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Galia, Jude Eylander, María C. -Fernández Q. and the Online Distributed Proofreading Team -at https://www.pgdp.net (This book was produced from images -made available by the HathiTrust Digital Library.) - - - - - - - - NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - -Las palabras en itálicas están indicadas con _guiones bajos_. Texto en -negrita está marcado =de este modo=. - -Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la -presente edición de esta obra fue publicada, en 1908, eran diferentes a -las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió, -fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó", -"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido -respetado. - -El lenguaje utilizado es peculiar al modo de hablar de los argentinos. -Es oportuno agregar que el autor, además, hace hablar a algunos de los -personajes en un lenguaje con expresiones y giros que son típicos del -interior de la Argentina. - -Por lo demás, el criterio utilizado para llevar a cabo esta -transcripción ha sido el de respetar las reglas de la Real Academia -Española vigentes en ese entonces. El lector interesado puede consultar -el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia Española. - -Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos. - -La cubierta del libro en la versión HTML fue modificada por el -Transcriptor y ha sido puesta en el dominio público. - -El Índice de capítulos ha sido trasladado al principio de la obra. - - * * * * * - - - - - PAGO CHICO - - - =OBRAS DEL MISMO AUTOR= - - =La Australia Argentina= (dos volúmenes, Rodríguez Giles, editor). - - =El Falso Inca= (cronicón de la conquista). - - =El Casamiento de Laucha= (novela picaresca, Rodríguez Giles, - editor). - - =Sobra las ruinas= (drama en cuatro actos). - - =Marco Severi= (drama en tres actos). - - =El Triunfo de los otros= (drama en tres actos). - - - =EN PRENSA= - - VIOLINES Y TONELES - - AGOTADAS.--_Ensayos poéticos._--_Antígona_ (novela).--_Scripta_ - (cuentos).--_Novelas y fantasías._--_Los italianos en la - Argentina._--_Emilio Zola._ - - - --Talleres tipográficos de la Casa Editorial "Mitre"--Barcelona-- - - - - - ROBERTO J. PAYRÓ - - Pago Chico - - - - - EDITORIAL MINERVA - AVENIDA DE MAYO 560 - BUENOS AIRES - - - - - _Al Dr. Genaro Sisto, - con fraternal cariño._ - - - - - ÍNDICE - - - Pág. - - I La escena y los actores 7 - - II Libertad de la imprenta 21 - - III En la policía 39 - - IV El caudillo 43 - - V El juez de paz 51 - - VI La elección municipal 59 - - VII Ladrillo de máquina 85 - - VIII Beneficencia pagochiquense 93 - - IX Poncho de verano 99 - - X Para barrabasadas 113 - - XI Los patos 119 - - XII Metamorfosis 127 - - XIII Con la horma del zapato 137 - - XIV El desquite de don Ignacio 149 - - XV Las memorias de Silvestre 157 - - XVI Fiestas patrias 187 - - XVII Poesía 203 - - XVIII Sitiado por hambre 212 - - XIX El diablo en Pago Chico 225 - - XX Guerra á Silvestre 245 - - XXI Altruismo 251 - - XXII Libertad de sufragio 257 - - XXIII Epílogo 263 - - - - - LA ESCENA Y LOS ACTORES - - -Fortín en tiempo de la guerra de indios, Pago Chico había ido -cristalizando á su alrededor una población heterogénea y curiosa, -compuesta de mujeres de soldados,--chinas,--acopiadores de quillangos -y pluma de avestruz, compradores de sueldos, mercachifles, pulperos, -indios mansos, indiecitos cautivos,--presa preferida de cuanta -enfermedad endémica ó epidémica vagase por allí. - -El fortín y su arrabal, análogo al de los castillos feudales, -permanecieron largos años estacionarios, sin otro aumento de población -que el vegetativo,--casi nulo porque la mortalidad infantil equilibraba -casi los nacimientos, pero cuyos claros venían á llenar los nuevos -contingentes de tropas enviados por el gobierno. - -Mas, cuando los indios quedaron reducidos á su mínima -expresión,--«civilizados á balazos»,--la comarca comenzó á poblarse de -«puestos» y «estancias» que muy luego crecieron y se desarrollaron, -fomentando de rechazo la población y el comercio de Pago Chico, núcleo -de toda aquella vida incipiente y vigorosa. - -Cuando ese núcleo adquirió cierta importancia, el gobierno provincial -de Buenos Aires, que contaba para sus manejos políticos y de otra -especie con la fidelidad incondicional de los habitantes, erigió en -«partido» el pequeño territorio, dándole por cabecera el antiguo -fuerte, á punto ya de convertirse en pueblo. El gobierno adquiría con -esto una nueva unidad electoral que oponer á los partidos centrales, -más poblados, más poderosos y más capaces de ponérsele frente á frente -para fiscalizarlo y encarrilarlo. - -Como por entonces no existían ni en embrión las autonomías comunales, -el gobierno de la provincia nombraba miembros de la municipalidad, -comandantes militares, jueces de paz y comisarios de policía, -encargados de suministrarle los legisladores á su imagen y semejanza -que habían de mantenerlo en el poder. - -La vida política de Pago Chico sólo se manifestó, pues, durante muchos -años, por la ciega obediencia al gobierno, del que era uno de los -inconmovibles _bourgs pourris_, baluartes en que se estrellaba todo -conato de oposición. Los «partidos» incondicionalmente oficiales, eran -el gran cimiento de la situación, y entre ellos Pago Chico aparecía -como una de las herramientas más dóciles y eficaces. Recibía en cambio -algunos subsidios para el sostenimiento de sus autoridades, y de vez -en cuando gruesas sumas destinadas á obras públicas y de fomento, -que las mismas autoridades se repartían en santa paz, cubriendo las -apariencias con algún conato de construcción, v. g. la del puente sobre -el río Chico, que aún está en veremos, el ensanche de la iglesia, -siempre en las mismas, la terminación de la Municipalidad, ó la mejora -de los caminos, las acequias ó los mataderos... - -Oposición no existía sino tan embrionaria que su exteriorización -más grande eran los chismes y las hablillas, las protestas de algún -desdeñado ó perseguido y los anónimos al gobernador de la provincia ó -los periódicos de la capital, ora reveladores de verdaderos abusos, ora -simples especies calumniosas y envenenadas. - -El programa político de los descontentos era el rudimentario «quítate -para que yo me ponga», de manera que la oposición no salía nunca de -su estado de nebulosa, por poco que, cuando amenazaba consolidarse, -los más ardientes recibieran un mendrugo inspirador del quietismo y la -tolerancia. - -Bermúdez, por ejemplo, indignado ante la negativa de una concesión -que pidiera á la Municipalidad, proclamó _urbi et orbe_ que iba á -revelar los latrocinios del puente sobre el Chico, denunciando á la -prensa bonaerense la verdadera inversión de los fondos, robados por -los municipales como en una carretera. Hizo, en efecto, una exposición -circunstanciada de las defraudaciones, á la que agregó cálculos de -precio de materiales, la descripción de lo hecho y un cúmulo de -comprobantes... Firmó el terrible documento, consiguió que otros -vecinos espectables lo refrendaran, robusteciendo la denuncia, leyó el -_factum_ ante un grupo numeroso en el café y confitería de Cármine, -agitó los ánimos, despertó el patriotismo pagochiquense, convulsionó el -pueblo pronto ya á la revolución y el sacrificio... - ---Vd. es un sonso, amigo Bermúdez,--le dijo en esta emergencia el -escribano Ferreiro, deteniéndolo en la calle. - ---¿Por qué?--preguntó el prohombre opositor muy sorprendido. - ---Porque ha obligado al intendente á romper el contrato por diez años -del peaje del puente. - ---¿Y á mí qué? - ---Que la Municipalidad se lo concedía á usted por una bicoca... ¡Un -regalito de tres á cuatro mil pesos al año!... - -Bermúdez se puso verde, luego amarillo, después rojo como un tomate, en -seguida pálido otra vez, y tomando el brazo del ladino Ferreiro con la -mano trémula de emoción y avaricia: - ---¿Y eso no se podría arreglar?--preguntó. - -Se arregló, y admirablemente. Bermúdez dió vuelta el poncho. Los -parroquianos del café de Cármine le sacaron el cuero; pero nuestro -hombre, desollado y todo, siguió tan campante, enriqueciéndose y -figurando cada vez más... - -Ese café de Cármine y otros puntos de cita no podían, entre tanto, -dejar de convertirse en centros de difamación, y lo fueron con tal -eficacia que al cabo de pocos años el pueblo se halló dividido en -varios bandos que se odiaban á muerte, y cuya lucha iba á dar origen á -una oposición organizada. - -Entre estos bandos destacábase el de D. Ignacio Peña (don Inacio allí) -y su acólito el boticario Silvestre Espíndola, enemigo personal este -último del intendente y su camarilla, porque el médico municipal, -doctor Carbonero, habilitó á un italiano para que abriese otra farmacia -contando con la clientela obligatoria de sus enfermos, los pedidos -de la municipalidad para el hospital, y los de la comisaría para su -botiquín, pues Carbonero acumulaba también las funciones de médico de -policía y director del hospital. - -Esto ahondaba la división, porque los otros dos facultativos, el doctor -Fillipini, italiano, y el doctor don Francisco de Pérez y Cueto, -español, sin cargo ni prebenda alguna, eran naturalmente opositores á -todo trance. - -Añádase á esto la competencia comercial, creadora de enconos por sí -misma, y exacerbada aún por el favoritismo de las autoridades, que para -algunos llegaba á extremos inconcebibles; los celos de las mujeres; las -envidias de los hombres; la sempiterna vida en común; la falta casi -total de horizontes, y se tendrá idea de aquel terreno preparado ya -para convertirse en teatro de una lucha homérica. - -El primer síntoma de guerra fué una disputa ocurrida en el Club del -Progreso entre el intendente municipal don Domingo Luna y el juez de -paz don Pedro Machado, á raíz de un envite en que el juez cantó treinta -y dos y se fué á baraja sin mostrarlas, apuntándose los tantos después -de no querer el rabón. Casi hubo cachetadas, y quizá hubiera sido -mejor, porque la venganza de Machado, á quien el intendente llamara -«tramposo» con todas sus letras, fué terrible: fundó un periódico, _El -Justiciero_, para atacar á su enemigo y sacarle los cueritos al sol. -«Los cueritos al sol» dicen en la campaña, porque allí se acostumbra -que los niños duerman sobre pieles de cordero, y cuando éstas se sacan -á la luz... ya se adivina el resto! - -Hizo Machado llevar una imprentita de Buenos Aires, y como era -completamente analfabeto, la puso en manos de Fernández, que ya había -dragoneado de periodista en otro pueblo, encargándole que pusiese -«overo» al intendente, sin asco y sin lástima. - -_El Justiciero_ debía aparecer dos veces por semana: jueves y domingos. -Apareció, sin embargo, un solo jueves, pues el _deus ex machina_ -pagochiquense, el escribano Ferreiro, se encargó de poner paz entre los -príncipes cristianos. - ---Mire, don Pedro--declaró al belicoso juez de paz;--esto va á ser como -pelea de comadres de barrio: «¡Usté es esto!» «¡Y usté es más!» Cuanto -pueda decirle á Luna, él se lo puede repetir á usté, porque todos hemos -hecho y estamos haciendo lo mismo. Tráguese la rabia y cállese la boca, -porque lo más que sacará será lo que el negro del sermón: los pies -fríos y la cabeza caliente. Sigamos como hasta ahora, que así va lindo -no más. Sino, vamos á tener que enojarnos con usté, se va á enojar el -gobierno, ya no le caerá ni un negocito para hacer boca, y en cambio -Luna se encargará de decirle cuántas son cinco, y él y usté, usté y él -serán la risa de todo el mundo. - -Como don Pedro no cediera á las primeras de cambio, Ferreiro se -entretuvo en enumerarle todos los negocios dudosos y hasta escandalosos -en que había tenido participación, las arbitrariedades por él cometidas -en el desempeño de su cargo... - ---¡Piór ha hecho él!--gritaba Machado, como lo pronosticara el -escribano, que le tapó la boca con esto: - ---Habrá hecho peor, no digo que no. Pero él no está en posesión de un -campo sin título de propiedad, ni de seis ó siete lotes urbanos, que la -Intendencia puede reivindicar de un momento á otro... - -_El Justiciero_ no reapareció hasta meses más tarde, cuando _La Pampa_ -de Viera arrojó en aquel terreno abonado la semilla de la oposición, -provocando por parte del oficialismo una defensa desesperada que tuvo -la virtud de acabar con las rencillas de Machado, Luna y demás «dueños -del pueblo». - -Este Viera, hijo de Pago Chico,--joven de veintidós años que había -vivido algún tiempo en Buenos Aires, codeándose, gracias á su pequeña -fortuna, con la juventud frecuentadora de cervecerías, teatros y -comités,--era un bien intencionado y un cándido, con escasa ilustración -y más escasa experiencia, á quien el surgimiento de la Unión Cívica -infundió ideas redentoras. Á raíz de aquel vasto movimiento de opinión -volvió al Pago resuelto á reformar el mundo, y para hacerlo compró -también una imprentita, gastándose la mitad de su capital, y fundó _La -Pampa_, dispuesto á sostenerla con la otra mitad. - -Ya lo veremos en la acción. Entre tanto pasemos á otra cosa, para dar -una idea general de aquel pueblo privilegiado. - -Las reuniones más chic y mejor concurridas eran las que Gancedo -celebraba frecuentemente en su casa, para ir creándose una popularidad -que pudiera llevarlo á la diputación,--sin darse cuenta de que en -Ferreiro tenía un rival tanto más peligroso cuanto más discreto y -solapado. - -Las tertulias de Gancedo eran todo lo amenas y agradables que podían -serlo en Pago Chico. Precedíalas siempre «una comida íntima» según -el dueño de casa, «un banquete» según los invitados no venenosos. -Llenábase de gente el vasto comedor, y como la ciencia culinaria -pagochiquense estaba todavía en pañales, el menú se componía -generalmente de jamón, pavo fiambre, conservas de toda especie y -empanadas criollas, de tal modo que la mesa parecía la de un lunch de -viajeros en una parada del camino. - -Terminada la comida y apuradas las últimas botellas de buen vino de -postre, comenzaba á llegar el resto de los invitados, las niñas con sus -mamás, los jóvenes solteros; el pianista Mussio aporreaba el teclado -sin darse tregua, y los valses, las polkas y los lanceros se sucedían -hasta muy cerca del amanecer. - -Las demás reuniones eran muy parciales y escasas, excepto las -masculinas del Club del Progreso y la confitería de Cármine,--los -dos puntos de reunión que se disputaban opositores y oficialistas, -quedando el uno y el otro tan pronto en manos de éstos, tan pronto en -manos de aquéllos, como en las figuras de una contradanza. - -Pero, eso sí, sólo tratándose de un caso de enemistad declarada y -odio manifiesto, ningún pagochiquense distinguido faltaba al bautizo, -la boda, el velorio y el entierro de otro distinguido pagochiquense. -Era de regla olvidar aparentemente las pequeñas rencillas en estas -solemnidades. - -Pero si escaseaban las fiestas y las tertulias de música y de baile, -abundaban en cambio las «tenidas» de murmuración y desollamiento. Los -hombres las celebraban en el club y el café; las mujeres en sus casas y -las ajenas. Como hormigas iban y venían de sala en sala, despellejando -aquí á las que acababan de dejar allá, mientras eran despellejadas á -su vez por aquéllas y por otras, en una madeja de chismes, embustes, -habladurías y calumnias que no hubiera desenredado el mismo Job con -toda la paciencia que se le atribuye aun, pese á las protestas, -clamores y vociferaciones que llenan su libro del viejo testamento. -Tales misteriosos cuchicheos empañaron más de una fama limpia y pura, -y pronto no quedó en Pago Chico, sino para los interesados, ni hombre -decente ni mujer honrada. - ---Si uno fuera á creer tanta inmundicia--decía Silvestre,--tendría -vergüenza hasta de mirarse al espejo sin testigos. - -Y lo más curioso es que Silvestre solía ser el vehículo por excelencia -de la difamación... - -_La Pampa_ atacó el mal en varios artículos violentos contra los -calumniadores. Todo el mundo los leyó, comentó, aprobó, aplaudió, -ensalzó; pero todo el mundo siguió impertérrito haciendo lo mismo, -y hasta puede que exagerando la nota. De aquella célebre campaña -periodística sólo quedó el dicho de «Pago Chico, infierno grande», -epígrafe de uno de los artículos de Viera, y el buen efecto causado por -este párrafo, glosa de la frase silvestrina: - -«Si cuanto se dice fuera cierto, habría que cercar de murallas el -pueblo y convertirlo en una cárcel que fuera al propio tiempo manicomio -y reclusión de mujeres perdidas.» - -El comercio tenía bastante importancia, sobre todo desde que llegó el -ferrocarril, pues entonces comenzaron á establecerse «barracas» para el -acopio de frutos del país,--lana, cueros, etc. Estos establecimientos -fueron pronto los más importantes y prósperos, llegando á efectuar -ciertas operaciones bancarias,--depósitos en cuenta corriente y á plazo -fijo, descuentos, giros--que antes hacían difícilmente las principales -casas de comercio. - -Entre estas últimas, la más notable era la de Gorordo, que reunía en un -inmenso edificio de un solo piso con techo de hierro galvanizado, los -ramos de tienda, mercería, almacén, despacho de bebidas, corralón de -madera, hierro y tejas, mueblería, armería, hojalatería, ferretería, -pinturería, ropería, librería, papelería y droguería, amén de otras -especialidades. - -Aún quedaban otros establecimientos análogos, restos de la época -en que era necesario acapararlo todo para realizar alguna ganancia, -y en que todos estos comercios se complementaban todavía con la -compra-venta de frutos del país. Pero iban perdiendo terreno ante la -especialización, pues año tras año surgieron tiendas y mercerías, -almacenes de comestibles, boticas, mueblerías, platerías, sastrerías, -zapaterías de diverso orden, hoteles, fondas y bodegones, hasta un -conato de librería y una cigarrería pequeña,--casas entre las que -sobresalía como una perla de incomparable oriente la - - SAPATERIA E SPACIO DI BEVIDA - DI ROMOLO E REMO - DI GIUSEPPE CARDINALI - -Pago Chico tuvo, por consiguiente, sus Bon Marché y sus Printemps antes -que París, ó al mismo tiempo, para perderlos luego y verlos sin duda -reaparecer cuando se complete el ciclo de su evolución progresiva. - -La primera industria mecánica que nace en un pueblo de provincia, y la -primera que nació en Pago Chico, es la de fabricación de carros. En -un principio los carros se compran en otra parte, pero inmediatamente -se nota la necesidad de una herrería y carpintería para componerlos. -Establecida ésta, por poco que la población adelante, el taller -prospere y el obrero no sea muy torpe, la simple herrería se convierte -en fábrica y la industria ha nacido sin esfuerzo. - -Á la fábrica de rodados había ya que agregar en Pago Chico el -floreciente molino y fidedería de Guerrini, construcción chata y -mezquina emplazada á orillas del arroyo presuntuosamente llamado -Río Chico, cuya escasa corriente bastaba apenas para mover una -pequeña rueda que molía el grano con lentitud y como desganada. Las -tormentas y la humedad, azotando y carcomiendo sus paredes de ladrillo -sin revoque, les habían dado una pátina verdinegra, triste pero -característica.--Había que agregar también, fuera de los hornos de -ladrillos y las licorerías falsificadoras de toda clase de bebidas, la -talabartería de Tortorano, que realizando buenos negocios sin embargo, -debía luchar con la competencia de los trenzadores criollos, que en los -ranchos de las afueras hacían primorosos maneadores, lazos, bozales, -maneas, prendas de gran lujo disputadas por los paisanos y los mismos -«paquetones» del pueblo, y en las que un solo botón llevaba á veces -más de un día de trabajo. Tortorano tenía que limitarse á vender -arreos ordinarios, pero cobrándolos á peso de oro se vengaba del arte -purísimo que convertía los «tientos», el simple cuero sobado, en bridas -moriscas, suaves como la seda, en cabezadas caprichosas y elegantes, -sutiles trabajos en que el gusto y la paciencia realzaban tres y más -veces el valor de la materia prima. Y, á la larga, Tortorano venció: -hizo que los trenzadores trabajaran exclusivamente para él, almacenó -sus obras sin venderlas, imponiendo los artículos de su fabricación, -y cuando logró que se olvidara la moda de los aperos criollos, dejó -sin trabajo á los trenzadores que debieron levantar campamento para no -morirse de hambre. - -Como industria, no podemos olvidar tampoco la de Tripudio, que con los -desmirriados racimos de las parras de su quinta y otros ingredientes -menos inofensivos, fabricaba un chacolí con «gusto á olor de ratón», -que luego expendía con el ingenioso título de «Vino Cható». - -Completaban la población trabajadora de Pago Chico, varios ejemplares -de hojalateros, sombrereros, modistas, tipógrafos, pintores, -blanqueadores y empapeladores, planchadoras, panaderos, lavanderas, -cigarreras, carniceros con tienda abierta y verduleros que también -vendían carbón, leña, maíz y afrecho... - -...Y como esto basta y sobra para dominar el escenario y tener siquiera -barruntos de algunos pocos actores, pasemos sin más preámbulo á relatar -y puntualizar varios episodios de la sabrosa historia pagochiquense, -preñada de hechos transcendentales, rica en filosófica enseñanza, -espejo de pueblos, regla de gobiernos, pauta de administraciones -progresistas, norma de libertad, faro de filantropía, trasunto ejemplar -de patriotismo... - ---¡Flor y truco! y si hay más flor ¡contra flor el resto!--agregaría -Silvestre, afirmando con esta salva de veintiún cañonazos los colores -de Pago Chico. - - - - - LIBERTAD DE IMPRENTA - - -Las cosas iban tomando en Pago Chico un giro terrible. La política -enardecía los ánimos y _La Pampa_ y _El Justiciero_ se dirigían los -cumplidos de mayor calibre que hasta ahora haya soportado una hoja -de papel. Estaban cercanas las elecciones municipales, y cívicos y -oficialistas abrían ruda campaña, los unos para conquistar, los otros -para retener el gobierno de la comuna. _La Pampa_ no dejó de aprovechar -el desfalco descubierto en la tesorería municipal, y no dirigió sus -golpes al culpable tesorero, sino que se encaró con el intendente -mismo. Un parrafito: - -«Si don Domingo Luna estuviera donde debe estar, que no es seguramente -en la intendencia de Pago Chico, sino cerca de Olavarría, no se hubiese -cometido ese robo escandaloso, que una vez más viene á demostrar cómo -la pobre provincia que sufre la canalla entronizada de un gobierno -que es la cueva de Alí Babá, va á ser esquilmada hasta el último peso -por los secuaces que ese gobierno mantiene en todas partes, ya que no -hay persona decente que quiera servir sus planes ignominiosos, y sí -puramente hombres sin honor ni vergüenza.» - -Y el artículo que seguía in crescendo, peor en sintaxis y pésimo en -intenciones, enfureció á don Domingo de tal modo, que se fué como -un cohete á consultar el caso con el escribano Ferreiro, su mentor -en las grandes emergencias. Quería acusar la publicación. Ferreiro, -sudoroso, leyó atentamente el artículo, dejando oir ligeros ¡hum! ¡hum! -intraducibles; luego depositó el diario en las rodillas y sentenció: - ---No es acusable. - -Don Domingo Luna se exaltó, replicando, pálido de ira: - ---¿Quiere decir que porque á un miércoles se le ocurre robarse la plata -de la municipalidad, á mí me puede decir que debo estar en la cárcel de -Sierra Chica ese canalla de Viera?... - ---No lo dice, lo da á entender,--repuso tranquilamente Ferreiro. - -El más alto funcionario de Pago Chico salió de la escribanía furioso, -gruñendo entre dientes: - ---Me las ha de pagar ese insultador sin vergüenza. ¡Ya verá, ya verá! -¡Lo que es esta vez no se libra de una tunda! - -Seguramente influía en el tumultuoso furor de don Domingo el estado del -tiempo. Todo aquel día hizo un calor espantoso. El horizonte, al norte -y al oeste, estaba oculto tras de vapores vagos que daban al cielo -tintas sucias, un color borroso de polvareda lejana. Rachas de viento -caliente como si saliera de un horno, barrían las calles calcinadas -por el sol. Nadie salía de casa; todos se sentían invadidos por un -malestar creciente, con el pecho opreso, jadeantes y sudorosos aun en -la inmovilidad. En sus ráfagas el viento traía olor á paja quemada. El -bochorno aumentaba por minutos. - -Avanzando la tarde el sol se ocultó entre nubes de fuego; pero el -incendio del ocaso parecía extenderse al norte, donde la extraña niebla -tomaba resplandores rojizos. La noche cayó lentamente, y el viento que -forma montones de arena en las aceras y los pasea triunfante de un lado -á otro de la calle, no disminuyó su furor ni se dignó refrescar algo; -quería achicharrarlo todo. - -Cuando obscureció completamente, se notaron en el cielo de azul -profundo, dos grandes parches luminosos, de cálidas tintas, -semejantes--menos en el tono--á la claridad difusa que por la noche y -desde lejos se ve flotar sobre las ciudades bien alumbradas. Tras de -ese velo transparente, de color naranja, titilaban las estrellas en el -cielo sin una nube... - -Era el incendio del campo, que había cundido con la violencia de los -grandes desastres como se verá cuando se lea «El diablo en Pago Chico». - -La noche era obscura, pintiparada para cualquier combinación política -de ésas que concluyen á garrotazo limpio; y como el señor intendente -había tenido tiempo de prepararse hablando con el juez de paz don -Pedro Machado, para pedirle la aprobación de su plan, y con el -comisario Barraba para que le prestase cuatro vigilantes vestidos de -particular, aguardaba al pobre Viera una que «había de dolerle» según -declaró don Domingo, al anochecer, en el Club del Progreso, delante de -los concejales gubernistas, el comisario del mercado de frutos y el -inspector del riego. - -Viera no tuvo aviso esta vez y se retardó en la redacción de _La Pampa_ -hasta mucho después de anochecido. Había baile esa noche en casa de -Gancedo--en el patio, por el calor, con faroles chinescos y guirnaldas -de sauce y yedra--iba la novia, no asistiría gubernista alguno, y no -era posible faltar. Se dió una tarea espantosa para _llenar_ el diario, -y á las ocho y media salió para ir á mudarse ropa: estaba de tinta de -imprenta y kerosene, de no poder acercársele. Llevaba su bastón en la -mano y el infaltable Smith-Wesson en el bolsillo de atrás del pantalón. - -Paseaban la acera obscura cuatro sombras sospechosas. En frente, cerca -de la talabartería de Tortorano, un bulto se distinguía apenas en el -quicio de la puerta de Troncoso. Era don Domingo, ganoso de presenciar -el castigo de su insultador. - ---¡Hum!--se dijo el periodista--¡esto es algo! - -Apenas le vieron, los vigilantes--las sombras--se echaron sobre él, -blandiendo unos talas irresistibles; pero en ese momento, interesado -por la escena que iba á desarrollarse, Luna tuvo la mala suerte de -entrar en el radio de luz de la vidriera de Tortorano. Viera le -reconoció, y haciendo una gambeta á los presuntos apaleadores, cruzó la -calle como un rayo, alzó el bastón cuando estuvo cerca del intendente, -le cruzó dos veces la cara con dos soberbios garrotazos, «¡Tomá, tomá, -canalla, traidor!» y se metió de un salto en casa de Troncoso, que -comía con su familia, aprovechó el primer instante de indecisión de los -otros, corrió al fondo, trepó la tapia, bajó á la calle, y amparándose -en la sombra, se fué á su casa... - -Luna, ciego de ira y de dolor, hizo violar el domicilio de Troncoso; -pero los agentes y él mismo se entretuvieron en buscar por las -habitaciones, dando á Viera el tiempo de escaparse. Mas el periodista, -incauto, había ido á mudarse ropa en vez de buscar sitio seguro, -y no tardó en ser aprehendido bajo la acusación de «desacato á -la autoridad». El insigne y sapientísimo juez de paz, don Pedro -Machado, había prometido firmar al día siguiente--antedatada, como es -natural--una orden de allanamiento para la casa de Troncoso y para -cualquiera donde pudiese estar ese «chancho». No había, pues, que temer -ulterioridades, y se haría justicia. - -Gracias á esta rapidez de procedimiento--excepcional en Pago Chico--el -comisario Barraba, precedido por seis vigilantes de uniforme, invadió -la casa de Viera, que estaba lavándose, en ropas menores y descalzo -para no salpicar los zapatos de charol. - ---¡Marche! - ---¡Pero hombre, no he de ir desnudo! - ---¡Marche, canalla! - -Por fin le permitieron ponerse unos pantalones y calzar unas -zapatillas, y en camiseta lo llevaron á empellones, por el medio de la -calle, hasta la comisaría en cuyo calabozo inmundo lo metieron. - ---¡Yo t'enseñar!--le gritó Barraba sacudiendo la mano en el aire, -apenas le vió encerrado. - -Y allí pasó la noche Viera echando por esa boca cuanto terno figura en -el vocabulario de Pago Chico, que es uno de los completos en la materia. - -Al día siguiente _La Pampa_ salió «tremenda.» - -Informados á tiempo los amigos, primero por Tortorano, que lo había -visto todo, pero que no se animó á terciar, luego por Troncoso, que -protestaba contra el atropello de su domicilio, después por Silvestre, -el boticario, que nada había visto, pero que todo lo sabía y aun -agregaba detalles de su cosecha, y en seguida por Pago Chico entero, -que se arremolinó cuchicheando en el club, en los cafés, en la plaza, -hasta en el baile de Gancedo, y que hacía silencio apenas asomaba un -oficialista--informados á tiempo, repetimos, se encargaron de dar la -nota del día en el periódico, hicieron parar la máquina, aflojaron las -formas y añadieron un primer editorial cortito, pero sabroso, que se -atribuyó generalmente á la bien cortada pluma del Dr. Don Francisco de -Pérez y Cueto, que aunque español, era muy patriota y un liberal hasta -allí. - ---No podemos renunciar al placer de exhibir ese documento histórico, ya -que está al alcance de la mano: - -«La infamia entronizada en este desgraciado pueblo de Pago Chico, por -culpa de un gobernador de la provincia de Buenos Aires que no merece -más que el desprecio, y que cometen cuantas tropelías harían poner -rojo de vergüenza á cualquier hombre con ciertos ápices de dignidad, -ha llegado hasta un extremo que no puede concebirse en un país libre -donde todo el pueblo y los ciudadanos además quieren la libertad de las -instituciones. - -«La prensa, que es el cuarto poder del estado, y que es una institución -simultáneamente y al mismo tiempo, no se ve libre de las asechanzas de -esos malvados que roban y esquilman al pueblo á mansalva y sin que haya -quien les castigue, porque tienen el poder en la mano, y no contentos -con eso echan mano de la fuerza bruta para hacer callar la protesta -indignada de un pueblo que sufre sus desmanes y sus depredaciones. - -«Como ven que la valiente propaganda de este diario no se detiene ni -tergiversa, han llegado en su infamia y su traición hasta asaltar en -plena vía pública á nuestro valiente y noble director, y no satisfechos -con ese brutal é incalificable atentado, le han sumergido luego en -un estrecho é inmundo calabozo infecto, casi desnudo, después de -arrancarlo de su casa donde se estaba mudando ropa para ir al baile de -lo de Gancedo, y no sin antes haber violado su domicilio como violaron -el de la casa del señor Troncoso para buscarlo los emponchados que con -el intendente á la cabeza trataban de darle una paliza de la que el -intendente fué el que salió mal parado. - -«Y entre tanto nuestro director está preso inicuamente. - -«¡Así obran la autoridades gubernistas! - -«¡¡Así se respeta el domicilio privado de las casas de familia!! - -«¡¡¡Así se respeta, también, la prensa por esos canallas -ensoberbecidos, bandoleros del poder!!! - -«¡¡¡¡¡Pero no nos harán callar!!!!! - -«¡¡¡Hemos de decirles todas sus porquerías, y hemos de sacar muchos -cueros al sol!!! - -«¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! - -«Mañana nos ocuparemos más extensamente de este atentado brutal. Hoy -la indignación nos pone mudos y á más la falta absoluta de espacio nos -impide tratar el tema con la extensión que merece.» - -Como se ve no habían alcanzado los puntos de admiración para el último -párrafo. El regente quiso distraer dos de ¡¡¡¡¡¡Miserables!!!!!! ó de -alguna de las frases anteriores, pero no se lo permitieron, porque al -fin y al cabo, el último párrafo era puramente explicativo. - -Por su parte _El Justiciero_,--el papel oficial--no se quedó corto -tampoco en aquel memorable día. He aquí lo que escribió: - -«El individuo Viera, que no se detiene en sus asquerosos avances de -pasquinero soez ni ante el sagrado del hogar, ha llevado ayer su justo -merecido, recibiendo una paliza de padre y muy señor mío que le propinó -nuestro distinguido amigo y correligionario señor Domingo Luna, que con -tan empeñoso acierto rige las funciones de intendente municipal de este -progresista pueblo.» - -Hay que hacer notar que este párrafo--y alguno de los que siguen,--fué -escrito antes del suceso. Luego hubo que cambiar algo en la redacción -por la inesperada vuelta de la tortilla. Pero ¡qué diablos! el -artículo quedó bien de todos modos y no era cosa de que los cajistas -se estuvieran toda la noche en la imprenta. Además ¿cómo decir que el -apaleado había sido don Domingo? El artículo continuaba: - -«Como á Viera no se le hace más caso á sus ataques que á un perro -sarnoso, se le hizo el campo orégano, y no contento con insultar -desde su pasquín inmundo, quiso también echárselas de matón y agredió -infamemente al señor Luna, pero le salió la torta un pan, porque fué -por lana y salió trasquilado y se metió á apaleador y casi no le dejan -hueso sano!» - ---¡Coñe! ¡Así se escribe la historia!--exclamaba el doctor Pérez y -Cueto al llegar aquí de la lectura. - -«Habíamos pronosticado que esto iba á suceder matemáticamente, -porque no podía ser de otro modo, porque estos advenedizos llenos -de desvergüenza, y cínicos, y que tienen por arma la calumnia soez, -infame y asquerosa, para conseguir cuatro suscripciones de otros tan -despechados y tan procaces como ellos, no hacen más que insultar á -los que valen más que ellos, sin comprender que con eso no se puede -transgredir ni paliar la opinión pública. - -«Esa escoria social en la prensa, cuya misión es tan elevada y tan -seria y que alguien ha dicho que los periodistas son patronos de almas, -da hálitos de podredumbre inmunda á los pueblos que infestan y debían -preocuparse los gobiernos de poner á raya con sabias limitaciones -reglamentarias y leyes al propósito á esa prensa brava que destila baba -sobre todos los que no comulgan con sus ruedas de molino. - -«Una ley de imprenta que enfrene á esos insultadores de oficio se hace -necesaria inminentemente. Si no, sería necesario hacerse justicia por -su propia mano, como en el caso de ayer. - -«En cuanto á éste, sobre el cual mucho tendríamos que decir porque -pertenece á esa calaña; pero que nos callamos por la circunstancia -misma de ser nuestro enemigo político, (lealtad que no tiene él en sus -desbordes infames, entre paréntesis) está preso en la comisaría y hoy -mismo será puesto á disposición del digno juez de paz de este partido -señor don Pedro Machado. - -«El señor intendente sigue algo mejor, y los doctores Carbonero y -Fillipini decían anoche que dentro de dos ó tres días podrá salir á la -calle.» - -Ante la lectura de ambos diarios había para quedar perplejo. Al fin -de cuentas ¿quién había dado á quién? ¡Problema! Pero para eso estaba -Silvestre que en cierta ocasión, encarándose con Viera, y refiriéndose -á _La Pampa_ y á su propaganda, había exclamado, orgulloso: - ---¡Ella sale una vez al día, y yo salgo á todas horas! - -Así es que no faltó buena y bien exagerada información en Pago Chico: -Luna, que preparaba una celada á Viera para vengarse de sus justos -ataques, había recibido una paliza que lo había «dejado mormoso», -después de lo cual el comisario con treinta vigilantes armados á -rémington, habían asaltado la casa del periodista, y no sin que éste -opusiera una resistencia heroica, en que hubo tiros, pero no heridos, -(los tiros los oyó todo el mundo, aunque no sonaron), fué reducido y se -le condujo preso al más sucio y poblado de sabandija de los calabozos -policiales... Allí estaba Viera aún. ¡Quién sabe si no lo habían -estaqueado! - -La población de Pago Chico despertó al otro día incómoda y -cuchicheante. Sin embargo, escaldada tantas veces, no alzaba mucho el -diapasón... ¡Claro! ¿Y las consecuencias?... No era cosa de meterse á -redentor y salir crucificado. - -Verdad es que en la cantina de la estación del ferrocarril, donde no -acostumbraba presentarse oficialista alguno, un grupo que absorbía -el vermouth matinal se ocupó calurosamente del suceso, y después de -una arrebatadora é inspirada alocución de Lobera, secretario del -comité y oficial de la peluquería de Bernardo, declaró y juró que era -deber nacional devolver la libertad á Viera, y que lo harían «si á -las buenas, á las buenas; si á las malas... ¡á las malas!» palabras -textuales del arrebatado Tortorano, que la noche anterior había juzgado -de alta política no asomar las narices á la puerta. - ---¡En último caso--exclamó Lobera, que destilaba agua de violeta por -todas partes y entusiasmo por la boca--en último caso asaltaremos la -comisaría y le daremos una paliza á Barraba! - ---¡Muy bien dicho!--exclamaron unos. - ---¡Eso es! ¡una paliza al comisario!--gritaron otros. - ---¡Bravo! ¡Bravo!--aullaron los demás. - -Silvestre, que entraba, vociferó, aunque estaba ronco desde la noche -antes: - ---¡Es un atropello infame! ¡Que suelten á Viera! - -Y durante un rato continuó la discusión, en voz muy baja pero -acaloradamente, y lo curioso es que el grupo se fué desgranando poco á -poco de una manera casi imperceptible. Bebían su vermouth ó su biter, y -se evaporaban, uno á uno, silenciosos, yéndose cada cual por su lado, -no sin dirigir á la salida una sonrisita amistosa al vigilante que, -de acera á acera y observando el interior del café, se paseaba por la -esquina. - ---¿Se ha ido Lobera? - ---Hombre, sí; y Silvestre también. - ---¿Y Tortorano? - ---Acaba de salir. - ---¡Así no se puede hacer nada nunca!--exclamó Pedrín, que también tomó -la puerta encogiéndose de hombros. - -Al pasar por la comisaría miró hacia adentro, apretó el paso y se metió -en su casa. El «hotel del poco trigo», como le solía llamar, no era de -sus aficiones. - -Sin embargo podría--él tan curioso--haberse detenido á observar lo que -pasaba en la comisaría. - -En medio del patio, bajo el sol rajante, un agente de plantón, -tieso como el Apolo del jardín de Bermúdez--aquella estatua de yeso -pintado imitando mármol veteado, que tanto podía representar á un -tullido--miraba de reojo á sus compañeros que tomaban mate, y de frente -á las oficinas. - ---Che, Avellanera, alcanzá uno--dijo el plantón al cebador del amargo, -viendo que los oficiales estaban de jarana en el despacho. - ---¡Sí! ¡P'a que me frieguen! Andá que te dé Viera. - -Los otros, formando grupo alrededor de la pava que hervía sobre un -fueguito de virutas en la sombra del paredón, se rieron á carcajadas -de la ocurrencia. Viera, medio desnudo, estaba en el calabozo, y -Fernández, el agente de plantón, era el jefe de la partida que debió -apalearlo. Barraba lo había castigado «por sonso», y porque sospechó -quizá que tenía afición al «pasquinero». - -Casualmente, el comisario entró en aquel momento. - ---¡Á ver vos, Fernández, vení acá! - -El plantón hizo la venia, y con los sesos tostados por el sol, se -acercó miedoso y cariacontecido. Los otros se habían levantado y -estaban firmes, con la mano á la frente y expresión de la más absoluta -humildad. - -Barraba entró en su oficina, se sentó junto al escritorio, y viendo que -Fernández, cuadrado, se quedaba á la puerta, le gritó con voz áspera y -frunciéndole las cejas: - ---¡Entrá! - -Casi temblando entró y se cuadró de nuevo, silencioso. - ---Vos andas con Viera ¿no? - ---Yo... señor...--balbuceó el infeliz, que al oir tan terrible acento, -hubiera querido hallarse á veinte leguas. - ---¡Es inútil que negués! ¡Yo mismo t'he visto! ¿Qué te decía ayer en la -puerta de la imprenta? - ---Nada, señor comisario. - ---¿Cómo nada? ¡Algo te había de decir! - ---Me preguntaba por m'hijo Pancho; que quería hablar con él, me dijo: - ---Sí, ¿y vos le avisarías lo de anoche, no? Ya sabés que yo no quiero -que te metás á mulo grande ¿entendés? ¡Cuidadito conmigo, que si yo sé -que te metés en otra, te hago estaquear. Ahora andáte y ¡cuidadito!... - -El agente salió que no sabía lo que le pasaba. Le temblaban las piernas -y sudaba y trasudaba, tan lejos de Juan Moreira como Pago Chico de la -capital federal. - -Barraba llamó á otro agente. - ---Traigamé el preso,--dijo. - ---¿Á cuál? ¿Al señor Viera? - ---¡Qué señor, ni qué señor! ¡Vaya y traigamé al preso, le digo! - -Un momento después Viera aparecía en el despacho, escoltado por el -agente. Llegaba pálido y desgreñado, en camiseta y zapatillas, pero -entero y altivo como cuadra á todo periodista perseguido por el poder. - -El comisario estuvo largo rato sin alzar la vista, fingiendo que -examinaba unos papeles. Viera de pie y en silencio se mordía los labios -de rabia. - ---¿Por qué está preso?--preguntó al fin Barraba, clavando en él una -mirada iracunda. - ---No sé. - ---¿Qué? ¡no sabe! ¡Qué no ha de saber! - ---¡Lo que puedo asegurarle es que no soy yo quien debía estar preso!... - ---¡No se me insolente!