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-The Project Gutenberg EBook of Pago Chico, by Roberto Payró
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
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-
-Title: Pago Chico
-
-Author: Roberto Payró
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-Release Date: July 30, 2020 [EBook #62785]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PAGO CHICO ***
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-Produced by Andrés V. Galia, Jude Eylander, María C.
-Fernández Q. and the Online Distributed Proofreading Team
-at https://www.pgdp.net (This book was produced from images
-made available by the HathiTrust Digital Library.)
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- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_. Texto en
-negrita está marcado =de este modo=.
-
-Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la
-presente edición de esta obra fue publicada, en 1908, eran diferentes a
-las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,
-fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó",
-"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido
-respetado.
-
-El lenguaje utilizado es peculiar al modo de hablar de los argentinos.
-Es oportuno agregar que el autor, además, hace hablar a algunos de los
-personajes en un lenguaje con expresiones y giros que son típicos del
-interior de la Argentina.
-
-Por lo demás, el criterio utilizado para llevar a cabo esta
-transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia
-Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar
-el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-La cubierta del libro en la versión HTML fue modificada por el
-Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público.
-
-El Índice de capítulos ha sido trasladado al principio de la obra.
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- * * * * *
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- PAGO CHICO
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- =OBRAS DEL MISMO AUTOR=
-
- =La Australia Argentina= (dos volúmenes, Rodríguez Giles, editor).
-
- =El Falso Inca= (cronicón de la conquista).
-
- =El Casamiento de Laucha= (novela picaresca, Rodríguez Giles,
- editor).
-
- =Sobra las ruinas= (drama en cuatro actos).
-
- =Marco Severi= (drama en tres actos).
-
- =El Triunfo de los otros= (drama en tres actos).
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-
- =EN PRENSA=
-
- VIOLINES Y TONELES
-
- AGOTADAS.--_Ensayos poéticos._--_Antígona_ (novela).--_Scripta_
- (cuentos).--_Novelas y fantasías._--_Los italianos en la
- Argentina._--_Emilio Zola._
-
-
- --Talleres tipográficos de la Casa Editorial "Mitre"--Barcelona--
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-
- ROBERTO J. PAYRÓ
-
- Pago Chico
-
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-
- EDITORIAL MINERVA
- AVENIDA DE MAYO 560
- BUENOS AIRES
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-
-
- _Al Dr. Genaro Sisto,
- con fraternal cariño._
-
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- ÍNDICE
-
-
- Pág.
-
- I La escena y los actores 7
-
- II Libertad de la imprenta 21
-
- III En la policía 39
-
- IV El caudillo 43
-
- V El juez de paz 51
-
- VI La elección municipal 59
-
- VII Ladrillo de máquina 85
-
- VIII Beneficencia pagochiquense 93
-
- IX Poncho de verano 99
-
- X Para barrabasadas 113
-
- XI Los patos 119
-
- XII Metamorfosis 127
-
- XIII Con la horma del zapato 137
-
- XIV El desquite de don Ignacio 149
-
- XV Las memorias de Silvestre 157
-
- XVI Fiestas patrias 187
-
- XVII Poesía 203
-
- XVIII Sitiado por hambre 212
-
- XIX El diablo en Pago Chico 225
-
- XX Guerra á Silvestre 245
-
- XXI Altruismo 251
-
- XXII Libertad de sufragio 257
-
- XXIII Epílogo 263
-
-
-
-
- LA ESCENA Y LOS ACTORES
-
-
-Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido
-cristalizando á su alrededor una población heterogénea y curiosa,
-compuesta de mujeres de soldados,--chinas,--acopiadores de quillangos
-y pluma de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos,
-indios mansos, indiecitos cautivos,--presa preferida de cuanta
-enfermedad endémica ó epidémica vagase por allí.
-
-El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales,
-permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población
-que el vegetativo,--casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba
-casi los nacimientos, pero cuyos claros venían á llenar los nuevos
-contingentes de tropas enviados por el gobierno.
-
-Mas, cuando los indios quedaron reducidos á su mínima
-expresión,--«civilizados á balazos»,--la comarca comenzó á poblarse de
-«puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron,
-fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo
-de toda aquella vida incipiente y vigorosa.
-
-Cuando ese núcleo adquirió cierta importancia, el gobierno provincial
-de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra
-especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en
-«partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo
-fuerte, á punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con
-esto una nueva unidad electoral que oponer á los partidos centrales,
-más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente á frente
-para fiscalizarlo y encarrilarlo.
-
-Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales,
-el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad,
-comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía,
-encargados de suministrarle los legisladores á su imagen y semejanza
-que habían de mantenerlo en el poder.
-
-La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos
-años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los
-inconmovibles _bourgs pourris_, baluartes en que se estrellaba todo
-conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran
-el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía
-como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio
-algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez
-en cuando gruesas sumas destinadas á obras públicas y de fomento,
-que las mismas autoridades se repartían en santa paz, cubriendo las
-apariencias con algún conato de construcción, v. g. la del puente sobre
-el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia,
-siempre en las mismas, la terminación de la Municipalidad, ó la mejora
-de los caminos, las acequias ó los mataderos...
-
-Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización
-más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún
-desdeñado ó perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia ó
-los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora
-simples especies calumniosas y envenenadas.
-
-El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate
-para que yo me ponga», de manera que la oposición no salía nunca de
-su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse,
-los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la
-tolerancia.
-
-Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión
-que pidiera á la Municipalidad, proclamó _urbi et orbe_ que iba á
-revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando á la
-prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por
-los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición
-circunstanciada de las defraudaciones, á la que agregó cálculos de
-precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de
-comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros
-vecinos espectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el
-_factum_ ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine,
-agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó el
-pueblo pronto ya á la revolución y el sacrificio...
-
---Vd. es un sonso, amigo Bermúdez,--le dijo en esta emergencia el
-escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle.
-
---¿Por qué?--preguntó el prohombre opositor muy sorprendido.
-
---Porque ha obligado al intendente á romper el contrato por diez años
-del peaje del puente.
-
---¿Y á mí qué?
-
---Que la Municipalidad se lo concedía á usted por una bicoca... ¡Un
-regalito de tres á cuatro mil pesos al año!...
-
-Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, en
-seguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la
-mano trémula de emoción y avaricia:
-
---¿Y eso no se podría arreglar?--preguntó.
-
-Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dió vuelta el poncho. Los
-parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro
-hombre, desollado y todo, siguió tan campante, enriqueciéndose y
-figurando cada vez más...
-
-Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto,
-dejar de convertirse en centros de difamación, y lo fueron con tal
-eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en
-varios bandos que se odiaban á muerte, y cuya lucha iba á dar origen á
-una oposición organizada.
-
-Entre estos bandos destacábase el de D. Ignacio Peña (don Inacio allí)
-y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este
-último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal,
-doctor Carbonero, habilitó á un italiano para que abriese otra farmacia
-contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos
-de la municipalidad para el hospital, y los de la comisaría para su
-botiquín, pues Carbonero acumulaba también las funciones de médico de
-policía y director del hospital.
-
-Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor
-Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto,
-español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores á
-todo trance.
-
-Añádase á esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí
-misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para
-algunos llegaba á extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las
-envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi
-total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya
-para convertirse en teatro de una lucha homérica.
-
-El primer síntoma de guerra fué una disputa ocurrida en el Club del
-Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de
-paz don Pedro Machado, á raíz de un envite en que el juez cantó treinta
-y dos y se fué á baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después
-de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido
-mejor, porque la venganza de Machado, á quien el intendente llamara
-«tramposo» con todas sus letras, fué terrible: fundó un periódico, _El
-Justiciero_, para atacar á su enemigo y sacarle los cueritos al sol.
-«Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra
-que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan
-á la luz... ya se adivina el resto!
-
-Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era
-completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había
-dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese
-«overo» al intendente, sin asco y sin lástima.
-
-_El Justiciero_ debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos.
-Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el _deus ex machina_
-pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los
-príncipes cristianos.
-
---Mire, don Pedro--declaró al belicoso juez de paz;--esto va á ser como
-pelea de comadres de barrio: «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto
-pueda decirle á Luna, él se lo puede repetir á usté, porque todos hemos
-hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca,
-porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón: los pies
-fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo
-no más. Sino, vamos á tener que enojarnos con usté, se va á enojar el
-gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio
-Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él
-serán la risa de todo el mundo.
-
-Como don Pedro no cediera á las primeras de cambio, Ferreiro se
-entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos
-en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas
-en el desempeño de su cargo...
-
---¡Piór ha hecho él!--gritaba Machado, como lo pronosticara el
-escribano, que le tapó la boca con esto:
-
---Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un
-campo sin título de propiedad, ni de seis ó siete lotes urbanos, que la
-Intendencia puede reivindicar de un momento á otro...
-
-_El Justiciero_ no reapareció hasta meses más tarde, cuando _La Pampa_
-de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición,
-provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo
-la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños
-del pueblo».
-
-Este Viera, hijo de Pago Chico,--joven de veintidós años que había
-vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias á su pequeña
-fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y
-comités,--era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración
-y más escasa experiencia, á quien el surgimiento de la Unión Cívica
-infundió ideas redentoras. Á raíz de aquel vasto movimiento de opinión
-volvió al Pago resuelto á reformar el mundo, y para hacerlo compró
-también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó _La
-Pampa_, dispuesto á sostenerla con la otra mitad.
-
-Ya lo veremos en la acción. Entre tanto pasemos á otra cosa, para dar
-una idea general de aquel pueblo privilegiado.
-
-Las reuniones más chic y mejor concurridas eran las que Gancedo
-celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad
-que pudiera llevarlo á la diputación,--sin darse cuenta de que en
-Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y
-solapado.
-
-Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían
-serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según
-el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos.
-Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria
-pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía
-generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y
-empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de
-viajeros en una parada del camino.
-
-Terminada la comida y apuradas las últimas botellas de buen vino de
-postre, comenzaba á llegar el resto de los invitados, las niñas con sus
-mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado
-sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían
-hasta muy cerca del amanecer.
-
-Las demás reuniones eran muy parciales y escasas, excepto las
-masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine,--los
-dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas,
-quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en
-manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza.
-
-Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y
-odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo,
-la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense.
-Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas
-solemnidades.
-
-Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile,
-abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los
-hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y
-las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando
-aquí á las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas á
-su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes,
-habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con
-toda la paciencia que se le atribuye aun, pese á las protestas,
-clamores y vociferaciones que llenan su libro del viejo testamento.
-Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y pura,
-y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre
-decente ni mujer honrada.
-
---Si uno fuera á creer tanta inmundicia--decía Silvestre,--tendría
-vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos.
-
-Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia
-de la difamación...
-
-_La Pampa_ atacó el mal en varios artículos violentos contra los
-calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió,
-ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo,
-y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña
-periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande»,
-epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por
-este párrafo, glosa de la frase silvestrina:
-
-«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el
-pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio
-y reclusión de mujeres perdidas.»
-
-El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el
-ferrocarril, pues entonces comenzaron á establecerse «barracas» para el
-acopio de frutos del país,--lana, cueros, etc. Estos establecimientos
-fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando á efectuar
-ciertas operaciones bancarias,--depósitos en cuenta corriente y á plazo
-fijo, descuentos, giros--que antes hacían difícilmente las principales
-casas de comercio.
-
-Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un
-inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los
-ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de
-madera, hierro y tejas, mueblería, armería, hojalatería, ferretería,
-pinturería, ropería, librería, papelería y droguería, amén de otras
-especialidades.
-
-Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época
-en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia,
-y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la
-compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la
-especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías,
-almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías,
-zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un
-conato de librería y una cigarrería pequeña,--casas entre las que
-sobresalía como una perla de incomparable oriente la
-
- SAPATERIA E SPACIO DI BEVIDA
- DI ROMOLO E REMO
- DI GIUSEPPE CARDINALI
-
-Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes
-que París, ó al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda
-reaparecer cuando se complete el ciclo de su evolución progresiva.
-
-La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la
-primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En
-un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente
-se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos.
-Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller
-prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte
-en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo.
-
-Á la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Chico el
-floreciente molino y fidedería de Guerrini, construcción chata y
-mezquina emplazada á orillas del arroyo presuntuosamente llamado
-Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una
-pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las
-tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo
-sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero
-característica.--Había que agregar también, fuera de los hornos de
-ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la
-talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios sin embargo,
-debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los
-ranchos de las afueras hacían primorosos maneadores, lazos, bozales,
-maneas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos
-«paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba á veces
-más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse á vender
-arreos ordinarios, pero cobrándolos á peso de oro se vengaba del arte
-purísimo que convertía los «tientos», el simple cuero sobado, en bridas
-moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes,
-sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban tres y más
-veces el valor de la materia prima. Y, á la larga, Tortorano venció:
-hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó
-sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación,
-y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó
-sin trabajo á los trenzadores que debieron levantar campamento para no
-morirse de hambre.
-
-Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los
-desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes
-menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto á olor de ratón»,
-que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható».
-
-Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares
-de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores,
-blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas,
-cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también
-vendían carbón, leña, maíz y afrecho...
-
-...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera
-barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulo á relatar
-y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense,
-preñada de hechos transcendentales, rica en filosófica enseñanza,
-espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones
-progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar
-de patriotismo...
-
---¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto!--agregaría
-Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores
-de Pago Chico.
-
-
-
-
- LIBERTAD DE IMPRENTA
-
-
-Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política
-enardecía los ánimos y _La Pampa_ y _El Justiciero_ se dirigían los
-cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja
-de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, y cívicos y
-oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros
-para retener el gobierno de la comuna. _La Pampa_ no dejó de aprovechar
-el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus
-golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente
-mismo. Un parrafito:
-
-«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente
-en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese
-cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene á demostrar cómo
-la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno
-que es la cueva de Alí Babá, va á ser esquilmada hasta el último peso
-por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no
-hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y sí
-puramente hombres sin honor ni vergüenza.»
-
-Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en
-intenciones, enfureció á don Domingo de tal modo, que se fué como
-un cohete á consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor
-en las grandes emergencias. Quería acusar la publicación. Ferreiro,
-sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oir ligeros ¡hum! ¡hum!
-intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció:
-
---No es acusable.
-
-Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira:
-
---¿Quiere decir que porque á un miércoles se le ocurre robarse la plata
-de la municipalidad, á mí me puede decir que debo estar en la cárcel de
-Sierra Chica ese canalla de Viera?...
-
---No lo dice, lo da á entender,--repuso tranquilamente Ferreiro.
-
-El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso,
-gruñendo entre dientes:
-
---Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá!
-¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda!
-
-Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del
-tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte
-y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo
-tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento
-caliente como si saliera de un horno, barrían las calles calcinadas
-por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un
-malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en
-la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor á paja quemada. El
-bochorno aumentaba por minutos.
-
-Avanzando la tarde el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el
-incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla
-tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que
-forma montones de arena en las aceras y los pasea triunfante de un lado
-á otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo;
-quería achicharrarlo todo.
-
-Cuando obscureció completamente, se notaron en el cielo de azul
-profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas,
-semejantes--menos en el tono--á la claridad difusa que por la noche y
-desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de
-ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el
-cielo sin una nube...
-
-Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los
-grandes desastres como se verá cuando se lea «El diablo en Pago Chico».
-
-La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política
-de ésas que concluyen á garrotazo limpio; y como el señor intendente
-había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don
-Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el
-comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de
-particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle» según
-declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de
-los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el
-inspector del riego.
-
-Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de _La Pampa_
-hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de
-Gancedo--en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas
-de sauce y yedra--iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no
-era posible faltar. Se dió una tarea espantosa para _llenar_ el diario,
-y á las ocho y media salió para ir á mudarse ropa: estaba de tinta de
-imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la
-mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón.
-
-Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca
-de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el
-quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar
-el castigo de su insultador.
-
---¡Hum!--se dijo el periodista--¡esto es algo!
-
-Apenas le vieron, los vigilantes--las sombras--se echaron sobre él,
-blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado
-por la escena que iba á desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de
-entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le
-reconoció, y haciendo una gambeta á los presuntos apaleadores, cruzó la
-calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente,
-le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá,
-canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troncoso, que
-comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los
-otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó á la calle, y amparándose
-en la sombra, se fué á su casa...
-
-Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso;
-pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las
-habitaciones, dando á Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista,
-incauto, había ido á mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro,
-y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato á
-la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro
-Machado, había prometido firmar al día siguiente--antedatada, como es
-natural--una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para
-cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer
-ulterioridades, y se haría justicia.
-
-Gracias á esta rapidez de procedimiento--excepcional en Pago Chico--el
-comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió
-la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo
-para no salpicar los zapatos de charol.
-
---¡Marche!
-
---¡Pero hombre, no he de ir desnudo!
-
---¡Marche, canalla!
-
-Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas
-zapatillas, y en camiseta lo llevaron á empellones, por el medio de la
-calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron.
-
---¡Yo t'enseñar!--le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire,
-apenas le vió encerrado.
-
-Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en
-el vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia.
-
-Al día siguiente _La Pampa_ salió «tremenda.»
-
-Informados á tiempo los amigos, primero por Tortorano, que lo había
-visto todo, pero que no se animó á terciar, luego por Troncoso, que
-protestaba contra el atropello de su domicilio, después por Silvestre,
-el boticario, que nada había visto, pero que todo lo sabía y aun
-agregaba detalles de su cosecha, y en seguida por Pago Chico entero,
-que se arremolinó cuchicheando en el club, en los cafés, en la plaza,
-hasta en el baile de Gancedo, y que hacía silencio apenas asomaba un
-oficialista--informados á tiempo, repetimos, se encargaron de dar la
-nota del día en el periódico, hicieron parar la máquina, aflojaron las
-formas y añadieron un primer editorial cortito, pero sabroso, que se
-atribuyó generalmente á la bien cortada pluma del Dr. Don Francisco de
-Pérez y Cueto, que aunque español, era muy patriota y un liberal hasta
-allí.
-
---No podemos renunciar al placer de exhibir ese documento histórico, ya
-que está al alcance de la mano:
-
-«La infamia entronizada en este desgraciado pueblo de Pago Chico, por
-culpa de un gobernador de la provincia de Buenos Aires que no merece
-más que el desprecio, y que cometen cuantas tropelías harían poner
-rojo de vergüenza á cualquier hombre con ciertos ápices de dignidad,
-ha llegado hasta un extremo que no puede concebirse en un país libre
-donde todo el pueblo y los ciudadanos además quieren la libertad de las
-instituciones.
-
-«La prensa, que es el cuarto poder del estado, y que es una institución
-simultáneamente y al mismo tiempo, no se ve libre de las asechanzas de
-esos malvados que roban y esquilman al pueblo á mansalva y sin que haya
-quien les castigue, porque tienen el poder en la mano, y no contentos
-con eso echan mano de la fuerza bruta para hacer callar la protesta
-indignada de un pueblo que sufre sus desmanes y sus depredaciones.
-
-«Como ven que la valiente propaganda de este diario no se detiene ni
-tergiversa, han llegado en su infamia y su traición hasta asaltar en
-plena vía pública á nuestro valiente y noble director, y no satisfechos
-con ese brutal é incalificable atentado, le han sumergido luego en
-un estrecho é inmundo calabozo infecto, casi desnudo, después de
-arrancarlo de su casa donde se estaba mudando ropa para ir al baile de
-lo de Gancedo, y no sin antes haber violado su domicilio como violaron
-el de la casa del señor Troncoso para buscarlo los emponchados que con
-el intendente á la cabeza trataban de darle una paliza de la que el
-intendente fué el que salió mal parado.
-
-«Y entre tanto nuestro director está preso inicuamente.
-
-«¡Así obran la autoridades gubernistas!
-
-«¡¡Así se respeta el domicilio privado de las casas de familia!!
-
-«¡¡¡Así se respeta, también, la prensa por esos canallas
-ensoberbecidos, bandoleros del poder!!!
-
-«¡¡¡¡¡Pero no nos harán callar!!!!!
-
-«¡¡¡Hemos de decirles todas sus porquerías, y hemos de sacar muchos
-cueros al sol!!!
-
-«¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!!
-
-«Mañana nos ocuparemos más extensamente de este atentado brutal. Hoy
-la indignación nos pone mudos y á más la falta absoluta de espacio nos
-impide tratar el tema con la extensión que merece.»
-
-Como se ve no habían alcanzado los puntos de admiración para el último
-párrafo. El regente quiso distraer dos de ¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! ó de
-alguna de las frases anteriores, pero no se lo permitieron, porque al
-fin y al cabo, el último párrafo era puramente explicativo.
-
-Por su parte _El Justiciero_,--el papel oficial--no se quedó corto
-tampoco en aquel memorable día. He aquí lo que escribió:
-
-«El individuo Viera, que no se detiene en sus asquerosos avances de
-pasquinero soez ni ante el sagrado del hogar, ha llevado ayer su justo
-merecido, recibiendo una paliza de padre y muy señor mío que le propinó
-nuestro distinguido amigo y correligionario señor Domingo Luna, que con
-tan empeñoso acierto rige las funciones de intendente municipal de este
-progresista pueblo.»
-
-Hay que hacer notar que este párrafo--y alguno de los que siguen,--fué
-escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción
-por la inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el
-artículo quedó bien de todos modos y no era cosa de que los cajistas
-se estuvieran toda la noche en la imprenta. Además ¿cómo decir que el
-apaleado había sido don Domingo? El artículo continuaba:
-
-«Como á Viera no se le hace más caso á sus ataques que á un perro
-sarnoso, se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar
-desde su pasquín inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió
-infamemente al señor Luna, pero le salió la torta un pan, porque fué
-por lana y salió trasquilado y se metió á apaleador y casi no le dejan
-hueso sano!»
-
---¡Coñe! ¡Así se escribe la historia!--exclamaba el doctor Pérez y
-Cueto al llegar aquí de la lectura.
-
-«Habíamos pronosticado que esto iba á suceder matemáticamente,
-porque no podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos
-de desvergüenza, y cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez,
-infame y asquerosa, para conseguir cuatro suscripciones de otros tan
-despechados y tan procaces como ellos, no hacen más que insultar á
-los que valen más que ellos, sin comprender que con eso no se puede
-transgredir ni paliar la opinión pública.
-
-«Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan
-seria y que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas,
-da hálitos de podredumbre inmunda á los pueblos que infestan y debían
-preocuparse los gobiernos de poner á raya con sabias limitaciones
-reglamentarias y leyes al propósito á esa prensa brava que destila baba
-sobre todos los que no comulgan con sus ruedas de molino.
-
-«Una ley de imprenta que enfrene á esos insultadores de oficio se hace
-necesaria inminentemente. Si no, sería necesario hacerse justicia por
-su propia mano, como en el caso de ayer.
-
-«En cuanto á éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque
-pertenece á esa calaña; pero que nos callamos por la circunstancia
-misma de ser nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus
-desbordes infames, entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy
-mismo será puesto á disposición del digno juez de paz de este partido
-señor don Pedro Machado.
-
-«El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y
-Fillipini decían anoche que dentro de dos ó tres días podrá salir á la
-calle.»
-
-Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin
-de cuentas ¿quién había dado á quién? ¡Problema! Pero para eso estaba
-Silvestre que en cierta ocasión, encarándose con Viera, y refiriéndose
-á _La Pampa_ y á su propaganda, había exclamado, orgulloso:
-
---¡Ella sale una vez al día, y yo salgo á todas horas!
-
-Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico:
-Luna, que preparaba una celada á Viera para vengarse de sus justos
-ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso»,
-después de lo cual el comisario con treinta vigilantes armados á
-rémington, habían asaltado la casa del periodista, y no sin que éste
-opusiera una resistencia heroica, en que hubo tiros, pero no heridos,
-(los tiros los oyó todo el mundo, aunque no sonaron), fué reducido y se
-le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija de los calabozos
-policiales... Allí estaba Viera aún. ¡Quién sabe si no lo habían
-estaqueado!
-
-La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y
-cuchicheante. Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el
-diapasón... ¡Claro! ¿Y las consecuencias?... No era cosa de meterse á
-redentor y salir crucificado.
-
-Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no
-acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía
-el vermouth matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de
-una arrebatadora é inspirada alocución de Lobera, secretario del
-comité y oficial de la peluquería de Bernardo, declaró y juró que era
-deber nacional devolver la libertad á Viera, y que lo harían «si á
-las buenas, á las buenas; si á las malas... ¡á las malas!» palabras
-textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior había juzgado
-de alta política no asomar las narices á la puerta.
-
---¡En último caso--exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por
-todas partes y entusiasmo por la boca--en último caso asaltaremos la
-comisaría y le daremos una paliza á Barraba!
-
---¡Muy bien dicho!--exclamaron unos.
-
---¡Eso es! ¡una paliza al comisario!--gritaron otros.
-
---¡Bravo! ¡Bravo!--aullaron los demás.
-
-Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche
-antes:
-
---¡Es un atropello infame! ¡Que suelten á Viera!
-
-Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero
-acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fué desgranando poco á
-poco de una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth ó su biter, y
-se evaporaban, uno á uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado,
-no sin dirigir á la salida una sonrisita amistosa al vigilante que,
-de acera á acera y observando el interior del café, se paseaba por la
-esquina.
-
---¿Se ha ido Lobera?
-
---Hombre, sí; y Silvestre también.
-
---¿Y Tortorano?
-
---Acaba de salir.
-
---¡Así no se puede hacer nada nunca!--exclamó Pedrín, que también tomó
-la puerta encogiéndose de hombros.
-
-Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió
-en su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de
-sus aficiones.
-
-Sin embargo podría--él tan curioso--haberse detenido á observar lo que
-pasaba en la comisaría.
-
-En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón,
-tieso como el Apolo del jardín de Bermúdez--aquella estatua de yeso
-pintado imitando mármol veteado, que tanto podía representar á un
-tullido--miraba de reojo á sus compañeros que tomaban mate, y de frente
-á las oficinas.
-
---Che, Avellanera, alcanzá uno--dijo el plantón al cebador del amargo,
-viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho.
-
---¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera.
-
-Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un
-fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron á carcajadas
-de la ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y
-Fernández, el agente de plantón, era el jefe de la partida que debió
-apalearlo. Barraba lo había castigado «por sonso», y porque sospechó
-quizá que tenía afición al «pasquinero».
-
-Casualmente, el comisario entró en aquel momento.
-
---¡Á ver vos, Fernández, vení acá!
-
-El plantón hizo la venia, y con los sesos tostados por el sol, se
-acercó miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y
-estaban firmes, con la mano á la frente y expresión de la más absoluta
-humildad.
-
-Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que
-Fernández, cuadrado, se quedaba á la puerta, le gritó con voz áspera y
-frunciéndole las cejas:
-
---¡Entrá!
-
-Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso.
-
---Vos andas con Viera ¿no?
-
---Yo... señor...--balbuceó el infeliz, que al oir tan terrible acento,
-hubiera querido hallarse á veinte leguas.
-
---¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la
-puerta de la imprenta?
-
---Nada, señor comisario.
-
---¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir!
-
---Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo:
-
---Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero
-que te metás á mulo grande ¿entendés? ¡Cuidadito conmigo, que si yo sé
-que te metés en otra, te hago estaquear. Ahora andáte y ¡cuidadito!...
-
-El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas
-y sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la
-capital federal.
-
-Barraba llamó á otro agente.
-
---Traigamé el preso,--dijo.
-
---¿Á cuál? ¿Al señor Viera?
-
---¡Qué señor, ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo!
-
-Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el
-agente. Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero
-entero y altivo como cuadra á todo periodista perseguido por el poder.
-
-El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que
-examinaba unos papeles. Viera de pie y en silencio se mordía los labios
-de rabia.
-
---¿Por qué está preso?--preguntó al fin Barraba, clavando en él una
-mirada iracunda.
-
---No sé.
-
---¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber!
-
---¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!...
-
---¡No se me insolente!--gritó iracundo.
-
---No me insolento. Me pregunta y le contesto.
-
-El agente dió un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente
-impasible. Barraba se reprimió, pero le hubiese gustado hallar ocasión
-de «darle unos planazos al pasquinero».
-
---Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna.
-
---Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una
-emboscada... y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de
-seguro me matan si no me meto en casa de Troncoso.
-
-El comisario pareció reflexionar.
-
---Bueno,--dijo por fin,--ésa es su versión. Pero el señor intendente no
-dice lo mismo, y los testigos tampoco.
-
---¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he
-conocido bien!
-
-Barraba, ciego de ira, se levantó á medias de su asiento, pero logró
-reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad,
-dijo lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba:
-
---¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! Aquí no hay más
-agresor que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz
-por su delito de desacato á la autoridad!
-
---¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su
-puesto!--exclamó Viera que ya estaba viendo quince días ó un mes
-de prisión en el calabozo, los interrogatorios intolerables, las
-vejaciones sin término, y para fin de fiesta el viajecito á La Plata
-entre dos vigilantes, y quizá con grillos...
-
---¡Enemigo! ¡injusticia, eh!--gritó Barraba, morado de cólera.--¡Mire,
-amiguito, no me cargue la paciencia, canejo!
-
---¡Es que es la verdad!--repuso el otro con indignación.
-
---¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el
-enemigo y con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen
-guiso de lonja!
-
-Y dirigiéndose á la puerta de la otra oficina, gritó:
-
---¡Benito! Hacé l'ata de Viera.
-
-El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió á leerla con voz
-monótona:
-
-«Llamado á mi presencia el acusado Pedro Viera, dijo que él había sido
-agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y
-que le pegó unos palos, y que entonces vinieron otros emponchados, y
-que él entonces se metió en casa de Troncoso y que entonces los otros
-lo dejaron irse. Preguntado el delincuente si conocía á los hombres
-que decía que lo habían querido asaltar, el declarante dijo que no,
-y que no los había podido conocer, porque dijo que la noche estaba
-muy obscura y que no había luz. Y leída que le fué su declaración se
-ratificó y firmó conste.»
-
---Yo no firmo,--dijo sencillamente Viera.
-
---¿Por qué?--preguntó Barraba indignado de ver desconocida su
-omnipotencia.
-
---Porque eso es una barbaridad.
-
-Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de
-voluntad y mucha prudencia, y se limitó á ordenar:
-
---¡Volvélo al calabozo!
-
-Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'e valer»
-que sólo terminó cuando tuvo á bien regalar á Benito con este
-cumplimiento á propósito de la redacción del acta.
-
---¡También vos sos más bruto que un par de botas!
-
-El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado á esas
-rebuscadas galanterías.
-
---Á ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato á
-la autoridá á mano armada del intendente».
-
-Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el
-libro de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico.
-
-...Los telegramas habían llegado á todos los diarios de oposición de
-Buenos Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un
-verdadero escándalo. ¡Qué arma aquélla, y en qué momentos! Asustados
-del ruidoso asunto, los caudillos platenses juzgaron conveniente
-ahogarlo al nacer echándole tierra, y el diputado Cisneros, mandón de
-Pago Chico, sirviendo de truchimán á los jefes del partido oficial
-todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz, don Pedro
-Machado, el siguiente despacho:
-
-«Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase,
-brutal atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar
-oposición tranquilidad espíritu. Ponga asaltante inmediatamente
-libertad.--_Cisneros._»
-
-El escribano Ferreiro había criticado acerbamente la aventura y el
-desmán, abundando en las mismas opiniones.
-
---Eso es querer hacer callar un chancho á palos,--dijo á Luna y á
-Barraba.--Otra vez no sean tan bárbaros. Á hombres como Viera hay que
-matarlos ó dejarlos. Nada de palizas. Sítienlo por hambre más bien.
-
-...La orden del diputado se cumplió sin pérdida de momento. El consejo
-de Ferreiro comenzó también á ponerse inmediatamente en práctica.
-
-
-
-
- EN LA POLICÍA
-
-
-No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitóse
-de graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad
-policial fuera á poner en vereda á los revoltosos pagochiquenses.
-
-Antes de él, es decir, antes de que se fundara _La Pampa_ y se formara
-el comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel
-pueblo tranquilo entre los pueblos tranquilos.
-
-El antecesor de Barraba fué un tal Benito Páez, gran truquista,
-no poco aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo,
-salvo la inveterada costumbre de no tener gendarmes sino en número
-reducidísimo,--aunque las planillas dijeran lo contrario,--para crearse
-honestamente un sobre sueldo con las mesadas vacantes.
-
---¡El comisario Páez--decía Silvestre--se come diez ó doce vigilantes
-al mes!
-
-La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de
-La Polvadera[1], las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres
-no menos perentorios, obligaban á D. Benito Páez á frecuentes, á casi
-reglamentarias ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo
-tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fué ir un comisario activo
-con una docena de vigilantes más, para que comenzaran los escándalos
-y las prisiones, y para que la gente anduviera con el Jesús en la
-boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias
-filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al cuento aunque
-quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en aquel
-tiempo, y los viejos del pago lo repiten á menudo.
-
-Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal
-inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos
-rurales y sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran á
-escudriñar cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, D. Benito
-ignoró hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba, y ni
-dejó su truco, sus carreras y sus riñas, ni se ocupó de reforzar el
-personal con gendarmes de ocasión.
-
-Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra
-y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso,
-dos hombres á caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del
-chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se
-dirigieron á la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo
-las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad
-corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de
-intransitabilidad.
-
-Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos
-personajes de novela caballeresca, y llegaron á la puerta de la
-comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el
-mejor caballo,--y en quien el lector perspicaz habrá reconocido
-al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra á su
-asistente--trepó á la acera sin desmontar, dió tres fuertes golpes en
-el tablero de la puerta con el cabo del rebenque...
