandonará su obra; y, por más que el hombre
-forceje, por más que se empeñe en remedar la obra del Altísimo, no
-podrá borrar los caracteres eternos que distinguen el error de la
-verdad. La verdad es de suyo fuerte, robusta: y, como es el conjunto de
-las mismas relaciones de los seres, enlázase, trábase fuertemente con
-ellos, y no son parte á desasirla, ni los esfuerzos de los hombres, ni
-los trastornos de los tiempos. El error, mentida imagen de los grandes
-lazos que vinculan la completa masa del universo, tiéndese sobre sus
-usurpados dominios como un informe conjunto de ramos mal trabados que
-no reciben jamás el jugo de la tierra, que tampoco le comunican verdor
-y frescura, y sólo sirven de red engañosa tendida á los pasos del
-caminante.
-
-¡Pueblos incautos! No os seduzcan ni aparatos brillantes, ni palabras
-pomposas, ni una actividad mentida: la verdad es cándida, modesta y
-confiada, porque es pura y fuerte; el error es hipócrita y ostentoso,
-porque es falso y débil. La verdad es una mujer hermosa que desprecia
-el afectado aliño porque conoce su belleza; el error se atavía, se
-pinta, violenta su talle porque es feo, descolorido, sin expresión de
-vida en su semblante, sin gracia ni dignidad en sus formas. ¿Admiráis
-tal vez su actividad y sus trabajos? Sabed que sólo es fuerte cuando
-es el núcleo de una facción, ó la bandera de un partido; sabed que
-entonces es rápido en su acción, violento en sus medios; es un meteoro
-funesto que fulgura, truena y desaparece, dejando en pos de sí la
-obscuridad, la destrucción y la muerte; la verdad es el astro del día
-despidiendo tranquilamente su luz vivísima y saludable, fecundando con
-suave calor la naturaleza, y derramando por todas partes, vida, alegría
-y hermosura.
-
-
-
-
-CAPITULO XII
-
-
-Para apreciar en su justo valor el efecto que pueden producir sobre la
-sociedad española las doctrinas protestantes, será bien dar una ojeada
-al actual estado de las ideas religiosas en Europa. Á pesar del vértigo
-intelectual, que es uno de los caracteres dominantes de la época, es
-un hecho indudable que el espíritu de incredulidad y de irreligión ha
-perdido mucho de su fuerza; y que, en la parte que desgraciadamente le
-queda de existencia, es más bien transformado en indiferentismo, que
-no conservando aquella índole sistemática de que se hallaba revestido
-en el pasado siglo. Con el tiempo se gastan todas las declamaciones,
-los apodos fastidian, las continuas repeticiones fatigan; irrítase el
-ánimo con la intolerancia y la mala fe de los partidos, descúbrense el
-vacío de los sistemas, la falsedad de las opiniones, lo precipitado de
-los juicios, lo inexacto de los raciocinios; andando el tiempo, van
-publicándose datos que ponen de manifiesto las solapadas intenciones,
-lo engañoso de las palabras, la mezquindad de las miras, lo maligno
-y criminal de los proyectos; y al fin restablécese en su imperio la
-verdad, recobran las cosas sus propios nombres, toma otra dirección el
-espíritu público; y lo que antes se encontraba inocente y generoso,
-preséntase como culpable y villano; y, rasgados los fementidos
-disfraces, muéstrase la mentira, rodeada de aquel descrédito que
-debiera haber sido siempre su único patrimonio.
-
-Las ideas irreligiosas, como todas aquellas que pululan en sociedades
-muy adelantadas, no quisieron, ni pudieron mantenerse en el recinto de
-la especulación, é invadiendo los dominios de la práctica, quisieron
-señorear todos los ramos de administración y de política. El trastorno
-que debían producir en la sociedad, debía serles fatal á ellas mismas:
-porque no hay cosa que ponga más de manifiesto los defectos y vicios
-de un sistema, y sobre todo que más desengañe á los hombres, que la
-piedra de toque de la experiencia. Yo no sé qué facilidad tiene nuestro
-entendimiento para concebir un objeto bajo muchos aspectos, y qué
-fecundidad funesta para apoyar con un sinnúmero de sofismas las mayores
-extravagancias; pues que, en tratándose de apelar á la disputa, apenas
-puede la razón desentenderse de las cavilaciones del sofisma. Pero, en
-llegando á la experiencia, todo se cambia: el ingenio enmudece, sólo
-hablan los hechos; y si la experiencia se ha verificado en grande, y
-sobre objetos de mucho interés ó de alta importancia, difícil es que
-pueda ofuscarse con especiosas razones la convincente elocuencia de
-los resultados. Y de aquí es que observamos á cada paso que un hombre
-que haya adquirido grande experiencia, llega á poseer cierto tacto tan
-delicado y seguro, que, á la sola exposición de un sistema, señala con
-el dedo todos sus inconvenientes: la inexperiencia, fogosa y confiada,
-apela á las razones, al aparato de doctrinas; pero el buen sentido,
-el precioso, el raro, el inapreciable buen sentido, menea cuerdamente
-la cabeza, encoge tranquilamente los hombros, y, dejando escapar una
-ligera sonrisa, abandona seguro sus predicciones á la prueba del tiempo.
-
-No es necesario ponderar ahora los resultados que han tenido en la
-práctica aquellas doctrinas, cuya divisa era la incredulidad; tanto se
-ha dicho ya sobre esto, que quien emprenda el tocarlo de nuevo, corre
-mucho riesgo de pasar plaza de insulso declamador. Bastará decir que
-aun aquellos hombres que por principios, por intereses, recuerdos ú
-otras causas, como que pertenecen aún al siglo pasado, se han visto
-precisados á modificar sus doctrinas, á limitar los principios, á
-paliar las proposiciones, á retocar los sistemas, á templar el calor y
-el arrebato de las invectivas; queriendo dar una muestra de su aprecio
-y veneración á aquellos escritores que formaron las delicias de su
-juventud, dicen con indulgente tono: «que aquellos hombres eran grandes
-sabios, pero que eran sabios de gabinete»; como si, en tratándose de
-hechos y de práctica, lo que se llama sabiduría de mero gabinete, no
-fuese una peligrosa ignorancia.
-
-Como quiera, lo cierto es que de estos ensayos ha resultado el provecho
-de desacreditarse la irreligión como sistema; y que los pueblos la
-miran, si no con horror, al menos con desvío y con desconfianza. Los
-trabajos científicos provocados en todos ramos por la irreligión, que
-con locas esperanzas había creído que los cielos dejarían de cantar
-la gloria del Señor, que la tierra desconocería á Aquel que le dió su
-cimiento, y que la naturaleza toda levantaría su testimonio contra
-Dios, que le dió el ser y la animó con la vida, han hecho desaparecer
-el divorcio que, con escándalo, se iba introduciendo entre la religión
-y las ciencias, y los acentos del antiguo hombre de la tierra de Hus
-se ha visto que podían resonar sin desdoro del saber en la boca de los
-sabios del siglo XIX. ¿Y qué diremos del triunfo de la religión en todo
-lo que existe de bello, de tierno y de sublime sobre la tierra? ¡Cuán
-grande se ha manifestado en este triunfo la acción de la Providencia!
-¡Cosa admirable! En todas las grandes crisis de la sociedad, esa mano
-misteriosa que rige los destinos del universo, tiene como en reserva
-á un hombre extraordinario; llega el momento, el hombre se presenta,
-marcha, el mismo no sabe á dónde, pero marcha con paso firme á cumplir
-el alto destino que el Eterno le ha señalado en la frente.
-
-El ateísmo anegaba á la Francia en un piélago de sangre y de lágrimas,
-y un hombre desconocido atraviesa en silencio los mares; mientras el
-soplo de la tempestad despedaza las velas de su navío, él escucha
-absorto el bramar del huracán, y contempla abismado la majestad del
-firmamento. Extraviado por las soledades de América, pregunta á las
-maravillas de la creación el nombre de su autor; y el trueno le
-contesta en el confín del desierto, las selvas le responden con sordo
-mugido, y la bella naturaleza, con cánticos de amor y de harmonía.
-La vista de una cruz solitaria le revela misteriosos secretos, la
-huella de un misionero desconocido le excita grandes recuerdos que
-enlazan el nuevo mundo con el mundo antiguo; un monumento arruinado,
-una choza salvaje, le inspiran aquellos sublimes pensamientos que
-penetran hasta el fondo de la sociedad y del corazón del hombre.
-Embriagado con los sentimientos que le ha sugerido la grandeza de
-tales espectáculos, llena su mente de conceptos elevados, y rebosando
-su pecho de la dulzura que han producido en él los encantos de tanta
-belleza, pisa de nuevo el suelo de su patria. ¿Y qué encuentra allí?
-La huella ensangrentada del ateísmo, las ruinas y cenizas de los
-antiguos templos, ó devorados por el fuego, ó desplomados á los golpes
-de bárbaro martillo; sepulcros numerosos que encierran los restos
-de tantas víctimas inocentes, y que poco antes ofrecieran en su
-lobreguez un asilo oculto al cristiano perseguido. Nota, sin embargo,
-un movimiento: ve que la religión quiere descender de nuevo sobre la
-Francia, como un pensamiento de consuelo, para aliviar un infortunio,
-como un soplo de vida para reanimar un cadáver; desde entonces oye
-por todas partes un concierto de célica harmonía; se agitan, rebullen
-en su grande alma las inspiraciones de la meditación y de la soledad,
-y enajenado y extático canta con lengua de fuego las bellezas de la
-religión, revela las delicadas y hermosas relaciones que tiene con la
-naturaleza, y, hablando un lenguaje superior y divino, muestra á los
-hombres asombrados la misteriosa cadena de oro que une el cielo con la
-tierra: era Chateaubriand.
-
-Sin embargo, es preciso confesarlo: un vértigo como se ha introducido
-en las ideas no se remedia en poco tiempo; y no es fácil que
-desaparezca sin grandes trabajos la huella profunda que ha debido dejar
-la irreligión con sus estragos. Los ánimos, es verdad, van cansados del
-sistema de irreligión; una desazón profunda agita la sociedad; ella
-ha perdido su equilibrio; la familia ha sentido aflojar sus lazos,
-y el individuo suspira por un rayo de luz, por una gota de consuelo
-y esperanza. Pero, ¿dónde hallará el mundo el apoyo que le falta?
-¿Seguirá el buen camino, el único, cual es entrar de nuevo en el redil
-de la Iglesia católica? ¡Ah! Sólo Dios es el dueño de los secretos
-del porvenir; sólo él mira desplegados con toda claridad delante de
-sus ojos, los grandes acontecimientos que se preparan sin duda á la
-humanidad; sólo él sabe cuál será el resultado de esa actividad y
-energía que vuelve á apoderarse de los espíritus en el examen de
-las grandes cuestiones sociales y religiosas; sólo él sabe cuál será
-el fruto que recogerán las generaciones venideras de los triunfos
-conseguidos por la religión, en las ciencias, en la política, en todos
-los ramos por donde se explaya el humano entendimiento.
-
-Nosotros, débiles mortales, que, arrastrados rápidamente por el
-precipitado curso de las revoluciones y trastornos, tenemos apenas
-el tiempo necesario para dar una fugaz mirada al caos en que está
-envuelto el país que atravesamos, ¿qué podremos decir que tenga alguna
-prenda de acierto? Sólo podemos asegurar que la presente es una
-época de inquietud, de agitación, de transición; que multiplicados
-escarmientos y repetidos desengaños, fruto de espantosos trastornos y
-de inauditas catástrofes, han difundido por todas partes el descrédito
-de las doctrinas irreligiosas y desorganizadoras, sin que por esto
-haya tomado en su lugar el debido ascendiente la verdadera religión;
-que el corazón, fatigado de tantos infortunios, se abre de buen grado
-á la esperanza, sin que el entendimiento deje de contemplar en grande
-incertidumbre el porvenir, y de columbrar tal vez una nueva cadena de
-calamidades. Merced á las revoluciones, al vuelo de la industria, á la
-actividad y extensión del comercio, al adelanto y expansión prodigiosa
-de la imprenta, á los progresos científicos, á la facilidad, rapidez y
-amplitud de las comunicaciones, al gusto por los viajes, á la acción
-disolvente del Protestantismo, de la incredulidad y del escepticismo,
-presenta en la actualidad el espíritu humano una de aquellas fases
-singulares, que forman época en su historia.
-
-El entendimiento, la fantasía, el corazón, se hallan en estado de
-grande agitación, de movilidad, de desarrollo, presentando, al
-propio tiempo, los contrastes más singulares, las extravagancias más
-ridículas, y hasta las contradicciones más absurdas.
-
-Observad las ciencias, y, sin notar en su estudio aquellos trabajos
-prolijos, aquella paciencia incansable, aquella marcha pausada y
-detenida que caracterizan los estudios de otras épocas, descúbrese,
-sin embargo, un espíritu de observación, un prurito de generalizar, de
-alzar las cuestiones á un punto de vista elevado y transcendente, y,
-sobre todo, un afán de tratar todas las ciencias bajo aquel aspecto en
-que se divisan los puntos de contacto que entre sí tienen, los lazos
-que las hermanan, y los canales por donde se comunican recíprocamente
-la luz.
-
-Las cuestiones de religión, de política, de moral, de legislación, de
-economía, todas van enlazadas, marchan de frente, dándose al horizonte
-científico un grandor, una inmensidad, que no había jamás alcanzado.
-Este adelanto, este abuso, ó este caos, si se quiere, es un dato que no
-debe despreciarse cuando se estudia el espíritu de la época, cuando se
-examina su situación religiosa; pues que no es la obra de ningún hombre
-aislado, no es un efecto casual: es el resultado de un sinnúmero de
-causas que han conducido la sociedad á este punto; es un grande hecho,
-fruto de otros hechos; es una expresión del estado intelectual en la
-actualidad; es un síntoma de fuerzas y de enfermedades, un anuncio de
-transición y de mudanza, tal vez una señal consoladora, tal vez un
-funesto presagio. Y ¿quién no ha notado el vuelo que va tomando la
-fantasía, y la prodigiosa expansión del corazón, en esa literatura tan
-varia, tan irregular, tan fluctuante, pero, al propio tiempo, tan rica
-de hermosísimos cuadros, rebosante de sentimientos delicadísimos, y
-embutida de pensamientos atrevidos y generosos? Dígase lo que se quiera
-del abatimiento de las ciencias, del decaimiento de los estudios;
-nómbrense con tono mofador _las luces del siglo_, vuélvase la vista
-dolorida hacia tiempos más estudiosos, más sabios, más eruditos; en
-esto habrá sus verdades, sus falsedades, sus exageraciones, como
-acontece siempre en declamaciones semejantes; pero no podrá negarse
-que, sea lo que fuere de la utilidad de sus trabajos, tal vez nunca
-había desplegado el espíritu humano semejante actividad y energía, tal
-vez nunca se le había visto agitado con un movimiento tan vivo, tan
-general, tan variado: tal vez nunca como ahora se habrá deseado, con
-tan excusable curiosidad é impaciencia, el levantar una punta del velo
-que encubre un inmenso porvenir.
-
-¿Quién dominará tan opuestos y poderosos elementos? ¿Quién podrá
-restablecer el sosiego en ese piélago combatido por tantas borrascas?
-¿Quién podrá dar unión, enlace, consistencia, para formar un todo
-compacto, capaz de resistir á la acción de los tiempos? ¿Quién podrá
-darlo á esos elementos que se rechazan con tanta fuerza, que luchan sin
-cesar, estallando con detonaciones horrorosas? ¿Será el Protestantismo,
-con su principio fundamental? ¿Será sentando, difundiendo, acreditando
-el principio disolvente del espíritu privado en materias religiosas, y
-realizando este pensamiento con derramar á manos llenas entre todas las
-clases de la sociedad los ejemplares de la Biblia?
-
-Sociedades inmensas, orgullosas con su poderío, engreídas de su
-saber, disipadas por los placeres, refinadas con el lujo, expuestas
-de continuo á la poderosa acción de la imprenta, disponiendo de unos
-medios de comunicación que hubieran parecido fabulosos á nuestros
-mayores; donde todas las grandes pasiones encuentran su objeto, todas
-las intrigas una sombra, toda corrupción un velo, todo crimen un
-título, todo error un intérprete, todo interés un pábulo; trocados
-los nombres, socavados los cimientos, cargadas de escarmientos y
-desengaños, flotando entre la verdad y la mentira con horrorosa
-incertidumbre, dando de vez en cuando una mirada á la antorcha
-celestial para seguir sus resplandores, y contentándose luego con
-fugaces vislumbres, haciendo un esfuerzo para dominar la tormenta, y
-abandonándose luego á merced de los vientos y de las ondas, presentan
-las sociedades modernas un cuadro tan extraordinario como interesante,
-donde pueden campear con toda amplitud y libertad las esperanzas
-y temores, los pronósticos y conjeturas, pero sin que sea dable
-lisonjearse de acierto, sin que el hombre sensato pueda tomar más
-cuerdo partido que esperar en silencio el desenlace que está señalado
-en los arcanos del Señor, á cuyos ojos están desplegados con toda
-claridad los sucesos de todos los tiempos, y los futuros destinos de
-los pueblos.
-
-Pero sí que se alcanza fácilmente que, siendo, como es, el
-Protestantismo disolvente por su propia naturaleza, nada puede producir
-en el orden moral y religioso que sea en pro de la felicidad de los
-pueblos; ya que esta felicidad no es dable que exista estando en
-continua guerra los entendimientos con respecto á las más altas é
-importantes cuestiones que ofrecerse puedan al espíritu humano.
-
-Cuando en medio de ese tenebroso caos, donde vagan tantos elementos,
-tan diferentes, tan opuestos y tan poderosos, que, luchando de
-continuo, se chocan, se pulverizan y se confunden, busca el observador
-un punto luminoso de donde pueda venir una ráfaga que alumbre al
-mundo, una idea robusta que, enfrenando tanto desorden y anarquía, se
-enseñoree de los entendimientos, y los vuelva al camino de la verdad,
-ocurre, desde luego, el Catolicismo como el único manantial de tantos
-bienes; y al ver cuál se sostiene aún con brillantez y pujanza, á
-pesar de los inauditos esfuerzos que se están haciendo todos los días
-para aniquilarle, llénase de consuelo el corazón, y, brotando en él
-la esperanza, parece que le convida á saludar á esa religión divina,
-felicitándola por el nuevo triunfo que va á adquirir sobre la tierra.
-
-Hubo un tiempo en que, inundada la Europa por una nube de bárbaros,
-vió desplomarse de un golpe todos los monumentos de la antigua
-civilización y cultura: los legisladores con sus leyes, el imperio con
-su brillo y poderío, los sabios con las ciencias, las artes con sus
-monumentos, todo se hundió; y esas inmensas regiones donde florecían
-poco antes toda la civilización y cultura que habían adquirido los
-pueblos por espacio de muchos siglos, viéronse sumidas de repente en
-la ignorancia y en la barbarie. Pero la brillante centella de luz
-arrojada sobre el mundo desde la Palestina, continuaba fulgurando aún
-en medio del caos; en vano se levantó la espesa polvareda que amagaba
-envolverla en las tinieblas; alimentada por el soplo del Eterno,
-continuaba resplandeciendo; pasaron los siglos, fué extendiendo su
-órbita brillante, y los pueblos, que tal vez no pensaban que pudiera
-servirles de más que de una guía para marchar sin tropiezo por entre la
-obscuridad, viéronla presentarse como sol resplandeciente, esparciendo
-por todas partes la luz y la vida.
-
-¿Y quién sabe si en los arcanos del Eterno no le está reservado otro
-triunfo más difícil, y no menos saludable y brillante? Instruyendo la
-ignorancia, civilizando la barbarie, puliendo la rudeza, amansando
-la ferocidad, preservó á la sociedad de ser víctima, tal vez para
-siempre, de la brutalidad más atroz, y de la estupidez más degradante;
-pero, ¿qué timbre más glorioso para ella, si, rectificando las ideas,
-centralizando y purificando los sentimientos, asentando los eternos
-principios de toda sociedad, enfrenando las pasiones, templando los
-enconos, cercenando las demasías, y señoreando todos los entendimientos
-y voluntades, pudiera levantarse como una reguladora universal, que,
-estimulando todo linaje de conocimientos y adelantos, inspirara la
-debida templanza á esta sociedad agitada con tanta furia por tan
-poderosos elementos, que, privados de un punto céntrico y atrayente, la
-están de continuo amenazando con la disolución y el caos?
-
-No es dado al hombre penetrar en el porvenir; pero el mundo físico
-se disolvería con espantosa catástrofe, si faltase por un momento el
-principio fundamental que da unidad, orden y concierto á los variados
-movimientos de todos los sistemas; y, si la sociedad, llena como está
-de movimiento, de comunicación y de vida, no entra bajo la dirección de
-un principio regulador, universal y constante, al fijar la vista sobre
-la suerte de las generaciones venideras, el corazón tiembla, y la mente
-se anubla.
-
-Hay, empero, un hecho sumamente consolador, y es el admirable progreso
-que hace el Catolicismo en varios países. En Francia, en Bélgica se
-robustece; en el Norte de Europa parece que se le teme, cuando de tal
-manera se le combate; en Inglaterra, es tanto lo que ha ganado en
-menos de medio siglo, que sería increíble, si no constara en datos
-irrecusables; y en sus misiones vuelve á manifestarse tan emprendedor y
-fecundo, que nos recuerda los tiempos de su mayor ascendiente y poderío.
-
-Y cuando los otros pueblos tienden á la unidad, ¿podría prevalecer el
-desbarro de que nosotros nos encamináramos al cisma? Cuando los demás
-pueblos se alegrarían infinito de que subsistiera entre ellos algún
-principio vital que pudiese restablecerles las fuerzas que les ha
-quitado la incredulidad, España, que conserva el Catolicismo, y todavía
-solo, todavía poderoso, ¿admitiría en su seno ese germen de muerte que
-la imposibilitaría de recobrarse de sus dolencias, que aseguraría, á
-no dudarlo, su completa ruina? En esa regeneración moral á que aspiran
-los pueblos, anhelantes por salir de la posición angustiosa en que
-los colocaron las doctrinas irreligiosas, ¿será posible que no se
-quiera parar la atención en la inmensa ventaja que la España lleva á
-muchos de ellos, por ser uno de los menos tocados de la gangrena de la
-irreligión, y por conservar todavía la unidad religiosa, inestimable
-herencia de una larga serie de siglos? ¿Será posible que no se advierta
-lo que puede ser esa unidad, si la aprovechamos cual merece; esa
-unidad, que se enlaza con todas nuestras glorias, que despierta tan
-bellos recuerdos, y tan admirablemente podría servir para elemento de
-regeneración en el orden social?
-
-Si se pregunta lo que pienso sobre la proximidad del peligro, y si las
-tentativas que están haciendo los protestantes para este efecto, tienen
-alguna probabilidad de resultado, responderé con alguna distinción.
-El Protestantismo es profundamente débil, ya por su naturaleza, y,
-además, por ser viejo y caduco; tratando de introducirse en España,
-ha de luchar con un adversario lleno de vida y robustez, y que está
-muy arraigado en el país; y por esta causa, y bajo este aspecto, no
-puede ser temible su acción. Pero, ¿quién impide que, si llegase á
-establecerse en nuestro suelo, por más reducido que fuera su dominio,
-no causara terribles males?
-
-Por de pronto, salta á la vista que tendríamos otra manzana de
-discordia, y no es difícil columbrar las colisiones que ocasionaría
-á cada paso. Como el Protestantismo en España, á más de su debilidad
-intrínseca, tendría la que le causara el nuevo clima en que se hallaría
-tan falto de su elemento, viérase forzado á buscar sostén arrimándose
-á cuanto le alargase la mano; entonces es bien claro que serviría como
-un punto de reunión para los descontentos; y, ya que se apartase de su
-objeto, fuera cuando menos un núcleo de nuevas facciones, una bandera
-de pandillas. Escándalos, rencores, desmoralización, disturbios, y
-quizás catástrofes, he aquí el resultado inmediato, infalible, de
-introducirse entre nosotros el Protestantismo: apelo á la buena fe de
-todo hombre que conozca medianamente al pueblo español.
-
-Pero no está todo aquí; la cuestión se ensancha y adquiere una
-importancia incalculable, si se la mira en sus relaciones con la
-política extranjera. ¿Qué palanca tendría entonces para causar en
-nuestra desgraciada patria toda clase de sacudimientos? ¡Oh! ¡y
-cómo se asiría ávidamente de ella! ¡cómo trabaja quizás para buscar
-un punto de apoyo! Hay en Europa una nación temible por su inmenso
-poderío, respetable por su mucho adelantamiento en las ciencias y
-artes, y que, teniendo á la mano grandes medios de acción por todo el
-ámbito de la tierra, sabe desplegarlos con una sagacidad y astucia
-verdaderamente admirables. Habiendo sido la primera de las naciones
-modernas en recorrer todas las fases de una revolución religiosa y
-política, y que en medio de terribles trastornos contemplara las
-pasiones en toda su desnudez, y el crimen en todas sus formas, se
-aventaja á las otras en el conocimiento de toda clase de resortes; al
-paso que, fastidiada de vanos nombres, con que en esas épocas suelen
-encubrirse las pasiones más viles y los intereses más mezquinos, tiene
-sobrado embotada su sensibilidad para que puedan fácilmente excitarse
-en su seno las tormentas que á otros países los inundan de sangre y de
-lágrimas. No se altera su paz interior en medio de la agitación y del
-acaloramiento de las discusiones; y, aunque no deje de columbrar en
-un porvenir más ó menos lejano las espinosas situaciones que podrían
-acarrearle gravísimos apuros, disfruta entre tanto de aquella calma
-que le aseguran su constitución, sus hábitos, sus riquezas, y sobre
-todo el Océano que la ciñe. Colocada en posición tan ventajosa, acecha
-la marcha de los otros pueblos, para uncirlos á su carro con doradas
-cadenas, si tienen candor bastante para escuchar sus halagüeñas
-palabras; ó al menos procura embarazar su marcha y atajar sus
-progresos, en caso de que con noble independencia traten de emanciparse
-de su influjo. Atenta siempre á engrandecerse por medio de las artes
-y comercio, con una política mercantil en grado eminente, cubre, no
-obstante, la materialidad de los intereses con todo linaje de velos;
-y si bien, cuando se trata de los demás pueblos, es indiferente del
-todo á la religión é ideas políticas, sin embargo, se vale diestramente
-de tan poderosas armas para procurarse amigos, desbaratar á sus
-adversarios, y envolvernos á todos en la red mercantil que tiene de
-continuo tendida sobre los cuatro ángulos de la tierra.
-
-No es posible que se escape á su sagacidad lo mucho que tendría
-adelantado para contar á España en el número de sus colonias, si
-pudiese lograr que fraternizase con ella en ideas religiosas; no tanto
-por la buena correspondencia que semejante fraternidad promovería
-entre ambos pueblos, como porque sería éste el medio más seguro para
-que el español perdiese del todo ese carácter singular, esa fisonomía
-austera que le distingue de todos los otros pueblos, olvidando la
-única idea nacional y regeneradora que ha permanecido en pie en medio
-de tan espantosos trastornos; quedando así susceptible de toda clase
-de impresiones ajenas, y dúctil y flexible en todos los sentidos que
-pudiera convenir á las interesadas miras de los solapados protectores.
-
-No lo olvidemos: no hay nación en Europa que conciba sus planes con
-tanta previsión, que los prepare con tanta astucia, que los ejecute
-con tanta destreza, ni que los lleve á cabo con igual tenacidad.
-Como, después de las profundas revoluciones que la trabajaron, ha
-permanecido en un estado regular desde el último tercio del siglo XVII,
-y enteramente extraña á los trastornos sufridos en este período por
-los demás pueblos de Europa, ha podido seguir un sistema de política
-concertado, así en lo interior como en lo exterior; y de esta manera
-sus hombres de gobierno han podido formarse más plenamente, heredando
-los datos y las miras que guiaron á los antecesores. Conocen sus
-gobernantes cuán precioso es estar de antemano apercibidos para todo
-evento; y así no descuidan de escudriñar á fondo qué es lo que hay
-en cada nación que los pueda ayudar ó contrastar; saliendo de la
-órbita política, penetran en el corazón de la sociedad sobre la cual
-se proponen influir; y rastrean allí cuáles son las condiciones de
-su existencia, cuál es su principio vital, cuáles las causas de su
-fuerza y energía. Era en el otoño de 1805, y daba Pitt una comida de
-campo, á la que asistían varios de sus amigos. Llególe entre tanto
-un pliego en que se le anunciaba la rendición de Mack en Ulma con
-cuarenta mil hombres, y la marcha de Napoleón sobre Viena. Comunicó
-la funesta noticia á sus amigos, quienes, al oirla, exclamaron:
-«Todo está perdido, ya no hay remedio contra Napoleón.» «Todavía hay
-remedio, replicó Pitt; todavía hay remedio si consigo levantar una
-guerra nacional en Europa, y esta guerra ha de comenzar en España.»
-«Sí, señores, añadió después, la España será el primer pueblo donde se
-encenderá esa guerra patriótica, la sola que puede libertar la Europa.»
-
-Tanta era la importancia que daba ese profundo estadista á la fuerza
-de una idea nacional, tanto era lo que de ella esperaba; nada menos
-que hacer lo que no podían todos los esfuerzos de todos los gabinetes
-europeos: derrocar á Napoleón, libertar la Europa. No es raro que la
-marcha de las cosas traiga combinaciones tales, que las mismas ideas
-nacionales que un día sirvieron de poderoso auxiliar á las miras
-de un gabinete, le salgan otro día al paso, y le sean un poderoso
-obstáculo: y entonces, lejos de fomentarlas y avivarlas, lo que le
-interesa es sofocarlas. Lo que puede salvar á una nación libertándola
-de interesadas tutelas, y asegurándole su verdadera independencia, son
-ideas grandes y generosas, arraigadas profundamente entre los pueblos;
-son los sentimientos grabados en el corazón por la acción del tiempo,
-por la influencia de instituciones robustas, por la antigüedad de los
-hábitos y de las costumbres; es la unidad de pensamiento religioso,
-que hace de un pueblo un solo hombre. Entonces lo pasado se enlaza con
-lo presente, y lo presente se extiende á lo porvenir; entonces brotan
-á porfía en el pecho aquellos arranques de entusiasmo, manantial de
-acciones grandes; entonces hay desprendimiento, energía, constancia;
-porque hay en las ideas fijeza y elevación, porque hay en los corazones
-generosidad y grandeza.
-
-No fuera imposible que en algunos de los vaivenes que trabajan á esta
-nación desventurada, tuviéramos la desgracia de que se levantasen
-hombres bastante ciegos para ensayar la insensata tentativa de
-introducir en nuestra patria la religión protestante. Estamos demasiado
-escarmentados para dormir tranquilos, y no se han olvidado sucesos
-que indican á las claras hasta dónde se hubiera ya llegado algunas
-veces, si no se hubiese reprimido la audacia de ciertos hombres con el
-imponente desagrado de la inmensa mayoría de la nación. Y no es que se
-conciban siquiera posibles las violencias del reinado de Enrique VIII;
-pero sí que podría suceder que, aprovechándose de una fuerte ruptura
-con la Santa Sede, de la terquedad y ambición de algunos eclesiásticos,
-del pretexto de aclimatar en nuestro suelo el espíritu de tolerancia,
-ó de otros motivos semejantes, se tantease con este ó aquel nombre,
-que eso poco importa, el introducir entre nosotros las doctrinas
-protestantes.
-
-Y no sería por cierto la tolerancia lo que se nos importaría del
-extranjero, pues que ésta ya existe de hecho, y tan amplia, que
-seguramente nadie recela el ser perseguido, ni aun molestado, por
-sus opiniones religiosas; lo que se nos traería y se trabajaría por
-plantear, fuera un nuevo sistema religioso, pertrechándole de todo lo
-necesario para alcanzar predominio, y para debilitar, ó destruir, si
-fuera posible, el Catolicismo. Y mucho me engaño, si en la ceguedad y
-rencor que han manifestado algunos de nuestros hombres que se dicen
-de gobierno, no encontrase en ellos decidida protección el nuevo
-sistema religioso, una vez le hubiéramos admitido. Cuando se trataría
-de admitirle, se nos presentaría quizás el nuevo sistema en ademán
-modesto, reclamando tan sólo habitación, en nombre de la tolerancia y
-de la hospitalidad; pero bien pronto le viéramos acrecentar su osadía,
-reclamar derechos, extender sus pretensiones, y disputar á palmos el
-terreno de la religión católica. Resonaran entonces con más y más vigor
-aquellas rencorosas y virulentas declamaciones que tan fatigados nos
-traen por espacio de algunos años; esos ecos de una escuela que delira
-porque está por expirar. El desvío con que mirarían los pueblos á la
-pretendida reforma, sería, á no dudarlo, culpado de rebeldía; las
-pastorales de los obispos serían calificadas de insidiosas sugestiones;
-el celo fervoroso de los sacerdotes católicos, acusado de provocación
-sediciosa, y el concierto de los fieles para preservarse de la
-infección, sería denunciado como una conjuración diabólica, urdida por
-la intolerancia y el espíritu de partido, y confiada en su ejecución á
-la ignorancia y al fanatismo.
-
-En medio de los esfuerzos de los unos y de la resistencia de los
-otros, viéramos más ó menos parodiadas escenas de tiempos que pasaron
-ya, y, si bien el espíritu de templanza, que es uno de los caracteres
-del siglo, impediría que se repitiesen los excesos que mancharon de
-sangre los fastos de otras naciones, no dejarían, sin embargo, de ser
-imitados. Porque es menester no olvidar que, en tratándose de religión,
-no puede contarse en España con la frialdad é indiferencia que, en
-caso de un conflicto, manifestarían en la actualidad otros pueblos:
-en éstos han perdido los sentimientos religiosos mucho de su fuerza,
-pero en España son todavía muy hondos, muy vivos, muy enérgicos: y
-el día que se les combatiera de frente, abordando las cuestiones sin
-rebozo, sentiríase un sacudimiento tan universal como recio. Hasta
-ahora, si bien es verdad que en objetos religiosos se han presenciado
-lamentables escándalos, y hasta horrorosas catástrofes, no ha faltado
-nunca un disfraz que, más ó menos transparente, encubría, empero, algún
-tanto la perversidad de las intenciones. Unas veces ha sido el ataque
-contra esta ó aquella persona, á quien se han achacado maquinaciones
-políticas; otras contra determinadas clases, acusadas de crímenes
-imaginarios; tal vez se ha desbordado la revolución, y se ha dicho que
-era imposible contenerla, y que los atropellamientos, los insultos, los
-escarnios de que ha sido objeto lo más sagrado que hay en la tierra
-y en el cielo, eran sucesos inevitables, tratándose de un populacho
-desenfrenado: aquí mediaba al menos un disfraz, y un disfraz, poco ó
-mucho, siempre cubre; pero, cuando se viesen atacados de propósito,
-á sangre fría, todos los dogmas del Catolicismo, despreciados los
-puntos más capitales de la disciplina, ridiculizados los misterios más
-augustos, escarnecidas las ceremonias más sagradas; cuando se viera
-levantar un templo contra otro templo, una cátedra contra otra cátedra,
-¿qué sucedería? Es innegable que se exasperarían los ánimos hasta
-el extremo, y, si no resultaban, como fuera de temer, estrepitosas
-explosiones, tomarían al menos las controversias religiosas un
-carácter tan violento, que nos creeríamos trasladados al siglo XVI.
-
-Siendo tan frecuente entre nosotros que los principios dominantes en
-el orden político sean enteramente contrarios á los dominantes en la
-sociedad, sucedería á menudo que el principio religioso, rechazado
-por la sociedad, encontraría su apoyo en los hombres influyentes en
-el orden político; reproduciéndose con circunstancias agravantes el
-triste fenómeno, que tantos años ha estamos presenciando, de querer
-los gobernantes torcer á viva fuerza el curso de la sociedad. Ésta es
-una de las diferencias más capitales entre nuestra revolución y la de
-otros países; ésta es la clave para explicar chocantes anomalías: allí
-las ideas de revolución se apoderaron de la sociedad, y se arrojaron
-en seguida sobre la esfera política; aquí se apoderaron primero de la
-esfera política, y trataron en seguida de bajar á la esfera social;
-la sociedad estaba muy distante de hallarse preparada para semejantes
-innovaciones, y por esto han sido indispensables tan rudos y repetidos
-choques.
-
-De esta falta de harmonía ha resultado que el gobierno en España ejerce
-sobre los pueblos muy escasa influencia, entendiendo por influencia
-aquel ascendiente moral que no necesita andar acompañado de la idea de
-la fuerza. No hay duda que esto es un mal, porque tiende á debilitar el
-poder, necesidad imprescindible para toda sociedad; pero no han faltado
-ocasiones en que ha sido un gran bien: porque no es poca fortuna,
-cuando un gobierno es liviano é insensato, el que se encuentre con una
-sociedad mesurada y cuerda, que, mientras aquél corre á precipitarse
-desatentado, vaya ésta marchando con paso sosegado y majestuoso. Mucho
-hay que esperar del buen instinto de la nación española, mucho hay
-que prometerse de su proverbial gravedad, aumentada además con tanto
-infortunio; mucho hay que prometerse de ese tino que le hace distinguir
-también el verdadero camino de su felicidad, y que la vuelve sorda á
-las insidiosas sugestiones con que se ha tratado de extraviarla. Si
-van ya muchos años que por una funesta combinación de circunstancias,
-y por la falta de harmonía entre el orden político y el social, no
-acierta á darse un gobierno que sea su verdadera expresión, que adivine
-sus instintos, que siga sus tendencias, que la conduzca por el camino
-de la prosperidad, esperanza alimentamos de que ese día vendrá, y de
-que brotarán del seno de esa sociedad, rica de vida y de porvenir,
-esa misma harmonía que le falta, ese equilibrio que ha perdido. Entre
-tanto, es altamente importante que todos los hombres que sientan
-latir en su pecho un corazón español, que no se complazcan en ver
-desgarradas las entrañas de su patria, se reunan, se pongan de acuerdo,
-obren concertados para impedir el que prevalezca el genio del mal,
-alcanzando á esparcir en nuestro suelo una semilla de eterna discordia,
-añadiendo esa otra calamidad á tantas otras calamidades, y ahogando los
-preciosos gérmenes de donde puede rebrotar lozana y brillante nuestra
-civilización remozada, alzándose del abatimiento y postración en que la
-sumieran circunstancias aciagas.
-
-¡Ah! oprímese el alma con angustiosa pesadumbre, al solo pensamiento
-de que pudiera venir un día en que desapareciese de entre nosotros esa
-unidad religiosa, que se identifica con nuestros hábitos, nuestros
-usos, nuestras costumbres, nuestras leyes; que guarda la cuna de
-nuestra monarquía en la cueva de Covadonga, que es la enseña de nuestro
-estandarte en una lucha de ocho siglos con el formidable poder de la
-Media Luna, que desenvuelve lozanamente nuestra civilización en medio
-de tiempos tan trabajosos, que acompañaba á nuestros terribles tercios
-cuando imponían silencio á la Europa, que conduce á nuestros marinos
-al descubrimiento de nuevos mundos, á dar los primeros la vuelta á
-la redondez del globo; que alienta á nuestros guerreros al llevar á
-cabo conquistas heroicas, y que en tiempos más recientes sella el
-cúmulo de tantas y tan grandiosas hazañas derrocando á Napoleón.
-Vosotros que con precipitación tan liviana condenáis las obras de los
-siglos, que con tanta avilantez insultáis á la nación española, que
-tiznáis de barbarie y obscurantismo el principio que presidió nuestra
-civilización, ¿sabéis á quién insultáis? ¿sabéis quién inspiró el
-genio del gran Gonzalo, de Hernán Cortés, de Pizarro, del Vencedor de
-Lepanto? Las sombras de Garcilaso, de Herrera, de Ercilla, de Fray
-Luis de León, de Cervantes, de Lope de Vega, ¿no os infunden respeto?
-¿Osaréis, pues, quebrantar el lazo que á ellos nos une, y hacernos
-indigna prole de tan esclarecidos varones? ¿Quisierais separar por
-un abismo nuestras creencias de sus creencias, nuestras costumbres
-de sus costumbres, rompiendo así con todas nuestras tradiciones,
-olvidando los más embelesantes y gloriosos recuerdos, y haciendo que
-los grandiosos y augustos monumentos que nos legó la religiosidad de
-nuestros antepasados, sólo permanecieran entre nosotros, como una
-reprensión la más elocuente y severa? ¿Consentiríais que se cegasen los
-ricos manantiales á donde podemos acudir para resucitar la literatura,
-vigorizar la ciencia, reorganizar la legislación, restablecer el
-espíritu de nacionalidad, restaurar nuestra gloria, y colocar de nuevo
-á esta nación desventurada en el alto rango que sus virtudes merecen,
-dándole la prosperidad y la dicha que tan afanosa busca, y que en su
-corazón augura?
-
-
-
-
-CAPITULO XIII
-
-
-Parangonados ya bajo el aspecto religioso el Catolicismo y el
-Protestantismo en el cuadro que acabo de trazar, y evidenciada la
-superioridad de aquél sobre éste, no sólo en lo concerniente á certeza,
-sino también en todo lo relativo á los instintos, á los sentimientos,
-á las ideas, al carácter del espíritu humano, será bien entrar
-ahora en otra cuestión, no más importante por cierto, pero sí menos
-dilucidada, y en que será preciso luchar con fuertes antipatías, y
-disipar considerable número de prevenciones y errores. En medio de
-las dificultades de que está erizada la empresa que voy á acometer,
-aliéntame una poderosa esperanza, y es que lo interesante de la
-materia, y el ser muy del gusto científico del siglo, convidará quizás
-á leer, obviándose de esta manera el peligro que suele amenazar á los
-que escriben en favor de la religión católica: son juzgados sin ser
-oídos. He aquí, pues, la cuestión en sus precisos términos: _Comparados
-el Catolicismo y el Protestantismo, ¿cuál de los dos es más conducente
-para la verdadera libertad, para el verdadero adelanto de los pueblos,
-para la causa de la civilización?_
-
-_Libertad_: ésta es una de aquellas palabras tan generalmente usadas
-como poco entendidas; palabras que, por envolver cierta idea vaga muy
-fácil de percibir, presentan la engañosa apariencia de una entera
-claridad, mientras que, por la muchedumbre y variedad de objetos á que
-se aplican, son susceptibles de una infinidad de sentidos, haciéndose
-su comprensión sumamente difícil. ¿Y quién podrá reducir á guarismo
-las aplicaciones que se hacen de la palabra _libertad_? Salvándose en
-todas ellas una idea que podríamos apellidar radical, son infinitas las
-modificaciones y graduaciones á que se la sujeta. Circula el aire con
-libertad; se despejan los alrededores de una planta para que crezca y
-se extienda con libertad; se mondan los conductos de un regadío para
-que el agua corra con libertad; al pez cogido en la red, al avecilla
-enjaulada se los suelta, y se les da libertad; se trata á un amigo
-con libertad; hay modales libres, pensamientos libres, expresiones
-libres, herencias libres, voluntad libre, acciones libres; no tiene
-libertad el encarcelado, carece de libertad el hijo de familia, tiene
-poca libertad una doncella, una persona casada ya no es libre, un
-hombre en tierra extraña se porta con más libertad, el soldado no tiene
-libertad; hay hombres libres de quintas, libres de contribuciones;
-hay votaciones libres; dictámenes libres, interpretación libre,
-versificación libre, libertad de comercio, libertad de enseñanza,
-libertad de imprenta, libertad de conciencia, libertad civil, libertad
-política, libertad justa, injusta, racional, irracional, moderada,
-excesiva, comedida, licenciosa, oportuna, inoportuna; mas, ¿á qué
-fatigarse en la enumeración, cuando es poco menos que imposible el dar
-cima á tan enfadosa tarea? Pero menester parecía detenerse algún tanto
-en ella, aun á riesgo de fastidiar al lector; quizás el recuerdo de
-este fastidio podrá contribuir á grabar profundamente en el ánimo la
-saludable verdad de que, cuando en la conversación, en los escritos,
-en las discusiones públicas, en las leyes, se usa tan á menudo esta
-palabra, aplicándola á objetos de mayor importancia, es necesario
-reflexionar maduramente sobre el número y naturaleza de ideas que en
-el respectivo caso abarca, sobre el sentido que la materia consiente,
-sobre las modificaciones que las circunstancias demandan, sobre las
-precauciones y tino que las aplicaciones exigen.
-
-Sea cual fuere la acepción en que se tome la palabra libertad, échase
-de ver que siempre entraña en su significado _ausencia de causa que
-impida ó coarte el ejercicio de alguna libertad_: infiriéndose de aquí
-que, para fijar en cada caso el verdadero sentido de esta palabra, es
-indispensable atender á la naturaleza y circunstancias de la facultad
-cuyo uso se quiere impedir ó limitar, sin perder de vista los varios
-objetos sobre que versa, las condiciones de su ejercicio, como y
-también el carácter, la eficacia y extensión de la causa que al efecto
-se empleare. Para aclarar la materia, propongámonos formar juicio de
-esta proposición: el hombre ha de tener libertad de pensar. Aquí se
-afirma que al hombre no se le ha de coartar el pensamiento. Ahora bien:
-¿habláis de coartación física ejercida inmediatamente sobre el mismo
-pensamiento? Pues entonces es de todo punto inútil la proposición;
-porque, como semejante coartación es imposible, vano es decir que no
-se la debe emplear. ¿Entendéis que no se debe coartar la expresión
-del pensamiento, es decir, que no se ha de impedir ni restringir
-la libertad de manifestar cada cual lo que piensa? Entonces habéis
-dado un salto inmenso, habéis colocado la cuestión en muy diferente
-terreno; y, si no queréis significar que todo hombre, á todas horas,
-en todo lugar, pueda decir sobre cualquier materia cuanto le viniere á
-la mente, y del modo que más le agradare, deberéis distinguir cosas,
-personas, lugares, tiempos, modos, condiciones, en una palabra, atender
-á mil y mil circunstancias, impedir del todo en unos casos, limitar
-en otros, ampliar en éstos, restringir en aquéllos, y así tomaros tan
-largo trabajo que de nada os sirva el haber sentado, en favor de la
-libertad del pensamiento, aquella proposición tan general, con toda su
-apariencia de sencillez y claridad.
-
-Aun penetrando en el mismo santuario del pensamiento, en aquella región
-donde no alcanzan las miradas de otro hombre, y que sólo está patente
-á los ojos de Dios, ¿qué significa la libertad de pensar? ¿Es acaso
-que el pensamiento no tenga sus leyes, á las que ha de sujetarse por
-precisión, si no quiere sumirse en el caos? ¿Puede despreciar la norma
-de una sana razón? ¿Puede desoir los consejos del buen sentido? ¿Puede
-olvidar que su objeto es la verdad? ¿Puede desentenderse de los eternos
-principios de la moral?
-
-He aquí cómo, examinando lo que significa la palabra libertad, aun
-aplicándola á lo que seguramente hay de más libre en el hombre, como
-es el pensamiento, nos encontramos con tal muchedumbre y variedad de
-sentidos, que nos obligan á un sinnúmero de distinciones, y nos llevan
-por necesidad á restringir la proposición general, si algo queremos
-expresar que no esté en contradicción con lo que dictan la razón y el
-buen sentido, con lo que prescriben las leyes eternas de la moral, con
-lo que demandan los mismos intereses del individuo, con lo que reclaman
-el buen orden y la conservación de la sociedad. ¿Y qué no podría
-decirse de tantas otras libertades como se invocan de continuo, con
-nombres indeterminados y vagos, cubiertos á propósito con el equívoco y
-las tinieblas?
-
-Pongo estos ejemplos, sólo para que no se confundan las ideas; porque,
-defendiendo como defiendo la causa del Catolicismo, no necesito abogar
-por la opresión, ni invocar sobre los hombres una mano de hierro, ni
-aplaudir que se huellen sus derechos sagrados. Sagrados, sí; porque,
-según la enseñanza de la augusta religión de Jesucristo, sagrado es
-un hombre á los ojos de otro hombre, por su alto origen y destino,
-por la imagen de Dios que en él resplandece, por haber sido redimido
-con inefable dignación y amor por el mismo Hijo del Eterno; sagrados
-declara esa religión divina los derechos del hombre, cuando su augusto
-Fundador amenaza con eterno suplicio, no tan sólo á quien le matare, no
-tan sólo á quien le mutilare, no tan sólo á quien le robare, sino ¡cosa
-admirable! hasta á quien se propasare á ofenderle con solas palabras.
-«Quien llamare á su hermano _fatuo_, será reo del fuego del infierno.»
-(Mat., c. 5, v. 22.) Así hablaba el Divino Maestro.
-
-Levántase el pecho con generosa indignación, al oir que se achaca á
-la religión de Jesucristo tendencia á esclavizar. Cierto es que, si
-se confunde el espíritu de verdadera libertad con el espíritu de los
-demagogos, no se le encuentra en el Catolicismo; pero, si no se quieren
-trastrocar monstruosamente los nombres, si se da á la palabra libertad
-su acepción más razonable, más justa, más provechosa, más dulce,
-entonces la religión católica puede reclamar la gratitud del humano
-linaje: _ella ha civilizado las naciones que la han profesado; y la
-civilización es la verdadera libertad_.
-
-Es un hecho ya generalmente reconocido y paladinamente confesado, que
-el Cristianismo ha ejercido muy poderosa influencia en el desarrollo
-de la civilización europea; pero á este hecho no se le da todavía por
-algunos la importancia que merece, á causa de no ser bastante bien
-apreciado. Con respecto á la civilización, distínguese á veces el
-influjo del Cristianismo del influjo del Catolicismo, ponderando las
-excelencias de aquél y escaseando los encomios á éste; sin reparar
-que, cuando se trata de la civilización europea, puede el Catolicismo
-demandar una consideración siempre principal, y, por lo tocante á
-mucho tiempo, hasta exclusiva, pues que se halló por largos siglos
-enteramente solo en el trabajo de esa grande obra. No se ha querido
-ver que, al presentarse el Protestantismo en Europa, estaba ya la obra
-por concluir; y que con una injusticia é ingratitud que no acierta uno
-á calificar, se ha tachado al Catolicismo de espíritu de barbarie, de
-obscurantismo, de opresión, mientras se hacía ostentosa gala de la rica
-civilización, de las luces y de la libertad que á él principalmente son
-debidas.
-
-Si no se tenía gana de profundizar las íntimas relaciones del
-Catolicismo con la civilización europea; si faltaba la paciencia que
-es menester en las prolijas investigaciones á que tal examen conduce,
-al menos parecía del caso dar una mirada al estado de los países donde
-en siglos trabajosos no ejerció la religión católica todo su influjo,
-y compararlos con aquellos otros en que fué el principio dominante.
-El Oriente y el Occidente, ambos sujetos á grandes trastornos, ambos
-profesando el Cristianismo, pero de manera que el principio católico se
-halló débil y vacilante allí, mientras estuvo robusto y profundamente
-arraigado entre los occidentales, hubieran ofrecido dos puntos de
-comparación muy á propósito para estimar lo que vale el Cristianismo
-sin el Catolicismo, cuando se trata de salvar la civilización y
-la existencia de las naciones. En Occidente los trastornos fueron
-repetidos y espantosos, el caos llegó á su complemento, y, sin embargo,
-del caos han brotado la luz y la vida. Ni la barbarie de los pueblos
-que inundaron estas regiones y que adquirieron en ellas asiento, ni las
-furiosas arremetidas del islamismo, aun cuando estaba en su mayor brío
-y pujanza, bastaron para que se ahogase el germen de una civilización
-rica y fecunda: en Oriente todo iba envejeciendo y caducando, nada
-se remozaba, y á los embates del ariete que nada había podido contra
-nosotros, todo cayó. Ese poder espiritual de Roma, esa influencia en
-los negocios temporales, dieron por cierto frutos muy diferentes de los
-que produjeron en semejantes circunstancias sus rencorosos rivales.
-
-Si un día estuviese destinada la Europa á sufrir de nuevo algún
-espantoso y general trastorno, ó por un desborde universal de las ideas
-revolucionarias, ó por alguna violenta irrupción del pauperismo sobre
-los poderes sociales y sobre la propiedad; si ese coloso que se levanta
-en el Norte en un trono asentado entre eternas nieves, teniendo en su
-cabeza la inteligencia y en su mano la fuerza ciega, que dispone á
-la vez de los medios de la civilización y de la barbarie, cuyos ojos
-van recorriendo de continuo el Oriente, el Mediodía y el Occidente,
-con aquella mirada codiciosa y astuta, señal característica que nos
-presenta la historia en todos los imperios invasores; si, acechando el
-momento oportuno, se arrojase á una tentativa sobre la independencia
-de la Europa, entonces quizás se vería una prueba de lo que vale en
-los grandes apuros el principio católico; entonces se palparía el
-poder de esa _unidad_ proclamada y sostenida por el Catolicismo;
-entonces, recordando los siglos medios, se vería una de las causas de
-la debilidad del Oriente y de la robustez del Occidente; entonces se
-recordaría un hecho que, aunque es de ayer, empieza ya á olvidarse,
-y es que el pueblo contra cuyo denodado brío se estrelló el poder de
-Napoleón, era el pueblo proverbialmente católico. Y ¿quién sabe si en
-los atentados cometidos en Rusia contra el Catolicismo, atentados que
-ha deplorado en sentido lenguaje el Vicario de Jesucristo; quién sabe
-si influye el secreto presentimiento, ó quizás la previsión, de la
-necesidad de debilitar aquel sublime poder, que, en tratándose de la
-causa de la humanidad, ha sido en todas épocas el núcleo de los grandes
-esfuerzos? Pero volvamos al intento.
-
-No puede negarse que desde el siglo XVI se ha mostrado la civilización
-europea muy lozana y brillante, pero es un error atribuir este fenómeno
-al Protestantismo. Para examinar la influencia y eficacia de un hecho,
-no se han de mirar tan sólo los sucesos que han venido después de él;
-se ha de considerar si estos sucesos estaban ya preparados, si son
-algo más que un resultado necesario de hechos anteriores: conviene
-no hacer aquel raciocinio que tachan de sofístico los dialécticos:
-_después de esto, luego por esto; post hoc, ergo propter hoc_. Sin el
-Protestantismo, y antes del Protestantismo, estaba ya muy adelantada
-la civilización europea por los trabajos é influencia de la religión
-católica; y la grandeza y esplendor que sobrevinieron después, no se
-desplegaron á causa del Protestantismo, sino á pesar del Protestantismo.
-
-Al extravío de ideas en esta materia ha contribuído no poco el estudio
-poco profundo que se ha hecho del Cristianismo, el haberse contentado
-no pocas veces con una mirada superficial sobre los principios de
-fraternidad que él tanto recomienda, sin entrar en el debido examen de
-la historia de la Iglesia. Para comprender á fondo una institución, no
-basta pararse en sus ideas más capitales; es necesario seguirle también
-los pasos, ver cómo va realizando esas ideas, cómo triunfa de los
-obstáculos que le salen al encuentro. Nunca se formará concepto cabal
-sobre un hecho histórico, si no se estudia detenidamente su historia;
-y el estudio de la historia de la Iglesia católica en sus relaciones
-con la civilización deja todavía mucho que desear. Y no es que sobre la
-historia de la Iglesia no se hayan hecho estudios profundos; sino que,
-desde que se ha desplegado el espíritu de análisis social, no ha sido
-todavía objeto de aquellos trabajos admirables que tanto la ilustraron
-bajo el aspecto dogmático y crítico.
-
-Otro embarazo media para que pueda dilucidarse cual conviene esta
-materia, y es el dar sobrada importancia á las intenciones de los
-hombres, distrayéndose de considerar la marcha grave y majestuosa de
-las cosas. Se mide la magnitud y se califica la naturaleza de los
-acontecimientos por los motivos inmediatos que los determinaron, y por
-los fines que se proponían los hombres que en ellos intervinieron; y
-esto es un error muy grave: la vista se ha de extender á mayor espacio
-y se ha de observar el sucesivo desarrollo de las ideas, el influjo
-que anduvieron ejerciendo en los sucesos, las instituciones que de
-ellas iban brotando, pero considerándolo todo como es en sí, es decir,
-en un cuadro grande, inmenso, sin pararse en hechos particulares,
-contemplados en su aislamiento y pequeñez. Que es menester grabar
-profundamente en el ánimo la importante verdad de que, cuando se
-desenvuelve alguno de esos grandes hechos que cambian la suerte de
-una parte considerable del humano linaje, rara vez lo comprenden los
-mismos hombres que en ello intervienen, y que como poderosos agentes
-figuran: la marcha de la humanidad es un gran drama, los papeles se
-distribuyen entre los individuos que pasan y desaparecen: el hombre es
-muy pequeño, sólo Dios es grande. Ni los actores de las escenas de los
-antiguos imperios de Oriente, ni Alejandro arrojándose sobre el Asia y
-avasallando innumerables naciones, ni los romanos sojuzgando el mundo,
-ni los bárbaros derrocando y destrozando el imperio romano, ni los
-musulmanes dominando el Asia y el África y amenazando la idependencia
-de Europa, pensaron, ni pensar podían en que sirviesen de instrumento
-para realizar los destinos cuya ejecución nosotros admiramos.
-
-Quiero indicar con esto que, cuando se trata de civilización cristiana,
-cuando se van notando y analizando los hechos que señalan su marcha, no
-es necesario, y muchas veces ni conveniente, el suponer que los hombres
-que á ella han contribuído de una manera muy principal, conocieran en
-toda su extensión el resultado de su propia obra; bástale á la gloria
-de un hombre, el que se le señale como escogido instrumento de la
-Providencia, sin que sea menester atribuir demasiado á su conocimiento
-particular, á sus intenciones personales. Basta reconocer que un
-rayo de luz ha bajado del cielo y ha iluminado su frente; pero no
-hay necesidad de que él mismo previera que ese rayo reflejando se
-desparramara en inmensas madejas sobre las generaciones venideras. Los
-hombres pequeños son comunmente más pequeños de lo que piensan; pero
-los hombres grandes son á veces más grandes de lo que creen; y es que
-no conocen todo su grandor, por no saber que son instrumentos de altos
-designios de la Providencia.
-
-Otra observación debe tenerse presente en el estudio de esos grandes
-hechos, y es que no se debe buscar un sistema cuya trabazón y harmonía
-se descubran á la primera ojeada. Preciso es resignarse á sufrir la
-vista de algunas irregularidades y algunos objetos poco agradables; es
-menester precaverse contra la pueril impaciencia de querer adelantarnos
-al tiempo; es indispensable despojarse de aquel deseo, que, más ó
-menos vivo, nunca nos abandona, de encontrarlo todo amoldado conforme
-á nuestras ideas, de verlo marchar todo de la manera que más nos
-agrada. ¿No veis esa naturaleza tan grande, tan variada, tan rica,
-cómo prodiga en cierto desorden sus productos ocultando inestimables
-piedras y preciosísimos veneros entre montones de tierra ruda, cuál
-despliega inmensas cordilleras, riscos inaccesibles, horrendas
-fragosidades, que contrastan con amenas y espaciosas llanuras? ¿no veis
-ese aparente desorden, esa prodigalidad, en medio de las cuales están
-trabajando en secreto concierto innumerables agentes para producir el
-admirable conjunto que encanta nuestros ojos y admira al naturalista?
-Pues he aquí la sociedad: los hechos andan dispersos, desparramados
-acá y acullá, sin ofrecer muchas veces visos de orden ni concierto;
-los acontecimientos se suceden, se empujan, sin que se descubra un
-designio; los hombres se aúnan, se separan, se auxilian, se chocan;
-pero va pasando el tiempo, ese agente indispensable para la producción
-de las grandes obras, y va todo caminando al destino señalado en los
-arcanos del Eterno.
-
-He aquí cómo se concibe la marcha de la humanidad, he aquí la norma
-del estudio filosófico de la historia, he aquí el modo de comprender
-el influjo de esas ideas fecundas, de esas instituciones poderosas que
-aparecen de vez en cuando entre los hombres para cambiar la faz de la
-tierra. En semejante estudio, y cuando se descubre obrando en el fondo
-de las cosas una idea fecunda, una institución poderosa, lejos de
-asustarse el ánimo por encontrar alguna irregularidad, se complace y se
-alienta; porque es excelente señal de que la idea está llena de verdad,
-de que la institución rebosa de vida, cuando se las ve atravesar
-el caos de los siglos y salir enteras de entre los más horrorosos
-sacudimientos. Que estos ó aquellos hombres no se hayan regido por la
-idea, que no hayan correspondido al objeto de la institución, nada
-importa, si la institución ha sobrevivido á los trastornos, si la idea
-ha sobrenadado en el borrascoso piélago de las pasiones. Entonces
-el mentar las flaquezas, las miserias, la culpa, los crímenes de
-los hombres, es hacer la más elocuente apología de la idea y de la
-institución.
-
-Mirados los hombres de esta manera, no se los saca de su lugar
-propio, ni se exige de ellos lo que racionalmente no se puede exigir.
-Encajonados, por decirlo así, en el hondo cauce del gran torrente
-de los sucesos, no se atribuye á su inteligencia ni voluntad, mayor
-esfera de la que les corresponde: y, sin dejar, por eso, de apreciar
-debidamente la magnitud y naturaleza de las obras en que tomaron
-parte, no se da exagerada importancia á sus personas, honrándolas con
-encomios que no merezcan ó achacándoles cargos injustos. Entonces no se
-confunden monstruosamente tiempos y circunstancias; el observador mira
-con sosiego y templanza los acontecimientos que se van desplegando ante
-sus ojos; no habla del imperio de Carlomagno como hablar pudiera del
-imperio de Napoleón, ni se desata en agrias invectivas contra Gregorio
-VII, porque no siguió en su política la misma línea de conducta que
-Gregorio XVI.
-
-Y cuenta que no exijo del historiador filósofo una impasible
-indiferencia por el bien y por el mal, por lo justo y lo injusto;
-cuenta que no reclamo indulgencia para el vicio, ni pretendo que
-se escaseen los elogios á la virtud; no simpatizo con esa escuela
-histórica fatalista, que ha vuelto á presentar sobre el mundo
-el Destino de los antiguos; escuela que, si extendiera mucho su
-influencia, malograría la más hermosa parte de los trabajos históricos,
-y ahogaría los destellos de las inspiraciones más generosas. En la
-marcha de la sociedad veo un plan, veo un concierto, mas no ciega
-necesidad; no creo que los sucesos se revuelvan y barajen en confusa
-mezcolanza en la obscura urna del destino, ni que los hados tengan
-ceñido el mundo con un arco de hierro.
-
-Veo sí una cadena maravillosa tendida sobre el curso de los siglos;
-pero es cadena que no embarga el movimiento de los individuos ni de las
-naciones; que, ondeando suavemente, se aviene con el flujo y reflujo
-demandado por la misma naturaleza de las cosas; que con su contacto
-hace brotar de la cabeza de los hombres pensamientos grandiosos: cadena
-de oro que está pendiente de la mano del Hacedor Supremo, labrada con
-infinita inteligencia y regida con inefable amor.
-
-
-
-
-CAPITULO XIV
-
-
-¿En qué estado encontró al mundo el Cristianismo? Pregunta es ésta
-en que debemos fijar mucho nuestra atención, si queremos apreciar
-debidamente los beneficios dispensados por esa religión divina al
-individuo y á la sociedad; si deseamos conocer el verdadero carácter de
-la civilización cristiana.
-
-Sombrío cuadro, por cierto, presentaba la sociedad en cuyo centro
-nació el Cristianismo. Cubierta de bellas apariencias, y herida en su
-corazón con enfermedad de muerte, ofrecía la imagen de la corrupción
-más asquerosa, velada con el brillante ropaje de la ostentación y de
-la opulencia. La moral sin base, las costumbres sin pudor, sin freno
-las pasiones, las leyes sin sanción, la religión sin Dios, flotaban
-las ideas á merced de las preocupaciones, del fanatismo religioso,
-y de las cavilaciones filosóficas. Era el hombre un hondo misterio
-para sí mismo, y ni sabía estimar su dignidad, pues que consentía
-que se le rebajase al nivel de los brutos; ni, cuando se empeñaba en
-ponderarla, acertaba á contenerse en los lindes señalados por la razón
-y la naturaleza: siendo á este propósito bien notable que, mientras una
-gran parte del humano linaje gemía en la más abyecta esclavitud, se
-exaltasen con tanta facilidad los héroes, y hasta los más detestables
-monstruos, sobre las aras de los dioses.
-
-Con semejantes elementos debía cundir tarde ó temprano la disolución
-social; y, aun cuando no hubiera sobrevenido la violenta arremetida
-de los bárbaros, más ó menos tarde aquella sociedad se hubiera
-trastornado: porque no había en ella ni una idea fecunda, ni un
-pensamiento consolador, ni una vislumbre de esperanza que pudiese
-preservarla de la ruina.
-
-La idolatría había perdido su fuerza: resorte gastado con el tiempo y
-por el uso grosero que de él habían hecho las pasiones; expuesta su
-frágil contextura al disolvente fuego de la observación filosófica,
-estaba en extremo desacreditada; y, si, por efecto de arraigados
-hábitos, ejercía sobre el ánimo de los pueblos algún influjo maquinal,
-no era éste capaz ni de restablecer la harmonía de la sociedad, ni
-de producir aquel fogoso entusiasmo inspirador de grandes acciones:
-entusiasmo que, en tratándose de corazones vírgenes, puede ser excitado
-hasta por la superstición más irracional y absurda. Á juzgar por
-la relajación de costumbres, por la flojedad de los ánimos, por la
-afeminación y el lujo, por el completo abandono á las más repugnantes
-diversiones y asquerosos placeres, se ve claro que las ideas religiosas
-nada conservaban de aquella majestad que notamos en los tiempos
-heroicos; y que, faltas de eficacia, ejercían sobre el ánimo de los
-pueblos escaso ascendiente, mientras servían de un modo lamentable
-como instrumentos de disolución. Ni era posible que sucediese de otra
-manera: pueblos que se habían levantado al alto grado de cultura de
-que pueden gloriarse griegos y romanos; que habían oído disputar á
-sus sabios sobre las grandes cuestiones acerca de la Divinidad y el
-hombre, no era regular que permaneciesen en aquella candidez que era
-necesaria para creer de buena fe los intolerables absurdos de que
-rebosa el paganismo: y, sea cual fuere la disposición de ánimo de la
-parte más ignorante del pueblo, á buen seguro que lo creyeran cuantos
-se levantaban un poco sobre el nivel regular, ellos que acababan de oir
-filósofos tan cuerdos como Cicerón, y que se estaban saboreando en las
-maliciosas agudezas de sus poetas satíricos.
-
-Si la religión era impotente, quedaba, al parecer, otro recurso: la
-_ciencia_. Antes de entrar en el examen de lo que podía esperarse de
-ella, es necesario observar que jamás la ciencia fundó una sociedad,
-ni jamás fué bastante á restituirle el equilibrio perdido. Revuélvase
-la historia de los tiempos antiguos: hallaránse al frente de algunos
-pueblos hombres eminentes que, ejerciendo un mágico influjo sobre el
-corazón de sus semejantes, dictan leyes, reprimen abusos, rectifican
-las ideas, enderezan las costumbres, y asientan sobre sabias
-instituciones un gobierno, labrando más ó menos cumplidamente la dicha
-y la prosperidad de los pueblos que se entregaron á su dirección y
-cuidado. Pero muy errado anduviera quien se figurase que esos hombres
-procedieron á consecuencia de lo que nosotros llamamos combinaciones
-científicas: sencillos por lo común, y hasta rudos y groseros, obraban
-á impulsos de su buen corazón, y guiados por aquel buen sentido, por
-aquella sesuda cordura que dirigen al padre de familia en el manejo de
-los negocios domésticos; mas nunca tuvieron por norma esas miserables
-cavilaciones que nosotros apellidamos teorías, ese fárrago indigesto
-de ideas que nosotros disfrazamos con el pomposo nombre de ciencia. ¿Y
-qué? ¿fueron acaso los mejores tiempos de la Grecia aquellos en que
-florecieron los Platones y los Aristóteles? Aquellos fieros romanos que
-sojuzgaron el mundo, no poseían, por cierto, la extensión y variedad de
-conocimientos que admiramos en el siglo de Augusto: y ¿quién trocara,
-sin embargo, unos tiempos con otros tiempos, unos hombres con otros
-hombres?
-
-Los siglos modernos podrían también suministrarnos abundantes pruebas
-de la esterilidad de la ciencia en las instituciones sociales; cosa
-tanto más fácil de notar, cuando son tan patentes los resultados
-prácticos que han dimanado de las ciencias naturales. En éstas diríase
-que se ha concedido al hombre lo que en aquéllas le fué negado; si bien
-que, mirada á fondo la cosa, no es tanta la diferencia como á primera
-vista pudiera parecer. Cuando el hombre trata de hacer aplicación de
-los conocimientos que ha adquirido sobre la naturaleza, se ve forzado
-á respetarla; y como, aunque quisiese, no alcanzara con su débil
-mano á causarle considerable trastorno, se limita en sus ensayos á
-tentativas de poca monta, excitándole el mismo deseo del acierto, á
-obrar conforme á las leyes á que están sujetos los cuerpos sobre los
-cuales se ejercita. En las aplicaciones de las ciencias sociales sucede
-muy de otra manera: el hombre puede obrar directa á inmediatamente
-sobre la misma sociedad; con su mano puede trastornarla, no se ve
-por precisión limitado á practicar sus ensayos en objetos de poca
-entidad y respetando las eternas leyes de las sociedades, sino que
-puede imaginarlas á su gusto, proceder conforme á sus cavilaciones,
-y acarrear desastres de que se lamente la humanidad. Recuérdense las
-extravagancias que sobre la naturaleza han corrido muy válidas en las
-escuelas filosóficas antiguas y modernas, y véase lo que hubiera sido
-de la admirable máquina del universo, si los filósofos la hubieran
-podido manejar á su arbitrio. Por desgracia, no sucede así en la
-sociedad: los ensayos se hacen sobre ella misma, sobre sus eternas
-bases, y entonces resultan gravísimos males, pero males que evidencian
-la debilidad de la ciencia del hombre. Es menester no olvidarlo:
-la ciencia, propiamente dicha, vale poco para la organización de
-las sociedades; y en los tiempos modernos, en que tan orgullosa se
-manifiesta por su pretendida fecundidad, será bien recordarle que
-atribuye á sus trabajos lo que es fruto del transcurso de los siglos,
-del sano instinto de los pueblos, y á veces de las inspiraciones de un
-genio: y ni el instinto de los pueblos, ni el genio, tienen nada de
-parecido á la ciencia.
-
-Pero, dando de mano á esas consideraciones generales, siempre muy
-útiles, como que son tan conducentes para el conocimiento del hombre,
-¿qué podía esperarse de la falsa vislumbre de ciencia que se conservaba
-sobre las ruinas de las antiguas escuelas, á la época de que hablamos?
-Escasos como eran en semejantes materias los conocimientos de los
-filósofos antiguos, aun de los más aventajados, no puede menos de
-confesarse que los nombres de Sócrates, de Platón, de Aristóteles,
-recuerdan algo de respetable; y que, en medio de desaciertos y
-aberraciones, ofrecen conceptos dignos de la elevación de sus genios.
-Pero, cuando apareció el Cristianismo, estaban sofocados los gérmenes
-del saber esparcidos por aquellos grandes hombres: los sueños habían
-ocupado el lugar de los pensamientos altos y fecundos; el prurito de
-disputar reemplazaba el amor de la sabiduría, y los sofismas y las
-cavilaciones se habían substituído á la madurez del juicio y á la
-severidad del raciocinio. Derribadas las antiguas escuelas, formadas
-de sus escombros otras, tan estériles como extrañas, brotaba por todas
-partes cuantioso número de sofistas, como aquellos insectos inmundos
-que anuncian la corrupción de un cadáver. La Iglesia nos ha conservado
-un dato preciosísimo para juzgar de la ciencia de aquellos tiempos: la
-historia de las primeras herejías. Si prescindimos de lo que en ellas
-indigna, cual es su profunda inmoralidad, ¿puede darse cosa más vacía,
-más insulsa, más digna de lástima?[14]
-
-La legislación romana, tan recomendable por la justicia y equidad que
-entraña y por el tino y sabiduría con que resplandece, si bien puede
-contarse como uno de los más preciosos esmaltes de la civilización
-antigua, no era parte, sin embargo, á prevenir la disolución de
-que estaba amenazada la sociedad. Nunca debió ésta su salvación á
-jurisconsultos; porque obra tamaña no está en la esfera del influjo de
-la jurisprudencia. Que sean las leyes tan perfectas como se quiera, que
-la jurisprudencia se haya levantado al más alto punto de esplendor, que
-los jurisconsultos estén animados de los sentimientos más puros, que
-vayan guiados por las miras más rectas, ¿de qué servirá todo esto, si
-el corazón de la sociedad está corrompido, si los principios morales
-han perdido su fuerza, si las costumbres están en perpetua lucha con
-las leyes?
-
-Ahí están los cuadros que de las costumbres romanas nos han dejado sus
-mismos historiadores, y véase si en ellos se encuentran retratadas la
-equidad, la justicia, el buen sentido, que han merecido á las leyes
-romanas el honroso dictado de _razón escrita_.
-
-Como una prueba de imparcialidad, omito de propósito el notar
-los lunares de que no carece el derecho romano; no fuera que se
-me achacase que trato de rebajar todo aquello que no es obra del
-Cristianismo. No debe, sin embargo, pasarse por alto que no es verdad
-que al Cristianismo no le cupiese ninguna parte en la perfección de
-la jurisprudencia romana; no sólo con respecto al período de los
-emperadores cristianos, lo que no admite duda, sino también hablando
-de los anteriores. Es cierto que algún tiempo antes de la venida de
-Jesucristo era muy crecido el número de las leyes romanas, y que su
-estudio y arreglo llamaba la atención de los hombres más ilustres.
-Sabemos por Suetonio (in _Caesa._, c. 44) que Julio César se había
-propuesto la utilísima tarea de reducir á pocos libros lo más selecto y
-necesario que andaba desparramado en la inmensa abundancia de leyes;
-un pensamiento semejante había ocurrido á Cicerón, quien escribió un
-libro sobre la redacción metódica del derecho civil (_De iure civili in
-arte dirigendo_), como atestigua Gellio (_Noct. Att._, l. 1, c. 22);
-y, según nos dice Tácito (_Ann._, l. 3, c. 28), este trabajo había
-también ocupado la atención del emperador Augusto. Esos proyectos
-revelan ciertamente que la legislación no estaba en su infancia; pero
-no deja por ello de ser verdad que el derecho romano, tal como le
-tenemos, es casi todo un producto de siglos posteriores. Varios de los
-jurisconsultos más afamados, y cuyas sentencias forman una buena parte
-del derecho, vivían largo tiempo después de la venida de Jesucristo;
-y las constituciones de los emperadores llevan en su propio nombre el
-recuerdo de su época.
-
-Asentados estos hechos, observaré que, por ser paganos los emperadores
-y los jurisconsultos, no se infiere que las ideas cristianas dejasen
-de ejercer influencia sobre sus obras. El número de los cristianos
-era inmenso por todas partes; la misma crueldad con que se los había
-perseguido, la heroica fortaleza con que arrostraban los tormentos y
-la muerte, debían de haber llamado la atención de todo el mundo; y es
-imposible que entre los hombres pensadores no se excitara la curiosidad
-de examinar cuál era la enseñanza que la religión nueva comunicaba á
-sus prosélitos. La lectura de las apologías del Cristianismo, escritas
-ya en los primeros siglos con tanta fuerza de raciocinio y elocuencia,
-las obras de varias clases publicadas por los primeros Padres, las
-homilías de los obispos dirigidas á los pueblos, encierran un caudal
-tan grande de sabiduría, respiran tanto amor á la verdad y á la
-justicia, proclaman tan altamente los eternos principios de la moral,
-que no podía menos de hacerse sentir su influencia aun entre aquellos
-que condenaban la religión del Crucificado.
-
-Cuando van extendiéndose doctrinas que tengan por objeto aquellas
-grandes cuestiones que más interesan al hombre, si estas doctrinas
-son propagadas con fervoroso celo, aceptadas con ardor por un crecido
-número de discípulos, y sustentadas con el talento y el saber de
-hombres ilustres, dejan en todas direcciones hondos surcos, y afectan
-aun á aquellos mismos que las combaten con acaloramiento. Su influencia
-en tales casos es imperceptible, pero no deja de ser muy real y
-verdadera; se asemejan á aquellas exhalaciones de que se impregna la
-atmósfera: con el aire que respiramos absorbemos á veces la muerte, á
-veces un aroma saludable que nos purifica y conforta.
-
-No podía menos de verificarse el mismo fenómeno con respecto á una
-doctrina predicada de un modo tan extraordinario, propagada con tanta
-rapidez, sellada su verdad con torrentes de sangre, y defendida por
-escritores tan ilustres como Justino, Clemente de Alejandría, Ireneo
-y Tertuliano. La profunda sabiduría, la embelesante belleza de las
-doctrinas explanadas por los doctores cristianos, debían de llamar
-la atención hacia los manantiales donde las bebían; y es regular
-que esa picante curiosidad pondría en manos de muchos filósofos y
-jurisconsultos los libros de la Sagrada Escritura. ¿Qué tuviera de
-extraño que Epicteto se hubiese saboreado largos ratos en la lectura
-del _sermón sobre la montaña_; ni que los oráculos de la jurisprudencia
-recibiesen sin pensarlo las inspiraciones de una religión que,
-creciendo de un modo admirable en extensión y pujanza, andaba
-apoderándose de todos los rangos de la sociedad? El ardiente amor á
-la verdad y á la justicia, el espíritu de fraternidad, las grandiosas
-ideas sobre la dignidad del hombre, temas perpetuos de la enseñanza
-cristiana, no eran para quedar circunscritos al solo ámbito de los
-hijos de la Iglesia. Con más ó menos lentitud, íbanse filtrando por
-todas las clases; y cuando con la conversión de Constantino adquirieron
-influencia política y predominio público, no se hizo otra cosa que
-repetir el fenómeno de que, en siendo un sistema muy poderoso en el
-orden social, pasa á ejercer un señorío, ó al menos su influencia, en
-el orden político. Con entera confianza abandono estas reflexiones al
-juicio de los hombres pensadores, seguro de que, si no las adoptan, al
-menos no las juzgarán desatendibles. Vivimos en una época fecunda en
-acontecimientos, y en que se han realizado revoluciones profundas: y
-por eso estamos más en proporción de comprender los inmensos efectos
-de las influencias indirectas y lentas, el poderoso ascendiente de las
-ideas, y la fuerza irresistible con que se abren paso las doctrinas.
-
-Á esa falta de principios vitales para regenerar la sociedad, á tan
-poderosos elementos de disolución como abrigaba en su seno, allegábase
-otro mal, y no de poca cuantía, en lo vicioso de la organización
-política. Doblegada la cerviz del mundo bajo el yugo de Roma, veíanse
-cien y cien pueblos, muy diferentes en usos y costumbres, amontonados
-en desorden como el botín de un campo de batalla, forzados á formar un
-cuerpo facticio, como trofeos ensartados en el astil de una lanza.
-
-La unidad en el gobierno no podía ser provechosa, porque era violenta;
-y añadiéndose que esta unidad era despótica, desde la silla del imperio
-hasta los últimos mandarines, no podía traer otro resultado que el
-abatimiento y la degradación de los pueblos; siéndoles imposible
-desplegar aquella elevación y energía de ánimo, frutos preciosos del
-sentimiento de la propia dignidad, y el amor á la independencia de la
-patria. Si al menos Roma hubiese conservado sus antiguas costumbres,
-si abrigara en su seno aquellos guerreros tan célebres por la fama de
-sus victorias como por la sencillez y austeridad de sus costumbres,
-pudiérase concebir la esperanza de que emanara á los pueblos vencidos
-algo de las prendas de los vencedores, como un corazón joven y
-robusto reanima con su vigor un cuerpo extenuado con las más rebeldes
-dolencias. Pero desgraciadamente no era así: los Fabios, los Camilos,
-los Escipiones, no hubieran conocido su indigna prole; y Roma, la
-señora del mundo, yacía esclava bajo los pies de unos monstruos,
-que ascendían al trono por el soborno y la violencia, manchaban el
-cetro con su corrupción y crueldad, y acababan la vida en manos de un
-asesino. La autoridad del Senado y la del pueblo habían desaparecido:
-quedaban tan sólo algunos vanos simulacros, _vestigia morientis
-libertatis_, como los apellida Tácito; vestigios de la libertad
-expirante; y aquel pueblo rey, _que antes distribuía el imperio, las
-fasces, las legiones, y todo, á la sazón ansiaba tan sólo dos cosas:
-pan y juegos_.
-
- Qui dabat olim
- Imperiun, fasces, legiones, omnia, nunc se
- Continet, atque duas tantum res anxius optat:
- Panem et circenses.
-
- (JUVENAL, SATYR. 10.)
-
-Vino, por fin, la plenitud de los tiempos: el Cristianismo apareció, y
-sin proclamar ninguna alteración en las formas políticas, sin atentar
-contra ningún gobierno, sin ingerirse en nada que fuese mundanal y
-terreno, llevó á los hombres una doble salud, llamándolos al camino
-de una felicidad eterna, al paso que iba derramando á manos llenas
-el único preservativo contra la disolución social, el germen de una
-regeneración lenta y pacífica, pero grande, inmensa, duradera, á la
-prueba de los trastornos de los siglos. Y ese preservativo contra
-la disolución social, y ese germen de inestimables mejoras, era una
-enseñanza elevada y pura, derramada sobre todos los hombres, sin
-excepción de edades, de sexos, de condiciones, como una lluvia benéfica
-que se desata en suavísimos raudales sobre una campiña mustia y
-agostada.
-
-No hay religión que se haya igualado al Cristianismo, ni en conocer el
-secreto de dirigir al hombre, ni cuya conducta en esa dirección sea un
-testimonio más solemne del reconocimiento de la alta dignidad humana.
-El Cristianismo ha partido siempre del principio de que el primer paso
-para apoderarse de todo el hombre es apoderarse de su entendimiento;
-que, cuando se trata de extirpar un mal, ó de producir un bien, es
-necesario tomar por blanco principal las ideas, dando de esta manera un
-golpe mortal á los sistemas de violencia, que tanto dominan dondequiera
-que él no existe, y proclamando la saludable verdad de que, cuando se
-trata de dirigir á los hombres, el medio más indigno y más débil es la
-fuerza. Verdad benéfica y fecunda, que abría á la humanidad un nuevo y
-venturoso porvenir.
-
-Sólo desde el Cristianismo se encuentran, por decirlo así, cátedras de
-la más sublime filosofía, abiertas á todas horas, en todos lugares,
-para todas las clases del pueblo: las más altas verdades sobre Dios
-y el hombre, las reglas de la moral más pura, no se limitan ya á ser
-comunicadas á un número escogido de discípulos en lecciones ocultas
-y misteriosas: la sublime filosofía del Cristianismo ha sido más
-resuelta, se ha atrevido á decir á los hombres la verdad entera y
-desnuda, y eso en público, en alta voz, con aquella generosa osadía,
-compañera inseparable de la verdad.
-
-«Lo que os digo de noche, decidlo á la luz del día, y lo que os digo
-al oído, predicadlo desde los terrados.» Así hablaba Jesucristo á sus
-discípulos. (Mat., c. 10, v. 27.)
-
-Luego que se hallaron encarados el Cristianismo y el paganismo, hízose
-palpable la superioridad de aquél, no tan sólo por el contenido de las
-doctrinas, sino también por el modo de propagarlas: púdose conocer
-desde luego que una religión cuya enseñanza era tan sabia y tan pura,
-y que, para difundirla, se encaminaba sin rodeos, en derechura, al
-entendimiento y al corazón, había de desalojar bien pronto de sus
-usurpados dominios á otra religión de impostura y mentira. Y, en
-efecto, ¿qué hacía el paganismo para el bien de los hombres? ¿cuál
-era su enseñanza sobre las verdades morales? ¿qué diques oponía á la
-corrupción de costumbres? «Por lo que toca á las costumbres, dice á
-este propósito San Agustín, ¿cómo no cuidaron los dioses de que sus
-adoradores no las tuvieran tan depravadas? El verdadero Dios, á quien
-no adoraban, los desechó, y con razón; pero los dioses, cuyo culto se
-quejan que se les prohiba esos hombres ingratos, esos dioses, ¿por qué
-á sus adoradores no les ayudaron con ley alguna para vivir? Ya que
-los hombres cuidaban del culto, justo era que los dioses no olvidasen
-el cuidado de la vida y costumbres. Se me dirá que nadie es malo sino
-por su voluntad; ¿quién lo niega? Pero cargo era de los dioses, no
-ocultar á los pueblos sus adoradores los preceptos de la moral, sino
-predicárselos á las claras, reconvenir y reprender por medio de los
-vates á los pecadores, amenazar públicamente con la pena á los que
-obraban mal, y prometer premios á los que obraban bien. En los templos
-de los dioses, ¿cuándo resonó una voz alta y vigorosa que á tamaño
-objeto se dirigiese?» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 4.) Traza en seguida
-el Santo Doctor un negro cuadro de las torpezas y abominaciones que se
-cometían en los espectáculos y juegos sagrados celebrados en obsequio
-de los dioses, á que él mismo dice que había asistido en su juventud, y
-luego continúa: «Infiérese de esto que no se curaban aquellos dioses de
-la vida y costumbres de las ciudades y naciones que les rendían culto,
-dejándolas que se abandonasen á tan horrendos y detestables males, no
-dañando tan sólo á sus campos y viñedos, no á su casa y hacienda, no al
-cuerpo sujeto á la mente, sino permitiéndoles, sin ninguna prohibición
-imponente, que abrevasen de maldad á la directora del cuerpo, á su
-misma alma. Y, si se pretende que vedaban tales maldades, que se nos
-manifieste, que se nos pruebe. Jáctanse de no sé qué susurros que
-sonaban á los oídos de muy pocos, en que, bajo un velo misterioso, se
-enseñaban los preceptos de una vida honrada y pura; pero muéstrennos
-los lugares señalados para semejantes reuniones, no los lugares donde
-los farsantes ejecutaban los juegos con voces y acciones obscenas, no
-donde se celebraban las fiestas fugales con la más estragada licencia,
-sino donde oyesen los pueblos los preceptos de los dioses, sobre
-reprimir la codicia, quebrantan la ambición, y refrenar los placeres;
-donde aprendiesen esos infelices aquella enseñanza que con severo
-lenguaje les recomendaba Persio (_Satyr._ 3) cuando decía: «Aprended,
-oh miserables, á conocer las causas de las cosas, lo que somos, á
-qué nacimos, cuál debe ser nuestra conducta, cuán deleznable es el
-término de nuestra carrera, cuál es la razonable templanza en el amor
-del dinero, cuál su utilidad verdadera, cuál la norma de nuestra
-liberalidad con nuestros deudos y nuestra patria, á dónde te ha llamado
-Dios y cuál es el lugar que ocupas entre los hombres.» Dígasenos en qué
-lugares solían recitarse de parte de los dioses semejantes preceptos,
-dónde pudiesen oirlos con frecuencia los pueblos sus adoradores;
-muéstrensenos estos lugares, así como nosotros mostramos iglesias
-instituídas para este objeto, dondequiera que se ha difundido la
-religión cristiana.» (_De Civit. Dei_, l. 2, c. 6.)
-
-Esta religión divina, profunda conocedora del hombre, no ha olvidado
-jamás la debilidad é inconstancia que le caracterizan; y por esta
-causa ha tenido siempre por invariable regla de conducta, inculcarle
-sin cesar, con incansable constancia, con paciencia inalterable,
-las saludables verdades de que dependen su bienestar temporal y
-su felicidad eterna. En tratándose de verdades morales, el hombre
-olvida fácilmente lo que no resuena de continuo á sus oídos; y, si se
-conservan las buenas máximas en su entendimiento, quedan como semilla
-estéril, sin fecundar el corazón. Bueno es y muy saludable que los
-padres comuniquen esta enseñanza á sus hijos: bueno es y muy saludable
-que sea éste un objeto preferente en la educación privada; pero es
-necesario, además, que haya un ministerio público que no le pierda
-nunca de vista, que se extienda á todas las clases y á todas las
-edades, que supla el descuido de las familias, que avive los recuerdos
-y las impresiones que las pasiones y el tiempo van de continuo
-borrando.
-
-Es tan importante para la instrucción y moralidad de los pueblos
-ese sistema de continua predicación y enseñanza practicado en
-todas épocas y lugares por la Iglesia católica, que debe juzgarse
-como un gran bien el que, en medio del prurito que atormentó á los
-primeros protestantes, de desechar todas las prácticas de la Iglesia,
-conservasen, sin embargo, la de la predicación. Y no es necesario
-por eso el desconocer los daños que en ciertas épocas han traído las
-violentas declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos ó fanáticos;
-sino que, en el supuesto de haberse roto la unidad, en el supuesto de
-haberse arrojado á los pueblos por el azaroso camino del cisma, habrá
-influído no poco en la conservación de las ideas más capitales sobre
-Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales de la moral, el oir
-los pueblos con frecuencia explicadas semejantes verdades por quien
-las había estudiado de antemano en la Sagrada Escritura. Sin duda que
-el golpe mortal dado á las jerarquías por el sistema protestante, y
-la consiguiente degradación del sacerdocio, hace que la cátedra de
-la predicación no tenga entre los disidentes el sagrado carácter de
-cátedra del Espíritu Santo; sin duda que es un grande obstáculo, para
-que la predicación pueda dar fruto, el que un ministro protestante no
-pueda ya presentarse como un ungido del Señor, sino que, como ha dicho
-un escritor de talento, sólo sea _un hombre vestido de negro que sube
-al púlpito todos los domingos para hablar de cosas razonables_; pero
-al menos oyen los pueblos algunos trozos de las excelentes pláticas
-morales que se encuentran en el Sagrado Texto; tienen con frecuencia
-á su vista los edificantes ejemplos esparcidos en el viejo y nuevo
-Testamento; y, sobre todo, se les refieren á menudo los pasos de la
-vida de Jesucristo, de esa vida admirable, modelo de toda perfección;
-y que, aun mirada con ojos humanos, es, en confesión de todo el mundo,
-la pura santidad por excelencia, el más hermoso conjunto moral que se
-viera jamás, la realización de un bello ideal que bajo la forma humana
-jamás concibió la filosofía en sus altos pensamientos, jamás retrató
-la poesía en sus sueños más brillantes. Esto es muy útil, altamente
-saludable; porque siempre lo es el nutrir el ánimo de los pueblos con
-el jugoso alimento de las verdades morales, y el excitarlos á la virtud
-con el estímulo de tan altos ejemplos.
-
-
-
-
-CAPITULO XV
-
-
-Por grande que fuese la importancia dada por la Iglesia á la
-propagación de la verdad, y por más convencida que estuviera de que,
-para disipar esa informe masa de inmoralidad y degradación que se
-ofrecía á su vista, el primer cuidado había de dirigirse á exponer el
-error al disolvente fuego de las doctrinas verdaderas, no se limitó á
-esto; sino que, descendiendo al terreno de los hechos, y siguiendo un
-sistema lleno de sabiduría y cordura, hizo de manera que la humanidad
-pudiese gustar el precioso fruto, que hasta en las cosas terrenas
-dan las doctrinas de Jesucristo. No fué la Iglesia sólo una _escuela
-grande y fecunda, fué una asociación regeneradora_; no esparció sus
-doctrinas generales arrojándolas como al acaso, con la esperanza de
-que fructificaran con el tiempo, sino que las desenvolvió en todas
-sus relaciones, las aplicó á todos los objetos, procuró inculcarlas
-á las costumbres y á las leyes, y realizarlas en instituciones que
-sirviesen de silenciosa, pero elocuente, enseñanza á las generaciones
-venideras. Veíase desconocida la dignidad del hombre, reinando por
-doquiera la esclavitud; degradada la mujer, ajándola la corrupción
-de costumbres y abatiéndola la tiranía del varón; adulteradas las
-relaciones de familia, concediendo la ley al padre unas facultades
-que jamás le dió la naturaleza; despreciados los sentimientos de
-humanidad en el abandono de la infancia, en el desamparo del pobre y
-del enfermo; llevadas al más alto punto la barbarie y la crueldad en
-el derecho atroz que regulaba los procedimientos de la guerra; veíase,
-por fin, coronando el edificio social, rodeada de satélites y cubierta
-de hierro, la odiosa tiranía, mirando con despreciador desdén á los
-infelices pueblos que yacían á sus plantas, amarrados con remachadas
-cadenas.
-
-En tamaño conflicto no era pequeña empresa la de desterrar el error,
-reformar y suavizar las costumbres, abolir la esclavitud, corregir los
-vicios de la legislación, enfrenar el poder y harmonizarle con los
-intereses públicos, dar nueva vida al individuo, reorganizar la familia
-y la sociedad; y, sin embargo, esto, y nada menos que esto, ejecutó la
-Iglesia.
-
-Empecemos por la esclavitud. Ésta es una materia que conviene
-profundizar, dado que encierra una de las cuestiones que más pueden
-excitar la curiosidad de la ciencia, é interesar los sentimientos del
-corazón. ¿Quién ha abolido entre los pueblos cristianos la esclavitud?
-¿Fué el Cristianismo? ¿y fué él solo, con sus ideas grandiosas sobre
-la dignidad del hombre, con sus máximas y espíritu de fraternidad y
-caridad, y, además, con su conducta prudente, suave y benéfica? Me
-lisonjeo de poder manifestar que sí.
-
-Ya no se encuentra quien ponga en duda que la Iglesia católica ha
-tenido una poderosa influencia en la abolición de la esclavitud; es
-una verdad demasiado clara, salta á los ojos con sobrada evidencia,
-para que sea posible combatirla. M. Guizot, reconociendo el empeño
-y la eficacia con que trabajó la Iglesia para la mejora del estado
-social, dice: «Nadie ignora con cuánta obstinación combatió los vicios
-de aquel estado, la esclavitud por ejemplo.» Pero á renglón seguido, y
-como si le pesase de asentar sin ninguna limitación un hecho que por
-necesidad había de excitar á favor de la Iglesia católica las simpatías
-de la humanidad entera, continúa: «Mil veces se ha dicho y repetido
-que la abolición de la esclavitud en los tiempos modernos, es debida
-enteramente á las máximas del Cristianismo. Esto es, á mi entender,
-adelantar demasiado: mucho tiempo subsistió la esclavitud en medio
-de la sociedad cristiana, sin que semejante estado la confundiese ó
-irritase mucho.» Muy errado anda M. Guizot, queriendo probar que no es
-debida exclusivamente al Cristianismo la abolición de la esclavitud,
-porque subsistiese tal estado por mucho tiempo en medio de la sociedad
-cristiana. Si se quería proceder con buena lógica, era necesario mirar
-antes si la abolición repentina de la esclavitud era posible; y si el
-espíritu de orden y de paz que anima á la Iglesia, podía permitir que
-se arrojase á una empresa, con la que hubiera trastornado el mundo,
-sin alcanzar el objeto que se proponía. El número de los esclavos era
-inmenso; la esclavitud estaba profundamente arraigada en las ideas, en
-las costumbres, en las leyes, en los intereses individuales y sociales:
-sistema funesto, sin duda, pero que era una temeridad pretender
-arrancarle de un golpe, pues que sus raíces penetraban muy hondo, se
-extendían á largo trecho debajo de las entrañas de la tierra.
-
-Contáronse en un censo de Atenas veinte mil ciudadanos y cuarenta mil
-esclavos; en la guerra del Peloponeso se les pasaron á los enemigos
-nada menos que veinte mil, según refiere Tucídides. El mismo autor nos
-dice que en Chío era crecidísimo el número de los esclavos, y que la
-defección de éstos, pasándose á los atenienses, puso en apuros á sus
-dueños; y, en general, era tan grande su número en todas partes, que
-no pocas veces estaba en peligro por ellos la tranquilidad pública.
-Por esta causa era necesario tomar precauciones para que no pudieran
-concertarse. «Es muy conveniente, dice Platón (_Diál. 6. De las
-leyes_), que los esclavos no sean de un mismo país, y que, en cuanto
-fuere posible, sean discordes sus costumbres y voluntades, pues que
-repetidas experiencias han enseñado en las frecuentes defecciones que
-se han visto entre los mesenios, y en las demás ciudades que tienen
-muchos esclavos de una misma lengua, cuántos daños suelen de esto
-resultar.»
-
-Aristóteles en su _Economía_ (1. 1, c. 5) da varias reglas sobre el
-modo con que deben tratarse los esclavos, y es notable que coincide
-con Platón, advirtiendo expresamente: «que no se han de tener muchos
-esclavos de un mismo país». En su _Política_ (l. 2, c. 7) nos dice
-que los tesalios se vieron en graves apuros por la muchedumbre de
-sus penestas, especie de esclavos; aconteciendo lo propio á los
-lacedemonios, de parte de los ilotas. «Con frecuencia ha sucedido,
-dice, que los penestas se han sublevado en Tesalia; y los lacedemonios,
-siempre que han sufrido alguna calamidad, se han visto amenazados por
-las conspiraciones de los ilotas.» Ésta era una dificultad que llamaba
-seriamente la atención de los políticos, y no sabían cómo salvar los
-inconvenientes que consigo traía esa inmensa muchedumbre de esclavos.
-Laméntase Aristóteles de cuán difícil era acertar en el verdadero modo
-de tratarlos, y se conoce que era ésta una materia que daba mucho
-cuidado. Transcribiré sus propias palabras: «Á la verdad, que el modo
-con que se debe tratar á esa clase de hombres es tarea trabajosa y
-llena de cuidados: porque, si se usa de blandura, se hacen petulantes
-y quieren igualarse con los dueños: y, si se los trata con dureza,
-conciben odio y maquinan asechanzas.»
-
-En Roma era tal la multitud de esclavos, que, habiéndose propuesto el
-darles un traje distintivo, se opuso á esta medida el Senado, temeroso
-de que, si ellos llegaban á conocer su número, peligrase el orden
-público: y á buen seguro que no eran vanos semejantes temores, pues que
-ya de mucho antes habían los esclavos causado considerables trastornos
-en Italia. Platón, para apoyar el consejo arriba citado, recuerda
-que «los esclavos repetidas veces habían devastado la Italia con la
-piratería y el latrocinio»; y en tiempos más recientes, Espartaco, á la
-cabeza de un ejército de esclavos, fué por algún tiempo el terror de
-Italia, y dió mucho que entender á distinguidos generales romanos.
-
-Había llegado á tal exceso en Roma el número de los esclavos, que
-muchos dueños los tenían á centenares. Cuando fué asesinado el prefecto
-de Roma Pedanio Secundo, fueron sentenciados á muerte 400 esclavos
-suyos (Tácit., _Ann._, l. 14); y Pudentila, mujer de Apuleyo, los tenía
-en tal abundancia, que dió á sus hijos nada menos que 400. Esto había
-llegado á ser un objeto de lujo, y á competencia se esforzaban los
-romanos en distinguirse por el número de sus esclavos. Querían que, al
-hacerse la pregunta de _Quot pascit servos_, cuántos esclavos mantiene,
-según expresión de Juvenal (_Satyr._ 3, v. 140), pudiesen ostentarlos
-en grande abundancia; llegando la cosa á tal extremo, que, según nos
-asegura Plinio, más bien que al séquito de una familia, se parecían á
-un verdadero ejército.
-
-No era solamente en Grecia é Italia donde era tan crecido el número de
-los esclavos; en Tiro se sublevaron contra sus dueños, y, favorecidos
-por su inmenso número, lo hicieron con tal resultado, que los
-degollaron á todos. Pasando á pueblos bárbaros, y prescindiendo de
-otros más conocidos, nos refiere Herodoto (lib. 3) que, volviendo de la
-Media, los escitas se encontraron con los esclavos sublevados, viéndose
-forzados los dueños á cederles el terreno, abandonando su patria; y
-César en sus comentarios (_De Bello Gall._, lib. 6) nos atestigua lo
-abundantes que eran los esclavos en la Galia.
-
-Siendo tan crecido en todas partes el número de esclavos, ya se ve que
-era del todo imposible predicar su libertad, sin poner en conflagración
-el mundo. Desgraciadamente, queda todavía en los tiempos modernos un
-punto de comparación, que, si bien en una escala muy inferior, no deja
-de cumplir á nuestro propósito. En una colonia donde los esclavos
-negros sean muy numerosos, ¿quién se arroja de golpe á ponerlos en
-libertad? ¿Y cuánto se agrandan las dificultades, qué dimensión tan
-colosal adquiere el peligro, tratándose, no de una colonia, sino del
-universo? El estado intelectual y moral de los esclavos los hacía
-incapaces de disfrutar de un tal beneficio en provecho suyo y de la
-sociedad; y en su embrutecimiento, aguijoneados por el rencor y por el
-deseo de venganza nutridos en sus pechos con el mal tratamiento que
-se les daba, hubieran reproducido en grande las sangrientas escenas
-con que dejaran ya manchadas en tiempos anteriores las páginas de
-la historia. ¿Y qué hubiera acontecido entonces? Que, amenazada la
-sociedad por tan horroroso peligro, se hubiera puesto en vela contra
-los principios favorecedores de la libertad, hubiéralos en adelante
-mirado con prevención y suspicaz desconfianza, y, lejos de aflojar
-las cadenas de los esclavos, se las habría remachado con más ahinco y
-tenacidad. De aquella inmensa masa de hombres brutales y furibundos,
-puestos sin preparación en libertad y movimiento, era imposible que
-brotase una organización social: porque una organización social no se
-improvisa, y mucho menos con semejantes elementos; y, en tal caso,
-habiéndose de optar entre la esclavitud y el aniquilamiento del
-orden social, el instinto de conservación que anima á la sociedad,
-como á todos los seres, hubiera acarreado indudablemente la duración
-de la esclavitud allí donde hubiese permanecido todavía, y su
-restablecimiento allí donde se la hubiese destruído.
-
-Los que se han quejado de que el Cristianismo no anduviera más pronto
-en la abolición de la esclavitud, debían recordar que, aun cuando
-supongamos posible una emancipación repentina ó muy rápida, aun cuando
-queramos prescindir de los sangrientos trastornos que por necesidad
-habrían resultado, la sola fuerza de las cosas, saliendo al paso con
-sus obstáculos insuperables, hubiera inutilizado semejante medida.
-Demos de mano á todas las consideraciones sociales y políticas, y
-fijémonos únicamente en las económicas. Por de pronto era necesario
-alterar todas las relaciones de la propiedad: porque, figurando en ella
-los esclavos como una parte principal, cultivando ellos las tierras,
-ejerciendo los oficios mecánicos, en una palabra, estando distribuído
-entre ellos lo que se llama trabajo, y hecha esta distribución en
-el supuesto de la esclavitud, quitada esta base se acarreaba una
-dislocación tal, que la mente no alcanza á comprender sus últimas
-consecuencias.
-
-Quiero suponer que se hubiese procedido á despojos violentos, que
-se hubiese intentado un reparto, una nivelación de propiedades; que
-se hubiesen distribuído tierras á los emancipados, y que á los más
-opulentos señores se les hubiese forzado á manejar el azadón y el
-arado; quiero suponer realizados todos estos absurdos, todos esos
-sueños de un delirante: ni aun así, se habría salido del paso: porque
-es menester no olvidar que la producción de los medios de subsistencia
-ha de estar en proporción con las necesidades de los que han de
-subsistir; y esto era imposible, supuesta la emancipación de los
-esclavos. La producción estaba regulada, no suponiendo precisamente el
-número de individuos que á la sazón existían, sino también que la mayor
-parte de éstos eran esclavos; y las necesidades de un hombre libre son
-alguna cosa más que las necesidades de un esclavo.
-
-Si ahora, después de diez y ocho siglos, rectificadas las ideas,
-suavizadas las costumbres, mejoradas las leyes, amaestrados los pueblos
-y los gobiernos, fundados tantos establecimientos públicos para el
-socorro de la indigencia, ensayados tantos sistemas para la buena
-distribución del trabajo, repartidas de un modo más equitativo las
-riquezas, hay todavía tantas dificultades para que un número inmenso
-de hombres no sucumba víctima de horrorosa miseria; si es éste el mal
-terrible que atormenta á la sociedad, y que pesa sobre su porvenir como
-un sueño funesto, ¿qué hubiera sucedido con la emancipación universal
-al principio del Cristianismo, cuando los esclavos no eran reconocidos
-en el derecho como _personas_, sino como _cosas_; cuando su unión
-conyugal no era juzgada como matrimonio, cuando la pertenencia de los
-frutos de esa unión era declarada por las mismas reglas que rigen con
-respecto á los brutos, cuando el infeliz esclavo era maltratado,
-atormentado, vendido, y aun muerto, conforme á los caprichos de su
-dueño? ¿No salta á los ojos que el curar males semejantes era obra de
-siglos? ¿No es esto lo que nos están enseñando las consideraciones de
-humanidad, de política y de economía?
-
-Si se hubiesen hecho insensatas tentativas, á no tardar mucho, los
-mismos esclavos habrían protestado contra ellas, reclamando una
-esclavitud que al menos les aseguraba pan y abrigo, y despreciando
-una libertad incompatible con su existencia. Éste es el orden de la
-naturaleza: el hombre necesita ante todo tener para vivir, y si le
-faltan los medios de subsistencia, no le halaga la misma libertad. No
-es necesario recorrer á ejemplos de particulares, que se nos ofrecieran
-con abundancia; en pueblos enteros se ha visto una prueba patente de
-esta verdad. Cuando la miseria es excesiva, difícil es que no traiga
-consigo el envilecimiento, sofocando los sentimientos más generosos,
-desvirtuando los encantos que ejercen sobre nuestro corazón las
-palabras de independencia y libertad. «La plebe, dice César, hablando
-de los galos (_Bello Gallico_, lib. 6), está casi en el lugar de los
-esclavos, y de sí misma ni se atreve á nada, ni es contado su voto para
-nada; y muchos hay que, agobiados de deudas y de tributos, ú oprimidos
-por los poderosos, _se entregan á los nobles en esclavitud_: habiendo
-sobre éstos así entregados, todos los mismos derechos que sobre los
-esclavos.» En los tiempos modernos no faltan tampoco semejantes
-ejemplos; porque sabido es que entre los chinos abundan en gran manera
-los esclavos, cuya esclavitud no reconoce otro origen, sino que ellos ó
-sus padres no se vieron capaces de proveer á su subsistencia.
-
-Estas reflexiones, apoyadas en datos que nadie me podrá contestar,
-manifiestan hasta la evidencia la profunda sabiduría del Cristianismo
-en proceder con tanto miramiento en la abolición de la esclavitud.
-Hízose todo lo que era posible en favor de la libertad del hombre; no
-se adelantó más rápidamente en la obra, porque no podía ejecutarse sin
-malograr la empresa, sin poner gravísimos obstáculos á la deseada
-emancipación. He aquí el resultado que, al fin, vienen á dar siempre
-los cargos que se hacen á algún procedimiento de la Iglesia: se le
-examina á la luz de la razón, se le coteja con los hechos, viniéndose
-á parar á que el procedimiento de que se la culpa, está muy conforme
-con lo que dicta la más alta sabiduría, y con los consejos de la más
-exquisita prudencia.
-
-¿Qué quiere decirnos, pues, M. Guizot cuando, después de haber
-confesado que el Cristianismo trabajó con ahinco en la abolición de
-la esclavitud, le echa en cara el que consintiese por largo tiempo su
-duración? ¿Con qué lógica pretende de aquí inferir que no es verdad
-que sea debido exclusivamente al Cristianismo ese inmenso beneficio
-dispensado á la humanidad? Duró siglos la esclavitud en medio del
-Cristianismo, es cierto; pero anduvo siempre en decadencia, y su
-duración fué sólo la necesaria para que el beneficio se realizase sin
-violencias, sin trastornos, asegurando su universalidad y su perpetua
-conservación. Y de estos siglos en que duró, débese todavía cercenar
-una parte muy considerable, á causa de que, en los tres primeros, se
-halló la Iglesia proscripta á menudo, mirada siempre con aversión, y
-enteramente privada de ejercer influjo directo sobre la organización
-social. Débese también descontar mucho de los siglos posteriores,
-porque había transcurrido todavía muy poco tiempo desde que la Iglesia
-ejercía su influencia directa y pública, cuando sobrevino la irrupción
-de los bárbaros del Norte, que, combinada con la disolución de que se
-hallaba atacado el imperio, y que cundía de un modo espantoso, acarreó
-un trastorno tal, una mezcolanza tan informe de lenguas, de usos, de
-costumbres y de leyes, que no era casi posible ejercer con mucho fruto
-una acción reguladora. Si en tiempos más cercanos ha costado tanto
-trabajo el destruir el feudalismo, si después de siglos de combates
-quedan todavía en pie muchas de sus reliquias, si el tráfico de los
-negros, á pesar de ser limitado á determinados países, á peculiares
-circunstancias, está todavía resistiendo al grito universal de
-reprobación que contra semejante infamia se levanta de los cuatro
-ángulos del mundo, ¿cómo hay quien se atreva á manifestar extrañeza,
-é inculpar al Cristianismo, porque la esclavitud duró algunos siglos,
-después de proclamadas la fraternidad entre todos los hombres, y su
-igualdad ante Dios?
-
-
-
-
-CAPITULO XVI
-
-
-Afortunadamente la Iglesia católica fué más sabia que los filósofos,
-y supo dispensar á la humanidad el beneficio de la emancipación, sin
-injusticias y trastornos: ella regenera las sociedades, pero no lo hace
-en baños de sangre. Veamos, pues, cuál fué su conducta en la abolición
-de la esclavitud.
-
-Mucho se ha encarecido ya el espíritu de amor y fraternidad que anima
-al Cristianismo; y esto basta para convencer de que debió de ser grande
-la influencia que tuvo en la grande obra de que estamos hablando.
-Pero quizás no se ha explorado bastante todavía cuáles son los medios
-positivos, prácticos, digámoslo así, de que echó mano para conseguir su
-objeto. Al través de la obscuridad de los siglos, en tanta complicación
-y variedad de circunstancias, ¿será posible rastrear algunos hechos que
-sean como las huellas que indiquen el camino seguido por la Iglesia
-católica para libertar á una inmensa porción del linaje humano de la
-esclavitud en que gemía? ¿Será posible decir algo más que algunos
-encomios generales de la caridad cristiana? ¿Será posible señalar un
-plan, un sistema, y probar su existencia y desarrollo, apoyándose,
-no precisamente en expresiones sueltas, en pensamientos altos, en
-sentimientos generosos, en acciones aisladas de algunos hombres
-ilustres, sino en hechos positivos, en documentos históricos, que
-manifiesten cuál era el espíritu y la tendencia del mismo cuerpo de la
-Iglesia? Creo que sí: y no dudo que me sacará airoso en la empresa lo
-que puede haber de más convincente y decisivo en la materia, á saber:
-los monumentos de la legislación eclesiástica.
-
-Y ante todo no será fuera del caso recordar lo que se lleva ya indicado
-anteriormente: que, cuando se trata de conducta, de designios, de
-tendencias, con respecto á la Iglesia, no es necesario suponer que
-esos designios cupieran en toda su extensión en la mente de ningún
-individuo en particular, ni que todo el mérito y efecto de semejante
-conducta fuesen bien comprendidos por ninguno de los que en ella
-intervenían: y aun puede decirse que no es necesario suponer que los
-primeros cristianos conociesen toda la fuerza de las tendencias del
-Cristianismo con respecto á la abolición de la esclavitud. Lo que
-conviene manifestar es que se obtuvo el resultado por las doctrinas y
-la conducta de la Iglesia; pues que entre los católicos, si bien se
-estiman los méritos y el grandor de los individuos en lo que valen, no
-obstante, cuando se habla de la Iglesia, desaparecen los individuos;
-sus pensamientos y su voluntad son nada, porque el espíritu que anima,
-que vivifica y dirige á la Iglesia, no es el espíritu del hombre,
-sino el Espíritu del mismo Dios. Los que no pertenezcan á nuestra
-creencia, echarán mano de otros nombres; pero estaremos conformes,
-cuando menos, en que, mirados los hechos de esta manera, elevados
-sobre el pensamiento y voluntad del individuo, conservan mucho mejor
-sus verdaderas dimensiones, y no se quebranta en el estudio de la
-historia la inmensa cadena de los sucesos. Dígase que la conducta de la
-Iglesia fué inspirada y dirigida por Dios, ó bien que fué hija de un
-_instinto_, que fué el _desarrollo de una te tendencia entrañada por
-sus doctrinas_; empléense estas ó aquellas expresiones, hablando como
-católico ó como filósofo: en esto no es menester detenerse ahora; que
-lo que conviene manifestar es que ese instinto fué generoso y atinado,
-que esa tendencia se dirigía á un grande objeto y que lo alcanzó.
