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-The Project Gutenberg EBook of Una excursión a los indios ranqueles -
-Tomo 2, by Lucio Mansilla
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
-Title: Una excursión a los indios ranqueles - Tomo 2
-
-Author: Lucio Mansilla
-
-Release Date: November 14, 2020 [EBook #63767]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS ***
-
-
-
-
-Produced by Andrés V. Galia, Sanly Bowitts, Santiago and
-the Online Distributed Proofreading Team at
-https://www.pgdp.net (This file was produced from images
-generously made available by The Internet Archive)
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-
- NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
-Ciertas reglas de acentuación ortográfica del castellano cuando la
-presente edición de esta obra fue publicada, en 1909, eran diferentes a
-las existentes cuando se realizó la transcripción. Palabras como vió,
-fué, dió, lo mismo que la preposición "á", y las conjunciones "é", "ó",
-"ú", por ejemplo, en esa época llevaban acento ortográfico. Eso ha sido
-respetado.
-
-El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el
-de seguir las reglas de la Real Academia Española vigentes en ese
-entonces. El lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios
-Académicos de la Real Academia Española.
-
-Por otra parte, las reglas de la Real Academia Española establecen que
-el acento ortográfico en las mayúsculas debe colocarse si es que
-un vocablo lleva acento ortográfico. Sin embargo, por una cuestión
-pragmática, en las imprentas ese criterio normalmente no era respetado.
-En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las
-mayúsculas acentuadas a las reglas establecidas por la RAE.
-
-Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.
-
-El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,
-ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.
-
-
- * * * * *
-
- BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»
-
-
- LUCIO V. MANSILLA
-
- UNA EXCURSIÓN
-
- Á LOS
-
- INDIOS RANQUELES
-
- OBRA PREMIADA EN EL CONGRESO INTERNACIONAL
- GEOGRÁFICO DE PARÍS (1875)
-
- TOMO II
-
- [Illustración]
-
- BUENOS AIRES
- 1909
-
-
- Imp. y estereotipia de LA NACIÓN .--Buenos Aires
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
-
- Cap. Pág.
-
- I. Visita del cacique Ramón.--Un almuerzo y una
- conferencia en el toldo de Mariano Rosas.--Mi
- futura ahijada.--Ideas de Mariano Rosas sobre
- el gobierno de los indios comparado con el de
- los cristianos.--Reflexiones al caso.--Explico
- lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.--El
- pueblo comprenderá siempre mejor
- lo que es la vara de la ley, que la ley 5
-
- II. Camargo y José de visita en los momentos de
- recogerme.--Me llevaban una música.--_Horresco
- referens._--Fisonomía de Camargo.--Zalamerías
- de José.--Por qué lo respetan los indios á
- Camargo.--Vida de Camargo contada por él
- mismo.--Por qué produce esta tierra tipos como
- el de Camargo 13
-
- III. Noche de hielo.--Dónde es realmente triste la
- vida.--Preparativos para la misa.--Resuena
- por primera vez en el desierto el _Confiteor Deo
- Omnipotenti_.--Recuerdo de mi madre.--Trabajos
- de Mariano Rosas, preparando los ánimos
- para la junta.--Como y duermo.--Conferencia
- diplomática.--El archivo de Mariano Rosas.--En
- Leubucó reciben la «Tribuna».--Imperturbabilidad
- de Mariano Rosas.--Mi comadre Carmen
- en el fogón 21
-
- IV. Creencias de los indios.--Son uniteístas y
- antropomorfistas.--_Gualicho._--Respeto por los
- muertos.--Plata enterrada.--¿Será cierto que
- la civilización corrompe?--Crueldad de Bargas,
- bandido cordobés.--Triste condición de los cautivos
- entre los indios.--Heroicidad de algunas
- mujeres.--Unas con otras.--Modos de vender.-- Eufonía
- de la lengua araucana.--¿La carne de
- yegua puede ser un antídoto para la tisis? 31
-
- V. Preparativos para la marcha á las tierras de
- Baigorrita.--Camargo debía acompañarme.--Motivos
- de mi excursión á Quenque.--Coliqueo.--Recuerdo
- odioso de él.--Unos y otros se han
- valido de los indios en las guerras civiles.--En
- lo que consistía mi diplomacia.--En viaje rumbo
- al Sud.--Confidencia de un espía.--El espionaje
- en Leubucó.--Poitaua.--El algarrobo.--Pasión
- de los indios por el tabaco.--Cómo hacen
- sus pipas.--Pitralauquen.--Baño y comida.--Mi
- lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral 43
-
- VI. Una noche eterna.--Aspecto del campo al amanecer
- después de la helada.--En marcha.--Encuentro
- con indios.--Me habían descubierto de
- muy lejos.--Medios que emplean los indios para
- conocer á la distancia si un objeto se mueve
- ó no.--La carda.--Un monte.--Gente de Baigorrita sale
- á encontrarnos.--Baigorrita.--Su toldo.--Conferencia
- y regalos.--Las _botas_ de mis
- manos.--Carneada.--Una cara patibularia 53
-
- VII. Qué es la vida.--Reflexiones.--Los perros de los
- indios.--Recuerdos que deben tener de mi
- magnificencia.--Un intérprete.--Cambio de
- _razones_.--_Sans façon._--_Yapaí_ y
- _yapaí_.--Detalles.--En Santiago y Córdoba los pobres
- hacen lo mismo que los indios.--Fingimiento.--Otra
- vez la cara patibularia.--Averiguaciones.--Una navaja
- de barba mal empleada 63
-
- VIII. Dos desconocidos.--El cuarterón.--El mayor
- Colchao y su hijo.--Una cautiva explica
- quién era Colchao y refiere su historia.--Provocaciones
- de Caiomuta.--_Gualicho_ redondo.--Contradicciones
- del cuarterón.--Juan de Dios
- San Martín.--Dudas sobre la fidelidad conyugal.--Picando
- tabaco.--Retrato de Baigorrita.--Un
- espía de Calfucurá 73
-
- IX. Cansancio.--Puesta del sol.--Un fogón de dos
- filas.--Mis caballos no estaban seguros.--Aviso
- de Baigorrita.--Los indios viven robándose
- unos á otros.--La justicia.--Los pobres son como
- los caballos _patrios_.--Cena y sueño.--Intentan
- robarme mis caballos.--Cantan los gallos.--Visión.--El
- mate.--Un cañonazo 87
-
- X. Baigorrita se levanta al amanecer y se
- baña.--Saludos.--En el toldo de mi futuro compadre.--El
- primer bautismo en Quenque.--Deberes
- recíprocos del padrino y del ahijado.--Nociones
- de los indios sobre Dios.--Promesas de mi
- compadre sobre mi ahijado.--Me hablan de una
- cosa y contesto otra.--Lucio Victorio Mansilla
- sería algún día un gran cacique.--Pensamientos
- locos.--Visita al toldo de Caniupán.--Usos
- y costumbres ranquelinas.--Un fumador sempiterno 97
-
- XI. El cuarterón cuenta su historia.--Recuerdo de Julián
- Murga.--Los niños de hoy.--Diálogo con el
- cuarterón.--Insultos.--Nuestros juicios son
- siempre imperfectos.--Un recuerdo de la _Imitación de
- Cristo_.--Dudas filosóficas.--Última mirada al
- fogón.--El cuarterón me da lástima.--Alarma.--Caiomuta
- ebrio, quiere matarme.--Un reptil humano 107
-
- XII. Medio dormido.--Un palote humano.--Un
- baño de aguardiente.--Los perros son más leales
- que los hombres.--Preparativos.--El comercio
- entre los indios.--Dar y pedir con _vuelta_.--Peligros
- á que me expuso mi pera.--En
- marcha para Añacué.--Una águila mirando al
- Norte, buena señal 117
-
- XIII. Mi compadre Baigorrita me pide caballos
- prestados.--El que entre lobos anda á aullar
- aprende.--Aves de la Pampa.--En un monte.--Perdido.--Las
- tinieblas.--Fantasmas de la
- imaginación.--¿Somos felices?--Disertación
- sobre el derecho.--El miedo.--Hallo camino.--Me
- incorporo á mis compañeros.--Clarines y
- cornetas 127
-
- XIV. Mariano Rosas y su gente.--¡Qué valiente
- animal es el caballo!--Un parlamento de noche.--Respeto
- por los ancianos.--Reflexiones.--La
- humanidad es buena.--Si así no fuese estaría
- perturbado el equilibrio social.--El arrepentimiento
- es infalible.--Lo dejo á mi compadre Baigorrita
- y me retiro.--Un recién llegado.--Chañilao.--Su
- retrato 135
-
- XV. Quién es Chañilao.--Su historia.--El carácter
- es un defecto para las medianías.--Diferencia
- entre el gaucho y el paisano.--El primero
- no es nada, el segundo es siempre federal.--¿Tenemos
- pueblo propiamente hablando?--Sentimientos
- de un maestro de posta cordobés
- cuando estalló la guerra con el Paraguay.--Chañilao
- y yo.--Frescas.--Intrigas.--Una china 145
-
-
- XVI. Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado
- á los de Leubucó.--Censura pública.--Nubes
- diplomáticas.--Camargo conocía bien á
- los indios.--Confío en él.--Camilo y Chañilao
- no se entienden.--En marcha para la junta
- grande.--Quieren que salude á quien no debo.--Me
- niego á ello.--Ceden saludos.--Empieza la
- conversación.--Discurso inaugural.--Entusiasmo
- que produce Mariano Rosas.--El debate.--Un
- tonto no será nunca un héroe 155
-
- XVII. Repito la lectura de los artículos del tratado
- de paz.--Los indios piden más qué comer.--Mi
- elocuencia.--Mímica.--Dificultades.--El
- recuerdo de un sermón de Viernes Santo me
- salva.--El representante de la _Liberté_ en Bruselas
- y yo.--Cargos mutuos.--Argumentos etnográficos.--Recursos
- oratorios.--En el banco
- de los acusados.--Interpelaciones _ad hominem_.--El
- traidor calla.--Redoblo mi energía é impongo
- con ella.--Se establece la calma.--Apéndice.--Once
- mortales horas en el suelo 165
-
- XVIII. Revelación.--Más había sido el ruido que
- las nueces.--Nuevas presentaciones.--El último
- abrazo y el último adiós de mi compadre Baigorrita.--Otra
- vez adiós.--Mariano Rosas después
- de la junta.--¡Qué dulce es la vida lejos
- del ruido y de los artificios de la civilización!--Los
- enanos nos dan la medida de los gigantes y
- los bárbaros la medida de la civilización.--Una
- mujer azotada.--No era posible dormir tranquilo
- en Leubucó 183
-
- XIX. La paz estaba definitivamente hecha.--El
- doctor Macías.--Gotas maravillosas.--Padre é
- hijo indios.--Lo pido á Macías.--Visita á Epumer 193
-
- XX. Fama de Epumer.--Me esperaban en su
- toldo.--Recepción.--Indias y cristianas.--Pasteles
- y carbonada entre los indios.--Amabilidades.--Celo
- apostólico del padre Marcos.--Puchero
- de yegua.--Insisto en sacar á Macías.--Negativas.--Un
- indio teólogo.--Un espectro vivo 203
-
-
- XXI. Intrigas contra Macías.--Envidia de los
- cristianos.--Preparativos para el bautismo.--Animación
- de Leubucó.--Aspavientos de las
- madres.--Sentimiento que las dominaba.--El
- mal de este mundo es materia de religión.--Mi
- ahijada, la hija de Mariano Rosas.--De gala, con
- botas de potro de cuero de gato, y vestido de
- brocado.--Invencible curiosidad.--No puedo explicar
- lo que sentí.--Una cristalización en el
- cerebro.--Regalos recíprocos.--Pobre humanidad 213
-
- XXII. Se acerca la hora de partida.--Desaliento
- de Macías.--El negro del acordeón y un envoltorio.--Era
- un queso.--Calixto Oyarzábal anuncia
- que hay baile.--Baile de los indios y de las
- chinas.--En un detalle encuentro á los indios
- menos civilizados que nosotros 223
-
- XXIII. Solo en el fogón.--¿Qué habría pensado yo
- si hubiera tenido menos de treinta años?--Con
- las mujeres es mejor no estar uno solo.--El crimen
- es hijo de las tinieblas.--El silencio es un
- síntoma alarmante en la mujer.--Visitas inesperadas.--Yo
- no sueño sino disparates.--Los filósofos
- antiguos han escrito muchas necedades 231
-
- XXIV. La loca de Séneca.--El sueño Cesáreo se
- me había convertido en substancia.--Salida
- inesperada de Mariano Rosas.--Un bárbaro pretende
- que un hombre civilizado sea su instrumento.--Confianza
- en Dios.--El hijo del comandante
- Araya.--Dios es grande.--Una seña misteriosa 239
-
- XXV. Astucia y resolución de Camilo Arias.--Última
- tentativa para sacar á Macías.--Un indio entre
- dos cristianos.--_Confitemini Domino._--Frialdad
- á la salida.--La palabra amigo en Leubucó
- y en otras partes.--El camino de Carrilobo.--_Horrible,
- most horrible!_--Todavía el negro
- del acordeón.--Felicidad pasajera de Macías 247
-
- XXVI. Á orillas de un monte.--Un barómetro humano.--En
- marcha con antorchas.--Ecos extraños.--Conjeturas.--Un
- chañar convertido en
- lámpara.--Aparición de Macías.--Inspiración
- del gaucho.--Alrededores del toldo de Villarreal.--Una
- cena.--Cumplo mi palabra 257
-
- XXVII. Con quién vivía mi comadre Carmen.--Una
- despedida igual á todas.--Yo habría hecho igual á
- todas las mujeres.--Grupo asqueroso.--¡Adiós!--Una
- faja pampa.--Arrepentimiento.--Trepando
- un médano.--Desparramo.--Perdidos.--El
- Brasil puede alguna vez salvar á los
- Argentinos.--Llegamos al toldo de Ramón 267
-
- XXVIII. El sueño no tiene amo.--El toldo de Ramón
- nada dejaba que desear.--Una fragua primitiva.--Diálogo
- entre la civilización y la barbarie.--Tengo
- que humillarme.--Se presenta
- Ramón.--Doña Fermina Zárate.--Una lección
- de filosofía práctica.--Petrona Jofré y los cordones
- de Nuestro Padre San Francisco.--Veinte
- yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco chiripáes
- por una mujer.--Rasgo generoso de Crisóstomo.--El
- hombre ni es un ángel ni una bestia 277
-
- XXIX. La familia del cacique Ramón.--Spañol.--Una
- invasión.--Despacho al capitán Rivadavia.--Cuestión
- de amor propio.--Buen sentido de
- un indio.--En Carrilobo soplaba mejor viento
- que en Leubucó.--Suenan los cencerros.--Atíncar
- (véase bórax).--El hombre civilizado nunca
- acaba de aprender.--Me despido.--Cómo doman
- los bárbaros.--¡Últimos hurrahs! 287
-
- XXX. Á la vista de la Verde.--Murmuraciones.--Defecto
- de lectores y de caminantes.--Dos cuentos
- al caso.--Reglas para viajar en la Pampa.--La
- monotonía es capaz de hacer dormir al mejor
- amigo.--Dos polvos.--Suerte de Brasil.--Reproche
- de los franciscanos.--¿Tendrán alma los perros?--Un
- obstáculo 297
-
- XXXI. Otra vez en la Verde.--Últimos ofrecimientos
- de Mariano Rosas.--Más ó menos todo el mundo es como
- Leubucó.--Augurios de la
- Naturaleza.--Presentimientos.--Resuelvo separarme de mis
- compañeros.--Impresiones.--¡Adiós!--Un
- fantasma.--Laguna del Bagual.--Encuentro
- nocturno.--Un cielo al revés.--_Agustinillo._--Miseria
- del hombre 307
-
- Epílogo 321
-
-
-
-
- UNA EXCURSIÓN
- Á LOS INDIOS RANQUELES
-
-
-
-
- I
-
-
-Visita del cacique Ramón.--Un almuerzo y una conferencia en el toldo
-de Mariano Rosas.--Mi futura ahijada.--Ideas de Mariano Rosas sobre el
-gobierno de los indios comparado con el de los cristianos.--Reflexiones
-al caso.--Explico lo que es Presupuesto, Presidente y Constitución.--El
-pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la ley, que la
-ley.
-
-Al día siguiente recibí la visita del cacique Ramón, que llegó con una
-numerosa comitiva.
-
-Charlamos duro y parejo, como se dice en la tierra; bebimos sendos
-tragos á la usanza araucana, y quedamos apalabrados para vernos en la
-raya de las tierras de Baigorrita, el día de la junta, que no tardaría
-en tener lugar.
-
-Bustos, el mestizo que tan buena voluntad me manifestó en Alliancó,
-venía con él.
-
-Le di algo de lo poco que me había quedado, y al cacique le regalé mi
-revólver de veinte tiros, enseñándole el modo de servirse de él, cómo
-se armaba y desarmaba. No pareció muy contento del arma. Es linda, me
-dijo; pero aquí no nos sirven las cosas así, porque cuando se nos
-acaban las balas no tenemos de dónde sacarlas.
-
-Le prometí surtirlo de ellas, si teníamos la fortuna de observar fiel y
-estrictamente la paz celebrada.
-
-Me contestó que por su parte no omitiría esfuerzo en ese sentido,
-apelando al testimonio de Bustos para probarme que él era muy amigo de
-los cristianos. En la Carlota tengo parientes; mi madre era de allí, me
-repitió varias veces, agregando siempre: ¡cómo no he de querer á los
-cristianos si tengo su sangre!
-
-Después que se marchó, mandé ver con el capitán Rivadavia si Mariano
-Rosas estaba en disposición de que habláramos de nuestro asunto,--el
-tratado de paz.
-
-Mi viaje tenía por objeto orillar ciertas dificultades que surgían de
-la forma en que había sido aceptado.
-
-Me contestó que estaba á mis órdenes, que fuera á su toldo cuando
-gustara.
-
-No le hice esperar.
-
-Entré en el toldo.
-
-El hombre almorzaba rodeado de sus hijos y mujeres.
-
-Se pusieron de pie todos, me saludaron atenta y respetuosamente, y
-antes de que hubiera tenido tiempo de acomodarme en el asiento que
-me designaron, me pusieron por delante un gran plato de madera con
-mazamorra de leche muy bien hecha.
-
-Me preguntaron si me gustaba así ó con azúcar.
-
-Contesté que del último modo, y volando la trajeron en una bolsita de
-tela pampa.
-
-No había almorzado aún. Comí, pues, el plato de mazamorra sin
-ceremonias.
-
-Me ofrecieron más y acepté.
-
-Mis aires francos, mis posturas primitivas, mis bromas con los
-indiecitos y las chinas le hacían el mejor efecto al cacique.
-
---Usted ha de dispensar, hermano, me decía á cada momento.
-
-Cuando le miraba fijamente, bajaba la cara, y cuando creía que yo no le
-veía, me miraba de hito en hito.
-
-Hablamos de una porción de cosas insignificantes, mientras duró la
-mazamorra, que á eso sólo se redujo el almuerzo.
-
-Meses antes, por cartas me había invitado para que nos hiciéramos
-compadres.
-
-Me presentó á mi futura ahijada.
-
-Era una chinita como de siete años, hija de cristiana.
-
-Más predominaba en ella el tipo español que el araucano.
-
-La senté en mis rodillas y la acaricié, no era huraña.
-
-Por fin, entramos á hablar de las paces, como se dice allí.
-
-Mariano fué quien tomó la palabra.
-
---Yo, hermano, quiero la paz porque sé trabajar y tengo lo bastante
-para mi familia cuidándolo. Algunos no la han querido; pero les he
-hecho entender que nos conviene. Si me he tardado tanto en aceptar
-lo que usted me proponía, ha sido porque tenía muchas voluntades que
-consultar.
-
-En esta tierra el que gobierna no es como entre los cristianos.
-
-Allí manda el que manda y todos obedecen.
-
-Aquí, hay que arreglarse primero con los otros caciques, con los
-capitanejos, con los hombres antiguos. Todos son libres y todos son
-iguales.
-
-Como se ve, para Mariano Rosas nosotros vivimos en plena dictadura y
-los indios en plena democracia.
-
-No creí necesario corregir sus ideas.
-
-Por otra parte me hubiera visto un tanto atado para demostrarle
-y probarle que el Gobierno, la autoridad, el poder, la fuerza
-disciplinada y organizada no son omnipotentes en nuestra turbulenta
-república.
-
-Aquí donde todos los días declamamos sobre la necesidad de prestigiar,
-robustecer y rodear al poder, siendo así que el hecho histórico
-persistente, enseña á todos los que tienen ojos y quieren ver, que la
-mayor parte de nuestras desgracias provienen del abuso de autoridad.
-
-Recién vamos adquiriendo conciencia de nuestra personalidad; recién
-va encarnándose en las muchedumbres, cuya aspiración ardiente es
-conquistar y afianzar la libertad racional sobre los inamovibles
-quicios de la eterna justicia; recién vamos convenciéndonos de que lo
-que se llama soberanía popular es el ejercicio y la práctica del santo
-derecho; recién vamos entendiendo que el pueblo es todo, y que así como
-nadie puede reivindicar el honroso título de caballero si deja que se
-juegue con su dignidad personal, así también la entidad colectiva no
-puede enorgullecerse de sus conquistas morales, de sus progresos, de su
-civilización, si dócil y sumisa, irresoluta y cobarde se deja uncir al
-carro del poder para arrastrarlo según su capricho.
-
-Por más entendido que fuera Mariano Rosas, ¿á qué había de perder
-tiempo en disertaciones políticas con él?
-
-Como yo era en aquellos momentos un embajador (sic), y como siendo uno
-embajador debe tomar las cosas á lo serio, después de algunas palabras
-encomiando su conducta entré á explicar que el tratado de paz debiendo
-ser sometido á la aprobación del Congreso, no podía ser puesto en
-ejercicio inmediatamente.
-
-Me valí para que el indio comprendiera lo que es Poder Ejecutivo,
-Parlamento, Presupuesto y otras hierbas, de figuras de retórica
-campesinas. Y sea que estuve inspirado, cosa que no me suele
-suceder,--no recuerdo haberlo estado más que una vez, cuando renuncié
-á estudiar la guitarra, convencido de la depresión frenológica que
-puede notarse observando en mi cráneo el órgano de los tonos,--y sea
-que estuve inspirado, decía, el hecho es de que Mariano Rosas se
-edificó.
-
-Me convencieron de ello sus bostezos.
-
-Podía quedarse dormido si continuaba haciendo gala de mis talentos
-oratorios, de mis conocimientos en la ciencia del derecho
-constitucional, de las seducciones que el hombre civilizado cree
-siempre tener para el bárbaro.
-
-Me resolví, pues, á hacerle esta interpelación:
-
---¿Y qué le parece, hermano, lo que le he dicho?
-
---¡Qué me ha de parecer! que estando firmado el tratado por el
-Presidente, que es el que manda, nos costará mucho hacerles entender á
-los otros indios eso que usted me ha estado explicando.
-
---Haremos--continuó,--una junta grande, y en ella entre usted y yo,
-diremos lo que hay.
-
---Mientras tanto, hermano, cuente conmigo para ayudarlo en todo.
-
---Yo cuento con usted, porque veo que si no quisiera á los indios no
-habría venido á esta tierra.
-
-Le contesté, como era de esperarse, asegurándole que el Presidente
-de la República era un hombre muy bueno; que se había envejecido
-trabajando para que se educaran todos los niños chicos de mi tierra;
-que no les había de abandonar á su ignorancia; que por carácter y
-por tendencias era hombre manso, que no amaba á la guerra; y que por
-otra parte, la Constitución le mandaba al Congreso _conservar el
-tratado pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al
-catolicismo_; que el Congreso le había de dar al Presidente toda la
-plata que necesitase para esas cosas, y que como eran muy amigos no se
-habían de pelear si pensaban de distinto modo, porque los dos juntos
-gobernaban el país.
-
---Y dígame, hermano--me preguntó;--¿cómo se llama el Presidente?
-
---Domingo F. Sarmiento.
-
---¿Y es amigo suyo?
-
---Muy amigo.
-
---Y si dejan de ser amigos, ¿cómo andarán las paces con nosotros que ha
-hecho usted?
-
---Pero bien, no más, hermano, porque yo no puedo pelearme con el
-Presidente, aunque me castigue. Yo no soy más que un triste coronel, y
-mi obligación es obedecer.
-
-El Presidente tiene mucho poder, él manda todo el ejército. Además,
-si yo me voy, vendrá otro jefe, y ese jefe tendrá que hacer lo que le
-mande el general Arredondo, que es de quien dependo yo.
-
---¿Arredondo es amigo del Presidente?
-
---Muy amigo.
-
---¿Más amigo que usted?
-
---Eso no le puedo decir, hermano, porque, como usted sabe, la amistad
-no se mide, se prueba.
-
---Y dígame, hermano, ¿cómo se llama la Constitución?
-
-Aquí se me quemaron los libros. Y, sin embargo, si el Presidente podía
-llamarse D. F. Sarmiento, ¿por qué para aquel bárbaro, la Constitución,
-no se había de llamar de algún otro modo también?
-
-Me vi en figurillas.
-
---La Constitución, hermano... La Constitución... se llama así no más,
-pues, Constitución.
-
---¿Entonces, no tiene nombre?
-
---Ése es el nombre.
-
---¿Entonces no tiene más que un nombre, y el Presidente tiene dos?
-
---Sí.
-
---¿Y es buena ó mala la Constitución?
-
---Hermano, los unos dicen que sí, y los otros dicen que no.
-
---¿Y usted es amigo de la Constitución?
-
---Muy amigo, por supuesto.
-
---¿Y Arredondo?
-
---También.
-
---¿Y cuál de los dos es más amigo de la Constitución?
-
---Los dos somos muy amigos de ella.
-
---¿Y el Congreso, cómo se llama?
-
---El Congreso... el Congreso... se llama Congreso.
-
---¿Entonces no tiene más que un solo nombre, lo mismo que la otra?
-
---Uno sólo, sí.
-
---¿Y es bueno ó es malo el Congreso?
-
---(¡Hum!)
-
-Confieso que esta pregunta me dejó perplejo. Pero había que contestar.
-Hice mis cálculos para responder en conciencia, y cuando iba á hacerlo,
-dos perros que andaban por allí se echaron sobre un hueso y armaron una
-singuizarra infernal, interrumpiendo el diálogo.
-
-Mariano se levantó para espantarlos gritando «¡fuera! ¡fuera!»
-
-Yo aproveché la coyuntura para retirarme.
-
-Entré en mi rancho, me senté en la cama, apoyé los codos en los muslos,
-la cara en las manos y me quedé por largo rato sumido en profunda
-meditación.
-
-«He perdido el tiempo, me decía, con los ecos del espíritu. No es tan
-fácil explicar lo que es una Constitución, lo que es un Congreso.»
-
-Mariano Rosas había entendido perfectamente lo que es un presidente,
-primero, porque tenía otro nombre, porque se llamaba Domingo lo mismo
-que habría podido llamarse Bartolo; segundo, porque mandaba el ejército.
-
-Por consiguiente, resulta de mi estudio sobre las entendederas de un
-indio, que el pueblo comprenderá siempre mejor lo que es la vara de la
-ley, que la ley.
-
-Los símbolos impresionan más la imaginación de las multitudes, que las
-alegorías.
-
-De ahí, que en todas las partes del mundo donde hay una Constitución y
-un Congreso, le teman más al Presidente.
-
-Algunas horas después volví á verme con Mariano.
-
-Viéndole festivo, aproveché sus buenas disposiciones y le pedí permiso
-para decir una misa, al día siguiente, manifestándole el vehemente
-deseo de oirla que tenían muchos de los cristianos cautivos y
-refugiados en Tierra Adentro.
-
-Llevéles la buena nueva á mis franciscanos, y, como verdaderos
-apóstoles de Jesucristo, la recibieron con júbilo.
-
-Resolvimos decirla, si el tiempo estaba bueno, si no había viento ó
-tierra, en campo raso, apoyando el altar sagrado en el viejo tronco de
-un chañar inmenso, cuyos gajos corpulentos le servirían de bóveda.
-
-Mañana estaremos de misa.
-
-
-
-
- II
-
- Camargo y José de visita en los momentos de recogerme.--Me llevaban
- una música.--_Horresco referens._--Fisonomía de Camargo.--Zalamerías
- de José.--Por qué lo respetan los indios á Camargo.--Vida de Camargo
- contada por él mismo.--Por qué produce esta tierra tipos como el de
- Camargo.
-
-
-Arreglaba mi cama para recogerme, después de haber cenado y convenido
-con los franciscanos que la misa se diría al día siguiente, de ocho á
-nueve, cuando una visita inesperada se presentó en mi rancho.
-
-Mi futuro compadre Camargo, con uno de los lenguaraces de Mariano
-Rosas, llamado José, nativo de Mendoza, casado entre los indios, cuyos
-hábitos y costumbres ha adoptado hasta el extremo de hacer dudar sea
-cristiano. Es hombre que tiene algo, porque, como se dice allí, ha
-_trabajado_ bien, y en quien depositan la mayor confianza, tanta cuanta
-depositarían en un capitanejo.
-
-José está vinculado por el amor, la familia y la riqueza al desierto.
-
-Los indios, que conocen el corazón humano lo mismo que cualquier hijo
-de vecino, lo saben perfectamente bien.
-
-Le miran, pues, como á uno de ellos.
-
-Ambos venían con los instrumentos del placer en la mano,--con una
-botella de aguardiente.
-
-Les ofrecí asiento, y haciendo grandísimos esfuerzos para disimular su
-estado, lo aceptaron, invitándome á saborear con ellos el alcohólico
-brevaje, usando, por supuesto, de la fórmula consagrada.
-
-Tuve que aceptar el _yapaí_.
-
-Pero como estábamos solos, entre puros nosotros como dicen los
-paisanos, me creí eximido de ser tan deferente como en otras ocasiones.
-
-No lo llevaron á mal.
-
-Mis fueros de coronel, por una parte, por otra la comunidad de religión
-y de origen, circunstancia que en todas las situaciones de la vida
-establece fácilmente cierta cordialidad entre los hombres, ponían á mis
-huéspedes en el caso de no abusar de mi hospitalidad.
-
-Además, ellos se consideraban honrados de ser admitidos á horas
-incompetentes en mi rancho; les bastaba fraternizar conmigo y beber
-solos con mi permiso.
-
-Me lo pidieron con toda la picardía gauchesca, diciéndome:
-
---Dispénsenos, mi Coronel, si no estamos muy buenos; queremos acabar
-esta botellita aquí, en su rancho; si le parece mal, si le incomodamos,
-nos retiraremos.
-
---Estén á gusto--les contesté,--yo no soy hombre etiquetero.
-
---Ya lo sabemos--contestaron á dúo,--por eso hemos venido.
-
-Y esto diciendo, José, que era muy zalamero, que había sido muy
-obsequiado por mí en el Río 4.º, me abrazaba, diciéndole á Camargo:
-
---Éste es mi padre--y mirándome significativamente:--Ya sabe, mi
-Coronel, quién es José.
-
-Quedo enterado, decía yo para mis adentros, sabiendo mejor que él á lo
-que me debía atener.
-
-Declaraciones de beodos son lo mismo que promesas de mujer.
-
-¡Necio de aquél que se chupa el dedo!
-
-Necio de aquél que al entregarle su corazón, sus esperanzas y sus
-ilusiones, olvida el dicho de Ninón de Lenclos:
-
-_Tout passe, tout casse, tout lasse._
-
-Ser amable no es pecado.
-
-Al contrario, es un deber cuya práctica nos hace simpáticos á los ojos
-del mundo.
-
-Yo era, pues, tan amable con mis visitas, como el tiempo y el lugar lo
-permitían.
-
-Todos los días le doy gracias á Dios por haberme concedido bastante
-flexibilidad de carácter para encontrarme á gusto, alegre y contento,
-lo mismo en los suntuosos salones del rico, que en el desmantelado
-rancho del pobre paisano; lo mismo cuando me siento en elásticas
-poltronas, que cuando me acomodo alrededor del flamante fogón del
-humilde y paciente soldado.
-
-Las botellas, que no tenían la magia de ser inagotables, _espichaban_
-ya: José estaba completamente en las viñas del Señor.
-
-Camargo, más fuerte, se mantenía en completa posesión de sus sentidos.
-
---¿Sabe, mi Coronel, que le traemos una música? Con su permiso.
-
---Muchas gracias, hombre, ¿para qué se han incomodado?
-
-Camargo se levantó, apoyándose en los horcones del rancho, se
-asomó á la puerta, dijo algo, volvió á sentarse y acto continuo se
-presentó--_horresco referens_,--el negro del acordeón.
-
---¡Uff!--hice,--eso no, Camargo--le dije.--Denme todas las músicas que
-quieran. Pero con el acordeón, no, no. Estoy harto de la facha de ese
-demonio.
-
-Y dirigiéndome al negro, proseguí en estos términos:
-
---¡Vete! ¡vete!
-
-El negro no me obedeció.
-
-Como pegado al suelo describía con su cuerpo curvas á derecha é
-izquierda, adelante y atrás.
-
-Estaba ebrio como una cabra.
-
---¡Vete! ¡vete! lejos de aquí, volví á decir.
-
-Y Camargo, viendo que el negro me revolvía la bilis, se levantó, y
-tomándole de un brazo le enseñó el portante.
-
-Libre de aquella bestia, verdaderamente negra, resollé dando un
-resoplido como cuando en día canicular, jadeantes de fatiga, nos
-tendemos á nuestras anchas sobre cómodo sofá, habiendo escapado á las
-garras de alguno de esos _soleros_ cuya vida es contar sus pleitos ó
-sus cuitas con la autoridad.
-
-José se había quedado dormido.
-
-Camargo se sentó, y bajo la influencia del aguardiente cayó en una
-especie de letargo.
-
-Examiné su fisonomía.
-
-Es lo que se llama un gaucho lindo.
-
-Tiene una larga melena negra, gruesa como cerda, unos grandes ojos,
-rasgados, brillantes y vivos, como los de un caballo brioso; unas
-cejas y unas pestañas largas, sedosas y pobladas; una gran nariz algo
-aguileña; una boca un tanto deprimida, y el labio inferior bastante
-grueso.
-
-Es blanco como un hombre de raza fina, tiene algunos hoyos en la cara y
-poca barba.
-
-Es alto, delgado y musculoso.
-
-Su frente achatada y espaciosa, sus pómulos saltados, su barba aguda,
-sus anchas espaldas, su pecho en forma de bóveda y sus manos siempre
-húmedas y descarnadas, revelan la audacia, el vigor, la rigidez
-susceptible de rayar en la crueldad.
-
-Camargo es uno de esos hombres por cuyo lado no se pasa, yendo uno
-solo, sin sentir algo parecido al temor de una agresión.
-
-Los indios le respetan, porque ellos respetan todo lo que es fuerte y
-varonil, al que desprecia la vida.
-
-Y Camargo se cura poco de ella.
-
-Pruébanlo bien las cicatrices de cuchilladas que tiene en las manos,
-su existencia agitada, turbulenta, azarosa, que se consume entre el
-aguardiente y las reyertas de incesantes saturnales, entre el estrépito
-de los malones y de las montoneras, como que hoy está entre los indios,
-mañana en los llanos de la Rioja con Elizondo y Guayama, volviendo
-después de la derrota á su guarida de Tierra Adentro, sobre el lomo del
-veloz é indómito potro.
-
-Este gaucho, seame permitido decirlo, reivindica en los casos heroicos
-el honor de los cristianos. Cuando le place, lo mismo cara á cara que
-por detrás, cuerpo á cuerpo, que entre varios, apostrofa á los indios
-de «bárbaros». Yo le oí decir muchas veces á voz en cuello:
-
-«Á mí, que no me anden con vueltas éstos, porque yo los conozco bien, y
-al que le acomode una puñalada se la ha de ir á curar al otro mundo.»
-
-Después que examiné detenidamente aquel tipo de férrea estructura, en
-el que los caracteres semíticos de la persistencia estaban estampados,
-le dirigí la palabra, sacándole del silencio indeliberado en que había
-caído.
-
---¿Cómo te hallas aquí?--le pregunté.
-
-Habla con mucha vivacidad, pero esta vez, contra su costumbre habitual,
-en lugar de contestarme, dió un suspiro, y se envolvió en las nieblas
-de sus recuerdos dolorosos.
-
---Vamos, hombre--le dije,--cuéntame tu vida.
-
---Señor--me contestó.--Mi vida es corta y no tiene nada de particular.
-No soy mal hombre, pero he sido muy desgraciado.
-
-Yo soy de San Luis; de allá por Renca; mis padres han sido gente
-honrada y de posibles. Me querían mucho y me dieron buena educación.
-
-Sé leer y escribir, y también sé cuentas. Desde chiquito era medio
-soberbio. Cuando me hice hombrecito, se me figuraba que nadie podía ser
-más que yo. Cuando oía decir que había un gaucho guapo, lo buscaba á
-ver si me decía algo.
-
-Me gustaba ser militar, y soñaba con ser general. No había hecho mal á
-nadie, aunque tenía bastante mala cabeza.
-
-Siempre andaba en parrandas, jugadas y peleas; pero nadie dirá que le
-pegué de atrás.
-
-Me enamoré de la hija del comandante N... La muchacha me quería. Yo
-era joven, pues aquí donde me ve no tengo más que veinticuatro años
-(parecía tener treinta y dos).
-
-Á más de eso como mis padres tenían alguna platita, yo andaba siempre
-aviao. El comandante N... sabía mis amores con su hija, no le gustaban.
-Un día me atropelló en las carreras, y vino á darme una pechada; yo le
-enderecé mi caballo y lo puse patas arriba con flete y todo. Era muy
-fantástico y no me lo perdonó.
-
-Desde esa vez, decía siempre que me había de matar. Yo estaba en
-guardia. Me achacaron varias cosas, nada me probaron. Hubo una bulla de
-revolución.
-
-Me fueron á _prender_. Eran cuatro de la partida. ¡Qué me habían de
-tomar! Sabía bien que me iba en la parada el número uno. Hice un
-desparramo y me fuí á los montoneros.
-
-Le interrumpí preguntándole:
-
---¿Y qué opinión tenías?
-
---¿Opinión? Yo no tenía más opinión que ser hombre alegre y divertirme.
-Las carreras y las mujeres eran toda mi opinión.
-
---¿Y qué hiciste con la montonera?
-
---Hicimos el diablo. Anduve una porción de tiempo con el Chacho, que
-era un bárbaro. Después que lo mataron anduve á monte. Cuando vino don
-Juan Saa, con otros nos juntamos á su gente. Nos derrotó en San Ignacio
-el general Arredondo, me vine con los indios de Baigorrita para acá.
-
---¿Y después de eso, qué has hecho, qué vida has llevado?
-
---Me fuí para San Luis, de oculto, traje mi mujer, mis hijos y algunos
-parientes, y aquí están todos.
-
---¿Y has andado en las invasiones con los indios?
-
---En algunas, señor.
-
---¿Y es cierto que tú has tenido la culpa de que los indios matasen una
-porción de cristianos?
-
---Es falso.
-
-He estado en las casas de algunos pícaros, pero me he opuesto á que los
-degüellen. ¡Ah si no hubiera sido por mí! Habría unos cuantos diantres
-menos en este mundo.
-
-Por aquí íbamos de nuestro coloquio cuando el negro del acordeón
-preludió una tocata, del lado de afuera.
-
-Camargo se levantó, salió, y por ciertos vocablos con que rellenaba
-su intimación de que se alejara, calculé que el desgraciado Orfeo de
-Leubucó no era tratado como los artistas pretenden generalmente que se
-les trate, aunque sean malos.
-
-Música y negro se fueron á otra parte. Camargo volvió, y, sin entrar,
-me dijo de la puerta del rancho: Buenas noches, mi Coronel, y dispense.
-
-Era hora de pensar en dormir. Mis ayudantes Lemlenyi, Rodríguez,
-Ozarowski y los dos benditos franciscanos que habían asistido á la
-visita y confidencias de Camargo, bostezaban á todo trapo.
-
-Desperté á José, llamé dos asistentes, y le hice llevar á un toldo
-vecino.
-
-Y en tanto me aprestaba para pasar una noche toledana, porque soplaba
-viento muy fresco, y la tierra entraba al toldo como en su casa, por
-cuanto resquicio tenía, meditaba sobre esas existencias argentinas,
-sobre esos tipos crudos medio primitivos, que tanto abundan en nuestro
-país, que se sacrifican ó mueren por una opinión prestada. Porque
-nos sobran instituciones y leyes y nos falta la eterna justicia, la
-justicia que, cual genio tutelar, lo mismo debe velar el hogar del
-desvalido que la mansión suntuosa del rico potentado.
-
-Bajo estas impresiones tuve un sueño--yo soy tan soñador,--_I had a
-dream, which was not all a dream._
-
-¡Soñaba!...
-
-¡Si en este país hay quien ahorque á un hombre que tiene diez millones
-de pesos!
-
-
-
-
- III
-
- Noche de hielo.--Donde es realmente triste la vida.--Preparativos
- para la misma.--Resuena por primera vez en el desierto el _Confiteor
- Deo Omnipotenti_.--Recuerdo de mi madre.--Trabajos de Mariano Rosas,
- preparando los ánimos para la junta.--Como y duermo.--Conferencia
- diplomática.--El archivo de Mariano Rosas.--En Leubucó reciben la
- «Tribuna».--Imperturbabilidad de Mariano Rosas.--Mi comadre Carmen en
- el fogón.
-
-
-La noche fué de hielo, larga y fastidiosa.
-
-La arena entraba en el rancho por todas partes, como zarandeada.
-
-Cuando la luz del día alumbró el cuadro que formaban mis oficiales y
-los frailes, acostados en el suelo, y yo, sobre mi tantas veces mentada
-cama, miré por una abertura que á guisa de respiradero había formado
-con las cobijas.
-
-Mis compañeros habían desaparecido, cubiertos por una capa amarillenta,
-que presentaba el aspecto sinuoso de un medanito, cuya superficie se
-movía apenas al compás del resuello de los que yacían bajo su leve
-peso, durmiendo tranquilos el sueño de la vida.
-
-¡Qué pensamiento tirano podía preocuparlos en aquellas alturas!
-
-La existencia no es realmente triste, agitada y difícil sino en los
-grandes centros de población; allí donde todas las necesidades que
-excitan las pasiones nos condenan sin apelación á la dura ley del
-trabajo, verdadera rueda de Ixión, que, mal de nuestro grado, tenemos
-que mover, hasta que llegando al instante supremo tantas veces ansiado
-como temido, les damos un eterno adiós á las eternas vanidades, que
-eternamente nos corroen, nos subyugan y nos dominan, gastando los
-resortes de acero de las almas mejor templadas.
-
-Sacudimos la pereza, la enervante y dulce pereza, de la que lo mismo
-se goza cuando los miembros están fatigados, reclinándose en el frío
-y duro umbral de una puerta de calle, que en elástica y confortable
-otomana cubierta de terciopelo.
-
-Una vez en pie, nos pusimos en movimiento.
-
-Los franciscanos sacaron afuera el baúl que contenía los ornamentos
-sagrados, preparándolos en seguida para la ceremonia de la misa.
-
-Yo, después de bañarme en el jagüel, y de un ligero desayuno de mate
-con yerba y café, fuí á examinar el sitio donde debía hacerse el altar,
-si el viento calmaba.
-
-El cielo estaba límpido, el sol brillaba espléndido.
-
-Las horas se deslizaron sin sentir, arreglando lo que se necesitaba.
-
-Se avisó á los cristianos circunvecinos, y viendo que no era posible
-celebrar los oficios divinos en campo raso, como yo lo deseaba, se
-buscó un rancho.
-
-Todos estábamos muy contrariados.
-
-El mismo sentimiento nos dominaba.
-
-Como verdaderos creyentes, reconocíamos que á la inmensa majestad
-de Dios le cuadraba adorarla bajo las vastas cúpulas azuladas del
-firmamento, ó bajo las bóvedas macizas de las soberbias basílicas,
-cuyas torres audaces empinándose á grandes alturas parecen querer
-tocar las nubes, y hacer llegar al cielo los cánticos sagrados.
-
-Allí donde el hombre eleva su espíritu al Ser Supremo, debe procurarse
-que la grandeza del espectáculo le inspire recogimiento.
-
-La mística plegaria es más ferviente cuando la imaginación sufre las
-influencias poéticas del mundo exterior.
-
-El viento no cesaba.
-
-Tuvimos que resignarnos á recurrir al rancho de un sargento de la gente
-de Ayala.
-
-Le asearon lo mejor posible, y en un momento los franciscanos
-improvisaron el altar.
-
-Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres, y ocupando sus puestos.
-
-Los pobres se habían vestido con la mejor ropita que tenían. Hincados,
-sentados ó de pie, esperaban con respetuoso silencio la aparición de
-los sacerdotes.
-
-Miré el reloj, marcaba las nueve.--Es la hora, Padres, les dije, y me
-dirigí con ellos, acompañado de mis oficiales, á la capilla.
-
-No podía ser más modesta.
-
-Me consolé, recordando que aquél cuyo sacrificio íbamos á honrar había
-nacido en un establo, durmiendo en pajas.
-
-Con ponchos y mantas los franciscanos habían tapizado el suelo y las
-paredes del rancho.
-
-El viento no incomodaba, las velas ardían iluminando un crucifijo de
-madera, en el que se destacaba, salpicada de sangre, la demacrada y
-tétrica faz de Cristo; el altar brillaba cubierto de encajes y de
-brocado pintado de doradas flores, resaltando en él la reluciente
-custodia y las vinajeras plateadas.
-
-Todo estaba muy bonito, incitaba á rezar.
-
-El padre Marcos debía oficiar, ayudándole el padre Moisés y yo, aunque
-de mi latín de sacristía no me habían quedado sino recuerdos confusos y
-vagos.
-
-Pero mi deber era dar el ejemplo en todo.
-
-Lo revestimos al padre Marcos, y los oficios empezaron.
-
-Grupos de indios curiosos nos acechaban.
-
-Reinaba un profundo silencio.
-
-La metálica campanilla vibró, invitando á hacer acto de contricción por
-la sangre del Redentor.
-
-Era la primera vez que en aquellas soledades, que entre aquellos
-bárbaros, resonaban los ecos del humilde _Confiteor Deo Omnipotenti_.
-
-Los cristianos oraban con intensa devoción.
-
-Yo los miraba cada vez que la ceremonia me permitía darle el flanco al
-altar.
-
-Entre ellos había varios indios.
-
-En algunas mujeres sorprendí lágrimas de arrepentimiento ó de dolor; en
-otras vagaba por su fisonomía algo parecido á un destello de esperanza.
-
-Todos parecían estar íntimamente satisfechos de haberse reconciliado
-con Dios, elevando su espíritu á él en presencia de la cruz y del altar.
-
-Mientras duraron los oficios sagrados, yo pensé constantemente en mi
-madre.
-
-Recordaba los martirios infantiles por que me había hecho pasar,
-llevándome todos los domingos á la iglesia de San Juan, para que
-ayudara á misa bajo su vigilante mirada:
-
---¡Pobre mi madre!--me decía,--¡qué lejos estás!
-
-Rogaba á Dios por ella y por todos los que amaba; y le daba gracias por
-esos martirios, porque debido á ellos me era permitido experimentar el
-placer de prestigiar á la religión entre los infieles, tomando parte
-en la celebración de la augusta ceremonia que allí nos congregaba.
-
-Después que se acabó todo, que los padres repartieron sus bendiciones,
-se deshizo el altar, se arrancaron los ponchos y mantas, y la capilla
-volvió á quedar convertida en lo que era, en un miserable rancho.
-
-Se guardaron los ornamentos, se puso el baúl en mi rancho, y en seguida
-nos fuimos con los franciscanos á darle las gracias á Mariano Rosas.
-
-Estaba lleno de visitas y almorzaban. Cada cual tenía delante de sí un
-plato de abundante puchero con choclos y zapallo.
-
-El cacique nos recibió como siempre, cortésmente, se puso de pie,
-nos dió la mano, hizo que nos sentáramos y nos presentó á todos los
-circunstantes.
-
-Estaba ocupado en algo muy grave.
-
-Preparaba los ánimos para la gran junta que debía tener lugar, para
-que se vea que entre los indios, lo mismo que entre los cristianos, el
-éxito de los negocios de Estado es siempre dudoso, si no se recurre á
-la tarea de la persuasión previa.
-
-Los franciscanos se retiraron y me dejaron solo.
-
-Mariano Rosas hablaba unas veces en general, otras en particular; su
-palabra es fácil, calculada é insinuante; generalmente sus discursos
-eran templados, pero á veces se exaltaba levantando la voz, fijando su
-mirada en el indio á quien le contestaba, y accionando con los brazos,
-contra costumbre.
-
-Me trajeron de comer y comí.
-
-La conferencia iba larga.
-
-Me retiré, pues, conviniendo en que más tarde fijaríamos el día de la
-junta.
-
-Yo quería saberlo con alguna anticipación, porque me proponía pasar
-hasta las tierras de Baigorrita.
-
-Dormí una buena siesta.
-
-El capitán Rivadavia me hizo interrumpirla.
-
-Mariano Rosas se había quedado solo, estaba en la enramada y me
-invitaba á pasar á ella.
-
-Acudí á su llamado.
-
-Entrábamos en materia cuando el negro del acordeón haciendo cabriolas y
-dándole duro á su instrumento, salió del toldo.
-
-Aquel diablo me hacía el efecto de un _gettatore_.
-
-Pero allí no había más remedio que aguantarle.
-
-Ya he dicho que el dueño de casa gozaba inmensamente con él.
-
-Mientras el negro estuvo ahí, fué excusado hablar de cosas serias.
-
-El Cacique no estaba sino para bromas.
-
-Me hizo una larga serie de preguntas, referentes todas á Buenos Aires y
-á la familia de Rosas. Sus recuerdos eran indelebles.
-
-Me parecía que su objeto se reducía á cerciorarse de si efectivamente
-yo era sobrino del Dictador, cuyo retrato me pidió diciéndome que era
-el único que no tenía en su colección.
-
-Y efectivamente así era.
-
-Díjole al negro que trajera los retratos.
-
-Entró éste al toldo y volvió con una cajita de cartón muy sucia, en la
-que había una porción de fotografías, la de Urquiza, la de Mitre, la
-de Juan Saa, la del general Pedernera, la de Juan Pablo López, la de
-Varela, el caudillo catamarqueño, y otras.
-
-Devolvióle al negro la cajita para que la pusiera _en su lugar_.
-
-El favorito la llevó, y felizmente se quedó en el toldo.
-
-Entramos en materia.
-
-Todo estaba arreglado con los notables del desierto.
-
-La junta se haría á los cuatro días porque había que hacer citaciones.
-
-No habría novedad.
-
-Yo expondría en ella los objetos de mi viaje, y Mariano me apoyaría en
-todo.
-
-Sólo había un punto dudoso.
-
-¿Por qué insistía yo tanto en comprar la _posesión_ de la tierra?
-
-Mariano me dijo:
-
---Ya sabe, hermano, que los indios son muy desconfiados.
-
---Ya lo sé; pero del actual Presidente de la República, con cuya
-autorización he hecho estas paces, no deben ustedes desconfiar, le
-contesté.
-
---¿Usted me asegura que es buen hombre?--me preguntó.
-
---Sí, hermano, se lo aseguro--repuse.
-
---¿Y para qué quieren tanta tierra cuando al Sur del Río 5.º, entre
-Langheló y Melincué, entre Aucaló y el Chañar, hay tantos campos
-despoblados?
-
-Le expliqué que para la seguridad de la frontera y para el buen
-resultado del tratado de paz, era conveniente que á retaguardia de la
-línea hubiera por lo menos quince leguas de desierto, y á vanguardia
-otras tantas en las que los indios renunciasen á establecerse y á hacer
-boleadas cuando les diera la gana sin pasaporte.
-
-Me arguyó que la tierra era de ellos.
-
-Le expliqué que la tierra no era sino de los que la hacían productiva;
-que el gobierno les compraba, no el derecho á ella, sino la posesión
-reconociendo que en alguna parte habían de vivir.
-
-Me arguyó con el pasado, diciéndome que en otros tiempos los indios
-habían vivido entre el Río 4.º y el Río 5.º, y que todos esos campos
-eran de ellos.
-
-Le expliqué que el hecho de vivir ó haber vivido en un lugar no
-constituía dominio sobre él.
-
-Me arguyó que si yo fuera á establecerme entre los indios, el pedazo de
-tierra que ocupara sería mío.
-
-Le contesté que si podía venderlo á quien me diera la gana.
-
-No le gustó la pregunta, porque era embarazosa la contestación, y
-disimulando mal su contrariedad, me dijo:
-
---¿Mire, hermano, por qué no me habla la verdad?
-
---Le he dicho á usted la verdad--le contesté.
-
---Ahora va á ver, hermano.
-
-Y esto diciendo, se levantó, entró en el toldo y volvió trayendo un
-cajón de pino, con tapa corrediza.
-
-Lo abrió y sacó de él una porción de bolsas de zaraza con jareta.
-
-Era su archivo.
-
-Cada bolsita contenía notas oficiales, cartas, borradores, periódicos.
-
-Él conocía cada papel perfectamente.
-
-Podía apuntar con el dedo al párrafo que quería referirse.
-
-Revolvió su archivo, tomó una bolsita, descorrió la jareta y sacó
-de ella un impreso muy doblado y arrugado, revelando que había sido
-manoseado muchas veces.
-
-Era «La Tribuna» de Buenos Aires.
-
-En ella había marcado un artículo sobre el gran ferrocarril
-interoceánico.
-
-Me lo indicó, diciéndome:
-
---Lea, hermano.
-
-Conocía el artículo y le dije:
-
---Ya sé, hermano, de lo que trata.
-
---¿Y entonces por qué no es franco?
-
---¿Cómo franco?
-
---Sí, usted no me ha dicho que nos quieren comprar las tierras para que
-pase por el Cuero un ferrocarril.
-
-Aquí me vi sumamente embarazado.
-
-Hubiera previsto todo, menos argumento como el que se me acababa de
-hacer.
-
---Hermano--le dije,--eso no se ha de hacer nunca, y si se hace, ¿qué
-daño le resultará á los indios de eso?
-
---¿Qué daño, hermano?
-
---Sí, ¿qué daño?
-
---Que después que hagan el ferrocarril, dirán los cristianos que
-necesitan más campos al Sud, y querrán echarnos de aquí, y tendremos
-que irnos al Sud de Río Negro, á tierras ajenas, porque entre esos
-campos y el Río Colorado ó el Río Negro no hay buenos lugares para
-vivir.
-
-Doblando el diario y dándoselo, le contesté:
-
---Eso no ha de suceder, hermano, si ustedes observan honradamente la
-paz.
-
---No, hermano, si los cristianos dicen que es mejor acabar con nosotros.
-
---Algunos creen eso, otros piensan como yo, que ustedes merecen nuestra
-protección, que no hay inconveniente en que sigan viviendo donde viven,
-si cumplen sus compromisos.
-
-El indio suspiró, como diciendo: ¡Ojalá fuera así! y me dijo: Hermano,
-en usted yo tengo confianza, ya se lo he dicho, arregle las cosas como
-quiera.
-
-No le contesté, le eché una mirada escrutadora, y nada descubrí, su
-fisonomía tenía la expresión habitual. Mariano Rosas, como todos los
-hombres acostumbrados al mando, tiene un gran dominio sobre sí mismo.
-
-Es excusado querer leer en su cara la sinceridad ó la falsía de
-sus palabras, dice lo que quiere; lo que siente, lo reserva en los
-repliegues de su corazón.
-
-Se puso á acomodar su archivo, y lo que estuvo en orden, cerró el
-cajón, y llamó diciendo: ¡negro, negro!
-
-Me estremecí.
-
-Tomé un pretexto para no verle la cara, y me despedí.
-
-La hora de comer se acercaba. En el fogón había gordos asados
-extendidos ya sobre brasas. Despedían un tufo incitante y no era cosa
-de dejar que se chamuscaran.
-
---Á comer, caballeros--grité.
-
-Se hizo la rueda y empezó la comilona.
-
-Mi comadre Carmen andaba por allí. Le ofrecí asiento, sentóse, y nos
-entretuvo un largo rato contándonos su vida y enterándonos de algunas
-particularidades de los usos y costumbres ranquelinas.
-
-Á Mariano Rosas le llegaron vespertinas visitas, que pasaron la noche
-con él, entregadas á los placeres de la charla y del vino.
-
-
-
-
- IV
-
- Creencias de los indios.--Son uniteístas y
- antropomorfistas.--_Gualicho._--Respeto por los muertos.--Plata
- enterrada.--¿Será cierto que la civilización corrompe?--Crueldad de
- Bargas, bandido cordobés.--Triste condición de los cautivos entre los
- indios.--Heroicidad de algunas mujeres.--Unas con otras.--Modos de
- vender.--Eufonía de la lengua araucana.--¿La carne de yegua puede ser
- un antídoto para la tisis?
-
-
-Mi comadre Carmen vivía en Carrilobo, cerca del toldo de Villarreal, el
-casado con su hermana, y había venido á visitarme trayéndome mi ahijada.
-
-Escuchándola pasamos un rato muy entretenido. Habla con facilidad el
-castellano y posee bastante caudal de expresiones para manifestar sus
-sentimientos é ideas y hacerse entender.
-
-Sobre las creencias de los indios me dió las siguientes nociones:
-
-No se congregan jamás para adorar á Dios, le adoran á solas,
-ocultándose en los bosques.
-
-No es ni el sol, ni la luna, ni las estrellas, ni la universalidad de
-los seres vivientes.
-
-Por manera que no son idólatras, ni panteístas.
-
-Son uniteístas y antropomorfistas.
-
-Dios--_Cuchauentrú_, el hombre grande, ó _chachao_, el Padre de
-todos,--tiene la forma humana y está en todas partes; es invisible é
-indivisible; es inmensamente bueno y hay que quererle.
-
-Á quien hay que temerle es al diablo,--_Gualicho_.
-
-Este caballero, á quien nosotros pintamos con cola y cuernos, desnudo
-y echando fuego por la boca, no tiene para ellos forma alguna.
-_Gualicho_, es indivisible é invisible y está en todas partes, lo mismo
-que _Cuchauentrú_. Otro, mientras el uno no piensa en hacerle mal á
-nadie, el otro anda siempre pensando en el mal del prójimo.
-
-_Gualicho_ ocasiona los malones desgraciados, las invasiones de
-cristianos, las enfermedades y la muerte, todas las pestes y
-calamidades que afligen á la humanidad.
-
-_Gualicho_ está en la laguna cuyas aguas son malsanas, en la fruta y
-en la yerba venenosa; en la punta de la lanza que mata; en el cañón de
-la pistola que intimida; en las tinieblas de la noche pavorosa; en el
-reloj que indica las horas; en la aguja de marear que marca el Norte;
-en una palabra; en todo lo que es incomprensible y misterioso.
-
-Con _Gualicho_ hay que andar bien; _Gualicho_ se mete en todo, en el
-vientre y da dolores de barriga; en la cabeza y la hace doler; en las
-piernas y produce la parálisis; en los ojos y deja ciego; en los oídos
-y deja sordo; en la lengua y hace enmudecer.
-
-_Gualicho_, es en extremo ambicioso. Conviene hacerle el gusto en todo.
-Es menester sacrificar de tiempo en tiempo yeguas, caballos, vacas,
-cabras y ovejas; por lo menos una vez cada año, una vez cada doce
-lunas, que es como los indios computan el tiempo.
-
-_Gualicho_ es muy enemigo de las viejas, sobre todo de las viejas feas:
-se les introduce quién sabe por dónde y en dónde y las maleficia.
-
-¡Ay de aquélla que está _engualichada_!
-
-La matan.
-
-Es la manera de conjurar el espíritu maligno.
-
-Las pobres viejas sufren extraordinariamente por esta causa.
-
-Cuando no están sentenciadas, andan por sentenciarlas.
-
-Basta que en el toldo donde vive una suceda algo, que se enferme un
-indio, ó se muera un caballo; la vieja tiene la culpa, le ha hecho
-daño. _Gualicho_ no se irá de la casa hasta que la infeliz no muera.
-
-Estos sacrificios no se hacen públicamente, ni con ceremonias. El indio
-que tiene dominio sobre la vieja la inmola á la sordina.
-
-En cuanto á los muertos, tienen por ellos el más profundo respeto. Una
-sepultura es lo más sagrado. No hay herejía comparable al hecho de
-desenterrar un cadáver.
-
-Como los hindúes, los egipcios y los pitagóricos, creen en la
-metempsícosis, que el alma abandona la carne después de la muerte,
-transmigrando en un tiempo más ó menos largo á otros países y dándole
-vida á otros cuerpos racionales ó irracionales.
-
-Los ricos resucitan generalmente al Sur del Río Negro, y de allí han de
-volver, aunque no hay memoria de que hasta ahora haya vuelto ninguno.
-
-Por esta razón los entierran junto con el mejor caballo y las prendas
-de plata más valiosas que tuvieron; y alrededor de la sepultura les
-sacrifican caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas, según la riqueza
-que dejan, ó la que poseen sus deudos ó amigos.
-
-El caballo y las prendas enterradas son para que tengan en qué andar en
-la tierra ésa, donde deben resucitar; los demás animales son para que
-tengan qué comer durante el viaje de ida y vuelta.
-
-Las mujeres también resucitan, no se crea que no.
-
-Pretenden algunos que han vivido mucho tiempo entre los indios, que
-á consecuencia de estas costumbres debe haber mucha plata labrada
-enterrada en el Desierto. Por mi parte, creo que los cristianos, que
-ni le tienen tanto miedo á _Gualicho_, ni son pitagóricos, se han
-encargado de desenterrarla.
-
-Lo cierto es, que según las noticias que mi comadre me daba, las honras
-fúnebres no se hacen con tanta pompa como antes.
-
-Queriendo explicar el por qué del hecho, decía: «Yo no sé si será
-porque los cristianos han solido registrar las sepulturas ó porque
-ahora la plata vale más».
-
-Yo me inclino á creer que las dos causas combinadas van haciendo que
-los entierros sean menos lujosos.
-
-En efecto, los indios tienen ahora muchas necesidades, les gusta mucho
-beber, tomar mate dulce, fumar, vestirse con ropa fina; y fácilmente
-se comprende que muriendo un deudo querido honren su memoria con
-sacrificios de caballos, vacas, yeguas, cabras y ovejas y que la plata
-se la guarden.
-
-Mi comadre aseguró que, mientras no hubo cristianos entre los indios,
-no hubo ejemplo de que se violaran las tumbas sagradas.
-
-¿Será cierto que la civilización es corruptora?
-
-Á pesar de lo dicho los indios no son sanguinarios ni feroces; prueba
-de ello es que jamás sacrifican á los manes de sus muertos víctimas
-humanas.
-
-Matan á las viejas, es cierto; pero lo hacen porque las creen poseídas
-de Satanás. Y al fin del cuento, no es tanto lo que se pierde, dirán
-algunos.
-
-Hablando seriamente, hay una verdad desconsoladora que consignar: que
-ciertos cristianos refugiados entre los indios son peores que ellos.
-
-Conozco uno que queriendo sobresalir por su ferocidad, tuvo la
-barbarie de hacer un sacrificio humano en holocausto á un miembro de su
-familia.
-
-Referiré el hecho.
-
-Bargas, es un bandido cordobés, vive en Tierra Adentro, no sé por qué
-crímenes, está casado con varias mujeres y su vida es la de un indio,
-por no decir peor.
-
-Murió uno de sus hijos. Pues bien, este malvado, fingiendo que
-participaba de la preocupación vulgar, de la creencia que hace enterrar
-al muerto con su caballo de predilección, para que en la tierra donde
-resucite tenga en qué andar, le inmoló á su hijo un cautivito de ocho
-años, enterrándole vivo con él, para que tuviese quien le sirviera de
-peón.