-
-Y esperó.
-
-Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y
-refunfuñando un terno volvió á golpear con mayor violencia.
-
-Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se
-notaba movimiento alguno.
-
-Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo
-cada una de ellas con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin
-allá á las cansadas entreabrióse la puerta, vióse por la rendija la
-llama vacilante de una vela de sebo, y á su luz un ente andrajoso
-y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y
-dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano.
-
---¿Está el comisario?--preguntó el inspector bronco y amenazante.
-
-El otro, humilde, tartamudeando, contestó:
-
---No, señor.
-
---¿Y el oficial?
-
---Tampoco, señor.
-
-El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echóse un poco
-para atrás, y ordenó, perentoriamente:
-
---¡Llame al cabo de cuarto!
-
---¡No... no... no hay señor!
-
---De modo que no hay nadie aquí, ¿no?
-
---Sí se... señor... Yo.
-
---¿Y usted es agente?
-
---No, señor... yo... yo soy preso.
-
-Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que
-temblaba de pies á cabeza.
-
---¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría?
-
---Sí se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la
-esquina bo... borracho, ¡sí se... señor!... Está durmiendo en la cuadra.
-
-Una hora después D. Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones
-de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera.
-Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó á dar simples
-explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría
-el hecho de que su sistema no sufrió modificación, y de que el
-preso-portero y protector de agentes descarriados, siguió largos meses
-desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas.
-
-
-NOTAS:
-
-[1] Ver «El casamiento de Laucha».
-
-
-
-
- EL CAUDILLO
-
-
-Don Ignacio era el hombre de la oposición en Pago Chico. Las
-autoridades lo miraban como su bestia negra, y el pueblo, siempre
-descontento, tenía puestas en él sus esperanzas, seguíalo en todas sus
-empresas políticas, le daba á defender sus intereses. Sin D. Ignacio,
-Pago Chico hubiera sido un cementerio de vivos; con él, siquiera se
-ejercía el derecho del pataleo.
-
-No era D. Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios
-hallaba modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades
-personales, ya para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de
-propaganda. Él se sometía refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido
-si se comienza por descontentar á los partidarios? Pero apuntaba... Su
-viejo cuaderno de notas, tenía páginas como ésta:
-
- PESOS
-
- Prestado al gordo, que está sin trabajo 5'00
- Á Juan para la copa 0'20
- Un letrero y una bandera para el comité 15'50
- Á la china Dominga para que haga venir
- á sus hijas á la inscripción 25'00
- Una docena de bombas 6'00
-
-Sumaba cuidadosamente D. Ignacio estas partidas, que en tres años
-de oposición á todo trance habían alcanzado á formar una gruesa
-suma,--cuatro ó cinco mil pesos--y no examinaba su cuaderno sin lanzar
-un suspiro y sumirse en profunda meditación.
-
---¿Quién pagará estas misas?--se decía.
-
-Ó, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes
-del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la
-libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para
-terminar diciendo:
-
---Yo soy el pavo de la boda.
-
-Silvestre, el boticario, se encogía de hombros instruido de las
-alusiones de D. Ignacio, y considerando que de todos modos su
-popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser
-popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada:
-
---El que quiera pescao, que se moje... el que le dije.
-
-Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por
-la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una
-válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las
-municipalidades de campaña.
-
-Pero esta resolución no era conocida, y la efervescencia popular
-continuaba á más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín,
-ó cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos,
-único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne
-circunstancia, puesto que el teatro--un galpón de zinc--pertenecía
-á don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni
-alquilarlo á sus enemigos de causa.
-
-Llegado el día, D. Ignacio,--que había contratado la banda á su costa,
-hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de
-estruendo--esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil
-veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante
-sus tres años de caudillaje.
-
-Cuando subió á la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante
-y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, á la lucha, al
-atrio, á las urnas. D. Ignacio estaba radioso. Sus palabras hicieron
-el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes
-gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase:
-
-«Los mandatarios impuros que engordan á costillas del abdomen del
-pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local
-tiene que entregarse á personas honradas que no roben, á hombres sanos
-que no se apoderen de las rentas, á ciudadanos que sean capaces de
-relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.»
-
-Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, ó por
-mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin
-logró dominar el bullicio, gritando:
-
---¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa!
-
---¡¡Vivaaa!!
-
---¡Abajo los espoliadores del pueblo!
-
---¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el
-patriota!
-
-¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de
-pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio!
-¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un
-jubileo como nunca se vió en Pago Chico, tanto que el batarás encerrado
-en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las
-alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del
-vencimiento.
-
---¿Qué le ha parecido el métin, don Inacio?--preguntábale por la noche
-Silvestre.
-
---¡Oh! ¡Magnífico! ¡Me ha costado más de quinientos pesos!
-
-Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad...
-
-Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros,
-clavóle la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los
-bolsillos del pantalón, exclamó:
-
---Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular.
-
-D. Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de
-ira.
-
---¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y á mí qué m'importa la
-plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada
-una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca.
-
-Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la
-guitarra--estaban en la botica--y cantaba acompañándose con grandes
-golpes de uña en las seis cuerdas:
-
- Y ásime... gustáun... tirano
- c'abra labocay... ¡no grite!
-
-El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para
-preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados,
-trataron de provocar una entrevista con D. Ignacio, para hacerle
-proposiciones. Pero Silvestre--la oposición dentro de la
-oposición--estaba allí oído alerta, ojo avizor, husmeando como
-politiquero de raza la componenda en ciernes, adivinándola antes de que
-se hubiera iniciado.
-
-Viera, á todo esto, había visto obscurecerse su estrella, eclipsada por
-la triunfante de D. Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo
-escribió en _La Pampa_. Inútilmente, porque el meeting había dado el
-mando á su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del
-periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una
-ubicación, amén de los que D. Ignacio compraba como se ha visto. No
-faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder
-lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde...
-
-Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, D. Ignacio no pudo resistir á
-una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido á la Municipalidad,
-que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó
-electo concejal, á pesar de los aspavientos de Silvestre, de los
-artículos-brulote de Viera, y la agria censura de gran parte de sus
-partidarios del día anterior.
-
-Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los
-delegados de la capital--no era la primera zorra que desollaban
-éstos--lo designaron para intendente.
-
---En una semana se habrá desmonetizado,--decían aquellos profundos
-políticos.
-
-Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra
-lo que consideraba una cruel é inmerecida derrota; en cambio, el
-ex-intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba
-divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor».
-
---¿No le parece una barbaridá, Paisano--así le llamaban--que hayan
-hecho intendente á don Inacio?
-
-El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la
-boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla:
-
---¡Dejenló pastiar qu'engorde!
-
-Y, en efecto, D. Ignacio comenzó á engordar en la Intendencia, haciendo
-en ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba á
-su alcance.
-
-Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara
-sus procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada
-que exigiera en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión
-de fe á los pueblos en general y al de Pago Chico en particular.
-
---Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza!
-
-Don Ignacio lo miró de hito en hito:
-
---¿Y qu'estoy haciendo, vamos á ver?
-
---¿Quiere que le diga? ¿quiere que le diga? ¡No me busque la lengua,
-canejo!
-
---Decí, decí no más.
-
---¡Está robando como los otros!
-
-El caudillo estuvo á punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y
-cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente:
-
---¿Y á mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?...
-
-Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno,
-exclamó como quien esboza un sublime programa:
-
---¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!...
-
-
-
-
- EL JUEZ DE PAZ
-
-
-También Pago Chico tenía juez de paz.
-
-Éste era entonces, y desde años hacía, D. Pedro Machado, enriquecido en
-el comercio con los indios, y á quien la política había llamado tarde y
-mal.
-
---¡Á la vejez viruela!--decía Silvestre.
-
-Y, en efecto, para desaguisados el juez aquél, famoso en su partido y
-en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo
-contar porque pasa de castaño obscuro.
-
-Ello es, que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con
-una chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza,
-pero menor y sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de
-muy malas pulgas que consideraba á su hija como una máquina de lavar,
-acomodar, coser, cocinar y cebar mate, puesta á sus órdenes por la
-divina providencia.
-
-Demás está decir que se opuso á los amores de Petrona y Eusebio, como
-quien se opone á que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo
-para perder al muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un
-día con él sin que nadie supiera adónde.
-
-Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y
-pataletas...
-
-El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la
-roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes,
-y por si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran
-conocedora de males y remedios, le dió unos mates de cepa caballo...
-
-Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de
-los consejos más ó menos viables.
-
---¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es
-de lái háe golver!
-
---¡Usebio es un buen gaucho y no la v'á dejar!--observaba un consejero
-del sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho.
-
-Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni
-tener paciencia.
-
-Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora
-de su ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas
-en la más plácida de las haraganerías. Ausente la joven acabábanse la
-holganza, la platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido
-de zaraza lavado y planchado los domingos, las sabrosas achuras que
-Eusebio solía llevar del matadero para no ser tan mal recibido como de
-costumbre...
-
---¡No! ¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar!--Y se desataba en
-dicterios para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido,
-que no debe consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de
-ir más allá de la incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una
-tempestad de blasfemias y de maldiciones, como si el infierno que la
-aguardaba cuando tuviera que hacerlo todo por sus manos, se hubiera
-condensado y quintaesenciado en su interior.
-
---¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar á la autoridá!...
-
-Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más
-independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para
-él. Los largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente
-hasta las elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho
-el pliegue» y sólo otros tantos años de libertad permitirán que
-comience á desaparecer su fe en esa providencia chingada.
-
-Fué, pues, misia Clara á quejarse á D. Pedro Machado.
-
-Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del
-gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado
-de papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas
-y dos sillones, uno para el juez, otro para el secretario; todo eso
-era el Juzgado de Paz de Pago Chico, y la sala del trono de D. Pedro
-Machado.
-
-Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil
-apostado junto á la puerta sólo dejaba pasar á los querellantes, á
-medida que D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso.
-
---¡Hoy he estado evacuando todo el día!--solía exclamar el funcionario
-cuando abundaban las causas.
-
-Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose
-de rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica
-intención de lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fué larga,
-pues todo Pago Chico estaba en pleito ó buscaba la ocasión de estarlo.
-D. Pedro sentenciaba con una rapidez pasmosa.
-
---Á ver, vos, ¿qué querés?
-
---Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace
-dos meses que...
-
---¡Bueno!... Andá decíle que te pague, que digo YO... Y si no te
-paga, volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un
-tramposo...
-
-El hombre se fué medianamente satisfecho, dando paso á otros pleitistas
-cuyo litigio era más complicado.
-
---Señor Juez, cuando yo hice la pared de mi casa que hoy es medianera
-con la que está edificando el señor, la Municipalidad me dió una
-línea sobre la calle, y como mi terreno es rectangular, tiré dos
-perpendiculares sobre esa línea. Pero ahora resulta que el agrimensor
-municipal no supo darme la línea y que la pared medianera, como ya
-digo, se entra en el fondo, en el terreno del señor, que me reclama las
-varas que le faltan. Yo, á mi vez, y antes de contestar á esa demanda,
-vengo á demandar á la Municipalidad por daños y perjuicios, porque me
-dió la línea causante de todo...
-
-Don Pedro Machado, que lo miraba de hito en hito, interrumpióle de
-pronto interpelando á la parte contraria:
-
---¿Y usté qué dice?
-
---¿Yo? Lo mismo que el señor; es la verdad.
-
---Demandar á la Municipalidad, ¿no?... ¿Y qué sian créido?...
-
---Señor, yo... demando á...
-
---¡Calláte! ¡Y vayan los dos á ver si se arreglan, y pronto... que si
-no les atraco una multa!
-
-La audiencia continuó largo rato con incidentes análogos á los
-anteriores, hasta que entró en el despacho un gubernista de cierta
-significación que iba furioso contra _La Pampa_, el diario opositor,
-salido aquellos días de toda mesura. El diario publicaba un violento
-artículo contra él, Felipe Gómez, y lo trataba poco menos que de ladrón.
-
---Hola, Gómez, ¿y qué lo trai por acá?
-
---Vengo á acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice!
-
-Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por
-las indignadas interjecciones de D. Pedro Machado.
-
---¡Á hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va á pasar! ¡Es malo
-tentar al diablo!...
-
-Y dirigiéndose al secretario:
-
---Estendé un' orden de prisión contra Viera...
-
---Vaya tranquilo nomás, Gómez, que aquí las va á pagar todas juntas.
-
-Se fué Gómez á anunciar á sus amigos que había sonado la hora de la
-venganza; pero el secretario no extendió la orden de la prisión.
-
---Sabe D. Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de
-imprenta, y que no podemos dar curso á la acusación de Gómez...
-
---¿No?
-
---¡No, señor! Tiene que ir á La Plata.
-
-Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección; y
-para no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda:
-
---¡También vos! ¿por qué no me decís?...
-
-Por fin tocó el turno á misia Clara, que entre gimoteos y suspiros
-contó cómo Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios
-contra ambos, pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que
-tuviera á mano.
-
---¿Cuántos años tiene la muchacha?
-
---Diciocho, D. Pedro.
-
---Bueno, ya sabe lo que se hace, pues.
-
-La vieja volvió á gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto.
-
---Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana
-y que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran
-un brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le perdono con tal de
-que no lo vea más á Usebio, que es de lo más canalla!...
-
-Don Pedro permaneció impasible, armando un negro con el papel entre
-el pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano
-izquierda con las yemas de la derecha.
-
---¡Amparemé, señor!--insistió la vieja.--¡Haga que güelva m'hija!...
-¡Ó, de no, atraquelé una multa á ese bandido!
-
---P'a eso no hay multas... Si juera uso de armas,--replicó
-sarcásticamente D. Pedro.
-
-La otra cambió de baterías.
-
---¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy
-tan vieja y tan pobre!...
-
---¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau... y
-es natural.
-
-Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa
-reprimida á duras penas.
-
---¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro?--clamó misia Clara,
-desesperada y lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que
-nunca.
-
-El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después
-sentenció con calma:
-
---¿Yo? Que sigan no más, que sigan...
-
-
-
-
- LA ELECCIÓN MUNICIPAL
-
-
-Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el
-diario oficial, _El Justiciero_, la siguiente inesperada noticia:
-
- OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES
-
- «Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido
- provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones
- de hoy sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales:
- Don Domingo Luna
- Don Juan Dozo
- Don José Bermúdez
- Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17,
- cuenta con numerosos miembros, y aunque formado á última hora,
- puede disputar el triunfo á los demás partidos, con bastantes
- probabilidades de éxito. En cuanto á los cívicos, demás parece
- repetir que tendrán que comer cola.»
-
-¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez
-tan poderosa que su descontento producía la escisión del partido
-oficial? No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la
-noticia, y lleno de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el
-diario con el dedo, exclamó gozoso:
-
---¿No ves, china, como todavía me necesitan, como todavía tengo quien
-me apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá
-la lista! Aquí estoy con Luna y Dozo, ¡y _El Justiciero_ dice que muy
-bien podemos triunfar!
-
---Alguna picardía de Ferreiro. Lo mejor será que no te metás,--replicó
-Jerónima, siempre desconfiada.--Cuando menos te quieren sacar unos
-pesos, pa'l asao con cuero y la pionada...
-
---¡Vos siempre agarrás pa'l lao del miedo!--replicó Bermúdez que se
-echó inmediatamente á la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza.
-
-Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio.
-
-Bermúdez, sin plan, iba palpitante, envanecido con su prestigio, ya
-innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él
-iría directamente al triunfo. Tenía necesidad de hablar con alguien
-que no fuera su mujer, tan suspicaz y desconfiada que jamás creía
-las cosas hasta no haberlas palpado. Y la suerte quiso que con quien
-primero se topase fuera con el doctor Fillipini, que salía de una casa
-vecina. Detúvole, convencido de que lo encontraría menos reacio que su
-digna esposa á compartir su patriótico entusiasmo, y, basándose en
-las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le contó muy por lo
-menudo que sus amigos se habían arrepentido,--como no podían menos de
-hacer,--de haberlo dejado á un lado, cuando tantos y tan importantes
-servicios prestara á la causa común.
-
-El doctor lo miraba á ratos y á ratos bajaba los ojos, disimulando una
-risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro
-dejó de hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación:
-
---Ma é per il cuochente! Ma, non vede qu'é per il cuochente?
-
-El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció, y sin haber
-comprendido bien todavía, preguntó tartamudeando:
-
---¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente?
-
-Fillipini, tomándole un botón de la levita,--para la circunstancia
-Bermúdez había creído conveniente salir de levita,--y jugando con él,
-le explicó entonces sus suposiciones, en la media lengua ítalo-criolla,
-impasible, sin sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la
-inocencia del interlocutor, ni de la picardía de sus amigos políticos,
-sin más objeto que el de poner en claro las cosas, para hacer gala de
-sagacidad y burlarse en serio de aquel pobre congénere.
-
-Bermúdez quedó consternado al comprender que el partido oficial acababa
-de dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo,
-pues, por la ley, el candidato que apareciera en las dos listas,--Luna
-en este caso,--sería electo sin discusión, por pocos votos que
-obtuviera en una de ellas. Él no era, en resumen, más que un comparsa,
-cuya misión terminaría casi antes de haber empezado.
-
---¡Hijos de una gran!...
-
---¡Eh! ¿qué quiere? Fatta la legge, fatto l'inganno!
-
-El cuociente lo había transtornado siempre, pero aquel día lo derribaba
-del pináculo de sus más gratas esperanzas. ¡No sería, esa vez tampoco,
-genuino representante y defensor del pueblo! ¡Miren que no votar
-derecho viejo como antes! ¡Esos republicanos, inventores de la ley de
-trampa y de engaño! Si los tuviera á mano ¡qué felpiada les daría!...
-Pero, ¿qué hacerle? Para su venganza, ya que no para otra cosa, la
-mejor contingencia era que los cívicos sacaran un concejal. En cuanto á
-él, no saldría nunca.
-
---Ma, gay un remedio...
-
---¿Qué remedio, dotor?
-
-No era difícil: tratar bajo cuerda de figurar en las dos listas,
-borrando uno de los candidatos, el doctor Carbonero por ejemplo, y
-reunir de ese modo el mayor número posible de votos, además de poner
-de su lado la importantísima ventaja de figurar en dos listas. Cierto
-que si ambas tenían dos candidatos comunes, es decir, la mayoría de
-ellos, por la ley tendrían que considerarse iguales; pero... después
-se vería: eso tenía que resolverlo el mismo concejo, juez de las
-elecciones, y en cuyo seno no faltaban amigos de Bermúdez. También
-podía hacer otra cosa: amenazar á los correligionarios con llevar sus
-elementos de hombres y dinero á la Unión Cívica, amenaza que no dejaría
-de dar resultados; pero eso debía Bermúdez presentarlo como resolución
-que tomaría en el último momento y sólo si se le obligaba á ello,
-desconociendo tan injustamente sus servicios.
-
---¿Y usté me ayudará, dotor?
-
---¿Io? ¿Cosa ho da fare? ¡Ma!... Io voteró...
-
-Eran más de las siete, y Bermúdez, ansioso de poner el plan por obra,
-estrechó efusivamente la mano de Fillipini, y se alejó en dirección al
-café de Cármine, olvidado de su andar siempre lento y majestuoso. El
-médico, entre tanto, iba sonriendo, con la vista baja, satisfecho de la
-mala pasada que había jugado á su colega Carbonero, aunque tuviera sus
-dudas respecto de la acción que desarrollaría el pobre Bermúdez, cuya
-única habilidad hasta entonces había sido robar á los indios y apuntar
-de más en las libretas de sus clientes y en la pizarra de la trastienda.
-
-Bermúdez entró en el café, pidió una ginebrita con biter Angostura, y
-aguardó á que llegara alguno de los prohombres del partido oficial para
-poner manos á la obra.
-
-Momentos después Ferreiro, que acababa de entrar, se sentaba á su lado.
-
---Y... ¿ha visto la nueva lista? Anoche no le pude avisar, porque
-resolvimos hacerla muy á última hora.
-
---¡Hum!... ¡Sí, l'he visto, sí!
-
---¡Qué! ¿Y no está contento?--preguntó Ferreiro, fingiéndose muy
-sorprendido,--y algo lo estaba, en verdad, al comprender las sospechas
-de aquel infeliz. ¿Quién podía haberlo puesto sobre aviso?
-
---¿Y cómo v'y á estar contento, si eso es una trampa? ¿Ó crén ustedes
-que yo soy sonso y me chupo el dedo?
-
---¿Pero, cómo trampa, Bermúdez? ¿No quería ser candidato?
-
---¡Sí, candidato, sí, pero en de veras! No quiero que naide juegue
-conmigo. Ya estoy cansao. Y ¿quiere que le diga? pues si no salgo
-municipal de esta hecha... ¡me voy con los cívicos! ¡Anque no sea
-candidato, quiero ser municipal ¿oye? y de no, me hago cívico, le juro!
-
-Ferreiro se quedó un momento perplejo, pues no había contado con
-aquello, que le malbarataba sus planes. Pero, por la inminencia del
-peligro, no tardó en tomar una resolución, y antes de que Bermúdez
-hubiera vuelto á decir palabra, afirmó:
-
---Pero, si precisamente lo hemos puesto en esa lista para que salga
-municipal, porque está resuelto en el comité que se le den votos
-también en la otra lista. No sé qué le ha dado ahora, para tener
-semejantes desconfianzas... ¡Vaya! ¡sea franco! ¿quién es el intrigante
-que le ha venido con cuentos?
-
---Á mí naide me ha tráido cuentos. Pero yo sé muy bien lo del cociente,
-y anque ya me había conformau con no salir municipal esta vez, no
-quiero tampoco que me tomen pa'l churrete; y desde que me han puesto en
-lista, ¡quiero salir y que se dejen de historias!
-
---¡Pero si precisamente, le repito, sabiendo que usté deseaba ser
-municipal lo hemos puesto en esa lista, Bermúdez! Si el partido tenía
-que recompensar sus servicios, y así lo ha resuelto anoche. Usté es
-incapaz de desconfiar de ese modo; por eso le pregunto quién es el
-intrigante que le ha venido con cuentos... Debe ser algún interesado en
-dividirnos para sacar tajada...
-
---No se mete en política...
-
---Ah, ¿no ve, no ve que era cierto? ¿Quién le ha venido con el chisme,
-diga?... ¡Vaya! mátelo, que al fin somos correligionarios y tenemos que
-defendernos unos á otros. Hoy por tí, mañana por mí...
-
---El dotor Fillipini.
-
-Ferreiro dió un puñetazo en la mesa:
-
---¡Ah, gringo é mier!--exclamó.
-
-Y tomando otra postura, cruzadas las piernas y asida con ambas manos
-la que quedó arriba, preguntó á Bermúdez con sonrisa entre burlona y
-despreciativa:
-
---¿Y qué le ha dicho el doctor Fillipini? ¿Él le aconsejó que nos
-amenazara con irse á la Unión Cívica?
-
---Sí, él. Pero me dijo que lo hiciera en último caso, y que si no me
-escuchaban tratara de hacer votar por mí en la otra lista, borrándolo á
-Carbonero...
-
---¡Conque sí, eh! ¡pues ya verá el hijo de su madre!--exclamó Ferreiro,
-que siguió murmurando, mientras sacaba del bolsillo un lápiz y la
-carilla en blanco de una carta, en la que escribió algunas palabras.
-
-Bermúdez, turbado, sin saber ya á qué atenerse, lo interrumpió:
-
---¡Pero, al fin y al postre!--preguntó,--¿salgo ó no salgo municipal?
-Eso es lo que quiero saber, pero sin vueltas, derecho viejo, porque si
-no...
-
---Sí, será municipal, Bermúdez,--contestó Ferreiro sin levantar la
-cabeza.--Le doy mi palabra de que será municipal.
-
-Y firmando la esquela que acababa de escribir, la plegó en cuatro, y
-llamó al dueño de casa.
-
---¡Cármine! tráeme un sobre, y haceme llevar esta carta al intendente.
-
-Era la condenación de Fillipini: un pedido-orden al intendente, para
-que le quitara inmediatamente su puesto de segundo médico del hospital.
-
---¡Sí sale, amigo, sí sale!--exclamó levantándose y palmeando en el
-hombro á Bermúdez.--¿Para cuándo serían los amigos, entonces?
-
---¡Je, je, je!--rió Bermúdez en el colmo de la satisfacción,
-levantándose también.
-
-Y ambos salieron del café, encaminándose al atrio de la iglesia, donde
-iban á practicarse las elecciones más sonadas del entonces borrascoso
-Pago Chico.
-
-Entre tanto, en el comité cívico hallábanse reunidos Viera, el
-periodista, que á cada instante se asomaba á la puerta, nervioso,
-excitado, sin haber dormido, aguardando las huestes de votantes de la
-campaña que ya debían haber llegado; Lobera, que peroraba y destilaba
-esencias; Silvestre, que trataba en vano de meter baza apenas se
-interrumpiese la interminable serie de sus discursos; Pedrín, Pancho
-Fernández el hijo del vigilante, Tortorano, veinte ó treinta más, y por
-último el doctor D. Francisco Pérez y Cueto, que había exclamado con
-énfasis al entrar:
-
---¡Ciudadanos! ¡este hermoso día no puede menos de anunciarnos la
-victoria!
-
-Y satisfecho del efecto producido, sintiendo un agradable cosquilleo
-en la piel, de entusiasmo hacia su propia persona, había callado y
-permanecido silencioso para no disminuir con vulgaridades el mérito de
-aquellas palabras proféticas. Aquel día se había propuesto no decir
-sino frases históricas.
-
-Pero, eso sí, tuvo que informarse de un detalle de la mayor
-importancia, de la cuestión en aquellos momentos de vida ó muerte, y
-preguntó en voz baja á Viera, deteniéndolo en una de sus continuas idas
-y venidas:
-
---Diga usted, Viera, ¿están preparadas las armas?
-
-Viera sacudió la cabeza de arriba abajo, dirigiéndole una mirada
-confidencial, y contestó más quedo aún, como un murmullo:
-
---Están... La noche en peso nos la hemos pasado acarreándolas con
-Silvestre. ¡Y con un jabón! ¡No sé cómo no nos han pillado!
-
-Las tales armas, el supremo recurso de un pueblo justamente indignado,
-resuelto á reconquistar su autonomía y á repeler todo conato de
-imposición, eran seis fusiles rémington, que se hallaban cuidadosamente
-ocultos en la azotea del comité, y que Viera y Silvestre habían
-llevado efectivamente y no sin peligro, la noche anterior.
-
-Como los extremos se tocan, en el patio estaba la antítesis del arsenal
-aquél,--grandes y negros trozos de asado con cuero fiambre, sobre
-bolsas de arpillera, una compañía de damajuanas de vino carlón y un
-montículo de panes,--el almuerzo, en fin, del invencible pueblo de Pago
-Chico, pronto á reivindicar sus derechos conculcados, aunque fuese á
-costa de su generosa y noble sangre.
-
-Habíase prohibido terminantemente el uso de bebidas alcohólicas á los
-paladines del libre sufragio; no necesitaban excitante alguno para
-el caso probable de tener que sacrificar sus vidas en el altar de la
-patria, y era menester en cambio, que se mantuviera el mayor orden en
-el comité, para dar completo ejemplo de civismo y de austeridad de
-costumbres. Pero á duras penas se lograba que no se marcharan todos
-de una vez á tomar la mañana en el almacén de la esquina, y hubo que
-conformarse con una transacción: que fueran de á dos, cuando mucho de á
-tres, y que volvieran inmediatamente. El entusiasmo iba creciendo con
-esto.
-
---¡Hay que tenerlos á soga corta,--decía Silvestre,--si no, no pueden
-con el genio y rumbean p'a la borrachería!
-
-Mientras estaban en el comité, los electores rondaban alrededor del
-asado, con el sólito apetito, aguzado por las repetidas copas de
-_mermú_, afilándoseles los dientes y saliéndoseles el cuchillo de la
-vaina. Y apenas podían entretener el ocio y el hambre con dicharachos y
-canchadas, haciendo esgrima á mano limpia.
-
---Lo que es hoy,--decía el negro Urquiza, en cuclillas afilando un
-palito para los dientes con un formidable facón,--lo que es hoy, los
-carneros van á... cargar aceite.
-
---¡Sí, de susto é verte la trompa!--le retrucó un paisanito, que, con
-las piernas cruzadas y recostando el hombro en la pared, parado junto á
-él, lo miraba desde arriba.
-
---Calláte, guacho,--saltó el moreno, gesticulando con su ancha boca, y
-mostrando los dientes en una á modo de sonrisa.--Más vale ser negro que
-orejano. Yo siquiera tengo marca.
-
---Y yo soy capaz de ponerte otra en la jeta, ¡negro trompeta!--dijo el
-muchacho, echando la mano atrás como para sacar también el cuchillo.
-
-El negro estuvo de un salto en pie, pero varios se interpusieron
-mientras uno de los correligionarios decía pausadamente, no sin sorna:
-
---¡Vaya! guardesén p'a luego, muchachos.¡ ¿No ven que las papas queman?
-Puede ser que luego haiga baile, y entonces podrán bailar á gusto...
-
---¡Sí, bailar con la más fea!--exclamó otro.
-
---¡Y'anda teniendo miedo este... tabaco aventau, no más!--dijo el del
-baile.
-
---¡Oiganlé!--prorrumpieron varios.
-
---Pisale el poncho, ai tenés.
-
---¡Á que no le mojás la oreja á ño Fortunato!
-
-Viera creyó necesario intervenir:
-
---¡Á ver, compañeros, un poco menos de bochinche, que esto no es ningún
-piringundín!
-
-Los ánimos se tranquilizaron momentáneamente. Reinaba en todos un
-desasosiego, una nerviosidad desusada, y en la expectativa de
-acontecimientos penosos mostrábanse irritables, como si anhelaran
-precipitarlos ó provocar otros, prefiriéndolo todo á la zozobra en que
-necesariamente tenían que estar largas horas todavía.
-
-Pero el más desasosegado, el más nervioso, el más irritable era
-el mismo Viera, que no podía estarse un segundo quieto. Conocía
-afortunadamente su estado y reprimía sus ímpetus, siempre á punto de
-estallar, contestando con monosílabos hasta al mismo doctor Pérez y
-Cueto, sintiendo unas ansias que le subían del corazón á la garganta
-y le cortaban la respiración. ¿Qué era aquello? ¿Por qué no llegaban
-los correligionarios de la campaña? Y no pudo de pronto contener su
-impaciencia y se quedó en la puerta del comité, golpeando el suelo
-con el pie, pálido, casi trémulo, mirando con ojos devoradores á uno
-y otro lado, como si quisiera atraer con la mirada los esperados
-grupos de jinetes. Pero la calle polvorienta abrasada por un sol de
-fuego, aunque ya estuviesen en el final del mes de Marzo, barrida de
-vez en cuando por una racha ardiente como salida de un horno, estaba
-desierta, completa, implacablemente desierta, y sobre ella se cernía
-el sepulcral silencio de los días de elecciones en que las mujeres
-se encierran á rezar apenas salen su padre, su marido ó su hijo, en
-dirección al comité ó al atrio, y en que la mayoría de los hombres, por
-no hacer que recen de miedo sus mujeres, sus hijas ó sus madres, se
-encierran con ellas, no porque teman los tumultos con tiros y tajos,
-sino simplemente por compasión hacia las desgraciadas, y por no
-darlas tan pésimo rato. También, si así no fuera, ¿cómo podría haber
-gobiernos electores, y de qué tendría el pueblo que quejarse, y con qué
-entretenerse leyendo diarios?
-
-Pero, el rostro de Viera se iluminó de pronto: por una bocacalle,
-allá lejos, al extremo del pueblo, aparecía envuelto en densa nube de
-polvo un pelotón de jinetes que avanzaba al trotecito, en formación
-casi correcta, de á cinco en fondo. Y no pudo contener una jubilosa
-exclamación:
-
---¡Ahí vienen!
-
-Todos se precipitaron á la puerta, y el comité quedó un momento
-silencioso. Pero ¡ay! cuando era más intensa y segura la esperanza, la
-cabalgata volvió una esquina y desapareció dejando tras sí, como único
-consuelo, flotante gasa de polvo que una racha desvaneció por fin.
-
---Es la pionada del saladero,--dijo un paisano.
-
---Ésos van con los carneros,--murmuró desalentado otro del grupo.
-
-La zozobra de Viera era ya un nudo que le cerraba la garganta hasta
-sofocarlo. Entró bruscamente al comité, y para disipar su horrible
-ansiedad, encaróse con una rueda de electores que, más atrevidos ó más
-hambrientos que los demás, habían aprovechado la general distracción
-apoderándose de una gran tajada de asado que devoraban, cortando los
-jugosos bocados á raíz de los labios con los cuchillos como navajas de
-afeitar.
-
---¡Se necesita ser aprovechadores!--exclamó colérico.--¿No les da
-vergüenza ponerse á comer solos sin que nadie les haya dicho nada, para
-meter desorden?
-
---Es la picana, don Viera,--contestó con aire socarrón y falsamente
-humilde el paisanito á quien el negro Urquiza llamara «guacho».
-
---Sí, ¡conque te agarrás el mejor pedazo, y todavía lo decís! Sos más
-madrugador que la lechuza, que no duerme de noche.