-
-Lo primero que hizo el Cristianismo con respecto á los esclavos,
-fué disipar los errores que se oponían, no sólo á su emancipación
-universal, sino hasta á la mejora de su estado; es decir, que la
-primera fuerza que desplegó en el ataque fué, según tiene de costumbre,
-_la fuerza de las ideas_. Era este primer paso tanto más necesario
-para curar el mal, cuanto acontecía en él lo que suele suceder en
-todos los males, que andan siempre acompañados de algún error, que, ó
-los produce, ó los fomenta. Había no sólo la opresión, la degradación
-de una gran parte de la humanidad; sino que estaba muy acreditada una
-opinión errónea, que procuraba humillar más y más á esa parte de la
-humanidad. La raza de los esclavos era, según dicha opinión, una raza
-vil, que no se levantaba ni de mucho al nivel de la de los hombres
-libres: era una raza degradada por el mismo Júpiter, marcada con un
-sello humillante por la naturaleza misma, destinada ya de antemano á
-ese estado de abyección y vileza. Doctrina ruin sin duda, desmentida
-por la naturaleza humana, por la historia, por la experiencia, pero
-que no dejaba por esto de contar distinguidos defensores, y que, con
-ultraje de la humanidad y escándalo de la razón, la vemos proclamar por
-largos siglos, hasta que el Cristianismo vino á disiparla, tomando á su
-cargo la vindicación de los derechos del hombre.
-
-Homero nos dice (_Odis._, 17) que «Júpiter quitó la mitad de la mente
-á los esclavos». En Platón encontramos el rastro de la misma doctrina,
-pues que, si bien en boca de otros, como acostumbra, no deja, sin
-embargo, de aventurar lo siguiente: «Se dice que en el ánimo de los
-esclavos nada hay de sano ni entero, y que un hombre prudente no debe
-fiarse de esa casta de hombres, cosa que atestigua también el más sabio
-de nuestros poetas; citando en seguida el pasaje de Homero, arriba
-indicado (_Plat._, _l. de las Leyes._) Pero donde se encuentra esa
-degradante doctrina en toda su negrura y desnudez, es en la _Política_
-de Aristóteles. No ha faltado quien ha querido defenderle, pero en
-vano; porque sus propias palabras le condenan sin remedio. Explicando
-en el primer capítulo de su obra la constitución de la familia, y
-proponiéndose fijar las relaciones entre el marido y la mujer, y entre
-el señor y el esclavo, asienta que, así como la hembra es naturalmente
-diferente del varón, así el esclavo es diferente del dueño; he aquí sus
-palabras: «_y así la hembra y el esclavo son distinguidos por la misma
-naturaleza_.» Esta expresión no se le escapó al filósofo, sino que la
-dijo con pleno conocimiento, y no es otra cosa que el compendio de su
-teoría. En el capítulo 3 continúa analizando los elementos que componen
-la familia y, después de asentar que «una familia perfecta consta de
-libres y de esclavos», se fija en particular sobre los últimos, y
-empieza combatiendo una opinión que parecía favorecerles demasiado.
-«Hay algunos, dice, que piensan que la esclavitud es cosa fuera del
-orden de la naturaleza; pues que sólo viene de la ley el ser éste
-esclavo y aquél libre, ya que por la naturaleza en nada se distinguen.»
-Antes de rebatir esta opinión, explica las relaciones del dueño y del
-esclavo, valiéndose de la semejanza del artífice y del instrumento, y
-también del alma y del cuerpo, y continúa: «Si se comparan el macho
-y la hembra, aquél es superior y por esto manda, ésta inferior y por
-esto obedece, y lo propio ha de suceder en todos los hombres; y _así
-aquellos que son tan inferiores cuanto lo es el cuerpo respecto del
-alma, y el bruto respecto del hombre, y cuyas facultades consisten
-principalmente en el uso del cuerpo, siendo este uso el mayor provecho
-que de ellos se saca, éstos son esclavos por naturaleza_. Á primera
-vista podría parecer que el filósofo habla solamente de los fatuos,
-pues así parecen indicarlo sus palabras; pero veremos en seguida por el
-contexto que no es tal su intención. Salta á la vista que, si hablara
-de los fatuos, nada probaría contra la opinión que se propone impugnar,
-siendo el número de éstos tan escaso, que es nada en comparación de
-la generalidad de los hombres: además que, si á los fatuos quisiera
-ceñirse, ¿de qué sirviera su teoría, fundada únicamente en una
-excepción monstruosa y muy rara?
-
-Pero no necesitamos andarnos en conjeturas sobre la verdadera mente
-del filósofo; él mismo cuida de explicárnosla, revelándonos, al propio
-tiempo, el por qué se había valido de expresiones tan fuertes, que
-parecían sacar la cuestión de su quicio. Nada menos se propone que
-atribuir á la naturaleza el expreso designio de producir hombres de
-dos clases: unos nacidos para la libertad, otros para la esclavitud.
-El pasaje es demasiado importante y curioso para que podamos dejar de
-copiarle. Dice así: «_Bien quiere la naturaleza procrear diferentes
-los cuerpos de los libres y los de los esclavos: de manera que los
-de éstos sean robustos, y á propósito para los usos necesarios, y
-los de aquéllos bien formados, inútiles sí para trabajos serviles,
-pero acomodados para la vida civil, que consiste en el manejo de
-los negocios de la guerra y de la paz_; pero muchas veces sucede lo
-contrario, y á unos les cabe cuerpo de esclavo y á otros alma de libre.
-No hay duda que, si en el cuerpo se aventajasen tanto algunos como las
-imágenes de los dioses, todo el mundo sería de parecer que debieran
-servirlos aquellos que no hubiesen alcanzado tanta gallardía. Si esto
-es verdad hablando del cuerpo, mucho más lo es hablando del alma; bien
-que no es tan fácil ver la hermosura de ésta como la de aquél; y así
-no puede dudarse que hay algunos hombres nacidos para la libertad, así
-como hay otros nacidos para la esclavitud: esclavitud que, á más de ser
-útil á los mismos esclavos, es también _justa_.»
-
-¡Miserable filosofía! que para sostener un estado degradante necesitaba
-apelar á tamañas cavilaciones, achacando á la naturaleza la intención
-de procrear diferentes castas, nacidas las unas para dominar, las
-otras para servir: ¡filosofía cruel! la que así procuraba quebrantar
-los lazos de fraternidad con que el Autor de la naturaleza ha querido
-vincular al humano linaje, que así se empeñaba en levantar una
-barrera entre hombre y hombre, que así ideaba teorías para sostener
-la desigualdad; y no aquella desigualdad que resulta necesariamente
-de toda organización social, sino una desigualdad tan terrible y
-degradante cual es la de la esclavitud.
-
-Levanta el Cristianismo la voz, y en las primeras palabras que
-pronuncia sobre los esclavos los declara iguales en dignidad de
-naturaleza á los demás hombres: iguales también en la participación
-de las gracias que el Espíritu Divino va á derramar sobre la tierra.
-Es notable el cuidado con que insiste sobre este punto el apóstol San
-Pablo: no parece sino que tenía á la vista las degradantes diferencias
-que por un funesto olvido de la dignidad del hombre se querían señalar:
-nunca se olvida de inculcar la nulidad de la diferencia del esclavo y
-del libre. «Todos hemos sido bautizados en un espíritu, para formar un
-mismo cuerpo, judíos ó gentiles, _esclavos ó libres_.» (I ad Cor., c.
-12, v. 13.) «Todos sois hijos de Dios por la fe que es Cristo Jesús.
-Cualesquiera que habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido
-de Cristo: no hay judío ni griego, no hay _esclavo ni libre_, no hay
-macho ni hembra: pues todos sois uno en Jesucristo.» (Ad Gal., c. 3, v.
-26, 27, 28.) «Donde no hay gentil ni judío, circunciso é incircunciso,
-bárbaro y escita, _esclavo y libre_, sino todo y en todos Cristo.» (_Ad
-Coloss._, c. 3, v. 11.)
-
-Parece que el corazón se ensancha al oir proclamar en alta voz esos
-grandes principios de fraternidad y de santa igualdad; cuando acabamos
-de oir á los oráculos del paganismo ideando doctrinas para abatir
-más y más á los desgraciados esclavos, parece que despertamos de un
-sueño angustioso, y nos encontramos con la luz del día, en medio de
-una realidad halagüeña. La imaginación se complace en mirar á tantos
-millones de hombres que, encorvados bajo el peso de la degradación y
-de la ignominia, levantan sus ojos al cielo, y exhalan un suspiro de
-esperanza.
-
-Aconteció con esta enseñanza del Cristianismo lo que acontece con
-todas las doctrinas generosas y fecundas: penetran hasta el corazón
-de la sociedad, quedan allí depositadas como un germen precioso y,
-desenvueltas con el tiempo, producen un árbol inmenso que cobija bajo
-su sombra las familias y las naciones. Como esparcidas entre hombres,
-no pudieron tampoco librarse de que se las interpretase mal, y se las
-exagerase; y no faltaron algunos que pretendieron que la libertad
-cristiana era la proclamación de la libertad universal. Al resonar á
-los oídos de los esclavos las dulces palabras del Cristianismo, al oir
-que se los declaraba hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, al ver que
-no se hacía distinción alguna entre ellos y sus amos, ni aun los más
-poderosos señores de la tierra, no ha de parecer tampoco muy extraño
-que hombres acostumbrados solamente á las cadenas, al trabajo y á
-todo linaje de pena y envilecimiento, exagerasen los principios de la
-doctrina cristiana, é hiciesen de ella aplicaciones, que ni eran en sí
-justas, ni tampoco capaces de ser reducidas á la práctica.
-
-Sabemos por San Jerónimo que muchos, oyendo que se los llamaba á la
-libertad cristiana, pensaron que con ésta se les daba la libertad; y
-quizás el Apóstol aludía á este error, cuando en su primera carta á
-Timoteo (c. 6, v. 1) decía: «Todos los que están bajo el yugo de la
-esclavitud, que honren con todo respeto á sus dueños para que el nombre
-y la doctrina del Señor no sean blasfemados.» Este error había tenido
-tal eco, que después de tres siglos andaba todavía muy válido, viéndose
-obligado el concilio de Gangres, celebrado por los años de 324, á
-excomulgar á aquellos que, bajo pretexto de piedad, enseñaban que los
-esclavos debían dejar á sus amos, y retirarse de su servicio. No era
-esto lo que enseñaba el Cristianismo; y, además, queda ya bastante
-evidenciado que no hubiera sido éste el verdadero camino para llegar á
-la emancipación universal.
-
-Así es que el mismo Apóstol, á quien hemos oído hablar á favor de
-los esclavos un lenguaje tan generoso, les inculca repetidas veces
-la obediencia á sus dueños; pero es notable que, mientras cumple con
-este deber impuesto por el espíritu de paz y de justicia que anima al
-Cristianismo, explica de tal manera los motivos en que se ha de fundar
-la obediencia de los esclavos, recuerda con tan sentidas y vigorosas
-palabras las obligaciones que pesan sobre los dueños, y asienta tan
-expresa y terminantemente la igualdad de todos los hombres ante Dios,
-que bien se conoce cuál era su compasión para con esa parte desgraciada
-de la humanidad, y cuán diferentes eran sobre este particular sus ideas
-de las de un mundo endurecido y ciego.
-
-Albérgase en el corazón del hombre un sentimiento de noble
-independencia, que no le consiente sujetarse á la voluntad de otro
-hombre, á no ser que se le manifiesten títulos legítimos en que
-fundarse puedan las pretensiones del mando. Si estos títulos andan
-acompañados de razón y de justicia, y, sobre todo, si están radicados
-en altos objetos que el hombre acata y ama, la razón se convence, el
-corazón se ablanda, y el hombre cede. Pero, si la razón del mando es
-sólo la voluntad de otro hombre, si se hallan encarados, por decirlo
-así, hombre con hombre, entonces bullen en la mente los pensamientos
-de igualdad, arde en el corazón el sentimiento de la independencia,
-la frente se pone altanera y las pasiones braman. Por esta causa, en
-tratándose de alcanzar obediencia voluntaria y duradera, es menester
-que el que manda se oculte, desaparezca el hombre, y sólo se vea el
-representante de un poder superior, ó la personificación de los motivos
-que manifiestan al súbdito la justicia y la utilidad de la sumisión: de
-esta manera no se obedece á la voluntad ajena por lo que es en sí, sino
-porque representa un poder superior, ó porque es el intérprete de la
-razón y de la justicia; y así no mira el hombre ultrajada su dignidad,
-y se le hace la obediencia suave y llevadera.
-
-No es menester decir si eran tales los títulos en que se fundaba la
-obediencia de los esclavos antes del Cristianismo: las costumbres los
-equiparaban á los brutos, y las leyes venían, si cabe, á recargar la
-mano, usando de un lenguaje que no puede leerse sin indignación.
-El dueño mandaba porque tal era su voluntad, y el esclavo se veía
-precisado á obedecer, no en fuerza de motivos superiores, ni de
-obligaciones morales, sino porque era una propiedad del que mandaba,
-era un caballo regido por el freno, era una máquina que había de
-corresponder al impulso del manubrio. ¿Qué extraño, pues, si aquellos
-infelices, abrevados de infortunio y de ignominia, abrigaban en su
-pecho aquel hondo y concentrado rencor, aquella virulenta saña, aquella
-terrible sed de venganza, que á la primera oportunidad reventaba
-con explosión espantosa? El horroroso degüello de Tiro, ejemplo y
-terror del universo, según la expresión de Justino, las repetidas
-sublevaciones de los penestas en Tesalia, de los ilotas en Lacedemonia,
-las defecciones de los de Chío y Atenas, la insurrección acaudillada
-por Herdonio, y el terror causado por ella á todas las familias de
-Roma, las sangrientas escenas, la tenaz y desesperada resistencia de
-las huestes de Espartaco, ¿qué eran sino el resultado natural del
-sistema de violencia, de ultraje y desprecio con que se trataba á los
-esclavos? ¿No es esto lo mismo que hemos visto reproducido en tiempos
-recientes, en las catástrofes de los negros de las colonias? Tal es la
-naturaleza del hombre: quien siembra desprecio y ultraje, recoge furor
-y venganza.
-
-Estas verdades no se ocultaron al Cristianismo, y así es que, si
-predicó la obediencia, procuró fundarla en títulos divinos; si
-conservó á los dueños sus derechos, también les enseñó altamente sus
-obligaciones; y allí donde prevalecieron las doctrinas cristianas,
-pudieron los esclavos decir: «Somos infelices, es verdad; á la desdicha
-nos han condenado, ó el nacimiento, ó la pobreza, ó los reveses de
-la guerra; pero al fin se nos reconoce por hombres, por hermanos; y
-entre nosotros y nuestros dueños hay una reciprocidad de obligaciones
-y de derechos.» Oigamos, ó si no, lo que dice el Apóstol: «Esclavos,
-obedeced á los señores carnales con temor y temblor, con sencillez
-de corazón como á Cristo, _no sirviendo con puntualidad para agradar
-á los hombres_, sino como siervos de Cristo, haciendo de corazón la
-voluntad de Dios, sirviendo de buena voluntad, _como al Señor, y no
-como á los hombres_; sabiendo que cada uno recibirá del Señor el bien
-que hiciere, sea _esclavo_, sea _libre_. Y vosotros, señores, haced lo
-mismo con vuestros esclavos, aflojando en vuestras amenazas; sabiendo
-que el Señor de ellos y vuestro está en los cielos; y _delante de él no
-hay acepción de personas_.» (_Ad Ephes._, c. 6, v. 5, 6, 7, 8, 9.)
-
-En la carta á los colosenses (c. 3) vuelve á inculcar la misma
-doctrina de la obediencia, fundándola en los mismos motivos; y, como
-consolando á los infelices esclavos, les dice: «Del Señor recibiréis
-la retribución de la heredad. Servid á Cristo Señor. Pues, quien
-hace injuria, recibirá su condigno castigo: y no hay delante de Dios
-acepción de personas.» Y más abajo (c. 4, v. 1), dirigiéndose á
-los señores, añade: «Señores, dad á los esclavos lo que es justo y
-equitativo; sabiendo que vosotros también tenéis un Señor en el cielo.»
-
-Esparcidas doctrinas tan benéficas, ya se ve que había de mejorarse
-en gran manera la condición de los esclavos, siendo el resultado más
-inmediato el templarse aquel rigor tan excesivo, aquella crueldad que
-nos sería increíble, si no nos constara en testimonios irrecusables.
-Sabido es que el dueño tenía el derecho de vida y de muerte, y que se
-abusaba de esta facultad hasta matar á un esclavo por un capricho,
-como lo hizo Quinto Flaminio en medio de un convite; y hasta arrojar
-á las murenas á uno de esos infelices, por haber tenido la desgracia
-de quebrar un vaso, como se nos refiere de Vedio Polión. Y no se
-limitaba tamaña crueldad al círculo de algunas familias que tuviesen un
-dueño sin entrañas, no, sino que estaba erigida en sistema; resultado
-funesto, pero necesario, del extravío de las ideas sobre este punto,
-del olvido de los sentimientos de humanidad: sistema violento que sólo
-se sostenía teniendo hincado sin cesar el pie sobre la cerviz del
-esclavo, que sólo se interrumpía cuando, pudiendo éste prevalecer, se
-arrojaba sobre su dueño y lo hacía pedazos. Era antiguo proverbio:
-«tantos enemigos, cuantos esclavos.»
-
-Ya hemos visto los estragos que hacían esos hombres furiosos y
-abrasados de sed de venganza, siempre que podían quebrantar las
-cadenas que los oprimían; pero, á buen seguro que no les iban en zaga
-los dueños, cuando se trataba de inspirarles terror. En Lacedemonia,
-temiéndose un día de la mala voluntad de los ilotas, los reunieron á
-todos cerca del templo de Júpiter, y los pasaron á cuchillo (_Tucy._,
-l. 4); y en Roma había la bárbara costumbre de que, siempre que fuese
-asesinado algún dueño, fueran condenados á muerte todos sus esclavos.
-Congoja da el leer en Tácito (_Ann._, l. 14, 43) la horrorosa escena
-ocurrida después de haber sido asesinado por uno de sus esclavos
-el prefecto de la ciudad, Pedanio Secundo. Eran nada menos que 400
-los esclavos del difunto, y, según la antigua costumbre, debían ser
-conducidos todos al suplicio. Espectáculo tan cruel y lastimoso en que
-se iba á dar la muerte á tantos inocentes, movió á compasión al pueblo,
-que llegó al extremo de amotinarse para impedir tamaña carnicería.
-Perplejo el Senado, deliberaba sobre el negocio, cuando, tomando la
-palabra un orador llamado Casio, sostuvo con energía la necesidad de
-llevar á cabo la sangrienta ejecución, no sólo á causa de prescribirlo
-así la antigua costumbre, sino también por no ser posible de otra
-manera el preservarse de la mala voluntad de los esclavos. En sus
-palabras sólo hablan la injusticia y la tiranía; ve por todas partes
-peligros y asechanzas; no sabe excogitar otros preservativos que la
-fuerza y el terror; siendo notable en particular la siguiente cláusula,
-porque en breve espacio nos retrata las ideas y costumbres de los
-antiguos sobre este punto: «Sospechosa fué siempre á nuestros mayores
-la índole de los esclavos, aun de aquellos que, por haberles nacido
-en sus propias posesiones y casas, podían desde la cuna haber cobrado
-afición á los dueños; pero, después que tenemos esclavos de naciones
-extrañas, de diferentes usos y de diversa religión, para contener á
-esa canalla no hay otro medio que el terror.» La crueldad prevaleció:
-se reprimió la osadía del pueblo, se cubrió de soldados la carrera, y
-los 400 desgraciados fueron conducidos al patíbulo.
-
-Suavizar ese trato cruel, desterrar esas horrendas atrocidades, era
-el primer fruto que debían dar las doctrinas cristianas; y puede
-asegurarse que la Iglesia no perdió jamás de vista tan importante
-objeto, procurando que la condición de los esclavos se mejorase en
-cuanto era posible; que en materia de castigo se substituyese la
-indulgencia á la crueldad; y, lo que más importaba, se esforzó en
-que ocupase la razón el lugar del capricho, que á la impetuosidad
-de los dueños sucediese la calma de los tribunales: es decir, que
-se anduvieran aproximando los esclavos á los libres, rigiendo, con
-respecto á ellos, no el hecho, sino el derecho.
-
-La Iglesia no ha olvidado jamás la hermosa lección que le dió el
-Apóstol cuando, escribiendo á Filemón, intercedía por un esclavo, y
-esclavo fugitivo, llamado Onésimo, y hablaba en su favor un lenguaje
-que no se había oído nunca en favor de esa clase desgraciada. «Te
-ruego, le decía, por mi hijo Onésimo; ahí te lo he remitido, recíbelo
-como mis entrañas, no como á esclavo, sino como á hermano cristiano;
-si me amas, recíbelo como á mí; si en algo te ha dañado, ó te debe,
-yo quedo responsable.» (_Ep. ad Philem._) No, la Iglesia no olvidó
-esta lección de fraternidad y de amor, y el suavizar la suerte de los
-esclavos fué una de sus atenciones más predilectas.
-
-El concilio de Elvira, celebrado á principios del siglo IV, sujeta á
-penitencia á la mujer que haya golpeado con daño grave á su esclava. El
-de Orleans, celebrado en 549 (can. 22), prescribe que, si se refugiare
-en la iglesia algún esclavo que hubiere cometido algunas faltas, se le
-vuelva á su amo, pero haciéndole antes prestar juramento de que, al
-salir, no le hará daño ninguno; mas que, si le maltratare quebrantando
-el juramento, sea separado de la comunión y de la mesa de los
-católicos. Este canon nos revela dos cosas: la crueldad acostumbrada
-de los amos, y el celo de la Iglesia por suavizar el trato de los
-esclavos. Para poner freno á la crueldad, nada menos se necesitaba
-que exigir un juramento; y la Iglesia, aunque de suyo tan delicada en
-materia de juramentos, juzgaba, sin embarco, el negocio de bastante
-importancia para que pudiera y debiera emplearse en él el augusto
-nombre de Dios.
-
-El favor y protección que la Iglesia dispensaba á los esclavos, se iba
-extendiendo rápidamente: y, á lo que parece, debía de introducirse en
-algunos lugares la costumbre de exigir juramento, no tan sólo de que el
-esclavo refugiado en la iglesia no sería maltratado en su persona, pero
-que ni aun se le impondría trabajo extraordinario, ni se le señalaría
-con ningún distintivo que le diera á conocer. De esta costumbre,
-procedente sin duda del celo por el bien de la humanidad, pero que
-quizás hubiera traído inconvenientes aflojando con demasiada prontitud
-los lazos de la obediencia, y dando lugar á excesos de parte de los
-esclavos, encuéntranse los indicios en una disposición del concilio de
-Epaona (hoy, según algunos, Abbón), celebrado por los años de 517, en
-que se procura atajar el mal, prescribiendo una prudente moderación,
-sin levantar por eso la mano de la protección comenzada. En el canon
-39 ordena que, si un esclavo reo de algún delito atroz se retrae á la
-iglesia, sólo se le libre de las penas corporales; sin obligar al dueño
-á prestar juramento de que no le impondrá trabajo extraordinario, ó que
-no le cortará el pelo para que no sea conocido. Y nótese bien que, si
-se pone esa limitación, es cuando el esclavo haya cometido un delito
-atroz, y que, en tal caso, la facultad que se le deja al amo, es la de
-imponerle trabajo extraordinario, ó de distinguirle cortándole el pelo.
-
-Quizás no faltará quien tizne de excesiva semejante indulgencia; pero
-es menester advertir que, cuando los abusos son grandes y arraigados,
-el empuje para arrancarlos ha de ser fuerte; y que á veces, si bien
-parece á primera vista que se traspasan los límites de la prudencia,
-este exceso aparente no es más que aquella oscilación indispensable
-que sufren las cosas antes de alcanzar su verdadero aplomo. Aquí no
-trataba la Iglesia de proteger el crimen, no reclamaba indulgencia
-para el que no la mereciese; lo que se proponía era poner coto á la
-violencia y al capricho de los amos; no quería consentir que un hombre
-sufriese los tormentos y la muerte, porque tal fuese la voluntad de
-otro hombre. El establecimiento de leyes justas, y la legítima acción
-de los tribunales, son cosas á que jamás se ha opuesto la Iglesia; pero
-la violencia de los particulares no ha podido consentirla nunca.
-
-De este espíritu de oposición al ejercicio de la fuerza privada,
-espíritu que entraña nada menos que la organización social, encontramos
-una muestra muy á propósito en el canon 15 del concilio de Mérida,
-celebrado en el año 666. Sabido es, y lo llevo ya indicado, que los
-esclavos eran una parte principal de la propiedad, y que, estando
-arreglada la distribución del trabajo conforme á esa base, no le era
-posible prescindir de tener esclavos á quien tuviese propiedades,
-sobre todo si eran algo considerables. La Iglesia se hallaba en este
-caso; y, como no estaba en su mano el cambiar de golpe la organización
-social, tuvo que acomodarse á esta necesidad, y tenerlos también. Si
-con respecto á éstos quería introducir mejoras, bueno era que empezase
-ella misma á dar el ejemplo; y este ejemplo se halla en el canon del
-concilio que acabo de citar. En él, después de haber prohibido á los
-obispos y á los sacerdotes el maltratar á los sirvientes de la Iglesia
-mutilándolos, dispone el concilio que, si cometen algún delito, se los
-entregue á los jueces seglares, pero de manera que los obispos moderen
-la pena á que sean condenados. Es digno de notarse que, según se deduce
-de este canon, estaba todavía en uso el derecho de mutilación, hecha
-por el dueño particular, y que quizás se conservaba aún muy arraigado,
-cuando vemos que el concilio se limita á prohibir esta pena á los
-eclesiásticos, y nada dice con respecto á los legos.
-
-En esta prohibición influía, sin duda, la mira de que, derramando
-sangre humana, no se hicieran incapaces los eclesiásticos de ejercer
-aquel elevado ministerio, cuyo acto principal es el augusto sacrificio
-en que se ofrece una víctima de paz y de amor; pero esto nada quita de
-su mérito, ni disminuye su influencia en la mejora de la suerte de los
-esclavos: siempre era reemplazar la vindicta particular con la vindicta
-pública; era una nueva proclamación de la igualdad de los esclavos con
-los libres cuando se trataba de efusión de sangre; era declarar que las
-manos que derramasen la de un esclavo, quedaban con la misma mancha que
-si hubiesen vertido la de un hombre libre. Y era necesario inculcar de
-todos modos esas verdades saludables, ya que estaban en tan abierta
-contradicción con las ideas y costumbres antiguas; era necesario
-trabajar asiduamente en que desapareciesen las expresiones vergonzosas
-y crueles, que mantenían privados á la mayor parte de los hombres de la
-participación de los derechos de la humanidad.
-
-En el canon que acabo de citar hay una circunstancia notable, que
-manifiesta la solicitud de la Iglesia para restituir á los esclavos la
-dignidad y consideración de que se hallaban privados. El rapamiento de
-los cabellos era entre los godos una pena muy afrentosa, y que, según
-nos dice Lucas de Tuy, casi les era más sensible que la muerte. Ya se
-deja entender que, cualquiera que fuese la preocupación sobre este
-punto, podía la Iglesia permitir el rapamiento, sin incurrir en la
-nota que consigo lleva el derramamiento de sangre; pero, sin embargo,
-no quiso hacerlo; y esto indica que procuraba borrar las marcas de
-humillación, estampadas en la frente del esclavo. Después de haber
-prevenido á los sacerdotes y obispos, que entreguen al juez á los que
-sean culpables, dispone que «no toleren que se los rape con ignominia».
-
-Ningún cuidado estaba de más en esta materia: era necesario
-acechar todas las ocasiones favorables, procurando que anduviesen
-desapareciendo las odiosas excepciones que afligían á los esclavos.
-Esta necesidad se manifiesta bien á las claras en el modo de expresarse
-el concilio undécimo de Toledo, celebrado en el año 675. En su canon
-6.º prohibe á los obispos el juzgar por sí los delitos dignos de
-muerte, y el mandar la mutilación de los miembros; pero véase cómo
-juzgó necesario advertir que no consentía excepción, añadiendo: «ni aun
-contra los siervos de su Iglesia». El mal era grave, y no podía ser
-curado sino con solicitud muy asidua; por manera que, aun limitándonos
-al derecho más cruel de todos, cual es el de vida y muerte, vemos
-que cuesta largo trabajo el extirparle. Á principios del siglo VI no
-faltaban ejemplos de tamaño exceso, pues que el concilio de Epaona en
-su canon 34 dispone «que sea privado por dos años de la comunión de la
-Iglesia el amo que por su _propia autoridad_ haga quitar la vida á un
-esclavo». Había promediado ya el siglo IX, y todavía nos encontramos
-con atentados semejantes; atentados que procuraba reprimir el concilio
-de Wormes, celebrado en el año 868, sujetando á dos años de penitencia
-al amo que con su _autoridad privada_ hubiese dado muerte á su esclavo.
-
-
-
-
-CAPITULO XVII
-
-
-Mientras se suavizaba el trato de los esclavos, y se los aproximaba en
-cuanto era posible á los hombres libres, era necesario no descuidar
-la obra de la emancipación universal; pues que no bastaba mejorar
-ese estado, sino que, además, convenía abolirle. La sola fuerza de
-las doctrinas cristianas, y el espíritu de caridad que, al par con
-ellas, se iba difundiendo por toda la tierra, atacaban tan vivamente
-la esclavitud, que, tarde ó temprano, debían llevar á cabo su completa
-abolición; porque es imposible que la sociedad permanezca por largo
-tiempo en un orden de cosas que esté en oposición con las ideas de que
-está imbuída. Según las doctrinas cristianas, todos los hombres tienen
-un mismo origen y un mismo destino, todos son hermanos en Jesucristo,
-todos están obligados á amarse de todo corazón, á socorrerse en
-las necesidades, á no ofenderse ni siquiera de palabra; todos son
-iguales ante Dios, pues que serán juzgados sin acepción de personas;
-el Cristianismo se iba extendiendo, arraigando por todas partes,
-apoderándose de todas las clases, de todos los ramos de la sociedad:
-¿cómo era posible, pues, que continuase la esclavitud, ese estado
-degradante en que el hombre es propiedad de otro, en que es vendido
-como un bruto, en que se le priva de los dulcísimos lazos de familia,
-en que no participa de ninguna de las ventajas de la sociedad? Cosas
-tan contrapuestas, ¿podían vivir juntas?
-
-Las leyes estaban en favor de la esclavitud, es verdad, y aun puede
-añadirse más, y es que el Cristianismo no desplegó un ataque directo
-contra esas leyes; pero, en cambio, ¿qué hizo? Procuró apoderarse de
-las ideas y costumbres, les comunicó un nuevo impulso, les dió una
-dirección diferente, y, en tal caso, ¿qué pueden las leyes? Se afloja
-su rigor, se descuida su observancia, se empieza á sospechar de su
-equidad, se disputa sobre su conveniencia, se notan sus malos efectos,
-van caducando poco á poco, de manera que, á veces, ni es necesario
-darles un golpe para destruirlas; se las arrumba por inútiles, ó, si
-merecen pena de una abolición expresa, es por mera ceremonia: son como
-un cadáver que se entierra con honor.
-
-Mas no se infiera de lo que acabo de decir, que, por dar tanta
-importancia á las ideas y costumbres cristianas, pretenda que se
-abandonó el buen éxito á esa sola fuerza, sin que, al propio tiempo,
-cuidara la Iglesia de tomar las medidas conducentes, demandadas por los
-tiempos y circunstancias: nada de eso; antes, como llevo indicado ya,
-la Iglesia echó mano de varios medios, los más á propósito para surtir
-el efecto deseado.
-
-Si se quería asegurar la obra de emancipación, era muy conveniente,
-en primer lugar, poner á cubierto de todo ataque la libertad de los
-manumitidos: libertad que, desgraciadamente, no dejaba de verse
-combatida con frecuencia, y de correr graves peligros. De este triste
-fenómeno no es difícil encontrar las causas en los restos de las ideas
-y costumbres antiguas, en la codicia de los poderosos, en el sistema
-de violencia generalizado con la irrupción de los bárbaros, y en la
-pobreza, desvalimiento y completa falta de educación y moralidad,
-en que debían de encontrarse los infelices que iban saliendo de la
-esclavitud; porque es de suponer que muchos no conocerían todo el valor
-de la libertad, que no siempre se portarían en el nuevo estado conforme
-dicta la razón y exige la justicia, y que, entrando de nuevo en la
-posesión de los derechos de hombre libre, no sabrían cumplir con sus
-nuevas obligaciones. Pero, todos estos inconvenientes, inseparables de
-la naturaleza de las cosas, no debían impedir la consumación de una
-obra reclamada por la religión y la humanidad; era necesario resignarse
-á sufrirlos, considerando que en la parte de culpa que caber pudiera
-á los manumitidos, había muchos motivos de excusa, á causa de que
-el estado de que acababan de salir, embargaba el desarrollo de las
-facultades intelectuales y morales.
-
-Poníase á cubierto de los ataques de la injusticia, y quedaba, en
-cierto modo, revestida de una inviolabilidad sagrada la libertad de
-los nuevos emancipados, si su emancipación se enlazaba con aquellos
-objetos que á la sazón ejercían más poderoso ascendiente. Hallábase
-en este caso la Iglesia, y cuanto era de su pertenencia; y por lo
-mismo fué, sin duda, muy conducente que se introdujese la costumbre de
-manumitir en los templos. Este acto, al paso que reemplazaba los usos
-antiguos, y los hacía olvidar, venía á ser como una declaración tácita
-de lo muy agradable que era á Dios la libertad de los hombres; una
-proclamación práctica de su igualdad ante Dios, ya que allí mismo se
-ejecutaba la manumisión, donde se leía con frecuencia que delante de
-Dios no hay acepción de personas, en el mismo lugar donde desaparecían
-todas las distinciones mundanas, donde quedaban confundidos todos los
-hombres, unidos con suaves lazos de fraternidad y de amor. Verificada
-de este modo la manumisión, la Iglesia tenía un derecho más expedito
-para defender la libertad del manumitido; pues que, habiendo sido
-ella testigo del acto, podía dar fe de su espontaneidad y demás
-circunstancias para asegurar la validez; y aun podía también reclamar
-su observancia, apoyándose en que faltar á ella era, en cierto modo,
-una profanación del lugar sagrado, era no cumplir lo prometido delante
-del mismo Dios.
-
-No se olvidaba la Iglesia de aprovechar en favor de los manumitidos,
-semejantes circunstancias; y así vemos que el primer concilio de
-Orange, celebrado en 441, dispone en su canon 7 que es menester
-reprimir con censuras eclesiásticas á los que quieren someter á algún
-género de servidumbre á los esclavos á quienes se haya dado libertad
-en la Iglesia; y un siglo después encontramos repetida la misma
-prohibición en el canon 7 del 5.º concilio de Orleans, celebrado en el
-año 549.
-
-La protección dispensada por la Iglesia á los esclavos manumitidos
-era tan manifiesta y conocida de todos, que se introdujo la costumbre
-de recomendárselos muy particularmente. Hacíase esta recomendación á
-veces en testamento, como nos lo indica el concilio de Orange poco ha
-citado; ordenando que, por medio de las censuras eclesiásticas, se
-impida que sean sometidos á género alguno de servidumbre los esclavos
-manumitidos, recomendados en testamento á la Iglesia. No siempre se
-hacía por testamento esa recomendación, según se infiere del canon 6
-del concilio de Toledo, celebrado en 589, donde se dispone que, cuando
-sean recomendados á la Iglesia algunos manumitidos, no se los prive
-ni á ellos ni á sus hijos de la protección de la misma. Aquí se habla
-en general, sin limitarse al caso de mediar testamento. Lo mismo
-puede verse en otro concilio de Toledo, celebrado en el año 633, donde
-se dice que la Iglesia recibirá únicamente bajo su protección á los
-libertos de los particulares que se los hayan recomendado.
-
-Aun cuando la manumisión no se hubiese hecho en el templo, ni hubiese
-mediado recomendación particular, no obstante, la Iglesia no dejaba de
-tomar parte en la defensa de los manumitidos, en viendo que peligraba
-su libertad. Quien estime en algo la dignidad del hombre, quien abrigue
-en su pecho algún sentimiento de humanidad, seguramente no llevará á
-mal que la Iglesia se entrometiese en esa clase de negocios, aunque
-no consideráramos otros títulos que los que da al hombre generoso la
-protección del desvalido; no le desagradará el encontrar mandado en el
-canon 29 del concilio de Agde en Languedoc, celebrado en 506, que la
-Iglesia, en caso necesario, tome la defensa de aquellos á quienes sus
-amos han dado legítimamente libertad.
-
-En la grande obra de la abolición de la esclavitud, ha tenido no
-escasa parte el celo que en todos tiempos y lugares ha desplegado la
-Iglesia por la redención de los cautivos. Sabido es que una porción
-considerable de esclavos debía esta suerte á los reveses de la guerra.
-Á los antiguos les hubiera parecido fabulosa la índole suave de las
-guerras modernas; ¡ay de los vencidos! podíase exclamar con toda
-verdad; no había medio entre la muerte y la esclavitud. Agravábase el
-mal con una preocupación funesta que se había introducido contra la
-redención de los cautivos; preocupación que tenía su apoyo en un rasgo
-de asombroso heroísmo. Admirable es sin duda la fortaleza de Régulo;
-erízanse los cabellos al leer las valientes pinceladas con que le
-retrata Horacio (L. 3, od. 5); y el libro se cae de las manos al llegar
-el terrible lance en que:
-
- Fertur pudicae confugis osculum
- Parvosque natos, ut capitis minor,
- A se removisse, et virilem
- Torvus humi possuisse vultum.
-
-Pero, sobreponiéndonos á la profunda impresión que nos causa tanto
-heroísmo, y al entusiasmo que excita en nuestro pecho todo cuanto
-revela una grande alma, no podremos menos de confesar que aquella
-virtud rayaba en feroz; y que en el terrible discurso que sale de los
-labios de Régulo, hay una política cruel contra la que se levantarían
-vigorosamente los sentimientos de humanidad, si no estuviera embargada
-y como aterrada nuestra alma, á la vista del sublime desprendimiento
-del hombre que habla.
-
-El Cristianismo no podía avenirse con semejantes doctrinas: no quiso
-que se sostuviese la máxima de que, para hacer á los hombres valientes
-en la guerra, era necesario dejarlos sin esperanza; y los admirables
-rasgos de valor, las asombrosas escenas de inalterable fortaleza y
-constancia, que esmaltan por doquiera las páginas de la historia de
-las naciones modernas, son un elocuente testimonio del acierto de la
-religión cristiana, al proclamar que la suavidad de costumbres no
-estaba reñida con el heroísmo. Los antiguos rayaban siempre en uno de
-dos extremos: la molicie ó la ferocidad; entre estos extremos hay un
-medio, y este medio lo ha enseñado la religión cristiana.
-
-Consecuente, pues, el Cristianismo en sus principios de fraternidad
-y de amor, tuvo por uno de los objetos más dignos de su caritativo
-celo el rescate de los cautivos; y ora miremos los hermosos rasgos de
-acciones particulares que nos ha conservado la historia, ora atendamos
-al espíritu que ha dirigido la conducta de la Iglesia, encontraremos
-un nuevo y bellísimo título para granjear á la religión cristiana la
-gratitud de la humanidad.
-
-Un célebre escritor moderno, M. de Chateaubriand, nos ha presentado en
-los bosques de los francos á un sacerdote cristiano esclavo, y esclavo
-voluntario, por haberse entregado él mismo á la esclavitud en rescate
-de un soldado cristiano que gemía en el cautiverio, y que había dejado
-su esposa en el desconsuelo, y á tres hijos en la orfandad y en la
-pobreza. El sublime espectáculo que nos ofrece Zacarías, sufriendo
-con serena calma la esclavitud por el amor de Jesucristo y de aquel
-infeliz á quien había libertado, no es una mera ficción del poeta; en
-los primeros siglos de la Iglesia viéronse en abundancia semejantes
-ejemplos, y el que haya llorado al ver el heroico desprendimiento y
-la inefable caridad de Zacarías, puede estar seguro de que con sus
-lágrimas ha pagado un tributo á la verdad. «Á muchos de los nuestros
-hemos conocido, dice el Papa San Clemente, que se entregaron ellos
-mismos al cautiverio para rescatar á otros.» (Carta 1 á los Corin., c.
-55.)
-
-Era la redención de los cautivos un objeto tan privilegiado, que estaba
-prevenido por antiquísimos cánones que, si esta atención lo exigía, se
-vendiesen las alhajas de las iglesias, hasta sus vasos sagrados: en
-tratándose de los infelices cautivos, no tenía límites la caridad; el
-celo saltaba todas las barreras, hasta llegar al caso de mandarse que,
-por malparados que se hallasen los negocios de una iglesia, primero que
-á su reparación, debía atenderse á la redención de los cautivos. (Cuas.
-12, q. 2.) Al través de los trastornos que consigo trajo la irrupción
-de los bárbaros, vemos que la Iglesia, siempre constante en su
-propósito, no desmiente la generosa conducta con que había principiado.
-No cayeron en olvido ni en desuso las disposiciones benéficas de los
-antiguos cánones, y las generosas palabras del santo obispo de Milán en
-favor de los cautivos, encontraron un eco, que nunca se interrumpió, á
-pesar del caos de los tiempos. (V. S. Ambros., de off. L. 2, c. 15.)
-Por el canon 5 del concilio de Macón, celebrado en 585, vemos que los
-sacerdotes se ocupaban en el rescate de los cautivos, empleando para
-ello los bienes eclesiásticos; el de Reims, celebrado en el año 625,
-impone la pena de suspensión de sus funciones al obispo que deshaga
-los vasos sagrados; añadiendo, empero, generosamente: «_por cualquier
-otro motivo que no sea el de redimir cautivos_»; y mucho tiempo después
-hallamos en el canon 12 del de Verneuil, celebrado en el año 844, que
-los bienes de la Iglesia servían para la redención de cautivos.
-
-Restituído á la libertad el cautivo, no le dejaba sin protección la
-Iglesia, antes se la continuaba con solicitud, librándole cartas
-de recomendación; seguramente con el doble objeto de guardarle de
-nuevas tropelías en su viaje, y de que no le faltasen los medios para
-repararse de los quebrantos sufridos en el cautiverio. De este nuevo
-género de protección tenemos un testimonio en el canon 2 del concilio
-de Lión, celebrado en 583, donde se dispone: que los obispos deben
-poner en las cartas de recomendación que dan á los cautivos, la fecha,
-y el precio del rescate.
-
-De tal manera se desplegó en la Iglesia el celo por la redención de
-los cautivos, que hasta se llegaron á cometer imprudencias, que se
-vió en la necesidad de reprimirlas la autoridad eclesiástica. Pero
-estos mismos excesos nos indican hasta qué punto llegaba el celo, pues
-que por su impaciencia caía en extravíos. Sabemos por un concilio
-celebrado en Irlanda, llamado de San Patricio, y que tuvo lugar por
-los años de 451 ó 456, que algunos clérigos se ocupaban en procurar
-la libertad de los cautivos haciéndoles huir; exceso que reprime
-con mucha prudencia el concilio en su canon 32, disponiendo que el
-eclesiástico que quiera redimir cautivos, lo haga con su dinero, pues
-que el robarlos para hacerles huir, daba ocasión á que los clérigos
-fuesen mirados como ladrones, y redundaba en deshonra de la Iglesia.
-Documento notable, que, si bien nos manifiesta el espíritu de orden
-y de equidad que dirige á la Iglesia, no deja, al propio tiempo, de
-indicarnos cuán profundamente estaba grabado en los ánimos lo santo, lo
-meritorio, lo generoso que era el dar libertad á los cautivos, pues que
-algunos llegaban al exceso de persuadirse de que la bondad de la obra
-autorizaba la violencia.
-
-Es también muy loable el desprendimiento de la Iglesia en este punto:
-una vez invertidos sus bienes en la redención de un cautivo, no quería
-que se la recompensase en nada, aun cuando alcanzasen á hacerlo las
-facultades del redimido. De esto tenemos un claro testimonio en las
-cartas del Papa San Gregorio, donde vemos que, estando recelosas
-algunas personas, libradas del cautiverio con la plata de la Iglesia,
-de si con el tiempo podría venir caso en que se les pidiera la cantidad
-expendida, les asegura el Papa que no, y manda que nadie se atreva á
-molestarles ni á ellos ni á sus herederos, en ningún tiempo, atendido
-que los sagrados cánones permiten invertir los bienes eclesiásticos en
-la redención de los cautivos. (L. 7, ep. 14.)
-
-Este celo de la Iglesia por tan santa obra debió de contribuir
-sobremanera á disminuir el número de los esclavos; y fué mucho más
-saludable su influencia por haberse desplegado cabalmente en las épocas
-de más necesidad; es decir, cuando, por la disolución del imperio
-romano, por la irrupción de los bárbaros, por la fluctuación de los
-pueblos, que fué el estado de Europa durante muchos siglos, y por la
-ferocidad de las naciones invasoras, eran tan frecuentes las guerras,
-y tan repetidos los trastornos, y tan familiar se había hecho por
-doquiera el reinado de la fuerza. Á no haber mediado la acción benéfica
-y libertadora del Cristianismo, lejos de disminuirse el inmenso número
-de los esclavos legado por la sociedad vieja á la sociedad nueva, se
-habría acrecentado más y más: porque dondequiera que prevalece el
-derecho brutal de la fuerza, si no le sale al paso para contenerla y
-suavizarla algún poderoso elemento, el humano linaje camina rápidamente
-al envilecimiento, resultando, por necesidad, el que la esclavitud gane
-terreno.
-
-Ese lamentable estado de fluctuación y de violencia, era de suyo muy
-á propósito para inutilizar los esfuerzos que hacía la Iglesia en la
-abolición de la esclavitud; y no le costaba escaso trabajo el impedir
-que se malograse por una parte lo que ella procuraba remediar por
-otra. La falta de un poder central, la complicación de las relaciones
-sociales, pocas bien deslindadas, muchas violentas, y todas sin prenda
-de estabilidad, hacía que estuviesen mal seguras las propiedades y
-las personas, y que, así como eran invadidas aquéllas, fueran éstas
-privadas de su libertad. Por manera que era menester evitar que hiciese
-ahora la violencia de los particulares, lo que antes hacían las
-costumbres y la legislación. Así vemos que en el canon 3 del concilio
-de Lión, celebrado por los años de 566, se excomulga á los que retienen
-injustamente en la esclavitud á personas libres; en el canon 17 del de
-Reims, celebrado en el año 625, se prohibe bajo pena de excomunión el
-perseguir á personas libres para reducirlas á esclavitud; en el canon
-27 del de Londres, celebrado en el año 1102, se prohibe la bárbara
-costumbre de hacer comercio de hombres cual si fueran brutos animales;
-y en el capítulo 7 del concilio de Coblenza, celebrado en el año 922,
-se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano para venderlo.
-Declaración notable, en que la libertad es tenida en tanto precio, que
-se la equipara con la vida.
-
-Otro de los medios de que se valió la Iglesia para ir aboliendo la
-esclavitud, fué el dejar á los infelices que por su pobreza hubiesen
-caído en ese estado, camino abierto para salir de él. Ya he notado más
-arriba que la indigencia era una de las fuentes de la esclavitud; y
-hemos visto el pasaje de Julio César, en que nos dice cuán general era
-esto entre los galos. Sabido es también que, por el derecho antiguo,
-el que había caído en la esclavitud, no podía recuperar su libertad
-sino conforme á la voluntad de su amo; pues que, siendo el esclavo una
-verdadera propiedad, nadie podía disponer de ella sin consentimiento
-del dueño, y mucho menos el mismo esclavo. Este derecho era muy
-corriente, supuestas las doctrinas paganas; pero el Cristianismo miraba
-la cosa con otros ojos; y, si el esclavo era una propiedad, no dejaba
-por esto de ser hombre. Así fué que la Iglesia no quiso seguir en este
-punto las estrictas reglas de las otras propiedades; y, en mediando
-alguna duda, ó en ofreciéndose alguna oportunidad, siempre se ponía
-de parte del esclavo. Previas estas consideraciones, se comprenderá
-todo el mérito de un nuevo derecho que introdujo la Iglesia, cual es,
-que las personas libres que hubiesen sido vendidas ó empeñadas por
-necesidad, tornasen á su estado primitivo, en devolviendo el precio que
-hubiesen recibido.
-
-Este derecho, que se halla expresamente consignado en un concilio de
-Francia, celebrado por los años 616, según se cree en Boneuil, abría
-anchurosa puerta para recobrar la libertad: pues que, á más de dejar
-en el corazón del esclavo la esperanza, con la que podía discurrir y
-practicar medios para obtener el rescate, hacía la libertad dependiente
-de la voluntad de cualquiera, que, compadecido de la suerte de un
-desgraciado, quisiera pagar ó adelantar la cantidad necesaria.
-Recuérdese ahora lo que se ha notado sobre el ardiente celo despertado
-en tantos corazones para esa clase de obras, y que los bienes de la
-Iglesia se daban por muy bien empleados, siempre que podían acudir
-al socorro de un infeliz, y se verá la influencia incalculable que
-había de tener la disposición que se acaba de mentar; se verá que
-esto equivalía á cegar uno de los más abundantes manantiales de la
-esclavitud, y abrir á la libertad un anchuroso camino.
-
-
-
-
-CAPITULO XVIII
-
-
-No dejó también de contribuir á la abolición de la esclavitud la
-conducta de la Iglesia con respecto á los judíos. Ese pueblo singular,
-que lleva en su frente la marca de un proscripto, que anda disperso
-entre todas las naciones, sin confundirse con ellas, como nadan enteras
-en un líquido las porciones de una materia insoluble, procura mitigar
-su infortunio acumulando tesoros, y parece que se venga del desdeñoso
-aislamiento en que le dejan los otros pueblos, chupándoles la sangre
-con crecidas usuras. En tiempos de grandes trastornos y calamidades,
-que por necesidad debían de acarrear la miseria, podía campear á sus
-anchuras el detestable vicio de una codicia desapiadada; y, recientes
-como eran la dureza y crueldad de las antiguas leyes y costumbres sobre
-la suerte de los deudores, no estimado aún en su justa medida todo el
-valor de la libertad, no faltando ejemplos de algunos que la vendían
-para salir de un apuro, era urgente evitar el riesgo y no consentir que
-tomase sobrado incremento el poderío de las riquezas de los judíos, en
-perjuicio de la libertad de los cristianos.
-
-Que no era imaginario el peligro, demuéstralo el mal nombre que desde
-muy antiguo llevan los judíos en la materia; y lo confirman los hechos
-que todavía se están presenciando en nuestros tiempos. El célebre
-Herder, en su _Adrastea_, se atreve á pronosticar que los hijos de
-Israel llegarán con el tiempo, á fuerza de su conducta sistemática
-y calculada, á reducir á los cristianos á no ser más que esclavos
-suyos: si, pues, en circunstancias infinitamente menos favorables á
-los judíos, cabe que hombres distinguidos abriguen semejantes temores,
-¿qué no debía recelarse de la codicia inexorable de los judíos en los
-desgraciados tiempos á que nos referimos?
-
-Por estas consideraciones, un observador imparcial, un observador
-que no esté dominado del miserable prurito de salir abogando por una
-secta cualquiera, con tal que pueda tener la complacencia de inculpar
-á la Iglesia católica, aun cuando sea en contra de los intereses de
-la humanidad; un observador que no pertenezca á la clase de aquellos
-que no se alarmarían tanto de una irrupción de cafres como de una
-disposición en que la potestad eclesiástica parezca extender algún
-tanto el círculo de sus atribuciones; un observador que no sea tan
-rencoroso, tan pequeño, tan miserable, verá, no con escándalo, sino con
-mucho gusto, que la Iglesia seguía con prudente vigilancia los pasos de
-los judíos, aprovechando las ocasiones que se ofrecían, para favorecer
-á los esclavos cristianos, y llegando al fin á madurar el negocio
-hasta prohibirles el tenerlos.
-
-El tercer concilio de Orleans, celebrado en el año 538, en su canon
-13 prohibe á los judíos el obligar á los esclavos cristianos á cosas
-opuestas á la religión de Jesucristo. Esta disposición, que aseguraba
-al esclavo la libertad en el santuario de su conciencia, le hacía
-respetable á los ojos de su propio dueño, y era una proclamación
-solemne de la dignidad del hombre, en que se declaraba que la
-esclavitud no podía extender sus dominios á la sagrada región del
-espíritu. Esto, sin embargo, no bastaba, sino que era conveniente
-facilitar á los esclavos de los judíos el recobro de la libertad.
-Sólo habían pasado tres años cuando se celebró el cuarto concilio
-de Orleans, y es notable lo que se adelantó en éste con respecto al
-anterior: pues que en su canon 30 permite rescatar á los esclavos
-cristianos que huyan á la iglesia, con tal que se pague á los dueños
-judíos el precio correspondiente. Si bien se mira, una disposición
-semejante debía producir abundantes resultados en favor de la libertad,
-dando asa á los esclavos cristianos para que huyesen á la iglesia,
-é implorando desde allí la caridad de sus hermanos, lograsen más
-fácilmente que se les socorriera con el precio del rescate.
-
-El mismo concilio, en su canon 31, dispone que el judío que pervierta
-á un esclavo cristiano, sea condenado á perder todos sus esclavos.
-Nueva sanción á la seguridad de la conciencia del esclavo, nuevo camino
-abierto por donde pudiera entrar la libertad.
-
-Iba la Iglesia avanzando con aquella unidad de plan, con aquella
-constancia admirable que han reconocido en ella sus mismos enemigos,
-y en el breve espacio que media entre la época indicada y el último
-tercio del mismo siglo, se deja notar el adelanto, pues se encuentra en
-las disposiciones canónicas mayor empresa, y, si podemos expresarnos
-así, mayor osadía. En el concilio de Macón, celebrado en el año 581
-ó 582, en su canon 16 llega á prohibir expresamente á los judíos el
-tener esclavos cristianos: y á los existentes permite rescatarlos,
-pagando 12 sueldos. La misma prohibición encontramos en el canon 14
-del concilio de Toledo, celebrado en el año 589; por manera que, á
-esta época, manifestaba la Iglesia sin rebozo cuál era su voluntad: no
-quería absolutamente que un cristiano fuese esclavo de un judío.
-
-Constante en su propósito, atajaba el mal por todos los medios
-posibles, limitando, si era menester, la facultad de vender los
-esclavos, en ocurriendo peligro de que pudieran caer en manos de los
-judíos. Así vemos que en el canon 9 del concilio de Châlons, celebrado
-en el año 650, se prohibe el vender esclavos cristianos fuera del reino
-de Clodoveo, con la mira de que no caigan en poder de los judíos.
-No todos comprendían el espíritu de la Iglesia en este punto, ni
-secundaban debidamente sus miras; pero ella no se cansaba de repetirlas
-y de inculcarlas. Á mediados del siglo VII se nota que en España no
-faltaban seglares y aun clérigos cristianos que vendieran sus esclavos
-á los judíos; pero acude desde luego á reprimir este abuso el concilio
-10 de Toledo, tenido en el año 656, prohibiendo en su canon 7 que
-los cristianos, y principalmente los clérigos, vendan sus esclavos á
-judíos; «porque, añade bellamente el concilio, no se puede ignorar que
-estos esclavos fueron redimidos con la sangre de Jesucristo, por cuyo
-motivo antes se los debe comprar que venderlos.»
-
-Esa inefable dignación de un Dios hecho hombre, vertiendo la sangre
-por la redención de todos los hombres, era el más poderoso motivo que
-inducía á la Iglesia á interesarse con tanto celo en la manumisión
-de los esclavos; y, en efecto, no se necesitaba más para concebir
-aversión á desigualdad tan afrentosa, que pensar cómo aquellos mismos
-hombres, abatidos hasta el nivel de los brutos, habían sido objeto
-de las miradas bondadosas del Altísimo, lo mismo que sus dueños, lo
-mismo que los monarcas más poderosos de la tierra. «Ya que nuestro
-Redentor, decía el Papa San Gregorio, y Criador de todas las cosas,
-se dignó propicio tomar carne humana, para que, roto con la gracia de
-su divinidad el vínculo de la servidumbre que nos tenía en cautiverio,
-nos restituyese á la libertad primitiva, es obra saludable el restituir
-por la manumisión su nativa libertad á los hombres, pues que en
-su principio á todos los crió libres la naturaleza, y sólo fueron
-sometidos al yugo de la servidumbre por el derecho de gentes.» (Lib. 5,
-ep. 12.)
-
-Siempre juzgó la Iglesia muy necesario el limitar todo lo posible la
-enajenación de sus bienes; y puede asegurarse que, en general, fué
-regla de su conducta, en esta materia, confiar poco en la discreción
-de ninguno de los ministros, tomados en particular. Obrando de esta
-manera, se proponía evitar las dilapidaciones, que de otra suerte
-hubieran sido frecuentes, estando esos bienes desparramados por todas
-partes, y encontrándose á cargo de ministros escogidos de todas
-las clases del pueblo, y expuestos á la diversidad de influencias
-que consigo llevan las relaciones de parentesco, de amistad, y mil
-y mil otras circunstancias, efecto de la variedad de índole, de
-conocimientos, de prudencia, y aun de tiempos, climas y lugares: por
-esto se mostró recelosa la Iglesia en punto á conceder la facultad
-de enajenar; y, si venía el caso, sabía desplegar saludable rigor
-contra los ministros que olvidasen sus deberes, dilapidando los bienes
-que tenían encomendados. Á pesar de todo esto, ya hemos visto que
-no reparaba en semejantes consideraciones cuando se trataba de la
-redención de cautivos: y se puede también manifestar que, en lo tocante
-á la propiedad que consistía en esclavos, miraba la cosa con otros
-ojos, y trocaba su rigor en indulgencia.
-
-Bastaba que los esclavos hubiesen servido bien á la Iglesia, para
-que los obispos pudiesen concederles la libertad, donándoles también
-alguna cosa para su manutención. Este juicio sobre el mérito de los
-esclavos se encomendaba, según parece, á la discreción del obispo; y
-ya se ve que semejante disposición abría ancha puerta á la caridad
-de los prelados, así como, por otra parte, estimulaba á los esclavos
-á observar un comportamiento que les mereciese tan precioso galardón.
-Como podía ocurrir que el obispo sucesor, levantando dudas sobre la
-suficiencia de los motivos que habían inducido al antecesor á dar
-libertad á un esclavo, quisiese disputársela, estaba mandado que los
-obispos respetasen en esta parte las disposiciones de sus antecesores;
-no tan sólo dejando en libertad á los manumitidos, sino también no
-quitándoles lo que el obispo les hubiera señalado, fuese en _tierras_,
-_viñas_, ó _habitación_. Así lo encontramos ordenado en el canon 7 del
-concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el año 506. Ni obsta el
-que en otros lugares se prohiba la manumisión, pues que en ellos se
-habla en general, y no concretándose al caso en que los esclavos fuesen
-beneméritos.
-
-Las enajenaciones ó empeños de los bienes eclesiásticos hechos por un
-obispo que no dejase nada al morir, debían revocarse; y ya se echa de
-ver que la misma disposición está indicando que se trata de aquellos
-casos en que el obispo hubiese obrado con infracción de los cánones;
-mas, á pesar de esto, si sucedía que el obispo hubiese dado libertad á
-algunos esclavos, encontramos que se templaba el rigor, previniéndose
-que los manumitidos continuasen gozando de su libertad. Así lo ordenó
-el concilio de Orleans, celebrado en el año 541, en su canon 9; dejando
-tan sólo á los manumitidos el cargo de prestar sus servicios á la
-Iglesia: servicios que, como es claro, no serían otros que los de los
-libertos, y que, por otra parte, eran también recompensados con la
-protección que á los de esta clase dispensaba la Iglesia.
-
-Como un nuevo indicio de la indulgencia en punto á los esclavos, puede
-también citarse el canon 10 del concilio de Celchite (Celichytense)
-en Inglaterra, celebrado en el año 816, canon de que nada menos
-resultaba, sino quedar libres en pocos años todos los siervos ingleses
-de las iglesias en los países donde se observase; pues que disponía
-que á la muerte de un obispo se diese libertad á todos sus siervos
-ingleses, añadiendo que cada uno de los demás obispos y abades debía
-manumitir tres siervos, dándoles á cada uno tres sueldos. Semejantes
-disposiciones iban allanando el camino para adelantar más y más lo
-comenzado, y preparando las cosas y los ánimos de manera que, pasado
-algún tiempo, pudieran presentarse escenas tan generosas como la
-del concilio de Armach, en 1171, en que se dió libertad á todos los
-ingleses que se hallaban esclavos en Irlanda.
-
-Estas condiciones ventajosas de que disfrutaban los esclavos de la
-Iglesia, eran de mucho más valor, á causa de una disciplina que se
-había introducido que se las hacía inadmisibles. Si los esclavos de
-la Iglesia hubieran podido pasar á manos de otros dueños, venido este
-caso, se habrían hallado sin derecho á los beneficios que recibían
-los que continuaban bajo su poder; pero felizmente estaba permitido
-el permutar esos esclavos por otros, y, si salían del poder de la
-Iglesia, era quedando en libertad. De esta disciplina tenemos un
-expreso testimonio en las Decretales de Gregorio IX (l. 3, t. 19, c. 3
-y 4); y es notable que en el documento que allí se cita, son tenidos
-los esclavos de la Iglesia como consagrados á Dios, fundándose en esto
-la disposición de que no puedan pasar á otras manos, y que no salgan
-de la Iglesia, á no ser para la libertad. Se ve también allí mismo que
-los fieles, en remedio de su alma, solían ofrecer los esclavos á Dios
-y á sus santos; y, pasando así al poder de la Iglesia, quedaban fuera
-del comercio común, sin que pudiesen volver á servidumbre profana. El
-saludable efecto que debían producir esas ideas y costumbres, en que
-se enlazaba la religión con la causa de la humanidad, no es menester
-ponderarlo: basta observar que el espíritu de la época era altamente
-religioso, y que todo cuanto se asía del áncora de la religión estaba
-seguro de salir á puerto.
-
-La fuerza de las ideas religiosas que se andaban desenvolviendo
-cada día, dirigiendo su acción á todos los ramos, se enderezaba muy
-particularmente á substraer por todos los medios posibles al hombre
-del yugo de la esclavitud. Á este propósito, es muy digna de notarse
-una disposición canónica del tiempo de San Gregorio el Grande. En
-un concilio de Roma, celebrado en el año 597, y presidido por este
-Papa, se abrió á los esclavos una nueva puerta para salir de su
-abyecto estado, concediéndoles que recobrasen la libertad aquellos
-que quisiesen abrazar la vida monástica. Son dignas de notarse las
-palabras del Santo Papa, pues que en ellas se descubre el ascendiente
-de los motivos religiosos, y cómo iban prevaleciendo sobre todas las
-consideraciones é intereses mundanos. Este importante documento se
-encuentra entre las epístolas de San Gregorio, y se hallará en las
-notas al fin de este tomo.
-
-Sería desconocer el espíritu de aquellas épocas el figurarse que
-semejantes disposiciones quedasen estériles; no era así, sino que
-causaban los mayores efectos. Puédenos dar de ello una idea lo que
-leemos en el decreto de Graciano (Distin. 54, c. 12), donde se ve que
-rayaba la cosa en escándalo; pues que fué menester reprimir severamente
-el abuso de que los esclavos huían de sus amos ó se iban con pretexto
-de religión á los monasterios; lo que daba motivo á que se levantasen
-por todas partes quejas y clamores. Como quiera, y aun prescindiendo de
-lo que nos indican esos abusos, no es difícil conjeturar que no dejaría
-de cogerse abundante fruto, ya por procurarse la libertad de muchos
-esclavos; ya también porque los realzaría en gran manera á los ojos del
-mundo, el verlos pasar á un estado, que luego fué tornando creces, y
-adquiriendo inmenso prestigio y poderosa influencia.
-
-Contribuirá no poco á darnos una idea del profundo cambio que por
-esos medios se iba obrando en la organización social, el pararnos un
-momento á considerar lo que acontecía con respecto á la ordenación de
-los esclavos. La disciplina de la Iglesia sobre este punto era muy
-consecuente con sus doctrinas. El esclavo era un hombre como los
-demás, y por esta parte podía ser ordenado lo mismo que el primer
-magnate; pero, mientras estaba sujeto á la potestad de su dueño,
-carecía de la independencia necesaria á la dignidad del augusto
-ministerio, y por esta razón se exigía que el esclavo no pudiese ser
-ordenado, sin ser antes puesto en libertad. Nada más razonable, más
-justo ni más prudente que esta limitación en una disciplina que, por
-otra parte, era tan noble y generosa; en esa disciplina que por sí sola
-era una protesta elocuente en favor de la dignidad del hombre, una
-solemne declaración de que, por tener la desgracia de estar sufriendo
-la esclavitud, no quedaba rebajado del nivel de los demás hombres, pues
-que la Iglesia no tenía á mengua el escoger sus ministros entre los que
-habían estado sujetos á la servidumbre; disciplina altamente humana y
-generosa, pues que, colocando en esfera tan respetable á los que habían
-sido esclavos, tendía á disipar las preocupaciones contra los que se
-hallaban en dicho estado, y labraba relaciones fuertes y fecundas,
-entre los que á él pertenecían, y la más acatada clase de los hombres
-libres.
-
-En esta parte llama sobremanera la atención el abuso que se había
-introducido de ordenar á los esclavos sin consentimiento de sus dueños:
-abuso muy contrario, en verdad, á los sagrados cánones, y que fué
-reprimido con laudable celo por la Iglesia, pero que, sin embargo,
-no deja de ser muy útil al observador para apreciar debidamente el
-profundo efecto que andaban produciendo las ideas é instituciones
-religiosas. Sin pretender disculpar en nada lo que en eso hubiera de
-culpable, bien se puede hacer también méritos del mismo abuso; pues
-que los abusos muchas veces no son más que exageraciones de un buen
-principio. Las ideas religiosas estaban mal avenidas con la esclavitud,
-ésta se hallaba sostenida por las leyes, y de aquí esa lucha incesante
-que se presentaba bajo diferentes formas, pero siempre encaminada al
-mismo blanco, á la emancipación universal. Con mucha confianza se
-pueden emplear en la actualidad ese linaje de argumentos, ya que los
-más horrendos atentados de las revoluciones los hemos visto excusar con
-la mayor indulgencia, sólo en gracia de los principios de que estaban
-imbuídos los revolucionarios, y de los fines que llevaba la revolución,
-que eran el cambiar enteramente la organización social.
-
-Curiosa es la lectura de los documentos que sobre este abuso nos han
-quedado, y que pueden leerse por extenso al fin de este volumen,
-sacados del Decreto de Graciano. (Dist. 54, c. 9, 10, 11, 12.)
-Examinándolos con detenimiento se echa de ver: 1.º Que el número de
-esclavos que por este medio alcanzaban libertad era muy numeroso, pues
-que las quejas y los clamores que en contra se levantan son generales.
-2.º Que los obispos estaban por lo común á favor de los esclavos, que
-llevaban muy lejos su protección, y que procuraban realizar de todos
-modos las doctrinas de igualdad, pues que se afirma allí mismo que casi
-ningún obispo estaba exento de caer en esa reprensible condescendencia.
-3.º Que los esclavos, conociendo ese espíritu de protección, se
-apresuraban á deshacerse de las cadenas, y arrojarse en brazos de la
-Iglesia. 4.º Que ese conjunto de circunstancias debía de producir en
-los ánimos un movimiento muy favorable á la libertad, y que, entablada
-tan afectuosa correspondencia entre los esclavos y la Iglesia, á la
-sazón tan poderosa é influyente, debió de resultar que la esclavitud se
-debilitase rápidamente, caminando los pueblos á esa libertad que siglos
-adelante vemos llevada á complemento.
-
-La Iglesia de España, á cuyo influjo civilizador han tributado tantos
-elogios hombres por cierto poco adictos al Catolicismo, manifestó
-también en esta parte la altura de sus miras y su consumada prudencia.
-Siendo tan grande como hemos visto el celo caritativo á favor de
-los esclavos, y tan decidida la tendencia á elevarlos al sagrado
-ministerio, era conveniente dejar un desahogo á ese impulso generoso,
-conciliándole, en cuanto era dable, con lo que demandaba la santidad
-del ministerio. Á este doble objeto se encaminaba sin duda la
-disciplina que se introdujo en España de permitir la ordenación de
-los esclavos de la Iglesia, manumitiéndolos antes, como lo dispone el
-canon 74 del 4.º concilio de Toledo, celebrado en el año 633, y como
-se deduce también del canon 11 del 9.º concilio también de Toledo,
-celebrado en el año 655, donde se manda que los obispos no puedan
-introducir en el clero á los siervos de la Iglesia sin haberles dado
-antes libertad.
-
-Es notable que esta disposición se ensanchó en el canon 18 del concilio
-de Mérida, celebrado en el año 666, donde se concede, hasta á los
-curas párrocos, el escoger para sí clérigos entre los siervos de su
-iglesia, con la obligación, empero, de mantenerlos según sus rentas.
-Con esta disciplina sin cometer ninguna injusticia se salvaban todos
-los inconvenientes que podía traer consigo la ordenación de los
-esclavos; y, además, se conseguían muy benéficos resultados por una vía
-más suave: porque, ordenándose siervos de la misma iglesia, era más
-fácil que se los pudiera escoger con tino, echando mano de aquellos
-que más lo merecieran por sus dotes intelectuales y morales: se abría
-también ancha puerta para que pudiese la Iglesia emancipar sus siervos,
-haciéndolo por un conducto tan honroso, cual era el de inscribirlos
-en el número de sus ministros, y, finalmente, dábase á los legos un
-ejemplo muy saludable, pues que, si la Iglesia se desprendía tan
-generosamente de sus esclavos, y era en este punto tan indulgente, que,
-sin limitarse á los obispos, extendía la facultad hasta á los curas
-párrocos, no debía tampoco ser tan doloroso á los seglares el hacer
-algún sacrificio de sus intereses en pro de la libertad de aquellos que
-pareciesen llamados á tan santo ministerio.
-
-
-
-
-CAPITULO XIX
-
-
-Así andaba la Iglesia deshaciendo, por mil y mil medios, la cadena de
-la servidumbre, sin salirse, empero, nunca de los límites señalados
-por la justicia y la prudencia: así procuraba que desapareciese de
-entre los cristianos ese estado degradante, que de tal modo repugnaba
-á sus grandiosas ideas sobre la dignidad del hombre, á sus generosos
-sentimientos de fraternidad y de amor. Dondequiera que se introduzca
-el Cristianismo, las cadenas de hierro se trocarán en suaves lazos, y
-los hombres abatidos podrán levantar con nobleza su frente. Agradable
-es sobremanera el leer lo que pensaba sobre este punto uno de los
-más grandes hombres del Cristianismo: San Agustín. (_De Civit. Dei_,
-1. 19, c. 14, 15, 16.) Después de haber sentado en pocas palabras la
-obligación del que manda, sea padre, marido ó señor, de mirar por el
-bien de aquel á quien manda, encontrando así uno de los cimientos de
-la obediencia en la misma utilidad del que obedece; después de haber
-dicho que los justos no mandan por prurito ni soberbia, sino por el
-deseo de hacer bien á sus súbditos: «_neque enim dominandi cupiditate
-imperant, sed officia consulendi, nec principandi superbia, sed
-providendi misericordia_»; después de haber proscripto con tan nobles
-doctrinas toda opinión que se encaminara á la tiranía, ó que fundase la
-obediencia en motivos de envilecimiento; como si temiese alguna réplica
-contra la dignidad del hombre, enardécese de repente su grande alma,
-aborda de frente la cuestión, la eleva á su altura más encumbrada, y,
-desatando sin rebozo los nobles pensamientos que hervían en su frente,
-invoca en su favor el orden de la naturaleza, y la voluntad del mismo
-Dios, exclamando: «Así lo prescribe el orden natural, así crió Dios
-al hombre; díjole que dominara á los peces del mar, á las aves del
-cielo, y á los reptiles que se arrastran sobre la tierra. _La criatura
-racional, hecha á su semejanza, no quiso que dominase sino á los
-irracionales, no el hombre al hombre, sino el hombre al bruto._»
-
-Este pasaje de San Agustín es uno de aquellos briosos rasgos que se
-encuentran en los escritores de genio, cuando, atormentados por la
-vista de un objeto angustioso, sueltan la rienda á la generosidad
-de sus ideas y pensamientos, expresándose con osada valentía. El
-lector, asombrado con la fuerza de la expresión, busca, suspenso y sin
-aliento, lo que está escrito en las líneas que siguen, como abrigando
-un recelo de que el autor se haya extraviado, seducido por la nobleza
-de su corazón y arrastrado por la fuerza de su genio; pero se siente
-un placer inexplicable cuando se descubre que no se ha apartado del
-camino de la sana doctrina, sino que únicamente ha salido, cual
-gallardo atleta, á defender la causa de la razón, de la justicia y de
-la humanidad. Tal se nos presenta aquí San Agustín: la vista de tantos
-desgraciados como gemían en la esclavitud, víctimas de la violencia y
-caprichos de los amos, atormentaba su alma generosa; mirando al hombre
-á la luz de la razón y de las doctrinas cristianas, no encontraba
-motivo por que hubiese de vivir en tanto envilecimiento una porción
-tan considerable del humano linaje; y por eso, mientras proclama las
-doctrinas que acabo de indicar, lucha por encontrar el origen de tamaña
-ignominia, y, no hallándola en la naturaleza del hombre, la busca en el
-pecado, en la maldición. «Los primeros justos, dice, fueron más bien
-constituídos pastores de ganados que no reyes de hombres, dándonos
-Dios á entender con esto lo que pedía el orden de las criaturas, y lo
-que exigía la pena del pecado: pues que la condición de la servidumbre
-fué con razón impuesta al pecador; y por esto no encontramos en las
-Escrituras la palabra _sirvió_ hasta que el justo Noé la arrojó como
-un castigo sobre su hijo culpable. De lo que se sigue que este nombre
-vino de la culpa, no de la naturaleza.»
-
-Este modo de mirar la esclavitud como hija del pecado, como un fruto de
-la maldición de Dios, era de la mayor importancia; pues que, dejando
-salva la dignidad de la naturaleza del hombre, atajaba de raíz todas
-las preocupaciones de superioridad natural que en su desvanecimiento
-pudieran atribuirse los libres. Quedaba también despejada la esclavitud
-del valor que podía darle el ser mirada como un pensamiento político,
-ó medio de gobierno; pues sólo se debía considerarla como una de
-tantas plagas arrojadas sobre la humanidad por la cólera del Altísimo.
-En tal caso, los esclavos tenían un motivo de resignación; pero la
-arbitrariedad de los amos encontraba un freno, y la compasión de todos
-los libres, un estímulo; pues que, habiendo nacido todos en culpa,
-todos hubieran podido hallarse en igual estado; y, si se envanecían por
-no haber caído en él, no tenían más razón que quien se gloriase, en
-medio de una epidemia, de haberse conservado sano, y se creyese por eso
-con derecho de insultar á los infelices enfermos. En una palabra, el
-estado de la esclavitud era una plaga, y nada más; era como la peste,
-la guerra, el hambre ú otras semejantes; y por esta causa era deber de
-todos los hombres el procurar, por de pronto, aliviarla, y el trabajar
-para abolirla.
-
-Semejantes doctrinas no quedaban estériles; proclamadas á la faz
-del mundo, resonaban vigorosamente por los cuatro ángulos del orbe
-católico: y, á más de ser puestas en práctica como lo acabamos de ver
-en ejemplos innumerables, eran conservadas, como una teoría preciosa
-al través del caos de los tiempos. Habían pasado ocho siglos, y las
-vemos reproducidas por otra de las lumbreras más resplandecientes de
-la Iglesia católica: Santo Tomás de Aquino. (1 p, q. 96, art. 4.) En
-la esclavitud no ve tampoco ese grande hombre, ni diferencia de razas,
-ni la inferioridad imaginaria, ni medios de gobierno; no acierta á
-explicársela de otro modo que considerándola como una plaga acarreada á
-la humanidad por el pecado del primer hombre.
-
-Tanta es la repugnancia con que ha sido mirada entre los cristianos la
-esclavitud, tan falso es lo que asienta M. Guizot de que «á la sociedad
-cristiana no la confundiese ni irritase ese estado». Por cierto que
-no hubo aquella confusión é irritación ciegas, que, salvando todas
-las barreras, y no reparando en lo que dicta la justicia y aconseja
-la prudencia, se arrojan sin tino á borrar la marca de abatimiento é
-ignominia; pero, si se habla de aquella confusión é irritación que
-resultan de ver oprimido y ultrajado al hombre, que no están, empero,
-reñidas con una santa resignación y longanimidad, y que, sin dar
-treguas á la acción de un celo caritativo, no quieren, sin embargo,
-precipitar los sucesos, antes los preparan maduramente para alcanzar
-efecto más cumplido; si hablamos de esta santa confusión é irritación,
-¿cabe mejor prueba de ella, que los hechos que he citado, que las
-doctrinas que he recordado? ¿cabe protesta más elocuente contra la
-duración de la esclavitud que la doctrina de los dos insignes doctores,
-que, como acabamos de ver, la declaran un fruto de maldición, un
-castigo de la prevaricación del humano linaje; que no la pueden
-concebir sino poniéndola en la misma línea de las grandes plagas que
-afligen á la humanidad?
-
-Las profundas razones que mediaron para que la Iglesia recomendase á
-los esclavos la obediencia, bastante las llevo evidenciadas, y no puede
-haber nadie imparcial que se lo achaque á olvido de los derechos del
-hombre. Ni se crea por eso que faltase en la sociedad cristiana la
-firmeza necesaria para decir la verdad toda entera, con tal que fuera
-verdad saludable. Tenemos de ello una prueba en lo que sucedió con
-respecto al matrimonio de los esclavos: sabido es que no era reputado
-como tal, y que ni aun podían contraerle sin el consentimiento de sus
-amos, so pena de considerarse como nulo. Había en esto una usurpación,
-que luchaba abiertamente con la razón y la justicia: ¿qué hizo, pues,
-la Iglesia? Rechazó sin rodeos tamaña usurpación. Oigamos, ó si no,
-lo que decía el Papa Adriano I. «Según las palabras del Apóstol, así
-como en Cristo Jesús no se ha de remover de los sacramentos de la
-Iglesia ni al libre ni al esclavo, así tampoco entre los esclavos no
-deben de ninguna manera prohibirse los matrimonios; y, si los hubieren
-_contraído contradiciéndolo y repugnándolo los amos, de ninguna manera
-se deben por eso disolver_.» (_De Coniu. serv._, l. 4., t. 9, c. 1.)
-Esta disposición, que aseguraba la libertad de los esclavos en uno
-de los puntos más importantes, no debe ser tenida como limitada á
-determinadas circunstancias; era algo más, era una proclamación de
-su libertad en esta materia, era que la Iglesia no quería consentir
-que los hombres estuviesen al nivel de los brutos, viéndose forzados
-á obedecer al capricho ó al interés de otro hombre, sin consultar
-siquiera los sentimientos del corazón. Así lo entendía Santo Tomás,
-pues que sostiene abiertamente que, en punto á contraer matrimonio, _no
-deben los esclavos obedecer á sus dueños_. (2.ª 2.^{ae}, q. 104, art.
-5.)
-
-En el rápido bosquejo que acabo de trazar, he cumplido, según creo,
-con lo que al principio insinué: de que no adelantaría una proposición
-que no la apoyara en irrecusables documentos, sin dejarme extraviar
-por el entusiasmo á favor del Catolicismo, hasta atribuirle lo que
-no le pertenezca. Velozmente, á la verdad, hemos atravesado el caos
-de los siglos: pero se nos han presentando, en diversísimos tiempos
-y lugares, pruebas convincentes de que el Catolicismo es quien ha
-abolido la esclavitud, á pesar de las ideas, de las costumbres, de los
-intereses, de las leyes que formaban un reparo, al parecer invencible;
-y todo sin injusticias, sin violencias, sin trastornos, y todo con la
-más exquisita prudencia, con la más admirable templanza. Hemos visto
-á la Iglesia católica desplegar contra la esclavitud un ataque tan
-vasto, tan variado, tan eficaz, que, para quebrantarse la ominosa
-cadena, no se ha necesitado siquiera un golpe violento; sino que,
-expuesta á la acción de poderosísimos agentes, se ha ido aflojando,
-deshaciendo, hasta caerse á pedazos. Primero se enseñan en alta voz
-las verdaderas doctrinas sobre la dignidad del hombre, se marcan las
-obligaciones de los amos y de los esclavos, se los declara iguales
-ante Dios, reduciéndose á polvo las teorías degradantes que manchan
-los escritos de los mayores filósofos de la antigüedad; luego se
-empieza la aplicación de las doctrinas, procurando suavizar el trato
-de los esclavos; se lucha con el derecho atroz de vida y muerte, se
-les abren por asilo los templos, no se permite que á la salida sean
-maltratados, y se trabaja por substituir á la vindicta privada la
-acción de los tribunales; al propio tiempo se garantiza la libertad de
-los manumitidos enlazándola con motivos religiosos, se defiende con
-tesón y solicitud la de los ingenuos, se procura cegar las fuentes
-de la esclavitud, ora desplegando vivísimo celo por la redención de
-los cautivos, ora saliendo al paso á la codicia de los judíos, ora
-abriendo expeditos senderos por donde los vendidos pudiesen recobrar
-la libertad; se da en la Iglesia el ejemplo de la suavidad y del
-desprendimiento, se facilita la emancipación admitiendo á los esclavos
-á los monasterios y al estado eclesiástico, y por otros medios que iba
-sugiriendo la caridad: y así, á pesar del hondo arraigo que tenía la
-esclavitud en la sociedad antigua, á pesar del trastorno traído por la
-irrupción de los bárbaros, á pesar de tantas guerras y calamidades de
-todos géneros, con que se inutilizaba en gran parte el efecto de toda
-acción reguladora y benéfica, se vió, no obstante, que la esclavitud,
-esa lepra que afeaba á las civilizaciones antiguas, fué disminuyéndose
-rápidamente en las naciones cristianas, hasta que al fin desapareció.
-
-No se descubre, por cierto, un plan concebido y concertado por los
-hombres; mas, por lo mismo que sin ese plan se nota tanta unidad de
-tendencias, tanta identidad de miras, tanta semejanza en los medios,
-hay una prueba evidente del espíritu civilizador y libertador entrañado
-por el Catolicismo; y los verdaderos observadores se complacerán, sin
-duda, en ver en el cuadro que acabo de presentar, cuál concuerdan
-admirablemente en dirigirse al mismo blanco, los tiempos del imperio,
-los de la irrupción de los bárbaros, y los de la época del feudalismo;
-y, más que en aquella mezquina regularidad que distingue lo que es
-obra exclusiva del hombre, se complacerán, repito, los verdaderos
-observadores, en andar recogiendo los hechos desparramados en aparente
-desorden, desde los bosques de la Germania hasta las campiñas de la
-Bética, desde las orillas del Támesis hasta las márgenes del Tiber.
-
-Estos hechos yo no los he fingido; anotadas van las épocas, citados
-los concilios; al fin de este volumen encontrará el lector, originales
-y por extenso, los textos que aquí he extractado y resumido, y allí
-podrá cerciorarse plenamente de que no le he engañado. Que, si tal
-hubiera sido mi intención, á buen seguro que no hubiera descendido al
-terreno de los hechos: entonces habría divagado por las regiones de
-las teorías; habría pronunciado palabras pomposas y seductoras; habría
-echado mano de los medios más á propósito para encantar la fantasía
-y excitar los sentimientos; me habría colocado en una de aquellas
-posiciones, en que puede un escritor suponer á su talante cosas que
-jamás han existido, y lucir, con harto escaso trabajo, las galas de la
-imaginación y la fecundidad del ingenio. Me he impuesto una tarea algo
-más penosa, quizás no tan brillante, pero ciertamente más fecunda.
-
-Y ahora podremos preguntar á M. Guizot, cuáles han sido las _otras
-causas_, las _otras ideas_, los _otros principios_ de _civilización_,
-cuyo completo desarrollo, según nos dice, ha sido necesario _para que
-triunfase al fin la razón, de la más vergonzosa de las iniquidades_.
-Esas causas, esas ideas, esos principios de civilización que, según
-él, ayudaron á la Iglesia en la abolición de la esclavitud, menester
-era explicarlos, indicarlos cuando menos; que así el lector hubiera
-podido evitarse el trabajo de buscarlos como quien adivina. Si no
-brotaron del seno de la Iglesia, ¿dónde estaban? ¿Estaban en los
-restos de la civilización antigua? Pero los restos de una civilización
-destrozada, y casi aniquilada, ¿podrían hacer lo que no hizo ni
-pensó hacer jamás esa misma civilización cuando se hallaba en todo
-su vigor, pujanza y lozanía? ¿Estaban quizás en el individualismo de
-los bárbaros, cuando este individualismo era inseparable compañero de
-la violencia, y, por consiguiente, debía ser una fuente de opresión
-y esclavitud? ¿Estaban quizás en el patronazgo militar, introducido,
-según Guizot, por los mismos bárbaros, que puso los cimientos de esa
-organización aristocrática, convertida más tarde en feudalismo? Pero,
-¿qué tenía que ver ese patronazgo con la abolición de la esclavitud,
-cuando era lo más á propósito para perpetuarla en los indígenas de
-los países conquistados, y extenderla á una porción considerable
-de los mismos conquistadores? ¿Dónde está, pues, una idea, una
-costumbre, una institución que, sin ser hija del Cristianismo, haya
-contribuído á la abolición de la esclavitud? Señálese la época de su
-nacimiento, el tiempo de su desarrollo; muéstresenos que no tuvo su
-origen en el Cristianismo, y entonces confesaremos que él no puede
-pretender exclusivamente el honroso título de haber abolido estado
-tan degradante; y no dejaremos por eso de aplaudir y ensalzar aquella
-idea, costumbre ó institución que haya tomado una parte en la bella y
-grandiosa empresa de libertar á la humanidad.
-
-Y ahora, bien se puede preguntar á las Iglesias protestantes, á esas
-hijas ingratas que, después de haberse separado del seno de su madre,
-se empeñan en calumniarla y afearla: ¿dónde estabais vosotras cuando la
-Iglesia católica iba ejecutando la inmensa obra de la abolición de la
-esclavitud? ¿Cómo podréis achacarle que simpatiza con la servidumbre,
-que trata de envilecer al hombre, de usurparle sus derechos? ¿Podréis
-vosotras presentar un título, que así os merezca la gratitud del
-linaje humano? ¿Qué parte podéis pretender en esa grande obra, que es
-el primer cimiento que debía echarse para el desarrollo y grandor de
-la civilización europea? Solo, sin vuestra ayuda, la llevó á cabo el
-Catolicismo; y solo hubiera conducido á la Europa á sus altos destinos,
-si vosotras no hubierais venido á torcer la majestuosa marcha de esas
-grandes naciones, arrojándolas desatentadamente por un camino sembrado
-de precipicios: camino cuyo término está cubierto con densas sombras,
-en medio de las cuales sólo Dios sabe lo que hay.[15]
-
-
-
-
-NOTAS
-
-
- [1] Pág. 11.--_La historia de las variaciones de los
- protestantes_, de Bossuet, es una de aquellas obras que
- agotan su objeto; que ni dejan réplica, ni consienten
- añadidura. Leída con reflexión esta obra inmortal, la causa
- del Protestantismo está fallada bajo un aspecto dogmático; no
- queda medio alguno entre el Catolicismo y la incredulidad.
- Gibbon la había leído en su juventud, y se había hecho
- católico, abandonando la religión protestante, en que había
- sido educado. Después volvió á separarse de la Iglesia
- católica, pero no fué protestante, sino incrédulo. Quizás no
- disgustará á los lectores el oir de la boca de este célebre
- escritor el juicio que formaba de la obra de Bossuet, y la
- relación del efecto que le produjo su lectura; dice así:
- «En la _Historia de las variaciones_, ataque tan vigoroso
- como bien dirigido, desenvuelve, con felicísima mezcla de
- raciocinio y de narración, las faltas, los extravíos, las
- incertidumbres y las contradicciones de nuestros primeros
- reformadores, cuyas variaciones, como él sostiene hábilmente,
- llevan el carácter del error, mientras que la no _interrumpida
- unidad de la Iglesia católica es la señal y testimonio de la
- infalible verdad_: leí, aprobé, creí.» (_Gibbon, Memorias._)
-
- [2] Pág. 13.--Lutero, á quien se empeñan todavía algunos
- en presentárnoslo como un hombre de altos conceptos, de
- pecho noble y generoso, de vindicador de los derechos de la
- humanidad, nos ha dejado en sus escritos el más seguro y
- evidente testimonio de su carácter violento, de su extremada
- grosería y de la más feroz intolerancia. Enrique VIII, Rey
- de Inglaterra, había refutado el libro de Lutero llamado
- _de Captivitate Babilonica_, y, enojado este por semejante
- atrevimiento, escribe al Rey, llamándole _sacrílego_, _loco_,
- _insensato_, _el más grosero de todos los puercos y de todos
- los asnos_. Si la majestad real no inspiraba á Lutero respeto
- ni miramiento, tampoco tenía ninguna consideración al mérito.
- Erasmo, quizás el hombre más sabio de su siglo, ó al menos
- el más erudito, más literato y brillante, y que, por cierto,
- no escaseó la indulgencia con Lutero y sus secuaces, fué, no
- obstante, tratado con tanta virulencia por el fogoso corifeo,
- así que éste vió que no podía traerle á la nueva secta, que,
- lamentándose de ello Erasmo, decía: «que en su vejez se veía
- obligado á pelear con una bestia feroz, ó con un furioso
- jabalí». No se contentaba Lutero con palabras, sino que pasaba
- á los hechos: y bien sabido es que por instigación suya fué
- desterrado Carlostadio de los estados del duque de Sajonia,
- hallándose, por efecto de la persecución, reducido á tal
- miseria, que se veía precisado á ganarse el sustento llevando
- leña, y haciendo otros oficios muy ajenos á su estado. En
- sus ruidosas disputas con los zuinglianos, no desmintió
- Lutero su carácter, llamándolos hombres _condenados_,
- _insensatos_, _blasfemos_. Cuando así trataba á sus compañeros
- disidentes, nada extraño es que llamase á los doctores
- de Lovaina _verdaderas bestias_, _puercos_, _paganos_,
- _epicúreos_, _ateos_; que prorrumpiese en otras expresiones
- que la decencia no permite copiar, y que, desenfrenándose
- contra el Papa, dijese, «que era un lobo rabioso, que todo
- el mundo debía armarse contra él, sin esperar orden alguna
- de los magistrados; que en este punto sólo podía caber
- arrepentimiento por no haberle pasado el pecho con la espada;
- y que todos aquellos que le seguían, debían ser perseguidos
- como los soldados de un capitán de bandoleros, aunque fueran
- reyes ó emperadores». Este es el espíritu de tolerancia y
- libertad de que estaba animado Lutero: y cuenta que nos sería
- fácil aducir muchas otras pruebas.
-
- No se crea que tal intolerancia fuese exclusivamente propia
- de Lutero; extendíase á todo el partido, y se hacían sentir
- sus efectos de un modo cruel. Afortunadamente tenemos de esta
- verdad un testigo irrefragable. Es Melanchton, el discípulo
- querido de Lutero, uno de los hombres más distinguidos que ha
- tenido el Protestantismo. «Me hallo en tal esclavitud (decía,
- escribiendo á su amigo Camerario) como si estuviera en la
- cueva de los cíclopes; por manera que apenas me es posible
- explicarte mis penas, viniéndome á cada paso tentaciones de
- escaparme.» «Son gente ignorante (decía en otra carta) que
- no conoce piedad ni disciplina; mirad á los que mandan, y
- veréis que estoy como Daniel en la cueva de los leones.» ¡Y
- se dirá todavía que presidía á tamaña empresa un pensamiento
- generoso, y que se trataba de emancipar el pensamiento humano!
- La intolerancia de Calvino es bien conocida, pues, á más
- de quedar consignada en el hecho indicado en el texto, se
- manifiesta á cada paso en sus obras, por el tratamiento que
- da á sus adversarios. _Malvados_, _tunantes_, _borrachos_,
- _locos_, _furiosos_, _rabiosos_, _bestias_, _toros_,
- _puercos_, _asnos_, _perros_, _viles esclavos de Satanás_: he
- aquí las lindezas que se hallan á cada paso en los escritos
- del célebre reformador. ¡Cuánto y cuánto de semejante podría
- añadir, si no temiese fastidiar á los lectores!
-
- [3] Pág. 14.--En la dieta de Espira se había hecho un decreto
- que contenía varias disposiciones relativas al cambio de
- religión: catorce ciudades del imperio no quisieron someterse
- á este decreto y presentaron una _protesta_; de aquí vino
- que los disidentes empezaron á llamarse _protestantes_. Como
- este nombre es la condenación de las Iglesias separadas,
- han tratado algunas veces de apropiarse otros; pero siempre
- en vano. Los nombres que se daban eran falsos, y un nombre
- falso no dura. ¿Qué pretendían significar cuando se
- llamaban evangélicos? ¿acaso el que se atenían únicamente
- al Evangelio? En tal caso mejor debían llamarse, bíblicos,
- pues que no pretendían precisamente atenerse al Evangelio,
- sino á la _Biblia_. Llámanse también á veces _reformados_, y
- algunos suelen apellidar al Protestantismo _Reforma_; pero
- basta pronunciar este nombre para descubrir su impropiedad.
- _Revolución religiosa_ le cuadraría mucho mejor.
-
- [4] Pág. 15.--El conde de Maistre, en su obra _Del Papa_,
- ha desenvuelto este punto de los nombres de una manera
- inimitable. Entre otras muchas observaciones hay una muy
- atinada, cual es, que sólo la Iglesia católica tiene un nombre
- _positivo_ y propio, con que se llama ella á sí misma, y hace
- que la llamen los otros. Las Iglesias separadas han excogitado
- varios, pero no han podido apropiárselos. «Si cada uno, dice,
- es libre de darse el nombre que le agrada, la misma Lais en
- persona podría escribir sobre la puerta de su casa: _Palacio
- de Artemisa_. La dificultad está en obligar á los demás á
- darnos el nombre que nosotros escogemos.»
-
- No se crea que sea el conde de Maistre el inventor de ese
- argumento de los nombres: habíanlo empleado de antemano San
- Jerónimo y San Agustín: «Si oyeres, dice San Jerónimo, que se
- llaman marcionistas, valentinianos, montanistas, sepas que no
- son la Iglesia de Cristo, sino la Sinagoga del Anticristo.»
- _Si audieris nuncupari marcionistas, valentinianos,
- montanenses, scito non Ecclesiam Christi, sed Antichristi
- esse Sinagogam._ (_Hieron., lib. adversus Luciferanios._)
- «Tiéneme en la Iglesia, dice San Agustín, el mismo nombre de
- católica, pues que no sin causa, y entre tantas sectas, le
- obtuvo ella sola, y de tal manera, que, queriéndose llamar
- católicos todos los herejes, sin embargo, si un peregrino
- les pregunta por el templo católico, ninguno de los herejes
- se atreve á mostrarle su basílica ó su casa.» «_Tenet me in
- Ecclesia ipsum catholicae nomen, quod non sine causa inter
- tam multas haereses, sic ipsa sola obtinuit, ut cum omnes
- haeretici se catholicos dici velint, quaerenti tamen peregrino
- alicui, ubi ad catholicam conveniatur, nullus haereticorum,
- vel basilicam suam, vel domum audcat ostendere._» (_S. Aug._)
- Esto que observaba San Agustín en su tiempo, se ha verificado
- también con respecto á los protestantes, y pueden dar de ello
- testimonio los que han visitado aquellos países en que hay
- diferentes comuniones. Un ilustre español del siglo XVII y
- que había pasado mucho tiempo en Alemania, nos dice: «Todos
- quieren llamarse católicos y apostólicos, pero los demás los
- llaman luteranos y calvinistas. _Singuli volunt dici catholici
- et apostolici, sed volunt, et ab aliis non hoc praetenso illis
- nomine, sed luterani potius aut calviniani nominantur._»
- (_Caramuel._) «He habitado, continúa el mismo, en ciudades
- de herejes, y vi con mis ojos y oí con mis oídos, una cosa
- que debieran pesar los heterodoxos: esto es, _que á excepción
- del predicador protestante, y de algunos pocos que pretenden
- saber más de lo que conviene, todo el vulgo de los herejes
- llama católicos á los romanos_.» (_Habitavi in haereticorum
- civitatibus; et hoc propriis oculis vidi, propriis auditi
- auribus, quod deberet ab haeterodoxis ponderari. Praeter
- praedicantem, et pauculos qui plus sapiunt quam oportet
- sapere, totum haereticorum vulgus catholicos vocat romanos._)
- Tanta es la fuerza de la verdad. Los ideólogos saben muy bien
- que semejantes fenómenos proceden de causas profundas, y que
- estos argumentos son algo más que sutilezas.
-
- [5] Pág 36.--Tanto se ha hablado de los abusos, tanto se ha
- exagerado su influencia en los desastres que en los últimos
- siglos han afligido á la Iglesia, teniéndose cuidado, al
- propio tiempo, de ensalzar con hipócritas encomios la pureza
- de las costumbres y la rigidez de la disciplina de los
- primeros siglos, que algunos han llegado á imaginarse una
- línea divisoria entre unos tiempos y otros; no concibiendo en
- los primeros más que verdad y santidad, y no atribuyendo á los
- segundos otra cosa que corrupción y mentira; como si en los
- primeros siglos de la Iglesia todos los miembros hubiesen sido
- ángeles, como si en todas épocas no hubiese tenido la Iglesia
- que corregir errores y enfrenar pasiones. Con la historia
- en la mano sería fácil reducir á su justo valor estas ideas
- exageradas; exageración de que se hizo cargo el mismo Erasmo,
- por cierto poco inclinado á disculpar á sus contemporáneos. En
- un cotejo de su tiempo con los primeros siglos de la Iglesia,
- hace ver hasta la evidencia, cuán infundado y pueril era el
- prurito que entonces cundía de ensalzar todo lo antiguo para
- deprimir lo presente. Un fragmento de este objeto se halla
- entre las obras de Marchetti, en sus observaciones sobre las
- historia de Fleury.
-
- Curioso fuera también hacer una reseña de las disposiciones
- tomadas por la Iglesia para refrenar toda clase de abusos.
- Las colecciones de los concilios podrían suministrarnos tan
- copiosa materia para comprobar este aserto, que no sería
- fácil encerrarla en pocos volúmenes; ó, más bien, las mismas
- colecciones, con toda su mole asombradora, no son otra cosa,
- de un extremo á otro, que una prueba evidente de estas dos
- verdades: primera, que en todos tiempos ha habido muchos
- abusos que corregir; cosa necesaria, atendida la debilidad
- y la corrupción humanas; segunda, que en todas épocas la
- Iglesia ha procurado corregirlos, pudiendo, desde luego,
- asegurarse que no es posible señalar uno, sin que se ofrezca
- también la correspondiente disposición canónica que lo reprime
- ó castiga. Estas observaciones acaban de dejar en claro que
- el Protestantismo no tuvo su principal origen en los abusos,
- sino que era una de aquellas grandes calamidades que, atendida
- la volubilidad del espíritu humano y el estado en que se
- encontraba la sociedad, puede decirse que son inevitables.
- En el mismo sentido que dijo Jesucristo que era _necesario
- que hubiese escándalos_, no porque nadie se halle forzado á
- darlos, sino porque tal es la corrupción del corazón humano,
- que, siguiendo las cosas el orden regular, no puede menos de
- haberlos.
-
- [6] Pág. 45.--Ese concierto, esa unidad, que se descubren en
- el Catolicismo, deben llenar de admiración y asombro á todo
- hombre juicioso, sean cuales fueren sus ideas religiosas.
- Si no suponemos que _hay aquí el dedo de Dios_, ¿cómo será
- posible explicar ni concebir la duración del centro de la
- unidad, que es la Cátedra de Roma? Tanto se ha dicho ya
- sobre la supremacía del Papa, que es muy difícil añadir nada
- nuevo; pero quizás no desagradará á los lectores el que les
- presente un interesante trozo de San Francisco de Sales, en
- que reunió los varios y notables títulos que ha dado á los
- Sumos Pontífices, y á su silla, la antigüedad eclesiástica.
- Este trabajo del santo Obispo es interesante, no tan sólo por
- lo que pica la curiosidad, sino también porque da margen á
- gravísimas reflexiones, que el lector hará, sin duda, por sí
- mismo. Helo aquí:
-
- NOMBRES QUE SE HAN DADO AL PAPA
-
- El muy santo Obispo de la Iglesia } En el concilio de Soissons de
- Católica. } 300 Obispos.
-
- El muy santo y muy feliz Patriarca. } Ibíd., tomo 7. Concil.
-
- El muy feliz Señor. } S. Agustín., Ep. 95.
-
- El Patriarca universal. } S. León P, Ep. 62.
-
- El Jefe de la Iglesia del mundo. } Innoc. ad PP. Concili.
- } Milevit.
-
- El Obispo elevado á la cumbre } S. Cipr., Ep. 3 et 12.
- apostólica. }
-
- El Padre de los Padres. } Concil. de Calced., ses. 3.
-
- El Soberano Pontífice de los } Ibíd. in praef.
- Obispos. }
-
- El Soberano Sacerdote. } Concil. de Calced., ses. 16.
-
- El Príncipe de los Sacerdotes. } Esteban Ob. de Cartago.
-
- El Prefecto de la Casa de Dios, } Concil. de Cartago, Ep. ad
- y el Custodio y Guarda de la } Damasum.
- viña del Señor. }
-
- El Vicario de Jesucristo, y el } S. Jerón., praef. in Evang.
- Confirmador de la fe de los } ad Damasum.
- cristianos. }
-
- El Sumo Sacerdote. } Valentiniano y toda la
- } antigüedad.
-
- El Soberano Pontífice. } Concil. de Calced., in Ep. ad
- } Theod. Imper.
-
- El Príncipe de los Obispos. } Ibíd.
-
- El Heredero de los apóstoles. } S. Bern., lib. de Consid.
-
- Abrahán por el Patriarcado. } S. Ambros., in 1 ad Tim., 3.
-
- Melquisedech por el orden. } Concil. de Calced., Epist. ad
- } Leonem.
-
- Moisés por la autoridad. } S. Bern., Epist. 190
-
- Samuel por la jurisdicción. } Ibíd. et in lib. de Consid.
-
- Pedro por el poder. } Ibíd.
-
- Cristo por la unción. } Ibíd.
-
- El Pastor del aprisco de } Ibíd., lib. 2, Consid.
- Jesucristo. }
-
- El Llavero de la Casa de Dios. } Idem idem, cap. 8.
-
- El Pastor de todos los pastores. } Ibíd.
-
- El Pontífice llamado á la plenitud } Ibíd.
- del poder.
-
- San Pedro fué la boca de } S. Crisóst., Homil. 2, in
- Jesucristo. } divers. serm.
-
- La Boca y el Jefe del apostolado. } Orig., Hom. 55, in Matth.
-
- La Cátedra y la Iglesia principal. } S. Cipr., Ep. 55, ad Corn.
-
- El Origen de la unidad sacerdotal. } S. Cipr., Epist. 3,2
-
- El Lazo de la unidad. } Idem ibíd., 4,2.
-
- La Iglesia donde reside el poder } Idem ibíd., 3,8.
- principal.
-
- La Iglesia Raíz y Matriz de todas } S. Anaclet. Pap., Epist. ad
- las demás Iglesias. } om. Episc. et fidel.
-
- La Sede sobre la cual ha construído } S. Dámas., Ep., ad univ.
- el Señor la Iglesia universal. } Episc.
-
- El Punto Cardinal y el Jefe de } S. Marcelin., Pap., Epist. ad
- todas las Iglesias. } Episc. Antioc.
-
- El Refugio de los Obispos. } Conc. de Alex., Ep. ad Felic.
- } P.
-
- La Suprema Sede Apostólica. } S. Atanas.
-
- La Iglesia presidente. } Imp. Justin., in 1, 8, Cod. de
- } SS. Trinit.
-
- La Sede Suprema que no puede } S. León, in nat. SS. Apost.
- ser juzgada por otra. }
-
- La Iglesia antepuesta á todas las } Víctor de Utica, in lib. de
- demás Iglesias. } perfect.
-
- La primera de todas las Sedes. } S. Próspero, lib. de Ingrat.
-
- La Fuente apostólica. } S. Ignat., Ep. ad Rom, in
- } Suscript.
-
- El Puerto segurísimo de toda la } Concil. Rom. por S. Gelasio.
- Comunión Católica. }
-
- [7] Pág. 54.--He dicho que los más distinguidos protestantes
- sintieron el vacío que encerraban todas las sectas separadas
- de la Iglesia católica: voy á presentar las pruebas de esta
- aserción, que quizás algunos juzgarían aventurada. Oigamos
- al mismo Lutero, que, escribiendo á Zuinglio, decía: «Si
- dura mucho el mundo, será de nuevo necesario, á causa de las
- varias interpretaciones de la Escritura que ahora circulan,
- para conservar la unidad de la fe, recibir los decretos de
- los concilios y refugiarnos en ellos.» (_Si diutius steterit
- mundus, iterum erit necessarium, propter diversas Scripturae
- interpretationes quae nunc sunt, ad conservandam fidei
- unitatem, ut conciliorum decreta recipiamus, adque ad ea
- confugiamus._)
-
- Melanchton, lamentándose de las funestas consecuencias de
- la falta de jurisdicción espiritual, decía: «resultará una
- libertad de ningún provecho á la posteridad»; y en otra
- parte dice estas notabilísimas palabras: «En la Iglesia se
- necesitan inspectores para conservar el orden, observar
- atentamente á los que son llamados al ministerio eclesiástico,
- velar sobre la doctrina de los sacerdotes, y ejercer los
- juicios eclesiásticos; por manera que, si no hubiera obispos,
- sería menester crearlos. _La monarquía del Papa serviría
- también mucho para conservar entre tan diversas naciones la
- uniformidad de la doctrina._»
-
- Oigamos á Calvino: «Colocó Dios la silla de su culto en el
- centro de la tierra, poniendo allí un Pontífice, único, á
- quien miraran todos para conservarse mejor en la unidad.»
- (Cultus sui sedem in medio terrae collocavit illi _unum_
- Antistitem praefecit, quem omnes respicerent, quo melius in
- _unitate_ continerentur.)» (Calv., inst. 6, §. 11.)
-
- «Atormentáronme también á mí mucho y por largo tiempo, dice
- Beza, esos mismos pensamientos que tú me pintas: veo á los
- nuestros divagando á merced de todo viento de doctrina, y,
- levantados en alto, caerse ahora á una parte, después á otra.
- Lo que piensan hoy de la religión quizá podría saberlo; lo que
- pensarán mañana, no. Las Iglesias que han declarado la guerra
- al Romano Pontífice, _¿en qué punto de la religión convienen?
- Recórrelo todo desde el principio al fin, y apenas encontrarás
- cosa afirmada por uno que desde luego no la condene otro
- como impía._» Exercuerunt me diu et multum illae, ipsae
- quas describis cogitationes: video nostros palantes omni
- doctrinae vento et, in altum sublatos, modo ad hanc, modo
- ad illam partem deferri. Horum quae sit hodie de Religione
- sententia scire fortasse possis; sed quae eras de eadem futura
- sit opinio, neque tu certo affirmare queas. In quo tandem
- religionis capite, congruunt inter se Ecclesiae, quae Romano
- Pontifici bellum indixerunt? A capite ad calcem si percurras
- omnia, nihil propemodum reperias, ab uno affirmari, quod
- alter statim non impium esse clamitet. (Th. Epist. ad Andream
- Duditium.)
-
- Grocio, uno de los hombres más sabios que haya tenido el
- Protestantismo, conoció también la flaqueza de los cimientos
- en que estriban las sectas separadas. No son pocos los que
- han creído que había muerto católico. Los protestantes le
- acusaron de que intentaba convertirse al Catolicismo, y los
- católicos que le habían tratado en París, pensaban de la
- misma manera. No diré que sea verdad lo que se cuenta del
- insigne P. Petau, amigo de Grocio, de que, habiendo sabido su
- muerte, había celebrado misa por él; pero lo cierto es que
- Grocio en su obra titulada _De Antichristo_ no piensa como
- los protestantes que el Anticristo sea el Papa; lo cierto es
- que en otra obra publicada, _Votum pro pace Ecclesiae_, dice
- redondamente que «sin el primado del Papa no es posible dar
- fin á las disputas, como acontece entre los protestantes»;
- lo cierto es que en su obra póstuma, _Rivetiani apologetici
- discussio_, asienta abiertamente el principio fundamental del
- Catolicismo, á saber, que «los dogmas de la fe deben decidirse
- por la tradición y la autoridad de la Iglesia, y no por la
- sola Sagrada Escritura.»
-
- La ruidosa conversión del célebre protestante Papín es otra
- prueba de lo mismo que estamos demostrando. Meditaba Papín
- sobre el principio fundamental del Protestantismo, y la
- contradicción en que estaba con este principio la intolerancia
- de los protestantes, pues que, estribando en el examen
- privado, apelaban para conservarse á la vía de la autoridad,
- y argumentaba de esta manera: «Si la vía de la autoridad de
- que pretenden asirse es inocente y legítima, ella condena su
- origen, en el que no quisieron sujetarse á la autoridad de
- la Iglesia católica; mas, si la vía del examen que en sus
- principios abrazaron fué recta y conforme, resulta entonces
- condenada la vía de autoridad que ellos han ideado para evitar
- excesos: quedando así abierto y allanado el camino á los
- mayores desórdenes de la impiedad.»
-
- Puffendorf, que por cierto no puede ser notado de frialdad
- cuando se trata de atacar al Catolicismo, no pudo menos de
- tributar su obsequio á la verdad, estampando una confesión
- que le agradecerán todos los católicos. «La supresión de la
- autoridad del Papa ha sembrado en el mundo infinitas semillas
- de discordia; pues, no habiendo ya ninguna autoridad soberana
- para terminar las disputas que se suscitaban en todas
- partes, se ha visto á los protestantes dividirse entre si
- mismos, y _despedazarse las entrañas con sus propias manos_.»
- (Puffendorf, de Monarch. Pont. Rom.)
-
- Leibnitz, ese grande hombre que, según la expresión de
- Fontenelle, conducía de frente todas las ciencias, reconoció
- también la debilidad del Protestantismo, y la firmeza de
- organización de la Iglesia católica. Sabido es que, lejos
- de participar del furor de los protestantes contra el Papa,
- miraba su supremacía religiosa con las mayores simpatías.
- Confesaba paladinamente la superioridad de las misiones
- católicas sobre las protestantes; y las mismas comunidades
- religiosas, objeto para muchos de tanta aversión, eran para
- él altamente respetables. Cuando tales antecedentes se
- tenían sobre las ideas religiosas de ese grande hombre, vino
- á confirmarlos más y más una obra suya póstuma, publicada
- en París por primera vez en 1819. Quizás no disgustará á
- los lectores una breve noticia sobre acontecimiento tan
- singular. En el citado año dióse á luz en París la _Exposición
- de la doctrina de Leibnitz sobre la religión, seguida de
- pensamientos extraídos de las obras del mismo autor, por M.
- Emery, antiguo superior general de San Sulpicio_. En esta obra
- de M. Emery está contenida la póstuma de Leibnitz, y cuyo
- título en el manuscrito original es: _Sistema teológico_. El
- principio de la obra es notable por su gravedad y sencillez,
- dignas ciertamente de la grande alma de Leibnitz. Hele aquí:
- «Después de largo y profundo estudio sobre las controversias
- en materia de religión, implorada la asistencia divina, y
- depuesto, al menos en cuanto es posible al hombre, todo
- espíritu de partido, me he considerado como un neófito venido
- del Nuevo Mundo, y que todavía no hubiese abrazado ninguna
- opinión; y he aquí dónde al fin me he detenido, y, entre
- todos los dictámenes que he examinado, lo que me parece que
- debe ser reconocido por todo hombre exento de preocupaciones,
- como lo más conforme á la Escritura Santa, á la respetable
- antigüedad, y hasta á la recta razón y á los hechos históricos
- más ciertos.»