-
-Por lo que dejo relatado, se ve que los cautivos son considerados entre
-los indios como cosas.
-
-Calcúlese cuál será su condición.
-
-La más triste y desgraciada.
-
-Lo mismo es el adulto que el adolescente, el niño que la niña, el
-blanco que el negro; todos son iguales los primeros tiempos, hasta que
-inspirando confianza plena se hacen querer.
-
-Con rarísimas excepciones, los primeros tiempos que pasan entre los
-bárbaros son una verdadera _via crucis_ de mortificaciones y dolores.
-
-Deben lavar, cocinar, cortar leña en el bosque con las manos, hacer
-corrales, domar los potros, cuidar los ganados y servir de instrumento
-para los placeres brutales de la concupiscencia.
-
-¡Ay de los que se resisten!
-
-Los matan á azotes ó á balazos.
-
-La humildad y la resignación es el único recurso que les queda.
-
-Y, sin embargo, yo he conocido mujeres heroicas, que se negaron á
-dejarse envilecer, cuyo cuerpo prefirió el martirio á entregarse de
-buena voluntad.
-
-Á una de ellas la habían cubierto de cicatrices; pero no había cedido á
-los furores eróticos de su señor.
-
-Esta pobre me decía, contándome su vida con un candor angelical: «Había
-jurado no entregarme sino á un indio que me gustara, y no encontraba
-ninguno».
-
-Era de San Luis, tengo su nombre apuntado en el Río 4.º. No lo recuerdo
-ahora. La pobre no está ya entre los indios. Tuve la fortuna de
-rescatarla y la mandé á su tierra.
-
-En aquellos mundos de barbarie pasan dramas terribles.
-
-Cuantas más cautivas hay en un toldo, más frecuentes son las escenas
-que despiertan y desencadenan las pasiones, que empequeñecen y degradan
-á la humanidad.
-
-Las cautivas nuevas, viejas ó jóvenes, feas ó bonitas tienen que
-sufrir, no sólo las asechanzas de los indios, sino, lo que es peor aún,
-el odio y las intrigas de las cautivas que les han precedido, el odio y
-las intrigas de las mujeres del dueño de casa, el odio y las intrigas
-de las chinas sirvientas y agregadas.
-
-Los celos y la envidia, todo cuanto hiela y enardece el corazón á la
-vez se conjura contra las desgraciadas.
-
-Mientras dura el temor de que la recién llegada conquiste el amor ó el
-favor del indio, la persecución no cesa.
-
-Las mujeres son siempre implacables con las mujeres.
-
-Frecuentemente sucede que los indios, condoliéndose de las cautivas
-nuevas, las protegen contra las antiguas y las chinas. Pero esto no se
-hace sin empeorar su situación, á no ser que las tomen por concubinas.
-
-Una cautiva á quien yo le averiguaba su vida, preguntándole cómo le
-iba, me contestó:
-
---«Antes, cuando el indio me quería, me iba muy mal, porque las demás
-mujeres y las chinas me mortificaban mucho, en el monte me agarraban
-entre todas y me pegaban. Ahora que ya el indio no me quiere, me va muy
-bien, todas son muy amigas mías».
-
-Estas palabras sencillas resumen toda la existencia de una cautiva.
-
-Agregaré que cuando el indio se cansa, ó tiene necesidad, ó se le
-antoja, la vende ó la regala á quien quiere.
-
-Sucediendo esto, la cautiva entra en un nuevo período de sufrimientos,
-hasta que el tiempo ó la muerte ponen término á sus males.
-
-Poco antes de salir de Leubucó, conocí por casualidad un cristiano que
-hacía diligencias por comprarle á un indio una cautiva, nada más que
-por hacerle á ésta un servicio, por humanidad.
-
-La desdichada decía: «El indio es muy bueno y me venderá si no me han
-de llevar á _otra parte_. Pero las chinas son _malazas_.
-
-Á propósito de llevar á otra parte, esto requiere una explicación.
-
-Hay dos modos de vender: el uno consiste en cambiar simplemente de
-dueño, el otro en la redención. El último es el más caro.
-
-Ya comprenderás, Santiago amigo, que todo lo que dejo dicho en esta
-carta no me lo contó mi comadre Carmen. Una parte se lo debo á ella, el
-resto á otros y á mis propias observaciones.
-
-Lo que sigue, sí, se lo debo á ella exclusivamente.
-
-La noche estaba templada y clara, incitaba á conversar y se podía leer
-sin más luz que la de las estrellas.
-
-Aprovechándola tomé una lección de lengua araucana.
-
-Entonces vine á saber lo que querían decir ciertas palabras, cuyo
-significado buscaba hacía tiempo, como indios _picunches_, _puelches_ y
-_pehuenches_.
-
-_Ché_ es un vocablo que significa, según el lugar que tiene en la
-dicción, _yo_, _hombre_ ó _habitante_.
-
-Los cuatro vientos cardinales se denominan: Norte, _puel_; Sur,
-_cuerró_; Este, _picú_; Oeste, _muluto_.
-
-Así, pues, _Picunche_[1] quiere decir habitante del Este, que es como
-se denominan los indios que viven en cierta parte de la cordillera;
-_Puelche_, habitante del Norte; _Pehuenche_, siguiendo la misma regla,
-significa habitante de los pinos, que es como se denominan los indios
-que viven entre los pinares que crecen colosales en los valles de la
-falda occidental de la Cordillera de los Andes.
-
-Para dar una idea de la eufonía de esta lengua, que se asimila,
-alterándolas ligeramente, todas las palabras de otras, verbigracia,
-llamándole _waca_ á la vaca, y _cauallo_ al caballo, enumeraré algunas
-palabras que me enseñó mi comadre, y que copio de mi vademécum.[2]
-
-Yo--_enchê_, tú ó vos--_eimí_, nosotros--_inchin_, vieja--_cucé_,
-joven--_elchá_, linda--_comê_, fea--_uedá_, madre--_nuqué_, hijo
-de padre--_bôtom_, hijo de madre--_píñem_, grande--_uchaima_,
-chico--_pichicai_, mucho--_entren_, poco--_pichin_, blanco--_lieu_,
-negro--_currü_, cielo--_neno_, sol--_anti_, luna--_quién_,
-tierra--_truquen_, mujer--_curré_, hombre--_uentru_, sí--_maí_,
-así es--_pipi_, (modismo muy usual), no--_müe_, agua--_có_,
-fuego--_quítral_, viento--_cürrüf_, frío--_utré_, calor del
-sol--_comote anti_, calor sin sol--_comotearreün_, pronto--_matu_,
-despacio--_ñochi_, sueño--_umau_, amigo--_weni_, hermano--_peñi_,
-pasto--_cachu_, ceniza--_entruequen_, sal--_chadileubú_ (de
-aquí, Río Salado se dice _chadileubú_), monte--_mamil_,
-árbol--_quiñemamil_ (_quiñe_ quiere decir _uno_), cara--_angé_,
-ojos--_ñé_, boca--_ün_, orejas--_pilun_, nariz--_iu_, mano--_cui_,
-brazo--_lipan_, barba--_payun_, pecho--_rucú_, piernas--_chaan_,
-pies--_mamon_, dedo--_changil_, frente--_tol_, pelo--_loncó_, (de aquí
-_loncotear_--tirarse del pelo), pescuezo--_pel_, cortar--_catril_,
-bailar--_pürrum_, morir--_lai_, se murió--_lai-pi_, risa--_aien_,
-rabia--_yarquen_.
-
-Poco más sé de la lengua araucana, no porque no haya tenido tiempo de
-profundizar mis estudios, sino por las dificultades con que tropezaba á
-cada paso, cuando hacía una pregunta para aclarar alguna duda.
-
-No pude saber nada respecto á la conjugación de los verbos.
-
-Lo mismo digo de los géneros.
-
-Por ejemplo, vieja es _cucé_, viejo--_butá_, y, sin embargo, en ciertos
-adjetivos, como _overo_, la terminación es la que indica el género.
-
-La lengua es muy elíptica. Así, por ejemplo, yegua overa manca, se
-dice: _overa manca_, simplemente, y caballo overo manco--_overo manco_.
-En los dos casos se suprime el sustantivo, porque los adjetivos, _overa
-manca_ ú _overo manco_ no pueden calificar sino un caballo ó una yegua,
-y deben sobreentenderse.
-
-Para que comprendas las dificultades con que tenía que luchar para
-salvar ciertas dudas, bastará repetir lo que decía mi comadre cuando la
-apuraban demasiado: «Yo no sé bien la lengua, se necesita vivir mucho
-para aprenderla; aquí no cualquiera la sabe».
-
-Terminada la lección de araucano, le pedí á mi maestra--que aunque
-tenía hijos no era casada ni viuda,--me contara su vida; y como la cosa
-más sencilla del mundo nos refirió sus aventuras con cierto mancebo
-padre de mi ahijada.
-
-Es una página verde que en cualquier parte pasaría por una seducción.
-Entre los indios es un accidente de la vida que no significa nada.
-
-La especie humana está sujeta á la ley de la reproducción. Nada de
-extraño tiene que siendo la mujer libre se entregue á quien le place, y
-que de la noche á la mañana resulte con hijos.
-
-No es más que una dificultad para casarse; porque generalmente nadie
-quiere cargar con hijos ajenos, aun cuando provengan de matrimonio
-legítimo.
-
-Para concluir ésta, y á propósito de mujeres que resultan con hijos de
-la noche á la mañana, ¡qué curiosa es la farmacopea de los indios!
-
-Toda ella se reduce á hierbas astringentes y purgantes, y agua fría.
-
-Lo último es un remedio por excelencia.
-
-¿Pare una china? Pues en el acto, ella y el fruto de sus entrañas se
-meten en una laguna, sea invierno ó verano.
-
-Una palabra más, antes de que me retire del fogón, en que estoy, y me
-meta en la cama.
-
-Es una observación ajena que puede interesarle al mundo médico.
-
-Mi condiscípulo el Dr. D. Jorge Macías, que ha pasado dos años entre
-los Ranqueles, y que entre ellos estaría á no ser por mí, pretende que
-allí no hay _tísicos_, y lo atribuye al alimento de la carne de _yegua_.
-
-Si la observación fuese exacta y la causa la consignada, de hoy en
-adelante podríamos exclamar: no más tísicos.
-
-No me atrevo á decir si la cosa merece la pena de ser averiguada,
-aunque recuerdo que no hace mucho tiempo más de un galeno se reía
-cuando las curanderas recetaban _buche de avestruz_.
-
-
- NOTAS:
-
-[1] La _n_ se agrega, porque es más agradable al oído decir _picunche_
-que _picuche_.
-
-[2] Las palabras que tienen acento circunflejo son _nasales_ y las que
-tienen diéresis _guturales_.
-
-
-
-
- V
-
- Preparativos para la marcha á las tierras de Baigorrita.--Camargo
- debía acompañarme.--Motivos de mi excursión á
- Quenque.--Coliqueo.--Recuerdo odioso de él.--Unos y otros se han
- valido de los indios en las guerras civiles.--En lo que consistía mi
- diplomacia.--En viaje rumbo al sud.--Confidencia de un espía.--El
- espionaje en Leubucó.--Poitaua.--El algarrobo.--Pasión de los
- indios por el tabaco.--Cómo hacen sus pipas.--Pitralauquen.--Baño y
- comida.--Mi lenguaraz Mora, su fisonomía física y moral.
-
-
-Al día siguiente, me levanté con el sol, y me ocupé en los preparativos
-de la marcha para las tierras de Baigorrita.
-
-Le anticipé un chasque, de acuerdo con Mariano Rosas, y á las dos de la
-tarde mandé arrimar las tropillas.
-
-Se ensilló en un momento. Hacía días que no andábamos á caballo y todos
-estaban con ganas de sacudir la pereza.
-
-Camargo debía acompañarme. Su misión consistía en observarme de cerca,
-á ver qué conversaba con Baigorrita. Mi hermano Mariano, á pesar de sus
-protestas de adhesión y simpatía, abrigaba desconfianzas. Mi viaje lo
-preocupaba. No comprendía que debiendo verlo á Baigorrita en la junta
-que se celebraría á los cuatro días, me incomodase en ir hasta sus
-tolderías.
-
-La idea de una intriga para hacerlo reñir con su aliado trabajaba su
-imaginación.
-
-Por eso iba Camargo conmigo, con la orden terminante de asistir á todos
-mis parlamentos y entrevistas y el encargo de no separarse un momento
-de mi lado por nada ni para nada.
-
-Debía ser mi sombra.
-
-Mi excursión á Quenque, tenía sin embargo, la explicación más
-plausible. Baigorrita me había convidado hacía algunos meses para que
-nos hiciéramos compadres. Iba, pues, con los franciscanos á bautizar
-mi futuro ahijado, y, al mismo tiempo, á conocer más el desierto,
-penetrando hasta donde es muy raro hallar quien haya llegado en las
-condiciones mías, es decir, en cumplimiento de un deber militar.
-
-Verdad es que las desconfianzas de Mariano tenían también su razón de
-ser. No una vez, sino varias, diferentes administraciones, por medio de
-sus agentes fronterizos, han intentado sembrar la discordia entre él y
-Baigorrita, entre estos dos y el cacique Ramón.
-
-El ejemplo y el recuerdo de lo que sucedió con la tribu de Coliqueo no
-se borra de la memoria de los indios.
-
-La tribu de éste formaba parte de la Confederación de que antes he
-hablado; cuando los sucesos de Cepeda, combatió contra las armas de
-Buenos Aires, y cuando Pavón hizo al revés, combatió contra las armas
-de Urquiza.
-
-Coliqueo es para ellos el tipo más acabado de la perfidia y de la mala
-fe. Mariano Rosas me decía en una de nuestras conversaciones: «Dios no
-lo ha de ayudar nunca, porque traicionó á sus hermanos.»
-
-Efectivamente, Coliqueo no solamente se alzó con su tribu, sino
-que peleó é hizo correr sangre, para venirse á Junín junto con el
-regimiento 7.º de caballería de línea, que guarnecía la frontera de
-Córdoba; se pasó al ejército del general Mitre, que se organizaba en
-Rojas, meses antes de la batalla de Pavón.
-
-Con estos antecedentes y tantos otros que podría citar, para que se vea
-que nuestra civilización no tiene el derecho de ser tan rígida y severa
-con los salvajes, puesto que no una vez sino varias, hoy los unos,
-mañana los otros, todos alternativamente hemos armado su brazo para
-que nos ayudaran á exterminarnos en reyertas fratricidas, como sucedió
-en Monte Caseros, Cepeda y Pavón; con estos antecedentes, decía, se
-comprenden y explican fácilmente las precauciones y temores de Mariano
-Rosas.
-
-Así fué que al notificarme que Camargo me acompañaría, me felicité de
-ello y le di las gracias.
-
-Me había propuesto hacer consistir mi diplomacia en ser franco y
-veraz. Me parecía un deber de conciencia y una regla imprescindible de
-conducta, en mi calidad de cristiano, nombre que debía procurar á toda
-costa dejar bien puesto. De consiguiente, nada tenía que temer de la
-fiscalización de mi astuto agregado.
-
-Eran las dos y media de la tarde cuando nos movimos de Leubucó, alegres
-y contentos, felices y esperanzados, lo mismo que al salir del Fuerte
-Sarmiento.
-
-¡Es tan agradable el varonil ejercicio de correr por la Pampa, que yo
-no he cruzado nunca sus vastas llanuras, sin sentir palpitar mi corazón
-gozoso!
-
-Mentiría si dijese que al oir retemblar la tierra bajo los cascos de
-mi caballo, he echado alguna vez de menos el ruido tumultuoso de las
-ciudades, donde la existencia se consume en medio de tan variados
-placeres.
-
-Lo digo ingenuamente, prefiero el aire libre del desierto, su cielo,
-su sublime y poética soledad á estas calles encajonadas, á este
-hormiguero de gente atareada, á estos horizontes circunscriptos que
-no me permiten ver el firmamento cubierto de estrellas, sin levantar
-la cabeza, ni gozar del espectáculo imponente de la tempestad cuando
-serpentean los relámpagos luminosos y ruge el trueno.
-
-Hacía un día hermoso.
-
-Íbamos despacio. Las cabalgaduras habían sufrido bastante, extrañando
-la temperatura, el pasto y el agua; debía pensar no tanto en la vuelta
-á Leubucó, como en la vuelta á mi frontera.
-
-Por otra parte, llevaba una mula aparejada, con lo poco que me había
-quedado para Baigorrita, y la jornada sería corta.
-
-Saliendo de Leubucó, rumbo al Sud, se entra en un arenal pesado, se
-cruzan algunos pequeños médanos y á poco andar se entra en el monte.
-Á la salida de éste se encuentra la primera aguada, una lagunita con
-jagüeles, bordada de espadañas y de riente vegetación en sus orillas.
-El terreno es bajo y húmedo. Son como dos leguas de camino que fatigan
-los caballos como cuatro.
-
-Descansamos un rato. Nadie nos apuraba. Allí me hizo Camargo su primer
-conferencia. Como hombre de mundo, estaba convencido de mi buena fe y
-comprendía que no siendo honroso el papel que debía hacer á mi lado,
-convenía ponerme en autos para que me explicase su actitud, de la que
-no podía prescindir, porque á su vez él debía ser espiado por alguien,
-aunque no pudiera decir por quién.
-
-El espionaje recíproco está á la orden del día en la corte de Leubucó.
-
-Varias veces, hablando allí con personas allegadas á Mariano Rosas,
-sobre asuntos que no eran graves, pero que podían prestarse á
-conjeturas y malas interpretaciones, me dijeron aquéllas: «Hable
-despacio, señor, mire que ése que está ahí nos escucha.»
-
-¿Quién era?
-
-Unas veces, un cristiano sucio y rotoso, que andaba por allí haciéndose
-el distraído; otras, un indio pobre, insignificante al parecer, que
-acurrucado se calentaba al sol, y á quien yo le había dirigido la
-palabra, sin obtener una contestación, no obstante que comprendía y
-hablaba bien el castellano.
-
-De esta práctica odiosa nacen mil chismes é intriguillas, que
-mantienen á todos peleados, fraternizando ostensiblemente, y odiándose
-cordialmente en realidad.
-
-Mediante ella, Mariano sabe cuanto pasa á su alrededor y lejos de él.
-
-Esas numerosas visitas que recibe cotidianamente, muchas de las cuales
-vienen juntas del mismo toldo y lugar, son sus agentes secretos; espían
-á los demás y se espían entre sí.
-
-El cristiano ó el indio más cuitado en apariencia, es su confidente,
-conoce sus secretos.
-
-De ahí venían en parte la influencia, los fueros y el favor de que
-disfrutaba el negro del acordeón. No en vano experimentaba yo hacia él
-una repulsión instintiva.
-
-Refrescadas las cabalgaduras, siguió la marcha.
-
-El terreno se iba doblando gradualmente, cruzábamos una sucesión de
-medanitos, que se encumbraban por grados, divisábamos una ceja de
-monte, y en lontananza, hacia el Sudoeste, las alturas de Poitaua, que
-quiere decir: _Lugar desde donde se divisa_, ó atalaya.
-
-Las brisas frescas de la tarde comenzaban á sentirse, galopamos un rato
-y entramos en el monte.
-
-Eran chañares, espinillos y algarrobos. Estos últimos abundaban más.
-Es el árbol más útil que tienen los indios. Su leña es excelente para
-el fuego, arde como carbón de piedra; su fruta engorda y robustece los
-caballos como ningún pienso, les da fuerzas y bríos admirables; sirve
-para elaborar la espumante y soporífera chicha, para hacer _patai_
-pisándola sola, y pisándola con maíz tostado, una comida agradable y
-nutritiva.
-
-Los indios siempre llevan bolsitas con vainas de algarroba, y en sus
-marchas las chupan, lo mismo que los coyas del Perú mascan la coca. Es
-un alimento, y un entretenimiento que reemplaza el cigarro.
-
-Á propósito de cigarro, aprovecharé este momento, Santiago amigo, para
-decirte que los indios aman tanto el tabaco como el aguardiente.
-
-Prefieren el negro del Brasil á cualquier otro. Los pampas Azuleros
-hacen este comercio, y los chilenos les llevan con el nombre de tabaco,
-una planta que no he podido conocer, que he fumado, y me ha hecho el
-mismo efecto del opio, es fortísima.
-
-Todos los indios saben fumar, lo mismo que saben beber; pasaría por
-persona mal educada quien no supiera hacerlo.
-
-Fuman el tabaco de tres modos: en forma de cigarro puro, en forma de
-cigarrillo y en pipa.
-
-Este último modo es el que les gusta más.
-
-No hay indio que no tenga su cachimbito.
-
-Ellos mismos los hacen, y con bastante ingenio.
-
-Buscan un pedazo de madera blanca como de una cuarta de largo y una
-pulgada de diámetro; le dan primero la forma de un paralelepípedo, en
-seguida le hacen una punta cilíndrica, luego un taladro y en uno de los
-lados un agujerito en el que colocan un dedal, con otro agujerito que
-coincide con el taladro.
-
-El que quiera hacer una pipa á lo indio, ya tiene la instrucción.
-
-Recomiendo esta clase de pipas á los aficionados al tabaco fuerte; en
-ellas, como que pronto las pasa la resina, casi todos los tabacos son
-iguales.
-
-Los indios no fuman habitualmente sino de noche, antes de acostarse.
-
-Cargan su pipa, se echan de barriga, se la ponen en la boca, le
-colocan una brasa de fuego en el recipiente y dan una fumada con toda
-su fuerza, tragando todo el humo; en seguida otra, otra, otra del
-mismo modo. Á la cuarta fumada, les viene una especie de convulsión
-nauseabunda, se les cae la pipa de la boca y se quedan profundamente
-dormidos.
-
-Salíamos del monte, descendiendo por un plano ligeramente inclinado
-hacia una cañada. Allí íbamos á parar, haciendo noche al borde de una
-lagunita llamada _Pitralauquen_, lo que quiere decir _laguna de los
-flamencos_. Trae su nombre de que en aquel paraje hay siempre muchos de
-estos pájaros.
-
-El sol se ponía tras de las alturas de Poitaua, y sus arreboles teñían
-las nubes del lejano horizonte, cuando hacíamos alto y echábamos pie á
-tierra.
-
-La lagunita que tiene como cien metros de diámetro, y forma circular,
-estaba llena de agua. Centenares de rosados flamencos, de blancos
-cisnes y gansos, de pardos patos y gallaretas, se deslizaban mansamente
-sobre la líquida superficie.
-
-Los indios no tienen costumbre de matar las aves acuáticas, así es que
-no se inquietaron por nuestra aproximación.
-
-Acampamos cerca de unos chañarcitos, se acomodaron bien las tropillas,
-organizando la ronda, no fueran á darnos malón, se buscó leña y no
-tardó en alegrar el cuadro un hermosísimo fogón.
-
-Los franciscanos se habían molido un poco.
-
-Su pensamiento dominante era descansar; en tanto hacían un buen asado.
-Como verdaderos veteranos se echaron, pues, sobre las blandas pajas.
-Mis ayudantes y yo nos dimos un baño, turbando la quietud de las
-aves, que se dispersaron volando en todas direcciones, y cuyos nidos
-saqueamos inhumanamente haciendo un acopio de huevos.
-
-Salimos del agua, junto con las primeras estrellas; nos vestimos de
-prisa, porque hacía fresco, y ganando el fogón, que á una vara de
-distancia quemaba, en un momento dejamos de tiritar.
-
-Al rato comíamos, y Mora, mi lenguaraz, nos entretenía contándonos sus
-aventuras. Ya he dicho quién era en una de mis primeras cartas, y si no
-estoy trascordado, ofrecí contar su vida.
-
-Mora es un hombrecito como hay muchos, de regular estatura. Un
-observador vulgar le creería tonto; se pierde de vista. Es gaucho
-como pocos, astuto, resuelto y rumbeador. No hay ejemplo de que se
-haya perdido por los campos. En las noches más tenebrosas él marcha
-rectamente adonde quiere. Cuando vacila se apea, arranca un puñado de
-pasto, lo prueba y sabe dónde está. Conoce los vientos por el olor.
-Tiene una retentiva admirable y el órgano frenológico en que reside
-la memoria de las localidades muy desarrollado. Cara y lugar que
-vió una vez no las olvida jamás. Sólo estudiando con mucha atención
-su fisonomía se descubre que tiene sangre de indio en las venas. Su
-padre era indio araucano, su madre chilena. Vino mocito con aquél á
-las tolderías de los Ranqueles, formando parte de una caravana de
-comerciantes, se enamoró de una china, se enredó con ella, le gustó la
-vida y se quedó agregado á la tribu de Ramón. En Chile su padre había
-sido lenguaraz de un jefe fronterizo, peón y pulpero. Vivía entre los
-cristianos. Mora es industrioso y trabajador, tiene hijos, quiere mucho
-á su mujer, posee algo y saldría del desierto si pudiese arrear con
-cuanto tiene. Pero ¿cómo? Es empresa difícil, imposible. Mora ha estado
-á mi servicio unos cuantos meses, sirviéndome con decisión y fidelidad.
-Tiene buenos sentimientos, ideas muy racionales, conoce que la vida
-civilizada es mejor que la del desierto; pero ya lo he dicho, está
-vinculado á él hasta la muerte, por el amor, la familia y la propiedad.
-Habla el castellano á la chilena, perfectamente, disminuyendo lo mismo
-los sustantivos, que los adjetivos y los adverbios. _Nunquita_, me ha
-sucedido perderme por _allicito_ yendo solito, es como él dirá. El
-araucano lo conoce bien, y es uno de los lenguaraces más inteligentes
-que he visto. Ser lenguaraz, es un arte difícil; porque los indios
-carecen de los equivalentes de ciertas expresiones nuestras. El
-lenguaraz no puede traducir literalmente, tiene que hacerlo libremente,
-y para hacerlo como es debido ha de ser muy penetrante. Por ejemplo,
-esta frase: Si usted tiene conciencia debe tener honor, no puede
-ser vertida literalmente; porque las ideas morales que implican
-_conciencia_ y _honor_ no las tienen los indios. Un buen lenguaraz,
-según me ha explicado Mora, diría: Si usted tiene corazón, ha da tener
-palabra, ó si usted es bueno no me ha de engañar. Por supuesto que
-Mora, no obstante la pintura favorable que de él he hecho, no es nene
-que se retrae de ir á los _malones_. Al contrario, va en la punta, y
-por eso tiene con qué vivir. En unas tierras se trabaja de un modo y en
-otras de otro, como él me dijo, haciéndole yo cargos de que un hombre
-blanco, hijo de cristianos, bautizado en los Ángeles, que podía ganar
-su vida honradamente, llevara la existencia de un salteador.
-
-Cuando Mora dejó la palabra, habiendo dicho poco más ó menos lo que
-queda consignado en el párrafo anterior terminábamos de comer.
-
-Estaba helando.
-
-Hicimos las camas alrededor del fogón, dándole los pies, puse los
-frailes á mi lado--los cuidaba como á las niñas de mis ojos,--y traté
-de dormir.
-
-La Creación estaba en calma, el silencio del desierto no era
-interrumpido sino por uno que otro relincho de los caballos, ó por el
-graznido de las aves de la laguna.
-
-La luna se levantaba, coronando de luces el firmamento, tachonado de
-mustias estrellas.
-
-
-
-
- VI
-
- Una noche eterna.--Aspecto del campo al amanecer después de la
- helada.--En marcha.--Encuentro con indios.--Me habían descubierto
- de muy lejos.--Medios que emplean los indios para conocer á la
- distancia si un objeto se mueve ó no.--La carda.--Un monte.--Gente de
- Baigorrita sale á encontrarnos.--Baigorrita.--Su toldo.--Conferencia y
- regalos.--Las _botas_ de mis manos.--Carneada.--Una cara patibularia.
-
-
-Hizo tanto frío, que ni teniendo lumbre toda la noche pude conciliar el
-sueño. Me di cien vueltas en la cama.
-
-¡Qué envidia me daba oir roncar á los soldados lejos del fogón, hechos
-una bola como el mataco!
-
-Ni la helada, ni el viento, ni la lluvia, ni el polvo les incomoda á
-ellos.
-
-Este mundo se vuelve puras compensaciones. Yo tenía abundantes cobijas,
-quien atizara el fuego toda la noche, y no podía dormir.
-
-Ellos apenas tenían con qué taparse, y dormían como unos santos varones.
-
-La noche me parecía eterna.
-
---En cuanto quiso aclarar, me levanté, puse á todo el mundo en
-movimiento, hice dar vueltas las tropillas para que los animales
-entraran en calor, hasta que llegara la hora conveniente de bajarlos
-á la laguna, que es cuando el sol pica un poco; mandé agrandar el
-fogón, se calentó agua, se pusieron unos churrascos, tomamos mate y nos
-desayunamos.
-
-El campo presentaba el aspecto brillante de una superficie plateada;
-había helado mucho, la escarcha tenía, en los lugares donde la tierra
-estaba más húmeda, cuatro líneas de espesor.
-
-Junto con el sol sopló el cierzo pampeano y comenzó á levantarse la
-niebla en todas direcciones.
-
-La helada iba desapareciendo gradualmente, los rayos solares,
-abriéndose paso al través del velo acuoso que pretendía interceptarlos.
-
-El calórico, causa y efecto de todo cuanto constituye el planeta en que
-vivimos, disipaba el fenómeno que él mismo había originado.
-
-Eran las ocho de la mañana, y el horizonte y el cielo estaban ya
-completamente despejados.
-
-Bebieron los caballos, ensillamos, montamos y rumbeando al Sud, tomamos
-el camino de Quenque, dejando á la izquierda el que conducía á las
-tolderías de Calfucurá.
-
-Galopamos un rato, hasta que los animales sudaron, subiendo siempre por
-un terreno arenoso, salpicado de arbustos; descendimos después entrando
-en una zona más accidentada, y, al rato, descubrimos hacia el Oriente
-los primeros toldos de la tribu de Baigorrita y algún ganado vacuno y
-yeguarizo.
-
-Hice alto para no alarmar á los vigilantes y desconfiados moradores de
-aquellas comarcas, que veloces como el viento no tardaron en ponerse á
-tiro de fusil de nosotros para reconocernos.
-
-Destaqué sobre ellos á Mora, les habló, y al punto estuvieron junto con
-él á mi lado, saludándome y dándome la bienvenida.
-
-Nada sabían de mi visita á Baigorrita.
-
-Pero sabiendo que me hallaba días antes en Leubucó, habían calculado
-que era yo el que llegaba, afirmándolos en sus conjeturas el aire de mi
-marcha y el orden en que la efectuaba.
-
-Me habían descubierto desde que se levantaron los primeros polvos
-en Pitralauquen. La mirada de los indios es como la de los gauchos.
-Descubren á inmensas distancias, sin equivocarse jamás, los objetos,
-distinguiendo perfectamente si el polvo que asoma lo levantan animales
-alzados ó jinetes que corren.
-
-Cuando vacilan, dudando de si el objeto se mueve ó no, recurren á un
-medio muy sencillo para salir de dudas. Toman el cuchillo por el cabo,
-lo colocan perpendicularmente en la nariz y dirigen la visual por el
-filo que sirve de punto de mira; y es claro que si el objeto se desvía
-de él no está inmóvil, debe ser un árbol, un arbusto, una espadaña, una
-carda, cuyas proporciones crecen siempre en el espacio por los efectos
-caprichosos de la luz.
-
-Á propósito de _carda_, no vayas á creer, Santiago amigo, que me
-refiero al _cardo_, que no existe en la Pampa, propiamente hablando.
-
-La carda se le parece algo, es más bien una especie de cactus, crece
-hasta tres varas y produce unas bellotas verdes y granulentas, como la
-fruta mora, en las que, cuando están secas, se encuentra un gusanillo
-que es la crisálida del tábano.
-
-La carda es un gran recurso en el campo. Su leña no es fuerte, pero
-arde admirablemente. Es como yesca, y las bellotas cuando se queman,
-forman unos globulitos preciosos que parecen fuegos artificiales y
-distraen en sumo grado la imaginación.
-
-Alrededor de un fogón de carda puede uno quedarse dos horas enteras
-entretenido, viendo al fuego devorar sin saciarse con pasmosa
-rapidez cuanta leña se le echa, brillar y desaparecer las bellotas
-incandescentes como juegos diamantinos.
-
-La carda tiene otra virtud recóndita.
-
-Cuando el caminante fatigado de cansancio y apurado por la sed,
-encuentra una carda frondosa, se detiene al pie de ella, como el árabe
-en el fresco oasis. Arranca el tallo, y en el alvéolo que quede entre
-las hojas, encuentra siempre gotas de agua cristalina, fresca y pura,
-que son el rocío de la noche guarecido allí contra los inclementes
-rayos del sol.
-
-Conversé un momento con los recién llegados, y después que los avié con
-yerba, azúcar, tabaco y papel, seguí la marcha, cortando ellos para sus
-toldos.
-
-Galopamos un rato y llegamos á un monte bastante tupido y abundante en
-árboles seculares. Las quemazones habían hecho estragos en aquellos
-gigantes de la vegetación. Algunos estaban carbonizados desde el tronco
-hasta la copa, y al menor empuje perdían su quicio y caían deshechos en
-mil pedazos.
-
-Encontré buen pasto y resolví descansar allí un buen rato. Aunque no lo
-hubiera resuelto habría tenido que hacer alto largo tiempo.
-
-Una mula espantadiza se asustó del ruido de un calderón medio quemado,
-que se vino al suelo por arrancar un gajo para hacer fuego y calentar
-agua, disparó é hizo disparar las tropillas.
-
-El tiempo que se tardó en repuntarlas bastó para tomar algunos mates.
-
-Mudamos, y estando á medio camino de Quenque, y siendo temprano, seguí
-la marcha por entre el bosque, tardando como una hora en salir de él.
-
-Caímos á un bajo, cruzamos un salitral y avistamos al mismo tiempo en
-las cuchillas de unos médanos lejanos, unos polvos que venían hacia
-nosotros.
-
-Poco tardamos en encontrarnos.
-
-Era gente de Baigorrita que salía á recibirme.
-
-Hicimos alto, destacamos nuestros respectivos parlamentarios, cambiamos
-muchas _razones_, y formando un solo grupo nos lanzamos al gran galope.
-
-Otros polvos que se alzaron en la misma dirección de los anteriores,
-anunciaron que Baigorrita venía ya.
-
-Yo no podía olvidar que conmigo venían los franciscanos y que me había
-comprometido á que volvieran á su convento sanos y salvos. Veía por
-momentos el instante en que daban una rodada y se rompían el bautismo.
-Recogí la rienda á mi caballo, acorté el galope y seguimos al trote.
-
-Baigorrita se acercaba como con unos cincuenta jinetes. Estábamos á la
-altura de la casa del capitanejo Caniupán, amigo ranquelino que había
-conocido en la frontera; indio manso y caballero, de los pocos que no
-piden cuanto sus ojos ven.
-
-Baigorrita no anduvo con las ceremonias imponentes de Ramón, ni con
-los preámbulos fastidiosos de Mariano Rosas. En cuanto nos pusimos á
-distancia de podernos ver las caras, hicimos alto.
-
-Se destacó solo, y yo también.
-
-Picamos al mismo tiempo nuestros caballos, y sin más ni más, nos dimos
-un apretón de manos y un abrazo, como si fuera la milésima vez que nos
-veíamos.
-
-El grupo que venía y el que iba se confundieron en uno solo.
-
-Galopábamos y conversábamos con Baigorrita, sirviéndole á él de
-lenguaraz, Juan de Dios San Martín, un chilenito, de quien hablaré en
-oportunidad, y á mí, Mora.
-
-Baigorrita no habla en castellano, lo entiende apenas.
-
-En media hora más de camino estuvimos en su toldo.
-
-Allí nos esperaba alguna gente reunida.
-
-Todos me saludaron, lo mismo que á mi gente, con respeto y cariño.
-
-El toldo de Baigorrita no tenía nada de particular. Era más chico que
-el de Mariano Rosas, y estaba desmantelado.
-
-Entramos en él. Mi compadre no brillaba por el aseo de su casa. En su
-toldo había de cuanto Dios crió, muchos ratones, chinches, pulgas y
-algo peor.
-
-Á cada rato sorprendía yo en mi ropa algún animalito imprudente que,
-hambriento, buscaba sangre que chupar. Para un soldado esto no es
-novedad. Los tomaba y con todo disimulo los pulverizaba.
-
-Tuvimos una conferencia larga y pesada. Mi compadre me presentó á sus
-principales capitanejos y á varios indios viejos, importantes por la
-experiencia de sus consejos.
-
-Les regalé sobre tablas algunas bagatelas. Á mi compadre le di mi
-revólver de seis tiros, unas camisas de crimea, calzoncillos y medias.
-Á mi ahijado, dos cóndores de oro.
-
-Los franciscanos y mis ayudantes hicieron también sus regalitos.
-La recepción había sido tan sencilla y cordial, que todos habían
-simpatizado con aquella indiada.
-
-Después que los saludos y presentaciones oficiales pasaron, vino la
-conversación salpicada de dichos y agudezas.
-
-Un indio, que por lo menos tendría sesenta años, muy jovial y chistoso,
-grande amigo de Pichún, el finado padre de Baigorrita, muy querido y
-respetado de éste, viendo mis manos cubiertas con algo de que él no
-tenía idea, me preguntó en buen castellano:
-
---¿Qué es eso, ché?
-
-Eran mis gruesos guantes de castor, prenda que yo estimaba mucho,
-porque tengo la debilidad de cuidarme demasiado quizá las manos.
-
-Me vi embarazado momentáneamente para contestar.
-
---Si decía guantes, me iba á entender tanto como si dijera matraca.
-
-Rumiando la respuesta, le contesté.
-
---Son las botas de las manos.
-
-Los ojos del indio brillaron como si hubiera hecho un descubrimiento, y
-agregó:
-
---Cosa linda, _güena_.
-
-Y esto diciendo, me agarró las dos manos con las suyas.
-
-Retiré una, desabroché el guante y ayudándole á tirar me lo saqué.
-
-El indio se lo puso en el acto.
-
-Hice lo mismo con el otro y se lo di.
-
-También se lo puso, tenía las manos más chicas que yo, así es que
-le hacían el efecto de un par de manoplas, de ésas que suelen verse
-colgadas en las vidrieras de las armerías.
-
-El indio parecía un mono. Abría los dedos y se miraba las manos
-encantado.
-
-Le dejé gozar un rato, y cuando me pareció que había estado bastante
-tiempo en posesión de mis guantes, se los pedí para ponérmelos.
-
---Eso no dando--me contestó.
-
-La jugada no estaba en mis libros. Perder mis guantes equivalía á
-estropearme las manos, sin remisión.
-
---Te los compro--le dije, viendo que cerraba los puños como para
-asegurar mejor su presa.
-
-Hizo un movimiento negativo con la cabeza.
-
-Metí la mano al bolsillo, saqué una libra esterlina y se la ofrecí,
-creyendo picar su codicia.
-
-Tomóla; pero no me dió los guantes.
-
---Dame las botas de las manos--le dije.
-
---Eso no vendiendo--me contestó, llevando á la Junta como cristiano.
-
---Entonces dando la libra esterlina--le dije.
-
---Yo indio pobre, vos cristiano rico--repuso.
-
-Y junto con la contestación se guardó la libra, dejándome con un palmo
-de narices.
-
-Todos los circunstantes festejaron con risotadas espontáneas la treta
-del indio.
-
-Mi compadre Baigorrita, me dijo: Viejo diablo, ¿eh?
-
-Tuve que amoldarme á las circunstancias y que declararme neófito en
-materia de escamoteos.
-
-Las visitas se fueron retirando poco á poco.
-
-Yo estaba cansado, y por ciertas razones tenía necesidad de mudarme la
-ropa.
-
-Salí sin ceremonia del toldo.
-
-Había mucha gente afuera, charlando alegremente con los de mi comitiva,
-al mismo tiempo que le daban un avance á una parva de algarroba. Había
-dos cosechas para el invierno.
-
-Tenía hambre.
-
-Llamé á Juan de Dios San Martín, el chilenito, y lo mismo que si
-hubiera estado en la estancia del amigo más íntimo, le dije: Dile á mi
-compadre que me haga carnear una res para la gente.
-
-Se fué, y al punto volvió diciéndome que ya la traían.
-
-Con efecto, un rato después, dos indios traían una vaca enlazada.
-
-La carnearon las chinas, entregándole la mayor parte á mi gente.
-
-El fogón estaba pronto ya.
-
-No queriendo pernoctar en el toldo de mi compadre, acampé al raso.
-
-La tarde se acercaba.
-
-Las chinas recogían el ganado manso, arreándolo á pie, seguidas de
-muchos perros tan grandes como flacos, que llamaban la atención.
-
-Las cabras y las ovejas venían mezcladas.
-
-Llegaron á la puerta de los corrales; los perros separaron las
-especies, y las chinas las majadas, encerrando cada una de ellas en su
-respectivo corralito.
-
-La operación se hizo con la misma facilidad con que un niño separaría de
-una canastilla llena de cuentas negras y blancas las que quisiera.
-
-Cuando alguna cabra ú oveja se quedaba en la majada que no le
-correspondía, los perros la volvían al redil.
-
-Me avisaron que el asado estaba pronto. Acabé de mudarme, y ocupé mi
-puesto en la rueda del fogón.
-
-Al sentarme, vi cruzar una cara patibularia.
-
-Parecía un indio.
-
-¿Quién era?
-
-
-
-
- VII
-
- Qué es la vida.--Reflexiones.--Los perros de los
- indios.--Recuerdos que deben tener de mi magnificencia.--Un
- intérprete.--Cambio de _razones_.--_Sans façon._--_Yapaí_ y
- _yapaí_.--Detalles.--En Santiago y Córdoba los pobres hacen
- lo mismo que los indios.--Fingimiento.--Otra vez la cara
- patibularia.--Averiguaciones.--Una navaja de barba mal empleada.
-
-
-La vida se pasa sin sentir.
-
-Como dice la sentencia árabe, no es más que el camino de la muerte.
-
-Cuando menos lo esperamos, nos sorprende el invierno y recién como la
-cigarra imprevisora, nos apercibimos de que hemos pasado el verano
-cantando, sin pensar en nada.
-
-Nuestros cabellos, con los que jugueteaba ebúrnea y afilada mano se han
-puesto canos. Nadie los toca ya.
-
-Nuestros ojos han perdido su brillo magnético. Nadie los mira.
-
-Nuestra tez tersa y sonrosada, se ha vuelto amarillento y seco
-pergamino. Nadie repara en ella.
-
-En el corazón apenas arde una llama moribunda semejante al pálido
-resplandor de una lámpara sepulcral. Pero ¡ay! ¿Quién se inflama en el
-tibio calor suyo?
-
-De esperanza en esperanza, de ilusión en ilusión, de desengaño en
-desengaño, de decepción en decepción, de caída en caída, de percance
-en percance, de desvarío en desvarío, rodamos fatalmente y llegamos al
-borde de la tumba, cayendo en su misteriosa obscuridad para cesar de
-sufrir, ó sufrir más.
-
-Hemos aspirado, no hemos hecho nada por nosotros ni por la humanidad, y
-hemos consumido una existencia robusta, exuberante, con cuya savia se
-han alimentado quién sabe cuántos parásitos afortunados, exclamando mil
-veces: _En vain, hélas! en vain!_
-
-Y por todo consuelo, nos contentamos con darle al mundo y á sus pompas
-vanas un adiós irónico, escribiendo en forma de epigrama póstumo un
-epitafio:
-
- _Ci-gît Piron, qui ne fut rien
- Pas même académicien._
-
-Si la vida se pasa así, de cualquier modo, con más razón se pasa
-cualquier noche.
-
-La primera que dormí en Quenque, al raso, cerca del toldo de mi
-compadre Baigorrita, pertenece á ese género. Creo que ni recuerdos tuve.
-
-De ella sólo puedo decir que dormí.
-
-Mi fatigado cuerpo no sintió ni el aire de la noche, ni la dureza
-del suelo, ni la famélica inquietud de los perros, que devoraban
-los rezagos y huesos de nuestro fogón, haciendo crujir sus afilados
-dientes, hasta romperlos y chupar el escondido tuétano.
-
-Los indios no les dan de comer á sus perros, y, sin embargo, tienen
-muchos; en cada toldo tienen una jauría.
-
-Los pobres viven de los bichos del campo que cazan, ó como los
-avestruces, pescando moscas al vuelo.
-
-El hambre les hace adquirir una destreza increíble. Mosca que zumba por
-sus narices va á parar á su estómago.
-
-Los tratan con la mayor dureza; el que no está lleno de chichones tiene
-alguna cicatriz agusanada.
-
-Es lo que sacan cuando se acercan á algún fogón ó cuando al carnear una
-res se arriman tímidamente á ella para chupar siquiera la sangre que
-riega el suelo.
-
-Las chinas son las que tienen alguna compasión de ellos. Son sus
-compañeros inseparables. Van al monte y al agua con ellas; con ellas
-recogen el ganado; y al lado de ellas duermen.
-
-Á los indios no los siguen jamás.
-
-En mi fogón se dieron una panzada que debe haber hecho época entre
-ellos.
-
-En esta hora deben estar cantando con himnos caninos, y en el mismo
-bronco lenguaje con que ladran á la luna, por no decir adoran, la
-generosidad y espléndida magnificencia de unas gentes extrañas, que
-anduvieron por allí, con caras desconocidas, vistiendo trajes que no
-habían visto jamás y hablando un idioma ininteligible, aunque agradable
-á su oído.
-
-Amaneció.
-
-Nos dimos los buenos días con los franciscanos, nos levantamos, tomamos
-mate y nos preparamos para recibir visitas que no tardaron en llegar.
-
-Mi compadre Baigorrita se había bañado muy temprano, y descalzo y con
-los calzoncillos arrollados sobre la rodilla y las mangas de la camisa
-arremangadas, atusaba un caballo que estaba en el palenque.
-
-Me acerqué á él, le saludé, y sin interrumpir su faena me contestó con
-una sonrisa afable, haciéndome decir con Juan de Dios San Martín que
-andaba por ahí: «Que estuviera á gusto, que aquella era mi casa».
-
-Le contesté dándole las gracias.
-
-Y, pegando el último tijeretazo, me invitó á pasar á su toldo.
-
-Acepté, y entramos en él.
-
-Tres fogones ardían.
-
-Alrededor de ellos las chinas y las cautivas preparaban el almuerzo,
-que consistía en puchero y asado.
-
-Nos sentamos quedando mi compadre enfrente de mí.
-
-Empezaron á entrar visitas, se colocaron en dos filas y la charla no se
-hizo esperar.
-
-Eran todas personas de importancia.
-
-No siendo Juan de Dios San Martín bastante buen lenguaraz, mandaron
-llamar otro cristiano, hombre de la entera confianza de Baigorrita.
-
-Era necesario que todos los circunstantes se enterasen perfectamente
-bien de mis _razones_.
-
-Vino Juancito, que así se llamaba el perito, y se colocó entre mi
-compadre y yo, dando la espalda á la entrada del toldo.
-
-Era un zambo motoso, de siete pies de alto, gordo como un pavo cebado.
-
-Su traje consistía en un simple chiripá de jerga pampa.
-
-En su fisonomía estaban grabados con caracteres inequívocos los
-instintos animales más groseros. Todas sus facciones eran deformes, y á
-la manera de los indios, se había arrancado con pinzas los pelos de la
-cara, pintado los pómulos y los labios. Su mirada era chispeante, pero
-no revelaba ferocidad.
-
-Le dije mis primeras _razones_, intentó traducirlas. No pudo, sus oídos
-no habían jamás escuchado un lenguaje tan culto como el mío. Y eso que
-yo me esforzaba siempre en expresarme con toda sencillez. No entendía
-jota.
-
-Al transmitirle á mi compadre Baigorrita mis razones, Camargo y Juan de
-Dios San Martín, le decían:
-
---El Coronel no ha dicho eso.
-
-Las visitas, impacientadas, gruñían contra el zambo. Él, avergonzado
-y turbado de su imbecilidad, sudaba la gota gorda. Su cara y su pelo
-traspiraban como si estuviera en un baño ruso, despidiendo un olor
-grasiento peculiar que volteaba.
-
-Cuando su confusión llegó hasta el punto de sellarle los labios,
-cayó en una especie de furor concentrado. Levantóse de improviso, y
-diciendo: «Me voy, ya no sirvo», se marchó.
-
-Nadie hizo la menor observación.
-
-La conversación continuó, haciendo de intérpretes los otros lenguaraces.
-
-Las mujeres de mi compadre, las chinas y cautivas se pusieron en
-movimiento, y el almuerzo vino.
-
-Á cada cual le tocó, lo mismo que en el toldo de Mariano Rosas, un
-enorme plato de madera con carne cocida, caldo, zapallos y choclos.
-
-Yo, ya estaba en mi centro.
-
-Comí _sans façón_.
-
-Tomaba las posturas que me cuadraban mejor, y calculando que lo que
-iba á hacer produciría buen efecto en el dueño de la casa y en los
-convidados, me quité las botas y las medias, saqué el puñal que llevaba
-á la cintura y me puse á cortar las uñas de los pies, ni más ni menos
-que si hubiera estado solo en mi cuarto, haciendo la policía matutina.
-
-Mi compadre y los convidados estaban encantados. Aquel coronel
-cristiano parecía un indio. ¿Qué más podían ellos desear? Yo iba á
-ellos. Me les asimilaba. Era la conquista de la barbarie sobre la
-civilización. El _Lucius Victorius, imperator_, del sueño que tuve
-en Leubucó la noche en que Mariano Rosas me hizo beber un cuerno de
-aguardiente, estaba allí transfigurado.
-
-Cuando acabé la operación de cortarme las uñas de los pies, me limpié
-las de las manos, y para completar la comedia me escarbé los dientes
-con el puñal.
-
-Trajeron el asado, agua y trapos. En lugar de hacer uso del cuchillo de
-la casa, hice uso del mío.
-
-El indio del día antes, se presentó á la sazón con mis guantes, se me
-sentó al lado y le dió por jugar con mi pera, insistiendo en que la
-había de trenzar, porque era linda, según él decía. Le dejé hacer su
-gusto.
-
-Terminado el almuerzo, trajeron unas cuantas botellas de aguardiente y
-entre _yapaí_ y _yapaí_ las apuramos.
-
-Mi ahijado, á quien el día antes había acariciado, se acercó á mí. Le
-hice un cariño. Una cautiva le habló en la lengua, y el chiquilín juntó
-las manos, y todo ruborizado me dijo: «bendición».
-
---«Dios te haga un buen cristiano, ahijado»--le contesté; y echándole
-los brazos le senté en mis piernas.
-
-El chiquilín se quedó como en misa, saqué el reloj y se lo puse al oído
-para que oyera el tic-tac de la rueda: siguió inmóvil. Guardé el reloj,
-y viendo que por sobre su cabecita caminaban ciertos animalitos de mil
-pies, me puse á expulgarlo.
-
-Comprendo, Santiago amigo, que estos detalles son poco filosóficos é
-instructivos; pero, hijo mío, ya que no puedo cantar las glorias de mi
-espada, permíteme describirte sin rodeos cuanto hice y vi entre los
-Ranqueles.
-
-El pulcro y respetable público tendrá la bondad de ser indulgente, á no
-ser que prefiera, lo que no suele ser raro, la mentira á la verdad.
-
-_Rien n'est beau que le vrai._
-
-Tomo el dicho por los cabellos y continúo.
-
-Mi ahijado estaba acostumbrado á la operación.
-
-Los indios se la hacen unos á otros, al rayar el sol, con un apéndice
-que dejo á tu perspicacia adivinar.
-
-De gustos no hay nada escrito.
-
-Una ostra cruda es para algunos el bocado más sabroso. Vitelio se
-comía, para abrir el apetito, cuarenta docenas de una sentada.
-
-Algunos buscan el queso hediondo, y prefieren _el que camina_.
-
-Mientras tanto, otros no pueden pasar ni lo uno ni lo otro.
-
-No nos admiremos de las costumbres de los indios.
-
-He de repetir hasta el cansancio, que nuestra civilización no tiene el
-derecho de ser tan orgullosa.
-
-En Santiago del Estero, donde lengua y costumbres tienen un sabor
-primitivo, los pobres hacen lo mismo que los indios.
-
-El que quiera verlo, no tiene más que tomar la mensajería del Norte y
-dar un paseo por aquella provincia argentina.
-
-Y en la sierra de Córdoba hacen igual cosa. Está más cerca y la
-excursión sería más pintoresca.
-
-Mi ahijado se quedó dormido.
-
-Le acomodé la cabecita sobre uno de mis muslos y le dejé quieto.
-
-Las visitas se fueron retirando.
-
-Algunas se echaron, quedándose dormidas.
-
-Yo, siguiendo mi plan de _hacerme interesante_, las imité. ¡Qué había
-de dormir! Era imposible. Cuerpos extraños al mío, me tenían en una
-agitación indescriptible.
-
-Me quedé no obstante en el toldo haciendo que dormía.
-
-Ronqué.
-
-Mi compadre impuso silencio. Debía mirarme con placer.
-
-De repente llamé con voz trémula y débil á Rufino Pereyra.
-
-No contestó; no podía oírme. Lo calculaba.
-
-Entonces, fingiendo un enojo terrible, me incorporé súbito y grité con
-todas mis fuerzas:
-
---¡Rufino! ¡Rufino!
-
-Rufino contestó de lejos:
-
---Voy, señor; y entró volando en el toldo.
-
---¿Por qué no venías?
-
---No había oído.
-
-Le apostrofé.
-
-Mi compadre fumaba tranquilamente su pipa, rodeado de sus tres hijos
-menores dormidos.
-
-Me miró como diciendo para sus adentros: Este hombre, es un hombre.
-
-Mis contrastes le seducían. La dulzura, la aspereza, la calma y la
-irascibilidad hablan muy alto á la imaginación de un salvaje.
-
---Tráeme mi navaja de barba--le dije á Rufino.
-
-Salió.
-
---Compadre--continué, dirigiéndome á mi huésped,--le voy á hacer un
-regalo; veo que usted se afeita.
-
-No contestó, porque no entendía. Los lenguaraces se habían retirado.
-Llamó á Juan de Dios San Martín. Entró éste y junto con él Rufino,
-trayendo la navaja y el asentador, que tenía cuatro faces, una con
-piedra.
-
-Tomélo, y haciéndole ver á mi compadre cómo se asentaba la navaja, le
-di ambas cosas.
-
-Las tomó, y viendo primero si se adaptaban al bolsillo de su tirador,
-las colocó en seguida en él.
-
-Salí del toldo. Me mudé la ropa, después que Carmen me ayudó á eliminar
-los intrusos que se habían guarecido en mis cabellos; di un paseo
-porque tenía necesidad de respirar el aire libre y puro del campo,
-haciendo fuego con el revólver sobre algunos caranchos y teruteros; y
-al rato volví al fogón para acabar de disipar con café los efectos del
-aguardiente.
-
-De regreso de la caminata, pasé por detrás del toldo de mi compadre
-y volví á ver la _cara patibularia_ del día antes, apoyada con aire
-sombrío en la costanera del ranchito que servía de cocina, y que
-sobresalía media vara.
-
-Junto con ella estaba otra juvenil, de aspecto extraño y marcadamente
-de cristiano.
-
-La curiosidad me acercó á ellos.
-
-Les dirigí la palabra, callaron.
-
---¿No entienden?--les dije, con cierta acritud.--Me contestaron en
-lengua de indio.
-
-Comprendí que no querían hablar conmigo.
-
-El hecho acabó de despertar mi curiosidad.
-
-No pude decir por qué, pero lo cierto es que la primera cara me
-alarmaba.
-
-Seguí mi camino con el intento de averiguar quiénes eran aquellos
-desconocidos.
-
-Entré en el toldo de mi compadre.
-
-Estaba solo con sus hijos, en la misma postura en que le había dejado
-hacía un rato, y picaba tabaco.
-
-¿Con qué?
-
-Nada menos que con la navaja de barba que le acababa de regalar.
-
-El asentador le servía de punto de apoyo.
-
---Bien empleado me está--dije para mi coleto,--por haber gastado
-pólvora en chimangos.
-
-Mi compadre se sonrió complacido y con una cara como unas pascuas, y
-mirándose en la superficie tersa y lustrosa de la navaja, me dijo:
-
---Lindo.
-
---Es verdad--le contesté, murmurando:--no te degollarás con ella; y
-agregando al mismo tiempo que hacía el ademán de afeitarme: mejor es
-para esto.
-
-Me entendió, y repuso:
-
---Cuchillo.
-
-Quería decirme que el cuchillo era más aparente para afeitarse.
-
-Llamó á Juan de Dios San Martín.
-
-Mientras éste venía, salí del toldo para contarles á mis ayudantes y á
-los franciscanos qué suerte había corrido la navaja de Rodgers.
-
-
-
-
- VIII
-
- Dos desconocidos.--El cuarterón.--El mayor Colchao y su
- hijo.--Una cautiva explica quién era Colchao y refiere
- su historia.--Provocaciones de Caiomuta.--_Gualicho_
- redondo.--Contradicciones del cuarterón.--Juan de Dios San
- Martín.--Dudas sobre la fidelidad conyugal.--Picando tabaco.--Retrato
- de Baigorrita.--Un espía de Calfucurá.
-
-
-En el fogón no había nadie.
-
-Todos estaban detrás de la cocina, porque en ese sitio no daba el sol.
-
-Buscaba á quien contarle el uso que mi compadre hacía de mi rica navaja
-de barba.
-
-Fuí pues, en busca de mis compañeros de peregrinación.
-
-Hablaban con los dos desconocidos.
-
-Les llamé aparte, hicieron una rueda, dejándome dentro, y les conté el
-caso, riéndome á carcajadas.
-
-Unos cuantos, ¡qué bárbaro! se oyeron al mismo tiempo.
-
-Después de un instante de hilaridad, pregunté, ¿qué hombres son ésos
-con quienes hablaban ustedes?
-
---No sabemos--contestaron unos.
-
---Tratábamos de averiguarlo--dijeron los franciscanos.
-
---Vamos á ver--repuse.
-
-Me dirigí á ellos. Todos me siguieron.
-
---¿Cómo te llamas?--le pregunté al primero que había visto.
-
-Era un cuarterón tostado por el sol, como de cuarenta años.
-
-Tenía una cara que daba miedo, grandes ojos negros, redondos, sin
-brillo, nariz aplastada, por cuyas ventanas salían algunos pelos, boca
-grande, en la que vagaba una sonrisa sardónica, dejando entrever dos
-filas de dientes enormes, separados, como los del cocodrilo, todo ello
-encerrado dentro de un óvalo que empezaba con una frente estrecha,
-erizada de cabellos duros y parados como las espinas del puerco espín,
-y terminaba con una barba aguda ligeramente retorcida para arriba.
-
-Estaba gordo y no tenía una sola arruga en el cutis. Llevaba un aro
-de oro en la oreja izquierda, y la barba y el bigote se las había
-arrancado con pinzas, á lo indio, de manera que en los poros irritados,
-se había infiltrado el polvo más tenue, dándole con la transpiración á
-su antipática facha, el mismo aspecto que hubiera tenido si la hubiesen
-escarificado con finísimas agujas y tinta china.
-
-Vestía ropa andrajosa. No llevaba calzado, y en sus pies encallecidos
-resaltaban unas grandes uñas incrustadas como conchas fósiles en
-calcárea roca.
-
-No me contestó. Pero fijó su mirada vaga en mí.
-
-Volví á interrogarle.
-
-Siguió callado, bajó la vista, la fijó en tierra, é hizo un ademán con
-los hombros, hundiendo el pescuezo en ellos, como quien dice: no sé,
-¿qué le importa á usted?
-
---Tú has de ser algún bellaco--le dije.
-
-No contestó.
-
-Entonces, dirigiéndome al más joven:
-
---¿Y tú quién eres?--le pregunté.
-
-Parecía un cuadrumano. Era un mono vestido de gaucho. También estaba
-afeitado á lo indio, y su ropa era nueva y de buena calidad. Tendría
-dieciocho años.
-
---Soy hijo del mayor Colchao--me contestó.
-
---¿Hijo del mayor Colchao?--repuse, con extrañeza.
-
-Una cautiva que se había llegado á nosotros, me dijo:
-
---Es mi marido.
-
---¿Tu marido?
-
---Sí, señor.
-
---¿Cómo es eso?
-
---El cacique me ha casado con él.
-
-Me refirió entonces, que era de San Luis, que durante algún tiempo
-había vivido con un indio muy malo. Que éste había muerto á
-consecuencia de heridas recibidas en la última invasión que llevaron
-los Ranqueles al Río 5.º cuando los derroté en los Pozos Covados, cerca
-de Santa Catalina; y que no habiendo dejado herederos, Baigorrita la
-había recogido y se la había dado al mayor Colchao, montonero de la
-gente del Chacho, refugiado en Tierra Adentro. Agregó que Colchao era
-muy bueno y que ahora era feliz.
-
---Vea, señor--me decía,--cómo me castigaba el indio. Y mostraba los
-brazos y el seno cubiertos de moretones empedernidos y de cicatrices.
-Así, añadía con mezclada expresión de candor y crueldad, yo rogaba á
-Dios que el indio echara por la herida cuanto comiese. Porque tenía un
-balazo en el pescuezo y por ahí se le salía todo, envuelto con el humor
-y...
-
-Me dió asco aquella desdichada, cuyos ojos eran hermosísimos. Tenía una
-lubricidad incitante en la fisonomía. Era esbelta y graciosa.
-
-Á fin de que no continuara el repugnante relato de las agonías de su
-opresor, y queriendo saber quién era ese mayor Colchao, la interrumpí,
-preguntándole:
-
---¿Y quién es Colchao?
-
---Ese hombre que habrá visto, señor, aquí, el que traía enlazada la res
-que le carneamos.
-
-Yo lo había tomado por un indio.
-
-Era un hombre insignificante. Mi compadre tenía mucha confianza en él.
-Hacía de capataz suyo.
-
---¿Y este muchacho, dices que es hijo de Colchao?--volví á preguntarle.
-
---Sí, señor--repitió.
-
---Y, ¿dónde vives tú?--le preguntó á aquél.
-
---En la toldería del capitanejo Estanislao.
-
---¿Cerca de aquí?
-
---No, señor.
-
---¿Qué distancia hay?
-
---Un día de camino (son treinta leguas en lenguaje convencional de los
-indios).
-
---¿Y á ese hombre le conoces?--le pregunté, señalándole al cuarterón.
-
---Sí, señor.
-
---¿Desde cuándo?
-
---Hace tres días.
-
---¿Tres días no más?
-
---Sí señor.
-
---¿Cómo así?
-
---Lo he conocido en el campo, viniendo para acá.
-
---¿De dónde venías?
-
---Del toldo de Estanislao.
-
---¿En qué rumbo queda?
-
---Aquí (señalando al Sudoeste).
-
---¿En qué venía?
-
---Á caballo.
-
---¿Con cuántos caballos?
-
---En el montado.
-
---¿Y de dónde venía?
-
---De lo de Calfucurá.
-
---¿Qué, por ahí va el camino?
-
---Por ahí.
-
---¿Y cuántos días de camino hay del toldo de Estanislao al de Calfucurá?
-
---Dos días y medio.
-
---¿Y habla castellano ese hombre?
-
---Sí, señor.
-
-Aquí interrumpí el diálogo con el hijo de Colchao, y dirigiéndome al
-otro, le dije:
-
---¿Conque te estabas haciendo el zonzo?
-
-No contestó.
-
---Habla, imbécil--le dije.
-
---Tengo vergüenza--me contestó.
-
---Has de ser algún bandido--repuse, y dándole las espaldas, les dije en
-voz baja á mis ayudantes:--averígüenle la vida.
-
-Iba á retirarme, pero se me ocurrió una pregunta esencial. Se la hice.
-
---¿De dónde eres?
-
---De Patagones.
-
---¡Ah!--dijo mi ayudante Rodríguez,--á mí me has dicho hace un rato que
-chileno.
