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+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
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-The Project Gutenberg eBook, El Hombre Mediocre, by José Ingenieros
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
-www.gutenberg.org. If you are not located in the United States, you'll have
-to check the laws of the country where you are located before using this ebook.
-
-
-
-
-Title: El Hombre Mediocre
- Ensayo de psicologia y moral
-
-
-Author: José Ingenieros
-
-
-
-Release Date: March 31, 2021 [eBook #64974]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***
-
-
-E-text prepared by Andrés V. Galia, Jude Eylander, and the Online
-Distributed Proofreading Team (https://www.pgdp.net) from page images
-digitized by the Google Books Library Project (https://books.google.com)
-and generously made available by HathiTrust Digital Library
-(https://www.hathitrust.org/)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- HathiTrust Digital Library. See
- https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023
-
-
-NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
- En la versión de texto las palabras en itálicas están
- indicadas con _guiones bajos_.
-
- El criterio utilizado para crear la presente versión
- electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real
- Academia Española vigentes cuando se publicó la edición
- de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado
- puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
- Real Academia Española.
-
- Es por ello que palabras como _vio_, _fue_, _dio_, por
- ejemplo, que en esa época llevaban acento ortográfico,
- en esta transcipción aparecen escritas con acento.
-
- En la presente transcripción se adecuó la ortografía de
- las mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la
- RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben escribirse
- con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se trata de
- palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se
- trata únicamente de la mayúscula inicial.
-
- Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido
- corregidos.
-
- El Índice de capítulos, incluido en la publicación original
- al final, ha sido trasladado al principio.
-
-
-
-
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
-
- OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-
- La Psicopatología en el arte.
- La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)
- La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)
- Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)
- Patología del lenguaje musical.
- Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)
- Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)
- Criminología. (2.ª edición)
- Sociología Argentina. (2.ª edición.)
- Principios de Psicología Biológica.
-
- EN PREPARACIÓN
-
- Hombres y cosas de mi tiempo.
-
- JOSÉ INGENIEROS
-
-
-
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
- [Ilustración]
-
-
- RENACIMIENTO
-
- MADRID BUENOS AIRES
- Pontejos, 3 Libertad, 170
- 1913
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.--PONTEJOS 3
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- Página
-
- LA MORAL DE LOS IDEALISTAS
-
- I. Las luces del camino.--II. Los visionarios de
- la perfección.--III. Los idealistas románticos.--IV.
- El idealismo experimental 5
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
- I. «¿Áurea mediocritas?»--II. Definición del hombre
- mediocre.--III. Función social de la mediocridad.--IV.
- La vulgaridad 39
-
- LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
-
- I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.--II.
- Los estigmas mentales de la mediocridad:.--III.
- La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.--IV.
- El éxito y la gloria 73
-
- LA MEDIOCRIDAD MORAL
-
- I. El hombre honesto.--II. La moral de Tartufo.--III.
- Los tránsfugas de la honestidad.--IV. Los
- senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.--V.
- La santidad 107
-
- LOS CARACTERES MEDIOCRES
-
- I. Hombres y sombras.--II. La domesticación de
- los mediocres: Gil Blas de Santillana.--III. La
- vanidad y el orgullo.--IV. La dignidad 159
-
- LA ENVIDIA
-
- I. La pasión de los mediocres.--II. Los sacerdotes
- del mérito.--III. Los roedores de la gloria.--IV.
- Un castigo dantesco 191
-
- LA VEJEZ NIVELADORA
-
- I. Las canas.--II. Etapas de la decadencia.--III.
- La bancarrota de los ingenios.--IV. La
- psicología de la vejez.--V. La virtud de la
- impotencia 215
-
- LA MEDIOCRACIA
-
- I. El clima de la mediocridad.--II. La política de
- las piaras.--III. Demagogos y aristarcos: Las
- dos fórmulas de la injusticia.--IV. La aristocracia
- del mérito: «La justicia en la desigualdad» 235
-
- LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA
-
- I. Las sombras del crepúsculo.--II. El trinomio
- mental del arquetipo.--III. La mortaja de la
- insignificancia 265
-
- LOS FORJADORES DE IDEALES
-
- I. El clima del genio.--II. El genio pragmático:
- Sarmiento.--III. El genio revelador: Ameghino.--IV.
- La moral del genio 287
-
-
-
-
- LA MORAL DE LOS IDEALISTAS
-
- I.--LAS LUCES DEL CAMINO--II. LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN--III.
- LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS--IV. EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.
-
-
- I.--LAS LUCES DEL CAMINO.
-
-Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala
-hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la
-mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua
-sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la
-dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti quedas
-inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño
-que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de
-tu temperamento. Innumerables signos la revelan--: cuando se te anuda
-la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la cruz izada
-para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno--; cuando te abstraes en lo
-infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne ó un
-discurso de Helvecio--; cuando el corazón se te estremece pensando en
-la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente,
-el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota--; cuando tus
-sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima
-acorde con tu sentir--; y cuando, en suma, admiras la mente preclara
-de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los
-héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad
-ó de Belleza.
-
-Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente
-á una aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con
-Dante, reir con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner;
-ni enmudecen ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos
-esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando á
-filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas
-sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real.
-Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo
-sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza
-aparte en la humanidad: son idealistas.
-
-El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.
-
-Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo
-así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al
-perfeccionamiento de la realidad.
-
-Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los
-habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado
-por un hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de
-los individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo
-contraste con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la
-ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y
-calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos
-serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros
-luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una
-infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten ó
-simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la peregrinación humana,
-la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales.
-
-Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.
-
-Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en
-las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un
-idealismo experimental que se refiere á los «ideales de perfección»,
-incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.
-
-Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente.
-Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja.
-Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida
-nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de
-rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran
-al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo
-al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de
-la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la
-contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la
-imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al
-Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse
-de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia.
-Que, sola, no anda.
-
-La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para
-adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita
-conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias
-adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse
-en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza
-son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su
-imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.
-
-Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal
-desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No
-son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen
-del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas,
-accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se
-comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese
-punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle
-la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las
-complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período
-brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un
-perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite
-generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados
-posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.
-
-Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad
-como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista
-del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos
-posibles que pueblan el espacio y el tiempo.
-
-Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos
-predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La
-imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes,
-elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable
-de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son
-apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se
-empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad.
-Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado
-y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus
-elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en
-que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones
-naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas
-á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se
-identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones
-anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el
-instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se
-limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más
-exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen
-propicios á la perfección.
-
-El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á
-perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento
-del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que
-existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los
-seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la
-formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser
-complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á
-las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie
-conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera.
-Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la
-selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto
-simples anticipaciones del devenir.
-
-Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los
-ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa
-jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va
-retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho
-camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero
-el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La
-imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia
-su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio
-sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para
-ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad.
-Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas
-innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto
-valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si
-son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del
-conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar
-en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser,
-implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra
-de progreso.
-
-En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento
-tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos
-se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine
-el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la
-realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la
-experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe
-más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de
-la realidad que deviene.
-
-Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de
-muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea
-los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por
-un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener
-su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo
-consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede
-encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando
-su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus
-esclarecidos.
-
-Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen:
-es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta
-involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible
-en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de
-porvenir.
-
-No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia.
-La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad
-efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta
-absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree
-sinceramente en él.
-
-Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares
-diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga,
-que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia
-de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces
-de vivir hacia ellas.
-
-Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en
-nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión,
-fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace
-del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay
-tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y
-tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección.
-
-El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que
-desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir
-que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al
-ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se
-trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por
-sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la
-Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista,
-al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal
-de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que
-obstar al esfuerzo similar de los otros.
-
-Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se
-refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas
-porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen
-que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el
-sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas»,
-aunque el mal uso induzca á ello.
-
-Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas,
-porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden
-constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel,
-Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que
-persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de
-sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de
-belleza ó una original personalidad.
-
-No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende
-á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los
-fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no
-existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para
-mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan
-magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el
-cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo
-como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben
-iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de
-ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón,
-que no podía contenerse en ningún vaso.
-
-La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales,
-en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan
-naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución,
-es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras
-se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo.
-Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no
-daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente:
-es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de
-ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo
-mejor.
-
-Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del
-arte la Belleza--formas preeminentes de toda excelsitud--no se
-concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son
-convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás
-contradictorias, aunque lo parezca.
-
-Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad,
-su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan
-sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del
-sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que
-concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la
-imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma.
-
-Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad
-practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde
-al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los
-ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y
-marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad
-amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien
-sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos
-perfecciones imperfectas.
-
-Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se
-anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la
-experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de
-ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad
-evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de
-nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la
-mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar
-Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua
-persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es
-una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin
-alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite»,
-se concibe que podría acercársele más.
-
-Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los
-hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia
-misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los
-viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo
-el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave
-falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales.
-Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado.
-
-Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios
-absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es
-contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento
-y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de
-referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen,
-palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los
-cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo
-un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se
-forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.
-
-Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas,
-momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una
-secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada
-hombre.
-
-Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran
-apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los
-apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y
-cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir,
-entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su
-indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora
-á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales
-mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto
-de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la
-sombra.
-
-
- II.--LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN.
-
-Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el
-rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos
-universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres
-desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el
-contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio,
-la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso
-original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los
-hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
-
-El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las
-sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia
-sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos
-elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que
-tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus
-pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos
-hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna
-perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad
-del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino
-de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más
-contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de
-enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal
-son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios,
-entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas,
-indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los
-que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo:
-posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre
-lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son
-cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen
-lo mejor de lo peor.
-
-Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El
-culto del «hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente,
-importa un renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la
-rutina y nada crea hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia
-sus hipótesis, al arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia
-sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad;
-los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando
-en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres
-capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales.
-Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo
-destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha
-paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir
-que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin
-aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la
-inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados
-por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les
-nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la
-inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una
-raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa
-chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en
-hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta
-entre sus enemigos más audaces á la ignorancia, madrastra de obstinadas
-rutinas.
-
-La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada
-perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría
-ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en
-estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos,
-depende de lo mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería
-sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado
-viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.
-
-En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable.
-Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores
-audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la
-intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo
-entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas
-son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma:
-contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad
-parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes
-hombres, en los genios mismos si el medio es hostil á sus quimeras,
-como es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, informe
-bazofia de la humanidad.
-
-Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede
-esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es
-juventud la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda;
-nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la
-moral de las mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal
-y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay
-juventud en los que persiguen con entusiasmo una perfección; por eso
-en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de
-los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran á la vida sin
-afiebrarse por algún ideal; á los que nunca fueron jóvenes, paréceles
-descarriada toda soñadora inquietud. Y no se nace joven: hay que
-adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere.
-
-Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos
-sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador,
-aborrecen de todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta
-domesticarlos, haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles,
-maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo
-igualitario pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos:
-detesta las diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al
-que se aparta en busca de una propia personalidad. El original, el
-imaginativo, el creador, atrae sus odios, los busca, los desafía,
-sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista
-es una viviente afirmación de individualismo, aunque persiga una
-quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su
-independencia es una reacción hostil á todos los dogmatismos de rebaño.
-Concibiéndose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas
-quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: «yo sé
-quién soy». Viven animados por este afán afirmativo. En sus ideales
-cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la
-pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad social,
-puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre de
-marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad.
-Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa:
-«Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras
-vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el gusano
-muera y del capullo salga volando la mariposa».
-
-Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su
-idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el
-pensamiento sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene
-firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes. Para
-crear una partícula de Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un
-esfuerzo original y violento contra alguna rutina ó prejuicio, como
-para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo.
-Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, si
-es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de
-los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la exageración
-de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su atributo
-necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la
-hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso
-para quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento,
-con fe, con desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza
-arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos.
-Y el artista busca también la suya, porque la Belleza es una verdad
-animada por la imaginación, más que por la experiencia. Y el filósofo
-la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para
-consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es servir á su
-propia Verdad. Siempre.
-
-Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz
-obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según
-predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental
-es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los
-ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos
-afectivos son encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la
-imaginación: los ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el
-uno á la juventud y el otro á la madurez. El primero es adolescente,
-crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, impone y defiende.
-El idealista perfecto sería romántico á los veinte años y estoico á
-los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el
-romanticismo en la edad madura. Lo que al principio le enciende en
-pasión debe cristalizarle después en suprema dignidad: ésa es la lógica
-de su temperamento.
-
-
- III.--LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS.
-
-Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables.
-Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y
-pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran
-como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que
-la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre
-inalcanzado é inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos
-los resplandores de la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz;
-y Musset quiere amar incesantemente después de haber amado, ofreciendo
-su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los románticos
-parecen preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito el poder
-humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre
-atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que
-la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista,
-como si los nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su
-gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones:
-entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más intenso
-de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por
-esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra
-todo lo que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus
-ideales sin conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor
-de la experiencia, agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos
-y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la
-ternura: con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos
-ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal
-cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más
-saña.
-
-Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra
-Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda
-mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría
-existir jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la
-vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos
-creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para
-ellos un beso de tal mujer vale más que cien tesoros de Golconda.
-
-Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que
-la razón ignora»--, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto
-irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad
-apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las
-venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus
-protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran
-con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo,
-por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre
-encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos
-apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo
-ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y
-hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas
-del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se
-confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad
-sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los
-ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar
-la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la
-poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los
-hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad.
-
-El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor
-como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y
-es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á
-amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de
-sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen
-la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras
-le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un
-escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio
-ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron;
-habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale
-un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo
-amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn,
-Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación
-de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta
-los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la
-conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una
-osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas
-virtudes del amor.
-
-En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la
-mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos
-sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en
-nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su
-amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su
-individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar
-contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo
-que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir.
-
-En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con
-los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece,
-como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución
-francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación
-se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y
-Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y
-seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo
-tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética.
-En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y
-trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con
-ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente.
-Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad
-con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión
-abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en
-Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.
-
-
- IV.--EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.
-
-Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena
-muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las
-lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán
-de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos
-propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le
-tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal
-inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por
-enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar
-la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando
-salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta
-hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una
-gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en
-la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus
-ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando
-advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas,
-custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades.
-El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo
-experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación,
-haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á
-la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo
-apolíneo.
-
-Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia
-crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor
-no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad
-en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más
-lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere;
-los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese
-limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de
-los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin
-rebajarla.
-
-Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas
-definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más
-perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y
-su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo
-clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través
-de los siglos.
-
-Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á
-la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos,
-cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De
-allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito,
-la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción
-exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí
-mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso
-arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito.
-Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión
-encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á
-los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias
-oprobian á sus arquetipos.
-
-El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que
-el romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad
-organizada, resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin
-compromisos. Impórtale menos agredir el mal que consienten los otros
-y más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo
-depende de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». Son
-notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el
-sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud.
-En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad
-social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una sensibilidad
-individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas; aquél es
-la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta
-contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias;
-revela energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos
-opuestos por el espíritu gregario. El individualista niega el principio
-de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera
-imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los
-partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, sintiéndose
-extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las leyes escritas no
-han modificado nunca la mediocridad de quienes las admiran ni el
-sufrimiento de quienes las aguantan.
-
-Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que
-reclutan las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El
-digno elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta
-siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia
-en sí para acrisolarse; éste se ausenta de los demás para zambullirse
-en la sombra. El individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo
-eleva; sin ideal, es una caída á más bajo nivel que la mediocridad
-misma.
-
-En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo
-anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por
-todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo
-de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida
-en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los
-cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: sus últimos pregoneros
-encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los
-escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fué lealmente
-erigida en sistema después de entonces. El placer--como simple
-sensualidad cuantitativa--es absurdo é imprevisor; no puede sustentar
-una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser otros.
-¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un
-egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á
-los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite
-refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más,
-pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias
-alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo.
-Aristipo refugia la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro
-la encumbra en la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél
-valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados
-sin freno; para éste deben ser elegidos y dignificados por un sello
-de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su
-creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha y
-huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á favor del
-primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la
-dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite
-practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
-
-En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo
-experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud
-heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia
-más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio
-Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con
-bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él,
-y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la
-historia.
-
-La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente
-elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más
-humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas,
-entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma
-á los filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y
-lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo
-demás está subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que
-depende de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula
-del idealismo experimental.
-
-Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las
-resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene
-prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo
-enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque
-los obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no
-dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad
-de su ambiente sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un
-Ideal, vive de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le
-impedirá ascender hacia su ensueño.
-
-Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á
-participar del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse
-no es morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como lo fué en
-Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: sólo él
-pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más líricas de
-Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su estoicismo es más
-propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con
-él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre
-perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus racimos, como
-la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros
-en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe,
-ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia
-el encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el
-clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral,
-sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se
-ennoblece. Frente á las burguesías afiebradas por remontar el nivel
-del bienestar material,--ignorando que su mayor miseria es la falta
-de cultura,--ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto
-de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades
-descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio,
-de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre á
-restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que
-caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
-
-Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito;
-las virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos,
-creando equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los
-moralistas: su originalidad está en cambios de tono que modifican las
-perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la
-mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman
-su vehemencia de ideal. Una mediocracia sin ideales,--como un individuo
-ó un grupo,--es vil y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos
-anhelos de perfección. Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad
-como un culto; frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud
-desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la
-Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente á las
-complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del
-Individuo dentro de cada sociedad.
-
-Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia,
-un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce
-habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos
-de la historia. Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los
-resurgimientos, transmuta ó desorbita. En ese instante remontan su
-vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos
-y para obras perennes.
-
-En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los
-visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la
-mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno
-sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre
-plasmó un concepto más sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa,
-cuyo cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados.
-Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de
-Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan
-palabras perceptibles. Dice á los jóvenes que toda brega por un Ideal
-es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que nunca hay error en
-seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá
-á crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe
-alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no
-vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño
-sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus ideales bajo el
-palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que conspiran
-para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
-
-Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la
-Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos.
-
-
-
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
- «_Cacciarli i ciel per non esser men belli,
- Né le profondo Inferno li riceve..._»
-
- DANTE. _Inferno._ Canto III.
-
- I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»--II. DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.--III.
- FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.--IV. LA VULGARIDAD.
-
-
-I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»
-
-Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza
-que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se
-uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad
-crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase
-el rebaño para prepararse al sueño, la remota campana tañe su
-aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana claridad lunar
-se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su titilación el
-firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece
-conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que
-encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado
-á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
-primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al
-reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas,
-un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la
-oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas
-han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa
-hasta el rebaño que apacienta.
-
-La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no
-entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo
-ó de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente
-invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni
-venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite
-forzoso de su mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los
-ajenos una chispa capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede
-serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la
-ironía de cuantos le invitan á arrebañarse en nombre de ideales que
-puede servir, no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres,
-sólo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. Para concebir
-una perfección es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos
-pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven de dogmas que otros les
-imponen, esclavos de fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre
-del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y de toda cumbre.
-Individualmente son hombres que no existen. No inspiran simpatías ni
-rencores acentuados. No admiran ni espantan. Sería difícil decidir
-qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente no obstan á los
-caracteres originales: su existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo
-como sombras insubstanciales, temiendo que alguien pueda reprocharles
-esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida.
-
-Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre
-la tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y
-el gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia:
-los más altos placeres son inherentes á proponerse una perfección y
-perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen biografía: no vive
-el que no deja rastros en las cosas ó en los espíritus. La vida sólo
-vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No
-ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor
-algún ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta
-juventud la precedió. La medida justa del hombre está en la duración
-de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen
-sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se
-maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las
-dignidades que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los
-apetitos del mediocre. Pero hay algo que embellece los placeres y
-califica la vida del idealista: la afirmación de la propia personalidad
-y la cantidad de hombría aquilatada en la dignificación de nuestro yo.
-Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos á una
-parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias
-de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un
-incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen;
-pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y vegetan moldeados
-por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad exigua
-y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua disciplina del pensar
-y de la conducta; su existencia es puramente negativa como unidades
-sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los que viven y
-piensan.
-
-Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre
-es áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta
-acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado
-cuando ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los
-caracteres humanos en sensitivos y activos, Ribot comprendió la
-necesidad de separar los mediocres, cuya característica es no tener
-ninguna: «indiferentes», viven sin que se advierta su existencia. Son
-productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación
-que reciben, de las personas y las cosas que los rodean. La sociedad
-piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No hay líneas
-definidas ni en su propia sombra: es una penumbra.
-
-En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como
-en el océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud
-imperturbable, como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad:
-es su destino oponerse al impulso de los originales. Hay en el fondo
-de su psicología una espesa pincelada gris. La falta de personalidad
-los hace igualmente incapaces de bien y de mal, si de su iniciativa
-depende. Desfilan á hurtadillas, inadvertidos, sin aprender ni enseñar,
-diluyendo en tedios su insipidez tranquila, vegetando en la sociedad
-que ignora su existencia: ceros á la izquierda que nada califican y
-para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder á la más
-leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y
-pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el más leve
-céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplio
-velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si
-irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados
-contra un escollo.
-
-Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se
-conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho
-de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud,
-cierto talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se
-envanecen de su testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la
-firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su
-bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los serviles y
-los parapocos pavonéanse de honestos, como si la incapacidad del mal
-pudiera en caso alguno confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues,
-de la buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos
-la mediocridad objetivamente, en sus aspectos fundamentales.
-
-Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son
-mediocres, á carta cabal, los que no descuellan en ninguna.
-
-Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque
-aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos.
-
-Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural,
-con tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que
-estudiarlos. El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al
-psicólogo le es indiferente: observa los caracteres, los describe,
-los compara y los clasifica, de igual manera que otros naturalistas
-observan fósiles ó mariposas.
-
-Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay
-mediocridad; en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre
-es el claro-obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos,
-por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio no dijo «_áurea
-mediocritas_» en el sentido general y absurdo que proclaman los
-incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por sus
-obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad
-y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteció los
-goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y de la
-miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido
-epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio
-árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia
-llena de preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad
-moral, intelectual y de carácter, es digna de respetuoso homenaje,
-implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables
-menospreció á los poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio á
-cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido
-del «_áurea mediocritas_» clásico? ¿Por qué ese afán de suprimir
-desniveles entre los hombres y las sombras, como si rebajando un poco á
-los excelentes y amerengando un poco á los mediocres se amenguaran las
-desigualdades creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar
-la claridad y la tiniebla, confundiendo en una misma penumbra á los
-transparentes y á los opacos.
-
-La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía:
-ser original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse
-á confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando
-la significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas
-correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es
-colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual,
-prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa
-insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente
-á cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse,
-como si fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias
-resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado fundamental de
-la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos
-comunes á todos los hombres: éstos serán siempre tan desiguales como
-las olas que erizan la superficie de un Océano.
-
-En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra
-lo excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á
-lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los
-espíritus arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda
-telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, velando su
-gloria ante la multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las
-cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
-
-La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco
-escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren
-menos entre sí que unos hombres de otros». (_Obras morales_, vol.
-3.) Montaigne suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y
-tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más
-excelente animal está más próximo del hombre menos inteligente, que
-éste último de otro hombre grande y excelente». (_Ensayos_, vol. I.
-cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, los
-psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad humana; ella será en el
-porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne.
-
-Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de
-su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre
-unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por
-inferioridades ó excelencias.
-
-Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte
-los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco
-interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la
-pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren
-los moralistas; no merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni
-la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden
-estudiarse. Son los puntales de la mediocridad, constituyen un régimen,
-representan un sistema especial de intereses inconmovibles; ellos
-subvierten la tabla de los valores morales, falsean nombres, desvirtúan
-conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es
-lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración una
-imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez...
-
-Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su
-insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados
-de ese impulso que se resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que
-es la vida misma, la complicidad del régimen suple muchas lagunas de
-sus biografías, disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de
-la gloria entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje
-mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato y conserva el nombre
-del retratista; y cuando sus lacayos le costean un bronce, debajo del
-verdín que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, como si
-un pudor incontenible lo encendiera internamente.
-
-Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección,
-ciegos á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é
-insuficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y
-el idiota; hay, también, una rica literatura consagrada á estudiar el
-genio y el talento, amén de que historia y arte convergen á mantener
-su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el
-genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre común, el
-que nos rodea á millares, el que prospera y se reproduce en el silencio
-y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no asombra al observador,
-pero su conjunto es omnipotente en ciertos momentos de la historia:
-cuando reina el clima de la mediocridad.
-
-Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los
-cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de
-Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas
-mismas de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios
-al transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene
-la firmeza del que sólo confía en su propia mano para consumar la
-obra. ¿Por qué no tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de
-autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué
-sirve?
-
-La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la
-psicología y de la moral.
-
-
-II.--DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.
-
-La mediocridad es una ausencia de características personales que
-permitan distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos
-un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir
-cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil
-genios en un Concilio y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras
-la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las
-opiniones colectivas.
-
-Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no
-existe. No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y
-sus cambios opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales,
-distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra;
-el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir.
-
-Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales
-graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos
-extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares,
-coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos
-allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó
-dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el
-torbellinesco espíritu de Pascal.
-
-Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre
-medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado _in medio stat
-virtus_. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres
-mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio
-de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto
-de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.
-
-Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis
-estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la
-«edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el
-Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu
-humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación,
-es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana
-sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en
-sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal
-concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como
-una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al
-culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente,
-de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre--decimos
-ahora--es un animal que evoluciona en las edades más recientes del
-planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección
-en volver á sus formas ancestrales.
-
-El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado
-ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos
-los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre
-equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una
-complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir
-á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos?
-El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con
-la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo,
-sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y
-los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más
-los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la
-normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia
-del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este
-grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil,
-acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á
-todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios,
-resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su
-mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se
-derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y
-no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa
-equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre
-equilibrado y del genio desequilibrado.»
-
-En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre
-opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es
-capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso
-un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran
-diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta
-presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el
-hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores.
-Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y
-estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus
-costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal
-doméstico.» _Fruges consumere natus_, que dijo el poeta latino.
-
-Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del
-«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía,
-ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida
-honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus
-concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora
-todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas
-líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine
-contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte,
-Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un
-ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los
-dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas
-mundanas.
-
-Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó
-estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud
-para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería
-la inclinación á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería
-á «burgués», por contraposición á «artista»; Flaubert lo definió
-como «un hombre que piensa bajamente». Juzgada con ese criterio, su
-personalidad parece detestable. Tal resulta en la magnífica silueta de
-Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó á admirar Rubén
-Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del
-mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será,
-entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se llama
-un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que es
-justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es
-justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por
-carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier
-estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico,
-absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás.
-No habla nunca; repite siempre. Juzga á los hombres como los oye
-juzgar. Reverenciará á su más cruel adversario, si éste se encumbra;
-desdeñará á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su criterio carece
-de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son
-oficiales. Esa definición descriptiva,--análoga á las que repitiera
-Barbey D'Aurevilly--, posee muy sugestiva elocuencia, pero no es
-satisfactoria.
-
-El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo»
-de Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués»
-antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es
-reconocerlo, tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto
-de vista psicológico y social; conviene buscar una más exacta é
-inequívoca, abordando el problema por otros caminos.
-
-No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que
-pueden englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones,
-simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres
-humanos, la «etología.» Los antiguos fundábanla sobre los
-temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de
-ciertas funciones psicológicas.
-
-Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial,
-son insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño
-humano, el rango de los hombres que lo componen resulta siempre
-«relativo» al conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del
-problema. Cada hombre es el producto de dos factores: la herencia y la
-educación. La primera tiende á proveerle de los órganos y las funciones
-mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es
-el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el
-individuo está obligado á vivir. La acción educativa es una adaptación
-de las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: una continua
-aclimatación del individuo en la sociedad.
-
-El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta
-que empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á
-reconocer entre éstos á sus semejantes. Su experiencia individual
-es, entonces, coadyuvada por las personas que le rodean, tornándose
-cada vez más decisiva la influencia del medio. Desde ese momento
-evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan
-mediante la imitación. El hombre incapaz de imitar no alcanza cierto
-nivel, permanece «inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si
-la imitación desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la
-formación de la personalidad, actuando por un verdadero mimetismo
-social, la invención produce, en cambio, las variaciones individuales.
-Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es evolutiva y se
-desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden inventar ó imitar
-de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta
-capacidad congénita, recibida mediante la herencia psicológica. La
-adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio entre lo que
-imita y lo que inventa.
-
-La variación individual determina la originalidad, rompiendo las
-coyundas de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener
-un carácter propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin,
-de que no se vive como simple reflejo de los demás. El símbolo del
-hombre mediocre es la paciencia imitativa; del hombre superior, la
-imaginación creadora. El mediocre aspira á confundirse en los que le
-rodean; eso lo sobrepone al inferior inadaptable. El original aspira á
-diferenciarse de los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes
-ó en acción. Mientras el mediocre se concreta á pensar con la cabeza de
-la sociedad, el original aspira á pensar con la propia. En ello estriba
-la desconfianza con que es mirado por los mediocres: nada les parece
-tan peligroso como un hombre que aspira á pensar con su cabeza.
-
-Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su
-medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia
-biológica, la imitación social y la variación individual.
-
-Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para
-adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é
-insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de
-los hombres inferiores.
-
-Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que
-los rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición
-inherente á todo hombre mediocre.
-
-Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere
-variaciones propias, una «personalidad individual»: patrimonio
-exclusivo de los hombres originales.
-
-Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres
-inferiores, hombres mediocres y hombres superiores.
-
-El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las
-tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para
-la imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad
-no se desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por
-debajo de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera
-de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad
-para pensar como los demás.
-
-El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia
-imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño,
-reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente
-útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma
-de la especie», el mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su
-característica es imitar á cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena.
-
-El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es
-original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de
-su propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del
-«alma de la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la
-sociedad», constituyendo las aristas singulares del «alma individual»
-que lo distingue dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas
-formas de perfección: piensa mejor que la sociedad en que vive.
-
-
-III.--FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.
-
-Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el
-equilibrio social: poco importa que ellos se cuenten por millares y
-los idealistas en dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el
-valor de la luz. La infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no
-sería dulce si el acíbar no enseñara á paladear la amargura; admiramos
-el vuelo del águila porque conocemos el arrastramiento de la oruga;
-encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de
-la serpiente. De igual manera todo hombre posee un valor de contraste,
-si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la infinita
-evolución del protohombre al superhombre. El mediocre, peldaño social
-entre el imbécil y el genio, representa un progreso comparado con el
-primero y ocupa su rango si le comparamos con el segundo. Si fuera
-inútil no existiría: la selección natural habríale exterminado. Ello
-no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al momento en
-que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras para el
-estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en
-el diccionario; el estilo es una originalidad individual.
-
-Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere
-su escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral
-individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo
-hasta Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original;
-la historia del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á
-innúmeros secuaces que los imitan.
-
-Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran
-una justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste
-eterno entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se
-traduce por la lucha entre dos grandes actitudes que agitan la
-mentalidad colectiva: el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu
-original ó de rebeldía.
-
-Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la
-humanidad en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y
-los otros en todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles
-interpretan mejor la vida. No es factible un vivir inmóvil de gentes
-todas conservadoras, ni lo es un instable ajetreo de rebeldes é
-insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún sendero
-digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas sean igualmente
-imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la preferencia una
-actitud conservadora? La originalidad necesita un contrapeso robusto
-que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á los hombres
-metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos sociales
-más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los organismos,
-los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén; en vez
-de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores en una obra
-única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no
-podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien
-rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la
-vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse,
-ambas partes debieran advertir que ninguna tendría motivo de existir
-como la otra no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al
-revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base para la
-tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo.
-
-Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como
-arguye el pensador español, su justificación estaría hecha. Ser
-mediocre no es una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que
-sacan á su vida el mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus
-cortos días sobre la tierra, sin preocuparse de sus prójimos ni de las
-generaciones posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo? ¿Pecan, tal
-vez, los que no piensan en sí y viven para los demás: los abnegados y
-altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio ajeno,
-renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como suele ocurrir?
-Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle cierta parte
-de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente,
-pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones
-venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas
-trabajaron las pasadas.
-
-Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo
-nada podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen
-un valor moral. Cada individuo habla el idioma de su conveniencia
-inmediata; pero el moralista usa otra lengua y sus juicios de valor
-traducen conceptos colectivos que califican la conducta individual.
-Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de otra manera;
-tiene tanta culpa de su delito el asesino como de su creación el genio.
-El original y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el
-bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á pesar suyo; no lo serían
-si el equilibrio de la sociedad lo impidiese.
-
-¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y
-á los héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que
-piensan en el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á
-Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los
-aplaude porque tiene una moral, una tabla de valores que aplica para
-juzgar á cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias
-particulares, sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada
-época la medida de lo excelso está en los ideales de perfección que se
-denominan genio, heroísmo y santidad.
-
-Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope función que
-desempeñan en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que
-importe un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su
-ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de
-los mediocres, asignándoles una función moderadora, como si estuvieran
-destinados á contener el impulso creador de los hombres superiores y
-las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. Para toda
-mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad
-ve una evidente ingratitud. El mediocre es útil; con un poco de
-benevolencia podría concedérsele esa relativa belleza de las cosas
-perfectamente adaptadas á su objeto. Es el fondo de perspectiva en
-el paisaje social. De su exigüidad estética depende todo el relieve
-adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales
-de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si no
-fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas
-personales: éstos viven esperando--con encantadora ausencia de ideas
-propias--los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El
-rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales;
-pero su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas
-convenientes al bienestar social. Su gran culpa consiste en que se
-le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso. Su
-inteligencia es un espejo en que se reflejan todas las similares. Á
-pesar de todo, es necesario; constituye el público de esta comedia
-humana en que los hombres superiores avanzan hasta las candilejas,
-buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta decir con fina
-ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se encuentren reunidos
-en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del
-derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.»
-
-Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad,
-como el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental,
-confundiéndolo con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa
-su posición ecuánime. Individualmente considerado, á través del
-lente moral y estético, el hombre mediocre es una entidad negativa y
-deleznable; tomada la mediocridad en su conjunto, las sociedades pueden
-reconocerle funciones indispensables para su equilibrio.
-
-Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible
-sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de
-conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde
-mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja,
-no rompe, no encendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón
-de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos,
-defendiendo ese capital común contra el acecho de los inadaptables.
-Su rencor á los creadores compénsase por su resistencia á los
-destructores. Los hombres mediocres desempeñan en la historia humana
-el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan
-y transmiten las variaciones más útiles para la continuidad del
-grupo social. Constituyen una fuerza destinada á contrastar el poder
-disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones atrevidas
-de los visionarios. La conexión del conjunto los necesita, como un
-mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento no es el
-mosaico.
-
-Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los
-que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría
-estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse
-el progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida
-por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía
-mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las
-conquistas de los originales; la utilidad del mediocre está subordinada
-á la existencia del superior, como la fortuna de los libreros estriba
-en el ingenio de los escritores. El «alma social» es una empresa
-anónima que explota las creaciones de pocas «almas individuales»,
-resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores.
-
-Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las
-rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas
-de ideales concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño
-social va ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente
-conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia;
-y éstos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su
-retaguardia. Lo que ayer fué ideal contra una rutina, será mañana
-rutina á su vez, contra otro ideal. Indefinidamente.
-
-Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres,
-dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan
-su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores
-igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se
-complementan en la evolución social, magüer se miren con adversaria
-oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos
-interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada
-por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente
-removibles, detendríase sin el uno y se interrumpiría sin las otras.
-
-
-IV.--LA VULGARIDAD.
-
-La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos
-comunes. La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse
-un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de
-los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á
-las domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio,
-la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes;
-sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á
-las originalidades é insensibles á las emociones; ignoran la quimera,
-el anhelo y la pasión. Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan
-que hay cumbres más allá de sus horizontes.
-
-El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles
-timoratos é indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de
-iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la
-nuca.
-
-Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo.
-Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no
-delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.
-
-No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque
-ignoren la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios
-siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo
-una tierna caricia, ni avalancharse de indignación ante una ofensa.
-
-No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en
-la opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad
-se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer.
-Trocan su honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un
-peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar
-la verdad frente al error de una turba. Su cerebro y su corazón están
-entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado.
-
-Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número obvía su
-febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á
-cuantos no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan
-encadenar su mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas
-hay en que el equilibrio social rompe en su favor; los ideales se
-agostan, la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase refractario á
-todo afán de perfección. Los hombres mediocres tienen su primavera
-florida: hay un clima de la mediocridad. Los estados conviértense en
-mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan el nivel de moral
-y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es
-respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad, tiene que luchar
-contra la rutina de los cerebros mediocres; si un santo persigue la
-virtud, se astilla contra los prejuicios morales del hombre honesto;
-si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó armonías, ciérranle el
-paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado
-quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las dogmáticas
-hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso de
-energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora
-atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad,
-la turba de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de
-perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el
-destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una
-raza ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten
-é intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios
-arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del
-Santo Oficio.
-
-La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación
-de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en
-los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase
-que es una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se
-vulgarizan cuando reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en
-las generaciones ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas
-primitivas. Habrían sido perfectamente adaptados en sociedades
-salvajes, pero carecen de la domesticación que les confundiría con
-sus contemporáneos. Se puede ser rutinario, honesto y manso, sin ser
-decididamente vulgar; el mediocre conserva una dócil aclimatación en
-su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento de los estigmas comunes á
-todo ser gregario; sólo aparece cuando las sociedades se desequilibran
-en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo innoble.
-Ningún ajetreo original la conmueve. Desdeña las dignidades altivas
-y los romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra
-muda, su mirar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de
-las estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las alas. Es la
-inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen
-gusto; es el altar donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo en
-servirle de monaguillo.
-
-La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos
-de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su
-mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla
-inoportuna en la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el
-encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión
-luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea
-y nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita
-en las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son los defectos
-físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de pensar y de
-amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de la
-vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida
-ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza
-y, en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en
-circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos,
-épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde
-su palabra memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta
-sublime.
-
-Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que
-transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á
-todos los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase.
-Los hay en todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce
-un recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que
-entre la escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos
-y en las cárceles, en las universidades y en los pesebres. En ciertos
-momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como si la urgencia
-de satisfacciones inmediatas pudiera confundirse con el afán de
-perfecciones infinitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca.
-
-Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á
-gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad
-es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor
-perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre
-dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una
-adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan
-la honestidad misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la
-reblandece.
-
-Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que
-les indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de
-sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad
-del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus
-prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no
-fecundado por la pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero
-bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el
-mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el
-ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un
-cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida.
-
-El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un
-comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa,
-de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad
-transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en
-cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva
-á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, á la
-simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que
-conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos instintos y
-sin otra aspiración que el hartazgo.
-
-En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante,
-los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á
-purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto
-á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los
-santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando
-ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en
-las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede
-soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento
-de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna;
-dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos;
-encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la
-vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar
-de sus fuentes sea opacado por el limo.
-
-En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias,
-la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo
-infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas,
-sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían
-las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las
-sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su
-pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero,
-y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos
-por aquélla. Así--, resistiéndolos, como las velas al viento--, los
-rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es
-la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías
-propulsoras.
-
-
-
-
-LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
-
-I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.--II. LOS ESTIGMAS
-MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.--III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE
-BOTTICELLI.--IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA.
-
-
-I.--EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.
-
-La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de
-los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una
-es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su
-órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar
-espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno
-por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda
-innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La
-ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud
-misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los
-resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las
-clases incultas.
-
-Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que
-viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio
-social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con
-substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia
-para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas.
-La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de
-renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia
-aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad
-aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que
-al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina
-percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las
-mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no
-agitarse por torpes acciones.
-
-Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios,
-exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos
-poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan
-los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede
-sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero
-en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno.
-Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente
-suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan
-y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles.
-Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa,
-extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los
-prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan
-á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma
-los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial
-involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo
-iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la
-inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la
-atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha
-visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un
-ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad
-que el talento.
-
-Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por
-el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como
-reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del
-conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata
-como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del
-juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los
-creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión
-ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más
-severa, ó la de sus iguales.
-
-Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de
-razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora
-parece que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo,
-como lo fué otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace
-instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad,
-incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un
-cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen
-de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo
-no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto á una madona
-del Angélico ó á un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran ante
-cualquier escaparate donde haya oleografías de bailarinas españolas ó
-coroneles americanos.
-
-Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la
-más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso,
-la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre
-de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de
-meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y
-cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su
-ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil
-para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos
-jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura prodúceles
-efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre
-centones absurdos; gustan de los más superficiales, de ésos en que nada
-podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos
-para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental;
-ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que
-asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición
-darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar
-no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un
-pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal
-digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.
-
-Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de
-tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria
-tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son
-la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia
-cabeza, renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del
-resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad
-que en llegar á ella».
-
-Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos,
-abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman
-ideales á sus prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin
-advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón,
-opiniones sin juicio. Representan al sentido común desbocado, sin el
-freno del buen sentido.
-
-Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de
-ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza
-la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert,
-insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte
-tiene en la vida real. Homais y Bournisieu son sus prototipos; es
-imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del
-boticario librepensador ó la casuística untuosa del eclesiástico
-profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser
-tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones
-para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».
-
-Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana:
-resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería,
-egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo,
-en una escena que á todas luces simboliza el desbordamiento villano
-de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores
-españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería,
-hanse tornado apologistas del grosero Panza, oponiendo su bastardo
-sentido práctico á los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien
-lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera
-un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene
-ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el
-uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza
-y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió
-Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el
-conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la
-evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero:
-«asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe
-el curso de la vida»; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta
-convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo
-es cristalino. La moraleja no lo es menos: frente á cada forjador de
-ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el
-advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de
-la rutina.
-
-El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los
-pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme
-embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los
-proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos
-equivalentes de un mismo celo dogmatista.
-
-Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena
-á serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus
-opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que
-busca una verdad ó persigue un ideal; los negros queman á Bruno y
-Servet, los rojos decapitan á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia
-de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el
-que la enciende». La tolerancia es virtud suprema en los que piensan.
-Es difícil para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo
-de equilibrio ante el error de los demás; enseña á soportar esa
-consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que
-ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar el valor
-de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud
-propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace
-estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce.
-
-Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose
-cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la
-verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios.
-Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que
-se negaron á mirar el cielo á través del telescopio, temiendo ver
-desbaratados sus errores más firmes.
-
-En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus
-prejuicios son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa
-ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures
-que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio
-y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus
-cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por
-ellos, agradecidos á ese favor.
-
-En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los
-rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de
-la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden
-la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la
-complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman
-sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y
-conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda
-opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa;
-la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en
-todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando
-eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes,
-conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos
-conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu
-los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de
-no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda
-del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que
-lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores
-hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten
-perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se
-corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los
-clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver
-planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen
-aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana
-vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen
-la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si
-intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas
-elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas
-que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar
-vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos
-les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la
-pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace
-crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de
-hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia
-la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos
-palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que
-se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y
-halagan sus prejuicios.
-
-Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos,
-como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el
-Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á
-guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus
-calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas,
-amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas.
-Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los
-primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla
-y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen
-explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno
-del cuerpo.
-
-Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas.
-Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos
-ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia
-desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de
-Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es
-imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos:
-trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes
-más altas de la física. Galileo.
-
-Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros
-conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio»
-en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la
-curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo
-de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la
-naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida
-entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está
-siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es
-propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y
-encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural.
-Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido
-común, es decir, un original ó un genio--que en esto se parecen--,
-puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y
-no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un
-audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara
-suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la
-brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace
-girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.
-
-En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á
-que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de
-perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos
-y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la
-disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer
-en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las
-tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus
-rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
-
-
-II.--LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.
-
-En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del
-cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.
-Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo
-concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo
-sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa.
-Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos
-concebirlo.» (_Pensées_; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no
-piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier
-hombre satisfecho de su mediocridad.
-
-Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por
-adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no
-adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta
-soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede
-atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase
-que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio.
-
-El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades
-busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica
-los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la
-Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus
-actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la
-fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas
-vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por
-Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades.
-Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma
-social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en
-la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto
-de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta
-un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente
-elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas
-pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle.
-Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo
-á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la
-respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos
-á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo
-ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso.
-Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre
-la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen
-descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la
-flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión,
-la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso
-de los hombres--Sócrates--bailaba.» Esta aguda advertencia de
-Montaigne, en los _Ensayos_, mereció una corroboración de Pascal en sus
-_Pensamientos_: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles
-con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos
-sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad.
-Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y
-divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más
-filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que
-renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.
-
-Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia
-tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de
-méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias
-superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos
-suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos
-naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas
-de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no
-pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles
-nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable;
-los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud
-es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la
-existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la
-modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los
-bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un
-tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser
-original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni
-desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el
-hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo
-que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia,
-estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar
-sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula
-de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de
-los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos,
-son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen
-genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar
-á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo
-mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las
-úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la
-falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de
-Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.
-
-Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste;
-confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando
-los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son:
-llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener
-ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á
-cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar,
-como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden
-la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque
-comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas
-del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con
-frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la
-apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia
-todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien
-veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que
-vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer
-capítulo de los _Caracteres_ parece referirse á ellos La Bruyère, en
-un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un
-manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta
-que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los
-presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por
-la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la
-obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar
-por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no
-les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores.
-Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de
-estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á
-toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la
-gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.
-
-Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que
-matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por
-distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale
-á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta,
-suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á
-cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden
-adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados
-que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie
-de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria
-entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las
-palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con
-un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no
-comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias.
-En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se
-convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse
-esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya
-cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden
-á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y
-sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras;
-tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema
-gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los
-puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la
-única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus
-contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo.
-
-La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y
-obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro.
-Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin
-soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres
-que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los
-elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina.
-
-
-III.--LA MALEDICENCIA.
-
-Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso
-de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y
-á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como
-los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes
-excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas
-por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia
-de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los
-imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían
-justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio
-y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y
-ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el
-bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que
-prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son
-acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa.
-Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del
-rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.
-
-Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden
-tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el
-paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y
-nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran
-con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos;
-la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno.
-Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar
-que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para
-distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita
-del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en
-la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.
-
-Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: _La calumnia_
-invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de
-los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli--no
-lo dudemos--quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la
-víctima: en su encono está la medida de tu mérito...
-
-La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame
-gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía
-la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo
-implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través
-hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda,
-la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella
-levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia
-divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella,
-en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas
-orejas á la Ignorancia y la Sospecha.
-
-En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito
-por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que
-desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,»
-invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el
-amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»
-
-Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren
-la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta
-es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es
-subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador
-desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se
-aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se
-encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.
-
-Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs,
-en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á
-todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con
-recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á
-puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es
-una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos:
-sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más
-equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son
-calificativos pavorosos.
-
-Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad
-de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores,
-diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar
-de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad
-del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de
-una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores,
-está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma,
-pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace,
-contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente
-con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á
-la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro
-y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes
-íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que
-asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la
-boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de
-lengua, un estilete.
-
-Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una
-injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los
-riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester
-temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras
-menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan
-su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores
-imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de
-practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la
-acción rectilínea.
-
-Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura,
-pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad.
-Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con
-la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede
-tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con
-la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia,
-una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad
-y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con
-precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una
-sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad
-urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la
-complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo
-perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina
-que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que
-el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen
-malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan
-de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se
-alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no
-se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son
-más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen
-los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico
-indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida;
-el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No
-lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo
-de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna
-contra una estrella.
-
-El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua
-centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la
-traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por
-su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en
-sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran
-los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores,
-aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á
-ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían
-terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares
-comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando
-tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas
-que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura
-entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco
-de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin
-vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su
-andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado
-medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y
-de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira
-convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad
-de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila.
-Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no
-sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de
-sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la
-mediocridad.
-
-El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente
-la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La
-maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas.
-Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen
-espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien
-los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más
-alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su
-propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia
-tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos
-pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran
-una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa:
-es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de
-acuñarla.
-
-Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos
-autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del
-_Tartufo_:
-
- «Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.
- Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»
-
-Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste
-con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es
-inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar
-dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta
-ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola,
-adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de
-la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué
-evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?
-
-
-IV.--EL ÉXITO Y LA GLORIA.
-
-El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola
-finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria,
-ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un
-triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en
-los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre
-es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose,
-reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose
-en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito
-se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone
-dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta,
-sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la
-intriga.
-
-El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando
-la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la
-lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar
-solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la
-esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria
-es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce
-porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición
-de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El
-mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito,
-indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio,
-en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si
-fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño
-accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el
-peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre.
-
-Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la
-mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean
-conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe
-temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento.
-Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los
-obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el
-mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra
-él con energías inagotables, hasta despejar su camino.
-
-Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera
-vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El
-espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande
-ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un
-cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción
-del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer
-amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.
-
-Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se
-retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un
-abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos
-retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro
-que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre
-superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese
-pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos.
-
-Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un
-accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple
-elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la
-conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo
-mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta
-embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos
-los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa
-ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender
-sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre
-hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces,
-por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol
-espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive
-de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá,
-se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior
-siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira
-reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil
-si supiera que le tienen por tal.
-
-Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben
-que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se
-sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan
-de un éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos
-mismos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho,
-un impuesto de admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine
-conoció el goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel
-de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor oyendo sus
-melodías en los labios del transeúnte que silba para darse valor al
-atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que
-fué una de sus grandes voluptuosidades oir sus versos recitados por
-mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha
-el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es
-común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta
-la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los
-biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió
-á contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar
-su novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original,
-las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies,
-temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres.
-
-El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la
-estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña
-incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente,
-es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral.
-El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra
-las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del
-corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.
-
-La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de
-la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda,
-esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al
-común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente
-reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de
-artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por
-eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí
-inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y
-artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es
-lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude
-á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata,
-aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su
-entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de
-tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles
-ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de
-la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la
-celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un
-estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó
-traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida
-á sus propios funerales.
-
-Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la
-gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al
-caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso
-vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la
-dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la
-ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola
-ficha.
-
-En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso
-pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una
-butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito
-no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda
-preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas
-transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La
-fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo
-que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna
-vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor
-sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.
-
-Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su
-error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una
-suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras
-sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el
-acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador
-mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don
-Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de
-dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de
-frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla
-hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí
-una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada
-más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres.
-Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria
-secretos.
-
-Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les
-rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa
-amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los
-genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente,
-puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la
-historia.
-
-La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles
-en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico
-que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria
-es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado
-en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura,
-suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un
-ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: _vitam impendere
-vero_.
-
-
-
-
-LA MEDIOCRIDAD MORAL
-
-I. EL HOMBRE HONESTO.--II. LA MORAL DE TARTUFO.--III. LOS TRÁNSFUGAS
-DE LA HONESTIDAD.--IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL
-CEREBRO.--V. LA SANTIDAD.
-
-
-I.--EL HOMBRE HONESTO.
-
-La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el
-vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas,
-abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La
-honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al
-segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar
-la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado
-ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario.
-Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología
-social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales
-extinguidas.
-
-Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y
-de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene
-disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se
-puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello
-con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es
-indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la
-virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común
-de los mediocres morales.
-
-La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste
-activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección
-futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El
-honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel
-moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien
-practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal.
-
-Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral
-con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan
-irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las
-aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á
-asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le
-castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera
-sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse.
-La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo.
-
-La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es
-democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la
-virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.
-
-El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha,
-toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los
-prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las
-variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original
-de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de
-la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga,
-eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el
-mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por
-incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de
-los demás equivale á pensar con cabeza ajena.
-
-La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la
-honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El
-mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el
-zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso,
-ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una
-virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica.
-
-Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol
-de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los
-corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á
-las espinas; los virtuosos saben que es necesario acometer las más
-punzantes para coger las flores mejor perfumadas.
-
-El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á
-éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los
-mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario,
-«cordura» y «moral» son los nombres que él reserva á su propia
-mediocridad. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el
-virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta
-calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad...
-
-Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras
-de vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con
-frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por
-simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal.
-Enseñan que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser
-mejor. Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos
-al rebaño, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía
-del propio ideal para complicarnos en la merienda ajena.
-
-La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento
-moral tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás
-virtuoso». La honestidad está al alcance de todos; la virtud es de
-pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan
-sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe
-de ala. La mediocridad moral es una resignación: simple falta de
-iniciativa, muchas veces, para practicar el mal.
-
-La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No
-hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo
-al castigo y el codicioso que las estimula por la esperanza de una
-recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con
-los prejuicios sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla ante
-un peligro es indigno de nombrar la virtud: por ella se arriesgan en
-la proscripción ó la miseria. No diremos por eso que el virtuoso es
-infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones
-espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una
-lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El
-que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera
-pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni
-se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con
-la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.
-
-Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á
-la virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado
-el culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más
-segura del descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre
-se afrenta al superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los
-espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad y la firmeza á
-fuerza de transigir con el servilismo y la hipocresía.
-
-Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse.
-Stendhal reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene
-agregar que no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de
-los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos
-para todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda permanecer
-ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' on appelle les honnêtes gens:
-c'est hideux», decía Talleyrand, preguntándose qué sería de los
-hombres honestos si el interés ó la pasión entraran en juego. Su temor
-del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen; son simples
-beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. Llaman mérito á
-su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero
-no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales;
-no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan
-vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero
-no cooperan al común engrandecimiento.
-
-Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres--propia de mentes
-rutinarias y de caracteres domesticados--, existe una heráldica moral
-cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la
-tímida obsecuencia á los prejuicios que paraliza el corazón de los
-temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la platitud
-sentimental que caracteriza la irrupción de todas las burguesías. La
-virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere
-en la intención y en las obras. No la hay cuando los actos desmienten
-las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso
-la mediocridad moral es más nociva en los hombres conspicuos y en las
-clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su verdad, el filósofo
-que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna, descienden
-á la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables que
-el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y
-del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para
-consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección
-es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que
-revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su
-alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la
-honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral.
-
-
-II.--LA MORAL DE TARTUFO.
-
-La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer
-los escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación
-del mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de coraje para
-asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos
-mediocres, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles
-cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen á inmediaciones de las
-ciénagas.
-
-Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo.
-Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus
-intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el
-eslizón. Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos,
-vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente
-su moral: implica siempre una simulación de la virtud.
-
-Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto
-énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el
-valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus
-acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran
-embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban
-con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen
-un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas
-de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el
-ropaje social de la mentira.
-
-Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades
-que considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta
-en su escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento
-intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los
-sujetos de moralidad indecisa simulan el talento moral, soslayando de
-esmerilada virtud su honestidad insípida. Los caracteres hipócritas
-ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen
-el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios
-convencionales.
-
-Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse
-de ella mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres
-respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría
-acercarse á ellos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar
-en desprecio la estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide
-por la distancia á que se les contempla. Pero el psicólogo reconoce
-al hipócrita. Ciertos rasgos distinguen al virtuoso del simulador;
-mientras éste es un custodio de los prejuicios que fermentan en su
-medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse á ellos.
-
-Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede
-ante las arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar
-el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de
-marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en
-aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada
-Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su Judas.
-
-La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar
-en su honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su
-hipocresía es un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan
-la moral colectiva. Su culpa está en agitarse dentro de su basta
-condición, pretendiendo parodiar á los virtuosos. Chapaleando en los
-muladares de la intriga su honestidad se mancilla, rueda al vicio y se
-encanalla en pasiones innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos
-los rencores. Supone simplemente honesto, como él, á todo santo ó
-virtuoso; no descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo,
-no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores,
-pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades,
-desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra,
-ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y amor á
-los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por
-escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el
-más cruel de los suplicios. Es su castigo.
-
-El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se
-distinguen la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina
-lealtad del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia
-palabras que son un estigma ó un epitafio; pero su rugido es la luz de
-un relámpago fugaz y no deja escorias en su corazón, se desahoga por
-un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un
-exceso de fuerza plástica cuya función regeneradora cura prontamente
-las más hondas heridas y trae el perdón. La juventud tiene entre
-sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo
-las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud de
-borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan
-imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la
-hipocresía es la tintura de esas canas morales.
-
-Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas.
-Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un
-hueco armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para
-conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las
-que afirman el dogma del purgatorio y ofrecen redimir las culpas
-por dinero. Su aritmética de ultratumba le permite disfrutar más
-tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una
-actitud y no un sentimiento, es una mueca que oculta intenciones
-malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en
-los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los
-hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los
-mandamientos.
-
-Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones
-abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es
-el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por
-eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del
-género, cuya creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos
-de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto
-á quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda
-su familia. Cleanto, un joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo
-consigue que Orgon expulse de su hogar á ese mal hijo y se hace legar
-sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte de su huésped.
-Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna á celebrar con
-Tartufo una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. El hipócrita,
-creyéndose solo, expone los principios de su casuística perversa; hay
-acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas
-contabilidades; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la
-conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las
-doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega:
-
- _En fin votre scrupule est facile à détruire:
- Vous êtes assurée ici d'un plein secret,
- Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;
- Le scandale du monde est ce que fait l'offense
- Et ce n'est pas pécher que pécher en silence._
-
-Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco.
-La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de
-las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta
-ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron
-virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de
-un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está
-siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas
-religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos
-en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección
-en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo
-apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas
-horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta
-formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos,
-irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer
-en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.
-
-El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán
-como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los
-pasajes pertinentes del _Sartor Resartus_; por ellos admira á Carlyle,
-tanto como otros por su culto á _Los héroes_. El respeto de las formas
-hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes;
-hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus
-adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados
-á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á
-los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices
-individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda
-animadversión á la verdad.
-
-La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental,
-aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una
-mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice,
-toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando
-á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la
-cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios
-del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como
-la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo,
-la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha
-escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero
-jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea
-cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la
-opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular
-á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El
-que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la
-propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo.
-Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la
-virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es
-mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á
-adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de
-todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos,
-de todos los cómplices de su mediocridad.
-
-El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que
-dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta
-al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con
-mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos
-naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo
-y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan
-las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte
-é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su
-contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que
-le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el
-descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede.
-Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella.
-
-El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener.
-Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar
-en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los
-envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la
-temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de
-tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto,
-ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica
-en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan
-de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al
-hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de
-creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no
-tiene por qué ser leal con la mentira.
-
-El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas
-vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el
-precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida
-se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta
-honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de
-las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á
-ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud,
-quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que
-tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar
-el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que
-ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con
-desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna
-parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y
-el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á
-desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio
-que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (_Od._,
-IV, 9, 29.)
-
-No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia.
-En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad
-y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su
-mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse
-con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas,
-diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero,
-por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus
-juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de
-su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los
-prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia;
-prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño,
-avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el
-flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más
-leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su
-rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente
-á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á
-estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos
-venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles.
-Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público;
-traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita
-sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su
-capa.
-
-Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su
-recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con
-las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse
-en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe
-sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí
-mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen
-hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad.
-Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de
-su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se
-repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose,
-atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión;
-viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á
-la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el
-velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los
-hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten
-la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo
-y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer
-en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad
-por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una
-industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si
-tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las
-suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte
-su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una
-empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho
-del hambre ajena.
-
-Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades
-indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante
-las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan
-consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para
-enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son
-poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar
-una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su
-cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia,
-desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin
-ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas
-que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores
-más delicadas.
-
-Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos,
-hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror
-ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar
-en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino
-remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo
-la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es
-hija del orgullo.
-
-Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la
-sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la
-delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible
-al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo
-precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre
-digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por
-los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna
-despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso.
-Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme
-verse desenmascarado por los sinceros.
-
-Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el
-naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos
-matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de
-dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina;
-los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos
-escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose
-moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes
-materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan
-al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á
-su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde
-hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede
-sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen
-á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y
-su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por
-vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda
-dignidad.
-
-Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora
-las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene
-amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los
-hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre
-dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio
-inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El
-gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad
-de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El
-hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre
-acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su
-propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera:
-«En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los
-que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices,
-buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por
-Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero
-se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para
-traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus
-y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre
-el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento
-ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser
-capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á
-su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece
-despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de
-méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero
-permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó
-de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca
-amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando
-que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en
-los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las
-determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los
-méritos que la inspiran.
-
-Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas
-del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace,
-sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que
-da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,--virtud
-de elegidos,--esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los
-corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos.
-Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad
-sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no
-practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á
-ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir
-á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo
-honesto aunque practique la ingratitud.
-
-La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en
-lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de
-pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo,
-casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor
-convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas
-efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece
-inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos
-natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores.
-Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si
-el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos;
-pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las
-abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al
-vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no
-está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral
-para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas
-aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno
-solo sin tener marido.
-
-No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos
-catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras
-exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en
-la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas
-para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento.
-Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza
-plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no
-advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de
-arte.
-
-El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
-
-
-III.--LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.
-
-Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se
-refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la
-mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por
-leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el
-crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en
-el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia
-gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el
-peligro de la conducta acomodaticia y vacilante.
-
-Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian
-la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben
-simular, agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no
-puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden
-sus guerrillas, desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya
-custodia obsesiona á los mediocres.
-
-Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja.
-Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de
-que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es
-de crimen; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el
-delito. En los otros, en cambio, toda perversidad brota á flor de
-piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la
-hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los
-honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes
-se han decidido por el infierno, embistiendo sin escrúpulos ni
-remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la sociedad
-les opone.
-
-Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral,
-olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame,
-vicioso, honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del
-grupo, variable en el tiempo y en el espacio. La «moral» no es una
-realidad, no tiene existencia esotérica, como no lo es la «sociedad»
-abstractamente considerada.
-
-El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos,
-objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en
-nuestro juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y
-apuestan «á cara ó cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro,
-lo mismo que la cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al bien
-ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética son juicios elementales
-que acompañan á los conceptos de útil y nocivo, son movedizas sombras
-chinescas que los fenómenos reales proyectan en la psiquis social:
-calificaciones que ella hace de fenómenos indiferentes en sí mismos.
-Esa calificación se transmuta continuamente, transformándose sin cesar
-el bien en mal y viceversa.
-
-Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo
-al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y
-en cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como
-buenos ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los
-actos individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En
-cada momento histórico ese criterio medio es la subestructura de la
-moral, variable siempre.
-
-Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro
-espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos
-en el error de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus
-fórmulas, aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta,
-son conceptos efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma
-y subvierte cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es
-honesto ni delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad
-en que se produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida
-se transforman, modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su
-interpretación.
-
-Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los
-delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la
-moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen
-el «alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen
-de la mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes,
-cuyas variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el
-sentido de la perfección.
-
-Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan
-en su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo
-se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un
-infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la
-infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven
-acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la
-fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las
-miserias ambientes.
-
-Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la
-vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos,
-llevando sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino
-involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta á
-sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas
-de un complejo determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en
-ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las
-deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil
-circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia.
-La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles
-de todo sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los
-vinculan al solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una
-moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los
-clarores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas;
-fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas,
-retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente
-contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta características
-del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La
-imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano
-horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos
-de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra
-legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
-
-En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del
-delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su
-conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles
-de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda á la cárcel.
-No son delincuentes ante la ley, pero son incapaces de mantenerse
-honestos; pobres espíritus, de carácter claudicante y voluntad
-relajada, no saben poner vallas seguras á los factores ocasionales, á
-las sugestiones del medio, á la tentación del lucro fácil, al contagio
-imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre
-el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados
-minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora
-son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen
-á medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta
-antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al
-borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de
-moralidad incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan
-las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de
-interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerando. Carecen
-del equilibrismo oportunista que salva del naufragio á los hombres
-mediocres.
-
-Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á
-los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del
-temperamento nativo; son los delincuentes natos ó locos morales,
-incapaces de organizarse una personalidad mediocre y mantenerse
-honestos; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la
-sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida,
-fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la
-vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres
-desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de
-comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha
-errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos,
-una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el
-cartabón aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos
-para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo
-carácter traduce la ausencia de sólidos cimientos que los aseguren
-contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa
-inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten
-la coerción del rebaño; su moralidad inferior chapalea en el vicio
-hasta el momento de rodar al delito.
-
-Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son
-antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en
-su gran mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad;
-paralíticos de la voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia
-ó del sentimiento, son animales descarriados de la grey humana,
-condenados á vegetar una semivida cuyos más nobles resortes están
-enmohecidos. En muchos de los segundos, en cambio, la incapacidad
-de adaptarse á la mentalidad social se traduce por una conducta
-delictuosa; el animal no se limita á aislarse del rebaño, se rebela
-contra él, compromete el orden de cosas establecido para salvaguardar
-la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes siempre,
-siniestros con frecuencia.
-
-Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años,
-dilatando pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva
-patología mental. Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban
-la existencia de innumerables variedades que hoy pueblan la zona
-del desequilibrio y la anormalidad, fluctuando desde la demencia y
-el delito hasta la avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos
-intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el difamador. No
-caben ellos en el marco de la mediocridad; su incapacidad de imitar
-á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina social,
-impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye «el
-rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos
-inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices
-son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la
-naturaleza.
-
-El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no
-les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un
-complejo armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través
-de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una
-horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la
-acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación
-aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de
-la cuchilla subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante
-presteza contra el corazón ó la espalda; otros deslizan furtivamente
-su ágil garra sobre el oro ó la gema que tientan su avidez con
-seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes,
-los obstáculos con que la prudencia del mediocre custodia el tesoro
-acumulado en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos
-denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de
-su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y libertinos;
-muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles aritméticas
-de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad
-en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan
-conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la
-ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de
-su parasitaria función antisocial, idénticos todos en la inadaptación
-de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos una inveterada
-complicidad de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia
-una pústula, arrastrándolos á malvivir del vicio y del delito.
-
-Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad
-biológica ó social, encontramos una pincelada común en todos los
-hombres que permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud
-constante para adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad
-humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite
-al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la
-sociedad en que vejeta.
-
-
-IV.--LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.
-
-La honestidad es una imitación; la virtud es una originalidad.
-Solamente los innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier
-ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas,
-incorporando á la honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y
-siempre rebajándola.
-
-Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de
-ser honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la
-virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es
-inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en
-variedad, en originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos
-prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel.
-
-Ser honesto implica someterse á las convenciones corrientes: sírvele de
-maestra la hipocresía. Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas,
-exponiéndose á que los honestos consideren enemigo de toda moral al
-que lo es solamente de sus prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera
-adulado á sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada
-por su condena y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería
-Sócrates. Su virtud consistió en resistir los prejuicios de los demás.
-Si viviéramos entre dignos y santos, la opinión ajena podría evitarnos
-tropiezos y caídas; pero es cobardía, viviendo entre mediocres,
-rebajarse al común nivel por miedo de atraerse sus iras. Hacer como
-todos, puede implicar hacer lo indigno; el progreso moral tiene como
-condición adelantarse á su tiempo, como cualquier otro progreso.
-
-Si existiera una moral eterna--y no tantas morales cuantos son los
-pueblos--podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado
-de frutos del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el
-bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior,
-el moral y el inmoral. Pero no es así. Los juicios de valor se
-transforman: el bien de hoy es el mal de ayer, el mal de hoy es el bien
-de mañana.
-
-No es el hombre moralmente mediocre--el honesto--quien determina las
-transformaciones de la moral: él vive perfectamente adaptado á los
-dogmatismos corrientes en su medio.
-
-Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores,
-apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan,
-las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de
-esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben
-y practican perfecciones inaccesibles al hombre honesto. En eso
-consiste el talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que
-crea la santidad. Sin estos hombres originales no se concebiría la
-transformación de las costumbres; conservaríamos los sentimientos y
-acciones de los primitivos seres humanos. Toda evolución moral es un
-esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte
-condescendencia de la mediocridad para con el pasado.
-
-La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales é
-intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros
-sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la
-formación de los criterios morales. El hecho es más notorio en las
-sociedades que en los individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si
-resucitase un griego ó un romano, su cerebro permanecería atónito ante
-nuestra cultura intelectual, pero su corazón podría latir al unísono
-con muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo,
-el hombre y las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus
-sentimientos ajustaríanse en gran parte á las palpitaciones del sentir
-moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la
-filosofía: los sentimientos centrales de la moral colectiva sólo sufren
-leves oscilaciones, porque los atributos biológicos de la especie
-humana varían lentamente. Nos fuerzan á sonreir los conocimientos
-infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven, sus
-virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos parecen honrados
-por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, como
-ahora, los hombres de ideas más opuestas practicaban análogas virtudes,
-frente á la mediocridad de su tiempo. El fondo sentimental no varía;
-lo que se trasmuta incesantemente es la forma intelectual que lo
-transforma en juicio de valor, dándole fuerza ética.
-
-Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que fueron antes
-virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento
-histórico las virtudes coexisten con los prejuicios; el talento moral
-practica las primeras; la honestidad mediocre se aferra á los segundos.
-Los grandes virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra prejuicios;
-son sus enemigos al predicar una elevación moral en la forma que su
-cultura y su temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos, y
-partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar
-las virtudes en sentido propicio al enaltecimiento del hombre: son
-igualmente enemigos de los prejuicios de su tiempo.
-
-Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad opone demasiados
-obstáculos á su esfuerzo. Pensar el porvenir no implica practicarlo
-totalmente; basta la firme intención de marchar hacia él. Los que
-piensan como profetas pueden verse obligados á proceder como filisteos
-en muchos de sus actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que se
-concibe como perfección potencial; nunca llega á ser la perfección
-misma.
-
-La evolución moral es lenta, pero segura. La virtud arrastra y enseña;
-los honestos se resignan á imitar alguna parte de las excelencias
-que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que
-nuestros abuelos, sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra
-moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos.
-Sobre necesidades materiales, perennes en la especie, organízanse
-conceptos de perfección que varían á través de los tiempos; sobre las
-necesidades transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de
-virtud más útil á su progreso. Mientras el ideal absoluto permanece
-indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos
-enteros, el concepto concreto de las virtudes se va plasmando en
-las variaciones reales de la vida social. Los mediocres practican
-rutinariamente la honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por
-mejorarse; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que
-se alejan sin cesar, hacia el infinito.
-
-Sobre cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana puede
-florecer una virtud, una forma de talento moral. Hay filósofos que
-meditan durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida
-en los laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus
-conciudadanos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio
-su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus
-hijos. El hombre mediocre no conoce esas virtudes: se limita á ser
-honesto, adhiriendo á todas las hipocresías, cumpliendo las leyes por
-temor de las penas que amenazan á quien las viola, trabajando con afán
-de lucro ó sed de vanidad, guardando la honra por no arrostrar las
-consecuencias de perderla.
-
-Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son
-la inferioridad, la mediocridad y el talento,--aparte del idiotismo
-y el genio, que ocupan sus extremos,--hay también una jerarquía
-moral representada por términos equivalentes. En el fondo de esas
-desigualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. La
-conformación á los catecismos ajenos resulta fácil para los hombres
-débiles, crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones
-vehementes, sin necesidad de independencia, sin irradiación de su
-personalidad; es inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas
-y fuertes, capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales para no
-dejarse engañar por la mentira de los demás. Aquéllos no sienten la
-coacción moral del rebaño, pues la hipocresía es su clima propicio;
-éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones y el falso concepto del
-deber impuesto por la sociedad. La mediocridad moral á que se ajustan
-los hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente superior.
-«Puede acordársele--dice Remy de Gourmont--el valor de una moda á la
-que uno se resigna para no llamar la atención, pero sin interesar
-el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa
-disconformidad con la hipocresía colectivamente organizada consiste la
-virtud, que es individual, á la contra de la caridad y la beneficencia
-mundanas, simples caricaturas colectivas, donde la miseria de los
-corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos.
-
-Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El
-primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida
-preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La
-bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo
-á las hipócritas condescendencias permitidas por la honestidad, lleva
-en sí una partícula de santidad. El «buenismo» es la moral de los
-pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe á
-evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de bondad que no podrían
-distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral
-del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no
-perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los
-malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado
-la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los
-evangelistas no osaron plantearse este problema.
-
-Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más
-eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que
-la primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda
-suele ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la
-complicidad; es nocivo como los venenos y debe oponérsele antídotos
-eficaces: la reprobación y el desprecio.
-
-Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica.
-Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la
-indulgencia para sí mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen
-su propia conducta. Para los demás encuentran una disculpa, en la
-debilidad humana ó en la tentación del medio: «tout comprendre c'est
-tout pardonner»; sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan sus
-propias culpas y errores; y si no olvidan las ajenas, tampoco se
-preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo las
-castiga fatalmente, por esa gravitación que abisma á los perversos
-como si fueran globos desinflados. Su corazón es sensible á las
-pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir las
-penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle
-la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden,
-poniendo en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y
-mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando
-su aplauso á toda idea original y compadeciendo á los ignorantes
-sin reproches inoportunos; su cordialidad sincera con los espíritus
-humildes no está corroída por la urbanidad convencional.
-
-Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente,
-cuotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren
-tanto de la honestidad como el buen sentido difiere del sentido común.
-Importan una elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas
-merecen los elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón
-y Plutarco está hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración
-por escritores que glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase
-de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions dans les petites
-luttes. Il y a des bravoures opiniatres et ignorées qui se défendent
-pied á pied dans l'ombre contre l'envahissement fatal des nécessités.
-Noble et mistérieux triomphe qu'aucun regard ne voit, qu'aucune
-renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur,
-l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de bataille qui
-ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros
-illustres».
-
-No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave
-error oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero
-no pueden compararse con el asiduo celo de perfección que convierte
-la bondad en virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad
-superior; las mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente
-y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen:
-«no hay tonto malo», podría respondérseles que la incapacidad del mal
-no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio que proponía
-á elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está
-seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud,
-ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos
-mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración, glosando la
-paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla las
-cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes.
-
-Sócrates enseñó--hace de esto algunos años--que la Ciencia y la Virtud
-se confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer
-el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie
-sería malo sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede
-ser el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio
-el torpe y el ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente.
-
-La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición
-global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian
-las luces del intelecto con las magnificencias del corazón. La
-«grandeza de alma» es bilateral. Son raros esos talentos completos ó
-poliédricos; son excepcionales esos genios. Así lo enseñan los epítomes
-de psicología escolar. Los caracteres perfectamente equilibrados son
-rarezas. Los hombres excelentes brillan por esta ó aquella aptitud,
-sin resplandecer en todas; hay asimismo talentos de alguna aptitud
-intelectual, que no lo son en virtud alguna, y hombres virtuosos que no
-asombran por sus dotes intelectuales.
-
-Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son
-igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse
-aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas
-poco valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es
-infecundo en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la
-inteligencia es un renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso
-de los hombres sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio
-de la rutina, del prejuicio ó del servilismo: sus triunfos serían
-su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo Cicerón, ha muchos siglos:
-«Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y sospechoso
-se vuelve si pierde su reputación de honesto». (_De Offic._, II, 9.)
-Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y á los héroes,
-capaces de exceder con el bien que hacen al mal que no dejaron de
-hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que medirlos
-con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su obra.
-
-Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar
-si son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las
-ciencias y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de
-energías morales que impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa
-de la dignidad y la justicia. Entre los talentos intelectuales y los
-talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos con razón,
-conceptuándolos más necesarios. «El talento superior es el talento
-moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse. De
-ese parangón está excluido, _a priori_, el hombre mediocre, pues sólo
-tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón.
-
-La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar,
-como lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un
-absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente
-injusto sería desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en
-que existen simuladores de la virtud.
-
-Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables.
-¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría
-ser ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera
-sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por
-catequistas igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito
-ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes
-hombres se cuentan anomalías morales ó de carácter, que no suelen
-contarse del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y
-éstos son virtuosos.
-
-Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si
-se concediera--y es mentira--que los grandes ingenios son forzosamente
-inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el
-privilegio de la virtud, reservado al talento moral.
-
-Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y
-no de los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por
-una razón muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros,
-ignorando á los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de
-mediocres que beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos
-mil uxoricidas que no son filósofos; por un sabio experimentador, cruel
-con un perro ó una rana, hay una incontable cohorte de cazadores y
-toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un
-poeta alcoholista, un filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones
-de mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours equivocó el rumbo;
-Lombroso se extravió; Nordau hizo de la cuestión una simple polémica
-literaria. No comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa.
-Los que han visitado cien cárceles pueden asegurar que había en ellas
-cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto á
-cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo hombre de
-genio.
-
-Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio,
-aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre
-propicia al talento moral y éste es la condición misma de la virtud.
-Sólo hay una cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que
-eleva hacia lo desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las
-cimas eternas de esta aristocracia moral: son los genios que enseñan
-virtudes no practicadas hasta la hora de sus profecías ó que practican
-las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un hombre encarrila en
-absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo ó contrastando todas las
-contingencias materiales que contra él conspiran, ese hombre se eleva
-sobre el nivel mismo de las más altas virtudes. Entra á la santidad.
-
-
-V.--LA SANTIDAD.
-
-La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la
-humanidad. La evolución de los sentimientos colectivos, representados
-por los conceptos de bien y de virtud, se opera por intermedio de
-hombres extraordinarios. En ellos se resume ó polariza alguna
-tendencia inmanente del continuo devenir moral. Algunos legislan
-y fundan religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó Budha, en
-civilizaciones primitivas, cuando los estados son teocracias; otros
-predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando
-la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay,
-en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes,
-Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad
-merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales
-en la evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes.
-Son siempre hombres extraordinarios, genios, los que las enseñan.
-Los talentos morales perfeccionan ó practican de manera excelente
-esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se limitan á
-imitarlas tímidamente.
-
-Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente,
-incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por
-cálculo, por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales:
-así lo fueron todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del
-apóstol es simbólico; sin él no tendríamos la iluminada firmeza del
-virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son
-los factores prácticos de la vida social, sino las masas mediocres
-que imitan débilmente su fórmula. No fué Francisco un instrumento
-eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará
-por la solidaridad social; sus efectos normales son producidos por
-innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por
-iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones,
-tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís
-muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí
-mismo; entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la
-beneficencia por él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin
-perturbar su tranquilidad en holocausto á los demás.
-
-La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los
-sentimientos sociales y morales--dice Ribot--, se han producido
-lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados
-_inventores_ en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á
-ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del
-bien y del mal innato, universal, distribuido á todos los hombres
-y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va
-haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento
-de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite inventores en
-geometría, en música, en las artes plásticas ó mecánicas; pero también
-ha habido hombres que por sus disposiciones morales eran muy superiores
-á sus contemporáneos, y han sido promotores, iniciadores. Es importante
-observar que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de
-una etapa á pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga
-obrar y, por contagio, comunique á los otros su propio _élan_. El
-avance es proporcional á lo que se siente y no á lo que se piensa.»
-
-Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple
-visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el
-ejemplo, más bien que en la doctrina; pero no fuera de su creación
-original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son
-creadores; son simples virtuosos ó alucinados, que el interés del
-culto y la política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles
-una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso sólo
-son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna manera los
-que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican
-una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es irrisorio.
-Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra Domenico
-Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo.
-Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes de
-los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.
-
-Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación
-inconfundible en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la
-humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura que sin
-cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas
-virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su
-orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con
-que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad
-que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente
-perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito como la vida.
-La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana
-no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los
-hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería
-estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las
-variaciones de la vida social.
-
-En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á
-brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y
-valientes para ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo;
-entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del
-coraje se transforma en culto de héroes, equiparados á los dioses. La
-santidad está en el heroísmo.
-
-En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la
-decadencia amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente
-entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir ó morir
-por un ideal fecundo para el común engrandecimiento. La santidad está
-en el apostolado.
-
-En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad el que descubre
-una nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus
-fuerzas, que quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol.
-Por eso el prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad
-está en la sabiduría.
-
-Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no
-lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos
-florecer. Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos:
-héroes, apóstoles ó sabios.
-
-Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus
-grandes pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza
-espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los
-héroes y para los que creen los apóstoles, para los que piensan lo dan
-los filósofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan
-Alejandro, César ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó
-Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman Aristóteles,
-Bacon y Goethe. La santidad varía á compás del ideal.