-
-Pero este pequeño desahogo, que no podía ir más lejos, no fué parte á
-tranquilizarlo. Sufría tanto como el general á quien se le ha confiado
-una nación entera, y ve perdida, irremisiblemente perdida la batalla
-final. Y para distraerse, trató de dominar su angustia y conversar
-con el doctor Pérez y Cueto, preocupadísimo también, que desde hacía
-rato murmuraba quién sabe qué filípicas, sazonadas con los términos
-más groseros de su repertorio peninsular, como si de tanto trueno
-pudiera salir la tormenta salvadora. Y, en voz baja, comentaron la
-inexplicable tardanza de Gómez, que debía ir con sus puesteros, peonada
-y esquiladores, la de García, salido la noche antes de los confines del
-partido con gran copia de paisanos resueltos, el silencio de Méndez,
-que debía haber llegado aquella madrugada á la cabeza de los seis ó
-siete caudillejos que, junto con sus respectivos hombres, determinaron
-concentrarse antes de salir el sol en la pulpería de Laucha, y la de
-Soria, que había prometido ir temprano con los indios de la tribu de
-Curá, una veintena de electores tan inconscientes cuanto serviciales.
-
-La ansiedad había cundido; formábanse varios corros, para deshacerse
-y formarse de nuevo algo más lejos, y las caras comenzaban á expresar
-otra cosa muy distinta del entusiasmo. Ya no se hablaba en voz alta,
-ni nadie salía al almacén á continuar las matutinas libaciones. Eran
-los mismos treinta y tantos que se habían reunido allí muy de mañana,
-para estar bien al corriente de todo, en primer lugar, y para no tener
-que cruzar las calles cuando se alborotara el cotarro sobre todo.
-No se había agregado un solo ciudadano más, ya eran las ocho, y las
-esperanzas con tanto entusiasmo expresadas y exageradas la noche antes
-allí mismo, iban desvaneciéndose una tras otra, tan vertiginosamente
-como las nubes con el pampero sucio...
-
-Al ver á Viera conversando con el doctor, Silvestre primero, Lobera
-después, Pancho, Pedrín, Tortorano, Troncoso, y hasta el mismo
-Urquiza, husmeando conciliábulo, formaron rueda alrededor. ¿Cómo
-ocultar, entonces, el sobresalto y la angustia, si el mismo sobresalto
-y la misma angustia se habían apoderado de todo el mundo? Viera lo
-comprendió, é hizo esfuerzos por infundir á los otros una tranquilidad
-que no tenía, y por sostener en ellos las últimas y mal abrigadas
-ilusiones.
-
---¡No se ha perdido todo!--repetía.--Han de venir, han de venir.
-Aguardemos, y entre tanto vamos á votar los que estamos aquí, para no
-perder el turno, porque las ocho están al caer...
-
-El furioso galope de un caballo lo interrumpió. Habíase oído desde
-lejos, porque en el comité reinaba un vago silencio de expectativa
-ansiosa. El redoble de las patas del animal en el piso duro de la
-calle fué acercándose con creciente violencia, hubo una sofrenada,
-un resbalón en seco, el choque de unas botas con espuelas en las
-piedras de la acera, y casi al mismo tiempo apareció Méndez, jadeante,
-haciendo repicar las rodajas, con paso bamboleante de gaucho compadre,
-medio civilizado á ratos, pero áspero y rudo, sobre todo en aquellas
-circunstancias. Venía demudado. Y apenas se halló dentro del comité:
-
---¡Canallas! ¡canallas!--exclamó entrecortadamente.--Mi han fusilao la
-gente... ¡Canallas!
-
-Hízose un silencio seguido de un murmullo agitado y caluroso, y todos
-los circunstantes rodearon á Méndez, acribillándolo á preguntas.
-
---Dejemén hablar; si les voy á contar todo. ¡Pero, qué canallas
-asesinos! Esta madrugada salimos perfetamente de lo de Césperes,
-p'a cair al pueblo tempranito. Éramos unos ciento veinte, todos los
-que estaban en el campo, y un redepente, al enfrentar la alamera de
-la estancia de Carballo,--veníamos al tranquito,--unos que estaban
-atrincheraus entre los árboles nos hicieron una descarga cerrada,
-y antes de que nos pudiéramos dar cuenta, otra y otra, como juego
-graniau. Y, es natural, la gente, asustada, se me alzó y disparó, de
-balde traté de atajarla. Con el julepe ni siquiera atinaron á ver
-quiénes nos estaban afusilando, y cuántos eran. ¡Claro! Casi ninguno
-tráia más que facón... Yo hice juego con el revólver, pero me quedé
-solo, y en cuanto vieron que se me habían acabau los tiros, se me
-vinieron encima. Yo le clavé las espuelas al sotreta, disparé campo
-ajuera, ¿qu'iba hacer? y estuve esperando de un pajonal, p'a aprovechar
-venirme en cuanto se descuidasen, p'ávisarles á ustedes.
-
---¿Y quiénes son, quiénes son?--preguntaron varios con la voz
-ligeramente empañada por la emoción.
-
---No sé, la gente no es del pago; tráida de otros partidos...
-
-La noticia cayó como una ducha helada, pues aunque se temiese ya alguna
-hazaña oficialista, nunca se creyó que llegara á tanto la desenvoltura
-de las autoridades, cuyo silencio de los días anteriores se había
-tomado por una prueba de debilidad y una derrota antes de haber lucha.
-En Pago Chico, como en el resto de la provincia, se fusilaba, pues,
-á mansalva á la gente, y quien lo hacía era el mismo gobierno. Era
-cosa más seria de lo que se había pensado, entonces; no se trataba
-sólo de sostener refriegas en los atrios, sino de hallarse siquiera en
-condiciones de llegar á ellos... Nadie las tuvo ya todas consigo, pues.
-
-Silvestre, exasperado, y al mismo tiempo curioso de saber lo que se
-preparaba en las cercanías de la iglesia, preguntó á Viera, mientras
-Méndez seguía explicando el terrible encuentro de aquella mañana:
-
---¿Qué hacen en la plaza? ¿Han mandado algún bombero?
-
---No, á nadie,--contestó el periodista.
-
---Entonces voy yo de una carrera.
-
---Mucho cuidado,--le gritó Viera, cuando Silvestre ponía el pie en la
-calle.
-
-El desaliento fué subiendo de punto, casi hasta convertirse en pánico,
-á medida que fueron llegando mensajeros con otras infaustas noticias.
-La jugada hecha á Méndez se había repetido con Gómez, con García, con
-Soria, con todos los que llevaban gente de diversos puntos del partido.
-Sólo iban á engrosar los escasos elementos del comité, unos cuantos
-dispersos, que llegaban de á uno y de á dos, todos á dar noticias
-desesperantes, abultando los hechos, echando bravatas, mintiendo
-hazañas, exagerando el número, el armamento y la ferocidad del enemigo,
-que al fin y al cabo no quería matar sino ahuyentar electores por
-iniciativa y consejo de Ferreiro.
-
---¡Nos han fregau fiero, caracho!--exclamaba Méndez.
-
---¡Es una vergüenza, una verdadera vergüenza!--decía Viera casi
-llorando.
-
---¿Y nos vamos á quedar así, como unos mánfios? ¡Nos habrán quitau
-la gente, pero nosotros podemos quemarlos á balazos, canallas, hijos
-de mil!... ¡Á ver, muchachos, á ver quién quiere hacer la pata ancha
-conmigo: venga el que tenga huesos, y vamos á echarlos del atrio á
-tiros!
-
-Parte de la gente, desde las primeras noticias, viendo la indecisión
-de los jefes, había juzgado lo más oportuno comerse el asado y beberse
-el vino; pero al resonar la palabra vehemente y furibunda de Méndez,
-muchos habían acudido á hacerle corro, é iban enardeciéndose, ya
-dispuestos á lanzarse á la calle y jugar el todo por el todo, cuando
-Silvestre entró en el comité como una exhalación, y sin tomar aliento
-comenzó á contar que el comisario Barraba con treinta vigilantes
-armados á rémington ocupaba el frente del atrio y que tenía varias
-carretillas al lado, llenas de municiones; que los «carneros», por su
-parte, habían formado un cantón en las azoteas de la confitería de
-Cármine armados también con rémingtons del gobierno, y dominando las
-mesas colocadas en el atrio mismo, de tal modo, que podían fusilar á
-mansalva á cuantos se acercaran al comicio.
-
-Era la derrota, la más completa é inmerecida de las derrotas.
-
-Sin embargo, Viera quiso luchar hasta lo último, tentar un esfuerzo
-supremo, hacer de aquélla una cuestión de vida ó muerte para él
-y para cuantos le habían acompañado hasta entonces en su cruzada
-reivindicadora.
-
---No, amigo, es al botón,--replicó Méndez, que había reaccionado, á
-su proposición de ir á tomar las mesas por asalto.--Hace un ratito yo
-mismo lo aconsejaba, y hubiera ido á sacarlos de allí por sorpresa.
-Pero las cosas se han puesto muy distintas... ¿No ve que están
-preparaus, y que l'único que vamos á sacar con estos cuatro gatos es
-que nos maten como á perros?
-
---¡Sería un sacrificio tan cruento cuanto inútil de sangre
-generosa!--exclamó el doctor Pérez y Cueto con la voz más oratoria que
-tenía.--¡Dejemos que obren los acontecimientos! ¡Tarde ó temprano,
-ha de llegar la hora de la justicia! ¡Elevemos los corazones y
-retemplemos el ánimo! ¡La patria nos mira, (_pausa corta_) y estos
-contratiempos, estas iniquidades, mejor dicho, nos realzan á sus ojos,
-en lugar de deprimirnos, como quisieran los enemigos de la libertad,
-los asesinos del pueblo!...
-
-Todos apoyaron, y algunos dieron el ejemplo altamente filosófico de
-hacer á mal tiempo buena cara, yendo á atacar el asado ya que no podían
-comportarse lo mismo con las mesas electorales. El ejemplo fué seguido,
-todos se pusieron á comer, y del silencio sepulcral que reinaba en el
-comité desde las primeras desastrosas noticias, fué pasándose poco á
-poco á la animación y la alegría, gracias á las frecuentes y abundantes
-libaciones, y para justificar una vez más el refrán criollo de «Barriga
-llena, corazón contento».
-
-Pero los caudillos, como que eran los que más perdían, formaban grupo
-aparte, mustios y cariacontecidos, cerca de la puerta, comiendo
-melancólicamente, cuando vieron con sorpresa presentarse al mismo D.
-Ignacio en persona, á pesar de la ruidosa separación del comité y del
-fuego resuelto que había hecho contra su mesa directiva. Lo dejaron
-acercarse sin decir palabra, aguardando á ver por dónde comenzaba.
-
---Vengo á acompañarlos en la derrota, y no hubiera venido en caso de
-triunfo,--dijo dirigiéndose á Viera.--En cuanto vi las fuerzas que
-hay en la plaza y el cantón de la azotea de Cármine, comprendí que
-los habían fregao... ¡Es una infamia!... Pero todavía puede haber
-remedio... ¿Han hecho protesta ante escribano?
-
---No,--contestó simplemente Viera.
-
---¡Pero hombre! ¡si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía
-que se habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de
-prática, como les he dicho tantas veces. Si no se hace la protesta
-¿cómo quieren pedir luego la anulación de las elecciones? Vamos, vamos
-á buscar al escribano para que la redate inmediatamente.
-
---¡Y de qué nos va á servir eso, si no hay justicia, si la protesta y
-nada todo es uno!--exclamó Silvestre.--Acuerdesé, don Inacio, de todas
-las que hemos hecho hasta hoy, y digamé cuál es la que no ha ido á
-parar á la basura... Si nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no
-hay duda; pero entonces hubieran protestado los carneros, y como los
-jueces son suyos, la Corte hubiera anulado la eleción. No hay remedio,
-no hay más remedio que hacer una revolución, pero una gorda, y colgar
-á toda la canalla de los faroles, porque á ésos hay que matarlos ó
-dejarlos.
-
---Nunca está de más la protesta,--insistió don Ignacio.--Quién sabe qué
-vueltas van á dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos.
-
---Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que
-atestigüe la felonía de nuestros enemigos, una página realmente
-ignominiosa de su historia,--apoyó el doctor Pérez y Cueto.
-
-Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, D.
-Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro ó cinco más salieron para ir á
-buscar al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de
-las protestas legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo
-formarían una montaña de pequeñas inmundicias. El escribano Martínez
-no dejó de vacilar ante la exigencia de los cívicos. Aunque su función
-era ineludible, temía las iras oficiales, la posible venganza de los
-amos del poder, y sólo comenzó á escribir el documento cuando vió que
-los electores burlados comenzaban á irritarse, y que, por huir de un
-peligro futuro, iba á caer en uno inminente y contundente... Aún puede
-verse,--si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada
-mano no lo destruyó en La Plata, donde fué á golpear las puertas de la
-sorda justicia,--que está escrito con mano temblorosa, lleno también
-de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando
-el grande, el inmenso respeto del tabelión hacia las autoridades
-constituidas y su anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo
-cuando el desorden podía envolver y arrastrar á su dignísima persona...
-
-Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva
-dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y
-poner en las urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las
-listas de padrón y se ponía en las actas.
-
-Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario
-Barraba estratégicamente dispuestas frente á la iglesia, y por los
-correligionarios armados á rémington acantonados en los altos de la
-confitería de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea
-con toda tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que
-tuvieron por seguro que no se presentarían ni siquiera los fiscales
-cívicos, y que el resultado de los ataques á los electores de la
-campaña había sido excelente, se pusieron con júbilo á la tarea,
-copiando nombres y depositando boletas según las instrucciones de
-Ferreiro, es decir, alternando entre una y otra lista de las dos
-oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos D. Domingo Luna
-y el gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre
-pagochiquense.
-
-No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero
-consideró que era mejor no provocar una disidencia en circunstancias
-tales como las que estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez
-podía servirle como instrumento, afinadísimo gracias á su misma
-inutilidad personal: lo llevaría de las narices á donde quisiera.
-
-En el comicio reinaba pues la calma más absoluta, y los pocos votantes
-que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia,
-eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las
-tres mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas
-impresas que él mismo les daba al llegar al atrio. Los votantes, una
-vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité, para
-cambiar de aspecto lo mejor posible, disfrazándose,--el disfraz solía
-consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más,--y
-volver diez minutos más tarde á votar otra vez como si fueran otros
-ciudadanos en procura de genuína representación.
-
---¡No sé p'a qué hacen incomodar á esa gente!--exclamó de pronto uno
-de los escrutadores.--Además de incomodarse ellos nos incomodan á
-nosotros, porque nos hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera
-sabe con qué nombre debe votar. Lo mejor es seguir copiando derecho
-viejo del padrón, sin tanta historia.
-
---Tiene razón, amigo,--exclamó Ferreiro,--tiene mucha razón. Voy á dar
-orden de que no vengan más.
-
-Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha á modo
-de los desfiles de teatro en que los que salen por una puerta
-entran en seguida por la otra, después de cambiar de sombrero ó de
-quitarse la barba postiza. Los escrutadores pudieron entonces copiar
-descansadamente el padrón, y así lo hicieron hasta la hora de almorzar.
-
-El almuerzo les fué llevado de la fonda, pues el comité, descontando
-ya el indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor
-que podía obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa
-confeccionada con grasa de vaca.
-
-Por la tarde, á la hora en que debía cerrarse el comicio, del comité
-provincial salieron estrepitosas notas musicales, en la calle frente
-á la puerta comenzó á funcionar el infaltable mortero municipal
-dirigido por D. Máximo en persona, estallaron las bombas de estruendo
-en el aire caldeado por un día bochornoso de sol, y los paisanos
-desarrapados, llevados de todas partes para las elecciones, formaron
-un grupo, abigarrado y maloliente, que con la banda de Castellone á la
-cabeza recorrió el pueblo dando vivas al partido provincial y mueras
-á los cívicos, atestiguando de aquel modo el indiscutible triunfo del
-oficialismo, las inmensas simpatías de que gozaban las autoridades
-locales que el pueblo por nada quería cambiar, y la impotencia de
-los cuatro locos que se arrogaban la representación política de ese
-mismo pueblo, unánime como tabla, sin embargo, para hacer creer á
-los inexpertos que de veras había una oposición en Pago Chico, donde
-á lo único que las personas sensatas hacían la guerra, era á los
-perturbadores que bajo la careta del patriotismo querían trastornarlo
-todo, por aquello de que á río revuelto ganancia de pescadores...
-
-Así por lo menos lo dijo al día siguiente el diario oficial, llenando
-al pasar de improperios á todos cuantos habían intentado sacudir el
-yugo.
-
-Viera, entre tanto, sentado á la puerta de su casa, oía todo aquel
-innoble regocijo, en el abatimiento provocado por la continuada
-tensión nerviosa de aquel día, en el que desarrolló más esfuerzo del
-necesario para realizar alguna obra hercúlea, como la higienización
-de las caballerías de Augías, por ejemplo... Confusas imágenes, vagos
-sueños de evangelización y sacrificio cruzaban por su mente, sentía un
-nudo en la garganta, una opresión en el pecho, é incapaz de sintetizar
-después del análisis, de obrar basándose en la triste experiencia, sólo
-acertaba á balbucir:
-
---¡Será posible! ¡Será posible!
-
-Y como en esta fórmula vaga se materializaba su ideal, su ¡será
-posible! era protesta, programa y credo,--lo más puro, y por lo mismo
-lo más inmaterial, imponderable, sublime...
-
-Buscó largo rato lo que había de hacer... Todo se le presentaba
-impreciso. No podía resolverse á nada. No sabía. Entonces, en pleno
-reino de lo abstracto, sólo atinó á buscar su abstracción espiritual y
-sentimental más alta:
-
-Se fué á ver á su novia.
-
-
-
-
- LADRILLO DE MÁQUINA
-
-
-La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una
-especulación en tierras, bastante grande en relación á la importancia
-del pueblo.
-
-La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente
-de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó á la mitad
-de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos
-comenzaron á andar á caballo ó á esconderse como los peludos.
-
-Pero, antes de esta semi-catástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta
-sin diez ó doce remates de solares, quintas y chacras, y un terreno
-cualquiera solía tener en un solo mes cuatro ó cinco propietarios
-sucesivos, dejando apreciable ganancia á todos los vendedores.
-
-Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de
-la intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba
-prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los
-albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado.
-
-Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad
-para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de
-«sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por
-solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas.
-
-Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al
-fondo de la verídica historia que narramos.
-
-Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal
-aplicado[2] y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar,
-quedaba á veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el
-«sobrante».
-
-Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelemos á
-las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento
-cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta
-y siete y media varas de frente por setenta y cinco de fondo, así:
-
- 37½ 37½ 37½ 37½
- A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=150 varas
-
-Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150
-varas,--equivocados al situarse los puntos A y B,--era forzoso que
-entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente
-ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de
-pudor administrativo) entre solar y solar.
-
- 37½ 37½ 37½ 37½
- A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=165 varas
-
-Las quince varas de diferencia--sobrante--eran adjudicadas al precio
-primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente--á la
-persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de
-influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir
-entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro
-influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban
-á peso de oro, un terreno que habían pagado ya, pero cuyo exceso de
-superficie no ignoraban probablemente: á un engaño hay otro engaño, á
-un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio.
-
-Este error topográfico, provocaba el inverso, que otro línea explicará,
-sin más vueltas:
-
- 37½ 37½ 37½ 37½
- A ━━━━━━━━━━━━ B=112.50 varas
-
-En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera ó pudiese forjarse
-un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba
-(naturalmente si era situacionista porque la reclamación no «cuajaba»
-de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir
-las varas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez ó veinte
-veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado
-cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron
-por este sistema! y si Ferreiro llegó á diputado fué sólo á costa de
-muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí,
-indicar á otros ó repartir entre los «personajes» que le interesaban ó
-podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas
-«comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales,
-de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente
-su propina.
-
-Esto hubiera bastado á cualquier gobierno aprovechador.
-
-Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo
-resolvieron un buen día dedicarse también á la industria y establecer
-una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados
-estupendos.--Asistamos á la reunión en que quedaron sentadas las bases
-de la empresa.
-
-Celébrase ésta en casa del juez de Paz D. Pedro Machado, con asistencia
-del intendente Municipal D. Domingo Luna, del comisario Barraba, del
-doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías
-habían de conducirlo más tarde á ser todo un personaje provincial y
-hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de
-que «todo se andará si el palito no se quiebra».
-
-Es de noche. Ronco son hace del mar la resaca...
-
-Una chinita desarrapada, ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa
-del comedor, como adorno característico, se alza un porrón de ginebra
-rodeado de copas.
-
-Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia
-lo lucrativo que á su parecer resultará el negocio, las ventajas que
-reportará á los asociados, las grandes cantidades de ladrillo que se
-podrán producir y vender...
-
---Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och'hornos en el pueblo y
-nos van á hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces
-de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos
-sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta...
-
-Largo rato se debatió la cuestión, entróles miedo á los presuntos
-fabricantes, y ya iban á abandonar la empresa por demasiado aleatoria,
-cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte
-en la discusión, electrizó de nuevo á sus socios y discípulos de
-siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano:
-
---¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder
-trabajar?--preguntó á don Domingo Luna, el más interiorizado en el
-asunto.
-
---Seis meses.
-
---¿Y para que venga la maquinaria de Europa?
-
---Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo.
-
---Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!...
-
-Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros
-y exclamaciones de satisfacción. Á nadie se le ocurrió objetar
-que aquello podría ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con
-semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó á Ferreiro en el hombro.
-Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una
-copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y
-levantando la cabeza sonriente, y D. Domingo hizo un movimiento tan
-brusco é intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la
-china cebadora.
-
-El plan de Ferreiro era muy sencillo:
-
-Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un
-principio, y como los improvisados «ingenieros»--ni agrimensores
-siquiera,--municipales habían hecho las calles en forma de dientes de
-sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar
-al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación
-mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano
-de la futura ciudad.
-
-Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábríca; los horneros,
-presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres
-de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían á producir
-«ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina»,
-demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense.
-
-Y así se hizo, como se dijo.
-
-Los horneros fueron emigrando poco á poco; la maquinaria llegó; la
-fabricación inicióse con un resultado desastroso, porque nadie entendía
-aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja;
-(la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un
-viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América ú otro país bárbaro);
-gritó _La Pampa_; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él
-enviando anónimos al gobernador y á los periódicos de la capital...
-Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires,
-comenzaron á levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos,
-como diciendo «compradme», Ferreiro se encaró cierto día con «el digno
-y progresista intendente de Pago Chico», según _El Justiciero_.
-
---¡Hombre, don Domingo! ¡Se me acaba de ocurrir una cosa!
-
---¡Vamos á ver qué se le ocurre!--exclamó Luna.--Estoy á su servicio.
-
---Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos.
-
---¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio?
-
---¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero, ando un poco necesitado
-de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de
-comprar, y naturalmente, ¡no voy á vender las acciones á algún extraño
-que vaya á meter las narices en nuestros asuntos!...
-
---¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere?
-
---Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se
-las doy por lo que me costaron.
-
---¡Arreglao!--exclamó el otro muy satisfecho.
-
-Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad
-anónima de los ladrillos de máquina.
-
-Véase ahora la tontería de Ferreiro:
-
-Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los
-obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces
-más que su valor fiduciario, y D. Domingo Luna, hecho un puerco espín,
-exclamaba:
-
---¡Á este Ferreiro no hay por donde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!...
-¡Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó
-el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo!
-¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no á mañas
-libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que díbamos á
-hacer!...
-
-Una vez se atrevió á increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo:
-
---Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario,
-estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación
-es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último,
-es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga.
-
---Pero, yo soy su amigo, don...
-
---En la especulación, lo mismo que en el juego no hay amigos, sino
-enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al
-fin y al cabo, y aquí estoy yo para hacer que se desquite. Compre
-certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de
-pocos meses habrá duplicado ó triplicado el capital.
-
-Y fué, en efecto, un gran negocio para D. Domingo, quien perdonó
-gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los
-malhadados ladrillos de máquina...
-
-
- NOTAS:
-
-[2] Véase «El juez de paz», pág. 51.
-
-
-
-
- BENEFICENCIA PAGOCHIQUENSE
-
-
-De las dos sociedades de beneficencia formadas por señoras que había
-en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres»,
-fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de
-Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era
-la sociedad «Damas de Beneficencia», naturalmente ultra católica y
-archiaristocrática, como se puede--¡y vaya si se puede!--serlo en Pago
-Chico.
-
-Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío»
-según dijo _La Pampa_, y la verdad es que en un principio hicieron gran
-acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no
-sin acierto entre pobres de veras, sin distinción de nacionalidades,
-religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero,
-prefiriendo sin embargo, socorrer á los indigentes con alimentos
-y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías,
-boticas,--todas de masones comprometidos á hacer una importante rebaja.
-La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía
-su actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba
-útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas
-de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la
-opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía,
-pero no á las viudas, ni á los huérfanos, ni á los pobres, ni á los
-inválidos y enfermos, sino á su digna presidenta misia Gertrudis,
-la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse á
-sí misma, no ayudando á los demás, con los recursos que le llovían
-de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era
-llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello
-cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial.
-
-Tendrían ó no tendrían razón de ser las hablillas circulantes,
-viviría ó no viviría misia Gertrudis de lo que se daba--con bastante
-generosidad--para los pobres; esquilmaría ó no esquilmaría el óbolo
-común; el hecho es que estrenaba anualmente dos ó tres vestidos de seda
-que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia á la comisaría,
-á la valuadora, á la misma intendenta; que de cuando en cuando,
-compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa
-no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar
-las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos
-en los almuerzos que ella y el tesorero daban á sus amigos, enemigos
-más bien.
-
-Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona
-que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más
-la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fué creciendo,
-fué creciendo» y no tardó mucho en llegar á los propios oídos de la
-mismísima misia Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta
-vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y
-traer chismes y habladurías. Doña Dolores, enemiga á muerte de misia
-Gertrudis la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y
-hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella.
-
-Un día, pues, no resistió al deseo imperioso de contar á la interesada
-cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces á
-gritos.
-
---Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero
-municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una
-lección.
-
-Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con
-dicterios dirigidos indistintamente á todos los notables de Pago Chico.
-La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de
-indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia--cuya sola
-enunciación la hacía estremecer--y declaraba á voz en cuello que lo
-único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se
-la hacía víctima inmaculada y dolorosa.
-
---¡Calumniarme á mí, á mí!... ¡Á ver si hay una sola de esas hijas de
-una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo!
-¡Que vengan, que vengan á esaminar mis libros!...
-
-Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por
-su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que
-nunca se habría atrevido á presentar, ni á esas ni á otras damas
-cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario,
-de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los
-litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite, de petróleo que
-debía á los pobres. É imaginábase que entre ellos se erguía la figura
-odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los
-Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por
-hacer daño á la iglesia y á los católicos y á Dios mismo, llevaba sus
-libros peor escritos sí, pero con arreglo á la verdad.
-
-Una mañana mister Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés
-que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un
-donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que
-aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar á su verdadero destino.
-
-Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de
-terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el
-dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo
-resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió
-la de mister Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto á coser
-la bata--que proyectaba lucir en la próxima función que á beneficio
-de la sociedad iba á dar en el circo la compañía acrobática, del
-celebérrimo Tomate IV--si hubiera podido apartar de la imaginación el
-recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor
-que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía
-llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se
-sentó y sin advertirlo, se puso á murmurar dicterias enardeciéndose
-cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos.
-
---Aquí le manda esto el sastre,--díjole la chinita Petrona, cuando
-apenas había dado dos puntadas.
-
-Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de
-la levita negra para el «Tedéum» del nueve.
-
---Á ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé!--exclamó misia Gertrudis,
-tomando el papel que Petrona le presentaba y devolviéndoselo acto
-continuo.--Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada.
-
-Pero en ese instante recordó la ofrenda de mister Kitcher, cuyo dinero
-tenía aún en el bolsillo, é iluminada por súbita inspiración--¡lo
-que puede la costumbre!--bolsiquió por la manera, asió el bolsón de
-terciopelo, é inmovilizó á la chinita que ya iba á salir, gritándole:
-
---Esperáte.
-
-Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió:
-
---No le digas nada. Tomá....
-
-Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dió á Petrona
-que corrió á entregárselas al cobrador del sastre,--mientras la
-señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus
-imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes:
-
---¡Pícaras!--¡Sinvergüenzas!--sospechar de que robo, yo, ¡¡yo!!
-Quisiera que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas
-que harían...
-
-Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y,
-paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteóse el vestido, á
-ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir
-socorriendo á pobres acreedores.
-
-
-
-
- PONCHO DE VERANO
-
-
-Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de
-hacienda, las cuatrerías más ó menos importantes, desde un animalito
-hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del
-partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la
-comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más
-en evidencia de unos y otros.
-
-La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, el centro obligado
-de todo el comentario, ardoroso é indignado si los hay, pues ya no se
-trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de
-mala manera, el bolsillo de cada cual.
-
-Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente á
-los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del
-mostrador, para ir á la trastienda á echar su cuarto á espadas con el
-fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día.
-
---Á don Melitón le robaron anoche, de junto á las mismas casas, un
-padrillo fino, cortando tres alambrados.
-
---Á Méndez le llevaron una puntita de cincuenta ovejas lincon.
-
---Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la
-tropa que estaba preparando.
-
---El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo,
-á hacer una recorrida...
-
-Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros,
-guiños maliciosos y acusadores.
-
---Él mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla--murmuraba Silvestre,
-afectando frialdad.
-
---¡Hum!--apoyaba Viera, el director de _La Pampa_, meneando la cabeza
-con desaliento.--Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio
-que digamos...
-
---¡Él!--gritaba don Inacio, caudillo opositor... todavía.--Es un peine
-que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho
-se compró la casa en que vive; áura ha alquirido una quinta junto al
-arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la
-suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco ó seis vigilantes
-que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos
-milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos!
-
-Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo
-tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera ó no
-pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién
-sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier
-caso, con su tolerancia... «La corrupción del poder--como decía _La
-Pampa_--es tan contagiosa, que cuando invade á un cuerpo, no deja un
-solo miembro libre, y luego sigue trasmitiéndose al rededor, de tal
-manera, que todos vienen á quedar infestados, si se descuidan.»
-
---Así te diera yo á vos alguna coima, y veríamos--refunfuñaba el señor
-comisario, para sus grandes bigotes.
-
-Entre tanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de
-punto. Ya no era únicamente _La Pampa_ la que revelaba y condenaba los
-robos de hacienda, pintando á Pago Chico como una cueva de ladrones;
-los periódicos de la capital, informados por parte interesada,
-comenzaron también á poner el grito en el cielo, espantados de que
-tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras
-el gobierno, llamado á velar por los intereses generales, se hacía
-el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en
-encubridor y fomentador de bandoleros.
-
-Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y
-muda como una piedra, Barraba comenzó á sentir sus recelos...
-
---¡Hay que hacer algo!--se decía, multiplicando sus inútiles salidas
-en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas
-sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos
-al verlo pasar...
-
---Sí,--peroraba don Ignacio una noche en la botica,--cuatrero es
-cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos
-piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras
-estén en mi casa no, porque les parecería demasiada ruinda. El vecino
-roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, ó á gatas tienen
-ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene
-hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca ó un lindo
-asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso»
-en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro ó
-cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta
-ó cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y
-sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene
-p'al derecho á la marca y las señales con que se apropea de todo lo
-orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza á ser
-autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente,
-las demás autoridades...
-
---¡Pero esto es Sierra Morena!--clamó el doctor Pérez y Cueto,
-exagerando aún su acento español.--Y el gobierno de la provincia
-debería...
-
---Ya l'he dicho--interrumpió don Ignacio,--que el gobierno no tiene
-coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura
-bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos
-son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos
-son los que sostienen, junto con los vigilantes, á la autoridá del
-pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja
-vivir ¡es natural! En tiempo de eleción les hace dar plata, pero como
-no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan
-á robar otra vez...
-
-Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo.
-De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las
-palabras:
-
---Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte
-casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda
-su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará
-en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los
-conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados á considerar suyo
-cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho
-divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el
-respeto á la propiedad ni el amor al trabajo...
-
-Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido
-bien, y el doctor Pérez y Cueto, dió las buenas noches y salió, para
-correr á repetírselas á Viera, deseoso de que no se perdiesen...
-
-Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero,
-restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa.
-
---¿Qué hay? ¿Qué hay?--le preguntaron en coro.
-
---¡Barraba ha salido con una partida, á recorrer!...--exclamó
-Tortorano.--Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de
-esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto ó vivo!...
-
-Todos se echaron á reir á carcajadas, festejando con chistes,
-dicharachos y palabrotas la declaración del comisario...
-
-Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra...
-
-Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías--¿y á quién
-tomar, en efecto, si no se tomaba á sí mismo?--después de haber
-pernoctado en una estancia lejana, Barraba vió un hombre que se movía
-á pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda
-habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa,
-de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas
-de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para
-reunírsele. ¡Su buena estrella!...
-
-Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de
-cólera, mitad de alegría:
-
---¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!...
-
-El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero
-de vaca recién desollado: iba sin duda á esconderlo en alguna cueva
-de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente
-andar con aquella carga, á vista y paciencia de quien acertara á pasar
-por allí... Al oir el vozarrón del comisario que se le echaba encima
-á rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr á ocultarse
-entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable
-espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil
-evolución.
-
---¡Ah, eras vos!--exclamó al ver enfrente á Segundo, pobre paisano
-viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida
-haciendo pequeños trabajos sueltos.--¿Con qu'eras vos, indino,
-canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido!