--gritó iracundo. - ---No me insolento. Me pregunta y le contesto. - -El agente dió un paso hacia Viera, aunque éste estaba aparentemente -impasible. Barraba se reprimió, pero le hubiese gustado hallar ocasión -de «darle unos planazos al pasquinero». - ---Bueno. Usted lo ha lastimado al señor Luna. - ---Él me agredió... me he defendido. Después se trataba de una -emboscada... y si no ya ve cómo me asaltaron cuatro emponchados que de -seguro me matan si no me meto en casa de Troncoso. - -El comisario pareció reflexionar. - ---Bueno,--dijo por fin,--ésa es su versión. Pero el señor intendente no -dice lo mismo, y los testigos tampoco. - ---¿Quiénes son los testigos? ¿Los vigilantes disfrazados? ¡Los he -conocido bien! - -Barraba, ciego de ira, se levantó á medias de su asiento, pero logró -reprimirse otra vez, y tras una larga pausa, fingiendo tranquilidad, -dijo lentamente, cantando las palabras casi sílaba por sílaba: - ---¡Qué quiere, amigo! ¡Diga lo que se le antoje! Aquí no hay más -agresor que usted, y yo tengo la obligación de pasarlo al juez de paz -por su delito de desacato á la autoridad! - ---¡Pero eso es una injusticia! ¡Usted es mi enemigo y abusa de su -puesto!--exclamó Viera que ya estaba viendo quince días ó un mes -de prisión en el calabozo, los interrogatorios intolerables, las -vejaciones sin término, y para fin de fiesta el viajecito á La Plata -entre dos vigilantes, y quizá con grillos... - ---¡Enemigo! ¡injusticia, eh!--gritó Barraba, morado de cólera.--¡Mire, -amiguito, no me cargue la paciencia, canejo! - ---¡Es que es la verdad!--repuso el otro con indignación. - ---¡Conque enemigo, eh! Pues ande con cuidao, cuando salga, con el -enemigo y con lo que escribe en su pasquín, si no quiere probar un buen -guiso de lonja! - -Y dirigiéndose á la puerta de la otra oficina, gritó: - ---¡Benito! Hacé l'ata de Viera. - -El escribiente tenía el acta preparada ya y acudió á leerla con voz -monótona: - -«Llamado á mi presencia el acusado Pedro Viera, dijo que él había sido -agredido por don Domingo Luna y que se defendió en defensa propia y -que le pegó unos palos, y que entonces vinieron otros emponchados, y -que él entonces se metió en casa de Troncoso y que entonces los otros -lo dejaron irse. Preguntado el delincuente si conocía á los hombres -que decía que lo habían querido asaltar, el declarante dijo que no, -y que no los había podido conocer, porque dijo que la noche estaba -muy obscura y que no había luz. Y leída que le fué su declaración se -ratificó y firmó conste.» - ---Yo no firmo,--dijo sencillamente Viera. - ---¿Por qué?--preguntó Barraba indignado de ver desconocida su -omnipotencia. - ---Porque eso es una barbaridad. - -Ya era como para no aguantar más; pero Barraba tenía mucha fuerza de -voluntad y mucha prudencia, y se limitó á ordenar: - ---¡Volvélo al calabozo! - -Y cuando Viera salió, se quedó murmurando un «de nada te ha'e valer» -que sólo terminó cuando tuvo á bien regalar á Benito con este -cumplimiento á propósito de la redacción del acta. - ---¡También vos sos más bruto que un par de botas! - -El escribiente se quedó impasible; ya estaba acostumbrado á esas -rebuscadas galanterías. - ---Á ver si ponés en el libro la entrada de ese sonso: «Por desacato á -la autoridá á mano armada del intendente». - -Y el involuntario epigrama, retratando una época, sonríe aún en el -libro de entradas y salidas de la comisaría de Pago Chico. - -...Los telegramas habían llegado á todos los diarios de oposición de -Buenos Aires y La Plata, y el hecho asumía las proporciones de un -verdadero escándalo. ¡Qué arma aquélla, y en qué momentos! Asustados -del ruidoso asunto, los caudillos platenses juzgaron conveniente -ahogarlo al nacer echándole tierra, y el diputado Cisneros, mandón de -Pago Chico, sirviendo de truchimán á los jefes del partido oficial -todavía no endurecidos en la brega, hizo al juez de paz, don Pedro -Machado, el siguiente despacho: - -«Dejen Viera. Conviene altos intereses partido. Aquí laméntase, -brutal atentado contra digno intendente Luna. Pero hay demostrar -oposición tranquilidad espíritu. Ponga asaltante inmediatamente -libertad.--_Cisneros._» - -El escribano Ferreiro había criticado acerbamente la aventura y el -desmán, abundando en las mismas opiniones. - ---Eso es querer hacer callar un chancho á palos,--dijo á Luna y á -Barraba.--Otra vez no sean tan bárbaros. Á hombres como Viera hay que -matarlos ó dejarlos. Nada de palizas. Sítienlo por hambre más bien. - -...La orden del diputado se cumplió sin pérdida de momento. El consejo -de Ferreiro comenzó también á ponerse inmediatamente en práctica. - - - - - EN LA POLICÍA - - -No siempre había sido Barraba el comisario de Pago Chico; necesitóse -de graves acontecimientos políticos para que tan alta personalidad -policial fuera á poner en vereda á los revoltosos pagochiquenses. - -Antes de él, es decir, antes de que se fundara _La Pampa_ y se formara -el comité de oposición, cualquier funcionario era bueno para aquel -pueblo tranquilo entre los pueblos tranquilos. - -El antecesor de Barraba fué un tal Benito Páez, gran truquista, -no poco aficionado al porrón y por lo demás excelente individuo, -salvo la inveterada costumbre de no tener gendarmes sino en número -reducidísimo,--aunque las planillas dijeran lo contrario,--para crearse -honestamente un sobre sueldo con las mesadas vacantes. - ---¡El comisario Páez--decía Silvestre--se come diez ó doce vigilantes -al mes! - -La tenida de truco en el Club Progreso, las carreras en la pulpería de -La Polvadera[1], las riñas de gallos dominicales, y otros quehaceres -no menos perentorios, obligaban á D. Benito Páez á frecuentes, á casi -reglamentarias ausencias de la comisaría. Y está probado que nunca hubo -tanto orden ni tanta paz en Pago Chico. Todo fué ir un comisario activo -con una docena de vigilantes más, para que comenzaran los escándalos -y las prisiones, y para que la gente anduviera con el Jesús en la -boca, pues hasta los rateros pululaban. Saquen otros las consecuencias -filosóficas de este hecho experimental. Nosotros vamos al cuento aunque -quizá algún lector lo haya oído ya, pues se hizo famoso en aquel -tiempo, y los viejos del pago lo repiten á menudo. - -Sucedió, pues, que un nuevo jefe de policía, tan entrometido como mal -inspirado, resolvió conocer el manejo y situación de los subalternos -rurales y sin decir ¡agua va! destacó inspectores que fueran á -escudriñar cuanto pasaba en las comisarías. Como sus colegas, D. Benito -ignoró hasta el último momento la sorpresa que se le preparaba, y ni -dejó su truco, sus carreras y sus riñas, ni se ocupó de reforzar el -personal con gendarmes de ocasión. - -Cierta noche lluviosa y fría, en que Pago Chico dormía entre la sombra -y el barro, sin otra luz que la de las ventanas del Club Progreso, -dos hombres á caballo, envueltos en sendos ponchos, con el ala del -chambergo sobre los ojos, entraron al tranquito al pueblo, y se -dirigieron á la plaza principal, calados por la lluvia y recibiendo -las salpicaduras de los charcos. Sabido es que la Municipalidad -corría pareja con la policía, y que aquellas calles eran modelo de -intransitabilidad. - -Las dos sombras mudas siguieron avanzando sin embargo, como dos -personajes de novela caballeresca, y llegaron á la puerta de la -comisaría, herméticamente cerrada. Una de ellas, la que montaba el -mejor caballo,--y en quien el lector perspicaz habrá reconocido -al inspector de marras, como habrá reconocido en la otra á su -asistente--trepó á la acera sin desmontar, dió tres fuertes golpes en -el tablero de la puerta con el cabo del rebenque... - -Y esperó. - -Esperó un minuto, impacientado por la lluvia que arreciaba, y -refunfuñando un terno volvió á golpear con mayor violencia. - -Igual silencio. Nadie se asomaba, ni en el interior de la comisaría se -notaba movimiento alguno. - -Repitió el inspector una, dos y tres veces el llamado, condimentándolo -cada una de ellas con mayor proporción de ajos y cebollas, y por fin -allá á las cansadas entreabrióse la puerta, vióse por la rendija la -llama vacilante de una vela de sebo, y á su luz un ente andrajoso -y soñoliento, que miraba al importuno con ojos entre asombrados y -dormidos, mientras abrigaba la vela en el hueco de la mano. - ---¿Está el comisario?--preguntó el inspector bronco y amenazante. - -El otro, humilde, tartamudeando, contestó: - ---No, señor. - ---¿Y el oficial? - ---Tampoco, señor. - -El inspector, furioso, se acomodó mejor en la montura, echóse un poco -para atrás, y ordenó, perentoriamente: - ---¡Llame al cabo de cuarto! - ---¡No... no... no hay señor! - ---De modo que no hay nadie aquí, ¿no? - ---Sí se... señor... Yo. - ---¿Y usted es agente? - ---No, señor... yo... yo soy preso. - -Una carcajada del inspector acabó de asustar al pobre hombre, que -temblaba de pies á cabeza. - ---¿Y no hay ningún gendarme en la comisaría? - ---Sí se... señor... Está Petronilo... que lo tra... lo traí de la -esquina bo... borracho, ¡sí se... señor!... Está durmiendo en la cuadra. - -Una hora después D. Benito se esforzaba en vano por dar explicaciones -de su conducta al inspector, que no las aceptaba de ninguna manera. -Pero afirman las malas lenguas, que cuando no se limitó á dar simples -explicaciones, todo quedó arreglado satisfactoriamente; y lo probaría -el hecho de que su sistema no sufrió modificación, y de que el -preso-portero y protector de agentes descarriados, siguió largos meses -desempeñando sus funciones caritativas y gratuitas. - - -NOTAS: - -[1] Ver «El casamiento de Laucha». - - - - - EL CAUDILLO - - -Don Ignacio era el hombre de la oposición en Pago Chico. Las -autoridades lo miraban como su bestia negra, y el pueblo, siempre -descontento, tenía puestas en él sus esperanzas, seguíalo en todas sus -empresas políticas, le daba á defender sus intereses. Sin D. Ignacio, -Pago Chico hubiera sido un cementerio de vivos; con él, siquiera se -ejercía el derecho del pataleo. - -No era D. Ignacio muy largo, pero alguno de sus correligionarios -hallaba modo de lograrle préstamos y donativos, ya para sus necesidades -personales, ya para lo mismo, pero bajo el pretexto de gastos de -propaganda. Él se sometía refunfuñando, pues, ¿cómo ser jefe de partido -si se comienza por descontentar á los partidarios? Pero apuntaba... Su -viejo cuaderno de notas, tenía páginas como ésta: - - PESOS - - Prestado al gordo, que está sin trabajo 5'00 - Á Juan para la copa 0'20 - Un letrero y una bandera para el comité 15'50 - Á la china Dominga para que haga venir - á sus hijas á la inscripción 25'00 - Una docena de bombas 6'00 - -Sumaba cuidadosamente D. Ignacio estas partidas, que en tres años -de oposición á todo trance habían alcanzado á formar una gruesa -suma,--cuatro ó cinco mil pesos--y no examinaba su cuaderno sin lanzar -un suspiro y sumirse en profunda meditación. - ---¿Quién pagará estas misas?--se decía. - -Ó, conversando con sus tenientes, hablaba de la patria, de los deberes -del ciudadano, de los sacrificios que hay que hacer en pro de la -libertad, de la abnegación que exigen los partidos de principios, para -terminar diciendo: - ---Yo soy el pavo de la boda. - -Silvestre, el boticario, se encogía de hombros instruido de las -alusiones de D. Ignacio, y considerando que de todos modos su -popularidad le salía barata en estos tiempos en que no se puede ser -popular sin dinero. Alguna vez le insinuó, con frase no muy atildada: - ---El que quiera pescao, que se moje... el que le dije. - -Acercábanse las elecciones; el gobierno de la provincia, preocupado por -la importancia que iba tomando la oposición, había resuelto darle una -válvula de escape, dejándola introducir algunos de los suyos en las -municipalidades de campaña. - -Pero esta resolución no era conocida, y la efervescencia popular -continuaba á más y mejor. En Pago Chico preparábase un miti, un metín, -ó cosa así, que debía tener lugar en el antiguo reñidero de gallos, -único local fuera de la cancha de pelota, apropiado para la solemne -circunstancia, puesto que el teatro--un galpón de zinc--pertenecía -á don Pedro González, gubernista, que no quería ni prestarlo ni -alquilarlo á sus enemigos de causa. - -Llegado el día, D. Ignacio,--que había contratado la banda á su costa, -hecho embanderar el reñidero, y comprado unas docenas de bombas de -estruendo--esperó impaciente la hora de su discurso, un discurso ya mil -veces repetido en todos los tonos, palabra más, palabra menos, durante -sus tres años de caudillaje. - -Cuando subió á la improvisada tribuna, rodeábalo un pueblo vibrante -y entusiasta que sólo pedía correr al sacrificio, á la lucha, al -atrio, á las urnas. D. Ignacio estaba radioso. Sus palabras hicieron -el acostumbrado efecto arrebatador, especialmente cuando, con grandes -gritos y violentos ademanes, reprodujo la frase: - -«Los mandatarios impuros que engordan á costillas del abdomen del -pueblo, no pueden continuar un día más en el poder. El gobierno local -tiene que entregarse á personas honradas que no roben, á hombres sanos -que no se apoderen de las rentas, á ciudadanos que sean capaces de -relamberse junto al plato de caldo gordo sin tocarlo con un dedo.» - -Los bravos, los vivas, los palmoteos estallaron como siempre, ó por -mejor decir, más que nunca, cubriendo la voz del orador que al fin -logró dominar el bullicio, gritando: - ---¡Conciudadanos! ¡Viva la honradez administrativa! - ---¡¡Vivaaa!! - ---¡Abajo los espoliadores del pueblo! - ---¡Abajo! ¡Mueran! ¡Viva don Inacio! ¡Viva la honradez! ¡Viva el -patriota! - -¡Shuitz... pum! y música, grandes golpes de bombo, alaridos de -pistón... y otra bomba y otra. ¡Qué entusiasmo, qué delirio! -¡Pra-ta-ra-trac-pum! ¡un cohete! y vivas y más vivas, una algazara, un -jubileo como nunca se vió en Pago Chico, tanto que el batarás encerrado -en un cajón, encrespó la pluma, golpeó los musculosos flancos con las -alas y lanzó un ronco y estentóreo co-co-ro-co, como diana triunfal del -vencimiento. - ---¿Qué le ha parecido el métin, don Inacio?--preguntábale por la noche -Silvestre. - ---¡Oh! ¡Magnífico! ¡Me ha costado más de quinientos pesos! - -Mentira. Gastó sólo ciento cincuenta, pero con tal habilidad... - -Silvestre lo miró de arriba abajo, sardónico, se encogió de hombros, -clavóle la vista entre ceja y ceja, y metiéndose las manos en los -bolsillos del pantalón, exclamó: - ---Nuestra Señora del Triunfo nunca ha sido popular. - -D. Ignacio se encrespó como el gallo del reñidero, y se puso rojo de -ira. - ---¡Vos te crés que lo digo de agarrau! ¿Y á mí qué m'importa la -plata?... ¡Pero lo que es otro no sería tan pavo!... Ya llevo gastada -una porretada de pesos, sin que nadies miagradezca. - -Mientras esto decía el caudillo, Silvestre había tomado la -guitarra--estaban en la botica--y cantaba acompañándose con grandes -golpes de uña en las seis cuerdas: - - Y ásime... gustáun... tirano - c'abra labocay... ¡no grite! - -El jueves llegaron dos delegados gubernistas de la capital para -preparar las elecciones comunales del domingo. Apenas instalados, -trataron de provocar una entrevista con D. Ignacio, para hacerle -proposiciones. Pero Silvestre--la oposición dentro de la -oposición--estaba allí oído alerta, ojo avizor, husmeando como -politiquero de raza la componenda en ciernes, adivinándola antes de que -se hubiera iniciado. - -Viera, á todo esto, había visto obscurecerse su estrella, eclipsada por -la triunfante de D. Ignacio. Tampoco él quería «componendas», y así lo -escribió en _La Pampa_. Inútilmente, porque el meeting había dado el -mando á su rival, sostenido por los envidiosos de la popularidad del -periodista, y por los que sólo hacían política opositora buscando una -ubicación, amén de los que D. Ignacio compraba como se ha visto. No -faltaron, pues, las previsiones, los vaticinios, las amenazas de perder -lo hecho sin esperanza de rehacerlo más tarde... - -Sin embargo, la entrevista tuvo lugar, D. Ignacio no pudo resistir á -una transacción que lo llevaba de golpe y zumbido á la Municipalidad, -que él creía tan verde aún, y el domingo siguiente resultó -electo concejal, á pesar de los aspavientos de Silvestre, de los -artículos-brulote de Viera, y la agria censura de gran parte de sus -partidarios del día anterior. - -Llegado al Concejo, sus colegas gubernistas, dirigidos por los -delegados de la capital--no era la primera zorra que desollaban -éstos--lo designaron para intendente. - ---En una semana se habrá desmonetizado,--decían aquellos profundos -políticos. - -Pero la mayoría de los oficialistas protestaba irritada contra -lo que consideraba una cruel é inmerecida derrota; en cambio, el -ex-intendente, un cuyano ladino, caudillejo él también, declaraba -divertidísimo que aquella evolución era «de mi flor». - ---¿No le parece una barbaridá, Paisano--así le llamaban--que hayan -hecho intendente á don Inacio? - -El Paisano sonreía, encendiendo el negro, y luego, sacándoselo de la -boca, contestaba con toda calma, y no sin algo de burla: - ---¡Dejenló pastiar qu'engorde! - -Y, en efecto, D. Ignacio comenzó á engordar en la Intendencia, haciendo -en ella lo que sus antecesores, y rebañando cuanto pesito encontraba á -su alcance. - -Un día tuvo una grave explicación con Silvestre, que le echaba en cara -sus procederes administrativos, muy alejados de la honradez acrisolada -que exigiera en tanto discurso, en tanta proclama, en tanta profesión -de fe á los pueblos en general y al de Pago Chico en particular. - ---Mire don Inacio, ¡lo qu'est'haciendo es una vergüenza! - -Don Ignacio lo miró de hito en hito: - ---¿Y qu'estoy haciendo, vamos á ver? - ---¿Quiere que le diga? ¿quiere que le diga? ¡No me busque la lengua, -canejo! - ---Decí, decí no más. - ---¡Está robando como los otros! - -El caudillo estuvo á punto de pegarle, pero se dominó, tragó saliva, y -cuando se creyó bastante dueño de sí mismo, dijo con tono convincente: - ---¿Y á mí quién me paga lo qu'hecho? ¿Y la platita que mián comido?... - -Y después de una pausa, más insinuante aún, confidencial y tierno, -exclamó como quien esboza un sublime programa: - ---¡Dejá que me desquite y verás qué honradez!... - - - - - EL JUEZ DE PAZ - - -También Pago Chico tenía juez de paz. - -Éste era entonces, y desde años hacía, D. Pedro Machado, enriquecido en -el comercio con los indios, y á quien la política había llamado tarde y -mal. - ---¡Á la vejez viruela!--decía Silvestre. - -Y, en efecto, para desaguisados el juez aquél, famoso en su partido y -en los limítrofes, por una sentencia salomónica que no sabemos cómo -contar porque pasa de castaño obscuro. - -Ello es, que un mozo del Pago, corralero por más señas, tuvo amores con -una chinita de las de enagua almidonada y pañolón de seda, linda moza, -pero menor y sujeta aún al dominio de la madre, una vieja criolla de -muy malas pulgas que consideraba á su hija como una máquina de lavar, -acomodar, coser, cocinar y cebar mate, puesta á sus órdenes por la -divina providencia. - -Demás está decir que se opuso á los amores de Petrona y Eusebio, como -quien se opone á que lo corten por la mitad, y tanto hizo y tanto dijo -para perder al muchacho en el concepto de la niña... que ésta huyó un -día con él sin que nadie supiera adónde. - -Desesperación de misia Clara, greñas por el aire, pataleos y -pataletas... - -El vecindario en masa, alarmado por sus berridos, acudió al rancho, la -roció con Agua Florida, la hizo ponerse rodajas de papas en las sienes, -y por si el disgusto había dañado los riñones, la comadre Cándida, gran -conocedora de males y remedios, le dió unos mates de cepa caballo... - -Luego comenzó el rosario de los consuelos, de las lamentaciones y de -los consejos más ó menos viables. - ---¡Será como ha'e ser misia Clara! ¡Hay que tener pacencia!... ¡Si es -de lái háe golver! - ---¡Usebio es un buen gaucho y no la v'á dejar!--observaba un consejero -del sexo masculino, que atribuía muy poca importancia al hecho. - -Pero misia Clara no quería entender razones, ni aceptar consejos, ni -tener paciencia. - -Petrona era la encarnación de todas sus comodidades, la sostenedora -de su ociosidad, el pretexto y el medio de pasarse las horas muertas -en la más plácida de las haraganerías. Ausente la joven acabábanse la -holganza, la platita para los vicios, ganada con la aguja, el vestido -de zaraza lavado y planchado los domingos, las sabrosas achuras que -Eusebio solía llevar del matadero para no ser tan mal recibido como de -costumbre... - ---¡No! ¡No me digan más! ¡No se lo h'e perdonar!--Y se desataba en -dicterios para su hija y el raptor, con palabras de tinte tan subido, -que no debe consignarse ni un pálido reflejo de ellas, so pena de -ir más allá de la incorrección. Era una fiera, un energúmeno, una -tempestad de blasfemias y de maldiciones, como si el infierno que la -aguardaba cuando tuviera que hacerlo todo por sus manos, se hubiera -condensado y quintaesenciado en su interior. - ---¡Ya verán! ¡Ya verán! ¡M'he quejar á la autoridá!... - -Por más veleidades de rebelión que tenga el campesino nuestro, por más -independiente que parezca, la autoridad es un poder incontrastable para -él. Los largos años de sujeción y de persecución, desde el contingente -hasta las elecciones actuales, con todas sus perrerías, le «han hecho -el pliegue» y sólo otros tantos años de libertad permitirán que -comience á desaparecer su fe en esa providencia chingada. - -Fué, pues, misia Clara á quejarse á D. Pedro Machado. - -Un cuarto de paredes blanqueadas, sin más adorno que el retrato del -gobernador, el piso de ladrillos cubierto de polvo, un armario atestado -de papeles, una mesa llena de legajos, un banco largo, cuatro sillas -y dos sillones, uno para el juez, otro para el secretario; todo eso -era el Juzgado de Paz de Pago Chico, y la sala del trono de D. Pedro -Machado. - -Este digno personaje estaba en pleno funcionamiento, y el alguacil -apostado junto á la puerta sólo dejaba pasar á los querellantes, á -medida que D. Pedro lo indicaba, después de las decisiones del caso. - ---¡Hoy he estado evacuando todo el día!--solía exclamar el funcionario -cuando abundaban las causas. - -Misia Clara aguardó impaciente su vez, en la puerta de calle, secándose -de rato en rato una lágrima de ira que brotaba quizá con la higiénica -intención de lavarle las arrugas: vana empresa. La espera fué larga, -pues todo Pago Chico estaba en pleito ó buscaba la ocasión de estarlo. -D. Pedro sentenciaba con una rapidez pasmosa. - ---Á ver, vos, ¿qué querés? - ---Señor, venía porque Suárez me debe cincuenta pesos de pasto y hace -dos meses que... - ---¡Bueno!... Andá decíle que te pague, que digo YO... Y si no te -paga, volvé que yo le haré pagar. Vos debés tener razón, porque es un -tramposo... - -El hombre se fué medianamente satisfecho, dando paso á otros pleitistas -cuyo litigio era más complicado. - ---Señor Juez, cuando yo hice la pared de mi casa que hoy es medianera -con la que está edificando el señor, la Municipalidad me dió una -línea sobre la calle, y como mi terreno es rectangular, tiré dos -perpendiculares sobre esa línea. Pero ahora resulta que el agrimensor -municipal no supo darme la línea y que la pared medianera, como ya -digo, se entra en el fondo, en el terreno del señor, que me reclama las -varas que le faltan. Yo, á mi vez, y antes de contestar á esa demanda, -vengo á demandar á la Municipalidad por daños y perjuicios, porque me -dió la línea causante de todo... - -Don Pedro Machado, que lo miraba de hito en hito, interrumpióle de -pronto interpelando á la parte contraria: - ---¿Y usté qué dice? - ---¿Yo? Lo mismo que el señor; es la verdad. - ---Demandar á la Municipalidad, ¿no?... ¿Y qué sian créido?... - ---Señor, yo... demando á... - ---¡Calláte! ¡Y vayan los dos á ver si se arreglan, y pronto... que si -no les atraco una multa! - -La audiencia continuó largo rato con incidentes análogos á los -anteriores, hasta que entró en el despacho un gubernista de cierta -significación que iba furioso contra _La Pampa_, el diario opositor, -salido aquellos días de toda mesura. El diario publicaba un violento -artículo contra él, Felipe Gómez, y lo trataba poco menos que de ladrón. - ---Hola, Gómez, ¿y qué lo trai por acá? - ---Vengo á acusar por calunia al diario de Viera. ¡Mire lo que me dice! - -Y tembloroso de rabia leyó los párrafos culminantes, interrumpido por -las indignadas interjecciones de D. Pedro Machado. - ---¡Á hijo de una tal por cual! ¡Ya verá lo que le va á pasar! ¡Es malo -tentar al diablo!... - -Y dirigiéndose al secretario: - ---Estendé un' orden de prisión contra Viera... - ---Vaya tranquilo nomás, Gómez, que aquí las va á pagar todas juntas. - -Se fué Gómez á anunciar á sus amigos que había sonado la hora de la -venganza; pero el secretario no extendió la orden de la prisión. - ---Sabe D. Pedro, que los jueces de paz, no entienden de delitos de -imprenta, y que no podemos dar curso á la acusación de Gómez... - ---¿No? - ---¡No, señor! Tiene que ir á La Plata. - -Don Pedro Machado, hizo un gesto de disgusto al recibir la lección; y -para no menoscabar su autoridad, exclamó en tono de reprimenda: - ---¡También vos! ¿por qué no me decís?... - -Por fin tocó el turno á misia Clara, que entre gimoteos y suspiros -contó cómo Eusebio le había robado la hija, y se desató en improperios -contra ambos, pidiendo al juez el más tremendo de los castigos que -tuviera á mano. - ---¿Cuántos años tiene la muchacha? - ---Diciocho, D. Pedro. - ---Bueno, ya sabe lo que se hace, pues. - -La vieja volvió á gemir, asustada del giro que parecía tomar el asunto. - ---Pero mire, señor juez, que es única hija, que yo ya estoy muy anciana -y que no puedo trabajar... Si ella me falta... más vale que me cortaran -un brazo... ¡Haga que güelva, señor juez, que yo le perdono con tal de -que no lo vea más á Usebio, que es de lo más canalla!... - -Don Pedro permaneció impasible, armando un negro con el papel entre -el pulgar y el índice y deshaciendo el tabaco en la palma de la mano -izquierda con las yemas de la derecha. - ---¡Amparemé, señor!--insistió la vieja.--¡Haga que güelva m'hija!... -¡Ó, de no, atraquelé una multa á ese bandido! - ---P'a eso no hay multas... Si juera uso de armas,--replicó -sarcásticamente D. Pedro. - -La otra cambió de baterías. - ---¡Si usté hiciera que Usebio me pasara siquiera la carne!... ¡Estoy -tan vieja y tan pobre!... - ---¡Eh, qué quiere misia Clara! La vaquilloncita ya estaba en estau... y -es natural. - -Hubo un largo silencio. En la cara del juez retozaba una sonrisa -reprimida á duras penas. - ---¿Qué resuelve, qué resuelve, D. Pedro?--clamó misia Clara, -desesperada y lamentable, con las arrugas más hondas y terrosas que -nunca. - -El insigne funcionario levantó lentamente la cabeza, y después -sentenció con calma: - ---¿Yo? Que sigan no más, que sigan... - - - - - LA ELECCIÓN MUNICIPAL - - -Aquella mañana, con grande asombro de Pago Chico entero, apareció en el -diario oficial, _El Justiciero_, la siguiente inesperada noticia: - - OTRA LISTA DE CANDIDATOS MUNICIPALES - - «Con importantes elementos políticos, pertenecientes al partido - provincial, acaba de formarse un nuevo comité que en las elecciones - de hoy sostendrá la siguiente lista de candidatos para municipales: - Don Domingo Luna - Don Juan Dozo - Don José Bermúdez - Este comité, que funciona en la calle Buenos Aires, número 17, - cuenta con numerosos miembros, y aunque formado á última hora, - puede disputar el triunfo á los demás partidos, con bastantes - probabilidades de éxito. En cuanto á los cívicos, demás parece - repetir que tendrán que comer cola.» - -¿Qué acontecimientos habían ocurrido? ¿Era la influencia de Bermúdez -tan poderosa que su descontento producía la escisión del partido -oficial? No debía ser así, pues él mismo se sorprendió al leer la -noticia, y lleno de entusiasmo se encaró con su mujer, y golpeando el -diario con el dedo, exclamó gozoso: - ---¿No ves, china, como todavía me necesitan, como todavía tengo quien -me apoye? ¡Yo también soy candidato, y del mismo partido oficial! ¡Mirá -la lista! Aquí estoy con Luna y Dozo, ¡y _El Justiciero_ dice que muy -bien podemos triunfar! - ---Alguna picardía de Ferreiro. Lo mejor será que no te metás,--replicó -Jerónima, siempre desconfiada.--Cuando menos te quieren sacar unos -pesos, pa'l asao con cuero y la pionada... - ---¡Vos siempre agarrás pa'l lao del miedo!--replicó Bermúdez que se -echó inmediatamente á la calle, vibrando de entusiasmo y de esperanza. - -Eran las siete, y faltaba una hora para la apertura oficial del comicio. - -Bermúdez, sin plan, iba palpitante, envanecido con su prestigio, ya -innegable, en las esferas oficiales, y casi seguro de que por él -iría directamente al triunfo. Tenía necesidad de hablar con alguien -que no fuera su mujer, tan suspicaz y desconfiada que jamás creía -las cosas hasta no haberlas palpado. Y la suerte quiso que con quien -primero se topase fuera con el doctor Fillipini, que salía de una casa -vecina. Detúvole, convencido de que lo encontraría menos reacio que su -digna esposa á compartir su patriótico entusiasmo, y, basándose en -las conjeturas que le habían llenado la cabeza, le contó muy por lo -menudo que sus amigos se habían arrepentido,--como no podían menos de -hacer,--de haberlo dejado á un lado, cuando tantos y tan importantes -servicios prestara á la causa común. - -El doctor lo miraba á ratos y á ratos bajaba los ojos, disimulando una -risita fisgona que le hacía cosquillas en el estómago. Y cuando el otro -dejó de hablar, no pudo reprimir esta desconsoladora exclamación: - ---Ma é per il cuochente! Ma, non vede qu'é per il cuochente? - -El prestigioso candidato se sobresaltó, palideció, y sin haber -comprendido bien todavía, preguntó tartamudeando: - ---¿El cociente?... ¿Qué tiene que ver el cociente? - -Fillipini, tomándole un botón de la levita,--para la circunstancia -Bermúdez había creído conveniente salir de levita,--y jugando con él, -le explicó entonces sus suposiciones, en la media lengua ítalo-criolla, -impasible, sin sorprenderse, con su filosofía práctica, ni de la -inocencia del interlocutor, ni de la picardía de sus amigos políticos, -sin más objeto que el de poner en claro las cosas, para hacer gala de -sagacidad y burlarse en serio de aquel pobre congénere. - -Bermúdez quedó consternado al comprender que el partido oficial acababa -de dividirse aparentemente, pero sólo para asegurar más el triunfo, -pues, por la ley, el candidato que apareciera en las dos listas,--Luna -en este caso,--sería electo sin discusión, por pocos votos que -obtuviera en una de ellas. Él no era, en resumen, más que un comparsa, -cuya misión terminaría casi antes de haber empezado. - ---¡Hijos de una gran!... - ---¡Eh! ¿qué quiere? Fatta la legge, fatto l'inganno! - -El cuociente lo había transtornado siempre, pero aquel día lo derribaba -del pináculo de sus más gratas esperanzas. ¡No sería, esa vez tampoco, -genuino representante y defensor del pueblo! ¡Miren que no votar -derecho viejo como antes! ¡Esos republicanos, inventores de la ley de -trampa y de engaño! Si los tuviera á mano ¡qué felpiada les daría!... -Pero, ¿qué hacerle? Para su venganza, ya que no para otra cosa, la -mejor contingencia era que los cívicos sacaran un concejal. En cuanto á -él, no saldría nunca. - ---Ma, gay un remedio... - ---¿Qué remedio, dotor? - -No era difícil: tratar bajo cuerda de figurar en las dos listas, -borrando uno de los candidatos, el doctor Carbonero por ejemplo, y -reunir de ese modo el mayor número posible de votos, además de poner -de su lado la importantísima ventaja de figurar en dos listas. Cierto -que si ambas tenían dos candidatos comunes, es decir, la mayoría de -ellos, por la ley tendrían que considerarse iguales; pero... después -se vería: eso tenía que resolverlo el mismo concejo, juez de las -elecciones, y en cuyo seno no faltaban amigos de Bermúdez. También -podía hacer otra cosa: amenazar á los correligionarios con llevar sus -elementos de hombres y dinero á la Unión Cívica, amenaza que no dejaría -de dar resultados; pero eso debía Bermúdez presentarlo como resolución -que tomaría en el último momento y sólo si se le obligaba á ello, -desconociendo tan injustamente sus servicios. - ---¿Y usté me ayudará, dotor? - ---¿Io? ¿Cosa ho da fare? ¡Ma!... Io voteró... - -Eran más de las siete, y Bermúdez, ansioso de poner el plan por obra, -estrechó efusivamente la mano de Fillipini, y se alejó en dirección al -café de Cármine, olvidado de su andar siempre lento y majestuoso. El -médico, entre tanto, iba sonriendo, con la vista baja, satisfecho de la -mala pasada que había jugado á su colega Carbonero, aunque tuviera sus -dudas respecto de la acción que desarrollaría el pobre Bermúdez, cuya -única habilidad hasta entonces había sido robar á los indios y apuntar -de más en las libretas de sus clientes y en la pizarra de la trastienda. - -Bermúdez entró en el café, pidió una ginebrita con biter Angostura, y -aguardó á que llegara alguno de los prohombres del partido oficial para -poner manos á la obra. - -Momentos después Ferreiro, que acababa de entrar, se sentaba á su lado. - ---Y... ¿ha visto la nueva lista? Anoche no le pude avisar, porque -resolvimos hacerla muy á última hora. - ---¡Hum!... ¡Sí, l'he visto, sí! - ---¡Qué! ¿Y no está contento?--preguntó Ferreiro, fingiéndose muy -sorprendido,--y algo lo estaba, en verdad, al comprender las sospechas -de aquel infeliz. ¿Quién podía haberlo puesto sobre aviso? - ---¿Y cómo v'y á estar contento, si eso es una trampa? ¿Ó crén ustedes -que yo soy sonso y me chupo el dedo? - ---¿Pero, cómo trampa, Bermúdez? ¿No quería ser candidato? - ---¡Sí, candidato, sí, pero en de veras! No quiero que naide juegue -conmigo. Ya estoy cansao. Y ¿quiere que le diga? pues si no salgo -municipal de esta hecha... ¡me voy con los cívicos! ¡Anque no sea -candidato, quiero ser municipal ¿oye? y de no, me hago cívico, le juro! - -Ferreiro se quedó un momento perplejo, pues no había contado con -aquello, que le malbarataba sus planes. Pero, por la inminencia del -peligro, no tardó en tomar una resolución, y antes de que Bermúdez -hubiera vuelto á decir palabra, afirmó: - ---Pero, si precisamente lo hemos puesto en esa lista para que salga -municipal, porque está resuelto en el comité que se le den votos -también en la otra lista. No sé qué le ha dado ahora, para tener -semejantes desconfianzas... ¡Vaya! ¡sea franco! ¿quién es el intrigante -que le ha venido con cuentos? - ---Á mí naide me ha tráido cuentos. Pero yo sé muy bien lo del cociente, -y anque ya me había conformau con no salir municipal esta vez, no -quiero tampoco que me tomen pa'l churrete; y desde que me han puesto en -lista, ¡quiero salir y que se dejen de historias! - ---¡Pero si precisamente, le repito, sabiendo que usté deseaba ser -municipal lo hemos puesto en esa lista, Bermúdez! Si el partido tenía -que recompensar sus servicios, y así lo ha resuelto anoche. Usté es -incapaz de desconfiar de ese modo; por eso le pregunto quién es el -intrigante que le ha venido con cuentos... Debe ser algún interesado en -dividirnos para sacar tajada... - ---No se mete en política... - ---Ah, ¿no ve, no ve que era cierto? ¿Quién le ha venido con el chisme, -diga?... ¡Vaya! mátelo, que al fin somos correligionarios y tenemos que -defendernos unos á otros. Hoy por tí, mañana por mí... - ---El dotor Fillipini. - -Ferreiro dió un puñetazo en la mesa: - ---¡Ah, gringo é mier!--exclamó. - -Y tomando otra postura, cruzadas las piernas y asida con ambas manos -la que quedó arriba, preguntó á Bermúdez con sonrisa entre burlona y -despreciativa: - ---¿Y qué le ha dicho el doctor Fillipini? ¿Él le aconsejó que nos -amenazara con irse á la Unión Cívica? - ---Sí, él. Pero me dijo que lo hiciera en último caso, y que si no me -escuchaban tratara de hacer votar por mí en la otra lista, borrándolo á -Carbonero... - ---¡Conque sí, eh! ¡pues ya verá el hijo de su madre!--exclamó Ferreiro, -que siguió murmurando, mientras sacaba del bolsillo un lápiz y la -carilla en blanco de una carta, en la que escribió algunas palabras. - -Bermúdez, turbado, sin saber ya á qué atenerse, lo interrumpió: - ---¡Pero, al fin y al postre!--preguntó,--¿salgo ó no salgo municipal? -Eso es lo que quiero saber, pero sin vueltas, derecho viejo, porque si -no... - ---Sí, será municipal, Bermúdez,--contestó Ferreiro sin levantar la -cabeza.--Le doy mi palabra de que será municipal. - -Y firmando la esquela que acababa de escribir, la plegó en cuatro, y -llamó al dueño de casa. - ---¡Cármine! tráeme un sobre, y haceme llevar esta carta al intendente. - -Era la condenación de Fillipini: un pedido-orden al intendente, para -que le quitara inmediatamente su puesto de segundo médico del hospital. - ---¡Sí sale, amigo, sí sale!--exclamó levantándose y palmeando en el -hombro á Bermúdez.--¿Para cuándo serían los amigos, entonces? - ---¡Je, je, je!--rió Bermúdez en el colmo de la satisfacción, -levantándose también. - -Y ambos salieron del café, encaminándose al atrio de la iglesia, donde -iban á practicarse las elecciones más sonadas del entonces borrascoso -Pago Chico. - -Entre tanto, en el comité cívico hallábanse reunidos Viera, el -periodista, que á cada instante se asomaba á la puerta, nervioso, -excitado, sin haber dormido, aguardando las huestes de votantes de la -campaña que ya debían haber llegado; Lobera, que peroraba y destilaba -esencias; Silvestre, que trataba en vano de meter baza apenas se -interrumpiese la interminable serie de sus discursos; Pedrín, Pancho -Fernández el hijo del vigilante, Tortorano, veinte ó treinta más, y por -último el doctor D. Francisco Pérez y Cueto, que había exclamado con -énfasis al entrar: - ---¡Ciudadanos! ¡este hermoso día no puede menos de anunciarnos la -victoria! - -Y satisfecho del efecto producido, sintiendo un agradable cosquilleo -en la piel, de entusiasmo hacia su propia persona, había callado y -permanecido silencioso para no disminuir con vulgaridades el mérito de -aquellas palabras proféticas. Aquel día se había propuesto no decir -sino frases históricas. - -Pero, eso sí, tuvo que informarse de un detalle de la mayor -importancia, de la cuestión en aquellos momentos de vida ó muerte, y -preguntó en voz baja á Viera, deteniéndolo en una de sus continuas idas -y venidas: - ---Diga usted, Viera, ¿están preparadas las armas? - -Viera sacudió la cabeza de arriba abajo, dirigiéndole una mirada -confidencial, y contestó más quedo aún, como un murmullo: - ---Están... La noche en peso nos la hemos pasado acarreándolas con -Silvestre. ¡Y con un jabón! ¡No sé cómo no nos han pillado! - -Las tales armas, el supremo recurso de un pueblo justamente indignado, -resuelto á reconquistar su autonomía y á repeler todo conato de -imposición, eran seis fusiles rémington, que se hallaban cuidadosamente -ocultos en la azotea del comité, y que Viera y Silvestre habían -llevado efectivamente y no sin peligro, la noche anterior. - -Como los extremos se tocan, en el patio estaba la antítesis del arsenal -aquél,--grandes y negros trozos de asado con cuero fiambre, sobre -bolsas de arpillera, una compañía de damajuanas de vino carlón y un -montículo de panes,--el almuerzo, en fin, del invencible pueblo de Pago -Chico, pronto á reivindicar sus derechos conculcados, aunque fuese á -costa de su generosa y noble sangre. - -Habíase prohibido terminantemente el uso de bebidas alcohólicas á los -paladines del libre sufragio; no necesitaban excitante alguno para -el caso probable de tener que sacrificar sus vidas en el altar de la -patria, y era menester en cambio, que se mantuviera el mayor orden en -el comité, para dar completo ejemplo de civismo y de austeridad de -costumbres. Pero á duras penas se lograba que no se marcharan todos -de una vez á tomar la mañana en el almacén de la esquina, y hubo que -conformarse con una transacción: que fueran de á dos, cuando mucho de á -tres, y que volvieran inmediatamente. El entusiasmo iba creciendo con -esto. - ---¡Hay que tenerlos á soga corta,--decía Silvestre,--si no, no pueden -con el genio y rumbean p'a la borrachería! - -Mientras estaban en el comité, los electores rondaban alrededor del -asado, con el sólito apetito, aguzado por las repetidas copas de -_mermú_, afilándoseles los dientes y saliéndoseles el cuchillo de la -vaina. Y apenas podían entretener el ocio y el hambre con dicharachos y -canchadas, haciendo esgrima á mano limpia. - ---Lo que es hoy,--decía el negro Urquiza, en cuclillas afilando un -palito para los dientes con un formidable facón,--lo que es hoy, los -carneros van á... cargar aceite. - ---¡Sí, de susto é verte la trompa!--le retrucó un paisanito, que, con -las piernas cruzadas y recostando el hombro en la pared, parado junto á -él, lo miraba desde arriba. - ---Calláte, guacho,--saltó el moreno, gesticulando con su ancha boca, y -mostrando los dientes en una á modo de sonrisa.--Más vale ser negro que -orejano. Yo siquiera tengo marca. - ---Y yo soy capaz de ponerte otra en la jeta, ¡negro trompeta!--dijo el -muchacho, echando la mano atrás como para sacar también el cuchillo. - -El negro estuvo de un salto en pie, pero varios se interpusieron -mientras uno de los correligionarios decía pausadamente, no sin sorna: - ---¡Vaya! guardesén p'a luego, muchachos.