-
---Y á mí, no recuerdo quién, que de Bahía Blanca.
-
---Sí, ha de ser algún pícaro--les contesté.
-
-Y esto diciendo me dirigí al toldo de mi compadre.
-
-Estaba como le había dejado, en la misma postura, seguía picando tabaco
-con la navaja y hablaba con Juan de Dios San Martín.
-
-Me senté, y le hice preguntar por el lenguaraz quién era el desconocido.
-
-Me contestó que no sabía, que lo había visto; pero que había creído que
-era de mi gente.
-
-Juan de Dios San Martín dijo que él no había reparado en semejante
-hombre.
-
-Le observé á mi compadre que cómo había podido tomar por hombre mío un
-rotoso como ése.
-
-Se encogió de hombros, y le ordenó á San Martín que averiguase quién
-era, de dónde venía, qué quería.
-
-San Martín salió.
-
-Yo me eché en el suelo, como en un mullido sofá.
-
-Mi compadre siguió imperturbable picando su tabaco.
-
-Estuvimos en silencio, mientras San Martín indagó lo que queríamos
-saber.
-
-Juan de Dios San Martín era el lenguaraz de mi compadre, su secretario,
-su amigo, sirviente y confidente. Varias veces como representante suyo
-estuvo en el Río 4.º.
-
-Es un _roto_ chileno, vivo como un rayo, taimado y melifluo; que
-sabe tirar y aflojar cuando conviene. Tiene treinta años y sabe leer
-y escribir perfectamente bien. Tenía varios libros, entre ellos un
-tratado de geografía.
-
-Como su cara hay muchas. No tiene nada de notable. Es blanco y de
-sangre pura. Según él, está entre los indios para rescatar algunos
-parientes mendocinos. Será ó no verdad. Yo sólo sé que estando en el
-Río 4.º entre varias cautivas, que me mandó Mariano Rosas, que entregué
-al padre Burela, venía una de unos diecisiete años, que se decía prima
-suya y que le estaba muy agradecida.
-
-Pretendía también San Martín estar muy enamorado de una chiquilla de
-catorce años, _que había sido ya_ querida de mi compadre, quien se la
-había vendido. Y decía que saldría de los indios cuando se le acabara
-de pagar. La chiquilla andaba por allí, era bonita y muy inocentona
-al parecer. Lo mismo que estaba con San Martín hubiera estado con
-otro. Era mendocina y vestía exactamente como una india. Su donosura
-contrastaba en extremo con su desaseo. Reía y jugaba con todos mis
-ayudantes con infantil desenfado, y _su dueño_ no se curaba de ello. El
-derecho de vida ó muerte que tenía sobre la pobre le inspiraba sin duda
-esa confianza. La institución es bárbara, nadie lo pondrá en duda. Pero
-hay que reconocer que entre los indios no _se mata_ por celos. Algo más;
-hay que reconocer que los casos de infidelidad son rarísimos allí.
-
-Mientras llega San Martín con las noticias que ha ido á traer, se me
-ocurre preguntar:
-
-La virtud de la fidelidad conyugal, que no puede ser convencional
-sino que debe tener por base un sentimiento, el amor, ¿dónde está más
-segura, entre los ranqueles ó entre los cristianos?
-
-Me guardo bien de contestar.
-
-Prefiero esperar á San Martín, llamando tu atención, Santiago amigo,
-sobre los tipos que se refugian entre los indios. Calcula si ellos
-conocerán bien á los cristianos, sus ideas, sus tendencias, sus
-proyectos futuros, teniendo á su lado secretarios lenguaraces, amigos
-íntimos por el estilo del que te acabo de bosquejar.
-
-Aquel mundo es realmente digno de estudio. Lo tenemos encima, golpeando
-diariamente nuestras puertas, como los enemigos de Roma, en sus horas
-aciagas, ¿y qué sabemos de él?
-
-Que nos roban.
-
-Es bastante; pero no es una noticia nueva para el país. Tanto valiera
-decirle: hay guerra civil en Entre Ríos. La conciencia pública lo sabe,
-no lo ve, pero lo siente. Ella pregunta otra cosa. ¿Cuál es el remedio
-que costando menos sangre puede conciliar el _hecho con el derecho_? ¿Y
-por qué pregunta eso? Porque mientras para todo le presentéis el filo
-de una espada, la clemencia humana estará en su derecho de exclamar
-_¡fratricidas!_
-
-San Martín volvió, diciendo que el desconocido venía de las tolderías
-de Calfucurá.
-
-Mi compadre no manifestó extrañeza alguna.
-
---¿Y cómo es--le pregunté,--que ustedes no se fijan en los que vienen y
-están una porción de días comiendo en sus casas?
-
---Aquí viene el que quiere, compadre--me contestó.
-
---¿Y si vienen á espiar?
-
---¿Y qué van á espiar?
-
---Pero lo que ustedes hacen.
-
---Nosotros hacemos toda la vida lo mismo.
-
-Le hice una seña á San Martín, salí del toldo y me siguió.
-
-Mi compadre continuó picando su tabaco, le quedaba aún un rollo
-tucumano.
-
-San Martín me había servido con lealtad en otras ocasiones. Le encargué
-que tomara más informes sobre el desconocido, y se marchó.
-
-Al separarse de mí, el padre Marcos vino á decirme que aquél me pedía
-una camisa y unos calzoncillos, hierba, tabaco y papel.
-
-Todo se me había concluido. Pero donde hay soldados no faltan jamás
-corazones desprendidos y generosos.
-
-Llamé un asistente y le dije que me buscara entre sus compañeros una
-camisa y unos calzoncillos, y todo lo demás que pedía el desconocido.
-
-Hizo una junta: á éste pidió una cosa, á aquél otra, al uno yerba, al
-otro azúcar, tabaco y papel y volvió al punto con la contribución.
-
-Le di todo al padre Marcos, y el buen franciscano se fué muy contento,
-llevándoselo todo á su protegido.
-
-Me senté á descansar en un diván que con caronas y ponchos me
-improvisaron los soldados.
-
-Dormitaba, cuando oí un tropel de caballos y una voz de indio que con
-acento de embriaguez preguntaba:
-
---¿Dónde está ese coronel Mansilla?
-
-Hablaba con los que estaban detrás de la cocina.
-
---Ahí--le contestaron.
-
-Un jinete indio se me presentó, pisándome casi con las patas del
-caballo.
-
-Le reconocí en el acto: era Caiomuta, y viendo que estaba ebrio le miré
-con afectado desprecio y no le dije nada.
-
---Vos, coronel Mansilla--gritó el bárbaro, clavándole ferozmente las
-espuelas al caballo, _rayándolo_ y levantando una nube de polvo que me
-envolvió.
-
-Creí que iba á atropellarme.
-
-Callé, me puse en pie y en ademán de defenderme.
-
---Vos, coronel Mansilla--volvió á gritarme.
-
---Sí--le contesté secamente.
-
---¡Ahhhh!--hizo.
-
-Permanecí en silencio, y como se retirara unos cuantos pasos, avancé
-sobre él, cubriendo mi frente con el fogón que presentaba el obstáculo
-de unos grandes montones de leña.
-
---¿Vos amigo indio?--me dijo.
-
---Sí--le contesté, y avancé para darle la mano.
-
-Me rechazó, diciendo:
-
---Yo dando mano, amigo no más.
-
---Yo soy tu amigo.
-
---¿Por qué entonces midiendo tierra, _gualicho redondo_?
-
-_Gualicho redondo_ era mi aguja de marcar óptica, de la que me había
-servido infinidad de veces, en la travesía del Río 5.º á Leubucó.
-
---Eso no es para medir tierra--le contesté.
-
---Vos engañando--repuso.
-
---Yo no miento.
-
---¿Y entonces qué haciendo _gualicho redondo_?
-
---Era para saber el rumbo, dónde quedaba el Norte.
-
---¿Y para qué haciendo eso, teniendo camino y baqueano?
-
---Porque cuando ando por los campos me gusta saber derecho adónde voy.
-
---_¡Winca! ¡winca!_--murmuró. Y en voz alta y volviendo á rayar el
-caballo, en círculos concéntricos para lucir la rienda del animal y su
-destreza, gritó: ¡engañando!
-
-Llegaron varios indios, hablaron á un mismo tiempo y rodeándome me
-dijeron:
-
---Dando camisa.
-
---No tengo--contesté secamente.
-
-Caiomuta, con ojos mal intencionados me echó encima el caballo,
-balanceándose sobre él con dificultad, y me dijo:
-
---Vos rico, dando, pues, pobres indios.
-
---Yo no doy nada á quien no es mi amigo--le contesté, frunciendo el
-ceño y apostrofándole de bárbaro.
-
-Recogió el caballo como para atropellarme. Me retiré. Llegaron mis
-ayudantes y asistentes y me rodearon.
-
---¡Winca! ¡winca!--bramó el indio.
-
-Juan de Dios San Martín se presentó en ese momento y me dijo, que
-decía Baigorrita que no le hicieran caso á su hermano, que me fuera
-á su toldo. Y de su cuenta agregó: Ese indio, señor, tiene muy malas
-entrañas.
-
-Me pareció desdoroso abandonar el campo.
-
-Le contesté á mi compadre que no tuviese cuidado.
-
-Caiomuta se echó al coleto un trago, como un chorro, de una limeta de
-aguardiente que llevaba en la mano derecha, y picando el caballo y
-vociferando insultos contra Baigorrita, á quien tachaba de ladrón, y
-diciéndoles á los otros que le siguieran, se lanzó á toda brida por
-unos arenales donde parecía imposible que el caballo corriera.
-
-Queriendo evitar un segundo diálogo, me dirigí al toldo de mi compadre;
-pero viendo al padre Marcos con el desconocido, hice un rodeo y me
-acerqué á ellos.
-
---¿Y al fin de dónde eres?--le pregunté:--¿de Chile, de Patagones ó de
-Bahía Blanca?
-
-No me contestó.
-
---¿Conque tienes lengua para pedir y no la tienes para
-contestar?--agregué.
-
---Yo no he pedido nada--contestó por primera vez con acento porteño.
-
---Lo que yo debía hacer era quitarte por soberbio lo que te he dado--le
-dije.
-
---Ahí está--murmuró con desprecio.
-
-Me retiré. Aquel hombre me alteraba la sangre, y entré en el toldo de
-mi compadre.
-
-Seguía picando tabaco.
-
-Me hizo señas de que tomara asiento.
-
-Me senté.
-
-Trajeron puchero.
-
-Comí.
-
-Á mi compadre le sirvieron un riñón de cordero, caliente, crudo y un
-bofe de vaca fiambre, aliñado con cebolla y sal.
-
-Me ofreció un bocado.
-
-Acepté.
-
-El riñón era incomible, hedía como álcali volátil; pero lo mastiqué
-procurando no hacer gestos y lo tragué.
-
-El bofe era pasable; pero prefiero no volver á probarlo más en mi vida.
-
-Como no había lenguaraz no hablábamos sino una que otra palabra.
-
-Aproveché el tiempo para observar la fisonomía de aquel _picador de
-tabaco_ imperturbable, especie de patriarca.
-
-Manuel Baigorría, alias Baigorrita, tiene treinta y dos años.
-
-Se llama así porque su padrino de bautismo fué el gaucho puntano de
-ese nombre, que en tiempos del cacique Pichum, de quien era muy amigo,
-vivió en Tierra Adentro. Su madre fué una señora cautiva del Morro.
-Allí vivía no ha mucho con su familia, rescatada, no puedo decir en qué
-época. Baigorrita tiene la talla mediana, predominando en su fisonomía
-el tipo español. Sus ojos son negros, grandes, redondos y brillantes;
-su nariz respingada y abierta; su boca regular; sus labios gruesos; su
-barba corta y ancha. Tiene una cabellera larga, negra y lacia, y una
-frente espaciosa, que no carece de nobleza. Su mirada es dulce, bravía
-algunas veces. En este conjunto sobresalen los instintos carnales y
-cierta inclinación á las emociones fuertes, envuelto todo en las brumas
-de una melancolía genial.
-
-Con otro tipo mi compadre sería un árabe.
-
-Es muy aficionado á las mujeres, jugador y pobre; tiene reputación de
-valiente, de manso y prestigio militar entre sus indios.
-
-Sus costumbres son sencillas, no es lujoso ni en los arreos de su
-caballo.
-
-Me habló varias veces con ternura de la madre, manifestándome el deseo
-de ir al Morro á visitar sus parientes.
-
-Caiomuta es su hermano menor por parte de padre. Son enemigos.
-Caiomuta es rico, ladrón como Caco, borracho como Baco y malo como
-Satanás. Insolente, violento, audaz, aborrecido de la generalidad.
-Pero es fuerte, porque tiene un circulito de desalmados que le siguen
-ciegamente, ayudándole á perpetrar todas sus maldades.
-
-Concluía el estudio de los rasgos fisonómicos de mi compadre, cuando se
-presentó San Martín.
-
-Cambió algunas palabras en lengua araucana con aquél, y diciéndome en
-un aparte que tenía algo que comunicarme, se retiró.
-
---Hasta luego--le dije á Baigorrita, que sin dejar de picar su tabaco,
-me contestó: _¡adió!_ (los indios, como los negros, no pronuncian
-generalmente las eses finales), y fuí á ver qué me quería San Martín.
-
-En cuanto me acerqué á él, me dijo:
-
---Señor, el hombre es un espía de Calfucurá.
-
---¿Y tras de qué anda?
-
---Viene á ver qué hace usted aquí. Allí temen que usted mueva estas
-indiadas contra aquéllas.
-
---¿Y se lo has dicho á Baigorrita ahora lo que hablaste con él?
-
---No, señor.
-
---Avísaselo, pues.
-
-San Martín obedeció.
-
-Yo me quedé pensando en la cautelosa previsión de Calfucurá, el gran
-político y guerrero de la Pampa, tan temido por su poder como por su
-sabiduría.
-
-La noticia de mi arribo á las tolderías de los ranqueles, le había sido
-transmitida por Mariano Rosas, junto con una consulta, en su calidad de
-aliado por simpatía de raza.
-
-Su contestación había sido que la paz convenía, que no vacilase en
-sellarla y cumplirla.
-
-Al mismo tiempo había enviado un emisario secreto.
-
-¿Hombres de Estados cultos habrían procedido de otra manera?
-
-¿La diplomacia moderna es más sincera y menos desconfiada?
-
-Tú, que vives en Europa, donde nacieron y gobernaron Richelieu,
-Mazarino, Walpole, Alberoni, Talleyrand y Maeternich, en Europa, que
-nos da la norma en todo, lo dirás.
-
-
-
-
- IX
-
- Cansancio.--Puesta del sol.--Un fogón de dos filas.--Mis caballos no
- estaban seguros.--Aviso de Baigorrita.--Los indios viven robándose
- unos á otros.--La justicia.--Los pobres son como los caballos
- _patrios_.--Cena y sueño.--Intentan robarme mis caballos.--Cantan los
- gallos.--Visión.--El mate.--Un cañonazo.
-
-
-El día había sido fecundo en impresiones. La tarde, esa hora dulce
-y melancólica, avanzaba. El fuego solar no quemaba ya. La brisa
-vespertina soplaba fresca, batiendo la grama frondosa, el verde y
-florido trébol, el oloroso poleo, y arrancándole sus perfumes suaves y
-balsámicos á los campos, saturaba la atmósfera al pasar con aromáticas
-exhalaciones. Los ganados se retiraban pausadamente al aprisco.
-
-Mi cuerpo tenía necesidad de reposo. Mi estómago pedía un asadito á la
-criolla. Teníamos una carne gorda, que sólo mirarla abría el apetito.
-
-Mandé hacer un buen fogón, con asientos para todos. Proclamé
-cariñosamente á los asistentes, para que trajeran leña gruesa de chañar
-y carda.
-
-Había una enramada llena de cueros viejos, de trebejos inútiles, de
-guascas y chala de maíz. Le eché el ojo, la mandé limpiar, y me dispuse
-á cenar como un príncipe, y á pasar una noche de perlas.
-
-Mis pensamientos eran plácidos, como los del niño que alegre corre y
-juguetea, en tarde primaveral, por las avenidas acordonadas de arrayán
-del verde y pintado pensil.
-
-Las penas andaban huidas, también ellas son veleidosas.
-
-Á veces suelo echarlas de menos.
-
-El sol hundió su frente radiosa tras de las alturas de Quenque,
-augurando el limpio horizonte y el cielo despejado de nubes un nuevo
-hermoso día; las estrellas comenzaron á centellear tímidamente en el
-firmamento; las sombras nocturnas fueron envolviendo poco á poco en
-tinieblas el vasto y dilatado panorama del desierto, y cuando la noche
-extendió completamente su imponente sudario, el fogón ardía, rechinando
-al quemarse los gruesos troncos de amarillento caldén, chisporroteando
-alegre la endeble carda, como si festejara el poder del elemento
-destructor.
-
-La rueda se había hecho sin orden en dos filas. Detrás de cada
-franciscano y de cada oficial había un asistente. El chusco Calixto
-Olazábal, atizaba el fuego, reparaba el asado, tomaba mate y soltaba
-dicharachos sin pararle la lengua un minuto.
-
-Á no haber estado allí los frailes, hubiera podido decirse que parecía
-un Vulcano jocoso entre las llamas, rodeado de condenados; porque
-aquéllas, flameando al viento, chamuscaban su barba, siendo motivo de
-que hiciera toda clase de piruetas y gesticulaciones, lo que provocando
-la risa de los circunstantes completaba el cuadro.
-
-Los ojos se me iban viendo el apetitoso asado.
-
-Pensaba en el pincel y en la paleta de Rembrandt, cuando una voz
-conocida dijo detrás de mí, con acento respetuoso:
-
---¡Buenas noches, señores!
-
-Era Juan de Dios San Martín.
-
---Buenas noches; siéntese, amigo, si gusta--le contesté.
-
---Gracias, señor--repuso;--no puedo ahora. Vengo á decirle, que dice
-Baigorrita que los caballos están mal donde los tiene: que ha sabido
-que andan unos indios ladrones por darle el golpe, y que sería mejor
-los encerrase en el corral.
-
-No pude resolverme de pronto á contestarle que estaba bueno, porque los
-animales tenían necesidad de alimentarse bien. Pero entre que sufrieran
-más y perderlos, el partido no era dudoso.
-
-Después de un instante de reflexión, contesté:
-
---Dile á mi compadre que si hay peligro los haré encerrar.
-
---Es mejor--contestó San Martín.
-
---Pues bien--repuse,--que los encierren.
-
-Y esto diciendo, le ordené al mayor Lemlenyi le hiciera prevenir á
-Camilo Arias que los caballos no dormirían á ronda abierta, sino en el
-corral.
-
-San Martín se fué y volvió diciéndome:
-
---Dice Baigorrita que el corral tiene un portillo, que es preciso
-taparlo con ramas y que pongan una guardia.
-
-Mandé dar las órdenes correspondientes, y como Calixto gritara en ese
-momento, ¡ya está! invité nuevamente al mensajero de mi compadre á que
-se sentara.
-
-Aceptó, ocupó un puesto en la rueda, le entramos al asado, como se dice
-en la tierra, y mientras lo hacíamos desaparecer, se pusieron algunos
-choclos al rescoldo, para tener postre.
-
-Una jauría de perros hambrientos había formado á nuestro alrededor
-una tercera fila. Viendo que no los trataban como los indios, nos
-empujaban, y á más de uno le sucedió le arrebataran la tira de carne
-que llevaba á la boca. La confianza de aquellos convidados de piedra
-de cuatro patas llegó á ser tan impertinente, que para que nos dejaran
-comer en paz hubo que tratarlos á la baqueta.
-
---Pero hombre--le dije á San Martín,--aquí no respetan nada. ¿Será
-posible que se atrevan á robarme mis caballos hasta del corral de
-Baigorrita?
-
---Qué, señor, si son muy ladrones estos indios; el otro día, no más, se
-le han perdido sus caballos á Baigorrita, lo tienen á pie--me contestó.
-
---¿Y qué ha hecho?
-
---Los andan campeando.
-
---¿Entonces aquí viven robándose los unos á los otros?
-
---Así no más viven, ya es vicio el que tienen.
-
---¿Y qué hacen con lo que roban?
-
---Unas veces se lo comen, otras se lo juegan, otras lo llevan y lo
-cambalachean en lo de Mariano ó en lo de Ramón, ó se van á lo de
-Calfucurá, ó se mandan cambiar á Chile.
-
---¿Y se castiga á los ladrones?
-
---Algunas veces, señor.
-
---¿Pero cuando á un indio le roban, qué hacen?
-
---Según y conforme, señor. Unas veces le pone la queja al cacique,
-otras él mismo busca al ladrón y le quita á la fuerza lo que le han
-robado.
-
-Le hice algunas preguntas más, y de sus contestaciones saqué en
-conclusión que la justicia se administraba de dos modos: por medio de
-la autoridad del cacique y por medio de la fuerza del mismo damnificado.
-
-El primer modo es menos usual.
-
-1.º. Porque mientras el cacique manda averiguar quiénes son los
-ladrones, se descubre el hecho y se prueba se pasa mucho tiempo; 2.º,
-porque los agentes de que se vale se dejan seducir por los ladrones;
-3.º, porque este procedimiento no le reporta ningún beneficio al juez.
-
-El segundo modo es el que se practica con más generalidad.
-
-Le roban á un indio una tropilla de yeguas, por ejemplo.
-
-Es Fulano, dice por adivinación, ó porque lo sabe. Cuenta el número de
-hombres de armas de llevar que tiene en su casa, recluta á sus amigos,
-se arman todos, le pegan un malón al ladrón, y le quitan el robo y
-cuanto más pueden.
-
-Generalmente no hay lucha, porque los que van á vindicar la justicia
-son más numerosos que los que acaudilla el ladrón. Contra la fuerza
-toda la resistencia es inútil, máxime si no se tiene razón.
-
-Hecho esto, se le da cuenta al cacique, y de lo que á título de
-indemnización se ha quitado se le hace parte. Este hecho hace inútil
-todo reclamo ante él. Es perder tiempo.
-
-El indio que vaya á decirle: Yo le robé á Fulano diez yeguas. Me las ha
-quitado anoche, y cincuenta más, recibirá esta contestación:
-
---¿Para qué robaste, pues? Róbale vos otra vez, y quítale lo que te ha
-robado.
-
-Cuando llegaba á esta parte de mis investigaciones sobre la justicia
-pampa, le pregunté á San Martín:
-
---¿Y cuando le roban á un indio pobre, que tiene poca familia y pocos
-amigos, y el ladrón es más fuerte que él, qué hace?
-
---Nada--me respondió.
-
---¿Cómo nada?
-
---Señor, si aquí es lo mismo que entre los cristianos; los pobres
-siempre se embroman.
-
-Calixto Olazábal metió su cuchara, y quemándose los dedos y la boca
-con una tira de asado revolcado en la ceniza, dijo:
-
---Y así no más es, pues. Yo entré una vez en una revolución con don
-Olazábal. Después que las bullas pasaron á él lo hicieron Juez en el
-Río 4.º, y á mí me echaron de veterano en el 7 de caballería de línea.
-¡Eh! como á él no le faltaban macuquinos, la sacó bien.
-
---Tú eres un entrometido y un bárbaro--le dije.
-
---Así será, mi Coronel; pero yo creo que tengo razón,--repuso.
-
---¿Qué sabes tú, hombre?
-
---Mi Coronel, si los pobres son como los caballos patrios, todo el
-mundo les da.
-
-La contestación, ó mejor dicho la comparación, les pareció muy buena á
-los circunstantes y todos la festejaron.
-
-Efectivamente no hay nada comparable á la desgraciada condición de lo
-que en nuestro lenguaje argentino se llama un _caballo patrio_.
-
-Empecemos porque le falta una oreja, lo que, desfigurándole, le da el
-mismo antipático aspecto que tendría cualquier conocido sin narices.
-Está siempre flaco, y si no está flaco, tiene una matadura en la
-cruz ó en el lomo; es manco ó bicocho; es rengo ó lunanco; es rabón
-ó tiene una porra enorme en la cola; está mal tusado, y si tiene la
-crin larga hay en ella un abrojal; cuando no es tuerto tiene una
-nube; no tiene buen trote ni buen galope, ni tranco, ni sobrepaso. Y
-sin embargo, todo el que le encuentra le monta. Y no hay ejemplo de
-que un patrio haya podido decir al morir: á mí no me sobaron jamás.
-Todo el que alguna vez lo montó le dió duro hasta postrarlo. ¡Ah! si
-los patrios que á millares yacen sepultados por los campos formando
-sus osamentas una especie de fauna postdiluviana se levantaran como
-espectros de sus tumbas ignoradas y hablasen ¡qué no contarían! ¡Qué
-ideas no suministrarían para la defensa y seguridad de las fronteras!
-¡Pobres patrios! ¿Quién no les echó la culpa de algo? ¡Cuántas batallas
-perdidas por ellos desde el año 20 hasta la guerra del Paraguay,
-cuántas campañas prolongadas como la actual de Entre Ríos! ¡Cuántas
-reputaciones vindicadas á sus costillas por no haber vivido en tiempos
-de Esopo! Los tiempos hacen todo. Está visto. ¡Pobres patrios! Sólo
-ellos han callado. Resignados han sufrido, sufren y sufrirán su suerte
-impía. ¡Pobres patrios! Desde el día en que los hubo, ¿quién no ha
-murmurado y gritado contra la patria? Todo el mundo menos ellos.
-
-_Such is life!_
-
-¡Así es la vida! Los que no deben quejarse se quejan.
-
-Los choclos se cocieron y los comimos; se acabó la cena, siguió un rato
-más la conversación y luego cada cual pensó en hacer su cama.
-
-La mía estaba deliciosa; con cueros le habían hecho cortinas á la
-enramada; el airecito fresco de la noche no podía incomodarme. Me
-acosté.
-
-Después que los asistentes acomodaron las camas de los franciscanos y
-de los oficiales, se posesionaron del fogón y churrasquearon bien.
-
-Yo me dormí arrullado por su charla, y por la bulla del toldo de mi
-compadre, que junto con unos cuantos amigos íntimos y sus chinas,
-saboreaba en el mayor orden el aguardiente que yo le había llevado.
-
-Varias veces me desperté sobrecogido, creyendo ver al negro del
-acordeón y oir su voz.
-
-Estaba profundamente dormido, cuando San Martín, acercándose á mi
-cabecera, me despertó diciéndome:
-
---¡Mi Coronel!
-
-Temiendo que mi compadre quisiera hacerme las de Mariano Rosas, no
-contesté.
-
---¡Mi Coronel! ¡mi Coronel!--repitió San Martín.
-
---No contesté.
-
-Acercóse entonces á la cama de uno de mis oficiales, y le dijo:
-
---El Coronel está muy dormido, no oye, vengo á decirle que acaban de
-correr á unos ladrones que andaban por robarle los caballos y que es
-bueno que mande más gente al corral.
-
-Viendo que no había riesgo en darme por despierto, llamé y ordené que
-cuatro asistentes fueran á reforzar la ronda del corral. Y llamándolo á
-San Martín, le pregunté qué hacía mi compadre.
-
---Se está divirtiendo--me contestó.
-
---Bueno--le dije:--que no me vayan á incomodar llamándome.
-
---No hay cuidado, señor, Baigorrita me ha encargado que repare no lo
-incomoden. No quiere que usted lo vea achumado, tiene vergüenza. Por
-eso ha empezado á beber de noche.
-
-Respiré. Me acomodé en la cama, me di unas cuantas vueltas, porque algo
-había que no permitía conciliar el sueño con facilidad, y por fin me
-volví á quedar dormido.
-
-El cuerpo se acostumbra á todo. Dormí sin interrupción unas cuantas
-horas seguidas.
-
-La vida se pasa sin sentir, ya lo he dicho. Pero ni todos los días, ni
-todas las noches son iguales. Si lo fuesen, el peor de los suplicios
-sería vivir. Felizmente en la existencia humana hay contrastes.
-
-Imaginaos un hombre que no hace más que divertirse--ó á quien todo le
-sabe bien,--que no sabe lo que es una contrariedad; y decidme, lector
-sesudo, que acabáis quizá de estar maldiciendo vuestra estrella, si
-os cambiaríais por él. ¡Ah! el que tiene hambre no sabe lo que es un
-opulento enfermo del estómago. Con razón un magnate inglés, á quien
-en los momentos de sentarse en su opípara mesa se le presentó un
-desconocido pidiéndole una limosna y diciéndole que era tan desgraciado
-que se moría de hambre contestó: Vete de mí, tienes hambre y dices que
-eres desgraciado.
-
-El desgraciado soy yo, que rodeado de manjares no puedo pasar ninguno;
-el que no me hace daño me empalaga.
-
-Por eso las mujeres de más talento, las que más interesan, son las que
-renovándose más, se prodigan menos.
-
-Quería decir que la segunda noche de Quenque, no había sido como la
-primera.
-
-En cuanto cantaron los gallos me desperté, llamé á Carmen y le pedí
-mate.
-
-Mientras hacía fuego, calentaba agua y lo cebaba, pasé revista de
-impresiones nocturnas. Había tenido un sueño, un sueño extravagante,
-como son todos los sueños, por más que hayan dicho y escrito sobre el
-particular los grandes soñadores como Simonide, Sevano, el sucesor de
-Pertinax, la madre de París, Alejandro, Amílcar y César.
-
-De una novela de Carlos Juliet, de una fiesta veneciana dada á
-Luigi Metello, de mi almuerzo en el toldo de Baigorrita y otras
-reminiscencias, mi imaginación había hecho un verdadero _imbroglio_.
-
-Había asistido á una cena. Los manjares eran todos de carne humana;
-los convidados eran cristianos disfrazados de indios y la escena
-pasaba á la vez en Quenque y en casa de Héctor Varela. El anfitrión
-era una mujer, Concordia, la hija de Júpiter y de Temis, y alrededor
-de ella estaban los principales hombres argentinos. Cada cual
-tenía una vincha pampa y en ella se leía un mote. Mitre--_Tout ou
-rien._ Rawson--_Frères unis et libres._ Quintana--_Sempre Diritto._
-Alsina--_Remember!_ Argerich--_Liberté._ Gutiérrez José María--_Odi
-et amo._ Avellaneda--_¿Dormir? Rêver?_ Varela Mariano--_Honni soit
-qui mal y pense?_ Vélez Sarsfield--_De l'or!_ Gorostiaga--_Assez._
-Elizalde--_jamais, toujours_. Gainza--_Veni, vidi, vinci._ López
-Jordán--_Muriamur._ Sarmiento--_Lasciate ogni speranza._
-
-Había muchos otros convidados, veía aún como entre sueños sus caras,
-mas no podía recordar quiénes eran.
-
-¡Algunos comían, los más rechazaban la carne humana con asco y con
-horror!
-
-Una gran orquesta de instrumentos, que parecían de viento, como
-trompetas de papel de diario tocaban un aire militar y un coro como el
-que produciría el eco del pueblo agrupado en la plaza pública, cantaba:
-
- «There is no hope for nations! Search the page
- Of many thousand years--the daily scene;
- The flow and ebb of each recurring age.
- The everlasting to be which hath been,
- Hath taught us nought or little.»
-
-Lo que traducido en prosa quiere decir:
-
-No hay ya esperanza para las naciones. Recorred las páginas de los
-siglos. ¿Qué nos han enseñado sus vicisitudes periódicas, el flujo y el
-reflujo de las edades y esa eterna repetición de los acontecimientos?
-Nada ó muy poco.
-
-Carmen llegó con el mate y me sacó de la meditación retrospectiva en
-que estaba.
-
-En ese momento se oyó un cañonazo.
-
-Era una descarga eléctrica, un trueno seco.
-
-El fenómeno es frecuente en la Pampa.
-
-
-
-
- X
-
- Baigorrita se levanta al amanecer y se baña.--Saludos.--En el toldo
- de mi futuro compadre.--El primer bautismo en Quenque.--Deberes
- recíprocos del padrino y del ahijado.--Nociones de los indios sobre
- Dios.--Promesas de mi compadre sobre mi ahijado.--Me hablan de una
- cosa y contesto otra.--Lucio Victoriano Mansilla, sería algún día un
- gran cacique.--Pensamientos locos.--Visita al toldo de Caniupán.--Usos
- y costumbres ranquelinas.--Un fumador sempiterno.
-
-
-Baigorrita se levantó muy temprano, se fué á la laguna y se bañó, para
-corregir los excesos de la noche. Sus huéspedes y las chinas hicieron
-lo mismo, regresando todos frescos y acicalados, con los labios y las
-mejillas pintadas y lunarcitos postizos en los pómulos.
-
-Las chinas asearon el toldo, recogieron leña, hicieron fuego, carnearon
-una res y se pusieron á cocinar el almuerzo.
-
-Baigorrita y sus amigos, ensillaron los caballos que estaban en el
-palenque, montaron en ellos, y durante media hora los varearon,
-haciéndolos correr el tiro de una legua por el campo más quebrado y
-escabroso.
-
-Mi compadre regresó solo, soltó su caballo, ensilló otro, entró en su
-toldo, se sentó, armó cigarros y se puso á fumar.
-
-Juan de Dios San Martín vino de parte de él á preguntarme cómo había
-pasado la noche, y si no se habían perdido algunos caballos.
-
-Le contesté que había dormido muy bien, que no había ninguna novedad y
-que así que almorzara iría á hacerle una visita.
-
-Llevó San Martín el mensaje y volvió diciéndome, que mi compadre se
-alegraba mucho de que hubiera pasado la noche á gusto; que me invitaba
-á ir á su toldo; que iban á llegar visitas nuevas y quería que me
-conocieran: que allí almorzaría, si no tenía algo mejor que comer que
-lo suyo.
-
-Hablaba con San Martín, cuando se presentó un indio con otro mensaje de
-Caniupán y un regalo. Me mandaba saludar, vivía de allí legua y media,
-y me enviaba una bola de pataí, pisada con maíz tostado, grande como
-una bala de cañón de á cuarenta y ocho.
-
-Traté al mensajero como lo merecía, con todo cariño. Le hice algunos
-regalitos, sacando contribuciones á los oficiales y soldados; le
-agradecí á Caniupán su atención y le envié una camisa de Crimea
-que llevaba exprofeso para él, azúcar, tabaco, hierba y papel,
-prometiéndole visita para la tarde.
-
-En seguida me fuí al toldo de mi compadre. Fumaba tranquilamente
-rodeado de sus hijos: no se movió, me insinuó un asiento con la sonrisa
-más dulce y amable, y apenas me había acomodado en él, le dijo á mi
-ahijado: padrino, bendición.
-
-El indiecito vino hacia mí con cierta timidez; le atraje del todo
-echándole los brazos, le cogí las manecitas que había unido,
-obedeciendo al mandato de su padre, le acaricié y le senté á mi lado,
-contestándole á su bendición padrino, Dios lo haga bueno, ahijado.
-
-La madre, que hablaba español, le preguntó desde el fogón ¿cómo te
-llamas?
-
-No contestó. Le repitió la pregunta en lengua araucana y respondió
-mirándome con recelo: Lucio Mansilla.
-
-Mi compadre se sonrió complacido. La madre, las chinas y cautivas que
-cocinaban festejaron mucho la respuesta. Una de las más ladinas dijo:
-coronel Mansilla, chico.
-
-Mi compadre llamó á San Martín.
-
-San Martín me dijo:
-
---Dice Baigorrita, que cuándo se hace el bautismo.
-
---Dile que cuando quiera, que ahora mismo, si le parece, antes que
-entren visitas.
-
-Contestó que bueno.
-
-Llamé al padre Marcos, y el franciscano no se hizo esperar.
-
-En cuanto entró, mi compadre le hizo decir con San Martín, que si le
-hace el favor de bautizarle su hijo.
-
---Con mucho placer--contestó el padre.
-
-Salió, volvió con fray Moisés Álvarez, se revistieron, nos hincamos,
-rezamos el Padre Nuestro, haciendo coro los cautivos que lo sabían y mi
-ahijado fué bautizado con el nombre de Lucio Victorio.
-
-Terminada la ceremonia, Baigorrita les dió las gracias á los
-franciscanos y les invitó á sentarse á almorzar.
-
-Hizo una seña y nos sirvieron. Había puchero de dos clases, de carne
-de vaca y de yegua; asado ídem. Yo comí carne de yegua, mi compadre lo
-mismo, los frailes de vaca.
-
-Mientras almorzábamos, llegaron visitas. Á todos se les obsequió como
-á nosotros; los unos eran conocidos del día antes, los otros recién
-llegados. Baigorrita me presentó á todos sucesivamente. Hubo abrazos
-y apretones de mano hasta el fastidio, las preguntas y respuestas de
-siempre.
-
-Mi compadre explicó lo que significaba entre los indios darle al
-ahijado el nombre y apellido del padrino.
-
-Era ponerlo bajo su patrocinio para toda la vida; pasar del dominio
-del padre al del padrino; obligarse á quererle siempre, á respetarle
-en todo, á seguir sus consejos, á no poder en ningún tiempo combatir
-contra él, so pena de provocar la cólera del cielo.
-
-El padrino se obliga por su parte á mirar al ahijado como hijo propio,
-á educarlo, socorrerlo, aconsejarlo y encaminarlo por la senda del
-bien, so pena de ser maldecido por Dios.
-
-Eran dos seres que se identificaban por un voto solemne.
-
-Con este motivo me habló del gaucho puntano Manuel Baigorria,
-manifestando el deseo de que se le diera permiso para que le hiciera
-una visita.
-
-Le dije que una vez hecha la paz, no había inconveniente en que tuviera
-ese gusto, si Mariano Rosas lo permitía.
-
-Le agregué que Baigorria no era buen hombre, que había sido mal
-cristiano y mal indio, que á unos y á otros los había traicionado.
-
-Me contestó que no desconocía mis razones. Pero que al fin era su
-padrino, que llevaba su nombre y que él no podía dejar de quererle.
-
-Le dije que sus sentimientos le honraban; porque probaban su lealtad, y
-que le honraban tanto más cuanto que convenía en que su padrino había
-sido infiel á sus compromisos y á su palabra.
-
-Varios de los visitantes aprobaron mis observaciones.
-
-Los franciscanos á su turno explicaron con mansedumbre, claridad y
-sencillez lo que significaba el bautismo.
-
-Dijeron que el que se bautizaba entraba en gracia de Dios.
-
-Que Dios era eterno, inmenso, misericordioso; que tenía un poder
-infinito, que hacía cosas grandes que los hombres no podían comprender;
-que su voluntad era que todos se amaran como hermanos, que no mataran,
-que no robaran, que no mintieran; que los que se casaran lo hicieran
-con una sola mujer; que los que tuvieran hijos los educaran y enseñaran
-á vivir del trabajo; que para ser buen cristiano era necesario tener
-presente siempre esas cosas.
-
-San Martín tradujo _las razones_ de los franciscanos, y todos los
-presentes las escucharon con suma atención.
-
-Mi compadre prometió educar á su hijo en la ley de los cristianos, que
-no se casaría con varias mujeres, ni con dos, que lo enseñaría á vivir
-de su trabajo.
-
-Entraron más visitas. Tuvimos una larga conferencia y expliqué el
-Tratado de paz celebrado con Mariano Rosas.
-
-Todo el que quería me dirigía una pregunta. Baigorrita me hacía decir
-con San Martín que tuviera paciencia, y Camargo me aconsejaba que no
-dejara de contestar.
-
-Cuando la interpelación era intermitente, Camargo me zumbaba al oído:
-diga, señor, cuántas yeguas se dan por el Tratado.
-
---Pero hombre--le observaba yo,--¿qué tiene que ver la pregunta con
-eso? Nada, señor, conteste lo que yo le digo; yo le diré después cómo
-son éstos. Era una comedia. Me hablaban de pitos y contestaba flautas.
-Y el resultado de cada diálogo era siempre el mismo: Bueno, lo que haga
-Baigorrita está bien hecho. Mi compadre agachaba la cabeza en señal de
-asentimiento; y Camargo me decía entre dientes, como hombre que sabía
-el terreno que pisaba: No ve, señor, si lo que quieren es hacerle creer
-á Baigorrita que ellos también saben hablar.
-
-No menos de cuatro horas duró la broma aquélla. Pero á poco fueron
-desapareciendo los grandes dignatarios de la tribu. Por fin nos
-quedamos _tête à tête_ con mi compadre. Me dijo entonces que todo
-el Tratado le parecía bueno. Pero que deseaba saber quién le iba á
-entregar á él su parte. Le contesté que Mariano Rosas era quien debía
-hacerlo; que tanto él como Ramón lo habían apoderado para tratar.
-Convino en ello, y terminamos pidiéndome dejara bien arreglado con
-Mariano, que á su tribu le tocaba la mitad de todo lo que el Gobierno
-iba á entregar, lo que prometí hacer.
-
-Mi ahijado, el futuro cacique Lucio Victorio Mansilla, no se movió de
-mi lado mientras duró la conferencia. Viéndolo cabecear le acomodé la
-cabecita en el respaldo de mi asiento y se quedó dormido. Era hora de
-siesta. Me acosté sin decirle una palabra á mi compadre y dormí hasta
-que el desasosiego me despertó. Mi cuerpo hervía.
-
-Me levanté, salí del toldo y lo dejé á mi compadre fumando y haciéndose
-expulgar por una de sus chinas.
-
-Cambié de ropa, y en tanto que me vestía pensaba que el plan soñado
-de hacerme proclamar emperador de los Ranqueles bien valía la pena de
-aquellos sacrificios.
-
-Murmuré: _Lucius Victorius, imperator_. Me pareció sonoro. Pero la
-onomancia me dijo: ¡loco! Me miré la palma de la mano, consulté sus
-rayas, y la quiromancia me dijo, dos veces ¡loco! ¡Vi cruzar una
-bandada de loros, observé su vuelo, y la ornitomancia me dijo, tres
-veces ¡¡¡loco!!!
-
-La visión de la patria cruzó entre una nube de fuego por mi mente en
-ese instante, y viéndola tan bella me ruboricé de mis pensamientos y de
-no haber hecho hasta ahora nada grande, útil, ni bueno por ella.
-
-Mandé ensillar un caballo, y me fuí á visitar á Caniupán.
-
-Galopé media hora y llegué á su toldo.
-
-Iba á echar pie á tierra, San Martín que me acompañaba, me dijo:
-todavía no, señor, la costumbre es otra.
-
-Salió un indio del toldo, y haciendo callar los perros que habían sido
-los heraldos de nuestra aproximación dijo:
-
---¡Buenas tardes, hermanos!
-
---Buenas tardes--contestó San Martín.
-
---¿No quieren apearse?--añadió.
-
---Vamos á hacerlo--repuso San Martín.
-
-Y dirigiéndose á mí: ahora es tiempo, señor, apéese, me dijo.
-
-Quise avanzar y me detuvo.
-
-El indio dijo:
-
---Pase adelante.
-
---Vamos, señor--me dijo San Martín contestando.
-
---Ya vamos.
-
-Quise manear mi caballo y San Martín me dijo: todavía no.
-
---¿Por qué no atan los caballos?--dijo el indio.
-
---Vamos á hacerlo--contestó San Martín.
-
-Y dirigiéndose á mí, me dijo: atemos, señor, los caballos y entremos.
-
-Los atamos y entramos en el toldo.
-
-Caniupán estaba sentado, se levantó, nos recibió con gran agasajo y nos
-hizo sentar.
-
---¿Viene á quedarse?
-
---No, vengo por un rato--le contesté.
-
-San Martín me explicó la pregunta. Si hubiera dicho que sí, en el acto
-habrían mandado desensillar mi caballo, las chinas ó cautivas habrían
-hecho un lío del apero y lo habrían guardado como cosa sagrada.
-
-Al toldo de un indio se acerca el que quiere. Pero no puede apearse del
-caballo, ni entrar en él sin que primero se lo ofrezcan. Una vez hecho
-el ofrecimiento, la hospitalidad dura una hora, un día, un mes, un
-año, toda la vida. Lo que entra al toldo es cuidado escrupulosamente.
-Nada se pierde. Sería una deshonra para la casa. Sólo de los caballos
-no responden. Sea conocido ó desconocido el huésped, se lo previenen,
-diciéndole: aquí ni lo de uno está seguro. Y es la verdad.
-
-El indio no rehusa jamás hospitalidad al pasajero. Sea rico ó pobre,
-el que llame á su toldo es admitido. Si en lugar de ser ave de paso se
-queda en la casa, el dueño de ella no exige en cambio del techo y de
-los alimentos que da,--tampoco da otra cosa,--sino que en saliendo á
-malón le acompañen.
-
-El toldo de Caniupán estaba perfectamente construido y aseado. Sus
-mujeres, sus chinas y cautivas, limpias. Cocinaron con una rapidez
-increíble un cordero, haciendo puchero y asado, y me dieron de comer.
-
-El indio hizo los honores de su casa con una naturalidad y una gracia
-encantadoras. Me habría quedado allí de buena gana un par de días.
-Los cueros de carnero de los asientos y camas, las mantas y ponchos
-parecían recién lavados, no tenían una mancha, ni tierra ni abrojos.
-
-Me presentó todas sus mujeres, que eran tres, sus hijos, que eran
-cuatro y varios parientes, excepto la suegra, que vivía con él; pero
-con la que según la costumbre no podía verse, porque, como me parece
-haberte dicho antes, los indios creen que todas las suegras tienen
-_gualicho_, y el modo de estar bien con ellas es no verlas ni oirlas.
-
-Pasé un rato muy entretenido, comí un buen asado de cordero, excelente
-pataí de postre, bebí un trago de aguardiente, y al caer la tardecita
-me despedí y me volví al toldo de Baigorrita.
-
-Á mi compadre lo encontré como lo había dejado, sentado y fumando.
-
-Unas chinas de los alrededores me esperaban de visita. Iban á dormir
-conmigo, es decir, á pasar la noche cerca de mi fogón, como lo hizo
-Villarreal con su familia cuando me tenían detenido á la orilla de la
-lagunita de Calcumuleu. Es una costumbre de la tierra.
-
-Camargo no estaba. Unos indios amigos lo habían llevado á un baile esa
-tarde. Se había ido con mi permiso, sin pedírmelo.
-
-Cuando pregunté por él me dijeron que había encargado me avisaran, que
-con mi permiso se había ido á divertir. Era un verdadero mensaje de
-gaucho.
-
-Mandé cebar mate y obsequié á mis visitas como correspondía. Eran
-cuatro, se habían puesto muy currutacas y las encabezaba una llamada
-María Jesús Rodríguez, que hablaba el castellano como yo.
-
-Su nombre derivaba del de su madrina. No era cristiana. Se me olvidaba
-decir que entre los indios, el compadrazgo se establece sin necesidad
-de bautismo.
-
-Pero dejemos á las visitas y vamos al fogón. El cuarterón conversa con
-mis ayudantes, oigo que dice que conoce á Julián Murga, y esto pica mi
-curiosidad.
-
-
-
-
- XI
-
- El cuarterón cuenta su historia.--Recuerdo de Julián Murga.--Los
- niños de hoy.--Diálogo con el cuarterón.--Insultos.--Nuestros
- juicios son siempre imperfectos.--Un recuerdo de la _Imitación de
- Cristo_.--Dudas filosóficas.--Última mirada al fogón.--El cuarterón
- me da lástima.--Alarma.--Caiomuta ebrio, quiere matarme.--Un reptil
- humano.
-
-
-Me acerqué al fogón sin que me vieran, y permanecí de pie para no
-interrumpir al cuarterón.
-
-Las llamas iluminaban el cuadro, destacándose en él la horrible y
-deforme cara del espía de Calfucurá.
-
-Contaba su historia.
-
-No había conocido padres. Era natural de Buenos Aires, y había sido
-soldado del coronel Bárcena, de repugnante y sangrienta memoria. Sus
-campañas eran muchas y había presenciado y sido ejecutor de inauditas
-crueldades.
-
-El pronunciamiento de Urquiza contra Rosas le tomó en la Banda
-Oriental, militando en las filas de Oribe. De allí vino incorporado
-á la División de Aquino, ese tipo noble, caballeresco y valiente que
-sucumbió á mano de una soldadesca fanática y desenfrenada.
-
-Estuvo en Caseros, en el sitio de Buenos Aires y en el Azul con el
-general Rivas. De allí desertó. Vivió errante algún tiempo haciendo
-fechorías, mató á uno de una puñalada en una pulpería, ganó los
-indios, anduvo por Patagones comerciando, en calidad de Picunche, y
-allí conoció al coronel Murga.
-
-Yo me he criado con Julián, le quiero mucho; los recuerdos de nuestra
-infancia no se borrarán jamás de mi imaginación; en nuestro barrio,
-el de San Juan, había, como en todos, un caudillo, él era el nuestro.
-Los pulperos, los zapateros, los tenderos y las viejas nos temblaban.
-Éramos el azote de los negros que vendían pasteles, de los lecheros y
-panaderos.
-
-Teníamos nuestro arsenal de piedras para ellos; y una colección de
-apodos que todavía sobreviven. Perseguíamos á muerte los gatos y los
-perros del vecino. Pescábamos por los fondos sus gallinas.
-
-No dejábamos llamador en su lugar, zócalo recién pintado, pared recién
-blanqueada, vidrio sano que no rayáramos ó rompiéramos.
-
-Los locos nos aborrecían, los vigilantes y los serenos preferían estar
-de amigos con la cuadrilla. Nos disfrazábamos y asustábamos á las
-viejas, prefiriendo á nuestras tías.
-
-Los criados de todas las casas conocidas nos abominaban y las
-sirvientas nos toleraban. Julián prometía desde chiquito. Era audaz,
-inventivo, estratégico. Diablura que á él se le ocurría era siempre
-heroica. Una vez se le ocurrió tirarse de una azotea y lo hizo, se
-rompió una pierna; otra que incendiáramos una pulpería lanzando en ella
-un gato bañado en alquitrán y espíritu de vino al que le pegamos fuego,
-y armamos un alboroto de marca mayor. Teníamos la ciudad dividida en
-secciones. Un día le tocaba á una, otro á otra. Esta noche le robábamos
-á Chandery la bota que tenía de muestra y á una paragüería el paraguas,
-y por la mañana, Chandery anunciaba paraguas y la paragüería botas.
-
-Aquellos compañeros auguraban ya lo que serían más adelante algunos de
-la infantil decuria. ¡Cuántas traiciones y debilidades no denunciaron
-nuestros planes! ¡Cuántas cobardías no los hicieron fracasar! ¡Hasta
-espías había entre nosotros pagados por el celo maternal! ¡Ah! ¡los
-niños, los niños! Los niños de hoy han de ser los hombres del porvenir.
-
-Tomad nota de sus buenas y malas cualidades, de sus arranques de
-cólera, de sus ímpetus generosos. Porque más tarde ó más temprano,
-ellos serán comerciantes, sacerdotes, coroneles, generales,
-presidentes, dictadores. El fondo de la humanidad persiste hasta la
-tumba. El barro del Océano nada lo remueve.
-
-Me allegué al fogón, saludé dando las buenas noches, se pusieron todos
-de pie, menos el cuarterón, me hicieron lugar y me senté.
-
-El espía había referido su vida con una ingenuidad y un cinismo que
-revelaban á todas luces cuán familiarizado estaba con el crimen. Robar,
-matar ó morir habían sido lo mismo para él.
-
---¿Conque conoces al coronel Murga?--le pregunté.
-
---Sí, le conozco--me contestó.
-
-Pero no cambió de postura, ni se movió siquiera. Conocía el terreno;
-sabía que allí éramos todos iguales, que podía ser desatento y hasta
-irrespetuoso.
-
---¿Y qué cara tiene?
-
-Me describió la fisonomía de Julián, su estatura.
-
---¿Dónde le has conocido?
-
---En Patagones.
-
-Me explicó á su modo dónde quedaba.
-
---¿Y cómo has ido á Patagones?
-
---Por el camino.
-
---¿Por qué camino?
-
---Por el que sale de lo de Calfucurá.
-
---¿Y cuántos ríos pasaste?
-
---Dos.
-
---¿Cuáles?
-
---El Colorado y el Negro.
-
---¿Sabes leer?
-
---No.
-
---¿Cómo te llamas?
-
---Uchaimañé (ojos grandes).
-
---Te pregunto tu nombre de cristiano.
-
---Se me ha olvidado.
-
---¿Se te ha olvidado?...
-
---Sí.
-
---¿Quieres irte conmigo?
-
---¿Para qué?
-
---Para no llevar la vida miserable que llevas.
-
---¿Me harán soldado?
-
-No le contesté.
-
-El prosiguió: aquí no se vive tan mal, tengo libertad, hago lo que
-quiero, no falta que comer.
-
---Eres un bandido--le dije;--me levanté, abandoné el fogón y me apresté
-á dormir.
-
-La tertulia se deshizo, el cuarterón se quedó como una salamandra al
-lado del fuego. Los perros le rodearon lanzándose famélicos sobre los
-restos de la cena. Refunfuñaban, se mordían, se quitaban la presa unos
-á los otros.
-
-El espía permanecía inmóvil entre ellos. Tomó un hueso disputado y se
-lo dió á uno de los más flacos acariciándole.
-
-Noté aquello y me abismé en reflexiones morales sobre el carácter de la
-humanidad.
-
-El hombre que no había tenido una palabra, un gesto de atención para
-mí, que se había mostrado hasta soberbio en medio de su desnudez, tenía
-un acto de generosidad y un movimiento de compasión para un hambriento
-y ese hambriento era un perro.
-
-Yo le había creído peor de lo que era.
-
-Así son todos nuestros juicios, imperfectos como nuestra propia
-naturaleza.
-
-Cuando no fallan porque consideramos á los demás inferiores á nosotros
-mismos, fallan porque no los hemos examinado con detención. Y cuando no
-fallan por alguna de esas dos razones, fallan porque faltos de caridad,
-no tenemos presente las palabras de la _Imitación de Cristo_:
-
-«Si tuvieses algo bueno, piensa que son mejores los otros.»
-
-¿Quién era aquel hombre? Un desconocido. ¿Qué vida había llevado? La
-de un aventurero. ¿Cuál había sido su teatro, qué espectáculos había
-presenciado? Los campos de batalla, la matanza y el robo. ¿Qué nociones
-del bien y del mal tenía? Ninguna. ¿Qué instintos? ¿Era intrínsecamente
-malo? ¿Era susceptible de compadecerse del hambre ó de la sed de uno de
-sus semejantes? No es permitido dudarlo después de haberle visto, entre
-las tinieblas, sentado cerca del moribundo fogón, sin más testigos
-que sus pensamientos, apiadarse de un perro, que por su flacura y su
-debilidad parecía condenado á presenciar con avidez el nocturno festín
-de sus compañeros.
-
-¿Sería yo mejor que ese hombre, me pregunté, si no supiera quién me
-había dado el ser; si no me hubieran educado, dirigido, aconsejado; si
-mi vida hubiera sido obscura, fugitiva; si me hubiera refugiado entre
-los bárbaros y hubiera adoptado sus costumbres y sus leyes y me hubiera
-cambiado el nombre, embruteciéndome hasta olvidar el que primitivamente
-tuviera?
-
-Si jamás hubiera vivido en sociedad, aprendiendo desde que tuve uso de
-razón á confundir mi interés particular con el interés general, que es
-la base de nuestra moral, ¿sería yo mejor que ese hombre? me pregunté
-por segunda vez.
-
-Si no fuera el miedo del castigo, que unas veces es la reprobación
-y otras los suplicios de la ley, ¿sería yo mejor que ese hombre? me
-pregunté por tercera vez.
-
-No me atreví á contestarme. Nada me ha parecido más audaz que Juan
-Jacobo Rousseau, exclamando: «Yo, sólo yo conozco mi corazón y á los
-hombres. No soy como los demás que he visto, y me atrevo á decir que no
-me parezco á ninguno de los que existen. Si no valgo más que ellos, no
-soy como ellos. Si la Naturaleza ha hecho bien ó mal en romper el molde
-en que me fundió, no puede saberse sino leyéndome.»
-
-Eché la última mirada al fogón.
-
-El cuarterón atizaba el fuego maquinalmente con una mano, y con la
-otra acariciaba al perro flaco, que apoyado sobre las patas traseras
-dobladas y sujetando con las delanteras estiradas un zoquete, en el
-que clavaba los dientes hasta hacer crujir el hueso, miraba á derecha
-é izquierda con inquietud, como temiendo que le arrebataran su presa.
-Una llama vacilante iluminaba con cambiantes de claro-obscuro la cara
-patibularia. Me dió lástima y no me pareció tan fea.
-
-Hacía fresco.
-
-Me acerqué á él y le pregunté:
-
---¿No tienes frío?
-
---Un poco--me contestó,--mirándome con fijeza por primera vez, al
-mismo tiempo que le aplicaba una fuerte palmada á su protegido, que al
-aproximarme gruñó, mostrando los colmillos.
-
-Una calma completa reinaba en derredor; todos dormían, oyéndose sólo la
-respiración cadenciosa de mi gente.
-
-La luna rompía en ese momento un negro celaje, y eclipsando la luz
-de las últimas brasas del fogón, iluminaba con sus tímidos fulgores
-aquella escena silenciosa, en que la civilización y la barbarie se
-confundían, durmiendo en paz al lado del hediondo y desmantelado toldo
-del cacique Baigorrita, todos los que me acompañaban, oficiales,
-frailes y soldados.
-
-Cuidando de no pisarle á alguno la cabeza, el cuerpo ó los pies, busqué
-el sitio donde habían acomodado mi montura. Estaba á la cabecera de mi
-cama. Saqué de ella un poncho calamaco, volví al fogón y se lo di al
-espía de Calfucurá, cuyos grasientos pies lamía el hambriento perro,
-diciéndole:
-
---Toma, tápate.
-
---Gracias--me contestó tomándolo.
-
-Iba á sentarme para seguir interrogándolo, aprovechando la quietud que
-reinaba, cuando oí el galope de varios caballos y gritos de:
-
---¿Dónde está ese coronel Mansilla?
-
-El espía se puso de pie. Tenía un gran cuchillo medio atravesado por
-delante. Le miré. Su cara revelaba curiosidad, pero no mala intención.
-
---¿Qué gritos son ésos?--le pregunté.
-
---Parecen borrachos--me contestó.
-
---Á ver; fíjate--le dije.
-
-Paró la oreja, los gritos seguían aproximándose. Yo no percibía bien lo
-que decían. Ya no resonaba en el silencio de la noche mi nombre, sino
-ecos araucanos.
-
---¿Qué dicen?--le pregunté,--pareciéndome oir una voz conocida.
-
---Es Camargo--me contestó.
-
---¿Camargo?
-
---Sí, viene con unos indios borrachos, ya llegan.
-
-En efecto, sujetaron los caballos é hicieron alto detrás del toldo de
-Baigorrita, presentándoseme acto continuo Camargo.
-
---¡Mi Coronel--me dijo,--echándome el tufo, acuéstese, acuéstese pronto!
-
---¿Por qué, hombre?
-
---¡Acuéstese, señor, acuéstese!
-
---¿Pero por qué?
-
---Caiomuta viene muy borracho.
-
-Y esto diciendo, me tomó del brazo y me empujó hacia la enramada en que
-estaba mi cama.
-
---Acuéstese, señor--dijo el espía también.
-
-Me acosté volando.
-
-Caiomuta había entrado en el toldo de su hermano y le había despertado.
-
-Hablaban con calor, en su lengua. Yo nada comprendía. Estaba tranquilo;
-pero receloso.
-
-De repente un hombre tropezó en mis piernas y se cayó encima de mí.
-
---¡Eh!--grité.
-
---Dispense, señor--me dijo Camargo, reconociendo mi voz.
-
---¿Qué haces, hombre?
-
---Cállese, señor--me contestó en voz baja.
-
-Y arrastrándose en cuatro pies, le vi acercarse al toldo de Baigorrita,
-quedando bastante cerca de mi cama para poder conversar sin alzar la
-voz.
-
---¡Qué indio tan pícaro!--me dijo.
-
---¿Qué hay?
-
---Le dice á Baigorrita, que lo quiere matar á usted.
-
---¿Y mi compadre qué dice?
-
---Le ha dado una trompada y le ha dicho que se atreva.
-
-En ese momento, Baigorrita gritó: ¡San Martín!
-
-Camargo se reía, apretándose la barriga y me decía:
-
---¡Ah! ¡indio malo! no se puede levantar de la trompada que le ha dado
-el hermano.
-
-Toma, por pícaro. ¿Sabe, señor, que me han robado los estribos?
-¡Ladrones! les he tirado todo y me he venido en pelo, ni las riendas he
-traído, le he echado al pingo un medio bozal.
-
---¡San Martín! ¡San Martín!--gritaba Baigorrita.
-
-Vino San Martín, entró en el toldo y mi compadre habló con él,
-repitiendo mi nombre varias veces.
-
---Dícele--dice Camargo,--que lo cuide á usted, que no hagan ruido y que
-si Caiomuta quiere hacer barullo, que lo maten.
-
-Caiomuta, ebrio como estaba, no podía levantarse del sitio en que lo
-había tendido el membrudo brazo de su hermano mayor.
-
-Camargo se arrastró como un reptil, saliendo de donde estaba, y
-acostándose á los pies de mi cama me pidió mil disculpas por haber
-venido alegre; me contó el robo que le habían hecho otra vez; me dijo
-que los indios eran unos pícaros, que él los conocía bien; que por eso
-no les andaba con chicas; que Caiomuta era quien le había hecho robar
-los estribos de plata; que para saberlo había tenido que asustarlo á un
-indio; que le había ofrecido matarlo si no le confesaba la verdad, y
-que, de miedo, no sólo le había contado todo, sino que le había dado un
-chifle de aguardiente que tenía muy guardado hacía tiempo; que al día
-siguiente habían de parecer los estribos, que si no parecían se había
-de volver en pelo á lo de Mariano y lo había de avergonzar á Caiomuta;
-que á una visita no se le robaban las prendas.
-
-Yo no podía pegar los ojos. Oía rugir á Caiomuta y estaba alerta.
-
-San Martín se allegó á mi cama y me miró de cerca.
-
---¿Qué hay?--le dije.
-
---Nada, señor, duerma no más, no hay cuidado--me contestó.
-
---Gracias--repuse.
-
-Me dió las buenas noches y se marchó, entrando en el toldo de
-Baigorrita.
-
-Á ese tiempo, el otro indio que había venido con Caiomuta, y que al
-apearse del caballo, se había caído, permaneciendo un rato tirado en el
-suelo, se levantó y preguntó:
-
---¿Dónde está ese Camargo?
-
-Nadie le contestó.
-
---Ese Camargo mucho asesino--dijo.
-
-Nadie le contestó.
-
---¡Mucho asesino!--gritó.
-
-Camargo se despertó, le echó un terno y el indio no replicó.
-
-Así estuvieron más de una hora.
-
-Yo, al fin me quedé dormido.
-
-De improviso me desperté sobresaltado.
-
-Una cosa, blanda, húmeda y tibia pesaba sobre mi cara.
-
-
-
-
- XII
-
- Medio dormido.--Un palote humano.--Un baño de aguardiente.--Los perros
- son más leales que los hombres.--Preparativos.--El comercio entre
- los indios.--Dar y pedir con _vuelta_.--Peligros á que me expuso mi
- pera.--En marcha para Añacué.--Una águila mirando al Norte, buena
- señal.
-
-
-La luna había terminado su evolución, las estrellas brillaban apenas al
-través de cenicientos nubarrones, reinaba una obscuridad caótica.
-
-Abrí los ojos, no vi nada.
-
-Me apretaban fuertemente, quitándome la respiración; una substancia
-glutinosa, fétida, corría como copioso sudor por mi cara; una mole me
-oprimía el pecho, palpitaba y confundía sus latidos con los míos; otro
-peso gravitaba sobre mi vientre y algo, como brazos, aleteaba.
-
-El sobresalto, el cansancio, el sueño reparador interrumpido, las
-tinieblas me ofuscaban.