-
- Leibnitz establece en seguida la existencia de Dios, la
- Encarnación, la Trinidad, y los otros dogmas del Cristianismo;
- adopta con candor y defiende con mucha ciencia la doctrina
- de la Iglesia católica sobre la tradición, los sacramentos,
- el sacrificio de la misa, el culto de las reliquias y de las
- santas imágenes, la jerarquía eclesiástica, y el primado del
- Romano Pontífice. «En todos los casos, dice, que no permiten
- los retardos de un concilio general, ó que no merecen ser
- tratados en él, es preciso admitir que el primero de los
- obispos, ó el Soberano Pontífice, tiene el mismo poder que la
- Iglesia entera.»
-
- [8] Pág. 63.--Quizás algunos podrían creer que lo dicho sobre
- la vanidad de las ciencias humanas, y sobre la debilidad de
- nuestro entendimiento, es con la sola mira de realzar la
- necesidad de una regla en materias de fe. Muy fácil fuera
- aducir larga serie de textos sacados de los escritos de los
- hombres más sabios, antiguos y modernos; pero me contento con
- insertar un excelente trozo de un ilustre español, de uno de
- los hombres más grandes del siglo XVI. Es Luis Vives.
-
- «_Iam mens ipsa, suprema animi et celsissima pars, videbit
- quantopere sit tum natura sua tarda ac praepedita, tum
- tenebris peccati caeca, et a doctrina, usu, ac solertia
- imperita et rudis, ut ne ea quidem quae videt, quaeque manibus
- contrectat, cuiusmodi sint, aut qui fiant assequatur, nedum ut
- in abdito illa naturae arcana possit penetrare; sapienterque
- ab Aristotele illa est posita sententia: Mentem nostram ad
- manifestissima naturae non aliter habere se, quam noctuae
- oculum ad lumen solis_: ea omnia, quae universum hominum
- genus novit, quota sunt pars eorum quae ignoramus! nec solum
- id in universitate artium est verum, sed in singulis earum,
- in quarum nulla tantum, est humanum ingenium progressum, ut
- ad medium pervenerit, etiam in infimis illis ac vilissimis:
- ut nihil existimetur verius esse dictum ab Academicis, quam:
- _scire nihil_.» (_Ludovicus Vives, De Concordia et Discordia.
- Lib. 4, cap. 3._)
-
- Así pensaba este grande hombre, que, á más de estar muy
- versado en toda clase de erudición, así sagrada como profana,
- había meditado profundamente sobre el mismo entendimiento
- humano; que había seguido con ojo observador la marcha de las
- ciencias, y que, como lo acreditan sus escritos, se había
- propuesto regenerarlas. Sensible es que no se puedan copiar
- por extenso sus palabras, así del lugar citado, como de su
- obra inmortal sobre las causas de la decadencia de las artes y
- ciencias y el modo de enseñarlas.
-
- Como quiera, á quien se manifestase descontento porque se
- han dicho algunas verdades sobre la debilidad de nuestros
- alcances, y tuviese recelos de que esto dañara al progreso
- de las ciencias, porque así se apoca el entendimiento, será
- bien recordarle que el mejor modo de hacer progresar á
- nuestro espíritu es el que se conozca á sí mismo; pudiendo
- á este propósito citarse la profunda sentencia de Séneca:
- «Pienso que muchos hubieran podido alcanzar la sabiduría, si
- no hubiesen presumido que la habían ya alcanzado.» «_Puto
- multos ad sapientiam potuisse pervenire, nisi se iam crederent
- pervenisse._»
-
- [9] Pág. 70.--Es cierto que, al acercarse á los primeros
- principios de las ciencias, se encuentra el entendimiento
- rodeado de espesas sombras. He dicho que de esta regla general
- no se exceptúan las mismas matemáticas, cuya certeza y
- evidencia se han hecho proverbiales. El cálculo infinitesimal,
- que en el estado actual de la ciencia puede decirse que la
- domina, estriba, sin embargo, en algunas ideas sobre los
- _límites_, ideas que hasta ahora nadie ha podido aclarar bien.
- Y no es que trate de poner en duda su certeza y verdad; solo
- me propongo hacer notar que, si se quisiera llamar á examen
- en el tribunal de la metafísica las ideas que son como los
- elementos de ese cálculo, no dejarían de poder esparcirse
- sobre ellas algunas sombras. Aun concretándonos á la parte
- elemental de la ciencia, se podrían también descubrir algunos
- puntos que no sufrirían sin algún daño un detenido análisis
- metafísico é ideológico; cosa que sería muy fácil manifestar,
- si lo consintiese el género de esta obra. Entre tanto puede
- recomendarse á los lectores la preciosa carta dirigida por
- el distinguido jesuíta español _Eximeno_ á su amigo _Juan
- Andrés_, donde se hallan observaciones muy oportunas sobre la
- materia, hechas por un hombre á quien de seguro no se puede
- recusar por incompetente. Esta carta está en latín, y su
- título es: _Epistola ad clarissimum virum Ioannem Andresium_.
-
- Por lo que toca á las otras ciencias, no es necesario insistir
- en manifestar cuánta obscuridad se encuentra al acercarse
- á sus primeros principios; pudiéndose asegurar que los
- brillantes sueños de los hombres más ilustres han reconocido
- este origen. Impulsados por el sentimiento de sus propias
- fuerzas, penetraban hasta los abismos en busca de la verdad;
- allí la _antorcha se apagaba en sus manos_, por valerme de la
- expresión de un ilustre poeta contemporáneo, y extraviados por
- un obscuro laberinto se entregaban á merced de su fantasía y
- de sus inspiraciones, tomando por la realidad los hermosos
- sueños de su genio.
-
- [10] Pág. 73.--Para ver con toda claridad, para sentir con
- viveza la innata debilidad del espíritu humano, no hay cosa
- más á propósito que recorrer la historia de las herejías,
- historia que debemos á la Iglesia por el sumo cuidado que ha
- tenido en definirlas y clasificarlas. Desde Simón Mago, que
- se apellidaba el _legislador de los judíos_, _el reparador
- del mundo_, _el Paracleto_, mientras tributaba á su querida
- Elena culto de latría bajo el nombre de Minerva, hasta Hermán,
- predicando la matanza de todos los sacerdotes y magistrados
- del mundo, y asegurando que él era el verdadero Hijo de Dios,
- puede un observador contemplar ese vasto cuadro, que, si bien
- es muy desagradable, cuando no por otras causas, al menos por
- su extravagancia, no deja, sin embargo, de sugerir graves y
- profundas reflexiones sobre el verdadero carácter del espíritu
- humano, manifestando la sabiduría del Catolicismo, cuando en
- ciertas materias se empeña en sujetarle á una regla.
-
- [11] Pág 79.--Quizás no todos se persuadirán fácilmente de
- que las ilusiones y el fanatismo estén, como en su elemento,
- en medio de los protestantes; y por esto será preciso traer
- aquí el irrecusable testimonio de los hechos. Podrían
- escribirse sobre el particular crecidos volúmenes, pero habré
- de contentarme con una rapidísima reseña, empezando desde
- Lutero. Yo no sé si puede llevarse más allá el delirio, que el
- pretender haber sido enseñado por el diablo, y gloriarse de
- ello, y sostener con tamaña autoridad las nuevas doctrinas.
- Y, sin embargo, el fundador del Protestantismo, el mismo
- Lutero, es quien así delira, dejándonos consignado en sus
- obras el testimonio de su entrevista con Satanás. ¿Puede
- darse mayor desvarío? Ya fuese real la aparición, ya fuese un
- sueño de cabeza calenturienta, ¿puede llegarse más allá en la
- línea del fanatismo que jactarse de haber tenido tal maestro?
- Varios fueron los coloquios que, según nos dice él mismo, tuvo
- con el diablo; pero es digna de referirse la visión, en que,
- según nos cuenta con toda seriedad, le obligó Satanás con sus
- argumentos á prohibir la misa privada. La descripción que del
- caso nos hace es muy viva. Despierta Lutero á media noche,
- se le aparece Satanás, Lutero se horroriza, suda, tiembla,
- y el corazón le palpita de un modo horrible. Entáblase, no
- obstante, la disputa; el diablo, á fuer de buen dialéctico,
- le estrecha con sus argumentos de tal manera, que no le queda
- respuesta. Lutero queda vencido; y no es extraño, porque
- la lógica del diablo dice que andaba acompañada con una
- voz tan horrorosa que helaba la sangre. «Entonces entendí,
- dice este miserable, lo que sucede á menudo, de que mueren
- repentinamente muchos al amanecer, y es que el demonio puede
- matar ó ahogar á los hombres; y hasta sin esto, los pone con
- sus disputas en tales apuros, que puede causar la muerte de
- esta manera, como muchas veces lo he experimentado yo.» El
- pasaje es peregrino. El fantasma de Zuinglio, fundador del
- Protestantismo en Suiza, no deja también de presentar un
- ejemplo de ridícula extravagancia. Quería este heresiarca
- negar la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía,
- pretendiendo que lo que hay debajo de las especies consagradas
- no es más que un signo. Como en la Sagrada Escritura se
- expresa tan claramente lo contrario, se hallaba embarazado con
- la autoridad del sagrado texto; cuando he aquí que, mientras
- se imaginaba que estaba disputando con el Secretario de la
- Ciudad, se le aparece un fantasma _blanco ó negro_, como nos
- dice él mismo, y le señala una salida que le deja libre del
- apuro. Este gracioso cuento lo sabemos por el mismo Zuinglio.
-
- ¿Quién no se aflige al ver á un hombre como Melanchton
- entregado á las preocupaciones y manías de la superstición más
- ridícula, al verle neciamente crédulo en materia de sueños, de
- fenómenos raros, de pronósticos astrológicos? Y, sin embargo,
- nada hay más cierto; léanse sus cartas y se tropezará á cada
- paso con semejantes miserias. Al tiempo de celebrarse la
- dieta de Augsburgo, parecíanle presagios muy favorables al
- nuevo _Evangelio_, una inundación del Tiber, el que en Roma
- una mula hubiese dado á luz un monstruo con un pie de grulla,
- y el haber nacido en el territorio de Augsburgo un becerro
- con dos cabezas. Estos acontecimientos eran para él anuncios
- indudables de un cambio en el universo, y singularmente de la
- próxima ruina de Roma por el cisma. Así escribía seriamente
- á Lutero. Forma él mismo el horóscopo de su hija, pero está
- temblando por ella á causa de que Marte presenta un aspecto
- horrible, asustándole no menos la pavorosa llama de un cometa
- muy septentrional. Los astrólogos habían pronosticado que
- por el otoño serían los astros más favorables á las disputas
- eclesiásticas, y ese pronóstico basta para consolar á nuestro
- buen hombre de que las conferencias de Augsburgo sobre
- religión vayan tan lentamente; y se ve además que sus amigos,
- es decir, los jefes del partido, se dejan dominar también por
- tan poderosas razones. Como si no tuviera bastantes penas,
- se le pronostica que había de padecer un naufragio en el
- Báltico y él se guardara de surcar aquellas aguas fatales.
- Cierto franciscano había tenido la humorada de profetizar que
- el poder del Papa iba á debilitarse y en seguida á caer para
- siempre, como y también que en el año 1600 el turco dominaría
- la Italia y la Alemania; y el bueno de Melanchton se gloría
- de tener en su poder la profecía original, además que los
- terremotos que suceden le confirman en su creencia.
-
- Apenas acababa de erigirse en juez único el espíritu privado,
- ya la Alemania estaba inundada de sangre por las atrocidades
- del más furioso fanatismo. Matías Harlem, anabaptista, puesto
- á la cabeza de una turba feroz, manda saquear las iglesias,
- destrozar sus ornamentos y quemar todos los libros como impíos
- ó inútiles, exceptuando sólo la Biblia. Situado en Múnster,
- que él llama _La Montaña de Sión_, hace llevar á sus pies todo
- el oro y plata y joyas preciosas que poseen los habitantes,
- lo deposita en un tesoro común, y nombra diáconos para la
- distribución. Obliga á todos sus discípulos á comer en común,
- á vivir en perfecta igualdad y á prepararse para la guerra
- que habían de emprender, saliendo de la _Montaña de Sión_,
- _para someter_, según decía, _á su poder todas las naciones
- de la tierra_; y mueren por fin en un arrojo temerario, en
- que se prometía que, _cual nuevo Gedeón_, exterminaría con
- un puñado de hombres el _ejército de los impíos_. No faltó á
- Matías un heredero de fanatismo, presentándose luego Becold,
- quizás más conocido bajo el nombre de Juan de Leyde. Este
- fanático, sastre de profesión, echó á correr desnudo por las
- calles de Múnster gritando: _El rey de Sión viene_. Entró en
- su casa, se encerró allí por tres días, y, cuando el pueblo
- se presentó preguntando por el, aparentó que no podía hablar.
- Como otro Zacarías, pidió por señas recado de escribir, y
- escribió que Dios le había revelado que el pueblo había de
- ser regido por jueces, á imitación del pueblo de Israel.
- Nombró doce jueces, escogiendo aquellos que le eran más
- adictos, y hasta que la autoridad de los nuevos magistrados
- fué reconocida, tuvo él la precaución de no dejarse ver de
- nadie. Estaba ya asegurada en cierto modo la autoridad del
- nuevo profeta, pero no se contentó con el mando efectivo, sino
- que le ambicionó rodeado de toda pompa y majestad; propúsose
- nada menos que proclamarse _rey_. En tan lastimoso vértigo
- estaban los fanáticos sectarios, que no le fué difícil salir
- á cabo con su loca empresa: no se necesitaba más que jugar
- una grosera farsa. Un platero, que estaba en inteligencia con
- el aspirante á rey, y que también se hallaba iniciado en el
- arte de profetizar, se presenta á los _jueces de Israel_ y les
- habla de esta manera: _He aquí lo que dice el Señor Dios, el
- Eterno: como en otro tiempo yo establecí á Saúl sobre Israel,
- y después de él á David, no siendo más que un simple pastor,
- así establezco hoy á Becold, mi profeta, rey de Sión_. Los
- jueces no podían determinarse á renunciar; pero Becold aseguró
- que también había tenido él la misma revelación, que la había
- callado por humildad, pero que, habiendo Dios hablado á otro
- profeta, era menester resignarse á subir al trono, _para
- cumplir las órdenes del Altísimo_. Los jueces insistieron
- en que se convocase al pueblo, que en efecto se reunió en
- la plaza del mercado; y allí, habiéndosele presentado por
- un _profeta_ de parte de Dios una espada desnuda _en señal
- de quedar constituído justiciero sobre toda la tierra para
- extender el imperio de Sión por los cuatro ángulos del
- mundo_, fué proclamado rey con ruidosa alegría, y coronado
- solemnemente en 24 de junio de 1534. Como se había casado con
- la esposa de su predecesor, la elevó también á la dignidad
- real; pero, si bien á ésta sola la miró como reina, no dejó de
- tener hasta diez y siete mujeres; todo conforme á la _santa_
- libertad que en esta materia había proclamado. Las orgías, los
- asesinatos, las atrocidades y delirios de todas clases que se
- siguieron, no hay por qué referirlo: pudiendo asegurarse que
- los 16 meses del reinado de este frenético no fueron más que
- una cadena de crímenes. Clamaron los católicos contra tamaños
- excesos; clamaron también, es verdad, los protestantes; pero
- ¿quién tenía la culpa? ¿no eran aquellos que habían proclamado
- la resistencia á la autoridad de la Iglesia, y que habían
- arrojado la Biblia en medio de aquellos miserables, para que
- con la interpretación individual se les trastornase la cabeza,
- y se arrojaran á proyectos tan criminales como insensatos?
- Así lo conocieron los mismos anabaptistas, y así es que se
- indignaron sobremanera contra Lutero, que con sus escritos
- los condenaba. Y, en efecto: quien había sentado el principio
- ¿qué derecho tenía para atajar las consecuencias? Si Lutero
- encontraba en la Biblia que el Papa era el Anticristo, y de
- su propia autoridad se arrojaba á destruir el reino del Papa,
- exhortando á todo el mundo á conjurarse contra él; ¿por qué no
- podían también los anabaptistas decir: _que habían hablado con
- Dios, y que habían recibido el mandato de exterminar á todos
- los impíos, y de constituir un nuevo mundo en que vivieran
- solamente los pios é inocentes, siendo dueños de todas las
- cosas_?
-
- Hermán predicando la _matanza de todos los sacerdotes y
- magistrados del mundo_; David Jorge proclamando que sólo
- su doctrina era perfecta, que _la del antiguo y nuevo
- Testamento era imperfecta, y que él era el verdadero Hijo de
- Dios_; Nicolás desechando la fe y el culto como inútiles,
- despreciando los preceptos fundamentales de la moral, y
- enseñando que _era bueno perseverar en el pecado para que
- la gracia pudiese abundar_; Macket pretendiendo que había
- descendido sobre el el espíritu del Mesías, enviando á dos
- de sus discípulos, Arthington y Coppinger, á vocear por las
- calles de Londres _que el Cristo venía allí con su vaso en
- la mano_, y clamando él mismo á la vista del cadalso y en el
- trance del suplicio: «_¡Jehovah! ¡Jehovah! ¿no veis que los
- cielos se abren, y á Jesucristo que viene á libertarme?_» Esos
- deplorables espectáculos, y cien y cien otros que podríamos
- recordar, son pruebas harto evidentes del terrible fanatismo
- nutrido y avivado por el sistema protestante. Venner, Fox,
- William Sympson, J. Naylor, el conde Tinzendorf, Wesley, el
- barón de Sweedenborg, y otros nombres semejantes, bastan
- para recordar un conjunto de sectas tan locas, y una serie
- de extravagancias y crímenes tales, que darían materia para
- formar gruesos volúmenes donde se presentarían los cuadros más
- ridículos y más negros, las mayores miserias y extravíos del
- espíritu humano. Eso no es fingir, no es exagerar; ábrase la
- historia, consúltense los autores, no precisamente católicos,
- sino protestantes, ó sean cuales fueren; por dondequiera se
- encontrarán abundancia de testigos que deponen de la verdad de
- esos hechos; hechos ruidosos, sucedidos á la luz del día, en
- medio de grandes capitales, en tiempos que casi tocan á los
- nuestros. Y no se crea que se haya agotado con el transcurso
- del tiempo ese manantial de ilusión y de fanatismo; á lo que
- parece, no lleva camino de cegarse, y la Europa está condenada
- todavía á escuchar la relación de otras visiones como la
- acaecida en la fonda de Londres al barón de Sweedenborg, y á
- ver pasaportes de tres sellos como los que despacha para el
- cielo Juana Soutchote.
-
- [12] Pág. 86.--Nada más palpable que la diferencia que media
- en este punto entre los protestantes y los católicos. En ambas
- partes hay personas que se pretenden favorecidas con visiones
- celestiales; pero con las visiones los protestantes se vuelven
- orgullosos, turbulentos, frenéticos, mientras los católicos
- ganan en humildad, y en espíritu de paz y de amor. En el mismo
- siglo XVI, cuando el fanatismo de los protestantes llevaba
- revuelta la Europa entera, y la inundaba de sangre, había en
- España una mujer que, á juicio de los protestantes y de los
- incrédulos, debe de ser una de las que más han adolecido de
- achaque de ilusión y fanatismo; pero el pretendido fanatismo
- de esa mujer, ¿hizo derramar acaso, ni una gota de sangre, ni
- una sola lágrima? Y sus visiones ¿eran acaso órdenes del cielo
- para exterminar á los hombres como desgraciadamente sucedía
- entre les protestantes? Después que en la nota anterior se
- habrá horrorizado el lector con las visiones de los sectarios,
- quizás no le desagradará tener á la vista un cuadro tan bello
- como apacible.
-
- Es Santa Teresa, que, escribiendo su propia vida, por motivos
- de pura obediencia, nos refiere sus visiones con un candor
- angelical, con una dulzura inefable. «Quiso el Señor que
- viese aquí algunas veces esta visión, veía un ángel cabe mí,
- hacia el lado izquierdo, en forma corporal; lo que no suelo
- ver, sino por maravilla, aunque muchas veces se me representan
- ángeles, es sin verlos, sino como la visión pasada, que dije
- primero. En esta visión quiso el Señor le viese ansí, no era
- grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido,
- que parecía de los ángeles muy subidos, que parece todos se
- abrasan: deben ser los que llaman serafines; que los nombres
- no me los dicen; mas, bien veo que en el cielo hay tanta
- diferencia de unos ángeles á otros, y de otros á otros, que no
- lo sabría decir. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y
- al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me
- parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba á
- las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me
- dejaba toda abrasada en amor grande de Dios.» (_Vida de Santa
- Teresa_, capítulo 29, n.º 11.)
-
- He aquí otra muestra: «Estando en esto, veo sobre mi cabeza
- una paloma bien diferente de las de acá, porque no tenía estas
- plumas, sino las de unas conchitas, que echaban de sí gran
- resplandor. Era grande más que paloma, paréceme que oía el
- ruido que hacia con las alas. Estaría aleando por espacio de
- una Avemaría. Ya el alma estaba de tal suerte, que perdiéndose
- á sí de sí la perdió de vista. Sosegóse el espíritu con tan
- buen huésped, que, según mi parecer, la merced tan maravillosa
- le debía de desasosegar y espantar, y como comenzó á gozarla,
- quitósele el miedo y comenzó la quietud con el gozo, quedando
- en arrobamiento.» (_Vida_, cap. 28, n.º 7.)
-
- Difícil será encontrar algo de tan bello, expresado con tan
- vivo colorido, y con tan amable sencillez.
-
- No será inoportuno el copiar otros dos trozos de distinto
- género, que, al paso que harán sensible lo que nos proponemos
- evidenciar, podrán contribuir á despertar la afición hacia
- cierta clase de escritores castellanos que van cayendo en
- olvido entre nosotros, mientras los extranjeros los buscan con
- afán, y hacen de ellos lujosas ediciones.
-
- »Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió
- mi alma, y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber
- espaldas, ni lado, ni alto, ni bajo, que no estuviese toda
- clara, y en el centro de ella se me representó Cristo Nuestro
- Señor como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi
- alma, le veía claro como en un espejo, y también este espejo
- (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor,
- por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa. Sé
- que me fué esta visión de gran provecho, cada vez que se me
- acuerda, en especial cuando acabo de comulgar. Dióseme á
- entender que estar una alma en pecado mortal, es cubrirse este
- espejo de gran niebla, y quedar muy negro, y ansí no se puede
- representar, ni ver este Señor, aunque esté siempre presente
- dándonos el ser, y que los herejes, es como si el espejo fuese
- quebrado, que es muy peor que obscurecido. Es muy diferente
- el cómo se ve, á decirse, porque se puede mal dar á entender.
- Mas hame hecho mucho provecho y gran lástima de las veces que,
- con mis culpas, obscurecí mi alma, para no ver este Señor.»
- (_Vida_, capítulo 40, número 4.)
-
- En otro lugar explica un modo de ver las cosas en Dios, y
- presenta su idea bajo una imagen tan brillante y grandiosa,
- que nos parece que leemos á Malebranche explanando su famoso
- sistema.
-
- «Digamos ser la Divinidad como un claro diamante muy mayor
- que todo el mundo, ó espejo, á manera de lo que dije del alma
- en otra visión, salvo que es por tan sublime manera que yo no
- lo sabré encarecer, y que todo lo que hacemos se ve en este
- diamante, siendo de manera que él encierra todo en sí, porque
- no hay nada que salga fuera de esta grandeza. Cosa espantosa
- me fué en tan breve espacio ver tantas cosas juntas aquí
- en este claro diamante, y lastimosísima cada vez que se me
- acuerda ver que cosas tan feas se me representan en aquella
- limpieza de claridad, como eran mis pecados.» (_Vida_, cap.
- 40, número 7.)
-
- Supongamos ahora con los protestantes que todas esas visiones
- no sean más que pura ilusión; pues es evidente que ni
- extravían las ideas, ni corrompen las costumbres, ni perturban
- el orden público; y ciertamente que, aun cuando no hubieran
- servido más que para inspirar tan hermosas páginas, no habría
- por qué dolernos de la ilusión. Y he aquí confirmado lo que he
- dicho sobre los saludables efectos que produce en las almas
- el principio católico, no dejándolas cegar por el orgullo,
- ni andar por caminos peligrosos, antes limitándolas á un
- círculo, desde el cual no pueden dañar á nadie, si es que sus
- favores del cielo no sean más que ilusión, y no perdiendo nada
- de su fuerza y energía para hacer el bien, dado caso que su
- inspiración sea una realidad.
-
- Mil y mil otros ejemplos podría citar; pero, en obsequio de
- la brevedad, me he limitado á uno solo, escogiendo á Santa
- Teresa, ya por ser una de las que más se han distinguido en la
- materia, ya por ser contemporánea de las grandes aberraciones
- de los protestantes, ya también por ser española; aprovechando
- esta oportunidad de recordarla á los españoles que empiezan á
- olvidarla.
-
- [13] Pág. 96.--He indicado las sospechas que inspiraban
- algunos de los corifeos de la reforma, de que, procediendo de
- mala fe, no dando asenso á lo mismo que predicaban, tratasen
- únicamente de alucinar á sus prosélitos. No quiero que se diga
- que he andado con ligereza en achacarles ese cargo, y así
- produciré algunas pruebas que garanticen mi aserción.
-
- Oigamos al mismo Lutero. «Muchas veces pienso á mis solas
- que casi no sé dónde estoy, ni si enseño la verdad ó no.»
- «Saepe sic mecum cogito: propemodum nescio quo loco sim, et
- utrum veritatem doceam, necne.» (Luther, colloquio. Isleb. de
- Christo.) Y éste es el mismo hombre que decía: «Es cierto que
- yo he recibido mis dogmas del cielo: no permitiré que juzguéis
- de mi doctrina, ni vosotros, ni los mismos ángeles del cielo.»
- «Certum est dogmata mea habere me de coelo. Non sinam vel vos
- vel ipsos angelos de coelo de mea doctrina iudicare.» (Luth.
- Contra Reg. Ang.) Juan Metthei, que publicó algunos escritos
- sobre la vida de Lutero, y que se deshace en alabanzas del
- heresiarca, nos ha conservado una anécdota curiosa sobre las
- convicciones de Lutero; dice así: «Un predicante llamado Juan
- Musa me contó que cierta vez se había lamentado con Lutero,
- de que no podía resolverse á creer lo que predicaba á los
- otros. _Bendito sea Dios_, respondió Lutero, _pues que sucede
- á los demás lo mismo que á mí: antes creía yo que sólo á mí me
- sucedía_.» (Ioannes Matthesius, condone 12.)
-
- Las doctrinas de la incredulidad no se hicieron esperar mucho,
- y quizás no se figurarían algunos lectores que se hallen
- consignadas expresamente en varios lugares de las obras de
- Lutero. «Es verosímil, dice, que, excepto pocos, todos duermen
- insensibles.» «Soy de parecer que los muertos están sepultados
- en tan inefable y admirable sueño, que sienten ó ven menos que
- los que duermen con sueño común.» «Las almas de los muertos no
- entran ni en el purgatorio ni en el infierno.» «El alma humana
- duerme embargados todos los sentidos.» «En la mansión de los
- muertos no hay tormentos.» «Verisimile est, exceptis paucis,
- omnes dormire insensibiles.» «Ego puto mortuos sic ineffabili,
- et miro somno sopitos, ut minus sentiant aut videant, quam
- hi qui alias dormiunt.» «Animae mortuorum non ingrediuntur
- in purgatorium nec infernum.» «Anima humana dormit omnibus
- sensibus sepultis.» «Mortuorum locus cruciatus nullus habet.»
- (Tom. 2, Epist Latin Isleb. fol. 44. Tom. 6, Lat. Wittemberg,
- in cap. 2, cap. 23, cap. 25, cap. 42, et cap. 49. Genes. et
- Tom. 4, Lat Wittemberg, fol. 109.) No faltaba quien recogiese
- semejantes doctrinas, y los estragos que tal enseñanza andaba
- haciendo eran tales, que el luterano Brentzen, discípulo y
- sucesor de Lutero, no dudaba en decir lo siguiente: «_Aunque
- no exista entre nosotros ninguna profesión pública de que el
- alma perezca con el cuerpo, y que no haya resurrección de
- muertos, sin embargo, la vida impurísirna y profanísima que
- la mayor parte lleva, indica bien á las claras que no creen
- que haya otra vida. Y á algunos se les escapan ya semejantes
- expresiones, no sólo entre el calor de los brindis, sí que
- también en la templanza de las conversaciones familiares._»
- Etsi inter nos nulla sit publica professio, quod anima simul
- cum corpore intereat, et quod non sit mortuorum resurrectio:
- tamen impurissima et profanissima illa vita, quam maxima
- pars hominum sectatur, perspicue indicat quod non sentiat
- vitam post hanc. Nonnullis etiam tales voces, tam ebriis inter
- pocula excidunt, quam sobriis in familiaribus colloquiis.
- (_Brentius, hom. 35, in cap. 20, Luc._)
-
- En el mismo siglo XVI no faltaron algunos que, sin curarse de
- dar su nombre á esta ó aquella secta, profesaban sin rebozo la
- incredulidad y escepticismo. Sabido es que al famoso Gruet le
- costó la cabeza su atrevimiento en este punto; y no fueron los
- católicos los que se la hicieron cortar, sino los calvinistas,
- que llevaban á mal el que este desgraciado se hubiese tomado
- la libertad de pintar con sus verdaderos colores el carácter
- y la conducta de Calvino, y de fijar en Ginebra algunos
- pasquines en que acusaba de inconsecuencia á los pretendidos
- reformados, por la tiranía que querían ejercer sobre las
- conciencias, después de haber sacudido ellos mismos el yugo
- de la autoridad. Todo esto sucedía no mucho después de haber
- nacido el Protestantismo, pues que la sentencia de Gruet fué
- ejecutada en el año 1549.
-
- Montaigne, á quien he señalado como uno de los primeros
- escépticos que alcanzaron mucha nombradía, llevaba la cosa
- tan allá, que ni siquiera admite ley natural. «Graciosos
- están, dice, cuando, para dar alguna certeza á las leyes,
- asientan que hay algunas, firmes, perpetuas é inmutables, que
- ellos llaman naturales, grabadas en el linaje humano por la
- condición de su propia esencia.» «_Ils sont plaisants quand,
- pour donner quelque certitude aux lois, ils disent qu'il y en
- a aucunes, fermes, perpétuelles et immuables, qu'ils nomment
- naturelles, qui sont empreintes en l'humain genre par la
- condition de leur propre essence, etc._» (_Montaigne Es. Tom.
- 2, cap. 12._)
-
- Ya hemos visto lo que pensaba Lutero sobre la muerte, ó al
- menos las expresiones que sobre este particular se le habían
- escapado; no es extraño, pues, que Montaigne pretendiese morir
- como verdadero incrédulo, y que hablando de este terrible
- trance dijera: «Estúpidamente, y con la cabeza baja, me
- sumerjo en la muerte, sin considerarla ni reconocerla, como
- en una profundidad silenciosa y obscura que me traga de un
- golpe, y me ahoga en un instante, en un hondo sueño lleno
- de insensibilidad y de indolencia.» «_Je me plonge, la tête
- baissée, stupidement dans la mort, sans la considérer et
- reconnaître, comme dans une profondeur muette et obscure,
- qui m'engloutit d'un saut, et m'étouffe en un instant d'un
- puissant sommeil plein d'insipidité et d'indolence._»
- (_Montaigne Livr. 3, chap. 9._)
-
- Pero este hombre, que deseaba que la muerte le sorprendiese
- plantando sus hortalizas, y sin curarse de ella (_Je veux que
- la mort me trouve plantant mes choux, mais sans me soucier
- d'elle_), no lo pensó así en sus últimos momentos; pues que,
- estando para expirar, quiso que se celebrara en su mismo
- aposento el santo sacrificio de la misa, y expiró en el mismo
- instante en que acababa de hacer un esfuerzo para levantarse
- sobre su cama en el acto de la adoración de la Sagrada Hostia.
- Bien se ve que no había quedado estéril en su corazón aquel
- pensamiento con que hablando de la religión cristiana decía:
- «El orgullo es lo que aparta al hombre de los caminos comunes,
- que le hace abrazar novedades, prefiriendo ser jefe de una
- tribu errante y descaminada, enseñando el error y la mentira,
- á ser discípulo de la escuela de la verdad.» Acordaríase
- también de lo que había dicho en otro lugar, condenando de un
- rasgo todas las sectas disidentes: «En materia de religión es
- preciso atenerse á los que son establecidos jefes de doctrina
- y que tienen una autoridad legítima, y no á los más sabios y á
- los más hábiles.» «_En matière de religion il faut s'attacher
- à ceux qui sont établis juges de la doctrine, et qui ont
- une autorité légitime, non pas aux plus savants et aux plus
- habiles._»
-
- Por lo que acabo de decir, se echa de ver con cuánta razón
- he culpado al Protestantismo de haber sido una de las
- principales causas de la incredulidad en Europa. Repito aquí
- lo que he dicho en el texto: que no es mi ánimo desconocer
- los esfuerzos que hicieron algunos protestantes para oponerse
- á la incredulidad; pues lo que ataco no son las personas,
- sino las cosas, y respeto el mérito dondequiera que se
- encuentre. Añadiré también que, si en el siglo XVII se notó
- que no pocos protestantes tendían hacia el Catolicismo, debió
- de ser á causa de que veían los progresos que iba haciendo
- la incredulidad; progresos que no era posible atajar, sino
- asiéndose del áncora de la autoridad que les ofrecía la
- Iglesia Católica.
-
- No me es posible, sin salir de los límites que me he
- prefijado, dar noticias circunstanciadas sobre la
- correspondencia entre Molano y el obispo de Tyna, y entre
- Leibnitz y Bossuet; pero los lectores que quieran instruirse á
- fondo en la materia, podrán verlo, parte en las mismas obras
- de Bossuet, parte en la interesante obra del abate Bausset,
- que precede á la edición de las obras de Bossuet, hecha en
- París en 1814.
-
- [14] Pág. 143.--Para formarse idea del estado de la _ciencia_
- al tiempo de la aparición del Cristianismo, y convencerse
- de lo que podía esperarse del espíritu humano, abandonado
- á sus propias luces, basta recordar las monstruosas sectas
- que pululaban por doquiera, en los primeros siglos de la
- Iglesia, y que reunían en sus doctrinas la mezcolanza más
- informe, más extravagante é inmoral, que concebirse pueda.
- Cerinto, Menandro, Ebión, Saturnino, Basílides, Nicolao,
- Carpocrates, Valentino, Marción, Montano y otros, son nombres
- que recuerdan sectas donde el delirio andaba hermanado con
- la inmoralidad. Echando una ojeada sobre aquellas sectas
- filosófico-religiosas, se conoce que ni eran capaces de
- concebir un sistema filosófico un poco concertado, ni de idear
- un conjunto de doctrinas y prácticas, que pudiese merecer el
- nombre de religión. Todo lo trastornan, todo lo mezclan y
- confunden; el judaísmo, el Cristianismo, los recuerdos de las
- antiguas escuelas, todo se amalgama en sus delirantes cabezas;
- no olvidándose, empero, de soltar la rienda á todo linaje de
- corrupción y obscenidad.
-
- Abundante campo ofrecen aquellos siglos á la verdadera
- filosofía para conjeturar lo que hubiera sido del humano
- saber, si el Cristianismo no hubiese alumbrado el mundo con
- sus doctrinas celestiales; si no hubiese venido esa religión
- divina á confundir el desatentado orgullo del hombre,
- mostrándole cuán vanos é insensatos eran sus pensamientos,
- y cuán descarriado andaba del camino de la verdad. ¡Cosa
- notable! ¡Y esos mismos hombres cuyas aberraciones hacen
- estremecer, se apellidaban á sí mismos _Gnósticos_, por el
- superior conocimiento de que se imaginaban dotados! Está
- visto: el hombre en todos los siglos es el mismo.
-
- [15] Pág 205.--He creído que no dejaría de ser útil copiar
- aquí literalmente los cánones á que hice referencia en el
- texto. Así podrán los lectores enterarse por sí mismos de su
- contenido, y no podrá caber sospecha de que, extrayendo la
- especie del canon, se le haya atribuído un sentido de que
- carecía.
-
-
- Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud de la
- Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los diferentes
- medios de que se valió para llevar á cabo la abolición de la
- esclavitud.
-
-
- § I
-
-
- (Concilium Eliberitanum, anno 305.)
-
- Se impone penitencia á la señora que maltrata á su esclava.
-
- «Si qua domina furore zeli accensa flagris verberaverit
- ancillam suam, ita ut in tertium diem animam cum cruciatu
- effundat; eo quod incertum sit, voluntate an casu occiderit;
- si voluntate, post septem annos, si casu, post quinquenii
- tempora, acta legitima poenitentia, ad communionem placuit
- admiti. Quod si infra tempora constituta fuerit infirmata,
- accipiat communionem.» (Canon 5.)
-
- Nótese que la palabra _ancillam_ expresa una esclava
- propiamente tal, no una sirvienta cualquiera, como se entiende
- de aquellas otras palabras _flagris verberaverit_, que era el
- castigo propio de los esclavos.
-
-
- (Concilium Epaonense, anno 517.)
-
- Se excomulga al dueño que por autoridad propia mata á su
- esclavo.
-
- «Si quis servum proprium sine conscientia iudicis occiderit,
- excommunicatione biennii effusionem sanguinis expiabit.»
- (Canon 34.)
-
- Esta misma disposición se halla repetida en el canon 15 del
- concilio 17 de Toledo, celebrado en el año 694, copiándose el
- mismo canon del concilio de Epaona, con muy ligera variación.
-
- (Ibíd.) El esclavo reo de un delito atroz, se libra de
- suplicios corporales, refugiándose en la iglesia.
-
- «Servus reatu atrociore culpabilis si ad ecclesiam confugerit,
- a corporalibus tantum suppliciis excusetur. De capillis vero,
- vel quocumque opere, placuit a dominis iuramenta non exigi.»
- (Canon 39.)
-
-
- (Concilium Aurelianense quintum, anno 549.)
-
- Precauciones muy notables para que los amos no maltratasen á
- los esclavos que se habían refugiado en las iglesias.
-
- «De servis vero, qui pro qualibet culpa ad ecclesiae septa
- confugerint, id statuimus observandum, ut sicut in antiquis
- constitutionibus tenetur scriptum, pro concessa culpa datis a
- domino sacramentis, quisquis ille fuerit, expediatur de venia
- iam securus. Enim vero si immemor fidei dominus trascendisse
- convincitur quod iuravit, ut is qui veniam acceperat, probetur
- postmodum pro ea culpa qualicumque supplicio cruciatus,
- dominus ille qui immemor fuit datae fidei, sit ab omnium
- communione suspensus. Iterum si servus de promissione veniae
- datis sacramentis a domino iam securus exire noluerit, ne
- sub tali contumacia requirens locum fugae, domino fortasse
- dispereat, egredi nolentem a domino eum liceat occupari,
- ut nullam, quasi pro retentatione servi, quibuslibet modis
- molestiam, aut calumniara patiatur ecclesia: fidem tamen
- dominus, quam pro concessa venia dedit, nulla temeritate
- trascendat. Quod si aut gentilis dominus fuerit, aut alterius
- sectae, qui a conventu ecclesiae probatur extraneus, is qui
- servum repetit, personas requirat bonae fidei chistianas,
- ut ipsi in persona domini servo praebeant sacramenta: quia
- ipsi possunt servare quod sacrum est, qui pro transgressione
- ecclesiasticam metuunt disciplinam.» (Can. 22.)
-
- Difícil es llevar más allá la solicitud para mejorar la suerte
- de los esclavos, de lo que se deduce del curioso documento que
- se acaba de copiar.
-
-
- (Concilium Emeritense, anno 666.)
-
- Se prohibe á los obispos la mutilación de sus esclavos, y se
- ordena que su castigo se encargue el juez de la ciudad, pero
- sin raparlos torpemente.
-
- «Si regalis pietas pro salute omnium suarum legum dignata est
- ponere decreta, cur religio sancta per sancti concilii ordinem
- non habeat instituta, quae omnino debent esse cavenda? Ideoque
- placuit huic sancto concilio, ut omnis potestas episcopalis
- modum suae ponat irae; nec pro quolibet excessu cuilibet ex
- familia ecclesiae aliquod corporis membrorum sua ordinatione
- praesumat extirpare, aut auferre. Quod si talis emerserit
- culpa advocato iudice civitatis, ad examen eius deducatur quod
- factum fuisse asseritur. Et quia omnino iustum est ut pontifex
- saevissimam non impendant vindictam; quidquid coram iudice
- verius patuerit, per disciplinae severitatem absque turpi
- decalvatione maneat emendatum.» (Can 15.)
-
-
- (Concilium Teletanum undecimum, anno 675.)
-
- Se prohibe á los sacerdotes la mutilación de los esclavos.
-
- «His a quibus domini sacramenta tractanda sunt, iudicium
- sanguinis agitare non licet: et ideo magnopere talium
- excessibus prohibendum est; ne indiscretae praesumptionis
- motibus agitati, aut quod morte plectendum est, sententia
- propriae iudicare praesumant, aut truncationes quaslibet
- membrorum quibuslibet personis aut per se inferant, aut
- inferendas praecipiant. Quod si quisquam horum immemor
- praeceptorum, aut ecclesiae, suae familiis, aut in quibuslibet
- personis tale quid fecerit, et concessi ordinis honore
- privatus, et loco suo, perpetuo damnationis teneatur religatus
- ergastulo: cui tamen communio exeunti ex hac vita non neganda
- est, propter domini misericordiam, _qui non vult peccatoris
- mortem, sed ut convertatur et vivat_.» (Can. 6.)
-
- Es de notar que, cuando en los dos cánones últimamente
- citados se usa de la palabra _familia_, se deben entender los
- esclavos. Que ésta es la verdadera acepción de la palabra se
- deduce claramente del canon 74 del concilio 4.º de Toledo,
- celebrado en el año 633, donde se lee: De _familiis_ ecclesiae
- constituere presbiteros et diaconos per parochias liceat.....
- ea tamen ratione ut _antea manumissi libertatem status sui
- percipiant_.» Lo mismo se deduce del sentido en que emplea
- esta palabra el Papa San Gregorio, en su epístola 44, 1. 4.
-
-
- (Concilium Wormatiense, anno 868.)
-
- Se impone penitencia al amo que por autoridad propia mata á su
- esclavo.
-
- «Si quis servum proprium sine conscientia iudicum qui
- tale quid commisserit, quod morte sit dignum, occiderit,
- excommunicatione vel poenitentia biennii, reatum sanguinis
- emendabit.» (Can. 38)
-
- «Si qua femina furore zeli accensa, flagris verberaverit
- ancillam suam, ita ut intra tertium diem animam suam cum
- cruciata efiundat, eo quod incertum sit voluntate, an casu
- occiderit; si voluntate, septem annos, si casu, per quinque
- annorum tempora legitimam peragat poenitentiam.» (Can. 39.)
-
-
- (Concilium Arausicanum primum, anno 441.)
-
- Se reprime la violencia de los que se vengaban del asilo
- dispensado á los esclavos, apoderándose de los de la Iglesia.
-
- «Si quis autem mancipia clericorum pro suis mancipiis ad
- ecclesiam fugientibus crediderit occupanda, per omnes
- ecclesias districtissima damnatione feriatur.» (Can. 6.)
-
-
- § II
-
- (Ibíd) Se reprime á los que atentan en cualquier sentido
- contra la libertad de los manumitidos en la Iglesia, ó que le
- hayan sido recomendados por testamento.
-
- «In ecclesia manumissos, vel per testamentum ecclesiae
- commendatos, si quis in servitutem, vel obsequium, vel ad
- colonariam conditionem imprimere tentaverit, animadversione
- ecclesiastica coerceatur.» (Can. 7.)
-
-
- (Concilium quintum Aurelianense, anno 549.)
-
- Se asegura la libertad de los manumitidos en las iglesias;
- y se prescribe que éstas se encarguen de la defensa de los
- libertos.
-
- «Et quia plurimorum suggestione comperimus, eos qui in
- ecclesiis iuxta patrioticam consuetudinem a servitiis fuerunt
- absoluti, pro libito quorumcumque iterum ad servitium
- revocari, impium esse tractavimus, ut quod in ecclesia Dei
- consideratione a vinculo servitutis absolvitur, irritum
- habeatur. Ideo pietatis causa communi concilio placuit
- observandum, ut quaecumque mancipia ab ingenuis dominis
- servitute laxantur, in ea libertate maneant, quam tunc a
- dominis perceperunt. Huiusmodi quoque libertas si a quocumque
- pulsata fuerit, cum iustitia ab ecclesiis defendatur, praeter
- eas culpas, pro quibus leges collatas servis revocare
- iusserunt libertates.» (Can. 7.)
-
-
- (Concilium Masticonense secundum, anno 585.)
-
- Se prescribe que la Iglesia defienda á los libertos, ora hayan
- sido manumitidos en el templo, ora hayan pasado largo tiempo
- disfrutando la libertad. Se reprime la arbitrariedad de los
- jueces que atropellaban á esos desgraciados, y se dispone que
- los obispos conozcan de estas causas.
-
- «Quae dum postea universo coetui secundum consuetudinem
- recitata innotescerent, Praetextatus et Pappulus viri
- beatissimi dixerunt: Decernat itaque, et de miseris libertis
- vestrae auctoritatis vigor insignis, qui ideo plus a iudicibus
- affliguntur, quia sacris sunt commendati ecclesiis; ut
- si quas quispiam dixerit contra eos actiones habere, non
- audeat eos magistratus contradere; sed in episcopi tantum
- iudicio, in cuius praesentia litem contestans quae sunt
- iustitiae ac veritatis audiat. Indignum est enim, ut hi qui
- in sacrosancta ecclesia iure noscuntur legitimo manumissi aut
- per epistolam, aut per testamentum aut per longinquitatem
- temporis libertatis iure fruuntur, a quolibet iniustissime
- inquietentur Universa sacerdotalis Congregatio dixit: Iustum
- est, ut contra calumniatorum omnium versutias defendantur, qui
- patrocinium immortalis ecclesiae concupiscunt. Et quicumque a
- nobis de libertis latum decretum; superbiae ausu praevaricare
- tentaverit, irreparabili damnationis suae sententia feriatur.
- Sed si placuerit episcopu ordinarium iudicem, aut quemlibet
- alium saecularem, in audientiam eorum accerseri, cum libuerit
- fiat, et nullus alius audeat causas pertractare libertorum
- nisi episcopus cuius interest, aut is cui idem audiendum
- tradiderit.» (Can. 7.)
-
-
- (Concilium Parisiense quintum, anno 614.)
-
- Se encarga á los sacerdotes la defensa de los manumitidos.
-
- «Liberti quorumcumque ingenuorum a sacerdotibus defensentur,
- nec ad publicum ulterius revocentur. Quod si quis ausu
- temerario eos imprimere voluerit, aut ad publicum revocare, et
- admonitus per pontificem ad audientiam venire neglexerit, aut
- emendare quod perpetravit distulerit, communione privetur.»
- (Can. 5.)
-
-
- (Concilium Toletanum tertium, anno 589.)
-
- Se prescribe que los manumitidos recomendados á las iglesias
- sean protegidos por los obispos.
-
- «De libertis autem id Dei praecipiunt sacerdotes, ut si qui
- ab episcopis facti sunt secundum modum quo canones antiqui
- dant licentiam, sint liberi; et tantum a patrocinio ecclesiae
- tam ipsi quam ab eis progeniti non recedant. Ab aliis quoque
- libertati traditi, et ecclesiis commendati, patrocinio
- episcopali tegantur, a principe hoc episcopus postulet.» (Can.
- 6.)
-
-
- (Concilium Toletanum quartum, anno 633.)
-
- Se manda que la Iglesia se encargue de defender la libertad y
- el peculio de los manumitidos recomendados á ella.
-
- «Liberti qui a quibuscumque manumissi sunt, atque ecclesiae
- patrocinio commendati existunt, sicut regulae antiquorum
- patrum constituerunt, sacerdotali defensione a cuiuslibet
- insolentia protegantur; sive in statu libertatis eorum, seu in
- peculio quod habere noscuntur.» (Can. 72.)
-
-
- (Concilium Agathense, anno 506.)
-
- Se dispone que la Iglesia defienda á los manumitidos; y
- se habla en general, prescindiendo de que le hayan sido
- recomendados ó no.
-
- «Libertos legitime a dominis suis factos ecclesia, si
- necessitas exigerit, tueatur quos si quis ante audientiam,
- aut pervadere aut expoliare praesumpserit, ab ecclesia
- repellatur.» (Can. 29.)
-
-
- § III
-
- Se dispone que se atienda á la redención de los cautivos; y
- que á este objeto se pospongan los intereses de la Iglesia,
- por desolada que se halle.
-
- «Sicut omnino grave est, frustra ecclesiastica ministeria
- venundare, sic iterum culpa est, imminente huiusmodi
- necessitate, res maxime desolatae Ecclesiae captivis suis
- praeponere, et in eorum redemptione cessare.» (Caus. 12. Q 2.ª
- Can. 16.)
-
- Notables palabras de San Ambrosio sobre la redención de los
- cautivos. Para atender á tan piadoso objeto, el santo obispo
- quebranta y vende los vasos sagrados.
-
-
- (S. Ambrosius, de Off. L. 2, cap. 15.)
-
- (§ 70) «Summa etiam liberalitas captos redimere, eripere ex
- hostium manibus, subtrahere neci homines, et maxime faeminas
- turpidini, reddere parentibus liberos, parentes liberis, cives
- patriae restituere. Nota sunt haec nimis Illiriae vastitate et
- Thraciae: quanti ubique venales erant captivi orbe.....»
-
- Ibíd. (§ 71.) «Praecipua est igitur liberalitas, redimere
- captivos et maxime ab hoste barbaro, qui nihil deferat
- humanitatis ad misericordiam, nisi quod avaritia reservaverit
- ad redemptionem.»
-
- Ib. L. 2. C. 2. (§ 13.) «_Ut nos aliquando in invidiam
- incidimus, quod confregerimus vasa mistica, ut captivos
- redimeremus_, quod arrianis displicere potuerat, nec
- tam factum displicerit, quam ut esset quod in nobis
- reprehenderetur.»
-
- Estos nobles y caritativos sentimientos no eran sólo de San
- Ambrosio; sus palabras son la expresión de los sentimientos
- de toda la Iglesia. A más de diferentes pruebas que podría
- traer aquí, y de lo que se deduce de los cánones que insertaré
- á continuación, es digna de notarse la sentida carta de San
- Cipriano, de la cual copiaré algunos trozos, en los cuales
- están compendiados los motivos que impulsaban á la Iglesia en
- tan piadosa tarea, y vivamente pintados el celo y la caridad
- con que la ejercía:
-
- «Cyprianus, Ianuario, Maximo, Proculo, Victori, Modiano,
- Nemesiano, Nampulo et Honorato fratribus salutem. Cum
- maximo animi nostri gemitu et non sine lacrymis legimus
- litteras vestras, fratres carissimi, quas ad nos pro
- dilectionis vestrae sollicitudine de fratrum nostrorum
- et sororum captivitate fecistis. Quis enim non doleat in
- eiusmodi casibus, ut quis non dolorem fratris sui suum
- proprium computet, cum loquatur apostolus Paulus et dicat:
- _Si patitur unum membrum, compatiuntur et caetera membra;
- si laetatur membrum unum, collaetantur et caetera membra?_
- (1 ad Cor., 12.) Et alio loco: _Quis infirmatur inquit et
- non ego infirmor?_ (2 ad Cor., 11.) Quare nunc et nobis
- captivitas fratrum nostra captivitas computanda est; et
- periclitantium dolor pro nostro dolore numerandus est, cum
- sit scilicet adunationis nostrae corpus unum, et non tantum
- dilectio instigare nos debeat et conferare ad fratrum membra
- redimenda. Nam cum denuo apostolus Paulus dicat: _Nescitis
- quia templum Dei estis, et Spiritus Dei habitat in vobis?_
- (1 ad Cor., 3) etiamsi charitas nos minus adigeret ad opem
- fratribus ferendam, considerandum tamen hoc in loco fuit, Dei
- templum esse quae capta sunt, nec pati non longa cessatione
- et neglecto dolore debere, ut diu Dei templa captiva sint;
- sed quibus possumus viribus elaborare et velociter gerere
- ut Christum iudicem et Dominum et Deum nostum promereamur
- absequiis nostris. Nam cum dicat Paulus apostolus, _Quotquot
- in Christo baptizati estis, Christum induistis_ (Ad Gal.,
- 3), in captivis fratribus nostris contemplandus est Christus
- et redimendus de periculo captivitatis, qui nos de diaboli
- faucibus exuit, nunc ipse qui manet et habitat in nobis de
- barbarorum manibus exuatur, et redimatur nummaria quantitate
- qui nos cruce redemit et sanguine...
-
- Quantus vero communis omnibus nobis moeror atque cruciatus
- est de periculo virginum quae illic tenentur; pro quibus
- non tantum libertatis, sed et pudoris iactura plangenda
- est, nec tam vincula barbarorum quam lenonum et lupanarium
- stupra deflenda sunt, ne membra Christo dicata et in aeternum
- continentiae honorem pudica virtute devota, insultantium
- libidine et contagione foedentur? Quae omnia istic secundum
- litteras vestras fraternitas nostra cogitans et dolenter
- examinans; prompte omnes et libenter ac largiter subsidia
- nummaria fratribus contulerunt...
-
- Missimus autem sextertia centum millia nummorum, quae istic in
- ecclesia cui de Domini indulgentia praesumus, cleri et plebis
- apud nos consistentis collatione, collecta sunt, quae vos
- illic pro vestra diligentia dispensabitis...
-
- Si tamen ad explorandam nostri animi charitatem, et examinandi
- nostri pectoris fidem tale aliquid acciderit, nolite cunctari
- nuntiare haec nobis litteris vestris, pro certo habentes
- ecclesiam nostram et fraternitatem istic universam, ne haec
- ultra fiant precibus orare, si facta fuerint, libenter et
- largiter, subsidia praestare.» (Epist. 60)...
-
- Véase, pues, cómo el celo de la Iglesia por la redención
- de los cautivos, que tan vivo se desplegó siglos después,
- había comenzado ya en los primeros tiempos; y se fundaba en
- los grandes y elevados motivos que divinizan en cierto modo
- la obra, asegurando, además, á quien la ejerce, una corona
- inmarcesible.
-
- En las obras de San Gregorio se hallarán también importantes
- noticias sobre este punto (V. L. 3, ep. 16; L. 4, ep. 17; L.
- 6, ep. 35; L. 7, ep. 26, 28 y 38; L. 9, ep. 17.)
-
-
- (Concilium Masticonense secundum, anno 585.)
-
- Los bienes de la Iglesia se empleaban en la redención de los
- cautivos.
-
- «Unde statuimus ac decernimus, ut nos antiquus a fidelibus
- reparetur; et decimas ecclesiasticis famulantibus ceremoniis
- populus omnis inferat, quas sacerdotes aut in pauperum
- usum, _aut in captivorum redemptionem praerogantes_, suis
- orationibus pacem populo ac salutem impetrent: si quis autem
- contumax nostris statutis saluberrimis fuerit, a membris
- ecclesiae omni tempore separetur.» (Can. 5.)
-
-
- (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)
-
- Se permite quebrar los vasos sagrados para expenderlos en la
- redención de cautivos.
-
- «Si quis episcopus, excepto si evenerit ardua necessitas
- pro redemptione captivorum, ministeria sancta frangere pro
- qualicumque conditione praesumpserit, ab officio cessabit
- ecclesiae.» (Can. 22.)
-
-
- (Concilium Lugdunense tertium, anno 683.)
-
- Se ve, por el siguiente canon, que los obispos daban á los
- cautivos cartas de recomendación; y se prescribe en él que se
- pongan en ellas la fecha y el precio del rescate; y que se
- expresen también las necesidades de los cautivos.
-
- «Id etiam de epistolis placuit captivorum, ut ita sint sancti
- pontifices cauti, ut in servitio pontificibus consistentibus,
- qui eorum manu vel subscriptione agnoscat epistolae aut
- quaelibet insinuationum litterae dari debeant, quatenus de
- subscriptionibus nulla ratione possit Deo propitio dubitare:
- et epistola commendationis pro necessitate cuiuslibet
- promulgata dies datarum et pretia constituta, vel necessitates
- captivorum quos cum epistolis dirigunt, ibidem inserantur.»
- (Can. 2.)
-
-
- (Synodus S. Patricii Auxilii et Isernini Episcoporum in
- Hibernia celebrata, circa annum Christi 450, vel 456.)
-
- Excesos á que eran llevados algunos eclesiásticos por un celo
- indiscreto á favor de los cautivos.
-
- «Si quis clericorum voluerit iuvare captivo com suo pretio
- illi subveniat, nam si per furtum illum inviolaberit,
- blasphemantur multi clerici per unum latronem, qui sic fecerit
- excommunionis sit.» (Can. 32.)
-
-
- (Ex epistolis S. Gregorii.)
-
- La Iglesia gastaba sus bienes en el rescate de los cautivos,
- y, aun cuando con el tiempo tuvieran facultades para
- reintegrarla de la cantidad adelantada, ella no quería
- semejante reintegro: les condonaba generosamente el precio del
- rescate.
-
- «Sacrorum canonum statuta et legalis permitit auctoritas,
- licite res ecclessiasticas in redemptionem captivorum impendi.
- Et ideo, quia edocti a vobis sumus, ante annos fere 18
- reverendissimum quemdam Fabium, Episcopum Ecclesia Firmanae,
- libras 11 argenti de eadem ecclesia pro redemptione vestra, ac
- patris vestri Passivi, fratris et coepiscopi nostri, tunc vero
- clerici, necnon matris vestrae, hostibus impedisse, atque ex
- hoc quamdam formidinem vos habere, ne hoc quod datum est, a
- vobis quolibet tempore repetatur, huius praecepti auctoritate
- suspicionem vestram praevidimus auferendam; constituentes,
- nullam vos exinde, haeredesque vestros quolibet tempore
- repetitionis molestiam sustinere, nec a quoquam vobis aliquam
- obiici quaestionem.» (Libro 8, ep. 14, et hab. Caus. 12, Q. 2,
- C. 15.)
-
-
- (Concilium Vernense secundum, anno 884.)
-
- Los bienes de la Iglesia servían para el rescate de los
- cautivos.
-
- «Ecclessiae facultates quas reges et reliqui christiani
- Deo voverunt, ad alimentum servorum Dei et pauperum, ad
- exceptionem hospitum, _redemptionis captivorum_, atque
- templorum. Dei instaurationem, nunc in usu saecularium
- detinentur. Hinc multi servi Dei pecuniam cibi et potus ac
- vestimentorum patiuntur, pauperes consuetam eleemosynam non
- accipiunt, negliguntur hospites, _fraudantur captivi_, et fama
- omnium meritu laceratur.» (Can. 12.)
-
- Es digno de notarse en el canon anterior el uso que hacía
- la Iglesia de sus bienes; pues que vemos que, á más de la
- manutención de los clérigos y los gastos del culto, servían
- para el socorro de pobres, de peregrinos, y para el rescate de
- los cautivos. Hago aquí esta observación, porque se ofrece la
- oportunidad; y no porque sea el canon citado el único texto en
- que pueda fundarse la prueba del buen uso que hacía la Iglesia
- de sus bienes. Muchos son los cánones que podrían citarse,
- empezando desde los llamados apostólicos; siendo de notar
- la expresión de que se valen á veces para afear la maldad
- de los que se apoderaban de los bienes eclesiásticos, ó los
- administraban mal. _Pauperum necatores, matadores de pobres_,
- se los llama, para dar á entender que uno de los principales
- objetos de esos bienes era el socorro de los necesitados.
-
-
- § IV
-
-
- (Concilium Lugdunense secundum, anno 566.)
-
- Se excomulga á los que atentan contra la libertad de la
- personas.
-
- «Et quia peccatis facientibus multi in perniciem animae suae
- ita conati sunt, aut conantur assurgere, ut animas longa
- temporis quiete sine ulla status sui competitione viventes,
- nunc improba proditione atque traditione, aut captivaverint
- aut captivare conentur, si iuxta praeceptum domini regis
- emendare distulerint, quosque hos quos obduxerunt, in loco
- in quo longum tempus quiete vixerint, restaurare debeant,
- ecclesiae communione priventur.» (Can. 3.)
-
- Del canon que acabo de citar se infiere que era muy general el
- abuso de apelar los particulares á la violencia para reducir
- á esclavitud á personas libres. Tal era en aquella época
- la situación de Europa, á causa de las irrupciones de los
- bárbaros, que el poder público era débil en extremo, ó, mejor
- podríamos decir, que no existía. Por esto es muy bello el ver
- á la Iglesia salir en apoyo del orden público, y en defensa de
- la libertad, excomulgando á los que atacaban y menospreciaban
- así el precepto del rey: _praeceptum domini regis_.
-
-
- (Concilium Rhemense, anno 625 vel 630.)
-
- Se reprime el mismo abuso que en el canon anterior.
-
- «Si quis ingenuum aut liberum ad servitium inclinare voluerit,
- an fortasse iam fecit, et commonitus ab episcopo se de
- inquietudine eius revocare neglexerit, aut emendare noluerit,
- tanquam calumniae reum placuit sequestrari.» (Can. 17.)
-
-
- (Concilium Confluentium, anno 922.)
-
- Se declara reo de homicidio al que seduce á un cristiano y lo
- vende.
-
- «Item interrogatum est, quid de eo faciendum sit qui
- christianum hominem seduxerit, et sic vendiderit; responsumque
- est ab omnibus, homicidii reatum, ipsum hominem sibi
- contrahere.» (Can. 7.)
-
-
- (Concilium Londinense, anno 1102.)
-
- Se prohibe el comercio de hombres que se hacía en Inglaterra,
- vendiéndolos como brutos animales.
-
- «Nequis illud _nefarium negotium_ quo hactenus in Anglia
- solebant homines sicut bruta animalia venundari, deinceps
- ullatenus facere praesumat.»
-
- Echase de ver, por el canon que acabo de citar, cuánto se
- adelantaba la Iglesia en todo lo perteneciente á la verdadera
- civilización. Estamos en el siglo XIX, y se mira como un
- notable paso dado por la civilización moderna, el que las
- grandes naciones europeas firmen tratados para reprimir el
- tráfico de los negros; y por el canon citado se ve que, á
- principios del siglo XI, cabalmente en la misma ciudad de
- Londres, donde se ha firmado últimamente el famoso convenio,
- se prohibía el tráfico de hombres, calificándole cual merece.
- _Nefarium negorium: detestable negocio_, le apellida el
- concilio; _tráfico infame_, le llame la civilización moderna,
- heredando, sin advertirlo, sus pensamientos y hasta sus
- palabras de aquellos hombres á quienes se apellida _bárbaros_,
- de aquellos obispos á quienes se ha calumniado, pintándolos
- poco menos que como una turba de conjurados contra la libertad
- y la dicha del género humano.
-
-
- (Synodus incerti loci, circa annum 616.)
-
- Se manda que las personas que se hubiesen vendido ó empeñado,
- vuelvan _sin dilación_ al estado de libertad, así que
- devuelvan el precio; y se dispone que no se les pueda exigir
- más de lo que hubiesen recibido.
-
- «De ingenuis qui se pro pecunia aut alia re vendiderint, vel
- oppignoraverint, placuit ut quandoquidem pretium, quantum
- pro ipsis datum est, invenire potuerunt, absque dilatione
- ad statum suae conditionis reddito pretio reformentur, nec
- amplius quam pro eis datum est requiratur. Et interim,
- si vir ex ipsis, uxorem ingenuam habuerit, aut mulier
- ingenuum habuerit maritum filii qui ex ipsis nati fuerint in
- ingenuitate permaneant.» (Can. 14.)
-
- Es tan importante el canon del concilio que acabo de citar,
- celebrado, según opinan algunos, en Boneuil, que bien merece
- que se hagan sobre él algunas reflexiones. Cabalmente esta
- disposición tan benéfica en que se concedía al vendido el
- volver á la libertad, una vez satisfecho el precio que había
- recibido en la venta, atajaba un mal que debía de estar muy
- arraigado en las Galias, pues que databa de muy antiguo;
- supuesto que sabemos por César, citado ya en el texto, que
- muchos, acosados por la necesidad, se vendían para salir de
- situaciones apuradas.
-
- Es también muy digno de notarse lo que se dispone en el mismo
- canon con respecto á los hijos de la persona vendida; pues,
- ora sea el padre, ora la madre, se prescribe que, en ambos
- casos, los hijos sean libres; derogándose aquí la tan sabida
- regla del derecho civil: _partus sequitur ventrem_.
-
-
- § V
-
-
- (Concilium Aurelianense tertium, anno 538.)
-
- Se prohibe el devolver á los judíos los esclavos refugiados
- en las iglesias, si hubieren buscado este asilo, ó bien
- por obligarlos los amos á cosas contrarias á la religión
- cristiana, bien por haber sido maltratados después de haberlos
- sacado antes del asilo de la iglesia.
-
- «De mancipiis christianis, quae in iudaeorum servitio
- detinentur, si eis quod christiana religio vetat, a dominis
- imponitur, aut si eos quos de ecclesia excusatos tollent,
- pro culpa quae remissa est, affligere aut caedere fortasse
- praesumpserint, et ad ecclesiam iterato confugerint,
- nullatenus a sacerdote reddantur, nisi pretium offeratur
- ac detur, quod mancipia ipsa valere pronuntiaverit iusta
- taxatio.» (Can. 13.)
-
-
- (Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)
-
- Se manda observar lo mandado en el precedente concilio del
- mismo nombre, en el canon arriba citado.
-
- «Cum prioribus canonibus iam fuerit definitum, ut de mancipiis
- christianis, quae apud iudaeos sunt, si ad ecclesiam
- confugerint, et redimi se postulaverint, etiam ad quoscumque
- christianos refugerint, et servire iudaeis noluerint,
- taxato et oblato a fidelibus iusto pretio, ab eorum dominio
- liberentur, ideo statuimus, ut tam iusta constitutio ab
- omnibus catholicis conservetur.» (Can. 30.)
-
- (Ibíd.) Se castiga con la pérdida de todos los esclavos al
- judío que pervierte á un esclavo cristiano.
-
- «Hoc etiam decernimus observandum, ut quicumque iudaeus.
- proselytum, qui advena dicitur, iudaeum facere praesumpserit,
- aut christianum factum ad iudaicam superstitionem adducere;
- vel si iudaeus christianam ancillam suam sibi crediderit
- sociandum; vel si de parentibus christianis natum, iudaeum
- sub promissione fecerit libertatis, mancipiorum amissione
- multetur.» (Can. 31.)
-
-
- (Concilium Masticonense primum, anno 581.)
-
- Se prohibe á los judíos el tener en adelante esclavos
- cristianos, y con respecto á los existentes, se permite á
- cualquier cristiano el rescatarlos, pagando al dueño judío 12
- sueldos.
-
- «Et liceat quid de christianis qui aut de captivitatis
- incursu, aut fratribus iudaeorum servitio implicantur,
- debeat observari, non solum canonicis statutis, sed et
- legum beneficio pridem fuerit constitutum; tamen quia
- nunc item quorundam querela exorta est, quosdam iudaeos,
- per civitates aut municipia consistentes, in tantam
- insolentiam et proterviam prorrupisse, ut nec reclamantes
- christianos liceat vel pretio de eorum servitute absolvi;
- idcirco praesenti concilio, Deo auctore, sancimus ut nullus
- christianus iudaeos deinceps debeat deservire; sed datis pro
- quolibet bono mancipio 12 solidis, ipsum mancipium quicumque
- christianus, seu ad ingenuitatem, seu ad servitium, licentiam
- habeat redimendi: quia nefas est, ut quos Christus dominus
- sanguinis sui effusione redemit, persecutorum vinculis maneant
- irretiti. Quod si acquiescere his quae statuimus quicumque
- iudaeus noluerit, quamdiu ad pecuniam constitutam venire
- distulerit, liceat mancipio ipsi cum christianis ubicumque
- voluerit habitare. Illud etiam specialiter sancientes, quod
- si qui iudaeus christianum mancipium ad errorem iudaicum
- convictus fuerit suassisse, ut ipse mancipio careat et legandi
- damnatione plectatur.» (Can. 16.)
-
- El canon que antecede, equivale á poco menos que un decreto
- de entera emancipación de los esclavos cristianos; porque,
- si los judíos quedaban inhibidos de adquirir nuevos esclavos
- cristianos, y los que tenían, podían ser rescatados por
- cualquier cristiano, claro es que la puerta quedaba abierta
- de tal suerte á la caridad de los fieles, que por necesidad
- hubo de disminuirse en gran manera el número de los esclavos
- cristianos que gemían en poder de los judíos. Y no es esto
- decir que estas disposiciones canónicas surtiesen desde luego
- todo el efecto que se proponía la Iglesia; pero sí que,
- siendo éste el único poder que á la sazón permanecía en pie,
- y que ejercía influencia sobre los pueblos, debían de ser sus
- disposiciones sumamente provechosas á aquellos en cuyo favor
- se establecían.
-
-
- (Concilium Toletanum tertium, anno 589.)
-
- Se prohibe á los judíos el adquirir esclavos cristianos. Si un
- judío induce al judaísmo, ó circuncida á un esclavo cristiano,
- éste queda libre, sin que haya de pagarse nada al dueño.
-
- «Suggerente concilio, id gloriosissimus dominus noster,
- canonibus inserendum praecipit, ut iudaeis non liceat
- christianas habere uxores, _neque mancipia comparare in usus
- proprios_.»
-
- «Si qui vero christiani ab eis iudaico ritu sunt maculati,
- vel etiam circumcissi, non reddito pretio ad libertatem et
- religionem redeant christianam.» (Can. 14.)
-
- Es notable este canon, ya porque defendía la conciencia
- del esclavo, ya porque imponía al dueño una pena favorable
- á la libertad. De esta clase de penas para reprimir la
- arbitrariedad de los amos que violentaban la conciencia de
- los esclavos, encontramos un ejemplo muy curioso en el siglo
- siguiente, en una colección de leyes de Ina, rey de los
- sajones occidentales. Helo aquí:
-
-
- (Leges Inae Regis Saxonum Occidiorum, anno 692.)
-
- Si un amo hace trabajar á su esclavo en domingo, el esclavo
- queda libre.
-
- «Si servus operatur die dominica per praeceptura domini sui,
- sit liber.» (Leg. 3.)
-
-
- OTRO EJEMPLO
-
- (Concilium Berghamstedae anno 5.º Withredi Regis Cantii, id est
- Christi 697: sub Bertualdo Cantuariensi archiepiscopo celebratum.
- Haec sunt iudicia Withredi Regis Cantuariorum.)
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-Si un amo da de comer carne á un esclavo en día de ayuno, éste queda
-libre.
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-«Si quis servo suo carnem in ieiunio dediderit comedendam, servus liber
-exeat.» (Can. 15.)
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-(Concilium Toletanum quartum, anno 633.)
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-Se prohibe enteramente á los judíos el tener esclavos cristianos;
-disponiéndose que, si algún judío contraviene á lo mandado aquí, se le
-quiten los esclavos y éstos alcancen del príncipe la libertad.
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-«Ex decreto gloriosissimi principis hoc sanctum elegit concilium, ut
-iudaeis non liceat christianos servos habere, nec christiana mancipia
-emere, nec cuiusquam consequi largitate: nefas est enim ut membra
-Christi serviant Antichristi ministris. Quod si deinceps servos
-christianos, vel ancillas iudaei habere praesumpserint, sublati ab
-eorum dominatu libertatem a principe consequantur.» (Can. 66.)
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-(Concilium Rhemense, anno 625.)
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-Se prohibe vender esclavos cristianos á los gentiles ó judíos; y se
-anulan esas ventas si se hicieren.
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-«Ut christiani iudaeis vel gentilibus non vendantur; et si quis
-christianorum necessitate cogente mancipia sua christiana elegerit
-venundanda, non aliis nisi tantum christianis expendat. Nam si
-paganis aut iudaeis vendiderit, communione privetur, et emptio careat
-firmitate.» (Can. 11.)
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-Ninguna precaución era excesiva en aquellos calamitosos tiempos. A
-primera vista podría parecer que semejantes disposiciones eran efecto
-de la intolerancia de la Iglesia con respecto á los judíos y á los
-gentiles; y, sin embargo, era en realidad un dique contra la barbarie
-que lo iba invadiendo todo; una garantía de los derechos más sagrados
-del hombre: garantía tanto más necesaria cuanto puede decirse que todas
-las otras habían desaparecido. Léase, ó si no el documento que sigue
-á continuación, donde se ve que algunos llegaban hasta el horrible
-extremo de vender sus esclavos á los gentiles para sacrificarlos.
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-(Gregorius Papa III, ep. I ad Bonifacium Archiepiscoporum; anno 731.)
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-«Hoc quoque inter alia crimina agi in partibus illis dixisti, quod
-quidam ex fidelibus ad _immolandum_ paganis sua venundent mancipia.
-Quod ut magnopere corrigere debeas fratres commonemus, nec sinas fieri
-ultra; scelus est enim et impietas. Eis ergo qui haec perpetraverunt,
-similem homicidiae indices poenitentiam.»
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-Estos excesos debían de llamar en gran manera la atención, pues que
-vemos que el concilio de Ciptines, celebrado en el año 743, vuelve
-á insistir en lo mismo, prohibiendo que los esclavos cristianos se
-entreguen á gentiles.
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-«Et ut mancipia christiana paganis non tradantur.» (Can. 7.)
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-(Concilium Cabilonense, anno 650.)
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-Se prohibe vender un esclavo cristiano fuera del territorio comprendido
-en el reino de Clodoveo.
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-«Pietatis est maxime et religionis intuitus, ut captivitatis vinculum
-omnino a christianis redimatur. Unde Sancta Synodus noscitur censuisse,
-ut nullus mancipium extra fines vel terminos, qui ob regnum domini
-Clodovei regis pertinent, debeat venundare, ne quod obsit, per tale
-commercium, aut captivitatis vinculo, vel quod peius est, iudaica
-servitute mancipia christiana teneantur implicita.» (Can. 9.)
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-El antecedente canon en que se prohibe la venta de los esclavos
-cristianos fuera del territorio del reino de Clodoveo, por temor de
-que caiga el esclava en poder de paganos, ó de judíos; y el otro del
-concilio de Reims copiado más arriba en que se encuentra una especie
-semejante, son notables bajo dos aspectos: 1.º En cuanto manifiestan
-el sumo respeto que se ha de tener al alma del hombre, aunque sea
-esclavo; pues que se prohibe el venderlo allí donde pueda hallarse en
-un compromiso la conciencia de vendido; respeto que era muy importante
-sostener, así para desarraigar las erradas doctrinas antiguas sobre
-este punto, como por ser el primer paso que debía darse para llegar á
-la emancipación. 2.º Limitándose la facultad de vender, se entrometía
-la ley en esa clase de propiedad, distinguiéndola de las demás, y
-colocándola en una categoría diferente, y más elevada: esto era un paso
-muy adelantado para declarar guerra abierta á esa misma propiedad,
-pasando á abolirla por medios legítimos.
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-(Concilium decimum Toletanum, anno 656.)
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-Se reprende severamente á los clérigos que vendían sus esclavos á
-judíos y se les conmina con penas terribles.
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-«Septimae collationis immane satis et infandum operationis studium
-nunc sanctum nostrum adiit concilium; quo plerique ex sacerdotibus
-et Levitis, qui pro sacris ministeriis, et pietatis studio,
-gubernationisque augmento sanctae ecclesiae deputati sunt officio,
-malunt imitari turbam malorum, potius quam sanctorum patrum insistere
-mandatis: ut ipsi etiam qui redimere debuerunt, venditiones facere
-intendant, quos Christi sanguine praesciunt esse redemptos; ita
-dumtaxat ut eorum dominio qui sunt empti in rito Iudaismi convertantur
-opressi, et fit execrabile commercium ubi nitente Deo iustum et sanctum
-adesse conventum; quia maiorum canones vetuerunt ut nullus iudaeorum
-coniugia vel servitia habere praesumat de christanorum coetu.»
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-Sigue reprendiendo elocuentemente á los culpables, y luego continúa:
-«Si quis enim post hanc definitionem talia agere tentaverit, noverit se
-extra ecclesiam fieri, et praesenti, et futuro iudicio cum Iuda simili
-poena percelli, dummodo Dominum denuo proditionis pretio malunt ad
-iracundiam provocare.» (Can. 7.)
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-§ VI
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-Manumisión que hace el Papa San Gregorio I de dos esclavos de la
-Iglesia romana; texto notable en que explica el Papa los motivos que
-inductan á los cristianos á manumitir sus esclavos.
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-«Cum Redemptor noster totius conditor creaturae ad hoc propitiatus
-humanam voluerit carnem assumere, ut divinitatis suae gratia, diruto
-quo tenebamur captivi vinculo servitutis, pristinae nos restitueret
-libertati; salubriter agitur, si homines quos ab initio natura creavit
-liberos et protulit, et ius gentium iugo substituit servitutis, in
-ea natura in qua nati fuerant, manumitentis beneficio, libertati
-reddantur. Atque ideo pietatis intuitu, et huius rei consideratione
-permoti, vos Montanam atque Thomam famulos Sanctae Romanae Ecclesiae,
-cui Deo adiutore deservimus, liberos ex hac die civesque Romanos
-efficimus, omneque vestrum vobis relaxamus servitutis peculium.» (S.
-Greg., L. 5, ep. 12.)
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-(Concilium Agathense, anno 506.)
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-Se manda que los obispos respeten la libertad de los manumitidos por
-sus predecesores. Se indica la facultad que tenían los obispos de
-manumitar á los esclavos beneméritos, y se fija la cantidad que podían
-donarles para su subsistencia.
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-«Sane si quos de servis ecclesiae benemeritos sibi episcopus libertate
-donaverit collatam libertatem a successoribus placuit custodiri cum
-ho quod eis manumissor in libertate contulerit, quod tamen iubemus
-viginti solidorum numerum, et modum in terrula, vineola, vel hospitiola
-tenere. Quod amplius datum fuerit, post manumissoris mortem ecclesia
-revocabit.» (Can. 7.)
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-(Concilium Aurelianense quartum, anno 541.)
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-Se manda devolver á la Iglesia lo empeñado ó enajenado por el obispo,
-que nada le haya dejado de bienes propios; pero se exceptúan de esta
-regla los esclavos manumitidos, quienes deberán quedar en libertad.
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-«Ut episcopus qui de facultate propria ecclesiae nihil relinquit,
-de ecclesiae facultate si quid aliter quam canones eloquuntur
-obligaverit, vendiderit, aut distraxerit, ad ecclesiam revocetur.
-Sane si de servis ecclesiae libertos fecerit numero competenti, in
-ingenuitate permaneant, ita ut ab officio ecclesiae non recedant.»
-(Can. 9.)
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-(Synodus Celichytensis, anno 816.)
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-Se ordena que á la muerte de cada obispo se dé libertad á todos sus
-esclavos ingleses. Se dispone la solemnidad que ha de haber en las
-exequias del difunto, previniéndose que, al fin de ellas, cada obispo
-y abad habían de manumitir tres esclavos, dándoles á cada uno tres
-sueldos.
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-«Decimo iubetur, et hoc firmiter statuimus asservandum, tam in nostris
-diebus, quamque etiam futuris temporibus, omnibus successoribus
-nostris qui post nos illis sedibus ordinentur quibus ordinati sumus:
-ut quandocumque aliquis ex numero episcoporum migraverit de saeculo,
-hoc pro anima illius praecipimus, ex substantia uniuscumque rei
-decimam partem dividere, ad distribuere pauperibus in eleemosynam,
-sive in pecoribus, et armentis, scu de ovibus et porcis, vel etiam in
-cellariis, _necnon omnem hominem Anglicum liberare, qui in diebus suis
-sit servituti subiectus_, ut per illud sui proprii laboris fructum
-retributionis percipere mereatur, et indulgentiam peccatorum. Nec
-ullatenus ab aliqua persona huic capitulo contradicatur, sed magis,
-prout condecet, a successoribus augeatur, et eius memoria semper in
-posterum per universas ecclesias nostrae ditioni subiectas cum Dei
-laudibus habeatur et honoretur. Prorsus orationes et eleemosynas
-quae inter nos specialiter condictam habemus, id est, ut statim per
-singulas parochias in singulis quibusque ecclesiis, pulsato signo,
-omnis famulorum Dei coetus ad basilicam conveniant, ibique pariter XXX
-psalmos pro defuncti animae decantent. Et postea unusquisque antistes
-et abbas sexcentos psalmos, et centum viginti missas celebrare faciat,
-_et tres homines liberet, et eorum cuilibet tres solidos distribuat_.»
-(Can. 10.)
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-(Concilium Ardamachiense in Hibernia celebratum anno 1171:)
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-(Ex Giraldo Cambrensi, cap. 28 Hiberniae expugnatae.)
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-Curioso documento en que se refiere la generosa resolución tomada en
-el concilio de Armach en Irlanda, de dar libertad á todos los esclavos
-ingleses.
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-«His completis convocatos apud Ardamachiam totius Hiberniae clero, et
-super advenarum in insulam adventu tractato diutius et deliberato,
-tandem communis omnium in hoc sententia resedit; propter peccata
-scilicet populi sui, eoque praecipue quod Anglos olim, tam a
-mercatoribus, quam praedonibus atque piratis, emere passim, et in
-servitutem redigere consueverant, divinae, censura vindictae hoc eis
-incomodum accidisse, ut et ipsi quoque ab eadem gente in servitutem
-vice reciproca iam redigantur. Anglorum namque populus adhuc integro
-eorum regno, communi gentis vitio liberos suos venales exponere, et
-priusquam inopiam ullam aut inediam sustinerent, filios proprios et
-cognatos in Hiberniam vendere consueverant. Unde et probabiliter credi
-potest, sicut venditores olim, ita emptores, tam enormi delicto iuga
-servitutis iam meruisse. Decretum est itaque in praedicto concilio,
-et cum universitatis consensu publice statutum, ut Angli ubique
-per insulam, servitutis vinculo mancipati, in pristinam revocentur
-libertatem.»
-
-En el documento que se acaba de leer, es digno sobremanera de notarse
-cómo influían las ideas religiosas en amansar las feroces costumbres
-de los pueblos. Sobreviene una calamidad pública, y he aquí que
-desde luego se encuentra la causa de ella en la indignación divina,
-ocasionada por el tráfico que hacían los irlandeses comprando esclavos
-ingleses á los mercaderes, y á los bandoleros y piratas.
-
-No deja también de ser curioso el ver que por aquellos tiempos eran
-los ingleses tan bárbaros, que vendían á sus hijos y parientes, á
-la manera de los africanos de nuestros tiempos. Y esto debía de ser
-bastante general, pues que leemos en el lugar arriba copiado: que esto
-era _común vicio de aquellos pueblos_; _communi gentis vitio_. Así se
-concibe mejor cuán necesaria era la disposición insertada más arriba,
-del concilio de Londres, celebrado en 1102, en que se prohibe ese
-infame tráfico de hombres.
-
-
-(Ex concilio apud Silvanectum, anno 864.)
-
-Los esclavos de la Iglesia no deben permutarse con otros; á no ser que
-por la permuta se les dé libertad.
-
-«Mancipia ecclesiastica, nisi ad libertatem, non convenit commutari;
-videlicet ut mancipia, quae pro eclesiastico homine dabuntur, in
-Ecclesiae servitute permaneant, et ecclesiasticus homo, qui commutatur,
-fruatur perpetua libertate. Quod enim semel Deo consecratum est, ad
-humanus usus transferri non decet.» (V. Decret. Greg. IX. L. 3, Tit.
-19, cap. 3.)
-
-
-(Ex eodem, anno 864.)
-
-Contiene la misma especie que el anterior; y además se deduce de el que
-los fieles, en remedio de sus almas, acostumbraban ofrecer sus esclavos
-á Dios y á los santos.
-
-«Iniustum videtur et impium, ut mancipia, quae fideles Deo, et
-Sanctis eius pro remedio animae suae consecrarunt, cuiuscumque
-muneris mancipio, vel commutationis commercio iterum in servitutem
-saecularium redigantur, cum canonica auctoritas servos tantummodo
-permittat distrahi fugitivos. Et ideo ecclaesiarum Rectores summopere
-caveant, ne eleemosyna unius, alterius peccatum fiat. Et est absurdum
-ut ab ecclesiastica dignitate servus discedens, humanae sit obnoxius
-servituti. (Ibíd., cap. 4.)
-
-
-(Concilium Romanum sub S. Gregorio I, anno 597.)
-
-Se ordena que se dé libertad á los esclavos que quieran abrazar la vida
-monástica, previas las precauciones que pudiesen probar la verdad de la
-vocación.
-
-«Multos de ecclesiastica seu saeculari familia, novimus ad omnipotentis
-Dei servitium festinare ut ab humana servitute liberi in divino
-servitio valeant familiarius in monasteriis conservari, quos si passim
-dimittimus, omnibus fugiendi ecclesiastici iuris dominium occasionem
-praebemus: si vero festinantes ad omnipotentis Dei servitium, incaute
-retinemus, illi invenimur negare quaedam qui dedit omnia. Unde necesse
-est, ut quisquis ex iuris ecclesiastici vel saecularis militiae
-servitute ad Dei servitium converti desiderat, probetur prius in laico
-habitu constitutus: et si mores eius atque conversatio bona desiderio
-eius testimonium ferunt, absque retractatione servire in monasterio
-omnipotenti Domino permittatur, ut ab humano servitio liber recedat qui
-in divino obsequio districtiorem appetit servitutem.» (S. Greg., Epist.
-44., Lib. 4.)
-
-
-(Ex epistolis Gelasii Papae.)
-
-Se reprime el abuso que iba cundiendo de ordenar á los esclavos sin
-consentimiento de sus dueños.
-
-«Ex antiquis regulis et novella synodali explanatione comprehensum est,
-personas obnoxias servituti, cingulo coelestis militiae non praecingi.
-Sed nescio utrum ignorantia an voluntate rapiamini, _ita ut ex hac
-causa nullus pene Episcoporum videatur extorris_. Ita enim nos frequens
-et plurimorum querela nos circumstrepit, ut ex hac parte nihil penitus
-potetur constitutum.» (Distin. 54, c. 9.)
-
-«_Frequens equidem, et assidua nos querela circumstrepit_ de his
-pontificibus, qui nec antiquas regulas nec decreta nostra noviter
-directa cogitantes, obnoxias possesionibus obligatasque personas,
-venientes ad clericalis officii cingulum non recusant.» (Ibíd., c. 10.)
-
-«Actores siquidem filiae nostrae illustris et magnificae feminae,
-Maximae petitori nobis insinuatione conquesti sunt, Sylvestrum atque
-Candidum, originarios suos, contra constitutiones quae supradictae
-sunt, et contradictione praeeunte a Lucerino Pontifice Diaconos
-ordinatos.» (Ibíd, c. 11.)
-
-«_Generalis etiam querelae vitanda praesumptio est, qua propemodum
-causantur universi_, passim servos et originarios, dominorum iura,
-possesionumque fugientes, sub religiosae conversationis obtentu,
-vel ad monasteria sese conferre, vel ad ecclesiasticum famulatum,
-conniventibus quippe praesulibus, indifferenter admitti. Quae modis
-omnibus est amovenda pernicies, ne per christiani nominis institutum
-aut aliena pervadi, aut publica videatur disciplina subverti.» (Ibíd.,
-c. 12.)
-
-
-(Concilium Emeritense, anno 666.)
-
-Se permite á los párrocos el escoger de entre los siervos de la Iglesia
-algunos para clérigos.
-
-«Quidquid unanimiter digne disponitur in sancta Dei ecclesia,
-necessarium est ut a parochitanis presbyteris custoditum maneat. Sunt
-enim nonnulli qui ecclessiarum suarum res ad plenitudinem habent et
-sollicitudo illis nulla est habendi clericos cum quibus omnipotenti
-Deo laudum debita persolvant officia. Proinde instituit haec sancta
-synodus ut omnes parochitani presbyteri, iuxta ut in rebus sibi a Deo
-creditis sentiunt habere virtutem, de ecclesiae suae familia clericos
-sibi faciant; quos per bonam voluntatem ita nutriant, ut et officium
-sanctum digne peragant, et ad servitium suum aptos eos habeat. Hi etiam
-victum et vestitum dispensatione presbyteri merebuntur, et domino et
-presbytero suo, atque utilitati ecclesiae fideles esse debent. Quod
-si inutiles apparuerint, ut culpa patuerit, correptione disciplinae
-feriantur: si quis presbyterorum hanc sententiam minime custodierit et
-non adimpleverit, ab episcopo suo corrigatur: ut plenissime custodiat,
-quod digne iubetur.» (Can. 18.)
-
-
-(Concilium Toletanum nonum, anno 655.)
-
-Se dispone que los obispos den libertad á los esclavos de la Iglesia
-que hayan de ser admitidos en el clero.
-
-«Qui ex familiis ecclesiae servituri devocantur in clerum ab Episcopis
-suis, necesse est, ut libertatis percipiant donum: et si honestae vitae
-claruerint meritis, tunc demum maioribus fungantur officiis.» (Can. 11.)
-
-
-(Concilium quartum Toletanum, anno 633.)
-
-Se permite ordenar á los esclavos de la Iglesia dándoles antes libertad.
-
-«De familiis ecclesiae constituere presbyteros et diaconos per
-parochias liceat; quos tamen vitae rectitudo et probitas morum
-comendat: ea tamen ratione, _ut antea manumissi libertatem status sui
-percipiant_, et denuo ad ecclesiasticos honores succedant; irreligiosum
-est enim obligatos existere servituti, qui sacri ordinis suscipiunt
-dignitatem.» (Can. 74.)
-
-
-§VII
-
-Visto ya cuál fué la conducta de la Iglesia con respecto á la
-esclavitud en Europa, excitase, naturalmente, el deseo de saber cómo se
-ha portado en tiempos más recientes con relación á los esclavos de las
-otras partes del mundo. Afortunadamente puedo ofrecer á mis lectores
-un documento, que, al paso que manifiesta cuáles son en este punto las
-ideas y los sentimientos del actual pontífice Gregorio XVI, contiene,
-en pocas palabras, una interesante historia de la solicitud de la Sede
-Romana, en favor de los esclavos de todo el universo. Hablo de unas
-letras apostólicas contra el tráfico de negros, publicadas en Roma en
-el día 3 de noviembre de 1839. Recomiendo encarecidamente su lectura,
-porque ellas son una confirmación auténtica y decisiva, de que la
-Iglesia ha manifestado siempre y manifiesta todavía, en este gravísimo
-negocio de la esclavitud, el más acendrado espíritu de caridad, sin
-herir en lo más mínimo la justicia, ni desviarse de lo que aconseja la
-prudencia.
-
-
-Gregorio PP. XVI ad futuram rei memoriam.
-
-«Elevado al grado supremo de dignidad apostólica, y siendo, aunque sin
-merecerlo, en la tierra vicario de Jesucristo Hijo de Dios, que por su
-caridad excesiva se dignó hacerse hombre y morir para redimir al género
-humano, hemos creído que corresponde á nuestra pastoral solicitud hacer
-todos los esfuerzos para apartar á los cristianos del tráfico que están
-haciendo con los negros y con otros hombres, sean de la especie que
-fueren. Tan luego como comenzaron á esparcirse las luces del Evangelio,
-los desventurados que caían en la más dura esclavitud, y en medio de
-las infinitas guerras de aquella época, vieron mejorarse su situación
-porque los apóstoles, inspirados por el espíritu de Dios, inculcaban
-á los esclavos la máxima de obedecer á sus señores temporales como al
-mismo Jesucristo, y á resignarse con todo su corazón á la voluntad
-de Dios; pero, al mismo tiempo, imponían á los dueños el precepto de
-mostrarse humanos con sus esclavos, concederles cuanto fuese justo y
-equitativo, y no maltratarlos, sabiendo que el Señor de unos y otros
-está en los cielos, y que para El no hay acepción de personas.
-
-»La Ley Evangélica, al establecer de una manera universal y fundamental
-la caridad sincera para con todos, y el Señor declarando que miraría
-como hechos ó negados á sí mismo, todos los actos de beneficencia y de
-misericordia hechos ó negados á las pobres y á los débiles, produjo,
-naturalmente, el que los cristianos, no sólo mirasen como hermanos á
-sus esclavos sobre todo cuando se habían convertido al Cristianismo,
-sino que se mostrasen inclinados á dar la libertad á aquellos que por
-su conducta se hacían acreedores á ella, lo cual acostumbraban hacer,
-particularmente en las fiestas solemnes de Pascuas, según refiere San
-Gregorio de Nicea. Todavía hubo quienes inflamados de la caridad más
-ardiente, cargaron ellos mismos con las cadenas para rescatar á sus
-hermanos, y un hombre apostólico, nuestro predecesor el Papa Clemente
-I, de santa memoria, atestigua haber conocido á muchos que hicieron
-esta obra de misericordia; y ésta es la razón por que, habiéndose
-disipado con el tiempo las supersticiones de los paganos, y habiéndose
-dulcificado las costumbres de los pueblos más bárbaros, gracias á los
-beneficios de la fe, movida por la caridad, las cosas han llegado al
-punto de que hace muchos siglos no hay esclavos en la mayor parte de
-las naciones cristianas.
-
-»Sin embargo, y lo decimos con el dolor más profundo, todavía se
-vieron hombres, aun entre cristianos, que, vergonzosamente cegados
-por el deseo de una ganancia sórdida, no vacilaron en reducir á la
-esclavitud en tierras remotas á los indios, á los negros, y á otras
-desventuradas razas, ó ayudar en tan indigna maldad, ínstituyendo y
-organizando el tráfico de estos desventurados, á quienes otros habían
-cargado de cadenas. Muchos pontífices romanos, nuestros predecesores,
-de gloriosa memoria, no se olvidaron, en cuanto estuvo de su parte,
-de poner un coto á la conducta de semejantes hombres, como contraria
-á su salvación, y degradante para el nombre cristiano; porque ellos
-veían bien que ésta era una de las causas que más influyen para que las
-naciones infieles mantengan un odio constante á la verdadera religión.
-
-»A este fin se dirigen las letras apostólicas de Paulo III de 20 de
-mayo de 1537, remitidas al cardenal arzobispo de Toledo, selladas con
-el sello del Pescador, y otras letras mucho más amplias de Urbano
-VIII de 22 de abril de 1639 dirigidas al colector de los derechos de
-la Cámara apostólica en Portugal; letras en las cuales se contienen
-las más serias y fuertes reconvenciones contra los que se atreven á
-reducir á la esclavitud á los habitantes de la India occidental ó
-meridional, venderlos, comprarlos, cambiarlos, regalarlos, separarlos
-de sus mujeres y de sus hijos, despojarlos de sus bienes, llevarlos
-ó enviarlos á reinos extranjeros, y privarlos de cualquier modo de
-su libertad, retenerlos en la servidumbre, ó bien prestar auxilio y
-favor á los que tales cosas hacen, bajo cualquier causa ó pretexto,
-ó predicar ó enseñar que esto es lícito, y por último cooperar á
-ello de cualquier modo. Benedicto XIV confirmó después y renovó
-estas prescripciones de los Papas ya mencionados, por nuevas letras
-apostólicas á los obispos del Brasil y de algunas otras regiones en
-20 de diciembre de 1741, en las que excita con el mismo objeto la
-solicitud de dichos obispos.
-
-»Mucho antes, otro de nuestros predecesores más antiguos, Pío II, en
-cuyo pontificado se extendió el dominio de los portugueses en la
-Guinea y en el país de los negros, dirigió sus letras apostólicas en 7
-de octubre de 1482 al obispo de Ruvo, cuando iba á partir para aquellas
-regiones, en las que no se limitaba únicamente á dar á dicho prelado
-los poderes convenientes para ejercer en ellas el santo ministerio
-con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión para censurar
-severamente la conducta de los cristianos que reducían á los neófitos
-á la esclavitud. En fin, Pío VII en nuestros días, animado del mismo
-espíritu de caridad y de religión que sus antecesores, interpuso con
-celo sus buenos oficios cerca de los hombres poderosos, para hacer
-que cesase enteramente el tráfico de los negros entre los cristianos.
-Semejantes prescripciones y solicitud de nuestros antecesores nos han
-servido, con la ayuda de Dios, para defender á los indios y otros
-pueblos arriba dichos, de la barbarie, de las conquistas y de la
-codicia de los mercaderes cristianos; mas es preciso que la Santa
-Sede tenga por qué regocijarse del completo éxito de sus esfuerzos y
-de su celo, puesto que, si el tráfico de los negros ha sido abolido
-en parte, todavía se ejerce por un gran número de cristianos. Por
-esta causa, deseando borrar semejante oprobio de todas las comarcas
-cristianas, después de haber conferenciado con todo detenimiento con
-muchos de nuestros venerables hermanos, los cardenales de la Santa
-Iglesia romana, reunidos en consistorio, y siguiendo las huellas de
-nuestros predecesores, en virtud de la autoridad apostólica, advertimos
-y amonestamos con la fuerza del Señor á todos los cristianos, de
-cualquiera clase y condición que fuesen, y les prohibimos que ninguno
-sea osado en adelante á molestar injustamente á los indios, á los
-negros ó á otros hombres, sean los que fueren, despojarlos de sus
-bienes ó reducirlos á la esclavitud, ni á prestar ayuda ó favor á
-los que se dedican á semejantes excesos, ó á ejercer un tráfico tan
-inhumano, por el cual los negros, como si no fuesen hombres, sino
-verdaderos impuros animales, reducidos cual ellos á la servidumbre
-sin ninguna distinción, y contra las leyes de la justicia y de la
-humanidad, son comprados, vendidos y dedicados á los trabajos más
-duros, con cuyo motivo se excitan desavenencias, y se fomentan
-continuas guerras en aquellos pueblos por el cebo de la ganancia
-propuesta á los raptores de negros.
-
-»Por esta razón, y en virtud de la autoridad apostólica, reprobamos
-todas las dichas cosas como absolutamente indignas del nombre
-cristiano; y en virtud de la propia autoridad, prohibimos enteramente,
-y prevenimos á todos los eclesiásticos y legos el que se atrevan á
-sostener como cosa permitida el tráfico de negros, bajo ningún pretexto
-ni causa, ó bien predicar y enseñar en público ni en secreto, ninguna
-cosa que sea contraria á lo que se previene en estas letras apostólicas.
-
-»Y con el fin de que dichas letras lleguen á conocimiento de todos,
-y que ninguno pueda alegar ignorancia, decretamos y ordenamos que se
-publiquen y fijen según costumbre, por uno de nuestros oficiales,
-en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles de la
-Cancillería Apostólica, del Palacio de Justicia, del monte Citorio, y
-en el campo de Flora.
-
-»Dado en Roma en Santa María la Mayor, sellado con el sello
-del Pescador á 3 de noviembre de 1839, y el 9.º de nuestro
-pontificado.--Aloisio, cardenal Lambruschini.»
-
-Llamo particularmente la atención sobre el interesante documento que
-acabo de insertar, y que puede decirse que corona magníficamente el
-conjunto de los esfuerzos hechos por la Iglesia para la abolición de
-la esclavitud. Y como en la actualidad sea la abolición del tráfico de
-los negros uno de los negocios que más absorben la atención de Europa,
-siendo el objeto de un tratado concluído recientemente entre las
-grandes potencias, será bien detenernos algunos momentos á reflexionar
-sobre el contenido de las letras apostólicas del Papa Gregorio XVI.
-
-Es digno de notarse, en primer lugar, que ya en 1482 el Papa Pío II
-dirigió sus letras apostólicas al obispo de Ruvo cuando iba á partir
-para aquellas regiones, letras en que no se limitaba únicamente á dar
-á dicho prelado los poderes convenientes para ejercer en ellas el
-santo ministerio con el mayor fruto, sino que tomó de aquí ocasión
-para censurar severamente la conducta de los cristianos que reducían á
-los neófitos á la esclavitud. Cabalmente á fines del siglo XV, cuando
-puede decirse que tocaban á su término los trabajos de la Iglesia
-para desembrollar el caos en que se había sumergido la Europa á causa
-de la irrupción de los bárbaros, cuando las instituciones sociales y
-políticas iban desarrollándose cada día más, formando ya á la sazón un
-cuerpo algo regular y coherente, empieza la Iglesia á luchar con otra
-barbarie que se reproduce en países lejanos, por el abuso que hacían
-los conquistadores de la superioridad de fuerzas y de inteligencia con
-respecto á los pueblos conquistados.
-
-Este solo hecho nos indica que para la verdadera libertad y bienestar
-de los pueblos, para que el derecho prevalezca sobre el hecho y no se
-entronice el mando brutal de la fuerza, no bastan las luces, no basta
-la cultura de los pueblos, sino que es necesaria la religión. Allá
-en tiempos antiguos vemos pueblos extremadamente cultos que ejercen
-las más inauditas atrocidades; y en tiempos modernos, los europeos,
-ufanos de su saber y de sus adelantos, llevaron la esclavitud á
-los desgraciados pueblos que cayeron bajo su dominio. ¿Y quién fué
-el primero que levantó la voz contra tamaña injusticia, contra tan
-horrenda barbarie? No fué la política, que quizás no lo llevaba á mal
-para que así se asegurasen las conquistas; no fué el comercio, que veía
-en ese tráfico infame un medio expedito para sórdidas pero pingües
-ganancias; no fué la filosofía, que, ocupada en comentar las doctrinas
-de Platón y Aristóteles, no se hubiera quizás resistido mucho á que
-renaciese para los países conquistados la degradante teoría de las
-_razas nacidas para la esclavitud_; fué la religión católica, hablando
-por boca del Vicario de Jesucristo.
-
-Es ciertamente un espectáculo consolador para los católicos el que
-ofrece un pontífice romano condenando, hace ya cerca de cuatro siglos,
-lo que la Europa, con toda su civilización y cultura, viene á condenar
-ahora; y con tanto trabajo, y todavía con algunas sospechas de miras
-interesadas por parte de alguno de los promovedores. Sin duda que
-no alcanzó el pontífice á producir todo el bien que deseaba; pero
-las doctrinas no quedan estériles, cuando salen de un punto desde el
-cual pueden derramarse á grandes distancias, y sobre personas que las
-reciben con acatamiento, aun cuando no sea sino por respeto á aquel
-que las enseña. Los pueblos conquistadores eran á la sazón cristianos,
-y cristianos sinceros; y así es indudable que las amonestaciones del
-Papa, transmitidas por boca de los obispos y demás sacerdotes, no
-dejarían de producir muy saludables efectos. En tales casos, cuando
-vemos una providencia dirigida contra un mal, y notamos que el mal
-ha continuado, solemos equivocarnos, pensando que ha sido inútil, y
-que quien la ha tomado no ha producido ningún bien. No es lo mismo
-extirpar un mal que disminuirle; y no cabe duda en que, si las bulas
-de los Papas no surtían todo el efecto que ellos deseaban, debían
-de contribuir al menos á atenuar el daño, haciendo que no fuese tan
-desastrosa la suerte de los infelices pueblos conquistados. El mal que
-se previene y evita no se ve, porque no llega á existir, á causa del
-preservativo; pero se palpa el mal existente, éste nos afecta, éste nos
-arranca quejas, y olvidamos con frecuencia la gratitud debida á quien
-nos ha preservado de otros más graves. Así suele acontecer con respecto
-á la religión. Cura mucho, pero todavía precave más que no cura,
-porque, apoderándose del corazón del hombre, ahoga muchos males en su
-misma raíz.
-
-Figurémonos á los europeos del siglo XV, invadiendo las Indias
-orientales y occidentales, sin ningún freno, entregados únicamente á
-las instigaciones de la codicia, á los caprichos de la arbitrariedad,
-con todo el orgullo de conquistadores, y con todo el desprecio
-que debían de inspirarles los indios, por la inferioridad de sus
-conocimientos, y por el atraso de su civilización y cultura; ¿qué
-hubiera sucedido? Si es tanto lo que han tenido que sufrir los pueblos
-conquistados, á pesar de los gritos incesantes de la religión, á pesar
-de su influencia en las leyes y en las costumbres, ¿no hubiera llegado
-el mal á un extremo intolerable, á no mediar esas poderosas causas que
-le salían sin cesar al encuentro, ora previniéndole ora atenuándole? En
-masa hubieran sido reducidos á la esclavitud los pueblos conquistados,
-en masa se los hubiera condenado á una degradación perpetua, en masa se
-los hubiera privado para siempre, hasta de la esperanza de entrar un
-día en la carrera de la civilización.
-
-Deplorable es, por cierto, lo que han hecho los europeos con los
-hombres de las otras razas; deplorable es, por cierto, lo que todavía
-están haciendo algunos de ellos; pero al menos no puede decirse que la
-religión católica no se haya opuesto con todas sus fuerzas á tamaños
-excesos, al menos no puede decirse que la Cabeza de la Iglesia haya
-dejado pasar ninguno de esos males, sin levantar contra ellos la voz,
-sin recordar los derechos del hombre, sin condenar la injusticia y sin
-execrar la crueldad, sin abogar por la causa del linaje humano, no
-distinguiendo razas, climas ni colores.
-
-¡De dónde le viene á Europa ese pensamiento elevado, ese sentimiento
-generoso, que la impulsan á declararse tan terminantemente contra
-el tráfico de hombres, que la conducen á la completa abolición de
-la esclavitud en las colonias! Cuando la posteridad recuerde esos
-hechos tan gloriosos para la Europa, cuando los señale para fijar una
-nueva época en los anales de la civilización del mundo, cuando busque
-y analice las causas que fueron conduciendo la legislación y las
-costumbres europeas hasta esa altura; cuando elevándose sobre causas
-pequeñas y pasajeras, sobre circunstancias de poca entidad, sobre
-agentes muy secundados, quiera buscar el principio vital que impulsaba
-á la civilización europea hacia término tan glorioso, encontrará que
-ese principio era el Cristianismo. Y cuando trate de profundizar más y
-más en la materia, cuando investigue si fué el Cristianismo bajo una
-forma general y vaga, el Cristianismo sin autoridad, el Cristianismo si
-el Catolicismo, he aquí lo que le enseñará la historia. El Catolicismo
-dominando solo, exclusivo, en Europa, abolió la esclavitud en las
-razas europeas; el Catolicismo, pues, introdujo en la civilización
-europea el principio de la abolición de la esclavitud; manifestando
-con la práctica que no era necesaria en la sociedad como se había
-creído antiguamente, y que para desarrollarse una civilización grande y
-saludable era necesario empezar por la santa obra de la emancipación.
-El Catolicismo inoculó, pues, en la civilización europea el principio
-de la abolición de la esclavitud; á él se debe, pues, si, dondequiera
-que esta civilización ha existido junto con esclavos, ha sentido
-siempre un profundo malestar que indicaba bien á las claras que había
-en el fondo de las cosas dos principios opuestos dos elementos en
-lucha, que habían de combatir sin cesar hasta que prevaleciendo el
-más poderoso, el más noble y fecundo, pudiese sobreponerse al otro,
-logrando primero sojuzgarle, y no parando hasta aniquilarle del todo.
-Todavía más: cuando se investigue si en la realidad vienen los hechos
-á confirmar esa influencia del Catolicismo, no sólo por lo que toca á
-la civilización de Europa, sino también de los países conquistados por
-los europeos en los tiempos modernos, así en Oriente como en Occidente,
-ocurrirá desde luego la influencia que han ejercido los prelados y
-sacerdotes católicos en suavizar la suerte de los esclavos en las
-colonias, se recordará lo que se debe á las misiones católicas, y se
-producirán, en fin, las letras apostólicas de Pío II, expedidas en
-1482, y mencionadas más arriba, las de Paulo III en 1537, las de Urbano
-VIII en 1639, las de Benedicto XIV en 1741 y las de Gregorio XVI en
-1839.
-
-En esas letras se encontrará, ya enseñado y definido, todo cuanto se ha
-dicho y decirse puede en este punto en favor de la humanidad; en ellas
-se encontrará reprendido, condenado, castigado, lo que la civilización
-europea se ha resuelto al fin á condenar y castigar; y cuando se
-recuerde que fué también un Papa, Pío VII, quien en el presente siglo
-_interpuso con celo su mediación y sus buenos oficios con los hombres
-poderosos, para hacer que cesase enteramente el tráfico de negros entre
-los cristianos_, no podrá menos de reconocerse y confesarse que el
-Catolicismo ha tenido la principal parte en esa grandiosa obra, dado
-que él es quien ha fundado el principio en que ella se funda, quien ha
-establecido los precedentes que la guían, quien ha proclamado sin cesar
-las doctrinas que la inspiran, quien ha condenado siempre las que se
-le oponían, quien se ha declarado en todos tiempos en guerra abierta
-con la crueldad y la codicia, que venían en apoyo y fomento de la
-injusticia y de la inhumanidad.
-
-El Catolicismo, pues, ha cumplido perfectamente su misión de paz y de
-amor, quebrantando sin injusticias ni catástrofes las cadenas en que
-gemía una parte del humano linaje; y las quebrantaría del todo en las
-cuatro partes del mundo, si pudiese dominar por algún tiempo en Asia
-y en África, haciendo desaparecer la abominación y el envilecimiento,
-introducidos y arraigados en aquellos infortunados países por el
-mahometismo y la idolatría.
-
-Doloroso es, á la verdad, que el Cristianismo no haya ejercido todavía
-sobre aquellos desgraciados países toda la influencia que hubiera sido
-menester para mejorar la condición social y política de sus habitantes,
-por medio de un cambio en las ideas y costumbres; pero, si se buscan
-las causas de tan sensible retardo, no se encontrarán, por cierto,
-en la conducta del Catolicismo. No es éste el lugar de señalarlas;
-pero, reservándome hacerlo después, indicaré entre tanto que no cabe
-escasa responsabilidad al Protestantismo por los obstáculos que, como
-demostraré á su tiempo, ha puesto á la influencia universal y eficaz
-del Cristianismo sobre los pueblos infieles.
-
-En otro lugar de esta obra me propongo examinar detenidamente tan
-importante materia, lo que hace que me contente aquí con esta ligera
-indicación.
-
-
- FIN DE LAS NOTAS
-
-
-
-
- ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS Y MATERIAS
- DEL
- TOMO PRIMERO
-
-
- PÁG.
-
- Prólogo. Objeto de la obra. 5
-
- Capítulo I. Naturaleza y nombre del Protestantismo. 9
-
- Cap. II. Investigación de las causas del Protestantismo. Examen
- de la influencia de sus fundadores. Varias causas que
- se le han señalado. Equivocaciones que se han padecido en
- este punto. Opiniones de Guizot y de Bossuet. Se designa la
- verdadera causa del hecho, fundada en el mismo estado social
- de los pueblos europeos. 15
-
- Cap. III. Nueva demostración de la divinidad de la Iglesia
- católica sacada de sus relaciones con el espíritu humano.
- Fenómeno extraordinario que se presenta en la Cátedra de
- Roma. Superioridad del Catolicismo sobre el Protestantismo.
- Confesión notable de Guizot; sus consecuencias. 37
-
- Cap. IV. El Protestantismo lleva en su seno un principio
- disolvente. Tiende de suyo al aniquilamiento de todas las
- creencias. Peligrosa dirección que da al entendimiento.
- Descripción del espíritu humano. 46
-
- Cap. V. _Instinto de fe._ Se extiende hasta á las ciencias.
- Newton. Descartes. Observaciones sobre la historia de la
- filosofía. Proselitismo. Actual situación del entendimiento. 54
-
- Cap. VI. Diferentes necesidades religiosas de los pueblos, en
- relación á los varios estados de su civilización. Sombras
- que se encuentran al acercarse á los primeros principios de
- las ciencias. Ciencias matemáticas. Carácter particular de
- las ciencias morales. Ilustración de algunos ideólogos
- modernos. Error cometido por el Protestantismo en la dirección
- religiosa del espíritu humano. 63
-
- Cap. VII. Indiferencia y fanatismo: dos extremos opuestos
- acarreados á la Europa por el Protestantismo. Origen del
- fanatismo. Servicio importante prestado por la Iglesia á la
- _historia del espíritu humano_. La Biblia abandonada al examen
- privado, sistema errado y funesto del Protestantismo. Texto
- notable de O'Callaghan. Descripción de la Biblia. 71
-
- Cap. VIII. El fanatismo. Su definición. Sus relaciones con el
- _sentimiento religioso_. Imposibilidad de destruirle. Medios de
- atenuarle. El Catolicismo ha puesto en práctica esos medios,
- muy acertadamente. Observaciones sobre los pretendidos
- fanáticos católicos. Verdadero carácter de la exaltación
- religiosa de los fundadores de órdenes religiosas. 79
-
- Cap. IX. La incredulidad y la indiferencia religiosa, acarreadas
- á la Europa por el Protestantismo. Síntomas fatales que
- se manifestaron desde luego. Notable crisis religiosa ocurrida
- en el último tercio del siglo XVII. Bossuet y Leibnitz.