-
-Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo,
-descargóle una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por
-el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el
-otro apenas atinaba á murmurar:
-
---Señor comisario... Señor comisario...
-
-Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar»
-también, dando algunos lazazos al matrero tomado infragante. Pero
-Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió
-azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque».
-
-Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente,
-pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas
-direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices
-le brotaba un caño de sangre...
-
---¡Á ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles
-una buena leción! ¡Lleven el cuero también!--gritó el comisario.
-
-Y apretando las piernas á su caballo enardecido por la brega, tomó á
-todo galope en dirección á Pago Chico, que no estaba lejos ya.
-
-Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con
-una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos,
-balbucía:
-
---¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!...
-
-El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volvióse
-por fin colérico:
-
---¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿Á qué andas
-robando animales?...
-
-Segundo hizo un esfuerzo:
-
---¡Era la primera vez,--murmuró,--la primerita! Encontré esa vaquillona
-muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez,
-por éstas...--y poniendo las manos en cruz, se las besaba...
-
---¡Ya t'endenderás con el juez!... ¡Lo qu'es á mí, maní... No me vengás
-con agachadas, ché!
-
-El sol comenzaba materialmente á rajar la tierra cuando llegaron á la
-comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera
-parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado
-de arena y quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas
-de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de
-papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la
-oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando
-mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor».
-Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles
-matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida.
-
---¡Ahí está el preso!--le anunció el asistente, cuadrándosele.
-
---¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la
-plaza hasta nueva orden!--gritó Barraba.
-
-La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas,
-sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol
-derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo
-aquella tierra plana é igual, desolada y estéril.
-
-El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, á
-presenciar el cumplimiento de su orden.
-
-El cuero, fresco y blando, fué desdoblado; con un cuchillo hízosele
-en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo...
-Segundo fué conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación;
-casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron á meter la cabeza por el
-boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues,
-ajustándolos al cuerpo.
-
---¡Lindo poncho fresco... de verano!--exclamó Barraba, chanceándose
-alegre y amablemente.
-
-Los que estaban en el patio,--y sobre todo el escribiente Benito aquél
-que «era más bruto que un par de botas»--festejaron el chiste del
-superior, riendo con más ó menos estrépito... según la jerarquía.
-
-Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba á suceder. Por
-delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale á los pies; á
-ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de
-esclavina.
-
---¡Bueno, marche!--mandó el comisario.--¡Y con centinela de vista! ¡Que
-no se pare; y si se para, déle lazazo no más!
-
-El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle,
-entraron en la plaza y comenzó el paseo... En los primeros momentos,
-las cosas no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por
-casualidad, y viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan
-extraño poncho, se apresuró á inquirir de qué se trataba. La noticia
-cundió. Entreabriéronse puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de
-hombres, mujeres y niños; un rato después comenzaron á formarse grupos
-en las aceras con sombra, y á volar comentarios de unos á otros:
-
---Es Segundo.
-
---¡Pobre! ¿y qué ha hecho?
-
---Parece que lo han pillau robando animales...
-
---¿Él? ¡Bah! ¡no es capaz!
-
---¡Un viejo infeliz!
-
---¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao!
-
-Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza,
-y el gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión
-del globo aerostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito
-asoleado zurría un zumbido de colmena.
-
-El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó
-detenerse una ó dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus
-ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la
-sangre coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba á
-sentirse estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste,
-en efecto, secándose rápidamente con el sol,--harto rápidamente, pues
-para ello se había cuidado de poner el pelo hacia adentro,--iba poco á
-poco oprimiéndolo por todas partes, como un ajustado «retobo», hasta
-obligarlo á acortar el paso. Y su interminable viaje seguía, en medio
-de aquella atmósfera de fuego, bajo las miradas de la multitud, que
-empezaba á indignarse y á dejar oir murmullos irritados... Ya se habían
-relevado tres agentes, muertos de calor, pero la marcha continuaba,
-implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose, impidiendo
-todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del
-triste torturado, haciéndole crujir los huesos.
-
---¡Basta! ¡Basta!--gritaron algunas voces.
-
---¡Basta! ¡Basta!--repetían algunas otras de vez en cuando.
-
-El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua
-muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino,
-más caritativo y menos temeroso que los demás, le dió de beber. Al
-relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba á hacer la nueva
-guardia:
-
---¡Que nadie se acerque al preso!
-
-Al martirio del cuero, que ya amenazaba desconyuntarlo, agregóse
-entonces la tortura de la sed...
-
-Varias personas caracterizadas se presentaron á Barraba, pidiéndole que
-hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó á reir.
-
---¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... ¡de verano!... ¡Dejen, que
-así aprenderá á carnear ajeno!...
-
---Pero, señor comisario...--le suplicaron.
-
---¡Bueno! ¿y áura salimos con ésas?... ¿Y no andan ustedes mismos
-diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» á los cuatreros?...
-
---Segundo es un infeliz, y...
-
---¡No hay infeliz que valga!
-
---¡Y creemos que el juez!...
-
---¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han
-tomau, y qué se piensan?...
-
-Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el
-polvo, tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y
-rudos pliegues rectos del cuero, que le penetraban en las carnes. Había
-soportado el atroz suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas
-para mantenerse en pie...
-
-Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le
-llevó casi agonizante al hospital.
-
-Barraba reía con los suyos en la oficina:
-
---¡Poncho de verano! ¡qué gracioso!... Miren qué poncho de verano...
-
- * * * * *
-
-Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en _El Justiciero_,
-periódico oficial de Pago Chico.
-
-«El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública
-y merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible
-y merecida lección que acaba de dar á los cuatreros hará que cesen
-para siempre los robos de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel
-y arbitraria, amigos como son de la impunidad. ¡Siempre que extirpe un
-vicio vergonzoso y perjudicial, una aparente arbitrariedad es evidente
-buena acción!».
-
- * * * * *
-
-Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la
-miseria y el señor comisario se compraba otra casa...
-
-
-
-
- PARA BARRABASADAS...
-
-
-¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y
-mientras en el Club los patricios hacen destapar mucho vino espumante
-y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las
-trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos
-broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'ho detto tante
-volte»... ó acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como
-martillazos secos, ó la algarabía de alguna disputa nacida entre oladas
-de carlón.
-
-Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de
-jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los llamadores,
-se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún
-infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto
-que parecen legión cuando son apenas un puñado.
-
-Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz,--sabiéndolo
-en el Club,--guarecidos tras de la tapia de un terreno baldio; aquéllos
-han atado un tarro de petróleo á la cola del perro de Silvestre,
-y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del
-pueblo, despertando á las supersticiosas comadres de los ranchos
-que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo
-de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en
-práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Grandenfant,
-la partera,--cuadro que representa una mujer de palo, vestida de
-hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de
-rosa,--y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber á
-quién debe tal bromazo.
-
-Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido
-tirios y troyanos, á pesar de las terribles disensiones. Hay
-armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de
-presencia--muy campechano,--y codearse breves momentos con la oposición.
-
-El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es
-que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división
-estuvo á punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota
-mensual,--sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»,--y
-la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años
-anteriores...
-
-Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta.
-
-En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas
-de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago ó
-por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente,
-hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende
-con un vals saltado que pone en movimiento á los más jaranistas y
-bailarines. No hay mujeres, naturalmente.
-
---¡Pan con pan comida de bobos!--exclama con sarcasmo Viera, el
-director de _La Pampa_.
-
-Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza
-con Silvestre, y es de ver á los dos, dando vueltas vertiginosas y
-llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el
-piano, los consocios mismos.
-
-El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los
-tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el
-compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea
-el vals á destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para
-lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman
-á la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos,
-con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado á
-otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y
-estupor, algún transeúnte retardado á quien sorprende aquella inusitada
-barahunda y que mañana desprestigiará á «todo lo mejor de Pago Chico»,
-entregado así á la más escandalosa y abyecta orgía.
-
-El de los brindis logra por fin hacerse escuchar, y apenas concluye
-sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida
-nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que
-orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohino, se desliza
-hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás
-continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando ó echando los
-pulmones en alguna otra forma original.
-
-En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par
-en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía,
-produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la
-impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna
-desgracia, algún cataclismo...
-
-Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso.
-
---¡Señor comisario!--dice el oficial en voz baja, acercándose á
-Barraba.--El río Chico está desbordandose y amenaza inundar el pueblo.
-¿Qué se hace?
-
-Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo,
-y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que
-toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla:
-
---¡Arme el piquete! ¡Vaya á paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy
-en seguida!
-
-El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron
-indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las
-narices para no estallar en una carcajada.
-
---¡Revolución!
-
---¡Ataque á la comisaría!
-
---¡Invasión!
-
-No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron á
-animarse, una vez fuera el misterioso Barraba.
-
-El boticario les dió la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar
-los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!...
-
-Sólo al día siguiente, cuando se vió que el Chico no salía de madre ni
-pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido
-á la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres
-oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica
-carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo.
-
-El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue
-diciéndose en nuestra tierra:
-
---¡Para barrabasadas, Barraba!...
-
-
-
-
- LOS PATOS
-
-
-Era la tarde del 31 de Diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una
-importante casa de comercio--aquel españolito capaz y relativamente
-instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en
-Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota
-el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la
-susodicha ubicación--se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada
-trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que cebaba
-Rufo, el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico.
-
-Merced á su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo
-amigo del tenedor de libros, á quien había enseñado en pocas semanas
-á tomar mate--como se ha visto,--á jugar al truco y á opinar sobre
-política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español.
-El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había
-costado mayor esfuerzo...
-
-Ruiz, á pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes
-y de su continente resuelto, no sabía andar á caballo ni conducir
-un carruaje--observación que no parece venir á cuento, pero que
-es imprescindible sin embargo,--de modo que, los domingos, cuando
-obtenía prestado el tílbury de su patrón veíase en la obligación de
-buscar compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer
-invitación iba siempre enderezada á Silvestre, cuya obligada respuesta
-era:
-
---No puedo abandonar la botica ¡Como te suponés!...
-
-Porque ya se trataban tú por tú,--ó tú por vos, para ser más exacto--á
-pesar de lo reciente de la relación.
-
-Y lo curioso es que no pudiendo abandonar la botica, Silvestre andaba
-siempre merodeando por el barrio, á caza ó en difusión de noticias,
-aunque Rufo no estuviera para cuidarle los potingues... Ante la
-voluntad negativa, Ruiz que se pasaba allí las largas horas en que
-el Mayor, el Diario y la Caja no reclamaban la esgrima de su pluma,
-permanecía un rato en silencio, ó hablando de cosas indiferentes, para
-terminar insinuando:
-
---Rufo, ¿no podría acompañarme?
-
---¡Como no! ¡Que vaya no más!
-
-Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las
-riendas Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles,
-dando vueltas y más vueltas, hasta cansarse de mirar muchachas en las
-puertas, para salir entonces á dar largos paseos por las quintas sin
-árboles y las chacras sin sembrados.
-
-Ahora bien, aquella tarde del 31 de Diciembre, y como le consta al
-lector, terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el
-sempiterno lavado de frascos y botellas á gran fuerza de munición, Rufo
-acarreaba mate á la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano
-á mano.
-
---Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer?--preguntó de pronto
-el tenedor de libros.
-
---¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!...
-
---Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo.
-
---Á cazar ¿qué?
-
---¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de pato para
-festejar el año nuevo?
-
---Sí, pero tenés que ir muy lejos...
-
---¡Quiá!
-
---No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto
-matrerazos y no se encuentran más que en los lagunones del Sauce y muy
-arriba del río Chico...
-
---¿Que no?... ¡Pues pululan!... Dejá que Rufo me acompañe, y en dos ó
-tres horas me comprometo á traerte un par de docenas... ¡Los comeremos
-mañana mismo!...
-
---¡Qué vas á tráer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí...
-
-Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando
-el mate:
-
---¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el
-tílbury?
-
-Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo:
-
---Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos...
-
---¡No puede ser!--exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló á su
-sistema predilecto:--Te apuesto á que no tráis ni cinco en todo el día.
-
---¡Apostado! ¿Qué jugaremos?
-
---Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el
-champán para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada ó menos de
-cinco, vos pagás una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene?
-
---¡Va apostado!
-
-Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo
-el horizonte iluminaba ya blandamente la tierra, cuando Rufo fué á
-buscar á Ruiz con el tílbury tirado por el moro.
-
-El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su
-mano como petardos, á pesar de que el moro llevara un trote bastante
-ágil en el aire vivo de la mañana.
-
-El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta
-los dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral,
-cinturón y cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados.
-
-Salieron y ya á pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo--¡pim,
-pam; pim pam!--y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos
-los animales se dejaban acercar bien á tiro, casi sin moverse junto á
-la misma orilla, y cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre
-el agua cenagosa de los pantanos, los otros parecían más sorprendidos
-que espantados por aquel estrépito y aquella matanza, como si nunca
-se les hubiese hecho un disparo... Después, convencidos de la abierta
-hostilidad, tendrían el vuelo bajito levantando el agua con las patas,
-como si navegaran á hélice, é iban á detenerse poco más lejos, de tal
-manera que el tílbury, hábilmente dirigido por Rufo, no tardaba en
-dejarlos á tiro otra vez...
-
-Y ¡pim, pam; pim pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago,
-amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte,
-cuarenta. ¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante
-del Señor, sin haber tenido siquiera que bajarse del tílbury!
-
-Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo.
-
-Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso que hasta marró
-algunos tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez...
-
-Cuando llegó á los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más
-satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que
-continuase la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de
-los inocentes palmípedos.
-
---Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho
-veces!... Silvestre va á trinar.
-
-Se detuvieron á la puerta misma de la botica, y Rufo comenzó á bajar
-del tílbury y á introducir en el despacho el producto de la milagrosa
-cacería. Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al
-pildorero, preparando una de las fructíferas recetas de «aqua fontis y
-mica panis» que extendía el Dr. Carbonero, enemigo de la farmacopea,
-más no de la voluntad de los clientes que no querían curarse sin
-remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y cantaba
-castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica al rededor de los
-patos, no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse á la tienda
-para ver aquello...
-
-En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado
-celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba
-febrilmente la pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el
-redoble del mortero, sonaba algo entre regaño y risa reprimida.
-
-Una carcajada homérica sacudió de pies á cabeza á Silvestre, en cuanto
-se vió delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar
-tiempo á que Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una
-flecha, atravesado la calle y entrado como un ventarrón en la imprenta
-de _La Pampa_, en cuyo interior siguieron estallando sus inextinguibles
-risotadas.
-
-Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la
-farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente á su
-botín cinegético.
-
-Siguiendo á Silvestre, apareció Viera, director de _La Pampa_, y el
-administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido
-y el movimiento, hasta formar cola á la puerta.
-
-Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose
-sólo para exclamar:
-
---¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que
-ha cazado Ruiz!...
-
-Y el público le hacía coro, y allí en el patio el repique del almirez
-adquiría sonoridades de campana echada á vuelo.
-
-Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla
-inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo
-dejan meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin
-oyó la clave del enigma:
-
---¡Son gallaretas!
-
-Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había
-cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abrióse paso, trepó al
-tílbury y manejando por primera vez de su vida, puso al moro al trote
-largo para escapar de las risotadas, cuyo eco lo persiguió hasta volver
-una esquina...
-
-Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó
-prudente reprender á Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era
-su amigo...
-
---¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta?
-
---¡P'a que aprienda, pues!
-
---También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes...
-
---¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau...?
-¡Y lo qu'es áura, no se olvida ni á tiros!...
-
-
-
-
- METAMORFOSIS
-
-
-Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se
-dispuso á salir en busca de las noticias municipales y policiales, á
-pesar de la opinión del regente.
-
---¡No hay que descuidarse!--le había dicho éste--Manolito nos la ha
-jurado, y es capaz de cualquier barbaridad.
-
-Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de
-estoque, y salió á las calles silenciosas de Pago Chico en plena
-siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie
-meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de
-_El Justiciero_ una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la
-inclinación á darse lustre.
-
-Llegado muy joven de la Coruña, D. Lucas no había sido siempre
-«periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida
-en una escuela de lugar, no le dió para tanto en los primeros años. Se
-estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando
-copas; luego ascendió á vendedor, y más tarde á habilitado; á los
-diez ó doce años de estar en la casa, ya era socio, á los quince pudo
-establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando
-ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas»
-(el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no
-pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que
-creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la
-calle, y rodando, rodando, llegó por fin á Pago Chico, y encalló en la
-administración de _El Justiciero_.
-
-En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no
-ya material y pecuniaria, sino social é intelectual, cosa que estimaba
-muchísimo más, aunque á veces lamentara á sus solas el sueldo escaso y
-tardo, y la brillante miseria.
-
-Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto,
-y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo
-un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar,
-de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo.
-
-Afable, atento, servicial, hasta servíl mientras fué dependiente, y
-aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había
-perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que
-constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio
-de grandeza, era familiar con aquellos magnates del pago que se lo
-permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su
-pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia;
-autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible
-para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso»,
-como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo que, á juicio
-de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca.
-
-No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia,
-persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la
-vislumbraba, á veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo
-y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como
-siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al
-ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!),
-á pesar de que _El Justiciero_ acabase de publicar la siguiente «feroz
-caída».
-
-«_Escándalo._--El Moreirita M. P., que con sus calaveradas y fechorías
-ya tiene indignado á todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un
-descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos
-y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía
-que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito
-que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la
-gana. Sin embargo, no fué ni llevado á la comisaría siquiera, y nos
-extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer,
-todavía no lo haya metido á secar en un calabozo para que otra vez
-aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los
-demás muchachos del pueblo.»
-
-No extrañará esta filípica del oficialista _Justiciero_, si se tiene
-en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las
-autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban á necesitarlo
-para las elecciones. Y el suelto era justo, porque la tolerancia para
-los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza
-general, pues el rico é ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con
-la impunidad.
-
-En cuanto á D. Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el
-suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que
-se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» D. Fulano, y dijo
-cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la
-distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero
-él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular,
-siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto ó noticia publicaba
-_El Justiciero_, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en
-su colaboración.
-
-Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido
-el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta
-estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los
-largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando
-se quedó frío, corrióle un cosquilleo de la nuca á los pies, y sólo
-merced á un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y
-erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba
-rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de _El Justiciero_ en la
-mano.
-
---¿Quién ha escrito esta noticia?--preguntó el jovenzuelo con voz
-reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo á su lado.
-
-Un velo pasó por los ojos de D. Lucas; sintió que se le aflojaban las
-piernas, pero haciendo de tripas corazón:
-
---¡No sé!--contestó secamente.
-
---¡Qué no ha de saber!
-
---¡No sé!
-
---¡Usté no más será, gallego!
-
---Y si fuera...--acertó, lívido, á balbucir don Lucas.
-
---¡Ahora verá!
-
-Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano á la
-cintura. Trémulo, D. Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque,
-buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle
-solitaria abrasada por el sol, un objeto, el hueco de una puerta en que
-parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación clara
-y seca, sintió un golpecito en el pecho, y al rodar por la acera, vió
-como en un escenario al bajarse rápidamente el telón, que Pérez corría
-con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que
-algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó.
-
-...La grita de los periódicos--«la prensa local»,--y especialmente
-de _El Justiciero_, fué tan grande, que la policía se vió obligada
-á proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de
-Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el
-jovenzuelo fué á dar á La Plata, con un sumario que parecía hecho por
-su mismo abogado defensor...
-
-Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones.
-_El Justiciero_ narraba extensamente los detalles del combate, en
-que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida al asesino
-que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido,
-le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en
-seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos
-en aras del pueblo, de la ingratitud, que generalmente es la única
-corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público
-toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme
-éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba á la imprenta.
-
-Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero
-declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía
-recibir visitas--no muchas á la vez, ni demasiado charlatanas,--el
-pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en
-sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los
-diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de _El
-Justiciero_, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido
-orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban
-los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera
-faltaban damas,... como que un día se le apareció misia Gertrudis,
-la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de
-Beneficencia...
-
-¡Cuánto incienso recibió D. Lucas, visitado, asistido, festejado,
-adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente á la categoría
-de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le
-demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración
-respetuosa, prontos á venerarlo, á idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta
-abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse á oponer un simple
-estoque á una arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la
-vida!... ¡Y todo por el pueblo!
-
---Ahora comprendo--pensaba D. Lucas,--cómo se repiten las hazañas
-peligrosas. ¡Se puede ser héroe!
-
-Él lo era en su concepto. Lo fué algunos días en el de los
-pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando
-demasiado en cicatrizarse á causa de tantas emociones, dió tiempo para
-que el entusiasmo se enfriara poco á poco antes de que D. Lucas pudiera
-tenerse en pie. Cuando salió á la calle, su aventura era ya un hecho
-mítico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia,
-nadie hacía alusión á él.
-
-Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteósis había sido
-tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se
-paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto de
-echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba á
-todos con soberanas sonrisas protectoras ó con gesto avinagrado y
-despreciativo, según qué fuera aquél en quien se dignaba detener la
-vista.
-
-Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo,
-víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo
-enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del
-valor ¡él!... Y se frotaba las manos y sonreía de regocijo, convencido
-de su gloria.
-
-Desde entonces usó revólver á la cintura, no dejándolo sino bajo
-la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en
-la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el
-circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor á nada ni á
-nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director
-de _El Justiciero_. Tenía ademanes rotundos de caballero andante
-pronto á lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se
-había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio
-exacerbado.
-
---Es siempre malo que á un sonso se le aparezca un dijunto--solían
-decir algunos más avisados, al ver pasear á Ortega con el sombrero en
-la nuca y haciendo molinetes con el bastón.
-
-Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al
-vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote:
-
---Decile á un sonso que es guapo y lo verás matarse á golpes--uno de
-sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra
-cosa.
-
-Y el boticario criollo no dejaba de tener razón.
-
-Ortega acostumbraba tomar el vermouth vespertino en la confitería de
-Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo americano White, famoso por
-su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini algunas veces, y otros amigos.
-
-Un día que D. Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador
-Fernández se acercó á la mesa, trabando conversación de negocios con
-Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron,
-pasaron á las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose
-de pie, alzó la mano como para dar una bofetada á su contrincante.
-White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho, asiendo á
-Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla,
-se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por
-desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era
-realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara
-Ortega...
-
-Ver aquello, y sin detenerse á reflexionar ni qué era, ni de parte de
-quién estaban la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura,
-fué todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias.
-Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un
-poco de humo, un hombre muerto, y el estupor pasó batiendo las alas,
-petrificando á los actores y espectadores de aquel drama que sólo había
-tenido desenlace, y que sería comedia á no mediar un cadaver.
-
-Y cuando se vió solo en la oficina de la comisaría, preso, con un
-homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció
-en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó á llorar como una
-criatura...
-
-
-
-
- CON LA HORMA DEL ZAPATO
-
-
-«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar á usted, por orden del
-señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de
-su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por
-razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio
-los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda
-consideración, etc., etc.»
-
-Llegó esta nota á manos del doctor Fillipini al día siguiente de la
-elección que consagró, por su consejo, municipal á Bermúdez.
-
---¡Mascalzone!--exclamó, pensando en su protegido de un minuto.
-
-Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en
-busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario
-de la Intendencia, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus
-manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería
-de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la
-«consumación» y pidió «otra vuelta».
-
---Dígame, Bustos,--preguntó por fin;--¿por qué me destituye don Domingo?
-
---¡Hombre, no sé!--contestó el otro, paladeando su anís, y no por
-sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral.
-
-Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una
-parodia de la fabulilla de Samaniego:
-
- Dijo Ferreiro á Bustos
- después de olerlo:
- --Tu cabeza es hermosa
- pero sin seso.
- ¡Como éste hay muchos
- que, aunque parecen hombres
- sólo son... Bustos!
-
---No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fué,--insistió Fillipini, en
-su jerga ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el
-ovillo.--¿No le habló nadie?
-
---Nadie.
-
---¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más?
-
---Sí, mientras estaban votando...
-
---¿Y nadie había ido á verlo?
-
---Nadie más que Gino, el pión de Cármine.
-
---¿Y á qué iba Gino?
-
---Á nada. Le llevaba un papelito.
-
-Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió á entrar por otra
-puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vió á Gino,
-hecho una pringue, como que era el lavaplatos--el platero, según los
-chistosos pagochiquenses,--de la confitería de Cármine.
-
---¿Quién te dió el papelito que le llevaste al intendente el
-domingo?--preguntóle en italiano.
-
---Il signor notario,--contestó Gino, mirando á su egregio compatriota
-con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de
-costumbre.
-
-Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando
-y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del
-Progreso.
-
-Allí se sentó, poniéndose á sacar un solitario, indiferente y tranquilo
-en apariencia, pero sin que nada escapara á sus ojos avizores. Ni aun
-cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca,
-impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero á poco abandonó
-el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores
-y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano á mano con
-Ferreiro.
-
-Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia
-sin aludir al suceso de que eran primeros actores; pero Fillipini no
-tardó en lanzarse á la carga:
-
---¿No sabe? Don Domingo me ha destituido...
-
---¡No diga! ¿De veras?
-
---Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso
-no puede quedar así...
-
---¿Pero por qué? ¿Cómo es eso?
-
---¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace.
-
---Diga, pues, doctor; que, si yo puedo...
-
-Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy
-calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando á Ferreiro bien en los
-ojos, dijo con buen humor:
-
---¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán á
-defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre
-como yo.
-
-Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta
-desfachatez, y pensando:
-
---¡Si se habrá encontrado topate con te toparías!
-
-Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su
-contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó:
-
---¿Y por qué cree que Carbonero y yo, lo hemos de defender?
-
-El médico se echó á reir con aparente franqueza, y:
-
---Porque ustedes son demasiado inteligentes para no
-hacerlo,--contestó.--Y demasiado amigos míos,--agregó inmediatamente,
-dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo.
-
---Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos...
-
---¡Señor Ferreiro!--dijo entre carcajadas Fillipini.--Si yo no lo
-conociese tanto, lo que me dice sería como para hacerme creer que usted
-ha «mojado» en esta barbaridad...
-
---¡Yooo!
-
---¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo
-hubiera impedido, á saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como
-se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de
-Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada, después que le
-di el modo de hacerse municipal...
-
---¡Y por qué se lo dió!--interrumpió violentamente Ferreiro.
-
---¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche!--murmuró Fillipini con
-mucha socarronería.
-
-Hizo una pausa, sonriente é insinuante, para continuar después:
-
---Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi
-nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara á otro... con la
-administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que
-nombrar á otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran.
-
---¿Y de ahí?...
-
---¿Á quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y
-Cueto...
-
---¿Y eso?
-
---Que nombrarlo á Pérez y Cueto sería como meter las narices de toda
-la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos,
-cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas
-de cama... contar lo que pasa con los cadaveres que se quedan allí
-días y días, y lo que hace la enfermera que se va á dormir todas
-las noches en su casa, y el ecónomo que poco á poco se va llevando
-cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos
-ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No
-pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque
-no todo puede marchar á la perfección en un pueblo tan pobre como
-éste, y tan atrasado... Además que la gente que va á curarse allí es
-de poca importancia y no le interesa á nadie: extranjeros, personas
-de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de
-un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que
-convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que
-nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni
-meterse á redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene
-que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye
-un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es porque
-están ciegos como topos. Las chicas se les van, y las grandes se les
-escapan...
-
-Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad,
-como si se tratara de intereses ajenos, el escribano observaba con
-desconfianza á Fillipini, diciéndole para su capote:
-
---El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos
-va á salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son
-malas consejeras.
-
---Pero, por sonsos que sean--continuó muy lentamente Fillipini,--por
-sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el
-camino; y entonces no habrá quién los ataje... ¡Chica farra se armaría
-si lo nombraran á Pérez y Cueto!...
-
---También es posible no nombrar á nadie. El hospital no necesita...
-
---¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! Ma! por poco que
-sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va
-y no irá nunca... Yo preferiría que nombraran á otro si no quisieran
-reponerme á mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme
-separado...
-
-No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando
-la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus
-verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras
-ellas hirviesen amenazas tan terribles cuanto evidentes.
-
---Lo que se había pensado,--dijo sin embargo Ferreiro,--era no nombrar
-á nadie.
-
---Ma! y cómo dijo que no sabía nada?--preguntó con fingida candidez
-Fillipini.
-
---Digo... se había pensado... así en el aire... para el caso de que se
-produjera una vacante...
-
---Capisco...
-
-Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito á
-Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó:
-
---¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos
-forzó la mano sin necesidad?...
-
---Questo é un altro paio di maniche!--repitió el doctor.--Se lo vuelvo
-á decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos cosas: de que
-Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y
-de que yo puedo serle muy útil ó muy perjudicial, después. Era preciso
-que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran
-arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me
-he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es
-cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan
-amigos como antes ó más amigos que nunca, mejor dicho!
-
---Bueno... veré... pensaré.
-
---¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haya ninguna
-arbitrariedad en mi favor.
-
---¡Qué gringo éste!--murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido
-y malhumorado.--Es como la garúa finita, que lo cala á uno hasta los
-huesos. Y se va á salir con la suya, no más,--agregó palmeándole el
-hombro.
-
---Piénselo, piénselo y no se apure,--dijo el otro.--Para todo hay
-tiempo, y á la corta ó á la larga usté se convencerá de que yo soy un
-buen amigo.
-
---Y yo también, doctor.
-
-Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas,
-murmuraba sin embargo:
-
---¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás...
-
-Sin perder tiempo volvió á la confitería de Cármine, donde había un
-grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de
-las mesas, los otros de pie junto al mostrador. Silvestre, que peroraba
-entre ellos, se acercó á Fillipini, como era, en parte, el deseo de
-éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido
-con algún enemigo de la situación,--Viera, si fuese posible, y lo
-sería, pues se hallaba presente también.
-
---¡Hola, doctor!--dijo Silvestre aproximándose, con la confianza que
-se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto
-punto las relaciones de médico ó farmacéutico.--Me alegro de verlo por
-acá. ¿Es cierto lo que me han dicho?
-
---¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo.
-
---Gracias,--y se sentó.--Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau
-el empleo del hospital ¿es cierto?
-
---Sí.
-
---¿Y por qué?
-
---Oh, ésas son cosas, cosas...
-
---¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza.
-¡Largue el rollo!
-
---¡Ma! Usted ya sabe cómo anda el hospital...
-
-É hizo un cuadro, muy pálido en verdad, de aquel desquicio harto
-conocido por Silvestre, quien sin embargo, se hacía de nuevas al oir
-tales cosas de tales labios. Y terminó:
-
---Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste...
-
---¿Lo han destituido?
-
---Eso es.
-
---¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no?
-
---De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez.
-
---¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal!
-
---Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza
-al intendente, y éste, para tenerlo contento me ha sacrificado, cuando
-ya me había prometido arreglar el hospital.
-
---¡Bermúdez! tan bruto y tan...
-
---Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto...
-Pero todo esto tiene que saberse...
-
---¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga á Viera? Él ya tiene la
-noticia, pero de un modo muy distinto. ¿Quiere?
-
---Llámelo, es mejor.
-
---¡Viera! ¡eh, _Pampa_! una palabrita.
-
-Viera se acercó, sentóse á la mesa, oyó lo que el doctor quiso
-contarle, creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en
-amistosa charla. Á la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la
-vasta sala de la confitería quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine
-bajó las luces para ahorrar petróleo.
-
-Fillipini, muy tranquilo, se quedó en su casa aquella noche, aguardando
-el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar.
-Cuando despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fué pedir los
-diarios que el sirviente le llevó á la cama.
-
-Comenzó por la gaceta oficial, _El Justiciero_.--De su exoneración
-ni una palabra, del hospital menos. Pero ¡oh detalle significativo!
-en la noticia de un banquete festejando la elección de Bermúdez, y
-en la lista de los invitados, su nombre figuraba entre los de Luna y
-Ferreiro, ¡nada menos!
-
---É fatto!--murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el
-periódico para tomar _La Pampa_.
-
-Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando á...
-Bermúdez, por la destitución de Fillipini!; de Fillipini que--según el
-artículo,--era lo mejor ó lo menos malo del oficialismo, un hombre así,
-un hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos
-de reforma y administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera
-política, como lo había previsto _La Pampa_, y si lo dejaban iba á ser
-como un caballo metido en un almacén de loza... «El grrran consejero
-de la situación, el señor Protocolos, podría meter en vereda á este
-gaznápiro»,--terminaba diciendo el artículo.--La alusión á Ferreiro
-era visible, pero no como para disgustarlo; ni el mismo Fillipini la
-hubiera hecho con más tino...
-
-En toda esta andanza el único que rabió fué Bermúdez, quien se atrevió
-á encararse con Fillipini, para darle un sofión. El italiano se le rió
-en la cara:
-
---¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya
-«amico Bermúdese» y vuelva por otra.
-
-Ferreiro no aludió nunca á la escaramuza aquélla, pero desde entonces
-tuvo siempre muy en cuenta á Fillipini, que, como es lógico, siguió de
-segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico.
-
- * * * * *
-
-
-
-
- EL DESQUITE DE DON IGNACIO
-
-
-La historia del gobierno de don Ignacio, llegado por maquiavélica
-combinación política á Intendente Municipal de Pago Chico, sería
-tan larga y tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y
-anárquico año 20. ¡Como que duró más de una semana éste! ¡duró mes y
-medio!