-
-Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan
-luminosa como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades
-modernas el «santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta
-de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende
-que, á sus horas, haya santidad en servir á un ideal en los campos de
-batalla ó desafiando la hipocresía, como en los supremos protagonistas
-de una _Iliada_ ó de un _Evangelio_; pero se afirma que también es
-santo, de otros ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven
-eternos en su _Divina Comedia_, en su _Novum Organum_ ó en su _Origen
-de las Especies_. Si es difícil mirar un instante la cara de la muerte
-que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir toda una vida
-los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia.
-
-La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas
-que se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes
-prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias,
-y poner un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele.
-Orientada por una exigua constelación de visionarios, las generaciones
-remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y
-desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los
-caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su
-imaginaria convergencia.
-
-
-
-
- LOS CARACTERES MEDIOCRES
-
-I. HOMBRES Y SOMBRAS.--II LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES: GIL BLAS DE
-SANTILLANA.--III LA VANIDAD Y EL ORGULLO.--IV LA DIGNIDAD.
-
-
- I.--HOMBRES Y SOMBRAS.
-
-Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son
-incapaces de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño.
-Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria
-del primer hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el
-mundo cuidando su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan
-á individualizarse; ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente
-á los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga á
-borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una
-bandería: siempre á embadurnarse de otros. Apuntalan todas las rutinas
-y prejuicios consolidados á través de siglos. Así medran. Siguen el
-camino de las menores resistencias, nadando á favor de toda corriente
-y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple
-incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben adaptarse á la
-hipocresía social, como tenias en una entraña.
-
-Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan
-«honores» y alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el
-inconcebible plural del honor y la dignidad, por definición singulares
-é inflexibles. Viven de los demás y para los demás: sombras de una
-grey. Su existencia es el accesorio de focos que la proyectan; carecen
-de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, en ellos, prestado.
-
-Los caracteres excelentes ascienden á la propia dignidad, nadando
-contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y
-contrastan. Frente á los otros se les reconoce de inmediato, nunca
-borrados por esa brumazón moral en que aquéllos se destiñen. Su
-personalidad es toda brillo y arista:
-
- _Firmeza y luz, como cristal de roca_,
-
-breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron
-mejor Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un
-Ideal, perseverando en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones,
-templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á
-sus afectos, fieles á su palabra. Nunca se obstinan en el error, sin
-traicionar por ello á la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia
-y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y
-afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se
-dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en
-la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada
-alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable
-cuanto más distante. Estos optímates son contados; cada uno vive por
-un millón. Poseen una firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó
-de armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de
-nadie más; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble
-en mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los teme, como la
-llaga al cauterio; sin advertirlo, empero, los adora con su desdén.
-Son los verdaderos amos de la sociedad, los que agreden el pasado y
-preparan el porvenir, los que destruyen y plasman. Son los actores del
-drama social, con energía inagotable. Poseen el don de resistir á la
-masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad
-vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las cualidades
-que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea ó una
-pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas,
-para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se
-inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido
-en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen
-ocuparse la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la
-Humanidad.
-
-El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los
-pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos.
-Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.
-
-El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composición
-química; cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca
-tomará otra forma que la propia. Al verlo sabemos lo que es,
-inconfundiblemente. De igual manera el hombre superior es siempre
-uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima social le es propicio
-conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el
-medio sus características propias, á la manera del cristal que en una
-solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí
-mismo, creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla,
-en cambio, carece de forma propia y toma la que le imprimen las
-circunstancias exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que
-la rodean; conserva el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos
-los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica, esférica ó
-piramidal, según la modelen. Así los caracteres mediocres: sensibles á
-las coerciones del medio en que viven, incapaces de servir una fe ó una
-pasión.
-
-Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee
-firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La
-personalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su
-delicado instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de
-la cultura y del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento.
-Se educa después: la experiencia. Lo que heredamos implica cierta
-fatalidad, que la educación corrige y orienta. Los hombres están
-predestinados á conservar su línea propia entre las presiones
-coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se
-adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El carácter se
-expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser humano
-tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz», como
-dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y
-la luz en su elevación moral.
-
-Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación;
-la febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como
-de aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los
-senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del
-ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias
-está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con
-la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad;
-son simples juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos
-ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; cada verdad es una
-opinión contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmación;
-el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el afirmativo. Toda
-negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una negación. La
-actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo contrario
-de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó negar
-es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es
-creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer.
-
-Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan
-ser evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada
-nueva noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda
-debiera ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta;
-la primera actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á
-nuestra experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste
-en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los
-ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á todos los errores,
-juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias.
-Cualquiera desvía á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son como
-los clavos, que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes
-entran como los tornillos, poco á poco, á fuerza de observación y de
-estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden
-al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie
-la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones
-primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al individuo: la
-amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas propias. Vivir
-arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres son obra
-de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar
-en ninguna.
-
-Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo
-ó inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa
-unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la
-coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas,
-sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento
-humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas,
-las naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades
-materiales que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero
-siempre determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar
-para vivir.
-
-La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con
-el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del
-hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus
-actos son ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia;
-siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que
-custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos
-para el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando
-rectifican sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren
-ser independientes de todos, sin que ello les impida ser tolerantes:
-el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás.
-Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus
-fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca
-creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han
-hecho como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de
-asumir su responsabilidad.
-
-Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le
-sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no
-oculta á los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias
-se transforman por una nueva experiencia y al calor de más profundas
-meditaciones. Las creencias de la sombra son surcos arados en el agua,
-incapaces de resistir el roce de la ola más blanda; cualquier ventisca
-las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen
-á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los hombres
-evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras
-siguen aprendiendo; las sombras acomodan las propias á sus apetitos
-y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si
-dependiera de ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio ó
-desvergüenza; muchas veces á traición.
-
-Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el
-carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus
-vestris», seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen
-hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras
-mediocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que
-nada, valores negativos. Sombras.
-
-
-II.--LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES.
-
-Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso
-continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía
-diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre
-él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa.
-El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte
-á cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura
-moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia
-pasiva, su alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. Las
-sombras resbalan por la pendiente: si alguna partícula de originalidad
-les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen
-sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan,
-calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se
-apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos
-lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad: aprenden
-á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento
-les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan
-su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: la
-domesticación les facilita la lucha por la vida.
-
-La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la
-encanta; simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca
-partido y en toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el
-enemigo del pueblo, con tanto afán como pone en admirar á Gil Blas:
-le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las
-cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete,
-ratero, prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita,
-traidor, curandero: tan varios encenagamientos no le impiden ascender
-hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa cumbre. Es perfecto en
-su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico. Entra al
-mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas
-las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás
-acomete de frente un obstáculo.
-
-El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía.
-Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de
-domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría
-que copiar por entero el elocuente _«Discurso sobre la servidumbre
-voluntaria»_, escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á
-la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi,
-miles de páginas fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales,
-el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto
-de las jerarquías adventicias, la disciplina ciega á la imposición
-colectiva, el homenaje decidido á todo lo que representa el orden
-vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de los poderosos: todo
-lo que refuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el
-servilismo.
-
-Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto
-en su Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras
-degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su
-arista. La mediocridad es un préstamo hecho por la grey al individuo;
-la originalidad es una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su
-sombra cuando el medio los instiga; los superiores se encumbran en la
-misma proporción en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la
-adversidad, amando y despreciando, entre risas y entre lágrimas, cada
-hombre firme tiene un modo peculiar de comportarse, que es su síntesis:
-el carácter. Las sombras ignoran esa unidad de conducta que permite
-prever el gesto en todas las ocasiones.
-
-Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della
-manan todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus
-definiciones los moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos
-catonizan como predicadores y éstos describen como naturalistas. Es
-una síntesis: hay que insistir en ello. El carácter es un exponente
-de toda la personalidad y no de algún elemento aislado. En los mismos
-filósofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carácter
-parece depender exclusivamente de condiciones intelectuales. Vano
-error: su conducta es el trasunto de cien otros factores. Pensar es
-vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una organización
-sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á su objeto
-los más vehementes anhelos de perfección humana. El investigador de
-una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para ella y
-piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una
-personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar
-en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad
-en lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el
-corazón y el cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el
-que posee un carácter no se domestica.
-
-Gil Blas medra entre los hombres desde que el rebaño humano existe;
-han protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los
-románticos, envueltos en sublime desdén, han enfestado contra
-los temperamentos serviles: «Lorenzaccio» estruja con palabras
-ilevantables la cobardía de los pueblos avenidos á la servidumbre.
-Y no le van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo lírico
-alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas son un código de moral
-antimediocre, una exaltación de cualidades inconciliables con la
-disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente fustigado,
-tiene un disector elocuentísimo en Palante: exhibe las solidarias
-complicidades con que los mediocres resisten las iniciativas de los
-originales, agrupándose en modos diversos según sus intereses de clase,
-jerarquía ó funciones.
-
-Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles.
-Vencido, no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio.
-Uncido al yugo, tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo
-coyundas que grababan en su carácter la domesticidad. Algunos--dice
-la historia--fueron rebeldes ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué
-siempre un gesto de animal hambriento y su éxito fué el precio de
-complicidades en vicios de sus amos. Llegados al ejercicio de alguna
-autoridad, practicaron la deslealtad y la ingratitud: tornáronse
-despóticos, desprovistos de ideales que los detuvieran ante ninguna
-infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la servidumbre
-sufrida anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los favoritos.
-
-El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. El hábito de
-resignarse para medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos
-que destiñen para siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Blas
-se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno.
-Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos
-instintos.
-
-La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica. El que
-nace de siervos la trae acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos
-serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un carácter.
-Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad. Los
-antiguos tenían mayor desprecio por los hijos de siervos, reputándolos
-moralmente peores que los adultos reducidos al yugo por deudas ó en
-las batallas; suponían que heredaban la domesticidad de sus padres,
-intensificándola en la ulterior servidumbre. Eran despreciados por sus
-amos.
-
-Esto se repite en cuantos países hubieron una raza esclava inferior.
-Es legítimo. Con humillante desprecio son mirados los mulatos y
-mestizos, descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de
-raza blanca que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su
-ascendencia servil demuestra que reconocen la indignidad hereditaria
-condensada en ellos. Ese menosprecio es justo. Así como el antiguo
-esclavo tornábase vanidoso é insolente si trepaba á cualquier posición
-donde pudiera mandar, los mulatos contemporáneos se ensoberbecen en las
-inorgánicas mediocracias sudamericanas, captando funciones y honores
-que hartan los apetitos acumulados en domesticidades seculares.
-
-La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron
-tan domésticos como los esclavos; la revolución francesa dió libertad
-política á sus descendientes, más no supo darles esa libertad moral
-que es el resorte de la dignidad. El burgués merece el desprecio del
-aristócrata, más que el odio del proletario aspirante á la burguesía;
-no hay peor jefe que el antiguo asistente, ni peor amo que el antiguo
-lacayo. Las aristocracias son lógicas al desdeñar á los advenedizos:
-los consideran descendientes de criados enriquecidos y suponen que han
-heredado su domesticidad al mismo tiempo que las talegas.
-
-Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la
-herencia étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias
-contemporáneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha
-variado el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación de los
-mediocres se continúa en las sociedades modernas. Lleva más de un
-siglo la abolición legal de la esclavitud ó la servidumbre; los países
-no se creerían civilizados si la conservaran en sus códigos. Eso no
-tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen existiendo, por
-temperamento ó por mediocridad de carácter. No son propiedad de sus
-amos, pero buscan la tutela ajena, como á la querencia los animales
-extraviados. La psicología gregaria no se transmuta declarando los
-derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son
-ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de
-su mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes
-igualitarias y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden
-dar hombría á la sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido,
-iniciativa á los imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso,
-afán de libertad al servil. Por eso, en plena democracia, los
-caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican.
-
-En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba,
-la conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque
-su ayer no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos
-accidentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos válidos,
-ellos están dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone
-á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los
-surcos más profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y
-poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la
-honesta condición de animales de rebaño.
-
-Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la
-sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades
-pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria,
-sin hogar, sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la
-corrupción, sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo
-luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores
-inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse
-á las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su
-infancia sin rodar á la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.
-
-El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del
-carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente,
-como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la
-esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia,
-hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo
-cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes.
-Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación
-malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad
-moderna toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias
-quedan veladas mientras sus actos se refieren á los vulgares
-automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los
-obliga á buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela
-sus vicios intrínsecos.
-
-Esos degenerados son indomesticables.
-
-Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia
-conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial
-hacia una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad
-consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy
-decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello.
-En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los
-hombres se corrompen los unos á los otros, se imitan en lo intérlope,
-se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera
-tibia entorpece al que cede por vez primera á la tentación de lo
-injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo
-infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el
-propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras
-no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin
-advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen
-esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su
-origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce
-que no deja rastro, en los mediocres aran un surco por donde se
-facilita la recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos
-la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, sólo les
-cuesta la primera caída; después siguen cayendo como el agua en las
-cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza,
-de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa
-ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres
-no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á
-ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus
-intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros
-para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha
-de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan,
-borrándose toda creencia y empañándose la dignidad. Así resbalan por la
-pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de
-Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos
-á su imagen y semejanza.
-
-Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas
-que las mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la
-tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la
-sangre humana.
-
-Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el
-doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos,
-religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos
-congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para
-agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia
-son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.
-
-Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada
-funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los
-hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza,
-los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso,
-pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con
-donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel.
-La domesticación realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En
-los límites de la influencia oficial, los medios de aclimatación se
-multiplican, especialmente en los países apestados de funcionarismo.
-Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. La pérdida de su
-dignidad iníciase cuando abren el ojo á la prebenda que estremece su
-estómago ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy le
-otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay
-servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa,
-se avienen á ella voluntariamente, por vocación implícita en su
-flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de
-beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases
-sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en
-formas tan diversas como las personas que la ejercitan.
-
-Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las
-razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del
-mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad
-altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la
-columna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las
-buenas acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la
-admiración de todos; si Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago,
-lo condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento
-en que la virtud es un ultraje á las costumbres...
-
-Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de
-castrar á los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados,
-no perdonándoles el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta
-de virilidad es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en los
-caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda
-elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos
-conviértense en contrabando peligroso, obligados á disculparse y
-ocultarse, como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre
-digno empieza á despertar recelos, el arrebañamiento es grave; cuando
-la dignidad parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación
-de los mediocres ha llegado á sus extremos.
-
-
-III.--LA VANIDAD Y EL ORGULLO.
-
-El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito
-propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La
-sombra pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á
-juzgarse; desciende á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su
-caricatura: ser ó parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á ser
-mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la
-dignidad; cuando el afán de parecer arrastra á cualquier abajamiento,
-el culto de la sombra enciende la vanidad.
-
-Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y
-Caín. Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas
-de amor propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el
-orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra
-nace de la soberbia, apetito de culminación ante los demás. El orgullo
-es una arrogancia originada por nobles motivos y quiere aquilatar el
-mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca alargar la
-sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado á la mediocrización
-moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo vulgar.
-Donde los padres de la Iglesia decían _superbia_, como los antiguos,
-fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo
-sentimientos distintos. De allí el equivocar la vanidad con la
-dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual precio los
-hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.
-
-En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios
-y temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los
-demás. En los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los
-prejuicios corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que
-sugieren al pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción.
-La simple circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la
-aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste
-ó la comparación con los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento
-normal.
-
-Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese
-á la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos
-y se cultiva la sombra. Los primeros viven para sí; los segundos
-vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una
-perfección; éstos se acomodan á lo que favorezca el éxito. Si el hombre
-no viviera en mesnadas, el amor propio sería dignidad en todos; lo es
-solamente en los caracteres firmes. Los mediocres, forzados á venerar
-su sombra, precipítanse en lo turbio.
-
-Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las mediocracias
-contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria
-sobre las frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo
-del rico encela al miserable. El elogio del mérito es un estímulo
-para su simulación. Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar
-la gloria, muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios y
-virtudes secretas que los demás no reconocen; créense actores de la
-comedia humana; entran á la vida construyéndose un escenario, grande
-ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío ó luminoso; viven con perpetua
-preocupación del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia
-sedientos de distinguirse en su órbita, de ocupar á su mundo, de
-cultivar la atención ajena por cualquier medio y de cualquier manera.
-La diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa entre la vanidad
-del escolar que persigue diez puntos en los exámenes, la del político
-que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista que
-aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino que desea
-ver su retrato en los periódicos.
-
-La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares,
-es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad;
-aquéllos la degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres,
-nunca al excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la
-personalidad en los hombres superiores: es su condición natural. ¿El
-atleta no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad? La
-función hace el órgano. El «yo» es el órgano propio de la originalidad:
-absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el hombre
-superior es un adorno: simple exponente de fuerza. EL músculo abultado
-no es ridículo en el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad
-excesiva, por monstruosa é inútil: como la vanidad del insignificante.
-Ciertos hombres de genio habrían sido incompletos sin su megalomanía.
-
-Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente
-diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple
-vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra
-de un león; lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres
-y la desapercibida soberbia de las sombras más densas. No pueden
-confundirse. El vanidoso vive comparándose con los que le rodean,
-envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que no
-puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores
-y pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y
-encienden su entusiasmo.
-
-El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los
-hombres cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el
-babélico idioma de los vulgares ha enmarañado la significación del
-vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo
-es relativo. Si hay méritos el orgullo es un derecho; si no los hay
-se trata de vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona
-hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera inferior que le asfixia;
-es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y
-constante. Para los mediocres sería más grato que no les enrostraran
-esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus enemigos,
-constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para
-ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de
-las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su
-conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el
-individuo á la marea de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la
-multitud y desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio
-rebaño.
-
-
-IV.--LA DIGNIDAD.
-
-El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el
-ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia
-natural, siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos.
-Credo supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible,
-intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre
-y borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del
-honor. Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos
-sin ella son esclavos.
-
-Los temperamentos adamantinos--_firmeza y luz_--apártanse de toda
-complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos,
-desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan
-todo bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma
-antes que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse
-en facciones y huestes, convertidos en viviente protesta contra todo
-abellacamiento ó servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para
-disculparse en el número, rehuyendo las íntimas sanciones de su
-conciencia; los seres domesticados son incapaces de gestos viriles,
-fáltales coraje. La dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son
-impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuando conviene
-obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del
-esfuerzo equivale á la desorientación del impulso: el mérito de las
-acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin
-coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud.
-Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los
-moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan
-para violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la
-fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el
-vicio, los mártires van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía,
-los santos mueren por un Ideal. Para anhelar una perfección es
-indispensable: «el coraje--sentenció Lamartine--es la primera de las
-elocuencias, es la elocuencia del carácter.» Noble decir. El que aspira
-á ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar alto; el que se
-resigna á arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar
-si lo aplastan.
-
-La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los
-caracteres mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la
-cultura exaltan el individualismo de los excelentes, floreciéndolos de
-dignidad. El lacayo pide; el digno merece. Aquél solicita del favor
-lo que éste espera del mérito. Ser digno significa no pedir lo que se
-merece, ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan entre
-las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata
-de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna.
-
-La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea
-cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón:
-lo que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado
-en la adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere,
-éste, perder un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más
-leves que medrar indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede
-dolerle una hora; la más leve domesticidad le remordería por toda la
-vida.
-
-Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse
-erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas
-domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente;
-la pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los
-caracteres dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á
-lo que puede darse sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su
-orgullo á prosperar arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les
-acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos, como si fueran
-á desposarlo más allá de la muerte.
-
-Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca
-ninguna marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea
-los tiernos tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración
-de los pesebres. Si su pradera es árida no importa; en libre oxígeno
-aprovechan más que en cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél
-se toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar solos. Saben
-que juntarse es rebajarse. Cada flor englobada en un ramillete pierde
-su perfume propio. Obligado á vivir entre desemejantes, el digno
-mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior. Descartes dijo que se
-paseaba entre los hombres como si ellos fueran árboles; y Banville
-escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los regímenes,
-son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con desdeñosa
-altivez y con la firme resignación de un dios desterrado».
-
-Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el
-fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su
-respeto por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de
-él, á agredirla si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la
-muchedumbre que impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir,
-el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla,
-temiendo estorbar con sus palabras á las sombras que lo escuchan.
-Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las
-estaciones, espera anclado en su orgullo, como si éste fuera el puerto
-natural y más seguro para su dignidad.
-
-Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin
-independencia material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo
-parásito es un siervo; todo mendigo es un doméstico. El hambriento
-puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de
-la dignidad es la miseria: ella hace trizas los caracteres mediocres
-é incuba las peores servidumbres. El que ha atravesado dignamente una
-pobreza es un heroico ejemplar de carácter. Suprema es la indignidad
-de los que adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas las
-domesticidades, si no fuesen esclavos de la vanidad. El pobre no
-puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia;
-redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos viven
-soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza que
-traba la lengua y paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras
-para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer
-más bella, los amigos más leales, los horizontes más risueños, el
-aislamiento más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el
-individuo se inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos
-funcionario, contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que
-le empujan á domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la
-dignidad: contentarse con lo que se tiene, restringiendo las propias
-necesidades. Un hombre libre no espera nada de otros. No necesita
-pedir. La felicidad que da el dinero está en no tener que preocuparse
-de él; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es feliz.
-Los bienes que tenemos son la base de nuestra independencia; los que
-deseamos son la cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna
-aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna insolente la
-vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son los que
-acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún
-tesoro los sustituye.
-
-Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla
-inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan
-ó rebajen. Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que
-es propicio al crecimiento de la sombra. Para conservar la estima
-propia no vacilan en afrontar la opinión de los mansos y embestir
-sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos entre los que
-en vano intentan malear su altivez. Estos hombres son raros en las
-mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la misantropía
-y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y
-aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los
-humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el
-corazón una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía
-indómita que á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes
-para los hombres amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas,
-ó porque cristianos en la más alta acepción del vocablo, ó porque
-profundamente afectivos; presentan entonces uno de los caracteres más
-sublimes, más espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza
-humana. Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo
-héroes, perdonan las cobardías de los demás; victoriosos siempre ante
-sí mismos, compadecen á los que en la batalla de la vida siembran,
-hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística pudiera decirnos
-el número de hombres que poseen este carácter en cada nación, esa cifra
-bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera, para indicarnos el
-valor moral de un pueblo.»
-
-La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de
-otros á la medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère,
-que vivió como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo
-medir el altísimo precepto que encabeza el _Manual_ de Epicteto, á
-punto de apropiárselo textualmente sin amenguar con ello su propia
-gloria: «Se faire valoir par des choses qui ne dependent point des
-autres, mais de soi seul, ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le
-parece inestimable y de recursos infinitos en la vida, útil para los
-virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de los caracteres
-excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, «pues
-desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios,
-la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se llenarían de
-serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían á sus
-hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios méritos
-más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el
-deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la
-admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación
-moral de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.
-
-
-
-
- LA ENVIDIA
-
- I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.--II. LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.--III.
- LOS ROEDORES DE LA GLORIA.--IV. UN CASTIGO DANTESCO.
-
-
- I.--LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.
-
-La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito
-por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada
-por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el
-acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de
-las heridas abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes.
-Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos
-de su vanidad; desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de
-su propia tristura, sin sospechar que sus lamentaciones envuelven una
-consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad
-de los mediocres sirve de pedestal á los genios, los santos y los
-héroes.
-
-Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres
-vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno;
-esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad,
-sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo
-hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del
-bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese
-sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como
-un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al
-metal.
-
-Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía--y lo
-repite La Rochefoucauld--que existen almas corrompidas hasta jactarse
-de vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa.
-Reconocer la propia envidia implica, á la vez, declararse inferior
-al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente
-detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por
-ocultarla.
-
-Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las
-pasiones, limitándose á mencionarla como un caso particular de los
-celos. Fué siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la
-mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano, haciéndola
-nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja
-horriblemente flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en vez
-de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes
-negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una mano ase tres
-serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno un
-monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno;
-está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos
-irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á
-sufrir, es el verdugo implacable de sí misma.
-
-Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la
-ganzúa á la espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y
-corazón valiente. En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de
-la garra que en un altivo estremecimiento destroza y aniquila; en la
-subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento
-tímido del que busca morder el talón.
-
-Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él,
-opinión ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó
-la cuestión, preocupándose de establecer diferencias entre las dos
-pasiones (_Obras morales_, II, 576, edición Didier). Dice que á primera
-vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian
-tórnanse más fuertes, como las enfermedades que se complican. Ambas
-sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta
-para confundirlas, si atendemos á sus diferencias. Sólo se odia lo que
-se cree malo ó nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia,
-como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar á
-las cosas y á los animales; sólo se puede envidiar á los hombres. El
-odio puede ser justo, motivado; la envidia es siempre injusta, pues
-la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones, como plantas de
-una misma especie, se nutren y fortifican por causas equivalentes: se
-odia más á los más perversos y se envidia más á los más meritorios.
-Por eso Temístocles decía, en su juventud, que aún no había realizado
-ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como
-las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales
-más florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su
-carácter y por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la
-mala fortuna; la envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente
-desde el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de
-los objetos que están debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la
-gloria achica la sombra de la envidia y la hace desaparecer.
-
-El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira
-es repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries
-de los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo.
-Las palabras más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden
-la centésima parte de las que el envidioso va sembrando constantemente
-á la espalda. Ignora las reacciones del odio y expresa su inquina
-tartajeando, incapaz de encresparse en ímpetus viriles: diríase que su
-boca está amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así
-como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el bien recibido contiene
-el odio en los nobles espíritus y exaspera la envidia en los indignos.
-El envidioso es ingrato, como luminoso el sol, la nube opaca y la nieve
-fría: lo es naturalmente.
-
-El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja
-en la sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos
-enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el
-horror de las tinieblas.
-
-El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo;
-lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la
-indignidad. La envidia es de corazones pequeños. La conciencia del
-propio mérito suprime toda menguada villanía; el hombre que se siente
-superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con
-delirio de las grandezas. Su odio está de pie y ataca de frente. César
-aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías; Donatello venció con su _Cristo_
-al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulminó á Wagner, sin
-envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria y da á sus
-predestinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un obscuro
-porvenir vuelve miopes y reptiles á los mediocres. Por eso los hombres
-sin méritos siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos
-por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara
-que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es su
-tormento; comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre impidiendo
-que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una
-defensa de las sombras contra los hombres.
-
-Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre
-la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar
-el problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los
-celos.
-
-La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva,
-pero posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo
-que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un
-deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se
-emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad
-de alcanzarlo.
-
-Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión.
-Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando
-sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos
-pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro
-pueda compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble
-emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de
-condiciones con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del
-sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan
-del sentimiento de posesión comprometido; la emulación surge del
-sentimiento de potencia que acompaña á toda noble afirmación de la
-personalidad.
-
-Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están
-naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad
-por ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible
-se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la
-emulación; ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una
-rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo
-comprendió Bartrina, en su admirable quintilla:
-
- «La envidia y la emulación
- parientes dicen que son;
- aunque en todo diferentes,
- al fin también son parientes
- el diamante y el carbón.»
-
-La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces.
-La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente,
-una incapacidad manifiesta de competir ó de odiar.
-
-El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas
-las cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia,
-la fealdad y la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que
-por la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda
-subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de
-los más grandes: un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos
-de voces proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores;
-el que siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos
-como cicatrices, su clamor visionario y divino; el que se extasía
-contemplando las supremas creaciones plásticas; el que goza de íntimos
-escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus sentidos,
-y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta
-cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata
-en fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el
-deseo de crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no
-se conmueve leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven,
-puede jurar que la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha
-suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben
-admirarla en las obras de los genios.
-
-La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad
-de un nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria,
-marchando ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso,
-emponzoña su espíritu mediocre hostilizando la marcha de los que no
-puede seguir.
-
-Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula,
-digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo
-sapo graznaba en su pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de
-las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de
-lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su
-propia impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado.
-La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo,
-congestionado por la envidia, sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por
-qué brillas?
-
-
- II.--LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.
-
-Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos son sus naturales
-sacerdotes.
-
-El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos
-heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo
-al baldón eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su
-moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las
-excelencias de las personas que envidia.
-
-Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo
-de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las
-falsedades. El envidioso pertenece á una especie moral raquítica,
-mezquina, digna de compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo,
-se resigna á ser vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia
-elevación.
-
-La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros
-estigmas con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y
-sentencioso; el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó
-bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa:
-ríe á contrapelo.
-
-¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es
-de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el
-asesinato: diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los
-órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante
-ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue
-al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de
-reirse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama la
-importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres
-aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable
-inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no
-vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si
-es necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana»,
-Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza,
-ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía,
-un prisionero de su tiempo.
-
-El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con
-niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los
-abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el
-propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio;
-parece poseer mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano.
-Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno en forma de
-elogio reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es
-el máximum de su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito;
-tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga entre sus
-propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de
-antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se
-empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad
-complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que
-su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo;
-vive declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con
-la intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban
-sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que
-le conoce y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su
-vanidad sólo aspira á desquitarse con las frágiles compensaciones de la
-zangamanga á ras de tierra.
-
-Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á
-los envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa
-el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima
-difamando á los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á
-la superioridad del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á
-los grandes muertos, como si los detestaran personalmente. Hay quien
-envidia á Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse á ellos
-rebajándolos; para eso endiosarán á un Brunetière ó un Boulanger. Pero
-esos placeres malignos poco amenguan su irreprochable desventura, que
-está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria.
-Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería
-Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable regencia.
-
-El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan
-la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó
-desprecia: gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.
-
-Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á
-sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias
-tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una
-cacería de águilas ó decretar un apagamiento de astros!
-
-Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud
-para satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que
-hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es
-puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de los demás, según
-el juicio que tiene de sí mismo.
-
-Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten,
-sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó
-celos por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella
-tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible
-sentirse superior en cien cosas é inferior en una sola; éste es el
-punto frágil por donde tienta su asalto la envidia.
-
-El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera
-de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar
-de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación
-profesional, aunque en algunas es más célebre: los cómicos y las
-rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La
-«invidia medicorum» es memorable desde la antigüedad: la conoció
-Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de los
-enfermos sobrevivientes á sus drogas.
-
-El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo
-ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace
-en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma
-aberrante de rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la
-insuficiencia arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza.
-
-Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la
-fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su
-forma.
-
-La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su
-arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados,
-estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa
-para traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando
-representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.
-
-La que ha nacido bella--y la Belleza para ser completa requiere, entre
-otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia--tiene asegurado
-el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas
-por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una
-lima, sin advertir que su desdén las convierte en vestales de la
-gloria ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus
-críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza
-por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma
-de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene pero las
-atosiga.
-
-Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de
-Ovidio, no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura
-transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada
-de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría de la envidia,
-devorando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún
-otro poeta de la era pagana.
-
-El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas.
-Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás,
-partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer
-sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un
-sitio en el escalafón del estado y le prepara ulteriores jubilaciones.
-De allí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar á
-substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía
-de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas.
-
-El talento--en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad,
-como carácter, como energía--es el tesoro más envidiado entre los
-hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un
-obtuso horror á la individualización excesiva; perdona al portador de
-cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira,
-la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las
-filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar
-en la política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, para que
-los mediocres se estremezcan de envidia. Así se forma en torno de cada
-astro una nebulosa grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión
-de difamadores; los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su
-ídolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por
-millares las pústulas de la viruela.
-
-La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su
-corazón gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor
-es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible
-de su talento en la acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas
-del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos
-de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la
-altura. Sin oírlos.
-
-
- III.--LOS ROEDORES DE LA GLORIA: LA CRÍTICA.
-
-Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y
-su esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los
-demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el
-legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan
-y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á
-él mismo. El mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se
-resigna á aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su
-envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.
-
-Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son
-admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en
-talento ó en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito.
-Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias,
-meditaciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, á ese pintor,
-á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden que ellos
-han consumido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente; y la
-biografía de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al
-reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar tiempo ó comprar
-un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo que el
-mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve el
-resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas
-está sembrado el camino de la gloria.
-
-Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de
-crear le empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar
-el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian su
-irreparable ultimidad.
-
-Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como
-si reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el
-émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores
-que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores
-con pie forzado; la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas
-propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo
-lo que toca deja un rastro de su personalidad.
-
-Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean
-achicarla por la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni
-sabrían escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor.
-Tienen las manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir á los
-demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por
-definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno; cuando un gran
-escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad y si
-emplea una frase que usaron otros le llaman plagiario, olvidando que
-nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría.
-
-El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera
-del hilo que la rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga
-á confundir el mármol con la chiscarra y la voz con el falsete,
-inclinándole á suponer que todo escritor original es un heresiarca.
-Los intelectos mediocres darían lo que no tienen por saber escribir
-tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que
-no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no compromete,
-hecha de mendacidad prudente, restringiendo las perversidades para que
-resulten más agudas, sacando aquí una migaja y dando allí un arañazo,
-velando todo lo que puede ser objeto de admiración, rebajando siempre
-con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un mismo nivel los
-críticos y los criticados. El escritor original sabe que atormenta á
-los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos ante
-el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el laurel que
-mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero llega
-siempre apareada la ridiculez de un Zoilo.
-
-En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares
-verdugos de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro
-esa larva sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio,
-conspiran con una intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas
-armas que harían sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada
-astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando que existen
-hombres originales é indisciplinados, capaces de subvertir rutinas y
-prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su
-fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos ideales á las
-razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gravedad, de
-estremecer á los gobiernos...
-
-Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales
-para cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por
-docenas, por millares, como liliputienses en torno de un gigante.
-Los contrabajistas de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos
-sinfonistas. Gacetilleros anodinos consumarán bibliografías sobre
-algún lejano pensador que los ignora. Muchos que en vano han intentado
-acertar una mancha de color, dejarán caer su chorro de prosa como si
-un robinete de pus se abriera sobre telas que vivirán en los siglos.
-Cualquier promiscuador de palabras enfestará contra el que no sea
-un panarra ó un pravo. Las mujeres feas demostrarán que la belleza
-es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata;
-vengarán su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema
-entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras
-para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en coro,
-repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones,
-locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la
-dignidad, pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra,
-sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á
-éste le dieran á elegir entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un
-minuto: murmuraría del primero con la firma del segundo.
-
-Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el
-fuego de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se
-entregan de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del
-corazón; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del placer
-de admirarlos. Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la
-mansedumbre con la dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad
-con el orgullo, rebajando todo ideal hasta las bajas intenciones
-que supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán todo lo bello,
-olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en
-áureas espigas, frente al sol. «Es un gran signo de mediocridad--dijo
-Leibnitz--elogiar siempre moderadamente.» Pascal decía que los
-espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se
-descubren más tipos originales á medida que se posee mayor ingenio. El
-verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las cosas,
-pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo mejor,
-no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas
-y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo
-nivel donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben
-admirar no tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia
-una perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que
-cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con
-su pátina ignominiosa.
-
-La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero
-ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los
-malos autores. La mediocridad acosa colectivamente á los originales;
-siendo éstos contados y aquella innumerable, el número y la complicidad
-pueden contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria.
-Mientras los criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos
-quedan oprimidos y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir
-que sigan muriendo á fuego lento.
-
-El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de
-los pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano
-esperando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la
-mano tendida, negándole la notoriedad que le conferiría el desdén.
-El silencio del genio mata al mediocre; su indiferencia le asfixia.
-Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su
-presencia; sueña que le han nombrado, aludido, refutado, injuriado.
-Pero todo es un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde la
-penumbra, de donde no le saca el hombre superior. El que tiene
-conciencia de su mérito no se presta á inflar la vanidad del primer
-indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole á
-perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre sus
-condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra
-á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de muchos
-criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con su
-desprecio.
-
-
- IV.--UNA ESCENA DANTESCA: SU CASTIGO.
-
-El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para
-hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como
-un estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más
-desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario
-ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor.
-
-El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia
-le devora como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á
-la encina. Por eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este
-monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes
-que le amenazan sin cesar.
-
-Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia
-distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que
-se aviene á su condición mediocre.
-
-Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto
-á un paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios,
-formando un panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz:
-tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el
-bien del prójimo. Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus
-conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco regocijo cuando
-ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces
-trágicas, mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la palabra que
-Caín pronunció después de matar á Abel. Porque el primer asesino de la
-leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.
-
-Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber
-que le envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que
-sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos
-gananciosos son los envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de
-rodillas.
-
-Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener
-la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía
-inequívoca de mediocridad.
-
-
-
-
- LA VEJEZ NIVELADORA
-
- I. LAS CANAS.--II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.--III. LA BANCARROTA DE LOS
- INGENIOS.--IV. LA PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.--V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
-
-
- I.--LAS CANAS.
-
-Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la
-Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay
-remedio. Arrancarse la primera--¿quién no lo hace?--es como quitar
-el badajo á la campana que toca el _Angelus_, pretendiendo con ello
-prolongar el día.
-
-Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el
-cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al
-mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los
-años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza
-ahoga á la llama y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa
-es la mediocridad.
-
-Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una
-rendija por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no
-decir la conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara
-excepción. La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse
-á sí mismo, nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si
-pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre
-que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos
-nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y
-mediocridad suelen ser desdichas paralelas.
-
-El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en
-los hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse
-cuando mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular
-empañe los deslumbramientos del espíritu. En general, si mueren tarde,
-una pausada neblina comienza á velar su mente con los achaques de
-la vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse
-extraños á sí mismos, supervivencia que los lleva á no comprender su
-propia obra. Les sucede como á un astrónomo que perdiera su telescopio
-y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse
-imposibilitado para confirmarlos á simple vista.
-
-La decadencia del hombre que envejece está representada por una
-regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez
-mediocriza á todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza
-al viejo ya mediocre.
-
-Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La
-personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija;
-se organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se
-amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza
-su máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse
-y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los
-parpadeos de la llama interior que se apaga.
-
-Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos,
-ó cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos
-afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención
-es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad
-más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de
-la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando
-el cálculo utilitario reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone
-á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible, ya
-no es joven; cuando opina que es preferible tener de más á tener de
-menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad
-de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación
-de sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes
-de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón escribió
-palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado
-el sitio en que había ocultado su tesoro.» (_De Senectute_, c. 7). Y
-debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y
-alegrías de la vejez.
-
-Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad
-perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa
-del ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; hay graves
-peligros en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se
-disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que
-es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la
-vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la
-esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo
-á obscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse
-á lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es
-más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que no disfruta,
-renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo que no
-gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.
-
-La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones
-envejecidos.
-
-
- II.--ETAPAS DE LA DECADENCIA.
-
-La personalidad individual se constituye por sobreposiciones
-sucesivas de la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del
-carácter»; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores
-desenvolvimientos.
-
-En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones
-recibidas hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la
-especie». En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas
-de la sociedad: la «mentalidad social». En las capas superiores
-florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno,
-los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la «mentalidad
-individual».
-
-Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más
-profundas contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de
-la personalidad individual guardan celosamente el capital común á la
-especie y á la sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos
-van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á
-descubrir la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas
-vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas
-van reemplazando á los cabellos.
-
-Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período
-estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas,
-pero no adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra á su ocaso.
-
-Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas
-declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de
-regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras,
-decaen cuando comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de
-nuestros centros nerviosos.
-
-Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo
-admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy,
-creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años.
-Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá
-haber discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la
-vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función,
-como para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere
-de individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la
-involución son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus
-órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva
-íntegras algunas de sus funciones hasta más allá de los límites
-comunes. La longevidad mental es un accidente; no es la regla.
-
-La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que
-en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y
-puede sobrevivir á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril.
-Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay
-hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente
-agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las
-exageraciones románticas. En esos mediocres, la única precocidad es
-la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan algunas
-originalidades hasta sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero,
-en unos antes y en otros después, despacio ó de prisa, el tiempo
-consuma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones,
-energías, según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo, que cambia
-todo, cambia también nuestros humores».
-
-El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de
-su organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad
-individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la
-«mentalidad de la especie».
-
-La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La
-mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes
-celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las
-asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora
-de la decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando
-sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus
-adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El
-anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva
-mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su
-personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que
-la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta
-observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profundas
-transformaciones psíquicas de los viejos; el cambio total de sus
-sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza
-progresiva para acometer empresas nuevas (con discreta conservación
-de los hábitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda ó la
-apostasía de las ideas más personales (para volver primero á las ideas
-comunes en su medio y luego á las profesadas en la infancia ó por los
-antepasados).
-
-La mejor prueba de ello--que los ignorantes suelen citar contra la
-«ciencia»--la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de
-cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de
-opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que
-la vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la
-edad viril.
-
-
- III.--LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS.
-
-Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del
-proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean;
-es como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á
-la obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición.
-
-Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él
-reviste en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir
-un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta
-inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en
-plena senectud, su mentalidad social se reduce á la mentalidad de la
-especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á
-la miseria.
-
-En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente
-esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario
-que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior
-deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período
-de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes
-ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse
-tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en
-la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las
-obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto»
-por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin
-recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable
-si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez.
-
-Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis
-psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á
-la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios,
-libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón
-pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que
-esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo
-tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el
-contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable
-preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo
-Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al
-dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la
-patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas
-de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes,
-Du-Bois Reymond y C. E. Baer.
-
-Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer
-en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su
-debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su
-madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz
-de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en
-especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy,
-cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le
-hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años
-escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar,
-para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las
-horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.
-
-
- IV.--PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.
-
-La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de
-comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen
-y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la
-inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez
-anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta
-hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es
-una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con
-desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares
-se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el
-volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los
-tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener
-el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión.
-En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las
-transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo
-degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos,
-no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de
-la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente
-estudiado por Ribot en el último capítulo de su _Psicología de los
-sentimientos_.
-
-Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su
-ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período
-expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto
-perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de
-analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba
-por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece
-advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece
-contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su caparazón cuando
-presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por todas las
-fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las
-primaveras.
-
-La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes.
-Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte
-para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud,
-considerándola muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas
-costumbres á que no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige
-la parte más grande, contrariando toda iniciativa, desdeñando las
-corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que en otro
-tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera comprometedor ó
-detestable.
-
-Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad
-«atenúa ó anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir
-ó simplemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta.
-Omito las rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen
-particular. Para la mayoría de los hombres, el debilitamiento vital
-suprime de seguida el gusto de esas cosas superfluas. Señalemos,
-también, con la vejez, la hostilidad decidida contra las innovaciones:
-nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de
-plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es tan notorio,
-que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, cada
-generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese
-«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados.
-Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una
-capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en
-los viejos, por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á
-esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos los
-sentimientos altruístas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta
-el fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la
-personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad.
-
-Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al
-de su formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan
-impresiones poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto
-revélase en la regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de
-las primeras impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando
-ya han desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de
-plasticidad hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros,
-ó muy débiles, mientras los antiguos se han grabado hondamente en
-materia más sensible y sólo se borran con la destrucción de los órganos.
-
-Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su
-poder de crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad
-de adaptación del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas
-ideológicos; la detención de las funciones neuronales en los ancianos,
-ó en los adultos de cerebro atrofiado por falta de ilustración ú
-otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la
-inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe,
-igualmente, que la amnesia, la falta de asociación de ideas, la torpeza
-intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando--por
-causas más ó menos mórbidas--la articulación entre los neurones llega
-á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan y dejan de
-estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se desorganizan
-parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta
-la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías de
-asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos
-años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido
-organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado
-de plasticidad.
-
-Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III,
-452) observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la
-vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables
-cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez:
-
- Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis
- ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque
- mensque.
-
-Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha
-anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura
-hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio
-usual en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine
-piquera-t-elle jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de
-la historia han sido realizadas antes de los treinta años. (_Essais_,
-lib. I, cap. LVII.)
-
-Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las
-mismas conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la
-energética moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años
-al publicar su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco,
-veintiséis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes
-innovadores había llegado á los treinta años cuando se dió á conocer.
-Las épocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento
-en que fueron concebidos; hubieron de pasar algunos años antes de
-que tuviesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos
-encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos
-maestros de la ciencia; estamos acostumbrados á considerarla como
-privilegio de una edad más avanzada, y nos parece que todos ellos han
-faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose abrir nuevos caminos
-á la verdad. Se dirá que la solución de esos problemas por verdaderos
-muchachos fué una singular y excepcional casualidad; fácil es comprobar
-que ocurre lo mismo en todos los dominios de la ciencia: la gran
-mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron la obra
-de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es éste el
-sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese hecho; pero es
-útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos
-de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud. Los
-trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador;
-el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos...
-permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes
-en los institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como
-ocurre ahora, un gran número de talentos científicos originales.» (W.
-Ostwald: _L'Energie_, cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan
-improvisadas el eminente filósofo las ha desenvuelto en su último
-libro (_Les grands hommes_), donde el problema del genio juvenil está
-analizado con criterio experimental.
-
-Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á
-hombres que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es
-natural que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada
-á un joven significaría enterrar á un vivo.
-
-
- V.--LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
-
-Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot
-y Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los
-jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas.
-
-Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán
-viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á
-la mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.
-
-¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios
-terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la
-conversión religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría
-el hombre, activo y emprendedor á los treinta años, no ser apático
-y prudente á los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos
-haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo
-paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano
-misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas
-frente á la realidad que nos rodea?
-
-La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables
-de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni
-morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer;
-envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el
-crecimiento, nos lo sustrae preparando la muerte.
-
-Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante,
-mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La
-historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su _De Senectute_
-con el mismo espíritu con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su
-ensayo sobre _La Vieillesse_. Aquél se quejaba de que los viejos fueran
-poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en
-la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los
-viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una
-competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre
-los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se
-explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos lo
-saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber
-visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos
-de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los
-viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque
-comete la imprudencia de juzgarle con verdad: _convenons de bonne grâce
-qu'il prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux,
-il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur et son aspect est
-désagréable_: ningún joven ha escrito una silueta más sintética que
-esa, incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia.
-
-Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias
-contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.
-
-Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier
-excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del
-gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela,
-rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su
-grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época
-patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de
-las clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron
-superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su
-mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el
-individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la
-cabeza de la sociedad.
-
-No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas,
-señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet.
-Afirmar que por el camino de la vejez se llega á la mediocridad es
-la aplicación simple de un principio regresivo que rige á todos los
-organismos vivos y los prepara á la muerte. ¿Por qué extrañarnos de
-esa decadencia mental si estamos acostumbrados á ver desteñir las
-hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega perseguido por el
-invierno?
-
-Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la
-juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa,
-heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez
-siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres
-representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después
-de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en
-el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la
-resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo,
-esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los
-peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen
-derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas
-en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen
-á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la
-incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden
-concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
-
-La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede
-convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil
-para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se
-arrepiente no es por santidad, sino por impotencia.
-
-
-
-
- LA MEDIOCRACIA
-
- I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.--II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.--III.
- DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.--IV. LA
- ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»
-
-
- I.--EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.
-
-En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se
-exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan.
-Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más
-tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia
-de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras
-líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los
-héroes su corazón en la balanza del destino.
-
-Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de
-encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales
-trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de
-palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y
-noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la
-continuidad del tiempo.
-
-En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo
-vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales,
-tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni
-oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no
-resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de
-los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es
-el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.
-
-Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el
-culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes,
-la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el
-desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y
-de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo.
-En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se
-habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como
-predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El
-culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra
-fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños
-militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan
-esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido
-improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás
-piezas del mosaico.
-
-Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre.
-Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos
-gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia.
-Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las
-democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la
-culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no
-patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los
-engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos
-desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas
-advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de
-parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar
-con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la
-encrucijada más impune para explotar á la sociedad.
-
-Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los
-regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales.
-Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad
-prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se
-cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al
-elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece
-en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia:
-todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada
-uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades
-oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la
-tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en
-llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura
-á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas
-denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí
-mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos,
-carcomiendo la dignidad común.
-
-En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias
-por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó
-el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu
-colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias.
-Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el
-mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la
-pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia
-estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á
-los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son
-despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados.
-No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del
-país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos.
-Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.
-
-Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su
-influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados;
-nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los
-ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza
-á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan,
-se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa
-medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan
-el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista:
-cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se
-condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.
-
-Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las
-profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La
-aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones.
-Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida
-por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias
-pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos
-administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia
-de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase
-cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman
-las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente
-la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la
-justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de
-todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable
-que oscila entre un empleo y una decoración.
-
-Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo
-representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son
-suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres
-se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales.
-Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios
-por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su
-eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en
-institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo
-ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la
-fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por
-el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de
-nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas
-parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse
-por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad
-no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de
-los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es
-una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos
-mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros,
-cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna,
-ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto
-en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de
-virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco
-Aurelio.
-
-Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la
-ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de
-los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen
-prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban
-resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras
-son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó
-lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos,
-anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de
-la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino _par negotiis neque
-supra_. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan,
-predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada
-tienen que hacer.
-
-La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce
-pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las
-virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates,
-el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel
-á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres
-ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún
-brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó
-ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio:
-que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria
-para usufructuar sus riquezas.
-
-En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las
-cortes se pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores.
-Mesnadas de retóricos parlotean _pane lucrando_: aspirantes á algún
-bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, en cuyas conciencias
-está siempre colgado el albarán ignominioso. Las mediocracias
-apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el
-miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley
-en esos climas. Todo hombre declina su personalidad al convertirse
-en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo,
-pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de
-una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada
-oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos
-á las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se
-aproxima. En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado.
-De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino
-sembrando el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.
-
-Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de
-instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de
-espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea
-disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la
-grandeza y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de
-esperanzas no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños
-comunes, desear juntos grandes cosas y sentirse decididos á
-realizarlas, con la seguridad de que ninguno se quedará en mitad del
-camino contando sus talegas. No basta acumular riquezas para crear
-una patria: Cartago no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, las
-industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de un país un
-estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una
-patria.
-
-Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una
-nación. El sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se
-sienten acomunados para perseguir un mismo ideal: las naciones más
-homogéneas son las que cuentan más hombres capaces de sentirlo y de
-servirlo. Es más intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas.
-La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, impídeles ver en
-el patriotismo el más alto ideal; el _déclassé_, ajeno á la nación,
-tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país natal. Sólo
-el digno y el libre pueden tener una patria.
-
-Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos,
-pero permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante
-y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de
-cofradía. Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los
-ideales de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación,
-el sentimiento nacional se corrompe: la patria es explotada como una
-empresa. Cuando se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa
-que en cada ingenio original puede estar una partícula de la gloria
-común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven á la condición de
-habitantes. La patria á la de país.
-
-Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara
-parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres
-aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios
-tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie
-individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma
-la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en
-el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa
-se doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que
-navegan, advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto
-inmóvil: un faro en la costa.
-
-
- II.--LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.
-
-El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el
-sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes
-presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de
-aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los
-árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
-
-La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus
-subalternos florecen en los establos del sufragio universal. En la
-bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia
-desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura una moral hostil
-á la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va á manos de
-gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse
-los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican.
-Los palaciegos se mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos
-y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde
-todos tragan. Lo que antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase
-jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si
-hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan
-y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser
-vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza,
-en los países cúbrese de honores.
-
-Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados:
-enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no
-arrebatos de sectarios. Su justificación está á cargo de electores
-inocentes, que van á la parodia como á una fiesta del ideal.
-
-Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres
-pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan
-sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad
-de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada
-piara se forma un estado mayor que disculpe la pretensión de gobernar
-á su país, encubriendo las restantes vanidades ó piraterías con el
-pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son
-toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no admiran ninguna
-superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar paso á su
-mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced á la
-firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de sombras
-insignificantes.
-
-Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de
-«elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos,
-deshonestos y serviles.
-
-Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos
-terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos
-coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus
-alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad
-amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más
-capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen
-conseguirlo incorporándose á las piaras.
-
-Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á
-especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las
-arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el
-erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y
-dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo
-para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política
-suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría.
-Apoya á todos los gobiernos.
-
-Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad
-de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos
-de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de
-la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la
-certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y
-sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á
-batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una
-votación.
-
-En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los
-congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
-Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las
-mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno
-se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.
-
-Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún
-apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo
-no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su
-presencia, aquilatándolos.
-
-Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos
-envilecidos. Los partidos--ó el gobierno en su nombre--operan una
-selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la
-intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que
-tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
-
-Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos
-infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El
-desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el
-rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del
-representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á
-los _desiderata_ del sufragio universal; la grey se prosterna ante los
-fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería.
-
-Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en
-funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho.
-Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los
-sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino
-en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad
-ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir
-á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es
-inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de
-prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven,
-maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose,
-envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera.
-
-El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario
-delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de
-mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta
-feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor.
-Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las
-instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una
-clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese
-altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la
-rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña
-burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara
-que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida
-doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias
-bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios.
-El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se
-asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse
-apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia.
-Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres
-que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero
-á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios
-de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más
-contradictorias fisiologías.
-
-Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la
-adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
-
-Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad
-humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros
-domésticos.
-
-El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran
-esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios
-para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad».
-Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel,
-jamás conducen á la gloria.
-
-La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos
-son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación,
-el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio
-sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á
-quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es
-una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada.
-El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la
-conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su
-inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus
-gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su
-personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de
-los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
-
-La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el
-adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por
-el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (_Fedra_, IV, 6) lo
-creyó un castigo divino:
-
- _Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux
- rois la colère celeste._
-
-No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es
-menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad,
-más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo
-de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más
-cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste.
-Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de
-sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la
-propia dignidad.
-
-En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes,
-los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven
-fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su
-sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los
-ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los
-arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su
-hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios
-desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación:
-tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres
-dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían
-sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no
-merecer.
-
-Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa
-con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal
-donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente--escribió La
-Bruyère--no puede adular; cree que su presencia importuna en las
-cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que
-gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus
-méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud
-y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.
-
-De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y
-dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni
-se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo
-mediocre y lo innoble son calificados con justeza; á fuerza de velar
-los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las
-cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda
-palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres á
-las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una
-cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente
-y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro.
-
-Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias
-admirables que cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un
-ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert;
-muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por
-los gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista
-es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías
-constitucionales y en las repúblicas democráticas. Quien vive para un
-ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para
-que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; cuando
-se apartan de ella la pierden para siempre.
-
-Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres.
-En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y
-el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los
-rutinarios: rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben;
-nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan contra
-ella, á desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.
-
-
- III.--DEMAGOGOS Y ARISTARCOS.
-
-El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso
-escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos
-en rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la
-culminación de los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías
-ó repúblicas. El siglo XIX ha unificado el régimen político, en su
-esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos.
-
-Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las
-excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una
-voz de la naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es
-un privilegio excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La
-democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos
-y no aducen derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra
-y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que
-uno solo. La civilización parece concurrir á ese lento y progresivo
-destierro del hombre extraordinario, ensanchando é iluminando las
-medianías. Cuando los más no sabían pensar, justo era que uno lo
-hiciese por todos, facultad suprema aunque expuesta á peligrosos
-excesos. Pero el hombre providencial es innecesario á medida que
-los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, se
-pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas ó
-escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y podría traducirse
-así: en la medida en que se difunde el régimen democrático restríngese
-la función de los hombres superiores.
-
-Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una
-orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase
-con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca;
-ni lo será, según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación,
-viendo en la igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil
-y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la
-presunción de la democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á
-Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros
-tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El
-genio, en su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre en la
-propia; mil, cien mil mediocres no harían entonces lo que un genio.
-Cooperan á su obra los idealistas que les preceden ó siguen; nunca los
-conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias,
-que pueden ser su instrumento pero no su guía.
-
-Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial
-sino al mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan
-de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares.
-El culto del gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al
-malo, sin concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del
-genio, del santo y del héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca
-al fatuo: en la chatura crepuscular de las mediocracias, mientras las
-academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado
-los charlatanes ó los pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no
-sirven; entonces puéblase de astros el horizonte. En la borrasca toma
-el timón un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora
-mira lejos un Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad en
-formación. Y todo varía en sus dominios; fórmase en su rededor, como el
-halo en torno de los astros, una particular atmósfera donde su palabra
-resuena y su chispa ilumina: es el clima del genio. Y uno sólo piensa y
-hace: marca un evo.
-
-Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza:
-«la igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible
-una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los
-individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No
-habría podido existir como término culminante de la serie biológica.
-Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la
-selección natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse
-las variaciones descollantes de los individuos. Igualar todos los
-antropoides sería negar la humanidad; igualar todos los hombres sería
-negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma.
-
-Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo
-del régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha
-favorecido su descenso político durante el último siglo.
-
-Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente,
-es una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser
-todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine
-y Hugo, nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la
-equivalencia universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es
-la posición del problema. Es sencilla.
-
-Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron
-tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los
-tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir
-á las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido
-siempre mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un
-«pueblo» capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas
-de pobres é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de
-pastores.
-
-La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los
-más grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho
-individualistas y partidarios de la selección natural: _perseguían la
-aristocracia del mérito contra los privilegios de las castas_. Aquel
-ingenuo trovador que cantó
-
- «Ved en trono á la noble igualdad»,
-
-creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes
-oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas
-coloniales. Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar
-á los humildes, para inducirles á cambiar de amo; tan superficial
-era su fe democrática que sólo acertó á calificar de «noble» á la
-igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de entregarla al pueblo para
-que la disfrutara, la puso en un «trono», como si con ella quisiera
-simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, como
-todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los ilusos ó forman
-el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que
-invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de toda
-superioridad ó diferencia.
-
-Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis
-de mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen
-la justicia para todos y se equivocan buscándola en la igualdad;
-los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban
-por reservarlo á los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la
-nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. Ambos son, de
-hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo
-sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: en
-ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales. Así como
-las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias
-no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las
-tabernas.
-
-Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es
-respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo.
-Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre
-hombres y sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la
-aristocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible.
-Es justo, porque es natural. En cambio es ridículo el concepto de
-las aristocracias tradicionales: conciben la sociedad como un botín
-reservado á una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar
-compuesta por los mejores hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos,
-familiares y lacayos de los que fueron otrora los más aptos seguirán
-participando de un poder que no han contribuido á crear? ¿En nombre de
-la herencia?
-
-Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y
-podrían renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo.
-Conviene que lo pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una
-aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso
-obstáculo.
-
-El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los
-derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos
-son igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes
-superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.
-
-Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática
-son más propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se
-constituyen oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos
-y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su
-improvisación, fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por
-atributos inexplicables que fincan en una cultura de siglos: hay gentes
-de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera.
-Son más esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad y el
-honor tienen más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia
-que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á
-castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas minadas por hábitos
-de servidumbre?
-
-El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el
-privilegio numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada
-no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de
-combatir la mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática;
-en los dos casos trátase de idénticos mediocres con distinta
-escarapela. Las masas inferiores--que podrían ser el «pueblo»--y
-los hombres excelentes de cada sociedad--que son la «aristocracia
-natural»--, suelen permanecer ajenos á su estrategia.
-
-Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que
-pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas;
-entre los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que
-ansían reducir á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de
-mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas son
-víctimas propiciatorias en esas disputas entre mediocres enguantados ó
-descamisados.
-
-
- IV.--LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO.
-
-La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto
-de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima
-moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas;
-nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios
-beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por
-los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una
-resultante concreta de la moral.
-
-La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito
-de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una
-mediocracia resulta ilusorio en las épocas de domesticación moral y de
-hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus
-fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el
-vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos,
-con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente á cierta
-hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y
-trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos
-recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango
-al mérito y reclama la intervención del genio.
-
-El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo
-en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una _vis
-medicatrix naturae_ que corrige el abellacamiento de las naciones: la
-formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.
-
-El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad,
-se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la
-orientación original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento
-se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La
-mediocridad calla, impotente; su hostilidad tórnase feble, aunque
-innúmera. Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, otorgándolo á ras
-de tierra. De lo útil á todos, no saben decidir los más: nunca fué el
-rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto
-del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez
-en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la opinión de sus
-iguales.
-
-Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas
-converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa
-de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena
-como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán.
-En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al
-carácter como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su
-esfuerzo ineficaz.
-
-Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas
-las cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad
-numérica ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo
-tendría tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se
-esforzarían por ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo
-cualquier originalidad creadora á la más tradicional de las rutinas.
-
-Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno
-aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos
-útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras
-respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de
-las aptitudes y se perdería con ellas.
-
-Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.
-
-Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la
-igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito.
-
-Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los
-intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base
-natural del privilegio.
-
-La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las
-mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta:
-_la justicia en la desigualdad_.
-
-
-
-
- LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1]
-
- I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO--II. EL TRINOMIO MENTAL DEL
- ARQUETIPO.--III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.
-
-
- I.--LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO.
-
-Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro
-legendario--Tiberio ó Facundo--y del genio transmutador--Marco Aurelio
-ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los
-mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á
-la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia
-inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios
-por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana
-de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima;
-sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en
-su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados
-por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó
-por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en
-su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la
-mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en
-momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de
-una serpiente.
-
-
-Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles
-culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que
-comparten sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus
-vicios, sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio de tal
-casta ó partido: su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas
-políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con su
-corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad,
-hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de
-ajenas voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes,
-buscan los tiranos sus favoritos, nombran los reyes sus ministros,
-entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes:
-en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y en
-las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura
-espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran
-propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan
-las cumbres y los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y
-timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen
-la originalidad y la juventud; adoran á los que nunca podrán volar ó
-tienen ya las alas enmohecidas.
-
-Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes
-apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal,
-atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso
-basta para disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas
-gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma
-infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría
-de su fantasma: llámase lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad,
-ponderación á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, fe á su
-fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, distracción á sus vicios,
-liberalidad á su briba, sazón á su marchitez. La hora los favorece: las
-sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. En cierto momento
-la ilusión ciega á muchos, acallando toda veraz disidencia. De esas
-baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, aunque
-no siempre los menos inservibles.
-
-La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro:
-nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en
-la común vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el
-espectáculo. Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,--J.
-M. Ramos Mexía--lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la
-persistente notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen
-tener ciertos grupos de mediocres, consiste en propiedades de fácil
-articulación de los unos con los otros, resultando una firmeza de
-columna vertebral y constituyendo verdaderos mecanismos de nutrición
-colectiva. Así asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no
-necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento para adquirir el
-sentido de las conveniencias vitales.»
-
-Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en
-prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.
-Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse
-proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del
-Poder, aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha,
-los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación
-al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno,
-mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir
-attendre est le grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema
-de los arquetipos: el «don de espera», que los expone á alelarse en una
-vejez almibarada.
-
-La paciente expectativa converge á la culminación de los menos
-inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca
-vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando
-les falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un
-sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces,
-en tácita transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar
-más alabanzas en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo
-los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una
-hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno. Su armazón es
-simple convergencia de ocultas debilidades: «Una cierta tendencia
-asociativa duplica sus fuerzas. En virtud de la ley por la cual los
-semejantes buscan á los semejantes, todo mediocre se siente atraído
-por su homónimo mental. De allí procede ese género de epidemicidad de
-la insignificancia intelectual que suele hacer estragos en la sociedad
-en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese ambiente el
-talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más chillona
-y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho más
-que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no
-está en tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario,
-en no tenerlas para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder
-de mimetismo concurrente que hace de la vida un carnaval solemne,
-en el cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización para
-aplastar con su vientre la excelsitud del cerebro alado; tanto más
-fácilmente cuanto que la miope simplicidad popular confunde á menudo
-las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones cerebrales».
-
-Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el
-pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,
-empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir
-la verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas
-las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo
-disipa el equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados
-en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el
-primero es la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.
-
-Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con
-demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral,
-sus lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las
-cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran
-prescritas sus viejas pústulas: incondicionalismos para con los
-regímenes más turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos
-infortunios de donjuanismo epigramático. Sus labios abrévanse en
-aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten
-que después de chapalear en el vicio todo puritanismo huele á encima,
-como los guantes que pasan por el limpiador.
-
-Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan
-esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los
-desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta
-que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la
-tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester
-los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados;
-corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y
-quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candorosamente la
-zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de ciertas épocas:
-cuando la mediocridad incuba pollipavos no tienen atmósfera los
-aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos
-necesarios para advenir al poder: entrégase á ejercitarlo como un
-tartamudo á quien confiaran la declamación de un poema.
-
-La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas:
-el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en
-contra de alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de
-andar á la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una
-inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que
-le han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin gallardía; no la
-demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por
-tantos años ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por
-cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos, ni se
-parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos
-vagamundean con el «don de espera del batracio optimista», de que
-habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una
-herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa; pero llega su
-sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir,
-más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance
-finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el
-tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla.
-
-En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con
-inocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan
-alguna misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que
-ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación
-con que los exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los
-eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer la
-estrategia de los empresarios de su fama.
-
-Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas
-diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus
-huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático
-ó perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas
-canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de
-sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías
-reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo
-después de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la
-nación más hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos,
-como si por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en
-los corazones de los pueblos.
-
-Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los
-ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo
-puede agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración de la
-calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica cuando procede de amigos
-interesados, el «aparato» se completa á maravilla y sus efectos
-transcendentales escapan á los límites de la vida privada; los simples
-goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta la celebridad
-mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos
-calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura
-híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar,
-quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si
-hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con
-vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia
-del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel la mula: se les
-reconoce al pasar, viendo su moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su
-herradura.
-
-Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no
-piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á
-misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran
-como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías
-arrugadas: la grandílocua rancidez de programas á cuyo pie buscaríase
-de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no
-traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén
-cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más á los
-mediocres. Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no
-lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y
-nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios
-democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano,
-la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza
-consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula decir
-mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase bajo
-el antifaz de las vaguedades cívicas.
-
-No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia.
-Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de
-civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el
-vicio, por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos
-caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los
-indignos han tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se
-conquistan hay que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso
-el engendrado en un vientre impuro», dicen las escrituras; los que se
-encumbran cerrando los ojos é implicándose en mañas de estercolero,
-sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintiéndose á sí mismos
-para hartar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del
-pecado original, aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al
-maleficio de sus Mefistófeles.
-
-El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las
-facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos
-retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo
-de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En
-ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No
-podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente
-porque no existe, substituido por cohortes que medran.
-
-Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades
-espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna
-multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres.
-Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en
-la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las
-oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos
-los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se
-complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas
-ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y
-raza y humanidad.
-
-
- II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO.
-
-Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa
-superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos
-un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la
-fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se
-repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su
-trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
-
-Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera
-sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de
-las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus
-ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos
-y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es
-confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar
-las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas
-nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes
-lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones
-allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los
-burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que
-recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático
-cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo
-voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice
-su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la
-penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad
-de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena
-estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro
-meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes
-mentales que la vanidad les sugiere.»
-
-En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico
-esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso
-quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el
-vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por
-los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la
-vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula
-en los tontos.
-
-Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales
-y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á
-lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella
-entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la
-atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos
-que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos;
-salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas
-intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en
-actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase
-cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los
-vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias.
-El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla,
-aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.
-
-Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay
-pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría
-bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten
-de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan
-de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar
-el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los
-acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía
-Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que
-ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores
-que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo
-visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso
-abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias,
-la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios.
-Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez
-quitan al hombre el gobierno de sí mismo.
-
-La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción
-de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de
-los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones
-de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta
-trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su
-aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder
-lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se
-entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de
-potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas:
-esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión
-á la democracia.
-
-El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan;
-ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El
-verdadero justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello
-tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta
-equidad en los casos que no hieren al valimiento de sus cómplices;
-pero se complica de hecho en todas las zirigañas de los serviles.
-Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo al
-digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante
-al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las
-mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se
-empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos:
-como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los
-arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero
-está su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos,
-acostumbrados á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde
-el diamante con la bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció
-Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de
-hinojos á los estrados de los que mandan.
-
-Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar
-su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al
-dios de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron
-los acordes rústicos de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas
-divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable á la lira,
-unánimes todos menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla.
-De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo
-quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso
-ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un cubiculario; corrió á un
-lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no
-se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten
-eternamente que Midas tiene orejas de asno.
-
-La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página
-de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de
-Bacon, los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones
-ó reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es
-el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación
-hay diez ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en
-usarlos á todos, con sus cualidades y defectos; un Panza los excluye
-de su ínsula, usando á los que se domestican, es decir, á los peores
-como carácter y moralidad. Siempre son injustos los mediócratas:
-escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que
-merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos
-prefieran á sus similares, como dice el publicista. «La torpeza del
-burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca
-consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología
-encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora llega en
-que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos,
-irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores;
-dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se
-saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás;
-los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un
-clavo se pierde una herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos
-castiganlos con la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura
-en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta
-un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen va recta al
-corazón, como la del romance famoso.
-
-Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca
-al amo.
-
-Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan
-con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de
-arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla
-para el cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los
-sofistas y las manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas para
-que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación
-del ignorante al consejo del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si
-coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan
-la Monita Secreta para interpretar las Magnas Cartas de las naciones.
-Bajo su imperio la hipocresía--más funesta que la desvergüenza--tórnase
-sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas
-ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el
-que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos
-los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía
-crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes
-moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la
-fisonomía de toda una época.
-
-
- III.--LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.
-
-Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su
-oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila
-y su cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres
-repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en
-que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres.
-Eligen á los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta
-hartarse y bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches
-blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes
-verdes, tornándose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo,
-preparando esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se
-almibara. Ésa es la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio á
-la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan á momificarse
-en vida.
-
-Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los
-arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo
-reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de
-ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias
-naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz,
-exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los
-pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola.
-Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos
-los incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes.
-Las apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo,
-disueltos como enormes azucarillos.
-
-El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota,
-como si el destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza,
-demostrándola á los más empecinados, á los que podrían dudar si
-murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.
-
-Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para
-sí tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar
-que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos
-como á la hoja de un catálogo abandonado á la intemperie.
-
-Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el
-remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio:
-«Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse:
-pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los
-arquetipos sienten su esclavitud: deben morir en ella, si es menester,
-custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad.
-
-Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben
-y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan
-enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus
-descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra
-y vivir de ella.
-
-Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los
-amortaje; sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los
-palaciegos, en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos
-comensales, no pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar
-lo que pudieron ser..., creen que muere una esperanza, como si ésta
-fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y
-los almibaramientos de la vejez.
-
-Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada
-era de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas
-cartas ya están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros
-nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas
-trampas ignoran, se apartan de todas las piaras, esperando otro clima
-ó preparándolo. Y no manchan sus labios nombrando á los arquetipos:
-sería, acaso, inmortalizarlos.
-
-
- NOTAS:
-
-[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares
-luminosos de su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al
-arquetipo de las mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el
-actual presidente de su «país.» Lo que no es su intención ocultar.
-
-
-
-
- LOS FORJADORES DE IDEALES
-
- I. EL CLIMA DEL GENIO.--II. EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.--III. EL
- GENIO REVELADOR: AMEGHINO--IV. LA MORAL DEL GENIO.
-
-
- I.--EL CLIMA DEL GENIO.
-
-La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos
-lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo
-que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos
-árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza
-que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana,
-cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina,
-algunos hombres excepcionales anticipan su visión á la de todos, la
-concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en
-los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree;
-capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan una era ó señalan una
-ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su
-firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas.
-
-La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el
-punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre
-y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión
-trascendente. El hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando
-encuentra clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más
-fecunda. La función implica el órgano: el genio hace actual lo que en
-su clima es potencial.
-
-Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad
-mientras en su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita
-condiciones propicias de tiempo y de lugar para que su aptitud
-desempeñe una función. El ambiente constituye el «clima» del genio y la
-oportunidad marca su «hora». Sin ellos ningún cerebro excepcional puede
-elevarse á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan para creerla
-en un cerebro mediocre.
-
-Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien,
-encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la
-culminación: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y
-en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con
-la oportunidad que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando
-un ideal implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo,
-instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, imponiéndolo.
-
-El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho
-intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de
-aptitudes personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un
-arte, una ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por
-una renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando
-nuevas orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como
-artista ó profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las
-emprende como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y
-permiten reconocer su huella á través del tiempo. Es rectilíneo é
-incontrastable porque encuentra su clima y su hora: vuela y vuela,
-superior á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando
-á deshoras viviría inquieto, fluctuante, desorientado; sería siempre
-intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara á
-alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio. No podría
-serlo. Nunca.
-
-Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud,
-significa confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan
-sobre la mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los
-hombres inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos
-de una escala infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las
-estadísticas y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso.
-Reservemos el título á pocos elegidos. Son animadores de una época,
-transfundiéndose, algunas veces, en su generación y con más frecuencia
-en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, de sus ideas ó de
-sus obras.
-
-La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos,
-confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan
-á sí mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada.
-Hay una medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se
-reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración.
-Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si
-héroe, lo ejecuta.
-
-El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden
-adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para
-alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las
-circunstancias convergerán á que ellas se conviertan en obras. Y,
-mientras no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y
-porque ciertas obras geniales no se realizan en minutos, sino en
-años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser
-consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el
-paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una nueva
-generación estará habilitada para comprenderlo.
-
-En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos,
-desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar
-los mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en
-la lucha por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un
-ideal y consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria
-no está en el homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle
-los demás, sino en sí mismos, en la capacidad para efectuar su obra
-ó cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque Sócrates beba
-la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó Bruno agonice en la hoguera:
-fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la historia de
-los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se reconoce por la remota
-eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por las frágiles
-sanciones de los contemporáneos.
-
-La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su
-horizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse
-cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados como
-perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y la voluntad.
-
-Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio
-ó á la excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la
-hora puede ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden
-de genialidad: la más oportuna es siempre la más fecunda. Conviene
-renunciar á toda estratificación jerárquica de los genios, afirmando su
-diferencia y admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las
-cumbres son excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse
-habilitado para decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan
-de estas pequeñeces; el problema es insoluble por definición.
-
-Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que
-la alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado
-de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su
-pueblo ó de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de
-capitanes y conquistadores; las otras formas de genialidad entran
-en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel
-Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus siglos más altos que los
-emperadores: por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo.
-Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de
-su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir ó
-pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: todo Ideal es una
-síntesis. Las grandes transmutaciones históricas nacen como videncias
-líricas de los genios artísticos, se transfunden en la doctrina de
-los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas. Así
-la genialidad, de simple actitud individual, deviene función en los
-pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente.
-
-La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología
-de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su
-aptitud, y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados,
-remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta
-apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción de
-los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende
-el Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería,
-dar visos de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos
-simples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo
-uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora
-oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se desenvuelve hasta la
-genialidad.
-
-El genio es una fuerza que actúa en función del medio.
-
-Probarlo es fácil.
-
-Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver
-argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte
-de la cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las
-fuentes más hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las
-suyas, han visto florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés
-y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus organismos se
-hubieran encendido lámparas votivas consagradas á la glorificación
-eterna de su genio.
-
-Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra
-decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura
-de este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol
-y sembrador: ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le
-sucedieron en el gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las
-doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino;
-será imposible no advertir la huella de su paso, y quien lo olvide
-renunciará á conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él.
-
-
- II.--EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.
-
-Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie
-americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan
-alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar
-que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado
-por el afán de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las
-grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á
-su influencia todas las masas menores de su sistema cósmico.
-
-Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar
-civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para
-saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para
-cohibir su inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera
-de sus propios ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino,
-previendo que la gloria se incuba en regazos de auroras fecundadas por
-los sueños de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando
-urge construir ó transmutar, fórmase el clima del genio: su hora
-suena como fatídica invitación á llenar una página de luz. El hombre
-extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera á una
-predestinación irrevocable.
-
-_Facundo_ es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo
-feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la
-verdad; presentir un ritmo de civilización cuesta más que acometer
-una conquista. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. Un
-libro es más que una intención: es un gesto. Su palabra parece bajar
-de un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por entonces, su
-espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso.
-En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan de
-angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno de su
-frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende
-las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con
-sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse
-busca al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio
-y en su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes
-de _Facundo_, asombroso enquiridión que parece un reto de águila á
-águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su
-verbo es anatema: tan fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se
-enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo
-no parece español. Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su
-pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro.
-Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta
-para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea
-llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan al corazón de miles
-de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan
-su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive:
-palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase
-que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro,
-fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan
-decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa
-de infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente
-herida una era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se
-encumbra así para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no
-admiten rectificación y escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir
-sus ritmos á las mareas del Océano para loar líricamente la perennidad
-del gesto magnífico.
-
-La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su
-Ideal se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención
-de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo,
-siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso,
-como el héroe del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué
-pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los partidos, incapaces
-para contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente.
-Ninguno, grande ó pequeño, podía ser toda una generación, todo un
-pueblo, toda una raza. Sarmiento sintetizaba una era en nuestra
-latinidad americana. Su acercamiento á las facciones, compuestas por
-amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias, eran simples
-tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución
-necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale
-pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el lema
-inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».
-
-Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó
-como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que
-abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la
-civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones
-é ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear
-tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados.
-Entusiasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una
-propia hija, fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con
-la serena crueldad de un cirujano.
-
-La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes
-contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas
-extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte.
-Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta
-años perfeccionando las originalidades que había adquirido á los
-treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede
-concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces
-de opinión, porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino
-parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo
-que se obscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de
-amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo.
-En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo
-oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo.
-
-Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto
-á su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los
-hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen;
-los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde
-van. Vivió inventando doctrinas ó forjando instituciones, creando
-siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo
-paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del mediocre que
-se acomoda para vegetar tranquilamente. La adaptación social depende
-del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras
-el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre
-de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación es
-mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que
-son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales.
-Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen
-ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la
-vejez. Sarmiento fué una excepción. Había nacido «así» y quiso vivir
-como era, sin desteñirse en el semitono de los demás.
-
-En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar
-sus ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su
-destino. Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su
-tiempo, hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de
-la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo,
-siempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de
-sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa
-si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de
-entre las cenizas.
-
-Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento.
-Fué «inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación.
-Su originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente:
-mas no era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y
-su medio. Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación.
-Su genio era una suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba.
-Parecía lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le
-circuía.
-
-Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos
-los caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su
-genialidad está en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes
-desequilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y el
-porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de
-su destino. Nada le perdonan los enemigos del Ideal que él representa;
-todo le exigen los partidarios. El equilibrio del mediocre es exiguo
-comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo igual á uno y
-éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza y una
-absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan;
-cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas
-planeantes en su atmósfera natural.
-
-La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se
-atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose
-al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan
-cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del
-raciocinio rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que
-inadaptado no quiere decir alienado: no puede el genio consistir en
-adaptarse á la mediocridad.
-
-El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos
-más insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara
-predestinados á la degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento
-y el genio pueblen los asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres
-excelentes, encontráronse á su lado un millón de mediocres y pobres
-diablos. Es evidente que los alienistas estudiarán la biografía de los
-diez é ignorarán la del millón. Y para enriquecer sus catálogos de
-genios enfermos incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuando
-no á simples desequilibrados intelectuales que son «imbéciles con la
-librea del genio». Estos personajes, que viven á horcajadas sobre el
-muro que separa la cárcel del manicomio, son la antítesis misma del
-talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de tantos estigmas
-de su desequilibrio.
-
-Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función
-que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero
-juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos
-se presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de
-la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha
-de los originales; se opera entre individuos diferenciados. El
-desenvolvimiento de una personalidad genial es una simple variación
-sobre los caracteres adquiridos por el grupo social; gracias á ella
-aparecen nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de
-divergencia y sirven de materia á la selección natural. La desarmonía
-de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias son rebeliones á las
-rutinas de los mediocres.
-
-Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre
-disgregación, desequilibrio, solución de continuidad. Con breve
-razonamiento refutó Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se
-abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta de los demás;
-la distracción ausenta de sí mismo. Cada proceso ideativo es una serie.
-En cada serie hay un término medio y un proceso lógico. Entre las
-diversas series hay saltos y faltan los términos medios. El genio,
-moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia los
-términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de una
-serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar.
-Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el
-movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor,
-el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos
-medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de
-los demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del
-genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo
-ni loco, es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica,
-la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la
-moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la
-nulidad de estilo».
-
-La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la
-confusión. Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman
-loco al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta:
-son aquéllos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas
-algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que
-viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer,
-sus propios adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto
-magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco
-Sarmiento».
-
-¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre
-la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos
-formulados por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen
-á marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por
-resplandores inusitados, sólo atinan á justificarse con epítetos
-despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino ilustre
-sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso
-que no haya sido empleado contra él: era tan grande que no bastó un
-diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de
-la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas
-las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes.
-La caricatura le mordió hasta sangrar, como á ningún otro: el lápiz
-tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. Como
-las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra maestra del
-Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su titánica
-personalidad, robustecida por la brega.