¡ ¿No ven que las papas queman? -Puede ser que luego haiga baile, y entonces podrán bailar á gusto... - ---¡Sí, bailar con la más fea!--exclamó otro. - ---¡Y'anda teniendo miedo este... tabaco aventau, no más!--dijo el del -baile. - ---¡Oiganlé!--prorrumpieron varios. - ---Pisale el poncho, ai tenés. - ---¡Á que no le mojás la oreja á ño Fortunato! - -Viera creyó necesario intervenir: - ---¡Á ver, compañeros, un poco menos de bochinche, que esto no es ningún -piringundín! - -Los ánimos se tranquilizaron momentáneamente. Reinaba en todos un -desasosiego, una nerviosidad desusada, y en la expectativa de -acontecimientos penosos mostrábanse irritables, como si anhelaran -precipitarlos ó provocar otros, prefiriéndolo todo á la zozobra en que -necesariamente tenían que estar largas horas todavía. - -Pero el más desasosegado, el más nervioso, el más irritable era -el mismo Viera, que no podía estarse un segundo quieto. Conocía -afortunadamente su estado y reprimía sus ímpetus, siempre á punto de -estallar, contestando con monosílabos hasta al mismo doctor Pérez y -Cueto, sintiendo unas ansias que le subían del corazón á la garganta -y le cortaban la respiración. ¿Qué era aquello? ¿Por qué no llegaban -los correligionarios de la campaña? Y no pudo de pronto contener su -impaciencia y se quedó en la puerta del comité, golpeando el suelo -con el pie, pálido, casi trémulo, mirando con ojos devoradores á uno -y otro lado, como si quisiera atraer con la mirada los esperados -grupos de jinetes. Pero la calle polvorienta abrasada por un sol de -fuego, aunque ya estuviesen en el final del mes de Marzo, barrida de -vez en cuando por una racha ardiente como salida de un horno, estaba -desierta, completa, implacablemente desierta, y sobre ella se cernía -el sepulcral silencio de los días de elecciones en que las mujeres -se encierran á rezar apenas salen su padre, su marido ó su hijo, en -dirección al comité ó al atrio, y en que la mayoría de los hombres, por -no hacer que recen de miedo sus mujeres, sus hijas ó sus madres, se -encierran con ellas, no porque teman los tumultos con tiros y tajos, -sino simplemente por compasión hacia las desgraciadas, y por no -darlas tan pésimo rato. También, si así no fuera, ¿cómo podría haber -gobiernos electores, y de qué tendría el pueblo que quejarse, y con qué -entretenerse leyendo diarios? - -Pero, el rostro de Viera se iluminó de pronto: por una bocacalle, -allá lejos, al extremo del pueblo, aparecía envuelto en densa nube de -polvo un pelotón de jinetes que avanzaba al trotecito, en formación -casi correcta, de á cinco en fondo. Y no pudo contener una jubilosa -exclamación: - ---¡Ahí vienen! - -Todos se precipitaron á la puerta, y el comité quedó un momento -silencioso. Pero ¡ay! cuando era más intensa y segura la esperanza, la -cabalgata volvió una esquina y desapareció dejando tras sí, como único -consuelo, flotante gasa de polvo que una racha desvaneció por fin. - ---Es la pionada del saladero,--dijo un paisano. - ---Ésos van con los carneros,--murmuró desalentado otro del grupo. - -La zozobra de Viera era ya un nudo que le cerraba la garganta hasta -sofocarlo. Entró bruscamente al comité, y para disipar su horrible -ansiedad, encaróse con una rueda de electores que, más atrevidos ó más -hambrientos que los demás, habían aprovechado la general distracción -apoderándose de una gran tajada de asado que devoraban, cortando los -jugosos bocados á raíz de los labios con los cuchillos como navajas de -afeitar. - ---¡Se necesita ser aprovechadores!--exclamó colérico.--¿No les da -vergüenza ponerse á comer solos sin que nadie les haya dicho nada, para -meter desorden? - ---Es la picana, don Viera,--contestó con aire socarrón y falsamente -humilde el paisanito á quien el negro Urquiza llamara «guacho». - ---Sí, ¡conque te agarrás el mejor pedazo, y todavía lo decís! Sos más -madrugador que la lechuza, que no duerme de noche. - -Pero este pequeño desahogo, que no podía ir más lejos, no fué parte á -tranquilizarlo. Sufría tanto como el general á quien se le ha confiado -una nación entera, y ve perdida, irremisiblemente perdida la batalla -final. Y para distraerse, trató de dominar su angustia y conversar -con el doctor Pérez y Cueto, preocupadísimo también, que desde hacía -rato murmuraba quién sabe qué filípicas, sazonadas con los términos -más groseros de su repertorio peninsular, como si de tanto trueno -pudiera salir la tormenta salvadora. Y, en voz baja, comentaron la -inexplicable tardanza de Gómez, que debía ir con sus puesteros, peonada -y esquiladores, la de García, salido la noche antes de los confines del -partido con gran copia de paisanos resueltos, el silencio de Méndez, -que debía haber llegado aquella madrugada á la cabeza de los seis ó -siete caudillejos que, junto con sus respectivos hombres, determinaron -concentrarse antes de salir el sol en la pulpería de Laucha, y la de -Soria, que había prometido ir temprano con los indios de la tribu de -Curá, una veintena de electores tan inconscientes cuanto serviciales. - -La ansiedad había cundido; formábanse varios corros, para deshacerse -y formarse de nuevo algo más lejos, y las caras comenzaban á expresar -otra cosa muy distinta del entusiasmo. Ya no se hablaba en voz alta, -ni nadie salía al almacén á continuar las matutinas libaciones. Eran -los mismos treinta y tantos que se habían reunido allí muy de mañana, -para estar bien al corriente de todo, en primer lugar, y para no tener -que cruzar las calles cuando se alborotara el cotarro sobre todo. -No se había agregado un solo ciudadano más, ya eran las ocho, y las -esperanzas con tanto entusiasmo expresadas y exageradas la noche antes -allí mismo, iban desvaneciéndose una tras otra, tan vertiginosamente -como las nubes con el pampero sucio... - -Al ver á Viera conversando con el doctor, Silvestre primero, Lobera -después, Pancho, Pedrín, Tortorano, Troncoso, y hasta el mismo -Urquiza, husmeando conciliábulo, formaron rueda alrededor. ¿Cómo -ocultar, entonces, el sobresalto y la angustia, si el mismo sobresalto -y la misma angustia se habían apoderado de todo el mundo? Viera lo -comprendió, é hizo esfuerzos por infundir á los otros una tranquilidad -que no tenía, y por sostener en ellos las últimas y mal abrigadas -ilusiones. - ---¡No se ha perdido todo!--repetía.--Han de venir, han de venir. -Aguardemos, y entre tanto vamos á votar los que estamos aquí, para no -perder el turno, porque las ocho están al caer... - -El furioso galope de un caballo lo interrumpió. Habíase oído desde -lejos, porque en el comité reinaba un vago silencio de expectativa -ansiosa. El redoble de las patas del animal en el piso duro de la -calle fué acercándose con creciente violencia, hubo una sofrenada, -un resbalón en seco, el choque de unas botas con espuelas en las -piedras de la acera, y casi al mismo tiempo apareció Méndez, jadeante, -haciendo repicar las rodajas, con paso bamboleante de gaucho compadre, -medio civilizado á ratos, pero áspero y rudo, sobre todo en aquellas -circunstancias. Venía demudado. Y apenas se halló dentro del comité: - ---¡Canallas! ¡canallas!--exclamó entrecortadamente.--Mi han fusilao la -gente... ¡Canallas! - -Hízose un silencio seguido de un murmullo agitado y caluroso, y todos -los circunstantes rodearon á Méndez, acribillándolo á preguntas. - ---Dejemén hablar; si les voy á contar todo. ¡Pero, qué canallas -asesinos! Esta madrugada salimos perfetamente de lo de Césperes, -p'a cair al pueblo tempranito. Éramos unos ciento veinte, todos los -que estaban en el campo, y un redepente, al enfrentar la alamera de -la estancia de Carballo,--veníamos al tranquito,--unos que estaban -atrincheraus entre los árboles nos hicieron una descarga cerrada, -y antes de que nos pudiéramos dar cuenta, otra y otra, como juego -graniau. Y, es natural, la gente, asustada, se me alzó y disparó, de -balde traté de atajarla. Con el julepe ni siquiera atinaron á ver -quiénes nos estaban afusilando, y cuántos eran. ¡Claro! Casi ninguno -tráia más que facón... Yo hice juego con el revólver, pero me quedé -solo, y en cuanto vieron que se me habían acabau los tiros, se me -vinieron encima. Yo le clavé las espuelas al sotreta, disparé campo -ajuera, ¿qu'iba hacer? y estuve esperando de un pajonal, p'a aprovechar -venirme en cuanto se descuidasen, p'ávisarles á ustedes. - ---¿Y quiénes son, quiénes son?--preguntaron varios con la voz -ligeramente empañada por la emoción. - ---No sé, la gente no es del pago; tráida de otros partidos... - -La noticia cayó como una ducha helada, pues aunque se temiese ya alguna -hazaña oficialista, nunca se creyó que llegara á tanto la desenvoltura -de las autoridades, cuyo silencio de los días anteriores se había -tomado por una prueba de debilidad y una derrota antes de haber lucha. -En Pago Chico, como en el resto de la provincia, se fusilaba, pues, -á mansalva á la gente, y quien lo hacía era el mismo gobierno. Era -cosa más seria de lo que se había pensado, entonces; no se trataba -sólo de sostener refriegas en los atrios, sino de hallarse siquiera en -condiciones de llegar á ellos... Nadie las tuvo ya todas consigo, pues. - -Silvestre, exasperado, y al mismo tiempo curioso de saber lo que se -preparaba en las cercanías de la iglesia, preguntó á Viera, mientras -Méndez seguía explicando el terrible encuentro de aquella mañana: - ---¿Qué hacen en la plaza? ¿Han mandado algún bombero? - ---No, á nadie,--contestó el periodista. - ---Entonces voy yo de una carrera. - ---Mucho cuidado,--le gritó Viera, cuando Silvestre ponía el pie en la -calle. - -El desaliento fué subiendo de punto, casi hasta convertirse en pánico, -á medida que fueron llegando mensajeros con otras infaustas noticias. -La jugada hecha á Méndez se había repetido con Gómez, con García, con -Soria, con todos los que llevaban gente de diversos puntos del partido. -Sólo iban á engrosar los escasos elementos del comité, unos cuantos -dispersos, que llegaban de á uno y de á dos, todos á dar noticias -desesperantes, abultando los hechos, echando bravatas, mintiendo -hazañas, exagerando el número, el armamento y la ferocidad del enemigo, -que al fin y al cabo no quería matar sino ahuyentar electores por -iniciativa y consejo de Ferreiro. - ---¡Nos han fregau fiero, caracho!--exclamaba Méndez. - ---¡Es una vergüenza, una verdadera vergüenza!--decía Viera casi -llorando. - ---¿Y nos vamos á quedar así, como unos mánfios? ¡Nos habrán quitau -la gente, pero nosotros podemos quemarlos á balazos, canallas, hijos -de mil!... ¡Á ver, muchachos, á ver quién quiere hacer la pata ancha -conmigo: venga el que tenga huesos, y vamos á echarlos del atrio á -tiros! - -Parte de la gente, desde las primeras noticias, viendo la indecisión -de los jefes, había juzgado lo más oportuno comerse el asado y beberse -el vino; pero al resonar la palabra vehemente y furibunda de Méndez, -muchos habían acudido á hacerle corro, é iban enardeciéndose, ya -dispuestos á lanzarse á la calle y jugar el todo por el todo, cuando -Silvestre entró en el comité como una exhalación, y sin tomar aliento -comenzó á contar que el comisario Barraba con treinta vigilantes -armados á rémington ocupaba el frente del atrio y que tenía varias -carretillas al lado, llenas de municiones; que los «carneros», por su -parte, habían formado un cantón en las azoteas de la confitería de -Cármine armados también con rémingtons del gobierno, y dominando las -mesas colocadas en el atrio mismo, de tal modo, que podían fusilar á -mansalva á cuantos se acercaran al comicio. - -Era la derrota, la más completa é inmerecida de las derrotas. - -Sin embargo, Viera quiso luchar hasta lo último, tentar un esfuerzo -supremo, hacer de aquélla una cuestión de vida ó muerte para él -y para cuantos le habían acompañado hasta entonces en su cruzada -reivindicadora. - ---No, amigo, es al botón,--replicó Méndez, que había reaccionado, á -su proposición de ir á tomar las mesas por asalto.--Hace un ratito yo -mismo lo aconsejaba, y hubiera ido á sacarlos de allí por sorpresa. -Pero las cosas se han puesto muy distintas... ¿No ve que están -preparaus, y que l'único que vamos á sacar con estos cuatro gatos es -que nos maten como á perros? - ---¡Sería un sacrificio tan cruento cuanto inútil de sangre -generosa!--exclamó el doctor Pérez y Cueto con la voz más oratoria que -tenía.--¡Dejemos que obren los acontecimientos! ¡Tarde ó temprano, -ha de llegar la hora de la justicia! ¡Elevemos los corazones y -retemplemos el ánimo! ¡La patria nos mira, (_pausa corta_) y estos -contratiempos, estas iniquidades, mejor dicho, nos realzan á sus ojos, -en lugar de deprimirnos, como quisieran los enemigos de la libertad, -los asesinos del pueblo!... - -Todos apoyaron, y algunos dieron el ejemplo altamente filosófico de -hacer á mal tiempo buena cara, yendo á atacar el asado ya que no podían -comportarse lo mismo con las mesas electorales. El ejemplo fué seguido, -todos se pusieron á comer, y del silencio sepulcral que reinaba en el -comité desde las primeras desastrosas noticias, fué pasándose poco á -poco á la animación y la alegría, gracias á las frecuentes y abundantes -libaciones, y para justificar una vez más el refrán criollo de «Barriga -llena, corazón contento». - -Pero los caudillos, como que eran los que más perdían, formaban grupo -aparte, mustios y cariacontecidos, cerca de la puerta, comiendo -melancólicamente, cuando vieron con sorpresa presentarse al mismo D. -Ignacio en persona, á pesar de la ruidosa separación del comité y del -fuego resuelto que había hecho contra su mesa directiva. Lo dejaron -acercarse sin decir palabra, aguardando á ver por dónde comenzaba. - ---Vengo á acompañarlos en la derrota, y no hubiera venido en caso de -triunfo,--dijo dirigiéndose á Viera.--En cuanto vi las fuerzas que -hay en la plaza y el cantón de la azotea de Cármine, comprendí que -los habían fregao... ¡Es una infamia!... Pero todavía puede haber -remedio... ¿Han hecho protesta ante escribano? - ---No,--contestó simplemente Viera. - ---¡Pero hombre! ¡si es lo primero que hay que hacer! Bien me parecía -que se habían descuidau. En estas cosas hay que tener un poco de -prática, como les he dicho tantas veces. Si no se hace la protesta -¿cómo quieren pedir luego la anulación de las elecciones? Vamos, vamos -á buscar al escribano para que la redate inmediatamente. - ---¡Y de qué nos va á servir eso, si no hay justicia, si la protesta y -nada todo es uno!--exclamó Silvestre.--Acuerdesé, don Inacio, de todas -las que hemos hecho hasta hoy, y digamé cuál es la que no ha ido á -parar á la basura... Si nos hubieran dejado votar habríamos ganado, no -hay duda; pero entonces hubieran protestado los carneros, y como los -jueces son suyos, la Corte hubiera anulado la eleción. No hay remedio, -no hay más remedio que hacer una revolución, pero una gorda, y colgar -á toda la canalla de los faroles, porque á ésos hay que matarlos ó -dejarlos. - ---Nunca está de más la protesta,--insistió don Ignacio.--Quién sabe qué -vueltas van á dar las cosas, y nunca es malo estar prevenidos. - ---Además, no cuesta nada hacerla, y siempre será un documento que -atestigüe la felonía de nuestros enemigos, una página realmente -ignominiosa de su historia,--apoyó el doctor Pérez y Cueto. - -Los demás estuvieron por la afirmativa, y los principales, Viera, D. -Ignacio, el doctor, Silvestre, y cuatro ó cinco más salieron para ir á -buscar al escribano. Y la protesta se hizo, para aumentar el número de -las protestas legalizadas de aquel tiempo, que reunidas en un legajo -formarían una montaña de pequeñas inmundicias. El escribano Martínez -no dejó de vacilar ante la exigencia de los cívicos. Aunque su función -era ineludible, temía las iras oficiales, la posible venganza de los -amos del poder, y sólo comenzó á escribir el documento cuando vió que -los electores burlados comenzaban á irritarse, y que, por huir de un -peligro futuro, iba á caer en uno inminente y contundente... Aún puede -verse,--si es que el documento no ha desaparecido, si alguna interesada -mano no lo destruyó en La Plata, donde fué á golpear las puertas de la -sorda justicia,--que está escrito con mano temblorosa, lleno también -de borrones que la trémula pluma dejó caer aquí y allí, atestiguando -el grande, el inmenso respeto del tabelión hacia las autoridades -constituidas y su anhelo de no ver perturbado el orden, sobre todo -cuando el desorden podía envolver y arrastrar á su dignísima persona... - -Entre tanto, en el comicio funcionaban las mesas bajo la exclusiva -dirección del escribano Ferreiro, que hacía copiar los registros y -poner en las urnas una boleta por cada nombre que se sacaba de las -listas de padrón y se ponía en las actas. - -Defendidos contra toda posible asechanza por las fuerzas del comisario -Barraba estratégicamente dispuestas frente á la iglesia, y por los -correligionarios armados á rémington acantonados en los altos de la -confitería de Cármine, los escrutadores realizaban su patriótica tarea -con toda tranquilidad, fuertes en su derecho y su deber. Desde que -tuvieron por seguro que no se presentarían ni siquiera los fiscales -cívicos, y que el resultado de los ataques á los electores de la -campaña había sido excelente, se pusieron con júbilo á la tarea, -copiando nombres y depositando boletas según las instrucciones de -Ferreiro, es decir, alternando entre una y otra lista de las dos -oficiales, de tal modo que al fin resultaran electos D. Domingo Luna -y el gran Bermúdez, como era invencible deseo de este prohombre -pagochiquense. - -No se había asustado mayormente Ferreiro de sus amenazas, pero -consideró que era mejor no provocar una disidencia en circunstancias -tales como las que estaban atravesando, tanto más cuanto que Bermúdez -podía servirle como instrumento, afinadísimo gracias á su misma -inutilidad personal: lo llevaría de las narices á donde quisiera. - -En el comicio reinaba pues la calma más absoluta, y los pocos votantes -que en grupos llegaban de vez en cuando del comité de la provincia, -eran recibidos y dirigidos por Ferreiro, que los distribuía en las -tres mesas para que depositaran su voto de acuerdo con las boletas -impresas que él mismo les daba al llegar al atrio. Los votantes, una -vez cumplido su deber cívico, se retiraban nuevamente al comité, para -cambiar de aspecto lo mejor posible, disfrazándose,--el disfraz solía -consistir en cambiar el pañuelo que llevaban al cuello, nada más,--y -volver diez minutos más tarde á votar otra vez como si fueran otros -ciudadanos en procura de genuína representación. - ---¡No sé p'a qué hacen incomodar á esa gente!--exclamó de pronto uno -de los escrutadores.--Además de incomodarse ellos nos incomodan á -nosotros, porque nos hacen perder tiempo: la mayor parte ni siquiera -sabe con qué nombre debe votar. Lo mejor es seguir copiando derecho -viejo del padrón, sin tanta historia. - ---Tiene razón, amigo,--exclamó Ferreiro,--tiene mucha razón. Voy á dar -orden de que no vengan más. - -Y desde ese momento cesó la procesión de comparsas hecha á modo -de los desfiles de teatro en que los que salen por una puerta -entran en seguida por la otra, después de cambiar de sombrero ó de -quitarse la barba postiza. Los escrutadores pudieron entonces copiar -descansadamente el padrón, y así lo hicieron hasta la hora de almorzar. - -El almuerzo les fué llevado de la fonda, pues el comité, descontando -ya el indudable triunfo, había querido obsequiarles con todo lo mejor -que podía obtenerse en Pago Chico en materia de cocina francesa -confeccionada con grasa de vaca. - -Por la tarde, á la hora en que debía cerrarse el comicio, del comité -provincial salieron estrepitosas notas musicales, en la calle frente -á la puerta comenzó á funcionar el infaltable mortero municipal -dirigido por D. Máximo en persona, estallaron las bombas de estruendo -en el aire caldeado por un día bochornoso de sol, y los paisanos -desarrapados, llevados de todas partes para las elecciones, formaron -un grupo, abigarrado y maloliente, que con la banda de Castellone á la -cabeza recorrió el pueblo dando vivas al partido provincial y mueras -á los cívicos, atestiguando de aquel modo el indiscutible triunfo del -oficialismo, las inmensas simpatías de que gozaban las autoridades -locales que el pueblo por nada quería cambiar, y la impotencia de -los cuatro locos que se arrogaban la representación política de ese -mismo pueblo, unánime como tabla, sin embargo, para hacer creer á -los inexpertos que de veras había una oposición en Pago Chico, donde -á lo único que las personas sensatas hacían la guerra, era á los -perturbadores que bajo la careta del patriotismo querían trastornarlo -todo, por aquello de que á río revuelto ganancia de pescadores... - -Así por lo menos lo dijo al día siguiente el diario oficial, llenando -al pasar de improperios á todos cuantos habían intentado sacudir el -yugo. - -Viera, entre tanto, sentado á la puerta de su casa, oía todo aquel -innoble regocijo, en el abatimiento provocado por la continuada -tensión nerviosa de aquel día, en el que desarrolló más esfuerzo del -necesario para realizar alguna obra hercúlea, como la higienización -de las caballerías de Augías, por ejemplo... Confusas imágenes, vagos -sueños de evangelización y sacrificio cruzaban por su mente, sentía un -nudo en la garganta, una opresión en el pecho, é incapaz de sintetizar -después del análisis, de obrar basándose en la triste experiencia, sólo -acertaba á balbucir: - ---¡Será posible! ¡Será posible! - -Y como en esta fórmula vaga se materializaba su ideal, su ¡será -posible! era protesta, programa y credo,--lo más puro, y por lo mismo -lo más inmaterial, imponderable, sublime... - -Buscó largo rato lo que había de hacer... Todo se le presentaba -impreciso. No podía resolverse á nada. No sabía. Entonces, en pleno -reino de lo abstracto, sólo atinó á buscar su abstracción espiritual y -sentimental más alta: - -Se fué á ver á su novia. - - - - - LADRILLO DE MÁQUINA - - -La llamada «crisis de progreso» llegó hasta Pago Chico, provocando una -especulación en tierras, bastante grande en relación á la importancia -del pueblo. - -La villa, hoy con honores nominales de «ciudad», cambió rápidamente -de aspecto; pero la liquidación final de la aventura dejó á la mitad -de los habitantes en la calle, cuando, después del 89, los pesos -comenzaron á andar á caballo ó á esconderse como los peludos. - -Pero, antes de esta semi-catástrofe, no pasaba domingo ni día de fiesta -sin diez ó doce remates de solares, quintas y chacras, y un terreno -cualquiera solía tener en un solo mes cuatro ó cinco propietarios -sucesivos, dejando apreciable ganancia á todos los vendedores. - -Como consecuencia de esta embriaguez por el juego mal disimulado y de -la intermitente abundancia de dinero, cundía la edificación, no quedaba -prójimo sin amontonar ladrillos, levantábanse barrios enteros, y los -albañiles acudían de todas partes al olor del trabajo bien remunerado. - -Las «autoridades» de Pago Chico habían formado, naturalmente, sociedad -para la compra-venta de tierras, la adquisición por testaferros de -«sobrantes» municipales, tramitación y logro de «indemnizaciones» por -solares no ubicados, y otras operaciones no menos honestas y lucrativas. - -Estos negocios necesitan una rápida explicación, aunque no afecten al -fondo de la verídica historia que narramos. - -Ya se ha visto que el plano del pueblo estaba topográficamente muy mal -aplicado[2] y tanto que en medio de las manzanas, entre solar y solar, -quedaba á veces una fracción de terreno sin dueño: esta fracción era el -«sobrante». - -Como es muy de temer que esta explicación no se entienda, apelemos á -las rayas. Toda manzana pagochiquense era un cuadrilátero de ciento -cincuenta varas de lado, dividido cada uno en cuatro solares de treinta -y siete y media varas de frente por setenta y cinco de fondo, así: - - 37½ 37½ 37½ 37½ - A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=150 varas - -Pero cuando, por mala demarcación, la línea resultaba de más de 150 -varas,--equivocados al situarse los puntos A y B,--era forzoso que -entre un solar y otro solar quedara una diferencia, posiblemente -ubicable en cualquier punto, pero ubicada siempre (por un resto de -pudor administrativo) entre solar y solar. - - 37½ 37½ 37½ 37½ - A ━━━━━━━━━━━━━━━ B=165 varas - -Las quince varas de diferencia--sobrante--eran adjudicadas al precio -primitivo de los solares, diez veces inferior al corriente--á la -persona que hacía la denuncia. Como ésta era siempre un hombre de -influencia, el sobrante se ubicaba donde más daño hacía, es decir -entre las dos propiedades más valiosas, siempre que no fueran de otro -influyente... Para no destrozar sus edificios, las víctimas pagaban -á peso de oro, un terreno que habían pagado ya, pero cuyo exceso de -superficie no ignoraban probablemente: á un engaño hay otro engaño, á -un pícaro, otro mayor, como afirma el proverbio. - -Este error topográfico, provocaba el inverso, que otro línea explicará, -sin más vueltas: - - 37½ 37½ 37½ 37½ - A ━━━━━━━━━━━━ B=112.50 varas - -En la «cuadra» faltaba un solar, aunque existiera ó pudiese forjarse -un título de propiedad. El dueño del título sin terreno, reclamaba -(naturalmente si era situacionista porque la reclamación no «cuajaba» -de otro modo) y como no era posible estirar la cuadra ni hacer parir -las varas, indemnizábasele con otro lote municipal, diez ó veinte -veces más valioso, en cualquier otra parte, y tanto mejor ubicado -cuanto mayor era la influencia del reclamante. ¡Estancias se obtuvieron -por este sistema! y si Ferreiro llegó á diputado fué sólo á costa de -muchos sobrantes y muchas indemnizaciones que supo aprovechar para sí, -indicar á otros ó repartir entre los «personajes» que le interesaban ó -podían serle útiles al día siguiente, y esto fuera de las suculentas -«comisiones» con que sabía untar la mano de los empleados municipales, -de intendente abajo. Como que hasta don Máximo recibía infaliblemente -su propina. - -Esto hubiera bastado á cualquier gobierno aprovechador. - -Pero, deseosos de ensanchar su campo de acción, los señores del pueblo -resolvieron un buen día dedicarse también á la industria y establecer -una fábrica de «ladrillo de máquina» que había de darles resultados -estupendos.--Asistamos á la reunión en que quedaron sentadas las bases -de la empresa. - -Celébrase ésta en casa del juez de Paz D. Pedro Machado, con asistencia -del intendente Municipal D. Domingo Luna, del comisario Barraba, del -doctor Carbonero y del famoso escribano Ferreiro, cuyas fechorías -habían de conducirlo más tarde á ser todo un personaje provincial y -hasta nacional, como veremos más adelante, porque es cierto aquello de -que «todo se andará si el palito no se quiebra». - -Es de noche. Ronco son hace del mar la resaca... - -Una chinita desarrapada, ceba y acarrea el mate amargo, y en la mesa -del comedor, como adorno característico, se alza un porrón de ginebra -rodeado de copas. - -Machado, masticando el pucho de cigarro negro, expone con vehemencia -lo lucrativo que á su parecer resultará el negocio, las ventajas que -reportará á los asociados, las grandes cantidades de ladrillo que se -podrán producir y vender... - ---Nos ganaríamos una punt'e pesos; pero hay och'hornos en el pueblo y -nos van á hacer la competencia... Para hacernos la guerra son capaces -de vender perdiendo, y nosotros también tendremos que perder. Nos -sacarían la chicha y eso no nos hace cuenta... - -Largo rato se debatió la cuestión, entróles miedo á los presuntos -fabricantes, y ya iban á abandonar la empresa por demasiado aleatoria, -cuando el escribano ladino, que había estado meditando sin tomar parte -en la discusión, electrizó de nuevo á sus socios y discípulos de -siempre con una idea genial que cortaba el nudo gordiano: - ---¿Cuánto tiempo tardará en instalarse completamente la fábrica y poder -trabajar?--preguntó á don Domingo Luna, el más interiorizado en el -asunto. - ---Seis meses. - ---¿Y para que venga la maquinaria de Europa? - ---Mes y medio, cuando mucho, si la pedimos por telégrafo. - ---Entonces... entonces ¡hay que prohibir la edificación por un año!... - -Todos se levantaron como movidos por un resorte, lanzando suspiros -y exclamaciones de satisfacción. Á nadie se le ocurrió objetar -que aquello podría ser arbitrario: ninguno de ellos gobernaba con -semejantes escrúpulos. Barraba palmoteó á Ferreiro en el hombro. -Machado se echó al coleto, con los ojos brillantes de codicia, una -copa de ginebra; el doctor Carbonero se restregó las manos, alzando y -levantando la cabeza sonriente, y D. Domingo hizo un movimiento tan -brusco é intempestivo que derramó el mate sobre los guiñapos de la -china cebadora. - -El plan de Ferreiro era muy sencillo: - -Como la delineación del pueblo había sido pésima desde un -principio, y como los improvisados «ingenieros»--ni agrimensores -siquiera,--municipales habían hecho las calles en forma de dientes de -sierra, como si sólo trabajaran beodos, nada más natural que presentar -al concejo y hacerle aprobar una ordenanza prohibiendo la edificación -mientras no se trazara el nuevo, definitivo y esta vez matemático plano -de la futura ciudad. - -Entre tanto, podría instalarse tranquilamente la fábríca; los horneros, -presuntos competidores, «reventarían» por falta de trabajo, y ya libres -de temores y al abrigo de toda contingencia, comenzarían á producir -«ladrillo de máquina», iniciando la «era del ladrillo de máquina», -demarcadora de un nuevo y colosal progreso pagochiquense. - -Y así se hizo, como se dijo. - -Los horneros fueron emigrando poco á poco; la maquinaria llegó; la -fabricación inicióse con un resultado desastroso, porque nadie entendía -aquellos complicados aparatos tragadores de barro, estiércol y paja; -(la casa europea había aprovechado la coyuntura para deshacerse de un -viejo «clavo» únicamente bueno para Sud América ú otro país bárbaro); -gritó _La Pampa_; comentó el pueblo aquel escándalo, y protestó de él -enviando anónimos al gobernador y á los periódicos de la capital... -Y cuando, después de encontrar obreros diestros en Buenos Aires, -comenzaron á levantarse altas pirámides de ladrillos tersos y rojos, -como diciendo «compradme», Ferreiro se encaró cierto día con «el digno -y progresista intendente de Pago Chico», según _El Justiciero_. - ---¡Hombre, don Domingo! ¡Se me acaba de ocurrir una cosa! - ---¡Vamos á ver qué se le ocurre!--exclamó Luna.--Estoy á su servicio. - ---Que usted me podría comprar las acciones de la fábrica de ladrillos. - ---¡Qué! ¿Ya no le gusta el negocio? - ---¡Al contrario! ¡Me gusta de alma! Pero, ando un poco necesitado -de plata para completar lo que me cuesta una chacrita que acabo de -comprar, y naturalmente, ¡no voy á vender las acciones á algún extraño -que vaya á meter las narices en nuestros asuntos!... - ---¡Pues, natural! ¿Y, cuánto quiere? - ---Entre nosotros no podemos ser exigentes, ni pensar en ganancias. Se -las doy por lo que me costaron. - ---¡Arreglao!--exclamó el otro muy satisfecho. - -Cobró el uno, pagó el otro, y el escribano quedó fuera de la sociedad -anónima de los ladrillos de máquina. - -Véase ahora la tontería de Ferreiro: - -Un mes más tarde producíase la catástrofe financiera en que hasta los -obreros desaparecieron del país, porque el metal valía cuatro veces -más que su valor fiduciario, y D. Domingo Luna, hecho un puerco espín, -exclamaba: - ---¡Á este Ferreiro no hay por donde agarrarlo! ¡Mi ha fregao lindo!... -¡Y decir que p'a esto largué la ordenanza de la prohibición que inventó -el muy canalla, aguantando los chaguarazos de los diarios, y todo! -¡Pucha con el hombre!... ¡Si quisiera ser mi socio, pero no á mañas -libres, sino derecho viejo! ¡La pucha con el platal que díbamos á -hacer!... - -Una vez se atrevió á increpar al escribano, quien, sonriéndose, le dijo: - ---Mire, viejo: yo no he perdido un real en esta crisis. Al contrario, -estoy más rico que antes. Y ¿sabe por qué?... Porque en la especulación -es como en el juego de la brasa: el que se queda con ella, al último, -es el que se quema, como el último mono es el que se ahoga. - ---Pero, yo soy su amigo, don... - ---En la especulación, lo mismo que en el juego no hay amigos, sino -enemigos. Pero, pierda cuidado: la bromita le cuesta muy poco, al -fin y al cabo, y aquí estoy yo para hacer que se desquite. Compre -certificados del Banco de la Provincia: yo sé lo que le digo. Dentro de -pocos meses habrá duplicado ó triplicado el capital. - -Y fué, en efecto, un gran negocio para D. Domingo, quien perdonó -gustoso en vista de ello que lo hubieran hecho comulgar con los -malhadados ladrillos de máquina... - - - NOTAS: - -[2] Véase «El juez de paz», pág. 51. - - - - - BENEFICENCIA PAGOCHIQUENSE - - -De las dos sociedades de beneficencia formadas por señoras que había -en Pago Chico, la más reciente era la de las «Hermanas de los Pobres», -fundada bajo los auspicios de la augusta y respetable logia «Hijos de -Hirám» que le prestaba toda su cooperación. La primera en fecha era -la sociedad «Damas de Beneficencia», naturalmente ultra católica y -archiaristocrática, como se puede--¡y vaya si se puede!--serlo en Pago -Chico. - -Las «Hermanas de los Pobres» se instituyeron «para llenar un vacío» -según dijo _La Pampa_, y la verdad es que en un principio hicieron gran -acopio de ropas y artículos de utilidad, cuyo reparto se practicó no -sin acierto entre pobres de veras, sin distinción de nacionalidades, -religiones ni otras pequeñeces. Distribuían también un poco de dinero, -prefiriendo sin embargo, socorrer á los indigentes con alimentos -y objetos dándoles vales para carnicerías, lecherías, panaderías, -boticas,--todas de masones comprometidos á hacer una importante rebaja. -La sociedad prosperó con gran detrimento de la otra, que ni tenía -su actividad ni usaba de los mismos medios de acción, ni aprovechaba -útilmente sus recursos. Se hablaba muy mal de esta última. «Las Damas -de Beneficencia» no servían ni para Dios ni para el Diablo según la -opinión general. Es decir, esa opinión estaba conteste en que servía, -pero no á las viudas, ni á los huérfanos, ni á los pobres, ni á los -inválidos y enfermos, sino á su digna presidenta misia Gertrudis, -la esposa del tesorero municipal, quien hallaba medio de ayudarse á -sí misma, no ayudando á los demás, con los recursos que le llovían -de todas partes. Pero, eso sí, la contabilidad de la asociación era -llevada «secundum arte», limpia y con buena letra, como que de ello -cuidaba el mismo tesorero, esposo fiel y servicial. - -Tendrían ó no tendrían razón de ser las hablillas circulantes, -viviría ó no viviría misia Gertrudis de lo que se daba--con bastante -generosidad--para los pobres; esquilmaría ó no esquilmaría el óbolo -común; el hecho es que estrenaba anualmente dos ó tres vestidos de seda -que hacían poner rojas y verdes y amarillas de envidia á la comisaría, -á la valuadora, á la misma intendenta; que de cuando en cuando, -compraba un nuevo solarcito en las afueras del pueblo; que en su casa -no faltaba nunca una copa de oporto de regular arriba, para obsequiar -las visitas de cierta distinción, y que no se comía mal ni mucho menos -en los almuerzos que ella y el tesorero daban á sus amigos, enemigos -más bien. - -Porque si no nos equivocamos, en todo el pueblo no había una persona -que no hablara pestes de la tesoreril pareja, hasta entre las que más -la festejaban. Claro está, entonces, que «la calumnia fué creciendo, -fué creciendo» y no tardó mucho en llegar á los propios oídos de la -mismísima misia Gertrudis, en alas de la voz pública representada esta -vez por una vieja pagochiquense, infatigable en la tarea de llevar y -traer chismes y habladurías. Doña Dolores, enemiga á muerte de misia -Gertrudis la despellejaba implacablemente, pero fingía ser su amiga, y -hasta puede que lo fuera en el instante en que conversaba con ella. - -Un día, pues, no resistió al deseo imperioso de contar á la interesada -cuanto se decía en el pueblo, unas veces en voz baja, otras veces á -gritos. - ---Usted que es una señora decente, esposa nada menos que del tesorero -municipal, no debe dejar que hablen esas cosas de usted, y darles una -lección. - -Misia Gertrudis la escuchaba furiosa, no interrumpiéndola sino con -dicterios dirigidos indistintamente á todos los notables de Pago Chico. -La presidenta no dejó de rabiar desde entonces. Loca de ira y de -indignación llegó hasta jurar que presentaría su renuncia--cuya sola -enunciación la hacía estremecer--y declaraba á voz en cuello que lo -único que no podía soportar era la ingratitud, la injusticia de que se -la hacía víctima inmaculada y dolorosa. - ---¡Calumniarme á mí, á mí!... ¡Á ver si hay una sola de esas hijas de -una... tal por cual, que sea capaz de «alministrar» tan bien como yo! -¡Que vengan, que vengan á esaminar mis libros!... - -Y ostentaba los modelos de caligrafía pacientemente ejecutados por -su marido; pero allá en el fondo, su conciencia hacía un balance que -nunca se habría atrevido á presentar, ni á esas ni á otras damas -cualesquiera, y le imponía la visión, como implacable libro diario, -de los kilos de carne, de yerba, de azúcar, de arroz, de fideos y los -litros de leche, de vino, de aguardiente, de aceite, de petróleo que -debía á los pobres. É imaginábase que entre ellos se erguía la figura -odiosa y acusadora de su colega la presidenta de las «Hermanas de los -Pobres», esa «masona» que solamente por vil espíritu sectario, por -hacer daño á la iglesia y á los católicos y á Dios mismo, llevaba sus -libros peor escritos sí, pero con arreglo á la verdad. - -Una mañana mister Kitcher, el acopiador de frutos del país, un inglés -que nunca se ocupó de saber lo que ocurría en el pueblo, le envió un -donativo de bastante importancia para el objeto, sin sospechar que -aquel dinero pudiera extraviarse antes de llegar á su verdadero destino. - -Misia Gertrudis había notado aquel día, no sin pena, que el bolsón de -terciopelo cerrado por un cordón de seda, en que guardaba «aparte» el -dinero de los pobres, estaba completamente vacío, sin el más mínimo -resto de limosna. Es de imaginar, pues, con cuánta satisfacción recibió -la de mister Kitcher, y el buen humor con que se hubiera puesto á coser -la bata--que proyectaba lucir en la próxima función que á beneficio -de la sociedad iba á dar en el circo la compañía acrobática, del -celebérrimo Tomate IV--si hubiera podido apartar de la imaginación el -recuerdo de las comprometedoras hablillas y el encono cada vez mayor -que sentía hacia las «Hermanas de los Pobres», sobre quienes hacía -llover las maldiciones de más grueso calibre. Así es que apenas se -sentó y sin advertirlo, se puso á murmurar dicterias enardeciéndose -cada vez con el propio rumor y la propia ponzoña de sus rezongos. - ---Aquí le manda esto el sastre,--díjole la chinita Petrona, cuando -apenas había dado dos puntadas. - -Era la cuenta de una compostura de ropa de su marido y del arreglo de -la levita negra para el «Tedéum» del nueve. - ---Á ver, dame... ¡Ah, sí, ya sé!--exclamó misia Gertrudis, -tomando el papel que Petrona le presentaba y devolviéndoselo acto -continuo.--Decile que vuelva el sábado... Ahora estoy muy ocupada. - -Pero en ese instante recordó la ofrenda de mister Kitcher, cuyo dinero -tenía aún en el bolsillo, é iluminada por súbita inspiración--¡lo -que puede la costumbre!--bolsiquió por la manera, asió el bolsón de -terciopelo, é inmovilizó á la chinita que ya iba á salir, gritándole: - ---Esperáte. - -Muy grave, con una gravedad que imponía como siempre, respeto, añadió: - ---No le digas nada. Tomá.... - -Y sacando los cuatro pesos que importaba la cuenta, los dió á Petrona -que corrió á entregárselas al cobrador del sastre,--mientras la -señora, reanudando el hilo de sus pensamientos y el curso de sus -imprecaciones murmuraba indignadísima entre dientes: - ---¡Pícaras!--¡Sinvergüenzas!--sospechar de que robo, yo, ¡¡yo!! -Quisiera que estuvieran un momento en mi lugar, para ver las cochinadas -que harían... - -Pero se arrepintió de haber invocado tan peligrosos testigos, y, -paseando la mirada recelosa por el cuarto, tanteóse el vestido, á -ver si el bolsón de terciopelo continuaba en su sitio para seguir -socorriendo á pobres acreedores. - - - - - PONCHO DE VERANO - - -Desde meses atrás no se hablaba en Pago Chico sino de los robos de -hacienda, las cuatrerías más ó menos importantes, desde un animalito -hasta un rodeo entero, de que eran víctima todos los criadores del -partido, salvo, naturalmente, los que formaban parte del gobierno de la -comuna, los bien colocados en la política oficial, y los secuaces más -en evidencia de unos y otros. - -La célebre botica de Silvestre era, como es lógico, el centro obligado -de todo el comentario, ardoroso é indignado si los hay, pues ya no se -trataba únicamente de principios patrióticos: entraba en juego y de -mala manera, el bolsillo de cada cual. - -Por la tarde y por la noche toda la «oposición» desfilaba frente á -los globos de colores del escaparate y de la reluciente balanza del -mostrador, para ir á la trastienda á echar su cuarto á espadas con el -fogoso farmacéutico, acerca de los sucesos del día. - ---Á don Melitón le robaron anoche, de junto á las mismas casas, un -padrillo fino, cortando tres alambrados. - ---Á Méndez le llevaron una puntita de cincuenta ovejas lincon. - ---Fernández se encontró esta mañana con quince novillos menos, en la -tropa que estaba preparando. - ---El comisario Barraba salió de madrugada con dos vigilantes y el cabo, -á hacer una recorrida... - -Aquí estallaban risas sofocadas, expresivos encogimientos de hombros, -guiños maliciosos y acusadores. - ---Él mismo ha'e ser el jefe de la cuadrilla--murmuraba Silvestre, -afectando frialdad. - ---¡Hum!