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-Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando
-en su persona á la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él:
-á cada instante se le ofrecía un negocito, una coima ó se le hacía
-«mojar» en algún abuso más ó menos disimulado. En los primeros días
-don Innacio reventaba de satisfacción: parecíale que el mero hecho
-de mandar él había cambiado radicalmente la faz de las cosas, que el
-pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba, que los pagochiquenses vivían en
-el mejor de los mundos...
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-Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le
-dijo las verdades en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó
-en _La Pampa_, varios cáusticos de ésos que levantan ampolla. Don
-Ignacio quería morder, y trataba de echarse en brazos de sus noveles
-amigos los situacionistas, que acogían sus quejas con encogimientos
-de hombros y risas socarronas, contentísimos de verlo enredado en las
-cuartas.
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-Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias á la buena
-voluntad del farmacéutico.
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---¿Cuándo podrá ser honrado don Ignacio?--se preguntaba generalmente,
-como chiste de moda.
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---¡Cuando la rana críe pelos!--replicaba alguno.--¡Ya le ha tomado el
-gustito!
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-Los principistas, entre tanto, trataban de demostrar que el extravío
-de un hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo
-de todo un programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos,
-aprovechando la bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo
-y el desprestigio alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas
-apenas se había metido en harina.
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---Así son todos,--predicaban.--¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas,
-en cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna!
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-Ferreiro, al aconsejar á los delegados oficialistas de la capital,
-primero que hicieran municipal á don Ignacio y después que le dieran
-la intendencia, había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe
-maestro que las circunstancias le presentaban maravillosamente,
-porque, como él solía decir á sus íntimos:
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---¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén
-por el mango no hay quién se le resista.
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-Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba á
-don Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que,
-al caer, no arrastrara consigo á uno siquiera de los instrumentos que
-le habían servido siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El
-problema, aparentemente difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro
-lo resolvió con un golpe de vista y una decisión napoleónicas.
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-La oportuna renuncia del comisario de tablada,--provocada por
-Ferreiro bajo promesa solemne de reposición é indemnización
-satisfactoria,--permitió á don Ignacio reemplazarlo con un hombre de
-su confianza, hechura suya, «capaz de echarse al fuego por él», y más,
-cuando el fuego estaba agradablemente substituido por el bolsillo del
-contribuyente.
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-Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los
-copartidarios del intendente, á quienes todo aquello olía á
-chamusquina. Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había
-sido trigo limpio, comenzó en paz á ejercer sus funciones de comisario
-de tablada, coimeando y robando á gusto, y con prisa, como parte de
-«esa oposición que tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y
-quiere saciar en una semana el hambre de un cuarto de siglo»,--como
-decía _El Justiciero_.
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-No costó mucho á Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales
-de aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don
-Ignacio, provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios.
-Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina
-del interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de
-La Plata, de un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña,
-acusado de abuso de autoridad, malversación de fondos, extorsión, la
-mar...
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-Á todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos
-invertidos en la campaña opositora, y á cualquier lado que mirara no
-veía sino enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado
-al naufragio, suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada
-intervenida por el tesorero municipal, aquél de la larga fama, dirigió
-los ojos angustiados hacia los cívicos, esperando hallar entre sus
-brazos un refugio, por lo menos la piedad y el perdón que alcanzó el
-hijo pródigo.
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-Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y
-desprestigiar la majada entera. En _La Pampa_, Viera le dijo sin piedad:
-
---El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer.
-Nosotros lo hemos declarado fuera del partido.
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-El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente.
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-Silvestre, menos cruel, lo fué mucho más en realidad, desahuciándolo en
-esta forma:
-
---¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'l lau del
-miedo! ¡Métase en un zapato y tápese con otro!...
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-Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga
-disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de
-reforma, enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con
-la cabeza inclinada ora á la derecha ora á la izquierda, de tal modo
-que el intendente podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió
-de pronto, exclamando con su tono más burlón y agresivo:
-
---¡Ande vas conmigo á cuestas!...
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-Estuvo á punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias á
-su agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar á nadie
-ni engañarse á sí propio, siquiera. Aguardabalo el ostracismo que
-la patria ingrata reserva á sus grandes hombres... Al día siguiente
-renunció.
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-_La Pampa_ de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la
-negación de todo valor cívico, la confesión de una falta absoluta de
-conciencia del valor, de las propias acciones, una mancha indeleble
-que caía sobre la reputación y el carácter de don Ignacio, como
-hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera repudiado y
-excomulgado á tiempo á la pobre oveja descarriada, que sólo merecía
-desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada,
-que nunca debió abandonar.
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-El artículo de _El Justiciero_, inspirado por Ferreiro, era mucho menos
-contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio.
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-«Se ahorra muchos disgustos--decía,--y permite á Pago Chico volver á la
-marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando
-menos, tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las
-necesidades públicas y el tacto que se requiere para no provocar á cada
-momento graves incidentes y dolorosas complicaciones.»
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-Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer
-orden para el gobierno, recibía cada mes cuatro ó cinco expedientes
-de conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros
-si el ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no
-le mandaba otra cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había
-prosperado aún, y mediando la renuncia de la intendencia, de acuerdo
-los municipales y él, pudieron retirarse los escritos y echar sobre el
-asunto una montaña de tierra.
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-Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa. Cuando
-se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El apabullamiento
-había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y una tarde
-que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle:
-
---Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio. Pero, tengo curiosida...
-¿alcanzó á desquitarse del todo?
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-El otro estuvo á punto de morderlo, y lo hubiera hecho á no ponerse
-Silvestre á buen recaudo, gritándole:
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---¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con
-vida!...
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- LAS MEMORIAS DE SILVESTRE
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-Nuestro amigo el boticario Silvestre Espíndola hubiera llegado á ser
-un grande hombre en cualquier otro medio, con sólo algunas variantes
-en el carácter y en la especialidad de su talento. Desgraciadamente
-se malgastaba en fuegos artificiales. Carecía de espíritu científico;
-no hacía síntesis sino en la farmacia, manipulando substancias
-químicas y sin saberlo siquiera. En la política y en la sociedad
-limitábase forzosamente al análisis. Y el análisis, cuando falta la
-generalización, no conduce á las grandes acciones, ni aun á la acción,
-lo que quiere decir que no modela grandes hombres.
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-Pero, en otro ambiente, soliviantado por otros elementos, combatido ó
-favorecido por otras circunstancias, hubiera llegado lejos, pues en los
-centros importantes, donde rebosa la vida, no faltan para una entidad
-cualquiera las entidades complementarias, que la convierten de la noche
-á la mañana en personalidad, ó cuando menos en individualidad. De otra
-manera en cada país no habría sino un número irrisorio por lo exiguo,
-de personajes dirigentes.
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-Lo serían, sólo, aquéllos que de veras tienen temple para serlo.
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-Sin embargo, Silvestre no era grande hombre ni en Pago Chico, donde
-aparecían como tales, Ferreiro, Luna, Machado, Fillipini, Bermúdez,
-Viera, don Ignacio, Carbonero, Barraba, Gómez y cien más, sin contar al
-diputado Cisneros, pitonisa del partido oficial, y al senador Magariño,
-deidad invisible é intangible, que sólo muy de tarde en tarde soltaba
-desde su nebuloso Sinaí algún nuevo mandamiento de su decálogo con
-extrambotes ó añadiduras.
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-Silvestre no era grande hombre... Entendamonos. No lo era para Pago
-Chico, probablemente porque «nemo propheta in patria», pero lo era, lo
-es y lo será siempre para nosotros. Si no nos bastaran sus altos hechos
-conocidos y desconocidos para juzgarlo así, nos bastaría y sobraría
-el conocimiento que, posteriormente y gracias á la indiscreción de un
-amigo común, hemos tenido de su obra magna: sus memorias políticas.
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-Hablemos claro.
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-No hay tales memorias. Silvestre era incapaz de consignar día por
-día en un cuaderno, con los ojos puestos en la posteridad y para uso
-y experiencia de las generaciones por venir, los acontecimientos á
-que asistía ó en que actuaba, el retrato físico y psicológico de sus
-contemporaneos, la filosofía que se desprende de los sucesos, las
-pasiones, las cosas y los seres. Á ser capaz, sería grande hombre para
-alguien más que nosotros.
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-Pero lo era, ¡y tanto! de no contentarse con el relato verbal y
-circunstanciado que de cada novedad hacía en su farmacia, llenando las
-lagunas con lo que le inspiraban su lógica ó su imaginación, aguda
-y atrevida la una, viva y acalorada la otra. Así es que acogió con
-júbilo el pedido de informes que le hiciera un amigo suyo, periodista
-bonaerense, deseoso de estudiar por lo menudo la psicología de la
-política y la administración en la campaña provinciana.
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-En un principio las cartas menudearon, erizadas de datos y
-observaciones; luego, de pronto, sobrevenido el cansancio, Silvestre
-amainó, hasta enmudeció; pero, gracias á la insistencia con que lo
-espoleaba su amigo el periodista, nuestro hombre reanudó á ratos la
-chismografía postal con visos sociológicos, interesante para él, es
-cierto, pero,--como le costaba trabajo y dedicación,--menos grata que
-la verbal de todos los días, frondosa, repetida, recalentada muchas
-veces, que le ofrecía, además, la enorme ventaja de no dejar huella
-posiblemente perjudicial en lo futuro.
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-El periodista en cuestión ha tenido la deferencia de facilitarnos el
-legajo de las cartas silvestrinas, al saber que nos ocupábamos de legar
-á la posteridad el relato de algunos episodios pagochiquenses, para
-que sacáramos de ellas cuanto quisiéramos, bajo la única condición
-de cerrar esos extractos con el áureo coronamiento de una síntesis
-por él escrita, basándose en tales estudios, y que podría titularse
-«Psicología de las autoridades de campaña».
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-Cumpliendo el pacto no sin restricciones por cierto, pues el hombre no
-debe nunca cumplir estrictamente su palabra en ciertas cosas, so pena
-de pasar por tonto, vamos á integrar este capítulo con párrafos de
-las que llamamos «memorias silvestrinas», tomados aquí y allí en sus
-sabrosas epístolas, y con párrafos, también, de la obra periodística
-aludida, que, á publicarse entera, abrumaría de tedio á los lectores de
-mejor voluntad, no porque carezca de mérito--muy al contrario,--sino
-porque la gente no está hoy para teologías.
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-Éste sería el gran momento de entrar en materia y acabar de una vez
-con tan engorroso epítome; pero nos ocurre una observación: Hemos
-incurrido en una deficiencia que más tarde podría echársenos en cara, y
-que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio. ¡El retrato de Silvestre
-no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni nos hemos detenido á
-echar una ojeada á su laboratorio!... Cierto es que, considerando todo
-retrato literario prosa destinada á que la salte sin piedad el lector,
-nos atuvimos hasta aquí á los hechos escuetos, sin describir cosas ni
-personas; pero es cierto también que aún á riesgo de tan dolorosa é
-inevitable indiferencia, debemos hacer ese honor al ilustre boticario,
-ubícuo en estas páginas como Dios en el universo.
-
-Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de
-extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire á Laucha, pero con más
-trazas de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico.
-Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada
-ya por una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían á
-muchos ratos angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo.
-Las cejas delgadas y renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños,
-negros también y muy brillantes, separados como por una tapia de
-albarda por una nariz enorme, encorvada y fuera de proporción con la
-cara angosta y chica. Si Laucha se parecía á un ratoncillo, Silvestre
-semejaba un galgo, pero un galgo de expresión inteligente. Hablaba con
-voz un tanto aguda y chillona, é inflexiones no exentas de gracia. Era
-verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como para mentir
-(¡ay! solía mentir algunas veces) se expresaba con el calor contagioso
-de la convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los
-domingos y fiestas de guardar se empaquetaba en un jaquet color pizarra
-de largos y tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades
-tenía una levita negra, pariente cercana del jaquet, que él llamaba
-indistintamente «mi leva» ó «mi funeraria», aludiendo con esto último
-al hecho de sacarla más frecuentemente para entierros y funerales que
-para otra clase de diversiones.
-
-Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado
-y de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y aun los que no
-lo eran, iban gritándole en coro, por detrás:
-
---Don Silvestre ¿p'ande va la galera?
-
-Ó le cantaban con el estribillo de un vals á la moda:
-
- Tin tin, el de la galera,
- tin tin, el de la galera:
- tin tin, el de la galera,
- la galerita y el galerín.
-
---¡L'evita la caminata!--exclamaban luego, aludiendo á la lujosa
-prenda con un retruécano fácil y poco espiritual, por cierto, pero
-popularísimo en aquellos años de ingenuidad, alegría y «mira que te
-corre el chancho.»
-
-Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y
-cuya letra se basaba en dos «calembourgs» orilleros:
-
- --¡Ya que has venido
- p'a qué te vas!
- ¡Pagá la copa,
- después t'irás!
-
-«Yaquí, paquete»--no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en
-Pago Chico...
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-Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba á la irrespetuosa y
-bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz é iba á
-repetir la broma con don Domingo Luna, ó con Machado, ó con Bermúdez,
-aferrarse á él entonces, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse
-el gusto de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco.
-
-Agregaremos esto en secreto y bajo palabra de honor de que no será
-divulgado por quienes lo oigan: Silvestre no era farmacéutico ni
-nada. Odiaba los títulos académicos, y maldecía las facultades que
-dan patente á la inepcia y la ignorancia. No quiere decir esto que
-supiera más que cualquier infeliz sometido á los estudios regulares,
-la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos por
-decir que sabía mucho menos, ó que no sabía nada. Pero su espíritu
-de independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio á favor de
-nuestro aserto de que podría haber sido un grande hombre: con ese
-desparpajo y en terreno propicio, se hace camino para llegar donde se
-quiera, siempre que se sepa dónde se quiere llegar. Y aunque Silvestre
-fuese tan abiertamente enemigo de la facultad, fuerza es confesar que
-nunca se atrevió á hacerle guerra declarada: así, evitando una posible
-clausura de la botica por su falta de título, pagaba á un farmacéutico
-residente en Buenos Aires, para que se la regentase in nomine, sin
-asomar nunca las narices en Pago Chico.
-
-También, si el regente hubiese llegado á conocer el establecimiento á
-que prestaba su nombre, y por el que se responsabilizaba, pues en caso
-de inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en
-viaje ocasional, es posible que hubiera retirado su garantía ó por lo
-menos pedido un fuerte aumento de gajes. Todo es cuestión de precio.
-
-La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes
-redomas de agua colorada de verde y de rojo con anilina, y del
-pequeño despacho para el público, con sus estantes llenos de cajas de
-específicos, sus dos sillones de roble con esterilla y su mostrador
-con la balancita de precisión guardada entre cristales,--más tenía
-de pocilga y almacén de trastos viejos que de otra cosa. Detrás del
-mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente cubierto
-de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de
-ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una
-pringue, los almireces con residuos de lo molido en ellos la última
-vez. Cuando había que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba á
-la urgente limpieza... En un patiecito se amontonaban las botellas, los
-frascos, los potes de todo calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba
-en lavarlos con municiones, cuando se lo permitían sus otras múltiples
-faenas de escudero de Silvestre, ó cuando no urgía la manipulación de
-ungüento de hidrargírio.
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-Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro
-del laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba á la
-habitación convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre
-recibía sus visitas y organizaba el «mentidero» de la rebotica, club
-peculiar que no falta en pueblo alguno americano ó europeo, á juzgar
-por todas las crónicas antiguas y modernas, novelas, comedias, pasillos
-y entremeses. Allí estaba la cama que desaparecía tras de un biombo
-en cuanto se levantaba Silvestre, para transformar la alcoba en
-comedor, cómo éste se trocaba en salón de tertulia una vez quitados
-los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una guitarra,
-parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella habitación
-cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero ¡ay
-si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la
-cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y
-vasos de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo,
-botines cubiertos de barro ó de moho, corbatas, ropas exteriores
-tiradas,--un cafarnaum de criollo soltero en tiempos en que todavía no
-reinaban las higiénicas costumbres que van imperando poco á poco...
-hasta en el Pago.
-
-Podríamos seguir describiendo aquello. Más aún: podríamos describir uno
-por uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de
-Pago Chico, sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus
-trajes. Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación,
-y lo podría suplir fácilmente la fantasía, cuando no que faltara el
-recuerdo de investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en
-el teatro de los sucesos. Pero «non est hic locus,» dirá el lector,
-agregando que por el hilo se saca el ovillo, y que conoce del sótano al
-desván las casas pagochiquenses así como de pies á cabeza las personas,
-pues nos ha prestado la colaboración inapreciable é insustituible de su
-atención sostenida y amistosa.
-
-Siendo así, no nos resta sino pasar por alto miles de notas que harían
-de este volumen un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante
-aún de no dejar nada al ingenio ajeno, imitando al actor aquél que
-declamaba los versos y las acotaciones, sin perdonar una. Vamos,
-pues, sin más tardanza, á los extractos anunciados del epistolario
-silvestrino. Son los siguientes, y como se comprenderá á primera vista
-se refieren á muy diversas fechas, pues su correspondencia abarcó un
-período de años:
-
- * * * * *
-
-«Te darás cuenta de lo que es este pueblo al saber que no tiene más
-que una plaza, cuando debería tener cuatro, como consta en el plano
-primitivo, escondido por mí arriba de uno de los armarios de la
-Municipalidad, en tiempos de la intendencia de don Ignacio.
-
-Las otras tres se vendieron en un remate de ñanga-pichanga, con el
-pretexto de que eran innecesarias y había urgencia de arbitrar recursos
-para la Municipalidad. ¡Mentira! Era para atrapárselas.
-
-Se las adjudicaron sin vergüenza Ferreiro, Luna y Machado, á cinco mil
-pesos cada una y sin aflojar mosca, porque las pagaron con cuentas
-atrasadas, compradas por un pedazo de pan á varios infelices cansados
-de tramitar el cobro al cuete.
-
-Los quince mil pesos quedaron reducidos para ellos á unos cuatro mil, y
-se embolsicaron una fortuna á vista y paciencia de todo el mundo.
-
-¡Decíme si esto no es el callejón de Ibáñez!
-
-Pues, para remachar el clavo, los mismos personajes y otros cortados
-por la misma tijera, han hecho gastar á la Municipalidad más de cien
-mil nacionales en la plaza que queda, «para ponerle tierra buena.»
-Comenzaron un pozo, le habrán echado tres ó cuatro carradas cuando
-mucho, y andan tan campantes.
-
-¡Figurate que los únicos árboles que tiene la plaza con los tres
-aguaribays que plantaron los milicos en tiempo del Fuerte! El agujero
-está sin tapar desde hace una punta de meses, y más valiera que se
-hubiesen llevado los morlacos sin hacer la parada de trabajar.»
-
-Son unos peines que ni caspa dejan, y lo único que me llama la atención
-es que no se roben las casas con gente y todo.
-
- * * * * *
-
-«Las elecciones de ayer han pasado tan tranquilas, que ni mesas se
-instalaron en el atrio, ¡date cuenta!
-
-Los escrutadores no se acordaron de la votación hasta que Bustos,
-el secretario de la Municipalidad, les llevó las actas fraguadas en
-casa de Ferreiro, para que las firmaran y mandarlas después á la
-capital.--Dicen que uno le dijo:
-
---¡No se apure tanto amigo! ¡Si las eleciones son el domingo que
-viene!...
-
-Y lo mejor es que Bustos se quedó en la duda y corrió á consultarlo á
-Ferreiro que, á la noche, lo contaba en el club, riéndose á carcajadas.
-
-Total: sin que nadie se moviese de su casa, sin gastar un centavo, hubo
-mil doscientos votantes por la lista del gobierno, lo que da á Pago
-Chico una enorme importancia política.
-
-Así se hace patria.»
-
- * * * * *
-
-«El Rengo, dueño de la casa de juego que llaman El Mirador, me cuenta
-que en las últimas elecciones, el comisario Barraba le dió orden de ir
-á votar con los carneros, diciéndole:
-
---Si los cívicos ganan, se acabó la jugarreta y vos te fregás, porque
-se han comprometido á cerrar las casas de juego. Aura, si pierden, y
-vos y los muchachos han votau con ellos, encomendate á la virgen y los
-santos, porque los arriamos á todos una noche, sin asco, y los metemos
-en la cafúa.
-
-Yo le dije al Rengo que eso no le convenía á Barraba, porque perdería
-la coima, que le paga; pero él me contestó:
-
---¡Qué perder ni qué perder! ¡Como si faltaran otros que pondrían
-bailando no digo una sino muchas timbas! No, señor; ¡hay que votar como
-manda el comisario, y no andarse con vueltas, porque á lo mejor lo
-dejan á uno en camisa, y que vaya á quejarse al Papa!
-
-¡El que manda, manda, y cartuchera en el cañón, qué caray!
-
-Decíme, hermano, si esto es páis ó qué.»
-
- * * * * *
-
-«Ya que querés saber algo más del comisario, te contaré algunas cosas,
-pocas, porque no tengo tiempo: hay epidemia de tifoidea, y á cada rato
-viene gente á la botica.
-
-Ya sabés que Barraba le cobra coima al Rengo, dueño de la casa de juego
-del Mirador; pues también le cobra á Laucha, el de la pulpería de La
-Polvadera, al del reñidero de gallos, á otro que tiene un billar de
-choclón á media cuadra de la plaza, y como si esto no bastara, ¡es
-socio de la dueña de una casa pública, en la que ha hecho trabajar de
-albañiles y peones á vigilantes y presos!
-
-¡Es tan angurriento y tan raspa este animal, que no te podés imaginar
-todo lo que hace para juntar plata! Así, Pago Chico es, gracias á
-Barraba, el asilo de todos los cuatreros de la provincia que quieran
-trabajar con él en completa impunidad. Su compadre, Romualdo Cejas es
-el que capitanea la cuadrilla, esconde y negocia la hacienda robada.
-
-Es un chino santiagueño, bastante alto y grueso, de ojos atravesados,
-que cuando cae al pueblo viene de botas de charol, en un caballo
-macanudamente aperado, con su rico poncho de vicuña hasta la rodilla,
-tapándole el tirador en que trae facón y trabuco, lo mismo que Juan
-Moreira.
-
-Tiene el rancho á dos leguas del pueblo, en una isla que rodea un
-cañadón siempre lleno de agua y pantanoso. El rancho, ó más bien los
-ranchos, porque son varios, están en un albardón y atrás tienen un
-corral de palo á pique. Allí vive él y toda su familia, además de los
-cuatreros que lo ayudan.
-
-Después se pasa otro bañado hondo y de agua muy cenagosa, que no se
-seca nunca, y hay otro albardón, muchísimo más grande, donde meten la
-hacienda robada. Nadie sabe por dónde la meten, ni nadie puede llegar
-allí, porque el diablo de Cejas hace pisotear bien toda la orilla,
-para que no se acierte con el paso.
-
-De allí salen las haciendas y los cueros que se roban, allí se hacen
-perdiz los padrillos de raza, los toros finos,--miles de pesos que van
-á parar al matadero, como cualquier vaquillona ó cualquier novillo
-criollo. Allí se «planchan» las marcas que, como sabés, es la operación
-de quemar medio cuarto trasero al pobre animal, ó se «agrandan» las
-mismas marcas, desfigurándolas con otros fierros. En fin, las picardías
-conocidas.
-
-La mitad de lo que saca Cejas es para Barraba, que si no no lo dejaría
-trabajar. Naturalmente, el otro le birla gran parte de la ganancia,
-porque para eso es un bribón desorejau, y el que roba á otro ladrón
-tiene cien días de perdón. Pero donde no lo puede estafar, porque el
-comisario lo fiscaliza, es en una carnicería que han puesto en las
-afueras del pueblo para vender la carne robada. ¡Qué pensás de esto,
-ché!
-
-Pero, como ya te digo, no se harta, y aunque en la policía se come qué
-sé yo cuántos vigilantes, nunca hay un nacional ni para el rancho de
-los agentes y los presos, ni nadie le quiere fiar nada para cosas del
-servicio.
-
-Ayer mandó buscar una carrada de leña, dándole un vale al sargento
-que se anduvo todas las carbonerías una por una, sin que le quisieran
-vender sino con la platita en la mano. Cuando lo supo Barraba, por no
-soltar sus realitos, hizo que hicieran fuego en la comisaría con las
-patas de unos catres.
-
-¡Se come hasta la alfalfa de los pobres patrias! Esto no te lo
-explicarás, pero es así: la Intendencia le pasa una mensualidad para el
-forraje de los caballos, que sin embargo tienen que contentarse con el
-verdín del patio, hasta que se mueren de alegría.
-
-¡Y cómo es de bruto! Figurate que á don Juan Dozo, municipal, le
-robaron el otro día unos cuatrocientos pesos. Dozo, hizo su denuncia
-á Barraba, y los milicos y los oficiales se echaron á nadar, sin
-encontrar naturalmente ni la plata ni el ladrón.
-
-Pues ¿qué te parece que hace Dozo? Se va á consultar á una adivina
-que tenemos que llaman misia Dorotea, y ésta probablemente por alguna
-venganza, le hace sospechar de uno de sus peones, llamado Sayús.
-
-Dozo le cuenta la cosa á Barraba y éste, sin más ni más, hace prender
-al peón, y allí en un cuarto que hay en el fondo de la comisaría,
-comienza á ahorcarlo y descolgarlo, para que confiese... ¿Creés que es
-mentira? Pues la denuncia ha ido al ministro de gobierno, que no ha
-hecho nada, porque Barraba es hombre de la situación «un perro fiel»,
-como él mismo dice.
-
-Hacé públicas estas cosas. ¡Es preciso! ¡Hacelas públicas, para que no
-vuelvan á suceder!
-
-Por las que te cuento al correr de la pluma puedes imaginar las que
-sucederán, pues estas fechorías son como la tifoidea que tenemos
-actualmente: nunca son casos aislados en pueblos de este corte. Las que
-yo sé son tremendas, pero ¡cómo serán las que no sé!
-
-Dejame que te lo repita: Publicá esto para que no se haga más. Yo no
-encuentro otro remedio...»
-
- * * * * *
-
-«Con motivo de la toma de posesión de los nuevos municipales, y por si
-á la oposición se le antojase meter bochinche en la barra, Ferreiro
-ha hecho venir del Sauce,--como si no bastara la policía--un gaucho
-matón y compadre llamado Camacho, á quien le dicen «Moraira», y que
-recorre las calles armado con un tremendo facón y un descomunal
-trabuco naranjero, que al propósito anda dejando ver debajo del
-poncho deshilachado. Este Moraira debe muchas á la justicia, porque
-es madrugador, asesino y de alma atravesada. Es un flojo y un cobarde
-cuando no está bebido; pero borracho es una fiera, de modo que ahora lo
-hacen chupar como un saguaipé para que, por lo menos, meta un julepe á
-alguno.
-
-Ha muerto á traición á tres ó cuatro, en estos últimos años, pero como
-nunca se ha atrevido con ningún oficialista, y siempre lo protegen
-los que lo utilizan como instrumento, el castigo mayor que se le ha
-dado hasta hoy, es el de hacerlo escaparse del partido en que «se
-desgració», recomendándolo como «hombre de acción» á las autoridades de
-cualquier otro.
-
-Ferreiro lo ha traído por la fama terrible que tiene, pero
-probablemente sin intención de utilizarlo de veras, porque es hombre de
-intriga pero no de sangre. Sin duda nos ha querido correr con la vaina,
-y te debo confesar que lo ha conseguido, porque este pueblo es muy
-mulita y no quiere estar á las duras sino á las maduras.
-
-Seguro que ya Ferreiro se ha arrepentido de haber llegado tan lejos,
-porque el tal Camacho ó Moraira es una verdadera calamidad, y todo el
-mundo lo acusa á él de haberlo traído, hasta los mismos carneros que no
-se fían de semejante salvaje y andan con el Jesús en la boca en cuanto
-lo tienen cerca, no sea cosa que caigan en la volteada, sin querer.
-
-Anoche anduvo borracho á caerse, baladroneando y amenazando con matar
-y degollar; salió á la calle con el trabuco cargado hasta la boca y
-el gatillo alzado, preguntando á gritos dónde estaban esos «chivitos»
-de m., hijos de una tal por cual, y diciendo que salieran si eran
-c... para enseñarles quién es Moraira y quiénes son los del partido
-provincial. De seguro que mata á alguien, quizás á alguna mujer ó
-criatura, si el mismo Ferreiro no sale á buscarlo para llevárselo á
-dormir la mona.
-
-Camacho no se quería ir aunque Ferreiro se lo mandara, diciéndole
-que todo estaba tranquilo, que habían triunfado, y que al día
-siguiente--por hoy--habría asado con cuero y era preciso madrugar.
-
---Mire, patroncito--le dijo por fin Camacho, tartamudeando con la
-tranca,--lu haré' porq' usté l'ordena. Pero sepasé que les h'e dar en
-medio'e las guampas, p'a que otra vez no se metan á sonsos!... ¡Ah,
-hijos di una, no estar aquí! ¡Mire lo que les haría, patrón!...
-
-Y descargó al aire su trabuco que hizo el estruendo de un cañonazo. La
-gente se asomó con miedo á las puertas y ventanas, llegaron algunos
-vigilantes, muy asustados y sin animarse á llegar hasta Camacho que
-se había caído con la borrachera, y hasta creo que se había quedado
-dormido inmediatamente. Ferreiro hizo que lo levantaran y lo llevaran
-á la posada, cuando debió hacer que lo metieran al calabozo. Quizá
-tuviera ganas pero no se atrevió, porque, como dicen, el miedo no es
-sonso ni junta rabia.
-
-En fin, si este malevo sigue por acá, estoy seguro de que va armar
-alguna de Dios es Cristo. Esta mañana temprano ya andaba otra vez
-perdonando vidas por el pueblo, y metiéndose á chupar en todas las
-trastiendas.
-
-Un oficialista me ha dicho que Ferreiro va á hacer que se mame como una
-cabra para que no pueda ir á la sesión municipal. Mirá si va y con la
-tranca descarga el trabuco sobre los padres de la patria chica!»
-
- * * * * *
-
-«Sí, nos dicen «chivitos», para vengarse de que les digamos «carneros»,
-como son. Lo de chivitos viene del doctor Fillipini, que como italiano,
-no puede pronunciar «cívico», sino «chívico». De ahí tomaron pie para
-la gracia los más diablos del Club del Progreso, y después todos los
-provinciales ú oficialistas.
-
-Ahora verás: Viera acaba de devolverles la pelota porque _El
-Justiciero_ tituló «Pax multa» su artículo sobre las elecciones,
-que como te imaginarás han sido lo más pacíficas, porque ni los
-escrutadores fueron al atrio... Pues Viera dijo en _La Pampa_ que
-ese latinajo de «Pax multa», quería decir «Palo y multas», que es lo
-único que dan nuestros municipales. Como lo escribía muy en serio, á
-Fernández, el director de _El Justiciero_, se le atravesó la cosa,
-y anduvo averiguando lo que significaban las palabritas que él
-interpretaba como «mucha paz». Nadie se lo supo decir á derechas,
-así es que se fué á preguntárselo al cura Papagna, que es como
-preguntármelo á mí.
-
---La pache de la multiúdine,--dicen que le contestó el cura al tun tun,
-pero dejándolo completamente tranquilo.
-
-Viera y yo nos hemos reído á carcajadas de la cosa, aunque Viera sea
-siempre más serio que bragueta de provisor. Y, á propósito de Viera, el
-otro día lo embromé lindo, conversando sobre un suelto de _La Pampa_ en
-que se quejaba de que desde hace seis años no se publican los balances
-municipales.
-
---No los publican por honradez,--le dije.
-
---¡Cómo por honradez!--gritó furioso.
-
---¡Claro!--le retruqué.--¡Les sería tan fácil falsificarlos, que si no
-lo hacen es por honradez!
-
-¿No te parece que tuve razón? Él, por lo menos, se quedó con la boca
-abierta y después se rió. ¡Bah! Hasta los más desvergonzados tienen su
-pucho de vergüenza, y eso les pasa á los municipales. ¿No te parece?»
-
- * * * * *
-
-«No todo han de ser políticas. Para que te divirtás un rato, te copio
-en seguida un documento que me ha facilitado su autor, seguro de haber
-hecho una obra maestra,--como que la manda á _La Nación_ de Buenos
-Aires, nada menos, contando con que se la publicará en sitio preferente
-(¡agarrá ese trompo en l'uña!). Es la crónica completa de una fiesta
-que resultó un verdadero velorio. Pero ya te darás cuenta por lo que
-dice el artículo, que es el siguiente con título y todo:
-
- «CORRESPONDENCIA DE PAGO CHICO
-
-«Señor Administrador de _La Nación_:--Se celebraron aquí el día de
-Corpus-Cristi con gran brillo y concurrencia las legendarias fiestas
-del Santo Patrono de este pueblo, San Antonio; y aniversario de su
-fundación.
-
-«Han sido tres fiestas en una; la fundación, del día 11, lo mismo que
-nuestra gran Metrópoli, el Santo el 13 y Corpus-Cristi el 14.
-
-«Ha sido todo un acontecimiento.
-
-«Desde la víspera, voluminosas bombas atronaban el éter, demostrando
-con la variedad de colores, florones y antorchas, rarísimas
-visualidades.
-
-«Nuestro Pirotécnico, D. Ludovico Pituelli, demostró como siempre
-gran ciencia y mucha perfección en el ramo, lo que le valieron sendos
-aplausos.