- Los jansenistas: su influencia. Diccionario de Bayle:
- observaciones sobre la época de su publicación. Deplorable
- estado de las creencias entre los protestantes. 86
-
- Cap. X. Se resuelve una importante cuestión sobre la duración
- del Protestantismo. Relaciones del individuo y de la
- sociedad con el indiferentismo religioso. Las sociedades
- europeas con respecto al mahometismo y al paganismo. Cotejo
- del Catolicismo y Protestantismo en la defensa de la
- verdad. Íntimo enlace del Cristianismo con la civilización
- europea. 96
-
- Cap. XI. Doctrinas del Protestantismo. Su clasificación en
- positivas y negativas. Fenómeno muy singular: la civilización
- europea ha rechazado uno de los dogmas más principales
- de los fundadores del Protestantismo. Servicio importante
- prestado á la civilización europea por el Catolicismo, con
- la defensa del libre albedrío. Carácter del error. Carácter de
- la verdad. 103
-
- Cap. XII. Examen de los efectos que produciría en España el
- Protestantismo. Estado actual de las ideas religiosas. Triunfos
- de la religión. Estado actual de la ciencia y de la literatura.
- Situación de las sociedades modernas. Conjeturas sobre
- su porvenir, y sobre la futura influencia del Catolicismo.
- Sobre las probabilidades de la introducción del Protestantismo
- en España. La Inglaterra. Sus relaciones con España.
- Pitt: Carácter de las ideas religiosas en España. Situación
- de España. Sus elementos de regeneración. 108
-
- Cap. XIII. Empieza el cotejo del Protestantismo con el Catolicismo
- en sus relaciones con el adelanto social de los pueblos.
- _Libertad._ Vago sentido de esta palabra. La civilización
- europea se debe principalmente al Catolicismo. Comparación
- del Oriente con el Occidente. Conjeturas sobre los destinos
- del Catolicismo en las catástrofes que pueden amenazar
- á la Europa. Observaciones sobre los estudios
- filosófico-históricos. Fatalismo de cierta escuela histórica
- moderna. 127
-
- Cap. XIV. Estado religioso, social y científico del mundo á la
- época de la aparición del Cristianismo. Derecho romano.
- Conjeturas sobre la influencia ejercida por las ideas
- cristianas sobre el derecho romano. Vicios de la organización
- política del imperio. Sistema del Cristianismo para regenerar
- la sociedad: su primer paso se dirigió al cambio de las ideas.
- Comparación del Cristianismo con el paganismo en la enseñanza
- de las buenas doctrinas. Observaciones sobre el púlpito
- de los protestantes. 138
-
- Cap. XV. La Iglesia no fué tan sólo una _escuela grande y
- fecunda, sino también una asociación regeneradora_. Objetos que
- tuvo que llenar. Dificultades que tuvo que vencer. _La
- esclavitud._ Quién abolió la esclavitud. Opinión de Guizot.
- Número inmenso de esclavos. Con qué tino debía procederse en la
- abolición de la esclavitud. La abolición repentina era
- imposible. Impúgnase la opinión de Guizot. 152
-
- Cap. XVI. La Iglesia católica empleó para la abolición de la
- esclavitud, no sólo un sistema de doctrinas, y sus máximas
- y espíritu de claridad, sino también un conjunto de medios
- prácticos. Punto de vista desde el cual debe mirarse este
- hecho histórico. Ideas erradas de los antiguos sobre la
- esclavitud. Homero, Platón, Aristóteles. El Cristianismo se
- ocupó desde luego en combatir esos errores. Doctrinas
- cristianas sobre las relaciones entre esclavos y señores. La
- Iglesia se ocupa en suavizar el trato cruel que se daba á los
- esclavos. 161
-
- Cap. XVII. La Iglesia defiende con celo la libertad de los
- manumitidos. Manumisión en las iglesias. Saludables efectos
- de esta práctica. Redención de cautivos. Celo de la Iglesia
- en practicar y promover esta obra. Preocupación de los romanos
- sobre este punto. Influencia que tuvo en la abolición de la
- esclavitud el celo de la Iglesia por la redención de los
- cautivos. La Iglesia protege la libertad de los ingenuos. 176
-
- Cap. XVIII. Sistema seguido por la Iglesia con respecto á los
- esclavos de los judíos. Motivos que impulsaban á la Iglesia
- á la manumisión de sus esclavos. Su indulgencia en este
- punto. Su generosidad para con sus libertos. Los esclavos
- de la Iglesia eran considerados como consagrados á Dios.
- Saludables efectos de esta consideración. Se concede libertad
- á los esclavos que querían abrazar la vida monástica.
- Efectos de esta práctica. Conducta de la Iglesia en la
- ordenación de los esclavos. Represión de abusos que en esta
- parte se introdujeron. Disciplina de la Iglesia de España sobre
- este particular. 186
-
- Cap. XIX. Doctrinas de San Agustín sobre la esclavitud.
- Importancia de estas doctrinas para acarrear su abolición. Se
- impugna á Guizot. Doctrinas de Santo Tomás sobre la misma
- materia. Matrimonio de los esclavos. Disposición del derecho
- canónico sobre este matrimonio. Doctrina de Santo
- Tomás sobre este punto. Resumen de los medios empleados
- por la Iglesia para la abolición de la esclavitud. Impúgnase
- á Guizot. Se manifiesta que la abolición de la esclavitud es
- debida exclusivamente al Catolicismo. Ninguna parte tuvo
- en esta grande obra el Protestantismo. 197
-
-
-
-
-ÍNDICE DE LAS NOTAS
-
-
- PÁG.
-
- (1) Gibbon, y la Historia de las variaciones de los
- protestantes, de Bossuet. 207
-
- (2) Intolerancia de Lutero y demás corifeos del
- Protestantismo. 207
-
- (3) _Protestantismo_: origen de este nombre. 209
-
- (4) Observaciones sobre los nombres. 209
-
- (5) Abuso. 210
-
- (6) Unidad y concierto del Catolicismo. Feliz pensamiento de
- San Francisco de Sales. 211
-
- (7) Confesiones de los más distinguidos protestantes sobre la
- debilidad del Protestantismo. Lutero, Melanchton,
- Calvino, Reza, Grocio, Papín, Puffendorf, Leibnitz.
- Descubrimiento importante de una obra póstuma de Leibnitz
- sobre la religión. 213
-
- (8) Ciencias humanas. Luis Vives. 215
-
- (9) Ciencias matemáticas. Eximeno, jesuíta español. 216
-
- (10) Herejías de los primeros siglos. Su carácter. 217
-
- (11) Superstición y fanatismo de los protestantes. El diablo de
- Lutero. La fantasma de Zuinglio. Los pronósticos de
- Melanchton. Matías Harlem. El sastre de Leyde, rey de
- Sión. Hermán, Nicolás, Hacket, y otros visionarios y
- fanáticos. 217
-
- (12) Sobre las visiones de los católicos. Santa Teresa. Las
- visiones de esta Santa. 221
-
- (13) Mala fe de los fundadores del Protestantismo. Textos
- notables que la manifiestan. Estragos que hizo desde luego
- la incredulidad. Gruet. Pasajes notables de Montaigne. 223
-
- (14) Las extravagancias de las primeras herejías como muestra
- del estado de la _ciencia_ en aquellos tiempos. 226
-
- (15) Cánones y otros documentos que manifiestan la solicitud
- de la Iglesia en aliviar la suerte de los esclavos, y los
- diferentes medios de que se valió para llevar á cabo la
- abolición de la esclavitud. 227
-
- (§1) Cánones dirigidos á suavizar el trato de los esclavos. 228
-
- (§2) Cánones dirigidos á la defensa de la libertad de los
- manumitidos, y á la protección de los libertos
- recomendados á la Iglesia. 230
-
- (§3) Cánones y otros documentos con respecto á la redención de
- cautivos. 232
-
- (§4) Cánones relativos á la defensa de la libertad de los
- ingenuos. (Al principiar el canon del Concilium Lugdunense
- secundum, anno 566). 236
-
- (§5) Cánones sobre los esclavos de los judíos. 238
-
- (§6) Cánones sobre las manumisiones que hacía la Iglesia de
- sus esclavos. 243
-
- (§7) Letras apostólicas del Papa Gregorio XVI sobre el tráfico
- de negros. Doctrinas, conducta é influencia del Catolicismo
- sobre la abolición de este tráfico, y de la esclavitud
- en las colonias. 248
-
-
-
-
- EL PROTESTANTISMO
- COMPARADO CON
- EL CATOLICISMO
-
-
- TOMO SEGUNDO
-
-
-
-
-CAPITULO XX
-
-
-El más bello timbre de la civilización europea, la conquista más
-preciosa en favor de la humanidad, cual es la abolición de la
-esclavitud, ya hemos visto á quién se debe: á la Iglesia católica: por
-medio de sus doctrinas tan benéficas como elevadas, y de un sistema
-tan eficaz como prudente, con su generosidad sin límites, su celo
-incansable, su firmeza invencible, abolió la esclavitud en Europa;
-es decir, dió el primer paso que debía darse en la regeneración de
-la humanidad, sentó la primera piedra que debía sentarse en el hondo
-y anchuroso cimiento de la civilización europea: _la emancipación de
-los esclavos, la abolición para siempre de este estado tan degradante:
-la libertad universal_. Sin levantar antes al hombre de ese abyecto
-estado, sin alzarle sobre el nivel de los brutos, no era posible crear
-ni organizar una civilización llena de grandor y dignidad; porque,
-dondequiera que se ve á un hombre acurrucado á los pies de otro hombre,
-esperando con ojo inquieto las órdenes de su amo, ó temblando medroso
-al solo movimiento de un látigo; dondequiera que el hombre es vendido
-como un bruto, estimadas todas sus facultades, y hasta su vida, por
-algunas monedas, allí la civilización no se desenvolverá jamás cual
-conviene: siempre será flaca, enfermiza, falseada, porque, donde esto
-se verifica, la humanidad lleva en su frente una marca de ignominia.
-
-Probado, pues, que fué el Catolicismo quien quitó de en medio ese
-obstáculo á todo adelanto social, limpiando, por decirlo así, á la
-Europa de esa repugnante lepra que la infestaba de pies á cabeza,
-entremos ahora en la investigación de lo que hizo el Catolicismo
-para levantar el grandioso edificio de la civilización europea; que,
-si reflexionamos seriamente cuanto ella entraña de vital y fecundo,
-encontraremos nuevos y poderosos títulos que merecen á la Iglesia
-católica la gratitud de los pueblos. Y ante todo será bien echar
-una ojeada sobre el vasto é interesante cuadro que nos presenta la
-civilización europea, resumiendo en pocas palabras sus principales
-perfecciones; pues que de esta manera podremos más fácilmente darnos
-razón á nosotros mismos de la admiración que nos causa, y del
-entusiasmo que nos inspira. El individuo, con un vivo sentimiento de su
-dignidad, con un gran caudal de laboriosidad, de acción y energía, y
-con un desarrollo simultáneo de todas sus facultades; la mujer, elevada
-al rango de compañera del hombre, y compensado, por decirlo así, el
-deber de la sujeción con las respetuosas consideraciones de que se la
-rodea; la blandura y firmeza de los lazos de familia, con poderosas
-garantías de buen orden y de justicia; una admirable conciencia
-pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de justicia y
-de equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia que
-sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente que
-el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos; cierta
-suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita grandes
-catástrofes, y en medio de la paz hace la vida más dulce y apacible; un
-profundo respeto al hombre y á su propiedad, que hace tan raras las
-violencias particulares, y sirve de saludable freno á los gobernantes
-en toda clase de formas políticas: un vivo anhelo de perfección en
-todos ramos; una irresistible tendencia, errada á veces, pero siempre
-viva, á mejorar el estado de las clases numerosas; un secreto impulso
-á proteger la debilidad, á socorrer el infortunio, impulso que á veces
-se desenvuelve con generoso celo, y, cuando no, permanece siempre
-en el corazón de la sociedad causándole el malestar y la desazón de
-un remordimiento; un espíritu de universalidad, de propagación, de
-cosmopolitismo; un inagotable fondo de recursos para remozarse sin
-perecer, para salvarse en las mayores crisis; una generosa inquietud
-que se empeña en adelantarse al porvenir, y de que resultan una
-agitación y un movimiento incesantes, algo peligrosos á veces, pero
-que son comunmente el germen de grandes bienes, y señal de un poderoso
-principio de vida: he aquí los grandes caracteres que distinguen á la
-civilización europea, he aquí los rasgos que la colocan en un puesto
-inmensamente superior á todas las demás civilizaciones antiguas y
-modernas.
-
-Leed la historia, desparramad vuestras miradas por todo el orbe, y
-dondequiera que no reina el Cristianismo, si no prevalece la vida
-bárbara ó la salvaje, hallaréis, por lo menos, una civilización que en
-nada se parece á la nuestra, que ni aun remotamente puede comparársele.
-Veréis algunas de esas civilizaciones con cierta regularidad, con
-señales de firmeza, pues que duran al través de largos siglos; pero,
-¿cómo duran? Sin caminar, sin moverse, porque carecen de vida, porque
-su regularidad y duración son la de una estatua de mármol, que
-inmóvil ve pasar ante sí numerosas generaciones. Pueblos hubo también
-con una civilización que rebosaba de actividad y movimiento; pero,
-¿qué actividad? ¿qué movimiento? Unos, dominados por el espíritu
-mercantil, no aciertan á fundar sobre sólida base su felicidad
-interior, sólo saben abordar á nuevas playas que ofrezcan cebo á su
-codicia, desembarazándose del excedente de la población por medio
-de las colonias, y estableciendo en el nuevo país crecido número de
-factorías; otros, disputando y combatiendo eternamente por la mayor
-ó menor latitud de la libertad política, olvidan su organización
-social, no cuidan de su libertad civil, y, revolviéndose turbulentos en
-estrechísimo círculo de espacio y de tiempo, no serían dignos siquiera
-de que la posteridad conservara sus nombres, si no brillara entre ellos
-con indecible encanto el genio de lo bello, si en los monumentos de su
-saber no reflejaran, como en un claro espejo, algunos hermosos rayos
-de la ciencia tradicional del Oriente; otros, grandiosos y terribles á
-la verdad, pero trabajados sin cesar por las disensiones intestinas,
-llevan esculpido en su frente el formidable destino de la conquista,
-le cumplen avasallando el mundo, y caminan desde luego á su ruina
-por un rapidísimo declive, en que nada los puede contener; otros,
-por fin, exaltados por un violento fanatismo, se levantan como las
-olas azotadas por el huracán, se arrojan sobre los demás pueblos como
-inundación devastadora, y amenazan arrastrar en su fragosa corriente
-á la misma civilización cristiana; pero es en vano su esfuerzo, se
-estrellan sus oleadas contra una resistencia invencible; redoblan sus
-acometidas, pero siempre forzadas á retroceder, y á tenderse de nuevo
-sobre su lecho con un sordo bramido. Y ahora, vedlos allá al Oriente,
-cual parecen un turbio charco que los ardores del sol acaban de secar;
-vedlos allá los hijos y sucesores de Mahoma y de Omar, vedlos allá de
-rodillas á las plantas del poderío europeo, mendigando una protección
-que por ciertas miras se les dispensa, pero con desdeñoso desprecio.
-
-Éste es el cuadro que nos ofrecen todas las civilizaciones antiguas y
-modernas, excepto la europea, es decir, la cristiana. Sólo ella abarca
-á la vez todo lo grande y lo bello que se encuentra en las demás;
-sólo ella atraviesa las más profundas revoluciones, sin perecer; sólo
-ella se extiende á todas las razas, se acomoda á todos los climas,
-se aviene con las más variadas formas políticas; sólo ella se enlaza
-amigablemente con todo linaje de instituciones, mientras pueda circular
-por su corazón cual fecundante savia, produciendo gratos y saludables
-frutos para bien de la humanidad.
-
-¿Y de dónde habrá recibido la civilización europea su inmensa
-superioridad sobre todas las otras? ¿De dónde ha salido tan gallarda,
-tan rica, tan variada y fecunda, con ese sello de dignidad, de nobleza
-y elevación, sin castas, sin esclavos, sin eunucos, sin esas miserias
-que cual asquerosa lepra encontramos en los demás pueblos antiguos y
-modernos? ¡Ah! los europeos nos lamentamos á menudo, y tan sentidamente
-cual hacerlo pudo ningún pueblo; y no reflexionamos que somos los hijos
-mimados de la Providencia, y que, si es verdad que sufrimos males,
-patrimonio inseparable de la humanidad, son, empero, muy ligeros,
-nulos, en comparación de los que sufrieron y sufren los demás pueblos.
-Por lo mismo que es grande nuestra dicha, somos más descontentadizos,
-y, por decirlo así, más melindrosos; sucediéndonos lo que á un hombre
-de distinguida clase, acostumbrado á vivir rodeado de consideración
-y respeto en medio de las comodidades y regalos: una leve palabra le
-indigna, la más pequeña molestia le mortifica y desazona; sin reparar
-que hay tantos hombres desnudos, y transidos de miseria, que no pueden
-cubrir su desnudez sino con algunos harapos, ni apagar su hambre sino
-con algunos mendrugos, todo recogido al través de mil repulsas y
-bochornos.
-
-Al contemplar la civilización europea, hieren el ánimo tantas y tan
-varias impresiones, agólpase tal tropel de objetos como demandando
-consideración y preferencia, que, si bien la imaginación se recrea con
-la magnificencia y hermosura del cuadro, el entendimiento se abruma,
-no atinando fácilmente por dónde se deba empezar el examen. El mejor
-recurso, en tales casos, es la simplificación, descomponiendo el
-objeto complexo, y reduciéndolo todo á sus elementos más simples.
-_El individuo_, _la familia_, _la sociedad_: he aquí lo que debemos
-examinar á fondo, he aquí lo que ha de ser el blanco de nuestras
-investigaciones; que, si llegamos á comprenderlo bien, tal como es en
-sí y prescindiendo de ligeras variaciones que no afectan su esencia, la
-civilización europea, con todas sus riquezas, con todos sus secretos,
-se desenvolverá á nuestros ojos, como sale de entre las sombras una
-campiña abundante y amena al bañarla los rayos de la aurora.
-
-Debe la civilización europea todo cuanto es y todo cuanto tiene, á la
-posesión en que está de las principales verdades sobre el individuo,
-sobre la familia y sobre la sociedad; se han comprendido en Europa
-mejor que en ninguna otra parte la verdadera naturaleza, las verdaderas
-relaciones, el verdadero fin de estos objetos; se tienen sobre ellos
-ideas, sentimientos, miras de que se careció en otras civilizaciones; y
-estas ideas y sentimientos están grabados fuertemente en la fisonomía
-de los pueblos europeos, inoculados en sus leyes, en sus costumbres,
-en sus instituciones, en su lenguaje; se respiran con el aire, porque
-traen impregnada nuestra atmósfera como un aroma vivificante. Y es
-porque de largos siglos abriga en su seno la Europa un principio
-robusto que los conserva, propaga y aplica; es porque en las épocas más
-trabajosas en que disuelta la sociedad tuvo que formarse de nuevo, fué
-cabalmente cuando este principio regenerador disfrutó de más influjo
-y prepotencia. Pasaron los tiempos, sobrevinieron grandes mudanzas,
-el Catolicismo sufrió alternativas en su poder é influencia sobre la
-Europa; pero la civilización, que era su obra, era demasiado sólida
-para ser fácilmente destruída; el impulso era sobrado fuerte y certero
-para que se perdiera fácilmente el rumbo; la Europa era un joven en
-la flor de sus años, dotado de complexión robusta, y en cuyas venas
-circula en abundancia la salud y la vida; los excesos del trabajo y de
-la disipación le postran por algún tiempo, le hacen palidecer; pero
-bien pronto recobra su rostro la lozanía y los colores, bien pronto
-recobran sus miembros la agilidad y la fuerza.
-
-
-
-
-CAPITULO XXI
-
-
-El _individuo_: he aquí el elemento más simple de la sociedad; he aquí
-lo primero que debe estar bien constituído, por decirlo así; he aquí lo
-que, en siendo mal comprendido y apreciado, será un eterno obstáculo
-á la medra de la verdadera civilización. Ante todo es necesario
-advertir que aquí se trata sólo del individuo, del hombre tal como
-es en sí, y prescindiendo de las numerosas relaciones que le rodean,
-luego que se pasa á considerarlo como miembro de una sociedad. Mas
-no se crea, por esto, que voy á considerar al hombre en un completo
-aislamiento, llevándole al desierto, reduciéndole al estado salvaje,
-y analizando el individualismo tal como nos le ofrecen algunas hordas
-errantes, excepción monstruosa que sólo ha podido resultar de la
-degradación de la naturaleza humana. Esto equivaldría á resucitar el
-método de Rousseau, método puramente utópico, que sólo puede conducir
-al error y á la extravagancia. Las piezas de una máquina pueden ser
-examinadas aparte, aisladamente, con la mira de comprender mejor su
-construcción peculiar; pero nunca deben olvidarse los usos á que se
-las destina, nunca debe perderse de vista el todo á que pertenecen; de
-otra suerte; el juicio que sobre ellas se forme, no podrá menos de ser
-equivocado. El cuadro más sublime y sorprendente no sería más que una
-ridícula monstruosidad, si se examinaran en completo aislamiento, ó
-en combinaciones arbitrarias, los grupos y las figuras: con semejante
-método podrían convertirse en sueños de un delirante los prodigios de
-Miguel Ángel y Rafael.
-
-Pero, sin olvidar que el hombre no está solo en el mundo, y que no
-ha nacido para vivir solo; sin olvidar que, á más de lo que es en
-sí, forma también parte del gran sistema del universo, y que, á más
-de los destinos que le corresponden como comprendido en el vasto
-plan de la creación, está elevado por la bondad del Criador á otra
-esfera más alta, superior á todo pensamiento terreno; sin prescindir
-de nada de esto, como en buena filosofía no se puede prescindir,
-queda todavía lugar al estudio del individuo, y del individualismo;
-en la consideración del hombre puédese todavía abstraer la calidad
-del ciudadano, abstracción que, lejos de conducirnos á extravagantes
-paradojas, es muy á propósito para comprender á fondo cierta
-particularidad notable que se observa en la civilización europea,
-cierto distintivo que por sí solo no la dejaría confundir con las otras.
-
-Que deba hacerse una distinción entre el hombre y el ciudadano, que
-estos dos aspectos den lugar á consideraciones muy diferentes, nadie
-habrá que no lo perciba fácilmente; pero es tarea algo difícil el
-deslindar hasta dónde se extiendan los resultados de esa distinción,
-hasta qué punto sea conveniente el sentimiento de la independencia
-personal, cuál sea la esfera que deba señalarse al desarrollo puramente
-individual, qué es lo que sobre este particular se encuentra en nuestra
-civilización que no se halle en las otras; es tarea harto difícil
-apreciar debidamente esta diferencia, señalar su origen y objeto, y
-pesar atinadamente cuál ha sido su verdadero influjo en la marcha de
-la civilización. Tarea, repito, muy difícil, porque se encierran aquí
-varias cuestiones, bellas é importantes en verdad, pero delicadas,
-profundas, donde es muy fácil equivocarse, porque es casi imposible
-fijar certeramente la mirada, á causa de que los objetos tienen algo
-de vago, de indeterminado, de aéreo, andan como fluctuando, sólo
-vinculados entre sí por relaciones imperceptibles.
-
-Tropezamos aquí con el famoso _individualismo_, que, según Guizot,
-fué importado por los bárbaros del Norte y representó un papel tan
-descollante, que debe se reconocido como uno de los primeros y más
-fecundos principios de la civilización europea. Analizando el célebre
-publicista los elementos de esta civilización, señalando la parte que
-en su juicio cupo al imperio romano y á la Iglesia, pretende hallar
-algo de singular y muy fecundo en el sentimiento de individualismo
-que traían los germanos consigo, y que inocularon en las costumbres
-europeas.
-
-No será inútil dar razón aquí de la opinión de M. Guizot sobre esta
-importante y delicada materia, porque, al paso que se logrará fijar
-mejor el estado de la cuestión, cosa harto difícil en objetos de suyo
-tan vagos, se disipará la grave equivocación que padecen algunos en
-este punto, debida á la autoridad del citado escritor, que, con los
-recursos de su ingenio y los encantos de su elocuencia, ha hecho
-verosímil y plausible lo que, examinado á fondo, no es más que una
-paradoja.
-
-Como al combatir las opiniones de un escritor debe tenerse el primer
-cuidado en no alterárselas, atribuyéndole lo que en realidad no ha
-dicho, y estando, por otra parte, la materia que nos ocupa tan sujeta á
-equivocaciones, será bien copiar por entero las palabras de M. Guizot.
-«El estado general de la sociedad entre los bárbaros es lo que nos
-importa conocer; y esto cabalmente es muy difícil. Comprendemos sin
-mucho trabajo el sistema municipal romano, y la Iglesia cristiana; su
-influencia se ha perpetuado hasta nuestros días; encontramos su huella
-en muchas instituciones, en hechos que tenemos á la vista, y esto nos
-facilita mil medios de reconocerlos y explicarlos. Nada, empero, ha
-quedado de las costumbres y del estado social de los bárbaros; vémonos
-obligados á adivinar, ora apelando á remotísimos monumentos históricos,
-ora supliendo la falta de esos monumentos con un atrevido esfuerzo de
-imaginación.»
-
-No negaré ser muy poco lo que nos ha quedado de las costumbres de los
-bárbaros, ni disputaré con M. Guizot sobre lo que pueda valer una
-observación que versa sobre hechos en que sea menester _suplir con
-esfuerzos de imaginación lo mucho que de ellos nos falta_, en que
-nos _veamos obligados_ á entrar en la peligrosa y resbaladiza senda
-de _adivinar_; no desconozco lo que son estas materias, y en las
-reflexiones que acabo de hacer sobre la cuestión que nos ocupa, y en
-los términos con que la he calificado, bien se alcanza que no juzgo
-posible andar con la regla y el compás; pero sí que puede servir esto
-para prevenir á los lectores contra la ilusión que pudiera causarles
-una doctrina que, bien profundizada, no es más, repito, que una
-brillante paradoja.
-
-«Hay un sentimiento, un hecho, continúa M. Guizot, que es preciso
-analizar y comprender para pintar con rasgos verídicos á un bárbaro:
-tal es el placer de la independencia individual: el placer de lanzarse
-con su fuerza y su libertad en medio de las vicisitudes del mundo y
-de la vida; los goces de una actividad sin trabajo, la inclinación á
-una vida aventurera, llena de imprevisión, de desigualdad, de peligro.
-Éste era el sentimiento dominante del estado bravío, la necesidad
-moral que ponía en perpetuo movimiento aquellas masas de hombres.
-Viviendo nosotros en medio de una sociedad tan regular, tan uniforme,
-nos es sobremanera difícil representarnos ese sentimiento con todo el
-imperio, con toda la violencia que ejercía sobre los bárbaros de los
-siglos IV y V. Una sola obra he visto en la cual se halla perfectamente
-retratado ese carácter de la barbarie: la Historia de la conquista
-de Inglaterra por los normandos, de M. Thierry, es el solo libro
-en que se ven reproducidos con una exactitud, con una naturalidad
-verdaderamente homéricas, los motivos, las inclinaciones, los impulsos
-que mueven y agitan á los hombres en un estado social próximo á la
-barbarie. En ninguna parte he comprendido, he sentido mejor lo que
-es un bárbaro, lo que es la vida de un bárbaro. Algo semejante se
-encuentra en las novelas de Cooper sobre los salvajes de América, si
-bien, á mi entender, en un grado muy inferior, de una manera menos
-simple, menos verdadera. Vese en la vida de los salvajes americanos,
-en las relaciones que los unen, en los sentimientos que abrigan en
-medio de sus bosques, algún reflejo, alguna analogía que recuerda hasta
-cierto punto la vida y las costumbres de los primitivos germanos.
-Estos cuadros son ciertamente un poco ideales, tienen algo de poético;
-la parte repugnante de las costumbres y de la vida de los bárbaros
-no se presenta en ellos con toda su crudeza; y no hablo solamente de
-los males acarreados por esas costumbres al estado social, sino de la
-situación interior, individual del mismo bárbaro. En esta necesidad
-imperiosa de independencia personal había algo de más material, algo de
-más grosero de lo que se desprende y pudiera deducirse de la obra de M.
-Thierry: dominaba en los bárbaros del Norte cierto grado de brutalidad,
-de embriaguez, de apatía, que no siempre se ven fielmente representadas
-en aquellas narraciones. No obstante, profundizando más y más las
-cosas, á pesar de esa confusa mezcla de brutalidad, de materialismo,
-de egoísmo estúpido, se conoce que aquella pasión por la independencia
-individual es un sentimiento noble, cuyo poder deriva todo de la parte
-superior, de la naturaleza moral del mismo hombre: es el placer de
-sentirse hombre, el sentimiento de la personalidad, de la espontaneidad
-humana en su libre desarrollo.
-
-»Á los bárbaros germanos, señores, debe la moderna civilización ese
-sentimiento desconocido enteramente de los romanos, de la Iglesia, de
-casi todas la civilizaciones antiguas. Cuando en éstas hace algún papel
-la libertad, es la libertad política, la libertad del ciudadano; ésta
-era la que le movía, la que le entusiasmaba; no su libertad personal:
-pertenecía á una asociación, se hallaba consagrado á una asociación,
-y por una asociación estaba pronto á sacrificarse. Lo mismo sucedía
-en la Iglesia cristiana: reinaba entre los fieles un vivo apego á la
-corporación cristiana, un rendido acatamiento, un entero abandono á
-sus leyes, un fuerte empeño de extender su imperio: otras veces el
-sentimiento religioso conducía al hombre á una reacción sobre sí
-mismo, sobre su alma, á una lucha interior, para sojuzgar su libre
-albedrío y someterlo á las inspiraciones de su fe. El sentimiento,
-empero, de independencia personal, ese anhelo de libertad que se
-desarrolla sin otro fin ni objeto que el de complacerse, este
-sentimiento, repito, era desconocido á los romanos y á la sociedad
-cristiana. Los bárbaros le llevaron consigo y le depositaron en la
-cuna de la civilización europea. Tan descollante papel ha en ella
-representado, tan hermosos resultados ha producido, que es imposible
-dejar de reconocerle como uno de sus elementos principales.» (_Historia
-de la civilización europea. Lección II._)
-
-El sentimiento de la independencia personal atribuído exclusivamente á
-un pueblo, ese sentimiento vago, indefinible, con una extraña mezcla de
-noble y de brutal, de bárbaro y de civilizador, tiene algo de poético,
-muy propio para seducir la fantasía; pero, como el contraste mismo con
-que se procura aumentar el efecto de las pinceladas lleva en sí algo de
-extraordinario y hasta contradictorio, la severa razón sospecha algún
-error oculto, y se pone en cautelosa guarda.
-
-Si es verdad que tal fenómeno haya existido, ¿de dónde pudo dimanar?
-¿fué quizás un resultado del clima? Pero ¿cómo es concebible que
-abrigaran los hielos del Norte lo que no abrigaban los ardores del
-Mediodía? ¿cómo es que, desenvolviéndose con tanta fuerza en los países
-meridionales de Europa el sentimiento de la independencia política,
-cabalmente no se encontrara en ellos el sentimiento de la independencia
-personal? ¿no fuera una extrañeza, mejor diré, un absurdo, que los
-climas se hubiesen repartido como patrimonios los sentimientos de las
-dos clases de libertad?
-
-Diráse quizás que procedía este sentimiento del estado social; pero, en
-tal caso, no era menester atribuirle como característico á un pueblo;
-bastaba asentar, en general, que ese sentimiento era propio de los
-pueblos que se hallasen en el estado social de los germanos. Además
-que, si era un efecto del estado social, ¿cómo pudo ser un germen, un
-principio fecundo de civilización, lo que era propio de la barbarie?
-Este sentimiento debiera haberse borrado por la civilización, no
-conservarse en medio de ella, no contribuir á su desarrollo; y, si bajo
-alguna forma debía permanecer, ¿por qué no sucedió lo mismo en otras
-civilizaciones, ya que no fueron, por cierto, los germanos el único
-pueblo que haya pasado de la barbarie á la civilización?
-
-No se pretende, por eso, decir que los bárbaros del Norte no ofrecieran
-bajo este aspecto alguna particularidad notable, ni tampoco que no se
-encuentre en la civilización europea un sentimiento de personalidad,
-por decirlo así, que no se halla en las demás civilizaciones; pero sí
-que para explicar el individualismo de los germanos es poco filosófico
-valerse de misterios y enigmas, sí que para señalar la razón de la
-superioridad que tiene en esta parte la civilización europea, no es
-necesario acudir á la barbarie de los germanos. Si queremos formarnos
-idea cabal de esta cuestión tan complexa é importante, conviene ante
-todo fijar en cuanto cabe la verdadera naturaleza del individualismo
-de los bárbaros. En un opúsculo que di á luz hace algún tiempo, cuyo
-título era: _Observaciones sociales, políticas y económicas sobre
-los bienes del clero_, traté por incidencia de ese individualismo,
-y me esforcé en aclarar sobre este punto las ideas, y, como desde
-entonces no he variado de opinión, antes me he confirmado más en ella,
-trasladaré á continuación lo que allí decía: «¿Qué venía á ser este
-sentimiento? ¿era peculiar de aquellos pueblos, era un resultado de
-las influencias del clima, de una situación social? ¿era tal vez un
-sentimiento, que se halle en todos lugares y tiempos, pero modificado á
-la sazón por circunstancias particulares? ¿Cuál era su fuerza, cuál su
-tendencia, qué encerraba de justo ó de injusto, de noble ó degradante,
-de provechoso ó nocivo? ¿qué bienes llevó á la sociedad, qué males?
-y éstos ¿cómo se combatieron, por quién, y por qué medios, con qué
-resultado? Muchas cuestiones hay encerradas aquí; pero no traen,
-sin embargo, la complicación que pudiera parecer; aclarada una idea
-fundamental, las demás se desenvolverán muy fácilmente; y, simplificada
-la teoría, vendrá luego la historia en su confirmación y apoyo.
-
-»Hay en el fondo del corazón del hombre un sentimiento fuerte,
-vivo, indeleble, que le inclina á conservarse, á evitarse males, y
-á procurarse bienestar y dicha. Llámesele amor propio, instinto de
-conservación, deseo de la felicidad, anhelo de perfección, egoísmo,
-individualismo, llámesele como se quiera, el sentimiento existe: aquí
-dentro le tenemos, no podemos dudar de él; él nos acompaña en todos
-nuestros pasos, en todas nuestras acciones, desde que abrimos los
-ojos á la luz hasta que descendemos al sepulcro. Este sentimiento,
-si bien se le observa en su origen, naturaleza y objeto, no es más
-que una gran ley de todos los seres, aplicada al hombre; ley que,
-siendo una garantía de la conservación y perfección de los individuos,
-contribuye de un modo admirable á la harmonía del universo. Bien claro
-es que semejante sentimiento nos ha de llevar naturalmente á aborrecer
-la opresión, y á experimentar un desagrado por cuanto tiende á
-embarazarnos, ó á coartarnos el uso de nuestras facultades: la razón es
-obvia; todo esto nos causa un malestar, y á semejante estado se opone
-nuestra naturaleza; hasta el niño más tierno sufre ya de mala gana la
-ligadura que le embarga el libre movimiento: se enfada, forceja, llora.
-
-»Además, si por una ú otra causa no carece totalmente el individuo
-del conocimiento de sí mismo; si, por poco que sea, han podido
-desarrollarse algún tanto sus facultades intelectuales, brotará en
-el fondo de su alma otro sentimiento que nada tiene de común con el
-instinto de conservación que impele á todos los seres, otro sentimiento
-que pertenece exclusivamente á la inteligencia: hablo del sentimiento
-de dignidad, del aprecio, de la estimación de nosotros mismos, de ese
-fuego que brota en el corazón de nuestra más tierna infancia, y que,
-nutrido, extendido y avivado con el pábulo que va suministrando el
-tiempo, es capaz de aquella fuerza prodigiosa, de aquella expansión que
-tan inquietos, tan activos, tan agitados nos trae en todos los períodos
-de nuestra vida. La sujeción de un hombre á otro hombre envuelve algo
-que hiere este sentimiento de dignidad; porque, aun suponiendo esta
-sujeción conciliada con toda la libertad y suavidad posibles, con
-todos los respetos á la persona sujeta, revela al menos á ésta alguna
-flaqueza ó necesidad que la obliga á dejarse cercenar algún tanto del
-libre uso de sus facultades: y he aquí otro origen del sentimiento de
-independencia personal.
-
-»Infiérese de lo que acabo de exponer, que el hombre lleva siempre
-consigo el amor á la independencia, que este sentimiento es común á
-todos los tiempos y países, y que no puede ser de otra manera, pues que
-hemos encontrado su raíz en dos sentimientos tan naturales al hombre,
-como son: _el deseo de bienestar, y el sentimiento de su dignidad_.
-
-»Es evidente que en la infinidad de situaciones, física y moralmente
-diversas, en que puede encontrarse el individuo, las modificaciones de
-tales sentimientos podrán también variarse hasta lo infinito; y que
-éstos, sin salir del círculo que les traza su esencia, tienen mucha
-latitud para que sean susceptibles de muy diferentes graduaciones
-en su energía ó debilidad, y para que sean morales ó inmorales,
-justos ó injustos, nobles ó innobles, provechosos ó nocivos, y, por
-consiguiente, para que puedan comunicar al individuo á quien afectan
-mucha diversidad de inclinaciones, de hábitos y costumbres, dando así
-á la fisonomía de los pueblos rasgos muy diferentes, según sea el modo
-particular y característico con que se hallan afectados los individuos.
-Aclaradas ya estas nociones, sin haber dejado nunca de la mano el
-corazón del hombre, queda también manifestado cómo deben resolverse
-todas las cuestiones generales que se habían ofrecido con relación
-al sentimiento de individualismo; echándose de ver también que no es
-menester recurrir á palabras misteriosas, ni á explicaciones poéticas;
-porque nada hay aquí que no pueda sujetarse á riguroso análisis.
-
-»Las ideas que el hombre se forme de su bienestar y dignidad, y los
-medios de que disponga para alcanzar aquél, y conservar ésta, he
-aquí lo que graduará la fuerza, determinará la naturaleza, fijará
-el carácter, señalará la tendencia de todos estos sentimientos;
-es decir, que todo dependerá del estado físico y moral en que se
-hallen la sociedad y el individuo. Y, aun en igualdad de las demás
-circunstancias, dad al hombre las verdaderas ideas de su bienestar y
-dignidad, tales como las enseñan la razón y, sobre todo, la religión
-cristiana, y formaréis un buen ciudadano; dádselas equivocadas,
-exageradas, absurdas, tales como las explican escuelas perversas y como
-las propalan los tribunos de todos los tiempos y países, y sembraréis
-abundante semilla de turbulencias y desastres.
-
-»Falta ahora hacer una aplicación de esta doctrina, para que,
-concretándonos al objeto que nos ocupa, podamos manifestar con toda
-claridad el punto principal que nos hemos propuesto.
-
-»Si fijamos nuestra atención sobre los pueblos que invadieron y
-derribaron el imperio romano, ateniéndonos á los rasgos que sobre
-ellos nos ha conservado la historia, á lo que de sí arrojan las mismas
-circunstancias en que se encontraban, y á lo que en esta materia
-ha podido enseñar á la ciencia moderna la inmediata observación de
-algunos pueblos de América, no nos será imposible formarnos idea de
-cuál era entre los bárbaros invasores el estado de la sociedad y del
-individuo. Situados los bárbaros en su país natal, en medio de sus
-montes y bosques cubiertos de nieve y de escarcha, tenían también
-sus lazos de familia, sus relaciones de parentesco, su religión, sus
-tradiciones, sus hábitos, sus costumbres, su apego al propio suelo, su
-amor á la independencia de la patria, su entusiasmo por las hazañas
-de sus mayores, su amor á la gloria adquirida en el combate, su anhelo
-de perpetuar en sus hijos una raza robusta, valiente y libre, sus
-distinciones de familias, sus divisiones en tribus, sus sacerdotes, sus
-caudillos, su gobierno. Sin que sea menester entrar ahora en cuestiones
-sobre el carácter que entre ellos tenían las formas de gobierno, y
-dando de mano á cuanto pudiera decirse sobre su monarquía, asambleas
-públicas y otros puntos semejantes, cuestiones todas que, á más de ser
-ajenas de este lugar, llevan siempre consigo mucho de imaginario é
-hipotético, me contentaré con observar lo que para todos los lectores
-será incontestable, y es, que la organización de la sociedad era entre
-ellos cual debía esperarse de ideas rudas y supersticiosas, usos
-groseros y costumbres feroces; es decir, que su estado social no se
-elevaba sobre aquel nivel que naturalmente debían de haberle señalado
-tan imperiosas necesidades, como son, el que no se convirtieran en
-absoluto caos sus bosques, y que á la hora del combate no marcharan sin
-alguna cabeza y guía confusos pelotones.
-
-»Nacidos aquellos pueblos en climas destemplados y rigurosos,
-embarazándose y estrechándose unos á otros por su asombrosa
-multiplicación, escasos, por lo mismo, de medios de subsistencia, y
-teniendo á la vista la abundancia y comodidades con que les brindaban
-espaciosas y cultivadas comarcas, sentíanse á la vez acosados de
-grandes necesidades, y estimulados vivamente por la presencia y
-cercanía de la presa; y, como que no veían otro dique que las flacas
-legiones de una civilización muelle y caduca, sintiéndose ellos
-robustos de cuerpo, esforzados y briosos de ánimo, y alentados por
-su misma muchedumbre, despegábanse fácilmente de su país natal,
-desenvolvíase en su pecho el espíritu emprendedor, y se precipitaban
-impetuosos sobre el imperio, como un torrente que se despeña de un alto
-risco, inundando las llanuras vecinas.
-
-»Por imperfecto que fuera su estado social, por groseros que fueran
-los lazos de que estaba formado, bastábales, sin embargo, á ellos
-en su país natal, y en sus costumbres primitivas; y, si los bárbaros
-hubiesen permanecido en sus bosques, habría continuado aquella forma de
-gobierno llenando á su modo su objeto, como nacida que era de la misma
-necesidad, adaptada á las circunstancias, arraigada con el hábito,
-sancionada por la antigüedad, y enlazada con todo linaje de tradiciones
-y recuerdos.
-
-»Pero eran sobrado débiles estos lazos sociales para que pudieran ser
-trasladados sin quebrantarse; y aquellas formas de gobierno eran,
-como se echa de ver, tan acomodadas al estado de barbarie, y, por
-consiguiente, tan circunscriptas y limitadas, que mal podían aplicarse
-á la nueva situación en que casi de repente se encontraron aquellos
-pueblos.
-
-»Figuraos ahora á los bravos hijos de las selvas arrojados sobre el
-Mediodía, como un león sobre su presa, precedidos de sus feroces
-caudillos, seguidos del enjambre de sus mujeres é hijos, llevando
-consigo sus rebaños y sus groseros arreos, destrozando de paso
-numerosas legiones, saltando trincheras, salvando fosos, escalando
-baluartes y murallas, talando campiñas, arrasando bosques, incendiando
-populosas ciudades, arrastrando grandes pelotones de esclavos recogidos
-en el camino, arrollando cuanto se les opone, y llevando delante de
-sí numerosas bandadas de fugitivos, corriendo pavorosas y azoradas
-por escapar del hierro y del fuego; figuráoslos un momento después,
-engreídos por la victoria, ufanos con tantos despojos, encrudecidos
-con tantos combates, incendios, saqueos y matanzas; trasladados
-como por encanto á un nuevo clima, bajo otro cielo, nadando en la
-abundancia, en los placeres, en nuevos goces de todas clases; con una
-confusa mezcla de idolatría y de Cristianismo, de mentira y de verdad,
-muertos en los combates los principales caudillos, confundidas con el
-desorden las familias, mezcladas las razas, alterados y perdidos los
-antiguos hábitos y costumbres, y desparramados, por fin, los pueblos
-en países inmensos, en medio de otros pueblos de diversas lenguas, de
-otras ideas, de distintos usos y costumbres; figuraos, si podéis, ese
-desorden, esa confusión, ese caos; y decidme si no veis quebrantados,
-hechos mil trozos todos los lazos que formaban la sociedad de esos
-pueblos, y si no veis desaparecer de repente la sociedad civilizada con
-la sociedad bárbara, aniquilarse todo lo antiguo, antes que pudiera
-reemplazarlo nada nuevo.
-
-»Y entonces, si fijáis vuestra vista sobre el adusto hijo del aquilón,
-al sentir que se relajan de repente todos los vínculos que le unían
-con su sociedad, que se quebrantan todas las trabas que contenían su
-fiereza, al encontrarse solo, aislado, en posición tan nueva, tan
-singular y extraordinaria, conservando un obscuro recuerdo de su país,
-sin haberse aficionado todavía al recién ocupado, sin respeto á una
-ley, sin temor á un hombre, sin apego á una costumbre, ¿no le veis,
-arrastrado de su impetuosa ferocidad, arrojarse sin freno á dondequiera
-que le conducen sus hábitos de violencia, de vagancia, de pillaje y
-matanzas; y, confiado siempre en su nervudo brazo, en su planta ligera,
-guiado por las inspiraciones de un corazón lleno de brío y de fuego, y
-por una fantasía exaltada con la vista de tantos, tan nuevos y variados
-países, por los azares de tantos viajes y combates, no le veis acometer
-temerario todas las empresas, rechazar toda sujeción, sacudir todo
-freno, y saborearse en los peligros de nuevas luchas y aventuras? ¿Y
-no encontráis aquí el misterioso individualismo, el sentimiento de
-independencia personal, con toda su realidad filosófica y con toda su
-verdad histórica?
-
-»Este individualismo brutal, este feroz sentimiento de independencia,
-que ni podía conciliarse con el bienestar del individuo, ni con su
-verdadera dignidad; que, entrañando un principio de guerra eterna, y de
-vida errante, debía acarrear necesariamente la degradación del hombre
-y la completa disolución de la sociedad, tan lejos estaba de encerrar
-un germen de civilización, que antes bien era lo más á propósito para
-conducir la Europa al estado salvaje, ahogando en su misma cuna toda
-sociedad, desbaratando todas las tentativas encaminadas á organizarla
-y acabando de aniquilar cuantos restos hubiesen quedado de la
-civilización antigua.»
-
-Las reflexiones que se acaban de presentar serán más ó menos felices,
-pero al menos no adolecen de la inconcebible incoherencia, por no
-decir contradicción, de hermanar la barbarie y la brutalidad con
-la civilización y la cultura; por lo menos no se llama principio
-descollante, fecundo en la civilización europea, á lo mismo que un
-poco más allá se señala como uno de los obstáculos más poderosos que
-salían al paso á las tentativas de organización social. Como en este
-punto coincide M. Guizot con la opinión que acabo de manifestar, y
-hace resaltar notablemente la incoherencia de su doctrina, el lector
-no llevará á mal que se lo haga oir de su propia boca: «Es claro
-que, si los hombres carecen de ideas que se extiendan más allá de su
-propia existencia; si su horizonte intelectual no alcanza más allá del
-individualismo; si se dejan arrastrar por la fuerza de sus pasiones é
-intereses; si no poseen un cierto número de nociones y de sentimientos
-comunes que sirvan como de lazo entre todos los asociados; es claro,
-digo, que será imposible entre ellos toda idea de sociedad, que cada
-individuo será en la sociedad á que pertenezca, un principio de
-trastorno y de disolución.
-
-»Dondequiera que domine casi absolutamente el individualismo;
-dondequiera que el hombre no se considere más que á sí propio, que
-sus ideas no se extiendan más allá de sí mismo, no obedezca más que
-á su pasión, la sociedad (hablo de una sociedad un poco dilatada y
-permanente) llega á ser poco menos que imposible. Tal era en el tiempo
-de que hablamos el estado moral de los conquistadores de Europa.
-Hice ya notar en la última reunión que debíamos á los germanos el
-sentimiento enérgico de la libertad particular y del individualismo
-humano. Pues bien: cuando el hombre se halla en un estado de extrema
-rusticidad y de ignorancia, entonces ese sentimiento es el egoísmo
-con toda su brutalidad, con toda su insociabilidad, y en este estado
-se encontraba entre los germanos desde el siglo V hasta el VIII.
-Sin hallarse acostumbrados á más que á cuidar de su propio interés,
-á satisfacer sus pasiones, á dar cumplimiento á su voluntad, ¿cómo
-habrían podido acomodarse á un estado un poco organizado? Habíase
-intentado varias veces hacerlos entrar en él, ellos mismos lo deseaban;
-mas, burlaban siempre esos deseos, y hacían inútil toda tentativa,
-la brutalidad, la ignorancia, la imprevisión. Á cada instante se ve
-levantarse un embrión de sociedad, y á cada instante se ve esa misma
-sociedad desmembrarse, arruinarse, por faltar en los hombres ideas
-morales y comunes, elementos tan necesarios é indispensables.
-
-»Tales eran, señores, las dos verdaderas causas que prolongaron el
-estado de la barbarie: mientras existieron, ella también duró.»
-(_Historia general de la civilización europea. Lección III._)
-
-Á M. Guizot sucedióle con su _individualismo_ lo que suele acontecer
-á los grandes talentos: un fenómeno singular los hiere vivamente,
-inspírales un ardiente deseo de averiguar la causa, y tropiezan á
-menudo, caen en error, arrastrados por una secreta inclinación á
-señalar un origen nuevo, inesperado, sorprendente. Para extraviarle,
-mediaba todavía otra causa. En su mirada vasta y penetrante sobre la
-civilización europea, en el cotejo que de ella hizo con las más famosas
-civilizaciones antiguas, descubrió una diferencia muy notable entre el
-individuo de la primera y el individuo de las otras; vió, sintió en el
-hombre europeo algo de más noble, de más independiente que no hallaba
-ni en el griego ni en el romano; era menester señalar el origen de esta
-diferencia, y no era poco trabajosa la tarea para la posición en que se
-encontraba el historiador filósofo. Ya al echar una ojeada sobre los
-varios elementos de la civilización europea, se le había presentado la
-Iglesia como uno de los más poderosos, como uno de los más influyentes
-en la organización social, y en el impulso que hizo marchar el
-mundo hacia un porvenir grande y venturoso; ya lo había reconocido
-expresamente así, y tributado un testimonio á la verdad, con aquellos
-rasgos magníficos que trazar sabe su elocuente pluma; ¿y queríase ahora
-que, para explicar el fenómeno que llamaba su atención, recurriese
-también al Cristianismo, á la Iglesia? Eso hubiera sido dejarla
-sola en la grande obra de la civilización, y M. Guizot á toda costa
-quería señalarle coadjutores; por esta causa fija sus miradas sobre
-las hordas bárbaras; y en la frente adusta, en la fisonomía feroz,
-en el mirar inquieto y fulminante del hijo de las selvas, pretende
-descubrir el tipo, algo tosco sí, pero no menos verdadero, de la noble
-independencia, de la elevación y dignidad, que lleva rasgueadas en su
-frente el individuo europeo.
-
-Aclarada ya la naturaleza del misterioso individualismo de los
-germanos, y demostrado también que, lejos de ser un elemento de
-civilización, lo era de desorden y barbarie, falta ahora examinar cuál
-es la diferencia que media entre la civilización europea y las demás
-con respecto al sentimiento de dignidad é independencia que anima al
-individuo; falta determinar á punto fijo cuáles son las modificaciones
-que en Europa ha tomado un sentimiento, el cual, como vimos ya, mirado
-en sí, es común á todos los hombres.
-
-En primer lugar, carece de fundamento lo que afirma M. Guizot: que
-_el sentimiento de independencia personal, ese anhelo de libertad que
-agita los corazones sin otro fin ni objeto que el de complacerse, fuese
-característico de los bárbaros, y desconocido entre los romanos_.
-Claro es que, al entablarse semejante comparación, no puede entenderse
-del sentimiento en su estado de bravura y ferocidad, pues que esto
-equivaldría á decirnos que los pueblos civilizados no podían tener el
-carácter distintivo de la barbarie; pero, si le despojamos de esta
-circunstancia, hallábase, y muy vivo, no sólo entre los romanos, sino
-también entre los pueblos más famosos de la antigüedad.
-
-«Cuando en las civilizaciones antiguas, dice M. Guizot, hace algún
-papel la libertad, debe entenderse de la libertad política, de
-la libertad del ciudadano; ésta era la que le movía, la que le
-entusiasmaba, no su libertad personal; pertenecía á una asociación, y
-por una asociación estaba pronto á sacrificarse.» Sin que sea menester
-negar que había ese espíritu de consagrarse á una asociación, y con
-algunas particularidades notables, que más abajo me propongo explicar,
-puédese afirmar, no obstante, que el deseo de _la libertad personal,
-con el solo fin y objeto de complacerse_, quizás era entre ellos
-más vivo que entre nosotros; si no, ¿qué buscaban los fenicios, los
-griegos isleños y asiáticos, y los cartagineses, cuando emprendían
-sus navegaciones, que, para el atraso de aquellos tiempos, eran tan
-osadas y peligrosas como las de nuestros más intrépidos marinos?
-¿Era acaso por _sacrificarse á una asociación_, cuando sólo ansiaban
-descubrir nuevas playas donde pudiesen amontonar plata y oro, y
-todo linaje de preciosidades? ¿No los guiaba el anhelo de adquirir,
-de _complacerse_? ¿Dónde está la asociación? ¿Dónde se la divisa?
-¿Vemos acaso otra cosa que el individuo con sus pasiones, con sus
-gustos, con su afán de satisfacerlos? Y los griegos, esos griegos
-tan muelles, tan voluptuosos, tan sedientos de placer, ¿no tenían
-vivísimo el sentimiento de su _libertad personal_, de poder vivir con
-amplia libertad, con el _solo fin y objeto de complacerse_? Sus poetas
-cantando el néctar y los amores, sus libres cortesanas recibiendo los
-obsequios de los hombres más famosos, y haciendo olvidar á los sabios
-la mesura y gravedad filosóficas, y el pueblo celebrando sus fiestas
-en medio de la disolución más espantosa, ¿era todo esto un sacrificio
-que se hacía en las aras de la asociación? ¿Tampoco había aquí el
-individualismo, el afán de _complacerse_?
-
-Por lo que toca á los romanos, si se hablase de lo que se llama bellos
-tiempos de la república, no fuera quizás tan fácil ofrecer pruebas de
-lo que estamos manifestando; pero cabalmente se trata de los romanos
-del imperio, de los romanos que vivían en la época de la irrupción
-de los bárbaros; de esos romanos tan sedientos de _complacerse_, y
-tan devorados de esa fiebre de que tan negros cuadros nos conserva la
-historia. Sus soberbios palacios, sus magníficas quintas, sus regalados
-baños, sus espléndidos cenáculos, sus mesas opíparas, sus lujosos
-trajes, su disipación voluptuosa, ¿no muestran acaso al individuo,
-que, sin pensar en la asociación á que pertenece, trata tan sólo de
-lisonjear sus pasiones y caprichos, viviendo con la mayor comodidad,
-regalo y esplendor posibles; que no cuida de otra cosa que de solazarse
-con sus amigos, de mecerse blandamente en los brazos del placer, de
-satisfacer todos sus caprichos, de saciar todas sus pasiones, que todo
-lo ha olvidado, que en nada piensa, sino en que tiene un corazón que
-ansía por complacerse y gozar?
-
-No es fácil tampoco atinar por qué M. Guizot atribuye exclusivamente
-á los bárbaros _el placer de sentirse hombre, el sentimiento de su
-personalidad, de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_. ¿Y
-podemos creer que de tales sentimientos carecieran los vencedores
-de Maratón y de Platea, los pueblos que tantos monumentos nos han
-legado que inmortalizan sus nombres? Cuando en las bellas artes, en
-las ciencias, en la oratoria, en la poesía, brillaban por doquiera
-hermosísimos rasgos de genio, ¿no existía el _placer de sentirse
-hombre_, no se tenía _el sentimiento y poder del libre desarrollo en
-todas las facultades_? Y en una sociedad donde tan apasionadamente
-se amaba la gloria, como sucedía entre los romanos, que puede
-presentarnos hombres como Cicerón y Virgilio; en una sociedad donde
-pudieron escribirse las valientes plumadas de Tácito, esas plumadas
-que á la distancia de diez y nueve siglos hacen retemblar todavía los
-corazones generosos; ¿allí no había el _placer de sentirse hombre, no
-había el orgullo de comprender su dignidad, no había el sentimiento
-de la espontaneidad humana en su libre desarrollo_? ¿Cómo es posible
-concebir que en esta parte se aventajasen los bárbaros del Norte á los
-griegos y romanos?
-
-¿Á qué semejantes paradojas? ¿Á qué semejante trastorno y confusión de
-ideas? ¿Qué valen las palabras, por brillantes que sean, cuando nada
-significan? ¿Qué valen las observaciones, por delicadas que parezcan,
-cuando el entendimiento á la primera ojeada descubre en ellas la
-inexactitud y la vaguedad, y, examinándolas á fondo, las encuentra
-llenas de incoherencias y de absurdos?
-
-
-
-
-CAPITULO XXII
-
-
-Si profundizamos la cuestión que se agita, si no nos dejamos llevar
-hasta el error y la extravagancia por la manía de pasar plaza de
-pensadores profundos y de observadores muy delicados, si hacemos uso
-de una recta y templada filosofía, fundada en los hechos que nos
-suministra la historia, echaremos de ver que la diferencia capital
-entre nuestra civilización y las antiguas, con respecto al individuo,
-consistía en que el _hombre, como hombre_, no era estimado en lo que
-vale. No faltaban ni el _sentimiento de independencia personal_, ni
-el anhelo de _complacerse y gozar, ni cierto orgullo de sentirse
-hombre_: el defecto no estaba en el corazón, sino en la cabeza. Lo que
-faltaba, sí, era la comprensión de toda la dignidad del hombre, era el
-alto concepto que de nosotros mismos nos ha dado el Cristianismo, al
-paso que con admirable sabiduría nos ha manifestado también nuestras
-flaquezas; lo que faltaba, sí, á las sociedades antiguas, lo que ha
-faltado y faltará á todas en las que no reine el Cristianismo, era
-ese respeto, esa consideración de que entre nosotros está rodeado
-un individuo, un _hombre sólo por ser hombre_. Entre los griegos el
-griego lo es todo; los extranjeros, los bárbaros, no son nada; en
-Roma el título de ciudadano romano hace al hombre; quien carece de
-ese título, es nada. En los países cristianos, si nace una criatura
-deforme ó privada de algún miembro, excita la compasión, es objeto
-de más tierna solicitud, bástale para ello el ser hombre, y, sobre
-todo, hombre desgraciado; entre los antiguos era mirada una criatura
-así como cosa inútil, despreciable, y, en ciertas ciudades, como por
-ejemplo en Lacedemonia, estaba prohibido alimentarla, y por orden de
-los magistrados encargados de la policía de los nacimientos ¡horror
-causa decirlo! era arrojada á una sima. Era un hombre; pero esto ¿qué
-importaba? Era un hombre que para nada podía servir, y una sociedad
-sin entrañas no quería imponerse la carga de mantenerle. Léase á
-Platón (_Lib. 5 de Rep._), á Aristóteles (_Pol._, lib. 7, c. 15 y
-16), y se verá los medios crueles que sabían excogitar esos filósofos
-para precaver el excesivo progreso que ha hecho la sociedad bajo la
-influencia del Cristianismo, en todo lo que dice relación al hombre.
-
-Los juegos públicos, esas horrendas escenas en que morían á centenares
-los hombres, para divertir á un concurso desnaturalizado, ¿no son un
-elocuente testimonio de cuán en poco era tenido el hombre, pues que tan
-bárbaramente se le sacrificaba por motivos los más livianos?
-
-El derecho del más fuerte estaba terriblemente practicado por los
-antiguos, y ésta es una de las causas á que debe atribuirse esa
-absorción, por decirlo así, en que vemos al individuo con respecto á
-la sociedad. La sociedad era fuerte, el individuo era débil; y así la
-sociedad absorbía al individuo, se arrogaba sobre él cuantos derechos
-puedan imaginarse; y, si alguna vez servía de embarazo, podía estar
-seguro de ser aplastado con mano de hierro. Al leer el modo con que
-explica M. Guizot esta particularidad de las civilizaciones antiguas,
-no parece sino que en ellas había un patriotismo desconocido, entre
-nosotros, patriotismo que, llevado hasta la exageración, y no andando
-acompañado del sentimiento de independencia personal, producía esa
-especie de absorción individual, ese anonadamiento del individuo
-en presencia de la sociedad. Si hubiese reflexionado más á fondo
-sobre esta materia, habría alcanzado fácilmente que no estribaba la
-diferencia en que unos hombres tuvieran unos sentimientos de que
-carezcan los otros, sino en que se ha verificado una revolución inmensa
-en las ideas, en que el individuo, el hombre, es tenido en mucho,
-cuando entonces era tenido en nada; y de aquí no era difícil inferir
-que las mismas diferencias que se notasen en los sentimientos, debían
-tener su origen en la diferencia de las ideas.
-
-En efecto, no es extraño que, viendo el individuo cuán en poco era
-tenido por sí mismo, viendo el poder ilimitado que sobre él se arrogaba
-la sociedad, y que sirviendo de estorbo era pulverizado, nada extraño
-es que él mismo se formase de la sociedad y del poder público una
-idea exagerada, que se anonadase en su corazón ante ese coloso que le
-infundía miedo, y que, lejos de mirarse como miembro de una asociación,
-cuyo objeto era la seguridad y la felicidad de todos los individuos, y
-para cuyo logro era indispensable por parte de éstos el resignarse á
-algunos sacrificios, se considerase antes bien como una cosa consagrada
-á esta asociación, y en cuyas aras debía ofrecerse en holocausto sin
-reparos de ninguna clase. Ésta es la condición del hombre: cuando un
-poder obra sobre él por mucho tiempo en acción ilimitada, ó se indigna
-contra este poder y le rechaza con violencia, ó bien se humilla, se
-abate, se anonada ante aquella fuerza cuya acción prepotente le doblega
-y aterra. Véase si es éste el contraste que sin cesar nos ofrecen las
-sociedades antiguas: la más ciega sumisión, el anonadamiento, de una
-parte, y, de otra, el espíritu de insubordinación, de resistencia,
-manifestado en explosiones terribles. Así, y sólo así, es posible
-comprender cómo unas sociedades en que la agitación y las turbulencias
-eran, por decirlo así, el estado normal, nos presentan ejemplos tan
-asombrosos como Leónidas pereciendo con sus trescientos lacedemonios en
-el paso de las Termópilas, Scévola con la mano en el brasero, Régulo
-volviéndose á Cartago para padecer y morir, y Marco Curcio arrojándose
-armado en la insondable sima abierta en medio de Roma.
-
-Todo esto, que á primera vista pudiera parecer inconcebible, se aclara
-perfectamente cotejándolo con lo acontecido en las revoluciones de
-los tiempos modernos. Trastornos terribles han desquiciado algunas
-naciones; la lucha de las ideas é intereses, trayendo consigo el calor
-de las pasiones, acarreó por algunos intervalos, más ó menos duraderos,
-el olvido de las verdaderas relaciones sociales: ¿y qué sucedió? Que,
-al paso que se proclamaba una libertad sin límites, y se ponderaban sin
-cesar los derechos del individuo, levantábase en medio de la sociedad
-un poder terrible, que, concentrando en su mano toda la fuerza pública,
-la descargaba del modo más inhumano sobre el individuo. En esas épocas
-resucitaba en toda su fuerza la formidable máxima del _salus populi_
-de los antiguos, pretexto de tantos y tan horrendos atentados; y, por
-otra parte, se veía renacer aquel patriotismo frenético y feroz, que
-los hombres superficiales admiran en los ciudadanos de las antiguas
-repúblicas.
-
-¡Cosa notable! Algunos escritores habían prodigado desmedidos elogios
-á los antiguos, y sobre todo á los romanos; parece que tenían vivos
-deseos de que la civilización moderna se amoldase á la antigua;
-hiciéronse locas tentativas, se atacó con inaudita violencia la
-organización social existente, procuróse con ahinco que perecieran,
-ó al menos se sofocaran, las ideas cristianas sobre el individuo y
-la sociedad, se pidieron inspiraciones á las sombras de los antiguos
-romanos, y en el brevísimo plazo que duró el ensayo, viéronse también,
-cual en la antigua Roma, rasgos admirables de fortaleza, de valor,
-de patriotismo, contrastando de un modo horroroso con inauditas
-crueldades, con horrendos crímenes; y en medio de una nación grande y
-generosa, viéronse aparecer de nuevo con espanto de la humanidad los
-sangrientos espectros de Mario y Sila. Tanta verdad es que el hombre
-es el mismo por todas partes, y que un mismo orden de ideas viene, al
-fin, á engendrar un mismo orden de hechos. Que desaparezcan la ideas
-cristianas, que las ideas antiguas recobren su fuerza, y veréis que el
-mundo nuevo se parecerá al mundo viejo.
-
-Felizmente para la humanidad, esto es imposible; todos los ensayos
-hechos hasta ahora para lograr tan funesto efecto han sido y debido
-ser poco duraderos; lo propio sucederá en adelante; pero la página
-ensangrentada que dejan en la historia de la humanidad tan criminales
-tentativas, ofrece un rico caudal de reflexiones al observador filósofo
-para conocer á fondo las delicadas é íntimas relaciones de las ideas
-con los hechos, para contemplar en su desnudez la vasta trama de
-la organización social, y apreciar en su justo valor la influencia
-benéfica ó nociva de las varias religiones y sistemas filosóficos.
-
-Las épocas de revolución, es decir, aquellas épocas tempestuosas en
-que se hunden los gobiernos unos tras otros, como edificios cimentados
-sobre un terreno volcanizado, llevan todas ese carácter que las
-distingue: _el predominio de los intereses del poder público sobre
-todos los intereses privados_. Nunca es más flaco ese poder, nunca es
-menos duradero; pero nunca es más violento, más frenético; todo lo
-sacrifica á su seguridad ó á su venganza; la sombra de sus enemigos
-le persigue y le hace estremecer á todas horas; su propia conciencia
-le atormenta y no le deja descanso; la debilidad de su organización y
-la movilidad de su asiento le advierten á cada paso de la proximidad
-de su caída, y en su impotente desesperación se agita y se revuelve
-convulsivo, como un moribundo que expira entre padecimientos atroces.
-¿Qué es entonces á sus ojos la vida de los ciudadanos, si esta vida
-puede inspirarle la más leve, la más remota sospecha? Si con la sangre
-de millares de víctimas puede alcanzar algunos momentos de seguridad,
-si puede prolongar por algunos días más su existencia: «perezcan, dice,
-perezcan mis enemigos; así lo exige la seguridad del Estado; es decir,
-la mía.»
-
-¿Y de dónde tanto frenesí? ¿de dónde tanta crueldad? ¿Sabéis de dónde?
-La causa está en que, derribado el gobierno antiguo por medio de la
-fuerza, y entronizado otro en su lugar, apoyado sólo en la fuerza, la
-idea del derecho ha desaparecido de la región del poder, la legitimidad
-no le escuda, su misma novedad le muestra como de poco valer, y le
-augura escasa duración; y, falto de razón y de justicia, y viéndose
-precisado á invocarlas para sostenerse, las busca en la misma necesidad
-de un poder, en esa necesidad social que está siempre patente; proclama
-que la salud del pueblo es la suprema ley, y entonces la propiedad, la
-vida del individuo son nada, se aniquilan completamente á la vista de
-un espectro sangriento, que se levanta en el centro de la sociedad, y
-que, armado con la fuerza, y rodeado de satélites y de cadalsos dice:
-«yo soy el poder público, á mí me está confiada la salud del pueblo, yo
-soy el que vela por los intereses de la sociedad.»
-
-¿Y sabéis lo que acontece entonces con esa falta absoluta de respeto
-al individuo, con ese completo aniquilamiento del hombre ante el poder
-aterrador que se pretende representante de la sociedad? Sucede que
-renace el sentimiento de asociación en diferentes sentidos; pero no un
-sentimiento dirigido por la razón y por miras benéficas y previsoras,
-sino un sentimiento ciego, instintivo, que lleva á los hombres á no
-quedarse solos, sin defensa, en medio del campo de batalla y asechanzas
-en que se ha convertido la sociedad; que los conduce á unirse, ó para
-sostener al poder, si, arrastrados por el torbellino de la revolución,
-se han identificado con él y le miran como su único resguardo y
-defensa contra los enemigos que les amenazan, ó para derribarle, si,
-arrojados por una ú otra causa á las filas contrarias, le contemplan
-como su enemigo más capital, y la fuerza de que dispone, como una
-espada levantada de continuo sobre sus cabezas. Entonces se verifica
-que los hombres pertenecen á una asociación, están consagrados á
-una asociación, y por esta asociación están prontos á sacrificarse;
-porque no pueden vivir solos, porque conocen, ó sienten al menos
-instintivamente, que el individuo es nada, porque, rotos todos los
-diques que mantenían el orden social, no le queda al individuo aquella
-esfera tranquila donde podía vivir sosegado, independiente, seguro de
-que un poder, fundado en la legitimidad y guiado por la razón y la
-justicia, velaba por la conservación del orden público y por el respeto
-de los derechos del individuo. Entonces los medrosos tiemblan y se
-humillan, y empiezan á representar la primera escena de la esclavitud,
-donde el oprimido besa la mano opresora, donde la víctima adora al
-verdugo; los más audaces, ó se resisten y pelean, ó se buscan y reunen
-en las sombras, preparando explosiones terribles; nadie pertenece
-á sí mismo; el individuo se siente absorbido por todas partes, ó
-por la fuerza que oprime, ó por la fuerza que conspira; porque sólo
-la justicia es el numen tutelar de los individuos; y, cuando ella
-desaparece, no son más que imperceptibles granos de arena arrebatados
-por el huracán, gotas de agua confundidas en las oleadas de una
-tormenta.
-
-Concebid sociedades donde no reine ese frenesí que nunca puede ser
-duradero, pero que, sin embargo, no posean las verdaderas ideas sobre
-los derechos y deberes del individuo y del poder público; sociedades
-donde se encuentren como divagando al acaso algunas nociones sobre esos
-puntos cardinales, pero inciertas, obscuras, imperfectas, ahogadas en
-la atmósfera de mil preocupaciones y errores, donde bajo esa influencia
-se haya organizado un poder público, con estas ó aquellas formas, pero
-que al fin haya llegado á solidarse por la fuerza del hábito, y por
-falta de otro mejor que satisfaga las necesidades más urgentes de la
-sociedad; y entonces habréis concebido las sociedades antiguas, mejor
-diremos, las sociedades sin el Cristianismo; entonces concebiréis
-el anonadamiento del individuo ante la fuerza del poder público, sea
-bajo el despotismo asiático, sea bajo la turbulenta democracia de las
-antiguas repúblicas. Es lo mismo que habréis podido observar en las
-sociedades modernas en las épocas de revolución; sólo que en estas
-sociedades es pasajero y estrepitoso ese mal, cual los estragos de
-una tempestad; pero en las antiguas era su estado normal, como una
-atmósfera viciada, que afecta y daña sin cesar á los que viven en ella.
-
-Si examinamos la causa de dos fenómenos tan encontrados, como son,
-la exaltación patriótica de los antiguos griegos y romanos, y la
-postración y abatimiento político en que yacían otros pueblos, y en que
-yacen todavía aquellos donde no domina el Cristianismo; si buscamos
-la raíz de esa abnegación individual que se descubre en el fondo de
-dos sentimientos tan opuestos; si investigamos cuál es la causa de que
-no se encuentre ni en unos ni en otros ese desarrollo individual que
-se observa en Europa, acompañado de un patriotismo razonable, pero
-que no sofoca el sentimiento de una legítima independencia personal;
-encontraremos una muy poderosa en que el hombre no se conocía á sí
-mismo, no sabía bien lo que era; y que sus verdaderas relaciones con la
-sociedad eran miradas al través de mil preocupaciones y errores, y, por
-consiguiente, mal comprendidas.
-
-Á la luz de estas observaciones se echa de ver que la admiración por el
-patriótico desprendimiento, por la heroica abnegación de los antiguos,
-se ha llevado quizás demasiado lejos; y que tanto distan esas calidades
-de revelar en ellos una mayor perfección individual, una elevación de
-alma superior á la de los hombres de los tiempos modernos, que antes
-bien podrían indicar ideas menos altas que las nuestras, sentimientos
-menos independientes que los nuestros. Y qué, ¿no conciben, acaso,
-algunos ciegos admiradores de los antiguos cómo pueden sostenerse
-tan extrañas aserciones? Entonces les diré que admiren también á las
-mujeres de la India al arrojarse tranquilas á la hoguera después de
-la muerte de sus maridos; que admiren al esclavo que se da la muerte
-porque no puede sobrevivir á su dueño; y entonces notarán que la
-abnegación personal no es siempre señal infalible de elevación de alma,
-sino que á veces puede ser el resultado de no conocer toda la dignidad
-propia, de imaginarse consagrado á otro ser, absorbido por él, de mirar
-la propia existencia como una cosa secundaria, sin más objeto que el de
-servir á otra existencia.
-
-Y no queremos, no, rebajar en nada el mérito que á los antiguos
-legítimamente pertenezca; no queremos, no, deprimir su heroísmo en
-lo que tenga de justo y de laudable; no queremos, no, atribuir á los
-modernos un individualismo egoísta que les impida el sacrificarse
-individualmente por su patria: tratamos únicamente de señalar á cada
-cosa su justo lugar, disipando preocupaciones hasta cierto punto
-excusables, pero que no dejan de falsear lastimosamente los principales
-puntos de vista de la historia antigua y moderna.
-
-Á ese anonadamiento del individuo, que notamos en los antiguos,
-contribuían también la escasez y la imperfección de su desarrollo
-moral, la falta de reglas en que se hallaba con respecto á su dirección
-propia, por cuyo motivo la sociedad se entrometía en todas sus cosas,
-como si la razón pública hubiese querido suplir el defecto de la razón
-privada. Si bien se observa, se notará que, aun en los países en que
-metía más ruido la libertad política, era harto desconocida la libertad
-civil; de manera que, mientras los ciudadanos se lisonjeaban de ser
-muy libres porque podían tomar parte en las deliberaciones de la plaza
-pública, eran privados de aquella libertad que más de cerca interesa
-al hombre, cual es, la que ahora se denomina civil. Podemos formar
-concepto de las ideas y costumbres de los antiguos sobre este punto,
-leyendo á uno de sus más célebres escritores políticos: Aristóteles.
-Nótase en los escritos de este filósofo que apenas acertaba á ver otro
-título que hiciera digno del nombre de ciudadano que el tomar parte en
-el gobierno de la república; y estas ideas, que pudieran parecer muy
-democráticas, muy á propósito para extender los derechos de la clase
-más numerosa, y que quizás algunos creerían dimanadas de la exageración
-de la dignidad del hombre, se hermanaban muy bien en su mente con un
-profundo desprecio del mismo hombre, con el sistema de vincular en
-un reducido número todos los honores y consideraciones, condenando
-al abatimiento y á la nulidad, nada menos que todos los labradores,
-artesanos y mercaderes. (_Pol._ L. 7, c. 9 y 12. L. 8, c. 1 y 2, L.
-3, c. 1.) Ya se ve que esto suponía ideas muy peregrinas sobre el
-individuo y la sociedad, y confirma más y más lo que he dicho arriba
-sobre el origen de las extrañezas, por no decir monstruosidades, que
-nos admiran en las repúblicas antiguas. Lo repetiré, porque conviene
-mucho no olvidarlo: una de las principales raíces del mal, era la
-falta de conocimiento del hombre, era el poco aprecio de su dignidad
-en cuanto hombre, era que el individuo estaba escaso de reglas para
-dirigirse á sí mismo y para conciliarse la estimación; en una palabra,
-era que faltaban las luces cristianas que debían esclarecer el caos.
-
-Tan profundamente se ha grabado en el corazón de las sociedades
-modernas ese sentimiento de la dignidad del hombre, con tales
-caracteres se halla escrita por doquiera la verdad de que el hombre,
-ya por solo este título, es muy respetable, muy digno de alta
-consideración, que aquellas escuelas que se han propuesto realzar al
-individuo, aunque sea con inminente riesgo de un espantoso trastorno
-en la sociedad, toman siempre por tema de su enseñanza, esa dignidad,
-esa nobleza, distinguiéndose sobremanera de los antiguos demócratas,
-en que éstos se agitaban en un círculo reducido, mezquino, sin pasar
-más allá de un cierto orden de cosas, sin extender su vista fuera de
-los límites del propio país; cuando en el espíritu de los demócratas
-modernos se nota un anhelo de invasión en todos los ramos, un ardor de
-provocación que abarca todo el mundo: nunca invocan nombres pequeños;
-_el hombre, su razón, sus derechos imprescriptibles_: he aquí sus
-temas. Preguntadles qué quieren, y os dirán que quieren pasar el nivel
-sobre todas las cabezas, para defender la santa causa de la humanidad.
-Esta exageración de ideas, motivo y pretexto de tantos trastornos
-y crímenes, nos revela un hecho precioso, cual es, el progreso
-inmenso que á las ideas sobre la dignidad de nuestra naturaleza ha
-comunicado el Cristianismo, pues que en las sociedades que le deben su
-civilización, cuando se trata de extraviarlas, no se encuentra medio
-más á propósito que el invocar esa dignidad.
-
-Como la religión cristiana es altamente enemiga de todo lo criminal,
-y no podía consentir que, á nombre de defender y realzar la dignidad
-humana, se trastornase la sociedad, muchos de los más ardientes
-demócratas se han desatado en injurias y sarcasmos contra la religión;
-pero, como también la historia está diciendo muy alto que todo cuanto
-se sabe y se siente de verdadero, de justo y de razonable sobre este
-punto, es debido á la religión cristiana, se ha tanteado últimamente
-si se podría hacer una monstruosa alianza entre las ideas cristianas y
-lo más extravagante de las democráticas: un hombre demasiado célebre
-se ha encargado del proyecto; pero el verdadero Cristianismo, es
-decir, el Catolicismo, rechaza esas monstruosas alianzas, y no conoce
-á sus más insignes apologistas, así que llegan á desviarse del camino
-señalado por la eterna verdad. El abate de Lamennais vaga ahora por las
-tinieblas del error abrazado con una mentida sombra de Cristianismo;
-y el supremo Pastor de la Iglesia ha levantado ya su augusta voz para
-prevenir á los fieles contra las ilusiones con que podría deslumbrarnos
-un nombre por tantos títulos ilustre.
-
-
-
-
-CAPITULO XXIII
-
-
-Si, entendiendo el individualismo en un sentido justo y razonable; si,
-tomando el sentimiento de la independencia personal en una acepción,
-que ni repugne á la perfección del individuo, ni esté en lucha con los
-principios constitutivos de toda sociedad, queremos hallar otras causas
-que hayan influído en el desarrollo de ese sentimiento, aun pasando
-por alto una de las principales, señalada ya más arriba, cual es, la
-verdadera idea del hombre y de sus relaciones con sus semejantes,
-encontraremos todavía en las mismas entrañas del Catolicismo, algunas
-sobremanera dignas de llamar la atención. M. Guizot se ha equivocado
-grandemente cuando ha pretendido equiparar á los fieles con los
-antiguos romanos en punto á falta del sentimiento de independencia
-personal; nos pinta al individuo fiel como absorbido por la asociación
-de la Iglesia, como enteramente consagrado á ella, como pronto á
-sacrificarse por ella; de manera que lo que hacía obrar al fiel, eran
-los intereses de la asociación. En esto hay un error; pero, como lo que
-ha dado quizás ocasión á este error, es una verdad, menester se hace
-deslindar los objetos con mucho cuidado.
-
-Es indudable que desde la cuna del Cristianismo fueron los fieles
-sumamente adictos á la Iglesia, y que siempre se entendió que dejaba de
-ser contado en el número de los verdaderos discípulos de Jesucristo el
-que se apartase de la comunión de la Iglesia. Es indudable también que
-«tenían los fieles, como dice M. Guizot, un vivo apego á la Iglesia,
-un rendido acatamiento á sus leyes, un fuerte empeño de extender su
-imperio»; pero no es verdad que obrase en el fondo de todos estos
-sentimientos, como causa de ellos, el solo espíritu de asociación, y
-que esto excluyese el desarrollo del verdadero individualismo. El fiel
-pertenecía á una asociación, pero esta asociación él la miraba como
-un medio de alcanzar su felicidad eterna, como una nave en que andaba
-embarcado entre las borrascas de este mundo para llegar salvo al puerto
-de la eternidad; y, si bien creía imposible el salvarse fuera de ella,
-no se entendía consagrado á ella, sino á Dios. El romano estaba pronto
-á sacrificarse por su patria; el fiel, por su fe; cuando el romano
-moría, moría por su patria; pero, cuando el fiel moría, no moría por
-la Iglesia, sino que moría por su Dios. Ábranse los monumentos de la
-Historia eclesiástica, léanse las actas de los mártires, y véase lo que
-sucedía en aquel lance terrible, en que el Cristianismo manifestaba
-todo lo que era; en que, á la vista de los potros, de las hogueras y
-de los más horrendos suplicios, se manifestaba en toda su verdad el
-resorte que obraba en el corazón del fiel. Les pregunta el juez su
-nombre; lo declaran, y manifiestan que son cristianos: se les invita
-á que sacrifiquen á los dioses: «nosotros no sacrificamos sino á un
-solo Dios, criador del cielo y de la tierra»; se les echa en cara como
-ignominioso el seguir á un hombre que fué clavado en cruz; ellos tienen
-á mucha honra la ignominia de la cruz, y proclaman altamente que el
-crucificado es su Salvador y su Dios: se les amenaza con los tormentos;
-los desprecian porque son pasajeros, y se regocijan de que puedan
-sufrir algo por Jesucristo: la cruz del suplicio está ya aparejada,
-ó la hoguera arde á su vista, ó el verdugo tiene levantada el hacha
-fatal que ha de cortarles la cabeza; nada les importa, esto es un
-instante, y en pos viene una nueva vida, una felicidad inefable, y sin
-fin. Échase de ver en todo esto que lo que movía el corazón del fiel,
-eran el amor de su Dios y el interés de la felicidad eterna; y que,
-por consiguiente, es falso y muy falso que el fiel se pareciese á los
-antiguos republicanos, anonadando su individuo ante la asociación á que
-pertenecía, y dejando que en ella se absorbiese á su persona como una
-gota de agua en la inmensidad del Océano. El individuo fiel pertenecía
-á una asociación que le daba la pauta de su creencia y la norma de
-su conducta: á esta asociación la miraba como fundada y dirigida por
-el mismo Dios; pero su mente y su corazón se elevaban hasta el mismo
-Dios, y, cuando escuchaba la voz de la Iglesia, creía también hacer su
-negocio propio, individual, nada menos que el de su felicidad eterna.
-
-El deslinde que se acaba de hacer era muy necesario en esta materia,
-donde son tan varias y delicadas las relaciones, que la más ligera
-confusión puede conducir á errores de monta, haciendo, de otra parte,
-perder de vista un hecho recóndito y preciosísimo, que arroja mucha
-luz para estimar debidamente las causas del desarrollo y perfección
-del individuo en la civilización cristiana. Necesario como es un orden
-social al que esté sometido el individuo, conviene, sin embargo, que
-éste no sea de tal modo absorbido por aquél, de manera que sólo se le
-conciba como parte de la sociedad, sin que tenga una esfera de acción
-que pueda considerársele como propia. Á no ser así, no se desarrollará
-jamás de un modo cabal la verdadera civilización, la que, consistiendo
-en la perfección simultánea del individuo y de la sociedad, no puede
-existir á no ser que tanto ésta como aquél tengan sus órbitas de tal
-manera arregladas, que el movimiento que se hace en la una, no embargue
-ni embarace el de la otra.
-
-Previas esas reflexiones, sobre las que llamo muy particularmente la
-atención de todos los hombres pensadores, observaré lo que quizás no se
-ha observado todavía, y es, que el Cristianismo contribuyó sobremanera
-á crear esa esfera individual en que el hombre, sin quebrantar los
-lazos que le unen á la sociedad, desenvuelve todas sus facultades.
-De la boca de un apóstol salieron aquellas generosas palabras que
-encierran nada menos que una severa limitación del poder político,
-que proclaman nada menos que este poder no debe ser reconocido por el
-individuo, cuando se propasa á exigirle lo que éste cree contrario á su
-conciencia: _Obedire oportet Deo magis quam hominibus_. (_Act._, c.
-5, v. 29.) _Primero se ha de obedecer á Dios que á los hombres._ Los
-cristianos fueron los primeros que dieron el grandioso ejemplo de que
-individuos de todos países, edades, sexos y condiciones, arrostrasen
-toda la cólera del poder y todo el furor de las pasiones populares,
-antes de pronunciar una palabra que los manifestase desviados de los
-principios que profesaban en el santuario de su conciencia: y esto no
-con las armas en la mano, no en conmociones populares donde pudiesen
-despertarse las pasiones fogosas que comunican al alma una energía
-pasajera; sino en medio de la soledad y lobreguez de los calabozos, en
-la aterradora calma de los tribunales, es decir, en aquella situación
-en que el hombre se encuentra solo, aislado, y en que el mostrar
-fortaleza y dignidad revela la acción de las ideas, la nobleza de los
-sentimientos, la firmeza de una conciencia inalterable, el grandor del
-alma.
-
-El Cristianismo fué quien grabó fuertemente en el corazón del hombre,
-que el individuo tiene sus deberes que cumplir, aun cuando se
-levante contra él el mundo entero; que el individuo tiene un destino
-inmenso que llenar, y que es para él un negocio propio, enteramente
-propio, y cuya responsabilidad pesa sobre su libre albedrío. Esta
-importante verdad, sin cesar inculcada por el Cristianismo á todas las
-edades, sexos y condiciones, ha debido de contribuir poderosamente
-á despertar en el hombre un sentimiento vivo de su personalidad, en
-toda su magnitud, en todo su interés, y combinándose con las demás
-inspiraciones del Cristianismo, llenas todas de grandor y dignidad,
-ha levantado el alma humana del polvo en que la tenían sumida la
-ignorancia, las más groseras supersticiones, y los sistemas de
-violencia que la oprimían por todas partes. Como extrañas y asombrosas
-sonarían sin duda á los oídos de los paganos las valientes palabras de
-Justino, que expresaban nada menos que la disposición de ánimo de la
-generalidad de los fieles, cuando en su Apología dirigida á Antonio Pío
-decía: «Como no tenemos puestas las esperanzas en las cosas presentes,
-despreciamos á los matadores, mayormente siendo la muerte una cosa que
-tampoco se puede evitar.»
-
-Esa admirable entereza, ese heroico desprecio de la muerte, esa
-presencia de ánimo en el hombre, que, apoyado en el testimonio de su
-conciencia, desafía todos los poderes de la tierra, debía de influir
-tanto más en el engrandecimiento del alma, cuanto no dimanaba de
-aquella fría impasibilidad estoica, que, sin contar con ningún motivo
-sólido, se empeñaba en luchar con la misma naturaleza de las cosas;
-sino que tenía su origen en un sublime desprendimiento de todo lo
-terreno, en la profunda convicción de lo sagrado del deber, y de que
-el hombre, sin cuidar de los obstáculos que le oponga el mundo, debe
-marchar con firme paso al destino que le ha señalado el Criador. Ese
-conjunto de ideas y sentimientos comunicaba al alma un temple fuerte
-y vigoroso, que, sin rayar en aquella dureza feroz de los antiguos,
-dejaba al hombre en toda su dignidad, en toda su nobleza y elevación. Y
-conviene notar que esos preciosos efectos no se limitaban á un reducido
-número de individuos privilegiados, sino que, conforme al genio de
-la religión cristiana, se extendían á todas las clases: porque la
-expansión ilimitada de todo lo bueno, el no conocer ninguna acepción
-de personas, el procurar que resuene su voz hasta en los más obscuros
-lugares, es uno de los más bellos distintivos de esa religión divina.
-No se dirigía tan sólo á las clases elevadas, ni á los filósofos, sino
-á la generalidad de los fieles, la lumbrera del África, San Cipriano,
-cuando compendiaba en pocas palabras la grandeza del hombre, y
-rasgueaba con osada mano el alto temple en que debe mantenerse nuestra
-alma, sin aflojar jamás. «Nunca, decía, nunca admirará las obras
-humanas quien se conociere hijo de Dios. _Despéñase de la cumbre de su
-nobleza quien puede admirar algo que no sea Dios._» (_De Spectaculis._)
-Sublimes palabras que hacen levantar la frente con dignidad, que hacen
-latir el corazón con generoso brío, que, derramándose sobre todas las
-clases como un calor fecundo, hacían que el último de los hombres
-pudiese decir lo que antes pareciera exclusivamente propio del ímpetu
-de un vate:
-
- Os homini sublime dedit, coelumque tueri
- Iussit, et erectos ad sidera tullere vultus.
-
-El desarrollo de la vida moral, de la vida interior, de esa vida en que
-el hombre se acostumbra á concentrarse sobre sí mismo, dándose razón
-circunstanciada de todas sus acciones, de los motivos que las dirigen,
-de la bondad ó malicia que encierran, y del fin á que le conducen, es
-debido principalmente al Cristianismo, á su influjo incesante sobre
-el hombre en todos los estados, en todas las situaciones, en todos
-los momentos de su existencia. Con un desarrollo semejante de la
-vida individual, en todo lo que tiene de más íntimo, de más vivo é
-interesante para el corazón del hombre, era incompatible esa absorción
-del individuo en la sociedad, esa abnegación ciega en que el hombre se
-olvidaba de sí mismo para no pensar en otra cosa que en la asociación
-á que pertenecía. Esa vida moral, interior, faltaba á los antiguos,
-porque carecían de principios donde fundarla, de reglas para dirigirla,
-de inspiraciones con que fomentarla y nutrirla; y así observamos que en
-Roma, tan pronto como el elemento político fué perdiendo su ascendiente
-sobre las almas, gastándose el entusiasmo con las disensiones
-intestinas, y sofocándose todo sentimiento generoso con el insoportable
-despotismo que sucedió á las últimas turbulencias de la república, se
-desenvuelven rápidamente la corrupción y la molicie más espantosas;
-pues que la actividad del alma, consumida poco antes en los debates del
-foro, y en las gloriosas hazañas de la guerra, no encontrando pábulo
-en que cebarse, se abandona lastimosamente á los goces materiales, con
-un desenfreno tal, que nosotros apenas acertamos á concebir, á pesar
-de la relajación de costumbres de que con razón nos lamentamos. Por
-manera que entre los antiguos sólo vemos dos extremos: ó un patriotismo
-llevado al más alto punto de exaltación, ó una postración completa
-de las facultades de una alma, que se abandona sin tasa á cuanto le
-sugieren sus pasiones desordenadas: el hombre era siempre esclavo, ó de
-sus propias pasiones, ó de otro hombre, ó de la sociedad.
-
-Merced al enflaquecimiento de las creencias, acarreado por el
-individualismo intelectual en materias religiosas proclamado por el
-Protestantismo; merced al quebrantamiento del lazo moral con que reunía
-á los hombres la unidad católica, podemos observar en la civilización
-europea algunas muestras de lo que debía de ser entre los antiguos el
-hombre, falto como estaba de los verdaderos conocimientos sobre sí
-mismo, y sobre su origen y destino. Pero, dejando para más adelante
-el señalar los puntos de semejanza que se descubren entre la sociedad
-antigua y la moderna en aquellas partes donde se ha debilitado la
-influencia de las ideas cristianas, bástame por ahora observar que,
-si la Europa llegase á perder completamente el Cristianismo, como
-lo han deseado algunos insensatos, no pasaría una generación, sin
-que renaciesen entre nosotros el individuo y la sociedad tales como
-estaban entre los antiguos, salvo, empero, las modificaciones que trae
-necesariamente consigo el diferente estado material de ambos pueblos.
-
-La libertad de albedrío, altamente proclamada por el Catolicismo, y tan
-vigorosamente por él sostenida, no sólo contra la antigua enseñanza
-pagana, sino y muy particularmente contra los sectarios de todos
-tiempos, y en especial contra los fundadores de la llamada Reforma,
-ha sido también un poderoso resorte que ha contribuído más de lo que
-se cree al desarrollo y perfección del individuo, y á realzar sus
-sentimientos de independencia, su nobleza y su dignidad. Cuando el
-hombre llega á considerarse arrastrado por la irresistible fuerza
-del destino, sujeto á una cadena de acontecimientos en cuyo curso él
-no puede influir; cuando llega á figurarse que las operaciones del
-alma, que parecen darle un vivo testimonio de su libertad, no son
-más que una vana ilusión, desde entonces el hombre se anonada, se
-siente asimilado á los brutos, no es ya el príncipe de los vivientes,
-el dominador de la tierra; es una rueda colocada en su lugar, y que
-mal de su grado ha de continuar ejerciendo sus funciones en la gran
-máquina del universo. Entonces el orden moral no existe; el mérito
-y el demérito, la alabanza y el vituperio, el premio y la pena son
-palabras sin sentido; el hombre goza ó sufre, sí, pero á la manera del
-arbusto, que, ora es mecido por el blando céfiro, ora azotado por el
-furioso aquilón. Muy al contrario sucede cuando se cree libre: él es
-el dueño de su destino; y el bien y el mal, la vida y la muerte están
-ante sus ojos; puede escoger, y nada es capaz de violentarle en el
-santuario de su conciencia. El alma tiene allí su trono, donde está
-sentada con dignidad, y el mundo entero bramando contra ella, y el orbe
-desplomándose sobre su frágil cuerpo, no pueden forzarla á querer ó á
-no querer. El orden moral en todo su grandor, en toda su belleza, se
-despliega á nuestros ojos, y el bien se presenta con toda su hermosura,
-el mal con toda su fealdad, el deseo de merecer nos estimula, el de
-desmerecer nos detiene, y la vista del galardón que puede ser alcanzado
-con libre voluntad, y que está como suspendido al extremo de los
-senderos de la virtud, hace estos senderos más gratos y apacibles, y
-comunica al alma actividad y energía. Si el hombre es libre, conserva
-un no sé qué de más grandioso y terrible, hasta en medio de su crimen,
-hasta en medio de su castigo, hasta en medio de la desesperación del
-infierno. ¿Qué es un hombre que ha carecido de libertad, y que, sin
-embargo, es castigado? ¿qué significa ese absurdo, dogma capital de
-los fundadores del Protestantismo? Es una víctima miserable, débil,
-en cuyos tormentos se complace una omnipotencia cruel, un Dios que ha
-querido criar para ver sufrir, un tirano con infinito poder, es decir,
-el más horrendo de los monstruos. Pero, si el hombre es libre, cuando
-sufre, sufre porque lo ha merecido: y, si le contemplamos en medio
-de la desesperación, sumido en un piélago de horrores, lleva en su
-frente la señal del rayo con que justamente le ha herido el Eterno; y
-parécenos oirle todavía con su ademán altanero, con su mirada soberbia,
-cuál pronuncia aquellas terribles palabras: _non serviam, no serviré_.
-
-En el hombre, como en el universo, todo está enlazado maravillosamente,
-todas las facultades tienen sus relaciones, que, por delicadas, no
-dejan de ser íntimas, y el movimiento de una cuerda hace retemblar
-todas las otras. Necesario es llamar la atención sobre esa mutua
-dependencia de nuestras facultades para prevenir la respuesta que
-quizás darían algunos, de que sólo se ha probado que el Catolicismo
-ha debido de contribuir á desenvolver al individuo en un sentido
-místico: no, no; las reflexiones que acabo de presentar, prueban algo
-más: prueban que al Catolicismo es debida la clara idea, el vivo
-sentimiento del orden moral en toda su grandeza y hermosura; prueban
-que al Catolicismo es debido lo que se llama conciencia propiamente
-tal; prueban que al Catolicismo es debido el que el hombre se crea con
-un destino inmenso cuyo negocio le es enteramente propio, y destino que
-está puesto en manos de su libre albedrío; prueban que al Catolicismo
-es debido el verdadero conocimiento del hombre, el aprecio de su
-dignidad, la estimación, el respeto que se le dispensan por el mero
-título de hombre; prueban que el Catolicismo ha desenvuelto en nuestra
-alma los gérmenes de los sentimientos más nobles y generosos, puesto
-que ha levantado la mente con los más altos conceptos, y ha ensanchado
-y elevado nuestro corazón, asegurándole una libertad que nadie le puede
-arrebatar, brindándole con un galardón de eternal ventura, pero dejando
-en su mano la vida y la muerte, haciéndole en cierto modo árbitro de su
-destino. Algo más que un mero misticismo es todo esto: es nada menos
-que el verdadero individualismo, el único individualismo noble, justo,
-razonable; es nada menos que un conjunto de poderosos impulsos para
-llevar al individuo á su perfección en todos sentidos; es nada menos
-que el primero, el más indispensable, el más fecundo elemento de la
-verdadera civilización.[1]
-
-
-
-
-CAPITULO XXIV
-
-
-Hemos visto lo que debe al Catolicismo el individuo; veamos ahora
-lo que le debe la familia. Claro es que, si el Catolicismo es quien
-ha perfeccionado al individuo, siendo éste el primer elemento de la
-familia, la perfección de ella deberá ser también mirada como obra
-del Catolicismo; pero sin insistir en esta ilación, quiero considerar
-el mismo lazo de familia, y para esto es menester llamar la atención
-sobre la mujer. No recordaré lo que era la mujer entre los antiguos,
-ni lo que es todavía en los pueblos que no son cristianos; la
-historia, y aun más la literatura de Grecia y Roma, nos darían de ello
-testimonios tristes, ó más bien vergonzosos; y todos los pueblos de
-la tierra nos ofrecerían abundantes pruebas de la verdad y exactitud
-de la observación de Buchanan, de que, dondequiera que no reine el
-Cristianismo, hay una tendencia á la degradación de la mujer.
-
-Quizás el Protestantismo no quiera en esta parte ceder terreno al
-Catolicismo, pretendiendo que, por lo que toca á la mujer, en nada ha
-perjudicado la Reforma á la civilización europea. Pero, prescindiendo,
-por de pronto, de si el Protestantismo acarreó en este punto algunos
-males, cuestión que se ventilará más adelante, no puede al menos
-ponerse en duda que, cuando él apareció, tenía ya la religión católica
-concluída su obra por lo tocante á la mujer: pues que nadie ignora
-que el respeto y consideración que se dispensa á las mujeres, y la
-influencia que ejercen sobre la sociedad, datan de mucho antes que del
-primer tercio del siglo XVI. De lo que se deduce que el Catolicismo no
-tuvo ni pudo tener al Protestantismo por colaborador, y que obró solo,
-enteramente solo, en uno de los puntos más cardinales de toda verdadera
-civilización; y que, al confesarse generalmente que el Cristianismo ha
-colocado á la mujer en el rango que le corresponde, y que más conviene
-para el bien de la familia y de la sociedad, tributándose este elogio
-al Cristianismo se le tributa al Catolicismo; pues que, cuando se
-levantaba á la mujer de la abyección, cuando se la alzaba al grado
-de digna compañera del hombre, no existían esas sectas disidentes,
-que también se apellidan cristianas; no había más Cristianismo que la
-Iglesia católica.
-
-Como el lector habrá notado ya que en el decurso de esta obra no
-se atribuyen al Catolicismo blasones y timbres, echando mano de
-generalidades, sino que para fundarlos se desciende al pormenor de los
-hechos, estará naturalmente esperando que se haga lo mismo aquí, y que
-se indique cuáles son los medios de que se ha valido el Catolicismo
-para dar á la mujer consideración y dignidad: no quedará el lector
-defraudado en su esperanza.
-
-Por de pronto, y antes de bajar á pormenores, es menester observar que
-á mejorar el estado de la mujer debieron de contribuir sobremanera
-las grandiosas ideas del Cristianismo sobre la humanidad; ideas que,
-comprendiendo al varón como á la hembra, sin diferencia ninguna,
-protestaban vigorosamente contra el estado de envilecimiento en que
-se tenía á esa preciosa mitad del linaje humano. Con la doctrina
-cristiana quedaban desvanecidas para siempre las preocupaciones contra
-la mujer; é igualada con el varón en la unidad de origen y destino y en
-la participación de los dones celestiales, admitida en la fraternidad
-universal de los hombres entre sí y con Jesucristo, considerada
-también como hija de Dios y coheredera de Jesucristo, como compañera
-del hombre, no como esclava, ni como vil instrumento de placer, debía
-callar aquella filosofía que se había empeñado en degradarla; y aquella
-literatura procaz que con tanta insolencia se desmandaba contra las
-mujeres, hallaba un freno en los preceptos cristianos, y una reprensión
-elocuente en el modo lleno de dignidad con que, á ejemplo de la
-Escritura, hablaban de ella todos los autores eclesiásticos.
-
-Pero, á pesar del benéfico influjo que por sí mismas habían de
-ejercer las doctrinas cristianas, no se hubiera logrado cumplidamente
-el objeto, si la Iglesia no tomara tan á pecho el llevar á cabo la
-obra más necesaria, más imprescindible para la buena organización
-de la familia y de la sociedad: hablo de la reforma del matrimonio.
-La doctrina cristiana es en esta parte muy sencilla: _uno con una,
-y para siempre_; pero la doctrina no era bastante, á no encargarse
-de su realización la Iglesia, á no sostener esa realización con
-firmeza inalterable; porque las pasiones, y sobre todo las del varón,
-braman contra semejante doctrina, y la hubieran pisoteado sin duda,
-á no estrellarse contra el insalvable valladar que no les ha dejado
-vislumbrar ni la más remota esperanza de victoria. ¿Y querrá también
-gloriarse de haber formado parte del valladar el Protestantismo, que
-aplaudió con insensata algazara el escándalo de Enrique VIII, que se
-doblegó tan villanamente á las exigencias de la voluptuosidad del
-landgrave de Hesse-Cassel? ¡Qué diferencia tan notable! Por espacio
-de muchos siglos, en medio de las más varias y muchas veces terribles
-circunstancias, lucha impávida la Iglesia católica con las pasiones de
-los potentados, para sostener sin mancilla la santidad del matrimonio:
-ni los halagos ni las amenazas nada pueden recabar de Roma que sea
-contrario á la enseñanza del Divino Maestro, y el Protestantismo, al
-primer choque, ó, mejor diré, al asomo del más ligero compromiso, al
-solo temor de malquistarse con un príncipe, y no muy poderoso, cede, se
-humilla, consiente la poligamia, hace traición á su propia conciencia,
-abre ancha puerta á las pasiones para que puedan destruir la santidad
-del matrimonio, esa santidad que es la más segura prenda del bien de
-las familias, la primera piedra sobre que debe cimentarse la verdadera
-civilización.
-
-Más cuerda en este punto la sociedad protestante que los falsos
-reformadores, empeñados en dirigirla, rechazó con admirable buen
-sentido las consecuencias de semejante conducta; y ya que no conservase
-las doctrinas del Catolicismo, siguió al menos la saludable tendencia
-que él le había comunicado, y la poligamia no se estableció en Europa.
-Pero la historia conservará los hechos que muestran la debilidad de
-la llamada Reforma, y la fuerza vivificante del Catolicismo: ella
-dirá á quién se debe que en medio de los siglos bárbaros, en medio
-de la más asquerosa corrupción, en medio de la violencia y ferocidad
-por doquiera dominantes, tanto en el período de la fluctuación de los
-pueblos invasores, como en el del feudalismo, como en el tiempo en que
-descollaba ya prepotente el poderío de los reyes, ella dirá, repito, á
-quién se debe que el matrimonio, el verdadero paladión de la sociedad,
-no fuera doblegado, torcido, hecho trizas, y que el desenfreno de la
-voluptuosidad no campease con todo su ímpetu, con todos sus caprichos,
-llevando en pos de sí la desorganización más profunda, adulterando el
-carácter de la civilización europea, y lanzándola en la honda sima en
-que yacen desde muchos siglos los pueblos del Asia.
-
-Los escritores parciales pueden registrar los anales de la historia
-eclesiástica para encontrar desavenencias entre papas y príncipes, y
-echar en cara á la Corte de Roma su espíritu de _terca intolerancia_
-con respecto á la santidad del matrimonio; pero, si no los cegara el
-espíritu de partido, comprenderían que, si esa _terca intolerancia_
-hubiera aflojado un instante, si el Pontífice de Roma hubiese
-retrocedido ante la impetuosidad de las pasiones un solo paso, una vez
-dado el primero, encontrábase una rápida pendiente, y al fin de ésta,
-un abismo; comprenderían el espíritu de verdad, la honda convicción, la
-viva fe de que está animada esa augusta Cátedra, ya que nunca pudieron
-consideraciones ni temores de ninguna clase hacerla enmudecer, cuando
-se ha tratado de recordar á todo el mundo, y muy en particular á
-los potentados y á los reyes: _serán dos en una carne; lo que Dios
-unió, no lo separe el hombre_; comprenderían que, si los papas se han
-mostrado inflexibles en este punto, aun á riesgo de los desmanes de
-los reyes, además de cumplir con el sagrado deber que les imponía el
-augusto carácter de jefes del Cristianismo, hicieron una obra maestra
-en política, contribuyeron grandemente al sosiego y bienestar de los
-pueblos: «porque los casamientos de los príncipes, dice Voltaire,
-forman en Europa el destino de los pueblos, y nunca se ha visto una
-corte libremente entregada á la prostitución, sin que hayan resultado
-revoluciones y sediciones.» (_Ensayo sobre la historia gener., tom. 3,
-cap. 101._)
-
-Esta observación tan exacta de Voltaire bastaría para vindicar á los
-papas, y con ellos al Catolicismo, de las calumnias de miserables
-detractores; pero, si esa reflexión no se concreta al orden político
-y se la extiende al orden social, crece todavía en valor, y adquiere
-una importancia inmensa. La imaginación se asombra al pensar en lo que
-hubiera acontecido, si esos reyes bárbaros en quienes el esplendor de
-la púrpura no bastaba á encubrir al hijo de las selvas, si esos fieros
-señores encastillados en sus fortalezas, cubiertos de hierro y rodeados
-de humildes vasallos, no hubieran encontrado un dique en la autoridad
-de la Iglesia; si al echar á alguna belleza una mirada de fuego, si al
-sentir con el nuevo ardor que se engendraba en su pecho el fastidio
-por su legítima esposa, no hubiesen tropezado con el recuerdo de una
-autoridad inflexible. Podían, es verdad, cometer una tropelía contra
-el obispo, ó hacer que enmudeciese con el temor ó los halagos; podían
-violentar los votos de un concilio particular, ó hacerse un partido
-con amenazas, ó con la intriga y el soborno; pero allá, en obscura
-lontananza, divisaban la cúpula del Vaticano, la sombra del Sumo
-Pontífice se les aparecía como una visión aterradora; allí perdían la
-esperanza, era inútil combatir: el más encarnizado combate no podía
-dar por resultado la victoria; las intrigas más mañosas, los ruegos
-más humildes, no recabarán otra respuesta que: _uno con una, y para
-siempre_.
-
-La simple lectura de la historia de la Edad Media, aquella escena
-de violencias, donde se retrata con toda viveza el hombre bárbaro
-forcejando por quebrantar los lazos que pretende imponerle la
-civilización; con sólo recordar que la Iglesia debía estar siempre
-en vigilante guarda, no tan sólo para que no se hiciesen pedazos los
-vínculos del matrimonio, sino también para que no fuesen víctimas de
-raptos y tropelías las doncellas, aun las consagradas al Señor; salta á
-los ojos que, si la Iglesia católica no se hubiese opuesto como un muro
-de bronce al desbordamiento de la voluptuosidad, los palacios de los
-príncipes y castillos de los señores se habrían visto con su serrallo y
-harén, y siguiendo por la misma corriente las demás clases, quedara la
-mujer europea en el mismo abatimiento en que se encuentra la musulmana.
-Y, ya que acabo de mentar á los sectarios de Mahoma, recordaré aquí á
-los que pretenden explicar la monogamia y poligamia sólo por razones de
-clima, que los cristianos y mahometanos se hallaron por largo tiempo
-en los mismos climas, y que con las vicisitudes de ambos pueblos se
-han establecido las respectivas religiones, ora en climas más rígidos,
-ora en más templados y suaves; y, sin embargo, no se ha visto que las
-religiones se acomodasen al clima, sino que antes bien el clima ha
-tenido, por decirlo así, que doblegarse á las religiones.
-
-Gratitud eterna deben los pueblos europeos al Catolicismo, por
-haberles conservado la monogamia, que á no dudarlo ha sido una de las
-causas que más han contribuído á la buena organización de la familia
-y al realce de la mujer. ¿Cuál sería ahora la situación de Europa,
-qué consideración disfrutaría la mujer, si Lutero, el fundador del
-Protestantismo, hubiese alcanzado á inspirar á la sociedad la misma
-indiferencia en este punto que él manifiesta en su _Comentario sobre
-el Génesis_? «Por lo que toca á saber, dice Lutero, si se pueden tener
-muchas mujeres, la autoridad de los patriarcas nos deja en completa
-libertad»; y añade después que _esto no se halla ni permitido, ni
-prohibido, y que él por sí no decide nada_. ¡Desgraciada Europa, si
-semejantes palabras, salidas nada menos que de la boca de un hombre que
-arrastró en pos de su secta tantos pueblos, se hubiesen pronunciado
-algunos siglos antes, cuando la civilización no había recibido
-todavía bastante impulso para que, á pesar de las malas doctrinas,
-pudiese seguir en los puntos más capitales una dirección certera!
-¡Desgraciada Europa, si á la sazón en que escribía Lutero, no se
-hallaran ya muy formadas las costumbres, y si la buena organización
-dada á la familia por el Catolicismo, no tuviera ya raíces demasiado
-profundas para ser arrancadas por la mano del hombre! El escándalo
-del landgrave de Hesse-Cassel, á buen seguro que no fuera un ejemplo
-aislado, y la culpable condescendencia de los doctores luteranos habría
-tenido resultados bien amargos. ¿De qué sirvieran, para contener la
-impetuosidad feroz de los pueblos bárbaros y corrompidos, aquella fe
-vacilante, aquella incertidumbre, aquella cobarde flojedad con que se
-amilanaba la Iglesia protestante, á la sola exigencia de un príncipe
-como el landgrave? ¿Cómo sostuviera una lucha de siglos, la que al
-primer amago del combate ya se rinde, la que antes del choque ya se
-quebranta?
-
-Al lado de la monogamia, puede decirse que figura por su alta
-importancia la indisolubilidad del matrimonio. Aquellos que se apartan
-de la doctrina de la Iglesia opinando que es útil en ciertos casos
-permitir el divorcio, de tal manera que se considere, como suele
-decirse, disuelto el vínculo, y que cada uno de los consortes pueda
-pasar á segundas nupcias, no me podrán negar que miran el divorcio como
-un remedio, y remedio peligroso, de que el legislador echa mano á duras
-penas, sólo en consideración á la malicia ó á la flaqueza; no me podrán
-negar que el multiplicarse mucho los divorcios acarrearía males de
-gravísima cuenta, y que, para prevenirlos en aquellos países donde las
-leyes civiles consienten este abuso, es menester rodear la permisión
-de todas las precauciones imaginables; y, por consiguiente, tampoco me
-podrán disputar que el establecer la indisolubilidad como principio
-moral, el cimentarla sobre motivos que ejercen poderoso ascendiente
-sobre el corazón, el seguir la marcha de las pasiones, teniéndolas de
-la mano para que no se desvíen por tan resbaladiza pendiente, es un
-eficaz preservativo contra la corrupción de costumbres, es una garantía
-de tranquilidad para las familias, es un firme reparo contra gravísimos
-males que vendrían á inundar la sociedad; y, por tanto, que obra
-semejante es la más propia, la más digna de ser objeto de los cuidados
-y del celo de la verdadera religión. ¿Y qué religión ha cumplido con
-este deber, sino la católica? ¿Cuál ha desempeñado más cumplidamente
-tan penosa y saludable tarea? ¿Ha sido el Protestantismo, que ni
-alcanzó á penetrar la profundidad de las razones que guiaban en este
-particular la conducta de la Iglesia católica?