--apoyaba Viera, el director de _La Pampa_, meneando la cabeza -con desaliento.--Cosas peores se han visto, y él no es muy trigo limpio -que digamos... - ---¡Él!--gritaba don Inacio, caudillo opositor... todavía.--Es un peine -que ni caspa deja. ¡Y cómo está pelechando el hombre! No hace mucho -se compró la casa en que vive; áura ha alquirido una quinta junto al -arroyo... ¿De ande saca p'a tanta misa? Negocios no se le conocen, la -suvención de la municipalidá no es cosa, y los cinco ó seis vigilantes -que se come y no aparecen más que en las planillas, no dan p'a esos -milagros... ¡Él ha de mojar no más en los a-bi-ge-á-tos! - -Los otros grupos de independientes y opositores, explanaban el mismo -tema y compartían la misma opinión: el gran cuatrero, pudiera ó no -pudiera probársele, era indudablemente el comisario Barraba, quién -sabe si con la complicidad de otros funcionarios, pero, en cualquier -caso, con su tolerancia... «La corrupción del poder--como decía _La -Pampa_--es tan contagiosa, que cuando invade á un cuerpo, no deja un -solo miembro libre, y luego sigue trasmitiéndose al rededor, de tal -manera, que todos vienen á quedar infestados, si se descuidan.» - ---Así te diera yo á vos alguna coima, y veríamos--refunfuñaba el señor -comisario, para sus grandes bigotes. - -Entre tanto, el escándalo y la indignación pública iban subiendo de -punto. Ya no era únicamente _La Pampa_ la que revelaba y condenaba los -robos de hacienda, pintando á Pago Chico como una cueva de ladrones; -los periódicos de la capital, informados por parte interesada, -comenzaron también á poner el grito en el cielo, espantados de que -tales cosas ocurrieran en «la primera provincia argentina», mientras -el gobierno, llamado á velar por los intereses generales, se hacía -el sueco al clamor creciente de los despojados, convirtiéndose en -encubridor y fomentador de bandoleros. - -Aunque la superioridad continuara sin inmutarse, sorda como una tapia y -muda como una piedra, Barraba comenzó á sentir sus recelos... - ---¡Hay que hacer algo!--se decía, multiplicando sus inútiles salidas -en persecución de cuatreros y vagabundos, incomodado por las irónicas -sonrisas y los ademanes burlescos con que ya se le atrevían los vecinos -al verlo pasar... - ---Sí,--peroraba don Ignacio una noche en la botica,--cuatrero es -cualquiera, cuatreros somos todos, ¿cómo lo h'e negar? Los mismos -piones que tengo, mañana s'irán y me robarán hacienda; pero mientras -estén en mi casa no, porque les parecería demasiada ruinda. El vecino -roba al vecino en cuantito se mesturan los animales, ó á gatas tienen -ocasión. Roba el que pasa sin mal'intención por su campo, si tiene -hambre y está solo y le da gana de comerse una lengua'e vaca ó un lindo -asau de cordero... Le roba el paisano haragán que vive «con permiso» -en el ranchujo que alza en un rincón de su campo, y que con cuatro ó -cinco vacas tiene carne toda la vida, y con una majadita de cuarenta -ó cincuenta ovejas vende casi más lana y más cueros que usté... ¿Y -sabe p'a qué tiene animales? ¡Bah! ¡si le dan trabajo!... ¡tiene -p'al derecho á la marca y las señales con que se apropea de todo lo -orejano que le cai cerca!... Le roba el alcalde, que ya comienza á ser -autoridá, y no tiene miedo que lo castiguen... Y por lo consiguiente, -las demás autoridades... - ---¡Pero esto es Sierra Morena!--clamó el doctor Pérez y Cueto, -exagerando aún su acento español.--Y el gobierno de la provincia -debería... - ---Ya l'he dicho--interrumpió don Ignacio,--que el gobierno no tiene -coluna más fuerte que el cuatrero, ya sea de profesión, ya por pura -bolada de aficionau. Los cuatreros son sus primeros partidarios; ésos -son los que eligen los electores, los diputados, los municipales; ésos -son los que sostienen, junto con los vigilantes, á la autoridá del -pago, y de áhi el mismo gobierno. Y p'a pagarles, el gobierno los deja -vivir ¡es natural! En tiempo de eleción les hace dar plata, pero como -no puede estar dándoles el año entero, los contempla cuando comienzan -á robar otra vez... - -Todos apoyaron. El doctor Pérez y Cueto se había quedado meditabundo. -De pronto alzó la cabeza y dijo con énfasis, recalcando mucho las -palabras: - ---Esa especie de connaturalización con el cuatrerismo, que lo convierte -casi en una tendencia espontánea y general, debe tener y tiene sin duda -su explicación sociológica. Pero ¿cuál? ¿Será el atavismo? ¿Se tratará -en este caso de una reaparición, modificada ya, de los hábitos de los -conquistadores y primeros pobladores, acostumbrados á considerar suyo -cuanto les rodeaba, por el derecho de las armas y hasta por derecho -divino?... La herencia moral de este país, no es, indudablemente, ni el -respeto á la propiedad ni el amor al trabajo... - -Profundo silencio acogió estas palabras que nadie había comprendido -bien, y el doctor Pérez y Cueto, dió las buenas noches y salió, para -correr á repetírselas á Viera, deseoso de que no se perdiesen... - -Poco después entró en la trastienda Tortorano, el talabartero, -restregándose las manos y riendo, como portador de una noticia chistosa. - ---¿Qué hay? ¿Qué hay?--le preguntaron en coro. - ---¡Barraba ha salido con una partida, á recorrer!...--exclamó -Tortorano.--Y hace un rato gritaba en la confitería de Cármine que de -esta hecha no vuelve sin un cuatrero, ¡muerto ó vivo!... - -Todos se echaron á reir á carcajadas, festejando con chistes, -dicharachos y palabrotas la declaración del comisario... - -Y sin embargo, éste supo cumplir su palabra... - -Cuando ya regresaba, al amanecer, con las manos vacías--¿y á quién -tomar, en efecto, si no se tomaba á sí mismo?--después de haber -pernoctado en una estancia lejana, Barraba vió un hombre que se movía -á pie, en el campo, cargado con un bulto voluminoso y lejos de toda -habitación. El individuo iba hundiéndose en la niebla, todavía espesa, -de una hondonada, junto al arroyo medio oculto por las grandes matas -de cortadera. Barraba, entrando en sospechas, espoleó el caballo para -reunírsele. ¡Su buena estrella!... - -Cuando lo alcanzó no pudo ni quiso retener un sonoro terno, mitad de -cólera, mitad de alegría: - ---¡Ah, ca... nejo! ¡Al fin cáiste!... - -El hombre iba cargado con un hermoso costillar bien gordo y un cuero -de vaca recién desollado: iba sin duda á esconderlo en alguna cueva -de las barrancas del arroyo, pues, ya de día claro, no era prudente -andar con aquella carga, á vista y paciencia de quien acertara á pasar -por allí... Al oir el vozarrón del comisario que se le echaba encima -á rienda suelta, tiró cuero y costillar y trató de correr á ocultarse -entre un alto fachinal que allí cerca entretejía su impenetrable -espesura. Pero Barraba, más listo, le cortó el paso con una hábil -evolución. - ---¡Ah, eras vos!--exclamó al ver enfrente á Segundo, pobre paisano -viejo, cargado de familia, que se ganaba miserablemente la vida -haciendo pequeños trabajos sueltos.--¿Con qu'eras vos, indino, -canalla, hijuna!... ¡Tomá, tomá, sinvergüenza, ladrón, bandido! - -Y haciendo girar el caballo en estrecho círculo alrededor de Segundo, -descargóle una lluvia de rebencazos por la cabeza, por la espalda, por -el pecho, por la cara... Bañado en sangre, tembloroso y humilde, el -otro apenas atinaba á murmurar: - ---Señor comisario... Señor comisario... - -Los vigilantes se reunieron al turbulento grupo y quisieron «mojar» -también, dando algunos lazazos al matrero tomado infragante. Pero -Barraba, celoso de sus funciones de verdugo, los hizo apartar y siguió -azotando hasta que se le cansó, «más que la mano el rebenque». - -Segundo había quedado en tierra, y resollaba fuerte, angustiosamente, -pero sin quejarse. Tenía el cuerpo cruzado de rayas rojas en todas -direcciones, la mejilla derecha cortada por la lonja, y de las narices -le brotaba un caño de sangre... - ---¡Á ver! ¡Llevenló en ancas! Tenemos que llegar temprano p'a darles -una buena leción! ¡Lleven el cuero también!--gritó el comisario. - -Y apretando las piernas á su caballo enardecido por la brega, tomó á -todo galope en dirección á Pago Chico, que no estaba lejos ya. - -Segundo, bamboleándose en la grupa del caballo de un vigilante, con -una nube en los ojos, la cabeza trastornada y los miembros molidos, -balbucía: - ---¡Por la virgen santa!... ¡Por la virgen santa!... - -El agente, fastidiado por aquella dolorosa y continua letanía, volvióse -por fin colérico: - ---¿De qué te quejás? ¡Tenés lo que merecés y nada más! ¿Á qué andas -robando animales?... - -Segundo hizo un esfuerzo: - ---¡Era la primera vez,--murmuró,--la primerita! Encontré esa vaquillona -muerta... Mandinga me tentó... la «cuerié»... Pero es la primera vez, -por éstas...--y poniendo las manos en cruz, se las besaba... - ---¡Ya t'endenderás con el juez!... ¡Lo qu'es á mí, maní... No me vengás -con agachadas, ché! - -El sol comenzaba materialmente á rajar la tierra cuando llegaron á la -comisaría, bañados en sudor hombres y caballos. La naturaleza entera -parecía jadear bajo los rayos de plomo y el viento del norte, cargado -de arena y quemaba como el hálito de la boca de un horno. Las hojas -de los árboles, achicharradas, crujían al agitarse, como pedazos de -papel. Pago Chico entero estaba metido en su casa. El comisario, en la -oficina, se refrescaba con una pantalla, en mangas de camisa, tomando -mate amargo que asentaba con un traguito de ginebra, «p'al calor». -Había llegado mucho antes que su escolta, montada en inservibles -matungos patrias, más inservibles aún con aquella temperatura tórrida. - ---¡Ahí está el preso!--le anunció el asistente, cuadrándosele. - ---¡Bueno! ¡Que le pongan el cuero de poncho, y lo hagan pasear por la -plaza hasta nueva orden!--gritó Barraba. - -La plaza era, como es sabido, un inmenso terreno de dos manzanas, -sin un árbol, sin una planta, sin una matita de pasto, en que el sol -derramaba torrentes de fuego, como si quisiera convertir en ladrillo -aquella tierra plana é igual, desolada y estéril. - -El comisario salió en mangas de camisa, con el mate en la mano, á -presenciar el cumplimiento de su orden. - -El cuero, fresco y blando, fué desdoblado; con un cuchillo hízosele -en el centro un tajo de unos treinta y cinco centímetros de largo... -Segundo fué conducido al patio, donde se ejecutaba esta operación; -casi no podía tenerse en pie... Lo obligaron á meter la cabeza por el -boquete del cuero, y uno de los agentes alisó con cuidado los pliegues, -ajustándolos al cuerpo. - ---¡Lindo poncho fresco... de verano!--exclamó Barraba, chanceándose -alegre y amablemente. - -Los que estaban en el patio,--y sobre todo el escribiente Benito aquél -que «era más bruto que un par de botas»--festejaron el chiste del -superior, riendo con más ó menos estrépito... según la jerarquía. - -Segundo callaba, sin darse cuenta aún de lo que iba á suceder. Por -delante y por detrás, el improvisado poncho llegábale á los pies; á -ambos lados, partiendo de los hombros, se abría como una especie de -esclavina. - ---¡Bueno, marche!--mandó el comisario.--¡Y con centinela de vista! ¡Que -no se pare; y si se para, déle lazazo no más! - -El viejo salió tropezando, seguido por un vigilante. Cruzaron la calle, -entraron en la plaza y comenzó el paseo... En los primeros momentos, -las cosas no anduvieron demasiado mal. Uno que otro vecino, asomado por -casualidad, y viendo el insólito aspecto del hombre vestido con tan -extraño poncho, se apresuró á inquirir de qué se trataba. La noticia -cundió. Entreabriéronse puertas y ventanas, dejáronse ver cabezas de -hombres, mujeres y niños; un rato después comenzaron á formarse grupos -en las aceras con sombra, y á volar comentarios de unos á otros: - ---Es Segundo. - ---¡Pobre! ¿y qué ha hecho? - ---Parece que lo han pillau robando animales... - ---¿Él? ¡Bah! ¡no es capaz! - ---¡Un viejo infeliz! - ---¡Qué quiere, amigo! ¡La soga se corta por lo más delgao! - -Pago Chico entero no tardó en hallarse reunido alrededor de la plaza, -y el gentío era aún más numeroso que el día de la fracasada ascensión -del globo aerostático. No quedó un perro en su casa, y en el ámbito -asoleado zurría un zumbido de colmena. - -El paseo de Segundo continuaba hacía ya una hora. El desdichado intentó -detenerse una ó dos veces, pero el activo rebenque hizo desvanecer sus -ilusiones de descanso... El sudor corría por su rostro, mezclado con la -sangre coagulada que disolvía, flaqueábanle las piernas, y comenzaba á -sentirse estrecho en el poncho de cuero, poco antes tan holgado. Éste, -en efecto, secándose rápidamente con el sol,--harto rápidamente, pues -para ello se había cuidado de poner el pelo hacia adentro,--iba poco á -poco oprimiéndolo por todas partes, como un ajustado «retobo», hasta -obligarlo á acortar el paso. Y su interminable viaje seguía, en medio -de aquella atmósfera de fuego, bajo las miradas de la multitud, que -empezaba á indignarse y á dejar oir murmullos irritados... Ya se habían -relevado tres agentes, muertos de calor, pero la marcha continuaba, -implacable, y el poncho seguía estrechándose, estrechándose, impidiendo -todo movimiento que no fuese el cada vez más corto de los pies del -triste torturado, haciéndole crujir los huesos. - ---¡Basta! ¡Basta!--gritaron algunas voces. - ---¡Basta! ¡Basta!--repetían algunas otras de vez en cuando. - -El gentío, sobrecogido, olvidaba el calor. Segundo había pedido agua -muchas veces, con voz apagada y balbuciente de moribundo. Un vecino, -más caritativo y menos temeroso que los demás, le dió de beber. Al -relevarse el centinela, el comisario ordenó al que iba á hacer la nueva -guardia: - ---¡Que nadie se acerque al preso! - -Al martirio del cuero, que ya amenazaba desconyuntarlo, agregóse -entonces la tortura de la sed... - -Varias personas caracterizadas se presentaron á Barraba, pidiéndole que -hiciera cesar el suplicio. Barraba se echó á reir. - ---¿De qué se queja? Tiene poncho fresco... ¡de verano!... ¡Dejen, que -así aprenderá á carnear ajeno!... - ---Pero, señor comisario...--le suplicaron. - ---¡Bueno! ¿y áura salimos con ésas?... ¿Y no andan ustedes mismos -diciendo que hay que darles un «castigo ejemplar» á los cuatreros?... - ---Segundo es un infeliz, y... - ---¡No hay infeliz que valga! - ---¡Y creemos que el juez!... - ---¡Basta! ¡Callensé la boca! ¡Aquí mando yo, caray! ¿Por quién me han -tomau, y qué se piensan?... - -Cuando los postulantes salieron, Segundo rodaba desmayado entre el -polvo, tieso como un tronco seco, rígido, aprensado en los tenaces y -rudos pliegues rectos del cuero, que le penetraban en las carnes. Había -soportado el atroz suplicio sin lanzar un ay, mientras tuvo fuerzas -para mantenerse en pie... - -Hubo que sacarle el poncho cortándolo con cuchillo. De la plaza se le -llevó casi agonizante al hospital. - -Barraba reía con los suyos en la oficina: - ---¡Poncho de verano! ¡qué gracioso!... Miren qué poncho de verano... - - * * * * * - -Párrafo del editorial aparecido al día siguiente en _El Justiciero_, -periódico oficial de Pago Chico. - -«El comisario Barraba ha satisfecho ampliamente la vindicta pública -y merece el aplauso de todas las personas honradas, pues la terrible -y merecida lección que acaba de dar á los cuatreros hará que cesen -para siempre los robos de hacienda, aunque algunos la tachen de cruel -y arbitraria, amigos como son de la impunidad. ¡Siempre que extirpe un -vicio vergonzoso y perjudicial, una aparente arbitrariedad es evidente -buena acción!». - - * * * * * - -Dos meses después Segundo estaba en Sierra Chica, su familia en la -miseria y el señor comisario se compraba otra casa... - - - - - PARA BARRABASADAS... - - -¡Cuánta serenata y qué golpear de puertas! Pago Chico está «desatado» y -mientras en el Club los patricios hacen destapar mucho vino espumante -y un poco de champaña, entre risas, dicharachos y brindis, de las -trastiendas de los almacenes y de los despachos de bebidas salen cantos -broncos y desafinados en que se distingue algún «te l'ho detto tante -volte»... ó acompasadas y estrepitosas vociferaciones de «morra», como -martillazos secos, ó la algarabía de alguna disputa nacida entre oladas -de carlón. - -Por las calles vagan grupos de obreros con acordeón y guitarra, y de -jóvenes calaveras, al uso pagochiquense, que repican los llamadores, -se cuelgan de las campanillas, hacen ronga-catonga alrededor de algún -infeliz que se retira tropezando, medio chispo, y producen tal alboroto -que parecen legión cuando son apenas un puñado. - -Éstos se divierten apedreando las ventanas del Juez de Paz,--sabiéndolo -en el Club,--guarecidos tras de la tapia de un terreno baldio; aquéllos -han atado un tarro de petróleo á la cola del perro de Silvestre, -y allá va el pobre animal como una exhalación hasta el confín del -pueblo, despertando á las supersticiosas comadres de los ranchos -que se santiguan aterradas; los de más allá, inspirados por el hijo -de Bermúdez, mozo «diablo» cuya viveza es legendaria, han puesto en -práctica la genial idea de descolgar el letrero de Madama Grandenfant, -la partera,--cuadro que representa una mujer de palo, vestida de -hojalata, sacando un feto rojo de un rábano recortado en forma de -rosa,--y colgarlo en la puerta del cura, que echará pestes sin saber á -quién debe tal bromazo. - -Al Club del Progreso, con motivo de tan magna fiesta, han acudido -tirios y troyanos, á pesar de las terribles disensiones. Hay -armisticio, y el mismo comisario Barraba se ha dignado hacer acto de -presencia--muy campechano,--y codearse breves momentos con la oposición. - -El Club está momentáneamente en poder de los opositores. El caso es -que las cuestiones políticas le hicieron mucho daño, y la división -estuvo á punto de provocar su clausura, porque nadie pagaba la cuota -mensual,--sobre todo entre los oficialistas, vulgo «carneros»,--y -la falta de fondos no ha permitido dar una tertulia, como en años -anteriores... - -Esto no puede impedir, sin embargo, que la gente se divierta. - -En efecto, apenas dan las doce campanadas, saludadas con sendas copas -de vino (muchos no pueden realizar la proeza, por falta de estómago ó -por falta de cobres), y apenas el licor empieza su marcha ascendente, -hacia las alturas del cráneo, Mussio se sienta al piano y la emprende -con un vals saltado que pone en movimiento á los más jaranistas y -bailarines. No hay mujeres, naturalmente. - ---¡Pan con pan comida de bobos!--exclama con sarcasmo Viera, el -director de _La Pampa_. - -Pero después de un par de brindis suplementarios, él también se enlaza -con Silvestre, y es de ver á los dos, dando vueltas vertiginosas y -llevándose por delante los muebles enfundados del salón, las sillas, el -piano, los consocios mismos. - -El piano chilla, ladra, maúlla, se queja; saltan como pistoletazos los -tapones del vino espumante; un espectador lleva atronadoramente el -compás con los pies, el bastón, las patas de la silla, otro tararea -el vals á destiempo; el de más allá reclama un poco de silencio para -lanzar un brindis de circunstancias; los jugadores de billar se asoman -á la puerta que comunica con la sala de juego, risueños y enrojecidos, -con el taco en la mano; los mozos y el capataz corren de un lado á -otro, y en las ventanas de la calle aparece «vichando» con curiosidad y -estupor, algún transeúnte retardado á quien sorprende aquella inusitada -barahunda y que mañana desprestigiará á «todo lo mejor de Pago Chico», -entregado así á la más escandalosa y abyecta orgía. - -El de los brindis logra por fin hacerse escuchar, y apenas concluye -sus votos de prosperidad, dicha y bienandanza con un «año nuevo vida -nueva», lleno de modernismo, estalla la más formidable cencerrada que -orejas pagochiquenses hayan oído jamás. El orador, mohino, se desliza -hacia el «buffet» para reponerse del mal rato, mientras los demás -continúan cacareando, ladrando, maullando, rebuznando ó echando los -pulmones en alguna otra forma original. - -En esto, como si la empujara el pampero en persona, ábrese de par -en par la puerta del Club y entra desalado el oficial de policía, -produciendo en los presentes, hasta en los más entusiasmados, la -impresión acongojada de que acaba de ocurrir algo muy grave, alguna -desgracia, algún cataclismo... - -Como por encanto reina en el Club entero un silencio pavoroso. - ---¡Señor comisario!--dice el oficial en voz baja, acercándose á -Barraba.--El río Chico está desbordandose y amenaza inundar el pueblo. -¿Qué se hace? - -Barraba ahoga una interjección de las suyas, parece meditar un segundo, -y luego grita, perentoriamente y con voz de trueno, como un general que -toma disposiciones en el momento decisivo de la batalla: - ---¡Arme el piquete! ¡Vaya á paso de trote! ¡Mándeme el caballo! ¡Yo voy -en seguida! - -El silencio se hizo tan solemne y trágico, que todos se volvieron -indignados hacia Silvestre que había oído y se sonaba ruidosamente las -narices para no estallar en una carcajada. - ---¡Revolución! - ---¡Ataque á la comisaría! - ---¡Invasión! - -No se escuchaba otra cosa cuando los concurrentes comenzaron á -animarse, una vez fuera el misterioso Barraba. - -El boticario les dió la clave del enigma, pero no consiguió desarrugar -los ceños. ¡Una inundación! ¡Canario!... - -Sólo al día siguiente, cuando se vió que el Chico no salía de madre ni -pensaba tal cosa, por la escasez de recursos que lo mantenía sometido -á la familia, con agua apenas para regar las quintas de los prohombres -oficiales, estalló del uno al otro extremo del Pago la homérica -carcajada que Silvestre atajó la noche antes con el pañuelo. - -El comisario había inaugurado bien el año nuevo, y por eso sigue -diciéndose en nuestra tierra: - ---¡Para barrabasadas, Barraba!... - - - - - LOS PATOS - - -Era la tarde del 31 de Diciembre. Ruiz, el tenedor de libros de una -importante casa de comercio--aquel españolito capaz y relativamente -instruido que acababa de llegar al pueblo, después de una escala en -Buenos Aires, provisto de calurosas recomendaciones para su compatriota -el doctor don Francisco Pérez y Cueto, que no tardó en procurarle la -susodicha ubicación--se hallaba, como de costumbre, en la frecuentada -trastienda de la botica de Silvestre, sorbiendo el mate que cebaba -Rufo, el nunca bien ponderado peón criollo del criollo farmacéutico. - -Merced á su irresistible don de gentes, el boticario era ya íntimo -amigo del tenedor de libros, á quien había enseñado en pocas semanas -á tomar mate--como se ha visto,--á jugar al truco y á opinar sobre -política, tarea esta última siempre fácil y agradable para un español. -El aprendizaje de las otras dos, y sobre todo de la primera, había -costado mayor esfuerzo... - -Ruiz, á pesar de su renegrido bigote, de sus ojos negros y brillantes -y de su continente resuelto, no sabía andar á caballo ni conducir -un carruaje--observación que no parece venir á cuento, pero que -es imprescindible sin embargo,--de modo que, los domingos, cuando -obtenía prestado el tílbury de su patrón veíase en la obligación de -buscar compañero ayudante que lo sacara de posibles apuros. Su primer -invitación iba siempre enderezada á Silvestre, cuya obligada respuesta -era: - ---No puedo abandonar la botica ¡Como te suponés!... - -Porque ya se trataban tú por tú,--ó tú por vos, para ser más exacto--á -pesar de lo reciente de la relación. - -Y lo curioso es que no pudiendo abandonar la botica, Silvestre andaba -siempre merodeando por el barrio, á caza ó en difusión de noticias, -aunque Rufo no estuviera para cuidarle los potingues... Ante la -voluntad negativa, Ruiz que se pasaba allí las largas horas en que -el Mayor, el Diario y la Caja no reclamaban la esgrima de su pluma, -permanecía un rato en silencio, ó hablando de cosas indiferentes, para -terminar insinuando: - ---Rufo, ¿no podría acompañarme? - ---¡Como no! ¡Que vaya no más! - -Y casi todos los domingos ambos montaban al tílbury, empuñaba las -riendas Rufo, y al trote del moro, allá iban los dos por esas calles, -dando vueltas y más vueltas, hasta cansarse de mirar muchachas en las -puertas, para salir entonces á dar largos paseos por las quintas sin -árboles y las chacras sin sembrados. - -Ahora bien, aquella tarde del 31 de Diciembre, y como le consta al -lector, terminado el inacabable machaqueo de la pomada mercurial, y el -sempiterno lavado de frascos y botellas á gran fuerza de munición, Rufo -acarreaba mate á la trastienda, en que Silvestre y Ruiz departían mano -á mano. - ---Mañana es primero de año... ¿qué piensas hacer?--preguntó de pronto -el tenedor de libros. - ---¿Yo?... ¡Ya sabés que no puedo abandonar la botica!... - ---Pues yo pienso salir de caza, en el tílbury, así como te lo digo. - ---Á cazar ¿qué? - ---¡Patos, hombre, patos! ¿No sería excelente un guisado de pato para -festejar el año nuevo? - ---Sí, pero tenés que ir muy lejos... - ---¡Quiá! - ---No hay patos por aquí. Están muy perseguidos, se han puesto -matrerazos y no se encuentran más que en los lagunones del Sauce y muy -arriba del río Chico... - ---¿Que no?... ¡Pues pululan!... Dejá que Rufo me acompañe, y en dos ó -tres horas me comprometo á traerte un par de docenas... ¡Los comeremos -mañana mismo!... - ---¡Qué vas á tráer! Si no hay un pato ni p'a un remedio por aquí... - -Ruiz medio sulfurado, se encaró entonces con Rufo, que entraba llevando -el mate: - ---¿No hemos visto centenares de patos el domingo, cuando salimos en el -tílbury? - -Rufo sonrió con sonrisa indefinible, y contestó muy afirmativo: - ---Negriaban, sí, señor... Hasta en los charquitos... - ---¡No puede ser!--exclamó Silvestre, incrédulo; y en seguida apeló á su -sistema predilecto:--Te apuesto á que no tráis ni cinco en todo el día. - ---¡Apostado! ¿Qué jugaremos? - ---Que si cazás cinco patos, yo pago el vino bueno, los postres y el -champán para nosotros y tres amigos más; si no cazás nada ó menos de -cinco, vos pagás una buena comida en lo de Cármine... ¿Te conviene? - ---¡Va apostado! - -Era aún temprano, el pueblo dormía, cantaban los pájaros, y el sol bajo -el horizonte iluminaba ya blandamente la tierra, cuando Rufo fué á -buscar á Ruiz con el tílbury tirado por el moro. - -El criollito socarrón iba tan alegre que el látigo chasqueaba en su -mano como petardos, á pesar de que el moro llevara un trote bastante -ágil en el aire vivo de la mañana. - -El tenedor de libros estaba vestido y aguardaba ya, armado hasta -los dientes, con escopeta de dos cañones, cuchillo de caza, morral, -cinturón y cartuchera con más de cien cartuchos cuidadosamente cargados. - -Salieron y ya á pocas cuadras del pueblo comenzó el tiroteo--¡pim, -pam; pim pam!--y el caer de patos era una maravilla. Mansos, mansitos -los animales se dejaban acercar bien á tiro, casi sin moverse junto á -la misma orilla, y cuando uno quedaba espachurrado y flotando sobre -el agua cenagosa de los pantanos, los otros parecían más sorprendidos -que espantados por aquel estrépito y aquella matanza, como si nunca -se les hubiese hecho un disparo... Después, convencidos de la abierta -hostilidad, tendrían el vuelo bajito levantando el agua con las patas, -como si navegaran á hélice, é iban á detenerse poco más lejos, de tal -manera que el tílbury, hábilmente dirigido por Rufo, no tardaba en -dejarlos á tiro otra vez... - -Y ¡pim, pam; pim pam! la escopeta de Ruiz continuaba el estrago, -amenazando dejar sin patos la comarca entera. Uno, dos, diez, veinte, -cuarenta. ¡Cuarenta patos mató esa mañana el cazador forzudo delante -del Señor, sin haber tenido siquiera que bajarse del tílbury! - -Los ojos le brillaban de júbilo y entusiasmo. - -Aquel éxito colosal lo había puesto tan nervioso que hasta marró -algunos tiros, seguros sin embargo, con el apresuramiento y la avidez... - -Cuando llegó á los cuarenta patos era aún temprano y Rufo cada vez más -satisfecho, rebosándole la alegría por todos los poros, quería que -continuase la hecatombe. Ruiz modestamente se negó, quizá apiadado de -los inocentes palmípedos. - ---Llevo ocho veces más de lo necesario para ganar la apuesta. ¡Ocho -veces!... Silvestre va á trinar. - -Se detuvieron á la puerta misma de la botica, y Rufo comenzó á bajar -del tílbury y á introducir en el despacho el producto de la milagrosa -cacería. Silvestre estaba en la trastienda, dale que le das al -pildorero, preparando una de las fructíferas recetas de «aqua fontis y -mica panis» que extendía el Dr. Carbonero, enemigo de la farmacopea, -más no de la voluntad de los clientes que no querían curarse sin -remedios. Pero ante la algazara de Ruiz, que bailaba y cantaba -castañeteando los dedos, en una ruidosa pírrica al rededor de los -patos, no pudo menos que abandonarlo todo y precipitarse á la tienda -para ver aquello... - -En el patio se oía un desordenado repiqueteo de almirez. Con desusado -celo, como si una terrible urgencia lo impulsara, Rufo machacaba -febrilmente la pomada mercurial, hecha ya sin embargo. Y acompañando el -redoble del mortero, sonaba algo entre regaño y risa reprimida. - -Una carcajada homérica sacudió de pies á cabeza á Silvestre, en cuanto -se vió delante del informe montón de los cuarenta patos; y sin dar -tiempo á que Ruiz volviera de su asombro, habíase lanzado como una -flecha, atravesado la calle y entrado como un ventarrón en la imprenta -de _La Pampa_, en cuyo interior siguieron estallando sus inextinguibles -risotadas. - -Ruiz, perplejo, se había quedado inmóvil y aturdido, en medio de la -farmacia, con la boca entreabierta y los brazos colgando frente á su -botín cinegético. - -Siguiendo á Silvestre, apareció Viera, director de _La Pampa_, y el -administrador, y los cajistas, y luego otros más, atraídos por el ruido -y el movimiento, hasta formar cola á la puerta. - -Y el boticario «indino» continuaba en sus carcajadas, interrumpiéndose -sólo para exclamar: - ---¡Miren los patos que ha cazado Ruiz! ¡Miren los patos p'año nuevo que -ha cazado Ruiz!... - -Y el público le hacía coro, y allí en el patio el repique del almirez -adquiría sonoridades de campana echada á vuelo. - -Ruiz quería hablar, desconcertado, llorando casi con aquella burla -inacabable; pero las risas, las exclamaciones y los chascarrillos no lo -dejan meter baza, ni averiguar la causa de semejante tremolina. Por fin -oyó la clave del enigma: - ---¡Son gallaretas! - -Y aunque no supiese lo que es una gallareta, comprendiendo que había -cazado gato por liebre, tomó el sombrero, abrióse paso, trepó al -tílbury y manejando por primera vez de su vida, puso al moro al trote -largo para escapar de las risotadas, cuyo eco lo persiguió hasta volver -una esquina... - -Pasada la primera impresión y disuelto el corro, Silvestre creyó -prudente reprender á Rufo, por honor de la jerarquía. Al fin Ruiz era -su amigo... - ---¿Por qué lo has dejado matar tanta gallareta? - ---¡P'a que aprienda, pues! - ---También hubiese aprendido si le hubieras dicho antes... - ---¡Qu'esperanza, patrón! ¿No está viendo que se podía haber olvidau...? -¡Y lo qu'es áura, no se olvida ni á tiros!... - - - - - METAMORFOSIS - - -Terminada la tarea de los recibos para fin de mes, don Lucas Ortega se -dispuso á salir en busca de las noticias municipales y policiales, á -pesar de la opinión del regente. - ---¡No hay que descuidarse!--le había dicho éste--Manolito nos la ha -jurado, y es capaz de cualquier barbaridad. - -Don Lucas púsose el sombrero, tomó como de costumbre su bastón de -estoque, y salió á las calles silenciosas de Pago Chico en plena -siesta, diciéndose que él no se metía con nadie, y que mal podía nadie -meterse con él. Olvidaba el pobre y manso administrador y reporter de -_El Justiciero_ una malhadada y peligrosa modalidad de su carácter: la -inclinación á darse lustre. - -Llegado muy joven de la Coruña, D. Lucas no había sido siempre -«periodista», como se declaraba enfáticamente. La instrucción recibida -en una escuela de lugar, no le dió para tanto en los primeros años. Se -estrenó con toda modestia en una trastienda de almacén, despachando -copas; luego ascendió á vendedor, y más tarde á habilitado; á los -diez ó doce años de estar en la casa, ya era socio, á los quince pudo -establecerse por su cuenta, en pequeña escala... Pero de pronto, cuando -ya esperaba reunir una fortunita y todo el mundo le llamaba «don Lucas» -(el don le quedó para siempre) sobrevino una crisis, los deudores no -pagaban, los acreedores se le echaban encima, y desde lo alto del que -creyera inconmovible pedestal, rodó nuestro héroe, se encontró en la -calle, y rodando, rodando, llegó por fin á Pago Chico, y encalló en la -administración de _El Justiciero_. - -En tan deslumbrante posición comenzó para él otra era de grandeza, no -ya material y pecuniaria, sino social é intelectual, cosa que estimaba -muchísimo más, aunque á veces lamentara á sus solas el sueldo escaso y -tardo, y la brillante miseria. - -Pero, eso sí, había crecido, se había agigantado en su propio concepto, -y creía que también en el de los demás. Pago Chico debía considerarlo -un personaje, puesto que, como periodista, tenía la facultad de opinar, -de juzgar, de condenar ante el tribunal del pueblo. - -Afable, atento, servicial, hasta servíl mientras fué dependiente, y -aun siendo patrón, cuando el parroquiano era considerable, no había -perdido estas condiciones, como no perdió tampoco la bondad, que -constituía el fondo de su carácter. Pero había cambiado de forma. Ebrio -de grandeza, era familiar con aquellos magnates del pago que se lo -permitían; risueño y atrevido con las señoras ante las que pavoneaba su -pequeña estatura; grave y taciturno con la gente de poca importancia; -autoritario y altanero con la plebe; condescendientemente accesible -para sus subalternos de la imprenta. Hablaba siempre «en discurso», -como decía Silvestre, pero estaba tan lejos de ser malo que, á juicio -de todo el mundo, era incapaz de matar una mosca. - -No era valiente tampoco; pero la convicción de su insignificancia, -persistiendo tan oculta allá en lo íntimo, que él mismo apenas la -vislumbraba, á veces tenía, si no otra, la virtud de hacerlo tranquilo -y confiado. De modo que aquella tarde salió tan sin preocupaciones como -siempre (el estoque era un regalo del director, que le había dicho al -ofrecérselo: ¡Un periodista en campaña no debe andar nunca desarmado!), -á pesar de que _El Justiciero_ acabase de publicar la siguiente «feroz -caída». - -«_Escándalo._--El Moreirita M. P., que con sus calaveradas y fechorías -ya tiene indignado á todo el mundo de Pago Chico, promovió ayer un -descomunal escándalo en «cierta casa» de los suburbios, rompiendo vasos -y espejos y apaleando mujeres, hasta que por fin intervino la policía -que haría bien una vez por todas en apretarle las clavijas al mocito -que se prevale de su familia para hacer cuantas atrocidades le da la -gana. Sin embargo, no fué ni llevado á la comisaría siquiera, y nos -extraña mucho que el comisario Barraba, después del atropello de ayer, -todavía no lo haya metido á secar en un calabozo para que otra vez -aprenda, no siga dando mal ejemplo y fomentando la compadrada de los -demás muchachos del pueblo.» - -No extrañará esta filípica del oficialista _Justiciero_, si se tiene -en cuenta que el director andaba otra vez en coqueterías con las -autoridades para ver de sacarles mayor tajada, pues iban á necesitarlo -para las elecciones. Y el suelto era justo, porque la tolerancia para -los desmanes del joven Manuel Pérez pasaba de raya, y era una amenaza -general, pues el rico é ignorante pillete se engreía y ensoberbecía con -la impunidad. - -En cuanto á D. Lucas, confiaba demasiado. Él no había escrito el -suelto, es verdad. Se le permitía lucubrar muy pocas veces; desde que -se inclinó «ante la tumba del deplorable vecino» D. Fulano, y dijo -cuando la muerte de la madre de Bermúdez, china nonagenaria, que la -distinguida matrona había fallecido «en la flor de su edad». Pero -él, en cambio, para desquitarse, atribuíase con desparpajo singular, -siempre que le era posible, cuanto artículo, suelto ó noticia publicaba -_El Justiciero_, de modo que todo el mundo acabó por creer siquiera en -su colaboración. - -Marchaba, pues, con paso deliberado, echándose para atrás, salido -el vientre, la cabeza erguida, agigantada en su concepto la corta -estatura, mientras bajo la espalda evolucionaban burlonamente los -largos faldones de su jaquet; y no había andado dos cuadras, cuando -se quedó frío, corrióle un cosquilleo de la nuca á los pies, y sólo -merced á un heroico esfuerzo pudo llevarse la mano trémula al bigote y -erguirse casi hasta caer de espaldas... Manuelito Pérez se adelantaba -rápido y colérico hacia él, con un ejemplar de _El Justiciero_ en la -mano. - ---¿Quién ha escrito esta noticia?--preguntó el jovenzuelo con voz -reconcentrada y amenazadora en cuanto estuvo á su lado. - -Un velo pasó por los ojos de D. Lucas; sintió que se le aflojaban las -piernas, pero haciendo de tripas corazón: - ---¡No sé!--contestó secamente. - ---¡Qué no ha de saber! - ---¡No sé! - ---¡Usté no más será, gallego! - ---Y si fuera...--acertó, lívido, á balbucir don Lucas. - ---¡Ahora verá! - -Y Manuelito, echando atrás la pierna derecha, llevó la mano á la -cintura. Trémulo, D. Lucas retrocedió y desenvainó el virgen estoque, -buscando con la vista una persona que lo auxiliase en la calle -solitaria abrasada por el sol, un objeto, el hueco de una puerta en que -parapetarse... Pero no tuvo tiempo para nada. Oyó una detonación clara -y seca, sintió un golpecito en el pecho, y al rodar por la acera, vió -como en un escenario al bajarse rápidamente el telón, que Pérez corría -con un revólver, en cuyo extremo flotaba una vedijita de algodón, y que -algunos vecinos se asomaban alarmados. Y se desmayó. - -...La grita de los periódicos--«la prensa local»,--y especialmente -de _El Justiciero_, fué tan grande, que la policía se vió obligada -á proceder, descubriendo, una semana más tarde, el escondite de -Manuelito, conocido por todo el mundo desde el primer día. Y el -jovenzuelo fué á dar á La Plata, con un sumario que parecía hecho por -su mismo abogado defensor... - -Ortega era, entretanto, objeto de las más entusiastas manifestaciones. -_El Justiciero_ narraba extensamente los detalles del combate, en -que su administrador, heroico, había perdonado ya la vida al asesino -que tenía en la punta del estoque, cuando éste, retirándose vencido, -le había alevosa y traidoramente disparado un tiro de revólver. Y en -seguida hablaba del sacerdocio de la prensa, de los sacrificios hechos -en aras del pueblo, de la ingratitud, que generalmente es la única -corona de los mártires que ofrecen en holocausto por el bien público -toda la generosa sangre de sus venas, y patatín y patatán... Enorme -éxito, indescriptible entusiasmo. La gente se agolpaba á la imprenta. - -Al día siguiente, y en cuanto los doctores Fillipini y Carbonero -declararon que la herida no era de gravedad y que el paciente podía -recibir visitas--no muchas á la vez, ni demasiado charlatanas,--el -pobre cuartujo de Ortega, revuelto y sórdido, quedó convertido en -sitio de obligada y fervorosa peregrinación. D. Lucas había leído los -diarios, se había extasiado con las ditirámbicas apologías de _El -Justiciero_, pero nada le produjo tan intensos goces, tan férvido -orgullo, como aquella continuada procesión admirativa, en que figuraban -los hombres más importantes de Pago Chico, y en que ni siquiera -faltaban damas,... como que un día se le apareció misia Gertrudis, -la vieja esposa del tesorero municipal, presidenta de las Damas de -Beneficencia... - -¡Cuánto incienso recibió D. Lucas, visitado, asistido, festejado, -adulado por aquella muchedumbre, ascendido de repente á la categoría -de grande hombre, de prócer, de redentor crucificado!... Nadie le -demostraba compasión, sin embargo; todos se derretían de admiración -respetuosa, prontos á venerarlo, á idolatrarlo. ¡Tanto valor, tanta -abnegación, tanta grandeza de alma! ¡Atreverse á oponer un simple -estoque á una arma de fuego, vencer al terrible enemigo, perdonarle la -vida!... ¡Y todo por el pueblo! - ---Ahora comprendo--pensaba D. Lucas,--cómo se repiten las hazañas -peligrosas. ¡Se puede ser héroe! - -Él lo era en su concepto. Lo fué algunos días en el de los -pagochiquenses. Porque ¡ay! nada es eterno, y la herida, tardando -demasiado en cicatrizarse á causa de tantas emociones, dió tiempo para -que el entusiasmo se enfriara poco á poco antes de que D. Lucas pudiera -tenerse en pie. Cuando salió á la calle, su aventura era ya un hecho -mítico, desleído en las nieblas del pasado; nadie le daba importancia, -nadie hacía alusión á él. - -Pero Ortega no lo advirtió: La embriaguez de la apoteósis había sido -tan intensa, que se convirtió en megalomanía. Pálido, demacrado, se -paseaba por el pueblo, pavoneándose, convertido en arco de tanto de -echarse atrás, haciendo pininos para erguirse y crecerse. Y miraba á -todos con soberanas sonrisas protectoras ó con gesto avinagrado y -despreciativo, según qué fuera aquél en quien se dignaba detener la -vista. - -Periodista, sacerdote, mártir, magnánimo, defensor del pueblo, -víctima del deber... Sí, todo eso era muy hermoso; pero lo que más lo -enorgullecía era su fama de valiente. Ser valiente en la tierra del -valor ¡él!... Y se frotaba las manos y sonreía de regocijo, convencido -de su gloria. - -Desde entonces usó revólver á la cintura, no dejándolo sino bajo -la almohada, de noche, al acostarse. Hablaba alto en el taller, en -la administración, en la redacción, en la calle, en el café, en el -circo, haciéndose notar, demostrando que no abrigaba temor á nada ni á -nadie. Cada frase suya era una sentencia, aun ante el mismo director -de _El Justiciero_. Tenía ademanes rotundos de caballero andante -pronto á lanzarse contra una cuadrilla de malandrines. El manso se -había convertido en impulsivo, con el deschavetamiento del amor propio -exacerbado. - ---Es siempre malo que á un sonso se le aparezca un dijunto--solían -decir algunos más avisados, al ver pasear á Ortega con el sombrero en -la nuca y haciendo molinetes con el bastón. - -Silvestre vaticinaba algún futuro desmán, refunfuñando entre dientes al -vislumbrar la silueta del nobilísimo Quijote: - ---Decile á un sonso que es guapo y lo verás matarse á golpes--uno de -sus refranes favoritos, sólo que «matarse» resultaba en sus labios otra -cosa. - -Y el boticario criollo no dejaba de tener razón. - -Ortega acostumbraba tomar el vermouth vespertino en la confitería de -Cármine, con el estanciero Gómez, el anglo americano White, famoso por -su fuerza hercúlea, el doctor Fillipini algunas veces, y otros amigos. - -Un día que D. Lucas se había retardado en la imprenta, el acopiador -Fernández se acercó á la mesa, trabando conversación de negocios con -Gómez. No estaban conformes en un punto... discutieron, se acaloraron, -pasaron á las injurias... De pronto Fernández, ciego de ira, poniéndose -de pie, alzó la mano como para dar una bofetada á su contrincante. -White, más rápido, pudo evitar la realización del hecho, asiendo á -Fernández por los brazos, de atrás. Gómez, blandiendo una silla, -se había puesto en guardia, mientras su adversario forcejeaba por -desprenderse de las manos férreas de White. La actitud del grupo era -realmente amenazadora; y la desgracia quiso que en ese momento entrara -Ortega... - -Ver aquello, y sin detenerse á reflexionar ni qué era, ni de parte de -quién estaban la ventaja y la razón, sacar el revólver de la cintura, -fué todo uno para el héroe novel que sólo soñaba batallas y victorias. -Y en menos de lo que se tarda en contarlo, hubo un estampido, un -poco de humo, un hombre muerto, y el estupor pasó batiendo las alas, -petrificando á los actores y espectadores de aquel drama que sólo había -tenido desenlace, y que sería comedia á no mediar un cadaver. - -Y cuando se vió solo en la oficina de la comisaría, preso, con un -homicidio encima, la prolongada embriaguez del heroísmo se desvaneció -en aquel pobre cerebro y don Lucas se echó á llorar como una -criatura... - - - - - CON LA HORMA DEL ZAPATO - - -«Tengo el honor y la satisfacción de comunicar á usted, por orden del -señor Intendente, que desde la fecha queda suspendido y exonerado de -su cargo de subdirector y segundo médico del Hospital municipal, por -razones de mejor servicio, y agradeciéndole en nombre del municipio -los servicios prestados. Tengo el gusto de saludarlo con toda -consideración, etc., etc.» - -Llegó esta nota á manos del doctor Fillipini al día siguiente de la -elección que consagró, por su consejo, municipal á Bermúdez. - ---¡Mascalzone!