-
-«La función religiosa ó sea la misa, estuvo solemne, lo mismo que la
-procesión de tarde, por la inmensa plaza-alameda que cubría con sus
-frondosos árboles todo el ritual, y ofreciendo el panorama más hermoso
-que en esta clase de funciones he visto, mereciendo los mayores elogios
-las hermanas de la Inmaculada Concepción.
-
-«El Reverendo padre Papagna como buen orador sagrado, tomó á su cargo
-el panegírico y el sermón resultó notable. Amenizaba el acto la
-armoniosa banda de música dirigida por el maestro Castellone y que lo
-más que impresiona al público es: que está tocada por siete legítimos
-hermanos; quizás será la única en el mundo; dicha banda amenizó la
-fiesta con perfección; se debe su presencia á la buena voluntad del
-diputado Sr. Cisneros, quien la pagó de su bolsillo. La policía muy
-correcta, lo mismo que el comisario Barraba y el pueblo entusiasmado
-con los recreos populares, que terminaron con el manto nocturno y el
-tronar de las bombas.
-
-«Por la noche grandes bailes en la casa de los Srs. Gancedo Tortorano
-y Bermúdez, en donde bellas niñas lucieron las gracias de Tersícore,
-concluyendo armoniosamente con el crepúsculo matutino.
-
-Saluda al Sr. administrador _Cirilo Gómez_.»
-
- * * * * *
-
-«¡Á este Dr. Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha,
-el matón Camacho, traído por Ferreiro, y de que hasta ahora no nos
-hemos podido librar, le dió tal garrotazo á Lobera que por poco lo
-desnuca. Ahí no más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo
-de la cancha.
-
-Lobera está malamente herido, y quién sabe si no espicha, pero para que
-Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor
-Carbonero ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada.
-
-Y lo más lindo es que mientras Moraira, ó sea Camacho, anda suelto
-y compadreando como de costumbre, á Lobera me lo tienen preso en un
-cuarto del hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque
-tuvo la infelicidad de pelar el revólver cuando el otro lo volteó del
-garrotazo.
-
-Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué
-otros crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El
-único que protesta es el pobre Viera. Pero ¿á qué santo si nadie le
-lleva el apunte?
-
-Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y
-á este paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta
-violín en bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...»
-
- * * * * *
-
-«¡Decíme si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia!
-Hacía una punta de meses que mandabamos nota sobre nota al comité
-central de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos
-una sola palabra. Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera,
-por encontrar alguna disculpa, decía que era probable que el gobierno
-hiciera interceptar la correspondencia en el mismo correo, de aquí ó de
-allí.
-
---¡Andá ver!--le contestaba yo.--Es que no saben qué decirnos, ni
-tienen plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo
-á la gente, comprar armas por un si acaso, ayudar á tu diario que
-pierde demasiado, y como nadie da nada, claro está que se hacen los
-suecos para no tener que mandar fondos desde allí.
-
-Él no me quería creer, pero anoche vino furioso á la botica. ¡Por fin
-había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinas qué!
-Una lista de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que
-ni siquiera se han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos sin la
-más ligera modificación, «porque de eso dependen los altos intereses
-patrióticos que con tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta
-hoy.»
-
---¿Qué vamos á contestar?--le dije á Viera.
-
---No sé,--me contestó;--lo que sé es que me dan mucha rabia.
-
---Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y
-que aunque nos dejaran no votaríamos sino por una lista hecha después
-de consultar nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de
-costumbres, más vale ser oficialista, que así siquiera se está cerca
-del candelero.
-
---Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se
-han encargado ya de interpretar nuestra opinión,--me observó Viera.
-
---Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara,--le
-dije,--vamos á estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen
-consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el
-día de las elecciones les mandas un telegrama diciendo que el comisario
-Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo á los atrios,
-como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha
-de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y
-los otros, nunca daremos pie con bola.
-
-No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y
-se las dije á Viera, te las digo á vos por lo que puedan valer.»
-
- * * * * *
-
-Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo
-campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso
-es darselo á estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio
-que resta á los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de
-las autoridades de campaña», desarrollada por el periodista amigo de
-Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran
-tan mal con este trabajillo.»
-
- * * * * *
-
-«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un
-cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya
-lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por
-una parte y el hombre ilustrado por otra--la absoluta mayoría y la
-absoluta minoría,--han cedido sus puestos á nuevos elementos que, no
-teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse,
-combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados
-inevitablemente á desaparecer. Son individualidades de transición,
-que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más ó menos
-artificiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta
-y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la
-relativa perfección á que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir
-si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos
-aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio
-no puede perpetuarse, y menos en primera línea.»
-
-Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso
-saltamos, sin más, á párrafos de corte no tan científico, pero en
-cambio más interesantes en nuestra humilde opinión:
-
-«Esos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia,
-semejantes á las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles
-se destacan rudamente sobre el cielo, pero que ni siquiera aparecían
-en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran--esos
-dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos
-típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se
-desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la
-dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que
-se derriten fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por
-eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión á Silvestre es
-evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia:
-
-«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las
-indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas á
-las autoridades y sus satélites...»
-
-Nuestro autor entra en materia algo más abajo:
-
-«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante,
-el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de
-un partido, podrían ser transplantados á cuarenta ó cien leguas de
-su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio
-desconocido sin que ni en el primer momento se notará el cambio.
-Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son
-ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública
-común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los
-mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de
-opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas ó de harnero
-para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores ó cómplices de sí
-mismos, según el caso.
-
-«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia
-nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma
-extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores,
-el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario
-de la casa de juego, diez, veinte más. Éste es el «partido oficial»
-entero, ó la sociedad comercial é industrial completa. Ahí está la
-oligarquía que á veces tiene un jefe visible--el senador ó uno de los
-diputados de la sección electoral--última forma del caudillo--que nunca
-está seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica
-desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista
-entre sus miembros algún férreo é inconfesable lazo de unión.
-
-«Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo
-obscuro punto de partida. Tal andaba de _chiripá_ y con la pata en el
-suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fué agente
-de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero ó
-como empresario de timbas amparadas por la autoridad, ó tuvo casa de
-prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos...
-
---¿Por qué no entregan ustedes las situaciones de campaña á hombres
-menos desprestigiados?--preguntábase á un gobernante...
-
---Porque los buenos no se venden ni sirven para instrumentos,--contestó.
-
-«Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca á una raza
-determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se
-halla siempre la mezcla, á la que sin duda impidió dar benéficos
-resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con
-los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado
-extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la
-conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni
-la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el
-valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano.
-
-«Cuando se apalea ó se maltrata á algún enemigo de la autoridad, inútil
-es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y
-desconocida, ó un grupo de emponchados irresponsables.
-
-«No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos.
-Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga
-elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de
-atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles,
-en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con
-otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se
-comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que
-muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto
-bajo el peso del partido oficial que llegó á temerlos. Por eso cuando
-se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado á la
-actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los
-bancos, ó la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches
-de egido, ó los legajos polvorientos de los juzgados del crimen... Ahí
-está el secreto...
-
-«En cuanto á la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya,
-se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban _mañas
-libres_. La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las
-casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna
-¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba
-hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su
-alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan
-limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el
-menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando.
-En un principio se preocupaban de llevar alguna gente á las elecciones
-para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige
-tiempo y gastos, lo fueron reduciendo á su menor expresión: el piquete
-de policía armado á rémington frente al atrio, y en el portal de la
-iglesia los escrutadores copiando los registros.
-
-«Llegóse una vez hasta á cerrar las puertas, para que algún votante
-intruso no fuera á interrumpir á los que copiaban nombres... mil
-cuatrocientos nombres de conciudadanos votando unánimes y entusiastas
-por los candidatos oficiales.
-
-«Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para
-gobernar la comuna, se jugaba á las cuatro esquinas con los puestos
-públicos: un año, Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado
-presidente del concejo; al año siguiente, Carbonero era el juez de
-paz, Machado el intendente y Luna presidente de la Municipalidad. Y la
-permuta se repetía desde tiempo casi inmemorial, sin que se interpolara
-ningún elemento nuevo. Tanta era esa escasez de hombres que en otros
-partidos algunos tenían que representar dos papeles: éstos eran, por
-regla general, diputados-intendentes.»
-
-Lo que podría faltar en este cuadro está ampliamente suplido en el
-resto del volumen, ó lo suplirá más ampliamente aún el talento del
-lector. Cerremos pues aquí las Memorias silvestrinas y su periodístico
-y á la verdad algo frío comentario, que tan ventajosamente hubiera
-sustituido alguna de las «agachadas» del farmacéutico.
-
-
-
-
- FIESTAS PATRIAS
-
-
---¡Tatachin, chin, chin! ¡Tatachin, chin, chin!
-
---Shuitzssss... pum!
-
-Y vuelta á empezar.
-
-Uno que otro pilluelo desarrapado seguía á la charanga y á don Máximo,
-el viejo portero de la Municipalidad, cargado con un mortero y dos
-docenas de bombas de estruendo para la salva reglamentaria de veintiún
-cañonazos.
-
-Porque, eso sí, lo que es cañones, Pago Chico no los tenía sino en la
-pasiva condición de postes, á la puerta del antiguo fuerte que, adobe
-por adobe, iba derrumbándose en plena plaza principal.
-
-Era el amanecer de un día patrio.
-
-Olvidados los vecinos de la gloriosa fecha, despertaban sobresaltados
-al oir los estampidos y la música marcial, á puro bombo y platillos,
-creyendo que por lo menos, la grave cuestión política había sublevado
-al pueblo en masa, y que los Krupps estaban haciendo estragos y
-sembrando de cadaveres el pueblo.
-
-Es de advertir que, ya en aquel entonces, Pago Chico, sentía del uno
-al otro extremo y sobre todo en su corazón--el pueblo propiamente
-dicho--los estremecimientos precursores de la honda y trascendental
-agitación que había de perturbarlo durante tanto tiempo, dando
-socorrido tema á los historiadores futuros.
-
-«La grave cuestión política» no está puesta, pues, á humo de pajas, ni
-era ilógico el sobresalto de los pacíficos vecinos, despertados por las
-descargas sin malicia de don Máximo.
-
---¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Hoy es el nueve.
-
-Y dandose vuelta en el lecho abrigado, los pagochiquenses volvían al
-interrumpido sueño, fastidiados, renegando de esa música y esas bombas
-pluscuam-matinales, pero contentos en el fondo de ver disipados sus
-temores de guerra y exterminio.
-
-Alguna que otra madre afanosa se levantaba de un salto, á pesar del
-intenso frío, para preparar los trajecitos de los _escueleros_, que
-debían ir en corporación á la iglesia y luego á la Municipalidad á
-pronunciar discursos, á decir versos patrióticos, y sobre todo á comer
-masitas de la confitería de Cármine, hechas con sebo de la riñonada
-tan útiles para Pérez y Cueto, Carbonero y Fillipini, y para el pobre
-Silvestre.
-
-Después de dar diana á las autoridades y al cuerpo diplomático,--los
-vice-cónsules Grandinetti, Sánchez Gómez y Petitjean--quienes por
-excepción no hallaron propicia la oportunidad para un discurso, la
-charanga y las bombas volvieron á su punto de partida, al pie del cono
-truncado, obelisco de la plaza pública; rasgó el cielo blanqueado por
-la luz del alba, el humillo de dos bombas lanzada una tras otra y que
-estallaron allá arriba, formando una aureola como de copos de nieve; el
-astro rey saltó al oriente, al imperioso mandato dorando la cima de la
-pirámide y el techo de las casas, y en el aire tenue y frío vibraron
-las notas solemnes de la introducción del Himno que ni los mismos
-asesinos de la banda de Castellone, que por chuscada se apellidaban á
-sí mismos _bandidos_, haciendo un juego de palabras no desprovisto de
-base sólida, lograban echar á perder para nuestra eterna sugestividad.
-Los pilluelos corrían y gritaban, entretanto, alrededor del portero que
-se aprestaba á disparar otra bomba (le faltaban cinco para la salva de
-veintiún cañonazos), y en las calles dormidas del pueblo sólo cruzaba
-de vez en cuando, al trote de su caballo, y con el repique de los panes
-sacudidos dentro, el carrito negro de algún panadero, á caza de puertas
-abiertas...
-
-Terminó el himno, los músicos se fueron á su casa, el pueblo entró
-lentamente en el movimiento habitual, esperando el medio día con su
-procesión infantil á la municipalidad, sus _versadas_ en el salón
-alfombrado exprofeso, sus cohetes, sus dulces, el vino de San Juan
-hecho por Cármine como las masas, con algún sucedáneo del sebo--y el
-rompecabezas, y la corrida de sortija, y el palo jabonado, y quizá--si
-quisieran trabajar gratis en la plaza--los volatines, que en aquella
-época hacían las delicias de la población en una gran carpa de lona.
-
-Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor
-cuantía, salieron cada cual por su lado á dar alboradas á las personas
-de viso, á las puertas de su casa, con la esperanza generalmente
-fallida de hacer buena cosecha de centavos para la mañanita ó la
-chiquita, las copas de la tarde, y la farra de la noche.
-
-El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con
-las manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros.
-¡Qué invierno aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro
-Urquiza, payador ó mandadero según las circunstancias, cantara á la
-puerta del municipal Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de
-guitarra.
-
- ¡Qué bello día de primavera!
- ¡Qué panorama consolador!
-
-Se quedó sin centavos, á pesar de la ardiente fantasía que primaveraba
-el invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél. Porque
-Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía
-paradero de caravanas en un arenal.
-
-Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como
-una gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían
-estarse quietos y á los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas
-mayorcitas no quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de
-disfrazar el vestido del 25 de Mayo, obra que les había absorbido toda
-la semana.
-
-Sólo cuatro ó cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo,)
-estaban libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo
-corazón femenino provocan las inevitables tardanzas de la costurera.
-
-La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con
-grabados. _La Pampa_, el diario popular, cuyo programa era la redención
-de Pago Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecha por un
-litógrafo de último orden, é impresa en Buenos Aires sobre papel de
-oficio. Una gorda matrona con bonete puntiagudo y ámplias ropas de
-hojalata, alzaba en el rollizo brazo un destrozado cadenón de buque,
-sostenía en la diestra la histórica balanza de Bermúdez--que en tiempo
-de los indios tuvo hilos para manejarla á capricho y estafarlos á gusto
-y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza, oprimía una
-bestia apocalíptica, erizadas de púas en el cogote, y de ojos casi más
-grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y
-en el aire, bailaban cuadrillas unos doce ó catorce muñecos, que según
-por el texto del diario se supo, quería representar á los próceres de
-la patria.
-
-La alegoría, (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba esta leyenda.
-
- Y Á SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN
-
-El Dr. Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera,
-Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la
-palabra «león», y puso debajo «ratón».
-
---¡Qué león, ni qué león!--exclamó.--¡Cuando mucho habrán vencido á un
-ratón!
-
---No hable mal d'España--le dijo con sorna Silvestre.--¡No es tan
-ratón, doctor!
-
---¡Vaya Vd. al caramba!--gritó Pérez y Cueto, saliendo de allí como una
-bomba para evitar un desagrado.
-
-Viera se limitó á lamentar que su alegoría pudiera prestarse para
-interpretaciones belicosas ó hirientes. Ni se le habrá pasado por la
-imaginación que aquello pudiera suceder.
-
-Entre tanto _El Justiciero_, el organito de Luna, como le solían
-llamar, era todavía más patriota que _La Pampa_, pues publicaba
-también litografiado é impreso en papel de oficio--un gran retrato
-del gobernador de la provincia, orlado de roble y laurel, modesta y
-conmovedora manera de honrar el día glorioso y quedar bien con el
-patrón al mismo tiempo.
-
-En estos prolegómenos y otros muchos que sería prolijo relatar, pasóse
-la mañana entera y verdadera.
-
-Á las doce volvió á oírse por esas calles el aullido de la banda de
-Castellone, tocando una marcha que el «maguestro» (así se llamaba
-él mismo) había raprodiado para aquella circunstancia solemne;
-rimbombaron en la desnuda plaza--tenía eco,--los cohetes de don Máximo,
-muy estirado, enorgullecidísimo de sus altas funciones, y la gente
-fué introduciéndose por grupos en la iglesia, casa del Señor y más
-inmediata y exclusivamente, del cura Papagna.
-
-El cortejo oficial no tardó en presentarse. Iban á la cabeza don
-Domingo Luna, intendente municipal, vistiendo ancha levita negra de
-talle corto y mucho vuelo de faldones, y prehistórico sombrero de
-copa; don Pedro Machado, juez de paz, con indumentaria aproximada
-y oliendo á alcanfor y pimienta, como el intendente; el doctor
-Carbonero, presidente de la Municipalidad, mejor puesto, con más aire
-de gente, sin haber perdido del todo el ligero barniz de los años de
-Colegio Nacional y los pocos de Facultad de Medicina (era médico de
-«guardia nacional», como practicante en la guerra del Paraguay); á
-su lado quebrábase el comisario Barraba, de saco y botas altas bajo
-el pantalón, mirando á todas partes con ojos de mando y desafío;
-el recaudador de la contribución directa y el valuador, empleados
-provinciales, de jerarquía por consiguiente, iban detrás, y de á
-dos, los municipales, acaudillados por Ferreiro y muy compinches
-con Bermúdez; el comandante militar Revol, Fernández, director de
-_La Pampa_, su escudero Ortega, el doctor Fillipini, Felipe Gómez,
-el tesorero municipal, todo el oficialismo, en fin, sin que faltara
-Benito, dragoneante de oficial de policía y revistando como agente...
-El cuerpo diplomático ó sea los vice-cónsules Grandinetti, Petitjean
-y Sánchez Gómez, seguía muy enlevitado, muy grave, muy posesionado de
-su papel, infundiendo respeto á los mismos pilletes que, cuando estaba
-cada uno de ellos tras del respectivo mostrador lo trataban tan á la
-pata la llana «como si se hubieran criáu en el mismo potrero», decía
-Silvestre. Formaban la cola del cortejo los empleados municipales,
-inspectores, comisario de tablada, inspector del riego--gran
-potencia--recaudador del impuesto de naipes y tabaco, pero nadie,
-nadie que no ocupara un puesto público rentado ó no, salvo uno que
-otro concesionario ó contratista enredado con fruto en los negociones
-municipales.
-
-Tanto gritaba Viera en _La Pampa_ que ya el pueblo comenzaba á
-divorciarse y huir de las autoridades, pero no muy ostensiblemente,
-para no dar pie á las represalias. La oposición era placer no
-saboreado sino de corto tiempo atrás, y los pagochiquenses no sabían
-aún á derechas, cómo se hace, por qué se organiza, qué caminos debe
-seguir, ni á dónde conduce. Ya lo aprenderían á su costa y quizá en su
-beneficio...
-
-Pues, como íbamos diciendo, al rato llegaron procesionalmente los
-alumnos de las escuelas. Con las caritas moradas y las manos azules
-de frío, niños y niñas, bajo la brisa cortante y el sol radioso,
-marchaban también de dos en dos, á las órdenes de sus maestros que,
-soberbios y fastidiados, maldecían de la fiesta y sus incomodidades,
-pero se pavoneaban orgullosos de aquel mando á vista y paciencia
-del pueblo entero. Los chiquilines avanzaban con resolución, si no
-con marcialidad, luciendo en sus ojos la esperanza de los dulces
-municipales--infinitamente más ricos que los caseros,--después de los
-discursos y los versos aburridores é interminables.
-
-El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De
-profundis. Imposible es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita,
-simple galpón de dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha con
-cuatro naipes, en una esquina. Muchos se quedaron á la puerta, éstos
-sencillamente porque no cabían, aquéllos porque no cabían y también
-porque se hubiesen quedado aunque cupieran, para hacer pública gala
-de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que un Papagna pudiera
-representar á nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por muy
-ministro que se dijera de la corte celestial?...
-
-Y entre tanto el bueno de Don Máximo, dale que le das á las bombas cuya
-larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para
-agazaparse en seguida y echar á correr casi en cuatro pies huyendo del
-mortero, mientras resonaba el primer estampido y la bomba ascendía
-recta, con ligerísima espiral, para estallar allá, muy arriba, sobre la
-seda celeste del firmamento irradiando pedacitos de papel que el sol
-convertía en lentejuelas de oro...
-
-En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza
-para invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los
-menos incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de
-las escuelas salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de
-sus maestros y medio entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban
-sus banderas de seda--orgullosos y fatigados los porta estandarte--y
-si las niñas vestían de blanco y banda celeste, los niños ostentaban
-todos la patria divisa atada al brazo, como en primera comunión.
-
-Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto á la larga mesa del
-refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos.
-
-Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones
-inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los
-niños preparados para declamar ó pronunciar discursos alusivos, ni las
-dignas esposas de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la
-intendenta á la cabeza.
-
-El inacabable cotorreo que llenaba el salón, fué apagándose poco á
-poco, cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba
-á ocurrir, y una voz infantil surgió de sobre el mar de cabezas como un
-grito subterráneo y prolongado. Decía versos.
-
-Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre
-los apretones de aquella multitud. El hecho es que--enseñado por el
-maestro de primeras letras--se debatía virilmente y lograba hacer con
-gesto rítmico y acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al
-público, una vez con la derecha, otra con la izquierda, alternando
-sin equivocarse, mientras las notas de su voz, agudas como puntas de
-alfileres, clavaban palabras en los oídos cercanos:
-
- Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres
- el blanco y el celeste de nuestro pabellón...
-
-Nadie oyó ni entendió una palabra--salvo los muy próximos--pero ¡qué
-aplaudir aquél! Hubiera sido cosa de nunca acabar si una niñita vestida
-de raso celeste con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al
-pueblo soberano:
-
---Hoy es el grande, el inmenso aniversario...
-
-Y como advirtiese que su movimiento instintivo no era el enseñado por
-la maestra, interrumpióse roja de vergüenza y de temor, y con la voz
-húmeda de llanto, temblorosa y baja, repitió después de corregir el
-ademán:
-
---Hoy es el grande, el inmenso aniversario...
-
-Y á medida que iba diciendo las frases triviales del dómine de aldea,
-como si comprendiera lo que había debajo de aquel palabreo insulso, la
-intención que ennoblecía y agigantaba tanta vaciedad, la chiquilina iba
-acentuando sus palabras, su voz se robustecía, siempre monótona y sin
-inflexiones, el rojo de la vergüenza era substituido por el carmín del
-entusiasmo, brillaban sus lindos ojitos negros y cuando al final dijo:
-
---¡Y juremos defender esta bandera!
-
-Muchos miraron instintivamente la que sostenía un bebé rubio y rosado
-como un Bebé Jumeau, y por los circunstantes rodó una ola de emoción
-rompiendo al fin en aplauso cerrado, sin que nadie parara mientes en
-que á los diez años una futura patricia no puede jurar á sabiendas si
-será ó no defensora de enseña alguna.
-
-Pero los pagochiquenses eran patriotas á su modo y por sugestión,
-mientras «no queman las papas», según Silvestre.
-
-Terminados los aplausos, la niñita con la cara _colorada_ como si
-fuese una flor de seibo, gritó:--«¡Viva la Rep...!»
-
-No se oyó más, porque don Máximo había creído oportuno el momento para
-regalar al pueblo con media docena de cohetes voladores, vanguardia de
-tres bombas de estruendo.
-
-Terminada esta parte de la fiesta, comenzó el desfile de los niños por
-delante de la codiciada mesa. Con gracia encantadora, la intendenta,
-una mujerona gorda y flácida, daba á cada uno su ración de dos
-pastelillos elásticos, que á pesar de su heroica resistencia al diente,
-pasaban en un abrir y cerrar de ojos á los infantiles estómagos.
-En otra jira dieron á cada cual un vasito de orchata, y siempre en
-fila, militarmente, comandados por maestros y maestras, los niños se
-retiraron de la Municipalidad, dirigiéndose á las escuelas, punto de
-reunión y de licenciamiento.
-
-Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos
-oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el
-contrario, los cívicos padres de niños ó de niñas, permitieron gustosos
-que concurrieran á las escuelas, el Te Deum y hasta la Municipalidad.
-Un grupo se había cotizado días antes para dar un asado con cuero en
-una chacra de los alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha
-alegría y muchísimos brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la
-política fué generalizando, lejos de toda alusión personal. Pero no se
-tome esto como raro signo de cultura, como inesperada manifestación
-de una tolerancia que nadie sentía, no. La fiesta patria era un
-hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo el mundo á
-pasar un buen rato, á reir, á cantar, á bromear, pero no á calentarse
-los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos
-sofocones.--Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de
-la vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo,
-el cielo claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz
-regocijada de la naturaleza despertábales el apetito y el buen humor.
-
-El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas
-del arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de
-carne, bien á punto, más sabrosos para los catadores que el faisán
-trufado, salían del fuego como negros pedazos de carbón, rodeados de
-cáscara realmente carbonizada, ganga protectora de aquel riquísimo
-tesoro culinario criollo, cuyo solo recuerdo hace agua la boca á
-cualquier hijo del país. El moreno había estado «á la altura de sus
-antecedentes» se dijo para felicitarlo, desde los primeros bocados.
-Luego, las congratulaciones y los plácemes fueron subiendo de punto,
-hasta acabar todos gritando:
-
---¡Te has lucido, Urquiza!
-
-El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia
-á quien sirvieran sus padres ó sus abuelos, no tuvo otra cosa que
-contestar que un clamoroso:
-
---¡Viva la patria!
-
-El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó á bajar el sol,
-y los comensales, unos á caballo, otros en americana, algunos en
-tílbury, comenzaron á volverse á las casas,--como decían indicando
-el pueblo,--después de haber solemnizado con el estómago--como en la
-más refinada civilización,--el magno aniversario de la declaración de
-nuestra independencia.
-
-Pero volvamos á los concurrentes de los salones municipales en el punto
-en que los dejamos, es decir á la salida de los niños.
-
-Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las
-bandejas de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores,
-con un ímpetu arrollador.
-
-En un momento quedó el tendal de cadaveres, la mesa limpia de
-vituallas pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos
-el vice-cónsul francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes
-sentidísimas palabras:
-
-«Señogas y señogues:
-
-¡Como rapresentant' de la Fráns, yo levant' mi vas, pog brindag en esta
-fiest, paga las diñas otoridades y diño pueblo de Pago Shic!
-
-«Señogues:
-
-«¡Viv' la Fráns!
-
-«¡Viv' la Republic' Aryantín!»
-
-Brindaron en términos análogos Grandinetti, agente consular italiano,
-y Sánchez Gómez, vice-cónsul español, el uno con pronunciado acento
-_zeneize_, el otro muy pulido, sin más pero que alguna confusión de _g_
-con _j_ y _o_ con _u_, sabroso condimento regional de sus entusiastas
-palabras.
-
-Susurrábase que allá en los comienzos de su carrera oratoria, nombrado
-maestro de primeras letras, pronunció al hacerse cargo de la escuela,
-un memorable discurso:
-
-«Venju--dicen que dijo--á tratar del retrocesu de Paju Chicu, este
-pueblo que antes fué jobernadu por los indius y que hoy sije en manus
-de la misma familia.»
-
-Pero esto debía ser calumnia levantada por los envidiosos de sus altas
-prendas ciceronianas, y lo hace sospechar así la insistencia con que
-Silvestre propalaba la especie, alterando según las circunstancias el
-texto del discurso. Quizá no sea aventurado considerarlo apócrifo.
-
-Las autoridades no hablaron, porque entre ellas no había lenguaraz
-alguno, así es que se dió por terminada esa parte de la función, la
-concurrencia salió de la Municipalidad, y cada cual tomó el rumbo que
-más le convino: éstos á sus casas, aquéllos á los volatines, los de más
-allá á la corrida de sortija, y los pilluelos al rompecabezas y el palo
-jabonado con premios.
-
-Aquel día fué como un compás de espera en la turbulencia pagochiquense,
-un día de fraternidad no muy efusiva, pero siquiera respetuosa y
-confundible con una comunión en un solo sentimiento...
-
-Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de
-poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado
-con la elocuencia de Pérez y Cueto, muy romántico, muy año 10, murmuró
-aquella noche al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo
-daba una sensación de leve movimiento con el titilar de las estrellas:
-
---Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros
-y nos acariciaran desde allá arriba.
-
-Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la
-lea sin reirse. Como cierre del capítulo se necesita otra cosa... otra
-cosa... Pero, si no se halla nada mejor, no lo cerraremos y en paz...
-
-
-
-
- POESÍA
-
- ¡Poesía eres tú!
- _Bécquer_
-
-
-La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de
-infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de
-amor que hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar
-casi jadeante la tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa,
-cálida como una respiración, se deslizaba entre las altas hierbas
-agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos susurros de besos.
-Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El horizonte
-producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera
-discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una
-noche de ensueño, de ésas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el
-alma, sobreexitar los sentidos, encender la imaginación.
-
-Y los peones de la estancia, tendidos en el pasto al amor de las
-estrellas, iluminados á veces por una ráfaga roja que relampagueaba
-de la cocina, fumaban y charlaban á media voz, con palabra perezosa,
-inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche.
-
-Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que
-cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fué el
-obligado punto de arranque de la conversación.
-
---¡De qué dijunto será es'ánima!--exclamó el viejo don Marto,
-santiguándose una vez pasado el primer sobrecojimiento.
-
---¡Por la luz que tenía, de juro que de algún ráy!--contestó
-medrosamente Jerónimo.
-
-Don Marto rezongó una risita:
-
---¡De ande sacás!...--dijo.--Si aquí no hay ráys dende el año dies,
-cuando echamos al último, qu'estaba en Uropa... después de los
-ingleses... ¡Ráy! Aura todos somos ráys... y no tenemos corona, si no
-somos hijos del patrón... Será más bien de algún inocente.
-
-Pancho, el aprendiz de payador, que andaba siempre á vueltas con la
-guitarra y se esforzaba por descubrir el mágico secreto de Santos Vega,
-con el instinto del pájaro cantor que reclama á la compañera, querida
-en secreto,--Pancho, que vió aparecer en la puerta de la cocina la
-delgada silueta de Petrona, destacándose en negro sobre el fondo rojizo
-y cambiante del fogón, agregó melancólico y penetrado:
-
---¡Debe de ser! Las ánimas de los angelitos son las más lindas. Parecen
-de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a
-festejarlas... Ésas no andan en pena ni se aparecen nunca... ¡Cuando se
-muere una criatura se v'al cielo derechita, y áhi se queda!...
-
-Petrona se había acercado y, en la sombra más espesa del alero,
-escuchaba, invadida también por el avasallador hechizo de la noche y
-por el encanto de la palabra del payador. Como la compañera todavía
-indecisa del pájaro cantor, estaba suspensa de sus trinos, hipnotizada
-ya, pero sin tender las alas todavía. Y Pancho continuó:
-
---Las de los malos son esas luces verdosas que andan rastriando por el
-suelo y que juyen en cuantito si acerca un cristiano. Pero ésas son las
-de los dijuntos que todavía tienen vergüenza de lo qu'hicieron en vida:
-los que se disgraciaron por casualidá, los que engañaron á un amigo p'a
-salvarse... ¡y tantos otros! Las que son malas de veras, las de los
-ladrones, los traidores y los cobardes... ¡ésas no tienen luz!
-
-Don Marto asintió:
-
---Sí, ésas son las que le tiran á uno el poncho, de atrás, en las
-noches escuras, ó le mancan el mancarrón, ó le apedrean el rancho, ó le
-asustan l'hacienda y l'esparraman y l'hacen brava redepente.
-
-Juan, el resero nuevo, interpeló á su antecesor y maestro, aquel
-fumador que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre
-dolorido:
-
---¿Y usté qué dice, don Braulio?
-
---¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas
-p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién!
-
---¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus
-dolamas y pita que te pita!
-
---Y qu'h'e hacer ni en qué m'h'e divertir, á mi edá y con mis
-achaques... Juntamente andaba pensando si lo dejarán pitar á uno
-después que cante p'al carnero...
-
-Una risita de Pancho, y su contestación:
-
---¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada'e
-jueguitos que s'encienden y si apagan en el campo?... Ésos son los
-cigarros de las ánimas, que vuelan y revuelan como las gaviotas ó los
-teros, dando güeltas y fumando...
-
---¡No digas!--exclamó entre incrédulo y admirado su vecino.
-
---¡Si son _linternas_!--explicó don Marto, magistral.
-
---Luciérnegas querrá decir, don...--siguió Pancho,
-impertérrito.--Parecen bichitos, es verda; pero son los cigarros de las
-ánimas pitadoras.
-
---¡Calláte! ¡Y entonces, en invierno, ¿por qué no pitan?
-
---Sí, pitan... ¡Pero tienen frío y s'encierran en las casas á pitar al
-lau del jogón!...
-
---¡Vaya un cigarro! ¡Si no quema el juego!...
-
---¡Los dijuntos son fríos! ¡Estaría güeno que tuvieran juego caliente!
-¿Quema el otro, acaso, el de las ánimas en pena?...
-
-Hubo una pausa.
-
-Entre amedrentado y risueño, don Braulio agregó en seguida:
-
---¡Lindo no más! ¿Entonces, los dijuntos se entretienen?
-
---¡Y qué han di hacer!... ¡Tienen tanto tiempo desocupau! Ellos
-quisieran hacer lo mesmo que cuand'eran vivos, y correr, y boliar,
-y enlazar... Pero á veces no pueden porque tienen los güesos en la
-tierra... Pero saben venirse, p'a un si acaso... ¡Vamos á ver! ¿Á que
-ninguno dice por qué sabe hacer tanto frío p'al veinticinco'e mayo y
-p'al nueve de julio?
-
---No mi hago cargo,--murmuró don Marto.
-
---Yo no sé--confesó otro.