-
-Los protestantes, arrastrados por su odio á la Iglesia romana, y
-llevados del prurito de innovarlo todo, creyeron hacer una gran reforma
-secularizando, por decirlo así, el matrimonio, y declamando contra
-la doctrina católica, que le miraba como un verdadero sacramento. No
-cumpliría á mi objeto el entrar aquí en una controversia dogmática
-sobre esta cuestión; bástame hacer notar que fué grave desacuerdo
-despojar el matrimonio del augusto sello de un sacramento, y que con
-semejante paso se manifestó el Protestantismo muy escaso conocedor del
-corazón humano. El considerar el matrimonio, no como un mero contrato
-civil, sino como un verdadero sacramento, era ponerle bajo la augusta
-sombra de la religión, y elevarle sobre la turbulenta atmósfera de las
-pasiones: ¿quién puede dudar que todo esto se necesita cuando se trata
-de poner freno á la pasión más viva, más caprichosa, más terrible del
-corazón del hombre? ¿Quién duda que para producir este efecto no son
-bastante las leyes civiles, y que son menester motivos que, arrancando
-de más alto origen, ejerzan más eficaz influencia?
-
-Con la doctrina protestante se echaba por tierra la potestad de la
-Iglesia en asuntos matrimoniales, quedando exclusivamente en manos de
-la potestad civil. Quizás no faltará quien piense que este ensanche
-dado á la potestad secular no podía menos de ser altamente provechoso
-á la causa de la civilización, y que el arrojar de este terreno á
-la autoridad eclesiástica fué un magnífico triunfo sobre añejas
-preocupaciones, una utilísima conquista sobre usurpaciones injustas.
-¡Miserables! Si se albergaran en vuestra mente elevados conceptos,
-si vibraran en vuestros pechos aquellas harmoniosas cuerdas, que
-dan un conocimiento delicado y exacto de las pasiones del hombre, y
-que inspiran los medios más á propósito para dirigirlas, vierais,
-sintierais que el poner el matrimonio bajo el manto de la religión,
-substrayéndolo, en cuanto cabe, de la intervención profana, era
-purificarle, era embellecerle, era rodearle de hermosísimo encanto,
-porque se colocaba bajo inviolable salvaguardia aquel precioso tesoro,
-que con sólo una mirada se aja, que con un levísimo aliento se empaña.
-¿Tan mal os parece un denso velo corrido á la entrada del tálamo
-nupcial, y la religión guardando sus umbrales con ademán severo?
-
-
-
-
-CAPITULO XXV
-
-
-Pero, se nos dirá á los católicos: ¿no encontráis vuestras doctrinas
-sobrado duras, demasiado rigurosas? ¿no advertís que esas doctrinas
-prescinden de la flaqueza y volubilidad del corazón humano, que
-le exigen sacrificios superiores á sus fuerzas? ¿no conocéis que
-es inhumano sujetar á la rigidez de un principio las afecciones
-más tiernas, los sentimientos más delicados, las inspiraciones más
-livianas? ¿Concebís toda la dureza que entraña una doctrina que se
-empeña en mantener unidos, amarrados con el lazo fatal, á dos seres que
-ya no se aman, que ya se causan mutuo fastidio, que quizá se aborrecen
-con un odio profundo? Á estos seres que suspiran por su separación,
-que antes quisieran la muerte que permanecer unidos, responderles con
-un _jamás_, con un _eterno jamás_, mostrándoles, al propio tiempo,
-el sello divino, que se grabó en su lazo en el momento solemne de
-recibir el sacramento del matrimonio, ¿no es olvidar todas las reglas
-de la prudencia, no es un proceder desesperante? ¿No vale algo más la
-indulgencia del Protestantismo, que, acomodándose á la flaqueza humana,
-se presta más fácilmente á lo que exige, á veces nuestro capricho, á
-veces nuestra debilidad?
-
-Es necesario contestar á esta réplica, disipar la ilusión que pueden
-causar ese linaje de argumentos, muy á propósito para inducir á un
-errado juicio, seduciendo de antemano el corazón. En primer lugar,
-es exagerado el decir que, con el sistema católico, se reduzca á un
-extremo desesperante á los esposos desgraciados. Casos hay en que
-la prudencia demanda que los consortes se separen, y entonces no
-se oponen á la separación, ni las doctrinas ni las prácticas de la
-Iglesia católica. Verdad es que no se disuelve por eso el vínculo
-del matrimonio, ni ninguno de los consortes queda libre para pasar á
-segundas nupcias; pero hay ya lo bastante para que no se pueda suponer
-tiranizados á ninguno de los dos; no se les obliga á vivir juntos, y,
-de consiguiente, no sufren ya el tormento, á la verdad intolerable, de
-permanecer siempre reunidas dos personas que se aborrecen.
-
-«Pero bien, se nos dirá, una vez separados los consortes, no se
-les atormenta con la cohabitación, que les era tan penosa, pero se
-les priva de pasar á segundas nupcias, y, por tanto, se les veda
-el satisfacer otra pasión que pueden abrigar en su pecho, y que
-quizá fué la causa del fastidio ó aborrecimiento, de que resultaron
-la discordia y la desdicha en el primer matrimonio. ¿Por qué no se
-considera entonces este matrimonio como disuelto del todo, quedando
-enteramente libres ambos consortes? ¿Por qué no se les permite seguir
-las afecciones de su corazón, que, fijado ya sobre otro objeto, les
-augura días más felices?» Aquí, donde la salida parece más difícil,
-donde la fuerza de la dificultad se presenta más apremiadora, aquí es
-donde puede alcanzar el Catolicismo un triunfo más señalado, aquí es
-donde puede mostrar más claramente cuán profundo es su conocimiento del
-corazón del hombre, cuán sabias son en este punto sus doctrinas, cuán
-previsora y atinada su conducta. Lo que parece rigor excesivo, no es
-más que una severidad necesaria; y que, tanto dista de merecer la tacha
-de cruel, que antes bien es para el hombre una prenda de sosiego y
-bienestar. Á primera vista no se concibe cómo puede ser así, y, por lo
-mismo, será menester desentrañar este asunto, descendiendo, en cuanto
-posible sea, á un profundo examen de los principios que justifican á la
-luz de la razón la conducta observada por el Catolicismo, no sólo por
-lo tocante al matrimonio, sino también en todo lo relativo al corazón
-humano.
-
-Cuando se trata de dirigir las pasiones, se ofrecen dos sistemas de
-conducta. Consiste el uno en condescender, el otro en resistir. En el
-primero se retrocede delante de ellas á medida que avanzan; nunca se
-les opone un obstáculo invencible, nunca se las deja sin esperanza; se
-les señala en verdad una línea para que no pasen de ciertos límites,
-pero se les deja conocer que, si se empeñan en pisarla, esta línea
-se retirará un poco más; por manera que la condescendencia está en
-proporción con la energía y con la obstinación de quien la exige. En
-el segundo, también se marca á las pasiones una línea, de la que no
-pueden pasar; pero esta línea es fija, inmóvil, resguardada en toda su
-extensión por un muro de bronce. En vano lucharían para salvarla; no
-les queda ni una sombra de esperanza; el principio que las resiste no
-se alterará jamás; no consentirá transacciones de ninguna clase. No les
-queda recurso de ninguna especie, á no ser que quieran pasar adelante
-por el único camino que nunca puede cerrarse á la libertad humana:
-el de la maldad. En el primer sistema, se permite el desahogo para
-prevenir la explosión; en el segundo, no se consiente que principie
-el incendio, para no verse obligado á contener su progreso; en aquél,
-se temen las pasiones cuando están en su nacimiento, y se confía
-limitarlas cuando hayan crecido; en éste, se conceptúa que, si no es
-fácil contenerlas cuando son pequeñas, lo será mucho menos cuando sean
-grandes; en el uno, se procede en el supuesto de que las pasiones
-con el desahogo se disipan y se debilitan; en el otro, se cree que
-satisfaciéndose no se sacían, y que antes bien se hacen más sedientas.
-
-Generalmente hablando, puede decirse que el Catolicismo sigue el
-segundo sistema; es decir, que, en tratando con las pasiones, su regla
-constante es atajarlas en los primeros pasos; dejarlas, en cuanto
-cabe, sin esperanza; ahogarlas, si es posible, en la misma cuna. Y es
-necesario advertir que hablamos aquí de la severidad con las pasiones,
-no con el hombre que las tiene; que es muy compatible no transigir con
-la pasión, y ser indulgente con la persona apasionada; ser inexorable
-con la culpa, y sufrir benignamente al culpable. Por lo tocante al
-matrimonio, ha seguido este sistema con una firmeza que asombra; el
-Protestantismo ha tomado el camino opuesto; ambos convienen en que
-el divorcio que llevare consigo la disolución del vínculo, es un mal
-gravísimo; pero la diferencia está en que, según el sistema católico,
-no se deja entrever ni siquiera la esperanza de que pueda venir el
-caso de esa disolución, pues se la veda absolutamente, sin restricción
-alguna, se la declara imposible, cuando en el sistema protestante se la
-puede consentir en ciertos casos; el Protestantismo no tiene para el
-matrimonio un sello divino que garantice su perpetuidad, que lo haga
-inviolable y sagrado; el Catolicismo tiene este sello, le imprime en
-el misterioso lazo, y en adelante queda el matrimonio bajo la guarda de
-un símbolo augusto.
-
-¿Cuál de las dos religiones es más sabia en este punto? ¿cuál procede
-con más acierto? Para resolver esta cuestión, prescindiendo, como
-prescindimos aquí, de las razones dogmáticas, y de la moralidad
-intrínseca de los actos humanos que forman el objeto de las leyes cuyo
-examen nos ocupa, es necesario determinar cuál de los dos sistemas
-arriba descritos es más á propósito para el manejo y dirección de
-las pasiones. Meditando sobre la naturaleza del corazón del hombre y
-ateniéndonos á lo que nos enseña la experiencia de cada día, puede
-asegurarse que el medio más adaptado para enfrenar una pasión es
-dejarla sin esperanza; y que el condescender con ella, el permitirle
-continuos desahogos, es incitarla más y más, es juguetear con el fuego
-al rededor del combustible, dejarle que prenda en él una y otra vez,
-con la vana confianza de que siempre será fácil apagar el incendio.
-
-Demos una rápida ojeada sobre las pasiones más violentas, y observemos
-cuál es su curso ordinario, según el sistema que con ellas se practica.
-Ved al jugador, á ese hombre dominado por un desasosiego indefinible,
-que abriga al mismo tiempo una codicia insaciable y una prodigalidad
-sin límites, que ni se contenta con la más inmensa fortuna, ni vacila
-en aventurarla á un azar de un momento, que en medio del mayor
-infortunio sueña todavía en grandes tesoros, que corre afanoso y
-sediento en pos de un objeto, que parece el oro, y que, sin embargo,
-no lo es, pues que su posesión no le satisface; ved á ese hombre, cuyo
-corazón inquieto sólo puede vivir en medio de la incertidumbre, del
-riesgo, suspenso entre el temor y la esperanza, y que, al parecer,
-se complace en esa rápida sucesión de vivas sensaciones que de
-continuo le sacuden y atormentan: ¿cuál es el remedio para curarle
-de esa enfermedad, de esa fiebre devoradora? Aconsejadle un sistema
-de condescendencia, decidle que juegue, pero que se limite á cierta
-cantidad, á ciertas horas, á ciertos lugares; ¿qué lograréis? Nada,
-absolutamente nada. Si estos medios pudieran servir de algo, no habría
-jugador en el mundo que no se hubiese curado de su pasión; porque
-ninguno hay que no se haya fijado mil veces á sí mismo esos límites,
-que no se haya dicho mil veces: «jugarás no más que hasta tal hora,
-no más que en este ó aquel lugar, no más que sobre tal cantidad.» Con
-estos paliativos, con estas precauciones impotentes, ¿qué le sucede
-al desgraciado jugador? Que se engaña miserablemente, que la pasión
-transige para cobrar fuerzas y asegurar mejor la victoria, que va
-ganando terreno, que va ensanchando el círculo prefijado, y que vuelve
-á los primeros excesos, si no á otros mayores. ¿Queréis curarle de
-raíz? Si algún remedio queda, será, no lo dudéis, abstenerse desde
-luego completamente. Esto, á primera vista, será más doloroso, pero
-en la práctica será más fácil; desde que la pasión vea cerrada toda
-esperanza, empezará á debilitarse, y al fin desaparecerá. No creo que
-ninguna persona experimentada tenga la menor duda sobre la exactitud de
-lo que acabo de decir; y que no convenga conmigo en que el mejor medio
-de ahogar esa formidable pasión es quitarle de una vez todo pábulo,
-dejarla sin esperanza.
-
-Vamos á otro ejemplo más allegado al objeto que principalmente me
-propongo dilucidar. Supongamos á un hombre señoreado por el amor;
-¿creéis que, para curarle de su mal, será conveniente consentirle un
-desahogo, concediéndole ocasiones, bien que menos frecuentes, de ver
-á la persona amada? ¿Paréceos si podrá serle saludable el permitirle
-la continuación, vedándole, empero, la frecuencia? ¿Se apagará, se
-amortiguará siquiera con esa precaución, la llama que arde en su
-pecho? Es cierto que no: la misma compresión de esta llama acarreará
-su aumento, y multiplicará su fuerza; y como, por otra parte, se le va
-dando algún pábulo, si bien más escaso, y se le deja un respiradero por
-donde puede desahogarse, irá ensanchando cada día ese respiradero,
-hasta que, al fin, alcance á desembarazarse del obstáculo que la
-resiste. Pero quitad á esa pasión la esperanza; empeñad al amante
-en un largo viaje, ó poned de por medio algunos impedimentos que no
-dejen entrever como probable, ni siquiera posible, el logro del fin
-deseado; y entonces, salvas algunas rarísimas excepciones, conseguiréis
-primero la distracción, y en seguida el olvido. ¿No es esto lo que
-está enseñando á cada paso la experiencia? ¿No es éste el remedio que
-la misma necesidad sugiere todos los días á los padres de familia? Las
-pasiones son como el fuego: se apaga si se le echa agua en abundancia;
-pero se enardece con más viveza, si el agua es poca é insuficiente.
-
-Pero elevemos nuestra consideración, coloquémonos en un horizonte más
-vasto, y observemos las pasiones obrando en un campo más extenso,
-y en regiones de mayor altura. ¿Cuál es la causa de que, en épocas
-tormentosas, se exciten tantas y tan enérgicas pasiones? Es que todas
-conciben esperanzas de satisfacerse; es que, volcadas las clases más
-elevadas, y destruídas las instituciones más antiguas y colosales,
-y reemplazadas por otras que antes eran imperceptibles, todas las
-pasiones ven abierto el camino para medrar en medio de la confusión
-y de la borrasca. Ya no existen las barreras que antes parecían
-insalvables, y cuya sola vista, ó no dejaba nacer la pasión, ó la
-ahogaba en su misma cuna; todo ha quedado abierto, sin defensa; sólo se
-necesita valor y constancia para saltar intrépido por en medio de los
-escombros y ruinas que se han amontonado con el derribo de lo antiguo.
-
-Considerada la cosa en abstracto, no hay absurdo más palpable que la
-monarquía hereditaria, que la sucesión en la corona asegurada á una
-familia donde á cada paso puede encontrarse sentado en el solio, ó
-un niño, ó un imbécil, ó un malvado; y, sin embargo, en la práctica
-nada hay más sabio, más prudente, más previsor. Así lo ha enseñado la
-experiencia de largos siglos, así con esa enseñanza lo conoce bien
-claro la razón, así lo han aprendido con tristes escarmientos los
-desgraciados pueblos que han tenido la monarquía electiva. Y esto,
-¿por qué? Por la misma razón que estamos ponderando: porque con la
-monarquía hereditaria se cierra toda puerta á la esperanza de una
-ambición desmesurada; porque, de otra suerte, abriga la sociedad un
-eterno germen de agitación y revueltas, promovidas por todos los que
-pueden concebir alguna esperanza de empuñar un día el mando supremo.
-En tiempos sosegados, y en una monarquía hereditaria, llegar á ser
-rey un particular, por rico, por noble, por sabio, por valiente, por
-distinguido que sea de cualquier modo, es un pensamiento insensato,
-que ni siquiera asoma en la mente del hombre; pero cambiad las
-circunstancias, introducid la probabilidad, tan sólo una remota
-posibilidad, y veréis como no faltan luego fervientes candidatos.
-
-Fácil sería desenvolver más semejante doctrina, haciendo de ella
-aplicación á todas las pasiones del hombre; pero estas indicaciones
-bastan para convencer que, cuando se trata de sojuzgar una pasión, lo
-primero que debe hacerse es oponerle una valla insuperable, que no le
-deje esperanza alguna de pasar adelante; entonces la pasión se agita
-por algunos momentos, se levanta contra el obstáculo que la resiste;
-pero, encontrándole inmóvil, retrocede, se abate, y cual las olas del
-mar se acomoda murmurando al nivel que se le ha señalado.
-
-Hay en el corazón humano una pasión formidable que ejerce poderosa
-influencia sobre los destinos de la vida, y que con sus ilusiones
-engañosas y seductoras labra no pocas veces una larga cadena de dolor
-y de infortunio. Teniendo un objeto necesario para la conservación del
-humano linaje, y encontrándose en cierto modo en todos los vivientes
-de la naturaleza, revístese, sin embargo, de un carácter particular,
-con sólo abrigarse en el alma de un ser inteligente. En los brutos
-animales, el instinto la guía de un modo admirable, limitándola á lo
-necesario para la conservación de las especies; pero, en el hombre,
-el instinto se eleva á pasión; y esta pasión, nutrida y avivada por el
-fuego de la fantasía, refinada con los recursos de la inteligencia,
-y veleidosa é inconstante por estar bajo la dirección de un libre
-albedrío, que puede entregarse á tantos caprichos cuantas son las
-impresionas que reciben los sentidos y el corazón, se convierte en un
-sentimiento vago, voluble, descontentadizo, insaciable; parecido al
-malestar de un enfermo calenturiento, al frenesí de un delirante, que
-ora divaga por un ambiente embalsamado de purísimos aromas, ora se
-agita convulsivo con las ansias de la agonía.
-
-¿Quién es capaz de contar la variedad de formas bajo las cuales se
-presenta esa pasión engañosa, y la muchedumbre de lazos que tiende á
-los pies del desgraciado mortal? Observadla en su nacimiento, seguidla
-en su carrera, hasta el fin de ella, cuando toca á su término y se
-extingue como una lámpara moribunda. Asoma apenas el leve bozo en el
-rostro del varón, dorando graciosamente una faz tierna y sonrosada,
-y ya brota en su pecho como un sentimiento misterioso, le inquieta y
-desasosiega, sin que él mismo conozca la causa. Una dulce melancolía
-se desliza en su corazón, pensamientos desconocidos divagan por su
-mente, sombras seductoras revolotean por su fantasía, un imán secreto
-obra sobre su alma, una seriedad precoz se pinta en su semblante,
-todas sus inclinaciones toman otro rumbo; ya no le agradan los juegos
-de la infancia, todo le hace augurar una vida nueva, menos inocente,
-menos tranquila; la tormenta no ruge aún, el cielo no se ha encapotado
-todavía, pero los rojos celajes que le matizan son un triste presagio
-de lo que ha de venir. Llega, entre tanto, la adolescencia, y lo que
-antes era un sentimiento vago, misterioso, incomprensible al mismo
-que le abrigaba, es, desde entonces, más pronunciado, los objetos se
-esclarecen y se presentan como son en sí, la pasión los ve, y á ellos
-se encamina. Pero no creáis que por esto la pasión sea constante; es
-tan vana, tan voluble y caprichosa, como los objetos que se le van
-presentando; corre sin cesar en pos de ilusiones, persiguiendo sombras,
-buscando una satisfacción que nunca encuentra, esperando una dicha que
-jamás llega. Exaltada la fantasía, hirviendo el corazón, arrebatada el
-alma entera, sojuzgada en todas sus facultades, rodéase el ardiente
-joven de las más brillantes ilusiones, comunícalas á cuanto le
-circunda, presta á la luz del cielo un fulgor más esplendente, reviste
-la faz de la tierra de un verdor más lozano, de colores más vivos,
-esparciendo por doquiera el reflejo de su propio encanto.
-
-En la edad viril, cuando el pensamiento es más grave y más fijo,
-cuando el corazón ha perdido de su inconstancia, cuando la voluntad
-es más firme y los propósitos más duraderos, cuando la conducta que
-debe regir los destinos de la vida está ya sujeta á una norma, y como
-encerrada en un carril, todavía se agita en el corazón del hombre
-esa pasión misteriosa, todavía le atormenta con inquietud incesante.
-Sólo que entonces, con el mayor desarrollo de la organización física,
-la pasión es más robusta y más enérgica; sólo que entonces, con el
-mayor orgullo que inspiran al hombre la independencia de la vida, el
-sentimiento de mayores fuerzas, y la mayor abundancia de medios, la
-pasión es más decidida, más osada, más violenta; así como, á fuerza
-de los desengaños y escarmientos que le ha dado la experiencia, se ha
-hecho más cautelosa, más previsora, más astuta; no anda acompañada de
-la candidez de los primeros años, sino que sabe aliarse con el cálculo,
-sabe marchar á su fin por caminos más encubiertos, sabe echar mano de
-medios más acertados. ¡Ay del hombre que no se precave á tiempo contra
-semejante enemigo! Consumirá su existencia en una agitación febril; y
-de inquietud en inquietud, de tormenta en tormenta, si no acaba con la
-vida en la flor de sus años, llegará á la vejez dominado todavía por
-su pasión funesta; ella le acompañará hasta el sepulcro, con aquellas
-formas asquerosas y repugnantes con que se pinta en un rostro surcado
-por los años, en unos ojos velados que auguran la muerte ya cercana.
-
-Ahora bien: ¿cuál es el sistema que conviene seguir para enfrenar esa
-pasión y encerrarla en sus justos límites, para impedir que acarree al
-individuo la desdicha, á las familias el desorden, á las sociedades el
-caos? La regla invariable del Catolicismo, así en la moral que predica,
-como en las instituciones que plantea, es la _represión_. Ni siquiera
-el deseo le consiente; y declara culpable á los ojos de Dios á quien
-mirare á una mujer con pensamiento impuro. Y esto ¿por qué? Porque, á
-más de la moralidad intrínseca que se encierra en la prohibición, hay
-una mira profunda en ahogar el mal en su origen; siendo muy cierto que
-es más fácil impedir al hombre el que se complazca en malos deseos, que
-no el que se abstenga de satisfacerlos, después de haberles dado cabida
-en su abrasado corazón; porque hay una razón muy profunda en procurar
-de esta suerte la tranquilidad del alma, no permitiéndole que, cual
-sediento Tántalo, sufra con la vista del agua que huye de sus labios.
-_Quid vis videre quod non licet habere?_ _¿Para qué quieres ver lo
-que no puedes obtener?_ dice sabiamente el autor del admirable libro
-_De la imitación de Jesucristo_, compendiando así, en pocas palabras,
-la sabiduría que se encierra en la santa severidad de la doctrina
-cristiana.
-
-Los lazos del matrimonio, señalando á la pasión un objeto legítimo,
-no ciegan, sin embargo, el manantial de agitación y de caprichosa
-inquietud que se alberga en el corazón. La posesión empalaga y
-fastidia, la hermosura se marchita y se aja, las ilusiones se disipan,
-el hechizo desaparece, y, encontrando el hombre una realidad que está
-muy lejos de alcanzar á los bellos sueños á que se entregara allá en
-sus delirios una imaginación fogosa, siente brotar en su pecho nuevos
-deseos; y, cansado del objeto poseído, alimenta nuevas ilusiones,
-buscando en otra parte aquella dicha ideal que se imaginaba haber
-encontrado, y huyendo de la triste realidad, que así burla sus más
-bellas esperanzas.
-
-Dad entonces rienda suelta á las pasiones del hombre, dejadle que
-de un modo ú otro pueda alimentar la ilusión de hacerse feliz con
-otros enlaces, que no se crea ligado para siempre y sin remedio á la
-compañera de sus días, y veréis como el fastidio llegará más pronto,
-como la discordia será más viva y ruidosa; veréis como los lazos
-se aflojan luego de formados, como se gastan con poco tiempo, como
-se rompen al primer impulso. Al contrario, proclamad la ley que no
-exceptúe ni á pobres ni á ricos, ni á débiles ni á potentados, ni
-á vasallos ni á reyes; que no atienda á diferencias de situación,
-de índole, de salud, ni á tantos otros motivos, que en manos de las
-pasiones, y sobre todo entre los poderosos, fácilmente se convierten
-en pretextos; proclamad esa ley como bajada del cielo, mostrad el lazo
-del matrimonio como sellado con un sello divino; y á las pasiones que
-murmuran, decidles en alta voz que si quieren satisfacerse no tienen
-otro camino que el de la inmoralidad; pero que la autoridad encargada
-de la guarda de esa ley divina, jamás se doblegará á condescendencias
-culpables, que jamás consentirá que se cubra con el velo de la dispensa
-la infracción del precepto divino, que jamás dejará á la culpa sin
-el remordimiento, y entonces veréis que las pasiones se abaten y se
-resignan, que la ley se extiende, se afirma, y se arraiga hondamente
-en las costumbres, y habréis asegurado para siempre el buen orden y
-la tranquilidad de las familias; y la sociedad os deberá un beneficio
-inmenso. Y he aquí cabalmente lo que ha hecho el Catolicismo,
-trabajando para ello largos siglos; y he aquí lo que venía á deshacer
-el Protestantismo, si se hubiesen seguido generalmente en Europa sus
-doctrinas y sus ejemplos; si los pueblos dirigidos no hubiesen tenido
-más cordura que sus directores.
-
-Los protestantes y los falsos filósofos, examinando las doctrinas y las
-instituciones de la Iglesia católica al través de sus preocupaciones
-rencorosas, no han acertado á concebir á qué servían los dos grandes
-caracteres que distinguen siempre por doquiera los pensamientos y las
-obras del Catolicismo: _unidad y fijeza_: _unidad_ en las doctrinas,
-_fijeza_ en la conducta, señalando un objeto y marchando hacia él, sin
-desviarse jamás. Esto los ha escandalizado; y, después de declamar
-contra la _unidad_ de la doctrina, han declamado también contra la
-_fijeza_ en la conducta. Si meditaran sobre el hombre, conocieran que
-esta fijeza es el secreto de dirigirle, de dominarle, de enfrenar sus
-pasiones cuando convenga, de exaltar su alma cuando sea menester,
-haciéndola capaz de los mayores sacrificios, de las acciones más
-heroicas. Nada hay peor para el hombre que la _incertidumbre_, que
-la _indecisión_; nada que tanto le debilite y esterilice. Lo que es
-el escepticismo al entendimiento, es la indecisión á la voluntad.
-Prescribidle al hombre un objeto fijo, y haced que se dirija hacia él:
-á él se dirigirá y le alcanzará. Dejadle vacilando entre varios, que no
-tenga para su conducta una norma fija, que no sepa cuál es su porvenir,
-que marche sin saber á dónde va, y veréis que su energía se relaja,
-sus fuerzas se enflaquecen, hasta que se abate y se para. ¿Sabéis el
-secreto con que los grandes caracteres dominan el mundo? ¿Sabéis cómo
-son capaces ellos mismos de acciones heroicas, y cómo hacen capaces
-de ellas á cuantos los rodean? Porque tienen un objeto fijo para sí,
-y para los demás: porque le ven con claridad, le quieren con firmeza,
-y se encaminan hacia él, sin dudas, sin rodeos, con esperanza firme,
-con fe viva, sin consentir la vacilación, ni en sí mismos ni en los
-otros. Alejandro, César, Napoleón, y los demás héroes antiguos y
-modernos, ejercían sin duda con el ascendiente de su genio una acción
-fascinadora; pero el secreto de su predominio, de su pujanza, de su
-impulso que todo lo arrollaba, era la unidad de pensamiento, la fijeza
-del plan, que engendraban un carácter firme, aterrador, dándoles sobre
-los demás hombres una superioridad inmensa. Así pasaba Alejandro el
-Gránico, y empezaba, y llevaba á cabo su prodigiosa conquista del
-Asia; así pasaba César el Rubicón, y ahuyentaba á Pompeyo, y vencía
-en Farsalia, y se hacía señor del mundo; así dispersaba Napoleón á los
-habladores que estaban disertando sobre la suerte de Francia, vencía en
-Marengo, se ceñía la diadema de Carlomagno, y aterraba y asombraba el
-mundo con los triunfos de Austerlitz y de Jena.
-
-Sin _unidad_ no hay orden, sin _fijeza_ no hay estabilidad; y en
-el mundo moral como en el físico, nada puede prosperar que no
-sea ordenado y estable. Así el Protestantismo, que ha pretendido
-hacer progresar al individuo y á la sociedad destruyendo la unidad
-religiosa, é introduciendo en las creencias y en las instituciones la
-_multiplicidad_ y _movilidad_ del pensamiento privado, ha acarreado
-por doquiera la confusión y el desorden, y ha desnaturalizado la
-civilización europea, inoculando en sus venas un elemento desastroso,
-que le ha causado y le causará todavía gravísimos males. Y no puede
-inferirse de esto que el Catolicismo esté reñido con el adelanto de los
-pueblos, por la _unidad_ de sus doctrinas y la _fijeza_ de las reglas
-de su conducta; pues también cabe que marche lo que es _uno_, también
-cabe movimiento en un sistema que tenga _fijos_ algunos de sus puntos.
-Este universo que nos asombra con su grandor, que nos admira con sus
-prodigios, que nos encanta con su variedad y belleza, está sujeto á la
-_unidad_, y está regido por leyes fijas y constantes.
-
-Ved ahí algunas de las razones que justifican la severidad del
-Catolicismo; ved ahí por qué no ha podido mostrarse condescendiente con
-esa pasión que, una vez desenfrenada, no respeta linde ni barrera, que
-introduce la turbación en los corazones y el desorden en las familias,
-que gangrena la sociedad, quitando á las costumbres todo decoro, ajando
-el pudor de las mujeres y rebajándolas del nivel de dignas compañeras
-del hombre. En esta parte el Catolicismo es severo, es verdad; pero
-esta severidad no podía renunciarla, sin renunciar al propio tiempo sus
-altas funciones de depositario de la sana moral, de vigilante atalaya
-por los destinos de la humanidad.[2]
-
-
-
-
-CAPITULO XXVI
-
-
-Ese anhelo del Catolicismo para cubrir con tupido velo los secretos
-del pudor, y por rodear de moralidad y de recato la pasión más procaz,
-manifiéstase en sumo grado en la importancia que ha dado á la virtud
-contraria, hasta coronando con brillante aureola la entera abstinencia
-de placeres sensuales: la _virginidad_. Cuanto haya contribuído
-con esto el Catolicismo á realzar á la mujer, no lo comprenderán
-ciertamente los entendimientos frívolos, mayormente si andan guiados
-por las inspiraciones de un corazón voluptuoso; pero no se ocultará
-á los que sean capaces de conocer que todo cuanto tiende á llevar al
-más alto punto de delicadeza el sentimiento del pudor, todo cuanto
-fortifica la moralidad, todo cuanto se encamina á presentar á una parte
-considerable del bello sexo como un dechado de la virtud más heroica,
-todo esto se endereza también á levantar á la mujer sobre la turbia
-atmósfera de las pasiones groseras, todo esto contribuye á que no se
-presente á los ojos del hombre como un mero instrumento de placer,
-todo esto sirve maravillosamente á que, sin disminuirse ninguno de los
-atractivos con que la ha dotado la naturaleza, no pase rápidamente de
-triste víctima del libertinaje á objeto de menosprecio y fastidio.
-
-La Iglesia católica había conocido profundamente esas verdades; y así,
-mientras celaba por la santidad de las relaciones conyugales, mientras
-creaba en el seno de las familias la bella dignidad de una matrona,
-cubría con misterioso velo la faz de la virgen cristiana, y las esposas
-del Señor eran guardadas como un depósito sagrado en la augusta
-obscuridad de las sombras del santuario. Reservado estaba á Lutero,
-al grosero profanador de Catalina de Boré, el desconocer también en
-este punto la profunda y delicada sabiduría de la religión católica;
-digna empresa del fraile apóstata, que después de haber hecho pedazos
-el augusto sello religioso del tálamo nupcial, se arrojase también á
-desgarrar con impúdica mano el sagrado velo de las vírgenes consagradas
-al Señor; digna empresa de las duras entrañas del perturbador violento
-el azuzar la codicia de los príncipes, para que se lanzasen sobre
-los bienes de doncellas desvalidas, y las expulsaran de sus moradas,
-atizando luego la voluptuosidad, y quebrantando todas las barreras
-de la moral, para que, cual bandadas de palomas sin abrigo, cayesen
-en las garras del libertinaje. ¿Y qué? ¿también así se aumentaba el
-respeto debido al bello sexo? ¿también así se acendraba el sentimiento
-del pudor? ¿también así progresaba la humanidad? ¿también así daba
-Lutero robusto impulso á las generaciones venideras, brío al espíritu
-humano, medra y lozanía á la cultura y civilización? ¿Quién que sienta
-latir en su pecho un corazón sensible, podrá soportar las desenvueltas
-peroratas de Lutero, mayormente si ha leído las bellísimas páginas de
-los Ciprianos, de los Ambrosios, de los Jerónimos y demás lumbreras de
-la Iglesia católica, sobre los altos timbres de una virgen cristiana?
-En medio de siglos donde campeaba sin freno la barbarie más feroz,
-¿quién llevará á mal encontrarse con aquellas solitarias moradas, donde
-se albergan las esposas del Señor, preservando sus corazones de la
-corrupción del mundo, y ocupadas perennemente en levantar sus manos al
-cielo para atraer hacia la tierra el rocío de la divina misericordia?
-Y en tiempos y países más civilizados, ¿tan mal contrasta un asilo de
-la virtud más pura y acendrada, con un inmenso piélago de disipación
-y libertinaje? ¿También eran aquellas moradas un legado funesto de la
-ignorancia, un monumento de fanatismo, en cuya destrucción se ocupaban
-dignamente los corifeos de la Reforma protestante? ¡Ah! si así fuere,
-protestemos contra todo lo interesante y bello, ahoguemos en nuestro
-corazón todo entusiasmo por la virtud, no conozcamos otro mundo que el
-que se encierra en el círculo de las sensaciones más groseras, que tire
-el pintor su pincel y el poeta su lira, y, desconociendo todo nuestro
-grandor y dignidad, digamos embrutecidos: _comamos y bebamos, que
-mañana moriremos_.
-
-No, la verdadera civilización no puede perdonarle jamás al
-Protestantismo esa obra inmoral é impía; la verdadera civilización
-no puede perdonarle jamás el haber violado el santuario del pudor
-y de la inocencia, el haber procurado con todas sus fuerzas que
-desapareciese todo respeto á la virginidad, pisando, de esta suerte, un
-dogma profesado por todo el humano linaje; el no haber acatado lo que
-acataron los griegos en sus sacerdotisas de Ceres, los romanos en sus
-vestales, los galos en sus druidesas, los germanos en sus adivinas; el
-haber llevado más allá la procacidad de lo que no hicieron jamás los
-disolutos pueblos del Asia, y los bárbaros del nuevo continente. Mengua
-es, por cierto, que se haya atacado en Europa lo que se ha respetado
-en todas las partes del mundo; que se haya tachado de preocupación
-despreciable, una creencia universal del género humano, sancionada,
-además, por el Cristianismo. ¿Dónde se ha visto una irrupción de
-bárbaros que compararse pudiera al desbordamiento del Protestantismo
-contra lo más inviolable que debe haber entre los hombres? ¿Quién dió
-el funesto ejemplo á los perpetradores de semejantes crímenes en las
-revoluciones modernas?
-
-Que, en medio de furores de una guerra, se atreva la barbarie de los
-vencedores á soltar el brutal desenfreno de la soldadesca sobre las
-moradas de las vírgenes consagradas al Señor, esto se concibe muy
-bien; pero, el perseguir por sistema estos santos establecimientos,
-concitando contra ellos las pasiones del populacho, y atacando
-groseramente la institución en su origen y en su objeto, esto es más
-que inhumano y brutal, esto carece de nombre cuando lo hacen los mismos
-que se precian de reformadores, de amantes del Evangelio puro, y que
-se proclaman discípulos de Aquel que en sus sublimes consejos señaló la
-_virginidad_ como una de las virtudes más hermosas que pueden esmaltar
-la aureola de un cristiano. ¿Y quién ignora que ésta fué una de las
-obras con más ardor emprendidas por el Protestantismo?
-
-La mujer sin pudor ofrecerá un cebo á la voluptuosidad, pero no
-arrastrará jamás el alma con el misterioso sentimiento que se apellida
-amor. ¡Cosa notable! El deseo más imperioso que se abriga en el corazón
-de una mujer, es el de agradar, y tan luego como se olvida del pudor,
-desagrada, ofende; así está sabiamente ordenado que sea el castigo de
-su falta, lo que hiere más vivamente su corazón. Por esta causa, todo
-cuanto contribuye á realzar en las mujeres ese delicado sentimiento,
-las realza á ellas mismas, las embellece, les asegura mayor predominio
-sobre el corazón de los hombres, les señala un lugar más distinguido,
-así en el orden doméstico como en el social. Estas verdades no las
-comprendió el Protestantismo, cuando condenó la _virginidad_. Sin duda
-que esta virtud no es condición necesaria para el pudor; pero es su
-bello ideal, su tipo de perfección; y por cierto que el desterrar de la
-tierra ese modelo, el negar su belleza, el condenarle como perjudicial,
-no era nada á propósito para conservar un sentimiento que está en
-continua lucha con la pasión más poderosa del corazón humano, y que
-difícilmente se conserva en toda su pureza si no anda acompañado de las
-precauciones más exquisitas. Delicadísima flor, de hermosos colores
-y suavísimo aroma, puede apenas sufrir el leve oreo del aura más
-apacible; su belleza se marchita con extremada facilidad, sus olores se
-disipan como exhalación pasajera.
-
-Pero, combatiendo la virginidad, se me hablará quizás de los
-perjuicios que acarrea á la población, contándose como defraudadas á
-la multiplicación del humano linaje las ofrendas que se hacen en las
-aras de aquella virtud. Afortunadamente, las observaciones de los más
-distinguidos economistas han venido á disipar este error proclamado
-por el Protestantismo, y reproducido por la filosofía incrédula del
-siglo XVIII. Los hechos han demostrado, de una manera convincente, dos
-verdades, á cual más importantes, para vindicar las doctrinas y las
-instituciones católicas: 1.ª Que la felicidad de los pueblos no está
-en proporción necesaria con el aumento de su población. 2.ª Que tanto
-ese aumento como la disminución dependen del concurso de tantas otras
-causas, que el celibato religioso, si es que en algo figure entre
-ellas, debe considerarse como de una influencia insignificante.
-
-Una religión mentida y una filosofía bastarda y egoísta se empeñaron
-en equiparar los secretos de la multiplicación humana con la de los
-otros vivientes. Prescindieron de todas las relaciones religiosas, no
-vieron en la humanidad más que un vasto plantel, en que no convenía
-dejar nada estéril. Así se allanó el camino para considerar también al
-individuo como una máquina de que debían sacarse todos los productos
-posibles; para nada se pensó en la caridad, en la sublime enseñanza
-de la religión sobre la dignidad y los destinos del hombre; y así la
-industria se ha hecho cruel, y la organización del trabajo, planteada
-sobre bases puramente materiales, aumenta el bienestar presente de los
-ricos, pero amenaza terriblemente su porvenir.
-
-¡Hondos designios de la Providencia! La nación que ha llevado más
-allá estos principios funestos, encuéntrase en la actualidad agobiada
-de hombres y de productos. Espantosa miseria devora sus clases más
-numerosas, y toda la habilidad de los hombres que la dirigen no será
-parte á desviarla de los escollos á que se encamina, impelida por la
-fuerza de los elementos á que se entregó sin reserva. Los distinguidos
-profesores de la universidad de Oxford, que, al parecer, van conociendo
-los vicios radicales del Protestantismo, encontrarían aquí abundante
-objeto de meditación para investigar hasta qué punto contribuyeron
-los pretendidos reformadores del siglo XVI á preparar la situación
-crítica, en que, á pesar de sus inmensos adelantos, se encuentra la
-Inglaterra.
-
-En el mundo físico, todo está dispuesto con _número, peso y medida_;
-las leyes del universo muestran, por decirlo así, un cálculo infinito,
-una geometría infinita; pero guardémonos de imaginarnos que todo
-podemos expresarlo por nuestros mezquinos signos, que todo podemos
-encerrarlo en nuestras reducidas combinaciones. Guardémonos, sobre
-todo, de la insensata pretensión de semejar demasiado el mundo moral al
-mundo físico, de aplicar sin distinción á aquél lo que sólo es propio
-de éste, y de trastornar con nuestro orgullo la misteriosa harmonía
-de la creación. El hombre no ha nacido tan sólo para _procrear_, no
-es sólo una rueda colocada en su puesto para funcionar en la gran
-máquina del mundo. Es un ser á imagen y semejanza de Dios, un ser
-que tiene su destino superior á cuanto le rodea sobre la tierra. No
-rebajéis su altura, no inclinéis su frente al suelo inspirándole tan
-sólo pensamientos terrenos; no estrechéis su corazón privándole de
-sentimientos virtuosos y elevados, no dejándole otro gusto que el de
-los goces materiales. Si sus pensamientos religiosos le llevan á una
-vida austera, si se apodera de su alma el generoso empeño de sacrificar
-en las aras de su Dios los placeres de esta vida, ¿por qué se lo habéis
-de impedir? ¿con qué derecho le insultáis, despreciando un sentimiento
-que exige, por cierto, más alto temple de alma que el entregarse
-livianamente al goce de los placeres?
-
-Estas consideraciones, comunes á ambos sexos, adquieren todavía mayor
-importancia cuando se aplican á la mujer. Con su fantasía exaltada,
-su corazón apasionado y su espíritu ligero, necesita, aun más que el
-varón, de inspiraciones severas, de pensamientos serios, graves, que
-contrapesen, en cuanto sea posible, aquella volubilidad con que recorre
-todos los objetos, recibiendo con facilidad extrema las impresiones
-de cuanto toca, y comunicándolas á su vez, como un agente magnético,
-á cuantos la rodean. Dejad, pues, que una parte del bello sexo se
-entregue á una vida de contemplación y austeridad, dejad que las
-doncellas y las matronas tengan siempre á la vista un modelo de todas
-las virtudes, un sublime tipo de su más bello adorno, que es el pudor;
-esto no será inútil por cierto: esas vírgenes no son defraudadas, ni á
-la familia ni á la sociedad; una y otra recobrarán con usura lo que os
-imaginabais que habían perdido.
-
-En efecto: ¿quién alcanza á medir la saludable influencia que deben
-de haber ejercido sobre las costumbres de la mujer, las augustas
-ceremonias con que la Iglesia católica solemniza la consagración de
-una virgen á Dios? ¿Quién puede calcular los santos pensamientos, las
-castas inspiraciones que habrán salido de esas silenciosas moradas del
-pudor, que ora se elevan en lugares retirados, ora en medio de ciudades
-populosas? ¿Creéis que la doncella en cuyo pecho se agitara una pasión
-ardorosa, que la matrona que diera cabida en su corazón á inclinaciones
-livianas, no habrán encontrado mil veces un freno á su pasión, en el
-solo recuerdo de la hermana, de la parienta, de la amiga, que allá en
-silencioso albergue levantaba al cielo un corazón puro, ofreciendo en
-holocausto al Hijo de la Virgen, todos los encantos de la juventud y de
-la hermosura? Esto no se calcula, es verdad; pero es cierto á lo menos
-que de allí no sale un pensamiento liviano, que allí no se inspira una
-inclinación voluptuosa; esto no se calcula, es verdad; pero tampoco se
-calcula la saludable influencia que ejerce sobre las plantas el rocío
-de la mañana, tampoco se calcula la acción vivificante de la luz sobre
-la naturaleza, tampoco se calcula cómo el agua que se filtra en las
-entrañas de la tierra, la fecunda y fertiliza, haciendo brotar de su
-seno vistosas flores y regalados frutos.
-
-Son tantas las causas cuya existencia y eficacia son indudables, y
-que, sin embargo, no pueden sujetarse á un cálculo riguroso, que, si
-buscamos la razón de la impotencia que caracteriza toda obra hija
-exclusiva del pensamiento del hombre, la encontraremos en que él no
-es capaz de abarcar el conjunto de relaciones que se complican en esa
-clase de objetos, y no puede apreciar debidamente las influencias
-indirectas, á veces ocultas, á veces imperceptibles, de puro delicadas.
-Por eso viene el tiempo á disipar tantas ilusiones, á desmentir tantos
-pronósticos, á manifestar la debilidad de lo que se creía fuerte, y
-la fuerza de lo que se creía débil; y es que con el tiempo se van
-desenvolviendo mil relaciones cuya existencia no se sospechaba,
-se ponen en acción mil causas que no se conocían, ó quizás se
-despreciaban; los efectos van creciendo, se van presentando de bulto,
-hasta que, al fin, se crea una situación nueva, donde no es posible
-cerrar los ojos á la evidencia de los hechos, donde no es dado resistir
-á la fuerza de las cosas.
-
-Y he aquí una de las sinrazones que más chocan en los argumentos de
-los enemigos del Catolicismo. No aciertan á mirar los objetos sino por
-un aspecto, no comprenden otra dirección de una fuerza que en línea
-recta; no ven que, así el mundo moral como el físico, es un conjunto de
-relaciones infinitamente variadas, de influencias indirectas, que obran
-á veces con más eficacia que las directas; que todo forma un sistema de
-correspondencia y harmonía, donde no conviene aislar las partes sino
-lo necesario para conocer mejor los lazos ocultos y delicados que las
-unen con el todo; donde es necesario dejar que obre el tiempo, elemento
-indispensable de todo desarrollo cumplido, de toda obra duradera.
-
-Permítaseme esa breve digresión para inculcar verdades que nunca se
-tendrá demasiado presentes, cuando se trate de examinar las grandes
-instituciones fundadas por el Catolicismo. La filosofía tiene en la
-actualidad que devorar amargos desengaños; vese precisada á retractar
-proposiciones avanzadas con demasiada ligereza, á modificar principios
-establecidos con sobrada generalidad; y todo este trabajo se hubiera
-podido ahorrar, siendo un poco más circunspecta en sus fallos, andando
-con mayor mesura en el curso de sus investigaciones. Coligada con el
-Protestantismo, declaró guerra á muerte á las grandes instituciones
-católicas, clamó por la excentralización moral y religiosa, y un
-grito unánime se levanta de los cuatro ángulos del mundo civilizado
-invocando un principio de unidad. El instinto de los pueblos le busca,
-los filósofos ahondan en los secretos de la ciencia con la mira de
-descubrirle; ¡vanos esfuerzos! _Nadie puede poner otro fundamento que
-el que está puesto ya_; su duración responde de su solidez.
-
-
-
-
-CAPITULO XXVII
-
-
-Un celo incansable por la santidad del matrimonio, y un sumo cuidado
-para llevar el sentimiento del pudor al más alto punto de delicadeza,
-son los dos polos de la conducta del Catolicismo para realzar á la
-mujer. Éstos son los grandes medios de que echó mano para lograr su
-objeto; de ahí procede el poder y la importancia de las mujeres en
-Europa; y es muy falso lo que dice M. Guizot (Lec. 4) de «que esta
-particularidad de la civilización europea haya venido del seno del
-feudalismo». No disputaré sobre la mayor ó menor influencia que pudo
-ejercer en el desarrollo de las costumbres domésticas; no negaré que
-el estado de aislamiento en que vivía el señor feudal, el «encontrar
-siempre en su castillo á su mujer, á sus hijos y á nadie más que á
-ellos, el ser ellos siempre su compañía permanente, el participar ellos
-solos de sus placeres y penas, el compartir sus intereses y destinos,
-no hubiese de contribuir á desenvolver las costumbres domésticas, y
-á que éstas tomasen un grande y poderoso ascendiente sobre el jefe
-de familia». Pero ¿quién hizo que, al volver el señor á su castillo,
-encontrase tan sólo á una mujer, y no á muchas? ¿Quién le contuvo para
-que no abusase de su poderío, convirtiendo su casa en harén? ¿Quién
-le enfrenó para que no soltase la rienda á sus pasiones, y de ellas no
-hiciese víctimas á las más hermosas doncellas que veía en las familias
-de sus rendidos vasallos? Nadie negará que quien esto hizo fueron las
-doctrinas y las costumbres introducidas y arraigadas en Europa por la
-Iglesia católica, y las leyes severas con que opuso un firme valladar
-al desbordamiento de las pasiones; y, por consiguiente, aun dado que el
-feudalismo hubiera hecho el bien que se supone, sería este bien debido
-á la Iglesia católica.
-
-Ha dado ocasión, sin duda, á que se exagerase la influencia del
-feudalismo en dar importancia á las mujeres, un hecho de aquella
-época que se presenta muy de bulto, y que efectivamente á primera
-vista no deja de deslumbrar. Este hecho consiste en el gallardo
-espíritu de caballería, que, brotando en el seno del feudalismo, y
-extendiéndose rápidamente, produjo las acciones más heroicas, dió
-origen á una literatura rica de imaginación y sentimiento, y contribuyó
-no poco á amansar y suavizar las feroces costumbres de los señores
-feudales. Distinguíase principalmente aquella época por su espíritu de
-galantería; mas no la galantería común cual se forma dondequiera con
-las tiernas relaciones de los dos sexos, sino una galantería llevada
-á la mayor exageración por parte del hombre, combinada de un modo
-singular con el valor más heroico, con el desprendimiento más sublime,
-con la fe más viva y la religiosidad más ardiente. _Dios y su dama_:
-he aquí el eterno pensamiento del caballero; lo que embarga todas
-sus facultades, lo que ocupa todos sus instantes, lo que llena toda
-su existencia. Con tal que pueda alcanzar un triunfo sobre la hueste
-infiel, con tal que le aliente la esperanza de ofrecer á los pies de
-su señora los trofeos de la victoria, no hay sacrificio que le sea
-costoso, no hay viaje que le canse, no hay peligro que le arredre, no
-hay empresa que le desanime; su imaginación exaltada le traslada á un
-mundo fantástico, su corazón arde como una fragua, todo lo acomete, á
-todo da cima; y aquel mismo hombre que poco antes peleaba como un león,
-en los campos de la Bética ó de la Palestina, se ablanda como una cera
-al solo nombre del ídolo de su corazón, vuelve sus amorosos ojos hacia
-su patria, y se embelesa con el solo pensamiento de que, suspirando un
-día al pie del castillo de su señora, podrá recabar quizás una seña
-amorosa, ó una mirada fugitiva. ¡Ay del temerario que osare disputarle
-su tesoro! ¡Ay del indiscreto que fijare sus ojos en las almenas de
-donde espera el caballero una seña misteriosa! No es tan terrible la
-leona á la que han arrebatado sus cachorros; y el bosque azotado por el
-aquilón no se agita como el corazón del fiero amante; nada será capaz
-de detener su venganza; ó dar la muerte á su rival, ó recibirla.
-
-Examinando esta informe mezcla de blandura y de fiereza, de religión y
-de pasiones, mezcla que, sin duda, habrán exagerado un poco el capricho
-de los cronistas y la imaginación de los trovadores, pero que no deja
-de tener su tipo muy real y verdadero, nótase que era muy natural en
-su época, y que nada entraña de la contradicción que á primera vista
-pudiera presentar. En efecto: nada más natural que el ser muy violentas
-las pasiones de unos hombres, cuyos progenitores poco lejanos habían
-venido de las selvas del Norte á plantar su tienda ensangrentada sobre
-las ruinas de las ciudades que habían destruído; nada más natural
-que el no conocer otro juez que el de su brazo unos hombres que no
-ejercían otra profesión que la guerra, y que, además, vivían en una
-sociedad que, estando todavía en embrión, carecía de un poder público
-bastante fuerte para tener á raya las pasiones particulares; y nada,
-por fin, más natural en esos mismos hombres que el ser tan vivo el
-sentimiento religioso, pues que la religión era el único poder por
-ellos reconocido, la religión había encantado su fantasía con el
-esplendor y magnificencia de los templos y la majestad y pompa del
-culto, la religión los había llenado de asombro presentando á sus ojos
-el espectáculo de las virtudes más sublimes y haciendo resonar á sus
-oídos un lenguaje tan elevado, como dulce y penetrante: lenguaje que,
-si bien no era por ellos bien comprendido, no dejaba de convencerlos de
-la santidad y divinidad de los misterios y preceptos de la religión,
-arrancándoles una admiración y acatamiento, que, obrando sobre almas de
-tan vigoroso temple, engendraba el entusiasmo y producía el heroísmo.
-En lo que se echa de ver que todo cuanto había de bueno en aquella
-exaltación de sentimientos, todo dimanaba de la religión; y que, si de
-ella se prescinde, sólo vemos al bárbaro que no conoce otra ley que su
-lanza, ni otra guía en su conducta que las inspiraciones de un corazón
-lleno de fuego.
-
-Calando más y más en el espíritu de la caballería, y parándose
-particularmente en el carácter de los sentimientos que entrañaba con
-respecto á la mujer, parece que, lejos de realzarla, la supone ya
-realzada, ya rodeada de consideración; no le da un nuevo lugar, la
-encuentra ocupándolo ya. Y, á la verdad, á no ser así, ¿cómo es posible
-concebir tan exagerada, tan fantástica galantería? Pero imaginaos
-la belleza de la virgen cubierta con el velo del pudor cristiano, y
-aumentándose así la ilusión y el encanto; entonces concebiréis el
-delirio del caballero; imaginaos á la virtuosa matrona, á la compañera
-del hombre, á la madre de familia, á la mujer única en quien se
-concentran todas las afecciones del marido y de los hijos, á la esposa
-cristiana, y entonces concebiréis también por qué el caballero se
-embriaga con el solo pensamiento de alcanzar tanta dicha, y por qué
-el amor es algo más que un arrebato voluptuoso, es un respeto, una
-veneración, un culto.
-
-No han faltado algunos que han pretendido encontrar el origen de esa
-especie de culto, en las costumbres de los germanos, y, refiriéndose
-á ciertas expresiones de Tácito, han querido explicar la mejora
-social de las mujeres como dimanada del respeto con que las miraban
-aquellos bárbaros. M. Guizot desecha esta aserción, y la combate
-muy atinadamente, haciendo observar «que lo que nos dice Tácito de
-los germanos, no era característico de aquellos pueblos, pues que
-expresiones iguales á las de Tácito, los mismos sentimientos, los
-mismos usos de los germanos se descubren en las relaciones que hacen
-una multitud de historiadores de otros pueblos salvajes». Todavía
-después de la observación de M. Guizot, se ha sostenido la misma
-opinión, y así es menester combatirla de nuevo.
-
-He aquí el pasaje de Tácito: «Inesse quin etiam sanctum aliquid et
-providum putant: nec aut consilia earum aspernantur, aut responsa
-negligunt. Vidimus sub divo Vespasiano, Velledam diu apud plerosque
-numinis loco habitam.» (_De mor. Germ._) «Hasta llegan á creer que
-hay en las mujeres algo de santo y de profético, y ni desprecian sus
-consejos, ni desoyen sus pronósticos. En tiempo del divino Vespasiano,
-vimos que por largo espacio Velleda fué tenida por muchos como diosa.»
-Á mi juicio, se entiende muy mal ese pasaje de Tácito, cuando se le
-quiere dar extensión á las costumbres domésticas, cuando se le quiere
-tomar como un rasgo que retrata las relaciones conyugales. Si se fija
-debidamente la atención en las palabras del historiador, se echará de
-ver que esto distaba mucho de su mente; pues que sus palabras sólo
-se refieren á la superstición de considerar á algunas mujeres como
-profetisas. Confírmase la verdad y exactitud de esta observación con
-el mismo ejemplo que aduce de Velleda, la cual dice era reputada por
-muchos como diosa. En otro lugar de sus obras (_Histor._, lib. 4),
-explica Tácito su pensamiento, pues hablando de la misma Velleda nos
-dice «que esta doncella de la nación de los Bructeros tenía gran
-dominio, á causa de la antigua costumbre de los germanos, con que
-miraban á muchas mujeres como profetisas, y, andando en aumento la
-superstición, llegaban hasta á tenerlas por diosas.» «Ea virgo nationis
-Bructerae late imperitabat: vetere apud germanos more, quo plerasque
-faeminarum, fatidicas, e augescente superstitione, arbitrantur deas.»
-El texto que se acaba de citar prueba hasta la evidencia que Tácito
-habla de la superstición, no del orden doméstico, cosas muy diferentes,
-pues no media inconveniente alguno en que algunas mujeres sean tenidas
-como semidiosas, y, entre tanto, la generalidad de ellas no ocupen en
-la sociedad el puesto que les corresponde. En Atenas se daba grande
-importancia á las sacerdotisas de Ceres; en Roma á las vestales; y las
-Pitonisas, y la historia de las famosas Sibilas, manifiestan que el
-tener por fatídicas á las mujeres, no era exclusivamente propio de los
-germanos. No debo ahora explicar la causa de estos hechos, me basta
-consignarlos; tal vez la fisiología podría en esta parte suministrar
-luces á la filosofía de la historia.
-
-Que el orden de la superstición y el de la familia eran muy diferentes,
-es fácil notarlo en la misma obra de Tácito, cuando describe la
-severidad de costumbres de los germanos con respecto al matrimonio.
-Nada hay allí de aquel _sanctum et providum_; sólo sí una austeridad
-que conservaba á cada cual en la línea de sus deberes, y lejos de
-ser la mujer tenida como diosa, si caía en la infidelidad, quedaba
-encomendado al marido el castigo de su falta. Es curioso el pasaje,
-pues indica que entre los germanos no debían tampoco de ser escasas las
-facultades del hombre sobre la mujer. «Accisis crinibus, dice, nudatam
-coram propinquis expellit domo maritus, ac per omnem vicum verbere
-agit.» «Rapado el cabello, échala de casa el marido en presencia de
-los parientes, y desnuda la anda azotando por todo el lugar.» Este
-castigo da, sin duda, una idea de la ignominia que entre los germanos
-acompañaba al adulterio; pero no es muy favorable á la estimación
-pública de la mujer: ésta hubiera ganado mucho con la pena del
-apedreamiento.
-
-Cuando Tácito nos describe el estado social de los germanos, es
-preciso no olvidar que quizás algunos rasgos de costumbres son de
-propósito realzados algún tanto, pues que nada es más natural en un
-escritor del temple de Tácito, viviendo acongojado y exasperado
-por la espantosa corrupción de costumbres que á la sazón dominaba
-entre los romanos. Píntanos con magníficas plumadas la santidad
-del matrimonio de los germanos, es verdad; pero ¿quién no ve que,
-mientras escribe, tiene á la vista aquellas matronas que, como dice
-Séneca, debían contar los años, no por la sucesión de los cónsules,
-sino por el cambio de maridos? ¿aquellas damas sin rastro de pudor,
-entregadas á la disolución más asquerosa? Poco trabajo cuesta el
-concebir dónde se fijaba la ceñuda mirada de Tácito, cuando arroja sus
-concisas reflexiones como flechas: «Nemo, enim, illic vitia ridet, nec
-corrumpere et corrumpi saeculum vocatur.» «Allí el vicio no hace reir,
-ni la corrupción se apellida moda.» Rasgo vigoroso que retrata todo
-un siglo, y que nos hace entender el secreto gusto que tendría Tácito
-en echar en cara á la corrompida cultura de los romanos la pureza de
-costumbres de los bárbaros. Lo mismo que aguzaba el festivo ingenio de
-Juvenal y envenenaba su punzante sátira, excitaba la indignación de
-Tácito, y arrancaba á su grave filosofía reprensiones severas.
-
-Que sus cuadros tenían algo de exagerado en favor de los germanos, y
-que entre ellos no eran las costumbres tan puras cual se nos quiere
-persuadir, indícanlo otras noticias que tenemos sobre aquellos
-bárbaros. Posible es que fueran muy delicados en punto al matrimonio,
-pero lo cierto es que no era desconocida en sus costumbres la
-poligamia. César, testigo ocular, refiere que el rey germano Ariovisto
-tenía dos mujeres (_De bello gall._, L. 1); y esto no era un ejemplo
-aislado, pues que el mismo Tácito nos dice que había algunos pocos que
-tenían á un tiempo varias mujeres, no por liviandad, sino por nobleza:
-«exceptis admodum paucis, qui non libidine, sed ob nobilitatem pluribus
-nuptiis ambiuntur.» No deja de hacer gracia aquello de _non libidine,
-sed ob nobilitatem_; pero, al fin, resulta que los reyes y los nobles,
-bajo uno ú otro pretexto, se tomaban alguna mayor libertad de la que
-hubiera querido el austero historiador.
-
-¿Quién sabe cómo estaría la moralidad en medio de aquellas selvas? Si
-discurriendo con analogía quisiéramos aventurar algunas conjeturas
-fundándonos en las semejanzas que es regular tuviesen entre sí los
-diferentes pueblos del Norte, ¿qué no podríamos sospechar por aquella
-costumbre de los bretones, quienes, de diez en diez ó de doce en doce,
-tenían las mujeres comunes, y mayormente hermanos con hermanos, y
-padres con hijos, de suerte que, para distinguir las familias, tenían
-que andar á tientas, atribuyendo los hijos al primero que había tomado
-la doncella? César, testigo de vista, es quien lo refiere: «Uxores
-habent (Britanni) deni duodenique inter se communes, et maxime fratres
-cum fratribus et parentes cum liberis; sed si qui sunt ex his nati,
-eorum habentur liberi, a quibus primum virgines quaeque ductae sunt.»
-(_De bell. gall._, L. 4.)
-
-Sea de esto lo que fuere, es cierto, al menos, que el principio de la
-monogamia no era tan respetado entre los germanos como se ha querido
-suponer; había una excepción en favor de los nobles, es decir, de los
-poderosos, y esto bastaba para desvirtuarle y preparar su ruina. En
-estas materias, limitar la ley con excepciones en favor del poderoso
-es poco menos que abrogarla. Se dirá que al poderoso nunca le faltan
-medios para quebrantar la ley; pero no es lo mismo que él la quebrante
-ó que ella misma se retire para dejarle el camino libre: en el primer
-caso, el empleo de la fuerza no anonada la ley, el mismo choque con que
-se la rompe hace sentir su existencia, y pone de manifiesto la sinrazón
-y la injusticia; en el segundo, la misma ley se prostituye, por decirlo
-así: las pasiones no necesitan de la violencia para abrirse paso, ella
-les franquea villanamente la puerta. Desde entonces queda envilecida
-y degradada, hace vacilar el mismo principio moral que le sirve de
-fundamento; y, como en pena de su complicidad inicua, se convierte en
-objeto de animadversión de aquellos que se encuentran forzados todavía
-á rendirle homenaje.
-
-Así que, una vez reconocido entre los germanos el privilegio
-de poligamia en favor de los poderosos, debía, con el tiempo,
-generalizarse esta costumbre á las demás clases del pueblo; y es muy
-probable que así se hubiera verificado luego que la ocupación de nuevos
-países más templados y feraces, y algún adelanto en su estado social,
-les hubiesen proporcionado en mayor abundancia los medios de satisfacer
-las necesidades más urgentes. Sólo puede prevenirse tan grave mal, con
-la inflexible severidad de la Iglesia católica. Los nobles y los reyes
-conservaban todavía fuerte inclinación al privilegio de que hemos visto
-que disfrutaran sus antecesores antes de abrazar la religión cristiana,
-y de aquí es que, en los primeros siglos después de la irrupción, vemos
-que la Iglesia alcanza á duras penas á contenerlos en sus inclinaciones
-violentas. Los que se han empeñado en descubrir entre los germanos
-tantos elementos de la civilización moderna, ¿no hubieran quizás andado
-más acertados en encontrar en las costumbres que se han indicado más
-arriba, una de las causas que ocasionaron tan frecuentes choques entre
-los príncipes seculares y la Iglesia?
-
-No alcanzo por qué se ha de buscar en los bosques de los bárbaros
-el origen de una de las más bellas cualidades que honran nuestra
-civilización, ni por qué se les han de atribuir virtudes de que, por
-cierto, no se mostraron muy provistos, tan pronto como se arrojaron
-sobre el Mediodía. Sin monumentos, sin historia, con escasísimos
-indicios sobre el estado social de aquellos pueblos, difícil es, por
-no decir imposible, asentar nada fijo sobre sus costumbres; pero ¿qué
-había de ser de la moralidad en medio de tanta ignorancia, tanta
-superstición y barbarie?
-
-Lo poco que sabemos de aquellos tiempos hemos tenido que tomarlo de
-los historiadores romanos, y, desgraciadamente, no es éste uno de
-los mejores manantiales para beber el agua bien pura. Sucede, casi
-siempre, que los observadores, mayormente cuando son guerreros que van
-á conquistar, sólo pueden dar alguna cuenta del estado político de
-los pueblos poco conocidos á quienes observan, andando escasos en lo
-tocante al social y de familia. Y es que, para formarse idea de esto
-último, es necesario mezclarse é intimarse con los pueblos observados,
-cosa que no suele consentir el diferente estado de la civilización, y
-mucho menos cuando entre observadores y observados reinan encarnizados
-odios, hijos de largas temporadas de guerra á muerte. Añádase á esto
-que, en tales casos, lo que llama más particularmente la atención es lo
-que puede favorecer ó contrariar los designios de los conquistadores,
-quienes, por lo común, no dan mucha importancia á las relaciones
-morales, y se verá por qué los pueblos que son objeto de observación
-quedan conocidos sólo en la corteza, y cuánto debe desconfiarse
-entonces de todas las narraciones relativas á religión y costumbres.
-
-Juzgue el lector si esto es aplicable cuando se trata de apreciar
-debidamente el valor de lo que sobre los bárbaros nos cuentan los
-romanos; basta fijar la vista en aquellas escenas de sangre y horrores
-prolongadas por siglos, en las que se veía, de una parte, la ambición
-de Roma, que, no contenta con el dominio del orbe conocido, quería
-extender su mando hasta lo más recóndito y escabroso de las selvas del
-Norte, y, de otra, resaltaba el indomable espíritu de independencia de
-los bárbaros, que rompían y hacían pedazos las cadenas que se pretendía
-imponerles, y destruían con briosas acometidas las vallas con que se
-esforzaba en encerrarlos en los bosques la estrategia de los generales
-romanos.
-
-Como quiera, siempre es muy arriesgado buscar en la barbarie el origen
-de uno de los más bellos florones de la civilización, y explicar por
-sentimientos supersticiosos y vagos, lo que por espacio de muchos
-siglos forma el estado normal de un gran conjunto de pueblos, los más
-adelantados que se vieron jamás en los fastos del mundo. Si estos
-nobles sentimientos que se nos quieren presentar como dimanados de los
-bárbaros, existían realmente entre ellos, ¿cómo es que no perecieron
-en medio de las transmigraciones y trastornos? Si nada ha quedado de
-aquel estado social, ¿serán cabalmente estos sentimientos lo único
-que se habrá conservado, y no como quiera, sino despojados de la
-superstición y grosería, purificados, ennoblecidos, transformados en
-un sentimiento racional, justo, saludable, caballeresco, digno de
-pueblos civilizados? Tamañas aserciones presentan á la primera ojeada
-el carácter de atrevidas paradojas. Por cierto que, cuando se ofrece
-explicar grandes fenómenos en el orden social, es algo más filosófico
-buscar su origen en ideas que hayan ejercido por largo tiempo vigorosa
-influencia sobre la sociedad, en las costumbres é instituciones que
-hayan emanado de esas ideas, en leyes que hayan sido reconocidas y
-acatadas durante muchos siglos, como establecidas por un poder divino.
-
-¿Á qué, pues, para explicar la consideración de que disfrutan las
-mujeres europeas, recurrir á la veneración supersticiosa tributada por
-pueblos bárbaros, allá en sus salvajes guaridas, á Velleda, á Aurinia ó
-á Gauna? La razón, el simple buen sentido, nos están diciendo que no es
-éste el verdadero origen del admirable fenómeno que vamos examinando;
-que es necesario buscar en otra parte el conjunto de causas que han
-concurrido á producirle. La historia nos revela estas causas, mejor
-diremos, nos las hace palpables, ofreciéndonos en abundancia los hechos
-que no dejan la menor duda sobre el principio del cual ha dimanado tan
-saludable y transcendental influencia. Antes del Cristianismo, la mujer
-estaba oprimida bajo la tiranía del varón, pero elevada sobre el rango
-de esclava: como débil que era, veíase condenada á ser la víctima del
-fuerte. Vino la religión cristiana, y con sus doctrinas de fraternidad
-en Jesucristo, y de igualdad ante Dios, sin distinción de condiciones
-ni sexos, destruyó el mal en su raíz, enseñando al hombre que la
-mujer no debía de ser su esclava, sino su compañera. Desde entonces
-la mejora de la condición de la mujer se hizo sentir en todas partes
-donde iba difundiéndose el Cristianismo; y en cuanto era posible,
-atendido el arraigo de las costumbres antiguas, la mujer recogió bien
-pronto el fruto de una enseñanza que venía á cambiar completamente
-su posición, dándole, por decirlo así, una nueva existencia. He aquí
-una de las primeras causas de la mejora de la condición de la mujer:
-causa sensible, patente, cuyo señalamiento no pide ninguna suposición
-gratuita, que no se funda en conjeturas, que salta á los ojos con sólo
-dar una mirada á los hechos más conocidos de la historia.
-
-Además, el Catolicismo, con la severidad de su moral, con la alta
-protección dispensada al delicado sentimiento del pudor, corrigió y
-purificó las costumbres; así realzó considerablemente á la mujer,
-cuya dignidad es incompatible con la corrupción y la licencia. Por
-fin: el mismo Catolicismo, ó la Iglesia católica, y nótese bien que
-no decimos el Cristianismo, con su firmeza en establecer y conservar
-la monogamia y la indisolubilidad del matrimonio, puso un freno á los
-caprichos del varón, y concentró sus sentimientos hacia su esposa,
-única é inseparable. Así con este conjunto de causas pasó la mujer del
-estado de esclava al rango de compañera del hombre; así se convirtió
-el instrumento de placer en digna madre de familia rodeada de la
-consideración y respeto de los hijos y dependientes; así se creó en
-las familias la identidad de intereses, se garantizó la educación de
-los hijos, resultando esa intimidad en que se hermanan marido y mujer,
-padres é hijos, sin el derecho atroz de vida y muerte, sin facultad
-siquiera para castigos demasiado graves: y todo vinculado por lazos
-robustos, pero blandos, afianzados en los principios de la sana moral;
-sostenidos por las costumbres, afirmados y vigilados por las leyes,
-apoyados en la reciprocidad de intereses, asegurados con el sello de la
-perpetuidad y endulzados por el amor. He aquí descifrado el misterio,
-he aquí explicado á satisfacción el origen del realce y de la dignidad
-de la mujer europea, he aquí de donde nos ha venido esa admirable
-organización de la familia que los europeos poseemos sin apreciarla,
-sin conocerla bastante, sin procurar, cual debiéramos, su conservación.
-
-Al ventilar esta importante materia, he distinguido de propósito
-entre el Cristianismo y el Catolicismo, para evitar la confusión de
-palabras, que nos habría llevado á la confusión de las cosas. En la
-realidad, el verdadero, el único Cristianismo es el Catolicismo; pero
-hay ahora la triste necesidad de no poder emplear indistintamente
-estas palabras: y esto no sólo á causa de los protestantes, sino por
-razón de esa monstruosa nomenclatura filosófico-cristiana que no se
-olvida jamás de mezclar el Cristianismo entre las sectas filosóficas;
-ni más ni menos que si esa religión divina no fuera otra cosa que un
-sistema imaginado por el pensamiento del hombre. Como el principio de
-la caridad descuella en todas partes donde se encuentra la religión
-de Jesucristo, y se hace visible hasta á los ojos de los incrédulos,
-aquellos filósofos que han querido permanecer en la incredulidad, sin
-incurrir, empero, en la nota de volterianos, se han apoderado de las
-palabras de fraternidad y de humanidad, para hacerlas servir de tema
-á su enseñanza, atribuyendo principalmente al Cristianismo el origen
-de esas ideas sublimes y de los generosos sentimientos que de ellas
-emanan. Así aparentan que no rompen con toda la historia de lo pasado,
-como lo hiciera allá en sus sueños la filosofía del siglo anterior,
-sino que pretenden acomodarlo á lo presente, y preparar el camino á más
-grande y dichoso porvenir.
-
-Pero no creáis que el Cristianismo de esos filósofos sea una religión
-divina; nada de eso: es una idea feliz, grandiosa, fecunda en grandes
-resultados, pero no es más que una idea puramente humana. Es un
-producto de largos y penosos trabajos de la humanidad. El politeísmo,
-el judaísmo, la filosofía de Oriente, la de Egipto, de Grecia, todo era
-una especie de trabajo preparatorio para la grande obra. Jesucristo,
-según ellos, no hizo más que formular ese pensamiento que en embrión
-se removía y se agitaba en el seno de la humanidad: él fijó la idea,
-la desenvolvió, y, haciéndola bajar al terreno de la práctica, hizo
-dar al linaje humano un paso de inmensa importancia en el camino de la
-perfección á que se dirige. Pero, en todo caso, Jesucristo no es más, á
-los ojos de esos filósofos, que un filósofo en Judea, como un Sócrates
-en Grecia, ó un Séneca en Roma:[.?] Y no es poca fortuna si le conceden
-todavía esa existencia de hombre, y no les place transformarle en un
-ser mitológico, convirtiendo la narración del Evangelio en una pura
-alegoría.
-
-Así es de la mayor importancia en la época actual el distinguir entre
-el Cristianismo y el Catolicismo, siempre que se trata de poner en
-claro y de presentar á la gratitud de los pueblos los inefables
-beneficios de que son deudores á la religión cristiana. Conviene
-demostrar que lo que ha regenerado al mundo no ha sido una idea lanzada
-como al acaso en medio de tantas otras que se disputaban la preferencia
-y el predominio; sino un conjunto de verdades y de preceptos bajados
-del cielo, transmitidos al género humano por un Hombre-Dios por medio
-de una sociedad formada y autorizada por él mismo, para continuar hasta
-la consumación de los siglos la obra que él estableció con su palabra,
-sancionó con sus milagros y selló con su sangre. Conviene, por tanto,
-mostrar á esa sociedad, que es la Iglesia católica, realizando en sus
-leyes y en sus instituciones las inspiraciones y la enseñanza del
-Divino Maestro, y cumpliendo al mismo tiempo el alto destino de guiar
-á los hombres hacia la felicidad eterna, y el de mejorar su condición
-y consolar y disminuir sus males en esta tierra de infortunio. De esta
-suerte se concreta, por decirlo así, el Cristianismo, ó mejor diremos,
-se le muestra tal cual es, no cual lo finge el vano pensamiento del
-hombre.
-
-Y cuenta que no debemos temer jamás por la suerte de la verdad á causa
-de un examen detallado y profundo de los hechos históricos: que, si
-en el vasto campo á que nos conducen semejantes investigaciones
-encontramos de vez en cuando la obscuridad, andando largos trechos
-por caminos abovedados donde no penetran los rayos del sol, donde
-sonoroso el terreno que pisamos amenaza con abismos á nuestra planta,
-marchemos todavía con más aliento y brío; á la vuelta de la sinuosidad
-más medrosa descubriremos en lontananza la luz que alumbra la
-extremidad del camino, y la verdad sentada á sus umbrales, sonriéndose
-apaciblemente de nuestros temores y sobresaltos.
-
-Entre tanto es necesario decirlo á esos filósofos, como á los
-protestantes: el Cristianismo, sin estar realizado en una sociedad
-visible que esté en continuo contacto con los hombres, y autorizada,
-además, para enseñarlos y dirigirlos, no sería más que una teoría
-semejante á tantas otras como se han visto y se ven sobre la tierra;
-y, por consiguiente, fuera también, si no del todo estéril, á lo menos
-impotente para levantar ninguna de esas obras que atraviesan intactas
-el curso de los siglos. Y es una de éstas, sin duda, el matrimonio
-cristiano, la organización de la familia, que ha sido su inmediata
-consecuencia. En vano se hubieran difundido ideas favorables á la
-dignidad de la mujer, y encaminadas á la mejora de su condición, si
-la santidad del matrimonio no se hubiese hallado escudada por un
-poder generalmente reconocido y acatado. Las pasiones, que á pesar de
-encontrarse con este poder forcejaban, no obstante, por abrirse camino,
-¿qué hubieran hecho en el caso de no hallar otro obstáculo que el de
-una teoría filosófica, ó de una idea religiosa no realizada en ninguna
-sociedad que exigiese sumisión y obediencia?
-
-No tenemos, pues, necesidad de acudir á esa filosofía extravagante que
-anda buscando la luz en medio de las tinieblas, y que, al ver que el
-orden ha sucedido al caos, tiene la peregrina ocurrencia de afirmar que
-el orden fué producido por el caos. Supuesto que encontramos en las
-doctrinas, en las leyes de la Iglesia católica el origen de la santidad
-del matrimonio y de la dignidad de la mujer, ¿por qué lo buscaríamos
-en las costumbres brutales de unos bárbaros que tenían apenas un velo
-para el pudor, y para los secretos del tálamo nupcial? Hablando César
-de las costumbres de los germanos de no conocer á las mujeres hasta
-cierta edad, dice: «Y en esto no cabe ocultación ninguna, pues que
-en los ríos se bañan mezclados y sólo usan de unas pieles ó pequeños
-zamarros, dejando desnuda gran parte del cuerpo»; «_cuius res nulla est
-ocultatio. quod et promiscui in fluminibus perluuntur, et pellibus aut
-rhenonum tegumentis utuntur magna corporis parte nuda_.» (César, _De
-bel. gall._, L. 6.)
-
-Heme visto obligado á contestar á textos con textos, disipando los
-castillos aéreos levantados por el prurito de cavilar y de andar en
-busca de causas extrañas en la explicación de fenómenos cuyo origen se
-encuentra fácilmente, apelando con sinceridad y buena fe á lo que nos
-enseñan de consuno la filosofía y la historia. Así era menester, dado
-que se trataba de esclarecer uno de los puntos más delicados de la
-historia del linaje humano, de buscar la procedencia de uno de los más
-fecundos elementos de la civilización europea: se trataba nada menos
-que de comprender la organización de la familia, es decir, de fijar uno
-de los polos sobre que gira el eje de la sociedad.
-
-Gloríese enhorabuena el Protestantismo de haber introducido el
-divorcio, de haber despojado el matrimonio del bello y sublime carácter
-de sacramento, de haber substraído del cuidado y de la protección de
-la Iglesia el acto más importante de la vida del hombre; gócese en
-las destrucciones de los sagrados asilos de las vírgenes consagradas
-al Señor, y en sus declamaciones contra la virtud más angelical y más
-heroica: nosotros, después de haber defendido la doctrina y la conducta
-de la Iglesia católica en el tribunal de la filosofía y de la historia,
-concluiremos invocando el fallo, no precisamente de la alta filosofía,
-sino del simple buen sentido, de las inspiraciones del corazón.[3]
-
-
-
-
-CAPITULO XXVIII
-
-
-Al enumerar en el capítulo XX los principales caracteres que distinguen
-la civilización europea, señalé, como uno de ellos, «_una admirable
-conciencia pública, rica de sublimes máximas morales, de reglas de
-justicia y equidad, y de sentimientos de pundonor y decoro, conciencia
-que sobrevive al naufragio de la moral privada, y que no consiente
-que el descaro de la corrupción llegue al exceso de los antiguos_».
-Ahora es menester explicar con alguna extensión en qué consiste esa
-conciencia pública, cuál es su origen, y cuáles sus resultados,
-indagando al propio tiempo la parte que en formularla ha cabido, así
-al Protestantismo como al Catolicismo. Cuestión importante y delicada,
-y que, sin embargo, me atrevería á decir que está intacta; pues que
-no sé que nadie se haya ocupado en ella. Se habla continuamente de
-la excelencia de la moral cristiana, y en este punto están acordes
-los hombres de todas las sectas y escuelas de Europa; pero no se
-fija bastante la atención en el modo con que esa moral ha llegado á
-dominarlo todo, desalojando primero la corrupción del paganismo, y
-manteniéndose después, á pesar de los estragos de la incredulidad,
-formando una admirable conciencia pública, cuyos beneficios disfrutamos
-todos, sin apreciarlos debidamente, sin advertirlos siquiera.
-
-Profundizaremos mejor la materia si ante todo nos formamos una idea
-bien clara de lo que se entiende por conciencia. La conciencia, tomando
-esta palabra en su sentido general ó más bien ideológico, significa
-el conocimiento que tiene cada cual de sus propios actos. Así se dice
-que el alma tiene conciencia de sus pensamientos, de los actos de su
-voluntad, de sus sensaciones; por manera que, tomada en esta acepción
-la palabra conciencia, expresa una percepción de lo que estamos
-haciendo ó padeciendo.
-
-Trasladada esta palabra al orden moral, significa el juicio que
-formamos de nuestras acciones, en cuanto son buenas ó malas. Así,
-antes de ejercer una acción, la conciencia nos la señala como buena ó
-mala, y, de consiguiente, como lícita ó ilícita, dirigiendo de este
-modo nuestra conducta; así, después de haberla ejercido, nos dice la
-conciencia si hemos obrado bien ó mal, excusándonos ó condenándonos,
-premiándonos con la tranquilidad del corazón ó atormentándonos con el
-remordimiento.
-
-Previas estas aclaraciones, no será difícil concebir la que debe
-entenderse por conciencia pública; la cual no es otra cosa que el
-juicio que forma sobre las acciones la generalidad de los hombres;
-resultando de esto que, así como la conciencia privada puede ser recta
-ó errónea, ajustada ó lata, lo propio sucede con la pública; y que
-entre la generalidad de los hombres de distintas sociedades ha de
-mediar una diferencia semejante á la que se nota en este punto entre
-los individuos. Es decir, que, así como en una misma sociedad se
-encuentran hombres de una conciencia más ó menos recta, más ó menos
-errónea, más ó menos ajustada, más ó menos lata, deben encontrarse
-también sociedades que aventajan á otras en formar el juicio más ó
-menos acertado sobre la moralidad de las acciones, y que sean en este
-punto más ó menos delicadas.
-
-Si bien se observa, la conciencia del individuo es el resultado de
-varias causas muy diferentes. Es un error el creer que la conciencia
-esté sólo en el entendimiento; tiene raíces en el corazón. La
-conciencia es un juicio, es verdad; pero juzgamos de las cosas de
-una manera muy diferente, según el modo con que las sentimos, y si á
-esto se añade que, en tratándose de ideas y acciones morales, tienen
-muchísima influencia los sentimientos, resulta que la conciencia
-se forma bajo el influjo de todas las causas que obran con alguna
-eficacia sobre nuestro corazón. Comunicad á los niños los mismos
-principios morales, dándoles la enseñanza por un mismo libro y por un
-mismo maestro; pero suponed que el uno vea en su propia familia la
-aplicación continua de la instrucción que recibe, cuando el otro no
-observa más en la suya que tibieza ó distracción. Suponed, además,
-que estos dos niños entran en la adolescencia con la misma convicción
-religiosa y moral, de suerte que, por lo tocante á su entendimiento, no
-se descubra entre los dos la menor diferencia. ¿Creéis, sin embargo,
-que su juicio será idéntico sobre la moralidad de las acciones que se
-les vaya ofreciendo? Es cierto que no. Y esto, ¿por qué? Porque el uno
-no tiene más que convicciones, el otro tiene, además, los sentimientos;
-en el uno la doctrina ilustraba la mente, en el otro venía el ejemplo
-continuo á grabar la doctrina en el corazón. Así es que lo que aquél
-mirará con indiferencia, éste lo contemplará con horror; lo que el
-primero practicará con descuido, el segundo lo practicará con mucho
-cuidado; lo que para el uno será objeto de mediano interés, será para
-el otro de alta importancia.
-
-La conciencia pública, que en último resultado viene á ser en cierto
-modo la suma de las conciencias privadas, está sujeta á las mismas
-influencias á que lo están éstas: por manera que tampoco le basta la
-enseñanza, sino que le es necesario, además, el concurso de otras
-causas que pueden, no sólo instruir el entendimiento, sino formar el
-corazón. Comparando la sociedad cristiana con la pagana, échase de ver
-al instante que en esta parte debe aquélla encontrarse muy superior á
-ésta, no sólo por la pureza de su moral y la fuerza de los principios
-y motivos con que la sanciona, sino también porque sigue el sabio
-sistema de inculcar de continuo esa moral, consiguiendo de esta suerte
-grabarla más vivamente en el ánimo de los que la aprendan y recordarla
-incesantemente para que no pueda olvidarse.
-
-Con esta continua repetición de las mismas verdades consigue el
-Cristianismo lo que no pueden alcanzar las demás religiones, de las
-cuales ninguna ha podido acertar en la organización y ejercicio de
-un sistema tan importante. Pero, como quiera que sobre este punto me
-extendí bastante en el primer tomo de esta obra (cap. XIV), no repetiré
-aquí lo que dije allí, y pasaré á consideraciones particulares sobre la
-conciencia pública europea.
-
-Es innegable que en esta conciencia dominan, generalmente hablando, la
-razón y la justicia. Revolved los códigos, observad los hechos, y, ni
-en las leyes, ni en las costumbres, descubriréis aquellas chocantes
-injusticias, aquellas repugnantes inmoralidades que encontraréis en
-otros pueblos. Hay males, por cierto, y muy graves; pero al menos nadie
-los desconoce, y se los llama con su nombre. No se apellida bien al
-mal y mal al bien; es decir, que está en ciertas materias la sociedad
-como aquellos individuos de buenos principios y de malas costumbres,
-que son los primeros en reconocer que su conducta es errada, que hay
-contradicción entre sus doctrinas y sus obras.
-
-Lamentámonos con frecuencia de la corrupción de costumbres, del
-libertinaje de nuestras capitales; pero, ¿qué son la corrupción y el
-libertinaje de las sociedades modernas, si se los compara al desenfreno
-de las sociedades antiguas? No puede negarse que hay en algunas
-capitales de Europa una corrupción espantosa. En los registros de la
-policía figuran un asombroso número de mujeres perdidas; en los de las
-casas de beneficencia, el de los niños expósitos; y en las casas más
-acomodadas hacen dolorosos estragos la infidelidad conyugal y todo
-linaje de disipación y desorden. Sin embargo, los excesos no llegan
-ni de mucho al extremo en que los vemos entre los pueblos más cultos
-de la antigüedad, como son los griegos y romanos. Por manera que
-nuestra sociedad, tal como nosotros la vemos con harta pena, hubiérales
-parecido á ellas un modelo de pudor y de decoro. ¿Será menester
-recordar los nefandos vicios, tan comunes y tan públicos entonces,
-y que ahora apenas se nombran entre nosotros, ó por cometerse muy
-raras veces, ó porque, temiendo la mirada de la conciencia pública,
-se ocultan en las más densas sombras, como debajo de las entrañas de
-la tierra? ¿Será necesario traer á la memoria las infamias de que
-están mancillados los escritos de los antiguos cuando nos retratan
-las costumbres de su tiempo? Nombres ilustres, así en las ciencias
-como en las armas, han pasado á la posteridad con manchas tan negras,
-que, no sin dificultad, se estampan ahora en un escrito; y esto nos
-revela la profunda corrupción en que yacerían sumidas todas las
-clases, cuando se sabía, ó al menos se sospechaba, que hasta tal punto
-se habían degradado los hombres que por su elevada posición y demás
-circunstancias eran las lumbreras que guiaban la sociedad en su marcha.
-
-¿Habláis de la codicia, de esa sed de oro que todo lo invade y
-marchita? Pues mirad á esos usureros que chupaban la sangre del
-pueblo por todas partes: leed los poetas satíricos, y allí veréis
-lo que eran en este punto las costumbres; consultad los anales de
-la Iglesia, y veréis sus trabajos para atenuar las males de ese
-vicio. Leed los monumentos de la historia romana, y encontraréis
-la _maldita sed de oro_, y los desapiadados pretores robando sin
-pudor, llevando á Roma en triunfo el fruto de sus rapiñas, para vivir
-allí con escandaloso fausto y comprar los sufragios que habían de
-levantarlos á nuevos mandos. No, en la civilización europea, entre
-pueblos educados por el Cristianismo, no se tolerarían por tanto tiempo
-tamaños males; supóngase el desgobierno, la tiranía, la corrupción de
-costumbres, hasta el punto que se quiera; pero la conciencia pública
-levantará su voz, dará una mirada ceñuda á los opresores; si bien
-podrán cometerse tropelías parciales, jamás la rapiña se erigirá
-en un sistema seguido sin rebozo, como una pauta de gobierno. Esas
-palabras de _justicia_, de _moralidad_, de _humanidad_, que sin cesar
-resuenan entre nosotros, y no como palabras vanas, sino produciendo
-efectos inmensos, y evitando grandes males, están como impregnando
-nuestra atmósfera, las respiramos, detienen mil y mil veces la mano
-del culpable, y, resistiendo con increíble fuerza á las doctrinas
-materialistas y utilitarias, continúan ejerciendo en la sociedad un
-efecto incalculable. Hay un sentimiento de moralidad que todo lo
-suaviza y domina, sentimiento cuya fuerza es tanta, que obliga al vicio
-á conservar las apariencias de la virtud, á encubrirse con cien velos,
-si no quiere ser el objeto de la execración pública.
-
-La sociedad moderna parece que debió heredar la corrupción de la
-antigua, supuesto que se formó de los fragmentos de ella, y esto en la
-época en que la disolución de costumbres había llegado al mayor exceso.
-Es notable, además, que la irrupción de los bárbaros estuvo tan lejos
-de mejorar la situación, que, antes bien, contribuyó á empeorarla. Y
-esto, no sólo por la corrupción propia de sus costumbres brutales y
-feroces, sino también por el desorden que introdujeron en los pueblos
-invadidos, quebrantando la fuerza de las leyes, convirtiendo en un caos
-los usos y costumbres, y aniquilando toda autoridad.
-
-De lo que resulta que es tanto más singular la mejora de la conciencia
-pública que distingue á los pueblos europeos, y que no puede atribuirse
-á otra causa que á la influencia del vital y poderoso principio que
-obró en el seno de Europa por largos siglos.
-
-Es sobremanera digna de observarse la conducta seguida en este punto
-por la Iglesia, siendo quizá uno de los hechos más importantes que
-se encuentran en la historia de la Edad media. Colocaos en un siglo
-cualquiera, en un siglo en que la corrupción y la injusticia levanten
-más erguida la frente, y siempre observaréis que, por más repugnante,
-por más impuro que sea el hecho, la ley es siempre pura: es decir,
-que la razón y la justicia tenían siempre quien las proclamaba, aun
-cuando pareciese que por nadie debían ser escuchadas. Las tinieblas
-de la ignorancia eran densas en extremo, las pasiones desenfrenadas
-no reconocían dique que alcanzase á contenerlas; pero la enseñanza,
-las amonestaciones de la Iglesia no faltaban jamás, como en una
-noche tenebrosa brilla á lo lejos el faro que indica á los perdidos
-navegantes la esperanza de salvamento.
-
-Al leer la historia de la Iglesia, cuando se ven por todas partes
-reuniones de concilios proclamando los principios de la moral
-evangélica, mientras se tropieza á cada paso con hechos los más
-escandalosos; cuando se oye sin cesar inculcado el derecho tan
-quebrantado y pisoteado por el hecho, pregúntase uno naturalmente:
-¿de qué sirve todo esto? ¿de qué sirven las palabras cuando están en
-completa discordancia con las cosas? No creáis, sin embargo, que esta
-proclamación sea inútil, no os desaliente el tener que esperar siglos
-para recoger el fruto de esa palabra.
-
-Cuando por espacio de mucho tiempo se proclama en medio de una sociedad
-un principio, al cabo este principio llega á ejercer su influencia;
-y, si es verdadero, y entraña, por consiguiente, un elemento de vida,
-al fin prevalece sobre los demás que se le oponen y se hace dueño
-de cuanto le rodea. Dejad, pues, á la verdad que hable, dejadla
-que proteste, y que proteste sin cesar; esto impedirá que el vicio
-prescriba, esto le dejará siempre con su nombre propio, esto impedirá
-al hombre insensato de divinizar sus pasiones, de colocarlas sobre los
-altares, después de haberlas adorado en su corazón.
-
-No lo dudéis: esa protesta no será inútil; la verdad saldrá, al fin,
-victoriosa y triunfante: que la protesta de la verdad es la voz del
-mismo Dios, que condena las usurpaciones de su criatura.
-
-Así sucedió, en efecto: la moral cristiana, en lucha primero con las
-disolutas costumbres del imperio y después con la brutalidad de los
-bárbaros, tuvo que atravesar muchos siglos sufriendo rudas pruebas;
-pero, al fin, triunfó de todo y llegó á dominar la legislación y las
-costumbres públicas. Y no es esto decir que ni á aquélla ni á éstas
-pudiera elevarlas al grado de perfección que reclama la pureza de la
-moral evangélica; pero sí que hizo desaparecer las injusticias más
-chocantes, desterró los usos más feroces, enfrenó la procacidad de
-las costumbres más desenvueltas, y logró, por fin, que el vicio fuera
-llamado en todas partes por su nombre, que no se le disfrazase con
-mentidos colores, que no se le divinizase con la impudencia intolerable
-con que se hacía entre los antiguos.
-
-En los tiempos modernos, tiene que luchar con la escuela que proclama
-el interés privado como único principio de moral; y, si bien es verdad
-que no alcanza á evitar que esta funesta enseñanza acarree grandes
-males, no deja, sin embargo, de disminuirlos. ¡Ay del mundo, el día en
-que pudiera decirse sin rebozo: _mi virtud es mi utilidad, mi honor
-es mi utilidad; todo es bueno ó malo, según que me proporciona una
-sensación grata ó ingrata_! ¡Ay del mundo, el día en que la conciencia
-pública no rechazase con indignación tan impudente lenguaje!
-
-La oportunidad que se brinda, y el deseo de aclarar más y más tan
-importante materia, me inducen á presentar algunas observaciones sobre
-una opinión de Montesquieu relativa á los censores de Grecia y Roma. Si
-hay digresión, no será inoportuna.
-
-
-
-
-CAPITULO XXIX
-
-
-Montesquieu ha dicho que las repúblicas se conservan por la virtud y
-las monarquías por el honor: observando, además, que este honor hace
-que no sean necesarios entre nosotros los _censores_, como lo eran
-entre los antiguos. Es muy cierto que en las sociedades modernas no
-existen esos _censores_ encargados de velar por la conservación de las
-buenas costumbres; pero no lo es que la causa de esta diferencia sea la
-señalada por el ilustre publicista. Las sociedades cristianas tienen
-en los ministros de la religión los _censores natos_ de las costumbres.
-La plenitud de esta magistratura la posee la Iglesia, con la diferencia
-de que el poder censorio de los antiguos era una autoridad puramente
-civil, y el de la Iglesia, un poder religioso, que tiene su origen y su
-sanción en la autoridad divina.
-
-La religión de Grecia y Roma no ejercía ni podía ejercer sobre las
-costumbres ese poder censorio, bastando para convencerse de esta verdad
-el notable pasaje de San Agustín que llevo copiado en el capítulo
-XIV, pasaje tan interesante en esta materia, que me atreveré á pedir
-la repetición de su lectura. He aquí la razón de que se encuentren en
-Grecia y Roma los censores, que no se vieron después en los pueblos
-cristianos. Esos censores eran un suplemento de la religión pagana y
-mostraban á las claras su impotencia; pues que, siendo dueña de toda la
-sociedad, no alcanzaba á cumplir una de las primeras misiones de toda
-religión, que es el vigilar sobre las costumbres. Tanta verdad es lo
-que acabo de observar, que así que han menguado en los pueblos modernos
-la influencia de la religión y el ascendiente de sus ministros, han
-aparecido de nuevo en cierto modo los antiguos _censores_ en la
-institución que llamamos _policía_: cuando faltan los medios morales,
-es indispensable echar mano de los físicos; á la persuasión se
-substituye la violencia; y, en vez del misionero caritativo y celoso,
-encuentra el culpable al encargado de la fuerza pública.
-
-Mucho se ha escrito ya sobre el sistema de Montesquieu con respecto á
-los principios que sirven de base á las diferentes formas de gobierno,
-pero quizás no se ha reparado todavía en el fenómeno que, observado
-por el publicista, contribuyó á deslumbrarle. Como esto se enlaza
-íntimamente con el punto que acabo de tocar sobre las causas de la
-existencia de los censores, desenvolveré con alguna extensión las
-indicaciones que acabo de presentar.
-
-En tiempo de Montesquieu no era la religión cristiana tan
-profundamente conocida como lo es ahora con respecto á su importancia
-social, y, si bien en este punto le tributó el autor del _Espíritu de
-las leyes_ un cumplido elogio, es menester no olvidar cuáles habían
-sido en los años de su juventud sus preocupaciones anticristianas;
-y hasta conviene tener presente que en su _Espíritu de las leyes_
-dista mucho de hacer á la verdadera religión la justicia que le es
-debida. Estaban á la sazón en su ascendiente las ideas de la filosofía
-irreligiosa que años después arrastró á tantos malogrados ingenios;
-y Montesquieu no tuvo bastante fuerza para sobreponerse del todo al
-espíritu que tanto cundía, y que amenazaba invadirlo y dominarlo todo.
-
-Combinábase con esta causa, otra que, aunque en sí distinta, reconocía,
-sin embargo, el mismo origen, y era: la prevención favorable por
-todo lo antiguo, una admiración ciega por todo lo que era griego ó
-romano. Parecíales á los filósofos de dicha época que la perfección
-social y política había llegado al más alto punto entre aquellos
-pueblos; que poco ó nada se les podía añadir ni quitar; y que hasta
-en religión eran mil veces preferibles sus fábulas y sus fiestas, á
-los dogmas y al culto de la religión cristiana. Á los ojos de los
-nuevos filósofos, el cielo del Apocalipsis no podía sufrir parangón
-con el cielo de los Campos Elíseos; la majestad de Jehová era inferior
-á la de Júpiter; todas las más altas instituciones cristianas eran
-un legado de la ignorancia y del fanatismo; los establecimientos más
-santos y benéficos eran obra de miras torcidas, la expresión y el
-vehículo de sórdidos intereses; el poder público no era más que atroz
-tiranía; sólo eran bellas, sólo eran justas, sólo eran saludables las
-instituciones paganas: allí todo era sabio, todo abrigaba designios
-profundos, altamente provechosos á la sociedad; sólo los antiguos
-habían disfrutado de las ventajas sociales, sólo ellos habían acertado
-á organizar un poder público con garantías para la libertad de los
-ciudadanos. Los pueblos modernos debían llorar con lágrimas de amargura
-por no poder disfrutar del bullicio del foro. por no oir oradores como
-Demóstenes y Cicerón, por carecer de los juegos olímpicos, por no poder
-asistir al pugilato de los atletas, por no serles dado profesar una
-religión que, si bien llena de ilusiones y mentiras, daba, sin embargo,
-á la naturaleza toda un interés dramático, animando sus fuentes, sus
-ríos, sus cascadas y sus mares, poblando de hermosas ninfas los campos,
-las praderas y los bosques, dando al hombre dioses compañeros del hogar
-doméstico, y, sobre todo, haciendo la vida más llevadera y agradable
-con soltar la rienda á las pasiones, supuesto que las divinizaba bajo
-las formas más hechiceras.
-
-Al través de semejantes preocupaciones, ¿cómo era posible comprender
-las instituciones de la Europa moderna? Todo se trastornaba de un modo
-deplorable; todo lo existente se condenaba sin apelación, y quien
-saliera á su defensa, era reputado por hombre ó de pocos alcances, ó de
-mala fe, y que no podía contar con otro apoyo que el que le dispensaban
-los gobiernos todavía preocupados en favor de una religión y de unas
-instituciones que, según todas las probabilidades, habían de perecer á
-no lardar. ¡Lamentables aberraciones del espíritu humano! ¿Qué dirían
-aquellos escritores si ahora se levantasen de la tumba? ¡Y todavía
-no ha pasado un siglo desde la época en que empezó á ser influyente
-su escuela! ¡Y sus discípulos han sido por largo tiempo dueños de
-arreglar el mundo como bien les ha parecido! ¡Y no han hecho más que
-hacer derramar torrentes de sangre, amontonando nuevos escarmientos y
-desengaños en la historia de la humanidad!
-
-Pero volvamos á Montesquieu. Este publicista, que tanto se resintió
-de la atmósfera que le rodeaba, y que también no dejó de tener alguna
-parte en malearla, advirtió los hechos que de bulto se presentan á los
-ojos del observador, y cuáles son los efectos de la conciencia pública
-creada entre los pueblos europeos por la influencia cristiana; pero,
-notando los efectos, no se remontó á la verdadera causa, y así se
-empeñó en ajustarlos de todos modos al sistema que había imaginado.
-Comparando la sociedad antigua con la moderna, descubrió una notable
-diferencia en la conducta de los hombres, observando que entre nosotros
-se ejercen las acciones más heroicas y más bellas y se evitan, por una
-parte, muchos vicios que contaminaban á los antiguos; cuando, por otra
-parte, se echa de ver que los hombres de nuestras sociedades no siempre
-tienen aquel alto temple moral que debiera de ser la causa regular de
-esta conducta. La codicia, la ambición, el amor de los placeres y demás
-pasiones, reinan todavía en el mundo, bastando dar una mirada en torno,
-para descubrirlas por doquiera; y, sin embargo, estas pasiones no se
-desmandan hasta tal punto que se entreguen á los excesos que lamentamos
-en los antiguos: hay un freno misterioso que las contiene; antes de
-arrojarse sobre el cebo que las brinda, dan siempre al rededor de sí
-una cautelosa mirada; no se atreven á ciertos excesos, á no ser que
-puedan contar de seguro con un velo que las encubra. Temen de un modo
-particular la vista de los hombres: no pueden vivir sino en la soledad
-y en las tinieblas. ¿Cuál es la causa de este fenómeno? se preguntaba
-á sí mismo el autor del _Espíritu de las leyes_. «Los hombres, diría,
-obran muchas veces, no por virtud moral, sino por consideración al
-juicio que de las acciones formarán los demás: esto es obrar por
-honor; éste es un hecho que se observa en Francia y en las demás
-monarquías de Europa: éste será, pues, un carácter distintivo de los
-gobiernos monárquicos; ésta será la base de esa forma política; ésta la
-diferencia de la república y del despotismo.»
-
-Oigamos al mismo autor: «¿En qué clase de gobierno son necesarios
-los censores? En una república donde el principio del gobierno es la
-virtud. No son solamente los crímenes lo que destruye la virtud, sino
-también las negligencias, las faltas, cierta tibieza en el amor de la
-patria, los ejemplos peligrosos, las semillas de corrupción, lo que sin
-chocar con las leyes las elude, y sin destruirlas las enflaquece. Todo
-esto debe ser corregido por los censores.
-
-»En las monarquías no son necesarios por estar fundadas en el
-honor, y la naturaleza de éste es el tener _por censor á todo el
-universo_. Cualquiera que falte al honor, se encuentra expuesto á las
-reconvenciones de los mismos que carecen de él.» (_Espíritu de las
-leyes_, lib. V, cap. XIX). He aquí lo que pensaba este publicista. Sin
-embargo, reflexionando sobre la materia, se echa de ver que padeció una
-equivocación trasladando al orden político, y explicando por causas
-meramente políticas, un hecho puramente social. Montesquieu señala
-como característico de las monarquías lo que es general á todas las
-sociedades modernas, y parece que no comprendió la verdadera causa de
-que en éstas no haya sido necesaria la institución de censores, así
-como no alcanzó el verdadero motivo de esta necesidad en las repúblicas
-antiguas.
-
-Las formas monárquicas no han dominado exclusivamente en Europa. Se
-han visto en ella poderosas repúblicas, y se encuentra todavía alguna
-nada despreciable. La misma monarquía ha sufrido muchas modificaciones,
-aliándose, ora con la democracia, ora con la aristocracia, ora
-ejerciendo un poder sin límites, ora obrando en círculos más ó menos
-dilatados; y, sin embargo, se encuentra por todas partes ese freno de
-que habla Montesquieu, y que apellida _honor_; es decir, un poderoso
-estímulo para hacer buenas acciones y un robusto dique para evitar las
-malas, por consideración al juicio que de nosotros formarán los demás.
-
-«En las monarquías, dice Montesquieu, no se necesitan censores; ellas
-están fundadas sobre el honor, y es de la naturaleza del honor el tener
-por censor á todo el universo»; palabras notables que nos revelan todo
-el pensamiento del escritor, y que, al propio tiempo, nos indican el
-origen de su equivocación. Estas mismas palabras nos servirán de clave
-para descifrar el enigma. Para hacerlo cual conviene á la importancia
-de la materia, y con la claridad que se necesita en un objeto que
-por las complicadas relaciones que abarca ofrece alguna confusión,
-procuraré presentar las ideas con la mayor precisión posible.
-
-El respeto al juicio de los demás es innato en el hombre: y, de
-consiguiente, está en su misma naturaleza el que haga ó evite muchas
-cosas, por consideración á este juicio. Esto se funda en un hecho
-tan sencillo como es el amor de nuestra buena reputación, el deseo
-de parecer bien ó el temor de parecer mal á los ojos de nuestros
-semejantes. Esto, de puro claro y sencillo, no necesita ni aun
-consiente pruebas ni comentarios.
-
-El honor es un estímulo más ó menos vivo, ó un freno más ó menos
-poderoso, según la mayor ó menor severidad de juicio que supongamos
-en los demás. Por esta causa, entre personas generosas hace el tacaño
-un esfuerzo por parecer liberal; así como el pródigo se limita, si se
-halla entre compañeros amantes de la economía. En una reunión donde
-la generalidad de los concurrentes sea morigerada, se mantienen en la
-línea del deber aun los libertinos; cuando en otra donde campee la
-licencia, llegan á permitirse cierta libertad hasta los habitualmente
-severos de costumbres.
-
-La sociedad en que vivimos es una gran reunión: si sabemos que dominan
-en ella principios severos, si oímos proclamadas por todas partes
-las reglas de la sana moral, si conceptuamos que la generalidad de
-los hombres con quienes vivimos llama á cada acción con su verdadero
-nombre, sin que falsee su juicio el desarreglo que tal vez pueda haber
-en su conducta, entonces nos veremos rodeados por todas partes de
-testigos y de jueces, á cuya corrupción no podemos alcanzar: y esto
-nos detendrá á cada paso en los deseos de obrar mal, nos impulsará de
-continuo á portarnos bien.
-
-Muy de otra suerte sucederá si nos prometemos indulgencia en la
-sociedad que nos rodea: entonces, aun suponiéndonos con las mismas
-convicciones, el vicio no nos parecerá tan feo, ni el crimen tan
-detestable, la corrupción tan asquerosa; serán muy diferentes nuestros
-pensamientos con respecto á la moralidad de nuestra conducta, y,
-andando el tiempo, llegarán á resentirse nuestras acciones de la
-influencia funesta de la atmósfera en que vivimos.
-
-De esto se infiere que, para formar en nuestro corazón el sentimiento
-del honor, de manera que sea bastante eficaz para evitar el mal y
-producir el bien, conviene que dominen en la sociedad sanos principios
-de moral, de suerte que sean una creencia generalmente arraigada. Si
-esto se consigue, se llegará á formar ciertos hábitos sociales, que
-moralizarán las costumbres, y que, aun cuando no alcancen á prevenir
-la corrupción de muchos individuos, serán bastantes, sin embargo, á
-obligar al vicio á cubrirse con ciertas formas, que, por más hipócritas
-que sean, no dejarán de contribuir al decoro de las costumbres.
-
-Los saludables efectos de estos hábitos durarán todavía después de
-debilitadas considerablemente las creencias que servían de base á los
-principios morales; y la sociedad recogerá en abundancia beneficiosos
-frutos del mismo árbol que desprecia ó descuida. Ésta es la historia de
-la moralidad de las sociedades modernas, que, si bien corrompidas de
-un modo lamentable, no lo son tanto, sin embargo, como las antiguas, y
-conservan en su legislación y en sus costumbres un fondo de moralidad
-y decoro que no han podido destruir los estragos de las ideas
-irreligiosas.
-
-Consérvase todavía la conciencia pública: ella censura todos los
-días al vicio y encarece la hermosura y las ventajas de la virtud;
-reina sobre los gobiernos y sobre los pueblos, y ejerce el poderoso
-ascendiente de un elemento esparcido por todas partes, como
-desparramado en la atmósfera que respiramos.
-
-«Á más del Areópago, dice Montesquieu, había en Atenas guardianes de
-las costumbres, y guardianes de las leyes; en Lacedemonia todos los
-ancianos eran censores; en Roma tenían este encargo los magistrados
-particulares; así como el Senado vigila sobre el pueblo, es menester
-que haya censores que á su vez vigilen así al pueblo como al Senado:
-ellos deben restablecer en la república todo lo que se ha corrompido,
-notar la tibieza, juzgar las negligencias y corregir las faltas, como
-las leyes castigan los crímenes.» (_Espíritu de las leyes_, lib. V,
-cap. VII.) No parece sino que el autor del _Espíritu de las leyes_ se
-propone retratar las funciones de un poder religioso, describiéndonos
-las atribuciones de los censores antiguos. Alcanzar á donde no llegan
-las leyes civiles, corregir y castigar á su modo lo que éstas dejan
-impune, ejercer sobre la sociedad una influencia más delicada, más
-minuciosa, de la que pertenece al legislador: he aquí el objeto de
-los censores. ¿Y quién no ve que este poder está muy bien reemplazado
-por el poder religioso, y que, si aquél no ha sido necesario en las
-sociedades modernas, debe atribuirse, ó á la presencia de éste, ó al
-resultado de su acción ejercida por largos siglos?
-
-Que este poder religioso obró por largo tiempo sobre todos los
-entendimientos y los corazones con un ascendiente decisivo, es un hecho
-consignado en todas las páginas de la historia de Europa; y cuál haya
-sido el resultado de esa influencia saludable, tan calumniada y tan
-mal comprendida, lo estamos palpando nosotros, que vemos dominantes
-todavía en el pensamiento, en la conciencia pública, los principios de
-justicia y de sana moral, á pesar de los estragos que han causado en la
-conciencia particular las doctrinas irreligiosas é inmorales.
-
-Para dar mejor á comprender el poderoso influjo de esa conciencia,
-será bien hacerlo sensible con algún ejemplo. Supóngase que el
-magnate más opulento, que el monarca más poderoso, se entregue á los
-abominables excesos á que se abandonaron los Tiberios, los Nerones,
-y otros monstruos que mancharon el solio del imperio. ¿Qué sucederá?
-No lo sabemos; pero lo cierto es que nos parece ver levantado tan
-alto el grito de reprobación y de horror universal, parécenos ver al
-monstruo tan abrumado bajo el peso de la execración pública, que se nos
-hace hasta imposible que este monstruo pueda existir. Nos parece un
-anacronismo, un absurdo de la época, y no porque no pensemos que haya
-algunos hombres bastante inmorales para semejantes infamias, bastante
-pervertidos de entendimiento y de corazón para ofrecer ese espectáculo
-de ignominia, sino porque vemos que eso choca, se estrella contra las
-costumbres universales, y que un escándalo semejante no podría durar un
-momento á los ojos de la conciencia pública.