--exclamó, pensando en su protegido de un minuto. - -Pero sin que el despecho le ofuscara el raciocinio, salió de casa en -busca del firmante de la nota en primer lugar. Era éste el secretario -de la Intendencia, y podía aclararle muchos puntos, útiles para sus -manejos ulteriores. Le encontró tomando café y copa en la confitería -de Cármine. Haciendo un grande esfuerzo, un acto heroico, pagó la -«consumación» y pidió «otra vuelta». - ---Dígame, Bustos,--preguntó por fin;--¿por qué me destituye don Domingo? - ---¡Hombre, no sé!--contestó el otro, paladeando su anís, y no por -sutileza ni reserva política, sino por nebulosidad cerebral. - -Viera, caracterizándolo, había publicado efectivamente, hacía poco, una -parodia de la fabulilla de Samaniego: - - Dijo Ferreiro á Bustos - después de olerlo: - --Tu cabeza es hermosa - pero sin seso. - ¡Como éste hay muchos - que, aunque parecen hombres - sólo son... Bustos! - ---No sabe ¡bueno! Pero dígame cómo fué,--insistió Fillipini, en -su jerga ítalo-argentina, seguro de que por el hilo sacaría el -ovillo.--¿No le habló nadie? - ---Nadie. - ---¿Le hizo escribir la nota así, sin más ni más? - ---Sí, mientras estaban votando... - ---¿Y nadie había ido á verlo? - ---Nadie más que Gino, el pión de Cármine. - ---¿Y á qué iba Gino? - ---Á nada. Le llevaba un papelito. - -Fillipini calló, apuró su taza, pagó, salió y volvió á entrar por otra -puerta, metiéndose hasta el patio y las cocinas. Allí vió á Gino, -hecho una pringue, como que era el lavaplatos--el platero, según los -chistosos pagochiquenses,--de la confitería de Cármine. - ---¿Quién te dió el papelito que le llevaste al intendente el -domingo?--preguntóle en italiano. - ---Il signor notario,--contestó Gino, mirando á su egregio compatriota -con los ojos azorados y los carrillos más mofletudos y rojos que de -costumbre. - -Fillipini, sin agregar palabra ni saludarlo siquiera, siguió andando -y salió por el portón de los carruajes, encaminándose al Club del -Progreso. - -Allí se sentó, poniéndose á sacar un solitario, indiferente y tranquilo -en apariencia, pero sin que nada escapara á sus ojos avizores. Ni aun -cuando entró Ferreiro se le conmovió un músculo de la cara, blanca, -impasible, rebosante de salud y de satisfacción. Pero á poco abandonó -el solitario, y evolucionando lentamente entre los grupos de jugadores -y desocupados, acabó por hallarse, como deseaba, mano á mano con -Ferreiro. - -Los dos zorros viejos se saludaron casi cariñosamente, en apariencia -sin aludir al suceso de que eran primeros actores; pero Fillipini no -tardó en lanzarse á la carga: - ---¿No sabe? Don Domingo me ha destituido... - ---¡No diga! ¿De veras? - ---Sí, señor. Me ha destituido... Pero no me importa mucho, porque eso -no puede quedar así... - ---¿Pero por qué? ¿Cómo es eso? - ---¡Pavadas! El pobre no sabe lo que hace. - ---Diga, pues, doctor; que, si yo puedo... - -Fillipini, sonriéndose, miró la hora en su reloj de bolsillo, muy -calmoso, muy dueño de sí mismo; y luego, mirando á Ferreiro bien en los -ojos, dijo con buen humor: - ---¡Claro que puede! Usted y el doctor Carbonero se apresurarán á -defenderme. Se necesita ser muy cretino para portarse así con un hombre -como yo. - -Ferreiro pulsaba al «gringo», sorprendido de tanta soltura, de tanta -desfachatez, y pensando: - ---¡Si se habrá encontrado topate con te toparías! - -Pero quiso darse cuenta exacta de los puntos que calzaba su -contrincante, y después de un segundo de silencio, le preguntó: - ---¿Y por qué cree que Carbonero y yo, lo hemos de defender? - -El médico se echó á reir con aparente franqueza, y: - ---Porque ustedes son demasiado inteligentes para no -hacerlo,--contestó.--Y demasiado amigos míos,--agregó inmediatamente, -dorando la píldora, no sin ciertos asomos de sarcasmo. - ---Amigos, sí... está bueno. Pero si usted pretende amenazarnos... - ---¡Señor Ferreiro!--dijo entre carcajadas Fillipini.--Si yo no lo -conociese tanto, lo que me dice sería como para hacerme creer que usted -ha «mojado» en esta barbaridad... - ---¡Yooo! - ---¡No, no lo creo, claro está que no lo creo! Al contrario: usted lo -hubiera impedido, á saberlo... ¡Bah! entre bueyes no hay cornada, como -se suele decir... Para mí el caso es sencillo... Ese «lavativo» de -Bermúdez tiene la culpa, y me ha hecho una gran cargada, después que le -di el modo de hacerse municipal... - ---¡Y por qué se lo dió!--interrumpió violentamente Ferreiro. - ---¡Eh!... ¡Questo é un altro paio di maniche!--murmuró Fillipini con -mucha socarronería. - -Hizo una pausa, sonriente é insinuante, para continuar después: - ---Yo soy muy necesario en el hospital, porque Carbonero no va casi -nunca, y hago todo el servicio... Si se nombrara á otro... con la -administración... y los gastos tan grandes... Además, que hay que -nombrar á otro, desde que Carbonero no iría aunque lo mataran. - ---¿Y de ahí?... - ---¿Á quién nombrarían? El único médico que queda es el doctor Pérez y -Cueto... - ---¿Y eso? - ---Que nombrarlo á Pérez y Cueto sería como meter las narices de toda -la oposición en el hospital... Publicar lo que comen los enfermos, -cuando comen... descubrir el estado de la farmacia... de las ropas -de cama... contar lo que pasa con los cadaveres que se quedan allí -días y días, y lo que hace la enfermera que se va á dormir todas -las noches en su casa, y el ecónomo que poco á poco se va llevando -cuanto hay... Un enemigo como Pérez vería todas estas cosas con malos -ojos, las exageraría, metería un bochinche de dos mil demonios... No -pensaría como yo, que el hospital está relativamente bien, porque -no todo puede marchar á la perfección en un pueblo tan pobre como -éste, y tan atrasado... Además que la gente que va á curarse allí es -de poca importancia y no le interesa á nadie: extranjeros, personas -de otros pagos... Si no fuera así, también, ya hubiera habido más de -un escándalo... Pero, ya se ve, con las preocupaciones actuales que -convierten la palabra «hospital» en sinónimo de «muerte», sin que -nada pueda evitarlo, no hay que tomar el rábano por las hojas, ni -meterse á redentor... Cualquier hombre sensato, yo el primero, tiene -que considerarlo así; pero no se me negará que todo esto constituye -un arma tremenda para los opositores, que si no la utilizan es porque -están ciegos como topos. Las chicas se les van, y las grandes se les -escapan... - -Durante este largo discurso, pronunciado con bonhomía y serenidad, -como si se tratara de intereses ajenos, el escribano observaba con -desconfianza á Fillipini, diciéndole para su capote: - ---El gringo éste es muy ladino. Si nos metemos con él, de repente nos -va á salir la vaca toro. Me precipité demasiado, y las calenturas son -malas consejeras. - ---Pero, por sonsos que sean--continuó muy lentamente Fillipini,--por -sonsos que sean sabrán «rumbear» en cuanto alguien les enseñe el -camino; y entonces no habrá quién los ataje... ¡Chica farra se armaría -si lo nombraran á Pérez y Cueto!... - ---También es posible no nombrar á nadie. El hospital no necesita... - ---¡Usted no dice eso seriamente, señor Ferreiro! Ma! por poco que -sirva el hospital tiene que tener médico, y ya sabe que Carbonero no va -y no irá nunca... Yo preferiría que nombraran á otro si no quisieran -reponerme á mí. Pero, de cualquier modo, ya lamentarán haberme -separado... - -No daba el doctor Fillipini asidero para que se le replicara alzando -la prima; al contrario, cuanto decía estaba muy puesto en razón, y sus -verdades no le brotaban ni agrias ni amargas de la boca, aunque tras -ellas hirviesen amenazas tan terribles cuanto evidentes. - ---Lo que se había pensado,--dijo sin embargo Ferreiro,--era no nombrar -á nadie. - ---Ma! y cómo dijo que no sabía nada?--preguntó con fingida candidez -Fillipini. - ---Digo... se había pensado... así en el aire... para el caso de que se -produjera una vacante... - ---Capisco... - -Y ni una objeción más. Fillipini se quedó mirando de hito en hito á -Ferreiro, que al poco rato no pudo contenerse y exclamó: - ---¡Pero también usté! ¿Por qué se metió en lo de Bermúdez, para qué nos -forzó la mano sin necesidad?... - ---Questo é un altro paio di maniche!--repitió el doctor.--Se lo vuelvo -á decir, porque ustedes no se habían dado cuenta de dos cosas: de que -Bermúdez es un magnífico instrumento en la municipalidad, primero; y -de que yo puedo serle muy útil ó muy perjudicial, después. Era preciso -que nos conociéramos, señor Ferreiro, para que ustedes no me tuvieran -arrumbado en un rincón como hasta ahora. Y usted convendrá en que me -he hecho conocer sin causarles perjuicio. ¿Es una buena cualidad, no es -cierto? ¡Vaya! ¡Dígale al intendente que me reponga sin ruido, y tan -amigos como antes ó más amigos que nunca, mejor dicho! - ---Bueno... veré... pensaré. - ---¡Eso es! Piénselo bien, caro. Yo no quiero que se haya ninguna -arbitrariedad en mi favor. - ---¡Qué gringo éste!--murmuró Ferreiro, levantándose entre divertido -y malhumorado.--Es como la garúa finita, que lo cala á uno hasta los -huesos. Y se va á salir con la suya, no más,--agregó palmeándole el -hombro. - ---Piénselo, piénselo y no se apure,--dijo el otro.--Para todo hay -tiempo, y á la corta ó á la larga usté se convencerá de que yo soy un -buen amigo. - ---Y yo también, doctor. - -Se separaron. Fillipini, seguro de haber movido bien las piezas, -murmuraba sin embargo: - ---¡Eh! si pudieses ¡qué patada me darías! Pero no podrás... - -Sin perder tiempo volvió á la confitería de Cármine, donde había un -grupo de opositores tomando aperitivos, los unos sentados alrededor de -las mesas, los otros de pie junto al mostrador. Silvestre, que peroraba -entre ellos, se acercó á Fillipini, como era, en parte, el deseo de -éste, pues quería hallar modo de que le vieran hablar largo y tendido -con algún enemigo de la situación,--Viera, si fuese posible, y lo -sería, pues se hallaba presente también. - ---¡Hola, doctor!--dijo Silvestre aproximándose, con la confianza que -se tomaba con cualquiera y que en este caso justificaban hasta cierto -punto las relaciones de médico ó farmacéutico.--Me alegro de verlo por -acá. ¿Es cierto lo que me han dicho? - ---¿Qué le han dicho? Siéntese y tome algo. - ---Gracias,--y se sentó.--Mozo, otro vermú. Pues dicen que le han quitau -el empleo del hospital ¿es cierto? - ---Sí. - ---¿Y por qué? - ---Oh, ésas son cosas, cosas... - ---¡Hable, hombre, hable! Ya sabe que se me puede tener confianza. -¡Largue el rollo! - ---¡Ma! Usted ya sabe cómo anda el hospital... - -É hizo un cuadro, muy pálido en verdad, de aquel desquicio harto -conocido por Silvestre, quien sin embargo, se hacía de nuevas al oir -tales cosas de tales labios. Y terminó: - ---Y como yo no quiero aguantar más ese desbarajuste... - ---¿Lo han destituido? - ---Eso es. - ---¿Será cosa de Ferreiro y el dotor Carbonero, no? - ---De ninguno de los dos. Es cosa de Bermúdez. - ---¡Pero si Bermúdez ni siquiera es municipal! - ---Pues ahí verá usted. Como ha salido electo, le ha calentado la cabeza -al intendente, y éste, para tenerlo contento me ha sacrificado, cuando -ya me había prometido arreglar el hospital. - ---¡Bermúdez! tan bruto y tan... - ---Así van los tantos... más vale un enemigo vivo que un amigo bruto... -Pero todo esto tiene que saberse... - ---¡Claro que sí! ¿Quiere que se lo diga á Viera? Él ya tiene la -noticia, pero de un modo muy distinto. ¿Quiere? - ---Llámelo, es mejor. - ---¡Viera! ¡eh, _Pampa_! una palabrita. - -Viera se acercó, sentóse á la mesa, oyó lo que el doctor quiso -contarle, creyó de ello lo más verosímil, y siguió luego largo rato en -amistosa charla. Á la hora de comer cada cual tomó para su lado, y la -vasta sala de la confitería quedó solitaria y tenebrosa, pues Cármine -bajó las luces para ahorrar petróleo. - -Fillipini, muy tranquilo, se quedó en su casa aquella noche, aguardando -el desarrollo de los sucesos que con tanto cuidado acababa de preparar. -Cuando despertó, al día siguiente, lo primero que hizo fué pedir los -diarios que el sirviente le llevó á la cama. - -Comenzó por la gaceta oficial, _El Justiciero_.--De su exoneración -ni una palabra, del hospital menos. Pero ¡oh detalle significativo! -en la noticia de un banquete festejando la elección de Bermúdez, y -en la lista de los invitados, su nombre figuraba entre los de Luna y -Ferreiro, ¡nada menos! - ---É fatto!--murmuró con una sonrisa, arrojando despreciativamente el -periódico para tomar _La Pampa_. - -Una columna dedicaba ésta al asunto del hospital, condenando á... -Bermúdez, por la destitución de Fillipini!; de Fillipini que--según el -artículo,--era lo mejor ó lo menos malo del oficialismo, un hombre así, -un hombre asao, cuyas intenciones eran tan sanas como sus propósitos -de reforma y administración. Bermúdez comenzaba desbarrando su carrera -política, como lo había previsto _La Pampa_, y si lo dejaban iba á ser -como un caballo metido en un almacén de loza... «El grrran consejero -de la situación, el señor Protocolos, podría meter en vereda á este -gaznápiro»,--terminaba diciendo el artículo.--La alusión á Ferreiro -era visible, pero no como para disgustarlo; ni el mismo Fillipini la -hubiera hecho con más tino... - -En toda esta andanza el único que rabió fué Bermúdez, quien se atrevió -á encararse con Fillipini, para darle un sofión. El italiano se le rió -en la cara: - ---¡Ma! ¡Usté tiene el estómago resfriao! Réchipe: sinapismos. Vaya -«amico Bermúdese» y vuelva por otra. - -Ferreiro no aludió nunca á la escaramuza aquélla, pero desde entonces -tuvo siempre muy en cuenta á Fillipini, que, como es lógico, siguió de -segundo médico perpetuo en el Hospital Municipal de Pago Chico. - - * * * * * - - - - - EL DESQUITE DE DON IGNACIO - - -La historia del gobierno de don Ignacio, llegado por maquiavélica -combinación política á Intendente Municipal de Pago Chico, sería -tan larga y tan confusa como la de cualquier semana del nebuloso y -anárquico año 20. ¡Como que duró más de una semana éste! ¡duró mes y -medio! - -Mes y medio lo tuvieron de pantalla los oficialistas, desprestigiando -en su persona á la oposición. Todo era agasajo y tentaciones para él: -á cada instante se le ofrecía un negocito, una coima ó se le hacía -«mojar» en algún abuso más ó menos disimulado. En los primeros días -don Innacio reventaba de satisfacción: parecíale que el mero hecho -de mandar él había cambiado radicalmente la faz de las cosas, que el -pueblo tenía cuanto deseaba y soñaba, que los pagochiquenses vivían en -el mejor de los mundos... - -Indecible es la explosión de su rabia, primero cuando Silvestre le -dijo las verdades en su propia cara, y después cuando Viera le aplicó -en _La Pampa_, varios cáusticos de ésos que levantan ampolla. Don -Ignacio quería morder, y trataba de echarse en brazos de sus noveles -amigos los situacionistas, que acogían sus quejas con encogimientos -de hombros y risas socarronas, contentísimos de verlo enredado en las -cuartas. - -Lo del desquite se había hecho público y notorio, gracias á la buena -voluntad del farmacéutico. - ---¿Cuándo podrá ser honrado don Ignacio?--se preguntaba generalmente, -como chiste de moda. - ---¡Cuando la rana críe pelos!--replicaba alguno.--¡Ya le ha tomado el -gustito! - -Los principistas, entre tanto, trataban de demostrar que el extravío -de un hombre no podía en modo alguno empañar la limpidez y el brillo -de todo un programa de honestidad y de pureza. Y Ferreiro y los suyos, -aprovechando la bolada, hacían lo imposible para aumentar el escándalo -y el desprestigio alrededor de aquel puritano pringado hasta las cejas -apenas se había metido en harina. - ---Así son todos,--predicaban.--¡Quién los oye! ¡Los mosquitas muertas, -en cuantito pueden se alzan con el santo y la limosna! - -Ferreiro, al aconsejar á los delegados oficialistas de la capital, -primero que hicieran municipal á don Ignacio y después que le dieran -la intendencia, había echado bien sus cuentas y deseaba dar un golpe -maestro que las circunstancias le presentaban maravillosamente, -porque, como él solía decir á sus íntimos: - ---¡Más vale pelear de arriba que de abajo! Cuando uno tiene la sartén -por el mango no hay quién se le resista. - -Pues bien, Ferreiro, conociendo el flaco del «desquite» que aquejaba á -don Ignacio, trató de hacerle pisar el palito, pero de tal modo que, -al caer, no arrastrara consigo á uno siquiera de los instrumentos que -le habían servido siempre en el gobierno local y sus adyacencias. El -problema, aparentemente difícil, era de una sencillez bíblica. Ferreiro -lo resolvió con un golpe de vista y una decisión napoleónicas. - -La oportuna renuncia del comisario de tablada,--provocada por -Ferreiro bajo promesa solemne de reposición é indemnización -satisfactoria,--permitió á don Ignacio reemplazarlo con un hombre de -su confianza, hechura suya, «capaz de echarse al fuego por él», y más, -cuando el fuego estaba agradablemente substituido por el bolsillo del -contribuyente. - -Nadie se opuso al nombramiento, ni nadie lo criticó, salvo los -copartidarios del intendente, á quienes todo aquello olía á -chamusquina. Bernárdez, pillete carrerista y gallero, que nunca había -sido trigo limpio, comenzó en paz á ejercer sus funciones de comisario -de tablada, coimeando y robando á gusto, y con prisa, como parte de -«esa oposición que tiene el estómago vacío desde hace veinte años, y -quiere saciar en una semana el hambre de un cuarto de siglo»,--como -decía _El Justiciero_. - -No costó mucho á Ferreiro amontonar pruebas escritas y testimoniales -de aquellas exacciones y de la participación que en ellas tenía don -Ignacio, provocando con ellas un bochinche de doscientos mil demonios. -Interpelación al intendente en el seno del concejo. Réplica anodina -del interpelado. Iniciación por el concejo, ante la Suprema Corte de -La Plata, de un juicio político contra el intendente don Ignacio Peña, -acusado de abuso de autoridad, malversación de fondos, extorsión, la -mar... - -Á todo esto, don Ignacio no había rescatado ni la mitad de los pesitos -invertidos en la campaña opositora, y á cualquier lado que mirara no -veía sino enemigos, pues todo el mundo se le había dado vuelta. Abocado -al naufragio, suspendido por la Corte, con la comisaría de la tablada -intervenida por el tesorero municipal, aquél de la larga fama, dirigió -los ojos angustiados hacia los cívicos, esperando hallar entre sus -brazos un refugio, por lo menos la piedad y el perdón que alcanzó el -hijo pródigo. - -Nadie le hizo caso. Era la oveja sarnosa que podía contaminar y -desprestigiar la majada entera. En _La Pampa_, Viera le dijo sin piedad: - ---El escribano Ferreiro le aconsejará lo mejor que pueda hacer. -Nosotros lo hemos declarado fuera del partido. - -El diario publicó, en efecto, esta resolución al día siguiente. - -Silvestre, menos cruel, lo fué mucho más en realidad, desahuciándolo en -esta forma: - ---¡Tome campo ajuera, don Inacio! ¡Agarre de una vez p'a'l lau del -miedo! ¡Métase en un zapato y tápese con otro!... - -Don Ignacio trató de defenderse, «quiso corcovear», empezó una larga -disertación, puntualizando sus principios, desarrollando sus planes de -reforma, enarbolando su bandera cívica... Silvestre que lo miraba con -la cabeza inclinada ora á la derecha ora á la izquierda, de tal modo -que el intendente podía apenas contener su ira furiosa, le interrumpió -de pronto, exclamando con su tono más burlón y agresivo: - ---¡Ande vas conmigo á cuestas!... - -Estuvo á punto de recibir un tremendo puñetazo que sólo evitó gracias á -su agilidad. Pero era cierto. Don Ignacio no podía ya engañar á nadie -ni engañarse á sí propio, siquiera. Aguardabalo el ostracismo que -la patria ingrata reserva á sus grandes hombres... Al día siguiente -renunció. - -_La Pampa_ de Viera dijo que aquello era un colmo de cobardía, la -negación de todo valor cívico, la confesión de una falta absoluta de -conciencia del valor, de las propias acciones, una mancha indeleble -que caía sobre la reputación y el carácter de don Ignacio, como -hubiera caído sobre el partido entero, si éste no hubiera repudiado y -excomulgado á tiempo á la pobre oveja descarriada, que sólo merecía -desprecio en la acción pública, lástima y olvido en la vida privada, -que nunca debió abandonar. - -El artículo de _El Justiciero_, inspirado por Ferreiro, era mucho menos -contundente, y no apaleaba en el suelo al infeliz don Ignacio. - -«Se ahorra muchos disgustos--decía,--y permite á Pago Chico volver á la -marcha normal de sus instituciones, dirigida por hombres que, cuando -menos, tienen la experiencia del gobierno, el conocimiento de las -necesidades públicas y el tacto que se requiere para no provocar á cada -momento graves incidentes y dolorosas complicaciones.» - -Como en aquel tiempo la Suprema Corte, instrumento político de primer -orden para el gobierno, recibía cada mes cuatro ó cinco expedientes -de conflictos municipales, y los apilaba sin piedad para años enteros -si el ejecutivo interesado en la resolución de alguno de ellos no -le mandaba otra cosa, el «juicio político» de don Ignacio no había -prosperado aún, y mediando la renuncia de la intendencia, de acuerdo -los municipales y él, pudieron retirarse los escritos y echar sobre el -asunto una montaña de tierra. - -Don Ignacio, después de esta tragedia, casi no salía de su casa. Cuando -se le hallaba por la calle parecía un pollo mojado. El apabullamiento -había sido completo. Sin embargo Silvestre no le perdonaba, y una tarde -que lo encontró, tuvo todavía alma de decirle: - ---Lo de la honradez ya lo sabemos, don Inacio. Pero, tengo curiosida... -¿alcanzó á desquitarse del todo? - -El otro estuvo á punto de morderlo, y lo hubiera hecho á no ponerse -Silvestre á buen recaudo, gritándole: - ---¡Lástima que no le dejaran empezar la honradez!... ¡No queda peso con -vida!... - - - - - LAS MEMORIAS DE SILVESTRE - - -Nuestro amigo el boticario Silvestre Espíndola hubiera llegado á ser -un grande hombre en cualquier otro medio, con sólo algunas variantes -en el carácter y en la especialidad de su talento. Desgraciadamente -se malgastaba en fuegos artificiales. Carecía de espíritu científico; -no hacía síntesis sino en la farmacia, manipulando substancias -químicas y sin saberlo siquiera. En la política y en la sociedad -limitábase forzosamente al análisis. Y el análisis, cuando falta la -generalización, no conduce á las grandes acciones, ni aun á la acción, -lo que quiere decir que no modela grandes hombres. - -Pero, en otro ambiente, soliviantado por otros elementos, combatido ó -favorecido por otras circunstancias, hubiera llegado lejos, pues en los -centros importantes, donde rebosa la vida, no faltan para una entidad -cualquiera las entidades complementarias, que la convierten de la noche -á la mañana en personalidad, ó cuando menos en individualidad. De otra -manera en cada país no habría sino un número irrisorio por lo exiguo, -de personajes dirigentes. - -Lo serían, sólo, aquéllos que de veras tienen temple para serlo. - -Sin embargo, Silvestre no era grande hombre ni en Pago Chico, donde -aparecían como tales, Ferreiro, Luna, Machado, Fillipini, Bermúdez, -Viera, don Ignacio, Carbonero, Barraba, Gómez y cien más, sin contar al -diputado Cisneros, pitonisa del partido oficial, y al senador Magariño, -deidad invisible é intangible, que sólo muy de tarde en tarde soltaba -desde su nebuloso Sinaí algún nuevo mandamiento de su decálogo con -extrambotes ó añadiduras. - -Silvestre no era grande hombre... Entendamonos. No lo era para Pago -Chico, probablemente porque «nemo propheta in patria», pero lo era, lo -es y lo será siempre para nosotros. Si no nos bastaran sus altos hechos -conocidos y desconocidos para juzgarlo así, nos bastaría y sobraría -el conocimiento que, posteriormente y gracias á la indiscreción de un -amigo común, hemos tenido de su obra magna: sus memorias políticas. - -Hablemos claro. - -No hay tales memorias. Silvestre era incapaz de consignar día por -día en un cuaderno, con los ojos puestos en la posteridad y para uso -y experiencia de las generaciones por venir, los acontecimientos á -que asistía ó en que actuaba, el retrato físico y psicológico de sus -contemporaneos, la filosofía que se desprende de los sucesos, las -pasiones, las cosas y los seres. Á ser capaz, sería grande hombre para -alguien más que nosotros. - -Pero lo era, ¡y tanto! de no contentarse con el relato verbal y -circunstanciado que de cada novedad hacía en su farmacia, llenando las -lagunas con lo que le inspiraban su lógica ó su imaginación, aguda -y atrevida la una, viva y acalorada la otra. Así es que acogió con -júbilo el pedido de informes que le hiciera un amigo suyo, periodista -bonaerense, deseoso de estudiar por lo menudo la psicología de la -política y la administración en la campaña provinciana. - -En un principio las cartas menudearon, erizadas de datos y -observaciones; luego, de pronto, sobrevenido el cansancio, Silvestre -amainó, hasta enmudeció; pero, gracias á la insistencia con que lo -espoleaba su amigo el periodista, nuestro hombre reanudó á ratos la -chismografía postal con visos sociológicos, interesante para él, es -cierto, pero,--como le costaba trabajo y dedicación,--menos grata que -la verbal de todos los días, frondosa, repetida, recalentada muchas -veces, que le ofrecía, además, la enorme ventaja de no dejar huella -posiblemente perjudicial en lo futuro. - -El periodista en cuestión ha tenido la deferencia de facilitarnos el -legajo de las cartas silvestrinas, al saber que nos ocupábamos de legar -á la posteridad el relato de algunos episodios pagochiquenses, para -que sacáramos de ellas cuanto quisiéramos, bajo la única condición -de cerrar esos extractos con el áureo coronamiento de una síntesis -por él escrita, basándose en tales estudios, y que podría titularse -«Psicología de las autoridades de campaña». - -Cumpliendo el pacto no sin restricciones por cierto, pues el hombre no -debe nunca cumplir estrictamente su palabra en ciertas cosas, so pena -de pasar por tonto, vamos á integrar este capítulo con párrafos de -las que llamamos «memorias silvestrinas», tomados aquí y allí en sus -sabrosas epístolas, y con párrafos, también, de la obra periodística -aludida, que, á publicarse entera, abrumaría de tedio á los lectores de -mejor voluntad, no porque carezca de mérito--muy al contrario,--sino -porque la gente no está hoy para teologías. - -Éste sería el gran momento de entrar en materia y acabar de una vez -con tan engorroso epítome; pero nos ocurre una observación: Hemos -incurrido en una deficiencia que más tarde podría echársenos en cara, y -que podemos salvar aquí sin mucho sacrificio. ¡El retrato de Silvestre -no adorna todavía las páginas de Pago Chico, ni nos hemos detenido á -echar una ojeada á su laboratorio!... Cierto es que, considerando todo -retrato literario prosa destinada á que la salte sin piedad el lector, -nos atuvimos hasta aquí á los hechos escuetos, sin describir cosas ni -personas; pero es cierto también que aún á riesgo de tan dolorosa é -inevitable indiferencia, debemos hacer ese honor al ilustre boticario, -ubícuo en estas páginas como Dios en el universo. - -Era Silvestre de mediana estatura, delgado, nervioso, menudo, de -extremidades pequeñas y finas. Tenía mucho aire á Laucha, pero con más -trazas de gente, según los apreciadores y apreciadoras de Pago Chico. -Llevaba el cabello negro erizado sobre la frente angosta, cruzada -ya por una arruga de preocupación que las malas lenguas atribuían á -muchos ratos angustiosos pasados en el Mirador, la timba del Rengo. -Las cejas delgadas y renegridas, sombreaban apenas los ojos pequeños, -negros también y muy brillantes, separados como por una tapia de -albarda por una nariz enorme, encorvada y fuera de proporción con la -cara angosta y chica. Si Laucha se parecía á un ratoncillo, Silvestre -semejaba un galgo, pero un galgo de expresión inteligente. Hablaba con -voz un tanto aguda y chillona, é inflexiones no exentas de gracia. Era -verboso, persuasivo, y tanto para decir la verdad como para mentir -(¡ay! solía mentir algunas veces) se expresaba con el calor contagioso -de la convicción. Por lo general vestía modestamente de saco, pero los -domingos y fiestas de guardar se empaquetaba en un jaquet color pizarra -de largos y tremolantes faldones, y para las grandes solemnidades -tenía una levita negra, pariente cercana del jaquet, que él llamaba -indistintamente «mi leva» ó «mi funeraria», aludiendo con esto último -al hecho de sacarla más frecuentemente para entierros y funerales que -para otra clase de diversiones. - -Como era de uso corriente en aquella época, apenas lo veían enlevitado -y de sombrero de copa, los pilluelos de la vecindad, y aun los que no -lo eran, iban gritándole en coro, por detrás: - ---Don Silvestre ¿p'ande va la galera? - -Ó le cantaban con el estribillo de un vals á la moda: - - Tin tin, el de la galera, - tin tin, el de la galera: - tin tin, el de la galera, - la galerita y el galerín. - ---¡L'evita la caminata!--exclamaban luego, aludiendo á la lujosa -prenda con un retruécano fácil y poco espiritual, por cierto, pero -popularísimo en aquellos años de ingenuidad, alegría y «mira que te -corre el chancho.» - -Para el jaquet era otra cosa: una coplilla también cantada en coro y -cuya letra se basaba en dos «calembourgs» orilleros: - - --¡Ya que has venido - p'a qué te vas! - ¡Pagá la copa, - después t'irás! - -«Yaquí, paquete»--no deja de ser ingenioso ¿verdad? y sobre todo en -Pago Chico... - -Silvestre no volvía la cabeza, ni contestaba á la irrespetuosa y -bullanguera pandilla que, cansada al fin, lo dejaba en paz é iba á -repetir la broma con don Domingo Luna, ó con Machado, ó con Bermúdez, -aferrarse á él entonces, hasta encontrar alguno que se enfadara y darse -el gusto de hacerlo rabiar hasta el rojo blanco. - -Agregaremos esto en secreto y bajo palabra de honor de que no será -divulgado por quienes lo oigan: Silvestre no era farmacéutico ni -nada. Odiaba los títulos académicos, y maldecía las facultades que -dan patente á la inepcia y la ignorancia. No quiere decir esto que -supiera más que cualquier infeliz sometido á los estudios regulares, -la frecuentación de las aulas, los exámenes, etc. Casi estaríamos por -decir que sabía mucho menos, ó que no sabía nada. Pero su espíritu -de independencia nos gusta en lo que tiene de probatorio á favor de -nuestro aserto de que podría haber sido un grande hombre: con ese -desparpajo y en terreno propicio, se hace camino para llegar donde se -quiera, siempre que se sepa dónde se quiere llegar. Y aunque Silvestre -fuese tan abiertamente enemigo de la facultad, fuerza es confesar que -nunca se atrevió á hacerle guerra declarada: así, evitando una posible -clausura de la botica por su falta de título, pagaba á un farmacéutico -residente en Buenos Aires, para que se la regentase in nomine, sin -asomar nunca las narices en Pago Chico. - -También, si el regente hubiese llegado á conocer el establecimiento á -que prestaba su nombre, y por el que se responsabilizaba, pues en caso -de inspección debía aparecer Silvestre como su dependiente y él en -viaje ocasional, es posible que hubiera retirado su garantía ó por lo -menos pedido un fuerte aumento de gajes. Todo es cuestión de precio. - -La farmacia, efectivamente, fuera del escaparate con sus grandes -redomas de agua colorada de verde y de rojo con anilina, y del -pequeño despacho para el público, con sus estantes llenos de cajas de -específicos, sus dos sillones de roble con esterilla y su mostrador -con la balancita de precisión guardada entre cristales,--más tenía -de pocilga y almacén de trastos viejos que de otra cosa. Detrás del -mostrador, hacia el fondo, corría el laboratorio, generalmente cubierto -de una espesa capa de polvo, con las probetas sucias, los tubos de -ensayo medio llenos, las cápsulas con poso, los pildoreros hechos una -pringue, los almireces con residuos de lo molido en ellos la última -vez. Cuando había que usar alguno de ellos, un golpe de trapo bastaba á -la urgente limpieza... En un patiecito se amontonaban las botellas, los -frascos, los potes de todo calibre, y Rufo, el único peón, se ocupaba -en lavarlos con municiones, cuando se lo permitían sus otras múltiples -faenas de escudero de Silvestre, ó cuando no urgía la manipulación de -ungüento de hidrargírio. - -Dos pasos atrás del mostrador, es decir, antes de penetrar en el antro -del laboratorio, abríase sobre la derecha una puerta que daba á la -habitación convertida en sala-comedor-dormitorio, donde Silvestre -recibía sus visitas y organizaba el «mentidero» de la rebotica, club -peculiar que no falta en pueblo alguno americano ó europeo, á juzgar -por todas las crónicas antiguas y modernas, novelas, comedias, pasillos -y entremeses. Allí estaba la cama que desaparecía tras de un biombo -en cuanto se levantaba Silvestre, para transformar la alcoba en -comedor, cómo éste se trocaba en salón de tertulia una vez quitados -los manteles. Una caja de dominó, un juego de ajedrez y una guitarra, -parecían atestiguar que no todo era chismografía en aquella habitación -cuyo aspecto, aunque muy modesto, nada tenía de desagradable. Pero ¡ay -si un curioso atisbaba detrás del biombo tapa-miserias! el rincón de la -cama ofrecía el más completo y desaseado desorden, con sus palanganas y -vasos de noche sin enjuagar, medias usadas, ropa blanca por el suelo, -botines cubiertos de barro ó de moho, corbatas, ropas exteriores -tiradas,--un cafarnaum de criollo soltero en tiempos en que todavía no -reinaban las higiénicas costumbres que van imperando poco á poco... -hasta en el Pago. - -Podríamos seguir describiendo aquello. Más aún: podríamos describir uno -por uno los personajes de este libro, es decir, todos los habitantes de -Pago Chico, sus respectivas viviendas y almacenes, sus costumbres y sus -trajes. Aquí, bajo la mano, tenemos toda la necesaria documentación, -y lo podría suplir fácilmente la fantasía, cuando no que faltara el -recuerdo de investigaciones y estudios hechos con paciencia y tesón en -el teatro de los sucesos. Pero «non est hic locus,» dirá el lector, -agregando que por el hilo se saca el ovillo, y que conoce del sótano al -desván las casas pagochiquenses así como de pies á cabeza las personas, -pues nos ha prestado la colaboración inapreciable é insustituible de su -atención sostenida y amistosa. - -Siendo así, no nos resta sino pasar por alto miles de notas que harían -de este volumen un infolio, sólo con adoptar el sistema imperante -aún de no dejar nada al ingenio ajeno, imitando al actor aquél que -declamaba los versos y las acotaciones, sin perdonar una. Vamos, -pues, sin más tardanza, á los extractos anunciados del epistolario -silvestrino. Son los siguientes, y como se comprenderá á primera vista -se refieren á muy diversas fechas, pues su correspondencia abarcó un -período de años: - - * * * * * - -«Te darás cuenta de lo que es este pueblo al saber que no tiene más -que una plaza, cuando debería tener cuatro, como consta en el plano -primitivo, escondido por mí arriba de uno de los armarios de la -Municipalidad, en tiempos de la intendencia de don Ignacio. - -Las otras tres se vendieron en un remate de ñanga-pichanga, con el -pretexto de que eran innecesarias y había urgencia de arbitrar recursos -para la Municipalidad. ¡Mentira! Era para atrapárselas. - -Se las adjudicaron sin vergüenza Ferreiro, Luna y Machado, á cinco mil -pesos cada una y sin aflojar mosca, porque las pagaron con cuentas -atrasadas, compradas por un pedazo de pan á varios infelices cansados -de tramitar el cobro al cuete. - -Los quince mil pesos quedaron reducidos para ellos á unos cuatro mil, y -se embolsicaron una fortuna á vista y paciencia de todo el mundo. - -¡Decíme si esto no es el callejón de Ibáñez! - -Pues, para remachar el clavo, los mismos personajes y otros cortados -por la misma tijera, han hecho gastar á la Municipalidad más de cien -mil nacionales en la plaza que queda, «para ponerle tierra buena.» -Comenzaron un pozo, le habrán echado tres ó cuatro carradas cuando -mucho, y andan tan campantes. - -¡Figurate que los únicos árboles que tiene la plaza con los tres -aguaribays que plantaron los milicos en tiempo del Fuerte! El agujero -está sin tapar desde hace una punta de meses, y más valiera que se -hubiesen llevado los morlacos sin hacer la parada de trabajar.» - -Son unos peines que ni caspa dejan, y lo único que me llama la atención -es que no se roben las casas con gente y todo. - - * * * * * - -«Las elecciones de ayer han pasado tan tranquilas, que ni mesas se -instalaron en el atrio, ¡date cuenta! - -Los escrutadores no se acordaron de la votación hasta que Bustos, -el secretario de la Municipalidad, les llevó las actas fraguadas en -casa de Ferreiro, para que las firmaran y mandarlas después á la -capital.