-
-El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número,
-irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos,
-desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de
-tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en
-todos los surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la
-videncia del juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus
-contemporáneos le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de
-esperanzas en un matorral de espinas.
-
-Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de
-recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las
-ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con
-frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores
-son solitarios; parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á
-él para combatir ó predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles,
-sin entregarse nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes.
-Muchos ingenios eminentes, arrollados por la marea colectiva, pierden
-ó atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio.
-Los prejuicios más hondamente arraigados en el individuo subsisten
-y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de
-reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas
-el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si
-no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse
-por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga á una
-misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó de una
-generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se
-encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento,
-doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren
-claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la
-inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio
-de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización
-de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de la nacionalidad
-entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo
-entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro de su país, europeo
-entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre
-porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de
-los hombres de genio estar ausentes en todas partes.
-
-Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus
-contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron
-compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros
-rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la
-adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen
-tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á
-todos, sin rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio:
-sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad.
-Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y
-que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran varón que honra á la
-raza de todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo
-de las hachas...
-
-
- III.--EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO.
-
-Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes
-de que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que
-Sarmiento, llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia
-ambos fueron maestros de escuela, autodidactas, sin título
-universitario, formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto
-inmediato con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos
-exteriores de la mentira mundana, con las manos libres, la cabeza
-libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio florece
-mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que son
-su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus
-universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus
-academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el
-aire libre y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento
-precoz enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las
-mejores originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial.
-
-Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene
-caracteres de fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en
-juntar huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe
-compuesto con millares de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos
-testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como si
-obrara por predestinación ó por fatalidad?
-
-Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la
-superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra;
-tenía que ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado el
-asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no
-podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no fué
-propicio á ello hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento; y
-tenía que ser Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro
-reunía en tan alto grado su aptitud para la observación y el análisis,
-su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el
-enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas
-las mediocres vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan
-al pensador?
-
-Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad.
-Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente,
-el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la
-realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre,
-son su estímulo: crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad
-puede conspirar contra él, movilizando en su contra la detracción
-y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse,
-dionisíacamente seguro. El genio no fracasa nunca. El que no ha
-creado no es genio, no llegó á serlo, fué una ilusión disipada. No
-quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha hacia la
-gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene
-prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila
-y se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden
-su talón los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en
-dos circunstancias se ilumina ó se desencadena: en la hora de la
-inspiración y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad
-parece que en sus pupilas brillara una luz eterna; cuando amonesta á
-los envilecidos diríase que refulge en su frente la soberanía de una
-generación.
-
-Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función
-genial. Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo
-y sin quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación
-no basta para dar vida á la obra: la voluntad la engendra. En este
-sentido--y en ningún otro--el desarrollo de la aptitud nativa requiere
-«una larga paciencia» para que el ingenio se convierta en talento ó
-se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcionales tienen
-un valor moral y son algo más que objetos de curiosidad: «merecen»
-la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un don de la
-naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más que
-sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen
-solas. El tiempo es el aliado del genio; el trabajo completa las
-iniciativas de la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear
-saben lo que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en
-la raza, en la ley, en el mármol, en la palabra. Tan magno esfuerzo
-explica el escaso número de obras maestras. Si la imaginación creadora
-es necesaria para concebirlas, requiérese para ejecutarlas otra rara
-virtud: la voluntad tenaz, que Newton bautizó como simple paciencia,
-sin medir los falsos corolarios de su apotegma.
-
-Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación
-es superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de
-bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias,
-la paciencia no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de
-constancia, sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de
-genio, en el tiempo que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su
-vida marcha tras él, persiguiendo la quimera entrevista.
-
-Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se
-revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia.
-Eso no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad,
-ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse
-en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas
-en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la
-genialidad. Sólo es genio quien las convierte en obra luminosa, con
-esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los más bellos
-dones requieren ser cultivados, como las tierras más fértiles necesitan
-ararse. Estériles resultan los espíritus brillantes que desdeñan todo
-esfuerzo, tan absolutamente estériles como los imbéciles laboriosos; no
-da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril
-por más que se le are.
-
-Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio
-con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos.
-La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo
-como una inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no
-siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente
-puede acordarse este supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian
-menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y
-gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una
-fuerza y un resultado que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para
-griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: era aquel espíritu
-que acompaña, guía ó inspira á cada hombre desde la cuna hasta la
-tumba. Con la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra
-«genio», los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían
-al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza ó
-culminación.
-
-No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay
-tipos intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de
-genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el
-«ingenio», es decir una capacidad superior á la mediana. Presenta
-una gradación infinita y cada uno de sus grados es susceptible de
-educarse ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los
-más, sin implicar siquiera talento. Este último es una perfección
-alcanzada por pocos, una originalidad particular, una síntesis
-de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin ser por eso
-equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación del
-ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra
-adquiere significación social y un Ameghino asciende á la genialidad.
-La especie, con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas,
-casi, como ejemplares.
-
-La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres
-superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de
-talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura.
-Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al
-hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por
-otros ó desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades
-ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó
-frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que
-cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta
-la obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un
-desarrollo orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por
-el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en
-su ambiente posee la mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la
-inteligencia y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, que es
-cualitativa entre el talento y el genio.
-
-No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad
-complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica,
-en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte
-en talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio,
-llegarán ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias
-extrínsecas: su obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la
-vida ó en la cultura de su pueblo.
-
-En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer
-fiel á su escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco
-desequilibrio ó anormalidad; su producción científica ó artística
-se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó descubrimientos
-son profundos y radicales. El hombre de talento, en cambio, es
-más equilibrado y su degeneración física y mental es menor; no es
-un precursor decidido, sino más bien un coordinador de elementos
-dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo, aunque sin la
-verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las conclusiones
-son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales: Cervantes,
-Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; son
-talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace. Existen
-tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial», como
-Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de ambos
-tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de
-un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen
-igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan
-como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas
-inquietas y el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes.
-
-La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay
-creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El
-genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas
-vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes,
-en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces,
-con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las
-cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su
-camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y
-percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère.
-Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones
-que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no
-requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á
-siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las
-cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil
-desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.
-
-¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad?
-Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque
-depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de
-entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de
-enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.
-
-Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su
-función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos
-intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de
-las células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas
-químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse
-las actividades moleculares y sus variables relaciones, además de
-la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto
-no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las
-transformaciones de energía que determina en el momento que nace,
-durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fenómenos
-que acompañan á la complejísima función de pensar. Los conocimientos
-científicos distan de ese límite. Mientras la química y la fisiología
-celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre de que esa,
-y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un
-Ameghino, en función de su medio.
-
-Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el
-genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas
-á la estructura y la coordinación de las células que intervienen
-en el pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso,
-agudo ú obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas
-capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando
-faltan: Salamanca no las presta.
-
-Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa;
-los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la
-imaginación: de todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la
-mano del pintor. El poder de concebir está subordinado al de percibir:
-cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde á sus
-percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le
-estorba; pero ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean
-nada superior á lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere
-el concurso de la imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la
-realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como «un grado
-exquisito de sensibilidad nerviosa», se enuncia la más importante de
-sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es
-un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes imaginativas.
-
-En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la
-imaginación sobre los sentidos; no lo es menos en los genios
-especulativos, como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como
-Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, se adivinan las
-soluciones, se inventan las hipótesis, se plantean las experiencias,
-se multiplican las combinaciones. Hay imaginación en la Paleontología
-de Ameghino, como la hay en la física de Ampère y en la Cosmología de
-Laplace; y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, como en la
-política de César ó en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del
-genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó un
-plan de campaña de Napoleón; no digamos de los sistemas filosóficos,
-tan absolutamente imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún:
-son poemas, y su valor se mide por la imaginación de sus creadores.
-
-En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y
-continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es
-la antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo
-en su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y
-niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia
-las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco
-ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando
-huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara
-en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin
-asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su
-reputación de inadaptado.
-
-Basta leer su inmensa obra--centenares de monografías y de
-volúmenes--para comprender que sólo presenta los desequilibrios
-inherentes á su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles,
-nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una
-vasta preparación; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la
-herencia ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados;
-no ocurrencias, sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades,
-sino claramente previstos y anunciados.
-
-El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula
-sospechar un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer
-caídos bajo el nivel común á esos mismos que la admiración de los
-siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden
-ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la
-creación, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una
-clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio,
-opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando á tiempo
-de servir como premisa ó punto de partida para nuevas doctrinas y
-corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente
-que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se
-nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio mental.
-Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir
-con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la
-capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio
-ni enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á
-pesar de ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.
-
-Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se
-contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el
-sentido de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen
-á ello, el genio especulativo nace recto desde su origen, como un
-rayo de luz que nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo:
-todas sus palabras concurren á explicar un mismo pensamiento, á través
-de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la
-trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin
-romper la equilibrada coherencia de la obra total: esa harmonía de la
-síntesis que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino converge á
-un fin por todos los senderos; nada le desvía. Mira alto y lejos, va
-derechamente, sin las prudencias que traban el paso á las medianías sin
-detenerse ante los mil interrogantes que de todas partes le acosan para
-distraerle de la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos.
-
-La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el
-pensamiento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga
-las obras de los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio
-ajeno y hablan con énfasis para que muchos les escuchen aunque
-no les entiendan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no
-atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados por
-las circunstancias: los rutinarios serían supremas lumbreras si
-por la simple incongruencia se calificara al genio. Para señalar el
-punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó
-dos generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas
-contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser
-más astuto y más hábil; pero en las grandes horas de la evolución
-intelectual y social todo debe esperarse del genio. Y solamente de él.
-
-Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo
-verdades absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de
-Ameghino. Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene
-que se equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por
-las correcciones que provocan, las investigaciones que estimulan,
-las pasiones que encienden, las inercias que conmueven. Los hombres
-mediocres se equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se
-desploma, enciende una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé
-alguna cosa ó verdad no sospechada antes. No es menos grande Platón
-por sus errores, ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los
-genios que se equivocan hay una viril firmeza que los impone al respeto
-de todos. Mientras los contemporizadores ambiguos no despiertan grandes
-admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje de sus propios
-adversarios. Hay más valor moral en creer firmemente un error, que en
-aceptar tibiamente una verdad.
-
-
- IV.--LA MORAL DEL GENIO.
-
-El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no
-puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría
-la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es
-inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si
-busca la Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía.
-Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es
-un genio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se
-unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo por todas
-las excelencias, por todas las idealidades. Como fué en Leonardo y en
-Goethe.
-
-Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal:
-la inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella
-se descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores.
-Ameghino ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la
-prosperidad material. En la ciencia buscó la verdad, tal como la
-concebía; ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma de funcionario.
-Sobrellevó heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto, sin
-vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales,
-ignorando esa técnica que simula el mérito para medrar á la sombra del
-Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y decidido á no torcer
-un milésimo de ella. El que puede domesticar sus convicciones no es,
-no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial.
-
-Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad
-moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira,
-el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y
-es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el
-patriotismo y lo rebaja, el que predica el carácter y es servil, el que
-predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas,
-humillaciones, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un
-ideal, ese no es genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga sin
-eco, no repercute en el tiempo, como si resonara en el vacío.
-
-El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean
-ásperos y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés;
-repudia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en
-la Patria á todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el
-alma de toda su nación y de todo el continente; tiene sinceridades
-que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y dice la verdad
-en tan personal estilo que sólo puede ser palabra suya; tolera los
-errores ajenos, recordando los propios; se encrespa ante las bajezas,
-escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de
-catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los
-prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con
-furor, de todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del
-gran americano; Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes
-públicas, sin preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas
-que concentran la preocupación de la mediocridad.
-
-Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su
-inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los
-grandes, los cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos.
-Entonces los espíritus estrechos les suponen desamorados, apáticos,
-escépticos. Y se equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El
-mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo, á su familia, á su
-camarilla, á su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad, la
-Patria ó la Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. Muchos
-hombres darían su vida por defender á su secta; son raros los que se
-han inmolado conscientemente por una doctrina ó por un ideal.
-
-La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su
-Ideal y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu
-genio», escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia
-á los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los
-caminos más escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén
-decididos á concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á
-perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo,
-son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente
-se adivina el ascua crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre
-sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apodera del
-obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera su orgullo
-y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que la
-obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á sí misma.
-
-La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una
-suprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente
-cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el
-choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante
-ellas é intenta ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias,
-Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo;
-pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta,
-infinita: enseña y no persigue, discute y no amordaza. Muere él por
-su fe, pero no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es
-tolerante: es un misticismo que respeta las creencias propias en las
-ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las
-propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes
-en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos.
-Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con frecuencia las
-combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo su
-horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal.
-Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino:
-sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe es de
-visionarios y el fanatismo es de siervos. La fe es llama que enciende y
-el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo
-es un renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna
-verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la
-verdad de los demás.
-
-Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del
-horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio
-es un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de
-la Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura,
-de doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza
-los símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos
-esfuerzos.
-
-Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra
-la mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene
-fomentar su culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos
-se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún
-ensueño, apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender
-hacia las cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el
-genio, la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propicios á su
-advenimiento.
-
-Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y
-fuerza es que mueran los venideros, implacablemente segados por el
-tiempo.
-
-Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino:
-el ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen
-milagros: realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é
-investigan profundas verdades. Mientras existan corazones que alienten
-un afán de perfección, serán conmovidos por todo lo que revela fe en un
-Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los héroes, por la
-virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía
-de los pensadores.
-
-
- * * * * *
-
-
- BIBLIOTECA RENACIMIENTO
-
- DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA
-
- EXTRACTO DEL CATÁLOGO
-
-
- LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)
- OBRAS COMPLETAS
-
- I. GALDÓS 3,50
- II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50
-
- S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
-
- LA RIMA ETERNA 3,00
- LA FLOR DE LA VIDA 3,00
- PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00
- MALVALOCA 3,50
- MUNDO, MUNDILLO 3,50
- FORTUNATO 2,00
-
- COMEDIAS ESCOGIDAS
-
- I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50
- II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50
- III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50
- IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50
- V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50
-
- BALDOMERO ARGENTE
-
- HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50
-
-
- ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ
-
- GENTE MENUDA 3,00
-
-
- AZORÍN
-
- EL POLÍTICO 3,00
-
-
- PÍO BAROJA
- NOVELAS
-
- LA BUSCA 3,50
- MALA HIERBA 3,50
- AURORA ROJA 3,50
- LA FERIA DE LOS DISCRETOS 3,50
- PARADOX, REY 3,00
- LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS 3,00
- LA DAMA ERRANTE 3,00
- LA CIUDAD DE LA NIEBLA 3,00
- LAS TRAGEDIAS GROTESCAS 3,00
- CÉSAR Ó NADA 4,00
- LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 3,50
- EL ÁRBOL DE LA CIENCIA 3,50
- EL MUNDO ES ANSÍ 3,50
- EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR 3,50
- LA CASA DE AIZGORRI 1,00
-
-
- JOAQUÍN BELDA
-
-LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50 MEMORIAS
-DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50 LA
-PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00
-
-
- JACINTO BENAVENTE
- _De la Real Academia Española._
-
- OBRAS COMPLETAS
- Á 3,50 PESETAS TOMO
-
-CARTAS DE MUJERES.--FIGULINAS.--TEATRO FANTÁSTICO.--VILANOS.--DE
-SOBREMESA.
-
- TEATRO
-
-I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE
-ALIVIO.--II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO
-FEMINISTA.--III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA
-CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.--IV.
-MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.--V. LA GOBERNADORA. EL PRIMO
-ROMÁN.--VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS MARIDOS.--VII.
-ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL SÁBADO.--VIII. LOS
-FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE BELLE ISLE. POR QUÉ SE
-AMA.--IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL DRAGÓN DE FUEGO.--X.
-RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.--XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA
-BODA.--XII. EL SUSTO DE LA CONDESA. CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA.
-LOS MALHECHORES DEL BIEN.--XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE
-QUE EL AMOR.--XIV. MANÓN LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.--XV. LA
-PRINCESA SIN CORAZÓN. EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE
-LOS MUERTOS.--XVI. LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL
-ÚLTIMO MINUÉ. TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.--XVII.
-SEÑORA AMA. EL MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.--XVIII. DE PEQUEÑAS
-CAUSAS. HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN
-HOMBRE!--XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE. EL
-PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA.
-
-
- HENRY BERGSON
- _Traducción de Carlos Malagarriga._
-
-LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos 7,00
-
-
- EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL)
-
- NOVELAS EN GERMEN 2,00
- VÓRTICE 3,00
- GRAFÓMANOS DE AMÉRICA 3,00
- SINTIÉNDOME VIVIR 3,00
- VIAJANDO POR ESPAÑA 3,50
-
-
- ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL
- _Bachiller Alonso de San Martín._
-
- LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. 3,50
-
-
- MANUEL BUENO
-
- TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO 3,50
- CORAZÓN ADENTRO. Novela. 3,00
- JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. 3,50
-
-
- ROSALÍA DE CASTRO
-
- EN LAS ORILLAS DEL SAR 3,50
- CANTARES GALLEGOS 3,50
- FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas 3,50
-
-
- RICARDO J. CATARINEU
-
- EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología 3,50
- MADRIGALES Y ELEGÍAS 3,50
-
-
- CURROS ENRÍQUEZ
-
- AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. 3,00
- EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. 3,00
- CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. 3,00
-
-
- RUBÉN DARÍO
-
- EL CANTO ERRANTE. Poesías. 3,00
- TODO AL VUELO 3,50
-
-
- OBRAS ESCOGIDAS
-
- I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO 3,50
- II. POESÍAS 3,50
- III. PROSA 3,50
-
-
- JOAQUÍN DICENTA
-
- LOS BÁRBAROS. Novela. 3,50
- GALERNA. Novelas. 1,00
-
-
- CONCHA ESPINA
-
- LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. 3,50
- DESPERTAR PARA MORIR. Novela. 3,50
- AGUA DE NIEVE. Novela. 3,50
-
-
- CARLOS FERNÁNDEZ SHAW
-
- LA VIDA LOCA 4,00
- POESÍA DE LA SIERRA 4,00
- POESÍA DEL MAR 4,00
- EL AMOR Y MIS AMORES 4,00
- CANCIONERO INFANTIL 1,00
- CANCIONES DE NOCHEBUENA 2,00
- LA PATRIA GRANDE 3,00
- EL ALMA EN PENA 3,50
-
-
- ANATOLE FRANCE
- OBRAS COMPLETAS
-
- JOCASTA Ó EL GATO FLACO 3,50
- BALTASAR 3,50
- EL POZO DE SANTA CLARA 3,50
- EL LIBRO DE MI AMIGO 3,50
- EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO 3,50
- EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA 3,50
- OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD 3,50
- LA AZUCENA ROJA 3,50
- EL OLMO DEL PASEO 3,50
- EL MANIQUÍ DE MIMBRE 3,50
- EL ANILLO DE AMATISTA 3,50
- EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS 3,50
- HISTORIA CÓMICA 3,50
- CHAINQUEBILLE 3,50
- SOBRE LA PIEDRA INMACULADA 3,50
- LA ISLA DE LOS PINGÜINOS 3,50
- LA CAMISA 3,50
- LOS DIOSES TIENEN SED 3,50
-
-
- JOSÉ FRANCÉS
-
- LA GUARIDA. Novela. 3,50
- LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. 3,50
- GUIGNOL 3,50
-
-
- F. GARCÍA SANCHIZ
-
- NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS 3,00
-
-
- ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO
-
- MATILDE REY. Novela 3,50
-
-
- EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO
-
- LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO 3,50
-
-
- ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ
-
- LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela 3,50
-
-
- ANTONIO DE HOYOS
-
- LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela 3,50
-
-
- ALBERTO INSÚA
- NOVELAS
-
- DON QUIJOTE EN LOS ALPES 3,00
- LA MUJER FÁCIL 3,50
- LAS NEURÓTICAS 3,50
- LA MUJER DESCONOCIDA 3,50
- EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD 3,50
- LAS FLECHAS DEL AMOR 3,50
- EL DESEO 3,50
- EN TIERRA DE SANTOS 1,00
- LA HORA TRÁGICA 1,00
-
-
- WALDO A. INSÚA
-
- LA BOCA DE LA ESFINGE 3,00
-
-
- JUAN R. JIMÉNEZ
-
- PASTORALES 3,50
- LABERINTO 3,50
- BALADAS DE PRIMAVERA 2,00
- ELEGÍAS PURAS 2,00
- ELEGÍAS INTERMEDIAS 2,00
- ELEGÍAS LAMENTABLES 2,00
- LA SOLEDAD SONORA 3,50
- POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES 3,50
- MELANCOLÍA 3,50
-
-
- RICARDO LEÓN
- _De la Real Academia Española._
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- CASTA DE HIDALGOS. Novela 3,50
- COMEDIA SENTIMENTAL. Novela 3,50
- ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela 3,50
- LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS 3,50
- EL AMOR DE LOS AMORES. Novela 3,50
- ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías 3,50
- LOS CENTAUROS. Novela 4,00
-
-
- MANUEL LINARES RIVAS
-
- LA RAZA 3,00
- AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA 3,50
-
-
- RAFAEL LÓPEZ DE HARO
- NOVELAS
-
- SIRENA 3,50
- ENTRE TODAS LAS MUJERES 3,50
- POSEÍDA 3,50
- EL PAÍS DE LOS MEDIANOS 3,50
- LA IMPOSIBLE 1,00
-
-
- DANIEL LÓPEZ ORENSE
-
- EL CAMINO DE LA DICHA. Novela 3,50
-
-
- JOSÉ LÓPEZ PINILLOS
-
- DOÑA MESALINA. Novela 3,50
- LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela 3,50
- LA SANGRE DE CRISTO. Novela 3,00
-
-
- LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA
-
- CARNE DE RELIEVE. Novela 3,50
-
-
- JOSÉ LÓPEZ SILVA
-
- LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso 3,50
-
-
- LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW
-
- SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS.
- LOS BUENOS MOZOS 3,50
-
-
- ANTONIO MACHADO
-
- CAMPOS DE CASTILLA. Poesías 3,50
-
-
- MANUEL MACHADO
-
- APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras
- de los mejores pintores 3,50
-
- EL MAL POEMA. Poesías 3,00
-
-
- EDUARDO MARQUINA
- OBRAS COMPLETAS
-
- LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española 3,50
- DOÑA MARÍA LA BRAVA 3,50
- EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia
- Española 3,50
- LA ALCAIDESA DE PASTRANA 2,50
- EL REY TROVADOR 3,50
- POR LOS PECADOS DEL REY 3,50
- TIERRAS DE ESPAÑA 3,50
- VENDIMIÓN 3,50
- ELEGÍAS 1,00
-
-
- G. MARTÍNEZ SIERRA
-
- EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS.
- FLORES DE ESCARCHA 3,50
- SOL DE LA TARDE. Novelas 3,50
- LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual 3,50
- EL AGUA DORMIDA. Novelas 3,50
- LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías 3,50
-
- TEATRO
-
- TEATRO DE ENSUEÑO 3,50
- LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR 3,50
- CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL 3,50
- PRIMAVERA EN OTOÑO 3,50
- EL POBRECITO JUAN 1,50
- MAMÁ. EL ENAMORADO 3,50
- MADAME PEPITA 3,50
-
-
- ENRIQUE DE MESA
-
- FLOR PAGANA 3,00
- ANDANZAS SERRANAS 1,50
-
- AMADO NERVO
-
- SERENIDAD. Poesías 3,50
-
-
- CONDESA DE PARDO BAZÁN
- OBRAS COMPLETAS
-
- I. LA CUESTIÓN PALPITANTE 3,00
- II. LA PIEDRA ANGULAR 3,00
- III. LOS PAZOS DE ULLOA 3,50
- IV. LA MADRE NATURALEZA. Novela 3,50
- V. CUENTOS DE MARINEDA 3,00
- VI. POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS 3,00
- VII. INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas 3,50
- VIII. LA TRIBUNA. Novela 3,00
- IX. DE MI TIERRA 3,00
- X. CUENTOS NUEVOS 3,50
- XI. DOÑA MILAGROS. Novela 3,00
- XII. LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS 3,00
- XIII. NOVELAS EJEMPLARES 3,50
- XIV. MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela 3,00
- XV. EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela 4,50
- XVI. CUENTOS DE AMOR 3,00
- XVII. CUENTOS SACRO-PROFANOS 4,00
- XVIII. EL NIÑO DE GUZMÁN 3,00
- XIX. AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA 4,50
- XX. UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO.
- Historias y cuentos regionales 3,00
- XXI. CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN 3,00
- XXII. UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas 5,00
- XXIII. EN TRANVÍA. Cuentos 3,00
- XXIV. DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 3,50
- XXV. CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA.
- CUENTOS ANTIGUOS 3,00
- XXVI. POR LA EUROPA CATÓLICA 3,00
- XXVII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte 3,00
- XXVIII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte 3,00
- XXIX. LA QUIMERA 5,00
- XXX. UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN 6,00
- XXXI. EL FONDO DEL ALMA 3,00
- XXXII. RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS 4,00
- XXXIII. LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA 1,00
- XXXIV. MI ROMERÍA 1,00
- XXXV. Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES.
- EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE 3,50
- XXXVI. SUD-EXPRESS. Cuentos 3,50
- XXXVII. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO 4,50
- XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela 3,50
- XXXIX. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN 4,50
- XL. BELCEBÚ. Novelas 3,50
- XLI. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO 4,00
-
- BIBLIOTECA DE LA MUJER
- _Dirigida por la C. de Pardo Bazán._
-
- Á TRES PESETAS TOMO
-
-I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de
-Ágreda.--II. Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John
-Stuart Mill. Prólogo de la condesa de Pardo Bazán.--III. Sección
-novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña María de Zayas.--IV. Sección
-biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P. Mercier.--V. Sección
-histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de Nervo, y
-ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.--VI. Sección
-pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS
-VÍRGENES, por Juan Luis Vives.--VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL
-SOCIALISMO, por Augusto Bebel.
-
-
- JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN
-
- NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE 3,50
- AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS,
- EN EL SIGLO XIX 3,50
-
-
- BENITO PÉREZ GALDÓS
- _De la Real Academia Española._
-
- EPISODIOS NACIONALES
-
- _Primera serie._
-
- TRAFALGAR.--LA CORTE DE CARLOS IV.--EL 19 DE MARZO Y EL 2
- DE MAYO.--BAILÉN. NAPOLEÓN EN
- CHAMARTÍN.--ZARAGOZA.--GERONA.--CÁDIZ.--JUAN MARTÍN EL
- EMPECINADO.--LA BATALLA DE LOS ARAPILES.
-
- _Segunda serie._
-
- EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.--MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.--LA
- SEGUNDA CASACA.--EL GRANDE ORIENTE.--7 DE JULIO.--LOS CIEN MIL HIJOS
- DE SAN LUIS.--EL TERROR DE 1822.--UN VOLUNTARIO REALISTA.--LOS
- APOSTÓLICOS.--UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS.
-
- _Tercera serie._
-
- ZUMALACÁRREGUI.--MENDIZÁBAL.--DE OÑATE Á LA GRANJA.--LUCHANA.--LA
- CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.--LA ESTAFETA ROMÁNTICA.--VERGARA.--MONTES DE
- OCA.--LOS AYACUCHOS.--BODAS REALES.
-
- _Cuarta serie._
-
- LAS TORMENTAS DEL 48.--NARVÁEZ.--LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.--LA
- REVOLUCIÓN DE JULIO.--O'DONNELL.--AITA TETTAUEN.--CARLOS VI EN LA
- RÁPITA.--LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».--PRIM.--LA DE LOS
- TRISTES DESTINOS.
-
- _Última serie._
-
- ESPAÑA SIN REY.--ESPAÑA TRÁGICA.--AMADEO I.--LA PRIMERA REPÚBLICA.--DE
- CARTAGO Á SAGUNTO.--CÁNOVAS.
-
- _Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al
- precio de DOS pesetas volumen._
-
- _Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo, CINCO
- pesetas._
-
- _Se venden tapas sueltas á UNA peseta._
-
- NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO
-
- DOÑA PERFECTA.--GLORIA, primera parte.--GLORIA, segunda
- parte.--MARIANELA.--LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.--LA
- FAMILIA DE LEÓN ROCH, segunda parte.--LA FONTANA DE ORO.--EL
- AUDAZ.--LA SOMBRA.--MEMORANDA.
-
- NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO
-
- LA DESHEREDADA, primera parte.--LA DESHEREDADA, segunda parte.--EL
- AMIGO MANSO.--EL DOCTOR CENTENO, primera parte.--EL DOCTOR CENTENO,
- segunda parte.--TORMENTO.--LA DE BRINGAS.--LO PROHIBIDO, primera
- parte.--LO PROHIBIDO, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA, primera
- parte.--FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA,
- tercera parte.--FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.--MIAU.--LA
- INCÓGNITA.--REALIDAD.--ÁNGEL GUERRA, primera parte.--ÁNGEL GUERRA,
- segunda parte.--ÁNGEL GUERRA, tercera parte.--TRISTANA.--LA
- LOCA DE LA CASA.--TORQUEMADA EN LA HOGUERA.--TORQUEMADA EN
- LA CRUZ.--TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.--TORQUEMADA Y SAN
- PEDRO.--NAZARÍN.--HALMA.--MISERICORDIA.--EL ABUELO.--CASANDRA.--EL
- CABALLERO ENCANTADO.
-
-
- COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS
-
- REALIDAD.--LA LOCA DE LA CASA.--LA DE SAN QUINTÍN.--LOS
- CONDENADOS.--VOLUNTAD.--DOÑA PERFECTA.--LA FIERA.--ELECTRA.--ALMA Y
- VIDA.--MARIUCHA.--BÁRBARA.--AMOR Y CIENCIA.--PEDRO MINIO.
-
- RAMÓN PÉREZ DE AYALA
-
- TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela 3,50
- A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela 3,50
- LA PATA DE LA RAPOSA. Novela 3,50
- TROTERAS Y DANZADERAS. Novela 3,50
-
-
- JUAN PÉREZ ZÚÑIGA
-
- CUATRO CUENTOS Y UN CABO 2,00
- HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos 5,00
- AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color 3,50
-
-
- JACINTO OCTAVIO PICÓN
- _De la Real Academia Española._
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- I. DULCE Y SABROSA. Novela 4,00
- II. LA HONRADA. Novela 4,00
- III. JUANITA TENORIO. Novela 4,00
- IV. Mujeres. Novelas 3,50
-
-
- SALVADOR RUEDA
-
- POESÍAS ESCOGIDAS 3,50
-
-
- SANTIAGO RUSIÑOL
- _Traducciones de G. Martínez Sierra._
-
- EL PUEBLO GRIS 3,50
- UN VIAJE AL PLATA 3,50
- LA ISLA DE LA CALMA 3,50
- ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN 3,50
- EL INDIANO 1,00
-
-
- JOSÉ M. SALAVERRÍA
-
- LAS SOMBRAS DE LOYOLA 2,00
-
-
- R. SÁNCHEZ DÍAZ
-
- JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela 3,50
-
-
- ALEJANDRO SAWA
-
- ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 3,50
-
-
- UNAMUNO Y GANIVET
-
- EL PORVENIR DE ESPAÑA 2,00
-
-
- FELIPE TRIGO
- OBRAS COMPLETAS
-
- NOVELAS
-
- LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS 7,00
- LA SED DE AMAR 3,50
- ALMA EN LOS LABIOS 3,50
- DEL FRÍO AL FUEGO 3,50
- LA ALTÍSIMA 3,50
- LA BRUTA 3,50
- LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA 3,50
- SOR DEMONIO 3,50
- EN LA CABRERA 3,50
- CUENTOS INGÉNUOS 3,00
- LA CLAVE 3,50
- LAS EVAS DEL PARAÍSO 3,50
- LAS POSADAS DEL AMOR 3,50
- EL MÉDICO RURAL 3,50
- LOS ABISMOS 3,50
- EL CÍNICO 3,50
- ASÍ PAGA EL DIABLO 1,00
-
-
- ESTUDIOS
-
- SOCIALISMO INDIVIDUALISTA 3,50
- EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS 3,50
-
-
- MIGUEL DE UNAMUNO
-
- MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS 3,50
- POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA 3,50
- SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES 3,50
- CONTRA ESTO Y AQUELLO 3,50
-
-
- RAMÓN DEL VALLE INCLÁN
-
- ÁGUILA DE BLASÓN 3,50
- COFRE DE SÁNDALO 3,50
- CUENTO DE ABRIL 3,50
- GERIFALTES DE ANTAÑO 3,50
-
-
- FRANCISCO VILLAESPESA
-
- EL ESPEJO ENCANTADO 3,50
- EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS 3,50
- PANALES DE ORO 3,50
- EL BALCÓN DE VERONA 3,50
- PALABRAS ANTIGUAS 3,50
-
-
- A. VIVERO Y A. DE LA VILLA
-
- CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal 3,50
-
-
- EDUARDO ZAMACOIS
-
- EL OTRO. Novela 3,50
- LA OPINIÓN AJENA. Novela 3,50
-
- BIBLIOTECA CLÁSICA
-
- COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS CADA UNO EN RÚSTICA
- Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS EN PASTA ESPAÑOLA
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- CLÁSICOS GRIEGOS
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- HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).--HERODOTO: Los
- nueve libros de la historia (dos).--PLUTARCO: Las vidas paralelas
- (cinco).--ARISTÓFANES: Teatro completo (tres).--ESQUILO: Teatro
- completo (uno).--POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco
- (uno).--XENOFONTE: Historia de la entrada de Cyro en Asia (uno).
- La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).--LUCIANO: Obras completas
- (cuatro).--PÍNDARO: Odas (uno).--ARRIANO: Las expediciones de
- Alejandro (uno).--POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo,
- etc. (uno).--POLIBIO: Historia romana (tres).--PLATÓN: La república
- (dos).--DIÓGENES LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres
- (dos).--MORALISTAS GRIEGOS: Marco Aurelio, Teofrasto, Epicteto,
- Cebes (uno).--TUCÍDIDES: Historia de la guerra del Peloponeso
- (dos).--JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).--ISÓCRATES: Oraciones
- políticas y forenses (dos).--EURÍPIDES: obras dramáticas (tres).
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- CLÁSICOS LATINOS
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- VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).--CICERÓN:
- Obras didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas
- familiares (dos). Cartas políticas (dos). Vida y discursos
- (siete).--TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres
- de los germanos (uno).--SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de
- Jugurta (uno).--CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de
- la civil (dos).--SUETONIO: Vida de los doce césares (uno).--SÉNECA:
- Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).--OVIDIO:
- Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).--FLORO: Compendio de
- las hazañas romanas (uno).--QUINTILIANO: Instituciones oratorias
- (dos).--QUINTO CURCIO: Vida de Alejandro (dos).--ESTACIO: La Tebaida
- (dos).--LUCANO: La farsalia (dos).--TITO LIVIO: Décadas de la historia
- romana (siete).--TERTULIANO: Apología contra los gentiles en defensa
- de los cristianos (uno).--VARIOS: Historia Augusta (tres).--Marcial
- y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).--TERENCIO: Teatro completo
- (uno).--APULEYO: El asno de oro (uno).--Plinio el joven y Cornelio
- Nepote: Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres
- (dos).--JUVENAL y PERSIO: Sátiras (uno).--AULIO GELIO: Noches áticas
- (dos).--SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios (cuatro).--AMMIANO: Historia
- del imperio romano (dos).--LUCRECIO: De la naturaleza de las cosas
- (uno).--HORACIO: Obras completas (dos).
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- CLÁSICOS ESPAÑOLES
-
- CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos).
- Don Quijote de la Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho).
- Teatro completo (tres).--CALDERÓN: Teatro selecto (cuatro).--HURTADO
- DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).--QUEVEDO: Obras satíricas y
- festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de Dios
- (uno).--QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).--Duque de Rivas:
- Sublevación de Nápoles (uno).--ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano
- (uno).--MELO: Guerra de Cataluña (uno).--VARIOS: Antología de poetas
- líricos castellanos, ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios
- críticos del mismo (doce).--COLÓN: Relaciones y cartas (uno).--ROJAS:
- La celestina (uno).
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- CLÁSICOS INGLESES
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- MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno).
- Estudios políticos (uno). Estudios biográficos (uno). Estudios
- críticos (uno). Estudios de política y literatura (uno). Discursos
- parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia
- de la revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo
- III (seis).--MILTON: El paraíso perdido (dos).--SHAKESPEARE: Teatro
- selecto (ocho).
-
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- CLÁSICOS ITALIANOS
-
- MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). Tragedias,
- poesías: obras varias (dos).--GUICCIARDINI: Historia de Italia
- (seis).--MAQUIAVELO: Obras históricas (DOS). Obras políticas
- (DOS).--Benvenuto Cellini: su vida, descrita por él mismo
- (dos).--TASSO: La Jerusalén libertada (dos).
-
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- CLÁSICOS ALEMANES
-
- SCHILLER: Teatro completo (tres tomos). Poesías líricas (dos).--HEINE:
- Poemas y fantasías (uno). Cuadros de viaje (dos).--GOETHE: Viaje
- á Italia (dos). Teatro selecto (dos).--HUMBOLDT: Colón y el
- descubrimiento de América (dos).
-
-
- CLÁSICOS FRANCESES
-
- LAMARTINE: Civilizadores y conquistadores (dos tomos).--BOSSUET:
- Oraciones fúnebres (ocho).--MERIMÉE: Colomba (uno).
-
-
- CLÁSICOS SÁNSCRITOS
-
- Código de MANÚ (un tomo).
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-
- BIBLIOTECA POPULAR
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- Á UNA PESETA CADA TOMO EN RÚSTICA Y Á 1,50 ENCUADERNADO EN TELA
-
- I.--PÍO BAROJA: La casa de Aizgorri. Novela. II.--FELIPE TRIGO: Así
- paga el diablo... Novela. III.--ALBERTO INSÚA: En tierra de santos.
- Novela. IV.--S. y J. ÁLVAREZ QUINTERO: Drama, comedia y sainete.
- V.--JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.--RAFAEL LÓPEZ DE HARO:
- La imposible. Novela. VII.--SANTIAGO RUSIÑOL: El indiano. VIII.--E.
- GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.--CONDESA DE PARDO
- BAZÁN: Cuentos trágicos. X.--JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza.
- Novela. XI.--EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.--ALBERTO INSÚA: La hora
- trágica. Novela. XIII.--JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela
- escénica. XIV.--PÍO BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.--PEDRO
- DE RÉPIDE: Noche perdida. Novelas.
-
- RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos
- de la Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío
- Baroja, Joaquín Belda, Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de
- Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina, Alejandro Larrubierra, Ricardo
- León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez Sierra, Benito
- Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio
- Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría,
- R. Sánchez Díaz, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo
- Zamacois.
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-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***
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-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.
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-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
-unenforceability of any provision of this agreement shall not void the
-remaining provisions.
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-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
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-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
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-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation
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-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
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-The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
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-state visit www.gutenberg.org/donate
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-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
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-Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.
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-Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
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-Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
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-</head>
-<body>
-<h1 class="pgx" title="">The Project Gutenberg eBook, El Hombre Mediocre, by José Ingenieros</h1>
-<p>This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States
-and most other parts of the world at no cost and with almost no
-restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it
-under the terms of the Project Gutenberg License included with this
-eBook or online at <a
-href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not
-located in the United States, you'll have to check the laws of the
-country where you are located before using this ebook.</p>
-<p>Title: El Hombre Mediocre</p>
-<p> Ensayo de psicologia y moral</p>
-<p>Author: José Ingenieros</p>
-<p>Release Date: March 31, 2021 [eBook #64974]</p>
-<p>Language: Spanish</p>
-<p>Character set encoding: UTF-8</p>
-<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<h4 class="pgx" title="">E-text prepared by Andrés V. Galia, Jude Eylander,<br />
- and the Online Distributed Proofreading Team<br />
- (http://www.pgdp.net)<br />
- from page images digitized by<br />
- the Google Books Library Project<br />
- (https://books.google.com)<br />
- and generously made available by<br />
- HathiTrust Digital Library<br />
- (https://www.hathitrust.org/)</h4>
-<p>&nbsp;</p>
-<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10">
- <tr>
- <td valign="top">
- Note:
- </td>
- <td>
- Images of the original pages are available through
- HathiTrust Digital Library. See
- https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023
- </td>
- </tr>
-</table>
-<div class="chapter">
-<p>&nbsp;</p>
-<div class="tnote">
-
- <p class="p2 center big1">NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p>
-
-<p>En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con
-_guiones bajos_.</p>
-
-<p>El criterio utilizado para crear la presente versión electrónica ha sido el
-de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se
-publicó la edición de la obra utilizada para esta tarea. El
-lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de
-la Real Academia Española.</p>
-
-<p>Es por ello que palabras como <em>vio</em>, <em>fue</em>, <em>dio</em>, por ejemplo, que en
-esa época llevaban acento ortográfico, en esta transcipción aparecen
-escritas con acento.</p>
-
-<p>En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas
-acentuadas a la norma establecida por la RAE, que estipula que las
-letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde
-llevarlo, tanto si se trata de palabras escritas en su totalidad con
-mayúsculas como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.</p>
-
-<p>Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.</p>
-
-<p>El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,
-ha sido trasladado al principio.</p>
-</div>
-</div>
-<hr class="pgx" />
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-
-<div class="figcenter illowp47" id="cover" style="max-width: 83.875em;">
- <img class="w100" src="images/cover.jpg" alt="cover" />
-</div>
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="chap" />
-
-<div class="chapter">
-<p class="half-title">EL HOMBRE MEDIOCRE</p>
-
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
- <p class="p2 center big1">OBRAS DEL MISMO AUTOR</p>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>La Psicopatología en el arte.<br />
-La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)<br />
-La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)<br />
-Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)<br />
-Patología del lenguaje musical.<br />
-Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)<br />
-Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)<br />
-Criminología. (2.ª edición)<br />
-Sociología Argentina. (2.ª edición.)<br />
-Principios de Psicología Biológica.
-</p>
-
-
-<p class="center">EN PREPARACIÓN</p>
-
-<p>Hombres y cosas de mi tiempo.</p>
-</div>
-
-<div class="chapter">
- <p class="p2 center big2">JOSÉ INGENIEROS</p>
-</div>
-
-
-<h1>EL HOMBRE MEDIOCRE</h1>
-
-<div class="figcenter illowp62" id="ilotp" style="max-width: 12.4375em;">
- <img class="w100" src="images/ilotp.jpg" alt="tpage-ilo" />
-</div>
-
-<div class="box1">
-<p class="center p4 big1">RENACIMIENTO</p>
-<p><span style="margin-left: 6.0em;">MADRID</span> <span class="flright" style="padding-right: 0.5em;">BUENOS AIRES</span><br />
-<span style="margin-left: 5.6em;">Pontejos, 3</span> <span class="flright" style= "padding-right: 1.2em;">Libertad, 170</span></p>
-<p class="center">1913</p>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
-
-<div class="top10">
-<p class="border center">ES PROPIEDAD</p>
-</div>
-
-</div>
-
-<div class="top10">
-<hr class="full" />
-<p class="center">ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.&mdash;PONTEJOS 3</p>
-</div>
-
-
-<div class="chapter">
- <p class="p4 center big2" >ÍNDICE</p>
-</div>
-
-
-
-<table class="autotable" border="0" summary="">
-<tr>
-
-<td class="tdl">&nbsp;</td>
-<td class="tdl">Página</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LA MORAL DE LOS IDEALISTAS</td>
-</tr>
-
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. Las luces del camino.&mdash;II. Los visionarios de
-la perfección.&mdash;III. Los idealistas románticos.&mdash;IV.
-El idealismo experimental</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em; "><a href="#Page_5">5</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">EL HOMBRE MEDIOCRE</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. «¿Áurea mediocritas?»&mdash;II. Definición del hombre
-mediocre.&mdash;III. Función social de la mediocridad.&mdash;IV. La vulgaridad</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_39">39</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.&mdash;II.
-Los estigmas mentales de la mediocridad:.&mdash;III.
-La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.&mdash;IV. El éxito y la gloria</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_73">73</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LA MEDIOCRIDAD MORAL</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. El hombre honesto.&mdash;II. La moral de Tartufo.&mdash;III. Los tránsfugas de la honestidad.&mdash;IV. Los
-senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.&mdash;V. La santidad</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_107">107</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LOS CARACTERES MEDIOCRES</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. Hombres y sombras.&mdash;II. La domesticación de los mediocres: Gil Blas de Santillana.&mdash;III. La
- vanidad y el orgullo.&mdash;IV. La dignidad</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_159">159</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LA ENVIDIA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. La pasión de los mediocres.&mdash;II. Los sacerdotes del mérito.&mdash;III. Los roedores de la gloria.&mdash;IV.
-Un castigo dantesco</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_191">191</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LA VEJEZ NIVELADORA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. Las canas.&mdash;II. Etapas de la decadencia.&mdash;III. La bancarrota de los ingenios.&mdash;IV. La
- psicología de la vejez.&mdash;V. La virtud de la impotencia</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_215">215</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LA MEDIOCRACIA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. El clima de la mediocridad.&mdash;II. La política de las piaras.&mdash;III. Demagogos y aristarcos: Las
- dos fórmulas de la injusticia.&mdash;IV. La aristocracia del mérito: «La justicia en la desigualdad»</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_235">235</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. Las sombras del crepúsculo.&mdash;II. El trinomio mental del arquetipo.&mdash;III. La mortaja de la
-insignificancia</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_265">265</a> </td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdc">LOS FORJADORES DE IDEALES</td>
-</tr>
-
-<tr>
-<td class="tdl hang">I. El clima del genio.&mdash;II. El genio pragmático:
- Sarmiento.&mdash;III. El genio revelador: Ameghino.&mdash;IV. La moral del genio</td>
-<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_287">287</a> </td>
-</tr>
-
-</table>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_5"></a>[Pg 5]</span></p>
-</div>
-
- <h2 class="nobreak">LA MORAL DE LOS IDEALISTAS</h2>
-
-
-<div class="blockquot">
-<p>I.&mdash;<span class="smcap">LAS LUCES DEL CAMINO</span>&mdash;II. <span class="smcap">LOS VISIONARIOS DE LA
-PERFECCIÓN</span>&mdash;III. <span class="smcap">LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS</span>&mdash;IV. <span class="smcap">EL
-IDEALISMO EXPERIMENTAL.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">Las luces del camino.</span></h3>
-
-<p>Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella
-y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible,
-afanoso de perfección y rebelde á la mediocridad,
-llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es
-ascua sagrada, capaz de templarte para grandes
-acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende
-jamás. Y si ella muere en ti quedas inerte:
-fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula
-de ensueño que te sobrepone á lo real. Ella es el
-lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento.
-Innumerables signos la revelan&mdash;: cuando se te
-anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta
-á Sócrates, la cruz izada para Cristo ó la hoguera
-encendida á Bruno&mdash;; cuando te abstraes en lo
-infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de
-Montaigne ó un discurso de Helvecio&mdash;; cuando
-el corazón se te estremece pensando en la desigual
-fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente,
-el Romeo de tal Julieta y el Werther
-de tal Carlota&mdash;; cuando tus sienes se hielan de
-emoción al declamar una estrofa de Musset que
-rima acorde con tu sentir&mdash;; y cuando, en suma,
-admiras la mente preclara de los genios, la sublime
-virtud de los santos, la magna gesta de los
-héroes, inclinándote con igual veneración ante
-los creadores de Verdad ó de Belleza.</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_6"></a>[Pg 6]</span></p>
-
-
-<p>Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo,
-no sueñan frente á una aurora ó cimbran
-ante una tempestad; ni gustan de pasear con Dante,
-reir con Molière, temblar con Shakespeare,
-crujir con Wagner; ni enmudecen ante el David,
-la Cena ó el Partenón. Es de pocos esa inquietud
-de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando
-á filósofos, artistas y pensadores que fundieron
-en síntesis supremas sus visiones del ser y de
-la eternidad, volando más allá de lo Real. Los
-seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de
-ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la
-personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad:
-son idealistas.</p>
-
-<p>El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna
-perfección.</p>
-
-<p>Al poeta que definiera en esos términos, podría
-sintetizarlo así el filósofo: los Ideales son visiones
-que se anticipan al perfeccionamiento de la
-realidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_7"></a>[Pg 7]</span></p>
-
-
-<p>Sin ellos sería inexplicable la evolución humana.
-Los hubo y los habrá siempre. Palpitan detrás
-de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre
-ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la
-evolución de los individuos y las razas. La imaginación
-los enciende en continuo contraste con la
-experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la
-ley del devenir humano: la realidad, yerma de
-suyo, recibe vida y calor de los ideales, sin cuya
-influencia yacería inerte y los evos serían mudos.
-Los hechos son puntos de partida; los ideales son
-faros luminosos que de trecho en trecho alumbran
-la ruta. La historia es una infinita inquietud de
-perfecciones, que grandes hombres presienten ó
-simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la
-peregrinación humana, la mediocridad se revela
-por una incapacidad de ideales.</p>
-
-<p>Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.</p>
-
-<p>Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas
-pusieron en las «ideas absolutas», rígidas y
-aprioristas, nosotros oponemos un idealismo experimental
-que se refiere á los «ideales de perfección»,
-incesantemente renovados, plásticos, evolutivos
-como la vida misma.</p>
-
-<p>Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello.
-Ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes
-y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un
-siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado
-á la sórdida nivelación de todas las diferencias,
-siéntese en muchos el afán de rebelarse contra
-toda mediocridad plebeya: yerran los que miran
-<span class="pagenum"><a id="Page_8"></a>[Pg 8]</span>
-al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios
-muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que
-son su mortaja. Los ideales viven de la Verdad,
-que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno
-que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera,
-también, oponer á la imaginación de lo futuro
-la experiencia de lo presente, la Verdad al
-Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino
-para no desviarse de la meta. Es falso; la
-imaginación conduce por mano á la experiencia.
-Que, sola, no anda.</p>
-
-<p>La evolución humana es un perfeccionamiento
-continuo del hombre para adaptarse á la naturaleza,
-que evoluciona á su vez. Para ello necesita conocer
-la realidad ambiente y prever el sentido de
-las propias adaptaciones: los caminos de su perfección.
-Sus etapas refléjanse en la mente humana
-como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza
-son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles
-determinan su imaginación á concebir un perfeccionamiento
-posible: un Ideal.</p>
-
-<p>Son formaciones naturales. Aparecen cuando el
-pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación
-puede anticiparse á la experiencia. No son entidades
-misteriosamente infundidas en los hombres,
-ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos:
-son efectos de causas, accidentes en la
-evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se
-comprende. Nuestro sistema solar es un punto en
-el cosmos; en ese punto es un simple detalle el
-planeta que habitamos; en ese detalle la vida es
-<span class="pagenum"><a id="Page_9"></a>[Pg 9]</span>
-un transitorio equilibrio de la superficie; entre las
-complicaciones de ese equilibrio la especie humana
-data de un período brevísimo; en el hombre se
-desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento.
-Una de sus formas es la imaginación,
-que permite generalizar los datos de la experiencia,
-anticipando sus resultados posibles y abstrayendo
-de ella «ideales» de perfección.</p>
-
-<p>Así la filosofía científica, en vez de negarlos,
-afirma su realidad como formaciones naturales y
-los reintegra á su concepción monista del Universo.
-Un Ideal es un punto y un momento entre
-los infinitos posibles que pueblan el espacio y el
-tiempo.</p>
-
-<p>Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida
-por temperamentos predispuestos; las variaciones
-útiles tienden á conservarse. La imaginación
-abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes,
-elaborando ideas generales que permiten
-concebir el sentido probable de la evolución: así se
-elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos;
-son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella
-se empina la imaginación para prever el sentido en
-que varía la humanidad. Todo ideal representa un
-nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el
-porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba
-en sus elementos afectivos: influyen sobre
-nuestra conducta en la medida en que los creemos.
-Por eso la representación abstracta de las variaciones
-naturales del hombre adquiere un valor moral:
-las más provechosas á la especie son concebidas
-<span class="pagenum"><a id="Page_10"></a>[Pg 10]</span>
-como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica
-con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones
-anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta
-y son el instrumento natural de todo progreso
-humano. Mientras la instrucción se limita á extender
-las nociones que la experiencia actual considera
-más exactas, la educación consiste en sugerir
-los ideales que se presumen propicios á la
-perfección.</p>
-
-<p>El concepto de lo mejor está implicado en la
-vida misma, que tiende á perfeccionarse. Aristóteles
-enseñaba que la actividad es un movimiento
-del ser hacia la propia «entelequia»: su estado
-perfecto. Lo que existe tiende naturalmente á él
-y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos.
-Lo mismo que todas las funciones de la
-mente, la formación de ideales está sometida á un
-determinismo, que por ser complejo no es menos
-absoluto. No nacen de una libertad que escapa á
-las leyes de la psicología naturalista, ni de una
-razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas
-acerca de la perfección venidera. Lo
-futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive
-en la selección natural; los ideales son un
-«élan» hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones
-del devenir.</p>
-
-<p>Á medida que la cultura humana se amplía,
-observando la realidad, los ideales son modificados
-por la fantasía, que es plástica y no reposa
-jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas,
-aunque va retardada aquélla respecto de
-<span class="pagenum"><a id="Page_11"></a>[Pg 11]</span>
-ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces
-el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme;
-pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso
-no puede volar nunca. La imaginación es madre de
-toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección
-ella crea los ideales y les da impulso con
-el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío
-es un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene,
-prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar
-que es simple ilusión, debida á la ignorancia de
-causas innúmeras, no implica negar su eficacia.
-Las ilusiones tienen tanto valor como las verdades
-más exactas; pueden tener más que ellas, si son
-intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser
-libre nace del conflicto entre dos móviles irreductibles:
-la tendencia á perseverar en el ser, implicada
-en la herencia, y la tendencia á aumentar el
-ser, implicada en la variación. La una es principio
-de estabilidad, la otra de progreso.</p>
-
-<p>En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo
-perfeccionamiento tienda, hay un principio de
-síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen
-y se implican recíprocamente, aunque en
-algunos predomine el razonamiento y otros sean
-emocionales. La imaginación despoja á la realidad
-de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno,
-depurando la experiencia, cristalizándola en los
-moldes de perfección que concibe más puros. Los
-ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas
-de la realidad que deviene.</p>
-
-<p>Son siempre individuales. Un ideal colectivo es
-<span class="pagenum"><a id="Page_12"></a>[Pg 12]</span>
-la coincidencia de muchos individuos en un mismo
-afán de perfección. No es que una idea los acomune;
-su análoga manera de sentir y pensar está
-representada por un ideal común á todos ellos.
-Cada era, siglo ó generación, puede tener su ideal;
-suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo
-esfuerzo consigue imponerlo á las generaciones
-siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio;
-al principio, y mientras él va generalizando
-su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño
-núcleo de espíritus esclarecidos.</p>
-
-<p>Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los
-hombres le atribuyen: es una fe en la posibilidad
-misma de la perfección. Su protesta involuntaria
-contra lo malo revela siempre una esperanza
-indestructible en lo mejor; en su agresión al
-pasado fermenta una sana levadura de porvenir.</p>
-
-<p>No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre,
-como toda creencia. La intensidad con que
-tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva,
-sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta
-absurdamente la perfección venidera, es
-ideal para quien cree sinceramente en él.</p>
-
-<p>Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo.
-Los más vulgares diccionarios filosóficos lo
-sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que no
-debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente
-la existencia de temperamentos idealistas, aptos
-para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia
-ellas.</p>
-
-<p>Debe rehusarse el monopolio de los ideales á
-<span class="pagenum"><a id="Page_13"></a>[Pg 13]</span>
-cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas,
-sistemas de moral, credos de religión, fanatismos
-de secta ó dogmas de estética. La formación
-de ideales nace del temperamento individual,
-aparte de todo catecismo ó programa. Hay tantos
-idealismos como ideales; y tantos ideales como
-idealistas; y tantos idealistas como hombres ansiosos
-de perfección.</p>
-
-<p>El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas
-que desearían oponerlo al materialismo;
-ese equívoco se duplica al sugerir que la materia
-es la antítesis de la idea, después de confundir
-al ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual
-ó incorpórea. Se trata, en suma, de un
-juego de palabras, secularmente repetido por sus
-beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento
-de la Verdad puede animar con igual ímpetu
-al filósofo monista y al dualista, al místico y
-al ateo, al estoico y al pragmático. El particular
-ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección
-posible, antes que obstar al esfuerzo similar
-de los otros.</p>
-
-<p>Y es más estrecha la tendencia á confundir el
-«idealismo», que se refiere á los «ideales», con
-las tendencias filosóficas así denominadas porque
-oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas,
-ó presuponen que ellas son la realidad única, forjada
-por nuestra mente, como en el sistema hegeliano.
-«Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas»,
-aunque el mal uso induzca á ello.</p>
-
-<p>Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas
-<span class="pagenum"><a id="Page_14"></a>[Pg 14]</span>
-escuelas estéticas, porque todas las maneras del
-naturalismo y del realismo pueden constituir un
-ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel
-Ángel, Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo
-imaginativo de los que persiguen una ideal armonía
-de ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos,
-se equivale, siempre que su obra transparente
-un modo de belleza ó una original personalidad.</p>
-
-<p>No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo
-ético que tiende á monopolizar el culto de la
-perfección en favor de alguno de los fanatismos
-religiosos predominantes en cada época, pues sobre
-no existir un Bien ideal, difícilmente cabría
-en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo
-individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente
-concebido y realizado por el peripatético
-como por el cirenaico, por el cristiano como por
-el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo.
-Todos ellos pueden ser idealistas, si saben
-iluminarse en su doctrina. La perfección posible
-no es patrimonio de ningún credo: recuerda el
-agua de aquella fuente, citada por Platón, que no
-podía contenerse en ningún vaso.</p>
-
-<p>La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad
-de los ideales, en cada tiempo y lugar. En
-el curso de la vida social se seleccionan naturalmente;
-sobreviven los más adaptados al sentido de
-la evolución, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento
-efectivo. Mientras se ignora ese
-fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca
-<span class="pagenum"><a id="Page_15"></a>[Pg 15]</span>
-absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si
-es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede
-contener una parte de error, ó serlo totalmente: es
-una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo
-malo es carecer de ideales y esclavizarse á las
-contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.</p>
-
-<p>Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral
-el Bien y del arte la Belleza&mdash;formas preeminentes
-de toda excelsitud&mdash;no se concibe que puedan
-ser antagonistas. Los caminos de perfección son
-convergentes. Las formas infinitas del ideal son
-complementarias; jamás contradictorias, aunque lo
-parezca.</p>
-
-<p>Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre
-ó para la sociedad, su comprensión inmediata
-es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre
-el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la
-verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción
-ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas
-secularmente practicadas; es áspera cuando la
-imaginación pone mayor originalidad en el concepto
-y en la forma.</p>
-
-<p>Ese desequilibrio entre la perfección concebible
-y la realidad practicable, estriba en la naturaleza
-misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al
-espacio. De ese contraste legítimo no se infiere
-que los ideales pueden ser contradictorios entre
-sí, aunque sean heterogéneos y marquen el paso
-á desigual compás, según los tiempos: no hay una
-Verdad amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda
-ó nociva, ni tuvo el Bien sus raíces en el
-<span class="pagenum"><a id="Page_16"></a>[Pg 16]</span>
-error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos
-perfecciones imperfectas.</p>
-
-<p>Los ideales están en perpetuo devenir, como la
-realidad á que se anticipan. La imaginación los
-extrae de la naturaleza y de la experiencia; después
-de formados ya no están en ellas, son distintos
-de ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro.
-Y cuando la realidad evoluciona hacia un
-ideal antes previsto, la imaginación se aparta de
-nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa
-más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas
-de mayores», que dijo Baltasar Gracián.
-La realidad nunca puede igualarse al ensueño en
-la perpetua persecución de la quimera. El ideal es
-un «límite»: toda realidad es una dimensión «variable»
-que puede acercársele indefinidamente, sin
-alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se
-acerque á su «límite», se concibe que podría acercársele
-más.</p>
-
-<p>Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad
-presente. No los hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo
-implica abjurar su esencia misma, negando
-la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los
-viejos moralistas al creer que en su punto y momento
-convergían todo el espacio y todo el tiempo.
-Para la ética nueva, libre de esa grave falacia, es
-un postulado fundamental la relatividad de los
-ideales. Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento
-ilimitado.</p>
-
-<p>Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada
-en prejuicios absolutos. Y es falsa, por ignorancia
-<span class="pagenum"><a id="Page_17"></a>[Pg 17]</span>
-de la universal evolución. Y es contraria
-á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada
-momento y lugar la realidad varía; con esa variación
-se desplaza el punto de referencia de los ideales.
-Nacen y mueren, convergen ó se excluyen,
-palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes
-como los cerebros en que germinan ó
-arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un
-esquema final de perfección, tampoco lo hay de
-ideales humanos. Se forman por cambio incesante;
-cambian siempre; su cambio es eterno.</p>
-
-<p>Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay
-climas morales, horas, momentos, en que toda una
-raza, un pueblo, una clase, un partido, una secta,
-concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los
-hay en cada hombre.</p>
-
-<p>Hay, también, climas, horas y momentos en que
-los ideales se murmuran apenas ó se callan; la realidad
-ofrece inmediatas satisfacciones á los apetitos
-y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de
-perfección. Y cada época tiene ciertos ideales que
-interpretan mejor su porvenir, entrevistos por pocos,
-seguidos por el pueblo ó ahogados por su
-indiferencia, ora predestinados á orientarlo como
-polos magnéticos, ora á quedar latentes hasta encontrar
-su hora propicia. Y otros ideales mueren,
-porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja
-respecto de sí mismo, ó quimeras que las masas
-persiguen dando manotadas en la sombra.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_18"></a>[Pg 18]</span></p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">Los visionarios de la perfección.</span></h3>
-
-<p>Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho
-y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran
-Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos universos,
-dos razas, dos temperamentos: Hombres
-y Sombras. Seres desiguales no pueden pensar de
-igual manera. Siempre será evidente el contraste
-entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el
-ingenio, la hipocresía y la virtud. La imaginación
-dará á unos el impulso original hacia lo perfecto;
-la imitación organizará en otros los hábitos colectivos.
-Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.</p>
-
-<p>El perfeccionamiento humano se efectúa con
-ritmo diverso en las sociedades y en los individuos.
-La multitud posee una experiencia sumisa
-al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos
-elegidos varían, avanzando sobre el porvenir;
-al revés de Anteo, que tocando el suelo cobraba
-alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas
-en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible.
-Esos hombres, predispuestos á emanciparse
-de su rebaño, buscando alguna perfección más
-allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad
-del género no depende del contenido intrínseco
-de sus ideales, sino de su temperamento: se es
-idealista persiguiendo las quimeras más contradictorias,
-siempre que ellas impliquen un sincero
-afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus
-<span class="pagenum"><a id="Page_19"></a>[Pg 19]</span>
-afiebrados por algún ideal son adversarios de la
-mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas
-contra los apáticos, pasionales contra los
-calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos.
-Son alguien ó algo contra los que no son nadie ni
-nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee
-un sentido de las diferencias que le permite
-distinguir entre lo malo que observa y lo mejor que
-imagina. Los hombres mediocres son cuantitativos:
-pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen
-lo mejor de lo peor.</p>
-
-<p>Sin idealistas sería inconcebible la evolución de
-la humanidad. El culto del «hombre práctico», ceñido
-á las contingencias del presente, importa un
-renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza
-la rutina y nada crea hacia el porvenir;
-los imaginativos dan á la ciencia sus hipótesis, al
-arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia
-sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica
-de la humanidad; los prácticos no han hecho
-más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando en
-la sombra. Todo porvenir ha sido una creación
-de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo
-en infinita sucesión de ideales. Más ha hecho
-la imaginación construyendo sin tregua, que el
-cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva
-prudencia de los mediocres ha paralizado siempre
-las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir
-que la imaginación excluya la experiencia: ésta
-es útil, pero sin aquélla es estéril. Los idealistas
-aspiran á conjugar en su mente la inspiración y la
-<span class="pagenum"><a id="Page_20"></a>[Pg 20]</span>
-sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados
-por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción
-lírica y ésta les nubla la vista cuando observan
-la realidad. Del equilibrio entre la inspiración
-y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas,
-de una raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable
-para crear; esa chispa se enciende en
-la imaginación y la experiencia la convierte en hoguera.
-Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura
-intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces
-á la ignorancia, madrastra de obstinadas
-rutinas.</p>
-
-<p>La humanidad no llega hasta donde quieren los
-idealistas en cada perfección particular; pero siempre
-llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo.
-Un objetivo que huye ante ellos conviértese
-en estímulo para perseguir nuevas quimeras.
-Lo poco que pueden todos, depende de lo mucho
-que algunos anhelan. La mediocridad no poseería
-sus bienes presentes si algunos idealistas no los
-hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración
-de otros mejores.</p>
-
-<p>En la evolución humana los ideales mantiénense
-en equilibrio instable. Todo mejoramiento real
-es precedido por conatos y tanteos de pensadores
-audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al
-pasado, aunque sin la intensidad necesaria para
-violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre
-lo más concebido y lo menos realizado. Por eso
-los idealistas son forzosamente inquietos, como
-todo lo que vive, como la vida misma: contra la
-<span class="pagenum"><a id="Page_21"></a>[Pg 21]</span>
-tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad
-parece inercia de muerte. Esa inquietud se
-exacerba en los grandes hombres, en los genios
-mismos si el medio es hostil á sus quimeras, como
-es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales,
-informe bazofia de la humanidad.</p>
-
-<p>Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo
-mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de los
-enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud
-la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la
-espalda; nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente
-domesticados por la moral de las mediocracias:
-en ellos parece primavera la tibieza
-otoñal y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento
-de crepúsculo. Sólo hay juventud en los
-que persiguen con entusiasmo una perfección; por
-eso en los caracteres excelentes puede persistir
-sobre el apeñuscarse de los años. Nada cabe esperar
-de los hombres que entran á la vida sin afiebrarse
-por algún ideal; á los que nunca fueron
-jóvenes, paréceles descarriada toda soñadora inquietud.
-Y no se nace joven: hay que adquirir la
-juventud. Y sin un ideal no se adquiere.</p>
-
-<p>Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á
-los dogmatismos sociales que los oprimen. Resisten
-la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen
-de todo sistema, sienten el peso de la realidad que
-intenta domesticarlos, haciéndolos cómplices de
-los intereses creados, dóciles, maleables, solidarios,
-uniformes en la común mediocridad. El fanatismo
-igualitario pretende amalgamar á los individuos,
-<span class="pagenum"><a id="Page_22"></a>[Pg 22]</span>
-mediocrizándolos: detesta las diferencias,
-aborrece las excepciones, anatematiza al que
-se aparta en busca de una propia personalidad. El
-original, el imaginativo, el creador, atrae sus
-odios, los busca, los desafía, sabiéndolos terribles
-porque son irresponsables. Por eso todo idealista
-es una viviente afirmación de individualismo,
-aunque persiga una quimera social: puede vivir
-para los demás, nunca de los demás. Su independencia
-es una reacción hostil á todos los dogmatismos
-de rebaño. Concibiéndose incesantemente
-perfectibles, los temperamentos idealistas quieren
-decir en todos los momentos de su vida, como
-Quijote: «yo sé quién soy». Viven animados por
-este afán afirmativo. En sus ideales cifran su ventura
-suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean
-la pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse
-contra la realidad social, puede parecer desprecio,
-aislamiento, misantropía: la clásica «torre
-de marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto
-de la mediocridad. Diríase que para ellos
-dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: «Gusanos
-de seda somos, gusanillos que hilamos la
-seda de nuestras vidas y en el capullito de la seda
-nos encerramos para que el gusano muera y del
-capullo salga volando la mariposa».</p>
-
-<p>Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y
-debe ser lírico su idioma, como si desbordara la
-personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento
-sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no
-tiene firma. Jamás fueron tibios los genios, los
-<span class="pagenum"><a id="Page_23"></a>[Pg 23]</span>
-santos y los héroes. Para crear una partícula de
-Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un esfuerzo
-original y violento contra alguna rutina ó
-prejuicio, como para dar una lección de dignidad
-hay que desgoznar algún servilismo. Todo ideal
-es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas,
-si es menester, pues pronto se rebaja al
-refractarse en la mediocridad de los más. Frente
-á los que mienten con viles objetivos, la exageración
-de los idealistas es una verdad apasionada.
-La pasión es su atributo necesario, aun cuando
-parezca desviar de la verdad; lleva á la hipérbole,
-al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal
-es falso para quien lo profesa: es su verdad y él
-coopera á su advenimiento, con fe, con desinterés.
-El sabio busca la Verdad por buscarla y goza
-arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles
-ó peligrosos. Y el artista busca también la
-suya, porque la Belleza es una verdad animada
-por la imaginación, más que por la experiencia. Y
-el filósofo la persigue en el Bien, que es una recta
-lealtad de la conducta para consigo mismo y para
-con los demás. Tener un ideal es servir á su propia
-Verdad. Siempre.</p>
-
-<p>Algunos ideales se revelan como pasión combativa
-y otros como pertinaz obsesión; de igual
-manera distínguense dos tipos de idealistas, según
-predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El
-idealismo sentimental es romántico: la imaginación
-no es inhibida por la crítica y los ideales viven
-de sentimiento. En el idealismo experimental
-<span class="pagenum"><a id="Page_24"></a>[Pg 24]</span>
-los ritmos afectivos son encarrilados por la experiencia
-y la crítica coordina la imaginación: los
-ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde
-el uno á la juventud y el otro á la madurez. El
-primero es adolescente, crece, puja y lucha; el
-segundo es adulto, se fija, impone y defiende. El
-idealista perfecto sería romántico á los veinte
-años y estoico á los cincuenta; es tan anormal el
-estoicismo en la juventud como el romanticismo
-en la edad madura. Lo que al principio le enciende
-en pasión debe cristalizarle después en suprema
-dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.</p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">Los idealistas románticos.</span></h3>
-
-<p>Los idealistas románticos son exagerados porque
-son insaciables. Comprenden que todos los ideales
-contienen una partícula de utopía y pierden algo
-al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se
-integran como se piensan. En pocas cosas el hombre
-puede llegar al fin que la imaginación señala:
-su gloria está en marchar hacia él, siempre inalcanzado
-é inalcanzable. Después de iluminar su
-espíritu con todos los resplandores de la cultura
-humana, Goethe muere pidiendo más luz; y Musset
-quiere amar incesantemente después de haber
-amado, ofreciendo su vida por una caricia y su
-genio por un beso. Todos los románticos parecen
-preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito
-el poder humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad
-<span class="pagenum"><a id="Page_25"></a>[Pg 25]</span>
-de mil ojos, siempre atenta para no perder
-la más imperceptible titilación del mundo que
-la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa,
-artista, como si los nervios hubieran
-centuplicado su impresionabilidad. Su gesto sigue
-prontamente el camino de las nativas inclinaciones:
-entre diez partidos adoptan aquél subrayado
-por el latir más intenso de su corazón. Son dionisíacos.
-Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos
-activos sobre el medio social ó por una hostilidad
-contra todo lo que obstruye sus corazonadas
-y ensueños. Construyen sus ideales sin conceder
-nada á la realidad, rehusándose al contralor de la
-experiencia, agrediéndola si ella los contraría.
-Son ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse,
-accesibles al entusiasmo y á la ternura: con esa
-ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos
-ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda
-una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequívocas
-cuando la realidad los hiere con más saña.</p>
-
-<p>Todo romántico está por Quijote contra Sancho,
-por Cyrano contra Tartufo, por Stockmann contra
-Gil Blas: por cualquier ideal contra toda mediocridad.
-Prefiere la flor al fruto, presintiendo que
-éste no podría existir jamás sin aquélla. Los mercaderes
-y las turbas saben que la vida guiada por
-el interés brinda provechos materiales; los románticos
-creen que la suprema dignidad se incuba en
-el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal
-mujer vale más que cien tesoros de Golconda.</p>
-
-<p>Su elocuencia está en su corazón: disponen de
-<span class="pagenum"><a id="Page_26"></a>[Pg 26]</span>
-esas «razones que la razón ignora»&mdash;, como decía
-Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de
-los Musset y los Byron: estremece su estuosidad
-apasionada, ahoga como si una garra apretara el
-cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados,
-entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus protagonistas
-pueblan los insomnios juveniles, como
-si las describieran con una vara mágica entintada
-en el cáliz de una poetisa griega: Safo, por caso,
-la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre
-encendido, ardiente á veces. Escriben como
-hablan los temperamentos apasionados, con esa
-elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo
-ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece
-á las mujeres finas y hace un Don Juan de cada
-amador romántico. Son ellos los aristócratas del
-amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas.
-En vano se confabulan en su contra las embozadas
-hipocresías de la mediocridad sentimental, tan temerosa
-de las pasiones como desconfiada ante los
-ideales. Los espíritus zafios desearían inventar
-una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus
-inclinaciones y sentimientos; como no la poseen,
-prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga
-en los hombres que piden su vida en préstamo
-á la sociedad.</p>
-
-<p>El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones.
-Esquiva el amor como si fuera un abismo:
-ignora que él acrisola todas las virtudes y es el
-más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber
-aprendido á amar. Caricatura á este sentimiento
-<span class="pagenum"><a id="Page_27"></a>[Pg 27]</span>
-guiándose por las sugestiones de sórdidas
-conveniencias. Los demás le eligen las queridas y
-le imponen la esposa. Poco le importa la fidelidad
-de las primeras mientras le sirvan de adorno; nunca
-exige inteligencia en la otra, si es un escalón en
-su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio
-ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra
-infernal á Byron; habría quemado á Jorge
-Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale un
-poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha
-que Cristo pudo amar á la pecadora de Magdala.
-Cree firmemente que Werther, Jocelyn, Mimí,
-Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la
-imaginación de artistas enfermos. Aborrece la pasión
-honda y sentida; detesta los romanticismos
-sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la
-conquista comprometedora; evita que su corazón
-se enardezca en una osada aventura sin el consentimiento
-de los demás. Ignora las supremas virtudes
-del amor.</p>
-
-<p>En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el
-clima de la mediocridad, los idealistas se alinean
-contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el
-régimen dominante. Algunas veces, en nombre del
-romanticismo político, agitan un ideal plebocrático.
-Su amor á los esclavos es un disimulado encono
-contra los que oprimen su individualidad. Diríase
-que llegan hasta amar al siervo para protestar
-contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera
-del rebaño, sabiendo que en cada lacayo puede
-incubarse un burgués del porvenir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_28"></a>[Pg 28]</span></p>
-
-<p>En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su
-orientación varía con los tiempos y con las inclinaciones.
-Hay épocas en que más florece, como en el
-siglo de abastardamiento iniciado por la revolución
-francesa. Algunos románticos se creen providenciales
-y su imaginación se revela por un misticismo
-constructivo, como en Chateaubriand y Fourier,
-precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista,
-y seguidos por Marx, que fué un Rousseau
-judío. En otros el lirismo tiende, como en Byron y
-Ruskin, á convertirse en religión estética. En Mazzini
-y Kossouth toma color político. Habla en tono
-profético y trascendente por boca de Lamartine y
-de Hugo. En Stendhal acosa con ironía los dogmatismos
-sociales y en Vigny los desdeña amargamente.
-Se duele en Musset y se desespera en
-Amiel. Fustiga á la mediocridad con Flaubert y
-Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión
-abierta contra todo lo que amengua y domestica
-al individuo, como en Emerson, Stirner,
-Guyau, Ibsen ó Nietzsche.</p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">El idealismo experimental.</span></h3>
-
-<p>Las rebeldías románticas son embotadas por la
-experiencia: ella enfrena muchas nobles impetuosidades
-y da á los ideales mayor eficacia. Las lecciones
-de la realidad no matan al idealista: lo educan.
-Su afán de perfección tórnase más centrípeto
-y digno, busca los caminos propicios, aprende á
-<span class="pagenum"><a id="Page_29"></a>[Pg 29]</span>
-rehuir las asechanzas que la mediocridad le tiende.
-Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á
-su personal inquietud y los dogmatismos sociales
-cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo
-tórnase experimental. No pueden doblar la
-realidad á sus ideales, pero los defienden de ella,
-procurando salvarlos de toda mengua ó envilecimiento.
-Lo que antes se proyecta hacia fuera, polarízase
-en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una
-gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud
-realizado en la edad madura». Es inherente á
-aquélla la ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo
-la barrera que la separa de la mediocridad;
-cuando advierte que la mole no cae, atrinchérase
-en virtudes intrínsecas, custodiándolos, realizándolos
-en alguna medida, sin complicidades. El
-idealismo sentimental y romántico se transforma
-en idealismo experimental y estoico; la experiencia
-regula la imaginación, haciéndolo ponderado
-y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á
-la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se
-convierte en Idealismo apolíneo.</p>
-
-<p>Es natural que así sea. Los romanticismos no
-resisten á la experiencia crítica: si duran hasta
-pasados los límites de la juventud, su ardor no
-equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la
-avanzada edad en que Don Quijote emprende la
-persecución de su quimera. Es más lógico Don
-Juan, casándose á la misma altura en que Cristo
-muere; los personajes que Murger creó en la vida
-bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez.
-<span class="pagenum"><a id="Page_30"></a>[Pg 30]</span>
-No puede ser de otra manera. La acumulación
-de los contrastes acaba por coordinar la imaginación,
-orientándola sin rebajarla.</p>
-
-<p>Y si el idealista es una mente superior, su ideal
-asume formas definitivas: plasma la Verdad, la Belleza
-ó la Virtud en crisoles más perennes, tiende
-á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y
-su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga
-clásico. Todo clasicismo es una selección natural
-de ideales sobrevivientes á través de los siglos.</p>
-
-<p>Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión
-que les encumbren á la genialidad. Los más
-resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, cuyo
-determinismo no pueden modificar, esterilizan sus
-esfuerzos. De allí cierta aquiescencia á las cosas
-que no dependen del propio mérito, la tolerancia
-de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción
-exterior no se abajan ni contaminan: se apartan,
-se refugian en sí mismos, para encumbrarse
-en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo
-que corre murmurando, sin que en su murmullo
-se oiga un grito. Son los jueces de su época: ven
-de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado.
-Descubren á los omisos que se dejan opacar
-por el limo, á los que persiguen esos encumbramientos
-falaces con que las mediocracias oprobian
-á sus arquetipos.</p>
-
-<p>El idealista experimental mantiénese hostil á su
-medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es
-de abierta resistencia á la mediocridad organizada,
-resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo,
-<span class="pagenum"><a id="Page_31"></a>[Pg 31]</span>
-sin compromisos. Impórtale menos agredir el
-mal que consienten los otros y más le sirve estar
-libre para realizar toda perfección que sólo depende
-de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista».
-Son notorias las diferencias entre
-el individualismo doctrinario y el sentimiento individualista;
-el uno es teoría y el otro es actitud.
-En Spencer, la doctrina individualista se acompaña
-de sensibilidad social; en Bakounine, la doctrina
-social coexiste con una sensibilidad individualista.
-Es cuestión de temperamentos y no de
-ideas; aquél es la base del carácter. Todo individualismo
-es una actitud de revuelta contra los
-dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias;
-revela energías anhelosas de exparcirse y
-contenidas por mil obstáculos opuestos por el espíritu
-gregario. El individualista niega el principio
-de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata
-cualquiera imposición, desdeña las jerarquías independientes
-del mérito. Los partidos, sectas y facciones
-le son indiferentes por igual, sintiéndose
-extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las
-leyes escritas no han modificado nunca la mediocridad
-de quienes las admiran ni el sufrimiento de
-quienes las aguantan.</p>
-
-<p>Su ética difiere radicalmente de esos individualismos
-sórdidos que reclutan las simpatías de los
-mediocres. Hay dos morales egoístas. El digno
-elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el
-mediocre opta siempre por la inferior y se encuentra
-con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse;
-<span class="pagenum"><a id="Page_32"></a>[Pg 32]</span>
-éste se ausenta de los demás para zambullirse
-en la sombra. El individualismo es noble si
-un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una caída
-á más bajo nivel que la mediocridad misma.</p>
-
-<p>En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del
-evo cristiano, Aristipo anunció que la única regla
-de la vida era el placer máximo, buscado por todos
-los medios, como si la naturaleza dictara al
-hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia
-de ideal. La sensualidad, erigida en sistema, llevaba
-al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los
-cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma:
-sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio.
-Tal ética, practicada instintivamente por los escépticos
-y los depravados de todos los tiempos,
-no fué lealmente erigida en sistema después de
-entonces. El placer&mdash;como simple sensualidad
-cuantitativa&mdash;es absurdo é imprevisor; no puede
-sustentar una moral. Sería erigir á los sentidos en
-jueces. Deben ser otros. ¿Estaría la felicidad en
-perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo
-prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría
-á los apetitos ciegos. En vez del placer
-basto tendríase el deleite refinado, que prevé,
-coordina, prepara, goza antes é infinitamente más,
-pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces
-futuros en sabias alquimias de preparación. Los
-epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo
-refugia la dicha en los burdos goces materiales;
-Epicuro la encumbra en la mente, la idealiza por la
-imaginación. Para aquél valen todos los placeres
-<span class="pagenum"><a id="Page_33"></a>[Pg 33]</span>
-y se buscan de cualquier manera, desatados sin
-freno; para éste deben ser elegidos y dignificados
-por un sello de armonía. La originaria moral de
-Epicuro es toda refinamiento: su creador vivió una
-vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha
-y huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un
-saldo á favor del primero. Esa aritmética de las
-emociones no es incompatible con la dignidad, el
-ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales;
-permite practicarlas, si en ellas puede encontrarse
-una fuente de placer.</p>
-
-<p>En otra moral helénica encuentra sus moldes
-perfectos el idealismo experimental. Zenón dió á
-la humanidad una suprema doctrina de virtud heroica.
