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Urbina - -Release Date: October 31, 2020 [EBook #63587] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Chuck Greif and the Online Distributed Proofreading Team - at http://www.pgdp.net (This file was produced from images - available at The Internet Archive) - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESTAMPAS DE VIAJE *** - - - - - ESTAMPAS DE VIAJE - - ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA - - - - - LUIS G. URBINA - - ESTAMPAS - DE VIAJE - - ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA - - Creer-Crear. - - [colofón] - - BIBLIOTECA - ARIEL - - EDITADA POR LA REVISTA HISPANO-AMERICANA - - «CERVANTES» - - Es propiedad de la - BIBLIOTECA ARIEL - - - _Este libro está dedicado a la memoria - de_ - - _Justo Sierra_ - - _mi maestro, que amó a España y en - ella murió._ - - _Luis._ - - 1920. - - - - -INTRODUCCION - -_Al comenzar el año de 1916 pisé, por primera vez, tierra española._ - -_Desde la orilla del Mediterráneo, todo yo me volví ojos para ver y -corazón para sentir._ - -_Vine como redactor corresponsal de_ El Heraldo de Cuba, _y para ese -periódico escribí mis impresiones de viaje. Las escribí poniendo en -ellas amorosa sinceridad_. - -_Así, tan de pronto, no era posible que penetrase yo en el alma de este -pueblo, a pesar de las afinidades que tiene con el mío, y que en mí -mismo percibí al entrar en el ambiente ibérico._ - -_Mas las obscuras herencias que despertaron en mi espíritu, sirvieron de -acicate a mi curiosidad y de orientación instintiva a mis -observaciones._ - -_Nada miré sin interés o sin emoción; y, aunque recién venido, acerqué -cuanto pude, la oreja, al pecho enjoyado de España._ - -_Formé este libro con algunas de las notas y apuntes que rápidamente fuí -tomando entonces, en horas de angustia y asombro para la humanidad._ - -_Después, este gran país, que seduce desde luego la vista con el -espectáculo de sus costumbres y de su naturaleza, y aviva la imaginación -y la estimula a las evocaciones ante sus viejas maravillas de arte, fué, -poco a poco, revelándome cuanto encierra su seno de calladas y profundas -virtudes._ - -_Y la ilusión con que en él soñé, se ha convertido en la admiración y la -devoción con que ahora lo quiero. Y tanto como me deslumbró la -magnificencia de su pasado, me llena de fe el presentimiento de su -porvenir._ - -_En las páginas que siguen hay, seguramente, más de adivinación que de -análisis._ - -_Me queda el anhelo de lograr algún día--mejor poseído por el creciente -encanto de esta tierra de sol y de leyenda--rendir a la raza, en verdad -y en belleza, el filial tributo que le debo en nombre de mi patria -americana, que al otro lado del Atlántico es como una dulce -prolongación, como un fresco brote de esta España en cuyo suelo está -germinando todavía una primavera de libertad._ - - LUIS G. URBINA. - -Madrid, diciembre de 1919. - - - - -ENTRE DOS BAHÍAS - - -El contraste no pudo ser más sugestivo. Al partir de la Habana, durante -un vivo y cálido atardecer, el mar de seda de la bahía mezclaba a su -azul, bruñido por la luz del crepúsculo, súbitos y variados matices. Se -mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de -escarlata desteñida. Venía brincando una ola de curvas elegantes, y su -vidrioso contorno empenachábase de espuma sonrosada. Alrededor de los -remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar, -dejaban en la corriente una larga raya de colores, como si fueran -soltando serpentinas en la corriente. - -Y cuando el buque empezó a moverse, toda la ciudad, salpicada de chispas -locas, se fué deshaciendo en una rosada penumbra. Las fachadas del -_Malecón_, que parecían un suave dibujo en miniatura, se fundieron, poco -a poco, y conforme iban estando más lejos, en una extensa mancha en la -que sólo brillaban--latidos de claridad amarilla--puertas y ventanas. -Después, en la franja obscura de la ribera, vimos, por mucho tiempo -todavía, el índice negro del Morro, coronado por la movediza llama -verde, que paseaba, en torno suyo, su ráfaga de tenue claridad. La bahía -de la Habana acababa de despedirse del sol, deteniéndolo como una -Julieta enamorada, y pidiéndole el último beso. Al mirarla, casi borrosa -en la distancia, podría uno imaginarse, sin esfuerzo, que la vieja y -deliciosa metrópoli cubana quedaba, trémula de emoción, como criolla -apasionada, en el instante en que concluye la cita y desaparece el -galán. - - * * * * * - -Hoy, cuatro días más tarde, desde la cubierta del veterano buque -español, veo un cuadro distinto del tropical, de aquel que retengo en -la memoria como el recuerdo de una cariñosa despedida. El frío es -intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan -por la boca nubecillas de vapor plomizo. El mar está sucio y pesado el -oleaje. La niebla, que desde ayer emboza los horizontes, se acerca más y -se hace más densa. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un -reflejo gris que melancoliza el ambiente. Una lluvia menuda cae sobre -las aguas, y las enturbia al encarrujarlas en pequeñísimos rizos. Es una -hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las -muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de -una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. El -buque está frente a Nueva York. Todos los pasajeros, de bruces sobre las -barandillas, quieren ver lo que se dibuja en aquellos telones de húmeda -y maculada blancura. Algún viajero «snob» se ha echado a la cara los -gemelos, en una actitud cómica de inglés de opereta. Ver la ciudad, -distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Pero -divisar todo esto, sorprender, aquí una masa de bruma negra, allá un -contorno borroso, y la sombra de un edificio, y el fantasma de una -embarcación, ya es menos difícil. Sí; mirando atentamente, devorando con -los ojos la niebla, horadándola con la imaginación, se va distinguiendo, -imprecisamente, lo que se arrebuja y esconde en el horizonte. Primero es -un islote, que antes que lleguemos a la ciudad nos sale al encuentro: -entre árboles de humo verdinegro, caseríos rústicos de vaporosa -inconsistencia, barcas que parecen hechas en el aire con las espirales -de un cigarrillo; dos torpederos de sepia aguada, perfilados junto al -montículo pastoso de una fortaleza. Y luego, en el amplio fondo, -caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas, -dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el efecto de que son -bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del -horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la tierra. -Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras. Trazados al -esfumino, tienen la vaguedad de las pantallas fotográficas. Yo adivino -que allí enfrente está la ciudad; es más, lo sé; pero aquellas -fantasmagorías no dejan de turbarme un poco. - ---¿Qué es eso?--pregunto a un compañero que cerca de mí sonríe, como -saludando a un conocido. - ---Son los «rasca cielos»--me contesta--; mire usted;--y me va señalando -los sitios con el índice--: allá está el «Singer Building»; allá el -«Municipal Building»; el «Metropolitan», y el más alto y airoso, el -«Woolvord»... - -Entonces, recuerdo los almanaques, los anuncios, los avisos murales, la -inundación de pinturas, grabados, estampas que he visto durante mi vida -por todas partes, en libros, en oficinas, en tiendas. Me divierto -retocando, precisando, abriendo vanos, componiendo remates, labrando -piedras, extendiendo colores, en una tarea imaginativa, en la cual -colabora, confusamente, la memoria. - -Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio -ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía -entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el -potente cerebro repujaba alguna imagen estupenda. Cuéntase que, a -veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel, -caía en la garrapateada página una gota de tinta. El poeta, en un -maniático «dilettantismo», aprovechaba la ocasión, y de aquella gota -negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban -saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval de los -Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo; -una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los -caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora -pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta. - -Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía -neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad -nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal -en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba -de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su -desfallecimiento. - -Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi -interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último -término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo, -como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la -miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el -fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que, -recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que -pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de -un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos -paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que -rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban -largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi, -erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de -claro-obscuro.--La «Libertad iluminando el mundo»--pensé, repitiendo el -nombre del célebre y artístico faro. - -Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad. -Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de -una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se -acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una -ciudad de sombra. - -Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina, -perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso. - - - - -EL DELIRIO DE «WALL STREET» - - -Llegamos al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla, -gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar -un poco de las monótonas cien horas de mar en calma. - -Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita, -admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos, -de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo -desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en -hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe -extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo -un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco -de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del otro, las -lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente, -silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que -no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo, -simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris -es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida. - -Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por -detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al -muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la -iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre -cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de -población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la -parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale -de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle, -obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta -por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de -piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un extenso -cuadro simétrico y uniforme:--la simetría es quizás una característica -de la estética de este pueblo--. Casas semejantes; casas iguales; no -varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en -carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su -nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya -el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una -plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia -vía, me señala una ruta: «Wall St». - -¡Ah! La arteria financiera; como si dijéramos: la aorta. Me encuentro en -el corazón comercial. (¿Esta ciudad tendrá dos corazones a la manera de -ciertos organismos anormales?) - -Siguen las casas negras, altas, medrosas. Anchas las aceras; grande y -pulida la calzada. Mas aquí no existe la simetría arquitectónica. No -distingo estilos, y, sin embargo, percibo variedades; formas entrantes y -salientes; encristalados ventanales; columnas de pórtico romano; -abigarramientos de piedra; grandiosidades sin majestad; imitaciones sin -gusto. Estas fábricas macizas me producen un efecto de solidez -improvisada. Se marca bien, a pesar de ello, el carácter de la obra. No -son viviendas: son oficinas, despachos, bancos. Aquí y allá, la palabra -«Lunch», se combina de distintos modos. Algún escaparate conserva -iluminada su pequeña exposición de tabaco. Se comprende que todos estos -_restaurants_ son otras tantas oficinas de comer de prisa, para seguir -en la afanosa labor. - -Ahora, esta vía está solitaria como la calzada de un cementerio. Por muy -corto tiempo ha desaparecido la agitación. Las cosas están en reposo; -pero se nota que esperan la vuelta del torbellino humano. La arteria -queda exangüe por unos cuantos momentos. Yo marcho por el embaldosado y -soy el único sér con animación en esa profunda y agresiva soledad. Mi -vieja murria se mezcla de curiosidad infantil. Héme aquí al pie de una -estatua, de proporciones extraordinarias, que corta en dos mitades la -escalinata de un templo corintio. A la media luz de la calle, reconozco -la figura: es Wáshington. Y recurro a mi memoria para percatarme de que -dentro del templo corintio está encerrada una buena parte del tesoro -del Estado. Un Wáshington de granito, inquebrantable como el de carne, -cuida la suma fabulosa, el oro, el papel moneda, lo que yo no puedo -saber en mi breve escapatoria de colegial aventurero. - ---Haces bien, Wáshington--le digo a la estatua--, cuida del tesoro -monetario. ¡Ojalá que dentro del arca de sillares labrados, a cuyo -frente estás, guardara tu pueblo otros tesoros espirituales que tal vez -ande malgastando por el mundo! - -Y sucedió que, sugerido por mis propias meditaciones, moviéndome dentro -del fondo de Rembrandt, de «Wall Street», tuve una pueril alucinación: - -Vi que, en el silencio solitario del sitio, de la angosta puerta de una -de aquellas oficinas, salía con su traje talar, y su becoquín negro, un -judío del siglo XIV: el cuerpo encorvado y temblón; la barba luenga y -cana; los ojos de nictálope; la nariz de pico de halcón; las manos -sarmentosas, saliendo, como hierbas secas, de la campana de las mangas. -Lo reconocí inmediatamente. Era mi amigo Shylock. No me cabía duda. Y -hasta creí ver relucir en uno de sus cerrados puños el cuchillo -vengador. Iba, como siempre, en busca de la libra de carne del deudor. - -Pero su paso, inseguro y lento, le impedía alcanzar a la muchedumbre -numerosísima, a el ejército obscuro que, apelotonándose por millares, -corría delante de él. Shylock hacia estériles esfuerzos por llegar. -¡Imposible! La carrera loca de la multitud era fantásticamente rápida. -También a mí me estaba pasando una cosa imprevista. Yo volaba tras el -judío y sus perseguidos, tal como suelo volar durante el sueño. -Comprendí que Hermes me había prestado sus alas. Y ya no me importaba la -altura sombría de las casas de Nueva York. Era agradable mi ingravidez. -Todos volábamos en un vértigo jadeante. Abajo, en la llanura humana, se -agitaban los brazos como espigas negras en el término de la noche. - -Y, de repente, a la espalda del gigantesco ángulo ojival--invertido -embudo de tinta china--de la iglesia de «La Trinidad», fué subiendo un -segmento de oro cegador; y subiendo, subiendo, milagrosamente, el -circulo colosal llenó el espacio: ¡el sol! - -Sí; un sol nuevo, recién fundido acabado de troquelar, porque el astro, -gloria del cielo, era nada menos que una áurea y gran moneda de veinte -dólares... Y empezó a encender el día... - - * * * * * - -En el «angosto lecho» de mi camarote, me reía a solas, de mis -intemperancias de visionario. Desde allí oí sonar las campanas de -cristal de «La Trinidad». El silencio estaba haciéndose más hondo. - - - - -UN MINUTO DE NUEVA YORK - - -Conocí en mi tierra a un literato rico, sér extraordinario, no porque su -riqueza fuese grande como la de un nabab, ni porque su literatura -alcanzara las proporciones de un genio, sino porque, además de juntar en -una pieza sola el cultivo de las letras y la abundancia del dinero--caso -rarísimo en el ambiente novo-hispano--, tenía el hombre tales manías y -extravagancias, que teórica y prácticamente se diferenciaba por completo -del tipo común de los mortales. Ejercitaba su talento y sabiduría en la -critica, y si sus doctrinas chocaban al buen sentido, por lo -estrafalarias, no le iban a la zaga sus costumbres, por lo inusitadas y -excéntricas. No era el suyo prurito de aparecer original, ni fingida -locura para llamar la atención de los cándidos; era un real y positivo -desequilibrio, un orgánico defecto espiritual que le retorcía los -conceptos y le daba en oblicuo, casi siempre, la visión de la vida. - -Y entre las manías que lo caracterizaban, una de las más interesantes y -divertidas, sin duda, era la de ajustar su existencia a un riguroso -método, inventado por él, y para él, dizque modificando las supuestas -leyes de la higiene, ciencia de la cual hablaba pestes el acaudalado -hombre de letras, quien, por otra parte, era buen cristiano, excelente -jefe de familia y cumplido caballero. - -Recuerdo--y lo cuento aquí para ejemplificar una impresión--que fuí a -verle a su casa una mañana con el fin de averiguar algo que yo -necesitaba saber sobre asuntos bibliográficos, porque--también hay que -decirlo--era mi amigo un erudito, y no a la violeta como los satirizados -por el neoclásico español. - -Hallé al literato en su biblioteca, garrapateando cuartillas sobre su -mesa de trabajo, que más bien parecía, por lo cargada que estaba de -libros y papeles polvorientos, una mesa revuelta. Interrumpió su labor, -y nos pusimos a charlar. Así fueron resbalando las horas, hasta que -llegó para él la de comer. Y digo para él, porque a las once y media en -punto no había poder humano que evitase el que un viejo criado tendiese, -sobre la propia mesa de trabajo, un fino mantel y pusiese allí los -utensilios indispensables para el servicio del almuerzo. El cual daba -principio de una manera imprevista por todo aquel que no estuviese en el -secreto del ceremonial estrambótico. Primero, el literato, abstraído por -completo de cuanto le rodeaba, extraía de uno de los bolsillos del -chaleco un grueso reloj de oro, de dos tapas, que, previamente abierto, -colocaba junto al plato vacío, sin apartar los ojos de la muestra, como -hacían antaño los médicos que tomaban el pulso a los enfermos. Hecho -esto, el criado, que de antemano habíase preparado, presentaba a su amo -la fuente de la sopa. Servíase éste y comenzaba a engullir, llevándose a -tientas la cuchara a la boca, puesto que las miradas las tenía clavadas, -como un hipnotizado, en el minutero. - ---Dos minutos de sopa--decía después le un rato--; basta. - -Sin interrupción alguna, iba el sirviente presentándole los manjares: - ---Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio -de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de -café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para -mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un -abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos -y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una -de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo -viviente. - - * * * * * - -Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis -impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise -nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante: - ---Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y -hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho -horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una de las más -prodigiosas ciudades de la civilización moderna. - -He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me -produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida -excursión. - -El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil -curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los -muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y -pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de -adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines, -obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de -negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No -iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran -ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres -de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo, -flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas. -Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los -vomitaban a montones, en incesante movimiento. Por entre ellos me -deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los -negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una -línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan, -que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la -incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse -un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas, -correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a -tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin -tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada -uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles -seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de -saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo -necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el -libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son -pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los -ascensores con una piña humana, que momento a momento se renueva. Es el -afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por -sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las -ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas, -pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco -más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la -rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting» -político. - -Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles--el -de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que -cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos--, en aquel ruido -excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la -noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de -calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro -culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que -estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la -altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle, -suspendido de un cordel que va de fachada a fachada. Conforme voy -marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y -distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con -leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera -americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes -en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del -lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el -pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por -abajo persiguiendo un propósito material y concreto. - -¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de -patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le -exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un -coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la -guerra. - -Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames», -por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una -aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en -delirio homicida. Se anuncia para el próximo sábado una manifestación -imperialista. - -Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la -manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero -entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será. - -En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome -como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas; -paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por -entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas; -oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de -tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto -esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre, -inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas -deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte, -tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas -partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como -el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la -fortuna y del placer; concentradora y propugnadora de energías malsanas -y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación, -de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida, -poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra, -no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un -amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones: - ---Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad -tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué -sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros, -simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los -pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de -fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El -nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición -es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más -elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del -mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico... - ---Es verdad--replico--; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no -ha definido ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha -cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares, -en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este -pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el -hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho -puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus -energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de -aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado -social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y -que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada -y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que -proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte -acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la -voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la -historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la -fiera palabra de la raza... - ---¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su -momento. Ahora está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un -acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios -marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se -multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada -de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de -buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones -nuevas. - ---¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no -quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí -está la prensa que lo confirma... - ---Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y -egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en -beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa -y fastuosa; cruel y fascinante... - ---Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas. -Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del -militarismo. - ---No importa. La preparación será posiblemente difícil y lenta; pero yo -creo que se llegará; se llegará... - -El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno -de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La -Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa, -gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos. -Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los -ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos -trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson -al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso. - -Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y -transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto -de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas. - -Ya las casas que yo miraba tenían esbeltez. Ya los monumentos habían -recobrado linea, proporción y eficacia. Ya imperaba la belleza sobre la -monstruosidad. Ya no había nada «colosal»: el matiz chillón, el anuncio -titánico, los diseños bárbaros se habían quedado allá, en el centro -pululante y atormentador. La Naturaleza derramaba sus encantos sobre la -hermosura creada por el hombre. - -Y entonces, el sitio, la hora, el paisaje, la ponderación -arquitectónica, me devolvieron el sentido de mí mismo. Y tuve una -instantánea noción de convencimiento; de presentimiento, mejor dicho. - -He aquí, me dije, dos fuerzas salvadoras: niños y acorazados. Y me lancé -al ensueño de una humanidad nueva. - -Asì pasó, en la claridad de un relámpago, mi efímero minuto de Nueva -York. - - - - -EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO - - -A la altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de -la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente -tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las -cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias, -el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en -claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos -pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos, -entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas, -y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas -posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos -metidas en los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente -alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios -caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también -tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del -hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos, -arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con -lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del -aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la -barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos -anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de -chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar -hasta el comedor. - -Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo -ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube. -Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de -claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y -rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los horizontes. El -mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de -cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos -estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en -una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el -buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más -tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el -vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada -repugnancia, mezcla de hastío y rencor. - -Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la -finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en -sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra -embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre -Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy -pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la -realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él, -aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor -del mar, sino el de las conversaciones. La murmuración es más -divertida, indudablemente. - -Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo, -se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son, -por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural, -de nosotros, primero; en seguida, de los demás. - -Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de -guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas -que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día -funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel -peligroso cargamento. - -No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables -pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita -transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un -atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo -ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos -percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las -diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada -halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el -miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de -malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo -irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos -una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las -perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles -observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un -optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo -desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero -algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza -y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al -capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los -demás no escucharon, pero adivinaron. - -El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza, -sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que -atenuaba la burla: - ---¡No sea usted tonto!... - -Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de -nuevo sobre el asunto. - -La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la -noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de -un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los -pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en -aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y -germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus -preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a -una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos -violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados -refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De -modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en -disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco -asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas. - -Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla -de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con -prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos -granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes, -el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los -marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa -como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de -un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los -primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de -cerca: - ---¿Qué hay? - -Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño -barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano; -movimientos rusos sin importancia. - -Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella -existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda -conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se -comprendía, de modo concreto y preciso, el deseo creciente de que -concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y -que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las -noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un -castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de -la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza, -que--a un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la -conciencia--transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo, -en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones -pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de -gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las -espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire, -apenas esbozados. - -El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la -atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la -forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones -circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y -vacilante: «Al Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque -alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...--«se asegura» que, en -la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca--. «Es probable» -que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni -afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan -vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos. -Se dirigen a la oficina: - ---¿Está ahí el primer «Marconi»? - ---No. - ---Pues el segundo... - ---¿Qué desean ustedes? - -Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones, -ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la -tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora? - -El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y -cuando se alarga, lo detiene en seco. - ---¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure -que las estoy inventando. - -Los que no conformes, se retiran; protestan entre dientes, y luego se -desbandan para seguir el paseo de la digestión. - -Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora. -El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las -aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el -horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza. - -En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima -de regresar a España: - - Canta vagabundo - tus pesares por el mundo, - que tu canción quizá - el aire llevará... - -Sentados en una banca, los frailes franciscanos han abierto sendos -breviarios, y a la luz de un farol de la toldilla, calladamente leen... - - - - -CÁDIZ - - -A las siete de la mañana estábamos frente a Cádiz. El mar, azul y rosa, -sin una arruga; terso y brillante, como de vidrio. Sobre él, en segundo -término, la vieja ciudad, montón de caseríos blancos extendidos en una -faja que moteaban las manchas verdes de los jardines. - -El sol espolvoreaba su polvillo radioso por encima de aquella blancura. -La hermosura de la bahía nos emocionaba menos que la presencia de la -tierra cercana. En el anterior anochecer habíamos visto fulgurar en -lontananza, como un astro a ras de las aguas, el faro del Cabo de San -Vicente; y por mucho tiempo clavamos ojos y pensamiento en el punto -fúlgido que nos hacía guiños de lumbre. - ---Aquí está ya la tierra--nos decía--: pronto volverás a verla. - -Y, en efecto, el faro cumplió su promesa; poco después de amanecer, -Cádiz estaba allí. Atracó el buque en el muelle. Echaron los marineros -la escala, descendimos, y con regocijo alborotador, semejante al de los -muchachos que salen de la escuela, en varios grupos, los pasajeros -echáronse a caminar, los más sin rumbo ni propósito, y los que debían -quedarse allí, por ser el término del viaje, a buscar asilo y reposo. - -En terreno plano, las angostas y torcidas callejas de Cádiz impresionan -por su aspecto limpio y sencillo. Las fachadas, de altos muros, -empenumbran las vías estrechas; pero como domina el color blanco, la -pintura clara, hay, a pesar de la ligera penumbra, alegría en el -ambiente. Por lo general, no hay balcones, sino miradores de cristales -cerrados. Es raro ver asomada en ellos a una persona. Figúrome que esta -es una de las seculares costumbres, residuos, tal vez, del retraimiento -oriental. Pero si no mujeres, flores sí suelen asomar por las casas; -lindos tiestos de claveles que ponen su nota de rojo encendido en la -apacible blancura de los muros. De cuando en cuando, plazas arboladas, -por donde discurren, con provinciana lentitud, los vecinos; una anciana -obesa, con la canasta al brazo; un sacerdote de capa y sotana, y peludo -y acordonado sombrerillo; un joven de chaquetilla ceñida y sombrero -cordobés; un señor con figura de oficinista pobre; un muchacho de blusa -larga que vocea periódicos. - -Y es allí donde reside la alegría: en ese movimiento callejero; en esa -gente que, sin precipitarse, va de aquí para allá; en esas morenas de -andar garboso; en esos obscuros mantones; en esas peinetas que, bajo las -mantillas trasparentes, muerden cabellos lustrosos; en esos grandes ojos -que relucen; en esas provocativas bocas que sonríen; en esos rostros -agitanados, por los cuales pasa a cada instante un relámpago de contento -instintivo. - -Cádiz no es monumental; algún rincón moruno tiene interés; algún resto -medioeval, un retablo, un pedazo de muralla, son evocadores; algo -moderno: la estatua de Moret, la placa conmemorativa en la casa de -Castelar... En su reducida picanoteca hay un Rubens primoroso y cinco o -seis admirables Zurbarán; un Ribera magnífico. En su catedral, de -estilo Renacimiento español, poco significativa, guárdanse algunas -piezas de vieja orfebrería: vasos sagrados, puños de espada, cruces... - -Mas, si no es monumental, es plácida y está satisfecha de vivir así. Su -alegría no llega al júbilo ruidoso; quédase en el sosegado -contentamiento. Es comercial; pero, a primera vista, no parece -emprendedora, ni se muestra poseída de la laboriosidad inquieta. Al -verla, cree uno sospechar que esta urbecilla, de pulida claridad y -dorada semipenumbra, vive, a su gusto, en el trabajo rutinario, que si -no la enriquece, tampoco la afea ni desgasta. Es linda, y con eso le -basta. El salado aliento del mar, al acariciarla, se impregna de aromas -de clavel y de fragancias de manzanilla. Hasta el tráfico del puerto es -pausado, con un dejo de arcaica parsimonia. Las barcas de los pescadores -dormitan en la orilla como gaviotas fatigadas. Apenas si se distingue, -entre las quebradas líneas de las casas, la chimenea de una fábrica. - -Como buen hispanoamericano, quise pasar por el edificio donde, en 1812, -se efectuaron las memorables sesiones de las Cortes. Si unas losas de -mármol, con nombres grabados en oro unos y otros en negro, no señalaran -la casa, nadie pararía mientes en ella. Por lo que he contemplado en -unas cuantas horas de vagabundeo--calles, plazas, palacios, templos--, -no logro rehacer en mi fantasía a la Cádiz cartaginesa, ni a la -medioeval, ni a la morisca; sería preciso, para ello, venir a estudiarla -y a sorprender sus secretos. Lo que sí me imagino, lo que me reproduce -el ambiente, es la Cádiz siglo diez u ocho; la de los casacones -bordados, las rameadas chupas, las pelucas blancas, las procesiones -suntuosas, los saraos deslumbrantes. De esa sí quedan rastros, -reliquias, no apagadas visiones. El requiebro mismo que los españoles -dirigen a esta ciudad es de época; la llaman: «la tacita de plata». - -Al terminar mi rápida visita, sentéme a descansar en una de las mesas -que invaden la calle en el café que está frente al mar. Concurridísimo -estaba el sitio. En todas las mesas se charlaba con insinuante gracia. -Algunos chicos limpiabotas ofrecían sacar «mucho brillo» al calzado, por -sólo diez céntimos. Serían las siete de la tarde. Un crepúsculo -prolongado entintaba las velas de las barcas, los cascos de los buques, -la superficie del agua en el mar; y en la tierra, las casas, los -cristales de las ventanas, las copas de los árboles. Agata y violeta era -el ocaso. - -Junto a mí, alrededor de una mesa cubierta de vasos de cerveza, tazas de -café y cañas de manzanilla, hablaban unos jóvenes con la audacia de la -inexperiencia. Se habían enzarzado germanófilos y aliadófilos en arduas -disquisiciones. Apasionábanse ambos bandos. Temí, por un minuto, que la -discusión degenerase en riña. - -Y no. De repente, uno de los oradores, comenzó a cantar «sotto voce»: - - Tus amores me han «matao»... ¡ay! - -La gemebunda canción, llena de aspiraciones lacrimosas, volvió la calma -al grupo. Los bastones empezaron a marcar el compás. Y discretas -palmadas subrayaron el ritmo del aire andaluz. La paz estaba hecha. Ya -dijo el fabulista que la música domestica a las fieras. - - - - -GIBRALTAR - - -Salimos de Cádiz a las diez de una mañana tranquila. Cielo de azul -intenso. Mar de plata verdosa. Y entre el cielo y el mar, cada vez más -lejana, la ciudad andaluza, extendida y clara, blanca y risueña, nimbada -por el sol en la línea rojiza de sus techos, en los cuadros de esmeralda -de su parque, en las bordaduras de azulejos de sus cúpulas y -torrecillas. - -Luego, sólo quedó una línea amarillenta, que se borró al fin, y se -confundió en las remotas ondulaciones de la costa. - ---Dentro de cinco horas--oí decir a un pasajero--estaremos en Gibraltar. -Allí nos detendrán seguramente. - -Entonces, en el corrillo de los expertos, de los que viajan por -necesidad o por agrado, comenzaron a surgir las confidencias y los -«cuentos de mar». El que más me interesó fué el narrado por un -mallorquín que había pasado el temido estrecho cinco meses antes. El -vapor que lo conducía era un trasatlántico español, como éste en que -íbamos ahora. Llevaba la ruta de América. Un barco de guerra inglés lo -detuvo frente al Peñón. Tres oficiales vinieron en una lancha, subieron -al trasatlántico, lo inspeccionaron, y de acuerdo con el capitán del -buque mercante, pasaron minuciosa revista al pasaje. En él venían tres -hombres que hablaban inglés y que se habían inscripto como -norteamericanos. Sin embargo, durante la revista, fueron señalados por -los oficiales británicos como alemanes. - ---Estos son--exclamó uno, recordando quizá las señas dadas de antemano -para que fuesen reconocidos. - -Se les condujo, vigilados, a sus camarotes. Allí, los sospechosos, -presentaron sus pasaportes. Estaban perfectamente identificados; eran, -en efecto, según sus documentos, ciudadanos de la Unión. Llevaban en -regla sus papeles. Uno de ellos, no obstante, desde que fué detenido el -barco, había bajado a su dormitorio, había extraído de un saco unos -pliegos, los había roto y había entregado los pedazos a su compañero de -camarote, el mallorquín precisamente, rogándole al mismo tiempo, con -gran desasosiego, que los arrojase al mar como pudiese y sin ser visto. -El mallorquín, compadecido, cumplió con el encargo, que no dejaba en -aquellos momentos de ser peligroso. - -Los oficiales ingleses consultaron, por medio de radiogramas, qué debían -hacer con aquellos hombres que, a pesar de coincidir con las señas y -tener aspecto y acento teutones, estaban resguardados por pasaportes -americanos. La consulta se resolvió después de cuatro horas de -detención; los marinos del buque de guerra bajaron sin prisioneros, y el -trasatlántico siguió su interrumpida marcha. No hubo ningún otro -incidente hasta el arribo a Nueva York, donde el mallorquín se despedió -de sus amigos, quienes, una vez en tierra, le confesaron que eran los -alemanes a quienes buscaban los oficiales ingleses, y que, con mucho -secreto, llegaban a cumplir una delicada y patriótica misión. Y el -mallorquín mostraba el reloj que uno de ellos le había dejado como -recuerdo. - -En torno de esta anécdota de actualidad, fueron saliendo otras más o -menos verosímiles, que preparaban a los oyentes para las próximas -contingencias. - ---No va a ser grave lo que suceda--murmuró al lado mío un sujeto de -anchas espaldas, peligroso, mirada franca y muy abierta, y rostro de -piel atezada y curtida. - -Las palabras de este pasajero, pronunciadas con aplomo, inspiraron -confianza. Me propuse saber quién era el que hablaba así, de modo tan -diverso a los demás. Acerquéme a él y entablé conversación. Era el -capitán de un barco que quedaba anclado en Cádiz. A Barcelona iba el -capitán, llamado para asuntos de servicio, por su Compañía naviera. -Tenía veintiséis años de navegar por el Mediterráneo. Lo conocía playa a -playa, rompiente a rompiente, ola a ola. - -Y él me confirmó la noticia acerca de las molestias que podrían sufrirse -durante el tránsito del Estrecho. - -Mientras tanto, el viejo y pesado buque corría cuanto le era posible, -aprovechando los vientos. A eso de las dos de la tarde pasamos no lejos -de Tarifa; se distinguía la muralla de piedras amarillas, la columna del -faro y, medio borrada, sobre los áridos peñascales de la costa, la -geometría rectangular del histórico pueblo. La falda de la montaña -subía, pelada y ocre; de estribación en estribación, se alejaba y -desvanecía en un fondo de acarminado violeta. Por frente a Tarifa -alzábase también, surgida repentinamente de la raya del horizonte, la -sinuosa franja azul de la ribera africana. Todo este pedazo de mar está -lleno de historia. Recordarla es animar de sombras bélicas este cuadro -grandioso. - -A las tres y media estábamos en el Estrecho. Como estaba previsto, un -torpedero vigilante nos hizo señales para que detuviéramos el paso. -Obedeció el trasatlántico, que llevaba izada la bandera de -reconocimiento. Y asomados a la barandilla de cubierta, los pasajeros, -curiosos e intranquilos, se pusieron a esperar. El torpedero se acercó: -era una ligera embarcación pintada de plomo, y que, fuera de sus -extremidades, apenas salía del nivel de las aguas. Se la veía, eso sí, -armada y dispuesta. En su pequeñez, daba el aspecto de una formidable -máquina de guerra. En conjunto, presentaba la forma de una gigantesca -lanzadera. Cuando estaba a unos cuantos metros de distancia, salió de la -cámara un hombre en mangas de camisa y con una bocina en la mano. La -cual bocina se echó el hombre a la cara inmediatamente, y empezó a -hablar, en español, con nuestro capitán que, con su correspondiente -bocina, también estaba en el puente del trasatlántico. - ---¿Adónde va? - ---A Barcelona. - ---¿Qué carga trae? - ---General. - ---¿Pasó por Nueva York? - ---Sí. - ---Espere en Gibraltar. Por favor. - -Nuestro buque, obediente, se encaminó a la bahía. Cuarenta minutos -después fondeaba en ella. Pequeña es, pero está muy bien aprovechada por -los ingleses: su amplio dique, su dársena. Detrás de los muros, echados, -como protectores brazos de piedra sobre el mar, salían las torres y las -chimeneas de los barcos de guerra resguardados ahí. Decíase que algunos -de ellos estaban prisioneros. ¿Correríamos nosotros la misma suerte? En -todo caso aquella visita resultaba interesante. No son hasta ahora -muchos los que pueden jactarse de haberla hecho. Aquel lugar -está--desde hace dos siglos, y no sin cierta mortificación para -España--misteriosamente vigilado por la celosa Albión. - -Estábamos en la bahía, mirando a menos de media milla, todo un lado del -célebre Peñón. El otro lado, el opuesto, es un cantil cortado a pico. -Este no; es una ladera empinada, en cuya falda se agrupa la población y -se tienden los cuarteles y demás departamentos militares. El Peñón, en -masa, semeja vagamente una inmensa y monstruosa fiera asobinada en la -puerta del Mediterráneo. La aguda cima es como la giba de un animal. Y -la giba está erizada de púas horizontales; son cañones, que en la altura -se perfilan como delgadas líneas negras. Casas, muchas, altas, horadadas -por multitud de ventanas, apretadas unas contra otras y subiendo hasta -donde pueden por el declive del promontorio. En la felpa de musgo, -rasgada en diferentes partes por las rocas, se ven extrañas y preciosas -rayas, en zig-zag, muros de cal y canto que parecen, de la cumbre abajo, -dividir predios. Bajo el dorado vaho vespertino se diluye la obscura -cuadrícula de las calles, rota, a veces, por el hueco verde de un -jardín. Todo solitario y silencioso. Produce, vista desde el barco, el -efecto de una ciudad abandonada. La creeríamos desierta si no fuera -porque, de cuando en cuando, suenan apagados toques de clarín. - -Yo pienso en alta voz: - ---¡Qué soledad! - -Y el capitán pasajero que mira junto a mí, responde a mis cavilaciones. - ---Pues no; muy poblado está siempre esto de gente de mar, de soldados, -de familias, todo inglés. Y tan poblado que, el Peñón entero, tiene -extensas horadaciones para dar cabida a cuarteles, depósitos de armas, -galerías... - -En los ojos ha de vérseme la duda, porque el capitán, que es un sobrio -verbal, insiste. - ---Sí, amigo. Fíjese usted--y señala--. Por allí. - ---Es una enorme fortaleza--concluye--. Y como yo, vuelve a hundirse en -la muda contemplación. - -El barco nuestro espera. Después de largo tiempo se desprende de la -orilla un remolcador; llega a nosotros, y vemos subir por la escalera a -un viejo oficial correctamente uniformado de azul, y a otro joven de -grado <g>inferior</g>, con reluciente traje blanco. El sobrecargo sale a -recibirlo. Suben a hablar con el capitán, bajan tras un breve rato con -los «papeles del trasatlántico»; los lleva el oficial vestido de blanco; -se vuelve a tierra en el remolcador. - -Nosotros vemos estos incidentes, aunque sonriendo, un tanto -intranquilos. Pero la curiosidad nos distrae, y la naturaleza que nos -rodea, es bellísima. Se está poniendo el sol de un modo solemne, como -conviene a las circunstancias. Los contornos de la remota cordillera se -destacan limpios, con entonaciones de zafir, en el moaré esplendoroso -del Poniente, que se refleja, empalidecido, en un mar color de perla, -inmóvil como un lago en calma. El espíritu se baña en la diafanidad -rosada de la atmósfera. La naturaleza invita a la paz, pero los hombres -no la ven, no la quieren. - -Alguien se fijó y preguntó: - ---¿Qué es aquéllo? - -A lo lejos, brincaba sobre el haz de las aguas. Era un coleóptero negro, -un enorme y saltador escarabajo. Su vuelo se hizo más rápido, más, y -ascendió, y pasó zumbando sobre nosotros, y se hizo un punto obscuro en -una nube del horizonte. Era un hidroplano que estaba cumpliendo con su -misión de atisbo y espionaje. - -Las horas pasaban; cuatro, cinco, y los papeles no volvían. Habíamos -bajado a comer y habíamos vuelto a cubierta. Una que otra ventana se -encendía en Gibraltar, y palpitaba como una chispa en la sombra. - -A las ocho y media regresaba el remolcador con los oficiales y los -papeles, y el buque, autorizado, tornaba a emprender la marcha -interrumpida. Desde la orilla, de distancia en distancia, movíanse tres -poderosos reflectores que arrojaban, siniestramente, su extensa ráfaga -de plata deslumbrante sobre la tiniebla del cielo y del mar. - -Enfrente bailaban, como fuegos fatuos en la obscuridad, las luces de -Ceuta. - - - - -BARCELONA LA VIEJA - -I - - -Lo sabíamos todos los viajeros, y, sin embargo, teníamos la impaciencia -complicada de temor. Barcelona estaba allí, a diez millas del buque, y -no nos era posible distinguirla. Y era que el horizonte se había -adelantado hacia nosotros, espeso y negro, y rodeaba la embarcación que -se había detenido en el seno de una nube. Un poco de luz lívida nos -hería de soslayo, arriba; y, abajo, en el agua que alcanzábamos a ver, -se iban formando embudos siniestros que crecían y giraban -vertiginosamente. El trasatlántico, crujiendo, empezó a balancearse. Una -lluvia torrencial vaciaba sobre él sus danaidescos toneles. De pronto, -la lluvia se convirtió en pedrea y lapidó el barco con sus blancas -esferillas. El viento se enfureció. El capitán, en el entrepuente, -dirigía las maniobras. Una hora, dos de tempestad, con sus rayos y -relámpagos correspondientes. Este era el telón que nos ocultaba la vista -de Barcelona. Serían las seis de la tarde cuando se abrió un boquete, -como una desgarradura, en la nube tormentosa, y por allí se precipitó -una catarata de luz de sol. Inmediatamente se deshizo el temporal, se -alejó la nublazón, se apaciguaron las aguas, el viento aplacó sus -ferocidades, y el barco pudo continuar serenamente la marcha. Entonces -comenzaron a perfilarse en la niebla azul y dorada los picos del -Monserrat, como agujas góticas semidiluídas en los vahos opalinos de la -tarde. Y cerca, avanzó su cono verdoso el Montjuich, el gigante Alcides -de la oda de Mosén Jacinto: - - que perguardar sa filla del serd costat nascuda - en serra transformantse s’hagués quedat aquí. - -A los pies de la vigilante montaña, la cinta roja del Llobregat, rendía -su tributo al mar. Estábamos por fin, frente a Barcelona. Este era el -término del viaje, y, al entrar en el puerto el «Antonio López», se -halló con un cordón de gentes que lo esperaban a la orilla de los -muelles. Deudos, amigos, conocidos, curiosos, tras los efusivos saludos, -tenían a flor de labio la misma pregunta: - ---¿Y qué se dice en los Estados Unidos de la guerra europea? - -Y así fué como caí en la cuenta del valor que dan por acá a Yanquilandia -en el presente conflicto. Saben hasta dónde este país formidable influye -en la actual situación del mundo. A cada momento cuando lo permite la -sombría tragedia de Verdun, sobre la que están ávidamente puestos todos -los ojos, las cabezas se vuelven hacia el lado de la remota América -sajona. Hay también un enigma allí. - - * * * * * - -Un niño arroja un día una maraña de cabellos sobre un papel. Después, -caprichosamente, va deshaciendo la maraña, hilo por aquí, hilo por allá, -torcido éste, derecho aquél, y a un lado, tan abierta como se puede, -abre una raya, recta, firme, que se prolonga hasta la terminación de la -maraña. Pues bien: ese niño hace, sin quererlo, el plano de la vieja -ciudad de Barcelona; tan intrincadas así son callejas y callejones, tan -irregulares los lineamientos, tan quebrados y absurdos los perfiles y -trazos. Pegada al mar y no obstante obscura, con sus altos muros de -casas viejas, con las piedras milenarias y ennegrecidas de sus fachadas -horadadas por los vanos asimétricamente colocados, con sus calzadas -estrechas, por donde el transeunte va, en algunas partes, temeroso de -abrir los brazos y tocar las paredes de las aceras, con su ambiente -arcaico y feudal, Barcelona muestra los rastros perennes de las épocas y -de las civilizaciones; torres romanas, palacios góticos, bóvedas -ojivales, ventanas morunas, y conserva en su destartalamiento y vetustez -un aire grave y noble que le da majestad y que nos inspira respeto. A -ciertas horas, a la caída de la tarde, durante el obscurecer de uno de -estos inacabables crepúsculos, o bien entrada ya la noche en la -solemnidad del silencio, el viajero que pase por frente al ábside de la -catedral, o visite el claustro de San Pablo, o se detenga en la cerrada -Plaza del Rey, o simplemente vagabundee por este laberinto de calles -angostas, tendrá que sentir un poco de extrañeza al ver cómo la -indumentaria de los transeuntes, y la propia suya, no corresponden a la -fuerza evocativa de los parajes. Hay un evidente anacronismo entre el -vestido y las viviendas, entre las telas y los sillares, entre los -hombres y las cosas. Borceguíes bordados, calzas de seda reluciente, -ropillas de terciopelo enflecado de oro, banda heráldica, espada de puño -repujado, gorra de pluma blanca sostenida por el joyel, como por una -estrella cintillante; capa airosa y amplia, con ondulaciones de manto; -arrogancia en el andar, donosura