--Dicen que uno le dijo: - ---¡No se apure tanto amigo! ¡Si las eleciones son el domingo que -viene!... - -Y lo mejor es que Bustos se quedó en la duda y corrió á consultarlo á -Ferreiro que, á la noche, lo contaba en el club, riéndose á carcajadas. - -Total: sin que nadie se moviese de su casa, sin gastar un centavo, hubo -mil doscientos votantes por la lista del gobierno, lo que da á Pago -Chico una enorme importancia política. - -Así se hace patria.» - - * * * * * - -«El Rengo, dueño de la casa de juego que llaman El Mirador, me cuenta -que en las últimas elecciones, el comisario Barraba le dió orden de ir -á votar con los carneros, diciéndole: - ---Si los cívicos ganan, se acabó la jugarreta y vos te fregás, porque -se han comprometido á cerrar las casas de juego. Aura, si pierden, y -vos y los muchachos han votau con ellos, encomendate á la virgen y los -santos, porque los arriamos á todos una noche, sin asco, y los metemos -en la cafúa. - -Yo le dije al Rengo que eso no le convenía á Barraba, porque perdería -la coima, que le paga; pero él me contestó: - ---¡Qué perder ni qué perder! ¡Como si faltaran otros que pondrían -bailando no digo una sino muchas timbas! No, señor; ¡hay que votar como -manda el comisario, y no andarse con vueltas, porque á lo mejor lo -dejan á uno en camisa, y que vaya á quejarse al Papa! - -¡El que manda, manda, y cartuchera en el cañón, qué caray! - -Decíme, hermano, si esto es páis ó qué.» - - * * * * * - -«Ya que querés saber algo más del comisario, te contaré algunas cosas, -pocas, porque no tengo tiempo: hay epidemia de tifoidea, y á cada rato -viene gente á la botica. - -Ya sabés que Barraba le cobra coima al Rengo, dueño de la casa de juego -del Mirador; pues también le cobra á Laucha, el de la pulpería de La -Polvadera, al del reñidero de gallos, á otro que tiene un billar de -choclón á media cuadra de la plaza, y como si esto no bastara, ¡es -socio de la dueña de una casa pública, en la que ha hecho trabajar de -albañiles y peones á vigilantes y presos! - -¡Es tan angurriento y tan raspa este animal, que no te podés imaginar -todo lo que hace para juntar plata! Así, Pago Chico es, gracias á -Barraba, el asilo de todos los cuatreros de la provincia que quieran -trabajar con él en completa impunidad. Su compadre, Romualdo Cejas es -el que capitanea la cuadrilla, esconde y negocia la hacienda robada. - -Es un chino santiagueño, bastante alto y grueso, de ojos atravesados, -que cuando cae al pueblo viene de botas de charol, en un caballo -macanudamente aperado, con su rico poncho de vicuña hasta la rodilla, -tapándole el tirador en que trae facón y trabuco, lo mismo que Juan -Moreira. - -Tiene el rancho á dos leguas del pueblo, en una isla que rodea un -cañadón siempre lleno de agua y pantanoso. El rancho, ó más bien los -ranchos, porque son varios, están en un albardón y atrás tienen un -corral de palo á pique. Allí vive él y toda su familia, además de los -cuatreros que lo ayudan. - -Después se pasa otro bañado hondo y de agua muy cenagosa, que no se -seca nunca, y hay otro albardón, muchísimo más grande, donde meten la -hacienda robada. Nadie sabe por dónde la meten, ni nadie puede llegar -allí, porque el diablo de Cejas hace pisotear bien toda la orilla, -para que no se acierte con el paso. - -De allí salen las haciendas y los cueros que se roban, allí se hacen -perdiz los padrillos de raza, los toros finos,--miles de pesos que van -á parar al matadero, como cualquier vaquillona ó cualquier novillo -criollo. Allí se «planchan» las marcas que, como sabés, es la operación -de quemar medio cuarto trasero al pobre animal, ó se «agrandan» las -mismas marcas, desfigurándolas con otros fierros. En fin, las picardías -conocidas. - -La mitad de lo que saca Cejas es para Barraba, que si no no lo dejaría -trabajar. Naturalmente, el otro le birla gran parte de la ganancia, -porque para eso es un bribón desorejau, y el que roba á otro ladrón -tiene cien días de perdón. Pero donde no lo puede estafar, porque el -comisario lo fiscaliza, es en una carnicería que han puesto en las -afueras del pueblo para vender la carne robada. ¡Qué pensás de esto, -ché! - -Pero, como ya te digo, no se harta, y aunque en la policía se come qué -sé yo cuántos vigilantes, nunca hay un nacional ni para el rancho de -los agentes y los presos, ni nadie le quiere fiar nada para cosas del -servicio. - -Ayer mandó buscar una carrada de leña, dándole un vale al sargento -que se anduvo todas las carbonerías una por una, sin que le quisieran -vender sino con la platita en la mano. Cuando lo supo Barraba, por no -soltar sus realitos, hizo que hicieran fuego en la comisaría con las -patas de unos catres. - -¡Se come hasta la alfalfa de los pobres patrias! Esto no te lo -explicarás, pero es así: la Intendencia le pasa una mensualidad para el -forraje de los caballos, que sin embargo tienen que contentarse con el -verdín del patio, hasta que se mueren de alegría. - -¡Y cómo es de bruto! Figurate que á don Juan Dozo, municipal, le -robaron el otro día unos cuatrocientos pesos. Dozo, hizo su denuncia -á Barraba, y los milicos y los oficiales se echaron á nadar, sin -encontrar naturalmente ni la plata ni el ladrón. - -Pues ¿qué te parece que hace Dozo? Se va á consultar á una adivina -que tenemos que llaman misia Dorotea, y ésta probablemente por alguna -venganza, le hace sospechar de uno de sus peones, llamado Sayús. - -Dozo le cuenta la cosa á Barraba y éste, sin más ni más, hace prender -al peón, y allí en un cuarto que hay en el fondo de la comisaría, -comienza á ahorcarlo y descolgarlo, para que confiese... ¿Creés que es -mentira? Pues la denuncia ha ido al ministro de gobierno, que no ha -hecho nada, porque Barraba es hombre de la situación «un perro fiel», -como él mismo dice. - -Hacé públicas estas cosas. ¡Es preciso! ¡Hacelas públicas, para que no -vuelvan á suceder! - -Por las que te cuento al correr de la pluma puedes imaginar las que -sucederán, pues estas fechorías son como la tifoidea que tenemos -actualmente: nunca son casos aislados en pueblos de este corte. Las que -yo sé son tremendas, pero ¡cómo serán las que no sé! - -Dejame que te lo repita: Publicá esto para que no se haga más. Yo no -encuentro otro remedio...» - - * * * * * - -«Con motivo de la toma de posesión de los nuevos municipales, y por si -á la oposición se le antojase meter bochinche en la barra, Ferreiro -ha hecho venir del Sauce,--como si no bastara la policía--un gaucho -matón y compadre llamado Camacho, á quien le dicen «Moraira», y que -recorre las calles armado con un tremendo facón y un descomunal -trabuco naranjero, que al propósito anda dejando ver debajo del -poncho deshilachado. Este Moraira debe muchas á la justicia, porque -es madrugador, asesino y de alma atravesada. Es un flojo y un cobarde -cuando no está bebido; pero borracho es una fiera, de modo que ahora lo -hacen chupar como un saguaipé para que, por lo menos, meta un julepe á -alguno. - -Ha muerto á traición á tres ó cuatro, en estos últimos años, pero como -nunca se ha atrevido con ningún oficialista, y siempre lo protegen -los que lo utilizan como instrumento, el castigo mayor que se le ha -dado hasta hoy, es el de hacerlo escaparse del partido en que «se -desgració», recomendándolo como «hombre de acción» á las autoridades de -cualquier otro. - -Ferreiro lo ha traído por la fama terrible que tiene, pero -probablemente sin intención de utilizarlo de veras, porque es hombre de -intriga pero no de sangre. Sin duda nos ha querido correr con la vaina, -y te debo confesar que lo ha conseguido, porque este pueblo es muy -mulita y no quiere estar á las duras sino á las maduras. - -Seguro que ya Ferreiro se ha arrepentido de haber llegado tan lejos, -porque el tal Camacho ó Moraira es una verdadera calamidad, y todo el -mundo lo acusa á él de haberlo traído, hasta los mismos carneros que no -se fían de semejante salvaje y andan con el Jesús en la boca en cuanto -lo tienen cerca, no sea cosa que caigan en la volteada, sin querer. - -Anoche anduvo borracho á caerse, baladroneando y amenazando con matar -y degollar; salió á la calle con el trabuco cargado hasta la boca y -el gatillo alzado, preguntando á gritos dónde estaban esos «chivitos» -de m., hijos de una tal por cual, y diciendo que salieran si eran -c... para enseñarles quién es Moraira y quiénes son los del partido -provincial. De seguro que mata á alguien, quizás á alguna mujer ó -criatura, si el mismo Ferreiro no sale á buscarlo para llevárselo á -dormir la mona. - -Camacho no se quería ir aunque Ferreiro se lo mandara, diciéndole -que todo estaba tranquilo, que habían triunfado, y que al día -siguiente--por hoy--habría asado con cuero y era preciso madrugar. - ---Mire, patroncito--le dijo por fin Camacho, tartamudeando con la -tranca,--lu haré' porq' usté l'ordena. Pero sepasé que les h'e dar en -medio'e las guampas, p'a que otra vez no se metan á sonsos!... ¡Ah, -hijos di una, no estar aquí! ¡Mire lo que les haría, patrón!... - -Y descargó al aire su trabuco que hizo el estruendo de un cañonazo. La -gente se asomó con miedo á las puertas y ventanas, llegaron algunos -vigilantes, muy asustados y sin animarse á llegar hasta Camacho que -se había caído con la borrachera, y hasta creo que se había quedado -dormido inmediatamente. Ferreiro hizo que lo levantaran y lo llevaran -á la posada, cuando debió hacer que lo metieran al calabozo. Quizá -tuviera ganas pero no se atrevió, porque, como dicen, el miedo no es -sonso ni junta rabia. - -En fin, si este malevo sigue por acá, estoy seguro de que va armar -alguna de Dios es Cristo. Esta mañana temprano ya andaba otra vez -perdonando vidas por el pueblo, y metiéndose á chupar en todas las -trastiendas. - -Un oficialista me ha dicho que Ferreiro va á hacer que se mame como una -cabra para que no pueda ir á la sesión municipal. Mirá si va y con la -tranca descarga el trabuco sobre los padres de la patria chica!» - - * * * * * - -«Sí, nos dicen «chivitos», para vengarse de que les digamos «carneros», -como son. Lo de chivitos viene del doctor Fillipini, que como italiano, -no puede pronunciar «cívico», sino «chívico». De ahí tomaron pie para -la gracia los más diablos del Club del Progreso, y después todos los -provinciales ú oficialistas. - -Ahora verás: Viera acaba de devolverles la pelota porque _El -Justiciero_ tituló «Pax multa» su artículo sobre las elecciones, -que como te imaginarás han sido lo más pacíficas, porque ni los -escrutadores fueron al atrio... Pues Viera dijo en _La Pampa_ que -ese latinajo de «Pax multa», quería decir «Palo y multas», que es lo -único que dan nuestros municipales. Como lo escribía muy en serio, á -Fernández, el director de _El Justiciero_, se le atravesó la cosa, -y anduvo averiguando lo que significaban las palabritas que él -interpretaba como «mucha paz». Nadie se lo supo decir á derechas, -así es que se fué á preguntárselo al cura Papagna, que es como -preguntármelo á mí. - ---La pache de la multiúdine,--dicen que le contestó el cura al tun tun, -pero dejándolo completamente tranquilo. - -Viera y yo nos hemos reído á carcajadas de la cosa, aunque Viera sea -siempre más serio que bragueta de provisor. Y, á propósito de Viera, el -otro día lo embromé lindo, conversando sobre un suelto de _La Pampa_ en -que se quejaba de que desde hace seis años no se publican los balances -municipales. - ---No los publican por honradez,--le dije. - ---¡Cómo por honradez!--gritó furioso. - ---¡Claro!--le retruqué.--¡Les sería tan fácil falsificarlos, que si no -lo hacen es por honradez! - -¿No te parece que tuve razón? Él, por lo menos, se quedó con la boca -abierta y después se rió. ¡Bah! Hasta los más desvergonzados tienen su -pucho de vergüenza, y eso les pasa á los municipales. ¿No te parece?» - - * * * * * - -«No todo han de ser políticas. Para que te divirtás un rato, te copio -en seguida un documento que me ha facilitado su autor, seguro de haber -hecho una obra maestra,--como que la manda á _La Nación_ de Buenos -Aires, nada menos, contando con que se la publicará en sitio preferente -(¡agarrá ese trompo en l'uña!). Es la crónica completa de una fiesta -que resultó un verdadero velorio. Pero ya te darás cuenta por lo que -dice el artículo, que es el siguiente con título y todo: - - «CORRESPONDENCIA DE PAGO CHICO - -«Señor Administrador de _La Nación_:--Se celebraron aquí el día de -Corpus-Cristi con gran brillo y concurrencia las legendarias fiestas -del Santo Patrono de este pueblo, San Antonio; y aniversario de su -fundación. - -«Han sido tres fiestas en una; la fundación, del día 11, lo mismo que -nuestra gran Metrópoli, el Santo el 13 y Corpus-Cristi el 14. - -«Ha sido todo un acontecimiento. - -«Desde la víspera, voluminosas bombas atronaban el éter, demostrando -con la variedad de colores, florones y antorchas, rarísimas -visualidades. - -«Nuestro Pirotécnico, D. Ludovico Pituelli, demostró como siempre -gran ciencia y mucha perfección en el ramo, lo que le valieron sendos -aplausos. - -«La función religiosa ó sea la misa, estuvo solemne, lo mismo que la -procesión de tarde, por la inmensa plaza-alameda que cubría con sus -frondosos árboles todo el ritual, y ofreciendo el panorama más hermoso -que en esta clase de funciones he visto, mereciendo los mayores elogios -las hermanas de la Inmaculada Concepción. - -«El Reverendo padre Papagna como buen orador sagrado, tomó á su cargo -el panegírico y el sermón resultó notable. Amenizaba el acto la -armoniosa banda de música dirigida por el maestro Castellone y que lo -más que impresiona al público es: que está tocada por siete legítimos -hermanos; quizás será la única en el mundo; dicha banda amenizó la -fiesta con perfección; se debe su presencia á la buena voluntad del -diputado Sr. Cisneros, quien la pagó de su bolsillo. La policía muy -correcta, lo mismo que el comisario Barraba y el pueblo entusiasmado -con los recreos populares, que terminaron con el manto nocturno y el -tronar de las bombas. - -«Por la noche grandes bailes en la casa de los Srs. Gancedo Tortorano -y Bermúdez, en donde bellas niñas lucieron las gracias de Tersícore, -concluyendo armoniosamente con el crepúsculo matutino. - -Saluda al Sr. administrador _Cirilo Gómez_.» - - * * * * * - -«¡Á este Dr. Carbonero no hay con qué darle! El otro día, en la cancha, -el matón Camacho, traído por Ferreiro, y de que hasta ahora no nos -hemos podido librar, le dió tal garrotazo á Lobera que por poco lo -desnuca. Ahí no más quedó tieso más de media hora, tendido en el suelo -de la cancha. - -Lobera está malamente herido, y quién sabe si no espicha, pero para que -Barraba y el juez Machado puedan poner en libertad al otro, el doctor -Carbonero ha extendido un certificado diciendo que no tiene nada. - -Y lo más lindo es que mientras Moraira, ó sea Camacho, anda suelto -y compadreando como de costumbre, á Lobera me lo tienen preso en un -cuarto del hospital, en cama y con centinela de vista, sólo porque -tuvo la infelicidad de pelar el revólver cuando el otro lo volteó del -garrotazo. - -Se le está haciendo sumario por desorden, uso de armas y no sé qué -otros crímenes. Y el pueblo entre tanto, calladito como en misa. El -único que protesta es el pobre Viera. Pero ¿á qué santo si nadie le -lleva el apunte? - -Fuera de que los carneros le están haciendo una guerra tremenda, y -á este paso, pronto no tendrá ni con qué comer. Yo le dije que meta -violín en bolsa, pero él no quiere si no morir en su ley...» - - * * * * * - -«¡Decíme si no es cosa de morirse de risa por no reventar de rabia! -Hacía una punta de meses que mandabamos nota sobre nota al comité -central de la capital, sin que esos señores se dignaran contestarnos -una sola palabra. Parecía que se hubiesen muerto de repente. Viera, -por encontrar alguna disculpa, decía que era probable que el gobierno -hiciera interceptar la correspondencia en el mismo correo, de aquí ó de -allí. - ---¡Andá ver!--le contestaba yo.--Es que no saben qué decirnos, ni -tienen plan, ni menos plata. Aquí hay que sostener el comité, dar algo -á la gente, comprar armas por un si acaso, ayudar á tu diario que -pierde demasiado, y como nadie da nada, claro está que se hacen los -suecos para no tener que mandar fondos desde allí. - -Él no me quería creer, pero anoche vino furioso á la botica. ¡Por fin -había llegado algo de Buenos Aires! ¡Pero ni vos mismo adivinas qué! -Una lista de candidatos para diputados, todos ilustres desconocidos que -ni siquiera se han asomado al Pago, pidiéndonos que la votemos sin la -más ligera modificación, «porque de eso dependen los altos intereses -patrióticos que con tanta altivez y civismo hemos sabido defender hasta -hoy.» - ---¿Qué vamos á contestar?--le dije á Viera. - ---No sé,--me contestó;--lo que sé es que me dan mucha rabia. - ---Pues contestales que aquí no podemos votar, porque no nos dejan, y -que aunque nos dejaran no votaríamos sino por una lista hecha después -de consultar nuestra opinión. Que para cambiar de nombre y no de -costumbres, más vale ser oficialista, que así siquiera se está cerca -del candelero. - ---Nos dirán que tenemos delegados en el comité central, y que ellos se -han encargado ya de interpretar nuestra opinión,--me observó Viera. - ---Bueno, hijo, mientras nos contentemos con esas lavaditas de cara,--le -dije,--vamos á estar siempre en las mismas. ¿Querés que te dé un buen -consejo? ¿Sí? Pues hacé como ellos, no les contestés una palabra y el -día de las elecciones les mandas un telegrama diciendo que el comisario -Barraba y sus fuerzas han impedido el acceso del pueblo á los atrios, -como será verdad por otra parte. Mirá, Viera: si el país se compone ha -de ser por algo muy raro y que nadie se espera. Lo que es nosotros y -los otros, nunca daremos pie con bola. - -No sé qué te parecerán estas afirmaciones, pero así como las pienso y -se las dije á Viera, te las digo á vos por lo que puedan valer.» - - * * * * * - -Podríamos seguir espigando largo tiempo y con fruto en el feracísimo -campo del epistolario silvestrino, pero todo tiene su término y preciso -es darselo á estos interesantes extractos, para ceder parte del espacio -que resta á los prometidos párrafos de la especie de «Psicología de -las autoridades de campaña», desarrollada por el periodista amigo de -Silvestre. El lector verá que las mal llamadas «Memorias» no se cierran -tan mal con este trabajillo.» - - * * * * * - -«La provincia de Buenos Aires ha venido experimentando lentamente un -cambio que la aleja en modo notable de su punto de partida. Ni es ya -lo que era ni es aún lo que será. En su vasto escenario, el gaucho por -una parte y el hombre ilustrado por otra--la absoluta mayoría y la -absoluta minoría,--han cedido sus puestos á nuevos elementos que, no -teniendo caracteres definidos, no siendo bien aptos para sostenerse, -combatir, triunfar en la lucha por la vida, están destinados -inevitablemente á desaparecer. Son individualidades de transición, -que no pueden subsistir, aun cuando circunstancias más ó menos -artificiales les hayan dado el predominio que hoy ejercen. Su injusta -y transitoria preponderancia es lo que nos mantiene aún lejos de la -relativa perfección á que hubiéramos llegado. Pero tenían que surgir -si es cierto lo de que «natura non facit saltum», lo mismo que debemos -aguardar con fe un cambio favorable y próximo, pues un tipo intermedio -no puede perpetuarse, y menos en primera línea.» - -Esto es algo tedioso, como lo comprenderá su mismo autor. Por eso -saltamos, sin más, á párrafos de corte no tan científico, pero en -cambio más interesantes en nuestra humilde opinión: - -«Esos «dirigentes» de pueblo de campo, de partido, hasta de provincia, -semejantes á las nubes macizas como montañas al parecer, cuyos perfiles -se destacan rudamente sobre el cielo, pero que ni siquiera aparecían -en los antiguos negativos fotográficos, cual si no existieran--esos -dirigentes, digo, pueden tomarse por individualidades con rasgos -típicos propios, pero apenas se estudian sus líneas, su masa se -desvanece, como la nube, sin dejar impresionado el cerebro. De ahí la -dificultad de retratarlos y analizarlos. Son como las aguas vivas, que -se derriten fuera del mar. Tienen algo de moluscos, y sin duda por -eso cierto amigo, observador y cáustico (la alusión á Silvestre es -evidente) ha dicho hablando de un pueblo de la provincia: - -«Pago Chico es un banco de ostras con concha y sin concha». En las -indefensas encarnaba sin duda al pueblo en general; en las defendidas á -las autoridades y sus satélites...» - -Nuestro autor entra en materia algo más abajo: - -«El intendente municipal, el presidente del Concejo Deliberante, -el juez de paz, el comandante militar y el comisario de policía de -un partido, podrían ser transplantados á cuarenta ó cien leguas de -su campo de acción, dentro de la provincia, y actuar en un medio -desconocido sin que ni en el primer momento se notará el cambio. -Estas cinco personas forman en cada pueblo la oligarquía comunal. Son -ramas de un mismo tronco. Ligadas estrechamente, hacen vida pública -común. Se apoyan la una en las cuatro y las cuatro en la una. Con los -mismos defectos y las mismas faltas, dentro de la misma carencia de -opinión propia, se sirven mutuamente de paño de lágrimas ó de harnero -para tapar el cielo. Son cooperadores, encubridores ó cómplices de sí -mismos, según el caso. - -«La justicia, el orden público, la administración, hasta la guardia -nacional, están en sus manos. Para ello tienen auxiliares de la misma -extracción, con iguales tendencias: los secretarios, los inspectores, -el contratista, el procurador, el médico de policía, el empresario -de la casa de juego, diez, veinte más. Éste es el «partido oficial» -entero, ó la sociedad comercial é industrial completa. Ahí está la -oligarquía que á veces tiene un jefe visible--el senador ó uno de los -diputados de la sección electoral--última forma del caudillo--que nunca -está seguro de sus subalternos, como éstos no lo están de él, lógica -desconfianza en esa asociación egoísta, instable mientras no exista -entre sus miembros algún férreo é inconfesable lazo de unión. - -«Se busca en el pasado de esos hombres y se encuentra siempre el mismo -obscuro punto de partida. Tal andaba de _chiripá_ y con la pata en el -suelo hace cinco años; tal otro era carrero; el de más allá fué agente -de policía; aquél, incapaz de trabajar, vivió del juego como fullero ó -como empresario de timbas amparadas por la autoridad, ó tuvo casa de -prostitución; éste lleva sobre su conciencia despojos y asesinatos... - ---¿Por qué no entregan ustedes las situaciones de campaña á hombres -menos desprestigiados?--preguntábase á un gobernante... - ---Porque los buenos no se venden ni sirven para instrumentos,--contestó. - -«Casi no hay uno de estos hombres que pertenezca á una raza -determinada. Tienen sí, aspecto criollo, pero en su ascendencia se -halla siempre la mezcla, á la que sin duda impidió dar benéficos -resultados el ambiente en que se desarrollaron los productos. Con -los defectos del gaucho amalgaman los que les vienen del antepasado -extranjero, llegado en busca de aventuras después de dejar la -conciencia donde no pueda estorbar, y no se encuentran en ellos ni -la nobleza, ni la generosidad, ni el amor al trabajo, ni siquiera el -valor, que es la última virtud que se eclipsa en nuestro paisano. - -«Cuando se apalea ó se maltrata á algún enemigo de la autoridad, inútil -es buscar la persona que lo hizo: siempre es alguna mano traidora y -desconocida, ó un grupo de emponchados irresponsables. - -«No han ascendido por esfuerzo propio ni por méritos adquiridos. -Se ha buscado lo que sirva de ciega herramienta y lo que no tenga -elementos propios para independizarse. Hombres incoloros, incapaces de -atraer opinión, bastan para los fines opresivos, pero son inhábiles, -en el caso, para sacudir el yugo, hasta en beneficio propio. Con -otros afiliados, ciertos gobiernos no hubieran podido subsistir. Se -comprende, pues, que muchos hombres hayan sido sacrificados y que -muchos surgidos con aptitudes para el gobierno, desaparezcan de pronto -bajo el peso del partido oficial que llegó á temerlos. Por eso cuando -se observa una excepción, un hombre de cierta importancia dedicado á la -actuación política oficial, no hay más que revisar los libros de los -bancos, ó la lista de concesionarios de centros agrícolas, de ensanches -de egido, ó los legajos polvorientos de los juzgados del crimen... Ahí -está el secreto... - -«En cuanto á la sociedad oficial cuyos componentes hemos enumerado ya, -se ocupaba puramente de su comercio, feliz porque le dejaban _mañas -libres_. La renta municipal, las multas policiales, las coimas de las -casas de juego y otras, la enajenación de los terrenos de la comuna -¡qué negocio!... ¿Política? Ni la querían ni la estudiaban: les iba -hecha de La Plata, la ponían inmediatamente en acción y ni medían su -alcance ni les importaban sus consecuencias. Era, por otra parte, tan -limitada y tan monótona, que se la sabían de memoria y le dedicaban el -menor tiempo posible, deseosos de acabar pronto para seguir robando. -En un principio se preocupaban de llevar alguna gente á las elecciones -para darles cierta apariencia de legalidad; pero como esto exige -tiempo y gastos, lo fueron reduciendo á su menor expresión: el piquete -de policía armado á rémington frente al atrio, y en el portal de la -iglesia los escrutadores copiando los registros. - -«Llegóse una vez hasta á cerrar las puertas, para que algún votante -intruso no fuera á interrumpir á los que copiaban nombres... mil -cuatrocientos nombres de conciudadanos votando unánimes y entusiastas -por los candidatos oficiales. - -«Como no podían abundar los hombres de la especie requerida para -gobernar la comuna, se jugaba á las cuatro esquinas con los puestos -públicos: un año, Luna, era juez de paz, Carbonero intendente y Machado -presidente del concejo; al año siguiente, Carbonero era el juez de -paz, Machado el intendente y Luna presidente de la Municipalidad. Y la -permuta se repetía desde tiempo casi inmemorial, sin que se interpolara -ningún elemento nuevo. Tanta era esa escasez de hombres que en otros -partidos algunos tenían que representar dos papeles: éstos eran, por -regla general, diputados-intendentes.» - -Lo que podría faltar en este cuadro está ampliamente suplido en el -resto del volumen, ó lo suplirá más ampliamente aún el talento del -lector. Cerremos pues aquí las Memorias silvestrinas y su periodístico -y á la verdad algo frío comentario, que tan ventajosamente hubiera -sustituido alguna de las «agachadas» del farmacéutico. - - - - - FIESTAS PATRIAS - - ---¡Tatachin, chin, chin! ¡Tatachin, chin, chin! - ---Shuitzssss... pum! - -Y vuelta á empezar. - -Uno que otro pilluelo desarrapado seguía á la charanga y á don Máximo, -el viejo portero de la Municipalidad, cargado con un mortero y dos -docenas de bombas de estruendo para la salva reglamentaria de veintiún -cañonazos. - -Porque, eso sí, lo que es cañones, Pago Chico no los tenía sino en la -pasiva condición de postes, á la puerta del antiguo fuerte que, adobe -por adobe, iba derrumbándose en plena plaza principal. - -Era el amanecer de un día patrio. - -Olvidados los vecinos de la gloriosa fecha, despertaban sobresaltados -al oir los estampidos y la música marcial, á puro bombo y platillos, -creyendo que por lo menos, la grave cuestión política había sublevado -al pueblo en masa, y que los Krupps estaban haciendo estragos y -sembrando de cadaveres el pueblo. - -Es de advertir que, ya en aquel entonces, Pago Chico, sentía del uno -al otro extremo y sobre todo en su corazón--el pueblo propiamente -dicho--los estremecimientos precursores de la honda y trascendental -agitación que había de perturbarlo durante tanto tiempo, dando -socorrido tema á los historiadores futuros. - -«La grave cuestión política» no está puesta, pues, á humo de pajas, ni -era ilógico el sobresalto de los pacíficos vecinos, despertados por las -descargas sin malicia de don Máximo. - ---¡Ah, sí! ¡Ahora caigo! Hoy es el nueve. - -Y dandose vuelta en el lecho abrigado, los pagochiquenses volvían al -interrumpido sueño, fastidiados, renegando de esa música y esas bombas -pluscuam-matinales, pero contentos en el fondo de ver disipados sus -temores de guerra y exterminio. - -Alguna que otra madre afanosa se levantaba de un salto, á pesar del -intenso frío, para preparar los trajecitos de los _escueleros_, que -debían ir en corporación á la iglesia y luego á la Municipalidad á -pronunciar discursos, á decir versos patrióticos, y sobre todo á comer -masitas de la confitería de Cármine, hechas con sebo de la riñonada -tan útiles para Pérez y Cueto, Carbonero y Fillipini, y para el pobre -Silvestre. - -Después de dar diana á las autoridades y al cuerpo diplomático,--los -vice-cónsules Grandinetti, Sánchez Gómez y Petitjean--quienes por -excepción no hallaron propicia la oportunidad para un discurso, la -charanga y las bombas volvieron á su punto de partida, al pie del cono -truncado, obelisco de la plaza pública; rasgó el cielo blanqueado por -la luz del alba, el humillo de dos bombas lanzada una tras otra y que -estallaron allá arriba, formando una aureola como de copos de nieve; el -astro rey saltó al oriente, al imperioso mandato dorando la cima de la -pirámide y el techo de las casas, y en el aire tenue y frío vibraron -las notas solemnes de la introducción del Himno que ni los mismos -asesinos de la banda de Castellone, que por chuscada se apellidaban á -sí mismos _bandidos_, haciendo un juego de palabras no desprovisto de -base sólida, lograban echar á perder para nuestra eterna sugestividad. -Los pilluelos corrían y gritaban, entretanto, alrededor del portero que -se aprestaba á disparar otra bomba (le faltaban cinco para la salva de -veintiún cañonazos), y en las calles dormidas del pueblo sólo cruzaba -de vez en cuando, al trote de su caballo, y con el repique de los panes -sacudidos dentro, el carrito negro de algún panadero, á caza de puertas -abiertas... - -Terminó el himno, los músicos se fueron á su casa, el pueblo entró -lentamente en el movimiento habitual, esperando el medio día con su -procesión infantil á la municipalidad, sus _versadas_ en el salón -alfombrado exprofeso, sus cohetes, sus dulces, el vino de San Juan -hecho por Cármine como las masas, con algún sucedáneo del sebo--y el -rompecabezas, y la corrida de sortija, y el palo jabonado, y quizá--si -quisieran trabajar gratis en la plaza--los volatines, que en aquella -época hacían las delicias de la población en una gran carpa de lona. - -Un poco más entrada la mañana, los guitarreros, payadores de menor -cuantía, salieron cada cual por su lado á dar alboradas á las personas -de viso, á las puertas de su casa, con la esperanza generalmente -fallida de hacer buena cosecha de centavos para la mañanita ó la -chiquita, las copas de la tarde, y la farra de la noche. - -El viento parecía que cortaba; las gentes pasaban por la calle con -las manos metidas en los bolsillos y la cabeza entre los hombros. -¡Qué invierno aquél! Pero la baja temperatura no impidió que el negro -Urquiza, payador ó mandadero según las circunstancias, cantara á la -puerta del municipal Bermúdez, acompañado con terribles rasgueos de -guitarra. - - ¡Qué bello día de primavera! - ¡Qué panorama consolador! - -Se quedó sin centavos, á pesar de la ardiente fantasía que primaveraba -el invierno y convertía en panorama consolador al yermo aquél. Porque -Pago Chico, pelado como la palma de la mano, más que pueblo parecía -paradero de caravanas en un arenal. - -Se almorzó temprano y fuerte en aquel día, frío seco y radioso como -una gema. Pero en las casas reinaba gran bullicio; los niños no podían -estarse quietos y á los padres les hormigueaban las piernas. Las niñas -mayorcitas no quisieron almorzar, ocupadas en la tarea homérica de -disfrazar el vestido del 25 de Mayo, obra que les había absorbido toda -la semana. - -Sólo cuatro ó cinco (las de Tortorano, Bermúdez, Luna, Gancedo,) -estaban libres de ese trabajo, pero no de las zozobras que en todo -corazón femenino provocan las inevitables tardanzas de la costurera. - -La prensa de la localidad había salido de gala, en buen papel y con -grabados. _La Pampa_, el diario popular, cuyo programa era la redención -de Pago Chico, presentaba una alegoría de libertad, hecha por un -litógrafo de último orden, é impresa en Buenos Aires sobre papel de -oficio. Una gorda matrona con bonete puntiagudo y ámplias ropas de -hojalata, alzaba en el rollizo brazo un destrozado cadenón de buque, -sostenía en la diestra la histórica balanza de Bermúdez--que en tiempo -de los indios tuvo hilos para manejarla á capricho y estafarlos á gusto -y bajo el pie colosal y descalzo para mayor vergüenza, oprimía una -bestia apocalíptica, erizadas de púas en el cogote, y de ojos casi más -grandes que la cabeza. En segundo término, artísticamente esfumados y -en el aire, bailaban cuadrillas unos doce ó catorce muñecos, que según -por el texto del diario se supo, quería representar á los próceres de -la patria. - -La alegoría, (alegría pronunciaba Tortorano), llevaba esta leyenda. - - Y Á SUS PLANTAS RENDIDO UN LEÓN - -El Dr. Pérez y Cueto, que se hallaba en la redacción con Viera, -Silvestre y otros, al ver el verso sacó el lápiz, tachó con rabia la -palabra «león», y puso debajo «ratón». - ---¡Qué león, ni qué león!--exclamó.--¡Cuando mucho habrán vencido á un -ratón! - ---No hable mal d'España--le dijo con sorna Silvestre.--¡No es tan -ratón, doctor! - ---¡Vaya Vd. al caramba!--gritó Pérez y Cueto, saliendo de allí como una -bomba para evitar un desagrado. - -Viera se limitó á lamentar que su alegoría pudiera prestarse para -interpretaciones belicosas ó hirientes. Ni se le habrá pasado por la -imaginación que aquello pudiera suceder. - -Entre tanto _El Justiciero_, el organito de Luna, como le solían -llamar, era todavía más patriota que _La Pampa_, pues publicaba -también litografiado é impreso en papel de oficio--un gran retrato -del gobernador de la provincia, orlado de roble y laurel, modesta y -conmovedora manera de honrar el día glorioso y quedar bien con el -patrón al mismo tiempo. - -En estos prolegómenos y otros muchos que sería prolijo relatar, pasóse -la mañana entera y verdadera. - -Á las doce volvió á oírse por esas calles el aullido de la banda de -Castellone, tocando una marcha que el «maguestro» (así se llamaba -él mismo) había raprodiado para aquella circunstancia solemne; -rimbombaron en la desnuda plaza--tenía eco,--los cohetes de don Máximo, -muy estirado, enorgullecidísimo de sus altas funciones, y la gente -fué introduciéndose por grupos en la iglesia, casa del Señor y más -inmediata y exclusivamente, del cura Papagna. - -El cortejo oficial no tardó en presentarse. Iban á la cabeza don -Domingo Luna, intendente municipal, vistiendo ancha levita negra de -talle corto y mucho vuelo de faldones, y prehistórico sombrero de -copa; don Pedro Machado, juez de paz, con indumentaria aproximada -y oliendo á alcanfor y pimienta, como el intendente; el doctor -Carbonero, presidente de la Municipalidad, mejor puesto, con más aire -de gente, sin haber perdido del todo el ligero barniz de los años de -Colegio Nacional y los pocos de Facultad de Medicina (era médico de -«guardia nacional», como practicante en la guerra del Paraguay); á -su lado quebrábase el comisario Barraba, de saco y botas altas bajo -el pantalón, mirando á todas partes con ojos de mando y desafío; -el recaudador de la contribución directa y el valuador, empleados -provinciales, de jerarquía por consiguiente, iban detrás, y de á -dos, los municipales, acaudillados por Ferreiro y muy compinches -con Bermúdez; el comandante militar Revol, Fernández, director de -_La Pampa_, su escudero Ortega, el doctor Fillipini, Felipe Gómez, -el tesorero municipal, todo el oficialismo, en fin, sin que faltara -Benito, dragoneante de oficial de policía y revistando como agente... -El cuerpo diplomático ó sea los vice-cónsules Grandinetti, Petitjean -y Sánchez Gómez, seguía muy enlevitado, muy grave, muy posesionado de -su papel, infundiendo respeto á los mismos pilletes que, cuando estaba -cada uno de ellos tras del respectivo mostrador lo trataban tan á la -pata la llana «como si se hubieran criáu en el mismo potrero», decía -Silvestre. Formaban la cola del cortejo los empleados municipales, -inspectores, comisario de tablada, inspector del riego--gran -potencia--recaudador del impuesto de naipes y tabaco, pero nadie, -nadie que no ocupara un puesto público rentado ó no, salvo uno que -otro concesionario ó contratista enredado con fruto en los negociones -municipales. - -Tanto gritaba Viera en _La Pampa_ que ya el pueblo comenzaba á -divorciarse y huir de las autoridades, pero no muy ostensiblemente, -para no dar pie á las represalias. La oposición era placer no -saboreado sino de corto tiempo atrás, y los pagochiquenses no sabían -aún á derechas, cómo se hace, por qué se organiza, qué caminos debe -seguir, ni á dónde conduce. Ya lo aprenderían á su costa y quizá en su -beneficio... - -Pues, como íbamos diciendo, al rato llegaron procesionalmente los -alumnos de las escuelas. Con las caritas moradas y las manos azules -de frío, niños y niñas, bajo la brisa cortante y el sol radioso, -marchaban también de dos en dos, á las órdenes de sus maestros que, -soberbios y fastidiados, maldecían de la fiesta y sus incomodidades, -pero se pavoneaban orgullosos de aquel mando á vista y paciencia -del pueblo entero. Los chiquilines avanzaban con resolución, si no -con marcialidad, luciendo en sus ojos la esperanza de los dulces -municipales--infinitamente más ricos que los caseros,--después de los -discursos y los versos aburridores é interminables. - -El cura Papagna cantó el Te Deum como hubiera podido roncar un De -profundis. Imposible es decir cómo cupo tanta gente en la iglesita, -simple galpón de dos aguas con una torre ancha y baja, como hecha con -cuatro naipes, en una esquina. Muchos se quedaron á la puerta, éstos -sencillamente porque no cabían, aquéllos porque no cabían y también -porque se hubiesen quedado aunque cupieran, para hacer pública gala -de despreocupación religiosa. ¿Cómo creer que un Papagna pudiera -representar á nadie, ni siquiera al gobierno de Andorra, por muy -ministro que se dijera de la corte celestial?... - -Y entre tanto el bueno de Don Máximo, dale que le das á las bombas cuya -larga mecha encendía con un apestoso y húmedo cigarrillo negro, para -agazaparse en seguida y echar á correr casi en cuatro pies huyendo del -mortero, mientras resonaba el primer estampido y la bomba ascendía -recta, con ligerísima espiral, para estallar allá, muy arriba, sobre la -seda celeste del firmamento irradiando pedacitos de papel que el sol -convertía en lentejuelas de oro... - -En tropel salió la gente de la iglesia y apresurada atravesó la plaza -para invadir los salones de la Municipalidad, en que ya esperaban los -menos incautos, deseosos de no perder nada de la fiesta... Los niños de -las escuelas salieron en fila como habían entrado, bajo las órdenes de -sus maestros y medio entumidos por la larga espera de plantón. Llevaban -sus banderas de seda--orgullosos y fatigados los porta estandarte--y -si las niñas vestían de blanco y banda celeste, los niños ostentaban -todos la patria divisa atada al brazo, como en primera comunión. - -Los salones se llenaron y la fiesta comenzó, junto á la larga mesa del -refresco, que grandes y chicos miraban con ojos ávidos. - -Pocas, muy pocas señoras, temerosas con razón, de los estrujones -inevitables; pero no faltaban ¡qué habían de faltar! las madres de los -niños preparados para declamar ó pronunciar discursos alusivos, ni las -dignas esposas de los más dignos miembros del gobierno comunal, con la -intendenta á la cabeza. - -El inacabable cotorreo que llenaba el salón, fué apagándose poco á -poco, cada cual buscó la manera de estar cómodo viendo mejor lo que iba -á ocurrir, y una voz infantil surgió de sobre el mar de cabezas como un -grito subterráneo y prolongado. Decía versos. - -Nunca se ha sabido cómo podía el chiquillo manejar las manos entre -los apretones de aquella multitud. El hecho es que--enseñado por el -maestro de primeras letras--se debatía virilmente y lograba hacer con -gesto rítmico y acompasado, ademanes de acróbata que envía besos al -público, una vez con la derecha, otra con la izquierda, alternando -sin equivocarse, mientras las notas de su voz, agudas como puntas de -alfileres, clavaban palabras en los oídos cercanos: - - Al cielo arrebataron nuestros gigantes padres - el blanco y el celeste de nuestro pabellón... - -Nadie oyó ni entendió una palabra--salvo los muy próximos--pero ¡qué -aplaudir aquél! Hubiera sido cosa de nunca acabar si una niñita vestida -de raso celeste con un gorro bermellón, no se abre paso para contar al -pueblo soberano: - ---Hoy es el grande, el inmenso aniversario... - -Y como advirtiese que su movimiento instintivo no era el enseñado por -la maestra, interrumpióse roja de vergüenza y de temor, y con la voz -húmeda de llanto, temblorosa y baja, repitió después de corregir el -ademán: - ---Hoy es el grande, el inmenso aniversario... - -Y á medida que iba diciendo las frases triviales del dómine de aldea, -como si comprendiera lo que había debajo de aquel palabreo insulso, la -intención que ennoblecía y agigantaba tanta vaciedad, la chiquilina iba -acentuando sus palabras, su voz se robustecía, siempre monótona y sin -inflexiones, el rojo de la vergüenza era substituido por el carmín del -entusiasmo, brillaban sus lindos ojitos negros y cuando al final dijo: - ---¡Y juremos defender esta bandera! - -Muchos miraron instintivamente la que sostenía un bebé rubio y rosado -como un Bebé Jumeau, y por los circunstantes rodó una ola de emoción -rompiendo al fin en aplauso cerrado, sin que nadie parara mientes en -que á los diez años una futura patricia no puede jurar á sabiendas si -será ó no defensora de enseña alguna. - -Pero los pagochiquenses eran patriotas á su modo y por sugestión, -mientras «no queman las papas», según Silvestre. - -Terminados los aplausos, la niñita con la cara _colorada_ como si -fuese una flor de seibo, gritó:--«¡Viva la Rep...!» - -No se oyó más, porque don Máximo había creído oportuno el momento para -regalar al pueblo con media docena de cohetes voladores, vanguardia de -tres bombas de estruendo. - -Terminada esta parte de la fiesta, comenzó el desfile de los niños por -delante de la codiciada mesa. Con gracia encantadora, la intendenta, -una mujerona gorda y flácida, daba á cada uno su ración de dos -pastelillos elásticos, que á pesar de su heroica resistencia al diente, -pasaban en un abrir y cerrar de ojos á los infantiles estómagos. -En otra jira dieron á cada cual un vasito de orchata, y siempre en -fila, militarmente, comandados por maestros y maestras, los niños se -retiraron de la Municipalidad, dirigiéndose á las escuelas, punto de -reunión y de licenciamiento. - -Entre tanto, la oposición, sin tomar parte activa en los festejos -oficiales, no los había obstaculizado ni criticado siquiera. Por el -contrario, los cívicos padres de niños ó de niñas, permitieron gustosos -que concurrieran á las escuelas, el Te Deum y hasta la Municipalidad. -Un grupo se había cotizado días antes para dar un asado con cuero en -una chacra de los alrededores, y allí hubo tras de mucho apetito, mucha -alegría y muchísimos brindis patrióticos, en los que, si se mezcló la -política fué generalizando, lejos de toda alusión personal. Pero no se -tome esto como raro signo de cultura, como inesperada manifestación -de una tolerancia que nadie sentía, no. La fiesta patria era un -hermoso pretexto para divertirse, y allí había ido todo el mundo á -pasar un buen rato, á reir, á cantar, á bromear, pero no á calentarse -los cascos con el recuerdo de las diarias perrerías y los continuos -sofocones.