-
-Infinitos contrastes podría presentar, pero me contentaré con otro que,
-recordando un bello pasaje de la historia antigua, y pintándonos la
-virtud de un héroe, nos retrata las costumbres de una época, y el mal
-estado de la conciencia pública. Supóngase que un general de nuestra
-Europa moderna toma por asalto una plaza, donde una señora distinguida,
-esposa de uno de los principales caudillos del ejército enemigo, cae en
-manos de la soldadesca. Presentada al general la hermosa prisionera,
-¿cuál debe ser la conducta del vencedor? Claro es que nadie vacilará un
-momento en afirmar que la señora debe ser tratada con el miramiento más
-delicado, que debe dejársela desde luego libre, permitiéndole que vaya
-á reunirse con su esposo, si ésta fuera su voluntad. Esta conducta la
-encontramos nosotros tan obligatoria, tan en el orden regular de las
-cosas, tan conforme á todas nuestras ideas y sentimientos, que á buen
-seguro no haríamos un mérito particular por ella á quien la hubiese
-observado. Diríamos que el general vencedor cumplió con un deber
-riguroso, sagrado, de que le era imposible prescindir, si no quería
-cubrirse de baldón y de ignominia. Por cierto que no encomendaríamos
-á la historia el cuidado de inmortalizar un hecho semejante; lo
-dejaríamos pasar desapercibido en el curso regular de los sucesos
-comunes. Pues bien: esto hizo Escipión en la toma de Cartagena con la
-mujer de Mardonio; y la historia antigua nos recuerda esta generosidad
-como un eterno monumento de las virtudes del héroe. Este parangón
-explica mejor que todo comentario el inmenso progreso de las costumbres
-y de la conciencia pública bajo la influencia cristiana.
-
-Y esta conducta, que entre nosotros es considerada como muy regular y
-como estrictamente obligatoria, no trae su origen del honor monárquico,
-como pretendería Montesquieu; sino de la mayor elevación de ideas sobre
-la dignidad del hombre, de un conocimiento más claro de las verdaderas
-relaciones sociales, de una moral más pura, más fuerte, porque está
-sentada sobre cimientos eternos. Esto que se encuentra en todas partes,
-que se hace sentir por doquiera, que ejerce su predominio sobre los
-buenos, y que impone respeto aun á los malos, sería el poderoso
-obstáculo que se atravesara á los pasos del hombre inmoral que en casos
-semejantes se empeñase en dar rienda suelta á su crueldad, ó á otras
-pasiones.
-
-El claro entendimiento del autor del _Espíritu de las leyes_ hubiera
-reparado, sin duda, en estas verdades, á no estar preocupado por su
-distinción favorita, que, establecida desde el comienzo de su obra,
-la sujeta toda á un sistema inflexible. Y bien sabido es lo que son
-los sistemas, cuando, concebidos de antemano, sirven como de matriz
-á una obra. Son el verdadero lecho de tormento de las ideas y de los
-sucesos; de buen ó de mal grado, todo se ha de acomodar al sistema: lo
-que sobra, se trunca; lo que falta, se añade. Así vemos que la razón de
-la tutela de las mujeres romanas la encuentra también Montesquieu en
-motivos políticos fundados en la forma republicana; y el derecho atroz
-concedido á los padres sobre los hijos, la potestad patria, que tan
-ilimitada establecían las leyes romanas, pretende que dimanaba también
-de razones políticas. Como si no fuera evidente que el origen de una y
-otra de estas disposiciones del antiguo derecho romano, debe referirse
-á razones puramente domésticas y sociales, del todo independientes de
-la forma de gobierno.[4]
-
-
-
-
-CAPITULO XXX
-
-
-Definida la naturaleza de la conciencia pública, señalado su origen,
-é indicados sus efectos, fáltanos ahora preguntar si se pretenderá
-también que el Protestantismo haya tenido parte en formarla,
-atribuyéndole de esta suerte la gloria de haber servido también en este
-punto á perfeccionar la civilización europea.
-
-Se ha demostrado ya que el origen de la conciencia pública se hallaba
-en el Cristianismo. Éste puede considerarse bajo dos aspectos: ó
-como una doctrina, ó como una institución para realizar la doctrina;
-es decir, que la moral cristiana podemos mirarla, ó en sí misma, ó
-en cuanto es enseñada ó inculcada por la Iglesia. Para formar la
-conciencia pública, haciendo prevalecer en ella la moral cristiana,
-no era bastante la aparición de esa doctrina; sino que era precisa
-la existencia de una sociedad que, no sólo la conservase en toda su
-pureza para irla transmitiendo de generación en generación, sino que
-la predicase sin cesar á los hombres, haciendo de ella aplicaciones
-continuas á todos los actos de la vida. Conviene observar que, por
-más poderosa que sea la fuerza de las ideas, tienen, sin embargo, una
-existencia precaria hasta que han llegado á realizarse, haciéndose
-sensibles, por decirlo así, en alguna institución, que, al paso que
-reciba de ellas la vida y la dirección de su movimiento, les sirva á
-su vez de resguardo contra los ataques de otras ideas ó intereses. El
-hombre está formado de cuerpo y alma, el mundo entero es un complexo
-de seres espirituales y corporales, un conjunto de relaciones morales
-y físicas; y así es que una idea, aun la más grande y elevada, si
-no tiene una expresión sensible, un órgano por donde hacerse oir y
-respetar, comienza por ser olvidada, queda confundida y ahogada en
-medio del estrépito del mundo, y, al cabo, viene á desaparecer del
-todo. Por esta causa, toda idea que quiere obrar sobre la sociedad,
-que pretende asegurar un porvenir, tiende, por necesidad, á crear
-una institución que la represente, que sea su personificación; no
-se contenta con dirigirse á los entendimientos, descendiendo así al
-terreno de la práctica sólo por medios indirectos, sino que se empeña,
-además, en pedir á la materia sus formas, para estar de bulto á los
-ojos de la humanidad.
-
-Estas reflexiones, que someto con entera confianza al juicio de
-los hombres pensadores y sensatos, son la condenación del sistema
-protestante; manifestando que, tan lejos está la pretendida Reforma
-de poderse atribuir ninguna parte en el saludable fenómeno cuya
-explicación nos ocupa, que, antes bien, debe decirse que por sus
-principios y conducta le hubiera impedido, si afortunadamente en el
-siglo XVI la Europa no se hubiese hallado en edad adulta, y, por
-consiguiente, poco menos que incapaz de perder las doctrinas, los
-sentimientos, los hábitos, las tendencias, que le había comunicado la
-Iglesia católica con una educación continuada por espacio de tantos
-siglos.
-
-En efecto: lo primero que hizo el Protestantismo fué atacar á la
-autoridad; y no como un simple acto de resistencia, sino proclamando
-esta resistencia como un verdadero derecho, erigiendo en dogmas el
-examen particular y el espíritu privado. Con este solo paso quedaba la
-moral cristiana sin apoyo; porque no había una sociedad que pudiera
-pretender derecho á explicarla, ni á enseñarla; es decir, que esa
-moral quedaba relegada al orden de aquellas ideas que, no estando
-representadas y sostenidas por ninguna institución, no teniendo órganos
-autorizados para hacerse oir, carecen de medios directos para obrar
-sobre la sociedad, ni saben dónde guarecerse, en el caso de hallarse
-combatidas.
-
-Pero, se me dirá, el Protestantismo ha conservado también esa
-institución que realiza la idea, conservando sus ministros, su culto,
-su predicación, en una palabra, todo lo necesario para que la verdad
-tuviese medios para llegar hasta el hombre, y de estar con él en
-comunicación continua. No negaré lo que haya aquí de verdad, y hasta
-recordaré que en el capítulo XIV de esta obra no tuve reparo en afirmar
-«que debía juzgarse como un gran bien el que, en medio del prurito que
-atormentó á los primeros protestantes de desechar todas las prácticas
-de la Iglesia, conservasen, sin embargo, la de la predicación». Añadí
-también en el mismo lugar «que, sin desconocer los daños que en ciertas
-épocas han traído las declamaciones de algunos ministros, ó insidiosos,
-ó fanáticos, sin embargo, en el supuesto de haberse roto la unidad,
-en el supuesto de haber arrojado á los pueblos por el azaroso camino
-del cisma, habrá influído no poco en la conservación de las ideas
-más capitales sobre Dios y el hombre, y de las máximas fundamentales
-de la moral, el oir con frecuencia los pueblos explicadas semejantes
-verdades por quien las había estudiado de antemano en la Sagrada
-Escritura». Repito aquí lo mismo que allí dije: que el haber conservado
-los protestantes la predicación debía de haber producido considerables
-bienes. Pero, con esto no se dice otra cosa sino que el Protestantismo,
-á pesar del mucho mal que hizo, no lo llevó al extremo que era de
-temer, atendidos sus principios. Parecióse en esta parte á los hombres
-de malas doctrinas, quienes no son tan malos como debieran ser, si su
-corazón estuviera de acuerdo con su entendimiento. Tienen la fortuna de
-ser inconsecuentes. El Protestantismo había proclamado la abolición de
-la autoridad, el derecho de examen sin límites; había erigido en regla
-de fe y de conducta la inspiración privada; pero, en la práctica, se
-apartó algún tanto de estas doctrinas. Así es que se entregó con ardor
-á lo que él llamaba la predicación evangélica, y sus ministros fueron
-llamados evangélicos. De suerte que, mientras se acababa de establecer
-que cada individuo tenía el derecho ilimitado de examen, y que, sin
-prestar oídos á ninguna autoridad externa, sólo debía escuchar los
-consejos, ó de su razón, ó de su inspiración privada, se difundían por
-todas partes ministros protestantes, que se pretendían los órganos
-legítimos para comunicar á los pueblos la divina palabra.
-
-Se verá todavía más lo extraño de semejante conducta, si se recuerda
-la doctrina de Lutero con respecto al sacerdocio. Bien sabido es
-que, embarazado el heresiarca por las jerarquías que constituyen el
-ministerio de la Iglesia, pretendió derribarlas todas de una vez,
-sosteniendo que todos los cristianos eran sacerdotes, sin que se
-necesitase más para ejercer el sagrado ministerio que una simple
-presentación; nada añadía de esencial ni característico á la calidad
-de sacerdote, pues que ésta era patrimonio de todos los fieles.
-Infiérese de esta doctrina que el predicador protestante carece de
-misión, no tiene carácter que le distinga de los demás cristianos,
-no puede ejercer, por consiguiente, sobre ellos autoridad alguna, no
-puede hablar imitando á Jesucristo _quasi potestatem habens_; y, por
-tanto, no es más que un orador que toma la palabra en presencia de
-un auditorio, sin más derecho que el que le dan su instrucción, su
-facundia, ó su elocuencia.
-
-Esta predicación sin autoridad, predicación que, en el fondo, y por los
-propios principios del predicador mismo, no era más que humana, á pesar
-de que por una chocante inconsecuencia se pretendiese divina, si bien
-podía contribuir algún tanto á la conservación de los buenos principios
-morales que hallaba ya establecidos por todas partes, hubiera sido
-impotente para plantearlos en una sociedad donde hubiesen sido
-desconocidos; mayormente teniendo que luchar con otros diametralmente
-opuestos, sostenidos, además, por preocupaciones envejecidas,
-por pasiones arraigadas, por intereses robustos. Hubiera sido
-impotente para introducir sus principios en una sociedad semejante,
-y conservarlos después intactos al través de las revoluciones más
-espantosas y de los trastornos más inauditos; hubiera sido impotente
-para comunicarlos á pueblos bárbaros que, ufanos de sus triunfos, no
-escuchaban otra voz que el instinto de su ferocidad, guiado por el
-sentimiento de la fuerza; hubiera sido impotente para hacer doblegar
-ante esos principios así á los vencedores como á los vencidos,
-refundiéndolos en un solo pueblo, imprimiendo un mismo sello á las
-leyes, á las instituciones, á las costumbres, para formar esa admirable
-sociedad, ese conjunto de naciones, ó, mejor diremos, esa gran nación,
-que se apellida Europa. Es decir, que el Protestantismo, por su misma
-constitución, hubiera sido incapaz de realizar lo que realizó la
-Iglesia católica.
-
-Todavía más: este simulacro de predicación que ha conservado el
-Protestantismo, es, en el fondo, un esfuerzo para imitar á la Iglesia,
-para no quedarse desarmado en presencia de un adversario á quien tanto
-temía. Érale preciso conservar un medio de influencia sobre el pueblo,
-un conducto abierto para comunicarle las varias interpretaciones de la
-Biblia que á los usurpadores de la autoridad les pluguiese adoptar; y
-por esto conservaba la preciosa práctica de la Iglesia romana, á pesar
-de las furibundas declamaciones contra todo lo emanado de la Cátedra de
-San Pedro.
-
-Pero, donde se hace notar la inferioridad del Protestantismo con
-respecto al conocimiento y comprensión de los medios más á propósito
-para extender y cimentar la moralidad, haciéndola dominar sobre todos
-los actos de la vida, es en haber interrumpido toda comunicación de la
-conciencia del fiel con la dirección del sacerdote, en no haber dejado
-á éste otra cosa que una dirección general, la que, por lo mismo que se
-extiende de una vez sobre todos, no se ejerce eficazmente sobre nadie.
-Aun cuando no consideremos más que bajo este aspecto la abolición del
-sacramento de la Penitencia entre los protestantes, puede asegurarse
-que desconocieron uno de los medios más legítimos, más poderosos y
-suaves, para dar á la vida del hombre una dirección conforme á los
-principios de la sana moral. Acción legítima, porque legítima es la
-comunicación directa, íntima, de la conciencia que debe ser juzgada
-por Dios, con la conciencia de aquel que hace las veces de Dios en la
-tierra. Acción poderosa, porque, establecida la íntima comunicación de
-hombre á hombre, de alma con alma, se identifican, por decirlo así, los
-pensamientos y los afectos, y, ausente todo testigo que no sea el mismo
-Dios, las amonestaciones tienen más fuerza, los mandatos más autoridad,
-y los mismos consejos penetran mejor hasta el fondo del alma, con
-más unción y más dulzura. Acción suave, porque supone la espontánea
-manifestación de la conciencia que se trata de dirigir, manifestación
-que trae su origen de un precepto, pero que no puede ser arrancada por
-la violencia, supuesto que sólo Dios puede ser el juez competente de su
-sinceridad; suave, repito, porque, obligado el ministro al más estricto
-secreto, y tomadas por la Iglesia todas las precauciones imaginables
-para precaver la revelación, puede el hombre descansar tranquilo,
-con la seguridad de que serán fielmente guardados los arcanos de su
-conciencia.
-
-Pero, se nos dirá, ¿creéis acaso que todo esto sea necesario para
-establecer y conservar una buena moralidad? Si esta moralidad ha de
-ser algo más que una probidad mundana, expuesta á quebrantarse al
-primer encuentro con un interés, ó dejarse arrastrar por el seductor
-halago de las pasiones engañosas; si ha de ser una moralidad delicada,
-severa, profunda, que se extienda á todos los actos de la vida, que
-la dirija, que la domine, haciendo del corazón humano ese bello ideal
-que admiramos en los católicos dedicados á la verdadera observancia y
-á las prácticas de su religión; si se habla de esta moralidad, repito,
-es necesario que esté bajo la inspección del poder religioso, y que
-reciba la dirección y las inspiraciones de un ministro del santuario en
-esa abertura íntima, sincera, de todos los más recónditos pliegues del
-corazón, y de los deslices á que nos conduce á cada paso la debilidad
-de nuestra naturaleza. Esto es lo que enseña la religión católica, y
-yo añado que esto es lo que muestra la experiencia, y lo que enseña la
-filosofía. No quiero decir con esto que sólo entre los católicos sea
-posible practicar acciones virtuosas; sería una exageración desmentida
-por la experiencia de cada día: hablo únicamente de la eficacia con que
-obra una institución católica despreciada por los protestantes; hablo
-de su alta importancia para arraigar y conservar una moralidad firme,
-íntima, que se extienda á todos los actos de nuestra alma.
-
-No hay duda que hay en el hombre una monstruosa mezcla de bien y de
-mal, y que no le es dado en esta vida alcanzar aquella perfección
-inefable que, consintiendo en la conformidad perfecta con la verdad
-y con la santidad divinas, no puede concebirse siquiera, sino para
-cuando el hombre, despojado del cuerpo mortal, tendrá su espíritu
-sumido en un piélago purísimo de luz y de amor. Pero no cabe duda
-tampoco que, aun en esta morada terrestre, en esta mansión de miserias
-y tinieblas, puede el hombre llegar á poseer esa moralidad universal,
-profunda y delicada que se ha descrito más arriba: y sea cual fuere
-la corrupción del mundo de que con razón nos lamentamos, es menester
-confesar que se encuentran todavía en él un número considerable de
-honrosas excepciones, en personas que ajustan su conducta, su voluntad,
-hasta sus más íntimos pensamientos y afecciones, á la severa regla
-de la moral evangélica. Para llegar á este punto de moralidad, y
-cuenta que aun no decimos de perfección evangélica, sino de moralidad,
-es necesario que el principio religioso esté presente con viveza á
-los ojos del alma, que obre de continuo sobre ella, alentándola ó
-reprimiéndola en la infinita variedad de encuentros que en el concurso
-de la vida se ofrecen para apartarnos del camino del deber. La vida del
-hombre es una cadena de actos infinitos en número, por decirlo así, y
-que no pueden andar acordes siempre con la razón y con la ley eterna, á
-no estar incesantemente bajo un regulador universal y fijo.
-
-Y no se diga que una moralidad semejante es un bello ideal, que, aun
-cuando existiera, traería consigo una tal confusión en los actos del
-alma, y, por consiguiente, tal complicación en la vida entera, que ésta
-llegaría á hacerse insoportable. No, no es meramente un bello ideal
-lo que existe en la realidad, lo que se ofrece á menudo á nuestros
-ojos, no tan sólo en el retiro de los claustros y en las sombras del
-santuario, sino también en medio del bullicio y de las distracciones
-del mundo. No acarrea tampoco confusión á los actos del alma ni
-complica los negocios de la vida, lo que establece una regla fija. Al
-contrario: lejos de confundir, aclara y distingue; lejos de complicar,
-ordena y simplifica. Asentad esta regla y tendréis la unidad, y, en pos
-de la unidad, el orden en todo.
-
-El Catolicismo se ha distinguido siempre por su exquisita vigilancia
-sobre la moral, y por su cuidado en arreglar todos los actos de
-la vida, y hasta los más secretos movimientos del corazón. Los
-observadores superficiales han declamado contra la abundancia de
-moralistas, contra el estudio detenido y prolijo que se ha hecho de
-los actos humanos, considerados bajo el aspecto moral; pero debían
-haber observado que, si el Catolicismo es la religión en cuyo seno han
-aparecido mayor número de moralistas, y donde se han examinado más
-minuciosamente todas las acciones humanas, es porque esta religión
-tiene por objeto moralizar al hombre todo entero, por decirlo así,
-en todos sentidos, en sus relaciones con Dios, con sus semejantes y
-consigo mismo. Claro es que semejante tarea trae necesariamente un
-examen más profundo y detenido del que sería menester, si se tratase
-únicamente de dar al hombre una moralidad incompleta, y que, no pasando
-de la superficie de sus actos, no se filtrase hasta lo íntimo del
-corazón.
-
-Ya que se ha tocado el punto de los moralistas católicos, y sin
-que pretenda excusar las demasías á que se hayan entregado algunos
-de ellos, ora por un refinamiento de sutileza, ora por espíritu de
-partidos y disputas, demasías que nunca pueden ser imputadas á la
-Iglesia católica, la que, cuando no las ha reprobado expresamente,
-al menos les ha hecho sentir su desagrado, obsérvase, no obstante,
-que esta abundancia, este lujo, si se quiere, de estudios morales, ha
-contribuído quizá más de lo que se cree á dirigir los entendimientos al
-estudio del hombre, ofreciendo abundancia de datos y de observaciones
-á los que se han querido dedicar posteriormente á esta ciencia
-importante, que es, sin duda, uno de los objetos más dignos y más
-útiles que pueden ofrecerse á nuestros trabajos. En otro lugar de
-esta obra me propongo desenvolver las relaciones del Catolicismo con
-el progreso de las ciencias y de las letras, y así me hallo precisado
-á contentarme por ahora con las indicaciones que acabo de hacer.
-Permítaseme, sin embargo, observar que el desarrollo del espíritu
-humano en Europa fué principalmente teológico; y que así en el punto de
-que tratamos, como en otros muchos, deben los filósofos á los teólogos
-mucho más de lo que, según parece, ellos se figuran.
-
-Volviendo á la comparación de la influencia protestante con la
-influencia católica, relativamente á la formación y conservación
-de una sana conciencia pública, queda demostrado que, habiendo el
-Catolicismo sostenido siempre el principio de autoridad combatido por
-el Protestantismo, dió á las ideas morales una fuerza, una acción, que
-no hubiera podido darles su adversario, quien, por su naturaleza, por
-sus mismos principios fundamentales, las ha dejado sin más apoyo que el
-que tienen las ideas de una escuela filosófica.
-
-«Pues bien, se me dirá, ¿desconocéis acaso la fuerza de las ideas,
-fuerza propia, entrañada en su misma naturaleza, que tan á menudo
-cambia la faz de la humanidad, decidiendo de sus destinos? ¿No sabéis
-que las ideas se abren paso al través de todos los obstáculos, á pesar
-de todas las resistencias? ¿Habéis olvidado lo que nos enseña la
-historia entera? ¿Pretendéis despojar el pensamiento del hombre de su
-fuerza vital, creadora, que le hace superior á todo cuanto le rodea?»
-Tal suele ser el panegírico que se hace de la fuerza de las ideas; así
-las oímos presentar á cada paso como si tuvieran en la mano la varita
-mágica para cambiarlo y transformarlo todo, á merced de sus caprichos.
-Respetando como el que más el pensamiento del hombre, y confesando que
-en realidad hay mucho de verdadero en lo que se llama la fuerza de una
-idea, me permitirán, sin embargo, los entusiastas de esta fuerza, hacer
-algunas observaciones, no para combatir de frente su opinión, sino para
-modificarla en lo que fuere necesario.
-
-En primer lugar, las ideas con respecto al punto de vista desde el
-cual las miramos aquí, deben distinguirse en dos órdenes: unas que
-lisonjean nuestras pasiones, otras que las reprimen. Las primeras no
-puede negarse que tienen una fuerza expansiva, inmensa. Circulando con
-movimiento propio, obran por todas partes, ejercen una acción rápida y
-violenta, no parece sino que están rebosando de actividad y de vida;
-las segundas tienen la mayor dificultad en abrirse paso, progresan
-lentamente, necesitan apoyarse en alguna institución que les asegure
-estabilidad. Y esto ¿por qué? Porque lo que obra en el primer caso
-no son las ideas, sino las pasiones que formando un cortejo toman su
-nombre, encubriendo de esta suerte lo que á primera vista se ofrecería
-como demasiado repugnante; en el segundo es la verdad la que habla; y
-la verdad en esta tierra de infortunio es escuchada muy difícilmente;
-porque la verdad conduce al bien, y el _corazón del hombre_, según
-expresión del sagrado texto, _está inclinado al mal desde la
-adolescencia_.
-
-Los que tanto nos encarecen la fuerza íntima de las ideas, debieran
-señalarnos en la historia antigua y moderna una idea, una sola idea,
-que, encerrada en su propio círculo, es decir, en el orden puramente
-filosófico, merezca la gloria de haber contribuído notablemente á la
-mejora del individuo ni de la sociedad.
-
-Suele decirse á menudo que la fuerza de las ideas es inmensa, que
-una vez sembradas entre los hombres fructifican tarde ó temprano,
-que una vez depositadas en el seno de la humanidad se conservan como
-un legado precioso que, transmitido de generación en generación,
-contribuye maravillosamente á la mejora del mundo, á la perfección á
-que se encamina el humano linaje. No hay duda que en estas aserciones
-se encierra una parte de verdad; porque, siendo el hombre un ser
-inteligente, todo lo que afecta inmediatamente su inteligencia, no
-puede menos de influir en su destino. Así es que no se hacen grandes
-mudanzas en la sociedad, si no se verifican primero en el orden de las
-ideas; y es endeble y de escasa duración todo cuanto se establece, ó
-contra ellas, ó sin ellas. Pero de aquí á suponer que toda idea útil
-encierre tanta fuerza conservadora de sí propia, que por lo mismo no
-necesite de una institución que le sirva de apoyo y defensa, mayormente
-si ha de atravesar épocas muy turbulentas, hay una distancia inmensa,
-que no se puede salvar, so pena de ponernos en desacuerdo con la
-historia entera.
-
-No, la humanidad, considerada por sí sola, entregada á sus propias
-fuerzas, como la consideran los filósofos, no es una depositaria tan
-segura como se ha querido suponer. Desgraciadamente tenemos de esa
-verdad bien tristes pruebas; pues que, lejos de parecerse el humano
-linaje á un depositario fiel, ha imitado más bien la conducta de un
-dilapidador insensato. En la cuna del género humano encontramos las
-grandes ideas sobre la unidad de Dios, sobre el hombre, sobre sus
-relaciones con Dios y sus semejantes: estas ideas eran, sin duda,
-verdaderas, saludables, fecundas; pues bien, ¿qué hizo de ellas
-el género humano? ¿no las perdió, modificándolas, mutilándolas,
-estropeándolas, de un modo lastimoso? ¿Dónde estaban esas ideas cuando
-vino Jesucristo al mundo? ¿Qué había hecho de ellas la humanidad? Un
-pueblo, un solo pueblo las conserva, pero ¿cómo? Fijad la atención
-sobre el pueblo escogido, sobre el pueblo judío, y veréis que existe en
-él una lucha continua entre la verdad y el error; veréis que con una
-ceguera inconcebible se inclina sin cesar á la idolatría, á substituir
-á la ley sublime del Sinaí las abominaciones de los gentiles. ¿Y sabéis
-cómo se conserva la verdad en aquel pueblo? Notadlo bien: apoyada en
-instituciones las más robustas que imaginarse puedan, pertrechada con
-todos los medios de defensa de que la rodeó el legislador inspirado
-por Dios. Se dirá que aquél era un pueblo de _dura cerviz_, como dice
-el sagrado texto; desgraciadamente, desde la caída de nuestro primer
-padre, esta dureza de cerviz es un patrimonio de la humanidad; _el
-corazón del hombre está inclinado al mal desde su adolescencia_, y
-siglos antes de que existiese el pueblo judío, abrió Dios sobre el
-mundo las cataratas del cielo, y borró al hombre de la faz de la
-tierra, _porque toda carne había corrompido su camino_.
-
-Infiérese de aquí la necesidad de instituciones robustas para la
-conservación de las grandes ideas morales; y se ve con evidencia que no
-deben abandonarse á la volubilidad del espíritu humano, so pena de ser
-desfiguradas y aun perdidas.
-
-Además, las instituciones son necesarias, no precisamente para enseñar,
-sino también para aplicar. Las ideas morales, mayormente las que
-están en oposición muy abierta con las pasiones, no llegan jamás al
-terreno de la práctica sino por medio de grandes esfuerzos; y para
-esos esfuerzos no bastan las ideas en sí mismas, son menester medios
-de acción con que pueda enlazarse el orden de las ideas con el orden
-de los hechos. Y he aquí una de las razones de la importancia de las
-escuelas filosóficas cuando se trata de edificar. Son no pocas veces
-poderosas para destruir, porque para destruir basta la acción de un
-momento, y esta acción puede ser comunicada fácilmente en un acceso
-de entusiasmo; pero, cuando quieren edificar poniendo en planta sus
-concepciones, se encuentran faltas de acción, y, no teniendo otros
-medios de ejercerla que lo que se llama la fuerza de las ideas, como
-que éstas varían ó se modifican incesantemente, dando de ello el
-primer ejemplo las mismas escuelas, queda reducido á objeto de pura
-curiosidad lo que poco antes se propalara como la causa infalible del
-progreso del linaje humano.
-
-Con estas últimas reflexiones prevengo la objeción que se me podría
-hacer, fundándose en la mucha fuerza adquirida por las ideas por medio
-de la prensa. Ésta propaga, es verdad, y por lo mismo multiplica
-extraordinariamente la fuerza de las ideas; pero, tan lejos está
-de conservar, que antes bien es el mejor disolvente de todas las
-opiniones. Obsérvese la inmensa órbita recorrida por el espíritu del
-hombre desde la época de ese importante descubrimiento, y se echará
-de ver que el consumo (permítaseme la expresión), que el consumo de
-las opiniones ha crecido en una proporción asombrosa. Sobre todo desde
-que la prensa se ha hecho periódica, la historia del espíritu humano
-parece la representación de un drama rapidísimo, donde unas escenas
-suceden á otras, sin dejar apenas tiempo al espectador para oir de boca
-de los actores una palabra fugitiva. No estamos todavía á la mitad del
-presente, y, sin embargo, no parece sino que han transcurrido muchos
-siglos. ¡Tantas son las escuelas que han nacido y muerto, tantas las
-reputaciones que se han encumbrado muy alto, hundiéndose luego en el
-olvido!
-
-Esta rápida sucesión de ideas, lejos de contribuir al aumento de la
-fuerza de las mismas, acarrea necesariamente su flaqueza y esterilidad.
-El orden natural en la vida de las ideas es: primero aparecer, en
-seguida difundirse, luego realizarse en alguna institución que las
-represente, y, por fin, ejercer su influencia sobre los hechos, obrando
-por medio de la institución en que se han personificado. En todas
-estas transformaciones que por necesidad reclaman algún tiempo, es
-necesario que las ideas conserven su crédito, si es que han de producir
-algún resultado provechoso. Este tiempo falta, cuando se suceden
-unas á otras con demasiada rapidez, pues que las nuevas trabajan en
-desacreditar las que las han precedido, y de esta suerte las utilizan.
-Por cuya causa quizás nunca, como ahora, ha sido más legítima una
-profunda desconfianza en la fuerza de las ideas, ó sea en la filosofía,
-para producir nada de consistente en el orden moral; y bajo este
-aspecto es muy controvertible el bien que ha hecho la imprenta á las
-sociedades modernas. Se concibe más, pero se madura menos: lo que
-gana el entendimiento en extensión, lo pierde en profundidad, y la
-brillantez teórica contrasta lastimosamente con la impotencia práctica.
-¿Qué importa que nuestros antecesores no fuesen tan diestros como
-nosotros para improvisar una discusión sobre las más altas cuestiones
-sociales y políticas, si alcanzaron á fundar y organizar instituciones
-admirables? Los arquitectos que levantaron los sorprendentes monumentos
-de los siglos que apellidamos bárbaros, por cierto que no serían ni
-tan eruditos ni tan cultos como los de nuestra época; y, sin embargo,
-¿quién tendría aliento para comenzar siquiera lo que ellos consumaron?
-He aquí la imagen más cabal de lo que está sucediendo en el orden
-social ó político. Es necesario no olvidarlo: los grandes pensamientos
-nacen más bien de la intuición que del discurso; el acierto en la
-práctica depende más de la calidad inestimable, llamada tino, que de
-una reflexión ilustrada; y la experiencia enseña á menudo que quien
-_conoce mucho, ve poco_. El genio de Platón no hubiera sido el mejor
-consejero del genio de Solón y de Licurgo; y toda la ciencia de Cicerón
-no hubiera alcanzado á lo que alcanzaron el tacto y el buen sentido de
-los hombres rudos, como Rómulo y Numa.[5]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXI
-
-
-_Cierta suavidad general de costumbres, que en tiempo de guerra evita
-grandes catástrofes y en medio de la paz hace la vida más dulce y
-apacible_, es otra de las calidades preciosas que llevo señaladas como
-características de la civilización europea. Éste es un hecho que no
-necesita de prueba; se le ve, se le siente por todas partes, al dar en
-torno de nosotros una mirada: resalta vivamente abriendo las páginas
-de la historia, y comparando nuestros tiempos con otros tiempos, sean
-los que fueren. ¿En qué consiste esta suavidad de costumbres? ¿cuál
-es su origen? ¿quién la ha favorecido? ¿quién la ha contrariado? He
-aquí unas cuestiones á cual más interesantes, y que se enlazan de un
-modo particular con el objeto que nos ocupa: porque en pos de ellas
-se ofrecen desde luego al ánimo estas preguntas: ¿el Catolicismo ha
-influído en algo en crear esta suavidad de costumbres? ¿le ha puesto
-algún obstáculo ó le ha causado algún retardo? ¿al Protestantismo le ha
-cabido alguna parte en esta obra, en bien ó en mal?
-
-Conviene ante todo fijar en qué consiste la suavidad de costumbres;
-porque, aun cuando ésta sea una de aquellas ideas que todo el mundo
-conoce, ó más bien siente; no obstante, cuando se trata de esclarecerla
-y analizarla, es necesario dar de ella una definición cabal y exacta,
-en cuanto sea posible. La suavidad de costumbres consiste en la
-_ausencia de la fuerza_, de modo que serán _más ó menos_ suaves en
-cuanto se emplee _menos ó más_ la fuerza. Así, costumbres suaves
-no es lo mismo que costumbres benéficas: éstas incluyen el bien,
-aquéllas excluyen la fuerza; costumbres suaves tampoco es lo mismo
-que costumbres conformes á la razón y á la justicia: no pocas veces
-la inmoralidad es también suave, porque anda hermanada, no con la
-fuerza, sino con la seducción y la astucia. Así es que la suavidad de
-costumbres consiste en dirigir el espíritu del hombre, no por medio de
-la violencia hecha al cuerpo, sino por medio de razones enderezadas á
-su entendimiento, ó de cebos ofrecidos á sus pasiones; y por esto la
-suavidad de costumbres no es siempre el reinado de la razón, pero es
-siempre el reinado de los espíritus, por más que éstos sean no pocas
-veces esclavos de las pasiones con las cadenas de oro que ellos mismos
-se labran.
-
-Supuesto que la suavidad de costumbres proviene de que en el trato
-de los hombres sólo se emplean la _convicción_, la _persuasión_ ó la
-_seducción_, claro es que las sociedades más adelantadas, es decir,
-aquellas donde la inteligencia ha llegado á gran desarrollo, deben
-participar más ó menos de esta suavidad. En ellas la inteligencia
-domina porque es fuerte, así como la fuerza material desaparece porque
-el cuerpo se enerva. Además: en sociedades muy adelantadas, que por
-precisión acarrean mayor número de relaciones y mayor complicación en
-los intereses, son necesarios aquellos medios que obran de un modo
-universal y duradero, siendo, además, aplicables á todos los pormenores
-de la vida. Estos medios son sin disputa los intelectuales y morales:
-la inteligencia obra sin destruir, la fuerza se estrella contra el
-obstáculo: ó le remueve ó se hace pedazos ella misma; y he aquí un
-eterno manantial de perturbación que no puede existir en una sociedad
-de relaciones numerosas y complicadas, so pena de convertirse ésta en
-un caos, y perecer.
-
-En la infancia de las sociedades encontramos siempre un lastimoso abuso
-de la fuerza. Nada más natural: las pasiones se alían con ella porque
-se le asemejan: son enérgicas como la violencia, rudas como el choque.
-Cuando las sociedades han llegado á mucho desarrollo, las pasiones se
-divorcian de la fuerza y se enlazan con la inteligencia; dejan de ser
-violentas y se hacen astutas. En el primer caso, si son los pueblos
-los que luchan, se hacen la guerra, se combaten y se destruyen; en
-el segundo, pelean con las armas de la industria, del comercio, del
-contrabando: si son los gobiernos, se atacan, en el primer caso con
-ejércitos, con invasiones; en el segundo con notas: en una época los
-guerreros lo son todo; en la otra no son nada: su papel no puede ser de
-mucha importancia, cuando en vez de pelear se negocia.
-
-Echando una ojeada sobre la civilización antigua, se nota desde luego
-una diferencia singular entre nuestra suavidad de costumbres y la
-suya; ni griegos ni romanos alcanzaron jamás esta preciosa calidad en
-el grado que distingue la civilización europea. Aquellos pueblos más
-bien se enervaron, que no se suavizaron; sus costumbres pueden llamarse
-muelles, pero no suaves: porque hacían uso de la fuerza siempre que
-este uso no demandaba energía en el ánimo ni vigor en el cuerpo.
-
-Es sobremanera digna de notarse esa particularidad de la civilización
-antigua, sobre todo de la romana; y este fenómeno, que á primera vista
-parece muy extraño, no deja de tener causas profundas. Á más de la
-principal, que es la falta de un elemento suavizador, cual es el que
-han tenido los pueblos modernos, _la caridad cristiana_, descendiendo á
-algunos pormenores encontraremos las razones de que no pudiese llegar á
-establecerse entre los antiguos la verdadera suavidad de costumbres.
-
-La esclavitud, que era uno de los elementos constitutivos de su
-organización doméstica y social, era un eterno obstáculo para
-introducirse en aquellos pueblos esa preciosa calidad. El hombre
-puede arrojar á otro hombre á las murenas, castigando así con la
-muerte el haber quebrado un vaso; el que puede por un mero capricho
-quitar la vida á uno de sus semejantes en medio de la algazara de un
-festín; quien puede acostarse en un blando lecho con los halagos de la
-voluptuosidad y el esplendor de la más suntuosa magnificencia, sabiendo
-que centenares de hombres están encerrados y amontonados en obscuros
-subterráneos por su interés y por sus placeres; quien puede escuchar
-el gemido de tantos desgraciados que demandan un bocado de pan para
-atravesar una noche cruel que enlazará las fatigas y los sudores del
-día siguiente con los sudores y fatigas del día que pasó, ese tal podrá
-tener costumbres muelles, pero no suaves; su corazón podrá ser cobarde,
-pero no dejará de ser cruel. Y tal era cabalmente la situación del
-hombre libre en la sociedad antigua: esta organización era considerada
-como indispensable; otro orden de cosas no se concebía siquiera como
-posible.
-
-¿Quién removió este obstáculo? ¿No fué la Iglesia católica aboliendo la
-esclavitud, después de haber suavizado el trato cruel que se daba á los
-esclavos? Véanse los capítulos XV, XVI, XVII, XVIII y XIX de esta obra
-con las notas que á ellos se refieren, donde se halla demostrada esta
-verdad con razones y documentos incontestables.
-
-El derecho de vida y muerte, concedido por las leyes á la potestad
-patria, introducía también en la familia un elemento de dureza, que
-debía de producir resultados muy dañosos. Afortunadamente, el corazón
-del padre estaba en lucha continua con la facultad otorgada por la
-ley; pero, si esto no pudo impedir algunos hechos, cuya lectura nos
-estremece, ¿no hemos de pensar también que en el curso ordinario de
-la vida pasarían de continuo escenas crueles que recordarían á los
-miembros de la familia ese derecho atroz de que estaba investido
-su jefe? Quien sabe que puede matar impunemente, ¿no se dejará
-llevar repetidas veces al ejercicio de un despotismo cruel, y á la
-aplicación de castigos inhumanos? Esa tiránica extensión de la potestad
-patria á derechos que no concedió la naturaleza, fué desapareciendo
-sucesivamente por la fuerza de las costumbres y de las leyes,
-secundadas también en buena parte por la influencia del Cristianismo.
-(V. cap. XIV.) Á esta causa puede agregarse otra, que tiene con ella
-mucha analogía: el despotismo que el varón ejercía sobre la mujer, y
-la escasa consideración que ésta disfrutaba.
-
-Los juegos públicos eran también entre los romanos otro elemento de
-dureza y crueldad. ¿Qué puede esperarse de un pueblo cuya principal
-diversión es asistir fríamente á un espectáculo de homicidios, que se
-complace en mirar cómo perecen en la arena á centenares los hombres, ó
-luchando entre sí, ó en las garras de las bestias?
-
-Siendo español, no puedo menos de intercalar un párrafo para decir dos
-palabras en contestación á una dificultad, que no dejará de ocurrírsele
-al lector cuando vea lo que acabo de escribir sobre los combates
-de hombres con fieras. ¿Y los toros en España? se me preguntará
-naturalmente; ¿no es un país cristiano católico donde se ha conservado
-la costumbre de lidiar los hombres con las fieras? Apremiadora
-parece la objeción, pero no lo es tanto, que no deje una salida
-satisfactoria. Y ante todo, y para prevenir toda mala inteligencia,
-declaro que esa diversión popular es, á mi juicio, bárbara, digna,
-si posible fuese, de ser extirpada completamente. Pero, toda vez
-que acabo de consignar esta declaración tan explícita y terminante,
-permítaseme hacer algunas observaciones para dejar en buen puesto
-el nombre de mi patria. En primer lugar, debe notarse que hay en el
-corazón del hombre cierto gusto secreto por los azares y peligros. Si
-una aventura ha de ser interesante, el héroe ha de verse rodeado de
-riesgos graves y multiplicados; si una historia ha de excitar vivamente
-nuestra curiosidad, no puede ser una cadena no interrumpida de
-sucesos regulares y felices. Pedimos encontrarnos á menudo con hechos
-extraordinarios y sorprendentes; y, por más que nos cueste decirlo,
-nuestro corazón, al mismo tiempo que abriga la compasión más tierna por
-el infortunio, parece que se fastidia si tarda largo tiempo en hallar
-escenas de dolor, cuadros salpicados de sangre. De aquí el gusto por la
-tragedia, de aquí la afición á aquellos espectáculos donde los actores
-corran, ó en la apariencia ó en la realidad, algún grave peligro.
-
-No explicaré yo el origen de este fenómeno; bástame consignarlo aquí,
-para hacer notar á los extranjeros que nos acusan de bárbaros, que la
-afición del pueblo español á la diversión de los toros no es más que la
-aplicación á un caso particular de un gusto cuyo germen se encuentra
-en el corazón del hombre. Los que tanta humanidad afectan cuando se
-trata de la costumbre del pueblo español, deberían decirnos también:
-¿de dónde nace que se vea acudir un concurso inmenso á todo espectáculo
-que por una ú otra causa sea peligroso á los actores; de dónde nace
-que todos asistirían con gusto á una batalla por más sangrienta que
-fuese, si era dable asistir sin peligro; de dónde nace que en todas
-partes acude un numeroso gentío á presenciar la agonía y las últimas
-convulsiones del criminal en el patíbulo; de dónde nace, finalmente,
-que los extranjeros cuando se hallan en Madrid se hacen cómplices
-también de la barbarie española asistiendo á la plaza de toros?
-
-Digo todo esto, no para excusar en lo más mínimo una costumbre que me
-parece indigna de un pueblo civilizado, sino para hacer sentir que en
-esto, como casi en todo lo que tiene relación con el pueblo español,
-hay exageraciones que es necesario reducir á límites razonables. Á más
-de esto, hay que añadir una reflexión importante, que es una excusa muy
-poderosa de esa reprensible diversión.
-
-No se debe fijar la atención en la diversión misma, sino en los males
-que acarrea. Ahora bien: ¿cuántos son los hombres que mueren en España
-lidiando con los toros? Un número escasísimo, insignificante, en
-proporción á las innumerables veces que se repiten las funciones; de
-manera que, si se formara un estado comparativo entre las desgracias
-ocurridas en esta diversión y las que acaecen en otras clases de
-juegos, como las corridas de caballos y otras semejantes, quizás el
-resultado manifestaría que la costumbre de los toros, bárbara como
-es en sí misma, no lo es tanto, sin embargo, que merezca atraer
-esa abundancia de afectados anatemas con que han tenido á bien
-favorecernos los extranjeros.
-
-Y, volviendo al objeto principal, ¿cómo puede compararse una diversión
-donde pasan quizás muchos años sin perecer un solo hombre, con aquellos
-juegos horribles donde la muerte era una condición necesaria al placer
-de los espectadores? Después del triunfo de Trajano sobre los dacios,
-duraron los juegos ciento veintitrés días, pereciendo en ellos el
-espantoso número de diez mil gladiadores. Tales eran los juegos que
-formaban la diversión, no sólo del populacho romano, sino también de
-las clases elevadas; en esa repugnante carnicería se gozaba aquel
-pueblo corrompido, que hermanaba con la voluptuosidad más refinada, la
-crueldad más atroz. Y he aquí la prueba convincente de lo dicho más
-arriba, á saber: que las costumbres pueden ser muelles sin ser suaves;
-antes se aviene muy bien la brutalidad de una molicie desenfrenada con
-el instinto feroz del derramamiento de sangre.
-
-En los pueblos modernos, por corrompidas que sean las costumbres, no
-es posible que se toleren jamás espectáculos semejantes. El principio
-de la caridad ha extendido demasiado sus dominios, para que puedan
-repetirse tamaños excesos. Verdad es que no recaba de los hombres que
-se hagan recíprocamente todo el bien que deberían; pero al menos impide
-que se hagan tan fríamente el mal, que puedan asistir tranquilos á la
-muerte de sus semejantes, cuando no les impele á ello otro motivo que
-el placer causado por una sensación pasajera. Ya desde la aparición
-del Cristianismo comenzaron á echarse las semillas de esta aversión á
-presenciar el homicidio. Sabida es la repugnancia de los cristianos
-á los espectáculos de los gentiles, repugnancia que prescribían y
-avivaban las santas amonestaciones de los primeros pastores de la
-Iglesia. Era cosa reconocida que la caridad cristiana era incompatible
-con la asistencia á unos juegos donde se presenciaba el homicidio bajo
-las formas más crueles y refinadas. «Nosotros, decía bellamente uno de
-los apologistas de los primeros siglos, hacemos poca diferencia entre
-matar á un hombre ó ver que se le mata.»[6]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXII
-
-
-La sociedad moderna debía, al parecer, distinguirse por la dureza
-y crueldad de sus costumbres, pues que, siendo un resultado de la
-sociedad de los romanos, y de la de los bárbaros, debió heredar de
-ambas esa dureza y crueldad. En efecto, ¿quién ignora la ferocidad de
-costumbres de los bárbaros del Norte? Los historiadores de aquella
-época nos han dejado narraciones horrorosas cuya lectura nos hace
-estremecer. Llegóse á pensar que estaba cercano el fin del mundo, y á
-la verdad que los que hacían semejante presagio eran bien excusables
-de creer que estaba muy próxima la mayor de las catástrofes, cuando
-eran tantas las que abrumaban á la triste humanidad. La imaginación no
-alcanza á figurarse lo que hubiera sido del mundo en aquella crisis, si
-el Cristianismo no hubiese existido; y, aun suponiendo que se hubiese
-llegado á organizar de nuevo la sociedad bajo una ú otra forma, no
-hay duda en que las relaciones, así privadas como públicas, habrían
-quedado en un estado deplorable, tomando, además, la legislación un
-sesgo injusto é inhumano. Por esta razón fué un beneficio inestimable
-la influencia de la Iglesia en la legislación civil; y la misma
-prepotencia temporal del clero fué una de las primeras salvaguardias de
-los más altos intereses de la sociedad.
-
-Mucho se ha dicho contra este poder temporal del clero, y contra este
-influjo de la Iglesia en los negocios temporales; pero ante todo
-era menester hacerse cargo de que ese poder y ese influjo fueron
-traídos por la misma naturaleza de las cosas; es decir, que fueron
-_naturales_, y, por consiguiente, el hablar contra ellos es un estéril
-desahogo contra la fuerza de acontecimientos cuya realización no era
-dado al hombre impedir. Eran, además, _legítimos_: porque, cuando la
-sociedad se hunde, es muy legítimo que la salve quien pueda, y en la
-época á que nos referimos, sólo podía salvarla la Iglesia. Ésta, como
-que no es un ser abstracto, sino una sociedad real y sensible, debía
-obrar sobre la civil por medios también reales y sensibles. Supuesto
-que se trataba los intereses materiales de la sociedad, los ministros
-de la Iglesia debían tomar parte, de una ú otra suerte, en la dirección
-de estos negocios. Estas reflexiones son tan obvias y sencillas, que
-para convencerse de su verdad y exactitud basta el simple buen sentido.
-En la actualidad están generalmente acordes sobre este punto cuantos
-entienden algo en historia; y, si no supiésemos cuánto trabajo suele
-costar al entendimiento del hombre el entrar en el verdadero camino, y,
-sobre todo, cuánta mala fe se ha mezclado en esa clase de cuestiones,
-difícil fuera explicar cómo se ha tardado tanto en ponerse todo el
-mundo de acuerdo sobre una cosa que salta á los ojos, con la simple
-lectura de la historia. Pero volvamos al intento.
-
-Esa informe mezcla de la crueldad de un pueblo culto, pero corrompido,
-con la ferocidad atroz de un pueblo bárbaro, orgulloso, además, de sus
-triunfos, y abrevado de sangre vertida en tantas guerras continuadas
-por tan largo tiempo, dejó en la sociedad europea un germen de dureza y
-crueldad, que se hizo sentir por largos siglos y cuyo rastro ha llegado
-hasta épocas recientes. El precepto de la caridad cristiana estaba
-en las cabezas, pero la crueldad de los romanos, combinada con la
-ferocidad de los bárbaros, dominaba todavía el corazón; las ideas eran
-puras, benéficas, como emanadas de una religión de amor; pero hallaban
-una resistencia terrible en los hábitos, en las costumbres, en las
-instituciones, en las leyes; porque todo llevaba el sello más ó menos
-desfigurado de los dos principios que se acaban de señalar.
-
-Reparando en la lucha continua, tenaz, que se traba entre la Iglesia
-católica y los elementos que le resisten, se conoce con toda evidencia
-que las ideas cristianas no hubieran alcanzado á dominar la legislación
-y las costumbres, si el Cristianismo no hubiese sido más que una idea
-religiosa abandonada al capricho del individuo, tal como la conciben
-los protestantes; si no se hubiese realizado en una institución
-robusta, en una sociedad fuertemente constituída, cual es la Iglesia
-católica. Para que se forme concepto de los esfuerzos hechos por la
-Iglesia, indicaré algunas de las disposiciones tomadas con el objeto de
-suavizar las costumbres.
-
-Las enemistades particulares tenían á la sazón un carácter violento; el
-derecho se decidía por el hecho, y el mundo estaba amenazado de no ser
-otra cosa que el patrimonio del más fuerte. El poder público, que, ó no
-existía, ó andaba como confundido en el torbellino de las violencias y
-desastres que su mano endeble no alcanzaba á evitar ni á reprimir, era
-impotente para dar á las costumbres una dirección pacífica, haciendo
-que los hombres se sujetasen á la razón y á la justicia. Así vemos que
-la Iglesia, á más de la enseñanza y de las amonestaciones generales,
-inseparables de su augusto ministerio, adoptaba en aquella época
-ciertas medidas para oponerse al torrente devastador de la violencia,
-que todo lo asolaba y destruía.
-
-El concilio de Arles, celebrado á mediados del siglo V, por los años de
-443 á 452, dispone en su canon 50 que no se debe permitir la asistencia
-á la iglesia á los que tienen enemistades públicas, hasta que se hayan
-reconciliado con sus enemigos.
-
-El concilio de Angers, celebrado en el año 453, prohibe en su canon 3.º
-las violencias y mutilaciones.
-
-El concilio de Agde, en Languedoc, celebrado en el año 506, ordena en
-su canon 31 que los enemigos que no quieran reconciliarse, sean desde
-luego amonestados por los sacerdotes, y, si no siguieren los consejos
-de éstos, sean excomulgados.
-
-En aquella época tenían los galos la costumbre de andar siempre
-armados, y con sus armas entraban en la iglesia. Alcánzase fácilmente
-que una costumbre semejante debía de traer graves inconvenientes,
-haciendo no pocas veces de la casa de oración arena de venganzas y de
-sangre. Á mediados del siglo VII vemos que el concilio de Châlons,
-en su canon 17, señala la pena de excomunión contra todos los legos
-que promuevan tumultos ó saquen la espada para herir á alguno en las
-iglesias ó en sus recintos. Esto nos indica la prudencia y la previsión
-con que había sido dictado el canon 29 del tercer concilio de Orleans,
-celebrado en el año 538, donde se manda que nadie asista con armas á
-misa ni á vísperas.
-
-Es curioso observar la uniformidad de plan y la identidad de miras con
-que marchaba la Iglesia. En países muy distantes, y en época en que no
-podía ser frecuente la comunicación, hallamos disposiciones análogas
-á las que se acaban de apuntar. El concilio de Lérida, celebrado en
-el año 546, ordena en el canon 7.º que el que haga juramento de no
-reconciliarse con su enemigo, sea privado de la comunión del cuerpo y
-sangre de Jesucristo hasta haber hecho penitencia de su juramento, y
-haberse reconciliado.
-
-Pasaban los siglos, continuaban las violencias, y el precepto de
-caridad fraternal que nos obliga al amor de nuestros propios enemigos,
-encontraba abierta resistencia en el carácter duro y en las pasiones
-feroces de los descendientes de los bárbaros; pero la Iglesia no
-se cansaba de insistir en la predicación del precepto divino,
-inculcándolo á cada paso y procurando hacerlo eficaz por medio de penas
-espirituales. Habían transcurrido más de 400 años desde la celebración
-del concilio de Arles, en que hemos visto privados de asistir á la
-iglesia á los que tenían enemistades públicas, y encontramos que el
-concilio de Worsmes, celebrado en el año 868, prescribe en su canon 41
-que se excomulgue á los enemistados que no quieran reconciliarse.
-
-Basta tener noticia del desorden de aquellos siglos para figurarse si
-durante ese largo espacio se habían podido remediar las enemistades
-encarnizadas y violentas; parece que debiera de haberse cansado la
-Iglesia de inculcar un precepto que tan desatendido estaba, á causa
-de funestas circunstancias; sin embargo, ella habla hoy como había
-hablado ayer, como siglos antes, no desconfiando nunca de que sus
-palabras producirían algún bien en la actualidad y serían fecundas en
-el porvenir.
-
-Éste es su sistema; no parece sino que oye de continuo aquellas
-palabras _clama y no ceses, levanta tu voz como una trompeta_. Así
-alcanza el triunfo sobre todas las resistencias; así, cuando no puede
-ejercer predominio sobre la voluntad de un pueblo, hace resonar de
-continuo su voz en las sombras del santuario; allí reune _siete mil
-que no doblaron la rodilla ante Baal_, y al paso que los afirma en
-la fe y en las buenas obras, protesta en nombre de Dios contra los
-que _resisten al Espíritu Santo_. Tal vez durante la disipación y
-las orgías de una ciudad populosa, penetramos en un sagrado recinto
-donde reinan la gravedad y la meditación en medio del silencio y
-de las sombras. Un ministro del santuario, rodeado de un número
-escogido de fieles, hace resonar de vez en cuando algunas palabras
-austeras y solemnes: he aquí la personificación de la Iglesia en
-épocas desastrosas por el enflaquecimiento de la fe ó la corrupción de
-costumbres.
-
-Una de las reglas de conducta de la Iglesia católica ha sido el no
-doblegarse jamás ante el poderoso. Cuando ha proclamado una ley, la ha
-proclamado para todos, sin distinción de clases. En las épocas de la
-prepotencia de los pequeños tiranos que bajo distintos nombres vejaban
-los pueblos, esta conducta contribuyó sobremanera á hacer populares
-las leyes eclesiásticas; porque nada más propio para hacer llevadera
-al pueblo una carga, que ver sujeto á ella al noble y hasta al mismo
-rey. En el tiempo á que nos referimos, prohibíanse severamente las
-enemistades y las violencias entre los plebeyos; pero la misma ley se
-extendía también á los grandes y á los mismos reyes. No había mucho que
-el Cristianismo se hallaba establecido en Inglaterra, y encontramos
-sobre este particular un ejemplo curioso. Nada menos que tres príncipes
-excomulgados en un mismo año, y en una misma ciudad, y obligados á
-hacer penitencia de los delitos cometidos. En la ciudad de Landaff,
-en el país de Gales, en Inglaterra, en la metrópoli de Cantorbery, se
-celebraron en el año 560 tres concilios. En el primero fué excomulgado
-Monrico, rey de Clamargon, por haber dado muerte al rey Cineiba, á
-pesar de la paz que se habían jurado sobre las santas reliquias; en
-el segundo se excomulga al rey Morcante, que había quitado la vida
-á Friaco su tío, después de haberle jurado igualmente la paz; en el
-tercero se excomulgó al rey Guidnerto por haber dado muerte á su
-hermano, que le disputaba la corona.
-
-No deja de ser interesante ver á los jefes de los bárbaros, que
-convertidos en reyes se asesinaban tan fácil y atrozmente, obligados á
-reconocer la autoridad de un poder superior que los precisaba á hacer
-penitencia de haber manchado sus manos con la sangre de sus parientes,
-y haber quebrantado la santidad de sus pactos, y échase de ver los
-saludables efectos que de esto debían seguirse para suavizar las
-costumbres.
-
-«Fácil era, dirán los enemigos de la Iglesia, los que se empeñan en
-rebajar el mérito de todos sus actos, fácil era, dirán, predicar la
-suavidad de costumbres exigiendo la observancia de los preceptos
-divinos á jefes de tan escaso poder y que no tenían de rey más que el
-nombre. Fácil era habérselas con reyezuelos bárbaros que, fanatizados
-por una religión que no comprendían, inclinaban humildemente la cabeza
-ante el primer sacerdote que se presentaba á intimidarlos de parte de
-Dios. Pero ¿qué significa esto? ¿qué influencia pudo tener en el curso
-de los grandes acontecimientos? La historia de la civilización europea
-ofrece un teatro inmenso, donde los hechos deben estudiarse en mayor
-escala, donde las escenas han de ser grandiosas, si es que han de
-ejercer influencia sobre el ánimo de los pueblos.»
-
-Despreciemos lo que hay de fútil en un razonamiento semejante; pero, ya
-que se quieran escenas grandes, que hayan debido influir en desterrar
-el empleo brutal de la fuerza, sin suavizar las costumbres, abramos
-la historia de los primeros siglos de la Iglesia, y no tardaremos en
-encontrar una página sublime, eterno honor del Catolicismo.
-
-Reinaba sobre todo el mundo conocido un emperador cuyo nombre era
-acatado en los cuatro ángulos de la tierra, y cuya memoria es respetada
-por la posteridad. En una ciudad importante el pueblo amotinado
-degüella al comandante de la guarnición, y el emperador en su cólera
-manda que el pueblo sea exterminado. Al volver en sí el emperador
-revoca la orden fatal; pero ya era tarde: la orden estaba ejecutada,
-y millares de víctimas habían sucumbido en una carnicería horrorosa.
-Al esparcirse la noticia de tan atroz catástrofe, un santo obispo se
-retira de la corte del emperador y le escribe desde la campaña estas
-graves palabras: «Yo no me atrevo á ofrecer el sacrificio, si vos
-pretendéis asistir á él: si el derramamiento de la sangre de un solo
-inocente bastaría á vedármelo, ¡cuánto más siendo tantas las muertes
-inocentes!» El emperador, confiado en su poder, no se detiene por esta
-carta y se dirige á la iglesia. Llegado al pórtico, se le presenta
-un hombre venerable, que con ademán grave y severo le detiene y le
-prohibe entrar. «Has imitado, le dice, á David en el crimen; imítale
-en la penitencia.» El emperador cede, se humilla, se somete á las
-disposiciones del santo prelado; y la religión y la humanidad quedan
-triunfantes. La ciudad desgraciada se llama Tesalónica, el emperador
-era Teodosio el Grande, y el prelado era San Ambrosio, arzobispo de
-Milán.
-
-En este acto sublime se ven personificadas de un modo admirable, y
-encontrándose cara á cara, la justicia y la fuerza. La justicia triunfa
-de la fuerza, pero ¿por qué? Porque el que representa la justicia
-la representa en nombre del cielo, porque los vestidos sagrados, la
-actitud imponente del hombre que detiene al emperador, recuerdan á
-éste la misión divina del santo obispo y el ministerio que ejerce en
-la sagrada jerarquía de la Iglesia. Poned en lugar del obispo á un
-filósofo y decidle que vaya á detener al emperador, amonestándole que
-haga penitencia de su crimen, y veréis si la sabiduría humana alcanza
-á tanto como el sacerdocio hablando en nombre de Dios; poned, si os
-place, á un obispo de una Iglesia que haya reconocido la supremacía
-espiritual en el poder civil, y veréis si en su boca tienen fuerza las
-palabras para alcanzar tan señalado triunfo.
-
-El espíritu de la Iglesia era el mismo en todas épocas, sus tendencias
-eran siempre hacia el mismo objeto; su lenguaje igualmente severo,
-igualmente fuerte, ora hablase á un plebeyo romano, ora á un bárbaro,
-sea que dirigiese sus amonestaciones á un patricio del imperio ó á
-un noble germano: no le amedrentaba ni la púrpura de los Césares, ni
-la mirada fulminante de los reyes _de la larga cabellera_. El poder
-de que se halló investida en la Edad media no dimanó únicamente de
-ser ella la sola que había conservado alguna luz de las ciencias y el
-conocimiento de principios de gobierno, sino también de esa firmeza
-inalterable que ninguna resistencia, ningún ataque, eran bastantes á
-desconcertar. ¿Qué hubiera hecho á la sazón el Protestantismo para
-dominar circunstancias tan difíciles y azarosas? Falto de autoridad,
-sin un centro de acción, sin seguridad en su propia fe, sin confianza
-en sus medios, ¿qué recursos hubiera empleado para contener el ímpetu
-de la fuerza que señoreada del mundo acababa de hacer pedazos los
-restos de la civilización antigua, y oponía un obstáculo poco menos que
-insuperable á toda tentativa de organización social? El Catolicismo,
-con su fe ardiente, su autoridad robusta, su unidad indivisible, su
-trabazón jerárquica, pudo acometer la alta empresa de suavizar las
-costumbres con aquella confianza que inspira el sentimiento de las
-propias fuerzas, con aquel brío que alienta el corazón cuando se abriga
-en él la seguridad del triunfo.
-
-No se crea, sin embargo, que la manera con que suavizó las costumbres
-la Iglesia católica fuese siempre un rudo choque contra la fuerza;
-vémosla emplear medios indirectos, contentarse con prescribir lo que
-era asequible, exigir lo menos para allanar el camino al logro de lo
-más.
-
-En una capitular de Carlomagno formada en Aix-la-Chapelle en el año
-813, que consta de 26 artículos, que no son otra cosa que una especie
-de confirmación y resumen de cinco concilios celebrados poco antes
-en las Galias, encontramos dos artículos añadidos, de los cuales el
-segundo prescribe que se proceda contra los que, con pretexto del
-derecho llamado _Fayda_, excitan ruidos y tumultos en los domingos y
-fiestas, y también en los días de trabajo. Ya hemos visto más arriba
-emplear las sagradas reliquias para hacer más respetable el juramento
-de paz y amistad que se prestaban los reyes: acto augusto en que se
-hacía intervenir el cielo para evitar la fusión de sangre y traer la
-paz á la tierra; ahora vemos que el respeto á los domingos y demás
-fiestas se utiliza también para preparar la abolición de la bárbara
-costumbre de que los parientes de un hombre muerto pudiesen vengar la
-muerte, dándola al matador.
-
-El lamentable estado de la sociedad europea en aquella época se retrata
-vivamente en los mismos medios que el poder eclesiástico se veía
-obligado á emplear para disminuir algún tanto los desastres ocasionados
-por las violencias de las costumbres. El no acometer á nadie para
-maltratarle, el no recurrir á la fuerza para obtener una reparación, ó
-desahogar la venganza, nos parece á nosotros tan justo, tan conforme
-á razón, tan natural, que apenas concebimos posible que puedan las
-cosas andar de otra manera. Si en la actualidad se promulgase una ley
-que prohibiese el atacar á su enemigo en este ó en aquel día, en esta
-ó en aquella hora, nos parecería el colmo de la ridiculez y de la
-extravagancia. No lo parecía, sin embargo, en aquellos tiempos; y una
-prohibición semejante se hacía á cada paso, no en obscuras aldeas, sino
-en las grandes ciudades, en asambleas numerosísimas, donde se contaban
-á centenares los obispos, donde acudían los condes, los duques, los
-príncipes y reyes. Esa ley que á nosotros nos parecería tan extraña,
-y por la que se ve que la autoridad se tenía por dichosa si podía
-alcanzar que los principios de justicia fuesen respetados al menos
-algunos días, particularmente en las mayores solemnidades, esa ley fué
-por largo tiempo uno de los puntos capitales del derecho público y
-privado de Europa.
-
-Ya se habrá conocido que estoy hablando de la _Tregua de Dios_. Muy
-necesaria debía ser á la sazón una ley semejante, cuando la vemos
-repetida tantas veces en países muy distantes unos de otros. Entre lo
-mucho que se podría recordar sobre esta materia, me contentaré con
-apuntar algunas decisiones conciliares de aquella época.
-
-El concilio de Tubuza, en la diócesis de Elna, en el Rosellón,
-celebrado por Guifredo, arzobispo de Narbona, en el año 1041, establece
-la _Tregua de Dios_, mandando que, desde la tarde del miércoles hasta
-la mañana del lunes, nadie tomase cosa alguna por fuerza, ni se vengase
-de ninguna injuria, ni exigiese prendas de fiador. Quien contraviniese
-á este decreto, debía pagar la composición de las leyes, como merecedor
-de muerte, ó ser excomulgado y desterrado del país.
-
-Considerábase tan beneficiosa la práctica de esta disposición, que, en
-el mismo año, se tuvieron en Francia otros muchos concilios sobre el
-mismo asunto. Teníase también el cuidado de recordar con frecuencia
-esta obligación, como lo vemos en el concilio de Saint-Gilles, en
-Languedoc, celebrado en el año 1042, y en el de Narbona, celebrado en
-1045.
-
-Á pesar de insistirse tanto sobre lo mismo, no se alcanzaba todo
-el fruto deseado, como lo indica la fluctuación que sufrían las
-disposiciones de la ley. Así vemos que, en el año 1047, la _Tregua de
-Dios_ se limitaba á un tiempo menor del que tenía en 1041, pues que el
-concilio de Telugis, de la diócesis de Elna, celebrado en 1047, dispone
-que en todo el condado del Rosellón nadie acometa á su enemigo desde la
-hora nona del sábado hasta la hora de prima del lunes; por manera que
-la ley era entonces mucho más lata que en 1041, donde hemos visto que
-la _Tregua de Dios_ comprendía desde la tarde del miércoles hasta la
-mañana del lunes.
-
-En el mismo concilio que acabo de citar, se encuentra una disposición
-notable, pues que se manda que nadie pueda acometer á un hombre que va
-á la iglesia, ó vuelve de ella, ó que _acompaña mujeres_.
-
-En el año 1054, la _Tregua de Dios_ iba ganando terreno, pues, no sólo
-vuelve á comprender desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por
-la mañana después de la salida del sol, sino que se extiende á largas
-temporadas. Así vemos que el concilio de Narbona, celebrado por el
-arzobispo Guifredo en dicho año, á más de señalar comprendido en la
-_Tregua de Dios_ desde el miércoles por la tarde hasta el lunes por la
-mañana, la declara obligatoria para el tiempo y días siguientes: desde
-el primer domingo de Adviento hasta la octava de la Epifanía, desde el
-domingo de la Quincuagésima hasta la octava de Pascua, desde el domingo
-que precede la Ascensión hasta la octava de Pentecostés, en los días
-de las fiestas de Nuestra Señora, de San Pedro, de San Lorenzo, de San
-Miguel, de Todos los Santos, de San Martín, de Santos Justo y Pastor,
-titulares de la Iglesia de Narbona, y todos los días de ayuno; y esto,
-so pena de anatema y de destierro perpetuo.
-
-En el mismo concilio se encuentran otras disposiciones tan bellas, que
-no es posible dejar de recordarlas, dado que se trata de manifestar
-y hacer sentir la influencia de la Iglesia católica en suavizar las
-costumbres. En el canon 9.º se prohibe cortar los olivos, señalándose
-una razón, que, si á los ojos de los juristas no parecerá bastante
-general y adecuada, es á los de la filosofía de la historia un hermoso
-símbolo de las ideas religiosas, ejerciendo sobre la sociedad su
-benéfica influencia. La razón que señala el concilio, es que los
-_olivos suministran la materia del santo Crisma y del alumbrado de las
-iglesias_. Una razón semejante producía, sin duda, más efecto que todas
-las que pudieran sacarse de Ulpiano y Justiniano.
-
-En el canon 10 se manda que, en todo tiempo y lugar, gocen de la
-seguridad de la _Tregua_ los pastores y sus ovejas, disponiéndose lo
-mismo en el canon 11 con respecto á las casas situadas á treinta pasos
-al rededor de las iglesias. En el canon 18 se prohibe á los que tienen
-pleito usar de procedimientos de hecho ó cometer alguna violencia,
-antes que la causa haya sido juzgada en presencia del obispo y del
-señor del lugar. En los demás cánones se prohibe robar á los mercaderes
-y peregrinos, y hacer daño á nadie, bajo la pena de ser separados de
-la Iglesia los perpetradores de este delito, si lo hubiesen cometido
-durante la _Tregua_.
-
-Á medida que iba adelantando el siglo XI, notamos que se inculca más y
-más la saludable práctica de la _Tregua de Dios_, interviniendo en este
-negocio la autoridad de los Papas.
-
-En el concilio de Gerona, celebrado por el cardenal Hugo el Blanco
-en 1068, se confirmó la _Tregua de Dios_ por autoridad de Alejandro
-II, so pena de excomunión; y en 1080, el concilio de Lilebona, en
-Normandía, supone establecida ya muy generalmente esta _Tregua_, pues
-que manda en su canon primero que los obispos y los señores cuiden de
-su observancia, aplicando á los prevaricadores censuras y otras penas.
-
-En el año 1093, el concilio de Troya, en la Pulla, celebrado por Urbano
-II, confirma también la _Tregua de Dios_; siendo notable el ensanche
-que debía ir tomando esa disposición eclesiástica, pues que á dicho
-concilio asistían setenta y cinco obispos. Mucho mayor era el número
-en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por el mismo Urbano
-II en el año 1095, pues que contaba nada menos que trece arzobispos,
-doscientos veinte obispos y muchos abades. En su canon 1.º confirma la
-_Tregua_ con respecto al jueves, viernes, sábado y domingo; pero quiere
-que se observe todos los días de la semana con respecto á los monjes,
-clérigos y mujeres.
-
-En los cánones 29 y 30 se dispone que, si alguno, perseguido por su
-enemigo, se refugia junto á una cruz, debe estar allí tan seguro
-como si hubiese buscado asilo en la iglesia. Esta enseña sublime de
-redención, después de haber dado salud al linaje humano, empapándose
-en la cima del Calvario con la sangre del Hijo de Dios, servía ya de
-amparo á los que, en el asalto de Roma, se refugiaban á ella, huyendo
-del furor de los bárbaros; y siglos después encontramos que, levantada
-en los caminos, salvaba todavía al desgraciado que se abrazaba con
-ella, huyendo de un enemigo sediento de venganza.
-
-El concilio de Ruán, celebrado en el año 1096, extiende todavía más
-el dominio de la _Tregua_, mandando observarla desde el domingo antes
-del miércoles de Ceniza hasta la segunda feria después de la octava de
-Pentecostés, desde la puesta del sol en el miércoles antes del Adviento
-hasta la octava de la Epifanía, y en cada semana, desde el miércoles
-puesto el sol hasta su salida del lunes siguiente; y, por fin, en todas
-las fiestas y vigilias de la Virgen y de los Apóstoles.
-
-En el canon 2.º se ordena que gocen de una paz perpetua todos los
-clérigos, monjas y religiosas, _mujeres_, _peregrinos_, _mercaderes_
-y sus criados, _los bueyes y caballos de arado_, _los carreteros_,
-_los labradores_ y todas las tierras que pertenecen á los santos,
-prohibiendo acometerlos, robarlos, ó ejercer en ellos alguna violencia.
-
-En aquella época se conoce que la ley se sentía más fuerte, y que
-podía exigir la obediencia en tono más severo; pues vemos que en el
-canon 3.º del mismo concilio se prescribe que todos los varones que
-hayan cumplido doce años, presten juramento de observar la _Tregua_;
-y en el canon 4.º se excomulga á los que se resistan á prestarle; así
-como algunos años después, á saber, en 1115, la _Tregua_ empieza á
-comprender, no ya algunas temporadas, sino años enteros: el concilio
-de Troya, en la Pulla, celebrado en dicho año por el papa Pascual,
-establece la _Tregua_ por tres años.
-
-Los papas continuaban con ahinco la obra comenzada, sancionando con
-el peso de su autoridad, y difundiendo con su influencia, entonces
-universal y poderosa en toda la Europa, la observancia de la _Tregua_.
-Ésta, aunque en la apariencia no fuese otra cosa que un acatamiento á
-la religión por parte de las pasiones violentas, que por respeto á ella
-suspendían sus hostilidades, era, en el fondo, el triunfo del derecho
-sobre el hecho, y uno de los más admirables artificios que se han visto
-empleados jamás para suavizar las costumbres de un pueblo bárbaro.
-Quien se veía precisado á no poder echar mano de la fuerza en cuatro
-días de la semana, y largas temporadas del año, claro es que debía de
-inclinarse á costumbres más suaves, no empleándola nunca. Lo que cuesta
-trabajo, no es convencer al hombre de que obra mal, sino hacerle perder
-el hábito de obrar mal; y sabido es que todo hábito se engendra por la
-repetición de los actos, y se pierde cuando se logra que éstos cesen
-por algún tiempo.
-
-Así, es sumamente satisfactorio el ver que los papas procuraban
-sostener y propagar esa _Tregua_ renovando el mandamiento de su
-observancia en concilios numerosos, y, por tanto, de una influencia
-más eficaz y universal. En el concilio de Reims, abierto por el mismo
-pontífice Calixto II en 1119, se expidió un decreto en confirmación
-de la misma _Tregua_. Asistieron á este concilio trece arzobispos,
-más de doscientos obispos y un gran número de abades y eclesiásticos
-distinguidos en dignidad. Inculcóse la misma observancia en el concilio
-de Letrán IX, general, celebrado en 1123, congregado por Calixto II.
-Eran más de trescientos los prelados entre arzobispos y obispos, y el
-número de los abades pasaba de seiscientos. En 1130 se insiste sobre lo
-mismo en el concilio de Clermont, en Auvernia, celebrado por Inocencio
-II, renovándose los reglamentos pertenecientes á la observancia de la
-_Tregua_; y en el concilio de Aviñón en 1209, celebrado por Hugo,
-obispo de Riez, y Milón, notario del papa Inocencio III, ambos legados
-de la Santa Sede, se confirman las leyes anteriormente establecidas
-para la observancia de la _paz_ y de la _Tregua_, condenándose á los
-revoltosos que la perturbaban. En el concilio de Montpeller, celebrado
-en 1215, juntado por Roberto de Corceón, y presidido por el cardenal de
-Benevento como legado que era en la provincia, se renueva y confirma
-todo cuanto en distintos tiempos se había arreglado para la seguridad
-pública, y más recientemente para la subsistencia de la paz entre señor
-y señor, y entre los pueblos.
-
-Á los que han mirado la intervención de la sociedad eclesiástica en
-los negocios civiles como una usurpación de las atribuciones del poder
-público, podríase preguntarles si puede ser usurpado lo que no existe,
-y si un poder incapacitado para ejercer sus atribuciones propias, se
-quejaría con razón de que las ejerciese otro que tuviese para ello la
-inteligencia y la fuerza necesarias. No se quejaba entonces el poder
-político de esas pretendidas usurpaciones, y así los gobiernos como los
-pueblos las miraban como muy justas y legítimas, porque, como se ha
-dicho más arriba, eran naturales, necesarias, traídas por la fuerza de
-los acontecimientos, dimanadas de la situación de las cosas. Por cierto
-que sería ahora curioso ver que los obispos se ocupasen en la seguridad
-de los caminos, que publicasen edictos contra los incendiarios, los
-ladrones, los que cortasen los olivos ó causasen otros estragos
-semejantes; pero en aquellos tiempos se consideraba este proceder como
-muy natural y muy necesario. Merced á estos cuidados de la Iglesia, á
-este solícito desvelo, que después se ha culpado con tanta ligereza,
-pudieron echarse los cimientos de este edificio social cuyos bienes
-disfrutamos, y llevarse á cabo una reorganización que hubiera sido
-imposible sin la influencia religiosa y sin la acción de la potestad
-eclesiástica.
-
-¿Queréis saber el concepto que debe formarse de un hecho, descubriendo
-si es hijo de la naturaleza misma de las cosas, ó efecto de
-combinaciones astutas? Reparad el modo con que se presenta, los
-lugares en que nace, los tiempos en que se verifica; y cuando le veáis
-reproducido en épocas muy distintas, en lugares muy lejanos, entre
-hombres que no han podido concertarse, estad seguros que lo que obra
-allí no es el plan del hombre, sino la fuerza misma de las cosas.
-Estas condiciones se verifican de un modo palpable en la acción de la
-potestad eclesiástica sobre los negocios públicos. Abrid los concilios
-de aquellas épocas y por doquiera os ocurrirán los mismos hechos; así,
-por ejemplo, el concilio de Palencia, en el reino de León, celebrado
-en 1129, ordena en su canon 12 que se destierre ó se recluya en un
-monasterio á los que acometan á los clérigos, monjes, mercaderes,
-peregrinos y mujeres. Pasad á Francia y encontraréis el concilio de
-Clermont, en Auvernia, celebrado en 1130, que en su canon 13 excomulga
-á los incendiarios. En 1157 os ocurrirá el concilio de Reims, mandando
-en su canon 3.º que durante la guerra no se toque la persona de los
-clérigos, monjes, mujeres, viajantes, labradores y viñeros. Pasad á
-Italia y encontraréis el concilio de Letrán IX, general, convocado
-en 1179, que prohibe, en su canon 22, maltratar é inquietar á los
-monjes, clérigos, peregrinos, mercaderes, aldeanos que van de viaje,
-ó están ocupados en la agricultura, y á los animales empleados en
-ella. En el canon 24 se excomulga á los que apresen ó despojen á los
-cristianos que naveguen para su comercio ú otras causas legítimas y á
-los que roben á los náufragos, si no restituyen lo robado. Pasando á
-Inglaterra, encontramos el concilio de Oxford, celebrado en 1222 por
-Esteban Langton, arzobispo de Cantorbery, prohibiendo en el canon 20
-que nadie pueda tener ladrones para su servicio. En Suecia el concilio
-de Arbogen, celebrado en 1396 por Enrique, arzobispo de Upsal, dispone
-en su canon 5.º que no se conceda sepultura eclesiástica á los piratas,
-raptores, incendiarios, ladrones de caminos reales, opresores de pobres
-y otros malhechores. Por manera que, en todas partes, y en todos
-tiempos, se encuentra el mismo hecho: la Iglesia luchando contra la
-injusticia, contra la violencia, y esforzándose por reemplazarlas con
-el reinado de la justicia y de la ley.
-
-Yo no sé con qué espíritu han leído algunos la historia eclesiástica,
-que no hayan sentido la belleza del cuadro que se ofrece en las
-repetidas disposiciones que no he hecho más que apuntar, todas
-dirigidas á proteger al débil contra el fuerte. Si al clérigo y al
-monje, como débiles que son por pertenecer á una profesión pacífica, se
-les protege de una manera particular en los cánones citados, notamos
-que se dispensa la misma protección á las mujeres, á los peregrinos,
-á los mercaderes, á los aldeanos que van de viaje y se ocupan en los
-trabajos del campo, á los animales de cultivo, en una palabra, á todo
-lo débil. Y cuenta que esta protección no es un mero arranque de
-generosidad pasajera: es un sistema seguido en lugares muy diferentes,
-continuado por espacio de siglos, desenvuelto y aplicado por los
-medios que la caridad sugiere, inagotable en recursos y artificios
-cuando se trata de hacer el bien y de evitar el mal. Y por cierto que
-aquí no puede decirse que la Iglesia obrase por miras interesadas,
-porque, ¿cuál era el provecho material que podía resultarle de impedir
-el despojo de un obscuro viajante, el atropellamiento de un pobre
-labrador, ó el insulto hecho á una desvalida mujer? El espíritu que la
-animaba entonces, á pesar de los abusos que consigo traía la calamidad
-de los tiempos; el espíritu que la animaba entonces, como ahora, era el
-Espíritu de Dios; ese Espíritu que le comunica sin cesar una decidida
-inclinación á lo bueno, á lo justo, y que la impele de continuo á
-buscar los medios más á propósito para realizarlo.
-
-Juzgue ahora el lector imparcial si esfuerzos tan continuados por
-parte de la Iglesia para desterrar de la sociedad el dominio de la
-fuerza debieron ó no contribuir á suavizar las costumbres. Esto aun
-limitándonos al tiempo de paz; pues, por lo que toca al de guerra, no
-es necesario siquiera detenerse en probarlo. El _vae victis_ de los
-antiguos ha desaparecido en la historia moderna, merced á la religión
-divina que ha inspirado á los hombres otras ideas y sentimientos;
-merced á la Iglesia católica, que con su celo por la redención de
-los cautivos ha suavizado las máximas feroces de los romanos, que
-conceptuaban necesario, para hacer á los hombres valientes, no dejarles
-esperanza de salir de la esclavitud, en caso de que á ella los
-condujesen los azares de la guerra. Si el lector quiere tomarse la pena
-de leer el capítulo XVII de esta obra con el § III de la nota primera,
-donde se hallan algunos de los muchos documentos que se podrían citar
-sobre este punto, formará cabal concepto de la gratitud que se merece
-la Iglesia católica por su caridad, su desprendimiento, su celo
-incansable en favor de los infelices que, privados de libertad, gemían
-en poder de los enemigos. Á esto debe añadirse también la consideración
-de que, abolida la esclavitud, había de suavizarse por necesidad el
-sistema de la guerra. Porque, si al enemigo no era lícito matarle, una
-vez rendido, ni tampoco retenerle en esclavitud, todo se reducía á
-retenerle el tiempo necesario para que no pudiese hacer daño, ó hasta
-que se recibiese por él la compensación correspondiente. He aquí el
-sistema moderno, que consiste en retener los prisioneros hasta que se
-haya terminado la guerra ó verificado un canje.
-
-Bien que, según lo dicho más arriba, la suavidad de costumbres
-consiste, propiamente hablando, en la _exclusión de la fuerza_, no
-obstante, como en este mundo todo se enlaza, no debe mirarse esta
-exclusión de un modo abstracto, considerando posible que exista por la
-sola fuerza del desarrollo de la inteligencia. Una de las condiciones
-necesarias para una verdadera suavidad de costumbres, es que, no sólo
-se eviten en cuanto sea posible los medios violentos, sino que, además,
-se empleen los _benéficos_. Si esto no se verifica, las costumbres
-serán más bien enervadas que suaves, y el uso de la fuerza no será
-desterrado de la sociedad, sino que andará en ella disfrazado con
-artificio. Por estas razones conviene echar una ojeada sobre el
-principio de donde ha sacado la civilización europea el espíritu de
-beneficencia que la distingue; pues que así se acabará de manifestar
-que al Catolicismo es debida principalmente nuestra suavidad de
-costumbres. Además, que, aun prescindiendo del enlace que con esto
-tiene la beneficencia, ella por sí sola entraña demasiada importancia,
-para que sea posible desentenderse de consagrarle algunas páginas,
-cuando se hace una reseña analítica de los elementos de nuestra
-civilización.[7]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXIII
-
-
-Las costumbres no serán jamás suaves, si no existe la beneficencia
-pública. De suerte que la suavidad y esta beneficencia, si bien no
-se confunden, no obstante, se hermanan. La beneficencia pública,
-propiamente tal, era desconocida entre los antiguos. El individuo
-podía ser benéfico una que otra vez; la sociedad no tenía entrañas.
-Así es que la fundación de establecimientos públicos de beneficencia
-no entró jamás en su sistema de administración. ¿Qué hacían, pues, de
-los desgraciados? se nos dirá; y nosotros responderemos á esta pregunta
-con el autor del _Genio del Cristianismo_: «Tenían dos conductos para
-deshacerse de ellos: el infanticidio y la esclavitud.»
-
-Dominaba ya el Cristianismo en todas partes, y vemos todavía que los
-rastros de costumbres atroces daban mucho que entender á la autoridad
-eclesiástica. El concilio de Vaisón, celebrado en el año 442, al
-establecer un reglamento sobre pertenencia legítima de los expósitos,
-manda castigar con censura eclesiástica á los que perturbaban con
-reclamaciones importunas á las personas caritativas que habían recogido
-un niño; lo que hacía el concilio con la mira de no apartar de esta
-costumbre benéfica, porque, en el caso contrario, según añade, _estaban
-expuestos á ser comidos por los perros_. No dejaban, todavía, de
-encontrarse algunos, padres desnaturalizados que mataban á sus hijos;
-pues que un concilio de Lérida, celebrado en el año 546, impone siete
-años de penitencia á los que cometan semejante crimen; y el de Toledo,
-celebrado en 589, dispone en su canon 17 que se impida que los padres y
-madres quiten la vida á sus hijos.
-
-No estaba, sin embargo, la dificultad en corregir estos excesos,
-que por su misma oposición á las primeras ideas de moral, y por su
-repugnancia á los sentimientos más naturales, se prestaban á ser
-desarraigados y extirpados. La dificultad consistía en encontrar
-los medios para organizar un vasto sistema de beneficencia, donde
-estuviesen siempre á la mano los socorros, no sólo para los niños,
-sino también para los viejos inválidos, para los enfermos, para los
-pobres que no pudiesen vivir de su trabajo; en una palabra, para todas
-las necesidades. Como nosotros vemos esto planteado ya, y nos hemos
-familiarizado con su existencia, nos parece una cosa tan natural y
-sencilla, que apenas acertamos á distinguir una mínima parte del mérito
-que encierra. Supóngase, empero, por un instante que no existiesen
-semejantes establecimientos; trasladémonos con la imaginación á aquella
-época en que no se tenía de ellos ni idea siquiera; ¿qué esfuerzos tan
-continuados no supone el plantearlos y organizarlos?
-
-Es claro que, extendida por el mundo la caridad cristiana, debían ser
-socorridas todas las necesidades con más frecuencia y eficacia que
-no lo eran anteriormente, aun suponiendo que el ejercicio de ella se
-hubiese limitado á medios puramente individuales: porque nunca habría
-faltado un número considerable de fieles que hubieran recordado las
-doctrinas y el ejemplo de Jesucristo, quien, mientras nos enseñaba
-la obligación de amar á los demás hombres como á nosotros mismos, y
-esto no con un afecto estéril, sino dando de comer al hambriento, de
-beber al que tiene sed, vistiendo al desnudo y visitando al enfermo
-y al encarcelado, nos ofrecía en su propia conducta un modelo de la
-práctica de esa virtud. De mil maneras podía ostentar el infinito
-poder que tenía sobre el cielo y la tierra: al imperio de su voz se
-hubieran humillado dóciles todos los elementos, los astros se hubieran
-detenido en su carrera, y la naturaleza toda hubiera suspendido sus
-leyes; pero es de notar que se complace en manifestar su omnipotencia,
-en atestiguar su divinidad, haciendo milagros que servían de remedio ó
-consuelo de los desgraciados. Su vida está compendiada en la sencillez
-sublime de aquellas dos palabras del sagrado texto: _Pertransiit
-benefaciendo._ _Pasó haciendo bien._
-
-Sin embargo, por más que pudiese esperarse de la caridad cristiana
-entregada á sus propias inspiraciones, y obrando en la esfera meramente
-individual, no era conveniente dejarla en semejante estado, sino que
-era menester realizarla en instituciones permanentes, por medio de
-las cuales se evitase que el socorro de las necesidades estuviese
-sujeto á las contingencias inseparables de todo lo que depende de la
-voluntad del hombre y de circunstancias de momento. Por este motivo,
-fué sumamente cuerdo y previsor el pensamiento de plantear un gran
-número de establecimientos de beneficencia. La Iglesia fué quien lo
-concibió y lo realizó; y en esto no hizo otra cosa que aplicar á un
-caso particular la regla general de su conducta: no dejar nunca á la
-voluntad del individuo lo que puede vincularse en una institución. Y
-es digno de notarse que ésta es una de las razones de la robustez que
-tiene todo cuanto pertenece al Catolicismo: de manera que, así como el
-principio de la autoridad en materias de dogma le conserva la unidad
-y la firmeza en la fe, así la regla de reducirlo todo á instituciones
-asegura la solidez y duración á todas sus obras. Estos dos principios
-tienen entre sí una correspondencia íntima; porque, si bien se mira, el
-uno supone la desconfianza en el entendimiento del hombre, el otro en
-su voluntad y en sus medios Individuales. El uno supone que el hombre
-no se basta á sí mismo para el conocimiento de muchas verdades, el otro
-que es demasiado veleidoso y débil para que el hacer el bien pueda
-quedar encomendado á su inconstancia y flaqueza. Y ni uno ni otro hacen
-injuria al hombre, ni uno ni otro rebajan su dignidad; no hacen más
-que decirle lo que en realidad es, sujeto al error, inclinado al mal,
-variable en sus propósitos y escaso en sus recursos. Verdades tristes,
-pero atestiguadas por la experiencia de cada día, y cuya explicación
-nos ofrece la religión cristiana, asentando como dogma fundamental la
-caída del humano linaje en la prevaricación del primer padre.
-
-El Protestantismo, siguiendo principios diametralmente opuestos, aplica
-también á la voluntad el espíritu de individualismo que predica para
-el entendimiento, y así es que de suyo es enemigo de instituciones.
-Concretándonos al objeto que nos ocupa, vemos que su primer paso, en
-el momento de su aparición, fué destruir lo existente, sin pensar
-cómo podría reemplazarse. Increíble parecerá que Montesquieu haya
-llegado al extremo de aplaudir esa obra de destrucción, y ésta es
-otra prueba de la maligna influencia ejercida sobre los espíritus
-por la pestilente atmósfera del siglo pasado. «Enrique VIII, dice
-el citado autor, queriendo reformar la Inglaterra, destruyó los
-frailes; gente perezosa que fomentaba la pereza de los demás, porque,
-practicando la _hospitalidad_, hacía que una infinidad de personas
-ociosas, nobles y de la clase del pueblo, pasasen su vida corriendo
-de convento en convento. _Quitó también los hospitales, donde el
-pueblo bajo encontraba su subsistencia_, como los nobles la suya en
-los monasterios. Desde aquella época se estableció en Inglaterra
-el espíritu de industria y de comercio.» (_Espíritu de las leyes._
-Lib. 23, cap. 29.) Que Montesquieu hubiese encomiado la conducta de
-Enrique VIII en destruir los conventos apoyándose en la miserable
-razón de que, faltando la hospitalidad que en ellos se encontraba,
-se quitaría á los ociosos este recurso, es cosa que no fuera de
-extrañar, supuesto que semejantes vulgaridades eran del gusto de la
-filosofía que empezaba á cundir á la sazón. En todo lo que estaba en
-oposición con las instituciones del Catolicismo se pretendía encontrar
-profundas razones de economía y de política; cosa muy fácil, porque
-un ánimo preocupado encuentra en los libros, como en los hechos, todo
-lo que quiere. Podíase, sin embargo, preguntar á Montesquieu cuál
-había sido el paradero de los bienes de los conventos; y, como de
-esos pingües despojos cupo una buena parte á esos mismos nobles que
-antes encontraban allí la hospitalidad, quizás podría reconvenirse al
-autor del _Espíritu de las leyes_, por haber pretendido disminuir la
-ociosidad de éstos por un medio tan singular como era darles los bienes
-de aquellos que los hospedaban. Por cierto que, teniendo los nobles
-en su casa los mismos bienes que sufragaban para darles hospitalidad,
-se les ahorraba el trabajo de _correr de convento en convento_. Pero
-lo que no puede tolerarse, es que presente como un golpe maestro en
-economía política «_el haber quitado los hospitales, donde el pueblo
-bajo encontraba su subsistencia_.» ¡Qué! ¿Á tan poco alcanza vuestra
-vista, tan desapiadada es vuestra filosofía, que creáis conducente para
-el fomento de la industria y comercio la destrucción de los asilos del
-infortunio?
-
-Y es lo peor que, seducido Montesquieu por el prurito de hacer lo que
-se llama observaciones nuevas y picantes, llega al extremo de negar la
-utilidad de los hospitales, pretendiendo que en Roma ésta es la causa
-de que viva en comodidad todo el mundo, excepto los que trabajan. Si
-las naciones son pobres, no quiere hospitales; si son ricas, tampoco;
-y para sostener esa paradoja inhumana se apoya en las razones que verá
-el lector en las siguientes palabras. «Cuando la nación es pobre, dice,
-la pobreza particular dimana de la miseria general; y no es más, por
-decirlo así, que la misma miseria general. Todos los hospitales no
-sirven entonces para remediar esa pobreza particular; _al contrario, el
-espíritu de pereza que ellos inspiran aumenta la pobreza general, y,
-por consiguiente, la particular_.» He aquí los hospitales presentados
-como dañosos á las naciones pobres, y, por tanto, condenados. Oigámosle
-ahora por lo tocante á las ricas. «He dicho que las naciones ricas
-necesitaban hospitales, porque en ellas está sujeta la fortuna á
-mil accidentes; pero _échase de ver que socorros pasajeros valdrían
-mucho más que establecimientos perpetuos_. El mal es _momentáneo_; de
-consiguiente, es menester que _los socorros sean de una misma clase_, y
-aplicables al accidente particular.» (_Espíritu de las leyes._ Lib. 23,
-cap. 29.) Difícil es encontrar nada más vacío y más falso que lo que
-se acaba de citar; de cierto que, si por semejante muestra se hubiese
-de juzgar esa obra, cuyo mérito se ha exagerado tanto, merecería una
-calificación aun más severa de la que le da M. Bonald cuando la llama
-«_la más profunda de las obras superficiales_».
-
-Afortunadamente para los pobres, y para el buen orden de la sociedad,
-la Europa en general no ha adoptado esas máximas; y en este punto, como
-en muchos otros, se han dejado aparte las preocupaciones contra el
-Catolicismo, y se ha seguido con más ó menos modificaciones el sistema
-que él había enseñado. En la misma Inglaterra existen en considerable
-número los establecimientos de beneficencia, sin que se crea que para
-aguijonear la diligencia del pobre sea menester exponerle al peligro
-de perecer de hambre. Conviene, sin embargo, observar que ese sistema
-de establecimientos públicos de beneficencia, generalizado en la
-actualidad por toda Europa, no hubiera existido sin el Catolicismo; y
-puede asegurarse que, si el cisma religioso protestante hubiese tenido
-lugar antes de que se plantease y organizase el indicado sistema, no
-disfrutaría actualmente la sociedad europea de unos establecimientos
-que tanto le honran, y que, además, son un precioso elemento de buena
-policía y de tranquilidad pública.
-
-No es lo mismo fundar y sostener un establecimiento de esta clase,
-cuando ya existen muchos otros del mismo género, cuando los gobiernos
-tienen á la mano inmensos recursos, y disponen de la fuerza necesaria
-para proteger todos los intereses, que plantear un gran número de ellos
-cuando no hay tipos á que referirse, cuando se han de improvisar los
-recursos de mil maneras diferentes, cuando el poder público no tiene
-ni prestigio ni fuerza para mantener á raya las pasiones violentas
-que se esfuerzan en apoderarse de todo lo que les ofrece algún cebo.
-Lo primero se ha hecho en los tiempos modernos desde la existencia
-del Protestantismo; lo segundo lo había hecho siglos antes la Iglesia
-católica.
-
-Y nótese bien que lo que se ha realizado en los países protestantes
-á favor de la beneficencia, no ha sido más que actos administrativos
-del gobierno, actos que necesariamente debía inspirarle la vista de
-los buenos resultados que hasta entonces habían producido semejantes
-establecimientos. Pero el Protestantismo en sí, y considerado como
-Iglesia separada, nada ha hecho. Ni tampoco podía hacer, pues que allí
-donde conserva algo de organización jerárquica, es un puro instrumento
-del poder civil, y, por tanto, no puede obrar por inspiración propia.
-Para acabar de esterilizarse en este punto, tiene, además del vicio de
-su constitución, sus preocupaciones contra los institutos religiosos,
-tanto de hombres como de mujeres; y así está privado de uno de los
-poderosos medios que tiene el Catolicismo para llevar á cabo las obras
-de caridad más arduas y penosas. Para los grandes actos de caridad es
-necesario el desprendimiento de todas las cosas, y hasta de sí mismo; y
-esto es lo que se encuentra eminentemente en las personas consagradas
-á la beneficencia en un instituto religioso; allí se empieza por el
-desprendimiento raíz de todos los demás: el de la propia voluntad.
-
-La Iglesia católica, lejos de proceder en esta parte por inspiraciones
-del poder civil, ha considerado como objeto propio el cuidar del
-socorro de todas las necesidades; y los obispos han sido considerados
-como los protectores y los inspectores natos de los establecimientos
-de beneficencia. Y de aquí es que por derecho común los hospitales
-estaban sujetos á los obispos, y en la legislación canónica ha
-ocupado siempre un lugar muy principal el ramo de establecimientos de
-beneficencia.
-
-Es antiquísimo en la Iglesia legislar sobre esos establecimientos, y
-así vemos que el concilio de Calcedonia, al prescribir que esté bajo la
-autoridad del obispo de la ciudad el clérigo constituído _in ptochiis_,
-esto es, según explicación de Zonaras, «en unos establecimientos
-destinados al alimento y cuidado de los pobres, como son aquellos
-donde se reciben y mantienen los pupilos, los viejos y enfermos», usa
-la siguiente expresión: _según la tradición de los Santos Padres_;
-indicando con esto que existían ya disposiciones antiguas de la Iglesia
-sobre tales objetos, pues que ya entonces se apelaba á la tradición,
-en tratándose de arreglar algún punto á ellos concerniente. Son
-conocidas también de los eruditos las antiguas _Diaconías_, lugares de
-beneficencia donde se recogían viudas pobres, huérfanos, viejos y otras
-personas miserables.
-
-Cuando con la irrupción de los bárbaros se introdujo por todas partes
-el dominio de la fuerza, los bienes que habían adquirido, ó que en lo
-sucesivo adquiriesen, los hospitales, estaban muy mal seguros, pues que
-de suyo ofrecían un cebo muy estimulante. No faltó, empero, la Iglesia
-á cubrirlos con su protección. La prohibición de apoderarse de ellos
-se hacía de un modo muy severo, y los perpetradores de este atentado
-eran castigados como _homicidas de pobres_. El concilio de Orleans,
-celebrado en el año 549, prohibe en su canon 13 el apoderarse de los
-bienes de hospitales; y en el canon 15, confirmando la fundación de un
-hospital hecho en León por el rey Childeberto y la reina Ultragotha,
-encargando la seguridad y la buena administración de sus bienes, impone
-á los contraventores la pena de anatema como reos de _homicidio de
-pobres_.
-
-Ciertas disposiciones sobre los pobres, que son á un tiempo de
-beneficencia y de policia, y adoptadas en la actualidad en varios
-países, las encontramos en antiquísimos concilios; como el formar una
-lista de los pobres de la parroquia, el obligar á ésta á mantenerlos, y
-otras semejantes. Así, el concilio de Tours, celebrado por los años de
-566 ó 567, ordena en su canon 5.º que cada ciudad mantenga sus pobres,
-y que los sacerdotes rurales y sus feligreses alimenten los suyos, para
-evitar que los mendigos anden vagabundos por las ciudades y provincias.
-Por lo que toca á los leprosos, el canon 21 del concilio de Orleans,
-poco ha citado, prescribe que los obispos cuiden particularmente de
-los pobres leprosos de sus diócesis, suministrándoles del fondo de la
-Iglesia alimento y vestido; y el concilio de León, celebrado en el
-año 583, manda en su canon 6.º que los leprosos de cada ciudad y su
-territorio sean mantenidos á expensas de la Iglesia, cuidando de esto
-el obispo.
-
-Teníase en la Iglesia una matrícula de los pobres, para distribuirles
-una parte de los bienes, y estaba expresamente prohibido el recibir
-nada de ellos por inscribirlos en la misma. En el concilio de Reims,
-celebrado en el año 874, se prohibe en el 2.º de sus cinco artículos
-el recibir nada de los pobres que se matriculaban, y esto so pena de
-deposición.
-
-La solicitud por la mejora de la suerte de los presos, que tanto se
-ha desplegado en los tiempos modernos, es antiquísima en la Iglesia,
-y es de notar que ya en el siglo sexto había en ellas un visitador
-de cárceles. El arcediano, ó el prepósito de la iglesia, tenía la
-obligación de visitar los presos todos los domingos. No se exceptuaba
-de esta solicitud ninguna clase de criminales; y el arcediano debía
-enterarse de sus necesidades y suministrarles el alimento y lo demás
-que necesitasen, por medio de una persona recomendable elegida por el
-obispo. Así consta del canon 20 del concilio de Orleans, celebrado en
-el año 549.
-
-Larga sería la tarea de enumerar ni aun una pequeña parte de las
-disposiciones que atestiguan el celo desplegado por la Iglesia en el
-consuelo y alivio de todos los desgraciados; ni esto fuera propio de
-este lugar, dado que sólo me he propuesto comparar el espíritu del
-Protestantismo con el del Catolicismo con respecto á las obras de
-beneficencia. Pero, ya que el mismo desarrollo de la cuestión me ha
-llevado como de la mano á algunas indicaciones históricas, no puedo
-menos de recordar el capítulo 141 del concilio de Aix-la-Chapelle,
-donde se ordena que los prelados, siguiendo los ejemplos de sus
-predecesores, funden un hospital para recibir tantos pobres cuantos
-alcancen á mantener las rentas de la iglesia. Los canónigos habían
-de dar al hospital el diezmo de sus frutos, y uno de ellos debía
-ser nombrado para recibir á los pobres extranjeros, y para la
-administración del hospital. Esto en la regla para los canónigos. En la
-regla para las canonesas dispone el mismo concilio que se establezca
-un hospital cerca del monasterio, y que dentro del mismo haya un sitio
-destinado para recibir á las mujeres pobres. De esta práctica resultó
-que, muchos siglos después, se veían en varias partes hospitales junto
-á la iglesia de los canónigos.
-
-Llegando á tiempos más cercanos, son en muy crecido número los
-institutos que se fundaron con objetos de beneficencia; siendo de
-admirar la fecundidad con que brotaban por dondequiera los medios
-de socorrer las necesidades que se iban ofreciendo. No es dado
-calcular á punto fijo lo que hubiera sucedido sin la aparición del
-Protestantismo; pero, discurriendo por analogía, se puede conjeturar
-que, si el desarrollo de la civilización europea se hubiese llevado
-á su complemento bajo el principio de la unidad religiosa, y sin
-las revoluciones y reacciones incesantes en que se halló sumida la
-Europa, merced á la pretendida reforma, no habría dejado de nacer del
-seno de la religión católica algún sistema general de beneficencia
-que, organizado con una grande escala y conforme á lo que han ido
-exigiendo los nuevos progresos de la sociedad, quizás hubiera prevenido
-ó remediado esa plaga del pauperismo, que es el cáncer de los
-pueblos modernos. ¿Qué no podía esperarse de los esfuerzos de toda la
-inteligencia y de todos los recursos de Europa, obrando de concierto
-para lograr este objeto? Desgraciadamente se rompió la unidad de la
-fe, se desconoció la autoridad que debía ser el centro en adelante,
-como lo había sido hasta allí, y, desde entonces, la Europa, que
-estaba destinada á ser en breve un pueblo de hermanos, se convirtió en
-un campo de batalla donde se peleó con inaudito encarnizamiento. El
-rencor, engendrado por la diferencia de religión, no permitió que se
-aunasen los esfuerzos para salir al paso de las nuevas complicaciones
-y necesidades que iban á brotar de la organización social y política
-alcanzada por la Europa á costa de los trabajos de tantos siglos; en
-lugar de esto, se aclimataron entre nosotros las disputas rencorosas,
-la insurrección y la guerra.
-
-Es menester no olvidar que con el cisma de los protestantes, no sólo se
-ha impedido la reunión de todos los esfuerzos de Europa para alcanzar
-el fin indicado, sino que se ha causado, además, otro mal muy grave,
-cual es: que el Catolicismo no ha podido obrar de una manera regular,
-aun en los países donde se ha conservado con predominio, ó principal,
-ó exclusivo. Casi siempre ha tenido que mantenerse en actitud de
-defensa, y así se ha visto precisado á gastar una gran parte de sus
-recursos en procurarse medios de salvar su existencia propia. Resulta
-de esto ser muy probable que el orden actual de cosas en Europa es del
-todo diferente del que hubiera sido en la suposición contraria, y que
-tal vez, en este último caso, no hubiera sido necesario fatigarse en
-esfuerzos impotentes contra un mal que, según todas las apariencias, si
-no se imaginan otros medios que los conocidos hasta aquí, es poco menos
-que incurable.
-
-Se me dirá que, en tal caso, la Iglesia hubiera conservado una
-autoridad excesiva sobre todo el ramo de beneficencia, lo que habría
-sido una limitación injusta de las facultades del poder civil; pero
-esto es un error. Porque es falso que la Iglesia pretendiese nada
-que no estuviese muy de acuerdo con lo que exige el mismo carácter de
-protectora de todos los desgraciados, de que se halla tan dignamente
-revestida. Verdad es que en ciertos siglos apenas se oye otra voz,
-ni se ve otra acción que la suya, en todo lo tocante al ramo de
-beneficencia; pero es menester observar que en aquellos siglos estaba
-muy lejos el poder civil de poseer una administración ordenada y
-vigorosa, con que pudiese auxiliar como corresponde á la Iglesia. Tanto
-dista de haber mediado en esto ninguna ambición por parte de ella, que,
-antes bien, llevada por su celo sin límites, había cargado sobre sus
-hombros todo el cuidado, así de lo espiritual como de lo temporal, sin
-reparar en ninguna clase de sacrificios y dispendios.
-
-Tres siglos han pasado desde el funesto acontecimiento que lamentamos,
-y la Europa, que durante este tiempo ha estado sujeta en buena parte
-á la influencia del Protestantismo, no ha dado un solo paso más allá
-de lo que estaba ya hecho antes de aquella época. No puedo creer que,
-si estos tres siglos hubiesen corrido bajo la influencia exclusiva
-del Catolicismo, no hubiese brotado de su seno alguna invención
-caritativa, que hubiese elevado los sistemas de beneficencia á toda la
-altura reclamada por la complicación de los nuevos intereses. Echando
-una ojeada sobre los varios sistemas que fermentan en el espíritu de
-los que se ocupan en esta cuestión gravísima, figura la _asociación_
-bajo una ú otra forma. Cabalmente éste ha sido uno de los principales
-favoritos del Catolicismo, el cual, así como proclama la _unidad_ en
-la fe, así proclama la _unión_ en todo. Pero hay la diferencia de que
-muchas de las asociaciones que se conciben y plantean, no son más que
-_aglomeración_ de intereses, faltándoles la _unión_ de voluntades,
-la _unidad_ de fin, circunstancias que no se encuentran sino por
-medio de la caridad cristiana; y, no obstante, son necesarias estas
-circunstancias para llevar á cabo las grandes obras de beneficencia, si
-en ella se ha de encontrar algo más que una medida de administración
-pública. Esta administración de poco sirve cuando no es vigorosa; y,
-desgraciadamente, cuando alcanza este vigor, su acción se resiente un
-poco de la dureza y tirantez de los resortes. Por esto se necesita
-la caridad cristiana, que, filtrándose por todas partes á manera de
-bálsamo, suavice lo que tenga de duro la acción del hombre.
-
-¡Ay de los desgraciados que no reciben el socorro en sus necesidades,
-sino por medio de la administración civil, sin intervención de la
-caridad cristiana! En las relaciones que se darán al público, la
-_filantropía_ exagerará los cuidados que prodiga al infortunio,
-pero en la realidad las cosas pasarán de otra manera. El amor de
-nuestros hermanos, si no está fundado en principios religiosos, es
-tan abundante de palabras como escaso de obras. La vista del pobre,
-del enfermo, del anciano desvalido, es demasiado desagradable para
-que podamos soportarla por mucho tiempo, cuando no nos obligan á
-ello muy poderosos motivos. ¿Cuánto menos se puede esperar que los
-cuidados penosos, humillantes, de todas horas, que reclama el socorro
-de esos infelices, puedan ser sostenidos cual conviene por un vago
-sentimiento de humanidad? No: donde falte la caridad cristiana, podrá
-haber puntualidad, exactitud, todo lo que se quiera, por parte de los
-asalariados para servir, si el establecimiento está sujeto á una buena
-administración; pero faltará una cosa que con nada se suple, que no se
-paga, _el amor_. Mas, se nos dirá, ¿no tenéis fe en la filantropía? No;
-porque, como ha dicho Chateaubriand, la filantropía es la moneda falsa
-de la caridad.
-
-Muy razonable era, pues, que la Iglesia tuviese una intervención
-directa en todos los ramos de beneficencia, pues que ella era quien
-debía saber mejor que nadie el modo de hacer obrar la caridad
-cristiana, aplicándola á todo linaje de necesidades y miserias. No
-era esto satisfacer la ambición, sino dar pábulo al celo; no era
-reclamar un privilegio, sino hacer valer un derecho. Por lo demás, si
-os empeñareis en apellidar ambición este deseo, al menos no podréis
-negarnos que es una ambición de nueva clase, una ambición muy digna de
-gloria y prez, la de reclamar el privilegio de socorrer y consolar el
-infortunio.[8]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXIV
-
-
-La cuestión sobre la suavidad de costumbres, tratada en los capítulos
-anteriores, me conduce naturalmente á otra, harto difícil ya de suyo,
-y que, además, ha llegado á ser en extremo espinosa, á causa de las
-muchas preocupaciones que la rodean. Hablo de la tolerancia en materias
-religiosas. Para ciertos hombres la palabra Catolicismo es sinónima de
-intolerancia; y es tal el embrollo de ideas en este punto, que es tarea
-trabajosa el empeño de aclarárselas. Basta pronunciar el nombre de
-intolerancia, para que el ánimo de algunas personas se sienta asaltado
-de toda clase de ideas tétricas y horrorosas. La legislación, las
-instituciones, los hombres de los tiempos pasados, todo es condenado
-sin apelación, al menor asomo que se descubre de intolerancia. Las
-causas que á esto contribuyen son varias; pero, si se quiere señalar la
-principal, se podría repetir la profunda sentencia de Catón, cuando,
-acusado, á la edad de 86 años, de no sé qué delitos de su vida, en
-épocas muy anteriores, dijo: «Difícil es dar cuenta de la propia
-conducta á hombres de otro siglo del en que uno ha vivido.»
-
-Cosas hay sobre las que no es posible formar juicio acertado, sin
-poseer no sólo el conocimiento, sino un sentimiento vivo de la época en
-que se realizaron. ¿Y cuántos son los hombres capaces de llegar á este
-punto? Pocos son los que consiguen poner su entendimiento á cubierto
-del influjo de la atmósfera que los circunda; pero todavía son menos
-los que lo alcanzan con respecto al corazón. Cabalmente el siglo en
-que vivimos es el reverso de los siglos de la intolerancia, y he aquí
-la primera dificultad que ocurre en la discusión de esta clase de
-cuestiones.
-
-El acaloramiento y la mala fe de algunos que las examinaron, han tenido
-también no escasa parte en el extravío de la opinión. Nada existe en el
-mundo que no pueda desacreditarse si no se mira más que por un lado;
-porque las cosas, miradas así, son falsas, ó, en otros términos, no son
-ellas mismas. Todo cuerpo tiene tres dimensiones: quien no atienda más
-que á una, no se forma idea del cuerpo, sino de una cantidad que es muy
-diferente de él. Tomad una institución cualquiera, la más justa, la
-más útil que podáis imaginar; proponeos examinarla bajo el aspecto de
-los males é inconvenientes que haya acarreado, cuidando de agrupar en
-pocas páginas lo que en realidad está desparramado en muchos siglos.
-Su historia resultará repugnante, negra, digna de execración. Dejad
-que un amante de la democracia os pinte en breve cuadro, y con hechos
-históricos, los males é inconvenientes de la monarquía, y los vicios y
-los crímenes de los monarcas; ¿qué parece entonces la monarquía? Pero,
-á un amante de ésta, dejadle que á su vez pueda retrataros también con
-hechos históricos, la democracia y los demagogos; ¿qué resulta entonces
-la democracia? Reunid en un cuadro los males acarreados por el mucho
-adelanto de los pueblos; la civilización y la cultura os parecerán
-detestables. Andando en busca de hechos en los fastos del espíritu
-humano, se puede hacer de la historia de la ciencia, la historia de
-la locura y hasta del crimen. Acumulando los accidentes funestos
-ocasionados por los profesores del arte de curar, se puede presentar
-esta profesión benéfica, como la carrera del homicidio. En una
-palabra: todo se puede falsear procediendo de esta suerte. Dios mismo
-se nos ofrecerá como un monstruo de crueldad y tiranía, si, haciendo
-abstracción de su bondad, de su sabiduría, de su justicia, no atendemos
-á otra cosa que á los males que presenciamos en un mundo creado por su
-poder y sujeto á su providencia.