en el decir, firmeza en la mano -enguantada, serenidad en el barbudo y serio rostro; así pasan, así -debían pasar las gentes por debajo de este retablo, por junto a aquel -contrafuerte, deslizándose por esotra historiada ventanilla, ascendiendo -por aquella empinada escalinata. Rotos escudos de piedra ornan claves de -puertas y pilones de fuente. Arcos pesados unen aquí y allá los muros de -las casas fronteras. El hierro, fiel compañero de la piedra, se envejece -con ella; muchos portones claveteados; allí el gancho de un farol, -acullá la ménsula de una lámpara. Y el aire del mar, que ha atezado -todo con su aliento salino. - -Mas estas fantasías pierden vigor y se deshacen ante la arrolladora -visión de la realidad. Por las callejas medioevales pulula el moderno -pueblo catalán, la anciana gorda y erguida de canasta al brazo y pañuelo -en la cabeza; la mocetona sin manto, ceñuda como un sargento y rolliza -como una mascota; el obrero ampliamente musculado, fuerte de ánimo y -robusto de tórax; la empleadilla pulcra como una damisela, de corpiño -albeante y lustroso peinado; tipos de una exuberancia y una energía -extraordinarias; figuras bien plantadas y fuertes, llenas de confianza -en sí mismas. En ellas, cualquier cosa denota energía: muévense con -seguridad, miran con franqueza, hablan en alta voz. - -Y aquel núcleo viejo de la ciudad, por donde hormiguea un pueblo -laborioso y vigoroso, por donde se abren tantas tiendas, por donde viven -tantas gentes, por donde, para el artista, van y vienen los recuerdos, -de claustro en claustro, de palacio en palacio, de playa en playa, de -iglesia en iglesia; aquel barrio donde se levantan el gótico monumento -de Santa María del Mar y las típicas torres de la Plaza Nueva; aquel -viejo núcleo está incrustado, como una mancha negra multiplicadamente -rayada de blanco, en el gran plano de paralelogramos regulares, de -bloques alineados con admirable precisión, con ideal exactitud; son las -manzanas, las calles, los paseos, los parques del Ensanche; la ciudad -nueva, pulida, elegante, dilatada, por lo que la vieja tiene de exigua, -valetudinaria, apretada y sombría. - -Pero yo he dicho que el niño que con una maraña y un papel trazara, sin -querer, el plano de Barcelona la antigua, tendría que poner de un lado -una raya firme y ancha. Y por esta raya, la que fué capital de -Saletania, la Barcino legendaria, gusta de comunicarse con la hermosura -del Ensanche. Y esta raya que se prolonga está formada por las hermosas -«Ramblas». Hablemos en un rasgo de las «Ramblas». - - - - -BARCELONA - -II - -LA EXTRAVAGANCIA DE LA PIEDRA - - -Las calles, plazas y paseos de Barcelona la nueva, la del Ensanche, no -llaman la atención tan sólo por sus dimensiones, por su arbolado, por la -incesante multiplicidad de sus monumentos y estatuas. No; lo que en esta -grande y flamante ciudad interesa más, llama los ojos y pica la -curiosidad, son los edificios. El genio catalán se ha manifestado en la -arquitectura atrevida, rara, que se le nota está descontenta de las -formas creadas hasta aquí, y busca otras combinaciones, otras líneas, -otra distribución y otro agrupamiento de las masas, algo que no sea ya -la fachada inexpresiva, el vulgar estilo, la ciega obediencia a los -modelos consagrados, la copia de una estampa. - -Crear, hacer belleza en el arte magnífico y sereno de la construcción, -es de una dificultad aterradora. Pero aquí los arquitectos han sido -audaces, y fiados en el vigor de su talento, han obligado a la piedra a -la originalidad, y algunas veces a la extravagancia. Son inquietantes -este modo de mezclar órdenes y estilos, esta persecución de la -asimetría, esta extraña concepción de la forma, esta inarmonía lineal, -estas bruscas apariciones de la ojiva en pleno muro del Renacimiento, -estas reminiscencias románicas en el ornato muzárabe... La más -caprichosa fantasía preside estos sueños de piedra. Todo se encuentra -aquí: torres caladas, arcos que imitan la antigüedad, paredes de -azulejos multicolores; una casa que parece una ermita; otra que finge -una mezquita, y todo ello entonado pintorescamente en este aire de oro -que no deja labrado sin relieve, color sin brillo, línea sin precisión. - -En este sentido, el famoso templo de la Sagrada Familia, sin concluir -aún, y que es la obra gigantesca de un soñador tremendo, es lo que se -llama la última palabra. Mirando el pórtico, entrecruzados los ojos para -abarcar aquel conjunto estrambótico y simbólico, de ángeles, santos, -reptiles, aves, fieras, gárgolas y monstruos, no colocados al capricho, -sino en una deliberada e intencionada composición, y, sin embargo, en -una especie de loco desorden; descifrando, queriendo descifrar, mejor -dicho, desde las dos torres, que son dos colosales colmenas, hasta la -base de las dos columnas fundamentales, que es una tortuga-atlas; -sorprendiendo primores de detalle e incomprensibles complicaciones -recuerda uno del modo más natural la frase del poeta e inmediatamente la -aplica a la contemplación.--Esta es una pesadilla petrificada. Hay en el -arquitecto catalán un irreducible, tal vez, en ocasiones, sumado a un -delirante, pero indudablemente en cantidad y calidad mayores, hay un -artista, un brioso y fuerte artista. - -El arte ha sido siempre distintivo de estas tierras heroicas. Allí está -Barcelona la vieja, que frente a esta espléndida del «Ensanche» puede, -entre el laberinto de callejuelas, alzar sus monumentos patinados por -los siglos y venerados por la historia. - -Barcelona es la productora, por excelencia, de libros. Es un centro -editorial de primera importancia. Hay que ver la cantidad de hojas -volantes, de folletos, de revistas, derramadas a los cuatro vientos, en -tan incesantes vuelos, que no parece sino que el aire mismo se vuelve, a -ratos, papel impreso. - -Si los impresores trabajan, los albañiles no están ociosos. Aquí se -hacen, sin cesar, libros y edificios. Aquí no se puede repetir la -sentencia de Claudio Frollo: «Esto matará aquéllo.» - - - - -BARCELONA SE DIVIERTE - -III - - -No tengas miedo aquí, campesino bonachón y crédulo, de que a estas -horas, las once de la noche, en alguna de estas encrucijadas, el alma en -pena de Berenguer el Fratricida se nos aparezca y nos amedrente. Ya no -hay fantasmas, no hay más que malhechores, como en toda gran capital. -Esta es la tierra de los «timos», y es a los timadores a quienes debes -temer, no a las sombras. ¿Ves conversar a la luz de aquel mechero -verdoso a tres caballeros de bombín flamante y bien cortada americana? -Uno, ¿lo ves cómo ha llevado la mano a la boca para detener en ella un -fragante veguero, y en esa mano brilla el ojo resplandeciente de un -diamante que alumbra, con ser tan pequeño, más que el farol de la calle? -Lo puedes notar. También otro de ellos lleva clavada una estrella en el -nudo de la corbata. Y el tercero muestra orgullosamente una cartera de -piel adobada, que revienta de billetes de Banco. A éstos sí debes -temerles, y no a endriagos y aparecidos. Pasemos lo más lejos posible. -Porque pudieran muy bien acercarse a nosotros, entablar conversación y -hacerse nuestros amigos; si eso sucediera, mira que podríamos caer en -cualquiera de estos garlitos: el de la «herencia», el del «portugués», -el del «casamiento»; y tus ahorros, esos que llevas cosidos en el -bolsillo de la chaqueta, y ni a Dios enseñas, pasarían a las manos de -los timadores por un limpio acto de prestidigitación; te lo aseguro. - -Fuiste ya a oir en Novedades a la Compañía de María Guerrero, quien -parece no sentirse vencida de la edad, como la espada de D. Francisco de -Quevedo; ya te deleitaste con la música de _Maruxa_, y te divertiste con -la vacuidad del género chico; ya te asomaste al teatro catalán, en una -velada al aire libre, en las Arenas de Barcelona, donde tres o cuatro -millares de obreros ocupan las gradas del extenso anfiteatro. Viste -desarrollarse en el rústico tablado la fábula de Daudet, la famosa -«Arlesiana», comentada y subrayada por la pintoresca y cordial música de -Bizet. Hastiado estás del cinematógrafo y de sus dramas espeluznantes; -no alcanzaste la temporada orfeónica, y te has contentado con visitar el -palacio del célebre coro catalán, en cuya arquitectura, de gusto -discutible y de indescriptible originalidad, hay una maravilla de arte: -el grupo escultórico de Blay. - -Mas aún nos queda por conocer una de las diversiones típicas de -Barcelona: los cafés cantantes. Sé lo que vas a decirme: el café -cantante es una de las más viejas perversiones europeas y americanas. -Pero es que aquí adquiere una peculiaridad que, por ahora, lo distingue -de los otros, de los de París, de los de Madrid. Ya verás. - -Del monumento a Colón al llamado Paralelo, no hay más que un paso. Si se -diera otro más se llegaría al Montjuich. Pero no es necesario. En esta -amplísima calle, por donde incesantemente van y vienen tranvías, hay -luces en las fachadas, anuncios eléctricos, focos de colores, llamativas -iluminaciones que se extienden por ambos lados, hasta perderse en la -obscuridad de la noche. Son los cafés cantantes unos diez, cien, quizá -doscientos, muchos, que ofrecen la impresión de lo inacabable. Están -funcionando todos desde las cinco o seis de la tarde. Su aspecto y su -construcción nada tienen de particular: una sala de espectáculos, con -sus bancas en fila, como en un teatro, y en cuyos respectivos respaldos -una tabla pulida sirve de mesa a los concurrentes posteriores; una o dos -series de palcos, llenos de mujeres livianas y de tenorios callejeros; y -abajo y arriba, y por todas partes, desenfado licencioso. Este pueblo no -se embriaga, de modo que la copa de cognac, o de anís o de Bacardí (como -en La Habana impera el nombre y también el anuncio de luz), son un -pretexto para tomar asiento. Hay más vasos de café que de vino o -cerveza. Y más, muchos más que los vasos y que los concurrentes, hay -cupletistas. - -Para cada teatrillo de estos, pasan, noche a noche, treinta o cuarenta -mujeres, vestidas al capricho, semidesnudas las más, y otras, que muy -poco tienen que hacer para desnudarse en el tabladillo iluminado «a -giorno». Sedas, rasos, gasas, lentejuelas, que se agitan y deslumbran -sobre las carnes pintadas de estas artistas ínfimas. Las hay catalanas, -italianas, francesas y andaluzas. Las coplas pícaras, las canciones de -moda que chorrean malicia, los retruécanos indecentes, las alusiones -pornográficas, están acentuadas y completadas por el gesto y la música, -que son de un naturalismo despampanante. - -La chulería madrileña y la gitanería sevillana triunfan en estos diarios -concursos de la gracia malévola. Porque hay, indudablemente, gracia en -la letra, en la música y en la interpretación de estos cantos, que, -aunque caricaturescos, reproducen en su forma perversa, la vida popular. -A veces, por entre los temas canallescamente amorosos, se desliza alguno -de franco sabor romántico y de libre opinión política. Los hay también -socialistas y dramáticos, rencorosos, apasionados, llenos de protestas y -amenazas. - -Mal disfrazada y peor comprendida, cruza todas las noches por aquí la -«rumba» cubana. - -El baile se entrevera con el canto. Las castañuelas, hábilmente tocadas -por las bailarinas, marcan el ritmo sensual de jotas y sevillanas. Las -muchachas se descoyuntan en violentas actitudes, que sirven muchas veces -para obligar a las faldas a que dejen de cumplir con su deber. Son los -mismos viejos bailes de que nos hablan las crónicas del siglo XVII: el -«gateado», el «zapateado», el «escarramán», revividos de un modo -singular, en una plástica vigorosa y nueva, en una visión modernista de -lo más interesante y característico. - -En el tablado radiante, entran y salen mujeres provocativas, gordas como -cacharros de vino, espigadas como caña de manzanilla; magras unas, -amplias las otras, blancas y morenas, hermosas y feas, cada una con su -desvergüenza, con su desenfado, con su tentación a luz de mirada y con -su sonrisa a flor de labio. El quinteto de músicos, fatigado, ronronea -abajo. Los mozos del café van y vienen con las charolas llenas de vasos. -Y... en el salón, los espectadores, de cuando en cuando, juntan sus -manos para producir un desmayado aplauso. El público de los cafés -cantantes muestra más indiferencia que deseo, más hastío que -sensualidad. No se embriaga con vino; pero tampoco con entusiasmo. - ---¿A qué van entonces allí?--preguntas tú, campesino candoroso, que -probablemente sientes delante de estas muchachas bailarinas lo que -Herodes delante de Salomé. - ---Pues a matar el tiempo, a atemperarse el fastidio, a encanallarse -mejor que a divertirse, y a procurar encender en un grosero incentivo su -fatigada imaginación. - -Claro que por aquí andan los rubicundos alemanes, los franceses de cara -ingenua, las _cocottes_ de las Ramblas, y de seguro que también la -andante apachería se habrá diseminado por los cafés cantantes del -Paralelo y de la calle del Conde del Asalto. Son muchos y grandes estos -teatros típicos, y todos ellos llaman con sus anuncios luminosos. Pero -no son estas diversiones sólo para extranjeros pervertidos. El pueblo -catalán asiste a ellas, y en ellas domina. Suyas son y han entrado en -sus costumbres. Hay aquí una domadora de voluntades: la cupletista. - -A este barrio viene la espuma que forma el flujo y reflujo de la vida en -plenitud, rica de ansias nuevas. En el Café Español, el de los obreros, -vasto como una catedral, iluminado como un palacio, hay millares de -mesas pequeñas, en torno de las cuales se aprietan las familias, la -mujer, los hijos, los hermanos. Hay blusas azules, manos gruesas, pipas -humeantes, francas risas y rumor de conversación por todas partes. Junto -al enfermizo espectáculo, vive la reunión saludable; entre la maldad -alborotadora, se abre paso la honradez tranquila. - -Pero, ¿qué te sucede, campesino? Te has detenido frente a un café -cantante; entras en el vestíbulo, espías. Un ruido metálico, un -_tín-tín_ argentino te llama la atención; te fijas hacia un lado. En el -fondo, alrededor de una mesa de tapete verde, se inclina, en un -espectante silencio, una multitud de hombres y mujeres. ¿Una sala de -juego? Sí, precisamente eso. El café cantante es tal vez el pretexto. Y -no hay, tal vez, uno que no tenga al lado, devoradora y pérfida, una -mesa verde. Birján aprovecha las redes que Venus tiende a los cándidos. - -Así, al comenzar el verano, cerrado el Liceo, mudo el orfeón, desganada -la zarzuela, con el pie en estribo la comedia, se divierte la ciudad -laboriosa y monumental, que gusta de morder por la noche la agria -manzana del pecado. - - - - -EN BARCELONA - -I - -ALIADÓFILOS Y GERMANÓFILOS -FIESTAS DE NIÑOS Y FLORES - - -Mientras voy subiendo por la empinada calle que conduce al Parque Güell, -me entretengo en oír conversaciones en español, que lo que es de las -otras, de las catalanas, no percibo sino palabras sueltas. Leo el -lemosín, pero no lo oigo; y en esta ciudad son escasos los momentos en -que se habla castellano. Pero alguna vez, el hijo de esta tierra tiene -que comunicarse con sus compatriotas, con el montañés, con el gallego, -con el vasco, y entonces recurre al idioma común, no sin hacer para ello -un visible esfuerzo, porque está siempre bien hallado su pensamiento con -la expresión vernácula. - -Y, en esta tarde de domingo, somos muchos los que vamos al Parque Güell -a ver una «fiesta de niños y flores». Naturalmente que los obreros, -vestidos como cualquier burgués elegante, no faltan. Estas excursiones -al campo son el recreo de los días de fiesta. El pueblo sale de la -ciudad y se va a la montaña, como el «Zaratustra» de Nietzsche. - -Y entre los paseantes, los hay de distintas regiones de España. Por eso -se oye el castellano, y por eso puedo entretenerme en escuchar algunas -conversaciones. Todas son sobre la guerra, sobre el último combate naval -del mar del Norte. Hay en esas conversaciones asombro, pero también -pasión. Germanófilos y aliadófilos discuten con tibio acaloramiento, que -denota que están enfrenados los ímpetus. En Barcelona, el germanofilismo -es abundante. En los cafés, en los teatros, en las plazas, en los -paseos, me he dado cuenta de esa abundancia. Sin embargo, los -partidarios de los aliados no son pocos, y si pueden vencerles sus -contrarios en cantidad, difícilmente en calidad pueden ganarles. He -notado, y es esta una observación que no he podido comprobar, porque -para eso necesitaría vivir aquí largo tiempo, he notado, repito, que, en -general, las clases intelectuales son aquí decididamente aliadófilas, en -tanto que las no intelectuales son decididamente germanófilas. Un -comerciante, por ejemplo, se pone a conversar de la guerra con un -doctor, y las tendencias contrarias aparecen a poco andar; el -comerciante muestra sus simpatías, más fervorosas que reflexivas, por -los imperios centrales; el doctor enseña su criterio, frecuentemente -razonado y favorable a Francia, Inglaterra, Italia y Rusia. - -Y en esta vez, en esta tarde de domingo, he logrado recoger algunos -juicios y reflexiones. - -Tres sujetos vienen junto a mí hablando de la guerra. Dos, son -admiradores de Alemania, y uno, de Francia e Inglaterra. Se discute la -entrada en Cartagena del submarino teutón. Y de repente, en medio de la -caldeada conversación, cae un frío vocablo: neutralidad. Y el buen -sentido de esta gente se pone de acuerdo en un punto esencial de la vida -política española. Y aparecen las razones serenas, ponderadas, exactas, -en favor de una noble y completa abstención de este país, en la locura -infernal de la guerra. Es el papel que, según estos hombres, toca -representar generosamente a España. Y por entre la malla de las -lucubraciones, viene rodando, en vuelo alegre, la peseta, la favorecida -precisamente por la actitud de prudencia y tacto de la nación española; -la peseta, la que, como David a Goliat, ha vencido al «dólar». - -Escucho y sonrío. Recuerdo que estoy en la tierra de Cervantes, y que el -buen Alonso Quijada concedía, de cuando en cuando, la razón a las -irrefutables llanezas de Sancho. - - -II - -FIESTA DE NIÑOS Y FLORES - -En uno de los primeros escalones de la montaña está el jardín. La -entrada es majestuosa, como de peristilo helénico. Detrás de la galería -de columnas, una inmensa planicie se extiende dentro de un círculo -colosal de lustrosas bancas de porcelana. Arriba de la planicie, una -balconada rústica. Y más arriba, la montaña, que sigue trepando, -cubierta de manchas de hierba, de picos de roca, de felpa de musgo, de -copas de árboles, de lindas casas blancas. Interminables hilos de gente -suben y bajan por las escalerillas de piedra, se estacionan debajo del -ramaje, se asoman por los balcones rústicos, escogen su sitio entre los -musgos, se rompen, se atan, se desmenuzan, pintorescamente matizadas -por los trajes claros y obscuros de las mujeres, por la invertida corola -de las sombrillas, por las plumas y adornos de los sombreros femeninos. -Es una invasión de colores sobre un fondo de verde fulgurante. La tarde -está prodigiosamente diáfana. - -En pie, reclinado en el respaldo de porcelana de una banca, vuelto de -espaldas a la montaña, miro tenderse, abajo, hasta el mar, la fastuosa -urbe catalana. Es estupendo el panorama. Yo había podido disfrutar de él -desde más arriba, desde el Tibidabo. Pero allá es más impreciso, por más -lejano, y se ve como a través de un pálido y nacarino celaje. Aquí no; -aquí se distinguen, como en un dibujo finamente trazado, los bloques -rectangulares de las casas, la cuadrícula de las avenidas, las paralelas -de árboles de los paseos, los polígonos de las plazas, las agujas, las -colmenas, las chimeneas, la ciudad entera, que se derrama en suave -declive, vastísima, hermosísima, hasta tropezar con la franja pulida, de -azul luminoso, del Mediterráneo. El espectáculo asombra y conmueve. -Produce un principio de éxtasis. Lo contemplamos y sentimos en los ojos -humedad de lágrimas y recónditas y misteriosas ternuras en el corazón. - - * * * * * - -Mas es preciso asistir a la fiesta de los niños y de las flores, y -volver, por lo mismo, la cara a la montaña. - -Ya están preparados los chicos. En seis o siete filas, uniformados, en -trajecillos de campesino catalán, con su camisa albeante y su encendida -barretina, esperan, en mutismo escolar, la indicación del maestro que, -frente a ellos, los capitanea y dirige. A la altura de los balcones -montañeses se corre de pronto una cortina colorada y aparece, hecho con -flores amarillas y rojas, un escudo de grandes dimensiones. Es el -símbolo sagrado de la patria. Los niños rompen a cantar. Cantan -afinadamente, orfeones de frase simple, pero amplia y emotiva. Las -vocecitas, que todavía conservan algo del trino angélico de los primeros -balbuceos, se armonizan en un conjunto que tiene algo de coral -religioso. Y hay que ver en aquellas caritas sonrosadas, la alegría de -cantar. - -El orfeón infantil recibe un poderoso refuerzo de voces femeninas. Las -chiquillas, como bandadas de mariposas blancas, llegan y se enfilan -detrás de los muchachos. Recomienza el coro. Son centenares de niños los -que cantan; millares son los que escuchan, en la planada alrededor de la -montaña, en las bancas, en los prados, escondidos detrás de las ramas en -flor, asomados a los balcones rústicos; por todos los lugares, en todas -las clases, atentos a su fiesta, a la que ha venido media Barcelona a -acompañarlos, a estimularlos, a aplaudirlos. - -A cada instante suenan, en efecto, los aplausos. Las ovaciones -maternales se suceden. Las flores se deshacen sobre el orfeón, en lluvia -de pétalos. Y después de los orfeones de los pequeños, vienen los de los -grandes, los de los barbudos hombres, que tienen también la voz dulce y -la mirada candorosa. Este pueblo se ha acostumbrado a reunirse para -cantar, y sabe bien que así, sintiéndose cerca el corazón, se comprende -y se unifica mejor el ideal colectivo. - -Y tras los orfeones viene el baile regional: la Sardana. Suena en la -orquesta, bañándose en llanto, la flauta pastoril. El tambor agreste -marca, sordamente, el ritmo. Los demás instrumentos--el violín, el -clarín, el contrabajo--sirven para empastar y colorear los sonidos. - -Y se forma un primer círculo de muchachos y muchachas, una rueda de -bailarines, unidos por las manos, como las coronas griegas. Y en esta -actitud empieza, acompasado y tranquilo, el movimiento. Levantados, a la -altura de la cabeza, brazos y manos, el cuerpo rígido, la mirada fija en -el centro del círculo, los pies ejecutando una cadenciosa gimnasia, -adelantándose el uno al otro, permanecen mozos y mozas, sin hablarse, -sin mirarse casi, media hora, una hora, en una casta somnolencia que -sigue el compás, monótono y tristón de la Sardana. Es un baile -primitivo, arcádico, que huele a retama. No tiene un solo impulso de -voluptuosidad; no enciende una sola chispa lasciva en estos ojos de -veinte años. No es el pecado que se disfraza de regocijo; es la -inocencia que siente la alegría de vivir... - -La tarde, contagiada de candor, entrecierra los ojos con una melancolía -bucólica. Niños, flores, bailes campestres, himnos patrióticos, quedan -envueltos en una semiobscuridad de ágata. La fiesta se va apagando, -desvaneciendo, con una fatiga serena y pura, como la de un infante que -se cansara de jugar. - -Y mientras, de vuelta, voy bajando por la empinada calle, en el silencio -apacible de las cosas y el rumoroso bullicio de las gentes, pienso que -esta es la verdadera Barcelona noble y honrada, que está empollando -cuidadosamente sus destinos futuros; no la Barcelona del Paralelo, de -los cafés cantantes, de la «cocotte» y del «apache», del timador y del -tahur. - -La llaga no indica el envenenamiento del organismo. Es exclusivamente -una enfermedad de la piel... - - - - -EN MADRID - -I - -LA GUERRA Y LA POLÍTICA, -EN LAS MESAS DE CAFÉ - - -En verano, el famoso sol de España, hace de Madrid una caldera -hirviente, que, como en la de las brujas de los cuentos, huele a carne -humana. Porque este sol podrá ser menos claro que el de Cuba; pero, en -este tiempo, no es menos ardoroso. Las mañanas queman, las tardes -achicharran. Dícese que el principio del día es de una tibieza -agradable. Es posible; pero muy pocos, de seguro, gozan, en pie y -despiertos, de estas horas tibias.--El que no se levanta con el sol, no -goza del día--dijo hace más de tres siglos un vecino de Madrid, el -ingenioso hidalgo Miguel de Cervantes Saavedra. Probablemente, la -sentencia lleva escondido un reproche, y aparejado un consejo.--¡No os -levantéis tarde, perezosos!--parece decir el pensamiento a los -habitantes de la villa y corte. Mas las gentes suelen no hacer caso de -las observaciones de los genios, ni de los preceptos de la higiene, -cuando ésta o aquéllos contrarían los gustos sociales. - -Y así es como los vecinos de Madrid, en su inmensa mayoría, siguen, a -pesar del apotegma cervantino, levantándose tarde, sin disfrutar, por lo -mismo, de las alegrías mañaneras. Pero no sucede eso sin ton ni son; -largas explicaciones podrían darse para justificar la inveterada -costumbre. Y la primera de todas ellas es, sin duda, la de que aquí las -noches son deliciosas, oreadas por un vientecillo sutil, que se bebe -como cualquiera de los mejores refrescos del Salón del Prado o de -Telégrafos. Ya el alcalde Crespo se lo decía al capitán Don Lope de -Figueroa, en solemne momento de la comedia calderoniana: que la -recompensa que en Castilla tienen los días de agosto, son sus noches. - -El madrileño no quiere, y con razón, perder un instante de esos -plácidos, azules, serenos, reconfortantes, durante los cuales la vida y -la naturaleza se acarician como dos enamorados. Para sentir la fruición -de la frescura nocturna, el pueblo de la metrópoli española comete el -crimen de Lady Macbeth: mata al sueño. Y tomando al revés la -prescripción del autor del _Quijote_, no se levanta con el día, sino que -se acuesta, precisamente, cuando «la rosada aurora abre con sus dedos de -nácar las cortinas del Oriente». - -A las diez de la noche, las casas están vacías, y los cafés, y los -jardines, y los teatros, llenos. No es éste el Madrid elegante, ni el -bien acomodado. Esos se han marchado a veranear, a las playas, a las -montañas, a los campos, para evadirse a las divinas sofocaciones de la -cortesana ciudad. Veranear entra en el programa de cualquier hijo de -vecino... madrileño. Es más una necesidad social que higiénica. Hoy por -hoy, el noble y el burgués, el comerciante y el empleadillo almibarado, -han salido de aquí para poder escribir a sus amigos desde algún sitio -conocido, participándoles que ellos son de las personas que veranean. Es -de mal gusto dejarse ver por las calles de la villa durante los meses -de julio y agosto. Se pierde el tono. Y hay quien asegura que también se -pierde un poco la reputación. - -En Madrid no queda sino lo genuino, lo popular, lo pobre, lo inamovible. -Deja la ciudad su aspecto de linajuda elegancia, sus palaciegas -recepciones, sus fiestas rutilantes, sus regocijos deportivos, el -magnífico y extranjero bullicio por hoteles y vías, el desfile -interminable de sus blasonados carruajes, y queda cuanto de típico posee -la risueña y fácil metrópoli: el Madrid de la alegría sin dinero, de la -algazara sin causa, del chiste sin aliño, de la confianza sin -reticencias; el Madrid zumbón, epigramático, dicharachero, henchido de -frivolidad simpática y de adorable «quemeimportismo». En los barrios, -aceras y calzadas son estrados. En el centro, la tertulia de los cafés -se hace más animada e íntima. - -Como todo el mundo (a la tierra a que fueres, haz lo que vieres), yo he -escogido mi café, y en él mi lugar. Es un sitio que me permite ver la -procesión de muchachas que invade noche a noche la calle de Alcalá. La -mujer madrileña es garbosa, graciosa, gallarda; mucha audacia en la -mirada, mucha franqueza en la sonrisa; mucha acompasada agilidad en los -movimientos. El matiz blanco domina en ellas, y hace contraste con el -cabello y los ojos de negrura resplandeciente. Las dos extremidades -ocupan y preocupan a la mujer madrileña: el peinado, que es una obra de -arte, y el calzado, que muestra un cuidadoso atildamiento. Lo demás--la -falda modesta o rica, el busto ceñido o suelto--sabe llevarlo la -madrileña con sobria y natural arrogancia. Fuerte es y atractiva esta -figura bien plantada de mujer española. Su juventud tiene fragancias y -tersuras de flor. Lo penoso es que estos floridos y espigados veinte -años naufraguen, rápidamente, en una deformadora onda de grasa. Esta -tendencia a la obesidad es la enemiga de la belleza madrileña. Yo veo -pasar a cada momento mujeres gordas, excesivas, rechinantes, cuya -madurez se ha precipitado antes de tiempo, porque conservan todavía en -sus facciones, en las pupilas, un fulgor juvenil. - -En jamona prematura no siempre desaparecen los rasgos de una angélica -pubertad. Salud es la de este tipo, salud hermosa y pomposa; mas lo que -gana la fortaleza, lo pierde la plástica. - -Viendo pasar tanto cuerpo grueso, tanto exuberante torso, me he -preguntado si aquella multiplicada vastedad que, tan en breve modifica -la belleza de las madrileñas, tendrá por causa la alimentación, el -sedentarismo o la apatía. Un poco de esto le sucede también a la criolla -cubana. ¿Por qué? - - * * * * * - -El café, que se enfría en las tazas sobre la mesilla rodeada de -parroquianos, importa poco, es un pretexto; lo que importa de verdad, y -es lo fundamental, es la conversación, la charla incesante, la -palabrería, la intimidad, el intercambio verbal que no cesa, y que hace, -no como el beso de Rostand, un ruido