--Estaban en el corro, devorando la sabrosa y blanca carne de -la vaquillona, los prohombres de la oposición, pues el festín criollo, -el cielo claro, el sol tibio y rubio, el silencio ambiente, la paz -regocijada de la naturaleza despertábales el apetito y el buen humor. - -El negro Urquiza había hecho el asado de acuerdo con todas las reglas -del arte, en una hoguera de leña fuerte y huesos; y los trozos de -carne, bien á punto, más sabrosos para los catadores que el faisán -trufado, salían del fuego como negros pedazos de carbón, rodeados de -cáscara realmente carbonizada, ganga protectora de aquel riquísimo -tesoro culinario criollo, cuyo solo recuerdo hace agua la boca á -cualquier hijo del país. El moreno había estado «á la altura de sus -antecedentes» se dijo para felicitarlo, desde los primeros bocados. -Luego, las congratulaciones y los plácemes fueron subiendo de punto, -hasta acabar todos gritando: - ---¡Te has lucido, Urquiza! - -El negro que, como tantos otros, llevaba el apellido de la familia -á quien sirvieran sus padres ó sus abuelos, no tuvo otra cosa que -contestar que un clamoroso: - ---¡Viva la patria! - -El almuerzo criollo había terminado cuando comenzó á bajar el sol, -y los comensales, unos á caballo, otros en americana, algunos en -tílbury, comenzaron á volverse á las casas,--como decían indicando -el pueblo,--después de haber solemnizado con el estómago--como en la -más refinada civilización,--el magno aniversario de la declaración de -nuestra independencia. - -Pero volvamos á los concurrentes de los salones municipales en el punto -en que los dejamos, es decir á la salida de los niños. - -Llegó, pues, el turno de las personas mayores, que asaltaron las -bandejas de pastelillos y las botellas de vino, de cerveza, de licores, -con un ímpetu arrollador. - -En un momento quedó el tendal de cadaveres, la mesa limpia de -vituallas pero no de manchas, y los brindis comenzaron, iniciándolos -el vice-cónsul francés, M. Petitjean, quien pronunció las siguientes -sentidísimas palabras: - -«Señogas y señogues: - -¡Como rapresentant' de la Fráns, yo levant' mi vas, pog brindag en esta -fiest, paga las diñas otoridades y diño pueblo de Pago Shic! - -«Señogues: - -«¡Viv' la Fráns! - -«¡Viv' la Republic' Aryantín!» - -Brindaron en términos análogos Grandinetti, agente consular italiano, -y Sánchez Gómez, vice-cónsul español, el uno con pronunciado acento -_zeneize_, el otro muy pulido, sin más pero que alguna confusión de _g_ -con _j_ y _o_ con _u_, sabroso condimento regional de sus entusiastas -palabras. - -Susurrábase que allá en los comienzos de su carrera oratoria, nombrado -maestro de primeras letras, pronunció al hacerse cargo de la escuela, -un memorable discurso: - -«Venju--dicen que dijo--á tratar del retrocesu de Paju Chicu, este -pueblo que antes fué jobernadu por los indius y que hoy sije en manus -de la misma familia.» - -Pero esto debía ser calumnia levantada por los envidiosos de sus altas -prendas ciceronianas, y lo hace sospechar así la insistencia con que -Silvestre propalaba la especie, alterando según las circunstancias el -texto del discurso. Quizá no sea aventurado considerarlo apócrifo. - -Las autoridades no hablaron, porque entre ellas no había lenguaraz -alguno, así es que se dió por terminada esa parte de la función, la -concurrencia salió de la Municipalidad, y cada cual tomó el rumbo que -más le convino: éstos á sus casas, aquéllos á los volatines, los de más -allá á la corrida de sortija, y los pilluelos al rompecabezas y el palo -jabonado con premios. - -Aquel día fué como un compás de espera en la turbulencia pagochiquense, -un día de fraternidad no muy efusiva, pero siquiera respetuosa y -confundible con una comunión en un solo sentimiento... - -Ridículas las fiestas de Pago Chico... Pero ¡caramba! ganas nos dan de -poner aquí como cierre del capítulo, la frase que Viera, contagiado -con la elocuencia de Pérez y Cueto, muy romántico, muy año 10, murmuró -aquella noche al oído de su novia, mirando el cielo cuyo azul profundo -daba una sensación de leve movimiento con el titilar de las estrellas: - ---Parece que las grandes alas de la patria se cernieran sobre nosotros -y nos acariciaran desde allá arriba. - -Pero no. No la pondremos. Está harto pasada de moda para que alguien la -lea sin reirse. Como cierre del capítulo se necesita otra cosa... otra -cosa... Pero, si no se halla nada mejor, no lo cerraremos y en paz... - - - - - POESÍA - - ¡Poesía eres tú! - _Bécquer_ - - -La noche de verano había caído espléndida sobre la pampa poblada de -infinitos rumores, como mecida por un inacabable y dulce arrullo de -amor que hiciese parpadear de voluptuosidad las estrellas y palpitar -casi jadeante la tierra tendida bajo su húmeda caricia. La brisa, -cálida como una respiración, se deslizaba entre las altas hierbas -agostadas, fingiendo leves roces de seda, vagos susurros de besos. -Las luciérnagas bailaban una nupcial danza de luces. El horizonte -producía extraña impresión de claridad, aunque en derredor no pudiera -discernirse un solo detalle, ni en los planos más próximos. Era una -noche de ensueño, de ésas que tienen la virtud de infiltrarse hasta el -alma, sobreexitar los sentidos, encender la imaginación. - -Y los peones de la estancia, tendidos en el pasto al amor de las -estrellas, iluminados á veces por una ráfaga roja que relampagueaba -de la cocina, fumaban y charlaban á media voz, con palabra perezosa, -inconscientemente subyugados por la majestad suprema de la noche. - -Una exhalación que cruzó la atmósfera, rayándola como un diamante que -cortara un espejo negro, para desvanecerse luego en la tiniebla, fué el -obligado punto de arranque de la conversación. - ---¡De qué dijunto será es'ánima!--exclamó el viejo don Marto, -santiguándose una vez pasado el primer sobrecojimiento. - ---¡Por la luz que tenía, de juro que de algún ráy!--contestó -medrosamente Jerónimo. - -Don Marto rezongó una risita: - ---¡De ande sacás!...--dijo.--Si aquí no hay ráys dende el año dies, -cuando echamos al último, qu'estaba en Uropa... después de los -ingleses... ¡Ráy! Aura todos somos ráys... y no tenemos corona, si no -somos hijos del patrón... Será más bien de algún inocente. - -Pancho, el aprendiz de payador, que andaba siempre á vueltas con la -guitarra y se esforzaba por descubrir el mágico secreto de Santos Vega, -con el instinto del pájaro cantor que reclama á la compañera, querida -en secreto,--Pancho, que vió aparecer en la puerta de la cocina la -delgada silueta de Petrona, destacándose en negro sobre el fondo rojizo -y cambiante del fogón, agregó melancólico y penetrado: - ---¡Debe de ser! Las ánimas de los angelitos son las más lindas. Parecen -de luz más... más caliente. Por eso se baila en los velorios p'a -festejarlas... Ésas no andan en pena ni se aparecen nunca... ¡Cuando se -muere una criatura se v'al cielo derechita, y áhi se queda!... - -Petrona se había acercado y, en la sombra más espesa del alero, -escuchaba, invadida también por el avasallador hechizo de la noche y -por el encanto de la palabra del payador. Como la compañera todavía -indecisa del pájaro cantor, estaba suspensa de sus trinos, hipnotizada -ya, pero sin tender las alas todavía. Y Pancho continuó: - ---Las de los malos son esas luces verdosas que andan rastriando por el -suelo y que juyen en cuantito si acerca un cristiano. Pero ésas son las -de los dijuntos que todavía tienen vergüenza de lo qu'hicieron en vida: -los que se disgraciaron por casualidá, los que engañaron á un amigo p'a -salvarse... ¡y tantos otros! Las que son malas de veras, las de los -ladrones, los traidores y los cobardes... ¡ésas no tienen luz! - -Don Marto asintió: - ---Sí, ésas son las que le tiran á uno el poncho, de atrás, en las -noches escuras, ó le mancan el mancarrón, ó le apedrean el rancho, ó le -asustan l'hacienda y l'esparraman y l'hacen brava redepente. - -Juan, el resero nuevo, interpeló á su antecesor y maestro, aquel -fumador que se fumaba hasta la yema de los dedos, achacoso ya y siempre -dolorido: - ---¿Y usté qué dice, don Braulio? - ---¿Yo? ¿Y qu'h'e decir? Que aquí estoy como peludo'e regalo, patas -p'arriba, esperando l'hora de ser ánima tamién! - ---¡Qué don Braulio éste! ¡No hay con qué darle! ¡Siempre con sus -dolamas y pita que te pita! - ---Y qu'h'e hacer ni en qué m'h'e divertir, á mi edá y con mis -achaques... Juntamente andaba pensando si lo dejarán pitar á uno -después que cante p'al carnero... - -Una risita de Pancho, y su contestación: - ---¡Ya lo creo, don Braulio! ¿Que no está viendo esa porretada'e -jueguitos que s'encienden y si apagan en el campo?... Ésos son los -cigarros de las ánimas, que vuelan y revuelan como las gaviotas ó los -teros, dando güeltas y fumando... - ---¡No digas!--exclamó entre incrédulo y admirado su vecino. - ---¡Si son _linternas_!--explicó don Marto, magistral. - ---Luciérnegas querrá decir, don...--siguió Pancho, -impertérrito.--Parecen bichitos, es verda; pero son los cigarros de las -ánimas pitadoras. - ---¡Calláte! ¡Y entonces, en invierno, ¿por qué no pitan? - ---Sí, pitan... ¡Pero tienen frío y s'encierran en las casas á pitar al -lau del jogón!... - ---¡Vaya un cigarro! ¡Si no quema el juego!... - ---¡Los dijuntos son fríos! ¡Estaría güeno que tuvieran juego caliente! -¿Quema el otro, acaso, el de las ánimas en pena?... - -Hubo una pausa. - -Entre amedrentado y risueño, don Braulio agregó en seguida: - ---¡Lindo no más! ¿Entonces, los dijuntos se entretienen? - ---¡Y qué han di hacer!... ¡Tienen tanto tiempo desocupau! Ellos -quisieran hacer lo mesmo que cuand'eran vivos, y correr, y boliar, -y enlazar... Pero á veces no pueden porque tienen los güesos en la -tierra... Pero saben venirse, p'a un si acaso... ¡Vamos á ver! ¿Á que -ninguno dice por qué sabe hacer tanto frío p'al veinticinco'e mayo y -p'al nueve de julio? - ---No mi hago cargo,--murmuró don Marto. - ---Yo no sé--confesó otro. - ---No caigo en cuenta,--declaró don Braulio. - -Pancho, triunfante, explicó: - ---Porque p'a las fiestas se vienen tuitos los que peliaron por la -patria, sin que falten ni los mesmos muertos en los Andes, que son unas -montañas altas así, ¡de purito yelo!... Y como son tantos... Por eso, -en cuantito tocan l'Hino Nacional, es un frío que da calor y que le -corre á uno por el lomo. - ---¡Ah, balaquiador lindo!--gritó don Marto, no sin admiración reprimida. - -Y luego; con cierto matiz respetuoso, alentador como un premio en -labios de tal paisano, agregó: - ---Y, diga, don... ¿qué se hace l'ánima de las mozas, cuando se mueren -todavía tiernecitas? - -La réplica inmediata de Pancho: - ---¡Qué viejo, este don Marto!... ¿Y no ha visto, un si acaso, los -macachines, como di oro, florecer qu'es un gusto por el campo, y todos -con una frutita enterrada, igualita á un corazón, y como azúcar... - ---¡Agarráte!... ¿Y las viejas? - ---Güevos de gallo, que se prienden en los cercos ó se agarran á las -barrancas. Y cuanti más güenas jueron en vida el güevo es más grande -y más sabroso, y cuando han tenido hijos y los han querido... ¡más -todavía!... - -Por su irritabilidad de enfermo, á don Braulio se le ocurrió lanzarle -un sarcasmo disimulado, sólo manifiesto por el tonito arrastrado y -cantor: - ---Y los payadores, decíme... - -Pancho contrajo con esfuerzo los músculos de la cara, sintió en la -garganta una especie de nudo, pero logró contestar, como si alguien le -dictara las palabras: - - --Los payadores de láy, - los payadores de veras, - no mueren nunca, paisano, - ni son ánimas en pena... - ¡siguen cantando nomás, - lo mesmo que Santos Vega!... - -Eran versos, inconscientemente medidos, y los lanzó con ritmo marcado -y sentimental. Á los otros les llegaron al alma. Hubo un silencio -prolongado y lleno de sensaciones... Luego, uno á uno, fueron -desgranándose los paisanos, saturados por la poesía total de la noche. -El último que se levantó para ir al galpón en que tenía la cama, -enervado por su mismo desgaste cerebral, fué Pancho. - -Y al pasar junto á la puerta, ya tenebrosa, de la cocina, en medio de -la envolvente y acariciadora sombra, sintió de pronto un hálito más -intenso, más tibio, más húmedo que el de la noche, y una vocecita que -murmuraba junto á su oído: - ---¡Pancho! ¿Quién te enseña esas cosas tan lindas? - -Y él, azorado un instante, trémulo y atrevido luego, como un héroe que -es todavía un recluta, abrazó con ímpetu á Petrona y - ---¡Vos!--le besó en la boca. - - - - - SITIADO POR HAMBRE - - ---¡Hay que sitiarlo por hambre!--había exclamado Ferreiro aludiendo á -Viera, en vista del pésimo efecto producido por las medidas de rigor, -como pudo verse en «Libertad de imprenta». - -El plan era fácil de desarrollar y estaba á medias realizado por el -oficialismo pagochiquense en masa, que ni compraba _La Pampa_, ni -anunciaba en ella, ni encargaba trabajos tipográficos en la imprenta -cívica. No había más que seguir apretando el torniquete y aumentar el -ya crecido número de los confabulados contra el periodista. De la tarea -se encargaron cuantos pagochiquenses estaban en candelero, dirigidos -por el escribano que les hizo emprender una campaña individual -activísima, no de abierta hostilidad, pues eso no hubiera sido -diplomático, sino de empeñosa protección á _El Justiciero_. - -En los pueblos pequeños, como el Pago, los suscriptores de los -periódicos son necesariamente escasos y más escasos aún los -anunciadores, porque ¿á qué santo salir diciendo que en el almacén tal -ó en la tienda cual, se venden éstos ó los otros artículos, cuando -todos tienen las mismísimas cosas, ni que la casa de Fulano ó de -Mengano está en la calle tal número tantos, cuando, hasta los perros -la conocen y le han puesto su marca muchas veces? Si se publica un -aviso en un diario es sólo como acto de magnanimidad y para favorecerlo -ostensiblemente, no por otro motivo ó propósito,--y más barato resulta -no anunciar. Volviendo á los suscriptores, muchísimos no pagan, unos -por ser muy amigos del propietario, otros por no serlo bastante,--de -manera que no hay cosa tan precaria como la vida de una publicación -de aldea, villa ó presunta ciudad, salvo cuando es afecta á los -gobernantes, quienes la subvencionan, le dan edictos, licitaciones, -etc., hacen subscribirse á sus allegados, subalternos, favorecidos -ó postulantes, y le crean así una especie de ambiente alimenticio -artificial. El periodista de la situación es un parásito insaciable, -porque nada, ni la sarna misma, come tanto como una imprenta. Y cuanto -más tiene el diario oficialista, menos alcanza el diario opositor, -puesto que el comercio no señala á la «réclame» sino una partida tan -exigua como la destinada á limosnas--es decir, nada en absoluto ó -nada relativamente--y los fondos no alcanzan para dividirlos en dos. -Mientras uno mama, el otro llora. - -De la parte de su capitalito que Viera destinó al sostenimiento de _La -Pampa_ después de invertir la mitad en la imprenta, apenas le quedaban -unos pocos centenares de pesos enterrados en un solar de los suburbios -que, en vez de subir se había depreciado desde que lo compró. Esto -mismo era más nominal que positivo, pues como el diario, bamboleante en -un principio, se sostenía á duras penas, los proveedores bonaerenses -de papel, tinta, tipos y demás, tenían en cartera documentos á plazo -fijo por un total bastante más crecido que el valor del terreno. Para -_La Pampa_, más celosa que la misma balanza de precisión de Silvestre, -la que según él medía hasta el peso de las palabras, cualquier carga -desfavorable podía determinar la ruina y el cierre ignominioso por -falta de elementos. - -Ahora bien, la campaña organizada por Ferreiro se llevó á cabo con -éxito visible. Todos «los amigos» convirtiéronse en elocuentes -propagandistas y comisionistas de _El Justiciero_, buscando avisos y -subscripciones que muchos no les negaban por no incurrir en las iras -celestiales. Pero, según lo ya dicho y como que el hilo se corta por -lo más delgado, sáquese la consecuencia, como la sacaban práctica, -aritmética y monetariamente Viera y su administrador, no sin graves -temores para un futuro inmediato. - ---¿Por qué no se subscribe al _Justiciero_? ¿Por qué no pone su avisito -en _El Justiciero_?--era la frase intercalada de pronto y sin andarse -con muchos rodeos en la conversación por los secuaces del escribano. - ---Porque ya estoy suscrito á _La Pampa_ y tengo allí mi aviso. - ---Póngalo también en _El Justiciero_, porque _hay_ interés en ayudarlo, -y para un comerciante que vive de todo el mundo, como Vd., no conviene -estar bien con unos y peor con _otros_ que valen más. - -El comerciante trataba, á veces, de no dar su brazo á torcer, siguiendo -con el aviso en _La Pampa_. - ---Es que mire, don... El negocio no da p'a tantas misas, y á gatas si -puedo pagar un solo aviso, que ni necesito siquiera. - ---Bueno,--replicaba el comisionista de ocasión,--en ese caso, para no -quedar ni bien ni mal con nadie, saque el aviso que tiene y no se haga -tomar entre ojos. - -Por pocas concomitancias que el catequizado tuviera con «el poder» -forzosamente cedía, si no á la elocuencia de estas palabras, á -las amenazas que sentía rezongar bajo ellas, y ó daba el aviso á -_El Justiciero_ quitándoselo á _La Pampa_, ó se lo quitaba á ésta -para no darselo á nadie. Lo mismo ó punto menos ocurría con las -subscripciones... - -El derrumbamiento del diario oficial se precipitaba estruendosamente -sin que Viera atinase con el remedio. El administrador sólo supo -aconsejarle uno peor que la enfermedad: rebajar las tarifas. Puesto -en práctica, observóse que no entraba un solo anuncio nuevo,--como -es natural, dado el carácter de los anunciantes,--mientras seguían -retirándose los viejos... - -Viera, que había fijado ya la fecha de sus bodas, creyó prudente -postergarlas hasta ver más claro en su situación, harto borrascosa -para embarcarse en el matrimonio; hizo todas las posibles economías, -redujo el personal de la imprenta y trató de prepararse para hacer -frente al próximo vencimiento de uno de sus pagarés... ¡Ay! si bien -las páginas de anuncios de _La Pampa_ podían llenarse bien ó mal con -los borrones de los antiguos clisés de específicos, la caja de la -administración no se llenaba con artificio alguno. Al borde del abismo, -acudió solicitando un préstamo á la sucursal del Banco de la Provincia, -aunque considerara el paso inútil y hasta ridículo, pues los consejeros -eran Ferreiro y comparsa, precisamente los que estaban sitiándolo por -hambre. No se le dió ni siquiera un «no redondo»; ¡eso nunca!; al pie -de su solicitud, y con la firma del gerente, leyó pocos días más tarde -esta cortés pero mortal negativa: «Otra oportunidad». - -Aún no había hecho confidencias á nadie, limitándose á refunfuñar -que el diario no iba tan bien como quisiera; pero ya necesitaba -por lo menos el precario consuelo de desahogarse con algún amigo, -instintivamente, sin la esperanza más remota de que nadie le echase una -cuarta para sacarlo del cangrejal en que se hundía. - -El comité cívico no había hecho ni podía hacer nada en su favor, porque -también se hallaba desastrosamente arruinado, y ni en el terreno de la -hipótesis era caso de pensar en desnudar á un santo desnudo para vestir -á otro no más abrigado por cierto. Como aquel pesar y aquel temor de -la catástrofe próxima no dejaban en su cerebro célula capaz de una -iniciativa, ni siquiera eligió su confidente, sino que, en el momento -psicológico de la expansión, abrióse al doctor Pérez y Cueto que -acababa de llegar por casualidad á la imprenta, y que le escuchó con -tristeza y á ratos con indignación, mientras le reconstruía, tal como -la había olfateado y comprendido, la trama abominable contra él urdida -por Ferreiro, Luna, Machado, Barraba, Carbonero y tutti quanti. - ---¡Mandrias! ¡Canalla soez! ¡Inmunda estirpe!...--exclamaba de tiempo -en tiempo el doctor, interrumpiendo á Viera. - -Y luego, cuando el otro le enumerara sus apuros y dificultades, lo -volvía á interrumpir: - ---¡Caramba, caramba, caramba! - -Por fin Viera calló, muy conmovido, y no porque se le hubiera agotado -el tema, sino porque la fatiga le exigía reposo. El doctor Pérez y -Cueto púsose en pie, paseó la sala de arriba abajo con las manos -atrás y la cabeza sobre el pecho, profundamente meditabundo. Luego, -irguiéndose, arribó á una conclusión: - ---¡Hay que arreglar eso!--dijo. - -Y después de una pausa, como para que se le escuchara con religiosa -atención, repitió sentenciosamente: - ---¡Hay que arreglar eso! - -Nueva pausa. Viera, por último, resolvió acortar el entreacto: - ---¿Y cómo?--preguntó á su grande amigo. - ---¡Hay que arreglar eso! ¡Ya lo tengo pensado! Ahora mismo acaba -de ocurrírseme. No es posible que esos espúreos ciudadanos, esos -advenedizos despreciables que han llegado al poder arrastrándose por -el lodo como los reptiles, sigan sojuzgando á este desdichado pueblo -y vejando á la gente de pro. ¡Á todos nos toca mantener bien alto la -bandera enarbolada por _La Pampa_, y todos sabremos cumplir nuestro -deber! ¡Tenga Vd. confianza, Viera, tranquilícese! ¡Retemple el corazón -para seguir luchando como bueno! - -Estaba tan agitado y conmovido cual si acabase de hablar ante cien -ó doscientos pagochiquenses, en algún meeting trascendental; y á fe -que su auditorio, arrebatado por aquella elocuencia, enternecido por -aquella grandeza de alma, se dejó contagiar por su entusiasmo hasta las -lágrimas. Sí. Viera lloraba cuando estrechó la mano de su altisonante -amigo. Y cualquiera de nosotros hubiese hecho lo mismo en su lugar, -porque ensánchese Pago Chico hasta convertirlo en gran nación, -agrándese también proporcionalmente el motivo y las consecuencias del -acto y ¿no resultan entonces el médico y el periodista dos héroes -tan grandes como los que hayan sacrificado más por la patria y la -humanidad? Todo es cuestión de relatividades, de apreciaciones, de -teatro, de circunstancias. El hecho en sí era noble y generoso: póngase -en parangón con la entrevista de Guayaquil y resultará trivial; -compárese con el egoísmo reinante en la actualidad, y ya veréis cómo se -agiganta... - ---¿Con cuánto se remedia?--preguntó el doctor Pérez y Cueto, volviendo -á la prosa de la vida, pero sin empequeñecer por eso su acción, como -aquellas homéricas deidades que podían comer, batallar, amar, hacer -tonterías, á lo humano, sin perder por eso su divino carácter. - -Viera se lo dijo. - ---Bien. Yo no puedo prestarle toda esa suma, ni aquí ha de tratarse -de un préstamo. No. Pago Chico está en deuda con Vd., Pago Chico está -en deuda con _La Pampa_, su único defensor, su postrer baluarte, y es -preciso que se conduzca como un pueblo digno de tal nombre. Inicio, -pues, una suscripción popular contribuyendo con doscientos pesos, y -encabezando la primera lista que me encargo de llenar. No faltarán -hombres de buena voluntad que colaboren en la tarea y se hagan cargo de -otras listas. En un par de días tendrá Vd. el doble de lo urgentemente -necesario, y _La Pampa_ volverá á navegar viento en popa. - -Y, en efecto, pocos días después, el doctor Pérez y Cueto entraba -triunfante en la redacción de _La Pampa_, gritando á voz en cuello: - ---¡Aún hay pueblo en Pago Chico! ¡Aún hay pueblo en Pago Chico! - -Se había reunido una suma importante para aquel centro y aquella -época, y centenares de vecinos subscribieron con entusiasmo según sus -fuerzas, los unos igualando la suma ofrecida por el doctor, los otros -contribuyendo hasta con veinte centavos ahorrados del modestísimo -puchero. Si Washington hubiese podido presenciar aquel movimiento, -hubiera pensado que aquélla era tela de ciudadanos, y que con -elementos capaces de acto tan sencillo en apariencia, es como se -organizan grandes naciones. Desgraciadamente Washington había muerto -hacía muchos años, y aunque viviera no tendría probabilidad de conocer -el nombre de Pago Chico, y mucho menos su batracomiomaquia... - -Todas las listas cerradas y puestas en manos del administrador de _La -Pampa_ resultaron conformes con las sumas entregadas sucesivamente en -efectivo. Todas... es decir... Y aquí la pluma se emperra como patria -empacado, para el que no valen ni las nazarenas, ni la lonja, ni el -talero mismo. No hay quién la saque. Sería más capaz de bolearse que de -dar un solo paso... Pero ello es preciso, sin embargo, y justamente nos -facilita el relato el hecho inevitable de que resultará inverosímil, -de la más absoluta inverosimilitud. Si no fuera inverosímil, no lo -contaríamos. Gracias á que lo es, siempre quedará el suceso envuelto en -una niebla de vaga desconfianza, como una cuasi mentira que debiera ser -mentira sin cuasi en cualquier mundo á lo Pangloss... - -Pues es el caso que faltó una lista. No. La lista no faltó. Lo que -faltó fué el dinero. Imposible armonizar nunca las cifras del total con -el cero de la entrega... He aquí los hechos: - -La tarde del día en que se cerraba la suscripción, Silvestre entró -contentísimo en la imprenta, donde Viera estaba casualmente solo. - ---¡Viera, hermano Viera!--exclamó el insigne boticario.--Te he juntado -más de seiscientos pesos: todos me han pagado. Ahí los tengo en casa; -y si los querés te los traigo áura mismo. - ---No hay apuro. - ---Aquí tenés la lista. Guardala, porque no queda nadie que agregar, y -he hecho la suma. ¡Qué manifestación, hermano! Esto sí que es honroso. -Ya no se trata de puro jarabe de pico, y cuando la gente se presta -á aflojar la mosca, por algo ha 'e ser. Tocarle el bolsillo es como -andarle por las verijas á un animal cosquilloso. Así que, si querés, -podés engréirte de lo que han hecho con vos. - ---Sí, hermano--replicó Viera--me siento verdaderamente conmovido, y si -no fuera por eso llegaría á ponerme orgulloso. ¡Ésas son cosas de que -no me podré olvidar en la vida, y que no andaré propalando, si no que -las guardaré exclusivamente para mí, como una gloria íntima y también -como una obligación inquebrantable de mantenerme tal cual soy, de -seguir sin extravíos la norma que me he trazado!... - -Hablaba sinceramente, y es muy posible que hoy, recordando aquellos -momentos, repitiera esas mismas palabras con igual convicción. - -Silvestre le miraba. Al rato le preguntó: - ---Pero, decíme, ¿La suscrición te alcanza para sacarte completamente -del pantano, ó no? - ---Es una ayuda muy grande. - ---Eso ya sí. ¿Pero ahora te ves ya completamente libre de compromisos? - ---Por el momento sí. - ---¡Ah, por el momento, bien decía yo! ¿Unos cuantos meses, no es verda? -Porque si el diario no se sostiene, ni menos da ganancias, en cuanto -se gasten esos nales volvés á enterrarte hasta el encuentro en el -tembladeral, ¿no? - ---Desgraciadamente. - ---Natural. ¡Lo que necesitás es muchos suscritores, muchos avisos, para -pagar á todo el mundo y vivir sin arretrancas!; ó, de no, mucha plata -para que el diario no se vaya al bombo en algunos años, y venga más -población y entonces se pueda sostener.--Porque supongo que, aunque los -nuestros suban no sos de los que se han de prender á la ubre... - ---Tenés razón, tenés razón en todo Silvestre... - ---Bueno... entonces, esperá... dejáme á mí... Yo sé lo que hago, y has -de ver cómo todo viene como anillo al dedo. Tengo una combinación... Ya -verás ya verás... - -Y se levantó en actitud de marcharse. - ---¿Qué pensás hacer? - ---No te quiero decir... Luego... Mañana. - -Y se fué. - -Tan optimista estaba Viera, que la más pequeña simiente de ilusión ó de -esperanza caída en su cerebro, luego se fecundaba, germinaba, brotaba, -crecía, echaba hojas, ramas, flores, frutos, como si estuviera en manos -del más hábil de los faquires indios. Las vagas palabras de Silvestre -lo enajenaron, entregándolo á una especie de pasajera megalomanía: era -evidente para él que su amigo pensaba convocar de nuevo al vecindario -patriota para exponerle minuciosa y exactamente la situación, -comunicarle sus ideas y propósitos, y exigir de él un esfuerzo más -ámplio y más continuado que aquella gran cinchada, demostrando que -con menos sacrificio se arribaría á mucho mayor efecto si no se -aguardaba cada vez, para echarle una manito, á que el carro estuviera -encajado hasta la maza. Más suscripciones, avisos mejor pagados, con -qué equilibrar las entradas y las salidas; él no pedía más, ni lujo -ni holgura siquiera, para seguir diciendo verdades y defendiendo al -pueblo... - -Fué á ver á la novia para contagiarle su fiebre de ensueños, para -transmitirle el inmenso júbilo con que tantas manifestaciones de -aprecio--gloriosas decía él--embriagaban su juventud, para hablar -también de las bodas, que podrían acelerarse, sin tener ya enfrente el -fantasma de la miseria... Después, vuelto á su casa, aquella noche se -durmió sonriendo á sus nuevos y quebradizos juguetes. - -Cuando, á medio día, entró en la imprenta Silvestre, su revuelto -cabello, los ojos huraños, los labios resecos y plegados en una mueca -amarga y nerviosa, revelaban un hondo sufrimiento, una grande angustia. -Viera lo miró sorprendido. - ---¿Qué tenés?--exclamó. - -Silvestre, sin contestar, sacó el revólver, presentólo por el cabo al -periodista y - ---¡Tomá, matáme!--murmuró con voz reconcentrada. - ---¿Qué tenés? ¿estás loco? - ---¡Tomá, matáme, te digo! ¡Soy un canalla y un flojo, porque ya me -debía haber hecho saltar la tapa de los sesos! ¡Tomá, matáme por favor! - -Viera le quitó el revólver. Acababa de comprenderlo todo, lo de la -combinación, las reticencias, la loca esperanza... Silvestre se había -dejado arrastrar por su afición al juego, creyendo sinceramente que -obedecía al propósito de salvar para siempre á su amigo. La noche -antes, en casa del Rengo, lo habían dejado más pelado que laucha recién -parida. La suscripción no era ya sino una cantidad negativa, aumentada -con una deuda exigible dentro de las veinticuatro horas, una «deuda de -honor.» - -El periodista guardó el revólver en un cajón del escritorio, y aunque -sintiera el corazón oprimido hasta el dolor, pudo sonreirse y decir -filosóficamente: - ---¡Pedazo de sonso! Si hubieras venido con las manos llenas de plata no -traerías el revólver, aunque la intención sea la misma... Sólo que... -hay que desconfiarles mucho á esas intenciones... ¿Perdiste? Bueno; ¡no -hablemos más! Ya sabés que hiciste mal en jugar, y... ¡basta! - -Silvestre lo miraba boquiabierto, alelado, con una sorpresa indecible. - ---¿Conque sabías?--acertó á balbucir.--¡Y me perdonás, hermano, todo el -mal que t'hecho!... - -Y reaccionando de pronto, rompió á llorar con grandes sollozos -convulsivos, sentado, sepultada la cabeza entre las manos, sobre las -rodillas trémulas. - -...Una semana después no se acordaba ya de aquella crisis espantosa, -tranquilizado por el silencio de Viera. Pero debemos confesar en honor -suyo, que perdonó á su amigo el haberlo perdonado de su falta, y esto -aboga por él, porque es excepcional. Viera dió por recibida la suma con -grave peligro de su reputación, pues la falla prolongó y dió incremento -á sus apuros. - ---¿Dónde tira la plata ese loco?--se preguntaban haciéndose cruces -los que veían de cerca al periodista siempre metido en su intolerable -atolladero. - -Pero como Silvestre no se apresuraba á explicarlo ni Viera había de -hacerlo... - - * * * * * - -El lector querrá saber cómo justificamos la visible contradicción que -se nota leyendo esta crónica, primero en las dos opuestas actitudes -del pueblo pagochiquense, y después en los actos de Silvestre, censor -implacable de lo malo y luego capaz de todo, hasta de un abuso de -confianza. Pues muy sencillamente: no la justificamos porque no -necesita justificación. Si la necesitara, diríamos en cuanto á lo -primero que se trata de esos distintos estados de alma, del alma -popular, que permiten y aun crean las fluctuaciones de opinión y -acción observables que toda colectividad, y en cuanto á lo seguido que -Silvestre, culpable, seguía siendo puro como lo creía Viera, pues si -antes se dijo que el más justo peca siete veces, hoy puede afirmarse -que el más sensato lleva un loco adentro. - -Sólo que Silvestre (aquí inter nos) no era el más sensato... - - - - - EL DIABLO EN PAGO CHICO - - -Viacaba, aquel paisano tosco, bueno y trabajador que tantos han -conocido, tenía en ese tiempo su rancho á algunas leguas de Pago Chico, -sobre el remanso de un pequeño arroyo que, después de reflejar la -barranca, perpendicular y desnuda de vegetación, los sauces desmedrados -que se balanceaban sobre ella y el corral de la escasa puntita -de ovejas, seguía su curso casi en ángulo recto sobre su antigua -dirección, é iba lento, pobre y turbio, á echarse en el indigente -caudal del Río Chico, que en realidad nunca llegó á río ni aun con -aquel refuerzo, sino en época de grandes crecidas é inundaciones. -Viacaba vivía allí, desde muchos años, con su mujer Panchita, sus dos -hijos Pancho y Joaquín, hombres ya, su hija Isabel, morenita feucha -pero inteligente y un par de peones, Serapio y Matilde, que, ayudados -por el viejo y los dos mozos, bastaban y sobraban para los quehaceres -habituales de la estanzuela. - -Estos quehaceres estaban lejos de ser abrumadores, aunque Viacaba -poseyese buen número de vacas y de yeguas, y unos pocos centenares de -ovejas para el consumo, pues no era aficionado á esa clase de crianza. - -El rancho era espacioso y constaba de varias habitaciones. Se veía -desde lejos, sobre el albardón abierto en dos por el arroyo que, -voluntarioso y caprichudo, no había querido echar por lo más fácil, -aunque le sobrara campo llano en que correr y aunque no le importara -un bledo de la línea recta. Quizá, cuando tendió su lecho, aquellos -terrenos tendrían muy distinta configuración... - -Y así como el rancho se veía de lejos, así también desde el rancho -se abarcaba hasta muy lejos un horizonte curvilíneo, desierto, -completamente plano, una extensión de pampa cubierta entonces de hierba -reseca y triste, amarilla tirando á gris, alfombra polvorienta en que, -como trazada de propósito, se destacaba la tortuosa línea verdegueante -de las orillas del arroyo, como una franja de terciopelo nuevo en un -inmenso manto raído. - -Aquella siesta hacía un calor bochornoso. El campo reverberaba, como -si fuese de sutiles y vibrantes laminillas de acero, y mareaba con sus -destellos ofuscadores. El cielo estaba casi blanco, sin una nube, pero -en él flotaban grandes é invisibles masas de vapores dilatados por el -calor. Oíase el incesante y estridente chirrido de la chicharra, y en -la atmósfera había un monótono zumbar de insectos, sin que se supiera -de dónde partía, pero ensordecedor, atontador de persistencia. - -No es extraño, pues, que cansados del trabajo de la mañana y rendidos -por el bochorno abrumador, todos durmieran en el «puesto» de Viacaba; -los hombres bajo el alero que daba al este, ya sin sol, y las mujeres -en el interior del rancho, cuya obscuridad ofrecía una momentánea -sensación de frescura. - -El aire, sofocante, estaba inmóvil, como casi todos los días á esas -horas, en aquella temporada de sequía, tan larga y amenazante ya, que -los animales comenzaban á desmejorar y enflaquecer, síntoma de probable -epidemia... Los hombres dormidos respiraban sofocadamente, y gruesas -gotas de sudor les brotaban de los poros, bruscas y cristalinas, -para correr luego en hilos por su piel morena. Dormían intranquilos, -hostigados por el calor y por las moscas, zumbadoras, insistentes, -pertinaces á pesar de sus instintivos manotones. Y hubieran seguido -postrados por la modorra, si el galope de un caballo que se detuvo -frente á la tranquera, y el furioso ladrar de los perros que, un -momento antes, echados á la sombra y con la lengua afuera imitaban -jadeando la locomotora de un expreso, no los arrancaran de la siesta. - -Matilde, un peón santiagueño, enorme y mal encarado, á quien aquel -nombre de mujer sentaba «como á un Cristo un par de pistolas,» se -incorporó refunfuñando, levantóse perezosamente, y con paso tardo, á -pesar del sol que rajaba la tierra, se encaminó á ver quién era el -importuno jinete. Los demás, mirando hacia la tranquera, entrevieron -un tordillo, negro de sudor y de polvo, que resollaba como un fuelle y -sacudía cabeza, orejas y cola, espantando la nube de moscas que se le -había echado encima. El pasajero entraba con Matilde, que se adelantó -para informar á Viacaba. - ---Es un «franchute» que píd'i'agua--dijo.--¿Le doy? - ---¡Cómo no! Hacé qu'entre aquí á la sombrita. - -Cuando el hombre llegó al alero todos se habían levantado, y Panchita é -Isabel se movían adentro, despertadas por las voces. - ---Buenas tardes, amigo. Entre y sientesé... Dale agua fresca, Serapio. -Después tomará un matecito, si gusta... Y ¿cómo anda, amigo, con este -solazo, que ni las víboras salen de las cuevas? - -El francés explicó que aquella misma tarde tenía ocupaciones de -urgencia en el pueblo, para poder tomar la «galera» á la madrugada -siguiente. - -Era un mocetón alto y delgado, muy rubio y de ojos clarísimos, frente -estrecha, nariz larga, descolorida y ganchuda, como el pico de una -ave de presa; tenía algo de carancho, aunque su rostro fuese largo -y afilado, y su exagerada urbanidad no bastaba para desvanecer la -antipática impresión que desde el primer instante produjera en aquellos -hombres sencillos y toscos. Un fluido repelente flotaba en torno suyo, -como si emanara de su cuerpo, y los cinco paisanos, tan distintos en el -aspecto y las maneras, no podían dejar de mirarlo con desconfianza. - -Bebió con verdadera avidez el agua recién sacada del pozo, y gozando de -la sombra dejóse estar sentado en un banco, bajo el alero, recostado -en la pared de barro groseramente blanqueada, parpadeando para no -dejarse vencer por el sueño. Y cuando Isabel apareció, seguida por la -madre, con el mate amargo que había cebado en la cocina, se levantó -ceremoniosamente, algo envarado, haciendo una gran reverencia y -murmurando cumplidos á la amable «señoguita» y á la respetable «señoga». - -Sorbió, no sin alguna mueca, el acre brebaje á que no estaba -acostumbrado, y con nuevas cortesías devolvió el mate á la joven. -Ésta, al pasar para la cocina, con gran fragor de enaguas almidonadas, -significó á Pancho, con un mohín y una miradita de soslayo, cuánto la -disgustaba, también á ella, el extranjero. La señora lo examinaba á -hurtadillas. Los hombres hacían esfuerzos para sostener la desanimada -conversación. - -Más de una hora duró la visita. Matilde dió, entretanto, de beber al -tordillo, y le apretó la cincha, como si con ello apurara el momento de -la separación. - -Mientras armaba un cigarrillo negro con que Viacaba lo había -obsequiado, el francés habló de la sequía y del triste estado de las -haciendas. Llegaba de lejos, y toda la campaña que había recorrido -presentaba el mismo aspecto de desolación: pastos resecos como yesca, -lagunones sin agua, bañados lisos y duros como piedra, arroyos tan -bajos, que casi todos se podían pasar de un salto; las haciendas -vacunas estaban flacas como esqueletos; las ovejas muy desmejoradas y -con una sarna más pertinaz que nunca; las yeguas con huesos y pellejo... - ---La suerte que aquí no lo vamos pasando tan mal tuavía--exclamó -Viacaba con cierta satisfacción. - -Pero alzó bruscamente la cabeza, alarmado, cuando el extranjero dijo -que en muchas partes había visto grandes torbellinos de polvo que el -viento arrancaba de la tierra desnuda de vegetación. - ---¡Las polvaderas!