-
-Apliquemos estos principios. Si, dejando aparte el espíritu de los
-tiempos, de circunstancias particulares de un orden de cosas del todo
-diferente, se nos hace la historia de la intolerancia religiosa de los
-católicos, cuidando de que los rigores de Fernando é Isabel, de Felipe
-II, de la reina María de Inglaterra, de Luis XIV, y todo lo acontecido
-en el espacio de tres siglos, se vean reducidos en pocas páginas, y
-con los colores tan recargados como posible sea; el lector que recibe
-en pocos momentos la impresión de sucesos que se anduvieron realizando
-en trescientos años, el lector que, viviendo en una sociedad donde las
-cárceles se van convirtiendo en casas de recreo, y donde es vivamente
-combatida la pena de muerte, ve delante de sus ojos tanto lóbrego
-calabozo, aparatos de tormento, sambenitos y hogueras, siente latir
-vivamente su corazón, llora sobre el infortunio de los desgraciados
-que perecen, y se indigna contra los autores de lo que él apellida
-horrendas atrocidades. Nada se le ha dicho al cándido lector de los
-principios y de la conducta de los protestantes en la misma época,
-nada se le ha recordado de la crueldad de Enrique VIII y de Isabel de
-Inglaterra, y así todo su odio se concentra sobre los católicos, y
-se acostumbra á mirar el Catolicismo como una religión de tiranía y
-de sangre. Pero el juicio que de ahí se forme, ¿será recto? ¿será un
-fallo dado con pleno conocimiento de causa? Veamos lo que haríamos al
-encontrar un negro cuadro, tal como se ha indicado más arriba, sobre
-la monarquía, sobre la democracia, sobre la civilización, sobre la
-ciencia, sobre las profesiones más benéficas. Lo que haríamos, ó al
-menos lo que ciertamente debiéramos hacer, sería extender más allá
-nuestra vista, volver el objeto mirándole en sus diferentes caras,
-atender á los bienes después de habernos hecho cargo de los males;
-disminuir la impresión que éstos nos han causado y considerarlos
-como fueron en sí, es decir, distribuídos á grandes distancias en
-el curso de los siglos; en una palabra, procuraríamos ser justos
-tomando en nuestras manos la balanza para pesar el bien y el mal,
-para compararlos, como debe hacerse siempre que se trate de apreciar
-debidamente las cosas en la historia de la humanidad. Lo propio se
-habría de ejecutar en el caso en cuestión, para precaverse contra
-el error á que conducen las falsas relaciones, y la exageración de
-ciertos hombres, cuyo objeto evidente ha sido falsear los hechos, no
-presentándolos sino por un lado. Ahora no existe la Inquisición y por
-cierto que no hay probabilidades de que se restablezca; no existen
-tampoco las leyes severas que sobre este particular regían en otros
-tiempos: ó están abrogadas, ó han caído en desuso; y así nadie puede
-tener un interés en que se las mire desde un punto de vista falso.
-Concíbese que para algunos existiese ese interés, mientras se trató de
-hacerles la guerra con la mira de destruirlas; pero, una vez logrado el
-objeto, la Inquisición y esas leyes son un hecho histórico que conviene
-examinar con detenimiento é imparcialidad.
-
-Aquí hay dos cuestiones: la del principio, y la de su aplicación; ó
-bien, de la intolerancia, y del modo de ejercerla. Es menester no
-confundir estas dos cosas, que, por más enlazadas que se hallen, son,
-sin embargo, muy diferentes. Empezaré por examinar la primera.
-
-En la actualidad se proclama como un principio la tolerancia universal,
-y se condena sin restricción todo linaje de intolerancia. ¿Quién cuida
-de examinar el verdadero sentido de esas palabras? ¿Quién analiza á
-la luz de la razón las ideas que encierran? ¿Quién, para aclararlas,
-echa mano de la historia y de la experiencia? Muy pocos. Se pronuncian
-maquinalmente, se emplean á cada paso para establecer proposiciones
-de la mayor transcendencia, sin recelo siquiera de que en ellas se
-envuelva un orden de ideas, de cuya buena ó mala inteligencia y
-aplicación está pendiente la sociedad. Pocos se paran en que hay aquí
-cuestiones de derecho tan profundas como delicadas, que hay una gran
-parte de la historia en que, según como se resuelvan los problemas
-sobre la tolerancia, se condena todo lo pasado, se derriba todo lo
-presente, y no se deja, para edificar en el porvenir, más que un
-movedizo cimiento de arena. Por cierto que lo más cómodo en semejantes
-casos, es recibir y emplear las palabras tales como circulan, de la
-misma suerte que se toma y da una moneda corriente, sin pararse en
-examinar si es ó no es de buena ley. Pero lo más cómodo no es siempre
-lo más útil; y así como, en tratándose de monedas de algún valor, nos
-tomamos la molestia de examinarlas para evitar el engaño, es menester
-observar la misma conducta con respecto á palabras cuyo significado sea
-muy transcendental.
-
-_Tolerancia_: ¿que significa esa palabra? Propiamente hablando,
-significa el sufrimiento de una cosa que se conceptúa mala, pero que
-se cree conveniente dejarla sin castigo. Así se toleran cierta clase
-de escándalos, se toleran las mujeres públicas, se toleran estos ó
-aquellos abusos; de manera que la idea de tolerancia anda siempre
-acompañada de la idea del mal. Tolerar lo bueno, tolerar la virtud,
-serían expresiones monstruosas. Cuando la tolerancia es en el orden de
-las ideas, supone también un mal del entendimiento: el error. Nadie
-dirá jamás que _tolera la verdad_.
-
-En contra de esto último puede hacerse una observación, fundada en
-el uso generalmente introducido de decir: _tolerar las opiniones_;
-y opinión es muy diferente de error. Á primera vista, la dificultad
-parece no tener solución; pero, bien mirada la cosa, es muy difícil
-encontrársela. Cuando decimos que toleramos una opinión, hablamos
-siempre de opinión contraria á la nuestra. En este caso, la opinión
-ajena es en nuestro juicio un error; pues que no es posible que
-tengamos una opinión sobre un punto, es decir, que pensemos que una
-cosa es ó no es, ó es de esta manera ó de la otra, sin que al propio
-tiempo juzguemos que los que no piensan como nosotros, yerran. Si
-nuestra opinión no pasa de tal, es decir, si el juicio, bien que
-afianzado en razones que nos parecen buenas, no ha llegado á una
-completa seguridad, entonces nuestro juicio sobre el error de los
-otros será también una mera opinión; pero, si llega la convicción á
-tal punto, que se afirme y consolide del todo, esto es, si llegamos á
-la certeza, entonces estaremos también ciertos de que los que forman
-un juicio opuesto, yerran. De donde se infiere que en la palabra
-tolerancia referida á opiniones, se envuelve siempre la significación
-de tolerancia de errores. Quien está por el _sí_, tiene por falso el
-_no_; y quien está por el _no_, tiene por falso el _sí_. Esto no es más
-que una simple aplicación de aquel famoso principio: _es imposible que
-una cosa sea y no sea al mismo tiempo_.
-
-Pero, entonces, se me dirá, ¿qué significamos cuando decimos _respetar
-las opiniones_? ¿Se sobrentenderá también que respetamos errores? No.
-El _respetar las opiniones_ puede tener dos sentidos muy razonables.
-El primero se funda en la misma flaqueza de convicción de la persona
-que respeta; porque, cuando sobre un punto no hemos llegado á más que
-á formar opinión, se entiende que no hemos llegado á certeza; y, por
-tanto, en nuestra mente hay el conocimiento de que existen razones
-por la parte opuesta. Bajo este concepto podemos muy bien decir que
-respetamos la opinión ajena; con lo que expresamos la convicción de que
-podemos engañarnos, y de que quizás no está la verdad de nuestra parte.
-Segundo: respetar las opiniones significa á veces respetar las personas
-que las profesan, respetar su buena fe, respetar sus intenciones. Así
-se dice á veces _respetar las preocupaciones_, y claro es que no se
-habla entonces de un verdadero respeto que á ellas se profese.
-
-De donde se ve que la expresión _respetar las opiniones ajenas_ tiene
-significado muy diferente, según que la persona que las respeta tiene ó
-no convicciones ciertas en sentido contrario.
-
-Comprenderemos mejor lo que es la tolerancia, cuál su origen y cuáles
-sus efectos, si, antes de examinarla en la sociedad, la analizamos de
-suerte que el objeto de nuestra observación se reduzca á su elemento
-más simple: la tolerancia considerada en el individuo. Se llama
-tolerante un individuo, cuando está habitualmente en tal disposición de
-ánimo, que soporta sin enojarse ni alterarse las opiniones contrarias á
-la suya. Esta tolerancia tendrá distintos nombres, según las diferentes
-materias sobre que verse. En materias religiosas, la tolerancia, así
-como la intolerancia, pueden encontrarse en quien tenga religión y en
-quien no la tenga; de suerte que ni una ni otra de estas dos últimas
-situaciones envuelve por necesidad el ser tolerante ni intolerante.
-Algunos se imaginan que la tolerancia es propia de los incrédulos y la
-intolerancia de los hombres religiosos; pero esto es un error: ¿quién
-más tolerante que San Francisco de Sales? ¿y quién más intolerante que
-Voltaire?
-
-La tolerancia en un hombre religioso, aquella tolerancia que no dimana
-de la flojedad en las creencias, y que se enlaza muy bien con un
-ardiente celo por la conservación y la propagación de la fe, nace de
-dos principios: la caridad y la humanidad: la caridad, que nos hace
-amar á todos los hombres, aun á nuestros mayores enemigos; que nos
-inspira la compasión de sus faltas y errores; que nos obliga á mirarlos
-como hermanos, y á emplear los medios que estén en nuestro alcance
-para sacarlos de su mal estado, sin que nos sea lícito considerarlos
-privados de esperanza de salvación, mientras viven sobre la tierra.
-Rousseau ha dicho que «es imposible vivir en paz con gentes á quienes
-se cree condenadas»; nosotros no creemos ni podemos creer condenado
-á nadie, mientras vive; pues que, por grande que sea su iniquidad,
-todavía son mayores la misericordia de Dios y el precio de la sangre de
-Jesucristo; y tan lejos estamos de pensar lo que dice el filósofo de
-Ginebra que «amar á esos tales sería aborrecer á Dios», que antes bien
-dejaría de pertenecer á nuestra creencia quien sostuviese semejante
-doctrina. La humildad cristiana es la otra fuente de la tolerancia;
-la humildad, que nos inspira un profundo conocimiento de nuestra
-flaqueza, que nos hace mirar cuanto tenemos como venido de Dios, que
-no nos deja ver nuestras ventajas sobre nuestros prójimos, sino como
-mayores títulos de agradecimiento á la liberal mano de la Providencia;
-la humildad, que, no limitándose á la esfera individual, sino abrazando
-la humanidad entera, nos hace considerar como miembros de la gran
-familia del linaje humano, caído de su primitiva dignidad por el
-pecado del primer padre, con malas inclinaciones en el corazón, con
-tinieblas en el entendimiento, y, por consiguiente, digno de lástima é
-indulgencia en sus faltas y extravíos; esa virtud sublime en su mismo
-anonadamiento, y que, como ha dicho admirablemente Santa Teresa, agrada
-tanto á Dios, porque la _humildad es la verdad_, esa virtud nos hace
-indulgentes con todo el mundo, porque no nos deja olvidar un momento
-que nosotros, más tal vez que nadie, necesitamos también de indulgencia.
-
-No bastará, sin embargo, para que un hombre religioso sea tolerante
-en toda la extensión de la palabra, el que sea caritativo y humilde:
-la experiencia nos lo enseña así y la razón nos indica las causas.
-Con la mira de aclarar perfectamente un punto cuya mala inteligencia
-embrolla casi siempre esta clase de cuestiones, presentaré un paralelo
-de dos hombres religiosos cuyos principios serán los mismos, pero
-cuya conducta será muy diferente. Supónganse dos sacerdotes, ambos
-distinguidos en ciencia y eminentes en virtud; pero de manera que el
-uno haya pasado su vida en el retiro, rodeado de personas piadosas, y
-no tratando sino con católicos, mientras el otro, empleado en misiones
-en diferentes países donde se hallan establecidas diversas religiones,
-se ha visto precisado á conversar con hombres de distintas creencias, á
-vivir entre ellos, y á sufrir el altar de una religión falsa levantado
-á poca distancia del de la religión verdadera. Los principios de la
-caridad cristiana serán los mismos en ambos, uno y otro mirarán como
-un don de Dios la fe que recibieron y conservan; pero, á pesar de
-todo esto, su conducta será muy diferente, si se encuentran con un
-hombre que, ó tenga otras creencias, ó no profese ninguna. El primero,
-que jamás ha tratado sino con fieles, que siempre ha oído hablar con
-respeto de la religión, se estremecerá, se indignará, á la primera
-palabra que oiga contra la fe ó las ceremonias de la Iglesia, siéndole
-poco menos que imposible sostener con serenidad la conversación ó
-la disputa que sobre la materia se entable; mientras el segundo,
-acostumbrado á oir cosas semejantes, á ver contrariada su creencia, á
-discutir con hombres que la tenían diferente, se mantendrá sosegado y
-calmoso, entrando reposadamente en la cuestión, si necesario fuere, ó
-esquivándola hábilmente, si así lo dictare la prudencia. ¿De dónde esta
-variedad? No es difícil conocerlo: es que este último, con el trato, la
-experiencia, las contradicciones, ha llegado á poseer un conocimiento
-claro de la verdadera situación del mundo, se ha hecho cargo de la
-funesta combinación de circunstancias que han conducido ó mantienen
-á muchos desgraciados en el error, sabe en cierto modo colocarse en
-el lugar en que ellos se encuentran, y así siente con más viveza el
-beneficio que él debe á la Providencia, y es para con los otros más
-benigno é indulgente. Enhorabuena que el otro sea tan virtuoso, tan
-caritativo, tan humilde cuanto se quiera; pero, ¿cómo se puede exigir
-de él que no se conmueva profundamente, que no deje traslucir las
-señales de su indignación, cuando oye negar por la primera vez lo
-que él ha creído siempre con la fe más viva, sin que haya encontrado
-otra oposición que los argumentos propuestos en algunos libros? No
-le faltaba, por cierto, la noticia de la existencia de herejes é
-incrédulos, pero le faltaba el haberse encontrado con ellos á menudo,
-el haber oído la exposición de cien sistemas diferentes, el haber visto
-extraviadas personas de distintas clases, de diversas índoles, de
-variada disposición de ánimo; la susceptibilidad de su espíritu, como
-que nunca había sufrido, no había podido embotarse; y así, con las
-mismas virtudes, y si se quiere con los mismos conocimientos, que el
-otro, no había alcanzado aquella viveza, por decirlo así, con que un
-entendimiento claro, y además ejercitado con la práctica, entra en el
-espíritu de aquellos con quienes habla, y ve las razones ó los motivos
-ó las pasiones que los ciegan para que no lleguen al conocimiento de la
-verdad.
-
-Por donde se echa de ver que la tolerancia en un individuo que tenga
-religión, supone cierta blandura de ánimo, que, nacida del trato
-y de los hábitos que éste engendra, se hermana, no obstante, con
-las convicciones religiosas más profundas, y con el celo más puro
-y ardiente por la propagación de la verdad. En lo moral como en lo
-físico, el roce afina, el uso gasta, y no es posible que nada se
-sostenga por largo tiempo en actitud violenta. El hombre se indignará
-una, dos, cien veces al oir que se impugna su manera de pensar; pero
-no es posible que continúe indignándose siempre, y así al cabo vendrá
-á resignarse á la oposición, se acostumbrará á sufrirla con templanza,
-y por más sagradas que conceptúe sus creencias, se contentará con
-defenderlas y propagarlas cuando le sea posible, y, cuando no, tratará
-de guardarlas en el fondo de su alma como un precioso depósito,
-procurando reservarlas del viento disipador que oye soplar en sus
-alrededores.
-
-La tolerancia, pues, no supone en el individuo nuevos principios,
-sino más bien una calidad adquirida con la práctica, una disposición
-de ánimo que se va adquiriendo insensiblemente, un hábito de sufrir
-formado con la repetición del sufrimiento.
-
-Pasando ahora á considerar la tolerancia en el hombre no religioso,
-observaremos que éste puede serlo de dos maneras. Los hay que, no sólo
-no tienen religión, sino que le profesan odio, ora por un funesto
-extravío de ideas, ora por mirarla como un obstáculo á sus pasiones ó
-á sus particulares designios. Éstos son en extremo intolerantes; y su
-intolerancia es la peor, porque no va acompañada de ningún principio
-moral que pueda enfrenarla. El hombre en semejantes circunstancias
-siéntese, por decirlo así, en guerra consigo mismo, y con el linaje
-humano: consigo mismo, porque tiene que sofocar los gritos de su
-conciencia propia; con el linaje humano, que protesta contra la
-doctrina insensata empeñada en desterrar de la tierra el culto de Dios.
-Por esta causa se encuentra en los hombres de esta clase un fondo
-excesivo de rencor y despecho; por esto sus palabras destilan hiel; por
-esto echan mano de la burla, del insulto, de la calumnia.
-
-Hay, empero, otra clase de hombres, que, si bien carecen de religión,
-no tienen en contra de ella una opinión determinada; viven en una
-especie de escepticismo, á que han sido conducidos, ó por la lectura de
-malos libros, ó por reflexiones de una filosofía superficial y ligera;
-no están adheridos á la religión, pero tampoco están enemistados con
-ella. Muchos conocen su alta importancia para el bien de la sociedad;
-y aun algunos abrigan cierto deseo de volver á poseerla: allá en
-momentos de recogimiento y meditación recuerdan con gusto los días
-en que ofrecían á Dios un entendimiento fiel y un corazón puro, y al
-ver cómo se precipitan los momentos de la vida, quizás conservan aún
-la vaga esperanza de reconciliarse con el Dios de sus padres, antes
-de bajar al sepulcro. Estos hombres son tolerantes; pero, si bien se
-mira, la tolerancia no es en ellos ni un principio, ni una virtud: es
-una simple necesidad que resulta de su posición. Mal puede indignarse
-contra las doctrinas ajenas quien no tiene ninguna, y, por tanto, no
-encuentra oposición en ninguna; mal puede indignarse contra la religión
-quien la considera como una cosa necesaria al bienestar de la sociedad;
-mal puede abrigar contra ella rencorosos sentimientos quien la echa de
-menos en el fondo de su alma, quien la mira tal vez como un rayo de
-esperanza al fijar sus ojos en un pavoroso porvenir. La tolerancia,
-en tal caso, nada tiene de extraño, es natural, necesaria; y lo que
-fuera inconcebible, lo que fuera extravagante, y que indicaría un mal
-corazón, sería la intolerancia.
-
-Elevando del individuo á la sociedad las consideraciones que se
-acaban de presentar, debe observarse que la tolerancia, así como la
-intolerancia, puede mirarse, ó en el gobierno, ó en la sociedad:
-porque sucede á veces que no andan acordes, y que mientras el gobierno
-sostiene un principio, predomina en la sociedad otra directamente
-opuesto. Como el gobierno está formado de un corto número de
-individuos, es aplicable á él todo cuanto se ha dicho de la tolerancia,
-considerada en la esfera puramente individual: bien que debe tenerse en
-cuenta que los hombres colocados en el gobierno no pueden abandonarse
-sin tasa al impulso de sus opiniones y sentimientos, y á menudo se
-ven precisados á sacrificarlos en las aras de la opinión pública. Por
-algún tiempo, y favorecidos por circunstancias excepcionales, podrán
-contrariarla ó falsearla; pero bien pronto la fuerza de las cosas les
-sale al paso, obligándolos á cambiar de rumbo.
-
-Limitándonos, pues, á considerar la tolerancia en la sociedad, pues que
-al fin, tarde ó temprano, el gobierno llega á ser la expresión de las
-ideas y sentimientos de esta misma sociedad, podemos notar que sigue
-los mismos trámites que en el individuo. No es efecto de un principio,
-sino de un hábito. Cuando en una misma sociedad viven por largo tiempo
-hombres de diferentes creencias religiosas, al fin llegan á sufrirse
-unos á otros, á tolerarse, porque á esto los conduce el cansancio de
-repetidos choques, y el deseo de un tenor de vida más tranquilo y
-apacible; pero en el comienzo de esta discordancia de creencias, cuando
-se encuentran cara á cara por primera vez los hombres que las tienen
-distintas, el choque más ó menos rudo es siempre inevitable. Las causas
-de esto se encuentran en la misma naturaleza del hombre, y vano es
-luchar contra ella.
-
-Algunos filósofos modernos han creído que la sociedad actual les
-es deudora del espíritu de tolerancia que en ella domina; pero no
-han advertido que esa tolerancia es más bien un hecho que se ha
-consumado lentamente por la fuerza misma de las cosas, que el fruto
-de la doctrina por ellos predicada. En efecto: ¿qué es lo que han
-dicho por nuevo? Han recomendado la fraternidad universal; pero esta
-fraternidad es una de las doctrinas del Cristianismo. Han exhortado á
-vivir en paz á los hombres de todas religiones; pero, antes que ellos
-empezasen á decírselo, los hombres comenzaban ya á tomar ese partido
-en muchos países de Europa, pues que desgraciadamente eran tantas
-y tan diferentes las religiones, que ya no era posible que ninguna
-alcanzase un predominio exclusivo. Tienen, es verdad, ciertos filósofos
-incrédulos un triste título á sus pretensiones sobre la extensión de
-la tolerancia, y es que, habiendo llegado á sembrar la incredulidad y
-el escepticismo, han generalizado, así en los gobiernos como en los
-pueblos, aquella falsa tolerancia, que no es ninguna virtud, sino la
-indiferencia por todas las religiones.
-
-Y en verdad, ¿por qué es tan general la tolerancia en nuestro siglo?;
-ó, mejor diremos, ¿en qué consiste esta tolerancia? Observadla bien,
-y veréis que no es más que el resultado de una situación social, en
-un todo conforme á la descrita más arriba con respecto al individuo
-que carece de creencias, pero que no las rechaza porque las considera
-como muy útiles al bien público, y hasta alimenta una vaga esperanza
-de volver á ellas algún día. En lo que hay en esto de bueno ninguna
-parte han tenido los filósofos incrédulos, es más bien una protesta
-contra ellos; que ellos, mientras eran impotentes para apoderarse del
-mando, prodigaban la calumnia y el sarcasmo á todo lo más sagrado que
-hay en el cielo y en la tierra, y así que pudieron levantarse al poder,
-derribaron con furor indecible todo lo existente, é hicieron perecer
-millones de víctimas en el destierro y en los cadalsos.
-
-La multitud de religiones, la incredulidad, el indiferentismo, la
-suavidad de costumbres, el cansancio dejado por las guerras, la
-organización industrial y mercantil que han ido adquiriendo las
-sociedades, la mayor comunicación de las personas por medio de los
-viajes, y la de las ideas por la prensa: he aquí las causas que han
-producido en Europa esa tolerancia universal que lo ha ido invadiendo
-todo, estableciéndose de hecho donde no ha podido establecerse de
-derecho. Esas causas, como es fácil de notar, son de diferentes
-órdenes; ninguna doctrina puede pretender en ellas una parte
-exclusiva; son un resultado de mil influencias diversas que han obrado
-simultáneamente en el desarrollo de la civilización.
-
-
-
-
-CAPITULO XXXV
-
-
-En el siglo anterior se declamó mucho contra la intolerancia; pero una
-filosofía menos ligera que la entonces dominante, hubiera reflexionado
-algo más sobre un hecho que, sea cual fuere el juicio que de él se
-forme, no puede, sin embargo, negarse haber sido general á todos los
-países y á todos los tiempos. En Grecia, Sócrates muere bebiendo la
-cicuta; Roma, cuya tolerancia se ha encomiado, no tolera sino aquellos
-dioses extranjeros que lo son sólo por nombre, pues que, formando parte
-de aquella especie de panteísmo que era el fondo de su religión, sólo
-necesitan, para ser declarados dioses de Roma, una mera formalidad;
-que se les libre, por decirlo así, el título de ciudadanos. Pero no
-consiente los dioses de los egipcios, ni tampoco la religión de los
-judíos ni de los cristianos, de quienes tenía ideas muy equivocadas,
-en verdad, pero bastantes para entender que esas religiones eran muy
-diferentes de la suya. La historia de los emperadores gentiles es la
-historia de la persecución de la Iglesia; y así que los emperadores
-se hicieron cristianos, empieza una legislación penal contra los
-que siguen una religión diferente de la que domina en el Estado.
-En los siglos posteriores la intolerancia continuó en diferentes
-formas, y también ha continuado hasta nosotros, que no estamos de
-ellas tan libres como se quisiera hacernos creer. La emancipación de
-los católicos en Inglaterra es de fecha muy reciente; las ruidosas
-desavenencias del gobierno de Prusia con el Sumo Pontífice, por causa
-de las arbitrariedades de aquél con respecto á la religión católica,
-son de ayer; la cuestión de Argovia en Suiza está pendiente aún; y
-la persecución del gobierno ruso contra el Catolicismo sigue tan
-escandalosa como nunca. Esto, en cuanto á los hombres de las sectas
-disidentes; pues, por lo que toca á la tolerancia de los _humanos_
-filósofos del siglo XVIII, menester es confesar que hubiera sido muy
-amable, á no recibir su digna sanción de la mano de Robespierre.
-
-Todo gobierno que profesa una religión es más ó menos intolerante con
-las otras; y esta intolerancia sólo disminuye, ó cesa, cuando los que
-profesan la religión odiada se hacen temer por ser muy fuertes, ó
-despreciar por muy débiles. Aplicad á todos los tiempos y países la
-regla que se acaba de establecer; por todas partes la encontraréis
-exacta; es un compendio de la historia de los gobiernos con respecto á
-las religiones. El gobierno inglés ha sido siempre intolerante con los
-católicos, y continuará siéndolo más ó menos según las circunstancias;
-los gobiernos de Prusia y de Rusia seguirán como hasta aquí, bien que
-con las modificaciones que exigirá la variedad de los tiempos; así como
-en los países donde predomine el principio católico se pondrán trabas
-más ó menos fuertes al ejercicio del culto protestante. Se me citará
-como prueba de lo contrario el ejemplo de la Francia, donde, á pesar
-de ser el Catolicismo la religión de la inmensa mayoría, son tolerados
-los demás cultos, sin que se trasluzca la menor señal de reprimirlos
-ni molestarlos. Esto se atribuirá quizás al espíritu público; pero yo
-creo que dimana del estado de aquella sociedad, en la cual ha dejado
-profundas huellas la filosofía del siglo pasado y también de que en
-las regiones del poder de aquel país no prevalece ningún principio
-fijo; no siendo más toda su política interior y exterior que una
-continua transacción para salir del paso, del mejor modo, que se pueda.
-Esto dicen los hechos, esto expresan las bien conocidas opiniones del
-reducido número de hombres que de algunos años á esta parte disponen de
-los destinos de la Francia.
-
-Se ha pretendido establecer como un principio la tolerancia universal,
-negando á los gobiernos el derecho de violentar las conciencias en
-materias religiosas;, sin embargo, y á pesar de cuanto se ha dicho, los
-filósofos no han podido poner su aserción bien en claro, y mucho menos
-hacerla adoptar generalmente como sistema de gobierno. Para demostrar
-que la cosa no es tan sencilla como se ha querido suponer, me han de
-permitir esos pretendidos filósofos que les dirija algunas preguntas.
-
-Si viene á establecerse en vuestro país una religión cuyo culto
-demande sacrificios humanos, ¿la toleraréis?--No.--Y ¿por qué?--Porque
-no podemos tolerar un crimen semejante.--Pero entonces seréis
-intolerantes, violentaréis las conciencias ajenas, prohibiendo como
-un crimen lo que á los ojos de estos hombres es un obsequio á la
-Divinidad. Así lo pensaron muchos pueblos antiguos, así lo piensan
-todavía algunos en nuestros tiempos; ¿con qué derecho, pues, queréis
-que vuestra conciencia prevalezca sobre la suya?--No importa,
-seremos intolerantes, pero nuestra intolerancia será en pro de la
-humanidad.--Aplaudo vuestra conducta; pero no podéis negarme que se ha
-ofrecido un caso en que la intolerancia de una religión os ha parecido
-un derecho y un deber.
-
-Pero, si proscribís el ejercicio de ese culto atroz, ¿al menos
-permitiréis enseñar la doctrina donde se encarezca como santa y
-saludable la práctica de los sacrificios humanos?--No, porque esto
-equivaldría á permitir la enseñanza del asesinato.--Enhorabuena; pero
-reconoced al mismo tiempo que se os ha presentado una doctrina, con la
-cual os habéis creído con derecho y obligación de ser intolerantes.
-
-Prosigamos la tarea comenzada. Vosotros no ignoráis, por cierto,
-los sacrificios ofrecidos en la antigüedad á la diosa del amor, y
-el nefando culto que se le tributaba en los templos de Babilonia
-y Corinto; si un culto semejante renaciese entre vosotros,
-¿le toleraríais?--No, por contrario á las sagradas leyes del
-pudor.--¿Toleraríais que se enseñara al menos la doctrina que le
-apoyase?--No, por la misma razón.--Entonces encontramos otro caso
-en que os creéis con derecho y obligación de ser intolerantes, de
-violentar la conciencia ajena, y no podéis alegar otra razón, sino que
-á esto os obliga vuestra conciencia propia.
-
-Todavía más: supongamos que con la lectura de la Biblia vuelven á
-calentarse algunas cabezas, y tratan de fundar un nuevo cristianismo á
-imitación de Matías Harlem ó Juan de Leyde; que empiezan los sectarios
-á difundir sus doctrinas, á reunir conciliábulos, y que con sus
-peroratas fanáticas arrastran una parte del pueblo; ¿toleraréis esa
-nueva religión?--No, porque esos hombres podrían renovar en nuestros
-tiempos las sangrientas escenas de Alemania en el siglo XVI, cuando en
-nombre de Dios, y para cumplir, según decían, las órdenes del Altísimo,
-los anabaptistas atacaban la propiedad, destruían todo poder existente,
-y sembraban por todas partes la desolación y el exterminio.--Obraréis
-con tanta justicia como prudencia, pero al fin tampoco podéis negar
-que ejerceréis un acto de intolerancia. ¿Qué se ha hecho, pues, de la
-tolerancia universal, de ese principio tan claro, tan cierto, si á cada
-paso os encontráis vosotros mismos con la necesidad de restringirle,
-mejor diré, de arrumbarle y de obrar en sentido diametralmente opuesto?
-Diréis que la seguridad del Estado, el buen orden de la sociedad, la
-moral pública, os obligan á obrar así; pero entonces ¿qué viene á
-ser un principio que en ciertos casos se halla en oposición con los
-intereses de la moral pública, del bien social y la seguridad del
-Estado? ¿Y creéis, por ventura, que aquellos contra quienes declamáis,
-no pensaban también poner á cubierto esos intereses, cuando eran
-intolerantes?
-
-En todos tiempos y países, se ha reconocido como un principio
-indisputable que el poder público tiene el derecho, en algunos casos,
-de prohibir ciertos actos, no obstante la mayor ó menor violencia que
-con esto se haga á la conciencia de los individuos que los ejercían
-ó pretendían ejercerlos. Si no bastaba el constante testimonio de la
-historia, debiera ser suficiente á convencernos de esta verdad el
-breve diálogo que se acaba de leer; donde se ha visto que los más
-ardientes encomiadores de la tolerancia podían verse obligados á
-ser intolerantes. Ellos se veían precisados á serlo en nombre de la
-humanidad, en nombre del pudor, en nombre del orden público; luego
-la tolerancia universal de doctrinas y religiones proclamada como un
-deber de todo gobierno es un error, una regla sin aplicación; pues
-que hemos demostrado hasta la evidencia que la intolerancia ha sido
-siempre, y es todavía, un principio reconocido por todo gobierno y cuya
-aplicación, más ó menos severa ó indulgente, depende de la diversidad
-de circunstancias, y, sobre todo, del punto de vista desde el cual mira
-las cosas el gobierno que la ha de ejercer.
-
-Surge aquí una gravísima cuestión de derecho, cuestión que á primera
-vista parece conducir á la condenación de toda intolerancia relativa
-á doctrinas y á los actos que á consecuencia de ellas se practican.
-Sin embargo, mirada la cosa á fondo, no es así; y aun dado que el
-entendimiento no alcanzara á disipar completamente la dificultad
-por medio de razones directas, con todo, indirectamente, y con la
-argumentación que llaman _ad absurdum_, se llega á conocer la verdad,
-al menos hasta aquel punto que es necesario para servir de guía á la
-incierta prudencia humana. He aquí la cuestión: «¿Con qué derecho puede
-prohibirse á un hombre que profese una doctrina, y que obre conforme
-á ella, si él está convencido de que aquella doctrina es verdadera,
-y que cumple con su obligación ó ejerce un derecho, cuando obra
-conforme á lo que la misma le prescribe? Si la prohibición no ha de
-ser ridícula, ha de llevar la sanción de la pena; y, cuando apliquéis
-esa pena, castigaréis á un hombre que en su conciencia es inocente. La
-justicia supone el culpable; y nadie es culpable, si primero no lo es
-en su conciencia. La culpabilidad radica en la misma conciencia, y sólo
-podemos ser responsables de la infracción de una ley cuando esta ley ha
-hablado por el órgano de nuestra conciencia. Si ella nos dice que una
-acción es mala, no podemos ejecutarla, por más que nos la prescriba la
-ley, y si nos dicta que tal acción es un deber, no podemos omitirla,
-por más que esté prohibida por la ley.» He aquí presentado en pocas
-palabras, y con la mayor fuerza posible, todo cuanto puede alegarse
-contra la intolerancia de las doctrinas y de los actos que de ellas
-emanan; veamos ahora cuál es el verdadero peso de estas reflexiones,
-que á primera vista parecen tan concluyentes.
-
-Por de pronto salta á la vista que la admisión de este sistema haría
-imposible todo castigo de los crímenes políticos. Bruto clavando el
-puñal en el pecho de César, Jacobo Clement asesinando á Enrique III,
-obraban, sin duda, á impulsos de una exaltación de ánimo que les
-hacía mirar su atentado como un acto de heroísmo; y, sin embargo,
-si uno y otro hubiesen sido conducidos á un tribunal, ¿os parecería
-razonable exigir que se libertasen de la pena, el uno alegando su
-amor de la patria, el otro su celo por la religión? La mayor parte de
-los crímenes políticos se cometen con la convicción de que se obra
-bien, aun prescindiendo de las épocas turbulentas, donde los hombres
-de los diferentes bandos están íntimamente persuadidos de tener cada
-cual la razón de su parte. Las mismas conspiraciones que se traman
-contra un gobierno en épocas pacíficas, son, por lo común, obra de
-algunos individuos que tienen por ilegítimo ó por tiránico el poder; y
-trabajando para derribarle, obran conforme á sus principios. El juez
-los castiga justamente aplicándoles la ley impuesta por el legislador;
-y, sin embargo, ni el legislador al señalar la pena, ni el juez al
-aplicarla, ignoran, ni ignorar pueden, la disposición de ánimo en que
-debía de hallarse el delincuente cuando la infringía.
-
-Se dirá que, atendiendo á la fuerza de estas razones, se va aumentando
-cada día la compasión y la indulgencia por los crímenes políticos;
-pero yo replicaré que, si establecemos el principio de que la justicia
-humana no tiene derecho á castigar cuando el delincuente ha obrado
-en fuerza de sus principios, no sólo deberían endulzarse esas penas,
-sino abolirse. En tal caso, la pena capital sería un verdadero
-asesinato; la pecuniaria, un robo, y las demás, un atropellamiento.
-Y advertiré de paso que no es verdad que tanto se disminuya el rigor
-contra los crímenes políticos; la historia de Europa en los últimos
-años nos suministraría algunas pruebas de lo contrario. No se ven en
-la actualidad aquellos castigos atroces que estaban en uso en otras
-épocas; pero esto no dimana de que se atienda á la conciencia del que
-ha cometido el crimen, sino de la suavidad y dulzura de costumbres
-que va difundiéndose por todas partes, y que no ha podido menos de
-afectar la legislación criminal. Lo que es extraño es la severidad
-que les queda á las leyes relativas á los crímenes políticos, cuando
-tantos y tantos de los mismos legisladores, en las diferentes naciones
-de Europa, sabían muy bien que ellos á su tiempo habían cometido el
-mismo crimen. No serán pocos seguramente los que, al votarse una ley
-penal, habrán opinado con indulgencia, porque presentían ó preveían que
-aquella misma ley habría de pesar un día sobre sus propias cabezas.
-
-La impunidad de los crímenes políticos traería consigo la subversión
-del orden social, porque haría imposible todo gobierno. Pero, aun
-dejando aparte ese mal gravísimo, que, como acabamos de ver, dimana
-naturalmente de la doctrina que pretende dejar impune al criminal
-cuando ha obrado á impulsos de su conciencia, nótase, por otra parte,
-que no son únicamente los crímenes políticos los que vendrían á quedar
-sin castigo, sino también los delitos comunes. Los atentados contra
-la propiedad pertenecen á este género, y, sin embargo, es bien sabido
-que no han faltado en otras épocas, y desgraciadamente no faltan en la
-nuestra, muchos hombres que miran la propiedad como una usurpación,
-como una injusticia. Los atentados contra la santidad del matrimonio
-son también delitos comunes, y, no obstante, se han visto sectas que
-le declaraban ilícito, y otras han opinado y opinan por la comunidad
-de mujeres. Las santas leyes del pudor y el respeto á la inocencia
-han sido también consideradas por algunas sectas como una injusta
-limitación de la libertad del hombre, y su atropellamiento como una
-obra meritoria. ¿Y qué? Aun cuando no se pudiese dudar del extravío de
-ideas, del ciego fanatismo de esos hombres que han profesado semejantes
-doctrinas, ¿quién se atrevería á negar la justicia del castigo que se
-les impusiese, cuando á consecuencia de ellas perpetrasen un crimen, ó
-cuando se empeñasen en difundir por la sociedad su funesta enseñanza?
-
-Si injusto fuese el castigo que se impone cuando el criminal obra
-conforme á su conciencia, libres serían de cometer todos los crímenes
-que se les antojasen los ateos, los fatalistas, los partidarios de la
-doctrina del interés privado, porque, destruyendo como destruyen la
-base de toda moralidad, no obrarían jamás contra su conciencia, pues
-que no tienen ninguna. Si hubiese de tener fuerza el argumento que se
-ha querido hacer valer, ¿cuántas y cuántas veces podría echarse en
-cara á los tribunales de nuestros tiempos, la injusticia que cometen
-cuando aplican el castigo á esa clase de hombres? Entonces podríamos
-decirles: «¿Con qué derecho castigáis á ese hombre que, no admitiendo
-la existencia de Dios, no puede reconocerse culpable á sus ojos, y, por
-tanto, ni á los vuestros? Vosotros habíais hecho la ley en cuya fuerza
-le castigáis, pero esa ley ningún valor tenía en su conciencia, porque
-vosotros sois sus iguales, y él no reconoce la existencia de ningún ser
-superior que haya podido concederos el derecho de coartar la libertad.
-¿Con qué justicia castigáis á ese otro que está convencido de que todas
-sus acciones son efecto de causas necesarias, que el libre albedrío es
-una quimera, y que, cuando se arroja á cometer la acción que vosotros
-tacháis de criminal, no piensa ser más libre para dejar de obrar, que
-el bruto al precipitarse sobre el alimento que tiene á la vista, ó
-sobre otro bruto que le ha enfurecido? ¿Con qué justicia castigáis á
-quien está persuadido de que la moral es una mentira, que no hay otra
-que el interés privado, que el bien y el mal no son otra cosa que ese
-mismo interés bien ó mal entendido? Si le hacéis sufrir una pena, será,
-no porque sea culpable según su conciencia, sino porque ha errado un
-cálculo, porque se ha equivocado en las probabilidades del resultado
-que su acción le había de acarrear.» He aquí las consecuencias
-necesarias, inevitables, de la doctrina que niega al poder público la
-facultad de castigar los crímenes que se cometen á consecuencia de un
-error de entendimiento.
-
-Pero se dirá que el derecho de castigar se entiende con respecto á las
-acciones, no á las doctrinas; que las primeras deben sujetarse á la
-ley, las segundas deben campear con ilimitada libertad. Si se habla
-de las doctrinas en cuanto están únicamente en el entendimiento sin
-manifestarse en lo exterior, claro es que, no sólo no hay derecho,
-pero ni siquiera posibilidad de castigarlas, porque sólo Dios puede
-conocer los secretos del espíritu del hombre; pero, si se trata de las
-doctrinas manifestadas, entonces es falso el principio, y acabamos de
-demostrar que ni los mismos que le sostienen en teoría pueden atenerse
-á él en la práctica. Por fin, se nos podrá replicar que, aun cuando la
-doctrina que impugnamos conduce á grandes absurdos, sin embargo, no
-deja de permanecer en pie la dificultad capital, que consiste en la
-incompatibilidad de la justicia del castigo con la acción dictada ó
-permitida por la conciencia de quien la comete. ¿Cómo se suelta esa
-dificultad? ¿Cómo se salva tamaño inconveniente? ¿Podrá ser lícito en
-ningún caso tratar como culpable á quien no lo es en el tribunal de su
-propia conciencia?
-
-Al parecer, los hombres de todas opiniones y religiones deben estar de
-acuerdo en los puntos principales sobre que gira la presente cuestión;
-y, sin embargo, no es así; y entre los católicos, de una parte, y los
-incrédulos y protestantes, de otra, media una diferencia profunda.
-Los primeros tienen por principio inconcuso que hay _errores de
-entendimiento que son culpables_; los segundos piensan, al contrario,
-que todos _los errores de entendimiento son inocentes_. Los católicos
-miran como una de las primeras ofensas que puede el hombre hacer á
-Dios, el error acerca de las importantes verdades religiosas y morales;
-sus adversarios excusan esa clase de errores con la mayor indulgencia,
-y no pueden conducirse de otro modo, so pena de ser inconsecuentes.
-Los católicos admiten la posibilidad de la ignorancia invencible de
-algunas verdades muy graves, pero esta posibilidad la limitan á ciertas
-circunstancias, fuera de las cuales declaran al hombre culpable; pero
-sus adversarios, ponderando de continuo la libertad del pensar, no
-poniéndole más trabas que las que sean del gusto de cada individuo,
-afirmando sin cesar que cada cual es libre de tener las opiniones que
-más le agraden, han llegado á inspirar á todos sus partidarios la
-convicción de que no hay opiniones culpables ni errores culpables,
-que no tiene el hombre la obligación de escudriñar cuidadosamente el
-fondo de su alma para examinar si hay algunas causas secretas que le
-impelen á apartarse de la verdad; han llegado, por fin, á confundir
-monstruosamente la libertad física del entendimiento con la libertad
-moral; han desterrado del orden de las opiniones las ideas de _lícito_
-ó _ilícito_; han dado á entender que estas ideas no tenían aplicación
-cuando se trataba del pensamiento. Es decir, que en el orden de las
-ideas han confundido el derecho con el hecho, han declarado inútiles é
-incompetentes todas las leyes divinas y humanas. ¡Insensatos! ¡Cómo
-si fuera posible que lo que hay más alto y más noble en la humana
-naturaleza, no estuviera sujeto á ninguna regla; cómo si fuera posible
-que lo que hace al hombre rey de la creación, no debiese concurrir á la
-inefable harmonía de las partes del universo entre sí, y del todo con
-Dios; cómo si esta harmonía pudiese ni subsistir ni concebirse siquiera
-en el hombre, no declarando como la primera de sus obligaciones la de
-mantenerse adherido á la verdad!
-
-He aquí una razón profunda que justifica á la Iglesia católica, cuando
-considera el pecado de herejía como uno de los mayores que el hombre
-puede cometer. ¡Qué! Vosotros que os sonreís de lástima y desprecio al
-sólo mentar el nombre de pecado de herejía; vosotros que le consideráis
-como una invención sacerdotal para dominar las conciencias y escatimar
-la libertad del pensamiento, ¿con qué derecho os arrogáis la facultad
-de condenar las herejías que se oponen á vuestra ortodoxia? ¿Con qué
-derecho condenáis esas sociedades donde se enseñan máximas atentatorias
-á la propiedad, al orden público, á la existencia del poder? Si el
-pensamiento es libre, si quien pretende coartarle en lo más mínimo
-viola derechos sagrados, si la conciencia no debe estar sujeta á
-ninguna traba, si es un absurdo, un contrasentido el pretender obligar
-á obrar contra ella ó á desobedecer sus inspiraciones, ¿por qué no
-dejáis hacer á esos hombres que quieren destruir todo el orden social
-existente, á esas asociaciones subterráneas que de vez en cuando
-envían algunos de sus miembros á disparar el plomo homicida contra el
-pecho de los reyes? Sabed que si, para declarar injusta y cruel la
-intolerancia que se ha tenido en ciertas épocas con vuestros errores,
-invocáis vosotros vuestras convicciones, ellos también pueden invocar
-las suyas. Vosotros decíais que las doctrinas de la Iglesia eran
-invenciones humanas, ellos dicen que las doctrinas reinantes en la
-sociedad son también invenciones humanas; vosotros decíais que el orden
-social antiguo era un monopolio, ellos dicen que es un monopolio el
-orden actual; vosotros decíais que los poderes antiguos eran tiránicos,
-y ellos dicen que los poderes actuales tiránicos son; vosotros
-decíais que queríais destruir lo existente para fundar instituciones
-nuevas que harían la dicha de la humanidad, ellos dicen que quieren
-derribar todo lo existente para plantear también otras instituciones
-que labrarán la dicha del humano linaje; vosotros declarabais santa
-la guerra que se hacía al poder antiguo, y ellos declaran santa
-la guerra que se hace al poder actual; vosotros apelasteis á los
-medios de que podíais disponer y los pretendisteis legitimados por
-la necesidad, ellos declaran también legítimo el único medio que
-tienen, que consiste en concertarse, en prepararse para el momento
-oportuno, procurando acelerarle asesinando personas augustas. Habéis
-pretendido hacer respetar todas vuestras opiniones hasta el ateísmo,
-y habéis enseñado que nadie tenía el derecho de impediros el obrar
-conforme á vuestros principios: pues bien, principios tienen también,
-y principios horribles, los fanáticos de quienes estamos hablando;
-convicciones tienen también, y convicciones horribles. ¿Qué prueba más
-convincente de que existe entre ellos esa convicción espantosa, que
-verlos, en medio de la alegría y de las fiestas públicas, deslizarse
-pálidos y sombríos entre la alborozada muchedumbre, escoger el puesto
-oportuno y aguardar imperturbables el momento fatal, para sumergir
-en la desolación una augusta familia, y cubrir de luto una nación,
-con la seguridad de atraer sobre la propia cabeza la execración
-pública y acabar la vida en un cadalso? Pero, nos dirán nuestros
-adversarios, estas convicciones no tienen escusa; bien la tendrían,
-si tenerla hubieran podido las vuestras; con la diferencia de que
-vosotros labrasteis vuestros funestos y ambiciosos sistemas en medio
-de la comodidad y de los regalos, quizás en medio de la opulencia y á
-la sombra del poder, y ellos se formaron sus abominables doctrinas,
-en medio de la obscuridad, de la pobreza, de la miseria, de la
-desesperación.
-
-En verdad que la inconsecuencia de ciertos hombres es en extremo
-chocante. El burlarse de todas las religiones, el negar la
-espiritualidad é inmortalidad del alma, la existencia de Dios, el
-derribar toda la moral y socavar sus más profundos cimientos, todo ha
-sido para ellos una cosa muy excusable, y hasta, si se quiere, digna
-de alabanza. Los escritores que desempeñaron tan funesta tarea, son
-todavía dignos de apoteosis; es menester lanzar la Divinidad de los
-templos para colocar en ellos los nombres y las imágenes de los jefes
-de aquellas escuelas: debajo de las bóvedas de la magnífica basílica,
-en los lugares destinados al reposo de las cenizas del cristiano
-que espera la resurrección, es necesario levantar los sepulcros de
-Voltaire y de Rousseau, para que las generaciones venideras desciendan
-á recogerse algunos momentos en aquellas mansiones silenciosas y
-sombrías, y á recibir las inspiraciones de aquellos genios. Entonces,
-¿cómo es posible quejarse con razón de que se ataque la propiedad, la
-familia, el orden social? La propiedad es sagrada, pero ¿es acaso más
-sagrada que Dios? Por más transcendentales que quieran suponerse las
-verdades relativas á la familia y á la sociedad, ¿son, por ventura,
-de un orden superior á los eternos principios de la moral? ó, por
-mejor decir, ¿son, acaso, otra cosa que la aplicación de esos eternos
-principios?
-
-Pero volvamos al hilo del discurso. Una vez sentado el principio de que
-hay errores culpables, principio que, si no en la teoría, al menos en
-la práctica todo el mundo debe admitir, pero principio que en teoría
-sólo el Catolicismo sostiene cumplidamente, resulta bien clara la
-razón de la justicia con que el poder humano castiga la propalación y
-la enseñanza de ciertas doctrinas, y los actos que á consecuencia de
-ellas se cometen, sin pararse en la convicción que pudiera abrigar el
-delincuente. La ley conviene en que existió ó pudo existir ese error
-de entendimiento; pero en tal caso declara culpable ese mismo error; y
-cuando el hombre invoca el testimonio de la propia conciencia, la ley
-le recuerda el deber que tenía de rectificarla. He aquí el fundamento
-de la justicia de una legislación que parecía tan injusta; fundamento
-que era necesario encontrar, si no se quería dejar una gran parte de
-las leyes humanas con la mancha más negra; porque negra mancha fuera
-la de arrogarse el derecho de castigar á quien no fuera verdaderamente
-culpable: derecho absurdo, que tan lejos está de pertenecer á la
-justicia humana, que no compete al mismo Dios. La misma justicia
-infinita dejaría de ser lo que es, si pudiese castigar al inocente.
-
-Podríase señalar quizás otro origen al derecho que tienen los gobiernos
-de castigar la propagación de ciertas doctrinas, y las acciones que á
-consecuencia de ellas se cometen, aun en el caso en que la convicción
-de los criminales sea la más profunda. Podríase decir que los gobiernos
-obran en nombre de la sociedad, la cual, como todo ser, tiene un
-derecho á su propia defensa. Hay doctrinas que amenazan la existencia
-misma de la sociedad, y, por tanto, ésta se halla en la necesidad y en
-el derecho de combatir á sus autores. Por más plausible que parezca
-una razón semejante, adolece, sin embargo, de un inconveniente muy
-grave, y es que hace desaparecer de un golpe la idea de castigo y de
-justicia. Quien se defiende, cuando hiere al invasor, no le castiga,
-sino que le rechaza; y, si se mira la sociedad desde este punto de
-vista, el criminal conducido al patíbulo no será un verdadero criminal:
-no será más que un desgraciado que sucumbe en una lucha desigual en
-que temerariamente se empeñó. La voz del juez que le condena no será
-la augusta voz de la justicia; su fallo no representará otra cosa que
-la acción de la sociedad, vengándose de quien ha osado atacarla. La
-palabra _pena_ tiene entonces un sentido muy diferente: y la graduación
-de ella sólo depende del cálculo, no de un principio de justicia. Es
-menester no olvidarlo: en suponiéndose que la sociedad, por derecho de
-defensa, impone castigo al que ella, por otra parte, considera como
-del todo inocente, la sociedad no juzga, no castiga, sino que lucha.
-Esto asienta muy bien, tratándose de sociedad con sociedad; pero, muy
-mal, tratándose de sociedad con individuo. Parécenos entonces ver la
-lucha desigual de un desmesurado gigante con un pequeñísimo pigmeo. El
-gigante le toma en sus manos y le aplasta contra una roca.
-
-Con la doctrina que acabo de exponer se ve con toda evidencia lo
-que vale el tan ponderado principio de la tolerancia universal:
-demostrado está que es tan impracticable en la región de los hechos
-como insostenible en teoría; y, por tanto, vienen al suelo todas las
-acusaciones que se han hecho al Catolicismo por su intolerancia. En
-claro queda que la intolerancia es, en cierto modo, un derecho de todo
-poder público; que así se ha reconocido siempre; que así se reconoce
-ahora todavía; á pesar de que, generalmente hablando, se han elevado
-á las regiones del poder los filósofos partidarios de la tolerancia.
-Sin duda que los gobiernos han abusado mil veces de este principio;
-sin duda que en su nombre se ha perseguido también á la verdad; pero,
-¿de qué no abusan los hombres? Lo que debía hacerse, pues, en buena
-filosofía, no era establecer proposiciones insostenibles, y además
-altamente peligrosas; no era declamar hasta el fastidio contra los
-hombres y las instituciones de los siglos que nos han precedido, sino
-procurar la propagación de sentimientos suaves é indulgentes, y,
-sobre todo, no combatir las altas verdades, sin las cuales no puede
-sostenerse la sociedad, y cuya desaparición dejaría el mundo entregado
-á la fuerza, y, por consiguiente, á la arbitrariedad y á la tiranía.
-
-Se han atacado los dogmas, pero no se ha reflexionado bastante que con
-ellos estaba ligada íntimamente la moral, y que esa moral misma es un
-dogma. Con la proclamación de una libertad de pensar ilimitada, se ha
-concedido al entendimiento la impecabilidad; el error ha dejado de
-figurar entre las faltas de que puede el hombre hacerse culpable. Se ha
-olvidado que para _querer_, es necesario _conocer_, y que para _querer
-bien_, es indispensable _conocer bien_. Si se examinan la mayor parte
-de los extravíos de nuestro corazón, se encontrará que tienen su origen
-en un concepto errado; ¿cómo es posible, pues, que no sea para el
-hombre un deber el preservar su entendimiento de error? Pero, desde que
-se ha dicho que las opiniones importaban poco, que el hombre era libre
-de escoger las que quisiese, sin ningún género de trabas, aun cuando
-perteneciesen á la religión y á la moral, la verdad ha perdido de su
-estimación y no disfruta á los ojos del hombre aquella alta importancia
-que antes tenía por sí misma, por su valor intrínseco; y muchos son los
-que no se creen obligados á ningún esfuerzo para alcanzarla. Lamentable
-situación de los espíritus y que encierra uno de los más terribles
-males que afligen á la sociedad.[9]
-
-
-
-
-CAPITULO XXXVI
-
-
-Hállome naturalmente conducido á decir cuatro palabras sobre la
-intolerancia de algunos príncipes católicos, sobre la Inquisición,
-y particularmente la de España; á examinar brevemente qué es lo que
-puede echarse en cara al Catolicismo por la conducta que ha seguido en
-los últimos siglos. Los calabozos y las hogueras de la Inquisición,
-y la intolerancia de algunos príncipes católicos, ha sido uno de
-los argumentos de que más se han servido los enemigos de la Iglesia
-para desacreditarla, y hacerla objeto de animadversión y de odio. Y
-menester es confesar que, en esta especie de ataque, tenían de su
-parte muchas ventajas que les daban gran probabilidad de triunfo. En
-efecto, y como ya llevo indicado más arriba, para el común de los
-lectores que no cuidan de examinar á fondo las cosas, que se dejan
-llevar candorosamente á donde quiera el sagaz autor, que abrigan un
-corazón sensible y dispuesto á interesarse por el infortunio, ¿qué
-medio más á propósito para excitar la indignación, que presentar á su
-vista negros calabozos, caballetes, sambenitos y hogueras? En medio de
-nuestra tolerancia, de nuestra suavidad de costumbres, de la benignidad
-de los códigos criminales, ¿qué efecto no debe producir el resucitar de
-golpe otros siglos con su rigor, con su dureza, y todo exagerado, todo
-agrupado, presentando en un solo cuadro las desagradables escenas que
-anduvieron ocurriendo en diferentes lugares, y en el espacio de largo
-tiempo? Entonces, teniendo el arte de recordar que todo esto se hacía
-en nombre de un Dios de paz y de amor, se ofrece más vivo el contraste,
-la imaginación se exalta, el corazón se indigna; y resulta que el
-clero, los magistrados, los reyes, los papas de aquellos tiempos son
-considerados como una tropa de verdugos que se complacen en atormentar
-y desolar á la humanidad. Los escritores que así han procedido, no
-se han acreditado, por cierto, de muy concienzudos; porque es regla
-que no deben perder nunca de vista ni el orador ni el escritor, que
-no es legítimo el movimiento que excitan en el ánimo, si antes no le
-convencen ó no le suponen convencido; y, además, es una especie de mala
-fe el tratar únicamente con argumentos de sentimiento materias que, por
-su misma naturaleza, sólo pueden examinarse cual conviene, mirándolas
-á la luz de la fría razón. En tales casos no debe empezarse moviendo,
-sino convenciendo: lo contrario es engañar al lector.
-
-No es mi ánimo hacer aquí la historia de la Inquisición, ni del sistema
-que en diferentes países se ha seguido en punto de intolerancia en
-materias religiosas; esto me fuera imposible, atendidos los estrechos
-límites á que me hallo circunscrito; y sería, además, inconducente
-para el objeto de esta obra. De la Inquisición en general, de la de
-España en particular, y de la legislación más ó menos intolerante
-que ha regido en varios países, ¿puede resultar un cargo contra el
-Catolicismo? Bajo este respecto, ¿puede sufrir un parangón con el
-Protestantismo? Éstas son las cuestiones que yo debo examinar.
-
-Tres cosas se presentan desde luego á la consideración del observador:
-la legislación é instituciones de intolerancia; el uso que de ellas
-se ha hecho, y, finalmente, los actos de intolerancia que se han
-cometido fuera del orden de dichas leyes é instituciones. Por lo que
-á esto último corresponde, diré, en primer lugar, que nada tiene que
-ver con el objeto que nos ocupa. La matanza de San Bartolomé, y las
-demás atrocidades que se hayan cometido en nombre de la religión, en
-nada deben embarazar á los apologistas de la misma; porque la religion
-no puede hacerse responsable de todo lo que se hace en su nombre, si
-no se quiere proceder con la más evidente injusticia. El hombre tiene
-un sentimiento tan fuerte y tan vivo de la excelencia de la virtud,
-que aun los mayores crímenes procura disfrazarlos con su manto; ¿y
-sería razonable el desterrar por esto la virtud de la tierra? Hay en
-la historia de la humanidad épocas terribles en que se apodera de
-las cabezas un vértigo funesto; el furor encendido por la discordia,
-ciega los entendimientos y desnaturaliza los corazones; llámase bien
-al mal, y mal al bien; y los más horrendos atentados se cometen
-invocando nombres augustos. En encontrándose en semejantes épocas, el
-historiador y el filósofo tienen señalada bien claramente la conducta
-que han de seguir: veracidad rigurosa en la narración de los hechos,
-pero guardarse de juzgar, por ellos, ni las ideas ni las instituciones
-dominantes. Están entonces las sociedades como un hombre en un acceso
-de delirio; y mal se juzgaría, ni de las ideas, ni de la índole, ni de
-la conducta del delirante, por lo que dice y hace mientras se halla en
-ese lamentable estado.
-
-En tiempos tan calamitosos ¿qué bando puede gloriarse de no haber
-cometido grandes crímenes? Ateniéndonos á la misma época que acabamos
-de nombrar, ¿no vemos los caudillos de ambos partidos, asesinados de
-una manera alevosa? El almirante Coligny muere á manos de los asesinos
-que comienzan el degüello de los hugonotes, pero el duque de Guisa
-había sido también asesinado por Poltrot delante de Orleans; Enrique
-III muere asesinado por Jacobo Clement, pero éste es el mismo Enrique
-que había hecho asesinar traidoramente al otro duque de Guisa en los
-corredores de palacio, y al cardenal hermano del duque en la torre de
-Moulins; y que, además, había tenido parte también en el degüello de
-San Bartolomé. Entre los católicos se cometieron atrocidades; pero, ¿no
-las cometieron también sus adversarios? Échese, pues, un velo sobre
-esas catástrofes, sobre estos aflictivos monumentos de la miseria y
-perversidad del corazón del hombre.
-
-El tribunal de la Inquisición, considerado en sí, no es más que la
-aplicación á un caso particular de la doctrina de intolerancia,
-que, con más ó menos extensión, es la doctrina de todos los poderes
-existentes. Así es que sólo nos resta examinar el carácter de esa
-aplicación, y ver si con justicia se le pueden hacer los cargos que le
-han hecho sus enemigos. En primer lugar, es necesario advertir que los
-encomiadores de todo lo antiguo falsean lastimosamente la historia, si
-pretenden que esa intolerancia soló se vió en los tiempos en que, según
-ellos, la Iglesia había degenerado de su pureza. Yo lo que veo es que,
-desde los siglos en que empezó la Iglesia á tener influencia pública,
-comienza la herejía á figurar en los códigos como delito; y hasta ahora
-no he podido encontrar una época de completa tolerancia.
-
-Hay también que hacer otra observación importante, que indica una de
-las causas del rigor desplegado en los siglos posteriores. Cabalmente
-la Inquisición tuvo que empezar sus procedimientos contra herejes
-maniqueos; es decir, contra los sectarios que en todos tiempos habían
-sido tratados con más dureza. En el siglo XI, cuando no se aplicaba
-todavía á los herejes la pena de fuego, eran exceptuados de la regla
-general los maniqueos; y hasta en tiempo de los emperadores gentiles
-eran tratados esos sectarios con mucho rigor; pues que Diocleciano y
-Maximiano publicaron en el año 296 un edicto que condenaba á diferentes
-penas á los maniqueos que no abjurasen sus dogmas, y á los jefes de
-la secta á la pena de fuego. Esos sectarios han sido mirados siempre
-como grandes criminales; su castigo se ha considerado necesario, no
-sólo por lo que toca á la religión, sino también por lo relativo á
-las costumbres, y al buen orden de la sociedad. Ésta fué una de las
-causas del rigor que se introdujo en esta materia; y, añadiéndose al
-carácter turbulento que presentaron las sectas que bajo varios nombres
-aparecieron en los siglos XI, XII y XIII, se atinará en otro de los
-motivos que produjeron escenas que á nosotros nos parecen inconcebibles.
-
-Estudiando la historia de aquellos siglos, y fijando la atención sobre
-las turbulencias y desastres que asolaron el mediodía de la Francia,
-se ve con toda claridad que, no sólo se disputaba sobre este ó aquel
-punto de dogma, sino que todo el orden social existente se hallaba en
-peligro. Los sectarios de aquellos tiempos eran los precursores de los
-del siglo XVI, mediando, empero, la diferencia de que estos últimos
-eran en general menos democráticos, menos aficionados á dirigirse á
-las masas, si se exceptúan los frenéticos anabaptistas. En la dureza
-de costumbres de aquellos tiempos, cuando, á causa de largos siglos
-de trastornos y violencias, la fuerza había llegado á obtener una
-preponderancia excesiva, ¿qué podía esperarse de los poderes que se
-veían amenazados de un peligro semejante? Claro es que las leyes y su
-aplicación habían de resentirse del espíritu de la época.
-
-En cuanto á la Inquisición de España, la cual no fué más que una
-extensión de la misma que se había establecido en otras partes, es
-necesario dividir su duración en tres grandes épocas, aun dejando
-aparte el tiempo de su existencia en el reino de Aragón, anteriormente
-á su importación en Castilla. La primera comprende el tiempo en que
-se dirigió principalmente contra los judaizantes y los moros, desde
-su instalación en tiempo de los Reyes Católicos hasta muy entrado el
-reinado de Carlos V; la segunda abraza desde que comenzó á dirigir
-todos sus esfuerzos para impedir la introducción del Protestantismo en
-España, hasta que cesó este peligro, la que contiene desde mediados
-del reinado de Carlos V hasta el advenimiento de los Borbones; y,
-finalmente, la última encierra la temporada en que se ciñó á reprimir
-vicios nefandos, y á cerrar el paso á la filosofía de Voltaire, hasta
-su desaparición en el primer tercio del presente siglo. Claro es que,
-siendo en dichas épocas una misma la institución, pero que se andaba
-modificando según las circunstancias, no pueden deslindarse á punto
-fijo, ni el principio de la una, ni el fin de la otra. Pero no deja,
-por esto, de ser verdad que estas tres épocas existen en la historia de
-la Inquisición, y que presentan caracteres muy diferentes.
-
-Nadie ignora las circunstancias particulares en que fué establecida la
-Inquisición en tiempo de los Reyes Católicos; pero bueno será hacer
-notar que quien solicitó del Papa la bula para el establecimiento de
-la Inquisición, fué la Reina Isabel, es decir, uno de los monarcas que
-rayan más alto en nuestra historia, y que todavía conserva, después
-de tres siglos, el respeto y la veneración de todos los españoles.
-Tan lejos anduvo la Reina de ponerse con esta medida en contradicción
-con la voluntad del pueblo, que antes bien no hacía más que realizar
-uno de sus deseos. La Inquisición se establecía principalmente contra
-los judíos; la bula del Papa había sido expedida en 1478; y antes que
-la Inquisición publicase su primer edicto en Sevilla en 1481, las
-Cortes de Toledo de 1480 cargaban reciamente la mano en el negocio,
-disponiendo que, para impedir el daño que el comercio de judíos con
-cristianos podía acarrear á la fe católica estuviesen obligados los
-judíos no bautizados á llevar un signo distintivo, á vivir en barrios
-separados, que tenían el nombre de _juderías_, y á retirarse antes de
-la noche. Se renovaban los antiguos reglamentos contra los judíos, y
-se les prohibía ejercer las profesiones de médico, cirujano, mercader,
-barbero y tabernero. Por ahí se ve que, á la sazón, la intolerancia era
-popular; y que, si queda justificada á los ojos de los monárquicos por
-haber sido conforme á la voluntad de los Reyes, no debiera quedarlo
-menos delante de los amigos de la soberanía del pueblo.
-
-Sin duda que el corazón se contrista al leer el destemplado rigor con
-que á la sazón se perseguía á los judíos; pero menester es confesar que
-debieron de mediar algunas causas gravísimas para provocarlo. Se ha
-señalado como la principal, el peligro de la monarquía española, aun
-no bien afianzada, si dejaba que obrasen con libertad los judíos, á la
-sazón muy poderosos por sus riquezas y por sus enlaces con las familias
-más influyentes. La alianza de éstos con los moros y contra los
-cristianos era muy de temer, pues que estaba fundada en la respectiva
-posición de los tres pueblos; y así es que consideró necesario
-quebrantar un poder que podía comprometer de nuevo la independencia
-de los cristianos. También es necesario advertir que, al establecerse
-la Inquisición, no estaba finalizada todavía la guerra de ocho siglos
-contra los moros. La Inquisición se proyecta antes de 1478, y no se
-plantea hasta 1480; y la conquista de Granada no se verifica hasta
-1492. En el momento, pues, de establecerse la Inquisición, estaba la
-obstinada lucha en su tiempo crítico, decisivo; faltaba saber todavía
-si los cristianos habían de quedar dueños de toda la Península, ó
-si los moros conservarían la posesión de una de las provincias más
-hermosas y más feraces, si continuarían establecidos allí, en una
-situación excelente para sus comunicaciones con África, y sirviendo de
-núcleo y de punto de apoyo para todas las tentativas que en adelante
-pudiese ensayar contra nuestra independencia el poder de la Media
-Luna. Poder que á la sazón estaba todavía tan pujante, como lo dieron
-á entender en los tiempos siguientes sus atrevidas empresas sobre el
-resto de Europa. En crisis semejantes, después de siglos de combates,
-en los momentos que han de decidir de la victoria para siempre, ¿cuándo
-se ha visto que los contendientes se porten con moderación y dulzura?
-
-No puede negarse que en el sistema represivo que se siguió contra los
-judíos y los moros, pudo influir mucho el instinto de conservación
-propia; y que quizás los Reyes Católicos tendrían presente este motivo,
-cuando se decidieron á pedir para sus dominios el establecimiento de la
-Inquisición. El peligro no era imaginario, sino muy positivo; y, para
-formarse idea del estado á que hubieran podido llegar las cosas, si no
-se hubiesen adoptado algunas precauciones, basta recordar lo mucho que
-dieron que entender en los tiempos sucesivos las insurrecciones de los
-restos de los moros.
-
-Sin embargo, conviene no atribuirlo todo á la política de los Reyes,
-y guardarse del prurito de realzar la previsión y los planes de
-los hombres, más de lo que corresponde. Por mi parte, me inclino á
-creer que Fernando é Isabel siguieron naturalmente el impulso de la
-generalidad de la nación, la cual miraba con odio á los judíos que
-permanecían en su secta, y con suspicaz desconfianza á los que habían
-abrazado la religión cristiana. Esto traía su origen de dos causas: la
-exaltación de los sentimientos religiosos, general á la sazón en toda
-Europa y muy particularmente en España, y la conducta de los mismos
-judíos, que habían atraído sobre sí la indignación pública.
-
-Databa de muy antiguo en España la necesidad de enfrenar la codicia de
-los judíos para que no resultase en opresión de los cristianos: las
-antiguas asambleas de Toledo tuvieron ya que poner en esto la mano
-repetidas veces. En los siglos siguientes llegó el mal á su colmo: gran
-parte de las riquezas de la Península habían pasado á manos de los
-judíos; y casi todos los cristianos habían llegado á ser sus deudores.
-De aquí resultó el odio del pueblo contra ellos; de aquí los tumultos
-frecuentes en muchas poblaciones de la Península, tumultos que fueron
-más de una vez funestos á los judíos, pues que se derramó su sangre
-en abundancia. Difícil era, en efecto, que un pueblo acostumbrado por
-espacio de largos siglos á librar su fortuna en la suerte de las armas,
-se resignase tranquilo y pacífico á la suerte que le iban deparando las
-artes y las exacciones de una raza extranjera, que llevaba, además, en
-su propio nombre el recuerdo de una maldición terrible.
-
-En los tiempos siguientes se convirtió á la religión cristiana un
-inmenso número de judíos; pero, ni por esto se disipó la desconfianza,
-ni se extinguió el odio del pueblo. Y, á la verdad, es muy probable
-que muchas de esas conversiones no serían demasiado sinceras, dado que
-eran en parte motivadas por la triste situación en que se encontraban,
-permaneciendo en el judaísmo. Cuando la razón no nos llevara á
-conjeturarlo así, bastante fuera para indicárnoslo el crecido número
-de judaizantes que se encontraron luego que se investigó con cuidado
-cuáles eran los reos de ese delito. Como quiera, lo cierto es que se
-introdujo la distinción de _cristianos nuevos_ y _cristianos viejos_,
-siendo esta denominación un título de honor, y la primera una tacha de
-ignominia; y que los judíos convertidos eran llamados por desprecio
-_marranos_.
-
-Con más ó menos fundamento se les acusaba también de crímenes
-horrendos. Decíase que en sus tenebrosos conciliábulos perpetraban
-atrocidades que debe uno creer difícilmente, siquiera para honor de
-la humanidad; como, por ejemplo, que en desprecio de la religión y en
-venganza de los cristianos, crucificaban niños de éstos, escogiendo
-para el sacrificio los días más señalados de las festividades
-cristianas. Sabida es la historia que se contaba del caballero de la
-familia de Guzmán, que, enamorado de una doncella judía, estuvo una
-noche oculto en la familia de ésta, y vió con sus ojos cómo los judíos
-cometían el crimen de crucificar un niño cristiano, en el mismo tiempo
-en que los cristianos celebraban la institución del sacramento de la
-Eucaristía.
-
-Á más de los infanticidios, se les imputaban sacrilegios,
-envenenamientos, conspiraciones y otros crímenes; y que estos rumores
-andaban muy acreditados, lo prueban las leyes que les prohibían las
-profesiones de médico, cirujano, barbero y tabernero, donde se trasluce
-la desconfianza que se tenía de su moralidad.
-
-No es menester detenerse en examinar el mayor ó menor fundamento que
-tenían semejantes acusaciones; ya sabemos á cuánto llega la credulidad
-pública, sobre todo cuando está dominada por un sentimiento exaltado
-que le hace ver todas las cosas de un mismo color; bástanos que
-estos rumores circulasen, que fuesen acreditados, para concebir á
-cuán alto punto se elevaría la indignación contra los judíos, y, por
-consiguiente, cuán natural era que el poder, siguiendo el impulso del
-espíritu público, se inclinase á tratarlos con mucho rigor.
-
-Que los judíos procurarían concertarse para hacer frente á los
-cristianos, ya se deja entender por la misma situación en que se
-encontraban; y lo que hicieron cuando la muerte de San Pedro de Arbués,
-indica lo que practicarían en otras ocasiones. Los fondos necesarios
-para la perpetración del asesinato, pago de los asesinos y demás
-gastos que consigo llevaba la trama, se reunieron por medio de una
-contribución voluntaria impuesta sobre todos los aragoneses de la raza
-judía. Esto indica una organización muy avanzada, y que, en efecto,
-podía ser fatal, si no se la hubiese vigilado.
-
-Á propósito de la muerte de San Pedro de Arbués, haré una observación
-sobre lo que se ha dicho para probar la impopularidad del
-establecimiento de la Inquisición en España, fundándose en este trágico
-acontecimiento. ¿Qué señal más evidente de esta verdad, se nos dirá,
-que la muerte dada al inquisidor? ¿No es un claro indicio de que la
-indignación del pueblo había llegado á su colmo, y de que no quería
-en ninguna manera la Inquisición, cuando, para deshacerse de ella, se
-arrojaba á tamaños excesos? No negaré que, si por pueblo entendemos los
-judíos y sus descendientes, llevaban muy á mal el establecimiento de
-la Inquisición; pero no era así con respecto á lo restante del pueblo.
-Cabalmente, el mismo asesinato de que hablamos dió lugar á un suceso
-que prueba todo lo contrario de lo que pretenden los adversarios.
-Difundida por la ciudad la muerte del inquisidor, se levantó el pueblo
-con tumulto espantoso para vengar el asesinato. Los sublevados se
-habían esparcido por la ciudad, y, distribuídos en grupos, andaban
-persiguiendo á los _cristianos nuevos_; de suerte que hubiera ocurrido
-una catástrofe sangrienta, si el joven arzobispo de Zaragoza, Alfonso
-de Aragón, no se hubiese resuelto á montar á caballo, y presentarse
-al pueblo para calmarle, con la promesa de que caería sobre los
-culpables del asesinato todo el rigor de la ley. Esto no indica que
-la Inquisición fuese tan impopular como se ha querido suponer, ni que
-los enemigos de ella tuviesen la mayoría numérica; mucho más si se
-considera que ese tumulto popular no pudo prevenirse, á pesar de las
-precauciones que para el efecto debieron emplear los conjurados, á la
-sazón muy poderosos por sus riquezas é influencia.
-
-Durante la temporada del mayor rigor desplegado contra los judaizantes,
-obsérvase un hecho digno de llamar la atención. Los encausados por la
-Inquisición, ó que temen serlo, procuran de todas maneras substraerse
-á la acción de este tribunal, huyen de España, y se van á Roma. Quizá
-no pensarían que así sucediese los que se imaginan que Roma ha sido
-siempre el foco de la intolerancia y el incentivo de la persecución;
-y, sin embargo, nada hay más cierto. Son innumerables las causas
-formadas en la Inquisición, que de España se avocaron á Roma, en el
-primer medio siglo de la existencia de este tribunal; siendo de notar,
-además, que Roma se inclinaba siempre al partido de la indulgencia.
-No sé que pueda citarse un solo reo de aquella época que, habiendo
-acudido á Roma, no mejorara su situación. En la historia de la
-Inquisición de aquel tiempo ocupan una buena parte las contestaciones
-de los reyes con los papas, donde se descubre siempre, por parte
-de éstos, el deseo de limitar la Inquisición á los términos de la
-justicia y de la humanidad. No siempre se siguió cual convenía la
-línea de conducta prescrita por los Sumos Pontífices. Así vemos que
-éstos se vieron obligados á recibir un sinnúmero de apelaciones, y á
-endulzar la suerte que hubiera cabido á los reos si su causa se hubiese
-fallado definitivamente en España. Vemos también que, solicitado el
-Papa por los Reyes Católicos, que deseaban que las causas se fallasen
-definitivamente en España, nombra un juez de apelación, siendo el
-primero D. Iñigo Manrique, arzobispo de Sevilla. Tales eran, sin
-embargo, aquellos tiempos, y tan urgente la necesidad de impedir que
-la exaltación de ánimo llevase á cometer injusticias, ó se arrojase á
-medidas de una severidad destemplada, que el mismo Papa, y al cabo de
-muy poco tiempo, decía, en otra bula expedida en 2 de agosto de 1483,
-que había continuado recibiendo las apelaciones de muchos españoles de
-Sevilla que no habían osado presentarse al juez de apelación por temor
-de ser presos. Añadía el Papa que unos habían recibido ya la absolución
-de la Penitenciaría apostólica, y otros se disponían á recibirla;
-continuaba quejándose de que en Sevilla no se hiciese el debido caso de
-las gracias recientemente concedidas á varios reos, y, por fin, después
-de varias prevenciones, hacía notar á los Reyes Fernando é Isabel que
-la misericordia para con los culpables era más agradable á Dios que
-el rigor de que se quería usar, como lo prueba el ejemplo del Buen
-Pastor corriendo tras la oveja descarriada; y concluía exhortando á los
-Reyes á que tratasen benignamente á aquellos que hiciesen confesiones
-voluntarias, permitiéndoles residir en Sevilla, ó donde quisiesen;
-dejándoles el goce de todos sus bienes, como si jamás hubiesen cometido
-el crimen de herejía.
-
-Y no se crea que en las apelaciones admitidas en Roma, y en que se
-suavizaba la suerte de los encausados, se descubriesen siempre vicios
-en la formación de la causa en primera instancia, ó injusticias en la
-aplicación de la pena; los reos no siempre acudían á Roma para pedir
-reparación de una injusticia, sino porque estaban seguros de que allí
-encontrarían indulgencia. Buena prueba tenemos de esto en el número
-considerable de refugiados españoles, á quienes se les probó que habían
-recaído en el judaísmo. Nada menos que 250 resultaron de una sola vez
-convictos de reincidencia; pero no se hizo una sola ejecución capital;
-se les impusieron algunas penitencias, y, cuando fueron absueltos,
-pudieron volverse á sus casas sin ninguna nota de ignominia. Este hecho
-ocurrió en Roma en el año 1498.
-
-Es cosa verdaderamente singular lo que se ha visto en la Inquisición de
-Roma, de que no haya llegado jamás á la ejecución de una pena capital,
-á pesar de que durante este tiempo han ocupado la Silla Apostólica
-papas muy rígidos y muy severos en todo lo tocante á la administración
-civil. En todos los puntos de Europa se encuentran levantados cadalsos
-por asuntos de religión; en todas partes se presencian escenas que
-angustian el alma; y Roma es una excepción de esa regla general;
-Roma, que se nos ha querido pintar como un monstruo de intolerancia
-y de crueldad. Verdad es que los papas no han predicado como los
-protestantes y los filósofos la tolerancia universal; pero los hechos
-están diciendo lo que va de unos á otros: los papas, con un tribunal
-de intolerancia, no derramaron una gota de sangre, y los protestantes
-y los filósofos la hicieron verter á torrentes. ¿Qué les importa á
-las víctimas el oir que sus verdugos proclaman la tolerancia? Esto es
-acibarar la pena con el sarcasmo.
-
-La conducta de Roma, en el uso que ha hecho del tribunal de la
-Inquisición, es la mejor apología del Catolicismo contra los que
-se empeñan en tildarle de bárbaro y sanguinario; y, á la verdad,
-¿qué tiene que ver el Catolicismo con la severidad destemplada que
-pudo desplegarse en este ó aquel lugar, á impulsos de la situación
-extraordinaria de razas rivales, de los peligros que amenazaban á una
-de ellas, ó del interés que pudieron tener los reyes en consolidar la
-tranquilidad de sus Estados y poner fuera de riesgo sus conquistas?
-No entraré en el examen detallado de la Inquisición de España con
-respecto á los judaizantes; y estoy muy lejos de pensar que su rigor
-contra ellos sea preferible á la benignidad empleada y recomendada
-por los papas; lo que deseo consignar aquí, es que aquel rigor fué
-un resultado de circunstancias extraordinarias, del espíritu de los
-pueblos, de la dureza de costumbres todavía muy general en Europa en
-aquella época, y que nada puede echarse en cara al Catolicismo por
-los excesos que pudieron cometerse. Aun hay más: atendido el espíritu
-que domina en todas las providencias de los papas relativas á la
-Inquisición, y la inclinación manifiesta á ponerse siempre del lado
-que podía templar el rigor, y á borrar las marcas de ignominia de los
-reos y de sus familias, puede conjeturarse que, si no hubiesen temido
-los papas indisponerse demasiado con los reyes, y provocar escisiones
-que hubieran podido ser funestas, habrían llevado mucho más allá sus
-medidas. Para convencerse de esto, recuérdense las negociaciones sobre
-el ruidoso asunto de las reclamaciones de las Cortes de Aragón, y véase
-á qué lado se inclinaba la Corte de Roma.
-
-Dado que estamos hablando de la intolerancia contra los judaizantes,
-bueno será recordar la disposición de ánimo de Lutero con respecto
-á los judíos. Bien parece que el pretendido reformador, el fundador
-de la independencia del pensamiento, el fogoso declamador contra
-la opresión y tiranía de los papas, debía de estar animado de los
-sentimientos más benignos hacia los judíos; y así deben de pensarlo sin
-duda los encomiadores del corifeo del Protestantismo. Desgraciadamente
-para ellos, la historia no lo atestigua así; y, según todas las
-apariencias, si el fraile apóstata se hubiese encontrado en la posición
-de Torquemada, no hubieran salido mejor parados los judaizantes. He
-aquí cuál era el sistema aconsejado por Lutero, según refiere su mismo
-apologista Seckendorff: «Hubiérase debido arrasar sus sinagogas,
-destruir sus casas, quitarles los libros de oraciones, el Talmud, y
-hasta los libros del viejo Testamento, prohibir á los rabinos que
-enseñasen, y obligarlos á ganarse la vida por medio de trabajos
-penosos.» Al menos la Inquisición de España procedía, no contra los
-judíos, sino contra los judaizantes, es decir, contra aquellos que,
-habiéndose convertido al Cristianismo, reincidían en sus errores,
-y unían á su apostasía el sacrilegio, profesando exteriormente una
-creencia que detestaban en secreto, y que profanaban, además, con el
-ejercicio de su religión antigua. Pero Lutero extendía su rigor á los
-mismos judíos; de suerte que, según sus doctrinas, nada podía echarse
-en cara á los reyes de España cuando los expulsaron de sus dominios.
-
-Los moros y moriscos ocuparon también mucho por aquellos tiempos la
-Inquisición de España; á ellos puede aplicarse con pocas modificaciones
-cuanto se ha dicho sobre los judíos. También era una raza aborrecida,
-una raza con la que se había combatido por espacio de ocho siglos, y
-que, permaneciendo en su religión, excitaba el odio, y, abjurándola,
-no inspiraba confianza. También se interesaron por ellos los papas
-de un modo muy particular, siendo notable á este propósito una bula
-expedida en 1530, donde se habla en su favor un lenguaje evangélico,
-diciéndose en ella que la ignorancia de aquellos desgraciados era una
-de las principales causas de sus faltas y errores, y que, para hacer
-sus conversiones sinceras y sólidas, debía, primeramente, procurarse
-ilustrar sus entendimientos con la luz de la sana doctrina.
-
-Se dirá que el Papa otorgó á Carlos V la bula en que le relegaba del
-juramento prestado en las Cortes de Zaragoza de 1519, de no alterar
-nada en punto á los moros, y que así pudo el Emperador llevar á cabo
-la medida de expulsión; pero conviene también advertir que el Papa se
-resistió por largo tiempo á esta concesión, y que, si condescendió con
-la voluntad del monarca, fué porque éste juzgaba que la expulsión era
-indispensable para asegurar la tranquilidad en sus reinos. Si esto era
-así en la realidad ó no, el Emperador era quien debía saberlo, no el
-Papa, colocado á mucha distancia y sin conocimiento detallado de la
-verdadera situación de las cosas. Por lo demás, no era sólo el monarca
-español quien opinaba así: cuéntase que, estando prisionero en Madrid
-Francisco I, Rey de Francia, dijo un día á Carlos V que la tranquilidad
-no se solidaría nunca en España basta que se expeliesen los moros y
-moriscos.
-
-
-
-
-CAPITULO XXXVII
-
-
-Se ha dicho que Felipe II fundó en España una nueva Inquisición,
-más terrible que la del tiempo de los Reyes Católicos, y aun se ha
-dispensado á la de éstos cierta indulgencia, que no se ha concedido á
-la de aquél. Por de pronto, resalta aquí una inexactitud histórica muy
-grande; porque Felipe II no fundó una nueva Inquisición: sostuvo la que
-le habían legado los Reyes Católicos, y recomendado muy particularmente
-en testamento su padre y antecesor Carlos V. La comisión de las Cortes
-de Cádiz, en el proyecto de abolición de dicho tribunal, al paso que
-excusa la conducta de los Reyes Católicos, vitupera severamente la de
-Felipe II, y procura que recaigan sobre este príncipe toda la odiosidad
-y toda la culpa. Un ilustre escritor francés que ha tratado poco ha
-esta cuestión importante, se ha dejado llevar de las mismas ideas con
-aquel candor que es no pocas veces el patrimonio del genio. «Hubo en
-la Inquisición de España, dice el ilustre Lacordaire, dos momentos
-solemnes, que es preciso no confundir: uno al fin del siglo XV, bajo
-Fernando é Isabel, antes que los moros fuesen echados de Granada, su
-último asilo; otro á mediados del siglo XVI bajo Felipe II, cuando el
-Protestantismo amenazaba introducirse en España, La comisión de las
-Cortes distinguió perfectamente estas dos épocas, marcando de ignominia
-la Inquisición de Felipe II, y expresándose con mucha moderación con
-respecto á la de Isabel y de Fernando.» Cita en seguida un texto donde
-se afirma que Felipe II fué el verdadero fundador de la Inquisición, y
-que, si ésta se elevó en seguida á tan alto poder, todo fué debido á
-la refinada política de aquel príncipe, añadiendo un poco más abajo el
-citado escritor que Felipe II fué el inventor de los autos de fe para
-aterrorizar la herejía, y que el primero se celebró en Sevilla en 1559.
-(_Memoria para el restablecimiento en Francia del orden de los Frailes
-Predicadores, por el abate Lacordaire._ Capítulo 6.)
-
-Dejemos aparte la inexactitud histórica sobre la invención de los
-autos de fe, pues es bien sabido que ni los sambenitos ni las hogueras
-fueron invención de Felipe II. Estas inexactitudes se le escapan
-fácilmente á todo escritor, mayormente cuando no recuerda un hecho
-sino por incidencia; y así es que ni siquiera debemos detenernos en
-eso; pero enciérrase en dichas palabras una acusación á un monarca, á
-quien ya de muy antiguo no se le hace la justicia que merece. Felipe
-II continuó la obra empezada por sus antecesores; y si á éstos no se
-les culpa, tampoco se le debe culpar á él. Fernando é Isabel emplearon
-la Inquisición contra los judíos apóstatas; ¿por qué no pudo emplearla
-Felipe II contra los protestantes? Se dirá, empero, que abusó de su
-derecho y que llevó su rigor hasta el exceso; mas á buen seguro que no
-se anduvo muy abundante de indulgencia en tiempo de Fernando é Isabel.
-¿Se han olvidado, acaso, las numerosas ejecuciones de Sevilla y otros
-puntos? ¿Se ha olvidado lo que dice en su historia el Padre Mariana?
-¿Se han olvidado las medidas que tomaron los papas para poner coto á
-ese rigor excesivo?
-
-Las palabras citadas contra Felipe son sacadas de la obra _La
-Inquisición sin máscara_, que se publicó en España en 1811; pero se
-calculará fácilmente el peso de autoridad semejante, en sabiéndose
-que su autor se ha distinguido hasta su muerte por un odio profundo
-contra los reyes de España. La portada de la obra llevaba el nombre de
-Natanael Jomtob, pero el verdadero autor es un español bien conocido,
-que en los escritos publicados al fin de su vida no parece sino que
-se propuso vindicar con su desmedida exageración, y sus furibundas
-invectivas, todo lo que anteriormente había atacado: tan insoportable
-es su lenguaje contra todo cuanto se le ofrece al paso. Religión,
-reyes, patria, clases, individuos, aun los de su mismo partido y
-opiniones, todo lo insulta, todo lo desgarra, como atacado de un exceso
-de rabia.
-
-No es extraño, pues, que mirase á Felipe II como han acostumbrado
-mirarle los protestantes y los filósofos; es decir, como un príncipe
-arrojado sobre la tierra para oprobio y tormento de la humanidad, como
-un monstruo de maquiavelismo que esparcía las tinieblas para cebarse á
-mansalva en la crueldad y tiranía.
-
-No seré yo quien me encargue de justificar en todas sus partes la
-política de Felipe II, ni negaré que haya alguna exageración en los
-elogios que le han tributado algunos escritores españoles; pero tampoco
-puede ponerse en duda que los protestantes, y los enemigos políticos
-de este monarca, han tenido un constante empeño en desacreditarle.
-¿Y sabéis por qué los protestantes le han profesado á Felipe II tan
-mala voluntad? Porque él fué quien impidió que penetrara en España
-el Protestantismo, él fué quien sostuvo la causa de la Iglesia
-católica en aquel agitado siglo. Dejemos aparte los acontecimientos
-transcendentales al resto de Europa, de los cuales cada uno juzgará
-como mejor le agradare; pero, ciñéndonos á España, puede asegurarse que
-la introducción del Protestantismo era inminente, inevitable, sin el
-sistema seguido por aquel monarca. Si en este ó aquel caso hizo servir
-la Inquisición á su política, éste es otro punto que no nos toca
-examinar aquí; pero reconózcase al menos que la Inquisición no era un
-mero instrumento de miras ambiciosas, sino una institución sostenida en
-vista de un peligro inminente.
-
-De los procesos formados por la Inquisición en aquella época, resulta
-con toda evidencia que el Protestantismo andaba cundiendo en España de
-una manera increíble. Eclesiásticos distinguidos, religiosos, monjas,
-seglares de categoría, en una palabra, individuos de las clases más
-influyentes, se hallaron contagiados de los nuevos errores; bien se
-echa de ver que no eran infructuosos los esfuerzos de los protestantes
-para introducir en España sus doctrinas, cuando procuraban de todos
-modos llevarnos los libros que las contenían, hasta valiéndose de la
-singular estratagema de encerrarlos en botas de vino de Champaña y
-Borgoña, con tal arte, que los aduaneros no podían alcanzar á descubrir
-el fraude, como escribía á la sazón el embajador de España en París.
-
-Una atenta observación del estado de los espíritus en España en aquella
-época, haría conjeturar el peligro, aun cuando hechos incontestables
-no hubieran venido á manifestarle. Los protestantes tuvieron buen
-cuidado de declamar contra los abusos, presentándose como reformadores,
-y trabajando por atraer á su partido á cuantos estaban animados de
-un vivo deseo de reforma. Este deseo existía en la Iglesia de mucho
-antes; y si bien es verdad que en unos el espíritu de reforma era
-inspirado por malas intenciones, ó, en otros términos, disfrazaban con
-este nombre su verdadero proyecto, que era de destrucción, también es
-cierto que en muchos católicos sinceros había un deseo tan vivo de
-ella, que llegaba á celo imprudente y rayaba en ardor destemplado. Es
-probable que este mismo celo llevado hasta la exaltación se convertiría
-en algunos en acrimonia; y que así prestarían más fácilmente oídos
-á las insidiosas sugestiones de los enemigos de la Iglesia. Quizás
-no fueron pocos los que empezaron por un celo indiscreto, cayeron
-en la exageración, pasaron en seguida á la animosidad, y al fin se
-precipitaron en la herejía. No faltaba en España esta disposición de
-espíritu, que, desenvuelta con el curso de los acontecimientos, hubiera
-dado frutos amargos, por poco que el Protestantismo hubiese podido
-tomar pie. Sabido es que en el concilio de Trento se distinguieron
-los españoles por su celo reformador y por la firmeza en expresar sus
-opiniones: y es necesario advertir que, una vez introducida en un país
-la discordia religiosa, los ánimos se exaltan con las disputas, se
-irritan con el choque continuo, y á veces hombres respetables llegan
-á precipitarse en excesos, de que poco antes ellos mismos se habrían
-horrorizado. Difícil es decir á punto fijo lo que hubiera sucedido por
-poco que en este punto se hubiese aflojado; lo cierto es que, cuando
-uno lee ciertos pasajes de Luis Vives, de Arias Montano, de Carranza,
-de la consulta de Melchor Cano, parece que está sintiendo en aquellos
-espíritus cierta inquietud y agitación, como aquellos sordos mugidos
-que anuncian en lontananza el comienzo de la tempestad.
-
-La famosa causa del arzobispo de Toledo fray Bartolomé de Carranza
-es uno de los hechos que se han citado más á menudo en prueba de la
-arbitrariedad con que procedía la Inquisición de España. Ciertamente
-es mucho el interés que excita el ver sumido de repente en estrecha
-prisión, y continuando en ella largos años, uno de los hombres más
-sabios de Europa, arzobispo de Toledo, honrado con la íntima confianza
-de Felipe II y de la reina de Inglaterra, ligado en amistad con los
-hombres más distinguidos de la época, y conocido en toda la cristiandad
-por el brillante papel que había representado en el concilio de
-Trento. Diez y siete años duró la causa, y á pesar de haber sido
-avocada á Roma, donde no faltarían al arzobispo protectores poderosos,
-todavía no pudo recabarse que en el fallo se declarase su inocencia.
-Prescindiendo de lo que podía arrojar de sí una causa tan extensa y
-complicada, y de los mayores ó menores motivos que pudieron dar las
-palabras y los escritos de Carranza para hacer sospechar de su fe,
-yo tengo por cierto que en su conciencia, delante de Dios, era del
-todo inocente. Hay de esto una prueba que lo deja fuera de toda duda:
-hela aquí. Habiendo caído enfermo al cabo de poco de fallada la causa,
-se conoció luego que su enfermedad era mortal y se le administraron
-los santos sacramentos. En el acto de recibir el Sagrado Viático,
-en presencia de un numeroso concurso, declaró del modo más solemne
-que jamás se había apartado de la fe de la Iglesia católica, que de
-nada le remordía la conciencia de todo cuanto se le había acusado, y
-confirmó su dicho poniendo por testigo á aquel mismo Dios que tenía
-en su presencia, á quien iba á recibir bajo las sagradas especies,
-y á cuyo tremendo tribunal debía en breve comparecer. Acto patético
-que hizo derramar lágrimas á todos los circunstantes, que disipó de
-un soplo las sospechas que contra él se habían podido concebir, y
-aumentó las simpatías excitadas ya durante la larga temporada de su
-angustioso infortunio. El Sumo Pontífice no dudó de la sinceridad de la
-declaración, como lo indica el que se puso sobre su tumba un magnífico
-epitafio, que por cierto no se hubiera permitido, á quedar alguna
-sospecha de la verdad de sus palabras. Y de seguro que fuera temeridad
-no dar fe á tan explícita declaración, salida de la boca de un hombre
-como Carranza, y moribundo, y en presencia del mismo Jesucristo.
-
-Pagado este tributo al saber, á las virtudes y al infortunio de
-Carranza, resta ahora examinar si, por más pura que estuviese su
-conciencia, puede decirse con razón que su causa no fué más que una
-traidora intriga tramada por la enemistad y la envidia. Ya se deja
-entender que no se trata aquí de examinar el inmenso proceso de aquella
-causa; pero así como suele pasarse ligeramente sobre ella, echando
-un borrón sobre Felipe II y sobre los adversarios de Carranza, séame
-permitido también hacer algunas observaciones sobre la misma para
-llevar las cosas á su verdadero punto de vista. En primer lugar, salta
-á los ojos que es bien singular la duración tan extremada de una causa
-destituída de todo fundamento, ó al menos que no hubiese tenido en
-su favor algunas apariencias. Además, si la causa hubiese continuado
-siempre en España, no fuera tan de extrañar su prolongación; pero no
-fué así, sino que estuvo pendiente muchos años también en Roma. ¿Tan
-ciegos eran los jueces ó tan malos, que, ó no viesen la calumnia, ó no
-la desechasen, si esta calumnia era tan clara, tan evidente, como se ha
-querido suponer?
-
-Se puede responder á esto que las intrigas de Felipe II, empeñado en
-perder al arzobispo, impedían que se aclarase la verdad, como lo prueba
-la morosidad que hubo en remitir á Roma al ilustre preso, á pesar de
-las reclamaciones del Papa, hasta verse, según dicen, obligado Pío V
-á amenazar con la excomunión á Felipe II, si no se enviaba á Roma á
-Carranza. No negaré que Felipe II haya tenido empeño en agravar la
-situación del arzobispo, y deseos de que la causa diera un resultado
-poco favorable al reo; sin embargo, para saber si la conducta del
-rey era criminal ó no, falta averiguar si el motivo que le impelía
-á obrar así, era de resentimiento personal, ó si en realidad era la
-convicción, ó la sospecha, de que el arzobispo fuese luterano. Antes de
-su desgracia era Carranza muy favorecido y honrado de Felipe: dióle de
-ello abundantes pruebas con las comisiones que le confió en Inglaterra,
-y, finalmente, nombrándole para la primera dignidad eclesiástica de
-España; y así es que no podemos presumir que tanta benevolencia se
-cambiase de repente en un odio personal, á no ser que la historia
-nos suministre algún dato donde fundar esta conjetura. Este dato es
-el que yo no encuentro en la historia, ni sé que hasta ahora se haya
-encontrado. Siendo esto así, resulta que, si en efecto se declaró
-Felipe II tan contrario del arzobispo, fué porque creía, ó al menos
-sospechaba fuertemente, que Carranza era hereje. En tal caso pudo ser
-Felipe II imprudente, temerario, todo lo que se quiera; pero nunca se
-podrá decir que persiguiese por espíritu de venganza, ni por miras
-personales.
-
-También se han culpado otros hombres de aquella época, entre los
-cuales figura el insigne Melchor Cano. Según parece, el mismo Carranza
-desconfió de él; y aun llegó á estar muy quejoso por haber sabido
-que Cano se había atrevido á decir que el arzobispo era tan hereje
-como Lutero. Pero Salazar de Mendoza, refiriendo el hecho en la
-_Vida de Carranza_, asegura que, sabedor Cano de esto, lo desmintió
-abiertamente, afirmando que jamás había salido de su boca expresión
-semejante. Y á la verdad, el ánimo se inclina fácilmente á dar crédito
-á la negativa; hombres de un espíritu tan privilegiado como Melchor
-Cano, llevan en su propia dignidad un preservativo demasiado poderoso
-contra toda bajeza, para que sea permitido sospechar que descendiera al
-infame papel de calumniador.
-
-Yo no creo que las causas del infortunio de Carranza sea menester
-buscarlas en rencores ni envidias particulares, sino que se las
-encuentra en las circunstancias críticas de la época y en el mismo
-natural de este hombre ilustre. Los gravísimos síntomas que se
-observaban en España de que el luteranismo estaba haciendo prosélitos;
-los esfuerzos de los protestantes para introducir en ella sus libros
-y emisarios, y la experiencia de lo que estaba sucediendo en otros
-países, y, en particular, en el fronterizo reino de Francia, tenía
-tan alarmados los ánimos y los traía tan asustadizos y suspicaces,
-que el menor indicio de error, sobre todo en personas constituídas en
-dignidad, ó señaladas por su sabiduría, causaba inquietud y sobresalto.
-Conocido es el ruidoso negocio de Arias Montano sobre la Poliglota de
-Amberes, como y también los padecimientos del insigne fray Luis de León
-y de otros hombres ilustres de aquellos tiempos. Para llevar las cosas
-al extremo, mezclábase en esto la situación política de España con
-respecto al extranjero; pues que, teniendo la monarquía española tantos
-enemigos y rivales, temíase con fundamento que éstos se valdrían de
-la herejía para introducir en nuestra patria la discordia religiosa,
-y, por consiguiente, la guerra civil. Esto hacía naturalmente que
-Felipe II se mostrase desconfiado y suspicaz, y que, combinándose en su
-espíritu el odio á la herejía y el deseo de la propia conservación, se
-manifestase severo é inexorable con todo lo que pudiese alterar en sus
-dominios la pureza de la fe católica.
-
-Por otra parte, menester es confesar que el natural de Carranza no era
-el más á propósito para vivir en tiempos tan críticos sin dar algún
-grave tropiezo. Al leer sus _Comentarios sobre el Catecismo_, conócese
-que era hombre de entendimiento muy despejado, de erudición vasta, de
-ciencia profunda, de un carácter severo y de un corazón generoso y
-franco. Lo que piensa lo dice con pocos rodeos, sin pararse mucho en el
-desagrado que en estas ó aquellas personas podían excitar sus palabras.
-Donde cree descubrir un abuso, lo señala con el dedo y le condena
-abiertamente, de suerte que no son pocos los puntos de semejanza que
-tiene con su supuesto antagonista Melchor Cano. En el proceso se le
-hicieron cargos, no sólo por lo que resultaba de sus escritos, sino
-también por algunos sermones y conversaciones. No sé hasta qué punto
-pudiera haberse excedido; pero desde luego no tengo reparo en afirmar
-que quien escribía con el tono que él lo hace, debía expresarse de
-palabra con mucha fuerza, y quizás con demasiada osadía.
-
-Además, es necesario también añadir, en obsequio de la verdad, que en
-sus _Comentarios sobre el Catecismo_, tratando de la justificación,
-no se explica con aquella claridad y limpieza que era de desear, y
-que reclamaban las calamitosas circunstancias de aquella época. Los
-versados en estas materias saben cuán delicados son ciertos puntos,
-que cabalmente eran entonces el objeto de los errores de Alemania; y
-fácilmente se concibe cuánto debían de llamar la atención las palabras
-de un hombre como Carranza, por poca ambigüedad que ofreciesen. Lo
-cierto es que en Roma no salió absuelto de los cargos, que se le obligó
-á abjurar una serie de proposiciones, de las cuales se le consideró
-sospechoso, y que se le impusieron por ello algunas penitencias.
-Carranza en el lecho de la muerte protestó de su inocencia, pero tuvo
-el cuidado de declarar que no por esto tenía por injusta la sentencia
-del Papa. Esto explica el enigma; pues no siempre la inocencia del
-corazón anda acompañada de la prudencia en los labios.
-
-Heme detenido algún tanto en esta causa célebre, porque se brinda
-á consideraciones que hacen sentir el espíritu de aquella época;
-consideraciones que sirven, además, para restablecer en su puesto la
-verdad, y para que no se explique todo por la miserable clave de la
-perversidad de de los hombres. Desgraciadamente hay una tendencia á
-explicarlo todo así, y por cierto que no es escaso el fundamento que
-muchas veces dan los hombres para ello; pero, mientras no haya una
-evidente necesidad de hacerlo, deberíamos abstenernos de acriminar. El
-cuadro de la historia de la humanidad es de suyo demasiado sombrío,
-para que podamos tener gusto en obscurecerle, echándole nuevas manchas;
-y es menester pensar que á veces acusamos de crimen lo que no fué más
-que ignorancia. El hombre está inclinado al mal, pero no está menos
-sujeto al error; y el error no siempre es culpable.
-
-Yo creo que pueden darse las gracias á los protestantes del rigor y
-de la suspicacia que desplegó en aquellos tiempos la Inquisición de
-España. Los protestantes promovieron una revolución religiosa; y es una
-ley constante que toda revolución, ó destruye el poder atacado, ó le
-hace más severo y duro. Lo que antes se hubiera juzgado indiferente,
-se considera como sospechoso, y lo que en otras circunstancias sólo se
-hubiera tenido por una falta, es mirado entonces como un crimen. Se
-está con un temor continuo de que la libertad se convierta en licencia;
-y como las revoluciones destruyen, invocando la reforma, quien se
-atreva á hablar de ella corre peligro de ser culpado de perturbador. La
-misma prudencia en la conducta será tildada de precaución hipócrita;
-un lenguaje franco y sincero, calificado de insolencia y de sugestión
-peligrosa; la reserva lo será de mañosa reticencia; y hasta el mismo
-silencio será tenido por significativo, por disimulo alarmante. En
-nuestros tiempos hemos presenciado tantas cosas, que estamos en
-excelente posición para comprender fácilmente todas las fases de la
-historia de la humanidad.
-
-Es un hecho indudable la reacción que produjo en España el
-Protestantismo: sus errores y excesos hicieron que, así el poder
-eclesiástico como el civil, concediesen en todo lo tocante á religión
-mucha menor latitud de la que antes se permitía. La España se preservó
-de las doctrinas protestantes, cuando todas las probabilidades
-estaban indicando que al fin se nos llegarían á comunicar de un modo
-ú otro: y claro es que este resultado no pudo obtenerse sin esfuerzos
-extraordinarios. Era aquello una plaza sitiada, con un poderoso enemigo
-á la vista, donde los jefes andan vigilantes de continuo, en guarda
-contra los ataques de afuera y en vela contra las traiciones de adentro.
-
-En confirmación de estas observaciones aduciré un ejemplo, que servirá
-por muchos otros: quiero hablar de lo que sucedió con respecto á las
-Biblias en lengua vulgar, pues que esto nos dará una idea de lo que
-anduvo sucediendo en lo demás, por el mismo curso natural de las
-cosas. Cabalmente tengo á la mano un testimonio tan respetable como
-interesante: el mismo Carranza, de quien acabo de hablar. Oigamos
-lo que dice en el prólogo que precede á sus _Comentarios sobre el
-Catecismo Cristiano_. «Antes que las herejías de Lutero saliesen del
-infierno á esta luz del mundo, no sé yo que estuviese vedada la Sagrada
-Escritura en lenguas vulgares entre ningunas gentes. En España, había
-Biblias trasladadas en vulgar por mandato de reyes católicos, en
-tiempo que se consentían vivir entre cristianos los moros y judíos en
-sus leyes. Después que los judíos fueron echados de España, hallaron
-los jueces de la religión que algunos de los que se convirtieron á
-nuestra santa fe, instruían á sus hijos en el judaísmo, enseñándoles
-las ceremonias de la ley de Moisés, por aquellas Biblias vulgares; las
-cuales ellos imprimieron después en Italia, en la ciudad de Ferrara.
-Por esta causa tan justa se vedaron las Biblias vulgares en España;
-pero siempre se tuvo miramiento á los colegios y monasterios, y á las
-personas nobles que estaban fuera de sospecha, y se les daba licencia
-que las tuviesen y leyesen.» Continúa Carranza haciendo en pocas
-palabras la historia de estas prohibiciones en Alemania, Francia y
-otras partes, y después prosigue: «En España, que estaba y está limpia
-de la cizaña, por merced y gracia de Nuestro Señor, proveyeron en
-vedar generalmente todas las traslaciones vulgares de la Escritura,
-por quitar la ocasión á los extranjeros de tratar de sus diferencias
-con personas simples y sin letras. _Y también porque tenían y tienen
-experiencia de casos particulares y errores que comenzaban á nacer
-en España, y hallaban que la raíz era haber leído algunas partes de
-la Escritura sin las entender._ Esto que he dicho aquí es historia
-verdadera de lo que ha pasado. Y por este fundamento se ha prohibido la
-Biblia en lengua vulgar.»
-
-Este curioso pasaje de Carranza nos explica en pocas palabras el
-curso que anduvieron siguiendo las cosas. Primero no existe ninguna
-prohibición, pero el abuso de los judíos la provoca; bien que
-dejándose, como se ve por el mismo texto, alguna latitud. Vienen en
-seguida los protestantes, perturban la Europa con sus Biblias, amenaza
-el peligro de introducirse los nuevos errores en España, se descubre
-que algunos extraviados lo han sido por mala inteligencia de algún
-pasaje de la Biblia, lo que obliga á quitar esta arma á los extranjeros
-que intentasen seducir á las personas sencillas, y así la prohibición
-se hace general y rigurosa.
-
-Volviendo á Felipe II, no conviene perder de vista que este monarca
-fué uno de los más firmes defensores de la Iglesia católica, que fué
-la personificación de la política de los siglos fieles en medio del
-vértigo que á impulsos del Protestantismo se había apoderado de la
-política europea. Á él se debió en gran parte que al través de tantos
-trastornos pudiese la Iglesia contar con la poderosa protección de los
-príncipes de la tierra. La época de Felipe II fué crítica y decisiva
-en Europa; y, si bien es verdad que no fué afortunado en Flandes,
-también lo es que su poder y su habilidad formaron un contrapeso á la
-política protestante, á la que no permitió señorearse de Europa como
-ella hubiera deseado. Aun cuando supusiéramos que entonces no se hizo
-más que ganar tiempo, quebrantándose el primer ímpetu de la política
-protestante, no fué poco beneficio para la religión católica, por
-tantos lados combatida. ¿Qué hubiera sido de la Europa, si en España
-se hubiese introducido el Protestantismo como en Francia, si los
-hugonotes hubiesen podido contar con el apoyo de la Península? Y si el
-poder de Felipe II no hubiese infundido respeto, ¿qué no hubiera podido
-suceder en Italia? Los sectarios de Alemania ¿no hubieran alcanzado
-á introducir allí sus doctrinas? Posible fuera, y en esto abrigo la
-seguridad de obtener el asentimiento de todos los hombres que conocen
-la historia; posible fuera que, si Felipe II hubiese abandonado su
-tan acriminada política, la religión católica se hubiese encontrado,
-al entrar en el siglo XVII, en la dura necesidad de vivir, no más que
-como tolerada, en la generalidad de los reinos de Europa. Y lo que vale
-esta tolerancia, cuando se trata de la Iglesia católica, nos lo dice
-siglos ha la Inglaterra, nos lo dice en la actualidad la Prusia, y,
-finalmente, la Rusia, de un modo todavía más doloroso.
-
-Es menester mirar á Felipe II desde este punto de vista; y fuerza es
-convenir que, considerado así, es un gran personaje histórico, de los
-que han dejado un sello más profundo en la política de los siglos
-siguientes, y que más influjo han tenido en señalar una dirección al
-curso de los acontecimientos.
-
-Aquellos españoles que anatematizan al fundador del Escorial, menester
-es que hayan olvidado nuestra historia, ó que al menos la tengan en
-poco. Vosotros arrojáis sobre la frente de Felipe II la mancha de
-odioso tirano, sin reparar que, disputándole su gloria, ó trocándola en
-ignominia, destruís de una plumada toda la nuestra, y hasta arrojáis
-en el fango la diadema que orló las sienes de Fernando y de Isabel.
-Si no podéis perdonar á Felipe II el que sostuviese la Inquisición,
-si por esta sola causa no podéis legar á la posteridad su nombre sino
-cargado de execraciones, haced lo mismo con el de su ilustre padre
-Carlos V, y llegando á Isabel de Castilla escribid también en la lista
-de los tiranos, de los azotes de la humanidad, el nombre que acataron
-ambos mundos, el emblema de la gloria y pujanza de la monarquía
-española. Todos participaron en el hecho que tanto levanta vuestra
-indignación; no anatematicéis, pues, al uno, perdonando á los otros con
-una indulgencia hipócrita; indulgencia que no empleáis por otra causa,
-sino porque el sentimiento de nacionalidad que late en vuestros pechos
-os obliga á ser parciales, inconsecuentes, para no veros precisados
-á borrar de un golpe las glorias de España, á marchitar todos sus
-laureles, á renegar de vuestra patria. Ya que desgraciadamente nada
-nos queda sino grandes recuerdos, no los despreciemos; que estos
-recuerdos en una nación son como en una familia caída los títulos de
-su antigua nobleza: elevan el espíritu, fortifican en la adversidad,
-y, alimentando en el corazón la esperanza, sirven á preparar un nuevo
-porvenir.
-
-El inmediato resultado de la introducción del Protestantismo en España
-habría sido, como en los demás países, la guerra civil. Ésta nos
-fuera á nosotros más fatal por hallarnos en circunstancias mucho más
-críticas. La unidad de la monarquía española no hubiera podido resistir
-á las turbulencias y sacudimientos de una disensión intestina; porque
-sus partes eran tan heterogéneas, y estaban, por decirlo así, tan
-mal pegadas, que el menor golpe hubiera deshecho la soldadura. Las
-leyes y las costumbres de los reinos de Navarra y de Aragón eran muy
-diferentes de las de Castilla; un vivo sentimiento de independencia,
-nutrido por las frecuentes reuniones de sus Cortes, se abrigaba en
-sus pueblos indómitos; y sin duda que hubieran aprovechado la primera
-ocasión de sacudir un yugo que no les era lisonjero. Con esto, y las
-facciones que hubieran desgarrado las entrañas de todas las provincias,
-se habría fraccionado miserablemente la monarquía, cabalmente cuando
-debía hacer frente á tan multiplicadas atenciones en Europa, en África
-y en América. Los moros estaban aún á nuestra vista, los judíos no
-se habían olvidado de España; y por cierto que unos y otros hubieran
-aprovechado la coyuntura, para medrar de nuevo á favor de nuestras
-discordias. Quizás estuvo pendiente de la política de Felipe II, no
-sólo la tranquilidad, sino también la existencia de la monarquía
-española. Ahora se le acusa de tirano; en el caso contrario, se le
-hubiera acusado de incapaz é imbécil.