-
-Oía como un gruñido y sentía como si diese vuelta por encima de mi
-estirada humanidad, un inmenso palote de amasar.
-
-No podía sacar los brazos de abajo de las cobijas, porque las sujetaban
-de ambos lados; hice un esfuerzo y conseguí sacar uno.
-
-Tanteando con cierto inexplicable temor, á la manera que entre las
-sombras de la noche penetramos en un cuarto cuyos muebles no sabemos
-en qué disposición están colocados, toqué una cosa como la cara de un
-hombre de barba fuerte, que se había afeitado hace tres días. Me hizo
-el efecto de una vejiga de piel de lija.
-
-Conseguí sacar el otro brazo, y siguiendo la exploración, lo llevé á la
-altura del primero; toqué una cosa como la crin de un animal. Luego,
-tanteando con las dos manos á la vez, hallé otra cosa redonda, que no
-me quedó la menor duda era una cabeza humana. Un líquido aguardentoso,
-cayendo sobre mi cara como el último chorro de una pipa al salir por
-ancho bitoque, me ahogó.
-
-Llamé á Camargo angustiosamente. No me oyó. Creí morirme. No sabía lo
-que embargaba mis sentidos. Pegué un empujón con entrambas manos á
-lo que me parecía una cabeza; formé con mis rodillas un triángulo y
-dándole un fuerte empellón al peso que las oprimía, eché á rodar un
-bulto pesado, que gritó, peñi (hermano).
-
-Me puse de pie, como D. Quijote en la escena con Maritornes, y vi un
-cuerpo revolcándose á mi lado. Volví á llamar á Camargo, con todos mis
-pulmones; se levantó rápido, se acercó á mi cama y oyendo que le decía,
-qué es eso, señalándole el bulto, se agachó, miró, echóse á reir y
-exclamó: Es el indio borracho.
-
-Comprendí lo que había pasado; su interlocutor de un rato antes, al
-cruzar por mi enramada había tropezado, se había caído y con la tranca
-no había podido levantarse; había posado su cara sobre la mía y me
-había bañado con sus babas y sus erupciones alcohólicas.
-
-Tuve que llamar á Carmen, que lavarme y mudar de ropa.
-
-El crepúsculo empezaba. Mandé hacer fuego, calentar agua, y fuí á
-sentarme en el fogón.
-
-El cuarterón y el perro estaban allí; dormían.
-
-La madrugada me sorprendió tomando mate. Mi compadre se levantó cuando
-las últimas estrellas desaparecían. Llamó á San Martín, le dió sus
-órdenes, y un momento después Caiomuta salía de su toldo en brazos de
-cuatro indios como un cuerpo muerto.
-
-Le enhorquetaron sobre su caballo, le dieron á éste un rebencazo y el
-animal tomó el camino de la querencia, llevándose á su dueño y señor.
-
-Mi compadre vino en seguida al fogón, y saludándome, se sentó á mi
-lado. Preguntóme si había dormido bien. Le contesté que sí; le di un
-mate y un cigarro, tomó ambas cosas, no habló más y se marchó.
-
-Varias veces, mientras permaneció á mi lado, clavó sus ojos en el
-cuarterón con indiferencia.
-
-Despertóse éste, me dió los buenos días y se levantó.
-
---Siéntate no más--le dije, pasándole un mate.
-
-Obedeció y lo tomó.
-
-Nuevos parroquianos llegaron en ese momento.
-
-Al tomar asiento, mi ayudante Rodríguez viendo al cuarterón allí, le
-dijo:
-
---¿Conque sabías escribir?
-
-El hombre no contestó.
-
-El alférez Ozarowski, dijo:
-
---Si no sabe; ha querido hacer creer que sabía; lo que estuvo
-escribiendo eran unas rayas, y contó que la tarde antes le habían
-visto con un lápiz y aire misterioso detrás de la cocina hacer como
-que tomaba nota de lo que se conversaba. Pero que todo había sido una
-pantomima.
-
-El espía de Calfucurá era un tipo.
-
-Oyendo que se ocupaban de él, se marchó; el perro le siguió.
-
-Había encontrado un hombre que parecía indio, que hablaba una lengua
-que conocía y se había adherido á él por gratitud.
-
-Los perros son más leales que los hombres; los hombres más generosos
-que los perros. El mundo está bien así, mientras no se presente otro
-planeta mejor adonde emigrar. Pero la raza humana tiene, sin embargo,
-mucho que aprender de la canina y viceversa.
-
-Me acordé de que ese día era el prefijado para la gran junta. Llamé á
-San Martín y le hice preguntar á mi compadre á qué hora marcharíamos.
-Me contestó que cuando ladeara el sol.
-
-Di mis órdenes, se pasó la mañana en preparativos para la marcha, y
-cuando todo estuvo dispuesto me fuí al toldo de Baigorrita, entrando en
-él como en mi casa.
-
-Yo observaba movimiento en su gente y tenía curiosidad de saber en qué
-consistía.
-
-La hora se acercaba.
-
-Mi compadre me vió entrar sin salir de su apatía habitual. Había vuelto
-á la faena de picar tabaco con la navaja de Rodgers.
-
-En la cara me conoció que alguna curiosidad me llevaba.
-
-Llamó á San Martín.
-
-Vino éste, y le hice preguntar que si todavía no era hora de ensillar.
-
-Me contestó que teníamos bastante tiempo aún; que de allí á _Añancué_,
-línea divisoria de sus tierras, no había más que dos galopes; que ya
-había mandado traer sus caballos y buscar una res, para que mi gente
-carneara antes de partir; pero que la res tardaría un rato largo en
-llegar, porque estaba lejos.
-
---¿Y qué, mi compadre no tiene vacas gordas aquí?--le pregunté á San
-Martín.
-
---No, señor, si está muy pobre--me contestó.
-
---¿Muy pobre?
-
---Sí, señor.
-
---¿Y cuánto vale una vaca?
-
---No tiene precio.
-
---¿Cómo no tiene precio?
-
-Cuando es para comercio, depende de la abundancia; cuando es para comer
-no vale nada; la comida no se vende aquí, se le pide al que tiene más.
-
---De modo que los que hoy tienen mucho, pronto se quedarán sin tener
-qué dar.
-
---No, señor; porque lo que se da _tiene vuelta_.
-
---¿Qué es eso de vuelta?
-
---Señor, es que aquí el que da una vaca, una yegua, una cabra ó una
-oveja para comer, la cobra después; el que la recibe, algún día ha de
-tener.
-
---Y si á un indio rico le piden veinte indios pobres á la vez, ¿qué
-hace?
-
---Á los veinte les da _con vuelta_ y poco á poco se va cobrando.
-
---Y si mueren los veinte, ¿quién le paga?
-
---La familia.
-
---¿Y si no tienen familia?
-
---Los amigos.
-
---¿Y si no tienen amigos?
-
---No pueden dejar de tener.
-
---Pero todos los hombres no tienen amigos que paguen por ellos.
-
---Aquí sí; no ve, señor, que en cada toldo hay _allegados_, que viven
-de lo que agencia el dueño.
-
---¿Y si se les antoja no pagar?
-
---No sucede nunca.
-
---Puede suceder, sin embargo.
-
---Podría suceder, sí, señor, pero si sucediese, el día que á ellos les
-faltase nadie les daría.
-
---¿Cada indio tendrá una cuenta muy larga de lo que debe y le deben?
-
---Todo el día hablan de lo que han recibido y dado con vuelta.
-
---¿Y no se olvidan?
-
---Un indio no se olvida jamás de lo que da ni de lo que le ofrecen.
-
---¿Me has dicho que cuando una vaca era para comercio tenía precio?
-
---Sí, señor.
-
---¿Explícame eso?
-
---Señor, comercio es, que el que tiene le haga un cambio al que tiene.
-
---¿Entonces si un indio tiene un par de estribos de plata y no tiene
-qué comer, y quiere cambiar los estribos por una vaca, los cambia?
-
---No se usa; le darán la vaca _con vuelta_ y él dará los estribos _con
-vuelta_ también.
-
---¿Y si un indio tiene un par de espuelas de plata y las quiere cambiar
-por un par de estribos?
-
---Las cambia, _con vuelta_ ó _sin vuelta_, según el trato.
-
---¿Y con los indios chilenos, cómo hacen el comercio, lo mismo?
-
---No, señor; con los chilenos el comercio lo hacen como los cristianos,
-á no ser que sean parientes.
-
---¿Y con los indios de Calfucurá y con los Pampas?
-
---Lo mismo, señor.
-
---¿Y hay pleitos aquí?
-
---No faltan, señor.
-
---¿Y cuando dos indios tienen una diferencia, quién los arregla?
-
---Nombran jueces.
-
---¿Y si alguno no se conforma?
-
---Tiene que conformarse.
-
-Estos bárbaros, dije para mis adentros, han establecido la ley del
-Evangelio, hoy por ti, mañana por mí, sin incurrir en las utopías del
-socialismo; la solidaridad, el valor en cambio para transacciones; el
-crédito para las necesidades imperiosas de la vida y el jurado civil;
-entre ellos se necesitan especies para las permutas, crédito para comer.
-
-Es lo contrario de lo que sucede entre los cristianos. El que tiene
-hambre no come si no tiene con qué. Está visto que las instituciones
-humanas son el resultado de las necesidades y de las costumbres, y que
-la gran sabiduría de los legisladores consiste en no perderlo de vista
-al modelar las leyes. Los que á cada rato nos presentan el cartabón de
-otras naciones cuya raza, cuya religión, cuyas tradiciones difieren de
-las nuestras, deberían tomar notas de estas observaciones.
-
-Por aquí iba de mi soliloquio, cuando el indio que me escamoteó los
-guantes de castor se presentó. Venía algo _achumado_.
-
-En cuanto me vió me dijo una cuchufleta. Sentóse á mi lado y me pidió
-el pañuelo de seda que llevaba al cuello. Me negué á dárselo, porque su
-desaparición importaba _una señal_. Pero insistió é insistió y no tuve
-más recurso que ceder. Era una prenda insignificante y quién sabe qué
-se imaginaba mi compadre si no lo daba. De la suspicacia de un indio
-hay que esperarlo todo.
-
-Gran contento experimentó el indio al recibir el pañuelo y en el acto
-se lo puso como yo lo usaba, calándose encima el sombrero.
-
-Siguió jaraneando, siendo mi larga pera objeto de los mayores elogios
-y admiración. Grande, linda, me decía, pasando por ella sus puercas
-manos. Quería levantarme y no me dejaba. Estaba cargoso como cuatro. Y
-no me era dado manifestarle que me atosigaba con sus monadas, porque á
-mi compadre le hacían suma gracia. Además, yo sabía todo el cariño y
-respeto que tenía por él.
-
-Me abrazaba, me besaba, se quedaba mirándome, y gozoso exclamaba: ¡Ese
-coronel Mansilla toro! Era el mayor cumplimiento que podía dirigirme.
-Ya lo he dicho, ser _toro_ es ser todo un hombre.
-
-No sabiendo qué más hacerme, se le ocurrió _trenzarme la pera_.
-
-Era la otra seña convenida con Camilo si algún peligro me amenazaba.
-¿Cómo dejarlo satisfacer su capricho?
-
-Se aferró á él con tanta tenacidad, que me preocupó seriamente.
-
-Y no era para menos, Santiago amigo, si tienes presente la composición
-de lugar hecha con Camilo, para el caso de que los indios no quisieran
-dejarme salir de entre ellos.
-
-Que me hubiera pedido y sacado el pañuelo, se explicaba. Á cualquier
-indio podía habérsele ocurrido pedírmelo. Me había puesto en ese caso.
-Pero que después de haber dado el pañuelo me quisiera trenzar la barba,
-era inexplicable, extraordinario.
-
-No hay previsión que alcance ciertas cosas; con razón dice Napoleón,
-que en la guerra dos tercios deben concedérsele al cálculo y uno á la
-casualidad.
-
-No podía ocurrírseme la idea de una traición, porque los _muchachos_ de
-Camilo eran todos hombres muy seguros. Han conversado entre ellos sobre
-lo convenido, algún espía los ha oído, me decía, y me tienden un lazo;
-quieren ver qué hago.
-
-El indio no declinaba de su empeño. Á Roma por todo, exclamé
-interiormente, y me dejé trenzar la barba, tomando la precaución de
-darle la espalda á la entrada del toldo, no fuera á pasar Camilo, viera
-la señal y se largara para la Villa de Mercedes, llevándole un parte
-falso al general Arredondo.
-
-Estaba en ascuas; los caballos debían llegar de un momento á otro y con
-ellos Camilo, quién según la consigna no me veía hacía días.
-
-Darle aviso de lo que acontecía era imposible. El indio no me dejaba
-salir del toldo. Un hombre _achumado_ es más pesado y fastidioso que
-una mujer enamorada celosa.
-
-La res que había mandado pedir mi compadre llegó, y me sacó de apuros.
-Preguntáronle si la carneaban, contestó que sí, y me hizo decir: que
-cuando gustara podía mandar ensillar.
-
-Me levanté, y destrenzándome la malhadada pera, salí del toldo, á pesar
-de los repetidos, «no se vaya, amigo», del indio.
-
-Tres trompas tocaron llamada, y algunos momentos después comenzaron á
-llegar grupos de jinetes, montando buenos caballos y vistiendo trajes
-de gala. Uno de ellos tenía uniforme completo de teniente coronel y la
-pata en el suelo.
-
-Mi gente estaba pronta. Arrimaron las tropillas y ensillamos.
-
-Me despedí tiernamente de mi ahijado. ¡Extraños fenómenos de la
-simpatía, el chiquilín lagrimeó!
-
-Montamos y partimos al gran galope en dispersión.
-
-El cuarterón iba con nosotros y el perro del toldo de Baigorrita le
-seguía.
-
-Por el camino se incorporaron varios grupos de indios, y cuando
-llegábamos á las alturas de Poitaua era la tarde ya.
-
-Sujeté para esperar á los franciscanos que se habían quedado atrás, y
-mi compadre también.
-
-Sobre la copa de un algarrobo estaba un águila, mirando al Norte.
-
-Baigorrita me hizo decir con San Martín, que era buena seña, que el
-águila nos indicaba el rumbo.
-
-Si hubiese estado mirando al Sud, _todos_ los indios se habrían vuelto.
-
-Es el ave sagrada de ellos y tienen esa preocupación.
-
-Los franciscanos llegaron y seguimos la marcha al trote; iba á reirme
-de la superstición del águila, diciéndoles lo que me había hecho notar
-mi compadre. Pero me acordé de que yo no como donde hay trece, ni mato
-arañas por la noche.
-
-Hay un mundo en el que todos los hombres son iguales; es el mundo
-de las preocupaciones. El más sensato es un bárbaro. Decidme si no,
-lector, ¿por qué aborrecéis á don fulano?
-
-
-
-
- XIII
-
- Mi compadre Baigorrita me pide caballos prestados.--El que
- entre lobos anda á aullar aprende.--Aves de la Pampa.--En un
- monte.--Perdido.--Las tinieblas.--Fantasmas de la imaginación.--¿Somos
- felices?--Disertación sobre el derecho.--El miedo.--Hallo
- camino.--Me incorporo á mis compañeros.--Clarines y cornetas.
-
-
-En _Pitralauquen_, volvimos á hacer alto; los flamencos atornasolados
-saludaron nuestra llegada, batiendo con estrépito sus sonrosadas alas,
-y en ondas caprichosas se perdieron por el éter incoloro.
-
-Mi compadre y sus indios allegados iban tan mal montados, que me pidió
-por favor le prestara algunos caballos para llegar á la raya.
-
-Ordené que se los dieran, y diciéndole á San Martín: parece increíble
-que Baigorrita no tenga más caballos, me contestó: si anoche casi lo
-han dejado á pie.
-
-Descansamos un rato y seguimos la marcha.
-
-Al tiempo de subir á caballo, le robé al indio de los guantes un naco
-de tabaco que llevaba atado á los tientos.
-
-El que entre lobos anda á aullar aprende.
-
-Se lo dije á mi compadre y se rió mucho, festejando la ocurrencia y la
-burla que le harían los demás cuando supieran que se había dejado robar
-por mí.
-
-Galopábamos á toda brida.
-
-Éramos como doscientos y ocupábamos media legua, por el desorden en que
-los indios marchan.
-
-El sol se ponía con un esplendor imponente; sus rayos como dardos
-de fuego despejaban los celajes que intentaban ocultarlo á nuestras
-miradas y refractándose sobre las nubes del opuesto hemisferio, teñían
-el cielo con colores vivaces.
-
-Las aves acuáticas, en numerosas bandadas, hendían los aires con raudo
-vuelo y graznando se retiraban á las lagunas donde anidaban sus huevos.
-
-Es increíble la cantidad de cisnes, blancos como la nieve, de cuello
-flexible y aterciopelado; de gansos manchados, de rojo pico; de patos
-reales, de plumas azules como el lapislázuli; de negras bandurrias,
-de corvo pico; de pardos chorlos, de frágiles patitas; de austeras
-becacinas de grises alas que alegran la Pampa. En cualquier laguna hay
-millares.
-
-¡Cómo gozaría allí un cazador!
-
-Imaginaos que en la «Ramada» los soldados recogieron un día ocho mil
-huevos, después de haber recogido toda la semana grandes cantidades.
-
-¡Cuánto echaba yo de menos mi escopeta!
-
-Entramos en el monte. Anocheció y seguimos al galope. El polvo y la
-obscuridad envolvían en tinieblas profundas los árboles que, como
-fantasmas se alzaban de improviso al acercarnos á ellos; no nos veíamos
-á corta distancia; nos llevábamos por delante unos á los otros; mi
-caballo era superior, yo iba á la cabeza, perdí la senda y me extravié.
-
-Sujeté, hice alto, puse atento el oído en dirección al rumbo que me
-pareció traerían los que me precedían, nada oí.
-
-¿Qué peligro corría?
-
-Ninguno en realidad.
-
-Un tigre no podía hacerme nada. El caballo me habría librado de él.
-Nuestros tigres, el jaguar argentino, no atacan como el tigre de
-Bengala, sino cuando los buscan. Por otra parte, el monte había sufrido
-los estragos de la quemazón y el tigre vive entre los pajonales.
-
-¿Qué me imponía entonces?
-
-Las tinieblas de la noche.
-
-Las sombras tienen para mí un no sé qué de solemne. En la obscuridad,
-cuando estoy solo, me siento anonadado. Me domino; pero tiemblo.
-
-La noche y los perros son mis dos grandes pesadillas. Yo amo la luz
-y á los hombres, aunque he hecho más locuras por las mujeres. No
-puedo decir lo que me aterra cuando estoy solo en un cuarto obscuro,
-cuando voy por la calle en tenebrosas horas, cuando cruzo el monte
-umbrío; como no puedo decir lo que sentía cuando trepaba las laderas
-resbaladizas de la gran cordillera de los Andes, sobre el seguro lomo
-de cautelosa mula.
-
-Pero siento algo de pavoroso, que no está en los sentidos, que está en
-la imaginación; en esa región poética, mística, fantástica, ardiente,
-fría, límpida, nebulosa, transparente, opaca, luminosa, sombría,
-risueña, triste, que es todo y no es nada, que es como los rayos del
-sol y su penumbra, que cría y destruye, que forja sus propias cadenas
-y las rompe,--que se engendra á sí misma y se devora, que hoy entona
-tiernas endechas al dolor, que mañana pulsa el plectro aurífero y canta
-la alegría, que hoy ama la libertad y mañana se inclina sumisa ante la
-oprobiosa tiranía.
-
-¡Ah! ¡si pudiéramos darnos cuenta de todo lo que sentimos!
-
-¡Si nuestra impotente naturaleza pudiera tocar los lindes vedados que
-separan lo finito de lo infinito! ¡Si pudiéramos penetrar en los
-abismos del mundo psicológico, como alcanzamos con el telescopio á las
-más remotas estrellas!
-
-¡Si pudiéramos descomponer los rayos de la mirada del hombre, como el
-espectro solar descompone los rayos del gran luminar! Si pudiéramos
-sondar el corazón, como los bajíos tempestuosos del mar.
-
-¿Seríamos más felices?
-
-¡Más felices!...
-
-¿Somos acaso felices?
-
-Si constantemente hablamos de la felicidad, es porque tenemos idea de
-ella.
-
-Definidme, pues, lo que es.
-
-Quiero saberlo, necesito saberlo, debo saberlo, es mi derecho.
-
-Sí, yo tengo derecho á ser feliz, como tengo derecho á ser libre. Y
-tengo derecho á ser libre, porque he nacido libre.
-
-¿Qué es la libertad?
-
-¿No es el poder de obrar, ó de no obrar, no es la facultad de elegir;
-no es el ejercicio de mi voluntad consciente, reflexiva, deliberada,
-calculada, espere daño ó bien?
-
-¡Os atrevéis á tacharme la definición!
-
-¿Qué me vais á decir?
-
-Que no es jurídica: ¿por qué la libertad _es el poder de hacer lo que
-no daña á otro_?
-
-Os advierto que no hablo como un legista, sino como un filósofo, y os
-admito la diferencia.
-
-Convenido; la libertad es eso, mi derecho corriendo en línea paralela
-con el vuestro una abstracción susceptible de asumir una fórmula
-gráfica.
-
---Á mi derecho:
-
---Á vuestro derecho:
-
-Luego un derecho que se sobrepone á otro no es derecho, es abuso ó
-tiranía.
-
-Yo tengo el derecho de hablar, vos también. Si os impongo silencio y no
-callo, os oprimo. Yo tengo el derecho de trabajar para mí, vos también.
-Si os hago mi esclavo, os tiranizo.
-
-Estamos acordes.
-
-Pues bien. Insisto en ello. Yo tengo el derecho de ser feliz. Lo
-reconozco, me contestáis; no me opongo á ello, no tengo cómo oponerme;
-lo intentaría en vano.
-
-Es mentira, puesto que mi felicidad consiste en que me devolváis el
-amor de la mujer que me habéis robado.
-
-No depende de mí. En todo caso dependerá de ella.
-
-Pero es que si ella volviese á mí, no volvería como antes era; para que
-lo fuera, hubiera debido permanecer inmaculada y la habéis corrompido.
-
-Suponiendo que yo pueda ser responsable de vuestra felicidad, os
-prevengo que hacéis un sofisma cuando la comparáis con el derecho.
-
-No os entiendo.
-
-Quiero decir que el derecho regla las relaciones naturales de la
-humanidad; que si la libertad es un derecho, la felicidad no lo es.
-
-¿Y por qué no ha de ser un derecho aquello que más necesito?
-
-Tanto valiera que me dijerais que respirar no es mi derecho, siendo así
-que tengo el derecho de vivir y que si no respiro muero.
-
-Es que el sofisma consiste en que hacéis de un accidente una necesidad;
-de una cosa contingente una cosa absoluta; de una cosa que está en
-nuestras manos, una cosa que depende de los demás.
-
-¿Pero mi libertad, mi derecho están en ese mismo caso?
-
-No, porque vuestra libertad y vuestro derecho están garantidos por la
-libertad y el derecho ajenos. _Alteri non feceris quod tibi fieri non
-vis._ No hagas á los demás, lo que no quieres que te hagan á ti mismo.
-_Alteri feceris quod tibi fieri velis._ Haz á lo demás lo que quieres
-que te hagan á ti mismo. Estos dos aforismos encierran todos los
-deberes del hombre para con sus semejantes y con la familia.
-
-No protesto contra estos principios, arguyo sólo, que si mi felicidad
-no daña á los demás, tengo el derecho de exigir ser feliz.
-
-¿Á quién?
-
---¿Á quién?...
-
---¿Sí, á quién?
-
-Contestadme.
-
-Os he pedido que me defináis la felicidad.
-
-¿Que os defina la felicidad?
-
-Si la felicidad no es absoluta, es relativa. No es como el bien y el
-mal, como lo bueno y lo malo. Es objetiva y substantiva. Depende de las
-circunstancias, del carácter, de las aspiraciones, de accidentes sin
-fin.
-
-Os entiendo.
-
-Queréis decirme, que un fraile de la Trapa, vicioso, descreído, puede
-vivir más tranquilamente en su retiro que yo, creyente y sano, en el
-bullicio de la sociedad.
-
-Precisamente.
-
-Entonces ¿qué recurso nos queda á los que rodamos fatalmente en ese
-torbellino?
-
-Tomarlo como viene, resignarse.
-
-La conformidad puede convenirle á un esclavo.
-
-¿Y creéis haber dicho algo?
-
-Si no lo creyese, no hubiera hablado.
-
-Os prevengo, sin embargo, que sois esclavo de vuestras pasiones.
-
-¿Y qué me queréis decir?
-
-Quería recordaros, que Dios es inescrutable, que el hecho de no poder
-definir satisfactoriamente una cosa en abstracto, no prueba que la cosa
-deje de existir; en una palabra, que habéis sido insensatos al exclamar
-con desaliento: ¿somos acaso felices?
-
-De consiguiente, porque no pueda definir lo que experimenté cuando me
-vi perdido en el monte, no por eso dejará de creerse que fué miedo.
-
-¿Cuánto duró? Pocos instantes. Quizá si hubiera durado más, lo hubiera
-podido definir.
-
-Me hallaba perplejo, sin saber qué hacer, mi caballo caminaba en la
-dirección que quería, yo estaba desorientado y todo era igual, lo mismo
-un rumbo que otro.
-
-Así había vagado un breve instante á la ventura, cuando sentí un
-tropel, cerca, muy cerca de mí. La emoción, sin duda, no me había
-permitido oirlo antes.
-
-Hay situaciones en que, según las disposiciones del espíritu, el
-zumbido de una mosca, el susurro de una hoja parecen una tempestad; y
-otras en que no se oye ni el estampido del cañón. Yo he visto en el
-campo de batalla hombres asustados, poseídos de terror pánico, huir
-hacia el enemigo, que no reconocían á quien les hablaba, ni oían lo que
-se les decía.
-
-Dando vueltas había caído al camino. Me incorporé á un grupo que pasaba
-al galope y seguí. Salimos á un descampado. Algunas estrellas brillaban
-entre nubes errantes, que, á impulsos de un vientecito que se había
-levantado, corrían de Naciente á Poniente, presagiando que al salir la
-luna tendríamos luz.
-
-Volvimos á entrar en la espesura; caímos á unos barrancos con lagunas
-salitrosas, que parecían espejos de bruñida plata; subimos á la falda
-de los médanos, y al llegar á la cumbre de uno de ellos, la errante
-reina de los cielos asomó su blanca faz, y clavándola en la inmóvil
-superficie de las lagunas, hizo brotar de su seno diamantinas luces.
-
-Oyéronse toques de clarín. Jamás el bélico instrumento resonó en mis
-oídos con más solemnidad. Me hizo el efecto de la trompeta del arcángel
-el día del juicio final. Sus vibraciones se alcanzaban tremulantes unas
-á otras, recorriendo las ondulaciones del vacío.
-
-Los cornetas de Baigorrita contestaron.
-
-Estábamos en la raya.
-
-Hicimos alto. Llegó un parlamento, habló y habló; le contestaron razón
-por razón; lo despacharon; volvió otro y otro, se hizo lo mismo y á las
-cansadas llegó un hijo de Mariano Rosas, invitándonos á avanzar.
-
-Marchamos y llegamos, pasando por una gran playa, que es donde los
-indios, después de sus grandes juntas, juegan á la _chueca_.
-
-
-
-
- XIV
-
- Mariano Rosas y su gente.--¡Qué valiente animal es el caballo!--Un
- parlamento de noche.--Respeto por los ancianos.--Reflexiones.--La
- humanidad es buena.--Si así no fuese estaría perturbado el equilibrio
- social.--El arrepentimiento es infalible.--Lo dejo á mi compadre
- Baigorrita y me retiro.--Un recién llegado.--Chañilao.--Su retrato.
-
-
-Mariano Rosas y su gente estaban acampados en una colina escarpada;
-trepábamos dificultosamente á la cima, los caballos se hundían hasta
-los ijares en la esponjosa arena; cada paso les costaba un triunfo,
-caían y se enderezaban; temblaban, se esforzaban ardorosos y volvían
-á caer; la espuela y el rebenque los empujaba, por decirlo así;
-endurecían los miembros, recogían las patas delanteras, y sacándolas al
-mismo tiempo, se arrastraban, y desencajaban poco á poco las traseras;
-sudaban, jadeaban, se paraban, resollaban y subían ¡á veces teníamos
-que apearnos, que tirarlos de la rienda y animarlos, accionando con los
-brazos, gritando ¡aaaah!
-
-¡Qué potente y valiente animal es el caballo!
-
-Llegamos á la cumbre de la colina.
-
-Bajo dos coposos algarrobos, había sentado sus reales el Cacique
-general de las tribus ranquelinas.
-
-Parlamentaba solemnemente con los capitanejos é indios circunvecinos y
-lejanos que sucesivamente llegaban al lugar de la cita.
-
-Á todos los recibía con la misma consideración; á todos les hacía
-las mismas preguntas; á todos los conocía por sus nombres, sabía de
-dónde venían, cómo se llamaban sus abuelos, sus padres, sus mujeres,
-sus hijos; y á todos les explicaba el motivo de la junta, que al día
-siguiente se celebraría. Y todos contestaban lo mismo, y después de
-contestar se sentaban en hilera dándoles la derecha á los capitanejos
-más caracterizados y á los viejos. Entre éstos fué objeto de las
-mayores atenciones un tal Estanislao. Venía de muy lejos, de la raya de
-las tierras de Baigorrita con Calfucurá.
-
-Tendría como sesenta años; era alto pero estaba encorvado bajo el peso
-de la edad; sus largos cabellos canos cayendo en lacias crenchas sobre
-sus hombros, le daban á su rugosa cara, tostada por el sol, un aspecto
-simpático de veneración.
-
-Su traje era el de un paisano.
-
-Poncho y chiripá de tela pampa, camisa de crimea, calzoncillos con
-fleco, botas de potro cerradas en la punta. No llevaba sombrero. Una
-ancha vincha azul y blanca adornaba su frente.
-
-Para bajarse del caballo tuvo necesidad de que dos indios robustos le
-prestaran ayuda.
-
-Una vez en tierra le colocaron un par de muletas hechas de tosca madera
-de chañar. Apoyado en ellas, y abriéndole paso todo el mundo, avanzó
-sobre Mariano Rosas. Púsose éste de pie y le recibió con marcadas
-muestras de cariño, echándole los brazos y estrechándolo con efusión.
-
-Los capitanejos é indios de importancia que ocupaban los asientos
-preferentes se corrieron á la derecha, cediéndole el primer puesto, en
-el que se colocó. Aquel homenaje respetuoso en medio del desierto, á
-la luz de las estrellas, tributado por los bárbaros, me hizo comprender
-que el respeto hacia los que nos han precedido en la difícil y
-escabrosa carrera de la vida es innato al corazón humano.
-
-Yo tengo la peor idea de los que no se inclinan reverentes ante la
-ancianidad.
-
-Cuando me encuentro con algún viejo, conocido ó desconocido,
-instintivamente le cedo el paso.
-
-Cualquiera que sea la condición del hombre, sea su porte distinguido
-ó no, vista el rico paño de la opulencia, ó los sucios harapos del
-mendigo, una cabeza helada por el invierno de la vida, me infunde
-siempre religioso respeto.
-
-¡Quién sabe, me digo, al verle pasar, cuántas injusticias no han herido
-ese corazón!
-
-¡Quién sabe cuántos dolores no han desgarrado su alma!
-
-¡Quién sabe de cuántos desdenes no es víctima, después de haber
-sacrificado los más caros intereses en aras de la patria y de la
-amistad!
-
-¡Quién sabe cuántos infortunios indecibles no han anticipado su vejez!
-
-¡Quién sabe si habiéndose hecho la ilusión de ver en el último tercio
-de la vida, amenizado el hogar con los afanes de la tierna esposa, y de
-los hijos, no es un desterrado de la familia por sus liviandades ó por
-la fatalidad!
-
-¡Quién sabe si esa existencia trémula, enfermiza, que se apaga, que
-no destella ya sino moribundos rayos, como el sol de brumoso día al
-ponerse, no necesita un poco de consideración social para disfrutar de
-un soplo más de vida!
-
-¡Los niños y los viejos son como los polos del mundo! opuestos, pero
-iguales.
-
-En los unos hay el candor prístino, en los otros hay la inofensiva
-debilidad.
-
- ............................«Last scene of all,
- That ends this strange eventful history
- Is second childishness, and more oblivious,
- Sans teeth, sans eyes, sans taste, sans everything.»
-
-Los unos merecen nuestra atención y nuestro amparo, porque vienen; los
-otros nuestra lástima y nuestro sostén porque se van.
-
-Como la luz del día, bella al nacer, bella al morir, así son ellos.
-El alfa y el omega de la humanidad se encierra en estas dos palabras:
-_nacer y morir_.
-
-Nacer es elevarse, sentir, aspirar; morir, es hundirse en el abismo del
-tiempo. La vida y la muerte son dos instantes solemnísimos.
-
-Pensad en el placer de ver venir al mundo un hijo, placer inefable,
-inmenso, y veréis que sólo es comparable á la amarga pesadumbre de
-ver al objeto querido que nos dió el ser darle á esta vida fugaz y
-transitoria un eterno adiós. ¡Los niños! ¡Ah! ¡los niños son una cifra!
-
-¡Cuántas esperanzas para la madre, para el padre, para la familia
-no encierra el recién nacido! ¡Ellos labrarán algún día la soñada
-felicidad de todos! Gratas esperanzas mecen su cuna. Hasta el egoísmo
-se afana por ellos sin darse cuenta de sus recelos. Si muriera,
-¡cuántas ilusiones desvanecidas!
-
-¡El tiempo pasa, la vejez llega! Todos han desaparecido. Sólo el objeto
-de tantos anhelos y cuidados sobrevive, y solo, solo en el mundo, su
-pecho encierra impenetrables arcanos.
-
-¡Cuántas historias lúgubres no sabe!
-
-¡Sus ojos no lloran ya, su corazón está frío, helado! Pero palpita
-aún. El mundo de los recuerdos es su suplicio. ¡Si pudiera olvidar!
-¿Olvidar? ¡No! Debe arrastrar la pesada cadena de sus decepciones, ó de
-sus remordimientos.
-
-¡Ah! ¡los viejos! No desdeñéis esas existencias retrospectivas, que
-adustas ó risueñas, ocultan en insondables profundidades terribles
-misterios de amor y de odio, de constancia y versatilidad, de nobleza y
-ambición, de generosidad y cálculo frío y meditado.
-
-Si ellos os abrieran su pecho, leeríais allí severas lecciones para
-conformar vuestras acciones; para no incurrir en las mismas faltas y
-errores que ellos cometieron.
-
-Callan, porque son discretos; porque la discreción es la última y la
-más difícil de las virtudes que aprendemos.
-
-¡Ah! ¡Si los viejos hablaran!
-
-¡Si en lugar de contarnos sus grandezas, sus glorias, sus triunfos
-juveniles, nos contaran sus miserias! ¡Cuánto desaliento no nos
-infundirían!
-
-Su silencio es la postrer prueba de amor que nos dan. Ellos son
-como las páginas de un libro atroz. Si hablan con su experiencia,
-desencantan, confunden, anonadan.
-
-No os empeñéis en leerlas.
-
-Amad y respetad á los viejos, no porque hayan sido buenos, sino porque
-deben haber sufrido.
-
-El dolor es fecundo y purifica.
-
-No les creáis cuando haciendo esfuerzos levantan erguida la cerviz,
-diciendo con orgullo insolente como J. J. Rousseau: ¿cuál de vosotros
-ha sido mejor que yo?
-
-Van haciendo su papel en la comedia de la vida.
-
-Todos han sido iguales en un sentido. En otro tribunal que no está en
-este mundo habrá quien les arranque con mano segura el antifaz.
-
-Allí será en vano disimular. Mientras tanto, inclinaos ante sus canas.
-
-¡Quién sabe si cuando lleguéis como ellos al último término de la
-jornada no habéis incurrido en sus mismas debilidades!
-
-La vida es así. Lo que no se hace por amor debe hacerse por caridad; lo
-que no se hace por caridad, debe hacerse por reflexión.
-
-Trabajados por opuestos sentimientos y pasiones, caminamos vacilantes,
-pretendiendo que tenemos confianza en nosotros mismos, y es mentira:
-todo lo esperamos de los demás.
-
-En las tribulaciones pasamos revista de los que nos pueden ayudar, y
-dudando ocurrimos á ellos. Y el último de los castigos, es que nos
-sirvan los que menos obligación de servirnos tienen. Sí, es el último
-castigo de los hombres sin fe.
-
-Viven quejándose de la humanidad, y ella está siempre presente ahí
-para socorrerlos en todo, con su bolsa, su sangre, y su vida. La misma
-blasfemia se escapa siempre de sus labios; haz bien y espera mal.
-
-¡Qué ingratos somos!
-
-La mano que ayer recibió nuestra limosna generosa, mañana nos
-desconocerá, quizá. ¡Pero cuántos hijos pródigos no se cruzarán por
-nuestro camino!
-
-El equilibrio social estaría perturbado si las cosas pasaran de otra
-manera. Y Dios que ha echado á rodar los mundos en los espacios sin
-fin, para que giren eternamente sin chocarse jamás, ha querido que la
-ley consoladora de la solidaridad nunca sufra tampoco perturbación
-alguna.
-
-En buena hora; no esperéis el bien de aquél que recibió vuestros
-favores. Esperadlo, sin embargo, de los desconocidos.
-
-Maldeciréis vuestra estrella, renegaréis de la vida en las amargas
-horas, y al encontraros cara á cara con la muerte tendréis que
-reconocer que los hombres no han sido tan malos.
-
-No hay quien á las puertas de la eternidad maldiga á sus hermanos.
-Sea justicia ó pavor, cuando el cuadrante del tiempo marca el minuto
-solemne entre el ser y no ser, todos se arrepienten del mal que
-hicieron ó del bien que dejaron de hacer.
-
-¡Los viejos! ¡los viejos! no les neguéis, os lo vuelvo á repetir, ni el
-paso, ni la mirada, ni el saludo.
-
-¡Cuesta tan poco complacer á los que con un pie en el último escalón de
-este mundo y otro en el dintel de las puertas de la eternidad esperan
-sin rencor ni odio el instante fatal!
-
-Estanislao tuvo un largo diálogo con Mariano Rosas. En seguida le llegó
-su turno á Baigorrita y demás capitanejos é indios de importancia que
-les acompañaban.
-
-Yo saludé al cacique particularmente, me senté al lado de mi compadre,
-y como el ceremonial no rezaba conmigo, me llamé á sosiego. El
-galope había excitado mi estómago, despertando el apetito. Traté de
-abandonar el campo, pero Baigorrita, que se fastidiaba mucho de aquella
-inacabable letanía de dimes y diretes, me dijo que no me fuera, que le
-esperara, que acamparíamos juntos.
-
-Di mis órdenes, mandé que los caballos los rondaran lejos, en lugar
-seguro, que hicieran campamento allí cerca, en un montecito muy tupido,
-y que nos esperaran con buen fuego, puchero y asado.
-
-Mientras mi compadre se desocupaba, no faltó quien me obsequiara con
-mate; Hilarión me pasó una torta riquísima hecha al rescoldo, y á
-hurtadillas, lo mismo que un niño mimado y goloso delante de las
-visitas, me la manduqué.
-
-No hay quien no conserve algún recuerdo imperecedero de ciertas escenas
-de la vida; éste, de una cena espléndida en el Club del Progreso;
-aquél, de otra en el Plata; el uno, de un almuerzo campestre; el otro,
-de un _lunch_ á bordo. Yo no puedo olvidar la torta cocida entre las
-cenizas que me regaló Hilarión con disimulo, diciéndome: «Para usted
-la tenía, Coronel.» La mirada perspicaz de Mariano Rosas se apercibió
-de ello, y calculando que tenía hambre me hizo pasar un par de palomas
-asadas, diciéndome el conductor, que las había hecho cazar para mí.
-Efectivamente, el doctor Macías fué quien cumplió la orden. Al día
-siguiente lo supe. ¡Pobre Macías! Ya tendré ocasión de ocuparme de él.
-¡Qué pena me daba verle! No habíamos sido nunca amigos. Pero conservaba
-por él ese afecto de escuela que muchas veces vincula más á los
-corazones que la sangre misma. ¡Cuántas veces al través del tiempo, lo
-mismo en el seno de la patria que en extranjera playa, sean cuales sean
-las borrascas que hayan azotado el bajel de nuestra fortuna, el título
-de condiscípulo suele ser un talismán!
-
-Viendo que la charla no cesaba y que amenazaba continuar hasta media
-noche, según el número de personajes que aún no habían cambiado sus
-saludos; viendo también que el negro del acordeón andaba por allí y
-que se preparaba á darnos una serenata, le hice una indicación á mi
-compadre.
-
-Me contestó que no podía retirarse todavía; que me fuera, que más tarde
-iría él.
-
-Mariano Rosas estaba en lo más fuerte del entrevero; lucía su
-remarcable retentiva y hacía gala de sus habilidades oratorias. Le
-hice una seña, como diciéndole, me voy, me contestó con otra, como
-diciéndome, hace bien, esto no es con usted; me levanté, me abrí paso
-por entre una espesa muralla de chusma que escuchaba el parlamento,
-llamé á mi asistente, me acercó el caballo, puse pie en el estribo
-y me disponía á montar, cuando unos _acordes destemplados_ hirieron
-mis oídos, de atrás. ¡Era el negro del acordeón! Al mismo tiempo que
-volteaba la pierna derecha, le pegué con la izquierda en el pecho un
-fuerte puntapié, le di contra el suelo y me tendí al galope. El artista
-estaba _achumado_.
-
-Llegué al montecito donde me esperaba mi gente; el fogón ardía
-resplandeciente lo mismo que una hoguera de la inquisición; daba
-ganas de saltarlo, como los muchachos saltan las fogatas de viruta y
-alquitrán en el día de San Juan. Hay tentaciones irresistibles. Piqué
-mi valiente caballo, pasé por encima del fuego é hice un desparramo.
-Y como ni el asado, ni el puchero, ni la caldera cayeron, todos
-aplaudieron de corazón.
-
-Contento de mi triunfo eché pie á tierra, con más agilidad que otras
-veces, ocupé mi puesto en la rueda y empecé á _pegarle_ al mate.
-
-Mi compadre no venía, cenamos; ordené que le guardaran algo, y antes de
-recogerme mandé ver dónde y cómo estaban los caballos.
-
-Más de veinte formábamos el círculo del fogón. Hablábamos quién sabe
-de qué; de repente oyóse un tropel de caballos. Es Baigorrita, dijeron
-unos. Los jinetes sujetaron casi encima de nosotros, y una voz firme,
-varonil, desconocida para mí, dijo: ¡Buenas noches!
-
---Es Chañilao--dijeron unos.
-
---Buenas noches--dijeron otros.
-
---Eche pie á tierra, si gusta--dije yo, fingiendo que no había reparado
-en el recién llegado. Pero á la vislumbre del fogón había visto
-perfectamente bien su cara.
-
-Chañilao se apeó, y hablando en lengua araucana y haciendo sonar unas
-enormes espuelas, se acercó á mí y con aire indiferente se sentó á mi
-lado.
-
-No me moví.
-
-Nadie excepto los indios lo conocía.
-
-Era un hombre alto, delgado, de facciones prominentes y acentuadas,
-de tez blanca, poco quemada; de largos cabellos castaños, tirando al
-rubio; de ojos azules, vivos, penetrantes; de ancha frente, cortada á
-pico; de nariz recta como la de un antiguo heleno; de boca pequeña,
-cuyos labios apenas resaltaban; de barba aguda, retorcida para arriba,
-en la que se veía un hoyo; lampiño, de modales fáciles; vestido como un
-gaucho rico; llevaba un sombrero de paja de Guayaquil, fino; espuelas
-de plata, y un largo facón de lo mismo atravesado en la cintura;
-rebenque con virolas de oro, y su gran cigarro de hoja en la boca.
-
-Sin cuidarse de mí, habló con varios indios ostentando un aire y un
-tono marcadísimos de superioridad.
-
-Me parecía estudiado.
-
-Les hice una seña á mis ayudantes con el dedo, para que no dijeran
-quién era yo.
-
-Le hice pasar un mate y al recibirlo preguntó:
-
---¿Dónde está el amigo Camilo Arias?
-
-Mi compadre Baigorrita se hacía sentir en ese momento.
-
-
-
-
- XV
-
- Quién es Chañilao.--Su historia.--El carácter es un defecto para
- las medianías.--Diferencia entre el gaucho y el paisano.--El
- primero no es nada, el segundo es siempre federal.--¿Tenemos
- pueblo propiamente hablando?--Sentimientos de un maestro de posta
- cordobés cuando estalló la guerra con el Paraguay.--Chañilao y
- yo.--Frescas.--Intrigas.--Una china.
-
-
-Chañilao es el célebre gaucho cordobés Manuel Alfonso, antiguo morador
-de la frontera de Río 4.º.
-
-Vive entre los indios hace años.
-
-No hay un baqueano más experto, ni más valiente que él. Tiene la carta
-topográfica de las provincias fronterizas en la cabeza.
-
-Ha cruzado la Pampa en todas direcciones millares de veces, desde la
-sierra de Córdoba hasta Patagones, desde la Cordillera de los Andes
-hasta las orillas del Plata.
-
-En ese inmenso territorio, no hay un río, un arroyo, una laguna, una
-cañada, un pasto que no conozca bien.
-
-Él ha abierto nuevas rastrilladas y frecuentado las viejas abandonadas
-ya.
-
-En la peligrosa travesía, donde pocos se aventuran, él conoce escondido
-_guaico_, para abrevar la sed del caminante y de sus caballos.
-
-Ha acompañado á los indios en sus más atrevidas excursiones, y muchas
-veces se salvaron por su pericia y su arrojo.
-
-Sus constantes correrías, de noche, de día, con buen ó mal tiempo,
-llueva ó truene, brille el sol ó esté nublado, haya luna ó esté sombrío
-el cielo,--le han hecho adquirir tal práctica, que puede anticipar los
-fenómenos meteorológicos con la exactitud del barómetro, del termómetro
-y del higrómetro.
-
-Es una aguja de marear humana; su mirada marca los rumbos y los medios
-rumbos, con la fijeza del cuadrante.
-
-Habla la lengua de los indios como ellos, tiene mujer propia y vive
-con ellos. Es domador, enlazador, boleador, pialador. Conoce todos los
-trabajos de campo como un estanciero; ha tenido tratos con Rosas y con
-Urquiza, ha caído prisionero varias veces y siempre se ha escapado,
-gracias á su astucia ó su temeridad.
-
-Poco antes de la batalla de Cepeda le tomaron, junto con veinte indios,
-en la frontera Oeste de Buenos Aires. Sólo él burló la vigilancia de
-los guardias y se salvó.
-
-Es un oráculo para los indios cuando invaden y cuando se retiran; vive
-por desconfianza en _Inché_, treinta leguas más al Sud que Baigorrita,
-á cuya indiada pertenece; tiene séquito y es _capitanejo_, con lo cual
-está dicho todo sobre este tipo, planta verdaderamente oriunda del
-suelo argentino.
-
-Chañilao no es sanguinario; ha vivido entre los cristianos y entre los
-indios alternativamente. En el Río 4.º tiene amigos: Camilo Arias, mi
-fiel é inseparable compañero, es uno de ellos. La última vez que emigró
-de allí fué por prevenciones infundadas.
-
-Ésa es nuestra tierra--como nuestra política suele consistir en hacer
-de los amigos enemigos, parias de los hijos del país,--secretarios,
-ministros, embajadores de los que nos han combatido.
-
-Solemos ser justos con los _nuestros_, con los adversarios somos
-siempre débiles. Solemos ser tolerantes con los que transigen, con los
-que se hacen un honor y un deber de tener conciencia, jamás.
-
-Para ello está reservada la crítica irritante, acerba.
-
-El peor papel que puede representar el patriotismo á los ojos de las
-medianías, es tener carácter.
-
-Más hábiles en el arte de reclutar nulidades, de seducir traficantes y
-especuladores, que dispuestos á admirar el talento y la probidad; más
-capaces de claudicar que de imponerse por la elevación moral, prefieren
-los que se doblegan á los que firmes sobre el pedestal de sus creencias
-tienen la osadía de exclamar: ¡yo pienso así!
-
-¡Ah! ¡si el país no estuviera jadeante! ¡Ah! ¡si no estuviera arraigado
-en todos los corazones el convencimiento de que hay que preparar la
-tierra, antes de arrojar en sus entrañas fecundas la semilla!
-
-¡Ah! ¡si no fuera que el hierro mata! ¡Ah! ¡si no fuera que una verdad
-escrita con sangre es siempre una conquista fratricida!
-
-Camilo me había hablado largamente de Manuel Alfonso. Había sido el
-apoderado de los pocos intereses que dejó en la frontera la última vez
-que huyó de ella. Tenía por él ese cariño respetuoso, que el paisano le
-profesa siempre al gaucho cuando no le cree malo; había sido su maestro
-en los campos; y como aborrecía de muerte á los indios, con los que se
-había batido muchas veces cuerpo á cuerpo, perdiendo dos hermanos en
-dos invasiones, se hacía la ilusión de arrancarlo de su guarida.
-
-Camilo Arias, es igual á Manuel Alfonso en un sentido, su reverso en
-otro.
-
-Camilo sabe tanto como Alfonso; es rumbeador como él, jinete como él,
-valiente como él; pero no es aventurero.
-
-Camilo es un paisano gaucho, pero no es un gaucho.
-
-Son dos tipos diferentes. Paisano gaucho es el que tiene hogar,
-paradero fijo, hábitos de trabajo, respeto por la autoridad, de cuyo
-lado estará siempre, aun contra su sentir.
-
-El gaucho neto, es el criollo errante, que hoy está aquí, mañana allá;
-jugador, pendenciero, enemigo de toda disciplina; que huye del servicio
-cuando le toca, que se refugia entre los indios si da una puñalada, ó
-gana la montonera si ésta asoma.
-
-El primero, tiene los instintos de la civilización; imita al hombre
-de las ciudades en su traje, en sus costumbres. El segundo, ama la
-tradición, detesta al _gringo_; su lujo son sus espuelas, su chapeado,
-su tirador, su facón. El primero se quita el poncho para entrar en
-la villa, el segundo entra en ella haciendo ostentación de todos
-sus arreos. El primero es labrador, picador de carretas, acarreador
-de ganado, tropero, peón de mano. El segundo se conchaba para las
-_yerras_. El primero ha sido soldado varias veces. El segundo formó
-alguna vez parte de un contingente y en cuanto vió luz se alzó.
-
-El primero es siempre _federal_, el segundo ya no es nada. El primero
-cree todavía en algo, el segundo en nada. Como ha sufrido más que la
-_gente de frac_, se ha desengañado antes que ella. Va á las elecciones,
-porque el Comandante ó el Alcalde se lo ordena, y con eso se hace
-sufragio universal. Si tiene una demanda la deja porque cree que es
-tiempo perdido, sea dicho con verdad. En una palabra, el primero es un
-hombre útil para la industria y el trabajo, el segundo es un habitante
-peligroso en cualquier parte. Ocurre al juez, porque tiene el instinto
-de creer que le harán justicia de miedo, y hay ejemplos; si no se
-la hacen, se venga, hiere ó mata. El primero compone la masa social
-argentina, el segundo va desapareciendo. Para los que, metidos en la
-crisálida de los grandes centros de población, han visto su tierra y el
-mundo por un agujero; para los que suspiran por conocer el extranjero,
-en lugar de viajar por su país; para los que han surcado el Océano en
-vapor; para los que saben dónde está Riga, ignorando dónde queda Yaví;
-para los que han experimentado la satisfacción febril de tragarse las
-leguas en ferrocarril, sin haber gozado jamás del placer primitivo de
-andar en carreta, para todos ésos el _gaucho_ es un ser ideal.
-
-No lo han visto jamás.
-
-La libertad, el progreso, la inmigración, la larga y lenta palingenesia
-que venimos atravesando hace dieciocho años lo va haciendo desaparecer.
-
-El día en que haya desaparecido del todo será probablemente aquél en
-que se comprenda que tenemos una masa de pueblo sin alma, que en nada,
-ni en nadie cree; que desparramada en inmensas campañas, no tiene
-iglesias, ni escuelas, ni caminos, ni justicia, nada que la ampare
-eficazmente, que la prepare para el gobierno propio, para la verdad del
-sufragio popular, para el respeto siquiera del extranjero que viene á
-compartir con nosotros todo, menos el dolor porque no nos estima, nada,
-nada en fin, sino un caudillejo armado ó togado que la oprima ó la
-explote.
-
-Sólo entonces tendremos, propiamente hablando, pueblo; pueblo con
-corazón, con conciencia, con convicción y pasión.
-
-Entonces no habrá paisanos honrados, con intereses que perder, que
-encerrándose en el egoísmo, que todo lo seca, hasta el patriotismo,
-sientan solos los animales sociales que pueden asolar su casa.
-
-Entonces no habrá en Córdoba un maestro de posta, hacendado, que
-conteste lo que me contestaron á mí en el Molle.
-
-Era el mes de abril del año 1865. Íbamos de pasajeros, de Mendoza para
-Córdoba en una galera, el doctor don Eduardo Costa, Alejandro Paz y don
-Francisco Civit, todos excelentes compañeros de viaje. En el primero,
-sobre todo, nadie habría sospechado un hombre tan avenido y varonil.
-
-En el Río 4.º el general don Emilio Mitre nos había dado la noticia de
-la primera agresión de López. Teníamos una impaciencia febril de llegar
-á Córdoba, donde se hallaba el doctor Rawson.
-
-En la referida posta le pregunté yo al dueño de casa, que era un vejete
-bastante alentado.
-
---¿Y, qué noticias tiene, paisano?
-
---Ningunas--me contestó.
-
---Pero hombre--agregué asombrado;--¿no sabe usted que los paraguayos
-han invadido la Provincia de Corrientes con cuarenta mil hombres; que
-nos han apresado unos vapores; que han robado, incendiado y cautivado
-muchas familias?
-
-Por toda contestación exclamó, con la tonada consabida:
-
---¡Lo bueno que por aquí no han de llegar!
-
-¡Qué consoladora ingenuidad! Pero qué bien pinta el estado moral de un
-país.
-
-Después de esto habladme cuanto queráis del patriotismo argentino. Yo
-os diré que el patriotismo es una virtud cívica, que no apasiona las
-multitudes sino cuando la noción del deber se ha encarnado en ellas;
-que todo deber responde á un ideal; que la libertad, la religión, la
-patria, el honor nacional son un ideal, pero que ese ideal no está
-sino en la conciencia de cierto número de elegidos.
-
-Tenemos el germen, falta difundirlo.
-
-¿De qué manera? Haciendo que la patria sea para el hombre del pueblo,
-la libertad en todas sus manifestaciones, la justicia, el trabajo bien
-remunerado; no el abuso, el privilegio, la miseria.
-
-Entonces no se encontrará quien diga, lo que frecuentemente se oye:
-¡para lo que yo le debo á la patria!
-
-No basta que las constituciones proclamen que todo ciudadano está
-obligado á armarse en defensa de la patria. Es menester que la patria
-deje de ser un mito, una abstracción, para que todos la comprendan y la
-amén con el mismo acendrado amor. Hay fanatismos necesarios, que si no
-existen se deben crear.
-
-Manuel Alfonso volvió á preguntar por el amigo Camilo Arias.
-
---Que lo llamen--dije yo.
-
-El gaucho, ni me miró siquiera.
-
-Pero comprendiendo quién era, y con la intención sin duda de
-_calmarme_, preguntó.
-
---¿Y cómo se entienden estas paces? Aquí de amigos ya, Calfucurá
-invadiéndolo los porteños.
-
---Mire, amigo--le contesté;--delante de mí no me venga hablando
-barbaridades. Si no le gusta la paz mándese mudar.
-
-Se dió vuelta entonces, me miró, y pegando maquinalmente con el
-rebenque en el suelo unas cuantas veces, repuso:
-
---Yo digo lo que me han dicho.
-
---Pues le repito que es una barbaridad, le contesté.
-
-Me miró con más fijeza y por toda contestación se sonrió maliciosamente
-como diciendo: ¡mozo malo!
-
-Estaba provocativo. Iba mal parado si le aflojaba, así es el gaucho
-taimado.
-
---Y este fogón es mío, le agregué, como diciéndole: «no quiero que en
-él se hablen cosas que no me gustan».
-
---¿Y usted quién es?--repuso, jugando siempre con el rebenque y fijando
-la vista en el fogón.
-
---Averigüe--le contesté.
-
-En ese momento una voz conocida dijo al lado mío:
-
---Orden, señor.
-
-Era Camilo Arias que venía á mi llamado.
-
---Aquí tienes un amigo--le dije, señalándole á Manuel Alfonso.
-
-Los paisanos son generalmente fríos, se saludaron como si se hubieran
-visto el día antes.
-
---Vamos--le dijo Camilo.
-
---Vamos--contestó el gaucho, levantándose. Dió las buenas noches y se
-marchó.
-
-Me quedé sumamente preocupado. En un hombre tan sagaz como él, tan
-conocedor de los indios, tan influyente entre ellos por sus servicios,
-sus conocimientos y su valor, aquellas palabras soltadas en mi fogón,
-revelaban malísima intención.
-
-No había subido aún á caballo Manuel Alfonso, cuando mi compadre
-Baigorrita se presentó.
-
-Echó pie á tierra y se sentó á mi lado; pedí su cena, se la trajeron, y
-sacando el cuchillo, me dijo:
-
---¿Conociendo Chañilao?
-
---Ahí va--le contesté indicándoselo. Acababa de armar un cigarro en ese
-instante y lo encendía, montando ya.
-
---Ahí--dijo mi compadre.
-
---¿Hay algo?--le pregunté á San Martín.
-
---¡Creo que sí!--me contestó.
-
-Baigorrita estaba más pensativo que de costumbre. Sus preguntas, sus
-exclamaciones, su aire sombrío, acabaron de convencerme de que Manuel
-Alfonso no había venido á mi fogón á hablar de la paz y de Calfucurá
-sin objeto.
-
-¿Qué podía haber?
-
-En vísperas de una gran junta, cualquier mala disposición era alarmante.
-
---¿Hay alguna cosa, compadre?--le hice preguntar á Baigorrita con San
-Martín.
-
---Sí, compadre--me contestó él mismo.
-
-Habló con San Martín y en seguida me dijo éste:
-
-Que Mariano Rosas le había contado muchas cosas de mí; que estando
-acampado en Calcumuleu los había tratado muy mal á los indios; que á él
-le había mandado decir una porción de desvergüenzas; y que yo era muy
-altanero.
-
-Le referí todo lo que había sucedido y su respuesta fué por boca de San
-Martín:
-
---Alguna intriga, compadre, porque nos ven de amigos.
-
-Comprendí todo.
-
-Durante mi permanencia en Quenque, me habían hecho la cama en Leubucó.
-
-Mi compadre acabó de cenar, él y yo éramos los únicos que quedaban al
-lado del fogón; los demás se habían recogido.
-
---Vamos á dormir, compadre--le dije.
-
---Bueno--me contestó.
-
-Llamé á Carmen.
-
-Me enseñó mi cama. Estaba al pie de un hermoso caldén.
-
-Me sentaba en ella, cuando una china se apeó allí cerca del caballo, y
-viniendo á mí me dijo con aire misterioso:
-
---Tengo que hablarle.
-
-
-
-
- XVI
-
- Mi compadrazgo con Baigorrita había alarmado á los de
- Leubucó.--Censura pública.--Nubes diplomáticas.--Camargo conocía bien
- á los indios.--Confío en él.--Camilo y Chañilao no se entienden.--En
- marcha para la junta grande.--Quieren que salude á quien no debo.--Me
- niego á ello.--Ceden saludos.--Empieza la conversación.--Discurso
- inaugural.--Entusiasmo que produce Mariano Rosas.--El debate.--Un
- tonto no será nunca un héroe.
-
-
-Al día siguiente, antes de amanecer, ya sabía yo con interesantes
-detalles, qué intrigas habían tenido lugar en Leubucó, mientras había
-andado por Quenque.
-
-La noticia de mi compadrazgo con Baigorrita había producido mal efecto
-en Mariano Rosas.
-
-La consagración de ese vínculo es tan sagrado para los indios, que
-aquél se alarmó de una amistad naciente, sellada con el bautismo del
-hijo mayor de su aliado.
-
-Sus allegados, en lugar de tranquilizarlo, halagaban sus
-preocupaciones, diciéndole que no se descuidara, que estuviese en
-guardia.
-
-Mi conducta era públicamente censurada; se me acusaba de haber tratado
-descortésmente á los indios, desde el día en que llegué á Aillancó.
-Se me hacía el cargo de no haber avisado con anticipación mi viaje;
-criticaban mi mezquindad, comparándola con la magnificencia del
-padre Burela, conductor de cincuenta cargas de bebida: decían que no
-era bueno; que les había impuesto el tratado de paz, mandándoles un
-ultimátum; que había llevado un instrumento para medir las tierras;
-que eso era porque los cristianos se preparaban para una invasión; que
-el tratado no tenía más objeto que entretener á los indios para ganar
-tiempo.
-
-El padre Burela parecía ajeno á estas murmuraciones. Pero no las había
-reprobado; y no teniendo nada que hacer en la junta, se hallaba al lado
-de Mariano Rosas. Con él estaba la noche antes, dábase los aires de un
-valido y pretendía que Baigorrita le había desairado, haciéndome su
-compadre, queja asaz extraña en un sacerdote.
-
-El horizonte diplomático se me presentaba cargado de nubes.
-
-La persona que se había tomado el trabajo de venir furtivamente á
-contarme lo que había pasado durante mi ausencia para que estuviera
-prevenido, opinaba que tendríamos una junta tumultuosa.
-
-Las voces malignas que traía Chañilao, hacían más vidriosa la situación.
-
-Antes de estar en mi fogón había estado en el sitio donde parlamentaba
-Mariano Rosas; había hablado con él y con otros; había desparramado sus
-noticias, y la atmósfera de desconfianza se había hecho.
-
-Rayaba el día cuando llegó un mensajero de Mariano Rosas; mandaba
-informarse de cómo había pasado la noche y prevenirme que en cuanto
-saliera el sol nos moveríamos y que la señal sería un toque de corneta.
-
-Le contesté que había pasado la noche sin novedad; que me alegraba de
-que él y su gente hubiesen dormido bien; y que estaba á su disposición.
-
-Hice llamar á Camilo Arias, ordené que arrimaran los caballos, púsose
-toda mi gente en pie y nos aprestamos á marchar.
-
-Mientras llegaban los caballos se calentó agua y tomamos mate.
-
-Camargo me inspiraba confianza. Le referí lo que me había sucedido con
-Chañilao; lo que había pasado en Leubucó durante nuestro paseo por las
-tierras de Baigorrita; lo que Mariano Rosas había conversado con éste;
-y le pedí que me diera con franqueza su opinión.
-
-Me la dió sin titubear. Su corazón no carecía de nobleza. Me
-tranquilicé; pero no del todo. Cada mundo tiene sus misterios. Él
-conocía bien los del suyo, como nadie quizá.
-
-Prueba de ello era que no volvía en pelos de Quenque; que se había
-hecho devolver los estribos que le robaron en el toldo de Caiomuta y
-las demás prendas que le arrojó con desprecio para humillarle y afearle
-su proceder.
-
-Llegaron los caballos y Camilo.
-
-Mandé ensillar. En tanto lo hacían, me contó éste su entrevista con
-Manuel Alfonso.
-
-Habían dormido juntos; no se habían entendido, porque el gaucho no
-había simpatizado conmigo; pero se habían separado amigos.
-
-Se oyó un toque de corneta.
-
-Los clarines de Baigorrita contestaron, montamos á caballo y nos
-movimos, rompiendo la marcha en dispersión.
-
-Á poco andar avistamos la gente de Mariano Rosas, coronando la cumbre
-de una cuchilla.