-
---No caigo en cuenta,--declaró don Braulio.
-
-Pancho, triunfante, explicó:
-
---Porque p'a las fiestas se vienen tuitos los que peliaron por la
-patria, sin que falten ni los mesmos muertos en los Andes, que son unas
-montañas altas así, ¡de purito yelo!... Y como son tantos... Por eso,
-en cuantito tocan l'Hino Nacional, es un frío que da calor y que le
-corre á uno por el lomo.
-
---¡Ah, balaquiador lindo!--gritó don Marto, no sin admiración reprimida.
-
-Y luego; con cierto matiz respetuoso, alentador como un premio en
-labios de tal paisano, agregó:
-
---Y, diga, don... ¿qué se hace l'ánima de las mozas, cuando se mueren
-todavía tiernecitas?
-
-La réplica inmediata de Pancho:
-
---¡Qué viejo, este don Marto!... ¿Y no ha visto, un si acaso, los
-macachines, como di oro, florecer qu'es un gusto por el campo, y todos
-con una frutita enterrada, igualita á un corazón, y como azúcar...
-
---¡Agarráte!... ¿Y las viejas?
-
---Güevos de gallo, que se prienden en los cercos ó se agarran á las
-barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande
-y más sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... ¡más
-todavía!...
-
-Por su irritabilidad de enfermo, á don Braulio se le ocurrió lanzarle
-un sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y
-cantor:
-
---Y los payadores, decíme...
-
-Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la
-garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le
-dictara las palabras:
-
- --Los payadores de láy,
- los payadores de veras,
- no mueren nunca, paisano,
- ni son ánimas en pena...
- ¡siguen cantando nomás,
- lo mesmo que Santos Vega!...
-
-Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzó con ritmo marcado
-y sentimental. Á los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio
-prolongado y lleno de sensaciones... Luego, uno á uno, fueron
-desgranándose los paisanos, saturados por la poesía total de la noche.
-El último que se levantó para ir al galpón en que tenía la cama,
-enervado por su mismo desgaste cerebral, fué Pancho.
-
-Y al pasar junto á la puerta, ya tenebrosa, de la cocina, en medio de
-la envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más
-intenso, más tibio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que
-murmuraba junto á su oído:
-
---¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas?
-
-Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que
-es todavía un recluta, abrazó con ímpetu á Petrona y
-
---¡Vos!--le besó en la boca.
-
-
-
-
- SITIADO POR HAMBRE
-
-
---¡Hay que sitiarlo por hambre!--había exclamado Ferreiro aludiendo á
-Viera, en vista del pésimo efecto producido por las medidas de rigor,
-como pudo verse en «Libertad de imprenta».
-
-El plan era fácil de desarrollar y estaba á medias realizado por el
-oficialismo pagochiquense en masa, que ni compraba _La Pampa_, ni
-anunciaba en ella, ni encargaba trabajos tipográficos en la imprenta
-cívica. No había más que seguir apretando el torniquete y aumentar el
-ya crecido número de los confabulados contra el periodista. De la tarea
-se encargaron cuantos pagochiquenses estaban en candelero, dirigidos
-por el escribano que les hizo emprender una campaña individual
-activísima, no de abierta hostilidad, pues eso no hubiera sido
-diplomático, sino de empeñosa protección á _El Justiciero_.
-
-En los pueblos pequeños, como el Pago, los suscriptores de los
-periódicos son necesariamente escasos y más escasos aún los
-anunciadores, porque ¿á qué santo salir diciendo que en el almacén tal
-ó en la tienda cual, se venden éstos ó los otros artículos, cuando
-todos tienen las mismísimas cosas, ni que la casa de Fulano ó de
-Mengano está en la calle tal número tantos, cuando, hasta los perros
-la conocen y le han puesto su marca muchas veces? Si se publica un
-aviso en un diario es sólo como acto de magnanimidad y para favorecerlo
-ostensiblemente, no por otro motivo ó propósito,--y más barato resulta
-no anunciar. Volviendo á los suscriptores, muchísimos no pagan, unos
-por ser muy amigos del propietario, otros por no serlo bastante,--de
-manera que no hay cosa tan precaria como la vida de una publicación
-de aldea, villa ó presunta ciudad, salvo cuando es afecta á los
-gobernantes, quienes la subvencionan, le dan edictos, licitaciones,
-etc., hacen subscribirse á sus allegados, subalternos, favorecidos
-ó postulantes, y le crean así una especie de ambiente alimenticio
-artificial. El periodista de la situación es un parásito insaciable,
-porque nada, ni la sarna misma, come tanto como una imprenta. Y cuanto
-más tiene el diario oficialista, menos alcanza el diario opositor,
-puesto que el comercio no señala á la «réclame» sino una partida tan
-exigua como la destinada á limosnas--es decir, nada en absoluto ó
-nada relativamente--y los fondos no alcanzan para dividirlos en dos.
-Mientras uno mama, el otro llora.
-
-De la parte de su capitalito que Viera destinó al sostenimiento de _La
-Pampa_ después de invertir la mitad en la imprenta, apenas le quedaban
-unos pocos centenares de pesos enterrados en un solar de los suburbios
-que, en vez de subir se había depreciado desde que lo compró. Esto
-mismo era más nominal que positivo, pues como el diario, bamboleante en
-un principio, se sostenía á duras penas, los proveedores bonaerenses
-de papel, tinta, tipos y demás, tenían en cartera documentos á plazo
-fijo por un total bastante más crecido que el valor del terreno. Para
-_La Pampa_, más celosa que la misma balanza de precisión de Silvestre,
-la que según él medía hasta el peso de las palabras, cualquier carga
-desfavorable podía determinar la ruina y el cierre ignominioso por
-falta de elementos.
-
-Ahora bien, la campaña organizada por Ferreiro se llevó á cabo con
-éxito visible. Todos «los amigos» convirtiéronse en elocuentes
-propagandistas y comisionistas de _El Justiciero_, buscando avisos y
-subscripciones que muchos no les negaban por no incurrir en las iras
-celestiales. Pero, según lo ya dicho y como que el hilo se corta por
-lo más delgado, sáquese la consecuencia, como la sacaban práctica,
-aritmética y monetariamente Viera y su administrador, no sin graves
-temores para un futuro inmediato.
-
---¿Por qué no se subscribe al _Justiciero_? ¿Por qué no pone su avisito
-en _El Justiciero_?--era la frase intercalada de pronto y sin andarse
-con muchos rodeos en la conversación por los secuaces del escribano.
-
---Porque ya estoy suscrito á _La Pampa_ y tengo allí mi aviso.
-
---Póngalo también en _El Justiciero_, porque _hay_ interés en ayudarlo,
-y para un comerciante que vive de todo el mundo, como Vd., no conviene
-estar bien con unos y peor con _otros_ que valen más.
-
-El comerciante trataba, á veces, de no dar su brazo á torcer, siguiendo
-con el aviso en _La Pampa_.
-
---Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y á gatas si
-puedo pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera.
-
---Bueno,--replicaba el comisionista de ocasión,--en ese caso, para no
-quedar ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga
-tomar entre ojos.
-
-Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder»
-forzosamente cedía, si no á la elocuencia de estas palabras, á
-las amenazas que sentía rezongar bajo ellas, y ó daba el aviso á
-_El Justiciero_ quitándoselo á _La Pampa_, ó se lo quitaba á ésta
-para no darselo á nadie. Lo mismo ó punto menos ocurría con las
-subscripciones...
-
-El derrumbamiento del diario oficial se precipitaba estruendosamente
-sin que Viera atinase con el remedio. El administrador sólo supo
-aconsejarle uno peor que la enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto
-en práctica, observóse que no entraba un solo anuncio nuevo,--como
-es natural, dado el carácter de los anunciantes,--mientras seguían
-retirándose los viejos...
-
-Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente
-postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa
-para embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías,
-redujo el personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer
-frente al próximo vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien
-las páginas de anuncios de _La Pampa_ podían llenarse bien ó mal con
-los borrones de los antiguos clisés de específicos, la caja de la
-administración no se llenaba con artificio alguno. Al borde del abismo,
-acudió solicitando un préstamo á la sucursal del Banco de la Provincia,
-aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los consejeros
-eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo por
-hambre. No se le dió ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie
-de su solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde
-esta cortés pero mortal negativa: «Otra oportunidad».
-
-Aún no había hecho confidencias á nadie, limitándose á refunfuñar
-que el diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba
-por lo menos el precario consuelo de desahogarse con algún amigo,
-instintivamente, sin la esperanza más remota de que nadie le echase una
-cuarta para sacarlo del cangrejal en que se hundía.
-
-El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque
-también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la
-hipótesis era caso de pensar en desnudar á un santo desnudo para vestir
-á otro no más abrigado por cierto. Como aquel pesar y aquel temor de
-la catástrofe próxima no dejaban en su cerebro célula capaz de una
-iniciativa, ni siquiera eligió su confidente, sino que, en el momento
-psicológico de la expansión, abrióse al doctor Pérez y Cueto que
-acababa de llegar por casualidad á la imprenta, y que le escuchó con
-tristeza y á ratos con indignación, mientras le reconstruía, tal como
-la había olfateado y comprendido, la trama abominable contra él urdida
-por Ferreiro, Luna, Machado, Barraba, Carbonero y tutti quanti.
-
---¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!...--exclamaba de tiempo
-en tiempo el doctor, interrumpiendo á Viera.
-
-Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo
-volvía á interrumpir:
-
---¡Caramba, caramba, caramba!
-
-Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado
-el tema, sino porque la fatiga le exigía reposo. El doctor Pérez y
-Cueto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con las manos
-atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego,
-irguiéndose, arribó á una conclusión:
-
---¡Hay que arreglar eso!--dijo.
-
-Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa
-atención, repitió sentenciosamente:
-
---¡Hay que arreglar eso!
-
-Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto:
-
---¿Y cómo?--preguntó á su grande amigo.
-
---¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba
-de ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos
-advenedizos despreciables que han llegado al poder arrastrándose por
-el lodo como los reptiles, sigan sojuzgando á este desdichado pueblo
-y vejando á la gente de pro. ¡Á todos nos toca mantener bien alto la
-bandera enarbolada por _La Pampa_, y todos sabremos cumplir nuestro
-deber! ¡Tenga Vd. confianza, Viera, tranquilícese! ¡Retemple el corazón
-para seguir luchando como bueno!
-
-Estaba tan agitado y conmovido cual si acabase de hablar ante cien
-ó doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y á fe
-que su auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por
-aquella grandeza de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las
-lágrimas. Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante
-amigo. Y cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar,
-porque ensánchese Pago Chico hasta convertirlo en gran nación,
-agrándese también proporcionalmente el motivo y las consecuencias del
-acto y ¿no resultan entonces el médico y el periodista dos héroes
-tan grandes como los que hayan sacrificado más por la patria y la
-humanidad? Todo es cuestión de relatividades, de apreciaciones, de
-teatro, de circunstancias. El hecho en sí era noble y generoso: póngase
-en parangón con la entrevista de Guayaquil y resultará trivial;
-compárese con el egoísmo reinante en la actualidad, y ya veréis cómo se
-agiganta...
-
---¿Con cuánto se remedia?--preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo
-á la prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como
-aquellas homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer
-tonterías, á lo humano, sin perder por eso su divino carácter.
-
-Viera se lo dijo.
-
---Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse
-de un préstamo. No. Pago Chico está en deuda con Vd., Pago Chico está
-en deuda con _La Pampa_, su único defensor, su postrer baluarte, y es
-preciso que se conduzca como un pueblo digno de tal nombre. Inicio,
-pues, una suscripción popular contribuyendo con doscientos pesos, y
-encabezando la primera lista que me encargo de llenar. No faltarán
-hombres de buena voluntad que colaboren en la tarea y se hagan cargo de
-otras listas. En un par de días tendrá Vd. el doble de lo urgentemente
-necesario, y _La Pampa_ volverá á navegar viento en popa.
-
-Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba
-triunfante en la redacción de _La Pampa_, gritando á voz en cuello:
-
---¡Aún hay pueblo en Pago Chico! ¡Aún hay pueblo en Pago Chico!
-
-Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella
-época, y centenares de vecinos subscribieron con entusiasmo según sus
-fuerzas, los unos igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros
-contribuyendo hasta con veinte centavos ahorrados del modestísimo
-puchero. Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento,
-hubiera pensado que aquélla era tela de ciudadanos, y que con
-elementos capaces de acto tan sencillo en apariencia, es como se
-organizan grandes naciones. Desgraciadamente Washington había muerto
-hacía muchos años, y aunque viviera no tendría probabilidad de conocer
-el nombre de Pago Chico, y mucho menos su batracomiomaquia...
-
-Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de _La
-Pampa_ resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en
-efectivo. Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria
-empacado, para el que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el
-talero mismo. No hay quién la saque. Sería más capaz de bolearse que de
-dar un solo paso... Pero ello es preciso, sin embargo, y justamente nos
-facilita el relato el hecho inevitable de que resultará inverosímil,
-de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera inverosímil, no lo
-contaríamos. Gracias á que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en
-una niebla de vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser
-mentira sin cuasi en cualquier mundo á lo Pangloss...
-
-Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que
-faltó fué el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con
-el cero de la entrega... He aquí los hechos:
-
-La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró
-contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente solo.
-
---¡Viera, hermano Viera!--exclamó el insigne boticario.--Te he juntado
-más de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa;
-y si los querés te los traigo áura mismo.
-
---No hay apuro.
-
---Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y
-he hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Esto sí que es honroso.
-Ya no se trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta
-á aflojar la mosca, por algo ha 'e ser. Tocarle el bolsillo es como
-andarle por las verijas á un animal cosquilloso. Así que, si querés,
-podés engréirte de lo que han hecho con vos.
-
---Sí, hermano--replicó Viera--me siento verdaderamente conmovido, y si
-no fuera por eso llegaría á ponerme orgulloso. ¡Ésas son cosas de que
-no me podré olvidar en la vida, y que no andaré propalando, si no que
-las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria íntima y también
-como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy, de
-seguir sin extravíos la norma que me he trazado!...
-
-Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos
-momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción.
-
-Silvestre le miraba. Al rato le preguntó:
-
---Pero, decíme, ¿La suscrición te alcanza para sacarte completamente
-del pantano, ó no?
-
---Es una ayuda muy grande.
-
---Eso ya sí. ¿Pero ahora te ves ya completamente libre de compromisos?
-
---Por el momento sí.
-
---¡Ah, por el momento, bien decía yo! ¿Unos cuantos meses, no es verda?
-Porque si el diario no se sostiene, ni menos da ganancias, en cuanto
-se gasten esos nales volvés á enterrarte hasta el encuentro en el
-tembladeral, ¿no?
-
---Desgraciadamente.
-
---Natural. ¡Lo que necesitás es muchos suscritores, muchos avisos, para
-pagar á todo el mundo y vivir sin arretrancas!; ó, de no, mucha plata
-para que el diario no se vaya al bombo en algunos años, y venga más
-población y entonces se pueda sostener.--Porque supongo que, aunque los
-nuestros suban no sos de los que se han de prender á la ubre...
-
---Tenés razón, tenés razón en todo Silvestre...
-
---Bueno... entonces, esperá... dejáme á mí... Yo sé lo que hago, y has
-de ver cómo todo viene como anillo al dedo. Tengo una combinación... Ya
-verás ya verás...
-
-Y se levantó en actitud de marcharse.
-
---¿Qué pensás hacer?
-
---No te quiero decir... Luego... Mañana.
-
-Y se fué.
-
-Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión ó de
-esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba,
-crecía, echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos
-del más hábil de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre
-lo enajenaron, entregándolo á una especie de pasajera megalomanía: era
-evidente para él que su amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario
-patriota para exponerle minuciosa y exactamente la situación,
-comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él un esfuerzo más
-ámplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando que
-con menos sacrificio se arribaría á mucho mayor efecto si no se
-aguardaba cada vez, para echarle una manito, á que el carro estuviera
-encajado hasta la maza. Más suscripciones, avisos mejor pagados, con
-qué equilibrar las entradas y las salidas; él no pedía más, ni lujo
-ni holgura siquiera, para seguir diciendo verdades y defendiendo al
-pueblo...
-
-Fué á ver á la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para
-transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de
-aprecio--gloriosas decía él--embriagaban su juventud, para hablar
-también de las bodas, que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el
-fantasma de la miseria... Después, vuelto á su casa, aquella noche se
-durmió sonriendo á sus nuevos y quebradizos juguetes.
-
-Cuando, á medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto
-cabello, los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca
-amarga y nerviosa, revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia.
-Viera lo miró sorprendido.
-
---¿Qué tenés?--exclamó.
-
-Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, presentólo por el cabo al
-periodista y
-
---¡Tomá, matáme!--murmuró con voz reconcentrada.
-
---¿Qué tenés? ¿estás loco?
-
---¡Tomá, matáme, te digo! ¡Soy un canalla y un flojo, porque ya me
-debía haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matáme por favor!
-
-Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la
-combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había
-dejado arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que
-obedecía al propósito de salvar para siempre á su amigo. La noche
-antes, en casa del Rengo, lo habían dejado más pelado que laucha recién
-parida. La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada
-con una deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de
-honor.»
-
-El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque
-sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreirse y decir
-filosóficamente:
-
---¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no
-traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que...
-hay que desconfiarles mucho á esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no
-hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar, y... ¡basta!
-
-Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible.
-
---¿Conque sabías?--acertó á balbucir.--¡Y me perdonás, hermano, todo el
-mal que t'hecho!...
-
-Y reaccionando de pronto, rompió á llorar con grandes sollozos
-convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las
-rodillas trémulas.
-
-...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa,
-tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor
-suyo, que perdonó á su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto
-aboga por él, porque es excepcional. Viera dió por recibida la suma con
-grave peligro de su reputación, pues la falla prolongó y dió incremento
-á sus apuros.
-
---¿Dónde tira la plata ese loco?--se preguntaban haciéndose cruces
-los que veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable
-atolladero.
-
-Pero como Silvestre no se apresuraba á explicarlo ni Viera había de
-hacerlo...
-
- * * * * *
-
-El lector querrá saber cómo justificamos la visible contradicción que
-se nota leyendo esta crónica, primero en las dos opuestas actitudes
-del pueblo pagochiquense, y después en los actos de Silvestre, censor
-implacable de lo malo y luego capaz de todo, hasta de un abuso de
-confianza. Pues muy sencillamente: no la justificamos porque no
-necesita justificación. Si la necesitara, diríamos en cuanto á lo
-primero que se trata de esos distintos estados de alma, del alma
-popular, que permiten y aun crean las fluctuaciones de opinión y
-acción observables que toda colectividad, y en cuanto á lo seguido que
-Silvestre, culpable, seguía siendo puro como lo creía Viera, pues si
-antes se dijo que el más justo peca siete veces, hoy puede afirmarse
-que el más sensato lleva un loco adentro.
-
-Sólo que Silvestre (aquí inter nos) no era el más sensato...
-
-
-
-
- EL DIABLO EN PAGO CHICO
-
-
-Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han
-conocido, tenía en ese tiempo su rancho á algunas leguas de Pago Chico,
-sobre el remanso de un pequeño arroyo que, después de reflejar la
-barranca, perpendicular y desnuda de vegetación, los sauces desmedrados
-que se balanceaban sobre ella y el corral de la escasa puntita
-de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto sobre su antigua
-dirección, é iba lento, pobre y turbio, á echarse en el indigente
-caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó á río ni aun con
-aquel refuerzo, sino en época de grandes crecidas é inundaciones.
-Viacaba vivía allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos
-hijos Pancho y Joaquín, hombres ya, su hija Isabel, morenita feucha
-pero inteligente y un par de peones, Serapio y Matilde, que, ayudados
-por el viejo y los dos mozos, bastaban y sobraban para los quehaceres
-habituales de la estanzuela.
-
-Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba
-poseyese buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de
-ovejas para el consumo, pues no era aficionado á esa clase de crianza.
-
-El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía
-desde lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que,
-voluntarioso y caprichudo, no había querido echar por lo más fácil,
-aunque le sobrara campo llano en que correr y aunque no le importara
-un bledo de la línea recta. Quizá, cuando tendió su lecho, aquellos
-terrenos tendrían muy distinta configuración...
-
-Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho
-se abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto,
-completamente plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba
-reseca y triste, amarilla tirando á gris, alfombra polvorienta en que,
-como trazada de propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante
-de las orillas del arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un
-inmenso manto raído.
-
-Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como
-si fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus
-destellos ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero
-en él flotaban grandes é invisibles masas de vapores dilatados por el
-calor. Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en
-la atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera
-de dónde partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia.
-
-No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos
-por el bochorno abrumador, todos durmieran en el «puesto» de Viacaba;
-los hombres bajo el alero que daba al este, ya sin sol, y las mujeres
-en el interior del rancho, cuya obscuridad ofrecía una momentánea
-sensación de frescura.
-
-El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días á esas
-horas, en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que
-los animales comenzaban á desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable
-epidemia... Los hombres dormidos respiraban sofocadamente, y gruesas
-gotas de sudor les brotaban de los poros, bruscas y cristalinas,
-para correr luego en hilos por su piel morena. Dormían intranquilos,
-hostigados por el calor y por las moscas, zumbadoras, insistentes,
-pertinaces á pesar de sus instintivos manotones. Y hubieran seguido
-postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se detuvo
-frente á la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un
-momento antes, echados á la sombra y con la lengua afuera imitaban
-jadeando la locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta.
-
-Matilde, un peón santiagueño, enorme y mal encarado, á quien aquel
-nombre de mujer sentaba «como á un Cristo un par de pistolas,» se
-incorporó refunfuñando, levantóse perezosamente, y con paso tardo, á
-pesar del sol que rajaba la tierra, se encaminó á ver quién era el
-importuno jinete. Los demás, mirando hacia la tranquera, entrevieron
-un tordillo, negro de sudor y de polvo, que resollaba como un fuelle y
-sacudía cabeza, orejas y cola, espantando la nube de moscas que se le
-había echado encima. El pasajero entraba con Matilde, que se adelantó
-para informar á Viacaba.
-
---Es un «franchute» que píd'i'agua--dijo.--¿Le doy?
-
---¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí á la sombrita.
-
-Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado, y Panchita é
-Isabel se movían adentro, despertadas por las voces.
-
---Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio.
-Después tomará un matecito, si gusta... Y ¿cómo anda, amigo, con este
-solazo, que ni las víboras salen de las cuevas?
-
-El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de
-urgencia en el pueblo, para poder tomar la «galera» á la madrugada
-siguiente.
-
-Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente
-estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una
-ave de presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo
-y afilado, y su exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la
-antipática impresión que desde el primer instante produjera en aquellos
-hombres sencillos y toscos. Un fluido repelente flotaba en torno suyo,
-como si emanara de su cuerpo, y los cinco paisanos, tan distintos en el
-aspecto y las maneras, no podían dejar de mirarlo con desconfianza.
-
-Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de
-la sombra dejóse estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado
-en la pared de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no
-dejarse vencer por el sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la
-madre, con el mate amargo que había cebado en la cocina, se levantó
-ceremoniosamente, algo envarado, haciendo una gran reverencia y
-murmurando cumplidos á la amable «señoguita» y á la respetable «señoga».
-
-Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje á que no estaba
-acostumbrado, y con nuevas cortesías devolvió el mate á la joven.
-Ésta, al pasar para la cocina, con gran fragor de enaguas almidonadas,
-significó á Pancho, con un mohín y una miradita de soslayo, cuánto la
-disgustaba, también á ella, el extranjero. La señora lo examinaba á
-hurtadillas. Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada
-conversación.
-
-Más de una hora duró la visita. Matilde dió, entretanto, de beber al
-tordillo, y le apretó la cincha, como si con ello apurara el momento de
-la separación.
-
-Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había
-obsequiado, el francés habló de la sequía y del triste estado de las
-haciendas. Llegaba de lejos, y toda la campaña que había recorrido
-presentaba el mismo aspecto de desolación: pastos resecos como yesca,
-lagunones sin agua, bañados lisos y duros como piedra, arroyos tan
-bajos, que casi todos se podían pasar de un salto; las haciendas
-vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy desmejoradas y
-con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y pellejo...
-
---La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía--exclamó
-Viacaba con cierta satisfacción.
-
-Pero alzó bruscamente la cabeza, alarmado, cuando el extranjero dijo
-que en muchas partes había visto grandes torbellinos de polvo que el
-viento arrancaba de la tierra desnuda de vegetación.
-
---¡Las polvaderas!--murmuró con acento medroso--¡Por lo visto, ya
-principian!...
-
-Y se quedó profundamente pensativo, evocando aquella terrible
-calamidad, no sufrida desde muchos años, pero que en otro tiempo pasara
-por allí sembrando el estrago y la devastación, dejando la inmensa
-pampa despoblada de animales y como muerta y enterrada ella misma bajo
-cenicienta y móvil capa de polvo...
-
-La voz atiplada y agria del viajero, salpicada con notas discordantes,
-aumentaba aquella impresión, y la de antipatía y desconfianza que
-irresistiblemente provocara en todos.
-
-Ya con el sol algo bajo, el francés se despidió haciendo zalemas
-y protestas de vivo agradecimiento. Viacaba lo acompañó hasta la
-tranquera mientras los demás habitantes lo miraban marcharse, en fila
-bajo el alero... El tordillo, descansado ya, emprendió la marcha con
-paso más brioso, y cuando iba á lanzarlo al galope, el jinete oyó que
-el paisano le gritaba desde la tranquera:
-
---¡Cuidao con el pucho!
-
---«¡Oui! ¡oui!»--gritó el otro sin comprender.
-
-Un momento después, Isabel, que volvía con el inacabable mate amargo,
-formuló el pensamiento de todos:
-
---¡No me gusta nadita esi hombre!
-
---Cosa güena no ha'eser,--refunfuñó afirmativamente Matilde recogiendo
-el recado para ir á ensillar.
-
---Parece medio... «cantimpla»,--zumbó Pancho, el más tolerante, después
-de Viacaba.
-
-Y aunque pasaran largo rato en silencio, aquella visita debió continuar
-preocupándolos, porque Serapio no dijo á quién se refería cuando
-observó:
-
---Ahí va, por el «fachinal».
-
-Efectivamente, el bulto, ya apenas perceptible, del hombre y el
-caballo, se alejaba rápidamente é iba á internarse en un alto pajonal
-que, en dirección á Pago Chico, ocupaba una vasta extensión de terreno.
-
---¡Cantimpla decís!--objetó Joaquín que se había quedado rumiando las
-palabras de Pancho.--Pues á mí, lo que me parece es un pájaro de mal
-agüero, con ese pico'e lechuzón desplumao de la cabeza... Con tal de
-que no nos haiga echau algún «daño»...
-
---¡Dejáte de agüerías, Joaquín!--exclamó Viacaba.--¡Los gringos «saben»
-tener unas caras... fierazas! Pero ¿y de áhi? ¿Han de ser brujos por
-eso?...
-
-Viacaba era supersticioso también, pero la edad y la experiencia
-atenuaban un tanto esa superstición.
-
-Los peones salieron al campo y tomaron para el oeste, donde estaba
-el grueso de la hacienda, seguidos por Joaquín. Al este, pasando el
-arroyuelo, sólo había algunas yeguas y la tropilla de zainos.
-
-Las dos mujeres, Viacaba y Pancho, se quedaron bajo el alero, sin ganas
-de moverse en la atmósfera asfixiante. El sol se acercaba al ocaso, y
-su luz iba enrojeciéndose por momentos.
-
-Al obscurecer, cuando volvieron los otros, llamados por la hora de la
-comida, el cielo era al oeste un inmenso manto de púrpura reflejado al
-oriente en un tenue velo, purpúreo también. Y delante de ese velo una
-columna recta, de vapores terrosos, se alzaba del pajonal como girando
-sobre sí misma.
-
---¡No digo! ¡Si ya principian las polvaderas!--exclamó Viacaba, que la
-vió al ir con los suyos á la cocina.
-
-¿Cómo había podido equivocarse aquel hombre de campo, nacido en plena
-pampa, conocedor de todos sus fenómenos, confidente de todos sus
-secretos? ¿Miró mal? ¿Ó la evocación terrible de las polvaredas, la
-obsesión de tamaña calamidad, le había paralizado el cerebro?
-
-No era, no, el torbellino de polvo que una corriente giratoria alza y
-retuerce en el aire, como columna salomónica, desde el campo reseco,
-para pasearla después en caprichosa danza de un lado á otro y luego
-dejarla caer, de golpe, disuelta, desvanecida en la atmósfera como
-fantástica creación de pesadilla. No. La columna estaba fija en el
-mismo punto é iba elevándose y ensanchándose en la atmósfera tranquila
-y caldeada que doraban y enrojecían los últimos parpadeantes fulgores
-del sol.
-
-Y el astro acabó de hundirse. Las oladas de púrpura que lo seguían,
-cubriendo el occidente, se derramaron también tras él, poco á poco, á
-manera del agua que desaparece lenta en una hendidura. Y para anunciar
-la noche que llegaba, comenzaron á revolotear tenues brisas mensajeras
-de paz, que crecían y se multiplicaban por momentos...
-
-Era ya obscuro, y, sin embargo, la columna seguía viéndose en el
-pajonal, vagamente luminosa, como si fuera la misma que guió á los
-israelitas en el desierto...
-
-Entretanto la familia Viacaba, comía en la cocina, rodeando el fogón,
-más animada y conversadora, pues el airecillo, tibio aún, iba haciendo
-reaccionar á todos de su enervamiento, á medida que cobraba fuerzas y
-agitaba con más decisión las alas.
-
-La conversación, interrumpida á ratos, seguía, persistente, rodando al
-rededor de la visita del francés, el acontecimiento del día. Y no había
-una frase simpática para él.
-
---¡Vaya al diablo el ñacurutú ese ¡Nunca he visto animal más
-feo!--insistió Joaquín, supersticiosamente.--Y cómo miraba, con esos
-ojos descoloridos, á pesar de todos sus «vulevús»... Á mí me parecía...
-
---El Malo ¿no?--interrumpió Matilde, el santiagueño.--¡Á mí también!
-Dicen qu'es ansí; «payo», di ojos claritos y nariz de pico é loro. No
-me le fijé en las patas porque tráiba botas... pero ha de haber tenido
-pesuña no más.
-
-Como eco terrible de estas palabras, la voz angustiosa de Panchita, que
-acababa de ir al pozo en busca de agua fresca, sonó en el patio como un
-grito de alarma y de terror:
-
---¡Quemazón!... ¡Quemazón!...¡Quemazón en el fachinal!...
-
---¡No decía yo!--murmuró Joaquín, precipitándose afuera con los demás...
-
-La columna amenazadora que había comenzado por elevarse, ensanchándose
-é iluminándose con vagas vislumbres, llegó á semejar inmenso tronco
-de copa pequeña, redonda y blanquecina; luego, cuando el viento sopló
-con cierta violencia, desvanecióse de pronto; en seguida, en la
-sombra creciente, hubiérase dicho que el árbol acababa de desplomarse
-ardiendo de punta á punta, porque, á partir del mismo sitio, apareció
-chisporroteando una línea de fuego, brasas y llamitas fugaces que se
-reflejaban en los vapores suspendidos sobre el suelo. Inmediatamente
-después, la línea roja y resplandeciente al ras de la tierra, se
-extendió, se extendió más, abarcó un espacio enorme, en el este, de
-donde llegaba el viento, como si quisiera ocupar todo el horizonte.
-Desde el rancho veíanse vagar por el pajonal reflejos luminosos,
-anaranjados ó amarillentos, que contrastaban con la noche negra y
-armonizaban con la raya purpúrea de la quemazón, mientras en el
-cielo un gran parche rojizo parecía seguir la marcha del desastre.
-Y el viento, entre tanto, sacudía alegremente la alta hierba, seca
-y sonora, murmurando y riendo como el niño que escapa después de
-haber hecho una travesura. Y el susurro musical llenaba el aire de
-coros indecisos... En el albardón, junto á «las casas,» dominando
-el campo, Panchita é Isabel asistían con espanto al espectáculo
-amenazador y terrible del incendio. Los hombres, después de ensillar
-apresuradamente, se habían precipitado á todo galope hacia el pajonal,
-atinando sólo á lo más visible del peligro, tan azorados que no podían
-coordinar las ideas...
-
-El viento, cansado de reir, se entretenía en combinar curiosos y
-devastadores fuegos de artificio. Llegaba al incendio, levantaba
-nubes de humo y semilleros de chispas; enredaba el humo en las matas
-cercanas, iluminadas por el fuego, fingiéndolas incendiadas también,
-y esparcía las chispas como un ramillete, ó las hacía formar haces de
-espigas de oro; luego las dejaba apagarse ó caer sobre el pasto en
-lluvia finísima y devastadora... Ó de un soplido apagaba bruscamente
-la inmensa línea roja, y luego, como arrepentido de abandonar tan
-pronto su diversión, reavivábala de otro soplo hasta hacerla llamear
-é incendiar también el cielo... Al sitio en que estaban las mujeres
-llegaban bocanadas de horno, hálitos de fragua, un fragor atenuado,
-como de lejanísimas descargas graneadas de fusilería, y un olor acre de
-paja quemada, dilución de las densas masas de humo que corrían al ras
-del suelo.
-
-Lenta á la distancia, rápida en realidad, la línea de fuego se
-extendía, aparentaba formar un arco de círculo cuyo centro fuera el
-albardón, é iba acercándose á las casas cual si estrechase un sitio que
-les hubiera puesto de repente con maravillosa táctica. Entre el rancho
-y el incendio el campo estaba iluminado, y sombras enormes se movían y
-fluctuaban vagamente en él: las rechonchas de las anchas matas de paja
-y las alargadas de los jinetes que andaban agitados junto á la quemazón.