-
-Una de las mayores injusticias de los enemigos de la religión, al
-atacar á los que la han sostenido, es el suponerlos de mala fe; el
-acusarlos de llevar en todo segundas intenciones, miras tortuosas é
-interesadas. Cuando se habla, por ejemplo, del maquiavelismo de Felipe
-II, se supone que la Inquisición, aun cuando en la apariencia tenía
-un objeto puramente religioso, no era más en realidad que un dócil
-instrumento político, puesto en las manos del astuto monarca. Nada más
-especioso para los que piensan que estudiar la historia es ofrecer esas
-observaciones picantes y maliciosas, pero nada más falso en presencia
-de los hechos.
-
-Viendo en la Inquisición un tribunal extraordinario, no han podido
-concebir algunos cómo era posible su existencia sin suponer en el
-monarca que le sostenía y fomentaba, razones de Estado muy profundas,
-miras que alcanzaban mucho más allá de lo que se descubre en la
-superficie de las cosas. No se ha querido ver que cada época tiene
-su espíritu, su modo particular de mirar los objetos, y su sistema
-de acción, sea para procurarse bienes, sea para evitarse males. En
-aquellos tiempos, en que por todos los reinos de Europa se apelaba
-al hierro y al fuego en las cuestiones religiosas, en que así los
-protestantes como los católicos quemaban á sus adversarios, en que la
-Inglaterra, la Francia, la Alemania estaban presenciando las escenas
-más crueles, se encontraba tan natural, tan en el orden regular la
-quema de un hereje, que en nada chocaba con las ideas comunes. Á
-nosotros se nos erizan los cabellos á la sola idea de quemar á un
-hombre vivo. Hallándonos en una sociedad donde el sentimiento religioso
-se ha amortiguado en tal manera, y acostumbrados á vivir entre hombres
-que tienen religión diferente de la nuestra, y á veces ninguna, no
-alcanzamos á concebir que pasaba entonces como un suceso muy ordinario
-el ser conducidos al patíbulo esta clase de hombres. Léanse, empero,
-los escritores de aquellos tiempos; y se notará la inmensa diferencia
-que va de nuestras costumbres á los suyas; se observará que nuestro
-lenguaje templado y tolerante hubiera sido para ellos incomprensible.
-¿Qué más? El mismo Carranza, que tanto sufrió de la Inquisición,
-¿piensan quizás algunos cómo opinaba sobre estas materias? En su citada
-obra, siempre que se ofrece la oportunidad de tocar este punto, emite
-las mismas ideas de su tiempo, sin detenerse siquiera en probarlas,
-dándolas como cosa fuera de duda. Cuando en Inglaterra se encontraba al
-lado de la reina María, sin ningún reparo ponía también en planta sus
-doctrinas sobre el rigor con que debían ser tratados los herejes; y á
-buen seguro que lo hacía sin sospechar, en su intolerancia, que tanto
-había de servir su nombre para atacar esa misma intolerancia.
-
-Los reyes y los pueblos, los eclesiásticos y los seglares, todos
-estaban acordes en este punto. ¿Qué se diría ahora de un rey que con
-sus manos aproximase la leña para quemar á un hereje, que impusiese
-la pena de horadar la lengua á los blasfemos con un hierro? Pues lo
-primero se cuenta de San Fernando, y lo segundo lo hacía San Luis.
-Aspavientos hacemos ahora, cuando vemos á Felipe II asistir á un auto
-de fe; pero, si consideramos que la corte, los grandes, lo más escogido
-de la sociedad, rodeaban en semejante caso al rey, veremos que, si esto
-á nosotros nos parece horroroso, insoportable, no lo era para aquellos
-hombres, que tenían ideas y sentimientos muy diferentes. No se diga que
-la voluntad del monarca lo prescribía así, y que era fuerza obedecer;
-no, no era la voluntad del monarca lo que obraba, era el espíritu de
-la época. No hay monarca tan poderoso que pueda celebrar una ceremonia
-semejante, si estuviere en contradicción con el espíritu de su tiempo;
-no hay monarca tan insensible que no esté él propio afectado del siglo
-en que reina. Suponed el más poderoso, el más absoluto de nuestros
-tiempos: Napoleón en su apogeo, el actual emperador de Rusia, y ved si
-alcanzar podría su voluntad á violentar hasta tal punto las costumbres
-de su siglo.
-
-Á los que afirman que la Inquisición era un instrumento de Felipe II,
-se les puede salir al encuentro con una anécdota, que por cierto no
-es muy á propósito para confirmarnos en esta opinión. No quiero dejar
-de referirla aquí, pues que, á más de ser muy curiosa é interesante,
-retrata las ideas y costumbres de aquellos tiempos. Reinando en Madrid
-Felipe II, cierto orador dijo en un sermón, en presencia del rey, que
-_los reyes tenían poder absoluto sobre las personas de los vasallos y
-sobre sus bienes_. No era la proposición para desagradar á un monarca,
-dado que el buen predicador le libraba, de un tajo, de todas las
-trabas en el ejercicio de su poder. Á lo que parece, no estaría todo
-el mundo en España tan encorvado bajo la influencia de las doctrinas
-despóticas como se ha querido suponer, pues que no faltó quien delatase
-á la Inquisición las palabras con que el predicador había tratado de
-lisonjear la arbitrariedad de los reyes. Por cierto que el orador no
-se había guarecido bajo un techo débil; y así es que los lectores
-darán por supuesto que, rozándose la denuncia con el poder de Felipe
-II, trataría la Inquisición de no hacer de ella ningún mérito. No fué
-así, sin embargo: la Inquisición instruyó su expediente, encontró la
-proposición contraria á las sanas doctrinas, y el pobre predicador,
-que no esperaría tal recompensa, á más de varias penitencias que se
-le impusieron, fué condenado á retractarse públicamente, en el mismo
-lugar, con todas las ceremonias del auto jurídico, con la particular
-circunstancia de leer en un papel, conforme se le había ordenado, las
-siguientes notabilísimas palabras: «_Porque, señores, los reyes no
-tienen más poder sobre sus vasallos, del que les permite el derecho
-divino y humano: y no por su libre y absoluta voluntad_.» Así lo
-refiere D. Antonio Pérez, como se puede ver en el pasaje que se inserta
-por entero en la nota correspondiente á este capítulo. Sabido es que D.
-Antonio Pérez no era apasionado de la Inquisición.
-
-Este suceso se verificó en aquellos tiempos que algunos no nombran
-jamás, sin acompañarles el título de _obscurantismo_, de _tiranía_, de
-_superstición_; yo dudo, sin embargo, que en los más cercanos, y en que
-se dice que comenzó á lucir para España la aurora de la ilustración
-y de la libertad, por ejemplo, de Carlos III, se hubiese llevado
-á término una condenación pública, solemne, del despotismo. Esta
-condenación era tan honrosa al tribunal que la mandaba, como al monarca
-que la consentía.
-
-Por lo que toca á la ilustración, también es una calumnia lo que se
-dice, que hubo el plan de establecer y perpetuar la ignorancia. No lo
-indica así, por cierto, la conducta de Felipe II, cuando, á más de
-favorecer la grande empresa de la Poliglota de Amberes, recomendaba
-á Arias Montano que las sumas que se fuesen recobrando del impresor
-Platino, á quien para dicha empresa había suministrado el monarca una
-crecida cantidad, se emplease en la compra de libros _exquisitos, así
-de impresos como de mano_, para ponerlos en la librería del monasterio
-del Escorial, que entonces se estaba edificando; habiendo hecho también
-el encargo, como dice el rey en la carta á Arias Montano, á _D. Francés
-de Alaba, su embajador en Francia, que procurase de haber los mejores
-libros que pudiere en aquel reino_.
-
-No, la historia de España, desde el punto de vista de la intolerancia
-religiosa, no es tan negra como se ha querido suponer. Á los
-extranjeros, cuando nos echan en cara la crueldad, podemos responderles
-que, mientras la Europa estaba regada de sangre por las guerras
-religiosas, en España se conservaba la paz; y por lo que toca al número
-de los que perecieron en los patíbulos, ó murieron en el destierro,
-podemos desafiar á las dos naciones que se pretenden á la cabeza de la
-civilización, la Francia y la Inglaterra, á que muestren su estadística
-de aquellos tiempos sobre el mismo asunto, y la comparen con la
-nuestra. Nada tememos de semejante cotejo.
-
-Á medida que anduvo menguando el peligro de introducirse en España el
-Protestantismo, el rigor de la Inquisición se disminuyó también; y,
-además, podemos observar que suavizaba sus procedimientos, siguiendo
-el espíritu de la legislación criminal en los otros países de Europa.
-Así vemos que los autos de fe van siendo más raros, según los tiempos
-van aproximándose á los nuestros; de suerte que, á fines del siglo
-pasado, sólo era la Inquisición una sombra de lo que había sido. No es
-necesario insistir sobre un punto que nadie ignora, y en que están de
-acuerdo hasta los más acalorados enemigos de dicho tribunal: en esto
-encontramos la prueba más convincente de que se ha de buscar en las
-ideas y costumbres de la época lo que se ha pretendido hallar en la
-crueldad, en la malicia, ó en la ambición de los hombres. Si llegasen
-á surtir efecto las doctrinas de los que abogan por la abolición de la
-pena de muerte, cuando la posteridad leería las ejecuciones de nuestros
-tiempos, se horrorizaría del propio modo que nosotros con respecto á
-los anteriores. La horca, el garrote vil, la guillotina, figurarían en
-la misma línea que los antiguos quemaderos.[10]
-
-
-
-
-NOTAS
-
-
- [1] Pág. 45--Recio se hace de creer el extravío de los
- antiguos sobre el respeto debido al hombre; inconcebible
- parece que llegasen á tener en nada la vida del individuo
- que no podía servir en algo á la sociedad; y, sin embargo,
- nada hay más cierto. Lamentable fuera que esta ó aquella
- ciudad hubiesen dictado una ley bárbara, ó, por una ú otra
- causa, llegase á introducirse en ellas una costumbre atroz;
- no obstante, mientras la filosofía hubiese protestado contra
- tamaños atentados, la razón humana se habría conservado sin
- mancilla, y no se la pudiera achacar con justicia que tomase
- parte en las nefandas obras del aborto y del infanticidio.
- Pero cuando encontramos defendido y enseñado el crimen por
- los filósofos más graves de la antigüedad, cuando le vemos
- triunfante en el pensamiento de sus hombres más ilustres,
- cuando los oímos prescribiendo esas atrocidades con una calma
- y serenidad espantosa, el espíritu desfallece, la sangre se
- hiela en el corazón; quisiera uno taparse los ojos para no
- ver humillada á tanta ignominia, á tanto embrutecimiento,
- la filosofía, la razón humana. Oigamos á Platón en su
- _República_, en aquel libro donde se proponía reunir las
- teorías que eran en su juicio las más brillantes, y al propio
- tiempo las más conducentes para el bello ideal de la sociedad
- humana. «Menester es, dice uno de los interlocutores del
- diálogo, menester es, según nuestros principios, procurar que
- entre los hombres y las mujeres de mejor raza, sean frecuentes
- las relaciones de los sexos; y al contrario, muy raras entre
- los de menos valer. Además, es necesario criar los hijos de
- los primeros, _más no de los segundos_, si se quiere tener un
- rebaño escogido. En fin, es necesario que sólo los magistrados
- tengan noticia de estas medidas, para evitar en cuanto sea
- posible la discordia en el rebaño.» «_Muy bien_», responde
- otro de los interlocutores. (Platón, _Repúb._, L. 5.)
-
- He aquí reducida la especie humana á la simple condición de
- los brutos; el filósofo hace muy bien en valerse de la palabra
- _rebaño_, bien que hay la diferencia de que los magistrados
- imbuídos en semejantes doctrinas, debían resultar más duros
- con sus súbditos que no lo fuera un pastor con su ganado. No,
- el pastor que entre los corderillos recién nacidos encuentra
- alguno débil y estropeado, no le mata, no le deja perecer de
- hambre; le lleva en brazos junto á la oveja, que le sustentará
- con su leche, y le acaricia blandamente para acallar sus
- tiernos balidos.
-
- Pero ¿serán quizás las expresiones citadas, una palabra
- escapada al filósofo en un momento de distracción? El
- pensamiento que revelan, ¿no podrá mirarse como una de
- aquellas inspiraciones siniestras, que se deslizan un
- instante en el espíritu del hombre, pasando sin dejar rastro,
- como serpea rápido un pavoroso reptil por la amenidad de
- una pradera? Así lo deseáramos para la gloria de Platón;
- pero, desgraciadamente, él propio nos quita todo medio de
- vindicarle, pues que insiste sobre lo mismo tantas veces, y
- con tan sistemática frialdad. «En cuanto á los hijos, repite
- más abajo, de los ciudadanos de inferior calidad, y aun por
- lo tocante á los de los otros, si hubiesen nacido deformes,
- los magistrados los _ocultarán_ como conviene, en algún
- lugar secreto, que _será prohibido revelar_.» Y uno de los
- interlocutores responde: «Sí, sí, queremos conservar en su
- pureza la raza de los guerreros.»
-
- La voz de la naturaleza protestaba en el corazón del filósofo
- contra su horrible doctrina; presentábanse á su imaginación
- las madres reclamando sus hijos recién nacidos, y por esto
- encarga el secreto, prescribe que sólo los magistrados tengan
- noticia del lugar fatal, para evitar la discordia en la
- ciudad. Así los convierte en asesinos alevosos, que matan, y
- ocultan desde luego su víctima bajo las entrañas de la tierra.
-
- Continúa Platón prescribiendo varias reglas en orden á las
- relaciones de los sexos, y, hablando del caso en que el hombre
- y la mujer han llegado á una edad algo avanzada, nos ofrece el
- siguiente escandaloso pasaje «Cuando uno y otro sexo, dice el
- filósofo, hayan pasado de la edad de tener hijos, dejaremos
- á los hombres la libertad de continuar con las mujeres las
- relaciones que quieran, exceptuando sus hijas, madres,
- nietas y abuelas; y á las mujeres les dejaremos la misma
- libertad con respecto á los hombres y, les recomendaremos muy
- particularmente que tomen todas las precauciones para que no
- nazca de tal comercio ningún fruto; y que si á pesar de sus
- precauciones nace alguno, que lo expongan: pues que el Estado
- no se encarga de mantenerle.» Platón estaba, á lo que parece,
- muy satisfecho de su doctrina, pues que en el mismo libro
- donde escribía lo que acabamos de ver, dice aquella sentencia
- que se ha hecho tan famosa: que los males de los Estados no
- se remediarán jamás, ni serán bien gobernadas las sociedades
- hasta que los filósofos lleguen á ser reyes, ó los reyes se
- hagan filósofos. Dios nos preserve de ver sobre el trono una
- filosofía como la suya; por lo demás, su deseo del _reino
- de la filosofía_ se ha realizado en los tiempos modernos; y
- más que el reino todavía, la divinización, hasta llegar á
- tributarle en un templo público los homenajes de la divinidad.
- No creo, sin embargo, que sean muchos los que echen de menos
- los aciagos días del _Culto de la Razón_.
-
- La horrible enseñanza que acabamos de leer en Platón, se
- transmitía fielmente á las escuelas venideras. Aristóteles,
- que en tantos puntos se tomó la libertad de apartarse de
- las doctrinas de su maestro, no pensó en corregirlas por lo
- tocante al aborto y al infanticidio. En su _Política_ enseña
- los mismos crímenes, y con la misma serenidad que Platón.
- «Para evitar, dice, que se alimenten las criaturas débiles ó
- mancas, la ley ha de prescribir que se las exponga, _ó se las
- quite de en medio_. En el caso que esto se hallare prohibido
- por las leyes y costumbres de algunos pueblos, entonces es
- necesario señalar á punto fijo el número de los hijos que se
- puedan procrear; y, si aconteciere que algunos tuvieren más
- del número prescrito, se ha de procurar el aborto antes que
- el feto haya adquirido los sentidos y la vida.» (Aristót.,
- _Polít._, L. 7, c. 16.)
-
- Véase, pues, con cuánta razón he dicho que entre los antiguos,
- el hombre, como hombre, no era tenido en nada; que la sociedad
- le absorbía todo entero, que se arrogaba sobre él derechos
- injustos, que le miraba como un instrumento de que se valía si
- era útil, y que, en no siéndolo, se consideraba facultada para
- quebrantarle.
-
- En los escritos de los antiguos filósofos se nota que hacen
- de la sociedad una especie de todo, al cual pertenecen los
- individuos, como á una masa de hierro los átomos que la
- componen. No puede negarse que la unidad es un gran bien de
- las sociedades, y que hasta cierto punto es una verdadera
- necesidad; pero esos filósofos se imaginan cierta unidad á la
- que debe todo sacrificarse, sin consideraciones de ninguna
- clase á la esfera individual, sin atender á que el objeto de
- la sociedad es el bien y la dicha de las familias y de los
- individuos que la componen. Esta unidad es el bien principal,
- según ellos; nada puede comparársele; y la ruptura de ella es
- el mal mayor que pueda acontecer, y que conviene evitar por
- todos los medios imaginables. «El mayor mal de un Estado, dice
- Platón, ¿no es lo que le divide, y de _uno hace muchos_? Y su
- mayor bien, ¿no es lo que liga todas partes, y le hace _uno_?»
- Apoyado en este principio, continúa desenvolviendo su teoría,
- y, tomando las familias y los individuos, los amasa, por
- decirlo así, para que den un todo compacto, _uno_. Por esto,
- á mas de la comunidad de educación y de vida, quiere también
- la de mujeres y de hijos: considera como un mal el que haya
- goces ni sufrimientos personales; todo lo exige común, social.
- No permite que los individuos vivan, ni piensen, ni sientan,
- ni obren, sino como partes del gran todo. Léase con reflexión
- su _República_, y en particular el libro V, y se echará de ver
- que éste es el pensamiento dominante en el sistema de aquel
- filósofo.
-
- Oigamos sobre lo mismo á Aristóteles. «Cuando el fin de
- la sociedad es _uno_, claro es que la educación de todos
- sus miembros debe ser necesariamente _una, y la misma_. La
- educación debería ser pública, no privada; como acontece
- ahora, que cada cual cuida de sus hijos, y les enseña lo
- que más le agrada. Cada ciudadano es una _partícula_ de la
- sociedad, y el cuidado de una partícula debe naturalmente
- enderezarse á lo que demanda el todo.» (Arist., _Polít._, L.
- 8, c. 1.)
-
- Para darnos á comprender cómo entiende esta educación común,
- concluye haciendo honorífica mención de la que se daba en
- Lacedemonia, que, como es bien sabido, consistía en ahogar
- todos los sentimientos, excepto el de un patriotismo feroz,
- cuyos rasgos todavía nos estremecen.
-
- No: en nuestras ideas y costumbres no cabe el considerar de
- esta suerte la sociedad. Los individuos están ligados á ella,
- forman parte de ella, pero sin que pierdan su esfera propia,
- ni la esfera de sus familias; y disfrutan de un vasto campo
- donde pueden ejercer su acción, sin que se encuentren con el
- coloso de la sociedad. El patriotismo existe aún; pero no es
- una pasión ciega, instintiva, que lleva al sacrificio como una
- víctima con los ojos vendados; sino un sentimiento racional,
- noble, elevado, que forma héroes como los de Lepanto y Bailén,
- que convierte en leones ciudadanos pacíficos, como en Gerona y
- Zaragoza, que levanta cual chispa eléctrica un pueblo entero,
- y desprevenido é inerme le hace buscar la muerte en las bocas
- de fuego de un ejército numeroso y aguerrido, como Madrid en
- pos del sublime _¡Muramos!..._ de Daoiz y de Velarde.
-
- He insinuado también en el texto que entre los antiguos se
- creía con derecho la sociedad para entrometerse en todos los
- negocios del individuo; y aun puede añadirse que las cosas
- se llevaban hasta un extremo que rayaba en ridículo. ¿Quién
- dijera que la ley había de entrometerse en los alimentos que
- hubiese de tomar una mujer en cinta, ni en prescribirle el
- ejercicio que le convenía hacer? «Conviene, dice gravemente
- Aristóteles, que las mujeres embarazadas cuiden bien de
- su cuerpo, y que no sean desidiosas en demasía, ni tomen
- alimentos sobrado tenues y sutiles. Y esto _lo conseguirá
- fácilmente el legislador, ordenándoles y mandándoles_
- que hagan todos los días un paseo para honrar y venerar
- aquellos dioses á quienes les cupo en suerte el presidir la
- generación.» (_Polít._, L. 7, c. 16.)
-
- La acción de la ley se extendía á todo; y en algunas partes
- no podía escaparse de su severidad ni el mismo llanto de los
- niños. «No hacen bien, dice Aristóteles, los que por _medio
- de las leyes prohiben á los niños el gritar y llorar_: los
- gritos y el llanto les sirven á los niños de ejercicio, y
- contribuyen á que crezcan. Esfuerzo natural que desahoga,
- y comunica vigor á los que se encuentran en angustia.»
- (_Polít._, Lib. 7, cap. 17.)
-
- Estas doctrinas de los antiguos, ese modo de considerar las
- relaciones del individuo con la sociedad, explican muy bien
- por qué se miraban entre ellos como cosa muy natural las
- castas y la esclavitud. ¿Qué extrañeza nos ha de causar el
- ver razas enteras privadas de la libertad, ó tenidas por
- incapaces de alternar con otras pretendidas superiores, cuando
- vemos condenadas á la muerte generaciones de inocentes, sin
- que los concienzudos filósofos dejen traslucir siquiera el
- menor escrúpulo sobre la legitimidad de un acto tan inhumano?
- Y no es esto decir que ellos, á su modo, no buscasen también
- la dicha como fin de la sociedad, sino que tenían ideas
- monstruosas sobre los medios de alcanzarla.
-
- Entre nosotros es tenida también en mucho la conservación
- de la unidad social; también consideramos al individuo como
- parte de la sociedad, y que en ciertos casos debe sacrificarse
- al bien público; pero miramos al mismo tiempo como sagrada
- su vida, por inútil, por miserable, por débil que él sea;
- y contamos entre los homicidios el matar un niño que acaba
- de ver la luz, ó que no la ha visto aún, del mismo modo que
- el asesinato de un hombre en la flor de sus años. Además,
- consideramos que los individuos y las familias tienen derechos
- que la sociedad debe respetar, secretos en que ésta no se
- puede entrometer; y cuando se les exigen sacrificios costosos,
- sabemos que han de ser previamente justificados por una
- verdadera necesidad. Sobre todo, pensamos que la justicia,
- la moral, deben reinar en las obras de la sociedad como en
- las del individuo; y así como rechazamos con respecto á éste
- el principio de la _utilidad privada_, así no le admitimos
- tampoco con relación á aquélla. La máxima de que _la salud
- del pueblo es la suprema ley_, no la consentimos sino con las
- debidas restricciones y condiciones; sin que por esto sufran
- perjuicio los verdaderos intereses de la sociedad. Cuando
- estos intereses son bien entendidos, no están en pugna con la
- sana moral; y, si pasajeras circunstancias crean á veces esa
- pugna, no es más que aparente; porque, reducida como está á
- pocos momentos, y limitada á pequeño círculo, no impide que
- al fin resulten en harmonía, y no se compense con usura el
- sacrificio que se haga de la utilidad, en las aras de los
- eternos principios de la moral.
-
- [2] Pág. 66.--El lector me dispensará fácilmente de entrar en
- pormenores sobre la situación abyecta y vergonzosa de la mujer
- entre los antiguos, y aun entre los modernos, allí donde no
- reina el Cristianismo; pues que las severas leyes del pudor
- salen á cada paso á detener la pluma, cuando quiere presentar
- algunos rasgos característicos. Basta decir que el trastorno
- de las ideas era tan extraordinario, que aun los hombres más
- señalados por su gravedad y mesura deliraban sobre este punto
- de una manera increíble. Dejemos aparte cien y cien ejemplos
- que se podrían recordar; pero ¿quién ignora el escandaloso
- parecer del sabio Solón sobre prestar las mujeres para mejorar
- la raza? ¿Quién no se ha ruborizado al leer lo que dice el
- _divino_ Platón, en su _República_, sobre la conveniencia y el
- modo de tomar parte las mujeres en los juegos públicos? Pero
- echemos un velo sobre estos recuerdos tan vergonzosos á la
- sabiduría humana, que así desconocía los primeros elementos de
- la moral y las más sentidas inspiraciones de la naturaleza.
- Cuando así pensaban los primeros legisladores y sabios, ¿qué
- había de suceder entre el vulgo? ¡Cuánta verdad hay en las
- palabras del sagrado texto que nos presentan á los pueblos
- fallos de la luz divina del Cristianismo como _sentados en las
- tinieblas y sombras de la muerte_!
-
- Lo más temible para la mujer, como lo más propio para
- conducirla á la degradación, es lo que mancilla el pudor;
- sin embargo, puede contribuir también á este envilecimiento
- la ilimitada potestad otorgada sobre ella al varón. En
- este particular se hallaba en posición tan dolorosa, que
- su suerte venía á ser en muchas partes la de una verdadera
- esclava. Pasemos por alto las costumbres de otros pueblos, y
- detengámonos un instante en los romanos, donde la fórmula _ubi
- tu Caius, ego Caia_, parece indicar una sujeción tan ligera,
- que se aproxima á la igualdad. Para apreciar debidamente lo
- que valía esta igualdad, basta recordar que un marido romano
- se creía facultado hasta para dar la muerte á su mujer, y
- esto no precisamente en caso de adulterio, sino por faltas
- mucho menos graves. En tiempo de Rómulo fué absuelto de este
- atentado Egnacio Mecenio, quien no había tenido otro motivo
- para cometerle, que el haber caído su mujer en la flaqueza de
- probar el vino de la bodega. Estos rasgos pintan un pueblo;
- y aun cuando concedamos toda la importancia que se quiera al
- cuidado de los romanos para que sus matronas no se diesen
- al vino, no sale muy bien parada de semejantes costumbres
- la dignidad de la mujer. Cuando Catón prescribía entre los
- parientes la afectuosa demostración de darse un ósculo, con la
- mira, según refiere Plinio, de saber si las mujeres sentían
- á vino, _an temetum olerent_, hacía por cierto ostentación
- de su severidad y de su celo, pero ultrajaba villanamente
- la reputación de las mismas mujeres cuya virtud se proponía
- conservar. Hay remedios peores que el mal.
-
- Por lo tocante al mérito de la indisolubilidad del matrimonio,
- establecida y conservada por el Catolicismo, fácil me fuera
- corroborar de mil maneras lo que llevo dicho en el texto.
- Me contentaré, sin embargo, en obsequio de la brevedad, con
- insertar un muy notable pasaje de Madama de Staël, que muestra
- cuán funestas han sido á la moral pública las doctrinas
- protestantes. Este testimonio es mucho más decisivo, no sólo
- por ser de una escritora protestante, sino también porque
- versa sobre las costumbres de un país que ella tanto estimaba
- y admiraba. «El amor es una religión de Alemania, pero una
- religión poética que tolera con demasiada facilidad todo lo
- que la sensibilidad puede excusar. No puede negarse que en
- las provincias protestantes la _facilidad del divorcio ataca
- la santidad del matrimonio_. Cámbiase tan tranquilamente de
- esposos, como si no se tratase de otra cosa que de arreglar
- los incidentes de un drama: el buen natural de los hombres y
- de las mujeres hace que estas fáciles separaciones se lleven á
- cabo sin amargura; y como en los alemanes hay más imaginación
- que verdadera pasión, los acontecimientos más extraños se
- realizan entre ellos con la mayor tranquilidad del mundo.
- Sin embargo, esto hace perder _toda la consistencia á las
- costumbres_ y al carácter; el espíritu de paradoja conmueve
- las instituciones más sagradas, y no se tienen en ninguna
- materia reglas bastante fijas.» (_De la Alemania_, por Madama
- Staël, primera parte, cap. 3.)
-
- Echase, pues, de ver que el Protestantismo, atacando la
- santidad del matrimonio, abrió una llaga profunda á las
- costumbres. Ya llevo indicado que el mal no fué tan grave como
- era de temer, á causa de que el buen sentido de los pueblos
- europeos, formado bajo la enseñanza del Catolicismo, no les
- permitió abandonarse sin mesura á las funestas doctrinas de
- la pretendida Reforma. Con mucho gusto he consignado este
- hecho, pero es necesario, por otra parte, no olvidar las
- notables confesiones de la célebre escritora: _la santidad
- del matrimonio atacada por el divorcio, el fácil y tranquilo
- cambio de esposos, la pérdida de la consistencia de las
- costumbres y carácter, el desmoronamiento de las instituciones
- más sagradas, la falta de reglas fijas en todas materias_. Si
- esto dicen los mismos protestantes, difícil será que á los
- católicos se nos pueda tachar de exageración, cuando pintamos
- los males acarreados por la Reforma.
-
- [3] Pág. 90--La filosofía anticristiana ha debido de tener
- considerable influencia en ese prurito de encontrar en los
- bárbaros el origen del ennoblecimiento de la mujer europea, y
- otros principios ó civilización. En efecto, una vez encontrado
- en los bosques de Germania el manantial de tan hermosos
- distintivos, despojábase al Cristianismo de una porción de sus
- títulos, y se repartía entre muchos la gloria que es suya,
- exclusivamente suya. No negaré que los germanos de Tácito son
- algo poéticos, pero los germanos verdaderos no es creíble
- que lo fueran mucho. Algunos pasajes citados en el texto
- robustecen sobremanera esta conjetura; pero yo no encuentro
- medio más á propósito para disipar todas las ilusiones, que
- el leer la historia de la irrupción de los bárbaros, sobre
- todo en los testigos oculares. El cuadro, lejos de resultar
- poético, se hace en extremo repugnante. Aquella interminable
- serie de pueblos desfilan, á los ojos del lector, como una
- visión espantosa en un sueño angustioso; y por cierto que la
- primera idea que se ofrece al contemplar aquel cuadro, no
- es buscar en las hordas invasoras el origen de ninguna de
- las calidades de la civilización moderna, sino la terrible
- dificultad de explicar cómo pudo desembrollarse aquel caos,
- ni cómo fué dado atinar en los medios de hacer que surgiera
- de en medio de tanta brutalidad, la civilización más hermosa
- y brillante que se vió jamás sobre la tierra. Tácito parece
- entusiasta, pero Sidonio, que no escribía á larga distancia de
- los bárbaros, que los veía, que los sufría, no participaba á
- buen seguro de semejante entusiasmo. «Me encuentro, decía, en
- medio de los pueblos de la larga cabellera, precisado á oir el
- lenguaje del germano, y aplaudir, mal que me pese, el encanto
- del borgoñón borracho, y con los cabellos engrasados de
- manteca ácida. _¡Felices vuestros ojos que no los ven; felices
- vuestros oídos que no los oyen!_» Si el espacio lo permitiese,
- sería fácil amontonar mil y mil textos, que nos mostrarían
- hasta la evidencia lo que eran los bárbaros y lo que de ellos
- podía esperarse en todos sentidos. Lo que resulta más en
- claro que la luz del día, es el designio de la Providencia de
- servirse de aquellos pueblos para destruir el imperio romano y
- cambiar la faz del mundo. Al parecer, tenían los invasores un
- sentimiento de su terrible misión. Marchan, avanzan, ni ellos
- mismos saben á dónde van; pero no ignoran que van á destruir.
- Atila se hacía llamar el _azote de Dios_, función tremenda
- que el mismo bárbaro expresó por estas otras palabras: «_La
- estrella cae, la tierra tiembla; yo soy el martillo del
- orbe._» «_Donde mi caballo pasa, la hierba no crece jamás._»
- Alarico, marchando hacia la capital del mundo, decía: «_No
- puedo detenerme: hay alguien que me impele, que me empuja
- á saquear á Roma._» Genserico hace preparar una expedición
- naval, sus hordas están á bordo, el mismo se embarca también,
- nadie sabe el punto á dónde se dirigirán las velas; el piloto
- se acerca al bárbaro, y le dice: Señor, _¿á qué pueblos
- queréis llevar la guerra?_ «_A los que han provocado la cólera
- de Dios_», responde Genserico.
-
- Si en aquella catástrofe no se hubiese hallado el Cristianismo
- en Europa, la civilización estaba perdida, anonadada, quizás
- para siempre. Pero, una religión de luz y de amor debía
- triunfar de la ignorancia y de la violencia. Durante las
- calamidades de la irrupción, evitó ya muchos desastres, merced
- al ascendiente que comenzara á ejercer sobre los bárbaros,
- y pasado lo más crítico de la refriega, tan luego como los
- conquistadores tomaron algún asiento, desplegó un sistema de
- acción tan vasto, tan eficaz, tan decisivo, que los vencedores
- se encontraron vencidos, no por la fuerza de las armas, sino
- de la caridad. No estaba en manos de la Iglesia el prevenir
- la irrupción; Dios lo había decretado así, y el decreto debía
- cumplirse; así el piadoso monje que salió al encuentro de
- Alarico al dirigirse sobre Roma, no pudo detenerle en su
- marcha porque el bárbaro responde que no puede pararse, que
- hay quien le empuja y que avanza contra su propia voluntad.
- Pero la Iglesia aguardaba á los bárbaros después de la
- conquista; ella sabía que la Providencia no abandonaría su
- obra, que la esperanza de los pueblos en el porvenir estaba
- en manos de la Esposa de Jesucristo; así Alarico marcha
- sobre Roma, la saquea, la asuela; pero, al encontrarse con
- la religión, se detiene, se ablanda, y señala, como lugares
- de asilo, las iglesias de San Pedro y de San Pablo. Hecho
- notable, que simboliza bellamente la religión cristiana,
- preservando de su total ruina el universo.
-
- [4] Pág. 108.--El alto beneficio dispensado á las sociedades
- modernas con la formación de una recta conciencia pública,
- podríase encarecer sobremanera comparando nuestras ideas
- morales con las de todos los demás pueblos antiguos y
- modernos; de donde resultaría demostrado cuán lastimosamente
- se corrompen los buenos principios cuando quedan encomendados
- á la razón del hombre; sin embargo, me contentaré con decir
- dos palabras sobre los antiguos, para que se vea con cuánta
- verdad llevo asentado que nuestras costumbres, corrompidas
- como se hallan, les hubieran parecido á los gentiles un modelo
- de moralidad y decoro. Los templos consagrados á Venus, en
- Babilonia y Corinto, recuerdan abominaciones que hasta se nos
- hacen incomprensibles. La pasión divinizada exigía sacrificios
- dignos de ella: á una divinidad sin pudor le correspondía
- el sacrificio del pudor; y el santo nombre de templo se
- aplicaba á unas casas de la más desenfrenada licencia; ni un
- velo siquiera para los mayores desórdenes. Conocida es la
- manera con que las doncellas de Chipre ganaban el dote para
- el matrimonio; y nadie ignora los misterios de Adonis, de
- Príapo, y otras inmundas divinidades. Hay vicios que, entre
- los modernos, carecen, en cierto modo, de nombre; y que, si le
- tienen, anda acompañado del recuerdo de un horroroso castigo
- sobre ciudades culpables. Leed los escritores antiguos que nos
- pintan las costumbres de sus tiempos; el libro se cae de las
- manos. Materia es ésta en que se hace necesario contentarse
- con indicaciones, que despierten en los lectores la memoria
- de lo que les habrá ofendido una y mil veces, al recorrer
- la historia y ocuparse en la literatura de la antigüedad
- pagana. El autor se ve precisado á contentarse con recuerdos,
- absteniéndose de pintar.
-
- [5] Pág. 122.--Como es tan común en la actualidad el ponderar
- la fuerza de las ideas, exagerado quizás juzgarán algunos lo
- que acabo de decir sobre su flaqueza, no sólo para influir
- sobre la sociedad, sino también para conservarse, siempre que,
- permaneciendo en su región propia, no alcanzan á realizarse
- en instituciones que sean como su órgano, y que, además, les
- sirvan de resguardo y defensa. Lejos estoy, y así lo he dicho
- claramente en el texto, de negar ni poner en duda lo que se
- llama la fuerza de las ideas; sólo me propongo manifestar que
- ellas por sí solas pueden poco, y que la ciencia, propiamente
- dicha, es más pequeña cosa de lo que generalmente se cree, en
- todo lo concerniente á la organización de la sociedad. Tiene
- esta doctrina un íntimo enlace con el sistema seguido por la
- Iglesia católica, la cual, si bien ha procurado siempre el
- desarrollo del espíritu humano por medio de la propagación
- de las ciencias, no obstante, ha señalado á éstas un lugar
- secundario en el arreglo de la sociedad. Nunca la religión
- ha estado reñida con la verdadera ciencia, pero jamás ha
- dejado de manifestar cierta desconfianza en todo lo que era
- exclusivo producto del pensamiento del hombre; y nótese bien
- que ésta es una de las capitales diferencias entre la religión
- y la filosofía del siglo pasado, ó, mejor diremos, éste era
- el motivo de su fuerte antipatía. La primera no condenaba
- la ciencia, antes la amaba, la protegía, la fomentaba; pero
- le señalaba, al propio tiempo, sus límites, le advertía que
- en ciertos puntos era ciega, le anunciaba que en ciertas
- obras sería impotente, y en otras destructora y funesta. La
- segunda proclamaba en alta voz la soberanía de la ciencia, la
- declaraba omnipotente, la divinizaba, atribuyéndole fuerza
- y brío para cambiar la faz del mundo, y bastante previsión
- y acierto para verificar ese cambio en pro de la humanidad.
- Ese orgullo de la ciencia, esa divinización del pensamiento
- es, si bien se mira, el fondo de la doctrina protestante.
- Fuera toda autoridad, la razón es el único juez competente,
- el entendimiento recibe directa é inmediatamente de Dios toda
- la luz que necesita: he aquí las doctrinas fundamentales del
- Protestantismo, es decir, el orgullo del entendimiento.
-
- Si bien se observa, el mismo triunfo de las revoluciones en
- nada ha desmentido las cuerdas previsiones de la religión,
- y la ciencia, propiamente dicha, tan lejos se halla de
- haber en esta parte ganado crédito, que, antes bien, lo ha
- perdido completamente. En efecto: nada queda de la ciencia
- revolucionaria; lo que resta son los efectos de la revolución;
- los intereses por ella creados, las instituciones que han
- brotado de esos mismos intereses, y que, desde luego, han
- buscado en la región misma de la ciencia otros principios
- en que apoyarse, muy distintos de los que antes se habían
- proclamado.
-
- Tanta verdad es lo que llevo asentado, de que toda idea
- necesita realizarse en una institución, que las revoluciones
- mismas, guiadas por el instinto que las conduce á conservar
- más ó menos enteros los principios que las producen, tienden,
- desde luego, á crear esas instituciones donde se puedan
- perpetuar las doctrinas revolucionarias, ó donde puedan tener
- como un sucesor y representante, después que ellas hayan
- desaparecido de las escuelas. Esta indicación podría dar lugar
- á extensas consideraciones sobre el origen y el estado actual
- de algunas formas de gobierno en distintos pueblos de Europa.
-
- Hablando de la rapidez con que se suceden unas á otras las
- teorías científicas, y de la inmensa amplitud que ha tomado
- con la prensa el campo de la discusión, he observado que
- no era esto una señal infalible de adelanto científico, ni
- menos una prenda de fecundidad del pensamiento para realizar
- grandes obras en el orden material, ni en el social. He dicho
- que los grandes pensamientos nacen más bien de la _intuición_
- que del _discurso_, y al efecto he recordado hechos y
- personajes históricos que dejan esta verdad fuera de duda. La
- ideología pudiera suministrarnos abundantes pruebas, si para
- probar la esterilidad de la ciencia fuese necesario acudir
- á la misma ciencia. Pero el simple buen sentido, amaestrado
- por lo que está enseñando á cada paso la experiencia, basta
- para convencer de que los hombres más sabios en el libro,
- son no pocas veces, no sólo medianos, sino hasta ineptos en
- el mundo. Por lo tocante á lo que he insinuado con respecto
- á la _intuición_ y al _discurso_, lo someto al juicio de los
- hombres que se han dedicado al estudio del entendimiento
- humano: estoy seguro de que su opinión no se diferenciará de
- la mía.
-
- [6] Pág. 130.--He atribuído al Cristianismo la suavidad de
- costumbres de que disfruta la Europa; y como, á pesar de
- haber decaído en el último siglo las creencias religiosas,
- ha durado, sin embargo, esta misma suavidad, y se ha elevado
- todavía á más alto punto, es menester hacerse cargo de ese
- contraste, que á primera vista parece destruir lo que llevo
- establecido. Es necesario no olvidar la diferencia indicada
- ya en el texto, entre costumbres muelles y costumbres
- suaves: lo primero es un defecto; lo segundo, una calidad
- preciosa: lo primero dimana del enervamiento del ánimo, del
- enflaquecimiento del cuerpo, y del amor de los placeres; lo
- segundo trae su origen de la preponderancia de la razón,
- del predominio del espíritu sobre el cuerpo, del triunfo de
- la justicia sobre la fuerza, y del derecho sobre el hecho.
- En las costumbres actuales hay una buena parte de verdadera
- suavidad, pero no es poco lo que tiene de molicie: y esto
- último no lo han tomado, por cierto, de la religión, sino de
- la incredulidad, que, no extendiendo sus ojos más allá de
- esta vida, hace olvidar los altos destinos del espíritu, y
- hasta su misma existencia, entroniza el egoísmo, despierta
- y aviva de continuo la sed de los placeres y hace al hombre
- esclavo de sus pasiones. Pero, en lo que nuestras costumbres
- tienen de suave, se conoce á la primera ojeada que lo deben
- al Cristianismo; pues que todas las ideas y sentimientos en
- que se funda dicha suavidad llevan el sello cristiano. La
- dignidad del hombre, sus derechos, la obligación de tratarle
- con el debido miramiento, de dirigirse antes á su espíritu
- por medio de la razón, que á su cuerpo por la violencia, la
- necesidad de mantenerse cada cual en la línea de sus deberes,
- respetando las propiedades y personas de los demás, todo este
- conjunto de principios de donde nace la verdadera suavidad de
- costumbres, es debido en Europa á la influencia cristiana,
- que, luchando largos siglos con la barbarie y la ferocidad
- de los pueblos invasores, logró destruir el sistema de
- violencia que éstos habían generalizado. Como la filosofía ha
- tenido cuidado de cambiar los antiguos nombres, consagrados
- por la religión y autorizados con el uso de muchos siglos,
- acontece que hay ciertas ideas que, aun cuando sean hijas
- del Cristianismo, sin embargo, apenas se las reconoce como
- tales, á causa de que andan disfrazadas con traje mundano.
- ¿Quién ignora que el mutuo amor de los hombres, la fraternidad
- universal, son ideas enteramente debidas al Cristianismo?
- ¿Quién no sabe que la antigüedad pagana no las conocía, ni
- las columbraba siquiera? No obstante, este mismo afecto, que
- antes se apellidaba _caridad_, porque ésta era la virtud de
- que debía proceder, ahora se cubre siempre con otros nombres y
- como que se avergüenza de presentarse en público con ninguna
- apariencia religiosa. Pasado el vértigo de atacar la religión
- cristiana, se confiesa abiertamente que á ella es debido el
- principio de la fraternidad universal; pero el lenguaje ha
- quedado infecto de la filosofía volteriana, aun después del
- descrédito en que ésta ha caído. De aquí resulta que muchas
- veces no apreciamos debidamente la influencia cristiana en la
- sociedad que nos rodea, y que atribuímos á otras ideas y á
- otras causas fenómenos cuyo origen se encuentra evidentemente
- en la religión. La sociedad actual, por más indiferente que
- sea, tiene de la religión más de lo que comunmente pensamos:
- se parece á aquellos hombres que han salido de una familia
- ilustre, donde los buenos principios y una educación esmerada
- se transmiten como un patrimonio de generación en generación:
- aun en medio de sus desórdenes, de sus crímenes, y hasta de
- su envilecimiento, conservan en su porte y modales, algunos
- rasgos que manifiestan su hidalga cuna.
-
- [7] Pág. 148.--He citado algunas disposiciones conciliares que
- bastan á dar una idea del sistema observado por la Iglesia
- con la idea de reformar y suavizar las costumbres. Tanto en
- este volumen como en el anterior, ya se ha podido notar cuán
- inclinado me hallo á recordar esta clase de monumentos; y
- advertiré aquí que á esto me inducen dos motivos: primero,
- tratando de comparar el Protestantismo con el Catolicismo,
- creo que el mejor medio de retratar el verdadero espíritu
- de éste y de señalar su influjo en la civilización europea,
- es presentarle obrando; y esto se logra aduciendo las
- providencias que los Papas y los concilios iban tomando,
- según lo exigían las circunstancias; segundo, atendido el
- curso que los estudios históricos van siguiendo en Europa,
- generalizándose cada día más el gusto de apelar, no á las
- historias, sino á los monumentos históricos, conviene tener
- presente que la colección de concilios es de la mayor
- importancia, no sólo en el orden religioso y eclesiástico,
- sino también en el social y político; por manera que la
- historia de Europa se trunca monstruosamente, ó, por mejor
- decir, se destruye del todo, si se prescinde de lo que arrojan
- las colecciones de los concilios. Por esta causa es muy útil,
- y en no pocas materias hasta necesario, el revolver dichas
- colecciones, por más que de esto retraigan su desmesurado
- volumen y el fastidio que á veces se engendra en el ánimo,
- al encontrarse con cien y cien cosas que para nuestros
- tiempos carecen de interés. Las ciencias, sobre todo las
- que tienen por objeto la sociedad, no conducen á resultados
- satisfactorios sino después de penosos trabajos; lo útil se
- encuentra á menudo mezclado y confundido con lo inútil; y
- la más rica preciosidad se descubre á veces al lado de un
- objeto repugnante; pero, en la naturaleza, ¿se encuentra, por
- ventura, el oro, sin haber revuelto informes masas de tierra?
-
- Los que se han empeñado en encontrar entre los bárbaros
- del Norte el germen de algunas preciosas calidades de la
- civilización europea, sin duda que debieran haberles atribuído
- también la suavidad de costumbres modernas, dado que, en
- apoyo de esa paradoja, podían echar mano de un hecho, por
- cierto algo más especioso del que les ha servido para hacer
- honor á los germanos del realce de la mujer en Europa. Hablo
- de la conocida costumbre de abstenerse, en cuanto les era
- posible, de la aplicación de penas corporales, castigando con
- simples multas los delitos más graves. Nada más á propósito
- para inducir á creer que aquellos pueblos tenían una feliz
- disposición á la suavidad de costumbres, supuesto que aun
- en su barbarie empleaban tan templadamente el derecho de
- castigar, excediendo á las naciones más civilizadas y cultas.
- Mirada la cosa desde este punto de vista, más bien parece que,
- con la influencia cristiana sobre los bárbaros, las costumbres
- se endurecieron que no se suavizaron; pues que la aplicación
- de penas corporales se hizo general, y no se escaseó la de
- muerte.
-
- Pero, fijando atentamente la consideración en esta
- particularidad del código criminal de los bárbaros,
- echaremos de ver que, tan lejos está de revelar adelanto en
- la civilización ni suavidad de costumbres, que antes bien
- es la más evidente prueba de su atraso, y el más vehemente
- indicio de la dureza y ferocidad que entre ellos reinaban.
- En primer lugar, por lo mismo que entre los bárbaros se
- castigaban los delitos por medio de multas, ó, como se decía,
- por composición, se conoce que la ley atendía más bien á
- la _reparación de un daño_ que al _castigo de un crimen_:
- circunstancia que muestra de lleno cuán en poco era tenida
- la moralidad de la acción, pues que no tanto se atendía á lo
- que ella era en sí, como al daño que producía. Esto no era
- un elemento de civilización, sino de barbarie; porque tendía
- nada menos que á desterrar del mundo la moralidad. La Iglesia
- combatió este principio, tan funesto en el orden público como
- en el privado, introduciendo en la legislación criminal un
- nuevo orden de ideas que cambió completamente su espíritu.
- En esta parte M. Guizot ha hecho á la Iglesia católica la
- debida justicia; complázcome en reconocerlo y en consignarlo
- aquí, transcribiendo sus propias palabras. Después de haber
- hecho notar la diferencia que mediaba entre las leyes de
- los visigodos, salidas en buena parte de los concilios de
- Toledo, y las otras leyes bárbaras, y de haber observado la
- inmensa superioridad de las ideas de la Iglesia en materia
- de legislación, de justicia, y de todo lo concerniente á la
- investigación de la verdad y al destino de los hombres, dice:
- «En materia criminal, la relación de las penas con los delitos
- está determinada (en las leyes de los visigodos) por nociones
- filosóficas y bastante justas; descúbrense los esfuerzos de
- un legislador ilustrado que lucha contra la violencia y la
- irreflexión de las costumbres bárbaras: hallaremos de esto
- un ejemplo muy notable comparando el título de _Caede et
- morte hominum_, con las leyes correspondientes de los demás
- pueblos. En las otras legislaciones, lo único que parece
- constituir el delito es el daño; y el objeto de la pena es
- la reparación material que resulta de la composición; pero,
- entre los visigodos, se busca en el crimen su elemento moral
- y verdadero, la intención. Los varios grados de criminalidad,
- el homicidio absolutamente involuntario, el cometido por
- inadvertencia, por provocación, con premeditación ó sin
- ella, son clasificados y definidos igualmente bien, á poca
- diferencia, que en nuestros códigos; y las penas están
- señaladas en una proporción bastante equitativa. No satisfecha
- con esto la justicia del legislador, intentó abolir, ó al
- menos atenuar, la diversidad de valor legal establecida entre
- los hombres por las otras leyes bárbaras; no conservándose
- otra distinción que la de libre y de esclavo. Con respecto
- á los libres, la pena no varía, ni por el origen ni por el
- rango del muerto, sino únicamente por los diversos grados
- de culpabilidad del asesino. Tocante á los esclavos, no
- atreviéndose á quitar enteramente á los dueños el derecho
- de vida y muerte, procuró restringirle, sujetándole á un
- procedimiento público y regular. El texto de la ley merece ser
- citado.
-
- «Si no debe quedar impune ningún culpable ó cómplice de un
- crimen, con mucha más razón debe ser castigado quien haya
- cometido un homicidio con malicia ó ligereza. Por lo que,
- habiendo algunos dueños, que, en su orgullo, dan muerte á sus
- esclavos, sin que éstos hayan cometido falta alguna, conviene
- extirpar del todo semejante licencia, y ordenar que la
- presente ley sea enteramente observada por todos. Ningún dueño
- ni dueña podrá dar muerte á ninguno de sus esclavos, varones
- ó hembras, ni á otro de sus dependientes, sin preceder juicio
- público. Si un esclavo, ú otro serviente, comete un crimen que
- pueda acarrearle pena capital, su amo, ó su acusador, darán
- inmediatamente noticia del suceso al juez del lugar donde se
- ha cometido el delito, ó al conde, ó al duque. Discutido el
- asunto, si el crimen queda probado, el culpable sufrirá la
- pena de muerte merecida: aplicándosela, ó el mismo juez ó el
- propio dueño; pero haciéndose de tal suerte, que, si el juez
- no quiere cuidar de la ejecución, extenderá por escrito la
- sentencia de pena capital, y entonces el amo será dueño de
- quitar la vida al esclavo, ó de perdonársela. A la verdad, si
- el esclavo por una fatal audacia, resistiendo á su señor, ha
- intentado herirle, con arma, piedra, ó de otra suerte, y éste,
- defendiéndose, mata en su cólera al esclavo, no será reo de la
- pena de homicidio, pero será necesario probar que el hecho ha
- sucedido así, y esto por el testimonio ó el juramento de los
- esclavos, varones ó hembras, que habrán estado presentes, ó
- por el juramento del autor del hecho. Cualquiera que por pura
- malicia matare á su esclavo, por su propia mano ó la de otro,
- sin preceder juicio público, será declarado infame, incapaz
- de ser testigo, y obligado á vivir el resto de sus días en el
- destierro y en la penitencia, pasando sus bienes á sus más
- próximos parientes llamados por la ley á sucederle. (_For.
- Jud._, L. VI, Tit. V, L. 12.)» (Guizot, _Historia General de
- la Civilización Europea_. Lección 6.)
-
- Con mucho gusto he copiado este texto de M. Guizot, por ser
- una confirmación de lo que acabo de decir sobre la influencia
- de la Iglesia con respecto á suavizar las costumbres, y de
- lo que de ella llevo asentado en el tomo primero, tocante á
- lo mucho que contribuyó á mejorar la suerte de los esclavos,
- restringiendo las excesivas facultades de los dueños. Allí
- dejé probada esta verdad con abundantes documentos, y por
- consiguiente no necesito insistir aquí en demostrarla;
- bastando á mi propósito en la actualidad el hacer observar
- que M. Guizot está completamente de acuerdo en que la Iglesia
- moralizó la legislación de los bárbaros, haciendo que en los
- delitos no se considerase únicamente el daño que causaban,
- sino la malicia que envolvían; es decir, elevando la acción
- del orden físico al moral, y dando á las penas el verdadero
- carácter de tales, no permitiendo que quedasen en la línea de
- una reparación material.
-
- Por donde se echa de ver que el sistema criminal de los
- bárbaros, que á primera vista parecía indicar un adelanto en
- la civilización, procedía del escaso ascendiente que entre
- ellos tenían los principios morales, y de que las miras del
- legislador se elevaban muy poco sobre el orden puramente
- material.
-
- Todavía hay otra observación que hacer en este punto, y es
- que la misma lenidad con que se castigaban los delitos es
- la mejor prueba de la facilidad con que se cometían. Cuando
- en un país son muy raros los asesinatos, las mutilaciones y
- otros atentados semejantes, son mirados con horror; y quien
- de ellos se haga culpable, es castigado con severidad. Pero,
- cuando el delito se repite á cada paso, pierde insensiblemente
- su fealdad y negrura, se acostumbran á su repugnante aspecto,
- no sólo los perpetradores, sino también los demás; y entonces
- el legislador se siente naturalmente llevado á tratarle con
- indulgencia. Esto nos lo demuestra la experiencia de cada día;
- y no será difícil al lector el encontrar en la sociedad actual
- repetidos delitos á que podría ser aplicable la observación
- que acabo de hacer. Entre los bárbaros, era común el apelar
- á las vías de hecho, no sólo contra las propiedades, sino
- también contra las personas; por cuya razón era muy natural
- que este linaje de delitos no fuesen mirados con la aversión
- y hasta horror con que lo son en un pueblo donde, habiendo
- prevalecido las ideas de razón, de justicia, de derecho, de
- ley, no se concibe siquiera cómo pueda subsistir una sociedad
- donde cada cual se considere facultado para hacerse justicia
- por sí mismo. Así es que las leyes contra esos delitos debían
- naturalmente ser benignas, contentándose el legislador con
- la reparación del daño, sin cuidar mucho de la culpabilidad
- del perpetrador. Esto tiene íntimas relaciones con lo dicho
- más arriba sobre la conciencia pública; porque el legislador
- es siempre, más ó menos, el órgano de esta misma conciencia.
- Cuando en una sociedad es mirada una acción como un crimen
- horrendo, no puede el legislador señalarle una pena benigna;
- y, al contrario, no le es posible castigar con mucho rigor
- lo que la sociedad absuelve ó excusa. Una que otra vez se
- alterará esta proporción, una que otra vez desaparecerá dicha
- harmonía; pero bien pronto las cosas volverán á su curso
- regular, apartándose del camino que seguían con violencia.
- Siendo las costumbres muy castas y puras, hay delitos que
- andan cubiertos de execración é infamia; pero, en llegando
- á ser muy corrompidas, los mismos actos, ó son mirados como
- indiferentes, ó cuando más calificados de ligeros deslices. En
- un pueblo donde las ideas religiosas ejerzan mucho predominio,
- la violación de todo cuanto está consagrado al Señor es mirada
- como un horrendo atentado, digno de los mayores castigos; pero
- en otro donde la incredulidad haya hecho sus estragos, la
- misma violación no llegará á la esfera de los delitos comunes;
- y, lejos de atraer sobre el culpable la justicia de la ley,
- mucho será si le acarrea una ligera corrección de la policía.
-
- El lector no encontrará inoportuna esa digresión sobre la
- legislación criminal de los bárbaros, si advierte que,
- tratándose de examinar la influencia del Catolicismo en la
- civilización europea, es indispensable atender á los otros
- elementos que en la formación de ella se han combinado.
- De otra suerte, sería imposible apreciar debidamente la
- respectiva acción que en bien ó en mal ha cabido á cada uno
- de ellos, y, por tanto, no se sacaría en limpio la parte que
- puede vindicar como exclusivamente propia la Iglesia, ni
- resolver la gran cuestión promovida por los partidarios del
- Protestantismo, sobre las pretendidas ventajas acarreadas por
- éste á las sociedades modernas. Las naciones bárbaras son uno
- de esos elementos, y por esta causa es preciso ocuparse en
- ellas con tanta frecuencia.
-
- [8] Pág. 161.--En los siglos medios, casi todos los
- monasterios y colegios de canónigos tenían anejo un hospital,
- no sólo para hospedar peregrinos, sino también para el
- sustento y alivio de pobres y enfermos. No cabe más hermoso
- símbolo de la religión cubriendo con su velo todo linaje de
- infortunios, que el ver convertidas en asilo de miserables,
- las casas consagradas á la oración y á la práctica de la más
- sublimes virtudes. Cabalmente esto se verificaba en aquella
- época en que el poder público, no sólo carecía de la fuerza y
- luces necesarias para plantear una buena administración con
- que acudir al socorro de los necesitados, sino que ni aun
- alcanzaba á cubrir con su égida los más sagrados intereses de
- la sociedad. Por donde se ve que, cuando todo era impotente,
- la religión era todavía robusta y fecunda; cuando todo
- perecía, la religión, no sólo se conservaba, sino que fundaba
- establecimientos inmortales. Y nótese bien lo que repetidas
- veces hemos observado ya: á saber, que la religión que estos
- prodigios obraba, no era una religión vaga, abstracta; no era
- el cristianismo de los protestantes, sino la religión con
- todos sus dogmas, su disciplina, su jerarquía, su Pontífice
- supremo, en una palabra, la Iglesia católica.
-
- Tan lejos estuvo la antigüedad de imaginar que el socorro del
- infortunio pudiese encomendarse á sola la administración civil
- ó á la caridad individual, que antes bien, como se ha indicado
- ya, se consideró como muy conveniente que los hospitales
- estuviesen sujetos á los obispos; es decir, que se procuró que
- el ramo de beneficencia pública se entroncase en cierto modo
- con la jerarquía de la Iglesia; y es de aquí que, por antigua
- disciplina, los hospitales estaban sujetos á los obispos en lo
- espiritual y en lo temporal; sin atenderse al estado clerical
- ó seglar de las personas que cuidaban del establecimiento, ni
- tampoco si se había erigido ó no por mandato del obispo.
-
- No es éste el lugar de referir las vicisitudes que sufrió
- esta disciplina, ni las varias causas que las motivaron;
- bastando observar que el principio fundamental, es decir,
- la intervención de la autoridad eclesiástica en los
- establecimientos de beneficencia, ha quedado siempre salvo;
- y que nunca la Iglesia ha consentido que se la despojase del
- todo de tan hermoso privilegio. Nunca ha creído que pudiese
- mirar con indiferencia los abusos que en este punto se
- introdujesen en perjuicio de los desgraciados; y así es que
- se ha reservado cuando menos el derecho de acudir al remedio
- de los males que resultasen de la malicia ó indolencia de
- los administradores. A este propósito podemos notar que el
- concilio de Viena establece que, si los administradores de
- un hospital, clérigos ó legos, se portan con desidia en el
- desempeño de su cargo, procedan contra ellos los obispos,
- reformando y restaurando el hospital, por autoridad propia, si
- no fuera exento, y, si lo fuere, por delegación pontificia.
- El concilio de Trento otorgó también á los obispos la
- facultad de visitar los hospitales, hasta como delegados de
- la Sede Apostólica, en los casos concedidos por el derecho;
- prescribiendo, además, que los administradores, clérigos ó
- legos, den cada año cuentas al ordinario del lugar, á no
- ser que se hubiese prevenido lo contrario en la fundación;
- y ordenando que, si, por privilegio, costumbre ó estatuto
- particular, las cuentas debiesen presentarse á otro que
- al ordinario, al menos se reuna éste á los que hayan de
- recibirlas.
-
- Prescindiendo de las varias modificaciones que en esta parte
- hayan podido introducir las leyes y costumbres de diferentes
- países, queda siempre en claro cuál ha sido la vigilancia de
- la Iglesia sobre el punto de beneficencia; y que su espíritu
- y sus máximas la han impelido á entrometerse en esta clase
- de negocios, ora dirigiéndolos exclusivamente, ora acudiendo
- al remedio del mal que veía introducirse. La potestad civil
- reconoció los motivos de esa caritativa y santa ambición; y
- así vemos que el emperador Justiniano no repara en conceder
- á los obispos un poder público sobre los hospitales,
- conformándose en esta parte á la disciplina de la Iglesia, y á
- lo reclamado por la conveniencia pública.
-
- Hay en este punto un hecho notable, que es necesario consignar
- aquí, señalando su provechosa influencia. Hablo de haber
- sido considerados los bienes de los hospitales como bienes
- eclesiásticos. Esto que á primera vista pudiera parecer
- indiferente, está muy lejos de serlo; pues que, de esta
- manera, quedaban esos bienes con los mismos privilegios que
- los de la Iglesia, cubriéndose con una inviolabilidad que les
- era tanto más necesaria, cuanto eran difíciles los tiempos,
- y fecundos en tropelías y usurpaciones. La Iglesia, que,
- por mucha que fuese la turbación pública, conservaba, no
- obstante, grande autoridad y ascendiente sobre los gobiernos
- y los pueblos, tenía de esta manera un título muy poderoso
- y expedito para cubrir con su protección los bienes de los
- hospitales, salvándolos, en cuanto era dable, de la rapacidad
- de los potentados codiciosos. Y no se crea que esta doctrina
- se introdujera con algún designio torcido, ni que fuese una
- novedad inaudita esa especie de mancomunidad entre la Iglesia
- y los pobres; muy al contrario, esa mancomunidad se hallaba
- de tal modo en el orden regular, y tenía tanto fundamento
- en las relaciones de aquélla con éstos, que, así como vemos
- que los bienes de los hospitales eran considerados como
- eclesiásticos, así, por un contraste notable, los bienes de la
- Iglesia fueron llamados bienes de pobres. En tales términos
- se expresan sobre este punto los Santos Padres, y de tal
- manera se habían filtrado en el lenguaje estas doctrinas, que,
- tratándose posteriormente de resolver la cuestión canónica
- sobre la propiedad de los bienes de la Iglesia, cuando unos
- la atribuían directamente á Dios, otros al Papa, otros al
- clero, no faltaron algunos que señalaron como verdaderos
- propietarios á los pobres. Ciertamente que esta opinión no
- era la más conforme á los principios de derecho; pero el sólo
- verla figurar en el campo de la polémica, da lugar á graves
- consideraciones.
-
- [9] Pág. 189.--He procurado, en cuanto ha cabido en mis
- alcances, aclarar las ideas sobre la tolerancia, presentando
- esta importante materia desde un punto de vista poco conocido;
- para mayor ilustración de la misma, diré dos palabras sobre
- la intolerancia religiosa y la civil, cosas enteramente
- distintas, por más que Rousseau afirme resueltamente lo
- contrario. La intolerancia religiosa, ó teológica, consiste
- en aquella convicción que tienen todos los católicos de que
- la única religión verdadera es la católica. La intolerancia
- civil consiste en no sufrir en la sociedad otras religiones,
- distintas de la católica. Bastan estas dos definiciones para
- dejar convencido á cualquiera que no carezca de sentido común,
- de que no non inseparables las dos clases de intolerancia:
- siendo muy dable que hombres firmemente convencidos de la
- verdad del Catolicismo, sufran á los que, ó tienen diferente
- religión, ó no profesan ninguna. La intolerancia religiosa es
- un acto del entendimiento, inseparable de la fe, pues quien
- cree firmemente que su religión es verdadera, necesariamente
- ha de estar convencido de que ella es la única que lo es,
- pues que la verdad es una. La intolerancia civil es un acto
- de la voluntad, que rechaza á los hombres que no profesan
- la misma religión; y tiene diferentes resultados, según
- la intolerancia está en el individuo ó en el gobierno. Al
- contrario, la tolerancia religiosa es la creencia de que
- todas las religiones son verdaderas, lo que, bien explicado,
- significa que no hay ninguna que lo sea; pues que no es
- posible que cosas contradictorias sean verdaderas al mismo
- tiempo. La tolerancia civil es el consentir que vivan en paz
- los hombres que tienen religión distinta; y, lo propio que la
- intolerancia, produce también diferentes efectos, según está
- en el individuo ó en el gobierno.
-
- Esta distinción, que por su claridad y sencillez está al
- alcance de las inteligencias más comunes, fué, sin embargo,
- desconocida por Rousseau, asegurando que era una vana ficción,
- una quimera irrealizable, y que las dos intolerancias
- no podían separarse una de otra. Si Rousseau se hubiese
- contentado con observar que, generalizada en un país la
- intolerancia religiosa, es decir, como arriba se ha explicado,
- la firme convicción de que una religión es verdadera, se
- ha de manifestar, así en el trato particular como en la
- legislación, cierta tendencia á no sufrir á los que piensan
- de otro modo, sobre todo cuando éstos son en número muy
- reducido, su observación hubiera sido muy fecunda, y hubiera
- coincidido con la opinión que llevo manifestada sobre este
- punto, cuando me he propuesto señalar el curso natural que
- siguen en esta materia las ideas y los hechos; pero Rousseau
- no mira las cosas bajo este aspecto, sino que, dirigiendo
- sus tiros al Catolicismo, afirma que las dos especies de
- intolerancia son inseparables, porque «es imposible vivir en
- paz con gentes á quienes se cree condenadas, y amarlas sería
- aborrecer al Dios que las castiga». No es posible llevar más
- allá la mala fe: en efecto, ¿quién le ha dicho á Rousseau que
- los católicos creen condenado á nadie mientras vive, y que
- amar á un hombre extraviado sería aborrecer á Dios? ¿Podía
- ignorar que, antes al contrario, es un precepto indispensable,
- es un dogma, para todo católico, el deber de amar á todos los
- hombres? ¿Podía ignorar lo que saben hasta los niños por los
- primeros rudimentos de la doctrina cristiana, que estamos
- obligados á amar al prójimo como á nosotros mismos, y que por
- la palabra prójimo se entienden todos los que han alcanzado
- el cielo, ó pueden alcanzarle, de cuyo número no se excluye á
- nadie mientras vive? Dirá Rousseau que al menos estamos en la
- convicción de que, si mueren en aquel mal estado, se condenan;
- pero no advierte que lo mismo pensamos de los pecadores,
- aunque su pecado no sea el de herejía; y, sin embargo, nadie
- ha soñado jamás que los católicos justos no puedan tolerar á
- los pecadores, y de que se consideren obligados á odiarlos. No
- se ha visto religión que más interés manifieste para convertir
- á los malos; y tan lejos está la Iglesia católica de enseñar
- que se deba aborrecerlos, que, antes bien, en los púlpitos,
- en los libros, en la conversación se repiten mil veces las
- palabras con que Dios nos manifiesta su voluntad de que los
- pecadores no perezcan, que quiere su conversión y su vida,
- que hay más alegría en el cielo por uno de ellos que haga
- penitencia, que por noventa y nueve justos que no necesitan
- hacerla.
-
- Y no se crea que este hombre que así se expresaba contra
- la intolerancia de los católicos, fuese partidario de una
- completa tolerancia; muy al contrario, en la sociedad, tal
- como él la imaginaba, quería que no se tolerasen, no los que
- no profesasen la religión verdadera, sino los que se apartasen
- de aquélla que al poder civil le pluguiese determinar.
- «Mas, dejando aparte, dice, las consideraciones políticas,
- vengamos al derecho, y fijemos los principios sobre este punto
- importante. El derecho que el pacto social da al soberano
- sobre los vasallos, no excede, como ya he dicho, los límites
- de la utilidad pública. Los vasallos no deben dar cuenta al
- soberano de sus opiniones, sino en cuanto ellas interesan á
- la comunidad. Al Estado le importa que cada ciudadano tenga
- una religión que le haga amar sus deberes; pero los dogmas de
- esa religión no interesan ni al Estado ni á sus miembros, sino
- en cuanto se refieren á la moral y á los deberes que el que
- los profesa está obligado á cumplir para con los otros. Por
- lo demás, cada uno puede tener las opiniones que le acomoden,
- sin que pertenezca al soberano entender sobre esto; porque,
- como no tiene competencia en el otro mundo, sea cual fuere la
- suerte de los vasallos en la otra vida, esto no es asunto del
- soberano, con tal que en ésta sean buenos ciudadanos. Hay,
- pues, una profesión de fe, puramente civil, cuyos artículos
- pertenece al soberano fijar; no precisamente como dogmas de
- religión, sino como sentimientos de sociabilidad, sin los que
- es imposible ser buen ciudadano y fiel vasallo. Sin poder
- obligar á nadie á creerlos, puede desterrar del Estado al
- que no los crea, no como impío, sino como insociable, como
- incapaz de amar sinceramente las leyes y la justicia, y de
- sacrificar en caso necesario la vida á su deber. Si alguno,
- después de haber reconocido públicamente estos dogmas, se
- conduce como si no los creyera, sea castigado con pena de
- muerte, porque ha cometido el mayor de los crímenes y mentido
- delante de las leyes.» (_Con. Soc._, L. 4, c. 8.) Tenemos,
- pues, que en último resultado viene á parar la tolerancia
- de Rousseau á facultar al soberano para fijar los artículos
- de fe, otorgándole el derecho de castigar con el destierro
- y hasta con la muerte, á los que, ó no se conformen con las
- decisiones del nuevo papa, ó se aparten de ellas después
- de haberlas abrazado. Extraña como parece la doctrina de
- Rousseau, no lo es tanto, sin embargo, que no entre en el
- sistema general de todos los que no reconocen la supremacía
- de un poder en materias religiosas. Rechazan esta supremacía
- cuando se trata de atribuirla á la Iglesia católica, ó á su
- Jefe, y por una contradicción la más chocante la conceden á
- la potestad civil. Está curioso Rousseau cuando, al desterrar
- ó matar al que se aparte de la religión formada por el
- soberano, no quiere que estas penas se le apliquen como
- impío, sino como insociable; Rousseau seguía un impulso, en
- él muy natural, de no querer que sonase en algo la impiedad,
- en tratando de la aplicación de castigos; pero al hombre que
- sufriese el destierro ó pereciese en un cadalso, ¡qué le
- importaba el nombre dado á su crimen! En el mismo capítulo se
- le escapó á Rousseau una expresión que revela de un golpe á
- dónde se enderezaba con tanto aparato de filosofía. «El que
- se atreva á decir: _fuera de la Iglesia no hay salud_, debe
- ser echado del Estado.» Lo que en otros términos significa
- que la tolerancia debe ser para todo el mundo, excepto para
- los católicos. Se ha dicho que el _Contrato Social_ fué el
- código de la Revolución francesa: y en verdad que ésta no
- echó en olvido lo que respecto de los católicos le prescribe
- el _tolerante_ legislador. Pocos son en la actualidad los que
- se atreven á declararse discípulos del filósofo de Ginebra,
- bien que algunos de sus vergonzantes sectarios le prodiguen
- todavía desmesurados elogios; pero, confiados en el buen
- sentido del linaje humano, debemos esperar que la posteridad
- en masa confirmará la nota con que todos los hombres de bien
- han señalado al sofista trastornador, y al imprudente autor de
- las _Confesiones_.
-
- Comparado el Protestantismo con el Catolicismo, me he visto
- precisado á tratar de la intolerancia, porque éste es uno
- de los cargos que con más frecuencia se hacen á la religión
- católica; pero en obsequio de la verdad debo advertir que
- no todos los protestantes han predicado una tolerancia
- universal, y que muchos de ellos han reconocido el derecho de
- reprimir y castigar ciertos errores. Grocio, Puffendorf, y
- otros que rayan muy alto entre los sabios de que se gloría el
- Protestantismo, han estado de acuerdo en este punto, siguiendo
- el dictamen de toda la antigüedad, que se conformó siempre con
- estos principios, así en la teoría como en la práctica. Se
- ha clamado contra la intolerancia de los católicos, como si
- ellos la hubiesen enseñado al mundo, como si fuera un monstruo
- horrendo, que en ninguna parte se criara, sino allí donde
- reina la Iglesia católica. Cuando no otras razones, al menos
- la buena fe exigía que se recordase que el principio de la
- tolerancia universal no había sido reconocido en ninguna parte
- del mundo; y que, así en los libros de los filósofos, como en
- los códigos de los legisladores, se encontraba consignado,
- con más ó menos dureza, el principio de la intolerancia.
- Ora se quisiese condenar este principio como falso, ora se
- intentase restringirle, ó dejarle sin aplicación, al menos no
- se debía levantar una acusación particular contra la Iglesia
- católica, por una doctrina y conducta en que se ha formado, al
- ejemplo de la humanidad entera. Así los pueblos cultos como
- los bárbaros fueron culpables, si culpa en esto hubiera, y
- lejos de recaer exclusivamente la mancha sobre los gobiernos
- dirigidos por el Catolicismo y sobre los escritores católicos,
- debiera caer sobre todos los gobiernos antiguos, inclusos
- los de Grecia y de Roma; debiera caer sobre todos los sabios
- de la antigüedad, inclusos Platón, Cicerón y Séneca; debiera
- caer sobre los gobiernos y sabios modernos, inclusos los
- protestantes. Teniendo esto presente, no hubieran parecido ni
- tan erróneas las doctrinas, ni tan negros los hechos; así se
- hubiera visto que la intolerancia, tan antigua como el mundo,
- no era una invención de los católicos y que sobre todo el
- mundo debía recaer la responsabilidad que de ella resultase.
-
- De cierto, la tolerancia, que tan general se ha hecho ahora
- por las causas que llevo indicadas, no se resentirá de las
- doctrinas más ó menos severas, más ó menos indulgentes,
- que en esta materia se proclamen; pero, por lo mismo que
- la intolerancia, tal como en otros tiempos se ejerciera,
- ha pasado á ser un mero hecho histórico, que seguramente
- nadie recela ver reproducido, conviene sobremanera entrar
- en detenido examen de esa clase de cuestiones, para que
- desaparezca el borrón que sobre la Iglesia católica han
- pretendido echar sus adversarios.
-
- Viene aquí muy á propósito el recuerdo de la profunda
- sabiduría contenida en la Encíclica del Papa contra las
- doctrinas de Lamennais. Pretendía dicho escritor que la
- tolerancia universal, la libertad absoluta de cultos, es
- el estado normal y legítimo de las sociedades, del cual es
- imposible separarse, sin atentar á los derechos del hombre y
- del ciudadano. Impugnando Lamennais la citada Encíclica, se
- empeñó en presentarla como fundadora de nuevas doctrinas, como
- un ataque dirigido contra la libertad de los pueblos. No, el
- Papa no asentó en la citada Encíclica otras doctrinas que las
- profesadas hasta aquí por la Iglesia; y aun podría decirse
- que las profesadas por todo gobierno en punto á tolerancia.
- Ningún gobierno puede sostenerse, si se le niega el derecho
- de reprimir las doctrinas peligrosas al orden social, ora se
- cubran con el manto filosófico, ora se disfracen con el velo
- de la religión. No se ataca tampoco por esto la libertad del
- hombre; porque la única libertad digna de este título es
- la libertad conforme á razón. El Papa no ha dicho que los
- gobiernos no pudiesen tolerar en ciertos casos diferentes
- religiones; pero no ha permitido que se asentase como
- principio que la tolerancia absoluta fuese una obligación de
- todos los gobiernos. Esta última proposición es contraria á
- las sanas doctrinas religiosas, á la razón, á la práctica de
- todos los gobiernos en todos tiempos y países, al buen sentido
- de la humanidad. Nada han podido en contra todo el talento
- y la elocuencia del malogrado escritor; y el Papa alcanzó
- un asentimiento más solemne de todos los hombres sensatos
- de cualesquiera creencias, desde que el genio obscureció
- su frente con la obstinación, desde que su mano empuñó
- decididamente el arma innoble del sofisma. Malogrado genio
- que conserva apenas una sombra de sí mismo, que ha desplegado
- las hermosas alas con que surcaba el azul de los cielos, y
- revolotea cual ave siniestra sobre las aguas impuras de un
- lago solitario.
-
- [10] Pág. 222.--Al hablar de la Inquisición de España, no me
- he propuesto defender todos sus actos, ni bajo el aspecto
- de la justicia, ni tampoco de la conveniencia pública. No
- desconociendo las circunstancias excepcionales en que se
- encontró, juzgo que hubiera procedido harto mejor, si,
- imitando el ejemplo de la Inquisición de Roma, hubiese
- ahorrado el derramamiento de sangre, en cuanto le hubiese
- sido posible. Podía muy bien velar por la conservación de la
- fe, podía prevenir los males que á la religión amenazaban
- de parte de moros y judíos, podía preservar la España del
- Protestantismo, sin desplegar ese excesivo rigor, que le
- mereció graves reprensiones y amonestaciones de parte de los
- Sumos Pontífices, que provocó reclamaciones de los pueblos,
- que acarreó tantas apelaciones á Roma de los encausados y
- condenados, y que suministró pretexto á los adversarios del
- Catolicismo para acusar de sanguinaria una religión que tiene
- horror á la efusión de sangre. Lo repito, no es responsable la
- religión católica de ninguno de los excesos que en su nombre
- se hayan podido cometer, y, cuando se habla de la Inquisición,
- no se deben fijar principalmente los ojos en la de España,
- sino en la de Roma. Allí donde reside el Sumo Pontífice, donde
- se sabe cumplidamente cómo debe entenderse el principio de la
- intolerancia, y cuál es el uso que de él debe hacerse, allí
- la Inquisición ha sido en extremo benigna, indulgente; allí
- es el punto donde menos ha sufrido la humanidad por motivo de
- religión: y esto sin exceptuar ningún país, tanto aquellos
- donde ha existido la Inquisición, como los que carecieron de
- ella; tanto donde predominó la religión católica, como donde
- prevaleció la protestante. Este hecho es indudable; y para
- todo hombre de buena fe debe ser bastante para indicarle cuál
- es en esta materia el espíritu del Catolicismo.
-
- Hago estas reflexiones en prueba de mi imparcialidad, y de que
- no desconozco los males, ni dejo de confesarlos, dondequiera
- que los vea. Esto no embargante, deseo que no se olviden los
- hechos y observaciones que en el texto he aducido, así sobre
- la Inquisición en sí misma, en las diferentes épocas de su
- duración, como sobre la política de los reyes que la fundaron
- y sostuvieron. Por lo mismo, copiaré aquí algunos documentos
- que pueden arrojar mucha luz sobre tan importante materia.
- He aquí en primer lugar el preámbulo de la Pragmática de D.
- Fernando y D.ª Isabel para la expulsión de los judíos, donde
- se explanan en pocas palabras los agravios que de ella recibía
- la religión, y los peligros que por este motivo amenazaban al
- Estado.
-
- Libro octavo. Título segundo. Lei II de la Nueva Recopilación.
- D. Fernando i D.ª Isabel en Granada año 1492 á 30 de Marzo.
- Pragmática.
-
- «Porque Nos fuimos informados que en estos nuestros Reinos
- avia algunos malos Christianos, que judaizaban, y apostataban
- de nuestra Santa Fé Cathólica, de lo qual era mucha causa
- la comunicación de los Judíos con los Christianos, en las
- Cortes que hicimos en la ciudad de Toledo el año pasado
- de mil quatrocientos i ochenta años, mandamos apartar los
- dichos Judíos en todas las Ciudades y Villas, i Lugares de
- los nuestros Reinos, i Señoríos, en las Juderías, i lugares
- apartados en donde viviesen i morasen, esperando que con
- su apartamiento se remediarían otro sí avemos procurado,
- i dado órden como se hiciese inquisición en los dichos
- nuestros Reinos, la qual, como sabeis, ha mas de doce años
- que se ha hecho, i hace, i por ello se han hallado muchos
- culpantes, según es notorio: i según somos informados de
- los Inquisidores, y de otras muchas personas Religiosas, i
- Eclesiásticas, i Seglares, consta; i paresce el gran daño que
- á los Christianos se ha seguido, i sigue, de la participación,
- conversacion, i comunicacion que han tenido, i tienen con
- los Judíos, los quales se prueba que procuran siempre por
- quantas vias mas pueden de subvertir, i substraer de nuestra
- Santa Fé Cathólica á los Fieles Christianos, i los apartar
- della, i atraer i pervertir á su dañada creencia i opinión,
- instruyéndoles en las ceremonias, i observancia de su lei,
- haciendo ayuntamientos donde les lean, i enseñen lo que han
- de creer, i guardar segun su lei, procurando de circuncidar
- á ellos, i á sus hijos, dándoles libros por donde rezasen
- sus oraciones, i declarándoles los ayunos que han de ayunar,
- i juntándose con ellos á leer, i enseñándoles las Historias
- de su lei, notificándoles las Pasquas antes que vengan, y
- avisándoles lo que en ellas han de guardar, y hacer, dándoles,
- y llevándoles de su casa el pan cenceño, y carnes muertas con
- ceremonias, instruyéndoles de las cosas que se han de apartar,
- assi en los comeres como en las otras cosas, por observancia
- de su lei, i persuadiéndoles en quanto pueden que tengan, i
- guarden la lei de Moysés, haciéndoles entender que no hai otra
- lei, i ni verdad salvo aquella; lo qual consta por muchos
- dichos, i confesiones, assi de los mismos Judíos, como de
- los que fueron pervertidos, i engañados por ellos, lo qual ha
- redundado en gran daño, i detrimento, i oprobio de nuestra
- Santa Fé Cathólica: i como quiera que de mucha parte destos
- fuimos informados antes de agora, i conoscimos que el remedio
- verdadero de todos estos daños, e inconvenientes, está en
- apartar del todo la comunicacion de los dichos Judíos con los
- Christianos, i echarlos de todos nuestros Reinos, quisímosnos
- contentar con mandarlos salir de todas las Ciudades, i Villas,
- i Lugares de Andalucía, donde parescia que avia hecho mayor
- daño, creyendo que aquello bastaria para que los de las
- otras Ciudades, i Villas, i Lugares de los nuestros Reinos,
- i Señoríos, cessassen de hacer, y cometer lo susodicho, i
- porque somos informados que aquello, ni las justicias que se
- han hecho en algunos de los dichos Judíos, que se han hallado
- muy culpantes en los dichos crímenes, i delitos contra nuestra
- Santa Fé Cathólica, no basta para entero remedio: para obviar
- i remediar como cesse tan gran oprobio, i ofensa de la Fé, i
- Religion Christiana, i porque cada dia se halla, i paresce
- que los dichos Judíos creen en continuar su malo, i dañado
- propósito á donde viven, i conversan, i porque no aya lugar
- de mas ofender á nuestra Santa Fe Cathólica, assi en los que
- hasta aqui Dios ha querido guardar, como en los que cayeron, i
- se enmendaron, i reduxeron á la Santa Madre Iglesia, lo qual,
- segun la flaqueza de nuestra humanidad, i sujescion diabólica,
- que continuo nos guerrea, ligeramente podria acaescer, si la
- principal causa desto no se quita, que es echar los dichos
- Judíos de nuestros Reinos; i porque quando algun grave, i
- detestable crimen es cometido por algunos de algun Colegio, i
- Universidad, es razon que el tal Colegio, i Universidad sea
- disuelto, y aniquilado, i los menores por los mayores, i los
- unos por los otros sean punidos; i aquellos que pervierten el
- bien, i honesto vivir de las Ciudades, i Villas por contagio,
- que pueda dañarse á los otros, sean expelidos de los pueblos,
- i aun por otras mas leves causas que sean en daño de la
- República, quanto mas por el mayor de los crímenes, i mas
- peligroso, i contagioso, como lo es este: Por ende Nos, con
- consejo, i parecer de algunos Prelados.»
-
- No se trata aquí de examinar si en estas inculpaciones hechas
- á los judíos pudo haber ó no alguna parte de exageración:
- bien que, según todas las apariencias, debía de haber en esto
- un gran fondo de verdad, atendida la situación en que se
- encontraban los dos pueblos rivales. Y nótese que, si bien
- en el preámbulo de la Pragmática se abstienen los monarcas
- de achacar á los judíos cien y cien otros cargos que les
- hacía la generalidad del pueblo, no dejaba por esto de andar
- muy válida la fama de ellos, y que, por consiguiente, debía
- influir sobremanera en agravar la situación de los judíos, y
- en inclinar el ánimo de los reyes á tratarlos con dureza.
-
- Por lo que toca á la desconfianza con que debían de ser
- mirados los moros y sus descendientes, á más de los hechos ya
- indicados, pueden todavía presentarse otros que manifiestan
- la disposición de los ánimos que hacía mirar á esos hombres
- como si estuvieran en conspiración permanente contra los
- cristianos viejos. Cerca de un siglo había transcurrido desde
- la conquista de Granada, y vemos que todavía se abrigaban
- recelos de que aquel reino era el centro de las asechanzas
- dirigidas por los moros contra los cristianos, saliendo de
- allí los avisos, y los auxilios necesarios para que en las
- costas pudiesen cometerse contra personas indefensas toda
- clase de tropelías. Véase lo que decía Felipe II, en 1567.
-
- Libro octavo. Título segundo, de la Nueva Recopilación.
-
- Lei XX. Que pone graves penas á los naturales del Reino de
- Granada, que encubrieren, ó acogieren ó favorecieren Turcos,
- ó Moros, ó Judíos, ó les dieren avisos, ó se escribieren con
- ellos.
-
- «D. Phelipe II, en Madrid á 10 de Diciembre de 1567 años.
-
- Porque avemos sido informados que no embargante lo que para
- defensa, i seguridad de los mares, i costas de nuestros Reinos
- tenemos proveido ansi en mar, como en tierra, especialmente en
- el Reino de Granada, los Turcos, Moros, Corsarios, i allende
- han hecho, i hacen en el dicho Reino en los puertos, i costas,
- y lugares marítimos, i cercanos á ellos, los robos, males,
- i daños, i captiverios de Christianos que son notorios, lo
- cual diz que han podido, i pueden hacer con facilidad, i
- seguridad, mediante el trato, é inteligencia que han tenido
- i tienen con algunos naturales de la tierra, los quales los
- avisan, i guian, acogen i encubren, i les dan favor, i ayuda,
- passándose algunos dellos allende con los dichos Moros, i
- Turcos, i llevando consigo sus mugeres, hijos, i ropa, i los
- Christianos, i ropa dellos que pueden aver, i que otros de
- los dichos naturales, que han sido partícipes, i sabidores,
- se quedan en la tierra, i no han sido, ni son castigados, ni
- parece que esto está proveido con el rigor, i tan entera, i
- particularmente como convendria, i ai mucha dificultad en la
- averiguacion, é informacion, i aun descuido, i negligencia en
- las Justicias, i Jueces que lo avian de inquirir, i castigar;
- i aviéndose sobre esto tratado i platicado en el nuestro
- Consejo, para que se proveyese en ello, como en cosa que
- tanto importa al servicio de Dios nuestro Señor, i nuestro, i
- bien público; y con Nos consultado, fué acordado que deviamos
- mandar dar esta nuestra Carta... etc., etc.»
-
- Pasaban los años y la ojeriza entre los dos pueblos continuaba
- todavía; y á pesar de los muchos quebrantos sufridos por la
- raza mahometana, no se daban por satisfechos los cristianos.
- Es muy probable que un pueblo que había sufrido, y estaba
- sufriendo, tantas humillaciones, probaría á vengarse; y así
- no se hace tan difícil el creer la verdadera existencia de
- las conspiraciones que se les achacaban. Como quiera, la fama
- de ellas era general, y el gobierno se hallaba seriamente
- alarmado con este motivo. Léase, en comprobación, lo que
- decía Felipe III en 1609, en la ley para la expulsión de los
- moriscos.
-
- Libro octavo. Título segundo, de la Nueva Recopilación.
-
- Lei XXV. Por la qual fueron echados los Moriscos del Reino;
- las causas que para ello hubo, y medio que se tubo en su
- execucion.
-
- «D. Phelipe III, en Madrid á 9 de Diciembre de 1609.
-
- Aviéndose procurado por largo discurso de tiempo la
- conservacion de los Moriscos en estos Reinos, i executádose
- diversos castigos por el Santo Oficio de la Santa Inquisicion,
- i concedídose muchos Edictos de gracia, no omitiendo medio, ni
- diligencia para instruirlos en nuestra Santa Fé, sin averse
- podido conseguir el fruto que se deseaba, pues ninguno se ha
- convertido, antes ha crecido su obstinacion; i aun el peligro
- que amenazaba á nuestros Reinos, de conservarlos en ellos, se
- Nos presentó por personas mui doctas, i mui temerosas de Dios,
- lo que convenia poner breve remedio; i que la dilacion podria
- gravar nuestra Real conciencia, por hallarse mui ofendido
- nuestro Señor de esta gente, asegurándonos que podríamos sin
- ningún escrúpulo castigarlos en las vidas, i en las haciendas,
- porque la continuacion de sus delitos, los tenia convencidos
- de hereges, i apóstatas, i proditores de lesa Magestad
- Divina i humana: i aunque por esto pudiera proceder contra
- ellos con el rigor, que sus culpas merecen, todavía deseando
- reducirlos por medios suaves y blandos, mandé hacer en la
- ciudad, i Reino de Valencia una Junta del Patriarca, i otros
- prelados, i personas doctas para que viessen lo que se podria
- encaminar, i disponer, i aviéndose entendido que al mismo
- tiempo que se estaba tratando de su remedio, los de aquel
- Reino, i los de estos passaban adelante con su dañado intento,
- i sabiéndose por avisos ciertos, i verdaderos que han enviado
- á Constantinopla á tratar con el Turco, ir á Marruecos con
- el Rei Buley Fidon, que embiassen á estos Reinos las mayores
- fuerzas, que pudiesen en su ayuda, i socorro, asegurándoles
- que hallarian en ellos ciento i cinquenta mil hombres, tan
- Moros como los de Berberia, que los assistirian con las vidas,
- i haciendas, persuadiendo la facilidad de la empresa; aviendo
- también intentado la misma plática con Hereges, i otros
- Príncipes enemigos nuestros; i atendiendo á todo lo susodicho,
- i cumpliendo con la obligacion que tenemos de conservar, i
- mantener en nuestros Reinos la Santa Fé Cathólica Romana, i la
- seguridad, paz i reposo de ellos en el parecer, i consejo de
- varones doctos, i de otras personas mui zelosas del servicio
- de Dios, i mio: mandamos que todos los Moriscos habitantes en
- estos Reinos, assi hombres, como mugeres, i niños de cualquier
- condicion, etc.»
-
- He dicho que los Papas procuraron ya desde un principio
- suavizar los rigores de la Inquisición de España, ora
- amonestando á los reyes y á los inquisidores, ora admitiendo
- las apelaciones de los encausados y condenados. He añadido
- también que la política de los reyes, quienes temían que las
- innovaciones religiosas acarreasen perturbación pública,
- había embarazado á los Papas para que no pudiesen llevar
- tan allá como hubieran deseado, sus medidas de benignidad é
- indulgencia; en apoyo de esta aserción escogeré entre otros
- documentos uno que manifiesta la irritación de los reyes de
- España por el amparo que en Roma encontraban los encausados
- por la Inquisición.
-
- Lib. 8. Tit. 3. Ley 2, de la Nueva Recopilación.
-
- Que los condenados por la Inquisición, que están ausentados
- de estos Reinos, no vuelvan á ellos, so pena de muerte, y
- perdimiento de bienes.
-
- «D. Fernando i D.ª Isabel en Zaragoza á 2 de Agosto año 1498.
- Pragmática.
-
- Porque algunas personas condenadas por Hereges por los
- inquisidores se ausentan de nuestros Reinos, i se van á otras
- partes, donde con falsas relaciones, i formas indevidas
- han impetrado subrepticiamente exenciones, i absoluciones,
- comissiones, i seguridades, i otros privilegios, á fin de se
- eximir de las tales condiciones, i penas en que incurrieron,
- i se quedar con sus errores, i con esto tientan de bolver
- á estos nuestros Reinos; por ende, queriendo extirpar tan
- grande mal, mandamos que no sean osadas las tales personas
- condenadas de bolver, ni buelvan, ni tornen á nuestros Reinos,
- i señoríos, por ninguna vía, manera, causa, ni razón que
- sea, so pena de muerte y perdimiento de bienes: en la qual
- pena queremos, i mandamos que por ese mismo hecho incurran;
- i que la tercia parte de los dichos bienes sea para la
- persona que lo acusare, i la tercia parte para la Justicia,
- i la otra tercia para la nuestra Cámara; i mandamos á las
- dichas Justicias, i á cada una, i cualquier dellas en sus
- Lugares, i jurisdicciones, que cada i quando supiesen que
- algunas de las personas susodichas estuvieren en algún Lugar
- de su jurisdiccion, sin esperar otro requerimiento; vayan á
- donde la tal persona estuviese, i le prendan el cuerpo, i
- luego sin dilacion executen i hagan executar en su persona,
- i bienes las dichas penas por Nos puestas, segun que dicho
- es; no embargante qualesquier exenciones, reconciliaciones,
- seguridades, i otros privilegios que tengan, los quales en
- este caso, quanto á las penas susodichas, no les pueden
- sufragar; i esto mandamos que hagan, i cumplan assi, so pena
- de perdimiento, i confiscacion de todos sus bienes; en la
- qual pena incurran qualesquier otras personas, que á las
- tales personas encubrieren, ó receptaren, ó supieren donde
- están, i no lo notificaren á las dichas nuestras Justicias:
- i mandamos á qualesquier Grandes, i Concejos, i otras
- personas de nuestros Reinos que den favor i ayuda á nuestras
- Justicias, cada i quando que se la pidieren, i menester fuere,
- para cumplir i executar lo susodicho, so las penas, que las
- Justicias sobre ellos les pusieren.»
-
- Conócese por el documento que se acaba de copiar que ya en
- 1498 habían llegado las cosas á tal punto, que los reyes se
- proponían sostener á todo trance el rigor de la Inquisición; y
- que se daban por ofendidos de que los Papas se entrometiesen
- en suavizarle. Esto indica de dónde procedía la dureza con
- que eran tratados los culpables, y revela, además, una de las
- causas por que la Inquisición de España usó algunas veces de
- sus facultades con excesiva severidad. Bien que no era un
- mero instrumento de la política de los reyes, como han dicho
- algunos, sentía más ó menos la influencia de ella; y sabido es
- que la política, cuando se trata de abatir á un adversario,
- no suele mostrarse demasiado compasiva. Si la Inquisición de
- España se hubiese hallado entonces bajo la exclusiva autoridad
- y dirección de los Papas, mucho más templada y benigna hubiera
- sido en su conducta.
-
- A la sazón el empeño de los reyes de España era que los
- juicios de la Inquisición fuesen definitivos, y sin apelación
- á Roma; así lo había pedido expresamente al Papa la reina
- Isabel, y á esto no sabían avenirse los Sumos Pontífices,
- previendo sin duda el abuso que podría hacerse de arma tan
- terrible, el día que le faltase el freno de un poder moderador.
-
- Por los hechos que se acaban de apuntar queda en claro con
- cuánta verdad he dicho que, si se excusaba la conducta de
- Fernando é Isabel por lo tocante á la Inquisición, no se podía
- acriminar la de Felipe II, porque más severos, más duros, se
- mostraron los Reyes Católicos que no este monarca. Ya llevo
- indicado el motivo por que se ha condenado tan despiadadamente
- la conducta de Felipe II; pero es necesario demostrar también
- por que se ha ostentado cierto empeño en excusar la de
- Fernando é Isabel.
-
- Cuando se quiere falsear un hecho histórico, calumniando una
- persona ó una institución, es menester comenzar afectando
- imparcialidad y buena fe; para lo cual sirve en gran manera
- el manifestarnos indulgentes con lo mismo que nos proponemos
- condenar; pero haciéndolo de manera que esta indulgencia
- resalte como una concesión hecha gratuitamente á nuestros
- adversarios, ó como un sacrificio que de nuestras opiniones
- y sentimientos hacemos, en las aras de la razón y de la
- justicia, que son nuestra guía y nuestro ídolo. En tal caso
- predisponemos al lector ú oyente á que mire la condenación
- que nos proponemos pronunciar como un fallo dictado por la
- más estricta justicia, y en que ninguna parte ha cabido
- ni á la pasión, ni al espíritu de parcialidad, ni á miras
- torcidas. ¿Cómo dudar de la buena fe, del amor á la verdad,
- de la imparcialidad de un hombre, que empieza excusando lo
- que, según todas las apariencias, atendidas sus opiniones,
- debiera anatematizar? He aquí la situación de los hombres de
- quienes estamos hablando; proponíanse atacar la Inquisición,
- y cabalmente encontraban que la protectora de este tribunal,
- y en cierto modo la fundadora, había sido la reina Isabel,
- nombre esclarecido que los españoles han pronunciado siempre
- con respeto, reina inmortal que es uno de los más bellos
- ornamentos de nuestra historia. ¿Qué hacer en semejante
- apuro? El medio era expedito: nada importaba que los judíos
- y los herejes hubiesen sido tratados con el mayor rigor en
- tiempo de los Reyes Católicos, nada obstaba que esos monarcas
- hubiesen llevado más allá su severidad que los demás que les
- sucedieron; era necesario cerrar los ojos sobre estos hechos,
- y excusar la conducta de aquéllos, haciendo notar los graves
- motivos que los impulsaron á emplear el rigor de la justicia.
- Así se orillaba la dificultad de echar un borrón sobre la
- memoria de una gran reina, querida y respetada de todos los
- españoles, y se dejaba más expedito el camino para acriminar
- sin misericordia á Felipe II. Este monarca tenía contra sí
- el grito unánime de todos los protestantes, por la sencilla
- razón de que había sido su más poderoso adversario; y así no
- era difícil lograr que sobre él recayese todo el peso de la
- execración. Esto descifra el enigma, esto explica la razón de
- tan injusta parcialidad, esto revela la hipocresía de opinión,
- que, excusando á los Reyes Católicos, condena sin apelación á
- Felipe II.
-
- Sin vindicar en un todo la política de este monarca, llevo
- presentadas algunas consideraciones, que pueden servir á
- templar algún tanto los recios ataques que le han dirigido
- sus adversarios; sólo me falta copiar aquí los documentos á
- que he aludido, para probar que la Inquisición no era un mero
- instrumento de la política de este príncipe, y que él no se
- propuso establecer en España un sistema de obscurantismo.
-
- Don Antonio Pérez en sus _Relaciones_, en las notas á una
- carta del confesor del rey, fray Diego de Chaves, en la
- que éste afirma que el príncipe seglar tiene poder sobre
- la vida de sus súbditos y vasallos, dice: «No me meteré en
- decir lo mucho que he oído sobre la calificación de algunas
- proposiciones de estas que no es de mi profesión. Los de ella
- se lo entenderán luego, en oyendo el sonido; solo diré que,
- estando yo en Madrid, salió condenada por la Inquisición
- una proposición que uno, no importa decir quién, afirmó en
- un sermón en San Hierónimo de Madrid en presencia del rey
- católico; es á saber: _Que los reyes tenían poder absoluto
- sobre las personas de sus vasallos y sobre sus bienes_.
- Fué condenado, demás de otras particulares penas, en que
- se retratase públicamente en el mismo lugar con todas las
- ceremonias de auto jurídico. Hízolo así en el mismo púlpito;
- diciendo que él había dicho la tal proposición en aquel día.
- Que él se retrataba de ella, como de proposición errónea.
- _Porque, señores_ (así dijo recitando por un papel), _los
- reyes no tienen más poder sobre sus vasallos, del que les
- permite el derecho divino y humano, y no por su libre y
- absoluta voluntad_. Y aun sé el que calificó la proposición,
- y ordenó las mismas palabras que había de referir el reo,
- con mucho gusto del calificante, porque se arrancaba yerba
- tan venenosa, que sentía que iba cresciendo. Bien se ha ido
- viendo. El maestro Fray Hernando del Castillo (éste nombraré)
- fué el que ordenó lo que recitó el reo, que era consultor del
- Santo Oficio, predicador del rey, singular varón en doctrina
- y elocuencia, conocido y estimado mucho de su nación y de
- la italiana en particular. De éste decía el doctor Velasco,
- grave persona de su tiempo, que no había vihuela en manos de
- Fabricio Dentici tan suave como la lengua del maestro fray
- Hernández del Castillo en los oídos.»
-
- Y pág. 47 en texto. «Yo sé que las calificaron por muy
- escandalosas personas gravísimas en dignidad, en letras, en
- limpieza de pecho cristiano, entre ellas persona que en España
- tenía lugar supremo en lo espiritual, y que había tenido
- oficio antes en el juicio supremo de la Inquisición.» Después
- dice que esta persona era el Nuncio de Su Santidad.
-
-
- (Relaciones de Antonio Pérez.) París 1624.
-
- El notable pasaje de la citada carta de Felipe II al doctor
- don Benito Arias Montano, dice así:
-
- «Lo que vos el Dr. etc. mi capellan, aveis de hacer en Ambares
- adonde os enviamos.»
-
- Fecha de Madrid 25 de Marzo de 1568.
-
- «Demás de hacer al dicho Plantino esta comodidad y buena obra,
- es bien que lleveis entendido que desde ahora tengo aplicados
- los seis mil escudos que se le prestan para que como se vayan
- cobrando dél, se vayan empleando en libros para el Monasterio
- de San Lorenzo el Real de la orden de San Gerónimo, que yo
- hago edificar cerca del Escorial, como sabeis. Y así habéis de
- ir advertido de este mi fin é intención, para que conforme á
- ella hagais diligencia de recoger todos los libros exquisitos,
- así impresos como de mano, que vos (como quien tan bien lo
- entiende) viéredes que serán convenientes para los traer y
- poner en la librería de dicho Monasterio: porque esta es una
- de las más principales riquezas que yo querria dejar á los
- religiosos que en él hubieren de residir, como la más útil y
- necesaria. Y por eso he mandado también á D. Francés de Alaba,
- mi embajador en Francia, que procure de haber los mejores
- libros que pudiere en aquel reyno y vos habéis de tener
- inteligencia con él sobre esto que yo le mandaré escribir que
- haga lo mismo con vos; y que antes de comprarlos os envie la
- lista de los que se hallaren, y de los precios de ellos para
- que vos le advirtais de los que habrá de tomar y dejar, y lo
- que podrá dar por cada uno de ellos, y que os vaya enviando
- á Amberes los que así fuere comprando, para que vos los
- reconozcais, y envieis acá todos juntos á su tiempo.»
-
- En el reinado de Felipe II, de ese Monarca que se nos pinta
- como uno de los principales autores del obscurantismo, se
- buscaban en los reinos extranjeros los libros exquisitos,
- así impresos como de mano, para traerlos á las librerías
- españolas; en nuestro siglo, que apellidamos de ilustración,
- se han despojado las librerías españolas, y sus preciosidades
- han ido á parar á las extranjeras. ¿Quién ignora el acopio que
- de nuestros libros y manuscritos se ha hecho en Inglaterra?
- Consúltense los Indices del Museo de Londres y de otras
- bibliotecas particulares: el que escribe estas líneas habla
- de lo que ha visto con sus propios ojos, y de que ha oído
- lamentar á personas respetables. Cuando tan negligentes
- nos mostramos en conservar nuestros tesoros, no seamos tan
- injustos y tan pueriles, que nos entretengamos en declamar
- vanamente contra aquellos mismos que nos los legaron.
-
-
- FIN DE LAS NOTAS
-
-
-
-
- ÍNDICE DE LOS CAPÍTULOS Y MATERIAS
- DEL
- TOMO SEGUNDO
-
-
- PÁG.
-
- Capítulo XX. Cuadro de la civilización moderna. Bosquejo
- de las civilizaciones no cristianas. Tres elementos de la
- civilización: individuo, familia, sociedad. La perfección de
- estos tres elementos dimana de las doctrinas. 4
-
- Cap. XXI. Distinción entre el individuo y el ciudadano.
- Individualismo de los bárbaros, según M. Guizot. Si este
- individualismo perteneció exclusivamente á los bárbaros.
- Naturaleza y origen de este sentimiento. Sus modificaciones.
- Cuadro de la vida de los bárbaros. Verdadero carácter de su
- individualismo. Confesión de M. Guizot. Este sentimiento le
- tenían en algún modo todos los pueblos antiguos. 7
-
- Cap. XXII. El respeto al hombre, en cuanto hombre,
- desconocido de los antiguos. Analogía de esta particularidad
- de los antiguos, con un fenómeno de las revoluciones
- modernas. Tiranía del poder público sobre los intereses
- privados. Explicación de un doble fenómeno que se nos
- presenta en las sociedades antiguas y en las modernas
- no cristianas. Opinión de Aristóteles. Carácter de la
- democracia moderna. 25
-
- Cap. XXIII. En la primitiva Iglesia tenían los fieles el
- sentimiento de la verdadera independencia. Error de M.
- Guizot sobre este punto. Dignidad de la conciencia sostenida
- por la sociedad cristiana. Sentimiento del deber. Sublimes
- palabras de San Cipriano. Desarrollo de la vida interior.
- Defensa del libre albedrío por la Iglesia católica.
- Importancia de este dogma para realzar la dignidad del
- hombre. 36
-
- Cap. XXIV. Ennoblecimiento de la mujer, debido
- exclusivamente al Catolicismo. Medios empleados por la
- Iglesia para realizarla. Doctrina cristiana sobre la
- dignidad de la mujer. Monogamia. Diferente conducta
- del Catolicismo y del Protestantismo sobre este punto.
- Firmeza de Roma con respecto al matrimonio. Sus efectos.
- Indisolubilidad del matrimonio. Del divorcio entre los
- protestantes. Efectos del dogma católico, que mira el
- matrimonio como verdadero sacramento. 45
-
- Cap. XXV. Pretendido rigor del Catolicismo con respecto á
- los esposos desgraciados. Dos sistemas para dirigir las
- pasiones. Sistema protestante. Sistema católico. Ejemplos.
- Pasión del juego. Explosión de las pasiones en tiempos
- turbulentos. La causa. El amor. Carácter de esta pasión. El
- matrimonio por sí solo no es un freno suficiente. Lo que
- debe ser el matrimonio para que sirva de freno. _Unidad y
- fijeza_ de las doctrinas y conducta del Catolicismo. Hechos
- históricos. Alejandro, César, Napoleón. 53
-
- Cap. XXVI. La virginidad. Doctrinas y conducta del
- Catolicismo en este punto. Id. del Protestantismo. Id. de la
- filosofía incrédula. Origen del principio fundamental de la
- economía política inglesa. Consideraciones sobre el carácter
- de la mujer. Relaciones de la doctrina sobre la virginidad
- con el realce de la mujer. 67
-
- Cap. XXVII. Examen de la influencia del feudalismo en
- realzar la mujer europea. Opinión de M. Guizot. Origen de su
- error. El amor del caballero. Espíritu de la caballería. El
- respeto de los germanos por las mujeres. Análisis del famoso
- pasaje de Tácito. Consideraciones sobre este historiador.
- César, su testimonio sobre los bárbaros. Dificultad de
- conocer bien el estado de la familia y de la sociedad entre
- los bárbaros. El respeto de que disfruta la mujer europea
- es debido al Catolicismo. Distinción del Cristianismo y
- Catolicismo; por qué se hace necesaria. 75
-
- Cap. XXVIII. La conciencia pública. Su verdadera idea.
- Causas que la forman. Comparación de la conciencia pública
- de las sociedades modernas con la de las antiguas.
- La conciencia pública es debida á la influencia del
- Catolicismo. Medios de que éste se sirvió para formarla. 91
-
- Cap. XXIX. Examen de la teoría de Montesquieu sobre los
- principios en que se fundan las varias formas de gobierno.
- Los antiguos censores. Por qué no los han tenido las
- sociedades modernas. Causas que en este punto extraviaron á
- Montesquieu. Su equivocación sobre el honor. Este honor bien
- analizado es el respeto á la conciencia pública. Ilustración
- de la materia con hechos históricos. 98
-
- Cap. XXX. Dos maneras de considerar el Cristianismo, como
- una doctrina y como institución. Necesidad que tiene toda
- idea de realizarse en una institución. Vicio radical del
- Protestantismo bajo este aspecto. La predicación. El
- sacramento de la Penitencia. Influencia de la confesión
- auricular en conservar y acendrar la moralidad. Observación
- sobre los moralistas católicos. Fuerza de las ideas.
- Fenómenos que ofrecen. Necesidad de las instituciones, no
- sólo para enseñar, sino también para aplicar las doctrinas.
- Influencia de la prensa. Intuición, discurso. 109
-
- Cap. XXXI. Suavidad de costumbres, en qué consiste.
- Diferencia entre costumbres suaves y costumbres muelles.
- Influencia de la Iglesia católica en suavizar las
- costumbres. Comparación entre las sociedades paganas y las
- cristianas. Esclavitud. Potestad patria. Juegos públicos.
- Una reflexión sobre los _Toros_ de España. 123
-
- Cap. XXXII. Elementos que se combinaron para perpetuar la
- dureza de costumbres en las sociedades modernas. Conducta
- de la Iglesia sobre este punto. Cánones y hechos notables.
- San Ambrosio y el emperador Teodosio. La tregua de Dios.
- Disposiciones muy notables de la autoridad eclesiástica
- sobre este punto. 130
-
- Cap. XXXIII. Beneficencia pública. Diferencia del
- Protestantismo y del Catolicismo con respecto á ella.
- Paradoje de Montesquieu. Cánones notables sobre este punto.
- Daños acarreados en esta parte por el Protestantismo. Lo que
- vale la filantropía. 148
-
- Cap. XXXIV. Intolerancia. Mala fe que ha presidido á esta
- cuestión. Definición de la tolerancia. Tolerancia de
- opiniones, de errores. Tolerancia del individuo. Tolerancia
- en los hombres religiosos y en los incrédulos. De dónde
- nace en unos y otros. Dos clases de hombres religiosos y de
- incrédulos. Tolerancia en la sociedad; de dónde nace. Origen
- de la tolerancia que reina en las sociedades actuales. 161
-
- Cap. XXXV. La intolerancia es un hecho general en la
- historia. Diálogo con los partidarios de la tolerancia
- universal. Consideraciones sobre la existencia y el
- origen del derecho de castigar doctrinas. Resolución de
- esta cuestión. Funesta influencia del Protestantismo y
- de la incredulidad en esta materia. Justificación de la
- importancia dada por el Catolicismo al pecado de herejía.
- Inconsecuencia de los volterianos vergonzantes. Otra
- observación sobre el derecho de castigar doctrinas. Resumen. 174
-
- Cap. XXXVI. La Inquisición. Instituciones y legislaciones de
- intolerancia. Causas del rigor desplegado en los primeros
- siglos de la Inquisición. Tres épocas de la Inquisición de
- España: contra los judíos y moros, contra los protestantes,
- y contra los incrédulos. Judíos; causas del odio con que
- eran mirados. Rigores de la Inquisición; sus causas.
- Conducta de los Papas en este negocio. Lenidad de la
- Inquisición de Roma. Principios intolerantes de Lutero con
- respecto a los judíos. Moros y moriscos. 189
-
- Cap. XXXVII. Nueva Inquisición atribuída á Felipe II. El P.
- Lacordaire. Parcialidad contra Felipe II. Una observación
- sobre la obra titulada _La Inquisición sin máscara_. Rápida
- ojeada sobre aquella época. Causa de Carranza; observaciones
- sobre la misma, y sobre las calidades personales del ilustre
- reo. Origen de la parcialidad contra Felipe II. Reflexiones
- sobre la política de este monarca. Curiosa anécdota de un
- predicador obligado á retractarse. Reflexiones sobre la
- influencia del espíritu del siglo. 204
-
-
-
-
- ÍNDICE DE LAS NOTAS
-
-
- PÁG.
-
- (1) 223
-
- (2) 227
-
- (3) 229
-
- (4) 231
-
- (5) 231
-
- (6) 233
-
- (7) 234
-
- (8) 238
-
- (9) 240
-
- (10) 245
-
-
-
-
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-Catolicismo en sus relaciones con la Civilización Europea (Vols 1-2), by Jaime Luciano Balmes
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