de abeja, sino un zumbido de -colmenas locas. Son numerosos y varios los establecimientos que desde la -Puerta del Sol se tienden y extienden a lo largo de la amplísima calle -de Alcalá, ocupan la de Sevilla, siguen por la del Príncipe, dan vuelta -por la plaza de Santa Ana; a pequeños saltos invaden la calle de -Atocha, vuelven a la de Carretas, y corren, corren, por todos lados, en -todas direcciones; se abren paso en los arbolados de los jardines, -buscan refugio en el pórtico de los teatros, se alejan hacia los barrios -bajos, llegan a la Moncloa, sientan sus reales en el Parque del Oeste... -Si se viese a Madrid desde lo alto, a ojo de pájaro, se distinguiría una -compacta y radiante Vía Láctea; las luces de sus cafés, de sus -restaurantes, de sus tabernas. En ellos, a decir verdad, hay poco -modernismo; al contrario, muchos conservan un aire arcaico, un -abrumamiento de ancianidad que impresiona; bancas, espejos, candiles, -gentes, parecen retrasados y se nos figuran, por un instante, -evocaciones de épocas pasadas, reflejos románticos, fantasmagorías de -antaño. - -Las conversaciones de café tienen frecuentemente dos temas esenciales: -la política, la guerra. La conversación sobre política es generalmente -turbia, apasionada, interesante e interesada. La facultad de la raza de -expresar con inaprendida elocuencia, y de vestir con abundancia retórica -la idea más insignificante, se muestra en estos paliques que, a ratos, -toman las proporciones y las entonaciones de un debate parlamentario. -Yo no creo que esto sea verdaderamente pensar en la política, sino -verbalizar la política. El afán oratorio cubre y borra observaciones y -reflexiones, y es a modo de corriente impetuosa que se desborda del -cauce del juicio e inunda las comarcas de la razón. Estas agitadas -inundaciones de los vocablos, ¿serán como las del Nilo, provechosas y -fecundas? Pienso que podrían ser a condición de que, trayendo los -deslaves de un alto ideal, bajaran a las llanuras periódicamente, no -incesantemente, como suelen venir desde los cafés hasta las tribunas del -Congreso. - -El hecho es que la política es un asunto inacabable para la mesa de un -café, y que sólo tiene otro ideal que lo sobrepuje, y, por determinadas -horas, lo venza: el asunto de la guerra. La guerra no presenta los -matices variados de la política, no es sino de dos colores, de dos -matices, de dos simpatías: germanos y aliados. - -Junto a mí, noche a noche, se instalan varios grupos discutidores de la -guerra. Domina en ellos el germanofilismo, en cuanto al número, no en -cuanto a la claridad de los conceptos. Durante esas charlas -deshilachadas he oído disparates sociológicos y tácticos, geográficos y -estratégicos, civiles y militares, podría decirse; pero a la vez he -sentido la bravura, la fe con que cada individuo defiende su causa, como -si se tratase de algo inmediato e íntimo, de importancia suprema para la -vida personal. La pasión española es de una generosa tenacidad. Y es lo -que el germanófilo de Madrid muestra por encima de cualquier -razonamiento que se le oponga: la pasión. Yo noto que no es precisamente -amor al alemán el que sostiene sus simpatías en esta guerra; es aversión -al inglés. Un viejecillo, que es un vibrante manojo de nervios, ha -dicho, golpeando con su mano sarmentosa la orilla de la mesa: - ---...porque allí donde veo un inglés, veo a un enemigo. - -Los aliadófilos, aparentando mayor serenidad, enseñan más justeza de -ideas, encadenamiento de coordinación más completos en sus juicios y -observaciones, y cierta inclinación al trascendentalismo, que convierte -sus razones en doctrinas de orden más elevado y humano. Un partidario -de los aliados hacía la siguiente observación: - ---Los españoles no podemos ni debemos admitir el concepto de Estado, en -que se funda el imperio teutón. Un Estado, al que se debe obediencia -ciega, que se adueña de todas las voluntades, sin ristricción, ni -límite, que manda y dispone a su guisa del ciudadano, que constituye una -suprema entidad moral que ha de regir, con arbitrio inapelable, la -conciencia individual; que no permite la libertad ni el albedrío; un -Estado que se cierra en dogmas, que se manifiesta en opresión, que se -revela en fuerza tiránica; un Estado intangible, inviolable, -irrefutable, como la divinidad, y que hace de la existencia humana un -instrumento inespiritual, no puede ser nunca aspiración y propósito en -nuestras almas, ni admiración en nuestros entusiasmos. Porque con ese -sistema se logrará formar un pueblo disciplinado, rígido, homogéneo, -como un bloque de granito; pero no un pueblo espontáneo, eficaz, libre, -más grande que el otro, puesto que la libertad es el resumen de todos -los fines del espíritu, de todas las ideas humanas, como dice un -germano, Fleinrich Mann. La guerra actual es la lucha de estos dos -contrarios esfuerzos. Nuestra historia nos impide estar de aquel lado, -en la simpatía y en la aspiración. - -Lo difícil es percatarse del final de estas controversias, en las que, -poco después del principio, hablan todos al mismo tiempo y en un -creciente arrebato. - -De estos laberintos oratorios suelen subir los que tan desaforadamente -despotrican, cuando, de improviso, cae sobre la mesa, llevado por -alguien, en una pregunta, en una alusión, en una impresión rápida, el -asunto ambiente, el popular, el que atrae, como llama a la mariposa, a -todo madrileño bien nacido: la última corrida de toros. - -Allí sí que, bruscamente, se detiene la máquina política, sociológica, -filosófica; y el problema de la guerra, sin empequeñecerse, como que se -esfuma y desvanece a semejanza de un celaje, y la discusión, sin perder -bríos ni ardores, tuerce el rumbo, y entra de lleno en el arte de la -tauromaquia, en el que los madrileños sacan a luz su vieja y -justificadamente célebre sabiduría. Los tecnicismos, las explicaciones, -los análisis de las «suertes», el estudio de las habilidades, -sustituyen con ventaja, por la expresión pintoresca e impregnada de -gracejo, al comentario sano y vivaz, y a la elocuencia encopetada y -tribunicia. - -Porque si en Barcelona la cupletista es reina, en Madrid el torero es -dios. Un diestro, un maestro, como aquí se dice, es un ser glorioso por -excelencia, y glorificado por costumbre. Donde él llega, cualquiera otra -celebridad palidece; cualquier otro mérito es olvidado. - -La calle de Sevilla, la calle de los cafés de toreros, se ve a todas -horas concurridísima de gente del pueblo, que se detiene a contemplar la -figura de éste o aquél maestro, del cual las revistas hacen elogios -hiperbólicos en prosa y verso, por la «faena monumental» y el exquisito -premio de la oreja. Pero esto, señores, merece capítulo aparte. - - -II - -LA HUELGA, LA GUERRA -Y EL PUEBLO ESPAÑOL - - -Cierta mañana, Madrid amaneció bajo la influencia de una nerviosa -curiosidad. Desde las primeras horas del día, con todos los requisitos -civiles y militares, habíase pegado en las esquinas de las calles, al -lado de los anuncios de teatros y de los carteles de toros, el bando que -declaraba la plaza y provincia de Madrid en estado de guerra. - -A pesar de lo caluroso de las horas, de la rabia cegadora del sol, la -gente se apiñaba por todas partes para leer y quizás para desentrañar el -enérgico documento firmado por el Capitán general, y que no mostraba, -por cierto, ni más ni menos que los otros del mismo género, fijados, -tiempo atrás y por circunstancias diversas, en los mismos lugares. A la -cabeza de las apretadas líneas tipográficas, que contenían los artículos -excepcionales, severos, distinguíase, desde lejos, el renglón de gruesos -caracteres, cuya frase imperativa y seca tenía no sé qué arrogancia de -voz militar: «Ordeno y mando.» - -De acuerdo con esa ley extrema, quedaban prohibidos los grupos numerosos -en la vía pública; quedaba establecida la censura para la Prensa; -quedaba asimismo establecida la pena de muerte para todo acto sospechoso -de sedición, de desobediencia y de violencia. El bando imponía, si no la -inacción civil, por lo menos la acción quebrantada y vigilada por la -autoridad; y además, imponía también a la Prensa, si no el silencio -absoluto, la expresión mutilada o moderada por la censura. - -¿Qué era, pues, lo que estaba pasando, para exigir de un pueblo tan -inquieto y verboso por naturaleza, el sacrificio del reposo y del -mutismo? Pues sucedía una cosa muy común en la existencia de los -pueblos modernos: sucedía que se había declarado una huelga, y que ésta -obligaba, más que el bando, y con mayor amplitud que él, a la brusca -paralización, al detenimiento rápido de las comunicaciones en toda -España. A este paro, anunciado ya con anticipación, se le llamó la -huelga de los ferroviarios. La intención, como muy bien se comprende, -era la de privar a la nación de este indispensable servicio, hasta que -las Compañías ferrocarrileras accediesen a las exigencias de aumento de -jornal y otras prerrogativas impuestas por los trabajadores y empleados. - -Venía la nube cargada de amenazas. El Gobierno, que vió el peligro, se -dispuso a conjurarlo, y apeló a recursos comprobadamente eficaces. Mandó -que soldados de los regimientos de ingenieros militares, hiciesen, -íntegro, el servicio de todas las líneas, y cuidasen las estaciones; -encarceló a los que creyó perniciosos agitadores; enseñó a los obreros -los dientes, en un gesto de intimidación, y se propuso intervenir entre -éstos y las Compañías para resolver el conflicto. La verdad es que el -servicio, aunque irregular y defectuoso, no dejó de hacerse; que los -militares tuvieron un buen comportamiento, y que, de ése modo, quedó -bastante frustrada la huelga de los ferroviarios. - - * * * * * - -La gente que leyó el bando, que se percató de la censura, que notó las -reticencias y dificultades de la Prensa para transmitir las noticias, -comenzó, como sucede siempre, a tejer en el «canevá» de la imaginación, -los arabescos de la hipérbole y el absurdo. En corrillos de café y -paliques de restaurante, de mesa a mesa, corrían las más exageradas -historias; hablábase de resistencias armadas, de luchas entre obreros y -soldados, de muertos... - -Las conversaciones _sotto voce_, en estos casos, revisten un carácter -alarmante que es de lo más entretenido. Es muy curioso oir cómo de boca -en boca la exageración abulta y adorna los hechos, y con un grano de -realidad hace una montaña de fantasía. Cada quién clava un nuevo -incidente a los sucesos que se comentan. Estas charlas que he escuchado, -con motivo de la huelga ferroviaria, son de lo más pintoresco y -divertido que pueda darse. El español que narra episodios de interés -general entra en competencia con las personas con quienes despotrica; y -siente, a par de ellas, un estímulo de fantasear que lo lleva -frecuentemente demasiado lejos. Trata de sobrepujarse, de causar una -impresión cada vez más profunda, y que a él mismo lo agite con su propia -palabra. El afán de elevar lo insignificante a la altura de lo -extraordinario, lo excita como una bebida que lo embriagase. - -Esto, que suele ser tan característico de los países latinos, se acentúa -en determinados momentos, cuando se presenta una cuestión de interés -colectivo, un asunto de gravedad social. Entonces se deforma la -fisonomía de la realidad para hacer de ella una apasionante y dramática -caricatura. Entonces, el escepticismo y el pesimismo, con sus brochas -sombrías, pintan los telones de la vida. - -En tales ocasiones, el español, que es un espontáneo orador, se complica -de novelista, y su elocuencia corre parejas con su inventiva. Pone, -además, una lógica sutil que de inferencia en inferencia, lo lleva a las -más imprevistas conclusiones. - -Mas en todos estos castillos en el aire pone un aliento, una fuerza de -corazón verdaderamente conmovedores. El español gusta de juzgarse con -una acritud exagerada y molesta. Hincha sus defectos, niega sus -virtudes, y ve en los extraños una superioridad que no existe tal vez. - -Pero esta actitud antiegoísta, este criterio falseado por excesivo, este -«voto en contra», esta inclinación a mortificarse y herirse el amor -propio, me parece que no son más que manifestaciones de un deseo -nobilísimo de buscar precisamente en el excitante del golpe y el -castigo, la reacción favorable y benéfica de una voluntad nacional, que, -medio amodorrada y perezosa, debe recobrar, porque ha llegado el -instante, su actividad y su energía. Algo del «flagelante» hay en este -brusco procedimiento. - -El español siente acaso que han ido aflojándose en el espíritu de la -raza los resortes del brío que en otro tiempo la empujaron en todas -direcciones a difundirse en las más vastas y gallardas empresas. Una -secular indiferencia, aun prolongando el orgullo, ha debilitado el -aliento, ha enmohecido la acometividad. Siente también el español la -necesidad biológica de renovarse, y para ello comprende que es preciso -sacudir las rutinas, echar a andar las perezas y robustecerse en la -metódica gimnasia de la voluntad. Urge a España colocarse cuanto antes -en la línea de marcha. - -Sabe que el tiempo es premioso y rígido, y no puede ni quiere aguardar a -nadie. Pasa y deja atrás a quien no se dispuso, de antemano, para seguir -con él la ruta. - -Y no sólo los pensadores, los hombres nuevos, los intelectuales del -«último barco», se preocupan en anunciar y tratar de resolver este -apremiante problema; las clases, las agrupaciones, los individuos de la -masa anónima, presienten un malestar que les engendra anhelos imprecisos -de transformación. - -De ahí esa desdeñosa amplificación de los defectos, ese desprecio -escéptico, ese acre reproche, esa manía de autovituperio que está en -cualquier parte: en la calle, en el café, en el teatro, en la copla de -actualidad, en el artículo de periódico. Es el golpe rítmico dado en el -pecho del semiahogado para producirle nuevamente la respiración. - - * * * * * - -Yo observo, busco, me intereso en todos los incidentes y accidentes de -la vida española. Una semana después de haberse iniciado la huelga de -ferroviarios, la Prensa anunciaba con grandes «cabezas», en las primeras -planas de sus diarios, la terminación del conflicto y el -restablecimiento de la normalidad. - -Cesaron las hablillas, los cuentos y las noticias espeluznantes; pero -todavía permaneció en estado de guerra la ciudad durante otra semana, y -hasta el momento en que escribo esta impresión, el Madrid político sigue -con la mordaza puesta; las Cortes continúan cerradas, y la censura -vigila, línea a línea, los periódicos. - -No es extraño ver aún pedazos de columnas, y hasta columnas enteras, en -blanco, en _El Liberal_, en _El Imparcial_, en _La Epoca_, en _La -Correspondencia_. Hace pocos números se suprimió en _El Imparcial_ un -artículo completo de Mariano de Cávia, y en el semanario _España_ fué -mutilado el editorial de Luis de Araquistain, el cual artículo era un -serio comentario sobre la huelga, y tenía una índole decididamente -pacífica. Es quizá que el Gobierno temió la voz demasiado sonora y -demasiado impetuosa de los imaginativos, de los romanceros del suceso. - -Estos noveladores habían propagado una noticia trascendental, y es a -saber: que la huelga no obedecía a móviles nacionales y económicos -puramente, sino que los obreros habían recibido de Alemania dinero para -trastornar, con su paro, los negocios de España. La cuestión tenía, -según ellos, doble fondo, y este doble fondo era la guerra europea. - -Para la gente sensata, la tal noticia no pasó de ser una patraña. El -mismo presidente del Consejo la ridiculizó en unas declaraciones. La -Prensa, sin embargo, no ha podido dar opiniones amplias acerca de los -acontecimientos, y se ha contentado, por la fuerza de las -circunstancias, con hacer frías observaciones llenas de un optimismo -que, por tímido, parece poco sincero. - -Sólo Araquistain, escritor socialista de mucho empuje y firmeza, se -atrevió a asegurar que el error de acallar la voz pública, la -prohibición de no dejar a los obreros defenderse por medio de la -publicidad, diéronle gravedad a la huelga, que tenía una actitud -conciliatoria. - -Ello es que, aceptado en principio un arbitraje para dirimir las -dificultades entre el capital y el trabajo, y pedido al Instituto de -Reformas Sociales un laudo en esta controversia, la huelga, deshecha, -tomó el buen camino de las conciliaciones. Tirios y troyanos están de -acuerdo en que, en este conflicto, el conde de Romanones se ha manejado -con inteligente perspicacia y afortunada habilidad política. - -Y no obstante... - - * * * * * - -No obstante, la censura ha continuado, y las Cortes permanecen con las -puertas cerradas. Lo gracioso del caso es que, olvidada la huelga, ahora -la censura se ejerce sobre las noticias de la guerra europea. - -Y esto da lugar a que los fantaseadores suelten las palomas mensajeras -de la «noticia secreta y trascendental». Se dice que está siendo a -España muy penoso sostener la neutralidad; que hay exigencias de parte -de los beligerantes; que Portugal quiere pasar tropas por territorio -español; que... - -El hilo de la hipótesis va trazando los más increíbles e intrincados -dibujos, en los cuales se enreda el buen sentido, así como una mosca en -una telaraña. Pero bueno es acordarse de la sentencia del filósofo: «hay -en toda mentira un alma verdad». - -Y, efectivamente, por debajo de esta franca alegría madrileña, de esta -despreocupada vida, de esta encantadora y aparente frivolidad, se diría -que hay un molesto movimiento de inquietud que no parece exclusivo de la -«ciudad alegre y confiada», sino que se extiende por España entera y, en -algunas partes, se señala con un latido más enérgico. - -¿De dónde proviene esta indudable desazón? ¿Es la vecindad con el -incendio de la guerra, y así, proviene del ambiente exterior, o es una -palpitación de la entraña popular, e indica entonces una dolencia -interna? ¿O se junta una causa a la otra y ambas producen este -sintomático estado, perceptible a pesar del aspecto regocijado de la -vida? - -Cierto es que no hay ningún pueblo de la tierra que no resienta en esta -hora aflictiva del mundo, un doloroso asombro, un trastorno psíquico en -el que se entremezclan el temor y la esperanza. El ángel negro recorre -la cristalina esfera que, como dijo el romántico, «gira bañada de luz». - -Y en España, donde todo, de lejos, parece arcaico, desmoronado y -monumental, como sus catedrales y sus claustros, hay una cosa viva, -siempre nueva, firme siempre y que ha conservado entre los escombros de -la gloria y los empolvados códices de sus gestas lejanas: la virtud de -los laureles soñados, que son inmarcesibles, y la gracia inmortal del -día, que es siempre niño cuando se asoma por Oriente. En España todo -puede estar viejo, menos el pueblo. - -El español se equivoca cuando se juzga a sí mismo, y se cree pervertido, -degenerado o enfermo. - -Nada de eso tiene. El es como un surco abierto que espera la mano del -sembrador. No hay más que acercársele para sentir su vigor y su -juventud. - -Ha conservado, a través de la historia, sus virtudes esenciales: su amor -al trabajo y a la libertad. El pueblo de España no ha vivido todavía la -plenitud de su existencia. Posee reservas virginales, y aguarda el -instante señalado por el destino para su futuro resurgimiento. - -Clases superiores, instituciones, costumbres, pueden presentar, algunas -veces, un aire de desfallecimiento mortal, una faz hipocrática. Mas -abajo, muy abajo, sobre el terruño removido, junto a la máquina -aceitada, dentro de las zumbadoras colmenas de los talleres y de las -fábricas, está el verdadero pueblo sano, robusto, voluntarioso, que -quiere ir de prisa y que irá adonde lo empujen su ambición y lo llama su -ideal. - -¡Ah, su ideal, que comienza a perfilarse en lo futuro como una -transformación, serena y nueva, de aquel que hace siglos estaba -representado por la espada del Cid, la armadura del Gran Capitán, el -ferreruelo de Felipe II y las naves de Hernán Cortés!... - - - - -UNA PÁGINA DE NOVELA - -EL SUICIDIO DE FELIPE TRIGO - - -Cerca de las nueve de la noche caminaba yo, con Paco Villaespesa, por la -calle del Marqués de Cubas, cuando pasó junto a nosotros un hombre muy -delgado y muy alto, vestido con un traje claro: - ---Adiós, Felipe--dijo el poeta. - ---Adiós, Paco--contestó el otro. - -Y Villaespesa, con su natural bondad, me preguntó:--¿Quieres que te lo -presente? Es Felipe Trigo. Le he hablado de ti. - ---Mira--le indiqué--. Vamos, primero, a ver a Gómez Carrillo. Y luego, -mañana, si ahora no queda tiempo, buscaremos a Trigo. - -Yo tenía vivos deseos de presentarme cuanto antes a Gómez Carrillo, para -saludarle y acompañarlo en aquel momento que yo creía penoso; acababan -de denunciar una de sus crónicas de _El Liberal_; lo acusaban de ofensa -a Alemania. Más tarde supe que aquello tenía resonancia, pero no -importancia. - -A pocos pasos nos encontramos, en efecto, al famoso cronista, que venía -acompañado de otro poeta, con el cual he fraternizado cordialmente: -Manuel Machado. Entramos los cuatro en un café vecino, y nos pusimos a -charlar. A las dos de la mañana nos despedimos, con la promesa de -reanudar la conversación al anochecer siguiente. - -Hacia la una de la tarde vino Villaespesa a mi casa, me saludó, le noté -vivamente agitado. - ---Chico--me dijo con voz rápida y turbada--, vengo deshecho. - ---¿Pues qué te sucede? - ---¡Figúrate! Que se ha suicidado Felipe Trigo. Dos balazos en la cabeza; -una hora de agonía terrible. En estos momentos ya debe de haber muerto. - -Y se sentó frente a mí, y se llevó una mano a los ojos. La verdad es -que, aun sin haber tratado a Trigo, sin sentir admiración, ni siquiera -inclinación por su literatura, sentí pena. El novelista se hallaba en la -edad madura, próximo a la vejez, en el período de la energía mental, de -la experiencia atesorada, de la producción sólida. Villaespesa me pidió -que le acompañase a ver a la familia; accedí de buen grado; comimos -juntos, le escuché al poeta la relación conmovedora de su íntima amistad -con el autor de «La Bruta«, y a las cinco de la tarde tomamos, en la -Puerta del Sol, el tranvía que había de conducirnos a la Ciudad Lineal. -Por el camino fueron subiendo al carro otros amigos que iban con igual -propósito que el nuestro. - -Las afueras de Madrid son de una aridez implacable. Mucho polvo, mucho -sol, mucha tierra sedienta y cubierta por el roto tapiz de la hierba -amarilla y reseca. Aquí y allá, por entre las motas verdes de algunos -pequeños plantíos, indicios de que por allí hace el agua milagros. Casas -diseminadas. Ventas. Y un cielo magnífico, de azul deslumbrante, -encorvándose por el horizonte. El camino es largo, y es, además, el del -cementerio, porque veo cómo, de trecho en trecho, nos vamos encontrando -con carrozas fúnebres y filas de coches que las siguen. Yo pienso que -esta es, decididamente, una tarde predestinada para la tristeza. Después -de una hora de viaje en tranvía, nos encontramos en la Ciudad Lineal. Es -ella un pueblecito melancólico, de una calle sola y extensa, en la que, -por ambos lados, se levantan hoteles más o menos graciosos y elegantes. -Los hay también feos y pobres. En medio de la ancha vía se alza una -doble fila de árboles. El paraje es simpático, no alegre. Nosotros lo -sentimos a propósito para nuestra desazón. Reflejamos en él nuestro -estado de alma. Hemos pasado ya por frente a dos o tres hoteles -silenciosos. Yo, sin preguntar, respetando el silencio de mis -compañeros, me digo, al caminar:--Aquí.--No; aquí. Y no atino con la -casa, del suicida. Está lejos; está más allá de diez o doce hotelitos -que dejan presumir una comodidad burguesa. De repente, nos detenemos en -una reja entreabierta. Allí sí es. Dos policías o dos soldados--no -sabría decirlo--están en pie recogiendo las tarjetas, de los que llegan, -e indícanles que la familia pide excusas por no poder recibirlos. -Entramos. Un jardín y, en el fondo, un _chalet_ muy blanco, de -enjabelgado que reluce al sol, y por cuyos muros trepan los caprichosos -ramajes, de verde clarísimo, de las enredaderas. ¿Qué dijo Villaespesa a -los hombres uniformados? No sé. El resultado fué que, a cuatro o cinco, -nos dejaron libre la entrada. Subimos al _chalet_. Nadie salió a -recibirnos. Amortiguando los pasos, de puntillas casi, penetramos, -primero, en un pasillo estrecho, y, en seguida, en un saloncito, que -estaba obscuro porque habían cerrado sus puertas y ventanas. La -violencia del contraste entre la claridad de afuera y las sombras del -interior, me hirió vivamente los ojos. Llegué deslumbrado, y muy poco a -poco, fuí distinguiendo, fantasmales, a unas cuantas personas que -hablaban en voz baja. Comencé a respirar y a sentir el ambiente de lo -siniestro. Dejé que mis compañeros se dirigieran a sus amigos y -conocidos, y, como siempre, busqué mi rincón de observador. Sonó en la -pieza contigua la campanilla del teléfono, y un acento, en el que había -temblor de sollozos, empezó a hablar para transmitir, por el aparato, -los detalles de la noticia. Se comunicaba, probablemente, con la -redacción de un periódico y dictaba, con largas y desgarradoras pausas, -la carta de despedida de Felipe Trigo, breve, dolorosa, amorosa, en la -que daba el último adiós a sus hijos, a su mujer, y en la que repetía, -con ternura insistente, la palabra perdón. En el pesado silencio de -aquella casa, este mensaje de la muerte, transmitido por una voz -lacrimosa, lastimaba como si fuese un golpe en el corazón. La voz se -calló, por fin, y después de un minuto salió de la pieza donde había -sonado, un jovencillo pálido, nervioso, con la mirada distraída y la -expresión del ensimismamiento que nos deja un grande e imprevisto -suceso. Saludó, forzadamente, a los visitantes, y salió. Otro joven -militar, a quien yo no había visto, lo siguió llamándolo:--¡Hermano! -¡Hermano! - -Todos los circunstantes mirábamos, en muda contemplación, estas simples -escenas, que impresionaban, no obstante, con el horror de la tragedia. - -Y mientras nosotros permanecíamos mudos abajo, arriba, en las -habitaciones altas, se quejaban, gritaban, lloraban. Llantos y plañidos -de mujer que intermitentemente se apagaban, alzábanse por largos -intervalos. Eran súplicas, imprecaciones, oraciones, desesperaciones. -Un vocativo, repetido sin cesar, me hurgaba el alma y la memoria, como -gancho que me revolviese penas y recuerdos: «¡Papá!». - -La familia de Felipe Trigo se había refugiado allí de la indiscreta e -inoportuna compañía de los extraños. Me sentí mortificado. Y acercándome -a Villaespesa, le dije al oído: - ---Me voy. - ---No, aguarda un poco. Van a sacar el cadáver. Quiero acompañar a mi -amigo hasta ese instante. - ---¿Pues dónde está? - ---Allí. - -Y Villaespesa me señaló una puerta cerrada, en el mismo primer piso -donde estábamos. El gabinete de trabajo de Trigo. Allí estaba solo, el -desventurado, sin blandones y sin plegarias, en el mismo lugar, en el -mismo sillón donde se había quitado la existencia. - -A esa puerta llegaban--yo las vi bajar hechas un océano de lágrimas--las -hijas del escritor, una hermosa y rubia criatura y una robusta y linda -niña. Los hermanos las acompañaban.--¡Yo quiero verlo!