-La dignidad se identifica con el ideal: no
-conoce la historia más bellos ejemplos de conducta.
-Séneca, digno en la corte del propio Nerón,
-además de predicar con arte exquisito su doctrina,
-la aplicó con bello coraje en la hora extrema. Solamente
-Sócrates murió mejor que él, y ambos
-más dignamente que Jesús. Son las tres grandes
-muertes de la historia.</p>
-
-<p>La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto.
-Una convincente elocuencia de sofista caldeaba
-su palabra de liberto. Vivió como el más humilde,
-satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa
-sin puertas, entregado á meditar y educar, hasta
-el decreto que proscribió de Roma á los filósofos.
-Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende
-y lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie
-puede cohibirlo; lo demás está subordinado á
-<span class="pagenum"><a id="Page_34"></a>[Pg 34]</span>
-fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que depende
-de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he
-ahí la fórmula del idealismo experimental.</p>
-
-<p>Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer
-el mediocre. Si las resistencias en el camino de la
-perfección dependen de otros, conviene prescindir
-de ellas, como si no existiesen, y redoblar el
-esfuerzo enaltecedor. La realidad no tuerce ni
-desvía á los idealistas, aunque los obste ó retarde.
-Deseando influir sobre cosas que de él no dependen,
-encontraría obstáculos en todas partes; contra
-esa hostilidad de su ambiente sólo puede rebelarse
-la imaginación. El que sirve á un Ideal, vive
-de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni
-le impedirá ascender hacia su ensueño.</p>
-
-<p>Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia
-solamente á participar del mal. Su asentimiento
-no es apatía ni inercia. Apartarse no es
-morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como
-lo fué en Marco Aurelio, nunca igualado en regir
-destinos de pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas
-más hondas de Renán y las más líricas de
-Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su
-estoicismo es más propicio para templar caracteres
-que para consolar corazones. Con él alcanzó el
-pensamiento antiguo su más tranquila nobleza.
-Entre perversos é ingratos que le circuían, enseñó
-á dar sus racimos, como la viña, sin reclamar precio
-alguno, preparándose para cargar otros en la
-vendimia futura. Los idealistas son hombres de su
-estirpe, ignoran el bien que hacen á la mediocridad,
-<span class="pagenum"><a id="Page_35"></a>[Pg 35]</span>
-su enemiga. Cuando arrecia el encanallamiento
-de los rebaños, cuando más sofocante tórnase
-el clima de las mediocracias, ellos crean un
-nuevo ambiente moral, sembrando ideales: una
-nueva generación, aprendiendo á amarlos, se ennoblece.
-Frente á las burguesías afiebradas por
-remontar el nivel del bienestar material,&mdash;ignorando
-que su mayor miseria es la falta de cultura,&mdash;ellos
-concentran sus esfuerzos para aquilatar
-el respeto de las cosas del espíritu y el culto de
-todas las originalidades descollantes. Mientras la
-vulgaridad obstruye las vías del genio, de la santidad
-y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre
-á restituirlas, preparando el advenimiento
-de esas horas fecundas que caracterizan la resurrección
-de las razas: el clima del genio.</p>
-
-<p>Toda ética idealista transmuta los valores y
-eleva el rango del mérito; las virtudes y los vicios
-trocan sus matices, en más ó en menos, creando
-equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de
-todos los moralistas: su originalidad está en cambios
-de tono que modifican las perspectivas de un
-cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á
-la mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres
-dignos afirman su vehemencia de ideal.
-Una mediocracia sin ideales,&mdash;como un individuo
-ó un grupo,&mdash;es vil y escéptica, cobarde: contra
-ella cultivan hondos anhelos de perfección. Frente
-á la ciencia hecha oficio, la Verdad como un culto;
-frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud
-desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios,
-<span class="pagenum"><a id="Page_36"></a>[Pg 36]</span>
-la Armonía inmarcesible de la línea, de
-la forma y del color; frente á las complicidades de
-la política mediocrática, las máximas expansiones
-del Individuo dentro de cada sociedad.</p>
-
-<p>Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan
-su voz. Una ciencia, un arte, un país, una raza, estremecidos
-por su eco, salen de su cauce habitual.
-El Genio es un guión que pone el destino entre
-dos párrafos de la historia. Si aparece en los orígenes,
-crea ó funda; si en los resurgimientos, transmuta
-ó desorbita. En ese instante remontan su
-vuelo todos los espíritus superiores, templándose
-en pensamientos altos y para obras perennes.</p>
-
-<p>En el vaivén eterno de las eras el porvenir es
-siempre de los visionarios. La interminable contienda
-entre el idealismo y la mediocridad tiene
-su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno
-sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca
-mano de orfebre plasmó un concepto más sublime:
-Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo
-cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus
-pies alados. Cuando los temperamentos idealistas
-se detienen ante el prodigio de Benvenuto, anímase
-el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan
-palabras perceptibles. Dice á los jóvenes
-que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea
-ilusorio el resultado; que nunca hay error en seguir
-su temperamento y pensar con el corazón, si
-ello contribuirá á crear una personalidad firme;
-que todo germen de romanticismo debe alentarse,
-para enguirnaldar de aurora la única primavera
-<span class="pagenum"><a id="Page_37"></a>[Pg 37]</span>
-que no vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras
-canas salpican de otoño sus más vehementes
-quimeras, instígalos á custodiar sus ideales
-bajo el palio de la más severa dignidad, frente á
-las tentaciones que conspiran para encenagarlos
-en la Estigia donde se abisman los mediocres.</p>
-
-<p>Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo
-decapitara á la Mediocridad, entregando su
-cabeza al juicio de los siglos.</p>
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_38"></a>[Pg 38]</span></p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_39"></a>[Pg 39]</span></p>
-
-
-<div class="chapter">
- <h2 class="nobreak">EL HOMBRE MEDIOCRE</h2>
-</div>
-</div>
-
-<p class="right" style="padding-right: 2em;">«<i lang="it" xml:lang="it">Cacciarli i ciel per non esser men belli,<br />
-Né le profondo Inferno li riceve...</i>»</p>
-
-<p class="p1 right" style="padding-right: 2em;"><span class="smcap">Dante.</span> <cite>Inferno.</cite> Canto III.</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="p2">I. «¿<span class="smcap">ÁUREA MEDIOCRITAS</span>?»&mdash;II. <span class="smcap">DEFINICIÓN DEL HOMBRE
-MEDIOCRE.</span>&mdash;III. <span class="smcap">FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.</span>&mdash;IV.
-<span class="smcap">LA VULGARIDAD.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I. «¿<span class="smcap">Áurea mediocritas</span>?»</h3>
-
-<p>Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se
-asombra ante la naturaleza que le envuelve. La penumbra
-se espesa, el color de las cosas se uniforma
-en el gris homogéneo de las siluetas, la primera
-humedad crepuscular levanta de todas las hierbas
-un vaho de perfume, aquiétase el rebaño para
-prepararse al sueño, la remota campana tañe su
-aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana
-claridad lunar se emblanquece; algunas estrellas
-inquietan con su titilación el firmamento y
-un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas
-<span class="pagenum"><a id="Page_40"></a>[Pg 40]</span>
-parece conversar de misteriosos temas. Sentado
-en la piedra menos áspera que encuentra al
-borde del camino, el pastor contempla y enmudece,
-invitado á meditar por la convergencia del sitio
-y de la hora. Su admiración primitiva es simple
-estupor. La poesía natural que le rodea, al reflejarse
-en su imaginación, no se convierte en poema.
-Él es, apenas, un objeto en el cuadro, una
-pincelada: como la piedra, el árbol, la oveja, el camino;
-un accidente en la penumbra. Para él todas
-las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo,
-desde la tierra que pisa hasta el rebaño que
-apacienta.</p>
-
-<p>La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza
-de ingenuo pastor: no entendería el idioma
-de quien le explicara la evolución del universo ó
-de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle
-eternamente invariables; su obtusa imaginación
-no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el
-estrecho horizonte de su experiencia constituye el
-límite forzoso de su mente. No puede formarse un
-ideal. Encontrará en los ajenos una chispa capaz
-de encender su fanatismo; será sectario, puede
-serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no
-advertirá siquiera la ironía de cuantos le invitan á
-arrebañarse en nombre de ideales que puede servir,
-no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres,
-sólo es pensado por pocos visionarios
-que son sus amos. Para concebir una perfección
-es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos
-pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven
-<span class="pagenum"><a id="Page_41"></a>[Pg 41]</span>
-de dogmas que otros les imponen, esclavos de fórmulas
-invariables, paralizadas por la herrumbre
-del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y
-de toda cumbre. Individualmente son hombres que
-no existen. No inspiran simpatías ni rencores acentuados.
-No admiran ni espantan. Sería difícil decidir
-qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente
-no obstan á los caracteres originales: su
-existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo
-como sombras insubstanciales, temiendo que alguien
-pueda reprocharles esa osadía de existir en
-vano, como contrabandistas de la vida.</p>
-
-<p>Y lo son. Aunque los hombres carecemos de
-misión transcendental sobre la tierra, en cuya superficie
-vivimos por igual motivo que la rosa y el
-gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca
-nuestra existencia: los más altos placeres son inherentes
-á proponerse una perfección y perseguirla.
-Las existencias vegetativas no tienen biografía:
-no vive el que no deja rastros en las cosas ó
-en los espíritus. La vida sólo vale por el uso que
-de ella hacemos, por las obras que realizamos. No
-ha vivido más el que cuenta más años, sino el que
-ha sentido mejor algún ideal; las canas denuncian
-la vejez, pero no dicen cuánta juventud la
-precedió. La medida justa del hombre está en la
-duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio
-de quienes las hacen sobrevivientes á los
-siglos, y por ellas se mide. El poder que se maneja,
-los favores que se mendigan, el dinero que se
-amasa, las dignidades que se consiguen, tienen
-<span class="pagenum"><a id="Page_42"></a>[Pg 42]</span>
-cierto efímero valor para los apetitos del mediocre.
-Pero hay algo que embellece los placeres y
-califica la vida del idealista: la afirmación de la
-propia personalidad y la cantidad de hombría aquilatada
-en la dignificación de nuestro yo. Vivir es
-aprender, para ignorar menos; es amar, para
-vincularnos á una parte mayor de humanidad; es
-admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza
-y de los hombres; es un esfuerzo por
-mejorarse, un incesante afán de elevación hacia
-ideales definidos. Muchos nacen; pocos viven. Los
-hombres mediocres son innumerables y vegetan
-moldeados por su rebaño, como cera fundida en el
-cuño social. Su moralidad exigua y su inteligencia
-acorchada sujétanles á perpetua disciplina del
-pensar y de la conducta; su existencia es puramente
-negativa como unidades sociales. Sirven
-de cemento ó cañamazo para sostener á los que
-viven y piensan.</p>
-
-<p>Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios
-colectivos: el mediocre es áptero, no puede volar.
-Forma legión. Desgóznase cada uno hasta acomodarse
-á la conducta común de la grey; está bien
-mediocrizado cuando ningún rasgo permite individualizarlo.
-Al clasificar los caracteres humanos
-en sensitivos y activos, Ribot comprendió la necesidad
-de separar los mediocres, cuya característica
-es no tener ninguna: «indiferentes», viven
-sin que se advierta su existencia. Son productos
-adventicios del medio, de las circunstancias,
-de la educación que reciben, de las personas
-<span class="pagenum"><a id="Page_43"></a>[Pg 43]</span>
-y las cosas que los rodean. La sociedad piensa y
-quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No
-hay líneas definidas ni en su propia sombra: es
-una penumbra.</p>
-
-<p>En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos
-sublimes, como en el océano; en los mediocres
-la superficie dilátase en quietud imperturbable,
-como en las ciénagas. Son el lastre de la
-sociedad: es su destino oponerse al impulso de
-los originales. Hay en el fondo de su psicología
-una espesa pincelada gris. La falta de personalidad
-los hace igualmente incapaces de bien y de
-mal, si de su iniciativa depende. Desfilan á hurtadillas,
-inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo
-en tedios su insipidez tranquila, vegetando
-en la sociedad que ignora su existencia: ceros
-á la izquierda que nada califican y para nada
-cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder
-á la más leve presión, sufrir todas las influencias,
-altas y bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente
-arrastrados á la altura por el más leve céfiro ó
-revolcados por la ola menuda de un arroyuelo.
-Barcos de amplio velamen, pero sin timón, no saben
-adivinar su propia ruta: ignoran si irán á varar
-en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados
-contra un escollo.</p>
-
-<p>Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos
-uno solo que se conociera; si lo halláramos
-sería un original, por el simple hecho de enrolarse
-en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna
-virtud, cierto talento ó un firme carácter? Muchos
-<span class="pagenum"><a id="Page_44"></a>[Pg 44]</span>
-cerebros torpes se envanecen de su testarudez,
-confundiendo esa cualidad mediocre con la
-firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones
-se jactan de su bigardía y desvergüenza, equivocándolas
-con el ingenio; los serviles y los parapocos
-pavonéanse de honestos, como si la incapacidad
-del mal pudiera en caso alguno confundirse
-con la virtud. Prescindiendo, pues, de la
-buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo,
-estudiaremos la mediocridad objetivamente,
-en sus aspectos fundamentales.</p>
-
-<p>Ningún hombre es excepcional en todas sus
-aptitudes; pero son mediocres, á carta cabal, los
-que no descuellan en ninguna.</p>
-
-<p>Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de
-rodearnos. Aunque aisladamente no merezcan
-atención, en conjunto son instructivos.</p>
-
-<p>Desfilan bajo nuestro lente como simples casos
-de historia natural, con tanto derecho como los
-genios y los imbéciles. Existen: hay que estudiarlos.
-El moralista dirá si la mediocridad es buena
-ó mala; al psicólogo le es indiferente: observa los
-caracteres, los describe, los compara y los clasifica,
-de igual manera que otros naturalistas observan
-fósiles ó mariposas.</p>
-
-<p>Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta
-grados hay mediocridad; en la escala de la
-inteligencia humana el hombre mediocre es el claro-obscuro
-entre el talento y la estulticie. No diremos,
-por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio
-no dijo «<em>áurea mediocritas</em>» en el sentido
-<span class="pagenum"><a id="Page_45"></a>[Pg 45]</span>
-general y absurdo que proclaman los incapaces de
-sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por
-sus obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo
-en la tranquilidad y en la independencia el mayor
-bienestar del hombre, enalteció los goces de
-un pasable vivir que dista por igual de la opulencia
-y de la miseria, llamando áurea á esa mediocridad
-material. En cierto sentido epicúreo, su
-sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio
-árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es
-preferible á la opulencia llena de preocupaciones.»
-Pero inferir de ello que la mediocridad moral, intelectual
-y de carácter, es digna de respetuoso homenaje,
-implica torcer la intención misma de Horacio:
-en versos memorables menospreció á los
-poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio
-á cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se
-subvierte el sentido del «<em>áurea mediocritas</em>» clásico?
-¿Por qué ese afán de suprimir desniveles entre
-los hombres y las sombras, como si rebajando
-un poco á los excelentes y amerengando un poco
-á los mediocres se amenguaran las desigualdades
-creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar
-la claridad y la tiniebla, confundiendo en
-una misma penumbra á los transparentes y á los
-opacos.</p>
-
-<p>La originalidad les parece herética. Todo perdonan
-menos esa herejía: ser original es una cosa
-detestable. Los que tal sentencian inclínanse á
-confundir el sentido común con el buen sentido,
-como si enmarañando la significación de los vocablos
-<span class="pagenum"><a id="Page_46"></a>[Pg 46]</span>
-se pudiera babelizar las ideas correspondientes.
-Afirmemos el antagonismo. El sentido común
-es colectivo, eminentemente plebocrático; el
-buen sentido es individual, prerrogativa de la más
-absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa insalvable
-heterogeneidad nace la intolerancia de los
-rutinarios frente á cualquier destello original: estrechan
-sus filas para defenderse, como si fuera
-crimen la desigualdad. En vano las mediocracias
-resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado
-fundamental de la psicología. Las costumbres
-y las leyes pueden establecer derechos comunes
-á todos los hombres: éstos serán siempre
-tan desiguales como las olas que erizan la superficie
-de un Océano.</p>
-
-<p>En la lucha de la mediocridad contra los ideales,
-de lo vulgar contra lo excelente, confúndese
-el elogio á lo subalterno con la difamación á lo
-conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven
-por igual á los espíritus arrocinados. Las mediocracias
-contemporáneas tejen su sorda telaraña
-en torno de los genios, los santos y los héroes, velando
-su gloria ante la multitud: ciérrase el corral
-cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo
-inequívoco de un águila.</p>
-
-<p>La desigualdad humana no es un descubrimiento
-moderno. Plutarco escribió, ha siglos, que
-«los animales de una misma especie difieren menos
-entre sí que unos hombres de otros». (<cite>Obras
-morales</cite>, vol. 3.) Montaigne suscribió esa opinión:
-«Hay más distancia entre tal y tal hombre, que<span class="pagenum"><a id="Page_47"></a> [Pg 47]</span>
-entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más
-excelente animal está más próximo del hombre
-menos inteligente, que éste último de otro hombre
-grande y excelente». (<cite>Ensayos</cite>, vol. I. cap. XLII.)
-Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática,
-los psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad
-humana; ella será en el porvenir tan absoluta
-como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne.</p>
-
-<p>Hay hombres mentalmente inferiores al término
-medio de su raza, de su tiempo y de su clase social;
-también los hay superiores. Entre unos y otros
-fluctúa una gran masa imposible de caracterizar
-por inferioridades ó excelencias.</p>
-
-<p>Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres
-arrebañados; el arte los desdeña por incoloros;
-la historia no sabe sus nombres. Son poco
-interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista
-definida, la pincelada firme, el rasgo característico.
-De igual desdén les cubren los moralistas; no
-merecen el desprecio, fustigador de perversos,
-ni la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en
-conjunto, pueden estudiarse. Son los puntales de
-la mediocridad, constituyen un régimen, representan
-un sistema especial de intereses inconmovibles;
-ellos subvierten la tabla de los valores morales,
-falsean nombres, desvirtúan conceptos: pensar
-es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es
-lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración
-una imprudencia, la pasión una ingenuidad,
-la virtud una estupidez...</p>
-
-<p>Sustraídos á la curiosidad del sabio por la cora<span class="pagenum"><a id="Page_48"></a> [Pg 48]</span>za
-de su insignificancia, fortifícanse en la cohesión
-del total. Aunque privados de ese impulso que se
-resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que es
-la vida misma, la complicidad del régimen suple
-muchas lagunas de sus biografías, disputándolas al
-anónimo. Pero en vano: si el deseo de la gloria
-entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje
-mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato
-y conserva el nombre del retratista; y cuando
-sus lacayos le costean un bronce, debajo del verdín
-que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores,
-como si un pudor incontenible lo encendiera
-internamente.</p>
-
-<p>Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes
-á la perfección, ciegos á los astros. Existe
-una vastísima bibliografía de inferiores é insuficientes,
-desde el criminal y el delirante hasta el
-retardado y el idiota; hay, también, una rica literatura
-consagrada á estudiar el genio y el talento,
-amén de que historia y arte convergen á mantener
-su culto. Unos y otros son, empero, excepciones.
-Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento
-ni el imbécil. El hombre común, el que nos
-rodea á millares, el que prospera y se reproduce en
-el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado,
-no asombra al observador, pero su conjunto es
-omnipotente en ciertos momentos de la historia:
-cuando reina el clima de la mediocridad.</p>
-
-<p>Toca al psicólogo disecar su mente con firme
-escalpelo, como á los cadáveres el profesor eternizado
-por Rembrandt en la «Lección de Anatomía»:<span class="pagenum"><a id="Page_49"></a> [Pg 49]</span>
-sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas
-mismas de la naturaleza humana y se acarminan
-de emoción sus labios al transfundir serenamente
-la verdad en cuantos le rodean. Tiene la
-firmeza del que sólo confía en su propia mano para
-consumar la obra. ¿Por qué no tendemos al hombre
-mediocre sobre nuestra mesa de autopsias, hasta
-saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para
-qué sirve?</p>
-
-<p>La etopeya del hombre mediocre constituirá un
-capítulo básico de la psicología y de la moral.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">Definición del hombre mediocre.</span></h3>
-
-<p>La mediocridad es una ausencia de características
-personales que permitan distinguir al individuo
-en su sociedad. Ésta ofrece á todos un mismo
-fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta
-reunir cien hombres para que ellos coincidan en
-lo impersonal: «Juntad mil genios en un Concilio
-y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras
-la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es
-el bajo nivel de las opiniones colectivas.</p>
-
-<p>Mediocre no significa normal ni equilibrado. El
-hombre normal no existe. No puede existir: nuestra
-especie evoluciona sin cesar y sus cambios
-opéranse desigualmente en numerosos agregados
-sociales, distintos entre sí. El hombre normal en
-una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años
-no lo sería hoy, ni en el porvenir.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_50"></a>[Pg 50]</span></p>
-
-
-<p>Si pudiera medirse la mentalidad humana, los
-valores individuales graduaríanse en escala continua,
-de lo bajo á lo alto. Entre los tipos extremos
-existe una masa compacta de sujetos, más ó menos
-similares, coincidentes en los términos centrales
-de la serie; en vano buscaríamos allí al representante
-del llamado «Hombre normal». Aristóteles
-intentó dar con él; siglos más tarde la peregrina
-ocurrencia reapareció en el torbellinesco espíritu
-de Pascal.</p>
-
-<p>Quételet pretendió formular una doctrina científica
-acerca del «Hombre medio»: su ensayo es
-una burda exageración del abusado <em>in medio stat
-virtus</em>. No incurriremos, pues, en el yerro de creer
-que los hombres mediocres pueden reconocerse
-por atributos que serían un término medio de los
-observados en la especie humana. En ese sentido
-es un producto de estadística, sin corresponder á
-ningún individuo de existencia real.</p>
-
-<p>Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía
-á una síntesis estadística de la especie, Morel
-lo consideró un ejemplar de la «edición princeps»
-de la Humanidad, lanzada á la circulación por el
-Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo,
-que el espíritu humano se complace en forjar
-como la obra maestra de la creación, es un hecho
-conforme con nuestras creencias; la degeneración
-humana sólo es concebible como desvío
-de un tipo primitivo, que contenía en sí los elementos
-de la continuidad de la especie.» Partiendo
-de tal concepto, Morel definía la degeneración,<span class="pagenum"><a id="Page_51"></a> [Pg 51]</span>
-en todas sus formas, como una divergencia patológica
-del perfecto ejemplar originario. De eso al
-culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse,
-felizmente, de tal prejuicio los antropólogos
-contemporáneos. El hombre&mdash;decimos ahora&mdash;es
-un animal que evoluciona en las edades
-más recientes del planeta; no fué creado perfecto
-en su origen, ni consiste su perfección en volver
-á sus formas ancestrales.</p>
-
-<p>El concepto de la normalidad humana es relativo
-á determinado ambiente social: es abstracto. Conviene
-afirmar, bien alto y en todos los tonos, que
-hombre mediocre no significa, concretamente,
-hombre equilibrado: la inercia no es un equilibrio.
-La mediocridad no es una complicada resultante
-de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir á
-los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe,
-con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos
-cargados no puede compararse con la quietud de
-una balanza vacía. El hombre mediocre no es un
-modelo, sino una sombra; si hay peligros en la
-idolatría de los héroes y los hombres representativos,
-á la manera de Emerson ó Carlyle, más los
-hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad
-con la normalidad, señalando como una
-aberración ó un crimen toda excelencia del carácter,
-de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado
-este grave yerro, pintando al hombre medio
-con rasgos precisos: «Es dócil, acomodaticio á todas
-las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á
-todas las temperaturas de un día variable, avisa<span class="pagenum"><a id="Page_52"></a> [Pg 52]</span>do
-para los negocios, resistente á las combinaciones
-de los astutos; pero dislocado de su mediocre
-esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas,
-él se derrumba siempre, en seguida, precisamente
-porque es un equilibrista y no lleva en sí
-las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa
-equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del
-hombre mediocre equilibrado y del genio desequilibrado.»</p>
-
-<p>En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio
-del mediocre opérase entre cualidades poco
-dignas de admiración; su resultante es capaz de
-amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez,
-recibió Lombroso un telegrama decididamente
-norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario,
-y solicitaba una extensa respuesta telegráfica
-á la pregunta presentada con la sugerente recomendación
-de un cheque: ¿Cuál es el hombre
-normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los
-lectores. Lejos de alabar sus virtudes, hacía un
-cuadro de caracteres negativos y estériles: «buen
-apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á
-sus costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso
-de toda autoridad, animal doméstico.» <em>Fruges
-consumere natus</em>, que dijo el poeta latino.</p>
-
-<p>Con ligeras variantes, esa definición evoca la
-que dió Víctor Hehn del «filisteo» alemán: «Producto
-de la costumbre, desprovisto de fantasía,
-ornado por todas las virtudes de la mediocridad,
-llevando una vida honesta gracias á la moderación
-de sus exigencias, perezoso en sus concepciones<span class="pagenum"><a id="Page_53"></a> [Pg 53]</span>
-intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora
-todo el fardo de prejuicios que heredó de
-sus antepasados.» En estas líneas refléjanse las
-invectivas, ya clásicas, del poeta Heine contra la
-mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por
-su parte, Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió
-el perfecto filisteo como un ser que se deja
-engañar por las apariencias y toma en serio todos
-los dogmatismos sociales: constantemente ocupado
-en someterse á las farsas mundanas.</p>
-
-<p>Existen varias definiciones del hombre mediocre,
-de carácter moral ó estético. Para algunos, la
-mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar
-las más altas cualidades del ingenio; para
-otros, sería la inclinación á pensar á ras de tierra.
-Mediocre correspondería á «burgués», por contraposición
-á «artista»; Flaubert lo definió como
-«un hombre que piensa bajamente». Juzgada
-con ese criterio, su personalidad parece detestable.
-Tal resulta en la magnífica silueta de
-Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó
-á admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre
-del imbécil; éste ocupa un extremo del mundo
-y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el
-centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política
-ó en literatura, se llama un ecléctico ó un
-justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que
-es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo;
-el hombre mediocre es justo-medio sin sospecharlo.
-Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter,
-no por accidente. En todo minuto de su vida,<span class="pagenum"><a id="Page_54"></a> [Pg 54]</span>
-y en cualquier estado de ánimo, será siempre mediocre.
-Su rasgo característico, absolutamente
-inequívoco, es su deferencia por la opinión de los
-demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga á
-los hombres como los oye juzgar. Reverenciará á
-su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará
-á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su
-criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones
-son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa
-definición descriptiva,&mdash;análoga á las que repitiera
-Barbey D'Aurevilly&mdash;, posee muy sugestiva elocuencia,
-pero no es satisfactoria.</p>
-
-<p>El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso,
-corresponde al «filisteo» de Heine, de Schopenhauer
-y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués»
-antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly.
-Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones
-no precisan gran cosa desde el punto de vista
-psicológico y social; conviene buscar una más exacta
-é inequívoca, abordando el problema por otros
-caminos.</p>
-
-<p>No obstante sus infinitas diferencias, existen
-grupos de hombres que pueden englobarse dentro
-de tipos similares; tales clasificaciones, simplemente
-aproximativas, constituyen la ciencia
-de los caracteres humanos, la «etología.» Los antiguos
-fundábanla sobre los temperamentos; los
-modernos buscan sus bases en la preponderancia
-de ciertas funciones psicológicas.</p>
-
-<p>Esas clasificaciones, admisibles desde algún
-punto de vista especial, son insuficientes para el<span class="pagenum"><a id="Page_55"></a> [Pg 55]</span>
-nuestro. Si observamos cualquier rebaño humano,
-el rango de los hombres que lo componen resulta
-siempre «relativo» al conjunto: es un valor social.
-Ése es el nudo del problema. Cada hombre es
-el producto de dos factores: la herencia y la
-educación. La primera tiende á proveerle de
-los órganos y las funciones mentales que le transmiten
-las generaciones precedentes; la segunda
-es el resultado de las múltiples influencias del
-medio social en que el individuo está obligado á
-vivir. La acción educativa es una adaptación de
-las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva:
-una continua aclimatación del individuo en
-la sociedad.</p>
-
-<p>El niño desarróllase como un animal de la especie
-humana, hasta que empieza á distinguir las cosas
-inertes de los seres vivos y á reconocer entre
-éstos á sus semejantes. Su experiencia individual
-es, entonces, coadyuvada por las personas que le
-rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia
-del medio. Desde ese momento evoluciona
-como un miembro de su sociedad y sus hábitos
-se organizan mediante la imitación. El hombre incapaz
-de imitar no alcanza cierto nivel, permanece
-«inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si
-la imitación desempeña un papel amplísimo, casi
-exclusivo, en la formación de la personalidad, actuando
-por un verdadero mimetismo social, la invención
-produce, en cambio, las variaciones individuales.
-Aquélla es conservadora y actúa creando
-hábitos; ésta es evolutiva y se desarrolla<span class="pagenum"><a id="Page_56"></a> [Pg 56]</span>
-mediante la imaginación. Todos no pueden inventar
-ó imitar de la misma manera; esas aptitudes se
-ejercitan sobre la base de cierta capacidad congénita,
-recibida mediante la herencia psicológica.
-La adaptación del individuo á su medio depende
-del equilibrio entre lo que imita y lo que inventa.</p>
-
-<p>La variación individual determina la originalidad,
-rompiendo las coyundas de la rutina. Variar
-es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter
-propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema,
-al fin, de que no se vive como simple reflejo de los
-demás. El símbolo del hombre mediocre es la paciencia
-imitativa; del hombre superior, la imaginación
-creadora. El mediocre aspira á confundirse
-en los que le rodean; eso lo sobrepone al inferior
-inadaptable. El original aspira á diferenciarse de
-los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en
-virtudes ó en acción. Mientras el mediocre se concreta
-á pensar con la cabeza de la sociedad, el original
-aspira á pensar con la propia. En ello estriba
-la desconfianza con que es mirado por los mediocres:
-nada les parece tan peligroso como un hombre
-que aspira á pensar con su cabeza.</p>
-
-<p>Podemos ya recapitular. Considerando á cada
-hombre con relación á su medio, tres elementos
-concurren á formar su personalidad: la herencia
-biológica, la imitación social y la variación individual.</p>
-
-<p>Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie
-los elementos para adquirir una «personali<span class="pagenum"><a id="Page_57"></a> [Pg 57]</span>dad
-específica» común á todo animal humano, é insuficiente
-para adaptarlo á la mentalidad social.
-Ella es propia de los hombres inferiores.</p>
-
-<p>Los más, mediante la educación imitativa, copian
-de las personas que los rodean una «personalidad
-social» perfectamente adaptada, condición
-inherente á todo hombre mediocre.</p>
-
-<p>Una minoría, además de imitar la mentalidad
-social, adquiere variaciones propias, una «personalidad
-individual»: patrimonio exclusivo de los
-hombres originales.</p>
-
-<p>Los miembros de una sociedad estratifícanse en
-tres categorías: hombres inferiores, hombres mediocres
-y hombres superiores.</p>
-
-<p>El inferior es un animal humano; en su mentalidad
-enseñoréanse las tendencias instintivas
-condensadas por la herencia. Su ineptitud para
-la imitación le impide adaptarse al medio en
-que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el
-nivel corriente en su rebaño, viviendo por debajo
-de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos
-casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente
-adaptación determina su incapacidad para pensar
-como los demás.</p>
-
-<p>El mediocre es una sombra proyectada por la
-sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente
-adaptado para vivir en rebaño, reflejando
-las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente
-útiles para la domesticidad. Así como el
-inferior hereda el «alma de la especie», el mediocre
-adquiere el «alma de la sociedad». Su caracte<span class="pagenum"><a id="Page_58"></a> [Pg 58]</span>rística
-es imitar á cuantos le rodean: pensar con
-cabeza ajena.</p>
-
-<p>El superior es un accidente provechoso para
-la evolución humana. Es original é imaginativo,
-desadaptándose del medio social en la medida
-de su propia variación. Ésta se sobrepone á los
-atributos hereditarios del «alma de la especie» y á
-las adquisiciones imitativas del «alma de la sociedad»,
-constituyendo las aristas singulares del
-«alma individual» que lo distingue dentro de su
-grey. Es idealista, precursor de nuevas formas de
-perfección: piensa mejor que la sociedad en que
-vive.</p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">Función social de la mediocridad.</span></h3>
-
-<p>Todo lo que existe es necesario. Los mediocres
-son útiles para el equilibrio social: poco importa
-que ellos se cuenten por millares y los idealistas en
-dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el
-valor de la luz. La infamia nos induce á respetar
-la virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no enseñara
-á paladear la amargura; admiramos el vuelo
-del águila porque conocemos el arrastramiento
-de la oruga; encanta más el gorjeo del ruiseñor
-cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente.
-De igual manera todo hombre posee un valor de
-contraste, si no lo tiene de afirmación; es un detalle
-necesario en la infinita evolución del protohombre
-al superhombre. El mediocre, peldaño<span class="pagenum"><a id="Page_59"></a> [Pg 59]</span>
-social entre el imbécil y el genio, representa un
-progreso comparado con el primero y ocupa su
-rango si le comparamos con el segundo. Si fuera
-inútil no existiría: la selección natural habríale
-exterminado. Ello no ocurre. Sus idiosincracias
-son relativas al medio y al momento en que actúa.
-Es tan necesario para la sociedad como las palabras
-para el estilo; pero no basta alinearlas para
-crearlo. La mediocridad yace en el diccionario; el
-estilo es una originalidad individual.</p>
-
-<p>Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos,
-sea cual fuere su escuela filosófica ó su
-credo literario, le son hostiles. Toda moral individualista
-ó estética condena la mediocridad: desde
-Renán y Hugo hasta Guyau y Flaubert. La creación
-de belleza es un esfuerzo original; la historia
-del arte conserva los nombres de pocos creadores
-y olvida á innúmeros secuaces que los imitan.</p>
-
-<p>Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los
-mediocres encuentran una justificación, como todo
-lo que existe por necesidad. El contraste eterno
-entre las fuerzas que pujan en las sociedades
-humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes
-actitudes que agitan la mentalidad colectiva:
-el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu
-original ó de rebeldía.</p>
-
-<p>Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible
-dividir la humanidad en dos categorías de
-hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en
-todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles
-interpretan mejor la vida. No es factible un vi<span class="pagenum"><a id="Page_60"></a> [Pg 60]</span>vir
-inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo
-es un instable ajetreo de rebeldes é insumisos,
-para quienes nada existente sea bueno y ningún
-sendero digno de seguirse. Es verosímil que ambas
-fuerzas sean igualmente imprescindibles. Obligados
-á elegir, ¿obtendría la preferencia una actitud
-conservadora? La originalidad necesita un contrapeso
-robusto que prevenga sus excesos; habría
-ligereza en fustigar á los hombres metódicos
-y de paso tardío si ellos constituyeran los
-tejidos sociales más resistentes, soporte de los
-otros. Lo mismo que en los organismos, los distintos
-elementos sociales se sirven mutuamente de
-sostén; en vez de mirarse como enemigos debieran
-considerarse cooperadores en una obra única,
-pero complicada. Si en el mundo no hubiera
-más que rebeldes, no podría marchar; tornárase
-imposible la rebeldía si faltara contra quien rebelarse.
-Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el
-carro de la vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos?
-En vez de combatirse, ambas partes debieran
-advertir que ninguna tendría motivo de
-existir como la otra no existiese. El conservador
-sagaz puede bendecir al revolucionario, tanto
-como éste á él. He aquí una nueva base para la tolerancia:
-cada hombre necesita de su enemigo.</p>
-
-<p>Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y
-los originales, como arguye el pensador español,
-su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es
-una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los
-que sacan á su vida el mayor jugo y procuran pa<span class="pagenum"><a id="Page_61"></a> [Pg 61]</span>sar
-lo mejor posible sus cortos días sobre la tierra,
-sin preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones
-posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo?
-¿Pecan, tal vez, los que no piensan en sí y viven
-para los demás: los abnegados y altruístas, los
-que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio
-ajeno, renunciando á sus comodidades y aun á su
-vida, como suele ocurrir? Por indefectible que sea
-pensar en el mañana y dedicarle cierta parte de
-nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en
-el presente, pensando en él, siquiera en gran parte.
-Antes que las generaciones venideras están las
-actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron
-las pasadas.</p>
-
-<p>Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable;
-el psicólogo nada podría oponerle si el idealismo
-y la mediocridad no tuviesen un valor moral.
-Cada individuo habla el idioma de su conveniencia
-inmediata; pero el moralista usa otra lengua
-y sus juicios de valor traducen conceptos colectivos
-que califican la conducta individual. Evidentemente,
-cada hombre es como es y no podría ser
-de otra manera; tiene tanta culpa de su delito el
-asesino como de su creación el genio. El original
-y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo
-y el bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á
-pesar suyo; no lo serían si el equilibrio de la sociedad
-lo impidiese.</p>
-
-<p>¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los
-santos, á los genios y á los héroes, á todos los que
-inventan, enseñan ó plasman, á los que piensan en<span class="pagenum"><a id="Page_62"></a> [Pg 62]</span>
-el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un
-imperio, á Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á
-Bacon, á César y á Napoleón? Los aplaude porque
-tiene una moral, una tabla de valores que aplica
-para juzgar á cada uno de sus componentes, no ya
-según las conveniencias particulares, sino según
-su utilidad social. En cada pueblo y en cada época
-la medida de lo excelso está en los ideales de perfección
-que se denominan genio, heroísmo y santidad.</p>
-
-<p>Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope
-función que desempeñan en la sociedad:
-abiertamente nociva á todo idealismo que importe
-un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno
-de su ensayo sobre el genio y el talento,
-Nordau hace el elogio irónico de los mediocres,
-asignándoles una función moderadora, como si estuvieran
-destinados á contener el impulso creador
-de los hombres superiores y las tendencias destructivas
-de los sujetos antisociales. Para toda
-mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en
-esa hostilidad ve una evidente ingratitud. El mediocre
-es útil; con un poco de benevolencia podría
-concedérsele esa relativa belleza de las cosas perfectamente
-adaptadas á su objeto. Es el fondo de
-perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad
-estética depende todo el relieve adquirido por las
-figuras que ocupan el primer plano. Los ideales de
-los hombres superiores permanecerían en estado
-de quimeras si no fuesen recogidos y realizados
-por filisteos desprovistos de iniciativas persona<span class="pagenum"><a id="Page_63"></a> [Pg 63]</span>les:
-éstos viven esperando&mdash;con encantadora
-ausencia de ideas propias&mdash;los impulsos y las sugestiones
-de los cerebros luminosos. El rutinario
-no cede fácilmente á las instigaciones de los originales;
-pero su misma inercia es garantía de que
-sólo recoge las ideas convenientes al bienestar
-social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra
-sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso.
-Su inteligencia es un espejo en que se reflejan
-todas las similares. Á pesar de todo, es necesario;
-constituye el público de esta comedia humana
-en que los hombres superiores avanzan hasta
-las candilejas, buscando su aplauso y su sanción.
-Nordau llega hasta decir con fina ironía: «Cada
-vez que algunos hombres de genio se encuentren
-reunidos en torno de una mesa de cervecería, su
-primer brindis, en virtud del derecho y de la moral,
-debiera ser para el hombre mediocre.»</p>
-
-<p>Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama
-su conspicuidad, como el criterio estético
-que lo relega á la más baja esfera mental, confundiéndolo
-con el hombre inferior. Entre ambos extremos
-fluctúa su posición ecuánime. Individualmente
-considerado, á través del lente moral y estético,
-el hombre mediocre es una entidad negativa
-y deleznable; tomada la mediocridad en su
-conjunto, las sociedades pueden reconocerle funciones
-indispensables para su equilibrio.</p>
-
-<p>Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida
-social sería posible sin esa compacta masa de
-hombres puramente imitativos, capaces de conser<span class="pagenum"><a id="Page_64"></a> [Pg 64]</span>var
-los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde
-mediante la educación? El mediocre no inventa
-nada, no crea, no empuja, no rompe, no
-encendra; pero, en cambio, custodia celosamente
-el armazón de automatismos, prejuicios y dogmas
-acumulados durante siglos, defendiendo ese capital
-común contra el acecho de los inadaptables.
-Su rencor á los creadores compénsase por su
-resistencia á los destructores. Los hombres mediocres
-desempeñan en la historia humana el
-mismo papel que la herencia en la evolución biológica:
-conservan y transmiten las variaciones más
-útiles para la continuidad del grupo social. Constituyen
-una fuerza destinada á contrastar el poder
-disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones
-atrevidas de los visionarios. La conexión
-del conjunto los necesita, como un mosaico
-bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento
-no es el mosaico.</p>
-
-<p>Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de
-los originales, de los que inventan lo imitado después
-por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad
-en las sociedades; sin los superiores no
-puede concebirse el progreso. La civilización sería
-inexplicable en una raza constituida por hombres
-sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente
-se varía mediante la invención. Los hombres
-imitativos limítanse á atesorar las conquistas
-de los originales; la utilidad del mediocre está
-subordinada á la existencia del superior, como la
-fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los<span class="pagenum"><a id="Page_65"></a> [Pg 65]</span>
-escritores. El «alma social» es una empresa anónima
-que explota las creaciones de pocas «almas
-individuales», resumiendo las experiencias adquiridas
-y enseñadas por los innovadores.</p>
-
-<p>Son la minoría éstos. Pero son levaduras de
-mayorías venideras. Las rutinas defendidas hoy
-por los mediocres, son simples glosas colectivas
-de ideales concebidos ayer por hombres originales.
-El grueso del rebaño social va ocupando, á
-paso de tortuga, las posiciones atrevidamente
-conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos
-en la distancia; y éstos ya están muy lejos
-cuando la masa cree asentar el paso á su retaguardia.
-Lo que ayer fué ideal contra una rutina,
-será mañana rutina á su vez, contra otro ideal.
-Indefinidamente.</p>
-
-<p>Si los hábitos resumen la experiencia pasada de
-pueblos y hombres, dándoles unidad, los ideales
-orientan su experiencia venidera y marcan su
-probable destino. Los idealistas y los rutinarios
-son factores igualmente indispensables, aunque
-los unos recelen de los otros. Se complementan
-en la evolución social, magüer se miren con adversaria
-oblicuidad. Si los primeros hacen más
-para el porvenir, los segundos interpretan mejor
-el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada
-por el afán de perfección y contenida por
-tradiciones difícilmente removibles, detendríase
-sin el uno y se interrumpiría sin las otras.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_66"></a>[Pg 66]</span></p>
-
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">La vulgaridad.</span></h3>
-
-<p>La psicología de los hombres mediocres caracterízase
-por rasgos comunes. La incapacidad de
-concebir una perfección impídeles formarse un
-ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan
-con la cabeza de los demás, comparten la ajena
-hipocresía moral y ajustan su carácter á las domesticidades
-convencionales. Están fuera de su
-órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios
-de los caracteres excelentes; sufren de ellos
-y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos
-á las originalidades é insensibles á las emociones;
-ignoran la quimera, el anhelo y la pasión.
-Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan
-que hay cumbres más allá de sus horizontes.</p>
-
-<p>El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios,
-tornándoles timoratos é indecisos; nada
-aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y
-miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos
-en la nuca.</p>
-
-<p>Son incapaces de virtud; no la conciben ó les
-exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad
-alborota la sangre en su corazón; á veces no
-delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.</p>
-
-<p>No vibran á las tensiones más altas de la energía;
-son fríos, aunque ignoren la serenidad; apáticos,
-sin ser previsores; acomodaticios siempre,
-nunca equilibrados. No saben estremecerse de es<span class="pagenum"><a id="Page_67"></a> [Pg 67]</span>calofrío
-bajo una tierna caricia, ni avalancharse
-de indignación ante una ofensa.</p>
-
-<p>No viven su vida por sí mismos, sino para el
-fantasma que proyectan en la opinión de sus similares.
-Carecen de línea original; su personalidad
-se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino,
-hasta desaparecer. Trocan su honor por una
-prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un
-peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene
-por precio gritar la verdad frente al error de
-una turba. Su cerebro y su corazón están entorpecidos
-por igual, como los polos de un imán gastado.</p>
-
-<p>Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza
-del número obvía su febledad individual: acomúnanse
-por millares para ensombrecer á cuantos no
-cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan
-encadenar su mente con los infinitos eslabones
-de la rutina. Épocas hay en que el equilibrio
-social rompe en su favor; los ideales se agostan,
-la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase
-refractario á todo afán de perfección. Los hombres
-mediocres tienen su primavera florida: hay
-un clima de la mediocridad. Los estados conviértense
-en mediocracias; la falta de aspiraciones, que
-mantengan el nivel de moral y de cultura, ahonda
-la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es
-respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad,
-tiene que luchar contra la rutina de los cerebros
-mediocres; si un santo persigue la virtud, se
-astilla contra los prejuicios morales del hombre
-honesto; si el artista sueña nuevas formas, ritmos<span class="pagenum"><a id="Page_68"></a> [Pg 68\]</span>
-ó armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones
-oficiales de la belleza; si el enamorado quiere
-amar escuchando su corazón, se estrella contra
-las dogmáticas hipocresías del convencionalismo
-social; si un juvenil impulso de energía lleva á inventar,
-á crear, á regenerar, la vejez conservadora
-atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo,
-enseña la dignidad, la turba de los serviles le ladra;
-al que sigue con pasión una ruta de perfeccionamiento,
-los envidiosos le carcomen con saña
-malévola; si el destino llama á un genio, á un
-santo ó á un héroe para reconstituir una raza ó un
-pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas
-le resisten é intentan borrarle de la historia
-para encumbrar á sus propios arquetipos. Todo
-idealismo encuentra en esos climas su Tribunal
-del Santo Oficio.</p>
-
-<p>La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad.
-En la ostentación de lo mediocre reside la
-psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos
-suaves de la acuarela para tener el aguafuerte.
-Diríase que es una reviviscencia de antiguos
-atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando
-reaparece en su carácter lo que fué mediocridad
-en las generaciones ancestrales. Los vulgares
-son mediocres de razas primitivas. Habrían sido
-perfectamente adaptados en sociedades salvajes,
-pero carecen de la domesticación que les confundiría
-con sus contemporáneos. Se puede ser rutinario,
-honesto y manso, sin ser decididamente vulgar;
-el mediocre conserva una dócil aclimatación<span class="pagenum"><a id="Page_69"></a> [Pg 69]</span>
-en su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento
-de los estigmas comunes á todo ser gregario; sólo
-aparece cuando las sociedades se desequilibran
-en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento
-al pudor de lo innoble. Ningún ajetreo original
-la conmueve. Desdeña las dignidades altivas
-y los romanticismos comprometedores. Su
-mueca es fofa, su palabra muda, su mirar opaco.
-Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las
-estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las
-alas. Es la inviolable trinchera opuesta al florecimiento
-del ingenio y del buen gusto; es el altar
-donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo
-en servirle de monaguillo.</p>
-
-<p>La vulgaridad es el blasón nobiliario de los
-hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la
-custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor
-jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su
-afrenta. Estalla inoportuna en la palabra ó en el
-gesto, rompe en un sólo segundo el encanto preparado
-en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda
-eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda,
-ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitase
-en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en
-las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son
-los defectos físicos, la cojera ó el estrabismo: es
-incapacidad de pensar y de amar, ausencia de
-gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de
-la vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma,
-no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece
-los actos, los eleva, los idealiza y, en otros<span class="pagenum"><a id="Page_70"></a> [Pg 70]</span>
-casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que
-en circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden
-resultar poéticos, épicos; cuando Cambronne,
-invitado por el enemigo á rendirse, responde su
-palabra memorable, se eleva á un escenario homérico
-y resulta sublime.</p>
-
-<p>Los hombres vulgares querrían pedir á Circe
-los brebajes con que transformó en cerdos á los
-compañeros de Ulises, para recetárselos á todos
-los que poseen un ideal. No constituyen una secta
-ó una clase. Los hay en todas partes y siempre
-que la ausencia de ideales produce un recrudecimiento
-de la mediocridad: entre la púrpura lo
-mismo que entre la escoria, en la avenida y en el
-suburbio, en los parlamentos y en las cárceles, en
-las universidades y en los pesebres. En ciertos
-momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como
-si la urgencia de satisfacciones inmediatas pudiera
-confundirse con el afán de perfecciones infinitas.
-Los apetitos se hartan; los ideales nunca.</p>
-
-<p>Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos
-muy altos y á gestos demasiado dignos.
-Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad es
-un cálculo para gozar más tiempo de los placeres,
-reservando mayor perspectiva de goces para la vejez
-impotente. Su generosidad es siempre dinero
-dado á usura. Su amistad es una complacencia servil
-ó una adulación provechosa. Cuando creen
-practicar alguna virtud degradan la honestidad
-misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que
-la reblandece.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_71"></a>[Pg 71]</span></p>
-
-<p>Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca
-seguirán el camino que les indique su propia
-inclinación, sino el que les marca el cálculo de sus
-iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu
-exige la complicidad del corazón. Los ideales irradian
-siempre un gran calor; sus prejuicios, en cambio,
-son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento
-no fecundado por la pasión es como los soles de
-invierno: alumbran, pero bajo sus rayos se puede
-morir helado. La bajeza del propósito rebaja el
-mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas.
-Excluyendo el ideal queda suprimida la
-posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un
-cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de
-embellecer la vida.</p>
-
-<p>El hombre sin ideales hace del arte un oficio,
-de la ciencia un comercio, de la filosofía
-un instrumento, de la virtud una empresa, de la
-caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La
-vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad,
-la prudencia en cobardía, el orgullo en
-vanidad, el respeto en servilismo. Lleva á la ostentación,
-á la avaricia, á la falsedad, á la avidez,
-á la simulación; detrás del hombre mediocre asoma
-el antepasado salvaje que conspira en su interior,
-acosado por el hambre de atávicos instintos
-y sin otra aspiración que el hartazgo.</p>
-
-<p>En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase
-atrevida y militante, los idealistas viven desorbitados,
-esperando otro clima. Enseñan á purificar
-la conducta en el filtro de un ideal; imponen<span class="pagenum"><a id="Page_72"></a> [Pg 72]</span>
-su respeto á los que no pueden concebirlo. En el
-culto de los genios, de los santos y de los héroes,
-tienen su arma; despertándolo, señalando ejemplos
-á las inteligencias y á los corazones, puede
-amenguarse en las mediocracias la omnipotencia
-de la vulgaridad. En toda larva puede soñar una
-mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo
-florecimiento de virtud, revelan que la vida puede
-ser intensa y conservarse digna; dirigirse á la cumbre,
-sin encharcarse en lodazales tortuosos; encresparse
-de pasión, tempestuosamente, como el océano,
-sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas
-de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes
-sea opacado por el limo.</p>
-
-<p>En una meditación de viaje, oyendo silbar el
-viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció
-comparable á un velero que cruza el tiempo infinito,
-ignorando su punto de partida y su destino
-remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento;
-sin viento, de nada servirían las lonas más amplias.
-La mediocridad es el complejo velamen de
-las sociedades, la resistencia que éstas oponen al
-viento para utilizar su pujanza; la energía que infla
-las velas, y arrastra el buque entero, y lo conduce,
-y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos
-por aquélla. Así&mdash;, resistiéndolos, como las velas
-al viento&mdash;, los rutinarios aprovechan el empuje
-de los creadores. El progreso humano es la resultante
-de ese contraste perpetuo entre masas inertes
-y energías propulsoras.</p>
-
-
-
-
-<div class="chapter">
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_73"></a>[Pg 73]</span></p>
-
- <h2 class="nobreak">LA MEDIOCRIDAD
-INTELECTUAL</h2>
-</div>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.</span>&mdash;II. <span class="smcap">LOS
-ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.</span>&mdash;III. <span class="smcap">LA MALEDICENCIA:
-UNA ALEGORÍA DE BOTTICELLI.</span>&mdash;IV. <span class="smcap">EL ÉXITO Y LA GLORIA.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">El hombre rutinario: psicología
-de los Panza.</span></h3>
-
-<p>La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten
-á la carcoma de los siglos. No es hija de la
-experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y
-engendra verdades; estéril la otra y las mata. En
-su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir
-de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es
-preferible lo malo conocido á lo bueno por conocer.
-Ocupados en disfrutar lo existente, cobran
-horror á toda innovación que turbe su tranquilidad
-y les procure desasosiegos. La ciencia, el heroísmo,
-las originalidades, los inventos, la virtud mis<span class="pagenum"><a id="Page_74"></a> [Pg 74]</span>ma,
-parécenles instrumentos del mal, en cuanto
-desarticulan los resortes de sus errores: como
-en los salvajes, en los niños y en las clases incultas.</p>
-
-<p>Acostumbrados á copiar escrupulosamente los
-prejuicios del medio en que viven, aceptan sin
-contralor las ideas destiladas en el laboratorio social:
-como ciertos enfermos de estómago inservible
-se alimentan con substancias ya digeridas en los
-frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar
-ideas nuevas los constriñe á frecuentar las
-antiguas. La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos,
-es el hábito de renunciar á pensar. En los
-rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra
-su inteligencia. Cada hábito es un riesgo;
-la familiaridad aviene á las cosas detestables y á
-las personas indignas. Los actos que al principio
-provocaban pudor, acaban por parecer naturales;
-la retina percibe los tonos violentos como simples
-matices, el oído escucha las mentiras con igual
-respeto que las verdades, el corazón aprende á no
-agitarse por torpes acciones.</p>
-
-<p>Los prejuicios son creencias anteriores á la observación;
-los juicios, exactos ó erróneos, son
-consecutivos á ella. Todos los individuos poseen
-hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan
-los venideros y marcan su rumbo. En cierta
-medida nadie puede sustraérseles. No son prerrogativa
-de los hombres mediocres; pero en
-ellos representan siempre una pasiva obsecuencia
-al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los<span class="pagenum"><a id="Page_75"></a> [Pg 75]</span>
-hombres originales son genuinamente suyos, les
-son intrínsecos: constituyen su criterio cuando
-piensan y su carácter cuando actúan; son individuales
-é inconfundibles. Difieren substancialmente
-de la Rutina colectiva, siempre perniciosa, extrínseca
-al individuo, común al rebaño: consiste en
-contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza
-de los demás. Aquéllos caracterizan á los hombres;
-ésta empaña á las sombras. El individuo se
-plasma los primeros; la sociedad impone la segunda.
-La educación oficial involucra ese peligro:
-intenta borrar toda originalidad poniendo iguales
-prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste
-en la inevitable promiscuación mundana con
-hombres rutinarios. Flota en la atmósfera el contagio
-mental y acosa por todas partes; nunca se
-ha visto un tonto originalizado por contigüidad
-y es frecuente que un ingenio se amodorre entre
-pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad que
-el talento.</p>
-
-<p>Los rutinarios razonan con la lógica de los demás.
-Disciplinados por el deseo ajeno, encajónanse
-en su casillero social y se catalogan como
-reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles
-á la presión del conjunto, maleables bajo el peso
-de la opinión pública que los achata como un inflexible
-laminador. Reducidos á vanas sombras,
-viven del juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose
-á creerse como los creen los demás.
-Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la
-opinión ajena en la justa proporción en que res<span class="pagenum"><a id="Page_76"></a> [Pg 76]</span>petan
-la propia, siempre más severa, ó la de sus
-iguales.</p>
-
-<p>Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si
-no presumieran de razonables, su absurdidad enternecería.
-Oyéndoles hablar una hora parece que
-ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo,
-como lo fué otrora del esclavo y lo es aún
-del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los
-fanatismos, dispuestos á la domesticidad, incapaces
-de gestos dignos. Enviarían en comisión á un
-lobo y un cordero, sorprendiéndose sinceramente
-si el lobo volviera solo. Carecen de buen gusto y
-de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de
-museo no los detiene con insistencia, pasan indiferentes
-junto á una madona del Angélico ó á
-un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran
-ante cualquier escaparate donde haya oleografías
-de bailarinas españolas ó coroneles americanos.</p>
-
-<p>Ignoran que el hombre vale por su saber;
-niegan que la cultura es la más honda fuente de
-la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso,
-la esterilidad de su esfuerzo, como esas
-mulas que por la costumbre de marchar al paso
-han perdido el uso del galope. Su incapacidad
-de meditar acaba por convencerles de que no hay
-problemas difíciles y cualquier reflexión paréceles
-un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia
-para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea
-inverosímil para que lo acepten y lo difundan;
-cuando creen equivocarse podemos jurar que han
-cometido la imprudencia de pensar. La lectura<span class="pagenum"><a id="Page_77"></a> [Pg 77]</span>
-prodúceles efectos de envenenamiento. Sus pupilas
-se deslizan frívolamente sobre centones absurdos;
-gustan de los más superficiales, de ésos en
-que nada podría aprender un espíritu claro, aunque
-resultan bastante profundos para empantanar
-al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho
-mental; ignoran que el hombre no vive de lo que
-engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento
-puede convertirlos en eruditos y la repetición
-darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no
-es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida
-paciencia no hace de un rutinario un pensador;
-la verdad hay que saberla amar y sentir. Las
-nociones mal digeridas sólo sirven para atorar el
-entendimiento.</p>
-
-<p>Pueblan su memoria con máximas de almanaque
-y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran
-sentencias. Su cerebración precaria tartamudea
-pensamientos adocenados, haciendo gala de
-simplezas que son la espuma inocente de su tontería.
-Incapaces de espolonear su propia cabeza, renuncian
-á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad
-del resultado; no sospechan que «hay más
-placer en marchar hacia la verdad que en llegar á
-ella».</p>
-
-<p>Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de
-todos los credos, abarcan zonas circunscritas por
-supersticiones pretéritas. Llaman ideales á sus
-prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin
-advertir que son simple rutina embotellada, parodias
-de razón, opiniones sin juicio. Representan al<span class="pagenum"><a id="Page_78"></a> [Pg 78]</span>
-sentido común desbocado, sin el freno del buen
-sentido.</p>
-
-<p>Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la
-ausencia de ideales impídeles poner en sus actos
-el grano de sal que poetiza la vida. Satúrales esa
-humana tontería que obsesionaba á Flaubert, insoportablemente.
-La ha descrito en muchos personajes,
-tanta parte tiene en la vida real. Homais
-y Bournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar
-si es más tonto el racionalismo acometivo del
-boticario librepensador ó la casuística untuosa del
-eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices,
-de acuerdo con su doctrina: «Ser tonto, egoísta
-y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones
-para ser feliz. Pero si os falta la primera todo
-está perdido».</p>
-
-<p>Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa
-vulgaridad humana: resume en su persona las más
-conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y
-salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á
-su amo, en una escena que á todas luces simboliza
-el desbordamiento villano de la mediocridad sobre
-el idealismo. Horroriza pensar que escritores
-españoles, creyendo mitigar con ello los estragos
-de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero
-Panza, oponiendo su bastardo sentido práctico
-á los quiméricos ensueños del caballero; hubo
-quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en
-grado que lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos.
-¿Cómo no distinguir que el uno tiene ideales
-y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servi<span class="pagenum"><a id="Page_79"></a> [Pg 79]</span>lismo,
-el uno fe y el otro credulidad, el uno delirios
-originales de su cabeza y el otro absurdas
-creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió
-Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida
-de Quijote y Sancho» el conflicto espiritual entre
-el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de
-las palabras memorables pronunciadas por el primero:
-«asno eres y asno has de ser y en asno has
-de parar cuando se te acabe el curso de la vida»;
-dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse
-de que para serlo faltábale solamente la
-cola. El símbolo es cristalino. La moraleja no lo es
-menos: frente á cada forjador de ideales se alinean
-impávidos mil Sanchos, como si para contener el
-advenimiento de la verdad hubieran de complotarse
-todas las huestes de la rutina.</p>
-
-<p>El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre.
-Huye de los pensadores originales, albino
-ante su luminosa reverberación. Teme embriagarse
-con el perfume de su estilo. Si estuviese en su
-poder los proscribiría en masa, restaurando la Inquisición
-ó el Terror: aspectos equivalentes de un
-mismo celo dogmatista.</p>
-
-<p>Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua
-cultura los condena á serlo. Defienden lo anacrónico
-y lo absurdo; no permiten que sus opiniones
-sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje
-al que busca una verdad ó persigue un ideal;
-los negros queman á Bruno y Servet, los rojos decapitan
-á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia
-de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la<span class="pagenum"><a id="Page_80"></a> [Pg 80]</span>
-hoguera, sino el que la enciende». La tolerancia
-es virtud suprema en los que piensan. Es difícil
-para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo
-esfuerzo de equilibrio ante el error de los demás;
-enseña á soportar esa consecuencia legítima
-de la falibilidad de todo juicio humano. El que ha
-fatigado mucho para formar sus creencias, sabe
-respetar el valor de las ajenas. La tolerancia es el
-respeto en los demás de una virtud propia; la firmeza
-de las convicciones reflexivamente adquiridas
-hace estimar en otros un mérito cuyo precio
-se conoce.</p>
-
-<p>Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación,
-santiguándose cuando ésta les atribula con
-heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de
-la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios.
-Su más grave inquietud consiste en perturbarlos.
-Astrónomos hubo que se negaron á mirar
-el cielo á través del telescopio, temiendo ver
-desbaratados sus errores más firmes.</p>
-
-<p>En toda nueva idea presienten un peligro; si les
-dijeran que sus prejuicios son ideas originales, llegarían
-á creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace
-decir paparruchas con la solemne prudencia de
-augures que temen desorbitar al mundo con sus
-profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no
-pensar es su única manera de no equivocarse. Sus
-cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño;
-los demás piensan por ellos, agradecidos á ese
-favor.</p>
-
-<p>En todo lo que no hay prejuicios definitivamen<span class="pagenum"><a id="Page_81"></a> [Pg 81]</span>te
-consolidados, los rutinarios carecen de opinión.
-Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra,
-como los palurdos no distinguen el oro del dublé:
-confunden la tolerancia con la cobardía, la discreción
-con el servilismo, la complacencia con la indignidad,
-la simulación con el mérito. Llaman sensatos
-á los que suscriben mansamente los errores
-consagrados y conciliadores á los que renuncian á
-tener creencias propias. Toda opinión que revele
-una personalidad rectilínea paréceles peligrosa; la
-originalidad en el pensar les produce escalofríos.
-Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias
-incompatibles y llamando eclecticismo á sus
-chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes,
-conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos
-amorfos conmueven su complicidad
-más íntima; la maleabilidad de su espíritu los seduce
-y creen descubrir una agudeza particular en
-el arte de no comprometerse con juicios decisivos.
-No sospechan que la duda del hombre superior
-fué siempre de otra especie, antes ya de que
-lo explicara Descartes; es afán de rectificar los
-propios errores hasta aprender que toda verdad
-es falible y que los ideales admiten perfeccionamientos
-indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no
-se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios
-son como los clavos: cuanto más se golpean
-más se adentran. Les incomoda ver planteados en
-frases armoniosas algunos de los problemas que
-suelen aceptar en términos triviales, como si tuvieran
-pudor de la galana vestidura. Se tedian<span class="pagenum"><a id="Page_82"></a> [Pg 82]</span>
-con los escritores que dejan rastro donde ponen la
-mano, denunciando una personalidad en cada frase,
-y mejor si intentan subordinar el estilo á las
-ideas; prefieren las desteñidas elucubraciones de
-los autores apampanados, exentas de las aristas
-que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste
-en transfigurar vulgaridades mediante barrocos
-adjetivos. Los infolios desabridos les resultan profundos.
-Si un ideal parpadea en las páginas, si la
-pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si
-la verdad hace crujir el pensamiento en las frases,
-los libros parécenle material de hoguera. Cuando
-pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó
-hacia la perfección, los rutinarios les desconfían.
-Veneran los mansos palimsestos, calcados sobre
-los que deletrea la humanidad desde que se inventó
-la lectura: los que confirman sus inocentes
-presunciones y halagan sus prejuicios.</p>
-
-<p>Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden
-razonar por sí mismos, como si el seso les
-faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando
-el Creador pobló el mundo de hombres, comenzó
-por fabricar los cuerpos á guisa de maniquíes. Antes
-de lanzarlos á la circulación levantó sus calotas
-craneanas y llenó los cofres con diversas pastas
-divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades
-del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al
-calcular las cantidades, ó desaliento al ver los primeros
-ejemplares de su obra maestra, quedaron
-muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin
-nada dentro. Tal legendario origen explicaría la<span class="pagenum"><a id="Page_83"></a> [Pg 83]</span>
-existencia de hombres cuya cabeza es un simple
-adorno del cuerpo.</p>
-
-<p>Viven de una vida que es no vivir. Crecen
-y mueren como las plantas. Exentos del trabajo
-de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos
-ni observadores. Son prudentes, por definición,
-de una prudencia desesperante. Si uno de
-ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa,
-se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre
-original es imprudente y se detiene á contemplarlo.
-Un genio suele ir más lejos: trepa al campanario,
-observa, medita, ensaya, hasta descubrir
-las leyes más altas de la física. Galileo.</p>
-
-<p>Si la humanidad hubiera contado solamente con
-ellos, nuestros conocimientos no excederían de
-los que tuvo el ancestral «hominidio» en las primitivas
-pampas americanas. La cultura es el fruto
-de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que
-invita á mirar el fondo de todos los abismos. El
-pavo no es curioso; nunca interroga á la naturaleza.
-Observa Ardigó que las personas vulgares pasan
-la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba,
-sin preguntarse por qué está siempre allí, sin
-caerse; más bien creerán que el preguntárselo no
-es propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí
-porque es su sitio y encontrarán extraño que se
-busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el
-hombre que cometa la incorrección de oponerse al
-sentido común, es decir, un original ó un genio&mdash;que
-en esto se parecen&mdash;, puede formular la pregunta
-sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no se<span class="pagenum"><a id="Page_84"></a> [Pg 84]</span>
-cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina
-es Newton, un audaz á quien incumbe adivinar
-algún parecido entre la pálida lámpara suspendida
-en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido
-por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto
-que una misma fuerza hace girar la luna hacia
-arriba y caer la manzana hacia abajo.</p>
-
-<p>En esos hombres, inmunes á la pasión de la
-verdad, supremo ideal á que sacrificaron su vida
-pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección.
-Son como las aguas muertas; se pueblan
-de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse.
-El que no cultiva su mente, va derecho
-á la disgregación del carácter. No desbastar
-la propia ignorancia es perecer en vida; los caracteres
-mediocres están muertos antes de morir.
-Las tierras fértiles se enmalezan cuando no
-son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan
-de prejuicios, que los esclavizan.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">Los estigmas mentales de la mediocridad.</span></h3>
-
-<p>En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es
-un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que
-sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría
-que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas:
-«Puedo concebir un hombre sin manos, sin
-pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia
-no me enseñara que por ella se piensa. Es<span class="pagenum"><a id="Page_85"></a> [Pg 85]</span>
-el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin
-él no podemos concebirlo.» (<cite>Pensées</cite>; XXIII.) Si
-de esto dedujéramos que quien no piensa no existe,
-la conclusión desternillaría de risa á cualquier
-hombre satisfecho de su mediocridad.</p>
-
-<p>Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase
-en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia
-adivinadora; está condenado á no adentrarse en
-las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta
-soluciones de continuidad. Cuando la envidia
-le corroe, puede atornasolarse de agridulces perversidades;
-fuera de tal caso, diríase que el armiño
-de su estupidez no presenta una sola mancha de
-ingenio.</p>
-
-<p>El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua
-de las exterioridades busca un disfraz para su
-íntima oquedad; reviste de fofa retórica los mínimos
-actos y pronuncia palabras insubstanciales,
-como si la Humanidad entera quisiese oirlas. Las
-mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad
-convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría
-colectiva. Los mediocres lo saben: se
-adaptan á ser esas vacuas «personalidades de respeto»,
-certeramente acribilladas por Stirner y expuestas
-por Nietzsche á la burla de todas las posteridades.
-Nada hacen por dignificarse, afanándose
-por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra
-que sus apariencias han proyectado en la opinión de
-los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese
-culto de la sombra oblígalos á vivir en continua
-alarma; suponen que basta un momento de distrac<span class="pagenum"><a id="Page_86"></a> [Pg 86]</span>ción
-para comprometer la obra pacientemente elaborada
-en muchos años. Detestan la risa, temerosos
-de que el gas pueda escaparse por la comisura
-de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á
-un funcionario del Estado si le sorprendieran
-leyendo á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que
-el buen humor compromete la respetuosidad y estimula
-el hábito anarquista de reir. Constreñidos á
-vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar
-todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre
-de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental
-impídeles comprender el equilibrio supremo
-entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría.
-«Donde creen descubrir las gracias del
-cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehusan
-los dones del alma: la profundidad, la reflexión,
-la sabiduría. Borran de la historia que el
-más sabio y el más virtuoso de los hombres&mdash;Sócrates&mdash;bailaba.»
-Esta aguda advertencia de Montaigne,
-en los <cite>Ensayos</cite>, mereció una corroboración
-de Pascal en sus <cite>Pensamientos</cite>: «Ordinariamente
-suele imaginarse á Platón y Aristóteles con grandes
-togas y como personajes graves y serios. Eran
-buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás,
-en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y
-sus tratados de política para distraerse y divertirse;
-esa era la parte menos filosófica de su vida. La
-más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.»
-El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad,
-quedaría desorbitado; no podría vivir.</p>
-
-<p>Son modestos, por principio. Pretenden que to<span class="pagenum"><a id="Page_87"></a> [Pg 87]</span>dos
-lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto
-la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos
-verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama
-las propias superioridades en voz alta como
-al que se ríe de sus convencionalismos suntuosos.
-Llaman modestia á la prohibición de reclamar los
-derechos naturales del genio, de la santidad ó del
-heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud
-son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear
-mientras los mediocres empañan su gloria.
-Para los imbéciles nada más fácil que ser modestos:
-lo son por necesidad irrevocable; los más
-inflados lo fingen por cálculo, considerando que
-esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad
-y deja sospechar la existencia de méritos
-pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la
-modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció:
-«Solamente los bribones son modestos».
-Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro
-en las mediocracias. Se presume que el modesto
-nunca podrá ser original, ni alzará su palabra,
-ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará
-á los que gobiernan, ni blasfemará de los
-prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga
-hipócrita renuncia á vivir más de lo que le permitan
-sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de
-modestia, estimable como virtud legítima: es el
-afán decoroso de no gravitar sobre los que nos
-rodean, sin declinar por ello la más leve partícula
-de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple
-respeto de sí mismo y de los demás. Esos hombres<span class="pagenum"><a id="Page_88"></a> [Pg 88]</span>
-son raros; comparados con los falsos modestos, son
-como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay
-que se creen genios no comprendidos y se resignan
-á ser modestos para no estorbar á la mediocracia
-que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres,
-lo mismo que los otros, con más la cataplasma
-de la modestia sobre las úlceras de su mediocridad.
-En ellos, como sentenció La Bruyère,
-«la falsa modestia es el último refinamiento de la
-vanidad.» La mentira de Tartarín es ridícula; pero
-la de Tartufo es ignominiosa.</p>
-
-<p>Adoran el sentido común, sin saber de seguro
-en qué consiste; confúndenlo con el buen sentido,
-que es su antítesis. Dudan cuando los demás resuelven
-dudar y son eclécticos cuando los otros lo
-son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no
-atreviéndose á tener ninguna opinión, se apropian
-de todas un poco y creen así estar á cubierto de
-las más inesperadas contingencias. Temerosos de
-pensar, como si fincase en ello el pecado mayor de
-los siete capitales, pierden la aptitud para todo
-juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque
-comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza
-á las rutinas del sistema y cumple con su
-oficio: no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia.
-El temor de la exageración lo lleva á simpatizar
-con la apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar
-del hipócrita que elogia todo y del fracasado
-que todo lo encuentra detestable; pero es cien
-veces menos estimable el hombre incapaz de un
-sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno<span class="pagenum"><a id="Page_89"></a> [Pg 89]</span>
-y detestar lo miserable. En el primer capítulo de
-los <cite>Caracteres</cite> parece referirse á ellos La Bruyère,
-en un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar
-á sentir la belleza de un manuscrito que se les lee,
-pero no osan declararse en su favor hasta que hayan
-visto su curso en el mundo y escuchado la
-opinión de los presuntos competentes; no arriesgan
-su voto, quieren ser llevados por la multitud.
-Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar
-la obra y cacarean que el público es de su opinión.»
-Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran
-obligados á dudar de los jóvenes; ello no
-les impide, después de su triunfo, decir que fueron
-sus descubridores. Entonces prodíganles juramentos
-de esclavitud, que llaman palabras de estímulo:
-son el homenaje de su pavor inconfesable.
-Su protección á toda superioridad ya irresistible,
-es un anticipo usurario sobre la gloria segura:
-prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.</p>
-
-<p>Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia,
-como los niños que matan gorriones á pedradas.
-Traicionan por descuido. Comprometen por distracción.
-Son incapaces de guardar un secreto;
-confiárselo equivale á ocultar un tesoro en caja de
-vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar
-la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando
-á cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza
-de paciencia pueden adquirir alguna aptitud parcial,
-como esos autómatas perfeccionados que honran
-á la juguetería moderna: podría concedérseles
-una especie de talento sin talento, quisicosa del<span class="pagenum"><a id="Page_90"></a> [Pg 90]</span>
-ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez
-complicada y una habilidad inocente. Juzgan
-las palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas;
-admiten con un nombre lo que repudian con
-otro. Creen aceptar una idea que no comprenden,
-rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias.
-En sus juicios sustituyen la significación
-ficticia al sentido real; se convencen de lo
-que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse
-esquivos á lo que no encaja en las denominaciones
-ó categorías que ya cuadriculan su espíritu.
-Son feligreses de la palabra; no ascienden á
-la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es
-siempre verbal y sólo llegan al chascarrillo, que es
-una prestidigitación de palabras; tiemblan ante los
-que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema
-gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante
-ésta se descubren los puntos de vista que
-permiten conciliar los contrarios y se enseña la
-única noción absoluta: toda verdad es relativa al
-que la cree y sus contrarias pueden, para otro, ser
-verdades al mismo tiempo.</p>
-
-<p>La mediocridad intelectual hace al hombre solemne,
-modesto, incoloro y obtuso. Esas cualidades
-le hacen temer el asombro, rehuir el peligro.
-Cuando no le envenena la vanidad y la envidia,
-diríase que duerme sin soñar. Pasea su vida por
-las llanuras; evita mirar desde las cumbres que
-escalan los videntes y asomarse á los abismos que
-sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de
-la rutina.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_91"></a>[Pg 91]</span></p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">La maledicencia.</span></h3>
-
-<p>Mientras se limitan á vegetar, agobiados como
-cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres
-mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza.
-Circunscritos á su órbita, son tan respetables
-como los demás objetos que nos rodean. No
-hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no
-puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas
-por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen
-la indulgencia de los espíritus privilegiados,
-que tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos.
-Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían
-justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en
-todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos
-larga, divirtiendo á los ingeniosos y ayudándolos
-á andar el camino. Son buenos compañeros y
-desopilan el bazo durante la marcha; habría que
-agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo.
-Los mediocres, lo mismo que los imbéciles,
-son acreedores á esa amable tolerancia mientras
-se mantienen á la capa. Cuando renuncian á
-imponer sus rutinas son admirables ejemplares del
-rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su
-lana á los pastores.</p>
-
-<p>Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía
-y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria
-pretensión de que otros marquen el paso á
-compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces
-peligrosos y nocivos. Detestan á los que no pueden<span class="pagenum"><a id="Page_92"></a> [Pg 92]</span>
-igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin
-alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos;
-la exigüidad del propio valimiento les induce á
-roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda
-reputación que les humilla, sin sospechar que nunca
-es más vil la conducta humana; basta ese rasgo
-para distinguir al doméstico del digno, al ignorante
-del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano
-del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la
-fama; los hombres excelentes no saben envenenar
-la vida ajena.</p>
-
-<p>Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia:
-<cite>La calumnia</cite> invita á meditar con doloroso
-recogimiento; en toda la Galería de los Oficios
-parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli&mdash;no
-lo dudemos&mdash;quiso poner en labios de
-la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono
-está la medida de tu mérito...</p>
-
-<p>La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada
-bajo el infame gesto de la Calumnia. La
-Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la
-acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras
-suman su esfuerzo implacable para el triunfo del
-mal. El Arrepentimiento mira de través hacia
-el opuesto extremo, donde está, como siempre,
-sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el
-salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta
-su índice al cielo en una tranquila apelación á
-la justicia divina. Y mientras la víctima junta
-sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica
-infinita y conmovedora, el juez Midas presta<span class="pagenum"><a id="Page_93"></a> [Pg 93]</span>
-sus vastas orejas á la Ignorancia y la Sospecha.</p>
-
-<p>En esta apasionada reconstrucción de un cuadro
-de Apeles, descrito por Luciano, parece adquirir
-dramáticas firmezas el suave pincel que desborda
-dulzuras en la «Virgen del Granado» y el
-«San Sebastián,» invita al remordimiento con «La
-Abandonada,» santifica la vida y el amor en la
-«Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de
-Venus.»</p>
-
-<p>Los mediocres, más inclinados á la hipocresía
-que al odio, prefieren la maledicencia sorda á la
-calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal
-y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es
-subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde.
-El calumniador desafía el castigo, se expone;
-el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la
-mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro
-se encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose
-en la penumbra.</p>
-
-<p>Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos,
-en los clubs, en las academias, en las familias,
-en las profesiones, acosando á todos los que
-perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz,
-con recato, constantes en su afán de taladrar la
-dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de
-todas las yerbas venenosas. La maledicencia es
-una serpiente que se insinúa en la conversación de
-los envilecidos: sus vértebras son nombres propios,
-articuladas por los verbos más equívocos del
-diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas
-son calificativos pavorosos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_94"></a>[Pg 94]</span></p>
-
-
-<p>Vierten la infamia en todas las copas transparentes,
-con la serenidad de Borgias; las manos que
-la manejan parecen de prestidigitadores, diestras
-en la manera y amables en la forma. Una sonrisa,
-un levantar de espaldas, un fruncir la frente como
-suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para
-macular la probidad de un hombre ó el honor de
-una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los
-envenenadores, está seguro de la impunidad: por
-eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega
-hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando
-con la irresponsabilidad de hacerlas en esa
-forma. Miente con espontaneidad, como respira.
-Sabe seleccionar lo que converge á la detracción.
-Dice distraídamente todo el mal de que no está
-seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe.
-No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del
-hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma
-como una erupción en sus labios irritados, hasta
-que de toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor
-espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.</p>
-
-<p>Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede
-gritar cara á cara una injuria, el que denuncia
-á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos
-de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es
-menester temblar ante la idea del castigo posible y
-cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los
-peores son los que maldicen elogiando: templan
-su aplauso con arremangadas reservas, más graves
-que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pen<span class="pagenum"><a id="Page_95"></a> [Pg 95]</span>sar
-es una insidiosa manera de practicar el mal, de
-efectuarlo potencialmente, sin el valor de la acción
-rectilínea.</p>
-
-<p>Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz
-de cultura, pretenden encubrir su infamia con el
-pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza; están
-condenados á perseguir la gracia y tropezar
-con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca.
-El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad
-zumbona, pero ella no se confunde con la ironía
-sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia,
-una convergencia de intención y de sonrisa,
-aguda en la oportunidad y justa en la medida; es
-un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión.
-Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar
-una sublime acción que imitarla. En las
-sobremesas subalternas su dicacidad urticante
-puede confundirse con la gracia, mientras le ampara
-la complicidad maldiciente; pero fáltale el
-aticismo sano del que todo perdona en fuerza de
-comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina
-que permite descifrar la verdad en la entraña
-misma de las cosas que el vaivén mundano somete
-á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades
-perversas por su misma falta de hidalguía;
-disfrazan de mesurada condolencia el encono
-de su inferioridad humillada. Se alimentan de
-diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas,
-no se advertirá que son infames. Por eso los
-calumniadores minúsculos son más terribles, como
-las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen<span class="pagenum"><a id="Page_96"></a> [Pg 96]</span>
-los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á
-sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse
-á borbotones las venas de una herida; el maldiciente
-lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio.
-No lo necesita; sabe que tiene á su espalda
-un innumerable jabardillo de cómplices, regocijados
-cada vez que un espíritu omiso los acomuna
-contra una estrella.</p>
-
-<p>El mediocre parlante es peor por su moral que
-por su estilo; su lengua centuplícase en copiosidades
-acicaladas y las palabras ruedan sin la traba
-de la ulterioridad. El escritor mediocre, en
-cambio, es peor por su estilo que por su moral.
-Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas
-se nota la temperancia del miedo, como
-si le urticaran los peligros de la responsabilidad.
-Abunda entre los malos escritores, aunque no todos
-los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan
-á ser terriblemente aburridos, acosándonos
-con volúmenes que podrían terminar en el primer
-párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares
-comunes, como los ejercicios de las guías políglotas.
-Describen dando tropiezos contra la realidad;
-son objetivos que operan y no retortas que
-destilan; se desesperan pensando que la calcomanía
-no figura entre las bellas artes. Si acometen
-la literatura, diríase que Vasco de Gama emprende
-el descubrimiento de todos los lugares comunes,
-sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza;
-si chapalean la ciencia, su andar es de
-mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso<span class="pagenum"><a id="Page_97"></a> [Pg 97]</span>
-pastado medio siglo antes por sus predecesores.
-Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis practican
-una pudibunda modestia, que es la mentira
-convencional de los mediocres; se admiran entre
-sí, con solidaridad de logia, execrando cualquier
-soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen
-ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos
-ideales no sufren inflexiones; fingen no comprender
-esa virtud de santos y de sabios, supremo desprecio
-de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.</p>
-
-<p>El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta
-inofensivo. Solamente la envidia puede encelarle;
-entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia
-oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas.
-Está en todas partes y agrede en cualquier
-momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos,
-para turnarse en decires sin interés para quien
-los dice y quien los escucha, el terreno es propicio
-para que el más alevoso comience á maldecir
-de algún ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel.
-La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia
-tácita de quienes la escuchan, en la cobardía
-colectiva de cuantos pueden escucharla sin
-indignarse. Moriría si ellos no le hicieran una atmósfera
-vital. Ése es su secreto. Semejante á la
-moneda falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos
-que no tendrían el valor de acuñarla.</p>
-
-<p>Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos
-que tienen menos autoridad moral, como enseña
-Molière desde la primera escena del <cite>Tartufo</cite>:</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_98"></a>[Pg 98]</span></p>
-
-<div class="poetry-container pw25">
-<div class="poetry">
-<p class="p1"><span style="margin-left: 1em;">«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.</span><br />
-Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»</p>
-</div>
-</div>
-
-<p>Diríase que empañan la reputación ajena para
-disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye
-que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente;
-maldicen por ociosidad ó por diversión,
-sin sospechar dónde conduce el camino en
-que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen
-cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola,
-adornándola, pasando insensiblemente de la
-verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de
-la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué evocar
-las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?</p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">El éxito y la gloria.</span></h3>
-
-<p>El hombre mediocre que se aventura en la liza
-social tiene una sola finalidad: el éxito. No sospecha
-que existe otra cosa, la gloria, ambicionada
-solamente por los caracteres superiores. El éxito
-es un triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva,
-inmarcesible en los siglos. El éxito se mendiga;
-la gloria se conquista. El mediocre es un
-cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa
-humillándose, reptando, á hurtadillas, en la sombra,
-disfrazado, apuntalándose en la complicidad
-de innumerables similares. El hombre de mérito se
-adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal;
-se impone dominando, iluminando, fustigando, en<span class="pagenum"><a id="Page_99"></a> [Pg 99]</span>
-plena luz, á cara descubierta, sin humillarse, ajeno
-á todos los embozamientos del servilismo y de la
-intriga.</p>
-
-<p>El éxito es, para el genio, un accidente; puede
-ser su peligro. Cuando la multitud clava sus ojos
-por vez primera en él, y le aplaude, la lucha empieza:
-desgraciado quien se olvida á sí mismo para
-pensar solamente en los demás. Hay que poner
-más lejos la intención y la esperanza, resistiendo
-las tentaciones del éxito inmediato; la gloria es
-más difícil, pero más digna. El hombre excelente
-se reconoce porque es capaz de renunciar al éxito
-si en ello está la condición de la gloria, ó si tiene
-por precio una partícula de su dignidad. El mediocre,
-incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir
-el éxito, indignamente si es necesario; sabe
-que su sombra lo necesita. El genio, en cambio, se
-revela por la perennidad de su irradiación: como
-si fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste,
-el éxito es un peldaño accidental en su ascensión;
-para aquél, todo consiste en trepar el peldaño, sin
-sospechar siquiera que existe una cumbre.</p>
-
-<p>Flota en la atmósfera como una nube, sostenido
-por el viento de la mediocridad ajena; puede abocadear
-por la adulación lo que otros desean conquistar
-por sus méritos. El que obtiene un éxito
-inmerecido debe temblar: fracasará después, cien
-veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios
-sólo confían en sus alas, luchan, salvan los obstáculos,
-triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos;
-mientras el mediocre se entrega al rebaño<span class="pagenum"><a id="Page_100"></a> [Pg 100]</span>
-que le arrastra, el superior va contra él con energías
-inagotables, hasta despejar su camino.</p>
-
-<p>Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que
-combaten. La primera vez embriaga; después se
-convierte en imprescindible necesidad. El espíritu
-se aviene á él insensiblemente. El primer éxito,
-grande ó pequeño, es perturbador. Se siente una
-indecisión extraña, un cosquilleo moral que deleita
-y molesta al mismo tiempo, como la emoción del
-adolescente que se encuentra á solas por vez primera
-con una mujer amada: es tierna y violenta,
-estimula é inhibe, instiga y amilana.</p>
-
-<p>Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á
-un precipicio: se retrocede á tiempo ó se cae en él
-para siempre. El éxito es un abismo irresistible,
-como una boca juvenil que invita al beso; pocos
-retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre:
-es un filtro que envenena su vanidad y le
-hace infeliz para siempre; el hombre superior, en
-cambio, acepta como simple anticipación de la gloria
-ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla
-de sus méritos.</p>
-
-<p>Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil
-maneras. Nace por un accidente inesperado, llega
-por caminos invisibles. Basta el simple elogio de
-un maestro estimado, el aplauso ocasional de una
-multitud, la conquista fácil de una hermosa mujer;
-todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo
-el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de
-esta embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre,
-como para todos los vicios. Después no se<span class="pagenum"><a id="Page_101"></a> [Pg 101]</span>
-puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad
-atormenta la existencia del que no tiene alas para
-ascender sin la ayuda de cómplices y de pilotos.
-Para el hombre mediocre hay una certidumbre absoluta:
-sus éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante
-que le haya sido obtenerlos. Ignorando
-que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa de
-cosechar la hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando
-las ocasiones propicias. Sin ver más allá,
-se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el
-hombre superior siente su fuerza en sí mismo y en
-sus ideales, el mediocre se mira reflejado en la
-opinión que merece á los demás; se creería un
-imbécil si supiera que le tienen por tal.</p>
-
-<p>Los grandes cerebros lo buscan por la senda
-exclusiva del mérito. Saben que en las mediocracias
-conviene seguir otros caminos; por eso no se
-sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste
-más de lo que gozan de un éxito: ambos son obra
-de los demás. La gloria depende de ellos mismos.
-El éxito les parece un simple reconocimiento de
-su derecho, un impuesto de admiración que los
-mediocres les pagan en vida. Taine conoció el
-goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones
-un tropel de alumnos; Mozart ha narrado las delicias
-del compositor oyendo sus melodías en los labios
-del transeúnte que silba para darse valor al
-atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset
-confiesa que fué una de sus grandes voluptuosidades
-oir sus versos recitados por mujeres bellas;
-Castelar comentó la emoción del orador que<span class="pagenum"><a id="Page_102"></a> [Pg 102]</span>
-escucha el aplauso frenético tributado por miles
-de hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo.
-Julio César, al historiar sus campañas, trasunta
-la ebriedad infinita del que conquista pueblos y
-aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran
-su impresión profunda cuando se volvió á
-contemplar las ovaciones que su sordera le impedía
-oir, al estrenar su novena sinfonía; Stendhal
-ha dicho, con su ática gracia original, las fruiciones
-del amador afortunado que ve sucesivamente
-á sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, á
-cien mujeres.</p>
-
-<p>El éxito es benéfico si es merecido; exalta la
-personalidad, la estimula. Tiene otra virtud mayor:
-destierra la envidia, ponzoña incurable en
-los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente,
-es el más favorable rocío para cualquier
-germen de superioridad moral. El triunfo es
-un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz
-contra las asperezas del carácter. El éxito es el
-mejor lubrificante del corazón; el fracaso es su
-más urticante corrosivo.</p>
-
-<p>La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente
-la ilusión de la gloria. Es su forma espúrea
-y subalterna, extensa pero no profunda, esplendorosa
-pero fugaz. Es más que el simple éxito
-accesible al común de los mediocres; pero es menos
-que la gloria, exclusivamente reservada á los
-hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz
-de artificio. Manifestación directa del entusiasmo
-gregario, es, por eso mismo, inferior: aplauso de<span class="pagenum"><a id="Page_103"></a> [Pg 103]</span>
-multitud. Tiene algo de frenesí inconsciente y
-comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos
-y artistas, que traducen su genialidad mediante
-la palabra escrita, es lenta, pero estable; sus
-admiradores están dispersos, ninguno aplaude á
-solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es
-rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes se
-sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo
-y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión
-de tres al cuarto puede conocer el triunfo
-más de cerca que Aristóteles ó Bacon; la intensidad,
-que es el éxito, está en razón inversa de la
-duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos
-de la celebridad dependen de una aptitud
-secundaria del triunfador ó de un estado pasajero
-de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud
-ó traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad
-y asisten en vida á sus propios funerales.</p>
-
-<p>Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con
-perpetua nostalgia de la gloria es su martirio. Los
-hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en
-la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que
-es hermoso vivir de recuerdos: frase absurda. Ello
-equivale á agonizar. Es la dicha del gastrónomo
-obligado al ayuno, del pintor maniatado por la ceguera,
-del jugador que mira el tapete y no puede
-arriesgar una sola ficha.</p>
-
-<p>En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote.
-Es tan doloroso pasar del timón al remo,
-como salir del escenario para ocupar una butaca,
-aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido<span class="pagenum"><a id="Page_104"></a> [Pg 104]</span>
-el éxito no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es
-la parte más cruel de toda preeminencia fundada
-en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas transitorias.
-El público oscila con la moda; el físico se
-gasta. La fama de un orador, de un esgrimista ó
-de un comediante, sólo dura lo que una juventud;
-la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna
-vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa
-el dolor sumo: recordar en la miseria el
-tiempo feliz.</p>
-
-<p>Para estos triunfadores accidentales, el instante
-en que se disipa su error debería ser el último de
-la vida. Volver á la realidad es una suprema tristeza.
-Preferible es que un Otelo excesivo mate
-de veras sobre el tablado á una Desdémona próxima
-á envejecer, ó desnucarse el acróbata en un
-salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al
-orador mientras habla á cien mil hombres que
-aplauden, ó ser apuñalado un don Juan por la
-amante más hermosa y sensual. La vida vale por
-sus horas de dicha. Convendría despedirse de ella
-sonriendo y gozando, mirándola de frente, con
-dignidad, con la sensación de que se ha merecido
-vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que
-se desvanece deja tras sí una sombra indisipable.
-El éxito y la celebridad no son la gloria; nada más
-falaz que la sanción de los contemporáneos y de
-las muchedumbres. Por eso repiten los moralistas:
-la fama tiene caprichos y la gloria secretos.</p>
-
-<p>Compartiendo las rutinas y las debilidades de la
-mediocridad que les rodea, los mediocres pueden<span class="pagenum"><a id="Page_105"></a> [Pg 105]</span>
-convertirse en arquetipos de la masa amorfa, prohombres
-entre sus iguales; pero mueren con ellos.
-Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda
-sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto
-ideal: resultan prohombres en la historia.</p>
-
-<p>La integridad moral y la excelencia de carácter
-son virtudes estériles en los ambientes mediocres,
-más asequibles á los apetitos del doméstico que
-á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito.
-La gloria es póstuma; nunca ciñe de laureles
-la sien del que se ha complicado en las rutinas de
-su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura,
-suele ornar las frentes de cuantos miraron
-al porvenir y sirvieron á un ideal, practicando
-aquel lema que asumió el ginebrino: <em>vitam impendere
-vero</em>.</p>
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_106"></a>[Pg 106]<br /><a id="Page_107"></a>[Pg 107]</span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-
-
-
-<div class="chapter">
- <h2 class="nobreak">LA MEDIOCRIDAD MORAL</h2>
-</div>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">EL HOMBRE HONESTO.</span>&mdash;II. <span class="smcap">LA MORAL DE TARTUFO.</span>&mdash;III.
-<span class="smcap">LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.</span>&mdash;IV. <span class="smcap">LOS SENDEROS DE LA
-VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.</span>&mdash;V. <span class="smcap">LA SANTIDAD.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">El hombre honesto.</span></h3>
-
-<p>La mediocridad moral es impotencia para la virtud
-y cobardía para el vicio. Si hay mentes que parecen
-maniquíes articulados con rutinas, abundan
-corazones semejantes á mongolfieras infladas de
-prejuicios. La honestidad del hombre mediocre
-equidista del bien y del mal; niega al segundo sin
-afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin
-admirar la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos.
-La garra del pasado ásele del corazón,
-estrujándole en germen todo gesto libertario. Sus
-prejuicios son los documentos arqueológicos de la
-psicología social: residuos de virtudes crepusculares,
-supervivencias de morales extinguidas.</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_108"></a>[Pg 108]</span></p>
-
-<p>Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas
-de la santidad y de la virtud: prefieren al
-hombre honesto. Error ó mentira, conviene disiparlo.
-Honestidad no es virtud, aunque tampoco
-sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán
-de perfección: sobra para ello con no ostentar el
-mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es indispensable
-lo primero. Entre el vicio, que es una
-lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa
-la honestidad: patrimonio común de los mediocres
-morales.</p>
-
-<p>La virtud eleva al hombre sobre la moral de su
-rebaño; resiste activamente á ella. El virtuoso
-presiente alguna forma de perfección futura y le
-sacrifica los automatismos consolidados por el hábito.
-El honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia
-que le asigna un nivel moral superior al del
-vicioso, aunque permanece por debajo de quien
-practica activamente alguna virtud y orienta su
-vida hacia algún ideal.</p>
-
-<p>Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian,
-mide la moral con el doble decímetro de
-sus iguales, á cuyas fracciones resultan irreductibles
-las tendencias inferiores de los encanallados
-y las aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si
-aquél no llegara á asimilar los prejuicios, hasta saturarse
-de ellos, la sociedad le castigaría como delincuente
-por su conducta deshonesta; si pudiera
-sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos
-dignos de imitarse. La mediocridad está en no
-dar escándalo ni servir de ejemplo.</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_109"></a>[Pg 109]</span></p>
-
-<p>La virtud representa la aristocracia del corazón;
-la honestidad es democrática; el vicio es caótico.
-Por eso el talento moral está en la virtud, lo mediocre
-en la honestidad y lo inferior en el vicio.</p>
-
-<p>El hombre honesto puede practicar acciones
-cuya indignidad sospecha, toda vez que á ello se
-sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios,
-que son discordancias entre los hábitos adquiridos
-y las variaciones nuevas. Las acciones que ya son
-malas en el juicio original de los virtuosos, pueden
-seguir siendo buenas ante el colectivo de la grey.
-El hombre superior practica la virtud tal como
-la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan
-á la multitud honesta; el mediocre sigue llamando
-bien á lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad
-de forjar el bien del porvenir. Sentir con
-el corazón de los demás equivale á pensar con
-cabeza ajena.</p>
-
-<p>La virtud suele ser un gesto audaz, como todo
-lo original; la honestidad es un harapiento uniforme
-que se endosa resignadamente. El mediocre
-teme á la opinión pública con la misma obsecuencia
-con que el zascandil teme al infierno; nunca
-tiene la audacia de parecer vicioso, ni aun cuando
-la apariencia del vicio es condición intrínseca de
-una virtud no comprendida. Renuncia á ella por
-los sacrificios que implica.</p>
-
-<p>Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo
-pueden mirar al sol de frente los que osan clavar
-su pupila sin temer la ceguera. Los corazones
-menguados no cosechan rosas en su huerto, por<span class="pagenum"><a id="Page_110"></a> [Pg 110]</span>
-temor á las espinas; los virtuosos saben que es
-necesario acometer las más punzantes para coger
-las flores mejor perfumadas.</p>
-
-<p>El honesto es enemigo del santo, como el rutinario
-lo es del genio; á éste le llama «loco» y al
-otro lo juzga «amoral». Y se explica: los mide con
-su propia medida, en que ellos no caben. En su
-diccionario, «cordura» y «moral» son los nombres
-que él reserva á su propia mediocridad. Para su
-moral de sombras, el hipócrita es honesto; el virtuoso
-y el santo, que la exceden, parécenle «amorales»,
-y con esta calificación les endosa veladamente
-cierta inmoralidad...</p>
-
-<p>Son hombres de pacotilla, hechos con retazos
-de catecismo y con sobras de vergüenza: el primer
-oferente los puede comprar á bajo precio. Con
-frecuencia mantiénense honestos por conveniencia;
-algunas veces por simplicidad: el prurito de
-la tentación no inquieta su tontería banal. Enseñan
-que es necesario ser como los demás; el virtuoso
-anhela ser mejor. Cuando nos dicen al oído
-que renunciemos al ensueño é imitemos al rebaño,
-no tienen valor de aconsejarnos derechamente la
-apostasía del propio ideal para complicarnos en la
-merienda ajena.</p>
-
-<p>La mediocridad predica: «no hagas mal y serás
-honesto». El talento moral tiene otras exigencias:
-«persigue una perfección y serás virtuoso». La honestidad
-está al alcance de todos; la virtud es de
-pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno
-con que lo sujetan sus cómplices; el hombre<span class="pagenum"><a id="Page_111"></a> [Pg 111]</span>
-virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala.
-La mediocridad moral es una resignación: simple
-falta de iniciativa, muchas veces, para practicar
-el mal.</p>
-
-<p>La honestidad puede ser industria, la virtud excluye
-el cálculo. No hay diferencia entre el cobarde
-que modera sus acciones por miedo al castigo
-y el codicioso que las estimula por la esperanza
-de una recompensa; ambos llevan en partida
-doble sus cuentas corrientes con los prejuicios
-sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla
-ante un peligro es indigno de nombrar la virtud:
-por ella se arriesgan en la proscripción ó la miseria.
-No diremos por eso que el virtuoso es infalible.
-Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones
-espontáneas, el reconocimiento leal de los
-propios errores como una lección para los demás,
-la firme rectitud de la conducta ulterior. El que
-paga una culpa con muchos años de virtud, es
-como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio,
-el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergüenza
-de ellos, agravándolos con el impudor,
-subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos
-con el aprovechamiento de los resultados.</p>
-
-<p>Predicar la honestidad sería excelente si no fuera
-un renunciamiento á la virtud, cuyo norte es la
-perfección incesante. Su elogio ha empañado el
-culto del honor en las burguesías igualitarias y es
-la prueba más segura del descenso moral de una
-sociedad. Encumbrando al mediocre se afrenta al
-superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los<span class="pagenum"><a id="Page_112"></a> [Pg 112]</span>
-espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad
-y la firmeza á fuerza de transigir con el servilismo
-y la hipocresía.</p>
-
-<p>Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo
-es envilecerse. Stendhal reducía la honestidad
-á una simple forma de miedo; conviene agregar
-que no es un miedo al mal en sí mismo, sino
-á la reprobación de los demás; por eso es compatible
-con una total ausencia de escrúpulos para
-todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda
-permanecer ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu'
-on appelle les honnêtes gens: c'est hideux», decía
-Talleyrand, preguntándose qué sería de los
-hombres honestos si el interés ó la pasión entraran
-en juego. Su temor del vicio y su impotencia
-para la virtud se equivalen; son simples beneficiarios
-de la mediocridad moral que les rodea. Llaman
-mérito á su mansedumbre. No son asesinos,
-pero no son héroes; no roban, pero no dan media
-capa al desvalido; no son traidores, pero no son
-leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden
-al asaltado; no violan vírgenes, pero no redimen
-caídas; no conspiran contra la sociedad, pero
-no cooperan al común engrandecimiento.</p>
-
-<p>Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres&mdash;propia
-de mentes rutinarias y de caracteres
-domesticados&mdash;, existe una heráldica moral cuyos
-blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis
-de la tímida obsecuencia á los prejuicios que
-paraliza el corazón de los temperamentos vulgares
-y degenera en esa apoteosis de la platitud sen<span class="pagenum"><a id="Page_113"></a> [Pg 113]</span>timental
-que caracteriza la irrupción de todas las
-burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasión,
-arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intención
-y en las obras. No la hay cuando los actos
-desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la
-intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral
-es más nociva en los hombres conspicuos y en
-las clases privilegiadas. El sabio que traiciona á
-su verdad, el filósofo que vive fuera de su moral
-y el noble que deshonra su cuna, descienden á la
-más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables
-que el truhán encenagado en el delito.
-Los privilegios de la cultura y del nacimiento imponen
-al que los disfruta una lealtad ejemplar para
-consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro
-afán de perfección es inútil que perdure en
-vanos títulos y pergaminos; noble es el que revela
-en sus actos un respeto por su rango y no el
-que alega su alcurnia para justificar actos innobles.
-Por la virtud, nunca por la honestidad, se
-miden los valores de la aristocracia moral.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">La moral de Tartufo.</span></h3>
-
-<p>La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad;
-ella hace enmudecer los escrúpulos en los
-espíritus incapaces de resistir la tentación del
-mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de
-coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano
-que fecundiza los temperamentos mediocres,<span class="pagenum"><a id="Page_114"></a> [Pg 114]</span>
-permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos
-árboles cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen
-á inmediaciones de las ciénagas.</p>
-
-<p>Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal:
-zarzagán del entusiasmo. Los hombres rebajados
-por ella viven sin ensueño, ocultando sus intenciones,
-enmascarando sus sentimientos, dando
-saltos como el eslizón. Tienen la certidumbre de
-que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos,
-arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente
-su moral: implica siempre una simulación de la
-virtud.</p>
-
-<p>Los hipócritas ignoran la perfección; más aún,
-la aborrecen con tanto énfasis como al crimen
-desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran
-el valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la
-responsabilidad de sus acciones, son audaces en
-la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran embozados
-y agreden en la sombra, escamotean vocablos
-ambiguos, alaban con reticencias ponzoñosas
-y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen
-un penacho que sea galardón inconfundible: cierran
-todas las rendijas de su espíritu por donde
-podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje
-social de la mentira.</p>
-
-<p>Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes
-y cualidades que considera ventajosas para
-acrecentar la sombra que proyecta en su escenario.
-Así como los ingenios exiguos simulan el talento
-intelectual, embalumándose de refinados artilugios
-y defensas, los sujetos de moralidad inde<span class="pagenum"><a id="Page_115"></a> [Pg 115]</span>cisa
-simulan el talento moral, soslayando de esmerilada
-virtud su honestidad insípida. Los caracteres
-hipócritas ignoran el veredicto del propio
-tribunal interior; persiguen el salvoconducto
-otorgado por los cómplices de sus prejuicios convencionales.</p>
-
-<p>Es seductora la apariencia de la virtud; el
-hipócrita suele aventajarse de ella mucho más
-que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres
-respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el
-disfraz; bastaría acercarse á ellos, un solo minuto,
-para advertir su doblez y trocar en desprecio la
-estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se
-mide por la distancia á que se les contempla. Pero
-el psicólogo reconoce al hipócrita. Ciertos rasgos
-distinguen al virtuoso del simulador; mientras éste
-es un custodio de los prejuicios que fermentan en
-su medio, aquél posee algún talento que le permite
-sobreponerse á ellos.</p>
-
-<p>Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita.
-No retrocede ante las arterías, es fácil á los
-besamanos fementidos, sabe oliscar el deseo de
-los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza
-de marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda
-vez que el éxito estriba en aptitudes viles: el
-hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada
-Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su
-Judas.</p>
-
-<p>La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral
-se aviene á vegetar en su honestidad lucífuga,
-no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su hipo<span class="pagenum"><a id="Page_116"></a> [Pg 116]</span>cresía
-es un simple reflejo de oblicuas mentiras
-que infestan la moral colectiva. Su culpa
-está en agitarse dentro de su basta condición, pretendiendo
-parodiar á los virtuosos. Chapaleando
-en los muladares de la intriga su honestidad se
-mancilla, rueda al vicio y se encanalla en pasiones
-innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos
-los rencores. Supone simplemente honesto, como
-él, á todo santo ó virtuoso; no descansa en amenguar
-sus méritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo
-hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores,
-pretende confundir sus excelencias con las
-propias mediocridades, desahoga sordamente una
-envidia que no confiesa, en la penumbra, ensalobrándose,
-babeando sin morder, mintiendo sumisión
-y amor á los mismos que detesta y carcome.
-Su mediocridad está agitada por escrúpulos que le
-obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es
-el más cruel de los suplicios. Es su castigo.</p>
-
-<p>El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía.
-En ello se distinguen la subrepticia medrosidad
-del mediocre y la adamantina lealtad del
-hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia
-palabras que son un estigma ó un epitafio;
-pero su rugido es la luz de un relámpago fugaz y
-no deja escorias en su corazón, se desahoga por
-un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas
-viriles poseen un exceso de fuerza plástica
-cuya función regeneradora cura prontamente las
-más hondas heridas y trae el perdón. La juventud
-tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad<span class="pagenum"><a id="Page_117"></a> [Pg 117]</span>
-de dramatizar largo tiempo las pasiones antisociales;
-el hombre que ha perdido la aptitud de borrar
-sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas
-son tan imborrables como sus canas. Y, como
-éstas, puede teñirse el odio: la hipocresía es la
-tintura de esas canas morales.</p>
-
-<p>Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa
-las más provechosas. Atafagado por preceptos que
-entiende mal, su moralidad parece un hueco armazón
-recubierto con remiendos de catecismo;
-por eso, para conducirse, necesita la muleta de
-alguna religión. Prefiere las que afirman el dogma
-del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por
-dinero. Su aritmética de ultratumba le permite
-disfrutar más tranquilamente los beneficios de su
-hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento,
-es una mueca que oculta intenciones
-malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático.
-En los santos y en los virtuosos, la religión y la
-moral pueden correr parejas; en los hipócritas, la
-conducta baila en compás distinto del que marcan
-los mandamientos.</p>
-
-<p>Las mejores máximas teóricas se convierten
-pronto en acciones abominables; cuanto más se
-pudre la moral práctica, tanto mayor es el esfuerzo
-por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta.
-Por eso es declamatoria y suntuosa la retórica
-de Tartufo, arquetipo del género, cuya creación
-pone á Molière entre los más geniales psicólogos
-de todos los tiempos. No olvidemos la historia
-de ese oblicuo devoto á quien el sincero<span class="pagenum"><a id="Page_118"></a> [Pg 118]</span>
-Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á
-toda su familia. Cleanto, un joven, se atreve á
-desconfiar de él; Tartufo consigue que Orgon expulse
-de su hogar á ese mal hijo y se hace legar
-sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte
-de su huésped. Para desenmascarar tanta
-infamia, su esposa se resigna á celebrar con Tartufo
-una entrevista, á la que Orgon asiste oculto.
-El hipócrita, creyéndose solo, expone los principios
-de su casuística perversa; hay acciones prohibidas
-por el cielo, pero es fácil arreglar con él
-estas contabilidades; según convenga pueden aflojarse
-las ligaduras de la conciencia, rectificando
-la maldad de los actos con la pureza de las doctrinas.
-Y para retratarse de una vez, agrega:</p>
-
-
-<div class="poetry-container pw25">
-<div class="poetry">
-<p class="p1"><i lang="fr" xml:lang="fr">En fin votre scrupule est facile à détruire:<br />
-Vous êtes assurée ici d'un plein secret,<br />
-Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;<br />
-Le scandale du monde est ce que fait l'offense<br />
-Et ce n'est pas pécher que pécher en silence.</i></p>
-</div>
-</div>
-
-<p>Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que
-son su pentateuco. La del hombre virtuoso es otra:
-está en la intención y en el fin de las acciones, en
-los hechos mejor que en las palabras, en la conducta
-ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates
-y Cristo fueron virtuosos contra la religión de
-su tiempo, los dos murieron á manos de un fanatismo
-que estaba ya divorciado de toda moral. La
-santidad está siempre fuera de la hipocresía colec<span class="pagenum"><a id="Page_119"></a> [Pg 119]</span>tiva.
-La exageración de las formas religiosas suele
-coincidir con la aniquilación de todos los idealismos
-en las naciones y en las razas; la historia marca
-esa intersección en la decadencia de las castas
-gobernantes, y dice que el tartufismo apuntala
-siempre la degeneración moral de las mediocracias.
-En esas horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo
-decrépito y alienta formidablemente en los
-ideales que renacen frente á él, inquietos, irrespetuosos,
-demoledores, aunque predestinados con
-frecuencia á caer en nuevos fanatismos y á oponerse
-á los ideales venideros.</p>
-
-<p>El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias,
-con tanto afán como pone el virtuoso en
-cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes
-pertinentes del <cite>Sartor Resartus</cite>; por ellos admira
-á Carlyle, tanto como otros por su culto á <cite>Los
-héroes</cite>. El respeto de las formas hace que los hipócritas
-de cada época y país adquieran rasgos comunes;
-hay una «manera» peculiar que trasunta
-el tartufismo en todos sus adeptos, como hay «algo»
-que denuncia el parentesco entre los afiliados á
-una tendencia artística ó escuela literaria. Ese
-estigma común á los hipócritas, que permite reconocerlos
-no obstante los matices individuales impuestos
-por el rango ó la fortuna, es su profunda
-animadversión á la verdad.</p>
-
-<p>La hipocresía es más honda que la mentira: ésta
-puede ser accidental, aquélla es permanente. El
-hipócrita transforma su vida entera en una mentira
-metódicamente organizada. Hace lo contrario<span class="pagenum"><a id="Page_120"></a> [Pg 120]</span>
-de lo que dice, toda vez que ello le reporte un
-beneficio inmediato; vive traicionando á sus palabras,
-como esos poetas que disfrazan con largas
-crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito
-de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando
-llega la hora de pronunciar una verdad; así
-como la pereza es la clave de la rutina y la avidez
-el móvil del servilismo, la mentira es el prodigioso
-instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado
-la Humanidad palabras más nobles que las
-de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido
-acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere
-su rango social, en la privanza ó en la proscripción,
-en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita
-está siempre dispuesto á adular á los poderosos
-y á engañar á los humildes, mintiendo á
-entrambos. El que se acostumbra á pronunciar
-palabras falsas, acaba por faltar á la propia sin
-repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad
-consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad
-es la condición fundamental de la virtud.
-Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio:
-«De siervos es mentir, de libres decir verdad»;
-todo hipócrita está predispuesto á adquirir sentimientos
-serviles y carácter doméstico. Es el lacayo
-de todos los que le rodean, el esclavo de mil
-amos, de un millón de amos, de todos los cómplices
-de su mediocridad.</p>
-
-<p>El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan,
-suponiendo que dice la verdad. El mentiroso
-conspira contra la quietud ajena, falta al respe<span class="pagenum"><a id="Page_121"></a> [Pg 121]</span>to
-á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza.
-Con mirar ojizaino persigue á los sinceros,
-creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la
-sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo
-y de anarquía, como si pudiera culparse á la
-escoba de que existan las basuras. En el fondo sospecha
-que el hombre sincero es fuerte é individualista,
-fincando en ello su altivez inquebrantable:
-su contradición con la hipocresía es una actitud
-de resistencia al mal que le acosa por todas
-partes. Se defiende contra la domesticación y el
-descenso común. Y dice su verdad como puede,
-cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir.
-Muchos santos enseñaron á morir por ella.</p>
-
-<p>El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se
-cree no tener. Hablan más de nobleza los nietos
-de truhanes; la virtud suele asomar en labios desvergonzados;
-la altivez sirve de estribillo á los
-envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los
-estafadores; la temperancia figura en el catecismo
-de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se
-adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto,
-ésta se va modificando en la constante labor;
-la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas,
-magüer los que la usen carezcan de
-autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos
-no creen al hipócrita, descubierto una vez; no
-le creen nunca, ni pueden dejar de creerle cuando
-sospechan que miente: quien es desleal con la verdad
-no tiene por qué ser leal con la mentira.</p>
-
-<p>El hábito de la ficción desmorona á los caracte<span class="pagenum"><a id="Page_122"></a> [Pg 122]</span>res
-hipócritas vertiginosamente, como si cada nueva
-mentira los empujara hacia el precipicio. Nada
-detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida
-se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en
-esa abyecta honestidad por cálculo que es simple
-sublimación del vicio. El culto de las apariencias
-lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira
-á ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira
-intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre
-los virtuosos por las prebendas y honores
-que tal condición puede reportarle. Faltándoles la
-osadía de practicar el mal, á que están inclinados,
-algunos conténtanse con sugerir que ocultan sus
-virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar
-con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos
-asoman por alguna parte, como las clásicas
-orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito
-son incompatibles con el tartufismo; la observación
-induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias
-morales. Ya enseñaba Horacio que «la
-virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería».
-(<em>Od.</em>, IV, 9, 29.)</p>
-
-<p>No teniendo valor para la verdad es imposible
-tenerlo para la justicia. En vano los hipócritas viven
-jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo
-aspavientos para adquirir prestigios catonianos:
-su mediocridad les impide ser jueces toda vez que
-puedan comprometerse con un fallo. Prefieren
-tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo
-que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo
-hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad<span class="pagenum"><a id="Page_123"></a> [Pg 123]</span>
-de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos
-deben ser relativos, aunque en lo íntimo de su
-mollera creen infalibles sus opiniones, por estar
-calcadas en los prejuicios de los demás. No osan
-proclamar su propia suficiencia; prefieren acomodarse
-á las opiniones suscriptas por el rebaño,
-avanzando en la vida sin más brújula que el éxito,
-ofreciendo el flanco y bordejeando, esquivos á
-poner la proa frente al obstáculo más leve. Los
-hombres leales son objeto de su odio acendrado,
-pues con su rectitud humillan á los oblicuos; pero
-el hipócrita sonríe servilmente á las miradas que
-lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae
-á estudiar los defectos de los hombres virtuosos
-para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á
-todas horas está obligado á tributarles. Difama
-sordamente y en secreto á los mismos que inciensa
-en público; traiciona siempre á los que alaba.
-Hay que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene
-tanteando la empuñadura de algún estilete
-oculto bajo su capa.</p>
-
-<p>Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie
-puede confiar en su recalcitrante simulación. Día
-por día se aflojan sus anastomosis con las personas
-que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse
-en la ternura ajena y va palideciendo como
-una planta que no recibe sol, agostado su corazón
-en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo,
-y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos
-se empequeñecen hasta vegetar en los invernáculos
-de la mentira y de la vanidad. Mientras los<span class="pagenum"><a id="Page_124"></a> [Pg 124]</span>
-caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido
-de su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles,
-los hipócritas se repliegan sobre sí mismos,
-sin darse, sin gastarse, retrayéndose, atrofiándose.
-Su falta de intimidades les impide toda expansión;
-viven obsesionados por el temor de que su
-mediocridad moral asome á la superficie. Saben
-que bastaría una leve brisa para descorrer el velo
-que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar
-en nadie, los hipócritas viven cegando las fuentes
-de su propio corazón: no sienten la raza, la patria,
-la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á
-todo y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad
-social, hasta caer en sórdidas caricaturas
-del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por
-las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia
-como una industria lucrativa para su reputación.
-Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad
-su donativo; figura en primera línea en todas
-las suscripciones públicas, pero no abriría su mano
-en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de
-caridad como si comprara acciones de una empresa;
-eso no le impide ejercer la usura en privado ó
-sacar provecho del hambre ajena.</p>
-
-<p>Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle
-á complicidades indignas. Para satisfacer
-alguno de sus apetitos no vacilará ante las más
-grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan
-consecuencias imprevistas. Una palabra del
-hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó para
-distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas<span class="pagenum"><a id="Page_125"></a> [Pg 125]</span>
-por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar
-una felicidad, destruir una armonía, quebrar
-una concordancia. Su cariño por la mentira le
-hace acoger benévolamente cualquier infamia,
-desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito,
-subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán
-hondo, tan irresponsable como esas alimañas que
-cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces
-de las flores más delicadas.</p>
-
-<p>Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive
-desconfiando de todos, hasta caer en el supremo
-infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso
-lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo
-escuchar en cada palabra un reproche merecido;
-en ello no hay dignidad, sino remordimiento.
-En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo
-la susceptibilidad con la delicadeza;
-aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.</p>
-
-<p>Difieren como la cobardía y la prudencia, como
-el cinismo y la sinceridad. La desconfianza del
-hipócrita es una caricatura de la delicadeza del
-orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible
-al hombre de méritos excelentes, toda vez
-que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo
-y cuyo camino es la adulación. El hombre
-digno puede exigir respeto para ese valor moral
-que no manifiesta por los modos vulgares de la
-protesta estéril; esa exigencia le torna despreciativo
-frente á los hipócritas domesticados. Es raro
-el caso. Frecuentísima es, en cambio, la suscepti<span class="pagenum"><a id="Page_126"></a> [Pg 126]</span>bilidad
-del hipócrita que teme verse desenmascarado
-por los sinceros.</p>
-
-<p>Sería extraño que conservaran tal delicadeza,
-única sobreviviente en el naufragio de las demás.
-El hábito de fingir es incompatible con esos matices
-del orgullo; la mentira es opaca á cualquier
-resplandor de dignidad. La conducta de los mediocres
-no puede conservarse adamantina; los expedientes
-equívocos se encadenan hasta ahogar
-los últimos escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás
-sus prejuicios, endeudándose moralmente con
-la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes
-materiales y olvidan que las deudas torpemente
-contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo
-no devuelto es un nuevo eslabón remachado
-á su cadena; se le hace imposible vivir dignamente
-en una ciudad donde hay calles que no puede
-cruzar y entre personas cuya mirada no puede
-sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la
-hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando
-al hombre su libertad de espíritu y su independencia
-de conducta. Las deudas contraídas por
-vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el
-que las acumula, renuncia á toda dignidad.</p>
-
-<p>Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á
-la intriga, ignora las firmezas de la rectitud. Suele
-tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía
-no ata por el corazón, sino por el interés.
-Los hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas,
-están siempre dispuestos á abdicar cualquier
-ideal en homenaje á un beneficio inmediato;<span class="pagenum"><a id="Page_127"></a> [Pg 127]</span>
-eso les veda la amistad con espíritus superiores.
-El gentilhombre tiene siempre un enemigo en el
-mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones
-sólo es posible entre iguales. El hombre
-excelente no puede entregarse nunca á su amistad;
-el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo
-con alguna infamia, vengando su propia inferioridad.
-La Bruyère escribió una máxima imperecedera:
-«En la amistad desinteresada hay placeres
-que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres»;
-éstos no necesitan amigos sino cómplices,
-buscándolos entre los que conocen esos secretos
-resortes descriptos por Renouvier como una simple
-«solidaridad del mal». Si el hombre sincero se
-entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora
-propicia para traicionarlo; por eso la amistad es
-difícil para los grandes espíritus y la intimidad
-tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado
-sobre el nivel común. Los hombres eminentes por
-su carácter, su talento ó su virtud, necesitan infinita
-sensibilidad y tolerancia para ser capaces
-de amistad; cuando poseen esos atributos nada
-pone límites á su ternura y su devoción. Entre
-hombres excelentes la amistad crece despacio y
-prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento
-de méritos recíprocos; entre hombres vulgares
-crece inmotivadamente, pero permanece raquítica,
-fundándose á menudo en la complicidad
-del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede
-crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces
-lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando<span class="pagenum"><a id="Page_128"></a> [Pg 128]</span>
-que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos.
-Mientras en los hipócritas las complicidades
-se extinguen con el interés que las determina,
-en los caracteres leales la amistad dura tanto
-como los méritos que la inspiran.</p>
-
-<p>Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato.
-Invierte las fórmulas del reconocimiento: aspira á
-la divulgación de los favores que hace, sin ser
-por ello sensible á los que recibe. Multiplica por
-mil lo que da y divide por un millón lo que acepta.
-Ignora la gratitud,&mdash;virtud de elegidos,&mdash;esa
-inquebrantable cadena remachada para siempre
-en los corazones sensibles por los que saben
-dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos
-sin saberlo, por simple error de su contabilidad
-sentimental. Para evitar la ingratitud ajena
-sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen
-su decisión sin esfuerzo, limitándose á ejercer
-sus formas ostensibles, en la proporción que
-pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos
-son otros; el hipócrita sigue siendo honesto aunque
-practique la ingratitud.</p>
-
-<p>La psicología de Tartufo sería incompleta si
-olvidáramos que coloca en lo más hermético de
-sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer
-de pasiones inherentes á la condición humana.
-Frente al pudor instintivo, casto por definición,
-los hipócritas han organizado un pudor convencional,
-que es impúdico y corrosivo. La capacidad
-de amar, cuyas efervescencias santifican la
-vida misma, eternizándola, les parece inconfesa<span class="pagenum"><a id="Page_129"></a> [Pg 129]</span>ble,
-como si el beso febril de dos bocas amantes
-fuera menos natural que el beso del sol cuando
-enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto
-y misterioso todo lo concerniente al amor, como
-si el convertirlo en delito no acicatara la tentación
-de los castos; pero esa pudibundez visible no
-les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones
-más torpes. Se escandalizan de la pasión sin
-renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo.
-Encuentran que el mal no está en las
-cosas mismas, sino en las apariencias, formándose
-una moral para sí y otra para los demás, como las
-casadas que se creen honestas aunque tengan
-varios amantes y reprochan severamente á la que
-ama á uno solo sin tener marido.</p>
-
-<p>No tiene límites esta escabrosa frontera de la
-hipocresía. Celosos catones de las costumbres,
-persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones
-de la belleza artística. Pondrían una hoja
-de parra en la mano de la Venus Medicea, como
-otrora injuriaron telas y estatuas para velar las
-más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento.
-Esos espíritus vulgares confunden la castísima
-armonía de la belleza plástica con la intención
-obscena que los asalta al contemplarla: no
-advierten que la perversidad está siempre en
-ellos, nunca en la obra de arte.</p>
-
-<p>El pudor de los hipócritas es la peluca de su
-calvicie moral.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_130"></a>[Pg 130]</span></p>
-
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">Los tránsfugas de la honestidad.</span></h3>
-
-<p>Mientras el hipócrita merodea en la penumbra,
-el inválido moral se refugia en la obscuridad. En
-el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad
-ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido
-por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía
-consentida hasta el crimen castigado, la transición
-es insensible: la noche se incuba en el
-crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa
-á la infamia gradualmente, por matices leves y
-concesiones sutiles. En eso está el peligro de la
-conducta acomodaticia y vacilante.</p>
-
-<p>Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación;
-desprecian la prudente cobardía de
-Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular,
-agreden los prejuicios consagrados; y como la
-sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su
-propia existencia, ellos tienden sus guerrillas, desembozadamente,
-contra ese mismo orden social
-cuya custodia obsesiona á los mediocres.</p>
-
-<p>Comparado con el inválido moral, el hombre honesto
-parece una alhaja. Esa distinción es necesaria;
-hay que hacerla en su favor, seguros de que
-él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también
-lo es de crimen; sabe disfrazar sus instintos,
-encubre el vicio, elude el delito. En los otros, en
-cambio, toda perversidad brota á flor de piel,
-como una erupción pustulosa; son incapaces de
-sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son<span class="pagenum"><a id="Page_131"></a> [Pg 131]</span>
-de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan
-por merecer el purgatorio; los delincuentes
-se han decidido por el infierno, embistiendo
-sin escrúpulos ni remordimientos contra el armazón
-de prejuicios y leyes que la sociedad les
-opone.</p>
-
-<p>Cada agregado humano cree que «la» verdadera
-moral es «su» moral, olvidando que hay tantas
-como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso,
-honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad
-del grupo, variable en el tiempo y en el espacio.
-La «moral» no es una realidad, no tiene existencia
-esotérica, como no lo es la «sociedad» abstractamente
-considerada.</p>
-
-<p>El bien y el mal serían idénticos si se les considerara
-en sí mismos, objetivamente, como atributos
-de ciertos hechos; se diferencian en nuestro
-juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda
-al aire y apuestan «á cara ó cruz», la cara es el
-bien de uno y el mal de otro, lo mismo que la
-cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al
-bien ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética
-son juicios elementales que acompañan á los conceptos
-de útil y nocivo, son movedizas sombras
-chinescas que los fenómenos reales proyectan en
-la psiquis social: calificaciones que ella hace de
-fenómenos indiferentes en sí mismos. Esa calificación
-se transmuta continuamente, transformándose
-sin cesar el bien en mal y viceversa.</p>
-
-<p>Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se
-transforman obedeciendo al enmarañado determi<span class="pagenum"><a id="Page_132"></a> [Pg 132]</span>nismo
-de la evolución social. En cada ambiente y
-en cada momento histórico existe un criterio medio
-que sanciona como buenos ó malos, honestos
-ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los actos
-individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva.
-En cada momento histórico ese criterio
-medio es la subestructura de la moral, variable
-siempre.</p>
-
-<p>Las morales no nacen de principios abstractos;
-la pequeñez de nuestro espíritu, frente al espacio
-y al tiempo infinitos, suele inducirnos en el error
-de suponer que existen dogmas eternos é inmutables.
-Sus fórmulas, aplicadas á la calificación de
-un acto ó de una conducta, son conceptos efímeros
-establecidos por cada sociedad, que los deforma
-y subvierte cuando la conveniencia colectiva
-lo exige. Un acto no es honesto ni delictuoso en sí
-mismo, sino ante el juicio de la sociedad en que se
-produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha
-por la vida se transforman, modifícase la apreciación
-de ciertos actos y varía su interpretación.</p>
-
-<p>Ésa es la única teoría natural del delito, como
-acto antisocial: los delincuentes son individuos
-incapaces de adaptar su conducta á la moralidad
-media de la sociedad en que viven. Son inferiores;
-tienen el «alma de la especie», pero no adquieren
-el «alma social». Divergen de la mediocridad,
-pero en sentido opuesto á los hombres excelentes,
-cuyas variaciones originales determinan
-una desaptación evolutiva en el sentido de la perfección.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_133"></a>[Pg 133]</span></p>
-
-<p>Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de
-la degeneración desfilan en su caleidoscopio, como
-si al conjuro de un maléfico exorcismo se convirtieran
-en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos
-de un infierno dantesco: parásitos de la escoria
-social, fronterizos de la infamia, comensales del
-vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados
-por sentimientos anormales, espíritus que
-sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas
-y sufren la carcoma inexorable de las miserias
-ambientes.</p>
-
-<p>Irreductibles é indomesticables, aceptan como
-un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan
-por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando
-sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino
-involuntario y en los mudos labios la mueca
-oblicua del que escruta á sus semejantes con ojo
-enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de
-un complejo determinismo, superior á todo freno
-ético; súmanse en ellos los desequilibrios transfundidos
-por una herencia malsana, las deformes
-configuraciones morales plasmadas en el medio social
-y las mil circunstancias ineludibles que atraviésanse
-al azar en su existencia. La ciénaga en
-que chapalean su conducta asfixia los gérmenes
-posibles de todo sentido moral, desarticulando las
-últimas anastomosis que los vinculan al solidario
-consorcio de los mediocres. Viven adaptados á
-una moral aparte, con panoramas de sombrías
-perspectivas, esquivando los clarores luminosos y
-escurriéndose entre las penumbras más densas;<span class="pagenum"><a id="Page_134"></a> [Pg 134]</span>
-fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes
-ciudades modernas, retoñan en todas las grietas
-del edificio social y conspiran sordamente
-contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta
-características del hombre mediocre, eminentemente
-conservador y disciplinado. La imaginación
-nos permite alinear sus torvas siluetas
-sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular
-vuelca sus tonos violentos de oro y de
-púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de
-macabra legión que marcha atropelladamente hacia
-la ignominia.</p>
-
-<p>En esa pléyade anormal culminan por su virulencia
-los fronterizos del delito. Su débil sentido
-moral les impide conservar intachable su conducta,
-sin caer por ello en plena delincuencia: son los
-imbéciles de la honestidad, distintos del idiota
-moral que rueda á la cárcel. No son delincuentes
-ante la ley, pero son incapaces de mantenerse honestos;
-pobres espíritus, de carácter claudicante y
-voluntad relajada, no saben poner vallas seguras á
-los factores ocasionales, á las sugestiones del medio,
-á la tentación del lucro fácil, al contagio imitativo.
-Viven solicitados por tendencias opuestas,
-oscilando entre el bien y el mal, como el asno de
-Buridán. Son caracteres conformados minuto por
-minuto en el molde inestable de las circunstancias.
-Ora son auxiliares permanentes del vicio y
-del delito, ora delinquen á medias por incapacidad
-de ejecutar un plan completo de conducta antisocial,
-ora tienen suficiente astucia y previsión para<span class="pagenum"><a id="Page_135"></a> [Pg 135]</span>
-llegar al borde mismo del manicomio y de la cárcel,
-sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta,
-larvada, accidental ó alternante, representan
-las etapas de transición entre la honestidad y
-el delito, la zona de interferencia entre el bien y
-el mal, socialmente considerando. Carecen del
-equilibrismo oportunista que salva del naufragio
-á los hombres mediocres.</p>
-
-<p>Un estigma irrevocable impídeles conformar sus
-sentimientos á los criterios morales de su sociedad.
-En algunos es producto del temperamento
-nativo; son los delincuentes natos ó locos morales,
-incapaces de organizarse una personalidad mediocre
-y mantenerse honestos; pululan en las cárceles
-y viven como enemigos dentro de la sociedad
-que los hospeda. En muchos la degeneración moral
-es adquirida, fruto de la educación; en ciertos
-casos deriva de la lucha por la vida en un medio
-social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres
-desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del
-azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse
-de ella, como la fiera que ha errado el
-salto. En otros hay una inversión de los valores
-éticos, una perturbación del juicio que impide medir
-el bien y el mal con el cartabón aceptado por
-la sociedad; son invertidos morales, inaptos para
-estimar la honestidad y el vicio. Instables hay,
-por fin, cuyo carácter traduce la ausencia de sólidos
-cimientos que los aseguren contra el oscilante
-vaivén de los apremios materiales y la alternativa
-inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos<span class="pagenum"><a id="Page_136"></a> [Pg 136]</span>
-inválidos no sienten la coerción del rebaño; su moralidad
-inferior chapalea en el vicio hasta el momento
-de rodar al delito.</p>
-
-<p>Algunos son extrasociales, como el vagabundo
-ó el loco. Otros son antisociales, como el delincuente
-y el sectario. Los primeros, en su gran
-mayoría, para nada cuentan en la historia de la
-sociedad; paralíticos de la voluntad ó del carácter,
-enfermos de la inteligencia ó del sentimiento, son
-animales descarriados de la grey humana, condenados
-á vegetar una semivida cuyos más nobles
-resortes están enmohecidos. En muchos de los segundos,
-en cambio, la incapacidad de adaptarse á
-la mentalidad social se traduce por una conducta
-delictuosa; el animal no se limita á aislarse del
-rebaño, se rebela contra él, compromete el orden
-de cosas establecido para salvaguardar la vida y
-los intereses de sus componentes. Son tristes siempre,
-siniestros con frecuencia.</p>
-
-<p>Complejos estudios han florecido en los últimos
-cincuenta años, dilatando pavorosamente los dominios
-estrechos de la primitiva patología mental.
-Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban
-la existencia de innumerables variedades que hoy
-pueblan la zona del desequilibrio y la anormalidad,
-fluctuando desde la demencia y el delito hasta la
-avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos intérlopes:
-el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el
-difamador. No caben ellos en el marco de la mediocridad;
-su incapacidad de imitar á los que les
-rodean, de domesticarse en la disciplina social,<span class="pagenum"><a id="Page_137"></a> [Pg 137]</span>
-impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada
-que constituye «el rebaño de los que pasan en
-los siglos sin nombre y sin número.» Estos inadaptables
-son moralmente inferiores al hombre mediocre.
-Sus matices son variados: actúan en la
-sociedad como los insectos dañinos en la naturaleza.</p>
-
-<p>El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía.
-Los mediocres no les perdonan el impudor de
-su infamia y organizan contra ellos un complejo
-armazón defensivo de códigos, jueces y presidios.
-Á través de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido
-ineficaz; constituyen una horda extranjera y hostil
-dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza,
-embozada en el procedimiento, infatigable en
-la tramitación aleve de sus programas trágicos.
-Algunos confían su vanidad al filo de la cuchilla
-subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante
-presteza contra el corazón ó la espalda;
-otros deslizan furtivamente su ágil garra sobre el
-oro ó la gema que tientan su avidez con seducciones
-irresistibles; éstos violentan, como infantiles
-juguetes, los obstáculos con que la prudencia del
-mediocre custodia el tesoro acumulado en interminables
-etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos
-denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo
-los encantos de su cuerpo venusto á la
-insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos
-succionan la entraña de la miseria en inverosímiles
-aritméticas de usura, como tenias solitarias que
-nutren su inextinguible voracidad en los jugos<span class="pagenum"><a id="Page_138"></a> [Pg 138]</span>
-icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan
-conciencias inexpertas para explotar los riquísimos
-filones de la ignorancia y el fanatismo.
-Todos son equivalentes en el desempeño de su
-parasitaria función antisocial, idénticos todos en
-la inadaptación de sus sentimientos más elementales.
-Converge en ellos una inveterada complicidad
-de instintos y de perversiones que hace de
-cada conciencia una pústula, arrastrándolos á malvivir
-del vicio y del delito.</p>
-
-<p>Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de
-su inferioridad biológica ó social, encontramos una
-pincelada común en todos los hombres que permanecen
-bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud
-constante para adaptarse á las condiciones que,
-en cada colectividad humana, limitan la lucha por
-la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre
-mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías
-de la sociedad en que vejeta.</p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">Los senderos de la virtud: el corazón
-y el cerebro.</span></h3>
-
-<p>La honestidad es una imitación; la virtud es
-una originalidad. Solamente los innovadores poseen
-talento moral y es obra suya cualquier ascenso
-hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir
-sus huellas, incorporando á la honestidad banal lo
-que fué antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_139"></a>[Pg 139]</span></p>
-
-<p>Hemos distinguido al deshonesto del mediocre,
-que se enorgullece de ser honesto frente á aquél.
-Insistamos en que la honestidad no es la virtud; él
-se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda
-le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es
-activa; excede infinitamente en variedad, en originalidad,
-en coraje, á la práctica rutinaria de esos
-prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia
-ó de la cárcel.</p>
-
-<p>Ser honesto implica someterse á las convenciones
-corrientes: sírvele de maestra la hipocresía.
-Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas,
-exponiéndose á que los honestos consideren enemigo
-de toda moral al que lo es solamente de sus
-prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera adulado
-á sus conciudadanos, la historia helénica no estaría
-manchada por su condena y el sabio no habría
-bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su virtud
-consistió en resistir los prejuicios de los demás. Si
-viviéramos entre dignos y santos, la opinión ajena
-podría evitarnos tropiezos y caídas; pero es cobardía,
-viviendo entre mediocres, rebajarse al común
-nivel por miedo de atraerse sus iras. Hacer como
-todos, puede implicar hacer lo indigno; el progreso
-moral tiene como condición adelantarse á su tiempo,
-como cualquier otro progreso.</p>
-
-<p>Si existiera una moral eterna&mdash;y no tantas morales
-cuantos son los pueblos&mdash;podría tomarse en
-serio la leyenda bíblica del árbol cargado de frutos
-del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos
-de hombres: el bueno y el malo, el honesto y el<span class="pagenum"><a id="Page_140"></a> [Pg 140]</span>
-deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el
-inmoral. Pero no es así. Los juicios de valor se
-transforman: el bien de hoy es el mal de ayer, el
-mal de hoy es el bien de mañana.</p>
-
-<p>No es el hombre moralmente mediocre&mdash;el honesto&mdash;quien
-determina las transformaciones de
-la moral: él vive perfectamente adaptado á los
-dogmatismos corrientes en su medio.</p>
-
-<p>Son los virtuosos y los santos, inconfundibles
-con él. Precursores, apóstoles, mártires, inventan
-formas superiores del bien, las enseñan, las
-predican, las imponen. Toda moral futura es un
-producto de esfuerzos individuales, obra de caracteres
-excelentes que conciben y practican perfecciones
-inaccesibles al hombre honesto. En eso
-consiste el talento moral, que forja la virtud, y el
-genio moral, que crea la santidad. Sin estos hombres
-originales no se concebiría la transformación
-de las costumbres; conservaríamos los sentimientos
-y acciones de los primitivos seres humanos.
-Toda evolución moral es un esfuerzo del talento
-virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte
-condescendencia de la mediocridad para con el
-pasado.</p>
-
-<p>La evolución de las virtudes depende de todos
-los factores morales é intelectuales. El cerebro
-suele anticiparse al corazón; pero nuestros sentimientos
-influyen más intensamente que nuestras
-ideas en la formación de los criterios morales. El
-hecho es más notorio en las sociedades que en los
-individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si re<span class="pagenum"><a id="Page_141"></a> [Pg 141]</span>sucitase
-un griego ó un romano, su cerebro permanecería
-atónito ante nuestra cultura intelectual,
-pero su corazón podría latir al unísono con
-muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre
-el universo, el hombre y las cosas contrastarían
-con las nuestras, pero sus sentimientos ajustaríanse
-en gran parte á las palpitaciones del sentir
-moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales
-de la ciencia y la filosofía: los sentimientos
-centrales de la moral colectiva sólo sufren
-leves oscilaciones, porque los atributos biológicos
-de la especie humana varían lentamente. Nos
-fuerzan á sonreir los conocimientos infantiles de
-los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven,
-sus virtudes nos entusiasman, sus héroes nos
-admiran y nos parecen honrados por los mismos
-atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces,
-como ahora, los hombres de ideas más opuestas
-practicaban análogas virtudes, frente á la mediocridad
-de su tiempo. El fondo sentimental no
-varía; lo que se trasmuta incesantemente es la
-forma intelectual que lo transforma en juicio de
-valor, dándole fuerza ética.</p>
-
-<p>Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos,
-que fueron antes virtudes, son juzgados
-más tarde como prejuicios. En cada momento histórico
-las virtudes coexisten con los prejuicios; el
-talento moral practica las primeras; la honestidad
-mediocre se aferra á los segundos. Los grandes
-virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra
-prejuicios; son sus enemigos al predicar una ele<span class="pagenum"><a id="Page_142"></a> [Pg 142]</span>vación
-moral en la forma que su cultura y su temperamento
-les sugieren. Aunque por distintos caminos,
-y partiendo de premisas racionales antagónicas,
-todos se proponen mejorar las virtudes en
-sentido propicio al enaltecimiento del hombre:
-son igualmente enemigos de los prejuicios de
-su tiempo.</p>
-
-<p>Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad
-opone demasiados obstáculos á su esfuerzo. Pensar
-el porvenir no implica practicarlo totalmente;
-basta la firme intención de marchar hacia él. Los
-que piensan como profetas pueden verse obligados
-á proceder como filisteos en muchos de sus
-actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que
-se concibe como perfección potencial; nunca llega
-á ser la perfección misma.</p>
-
-<p>La evolución moral es lenta, pero segura. La
-virtud arrastra y enseña; los honestos se resignan
-á imitar alguna parte de las excelencias que practican
-los virtuosos. Cuando se afirma que somos
-mejores que nuestros abuelos, sólo quiere expresarse
-que lo somos ante nuestra moral contemporánea.
-Fuera más exacto decir que diferimos de
-ellos. Sobre necesidades materiales, perennes en
-la especie, organízanse conceptos de perfección
-que varían á través de los tiempos; sobre las necesidades
-transitorias de cada sociedad se elabora
-el arquetipo de virtud más útil á su progreso.
-Mientras el ideal absoluto permanece indefinido y
-ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos
-enteros, el concepto concreto de las virtudes se<span class="pagenum"><a id="Page_143"></a> [Pg 143]</span>
-va plasmando en las variaciones reales de la vida
-social. Los mediocres practican rutinariamente la
-honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por mejorarse;
-los virtuosos ascienden por mil senderos
-hacia cumbres que se alejan sin cesar, hacia el
-infinito.</p>
-
-<p>Sobre cada uno de los sentimientos útiles para
-la vida humana puede florecer una virtud, una
-forma de talento moral. Hay filósofos que meditan
-durante largas noches insomnes, sabios que
-sacrifican su vida en los laboratorios, patriotas que
-mueren por la libertad de sus conciudadanos, altivos
-que renuncian todo favor que tenga por precio
-su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando
-el honor de sus hijos. El hombre mediocre
-no conoce esas virtudes: se limita á ser honesto,
-adhiriendo á todas las hipocresías, cumpliendo
-las leyes por temor de las penas que amenazan á
-quien las viola, trabajando con afán de lucro ó
-sed de vanidad, guardando la honra por no arrostrar
-las consecuencias de perderla.</p>
-
-<p>Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos
-fundamentales son la inferioridad, la mediocridad
-y el talento,&mdash;aparte del idiotismo y el
-genio, que ocupan sus extremos,&mdash;hay también
-una jerarquía moral representada por términos
-equivalentes. En el fondo de esas desigualdades
-hay una profunda heterogeneidad de temperamentos.
-La conformación á los catecismos ajenos
-resulta fácil para los hombres débiles, crédulos,
-timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones vehe<span class="pagenum"><a id="Page_144"></a> [Pg 144]</span>mentes,
-sin necesidad de independencia, sin irradiación
-de su personalidad; es inconcebible, en
-cambio, en las naturalezas idealistas y fuertes,
-capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales
-para no dejarse engañar por la mentira de los demás.
-Aquéllos no sienten la coacción moral del rebaño,
-pues la hipocresía es su clima propicio; éstos
-sufren, luchando entre sus inclinaciones y el
-falso concepto del deber impuesto por la sociedad.
-La mediocridad moral á que se ajustan los
-hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente
-superior. «Puede acordársele&mdash;dice
-Remy de Gourmont&mdash;el valor de una moda á la
-que uno se resigna para no llamar la atención,
-pero sin interesar el ser íntimo y sin hacerle ningún
-sacrificio profundo». En esa disconformidad
-con la hipocresía colectivamente organizada consiste
-la virtud, que es individual, á la contra de
-la caridad y la beneficencia mundanas, simples
-caricaturas colectivas, donde la miseria de los corazones
-tristes alimenta la vanidad de los cerebros
-vacíos.</p>
-
-<p>Los temperamentos capaces de virtud difieren
-por su intensidad. El primer germen de perfección
-moral se manifiesta en una decidida preferencia
-por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo.
-La bondad es el primer esfuerzo hacia
-la virtud: el hombre bueno, esquivo á las hipócritas
-condescendencias permitidas por la honestidad,
-lleva en sí una partícula de santidad. El
-«buenismo» es la moral de los pequeños virtuo<span class="pagenum"><a id="Page_145"></a> [Pg 145]</span>sos;
-su prédica es plausible, siempre que enseñe á
-evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de
-bondad que no podrían distinguirse del envilecimiento;
-hay falta de justicia en la moral del perdón
-sistemático. Está bien perdonar una vez y sería
-inicuo no perdonar ninguna; pero el que perdona
-dos veces se hace cómplice de los malvados.
-No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen
-abofeteado la segunda mejilla que ofreció al
-que le afrentaba la primera: los evangelistas no
-osaron plantearse este problema.</p>
-
-<p>Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también
-á no ofender. Será más eficiente. Enseñémoslo
-con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la
-primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos
-que la segunda suele ser por maldad. El mal
-no se corrige con la complacencia ó la complicidad;
-es nocivo como los venenos y debe oponérsele
-antídotos eficaces: la reprobación y el desprecio.</p>
-
-<p>Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del
-bien á su prédica. Mientras los hipócritas recetan
-la austeridad, reservando la indulgencia para sí
-mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen su
-propia conducta. Para los demás encuentran una
-disculpa, en la debilidad humana ó en la tentación
-del medio: «tout comprendre c'est tout pardonner»;
-sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan
-sus propias culpas y errores; y si no olvidan
-las ajenas, tampoco se preocupan de atormentarlas
-con su odio, pues saben que el tiempo las cas<span class="pagenum"><a id="Page_146"></a> [Pg 146]</span>tiga
-fatalmente, por esa gravitación que abisma á
-los perversos como si fueran globos desinflados.
-Su corazón es sensible á las pulsaciones de los ajenos,
-abriéndose á toda hora para adulcir las penas
-de un desventurado y previniendo sus necesidades
-para ahorrarle la humillación de pedir ayuda;
-hacen siempre todo lo que pueden, poniendo en
-ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho
-más y mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen
-de cultura, prodigando su aplauso á toda idea
-original y compadeciendo á los ignorantes sin reproches
-inoportunos; su cordialidad sincera con
-los espíritus humildes no está corroída por la urbanidad
-convencional.</p>
-
-<p>Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación
-frecuente, cuotidiana; sirven para distinguir
-al bueno del mediocre y difieren tanto de la honestidad
-como el buen sentido difiere del sentido
-común. Importan una elevación sobre la mediocridad;
-los que saben practicarlas merecen los elogios
-que tan pródigamente se les tributan. Desde
-Platón y Plutarco está hecha su apología; ello no
-impide su asidua reiteración por escritores que
-glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase
-de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions
-dans les petites luttes. Il y a des bravoures opiniatres
-et ignorées qui se défendent pied á pied
-dans l'ombre contre l'envahissement fatal des
-nécessités. Noble et mistérieux triomphe qu'aucun
-regard ne voit, qu'aucune renommée ne paye,
-qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur<span class="pagenum"><a id="Page_147"></a> [Pg 147]</span>,
-l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des
-champs de bataille qui ont leurs héros; héros
-obscurs plus grands parfois que les héros illustres».</p>
-
-<p>No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes
-son pequeñas; es grave error oponerlas á las grandes.
-Ellas revelan una loable tendencia, pero no
-pueden compararse con el asiduo celo de perfección
-que convierte la bondad en virtud. Para esto
-se requiere cierta intelectualidad superior; las
-mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente
-y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter
-amorfo. Á los que dicen: «no hay tonto malo»,
-podría respondérseles que la incapacidad del mal
-no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo
-litigio que proponía á elegir entre un imbécil bueno
-y un inteligente malo; pero está seguramente
-resuelto que la imbecilidad no es una presunción
-de virtud, ni la inteligencia lo es de perversidad.
-Ello no impide que muchos mediocres protesten
-contra el ingenio y la ilustración, glosando la paradoja
-de Rousseau, hasta inferir de ella que la
-escuela puebla las cárceles y que los hombres más
-buenos son los torpes é ignorantes.</p>
-
-<p>Sócrates enseñó&mdash;hace de esto algunos años&mdash;que
-la Ciencia y la Virtud se confunden en una
-sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer
-el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los
-que no lo ven; nadie sería malo sabiéndolo. El
-hombre más inteligente y más ilustrado puede ser
-el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre<span class="pagenum"><a id="Page_148"></a> [Pg 148]</span>
-lo sea. En cambio el torpe y el ignorante no pueden
-serlo nunca, irremisiblemente.</p>
-
-<p>La moralidad es tan importante como la inteligencia
-en la composición global del carácter. Los
-más grandes espíritus son los que asocian las luces
-del intelecto con las magnificencias del corazón.
-La «grandeza de alma» es bilateral. Son raros
-esos talentos completos ó poliédricos; son excepcionales
-esos genios. Así lo enseñan los epítomes
-de psicología escolar. Los caracteres perfectamente
-equilibrados son rarezas. Los hombres
-excelentes brillan por esta ó aquella aptitud, sin
-resplandecer en todas; hay asimismo talentos de
-alguna aptitud intelectual, que no lo son en virtud
-alguna, y hombres virtuosos que no asombran por
-sus dotes intelectuales.</p>
-
-<p>Ambas formas de talento, aunque distintas y
-cada una multiforme, son igualmente necesarias y
-merecen el mismo homenaje. Pueden observarse
-aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre
-excelente. Aisladas poco valen. La virtud es inconcebible
-en el imbécil y el ingenio es infecundo
-en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad
-á la inteligencia es un renunciamiento de
-toda dignidad; el más ingenioso de los hombres
-sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio
-de la rutina, del prejuicio ó del servilismo:
-sus triunfos serían su vergüenza, no su gloria. Por
-eso dijo Cicerón, ha muchos siglos: «Cuanto más
-fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y
-sospechoso se vuelve si pierde su reputación de<span class="pagenum"><a id="Page_149"></a> [Pg 149]</span>
-honesto». (<em>De Offic.</em>, II, 9.) Verdad es que el tiempo
-perdona sus vicios á los genios y á los héroes,
-capaces de exceder con el bien que hacen al mal
-que no dejaron de hacer; pero ellos son excepciones
-raras y en vida habría que medirlos con el
-criterio de la posteridad: la transcendente magnitud
-de su obra.</p>
-
-<p>Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes,
-como el de fallar si son preferibles los que
-crean, inventan y perfeccionan en las ciencias
-y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto
-de energías morales que impulsa á jugar
-el porvenir y la vida en defensa de la dignidad y
-la justicia. Entre los talentos intelectuales y los
-talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos
-con razón, conceptuándolos más necesarios.
-«El talento superior es el talento moral», ha escrito
-Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse.
-De ese parangón está excluido, <em>a priori</em>, el
-hombre mediocre, pues sólo tiene rutinas en el cerebro
-y prejuicios en el corazón.</p>
-
-<p>La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente,
-á protestar, como lo hacía Cicerón,
-contra los que pretenden consentir al ingenio un
-absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es
-equívoco; igualmente injusto sería desacreditar á
-los santos más ejemplares fundándose en que existen
-simuladores de la virtud.</p>
-
-<p>Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como
-términos inconciliables. ¿Sólo podría ser virtuoso
-el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría ser ingenio<span class="pagenum"><a id="Page_150"></a> [Pg 150]</span>so
-el deshonesto ó el degenerado? La humanidad
-debiera sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo,
-ellas son insinuadas por catequistas igualitarios
-que adulan á la mediocridad, buscando el
-éxito ante su número infinito. El sofisma es sencillo.
-De muchos grandes hombres se cuentan anomalías
-morales ó de carácter, que no suelen contarse
-del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos
-son inmorales y éstos son virtuosos.</p>
-
-<p>Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión
-sería ilegítima. Si se concediera&mdash;y es mentira&mdash;que
-los grandes ingenios son forzosamente
-inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre
-y al imbécil el privilegio de la virtud, reservado
-al talento moral.</p>
-
-<p>Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios
-de los genios y no de los mediocres, no es
-porque éstos sean faros de virtud, sino por una razón
-muy sencilla: la historia solamente se ocupa
-de los primeros, ignorando á los segundos. Por un
-poeta alcoholista hay diez millones de mediocres
-que beben como él; por un filósofo uxoricida hay
-quinientos mil uxoricidas que no son filósofos; por
-un sabio experimentador, cruel con un perro ó
-una rana, hay una incontable cohorte de cazadores
-y toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y
-qué dirá la historia? Hubo un poeta alcoholista, un
-filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones de
-mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours
-equivocó el rumbo; Lombroso se extravió; Nordau
-hizo de la cuestión una simple polémica literaria.<span class="pagenum"><a id="Page_151"></a> [Pg 151]</span>
-No comulguemos con ruedas de molino; la premisa
-es falsa. Los que han visitado cien cárceles pueden
-asegurar que había en ellas cincuenta mil
-hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto
-á cinco ó veinte hombres de talento. No han visto
-á un solo hombre de genio.</p>
-
-<p>Volvamos al sano concepto socrático, hermanando
-la virtud y el ingenio, aliados antes que adversarios.
-Una elevada inteligencia es siempre propicia
-al talento moral y éste es la condición misma
-de la virtud. Sólo hay una cosa más vasta,
-ejemplar, magnífica, el golpe de ala que eleva hacia
-lo desconocido hasta entonces, remontándonos
-hasta las cimas eternas de esta aristocracia moral:
-son los genios que enseñan virtudes no practicadas
-hasta la hora de sus profecías ó que practican
-las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un
-hombre encarrila en absoluto su vida hacia un
-ideal, eludiendo ó contrastando todas las contingencias
-materiales que contra él conspiran, ese
-hombre se eleva sobre el nivel mismo de las más
-altas virtudes. Entra á la santidad.</p>
-
-
-<h3>V.&mdash;<span class="smcap">La santidad.</span></h3>
-
-<p>La santidad existe: los genios morales son los
-«santos» de la humanidad. La evolución de los
-sentimientos colectivos, representados por los conceptos
-de bien y de virtud, se opera por intermedio
-de hombres extraordinarios. En ellos se resu<span class="pagenum"><a id="Page_152"></a> [Pg 152]</span>me
-ó polariza alguna tendencia inmanente del
-continuo devenir moral. Algunos legislan y fundan
-religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó
-Budha, en civilizaciones primitivas, cuando los
-estados son teocracias; otros predican y viven su
-moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando
-la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del
-ejemplo; los hay, en fin, que transmutan racionalmente
-las doctrinas, como Antistenes, Epicuro ó,
-Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad
-merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores,
-fuerzas originales en la evolución del
-bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes.
-Son siempre hombres extraordinarios, genios, los
-que las enseñan. Los talentos morales perfeccionan
-ó practican de manera excelente esas virtudes
-por ellos creadas; los mediocres morales se limitan
-á imitarlas tímidamente.</p>
-
-<p>Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora,
-absorbente, incontrastable: es genio.
-Se es santo por temperamento y no por cálculo,
-por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos
-racionales: así lo fueron todos. El inflexible
-absolutismo del profeta ó del apóstol es simbólico;
-sin él no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso
-ni la obediencia disciplinada del honesto. Los
-santos no son los factores prácticos de la vida social,
-sino las masas mediocres que imitan débilmente
-su fórmula. No fué Francisco un instrumento
-eficaz de la beneficencia, virtud cristiana
-que el tiempo reemplazará por la solidaridad so<span class="pagenum"><a id="Page_153"></a> [Pg 153]</span>cial;
-sus efectos normales son producidos por innumerables
-individuos que serían incapaces de
-practicarla por iniciativa propia, y que de su
-exaltación sublime reciben sugestiones, tendencias
-y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El
-santo de Asís muere de consunción, obsesionado
-por su virtud, sin cuidarse de sí mismo; entrega
-su vida á su ideal; los mediocres que practican la
-beneficencia por él predicada cumplen una obligación,
-tibiamente, sin perturbar su tranquilidad
-en holocausto á los demás.</p>
-
-<p>La santidad crea ó renueva. «La extensión y el
-desarrollo de los sentimientos sociales y morales&mdash;dice
-Ribot&mdash;, se han producido lentamente y
-por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados
-<em>inventores</em> en moral. Esta expresión puede
-sonar extrañamente á ciertos oídos de gente imbuida
-de la hipótesis de un conocimiento del bien
-y del mal innato, universal, distribuido á todos
-los hombres y en todos los tiempos. Si en cambio
-se admite una moral que se va haciendo, es necesario
-que ella sea la creación, el descubrimiento
-de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite
-inventores en geometría, en música, en las
-artes plásticas ó mecánicas; pero también ha habido
-hombres que por sus disposiciones morales
-eran muy superiores á sus contemporáneos, y han
-sido promotores, iniciadores. Es importante observar
-que la concepción teórica de un ideal moral
-más elevado, de una etapa á pasar, no basta; se
-necesita una emoción poderosa que haga obrar y,<span class="pagenum"><a id="Page_154"></a> [Pg 154]</span>
-por contagio, comunique á los otros su propio
-<i lang="fr" xml:lang="fr">élan</i>. El avance es proporcional á lo que se siente
-y no á lo que se piensa.»</p>
-
-<p>Por esto el genio moral es incompleto mientras
-no actúa; la simple visión de ideales magníficos
-no implica la santidad, que está en el ejemplo,
-más bien que en la doctrina; pero no fuera de su
-creación original. Los titulados santos de ciertas
-religiones rara vez son creadores; son simples virtuosos
-ó alucinados, que el interés del culto y la
-política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles
-una santidad nominal. En la historia del
-sentimiento religioso sólo son genios los que fundan
-ó transmutan, pero de ninguna manera los
-que organizan órdenes, establecen reglas, repiten
-un credo, practican una norma ó difunden
-un catecismo. El santoral católico es irrisorio.
-Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de
-un Fra Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan
-al moralista ni al psicólogo. Numerosas
-tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes
-de los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.</p>
-
-<p>Pongamos más alta la santidad: donde señale
-una orientación inconfundible en la historia de
-la moral. Y para eso cada hora en la humanidad
-tiene un clima, una atmósfera y una temperatura
-que sin cesar varían. Cada clima es propicio
-al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera
-se carga de creencias que señalan su orientación
-intelectual; cada temperatura marca los<span class="pagenum"><a id="Page_155"></a> [Pg 155]</span>
-grados de fe con que se acentúan determinados
-ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona
-no puede tener ideales inmutables, sino
-incesantemente perfectibles, cuyo poder de transformación
-sea infinito como la vida. La virtud del
-pasado no es la virtud del presente; los santos de
-mañana no serán los mismos de ayer. Cada momento
-del equilibrio entre los hombres y la naturaleza
-requiere cierta forma de santidad que sería
-estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes
-se van plasmando en las variaciones de la vida
-social.</p>
-
-<p>En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres
-viven luchando á brazo partido con la naturaleza
-avara, es indispensable ser fuertes y valientes
-para ejercer la hegemonía ó asegurar la
-libertad del grupo; entonces la cualidad suprema
-es la excelencia física y la virtud del coraje se
-transforma en culto de héroes, equiparados á los
-dioses. La santidad está en el heroísmo.</p>
-
-<p>En las grandes crisis de renovación moral, cuando
-la apatía ó la decadencia amenazan disolver un
-pueblo ó una raza, la virtud excelente entre todas
-es la integridad del carácter, que permite vivir ó
-morir por un ideal fecundo para el común engrandecimiento.
-La santidad está en el apostolado.</p>
-
-<p>En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad
-el que descubre una nueva ley de la naturaleza,
-ó enseña á dominar alguna de sus fuerzas,
-que quien culmina por su temperamento de
-héroe ó de apóstol. Por eso el prestigio rodea á las<span class="pagenum"><a id="Page_156"></a> [Pg 156]</span>
-virtudes intelectuales: la santidad está en la sabiduría.</p>
-
-<p>Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento
-religioso; no lo es la virtud; ni la santidad.
-Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer.
-Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus
-santos: héroes, apóstoles ó sabios.</p>
-
-<p>Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura
-santifican en sus grandes pensadores á los portaluces
-y heraldos de su grandeza espiritual. Si el
-ejemplo supremo para los que combaten lo dan los
-héroes y para los que creen los apóstoles, para los
-que piensan lo dan los filósofos. En la moral de las
-sociedades que se forman, culminan Alejandro, César
-ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates,
-Cristo ó Bruno; pero llega un momento en que los
-santos se llaman Aristóteles, Bacon y Goethe. La
-santidad varía á compás del ideal.</p>
-
-<p>Los espíritus cultos conciben la santidad en los
-pensadores, tan luminosa como en los héroes y en
-los apóstoles; en las sociedades modernas el «santo»
-es un anticipado visionario de teorías ó profeta
-de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó
-realiza. Se comprende que, á sus horas, haya santidad
-en servir á un ideal en los campos de batalla
-ó desafiando la hipocresía, como en los supremos
-protagonistas de una <cite>Iliada</cite> ó de un <cite>Evangelio</cite>;
-pero se afirma que también es santo, de otros
-ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven
-eternos en su <cite>Divina Comedia</cite>, en su <cite>Novum Organum</cite>
-ó en su <cite>Origen de las Especies</cite>. Si es
-<span class="pagenum"><a id="Page_157"></a> [Pg 157]</span>
-difícil mirar un instante la cara de la muerte que
-amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir
-toda una vida los prejuicios y rutinas que amenazan
-asfixiar nuestra inteligencia.</p>
-
-<p>La humanidad asciende sin reposo hacia remotas
-cumbres, entre nieblas que se espesan y disipan.
-Los más las ignoran, esclavos de los comunes
-prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en
-ciertas horas propicias, y poner un Ideal en las cimas
-lejanas, aspirando á aproximársele. Orientada
-por una exigua constelación de visionarios, las generaciones
-remontan desde la rutina hacia Verdades
-cada vez menos inexactas y desde el prejuicio
-hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos
-los caminos de la santidad conducen hacia el punto
-infinito que marca su imaginaria convergencia.</p>
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_158"></a></span></p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_159"></a>[Pg 159]</span></p>
- <h2 class="nobreak">LOS CARACTERES MEDIOCRES</h2>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">HOMBRES Y SOMBRAS.</span>&mdash;II <span class="smcap">LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES:
-GIL BLAS DE SANTILLANA.</span>&mdash;III <span class="smcap">LA VANIDAD Y EL ORGULLO.</span>&mdash;IV
-<span class="smcap">LA DIGNIDAD.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">Hombres y sombras.</span></h3>
-
-<p>Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres
-mediocres son incapaces de volar hasta una
-cumbre ó de batirse contra un rebaño. Su vida es
-perpetua complicidad con la ajena. Son hueste
-mercenaria del primer hombre firme que sepa
-uncirlos á su yugo. Atraviesan el mundo cuidando
-su sombra é ignorando su personalidad. Nunca
-llegan á individualizarse; ignoran el placer de exclamar
-«yo soy», frente á los demás. No existen
-solos. Su amorfa estructura los obliga á borrarse
-en una raza, en un pueblo, en un partido, en una
-secta, en una bandería: siempre á embadurnarse
-de otros. Apuntalan todas las rutinas y prejuicios
-consolidados á través de siglos. Así medran. Si<span class="pagenum"><a id="Page_160"></a> [Pg 160]</span>guen
-el camino de las menores resistencias, nadando
-á favor de toda corriente y variando con
-ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es
-simple incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan
-porque saben adaptarse á la hipocresía social,
-como tenias en una entraña.</p>
-
-<p>Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles.