-
-Tocaron alto, llamada y reunión.
-
-Los toques fueron obedecidos, lo mismo que lo habría hecho una tropa
-disciplinada.
-
-Formamos en batalla; Baigorrita, yo y mi séquito nos pusimos al frente
-de la línea, y en ese orden avanzamos.
-
-La indiada de Mariano Rosas hizo la misma maniobra. Las dos líneas
-marchaban á encontrarse. Seríamos trescientos de cada parte.
-
-El sol se levantaba en ese momento inundando la azulada esfera con
-su luz, la atmósfera estaba diáfana; los más lejanos objetos se
-transparentaban, como si se hallaran á corta distancia del observador;
-el cielo estaba despejado, sólo una que otra nube nacarada navegaba por
-el vacío, con majestuosa lentitud; la blanda brisa de la mañana apenas
-agitaba la grama color de oro; el rocío, salpicando los campos, los
-hacía brillar como si estuvieran cubiertos por inmenso manto de rica y
-variada pedrería.
-
-Cuando las dos líneas que avanzaban al paso estuvieron á cincuenta
-metros una de otra, los clarines y cornetas tocaron alto, y las dos
-indiadas se saludaron golpeándose la boca.
-
-Los ecos se perdían por los aires, quedaba todo en el más profundo
-silencio, y los gritos se repetían.
-
-Nadie llevaba armas; todo el mundo montaba excelentes caballos, vestía
-su mejor ropa y ostentaba las prendas de plata y los arreos más ricos
-que tenía.
-
-Mariano Rosas destacó un indio; Baigorrita otro; colocáronse
-equidistantes de las dos líneas; cambiaron _sus razones_, y volvieron á
-sus respectivos puntos de partida.
-
-Los dos caciques acababan de saludarse y de invocar la protección de
-Dios para deliberar con acierto.
-
-Tocaron atención, dieron voces de mando en lengua araucana, la segunda
-fila de cada línea retrocedió dos pasos, los que miraban al Norte
-giraron á la izquierda, tocaron marcha y las dos líneas quedaron
-formadas en alas.
-
-Mariano Rosas destacó un indio que se acercó á mí y me habló en su
-lengua.
-
-Camargo, haciendo de lenguaraz, me dijo:
-
---Dice el general Mariano que eche pie á tierra para saludar al padre
-Burela.
-
-Me pareció haber entendido mal.
-
---¿Para saludar á quién?--le pregunté á Camargo con extrañeza.
-
---¡Al padre Burela!--me contestó.
-
---¿Al padre Burela?--exclamé mirando á los franciscanos y á mis
-oficiales.
-
---Es pretensión--agregué.
-
---Dile, proseguí, dirigiéndome á Camargo, que le conteste á Mariano que
-yo no tengo que saludar al padre Burela, que soy aquí el representante
-del Presidente de la República, que en todo caso es el padre Burela
-quien debe saludarme á mí.
-
-El mensajero se marchó y yo me quedé refunfuñando. Estaba indignado.
-
-Lo que pasaba no era más que la consecuencia de las intrigas de Leubucó.
-
-Volvió el indio insistiendo en lo mismo.
-
-Contesté con malísimo modo, que antes que hacer lo que se me exigía, me
-_cortaría_ con mi gente, que hicieran la junta sin mí, si querían, que
-yo no estaba para bromas.
-
-Llevó el indio mi contestación.
-
-Baigorrita que entendía todo lo que yo contestaba, porque Camargo lo
-repetía en lengua araucana, me hizo decir:
-
---Echemos pie á tierra, compadre.
-
-Mariano Rosas recibió mi contestación sin visible alteración;
-conferenció con sus consejeros y su embajador volvió por tercera vez,
-diciéndome:
-
---Dice el General que es para saludar á todos.
-
---Eso es otra cosa--contesté.
-
-Y esto diciendo, mandé echar pie á tierra á los míos haciéndolo yo
-primero.
-
-Mariano Rosas y los suyos me imitaron.
-
-Vino otro indio, habló con Camargo, y siguiendo las indicaciones de
-éste, comenzó el ceremonial.
-
-Mariano Rosas y su séquito estaban formados en ala; Baigorrita y mi
-séquito lo mismo, es decir, que mi izquierda venía á quedar frente á la
-derecha de aquél.
-
-Tiramos á la derecha marchando al Naciente unos cuantos pasos,
-volvimos á girar al Norte, seguimos hasta quedar perpendicularmente
-á la izquierda del séquito de Mariano Rosas, que permanecía inmóvil,
-formando un ángulo, y los saludos empezaron, consistiendo en fuertes
-apretones de manos y abrazos.
-
-Desfilamos por delante de aquéllos, y cuando Baigorrita estrechaba
-la mano de Mariano Rosas y yo la de Epumer, mi cola, hablando
-militarmente, se abrazaba con el último indio del séquito de Mariano
-Rosas.
-
-Hecho esto, seguimos desfilando, hasta que el último de mis asistentes
-saludó á aquél, y volvimos á ocupar el puesto en que estábamos al echar
-pie á tierra.
-
-En seguida Mariano Rosas y los suyos avanzaron veinte pasos;
-Baigorrita, yo y los míos hicimos simultáneamente otro tanto, formando
-dos pelotones.
-
-Las dos líneas de jinetes formaron un círculo conversando á vanguardia,
-á derecha é izquierda, sus respectivas alas; echaron pie á tierra
-Mariano Rosas y los suyos; Baigorrita, yo y los míos quedamos
-encerrados en dos círculos concéntricos, formado el exterior por
-caballos y el interior por indios.
-
-Todas estas evoluciones se hicieron en silencio, con orden, revelando
-que estaban sujetos á una regla de ordenanza conocida.
-
-Ningún indio maneó ni ató su caballo en las pajas. Sólo le bajó las
-riendas. Los mansos animales ni se movían de su puesto.
-
-Mariano Rosas invitó á todo el mundo á sentarse.
-
-Nos sentamos, pues, sobre el pasto humedecido por el rocío de la noche,
-sin que nadie tendiera poncho, ni carona, cruzando las piernas á la
-turca.
-
-Mariano Rosas me cedió á su lenguaraz José; colocóse éste entre él y
-yo, y el parlamento empezó.
-
-Yo estaba bajo la influencia desagradable de las revelaciones que me
-habían hecho y fastidiado con la pretensión rechazada de que saludara
-al padre Burela.
-
-Apoyé los codos en las rodillas, y ocultando la cara entre las manos,
-me dispuse á escuchar el discurso inaugural de Mariano Rosas.
-
-El lenguaraz me previno que todavía no empezaba á hablar conmigo.
-
-El cacique general tomó la palabra y habló largo rato, unas veces con
-templanza, otras con calor, ya bajando la voz hasta el punto de no
-percibirse los vocablos, ya á gritos; ora accionando, con la vista fija
-en tierra, ora mirando al cielo. Por momentos, cuando su elocuencia
-rayaba, sin duda, en lo sublime, sacudía la cabeza y estremecía el
-cuerpo como poseído de un ataque epiléptico.
-
-Las palabras: _Presidente_, _Arredondo_, _Mansilla_, _yeguas_,
-_achúcar_, _yerba_, _tabaco_, _plata_ y otras castellanas que los
-indios no tienen, flotaban entre la peroración á cada paso.
-
-Los oyentes aprobaban y desaprobaban alternativamente.
-
-Cuando aprobaban, el orador bajaba la voz; cuando desaprobaban, gritaba
-como un condenado.
-
-Terminado el discurso inaugural, en medio de entusiastas
-manifestaciones de aprobación, llegó el turno del debate.
-
-El cacique empezó por invocar á Dios.
-
-Me dijo que protegía á los buenos, y castigaba á los malos; me habló
-de la lealtad de los indios, de las _paces_ que en otras épocas habían
-tenido, que si habían fallado, no había sido por culpa de ellos; me
-hizo un curso sobre la libertad con que entre ellos se procedía; agregó
-que por eso había reunido los principales capitanejos, los indios más
-importantes por su fortuna ó por sus años para que dijesen si les
-gustaba el tratado, porque él no hacía sino lo que ellos querían; que
-su deber era velar por su felicidad; que él no les imponía jamás, que
-entre los indios no sucedía como entre los cristianos, donde el que
-mandaba, mandaba; y terminó pidiéndome leyera los artículos del tratado
-referentes á la donación trimestral de yeguas, etc., etc.
-
-Me disponía á contestar, cuando oí que le gritaban con desprecio al
-doctor Macías, que teniendo al hombro una escopeta, regalo mío á
-Mariano Rosas, se había confundido con su gente.
-
---¡Afuera! ¡afuera el _Doctor_!
-
-El pobre Macías agachó la cabeza, y resignado á su suerte se alejó de
-allí, siendo objeto de las risas y rechifles de los indios más ladinos
-y de algunos cristianos.
-
-Metí la mano al bolsillo, saqué mi libro de memorias; busqué en él el
-extracto del tratado de paz, y procurando imitar la mímica oratoria de
-la escuela ranquelina, tomé la palabra.
-
-Expliqué el tratado, punto por punto; hablé de Dios, del Diablo, del
-cielo, de la tierra, de las estrellas, del sol y de la luna; de la
-lealtad de los cristianos, del deseo que tenían de vivir en paz con los
-indios, de ayudarlos en sus necesidades, de enseñarles el trabajo,
-de hacerlos cristianos para que fueran felices, del Presidente de la
-República, del general Arredondo y de mí.
-
-Éste fué mi primer discurso.
-
-Es posible que entre cristianos me hubieran aplaudido.
-
-El efecto que produjo mi retórica y mi acción entre los bárbaros lo
-deduje viendo al indio que me robó los guantes en Quenque, los cuales
-se había puesto, dormido como una piedra á mi lado.
-
-Paturot fué más feliz que yo, la primera vez que de la noche á la
-mañana se vió convertido en orador republicano popular.
-
-Decididamente estamos destinados á recorrer una escala interminable de
-desengaños en la complicada travesía por este pícaro mundo.
-
-No hay más, digan lo que quieran ciertos fanáticos, ni un tonto
-será nunca un héroe, porque la palabra héroe, despertando la idea
-de grandeza, implica inteligencia; ni yo he nacido para orador
-ministerial, mucho menos entre los indios.
-
-
-
-
- XVII
-
- Repito la lectura de los artículos del tratado de paz.--Los indios
- piden más que comer.--Mi elocuencia.--Mímica.--Dificultades.--El
- recurso de un sermón de Viernes Santo me salva.--El representante
- de la _Liberté_ de Bruselas y yo.--Cargos mutuos.--Argumentos
- etnográficos.--Recursos oratorios.--En el banco de los
- acusados.--Interpelaciones _ad hominem_.--El traidor
- calla.--Redoblo mi energía é impongo con ella.--Se establece la
- calma.--Apéndice.--Once mortales horas en el suelo.
-
-
-Mariano Rosas me exigió que repitiera la lectura de los artículos
-que estipulaban la entrega de yeguas, hierba, azúcar, tabaco, etc.,
-diciéndome que quería que todos los indios se enterasen bien de la paz
-que se iba á hacer.
-
-Esta última frase, _que se iba á hacer_, dicha después de estar
-firmado, ratificado y canjeado el tratado de paz, era otra originalidad
-verdaderamente ranquelina.
-
-No una vez sino varias la había oído ya. Me hacía muy mal efecto.
-
-Las disposiciones de los indios en aquellos momentos, no eran las
-más favorables para obtener de ellos un triunfo oratorio; y la junta
-parecía que iba á tomar el carácter de un _meeting_, aprobatorio ó
-reprobatorio, de la conducta del Cacique.
-
-Lo deducía de que varias veces me había soltado esta frase: «recién voy
-á dar cuenta á mis indios de lo que hemos arreglado, y lo que ellos
-decidan, eso será lo que se haga.»
-
-Yo estaba prevenido desde la noche anterior.
-
-Accedí á la exigencia, leyendo otra vez los artículos del tratado que
-más preocupaban ó interesaban.
-
-Comer será siempre un capítulo primordial para la humanidad.
-
-Varias voces gritaron en araucano:
-
---¡Es poco! ¡Es poco!
-
-Lo comprendí porque ciertos cristianos repitieron la frase en
-castellano, con intención, apoyándola con repetidos ¡sí! ¡sí!
-
-Mariano Rosas, notando aquello, me echó un discurso sobre la pobreza de
-los indios, exigiéndome la entrega de más cantidad de yeguas, yerba,
-azúcar y tabaco.
-
-Contesté que los indios eran pobres porque no amaban el trabajo; que
-cuando le tomaran gusto se harían tan ricos como los cristianos, y que
-yo no podía comprometerme á dar más de lo convenido, que no era poco,
-sino mucho.
-
---¡Es poco! ¡es poco!--volvieron á gritar varios á una.
-
---Lo ve usted--me dijo Mariano Rosas, que no me trataba ya de
-hermano,--dicen que es poco.
-
---Lo veo--le contesté;--pero es que no es poco, al contrario, es mucho.
-
---¡Poco! ¡poco! ¡poco!--gritaron simultáneamente más voces que antes.
-
-Tomé la palabra, volví á leer los artículos del tratado estipulando la
-entrega de yeguas, etc., los comparé con lo que se les entregaba á las
-indiadas de Calfucurá, y probé que iban á recibir más que ellos.
-
---Díganme que no es cierto--exclamaba yo, viendo que nadie había
-contradicho mis demostraciones. Y aprovechando la coyuntura, fulminé
-mis rayos oratorios contra Calfucurá.
-
---Calfucurá--les dije,--ha roto la paz porque es un indio muy pícaro y
-de muy mala fe que no teme á Dios. Ha sabido que lo que hemos arreglado
-con Mariano Rosas para estas paces es más de lo que él recibe, y se
-ha vuelto á hacer enemigo de los cristianos, diciendo que los indios
-ranqueles son preferidos. Pero todo es para ver si consigue que le den
-lo mismo que estas indiadas van á recibir por el tratado de paz que ya
-hemos arreglado con mi hermano.
-
-Y al decir _mi hermano_, acentuaba la palabra cuanto podía y me dirigía
-á Mariano Rosas.
-
---Ya ven ustedes--gritaba con toda la fuerza de mis pulmones y mímica
-indiana, para que todos me oyeran y creyendo seducirles con mi
-estilo,--cómo los indios ranqueles son preferidos á los de Calfucurá.
-
-Mariano Rosas me preguntó, que cuántas yeguas se debían ya á los indios
-por el tratado.
-
-Quería decir que desde cuándo había empezado á tener fuerza.
-
-Como se ve, el tratado era y no era el tratado.
-
-Le contesté que el tratado obligaba á los cristianos desde el día en
-que el Presidente de la República le había puesto su firma al pie.
-
-Me contestó que él había creído que era desde el día en que me lo
-devolvió aprobado.
-
-Le contesté que no.
-
-Me preguntó que cuándo lo había firmado el Presidente de la República.
-
-Satisfice su pregunta, y entonces, haciendo sus cuentas, me dijo que ya
-se les debía tanto.
-
-Expliqué lo que antes le había explicado en Leubucó, lo que es el
-Presidente de la República, el Congreso y el Presupuesto de la Nación.
-Les dije que el Gobierno no podía entregar inmediatamente lo convenido,
-porque necesitaba que el Congreso le diera la plata para comprarlo, y
-que éste antes de darle la plata tenía que ver si el tratado convenía ó
-no.
-
-Eso era lo que en cumplimiento de órdenes recibidas debía yo explicar,
-como si fuera tan fácil hacerles entender á bárbaros lo que es nuestra
-complicada máquina constitucional.
-
-Pero por lo pronto, continué diciéndoles: Se va á entregar algo á
-cuenta, lo demás se completará cuando el Congreso apruebe el tratado.
-El Presidente de la República quiere manifestarles de ese modo á los
-indígenas su buena voluntad.
-
-Mientras yo hacía estas observaciones, me parecía que entre la manera
-de discurrir de los indios y la mía, había una perfecta similitud.
-
-Mariano Rosas, me decía para mis adentros, mientras mi lengua
-funcionaba, ha firmado el tratado, yo lo creía concluido, y ahora
-resulta que la junta lo puede anular. Pues es lo mismo que sucede con
-el Presidente y el Congreso.
-
-¿No es verdad que el caso era idéntico? Los extremos se tocan.
-
-Esperaba una interpelación de Mariano Rosas.
-
-Varios indios la hicieron antes que él.
-
---¿Y si el Congreso no aprueba el tratado--preguntaron,--ya no habrá
-paz?
-
-Ponte, Santiago amigo, en mi caso, y dime si no te habrías visto en
-figurillas como yo para contestar.
-
-Contesté que eso no sucedería, que el Congreso y el Presidente eran muy
-amigos, que el Congreso le había de aprobar lo que había hecho, que así
-hacía siempre; dándole toda la plata que necesitaba.
-
-Mariano Rosas me dijo:
-
---¿Pero el Congreso puede desaprobar?
-
-Yo no podía confesar que sí; me exponía á confirmar la sospecha de que
-los cristianos sólo trataban de ganar tiempo; recurrí á la oratoria y á
-la mímica, pronuncié un extenso discurso lleno de fuego, sentimental,
-patético.
-
-Ignoro si estuve inspirado.
-
-Debí estarlo ó debieron entenderme; porque noté corrientes de
-aprobación.
-
-La elocuencia tiene sus secretos.
-
-Yo me acuerdo siempre, en ciertos casos, cuando veo á la muchedumbre
-conmovida por la resonancia de una dicción eufónica, rimbombante,
-sonora, de un predicador catamarqueño.
-
-Predicaba un sermón de Viernes Santo.
-
-Un muchacho oculto en el fondo del púlpito se lo soplaba.
-
-Había llegado á lo más tocante, al instante en que el Redentor va
-á expirar ya ultimado por los fariseos. La agonía del mártir había
-empezado á arrancar lágrimas de los fieles, amargos sollozos vibraban
-en las bóvedas del templo.
-
-El predicador conmovido á su vez, iba perdiendo el hilo. Miró al fondo
-del púlpito; el muchacho se había dormido.
-
-Era imposible continuar hablando.
-
-Recurrió á la mímica.
-
-Cicerón lo ha dicho: _quasi sermo corporis_. Esta vez quedó probado.
-
-El dolor crecía como la marea. No había más que ayudar un poco para
-producir la crisis y completar el cuadro.
-
-Á falta de palabras, el orador apeló á sus brazos y á sus pulmones;
-accionaba y se estremecía dando ayes desgarradores.
-
-El auditorio sobreexcitado, jadeante, aturdido por sus propios gemidos,
-nada oía. Veía, sentía, calculaba que el predicador debía estar sublime
-y lo ahogaba con su lloro y sus lamentaciones.
-
-La sacra efigie inclinó la cabeza por última vez, una oleada de dolor
-estremeció á todo el mundo y el predicador desapareció.
-
-Últimamente en Bruselas, en un banquete de periodistas presidido por el
-rey Leopoldo, el más aplaudido de los oradores ha sido el representante
-de _La Liberté_ de París.
-
-Á los repetidos, que hable _La Liberté_, se puso de pie.
-
-Las luces, el vino, la penosa elaboración de la digestión de una comida
-opípara, la charla, habían ya producido en todos una especie de mareo.
-
-Era un rapaz vivo como él solo.
-
---Señores--dijo,--en presencia de _sa majesté_, ¡aplausos!
-
-No le dejaban continuar.
-
-Comenzó á mover la cabeza, á batir los brazos como remos, ¡aplausos!
-¡hurrahs!
-
---_Liberté!_--dijo,--¡más aplausos! ¡más hurrahs!
-
---_Egalité!_ ¡dobles aplausos! ¡dobles hurrahs!
-
---_Fraternité!_ ¡triples aplausos! ¡triples hurrahs!
-
-El orador deja de hablar, los aplausos, los hurrahs cesan por fin, y un
-éxito completo corona el triunfo de la pantomima sentimental sobre el
-arte ciceroniano.
-
-Hay resortes de los que no se debe abusar. Traté de no gastar los míos.
-
-Dejé la palabra, viendo que los oyentes estaban convencidos de que el
-Presidente y el Congreso no se habían de pelear por cuatro reales, ni
-por un millón, ni por cosas mayores.
-
-Mariano Rosas la tomó.
-
-Me preguntó con qué derecho habíamos ocupado el Río 5.º; dijo que esas
-tierras habían sido siempre de los indios, que sus padres y sus abuelos
-habían vivido por las lagunas de Chemecó, la Brava y Tarapendá, por
-el cerrillo de la Plata y Langheló; agregó que no contentos con eso
-todavía, los cristianos querían _acopiar_ (fué la palabra de que se
-valió) más tierra.
-
-Estas interpelaciones y cargos hallaron un eco alarmante.
-
-Algunos indios estrecharon la rueda, acercándose á mí para escuchar
-mejor lo que contestaba.
-
-Me pareció cobardía callar contra mis sentimientos y mi conciencia,
-aunque el público se compusiera de bárbaros.
-
-Siempre con los codos en los muslos y la cara entre las manos, fija la
-mirada en el suelo, tomé la palabra y contesté:
-
-Que la tierra no era de los indios, sino de los que la hacían
-productiva trabajando.
-
-No me dejó continuar, é interrumpiéndome, me dijo:
-
---¿Cómo no ha de ser nuestra cuando hemos nacido en ella?
-
-Le contesté que si creía que la tierra donde nacía un cristiano era de
-él; y como no me interrumpiera proseguí:
-
---Las fuerzas del Gobierno han ocupado el Río 5.º para mayor seguridad
-de la frontera; pero esas tierras no pertenecen á los cristianos
-todavía; son de todos y no son de nadie; serán algún día de uno, de dos
-ó de más, cuando el Gobierno las venda, para criar en ellas ganados,
-sembrar trigo, maíz.
-
-¿Usted me pregunta con qué derecho acopiamos la tierra?
-
-Yo les pregunto á ustedes ¿con qué derecho nos invaden para acopiar
-ganados?
-
---No es lo mismo--me interrumpieron varios;--nosotros no sabemos
-trabajar; nadie nos ha enseñado á hacerlo como á los cristianos, somos
-pobres, tenemos que ir á malón para vivir.
-
---Pero ustedes roban lo ajeno--les dije,--porque las vacas, los
-caballos, las yeguas, las ovejas que se traen no son de ustedes.
-
---Y ustedes los cristianos--me contestaron,--nos quitan la tierra.
-
---No es lo mismo--les dije:--primero, porque nosotros no reconocemos
-que la tierra sea de ustedes, y ustedes reconocen que los ganados que
-nos roban son nuestros; segundo, porque con la tierra no se vive, es
-preciso trabajarla.
-
-Mariano Rosas observó:
-
---¿Por qué no nos han enseñado ustedes á trabajar, después que nos han
-quitado nuestros ganados?
-
---¡Es verdad! ¡es verdad!--exclamaron muchas voces, flotando un
-murmullo sordo por el círculo de cabezas humanas.
-
-Eché una mirada rápida á mi alrededor, y vi brillar más de una cara
-amenazante.
-
---No es cierto que los cristianos les hayan robado á ustedes nunca sus
-ganados--les contesté.
-
---Sí, es cierto--dijo Mariano Rosas;--mi padre me ha contado que en
-otros tiempos, por las Lagunas del Cuero y del Bagual había muchos
-animales alzados.
-
---Eran de las estancias de los cristianos--les contesté.--Ustedes son
-unos ignorantes que no saben lo que dicen; si fueran cristianos, si
-supieran trabajar, sabrían lo que yo sé; no serían pobres, serían ricos.
-
-Oigan, bárbaros, lo que os voy á decir:
-
-Todos somos hijos de Dios, todos somos argentinos.
-
---¿No es verdad que somos argentinos?--decía mirando á algunos
-cristianos; y esta palabra mágica, hiriendo la fibra sensible del
-patriotismo, les arrancaba involuntarios:--Sí, somos argentinos.
-
-Y ustedes también son argentinos, les decía á los indios. ¿Y si no, qué
-son? les gritaba; yo quiero saber lo que son.
-
-¿Contéstenme, díganme, qué son?
-
-¿Van á decir que son indios?
-
-Pues yo también soy indio.
-
-¿Ó creen que soy _gringo_?
-
-Oigan lo que les voy á decir:
-
-Ustedes no saben nada, porque no saben leer; porque no tienen libros.
-Ustedes no saben más de lo que les han oído á su padre ó á su abuelo.
-Yo sé muchas cosas que han pasado antes.
-
-Oigan lo que les voy á decir para que no vivan equivocados.
-
-Y no me digan que no es verdad lo que están oyendo; porque si á
-cualquiera de ustedes le pregunto cómo se llamaba el abuelo de su
-abuelo no me sabrían dar razón.
-
-Pero los cristianos sabemos esas cosas.
-
-Oigan lo que les voy á decir:
-
-Hace muchísimos años que los _gringos_ desembarcaron en Buenos Aires.
-
-Entonces los indios vivían por ahí donde sale el sol, á la orilla de
-un río muy grande; eran puros hombres los _gringos_ que vinieron, y no
-traían mujeres; los indios eran muy zonzos, no sabían andar á caballo,
-porque en esta tierra no había caballos; los _gringos_ trajeron la
-primer yegua y el primer caballo, trajeron vacas, trajeron ovejas.
-
-¿Qué están creyendo ustedes?
-
-Ya ven cómo no saben nada.
-
---No es cierto--gritaron algunos,--lo que está diciendo ese.
-
---No sean bárbaros, no me interrumpan, óiganme--les contesté, y
-proseguí:
-
-Los _gringos_ les quitaron sus mujeres á los indios, tuvieron hijos en
-ellas, y es por eso que les he dicho que todos los que han nacido en
-esta tierra son indios, no _gringos_.
-
-Óiganme con atención.
-
-Ustedes eran muy pobres entonces, los hijos de los _gringos_, que son
-los cristianos, que somos nosotros, indios como ustedes, les hemos
-enseñado una porción de cosas. Les hemos enseñado á andar á caballo, á
-enlazar, á bolear, á usar poncho, chiripá, calzoncillos, bota fuerte,
-espuela, chapeado.
-
---No es cierto--me interrumpió Mariano Rosas;--aquí había vacas,
-caballos y todo antes que vinieran los _gringos_, y todo era nuestro.
-
---Están equivocados--les contesté;--los _gringos_, que eran los
-españoles, trajeron todas esas cosas. Voy á probárselo:
-
-Ustedes le llaman al caballo _cauallo_, á la vaca _uaca_, al toro
-_toro_, á la yegua _yegua_, al ternero _ternero_, á la oveja _oveja_,
-al poncho _poncho_, al lazo _lazo_, á la hierba _hierba_, al azúcar
-_achúcar_ y á una porción de cosas lo mismo que los cristianos.
-
-¿Y por qué no les llaman de otro modo á esas cosas?
-
-Porque ustedes no las conocían hasta que las trajeron los _gringos_. Si
-las hubieran conocido les habrían dado otro nombre.
-
-¿Por qué le llaman al hermano _peñi_?
-
-Porque antes de que vinieran los padres de los cristianos ustedes ya
-sabían lo que era hermano.
-
-¿Por qué le llaman á la luna _quién_, y no luna, como los cristianos?
-Por la misma razón. Porque antes de que vinieran los _gringos_ á
-Buenos Aires, ya la luna estaba en el cielo y ustedes la conocían.
-
-No pudiendo Mariano refutar esta argumentación etnológica, me contestó
-irritado:
-
---¿Y qué tiene que ver todo eso con el tratado de paz? ¿Cuándo yo le he
-preguntado esas cosas para que me las diga?
-
---¿Y qué tienen que ver las preguntas que usted me ha hecho con el
-tratado de paz que ya está firmado por usted? ¿Acaso he venido á la
-junta para que lo aprueben? Ya está aprobado por usted y lo tiene que
-cumplir.
-
---¿Y ustedes lo cumplirán?--me contestó.
-
---Sí, lo cumpliremos--repuse:--porque los cristianos tenemos palabra de
-honor.
-
---Dígame, entonces, si tienen palabra de honor--repuso,--¿por qué
-estando en paz con los indios, Manuel López hizo degollar en el Sauce
-doscientos indios? Dígame entonces si tienen palabra, ¿por qué estando
-en paz con los indios, su tío Juan Manuel Rosas mandó degollar ciento
-cincuenta indios en el cuartel del Retiro? (cito casi textualmente sus
-palabras).
-
---¡Que diga! ¡que diga!--gritaron varios indios.
-
-La junta empezaba á tomar todo el aspecto de la efervescencia popular,
-y yo de embajador, me convertía en acusado.
-
---Á mí no me pidan cuentas--les dije,--de lo que han hecho otros; el
-Presidente que ahora tenemos no es como los otros que antes teníamos.
-Yo también les pido á ustedes cuenta de las matanzas de cristianos que
-han hecho los indios siempre que han podido, y devolviéndole la pelota
-á Mariano Rosas, le pregunté:
-
---¿Qué tienen que hacer las degollaciones de López y de Rosas con el
-tratado de paz?
-
-No le di tiempo para que me contestara y proseguí:
-
---Ustedes han hecho más matanza de cristianos que los cristianos de
-indios.
-
-Inventé todas las matanzas imaginables, y las relaté junto con las que
-recordaba.
-
---¡Winca! ¡winca! ¡mintiendo!--gritaron algunos.
-
-Y en varios puntos del círculo se hizo como un tumulto.
-
-Era el peor de los síntomas.
-
-Varios de mis ayudantes se habían retirado guareciéndose bajo la sombra
-de un algarrobo.
-
-El sol quemaba como fuego, y hacía ya largas horas que la discusión
-duraba.
-
-Á mi lado no habían quedado más que los dos frailes franciscanos y el
-ayudante Demetrio Rodríguez.
-
-Viendo que la situación se hacía peligrosa, lo miré á mi compadre
-Baigorrita, que no había hablado una palabra, permaneciendo inmóvil
-como una estatua. No hallé su mirada.
-
-Busqué otras caras conocidas para decirles con los ojos: Aplaquen esta
-turba desenfrenada.
-
-Todas ellas estaban atónitas.
-
-Si me miraban no me veían.
-
---Es que--dijo Mariano Rosas,--los indios somos muy pocos y los
-cristianos muchos. Un indio vale más que un cristiano.
-
-Estuve por no contestar.
-
-Pero antes que arriar la bandera, exclamé interiormente: que me maten;
-pero me han de oir.
-
---No diga barbaridades, hermano--le contesté;--todos los hombres son
-iguales, lo mismo un cristiano que un indio, porque todos son hijos de
-Dios.
-
-Y dirigiéndome al padre Burela que, como el convidado de piedra de Don
-Juan Tenorio, presenciaba aquella escena turbulenta sin tener ni una
-mirada ni una palabra de apoyo para mí, dije:
-
---Que conteste ese venerable sacerdote, que se encuentra entre los
-indios en nombre de la caridad cristiana; que diga él, á quien el
-Gobierno y los ricos de Buenos Aires le han dado plata para que rescate
-cautivos, si no es cierto lo que acabo de decir.
-
-El reverendo no contestó, tenía la cara larga, caídos los labios, más
-abiertos los ojos que de costumbre, inflamada la nariz, sudaba la gota
-gorda y estaba pálido como la cera.
-
-¡Qué contraste hacía con el padre Marcos y el padre Moisés!
-
-Ellos no hablaban porque no podían hablar, nadie los interpelaba; pero
-en sus rostros simpáticos estaba impresa la tranquilidad evangélica,
-y la inquietud generosa del amigo que ve á otro comprometido en una
-demanda desigual.
-
---Que diga--continué,--el padre Burela, que no tiene espada, de quien
-ustedes no pueden desconfiar, si los cristianos aborrecen á los indios.
-
-El reverendo no contestó, su facha me hacía el efecto de un condenado.
-
-La voz de la conciencia, sin duda, le trababa la lengua al hipócrita.
-
---Que diga el padre Burela--proseguí,--si los cristianos no desean
-que los indios vivan tranquilos, todos juntos, renunciando á la vida
-errante, como viven los indios de Coliqueo cerca de Junín.
-
-El reverendo no contestó.
-
-En ese momento, sea que los caballos se espantaron; sea lo que se
-fuere, no puedo decir lo que hubo, sintióse algo parecido á un
-estremecimiento de la multitud. Lo confieso, temí una agresión.
-
-Redoblé mi energía y seguí hablando.
-
---Yo soy aquí--les dije,--el representante del Presidente de la
-República; yo les prometo á ustedes que los cristianos no faltarán
-á la palabra empeñada; que si ustedes cumplen, el Tratado de paz se
-cumplirá.
-
-Ustedes pueden faltar á sus compromisos; pero tarde ó temprano tendrán
-que arrepentirse; como les sucederá á los cristianos si los engañaran á
-ustedes.
-
-Yo no he venido aquí á mentir. He venido á decir la verdad y la estoy
-diciendo.
-
-Si los cristianos abusasen de la buena fe de ustedes, harían bien en
-vengarse de la falsía de ellos, así como si ustedes no me tratasen á
-mí y á los que me acompañan con todo respeto y consideración, si no me
-dejasen volver ó me matasen, día más, día menos, vendría un ejército
-que los pasaría á todos por el filo de la espada, por traidores; y en
-estas pampas inmensas, en estos bosques solitarios, no quedarían ni
-recuerdos ni vestigio de que ustedes vivieron en ellos.
-
-Camargo se acercó á mí en ese instante, y me dijo al oído:
-
---Hable de lo que se da por el Tratado, Coronel, hable de eso.
-
---¿Y qué más quieren--continué diciendo,--que hagan los cristianos? ¿No
-les van á dar dos mil yeguas para que se repartan entre los pobres;
-azúcar, hierba, tabaco, papel, aguardiente, ropa, bueyes, arados,
-semillas para sembrar, plata para los caciques y los capitanejos?
-
-¿Qué más quieren?
-
-Mariano Rosas tomó la palabra después de un largo silencio, y dijo:
-
---Ya estamos arreglados; pero queremos saber qué cantidad de cada cosa
-nos van á dar.
-
---Diga, hermano--agregó.
-
-Y, dirigiéndose á los indios:
-
---Oigan bien.
-
-Volví á hacer la enumeración de lo que se había de entregar según el
-Tratado.
-
-La calma se restablecía y la junta parecía tocar á su fin.
-
-Aproveché las buenas disposiciones que renacían para hacer presente, á
-fin de quitar todo motivo de resentimiento futuro:
-
-Que la paz no era hecha conmigo, que yo era un representante del
-Gobierno y un subalterno del general Arredondo, mi jefe, con cuyo
-permiso me hallaba entre los indios; que no creyesen si otro jefe me
-reemplazaba, que por eso la paz se había de alterar, que ese jefe
-tendría que cumplir el Tratado y las órdenes que el Gobierno le diera;
-que ellos estaban acostumbrados á confundir á los jefes con quienes se
-entendían con el Gobierno; que así, en ningún tiempo la desaparición
-mía de la frontera debía ser un motivo de queja, una razón para que se
-negaran á observar fielmente lo convenido; que cerca ó lejos tendrían
-siempre en mí un amigo que haría por el bien de ellos, si lo merecían,
-todo cuanto pudiera.
-
-Mariano Rosas se puso de pie, y con una sonrisa la más afable, me dijo:
-
---Ya se acabó, hermano.
-
-Nueve horas consecutivas los frailes y yo habíamos estado sentados en
-la misma postura y en el mismo lugar; cuando quisimos levantarnos, las
-piernas entumidas no obedecían.
-
-Para incorporarnos tuvimos que prestarnos mutua ayuda.
-
-Nos levantamos.
-
-Mariano Rosas me dijo que algunos indios de importancia querían
-conversar particularmente conmigo.
-
-Para conferencias estaba yo.
-
-¡Pero qué hacer!
-
-Accedí.
-
-Mi primer interlocutor fué el viejo de las muletas.
-
-Nos sentamos cara á cara en el suelo, nombramos nuestros respectivos
-lenguaraces y empezó la plática.
-
-El viejo era un conversador lo más recalcitrante.
-
-Me habló de sus antepasados, de sus servicios, de su ciencia y
-paciencia, de las leguas que había galopado para venir á la junta, de
-este mundo y el otro, en fin, y cuando yo creía que me iba á decir que
-había tenido muchísimo gusto en conocerme, me salió con esta pata de
-gallo:
-
---He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me
-ha gustado.
-
---Pues estoy fresco--dije para mi capote.--¿Si querrá éste armarme
-alguna gresca?
-
-Varios indios le habían formado rueda, asintiendo á lo que acababa de
-decir.
-
-Tomé la palabra y le contesté:
-
---Que me alegraba mucho de haberle conocido; que sentía infinito que
-un anciano tan respetable como él, tan lleno de experiencia y de
-servicios, tan digno del aprecio de los indios, se hubiera incomodado
-en venir desde tan lejos para verme, que cuando fuera de paseo al Río
-4.º tendría mucho gusto en alojarlo en mi casa y regalarlo, y que ahora
-que la paz estaba hecha y que iban á recibir tantas cosas--las enumeré
-todas,--todos debíamos mirarnos como hijos de un mismo Dios.
-
-El indio reprodujo al pie de la letra todo lo que me había dicho
-anteriormente, y acabó con la muletilla:
-
---He oído con atención todas las razones de usted y ninguna de ellas me
-ha gustado.
-
-Hice lo mismo que él: reproduje mi contestación.
-
-Así estuvimos larguísimo rato. Nueve veces dijo él lo mismo, nueve
-veces le contesté yo lo mismo también.
-
-Cedió el viejo.
-
-En pos de él vinieron otros personajes; con todos tuve que hablar,
-todos me dijeron casi la misma cosa y á todos les contesté casi la
-misma cosa también.
-
-Dios se apiadó de mí; y después de once mortales horas inolvidables,
-como jamás las he pasado ni espero volverlas á pasar en lo que me resta
-de vida, me vi libre de gente incómoda.
-
-Aquel día valió por todos los otros, y eso que no he hecho sino pintar
-á brocha gorda el cuadro. Para iluminarlo con todos sus colores habría
-tenido necesidad del marco de un libro entero.
-
-Estaba harto y cansado; me eché sobre la blanda hierba, y me quedé
-pensativo un rato viendo á los indios desparramarse como moscas en
-todas direcciones y desaparecer veloces como la felicidad.
-
-
-
-
- XVIII
-
- Revelación.--Más había sido el ruido que las nueces.--Nuevas
- presentaciones.--El último abrazo y el último adiós de mi compadre
- Baigorrita.--Otra vez adiós.--Mariano Rosas después de la junta.--¡Qué
- dulce es la vida lejos del ruido y de los artificios de la
- civilización!--Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los
- bárbaros la medida de la civilización.--Una mujer azotada.--No era
- posible dormir tranquilo en Leubucó.
-
-
-Mientras arrimaban las tropillas, descansaba y pensaba en el extraño
-concilio á que acababa de asistir, estaba completamente abstraído
-cuando se me presentó mi compadre Baigorrita.
-
-Después de haberlo acompañado á Mariano Rosas cierta distancia, por
-el camino de Leubucó, volvía sobre sus pasos con la intención de ir á
-dormir en Quenque.
-
-Llegó donde yo estaba, echó pie á tierra, se sentó á mi lado y me hizo
-decir con San Martín.
-
-Que ya se iba, que no extrañase que no hubiera hablado en la junta en
-defensa mía, que no lo había hecho por los indios de Mariano, que si lo
-hubiese hecho habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que
-yo tenía mucha _razón en mis razones_, que los hombres de experiencia
-lo habían conocido, que ninguno lo había conocido mejor que Mariano
-Rosas, pero que había tenido que portarse así, porque si no, sus
-indios habrían dicho, que era más amigo mío que de ellos; que me fuera
-sin cuidado, que Mariano era mi amigo, que tenía confianza en mí, y que
-con él contara en todo tiempo para lo que gustara, que para qué nos
-habíamos hecho compadres entonces.
-
-Este lenguaje fué una revelación.
-
-Recién comencé á ver claro y explicarme la actitud indiferente,
-reconcentrada, ceñuda de mi compadre durante toda la junta. Á fuer de
-diplomático, que conoce perfectamente bien el terreno que pisa, había
-estado haciendo su papel.
-
-Más había sido el ruido que las nueces, según se ve.
-
-Faltaba averiguar si aquellos discípulos de Machiavello me habrían
-dejado sacrificar dado el caso que el _pueblo bárbaro_, exasperado por
-la razón de mis sinrazones, se me hubiera ido encima.
-
-Estaba impaciente de conversar con Mariano Rosas á ver si me hablaba
-con la misma franqueza de Baigorrita su aliado, á la vez que su rival
-en la justa pretensión de adquirir prestigios entre todas las indiadas.
-
-San Martín, completando el pensamiento de mi compadre, me dijo de su
-cuenta:
-
---Así son los indios, señor; y como Baigorrita es cacique principal,
-tiene que tener mucho cuidado con Mariano; los indios son muy
-desconfiados y celosos; para andar bien con ellos, es preciso no
-aparecer amigos de los cristianos.
-
-Baigorrita le interrumpió y me hizo decir que ya era tarde, que quería
-ponerse en marcha.
-
-Mis tropillas acabaron de llegar; mandé mudar, la operación se hizo
-prontamente y un momento después abandonamos la raya.
-
-Ordené que mi séquito se fuera despacio por el camino de Leubucó, y
-con Camilo Arias y un asistente tomé para el Sud en compañía de mi
-compadre.
-
-Varios indios, entre ellos el de las muletas, le acompañaban. Me
-presentó á algunos que no me habían visitado en Quenque; tuve que
-sufrir sus saludos, apretones de manos, abrazos y pedidos, y en el
-sitio donde habíamos pasado la noche que precedió á la junta, nos
-dijimos ¡adiós!
-
-Conforme fué cordial la recepción de Baigorrita, así fué fría la
-despedida.
-
-Partimos al galope en opuestas direcciones.
-
-Silencioso, contemplando la verde sábana de aquellas soledades, dejaba
-que mi caballo se tendiera á sus anchas, cuando sentí un tropel á
-retaguardia. Sin sujetar di vuelta, vi un grupo de jinetes; entre ellos
-venía Baigorrita corriendo por alcanzarme.
-
-Hice alto, alguna novedad ocurría.
-
-Mi compadre llegó y San Martín me dijo:
-
---Dice Baigorrita, que viene á darle el último abrazo y el último
-¡adiós!
-
-Nos abrazamos, pues.
-
-El indio me estrechó con efusión, y al desapartarnos, tomándome
-vigorosamente la mano derecha y sacudiéndomela con fuerza, me dijo, con
-visible expresión de cariño: ¡adiós! ¡compadre! ¡amigo!
-
---¡Adiós! ¡compadre! ¡amigo!--le contesté, y volvimos á separarnos.
-
-Galopaba yo, apurando mi caballo por ver si alcanzaba mi gente antes de
-que se pusiera el sol, cuando un jinete me alcanzó.
-
-Era San Martín; lo mandaba Baigorrita á decirme otra vez adiós, me
-enviaba sus más fervientes votos de felicidad, me hacía presente que le
-había ofrecido otra visita, y para no desmentir en ningún momento que
-era indio, me pedía que le mandara unas espuelas de plata.
-
-Contesté á todo como debía, despaché al mensajero y seguí por el camino
-que acababa de tomar.
-
-Á poco andar me incorporé á mi gente. Adelante de ella iban varios
-indios desparramados.
-
-Entre ellos reconocí á Mariano Rosas, le acompañaba á la par su hijo
-mayor.
-
-Sintió el tropel de mis caballos, miró atrás, y al ver que era yo,
-sujetó.
-
---Buenas tardes, hermano--me dijo con marcada amabilidad.
-
-Jamás le había visto un aire tan amistoso.
-
---Buenas tardes--le contesté con estudiosa sequedad.
-
---Cómo le ha ido--prosiguió, diciéndole á su hijo:
-
---Saca esas perdices para mi hermano.
-
-El hijo obedeció, y de unas alforjas sacó dos hermosas martinetas
-cocidas y una torta.
-
-Yo contesté:
-
---Me ha ido regular, hermano.
-
-Tomó las perdices y la torta y me las pasó, diciéndome:
-
---Coma, hermano.
-
-Su cara tenía una expresión de malicia particular; parecía que el indio
-se reía interiormente.
-
-Tomé las perdices, le pasé una, y media torta á los frailes, y el resto
-lo partí con él.
-
-Íbamos al trote masticando sin hablar.
-
---Galopemos--me dijo.
-
---No, mis caballos están pesados, no tengo apuro en llegar; galope
-usted si tiene prisa--le contesté.
-
---¿Qué le ha parecido la junta?--me preguntó.
-
---¿Qué me ha parecido?--repuse, fijando en él mis ojos, como
-diciéndole: Ya lo calculará usted.
-
-Me entendió y dijo:
-
---Con estos indios se precisa mucha paciencia, es preciso conocerlos
-bien, son muy desconfiados, en cuanto ven que uno es amigo de los
-cristianos, ya piensan que los engañan. ¡Los han traicionado tantas
-veces! Ya ve cómo ha estado su compadre Baigorrita.
-
---¿Pero de mí, qué podían temer?--le contesté.
-
---Nada, de usted nada.
-
---¿Y entonces?
-
---Pero si yo hubiera aprobado todas sus razones, quién sabe qué
-hubieran dicho.
-
---¿Y si me hubiesen insultado, ó me hubieran querido matar?
-
---¡Cuándo!--fué toda su respuesta.
-
-Y esto diciendo, se tendió al galope, añadiendo:
-
---Bueno, hermano, hasta luego, lo espero á comer.
-
---Bueno, hermano, ahorita no más estoy en Leubucó, voy á descansar un
-rato en la Aguada--le contesté.
-
-El sol se hundía del todo en la raya lejana: una ancha faja cárdena,
-resplandeciente, radiosa, teñía el horizonte y con su lumbre purpúrea,
-cambiante, hermosa, doraba las apiñadas nubes del Occidente, que, como
-encumbradas montañas movedizas coronadas de eternas nieves, se alzaban
-hasta el cielo á la manera de inmensas espirales y de informes figuras
-de inconmensurable grandor.
-
-El seco aquilón plegaba sus alas; las mansas y apacibles auras
-jugueteaban galanas, refrescando la frente del viajero; el pasto
-ondulaba como el irritado mar en sus profundidades insondables después
-de la tempestad; las silvestres flores se erguían sobre su flexible
-tallo, pintando los campos con colores vivaces; un perfume suavísimo,
-delicado, imperceptible como la confusa reminiscencia del primer ósculo
-de amor, vagaba envuelto entre las brisas embriagadoras.
-
-Los últimos rayos solares refractándose en la atmósfera, envolvían
-la tierra con el poético manto crepuscular; la moribunda luz del día
-confundiéndose con las místicas sombras de la noche le abrían el paso á
-la celeste viajera.
-
-La luna brillaba ya entre tremulantes estrellas, como casta matrona
-de plateados cabellos entre púdicas doncellas de rubia faz, cuando
-llegábamos al borde de una lagunita, en cuyo espejo cristalino
-innumerables aves acuáticas piaban en coro.
-
-Hicimos alto, mandé mudar caballos, y sediento de reposo, me tendí
-sobre las blandas pajas, haciendo de mis brazos cruzados cómoda
-almohada.
-
-¡Qué dulce es la vida, lejos del ruido y de los artificios de la
-civilización!
-
-¡Ay! una hora de libertad por los campos es un placer salvaje que yo
-trocaría mañana mismo por un día entero de esta existencia vertiginosa.
-
-Mientras ensillaban pensé en los sucesos del día, y, francamente, los
-indios me trajeron á la memoria lo que pasa en los parlamentos de los
-cristianos.
-
-Mariano Rosas y Baigorrita, como dos jefes de partido, tenían el
-terreno preparado, la votación segura; pero uno y otro antes de imponer
-su voluntad habían lisonjeado las preocupaciones populares.
-
-¿No es esto lo que vemos todos los días?
-
-La paz y la guerra, ¿no se resuelve así?
-
-¿El pueblo no tolera todo, hasta que se juegue su destino, con tal que
-se le deje gritar un poco?
-
-¿No hacen presidentes, gobernadores, diputados en nombre de ciertas
-ideas, de ciertas tendencias, de ciertas aspiraciones, y las
-camarillas, no hacen después lo que quieren y las muchedumbres no
-callan?
-
-¿No pretende que lo gobierne la justicia y no lo gobierna eternamente
-esa inicua inmoralidad, que los políticos sin conciencia llaman la
-_razón de estado_?
-
-¿Pasa otra cosa en el mundo civilizado?
-
-Mariano Rosas, después de haber resuelto la paz, acusándome en público
-de las matanzas de López y de Rosas; Baigorrita dominado por la misma
-idea, silencioso, irresoluto en presencia de la multitud, ¿no hacían
-el mismo papel de Napoleón III proclamando: _el imperio es la paz_, al
-mismo tiempo que se armaba hasta los dientes?
-
-¿No mentían?
-
-¿No hacían lo mismo que los que en nombre de la Constitución y de las
-leyes, de la civilización y de la humanidad arman al pueblo contra el
-pueblo?
-
-¿No mentían?
-
-¿No hacían lo mismo que los que después de haber sostenido que el
-pueblo tiene el derecho de equivocarse se han rebelado contra él,
-porque tuvo la energía de inmolar uno de sus tiranos?
-
-¿No mentían?
-
-Mariano Rosas y Baigorrita, declarando en una junta, después de haber
-firmado el tratado de paz, que harían lo que la mayoría resolviese, ¿no
-imitaban á los que más de una vez han declarado en nuestros Congresos
-lo contrario de lo que habían convenido con el extranjero?
-
-¡Cuánto he aprendido en esta correría!
-
-Si me hubieran dicho que los indios me iban á enseñar á conocer la
-humanidad, una carcajada homérica habría sido mi contestación.
-
-Como Gulliver en su viaje á Liliput, yo he visto al mundo tal cual es
-en mi viaje á los Ranqueles.
-
-Somos unos pobres diablos.
-
-Los enanos nos dan la medida de los gigantes y los bárbaros la medida
-de la civilización.
-
-Resta saber si seríamos más felices poniendo en la silla curul de
-nuestros magnates, pigmeos, y cambiando el coturno francés por la bota
-de potro.
-
-Los héroes prueban tan mal y la moda es tan tiránica en sus
-imposiciones, que vale la pena de meditar sobre las ventajas y las
-consecuencias de una revolución social.
-
-De todos modos, nuestros ídolos de ayer no resisten á la crítica; son
-como los ranqueles, capaces de engañar al más pintado.
-
-Por esos trigales de Dios iban mis reflexiones, en el instante en que
-Calixto Oyarzábal, acercándoseme, me dijo:
-
---Ya está el caballo, señor.
-
-Me levanté: á caballo, grité y diciendo y haciendo monté y tomé al
-galope la gran rastrillada de Leubucó, entrando luego en el monte.
-
-El cielo se encapotaba; caíamos á un descampado pantanoso; unas
-lucecitas fugaces, macilentas, aparecían y desaparecían; creía llegar á
-ellas, y se alejaban de mí como rápidas mariposas. Eran las emanaciones
-de la tierra; cruzábamos un cementerio de indios y estábamos á las
-puertas de la toldería de Mariano Rosas.
-
-Llegamos.
-
-Me esperaban con la comida pronta y con música. Comí, soporté al negro
-del acordeón una vez más, y viendo que mi presunto compadre Mariano
-estaba muy bien templado, le pedí la libertad del Dr. Macías.
-
-Me contestó que sí.
-
-Veremos después lo que vale el sí de un indio.
-
-Me despedí, salí del toldo, me senté al lado del fogón de los
-asistentes, y aunque no tenía sueño, me quedé dormido.
-
-Unos ladridos de perro me despertaron.
-
-En el toldo de Mariano Rosas se oían gritos de mujer.
-
-Me acerqué ocultándome.
-
-El cacique había castigado á una de sus mujeres, quería castigar á otra
-y el hijo se oponía, amenazando al padre con un puñal si tocaba á la
-madre.
-
-Era una escena horrible y tocante á la vez.
-
-Habían bebido, el toldo era un caos, las mujeres y los perros se
-habían refugiado en un rincón, los indiecitos y las chinitas desnudas
-lloraban, y un fogón expirante era toda la luz.
-
-Mariano Rosas rugía de cólera.
-
-Pero retrocedía ante la actitud del hijo protector de la madre.
-
-Según se dijo al día siguiente, era muy capaz de haber muerto al padre,
-si no se hubiera contenido, para que se vea que, hasta entre los
-bárbaros, el ser querido que nos ha llevado en sus entrañas, que nos
-ha amamantado en su seno y nos ha mecido en su regazo es un objeto de
-culto sagrado.
-
-Me acosté con la intención y la esperanza de dormir.
-
-Pero estaba de Dios que en Leubucó las noches habían de ser toledanas
-para mí.
-
-Cuando conciliaba el sueño, una serenata de acordeón con negro y todo,
-presidida por los cuatro hijos de Mariano Rosas, _achumados_ á cual
-más, me despertó.
-
-Fué en vano resistir.
-
-Hubo cohetes y aguardiente como para que los _yapaí_ duraran un buen
-rato.
-
-Yo en lugar de beber, hacía el ademán y derramaba el nauseabundo
-líquido por donde caía.
-
-Al fin se _remató_ la impertinente chusma y me escurrí, pasando el
-resto de la noche sin novedad.
-
-
-
-
- XIX
-
- La paz estaba definitivamente hecha.--El Doctor Macías.--Gotas
- maravillosas.--Padre é hijo indios.--Lo pido á Macías.--Visita á
- Epumer.
-
-
-Las paces estaban definitivamente hechas.
-
-El sufragio popular les había puesto su sello soberano en la junta.
-
-Las sospechas habían desaparecido.
-
-Yo era mirado ya como un indio.
-
-Numerosas visitas llegaban á saludarme.
-
-El viento de Leubucó me era favorable.
-
-Los intrigantes, corridos y avergonzados, solicitaban mi perdón con
-estudiadas sonrisas y amabilidades.
-
-Fingí que no me había apercibido de sus manejos; estaba en tierra
-diplomática, y reservé el castigo para la oportunidad debida.
-
-El Dr. Macías me preocupaba.
-
-Su espíritu abatido por las humillaciones y padecimientos que había
-sufrido durante dos años, nada esperaba de los hombres.
-
-Como el náufrago que después de haber luchado brazo á brazo con la
-muerte, viendo venir la onda irritada que va á tragarle y sumergirle en
-las frías y tenebrosas cavernas del océano, hace un esfuerzo supremo y
-coge una tabla de salvación, que otros le arrebatan desesperados en el
-instante mismo en que la barca del arrojado pescador viene en su ayuda,
-así es la vida.
-
-Las penas secan los ojos, las ingratitudes hielan el corazón; los
-desengaños matan las últimas ilusiones; parecemos momias ambulantes,
-descendiendo marcialmente sin consuelo por los obscuros escalones de la
-eternidad, y sin embargo, algo nos estremece y nos conforta aún á la
-manera de un sacudimiento galvánico, inefable: es la esperanza en Dios.
-
-¡Ay de aquél que después de haber perdido la fe en todo, no conserva en
-su esqueleto un santuario siquiera para refugiar en él esa fe pura!
-
-Macías no creía que yo me atrevería á exigir su libertad; aunque no me
-lo decía, lo comprendía. Abatido por el infortunio, me confundía con
-los aduladores del cacique.
-
-Su actitud era digna; aprovechaba toda ocasión de manifestar que su
-existencia se hacía cada día más insoportable, pero no suplicaba.
-
-El desgraciado tenía impresas en su frente las huellas de un dolor
-punzante, reconcentrado; celaje de amargura; sus grandes ojos negros
-rasgados, vagaban inquietos, fijábanse á veces en tierra, y al
-recordar, sin duda, la dulce libertad perdida, brillaban cristalizados
-por comprimido lloro.
-
-Macías tiene cuarenta años; es hijo de una respetable familia de Buenos
-Aires y está enlazado á una joven de origen inglés.
-
-Su padre es un español conocido en este comercio.
-
-Imaginaos un árabe con gran nariz aguileña, de barba y cabello canos y
-tendréis su retrato.
-
-Sus primeros estudios los hizo en la escuela del señor don Juan A. de
-la Peña, donde yo le conocí.
-
-Después cursó las aulas universitarias, preparándose para entrar en la
-escuela de Medicina, de la que salió doctor.
-
-Su vida ha tenido grandes alternativas; ha sido médico, leñatero en
-las islas del Paraná é industrial en el Chaco, entre cuyos indios pasó
-algunos años voluntariamente. Hay algo de poético, de novelesco y
-misterioso en esta existencia, mas yo no debo descorrer el velo sino
-hasta aquí.
-
-Por muchísimos años, Macías y yo nos perdimos de vista; desde la última
-vez que nos vimos en la escuela de primeras letras, no nos habíamos
-vuelto á encontrar hasta el día de mi arribo á Leubucó.
-
-Macías había tenido el desgraciado talento de ponerse mal en Tierra
-Adentro con casi todos los que habían podido ayudarle á pasar los menos
-malos ratos posibles.
-
-Tiene un carácter extraño, indómito y dócil, firme y versátil á la vez.
-Es capaz de acometer una empresa arriesgada y no tiene valor personal.
-
-Estas dos últimas fases de su carácter explican su presencia entre los
-indios, sin ser cautivo, y su falta de prestigio entre ellos.
-
-Macías estaba en el Río 4.º por el año 1867.
-
-El coronel Elía, jefe de la frontera de Córdoba, había iniciado una
-negociación de paz con los indios.
-
-Se ofreció y partió con las credenciales correspondientes.
-
-Pero sea que el coronel Elía no estaba autorizado para negociar un
-tratado de paz, sea lo que fuera, el hecho es que el plenipotenciario
-fué abandonado á sus propios recursos y á su suerte.
-
-Por falta de tacto ó por falta de suerte, fatalidad que suele
-obscurecer las dotes más relevantes del hombre, burlar sus planes
-y desvanecer sus ilusiones unas tras otras, lo mismo que los
-vendavales deshojan los árboles más frondosos, Macías se convirtió de
-plenipotenciario en prisionero.
-
-Escribió y escribió; sus cartas no fueron contestadas. Hasta el soldado
-que en calidad de asistente le acompañaba, le abandonó.
-
-Sólo, sin sirviente ni medios de subsistencia, _maturrango_, ¿de qué
-había de vivir, ni cómo había de escaparse?
-
-Tuvo que aceptar el pan de los indios y de los cristianos refugiados
-entre ellos por causas políticas.
-
-Por debilidad, por falsos cálculos, por conveniencia, qué sé yo por
-qué, se vinculó á los últimos y riñó con ellos después.
-
-No le quedaba más arbitrio que apelar á los indios: se hizo amigo de
-Mariano Rosas.
-
-Mejoró de condición, y de prisionero se elevó á la categoría de
-_secretario_.
-
-Las primeras notas que yo recibí en el Río 4.º de aquel cacique, eran
-escritas por mi antiguo condiscípulo.
-
-Á la distancia le juzgué mal.
-
-Corrían tantas historias sobre los motivos que lo llevaron á los
-indios, que era muy difícil substraerse á la influencia de las
-sospechas populares.
-
-¿Quién resiste á los juicios de los conocidos sobre los desconocidos?
-
-¿Cuál es la cabeza bastante fuerte para despreciarlos, para esperar?
-
-¿El criterio que tenemos de la generalidad de las personas es acaso el
-resultado de nuestra observación directa?
-
-¿No amamos, no aborrecemos, no simpatizamos, no _antipatizamos_ por
-refracción?
-
-Una secretaría hace celosos en cualquier parte, lo mismo en París que
-en Berlín, en Buenos Aires que en Leubucó.
-
-Macías despertó la emulación de los cristianos.
-
-Temieron su ascendiente.
-
-Comenzaron á intrigarle y lo consiguieron.
-
-Yo, desde el Río 4.º contribuí sin intención dañina á su caída.
-
-Le juzgaba mal, ya he dicho por qué, y le escribí á Mariano Rosas, que
-el secretario que tenía no era bueno, que sus notas decían todo lo
-contrario de los recados que me llevaban sus mensajeros.
-
-El hecho era cierto.
-
-Lo que faltaba averiguar era: si Macías ponía lo que le mandaba ó no;
-si las contradicciones entre lo que me escribían y me decían, no eran
-gramática parda, diplomacia ranquelina.
-
-El tiempo, iniciándome en las cosas de Leubucó, me aclaró el misterio
-de todo.
-
-Macías cumplía al pie de la letra las órdenes que recibía, sus notas le
-eran leídas á Mariano Rosas por otros cristianos antes de salir de la
-Cancillería de Tierra Adentro.
-
-Macías cayó, pues, de la gracia y del favor.
-
-Los que viéndole de secretario le consideraban, le abandonaron, y los
-que ni por eso le habían considerado, redoblaron sus hostilidades.
-
-Tuvo que pasar por todo linaje de humillaciones, quedando agregado como
-uno de tantos al toldo del cacique.
-
-Dormía donde le tomaba la noche; comía donde le daban la limosna de una
-_tumba_ de carne; sus vestiduras eran pobrísimas.
-
-¡Desgraciado Macías!
-
-Cuando yo le vi, su traje consistía en una camisa sucia y rota, en
-unos calzoncillos de algodón ordinario y un chiripá de paño viejo
-colorado; un resto de sombrero cubría su frente y unas botas llenas de
-agujeros era todo su calzado. Sus pies estaban destrozados, sus manos
-encallecidas.
-
-En una bolsa de cuero de gato tenía todo su caudal, hilo, botones,
-piedritas, agujas, azúcar, hierbas medicinales, tabaco, hierba, papel,
-y envuelto en un trapito un relicario de oro de cuatro fases, con los
-retratos de sus padres y de sus dos hijos.
-
-¡Desgraciado Macías!
-
-¡Ah! imaginaos el efecto que me haría ver aquel hombre que había nacido
-bien, que había recibido educación, gozado de la vida y frecuentado la
-buena sociedad, reducido á aquella condición!
-
-¡Él mismo no lo comprendió!
-
-Me veía alegre, festivo, contento, fingiendo que todo cuanto me rodeaba
-me parecía óptimo, y me creía insensible al infortunio.
-
-Su corazón, atrofiado por el dolor, creía que el mío estaba seco.
-
-¡Desgraciado Macías!
-
-Los indios hablaban mal de él, le creían loco.
-
-Los cristianos lo mismo; contaban cosas horribles del pobre.
-
-Todos sus vicios se los atribuían á él.
-
-En tal situación escribió al Presidente de la República.
-
-No le contestaron.
-
-¿Cómo le habían de contestar?
-
-Sus cartas habían sido interceptadas y detenidas.
-
-Llamé al capitán Rivadavia y le mandé preguntar con él á Mariano Rosas
-si estaba visible.
-
-Me contestó que fuera cuando quisiese, que estaba por almorzar.
-
-Entré en su toldo.
-
-Su cara revelaba la agitación de la noche; estaba más pálido que de
-costumbre.
-
-Al verme entrar me dijo, sin cambiar de postura (estaba sentado al lado
-del fogón):
-
---Buenos días, hermano, dispense que no me pare, estoy medio enfermo.
-
-Me insinuó un asiento á su lado.
-
-Sentándome le contesté:
-
---Esté cómodo, hermano, ¿cómo ha pasado la noche?
-
---Mal--repuso, arrugando la frente como cuando un recuerdo mortificante
-nos asalta.
-
---¿Qué tiene?
-
---Me duele la cabeza.
-
---¿Quiere tomar un remedio muy bueno que yo traigo?
-
---Lo tomaré si usted lo conoce.
-
-Salí y volví al punto con un frasquito de _gotas_ maravillosas de la
-corona.
-
-Era todo mi botiquín.
-
-Abrí el frasquito, pedí un jarro de agua, lo derramé dejándole sólo dos
-dedos y eché en él sesenta gotas.
-
-Para que las bebiera sin aprensión, le dije:
-
---Vea--proseguí, y esto diciendo tomé un trago.
-
---Si no tengo recelo, hermano--me contestó,--y tomándome el jarro bebió
-hasta la última gota que contenía.