--murmuró con acento medroso--¡Por lo visto, ya -principian!... - -Y se quedó profundamente pensativo, evocando aquella terrible -calamidad, no sufrida desde muchos años, pero que en otro tiempo pasara -por allí sembrando el estrago y la devastación, dejando la inmensa -pampa despoblada de animales y como muerta y enterrada ella misma bajo -cenicienta y móvil capa de polvo... - -La voz atiplada y agria del viajero, salpicada con notas discordantes, -aumentaba aquella impresión, y la de antipatía y desconfianza que -irresistiblemente provocara en todos. - -Ya con el sol algo bajo, el francés se despidió haciendo zalemas -y protestas de vivo agradecimiento. Viacaba lo acompañó hasta la -tranquera mientras los demás habitantes lo miraban marcharse, en fila -bajo el alero... El tordillo, descansado ya, emprendió la marcha con -paso más brioso, y cuando iba á lanzarlo al galope, el jinete oyó que -el paisano le gritaba desde la tranquera: - ---¡Cuidao con el pucho! - ---«¡Oui! ¡oui!»--gritó el otro sin comprender. - -Un momento después, Isabel, que volvía con el inacabable mate amargo, -formuló el pensamiento de todos: - ---¡No me gusta nadita esi hombre! - ---Cosa güena no ha'eser,--refunfuñó afirmativamente Matilde recogiendo -el recado para ir á ensillar. - ---Parece medio... «cantimpla»,--zumbó Pancho, el más tolerante, después -de Viacaba. - -Y aunque pasaran largo rato en silencio, aquella visita debió continuar -preocupándolos, porque Serapio no dijo á quién se refería cuando -observó: - ---Ahí va, por el «fachinal». - -Efectivamente, el bulto, ya apenas perceptible, del hombre y el -caballo, se alejaba rápidamente é iba á internarse en un alto pajonal -que, en dirección á Pago Chico, ocupaba una vasta extensión de terreno. - ---¡Cantimpla decís!--objetó Joaquín que se había quedado rumiando las -palabras de Pancho.--Pues á mí, lo que me parece es un pájaro de mal -agüero, con ese pico'e lechuzón desplumao de la cabeza... Con tal de -que no nos haiga echau algún «daño»... - ---¡Dejáte de agüerías, Joaquín!--exclamó Viacaba.--¡Los gringos «saben» -tener unas caras... fierazas! Pero ¿y de áhi? ¿Han de ser brujos por -eso?... - -Viacaba era supersticioso también, pero la edad y la experiencia -atenuaban un tanto esa superstición. - -Los peones salieron al campo y tomaron para el oeste, donde estaba -el grueso de la hacienda, seguidos por Joaquín. Al este, pasando el -arroyuelo, sólo había algunas yeguas y la tropilla de zainos. - -Las dos mujeres, Viacaba y Pancho, se quedaron bajo el alero, sin ganas -de moverse en la atmósfera asfixiante. El sol se acercaba al ocaso, y -su luz iba enrojeciéndose por momentos. - -Al obscurecer, cuando volvieron los otros, llamados por la hora de la -comida, el cielo era al oeste un inmenso manto de púrpura reflejado al -oriente en un tenue velo, purpúreo también. Y delante de ese velo una -columna recta, de vapores terrosos, se alzaba del pajonal como girando -sobre sí misma. - ---¡No digo! ¡Si ya principian las polvaderas!--exclamó Viacaba, que la -vió al ir con los suyos á la cocina. - -¿Cómo había podido equivocarse aquel hombre de campo, nacido en plena -pampa, conocedor de todos sus fenómenos, confidente de todos sus -secretos? ¿Miró mal? ¿Ó la evocación terrible de las polvaredas, la -obsesión de tamaña calamidad, le había paralizado el cerebro? - -No era, no, el torbellino de polvo que una corriente giratoria alza y -retuerce en el aire, como columna salomónica, desde el campo reseco, -para pasearla después en caprichosa danza de un lado á otro y luego -dejarla caer, de golpe, disuelta, desvanecida en la atmósfera como -fantástica creación de pesadilla. No. La columna estaba fija en el -mismo punto é iba elevándose y ensanchándose en la atmósfera tranquila -y caldeada que doraban y enrojecían los últimos parpadeantes fulgores -del sol. - -Y el astro acabó de hundirse. Las oladas de púrpura que lo seguían, -cubriendo el occidente, se derramaron también tras él, poco á poco, á -manera del agua que desaparece lenta en una hendidura. Y para anunciar -la noche que llegaba, comenzaron á revolotear tenues brisas mensajeras -de paz, que crecían y se multiplicaban por momentos... - -Era ya obscuro, y, sin embargo, la columna seguía viéndose en el -pajonal, vagamente luminosa, como si fuera la misma que guió á los -israelitas en el desierto... - -Entretanto la familia Viacaba, comía en la cocina, rodeando el fogón, -más animada y conversadora, pues el airecillo, tibio aún, iba haciendo -reaccionar á todos de su enervamiento, á medida que cobraba fuerzas y -agitaba con más decisión las alas. - -La conversación, interrumpida á ratos, seguía, persistente, rodando al -rededor de la visita del francés, el acontecimiento del día. Y no había -una frase simpática para él. - ---¡Vaya al diablo el ñacurutú ese ¡Nunca he visto animal más -feo!--insistió Joaquín, supersticiosamente.--Y cómo miraba, con esos -ojos descoloridos, á pesar de todos sus «vulevús»... Á mí me parecía... - ---El Malo ¿no?--interrumpió Matilde, el santiagueño.--¡Á mí también! -Dicen qu'es ansí; «payo», di ojos claritos y nariz de pico é loro. No -me le fijé en las patas porque tráiba botas... pero ha de haber tenido -pesuña no más. - -Como eco terrible de estas palabras, la voz angustiosa de Panchita, que -acababa de ir al pozo en busca de agua fresca, sonó en el patio como un -grito de alarma y de terror: - ---¡Quemazón!... ¡Quemazón!...¡Quemazón en el fachinal!... - ---¡No decía yo!--murmuró Joaquín, precipitándose afuera con los demás... - -La columna amenazadora que había comenzado por elevarse, ensanchándose -é iluminándose con vagas vislumbres, llegó á semejar inmenso tronco -de copa pequeña, redonda y blanquecina; luego, cuando el viento sopló -con cierta violencia, desvanecióse de pronto; en seguida, en la -sombra creciente, hubiérase dicho que el árbol acababa de desplomarse -ardiendo de punta á punta, porque, á partir del mismo sitio, apareció -chisporroteando una línea de fuego, brasas y llamitas fugaces que se -reflejaban en los vapores suspendidos sobre el suelo. Inmediatamente -después, la línea roja y resplandeciente al ras de la tierra, se -extendió, se extendió más, abarcó un espacio enorme, en el este, de -donde llegaba el viento, como si quisiera ocupar todo el horizonte. -Desde el rancho veíanse vagar por el pajonal reflejos luminosos, -anaranjados ó amarillentos, que contrastaban con la noche negra y -armonizaban con la raya purpúrea de la quemazón, mientras en el -cielo un gran parche rojizo parecía seguir la marcha del desastre. -Y el viento, entre tanto, sacudía alegremente la alta hierba, seca -y sonora, murmurando y riendo como el niño que escapa después de -haber hecho una travesura. Y el susurro musical llenaba el aire de -coros indecisos... En el albardón, junto á «las casas,» dominando -el campo, Panchita é Isabel asistían con espanto al espectáculo -amenazador y terrible del incendio. Los hombres, después de ensillar -apresuradamente, se habían precipitado á todo galope hacia el pajonal, -atinando sólo á lo más visible del peligro, tan azorados que no podían -coordinar las ideas... - -El viento, cansado de reir, se entretenía en combinar curiosos y -devastadores fuegos de artificio. Llegaba al incendio, levantaba -nubes de humo y semilleros de chispas; enredaba el humo en las matas -cercanas, iluminadas por el fuego, fingiéndolas incendiadas también, -y esparcía las chispas como un ramillete, ó las hacía formar haces de -espigas de oro; luego las dejaba apagarse ó caer sobre el pasto en -lluvia finísima y devastadora... Ó de un soplido apagaba bruscamente -la inmensa línea roja, y luego, como arrepentido de abandonar tan -pronto su diversión, reavivábala de otro soplo hasta hacerla llamear -é incendiar también el cielo... Al sitio en que estaban las mujeres -llegaban bocanadas de horno, hálitos de fragua, un fragor atenuado, -como de lejanísimas descargas graneadas de fusilería, y un olor acre de -paja quemada, dilución de las densas masas de humo que corrían al ras -del suelo. - -Lenta á la distancia, rápida en realidad, la línea de fuego se -extendía, aparentaba formar un arco de círculo cuyo centro fuera el -albardón, é iba acercándose á las casas cual si estrechase un sitio que -les hubiera puesto de repente con maravillosa táctica. Entre el rancho -y el incendio el campo estaba iluminado, y sombras enormes se movían y -fluctuaban vagamente en él: las rechonchas de las anchas matas de paja -y las alargadas de los jinetes que andaban agitados junto á la quemazón. - -Un tropel, un redoble de alarma estalló de repente en el silencio -rumoroso, haciendo retemblar el suelo; era la tropilla, eran las -manadas que huían despavoridas hacia el oeste, martillando con sus -cascos la tierra seca y sonora. Y una sombra informe pasó, envuelta -en nubes de polvo, lanzando al paso reflejos de ancas y de cabezas -desgreñadas al viento... Y el furioso redoble fué disminuyendo, hasta -perderse en la noche... - ---¡La caballada!--gritó con angustia Isabel, sacudiendo un instante su -marasmo. - ---¡Virgen santa! ¡Quién sabe si la volveremos á ver!--murmuró la madre. - -Y atrás rumores más sordos, confusos é indescifrables, poblaban, -entretanto, la pampa y llegaban hasta ellas arrastrados por el viento -abrasador, saturado de humo y cargado de cenizas aún calientes... - -Viacaba, sus hijos y los peones, desalados, habían creído llegar á -tiempo de sofocar el incendio. Pero cuando estuvieron á poco más de una -cuadra, una agonía les oprimió el corazón: el alto pastizal tupido y -seco, los matorrales entretejidos y bravos, la cortadera amarillenta -ya que ocultaba á un hombre de pie, ardían en una enorme extensión, -hasta donde alcanzaba la vista, entre chisporroteos y llamaradas, -estallando como millares de petardos incendiados por series sucesivas. -Llegábanles soplos tan ardientes como el fuego mismo, y unos á otros se -veían las caras sudorosas, completamente negras de hollín, en que les -relampagueaban los ojos. Los caballos, con las orejas tendidas casi en -línea horizontal hacia el incendio, resoplaban y sacudían la cabeza, -negándose á avanzar más. - -Á menos de una cuadra envolviéronlos el humo y las chispas, y parecían -avanzar en las nubes entre una constelación de estrellas fugaces. La -acre humareda los cegaba, aunque estuviesen tan hechos á los humazos -del fogón, y los soplos abrasadores les hacían volver el rostro con -el cabello y la barba medio chamuscados... Sobre sus cabezas cerníase -un instante la paja voladora, ardiendo, y luego seguía su vuelo, á -difundir á saltos el desastre, arrebatada por el vendaval... No se oían -casi, con el fragor del estallar de las pajas, y tenían que gritar para -comunicarse. - ---... ¡Contra-fuego!--oyóse vociferar á Viacaba, que echó pie á tierra. -El principio de la frase se había perdido en el estrépito... - -Tras el velo de llamas que ante sus ojos tendía la inmensa fogarata, -la noche tomaba insólitas negruras. Parecía que el obscuro cielo, sin -luna, continuara descendiendo, descendiendo, más negro cada vez, hasta -llegar al incendio mismo, sólo que en su parte inferior las apretadas -y rojas estrellas se apagaban sucesivamente, dejando en un momento -lóbrega y vacía aquella parte de inmensidad. El horizonte se había -acercado hasta pocos pasos de ellas, y creían hallarse al borde de un -inmensurable abismo... La luz misma parecía rechazada hacia adelante -por el viento furioso que soplaba de aquel antro... - -Á la voz de Viacaba, todos se apearon. Una seña les hizo acercar, y -oyeron este grito: - ---¡Aquí no! ¡Sería pior! ¡Á la orilla del fachinal!... - -Desanduvieron un trecho, teniendo del cabestro á los espantados -caballos que volvían la cabeza hacia el fuego con ojos de brasa, -resollaban y roncaban violentamente, hacían bruscos movimientos para -desasirse y escapar, y tiritaban cubiertos de sudor, mientras por los -flancos les corrían arrugas como de agua rizada por la brisa... - -Y así, envueltos en rojas luces de Bengala, hombres y animales salieron -á la orilla del pajonal, donde comenzaba el pasto bajo, marchito y seco -también. Serapio maneó los caballos y los ató á las matas, bastante más -lejos. Luego se incorporó á los demás. - -Viacaba y Pancho incendiaban rápidamente la hierba baja, en un ancho -de poco más de una vara, siguiendo una línea más ó menos paralela á la -quemazón. Joaquín y Matilde, tras ellas, dejaban arder bien el pasto, -y luego lo apagaban azotándolo con escobas de la paja más verde, hasta -que se incendiaban, ó con las jergas del recado, sin mojarlas, porque -el agua estaba demasiado lejos. Serapio los imitó... - -En aquella hoguera parecían fundidores junto á un río de metal -incandescente; jadeaban, sudaban; sus caras negras, encendidas y -lustrosas, se hinchaban, se abotargaban, perdían sus líneas mientras -los ojos les relampagueaban y por las mejillas y la frente les corrían -hilos de tinta... - -¡Sacrificio inútil! El fuego se burlaba de antemano del obstáculo que -le querían oponer, levantándole una trinchera de vacío: reíase de ellos -en complicidad con el viento, en cuyas alas enviaba sus emisarios y -sus propagandistas más allá de los hombres y de su ciclópeo esfuerzo -impotente. - -Y el tropel que espantara á las mujeres llegó de pronto hasta allí como -un lejano trémolo de timbales entre los chasquidos del incendio... -Viacaba levantó la azorada cabeza, y con ojos saltones, enloquecidos, -gritó: - ---¡Serapio! ¡Matilde! ¡La hacienda! ¡La hacienda!... - -Y abarcando, al fin, la magnitud del desastre, abandonaron la quemazón -casual y la que ellos mismos hacían, corriendo frenéticos hacia los -caballos. - -Los caballos no estaban allí. Aguijoneados por el pavor, habían -conseguido arrancar las matas, y roncando, despavoridos, dementes, -trabados por las maneas, á grandes saltos enajenados, tropezando -ciegos, allá iban, trémulos, vacilantes, chorreando sudor, hacia el -oeste, hacia la salvación, hacia la vida... - -Lograron alcanzarlos y, montados, salieron de carrera en distintas -direcciones como si obedeciesen á un plan preestablecido. Sin embargo, -no lo tenían... ¿Dónde llevar la hacienda, en caso de que aún no se -hubiese dispersado y perdido en las tinieblas de la pampa? ¿Dónde -proporcionarle un refugio inmune? ¿Por dónde hacerlas escapar del -tremendo estrago...? - -...Las mujeres, petrificadas de pavor y de angustia, seguían como -sonámbulos en el albardón, con los ojos fijos en el incendio, que -continuaba avanzando, avanzando á cada minuto con mayor rapidez é -intensidad, y no sólo hacia las casas, sino hacia la derecha, hacia la -izquierda, al norte, al sur, para separarlas bien del mundo por aquel -lado y luego replegarse, cortándoles la retirada, envolviéndolas en su -línea infranqueable. Y el redoble del triunfo, la diana sin clarines se -oía cada vez más cerca, más cerca, como estallidos de risas y gritos de -voces ásperas y discordantes... El calor era tan intenso, que á cada -instante las infelices se creían á punto de desfallecer y caer semi -asfixiadas. - -El fuego llegó al arroyo... La esperanza les dilató un momento el -pecho... Pero el incendio se burló del caprichoso zanjón, cubierto -previamente de paja voladora por su cómplice el viento. Lo traspuso -redoblando sus chasquidos, llegó á la otra orilla, avanzó hasta lamer -la tranquera y los sauces que le daban sombra, y, regocijado, siguió -su carrera hacia el oeste, dejando más grande la noche tras de sí, -llevándola hasta los mismos pies de las mujeres que, atontadas, -siguieron mirando cómo se extinguían una á una las fugaces estrellas de -la quemazón en la noche de abismo que creara á su paso... - -Más allá, hacia la derecha, por donde brillaba la Cruz del Sur, -también la paja sirvió de puente volante á la invasión devastadora. -El arroyo ardió todo en un segundo. Y desde la otra orilla, de las -matas altas del albardón, el viento arrebataba cardúmenes de chispas -que iban á caer á los pies de las mujeres... Algunas llegaban hasta -el mismo rancho y se extinguían entre las pajas del techo, sin fuerza -para incendiarlas... Ellas, en su angustia suprema, no advertían el -nuevo peligro. Y chispas y pajas abrasadas continuaban su vuelo, más -compactas cada vez... - ---¡Mama! ¡mama!... - -El grito desgarrador de Isabel anunciaba el coronamiento de la -catástrofe: el techo central ardía con gran humareda en un círculo de -una vara de diámetro. - ---¡Agua! ¡agua!--gritó la madre, arrancada á su estupor. - -Ambas corrieron al bebedero de los caballos, junto al pozo; una llenó -un balde, otra una jarra; precipitáronse al fuego; sus fuerzas no -alcanzaron á lanzar el agua hasta allí... - ---¡Traé vos el agua!--tartamudeó la madre. - -Y como pudo, valiéndose de un banco, lastimándose manos y rodillas, -trabada por los vestidos, trepó al techo gritando desesperadamente, -como si alguien pudiera oírla en aquella desolación: - ---¡Viacaba!... ¡Pancho!... ¡Joaquín!... - -Isabel le llevaba jarras y baldes de agua, de carrera, jadeante, bañada -en sudor. Ella, febril, casi sin saber lo que hacía, echábase de bruces -sobre el techo, tendía los brazos trémulos, alzaba el agua con esfuerzo -automático, é iba á verterla en la hoguera cada vez más ancha... Y -mientras hacían esta abrumadora y lenta maniobra, el viento continuaba -acribillando el rancho con sus flechas incendiarias... Un momento -después el techo ardía por diversos puntos... - ---¡Baje, mama, baje! ¡Se va á abrasar viva!... - -La desgraciada bajó por fin. Como alegre fogarata, el rancho ardía -por las cuatro puntas iluminando el patio hasta la tranquera con sus -sauces descabellados, sacudidos por el viento, hasta el corral en -que se revolvían, se atropellaban y se trepaban unas sobre otras las -ovejas, balando lastimeramente, tratando de derribar el fuerte cerco... -Y aquella siniestra y formidable iluminación desvanecía, borraba -totalmente la otra, ya en el horizonte... - -Los hombres vieron desde lejos aquella antorcha y regresaron uno tras -otro, llenos de desesperación. - -Nada había que hacer... Apenas, y con gran peligro, consiguieron -sacar algunos objetos de la formidable hornalla... Las cumbreras se -desplomaron con gran ruido, el alero desapareció, y á la luz roja no -se veía ya mas que las paredes ennegrecidas... Sentados en el suelo, -anonadados por la impotencia y la desesperación, lanzaban de vez en -cuando lamentables exclamaciones. Y la visita del extranjero volvía á -su exaltada imaginación con caracteres diabólicos y aterradores. - ---¡Ah el gringo, el gringo!... - ---Él no más nos ha traído esta calamidá... - ---Nos ha hecho «daño»... - ---¡Seguro que tiró el pucho en el fachinal, indino!... - ---¡No, patrón!; si era el Malo, ¡si era Mandinga!... ¡Tan cierto como -que éstas son cruces!... - -Y su infantil superstición iba á convertirse en hecho comprobado, -al día siguiente, cuando en Pago Chico, donde fueron á refugiar su -desnudez, les dijeran que allí no había llegado francés alguno, y luego -á difundirse pasando de boca en boca como acontecimiento histórico, -aunque el comisario averiguara y publicara que un hombre de la -filiación del presunto incendiario estuvo aquella tarde en el vecino -pueblo del Sauce donde, á la madrugada, tomó la galera del Azul... - -Pero el alba se extendió descolorida y triste sobre el campo. Hombres -y mujeres, acercados por la desgracia, formaban un grupo silencioso é -inmóvil. Lo que ayer fuera bienestar y abundancia era miseria ya... - -La pampa, á las primeras luces indecisas, mostróseles cubierta por -inmenso tapiz de funerario paño negro, que se extendía hasta el -horizonte, en todo rumbo, y el viento, fuerte aún, levantó nubes de -hollín y los envolvió en impalpable polvo de cenizas... - - - - - ¡GUERRA Á SILVESTRE! - - -También acabó Silvestre por incomodar á los situacionistas, que -resolvieron castigarlo, igual que á Viera. - -Á este propósito hicieron que fuera á establecerse en Pago Chico, -habilitado por ellos, un farmacéutico diplomado, cierto italiano -Barrucchi, venido del país amigo á hacer fortuna rápidamente, así, sin -otra condición, rápidamente. - -La competencia fastidió mucho al criollo en un principio, como que -hasta fué denunciado al Consejo de Higiene por ejercicio ilegal de la -profesión. Pero estaba atrincherado tras de su regente, á quien hizo -pasar una temporadita en el Pago, con pret, plus y otras regalías -inherentes á la actividad del servicio. - ---Al gringo l'enseñan,--decía,--pero nada le ha'e valer. ¡Á la larga no -hay cotejo! - -Y para dominar del todo la situación, halló manera de ¿cómo diremos? -untar la mano al inspector enviado de La Plata. - -«Untar la mano» es frase grosera, bien; pero ¿qué decir, entonces, del -hecho de untarla, y de dejársela untar?... - -Nada. Punto. Y sigamos adelante con los faroles. - -No se durmió Silvestre sobre los laureles de su primera defensa -victoriosa, sino que atisbó, vichó, bombeó, supo cuanto hacía el -italiano, le tendió lazos, le analizó preparaciones en que había -substituido substancias, publicó los resultados, formuló denuncias, -y de perseguido convirtióse pronto en perseguidor, porque en aquella -delicada materia se inmiscuía alguien más que los cabecillas -pagochiquenses, y el Consejo de Higiene, no desdeñoso de multas, solía -enviar inspectores cuando era á golpe seguro, y entre tantos alguno -habría reacio á los ungüentos de marras... - -Y apareció muy luego otro inspector. - -Barrucchi escapó difícilmente á las consecuencias con que lo amenazaba -una grave trocatinta de frascos y rótulos en el armarito de los -alcaloides, nada menos, falta que hasta nuevo aviso debe atribuirse -á negligencia suya, nunca á perversidad de Silvestre, incapaz por -su parte de jugar á sabiendas con la vida de sus convecinos, é -imposibilitado de penetrar en la plaza enemiga. - -La misma grosería del error fué lo que salvó á Barrucchi, provisto de -auténticos diplomas de una facultad italiana, y de un certificado de -reválida en toda regla, otorgado por la de Buenos Aires. Insistimos -en que Silvestre no tuvo arte ni parte en el suceso. Barrucchi -probablemente tampoco, puesto que nadie lo hizo responsable, ni -siquiera lo amonestó por su descuido, ni por su aterradora confusión de -consonantes en ina. - -Pero sus negocios, que hasta entonces habían sido regulares, se -resintieron con la divulgación de aquel hecho, cuidadosamente propalado -á todos los vientos del cuadrante por Silvestre y los suyos. Sin -embargo, el azar, ya que no la buena reputación y limpia fama, vino -á favorecerlo. La farmacia, asegurada en una nueva compañía contra -incendios que buscaba clientela en Pago Chico, por una suma mucho mayor -que su capital verdadero, ardió casualmente á los pocos días, sin que -bastara para extinguir el incendio la guardia de cuatro vigilantes con -machete en mano, puesta por Barraba en las cuatro esquinas de la casa. - -Hay quien dice, todavía, que el incendio no fué intencional. - -La compañía de seguros pagó inmediatamente al boticario y al dueño del -edificio, pues le convenía acreditarse para hacer una buena ponchada -de fuertes primas en ese partido y los inmediatos, y sólo pidió á uno -y otro un recibo bombástico y la autorización de hacer con él cuanto -reclame quisiera. - -La casa comenzó á reconstruirse con gran prisa, y todo el mundo creyó -que Barrucchi restablecería su farmacia en mucho mejores condiciones, -ya que contaba con un capital relativamente respetable. Tal era, en -efecto, su intención; pero una frase que corrió como un reguero de -pólvora de punta á punta del pueblo, le hizo variar de propósito y -retirarse con los honores de la guerra, es decir, con los pesos del -seguro. - ---Non é niente, demientra no se brushe l'arquibio. - ---Non é niente demientra no se brushe l'arquibio. - -Esto era lo que se oía de la mañana á la noche hasta en los últimos -rincones de Pago Chico, y las extrañas palabras eran repetidas ora -con acento de indignación, ora entre carcajadas más mortíferas aún. -Y todo el mundo se contaba inacabable, infatigablemente, durante -días, semanas, meses enteros, la maquiavélica invención de Silvestre, -aderezada hasta con la jerga propia del personaje y del caso: - -Barrucchi, á quien la noche del incendio corrió á avisarse al Club que -ardía la botica, se limitó á contestar tranquilamente, encogiéndose de -hombros: - ---¡Eh, no importa, mientras no se queme el aljibe!... - -El pobre Tartarín tuvo que ir á Argel por una copla; Barrucchi tuvo que -irse de Pago Chico por una frase. - -También es verdad que Barrucchi no era del pueblo y que la frase brotó -del cerebro de Silvestre. Si hubiese sido pagochiquense, quizá se le -perdona, pues es fama que hasta los perros dicen, amparando á los -vecinos: - ---¡No lo muerdan, qu'es del barrio! - -Los hombres también, y si no, véase en seguida como lo prueba, con -elegante demostración, la cajita misteriosa de Ferreiro. - - - - - ALTRUISMO - - -Entre las espesas sombras de la noche, en grupos charlatanes de tres -ó cuatro personas, numerosos vecinos de Pago Chico se encaminaban -lentamente á la estación del ferrocarril. Se habían reunido con ese -objeto en el Club del Progreso, en el café y en la confitería de -Cármine, y al acercarse la hora fueron destacándose poco á poco, -para no llamar demasiado la atención ni dar pie á que los opositores -hicieran alguna de las suyas. - -Llegaba en tren expreso, costeado naturalmente por el gobierno, el -diputado Cisneros con la misión de reconstituir el comité, y era -preciso hacerle una calurosa acogida á pesar de lo intempestivo de la -hora. La estación estaba completamente á obscuras; sólo por la puerta -de la habitación del jefe filtraba una raya de luz, y allá en el fondo -el Buffet,--en funciones para las circunstancias,--abría sobre el andén -desierto el abanico luminoso de su entrada. Allí fueron sentándose á -medida que llegaban, el doctor Carbonero, el escribano Ferreiro, el -intendente Luna, el juez de paz Machado, el concejal Bermúdez y varios -otros, sin que faltaran el comisario Barraba y su escribiente Benito, -ni aun don Máximo, el portero de la Municipalidad, muy extrañado de -no tener que disparar bombas de estruendo en tan solemne emergencia. -No hubo francachela; los tiempos estaban malos, y nadie quería cargar -con el mochuelo del coperío, aunque sólo hubiera en la estación una -veintena de personas. Cada cual, si quería, «tomaba algo»... y pagaba. - -La espera fué larga. El expreso se había retrasado en no sabemos -qué estación y el jefe aún no tenía noticia de su llegada... Poco -á poco, todos fueron á pasearse en la obscuridad del andén, luego -instintivamente agrupáronse á la puerta del Buffet, y conversaban -mirando inquietos al norte por descubrir entre las sombras el ojo -encendido del tren en marcha. - ---¿Á que no sabe abrir esta cajita?--dijo de pronto el escribano -Ferreiro, presentando un objeto al Intendente Luna. - -Era una cajita oblonga, en forma de ataúd, en uno de cuyos extremos -asomaba un botón á modo de resorte; un juguete-chasco de lo más -infantil, pues oprimiendo el botón aparecía una aguja que pinchaba al -curioso, con tanta mayor fuerza cuanto mayor había sido su confianza -en sí mismo y el apretón consiguiente. Luna la tomó, la examinó -deliberadamente, vió el resorte cuya evidencia debería haberlo hecho -recelar sin embargo, y exclamó: - ---¡Mire qué gracia!... - -Soberbio fué el golpe de pulgar que dió al botón apenas había dicho -estas palabras, y soberbio el pinchazo que recibió en mitad de la yema -del dedo... Estuvo á punto de soltar uno de los ternos más sonoros de -su colección; pero se contuvo á tiempo, y lejos de protestar, fingió -seguir examinando la cajita. - ---No doy ni mañana--dijo por fin. - ---Aver emprieste compadre,--solicitó Barraba tendiendo la mano, con los -ojos brillantes de curiosidad. - -Los demás habían estrechado el corro, deseando ver el misterio -que encerraba el cabalístico estuche, y las conversaciones se -interrumpieron. - -Barraba cayó en la trampa, y á su grueso pulgar asomó una gotita de -sangre como un pequeño rubí. Pero puso buena cara, y aparentó seguir -maniobrando con la cajita. - ---¡Traiga amigo, traiga! ¡Si usté es muy mulita p'a estas -cosas!--exclamó al cabo de un instante el juez de paz Machado.--¿No -sabe que p'a qu'el amor no tuerza, más vale maña que juerza?--Aver -traiga p'acá. - -Barraba no tuvo inconveniente... - -Nuevo pinchazo... Nuevo esfuerzo heroico para no lanzar un grito. -Aquellos espartanos eran todos capaces de dejarse devorar el vientre, -con tal de que en seguida, se lo devoraran á los amigos y compañeros. -«Si licet in parva...» como en el sorteo famoso de Matucana que, -repitiendo en eso á Homero en la Ilíada, tuvo también su Tersites. - -Y después de Machado, la cajita pasó á Bermúdez, á Carbonero, á los -demás--hasta á don Máximo, que fué el último en pincharse. - -Aquel Sterne, imitado ahora por quienes, con sólo imitarlo son -puestos á la cabeza de no sabemos cuántas literaturas, nos ofrecería -aquí una sabrosa disquisición, llena de longanimidad y de sincero -enternecimiento ante la flaqueza humana. Se explicaría el hecho y -trataría de explicarlo á los demás, por aquello de que «tout comprendre -c'est tout pardonner». - -Pero desgraciadamente no habla Sterne, ni el hecho, produciéndose en -Francia bajo tan rudimentarias formas, ha dado tema á los grandes -modistos literarios. Ello vendrá. - -Mientras no viene, y por si no viene, el lector hará bien si saca por -su propia cuenta el caracú del hueso que le ofrecemos, y que más peca -por sobra que por falta de médula, pues allá en la pobre y silenciosa -estación de Pago Chico--microcosmos sintetizado,--y entre aquel -reducidísimo compendio de la humanidad, no hubo un solo ejemplar, un -solo individuo que no pasara por la prueba, ni uno que no se mostrara -á la altura de las circunstancias. El mismo don Máximo,--el último -mono--se dirigió humildemente al escribano: - ---¿No quiere emprestármela hasta mañana, señor Ferreiro? - ---¿Para qué don Másimo? - ---P'a mostrársela á Petrona, no más... - -Su altruismo no le permitía gozar tan sólo de las delicias de la aguja, -pues los otros veinte no contaban ya: Habían contribuido á chasquearlo -y se reían de él, como si fuese el único burlado. - -Entre tanto y en silencio, había ido aproximándose el tren. Un silbido -agudo y un repentino y fuerte resplandor, les hizo dar un salto y -volverse hacia la vía. El diputado Cisneros, de pie en la plataforma, -con el tren aún en movimiento, comenzó á dirigirles la palabra: - -«Este brillante recibimiento me demuestra cuánto es vuestro altruismo -y vuestra abnegación. Siempre dispuestos á sacrificaros por el bien de -los demás, á luchar sin tregua ni descanso por evitar el sufrimiento -ajeno, venís en horas de combate á retemplar mi espíritu, para el -holocausto fraternal á que estoy dispuesto tanto como vosotros mismos». - -Y siguió así, mientras don Máximo se devanaba los sesos por hallar modo -de pasarle la cajita sin faltarle á las debidas consideraciones. Pero -no lo halló, por demasiado humilde, y tuvo que consolarse con la idea -de embromar á la Petrona... - -¡Y decir que la peregrinación de la cajita se repetía diariamente y -en mayor escala en Pago Chico, y se repite en todas partes, cuando ya -estamos á las puertas del siglo de oro de la solidaridad humana!... - - - - - LIBERTAD DE SUFRAGIO - - -Cierta noche, poco antes de unas elecciones, el Club del Progreso -estaba muy concurrido y animado. - -En las dos mesas de billar, la de carambola y la de casín, se hacían -partidas de cuatro, con numerosa y dicharachera barra. Las mesitas -de juego estaban rodeadas de aficionados al truco, al mús y al siete -y medio, sin que en un extremo del salón faltaran los infalibles -franceses, con el vice-cónsul Petitjean á la cabeza, engolfados en su -sempiterna partida de «manille». - -El grupo más interesante era, en la primera mesita del salón, frente á -la puerta de la sala de billares, el que formaban el intendente Luna, -presidente del Concejo, varios concejales y el diputado Cisneros, -de visita en Pago Chico para preparar las susodichas elecciones. -Entregábanse á un animado truco de seis, conversadísimo, cuyos lances -eran á cada paso motivo de griterías, risotadas, palabrotas con -pretensiones de chistes y vivos comentarios de los mirones que, en -círculo al rededor, trataban más de hacerse ver por el diputado que de -seguir los incidentes de la brava partida. - -Junto á ellos, sentado en un sillón, con la pierna derecha cruzada -sobre la izquierda, acariciándose la bota, abrazándola casi, el -comisario Barraba con el chambergo echado sobre las cejas y dejándole -en sombra la mitad de la cara achinada, ancha y corta, de ralo y duro -bigote negro, hablaba ora con los jugadores, ora con los mirones, -lanzando frasecitas cortas y terminantes, como cuadra á tan omnímoda -autoridad. - -Descontentos no había en el club más que tres ó cuatro: Tortorano, -Troncoso y Pedrín, á caza de noticias, cuya tibieza les permitía andar -por donde se les diera la real gana. - -Los tres se hallaban cerca de la mesa del intendente y el diputado, -podían oir lo que en ella se decía, y hasta replicar de vez en -cuando,--aunque con moderación naturalmente,--al comisario Barraba. - -Alguien habló de las elecciones próximas y de las respectivas -probabilidades de cada candidato. - ---¡Qué eleciones ni qué eleciones!--exclamó Tortorano encogiéndose de -hombros.--Nosotros nunca hemos tenido eleciones de veras, ¡y no las -tendremos jamás!... - ---La libertad de sufragio...--agregó Troncoso sarcásticamente. - -Pero el comisario, echando hacia atrás la cabeza, tanto que casi dejaba -ver el dedo de frente descubierto entre el chambergo y las cejas, lo -interrumpió: - ---¿Qué dice amigo? ¿Que no v'haber libertá? - ---¡Vaya, comisario, nunca ha habido!--objetó Tortorano sonriendo. - ---Sería una novedad muy grande,--afirmó Troncoso retorciéndose el -bigote con aire convencido. - ---¡Y s'imagina, entonces, que yo estoy aquí p'a quitarles la libertá á -los ciudadanos! ¿Y que yo, comisario, lo h'e permitir?... - -El diputado, el intendente y demás jugadores de la oligárquica mesa, -levantaron la vista sorprendidos. El ruido disminuyó de pronto en el -salón, como si los concurrentes se quedaran á la expectativa de un -acontecimiento trascendental. Pedrín fué acercándose más al comisario... - ---No digo eso,--murmuró Troncoso mirando al suelo y preguntándose -interiormente dónde iría á parar el hombre encargado en Pago Chico de -asegurar el éxito de una candidatura dada, con exclusión total de la -otra. - -¿Se habría convertido de la noche á la mañana, después de tantas -arbitrariedades y persecuciones? - ---Yo tampoco digo que usted les quite la libertad. ¡No faltaba más! - -Tortorano se encogió de hombros otra vez y se puso á armar un -cigarrillo negro. Troncoso miró al comisario para ver si hablaba de -veras. Pedrín, aunque no tuviera nada de cándido, intervino con una -ingenuidad: - ---Me alegro mucho de haberl' óido,--dijo.--Yo ya estaba por no ir á las -eleciones. Pero desde que usté garante la libertá... - ---¡¡La garanto, canejo!! ¡Ya lo creo que la garanto! - -El diputado Cisneros se incorporó en su silla, casi resuelto á llamar -al orden al extraviado y demagogo funcionario policial. Las demás -autoridades estaban, al oir semejantes despropósitos, que no sabían lo -que les pasaba. - ---Pues si es así...--prosiguió Pedrín,--lo que es yo, el domingo no -faltaré en el atrio p'a votar por don Vicente. - -Pero no había acabado de decirlo cuando el comisario estaba ya parado, -de un salto tan violento y repentino que ni siquiera le dió tiempo para -soltarse la bota. Y así en un pie: - ---¡Pare la trilla que una yegua si ha mancau!--gritó.--¿Qué es lo que -dice, amiguito? - ---Que ya que usté garante la eleción v'y á sufragar por los cívicos... -nada más. - ---¡Dios lo libre y lo guarde! ¡Como de miarse en la cama! - ---¿Pero no dice que habrá libertá de votar? - ---Sí, para todos; ¡pero libertá, libertá de votar por el candidato del -gobierno!... - -Un gran suspiro de satisfacción compuesto de seis suspiros particulares -se exhaló del truco oficial. - -Y el ruido volvió entonces, más alegre y estrepitoso que nunca... - - - - - EPÍLOGO - - -Lector que, risueño ó adusto has recorrido con interés ó desgano, -estas páginas aparentemente superficiales ¿sabes á qué espectáculo -hemos asistido juntos sin saberlo? ¡Pues nada menos que á las primeras -palpitaciones de una democracia en gestación y á los primeros -desperezamientos de una gran ciudad en la cuna!... ¡Así, como lo oyes! - -Ríete si quieres, y harás bien, porque siempre es bueno reirse de la -verdad. Pues, sí, señor: democracia, gran ciudad, etc... - -Nosotros mismos no lo sospechábamos siquiera, y no es la perspicacia -sino el tiempo quien nos abre los ojos. Muchos años, en efecto, -van corridos desde los sucesos narrados en la crónica que cerramos -provisionalmente con estas líneas. En ese lapso las cosas han cambiado, -Pago Chico es Pago Grande, el villorrio es un fuerte núcleo de -población, con afirmados, tranvías, luz eléctrica, obras sanitarias; -su comercio gira millones, su industria crece y prospera, su fuerza -vegetativa y progresiva es colosal; en política también se ha dado un -largo paso hacia adelante, y aunque esté muy lejos aún el ideal, algo -se ha ganado en cuanto al juego de las instituciones, y hasta parece -haberse ganado mucho, pues ya no se estilan los burdos medios de -gobernar que burla burlando hemos puesto de relieve. Y ya se sabe que -la hipocresía es tácito homenaje del vicio á la virtud. - -Esto nació de aquello. Parece imposible, pero es así. El impulso que -lleva nuestro país es admirable de fuerza y de velocidad, pese á los -sucesivos descarrilamientos que amenazaban dar con todo al traste. -Quien se detenga hoy en Pago Chico, jurará que lo hemos calumniado, ó -que lo pintamos en remotísimos tiempos,--allá en la edad de la piedra -labrada ó del hueso roído--aunque su historia es casi una actualidad, -algo fiambre si se quiere, pero en modo alguno vetusta. - -Más todavía: alejémonos unas cuantas leguas, y la actualidad palpitante -renacerá de sus cenizas. Pago Chico se ha retirado un poco más, como -se retiraba antiguamente la línea de fronteras,--he ahí todo. Y como, -más por azar que por cálculo, hemos olvidado hasta ahora determinar -la exacta ubicación del pueblo, puede el lector situarlo más al oeste -del meridiano quinto ó más al sur del Río Negro, con cuya sencillísima -operación tendrá á la minuta un verdadero «plato del día». Y ni aun es -menester que vaya mentalmente tan lejos, pues rincones hay todavía, muy -próximos á la misma capital, donde continúa á más y mejor cociéndose -habas, en forma parecida por lo menos. - -En fin, risueño ó adusto lector, sólo queremos agregar pocas palabras, -para repetirte que este volumen no se te presenta como la crónica -completa de la era inicial pagochiquense, sino como una simple -colección de documentos que forman parte de ella--parte pequeña por -lo demás,--y hecha voluntariamente al acaso, sin plan previo, para -que de su misma aparente inconexión resulte, si lo puede por sí -misma, una especie de unidad, aquel «lírico desorden» que aconsejan -los preceptistas en cierta clase de obras, para suspender el ánimo y -conmoverlo con inesperadas imágenes, acciones ó ideas... - -Quiere esto decir que aún quedan disponibles cajas y legajos de -documentos y notas atinentes á la vida política, intelectual, social, -moral etc., de Pago Chico,--y en primísimo lugar cuanto á las damas y -al amor, con sus enredadas marañas se refiere,--destinados á la polilla -y el polvo del olvido, si la muestra presente no despierta el interés y -la atención que nos atrevemos á esperar. - -Haz, lector, una seña, y verás cómo nos apresuramos á convertir en -Prólogo de otro volumen, este Epílogo que--en tal expectación--no -relata sucintamente como era uso en tiempos de ingenuidad y bonhomía -literarias, qué «se ficieron» todos los personajes de la obra y los -hijos de sus hijos. Tal metamorfosis nos alegraría, y no por el éxito -que pudiera significar--créasenos aunque no parezca cierto,--sino -porque al separarnos de estas páginas, en las que hay más verdadera -melancolía que despreocupado buen humor, sentimos algo como si huyera -un minuto que desearíamos repetir, como si se nos marchara otro poquito -de juventud,--toda ésa que se revive al relatar la que fué, ésa que á -tantos ancianos ha hecho escribir sus recuerdos, ésa que obligará á -Silvestre á redactar in extenso sus memorias, en cuanto no tenga otra -ficción de trabajo con qué entretener los nervios bailarines. - -Y, con esto, hasta luego, no sea que habiendo logrado, como cabe, hacer -un libro entretenido, lo echemos á perder ahora con una intolerable -lata. - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Pago Chico, by Roberto Payró - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK PAGO CHICO *** - -***** This file should be named 62785-0.txt or 62785-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/2/7/8/62785/ - -Produced by Andrés V. Galia, Jude Eylander, María C. -Fernández Q. and the Online Distributed Proofreading Team -at https://www.pgdp.net (This book was produced from images -made available by the HathiTrust Digital Library.) - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive -specific permission. 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