--rogaban -ellas--. Y, convenciéndolas, obligándolas, las alejaban de aquel lugar -pavoroso. La puerta cerrada era una barrera infranqueable. - -Estos suplicios me hacian daño, y, para no asistir a ellos, me aconsejó -mi egoísmo que saliese al jardín. Salí con otro literato que sentía y -pensaba lo que yo. Una vez en el jardín los dos, él empezó a contarme la -vida del célebre novelista: - ---Este final no es imprevisto. Ya nos lo esperábamos. Felipe estaba -enfermo, muy enfermo. Una profunda neurastenia lo agotaba. No podía -escribir ya como antes. Veinte noches hacía que no probaba el sueño. El -era médico, y sus síntomas le inquietaban. Presentía un próximo desastre -mental. En su familia hubo alienados. El tenía miedo de la fatalidad -hereditaria. Indudablemente que Felipe tenía un extraordinario talento, -una imaginación resplandeciente, una agudísima percepción. Sus -facultades de novelista fueron muy grandes. Su lenguaje carecía de -pureza y de estilo. Con frecuencia se alejaba del buen gusto. Pero, en -cambio, sabía ver muy bien, y reproducía con exactitud los ambientes y -los personajes de segundo término. Los de primer término, no, porque, en -general, sus mujeres, sus heroínas, son irreales, están hechas con -materiales imaginativos y concebidas por la exaltación erótica, por el -sueño sensual que atosigó de continuo la vida de Trigo. Y sus hombres, -sus protagonistas, son él mismo, el autor con sus anhelos de aventura -dannunziana. Porque Felipe no sólo escribía, sino que quería vivir sus -novelas. Las vivía. Vistiendo la realidad, que solía ser inferior y -grosera, con los atavíos de un fantástico refinamiento, el poeta--porque -era un poeta, un soñador incansable--se forjaba la ilusión de las -conquistas suntuosas, de los amores raros, de las citas misteriosas, de -las altas comedias del placer y de la elegancia. Trigo era un -fantaseador admirable e ingenuo. Era también un teorizante lleno de -novedad. Temperamento exaltado, corazón generoso, gran cerebro; este -literato fué, a pesar del mundo calenturiento que llevaba en el -espíritu, un bondadoso jefe de familia, un excelente amigo y un cumplido -caballero. Y no sufrió únicamente imaginarias tormentas, sino que, -asímismo, las sufrió verdaderas. - -En Filipinas, lo acuchillaron los tagalos hasta abandonarlo por muerto -en el campo de combate. ¿No le notó usted la cara atravesada por cuatro -o cinco grandes cicatrices? Anduvo con su inquietud por todas partes. No -se conformó con ser médico de provincia. Fué ambicioso de gloria, -voluntad activa. Tarde reveló su vocación artística: al filo de los -cuarenta años. El realismo de sus novelas no es siempre agradable. -Disgusta la insistencia de su manía erótica. Eso, quizá, depende de la -edad en que comenzó a escribir. En sus libros destapó la caja de sus -deseos irrealizados. Pero hay obras suyas muy fuertes: _Jarrapellejos, -El médico rural_... - - * * * * * - -Calló el literato. Habíamos visto que comenzaba a bajar la corta -escalinata del chalet una camilla cubierta con un paño negro y cargada -por dos mozos funerarios. Detrás, con la cabeza descubierta, venían los -amigos y camaradas. - -Se oía sollozar, gritar, implorar dentro de la casa. El cadáver salió, -no por la puerta principal, sino por una que había detrás del jardín. -Figuróseme aquello una escapatoria, una fuga avergonzada, el -remordimiento de dejar tanto dolor y tantas lágrimas. El crepúsculo era -espléndido y simbólico; rojo, como la sangre; azul, como la esperanza. - - - - -EL MADRID DEL GÉNERO CHICO - -VERBENAS Y TRADICIONES - - -Noche de agosto; brava noche, de calor seco, asfixiante. Son las once. Y -decir las once en verano, es decir aquí la hora del principio del -bullicio, de la preparación de la fiesta. El Madrid verbenero se -divierte de once a cinco. - -Por la calle Mayor pasan henchidos los tranvías, y se nota un frecuente -ir y venir de coches alquilones que entran y salen por los arcos de la -gran plaza. La gente que marcha a pie, va como en romería. Pasan mujeres -garbosas, y, por distintas partes, pasan mantones historiados y -floridos: uno blanco y otro azul y otro rojo; pasan, llevadas -cuidadosamente, guitarras enlistonadas, y algunas van ensayando, _sotto -voce_, rasgueos y pespunteados. La calle y la plaza, mal alumbradas por -la luz verdosa de los faroles públicos, presentan, con su procesión -popular, un aspecto un poco rembranesco, un cuadro nocturno en el que -juegan, en violentas antítesis, la sombra y la claridad. - -Curioso y vagabundo, me dejo arrastrar por la multitud. De repente, me -encuentro en la calle de Toledo. Ya estoy en el límite de la zona del -regocijo. Desde la Plaza de la Cebada se extiende la batahola; luces, -tinglados callejeros, papeles de colores, guirnaldas de claveles, ritmos -de castañuelas, afinadas vibraciones de cuerdas, ecos de voces que -cantan, hervor humano. Voy acercándome: puestos de almendras, tendidos -de peladillas, pirámides de melones, mesas con platos de aceitunas y -vasos de manzanilla; juguetes, alfarería, gritos de vendedores -ambulantes; calles estrechas, por cuyas calzadas va la gente abriéndose -paso con los codos; algazara, cuchicheo, rumores de colmena; sombreros -de torero, gorras de _golfo_; peinados de chula, muchos ojos negros; -muchos labios frescos; una rosa aquí y otra allá; una agudeza -canallesca, un modismo de barrio; música por todos lados; ruido que -ensordece; calor que sofoca. - -En una calle semiobscura, la amarilla y radiante mancha de una iglesia -romántica y nueva, dentro de la cual se aprieta la gente por ver a la -Virgen en el altar mayor, hecho una brasa rutilante. Distintos -cobertizos se alzan en medio de la calle. Este cobertizo es salón de -baile; dentro danzan las parejas en típicas posturas, suena incansable -el organillo de manubrio, se pasea el bastonero enarbolando su largo -palo, que es un tirso de listones; fuera, detenida por la frágil -barandilla, la muchedumbre atenta mira el cuadro. Aquel cobertizo es -improvisado restaurante, y en él familias enteras de la clase -submedia--obreros, menestrales, cigarrerillas y gente de juerga, -mozuelas y galancetes--, sentados en torno de las mesas, comen con -incitador apetito. Grupos regionales, repartidos por los distintos -lugares, cantan y bailan: unos a la andaluza, otros a la aragonesa, acá -las sevillanas y acullá las jotas, en incesante y sugestiva monotonía. -Los muros, viejos; los pavimentos, mal empedrados; los portales, -obscuros; tabernas y cafés, brillantes y concurridísimos; un contento -natural, ingenuo, que se respira en el aire (¡y eso que apenas se -respira!); simple alegría de vivir de un pueblo que no ha perdido la -salud espiritual. Esta es, pintada a brochazos, la célebre verbena de la -Paloma. - -Me acordé de la que yo conservaba en la memoria, entre los trastos de la -guardarropía y los viejos retratos de las tiples; me acordé del sainete -de Ricardo de la Vega, musicado por Bretón. Y comparando la realidad con -el artificio, hallé que éste tenía una vida tan intensa como aquélla, y -que, sin literatura, sin subterfugio, sin arte casi, el poeta había -trasladado un pedazo de verdad al escenario, arrancándolo de este -ambiente alborotador del barrio madrileño. No parece una copia, sino el -original mismo, que, sin perder detalles, queda reducido al espacio -pequeño del tablado. Tan exacta es la identidad que, por momentos, me -sentía formando parte de un coro zarzuelesco, y buscaba a mi lado la -muchacha a quien cantarle aquello de: - - Como es la Virgen - de la Paloma... - -Estaba yo en pleno _género chico_ de la vida. Y en cada viejo -emperifollado distinguía al boticario calaverón; en cada bien plantada -jamona reproducía la _Señá Rita_; en cada anciana obesa que bailaba -sacudiendo las trémulas carnes recordaba a la _tía fingida_ de la morena -y de la rubia. Muchas rubias y muchas morenas se paseaban allí, del -brazo de sendos Julianes enamorados. - -Y es que las costumbres de este pueblo no necesitan aderezo para ir al -teatro y renovarse en él por medio de pintorescas escenas, castizas -agudezas, animados personajes, intencionados diálogos, música típica y -chuscos episodios. Son estas las horas en que el pueblo de la villa vive -para reir, para querer, para desbordar el entusiasmo y el alborozo, en -la calle, en la plaza, al son del organillo y entre las agitaciones del -tumulto. - -Los majos de don Ramón de la Cruz, los horteras de las _Escenas -matritenses_, el _Castellano viejo_, de _Fígaro_, la _Fortunata_, el -_Celipón_, las _Miaus_, de Pérez Galdós, y el cesante famélico, el -valiente de barrio, el galán de vecindad, _La revoltosa_, la _Regina_, -las _Mujeres_, en fin, y los hombres todos de Burgos, de Sinesio -Delgado, de Arniches, de los dioses mayores y menores, del chiste -escénico español, y de los antiguos costumbristas, y de los novelistas -de genio, andan aquí barajados y revueltos, y se nos presentan para -desaparecer, como por obra de fantasmagoría, entre el gentío de la -verbena de la Paloma. - -Es vigoroso el carácter plástico y psíquico que conserva este pueblo. -Una chula madrileña no cambiaría su mantón por el velo de Tannit. Un -guapo mozo no se desanudaría del cuello el pañuelo de seda, para que, en -su lugar, le colgaran un toisón de oro. Las modas han alterado el traje; -pero no lo han acercado a cualquiera otra vestimenta extranjera; el -pueblo, con un raro instinto de individualización, ha adoptado sus -modelos y figurines, y ha peculiarizado sus imágenes. - -Al modernizar su apariencia, obligado con imperio por la necesidad, -siempre se retrasa, y, principalmente en el atavío femenino, deja algo -de arcaico, algún toque arqueológico: la peineta, la mantilla, la -estirada media blanca, el zapato bajo. - -Las provincias, menos expuestas al contagio social, conservan mejor sus -vestidos característicos: Andalucía, Aragón, Galicia. - -Pero este pueblo de Madrid, el de la chulapería andante, si ha retocado -el indumento, ha persistido en la conservación de su alegría -desenfadada, de su _quemeimportismo_, de su gracia a flor de labio, de -sus fiestas seculares y de sus ruidosas verbenas. - -Pueblos firmes por dentro y por fuera, pueblos que persisten en -peculiarizarse y no olvidan ni desdeñan sus antiguallas, por seguir -formas de placer inadaptables al espíritu de la raza, tienen una larga -vida nacional. El _misoneísmo_ colectivo, que, en ocasiones, perjudica y -retrasa, en ocasiones también sirve y robustece, porque cultiva en la -existencia popular el amor a la tradición y unifica en un sentido común -el espíritu de las generaciones. - -Bueno es acabar con la inveterada rutina; pero malo destruir las viejas -tradicionales costumbres. Es un error derribar a golpe de piqueta un -edificio, un monumento, representativos para el arte y para la historia, -y construir, en su lugar, o un monumento o un edificio nuevos. - -Y, sin ser monumentales, son tradicionales y representativas estas -verbenas de Madrid, tan pintorescas, tan interesantes y típicas, desde -la de San Antón, hasta la de la Virgen de la Paloma. - - - - -MENDIGOS Y GUITARRAS. - - -A las seis de la tarde, el sol madrileño ha empezado a perder su brío. -Después de quemar, durante siete horas, la ciudad, y de fundirla en sus -cálidos oros, se complace en acariciarla con suaves y matizados fulgores -y le pide al viento su ayuda, el cual de buen grado la da, soplando -tenuemente, y repartiendo así consoladora frescura. - -Madrid, entonces, entra en una repentina animación que no abandona ya -sino hasta la vuelta del nuevo día. Repentinamente se pueblan: de niños, -el Prado; de coches, la Castellana; de transeuntes, la Puerta del Sol y -la Carrera de San Jerónimo; de parroquianos, los cafés; las calles -centrales, de mujeres hermosas, y los árboles de los viejos jardines, de -pájaros y gorjeos. Los tritones y delfines de las fuentes monumentales -sueltan sus delgados y corvos chorros de plata irisada; el carro de -cantera blanca de la Cibeles se sonroja con las luces del Poniente, y, -en la misma línea, al otro extremo, los dientes del Arma de Neptuno -clavan y retienen una última llamarada vespertina. - -Las ventanas y balcones de los edificios, las lanzas de las rejas, las -columnatas y bordaduras de piedra de los palacios, los bronces de las -estatuas, las farolas del alumbrado, todo relampaguea y resplandece. El -Goya de la fachada del Museo de Pinturas parece sentado en un sillón de -oro fulgido. A la vuelta, Velázquez, sobre su bajo pedestal, mira cómo -relumbra en su mano la paleta obscura; San Isidro y Alfonso el Sabio, en -la escalinata de la Biblioteca, perfilan, en la diafanidad del aire, el -blanco mate de su granito; los negros leones del Congreso muestran la -melena untada de amarillo solar. Aquí y allá, en las esquinas de los -parques, los quioscos de refrescos son ascuas. En las frondas compactas -del _Retiro_ hay escardillos de esmeralda. - -En esta hora, Madrid está hecho con cristales de color; cristal de roca, -las fachadas; azogado cristal las fuentes y los estanques; cristal -verde, los árboles; cristal de Baccarat, los mármoles... - -Hasta las piedras ennegrecidas de las casas seculares que, como ancianas -coquetas, no logran ocultar la edad; las calles de antaño, angostas, -tristonas, con sus altos muros, sus vanos exiguos, sus balconcillos, por -donde asoma, de cuando en cuando, el penacho florido de un tiesto; hasta -el Madrid secular y semidestartalado, sonríe, y su sonrisa ingenua y -amable nos parece la de una boca desdentada. Los inclinados techos de -teja mezclan ocre a sus rojos polvorientos. - -Y éstos, precisamente, son los momentos en que comienzan a salir y a -recorrer la ciudad los mendigos, las gitanas, adivinadoras de la suerte, -los ciegos de bordón y lazarillo, los músicos ambulantes, las cantadoras -de coplas, los violines de prima gemebunda, las guitarras de rasgueo -monótono, los acordeones de vocecilla aguda, el hampa española, -pintoresca y pedigüeña, que va por esos mundos despertando la -curiosidad, moviendo la compasión y recogiendo la calderilla en el -consabido plato de estaño. - -Para el viajero, para el que por primera vez pisa estas históricas -tierras, el desfile de la Corte de los Milagros tiene un vivísimo -interés y constituye un singular entretenimiento. Nada más pintoresco, -ni más típico, ni más evocador. - -En la banca de un paseo, en la silla de un café, en cualquier recodo, en -cualquier ángulo, donde se quiera, no importa dónde, puede improvisarse -un sitio de recreo y observación, que si la mano no es avara y el alma -es piadosa, cuesta poco: algunas _perras chicas_ repartidas entre la -miseria ambulante. - -La manera más común de pedir de estos pordioseros, es cantando algún -airecillo en boga, tañendo algún instrumento de cuerda o soplando en -alguna flauta de barro. Los hay que van solos, y los hay también que -forman sociedad, y juntan y armonizan voces, instrumentos y ganancias. - -Va usted caminando y distraído por esas calles de Dios; oye usted el -silbido licuado de un pito que caricaturiza un tema vulgar de -zarzuelilla o de opereta; se acerca usted, y en el entrepaño que separa -dos puertas, ve, recargado, a un viejo. Es una hermosa figura: largo el -cabello, muy larga la canosa barba, noble y afilada la nariz, ancha la -frente, alto y enflaquecido el cuerpo, que viste pobre, mal cepillado -traje de americana; las manos están afanosamente ocupadas bajo la boca, -en tapar y destapar los agujeros del flautín de arcilla, de donde sale -torpemente modulado, un tema popular. Los ojos están cerrados. Y usted -oye, ve, imagina, recuerda, hace una novela eléctrica, siente un impulso -tierno y saca del propio bolsillo la moneda, esperada ya por la vieja -mano, que repentinamente cambió de ocupación. Usted se aleja pensando en -Homero, en Edipo, en el rey Lear. Bien dijo el célebre _ironista_ que la -hermosura es una carta de recomendación que da la Naturaleza. - -Pero cátate que, mientras usted toma tranquilamente su asiento en la -acera del café, llegan y se enfilan frente a usted cuatro singulares -personajes: dos mujeres de edad indefinible y dos hombres de catadura -sospechosa: sucios, andrajosos, descascarados. Ellas llevan cubierta la -cabeza con sendos pañuelos de hierbas; ellos la llevan cubierta, -asimismo, con sombreros o gorras de formas inverosímiles; ellas cantan, -ellos acompañan el canto, uno con un violín y otro con un guitarrón. Las -caras hacen gesticulaciones que parecen arrugamientos de trapo viejo. -Este es ciego, tuerto aquel, y al de más allá le manan, y no ámbar, los -ojos pitarrosos. Vienen coplas de amor, desengaño y tristeza; coplas -españolas, de melancolía árabe, en las cuales llora, sintetizada, una -pasión, ausencia, ingratitud, traición, olvido. Viene la canción -alusiva, picaresca, oportuna, en la que cada palabra adquiere un sentido -penetrante, y es como un grano de sal, como una caja de gracia -maliciosa. Y vienen el vals vienes y la jota aragonesa, desafinados, con -la letra cambiada, con la frase torcida, con el acompañamiento de moscón -de la guitarra y los crispantes chirridos del violín; mas coplas, -canciones, vals y jota traen desenfado y se llevan céntimos. - -Porque el platillo recorre las mesas, el salón, los rincones, las -aceras, y de mano en mano de mozo en mozo, de transeunte en transeunte, -pronto se le ve, si no henchido, visitado a lo menos, por los obscuros -discos de las monedas de cobre. - -No se ha marchado aún esta compañía lírica, cuando llegando esta otra, -de mayor o menor personal, de mejor o peor afinación, de diverso -instrumental, de distinto repertorio, de orfeón sólo o de exclusivo -género sinfónico; tres muchachas: una que canta en pie; otra, que, -sentada, abre y cierra el acordeón, y la más chiquilla, que recoge las -limosnas; un baturro de negro y corto pantalón, encintada pantorrilla, -hilacha de manta al hombro y varejón en mano; dos hembras greñudas y -tomadas de orín como las armas de Don Quijote; una pálida niña, de ojos -abiertos por el hambre y por la desvergüenza; una anciana, hecha una -_etcétera_ dentro de su manto raído; un mundo, en fin, el mundo de los -desheredados, de los inútiles, de los mutilados; el mundo de la pereza y -el vicio, de la incuria y del dolor; el fondo de la miseria, el -sedimento de todo conglomerado social, que sube a la superficie en estas -horas de alegría, y que burbujea y hace espuma, como si señalara -venenosas fermentaciones. Hasta bien entrada la noche sigue pasando la -_procesión histórica_, que plañe, grita, canta, implora, amolda una -oración en un aire de _tango_, y habla de sus enfermedades y desdichas -en tiempo de mazurka. Todo pintoresco, animado; todo sinceramente -optimista; a tal punto, que en estos rápidos cuadros de género que han -pintado tantos pintores españoles, la misericordia nos parece frívola, -la que ya nos suena a _cante-jondo_, el dolor se nos figura falseado, y -se nos antoja fingida la ceguera. Es que aquí la tristeza lleva -cascabeles, y los mendigos cargan guitarra. Es que aquí la mendicidad -tiene sus puntos y ribetes de juerga. Es que la despreocupación y la -alegría de vivir están en la atmósfera. - - * * * * * - -¿Procesión histórica acabo de decir? Si, estas costumbres, esta -mendicidad retozona, esta musiquería ambulante, esta hampa colorida, son -antiguas, son seculares, están historiadas en los códices polvosos de -los cantares de gesta, descritas en los libros de Don Juan Manuel, -rimadas por Don Juan Ruiz, el fraile nocherniego del siglo XIV, -contadas en la vida del Lazarillo de Tormes, y desgranadas en mil y tres -fábulas, en las novelas de truhanes y pícaros. Estos mendigos de -guitarra y violín, estas cantadoras de copla coreada y jaleada, estos -flautistas de barba ermitañesca, son los mismos de hace ocho y siete y -seis siglos, son una prolongación, un desprendimiento, un escurrimiento -de las edades pretéritas, y constituyen una variante, una transformación -de aquella andante juglería medioeval, que llevaba por todas partes, a -los pueblos batalladores, una visión del ideal épico y una gota -trovadoresca de ensueño y galantería. - -No piden a secas, cantan, tocan, llaman a las puertas del alma popular -con los mástiles de sus mugrientas guitarras; piden una moneda de cobre -a cambio de canciones y rasgueos. Esparcen a los cuatro vientos polvo de -regocijo y de ilusión, a trueque de un poco de calderilla desgastada. Y -como en los tiempos del _Mío Cid_, se conforman con un vaso de vino, y -ahora con un terrón de azúcar, cuando no reciben dinero. - -Billeteros y pilluelos voceadores acompañan la sinfonía. - - - - -LA ULTIMA VISITA - -DON JOSÉ ECHEGARAY - - -Madrid, septiembre 15 de 1916. - -Los periódicos de ayer trajeron la noticia de la enfermedad de don José -Echegaray. Unos, la daban alarmados; consolados, otros. Estos, decían: -«Ya, por fortuna, ha pasado el peligro.» Aquéllos, temían que el caso -fuese fatal, «dada la edad del ilustre paciente». - -Por la noche, las conversaciones de los cafés tuvieron su tema de -actualidad: la muerte de don José Echegaray. Lo que la Prensa temía por -la mañana, sucedió al atardecer. A las siete y minutos, y tras una breve -y plácida agonía, dejó de existir el célebre hombre de letras. - -Hoy, todos los diarios de Madrid vienen cargados de homenajes a -Echegaray: su retrato, sus rasgos biográficos, la lista de sus obras, el -recuerdo de sus méritos, las anécdotas de su vida, las viejas fórmulas, -en suma, de los honores póstumos. - -Ni la noticia de ayer ni la de hoy me sorprendieron. La de ayer no, -porque desde hace seis u ocho días, un amigo mío me había dicho en tono -de secreta confianza: - ---Don José Echegaray está malo; tiene fiebre todas las noches; los -médicos temen una infección, muy peligrosa a los ochenta y cuatro años -de don José; la familia no quiere que se sepa esto, para evitar la -avalancha de las visitas y la marea de la curiosidad pública. - -La noticia de hoy tampoco me ha sorprendido, porque casualmente oí -hablar a un médico que, con otra persona, pasaba por la calle del -Príncipe: - ---Don José está agonizando en estos momentos. - -Desde que escuché la frase púseme a hilvanar recuerdos, a remendar la -tela podrida de la memoria. Sin sorpresa, pero con tristeza, he pensado -en esta natural y suave desaparición de un espíritu tan vigoroso y -entero, que animaba, con energía de juventud robusta, una materia ya -gastada, un organismo endeble y decrépito. La llama de la vida interior -hacía crujir el resquebrajado vaso de la lámpara. - -Uno de los deseos que traje a España fué el de hacer una visita a -Echegaray. Este hombre y este nombre, evocan en mí quién sabe cuántas -visiones de lo pasado; reviven, imaginativamente, mis andanzas de -cronista y crítico teatral, mis entusiasmos artísticos, mis frenéticas -admiraciones de muchacho. - -Diez y seis años hace que mi maestro don Justo Sierra, de vuelta en -México de su viaje a Europa, me dijo: - ---Don José Echegaray ha leído los artículos de usted. Cree que en Méjico -lo comprenden muy bien, y gusta de que sus obras sean estrenadas aquí. - -En efecto; poco tiempo después, María Guerrero y Fernando Díaz de -Mendoza estrenaban, en una temporada brillante, _Malas herencias_ y, en -otra época, _La escalinata de un trono_. Después de la del _Loco Dios_, -estas ofrendas llenaron de agradecimiento al público de mi país. Eran -los tiempos en que se había hecho de moda desdeñar a Echegaray en -España y aplaudirlo y glorificarlo en América. - -Así, pues, nada de extraño tiene que buscase yo el modo de realizar mi -deseo de visitar al anciano dramaturgo. - -La suerte me deparó la ocasión. Francisco A. de Icaza, que tiene gran -prestigio en los círculos literarios y sociales, me habló un día de su -amistad con don José. Aproveché entonces la oportunidad para indicarle -mi propósito. - ---Quisiera yo hacerle una visita--le dije. - ---Está muy aislado me contestó Icaza--. No se deja ver de nadie. Todas -las tardes suele pasear un rato, en coche, por la Castellana. Le -acompañan personas de su familia, y no vuelve a salir, sino por las -mañanas, a sus habituales ocupaciones. Sin embargo, voy a ver si puedo -conseguir que te conceda una entrevista. - -Y el sábado de una de estas últimas semanas, el insigne y bondadoso -amigo mío vino a prepararme: - ---Mañana, domingo, iremos a visitar a don José. Nos espera a las cinco. -Vendré por ti. - ---Estaré listo. Te agradezco la eficacia. Y sonreí ante la promesa de -una pequeña ilusión que iba a ser realizada. - - * * * * * - -Por el Madrid nuevo, a un lado de la Castellana, se prolonga, ancha, -extensa, con su línea de arbolillos a la orilla de las aceras, la calle -de Martínez Campos, una de las más hermosas de este flamante barrio -recién urbanizado. Tapias limpias, fachadas de piedras labradas y -cristales fulgentes. - -Por allí caminábamos el poeta Icaza y yo, al descender del tranvía, en -una luminosa y tibia tarde de agosto. Mi amigo reconoció, en una -esquina, el hotel de los Mendoza-Guerrero. - ---El de Echegaray está inmediato a éste--me dijo--, junto al de los -artistas. Vamos por aquí, por la calle de Zurbano. - -Y a pocos pasos nos detuvimos para sonar el timbre de una alta y cerrada -puerta. A la criada que la entreabrió, le preguntamos: - ---¿El señor Echegaray? - ---No está en casa--nos respondió, mirando con esa fijeza agresiva con -que se ve a los importunos. - -Pero nosotros no hicimos caso, y como si no hubiésemos oído, sacamos de -nuestras carteras sendas tarjetas y se las entregamos a la sirviente, -agregando: - ---Diga usted al señor que somos las personas a quienes dió cita para -esta hora. - -Ante esta actitud, la fámula, un poco turbada, tomó las tarjetas y subió -por la escalinata del hotel. Bajo el vestíbulo quedamos esperando. -Veíamos asomarse, a un lado, las plantas floridas de un jardín. - -La moza volvió: - ---Que pasen ustedes. - -Y entramos en la casa del maestro. En la planta baja, en una vasta -habitación, amurallada de libros, distinguimos los consabidos muebles de -estrado; el grave sofá, como un ministro, en medio de los dos sillones -acólitos. En el centro de la pieza, una elegante librería giratoria, -sobre la cual, entre volúmenes y papeles, se alzaba encristalada una -fotografía, de tamaño imperial, de María Guerrero. Una gran ventana, -cuyos vidrios atravesaba la luz de la tarde, una luz discreta, teñida de -verde, porque antes de llegar a la vidriera había tenido que filtrarse -por el follaje de una trepadora. Allí esperamos unos minutos, al cabo de -los cuales oímos el ruido suave de unos pasos, y, a poco, vimos aparecer -la figurilla pequeña, encorvada y magra, de un viejecito. Mi propósito -se había cumplido. Me encontraba yo frente al más portentoso creador y -forjador de fábulas delirantes de la escena española. - -Don José se sentó en uno de los sillones, de espaldas a la ventana, -junto a mí, que en un extremo del sofá no cesaba de contemplarle. - -Yo le conocía mucho por los retratos que tantas veces publicaron -revistas y periódicos. Pero no; la cámara no alcanza a reproducir la -expresión reveladora del espíritu, el ambiente psíquico que da animación -y carácter a una fisonomía. A los lados del cráneo cónico, el ralo y -apenas perceptible cerquillo de los cabellos blancos; muy amplia y de -limpia y majestuosa curva, la frente, cruzada por un leve pentágrama de -arrugas; bajo los lentes, apretados en el nacimiento de la nariz fina, -los ojos infantiles, indagadores y risueños; de una extremidad de los -lentes, cuelga la angosta cinta negra que desciende por la mejilla hasta -enredarse alrededor del cuello; y, lo que tal vez da más carácter a la -cabeza, el vellón de nieve de los bigotes espesos y la aguda perilla, -que rodean una boca de labios delgados y entreabiertos. Inclinada hacia -adelante y semienterrada en la estrecha caja de los hombros, aquella -cabeza recuerda viejas ilustraciones de leyendas y libros de -caballerías: un mago del Oriente, un hechicero medioeval... Bien le -sentaría a este rostro, iluminado de misteriosa claridad, la caperuza de -Merlín. - -Don José está vestido con traje de casa; abriga su flacucho cuerpecito -con un saco afelpado y gris. Y en tanto que empieza a hablar, a -hurtadillas le miro las manos, muy viejas ya, más que la cara, de piel -rugosa y seca y deformados dedos, pero que conservan un enérgico gesto -de fuerza. ¡Oh, excelsas manos laboriosas, que estuvieron ochenta años -trazando sobre el papel figuras geométricas, signos algebráicos, -palabras de ciencia, voces de filosofía, líricos y sonoros vocablos! - -La voz, la media voz de la conversación íntima, es insinuante y dulce. -Quiere, por educación, agradar con entonaciones afectuosas. El gran -hombre tiene miel en los labios y en el entendimiento. Dice cosas -amables y buenas. Y lenta y naturalmente, va ampliando su ideas, hasta -llevarlas desde las futilezas de la urbanidad hasta los horizontes de la -cultura. - -Habla--es de rigor--de la guerra. Se duele de que por ella la ciencia -haya tenido que suspender sus investigaciones. ¡Es asombroso el adelanto -científico contemporáneo! Día por día se notaba... - -Y comienza don José a hacernos profundas y divertidas explicaciones de -los nuevos descubrimientos. Cuanto le escuchamos con reverente atención, -está lleno de sabiduría y de la amenidad: el cálculo para conocer la -cantidad de átomos que cabe en un centímetro cúbico de aire; la -descripción y la historia de los globos; el análisis y el funcionamiento -de las máquinas aéreas; las conclusiones de la Física Matemática. - -Cae, en el serio palique, traído por espontáneas asociaciones, el -recuerdo de los estudios científicos de Alemania. El sabio español los -encomia con entusiasmo. Tiene una gran curiosidad, una alta y noble -curiosidad por conocer los medios de que se valió el submarino -_Deutschland_ para ir, bajo las aguas, de Bremen a Nueva York. - ---¡Oh--exclama--, es una admirable hazaña científica! - -En este período de la charla, Echegaray ha llegado, no sólo a la -confianza, sino al contento. El hombre de ciencia encuéntrase a gusto -pensando, ante nosotros, en voz alta. - -Francisco A. de Icaza, a quien mucho estima don José, departe -respetuosamente con el maestro. Yo guardo silencio y observo. - -Y agotado el tema científico, en una pausa oportuna, dirijo esta -pregunta al polígrafo: - ---¿Y las Memorias, señor? ¿No ha terminado usted sus Memorias? - ---No--me contesta--; las dejé pendientes, porque la revista donde la -escribía, _La España Moderna_, cesó de publicarse, y no volví a ocuparme -más en el asunto. - ---¡Qué lástima! ¡Tan interesantes, tan pintorescas, tan evocadoras! ¡Tan -deseosos que estábamos todos por que llegase usted a contarnos las -Memorias de su teatro! - ---Cabalmente iba yo a empezar esa parte. Llegué a los tiempos de Don -Amadeo. Ahí se quedarán las tales Memorias. - -Y por ese camino de las remembranzas y de las añoranzas, nos llevó el -hilo caprichoso de la conversación a las impresiones de la niñez, a los -más remotos recuerdos. Don José, entonces, en tono de confidencia -familiar, accionando parsimoniosamente con la mano huesosa, y dejando -vagar la mirada por el espacio, comenzó una narración tierna y sencilla, -sin literatura, de una sugestiva sinceridad. Cuatro o cinco episodios de -infancia, dos de los cuales fueron contados con velada y exquisita -emotividad. Don José, muy niño, de tres o cuatro años, recuerda haber -estado en pie cerca de su madre, pegado a ella y enfrente de un campo o -de una casa, en alto, donde estaban pasando cosas que le daban miedo y -le conmovían... ¿Qué era aquéllo? Mucho tiempo después, reflexionando -sobre eso e interrogando a su madre, vino a caer en la cuenta: era el -tablado de un teatro. Esa fué su primera impresión artística. Recuerda -asímismo, en otra ocasión, un camino, un coche lleno de gente, en el que -iban él y su madre. - -Una detención brusca, gritos de angustia, caras de susto; su madre -sacando dinero de la bolsa de mano y rezando con extrema aflicción. ¿Qué -edad tendría entonces el chiquitín? Dos o tres años. Y aquel suceso, -¿qué era? Un asalto de bandidos. - -Don José sonríe, y tiene su sonrisa _pargoletta_ una ingenuidad -candorosa. - ---¡Es raro! ¡Es raro!