-
---Un poco amargo no más--dijo.
-
---Sí--repuse.
-
---¿Y ha descansado bien?
-
---Muy bien.
-
---¡Qué diablo de indios, eh!
-
---¡Hum! anduvo medio mal la cosa en la junta.
-
---¡Eh! no todos comprenden.
-
---¡Es cierto!
-
---Y su amigo, el padre Burela ¿por qué no le ayudó?
-
---No sé, estaba medio asustado, me parece.
-
-Se sonrió, como diciendo, «uno y medio», y acariciando á uno de sus
-hijos que se echó sobre sus rodillas, exclamó:
-
---¡Ese toro!
-
-Era el hijo que había defendido á la madre la noche antes.
-
---Tiene muy buena cara--le dije.
-
---Pero no es bueno, ya me ha querido matar,--repuso, mirando al hijo
-con una mezcla de complacencia y admiración.
-
-El indiecito entendía lo que su padre hablaba; pero no le prestaba
-atención.
-
-Se desperezó, bostezó, se levantó, habló en la lengua y salió
-_quebrándose_ como lo hacen sólo nuestros gauchos.
-
-Mariano le siguió con la vista hasta la puerta del toldo, y volvió á
-repetir:
-
---¡Toro, hermano!
-
---¿Cuántos años tiene?
-
---Debe tener...--me hizo la seña de doce con las manos.
-
---Es muy chico todavía.
-
---Pero es gaucho ya.
-
-Trajeron el almuerzo; era lo de siempre: puchero con choclos y zapallo,
-carne asada, de vaca y de yegua.
-
---Bueno, hermano--le dije,--yo pienso irme pronto para mandarle cuanto
-antes las raciones.
-
---Cuando quiera, hermano--me contestó;--yo no tengo ya sino un poquito
-que conversar con usted.
-
---Pienso irme dentro de dos días.
-
---Hablaremos mañana entonces.
-
---Está bien.
-
-Me lo voy á llevar á Macías.
-
-No me contestó; en su cara leí una negativa.
-
---Á usted no le sirve de nada aquí.
-
-Siguió callado.
-
---Es un pobre diablo--le dije.
-
---Mire, hermano--me contestó; iba á proseguir; unas visitas nos
-interrumpieron.
-
-Saludaron y se sentaron.
-
-Yo seguí almorzando, acabé, me levanté y diciéndole á Mariano: luego
-conversaremos, salí del toldo bastante contrariado.
-
-En seguida me fuí á visitar al cacique Epumer.
-
-Mariano Rosas me prestó su caballo.
-
-En el toldo de Epumer me recibieron con toda galantería.
-
-En un rincón, acurrucado como un tullido, estaba el espía de Calfucurá,
-que tanta curiosidad me dió en Quenque.
-
-Me vió entrar como á un perro.
-
-¿Qué hacía allí?
-
-
-
-
- XX
-
- Fama de Epumer.--Me esperaban en su toldo.--Recepción.--Indias
- y cristianas.--Pasteles y carbonada entre los
- Indios.--Amabilidades.--Celo apostólico del Padre Marcos.--Puchero de
- yegua.--Insisto en sacar á Macías.--Negativas.--Un indio teólogo.--Un
- espectro vivo.
-
-
-El toldo de Epumer distaba un cuarto de legua del de Mariano Rosas.
-
-No hay indio más temido que Epumer; es valiente en la guerra, terrible
-en la paz cuando está _achumado_.
-
-El aguardiente lo pone demente.
-
-Sea adulación, sea verdad, todos dicen que no estando malo de la cabeza
-es muy bueno.
-
-No tiene más que una mujer, cosa rara entre los indios, y la quiere
-mucho.
-
-Vive bien y con lujo; todo el mundo llega á su casa y es bien recibido.
-
-Á mí me esperaban hacía rato.
-
-El toldo acababa de ser barrido y regado; todo estaba en orden.
-
-Epumer estaba sentado en un asiento alto, de cueros de carnero y mantas.
-
-Enfrente había otro más elevado, que era el destinado para mí.
-
-Las chinas aguardaban de pie, con la comida pronta para servirla á la
-primera indicación.
-
-Las cautivas atizaban el fuego.
-
-Epumer se levantó, me estrechó la mano, me abrazó, me dijo que aquella
-era mi casa, me hizo sentar, y después que me senté se sentó él.
-
-Los demás circunstantes que eran todos _chusma_ agregada al toldo, no
-se sentaron hasta que Epumer se lo insinuó.
-
-La conversación rodó sobre las costumbres de los indios, pidiéndome
-disculpas de no poder obsequiarme, en razón de su pobreza, como yo lo
-merecía.
-
-Un cristiano bien educado, modesto y obsequioso, no habría hecho mejor
-el agasajo.
-
-Epumer me presentó su mujer, que se llamaba Quintuiner, sus hijas, que
-eran dos, y hasta las cautivas, cuyo aire de contento y de salud llamó
-grandemente mi atención.
-
---¿Cómo les va, hijas?--les pregunté á éstas.
-
---Muy bien, señor--me contestaron.
-
---¿No tienen ganas de salir?
-
-No contestaron y se ruborizaron.
-
-Epumer me dijo:
-
---Si tienen hijos y no les falta hombre.
-
-Las cautivas añadieron:
-
---Nos quieren mucho.
-
---Me alegro--repuse.
-
-Una de ellas exclamó:
-
---Ojalá todas pudieran decir lo mismo, _güeselencia_.
-
-Era una cordobesa.
-
-Epumer les indicó á su mujer y á sus hijas que se sentaran, y mandó que
-sirvieran la comida.
-
-Obedecieron.
-
-Estaban vestidas con lo más nuevo y rico que tenían.
-
-El _pilquén_ era de paño encarnado bastante fino; los collares y
-cinturones, las pulseras de pies y manos, de cuentas, los grandes aros
-en forma triangular y el alfiler de pecho redondo, de plata maciza
-labrada.
-
-La manta era, contra la costumbre, de pañuelo escocés de lana.
-
-Se habían pintado los labios y las uñas de las manos con carmín, se
-habían puesto muchos lunarcitos negros en las mejillas y sombreado los
-párpados inferiores y las pestañas.
-
-Estaban muy bonitas.
-
-La mujer de Epumer, sobre todo, me recordaba cierta dama elegantísima
-de Buenos Aires, que no quiero nombrar.
-
-¡Pues no faltaría más; compararla á ella, tan simpática y prestigiosa
-por la gracia y la belleza, por su carácter dulce, su talle flexible
-como el mimbre, su voz de soprano, que tan bien interpreta los acentos
-delicados de Campanna, con una china!
-
-Trajeron la comida, platos de loza, cubiertos, vasos y mantel.
-
-Empezamos por pasteles á la criolla. Una cautiva los había hecho.
-Aunque acababa de almorzar con Mariano, comí dos. Luego trajeron
-carbonada con zapallo y choclos. Epumer me dijo: que me habían buscado
-el gusto, que le habían preguntado á mi asistente lo que me gustaba. No
-pude rehusar y comí un plato. Estaba inmejorable; la carne era gorda,
-la grasa finísima.
-
-En seguida vino el asado, de cordero y de vaca, después puchero. El
-pan, eran tortas al rescoldo. El postre fueron miel de avispa, queso y
-maíz frito pisado con algarroba.
-
-Con la carbonada quedé repleto como un lego; rehusé de lo demás. Fué en
-vano. Me instaron y me instaron. Tuve que comer de todo.
-
-¡Pobres gentes! Á cada rato me decían: si no está bueno, dispense.
-Aquélla lo ha hecho--y señalaban á tal ó cual cautiva,--y ésta me
-miraba, como diciendo: Por usted nos hemos esmerado.
-
-¡Qué escena aquella! En medio del desierto, en la Pampa, entre los
-bárbaros, un remedo de civilización es cosa que hace una impresión
-indescriptible.
-
-El espía de Calfucurá, como un búho, observaba con inquieta mirada
-cuanto pasaba.
-
---¿Quién es ese?--le pregunté á Epumer.
-
---No le conozco--me contestó.
-
---Pues yo sí.
-
---Llegó hace un rato, tenía hambre y le hemos dado de comer.
-
---¿Y no le conocen ustedes?
-
---¡No!
-
---Es un pillo mentiroso.
-
---¡Y aquí, qué mal nos puede hacer un pobre!
-
-La contestación me avergonzó. El perro de Quenque estaba con el
-cuarterón. Me acordé de que aquel hombre tenía corazón, que era quizá
-más desgraciado que yo, y cambié de conversación.
-
-El espía me oyó hablar de él y no hizo más que lanzarme una mirada
-extraña y replegarse más y más sobre sí mismo.
-
-Saqué mi libro de memorias, les pregunté á Epumer y su familia qué
-querían que les mandara del Río 4.º y tomé nota de sus encargos.
-
-Bien poca cosa me pidieron; tela para pilquenes, hilo y agujas.
-
-Epumer me dijo que quería un chaleco de seda...
-
---¿Colorado?--le interrumpí.
-
---No--me contestó;--negro.
-
-Me levanté, me despedí, me acompañaron, violando los usos de la tierra,
-hasta el palenque, monté á caballo y partí.
-
-Á cierta distancia di la vuelta.
-
-Me seguían con la vista.
-
-Saludé con la mano, me contestaron con el pañuelo.
-
-Llegué al toldo de Mariano Rosas.
-
-Estaba sentado en la enramada, solo. Las visitas se habían retirado.
-
-Eché pie á tierra, até su caballo en el palenque, le di las gracias,
-pasando de largo, y me metí en mi rancho.
-
-Los franciscanos disfrutaban en santa paz las delicias de la siesta.
-
-El ruido que hice al entrar los despertó.
-
-Les conté mi visita al toldo de Epumer, discurrimos un rato sobre la
-franca y cordial hospitalidad que me había dispensado después de las
-escenas tumultuarias de los primeros días, y, por último, les comuniqué
-que había resuelto partir á los dos días.
-
-El padre Marcos me manifestó el deseo de quedarse, á ver si arreglaba
-lo concerniente á la fundación de la capilla de que hablaba el tratado
-de paz. No pareciéndome prudente su resolución, me opuse amistosamente
-á ella. Le hice algunas reflexiones con tal motivo, y el padre Moisés,
-deduciendo de ellas que mi negativa provenía de que no quería que
-su compañero se quedara solo, me observó que él le acompañaría,
-permaneciendo á su lado. Le tranquilicé viendo su generosa oferta;
-amplié las razones de mi negativa, y, finalmente, les dije que pensaran
-en hacer al día siguiente algunos bautismos.
-
-Al efecto le indiqué al padre Marcos fuera á hablar con Mariano Rosas,
-solicitando como cosa suya el permiso competente.
-
-Mandó ver con su asistente si estaba en disposición de recibirle y
-contestó que sí.
-
-Salió el Padre y entró en el toldo del Cacique, que acababa de recibir
-visitas.
-
-Detrás de él me fuí yo.
-
-Mariano Rosas le había sentado á su lado; le había concedido el permiso
-solicitado y le había rogado le bautizara su hija mayor, de la que yo
-sería padrino.
-
-Trajeron de comer.
-
-Era un puchero de carne de yegua.
-
---Padre--le dijo Mariano al buen franciscano,--para probarle que soy
-buen cristiano, y el gusto con que veo aquí unos hombres como ustedes,
-comamos en el mismo plato.
-
-Y esto diciendo puso entre él y el Padre uno que le daban en ese
-momento.
-
---Con mucho gusto--le contestó aquél.
-
-Y sin más preámbulo, empuñó el tenedor y el cuchillo y sin repugnancia
-alguna, comenzó á engullir la carne de yegua, como si hubiera sido
-bocado de cardenal.
-
-Yo rehusé comer, explicando el por qué, no lo atribuyeran á desaire.
-
-En la tierra, la costumbre es comer al cabo del día tantas veces
-cuantas hay ocasión.
-
-Algunas de las visitas eran conocidos. Entablé conversación con ellos.
-El padre Marcos por su parte, le hizo á Mariano Rosas una larga
-explicación de lo que significaba el bautismo, quien varias veces
-contestó: Ya sé. Le exigió que á la hijita que iban á bautizar la
-educara como cristiana, lo que le fué prometido; dejó de comer puchero
-cuando el plato dijo no hay más, y en seguida se despidió y salió.
-
-Yo me quedé en mi puesto, busqué una postura cómoda, la hallé acostado,
-dejé que Mariano Rosas hablara con sus visitas y me dormí.
-
-Cuando me desperté, el toldo estaba solo.
-
-Salí de él; Mariano había vuelto á la enramada, me senté á su lado y le
-dije:
-
---Hermano, y, ¿me lo llevo ó no á Macías?
-
---Entremos--me contestó, levantándose y dirigiéndose al toldo.
-
-Le seguí y entramos, cediéndome él el paso en la puerta.
-
-Nos sentamos.
-
-Tomó la palabra y habló así:
-
---Hermano, el _dotor_ es mejor que se quede.
-
---Usted me lo había cedido ya--le contesté.
-
---Es cierto; pero es mejor que se quede.
-
---¿Y el tratado de paz, hermano? ¿Usted olvida que Macías no es
-cautivo, que si me exige que lo saque, yo lo debo reclamar y que usted
-no me lo puede negar?
-
---Yo no se lo niego, hermano, le digo que se lo daré después.
-
---¿Y qué dirán en el Río 4.º los cristianos lo que sepan que vuelvo sin
-Macías? Dirán que no me he atrevido á reclamarlo, se quejarán y con
-razón. Usted me compromete, hermano.
-
-Macías entró en ese momento, con el intento de cruzar por el toldo.
-
-Mariano Rosas le miró airado, y con voz irritada le dijo _textualmente_:
-
---Donde conversa la gente no se entra. Salga.
-
-Macías retrocedió humillado, murmurando:
-
---Creía...
-
---¡Salga, dotor!--le repitió con énfasis, y el desdichado salió.
-
-Comprendí que alguien había influido en el ánimo del indio y me pareció
-de buena táctica no insistir mucho.
-
-Hice, empero, una insinuación final diciéndole con expresión:
-
---¿Y, hermano?
-
-Fijó sus ojos en los míos y me dijo _textualmente_:
-
---¡Hermano, el corazón de ese hombre es mío!
-
---¿Qué misterio hay aquí?--dije para mis adentros, y como no le
-contestara y siguiera mirándole, añadió _textualmente_:
-
---La conciencia de ese hombre es mía.
-
-Una mezcla de asombro y de temor por la vida de Macías me selló los
-labios.
-
-Se levantó el indio, tomó de sobre su cama el cajón del archivo, lo
-abrió, revolvió sus bolsitas, halló lo que quería, sacó de ella unos
-papeles y dándomelos, me dijo:
-
---¡Lea, hermano!
-
-Tomé los papeles, que eran manuscritos, abrí uno de ellos, reconocí la
-letra de Macías y leí.
-
-Era una larga carta dirigida al Presidente de la República.
-
-Macías le relataba cómo se hallaba entre los indios; pintaba con
-colores bastante animados su vida; daba una noticia de lo que eran los
-cristianos en Tierra Adentro; los comparaba con los indios, quedando
-aquéllos en peor punto de vista; y por último invocaba la protección
-del Gobierno para reivindicar su libertad perdida.
-
-La carta estaba mal redactada; Macías no escribe bien; pero tenía la
-elocuencia del dolor.
-
-Mientras yo leía, Mariano Rosas se limpiaba las uñas con el puñal.
-
-Acabé de leer la carta y le miré,--no me vió.
-
-Leí otro de los papeles, era otra carta, muy parecida á la anterior,
-dirigida al gobernador de Mendoza.
-
-Los otros papeles eran apuntes sin importancia, eran de un corazón
-lacerado por el infortunio.
-
-Terminada la lectura de todo el mamotreto, exclamé:
-
---¡Ya he concluido!
-
---¿Y, ha visto?
-
---Sí.
-
---¿Qué le parece?
-
---No hallo nada contra usted.
-
---¿Nada?
-
-Y esto diciendo me miró, como preguntándome: ¿me engaña usted?
-
---¡Nada! ¡nada!--repetí.
-
---¡Hermano!--me dijo con intención.
-
---Nada, hermano, le doy mi palabra.
-
-Y como no me contestara y no me quitara los ojos y le conociera que
-quería sondear mis pensamientos, agregué:
-
---Hermano, si alguien le ha dicho que estas cartas hablan mal de usted,
-lo ha engañado.
-
---Léamelas, hermano.
-
---¿Quiere más bien que venga el Padre y se las lea él?
-
---No, léamelas usted, hermano.
-
-Se las leí; la lectura duraría un cuarto de hora.
-
-Mientras leía le miré varias veces; tenía los ojos clavados en el suelo
-y la frente plegada.
-
-Cuando acabé de leer, le dije:
-
---¿Y qué dice ahora?
-
---Que ese hombre es un desagradecido. (Textual).
-
---¿Por qué, hermano?
-
---Porque habla mal de los cristianos que le han dado de comer.
-(Textual).
-
-Hice una composición de lugar con la rapidez del relámpago, y dije:
-
---Tiene usted razón, hermano; que se quede entonces.
-
---Sí--me contestó,--dos años más.
-
---El tiempo que usted quiera.
-
-Tomó los papeles, los puso en orden, los colocó en su bolsita, cerró el
-cajón y me dijo:
-
---Mañana bautizaremos á su ahijada.
-
---Está bien--le contesté, y salí, dándole las buenas tardes.
-
-Macías estaba á la puerta del rancho.
-
-Parecía un espectro.
-
-Nada había oído. Pero su corazón sabía lo que había pasado.
-
-El corazón de los que sufren suele ser profético; anticipándose al
-dolor, lo prolonga.
-
-Le miré sonriéndome por tranquilizarle, y exhalando un hondo suspiro,
-me dijo al pasar:
-
---Ya sé que te ha ido mal.
-
---Nunca es tarde, hombre, cuando la dicha es buena--le contesté.
-
-Meneó la cabeza como diciéndome: Me había engañado; y para acabar de
-tranquilizarle, agregué:
-
---Todavía no le he hablado.
-
-
-
-
- XXI
-
- Intrigas contra Macías.--Envidia de los cristianos.--Preparativos
- para el bautismo.--Animación de Leubucó.--Aspavientos de las
- madres.--Sentimiento que las dominaba.--El mal de este mundo es
- materia de religión.--Mi ahijada, la hija de Mariano Rosas.--De gala,
- con botas de potro de cuero de gato, y vestido de brocado.--Invencible
- curiosidad.--No puedo explicar lo que sentí.--Una cristalización en el
- cerebro.--Regalos recíprocos.--Pobre humanidad.
-
-
-Macías me inspiraba tanta lástima, que toda la noche soñé con él.
-
-Redimirlo del cautiverio, era para mí no sólo una obra de caridad, sino
-el cumplimiento de un deber.
-
-La paz estaba solemnemente hecha y Mariano Rosas obligado, por un
-tratado, á dejar en completa tranquilidad á todos los que, habiéndose
-refugiado en Tierra Adentro, quisieran volver á sus hogares.
-
-En cuanto amaneció llamé al capitán Rivadavia para tener una consulta
-con él.
-
-Era el único hombre que me inspiraba completa confianza. Había vivido
-más tiempo que yo entre los indios, haciéndome respetar de ellos y de
-los cristianos, que no es poco decir, y Mariano Rosas le tenía gran
-afición.
-
-Conocía las costumbres de los unos, las mañas de los otros, todos los
-títeres, en fin, de aquel mundo, donde el estudio del corazón humano es
-tan difícil como en cualquier otra parte.
-
-Si él no salvaba mis dudas, ¡quién las había de salvar!
-
-Le referí todo lo que había sucedido, cambiamos nuestras ideas y
-resultó que Macías era víctima de una nueva intriga.
-
-Mariano Rosas les había, sin duda alguna, comunicado sus conferencias
-conmigo á sus confidentes y éstos le habían disuadido de su resolución
-de cedérmelo.
-
-Había en esto represalias por parte de los que se creían ofendidos con
-los informes consignados en la correspondencia interceptada, egoísmo ó
-envidia.
-
-Los cristianos refugiados entre los indios por causas políticas,
-fingían toda la mayor conformidad. Otra cosa tenían en el fondo de su
-alma. La salida de Macías á quien tanto habían mortificado y ultrajado,
-haciéndole pagar caro el pedazo de carne que le daban, los contrariaba.
-
-Él se iba y ellos se quedaban. Ellos, que gozaban del favor del
-cacique, no podían volver al seno de su familia, y Macías, el loco
-Macías, de quien tantas veces se habían mofado, de quien todavía
-delante de mí se reían, ¡estaba á punto de romper las cadenas de su
-cautividad!
-
-Ellos eran libres y se quedaban, Macías no lo era y se marchaba.
-
-En verdad, sólo nobles corazones podían regocijarse de que un
-desgraciado sacudiera el ominoso yugo.
-
-Los galeotes reciben con júbilo al nuevo condenado y maltratan en
-vísperas de su salida al que ha cumplido la terrible condena.
-
-Mal de muchos consuelo de tontos, dice el refrán. Mal de muchos
-consuelo de ingratos, debiera decir.
-
-Era preciso aprovechar el día.
-
-Teníamos que bautizar una porción de criaturas, hijas de cristianos
-refugiados, de cautivas y de indios.
-
-Les recordé á los buenos franciscanos que no teníamos tiempo que
-perder; mandamos mensajeros en todas direcciones y se preparó el altar
-en el mismo rancho en que se había celebrado la misa el día antes.
-
-Poco á poco fueron llegando hombres y mujeres cristianos con sus hijos,
-indios é indias con los suyos.
-
-El toldo de Mariano Rosas era un jubileo.
-
-Reinaba verdadera animación; todo el mundo se había vestido de gala.
-Yo estaba encantado viendo aquellos infelices honrar instintivamente á
-Dios. Los frailes contentos como si se tratara de unos óleos regios.
-
-Cualquiera que hubiese llegado á aquellas comarcas ese día--sin estar
-en antecedentes,--se habría creído transportando á una tribu indígena
-convertida al cristianismo.
-
-Cuando todo estuvo pronto, se le mandó prevenir á Mariano Rosas,
-pidiéndole permiso para empezar, é invitándolo á presenciar la
-ceremonia.
-
-Contestó que podíamos dar comienzo cuando gustáramos y que no le era
-posible acompañarnos, porque en ese momento acababan de entrarle
-visitas.
-
-El rancho que hacía de capilla, era estrecho para contener la
-concurrencia. Con cada criatura venían los padres, sus parientes, sus
-amigos, los padrinos y madrinas.
-
-Los chiquillos estaban azorados. Todos ellos, lo mismo los grandes
-que los chicos, lloraban. El altar, los sacerdotes revestidos, las
-caras extrañas, el aire de solemnidad de los circunstantes, el empeño
-inusitado en que estuvieran con juicio ó callados, todo, todo les
-impresionaba. Las madres se volvían puros aspavientos. Ésta decía:
-¡Jesús, qué criatura! Aquélla: ¡Ay! ¡qué chiquilla! La una: ¡Qué
-vergüenza! La otra: ¡Cállate, por Dios! Acariciaban, reprendían,
-amonestaban, amenazaban, recurrían, en fin, á todos los ardides
-maternales para imponer silencio.
-
-¡Imposible! El destemplado coro seguía.
-
-Yo observaba aquella escena _sui géneris_, y al través de la parodia
-veía la tendencia humana hacia las cosas graves y solemnes.
-
-Esas pobres mujeres, andrajosas las unas, bastante bien vestidas
-las otras, cristianas unas, chinas otras, hacían allí, al pie
-del improvisado altar lo mismo que habrían hecho bajo las naves
-monumentales de una catedral.
-
-¿Qué sentimiento las dominaba? cuando llorosas ó radiantes de júbilo
-exclamaban, como varias veces lo escuché, viéndolas abrazar con efusión
-el fruto de sus entrañas: ¡al fin vas á ser cristiana, hija mía, hijo
-mío!
-
-Sí, ¿qué sentimiento las dominaba?
-
-¡Ah! un sentimiento innato al corazón humano.
-
-Un sentimiento que Voltaire mismo ha explicado en una frase célebre:
-
-«_Si Dieu n'existait pas, il faudrait l'inventer_».
-
-Si Dios no existiese sería menester inventarlo.
-
-Aquellas gentes, alejadas de la civilización quién sabe desde cuándo,
-desgraciadas ó pervertidas, resignadas á su suerte ó desesperadas,
-ignorantes, vulgares; aquellas mujeres cristianas en el nombre,
-aquellas chinas, aquellos indios sosteniendo en sus brazos sus hijos
-con recogimiento y devoción, comprendían por un instinto especialmente
-humano, que entre este mundo y el otro, entre esta vida y la otra,
-necesitamos un vínculo, y que ese vínculo es Dios, cualquiera que sea
-la forma en que le adoremos.
-
-El mal de este mundo no consiste en profesar una mala religión, sino en
-no profesar ninguna.
-
-¡Ah! y si la religión que se profesa es consoladora por su moral, si
-como una fuente inagotable de poesía, ella nos ofrece un refugio en las
-tribulaciones y una tabla de salvación en las últimas congojas de la
-vida, ¡qué bien inmenso no es creer, adorar y confiar en Dios!
-
-Con razón aquellas gentes estaban de fiesta y consideraban dichosos á
-sus hijos de que recibieran el bautismo.
-
-Cualquiera ceremonia que hubiese sido como la consagración de un culto,
-habría sido lo mismo.
-
-Bautizar treinta ó más criaturas una después de otra, era obra de
-todo el día. El ritual permitía, lo que yo ignoraba, administrar el
-sacramento en masa.
-
-Respiré.
-
-Mi ahijada no comparecía.
-
-Mandé decir á mi compadre que la esperábamos, y un instante después la
-pusieron en mis brazos.
-
-Era una chiquilla como de ocho años, hija de cristiana, trigueñita,
-ñatita, de grandes y negros ojos, simpática, aunque un tanto huraña.
-Lloró como una Magdalena un largo rato, haciendo llorar á otras
-criaturas cuyas lágrimas se habían aplacado y obligándonos á diferir el
-momento de empezar.
-
-Calmóse por fin y la sagrada ceremonia empezó. Resonaban los latines
-y los _Padre Nuestros_; mi ahijada permanecía en mis brazos, ora
-inquieta, ora tranquila. Me miraba, huía de mis ojos, se sonreía, hacía
-fuerzas, cedía; á mí me dominaba sólo una idea.
-
-La chiquilla había sido vestida con su mejor ropa, con la más lujosa;
-era un vestido de brocado encarnado bien cortado, con adornos de oro
-y encajes, que parecían bastante finos. Á falta de zapatos, le habían
-puesto unas botitas de potro, de cuero de gato. La civilización y la
-barbarie se estaban dando la mano.
-
-¿Qué vestido es ese? ¿de dónde venía? ¿quién lo había hecho? era todo
-mi pensamiento.
-
-Quería atender á lo que el sacerdote hacía y decía. ¡En vano!
-
-El vestido y las botas me absorbían. Examinaba el primero con minucioso
-cuidado. Estaba perfectamente bien hecho y cortado.
-
-Las mangas eran á lo María Estuardo. Aquello no era obra de modista
-de Tierra Adentro. Tampoco podía ser regalo de cristianos, ni tomado
-en el saqueo de una tropa de carretas, estancia, diligencia ó villa
-fronteriza. Entre nosotros ninguna niña se viste así.
-
-Mi curiosidad era sólo comparable á la incongruencia del traje y de las
-botas de potro.
-
-Era una curiosidad rara.
-
-Á veces me venía como un rayo de luz y me decía: Ya caigo, ese vestido
-viene de tal parte. No, no podía ser eso, era una extravagancia.
-
-Cuando me tocaba contestar _amén_, otro tenía que hacerlo por mí.
-Distraído, no veía sino el vestido, no pensaba sino en el contraste que
-formaban con él las botas.
-
-Á mi lado estaba un cristiano, agregado al toldo de Mariano Rosas, cuya
-cara de forajido daba miedo.
-
-Era uno de esos tipos repelentes, cuya simple vista estremece. Jamás me
-había dirigido la palabra, ni yo se la había dirigido á él.
-
-La curiosidad pudo más que la repugnancia que me inspiraba y le
-pregunté con disimulo:
-
---¿De dónde ha sacado mi compadre este vestido?
-
---¡Oh!--me dijo, con voz bronca y tonada cordobesa--, ése es el vestido
-de la Virgen de la Villa de la Paz.
-
---¿De la Virgen?--le pregunté, haciéndome la ilusión de que había oído
-mal, aunque el hombre pronunció la frase netamente.
-
---Sí, pues--repuso;--cuando la invasión que hicimos lo trajimos y lo
-dimos al General.
-
-Y esto diciendo, sostuvo á mi ahijada, que casi se me escapó de los
-brazos.
-
-Con unas pobres palabras humanas, yo no pude expresar el efecto extraño
-que hizo en mis nervios, la voz, el aire y la tonada de aquella
-revelación.
-
-No sentí lo que se siente en presencia de una profanación; no
-experimenté lo que se experimenta ante un sacrilegio; no me conmoví
-como cuando un sortilegio nos llena de estúpida superstición. Sentí
-y experimenté una impresión fenomenal, me conmoví de una manera
-diabólica, como en la infancia me imaginaba que se estremecía el diablo
-cuando le echaban agua bendita.
-
-Mi ahijada María, la hija de Mariano Rosas, está ligada á los recuerdos
-de mi vida, por una impresión tan singular, que su vestido y sus botas
-me hacen todavía el efecto de un _cauchemar_.
-
-Yo no puedo ya ver una Virgen sin que esos atavíos sarcásticos se
-presenten á mi imaginación. Tengo el retrato de mi ahijada como
-cristalizado en el cerebro, y el vozarrón del bandido que me sacó
-de dudas me zumba al oído todavía. Hay ecos inolvidables. Son como
-el rugido del mar cuando, silbando el viento, azota encrespado la
-pedregosa orilla. Se le oye una vez en la vida y no se le olvida jamás.
-
-Terminados los bautismos, el padre Marcos dirigió á las madres de los
-recién cristianizados un breve sermón, exhortándolas á educar á sus
-hijos en la ley de Jesucristo, único modo de que ganaran el cielo
-después de la muerte.
-
-Todos quedaron muy alegres y contentos y me agradecieron el favor que
-acababan de merecer, debido á mí.
-
---¡Ah! ¡si no fuera por usted, señor, qué habría sido de nosotras!--me
-dijeron varias mujeres.
-
-Yo fuí padrino de cuatro criaturas, inclusive la hija de Mariano Rosas.
-Poco tenía para obsequiar á mis ahijados y ahijadas. Pero como cuando
-hay deseo y buena voluntad nunca falta algo con qué manifestarlo, con
-todos ellos quedé bien.
-
-Deshicimos el altar, guardamos los ornamentos y en seguida nos fuimos
-al toldo de Mariano Rosas.
-
-Nos esperaba con el almuerzo pronto.
-
-Estaba plácido como nunca.
-
---Ya somos compadres, hermano--me dijo:--ahora usted dirá cómo nos
-hemos de tratar.
-
---Compadre--le contesté,--como antes, no más, de hermanos.
-
---Es lo mismo, le doy las gracias--repuso,--y dirigiéndose á los
-frailes, añadió: ¿muchos cristianos ahora aquí, eh?
-
---Es verdad--le contestaron,--¡Dios los ayude á todos!
-
-Sirvieron el almuerzo, almorzamos y nos despedimos para retirarnos.
-
-Yo antes de salir le dije á mi compadre:
-
---Esta tarde acabaremos de conversar.
-
---Cuando guste--me contestó.
-
-Iba á salir del toldo; me llamó y sacándose el poncho pampa que tenía
-puesto, me dijo, dándomelo:
-
---Tome, hermano, úselo en mi nombre, es hecho por mi mujer principal.
-
-Acepté el obsequio, que tenía una gran significación y se lo devolví,
-dándole yo mi poncho de goma.
-
-Al recibirlo, me dijo:
-
---Si alguna vez no hay paces, mis indios no lo han de matar, hermano,
-viéndole ese poncho.
-
---Hermano--le contesté;--si algún día no hay paces y nos encontramos
-por ahí, lo he de sacar á usted por esa prenda.
-
-La gran significación que el poncho de Mariano Rosas tenía, no era que
-pudiera servirme de escudo en un peligro, sino que el poncho tejido por
-la mujer principal, es entre los indios un gaje de amor, es como el
-anillo nupcial entre los cristianos.
-
-Cuando salí del toldo y me vieron con el poncho del cacique, una
-expresión de sorpresa se pintó en todas las fisonomías.
-
-La gente de _palacio_ se mostró más atenta y solícita que nunca.
-
-¡Pobre humanidad!
-
-
-
-
- XXII
-
- Se acerca la hora de partida.--Desaliento de Macías.--El negro del
- acordeón y un envoltorio.--Era un queso.--Calixto Oyarzábal anuncia
- que hay baile.--Baile de los Indios y de las chinas.--En un detalle
- encuentro á los Indios menos civilizados que nosotros.
-
-
-Macías veía llegar la hora de mi partida, y con suspiros y monosílabos
-me hacía comprender que iba perdiendo hasta la esperanza.
-
-Me senté en el fogón y él se puso á mi lado.
-
-Yo estaba de muy buen humor, quizá porque al día siguiente pensaba
-rumbear para la _querencia_. Somos así, versátiles aun en medio de
-la felicidad. Todo es poco, nada nos sacia. Y sólo tarde, muy tarde,
-comprendemos que en este mundo sublunar, los que lo han pasado mejor
-son los que contentos con el presente no se han apurado nunca por nadie
-ni por nada; los que estrechando el horizonte de sus miradas, limitando
-sus aspiraciones y sacudiendo la férula de las exigencias sociales, han
-_subjetivado_ la vida hasta el extremo de identificarse con su frac.
-
-¡Ah! cuántos á quienes estériles combates consumieron; cuántos que
-despiertos ó dormidos tuvieron visiones de amor, de odio, de gloria,
-de orgullo, de riqueza, de envidia, de miedo, olvidando que _velar es
-soñar de pie_ y que _el sueño no es más que el noviciado de la muerte_,
-cuántos de ésos, decía, no habrían sido más dichosos si al fin de la
-jornada hubiesen podido exclamar:
-
- «Sois-moi fidèle ô pauvre habit que j'aime!
- Ensemble nous devenons vieux.
- Depuis dix ans je te brosse moi même.
- Et Socrate n'eût pas fait mieux.
- Quand le sort á ta mince étoffe
- Livrerait de nouveaux combats,
- Imite-moi résiste en philosophe.
- Mon vieil ami, ne nous séparerons pas.»[3]
-
-Yo reía, charlaba, jaraneaba con todos los que rodeaban el fogón, en el
-que un apetitoso asado se doraba al calor de abundante leña.
-
-El triste prisionero, taciturno, reconcentrado, sombrío como la imagen
-de la desesperación, me echaba de vez en cuando miradas furtivas.
-
-Quería decirme algo y no se atrevía; quería hacerme un reproche y no
-hallaba palabras adecuadas; sus pensamientos fluctuaban, como algas
-marinas entre opuestas corrientes; iba á hablar y callaba; sus ojos
-brillaban, sin rencor; pero sus labios comprimidos revelaban claramente
-que balbuceaba una ironía.
-
---¿En qué piensas?--le dije.
-
---En que estás muy alegre--me contestó.
-
---El que se aflige se muere--repuse.
-
---¡Ah! tú te vas, yo me quedo.
-
---Ya te he dicho que nunca es tarde cuando la dicha es buena--le
-contesté.
-
---¡Cómo ha de ser!--volvió á exclamar y levantándose de improviso se
-quiso marchar.
-
-En ese momento Calixto Oyarzábal, tomando el asador, poniéndolo
-horizontalmente y raspando el asado con un cuchillo para quitarle la
-ceniza, dijo:
-
---Ya está, mi Coronel.
-
---¡Á comer, caballeros!--grité yo á mi vez, y dirigiéndome á Macías, le
-dije: Ven, hombre, come; sobra tiempo para ahorcarse de desesperación.
-
-Volvió sobre sus pasos, se sentó nuevamente á mi lado, sacó su
-cuchillo, y como el asado incitaba, siguiendo los usos campestres de la
-tierra, cortó una tira.
-
-Una olla de puchero hervía, rebosando de choclos y zapallo angola.
-
-Acabamos con el asado y en un santiamén con ella.
-
-Íbamos á tomar el mate de café, no teniendo postre, cuando el negro del
-acordeón se presentó, trayendo una cosa en la mano envuelta en un trapo.
-
---¡El acordeón!--dije, para mis adentros, me espeluzné y con aire y voz
-imperativa:
-
---¡Fuera de aquí, negro!--le grité, antes que desplegara los labios.
-
---Mi amo--contestó sonriéndose,--si vengo solo.
-
---¿Y eso?--le pregunté, señalándole la cosa que traía envuelta.
-
---Esto--repuso, mostrando dos filas de hermosos dientes, tan blancos y
-tan iguales que me dieron envidia,--esto, ¡es un queso!
-
---¡Un queso!
-
---Sí, mi amo, y se lo manda el General á su _mercé_ para que lo coma en
-nombre de su ahijada, la niña María.
-
-Y esto diciendo, desenvolvió el queso y lo puso en mis manos.
-
---Dile á mi hermano que le doy las gracias--le dije, y haciéndole una
-indicación con la mano, agregué:--¡Vete!
-
-Obedeció, y así que estuvo á cierta distancia, me preguntó con malicia:
-
---¿Quiere su _mercé_ que vuelva con el instrumento?
-
-Le contesté con un caracú que estaba á mano, en medio de una explosión
-de risa de los circunstantes.
-
---Y está de baile--dijo Calixto.
-
---¿De baile?--le pregunté.
-
---Sí, mi Coronel.
-
---¿Y dónde hay baile?
-
---Allí en un toldo--dijo señalándolo.
-
---Pues probemos el queso, tomemos el café y vamos á ver el fandango
-aunque haya acordeón y negro.
-
-Despachamos todo, mandé á Calixto á averiguar á qué hora era el baile y
-volvió diciendo que ya iba á empezar.
-
-Dejamos el fogón y nos fuimos á ver la fiesta.
-
-Era lo único que me faltaba.
-
-Mi reloj marcaba las cuatro, las cuatro de la tarde, bien entendido.
-
-Los indios, más razonables que nosotros, duermen de noche y se
-divierten de día.
-
-Esta costumbre tiene una ventaja sobre la usanza de la civilización;
-no hay que pensar en luminarias de ningún género, ni en velas, ni en
-kerosene, ni en gas.
-
-El baile era de varones y al aire libre.
-
-En aquellas tierras las mujeres no tienen sino dos destinos: trabajar y
-procrear.
-
-No me atrevo á decir, si á este respecto los indios andan más acertados
-que nosotros.
-
-Pero considerando los infinitos desaguisados que acontecen y
-presenciamos de enero á enero con motivo de la mezcolanza de sexos; las
-mujeres que abandonan sus maridos, los maridos que olvidan sus mujeres,
-las reyertas por celos, los pleitos por alimentos, los divorcios,
-los raptos voluntarios de inocentes doncellas, hechos desconocidos en
-Tierra Adentro, considerando todo esto, decía, lo cierto es que nuestra
-civilización es un asunto muy serio.
-
-¡Con razón se predica tanto contra el baile!
-
-Yo comprendo la indispensable necesidad que un hombre de estado tiene
-de saber bailar. Porque, como decía Molière por boca de uno de sus
-personajes, cuando se dice que un ministro ha dado un mal paso, es
-porque no ha aprendido la danza, con lo cual el maestro de este arte le
-probaba al del florete la superioridad del baile sobre la esgrima.
-
-Pero no comprendo la necesidad de que un médico ó un abogado bailen.
-
-Por supuesto, que los indios, comprendiendo que bailar es un ejercicio,
-que á la vez que obra sobre el sistema nervioso de una manera fruitiva,
-conviene á la higiene del cuerpo, porque despierta el apetito y
-contribuye al desarrollo de la musculatura, les permiten á sus mujeres
-bailar solas de vez en cuando, reservándose ellos la parte que más
-adelante se verá.
-
-El salón de baile, ó mejor dicho, la arena, tendría unas cuarenta varas
-de circuito.
-
-Imagínate la era de trillar las mieses, rodeada de palos, á modo de
-corral; ponle con el pensamiento, Santiago amigo, un mogote de tierra
-en el centro como de dos varas de diámetro y una de alto y tendrás una
-idea de lo que he intentado describir.
-
-Los concurrentes estaban colocados alrededor del círculo del lado de
-afuera.
-
-Aquí viene bien hacer notar que los indios en materia de coreografía
-son menos egoístas que nosotros.
-
-Ellos bailan para divertir á sus amigos; nosotros por divertirnos
-nosotros mismos.
-
-Para divertirnos viendo bailar, tenemos que gastar nuestro dinero.
-
-Es otro inconveniente de la civilización.
-
-La música instrumental consistía en unas especies de tamboriles; eran
-de madera y cuero de carnero y los tocaban con los dedos ó con baquetas.
-
-El baile empezó con una especie de llamada militar redoblada.
-
-Oyéronse unos gritos agudos, descompasados y cinco indios en hilera se
-presentaron haciendo piruetas _acancanadas_.
-
-Venían todos tapados con mantas.
-
-Entraron en la arena, dieron unas cuantas vueltas al son de la música,
-alrededor del mogote de tierra, como pisando sobre huevos, de repente
-arrojaron las mantas y se descubrieron.
-
-Se habían arrollado los calzoncillos hasta los muslos, la camisa se la
-habían quitado; se habían pintado de colorado las piernas, los brazos,
-el pecho, la cara; en la cabeza llevaban plumas de avestruz en forma
-de plumero, en el pescuezo collares que hacían ruido y las mechas les
-caían sobre la frente.
-
-Las mantas las arrojaron sin hacer alto, sacudieron la cabeza, como
-dándose á conocer, y empezó una serie de figuras, sin perder los
-bailarines el orden de hilera.
-
-Mareaba verlos girar en torno del mogote, agitando la cabeza á derecha
-é izquierda, de arriba abajo, para atrás, para adelante, se ponían unos
-á otros las manos en los hombros, excepto el que hacía cabeza, que
-batía los brazos; se soltaban, se volvían á unir formando una cadena,
-se atropellaban, quedando pegados como una rosca; se dislocaban,
-pataleaban, sudaban á mares, hedían á potro, hacían mil muecas,
-se besaban, se mordían, se tiraban manotones obscenos, se hacían
-colita; en fin, parecían cinco sátiros beodos, ostentando cínicos la
-resistencia del cuerpo y la lubricidad de sus pasiones.
-
-El aire de las evoluciones determinaba el compás del tamborileo, que de
-cuando en cuando era acompañado de una especie de canto ora triste, ora
-grave, ora burlesco, según lo que la infernal cuadrilla parodiaba.
-
-Quince fueron los que bailaron, en tres tandas; la concurrencia
-guardó el mayor orden; no aplaudía, pero se comía con los ojos á los
-bailarines.
-
-Aquello era un verdadero _alcázar lírico_ en plena Pampa.
-
-Sin mujeres, sin _garçons_, sin mesas de mármol, sin limonada gaseosa y
-otras hierbas.
-
-Le hallé la ventaja de la entrada gratis.
-
-Cerca de dos horas duró la farsa; se ponía el sol cuando yo volvía á mi
-fogón, harto de gestos, alaridos y tamboriles.
-
-Mi buena estrella quiso que el negro del acordeón no formara parte de
-la orquesta.
-
-Se hizo de noche, y como estuviese fresco, me guarecí tras de mi
-rancho, dándole la espalda al viento.
-
-En el acto brilló el fogón.
-
-Á la luz de su lumbre me contaron cómo bailan las chinas.
-
-En un local como el que ya describí, pintadas y ataviadas, entran
-quince ó veinte; se toman las manos, hacen una rueda, y comienzan á
-dar vueltas alrededor del mogote, ni más ni menos que si jugaran á la
-_ronga_, _catonga_.
-
-Los concurrentes entran en el recinto del baile, y al pasar las chinas
-por delante de ellos les hacen una porción de iniquidades, hasta que no
-pudiéndolas soportar deshacen la rueda y se escapan por donde pueden.
-
-Francamente, en este detalle encuentro á los indios menos civilizados
-que nosotros, aunque hay ejemplos en las crónicas policiales de
-caballeros que durmieron bajo las llaves de la alcaldía por tener las
-manos demasiado largas en los atrios de las iglesias.
-
-El efecto de esos abusos y licencias de los indios con las chinas
-cuando bailan, hace que ellas se abstengan de la inofensiva diversión,
-lo que prueba que en todas partes la mujer es igual.
-
-Perdona todo, menos que la maltraten.
-
-Yo les hallo muchísima razón, aunque declaro que ellas, sin
-maltratarnos, abusando de sus ventajas, suelen _tratarnos mal_.
-
-
- NOTAS:
-
-[3] Béranger, _Mont habit_.
-
-
-
-
- XXIII
-
- Solo en el fogón.--¿Qué habría pensado yo si hubiera tenido menos de
- treinta años?--Con las mujeres es mejor no estar uno solo.--El crimen
- es hijo de las tinieblas.--El silencio es un síntoma alarmante en
- la mujer.--Visitas inesperadas.--Yo no sueño sino disparates.--Los
- filósofos antiguos han escrito muchas necedades.
-
-
-Me había quedado solo en el fogón, viendo arder las brasas.
-
-Brillaban carbonizadas, y cuando más bellas estaban, el viento las
-redujo á cenizas, lo mismo que los desengaños desvanecen nuestras más
-gratas ilusiones.
-
-Mis pensamientos flotaban entre dos mundos.
-
-Ya eran prácticos, ya quiméricos, ora me parecían de fácil realización,
-ora imposible de realizar; me sentía grande y fuerte; pequeño y débil;
-dormitaba y me despertaba; quería salir de allí y no salía.
-
---¿Por qué?
-
-Porque el hombre no es dueño de sí mismo, sino cuando tiene ideas fijas
-ó determinadas.
-
-Una voz dulce me sacó de aquella indecisión, murmurando á mi oído:
-
---Buenas noches. Di vuelta y al pálido resplandor de las últimas brasas
-que se apagaban, reconocí á una mujer.
-
-Era mi comadre Carmen.
-
---¿Comadre, usted por aquí y á esta hora?--le dije.
-
---Compadre, he sabido que se va mañana--me contestó.
-
-La hice que se sentara.
-
-Su rostro tenía una expresión tierna; su seno palpitaba con violencia,
-agitando levemente los pliegues de su camisa, más ajustada al cuello
-que de costumbre, y su mirada traicionaba una inquietud mal disimulada.
-
---¿Usted tiene algo, comadre?--le dije.
-
---No, compadre--me contestó,--clavando la vista en el moribundo fogón y
-comprimiendo un suspiro.
-
-Si yo no me hubiese hallado en ese período de la vida en que el poeta
-exclamaba:
-
- «My days are in the yellow leaf;
- The flowers and fruits of love are gone.»
-
-¡Quién sabe qué hubiera pensado!
-
-El viento había calmado, el cielo estaba cubierto de nubes, las
-estrellas brillaban tímidamente, como luces lejanas al través de opacas
-cortinas, el fogón eran tibias cenizas, mi visita y yo nos veíamos como
-dos sombras envueltas en sutil crespón.
-
-El silencio de la noche, interrumpido apenas por la respiración
-acompasada de los que dormían cerca de allí; la soledad poética
-del lugar; los pensamientos, que como visiones de una edad más
-bella, cruzaron como ráfagas de fuego por mi imaginación, le dieron
-momentáneamente al cuadro un tinte novelesco.
-
-Desperté á Calixto, se levantó, le ordené que avivara el fuego y cebara
-mate.
-
-Removió las cenizas, descubrió algunas brasas, sopló haciendo con las
-manos una especie de fuelle y un momento después el fogón flameaba.
-
-Durante un rato, mi comadre y yo permanecimos mudos, oyendo hervir el
-agua y crujir la leña.
-
-El fuego ejerce una influencia magnética, irresistible sobre los
-sentidos, y he observado que al calor de las llamas resplandecientes
-el corazón se dilata, que las ideas germinan placenteras y el alma se
-eleva hacia la cumbre de lo grande y de lo bello, en alas de ráfagas
-generosas y sublimes.
-
-Por eso el crimen es hijo de las tinieblas y se ceba en la obscuridad.
-
-Calixto me pasó un mate; lo tomé, y dándoselo á mi comadre, la dije:
-
---¿Por qué se ha quedado tan callada?
-
-Suspiró por toda contestación.
-
-Está visto que las mujeres son iguales en todas las constelaciones, lo
-mismo en las montañas, donde las nieves reinan eternamente, que entre
-las selvas románticas donde el tímido _urutau_ entona tristes endechas;
-lo mismo á orillas del majestuoso Río de la Plata, que en las dilatadas
-llanuras de la Pampa Argentina.
-
-Suspirar, creen que es hablar.
-
-Confieso que es un lenguaje demasiado místico para un ser tan prosaico
-como yo.
-
---¿Pero qué tiene, comadre?--le volví á preguntar.
-
---Compadre--me contestó,--estoy triste porque se va.
-
---¿Y qué, le gustaría á usted que no me dejaran volver?
-
---No quiero decir eso.
-
---¿Y entonces?
-
---Quiero decir que siento no poder acompañarlo.
-
---¿Y por qué no se viene á pasear al Río 4.º conmigo?
-
---Porque no puedo.
-
---¿No es usted libre?
-
---¡Libre!
-
---Libre, sí, ¿no es usted viuda?
-
---¡Ah! compadre--exclamó con amargura,--usted no sabe cómo es mi vida;
-usted no conoce esta tierra.
-
-Y esto diciendo, miró en derredor, como buscando si alguien había
-escuchado su indiscreta confesión.
-
-Su voz tenía algo de significativo y de misterioso.
-
-Me parecía que quería decirme algo más y que estaba temerosa de que
-algún espía nocturno la oyera.
-
-Me levanté, di una vuelta, me aseguré de que estábamos solos y me senté
-más cerca de ella, diciéndole:
-
---No hay nadie.
-
---Compadre--me dijo;--no se vaya sin pasar por mi toldo que queda en
-Carrilobo, cerca del de Villarreal, allí lo espero; estará mi hermana,
-es mujer de confianza y lo quiere, tengo algo que decirle, que le
-interesa mucho saber; esta noche lo voy á acabar de averiguar, por eso
-he venido, nadie me ha visto todavía...
-
-En ese momento se sintió un tropel y se oyeron como voces de indios
-_achumados_.
-
-Se levantó de golpe y diciéndome:--No quiero que me vean aquí,--se
-deslizó por entre las sombras de la noche.
-
-La seguí un instante con la vista, hasta que se perdió en la
-obscuridad, y me quedé perplejo y lleno de inquietud, de una inquietud
-inexplicable, oyendo al mismo tiempo retemblar el suelo y acercarse el
-vocerío de la chusma ebria.
-
-La luz de mi fogón los atrajo.
-
-Llegaron, se apearon unos, y otros se quedaron á caballo.
-
-Epumer los encabezaba; venían de un toldo vecino, donde habían estado
-de _mamaran_.
-
-Traía en la mano una limeta de bebida y venía bastante _caldeado_. Sin
-apearse, me dijo:
-
---¡Yapaí, hermano!
-
---Yapaí, hermano--le contesté.
-
-Bebimos alternativamente, y tras del primer yapaí, vinieron otros y
-otros.
-
-Afortunadamente, el aguardiente estaba muy aguado y no traía cuerno, ni
-vaso, lo que me permitía mojar sólo los labios, pues teníamos que tomar
-con la botella.
-
-Viendo que se ponían muy fastidiosos, que me amenazaban con un largo
-_solo_, le dije á Calixto:
-
---Ché, mira que hace frío, alcánzame el poncho.
-
-No tenía más que el que esa mañana me había regalado Mariano Rosas;
-quise ver qué impresión hacía verme con él.
-
-Me trajo Calixto el poncho y me lo puse.
-
-Como lo había calculado, surtió un efecto completo mi ardid.
-
---¡Ese coronel Mansilla toro!--exclamaron algunos.
-
---¡Ese coronel Mansilla gaucho!--otros.
-
-Muchos me dieron la mano y otros me abrazaron y hasta me besaron con
-sus bocas hediondas.
-
-Epumer me dijo repetidas veces:
-
---¡Mansilla _peñi_! (hermano).
-
-En esos coloquios estábamos cuando un ruido semejante al de un organito
-descompuesto se oyó, junto con unas coplas, dedicadas á mí.
-
-Me dieron escalofríos, experimentando frío y calor á la vez y una
-destemplanza nerviosa como la que produce el roce de una lima en los
-dientes.
-
-¿De dónde salía aquel maldito negro con su execrable acordeón, pues él
-en cuerpo y alma era el de la música?
-
-¡Á qué averiguarlo!
-
-No pude resistir, y explotando la respetabilidad de que me revestía el
-poncho de mi _compadre_ y _hermano_, le dije á Epumer y á su séquito:
-
---Caballeros, buenas noches, es tarde, estoy cansado y mañana me voy;
-tengo ganas de dormir.
-
-Y los dejé y me metí en mi rancho, y le mandé á Calixto que cerrara
-bien la puerta, atando con _guascas_ el cuero que la cubría.
-
-Las visitas me saludaron con varias exclamaciones, como ¡adiós, _peñi_!
-¡adiós, amigo! ¡adiós, toro! gritaron un rato, apagaron el fogón
-saltando por encima con los caballos, alborotando los perros, hicieron
-un gran barullo, y cuando se cansaron se fueron.
-
-Arrullado por su infernal gangolina me dormí.
-
-Toda la noche tuve los sueños más estrafalarios. Así como casi todos
-los sentimientos de nuestra alma proceden de las sensaciones de la
-_bestia_, así también casi todas las visiones del espíritu dormido
-vienen de lo que hemos visto ó contemplado despiertos, con los ojos del
-cuerpo ó con los de la imaginación.
-
-Yo soy como los patanes.
-
-Nunca tengo presentimientos en sueños.
-
-Yo no he de ver nunca, como Píndaro, que las abejas depositan su miel
-en mis labios;
-
-Ni como Hesiodo, nueve mujeres hechiceras, que fueron las musas que lo
-inspiraron;
-
-Ni como Escipión, Numancia destruida, ó Cartago derribada;
-
-Ni como Alejandro delante de Tiro, que Hércules me presenta la mano
-desde lo alto de las murallas.
-
-Para que yo viese, á la verdad, en sueños, sería menester que fuese
-más sobrio y virtuoso, ó es falso lo que dice Sócrates, que un
-cuerpo saciado de placer ó repleto de alimentos y de vino, le hace
-experimentar al alma sueños extravagantes; de donde se deduce que los
-emperadores, los reyes, los presidentes, los ministros y los diputados,
-todos, todos aquéllos, en fin, que deben saber lo que hacen, y que á
-más de esto deben procurar leer en lo futuro, _desde que gobernar es
-prever_, deben ser gente muy parca en el comer y muy moderada en el
-beber, amén de otras cosas indispensables para que la digestión se haga
-regularmente.
-
-Yo no puedo tener sueños sino como los que tuve la última noche que
-pasé en Leubucó.
-
-Ó he de ver disparates, que no se han de cumplir, ó he de ver
-disparatadas las cosas que se cumplieron.
-
-Ó he de soñar que me han proclamado emperador de los Ranqueles, que
-_Lucius Victorius, Imperator_, ha hecho coronar emperatriz á la china
-Carmen; ó he de soñar que el baile de los indios está en moda en Buenos
-Aires y que el botín con taco á lo Luis XV ha sido reemplazado por la
-botita de potro de cuero de gato.
-
-Por el estilo fueron mis sueños.
-
-Y diga después Platón que el espíritu divino nos revela en sueños el
-porvenir; y diga después Estrabón, que los sueños nos dan á conocer la
-verdad, porque, durante la noche, el entendimiento es más activo, más
-puro, más claro que durante el día.
-
-Los tales antiguos eran unos utopistas de marca mayor.
-
-Los respeto sólo porque ya son viejos y murieron.
-
-
-
-
- XXIV
-
- La loca de Séneca.--El sueño Cesáreo se me había convertido en
- substancia.--Salida inesperada de Mariano Rosas.--Un bárbaro pretende
- que un hombre civilizado sea su instrumento.--Confianza en Dios.--El
- hijo del Comandante Araya.--Dios es grande.--Una seña misteriosa.
-
-
-Me desperté con la cabeza hecha un horno; había soñado tanto que mis
-ideas eran un embolismo.
-
-De pronto no pude darme cuenta de lo sucedido durante la noche.
-
-Confundía los hechos reales con las visiones; me parecía que había
-soñado con mi comadre Carmen, con Epumer y el negro del acordeón, y que
-lo que había visto en sueños era verdad.
-
-Amanecía; la luz del crepúsculo entraba en el rancho por sus
-innumerables agujeros y lo iluminaba con fantásticos resplandores.
-
-La cama era tan dura que estaba entumecido; me movía con dificultad.
-
-Las impresiones del sueño persistían; no dormía y veía lo mismo que
-había visto dormido.
-
-Durante un largo rato estuve como la loca de Séneca, era ciega y no lo
-sabía; pedía que la hicieran cambiar de casa porque en la que habitaba
-no se veía nada.
-
-Yo estaba despierto y no lo sabía.
-
-¡Caramba! ¡cómo cuesta cuando se ha soñado un imperio convencerse al
-despertar que no es uno emperador!
-
-De tal modo se me había convertido en substancia el sueño del poder,
-que á no ser los ladridos de unos perros, que despertaron á mis
-oficiales, creo que me levanto arrastrando el poncho de Mariano Rosas á
-guisa de imperial manto de armiños.
-
-Unos «Buenos días, mi Coronel», de mi ayudante Rodríguez, me despejaron
-los sentidos del todo.
-
-Abrí los ojos, que apretaba nerviosamente.
-
-Era de día, la claridad del rancho completa.
-
-La visión del imperio ranquelino desapareció de mi retina. Pero como
-una sombra chinesca que se desvanece, todavía cruzó por mi imaginación.
-
-Me pareció que había dormido un año. Yo no sé por qué pintan el tiempo
-con alas. Yo lo pintaría con pies de plomo. Será que las cosas que más
-deseo, son siempre las que más tardan en suceder.
-
-Verdad es que las que más me gustan me parece que pasan con demasiada
-velocidad.
-
-Llamé un asistente, vino, abrió la puerta, me levanté, me vestí y salí
-del rancho.
-
-Decididamente me iba ese mismo día y no era emperador. Lo uno me
-consoló de lo otro. Francamente, el imperio ranquelino era más hermoso
-visto en sueños que despierto.
-
-Me trajeron el parte de que en las tropillas no había novedad y le hice
-prevenir á Camilo Arias que las tuviera prontas para cuando cayera el
-sol.
-
-En seguida le hice preguntar á Mariano Rosas con el capitán Rivadavia
-si estaba en disposición de que acabáramos de conversar.
-
-Me contestó que sí.
-
-Entré en su toldo; se acababa de bañar, tomaba mate y una china le
-desenredaba los cabellos.
-
---Hermano--me dijo al entrar, sin moverse,--siéntese y dispense.
-
---No hay de qué--repuse, sentándome.
-
---¿Y cómo ha pasado la noche?--me preguntó.
-
---Muy bien--le contesté.
-
---¿Y siempre se va hoy?
-
---Si usted no dispone otra cosa.
-
---Usted es libre, hermano.
-
---Bueno; quiero que me diga, ¿qué se le ofrece?
-
---Hermano, deseo que no me apure por los cautivos que debo entregar.
-
---Entréguemelos según pueda.
-
---Ya faltan pocos.
-
---¿Cómo pocos?
-
---Sí, pues.
-
---No lo entiendo.
-
-Me hizo una relación de los cautivos que en diversas épocas había
-remitido al Río 4.º, y concluyó diciéndome: que agregando á esa cuenta
-ocho, se completaba el número.
-
-Era una salida inesperada.
-
-¿Qué tenía que hacer el nuevo tratado de paz con los cautivos
-anteriores?
-
-¿La idea era de él ó se la habían sugerido?
-
-Quise explorar el campo, fué en vano; circunspecto y reservado no
-soltaba prendas.
-
-Resolví hablarle categóricamente, porque el incidente era de tal
-naturaleza que _las paces_ podían frustrarse, y le dije:
-
---Hermano, usted está equivocado; los cautivos que ha dado antes no
-tiene nada que ver con los que me debe dar á mí; lea bien el Tratado y
-verá.
-
---Sí, ya sé; pero yo lo decía porque usted pudiera ser que lo pudiese
-arreglar.
-
---¿Y cómo quiere que lo arregle?
-
---Diciéndole al que los gobierna que se han recibido los que yo digo.
-
---¿Y cómo le voy á decir eso?
-
---Yo le doy los nombres de los viejos.
-
---No puedo hacer eso.
-
---¿Entonces?...
-
---¿Y entonces qué?...
-
---Haremos lo que usted dice.
-
---Eso es--le contesté.
-
-Y para mis adentros dije: Era lo único que me faltaba, que este bárbaro
-me hiciera instrumento suyo.
-
-No me contestó.
-
---¿Y, no tiene otra cosa que decirme?--le pregunté.
-
---Sí, pero lo dejaremos para más tarde--me contestó.
-
---¿Tendremos tiempo?
-
---Sí, hemos de tener.
-
-Me quedé callado á mi vez.
-
-En los tres fogones del toldo cocinaban.
-
---Vamos á almorzar--me dijo, y pidió en su lengua que nos sirvieran.
-
-No le contesté.
-
-Trajeron platos y cubiertos y pusieron una olla de puchero de vaca
-entre él y yo.
-
-Me sirvió un platazo. Comí y callé.
-
-Hacía largo rato que comíamos sin mirarnos ni hablarnos, cuando se
-presentó un indio, que le habló en araucano con suma vivacidad, y á
-quien le contestó de igual manera.
-
-Nada entendí; sólo percibí varias veces las palabras: indio Blanco.
-
-Me dió curiosidad.
-
-Pero me dominé; nada pregunté.
-
-El indio se fué.
-
-Continuamos en silencio.
-
---Es el indio Blanco--me dijo.
-
---¿Y qué hay?--repuse.
-
---Anda hablando de usted: dice que le va á salir á la cruzada.
-
-¿Si será una composición de lugar para asustarme y hacerme suspender el
-viaje? reflexioné, preguntándole.
-
---¿Y qué piensa hacerme?
-
---Matarlo--me contestó sonriéndose.
-
---¡Matarme, eh!
-
---Así dice él.
-
---Pues dígale que nos veremos las caras.
-
---Le he mandado decir que se deje de andar _valaqueando_; que si no
-le gustan las paces, por qué se ha vuelto de Chile; que ya le hice
-prevenir el otro día que anduviera derecho.
-
-Y como me dijera todo esto con aire de verdad, pintándose en su
-fisonomía cierta prevención contra el indio Blanco, le dije en tono
-amistoso:
-
---Gracias, hermano.
-
-Seguimos callados.
-
-No me miraba, tenía la vista fija en un zoquete de carne que pelaba con
-los dedos; me pareció que quería que yo hablara, que le pidiera algo, y
-resolví no hacerlo.
-
-Volvió el que había ido con el mensaje para el indio Blanco, habló unas
-pocas palabras y se marchó.
-
---Dice el indio Blanco que se va para el Toay--me dijo.
-
---¿Para el Toay?
-
---Sí, y dice que va á buscar ovejas á la provincia de Buenos Aires,
-porque están á muy buen precio en Chile.
-
---¡Pícaro!--exclamé.
-
---¡Es muy pícaro!--exclamó él.
-
-Seguimos callados.
-
-Al rato me dijo:
-
---¿Á qué hora es la marcha?
-
---Á las cuatro--le contesté.
-
-Seguimos callados.
-
-Por fin me dijo:
-
---¿Y dígame, hermano, usted qué me encarga?
-
---¿Qué le encargo?
-
---¡Sí!
-
---Que se acuerde en todo tiempo de su compadre.