-
-Un tropel, un redoble de alarma estalló de repente en el silencio
-rumoroso, haciendo retemblar el suelo; era la tropilla, eran las
-manadas que huían despavoridas hacia el oeste, martillando con sus
-cascos la tierra seca y sonora. Y una sombra informe pasó, envuelta
-en nubes de polvo, lanzando al paso reflejos de ancas y de cabezas
-desgreñadas al viento... Y el furioso redoble fué disminuyendo, hasta
-perderse en la noche...
-
---¡La caballada!--gritó con angustia Isabel, sacudiendo un instante su
-marasmo.
-
---¡Virgen santa! ¡Quién sabe si la volveremos á ver!--murmuró la madre.
-
-Y atrás rumores más sordos, confusos é indescifrables, poblaban,
-entretanto, la pampa y llegaban hasta ellas arrastrados por el viento
-abrasador, saturado de humo y cargado de cenizas aún calientes...
-
-Viacaba, sus hijos y los peones, desalados, habían creído llegar á
-tiempo de sofocar el incendio. Pero cuando estuvieron á poco más de una
-cuadra, una agonía les oprimió el corazón: el alto pastizal tupido y
-seco, los matorrales entretejidos y bravos, la cortadera amarillenta
-ya que ocultaba á un hombre de pie, ardían en una enorme extensión,
-hasta donde alcanzaba la vista, entre chisporroteos y llamaradas,
-estallando como millares de petardos incendiados por series sucesivas.
-Llegábanles soplos tan ardientes como el fuego mismo, y unos á otros se
-veían las caras sudorosas, completamente negras de hollín, en que les
-relampagueaban los ojos. Los caballos, con las orejas tendidas casi en
-línea horizontal hacia el incendio, resoplaban y sacudían la cabeza,
-negándose á avanzar más.
-
-Á menos de una cuadra envolviéronlos el humo y las chispas, y parecían
-avanzar en las nubes entre una constelación de estrellas fugaces. La
-acre humareda los cegaba, aunque estuviesen tan hechos á los humazos
-del fogón, y los soplos abrasadores les hacían volver el rostro con
-el cabello y la barba medio chamuscados... Sobre sus cabezas cerníase
-un instante la paja voladora, ardiendo, y luego seguía su vuelo, á
-difundir á saltos el desastre, arrebatada por el vendaval... No se oían
-casi, con el fragor del estallar de las pajas, y tenían que gritar para
-comunicarse.
-
---... ¡Contra-fuego!--oyóse vociferar á Viacaba, que echó pie á tierra.
-El principio de la frase se había perdido en el estrépito...
-
-Tras el velo de llamas que ante sus ojos tendía la inmensa fogarata,
-la noche tomaba insólitas negruras. Parecía que el obscuro cielo, sin
-luna, continuara descendiendo, descendiendo, más negro cada vez, hasta
-llegar al incendio mismo, sólo que en su parte inferior las apretadas
-y rojas estrellas se apagaban sucesivamente, dejando en un momento
-lóbrega y vacía aquella parte de inmensidad. El horizonte se había
-acercado hasta pocos pasos de ellas, y creían hallarse al borde de un
-inmensurable abismo... La luz misma parecía rechazada hacia adelante
-por el viento furioso que soplaba de aquel antro...
-
-Á la voz de Viacaba, todos se apearon. Una seña les hizo acercar, y
-oyeron este grito:
-
---¡Aquí no! ¡Sería pior! ¡Á la orilla del fachinal!...
-
-Desanduvieron un trecho, teniendo del cabestro á los espantados
-caballos que volvían la cabeza hacia el fuego con ojos de brasa,
-resollaban y roncaban violentamente, hacían bruscos movimientos para
-desasirse y escapar, y tiritaban cubiertos de sudor, mientras por los
-flancos les corrían arrugas como de agua rizada por la brisa...
-
-Y así, envueltos en rojas luces de Bengala, hombres y animales salieron
-á la orilla del pajonal, donde comenzaba el pasto bajo, marchito y seco
-también. Serapio maneó los caballos y los ató á las matas, bastante más
-lejos. Luego se incorporó á los demás.
-
-Viacaba y Pancho incendiaban rápidamente la hierba baja, en un ancho
-de poco más de una vara, siguiendo una línea más ó menos paralela á la
-quemazón. Joaquín y Matilde, tras ellas, dejaban arder bien el pasto,
-y luego lo apagaban azotándolo con escobas de la paja más verde, hasta
-que se incendiaban, ó con las jergas del recado, sin mojarlas, porque
-el agua estaba demasiado lejos. Serapio los imitó...
-
-En aquella hoguera parecían fundidores junto á un río de metal
-incandescente; jadeaban, sudaban; sus caras negras, encendidas y
-lustrosas, se hinchaban, se abotargaban, perdían sus líneas mientras
-los ojos les relampagueaban y por las mejillas y la frente les corrían
-hilos de tinta...
-
-¡Sacrificio inútil! El fuego se burlaba de antemano del obstáculo que
-le querían oponer, levantándole una trinchera de vacío: reíase de ellos
-en complicidad con el viento, en cuyas alas enviaba sus emisarios y
-sus propagandistas más allá de los hombres y de su ciclópeo esfuerzo
-impotente.
-
-Y el tropel que espantara á las mujeres llegó de pronto hasta allí como
-un lejano trémolo de timbales entre los chasquidos del incendio...
-Viacaba levantó la azorada cabeza, y con ojos saltones, enloquecidos,
-gritó:
-
---¡Serapio! ¡Matilde! ¡La hacienda! ¡La hacienda!...
-
-Y abarcando, al fin, la magnitud del desastre, abandonaron la quemazón
-casual y la que ellos mismos hacían, corriendo frenéticos hacia los
-caballos.
-
-Los caballos no estaban allí. Aguijoneados por el pavor, habían
-conseguido arrancar las matas, y roncando, despavoridos, dementes,
-trabados por las maneas, á grandes saltos enajenados, tropezando
-ciegos, allá iban, trémulos, vacilantes, chorreando sudor, hacia el
-oeste, hacia la salvación, hacia la vida...
-
-Lograron alcanzarlos y, montados, salieron de carrera en distintas
-direcciones como si obedeciesen á un plan preestablecido. Sin embargo,
-no lo tenían... ¿Dónde llevar la hacienda, en caso de que aún no se
-hubiese dispersado y perdido en las tinieblas de la pampa? ¿Dónde
-proporcionarle un refugio inmune? ¿Por dónde hacerlas escapar del
-tremendo estrago...?
-
-...Las mujeres, petrificadas de pavor y de angustia, seguían como
-sonámbulos en el albardón, con los ojos fijos en el incendio, que
-continuaba avanzando, avanzando á cada minuto con mayor rapidez é
-intensidad, y no sólo hacia las casas, sino hacia la derecha, hacia la
-izquierda, al norte, al sur, para separarlas bien del mundo por aquel
-lado y luego replegarse, cortándoles la retirada, envolviéndolas en su
-línea infranqueable. Y el redoble del triunfo, la diana sin clarines se
-oía cada vez más cerca, más cerca, como estallidos de risas y gritos de
-voces ásperas y discordantes... El calor era tan intenso, que á cada
-instante las infelices se creían á punto de desfallecer y caer semi
-asfixiadas.
-
-El fuego llegó al arroyo... La esperanza les dilató un momento el
-pecho... Pero el incendio se burló del caprichoso zanjón, cubierto
-previamente de paja voladora por su cómplice el viento. Lo traspuso
-redoblando sus chasquidos, llegó á la otra orilla, avanzó hasta lamer
-la tranquera y los sauces que le daban sombra, y, regocijado, siguió
-su carrera hacia el oeste, dejando más grande la noche tras de sí,
-llevándola hasta los mismos pies de las mujeres que, atontadas,
-siguieron mirando cómo se extinguían una á una las fugaces estrellas de
-la quemazón en la noche de abismo que creara á su paso...
-
-Más allá, hacia la derecha, por donde brillaba la Cruz del Sur,
-también la paja sirvió de puente volante á la invasión devastadora.
-El arroyo ardió todo en un segundo. Y desde la otra orilla, de las
-matas altas del albardón, el viento arrebataba cardúmenes de chispas
-que iban á caer á los pies de las mujeres... Algunas llegaban hasta
-el mismo rancho y se extinguían entre las pajas del techo, sin fuerza
-para incendiarlas... Ellas, en su angustia suprema, no advertían el
-nuevo peligro. Y chispas y pajas abrasadas continuaban su vuelo, más
-compactas cada vez...
-
---¡Mama! ¡mama!...
-
-El grito desgarrador de Isabel anunciaba el coronamiento de la
-catástrofe: el techo central ardía con gran humareda en un círculo de
-una vara de diámetro.
-
---¡Agua! ¡agua!--gritó la madre, arrancada á su estupor.
-
-Ambas corrieron al bebedero de los caballos, junto al pozo; una llenó
-un balde, otra una jarra; precipitáronse al fuego; sus fuerzas no
-alcanzaron á lanzar el agua hasta allí...
-
---¡Traé vos el agua!--tartamudeó la madre.
-
-Y como pudo, valiéndose de un banco, lastimándose manos y rodillas,
-trabada por los vestidos, trepó al techo gritando desesperadamente,
-como si alguien pudiera oírla en aquella desolación:
-
---¡Viacaba!... ¡Pancho!... ¡Joaquín!...
-
-Isabel le llevaba jarras y baldes de agua, de carrera, jadeante, bañada
-en sudor. Ella, febril, casi sin saber lo que hacía, echábase de bruces
-sobre el techo, tendía los brazos trémulos, alzaba el agua con esfuerzo
-automático, é iba á verterla en la hoguera cada vez más ancha... Y
-mientras hacían esta abrumadora y lenta maniobra, el viento continuaba
-acribillando el rancho con sus flechas incendiarias... Un momento
-después el techo ardía por diversos puntos...
-
---¡Baje, mama, baje! ¡Se va á abrasar viva!...
-
-La desgraciada bajó por fin. Como alegre fogarata, el rancho ardía
-por las cuatro puntas iluminando el patio hasta la tranquera con sus
-sauces descabellados, sacudidos por el viento, hasta el corral en
-que se revolvían, se atropellaban y se trepaban unas sobre otras las
-ovejas, balando lastimeramente, tratando de derribar el fuerte cerco...
-Y aquella siniestra y formidable iluminación desvanecía, borraba
-totalmente la otra, ya en el horizonte...
-
-Los hombres vieron desde lejos aquella antorcha y regresaron uno tras
-otro, llenos de desesperación.
-
-Nada había que hacer... Apenas, y con gran peligro, consiguieron
-sacar algunos objetos de la formidable hornalla... Las cumbreras se
-desplomaron con gran ruido, el alero desapareció, y á la luz roja no
-se veía ya mas que las paredes ennegrecidas... Sentados en el suelo,
-anonadados por la impotencia y la desesperación, lanzaban de vez en
-cuando lamentables exclamaciones. Y la visita del extranjero volvía á
-su exaltada imaginación con caracteres diabólicos y aterradores.
-
---¡Ah el gringo, el gringo!...
-
---Él no más nos ha traído esta calamidá...
-
---Nos ha hecho «daño»...
-
---¡Seguro que tiró el pucho en el fachinal, indino!...
-
---¡No, patrón!; si era el Malo, ¡si era Mandinga!... ¡Tan cierto como
-que éstas son cruces!...
-
-Y su infantil superstición iba á convertirse en hecho comprobado,
-al día siguiente, cuando en Pago Chico, donde fueron á refugiar su
-desnudez, les dijeran que allí no había llegado francés alguno, y luego
-á difundirse pasando de boca en boca como acontecimiento histórico,
-aunque el comisario averiguara y publicara que un hombre de la
-filiación del presunto incendiario estuvo aquella tarde en el vecino
-pueblo del Sauce donde, á la madrugada, tomó la galera del Azul...
-
-Pero el alba se extendió descolorida y triste sobre el campo. Hombres
-y mujeres, acercados por la desgracia, formaban un grupo silencioso é
-inmóvil. Lo que ayer fuera bienestar y abundancia era miseria ya...
-
-La pampa, á las primeras luces indecisas, mostróseles cubierta por
-inmenso tapiz de funerario paño negro, que se extendía hasta el
-horizonte, en todo rumbo, y el viento, fuerte aún, levantó nubes de
-hollín y los envolvió en impalpable polvo de cenizas...
-
-
-
-
- ¡GUERRA Á SILVESTRE!
-
-
-También acabó Silvestre por incomodar á los situacionistas, que
-resolvieron castigarlo, igual que á Viera.
-
-Á este propósito hicieron que fuera á establecerse en Pago Chico,
-habilitado por ellos, un farmacéutico diplomado, cierto italiano
-Barrucchi, venido del país amigo á hacer fortuna rápidamente, así, sin
-otra condición, rápidamente.
-
-La competencia fastidió mucho al criollo en un principio, como que
-hasta fué denunciado al Consejo de Higiene por ejercicio ilegal de la
-profesión. Pero estaba atrincherado tras de su regente, á quien hizo
-pasar una temporadita en el Pago, con pret, plus y otras regalías
-inherentes á la actividad del servicio.
-
---Al gringo l'enseñan,--decía,--pero nada le ha'e valer. ¡Á la larga no
-hay cotejo!
-
-Y para dominar del todo la situación, halló manera de ¿cómo diremos?
-untar la mano al inspector enviado de La Plata.
-
-«Untar la mano» es frase grosera, bien; pero ¿qué decir, entonces, del
-hecho de untarla, y de dejársela untar?...
-
-Nada. Punto. Y sigamos adelante con los faroles.
-
-No se durmió Silvestre sobre los laureles de su primera defensa
-victoriosa, sino que atisbó, vichó, bombeó, supo cuanto hacía el
-italiano, le tendió lazos, le analizó preparaciones en que había
-substituido substancias, publicó los resultados, formuló denuncias,
-y de perseguido convirtióse pronto en perseguidor, porque en aquella
-delicada materia se inmiscuía alguien más que los cabecillas
-pagochiquenses, y el Consejo de Higiene, no desdeñoso de multas, solía
-enviar inspectores cuando era á golpe seguro, y entre tantos alguno
-habría reacio á los ungüentos de marras...
-
-Y apareció muy luego otro inspector.
-
-Barrucchi escapó difícilmente á las consecuencias con que lo amenazaba
-una grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los
-alcaloides, nada menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse
-á negligencia suya, nunca á perversidad de Silvestre, incapaz por
-su parte de jugar á sabiendas con la vida de sus convecinos, é
-imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga.
-
-La misma grosería del error fué lo que salvó á Barrucchi, provisto de
-auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de
-reválida en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos
-en que Silvestre no tuvo arte ni parte en el suceso. Barrucchi
-probablemente tampoco, puesto que nadie lo hizo responsable, ni
-siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su aterradora confusión de
-consonantes en ina.
-
-Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se
-resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado
-á todos los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin
-embargo, el azar, ya que no la buena reputación y limpia fama, vino
-á favorecerlo. La farmacia, asegurada en una nueva compañía contra
-incendios que buscaba clientela en Pago Chico, por una suma mucho mayor
-que su capital verdadero, ardió casualmente á los pocos días, sin que
-bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro vigilantes con
-machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la casa.
-
-Hay quien dice, todavía, que el incendio no fué intencional.
-
-La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del
-edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada
-de fuertes primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió á uno
-y otro un recibo bombástico y la autorización de hacer con él cuanto
-reclame quisiera.
-
-La casa comenzó á reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó
-que Barrucchi restablecería su farmacia en mucho mejores condiciones,
-ya que contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en
-efecto, su intención; pero una frase que corrió como un reguero de
-pólvora de punta á punta del pueblo, le hizo variar de propósito y
-retirarse con los honores de la guerra, es decir, con los pesos del
-seguro.
-
---Non é niente, demientra no se brushe l'arquibio.
-
---Non é niente demientra no se brushe l'arquibio.
-
-Esto era lo que se oía de la mañana á la noche hasta en los últimos
-rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora
-con acento de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún.
-Y todo el mundo se contaba inacabable, infatigablemente, durante
-días, semanas, meses enteros, la maquiavélica invención de Silvestre,
-aderezada hasta con la jerga propia del personaje y del caso:
-
-Barrucchi, á quien la noche del incendio corrió á avisarse al Club que
-ardía la botica, se limitó á contestar tranquilamente, encogiéndose de
-hombros:
-
---¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!...
-
-El pobre Tartarín tuvo que ir á Argel por una copla; Barrucchi tuvo que
-irse de Pago Chico por una frase.
-
-También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó
-del cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le
-perdona, pues es fama que hasta los perros dicen, amparando á los
-vecinos:
-
---¡No lo muerdan, qu'es del barrio!
-
-Los hombres también, y si no, véase en seguida como lo prueba, con
-elegante demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro.
-
-
-
-
- ALTRUISMO
-
-
-Entre las espesas sombras de la noche, en grupos charlatanes de tres
-ó cuatro personas, numerosos vecinos de Pago Chico se encaminaban
-lentamente á la estación del ferrocarril. Se habían reunido con ese
-objeto en el Club del Progreso, en el café y en la confitería de
-Cármine, y al acercarse la hora fueron destacándose poco á poco,
-para no llamar demasiado la atención ni dar pie á que los opositores
-hicieran alguna de las suyas.
-
-Llegaba en tren expreso, costeado naturalmente por el gobierno, el
-diputado Cisneros con la misión de reconstituir el comité, y era
-preciso hacerle una calurosa acogida á pesar de lo intempestivo de la
-hora. La estación estaba completamente á obscuras; sólo por la puerta
-de la habitación del jefe filtraba una raya de luz, y allá en el fondo
-el Buffet,--en funciones para las circunstancias,--abría sobre el andén
-desierto el abanico luminoso de su entrada. Allí fueron sentándose á
-medida que llegaban, el doctor Carbonero, el escribano Ferreiro, el
-intendente Luna, el juez de paz Machado, el concejal Bermúdez y varios
-otros, sin que faltaran el comisario Barraba y su escribiente Benito,
-ni aun don Máximo, el portero de la Municipalidad, muy extrañado de
-no tener que disparar bombas de estruendo en tan solemne emergencia.
-No hubo francachela; los tiempos estaban malos, y nadie quería cargar
-con el mochuelo del coperío, aunque sólo hubiera en la estación una
-veintena de personas. Cada cual, si quería, «tomaba algo»... y pagaba.
-
-La espera fué larga. El expreso se había retrasado en no sabemos
-qué estación y el jefe aún no tenía noticia de su llegada... Poco
-á poco, todos fueron á pasearse en la obscuridad del andén, luego
-instintivamente agrupáronse á la puerta del Buffet, y conversaban
-mirando inquietos al norte por descubrir entre las sombras el ojo
-encendido del tren en marcha.
-
---¿Á que no sabe abrir esta cajita?--dijo de pronto el escribano
-Ferreiro, presentando un objeto al Intendente Luna.
-
-Era una cajita oblonga, en forma de ataúd, en uno de cuyos extremos
-asomaba un botón á modo de resorte; un juguete-chasco de lo más
-infantil, pues oprimiendo el botón aparecía una aguja que pinchaba al
-curioso, con tanta mayor fuerza cuanto mayor había sido su confianza
-en sí mismo y el apretón consiguiente. Luna la tomó, la examinó
-deliberadamente, vió el resorte cuya evidencia debería haberlo hecho
-recelar sin embargo, y exclamó:
-
---¡Mire qué gracia!...
-
-Soberbio fué el golpe de pulgar que dió al botón apenas había dicho
-estas palabras, y soberbio el pinchazo que recibió en mitad de la yema
-del dedo... Estuvo á punto de soltar uno de los ternos más sonoros de
-su colección; pero se contuvo á tiempo, y lejos de protestar, fingió
-seguir examinando la cajita.
-
---No doy ni mañana--dijo por fin.
-
---Aver emprieste compadre,--solicitó Barraba tendiendo la mano, con los
-ojos brillantes de curiosidad.
-
-Los demás habían estrechado el corro, deseando ver el misterio
-que encerraba el cabalístico estuche, y las conversaciones se
-interrumpieron.
-
-Barraba cayó en la trampa, y á su grueso pulgar asomó una gotita de
-sangre como un pequeño rubí. Pero puso buena cara, y aparentó seguir
-maniobrando con la cajita.
-
---¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas
-cosas!--exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.--¿No
-sabe que p'a qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza?--Aver
-traiga p'acá.
-
-Barraba no tuvo inconveniente...
-
-Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito.
-Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre,
-con tal de que en seguida, se lo devoraran á los amigos y compañeros.
-«Si licet in parva...» como en el sorteo famoso de Matucana que,
-repitiendo en eso á Homero en la Ilíada, tuvo también su Tersites.
-
-Y después de Machado, la cajita pasó á Bermúdez, á Carbonero, á los
-demás--hasta á don Máximo, que fué el último en pincharse.
-
-Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son
-puestos á la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería
-aquí una sabrosa disquisición, llena de longanimidad y de sincero
-enternecimiento ante la flaqueza humana. Se explicaría el hecho y
-trataría de explicarlo á los demás, por aquello de que «tout comprendre
-c'est tout pardonner».
-
-Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en
-Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema á los grandes
-modistos literarios. Ello vendrá.
-
-Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por
-su propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca
-por sobra que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa
-estación de Pago Chico--microcosmos sintetizado,--y entre aquel
-reducidísimo compendio de la humanidad, no hubo un solo ejemplar, un
-solo individuo que no pasara por la prueba, ni uno que no se mostrara
-á la altura de las circunstancias. El mismo don Máximo,--el último
-mono--se dirigió humildemente al escribano:
-
---¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro?
-
---¿Para qué don Másimo?
-
---P'a mostrársela á Petrona, no más...
-
-Su altruismo no le permitía gozar tan sólo de las delicias de la aguja,
-pues los otros veinte no contaban ya: Habían contribuido á chasquearlo
-y se reían de él, como si fuese el único burlado.
-
-Entre tanto y en silencio, había ido aproximándose el tren. Un silbido
-agudo y un repentino y fuerte resplandor, les hizo dar un salto y
-volverse hacia la vía. El diputado Cisneros, de pie en la plataforma,
-con el tren aún en movimiento, comenzó á dirigirles la palabra:
-
-«Este brillante recibimiento me demuestra cuánto es vuestro altruismo
-y vuestra abnegación. Siempre dispuestos á sacrificaros por el bien de
-los demás, á luchar sin tregua ni descanso por evitar el sufrimiento
-ajeno, venís en horas de combate á retemplar mi espíritu, para el
-holocausto fraternal á que estoy dispuesto tanto como vosotros mismos».
-
-Y siguió así, mientras don Máximo se devanaba los sesos por hallar modo
-de pasarle la cajita sin faltarle á las debidas consideraciones. Pero
-no lo halló, por demasiado humilde, y tuvo que consolarse con la idea
-de embromar á la Petrona...
-
-¡Y decir que la peregrinación de la cajita se repetía diariamente y
-en mayor escala en Pago Chico, y se repite en todas partes, cuando ya
-estamos á las puertas del siglo de oro de la solidaridad humana!...
-
-
-
-
- LIBERTAD DE SUFRAGIO
-
-
-Cierta noche, poco antes de unas elecciones, el Club del Progreso
-estaba muy concurrido y animado.
-
-En las dos mesas de billar, la de carambola y la de casín, se hacían
-partidas de cuatro, con numerosa y dicharachera barra. Las mesitas
-de juego estaban rodeadas de aficionados al truco, al mús y al siete
-y medio, sin que en un extremo del salón faltaran los infalibles
-franceses, con el vice-cónsul Petitjean á la cabeza, engolfados en su
-sempiterna partida de «manille».
-
-El grupo más interesante era, en la primera mesita del salón, frente á
-la puerta de la sala de billares, el que formaban el intendente Luna,
-presidente del Concejo, varios concejales y el diputado Cisneros,
-de visita en Pago Chico para preparar las susodichas elecciones.
-Entregábanse á un animado truco de seis, conversadísimo, cuyos lances
-eran á cada paso motivo de griterías, risotadas, palabrotas con
-pretensiones de chistes y vivos comentarios de los mirones que, en
-círculo al rededor, trataban más de hacerse ver por el diputado que de
-seguir los incidentes de la brava partida.
-
-Junto á ellos, sentado en un sillón, con la pierna derecha cruzada
-sobre la izquierda, acariciándose la bota, abrazándola casi, el
-comisario Barraba con el chambergo echado sobre las cejas y dejándole
-en sombra la mitad de la cara achinada, ancha y corta, de ralo y duro
-bigote negro, hablaba ora con los jugadores, ora con los mirones,
-lanzando frasecitas cortas y terminantes, como cuadra á tan omnímoda
-autoridad.
-
-Descontentos no había en el club más que tres ó cuatro: Tortorano,
-Troncoso y Pedrín, á caza de noticias, cuya tibieza les permitía andar
-por donde se les diera la real gana.
-
-Los tres se hallaban cerca de la mesa del intendente y el diputado,
-podían oir lo que en ella se decía, y hasta replicar de vez en
-cuando,--aunque con moderación naturalmente,--al comisario Barraba.
-
-Alguien habló de las elecciones próximas y de las respectivas
-probabilidades de cada candidato.
-
---¡Qué eleciones ni qué eleciones!--exclamó Tortorano encogiéndose de
-hombros.--Nosotros nunca hemos tenido eleciones de veras, ¡y no las
-tendremos jamás!...
-
---La libertad de sufragio...--agregó Troncoso sarcásticamente.
-
-Pero el comisario, echando hacia atrás la cabeza, tanto que casi dejaba
-ver el dedo de frente descubierto entre el chambergo y las cejas, lo
-interrumpió:
-
---¿Qué dice amigo? ¿Que no v'haber libertá?
-
---¡Vaya, comisario, nunca ha habido!--objetó Tortorano sonriendo.
-
---Sería una novedad muy grande,--afirmó Troncoso retorciéndose el
-bigote con aire convencido.
-
---¡Y s'imagina, entonces, que yo estoy aquí p'a quitarles la libertá á
-los ciudadanos! ¿Y que yo, comisario, lo h'e permitir?...
-
-El diputado, el intendente y demás jugadores de la oligárquica mesa,
-levantaron la vista sorprendidos. El ruido disminuyó de pronto en el
-salón, como si los concurrentes se quedaran á la expectativa de un
-acontecimiento trascendental. Pedrín fué acercándose más al comisario...
-
---No digo eso,--murmuró Troncoso mirando al suelo y preguntándose
-interiormente dónde iría á parar el hombre encargado en Pago Chico de
-asegurar el éxito de una candidatura dada, con exclusión total de la
-otra.
-
-¿Se habría convertido de la noche á la mañana, después de tantas
-arbitrariedades y persecuciones?
-
---Yo tampoco digo que usted les quite la libertad. ¡No faltaba más!
-
-Tortorano se encogió de hombros otra vez y se puso á armar un
-cigarrillo negro. Troncoso miró al comisario para ver si hablaba de
-veras. Pedrín, aunque no tuviera nada de cándido, intervino con una
-ingenuidad:
-
---Me alegro mucho de haberl' óido,--dijo.--Yo ya estaba por no ir á las
-eleciones. Pero desde que usté garante la libertá...
-
---¡¡La garanto, canejo!! ¡Ya lo creo que la garanto!
-
-El diputado Cisneros se incorporó en su silla, casi resuelto á llamar
-al orden al extraviado y demagogo funcionario policial. Las demás
-autoridades estaban, al oir semejantes despropósitos, que no sabían lo
-que les pasaba.
-
---Pues si es así...--prosiguió Pedrín,--lo que es yo, el domingo no
-faltaré en el atrio p'a votar por don Vicente.
-
-Pero no había acabado de decirlo cuando el comisario estaba ya parado,
-de un salto tan violento y repentino que ni siquiera le dió tiempo para
-soltarse la bota. Y así en un pie:
-
---¡Pare la trilla que una yegua si ha mancau!--gritó.--¿Qué es lo que
-dice, amiguito?
-
---Que ya que usté garante la eleción v'y á sufragar por los cívicos...
-nada más.
-
---¡Dios lo libre y lo guarde! ¡Como de miarse en la cama!
-
---¿Pero no dice que habrá libertá de votar?
-
---Sí, para todos; ¡pero libertá, libertá de votar por el candidato del
-gobierno!...
-
-Un gran suspiro de satisfacción compuesto de seis suspiros particulares
-se exhaló del truco oficial.
-
-Y el ruido volvió entonces, más alegre y estrepitoso que nunca...
-
-
-
-
- EPÍLOGO
-
-
-Lector que, risueño ó adusto has recorrido con interés ó desgano,
-estas páginas aparentemente superficiales ¿sabes á qué espectáculo
-hemos asistido juntos sin saberlo? ¡Pues nada menos que á las primeras
-palpitaciones de una democracia en gestación y á los primeros
-desperezamientos de una gran ciudad en la cuna!... ¡Así, como lo oyes!
-
-Ríete si quieres, y harás bien, porque siempre es bueno reirse de la
-verdad. Pues, sí, señor: democracia, gran ciudad, etc...
-
-Nosotros mismos no lo sospechábamos siquiera, y no es la perspicacia
-sino el tiempo quien nos abre los ojos. Muchos años, en efecto,
-van corridos desde los sucesos narrados en la crónica que cerramos
-provisionalmente con estas líneas. En ese lapso las cosas han cambiado,
-Pago Chico es Pago Grande, el villorrio es un fuerte núcleo de
-población, con afirmados, tranvías, luz eléctrica, obras sanitarias;
-su comercio gira millones, su industria crece y prospera, su fuerza
-vegetativa y progresiva es colosal; en política también se ha dado un
-largo paso hacia adelante, y aunque esté muy lejos aún el ideal, algo
-se ha ganado en cuanto al juego de las instituciones, y hasta parece
-haberse ganado mucho, pues ya no se estilan los burdos medios de
-gobernar que burla burlando hemos puesto de relieve. Y ya se sabe que
-la hipocresía es tácito homenaje del vicio á la virtud.
-
-Esto nació de aquello. Parece imposible, pero es así. El impulso que
-lleva nuestro país es admirable de fuerza y de velocidad, pese á los
-sucesivos descarrilamientos que amenazaban dar con todo al traste.
-Quien se detenga hoy en Pago Chico, jurará que lo hemos calumniado, ó
-que lo pintamos en remotísimos tiempos,--allá en la edad de la piedra
-labrada ó del hueso roído--aunque su historia es casi una actualidad,
-algo fiambre si se quiere, pero en modo alguno vetusta.
-
-Más todavía: alejémonos unas cuantas leguas, y la actualidad palpitante
-renacerá de sus cenizas. Pago Chico se ha retirado un poco más, como
-se retiraba antiguamente la línea de fronteras,--he ahí todo. Y como,
-más por azar que por cálculo, hemos olvidado hasta ahora determinar
-la exacta ubicación del pueblo, puede el lector situarlo más al oeste
-del meridiano quinto ó más al sur del Río Negro, con cuya sencillísima
-operación tendrá á la minuta un verdadero «plato del día». Y ni aun es
-menester que vaya mentalmente tan lejos, pues rincones hay todavía, muy
-próximos á la misma capital, donde continúa á más y mejor cociéndose
-habas, en forma parecida por lo menos.
-
-En fin, risueño ó adusto lector, sólo queremos agregar pocas palabras,
-para repetirte que este volumen no se te presenta como la crónica
-completa de la era inicial pagochiquense, sino como una simple
-colección de documentos que forman parte de ella--parte pequeña por
-lo demás,--y hecha voluntariamente al acaso, sin plan previo, para
-que de su misma aparente inconexión resulte, si lo puede por sí
-misma, una especie de unidad, aquel «lírico desorden» que aconsejan
-los preceptistas en cierta clase de obras, para suspender el ánimo y
-conmoverlo con inesperadas imágenes, acciones ó ideas...
-
-Quiere esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de
-documentos y notas atinentes á la vida política, intelectual, social,
-moral etc., de Pago Chico,--y en primísimo lugar cuanto á las damas y
-al amor, con sus enredadas marañas se refiere,--destinados á la polilla
-y el polvo del olvido, si la muestra presente no despierta el interés y
-la atención que nos atrevemos á esperar.
-
-Haz, lector, una seña, y verás cómo nos apresuramos á convertir en
-Prólogo de otro volumen, este Epílogo que--en tal expectación--no
-relata sucintamente como era uso en tiempos de ingenuidad y bonhomía
-literarias, qué «se ficieron» todos los personajes de la obra y los
-hijos de sus hijos. Tal metamorfosis nos alegraría, y no por el éxito
-que pudiera significar--créasenos aunque no parezca cierto,--sino
-porque al separarnos de estas páginas, en las que hay más verdadera
-melancolía que despreocupado buen humor, sentimos algo como si huyera
-un minuto que desearíamos repetir, como si se nos marchara otro poquito
-de juventud,--toda ésa que se revive al relatar la que fué, ésa que á
-tantos ancianos ha hecho escribir sus recuerdos, ésa que obligará á
-Silvestre á redactar in extenso sus memorias, en cuanto no tenga otra
-ficción de trabajo con qué entretener los nervios bailarines.
-
-Y, con esto, hasta luego, no sea que habiendo logrado, como cabe, hacer
-un libro entretenido, lo echemos á perder ahora con una intolerable
-lata.
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Pago Chico, by Roberto Payró
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PAGO CHICO ***
-
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- gbnewby@pglaf.org
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-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
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-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
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-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
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