-Conquistan «honores» y alcanzan «dignidades»,
-en plural; han inventado el inconcebible
-plural del honor y la dignidad, por definición singulares
-é inflexibles. Viven de los demás y para
-los demás: sombras de una grey. Su existencia es
-el accesorio de focos que la proyectan; carecen
-de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es,
-en ellos, prestado.</p>
-
-<p>Los caracteres excelentes ascienden á la propia
-dignidad, nadando contra todas las corrientes
-rebajadoras, cuyo reflujo acosan y contrastan.
-Frente á los otros se les reconoce de inmediato,
-nunca borrados por esa brumazón moral en que
-aquéllos se destiñen. Su personalidad es toda brillo
-y arista:</p>
-
-<p class="p1 center"><em>Firmeza y luz, como cristal de roca</em>,</p>
-
-<p>breves palabras que sintetizan su definición perfecta.
-No la dieron mejor Teofrasto ó la Bruyère.
-Han creado su vida y servido un Ideal, perseverando
-en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones,
-templándose por grandes esfuerzos: seguros
-en sus creencias, leales á sus afectos, fieles á su<span class="pagenum"><a id="Page_161"></a> [Pg 161]</span>
-palabra. Nunca se obstinan en el error, sin traicionar
-por ello á la verdad. Ignoran el impudor de
-la inconstancia y la insolencia de la ingratitud.
-Pujan contra los obstáculos y afrontan las dificultades.
-Son respetuosos en la victoria y se dignifican
-en la derrota: como si para ellos la belleza
-estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre,
-invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras
-lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable
-cuanto más distante. Estos optímates son contados;
-cada uno vive por un millón. Poseen una
-firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó de
-armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia
-y no puede ser de nadie más; son inconfundibles,
-capaces de imprimir su sello indeleble en
-mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los
-teme, como la llaga al cauterio; sin advertirlo, empero,
-los adora con su desdén. Son los verdaderos
-amos de la sociedad, los que agreden el pasado
-y preparan el porvenir, los que destruyen y plasman.
-Son los actores del drama social, con energía
-inagotable. Poseen el don de resistir á la masa y
-pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos
-la Humanidad vive y progresa. Son siempre excesivos;
-centuplican las cualidades que los demás
-sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea
-ó una pasión los hace inadaptables á su medio,
-exagerando su pujanza; mas, para la sociedad, realizan
-una función armónica y vital. Sin ellos se
-inmovilizaría el progreso humano, estancándose
-como velero sorprendido en alta mar por la bonan<span class="pagenum"><a id="Page_162"></a> [Pg 162]</span>za.
-De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse
-la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos
-de la Humanidad.</p>
-
-<p>El hombre que piensa con su propia cabeza y la
-sombra que refleja los pensamientos de su rebaño,
-parecen pertenecer á mundos distintos. Hombres
-y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.</p>
-
-<p>El cristal tiene una forma preestablecida en su
-propia composición química; cristaliza en ella ó
-no, según los casos; pero nunca tomará otra forma
-que la propia. Al verlo sabemos lo que es, inconfundiblemente.
-De igual manera el hombre superior
-es siempre uno, en sí, aparte de los demás. Si
-el clima social le es propicio conviértese en núcleo
-de energías sociales, proyectando sobre el medio
-sus características propias, á la manera del cristal
-que en una solución saturada provoca nuevas cristalizaciones
-semejantes á sí mismo, creando formas
-de su propio sistema geométrico. La arcilla, en
-cambio, carece de forma propia y toma la que le
-imprimen las circunstancias exteriores, los seres
-que la presionan ó las cosas que la rodean; conserva
-el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos
-los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica,
-esférica ó piramidal, según la modelen. Así
-los caracteres mediocres: sensibles á las coerciones
-del medio en que viven, incapaces de servir
-una fe ó una pasión.</p>
-
-<p>Las creencias son el esqueleto del carácter; el
-hombre que las posee firmes y elevadas, lo tiene
-excelente. Las sombras no creen. La personali<span class="pagenum"><a id="Page_163"></a> [Pg 163]</span>dad
-está en perpetua evolución y el carácter individual
-es su delicado instrumento; hay que templarlo
-sin descanso en las fuentes de la cultura y
-del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento.
-Se educa después: la experiencia. Lo que
-heredamos implica cierta fatalidad, que la educación
-corrige y orienta. Los hombres están predestinados
-á conservar su línea propia entre las presiones
-coercitivas de la sociedad; las sombras no
-tienen resistencia, se adaptan á los demás hasta
-desfigurarse, domesticándose. El carácter se expresa
-por actividades que constituyen la conducta.
-Cada ser humano tiene el correspondiente á
-sus creencias; si es «firmeza y luz», como dijo el
-poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de
-su cultura y la luz en su elevación moral.</p>
-
-<p>Los elementos intelectuales no bastan para determinar
-su orientación; la febledad del carácter
-depende tanto de la mediocridad moral como de
-aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible
-ascender por los senderos de la virtud; sin alguna
-virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción
-van de consuno. La fuerza de las creencias
-está en no ser puramente racionales; pensamos con
-el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un
-conocimiento exacto de la realidad; son simples
-juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos
-ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales;
-cada verdad es una opinión contingente y provisoria.
-Todo juicio implica una afirmación; el
-juicio negativo es una creencia, lo mismo que el<span class="pagenum"><a id="Page_164"></a> [Pg 164]</span>
-afirmativo. Toda negación es, en sí misma, afirmativa;
-negar es afirmar una negación. La actitud
-es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo
-contrario de la afirmación no es la negación, es la
-duda. Para afirmar ó negar es indispensable creer.
-Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer;
-amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir
-es creer.</p>
-
-<p>Las creencias son los móviles de toda actividad
-humana. No necesitan ser evidentes: creemos con
-anterioridad á todo razonamiento y cada nueva
-noción es adquirida á través de creencias ya preformadas.
-La duda debiera ser más común, faltándonos
-criterios de certidumbre absoluta; la primera
-actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que
-se presenta á nuestra experiencia. La manera espontánea
-de pensar las cosas consiste en creerlas
-tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los
-ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á
-todos los errores, juguetes frívolos de las personas,
-las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía
-á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son
-como los clavos, que se meten de un solo golpe;
-las convicciones firmes entran como los tornillos,
-poco á poco, á fuerza de observación y de estudio.
-Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los
-clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los tornillos
-resisten y mantienen de pie la personalidad.
-El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones
-primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño
-al individuo: la amplitud del saber permite á<span class="pagenum"><a id="Page_165"></a> [Pg 165]</span>
-los hombres formarse ideas propias. Vivir arrastrado
-por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres
-son obra de los demás y están en todas
-partes: manera de no ser nadie y no estar en
-ninguna.</p>
-
-<p>Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando
-falta, el hombre es amorfo ó inestable; vive zozobrando
-como frágil barquichuelo en un océano. Esa
-unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende,
-en gran parte, de la coordinación de las creencias.
-Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, sintetizadoras
-de la personalidad. La historia natural del
-pensamiento humano sólo estudia creencias, no
-certidumbres. La especie, las razas, las naciones,
-los partidos, los grupos, son animados por necesidades
-materiales que las engendran, más ó menos
-conformes á la realidad, pero siempre determinantes
-de su acción. Creer es la forma natural de pensar
-para vivir.</p>
-
-<p>La unidad de las creencias permite á los hombres
-obrar de acuerdo con el propio pasado: es un
-hábito de independencia y la condición del hombre
-libre, en el sentido relativo que el determinismo
-consiente. Sus actos son ágiles y rectilíneos,
-pueden preveerse en cada circunstancia; siguen sin
-vacilaciones un camino trazado: todo concurre á
-que custodien su dignidad y se formen un ideal.
-Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan
-sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican
-sus yerros y más libres aún al manejar sus
-pasiones. Quieren ser independientes de todos,<span class="pagenum"><a id="Page_166"></a> [Pg 166]</span>
-sin que ello les impida ser tolerantes: el precio
-de su libertad no lo ponen en la sumisión de los
-demás. Siempre hacen lo que quieren, pues sólo
-quieren lo que está en sus fuerzas realizar. Han
-sabido pulir la obra de sus educadores y nunca
-creen terminada la propia cultura. Diríase que
-ellos mismos se han hecho como son, viéndoles
-recalcar en todos los actos el propósito de asumir
-su responsabilidad.</p>
-
-<p>Las creencias del hombre son hondas, arraigadas
-en vasto saber; le sirven de timón seguro para
-marchar por una ruta que él conoce y no oculta á
-los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus
-creencias se transforman por una nueva experiencia
-y al calor de más profundas meditaciones.
-Las creencias de la sombra son surcos arados en
-el agua, incapaces de resistir el roce de la ola más
-blanda; cualquier ventisca las desvía; su opinión
-es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen
-á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas.
-Los hombres evolucionan según varían sus
-creencias y pueden cambiarlas mientras siguen
-aprendiendo; las sombras acomodan las propias
-á sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad
-con el nombre de evolución. Si dependiera de
-ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio
-ó desvergüenza; muchas veces á traición.</p>
-
-<p>Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio
-para apreciar el carácter: las obras. Lo dice
-el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus vestris»,
-seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos<span class="pagenum"><a id="Page_167"></a> [Pg 167]</span>
-hay que parecen hombres y sólo valen por las posiciones
-alcanzadas en las piaras mediocráticas!
-Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos
-que nada, valores negativos. Sombras.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">La domesticación de los mediocres.</span></h3>
-
-<p>Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida
-entera es un proceso continuo de domesticación
-social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle
-de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca
-sobre él para borrarla, complicando su insegura
-unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece
-infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte
-á cambio de ciertos renunciamientos compatibles
-con su estructura moral. No le exige cosas inverosímiles;
-bástale su condescendencia pasiva, su
-alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones.
-Las sombras resbalan por la pendiente: si alguna
-partícula de originalidad les estorba, la eliminan
-para confundirse mejor en los demás. Parecen
-sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan,
-ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes
-y se opacan, ardientes y se apaciguan,
-viriles y se afeminan, erguidas y se achatan.
-Mil sórdidos lazos las acechan desde que toman
-contacto con la mediocridad: aprenden á medir sus
-virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada
-apartamiento les cuesta un desengaño, cada desvío
-les vale una desconfianza. Amoldan su cora<span class="pagenum"><a id="Page_168"></a> [Pg 168]</span>zón
-á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas:
-la domesticación les facilita la lucha por la vida.</p>
-
-<p>La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo.
-Gil Blas la encanta; simboliza al «hombre
-práctico» que de toda situación saca partido y en
-toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann,
-el enemigo del pueblo, con tanto afán como pone
-en admirar á Gil Blas: le recoge en la cueva de
-bandoleros y le encumbra favorito en las cortes.
-Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador,
-alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador,
-fementido, ingrato, hipócrita, traidor, curandero:
-tan varios encenagamientos no le impiden ascender
-hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa
-cumbre. Es perfecto en su género. Su secreto es
-simple: es un animal doméstico. Entra al mundo
-como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte,
-en todas las circunstancias y situaciones: nunca
-tiene un gesto altivo, jamás acomete de frente un
-obstáculo.</p>
-
-<p>El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á
-todo hombre que servía. Y era justo. El hábito de
-la servidumbre trae consigo sentimientos de domesticidad,
-en los cortesanos lo mismo que en los
-pueblos. Habría que copiar por entero el elocuente
-<cite>«Discurso sobre la servidumbre voluntaria»</cite>,
-escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido
-á la gloria por el admirativo elogio de Montaigne.
-Desde él hasta Sergi, miles de páginas
-fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales,
-el acatamiento incondicional de los prejuicios<span class="pagenum"><a id="Page_169"></a> [Pg 169]</span>
-admitidos, el respeto de las jerarquías adventicias,
-la disciplina ciega á la imposición colectiva, el homenaje
-decidido á todo lo que representa el orden
-vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de
-los poderosos: todo lo que refuerza la domesticación
-y tiene por consecuencia inevitable el servilismo.</p>
-
-<p>Los caracteres excelentes son indomesticables:
-tienen su norte puesto en su Ideal. Su «firmeza»
-los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras degeneran.
-Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal
-pierde su arista. La mediocridad es un préstamo
-hecho por la grey al individuo; la originalidad es
-una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su
-sombra cuando el medio los instiga; los superiores
-se encumbran en la misma proporción en que se
-rebaja su ambiente. En la dicha y en la adversidad,
-amando y despreciando, entre risas y entre
-lágrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar
-de comportarse, que es su síntesis: el carácter.
-Las sombras ignoran esa unidad de conducta que
-permite prever el gesto en todas las ocasiones.</p>
-
-<p>Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de
-la vida y della manan todas nuestras acciones. Es
-buen decir, pero impreciso. En sus definiciones
-los moralistas no concuerdan con los psicólogos:
-aquéllos catonizan como predicadores y éstos describen
-como naturalistas. Es una síntesis: hay que
-insistir en ello. El carácter es un exponente de
-toda la personalidad y no de algún elemento aislado.
-En los mismos filósofos, que desarrollan sus<span class="pagenum"><a id="Page_170"></a> [Pg 170]</span>
-aptitudes de modo parcial, el carácter parece depender
-exclusivamente de condiciones intelectuales.
-Vano error: su conducta es el trasunto de cien
-otros factores. Pensar es vivir. Los nobles aleteos
-serían imposibles sin una organización sistemática
-de su moral y su voluntad, haciendo converger á
-su objeto los más vehementes anhelos de perfección
-humana. El investigador de una verdad se
-sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para
-ella y piensa por todos, anticipándose, contrariando
-sus rutinas. Tiene una personalidad social, adaptada
-para las funciones que no puede ejercitar en
-una ermita; pero sus sentimientos sociales no le
-imponen complicidad en lo turbio. En su anastomosis
-con el rebaño conserva libres el corazón y
-el cerebro, mediante algo propio que nunca se
-desorienta: el que posee un carácter no se domestica.</p>
-
-<p>Gil Blas medra entre los hombres desde que el
-rebaño humano existe; han protestado contra él
-los idealistas de todos los tiempos. Los románticos,
-envueltos en sublime desdén, han enfestado
-contra los temperamentos serviles: «Lorenzaccio»
-estruja con palabras ilevantables la cobardía de
-los pueblos avenidos á la servidumbre. Y no le
-van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo
-lírico alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas
-son un código de moral antimediocre, una
-exaltación de cualidades inconciliables con la
-disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente
-fustigado, tiene un disector elocuentísi<span class="pagenum"><a id="Page_171"></a> [Pg 171]</span>mo
-en Palante: exhibe las solidarias complicidades
-con que los mediocres resisten las iniciativas de
-los originales, agrupándose en modos diversos según
-sus intereses de clase, jerarquía ó funciones.</p>
-
-<p>Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres
-serviles. Vencido, no lo mataban: lo hacían
-trabajar en provecho propio. Uncido al yugo,
-tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase
-bajo coyundas que grababan en su carácter la domesticidad.
-Algunos&mdash;dice la historia&mdash;fueron
-rebeldes ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué
-siempre un gesto de animal hambriento y su éxito
-fué el precio de complicidades en vicios de sus
-amos. Llegados al ejercicio de alguna autoridad,
-practicaron la deslealtad y la ingratitud: tornáronse
-despóticos, desprovistos de ideales que los
-detuvieran ante ninguna infamia, como si quisieran
-con sus abusos olvidar la servidumbre sufrida
-anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los favoritos.</p>
-
-<p>El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil.
-El hábito de resignarse para medrar crea resortes
-cada vez más sólidos, automatismos que destiñen
-para siempre todo rasgo individual. El quitamotas
-Gil Blas se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible
-con el hombre digno. Aunque emancipado,
-sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos
-instintos.</p>
-
-<p>La costumbre de obedecer engendra una mentalidad
-doméstica. El que nace de siervos la trae
-acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos ser<span class="pagenum"><a id="Page_172"></a> [Pg 172]</span>viles
-y no encuentra ambiente propicio para formarse
-un carácter. Las vidas iniciadas en la servidumbre
-no adquieren dignidad. Los antiguos tenían
-mayor desprecio por los hijos de siervos, reputándolos
-moralmente peores que los adultos reducidos
-al yugo por deudas ó en las batallas; suponían que
-heredaban la domesticidad de sus padres, intensificándola
-en la ulterior servidumbre. Eran despreciados
-por sus amos.</p>
-
-<p>Esto se repite en cuantos países hubieron una
-raza esclava inferior. Es legítimo. Con humillante
-desprecio son mirados los mulatos y mestizos, descendientes
-de antiguos esclavos, en todas las naciones
-de raza blanca que han abolido la esclavitud;
-su afán por disimular su ascendencia servil demuestra
-que reconocen la indignidad hereditaria
-condensada en ellos. Ese menosprecio es justo. Así
-como el antiguo esclavo tornábase vanidoso é insolente
-si trepaba á cualquier posición donde pudiera
-mandar, los mulatos contemporáneos se ensoberbecen
-en las inorgánicas mediocracias sudamericanas,
-captando funciones y honores que hartan
-los apetitos acumulados en domesticidades seculares.</p>
-
-<p>La clase crea idénticas desigualdades que la
-raza. Los siervos fueron tan domésticos como los
-esclavos; la revolución francesa dió libertad política
-á sus descendientes, más no supo darles esa
-libertad moral que es el resorte de la dignidad. El
-burgués merece el desprecio del aristócrata, más
-que el odio del proletario aspirante á la burguesía;<span class="pagenum"><a id="Page_173"></a> [Pg 173]</span>
-no hay peor jefe que el antiguo asistente, ni peor
-amo que el antiguo lacayo. Las aristocracias son
-lógicas al desdeñar á los advenedizos: los consideran
-descendientes de criados enriquecidos y suponen
-que han heredado su domesticidad al mismo
-tiempo que las talegas.</p>
-
-<p>Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo
-mismo de la herencia étnica ó social, son bien
-vistas por las mediocracias contemporáneas, que
-nivelan políticamente al servil y al digno. Ha variado
-el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación
-de los mediocres se continúa en las sociedades
-modernas. Lleva más de un siglo la abolición
-legal de la esclavitud ó la servidumbre; los
-países no se creerían civilizados si la conservaran
-en sus códigos. Eso no tuerce las costumbres;
-el esclavo y el siervo siguen existiendo, por temperamento
-ó por mediocridad de carácter. No son
-propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena,
-como á la querencia los animales extraviados.
-La psicología gregaria no se transmuta declarando
-los derechos del hombre; la libertad, la igualdad
-y la fraternidad son ficciones que halagan á
-los espíritus mediocres, sin redimirlos de su mediocridad.
-Hay inclinaciones que sobreviven á todas
-las leyes igualitarias y hacen amar el yugo ó
-el látigo. Las leyes no pueden dar hombría á la
-sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido,
-iniciativa á los imitadores, virtud al honesto,
-intrepidez al manso, afán de libertad al servil.
-Por eso, en plena democracia, los caracteres me<span class="pagenum"><a id="Page_174"></a> [Pg 174]</span>diocres
-buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican.</p>
-
-<p>En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno
-hasta la tumba, la conducta no puede seguir
-normas constantes. Son peligrosos porque su ayer
-no dice nada sobre su mañana; obran á merced de
-impulsos accidentales, siempre aleatorios. Si poseen
-algunos elementos válidos, ellos están dispersos,
-incapaces de síntesis; la menor sacudida
-pone á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo,
-depositados en los surcos más profundos de su
-personalidad. Sus imitaciones son frágiles y poco
-arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de
-elevarse á la honesta condición de animales de
-rebaño.</p>
-
-<p>Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas
-del temperamento, la sociedad les mezquina su
-educación domesticadora. Las grandes ciudades
-pululan de niños moralmente desamparados, presa
-de la miseria, sin hogar, sin escuela. Viven
-tanteando el vicio y cosechando la corrupción,
-sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el
-ejemplo luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia
-y coartadas sus mejores inclinaciones,
-tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse
-á las convergencias fatales que pugnan por
-hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar á la
-charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.</p>
-
-<p>El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería
-la mejor escuela del carácter; pero la sociedad enseña
-á odiarlo, imponiéndolo precozmente, como<span class="pagenum"><a id="Page_175"></a> [Pg 175]</span>
-una ignominia desagradable ó un envilecimiento
-infame, bajo la esclavitud de yugos y de horarios,
-ejecutado por hambre ó por avaricia, hasta que el
-hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá
-amarlo cuando sea una gimnasia espontánea de sus
-gustos y de sus aptitudes. Así la sociedad completa
-su obra; los que no naufragan por la educación
-malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En
-la compleja actividad moderna toléranse las voluntades
-claudicantes: sus incongruencias quedan veladas
-mientras sus actos se refieren á los vulgares
-automatismos de la vida diaria; pero cuando una
-circunstancia nueva los obliga á buscar una solución,
-la personalidad se agita al azar y revela sus
-vicios intrínsecos.</p>
-
-<p>Esos degenerados son indomesticables.</p>
-
-<p>Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor
-sobre su propia conducta y olvidan que la
-más leve caída puede ser el paso inicial hacia una
-degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo
-de dignidad consolida nuestra firmeza: cuanto más
-peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto más
-fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello.
-En las mediocracias todo conspira contra las
-virtudes civiles: los hombres se corrompen los
-unos á los otros, se imitan en lo intérlope, se estimulan
-en lo turbio, se justifican recíprocamente.
-Una atmósfera tibia entorpece al que cede por vez
-primera á la tentación de lo injusto; las consecuencias
-de la primera falta pueden ir hasta lo infinito.
-Los mediocres no pueden evitarla; en vano<span class="pagenum"><a id="Page_176"></a> [Pg 176]</span>
-harían el propósito de volver al buen sendero y
-enmendarse. Para las sombras no hay rehabilitación;
-prefieren excusar las desviaciones leves, sin
-advertir que ellas preparan las hondas. Todos los
-hombres conocen esas pequeñas flaquezas, que de
-otro modo fueran perfectos desde su origen; pero
-mientras en los caracteres firmes pasan como un
-roce que no deja rastro, en los mediocres aran un
-surco por donde se facilita la recidiva. Ésa es la
-vía del envilecimiento. Los virtuosos la ignoran;
-los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas,
-sólo les cuesta la primera caída; después siguen
-cayendo como el agua en las cascadas, á saltitos,
-de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza,
-de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos
-de la primera culpa ceden á la necesidad de
-ocultarla con otras; los espíritus mediocres no se
-amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se
-tuercen, andan á ciegas, tropiezan, dan barquinazos,
-adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones,
-acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices
-diestros para avanzar en la tiniebla. Después
-de los primeros tanteos se marcha de prisa,
-hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan,
-borrándose toda creencia y empañándose
-la dignidad. Así resbalan por la pendiente, aumentando
-la cohorte de lacayos y parásitos: centenares
-de Gil Blas carcomen las bases de la sociedad
-que ha pretendido modelarlos á su imagen y semejanza.</p>
-
-<p>Los hombres sin ideales son incapaces de resis<span class="pagenum"><a id="Page_177"></a> [Pg 177]</span>tir
-las acechanzas que las mediocracias siembran
-en su camino. Cuando han cedido á la tentación
-quedan cebados, como las fieras que conocen el
-sabor de la sangre humana.</p>
-
-<p>Por la circunstancia de pensar siempre con la
-cabeza de la sociedad, el doméstico es el puntal
-más seguro de todos los prejuicios políticos, religiosos,
-morales y sociales. Gil Blas está siempre
-con las manos congestionadas por el aplauso á los
-ungidos y con el arma filosa para agredir al que
-encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia
-son los colores de su escarapela, cuyo
-respeto exige de todos.</p>
-
-<p>Es incalculable la infinitud de gentes domésticas
-que nos rodea. Cada funcionario tiene un rebaño
-voraz, sumiso á su capricho, como los hambrientos
-al de quien los harta. Si fuesen capaces
-de vergüenza, los adulones vivirían más enrojecidos
-que las amapolas; lejos de eso, pasean
-su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola
-con donaire, como luce la pantera las
-aterciopeladas manchas de su piel. La domesticación
-realízase de cien maneras, tentando sus apetitos.
-En los límites de la influencia oficial, los
-medios de aclimatación se multiplican, especialmente
-en los países apestados de funcionarismo.
-Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización.
-La pérdida de su dignidad iníciase cuando
-abren el ojo á la prebenda que estremece su estómago
-ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos
-que hoy le otorgan el favor y mañana le mane<span class="pagenum"><a id="Page_178"></a> [Pg 178]</span>jarán
-la rienda. Aunque ya no hay servidumbre
-legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad
-forzosa, se avienen á ella voluntariamente, por
-vocación implícita en su flaqueza. Están mancillados
-desde la cuna; aun no habiendo menester de
-beneficios, son instintivamente serviles. Los hay
-en todas las clases sociales. El precio de su indignidad
-varía con el rango y se traduce en formas
-tan diversas como las personas que la ejercitan.</p>
-
-<p>Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de
-los pueblos y de las razas; no es tolerancia estimular
-el abellacamiento. La cotización del mérito
-decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á
-la dignidad altiva. La piel se cubre de más afeites
-cuando es menos sólida la columna vertebral; las
-buenas maneras son más apreciadas que las buenas
-acciones. Si el de Santillana se enguanta para
-robar, merece la admiración de todos; si Stockmann
-se desnuda para salvar á un náufrago, lo
-condenan por escándalo. En los pueblos domesticados
-llega un momento en que la virtud es un
-ultraje á las costumbres...</p>
-
-<p>Las sombras, cubiertas de moho igualitario,
-viven con el anhelo de castrar á los caracteres firmes
-y decapitar á los pensadores alados, no perdonándoles
-el lujo de ser viriles ó tener cerebro.
-La falta de virilidad es elogiada como un refinamiento,
-lo mismo que en los caballos de paseo.
-La ignorancia parece una coquetería, como la
-duda elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin
-ideales. Los méritos conviértense en contraban<span class="pagenum"><a id="Page_179"></a> [Pg 179]</span>do
-peligroso, obligados á disculparse y ocultarse,
-como si ofendieran por su sola existencia.
-Cuando el hombre digno empieza á despertar recelos,
-el arrebañamiento es grave; cuando la dignidad
-parece absurda y es cubierta de ridículo, la
-domesticación de los mediocres ha llegado á sus
-extremos.</p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">La vanidad y el orgullo.</span></h3>
-
-<p>El hombre es. La sombra parece. El hombre
-pone su honor en el mérito propio y es juez supremo
-de sí mismo; asciende á la dignidad. La sombra
-pone el suyo en la estimación de los demás y
-renuncia á juzgarse; desciende á la vanidad. Hay
-una moral del honor y otra de su caricatura: ser ó
-parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á
-ser mejores, ese culto de los propios méritos consolida
-en los hombres la dignidad; cuando el afán
-de parecer arrastra á cualquier abajamiento, el culto
-de la sombra enciende la vanidad.</p>
-
-<p>Del amor propio nacen las dos: hermanas por su
-origen, como Abel y Caín. Y más enemigas que
-ellos, irreconciliables. Son formas diversas de
-amor propio. Siguen caminos divergentes. La una
-florece sobre el orgullo, celo escrupuloso puesto
-en el respeto de sí mismo; la otra nace de la soberbia,
-apetito de culminación ante los demás. El
-orgullo es una arrogancia originada por nobles
-motivos y quiere aquilatar el mérito; la soberbia<span class="pagenum"><a id="Page_180"></a> [Pg 180]</span>
-es una desmedida presunción y busca alargar la
-sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado
-á la mediocrización moral, subvirtiendo los términos
-que designan lo eximio y lo vulgar. Donde los
-padres de la Iglesia decían <em>superbia</em>, como los antiguos,
-fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo,
-confundiendo sentimientos distintos. De allí
-el equivocar la vanidad con la dignidad, que es su
-antítesis, y el intento de tasar á igual precio los
-hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.</p>
-
-<p>En su forma embrionaria revélase el amor propio
-como deseo de elogios y temor de censuras:
-una exagerada sensibilidad á la opinión de los demás.
-En los caracteres mediocres, conformados á
-las rutinas y los prejuicios corrientes, el deseo de
-brillar en su medio y el juicio que sugieren al pequeño
-grupo que les rodea, son estímulos para la
-acción. La simple circunstancia de vivir arrebañados
-predispone á perseguir la aquiescencia ajena;
-la estima propia es favorecida por el contraste ó
-la comparación con los demás. Trátase hasta aquí
-de un sentimiento normal.</p>
-
-<p>Pero los caminos divergen. En los dignos el propio
-juicio antepónese á la aprobación ajena; en los
-mediocres se postergan los méritos y se cultiva la
-sombra. Los primeros viven para sí; los segundos
-vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar
-un Ideal y soñar una perfección; éstos se acomodan
-á lo que favorezca el éxito. Si el hombre no
-viviera en mesnadas, el amor propio sería digni<span class="pagenum"><a id="Page_181"></a> [Pg 181]</span>dad
-en todos; lo es solamente en los caracteres firmes.
-Los mediocres, forzados á venerar su sombra,
-precipítanse en lo turbio.</p>
-
-<p>Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las
-mediocracias contemporáneas, exaltan á los domésticos.
-El brillo de la gloria sobre las frentes
-elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo
-del rico encela al miserable. El elogio del mérito
-es un estímulo para su simulación. Obsesionados
-por el éxito, é incapaces de soñar la gloria,
-muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios
-y virtudes secretas que los demás no reconocen;
-créense actores de la comedia humana;
-entran á la vida construyéndose un escenario,
-grande ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío
-ó luminoso; viven con perpetua preocupación
-del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su
-existencia sedientos de distinguirse en su órbita,
-de ocupar á su mundo, de cultivar la atención ajena
-por cualquier medio y de cualquier manera. La
-diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa
-entre la vanidad del escolar que persigue diez
-puntos en los exámenes, la del político que sueña
-verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista
-que aspira á ediciones de cien mil ejemplares
-y la del asesino que desea ver su retrato en los
-periódicos.</p>
-
-<p>La exaltación del amor propio, peligrosa en los
-espíritus vulgares, es útil al hombre que sirve un
-Ideal. Éste la cristaliza en dignidad; aquéllos la
-degeneran en vanidad. El éxito envanece á los<span class="pagenum"><a id="Page_182"></a> [Pg 182]</span>
-mediocres, nunca al excelente. Esa anticipación
-de la gloria hipertrofia la personalidad en los hombres
-superiores: es su condición natural. ¿El atleta
-no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad?
-La función hace el órgano. El «yo» es
-el órgano propio de la originalidad: absoluta en el
-genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el
-hombre superior es un adorno: simple exponente
-de fuerza. EL músculo abultado no es ridículo en
-el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad excesiva,
-por monstruosa é inútil: como la vanidad del
-insignificante. Ciertos hombres de genio habrían
-sido incompletos sin su megalomanía.</p>
-
-<p>Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles.
-La aparente diferencia guarda proporción
-con el mérito. Á un metro y á simple vista nadie
-ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la
-garra de un león; lo propio ocurre con el egotismo
-ruidoso de los hombres y la desapercibida
-soberbia de las sombras más densas. No pueden
-confundirse. El vanidoso vive comparándose con
-los que le rodean, envidiando toda excelencia
-ajena y carcomiendo toda reputación que no puede
-igualar; el orgulloso no se compara con los que
-juzga inferiores y pone su mirada en tipos ideales
-de perfección que están muy alto y encienden su
-entusiasmo.</p>
-
-<p>El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad,
-imprime á los hombres cierto bello gesto que
-las sombras censuran. Para ello el babélico idioma
-de los vulgares ha enmarañado la significación del<span class="pagenum"><a id="Page_183"></a> [Pg 183]</span>
-vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio
-ó una virtud. Todo es relativo. Si hay méritos
-el orgullo es un derecho; si no los hay se trata de
-vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona
-hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera
-inferior que le asfixia; es un sentimiento natural,
-cimentado por una desigualdad efectiva y constante.
-Para los mediocres sería más grato que no
-les enrostraran esa humillante diferencia; pero olvidan
-que ellos son sus enemigos, constriñendo su
-tronco robusto como la hiedra á la encina, para
-ahogarle en el número infinito. El digno está obligado
-á burlarse de las mil rutinas que el servil
-adora bajo el nombre de principios; su conflicto es
-perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto
-por el individuo á la marea de mediocridad que
-le acosa. Es aislamiento de la multitud y desprecio
-de sus pastores, casi siempre esclavos del propio
-rebaño.</p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">La dignidad.</span></h3>
-
-<p>El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos
-hombres súmanse el ingenio y la virtud en un
-total de dignidad: forman una aristocracia natural,
-siempre exigua frente al número infinito de espíritus
-omisos. Credo supremo de todo idealismo, la
-dignidad es unívoca, intangible, intransmutable.
-Es síntesis de todas las virtudes que aceran al
-hombre y borran la sombra: donde ella falta no<span class="pagenum"><a id="Page_184"></a> [Pg 184]</span>
-existe el sentimiento del honor. Y así como los
-pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos
-sin ella son esclavos.</p>
-
-<p>Los temperamentos adamantinos&mdash;<em>firmeza y
-luz</em>&mdash;apártanse de toda complicidad niveladora,
-buscan en sí mismos la sanción de sus actos, desafían
-la opinión ajena si con ello han de salvar la
-propia, declinan todo bien mundano que requiera
-una abdicación, entregan su vida misma antes que
-traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse
-en facciones y huestes, convertidos en
-viviente protesta contra todo abellacamiento ó servilismo.
-Las sombras vanidosas se mancornan para
-disculparse en el número, rehuyendo las íntimas
-sanciones de su conciencia; los seres domesticados
-son incapaces de gestos viriles, fáltales coraje. La
-dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son
-impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan
-cuando conviene obrar, y los otros obran sin
-haber reflexionado. La insuficiencia del esfuerzo
-equivale á la desorientación del impulso: el mérito
-de las acciones se mide por el afán que cuestan y
-no por sus resultados. Sin coraje no hay honor.
-Todas sus formas implican dignidad y virtud. Con
-su ayuda los sabios acometen la exploración de lo
-ignoto, los moralistas minan las sórdidas fuentes
-del mal, los osados se arriesgan para violar la altura
-y la extensión, los justos se adiamantan en la
-fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y
-los severos el vicio, los mártires van á la hoguera
-por desenmascarar una hipocresía, los santos mue<span class="pagenum"><a id="Page_185"></a> [Pg 185]</span>ren
-por un Ideal. Para anhelar una perfección
-es indispensable: «el coraje&mdash;sentenció Lamartine&mdash;es
-la primera de las elocuencias, es la elocuencia
-del carácter.» Noble decir. El que aspira á
-ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar
-alto; el que se resigna á arrastrarse como un gusano
-renuncia al derecho de protestar si lo aplastan.</p>
-
-<p>La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación
-de los caracteres mediocres, adaptándolos
-á la vida mansa; el coraje y la cultura exaltan
-el individualismo de los excelentes, floreciéndolos
-de dignidad. El lacayo pide; el digno merece.
-Aquél solicita del favor lo que éste espera del mérito.
-Ser digno significa no pedir lo que se merece,
-ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan
-entre las malezas del favoritismo, los austeros
-ascienden por la escalinata de sus méritos. Ó no
-ascienden por ninguna.</p>
-
-<p>La dignidad estimula toda perfección del hombre;
-la vanidad acicatea cualquier éxito de la sombra.
-El digno ha escrito un lema en su blasón: lo
-que tiene por precio una partícula de honor, es
-caro. El pan sopado en la adulación, que engorda
-al servil, envenena al digno. Prefiere, éste, perder
-un derecho á obtener un favor; mil daños le serán
-más leves que medrar indignamente. Cualquier
-herida es transitoria y puede dolerle una hora; la
-más leve domesticidad le remordería por toda la
-vida.</p>
-
-<p>Cuando el éxito no depende de los propios méritos,
-bástale conservarse erguido, incólume, irre<span class="pagenum"><a id="Page_186"></a> [Pg 186]</span>vocable
-en la propia dignidad. En las bregas domésticas,
-la obstinada sinrazón suele triunfar del
-mérito sonriente; la pertinacia del mediocre es
-proporcional á su acorchamiento. Los caracteres
-dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores
-á lo que puede darse sin mérito. Prefieren
-vivir crucificados sobre su orgullo á prosperar
-arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les
-acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos,
-como si fueran á desposarlo más allá de
-la muerte.</p>
-
-<p>Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin
-lucir en el anca ninguna marca de hierro; son como
-el ganado levantisco que hociquea los tiernos tréboles
-de la campiña virgen, sin aceptar la fácil
-ración de los pesebres. Si su pradera es árida no
-importa; en libre oxígeno aprovechan más que en
-cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél se
-toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar
-solos. Saben que juntarse es rebajarse. Cada flor
-englobada en un ramillete pierde su perfume propio.
-Obligado á vivir entre desemejantes, el digno
-mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior.
-Descartes dijo que se paseaba entre los hombres
-como si ellos fueran árboles; y Banville escribió
-de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los
-regímenes, son necesaria é invenciblemente libres:
-cumplía su obra con desdeñosa altivez y con
-la firme resignación de un dios desterrado».</p>
-
-<p>Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías
-que dormitan en el fondo de los caracteres<span class="pagenum"><a id="Page_187"></a> [Pg 187]</span>
-serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su respeto
-por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que
-carece de él, á agredirla si amenaza, á castigarla
-si hiere. Cuando es anodina la muchedumbre que
-impide sus anhelos y no tiene adversarios que
-fazferir, el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera
-en sus ideales y calla, temiendo estorbar con
-sus palabras á las sombras que lo escuchan. Y
-mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa
-de las estaciones, espera anclado en su
-orgullo, como si éste fuera el puerto natural y más
-seguro para su dignidad.</p>
-
-<p>Vive con la obsesión de no depender de nadie;
-sabe que sin independencia material el honor está
-expuesto á mil mancillas. Todo parásito es un siervo;
-todo mendigo es un doméstico. El hambriento
-puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre.
-Enemiga poderosa de la dignidad es la miseria:
-ella hace trizas los caracteres mediocres é incuba
-las peores servidumbres. El que ha atravesado
-dignamente una pobreza es un heroico ejemplar
-de carácter. Suprema es la indignidad de los que
-adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas
-las domesticidades, si no fuesen esclavos de la
-vanidad. El pobre no puede vivir su vida, tantos
-son los compromisos de la indigencia; redimirse de
-ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos
-viven soñando una modesta independencia material;
-la miseria es mordaza que traba la lengua y
-paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras
-para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más<span class="pagenum"><a id="Page_188"></a> [Pg 188]</span>
-agradable, la mujer más bella, los amigos más
-leales, los horizontes más risueños, el aislamiento
-más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento
-social; el individuo se inscribe en un gremio,
-más ó menos jornalero, más ó menos funcionario,
-contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes
-que le empujan á domesticarse. Enseñaban
-los estoicos el secreto de la dignidad: contentarse
-con lo que se tiene, restringiendo las propias
-necesidades. Un hombre libre no espera nada de
-otros. No necesita pedir. La felicidad que da el
-dinero está en no tener que preocuparse de él;
-por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni
-es feliz. Los bienes que tenemos son la base de
-nuestra independencia; los que deseamos son la
-cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La
-fortuna aumenta la gracia de los espíritus cultivados
-y torna insolente la vulgaridad de los palurdos.
-Los únicos bienes intangibles son los que
-acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando
-ellos faltan ningún tesoro los sustituye.</p>
-
-<p>Los orgullosos tienen el culto de su dignidad;
-quieren poseerla inmaculada, libre de remordimientos,
-sin flaquezas que la envilezcan ó rebajen.
-Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo
-lo que es propicio al crecimiento de la sombra.
-Para conservar la estima propia no vacilan en
-afrontar la opinión de los mansos y embestir sus
-prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos
-entre los que en vano intentan malear su altivez.
-Estos hombres son raros en las mediocracias mo<span class="pagenum"><a id="Page_189"></a> [Pg 189]</span>dernas,
-cuya chatura moral los inclina á la misantropía
-y al menosprecio de los serviles; tienen
-cierto aire desdeñoso y aristocrático que desagrada
-á los vanidosos más culminantes, pues los humilla
-y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque
-llevan en el corazón una fe sin dudas, una convicción
-que no trepida, una energía indómita que
-á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes
-para los hombres amorfos. En algunos casos
-pueden ser altruistas, ó porque cristianos en
-la más alta acepción del vocablo, ó porque profundamente
-afectivos; presentan entonces uno de
-los caracteres más sublimes, más espléndidamente
-bellos y que tanto honran á la naturaleza humana.
-Son los santos del honor, los poetas de la dignidad.
-Siendo héroes, perdonan las cobardías de los
-demás; victoriosos siempre ante sí mismos, compadecen
-á los que en la batalla de la vida siembran,
-hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística
-pudiera decirnos el número de hombres que
-poseen este carácter en cada nación, esa cifra
-bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera,
-para indicarnos el valor moral de un pueblo.»</p>
-
-<p>La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir
-la dependencia de otros á la medida de lo indispensable,
-siempre enorme. La Bruyère, que
-vivió como intruso en la domesticidad cortesana
-de su siglo, supo medir el altísimo precepto que
-encabeza el <cite>Manual</cite> de Epicteto, á punto de apropiárselo
-textualmente sin amenguar con ello su
-propia gloria: «Se faire valoir par des choses qui<span class="pagenum"><a id="Page_190"></a> [Pg 190]</span>
-ne dependent point des autres, mais de soi seul,
-ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le parece
-inestimable y de recursos infinitos en la vida,
-útil para los virtuosos y los que tienen ingenio,
-tesoro intrínseco de los caracteres excelentes;
-es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad,
-«pues desterraría de las Cortes las tretas,
-los cabildeos, los malos oficios, la bajeza, la adulación
-y la intriga.» Las naciones no se llenarían
-de serviles domesticados, sino de varones excelentes
-que legarían á sus hijos menos vanidades y
-más nobles ejemplos. Amando los propios méritos
-más que la prosperidad indecorosa, crecería el
-amor á la virtud, el deseo de la gloria, el culto
-por ideales de perfección incesante: en la admiración
-por los genios, los santos y los héroes. Esa
-dignificación moral de los hombres señalaría en
-la historia el ocaso de las sombras.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_191"></a>[Pg 191]</span></p>
-
-
-<div class="chapter">
-
-
-
-<div class="chapter">
-
-
- <h2 class="nobreak">LA ENVIDIA</h2>
-</div>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.</span>&mdash;II. <span class="smcap">LOS SACERDOTES DEL
-MÉRITO.</span>&mdash;III. <span class="smcap">LOS ROEDORES DE LA GLORIA.</span>&mdash;IV. <span class="smcap">UN
-CASTIGO DANTESCO.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">La pasión de los mediocres.</span></h3>
-
-<p>La envidia es una adoración de los hombres por
-las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el
-rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la
-gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados.
-Es el acíbar que paladean los impotentes.
-Es un venenoso humor que mana de las heridas
-abiertas por la realidad en el flanco de las almas
-torpes. Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó
-temprano, los que viven esclavos de su vanidad;
-desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados
-de su propia tristura, sin sospechar que sus
-lamentaciones envuelven una consagración inequívoca
-del mérito ajeno. La inextinguible hosti<span class="pagenum"><a id="Page_192"></a> [Pg 192]</span>lidad
-de los mediocres sirve de pedestal á los genios,
-los santos y los héroes.</p>
-
-<p>Es la más innoble de las torpes lacras que afean
-á los caracteres vulgares. El que envidia se rebaja
-sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es
-el estigma psicológico de una humillante inferioridad,
-sentida, reconocida. No basta ser inferior
-para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien
-en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno,
-de la dicha ajena, de cualquier culminación
-ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de
-la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo
-carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre
-al metal.</p>
-
-<p>Entre las malas pasiones ninguna la aventaja.
-Plutarco decía&mdash;y lo repite La Rochefoucauld&mdash;que
-existen almas corrompidas hasta jactarse de
-vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse
-envidiosa. Reconocer la propia envidia
-implica, á la vez, declararse inferior al envidiado;
-trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente
-detestada, que avergüenza al más impúdico
-y se hace lo indecible por ocultarla.</p>
-
-<p>Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su
-volumen sobre las pasiones, limitándose á mencionarla
-como un caso particular de los celos. Fué
-siempre tanta su difusión y su virulencia que ya
-la mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano,
-haciéndola nacer de las tinieblas nocturnas.
-El mito le asigna cara de vieja horriblemente
-flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en<span class="pagenum"><a id="Page_193"></a> [Pg 193]</span>
-vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos;
-los dientes negros y la lengua untada con
-tósigos fatales; en una mano ase tres serpientes,
-y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su
-seno un monstruoso reptil que la devora continuamente
-y le instila su veneno; está agitada; no
-ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus
-ojos irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su
-congoja; destinada á sufrir, es el verdugo implacable
-de sí misma.</p>
-
-<p>Es pasión traidora y propicia á la hipocresía.
-Es al odio como la ganzúa á la espada; la emplean
-los que no tienen brazo robusto y corazón valiente.
-En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto
-de la garra que en un altivo estremecimiento
-destroza y aniquila; en la subrepticia reptación de
-la envidia sólo se percibe el arrastramiento tímido
-del que busca morder el talón.</p>
-
-<p>Teofrasto creyó que la envidia se confunde con
-el odio ó nace de él, opinión ya enunciada por
-Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó la cuestión,
-preocupándose de establecer diferencias entre
-las dos pasiones (<cite>Obras morales</cite>, II, 576, edición
-Didier). Dice que á primera vista se confunden;
-parecen brotar de la maldad, y cuando se
-asocian tórnanse más fuertes, como las enfermedades
-que se complican. Ambas sufren del bien y
-gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta
-para confundirlas, si atendemos á sus diferencias.
-Sólo se odia lo que se cree malo ó nocivo; en
-cambio, toda prosperidad excita la envidia, como<span class="pagenum"><a id="Page_194"></a> [Pg 194]</span>
-cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se
-puede odiar á las cosas y á los animales; sólo se
-puede envidiar á los hombres. El odio puede ser
-justo, motivado; la envidia es siempre injusta,
-pues la prosperidad no daña á nadie. Estas dos
-pasiones, como plantas de una misma especie, se
-nutren y fortifican por causas equivalentes: se
-odia más á los más perversos y se envidia más á
-los más meritorios. Por eso Temístocles decía, en
-su juventud, que aún no había realizado ningún
-acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba.
-Así como las cantáridas prosperan sobre los trigales
-más rubios y los rosales más florecientes,
-la envidia alcanza á los hombres más famosos por
-su carácter y por su virtud. El odio no es desarmado
-por la buena ó la mala fortuna; la envidia
-sí. Un sol que ilumina perpendicularmente desde
-el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy
-poco la sombra de los objetos que están debajo:
-así, observa Plutarco, el brillo de la gloria achica
-la sombra de la envidia y la hace desaparecer.</p>
-
-<p>El odio que clama y asalta es temible; la envidia
-que calla y conspira es repugnante. Algún libro
-admirable dice que ella es como las caries de
-los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó
-debiera serlo. Las palabras más crueles que un
-valiente arroja á la cara no ofenden la centésima
-parte de las que el envidioso va sembrando constantemente
-á la espalda. Ignora las reacciones del
-odio y expresa su inquina tartajeando, incapaz de
-encresparse en ímpetus viriles: diríase que su<span class="pagenum"><a id="Page_195"></a> [Pg 195]</span>
-boca está amargada por una hiel que no consigue
-arrojar ni tragar. Así como el aceite apaga la cal
-y aviva el fuego, el bien recibido contiene el odio
-en los nobles espíritus y exaspera la envidia en
-los indignos. El envidioso es ingrato, como luminoso
-el sol, la nube opaca y la nieve fría: lo es
-naturalmente.</p>
-
-<p>El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia
-es torcida y trabaja en la sombra. Envidiando se
-sufre más que odiando: como esos tormentos enfermizos
-que tórnanse terroríficos de noche, amplificados
-por el horror de las tinieblas.</p>
-
-<p>El odio puede hervir en los grandes corazones;
-puede ser justo y santo; lo es muchas veces, cuando
-quiere borrar la tiranía, la infamia, la indignidad.
-La envidia es de corazones pequeños. La conciencia
-del propio mérito suprime toda menguada
-villanía; el hombre que se siente superior no puede
-envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que
-vive con delirio de las grandezas. Su odio está
-de pie y ataca de frente. César aniquiló á Pompeyo,
-sin rastrerías; Donatello venció con su <cite>Cristo</cite>
-al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche
-fulminó á Wagner, sin envidiarlo. Así como la
-genialidad presiente la gloria y da á sus predestinados
-cierto ademán apocalíptico, la certidumbre
-de un obscuro porvenir vuelve miopes y reptiles
-á los mediocres. Por eso los hombres sin méritos
-siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos
-por su sombra mundana, como si un remordimiento
-interior les gritara que los usurpan<span class="pagenum"><a id="Page_196"></a> [Pg 196]</span>
-sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad
-es su tormento; comprenden que sólo pueden permanecer
-en la cumbre impidiendo que otros lleguen
-hasta ellos y los descubran. La envidia es
-una defensa de las sombras contra los hombres.</p>
-
-<p>Con los distingos enunciados los clásicos aceptan
-el parentesco entre la envidia y el odio, sin
-confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar el
-problema distinguiendo otras que se les parecen:
-la emulación y los celos.</p>
-
-<p>La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una
-tendencia afectiva, pero posee caracteres propios
-que permiten diferenciarla. Se envidia lo que
-otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que
-el propio es un deseo sin esperanza; se cela lo que
-ya se posee y se teme perder; se emula en pos de
-algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad
-de alcanzarlo.</p>
-
-<p>Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias
-ilustrará la cuestión. Envidiamos la mujer que el
-prójimo posee y nosotros deseamos, cuando sentimos
-la imposibilidad de disputársela. Celamos la
-mujer que nos pertenece, cuando juzgamos incierta
-su posesión y tememos que otro pueda compartirla
-ó quitárnosla. Competimos sus favores en
-noble emulación, cuando vemos la posibilidad de
-conseguirlos en igualdad de condiciones con otro
-que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del sentimiento
-de inferioridad respecto de su objeto; los
-celos derivan del sentimiento de posesión comprometido;
-la emulación surge del sentimiento de<span class="pagenum"><a id="Page_197"></a> [Pg 197]</span>
-potencia que acompaña á toda noble afirmación
-de la personalidad.</p>
-
-<p>Por deformación de la tendencia egoísta algunos
-hombres están naturalmente inclinados á envidiar
-á los que poseen tal superioridad por ellos
-codiciada en vano; la envidia es mayor cuando
-más imposible se considera la adquisición del bien
-codiciado. Es el reverso de la emulación; ésta es
-una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla
-una rémora que traba y esteriliza los esfuerzos
-del envidioso. Bien lo comprendió Bartrina, en su
-admirable quintilla:</p>
-
-
-<div class="poetry-container pw20">
-<div class="poetry">
-<p class="p1"><span style="margin-left: 1em;">«La envidia y la emulación</span><br />
-parientes dicen que son;<br />
-aunque en todo diferentes,<br />
-al fin también son parientes<br />
-el diamante y el carbón.»</p>
-</div>
-</div>
-
-<p>La emulación es siempre noble: el odio mismo
-puede serlo algunas veces. La envidia es una cobardía
-propia de los débiles, un odio impotente,
-una incapacidad manifiesta de competir ó de
-odiar.</p>
-
-<p>El talento, la belleza, la energía, quisieran verse
-reflejados en todas las cosas é intensificados en
-proyecciones innúmeras; la estulticia, la fealdad y
-la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno
-que por la propia desdicha. Por eso toda superioridad
-es admirativa y toda subyacencia es envidiosa.
-Admirar es sentirse crecer en la emulación
-de los más grandes: un Ideal preserva de la envi<span class="pagenum"><a id="Page_198"></a> [Pg 198]</span>dia.
-El que escucha ecos de voces proféticas al
-leer los escritos de los grandes pensadores; el que
-siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos
-como cicatrices, su clamor visionario y divino;
-el que se extasía contemplando las supremas
-creaciones plásticas; el que goza de íntimos escalofríos
-frente á las obras maestras accesibles á sus
-sentidos, y se entrega á la vida que palpita en
-ellas, y se conmueve hasta cuajársele de lágrimas
-los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata en
-fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y
-puede incubar el deseo de crear tan grandes cosas
-como las que sabe admirar. El que no se conmueve
-leyendo á Dante, mirando á Leonardo,
-oyendo á Beethoven, puede jurar que la Naturaleza
-no ha encendido en su cerebro la antorcha
-suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos
-miopes que no saben admirarla en las obras de los
-genios.</p>
-
-<p>La emulación presume un afán de equivalencia,
-implica la posibilidad de un nivelamiento; saluda
-á los fuertes que van camino de la gloria, marchando
-ella también. Sólo el impotente, convicto
-y confeso, emponzoña su espíritu mediocre hostilizando
-la marcha de los que no puede seguir.</p>
-
-<p>Toda la psicología de la envidia está sintetizada
-en una fábula, digna de incluirse en los libros de
-lectura infantil. Un ventrudo sapo graznaba en su
-pantano cuando vió resplandecer en lo más alto
-de las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún
-ser tenía derecho de lucir cualidades que él mis<span class="pagenum"><a id="Page_199"></a> [Pg 199]</span>mo
-no poseería jamás. Mortificado por su propia
-impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su
-vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle:
-¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado
-por la envidia, sólo acertó á interrogar á
-su vez: ¿Por qué brillas?</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">Los sacerdotes del mérito.</span></h3>
-
-<p>Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos
-son sus naturales sacerdotes.</p>
-
-<p>El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el
-envidioso de los tiempos heroicos; como si sus lacras
-físicas fuesen exiguas para exponerlo al baldón
-eterno, en un simple verso nos da la línea
-sombría de su moral, diciéndolo enemigo de Aquiles
-y de Ulises: puede medirse por las excelencias
-de las personas que envidia.</p>
-
-<p>Shakespeare trazó una silueta definitiva en su
-Yago feroz, almácigo de infamias y cobardías, capaz
-de todas las traiciones y de todas las falsedades.
-El envidioso pertenece á una especie moral
-raquítica, mezquina, digna de compasión ó de desprecio.
-Sin coraje para ser malo, se resigna á ser
-vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia
-elevación.</p>
-
-<p>La familia ofrece variedades infinitas, por la
-combinación de otros estigmas con el fundamental.
-El envidioso pasivo es solemne y sentencioso;
-el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgu<span class="pagenum"><a id="Page_200"></a> [Pg 200]</span>bre
-ó bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y
-sana. Su mueca es falsa: ríe á contrapelo.</p>
-
-<p>¿Quién no los codea en su mundo intelectual?
-El envidioso pasivo es de cepa servil. Si intenta
-practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato:
-diríase que es un miope cirujano predestinado á
-herir los órganos vitales y respetar la víscera cancerosa.
-No retrocede ante ninguna bajeza cuando
-un astro se levanta en su horizonte: persigue al
-mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por
-incapacidad de reirse; le atormenta la alegría de
-los satisfechos. Proclama la importancia de la solemnidad
-y la practica; sabe que sus congéneres
-aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda
-la irremediable inferioridad de toda la especie.
-Tiene prejuicios aterradores: no vacila en sacrificarles
-la vida de sus propios hijos, empujándoles,
-si es necesario, en el mismo borde de la tumba. En
-la «Comedia Humana», Balzac pudo llamarle Pandolfo
-y hacerle miope á cualquiera esperanza, ciego
-á todo porvenir. Como hombre mediocre es un
-esclavo de su miopía, un prisionero de su tiempo.</p>
-
-<p>El envidioso activo posee una elocuencia intrépida,
-disimulando con niágaras de palabras su estiptiquez
-de ideas. Pretende sondar los abismos
-del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar
-el propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad
-y oponerla al genio; parece poseer mil
-lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano.
-Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno
-en forma de elogio reticente, pues la viscosi<span class="pagenum"><a id="Page_201"></a> [Pg 201]</span>dad
-urticante de su falso loar es el máximum de
-su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito;
-tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la
-intriga entre sus propios cómplices, y, llegado el
-caso, los traiciona. Sabiéndose de antemano repudiado
-por la gloria, se refugia en esas academias
-donde se empampanan de vanidad los mediocres;
-si alguna inexplicable paternidad complica la
-quietud de su estéril madurez intelectual, podéis
-jurar que su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es
-cobarde para ser completo; vive declamando su
-admiración y su cariño á los mismos que mataría
-con la intención si ello fuera posible; se arrastra
-ante los que turban sus noches con la aureola del
-ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce
-y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior;
-su vanidad sólo aspira á desquitarse con las
-frágiles compensaciones de la zangamanga á ras
-de tierra.</p>
-
-<p>Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el
-destino suele agrupar á los envidiosos en camarillas
-ó en círculos, sirviéndoles de argamasa el común
-sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan
-su pena íntima difamando á los envidiados y
-vertiendo toda su hiel como un homenaje á la superioridad
-del talento que los humilla. Son capaces
-de envidiar á los grandes muertos, como si
-los detestaran personalmente. Hay quien envidia á
-Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse
-á ellos rebajándolos; para eso endiosarán á un
-Brunetière ó un Boulanger. Pero esos placeres<span class="pagenum"><a id="Page_202"></a> [Pg 202]</span>
-malignos poco amenguan su irreprochable desventura,
-que está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse
-de toda gloria. Rubens lo presintió al pintar
-la envidia, en un cuadro de la Galería Medicea,
-sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable
-regencia.</p>
-
-<p>El envidioso cree marchar al calvario cuando
-observa que otros escalan la cumbre. Muere en el
-tormento de envidiar al que lo ignora ó desprecia:
-gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.</p>
-
-<p>Todo rumor de alas parece estremecerlo, como
-si fuera una burla á sus vuelos gallináceos. Maldice
-la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no
-amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar
-una cacería de águilas ó decretar un apagamiento
-de astros!</p>
-
-<p>Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de
-envidia. La ineptitud para satisfacer un deseo ó
-hartar un apetito determina esta pasión que hace
-sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo
-envidiado es puramente subjetivo: cada hombre se
-cree la medida de los demás, según el juicio que
-tiene de sí mismo.</p>
-
-<p>Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades
-que se sienten, sea cual fuere su valor objetivo.
-El rico puede sentir emulación ó celos por la
-riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer
-bella tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará
-á las ricas. Es posible sentirse superior en
-cien cosas é inferior en una sola; éste es el pun<span class="pagenum"><a id="Page_203"></a> [Pg 203]</span>to
-frágil por donde tienta su asalto la envidia.</p>
-
-<p>El sujeto descollante encuentra su cohorte de
-envidiosos en la esfera de sus colegas más inmediatos,
-entre los que desearían descollar de idéntica
-manera. Es un accidente inevitable de toda
-culminación profesional, aunque en algunas es más
-célebre: los cómicos y las rameras tendrían el privilegio,
-si no existiesen los médicos. La «invidia
-medicorum» es memorable desde la antigüedad:
-la conoció Hipócrates. El arte la ha descrito con
-frecuencia, para deleite de los enfermos sobrevivientes
-á sus drogas.</p>
-
-<p>El motivo de la envidia se confunde con el de
-la admiración, siendo ambas dos aspectos de un
-mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en
-el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es
-una forma aberrante de rendir homenaje á la superioridad
-ajena. El gemido que la insuficiencia
-arranca á la vanidad es una forma especial de
-alabanza.</p>
-
-<p>Toda culminación es envidiada. En la mujer la
-belleza. El talento y la fortuna en el hombre. En
-ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su forma.</p>
-
-<p>La envidia femenina suele ser afiligranada y
-perversa; la mujer da su arañazo con uña afilada y
-lustrosa, muerde con dientecillos orificados, estruja
-con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le
-parece escasa para traducir su despecho; en ella
-debió pensar el griego Apeles cuando representó
-á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_204"></a>[Pg 204]</span></p>
-
-
-
-<p>La que ha nacido bella&mdash;y la Belleza para ser
-completa requiere, entre otros dones, la gracia, la
-pasión y la inteligencia&mdash;tiene asegurado el culto
-de la envidia. Sus más nobles superioridades serán
-adoradas por las envidiosas; en ellas clavarán
-sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir
-que su desdén las convierte en vestales de la gloria
-ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el
-incienso de sus críticas; las miradas oblicuas de las
-sufrientes fusilarán su belleza por la espalda; las
-almas tristes le elevarán sus plegarias en forma de
-calumnias, torvas como el remordimiento que no
-las detiene pero las atosiga.</p>
-
-<p>Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el
-libro segundo de Ovidio, no olvidará jamás que, á
-instancia de Minerva, fué Aglaura transfigurada
-en roca, castigando así su envidia de Hersea, la
-amada de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta
-alegoría de la envidia, devorando víboras
-para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún
-otro poeta de la era pagana.</p>
-
-<p>El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones
-burocráticas. Cree que ser adinerado y
-funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo
-de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre
-satisfacer sus vanidades más inmediatas; el
-destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón
-del estado y le prepara ulteriores jubilaciones.
-De allí que el proletario envidie al burgués, sin
-renunciar á substituirlo; por eso mismo la escala
-del presupuesto es una jerarquía de envidias, per<span class="pagenum"><a id="Page_205"></a> [Pg 205]</span>fectamente
-graduadas por las cifras de las prebendas.</p>
-
-<p>El talento&mdash;en todas sus formas intelectuales y
-morales: como dignidad, como carácter, como
-energía&mdash;es el tesoro más envidiado entre los
-hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de
-nivelarlo todo, un obtuso horror á la individualización
-excesiva; perdona al portador de cualquier
-sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo,
-la mentira, la hipocresía, la esterilidad, pero no
-perdona al que sale de las filas dando un paso adelante.
-Basta que el talento permita descollar en la
-política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor,
-para que los mediocres se estremezcan de envidia.
-Así se forma en torno de cada astro una nebulosa
-grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión
-de difamadores; los envidiosos necesitan
-aunar esfuerzos contra su ídolo, de igual manera
-que para afear una belleza venusina aparecen por
-millares las pústulas de la viruela.</p>
-
-<p>La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos
-vertiendo en su corazón gotas de hiel que lo
-amargan por toda la existencia; su dolor es la gloria
-involuntaria de los otros, la sanción más indestructible
-de su talento en la acción ó en el pensar.
-Las palabras y las muecas del envidioso se pierden
-en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de
-reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que
-pasa en la altura. Sin oírlos.</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_206"></a>[Pg 206]</span></p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">Los roedores de la gloria: la crítica.</span></h3>
-
-<p>Todo el que se siente capaz de crearse un destino
-con su talento y su esfuerzo está inclinado á
-admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el
-deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido
-por el legítimo encumbramiento ajeno. El que
-tiene méritos sabe lo que cuestan y los respeta;
-estima en los otros lo que desearía se le estimara
-á él mismo. El mediocre ignora esa admiración
-abierta; muchas veces se resigna á aceptar el
-triunfo que desborda las restricciones de su envidia.
-Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.</p>
-
-<p>Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes
-ingenios son admirativos. Éstos saben que los
-dones naturales no se transmutan en talento ó en
-genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito.
-Saben que cada paso hacia la gloria ha costado
-trabajos y vigilias, meditaciones hondas, tanteos
-sin fin, consagración tenaz, á ese pintor, á ese
-poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden
-que ellos han consumido acaso su organismo, envejeciendo
-prematuramente; y la biografía de los
-grandes hombres les enseña que muchos renunciaron
-al reposo ó al pan, sacrificando el uno y
-el otro á ganar tiempo ó comprar un libro para
-iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo
-que el mérito importa, lo hace respetable. El envidioso,
-que lo ignora, ve el resultado á que otros<span class="pagenum"><a id="Page_207"></a> [Pg 207]</span>
-llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas
-está sembrado el camino de la gloria.</p>
-
-<p>Todo escritor mediocre es candidato á criticastro.
-La incapacidad de crear le empuja á destruir.
-Su falta de inspiración le induce á rumiar el talento
-ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian
-su irreparable ultimidad.</p>
-
-<p>Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar
-á sus iguales, como si reconocieran en ellos
-una consanguineidad en línea directa; en el émulo
-no ven nunca un rival. Los grandes críticos son
-óptimos autores que escriben sobre temas propuestos
-por otros, como los versificadores con pie forzado;
-la obra ajena es una ocasión para exhibir las
-ideas propias. El verdadero crítico enriquece las
-obras que estudia y en todo lo que toca deja un
-rastro de su personalidad.</p>
-
-<p>Los criticastros son, de instinto, enemigos de la
-obra; desean achicarla por la simple razón de que
-ellos no la han escrito. Ni sabrían escribirla cuando
-el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen las
-manos trabadas por la cinta métrica; su afán de
-medir á los demás responde al sueño de rebajarlos
-hasta su propia medida. Son, por definición, prestamistas,
-parásitos, viven de lo ajeno; cuando un
-gran escritor es erudito se lo reprochan como una
-falta de originalidad y si emplea una frase que
-usaron otros le llaman plagiario, olvidando que
-nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría.</p>
-
-<p>El criticastro mediocre es incapaz de enhilar<span class="pagenum"><a id="Page_208"></a> [Pg 208]</span>
-tres ideas fuera del hilo que la rutina le enhebra;
-su oronda ignorancia le obliga á confundir el mármol
-con la chiscarra y la voz con el falsete, inclinándole
-á suponer que todo escritor original es un
-heresiarca. Los intelectos mediocres darían lo que
-no tienen por saber escribir tanto como baste para
-afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que no pueden
-crear. Permite una maledicencia medrosa y
-que no compromete, hecha de mendacidad prudente,
-restringiendo las perversidades para que
-resulten más agudas, sacando aquí una migaja y
-dando allí un arañazo, velando todo lo que puede
-ser objeto de admiración, rebajando siempre con
-la oculta esperanza de que puedan aparecer á un
-mismo nivel los críticos y los criticados. El escritor
-original sabe que atormenta á los mediocres,
-aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos
-ante el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados
-es el laurel que mejor premia su luminosa
-inquietud. Á la gloria de un Homero llega siempre
-apareada la ridiculez de un Zoilo.</p>
-
-<p>En cada género de actividad intelectual fermentan
-estos seculares verdugos de la originalidad: no
-perdonan al que incuba en su cerebro esa larva
-sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio,
-conspiran con una intemperancia de terroristas
-y esgrimen sórdidas armas que harían
-sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada
-astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando
-que existen hombres originales é indisciplinados,
-capaces de subvertir rutinas y prejuicios, de<span class="pagenum"><a id="Page_209"></a> [Pg 209]</span>
-encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar
-su fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar
-nuevos ideales á las razas envejecidas, de suprimir
-la distancia, de violar la gravedad, de estremecer
-á los gobiernos...</p>
-
-<p>Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos
-los puntos cardinales para cantarle el homenaje
-involuntario de su difamación. Aparecen por docenas,
-por millares, como liliputienses en torno de
-un gigante. Los contrabajistas de arrabal oprobiarán
-la gloria de los supremos sinfonistas. Gacetilleros
-anodinos consumarán bibliografías sobre algún
-lejano pensador que los ignora. Muchos que en
-vano han intentado acertar una mancha de color,
-dejarán caer su chorro de prosa como si un robinete
-de pus se abriera sobre telas que vivirán en
-los siglos. Cualquier promiscuador de palabras enfestará
-contra el que no sea un panarra ó un pravo.
-Las mujeres feas demostrarán que la belleza
-es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud
-es insensata; vengarán su desgracia en el amor
-diciendo que la castidad es suprema entre todas
-las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras
-para ofrecer la propia á los transeúntes. Y
-los demás, todos en coro, repetirán que el genio,
-la santidad y el heroísmo son aberraciones, locura,
-epilepsia, degeneración, negarán el ingenio,
-la virtud y la dignidad, pondrán á esos talentos
-por debajo de su propia penumbra, sin advertir
-que donde el genio se resobra el mediocre no
-llega. Si á éste le dieran á elegir entre ser Sha<span class="pagenum"><a id="Page_210"></a> [Pg 210]</span>kespeare
-ó Sarcey no vacilaría un minuto: murmuraría
-del primero con la firma del segundo.</p>
-
-<p>Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración:
-no reconocen el fuego de los astros porque
-nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se entregan
-de buena fe á los ideales ó las pasiones que
-les toman del corazón; prefieren oponerles mil razonamientos
-para privarse del placer de admirarlos.
-Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino,
-la mansedumbre con la dignidad, la honestidad
-con la virtud, la vanidad con el orgullo, rebajando
-todo ideal hasta las bajas intenciones que
-supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán
-todo lo bello, olvidando que el trigo molido en harina
-no puede ya germinar en áureas espigas, frente
-al sol. «Es un gran signo de mediocridad&mdash;dijo
-Leibnitz&mdash;elogiar siempre moderadamente.» Pascal
-decía que los espíritus vulgares no encuentran
-diferencias entre los hombres: se descubren más
-tipos originales á medida que se posee mayor ingenio.
-El verdadero mediocre es parvificente; admira
-un poco todas las cosas, pero nada le merece
-una admiración decidida. El que no admira
-lo mejor, no puede mejorar. El que ve los defectos
-y no las bellezas, las culpas y no los méritos,
-las discordancias y no las armonías, muere en el
-bajo nivel donde vejeta con la ilusión de ser un
-crítico. Los que no saben admirar no tienen porvenir,
-están inhabilitados para ascender hacia una
-perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración;
-hay que cultivarla como un fuego sagra<span class="pagenum"><a id="Page_211"></a> [Pg 211]</span>do,
-evitando que la envidia la cubra con su pátina
-ignominiosa.</p>
-
-<p>La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo
-es un sepulturero ecuánime: entierra en una
-misma fosa á los críticos injustos y á los malos autores.
-La mediocridad acosa colectivamente á los
-originales; siendo éstos contados y aquella innumerable,
-el número y la complicidad pueden contrastar
-el éxito: pero no consiguen impedir la gloria.
-Mientras los criticastros murmuran, el genio
-crece; á la larga aquéllos quedan oprimidos y éste
-siente deseos de compadecerlos, para impedir que
-sigan muriendo á fuego lento.</p>
-
-<p>El verdadero castigo de los críticos está en la
-muda sonrisa de los pensadores. El que critica á
-un alto espíritu tiende la mano esperando una limosna
-de celebridad; basta ignorarle y dejarle con
-la mano tendida, negándole la notoriedad que le
-conferiría el desdén. El silencio del genio mata
-al mediocre; su indiferencia le asfixia. Algunas
-veces supone que le han tomado en cuenta y que
-se advierte su presencia; sueña que le han nombrado,
-aludido, refutado, injuriado. Pero todo es
-un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde
-la penumbra, de donde no le saca el hombre
-superior. El que tiene conciencia de su mérito no
-se presta á inflar la vanidad del primer indigente
-que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole
-á perder su tiempo; elije sus adversarios
-entre sus iguales, entre sus condignos. Los hombres
-superiores pueden inmortalizar con una pala<span class="pagenum"><a id="Page_212"></a> [Pg 212]</span>bra
-á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar
-esa palabra; de muchos criticastros sólo tenemos
-noticia porque algún genio los honró con su desprecio.</p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">Una escena dantesca: su castigo.</span></h3>
-
-<p>El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos
-de favores, para hacerles sentir que su envidia es
-recibida como un homenaje y no como un estiletazo;
-los bienes que el envidioso recibe constituyen
-su más desesperante humillación. Si no es posible
-agasajarle, es necesario ignorarle; tomar
-cuenta de su infamia sería hacerle favor.</p>
-
-<p>El envidioso es la primera víctima de su propio
-veneno; la envidia le devora como el cáncer á la
-víscera, le ahoga como la hiedra á la encina. Por
-eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este
-monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la
-cabellera de serpientes que le amenazan sin cesar.</p>
-
-<p>Dante consideró á los envidiosos indignos del
-infierno. En la sabia distribución de penas y castigos
-los recluyó en el purgatorio, lo que se aviene
-á su condición mediocre.</p>
-
-<p>Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta,
-sentados junto á un paredón lívido como
-sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, formando
-un panorama de cementerio viviente. El sol les
-niega su luz: tienen los ojos cosidos con alambres,
-porque nunca pudieron ver el bien del prójimo.<span class="pagenum"><a id="Page_213"></a> [Pg 213]</span>
-Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus
-conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco
-regocijo cuando ellos fueron derrotados por los
-florentinos. Y hablan otros, con voces trágicas,
-mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la
-palabra que Caín pronunció después de matar á
-Abel. Porque el primer asesino de la leyenda bíblica
-tenía que ser un envidioso.</p>
-
-<p>Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano
-Antistenes, al saber que le envidiaban, contestó
-con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir el
-doble tormento de sus males y de mis bienes. Los
-únicos gananciosos son los envidiados; es satisfactorio
-sentirse adorar de rodillas.</p>
-
-<p>Es necesario provocar la envidia, estimularla,
-acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias.
-No ser envidiado es una garantía inequívoca
-de mediocridad.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_214"></a>[Pg 214]<br /><a id="Page_215"></a>[Pg 215]</span></p>
- <h2 class="nobreak">LA VEJEZ NIVELADORA</h2>
-</div>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">LAS CANAS.</span>&mdash;II. <span class="smcap">ETAPAS DE LA DECADENCIA.</span>&mdash;III.
-<span class="smcap">LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS.</span>&mdash;IV. <span class="smcap">LA PSICOLOGÍA DE LA
-VEJEZ.</span>&mdash;V. <span class="smcap">VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">Las canas.</span></h3>
-
-<p>Encanecer es una cosa muy triste; las canas son
-un mensaje de la Naturaleza que nos advierte la
-proximidad del crepúsculo. Y no hay remedio.
-Arrancarse la primera&mdash;¿quién no lo hace?&mdash;es
-como quitar el badajo á la campana que toca el
-<cite>Angelus</cite>, pretendiendo con ello prolongar el día.</p>
-
-<p>Las canas visibles corresponden á otras más
-graves que no vemos; el cerebro y el corazón, todo
-el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo
-tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la
-ceniza de los años es una metáfora literaria, desgraciadamente
-incierta. La ceniza ahoga á la llama
-y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la
-brasa es la mediocridad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_216"></a>[Pg 216]</span></p>
-
-<p>Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan
-entreabierta una rendija por donde escapan las
-excepciones particulares. ¿Por qué no decir la
-conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre,
-con rara excepción. La máxima desdicha de
-un hombre superior es sobrevivirse á sí mismo, nivelándose
-con los demás. ¡Cuántos se suicidarían
-si pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre
-que piensa al hombre que vegeta, del que empuja
-al que es arrastrado, del que ara surcos nuevos
-al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez
-y mediocridad suelen ser desdichas paralelas.</p>
-
-<p>El «genio y figura, hasta la sepultura», es una
-excepción muy rara en los hombres de ingenio excelente,
-si son longevos; suele confirmarse cuando
-mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad
-crepuscular empañe los deslumbramientos del espíritu.
-En general, si mueren tarde, una pausada
-neblina comienza á velar su mente con los achaques
-de la vejez; si la muerte se empeña en no venir,
-los genios tórnanse extraños á sí mismos, supervivencia
-que los lleva á no comprender su propia
-obra. Les sucede como á un astrónomo que
-perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus
-anteriores descubrimientos, al verse imposibilitado
-para confirmarlos á simple vista.</p>
-
-<p>La decadencia del hombre que envejece está representada
-por una regresión sistemática de la intelectualidad.
-Al principio la vejez mediocriza á
-todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza
-al viejo ya mediocre.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_217"></a>[Pg 217]</span></p>
-
-
-<p>Tal afirmación es un simple corolario de verdades
-biológicas. La personalidad humana es una
-formación continua, no una entidad fija; se organiza
-y se desorganiza, evoluciona é involuciona,
-crece y se amengua, se intensifica y se agota. Hay
-un momento en que alcanza su máxima plenitud;
-después de esa época es incapaz de acrecentarse
-y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales
-del descenso, los parpadeos de la llama interior
-que se apaga.</p>
-
-<p>Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras
-intenciones y deseos, ó cuando éstos son medidos
-en previsión de fracasos posibles, podemos
-afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á
-meditar una intención es matarla; el hielo invade
-traidoramente el corazón y la personalidad más libre
-se amansa y domestica. La rutina es el estigma
-mental de la vejez; el ahorro es su estigma social.
-El hombre envejece cuando el cálculo utilitario
-reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone
-á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir
-posible, ya no es joven; cuando opina que es
-preferible tener de más á tener de menos, está
-viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad
-de vivir, ya está moralmente decrépito. La
-avaricia es una exaltación de sentimientos egoístas
-propios de la vejez. Muchos siglos antes de estudiarla
-Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón
-escribió palabras definitivas: «Nunca he oído
-decir que un viejo haya olvidado el sitio en que
-había ocultado su tesoro.» (<cite>De Senectute</cite>, c. 7). Y<span class="pagenum"><a id="Page_218"></a> [Pg 218]</span>
-debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender
-los fueros y alegrías de la vejez.</p>
-
-<p>Las canas son avaras y la avaricia es un árbol
-estéril: la humanidad perecería si tuviese que alimentarse
-de sus frutos. La moral burguesa del
-ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros;
-hay graves peligros en predicarla; esa pasión
-de coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta
-con los años, al revés de las otras. El que
-es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar
-por dinero en la vejez. La avaricia seca el corazón,
-lo cierra á la fe, al amor, á la esperanza, al
-ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo
-á obscuras para evitar que su tesoro se gastase.
-Además de aferrarse á lo que tiene, el avaro
-se desespera por tener más, sin límite; es más miserable
-cuanto más tiene; para soterrar talegas que
-no disfruta, renuncia á la dignidad ó al bienestar;
-ese afán de perseguir lo que no gozará nunca constituye
-la más siniestra de las miserias.</p>
-
-<p>La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula
-moral de los corazones envejecidos.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">Etapas de la decadencia.</span></h3>
-
-<p>La personalidad individual se constituye por sobreposiciones
-sucesivas de la experiencia. Se ha
-señalado una «estratificación del carácter»; la palabra
-es exacta y merece conservarse para ulteriores
-desenvolvimientos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_219"></a>[Pg 219]</span></p>
-
-<p>En sus capas primitivas y fundamentales yacen
-las inclinaciones recibidas hereditariamente de los
-antepasados: la «mentalidad de la especie». En
-las capas medianas encuéntranse las sugestiones
-educativas de la sociedad: la «mentalidad social».
-En las capas superiores florecen las variaciones y
-perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos
-personales que no son patrimonio colectivo:
-la «mentalidad individual».</p>
-
-<p>Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones
-más profundas contienen los fósiles
-más antiguos, las primitivas bases de la personalidad
-individual guardan celosamente el capital
-común á la especie y á la sociedad. Cuando
-los estratos recientemente constituidos van desapareciendo
-por obra de la vejez, el psicólogo comienza
-á descubrir la mentalidad del mediocre,
-del niño y del salvaje, cuyas vulgaridades, simplezas
-y atavismos reaparecen á medida que las canas
-van reemplazando á los cabellos.</p>
-
-<p>Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto
-atraviesa un período estacionario, durante el
-cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no
-adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra
-á su ocaso.</p>
-
-<p>Las funciones del organismo empiezan á decaer
-á cierta edad. Esas declinaciones corresponden á
-inevitables procesos histológicos de regresión orgánica.
-Las funciones mentales, lo mismo que las
-otras, decaen cuando comienzan á enmohecerse los
-engranajes celulares de nuestros centros nerviosos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_220"></a>[Pg 220]</span></p>
-
-
-<p>Es evidente que el individuo ignora su propio
-crepúsculo: ningún viejo admite que su inteligencia
-haya disminuído. El que esto escribe hoy,
-creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga
-más de sesenta años. Pero objetivamente considerado,
-el hecho es indiscutible, aunque podrá haber
-discrepancia para señalar límites generales á
-la edad en que la vejez desvencija nuestros resortes.
-Se comprende que para esta función, como
-para todas las demás del organismo, la edad de
-envejecer difiere de individuo á individuo; los sistemas
-orgánicos en que se inicia la involución son
-distintos en cada uno. Hay quien envejece antes
-por sus órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos;
-y hay quien conserva íntegras algunas de sus
-funciones hasta más allá de los límites comunes.
-La longevidad mental es un accidente; no es la
-regla.</p>
-
-<p>La vejez inequívoca es la que pone más arrugas
-en el espíritu que en la frente. La juventud no es
-simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir
-á alguna cana: es un don de vida expresiva
-y febril. Muchos adolescentes no lo tienen y algunos
-viejos desbordan de él. Hay hombres que
-nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente
-agostados, no encontraron calor las
-opiniones extremas ni aliento las exageraciones
-románticas. En esos mediocres, la única precocidad
-es la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción
-que guardan algunas originalidades hasta
-sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero,<span class="pagenum"><a id="Page_221"></a> [Pg 221]</span>
-en unos antes y en otros después, despacio ó de
-prisa, el tiempo consuma su obra y transforma
-nuestras ideas, sentimientos, pasiones, energías,
-según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo,
-que cambia todo, cambia también nuestros humores».</p>
-
-<p>El proceso de involución intelectual sigue el mismo
-curso que el de su organización, pero invertido.
-Primero desaparece la «mentalidad individual»,
-más tarde la «mentalidad social», y, por último,
-la «mentalidad de la especie».</p>
-
-<p>La vejez comienza por hacer de todo individuo
-un hombre mediocre. La mengua mental puede,
-sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes celulares
-del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad
-de las asociaciones neuronales se atenúa
-cada vez más y la obra destructora de la decrepitud
-es más profunda. Los achaques siguen desmantelando
-sucesivamente las capas del carácter,
-desapareciendo una tras otra sus adquisiciones secundarias,
-las que reflejan la experiencia social.
-El anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco
-á poco á su primitiva mentalidad infantil, conservando
-las adquisiciones más antiguas de su personalidad,
-que son, por ende, las mejor consolidadas.