-
-Y esto diciendo me levanté y salí del toldo.
-
-Ordené que todo el mundo se aprestara á marchar, y me fuí á decirles
-adiós á algunos conocidos que moraban en los toldos vecinos.
-
-Á la hora estuve de vuelta; mi gente estaba pronta, no faltaba sino que
-arrimaran las tropillas y ensillar.
-
-Hacía un día hermosísimo; íbamos á tener una tarde deliciosa.
-
-Muchos se preparaban para acompañarme.
-
-El desgraciado Macías veía los preparativos recostado en un horcón
-de mi rancho y su tétrica fisonomía revelaba el sufrimiento de la
-desesperación.
-
-Me acerqué á él y le dije:
-
---¡Ten confianza en Dios!
-
---¡En Dios!--murmuró.
-
---Sí, ¡en Dios!--le repetí, lanzándole una mirada en la que debió leer
-el pensamiento:--El que desespera en Dios no merece la libertad,--y
-entré en el rancho de Ayala.
-
-Me había ofrecido entregarme un niño cautivo que tenía. Era un hijo
-del comandante Araya, vecino de la Cruz Alta. El pobrecito lo sabía,
-veía que yo me marchaba por momentos, que nada le decía de prepararse,
-y sentado en el fogón de mis soldados lloraba desconsolado. Partía el
-corazón verle.
-
-Ayala me dijo, que no tenía inconveniente en cumplirme su promesa; pero
-que tenía que avisárselo á Mariano Rosas.
-
---Y qué, ¿no está prevenido desde el otro día?--le pregunté.
-
---Sí, sí está.
-
---¿Y entonces?
-
---Puede haber cambiado de opinión.
-
---Bueno, vaya, pues; háblele para que se apronte el niño.
-
-Salió, y volvió diciéndome que era necesario pagar en prendas de plata
-doscientos pesos bolivianos.
-
---¿Y qué prendas han de ser?--le pregunté á Ayala.
-
---Estribos--me contestó.
-
-Mandé en el acto al capitán Rivadavia que se los comprara á uno de los
-pulperos que había llevado el padre Burela, ofreciéndole en pago una
-letra sobre Mendoza.
-
-Mientras tanto el pobre cautivo se aprestaba para la marcha con
-infantil alegría.
-
-Volvió el capitán Rivadavia con los estribos, se los di á Ayala y éste
-fué á llevárselos á Mariano Rosas.
-
-Volvió cabizbajo.
-
-¡Qué mundo aquél! ¡El cacique había vuelto á cambiar de parecer! Ya no
-quería sólo estribos; quería cien pesos en prendas y cien en plata.
-
-Se buscaron los cien pesos y se hallaron.
-
-Le entregué todo á Ayala, se lo llevó á Mariano Rosas; al punto estuvo
-de regreso, contestándome todo cortado que el _General_ había mudado
-una vez más de parecer.
-
-Me dió un acceso de cólera; vociferé cuanto se me vino á la boca,
-apostrofando á Mariano é insultándolo, hasta que cediendo á los ruegos
-de Ayala, que parecía muy contrariado, me calmé un poco.
-
-Para hacerme callar del todo, me dijo en voz baja:
-
---No me comprometa, mire que estamos rodeados de espías.
-
-Y esto diciendo me señaló unos indios rotosos y mugrientos en quienes
-nadie reparaba, que estaban por allí acurrucados y echados de barriga
-en el suelo, como animales.
-
-Con el alma dolorida é irritado de mi impotencia, entré en mi rancho,
-llamé al hijito de Araya, y con paternal estudio le preparé á recibir
-el terrible desengaño.
-
-¡Qué contento estaba!
-
-¡Qué mustio y lloroso quedó!
-
-¡Qué fugaces son las horas de la felicidad!
-
-Le abracé, le acaricié, le rogué por sus padres que tuviera valor; le
-ofrecí rescatarlo pronto, ofrecimiento que cumplí, y hasta que no le vi
-resignado á su suerte, no me separé de él.
-
-Al salir de mi rancho, Macías me dijo:
-
---¿Qué te parece?
-
---¡Dios es grande!--le contesté.
-
-Suspiró, y exclamó como dudando de la omnipotencia divina: ¡Dios!...
-
-Yo me dirigí al toldo de Mariano Rosas.
-
-La hora de partir se acercaba.
-
-Camilo Arias me hizo una seña misteriosa.
-
-
-
-
- XXV
-
- Astucia y resolución de Camilo Arias.--Última tentativa para
- sacar á Macías.--Un indio entre dos cristianos.--_Confitemini
- Domino._--Frialdad de la salida.--La palabra amigo en Leubucó
- y en otras partes.--El camino de Carrilobo.--_Horrible, most
- horrible!_--Todavía el negro del acordeón.--Felicidad pasajera de
- Macías.
-
-
-Ya he dicho que Camilo Arias conocía la lengua de los indios y que
-éstos lo ignoraban. Algo había oído, cuando espiaba la ocasión de
-hacerme una seña. Mis órdenes no habían variado; conmigo no tenía que
-hablar sino en casos urgentes y graves.
-
-¿Qué habrá? me dije, al entrar en el toldo de Mariano Rosas; me detuve,
-y diciéndole á éste: Ahora vuelvo, haciendo como que buscaba en mis
-bolsillos un objeto extraviado, di media vuelta, salí y me dirigí á mi
-rancho.
-
-El astuto vigilante Camilo agachó la cabeza, fijó la vista en tierra,
-caminó distraído y sin rumbo, al parecer, y por medio de una maniobra
-casual para quien no hubiera estado en autos, al mismo tiempo que yo
-entraba en mi rancho, él se recostaba en sus pajizas paredes y por uno
-de sus resquicios me decía:
-
---Hay novedad, señor.
-
---Entra--le contesté,--llamando á varios oficiales y asistentes para
-que no se notara su entrada.
-
-Entraron unos y otros, les di ciertas órdenes, se retiraron y así que
-estuvimos solos con Camilo, le pregunté:
-
---¿Qué hay?
-
---Acabo de oirles, en el corral, una conversación á unos indios--me
-contestó.
-
---¿Qué decían?
-
---Que nos iban á salir á la cruzada.
-
---¿Por dónde?
-
---Por los montes de la Jarilla.
-
---¿Y qué más decían?
-
---Que á mí me tenían mucha gana; que yo he muerto muchos indios; que á
-un capitanejo le he dado un sablazo en la cara, que todavía tiene la
-cicatriz, que á otro lo hice prisionero y se lo llevaron á Córdoba.
-
---¿Nada más decían?
-
---Sí, señor; decían más; que usted me ha traído á mí para burlarse de
-ellos.
-
---¿Y saben que me voy hoy?
-
---Sí, señor, y que va á dormir en el toldo de Ramón.
-
-Me decía esto, cuando una voz que yo no podía oir sin experimentar una
-conmoción nerviosa, dijo desde la puerta del rancho sin asomarse:
-
---Con el permiso de su mercé.
-
-No necesitaba dar vuelta y mirar, para ver quién era. No sonaba el
-acordeón; pero él estaba ahí, con sus notas paradas.
-
-Sin darme tiempo para contestarle y entrando, añadió:
-
---Dice el General que por qué no va.
-
---Dile que ya voy--le contesté.
-
-Salió el negro, le pregunté á Camilo que si los indios ésos que habían
-estado hablando estaban ahí, me contestó que sí; le despedí y pasé al
-toldo de Mariano Rosas.
-
-Lo que los indios decían de Camilo era cierto.
-
-Varias veces, siendo soldado raso, midió sus armas con los indios, mató
-algunos, hirió á un capitanejo muy mentado y á otro lo tomó prisionero.
-
-Yo estuve por no llevarle conmigo.
-
-Pero tenía tanta confianza en él, me era tan útil en el campo, por su
-instinto admirable, que prescindí de los antecedentes referidos y lo
-agregué á mi comitiva.
-
-Por supuesto que para acabar de probar el temple de su alma, antes
-de darle la orden de aprontarse para marchar le pregunté si no tenía
-recelo de ir conmigo á los indios, á lo cual me contestó:
-
---Señor, donde usted vaya voy yo.
-
---¿Y si los indios te conocen?--le observé.
-
---Señor--repuso,--yo no les he peleado á traición.
-
-Entré en el toldo de Mariano Rosas.
-
-Estaba con visitas.
-
-Todos eran indios conocidos, excepto uno en cuya cara se veía una
-herida longitudinal que si hubiera sido más oblicua, lo deja sin
-narices.
-
-Mariano Rosas me recibió con más afabilidad que nunca, y después de
-preguntarme si ya estaba pronto, me dijo, señalando al indio de la
-herida:
-
---¿Lo conoce, hermano?
-
---No--le contesté.
-
---Ese sablazo se lo ha dado Camilo Arias--agregó.
-
---Eso tiene andar en guerra--repuse.
-
---Es verdad, hermano--me contestó.
-
-Oyendo una contestación tan razonable, le referí lo que acababa de
-decirme Camilo Arias.
-
-No me contestó.
-
-Habló con las visitas, levantando mucho la voz; las despidió con un
-ademán, y no bien habían salido del toldo, me dijo:
-
---No tenga cuidado, hermano, nadie lo ha de incomodar en su viaje,
-ahora estamos de paces.
-
---Así lo espero.
-
-Y sin darle tiempo á hablar, agregué:
-
---Hermano, mis caballos están prontos. Deseo me diga qué se le ofrece.
-
-Me hizo una porción de preguntas relativas al Tratado, me anunció en
-prenda de amistad, una invasión de Calfucurá á la frontera Norte de
-Buenos Aires por la Mula Colorada, me hizo varios encargos, y terminó
-pidiéndome, que las partidas corredoras de campo de mi frontera no
-avanzaran tanto al Sur, como tenían costumbre de hacerlo; fundándose
-en que eso alarmaba mucho á los indios; porque los que salían á
-_boleadas_, cruzaban siempre sus rastros y venían llenos de temores.
-
-Satisfice sus preguntas sobre el Tratado, le ofrecí llenar sus
-encargos, le prometí que las partidas corredoras de campo harían el
-servicio de otro modo, y me quedé estudiosamente distraído con la
-mirada fija en el suelo.
-
---¿Se va contento, hermano?
-
-En lugar de contestarle, miré como diciéndole: ¿y me lo pregunta usted?
-
---Yo he hecho todo cuanto he podido por servirle y porque lo pasara
-bien--me dijo.
-
---Así será; pero yo le he pedido una cosa y me la ha negado--le
-contesté.
-
---¿Qué cosa, hermano?
-
---¿Para qué se lo he de decir?
-
---Dígamelo, hermano.
-
---Me voy sin Macías, y usted sabe que es un compromiso para mí.
-
---¡Macías! ¡Macías! ¿Y para qué quiere ese _dotor_, hermano?--exclamó.
-
---Ya se lo he dicho á usted; Macías no es un cautivo. Usted está
-obligado por el Tratado á dejarlo en libertad, él quiere irse y usted
-no lo deja salir.
-
-Se quedó pensativo...
-
-Yo le observaba de reojo.
-
-Llamó...
-
-Vino un indio.
-
---Ayala--le dijo,--y el indio salió.
-
-Permanecimos en silencio.
-
-Vino Ayala.
-
-Mariano Rosas le habló así. Repito sus palabras casi textualmente:
-
---Coronel, mi hermano quiere sacarlo al _dotor_, yo pensaba dejarlo
-dos años más para que pagase lo que ha hecho contra ustedes, que son
-hombres buenos y fieles.
-
-Ayala no contestó, sus ojos se encontraron con los míos.
-
---Coronel--le dije,--Macías es un pobre hombre, ¿qué ganan ustedes
-con que esté aquí? Sean ustedes generosos; si él no ha correspondido
-como debía á la hospitalidad que le han dispensado, perdónenlo, tengan
-ustedes presente que no es un cautivo, que el Tratado le obliga á mi
-hermano á dejarlo en libertad y que reteniéndolo me comprometen á mí,
-le comprometen á él y comprometen la paz que tanto nos ha costado
-arreglar.
-
-Ayala no contestó, se encogió de hombros.
-
-Mariano Rosas le miró con aire consultivo y le dijo:
-
---Resuelva, Coronel.
-
-No le di lugar á que contestase y le dije:
-
---Amigo, piense usted que ese hombre no está aquí por su gusto, y
-que si ustedes se oponen á que salga, quedará justificado cuanto ha
-escrito en las cartas que mi hermano me ha hecho leer.
-
-Ayala lo miró á Mariano Rosas como diciéndole: Resuelva usted.
-
-Viendo que vacilaba en contestar, me levanté, y estirándole la mano, le
-dije:
-
---Hermano, ya me voy.
-
---Aguárdese un momento--me contestó,--y dirigiéndose á Ayala, le dijo:
-
---¿Y qué hacemos?
-
---¡Adiós! ¡adiós! hermano, ya me voy, volví á decirle.
-
---Que se lo lleve--contestó Ayala.
-
---Bueno, hermano--dijo Mariano Rosas,--y se puso de pie, me estrechó la
-mano y me abrazó reiterando sus seguridades de amistad.
-
-Salí del toldo.
-
-Mi gente estaba pronta, Macías perplejo, fluctuando entre la esperanza
-y la desesperación.
-
---¡Ensillen!--grité.
-
---Y...--me preguntó Macías,--brillando sus ojos con esa expresión
-lánguida que destellan, cuando el convencimiento le dice al prisionero:
-¡Todo es en vano!--y el instinto de la libertad: ¡Todavía puede ser,
-valor!
-
-Me acordé del salmo de Fray Luis de León _Confitemini Domino_, y le
-contesté:
-
- «Cantemos juntamente,
- cuán bueno es Dios con todos, cuán clemente.
- Canten los libertados,
- los que libró el Señor del poderío
- del áspero enemigo...»
-
---¿De veras?--me preguntó enternecido.
-
---De veras--le contesté, y diciéndole en voz baja,--disimula tu
-alegría, le grité á Camilo Arias: ¡un caballo para el Dr. Macías!
-
-Entré al rancho de Ayala, me despedí de Hilarión Nicolai y de algunas
-infelices cautivas, y un momento después estaba á caballo.
-
-Los que me habían ofrecido acompañarme, viendo que Mariano Rosas no
-se movía, se quedaron con los caballos de la rienda, ni siquiera se
-atrevieron á disculparse.
-
-La entrada había sido festejada con cohetes, descargas de fusilería,
-cornetas y vítores; la salida era el reverso de la medalla: me echaban,
-por decirlo así, con cajas destempladas.
-
-Sólo un hombre me dijo adiós, con cariño, sin ocultarse de nadie, ni
-recelo: Camargo.
-
-Aquel bandido tenía el corazón grande.
-
-El cacique se mostraba indiferente; los amigos habían desaparecido.
-
-En Leubucó, lo mismo que en otras partes, la palabra amigo ya se sabe
-lo que significa.
-
-Amigo, le decimos á un postillón, te doy un escudo si me haces llegar
-en una hora á Versalles, dice el conde de Segur, hablando de la
-amistad. Amigo, le decía un transeúnte á un pillo, iréis al cuerpo de
-guardia si hacéis ruido. Amigo, le dice un juez al malvado, saldréis en
-libertad si no hay pruebas contra vos; si las hay, os ahorcarán.
-
-Con razón dicen los árabes, que para hacer de un hombre un amigo, se
-necesita comer junto con él una fanega de sal.
-
-Mariano Rosas estaba en su enramada, mirándome con indiferencia,
-recostado en un horcón.
-
-Me acerqué á él, y dándole la mano, le dije por última vez:--¡Adiós,
-hermano!
-
-Me puse en marcha. El camino por donde había caído á Leubucó venía del
-Norte. Para pasar por las tolderías de Carrilobo y visitar á Ramón,
-tenía que tomar otro rumbo. Mariano Rosas no me ofreció baqueano.
-Partí, pues, solo, confiado en el olfato de perro perdiguero de Camilo
-Arias. Sólo me acompañaba el capitán Rivadavia, que regresaría de
-la Verde, para permanecer en Tierra Adentro hasta que llegasen las
-primeras raciones estipuladas en el tratado de paz.
-
-¿Qué había determinado la mudanza de Mariano Rosas después de tantas
-protestas de amistad? Lo ignoro aún.
-
-Galopábamos por un campo arenoso, yo iba adelante, Camilo Arias á mi
-lado, mi gente desparramada.
-
-Era la tarde, el sol declinaba, en lontananza divisábamos un monte,
-cruzábamos una sucesión de médanos, tendía de vez en cuando la vista
-atrás, Leubucó se alejaba poco á poco, me parecía un sueño.
-
-Llegamos á una aguadita, donde Camargo tenía su _puesto_. Hallé allí
-un compadre, el indio Manuel López, educado en Córdoba, que sabe leer
-y escribir. Eché pie á tierra para esperar que llegara toda mi gente y
-marchar unidos; íbamos á entrar en el monte y la noche se acercaba.
-
-Sucesivamente se me incorporaron los que se habían quedado atrás.
-Viendo que faltaba Macías, pregunté por él. Ahí viene, me contestaron.
-Efectivamente, á poca distancia se veía el polvo de un jinete. Llegó
-éste. Yo conversaba con Manuel López mirando en otra dirección. Al
-sentir sujetar un caballo, di vuelta, y creyendo ver á Macías, vi......
-¡horrible visión! _horrible, most horrible!_ al negro del acordeón.
-Quiso hacer sonar su abominable instrumento, se lo impedí.
-
-¿Qué venía á hacer?
-
-Después lo sabremos.
-
-Esperé á Macías un rato.
-
-No apareció.
-
---Lo han de haber hecho quedar--me dijo el capitán Rivadavia;--yo por
-eso le dije, cuando usted se puso en marcha, viéndolo que perdía el
-tiempo en despedidas: Siga, amigo, con el Coronel.
-
-Estábamos en un bajo hondo; mandé dos hombres al galope á ver si
-divisaban algunos polvos.
-
-Partieron, y cuando ya iba á obscurecer, volvieron diciéndome que nada
-se veía.
-
-No era posible esperar más.
-
-Hice algunas prevenciones sobre el orden de la marcha por el monte,
-porque la noche estaría muy obscura, y partimos.
-
-¡Qué poco había durado la felicidad de Macías!
-
-
-
-
- XXVI
-
- Á orillas de un monte.--Un barómetro humano.--En marcha con
- antorchas.--Ecos extraños.--Conjeturas.--Un chañar convertido en
- lámpara.--Aparición de Macías.--Inspiración del gaucho.--Alrededores
- del toldo de Villarreal.--Una cena.--Cumplo mi palabra.
-
-
-Al llegar á la orilla del monte, la obscuridad de la noche era completa.
-
-No nos veíamos á corta distancia.
-
-Seguíamos un camino enmarañado, cuyos surcos profundos y tortuosos
-comenzaban á abrirse como un gran abanico desplegado.
-
-Hicimos alto; reconocimos la senda que debíamos tomar y combinamos
-un plan de señales para el caso de que alguien se extraviara en la
-espesura.
-
-Era lo más factible.
-
-Soplaba un viento fresco de _abajo_, grupos inmensos de pardas nubes
-recorrían rápidamente el espacio, flotando como fantasmas informes por
-el piélago incoloro del vacío; los relámpagos brillaban como saetas de
-fuego, lanzadas del cielo á la tierra; el trueno rugía imponente y sus
-sordas detonaciones, haciendo temblar al suelo, llegaron hasta nosotros
-como el estampido de lejanas descargas de cañón.
-
-La tempestad era inminente.
-
-Ya caían algunas gotas de agua; el viento silbaba, giraba, calmaba,
-volvía á soplar y remolineaba, azotando con ímpetu fragoroso el bosque
-umbrío.
-
-Las tropillas se movían circularmente, de un lado á otro y el metálico
-cencerro mezclaba sus vibraciones con las armonías del viento.
-
-Yo vacilaba entre seguir la marcha ó acampar.
-
-Llamé á Camilo Arias y le pregunté:
-
---¿Qué te parece, lloverá?
-
-Miró el cielo, siguió el curso de las nubes, le tomó el olor al viento,
-y me contestó:
-
---Si calma el viento, lloverá; si no, no.
-
---¿Entonces, seguiremos?
-
---Me parece mejor; en el monte sufrirán menos los animales, porque si
-llueve caerá piedra.
-
---¡Y no se perderán algunos caballos?
-
---No se han de mover, los tendremos á ronda cerrada en alguna abra.
-
---¿Y has tomado la senda?
-
---Sí, señor.
-
---¿Estás cierto?
-
---¡Cómo no!
-
---¿No te parece prudente que llevemos luces de señal?
-
---Sería bueno, señor.
-
---Bien, pues; que hagan pronto unos manojos de paja y sebo.
-
-Se retiró, volvió un momento después y me avisó que todo estaba pronto.
-
-Nuestros paisanos hacen algunas cosas con una rapidez admirable.
-
-Las señales consistían en antorchas de pasto seco, atadas en la punta
-de unos palos largos.
-
---¡En marcha!--grité,--y cuidado con apartarse de la senda; marchen
-en hilera; si alguno se separa y se extravía, dé dos silbidos, se le
-contestará con palmadas; ¡sigan la luz!
-
-Y esto diciendo me puse detrás de Camilo, que hacía de faro ambulante.
-
-Desfilábamos; el huracán bramaba, tronchando los árboles, las baterías
-eléctricas fulminaban la negra esfera con rápidas intermitencias,
-el rayo serpenteaba horizontalmente, de arriba abajo, en líneas
-rectas y oblicuas, descubriendo entre sombras y luz algunas remotas
-estrellas; el bronco trueno, en incesante repercusión, conmovía la masa
-aérea impalpable y el alma de los nocturnos caminantes se replegaba
-sobrecogida sobre sí misma como cuando signos materiales visibles le
-auguran un peligro cercano.
-
-Oyóse un eco semejante al que saldría de las entrañas de la tierra si
-los que descansan en eternal reposo exhalaran gemidos desgarradores de
-profunda desesperación.
-
-Se repitió varias veces.
-
-Unas veces parecía venir de atrás, otras de delante, ya de la
-izquierda, ya de la derecha.
-
-El camino daba interminables vueltas, buscando el terreno menos
-gualdaloso y evitando los lugares más tupidos.
-
---Es una voz de hombre--me dijo Camilo.
-
---¿Se habrá perdido alguien?
-
---Silbaría, señor.
-
---¿Y entonces? ¿Será algún indio?
-
---Puede ser que se haya encontrado con algún tigre. ¡Les tienen tanto
-miedo!
-
-El viento iba amainando; gruesas gotas de agua caían ya.
-
---Va á llover, señor--me dijo Camilo.
-
---Hagamos alto aquí.
-
-Estábamos en un pequeño descampado.
-
-Cesó el viento del todo, chocáronse dos nubes que seguían opuestas
-direcciones y simultáneamente se desplomó la lluvia, apagando las
-antorchas.
-
---¡Pronto! ¡pronto! que maneen las madrinas; todo el mundo de
-fonda--grité.
-
-El agua caía á torrentes, nos veíamos unos á otros al fulgor de los
-relámpagos, las tropillas estaban quietas, no faltaba nadie.
-
-El eco misterioso se oía de vez en cuando, ora se acercaba, ora se
-alejaba.
-
-Al fin pudieron percibirlo todos.
-
---No es voz de indio--dijo Camilo.
-
---¿Y qué es?--le pregunté.
-
-Su oído era como su vista, jamás le engañaba. No me contestó,
-permaneció atento. Resonó el eco, ahogándolo un trueno.
-
---¿Qué es?--le pregunté.
-
---No es voz de indio--dijo Camilo.
-
-No se oía nada.
-
-En medio de la luz del rayo, del trueno bramador y del ruido monótono
-del agua, estábamos envueltos en un profundo silencio.
-
-Volvióse á oir el eco.
-
---Gritan--dijo Camilo.
-
---¿Qué cosa?
-
---Gritan no más, señor.
-
---¿Pero qué gritan?
-
---Gritan ¡eeeeeh!
-
---¿Será alguno que va arreando animales?
-
---No me parece, señor.
-
---¡Escucha! ¡escucha!
-
-El agua disminuía y el viento soplaba con fuerza de nuevo. El cielo se
-despejaba, las nubes se rarificaban, el rayo y el trueno se alejaban,
-refrescaba, y un aire más puro y balsámico, dilatando los pulmones,
-anunciaba la bonanza.
-
-Cesó la lluvia, se serenó el cielo, brillaron las estrellas, la luna
-asomó su rostro bello y el eco del que gritaba se oyó perceptiblemente.
-
---Es un cristiano--dijo Camilo.
-
---Contéstenle.
-
---¡Aaaaah!--hicieron varios á un tiempo.
-
---Yo...--pareció oirse otra vez.
-
-No había duda, era un cristiano extraviado en el bosque, quién sabe
-desde cuándo, que oía el cencerro de las madrinas y desesperado pedía
-ayuda.
-
---¿Quién es?--gritaron unos.
-
---Por acá, otros.
-
-Y en eso estábamos, sin poder percibir más que el eco de las últimas
-sílabas de lo que nos contestaban.
-
---Ha de ser algún cautivo que se ha escapado, y como oye cencerro,
-calcula que somos nosotros--dijo el capitán Rivadavia.
-
---Es verdad que ellos no usan cencerro, le contesté, pareciéndome
-justísima su conjetura.
-
-Los gritos misteriosos no resonaban ya.
-
-Mandé silbar; lo hicieron varios á una.
-
-No contestaron.
-
-Estábamos con el oído atento, cuando los resplandores de una llamarada
-brillaron de improviso, iluminando el cuadro que formábamos alrededor
-de un espinillo formidable y coposo.
-
-El ingenioso Camilo, á fuerza de sebo y de paja, de soplar y soplar,
-había conseguido hacer fuego en la horquilla que formaba la extremidad
-del tronco de un carcomido chañar, medio carbonizado.
-
-La luz debía verse de bastante lejos á pesar de los árboles.
-
-Varios á un tiempo gritaron:
-
---¡Aaaaah!
-
-Una voz contestó algo que no se pudo comprender bien. Continuamos
-telegrafiando de esa manera; el improvisado fanal ardía y los ecos de
-mi gente se perdían por la selva.
-
-De repente se oyó una voz que á varios nos pareció conocida.
-
---Es el doctor Macías--dijo Camilo.
-
-Efectivamente era su voz, ú otra tan parecida á la suya, que se
-confundían.
-
---¡Pronto! ¡pronto! salgan unos cuantos y hagan señas, ordené,
-previniendo no perdieran de vista el fuego.
-
-La voz seguía oyéndose.
-
---Es el doctor, señor, volvió á afirmar Camilo, añadiendo: y viene con
-el caballo muy pesado.
-
---¿Y en qué le conoces, hombre?
-
---Si se oyen ya hasta los rebencazos que le da; oiga, señor, oiga.
-
-Mi oído no era de tísico como el suyo.
-
---¡Macías! ¡Macías!--grité.
-
---¡Lucio! ¡Lucio!--me contestaron.
-
-Era él.
-
---¡Por acá! ¡por acá!--gritaban los hombres que acababa de destacar.
-
-Macías se presentó, como nosotros, hecho una sopa.
-
---¿Y qué es esto?--le pregunté.
-
---Me quedé atrás por despedirme de algunos conocidos; cuando salí de
-Leubucó, ustedes iban como á una legua, se divisaba muy bien el polvo,
-y no quise apurar mi caballo; subía yo al último médano, y ustedes
-llegaban á la orilla del monte; calculé mal el tiempo, obscureció y me
-perdí.
-
---¿Y de qué conocidos tenías que despedirte?
-
---De algunos indios que más de una vez me dieron de comer.
-
---¿Y de Mariano Rosas también te despediste?
-
---Por supuesto, no me ha tratado tan mal.
-
-El esclavo no conoce su condición, sino cuando respira la atmósfera de
-la libertad, pensé y me dispuse á seguir la marcha.
-
-En Carrilobo me esperaban con una cena en el toldo de Villarreal.
-
---Señor--me dijo Camilo,--el caballo del doctor está _pesadón_.
-
---Que lo muden.
-
-Un instante después caminábamos.
-
-Salimos del bosque y entramos en un campo quebrado y pastoso. Las
-martinetas se alzaban á cada paso espantando los caballos con el
-zumbido de su vuelo inopinado y rápido.
-
-El cielo estaba limpio y sereno, la luna y las estrellas brillaban como
-luces de diamantes; de la borrasca no quedaban más indicios que unos
-nubarrones lejanos.
-
-Lo mismo que luciérnagas en negra noche se divisaron unos fuegos.
-
-Á esa hora y en desierto, era sumamente extraño.
-
-El gaucho argentino tiene la inspiración de todos los fenómenos del
-campo.
-
-De noche y de día es su talento.
-
---Esos fuegos han de ser en un toldo; los vemos por la puerta ó por
-alguna rotura de las paredes--dijo Camilo.
-
---¿Y en qué lo conoces?--le pregunté.
-
---En que la llama no se mueve porque no tiene viento.
-
-Así conversábamos cuando nuestros caballos se detuvieron de improviso.
-
-Habíamos llegado al borde de una zanja.
-
-Observamos atentamente el terreno, teníamos al frente un gran sembrado
-de maíz.
-
---Aquí es el toldo de Villarreal--dijo el capitán Rivadavia.
-
---Se oyen ladridos de perros--dijeron otros.
-
-Costeamos la zanja en la dirección que indicó el capitán Rivadavia y
-dimos con otro sembrado de zapallos y sandías; nos costó hallar la
-rastrillada que conducía al toldo; pero guiados por los ladridos de los
-perros y por los fuegos, saliendo de un sembrado y entrando en otro, la
-hallamos al fin.
-
-Llegamos al toldo.
-
-Villarreal, su mujer y su hermana nos esperaban.
-
-Eran las diez y media.
-
-Nos recibieron con el mayor cariño.
-
-Yo no quería detenerme por lo avanzado de la hora.
-
-Me instaron mucho y tuve que ceder.
-
-Entramos en el toldo, que era grande y cómodo, de techo y paredes
-pintarrajeadas.
-
-Ardían en él tres grandes fogones.
-
---Señor--me dijo la mujer de Villarreal,--lo hemos esperado hasta hace
-un momento con unos corderos asados, pero viendo que era tan tarde
-y que no llegaba, creíamos que ya no sería hasta mañana y acaban de
-comérselos los muchachos, que _ahora se están divirtiendo_; no han
-quedado más que los fiambres y la mazamorra, ¡siéntense! ¡siéntense!
-estén ustedes como en su casa.
-
-Nos sentamos alrededor de uno de los fogones, y mientras nos secábamos
-y comíamos, mandé mudar caballos.
-
-Yo no tenía hambre, en cambio Lemlenyi, Rodríguez, Rivadavia, Ozarowski
-y los franciscanos parecían animados de un entusiasmo gastronómico.
-
-Trajeron unas cuantas gallinas cocidas y una hermosa olla de mazamorra
-muy bien preparada, tortas hechas al rescoldo y zapallo asado.
-
-En un extremo del toldo se oía el ruido de la chusma ebria; casi todos
-los nichos estaban vacíos; en el que estaba detrás de mí dormía una
-vieja.
-
-Tenía la cabeza apoyada en un brazo arrugado y flaco como el de un
-esqueleto y descubría un seno cartilaginoso que daba asco.
-
-La cena empezó.
-
-La mujer de Villarreal, viendo que yo no comía, me hizo una seña, se
-levantó y salió.
-
-Salí tras de ella, y una vez afuera me dijo, con aire confidencial
-y brillándole los ojos como sólo le brillan á las mujeres cuando un
-pensamiento picaresco cruza por su imaginación.
-
---Carmen lo espera.
-
---¿Y dónde está mi comadre?
-
---Allí.
-
-Me indicaba un toldo vecino.
-
-Llamé á un soldado para que me acompañara; lo confieso, tenía miedo de
-los perros; y mientras mis compañeros llenaban el precioso hueco del
-estómago fuí á hacer la visita prometida.
-
-El hombre debe tener palabra con las mujeres, aunque ellas suelen ser
-tan pérfidas y tan malas; las cosas han de tener algún fin.
-
-
-
-
- XXVII
-
- Con quién vivía mi comadre Carmen.--Una despedida igual á
- todas.--Yo habría hecho igual á todas las mujeres.--Grupo
- asqueroso.--¡Adiós!--Una faja pampa.--Arrepentimiento.--Trepando un
- médano.--Desparramo.--Perdidos.--El Brasil puede alguna vez salvar á
- los Argentinos.--Llegamos al toldo de Ramón.
-
-
-Mi comadre Carmen vivía con su madre, su hija y un individuo viejo,
-entre gallinas y perros.
-
-Me esperaba, los demás dormían.
-
-Conversamos de lo que nos interesaba y á la media hora nos separamos
-para siempre, quizá.
-
-Yo había cumplido mi promesa de visitarla antes de salir de Tierra
-Adentro, ella la suya, comunicándome ciertas intrigas contra mí, que
-por una casualidad había descubierto.
-
-Nuestra despedida fué como todas las despedidas, triste.
-
-Me dirigí al toldo de Villarreal, pensando en lo que es la mujer.
-
-Me acordaba de lo que me habían hecho gozar y exclamaba interiormente:
-son adorables.
-
-Me acordaba de lo que me habían hecho sufrir y exclamaba: son infames.
-
-Estudiándolas y analizándolas, las hallaba físicamente perfectas;
-espiritualmente me parecían monstruosas.
-
-¡Qué cabellos, qué ojos, qué boca, qué tez, qué gentileza tienen
-algunas!
-
-Son hermosas como Niobe, dignas del amor de un dios olímpico.
-
-Cualquier mortal daría cien vidas por ellas si cien vidas tuviera.
-
-Y muriendo, todavía encontraría dulce la muerte después de tan supremo
-bien.
-
-¡Pero qué corazón tienen!
-
-Son inconmovibles como las rocas, frías como el hielo, volubles como el
-viento, olvidadizas como la mentira.
-
-¡Qué feas, qué desairadas son otras!
-
-Nadie repara en ellas.
-
-Pero acercaos á su lado, oídlas, tratadlas.
-
-¡Qué alma tienen!
-
-Son buenas como la caridad, dulces como los querubines, puras como las
-auras del Elíseo.
-
-Se puede vivir al lado de ellas y amar la vida.
-
-¡Ah! ellas nos hacen comprender que hay una belleza cuyos encantos el
-tiempo no destruye, la belleza moral.
-
-¿Por qué han de ser tan lindas y tan malas: por qué tanta donosura, al
-lado de tanta perfidia á veces?
-
-¿Por qué esos rostros angélicos y esos corazones satánicos?
-
-¿Por qué han de ser tan repelentes y tan buenas; por qué tanta
-seducción oculta, al lado de tanta exterioridad desagradable?
-
-¿Por qué esas caras defectuosas y esos corazones que son un dechado?
-
-¿Por qué ha hecho Dios cosas tan contradictorias, como una mujer
-adorable y mala?
-
-Si su poder es tan grande, ¿por qué lo que más amamos ha de ser, como
-esas flores venenosas de ricos matices, susceptibles de fascinarnos con
-su mirada y de intoxicarnos con su aliento maldito?
-
-¡Qué! ¿no bastaba que hubiera hombres malos?
-
-¿Para completar el infierno de este mundo, había acaso necesidad de que
-las mujeres fueran demonios?
-
-Yo habría hecho iguales á todas las mujeres.
-
-¿Las rosas no exhalan todas el mismo suavísimo perfume?
-
-Las cosas bellas, deberían serlo en todo y por todo.
-
-Soliloqueando así iba yo, cuando un murmullo humano, parecido á un
-gruñido de perros, llamó mi atención.
-
-Me detuve, estaba á dos pasos del toldo de Villarreal; puse el oído,
-oí hablar confusamente en araucano; miré en esa dirección y vi el
-espectáculo más repugnante.
-
-Un candil de grasa de potro, hecho en un hoyo, ardía en el suelo; un
-tufo rojizo era toda la luz que despedía.
-
-Bajo la enramada del toldo, la chusma viciosa y corrompida saboreaba,
-con irritante desenfreno, los restos aguardentosos de una saturnal que
-había empezado al amanecer.
-
-Hombres y mujeres, jóvenes y viejas, todos estaban mezclados y
-revueltos unos con otros; desgreñados los cerdudos cabellos, rotas
-las sucias camisas, sueltos los grasientos pilquenes; medio vestidos
-los unos, desnudos los otros; sin pudor las hembras, sin vergüenza
-los machos; echando blanca babaza éstos, vomitando aquéllas; sucias y
-pintadas las caras, chispeantes de lubricidad los ojos de los que aun
-no habían perdido el conocimiento, lánguida la mirada de los que el
-mareo iba postrando ya; hediendo, gruñendo, vociferando, maldiciendo,
-riendo, llorando, acostados unos sobre otros, despachurrados,
-encogidos, estirados, parecían un grupo de reptiles asquerosos.
-
-Sentí humillación y horror, viendo á la humanidad en aquel estado y
-entré en el toldo.
-
-Mi gente estaba pronta.
-
-Sólo Villarreal, su mujer y su cuñada, no estaban ebrios.
-
-Me esperaban con agua caliente y todo preparado para cebarme un mate de
-café.
-
-Tuve, pues, que sentarme un rato.
-
-No siéndole posible acompañarme á Villarreal hasta el toldo de Ramón ni
-darme quien lo hiciera, porque toda su chusma estaba _achumada_, lo que
-hacía que él no pudiese dejar sola su familia, llamé á Camilo Arias, y
-mientras yo tomaba unos mates, le hice que se informara del camino.
-
-Villarreal, como indio ladino, dió todas las señas del campo que
-debíamos cruzar; advirtió las rastrilladas que debían dejarse á la
-derecha ó á la izquierda, los bañados guadalosos que debían excusarse;
-los médanos que debían rodearse, los que debían cruzarse trepando por
-ellos; los toldos y los sembrados que quedaban cerca de la morada del
-Cacique.
-
-Una vez enterado Camilo de todo, me despedí de Villarreal y su familia.
-
-Nos abrazaron á todos con cariño, rogando á Dios en lengua castellana,
-que tuviéramos feliz viaje, y nos acompañaron hasta el palenque,
-pidiéndonos, como lo hubieran hecho las gentes mejor criadas, mil
-disculpas por la pobrísima hospitalidad que nos habían dispensado.
-
-Como la noche estaba tan hermosa, y no teníamos ningún monte que
-atravesar, mandé echar las tropillas por delante para que los animales
-montados marcharan más ganosos.
-
-Le previne á Camilo que cada diez minutos hiciera alto para que no nos
-fuéramos á extraviar, por no oir los cencerros, ¡en marcha! grité y
-partieron todos.
-
-Yo me detuve un instante á encender un cigarro.
-
-Encendiéndolo estaba, cuando una sombra se acercó á mi lado.
-
-Reconocí una mujer.
-
---Aquí vengo á traerle esto--me dijo, poniendo en mis manos un pequeño
-envoltorio de papel.
-
---¿Y qué es eso?--le pregunté.
-
---Es un recuerdo.
-
---¿Un recuerdo?
-
---Sí, una faja pampa, bordada por mí.
-
---Gracias, ¿por qué se ha incomodado?
-
-Dió un suspiro y con acento conmovido y tono de reproche amable,
-exclamó:
-
---¡Incomodado!
-
---¡Adiós!--le dije, recogiendo mi caballo.
-
---¡Adiós!--me contestó tristemente.
-
---¡Adiós! ¡adiós!--dijeron Villarreal y su mujer.
-
---¡Adiós! ¡adiós!--repuse yo, y partí al galope, murmurando:
-
---Saben querer desinteresadamente y olvidar también.
-
-No son ni ángeles, ni demonios.
-
-Pero participan de las dos naturalezas á la vez. Cuando son buenas, no
-hay nada comparable á ellas; cuando son malas, son execrables.
-
-Y, con todos sus defectos, sus contradicciones y sus veleidades, la
-existencia sin ellas sería como una peregrinación nocturna por una
-tierra de hielo y bajo un cielo sin luz.
-
-Sí, todos exclaman tarde ó temprano, después de tantos arranques
-frenéticos:
-
- Yes! my adored, yet most unkind!
- Though thou wilt never love again,
- To me 'tis doubly sweet to find
- Remembrance of that love remain.
-
- Yes! 'tis a glorious thought to me
- Nor longer shall my soul repine,
- Whate'er thou art or e'er shall be,
- That thou hast been dearly, solely, mine.[4]
-
-El cencerro de las tropillas me servía de guía; mi caballo iba brioso
-lo que oía y rumbeaba al fin para la querencia.
-
-Llegué al pie de un médano bastante elevado y me encontré con Camilo
-Arias que me esperaba.
-
-Oyendo el cencerro y no viendo las tropillas, se me ocurrió que alguna
-novedad había.
-
---¿Qué hay?--le pregunté.
-
---Nada, señor--me contestó,--por precaución lo he esperado aquí; vamos
-á cruzar este médano, tiene muchas caídas y es muy fácil perderse.
-
---¡Bueno, adelante! ¡vamos! es mucho más de media noche; no perdamos
-tiempo, le dije.
-
-Trepó al médano y le seguí. Los caballos hacían esfuerzos supremos para
-repecharlo, se enterraban hasta los ijares en la blanda y deleznable
-arena; pero subían poco á poco. Llegamos al borde de la cresta, y
-cuando yo creía tramontar el obstáculo, me hallé con una hondonada
-profunda, de cuyo fondo manaba puro y cristalino un espejo de agua. Las
-tropillas bebían reflejándose en él y la luna, desde un cielo limpio y
-azul, iluminaba el agreste y poético paisaje.
-
-Seguimos andando, subimos y bajamos.
-
-De repente, á pesar de las precauciones tomadas, Camilo Arias me dijo:
-
---Señor, estamos perdidos.
-
---¡Alto! ¡alto!--grité, y contestándole á Camilo.
-
---Busca la senda, pues.
-
-Echamos pie á tierra y esperamos.
-
-Un momento después volvió el ecuestre piloto diciendo:
-
---Por allí va.
-
-Marchamos.
-
-La noche se iba toldando; parecía querer llover al entrarse la luna.
-
-Caímos á un bañado salitroso, y siendo tantos los rastros que lo
-cruzaban y los arbustos espinosos de que estaba cubierto, las tropillas
-se desparramaron.
-
-Era una confusión, de todos lados sonaban cencerros y se oían los
-silbidos de los tropilleros _repuntando_ los caballos menos amadrinados.
-
-Nosotros mismos tuvimos que diseminarnos; las sendas eran muy tortuosas
-y los caballos no se seguían.
-
-El salitral blanqueaba como la mansa superficie de un lago helado;
-crujía estrepitosamente bajo los cascos de los cien caballos que lo
-cruzaban, hundiéndose aquí en el guadal, empinándose allí en las
-carquejas que tanto abundan en las pampas, espantándose de repente de
-los fuegos fatuos que como una fosforescencia errante corrían acá y
-allá.
-
-La noche se encapotaba; la luna declinaba con sombría majestad por
-entre anchas fajas jaspeadas y las estrellas apenas alumbraban, al
-través del velo acuoso que cubría los cielos.
-
-Crucé el bañado.
-
-Camilo Arias no se había separado de mí.
-
-Algunos habían pasado ya y esperaban en la orilla; otros estaban
-acabando de pasar.
-
-Con las tropillas sucedía lo mismo, no estaban reunidas aún.
-
-Esperé un rato, y mientras tanto se buscó en vano el camino.
-
-Viendo que no lo hallaban y que el capitán Rivadavia y otros no
-parecían, mandé quemar el campo; no se pudo por la humedad y falta de
-sebo; se dieron voces, nadie contestó; silbamos, silencio profundo.
-
-Destaqué tres descubridores; á las cansadas volvieron dos, sin haber
-visto ni oído nada.
-
-Faltaba el otro, y contestó de ahí cerca; hacía un rato que giraba
-perdido á nuestro alrededor.
-
-La lluvia amenazaba volver á desplomarse por momentos.
-
-Marchemos al rumbo--le dije á Camilo,--hasta que lleguemos á un campo
-más alto que éste; los demás jinetes y caballos los hallaremos de día.
-
-Marchamos.
-
-Y marchando íbamos cuando ladraron perros.
-
---Allí hay un toldo--dijo Camilo.
-
-Miré en la dirección que me indicaba, no vi sino tinieblas.
-
---Pues hagamos alto aquí y que vayan á averiguar dónde queda el de
-Ramón--le contesté.
-
-Despachó una pareja de jinetes.
-
-Volvieron diciendo que íbamos mal; que el camino quedaba á la
-izquierda, es decir, al Poniente, y que el toldo de Ramón estaba muy
-cerca, que en cuanto cruzáramos una cañada lo veríamos.
-
-Cambiamos de rumbo y seguimos la marcha en la dirección indicada, y á
-poco andar, caímos á un campo bajo, húmedo y guadaloso.
-
---Aquí debe ser la cañada--dijo Camilo,--ya debemos estar cerca.
-
-Entre los extraviados iba un perro mío llamado _Brasil_, que después
-de haber hecho la campaña del Paraguay en el Batallón 12 de línea, me
-acompañaba valientemente en aquella excursión.
-
-Brasil era un sabueso criollo inteligentísimo, mezcla de galgo y de
-podenco de presa, fuerte, guapo, ligero, listo, gran cazador de peludos
-y mulitas, de gamos y avestruces, y enemigo declarado de los zorros,
-únicos con quienes no siempre salía bien.
-
-Todos lo querían; le acariciaban y le cuidaban.
-
-Los soldados conocían sus ladridos lo mismo que mi voz.
-
-Cruzábamos la cañada cuando se oyeron unos ecos perrunos.
-
---¡Ése es Brasil!--dijeron varios á la vez.
-
---Ahí ha de estar el capitán Rivadavia--dijo Camilo Arias.
-
-Con efecto, guiados por los ladridos de Brasil, no tardamos en
-reunirnos á él.
-
-Faltaban, sin embargo, algunos.
-
-El capitán Rivadavia, con los que le seguían, después de haber buscado
-inútilmente su incorporación á mí, resolvió esperar allí y hacía un
-buen rato que me esperaba.
-
-Seguimos la marcha, y al entrar en unos _vizcacherales_, Camilo Arias
-me observó que debíamos estar muy cerca de algún toldo.
-
-Las vizcachas auguran siempre una población cercana.
-
-Corriéndolas Brasil, husmeó un rastro de jinetes y caballos.
-
---Por allí debe de ir Rufino Pereyra,--que era uno de mis asistentes de
-confianza que faltaba,--con su tropilla--dijo Camilo al oirlo.
-
-Un momento después oyéronse con más fuerza los ladridos de Brasil y de
-otros de su jaez.
-
-Á no dudarlo, íbamos á llegar al toldo de Ramón ó á otro.
-
-Seguimos la dirección de los ladridos, y al llegar á un gran corral,
-apareció Rufino Pereyra con su tropilla.
-
-La madrina había perdido el cencerro en el _carquejal_ del bañado
-salitroso.
-
-Estábamos en donde queríamos.
-
-Me aproximé al toldo.
-
-Salió un indio--me dijo que Ramón había estado en pie, con toda la
-familia, esperándome, hasta media noche con la cena pronta; que no se
-levantaba porque estaba medio indispuesto, que me apeara, que aquella
-era mi casa, que me acomodase como gustara.
-
-Eché, pues, pie á tierra, me instalé en el espacioso salón, donde
-Ramón tenía la _fragua de su platería_, se acomodaron los caballos,
-se recogieron de la huerta zapallos y choclos en abundancia, se hizo
-fuego; cenamos y nos acostamos á dormir alegres y contentos, como si
-hubiéramos llegado al palacio de un príncipe y estuviéramos haciendo
-noche en él.
-
-¡Cuán cierto es que el arte de la felicidad consiste en saber conformar
-los deseos á los medios y en desear solamente los placeres posibles!
-
-
- NOTAS:
-
-[4] Sí, amiga adorada aunque inconstante, en vano no me amarás ya: es
-para mí un consuelo saber que el recuerdo de nuestro amor no se borrará
-de tu corazón.
-
-Sí, será para mí un triunfo, y ahogaré las penas de mi alma pensando
-que, seas lo que seas, te vuelvas lo que te vuelvas, _tú has sido mía y
-sólo mía_.
-
-
-
-
- XXVIII
-
- El sueño no tiene amo.--El toldo de Ramón nada deja que desear.--Una
- fragua primitiva.--Diálogo entre la civilización y la barbarie.--Tengo
- que humillarme.--Se presenta Ramón.--Doña Fermina Zárate.--Una lección
- de filosofía práctica.--Petrona Jofré y los cordones de Nuestro Padre
- San Francisco.--Veinte yeguas, sesenta pesos, un poncho y cinco
- chiripáes por una mujer.--Rasgo generoso de Crisóstomo.--El hombre ni
- es un ángel ni una bestia.
-
-
-Un proverbio negro dice: el sueño no tiene amo.
-
-Todos dormimos perfectamente bien.
-
-El cansancio nos hizo hallar deliciosa la morada del cacique Ramón.
-
-Cuando yo me desperté eran las ocho de la mañana; mis compañeros
-roncaban aún con una expansión pulmonar envidiable.
-
-Llamé un asistente, pedí mate y me quedé un rato más en cama gozando
-del placer de no hacer nada, placer tan combatido y censurado cuanto
-generalmente codiciado.
-
-Según un amigo, pensador no vulgar y egregio poeta, no hacer nada es
-descansar. Así él sostiene que el día es hecho para eso y la noche para
-dormir.
-
-¡Lástima que un mortal de gustos tan patriarcales, que sería dichoso
-con muy poca cosa, se vea condenado como tanto hijo de vecino, á la
-dura ley del trabajo, cuando innumerables prójimos desperdician lo
-superfluo y aun lo necesario!
-
-¡Qué hacer! el mundo está organizado así y el Eclesiastés, que sabe más
-que mi amigo y yo juntos, dice:
-
-«El insensato tiene los brazos cruzados y se consume _diciendo_:
-
-«Lleno el hueco de una mano, con reposo, vale más que las dos llenas
-con trabajo y mortificación de espíritu.»
-
-Con la luz del día examiné el lecho en que había dormido tan
-cómodamente, como en elástica cama á la _Balzac_ provista de sus
-correspondientes accesorios, almohadones de finísimas plumas y sedosos
-cobertores. Eran unos cueros de potro mal estaqueados y unas pieles de
-carnero, la cabecera un mortero cubierto con mis cojinillos.
-
-En seguida tendí la vista á mi alrededor.
-
-En Tierra Adentro yo no había pernoctado bajo techumbre mejor.
-
-El toldo del cacique Ramón superaba á todos los demás.
-
-Mi alojamiento era un galpón de madera y paja, de doce varas de largo
-por cuatro de ancho y tres de alto.
-
-Estaba perfectamente aseado.
-
-En un costado, se veía la fragua y al lado una mesa de madera tosca y
-un yunque de hierro.
-
-Ya he dicho que Ramón es platero y que este arte es común entre los
-indios.
-
-Ellos trabajan espuelas, estribos, cabezadas, pretales, aros, pulseras,
-prendedores y otros adornos femeninos y masculinos, como sortijas y
-yesqueros.
-
-Funden la plata, la purifican en el crisol, la ligan, la baten á
-martillo, dándole la forma que quieren y la cincelan.
-
-En la _chafalonía_, prefieren el gusto chileno; porque con Chile tienen
-comercio y es de allí de donde llevan toda clase de prendas, que
-cambalachean por ganado vacuno, lanar y caballar.
-
-La fragua consistía en un paralelepípedo de adobe crudo.
-
-Tenía dos fuelles y se conocía que el día anterior habían trabajado;
-las cenizas estaban tibias aún.
-
-En un saco de cuero había carbón de leña y sobre la mesa se veían
-varios instrumentos cortantes, martillos y limas rotas.
-
-Los fuelles llamaron sobremanera mi atención por su extraña estructura.
-
-Antes de examinar su construcción entablé un diálogo conmigo mismo.
-
---Á ver, me dije, representante orgulloso de la civilización y del
-progreso moderno en la pampa, ¿cómo harías tú un fuelle?
-
---¿Un fuelle?
-
---Sí, un fuelle, ¿no se llama así por la Academia española «un
-instrumento para recoger viento y volverlo á dar», aunque habría sido
-más comprensible y digno de ella decir: un instrumento construido
-según ciertos principios de física, para recoger aire por medio de una
-válvula, y volverle á despedir con más ó menos violencia, á voluntad
-del que lo maneje, por un cañón colocado á su extremo?
-
---Entiendo, entiendo.
-
---Y bien, si entiendes, dime, ¿cómo lo harías?
-
---¿Cómo lo haría?
-
---¡Sí, hombre, por Dios! parece que te hubiera puesto un problema
-insoluble.
-
---No digo eso.
-
---¿Entonces?
-
---Es que...
-
---¡Ah! es que eres un pobre diablo, un fatuo del siglo XIX, un erudito
-á la violeta, un insensato que no quieres confesar tu falta de ingenio.
-
---¿Yo?...
-
---Sí, tú, has entrado en el miserable toldo de un indio á quien
-un millón de veces has calificado de bárbaro, cuyo exterminio has
-preconizado en todos los tonos, en nombre de tu decantada y clemente
-civilización, te ves derrotado y no quieres confesar tu ignorancia.
-
---¿Mi ignorancia?
-
---Tu ignorancia, sí.
-
---¿Quieres acaso que me humille?
-
---Sí, humíllate y aprende una vez más que el mundo no se estudia en los
-libros.
-
-Incliné la frente, me acerqué á la fragua, cogí el manubrio de ambos
-fuelles, los que estaban colocados en la misma línea horizontal, tiré,
-aflojé y se levantó una nube de ceniza.
-
-Eran feos; pero surtían el efecto necesario, despidiendo una corriente
-de aire bastante fuerte para inflamar el carbón encendido.
-
-Todo era obra del mismo Ramón; invento exclusivo suyo.
-
-Con una panza seca de vaca y sobada había hecho una manga de una
-vara de largo y un pie de diámetro; con _tientos_ la había plegado,
-formándole tres grandes buches con comunicación; en un extremo había
-colocado la mitad del cañón de una carabina y en el otro un tarugo de
-palo labrado con el cuchillo; el cañón estaba embutido en la fragua y
-sujeto con ataduras á un piquete. Naturalmente, tirando y apretando
-aquel aparato hasta aplastar los buches, el aire entraba y salía
-produciendo el mismo efecto que cualquier otro fuelle.
-
-Pensaba el tiempo que habría empleado yo con todos los recursos de
-la civilización, si por necesidad ó afición á las artes liberales me
-hubiese propuesto hacer un fuelle; se me ocurría que quizás habría
-tenido que darme por derrotado, cuando un cautivo, blanco y rubio, de
-doce á catorce años, entró en el galpón y después de saludarme con el
-mayor respeto tratándome de _usía_, me dijo:
-
---Dice el cacique Ramón que si se le puede ver ya; que cómo ha pasado
-la noche.
-
-Le contesté que estaba á su disposición, que podía verme en el acto, si
-quería, y que había dormido muy bien.
-
-Salió el cautivo, y un momento después se presentó Ramón, vestido
-como un paisano prolijo, aseado que daba gusto verle; sus manos
-acostumbradas al trabajo, parecían las de un caballero, tenía las uñas
-irreprochablemente limpias, ni cortas ni largas y redondeadas con
-igualdad.
-
-No estuvo ceremonioso.
-
-Al contrario, me trató como á un antiguo conocido, me repitió que
-aquella era mi casa, que dispusiera de él, me anunció que ya me iban á
-traer el almuerzo, que más tarde me presentaría á su familia y me dejó
-solo.
-
-En seguida volvió, se sentó y trajeron el almuerzo.
-
-Era lo consabido, puchero con zapallo, choclos, asado, etc.
-
-Todo estaba hecho con el mayor esmero; hacía mucho tiempo que yo no
-veía un caldo más rico.
-
-Durante el almuerzo hablamos de agricultura y de ganadería.
-
-El indio era entendido en todo.
-
-Sus corrales eran grandes y bien hechos, sus sementeras vastas, sus
-ganados mansos como ninguno.
-
-Es fama que Ramón ama mucho á los cristianos; lo cierto es que en su
-tribu es donde hay más.
-
-Una de sus mujeres, en la que tiene tres hijos, es nada menos que doña
-Fermina Zárate, de la Villa de la Carlota.
-
-La cautivaron siendo joven, tendría veinte años; ahora ya es vieja.
-
-¡Allí estaba la pobre!
-
-Delante de ella, Ramón me dijo:
-
---La señora es muy buena, me ha acompañado muchos años, yo le estoy
-muy agradecido, por eso le he dicho ya que puede salir cuando quiera
-volverse á su tierra, donde está su familia.
-
-Doña Fermina le miró con una expresión indefinible, con una mezcla
-de cariño y de horror, de un modo que sólo una mujer observadora y
-penetrante habría podido comprender, y contestó:
-
---Señor, Ramón es un buen hombre. ¡Ojalá todos fueran como él! Menos
-sufrirían las cautivas. Yo, ¡para qué me he de quejar! Dios sabrá lo
-que ha hecho.
-
-Y esto diciendo se echó á llorar, sin recatarse.
-
-Ramón dijo:
-
---Es muy buena la señora,--se levantó, salió, y me dejó solo con ella.
-
-Doña Fermina Zárate no tiene nada de notable en su fisonomía; es un
-tipo de mujer como hay muchas, aunque su frente y sus ojos revelan
-cierta conformidad paciente con los decretos providenciales.
-
-Está menos vieja de lo que ella se cree.
-
---¿Y por qué no se viene usted conmigo señora?--le dije.
-
---¡Ah! señor--me contestó con amargura--¿y qué voy á hacer yo entre los
-cristianos?
-
---Para reunirse á su familia. Yo la conozco, está en la Carlota, todos
-se acuerdan de usted con gran cariño y la lloran mucho.
-
---¿Y mis hijos, señor?
-
---Sus hijos...
-
---Ramón me deja salir á mí; porque realmente no es mal hombre, á mí al
-menos me ha tratado bien, después que fuí madre. Pero mis hijos, mis
-hijos no quiere que los lleve.
-
-No me resolví á decirle: Déjelos usted, son el fruto de la violencia.
-
-¡Eran sus hijos!
-
-Ella prosiguió:
-
---Además, señor, ¿qué vida sería la mía entre los cristianos después de
-tantos años que falto de mi pueblo? Yo era joven y buena moza cuando me
-cautivaron. Y ahora ya ve, estoy vieja. Parezco cristiana, porque Ramón
-me permite vestirme como ellas, pero vivo como india; francamente; me
-parece que soy más india que cristiana, aunque creo en Dios, como que
-todos los días le encomiendo mis hijos y mi familia.
-
---¿Á pesar de estar usted cautiva cree en Dios?
-
---¿Y él qué culpa tiene de que me agarraran los indios? la culpa la
-tendrán los cristianos que no saben cuidar sus mujeres ni sus hijos.
-
-No contesté; tan alta filosofía en boca de aquella mujer, la concubina
-jubilada de aquel bárbaro, me humilló más que el soliloquio á propósito
-del fuelle.
-
-Una mujer joven y hermosa, demacrada, sucia y andrajosa se presentó
-diciendo con tonada cordobesa:
-
---¿Usted será, mi señor, el coronel Mansilla?
-
---Yo soy, hija, ¿qué quiere usted?
-
---Vengo á pedirle que me haga el favor de hacer que los padrecitos me
-den á besar el cordón de Nuestro Padre San Francisco.
-
---¡Pues no! con mucho gusto, y esto diciendo llamé á los santos varones.
-
-Vinieron.
-
-Al verlos entrar, la desdichada Petrona Jofré se postró de hinojos
-ante ellos y con efusión ferviente tomó los cordones del padre Marcos,
-después los del padre Moisés y los besó repetidas veces.
-
-Los buenos franciscanos, viéndola tan angustiosa, la exhortaron, la
-acariciaron paternalmente y consiguieron tranquilizarla, aunque no del
-todo.
-
-Sollozaba como una criatura.
-
-Partía el corazón verla y oirla.
-
-Calmóse poco á poco y nos relató la breve y tocante historia de sus
-dolores.
-
-Doña Fermina confirmaba todas sus referencias.
-
-La vida de aquella desdichada de la Cañada Honda, mujer de Cruz Bustos,
-era una verdadera _viacrucis_.
-
-La tenía un indio malísimo llamado Carrapí.
-
-Estaba frenéticamente enamorado de ella, y ella resistía con heroísmo á
-su lujuria.
-
-De ahí su martirio.
-
---Primero me he de dejar matar, ó lo he de matar yo, que hacer lo que
-el indio quiere, decía con expresión enérgica y salvaje.
-
-Doña Fermina meneaba la cabeza y exclamaba:
-
---¡Vea qué vida, señor!
-
-Yo estaba desesperado.
-
-¿Qué otro efecto puede producir la simpatía impotente?
-
-Nada podía hacer por aquella desdichada, nada tenía que darle.
-
-No me quedaba sino lo puesto.
-
-Ni pañuelo de manos llevaba ya.
-
-Doña Fermina me contó que Carrapí no quería venderla para que la
-sacaran, y que un cristiano, por caridad, la andaba por comprar.
-
-El indio pedía por ella veinte yeguas, sesenta pesos bolivianos, un
-poncho de paño y cinco chiripáes colorados.
-
---¿Y quién es ese cristiano?--le pregunté.
-
---Crisóstomo--me contestó.
-
---¿Crisóstomo?...
-
---Sí, señor, Crisóstomo.
-
-Crisóstomo era el hombre aquél que en Calcumuleu hubo de pasar á
-caballo por entre los franciscanos: que tanto me exasperó, que me dió
-de comer después y me relató su interesante historia.
-
-Está visto: los malvados también tienen corazón.
-
-Bien dice Pascal:
-
-El hombre no es un ángel ni una bestia.
-
-Es un ser indefinible, hace el mal por placer y goza con el bien.
-
-En medio de todo es consolador.
-
-
-
-
- XXIX
-
- La familia del cacique Ramón.--Spañol.--Una invasión.--Despacho al
- capitán Rivadavia.--Cuestión de amor propio.--Buen sentido de un
- indio.--En Carrilobo soplaba mejor viento que en Leubucó.--Suenan los
- cencerros.--Atíncar (véase bórax).--El hombre civilizado nunca acaba
- de aprender.--Me despido.--Cómo doman los bárbaros.--¡Últimos hurrahs!
-
-
-Me invitaron á pasar al toldo de Ramón.
-
-Dejé á doña Fermina Zárate y á Petrona Jofré con los franciscanos y
-entré en él.
-
-La familia del cacique constaba de cinco concubinas, de distintas
-edades, una cristiana y cuatro indias; de siete hijos varones y de tres
-hijas mujeres, dos de ellas púberes ya.
-
-Éstas últimas, y la concubina que hacía cabeza, se habían vestido de
-gala para recibirme.
-
-No hay indio ranquel más rico que Ramón, como que es estanciero,
-labrador y platero.
-
-Su familia gasta lujo.
-
-Ostentaban hermosos prendedores de pecho, zarcillos, pulseras y
-collares, todo de plata maciza y pura, hecho á martillo y cincelado por
-Ramón; mantas, fajas y pilquenes de ricos tejidos pampas.
-
-Las dos hijas mayores se llamaban, Comeñé, la primera, que quiere
-decir _ojos lindos_, de _come_, lindo, y de _ñé_, ojos; Pichicaiun la
-segunda, que quiere decir _boca chica_, de _pichicai_, chico, y de _un_
-boca.
-
-Se habían pintado con carmín los labios, las mejillas y las uñas de
-las manos; se habían sombreado los párpados y puesto muchos lunarcitos
-negros.
-
-Tanto Pichicaiun, como Comeñé, tenían nombres muy apropiados; la una
-se distinguía por una boca pequeñita lindísima; la otra por unos
-grandes ojos negros llenos de fuego. Ambas estaban en la plenitud del
-desarrollo físico, y en cualquier parte un hombre de buen gusto las
-hubiera mirado largo rato con placer.
-
-Me recibieron con graciosa timidez.