--repite--. ¡Cómo pueden conservarse tan frescas y -tan lejanas estas impresiones de una edad en que no despertamos aún a la -vida! - -Mi curiosidad espera la ocasión para orientar la plática hacia los -asuntos literarios, y apenas llega, la aprovecho: - ---Señor, ¿no tiene usted nada inédito de teatro? - ---Nada. Como autor dramático, he terminado. Buen espacio hace que no -escribo literatura. Artículos de vulgarización científica, sí. Usted -debe de saberlo. Llevo cincuenta años de colaborador quincenal de _El -Diario de la Marina_, de la Habana, y en esa publicación desarrollo, -por lo general, temas de ciencia. - ---Sí, señor, lo sé. Y sé que tiene usted en ese bello país muchos -lectores y muchos admiradores. Y sé, además, que el teatro de usted no -muere en América: vive tan apasionante como siempre... - -Don José vuelve a sonreír; pero ahora ya es una sonrisa de inconfesada y -profunda amargura. Algo doloroso, algo triste, pasa y nubla por un -instante la lucidez del pensamiento. Mas pronto vuelven la apacible -tranquilidad y la mansa expresión a aquel semblante de agorero. En el -fondo, este carácter parece poseer, como fuerza suprema, una fría -virilidad, que se sobrepone a los acontecimientos y domina los ímpetus -de la fantasía y del temperamento. Don José, absolutamente sereno, se -dirige a Icaza y lo interroga: - ---¿Y la Academia? ¿Por qué no ha ido usted a la Academia? - -Icaza explica su ausencia accidental del docto Cuerpo, legislador del -idioma, y yo, mientras tanto, recorro, con rapidez relampagueante los -campos del recuerdo. - - * * * * * - -Estoy frente a un ingenio de España. La España actual tiene dos viejos -que la honran y la glorifican: Echegaray y Galdós. Ninguno de la -presente generación más alto que ellos. Han rendido su fruto, es verdad; -pero hay todavía mucho que aprender y que admirar en esa labor extensa. -Este don José, dramaturgo, es un eslabón de oro que unió la moral -calderoniana al desenfreno desmelenado del romanticismo. Y así prolongó, -exaltándola y agitándola, el alma española. Fué un creador de soberanos -delirios; un forjador de seres hiperestesiados. Sus concepciones, vastas -y desproporcionadas, tienen una existencia monstruosa por sublime. Sus -personajes son, frecuentemente, no hombres de carne y hueso, sino entes -metafísicos, figuras alegóricas, ánimas emblemáticas, símbolos de -virtudes y de vicios. El bien en los dramas de Echegaray, asciende hasta -lo seráfico; el mal desciende hasta lo demoníaco; cuanto él imagina, -toma aspecto grandioso. Pocas veces es humano; muchas, superhumano. -Puede falsear la vida hasta lo absurdo, pero la falsea para -amplificarla, para purificarla de menguadas bajezas, para hacerla más -comprensiva y noble. En su teatro usa y abusa de lo patético, de lo -torturante, de lo inverosímilmente doloroso, de lo horriblemente -trágico; pero todo ello para dejar en nuestro espíritu la marca -imborrable de un ideal, del ideal, del sólo ideal de perfección humana, -conquistado y realizado por el sacrificio y el martirio. La fatalidad -griega no triunfa en las febriles fantasías de Echegaray; es, al -contrario, vencida, a pesar del sufrimiento y de la muerte. - -Cuando el poeta abre las alas, ensaya vuelos aquilinos. Gusta de -clavarse y hundirse en las nubes más remotas, más negras, más cargadas -de rayos. Es formidable y arrebatado. Juega con el frenesí como un niño -con un muñeco. Sabe apretar los corazones sin dañarlos, antes -complaciéndoles en el sufrimiento. Mezcla el amor y el dolor; el mal y -el bien; la vida y la muerte; las lágrimas y la sangre; la luz y la -sombra, y, por contrastes, y antítesis, y violencias, logra expresar la -belleza, haciéndonosla sentir inolvidablemente. Es, además, un lírico -supremo. No pule la frase; no es un joyero: la esculpe; es un -estatuario. Por todas partes siembra pensamientos; por aquí brilla una -profunda sentencia; por allí cruza el ave matizada de una metáfora; -clarea, en aquel parlamento, un símil raro; luce, de pronto, en esta -cláusula, un apotegma filosófico. Siembra pensamiento; pero para que -florezca, lo riega con linfas sentimentales. Es difícil hallar quien -mejor sepa poner a flor de labio la ternura, la pasión enamorada, la -súplica que ruega y acaricia, la palabra que confiesa el amor y suena a -beso. Las mujeres de don José Echegaray, cuando son buenas, son -angélicas; cuando son malas, su perversidad inspira más lástima que -misericordia. Todo en ellas es conflicto amoroso. Algunas heroínas -abren, de tiempo en tiempo, las alas, para que se vea que son querubes: -Mariana, Teodora, Fuensanta, Adelina... - -Y este atormentador, en el momento que lo desea, es un seductor, y, en -el instante que le place, un burlador. Hace caricaturas, un poco -grotescas, pero muy sugestivas, de la imbecilidad social: el _clubman_ -frívolo, el galán de salón, el vejete egoísta, el falso sabio. - -Las facultades prodigiosas de este soñador se adaptan, con más amplitud, -al teatro de época, el drama heroico y de reconstrucción. Es en él -donde hizo maravillas. _En el seno de la muerte_, _Haroldo_, _Un milagro -en Egipto_, _La esposa del vengador_, _La muerte en los labios_. - -En la comedia actual y de costumbres, rompe, con la pujanza de su -esfuerzo, la realidad; pero, con la influencia irresistible de su poder -genial, nos obliga a seguirlo a través de sus inverosimilitudes, -incoherencias y descoyuntamientos ilógicos. Perdemos, bruscamente -sugeridos, el sentido de la existencia positiva, y nos dejamos -arrebatar, como por la tormentosa corriente de un río, por las -peripecias de la acción excepcional, de la situación centelleante, que, -siendo rayanas en lo imposible, no dejan, sin embargo, de ser humanas. - -El teatro de Echegaray es marcadamente romántico y genuino. -Manifestación de una raza bravía, generosa, exaltada en el idealismo, -enérgica en la acción, desbordante en el sentimiento, reproduce todos -estos caracteres en un mundo imaginario, impulsivo y tremendo. Arte -magno y conmovedor, que mueve multitudes y les arranca admiraciones. -Arte desmesurado y radiante, en que, como en el de Miguel Angel, la -Humanidad está representada y exteriorizada «en un sueño de energía -salvaje y de grandeza». - - * * * * * - -Contuve mis rápidas meditaciones como un auriga sus corceles. Iba -demasiado de prisa. Volví a la humilde verdad. Allí, junto a mí, flaco y -encorvado, un viejecito sonreía y charlaba. Era un genio. Dentro de él -bullía aún, lleno de soles, un universo. - -De pronto me acordé de una duda antigua, y, apenas pude hacerla, me -dirigí a don José: - ---Dígame usted, señor, aquel drama que estrenó en México María Guerrero -y que se intitulaba _El preferido y los cenicientos_, ¿es de usted? -¿Será de algún imitador de usted? Perdóneme la indiscreción. ¡Tengo -tanta curiosidad de enterarme de eso! Yo escribí una crítica afirmando -que usted era el autor, y no el argentino de que me hablaba con -insistencia Fernando Díaz de Mendoza... - ---Sí, recuerdo--me contestó cariñosamente el anciano--. En efecto, es -mía la obra: lo último que hice para el teatro; de ahí en adelante, -nada; me despedí para siempre... Desde entonces sigo con interés y -placer mis estudios sobre Física Matemática. Jamás falto a mi cátedra. -He escrito ya diez volúmenes acerca de esta materia, y aún tengo -proyectos para otros tantos. - -Y con cierta ligereza, la que le permitían sus piernas, se levantó del -sillón, fué a una de las piezas contiguas y volvió con un libro, que -puso ante nuestros ojos. Soportábalo con una mano, y con la otra lo -hojeaba. Nosotros veíamos pasar fórmulas de álgebra, figuras -geométricas. Don José sabía muy bien que de nada le hubiese servido -explicarnos su obra; comprendía que éramos profanos, y se contentó con -la inocente satisfacción de enseñárnoslo. Después colocó el libro sobre -el estante giratorio y se sentó. Había satisfecho nuestros deseos, había -contestado a nuestras interrogaciones. Ahora le tocaba a él preguntar: - ---¿Y América? ¿Y la situación de México? ¿Y Cuba? - -Escuchaba con gran atención nuestras respuestas; seguía curiosamente -nuestras explicaciones; insistía, aclaraba, opinaba; mostraba una -extraordinaria penetración en sus juicios, una sólida ilustración. -Estaba informado de la sociología y de la política de los pueblos -hispanoamericanos. Al verle tan atento y tan enterado, pensé que este -hombre de tan varios conocimientos, podía repetir la célebre sentencia: -«Lo que interesa a la Humanidad, me interesa a mí.» - -Habían pasado dos horas y no las habíamos sentido. Como quien despierta, -tornamos a la noción del tiempo. La habitación comenzaba a ennegrecerse, -y era cada vez más débil y mortecina la claridad de la ventana. - -Nos dirigimos una mirada de inteligencia Icaza y yo; nos pusimos en pie. -Con respetuosa efusión, como el creyente que toca una reliquia, tomé la -mano que me tendía el portentoso viejecito, y recuerdo que le dije: - ---No olvidaré que la buena suerte me otorgó el don, pocas veces -conseguido, de estrechar la mano de un inmortal. - ---No--aclaró don José--; de un mortal... muy próximo a la muerte. - -Y salió a acompañarnos hasta el primer peldaño de la escalera. Todavía, -al llegar al zaguán, volvimos la cabeza para saludarle. Y al verle por -última vez, me pareció que aquel cuerpo encorvado y magro era de una -engañosa debilidad y, como dijo el poeta, «tenía la fragilidad de las -cosas aladas». - - * * * * * - -_Septiembre 16._ - -A las tres de la tarde salgo a la calle. Madrid está de luto. Los -balcones tienen cortinas negras. Las gentes van con rumbo a la -Castellana. La curiosidad de la multitud--se siente--está complicada de -pena y asombro. Las vías por donde ha de pasar el cortejo están -henchidas de silencioso gentío. Apenas puedo llegar al paseo de -Recoletos, y me detengo. Es imposible dar un paso más. La comitiva -fúnebre viene: ministros, diputados, prelados, clérigos, académicos, -uniformes, estandartes, insignias, soldados. - -El desfile es interminable. Es toda la España legendariamente fastuosa y -coruscante. Suena una marcha funeral. Se oye a lo lejos, de cuando en -cuando, un cañonazo. Desde mi sitio alcanzo a ver, en varios edificios, -la bandera amarilla y roja, a media asta, aliquebrada y mustia. Hay sol -y llueve un poco. - -Y yo, para mis adentros, mientras pasa el fastuoso ceremonial, a don -José, al buen don José, al viejecito mago y genial que me recibió en la -calle de Zurbano, le estoy diciendo las dulces palabras que le aprendí a -uno de los personajes de sus comedias: «Duerme, niño de los cabellos -blancos, que ya están haciéndote tu camita de tierra.» - - - - -VALLE-INCLÁN - - -Barcelona y Madrid son las catedrales de la literatura española. En cada -una de ellas reside la diócesis de la crítica. Allí se consagra a los -elegidos. Es preciso pasar por ahí para recibir las órdenes menores y -mayores de las letras. Pero Barcelona tiene su especialidad regional: el -lemosín. - -Madrid es la primera, la fundamental, la tradicional. El talento de -provincia necesita, para ser conocido y estimado y para ampliar su -esfera de acción, venir a Madrid. Porque en Madrid se equilatan y tasan -las joyas del ingenio. Bien visto, un poeta provinciano apenas si para -los distribuidores de gloria es algo más que un «ruiseñor americano». -Necesita llegar y conquistar. Para unos, el camino es fácil, y la -fortuna, mujer caprichosa, se muestra avasallada y rendida porque sí. -Para otros, en cambio, es harto difícil y tortuoso el sendero, y -esquiva y desdeñosa la suerte. - -Mas la ventaja estriba en que se puede cambiar de ruta y orientación: el -teatro, la lírica, la novela, la crítica, el periodismo. Hay, -naturalmente, en todo eso, un aspecto mercantil y otro artístico. Un -autor dramático, injustamente silbado, da media vuelta, marcha y -encuentra sitio en la redacción de un diario. Claro que las facultades -son diversas, y cada uno de esos intelectuales requiere especialización -y preparación. No es posible abarcar en un puño un conjunto de -condiciones, tan disímiles, a veces, que lo que, por ejemplo, sirve para -un género, es para otro absolutamente inservible y hasta perjudicial. - -Pero la necesidad ayuda a la acomodación, y se establece un eclecticismo -típico que da a la vida literaria de la Villa y Corte variados y -sugestivos aspectos. Es curioso contemplar aquí la lucha por la gloria, -que se confunde y mezcla con frecuencia a la lucha por el pan, hasta -constituir una sola lucha con identidad de valores en los propósitos: el -pan es gloria; la gloria es pan. - -No es sólo en Madrid esta inquietud batalladora que nos hace cambiar de -rumbo y aplicar los esfuerzos a empleos para los cuales no habíamos -educado nuestras aptitudes; pero aquí las dificultades de la existencia -personal del literato, obligan marcadamente, más tal vez que en otros -países, a la desespecialización, a la difusión. - -El teatro es la grande y primera fuente de riqueza para el hombre de -letras. Quien llega a él y obtiene buen éxito, ya tiene asegurada la -vida, a condición de no dormirse sobre los laureles. El libro es menos -productivo, naturalmente; mas aun con público restringido, si logra -vender, sostiene al autor, y sólo en contadas ocasiones lo enriquece. El -dramaturgo, al imprimir sus obras, participa de las ventajas que le dan -el teatro y el libro. El periodismo, particularmente si es literario, no -es, ni con mucho tan productivo como el teatro y el libro; pero es un -«modus vivendi» que, a falta de recursos pecuniarios, ofrece los de la -influencia y la popularidad que, en ciertos casos, prestan innegables -servicios. Muchos son los que, rodando del teatro o del libro, caen en -el periódico, y en él quedan, aunque siempre dispuestos a nuevas y -audaces tentativas para triunfar en el tablado y en el volumen. - - * * * * * - -Con mi propósito de silencioso acercamiento a los hombres de letras, he -tenido oportunidad de ver y oir en Madrid a algunos de los más -encopetados y célebres. - -El verano suspende la vida social, los teatros se cierran, los palacios -quedan abandonados, tristes los cafés, mudas las orquestas y -transferidas las veladas del Ateneo. Medio mundo se va; pero el otro -medio mundo permanece y sufre los rigores del día, a cambio de la -impagable frescura de la mayor parte de las noches. - -Este es el tiempo de las fiestas al aire libre, de las Verbenas, de la -opereta del «Magic Park», de las funciones del «Retiro», de las -nocturnas corridas de toros, del contento callejero, que no quiere cesar -hasta que lo sorprenda la luz del día. - -Por calles y plazas va, en sonora fiesta, la multitud; los chicos -vocean, gritan los billeteros, rasguean sus apolilladas vihuelas los -mendigos; los tranvías derraman gentío en la Puerta del Sol; los -salones de los cafés están hechos un ascua. Pues, ¿qué hora es? Las tres -de la madrugada. En esta ciudad parece que no duerme nadie. - -Y es que el medio mundo que en Madrid quedó, no es el más rico, sino el -más bullanguero; el que gusta de las cenas y bailes de la Bombilla, de -los mantones matizados, de la gracia oportuna, de la horchata de chufas -y del suave viento de la noche. - -En el mundo que se fué están distinguidos artistas y poetas. - -Sin embargo, intentaré hacer el esbozo de uno que en Madrid permaneció -hasta muy avanzado ya el Verano. Y así fué... - - -II - -Una de estas noches prometedoras de frescura, iba yo por el principio de -la calle de Alcalá, rumbo al «Retiro», cuando de una de las mesas que de -los cafés se desbordan en tumultuoso desorden por las amplias aceras, vi -levantarse a un hombre vestido de negro. El sombrero, de anchas y -flojas alas; la barba no muy espesa, pero flúida y crecida sí, y casi en -contacto con la barba, como disputando a ésta territorio, unos quevedos, -dentro de cuyos grandes arillos de carey brillaban, con suavidad, los -ojos obscuros; todos estos rasgos hiciéronme comprender que se trataba -de un artista, probablemente de un pintor o de un escultor. La silueta -nerviosa y delgada tenía mucho carácter. Mas lo que mejor le -peculiarizaba era que, al andar, la manga izquierda de la americana -flotaba vacía: a juzgar por los movimientos de la manga, faltaba el -brazo desde un poco más abajo del hombro. - -De pronto, no pude sospecharlo; pero un instante después, noté que a mí -venía la singular persona, la cual, desde lejos, pronunciaba en voz alta -mi nombre; y, entonces, poniendo una rápida y profunda atención, hice un -esfuerzo de memoria, extraje de ella una imagen, la comparé con la que -estaba frente a mí, y estreché entre las mías la única mano que, con -afable gesto, me tendía el barbudo y manco hombre. Y como un recuerdo, a -semejanza de los pájaros, mete ruido al volar y despierta a otros -muchos, al saludar al recién llegado, recitaba yo para mi coleto, el -caricaturesco alejandrino de Rubén Darío: - -Este buen don Ramón de las barbas de chivo... - -Efectivamente, allí estaba, en cuerpo mutilado y alma noble, Ramón del -Valle-Inclán, el «Marqués», autor famoso, caballero de juventud -trashumante, hidalgo enamorado de las hazañas, soñador de viejas y -tremendas fábulas, poeta raro y pulido, que revive en sus exquisitas -canciones la gracia honda y sutil, el encanto fragante de las trovas -antiguas. - -Más de veinte años hacía que en una calle de México nos habíamos dicho: -«hasta luego», como quienes se despiden para tornar a verse a la -siguiente mañana. Y el mañana ha sido muy largo, y, no obstante, Ramón -del Valle-Inclán ha sabido llenarlo de gloria y de ventura. - ---¿Qué hace usted por Madrid? - ---Ya lo ve usted; vivir. Acabo de llegar... - ---Pues yo también. Vengo de Francia; he estado en París, he visitado las -trincheras. ¿Cuándo quiere usted que charlemos? - ---Cuando usted quiera; mañana mismo, si es posible. - ---Sí, mañana. ¿Dónde vive usted? - ---En una vieja posada. Será mejor que me dé la dirección de su casa; iré -a buscarle. - ---Bueno; calle de Don Francisco de Rodas, número 3; lo espero a las -cinco de la tarde. - ---No faltaré. Buenas noches, Ramón. - - * * * * * - -En un barrio madrileño, muy bien saneado y cómodo, en el segundo piso de -una casa nueva, blanca, bien distribuída, vive ahora el insigne narrador -del «Romance de Lobos». Una vivienda luciente de limpieza. Llamo; abre -la puerta la muchacha criada, vestida con pulcritud, risueña y fresca. -Entro en la discreta penumbra de un angosto pasillo; después, levanta la -criada un cortinón de rameada y vieja seda verde, y me invita a pasar. -Es un saloncillo sobriamente amueblado: una mesa y una larga cómoda, de -madera fina y adosados al muro blanco, en dos de los lados del -cuadrilátero: frente a la mesa, apoyado también en el muro paralelo, un -pequeño y sencillo sofá, acompañado, como de dos acólitos, de dos -sillones braciabiertos; dos o tres sillas más por diversos rumbos. Sobre -la cubierta de la cómoda, en marco de metal, el retrato de un militar. -Curioseo la dedicatoria: es don Jaime. A muy poca altura de la mesa, un -cuadro apaisado de medianas dimensiones representa a Ramón del -Valle-Inclán, de poco más de medio cuerpo, en postura sedente. La figura -se destaca a un lado, en primer término, sobre una cortina descogida que -deja ver, al recogerse, un fondo de paisaje soñado, como los de los -retratos italianos del Renacimiento. Hay un bien logrado intento de -psicología en este retrato. El ambiente de la obra tiene no sé qué de -arcaico que parece emanar de la figura misma, barbuda, seria, -serenamente grave. - -Todo este interior está iluminado por la claridad albidorada de la tarde -que entra, sin obstáculo alguno, por la ventana abierta, una ventana -cuya amplitud ocupa el ancho de la pared. Sobre el sofá está colocado un -hermoso óleo viejo, y a uno y otro lado de éste, otras pinturas y -dibujos. Me siento a esperar. Respiro el tranquilo y silencioso ambiente -de los «obreros de la palabra». Me acuerdo de que yo viví así no hace -mucho tiempo. Pasan unos minutos; oigo el eco sonoro de unos pasos que -se acercan; una mano, muy delicada, de largos dedos, levanta el cortinón -de la puerta; es él. - -Es don Ramón del Valle-Inclán, pero un don Ramón más afectuoso, de una -amabilidad tierna, que presta a la voz un acento mórbido, tenoril, -ligeramente impregnado de feminidad. Tras el saludo cariñoso, nos -sentamos, yo, en mi sillón, y él, en el vecino extremo del sofá. Puedo -observar, a toda luz y atentamente, a mi amigo. Su cabeza pequeña, de -forma céltica, deja ver apenas, en el pelo corto, uno que otro hilo -blanco; el cutis del rostro se conserva juvenil y terso; luciente está -el obscuro castaño de la barba. Sobre la nariz, irregular, aperillada, -un poco plebeya, cabalgan los anteojos descomunales, y este adminículo, -que yo no le conocía, me desconcierta la imagen que conservaba en la -memoria; pero, en cambio, vuelvo a sentir la influencia de la mirada y -de la sonrisa, que son verdaderamente deliciosas. - -Niños son los ojos, y niña la boca, y por ellos se exterioriza y derrama -el candor ingénito y diamantino de las almas superiores. En la mirada y -la sonrisa de Valle-Inclán se presiente la fuerza; pero se adivina la -inocencia. Dicen que es maligno; no se le conoce; lo que se le conoce es -lo apasionado, lo vivaz, lo nervioso. Dicen que es irónico; sí lo es, y -bien se nota cómo el ingenio gusta de pasarse, con agilidad duendil, por -los jardines del epigrama. Pero ser irónico no implica siempre ser -malicioso. La ironía suele no ser más que una corola encendida del rosal -de la gracia. Y la gracia es esencialmente amor y candor. - -Valle-Inclán es, tal vez, un ironista caprichoso, que juega -gimnásticamente con la sutileza y el donaire. Se le juzga de otro modo, -quizá porque pertenece a la generación de los iconoclastas, de aquellos -jóvenes del «noventa y ocho» que se propusieron renovar las letras, y -que, para tal empresa, comenzaron por ejercitar sus rebeldías derribando -sistemáticamente los ídolos, minando y destruyendo las celebridades de -entonces. La tarea tenía más de atrevimiento que de justicia, pero nada -de extraño y muy poco de censurable. Los que llegan a la lucha, empiezan -por despreciar y desprestigiar a los que, ya cansados, conservan un -puesto que hace falta a los nuevos. Caen unos, levántanse otros, que, a -su vez, serán derribados más tarde, y luego, apagadas las pasiones, -viene la crítica, y, sin miramientos, da a cada quien lo que en rigor le -pertenece. - -En un brevísimo instante pensé todo esto, mientras dábamos principio a -una conversación deshilvanada, insubstancial, nutrida de incoherencias y -preguntas vagas. - -Aproveché un corto silencio para preguntarle lo que yo estaba deseando -desde el principio de la entrevista: - ---¿Y qué impresiones tiene usted, Ramón, de su viaje a Francia? - ---¡Oh!--me responde inmediatamente, y como adivinando mis intenciones--, -estoy seguro del triunfo. - -Empieza a hablar, elevando un poco la entonación y haciendo intervenir, -para subrayar la palabra, a la única mano, que gesticula sobria pero -elocuentemente. Cuéntame, desde luego, su excursión al campo de batalla, -a las trincheras. Yo conozco todo esto por descripciones literarias. - -No olvido los fuertes artículos nutridos de verdad del Dr. Ferrara. Y, a -pesar de eso, la narración de Valle-Inclán, que no me cuenta nada nuevo, -pone con mucha viveza la realidad frente a mis ojos. Es que estoy -escuchando a un conversador pintoresco, muy rico de dicción, fácil y -habilísimo en el manejo de las corrientes mentales para llevarlas por el -cauce lógico, sin retenerlas ni estancarlas en los remansos de la -digresión. El literato está acostumbrado a seguir sin desviaciones el -curso principal de los sucesos. No se detiene en incidentes ni -episodios, sino cuando cree que contribuyen a reforzar y a realzar la -acción fundamental. Conoce los recursos para encender el interés, y los -aplica con precisión y seguridad. Se diría que, aun conversando, -proyecta de antemano su discurso como quien traza el plan de una novela. -Lo que me seduce en la charla de Valle-Inclán, es la naturalidad. El -pensamiento espontáneo, la palabra simple: no hay torceduras -ideológicas ni contursiones sintácticas. - -Fluye el lenguaje claro y sonoro como agua de fuente montañesa. Mas, en -esta misma sencillez, hay indudable elevación mental, sentimental y -verbal. A ratos, la conversación toma aspecto áulico. Detrás del poeta -comienza a perfilarse el profesor. Yo escucho con una atención escolar: -Estoy divertidísimo. La vida de topo del soldado, su esfuerzo, su -heroísmo, su alegría; los prodigiosos trabajos de defensa, los -improvisados jardines, las tremendas máquinas de guerra, las calzadas -polvorientas, los paisajes extraños, las descargas de fusilería, la -imprevista visita de las granadas... Es como una película a colores la -que estoy mirando. - -Ramón iba acompañado de un camarada y varios oficiales, por un camino, -cerca de las trincheras, cuando, de pronto, vió que instantáneamente se -cubría de polvo amarillento la espalda del compañero, y, a la vez, él se -sintió bruscamente empujado por un golpe de aire, y, a pocos pasos, -hacia atrás, distinguió un gran agujero repentinamente abierto en la -tierra, un furioso remolino de arena, y un formidable estallido; era -una granada. Valle-Inclán creyó sentir en la suela de la bota el roce de -un casco. Un minuto de estupefacción. Se declara el aire. Los visitantes -y los oficiales habían salido ilesos. Y Valle-Inclán, para darme una -lección de «cosas», se pone en pie, va a la pieza vecina, y vuelve con -un pesado tubo vacío: el casco de la granada. Me quedo como párvulo en -«Kindergarden». Aquellas proezas del novelista me hacen el efecto de uno -de los cuentos fantásticos del «Cofre de Sándalo». El escritor está -junto a mí, con su sonrisa, ingenuo, y su mirada pura, y la expresión -serena de su flaca y barbada faz. Entonces recuerdo... - -Recuerdo de Valle-Inclán, es un fantaseador extraordinario. Vive dentro -de una gesta constante. ¿Abulta o deforma la verdad? ¿Es hiperbólico o -decorador de la vida real? Yo pienso que, sencillamente, es un enamorado -de lo maravilloso. Su exaltación imaginativa no es otra cosa que una -resultante de sus generosas potencias espirituales, de su necesidad de -establecer la acción hasta los límites del ensueño. En el fondo del -hombre de letras se agitan los atávicos deseos del hombre de armas. -Sabido es que este admirable fantaseador tiene empapada la memoria en -filtros mágicos de aventuras y hazañas. Y se ve cómo, en efecto, el -valor en él está a la altura del ingenio. - - * * * * * - -Mas lo que en Valle-Inclán seduce como narrador, interesa menos que lo -que tiene de expositor. Reproduce con mucho calor y mucha variedad una -acción, pero es indudablemente superior cuando desarrolla una teoría. -Aquí su facundia, que se refrena, y su lenguaje que se afina y torna más -lúcido y precioso, sírvenle de extraordinario modo para enlazar, en -sólidas y bien trabadas concatenaciones lógicas, los aledaños aéreos de -todo un sistema filosófico que, cual otra escala de Jacob, se tiende en -lo infinito. - -Con su verba diáfana y su firme encadenamiento lógico, va el ilustre -literato español desenvolviendo sus ideas sobre la guerra europea, con -el cuidado con que un mercader de Oriente desenrollase un velo antiguo -tejido con filamentos de luna. Me hace entrar en la nebulosa radiante y -azul de una metafísica etérea. Háblame de las causas profundas de esta -espantosa conflagración. Era una forzosa consecuencia, un camino que -debía atravesar, en su peregrinación ascendente, el hombre, vértice, él -mismo, de un ángulo inmenso y misterioso, cuyos dos lados son lo pasado -y lo porvenir. La teoría de Valle-Inclán posee un atractivo fatalismo -teológico. - -El escritor predice el triunfo próximo de Francia, de Inglaterra, de -Italia. Y sus frases llanas y rítmicas adquieren sonoridades de -versículo. Parecen salir de los delgados labios con un doble y profético -sentido. - -Entonces Valle-Inclán no es sólo el narrador de leyendas, ni el -expositor de teorías; es el orador, es más, es el predicador. La delgada -figura toma lucimientos ascéticos. El rostro se ilumina con un rayo -místico. Y da principio la hora de la belleza. - -Porque de las razones sociológicas y políticas, el estupendo conversador -pasa, como por el puente aquel que en el cuento de Grim, estaba hecho -con un cabello de hada, a las radiantes comarcas de la Estética. En -ellas está mejor: las recorre como si fuesen su señorío. Habla de la -expresión artística, de la forma del verbo, de las cognaciones étnicas -en relación con los idiomas, y su discurso, cada vez más cristalino y -tenue, viene como fulgor de estrella, del horizonte de la metafísica. -Escucho, de la boca de Valle-Inclán, los mismos conceptos que más tarde -había de leer en su último libro: «La Lámpara Maravillosa». - -«Las palabras son siempre una creación de las multitudes. Alumbran, en -la hora en que se hacen necesarias, como verbos de amor y comunión entre -los hombres.» - -«Las palabras son humildes como la vida. Pobres ánforas de barro, -contienen la experiencia derivada de los afanes cotidianos, nunca lo -inefable de las ilusiones eternas. El hombre que consigue romper alguna -vez la cárcel de los sentidos, reviste las palabras de un nuevo -significado, como de una túnica de luz.» - -«El secreto de las conciencias sólo puede revelarse en el milagro -musical de las palabras. ¡Así el poeta, cuanto más obscuro, más -divino!» - -Y Valle-Inclán, estimulado por su verba, que es una cadenilla de plata -sonante, va afiligranando los períodos, cerrando con la gótica llave de -oro del ritmo de las cláusulas y matizando sus locuciones con las flores -vivas y luminosas de la metáfora. Mi entendimiento lo sigue como siguen -los ojos, en el azul, el vuelo de los celajes. Y mientras él teoriza -inefablemente, yo lo estudio y pretendo darme cuenta del poder de su -fascinación. Domina, no únicamente por la energía y flexibilidad del -pensamiento, sino también por el sonido de la palabra. La articula y la -canta de una manera particular, y armoniza, con arte muy delicado, los -conjuntos fonéticos. Es un excelente instrumentador de las voces. Y, a -la finura de la idea, une la orquestación mozartiana de los vocablos. -¿Un verbo-motor? Probablemente. Pero sobre todo un soberano artístico de -la fonética. - -Yo había visto en Valle-Inclán al poeta, y luego, al batallador. El -heredismo despertaba imaginativamente en el hombre de letras al hombre -de armas. Y para completar los caracteres de la raza, salía ahora del -fondo del «yo» integral, el hombre de altar y claustro, el dialéctico -de habilidad asombrosa. El poeta, en cuyas prosas y rimas queda un -velado rumor del Cancionero de Baena; el «Marqués», que recuerda en sus -narraciones caballerescas las descomunales batallas del libro portugués, -vertido por Montalvo; el fraile teólogo que, como San Bernardo, predica -cruzadas y escribe tratados de la ciencia de Dios, juntos en un hombre -como Valle-Inclán, hacen de éste un tipo representativo que, en su -complejidad, muestra la imperecedera unidad de una raza. - -EL escritor, nervioso ya, en plena sobre-excitación, se ha puesto en pie -y, hablando, se pasea a lo largo del saloncillo. El brazo derecho ha -recogido, por la espalda, la vacía manga izquierda, y la manquera -resulta así más visible. El brazo que falta ha sido cortado casi a -cercén, y entonces la figura que se mueve en las primeras penumbras del -atardecer, trae a la memoria, por asociaciones repentinas--materiales y -psíquicas--, las viejas estatuas mutiladas de los santos de piedra que -se yerguen en las hornacinas de las fachadas de los templos seculares. - -Ha caído la noche, entretanto. Valle-Inclán me invita a recorrer con él -las calles de Madrid hasta la Puerta del Sol. Acepto y bajamos de su -blanca y pulida casita. Vamos, callados ya, por el antiguo y adorable -Madrid. Yo, en mi interior, reflexiono y comparo: ¡Cómo ha crecido este -espíritu! ¡Qué grandes son las alas de esta «Aguila de blasón!» Mas ¡qué -bien conservan su candorosa infancia los ojos y la sonrisa! Cuando habla -nuevamente me va contando memorias, caras a su corazón, de Cuba, de -México... - - * * * * * - -Hace pocos días, Valle-Inclán dió una conferencia en la Exposición de -cuadros de Anglada. Obtuvo un ruidoso triunfo. Para premiar sus méritos, -el Gobierno acaba de nombrarlo profesor de Estética en la Escuela de -Bellas Artes, de Madrid. El autor de «Flor de Santidad» está ya donde -debe estar: en la gloria, en la cátedra. - - - - -ALREDEDOR DE LOS ASESINOS - -DON NILO Y PASOS LARGOS - - -El delito pasional tiene en Madrid sus peculiares caracteres de raza: la -disputa por la hembra, la riña de la calle, el desafío de taberna, la -navaja insaciable. Todos los días los celos realizan sus dramas de -arrabal, y los periódicos, con despectiva indiferencia, dan noticia de -estos sucesos habituales sin adjetivarlos ni comentarlos. Son -insignificantes notas de policía que se amontonan en el sitio fijo de -una plana interior, entre las hazañas del ratero y el suicidio del -amante desdeñado. Los pocos que quieren enterarse de esas curiosidades -ya saben dónde van a encontrarlas. - -Pero ahora, durante muchos días, la crónica del crimen ha tomado por -asalto la primera plana de todos los periódicos de España, y extendida, -pormenorizada, ilustrada, compite con las noticias de guerra, a pesar -del ruido de armas con que éstas se imponen en el campo del periodismo. - -El pueblo, sacudido como por un ataque nervioso, lee los «reportages» -que pormenorizan y desmenuzan el delito de don Nilo Aurelio Sanz, -miembro de la clase burguesa, agente de negocios, medio rábula, medio -timador, listo para hallar trampas, salidas y vericuetos entre los -artículos de los Códigos; audaz y laborioso, insinuante y maligno, -dispuesto siempre a la caza de toda empresa turbia, maestro de hurto, e -infatigable prestidigitador del engaño. La vida de don Nilo es la novela -de un pícaro novisecular. Acosado por las deudas, impulsado por las -necesidades, se ingenia día por día para encontrar recursos que lo -salven de las situaciones apuradas. Y los halla en la mentira, en el -enredo, en la intriga. Hoy vende abonos minerales que resultan ser -puñados de tierra; ayer se proveyó de la subsistencia pleiteando con las -Compañías de ferrocarriles; para mañana está preparando la emboscada de -una comisión de compraventa. Es afable y diligente. Tiene apariencia -bondadosa y franca. Posee el inestimable don de gentes. - -Y así fué como atrajo a un labrador septuagenario y honrado, quien de -los campos de su provincia vino a Madrid. Quería el inocente y acomodado -rústico comprar un molino. Don Nilo le hizo promesas, le dió confianza, -sedujo la natural ambición de todo campesino, y, con un calculado y bien -dispuesto plan diabólico, lo llevó una tarde a un hotelito alquilado -previamente en las orillas de Madrid, lo invitó a beber y, aprovechando -un momento, le descargó por la espalda tres o cuatro hachazos, que -partieron el cráneo al infeliz Sr. Febrero, que ese era el nombre del -labrador. Después, despojó al cadáver de dos mil pesetas y el reloj, y -lo enterró en una de las piezas del hotel. Todo esto lo hizo ayudado de -su hijo, un mozo de diez y ocho años. Y una vez hecho, salió -tranquilamente a disfrutar de su vida burguesa y a permitirse el lujo de -ir a veranear con su familia a un lejano y pintoresco pueblo. - -De allí lo trajo la policía que, singularmente activa y perspicaz, -logró encontrar las huellas del crimen y desenterrar el cadáver del Sr. -Febrero. Don Nilo, abrumado por las pruebas e impotente para lucir sus -habilidades de embaucador, ha tenido que confesar:--¡Yo lo maté!--Y se -disculpa débilmente atribuyendo a una riña el asesinato. Y más que -disculparse él mismo, pretende disculpar a su hijo. No supo nada; no me -ayudó en nada; es inocente. Este rasgo paternal muestra que don Nilo no -es un tigre, sino un ser humano..., bastante inhumano, para premeditar -el robo y la muerte de un viejo indefenso. - -El crimen es vulgar; con sus repugnantes lances y episodios, nos lo -imaginamos como si viéramos una película barata. Pero, vulgar como es, -llenó por más de dos semanas los periódicos y las conversaciones. ¿Por -qué? - -Es que en este país, sobresaltado y pasional, son raros los crímenes en -frío, metódicamente combinados, analizados, como este de don Nilo, y -ejecutados por personas de la clase media, que lleven su inmoralidad -hasta el punto de que un padre y un hijo colaboren en la preparación y -representación de una comedia que termina con un cobarde y vil -homicidio. Ni el amor, ni el odio, ni siquiera el deslumbramiento de la -riqueza, la fascinación del oro, intervinieron en este sangriento -cálculo. Una ambicioncilla insignificante, una torpe necesidad de cubrir -con unos cuantos centenares de pesetas los agujeros de las deudas que -impedían el paso de don Nilo: eso fué todo. El trabajo era grande y -¡vive Dios! que estuvo bien llevado a término; pero la recompensa -resultó miserable: cuatrocientos duros como pago de tanta fatiga, de -tanto ingenio, de tanta audacia: escoger el sitio, la hora, engañar, dar -hachazos, limpiar la sangre, enterrar al muerto... - -Nadie comprende cómo don Nilo y su hijo pudieron hacer eso por tan -escaso dinero. - -Pero si profundizamos un poco en este crimen, que repugna y desorienta a -la vez, hallaremos la clave, no sólo en la maldad hipócrita de los -asesinos, sino tal vez en el modo de existir, de arrastrar la -existencia; mejor dicho, de una parte numerosa de esta sociedad -madrileña, la cual parte suele tener sucursales en las metrópolis de -los países americanos. En Madrid hay un género abundante: el -pauperismo. Y este se divide en diversas especies que van desde el -mendigo de llaga pintada y ceguera fingida, hasta el noble arruinado que -hace prodigios para sostener su categoría social. Entre esta gama se -destaca, por su tono obscuro y tétrico, por su terrible malestar, por su -escondida desgracia, una de las especies: la de los pobres de levita. Es -impenetrable; es vergonzante; lucha por ocultar su indigencia comunal, -obligada a gastar de lo superfluo sin haber probado de lo estricto. -Vive, en el incesante problema de hoy, asustándose del fantasma del -mañana. Cada día que llega plantea una cuestión de vida o muerte. Y urge -resolverla de prisa, por medio de subterfugios y sutilezas. No es -posible rebajarse hasta la limosna; no es posible tampoco vivir sin el -pan, sin el techo... y sin la levita. El desequilibrio es incesante; es -fuerza, para mantenerse en el alambre de la categoría, hacer prodigios -acrobáticos. El escudero de «El Lazarillo de Tormes» es una muestra de -la tortura del famélico que ha de mostrarse harto, del desnudo que ha de -disfrazarse de vestido. Lo que esta clase sufre y lucha en Madrid ha -sido narrado en dolorosas y admirables páginas por muchos artistas, -entre ellos por el magno don Benito Pérez Galdós. - -Y de esta clase, de las chicas de elegancia chillante y cursi; de los -chicos de traje de moda y corbata nueva; del padre de bastón y reloj -dorado; de la madre de vestido de seda negra; de la familia en el cine, -en el teatro, en el veraneo; de esta clase del martirio, del dolor y de -la mentira, salió don Nilo a cometer sus fechorías. Y como en este -combate sombrío del pan y la levita fué perdiendo el escrúpulo, la -dignidad, la vergüenza; como los muebles, a los que por el trasiego de -los años se les cae el barniz, se encontró al cabo del tiempo con que no -sólo era un pillo, sino que podía ser un criminal. Y cometió la infamia, -urgido y violentado por las terribles exigencias de una posición falsa. -Apareció en él, el regresivo, el «nato», el precursor, con las -malignidades y vivezas del civilizado; el lobo con las mañas del zorro. -Nada de esto lo absuelve; pero, al menos, lo explica. El delito se -afianza, como planta de raíces envenenadas, a la tierra que lo produjo. - -La sociedad siente asco por estos delincuentes desapasionados eximios -que ponen, en un asesinato, el ingenio, la razón y la paciencia de -ciertas gentes que se entretienen en descifrar charadas y logogrifos. - -En cambio, y como un contraste revelador, por la misma época que don -Nilo en la Cárcel de Madrid, entró en la de Ronda--población -andaluza--otro criminal perseguido: «Pasos Largos». Se presentó solo en -una fonda, se entregó, vino la policía, lo recogió y lo condujo a la -prisión. Al ser conducido en un coche, la multitud, que curiosamente lo -seguía, lo aplaudió, es más, lo vitoreó. - -El crimen de «Pasos Largos» es de los que producen: en el hombre -inferior, simpatía, y en el superior, interés y misericordia. - -«Pasos Largos» era un cazador furtivo. De eso vivía, esquivando a los -guardias y jugando con ellos al escondite por bosques y caminos. Un día -fué alcanzado por un guardia y azotado cruelmente. «Pasos Largos» juró -vengarse y se vengó; quitó la vida a quien le había quitado el pellejo. -Desde entonces huyó con doble motivo: por cazador y por asesino. Y -siguió la existencia aventurera de los bandidos de novela, la del «Rey -de Sierra Morena», la de los «Siete Niños de Ecija», la de tantos héroes -de la fantasía popular. Fué un rebelde valeroso, desafiador de los -peligros. Hasta que, fatigado, y quizá arrepentido, bajó un día, como -Zaratustra, de la montaña y se puso él mismo en las manos de la -justicia. Mientras corrieron tras él no le dieron alcance. Cuando él -quiso, se ofreció voluntariamente. - -Este hombre, producto de una región romántica e imaginativa, ha entrado -en su prisión como si entrara en su palacio de vuelta de una hazaña -portentosa. Ya sabe él que aunque la ley lo castigue, el pueblo lo -comprende y lo perdona. Ha escuchado un fallo rumoroso que debe de haber -sonado en sus oídos como un himno de apoteosis. A «Pasos Largos» la -Prensa lo ha tratado con cierta piadosa benevolencia. - -Los comentarios de Madrid afirman que entre don Nilo y «Pasos Largos» se -abre un abismo. Puede ser; pero en el fondo de este abismo corre un -manantial de sangre humana. - - - - -LA FIESTA ROJA - - -Yo creo que si en España se suprimiesen los toros, la revolución no se -haría esperar. Porque aquí la vida no se concibe sin ellos; y el afán -general y el anhelo particular no tendrían estímulo--¡qué digo -estímulo!--ni objeto tendrían si las corridas fuesen suprimidas alguna -vez, cosa que me parece tan difícil como prohibir el uso del vino. Cada -pueblo de España, por más pobre que sea, tiene siempre su iglesia y su -plaza de toros; todo lo demás puede faltarle; estas dos cosas no. - -En Madrid acaba de terminar la gran temporada; pero, de la misma manera -que en otros «centros taurinos», siguen las «novilladas», que se -repiten, según me cuentan, hasta que vuelve la temporada seria, y que, -manteniendo vivo el fuego sagrado, entretienen la inquietud del público -insaciable. - -Un día de toros en la metrópoli ibera, es como la poesía baudeleriana, -de la cual dijo Hugo que traía un nuevo estremecimiento. Aunque sea de -trabajo, no importa, es un día de fiesta. Hay agitación por todas -partes, desde muchas horas antes de la corrida. La gente no puede -contener su nerviosidad. Las conversaciones de los corrillos callejeros -vuélvense augurios y presentimientos acerca del próximo espectáculo. Los -rostros pasan iluminados por una flama de entusiasmo, se revenden y -compran los billetes de entrada con un afán loco. Cada quien se prepara -a recibir fuertes impresiones. Los nombres de los matadores en boga -saltan en todos los labios. Se cruzan apuestas sobre quién de entre -ellos va a quedar mejor. Los hombres opinan; las mujeres sonríen y ríen; -gritan los arrapiezos; salúdanse los amigos desde lejos y se citan para -ir juntos a la corrida; todo es algazara, bullicio, contento, -fascinación, luz de sol y fragancia de claveles. - -A las cuatro de la tarde, la calle de Alcalá, desde la Puerta del Sol -hasta la puerta de la Plaza, adquiere una animación alborotadora. Un -rosario de tranvías henchido corre sin cesar; pasan, cargados, -jardineras y coches de punto; vuelan los automóviles de caja lustrosa, y -corren, con aspecto de cestas de flores y encajes, las «victorias» -ligeras. - -Al llegar, de la redonda fábrica salen rumores de alterada marea. Al -entrar, los ojos se deslumbran y sufren el doloroso encanto de la luz -intensa. Hierve el oro del sol en más de la mitad de la plaza, y la -sombra que proyecta la parte no soleada, pinta en la arena del redondel -una media luna de negro acuoso. Los tendidos, cubiertos de gente, -semejan una rampa compacta de sombreros cordobeses, de caras risueñas, -de mantillas blancas, y aquí y allá, las móviles espigas de los brazos -completan la ilusión de un campo sembrado de matizadas floraciones. -Arriba de los barandales de las «lumbreras», cuelgan tapices y mantones, -como lienzos salpicados al capricho, de chispeantes grumos de color. - -Ya ha dado principio la corrida. Los lidiadores, refulgentes de sedas y -oros, van y vienen, azuzando y engañando al toro con el trapo rojizo, -que el animal, corpulento y resoplante, embiste con generosa bravura. -¡Ah, pero el sacrificio de los caballos, el asqueroso y brutal pisoteo -de las entrañas de la pobre bestia vendada, que tiembla de miedo y -obedece, sin embargo, al hombre que la guía; las contorsiones de dolor, -las gesticulaciones de angustia, los sacudimientos de agonía, las -horribles crueldades de los picadores y «monos sabios», que quieren -aprovechar hasta el último momento de aquellas vidas inferiores, -martirizadas en unos instantes que son para ellas como siglos de terror; -aquellos grandes charcos de sangre, que brillan como espejos de púrpura; -aquellos cadáveres rígidos que, empolvados y vacíos, enseñan en un -«rictus» bronco y tremendo la doble fila de los dientes amarillentos!... - -Estos actos de fiereza inhumana bastarían para hacer odioso el -espectáculo. Los defensores de él afirman que es este un modo peculiar y -sugestivo de conservar el vigoroso ímpetu de la raza. Yo me figuro que -lo que se conserva más que el ímpetu es, indudablemente, la barbarie, el -instinto del mal, la ferocidad primitiva, que es lo que la civilización -trata de modificar y destruir en la especie humana. Si la cultura no -tiene por base y fundamento moral la piedad, si no ha de ahogar, o por -lo menos ablandar en nosotros a la fiera, no sirve entonces la obra de -la cultura, y a la postre resultará frustránea y vacua. No es el ideal -hacer refinados, sino piadosos. Fuertes sí, pero para aprovechar las -fuerzas en el bien, porque los hombres no han de ser fuertes nada más, -han de ser buenos. Así pensaba yo, mientras... - -No conozco los incidentes ni las peripecias de una lidia. Los hombres -bregan, el toro embiste, y he aquí que en el final de la lucha, cuando -el matador, espada en mano, reta a la fiera, vi un relámpago de acero, -una flámula roja por los aires, y en los cuernos del bruto un montón de -seda y bordados de oro que voltejeaba. El matador había «sido cogido». -Acudieron los compañeros, con sus capotes, a arrebatar su presa al toro; -levantaron del suelo al herido; en silla de manos sacáronle los monos -sabios a la enfermería. El público cesó de rugir. Una onda de pánico -hizo el silencio en torno de la tragedia. Entonces, todo emocionado, -dije a mi compañero: - ---Esto se acabó; vámonos. - ---No, no se acabará--me contestó mi amigo madrileño--. «Pacomio» a la -enfermería. Nosotros a seguir mirando la lidia. Faltan cuatro toros y me -dicen que hay dos de muy buena estampa. Y aún quedan matadores en el -ruedo. - -Efectivamente, a poco, el público, repuesto, aplaudía la aparición de un -toro arrogante y alto, que alzaba orgullosamente el coronado testuz. - - * * * * * - -Al salir de la plaza nos detuvimos en una taberna cercana a descansar. -El espectáculo es de los que descoyuntan como una larga jornada. Cuando -ya la tarde se iba obscureciendo y la calle de Alcalá tomaba su aspecto -normal, vi pasar una procesión fúnebre: marchaba muy lentamente, a su -cabeza, una camilla cubierta de mantas, y cargada por seis robustos -mozos; toreros, amigos, periodistas y curiosos, la seguían. Así salió, -aquella tarde, «Pacomio» de la plaza. Ocho días antes, así había salido -también «Paco Madrid». A las primeras horas de la noche, los chiquillos -voceaban la gravedad del matador. - -En la plaza de Canalejas, en los balcones de un diario, estuvo por -varios días un boletín dando cuenta del estado del enfermo. - -Se acentuó la mejoría, y ya nadie hizo caso del suceso. No tenía -significación. Además, vino a ponerlo en completo olvido el anuncio de -que, en corrida especial, «Regaterín» iba a cortarse la coleta. Los -diarios todos se ocuparon en hablar del asunto. Tratábase de un -acontecimiento en la villa de Madrid. La Prensa publicó ilustraciones de -primera plana. Hubo en el ruedo y en los tendidos lágrimas, abrazos y -efusiones. - -Para quitarme un tanto la impresión desconcertante de un suceso que no -me interesaba, me puse a leer con atención las noticias de la ocupación -de Biut, los combates que las tropas sostuvieron en Africa con los moros -rebeldes. Murieron allí, heroicamente, oficiales y soldados. El valor -español tuvo una alta manifestación en el cumplimiento del deber. Los -enviados especiales de la Prensa han hecho pequeños relatos de epopeya. - -Y, no obstante, se diría que esta noticia no ha causado la sensación, la -emoción colectiva que yo me esperaba... - - - - -LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS - -IGLESIAS Y GUIMERÁ - - -En Barcelona vi a dos hombres célebres en la literatura dramática: -Iglesias, el autor de _Los Viejos_, y Guimerá, el poeta de _Tierra Baja_ -y _María Rosa_. - -Durante una representación de _La Artesiana_, de Daudet, en la Plaza de -las Arenas, a la terminación de un acto, cuando los obreros--porque se -trataba de una función popular--andaban de aquí para allá por los -pasillos de la sala de espectáculos, improvisada en el vasto redondel, -me picó la curiosidad un hombre escuálido y vestido con modestia, de -larga y lacia cabellera, asomándose por bajo el fieltro negro y de -anchas alas, y de rostro seco y huesoso, que hacía pensar en un Don -Quijote con anteojos... La figura no era extravagante; era interesante, -y más que eso, típica, original. Personificaba, como otras tantas -españolas, un pueblo y una raza. Los ojos tenían extraordinario brillo; -la cara, áspero gesto; el cuerpo, actitudes desmayadas. - ---¿Quién es?--le pregunté al editor Ramón Araluce, que se hallaba a mi -lado, y era mi directorio, mi «cicerone» y mi guía. - ---Es Iglesias--me contestó Araluce--: tiene mucho prestigio, ¿quiere -usted ser presentado con él? - ---Ahora, no--respondí--. Ya encontraremos otra oportunidad. - -Y mientras estuve en Barcelona, la oportunidad no volvió a presentarse. - - * * * * * - -La verdad es que me he propuesto ver primero a los pueblos que a las -gentes, a los grupos que a los individuos. Desde luego las ciudades en -su aspecto total; en seguida, los ejemplares de humanidad selecta y -representativa, en sus peculiaridades individuales. Además, experimento -un raro placer en observar desde mi insignificancia; soy un anónimo; me -llamo Don Nadie, y así no hay quien se fije en mí ni me haga caso, ni -mucho menos se ponga en «actitud», como frente a los fotógrafos y -periodistas. De este modo puedo ver más al natural, y sorprender cosas -que quizá de otra manera se me ocultarían o pasarían inadvertidas para -mí. Es cierto que no podré darme cuenta sino de lo exterior; pero es que -en muchas ocasiones el secreto interior sale a la superficie y se -revela, y en esos determinados momentos es un goce el ejercicio de la -perspicacia. - -Luego, he podido comprender que los literatos españoles saben poco de la -vida cultural de la América latina. Hispano-América sirve mucho a los -libreros; a los autores de libros los tiene sin cuidado. El editor -conoce al dedillo el estado económico, intelectual y político de -cualquiera de nuestros países novicontinentales; como que el asunto le -interesa sobremanera y es la base de sus cálculos; lo que se vende en -América es para el editor peninsular, tanto o más importante que lo que -se vende en España misma. - -El literato no piensa lo mismo, porque no tiene necesidad de ello. Se -cree de una superioridad incontestable sobre los hombres de letras -españolas en Ultramar. Se juzga quizá un conquistador mental, supuesto -que su nombre y sus obras ejercen un dominio y son conocidas y muchas -veces admiradas en Colombia, Venezuela, Chile, Perú, Argentina, Cuba, -México... - -El concepto es falso, a todas luces; mas pienso que ha de llegar el día -en que vaya siendo rectificado. Se necesita un esfuerzo de intercambio -que cruce los límites utópicos de la confraternidad idealista y entre en -el terreno positivo del comercio bibliográfico. Entonces se anotarán los -errores de esta indiferencia, ya que no desdén, por la cultura de -América. - -Y tal indiferencia no es obstinación, ni rencor, ni vanidad; -encastillamiento, y, tal vez, un resto de orgullo metropolitano. Tan es -así, que Rubén Darío, por ejemplo, dejó huellas hondas en la vida -literaria de aquí, se le considera un maestro, un reformador, una gloria -del arte, y se le cita y se habla de él con respeto y admiración. Santos -Chocano alcanzó pronto celebridad y fama; Amado Nervo recibió un -homenaje inolvidable. Pero no es eso; es el conjunto de una -civilización, es el aspecto general de los fenómenos literarios los que -darían a los españoles una noción clara de lo que son actualmente las -letras de Hispano-América. Habría algo que decir y que decidir acerca de -eso. - -Sobre los motivos indicados existe otro muy personal que me detiene en -la línea obscura de mi honesta insignificancia. El bombo, el platillo y -todos los instrumentos de ruido y compás, me han parecido siempre -ridículos. La notoriedad hecha en párrafos de gacetilla es como una -condecoración de oropel; quien se la pone, queriendo engañar a los -demás, se engaña a sí mismo. - -En mi tierra andaba por esas calles de Dios un loco, que sobre los -miserables harapos que cubrían su pecho, colgaba cintajos, medallas -viejas, nuevas, de latón, cuentas de vidrio, cuanto veía brillar en la -basura de los muladares. Con esto y con una caña corriente, que era su -bastón de mando, iba haciendo gestos arrogantes y caricaturescas -posturas. Se creía condecorado por reyes, papas, emperadores. A este -megalómano le llamaban el General «Lobo Guerrero». - -Pues como él, he visto pasar a muchos impacientes de gloria. Hay muchos -«Lobos Guerreros» de la literatura y del arte. - - * * * * * - -Por acá suelen descolgarse muchachos que atravesaron el Atlántico para -recibir la consagración de manos de los pontífices de la poesía -castellana. Esos muchachos visitan todas las redacciones, se presentan a -todos los artistas y periodistas en boga, y en cada esquina espetan -poemillas modernistas, insustanciales y verbosos. La burla española, la -genuina y picante burla de este pueblo zumbón y malicioso, ha -clasificado a esos versificadores inocentes, ansiosos de renombre; los -llama «ruiseñores americanos». Yo no me he atrevido a entrar en el -gremio; no quiero pasar por un ruiseñor americano. En mí sería tanto más -extravagante cuanto que no podría disculpar mi torpeza atribuyéndola a -locuras de juventud. Ya peino canas. - -Prefiero, como cualquier hijo de vecino, ir, venir, ver a mis anchas, -sin miedo a la crítica, sin apercibimiento para la ironía, sin la -obligada genuflexión, sin el elogio vulgar e insincero, sin necesidad, -en fin, de que los literatos y yo perdamos naturalidad, ellos para -producir la impresión y yo para recogerla. - -Por eso me excusé de ser presentado con Iglesias. Por eso todas las -tardes, a la caída del sol, detenía yo unos minutos mi paseo por las -ramblas, frente a un café situado en la esquina de la Plaza de Cataluña, -y a través del vidrio de un escaparate me ponía a mirar a un anciano, -silencioso, triste, de mirada incierta y como desconfiada, de frente -cargada de recuerdos, de gesto desconsolado y amargo. Siempre lo vi -solo; callado siempre; el cuerpo, en el que se adivina el quebranto de -la fatiga recargado en el terciopelo rojo de una butaca mural; el -espíritu en quién sabe qué vuelo lejano de memorias. Vida interior, -ensimismamiento, envuelven y velan a este hombre cansado y melancólico. -Es un grande y piadoso poeta a quien todos hemos aplaudido y admirado. -Su nombre traspasó las fronteras de la patria. Es dramaturgo, y algunas -de sus obras se presentan en Italia, en Francia, en Alemania. Una, -«Tierra Baja», musicada por un teutón, se canta. La tristeza lo rodea; -la gloria lo sigue. A su alrededor se ha hecho un silencio -resplandeciente. - -Así es como, en Barcelona, miré a Guimerá, al famoso don Angel Guimerá, -tarde por tarde. - - - - -EN MADRID - -LA EXPOSICIÓN DE ANGLADA - - -En los Jardines del «Buen Retiro», a un lado del bello e inacabado -monumento de Alfonso XII, cuya corva columnata muerde en el extremo -opuesto la orilla del lago plomizo, se alza una bonita construcción de -estilo Renacimiento. A las cinco de la tarde, hora sofocante aún, voy -subiendo por la escalinata de este palacio del Arte. - -Me siento espoleado por una extraordinaria curiosidad. La exposición de -las obras del pintor Anglada es el tema del día en las conversaciones de -los círculos culturales y en las columnas de crítica de los periódicos -de Madrid. - -Llevo menos de un mes de vivir en esta deliciosa ciudad, «la ciudad -alegre y confiada» de que nos habla Benavente en su última comedia, y -cinco veces he visitado el famoso Museo del Prado, que es, entre todas -las pinacotecas europeas, una de las que con mayor derecho aspira a los -primeros lugares. La sala de los retratos, con sus Grecos, sus Sánchez -Coello, sus Pantojas, sus Tiziano, sus Carreños, bastaría sólo ella para -clavar años y años, vista y entendimiento en aquellos cuadros que -parecen ventanas por donde se están asomando, siglos hace, reyes, -caballeros, princesas, monjas, a quienes no miramos nada más nosotros, -sino que nos miran ellos también, inmortalmente vivos, con el alma a -flor de pupila, con el corazón latiendo bajo las sedas, los brocados y -los terciopelos de los trajes. La sala de Goya retiene con el imperio de -su mundo tragicómico, estupendo de realismo revolucionario, frenético de -horror y empapado de sátira diabólica, donde reina en su inquietante -desnudez la «Maja». La redonda sala de Velázquez es una catedral, de la -que no quisiéramos salir nunca, embebidos en los milagros del genio. Y -Rubens, el suntuoso, y Van Dick, el elegante, las doradas carnes de -Tiziano, y los ambientes ascéticos de Zurbarán, y la gracia amable de -Murillo, y todo el universo evocador encerrado en aquel maravilloso -Museo, fuerzan en el espíritu a la contemplación incesante y lo sumergen -en una onda de brillo total, donde sólo queda flotando la impresión -conmovedora del color y la línea. Un día, quizá, me