-Es notorio que la infancia y la senectud se
-tocan; todos los idiomas consagran esta observación
-en refranes harto conocidos. Ello explica las
-profundas transformaciones psíquicas de los viejos;
-el cambio total de sus sentimientos (especialmente
-los sociales y altruistas), la pereza pro<span class="pagenum"><a id="Page_222"></a> [Pg 222]</span>gresiva
-para acometer empresas nuevas (con discreta
-conservación de los hábitos consolidados
-por antiguos automatismos) y la duda ó la apostasía
-de las ideas más personales (para volver primero
-á las ideas comunes en su medio y luego á
-las profesadas en la infancia ó por los antepasados).</p>
-
-<p>La mejor prueba de ello&mdash;que los ignorantes
-suelen citar contra la «ciencia»&mdash;la encontramos
-en los hombres de más elevada mentalidad y de
-cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos
-un cambio radical de opiniones acerca de los más
-altos problemas filosóficos, á medida que la vejez
-hace decaer las aptitudes originalmente definidas
-durante la edad viril.</p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">La bancarrota de los ingenios.</span></h3>
-
-<p>Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La
-marcha progresiva del proceso impide advertir
-esa evolución en las personas que nos rodean; es
-como si una claridad se apagara tan de á poco que
-pudiera llegarse á la obscuridad absoluta sin advertir
-en momento alguno la transición.</p>
-
-<p>Á la natural lentitud del fenómeno agréganse
-las diferencias que él reviste en cada individuo.
-Los mediocres, que sólo llegan á adquirir un reflejo
-de la mentalidad social, poco tienen que perder
-en esta inevitable bancarrota: es el empobrecimiento
-de un pobre. Y cuando, en plena senectud,<span class="pagenum"><a id="Page_223"></a> [Pg 223]</span>
-su mentalidad social se reduce á la mentalidad de
-la especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese
-pasaje de la pobreza á la miseria.</p>
-
-<p>En el hombre superior, en el talento ó en el genio,
-se notan claramente esos estragos. ¿Cómo
-no llamaría nuestra atención un antiguo millonario
-que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos?
-El hombre superior deja de serlo, se nivela.
-Sus ideas propias, organizadas en el período de
-perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas
-por ideas comunes ó inferiores. El genio nunca es
-tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su
-fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas
-en la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero
-siempre la revelan las obras pensadas en la vejez
-misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» por
-respeto al autor de la primera; no podemos salir
-de ello sin recordar que «nunca segundas partes
-fueron buenas», adagio inapelable si la primera
-fué obra de juventud y la segunda es fruta de
-vejez.</p>
-
-<p>Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de
-esta metamorfosis psicológica. El joven Kant,
-verdaderamente «crítico», había llegado á la convicción
-de que las tres grandes potencias del misticismo:
-Dios, libertad é inmortalidad del alma,
-eran insostenibles ante la «razón pura»; el Kant
-envejecido, «dogmático», encontró, en cambio,
-que esos tres fantasmas son postulados de la «razón
-práctica», y, por lo tanto, indispensables.
-Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el<span class="pagenum"><a id="Page_224"></a> [Pg 224]</span>
-contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto
-más ruidosa é irreparable preséntase la contradicción
-entre el joven y el viejo Kant. El mismo
-Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir
-una puerta al dualismo con su «incognoscible».
-Virchow, en plena juventud, creó la patología
-celular, sin sospechar que terminaría renegando
-sus ideas de naturalista filósofo. Lo mismo
-que él hicieron Wallace, Romanes, Du-Bois Reymond
-y C. E. Baer.</p>
-
-<p>Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto
-á Lombroso caer en sus últimos años en ingenuidades
-infantiles, explicables por su debilitamiento
-mental, á punto de llorar conversando con
-el alma de su madre en un trípode espiritista. James,
-que en su juventud fué portavoz de la psicología
-evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse
-en especulaciones morales que sólo él
-comprendió. Y, por fin, Tolstoy, cuya juventud
-fué pródiga de admirables novelas y escritos, que
-le hicieron clasificar como escritor anarquista, en
-los últimos años escribió artículos adocenados que
-no firmaría un gacetillero vulgar, para extinguirse
-en esa peregrinación mística que puso en ridículo
-las horas últimas de su vida física. La mental había
-terminado mucho antes.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_225"></a>[Pg 225]</span></p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">Psicología de la vejez.</span></h3>
-
-<p>La sensibilidad se atenúa en los viejos y se
-embotan sus vías de comunicación con el mundo
-que les rodea; los tejidos se endurecen y tórnanse
-menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á
-la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la
-pereza es una vejez anticipada, la vejez es una
-pereza que llega fatalmente en cierta hora de la
-vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica
-es una atrofia de los elementos superiores
-(musculares y nerviosos), con desarrollo de los
-inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares
-se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á
-los tejidos; el peso y el volumen del sistema nervioso
-central se reduce, como el de todos los tejidos
-propiamente vitales; la musculatura flácida
-impide mantener el cuerpo erecto; los movimientos
-pierden su agilidad y su precisión. En el
-cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se
-alteran las transformaciones químicas y el tejido
-conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las células
-más nobles. Roto el equilibrio de los órganos,
-no puede subsistir el equilibrio de las funciones:
-la disolución de la vida intelectual y afectiva
-sigue ese curso fatal, perfectamente estudiado por
-Ribot en el último capítulo de su <cite>Psicología de
-los sentimientos</cite>.</p>
-
-<p>Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil,
-tanto por su ineptitud creadora como por su<span class="pagenum"><a id="Page_226"></a> [Pg 226]</span>
-achicamiento moral. Al período expansivo sucede
-el de concentración; la incapacidad para el asalto
-perfecciona la defensa. La insensibilidad física se
-acompaña de analgesia moral; en vez de participar
-del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir ni
-el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece
-advertirle que una fuerte emoción puede gastar
-energía, y se endurece contra el dolor, como la
-tortuga se retrae bajo su caparazón cuando presiente
-un peligro. Así llega á sentir un odio oculto
-por todas las fuerzas vivas que crecen y avanzan,
-un sordo rencor contra todas las primaveras.</p>
-
-<p>La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas
-y absorbentes. Todo viejo cree que los jóvenes
-le desprecian y desean su muerte para suplantarle.
-Traduce tal manía por hostilidad á la juventud,
-considerándola muy inferior á la de su
-tiempo, así como las nuevas costumbres á que
-no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas
-exige la parte más grande, contrariando toda iniciativa,
-desdeñando las corazonadas y escarneciendo
-los ideales, sin recordar que en otro tiempo
-pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera
-comprometedor ó detestable.</p>
-
-<p>Ésa es la verdadera psicología del hombre que
-envejece. La edad «atenúa ó anula el celo, el ardor,
-la aptitud para creer, descubrir ó simplemente
-saborear el arte, para tener la curiosidad despierta.
-Omito las rarísimas excepciones que exigirían,
-cada una, un examen particular. Para la mayoría
-de los hombres, el debilitamiento vital su<span class="pagenum"><a id="Page_227"></a> [Pg 227]</span>prime
-de seguida el gusto de esas cosas superfluas.
-Señalemos, también, con la vejez, la hostilidad
-decidida contra las innovaciones: nuevas
-formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas
-maneras de plantear ó tratar los problemas
-científicos. El hecho es tan notorio, que no exige
-pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo,
-cada generación reniega á la que le sigue. La explicación
-común de ese «misoneísmo», es la existencia
-de hábitos intelectuales ya organizados.
-Ellos serían conmovidos por un contraste violento,
-si tuvieran una capacidad de emoción ó de pasión.
-Esto último es lo que falta en los viejos, por apagamiento
-de la vida afectiva. Agrega Ribot que á
-esa disolución de los sentimientos superiores sigue
-la de todos los sentimientos altruístas y la de los
-egoaltruistas, perdurando hasta el fin los egoístas,
-cada vez más aislados y predominantes en la personalidad
-del viejo. Ellos mismos naufragan en la
-ulterior senilidad.</p>
-
-<p>Los diversos elementos del carácter disuélvense
-en orden inverso al de su formación. Los que
-han llegado al fin son menos activos, dejan impresiones
-poco persistentes, son adventicios, incoordinados.
-Esto revélase en la regresión de la memoria
-en los viejos; los fantasmas de las primeras
-impresiones juveniles siguen rondando en su mente,
-cuando ya han desaparecido los más cercanos,
-los del día anterior. La falta de plasticidad hace
-que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros,
-ó muy débiles, mientras los antiguos se han<span class="pagenum"><a id="Page_228"></a> [Pg 228]</span>
-grabado hondamente en materia más sensible y
-sólo se borran con la destrucción de los órganos.</p>
-
-<p>Con la facultad de crecer de los neurones en el
-hombre joven, y su poder de crear nuevas asociaciones,
-explicaría Cajal la capacidad de adaptación
-del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas
-ideológicos; la detención de las funciones neuronales
-en los ancianos, ó en los adultos de cerebro
-atrofiado por falta de ilustración ú otra causa, permite
-comprender las convicciones inmutables, la
-inadaptación al medio moral y las aberraciones
-misoneístas. Se concibe, igualmente, que la amnesia,
-la falta de asociación de ideas, la torpeza intelectual,
-la imbecilidad, la demencia, puedan producirse
-cuando&mdash;por causas más ó menos mórbidas&mdash;la
-articulación entre los neurones llega á ser
-floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan
-y dejan de estar en contacto, ó cuando las esferas
-mnemónicas se desorganizan parcialmente. Para
-formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta
-la conservación mayor de las antiguas memorias
-juveniles; las vías de asociación creadas hace mucho
-tiempo y ejercitadas durante algunos años,
-han adquirido indudablemente una fuerza mayor
-por haber sido organizadas en la época en que los
-neurones poseían su más alto grado de plasticidad.</p>
-
-<p>Sin conocer la histología de los centros nerviosos,
-Lucrecio (III, 452) observó que la ciencia
-y la experiencia pueden crecer andando la vida,
-pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras<span class="pagenum"><a id="Page_229"></a> [Pg 229]</span>
-loables cualidades se marchitan y languidecen al
-sobrevenir la vejez:</p>
-
-<div class="blockquot">
-
-<p>Ubi jam validis quassatum est viribus aevi
-corpus, et obtusis ceciderunt viribus artus,
-claudicat ingenium, delirat linguaque mensque.</p></div>
-
-<p>Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años
-cada individuo ha anunciado lo que de él puede
-esperarse y afirma que ningún alma obscura hasta
-esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda
-el proverbio usual en el Delfinado: «Si l'épine ne
-pique pas en naissant, à peine piquera-t-elle jamais»,
-y agrega que casi todas las grandes acciones de la
-historia han sido realizadas antes de los treinta
-años. (<cite>Essais</cite>, lib. I, cap. LVII.)</p>
-
-<p>Á distancia de siglos un espíritu absolutamente
-diverso llega á las mismas conclusiones. «El descubrimiento
-del segundo principio de la energética
-moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía
-veintiocho años al publicar su Memoria. Mayer,
-Joule y Helmoltz tenían veinticinco, veintiséis y
-veinticinco, respectivamente; ninguno de estos
-grandes innovadores había llegado á los treinta
-años cuando se dió á conocer. Las épocas en que
-sus trabajos aparecieron no representan el momento
-en que fueron concebidos; hubieron de pasar
-algunos años antes de que tuviesen desarrollo suficiente
-para ser expuestos y de que ellos encontraran
-medios de publicarlos. Asombra la juventud
-de estos maestros de la ciencia; estamos acos<span class="pagenum"><a id="Page_230"></a> [Pg 230]</span>tumbrados
-á considerarla como privilegio de una
-edad más avanzada, y nos parece que todos ellos
-han faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose
-abrir nuevos caminos á la verdad. Se dirá que
-la solución de esos problemas por verdaderos muchachos
-fué una singular y excepcional casualidad;
-fácil es comprobar que ocurre lo mismo en todos
-los dominios de la ciencia: la gran mayoría de los
-trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron
-la obra de jóvenes que acababan de transponer
-los veinte años. No es éste el sitio para buscar las
-causas y las consecuencias de ese hecho; pero es
-útil recordarlo, pues aunque señalado más de una
-vez, está muy lejos de ser reconocido por los que
-se dedican á educar la juventud. Los trabajos de
-hombres jóvenes son de carácter principalmente
-innovador; el mecanismo de la instrucción pública
-no debe ser obstáculo á ellos... permitiéndoles
-desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes
-en los institutos superiores, en vez de agotar
-prematuramente, como ocurre ahora, un gran
-número de talentos científicos originales.» (W.
-Ostwald: <cite>L'Energie</cite>, cap. V). Y para que sus
-conclusiones no parezcan improvisadas el eminente
-filósofo las ha desenvuelto en su último libro
-(<cite>Les grands hommes</cite>), donde el problema
-del genio juvenil está analizado con criterio experimental.</p>
-
-<p>Por eso las academias suelen ser cementerios
-donde se glorifica á hombres que ya han dejado
-de existir para su ciencia ó para su arte. Es natu<span class="pagenum"><a id="Page_231"></a> [Pg 231]</span>ral
-que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes;
-dar entrada á un joven significaría enterrar á
-un vivo.</p>
-
-
-<h3>V.&mdash;<span class="smcap">La virtud de la impotencia.</span></h3>
-
-<p>Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y
-Montaigne hasta Ribot y Ostwald; pero los viejos
-no renunciarán á sus protestas contra los jóvenes,
-ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las
-canas.</p>
-
-<p>Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos
-parecen ignorar que serán viejos: el camino á recorrer
-es siempre el mismo, de la originalidad á la
-mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.</p>
-
-<p>¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes
-revolucionarios terminen siendo viejos conservadores?
-¿Y qué de extraño en la conversión
-religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo
-podría el hombre, activo y emprendedor á los treinta
-años, no ser apático y prudente á los ochenta?
-¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos haga avaros,
-misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo
-paulatinamente los sentidos y la inteligencia,
-como si una mano misteriosa fuera cerrando
-una por una todas las ventanas entreabiertas
-frente á la realidad que nos rodea?</p>
-
-<p>La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son
-los términos inviolables de la vida; ella nos dice
-con voz firme que lo normal no es nacer ni morir<span class="pagenum"><a id="Page_232"></a> [Pg 232]</span>
-en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos
-para crecer; envejecemos para morir. Todo lo que
-la Naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos
-lo sustrae preparando la muerte.</p>
-
-<p>Sin embargo, los viejos protestan de que no se
-les respeta bastante, mientras los jóvenes se desesperan
-por lo excesivo de ese respeto. La historia
-es de todos los tiempos. Cicerón escribió su <cite>De
-Senectute</cite> con el mismo espíritu con que hoy Faguet
-escribe ciertas páginas de su ensayo sobre <cite>La
-Vieillesse</cite>. Aquél se quejaba de que los viejos
-fueran poco respetados en el imperio; éste se queja
-de que lo sean menos en la democracia. Asombran
-las palabras de Faguet cuando afirma que los
-viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello
-la negación de una competencia más. Alega que
-en los pueblos primitivos, como hoy entre los salvajes,
-son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia
-se explica donde no hay más ciencia que
-la experiencia y los viejos lo saben todo, pues
-cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber
-visto muchos similares. Dice Faguet que el
-libro, puesto en manos de los jóvenes, es el enemigo
-de la experiencia que monopolizan los viejos.
-Y se desespera porque el viejo ha caído en
-ridículo, aunque comete la imprudencia de juzgarle
-con verdad: <i lang="fr" xml:lang="fr">convenons de bonne grâce qu'il
-prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est
-verbeux, il est conteur, il est ennuyeux, il est
-grondeur et son aspect est désagréable</i>: ningún
-joven ha escrito una silueta más sintética que esa,<span class="pagenum"><a id="Page_233"></a> [Pg 233]</span>
-incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia.</p>
-
-<p>Faguet opina que el viejo está desterrado de las
-mediocracias contemporáneas. Grave error, que
-sólo prueba su vejez.</p>
-
-<p>Toda democracia es propicia á la mediocridad
-y enemiga de cualquier excelencia individual; por
-eso los jóvenes originales no participan del gobierno
-hasta que hayan perdido su arista propia.
-La vejez los nivela, rebajándolos hasta los modos
-de pensar y sentir que son comunes á su grupo
-social. Por esto las funciones directivas han sido
-en toda época patrimonio de la edad madura; la
-«opinión pública» de los pueblos, de las clases ó
-de los partidos, suele encontrar en los hombres
-que fueron superiores y empiezan ya á decaer el
-exponente más inequívoco de su mediocridad. En
-la juventud, son considerados peligrosos. Mientras
-el individuo superior piensa con su propia cabeza,
-no puede pensar con la cabeza de la sociedad.</p>
-
-<p>No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces
-respectivas, señalaron Platón, Aristóteles y
-Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por
-el camino de la vejez se llega á la mediocridad es
-la aplicación simple de un principio regresivo que
-rige á todos los organismos vivos y los prepara á
-la muerte. ¿Por qué extrañarnos de esa decadencia
-mental si estamos acostumbrados á ver desteñir
-las hojas y deshojarse los árboles cuando el
-otoño llega perseguido por el invierno?</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_234"></a>[Pg 234]</span></p>
-
-<p>Admiremos á los viejos por las superioridades
-que hayan poseído en la juventud. No incurramos
-en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica
-ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca;
-la vejez siega todas las originalidades con su
-hoz niveladora. Esos mediocres representativos,
-que ascienden al gobierno y á las dignidades después
-de haber pasado sus mejores años en la inercia
-ó en la orgía, en el tapete verde ó entre rameras,
-en la expectativa apática ó en la resignación
-humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo,
-esquivando la lucha, temiendo los adversarios,
-y renunciando los peligros, no merecen la confianza
-de sus contemporáneos ni tienen derecho de
-catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen
-pronunciadas en falsete y mueven á risa. Los hombres
-de carácter elevado no hacen á la vida la injuria
-de malgastar su juventud, ni confían á la incertidumbre
-de las canas la iniciación de obras
-que sólo pueden concebir las mentes frescas y realizar
-los brazos viriles.</p>
-
-<p>La experiencia complica la tontería de los mediocres,
-pero no puede convertirlos en genios; la
-vejez no abuena al perverso, lo torna inútil para
-el mal. El diablo no sabe más por viejo que por
-diablo. Si se arrepiente no es por santidad, sino
-por impotencia.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_235"></a>[Pg 235]</span></p>
-
- <h2 class="nobreak">LA MEDIOCRACIA</h2>
-</div>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.</span>&mdash;II. <span class="smcap">LA POLÍTICA DE LAS
-PIARAS.</span>&mdash;III. <span class="smcap">DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA
-INJUSTICIA.</span>&mdash;IV. <span class="smcap">LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN
-LA DESIGUALDAD.»</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">El clima de la mediocridad.</span></h3>
-
-<p>En raros momentos la pasión caldea la historia
-y los idealismos se exaltan: cuando las naciones se
-constituyen y cuando se renuevan. Primero es secreta
-ansia de libertad, lucha por la independencia
-más tarde, luego crisis de consolidación institucional,
-después vehemencia de expansión ó pujanza
-de imperialismo. Los genios hablan con palabras
-líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios;
-ponen los héroes su corazón en la balanza
-del destino.</p>
-
-<p>Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas
-intercadencias de encebadamiento. La historia no
-conoce un solo caso en que altos ideales trabajen<span class="pagenum"><a id="Page_236"></a> [Pg 236]</span>
-con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay
-horas de palingenesia y las hay de apatía, como
-vigilias y sueños, días y noches, primaveras y otoños,
-en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad
-del tiempo.</p>
-
-<p>En ciertas horas la nación se aduerme dentro
-del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra.
-Los apetitos acosan á los ideales, tornándose
-dominadores y agresivos. No hay astros en el
-horizonte ni oriflamas en los campanarios. Ningún
-clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco
-de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en
-torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna
-migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad.
-Los estados tórnanse mediocracias.</p>
-
-<p>Entra á la penumbra toda tendencia idealista,
-intelectual, estética, el culto por la verdad, el afán
-de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación
-de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad,
-el desinterés, la abnegación, todo lo que
-está en el camino de la virtud y de la santidad, del
-talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo.
-En un mismo diapasón utilitario se templan todos
-los espíritus. Se habla por refranes, como discurría
-Panza; se cree por catecismos, como predicaba
-Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil
-Blas. El culto de la rutina, de los prejuicios y de
-las domesticidades encuentra fervorosos adeptos
-en los que pretenden representar á los rebaños
-militantes; los más encumbrados portavoces de las
-mediocracias resultan esclavos de su clima. Son<span class="pagenum"><a id="Page_237"></a> [Pg 237]</span>
-actores á quienes les está prohibido improvisar: de
-otro modo romperían el molde á que se ajustan las
-demás piezas del mosaico.</p>
-
-<p>Platón no concibió la mediocridad ni estudió al
-hombre mediocre. Sin quererlo, al decir de la democracia:
-«Es el peor de los buenos gobiernos,
-pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia.
-Han transcurrido siglos; la sentencia
-conserva su verdad. Las democracias contemporáneas,
-vistas de fuera, son refractarias á la culminación
-de todo ideal. Son estados sin ser naciones;
-países, no patrias. En cada comarca una oligarquía
-de mediocres detenta los engranajes del
-mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos
-desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas.
-Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos
-industriales, acullá facciones de parlaembaldes.
-Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar
-con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros
-que buscan la encrucijada más impune
-para explotar á la sociedad.</p>
-
-<p>Políticos mediocres hay en todos los tiempos y
-bajo todos los regímenes. Pero encuentran mejor
-clima en las burguesías sin ideales. Donde
-todos creen poder hablar, callan los sabios; la
-mediocridad prefiere escuchar á los más viles embaidores.
-Cuando el ignorante se cree igualado al
-estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al
-elocuente y el burdégano al digno, la escala del
-mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de
-villanía. Eso es la mediocracia: todos pretenden<span class="pagenum"><a id="Page_238"></a> [Pg 238]</span>
-hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada
-uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar
-voracidades oligárquicas. Esa chatura moral
-es más grave que la aclimatación á la tiranía; nadie
-puede volar donde todos se arrastran. Conviénese
-en llamar urbanidad á la hipocresía, distinción
-al amaricamiento, cultura á la timidez, tolerancia
-á la complicidad; la mentira proporciona
-estas denominaciones equívocas. Y los que así
-mienten son enemigos de sí mismos y de la patria,
-deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos,
-carcomiendo la dignidad común.</p>
-
-<p>En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse
-las mediocracias por senderos innobles. La
-obsesión de acumular tesoros materiales, ó el torpe
-afán de usufructuarlos en la holganza, borra
-del espíritu colectivo todo rastro de ensueño. Los
-países dejan de ser patrias. Cualquier ideal agoniza
-ó muere; van desmereciendo el ingenio y el
-mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están
-de más; la pesadez de la atmósfera cierra sus alas
-y dejan de volar. Su presencia estorba á traficantes
-y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á
-los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas
-del espíritu son despreciadas. No siéndole propicio
-el clima sus cultores son contados. No llegan
-á inquietar á las mediocracias; están proscritos
-dentro del país, que mata á fuego lento sus ideales,
-sin necesitar desterrarlos. Cada hombre queda
-preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_239"></a>[Pg 239]</span></p>
-
-
-<p>Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que
-varía es su prestigio y su influencia. En los climas
-líricos muéstranse humildes, son tolerados; nadie
-los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se
-entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo
-por lo cuantitativo, se empieza á contar con ellos.
-Apercíbense entonces de su número, se cuentan,
-se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos.
-Crecen en la justa medida en que el clima se atempera.
-Las ficciones democráticas igualan el sabio
-al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista:
-cada uno tiene un voto y el supremo derecho
-es votar. La mediocridad se condensa, conviértese
-en sistema, es incontrastable.</p>
-
-<p>Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios:
-las creaciones y las profecías son imposibles si no
-están en el alma de la época. La aspiración de lo
-mejor no es privilegio de todas las generaciones.
-Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada
-ó conmovida por un genio, la siguiente descansa
-y se dedica á vivir de glorias pasadas, conmemorándolas
-sin fe; las facciones dispútanse los
-manejos administrativos, compitiendo en manosear
-todos los ideales. La ausencia de éstos se disfraza
-con exceso de pompa y de palabras; acállase
-cualquier protesta con la participación en los
-festines; se proclaman las mejores intenciones y
-se practican bajezas abominables; se miente la democracia;
-se miente la ciencia; se miente el arte;
-se miente la justicia; se miente el carácter. Todo
-se miente con la anuencia de todos; cada hombre<span class="pagenum"><a id="Page_240"></a> [Pg 240]</span>
-pone precio á su complicidad, un precio razonable
-que oscila entre un empleo y una decoración.</p>
-
-<p>Los gobernantes no crean tal estado de cosas y
-de espíritus: lo representan. Cuando las naciones
-dan en bajíos, los ideales son suplantados por voracidades
-insaciables: alguna facción de mediocres
-se apodera del engranaje constituido ó reformado
-por hombres geniales. Florecen legisladores,
-pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios
-por legiones: las leyes se multiplican, sin
-reforzar por ello su eficacia. Las ciencias conviértense
-en mecanismos oficiales, en institutos y academias
-donde el genio no se forma jamás y al mismo
-ingenio se le impide que crezca: su presencia
-humillaría con la fuerza del contraste. Las artes
-tórnanse industrias patrocinadas por el Estado,
-reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión
-de nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación
-de artistas y poetas parece aguzarse en
-descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse
-por ellas. En tales épocas los astros no surgen.
-Huelgan: la sociedad no los necesita; bástale su
-cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes
-desciende hasta marcar el cero: la mediocracia
-es una confabulación de los ceros contra las
-unidades. Cien políticos mediocres, juntos, no valen
-un estadista genial. Sumad diez ceros, cien,
-mil, todos los de las matemáticas y no tendréis
-cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los políticos
-mediocres marcan el cero absoluto en el termómetro
-de la historia, conservándose limpios de<span class="pagenum"><a id="Page_241"></a> [Pg 241]</span>
-infamia y de virtud. Roque gobernando la ínsula:
-equidistante de Nerón y de Marco Aurelio.</p>
-
-<p>Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos;
-entíbiase la ansiedad de las cosas elevadas,
-prosperando á su contra el afán de los suntuosos
-formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen
-prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados;
-los que no roban resultan alhajas. El concepto
-del mérito se torna negativo: las sombras
-son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente
-mediocre ó lo mediocrizado por la senilidad.
-En vez de héroes, genios ó santos, anúncianse
-los apacibles administradores, milagrosos
-arquetipos de la mediocridad reinante, como aquel
-Popeo Sabino <em>par negotiis neque supra</em>. Pero el
-estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan,
-predican y anuncian alguna parte de un ideal, están
-ausentes. Nada tienen que hacer.</p>
-
-<p>La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir.
-La regla conoce pocas excepciones en la
-historia. Las mediocracias negaron siempre las virtudes,
-las bellezas, las grandezas, dieron el veneno
-á Sócrates, el leño á Cristo, el puñal á César, el
-destierro á Dante, la cárcel á Bacon, el fuego á Bruno;
-y mientras escarnecían á esos hombres ejemplares,
-aplastándolos con su saña ó armando contra
-ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre
-á pomposos pavoreales ó ponían su hombro
-para sostener las más torpes tiranías. Á un precio:
-que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad
-necesaria para usufructuar sus riquezas.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_242"></a>[Pg 242]</span></p>
-
-<p>En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil
-de ejercitar: las cortes se pueblan de serviles,
-apandillados por batos enflautadores. Mesnadas
-de retóricos parlotean <em>pane lucrando</em>: aspirantes
-á algún bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales,
-en cuyas conciencias está siempre colgado
-el albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálanse
-en los apetitos de los que ansían vivir de
-ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza.
-La indignidad civil es ley en esos climas.
-Todo hombre declina su personalidad al convertirse
-en funcionario: no lleva visible la cadena al
-pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente,
-amarrada en su intestino. Ciudadanos de una
-patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin
-la cebada oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta,
-sobreponiendo los apetitos á las aspiraciones, el
-sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima.
-En vano se buscan remedios en la glorificación
-del pasado. De ese atafagamiento los pueblos no
-despiertan loando lo que fué, sino sembrando el
-porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.</p>
-
-<p>Los países son expresiones geográficas y los estados
-son equilibrios de instituciones. Una patria
-es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus
-y de corazones, temple uniforme para el
-esfuerzo, homogénea disposición para el sacrificio,
-simultaneidad en la aspiración de la grandeza y
-en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad
-de esperanzas no hay patria, no puede haberla:
-hay que tener ensueños comunes, desear jun<span class="pagenum"><a id="Page_243"></a> [Pg 243]</span>tos
-grandes cosas y sentirse decididos á realizarlas,
-con la seguridad de que ninguno se quedará
-en mitad del camino contando sus talegas. No basta
-acumular riquezas para crear una patria: Cartago
-no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas,
-las industrias afiebradas y las lluvias generosas
-hacen de un país un estado rico: se necesitan ideales
-de cultura para que en él haya una patria.</p>
-
-<p>Mientras un país no es patria, sus habitantes no
-constituyen una nación. El sentimiento de la nacionalidad
-sólo existe en los que se sienten acomunados
-para perseguir un mismo ideal: las naciones
-más homogéneas son las que cuentan más
-hombres capaces de sentirlo y de servirlo. Es más
-intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas.
-La capacidad de ideales, exigua en los mediocres,
-impídeles ver en el patriotismo el más alto ideal;
-el <i lang="fr" xml:lang="fr">déclassé</i>, ajeno á la nación, tampoco lo concibe;
-el esclavo y el siervo tienen un país natal.
-Sólo el digno y el libre pueden tener una patria.</p>
-
-<p>Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento
-nace en muchos, pero permanece rudimentario;
-en pocos elegidos llega á ser dominante
-y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces
-de piara ó de cofradía. Cuando los intereses
-de la mediocridad sobrepónense á los ideales
-de los espíritus cultos, que constituyen el alma de
-una nación, el sentimiento nacional se corrompe:
-la patria es explotada como una empresa. Cuando
-se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa
-que en cada ingenio original puede estar una<span class="pagenum"><a id="Page_244"></a> [Pg 244]</span>
-partícula de la gloria común, la nación se abisma.
-Los ciudadanos vuelven á la condición de habitantes.
-La patria á la de país.</p>
-
-<p>Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila
-de la nación necesitara parpadear en su mirada
-hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres
-aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar,
-mientras los genios tórnanse invisibles. Todo
-se dobla y abaja, desapareciendo la molicie individual
-en la común: diríase que en la culpa colectiva
-se esfuma la responsabilidad de cada uno.
-Cuando el conjunto se dobla, como en el barquinazo
-de un buque, parece, por relatividad, que
-ninguna cosa se doblara. Sólo quien se levanta, y
-mira desde otro plano á los que navegan, advierte
-su descenso, como si frente á ellos fuese un punto
-inmóvil: un faro en la costa.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">La política de las piaras.</span></h3>
-
-<p>El instrumento de esa contaminación general
-es, en nuestra época, el sistema parlamentario:
-todas las formas de parlamentarismo. Antes presumíase
-que para gobernar se requería cierta ciencia
-y el arte de aplicarla; ahora se ha convenido
-que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los árbitros inapelables
-de esa ciencia y de ese arte.</p>
-
-<p>La política se degrada, conviértese en profesión.
-Los espíritus subalternos florecen en los establos
-del sufragio universal. En la bajamar sube lo ra<span class="pagenum"><a id="Page_245"></a> [Pg 245]</span>hez
-y se acorchan los traficantes. Toda excelencia
-desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura
-una moral hostil á la firmeza y propicia al
-relajamiento. El gobierno va á manos de gentualla
-que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves
-y álzanse los muladares. El lauredal se agosta y
-los cardizales se multiplican. Los palaciegos se
-mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos
-y volatineros. Nadie piensa, donde todos
-lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que
-antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase
-jactancia de astucia; lo que otrora mataba,
-ahora vivifica, como si hubiera una aclimatación
-al ridículo; sombras envilecidas se levantan y parecen
-hombres; la improbidad se pavonea y ostenta,
-en vez de ser vergonzante y pudorosa. Lo que
-en las patrias se cubría de vergüenza, en los países
-cúbrese de honores.</p>
-
-<p>Las jornadas electorales son humillantes en los
-países mediocrizados: enjuagues de mercenarios ó
-pugilatos de aventureros, cuando no arrebatos de
-sectarios. Su justificación está á cargo de electores
-inocentes, que van á la parodia como á una
-fiesta del ideal.</p>
-
-<p>Las facciones son adversas á todas las originalidades.
-Hombres ilustres pueden ser víctimas del
-voto de la canalla: los partidos adornan sus listas
-con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad
-de parapetarse tras el blasón intelectual
-de algunos selectos. Cada piara se forma un estado
-mayor que disculpe la pretensión de gobernar<span class="pagenum"><a id="Page_246"></a> [Pg 246]</span>
-á su país, encubriendo las restantes vanidades ó
-piraterías con el pretexto de sostener intereses de
-partidos. Las excepciones no son toleradas en homenaje
-á las virtudes: las piaras no admiran ninguna
-superioridad. Explotan el prestigio del pabellón
-para dar paso á su mercancía de contrabando;
-descuentan en el banco del éxito merced á la
-firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay
-docenas de sombras insignificantes.</p>
-
-<p>Aparte esas excepciones, que existen en todas
-partes, la masa de «elegidos del pueblo» es subalterna
-y profesional, pelma de vanidosos, deshonestos
-y serviles.</p>
-
-<p>Los primeros derrochan su fortuna por acceder
-al Parlamento. Ricos terratenientes ó poderosos
-industriales pagan á peso de oro los votos coleccionados
-por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos
-abren sus alcancías para comprarse el
-único diploma accesible á su mentalidad amorfa;
-asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos,
-sin más capital que su constancia y sus millones.
-Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporándose
-á las piaras.</p>
-
-<p>Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento
-para entregarse á especulaciones lucrativas.
-Venden su voto á empresas que muerden las
-arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes
-negocios con el erario, cobrando sus discursos á
-tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas
-oficiales á sus electores; comercian su influencia
-al menudeo para obtener concesiones en favor de<span class="pagenum"><a id="Page_247"></a> [Pg 247]</span>
-su clientela. Su gestión política suele ser tranquila:
-un hombre de negocios está siempre con la
-mayoría. Apoya á todos los gobiernos.</p>
-
-<p>Los serviles merodean por los Congresos en
-virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos
-de un grande hombre, ó instrumentos ciegos de
-su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las
-consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia
-ó probidad: basta con la certeza de su
-panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor
-y sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique,
-dispuestos siempre á batir palmas cuando
-él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una
-votación.</p>
-
-<p>En las democracias más novicias, llamadas repúblicas
-por burla, los congresos puéblanse de
-mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
-Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales,
-afeminadas: las mayorías miran al porquero esperando
-una guiñada ó una seña. Si alguno se aparta
-está perdido; los que se rebelan son proscritos sin
-apelación.</p>
-
-<p>Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores
-de algún apostolado ó representantes de
-fanatismos colectivos; si el tiempo no los domestica,
-ellos sirven á los demás, justificándolos con
-su presencia, aquilatándolos.</p>
-
-<p>Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas
-de los parlamentos envilecidos. Los partidos&mdash;ó
-el gobierno en su nombre&mdash;operan una selección
-entre sus miembros, á expensas del mérito y<span class="pagenum"><a id="Page_248"></a> [Pg 248]</span>
-en favor de la intriga. Un soberano cuantitativo
-y sin ideales prefiere candidatos que tengan su
-misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.</p>
-
-<p>Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica
-parecen balbuceos infantiles frente á las
-vueltacaras del parlamentario mediocre. El desprecio
-de los hombres probos no le amedrenta jamás.
-Confía en el rebaño amorfo: el bajo nivel del
-representante halaga la insensatez del representado.
-Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente
-á los <em>desiderata</em> del sufragio universal; la
-grey se prosterna ante los fetiches más huecos y
-los rellena con su complicada tontería.</p>
-
-<p>Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á
-convertirse en funcionarios. La burocracia es una
-masonería de voracidades en acecho. Desde que
-se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil
-los sabe de memoria; un elector considérase
-apto para cualquier destino en el vastísimo engranaje
-burocrático, suponiendo que la igualdad ante
-la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese
-afán de vivir á expensas del Estado rebaja la dignidad,
-enseñando que el mérito es inútil frente á
-la influencia. Cada demócrata que cruza las calles
-de prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa,
-enguantado, joven, maduro, á cualquier hora,
-podéis asegurar que está domesticándose, envileciéndose:
-busca una recomendación ó la lleva en
-su faltriquera.</p>
-
-<p>El funcionarismo crece con la democracia. Otro<span class="pagenum"><a id="Page_249"></a> [Pg 249]</span>ra,
-cuando fué necesario delegar parte de sus funciones,
-los monarcas elegían á hombres de mérito,
-experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á
-la casta feudal; los grandes cargos la vinculaban á
-la causa del señor. Junto á esa, formábanse pequeñas
-burocracias locales. Creciendo las instituciones
-de gobierno el funcionarismo creció, llegando
-á ser una clase, una rama de las oligarquías dominantes.
-Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron,
-quitándole toda iniciativa y ahogándola
-en la rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión
-exagerada. La pequeña burocracia no varía;
-la grande, que es su llave, cambia con la piara
-que gobierna. Con el sistema parlamentario se la
-esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del legislativo.
-Ese juego de influencias bilaterales converge
-á empequeñecer la dignidad de los funcionarios.
-El mérito queda excluido en absoluto; basta
-la influencia. Con ella se asciende por caminos
-equívocos. La característica del zafio es creerse
-apto para todo, como si la buena intención salvara
-la incompetencia. Flaubert ha contado en páginas
-eternas la historia de dos mediocres que ensayan
-lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen
-bien, pero á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias;
-son funcionarios de cualquier función,
-creyéndose órganos valederos para las más contradictorias
-fisiologías.</p>
-
-<p>Consecuencias inmediatas del funcionarismo
-son la servilidad y la adulación. Existen desde que
-hubo poderosos y favoritos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_250"></a>[Pg 250]</span></p>
-
-
-
-<p>Bajo cien formas se observa la primera, implícita
-en la desigualdad humana: donde hubo hombres
-diferentes, algunos fueron dignos y otros domésticos.</p>
-
-<p>El excesivo comedimiento y la afectación de
-agradar al amo engendran esas carcomas del carácter.
-No son delitos ante las leyes, ni vicios para la
-moral de ciertas épocas: son compatibles con la
-«honestidad». Pero no con la «virtud». Nunca.
-Por eso, si bien no llevan á la cárcel, jamás conducen
-á la gloria.</p>
-
-<p>La sensibilidad á los elogios es legítima en sus
-orígenes. Ellos son una medida indirecta del mérito;
-se fundan en la estimación, el reconocimiento,
-la amistad, la admiración ó el amor. El elogio
-sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga
-ni ofende á quien lo recibe, aun cuando es injusto.
-Puede ser un error; no es una indignidad.
-La adulación lo es siempre: es desleal é interesada.
-El deseo de la privanza induce á complacer á
-los poderosos; la conducta del adulón mira á eso
-y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su inteligencia
-sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina
-sus gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo
-como él lo ordena; su personalidad no está
-abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de
-los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte
-de Lisle.</p>
-
-<p>La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable
-siempre el adulón, aun cuando lo hace
-por una especie de benevolencia banal ó por el de<span class="pagenum"><a id="Page_251"></a> [Pg 251]</span>seo
-de agradar á cualquier precio. Racine (<em>Fedra</em>,
-IV, 6) lo creyó un castigo divino:</p>
-
-<div class="blockquot">
-
-<p><i lang="fr" xml:lang="fr">Détestables flatteurs, présent le plus funeste
-Que puisse faire aux rois la colère celeste.</i></p></div>
-
-<p>No sólo se adula á reyes y poderosos. El que
-adula al pueblo no es menos vil. En las mediocracias
-hay miserables afanes de popularidad, más
-degradantes que el servilismo. Para obtener el favor
-cuantitativo de los lacayos se les miente bajas
-alabanzas disfrazadas de ideal: más cobardes
-porque se dirigen á plebes que no saben controlar
-el embuste. Halagar á los ignorantes y merecer
-su aplauso hablándoles sin cesar de sus derechos,
-jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento
-á la propia dignidad.</p>
-
-<p>En los climas mediocres, mientras las masas escuchan
-á los charlatanes, los gobernantes prestan
-oído á los quitamotas. Los vanidosos viven fascinados
-por esta sirena que los arrulla sin cesar,
-acariciando su sombra; pierden todo criterio para
-juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los
-aprisiona; la adulación de los serviles los arrastra
-á cometer ignominias: como esas mujeres que
-alardean su hermosura y acaban por prestarla á
-quienes la adulcen con elogios desmedidos. El
-verdadero mérito es desconcertado por la adulación:
-tiene su orgullo y su pudor, como la castidad.
-Los grandes hombres dicen de sí, naturalmente,
-elogios que en labios ajenos los harían son<span class="pagenum"><a id="Page_252"></a> [Pg 252]</span>rojar;
-las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas
-que temen no merecer.</p>
-
-<p>Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos.
-Todo el que piensa con cabeza propia, ó tiene
-un corazón altivo, se aparta del tremedal donde
-prosperan los envilecidos. «El hombre excelente&mdash;escribió
-La Bruyère&mdash;no puede adular; cree que su
-presencia importuna en las cortes, como si su virtud
-ó su talento fuesen un reproche á los que gobiernan.»
-Y de su apartamiento aprovechan los
-que palidecen ante sus méritos, como si existiera
-una perfecta compensación entre la ineptitud y el
-rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.</p>
-
-<p>De tiempo en tiempo alguno de los mejores se
-yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y
-como puede, para que no se extinga ni se subvierta,
-transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica:
-lo mediocre y lo innoble son calificados con
-justeza; á fuerza de velar los nombres acabaría por
-perderse en los espíritus la noción de las cosas indignas.
-Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar
-y de toda palabra sonora, persígnanse ante el
-herético que devuelve sus nombres á las cosas. Si
-dependiera de ellos la sociedad se transformaría
-en una cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese
-ningún clamor vehemente y cuya sombra no
-rasgara el resplandor de ningún astro.</p>
-
-<p>Todo idealista ha leído con lírica emoción las
-tres historias admirables que cuenta Vigny en su
-«Stello» imperecedero. Tener un ideal es crimen<span class="pagenum"><a id="Page_253"></a> [Pg 253]</span>
-que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert;
-muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los
-tres son asesinados por los gobiernos, con arma
-distinta según los regímenes. El idealista es inmolado
-en los imperios absolutos lo mismo que en las
-monarquías constitucionales y en las repúblicas democráticas.
-Quien vive para un ideal no puede servir
-á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para
-que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen
-de su ruta; cuando se apartan de ella la pierden
-para siempre.</p>
-
-<p>Temen por eso la política, sabiendo que es el
-Walhala de los mediocres. En su red pueden caer
-prisioneros. Pero cuando reina otro clima y el destino
-los lleva al poder, gobiernan contra los serviles
-y los rutinarios: rompen la monotonía de la
-historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio
-ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan
-contra ella, á desmantelarla, cuando se prepara
-un porvenir.</p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">Demagogos y aristarcos.</span></h3>
-
-<p>El progresivo advenimiento de la democracia,
-desde el ignominioso escándalo de la Bastilla hasta
-el arrebañamiento actual de los lacayos en rebeldía,
-ha mentido la igualdad de los más para impedir
-la culminación de los mejores. Es indiferente
-que se trate de monarquías ó repúblicas. El siglo
-XIX ha unificado el régimen político, en su<span class="pagenum"><a id="Page_254"></a> [Pg 254]</span>
-esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos.</p>
-
-<p>Un pensador eminente glosó esa verdad: la
-democracia no tolera las excepciones ilustres. Si
-el genio es un soliloquio magnífico, una voz de la
-naturaleza en que habla toda una nación ó una
-raza, ¿no es un privilegio excesivo que uno ahueque
-la voz en nombre de todos? La democracia reniega
-de tales soberanos que se encumbran sin
-plebiscitos y no aducen derechos divinos. Lo que
-en él era Verbo tórnase palabra y es distribuida
-entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que
-uno solo. La civilización parece concurrir á ese
-lento y progresivo destierro del hombre extraordinario,
-ensanchando é iluminando las medianías.
-Cuando los más no sabían pensar, justo era que
-uno lo hiciese por todos, facultad suprema aunque
-expuesta á peligrosos excesos. Pero el hombre
-providencial es innecesario á medida que los más
-piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía,
-se pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes
-epopeyas pensadas, realizadas ó escritas?» Ésa parece,
-transitoriamente, su fórmula y podría traducirse
-así: en la medida en que se difunde el régimen
-democrático restríngese la función de los
-hombres superiores.</p>
-
-<p>Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir
-democrático fuese una orientación natural de la
-historia y si, en caso de serlo, se efectuase con
-ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No
-lo ha sido nunca; ni lo será, según parece. La na<span class="pagenum"><a id="Page_255"></a> [Pg 255]</span>turaleza
-se opone á toda nivelación, viendo en la
-igualdad la muerte; necesita del genio más que del
-imbécil y del talento más que de la mediocridad.
-La historia no confirma la presunción de la democracia:
-no suprime á Leonardo para endiosar á
-Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe.
-Unos y otros tienen su razón de vivir, ni
-prospera el uno en el clima del otro. El genio, en
-su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre
-en la propia; mil, cien mil mediocres no
-harían entonces lo que un genio. Cooperan á su
-obra los idealistas que les preceden ó siguen;
-nunca los conservadores, que son sus enemigos
-naturales, ni las masas rutinarias, que pueden ser
-su instrumento pero no su guía.</p>
-
-<p>Es irónico repetir que los estados no necesitan
-al gobernante genial sino al mediocre. En las horas
-solemnes los pueblos todo lo esperan de los
-grandes hombres; en las épocas decadentes bastan
-los vulgares. El culto del gobernante honesto es
-propio de mercaderes que temen al malo, sin concebir
-al superior. ¿Por qué la historia renegaría
-del genio, del santo y del héroe? Hay un clima que
-excluye al genio y busca al fatuo: en la chatura
-crepuscular de las mediocracias, mientras las academias
-se pueblan de miopes y de funcionarios,
-gobiernan el estado los charlatanes ó los pollipavos.
-Pero hay otro clima en que ellos no sirven;
-entonces puéblase de astros el horizonte. En la
-borrasca toma el timón un Sarmiento y pilotea un
-pueblo hacia su Ideal; en la aurora mira lejos un<span class="pagenum"><a id="Page_256"></a> [Pg 256]</span>
-Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad
-en formación. Y todo varía en sus dominios;
-fórmase en su rededor, como el halo en torno de
-los astros, una particular atmósfera donde su palabra
-resuena y su chispa ilumina: es el clima del
-genio. Y uno sólo piensa y hace: marca un evo.</p>
-
-<p>Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte»,
-replica la naturaleza: «la igualdad es la muerte.»
-Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una
-constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna
-vez todos los individuos diferenciados, los
-originales, la humanidad no existiría. No habría
-podido existir como término culminante de la serie
-biológica. Nuestra especie ha salido de las
-precedentes como resultado de la selección natural;
-sólo hay evolución donde pueden seleccionarse
-las variaciones descollantes de los individuos.
-Igualar todos los antropoides sería negar la
-humanidad; igualar todos los hombres sería negar
-el progreso de la especie humana. Negar la civilización
-misma.</p>
-
-<p>Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento
-progresivo del régimen democrático, en
-las monarquías y en las repúblicas, ha favorecido
-su descenso político durante el último siglo.</p>
-
-<p>Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza;
-prácticamente, es una ficción siempre.
-Es una mentira de algunos que pretenden ser
-todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por
-momentos Lamartine, Heine y Hugo, nadie más
-infiel que los poetas idealistas al verbo de la equi<span class="pagenum"><a id="Page_257"></a> [Pg 257]</span>valencia
-universal; los más le son abiertamente
-hostiles. Otra es la posición del problema. Es sencilla.</p>
-
-<p>Jamás ha existido una democracia efectiva. Los
-regímenes que adoptaron tal nombre fueron ficciones.
-Las pretendidas democracias de todos los
-tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales
-para oprimir á las masas inferiores y
-excluir á los hombres eminentes. Han sido siempre
-mediocracias. La premisa de su mentira es la
-existencia de un «pueblo» capaz de asumir la soberanía
-del Estado. No hay tal: las masas de pobres
-é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse:
-cambian de pastores.</p>
-
-<p>La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según
-los casos. Los más grandes teóricos del ideal
-democrático han sido de hecho individualistas y
-partidarios de la selección natural: <em>perseguían la
-aristocracia del mérito contra los privilegios
-de las castas</em>. Aquel ingenuo trovador que cantó</p>
-
-<p>
-«Ved en trono á la noble igualdad»,<br />
-</p>
-
-<p>creía hablar en nombre de una democracia y lo
-hacía en el de nacientes oligarquías indígenas que
-se aprestaban á suplantar á las castas coloniales.
-Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba
-pregonar á los humildes, para inducirles á cambiar
-de amo; tan superficial era su fe democrática
-que sólo acertó á calificar de «noble» á la igualdad,
-¡por antítesis!, y en vez de entregarla al<span class="pagenum"><a id="Page_258"></a> [Pg 258]</span>
-pueblo para que la disfrutara, la puso en un
-«trono», como si con ella quisiera simbolizar la
-desigualdad eterna. La democracia es un espejismo,
-como todas las abstracciones que pueblan la
-fantasía de los ilusos ó forman el capital de los
-mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que
-invocan derechos igualitarios son simples mediocres
-enemigos de toda superioridad ó diferencia.</p>
-
-<p>Las castas aristocráticas no son mejores; en
-ellas hay, también, crisis de mediocridad y tórnanse
-mediocracias. Los demócratas persiguen la
-justicia para todos y se equivocan buscándola en
-la igualdad; los aristócratas buscan el privilegio
-para los mejores y acaban por reservarlo á los más
-ineptos. Aquéllos borran el mérito en la nivelación;
-éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase.
-Ambos son, de hecho, enemigos de toda selección
-natural. Tanto da que el pueblo sea domesticado
-por oligarquías de blasonados ó de advenedizos:
-en ambas están igualmente proscritas la dignidad
-y los ideales. Así como las tituladas democracias
-no lo son, las pretendidas aristocracias no pueden
-serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo
-que en las tabernas.</p>
-
-<p>Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen.
-Suele serlo: es respetable el que inicia con
-sus méritos una alcurnia ó un abolengo. Es evidente
-la desigualdad humana en cada tiempo y
-lugar; hay siempre hombres y sombras. Los hombres
-deben gobernar á las sombras; son la aristocracia
-natural de su tiempo y su derecho es indis<span class="pagenum"><a id="Page_259"></a> [Pg 259]</span>cutible.
-Es justo, porque es natural. En cambio es
-ridículo el concepto de las aristocracias tradicionales:
-conciben la sociedad como un botín reservado
-á una casta, que usufructúa sus beneficios
-sin estar compuesta por los mejores hombres de
-su tiempo. ¿Por qué los deudos, familiares y lacayos
-de los que fueron otrora los más aptos seguirán
-participando de un poder que no han contribuido
-á crear? ¿En nombre de la herencia?</p>
-
-<p>Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les
-resulta inútil y podrían renunciarlo; si no se heredan,
-es injusto y deben perderlo. Conviene que lo
-pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una
-aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta
-su más vigoroso obstáculo.</p>
-
-<p>El derecho divino que invocan los unos, es mentira;
-lo mismo que los derechos del hombre, invocados
-por los otros. Aristarcos y demagogos son
-igualmente mediocres y obstan á la selección de las
-aptitudes superiores, nivelando toda originalidad,
-cohibiendo todo ideal.</p>
-
-<p>Una concesión podría hacerse. Los países sin
-casta aristocrática son más propicios á la mediocrización;
-evidentemente. En ellos se constituyen
-oligarquías de advenedizos, que tienen todos los
-defectos y las presunciones de la nobleza, sin poseer
-sus cualidades. En su improvisación, fáltales
-la mentalidad del gran señor, compuesta por atributos
-inexplicables que fincan en una cultura de
-siglos: hay gentes de calidad y hombres que tienen
-clase, como los caballos de carrera. Son más<span class="pagenum"><a id="Page_260"></a> [Pg 260]</span>
-esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad
-y el honor tienen más parte que en los del
-advenedizo. Es una diferencia que los preserva de
-muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á
-castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas
-minadas por hábitos de servidumbre?</p>
-
-<p>El privilegio tradicional de la sangre irrita á los
-demócratas y el privilegio numérico del voto repugna
-á los aristócratas. La cuna dorada no da
-aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La
-peor manera de combatir la mentira democrática
-sería aceptar la mentira aristocrática; en los dos
-casos trátase de idénticos mediocres con distinta
-escarapela. Las masas inferiores&mdash;que podrían ser
-el «pueblo»&mdash;y los hombres excelentes de cada
-sociedad&mdash;que son la «aristocracia natural»&mdash;, suelen
-permanecer ajenos á su estrategia.</p>
-
-<p>Entre los demócratas embalumados de igualdad
-hay audaces lacayos que pretenden suplantar á sus
-amos con la ayuda de las turbas fanatizadas; entre
-los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos
-que ansían reducir á sus sirvientes con la
-ayuda de los hombres de mérito. La historia se repite
-siempre: las masas y los idealistas son víctimas
-propiciatorias en esas disputas entre mediocres
-enguantados ó descamisados.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_261"></a>[Pg 261]</span></p>
-
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">La aristocracia del mérito.</span></h3>
-
-<p>La degeneración mediocrática, que caracteriza
-Faguet como un «culto de la incompetencia», no
-depende del régimen político, sino del clima moral
-de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen
-sus causas; nunca por reformas legislativas,
-que es absurdo esperar de los propios beneficiarios.
-En vano son ensayadas por los tontos ó
-simuladas por los bribones: las leyes no crean un
-clima. El derecho efectivo es una resultante concreta
-de la moral.</p>
-
-<p>La apasionada protesta de los individualistas puede
-ser un grito de alarma, lanzado en la sombra;
-pero el ensueño de enaltecer una mediocracia resulta
-ilusorio en las épocas de domesticación moral
-y de hartazgo. Las facciones prefieren escuchar
-el falso idealismo de sus fetiches envejecidos, como
-si en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo.
-Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos
-excesivos, con la certidumbre de que la reacción
-llega inevitablemente á cierta hora: los
-hombres superiores la esperan custodiando su dignidad
-y trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad
-agota los últimos recursos de su incompetencia,
-naufraga. La catástrofe devuelve su rango
-al mérito y reclama la intervención del genio.</p>
-
-<p>El mismo encanallamiento mediocrático contribuye
-á restaurar, de tiempo en tiempo, las fuerzas
-vitales de cada civilización. Hay una <em>vis me<span class="pagenum"><a id="Page_262"></a> [Pg 262]</span>dicatrix
-naturae</em> que corrige el abellacamiento
-de las naciones: la formación intermitente de sucesivas
-aristocracias del mérito.</p>
-
-<p>El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta
-su legitimidad, se enaltecen esas raras cualidades
-individuales que implican la orientación
-original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento
-se anuncia por el respeto de las diferencias,
-por su culto. La mediocridad calla, impotente;
-su hostilidad tórnase feble, aunque innúmera.
-Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo,
-otorgándolo á ras de tierra. De lo útil á todos, no
-saben decidir los más: nunca fué el rutinario juez
-del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto
-del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia
-encuentra su juez en sí misma. El mérito
-de cada uno se aquilata en la opinión de sus
-iguales.</p>
-
-<p>Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de
-las mentes más aptas converge á guiar los comunes
-destinos de la nación. No es prerrogativa de
-los ingenios más agudos, como querrían algunos,
-en cuyo oído resuena como un eco esa «aristocracia
-intelectual» que fué la quimera de Renán. En
-la aristocracia del mérito corresponde tanta parte
-á la virtud y al carácter como á la inteligencia;
-de otro modo sería incompleta y su esfuerzo ineficaz.</p>
-
-<p>Un régimen donde el mérito individual fuese
-estimado por sobre todas las cosas, sería perfecto.
-Excluiría la influencia de toda mediocridad numérica
-<span class="pagenum"><a id="Page_263"></a>[Pg 263]</span>
-ú oligárquica. No habría intereses creados. El
-voto anónimo tendría tan exiguo valor como el
-blasón fortuito. Los hombres se esforzarían por
-ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo
-cualquier originalidad creadora á la más tradicional
-de las rutinas.</p>
-
-<p>Sería posible la selección natural y los méritos
-de cada uno aprovecharían á la sociedad entera.
-El agradecimiento de los menos útiles estimularía
-á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras
-respetarían á los hombres. El privilegio se mediría
-por la eficacia de las aptitudes y se perdería
-con ellas.</p>
-
-<p>Transparente, es, pues, el credo político del
-idealismo experimental.</p>
-
-<p>Se opone á la democracia del número, que busca
-la justicia en la igualdad: afirmando el privilegio
-en favor del mérito.</p>
-
-<p>Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el
-privilegio en los intereses creados, se opone también:
-<span class="pagenum"><a id="Page_264"></a>[Pg 264]</span>
-afirmando el mérito como base natural del
-privilegio.</p>
-
-<p>La aristocracia del mérito es el régimen ideal
-frente á las mediocracias que ensombrecen la historia.
-Tiene su fórmula absoluta: <cite>la justicia en la
-desigualdad</cite>.</p>
-
-
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_265"></a>[Pg 265]</span></p>
- <h2 class="nobreak">LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a></h2>
-</div>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO</span>&mdash;II. <span class="smcap">EL TRINOMIO MENTAL DEL
-ARQUETIPO.</span>&mdash;III. <span class="smcap">LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">Las sombras del crepúsculo.</span></h3>
-
-<p>Los prohombres de las mediocracias equidistan
-del bárbaro legendario&mdash;Tiberio ó Facundo&mdash;y del
-genio transmutador&mdash;Marco Aurelio ó Sarmiento.
-El genio crea instituciones y el bárbaro las viola:
-los mediocres las respetan, impotentes para forjar
-ó destruir. Esquivos á la gloria y rebeldes á la infamia,
-se reconocen por una circunstancia inequívoca:
-
-<span class="pagenum"><a id="Page_266"></a>[Pg 266]</span>
-sus cubicularios más propincuos no osan
-llamarlos genios por temor al ridículo y sus adversarios
-no podrían sentarlos en cáncana de imbéciles
-sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima;
-sosláyanse en la historia á merced de cien
-complicidades y conjugan en su persona todos los
-atributos del ambiente que los repuja. Amerengados
-por equívocas jerarquías militares, por opacos
-títulos universitarios ó por la almidonada improvisación
-de alcurnias advenedizas, acicalan en su espíritu
-las rutinas y prejuicios que acorchan las
-creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos
-siempre; su marcha no puede en momento
-alguno compararse al vuelo de un condor ni á la
-reptación de una serpiente.</p>
-
-
-<p>Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado
-á posibles culminaciones. Seleccionan el acabado
-prototipo entre los que comparten sus pasiones
-ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus vicios,
-sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio
-de tal casta ó partido: su liviandad alcornocal
-flota en todas las ciénagas políticas. Piensan con
-la cabeza de algún rebaño y sienten con su corazón.
-Productos de su clima, son irresponsables:
-ayer de su oquedad, hoy de su preeminencia, mañana
-de su ocaso. Juguetes, siempre, de ajenas
-voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes,
-buscan los tiranos sus favoritos, nombran
-los reyes sus ministros, entresacan los parlamentarios
-sus gabinetes. Bajo todos los regímenes:
-en las monarquías absolutas, en las repúbli<span class="pagenum"><a id="Page_267"></a> [Pg 267]</span>cas
-oligárquicas y en las demagogias parlamentarias.
-Siempre que desciende la temperatura
-espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase,
-encuentran propicio clima los obtusos y los seniles.
-Las mediocracias evitan las cumbres y los abismos.
-Intranquilas bajo el sol meridiano y timoratas en
-la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra.
-Temen la originalidad y la juventud; adoran á los
-que nunca podrán volar ó tienen ya las alas enmohecidas.</p>
-
-<p>Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por
-la trahilla de comunes apetitos, osan llamarse partidos.
-Rumian un credo, fingen un ideal, atalajan
-fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos.
-Eso basta para disputar á codo limpio el
-acaparamiento de las prebendas gubernamentales.
-Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma
-infalible. Los tunantes suman esfuerzos para
-enaltecer la prohombría de su fantasma: llámase
-lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad, ponderación
-á su pereza, prudencia á su pusilanimidad,
-fe á su fanatismo, ecuanimidad á su impotencia,
-distracción á sus vicios, liberalidad á su briba,
-sazón á su marchitez. La hora los favorece: las
-sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo.
-En cierto momento la ilusión ciega á muchos,
-acallando toda veraz disidencia. De esas baraúndas
-mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos,
-aunque no siempre los menos inservibles.</p>
-
-<p>La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual
-del yerro: nadie se sonroja cuando todas<span class="pagenum"><a id="Page_268"></a> [Pg 268]</span>
-las mejillas pueden reclamar su parte en la común
-vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen
-á diario el espectáculo. Un distinguido publicista,
-que vive sus intimidades,&mdash;J. M. Ramos Mexía&mdash;lo
-describe en imprudente agua fuerte: «La causa
-de la persistente notoriedad y del relativo éxito
-que, en la vida, suelen tener ciertos grupos de
-mediocres, consiste en propiedades de fácil articulación
-de los unos con los otros, resultando una
-firmeza de columna vertebral y constituyendo verdaderos
-mecanismos de nutrición colectiva. Así
-asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no
-necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento
-para adquirir el sentido de las conveniencias
-vitales.»</p>
-
-<p>Viven durante años en acecho; escúdanse en
-rencores políticos ó en prestigios mundanos,
-echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.
-Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes,
-simúlanse proscritos por misteriosos méritos.
-Claman contra los abusos del Poder, aspirando
-á cometerlos en beneficio propio. En la
-mala racha, los facciosos siguen oropelándose mutuamente,
-sin que la resignación al ayuno disminuya
-la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno,
-mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima
-de De Maistre: «Savoir attendre est le grand
-moyen de parvenir», glosada como virtud suprema
-de los arquetipos: el «don de espera», que los
-expone á alelarse en una vejez almibarada.</p>
-
-<p>La paciente expectativa converge á la culmina<span class="pagenum"><a id="Page_269"></a> [Pg 269]</span>ción
-de los menos inquietantes. Rara vez un hombre
-superior los apandilla con muñeca vigorosa,
-convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra;
-cuando les falta ese dominador absoluto,
-desorbítanse como asteroides de un sistema planetario
-cuyo sol se extingue. Todos se confabulan
-entonces, en tácita transacción, prestando su
-hombro á los que pueden aguantar más alabanzas
-en justa equivalencia de méritos ambiguos. El
-grupo los infla con solidaridad de logia; cada
-cómplice conviértese en una hebra de la telaraña
-tendida para captar el gobierno. Su armazón es
-simple convergencia de ocultas debilidades: «Una
-cierta tendencia asociativa duplica sus fuerzas.
-En virtud de la ley por la cual los semejantes
-buscan á los semejantes, todo mediocre se siente
-atraído por su homónimo mental. De allí procede
-ese género de epidemicidad de la insignificancia
-intelectual que suele hacer estragos en la sociedad
-en ciertas épocas de calamitosa incultura.
-Para ese ambiente el talento deja de ser un valor
-real; la imitación, que es más chillona y alegre,
-halaga el sentido embotado de las muchedumbres,
-mucho más que la realidad discreta. En tales
-circunstancias, la solución no está en tener talento
-ó cualidades de otro género, sino al contrario,
-en no tenerlas para poder subir: aptitudes
-defensivas y aquel poder de mimetismo concurrente
-que hace de la vida un carnaval solemne, en el
-cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización
-para aplastar con su vientre la excelsitud<span class="pagenum"><a id="Page_270"></a> [Pg 270]</span>
-del cerebro alado; tanto más fácilmente cuanto
-que la miope simplicidad popular confunde á menudo
-las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones
-cerebrales».</p>
-
-<p>Compréndese la arrevesada selección de las facciones
-oligárquicas y el pomposo envanecimiento
-del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,
-empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa,
-intentan obstruir la verdad llamando romanticismo
-á su reiterada incompetencia para todas
-las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo
-á su acidia. El tiempo disipa el equívoco devolviendo
-su nombre á esos dos vicios arracimados en
-un mismo tronco: el orgullo es compatible con el
-idealismo, pero el primero es la antítesis de la vanidad
-y el segundo lo es de la acidia.</p>
-
-<p>Repujados los prohombres de hojalatería, acaban
-de azogarles con demulcentes crisopeyas. Orificando
-las caries de su dentadura moral, sus lacras llegan
-á parecer coqueterías, como las arrugas de
-las cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y
-de la virtud, declaran prescritas sus viejas pústulas:
-incondicionalismos para con los regímenes más
-turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos infortunios
-de donjuanismo epigramático. Sus labios
-abrévanse en aquella agua del Leteo que borra la
-memoria del pasado; no advierten que después de
-chapalear en el vicio todo puritanismo huele á
-encima, como los guantes que pasan por el limpiador.</p>
-
-<p>Donde medran oligarquías bajo disfraces demo<span class="pagenum"><a id="Page_271"></a> [Pg 271]</span>cráticos,
-prosperan esos pavorreales apampanados,
-tensos por la vanidad: un travieso los desinflaría si
-los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta
-que retoza en su interior. Vacuo no significa
-alígero; nunca fué la tontería cartabón de santidad.
-Sin sangre de hienas, que han menester los
-tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados;
-corre en sus venas una linfa tontivana,
-propia en estirpe de pavos y quintaesenciada en el
-real, simbólica ave que suma candorosamente la
-zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales
-de ciertas épocas: cuando la mediocridad incuba
-pollipavos no tienen atmósfera los aguiluchos. El
-memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos
-necesarios para advenir al poder: entrégase
-á ejercitarlo como un tartamudo á quien confiaran
-la declamación de un poema.</p>
-
-<p>La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones
-mediocráticas: el porvenir de algunos
-arquetipos estriba en ser admirados en contra de
-alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros
-de andar á la birlonga no borran sus culpas;
-en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad
-que rehuye escaramuzas con enemigos que le
-han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin
-gallardía; no la demuestra quien esquiva con temblorosos
-alejamientos la batalla por tantos años
-ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es,
-por cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles
-americanos, ni se parece al gesto del león
-agazapado para pegar mejor el salto. Ellos vaga<span class="pagenum"><a id="Page_272"></a> [Pg 272]</span>mundean
-con el «don de espera del batracio optimista»,
-de que habla su biógrafo. El hombre digno
-puede enmudecer cuando recibe una herida, temiendo
-acaso que su desdén exceda á la ofensa;
-pero llega su sentencia, y llega en estilo nunca
-usado para adular ni para pedir, más hiriente que
-cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance
-finca en la elasticidad del arco: la firmeza
-moral de la dignidad. Y el tiempo no borra una
-sílaba de lo que así se habla.</p>
-
-<p>En vano los arquetipos interrumpen sus humillados
-silencios con inocuas pirotecnias verbales;
-de tarde en tarde los cómplices pregonan alguna
-misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante
-asambleas que ciertamente no la escucharon. Ellos
-no atinan á sostener la reputación con que los exornan:
-desertan el parlamento el día mismo en que
-los eligen, como si temieran ponerse en descubierto
-y comprometer la estrategia de los empresarios
-de su fama.</p>
-
-<p>Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles
-subalternas diplomacias de festival, en
-cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus huecas
-vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento
-diplomático ó perspicacias internacionalistas,
-hasta complicarles en lustrosas canonjías donde se
-apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer
-de sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas,
-las oligarquías reinciden, esperando
-que los tontos acertarán un golpe en el clavo después
-de afirmar cien en la herradura. Ungidos<span class="pagenum"><a id="Page_273"></a> [Pg 273]</span>
-emisarios ante la nación más hermana, su casuística
-de sacristía envenena hondos afectos, como si
-por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles
-en los corazones de los pueblos.</p>
-
-<p>Archiveros y papelistas se confabulan para encelar
-el fervor de los ingenuos y captar la confianza
-de los rutinarios. «Si el defensivo puede
-agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración
-de la calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica
-cuando procede de amigos interesados, el
-«aparato» se completa á maravilla y sus efectos
-transcendentales escapan á los límites de la vida
-privada; los simples goces de la canonjía subalterna
-se dilatan hasta la celebridad mundial y sobre
-el erial de su mente franciscana, esos amigos calumniadores
-levantan enormes fábricas, monumentos
-de arquitectura híbrica...» Plutarquillos bien
-rentados transforman en miel su acíbar, quintaesenciando
-en alabanzas sus vinagres más crónicos,
-como si hipotecaran su ingenio descontando
-prebendas futuras. Rellenan con vanos artilugios
-la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia
-del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel
-la mula: se les reconoce al pasar, viendo su moco
-eréctil ú oyendo el chacoloteo de su herradura.</p>
-
-<p>Su gravitación negativa seduce á los caracteres
-domesticados: no piensan, no roban, no oprimen,
-no sueñan, no asesinan, no faltan á misa, ¿qué
-más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran
-como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos
-para sus fisonomías arrugadas: la grandí<span class="pagenum"><a id="Page_274"></a> [Pg 274]</span>locua
-rancidez de programas á cuyo pie buscaríase
-de inmediato la firma de Bertoldo, si los
-vastos soponcios no traslucieran prudentes reticencias
-de Tartufo. Es preferible que estén cuajados
-de vulgaridades y escritos en pésimo estilo;
-gustan más á los mediocres. Un programa abstracto
-es perfecto: parece idealista y no lastima las
-ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien,
-noventa y nueve mienten lo mismo: la grandeza
-del país, los sagrados principios democráticos, los
-intereses del pueblo, los derechos del ciudadano,
-la moralidad administrativa. Todo ello, si no es
-desvergüenza consuetudinaria, resulta de una tontería
-enternecedora; simula decir mucho y no significa
-nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase
-bajo el antifaz de las vaguedades cívicas.</p>
-
-<p>No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas
-sobre la ignominia. Obtemperan á toda villanía
-que converja á su objeto: cuando hablan de
-civismo su aliento apesta al pantano originario. Su
-moral encubre el vicio, por el simple hecho de
-aprovecharlo. Empujados por torcidos caminos, siguen
-sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar
-á los indignos han tenido que humillárseles
-mansamente; los honores que no se conquistan hay
-que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso
-el engendrado en un vientre impuro», dicen
-las escrituras; los que se encumbran cerrando los
-ojos é implicándose en mañas de estercolero, sufriendo
-los manoseos de los majagranzas, mintiéndose
-á sí mismos para hartar la acucia de toda una<span class="pagenum"><a id="Page_275"></a> [Pg 275]</span>
-vida, no pueden redimirse del pecado original,
-aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar
-al maleficio de sus Mefistófeles.</p>
-
-<p>El pueblo los ignora; está separado de ellos por
-el celo de las facciones oligárquicas. Para prevenirse
-de achaques indiscretos retráense de la circulación:
-como si de cerca no resistieran al cateo de
-los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento
-de raza. En ciertas horas las turbas pueden
-ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría
-serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que
-consiente porque no existe, substituido por cohortes
-que medran.</p>
-
-<p>Depositarios del alma de las naciones, los pueblos
-son entidades espirituales inconfundibles con
-las piaras democráticas. Ninguna multitud es pueblo:
-no lo sería la unanimidad de los mediocres.
-Aparece en los países que un ideal convierte en
-naciones y reside en la convergencia moral de los
-que sienten la patria más alta que las oligarquías,
-los partidos y las sectas. El pueblo&mdash;antítesis de
-todos los rebaños&mdash;no se cuenta por números.
-Está donde un solo hombre no se complica en el
-abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas
-ó fanáticas ese único hombre libre, él
-solo, es todo: pueblo y nación y raza y humanidad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_276"></a>[Pg 276]</span></p>
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">El trinomio mental del arquetipo.</span></h3>
-
-<p>Los arquetipos de la mediocracia pasan por la
-historia con la pompa superficial de fugitivas sombras
-chinescas. Jamás llega á sus oídos un insulto
-ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»;
-en la fantasía popular despiertan un eco uniforme,
-que en todas partes se repite: «¡el pavo!», en una
-síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio
-psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.</p>
-
-<p>Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas.
-La austera sobriedad del gesto es atributo de
-los hombres; la suntuosidad de las apariencias es
-galardón de las sombras. Después de incubar sus
-ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices,
-núblanse de humos y empavésanse de fatuidades;
-olvidan que envanecerse de un rango es
-confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios
-para alucinar las imaginaciones domésticas;
-rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas,
-centuplican los expedientes, pavonéanse
-en trenes lujosos, navegan en complicados bucentauros,
-sueñan con recepciones allende los
-océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía
-de los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad
-de segunda mano, que recuerda las cortes y
-señorías de opereta. Su énfasis melodramático
-cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas
-al egotismo voltairiano de Stendhal. Hay su razón:<span class="pagenum"><a id="Page_277"></a> [Pg 277]</span>
-«Esa vacía cuba cerebral&mdash;dice su biógrafo&mdash;tiene
-que llenarse de doradas virutas para que la penetrante
-radiografía popular no vaya á descubrir su
-completa orfandad de ideas; todos los huecos, y
-son muchos, están repletos con la arena estéril,
-pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del
-obscuro meandro está preparado y armado ese ilusionismo,
-con los cubiletes mentales que la vanidad
-les sugiere.»</p>
-
-<p>En su adonismo contemplativo no cabe la ambición,
-que es enérgico esfuerzo por acrecentar en
-obras los propios méritos. El ambicioso quiere ascender
-hasta donde sus propias alas puedan levantarlo;
-el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas
-cumbres codiciadas por los demás. La
-ambición es bella entre todas las pasiones, mientras
-la vanidad no la envilece; por eso es respetable
-en los genios y ridícula en los tontos.</p>
-
-<p>Empavónanse de permanentes altisonancias.
-Sospechan que existen ideales y se fingen sus servidores:
-incurren siempre en los más conformes á
-lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad,
-á veces, porque ella entra á todas partes, más sutil
-que la adulación; pero la mutilan, la atenúan,
-la corrompen, con acomodaciones, con muletas,
-con remiendos que la disfrazan. En ciertos casos,
-la verdad puede más que ellos; salta á la vista á
-pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas
-intenciones cuando menos fuerzas van teniendo
-para convertirlas en actos; la innata pavada se
-trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase có<span class="pagenum"><a id="Page_278"></a> [Pg 278]</span>mica
-la ineptitud en su disfraz de idealismo; son
-deleznables los vagos principios que aplican á
-compás de oportunistas conveniencias. El tiempo
-descubre á los que tienen la moral en pieza, para
-mostrarla, aunque de su paño jamás corten un
-traje para cubrir su mediocridad.</p>
-
-<p>Son tributarios del séptimo pecado capital: en
-su impotencia hay pereza. Renuncian la autoridad
-y conservan la pompa; aquélla podría bruñir el
-mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar;
-desisten de hacer lo que no podrían; evitan
-toda firme labor; se apartan de cualquier combate,
-declarándose espectadores. Pueden practicar el
-mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan
-á los acontecimientos por incapacidad de
-orientarlos. «Les paresseux&mdash;decía Voltaire&mdash;ne
-sont jamais que des gens médiocres, en quelque
-genre que ce soit.» Por detestables que sean los
-gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan.
-El mal que hacen los tiranos es un enemigo
-visible; la inercia de los poltrones, en cambio,
-implica un misterioso abandono de la función
-por el órgano, la acefalía de las mediocracias, la
-muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible
-á los remedios. Gran inconsciencia es gobernar
-pueblos cuando la enfermedad ó la vejez quitan al
-hombre el gobierno de sí mismo.</p>
-
-<p>La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales
-sensibles á la coacción de los conspiradores, á la
-intriga de los domésticos, á la adulación de los
-palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las<span class="pagenum"><a id="Page_279"></a> [Pg 279]</span>
-intimidaciones de los gacetilleros, á las influencias
-de las sacristías. Su conducta trasluce febledad
-con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su
-aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando
-llegan al poder lo renuncian de hecho, convencidos
-de su impotencia para usarlo; se entregan al
-curso de la ría, como los nadadores incipientes.
-Jinetes de potros cuyo voltigeo ignoran, cierran
-los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud
-para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla
-sumisión á la democracia.</p>
-
-<p>El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses
-que los acosan; ignoran el sentimiento de
-la justicia y el respeto del mérito. El verdadero
-justo resiste á la tentación de no serlo cuando en
-ello tiene un beneficio; el mediocre cede siempre.
-Profesa una abstracta equidad en los casos que no
-hieren al valimiento de sus cómplices; pero se
-complica de hecho en todas las zirigañas de los
-serviles. Nunca, absolutamente, puede haber justicia
-en preferir el lacayo al digno, el oblicuo al
-recto, el ignorante al estudioso, el intrigante al
-gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la
-regla de las mediocracias: anteponer el valimiento
-al mérito. En el favoritismo se empantanan los
-que pisan firme y avanzan los que se arrastran
-mansos: como en los tembladerales. Cuando el
-mérito enrostra sus yerros á los arquetipos, arguyen
-éstos humildemente que no son infalibles;
-pero está su vileza en subrayar la disculpa con
-tentadores ofrecimientos, acostumbrados á comer<span class="pagenum"><a id="Page_280"></a> [Pg 280]</span>ciar
-el honor. No puede ser juez quien confunde
-el diamante con la bazofia: «equivocarse es una
-culpa», sentenció Epicteto. En las mediocracias se
-ignora que la dignidad nunca llega de hinojos á los
-estrados de los que mandan.</p>
-
-<p>Repiten con frecuencia el legendario juicio de
-Midas. Pan osó comparar su flauta de siete carrizos
-con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios
-de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio.
-Resonaron los acordes rústicos de Pan y Apolo
-cantó á compás de sus melopeyas divinas. Decidieron
-todos que la flauta era incomparable á la
-lira, unánimes todos menos el rey, que reclamó la
-victoria para aquélla. De pronto crecieron entre
-sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo quedó
-vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez,
-confuso, quiso ocultarlas bajo su corona. Las descubrió
-un cubiculario; corrió á un lejano valle,
-cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad
-no se entierra: florecieron rosales que, agitados
-por las brisas, repiten eternamente que Midas
-tiene orejas de asno.</p>
-
-<p>La historia castiga con tanta severidad como la
-leyenda: una página de crónica dura más que un
-rosal. Nadie pregunta si los carceleros de Bacon,
-los ustores de Bruno y los burladores de Colón,
-fueron bribones ó reblandecidos. Su condena es
-la misma é ilevantable. La justicia es el respeto
-del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada
-generación hay diez ó veinte espíritus privilegiados,
-y su genio consiste en usarlos á todos, con<span class="pagenum"><a id="Page_281"></a> [Pg 281]</span>
-sus cualidades y defectos; un Panza los excluye
-de su ínsula, usando á los que se domestican, es
-decir, á los peores como carácter y moralidad.
-Siempre son injustos los mediócratas: escuchan al
-servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor
-los que merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran
-natural que los pravos prefieran á sus similares,
-como dice el publicista. «La torpeza del burgués,
-mortificado por la natural soberbia de la superioridad,
-busca consagrar á su igual, cuyo acceso
-le es fácil y en cuya psicología encuentra los
-medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora
-llega en que las injusticias se pagan con formidables
-intereses compuestos, irremisiblemente. Hechas
-á uno sólo, amenazan á todos los mejores;
-dejarlas impunes significa hacerse su cómplice.
-Pronto ó tarde se saldan sus trabacuentas, aunque
-sus errores no se finiquiten jamás; los arquetipos
-de las mediocracias aprenden en carne propia que
-por un clavo se pierde una herradura. Como á
-Midas el divino Apolo, los dignos castiganlos con
-la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella
-dura en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la
-sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina
-con frecuencia: si lo hacen va recta al
-corazón, como la del romance famoso.</p>
-
-<p>Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad
-de la punta que toca al amo.</p>
-
-<p>Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos.
-Los más rezan con los mismos labios
-que usan para mentir, como Tartufo; inseguros<span class="pagenum"><a id="Page_282"></a> [Pg 282]</span>
-de arrostrar en la tierra la sanción de los dignos,
-desearían postergarla para el cielo. Si en su poder
-estuviera cortarían la lengua á los sofistas y las
-manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas
-para que en ellas no conspirasen ingenios originales.
-Prefieren la adulación del ignorante al consejo
-del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si coroneles,
-usan escapulario en vez de espada; si políticos,
-consultan la Monita Secreta para interpretar
-las Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio
-la hipocresía&mdash;más funesta que la desvergüenza&mdash;tórnase
-sistema. En ese combate incesante,
-renovado en tantos dramas ibsenianos,
-los amorfos conviértense en columnas de la sociedad,
-y el que desnuda una sombra parece un sedicioso
-enemigo del pueblo. Todos los avisados
-golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de
-sacristía crecen y crecen, absorbiendo, minando,
-ensanchándose: como un herpes moral que se
-agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente
-la fisonomía de toda una época.</p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">La mortaja de la insignificancia.</span></h3>
-
-<p>Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho
-de elegir su oportunidad. Los atalajan en el
-gobierno cuando su organismo vacila y su cerebro
-se apaga: quieren al inservible ó al romo.
-Hombres repudiados en la juventud, son consagrados
-en la vejez: á esa edad en que las buenas<span class="pagenum"><a id="Page_283"></a> [Pg 283]</span>
-intenciones son un cansancio de las malas costumbres.