-
-Me senté, Ramón se puso á mi lado, su mujer principal y sus hijas
-enfrente.
-
-Las dos chinitas sabían que eran bonitas; coqueteaban como lo hubieran
-hecho dos cristianas.
-
-Ramón es muy conversador, no me dejaban conversar con él; el lenguaraz
-trabucaba sus razones y las mías.
-
-¡Qué maldita condición tienen nuestras caras compañeras!
-
-Con su permiso diré, que son como los gatos: antes de matar la presa
-juegan con ella.
-
---¡Spañol! ¡Spañol!--gritó Ramón.--El cautivo blanco y rubio se
-presentó. Recibió órdenes, se marchó y volvió trayendo cubiertos y
-platos.
-
-Sirvieron la comida.
-
-Yo acababa de almorzar. Pero no podía rehusar el convite que se me
-hacía. Me habría desacreditado.
-
-Comí, pues.
-
-El cautivo no le quitaba los ojos á Ramón; éste lo manejaba con la
-vista.
-
---¿Cómo te llamas?--le pregunté, creyendo que las palabras ¡Spañol!
-¡Spañol! tenían una significación araucana.
-
---Spañol--me contestó.
-
---¿Spañol?--repetí yo, mirando á Mora y á Ramón alternativamente.
-
---Sí, señor, Spañol--me dijo Mora,--así les llaman á algunos cautivos.
-
---Spañol--afirmó Ramón, que había entendido mi pregunta.
-
---¿Pero qué nombre tenías en tu tierra?--le pregunté al cautivo.
-
---No sé, se me ha olvidado; era muy chico cuando me trajeron--repuso.
-
---¿De dónde eres?
-
---No sé.
-
---¡Cómo no has de saber! ¿Te han prohibido que digas tu verdadero
-nombre y el lugar en donde te cautivaron?
-
---No, señor.
-
---Si no ha de saber nada, señor--dijo Mora,--por eso le llaman Spañol,
-hasta que sea más grande y le den nombre de indio.
-
---¿Y ésa es la costumbre?
-
---Sí, señor.
-
---Pregúntele á Ramón ¿qué quiere decir Spañol?
-
-Ramón contestó.
-
---Spañol, quiere decir, de otra tierra.
-
-En esto estábamos, cuando el capitán Rivadavia se me presentó, y
-hablándome al oído, me dijo:
-
-Que Crisóstomo acababa de llegar de Leubucó y que á su salida se decía
-allí que había habido invasión por San Luis.
-
-Le pedí permiso á Ramón para retirarme, comunicándole la ocurrencia; me
-retiré, y un momento después el capitán Rivadavia se separaba de mí con
-una carta bastante fuerte para Mariano Rosas.
-
-Le exigía en ella el castigo de los invasores apoyándome en el Tratado
-de paz y le decía que en la Verde esperaba su contestación; que á la
-tarde estaría allí.
-
-Ramón vino á hablar conmigo y me manifestó su disgusto por el hecho; me
-dijo que había de ser Wenchenao, calificándolo de _gaucho ladrón_ y me
-preguntó que á qué hora pensaba ponerme en marcha.
-
-Le dije que en cuanto medio quisiera ladear el sol, estilo gauchesco,
-que vale tanto como después de las doce.
-
-Me hizo presente que entonces había tiempo de carnear una res gorda y
-unas ovejas para que llevara carne fresca.
-
-Le expresé que no se incomodara, y me hizo entender que no era
-incomodidad sino deber y que extrañaba mucho que Mariano Rosas me
-hubiera dejado salir de Leubucó sin darme carne.
-
-En efecto, de allí habíamos salido con una mano atrás y otra adelante,
-resueltos á comernos las mulas.
-
-Yo había hecho el firme propósito de no pedir qué comer á nadie.
-
-Era una cuestión de orgullo bien entendida en una tierra donde los
-alimentos no se compran; donde el que tiene necesidad _pide con vuelta_.
-
-Trajeron una vaca gorda y dos ovejas, mandé á mi gente á carnearlas y
-entramos con Ramón á la platería.
-
-El indio me habló así:
-
---Yo soy amigo de los cristianos, porque me gusta el trabajo; yo deseo
-vivir en paz, porque tengo qué perder; yo quiero saber si esta paz
-durará y si me podré ir con mi indiada al Cuero, que es mejor campo que
-éste.
-
-Le contesté:
-
-Que me alegraba mucho de oirlo discurrir así; que eso probaba que era
-un hombre de juicio.
-
-Añadió:
-
---Yo conozco la razón; ¿usted cree que no me gustaría á mí vivir como
-Coliqueo?[5] ¡Pero cuándo van los otros!
-
-¡Están muy asustadizos! Es preciso que pase mucho tiempo para que le
-tomen gusto á la paz.
-
-Yo repuse:
-
---¿Entonces usted cree que es mejor vivir juntos y no desparramados?
-
---Ya lo creo--me contestó,--viviendo así tan lejos unos de otros, todos
-son perjuicios, no hay comercio.
-
-Llegaron algunas visitas. Tuve que recibirlas. Entre ellas venía el
-padre de Ramón, un indio valetudinario y setentón. Me contó su vida,
-sus servicios, me ponderó sus méritos con un cinismo comparable
-solamente al de un hombre civilizado; me dijo que había abdicado en su
-hijo el gobierno de la tribu, porque Ramón era como él, me hizo mil
-ofertas, mil protestas de amistad y por último me pidió un chaquetón de
-paño forrado en bayeta.
-
-Me avisaron que la carneada estaba hecha; mandé arrimar las tropillas
-y le previne á Ramón que ya pensaba marcharme, á lo cual contestó que
-yo era dueño de mi voluntad; que cómo había de ser, si no podía hacerle
-una visita más larga y que iba á tener el gusto de acompañarme con
-algunos amigos hasta por ahí.
-
-Le di las gracias por su fineza, le manifesté que para qué quería
-incomodarse, que no hiciera ceremonia, y me respondió que no había
-incomodidad en cumplir con un deber, que quizá no nos volveríamos á ver.
-
-Yo no tenía qué replicar.
-
-Pensé un momento para mis adentros, que en Carrilobo soplaba un
-viento mucho mejor que en Leubucó, como que Ramón no tenía á su lado
-cristianos que le adularan; que era el indio más radical en sus
-costumbres; el que me había recibido más á la usanza ranquelina, era el
-que se manifestaba á mi regreso más caballero y cumplido; y acabé por
-hacerme esta pregunta: ¿El contacto de la civilización será corruptor
-de la buena fe primitiva?
-
-Sentí el cencerro de las tropillas que llegaban, mandé ensillar y le
-dije á Ramón:
-
---Bueno, amigo, ¿qué tiene que encargarme?
-
---Necesito algunas cosas para la platería--me contestó.
-
---Yo se las mandaré, y esto diciendo saqué mi libro de memorias para
-apuntar en él los encargos--añadiendo,--qué son:
-
---Un yunque.
-
---Bueno.
-
---Un martillo.
-
---Bueno.
-
---Unas tenazas.
-
---Bueno.
-
---Un torno.
-
---Bueno.
-
---Una lima fina.
-
---Bueno.
-
---Un alicate.
-
---Bueno.
-
---Un crisol.
-
---Bueno.
-
---Un bruñidor.
-
---Bueno.
-
---Piedra lápiz.
-
---Bueno.
-
---Atíncar.
-
-Ramón había ido enumerando las palabras anteriores, sin necesidad de
-lenguaraz, pronunciándolas correctamente.
-
-Al oirle decir atíncar, le pregunté:
-
---¿Atíncar?
-
---Sí, atíncar--repuso.
-
---Dígame el nombre en lengua de cristiano.
-
---Así es, atíncar.
-
-Iba á decirle: ése será el nombre en araucano; pero me acordé de las
-lecciones que acababa de recibir, de mi humillación en presencia del
-fuelle, de mi humillación ante doña Fermina, discurriendo como un
-filósofo consumado y en lugar de hacerlo, le pregunté:
-
---¿Está usted cierto?
-
---Cierto, atíncar es, así le llaman los chilenos; y esto diciendo se
-levantó, se acercó á la fragua, metió la mano en un saquito de cuero
-que estaba colgado al lado de la horqueta de una tijera del techo, y
-desenvolviéndolo y pasándomelo, me dijo:
-
---Esto es atíncar.
-
-Era una substancia blanquecina, amarga, como la sal.
-
-Apunté _atíncar_, convencido que la palabra no era castellana.
-
-En cuanto llegué al Río 4.º, uno de mis primeros cuidados fué tomar el
-diccionario.
-
-La palabra _atíncar_ trotaba por mi imaginación.
-
-Atíncar hallé en la página 82, masculino, véase: _bórax_.
-
---¡Alabado sea Dios!--exclamé.--Yo sabía lo que era bórax; sabía que
-era una sal que se encuentra en disolución en ciertos lagos; sabía
-que en metalurgia se la empleaba como fundente, como reactivo y como
-soldadura. ¡Loado sea Dios!--volví á exclamar,--que así castiga sin
-palo ni piedra.
-
-Tanto que declamamos sobre nuestra sabiduría, tanto que leemos y
-estudiamos.
-
-¿Y para qué?
-
-Para despreciar á un pobre indio, llamándole bárbaro, salvaje; para
-pedir su exterminio, porque su sangre, su raza, sus instintos, sus
-aptitudes no son susceptibles de asimilarse con nuestra civilización
-empírica, que se dice humanitaria, recta y justiciera, aunque hace
-morir á hierro al que á hierro mata, y se ensangrienta por cuestión
-de amor propio, de avaricia, de engrandecimiento, de orgullo, que
-para todo nos presenta en nombre del derecho el filo de una espada,
-en una palabra, que mantiene la pena del talión, porque si yo mato me
-matan; que en definitiva, lo que más respeta, es la fuerza, desde que
-cualquier Breno de las batallas ó del dinero es capaz de hacer inclinar
-de su lado la balanza de la justicia.
-
-¡Ah! mientras tanto, el bárbaro, el salvaje, el indio ése, que
-rechazamos y despreciamos, como si todos no derivásemos de un tronco
-común, como si la _planta hombre_ no fuese única en su especie, el
-día menos pensado nos prueba que somos muy altaneros, que vivimos en
-la ignorancia, de una vanidad descomunal, irritante, que ha penetrado
-en la obscuridad nebulosa de los cielos con el telescopio, que ha
-suprimido las distancias por medio de la electricidad y del vapor, que
-volará mañana, quizá, convenido; pero que no destruirá jamás, hasta
-_aniquilarla_, una simple partícula de la materia, ni le arrancará al
-hombre los secretos recónditos del corazón.
-
-Todo estaba pronto para la marcha.
-
-Me despedí de la familia de Ramón, cuyas hijas, apartándose de
-la costumbre de la tierra, nos abrazaron y nos dieron la mano,
-regalándoles sortijas de plata á algunos de los que me acompañaban.
-
-En seguida marché, me acompañaban Ramón y cincuenta de los suyos al son
-de cornetas.
-
-Ramón montaba un caballo bayo domado por él.
-
-Parecía un animal vigoroso.
-
---Yo no soy haragán, amigo--me dijo.--Yo mismo domo mis caballos, me
-gusta más el modo de los indios que el de los cristianos.
-
---¿Y qué, doman de otro modo ustedes?--le pregunté.
-
---Sí--me contestó.
-
---¿Cómo hacen?
-
---Nosotros no maltratamos el animal; lo atamos á un palo; tratamos
-de que pierda el miedo; no le damos de comer si no deja que se le
-acerquen; lo palmeamos de á pie; lo ensillamos y no lo montamos, hasta
-que se acostumbra al recado, hasta que no siente ya cosquillas; después
-lo enfrenamos, por eso nuestros caballos son tan briosos y tan mansos.
-
-Los cristianos les enseñan más cosas, á trotar más lindo; nosotros los
-amansamos mejor.
-
---Hasta en esto--dije para mis adentros,--los bárbaros pueden darles
-lecciones de humanidad á los que les desprecian.
-
-Ramón me había acompañado como una legua.
-
---Hasta aquí no más--le dije, haciendo alto.
-
---Como guste--me contestó.
-
-Nos dimos la mano, nos abrazamos y nos separamos.
-
-Su comitiva me saludó con un ¡hurrah!
-
---¡Adiós! ¡adiós!--gritaron varios á una.
-
---¡Adiós! ¡adiós! ¡amigo!--gritaron otros.
-
-Y ellos partieron para el Sur, y nosotros para el Norte, envueltos en
-remolinos de arena que obscurecían el horizonte como negra cortina.
-
-Mi cálculo era llegar á la Verde al ponerse el sol.
-
-Llegué á un campo pastoso, hice alto un momento, la arena nos ahogaba.
-
-
- NOTAS:
-
-[5] Coliqueo, indio amigo establecido en su tribu entre los
-departamentos de Junín y 25 de Mayo, Provincia de Buenos Aires.
-
-
-
-
- XXX
-
- Á la vista de la Verde.--Murmuraciones.--Defecto de lectores y
- de caminantes.--Dos cuentos al caso.--Reglas para viajar en la
- Pampa.--La monotonía es capaz de hacer dormir al mejor amigo.--Dos
- polvos.--Suerte de Brasil.--Reproche de los franciscanos.--¿Tendrán
- alma los perros?--Un obstáculo.
-
-
-Los médanos de la Verde estaban á la vista, y es probable que, en mi
-caso, otro viajero no se hubiera detenido. Pero la experiencia es madre
-de la ciencia, y yo me reía de algunos de mis oficiales que, viendo el
-objetivo tan cerca, murmuraban:--¿Por qué se parará aquí este hombre?
-
-Ellos no habían recorrido como yo cuatro partes del mundo, en buque de
-vela, en vapor, en ferrocarril, en carreta, á caballo, á pie, en coche,
-en palanquín, en elefante, en camello, en globo, en burro, en silla de
-manos, á lomo de mula y de hombre.
-
-Es defecto de lectores y de caminantes apurarse demasiado.
-
-Unos y otros debieran tener presente que la igualdad del movimiento
-produce en el espíritu el mismo efecto que hace en los oídos la
-igualdad de la entonación.
-
-Voltaire lo ha dicho:
-
-«_L'ennui naquit un jour de l'uniformité._»
-
-Lo que nos sucede cuando oimos leer en alta voz con excesiva rapidez
-olvidando la marcha más ó menos mesurada del autor, la fuerza, energía
-ó pasión del pensamiento, nos sucede también viajando en ferrocarril.
-
-La velocidad de la locomoción no hace efecto porque es continua.
-
-Siempre que oigo leer en alta voz muy aprisa, me acuerdo de un cuento,
-y cuando recorro á caballo las pampas argentinas me acuerdo de otro.
-
-En una comedia de Sedaine, no estoy cierto si en _Rose et Colas_, hay
-una escena muy larga entre dos aldeanos, y cuentan las crónicas que
-los actores á fin de terminar cuanto antes el ensayo, se apuraban
-demasiado, y que no por eso la escena parecía más corta.
-
-Consultando al autor á ver si se prestaba á hacer algunas supresiones,
-contestó:
-
-«Díganla más despacio y harán que parezca más corta.»
-
-Sedaine tuvo, á no dudarlo, presente el dicho de otro poeta francés
-como él:
-
-«Dans tout ce que tu _lis_, hâte-toi lentement.»
-
-Pues lo mismo sucede cuando se recorre un país á todo galope; todo
-parece lejos y nada se ve bien, se llega al término de la jornada
-abrumado de cansancio y sin haber disfrutado de los agradables
-espectáculos de la Naturaleza.
-
-Y eso es cuando se llega, que á veces se queda uno en el camino.
-
-Era tarde, poníase el sol, un viajero ecuestre galopaba á toda brida
-por los campos.
-
-Encontróse con un gaucho y le preguntó:
-
---¿Á qué hora llegaré á tal parte?
-
---Si sigue al galope--le contestó,--llegará mañana; si marcha al
-trotecito llegará _lueguito_ no más.
-
---¿Y cuántas leguas hay?
-
---Así como dos.
-
---¿Y cómo es eso; si está tan cerca, cómo he de tardar más andando más
-ligero?
-
---¡Oh!--contestó el paisano, echándole una mirada de compasión
-al caballo de su interlocutor;--es que si lo sigue apurando al
-_mancarrón_, _ahorita_ no más se le va á aplastar.
-
-Lo cual, oido por el viajero, hizo que recogiendo la rienda se pusiera
-al trote.
-
-La aplicación de mis máximas, viajando en todas estaciones, de día y de
-noche, con buen y mal tiempo, por las vastas soledades del desierto, me
-ha dado siempre el mejor resultado.
-
-He llegado adonde me proponía el día anunciado de antemano, sin dejar
-caballos cansados en el camino y sin fatigar física ni moralmente á los
-que me acompañaban.
-
-Mi regla era inalterable.
-
-Partía al trote, galopaba un cuarto de hora, sujetaba, seguía al
-tranco cinco minutos, trotaba en seguida otros cinco, galopaba luego
-otro cuarto de hora, y por último hacía alto, echaba pie á tierra
-descansando cinco minutos y dejaba descansar los caballos prosiguiendo
-después la marcha con la misma inflexible regularidad, toda vez que el
-terreno lo permitía.
-
-Los maturrangos que me seguían se quejaban de que cambiara tanto el
-aire de la marcha y de las continuas paradas, primero, por falta
-de reflexión; segundo, porque á ellos una vez que el cuerpo se les
-calienta, lo que menos les incomoda es el galope. Pero los caballos,
-más jueces en la materia que los que los montan, estoy cierto que en
-su interior decían, cada vez que oían la voz de alto y la orden de
-_saquen los frenos_: ¡bendito sea este Coronel!
-
-Lo repito, viajando sucede lo mismo que leyendo.
-
-Las lecturas más largas son ésas en las que no hay alteración ni en la
-cadencia ni en la dicción.
-
-El autor de la tragedia _Leonidas_ había invitado varios de sus amigos
-para leerles una nueva composición.
-
-Nadie se hizo esperar.
-
-Á la hora convenida doce jueces selectos, entre los que había algunos
-académicos, se hallaban reunidos ocupando cómodos sillones, y enfrente
-de ellos, con una mesa por delante, el poeta.
-
-La lectura empezó leyendo el mismo autor, que poseía el arte de hacer
-magníficos versos; pero que no sabía leer.
-
-Leía con una voz sepulcral monótona é invariable.
-
-Durante la primera media hora la amistad soportó el suplicio,
-aplaudiendo los dos primeros actos.
-
-Terminaba el tercero, y como el autor no oyese la más leve muestra de
-aprobación, levantó la vista del manuscrito, y echando una mirada á su
-alrededor, encontró que el auditorio dormía profundamente.
-
-Comprendiendo lo que había pasado, apaga las luces, y en lugar de
-continuar leyendo, se pone á declamar á obscuras el resto de la
-tragedia que sabía de memoria.
-
-La lectura en alta voz y la declamación son dos artes diferentes.
-
-Todos se despiertan exclamando: ¡bravo! ¡bravo!
-
-El autor no se detiene, sus amigos creen que aquello es un sueño, que
-están ciegos, porque abren los ojos y nada ven, vuelven en sí después
-de un momento de espanto y la escena termina con esta enseñanza útil:
-
-La monotonía es capaz de hacer dormir á los mejores amigos.
-
-¿Mis oficiales no pensaban en nada de esto al censurar mi parada á
-la vista de los médanos de la Verde, como no pensaron en ocasiones
-anteriores qué habría sido de los pobres caballos y de nosotros mismos,
-si hubiéramos marchado en alas de la impaciencia siempre al galope?
-
-Habríamos tardado más en llegar á Leubucó, más en salir de allí, más en
-volver al punto de partida y el trayecto lo hubiéramos hecho entre el
-sueño y la fatiga.
-
-Que se acuerden de lo que les pasó, yendo de la Verde al fuerte
-«Sarmiento» y cuando en cumplimiento de mis órdenes tuvieron que hacer
-la marcha al trote, y nada más que al trote.
-
-Todos querían galopar ó _tranquear_.
-
-Los franciscanos clamaban al cielo.
-
-La consigna era al trote y al trote se marchaba y las distancias
-parecían más largas y las horas eternas y todos se dormían y se
-llevaban los árboles por delante é interiormente exclamaban: malhaya el
-Coronel.
-
-El Coronel tuvo, sin embargo, sus razones para dar esas órdenes,
-razones que no son del caso y que respondían á un sentimiento de
-prudencia previsora.
-
-La parada no se efectuó únicamente por alterar la monotonía de la
-marcha ó por hacer descansar los caballos. La diplomacia tuvo en ello
-gran parte.
-
-Yo tenía motivos para retardar mi arribo á la Verde, en donde no quería
-detenerme, sino encontrarme, en todo caso, con el capitán Rivadavia, ó
-con algún embajador de Mariano Rosas.
-
-Cuando después de haber medido las distancias con el compás de la
-imaginación, el reloj me dijo que era hora de proseguir la marcha,
-mandé poner los frenos y cinchar.
-
-Al tiempo de movernos descubriéronse á retaguardia dos polvos siguiendo
-la misma dirección de la rastrillada, siendo más pequeño el que estaba
-más cerca de nosotros, que el que remolineaba más lejos.
-
---Es uno que corre un avestruz--decían éstos;--es uno que corre una
-gama--decían aquéllos;--no es nada de eso--decía Camilo Arias:--es un
-indio que corre una cosa que no es animal del campo.
-
-Mis oficiales y yo observábamos, haciendo conjeturas, y hasta los
-franciscanos que se iban haciendo gauchos, metían su cuchara calculando
-qué serían los tales polvos.
-
-Ya estábamos á caballo.
-
-Yo vacilaba; quería seguir y salir de dudas.
-
-Camilo Arias, cuya mirada taladraba el espacio, por decirlo así, hasta
-tocar los objetos, dijo entonces con su aire de seguridad habitual:
-
---Es un indio que corre un perro.
-
---Ha de ser _Brasil_ que se ha de haber escapado--exclamaron varios á
-una.
-
-Y los dos franciscanos:
-
---¡Pobrecito! ¡Cuánto me alegro!
-
-Y esto diciendo, me miraron como reprochándome una vez más lo que había
-hecho en Carrilobo.
-
-Mi pecado no era grande, empero.
-
-Estábamos conversando con Ramón en su toldo, cuando el valiente
-_Brasil_,--hablo del perro--vino mansamente á echarse á mi lado,
-mirándome como quien dice: ¿cuándo nos vamos de esta tierra? meneando
-al mismo tiempo la cola como un plumero, como cuando con una sonrisa
-afable ó con una palmada cariñosa queremos neutralizar el efecto de una
-frase picante.
-
-No sé si lo he dicho, que _Brasil_, á más de ser muy guapo, era un can
-gordo y macizo, de reluciente pelo color oro muy amarillo.
-
-Pero sí recuerdo haber dicho estando allá por las tierras de mi
-compadre Baigorrita, que los perros de los indios pasan verdaderamente
-una vida de perros. Siempre hambrientos, se les ven las costillas,
-tal es su flacura; parece que no tuvieran carne ni sangre; diríase
-al verlos, que son habitantes fósiles de las remotas épocas
-antediluvianas, en que sólo vivían disecados por una temperatura
-plutoniana los enroscados amonitas y los alados y cartilaginosos
-pterodáctilos de largo pescuezo y magna cabeza.
-
-Ramón enamoróse de la magnificencia de _Brasil_, cuya gordura
-contrastaba con la estiptiquez de sus perros, lo mismo que un
-prisionero paraguayo con un morrudo soldado riograndés.
-
---¡Qué perro tan gordo, hermano--me dijo,--y qué lindo! y los míos ¡qué
-flacos!
-
---No les dará de comer, hermano--le contesté.
-
---¡Pues no!
-
---¿Y qué les da de comer?
-
---Lo que sobra.
-
-Lo que sobra, dije yo para mis adentros. Y sabiendo que los indios
-se comen hasta la sangre humeante de la res, pensé: Yo no quisiera
-estar en el pellejo de estos perros, recordando que alguna vez había
-tenido envidia de ciertos perritos de larga lana y lúbricos ojos, que
-algunas damas de copete y otras que no lo son, adoran con locura,
-durmiendo hasta con ellos, tal es el progreso humanitario del siglo XIX,
-progreso que si sigue puede hacer que el año 2000 un perro se llame
-_Monsieur Bijou_, _Mister Pinch_ ó el _señor don Barcino_.
-
-Y dirigiéndome á mi interlocutor, repuse:
-
---Eso no basta.
-
-Ramón contestó:
-
---Es que son _maulas_ estos míos. Usted podía regalarme el suyo para
-que encastara aquí.
-
-¿Qué le había de decir?
-
---Está bueno, hermano--le contesté,--tómelo; pero hágalo atar ahora
-mismo, porque de lo contrario no ha de parar en el toldo, se ha de ir
-conmigo.
-
-Ramón llamó, y al punto se presentaron tres cautivos.
-
-Hablóles en su lengua; quisieron ponerle un dogal al cuello con un lazo
-que por allí estaba, mas fué en vano.
-
-_Brasil_ mostraba sus aguzados y blancos colmillos, gruñía, se
-encrespaba, encogiendo nerviosamente la cola y los tímidos cautivos no
-se atrevían á violentarlo.
-
-Me parecía que los desgraciados comprendían mejor que yo la libertad, y
-que no era por cobardía sino por un sentimiento de amor confuso y vago
-que respetaban al orgulloso mastín.
-
-Tuve yo mismo que ser el verdugo de mi fiel compañero.
-
-_Brasil_ me miró cuando me levanté á tomar el lazo, echóse patas arriba
-mostrándome el pecho como diciéndome: mátame si quieres.
-
-Al atarle la soga en el pescuezo me miré en la niña de sus ojos, que
-parecían cristalizados.
-
-Y me vi horrible, y á no ser la palabra empeñada, me habría creído
-infame.
-
-_Brasil_ se dejó atar humildemente á un palo.
-
-Intentó ladrar y le hice callar con una mirada severa y un ademán de
-silencio.
-
-Al abandonar el toldo de Ramón entré en él á despedirme de su familia.
-
-El movimiento que reinaba, dijo claramente al instinto del animal
-que su libertad había concluido; viéndome salir sin él, prorrumpió en
-alaridos que desgarraban el corazón.
-
-¡Quién sabe cuánto tiempo ladró!
-
-Probablemente no se cansó de ladrar y Ramón, cansado de sus
-lamentaciones, le soltó viéndonos ya lejos.
-
-_Brasil_ se dijo probablemente también, viéndose suelto:
-
-_Ils vont, l'éspace est grand_, pero yo les alcanzaré, y se lanzó en
-pos de nosotros huyendo de aquella tierra donde los de su especie le
-habían hecho perder la buena opinión que tuviera de la humanidad.
-
-Los dos polvos avanzaban hacia nosotros con celeridad.
-
-Teníamos la vista clavada en ellos.
-
-De repente, la nube más cercana se condensó y Camilo Arias gritó:
-
---¡Ahí lo bolean!
-
-Lo confieso, persuadido de que era _Brasil_ que venía hacia nosotros,
-las palabras de Camilo me hicieron el mismo efecto que me habría hecho
-en un campo de batalla ver caer prisionero á un compañero de peligros y
-de glorias.
-
-Los buenos franciscanos estaban pálidos, mis oficiales y los soldados
-tristes.
-
-El mal no tenía remedio.
-
---Vamos--dije, y partí al galope.
-
---¿Y qué, lo dejamos?--exclamaron los franciscanos.
-
---Vamos, vamos--contesté; y una idea fijó mi mente, mortificándome
-largo rato.
-
-¿Por qué, me preguntaba, pensando en la suerte de _Brasil_, no ha de
-tener alma como yo un ser sensible, que siente el hambre, la sed, el
-calor y el frío; en dos palabras: el dolor y el placer sensual como yo?
-
-Y pensando en esto procuraba explicarme la razón filosófica de por qué
-se dice:
-
-Ese hombre es muy perro, y nunca cuando un perro es bravo ó malo: Ese
-perro es muy hombre.
-
-¿No somos nosotros los opresores de todo cuanto respira, inclusive
-nuestra propia raza?
-
-¿La moral será algún día una ciencia exacta?
-
-¿Adónde iremos á parar si la anatomía comparada, la fisiología,
-la frenología, la biología, en fin, llegan á hacer progresos tan
-extraordinarios, como la física ó la química los hacen todos los días,
-tanto que ya no va habiendo en el mundo material nada recóndito para el
-hombre?
-
-¿Qué le falta descubrir?
-
-Por medio de la electricidad, de la óptica y del vapor ha penetrado ya
-en las entrañas de la tierra y en los abismos del mar hasta insondables
-profundidades; ha descubierto en los cielos remotos é invisibles
-luminares y su palabra recorre millares de leguas con mágica y pasmosa
-rapidez.
-
-Soñando en esas cosas iba distraído, cuando mi caballo se detuvo en
-presencia de un obstáculo, no sintiendo ni el rebenque ni la espuela.
-
-Estábamos al pie de los médanos de la Verde.
-
-
-
-
- XXXI
-
- Otra vez en la Verde.--Últimos ofrecimientos de Mariano
- Rosas.--Más ó menos todo el mundo es como Leubucó.--Augurios
- de la Naturaleza.--Presentimientos.--Resuelvo separarme de
- mis compañeros.--Impresiones.--¡Adiós!--Un fantasma.--Laguna
- del Bagual.--Encuentro nocturno.--Un cielo al
- revés.--_Agustinillo._--Miseria del hombre.
-
-
-El lector conoce ya la Verde, en cuya hoya profunda y circular mana
-fresca, abundante y límpida el agua dulce, y donde todos los que entran
-ó salen, por los caminos del Cuero y Bagual, se detienen para abrevar
-sus cabalgaduras y guarecerse durante algunas horas bajo el tupido
-ramaje de los algarrobos, ó de los chañares y espinillos, que hermosean
-el plano inclinado, que en abruptas caídas conduce hasta el borde de
-la laguna, cubierto de verdes juncos, de amarillentas espadañas y
-filosas totoras de semi-cilíndricas hojas, entre las cuales los sapos
-y las ranas celebran escondidos, en eterno y monótono coro, la paz
-inalterable de aquellas regiones solitarias y calladas...
-
-Allí hay sombra, fresca gramilla y perfumado trébol, durante las horas
-en que el sol vibra implacable sus rayos sobre la tierra; refugio
-durante las noches tempestuosas, en que las aguas se desploman á
-torrentes del cielo, leña siempre para encender el alegre fogón.
-
-Yo coronaba con mi gente las crestas arenosas del médano, al mismo
-tiempo que en una dirección que formaba con la mía un ángulo recto,
-aparecía un pequeño grupo de jinetes viniendo de Leubucó.
-
-Debe ser, dije para mis adentros, la contestación del capitán
-Rivadavia, y picando mi caballo descendí rápidamente por la cuesta,
-recibiendo pocos instantes después una carta suya, pues, en efecto, los
-que venían eran mensajeros de aquel fiel y valiente servidor.
-
-Mariano Rosas había escuchado mi reclamo diplomático, y, á fuer de
-hombre versado en los negocios públicos, me ofrecía en cumplimiento
-del tratado de paz, perseguir, aprehender y castigar á los que, según
-mis noticias, habían andado _maloqueando_ por San Luis, mientras yo
-tenía mis conferencias á campo raso con los notables de Baigorrita, de
-Mariano y de Ramón.
-
-Promesas no ayudan á pagar; pero sirven siempre para salir del paso,
-y los indios incansables cuando se trata de pedir, no se andan con
-escrúpulos cuando se trata de prometer.
-
-Más ó menos el mundo anda así en todas partes, y los individuos, lo
-mismo que las naciones, encuentran todos los días en el arsenal de las
-perfidias humanas, pretextos y razones para faltar á la fe pública
-empeñada; y las muchedumbres en uno y otro hemisferio, se dejan llevar
-constantemente de las narices por los ambiciosos que las engañan y
-alucinan para explotarlas y dominarlas.
-
-Ayer era Napoleón III erigido en campeón de las nacionalidades,
-triunfador en Magenta y Solferino, en nombre de la _Federación
-Italiana_; hoy es Bismarck en nombre del _Germanismo_ al grito de
-la _galofobia_; mañana será otro Pedro el Grande en nombre del
-_Panslavismo_, valiéndose de la turbulencia Moscovita, de la ignorancia
-de los siervos y del fanatismo religioso.
-
-En América hemos tenido á Rosas, á Monagas, á López.
-
-Todos ellos supieron encontrar la palabra misteriosa y magnética para
-fascinar al pueblo.
-
-La libertad y la fraternidad universal siguen mientras tanto siendo
-una bella utopía, una santa aspiración del alma, y de _hegemonía_ en
-_hegemonía_, dominados hoy por los unos, mañana por los otros, el
-hombre individual y el hombre colectivo caminan por rumbos distintos
-quién sabe dónde...
-
-La perfección y la perfectibilidad parecen ser dos grandes quimeras.
-
-Rodamos á la desventura, y la mentira es la única verdad de que estamos
-en posesión.
-
-Parece que Dios hubiera querido ponerle una gran barrera á la
-conciencia humana, para detenerla siempre que se atreve á penetrar en
-los tenebrosos limbos del mundo moral.
-
-El sol se ponía majestuosamente, el horizonte estaba limpio y
-despejado; terso el cielo azul; sólo una que otra nube esmaltada con
-los colores del arco iris y suspendida á inmensas alturas, se descubría
-en la gigantesca bóveda; soplaba una brisa ricamente oxigenada, blanda
-y fresca; las espadañas se columpiaban graciosamente sobre su tallo
-flexible reflejándose en las claras aguas de la laguna, hasta humedecer
-en ellas sus albos penachos, como voluptuosas Náyades de bella y blanca
-faz que al borde de la fuente empaparan las puntas de sus sueltos
-cabellos, mirándose distraídas y enamoradas de sí mismas, en el espejo
-líquido y sereno.
-
-El cielo y la tierra con sus indicios seguros, auguraban una noche
-apacible y un día tan hermoso como el que acababa de transcurrir.
-
-Convenía, pues, aprovechar los pocos momentos de luz que quedaban.
-
-No sé qué vago y falso presentimiento oprimía angustiosamente mi pecho.
-
-¿Era que iba á separarme de mis compañeros, de los que en aquella
-extraña peregrinación habían compartido conmigo todas las privaciones,
-todas las fatigas, todos los azares de que nos vimos rodeados, y que
-unas veces dominé con la paciencia, otras con la audacia y el desprecio
-de la vida?
-
-¿Ó que habiendo pasado el peligro, la imaginación se abismaba en sí
-misma absorta en la contemplación de sus propios fantasmas?
-
-¿No os ha sucedido alguna vez después de uno de esos trances heroicos,
-en que se ve de cerca la muerte con ánimo sereno, sentir algo como un
-estremecimiento, y tener miedo de lo que ha pasado?
-
-¿No os ha sucedido alguna vez, luchar brazo á brazo con la muerte,
-vencer y experimentar en seguida, después que la crisis ha pasado
-completamente, un sacudimiento nervioso, que es como si un eco interior
-os dijese: Parece imposible?
-
-¿No habéis corrido alguna vez á salvar un objeto querido al borde del
-precipicio, salvarle instintivamente, y mirándole sano y salvo, algo
-como un desvanecimiento de cabeza no os ha hecho comprender que la
-existencia es un bien supremo, á pesar de las espinas que nos hincan y
-lastiman en las asperezas de la jornada?
-
-¿No habéis estado alguna vez horas enteras á la cabecera de un doliente
-amado, dominado por la idea de la vida, mecido por los halagos de la
-esperanza, y al verle convaleciente, lívido el rostro, brillante la
-mirada, no os ha hecho el efecto del espectro de la muerte, y sólo
-entonces habéis comprendido el terrible arcano que se encierra entre el
-ser y el no ser?
-
-Entonces comprenderéis las impresiones de mi alma, tan distintas en
-aquel momento de lo que habían sido antes en ese mismo lugar, cuando
-resuelto á todos sin previo aviso y desarmado, me dirigí al corazón de
-las tolderías seguido de un puñado de hombres animosos.
-
-En el fondo del médano había ya como un crepúsculo, mientras que en sus
-crestas reverberaban todavía los últimos rayos solares.
-
-Bandadas interminables de aves acuáticas, que se retiraban á sus nidos
-lejanos, cruzaban por sobre nuestras cabezas, batiendo las alas con
-estrépito en sus evoluciones caprichosas, y nuestras cabalgaduras
-después de haberse refrescado, _chapaleaban_ el agua de la orilla de
-la laguna, se revolcaban, mordían acá y allá las más incitantes matas
-de pasto y relinchaban mirando en dirección al Norte, con las orejas
-tiesas y fijas como la flecha de un cuadrante que marcara el punto de
-dirección, cuando llamando á los buenos franciscanos y á mis oficiales
-les comuniqué que había resuelto separarme de ellos.
-
-El sentimiento de la disciplina no mata los grandes afectos, es
-mentira; pero hace que el hombre, reprimiéndose, se acostumbre á
-disimular todas sus impresiones, hasta las más tiernas y honrosas.
-
-¡Cuántas veces á causa de eso no pasan por seres sin corazón los que
-se hallan sujetos á las terribles leyes de la obediencia pasiva, á
-esas leyes que en todas partes mantienen divorciado al soldado con el
-ciudadano, que contra el espíritu del siglo permanecen estacionarias,
-como monumentos inamovibles de esclavitud, sin que la marea generosa
-que agita al mundo civilizado desde la caída del imperio romano, las
-haya conmovido, y, que, por eso mismo, hacen al soldado tanto más
-grande, cuanto mayor es la servidumbre que le oprime!
-
-Al recibir aquéllos la orden de formar dos grupos, de los cuales el más
-numeroso seguiría por el camino conocido del Cuero, y el más pequeño,
-encabezado por mí, tomaría el desconocido de la laguna del Bagual, algo
-como un tinte de tristeza vagó por sus fisonomías.
-
-Nadie replicó, todos corrieron á disponer lo referente á la marcha
-nocturna. Pero yo comprendí que más de un corazón sentía vivamente
-separarse de mí, no sólo por esa simpatía secreta, que como vínculo une
-á los hombres, sea cual sea su posición respectiva, sino por ese amor á
-lo desconocido y esa inclinación genial al combate y á la lucha, propia
-de las criaturas varoniles, que hace apetecible la vida, cuando ella no
-se consume monótonamente en la molicie y los placeres.
-
-Cumplidas mis órdenes y escritas las instrucciones correspondientes en
-una hoja del libro de memorias del mayor Lemlenyi, se formaron los dos
-grupos determinados.
-
-Me despedí de éste, de los franciscanos, de Ozarowski, de todos en fin;
-repetí, como lo hubiera hecho un viejo regañón y fastidioso, varias
-veces la misma cosa, monté á caballo y eché á andar seguido de los
-cuatro compañeros que componían mi grupo.
-
-El de Lemlenyi me precedía.
-
-Los caballos que montábamos estaban frescos, de modo que trepamos sin
-dificultad á la cresta del médano, por la gran rastrillada del Norte.
-
-Una vez allí, volvimos á decirnos adiós.
-
-Lemlenyi y los suyos tomaron el ramal de la derecha, yo tomé el de la
-izquierda, que seguía el rumbo del Poniente, y gritando todavía una vez
-más:--¡cuidado con galopar!--le hice comprender á mi caballo con una
-presión nerviosa de las piernas en los ijares, que debía tomar un aire
-de marcha más vivo.
-
-El entendido animal tomó el trote; mis dos tropillas pasaron adelante y
-el tan tan metálico del cencerro, vibrando sonoro en medio del profundo
-silencio de la pampa, animaba hasta los mismos jinetes haciéndonos el
-efecto de un precursor seguro.
-
-Relinchos fortísimos iban y venían de un grupo á otro, como si los
-animales se dijeran: ¿por qué nos han separado?
-
-Yo y los míos dimos vuelta varias veces, hasta que la distancia y las
-nubes de polvo hicieron invisibles á los que trotaban sin interrupción
-al Norte, á fin de poder hacer su primer parada en _Lonco-uaca_, aguada
-abundante y permanente, buena para apaciguar la sed del hombre y de los
-animales.
-
-Probablemente, ellos hicieron lo mismo que nosotros; varias veces
-mirarían atrás á ver si nos descubrían.
-
-¡Valientes compañeros! réstame aún decir antes de perderlos de vista
-del todo, que hicieron su travesía con felicidad, cumpliendo mis
-órdenes estrictamente, con bastante hambre y trotando consecutivamente
-dos días y dos noches, hasta llegar al fuerte «Sarmiento».
-
-Los franciscanos sacudidos por el trote casi se deshicieron; á pesar de
-su mansedumbre lo calificaban de infernal, repitiendo más de una vez
-durante el trayecto: ¿por qué no galopamos un poquito?
-
-Mis oficiales contestaban: primero, porque la orden es que la marcha se
-haga al trote; segundo, porque si galopamos no llegaremos en dos días.
-
-El padre Marcos alegaba que su caballo era superior.
-
-Los oficiales le decían por hacerlo rabiar un poco--cosa á la que
-creo no se opone la orden de Nuestro R. P. San Francisco,--también era
-superior el moro que maltrató usted la vez pasada.
-
-Aquella marcha ha dejado recuerdos imperecederos en la memoria de los
-que la hicieron; y no hay ninguno de ellos que no esté de acuerdo con
-la teoría que he desarrollado en mi carta anterior, á propósito de las
-hablillas que tuvieron lugar cuando hice alto á la vista de la Verde.
-
-Las sombras de la noche iban envolviendo poco á poco el espacio, los
-accidentes del terreno desaparecían entre las tinieblas, flotábamos en
-un piélago obscuro como el de la primera noche del Génesis--como dicen
-en la tierra,--estaba toldado, las estrellas no podían enviarnos su
-luz al través de los opacos nubarrones que á manera de inmensa sábana
-mortuoria, se habían extendido por el cielo.
-
-Hacía algunas horas que trotábamos y galopábamos.
-
-Un punto negro, más negro que la negra noche, aparecía á corta
-distancia, en las mismas dereceras de la rastrillada, alzándose como
-un fantasma colosal, y un ruido que no se oye sino en la pampa, á la
-orilla de las lagunas, cuando la creación duerme, íbase haciendo cada
-vez más perceptible.
-
-Era que íbamos á llegar á la laguna del Bagual.
-
-El fantasma ese era un médano cubierto de arbustos; el ruido peculiar,
-el cuchicheo nocturno de las aves, que murmuran sus inocentes amores,
-salvándose del inclemente rocío entre las pajas.
-
-La laguna del Bagual es por este camino un punto estratégico como lo es
-por el otro la Verde: se seca rara vez, siendo fácil hacer brotar el
-agua por medio de jagüeles, y no tiene nada de notable, presentando la
-forma común de los abrevaderos pampeanos,--la de una honda taza.
-
-Cuando el desertor ó el bandido, que se refugia entre los indios,
-sediento y cansado, zumbándole aún en los oídos el galopar de la
-partida que le persigue, llega á la laguna del Bagual, recién suspira
-con libertad, recién se apea, recién se tiende tranquilo á dormir el
-sueño inquieto del fugitivo.
-
-Saliendo de las tolderías, sucede lo contrario; allí se detiene
-el malón organizado, grande ó chico, el indio gaucho que solo ó
-acompañado, sale á _trabajar_ de su cuenta y riesgo, el cautivo que
-huye con riesgo de la vida.
-
-Una vez en los médanos del Bagual, el que entra ya no mira para atrás,
-el que sale sólo mira adelante.
-
-El Bagual es un verdadero Rubicón, no tanto por la distancia que hay de
-allí á las tolderías, cuanto por su situación topográfica.
-
-Es que por el camino del Bagual, entrando ó saliendo, jamás se carece
-de agua, de esa agua que es el más formidable enemigo del caminante y
-de su valiente caballo, en el desierto de las pampas Argentinas.
-
-Al Sud, avanzando hacia las tolderías, Ranquilco y el Médano Colorado
-ofrecen seguras aguadas y pasto, quedando sobre el mismo camino.
-
-Era temprano aún, había galopado bien; y no teniendo por qué apurarme,
-seguí la marcha á ver si llegaba á _Agustinillo_ antes de salir la luna.
-
-Galopábamos cruzando las sendas tortuosas de un monte espeso, cuando
-distinguimos cinco bultos á derecha é izquierda del camino.
-
---¿Qué es eso?--le pregunté á Camilo.
-
---Son caballos--me contestó.
-
---Pues arreemos con ellos--agregué.
-
-Y esto diciendo formamos un ala y arrebatamos del campo los cinco
-animales, incorporándolos á las tropillas.
-
-¿Á quién pertenecían?...
-
-Aquella noche comprendí la tendencia irresistible de nuestros gauchos á
-apropiarse lo que encuentran en su camino, murmurando interiormente el
-aforismo de Proudhon: «la propiedad es un robo».
-
-Mora dijo:
-
---Han de ser de los indios.
-
-Yo contesté:
-
---El que roba á un ladrón tiene cien días de perdón.
-
-Contentos con el hallazgo nos reíamos á carcajadas, resonando nuestros
-ecos por la espesura...
-
-De repente oyéronse unos silbidos, que llamando mi atención, me
-hicieron recogerle las riendas al caballo y cambiar el aire de la
-marcha.
-
-Los silbidos seguían saliendo de diferentes direcciones.
-
---Han de ser indios--me dijo Mora.
-
---¿Qué indios?--le pregunté.
-
---Los de la _Jarilla_.
-
---¿Y por qué silban?
-
---Nos han de haber sentido y no saben lo que es.
-
-Mora me inspiraba confianza, hice alto; pero temiendo una celada, me
-dispuse á la lucha, haciendo que mis cuatro compañeros echaran pie á
-tierra.
-
-Si son más que nosotros, me dije, pie á tierra somos más fuertes, y si
-no vienen con mala intención, se acercarán á reconocernos.
-
-Efectivamente, apenas nos desmontamos, aparecieron siete indios armados
-de lanzas.
-
-La luna asomaba en aquel mismo momento como un filete de plata
-luminoso, por entre un montón de nubes.
-
---Háblales en la lengua--le dije á Mora.
-
-Mora obedeció dirigiéndoles algunas palabras.
-
-Los indios avanzaron cautelosamente soslayando los caballos.
-
-Camilo Arias con ese instinto admirable que tenía dijo:
-
---Están con miedo.
-
---Háblales otra vez--le dije á Mora.
-
-Obedeció éste, habló nuevamente, y los indios se acercaron al tronco
-con las lanzas enristradas, haciendo alto á unos veinte metros.
-
---¿Con permiso de quién pasando?--dijeron.
-
---¿Con permiso de quién andando por acá?--les contesté.
-
---¿Ése quién siendo?--repusieron.
-
---Coronel Mansilla, _peñi_--agregué.
-
-Y esto oyendo los indios recogieron sus lanzas y se acercaron á
-nosotros confiadamente.
-
-Nos saludamos, nos dimos las manos, conversamos un rato, les devolvimos
-los cinco caballos que les acabábamos de _robar_, pues eran de ellos,
-les dimos algunos tragos de anís, toda la hierba, azúcar y cigarros
-que pudimos; mi ayudante Demetrio Rodríguez les dió su poncho viendo
-que uno de ellos estaba casi desnudo y por último nos dijimos adiós,
-separándonos como los mejores amigos del mundo.
-
---¿Qué indios son éstos?--le pregunté á Mora.
-
---Son indios de la Jarilla--me contestó.
-
---¿Y ése que no hablaba, que estaba bien vestido y se tapaba la cara,
-quién sería?
-
---Ése es Ancañao.
-
-Ancañao era un indio gaucho que estando yo en Buenos Aires, había hecho
-una correría muy atrevida por mi frontera, llegando hasta la laguna
-del Tala de los Puntanos, donde tomó é hirió malamente á un cabo del
-Regimiento 7.º de caballería, que llevaba comunicaciones para el Río
-4.º.
-
-En esas pláticas íbamos, cuando la luna, rompiendo al fin los celajes
-que se oponían á que brillara con todo su esplendor, derramó su luz
-sobre la blanca sábana de un vasto salitral, de cuya superficie
-refulgente y plateada, se alzaron innumerables luces, como si la tierra
-estuviera sembrada de brillantes y zafiros.
-
-Era un espectáculo hermosísimo; la luna, las estrellas y hasta las
-mismas opacas nubes, se retrataban en aquel espejo inmóvil, haciendo el
-efecto de un cielo al revés.
-
-Las huellas de la última invasión que por allí había pasado, estaban
-aún impresas en el suelo cristalino.
-
-Hice alto un momento, probé la sal y era excelente.
-
-Los indios que viven más cerca de allí, la recogen en grandes
-cantidades y hacen uso de ella para cocinar, sin someterla á ninguna
-preparación previa.
-
-Seguimos la marcha; un rato después estábamos en Agustinillo, acampados
-al borde de una linda laguna y al abrigo de grandes chañares.
-
-Hice tender mi cama, porque hacía fresco, lo más cerca posible del
-fogón, y mientras preparaban un asado, estando mis miembros fatigados y
-hallándonos completamente fuera de peligro, traté de echar un sueño.
-
-¡Imposible dormir!
-
-Mi mente, predispuesta á la meditación, no se dejaba subyugar por la
-materia.
-
-Pensaba en las escenas extraordinarias que algunos días antes eran un
-ideal, gozaba en la contemplación de ellas, y me decía en ese lenguaje
-mudo y grave con que nos habla la voz del espíritu en sus horas de
-reconcentración: la miseria del hombre consiste en ver frustradas sus
-miras y en vivir de conjeturas; porque la realidad es el supremo bien y
-la belleza suprema.
-
-En efecto, entre el ideal soñado y el ideal realizado, hay un mundo
-de goces, que sólo pueden apreciar como es debido, los que habiendo
-anhelado fuertemente, han conseguido después de grandes padecimientos y
-dolores lo que se proponían.
-
-¿La virtud y la felicidad son acaso otra cosa que la ciencia de lo real?
-
-Platón lo ha dicho hablando de lo BELLO:
-
-«El alma que no ha percibido nunca la verdad, no puede revestir la
-forma humana.»
-
-¡Pues, como el sabio, felicitémonos de que la verdad sea tan saludable,
-y de abrigar la esperanza de descubrir algún día la substancia
-_efectiva_ de todo, para que todo no sea símbolo y sueño!
-
-
-
-
- EPÍLOGO
-
- «¿No nos ordenan la religión y la humanidad aliviar á los pacientes?
- ¿No son hermanos todos los hombres? ¿No deben compartirse los bienes y
- los males que deben á su autor común? ¿Es lícito mostrarse inexorable
- y sin piedad con alguno de sus semejantes?»
-
- COMTE.
-
- «El destino de la naturaleza organizada es la perfectibilidad y
- ¿quién puede asignarle límites? Al hombre le toca dominar el caos,
- desparramar en todas partes, durante la vida, las simientes de la
- ciencia y de la poesía, á fin de que los climas, los cereales, los
- animales y los _hombres_ se suavicen, y para que los gérmenes del
- amor y del bien se multipliquen.»
-
- EMERSON.
-
-
-El sol no comenzaba aún á disipar el cristalino rocío que una noche
-serena había depositado sobre la agreste alfombra de la Pampa, y ya
-galopábamos aprovechando la fresca de una lindísima mañana de abril.
-
-Era necesario hacerlo así para no pasar otra noche en el camino.
-
-Yo no tenía que contemplar tanto las cabalgaduras, como los que habían
-seguido por el camino del Cuero.
-
-El itinerario del Bagual está sembrado de hermosas lagunas de agua
-dulce y permanente; en sus bañados vastísimos hay siempre excelente
-pasto y en las profundas sinuosidades de un terreno quebrado y
-montuoso, sombra y leña.
-
-Dichas lagunas, saliendo de Agustinillo hasta llegar frente á la Villa
-de Mercedes, sobre el Río 5.º, son: Overamanca, el Chañar, Loncomatro,
-la Seña; aquí se abren dos caminos, uno para el 3 de Febrero y otro
-para las Totoritas, las Acollaradas, el Corralito, el Machomuerto,
-Santiago Pozo, la Hallada, el Tala, el Bajohondo, el Guanaco, Sallape,
-Pozo de los avestruces y Pozo escondido.
-
-Todas ellas presentan más ó menos la misma fisonomía.
-
-Aquellos campos desiertos, é inhabitados, tienen un porvenir grandioso,
-y con la solemne majestad de su silencio, piden brazos y trabajo.
-
-¿Cuándo brillará para ellos esa aurora color de rosa?
-
-¡Cuándo!...
-
-¡Ay! cuando los Ranqueles hayan sido exterminados ó reducidos,
-cristianizados y civilizados.
-
-¿Y cuántos son los Ranqueles, de cuya vida, usos y costumbres he
-procurado dar una ligera idea en el transcurso de las páginas
-antecedentes?
-
-De ocho á diez mil almas, inclusive unos seiscientos ú ochocientos
-cautivos cristianos de ambos sexos, niños, adultos, jóvenes y viejos.
-
-¿En qué me fundo para decirlo?
-
-En ciertas observaciones oculares, en datos que he recogido y en un
-cálculo estadístico muy sencillo.
-
-Las tres tribus de Mariano Rosas, de Baigorrita y de Ramón, que
-constituyen la gran familia ranquelina, cuentan los tres caciques
-principales susodichos, dos caciques menores, Epumer y Yanquetruz y
-sesenta capitanejos, cuyos nombres son:
-
-Caniupán, Melideo, Relmo, Manghin, Chuwailau, Caiunao, Ignal,
-Tripailao, Millalaf, Quintuano, Nillacaóe, Peñaloza, Ancañao, Millanao,
-Pancho, Carrinamón, Cristo, Naupai, Antengher, Nagüel, Lefín, Quentreú,
-Jacinto, Tuquinao, Tropa, Wachulco, Tapaio, Caiomuta, Quinchao,
-Epuequé, Yanque, Anteleu, Licán, Millaqueo, Painé, Mariqueo, Caiupán,
-José, Manqué, Manuel, Achauentrú, Güeral, Islaí, Mulatu, Lebín, Guiñal,
-Chañilao, Estanislao, Wiliner, Palfuleo, Cainecal, Coronel, Cuiqueo,
-Frangol, Yancaqueo, Yancaó, Gabriel, Buta y Paulo.
-
-Cada uno de estos capitanejos acaudilla diez, quince, veinte,
-veinticinco hasta treinta _indios de pelea_.
-
-Por indio de pelea se entiende, el varón sano y robusto, de dieciséis
-hasta cincuenta años.
-
-Tomando por término medio que cada caudillo, cacique, ó capitanejo
-pueda poner en armas veinte indios, resultarían _mil trescientos_.
-
-Efectivamente, esta cifra está en concordancia con lo que parece fuera
-de duda, á saber: que Mariano Rosas y Ramón tienen cerca de seiscientos
-indios de pelea y Baigorrita un poco más.
-
-Esas ocho ó diez mil almas ocupan una zona de tierra próximamente de
-dos mil leguas cuadradas, entre los 63º y 66º de latitud Sud; y los 35º
-y 37º de longitud Este, cuyos límites naturales pueden determinarse así:
-
-Al Norte, la laguna del Cuero; al Sud, la punta del Río Salado; al
-Oeste, este mismo río, y al Este, la Pampa.
-
-En ese vasto perímetro se hallan diseminados unos cuatrocientos ó
-seiscientos toldos.
-
-Cada toldo constituye una familia, que no baja nunca de diez personas,
-y no hay toldo en el que no se encuentre un cautivo ó cautiva grande ó
-chico.
-
-Según este dato resultaría una población de cuatro á seis mil almas.
-
-Pero nótese que el cálculo se basa en el mínimum de personas que forma
-la familia.
-
-De consiguiente, suponiéndose que el punto de partida de cuatrocientos
-ó seiscientos toldos fuese exagerado, siempre resultaría una población
-más ó menos de cuatro á seis mil almas, desde que la cifra de diez
-personas por familia, es reducida.
-
-Todos los toldos que yo he visto tenían de veinte personas arriba.
-
-Ahora, siendo un principio estadístico, que cada diez mil almas
-suministran sin esfuerzo, mil útiles para el servicio de las armas,
-resulta que la cifra de mil trescientos indios de pelea es una
-hipótesis racional para determinar la población de los Ranqueles.
-
-Sea de esto lo que fuere, la triste realidad es que los indios están
-ahí amenazando constantemente la propiedad, el hogar y la vida de los
-cristianos.
-
-¿Y qué han hecho éstos, qué han hecho los Gobiernos, qué ha hecho
-la civilización en bien de una raza desheredada, que roba, mata y
-destruye, forzada á ello por la dura ley de la necesidad?
-
-¿Qué ha hecho?...
-
- * * * * *
-
-Oigamos discurrir á los bárbaros.
-
-Conversando un día con Mariano Rosas, yo hablé así:
-
---Hermano, los cristianos han hecho hasta ahora lo que han podido, y
-harán en adelante cuanto puedan, por los indios.
-
-Su contestación fué con visible expresión de ironía.
-
---Hermano, cuando los cristianos han podido nos han muerto; y si mañana
-pueden matarnos á todos, nos matarán. Nos han enseñado á usar ponchos
-finos, á tomar mate, á fumar, á comer azúcar, á beber vino, á usar
-bota fuerte. Pero no nos han enseñado ni á trabajar, ni nos han hecho
-conocer á su Dios. Y entonces, hermano, ¿qué servicios les debemos?
-
-Yo habría deseado que Sócrates hubiese estado dentro de mí en aquel
-momento á ver qué contestaba con toda su sabiduría.
-
-Por mi parte, hice acto de conciencia y callé...
-
-Hasta entonces había cumplido con mi deber, en mi humilde esfera, según
-lo entendía.
-
-Pero mi conducta personal ni podía ni debía ser un argumento contra las
-humillantes objeciones del bárbaro.
-
-No me cansaré de repetirlo.
-
-No hay peor mal que la civilización sin clemencia.
-
-Es el gran reproche que un historiador famoso le ha dirigido á su
-propio país, censurando su política en la India como conquistador...
-
- * * * * *
-
-Los Ranqueles derivan de los Araucanos, con los que mantienen
-relaciones de parentesco y de amistad.
-
-Tienen la frente algo estrecha, los juanetes salientes, la nariz
-corta y achatada, la boca grande, los labios gruesos, los ojos
-sensiblemente deprimidos en el ángulo externo, los cabellos abundantes
-y cerdosos, la barba y el bigote ralos, los órganos del oído y de la
-vista más desarrollados que los nuestros, la tez cobriza, á veces
-blancoamarillenta, la talla mediana, las espaldas anchas, los miembros
-fornidos.
-
-Pero estos caracteres físicos van desapareciendo á medida que se cruzan
-con nuestra raza, ganando en estatura, en elegancia de formas, en
-blancura y hasta en sagacidad y actividad.
-
-En una palabra, los Ranqueles son una raza sólida, sana, bien
-constituida, sin esa persistencia _semítica_ que aleja á otras razas de
-toda tendencia á cruzarse y mezclarse, como lo prueba su predilección
-por nuestras mujeres, en las que hallan más belleza que en las indias,
-observación que podría inducir á sostener, que el sentimiento estético
-es universal.
-
-Conversando con un indio, cambiamos estas palabras:
-
---¿Qué te gusta más, una china ó una cristiana?
-
---Una cristiana, pues.
-
---¿Y por qué?
-
---Ese cristiana, más blanco, más alto, más pelo fino, ese cristiana más
-lindo...
-
- * * * * *
-
-La conquista pacífica de los Ranqueles, cuya fisonomía física y moral
-conocemos ya, para absorberlos y refundirlos, por decirlo así, en el
-molde criollo, ¿sería un bien ó un mal?
-
-En el día parece ser un punto fuera de disputa, que la fusión de las
-razas mejora las condiciones de la humanidad.
-
-Cuando nuestros primeros padres los españoles llegaron á América, ¿qué
-mujeres traían?
-
-¿El Gobierno de la Metrópoli hizo con sus colonias lo que los Gobiernos
-de Francia é Inglaterra hicieron con las suyas?
-
-¿Mandó á ellas cargamento de prostitutas?
-
-¿No tuvieron los conquistadores que casarse con mujeres indígenas,
-entroncando recién entre sí, pasada la primera generación?
-
-Y entonces, si es así, todos los americanos tenemos sangre de indio
-en las venas, ¿por qué ese grito constante de exterminio contra los
-bárbaros?
-
-Los hechos que se han observado sobre la constitución física y las
-facultades intelectuales y morales de ciertas razas, son demasiado
-aislados para sacar de ellos las consecuencias generales, cuando se
-trata de condenar poblaciones enteras á la MUERTE ó la BARBARIE.
-
-¿Quién puede decir cuál es el punto donde se ha de detener una raza por
-efecto de su propia naturaleza?
-
-¿Cuál es el orden de verdades al alcance de ciertas razas, vedadas para
-otras?
-
-¿Cuál es la clase de operaciones practicables para los órganos de tal
-pueblo, que no conseguirá jamás practicar otro?
-
-¿Cuáles son las virtudes propias de tal ó cual organización?
-
-¿La frenología ha pronunciado acaso su última palabra?
-
-¿Entre las razas reputadas más perfectibles, no se hallan naciones tan
-bárbaras, tan esclavas y viciosas como en las demás?
-
-Nos horrorizamos de que entre los Ranqueles se vendan las mujeres, y
-de que nos traigan terribles malones para cautivar y apropiarse las
-nuestras.
-
-¿Y entre los hebreos, en tiempo de los Patriarcas, el esposo no le
-pagaba al padre el _mohar_ o precio de la hija?
-
-¿Y entre los árabes la viuda no constituía parte de la herencia ó de
-los bienes que dejaba el difunto?
-
-¿Y en Roma, no existía el _coemptio_, es decir, la _compra_ y el
-_usus_, ó sea la posesión de la mujer?
-
-¿Y en Germania, como lo muestra la ley Sajona, no existían el
-_mundium_, y costumbres análogas?
-
-¿Y los visigodos, no tenían las _arras_, especie de precio nupcial, que
-reemplazaba la compra pura y simple, recordando la vieja usanza?
-
-¿Y los francos, no pagaban el valor de las esposas á los padres que
-éstos dividían con aquéllas?
-
-Si hay algo imposible de determinar, es el grado de civilización á que
-llegará cada raza; y si hay alguna teoría calculada para justificar el
-despotismo, es la teoría de la fatalidad histórica.
-
-Las grandes calamidades que afligen á la humanidad, nacen de los
-odios de razas, de las preocupaciones inveteradas, de la falta de
-benevolencia y de amor.
-
-Por eso el medio más eficaz de extinguir la antipatía que suele
-observarse entre ciertas razas en los países donde los privilegios han
-creado dos clases sociales, una de opresores y otra de oprimidos, ES LA
-JUSTICIA.
-
-Pero esta palabra seguirá siendo un nombre vano, mientras al lado de la
-declaración de que todos los hombres son iguales, se produzca el hecho
-irritante de que los mismos servicios y las mismas virtudes no merecen
-las mismas recompensas, que los mismos vicios y los mismos delitos no
-son igualmente castigados.
-
- * * * * *
-
-Por más que galopé tuve que dormir otra noche en el camino.
-
-Al día siguiente temprano llegaba á orillas del Río 5.º.
-
-Había andado doscientas cincuenta leguas, había visto un mundo
-desconocido y había soñado...
-
-Las galas de abril embellecían el verde panorama de la Villa de
-Mercedes, donde los esbeltos álamos y los melancólicos sauces llorones
-crecen frondosos á millares.
-
-El día estaba en calma, mi alma alegre.
-
-Reímos sin inquietud cuando debiéramos estar taciturnos ó gemir.
-
-¡Somos unos insensatos!
-
-Y cuando tenemos un momento lúcido es para exclamar amargamente, ¡ay!...
-
-Yo amo sin embargo el dolor, y hasta el remordimiento, porque me
-devuelve la conciencia de mí mismo.
-
-
- FIN
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Una excursión a los indios ranqueles
- Tomo 2, by Lucio Mansilla
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK UNA EXCURSIÓN A LOS INDIOS ***
-
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