atreva yo a -exteriorizar esa impresión en alguna próxima nota. Por ahora diré -únicamente que mis cinco visitas al Prado despertaron mis viejas -aficiones de impenitente y apasionado «dilettante». - - * * * * * - -La Exposición Anglada se ve muy concurrida tarde por tarde; artistas, -mujeres, poetas, escritores, se aglomeran dentro del reducido recinto. -Más de treinta y dos son las obras presentadas por este pintor catalán, -que hizo en Francia sus trabajos y su celebridad, y que no había querido -aparecer en España antes, tal vez, de haber consolidado su fama y su -personalidad. Los periódicos madrileños, al anunciar esta exhibición, -dijeron que se trataba de una de las dos columnas de la moderna pintura -española: una de ellas, Zuloaga; la otra, Anglada. - -Después, la crítica periodística, sin escatimar el elogio hiperbólico, -parece que vela con él cierta inconfesa reticencia; que se mueve, no -obstante, por debajo de la malla deslumbradora del encomio. En cambio -los técnicos, los conocedores del oficio, han manifestado una admiración -que se acerca al éxtasis y que excluye toda censura. Anglada ha llegado -al límite de lo posible. Pintando, nadie ha ido más allá. - -¿Y el público? ¡Ah! el público ve y oye. Cuando ve, se desconcierta; -cuando oye, se previene. Y es que lo que ve, no guarda relación con lo -que oye. La mirada profana no descubre el decantado prodigio de la -pintura de Anglada, y aun dispuesto, como se encuentra el público, a -dejarse sugestionar por la palabra, no lo consigue. Es que para ver las -actuales manifestaciones del arte plástico parece necesitar una -preparación, una educación que en otro tiempo no era indispensable, y -que hoy hace del culto estético una capilla estrecha, una torre de -marfil en la que caben nada más unos cuantos iniciados en los -esotéricos misterios. - -Yo creo en lo que dicen los «técnicos». Hay, efectivamente, en los -trabajos de Anglada una maestría insuperable para poner, combinar y -armonizar el color y producir una brusca sensación de encanto por los -atrevimientos y contrastes de los tonos. Cada cuadro es una sinfonía de -raros acordes de matices, de ásperas disonancias, que causan, sin -embargo, un delicioso placer visual y provocan la fascinación de lo -original y exquisito. Los mantones bordados, los rasos joyantes, las -telas transparentes, las flores aterciopeladas, salen de los lienzos, se -nos muestran en un inverosímil naturalismo, nos producen el efecto de -que estamos recorriendo un bazar de indumentaria magnífica, en el cual, -el típico mantón español domina con sus notas polícromas, la variedad de -los encajes y la seda. Y estos paños fastuosos que cuelgan de los muros, -se destacan, brillan, caen en pliegues mates y en flecos desmayados, con -un relieve imprevisto que nos engaña, al punto de darnos la ilusión de -que no han sido pintados, sino de que están allí pegados y superpuestos -en el lienzo. Nos acercamos, y delante de nuestros ojos están los grumos -de pintura untados, como si la mano del artista hubiese ido, a capricho, -exprimiendo sobre la tela los botecillos de la pintura. Mas el -sortilegio persiste si volvemos a alejarnos un poco. - - * * * * * - -Y así vamos, de asombro en asombro, recorriendo los salones. En ellos, -las figuras de mujer son las más frecuentes y atractivas. ¿Atractivas, -por qué? No precisamente por su humanidad, por su vitalidad, por su -espiritualidad, sino por sus trajes y sus actitudes, algunas de las -cuales indican no sé qué forzada violencia, no sé qué rebuscado -descoyuntamiento. Semejantes «poses» chocan, pero no carecen de -sugestión. Hay en ellas cierta gracia artificial y morbosa. Pero no son -seres producidos por la naturaleza; poseen una desdibujada vaguedad, una -lejana expresión de vida, una indefinida rigidez de maniquí, que -contrastan con el «verismo» indumentario. Indudablemente estas criaturas -han sido sentidas por un enfermizo temperamento de sensualidad -extravagante. Hay quien las ve inquietantes. Hay también quien las ve -insignificantes. - -Anglada presenta composiciones de aliento, tales como «El tango de la -Corona», «Los enamorados de Jaca», «Valencia», que son cuadros robustos, -muy fuertes de colorido y de marcada extrañeza de pensamiento y -sentimiento. Presenta también el pintor tres soberbios desnudos, -magníficas «academias» de admirable claro-obscuro. - -Mas la impresión que persiste en nuestro recuerdo y que ha herido -vigorosamente nuestra retina, es la de habernos recreado, no en la -contemplación de pinturas, sino de esmaltes, de marfiles, de raras y -brillantes cerámicas, de barnizados caolines, de satinadas traperías, de -viejos tapices, encajes y flecos. No recordamos haber visto carne. No -recordamos el alma de las figuras tan espléndidamente ataviadas. La -producción de Anglada, en general, parece dar a la pintura, su carácter -de auxiliar de arte meramente decorativa, y en éste o aquél trabajo, nos -trae a la memoria el género inferior del «affiche». - -Mas, en manera alguna se trata de un débil, sino de un pletórico y -extraño talento, cuyos caprichos pueden, en ocasiones, llegar a la -extravagancia, pero sin hacerle perder sus pujantes cualidades. - - * * * * * - -Y si creo en los que dicen los «técnicos», no dejo de comprender, al -mismo tiempo, que los profanos tienen razón. Todos esos modos de ver y -de sentir la vida, todas esas insanias de metamorfosis y alteración de -color y de forma, todas esas nuevas escuelas que nos obligan a la -reeducación de los sentidos, a la preparación y al esfuerzo, alejan al -Arte de su natural tendencia de expansión y propagación. El arte tiene -que ser eminentemente popular. Tiene una gran misión social que cumplir, -y cuanto más se aleje de ella y reduzca sus emociones a pequeños grupos -de iniciados y sacerdotes, tanto más perderá de ideal y significación. -Anglada es un insigne pintor que aquilatan y comprenden unos cuantos -exquisitos. - -Y pensando en la sublime simplicidad de Velázquez y en la estupenda -fantasía de Rubens, salí del Palacio artístico del «Buen Retiro». - ---¡Qué luz tienen los cuadros de Anglada!--acababa yo de oir decir a los -admiradores del pintor catalán. - -Y bajo aquella luz de tarde veraniega que se filtraba entre los ramajes -y que diafanizaba las lejanías en un verde dorado y suave, me alejé -diciendo para mí: - ---¡Qué luz la de este cielo! - - - - -EN TOLEDO - -UNA NOCHE TOLEDANA - - -Por el ventanillo del tren en marcha miro el obscurecimiento del -paisaje. Poco a poco van saliendo, blancas y tímidas, las estrellas. De -pronto, la locomotora se ha detenido. Una voz plañidera grita: -_¡Algodor! ¡Un minuto!_, luego seguimos caminando con rapidez. Yo sigo -en mis silenciosas contemplaciones. - -Una larga y lívida franja, deshilvanándose en el azul sombrío del -horizonte, sirve de fondo a un caprichoso dibujo en tinta china; diríase -una mancha negra que, caída en una orla de seda violeta, se expandiese -en múltiples y raros perfiles. En la sombra amarillenta de la llanura -castellana, por la cual ha comenzado a palpitar una que otra centellita -de candil rústico; esta fantasmagoría que se desvanece en el término -remoto, me recuerda lecturas hace tiempo olvidadas: versos de poema -románticos; descripciones de novelas por entregas. - -Lo que de niño me hicieron soñar los libros, he aquí que, en la madurez -cansada de mi vida, me lo da la realidad para entretenerme como en -aquellos días felices. La silueta negra sobre el friso semiapagado del -crepúsculo, revuelve en mi cerebro lejanas memorias. Yo estuve allí -muchas veces, muchas, mientras, a hurtadillas, en la banca de la -escuela, o en algún rincón de mi casa, devoraban mis ojos los cuentos de -milagrería que llenaron mi adolescencia de maravilla y pasmo. - -Ya nada veo más que sombra abajo y astros arriba. Y cuando menos lo -pienso, el tren se detiene por última vez. _¡Toledo!_ Los pasajeros se -ponen de pie y se apresuran a bajar. Me enfundo en el gabán, tomo la -maletilla, y ¡andando! Entro en la estación; busco el carro de un hotel; -subo con otros tres o cuatro viajeros, en la incómoda diligencia, y me -preparo a continuar en mi divertida y muda contemplación. No quiero -darlo a conocer, pero la verdad es que me siento, no sólo curioso, sino -emocionado. Se me remueven, hervorosamente, las añoranzas. Suena el -látigo del cochero: los animales de tiro emprenden su ruidoso trote. El -coche se bambolea y cruje. Ya vamos atravesando el puente de Alcántara; -una torre maciza, de gris aperlado por el fulgor de la noche, nos abre, -al fin del puente, su puerta obscura y blasonada. Pasamos. El camino, -angosto, va, cuesta arriba, haciendo curvas amplias. Hacia un lado, el -de afuera, el pretil de piedra del principio; por el otro lado, el -interior, pedazos de muralla, altos paredones, gruesas mamposterías, por -los que, de trecho en trecho, sale el disco blanco de una pantalla, en -cuyo centro brilla la ampolla de oro de un anacrónico foco eléctrico. A -pesar del ruido de la diligencia, se oye la voz del río que corre -invisible, en el fondo de la escarpadura. Abajo, en el campo, veo cómo -se extiende el caserío, todo sembrado de luces inmóviles. A lo lejos se -distingue que, ascendiendo nuevamente el suelo, forma el suave declive -de una colina moteada de follajes obscuros. Del cielo, pálido y limpio, -cae profusamente la lluvia de plata de la luna. Pasamos junto a otra -puerta morisca, fileteada de luz en la gigantesca herradura de su clave, -y más arriba, en los dientes de sus almenas. El coche sube por la -calzada de recio empedrado. Mis ojos, incansables y asombrados, beben -misterio. La sombra y las ruinas, la noche y los muros, diseñan en -claro-obscuro, una fantástica decoración. Vuelvo la cabeza para darme -cuenta del trecho recorrido, y alcanzo a ver todavía los arcos del -Puente de Alcántara, y bajo ellos la cinta rutilante del río, y en un -extremo, la masa de contornos precisos de un castillo. Lo reconozco; me -acuerdo de las viejas láminas que me lo enseñaron; es la secular atalaya -de San Servando, asilo de los Monjes de Cluny, morada de los Templarios. -Flanqueamos un jardín solitario, que es un alto miradero que domina el -panorama argentado. Penetramos por callejuelas torcidas y negras, muy -escasamente alumbradas. En ellas entra la diligencia con la exactitud de -una alhaja en su estuche, de una espada en su vaina. Si sacáramos una -mano tocaríamos las casas. En una plazuela poligonal, que parece el -hueco que dejó un prisma enorme, está el hotel. Allí, casi a tientas, -bajamos a pedir hospedaje. El interior, bien iluminado, contrasta con la -plaza tenebrosa. Escojo mi habitación con vista a un callejoncito, que -es como un estrecho listón de terciopelo negro, en el que fulgura una -sola lentejuela: la claridad ocre de un farol pavoroso. - - * * * * * - -He salido a pasear sin rumbo. Fuí primero en busca de luz. Cuando seguí -por cinco o seis callejas, la hallé. Hallé la luz en los lugares que son -comunes a todo pueblo moderno: en los escaparates de las tiendas, en los -salones de los cafés, en los paseos, en la irregular y vasta plaza de -Zocodover, en la calle principal por donde todavía iban y venían las -señoritas toledanas. - -Quien ha vivido la existencia lugareña, monótona, uniforme, maliciosilla -y cansona, con su amor platónico, su chisme del día, su rencor -escondido, sus sanas y devotas costumbres, y su maledicencia susurrante, -recordará todo eso si sale, como yo, a ver en Toledo, a las nueve de la -noche, las tiendas de la calle del Comercio y los cafés de la plaza de -Zocodover; la burguesa mediocridad provinciana en su simpático aspecto -de sencilla tranquilidad. - -Me voy deteniendo, para matar el tiempo, frente a los cristales de los -aparadores: ropa, zapatos, quincalla... Las mismas mercancías de -cualquier parte, dispuestas de igual manera, para idénticas necesidades. -Mas de aparador en aparador voy sorprendiendo peculiaridades que me -obligan a pensar en el carácter de la ciudad que visito. Los escaparates -de las tiendas son también reveladores para quien sabe estudiarlos y -comprenderlos. Suelen mostrar lo que esconden las casas y callan las -bocas. Enseñan las tendencias de las gentes que pasan, sus gustos, sus -modos de vivir, sus cualidades y defectos. Ver mucho los aparadores, -verlos con atención y con intención, en una ciudad que no se conoce, es -prepararse a comprender la sociedad y sus costumbres. - -Y en estas viejas urbes que viven de su paso legendario, de su grandeza -monumental y remota, de su celebridad fabulosa, de sus ruinas, el -escaparate es, a veces, como un voceador de mercadería para el viajero; -la leyenda, la grandeza, la fábula se abajan y entran en charlatanerías -y falsificaciones de buhonero. - -Sí tiene Toledo aparadores característicos en su mejor y más concurrida -vía: dos, cinco, diez, dominan sobre el conjunto de la vulgaridad. Allí -están, dentro de su paralelógramo de cristal, cada uno de ellos es una -exposición deslumbrante; éste es un anaquel de santos; el otro, un -puesto de cacharros azules; el de más allá, una armería. Esculturillas y -estampas sagradas aquí; adelante, cantarillos y vasos de loza de -Talavera de la Reina, y por todas partes hojas de acero refulgente, -espadas, puñales, navajas, con inscripciones y diseños repujados, -damasquinados puños, cofrecitos y joyeros de ataujía primorosa, pequeñas -ánforas, sobre cuyas formas pavonadas se entretejen los hilos de oro en -dibujos intrincados y sutiles... - -Al contemplar estas chucherías encantadoras y estas blancas espadas y -estos puñales de cubierta afiligranada, sentí el hechizo de la -fantástica Toledo, goda, moruna, judaica; la Toledo de los romances -viejos, de las crónicas misteriosas, de los orientales placeres, de las -devotas austeridades, de los heroísmos asombrosos, de las tumultuosas -tragedias, de las aventuras de retablo y encrucijada, de los amores de -reja y desafío; de la Toledo de espada y de puñal, de ánfora y joyero, -de vajilla de Talavera y de santas y policromas esculturas. - -Aquí, en los escaparates, aunque rebajada y modernizada, la encuentro. -Pero quiero verla en el ambiente, revivirla en el recuerdo, vivirla en -la imaginación y la evocación. - - * * * * * - -Estoy sentado en el zócalo de piedra que rodea el centro de la plaza de -Zocodover. El reloj, que brilla como un ojo bilioso, en lo alto del arco -de la Sangre, acaba de sonar, con sus campanas de voces juveniles, las -once de la noche. En la plaza, ya casi sola, se levanta uno que otro -árbol escueto. Bajo las portaladas vetustas siguen abiertos y vivamente -alumbrados los cafés. En lo alto, dominándolo todo, se recorta la masa -rectangular del Alcázar. Sus torres puntiagudas pican la plata sideral. - -Mi soledad comienza a estar llena de visiones: cuadros hechos con humo -de colores se desenvuelven en la obscuridad de la memoria; tumulto de -turbantes; vuelos de sedas; matices de alcatifas; el mercado arábigo; -las zambras; los juegos de cañas y las lizas, y, llena de sombra y de -relámpagos, la procesión de los autos de fe. - -Aquí pasaron todas esas cosas. Y como soy un libresco empedernido, -comienzo a sacar papeles de la estantería de los recuerdos, y a -hojearlos y a buscar los pasajes que podrían intensificar en aquel -instante mi emoción y hacerme más sensible y exaltada la realidad. - -Después de media hora me levanto y, a impulsos de mi fantaseadora -curiosidad, me decido a perderme en el laberinto y en el tentador -silencio de la ciudad. Por las callejas, de áspero empedrado, que se -entretejen confusamente, por los recodos y retorceduras, por las cuestas -y descensos del suelo voy, entre la sombra, agujereada de cuando en -cuando por los amarillentos farolillos, como si fuese por una ciudad -vista en un sueño. Mis pasos tienen ecos que se reproducen en la -distancia. Todas las casas están cerradas. Las paredes de las fachadas, -altas, negras, medrosas. A la claridad parpadeante del alumbrado -distingo, en un lienzo carcomido, en un muro de ladrillos rotos, a lo -largo de las aceras, ya un arco románico, ya una puerta ojival, ya un -ajimez calado, y una columna gótica, de capitel pesado, en la clave de -un portalón descascarado, un borroso escudo, un bajo-relieve heráldico, -una escena mística tallada en granito. Es más lo que adivino que lo que -percibo, lo que infiero y sospecho que lo que miro. Sobre esta paz -profunda cae el argento de las estrellas. Llego a una plazoleta; me -siento en el pórtico de una iglesia, desde el cual puedo alcanzar una -parte del panorama. Allá abajo se extiende la negrura plateada de la -campiña, limitada por los collados que tapiza el espeso y obscuro -follaje; ya no hay danza de luciérnagas en ella. Oigo el rumor del Tajo, -invisible y adormilado. Vivo, por fin, una hora antigua, una hora -pretérita, de poesía medioeval. Divago a mis anchas por entre recuerdos -históricos y poemas y leyendas. - -¿Qué se han hecho la vida presente, la agitación actual, la inquietud -activa de este minuto angustioso del mundo? ¿Dónde están las noticias -de la guerra europea, el estremecimiento de la lucha universal, la -preocupación de los problemas modernos, el miedo visionario, la -esperanza nerviosa que me sacuden incesantemente el espíritu? Todo se ha -desvanecido en esta ciudad fantasma, en esta noche feudal, en este -laberinto de calles morunas y palacios castellanos, en esta plazoleta, -en cuya tierra gris se alarga ridículamente mi sombra, junto a este -paisaje misterioso que la luna envuelve y deslíe. - -Y, como en la oda de Fray Luis, me fingí que el río sacaba el pecho -fuera, y empezaba a narrarme cuentos de hazañas, de encantamiento y de -amor. Y el espectro de la intrépida Isabel, mujer de Fernando de Aragón, -el astuto, cruza, paso a paso, rodeada de su séquito de damas y pajes, -rumbo al claustro de San Juan de los Reyes. A distancia, recatado y -severo, revestido con la armadura resplandeciente y sonante, sigue la -comitiva, como presa de un penoso ensimismamiento, el prodigioso capitán -don Gonzalo Fernández de Córdova, Condestable del reino de Nápoles, -orgullo de la época, domador de la gloria. ¿Estará acaso enamorado el -_Gran Capitán_? El Tajo, bajando la voz, interpreta, para mí, la crónica -de don Hernando del Pulgar, y me aclara las alusiones obscenas de las -Coplas de Mingo Revulgo. - - * * * * * - -¡Media noche! El sereno la grita; el reloj la canta. Después de rodeos y -tanteos, como Dios me da a entender, vuelvo a mi hotel; entro en mi -cuarto, abro el balcón, insaciado todavía de curiosidad e interés. El -callejoncito, la cinta de tiniebla, conserva aún el resplandor de su -lentejuela, de su farola agonizante. Pero ahora tiene una luz más, en la -altura de un muro, frente a mi balcón, en una ventana abierta. De ella -sale un sonido constante, rítmico y fino. Yo, atisbo el interior. -Inclinada sobre una máquina de coser, una mujer trabaja. Desde donde -estoy puedo ver un pedazo de la casa pobre: algunas sillas, el lecho, -una cómoda, un cuadro. Sobre la mesa de la máquina, una lámpara. La -cabeza inclinada de la mujer, no me permite ver el rostro. Mas un -canturreo, a _bocca chiusa_, me hace pensar en la juventud, tal vez en -la belleza, acaso en el amor y en la melancolía. Y, urgido por la -existencia real, abandono los recuerdos de las gestas gloriosas, los -desfiles suntuosos del Romancero, las arrogancias del Cid, la entrada -del Rey Alfonso, y compongo con los últimos hilos de la fantasía--la -Penélope eterna--un cuentecito becqueriano. - -La vida provinciana me revela sus tristezas de ahora. - -La muchacha y yo, frente a frente, sin conocernos, velamos. Toledo -duerme profundamente en un silencio conmovedor. - - -II - -SOL DE CASTILLA - - -De codos en el carcomido antepecho, a la orilla del desfiladero, en cuyo -fondo corre la pulida lámina del Tajo, gozo de la belleza y la frescura -de la mañana. Bajo las brillazones del sol, los campos toledanos tienen -una grave y serena alegría. Ancha la vega, silenciosa, cruzada y acotada -por compactas arboledas, muestra una placidez majestuosa como de inmensa -huerta conventual. Los olivares trepan por el collado frontero, en -inmensas manchas verdinegras, por entre las cuales asoman su blancura -reluciente las viejas casas de campo, que de lejos, por su pesada -fábrica, por su apariencia claustral, causan la impresión de monasterios -diseminados en el monte. - -Al pie del peñón abrupto en que se asienta la ciudad, sobre el ocre -rojizo de la tierra, se agrupa pintorescamente el caserío del Arrabal y -las Covachuelas. Y un puente arcaico levanta, atravesando el río, sus -tres fuertes y sobrios arcos. En el confín se profundiza el azul -ceniciento del horizonte. - -Pero el día avanza, y es preciso entrar en el corazón de Toledo para -visitar sus tesoros. Desde Madrid preparé mis datos y me tracé un plan. -Las muchas guías bibliográficas me ayudaron a necesitar lo menos posible -de los _ciceroni_ locuaces y vulgares. Ocupé a uno de ellos, tan sólo -para que me orientase, con prohibición absoluta de explicación y -comentario. Penetro en la ciudad, que a estas horas, las diez de la -mañana, parece no haber despertado todavía. En el aire de vetustez de -estas calles estrechas, zigzagueantes, penumbrosas, apenas hay indicios -de movimiento. Por un empinado callejón va, delante de mí, una mujer del -pueblo, de pañuelo en el busto, falda corta y alta, medias azules y -alpargatas plomizas. Después, la soledad; después, una beata anciana, y -otro trecho solitario; y un sacerdote que haldea; y al cabo de mucho -tiempo, en una plazolilla toda gris de polvo, un hombre arriando sus -cargados borricos que andan soñolientos, cuellicaídos, moviendo sobre la -frente el bordado adorno de la cabezada. Un rechinante carrito de -verduras. Un militar de uniforme azul. Y nada más. Calles, plazas, -tapias, todo hermosamente <g>ruinoso</g>; todo plácidamente mudo. La -irregularidad y la variedad de líneas y masas en las fachadas, son de -una irresistible fuerza evocadora. Una puerta de herradura, que tiene -los ladrillos carcomidos, y parece una boca abierta que enseñara los -dientes cariados. La columnilla de un lindo ajimez, cubierta de -negruzcas mordeduras. Una saliente y tupida reja, con su tejado -triangular y sus ménsulas de hierro mohoso. De cuando en cuando, una -placa incompleta de azulejos desteñidos. De distancia en distancia, las -fachadas destartaladas de una casa señorial, de un palacio con sus -puertas cerradas, de las que cuelgan los historiados aldabones. Una -fuente de brocal gastado, en torno de la cual unas cuantas mujeres -calladas, han dejado, en el suelo, sus cántaros blancos. Una niña, -sentada en la escalerilla de un postigo, tatarea. Remotísimamente, un -organillo de Berbería, toca una canción madrileña. Y nada más. Las -casas, que tienen abierto el portón, me dejan fisgar una celosa entrada -moruna, con sus tableros policromados; un ángulo de patio con sus -tiestos florecidos. Muy pocas figuras humanas, muy pocas voces. Toledo -está vacío; Toledo está abandonado; Toledo es el cementerio de sus -antiguos moradores. - -Es necesario llegar al centro para percatarse de que Toledo, aunque -débilmente, vive. Por allí viene un grupo de canónigos; por allá cruza -un gran automóvil atiborrado de oficiales; los vendedores ambulantes -vocean; las tiendas se suceden y se aprietan en las vías de lento -tránsito. En los salones del café hay varias mesas ocupadas. La gente -marcha sin apresuramiento ni apreturas, en un escaso y pobre desfile. -Mas todo este lienzo provinciano está aquí como prestado, como forzado. -Es de un chocante anacronismo. Las piedras y las personas no se ponen de -acuerdo. Las piedras ostentan fiereza y grandeza; las gentes, sencillez -y apocamiento. La alegría de las piedras es fastuosa y suntuosa; la de -las gentes es humilde y amanerada. Las piedras se han vestido de -encajes y adornado con relabrados de orfebrería, o bien se atavían de -hierro, embrazan escudos, soportan cascos y cargan bordaduras -heráldicas; o bien se ahuecan para recibir santos de mármol; o llevan -sobre los pulidos cerramientos retablos esculpidos. Las gentes carecen -de elegancias presuntuosas, y visten provincianamente, sin excesos de -lujo, sin ostentaciones vanidosas. - -Las piedras poseen una elocuencia oriental; saben historias, narran -fábulas, conocen la poesía árabe, hablan latín y recitan versículos -hebraicos. Las gentes parecen despreocupadas y hasta olvidadas de tanta -sabiduría. Las piedras son viejas, están desmoronándose por todas -partes, pero pregonan eviternidad. Las gentes dejan entrever su sello -perecedero y caduco. Y es que las piedras viven; recuerdan tristezas, -placeres, heroísmos, sacudimientos de libertad, esfuerzos de piedad. Y -las gentes entre las piedras, viven también, aunque una existencia -rebajada, callada y obscura, que se asemeja y acerca a la muerte. El -alma, vigorosa y maravillosa, irradia de las piedras, y tímida y -desmañada se esconde en las carnes... - - * * * * * - -En el corredor de la casa del Greco, sentado en la banca mural de -ladrillos gastados, me recreo, mirando el jardín. No es grande, y las -paredes que lo limitan son bajas. Desde él, en el sitio en que estoy, se -ve ascender la ciudad; se ven las líneas de las casas subir, suavemente -escalonadas, hasta recortar el horizonte diáfano. Es un espectáculo de -época; es el siglo XVI que se pone delante de mí, en muros severos, de -ventanas simétricamente dispuestas, con su fría austeridad de -monasterio. El jardín está caprichosamente sembrado de plantas que -florecen, y que, sin embargo, por su verde polvoroso, por su aspecto -mustio, producen la impresión de que son tan viejas como el edificio. -Una fuentecilla secular deja caer, desde la altura de su gastado pilón -de piedra, su chorro cansado y turbio. El sol, en plenitud, sobredora -este rincón, apacible y huraño. - -Los pilares leprosos del corredor, proyectan hacia dentro, y en -oblicuo, una cinta de sombra. ¡Qué paz siente el espíritu, qué -alejamiento, qué anonadamiento! ¡Ah, casa decrépita, senil palacio del -avariento Samuel Levi y del refinado y diabólico Enrique de Villena, -cómo se conoce que te habitaron hombres exquisitos, almas contemplativas -y sutiles! El Greco te aderezó y te adaptó a su raro y admirable sentido -estético. Albergaste un día la riqueza; escondiste en tus subterráneos -el tesoro de Aladino; otro día encubriste la mágica sabiduría, y bajo tu -techo abrió las alas, llamado por el cabalístico conjuro, el ángel -Asrael; pero lo que vale en ti más que todo es haber tenido la gloria de -abrigar los ensueños luminosos del Arte. Domenico Theotocopuli, -descansando en este mismo lugar, concibió las visiones celestiales, el -séquito de ángeles alargados y de figuras que parecen copiadas en -cóncavos espejos. Tal vez aquí, en una hora como ésta, mientras, frente -al caballete, untaba sobriamente en la paleta sus cuatro colores -favoritos, hablaba de cosas ascéticas con su amigo el venerable maestro -Fray Juan de Avila. - -Toledo entero está lleno de este espíritu enfermo de la divina locura -del genio. Toledo es del Greco; nadie le puede disputar esta soberanía. -Es su dominio, su feudo, su monumento. - -He visitado las iglesias, los palacios, las fortalezas, las ruinas, las -mezquitas, las sinagogas; el portento de la Catedral, que sobrecoge como -el misterio del _más allá_; el alcázar poblado de espectros -esplendentes. - -El arte mudéjar, la arquitectura muzárabe, las maderas incrustadas de -nácar, las techumbres sobrecargadas de marfil, han removido en mí el -mundo fantástico de los recuerdos. Las joyas, de trémula pedrería; las -vestiduras, de brocado magnífico; las capas magnas, de gemados diseños; -los tapices, de colorido inmarcesible, me han herido los ojos con -deslumbramientos de milagro. El sepulcro de don Alvaro de Luna, el -sarcófago del Cardenal Mendoza, la espada de Alfonso VI, las insignias -del Cardenal Cisneros, el San Francisco de Asís de Mena, limpiaron en mi -fantasía el panorama de la historia. He soñado leyendas, he recitado -romances, viendo templar una hoja de acero, junto a una vieja fragua, y -contemplado, en su capilla silenciosa, al Cristo de la Vega. - -Mas cosa ninguna me ha tocado el corazón ni me ha producido emoción más -honda que el rincón de la iglesia de Santo Tomé, donde viví, quién sabe -cuántos siglos, en el breve tiempo en que logró mi alma alcanzar la -elevación del éxtasis, ante el muro que sostiene el prodigio del -Entierro del Conde de Orgaz. - - * * * * * - -Al concluir mi larga meditación en el jardín de la casa del Greco, del -formidable inmortalizador de la España devota y caballeresca, enderecé -mis pasos hacia el rumbo opuesto; atravesé la plaza del Zocodover; pasé -por debajo del arco de la Sangre y me detuve frente a un caserón -pringoso y obscuro, en cuyo patio se desgranaba, materialmente, un -veterano coche de camino. Era la posada del Sevillano. Un forastero -pobre, de aspecto hidalgo, de aguileño rostro, manco y gallardo, se -hospedó en esta posada. Llamábase, el tal, Miguel de Cervantes -Saavedra. - -Y cuéntase que en alguno de estos aposentos escribió una de las fábulas -más hermosas y típicas de la lengua castellana. ¿Quién ha oído hablar -por ahí de _La Ilustre Fregona_?... - - -FIN - -[Illustration: BIBLIOTECA ARIEL] - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ESTAMPAS DE VIAJE *** - -***** This file should be named 63587-0.txt or 63587-0.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/6/3/5/8/63587/ - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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