-Eligen á los que usaron esclavizarse de su
-vientre, comiendo hasta hartarse y bebiendo hasta
-aturdirse, devastando su salud en noches blancas,
-rebajando su dignidad en la insolvencia de
-los tapetes verdes, tornándose impropios para
-todo esfuerzo continuado y fecundo, preparando
-esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el
-hígado se almibara. Ésa es la mejor garantía para
-el rebaño rutinario; su odio á la originalidad lo
-impele hacia los hombres que empiezan á momificarse
-en vida.</p>
-
-<p>Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos
-personales de los arquetipos, sus cómplices se
-confabulan para ocultar su progresivo reblandecimiento,
-eximiéndole de toda faena y adminiculándole
-de ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal
-huye de sus residencias naturales y se aisla;
-regatea las ocasiones de mostrarse en plena
-luz, exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos:
-vidrieras donde los pavorreales pueden
-exhibir los cien ojos de Argos plantados en su
-cola. Inciertos ya para pensar, necesitan más que
-nunca el zahumerio de todos los incensarios: la
-adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes.
-Las apologías se redoblan á medida que ellos van
-desapareciendo, disueltos como enormes azucarillos.</p>
-
-<p>El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego
-lento, gota á gota, como si el destino quisiera
-desnudar su vaciedad pieza por pieza, demostrán<span class="pagenum"><a id="Page_284"></a> [Pg 284]</span>dola
-á los más empecinados, á los que podrían
-dudar si murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.</p>
-
-<p>Son sombras al servicio de sus huestes contiguas.
-Aunque no vivan para sí tienen que vivir
-para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar
-que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que
-podría doblarlos como á la hoja de un catálogo
-abandonado á la intemperie.</p>
-
-<p>Aunque desfallezcan no pueden abandonar la
-carga; en vano el remordimiento repetirá á sus
-oídos las clásicas palabras de Propercio: «Es vergonzoso
-cargarse la cabeza con un fardo que no
-puede llevarse: pronto se doblan las rodillas, esquivas
-al peso» (III, IX, 5). Los arquetipos sienten
-su esclavitud: deben morir en ella, si es menester,
-custodiados por los cómplices que alimentaron su
-vanidad.</p>
-
-<p>Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las
-facciones lo saben y se disputan sus vices, que
-aguaitan en acecho. Sus nombres quedan enumerados
-en las cronologías; desaparecen en la historia.
-Sus descendientes y beneficiarios esfuérzanse
-en vano por alargar su sombra y vivir de ella.</p>
-
-<p>Basta que un hombre libre los denuncie para
-que la posteridad los amortaje; sobra una sola crónica
-para borrar las adulaciones de los palaciegos,
-en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos
-hartos comensales, no pudiendo referirse á lo que
-fueron, atrévense á elogiar lo que pudieron ser...,
-creen que muere una esperanza, como si ésta fue<span class="pagenum"><a id="Page_285"></a> [Pg 285]</span>ra
-posible en organismos minados por las carcomas
-de la juventud y los almibaramientos de la
-vejez.</p>
-
-<p>Es natural que muera con cada uno su piara:
-túrnanse muchas en cada era de penumbra. La
-mediocridad las tira como viejos naipes cuyas cartas
-ya están marcadas por los tahures, entrando
-á tallar con otros nuevos, ni mejores ni peores.
-Los dignos, ajenos á la partida cuyas trampas ignoran,
-se apartan de todas las piaras, esperando
-otro clima ó preparándolo. Y no manchan sus labios
-nombrando á los arquetipos: sería, acaso, inmortalizarlos.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_286"></a>[Pg 286]</span></p>
-
-<hr class="chap" />
-
-<div class="footnotes">
-
-<p class="p2 center big1">NOTAS:</p>
-
-<div class="footnote">
-
-<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Así como para loar el genio ha elegido el autor
-dos ejemplares luminosos de su «patria», Sarmiento y
-Ameghino, para caracterizar al arquetipo de las mediocracias
-ha encontrado un ejemplar perfecto en el actual
-presidente de su «país.» Lo que no es su intención
-ocultar.</p></div></div>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_287"></a>[Pg 287]</span></p>
-</div>
-
-
-<h2 class="nobreak">LOS FORJADORES DE IDEALES</h2>
-
-<div class="blockquot">
-<p>I. <span class="smcap">EL CLIMA DEL GENIO.</span>&mdash;II. <span class="smcap">EL GENIO PRAGMÁTICO:
-SARMIENTO.</span>&mdash;III. <span class="smcap">EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO</span>&mdash;IV. <span class="smcap">LA
-MORAL DEL GENIO.</span></p>
-</div>
-
-<h3>I.&mdash;<span class="smcap">El clima del genio.</span></h3>
-
-<p>La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección.
-No hay dos lirios iguales, ni dos águilas,
-ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo que vive es
-incesantemente desigual. En cada primavera florecen
-unos árboles antes que otros, como si fueran
-preferidos por la Naturaleza que sonríe al sol fecundante;
-en ciertas etapas de la historia humana,
-cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se
-intuye una doctrina, algunos hombres excepcionales
-anticipan su visión á la de todos, la concretan
-en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura
-en los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha;
-profetas, los cree; capitanes, los sigue; santos,
-los imita. Llenan una era ó señalan una ruta:
-sembrando algún germen fecundo de nuevas ver<span class="pagenum"><a id="Page_288"></a> [Pg 288]</span>dades,
-poniendo su firma en destinos de razas,
-creando armonías, forjando bellezas.</p>
-
-<p>La genialidad es una coincidencia. Surge como
-chispa luminosa en el punto donde se encuentran
-las más excelentes aptitudes de un hombre y la
-necesidad social de aplicarlas al desempeño de
-una misión trascendente. El hombre extraordinario
-asciende á la genialidad cuando encuentra clima
-propicio: la semilla mejor necesita de la tierra
-más fecunda. La función implica el órgano: el
-genio hace actual lo que en su clima es potencial.</p>
-
-<p>Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza
-la genialidad mientras en su medio se siente exótico
-ó inoportuno; necesita condiciones propicias
-de tiempo y de lugar para que su aptitud desempeñe
-una función. El ambiente constituye el «clima»
-del genio y la oportunidad marca su «hora».
-Sin ellos ningún cerebro excepcional puede elevarse
-á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan
-para creerla en un cerebro mediocre.</p>
-
-<p>Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo.
-Uno, entre cien, encuentra tal clima y tal
-hora que lo destina fatalmente á la culminación:
-es como si la buena semilla cayera en terreno fértil
-y en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su
-gloria: coincidir con la oportunidad que necesita
-de él. Se entreabre y crece, sintetizando un ideal
-implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo,
-instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo,
-imponiéndolo.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_289"></a>[Pg 289]</span></p>
-
-
-
-<p>El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es,
-tampoco, un capricho intercalado en el curso de
-la historia. Es una convergencia de aptitudes personales
-y de circunstancias infinitas. Cuando una
-raza, un arte, una ciencia ó un credo preparan su
-advenimiento ó atraviesan por una renovación fundamental,
-él aparece, extraordinario, personificando
-nuevas orientaciones de los pueblos ó de
-las ideas. Las anuncia como artista ó profeta, las
-desentraña como inventor ó filósofo, las emprende
-como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven
-y permiten reconocer su huella á través del
-tiempo. Es rectilíneo é incontrastable porque encuentra
-su clima y su hora: vuela y vuela, superior
-á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad.
-Llegando á deshoras viviría inquieto, fluctuante,
-desorientado; sería siempre intrínsecamente
-un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara
-á alguna de sus vocaciones adventicias, pero
-no sería un genio. No podría serlo. Nunca.</p>
-
-<p>Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada
-aptitud, significa confundir en una misma
-jerarquía á todos los que se elevan sobre la
-mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas
-á todos los hombres inferiores. El genio y el idiota
-son los términos extremos de una escala infinita.
-Por haberlo olvidado mueven á sonreir las estadísticas
-y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso.
-Reservemos el título á pocos elegidos. Son
-animadores de una época, transfundiéndose, algunas
-veces, en su generación y con más frecuencia<span class="pagenum"><a id="Page_290"></a> [Pg 290]</span>
-en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo,
-de sus ideas ó de sus obras.</p>
-
-<p>La adulación prodiga á manos llenas el rango de
-genios á los poderosos, confundiendo con águilas
-los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan á sí
-mismos, desesperados por demostrar que la tortuga
-es ave alada. Hay una medida exacta para apreciar
-la genialidad: si es legítima se reconoce por
-su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración.
-Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define;
-si santo, lo enseña; si héroe, lo ejecuta.</p>
-
-<p>El ingenio es una esperanza; el genio es su
-realización. Pueden adivinarse en un hombre joven
-las más conspicuas aptitudes para alcanzar la
-genialidad; pero es difícil pronosticar si las circunstancias
-convergerán á que ellas se conviertan
-en obras. Y, mientras no las vemos, toda apreciación
-es caprichosa. Por eso, y porque ciertas obras
-geniales no se realizan en minutos, sino en años,
-un hombre de genio puede pasar desconocido en
-su tiempo y ser consagrado por la posteridad. Los
-contemporáneos no suelen marcar el paso á compás
-del genio; pero si éste ha cumplido su obra,
-una nueva generación estará habilitada para comprenderlo.</p>
-
-<p>En vida, muchos hombres de genio son ignorados,
-proscriptos, desestimados ó escarnecidos. En
-la lucha por el éxito pueden triunfar los mediocres,
-pues mejor sirven á las mediocracias reinantes;
-pero en la lucha por la gloria sólo se computan
-las obras inspiradas por un ideal y consoli<span class="pagenum"><a id="Page_291"></a> [Pg 291]</span>dadas
-por el tiempo. Triunfan los genios. Su
-victoria no está en el homenaje transitorio que
-pueden otorgarle ó negarle los demás, sino en sí
-mismos, en la capacidad para efectuar su obra ó
-cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque
-Sócrates beba la cicuta, Cristo muera en la cruz,
-ó Bruno agonice en la hoguera: fueron los órganos
-vitales de funciones necesarias en la historia
-de los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se
-reconoce por la remota eficacia de su esfuerzo ó
-de su ejemplo, más que por las frágiles sanciones
-de los contemporáneos.</p>
-
-<p>La magnitud de la obra genial se calcula por la
-vastedad de su horizonte y la extensión de sus
-aplicaciones. En ello suele fundarse cierta jerarquía
-de los diversos órdenes del genio, considerados
-como perfeccionamientos extraordinarios del
-intelecto y la voluntad.</p>
-
-<p>Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función
-social del genio ó á la excelencia de las aptitudes
-geniales. Variando el clima y la hora puede
-ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro
-orden de genialidad: la más oportuna es siempre
-la más fecunda. Conviene renunciar á toda estratificación
-jerárquica de los genios, afirmando su
-diferencia y admirándolos por igual: más allá de
-cierto nivel todas las cumbres son excelsas. Nadie,
-que no fueran ellos mismos, podría creerse habilitado
-para decretarles rangos y desniveles. Ellos
-se despreocupan de estas pequeñeces; el problema
-es insoluble por definición.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_292"></a>[Pg 292]</span></p>
-
-<p>Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se
-clasifica. El hombre que la alcanza, encontrando
-su clima y llegando á su hora, es el abanderado de
-un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la
-evolución de su pueblo ó de su arte. Las historias
-adocenadas suelen ser crónicas de capitanes y
-conquistadores; las otras formas de genialidad entran
-en ellas como simples accidentes. Y no es
-justo. Homero, Miguel Ángel, Cervantes y Goethe
-vivieron en sus siglos más altos que los emperadores:
-por cada uno de ellos se mide la grandeza de
-su tiempo. Marcan fechas memorables, personificando
-aspiraciones inmanentes de su clima intelectual.
-El golpe de ala es tan necesario para sentir
-ó pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo:
-todo Ideal es una síntesis. Las grandes
-transmutaciones históricas nacen como videncias
-líricas de los genios artísticos, se transfunden en
-la doctrina de los pensadores y se realizan por el
-esfuerzo de los estadistas. Así la genialidad, de
-simple actitud individual, deviene función en los
-pueblos y florece en circunstancias irremovibles,
-fatalmente.</p>
-
-<p>La exégesis del genio es enigmática si se limita
-á estudiar la biología de los hombres geniales. Ésta
-sólo revela algunos resortes de su aptitud, y no
-siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados,
-remontando si pueden en los siglos, por
-muchas generaciones, hasta apelmazar un puñado
-de locos y degenerados, como si en la conjunción
-de los siete pecados capitales pudiera estallar la<span class="pagenum"><a id="Page_293"></a> [Pg 293]</span>
-chispa que enciende el Ideal de una época. Eso es
-convertir en doctrina una superchería, dar visos
-de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos
-en ellos simples productos del medio, olvidando
-sus singulares atributos. Ni lo uno ni lo otro. Si
-tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora
-oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se
-desenvuelve hasta la genialidad.</p>
-
-<p>El genio es una fuerza que actúa en función del
-medio.</p>
-
-<p>Probarlo es fácil.</p>
-
-<p>Dos veces la muerte y la gloria se dieron la
-mano sobre un cadáver argentino. Fué la primera
-cuando Sarmiento se apagó en el horizonte de la
-cultura continental; fué la segunda al cegarse en
-Ameghino las fuentes más hondas de la ciencia
-americana. Pocas tumbas, como las suyas, han visto
-florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés
-y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular
-de sus organismos se hubieran encendido
-lámparas votivas consagradas á la glorificación
-eterna de su genio.</p>
-
-<p>Merecen tal nombre; cumplieron una función
-social, realizando obra decisiva y fecunda. Nadie
-podrá pensar en la educación ni en la cultura de
-este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento,
-su apóstol y sembrador: ni pudo mente alguna
-comparársele, entre los que le sucedieron en el
-gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de
-las doctrinas evolucionistas marcan un hito las
-concepciones de Ameghino; será imposible no ad<span class="pagenum"><a id="Page_294"></a> [Pg 294]</span>vertir
-la huella de su paso, y quien lo olvide renunciará
-á conocer muchos dominios de la ciencia
-explorados por él.</p>
-
-
-<h3>II.&mdash;<span class="smcap">El genio pragmático: Sarmiento.</span></h3>
-
-<p>Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra
-de la barbarie americana, entreabriendo
-la visión de cosas futuras. Pensaba en tan alto estilo
-que parecía tener, como Sócrates, algún demonio
-familiar que alucinara su inspiración. Cíclope
-en su faena, vivía obsesionado por el afán de
-educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las
-grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste,
-subordinando á su influencia todas las masas
-menores de su sistema cósmico.</p>
-
-<p>Tenía la clarividencia del ideal y había elegido
-sus medios: organizar civilizando, elevar educando.
-Todas las fuentes fueron escasas para saciar
-su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas
-para cohibir su inquietud de enseñar. Erguido
-y viril siempre, asta bandera de sus propios
-ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino,
-previendo que la gloria se incuba en regazos de
-auroras fecundadas por los sueños de los que miran
-más lejos. América le esperaba. Cuando urge
-construir ó transmutar, fórmase el clima del genio:
-su hora suena como fatídica invitación á llenar una
-página de luz. El hombre extraordinario se revela<span class="pagenum"><a id="Page_295"></a> [Pg 295]</span>
-auroralmente, como si obedeciera á una predestinación
-irrevocable.</p>
-
-<p><cite>Facundo</cite> es el clamor de la cultura moderna
-contra el crepúsculo feudal. Crear una doctrina
-justa vale ganar una batalla para la verdad; presentir
-un ritmo de civilización cuesta más que
-acometer una conquista. Todo ideal puede servirse
-con el verbo profético. Un libro es más que una
-intención: es un gesto. Su palabra parece bajar de
-un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por
-entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera
-muda y del mar clamoroso. En alas del
-austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan
-de angustia su corazón y parecen ensombrecer
-el cielo taciturno de su frente que incuba un
-relampaguear de profecías. La pasión enciende
-las dantescas hornallas en que forja sus páginas y
-ellas retumban con sonoridad plutoniana en todos
-los ámbitos de su patria. Para medirse busca al
-más grande enemigo, Rozas, que era también genial
-en su medio y en su tiempo: por eso hay ritmos
-apocalípticos en los apóstrofes de <cite>Facundo</cite>,
-asombroso enquiridión que parece un reto de águila
-á águila, lanzado por sobre las cumbres más
-conspicuas del planeta. Su verbo es anatema: tan
-fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se
-enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan
-suyo que siendo castizo no parece español. Sacude
-á todo un continente con la sola fuerza de su pluma,
-adiamantada por la santificación del peligro y
-del destierro. Cuando un ideal se plasma en un<span class="pagenum"><a id="Page_296"></a> [Pg 296]</span>
-alto espíritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en
-páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea
-llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan
-al corazón de miles de hombres, desorbitan
-sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan su
-actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario
-vive: palpita, agrede, conmueve, derrumba,
-aniquila. En sus frases diríase que se vuelca el
-alma de la nación entera, como un alud. Un libro,
-fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del
-genio, tórnase tan decisivo para la civilización de
-una raza como la irrupción tumultuosa de infinitos
-ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente
-herida una era de barbarie simbolizada en
-un nombre propio. El genio se encumbra así para
-hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no
-admiten rectificación y escapan á la crítica. Los
-poetas debieran pedir sus ritmos á las mareas del
-Océano para loar líricamente la perennidad del
-gesto magnífico.</p>
-
-<p>La política puso á prueba su firmeza: gran hora
-fué aquélla en que su Ideal se convirtió en acción.
-Presidió la República contra la intención de todos:
-obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando
-como abajo, siempre agresor y agredido. Cumplía
-una función histórica. Por eso, como el héroe del
-romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué
-pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los
-partidos, incapaces para contenerlo. Todos lo reclamaban
-y lo repudiaban alternativamente. Ninguno,
-grande ó pequeño, podía ser toda una gene<span class="pagenum"><a id="Page_297"></a> [Pg 297]</span>ración,
-todo un pueblo, toda una raza. Sarmiento
-sintetizaba una era en nuestra latinidad americana.
-Su acercamiento á las facciones, compuestas
-por amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias,
-eran simples tanteos hacia un fin claramente
-previsto, para cuya consecución necesitó
-ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo
-parecíale pequeño para abarcarle entre sus brazos;
-sólo pudo ser suyo el lema inequívoco: «las
-cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».</p>
-
-<p>Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo;
-en todas ellas llevó como única antorcha
-su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que
-abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco
-escultor de la civilización, tuvo siempre
-libres las manos para modelar instituciones é ideas,
-libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear
-tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar
-verdades á puñados. Entusiasta por la Patria, cuya
-grandeza supo mirar como la de una propia hija,
-fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos
-con la serena crueldad de un cirujano.</p>
-
-<p>La unidad de su obra es profunda y absoluta,
-no obstante las aparentes contradicciones entre su
-conducta y su medio. Entre alternativas extremas,
-Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta
-la muerte. Su madurez siguió la orientación de su
-juventud; llegó á los ochenta años perfeccionando
-las originalidades que había adquirido á los treinta.
-Se equivocó innumerables veces, tantas como
-sólo puede concebirse en un hombre que vivió<span class="pagenum"><a id="Page_298"></a> [Pg 298]</span>
-pensando siempre. Cambió mil veces de opinión,
-porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y
-divino parpadeaba como un faro, con alternativas
-perturbadoras. Era un mundo que se obscurecía y
-se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de
-amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo
-uniforme del tiempo. En ciertas épocas pareció
-nacer de nuevo con cada aurora; pero supo oscilar
-hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo.</p>
-
-<p>Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado
-hubiera muerto á su espalda; el ayer no existía,
-para él, frente al mañana. Los hombres y pueblos
-en decadencia viven acordándose de dónde vienen;
-los hombres geniales y los pueblos fuertes
-sólo necesitan saber dónde van. Vivió inventando
-doctrinas ó forjando instituciones, creando siempre,
-en continuo derroche de imaginación creadora.
-Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa
-mansedumbre del mediocre que se acomoda
-para vegetar tranquilamente. La adaptación social
-depende del equilibrio entre lo que se inventa y
-lo que se imita; mientras el hombre vulgar es imitativo
-y se adapta perfectamente, el hombre de
-genio es creador y con frecuencia inadaptado. La
-adaptación es mediocrizadora; rebaja al individuo
-á los modos de pensar y sentir que son comunes á
-la masa, borrando sus rasgos propiamente personales.
-Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran
-de ella; muchos suelen ceder cuando los resortes
-del espíritu sienten la herrumbre de la vejez.
-Sarmiento fué una excepción. Había nacido<span class="pagenum"><a id="Page_299"></a> [Pg 299]</span>
-«así» y quiso vivir como era, sin desteñirse en el
-semitono de los demás.</p>
-
-<p>En horas crueles, cuando los mediocres le agredían
-para desbaratar sus ideales de cultura, en
-vano intentaría Sarmiento rebelarse á su destino.
-Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz
-de su tiempo, hostigándole á perseverar sin
-tregua hasta el borde mismo de la tumba. En pleno
-arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo,
-siempre alerta para avalancharse contra los
-que desplumaban el ala de sus grandes ensueños:
-habría osado desmantelar la tumba más gloriosa
-si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que
-algo resucitaría de entre las cenizas.</p>
-
-<p>Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios
-de Sarmiento. Fué «inactual» en su medio;
-el genio importa siempre una anticipación. Su
-originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo
-había, ciertamente: mas no era intrínseco en su
-personalidad, sino extrínseco, entre ella y su medio.
-Su inquietud no era inconstancia, su labor no
-era agitación. Su genio era una suprema cordura
-en todo lo que á sus ideales tocaba. Parecía lo contrario
-por contraste con la niebla de mediocridad
-que le circuía.</p>
-
-<p>Tenía los descompaginamientos que la vida moderna
-hace sufrir á todos los caracteres militantes;
-pero la revelación más indudable de su genialidad
-está en la eficacia de su obra, á pesar de los
-aparentes desequilibrios. Personificó la más grande
-lucha entre el pasado y el porvenir del conti<span class="pagenum"><a id="Page_300"></a> [Pg 300]</span>nente,
-asumiendo con exceso la responsabilidad de
-su destino. Nada le perdonan los enemigos del
-Ideal que él representa; todo le exigen los partidarios.
-El equilibrio del mediocre es exiguo comparado
-con el del genio; aquél soporta un trabajo
-igual á uno y éste lo emprende igual á mil. Para
-ello necesita una rara fineza y una absoluta precisión
-ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos
-trepan; cobran mayor pujanza cuando arrecian las
-borrascas: parecen águilas planeantes en su atmósfera
-natural.</p>
-
-<p>La incomprensión de estos detalles ha hecho que
-en todo tiempo se atribuyeran taras psicopáticas á
-los hombres de genio, concretándose al fin la consabida
-hipótesis de su parentesco con la locura,
-tan cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre
-los comunes procesos del raciocinio rutinario
-y de la actividad doméstica. Pero se olvida que
-inadaptado no quiere decir alienado: no puede el
-genio consistir en adaptarse á la mediocridad.</p>
-
-<p>El culto de la bestia sana redundaría en beneficio
-de los sujetos más insignificantes, si se aceptara
-la doctrina que los declara predestinados á la
-degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento
-y el genio pueblen los asilos; si ha habido,
-por acaso, diez hombres excelentes, encontráronse
-á su lado un millón de mediocres y pobres diablos.
-Es evidente que los alienistas estudiarán la
-biografía de los diez é ignorarán la del millón. Y
-para enriquecer sus catálogos de genios enfermos
-incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuan<span class="pagenum"><a id="Page_301"></a> [Pg 301]</span>do
-no á simples desequilibrados intelectuales que
-son «imbéciles con la librea del genio». Estos personajes,
-que viven á horcajadas sobre el muro que
-separa la cárcel del manicomio, son la antítesis
-misma del talento y del genio; su deficiente moralidad
-es uno de tantos estigmas de su desequilibrio.</p>
-
-<p>Los hombres como Sarmiento pueden caldearse
-por la excesiva función que desempeñan; los ignorantes
-confunden su pasión con la locura. Pero
-juzgados en la evolución de las razas y de los grupos
-sociales, ellos se presentan como casos de perfeccionamiento
-activo, en beneficio de la civilización
-y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha
-de los originales; se opera entre individuos
-diferenciados. El desenvolvimiento de una personalidad
-genial es una simple variación sobre los
-caracteres adquiridos por el grupo social; gracias
-á ella aparecen nuevas y distintas energías, que
-son el comienzo de líneas de divergencia y sirven
-de materia á la selección natural. La desarmonía
-de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias
-son rebeliones á las rutinas de los mediocres.</p>
-
-<p>Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica
-siempre disgregación, desequilibrio, solución
-de continuidad. Con breve razonamiento refutó
-Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se abstrae;
-el alienado se distrae. La abstracción ausenta
-de los demás; la distracción ausenta de sí mismo.
-Cada proceso ideativo es una serie. En cada
-serie hay un término medio y un proceso lógico<span class="pagenum"><a id="Page_302"></a> [Pg 302]</span>.
-Entre las diversas series hay saltos y faltan los
-términos medios. El genio, moviéndose recto y
-rápido dentro de una misma serie, abrevia los términos
-medios é intuye la relación lejana; el loco,
-saltando de una serie á otra, privado de términos
-medios, disparata en vez de razonar. Ésa es la
-aparente analogía entre genio y locura; parece
-que en el movimiento de ambos faltaran los términos
-medios; pero, en rigor, el genio vuela, el
-loco salta. El uno sobreentiende muchos términos
-medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu
-se ausenta de los demás; en la locura, se
-ausenta de sí mismo. «La sublime locura del genio
-es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio,
-no es cuerdo ni loco, es simplemente la mediocridad,
-es decir, la media lógica, la media alma,
-el medio carácter, la religiosidad convencional, la
-moralidad acomodaticia, la politiquería menuda,
-el idioma usual, la nulidad de estilo».</p>
-
-<p>La ingenuidad de las masas ignorantes tiene
-parte decisiva en la confusión. Acogen con facilidad
-la insidia de los mediocres y proclaman loco
-al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran
-de esta etiqueta: son aquéllos cuya genialidad es
-discutible, concediéndoseles apenas algún talento
-especial en grado excelso. No así los indiscutibles,
-que viven en brega perpetua, como Sarmiento.
-Cuando empezó á envejecer, sus propios adversarios
-aprendieron á tolerarlo, aunque sin el
-gesto magnánimo de una admiración agradecida.
-Le siguieron llamando «el loco Sarmiento».</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_303"></a>[Pg 303]</span></p>
-
-<p>¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más
-que cien libros sobre la fragilidad del juicio social.
-Cabe desconfiar de los diagnósticos formulados
-por los contemporáneos sobre los hombres que no
-se avienen á marcar el paso en las filas; las medianías,
-sorprendidas por resplandores inusitados,
-sólo atinan á justificarse con epítetos despectivos.
-Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino
-ilustre sufrió más burlas de sus conciudadanos.
-No hay vocablo injurioso que no haya sido
-empleado contra él: era tan grande que no bastó
-un diccionario entero para difamarle ante la posteridad.
-Las retortas de la envidia destilaron las
-más exquisitas quintaesencias; conoció todas las
-oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de
-los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar,
-como á ningún otro: el lápiz tuvo, vuelta á
-vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña.
-Como las serpientes que estrangulan á Laocoonte
-en la obra maestra del Belvedere, mil tentáculos
-subalternos y anónimos acosaron su titánica personalidad,
-robustecida por la brega.</p>
-
-<p>El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes,
-con la fuerza del número, irresponsable ante el
-porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos,
-desbordante y hostil, ebrio de batallar en una
-atmósfera grávida de tempestades, sembrando á
-todos los vientos, en todas las horas, en todos los
-surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le
-comprendían; la videncia del juicio póstumo era el
-único lenitivo á las heridas que sus contemporá<span class="pagenum"><a id="Page_304"></a> [Pg 304]</span>neos
-le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento
-de esperanzas en un matorral de espinas.</p>
-
-<p>Para conservar intactos sus atributos, el genio
-necesita períodos de recogimiento; el contacto
-prolongado con la mediocridad despunta las ideas
-originales y corroe los caracteres más adamantinos.
-Por eso, con frecuencia, toda superioridad es
-un destierro. Los grandes pensadores son solitarios;
-parecen proscriptos en su propio medio. Se
-mezclan á él para combatir ó predicar, un tanto
-excéntricos cuando no hostiles, sin entregarse
-nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes.
-Muchos ingenios eminentes, arrollados por
-la marea colectiva, pierden ó atenúan su originalidad,
-empañados por la sugestión del medio. Los
-prejuicios más hondamente arraigados en el individuo
-subsisten y prosperan; las ideas nuevas, por
-ser adquisiciones personales de reciente formación,
-se marchitan. Para defender sus frondas más
-tiernas el genio busca aislamientos parciales en
-sus invernáculos propios. Si no quiere nivelarse
-demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse
-por dentro, sin que esta defensa de su originalidad
-equivalga á una misantropía. Lleva consigo
-las palpitaciones de una época ó de una generación,
-que son su finalidad y su fuerza: cuando se
-retira se encumbra. Desde su cima formula con
-firme claridad aquel sentimiento, doctrina ó esperanza
-que en todos se incuba sordamente. En él
-adquieren claridad meridiana los confusos rumores<span class="pagenum"><a id="Page_305"></a> [Pg 305]</span>
-que serpentean en la inconsciencia de sus contemporáneos.
-Tal, más que en ningún otro genio de la
-historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la
-civilización de su raza, en la hora que preludiaba
-el surgir de la nacionalidad entre el caos de la
-barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo
-entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro
-de su país, europeo entre argentinos y argentino
-en el extranjero, provinciano entre porteños
-y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que
-es destino de los hombres de genio estar ausentes
-en todas partes.</p>
-
-<p>Viven más altos y fuera del torbellino común,
-desconcertando á sus contemporáneos. Son inquietos:
-la gloria y el reposo nunca fueron compatibles.
-Son apasionados: disipan los obstáculos
-como los primeros rayos del sol licuan la nieve
-caída en una noche primaveral. En la adversidad
-no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan.
-Y siguen tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando
-á otros, adelantándose á todos, sin rendirse,
-tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio:
-sólo está vencido el que confiesa estarlo. En
-eso finca su genialidad. Ésa es la locura divina
-que Erasmo elogió en páginas imperecederas y
-que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran
-varón que honra á la raza de todo un continente.
-Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las
-hachas...</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_306"></a>[Pg 306]</span></p>
-
-
-<h3>III.&mdash;<span class="smcap">El genio revelador: Ameghino.</span></h3>
-
-<p>Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo
-ver en la noche, antes de que amaneciera para todos.
-Creó: fué su misión. Lo mismo que Sarmiento,
-llegó en su clima y á su hora. Por singular
-coincidencia ambos fueron maestros de escuela,
-autodidactas, sin título universitario, formados
-fuera de la urbe metropolitana, en contacto inmediato
-con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos
-exteriores de la mentira mundana, con
-las manos libres, la cabeza libre, el corazón libre,
-las alas libres. Diríase que el genio florece mejor
-en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas,
-que son su atmósfera natural; se agosta en
-los invernáculos del Estado, en sus universidades
-domesticadas, en sus laboratorios bien rentados,
-en sus academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico.
-Fáltale allí el aire libre y la plena luz
-que sólo da la naturaleza: el encebadamiento precoz
-enmohece los resortes de la imaginación creadora
-y despunta las mejores originalidades. El genio
-nunca ha sido una institución oficial.</p>
-
-<p>Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra
-época, tiene caracteres de fenómeno natural.
-¿Por qué un hombre, en Luján, da en juntar huesos
-de fósiles y los baraja entre sus dedos, como
-un naipe compuesto con millares de siglos, y acaba
-por arrancar á esos mudos testigos la historia
-de la tierra, de la vida, del hombre, como<span class="pagenum"><a id="Page_307"></a> [Pg 307]</span>
-si obrara por predestinación ó por fatalidad?</p>
-
-<p>Tenía que ser un genio argentino, porque ningún
-otro punto de la superficie terrestre contiene
-una fauna fósil comparable á la nuestra; tenía que
-ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado
-el asidero de las doctrinas darwinistas que le
-sirven de fundamento; no podía ser antes de ahora,
-porque el clima intelectual del país no fué propicio
-á ello hasta que lo fecundó el apostolado
-de Sarmiento; y tenía que ser Ameghino, y ningún
-otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro reunía
-en tan alto grado su aptitud para la observación y
-el análisis, su capacidad para la síntesis y la hipótesis,
-su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado
-durante tantos años, su desinterés por todas
-las mediocres vanidades que hacen del hombre
-un funcionario, pero matan al pensador?</p>
-
-<p>Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio
-en su oportunidad. Aunque son fuerzas todopoderosas,
-porque obran continua y sordamente,
-el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas
-radica la realización de su obra. Las resistencias,
-que desalientan al mediocre, son su estímulo:
-crece á la sombra de la envidia ajena. La
-mediocridad puede conspirar contra él, movilizando
-en su contra la detracción y el silencio. Sigue
-su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, dionisíacamente
-seguro. El genio no fracasa nunca. El
-que no ha creado no es genio, no llegó á serlo, fué
-una ilusión disipada. No quiere esto decir que viva
-del éxito, sino que su marcha hacia la gloria es fa<span class="pagenum"><a id="Page_308"></a> [Pg 308]</span>tal,
-á pesar de todos los contrastes. El que se detiene
-prueba impotencia para marchar. Algunas
-veces el hombre genial vacila y se interroga ansiosamente
-sobre su propio destino: cuando muerden
-su talón los envidiosos ó cuando le adulan los
-hipócritas. Pero en dos circunstancias se ilumina
-ó se desencadena: en la hora de la inspiración y
-en la hora de la diatriba. Cuando descubre una
-verdad parece que en sus pupilas brillara una luz
-eterna; cuando amonesta á los envilecidos diríase
-que refulge en su frente la soberanía de una generación.</p>
-
-<p>Firme y serena voluntad necesitó Ameghino
-para cumplir su función genial. Pero nada puede
-crearse sin materia y sin energía: sin saberlo y sin
-quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La
-imaginación no basta para dar vida á la obra: la
-voluntad la engendra. En este sentido&mdash;y en ningún
-otro&mdash;el desarrollo de la aptitud nativa requiere
-«una larga paciencia» para que el ingenio
-se convierta en talento ó se encumbre en genialidad.
-Por eso los hombres excepcionales tienen un
-valor moral y son algo más que objetos de curiosidad:
-«merecen» la admiración que se les profesa.
-Si su aptitud es un don de la naturaleza, desarrollarla
-implica un esfuerzo ejemplar. Por más
-que sus gérmenes sean instintivos é inconscientes,
-las obras no se hacen solas. El tiempo es el aliado
-del genio; el trabajo completa las iniciativas de la
-inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de
-crear saben lo que cuesta. Determinado el Ideal,<span class="pagenum"><a id="Page_309"></a> [Pg 309]</span>
-hay que realizarlo: en la raza, en la ley, en el mármol,
-en la palabra. Tan magno esfuerzo explica el
-escaso número de obras maestras. Si la imaginación
-creadora es necesaria para concebirlas, requiérese
-para ejecutarlas otra rara virtud: la voluntad
-tenaz, que Newton bautizó como simple
-paciencia, sin medir los falsos corolarios de su
-apotegma.</p>
-
-<p>Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan
-que la imaginación es superflua y secundaria,
-atribuyendo el genio á lo que fué virtud de
-bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes
-extraordinarias, la paciencia no produce un
-Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de constancia,
-sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El
-hombre de genio, en el tiempo que dura un relámpago,
-intuye su Ideal: toda su vida marcha
-tras él, persiguiendo la quimera entrevista.</p>
-
-<p>Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas;
-en Ameghino se revelaron por una precocidad
-de «ingenio» anterior á toda experiencia. Eso
-no significa que todos los precoces puedan llegar
-á la genialidad, ni siquiera al talento. Muchos son
-desequilibrados y suelen agostarse en plena primavera;
-pocos perfeccionan sus aptitudes hasta
-convertirlas en talento; rara vez coinciden con la
-hora propicia y ascienden á la genialidad. Sólo es
-genio quien las convierte en obra luminosa, con
-esa fecundidad superior que implica alguna madurez;
-los más bellos dones requieren ser cultivados,
-como las tierras más fértiles necesitan ararse. Es<span class="pagenum"><a id="Page_310"></a> [Pg 310]</span>tériles
-resultan los espíritus brillantes que desdeñan
-todo esfuerzo, tan absolutamente estériles
-como los imbéciles laboriosos; no da cosechas el
-campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril
-por más que se le are.</p>
-
-<p>Ése es el profundo sentido moral de la paradoja
-que identifica el genio con la paciencia, aunque
-sean inadmisibles sus corolarios absurdos. La misma
-significación originaria de la palabra genio
-presupone algo como una inspiración transcendental.
-Todo lo que huele á cansancio, no siendo
-fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio.
-Solamente puede acordarse este supremo homenaje
-á aquél cuyas obras denuncian menos el esfuerzo
-del amanuense que una especie de don imprevisto
-y gratuito, algo que opera sin que él lo
-sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado
-que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para
-griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»:
-era aquel espíritu que acompaña, guía ó inspira á
-cada hombre desde la cuna hasta la tumba. Con
-la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra
-«genio», los antiguos no tuvieron ninguna;
-para expresarla anteponían al sustantivo «ingenio»
-un adjetivo que expresara su grandeza ó culminación.</p>
-
-<p>No es posible proclamar genios á todos los hombres
-superiores. Hay tipos intermediarios. Los
-modernos distinguen zurdamente al hombre de
-genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud
-inicial de ambos: el «ingenio», es decir una ca<span class="pagenum"><a id="Page_311"></a> [Pg 311]</span>pacidad
-superior á la mediana. Presenta una gradación
-infinita y cada uno de sus grados es susceptible
-de educarse ilimitadamente. Permanece
-estéril y desorganizado en los más, sin implicar
-siquiera talento. Este último es una perfección
-alcanzada por pocos, una originalidad particular,
-una síntesis de coordinación, inaccesible al hombre
-mediocre, sin ser por eso equivalente á la genialidad.
-Rara vez la máxima intensificación del
-ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces
-su obra adquiere significación social y un
-Ameghino asciende á la genialidad. La especie,
-con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas,
-casi, como ejemplares.</p>
-
-<p>La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir
-entre los hombres superiores, á punto de
-catalogar entre los genios á muchos hombres de
-talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados
-que son su caricatura. Ensayó Nordau una discreta
-diferenciación de tipos. Llama genio al hombre
-que crea nuevas formas de actividad no emprendidas
-antes por otros ó desarrolla de un modo enteramente
-propio y personal actividades ya conocidas;
-y talento al que practica formas de actividad,
-general ó frecuentemente practicadas por
-otros, mejor que la mayoría de los que cultivan
-esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene
-en cuenta la obra realizada y la aptitud del que
-la realiza. El genio implica un desarrollo orgánico
-primitivamente superior; el talento adquiere por el
-ejercicio una integral excelencia de ciertas dispo<span class="pagenum"><a id="Page_312"></a> [Pg 312]</span>siciones
-que en su ambiente posee la mayoría de
-los sujetos normales. Por eso entre la inteligencia
-y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa,
-que es cualitativa entre el talento y el genio.</p>
-
-<p>No es así, aunque parezca. El talento es mucho
-más que una mediocridad complicada; no puede
-ascender hasta él la inteligencia común. Implica,
-en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que
-la educación convierte en talento de su propio género.
-Las mentes más preclaras, en cambio, llegarán
-ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias
-extrínsecas: su obra revelará si tuvieron
-funciones decisivas en la vida ó en la cultura
-de su pueblo.</p>
-
-<p>En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo
-permanecer fiel á su escuela. Dice que el
-genio posee, acentuado, un franco desequilibrio ó
-anormalidad; su producción científica ó artística
-se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó
-descubrimientos son profundos y radicales. El
-hombre de talento, en cambio, es más equilibrado
-y su degeneración física y mental es menor; no es
-un precursor decidido, sino más bien un coordinador
-de elementos dispersos, cuya amalgama produce
-un resultado nuevo, aunque sin la verdadera
-y profunda novedad de la ideación genial. Las
-conclusiones son buenas; no así las premisas. Son,
-sin duda, geniales: Cervantes, Miguel Ángel,
-Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino;
-son talentosos: Flaubert, Canova, Verdi,
-Hugo, Washington, Wallace. Existen tipos inter<span class="pagenum"><a id="Page_313"></a> [Pg 313]</span>medios:
-los hombres que poseen un «talento genial»,
-como Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso
-no impide la distinción de ambos tipos. Prácticamente
-un vegetal difiere de un animal y un hombre
-de un gorila, aunque existan especies intermediarias.
-Ambos convienen igualmente al progreso
-humano. Su labor se integra. Se complementan
-como la hélice y el timón: el talento trepana sin
-sosiego las olas inquietas y el genio marca el rumbo
-hacia imprevistos horizontes.</p>
-
-<p>La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza.
-Donde no hay creación no hay genio. Crear
-es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El genio revélase
-por una aptitud inventiva ó creadora aplicada
-á cosas vastas ó difíciles. En la vida social,
-en las ciencias, en las artes, en las virtudes, en
-todo, se manifiesta con anticipaciones audaces,
-con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos
-entre las cosas y las ideas, con una firme
-seguridad para no desviarse de su camino. En
-ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca
-lo remoto y percibe relaciones entre las cosas distantes,
-como lo definió Ampère. Ni consiste simplemente
-en inventar ó descubrir: las invenciones
-que se producen por casualidad, sin ser expresamente
-pensadas, no requieren aptitudes geniales.
-El genio descubre lo que escapa á siglos ó
-generaciones, las leyes que expresan una relación
-entre las cosas: induce lo inesperado, señala puntos
-que sirven de centro á mil desarrollos y abre
-caminos en la infinita exploración de la naturaleza.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_314"></a>[Pg 314]</span></p>
-
-<p>¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio,
-no es enfermedad? Nunca. Es más sencillo
-y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque
-depende de una complicada estructura histológica
-del cerebro y no de entidades fantásticas; más
-excepcional, porque el mundo pulula de enfermos
-y rara vez se anuncia un Ameghino.</p>
-
-<p>Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto
-más alta y magnífica es su función de pensar. Ignórase
-todavía el mecanismo íntimo de los procesos
-intelectuales superiores. Los acompañan, sin
-duda, modificaciones de las células nerviosas:
-cambios de posición de los neurones y permutas
-químicas muy complicadas. Para comprenderlas
-deberían conocerse las actividades moleculares y
-sus variables relaciones, además de la histología
-exacta y completa de los centros cerebrales. Esto
-no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad
-nerviosa, las transformaciones de energía que
-determina en el momento que nace, durante el
-tiempo que se propaga y mientras se producen los
-fenómenos que acompañan á la complejísima función
-de pensar. Los conocimientos científicos distan
-de ese límite. Mientras la química y la fisiología
-celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre
-de que esa, y ninguna otra, es la vía
-para explicar las aptitudes supremas de un Ameghino,
-en función de su medio.</p>
-
-<p>Nacemos diferentes; hay una variadísima escala
-desde el idiota hasta el genio. Se nace en una zona
-de ese espectro, con aptitudes subordinadas á la<span class="pagenum"><a id="Page_315"></a> [Pg 315]</span>
-estructura y la coordinación de las células que intervienen
-en el pensamiento; la herencia concurre
-á dar un sistema nervioso, agudo ú obtuso, según
-los casos. La educación puede perfeccionar esas
-capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede
-crearlas cuando faltan: Salamanca no las presta.</p>
-
-<p>Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica
-nerviosa; los sentidos son la base de la
-memoria, de la asociación, de la imaginación: de
-todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva
-la mano del pintor. El poder de concebir está subordinado
-al de percibir: cada hombre tiene la memoria
-y la imaginación que corresponde á sus percepciones
-predominantes. La memoria no hace al
-genio, aunque no le estorba; pero ella y el razonamiento,
-cimentado en sus datos, no crean nada
-superior á lo real que percibimos. La fecundidad
-creadora requiere el concurso de la imaginación,
-elemento absoluto para sobreponer á la realidad
-algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como
-«un grado exquisito de sensibilidad nerviosa», se
-enuncia la más importante de sus condiciones;
-pero la definición es incompleta. La sensibilidad
-es un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes
-imaginativas.</p>
-
-<p>En los genios estéticos es evidente la superintendencia
-de la imaginación sobre los sentidos; no
-lo es menos en los genios especulativos, como
-Ameghino, y en los genios pragmáticos, como
-Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas,
-se adivinan las soluciones, se inventan las<span class="pagenum"><a id="Page_316"></a> [Pg 316]</span>
-hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican
-las combinaciones. Hay imaginación en la
-Paleontología de Ameghino, como la hay en la
-física de Ampère y en la Cosmología de Laplace;
-y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento,
-como en la política de César ó en la de Richelieu.
-Todo lo que lleva la marca del genio es obra de la
-imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó
-un plan de campaña de Napoleón; no digamos de
-los sistemas filosóficos, tan absolutamente imaginativos
-como las creaciones artísticas. Más aún:
-son poemas, y su valor se mide por la imaginación
-de sus creadores.</p>
-
-<p>En Ameghino la genialidad se traduce por una
-absoluta unidad y continuidad del esfuerzo, en
-toda la gestación de sus doctrinas, que es la antítesis
-de la locura. También él fué tratado como
-loco, sobre todo en su juventud. Con bonhomía risueña
-recordaba las burlas de vecinos y niños de
-su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al
-hombro, hacia las márgenes del Luján; para esas
-mentes sencillas tenía que estar loco ese maestro
-que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando
-huesos de animales extraños, como si
-algún delirio le transformara en sepulturero de
-edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin
-asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido
-y atenuar su reputación de inadaptado.</p>
-
-<p>Basta leer su inmensa obra&mdash;centenares de monografías
-y de volúmenes&mdash;para comprender que<span class="pagenum"><a id="Page_317"></a> [Pg 317]</span>
-sólo presenta los desequilibrios inherentes á su
-exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles,
-nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia,
-sino por una vasta preparación; no
-fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia
-ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente
-entrenados; no ocurrencias, sino cosechas
-de siembras previas; jamás casualidades, sino claramente
-previstos y anunciados.</p>
-
-<p>El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es
-paradoja ridícula sospechar un degenerado en todo
-grande hombre; es absurdo suponer caídos bajo el
-nivel común á esos mismos que la admiración de
-los siglos coloca por encima de todos. Las obras
-geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros
-mejores que los demás; el proceso de la creación,
-aunque tenga fases inconscientes, sería imposible
-sin una clarividencia de su finalidad. Antes
-que improvisarse en horas de ocio, opérase tras
-largas meditaciones y es oportuno, llegando á
-tiempo de servir como premisa ó punto de partida
-para nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal
-equilibrio de la obra genial será más evidente que
-en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por
-ella, el genio se nos presentaría como la suprema
-excelsitud en su propio dominio mental. Esto no
-excluye que la degeneración y la locura puedan
-coexistir con la imaginación creadora, afectando
-especiales dominios; pero la capacidad para las
-síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio ni
-enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura;<span class="pagenum"><a id="Page_318"></a> [Pg 318]</span>
-algunos lo fueron á pesar de ella; muchos fueron
-por la enfermedad sumergidos en la sombra.</p>
-
-<p>Ameghino, como todos los que piensan mucho
-é intensamente, se contradijo muchas veces en
-los detalles, aunque sin perder nunca el sentido
-de su orientación global. Cuando las circunstancias
-convergen á ello, el genio especulativo nace
-recto desde su origen, como un rayo de luz que
-nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo:
-todas sus palabras concurren á explicar un
-mismo pensamiento, á través de cien contradicciones
-en los detalles y de mil alternativas en la
-trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor
-del camino sin romper la equilibrada coherencia
-de la obra total: esa harmonía de la síntesis
-que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino
-converge á un fin por todos los senderos; nada le
-desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin
-las prudencias que traban el paso á las medianías
-sin detenerse ante los mil interrogantes que de
-todas partes le acosan para distraerle de la Verdad
-que le entreabre algún pliegue de sus velos.</p>
-
-<p>La verdadera contradicción, la que esteriliza el
-esfuerzo y el pensamiento, reside en la deshilvanada
-heterogeneidad que empalaga las obras de
-los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del
-juicio ajeno y hablan con énfasis para que muchos
-les escuchen aunque no les entiendan; en su cerebro
-anidan todas las ortodoxias, no atreviéndose
-á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados
-por las circunstancias: los rutinarios serían<span class="pagenum"><a id="Page_319"></a> [Pg 319]</span>
-supremas lumbreras si por la simple incongruencia
-se calificara al genio. Para señalar el punto de
-intersección entre dos teorías, dos creencias, dos
-épocas ó dos generaciones, requiérese un supremo
-equilibrio. En las pequeñas contingencias de
-la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser más
-astuto y más hábil; pero en las grandes horas de
-la evolución intelectual y social todo debe esperarse
-del genio. Y solamente de él.</p>
-
-<p>Sería absurdo decir que la genialidad es infalible,
-no existiendo verdades absolutas; cien rectificaciones
-podrán hacerse en la obra de Ameghino.
-Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse,
-conviene que se equivoquen. Sus creaciones
-falsas resultan utilísimas por las correcciones que
-provocan, las investigaciones que estimulan, las
-pasiones que encienden, las inercias que conmueven.
-Los hombres mediocres se equivocan de vulgar
-manera; el genio, aun cuando se desploma, enciende
-una chispa, y en su fugaz alumbramiento
-se entrevé alguna cosa ó verdad no sospechada
-antes. No es menos grande Platón por sus errores,
-ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant.
-En los genios que se equivocan hay una viril firmeza
-que los impone al respeto de todos. Mientras
-los contemporizadores ambiguos no despiertan
-grandes admiraciones, los hombres firmes
-obligan el homenaje de sus propios adversarios.
-Hay más valor moral en creer firmemente un
-error, que en aceptar tibiamente una verdad.</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_320"></a>[Pg 320]</span></p>
-
-<h3>IV.&mdash;<span class="smcap">La moral del genio.</span></h3>
-
-<p>El genio es excelente por su moral, ó no es genio.
-Pero su moralidad no puede medirse con preceptos
-corrientes en los catecismos; nadie mediría
-la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo.
-Su conducta es inflexible respecto de los
-ideales servidos por su aptitud genial. Si busca la
-Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada
-le desvía. Si el Bien, va recto y seguro por sobre
-todas las tentaciones. Y si es un genio universal,
-poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se
-unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo
-por todas las excelencias, por todas las
-idealidades. Como fué en Leonardo y en Goethe.</p>
-
-<p>Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia
-respecto de su ideal: la inmoralidad para consigo
-mismo es la negación del genio. Por ella se descubren
-los desequilibrados, los exitistas y los simuladores.
-Ameghino ignoró las artes del escalamiento
-y las industrias de la prosperidad material.
-En la ciencia buscó la verdad, tal como la concebía;
-ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma
-de funcionario. Sobrellevó heroicamente su pobreza
-sin asaltar el presupuesto, sin vender sus libros
-á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales,
-ignorando esa técnica que simula el mérito para
-medrar á la sombra del Estado. Fué y vivió como
-era, buscando la Verdad y decidido á no torcer
-un milésimo de ella. El que puede domesticar sus<span class="pagenum"><a id="Page_321"></a> [Pg 321]</span>
-convicciones no es, no puede ser, nunca, absolutamente,
-un hombre genial.</p>
-
-<p>Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo
-practica. Sin unidad moral no hay genio. El que
-predica la verdad y transige con la mentira, el que
-predica la justicia y no es justo, el que predica la
-piedad y es cruel, el que predica la lealtad y traiciona,
-el que predica el patriotismo y lo rebaja, el
-que predica el carácter y es servil, el que predica
-la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces,
-intrigas, humillaciones, esos mil instrumentos
-incompatibles con la visión de un ideal, ese no es
-genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga
-sin eco, no repercute en el tiempo, como si resonara
-en el vacío.</p>
-
-<p>El portador de un ideal va por caminos rectos,
-sin reparar que sean ásperos y abruptos. Sarmiento
-no transige nunca movido por vil interés; repudia
-el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad;
-ama en la Patria á todos sus conciudadanos
-y siente vibrar en la propia el alma de toda su
-nación y de todo el continente; tiene sinceridades
-que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y
-dice la verdad en tan personal estilo que sólo puede
-ser palabra suya; tolera los errores ajenos, recordando
-los propios; se encrespa ante las bajezas,
-escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis
-y eficacia de catapulta; cree en sí mismo
-y en sus ideales, sin compartir los prejuicios religiosos
-y sectarios de fanáticos que le acosan con
-furor, de todos los costados. Tal fué la culminan<span class="pagenum"><a id="Page_322"></a> [Pg 322]</span>te
-moralidad del gran americano; Sarmiento cultivó
-en grado sumo las más altas virtudes públicas,
-sin preocuparse de carpir en la selva magnífica
-las malezas que concentran la preocupación de
-la mediocridad.</p>
-
-<p>Los genios amplían su sensibilidad en la proporción
-que elevan su inteligencia; pueden subordinar
-los pequeños sentimientos á los grandes, los
-cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos.
-Entonces los espíritus estrechos les suponen
-desamorados, apáticos, escépticos. Y se equivocan.
-Sienten, mejor que todos, lo humano. El
-mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo,
-á su familia, á su camarilla, á su facción; pero no
-sabe extenderlo hasta la Verdad, la Patria ó la
-Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio.
-Muchos hombres darían su vida por defender á su
-secta; son raros los que se han inmolado conscientemente
-por una doctrina ó por un ideal.</p>
-
-<p>La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una
-era necesitan amar su Ideal y transformarlo en
-pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu genio»,
-escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La
-cultura no entibia á los visionarios: su vida entera
-es una fe en acción. Saben que los caminos más
-escarpados llevan más alto. Nada emprenden que
-no estén decididos á concluir. Las resistencias son
-espolazos que los incitan á perseverar; aunque nubarrones
-de escepticismo ensombrezcan su cielo,
-son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando
-sonríen, fácilmente se adivina el ascua crepitante<span class="pagenum"><a id="Page_323"></a> [Pg 323]</span>
-bajo su ironía. Mientras el hombre sin ideales ríndese
-en la primera escaramuza, el genio se apodera
-del obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en
-él pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia
-la llama acosa al objeto que la obstruye,
-hasta encenderlo para agrandarse á sí misma.</p>
-
-<p>La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza
-del genio es una suprema dignidad del propio
-Ideal; la falta de creencias sólidamente cimentadas
-convierte al mediocre en fanático. La fe se
-confirma en el choque con las opiniones contrarias;
-el fanatismo teme vacilar ante ellas é intenta ahogarlas.
-Mientras agonizan sus viejas creencias,
-Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada
-á su fanatismo; pero cuando el nuevo credo
-se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita:
-enseña y no persigue, discute y no amordaza.
-Muere él por su fe, pero no mata; fanático, habría
-vivido para matar. La fe es tolerante: es un misticismo
-que respeta las creencias propias en las
-ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la
-suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de
-genio se mantienen creyentes y firmes en sus doctrinas,
-mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos.
-Permanecen libres de las supersticiones
-vulgares y con frecuencia las combaten: por eso
-los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo
-su horror á la común mentira con falta de entusiasmo
-por el propio Ideal. Todas las religiones reveladas
-fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino:
-sabían que nada hay más extraño á la fe que el fa<span class="pagenum"><a id="Page_324"></a> [Pg 324]</span>natismo.
-La fe es de visionarios y el fanatismo es
-de siervos. La fe es llama que enciende y el fanatismo
-es ceniza que apaga. La fe es una dignidad
-y el fanatismo es un renunciamiento. La fe es una
-afirmación individual de alguna verdad propia y el
-fanatismo es una conjura de huestes para ahogar
-la verdad de los demás.</p>
-
-<p>Frente á la marea niveladora que amenaza por
-todos los puntos del horizonte, en las mediocracias
-contemporáneas, todo homenaje al genio es
-un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento
-de la Humanidad. Cuando alguna
-generación siente un hartazgo de chatura, de doblez,
-de servilismos, tiene que buscar en los genios
-de su raza los símbolos de pensamiento y de
-acción que la templen para nuevos esfuerzos.</p>
-
-<p>Todo hombre de genio es la personificación suprema
-de un Ideal. Contra la mediocridad, que
-asedia á los espíritus originales, conviene fomentar
-su culto: robustece las alas nacientes. Los más
-altos destinos se templan en la fragua de la admiración.
-Poner la propia fe en algún ensueño, apasionadamente,
-con la más honda emoción lírica, es
-ascender hacia las cumbres donde aletea la gloria.
-Enseñando á admirar el genio, la santidad y el heroísmo,
-prepáranse climas propicios á su advenimiento.</p>
-
-<p>Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el
-curso de los siglos y fuerza es que mueran los venideros,
-implacablemente segados por el tiempo.</p>
-
-<p>Hay algo humano, más duradero que la fantas<span class="pagenum"><a id="Page_325"></a>[Pg 325]</span>magoría
-de lo divino: el ejemplo de los genios. Los
-santos de la moral idealista no hacen milagros:
-realizan magnas obras, conciben supremas bellezas
-é investigan profundas verdades. Mientras
-existan corazones que alienten un afán de perfección,
-serán conmovidos por todo lo que revela fe
-en un Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto
-de los héroes, por la virtud de los santos, por
-la doctrina de los sabios, por la filosofía de los
-pensadores.</p>
-
-<div class="chapter">
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_326"></a>[Pg 326]<br /><a id="Page_327"></a>[Pg 327]</span></p>
-</div>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_328"></a>[Pg 328]</span></p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_329"></a>[Pg 329]</span></p>
-
-
-<p class="center p4 big3">BIBLIOTECA RENACIMIENTO</p>
-
-<p class="center big2">DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA</p>
-
-<p class="center p2 big1">EXTRACTO DEL CATÁLOGO</p>
-
-<div class="blockquot">
-<p class="center p4">LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)</p>
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-
-<p class="small1"> <span style="padding-left: 0.5em;">I.</span> GALDÓS <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="padding-left: 0.0em;">II.</span> SU ÚNICO HIJO. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center small1">S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO</p>
-
-<p class="small1">LA RIMA ETERNA &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-LA FLOR DE LA VIDA <span class="flright">3,00</span><br />
-PUEBLA DE LAS MUJERES <span class="flright">3,00</span><br />
-MALVALOCA <span class="flright">3,50</span><br />
-MUNDO, MUNDILLO <span class="flright">3,50</span><br />
-FORTUNATO <span class="flright">2,00</span></p>
-
-
-<p class="center small1">COMEDIAS ESCOGIDAS</p>
-
-<p class="small1"><span style="margin-left: 0.5em;">I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.3em;">II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.1em;">IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.4em;">V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO</span>&nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">BALDOMERO ARGENTE</p>
-<p class="small1">HENRY GEORGE. Su vida y su obra &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ</p>
-<p class="small1">GENTE MENUDA <span class="flright">3,00</span></p>
-
-<p class="center">AZORÍN</p>
-
-<p class="small1">EL POLÍTICO <span class="flright">3,00</span></p>
-
-<p class="center p1">PÍO BAROJA</p>
-<p class="center small1">NOVELAS</p>
-
-
-<p class="small1">LA BUSCA <span class="flright">3,50</span><br />
-MALA HIERBA <span class="flright">3,50</span><br />
-AURORA ROJA <span class="flright">3,50</span><br />
-LA FERIA DE LOS DISCRETOS <span class="flright">3,50</span><br />
-PARADOX, REY <span class="flright">3,00</span><br />
-LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS <span class="flright">3,00</span><br />
-LA DAMA ERRANTE <span class="flright">3,00</span><br />
-LA CIUDAD DE LA NIEBLA <span class="flright">3,00</span><br />
-LAS TRAGEDIAS GROTESCAS <span class="flright">3,00</span><br />
-CÉSAR Ó NADA <span class="flright">4,00</span><br />
-LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL ÁRBOL DE LA CIENCIA <span class="flright">3,50</span><br />
-EL MUNDO ES ANSÍ <span class="flright">3,50</span><br />
-EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LA CASA DE AIZGORRI &nbsp; <span class="flright">1,00</span></p>
-
-<p class="center p1">JOAQUÍN BELDA</p>
-
-
-
-
-<p class="small1">LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50 MEMORIAS
-DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50 LA
-PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00</p>
-
-<p class="center p1">JACINTO BENAVENTE<br />
-<em>De la Real Academia Española.</em></p>
-
-<p class="center small2">OBRAS COMPLETAS<br />
-Á 3,50 PESETAS TOMO</p>
-
-
-
-
-<p class="small1">CARTAS DE MUJERES.&mdash;FIGULINAS.&mdash;TEATRO FANTÁSTICO.&mdash;VILANOS.&mdash;DE
-SOBREMESA.</p>
-
-<p class="center small1">TEATRO</p>
-
-
-<p class="small1">I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE
-ALIVIO.&mdash;II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO
-FEMINISTA.&mdash;III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA
-CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.&mdash;IV.
-MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.&mdash;V. LA GOBERNADORA. EL PRIMO
-ROMÁN.&mdash;VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS MARIDOS.&mdash;VII.
-ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL SÁBADO.&mdash;VIII. LOS
-FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE BELLE ISLE. POR QUÉ SE
-AMA.&mdash;IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL DRAGÓN DE FUEGO.&mdash;X.
-RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.&mdash;XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA
-BODA.&mdash;XII. EL SUSTO DE LA CONDESA. CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA.
-LOS MALHECHORES DEL BIEN.&mdash;XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE
-QUE EL AMOR.&mdash;XIV. MANÓN LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.&mdash;XV. LA
-PRINCESA SIN CORAZÓN. EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE
-LOS MUERTOS.&mdash;XVI. LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL
-ÚLTIMO MINUÉ. TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.&mdash;XVII.
-SEÑORA AMA. EL MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.&mdash;XVIII. DE PEQUEÑAS
-CAUSAS. HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN
-HOMBRE!&mdash;XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE. EL
-PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA.</p>
-
-<p class="center p1">HENRY BERGSON</p>
-<p class="center"><em>Traducción de Carlos Malagarriga.</em></p>
-<p class="small1">LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos <span class="flright">7,00</span></p>
-
-<p class="center p1">EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL)</p>
-<p class="small1">NOVELAS EN GERMEN <span class="flright"> 2,00</span><br />
-VÓRTICE &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-GRAFÓMANOS DE AMÉRICA <span class="flright">3,00</span><br />
-SINTIÉNDOME VIVIR <span class="flright">3,00</span><br />
-VIAJANDO POR ESPAÑA &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL<br />
-<em>Bachiller Alonso de San Martín.</em></p>
-<p class="small1">LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">MANUEL BUENO</p>
-<p class="small1">TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO <span class="flright">3,50</span><br />
-CORAZÓN ADENTRO. Novela. <span class="flright">3,00</span><br />
-JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ROSALÍA DE CASTRO</p>
-<p class="small1 p1">EN LAS ORILLAS DEL SAR <span class="flright">3,50</span><br />
-CANTARES GALLEGOS <span class="flright">3,50</span><br />
-FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">RICARDO J. CATARINEU</p>
-<p class="small1">EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-MADRIGALES Y ELEGÍAS &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">CURROS ENRÍQUEZ</p>
-<p class="small1">AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. <span class="flright">3,00</span><br />
-EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. <span class="flright">3,00</span><br />
-CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. &nbsp; <span class="flright">3,00</span></p>
-
-<p class="center p1">RUBÉN DARÍO</p>
-<p class="small1">EL CANTO ERRANTE. Poesías. &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-TODO AL VUELO &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center small1">OBRAS ESCOGIDAS</p>
-<p class="small1"><span style="margin-left: 1.0em;">I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO</span> &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.5em;">II. POESÍAS</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-III. PROSA <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">JOAQUÍN DICENTA</p>
-<p class="small1">LOS BÁRBAROS. Novela. <span class="flright">3,50</span><br />
-GALERNA. Novelas. <span class="flright">1,00</span></p>
-
-<p class="center p1">CONCHA ESPINA</p>
-<p class="small1">LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. <span class="flright">3,50</span><br />
-DESPERTAR PARA MORIR. Novela. <span class="flright">3,50</span><br />
-AGUA DE NIEVE. Novela. <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">CARLOS FERNÁNDEZ SHAW</p>
-<p class="small1">LA VIDA LOCA <span class="flright">4,00</span><br />
-POESÍA DE LA SIERRA &nbsp; <span class="flright">4,00</span><br />
-POESÍA DEL MAR &nbsp; <span class="flright">4,00</span><br />
-EL AMOR Y MIS AMORES &nbsp; <span class="flright">4,00</span><br />
-CANCIONERO INFANTIL &nbsp; <span class="flright">1,00</span><br />
-CANCIONES DE NOCHEBUENA <span class="flright">2,00</span><br />
-LA PATRIA GRANDE <span class="flright">3,00</span><br />
-EL ALMA EN PENA <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ANATOLE FRANCE</p>
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-<p class="small1">JOCASTA Ó EL GATO FLACO <span class="flright">3,50</span><br />
-BALTASAR &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL POZO DE SANTA CLARA <span class="flright">3,50</span><br />
-EL LIBRO DE MI AMIGO &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA <span class="flright">3,50</span><br />
-OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD <span class="flright">3,50</span><br />
-LA AZUCENA ROJA <span class="flright">3,50</span><br />
-EL OLMO DEL PASEO <span class="flright">3,50</span><br />
-EL MANIQUÍ DE MIMBRE &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL ANILLO DE AMATISTA <span class="flright">3,50</span><br />
-EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-HISTORIA CÓMICA <span class="flright">3,50</span><br />
-CHAINQUEBILLE &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-SOBRE LA PIEDRA INMACULADA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LA ISLA DE LOS PINGÜINOS <span class="flright">3,50</span><br />
-LA CAMISA <span class="flright">3,50</span><br />
-LOS DIOSES TIENEN SED <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">JOSÉ FRANCÉS</p>
-<p class="small1">LA GUARIDA. Novela. &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. <span class="flright">3,50</span><br />
-GUIGNOL &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="p1 center">F. GARCÍA SANCHIZ</p>
-<p class="small1">NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS &nbsp; <span class="flright">3,00</span></p>
-
-<p class="p1 center">ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO</p>
-<p class="small1">MATILDE REY. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO</p>
-<p class="small1">LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO <span class="flright">3,50</span><br />
-</p>
-
-<p class="p1 center">ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ</p>
-<p class="small1">LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ANTONIO DE HOYOS</p>
-<p class="small1">LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ALBERTO INSÚA</p>
-<p class="center small1">NOVELAS</p>
-<p class="small1">
-DON QUIJOTE EN LOS ALPES <span class="flright">3,00</span><br />
-LA MUJER FÁCIL &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LAS NEURÓTICAS &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LA MUJER DESCONOCIDA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD <span class="flright">3,50</span><br />
-LAS FLECHAS DEL AMOR &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL DESEO &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EN TIERRA DE SANTOS &nbsp; <span class="flright">1,00</span><br />
-LA HORA TRÁGICA <span class="flright">1,00</span>
-</p>
-
-<p class="center p1">WALDO A. INSÚA</p>
-<p class="small1">LA BOCA DE LA ESFINGE <span class="flright">3,00</span><br />
-</p>
-
-<p class="center p1">JUAN R. JIMÉNEZ</p>
-<p class="small1">PASTORALES <span class="flright">3,50</span><br />
-LABERINTO <span class="flright">3,50</span><br />
-BALADAS DE PRIMAVERA <span class="flright">2,00</span><br />
-ELEGÍAS PURAS <span class="flright">2,00</span><br />
-ELEGÍAS INTERMEDIAS <span class="flright">2,00</span><br />
-ELEGÍAS LAMENTABLES <span class="flright">2,00</span><br />
-LA SOLEDAD SONORA <span class="flright">3,50</span><br />
-POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-MELANCOLÍA <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">RICARDO LEÓN<br />
-<em>De la Real Academia Española.</em></p>
-
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-<p class="small1">CASTA DE HIDALGOS. Novela &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-COMEDIA SENTIMENTAL. Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL AMOR DE LOS AMORES. Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías <span class="flright">3,50</span><br />
-LOS CENTAUROS. Novela <span class="flright">4,00</span></p>
-
-<p class="center p1">MANUEL LINARES RIVAS</p>
-<p class="small1">LA RAZA &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">RAFAEL LÓPEZ DE HARO</p>
-<p class="center small1">NOVELAS</p>
-<p class="small1">SIRENA <span class="flright">3,50</span><br />
-ENTRE TODAS LAS MUJERES <span class="flright">3,50</span><br />
-POSEÍDA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL PAÍS DE LOS MEDIANOS <span class="flright">3,50</span><br />
-LA IMPOSIBLE <span class="flright">1,00</span></p>
-
-<p class="center p1">DANIEL LÓPEZ ORENSE</p>
-<p class="small1">EL CAMINO DE LA DICHA. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">JOSÉ LÓPEZ PINILLOS</p>
-<p class="small1">DOÑA MESALINA. Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LA SANGRE DE CRISTO. Novela <span class="flright">3,00</span></p>
-
-<p class="center p1">LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA</p>
-<p class="small1">CARNE DE RELIEVE. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">JOSÉ LÓPEZ SILVA</p>
-<p class="small1">LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW</p>
-<p class="small1">SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS.<br />
-<span style="margin-left: 2em;">LOS BUENOS MOZOS</span> <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ANTONIO MACHADO</p>
-<p class="small1">CAMPOS DE CASTILLA. Poesías <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">MANUEL MACHADO</p>
-<p class="small1">APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras<br />
-<span style="margin-left: 2em;">de los mejores pintores</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-EL MAL POEMA. Poesías <span class="flright">3,00</span></p>
-
-<p class="center p1">EDUARDO MARQUINA</p>
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-<p class="small1">LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española <span class="flright">3,50</span><br />
-DOÑA MARÍA LA BRAVA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia<br />
-<span style="margin-left: 2em;">Española</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-LA ALCAIDESA DE PASTRANA <span class="flright">2,50</span><br />
-EL REY TROVADOR <span class="flright">3,50</span><br />
-POR LOS PECADOS DEL REY <span class="flright">3,50</span><br />
-TIERRAS DE ESPAÑA <span class="flright">3,50</span><br />
-VENDIMIÓN <span class="flright">3,50</span><br />
-ELEGÍAS &nbsp; <span class="flright">1,00</span></p>
-
-<p class="center p1">G. MARTÍNEZ SIERRA</p>
-<p class="small1">EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS.<br />
-<span style="margin-left: 2em;">FLORES DE ESCARCHA</span> &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-SOL DE LA TARDE. Novelas <span class="flright">3,50</span><br />
-LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL AGUA DORMIDA. Novelas <span class="flright">3,50</span><br />
-LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-<p class="center small1">TEATRO</p>
-
-<p class="small1">TEATRO DE ENSUEÑO <span class="flright">3,50</span><br />
-LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL <span class="flright">3,50</span><br />
-PRIMAVERA EN OTOÑO <span class="flright">3,50</span><br />
-EL POBRECITO JUAN <span class="flright">1,50</span><br />
-MAMÁ. EL ENAMORADO <span class="flright">3,50</span><br />
-MADAME PEPITA &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">ENRIQUE DE MESA</p>
-<p class="small1">FLOR PAGANA <span class="flright">3,00</span><br />
-ANDANZAS SERRANAS <span class="flright">1,50</span></p>
-
-<p class="center p1">AMADO NERVO</p>
-<p class="small1">SERENIDAD. Poesías <span class="flright">3,50</span></p>
-
-<p class="center p1">CONDESA DE PARDO BAZÁN</p>
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-
-<p class="small1"><span style="margin-left: 3.1em;">I.</span> LA CUESTIÓN PALPITANTE <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.6em;">II. </span>LA PIEDRA ANGULAR &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.2em;">III. </span>LOS PAZOS DE ULLOA <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.2em;">IV. </span>LA MADRE NATURALEZA. Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.4em;">V. </span>CUENTOS DE MARINEDA <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.2em;">VI. </span>POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2em;">VII. </span>INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 1.6em;">VIII. </span>LA TRIBUNA. Novela <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.5em;">IX. </span>DE MI TIERRA <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 3em;">X. </span>CUENTOS NUEVOS <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.6em;">XI. </span>DOÑA MILAGROS. Novela <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.1em;">XII. </span>LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.8em;">XIII. </span>NOVELAS EJEMPLARES <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2em;">XIV. </span>MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.5em;">XV. </span>EL SALUDO DE LAS BRUJAS.&nbsp; Novela <span class="flright">4,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.1em;">XVI. </span>CUENTOS DE AMOR <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.6em;">XVII. </span>CUENTOS SACRO-PROFANOS &nbsp; <span class="flright">4,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.1em;">XVIII. </span>EL NIÑO DE GUZMÁN &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 2.0em;">XIX. </span>AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA&nbsp; <span class="flright">4,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.5em;">XX. </span>UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO.<br />
-<span style="margin-left: 4.5em;">Historias y cuentos regionales <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.9em;">XXI. </span>CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.5em;">XXII. </span>UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas <span class="flright">5,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.29em;">XXIII. </span>EN TRANVÍA.&nbsp; Cuentos <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.5em;">XXIV. </span>DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 1.9em;">XXV. </span>CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA.</span><br />
-<span style="margin-left: 4.5em;">CUENTOS ANTIGUOS</span> &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.5em;">XXVI. </span>POR LA EUROPA CATÓLICA &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">XXVII. </span>SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 0.6em;">XXVIII. </span>SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.45em;">XXIX. </span>LA QUIMERA &nbsp; <span class="flright">5,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.55em;">XXX. </span>UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN <span class="flright">6,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.45em;">XXXI. </span>EL FONDO DEL ALMA &nbsp; <span class="flright">3,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1.2em;">XXXII. </span>RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS &nbsp; <span class="flright">4,00</span><br />
-<span style="margin-left: 0.6em;">XXXIII. </span>LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA <span class="flright">1,00</span><br />
-<span style="margin-left: 0.8em;">XXXIV. </span>MI ROMERÍA &nbsp; <span class="flright">1,00</span><br />
-<span style="margin-left: 1em;">XXXV.</span> Teatro: VERDAD. CUESTA&nbsp; ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES.<br />
-<span style="margin-left: 4.5em;">EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE</span> <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.8em;">XXXVI. </span>SUD-EXPRESS. Cuentos&nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.4em;">XXXVII. </span>LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO <span class="flright">4,50</span><br />
-XXXVIII. DULCE DUEÑO.&nbsp; Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 0.7em;">XXXIX. </span>LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN <span class="flright">4,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.6em;">XL. </span>BELCEBÚ. Novelas &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-<span style="margin-left: 2.15em;">XLI. </span>LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO <span class="flright">4,00</span></p>
-
-<p class="center p1">BIBLIOTECA DE LA MUJER<br />
-<em>Dirigida por la C. de Pardo Bazán.</em></p>
-
-<p class="center small2">Á TRES PESETAS TOMO</p>
-
-
-<p class="small1">I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de
-Ágreda.&mdash;II. Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John
-Stuart Mill. Prólogo de la condesa de Pardo Bazán.&mdash;III. Sección
-novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña María de Zayas.&mdash;IV. Sección
-biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P. Mercier.&mdash;V. Sección
-histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de Nervo, y
-ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.&mdash;VI. Sección
-pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS
-VÍRGENES, por Juan Luis Vives.&mdash;VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL
-SOCIALISMO, por Augusto Bebel.</p>
-
-<p class="center p1">JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN</p>
-<p class="small1">NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE <span class="flright">3,50</span><br />
-AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS,<br />
-<span style="margin-left: 2em;">EN EL SIGLO XIX </span> <span class="flright">3,50</span><br />
-</p>
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_330"></a>[Pg 330]</span></p>
-
-<p class="center p1">BENITO PÉREZ GALDÓS<br />
-<em>De la Real Academia Española.</em></p>
-
-<p class="center small1">EPISODIOS NACIONALES</p>
-
-<p class="center small1"><em>Primera serie.</em></p>
-
-
-<p class="small1">TRAFALGAR.&mdash;LA CORTE DE CARLOS IV.&mdash;EL 19 DE MARZO Y EL 2
-DE MAYO.&mdash;BAILÉN. NAPOLEÓN EN
-CHAMARTÍN.&mdash;ZARAGOZA.&mdash;GERONA.&mdash;CÁDIZ.&mdash;JUAN MARTÍN EL
-EMPECINADO.&mdash;LA BATALLA DE LOS ARAPILES.</p>
-
-
-<p class="center small1"><em>Segunda serie.</em></p>
-
-
-<p class="small1">EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.&mdash;MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.&mdash;LA
-SEGUNDA CASACA.&mdash;EL GRANDE ORIENTE.&mdash;7 DE JULIO.&mdash;LOS CIEN MIL HIJOS
-DE SAN LUIS.&mdash;EL TERROR DE 1822.&mdash;UN VOLUNTARIO REALISTA.&mdash;LOS
-APOSTÓLICOS.&mdash;UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS.</p>
-<p class="center small1"><em>Tercera serie.</em></p>
-
-
-<p class="small1">ZUMALACÁRREGUI.&mdash;MENDIZÁBAL.&mdash;DE OÑATE Á LA GRANJA.&mdash;LUCHANA.&mdash;LA
-CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.&mdash;LA ESTAFETA ROMÁNTICA.&mdash;VERGARA.&mdash;MONTES DE
-OCA.&mdash;LOS AYACUCHOS.&mdash;BODAS REALES.</p>
-<p class="center"><em>Cuarta serie.</em></p>
-
-
-<p class="small1">LAS TORMENTAS DEL 48.&mdash;NARVÁEZ.&mdash;LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.&mdash;LA
-REVOLUCIÓN DE JULIO.&mdash;O'DONNELL.&mdash;AITA TETTAUEN.&mdash;CARLOS VI EN LA
-RÁPITA.&mdash;LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».&mdash;PRIM.&mdash;LA DE LOS
-TRISTES DESTINOS.</p>
-<p class="center small1"><em>Última serie.</em></p>
-
-
-<p class="small1">ESPAÑA SIN REY.&mdash;ESPAÑA TRÁGICA.&mdash;AMADEO I.&mdash;LA PRIMERA REPÚBLICA.&mdash;DE
-CARTAGO Á SAGUNTO.&mdash;CÁNOVAS.</p>
-<p class="center"><em>Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al<br />
-precio de DOS pesetas volumen.</em></p>
-
-<p class="center"><em>Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo,<br />
-CINCO pesetas.</em></p>
-
-<p class="center"><em>Se venden tapas sueltas á UNA peseta.</em></p>
-
-<p class="center p1">NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO</p>
-
-
-<p class="small1">DOÑA PERFECTA.&mdash;GLORIA, primera parte.&mdash;GLORIA, segunda
-parte.&mdash;MARIANELA.&mdash;LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.&mdash;LA
-FAMILIA DE LEÓN ROCH, segunda parte.&mdash;LA FONTANA DE ORO.&mdash;EL
-AUDAZ.&mdash;LA SOMBRA.&mdash;MEMORANDA.</p>
-<p class="center p1">NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO</p>
-
-
-<p class="small1">LA DESHEREDADA, primera parte.&mdash;LA DESHEREDADA, segunda parte.&mdash;EL
-AMIGO MANSO.&mdash;EL DOCTOR CENTENO, primera parte.&mdash;EL DOCTOR CENTENO,
-segunda parte.&mdash;TORMENTO.&mdash;LA DE BRINGAS.&mdash;LO PROHIBIDO, primera
-parte.&mdash;LO PROHIBIDO, segunda parte.&mdash;FORTUNATA Y JACINTA, primera
-parte.&mdash;FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.&mdash;FORTUNATA Y JACINTA,
-tercera parte.&mdash;FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.&mdash;MIAU.&mdash;LA
-INCÓGNITA.&mdash;REALIDAD.&mdash;ÁNGEL GUERRA, primera parte.&mdash;ÁNGEL GUERRA,
-segunda parte.&mdash;ÁNGEL GUERRA, tercera parte.&mdash;TRISTANA.&mdash;LA
-LOCA DE LA CASA.&mdash;TORQUEMADA EN LA HOGUERA.&mdash;TORQUEMADA EN
-LA CRUZ.&mdash;TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.&mdash;TORQUEMADA Y SAN
-PEDRO.&mdash;NAZARÍN.&mdash;HALMA.&mdash;MISERICORDIA.&mdash;EL ABUELO.&mdash;CASANDRA.&mdash;EL
-CABALLERO ENCANTADO.</p>
-
-<p class="center p1">COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS</p>
-
-
-<p class="small1">REALIDAD.&mdash;LA LOCA DE LA CASA.&mdash;LA DE SAN QUINTÍN.&mdash;LOS
-CONDENADOS.&mdash;VOLUNTAD.&mdash;DOÑA PERFECTA.&mdash;LA FIERA.&mdash;ELECTRA.&mdash;ALMA Y
-VIDA.&mdash;MARIUCHA.&mdash;BÁRBARA.&mdash;AMOR Y CIENCIA.&mdash;PEDRO MINIO.</p>
-
-
-<p class="center p1">RAMÓN PÉREZ DE AYALA</p>
-
-
-<p class="small1">TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-LA PATA DE LA RAPOSA.&nbsp; Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-TROTERAS Y DANZADERAS. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">JUAN PÉREZ ZÚÑIGA</p>
-
-
-<p class="small1">CUATRO CUENTOS Y UN CABO <span class="flright">2,00</span><br />
-HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos <span class="flright">5,00</span><br />
-AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">JACINTO OCTAVIO PICÓN<br />
-<em>De la Real Academia Española.</em></p>
-
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-
-
-<p class="small1"><span style="margin-left: 1.0em;">I.</span> DULCE Y SABROSA. Novela &nbsp; <span class="flright">4,00</span><br />
-<span style="margin-left: 0.5em;">II.</span> LA HONRADA. Novela <span class="flright">4,00</span><br />
-III. JUANITA TENORIO. Novela <span class="flright">4,00</span><br />
-<span style="margin-left: 0.2em;">IV.</span> Mujeres. Novelas &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_331"></a>[Pg 331]</span></p>
-
-<p class="center p1">SALVADOR RUEDA</p>
-
-
-<p class="small1">POESÍAS ESCOGIDAS <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">SANTIAGO RUSIÑOL</p>
-
-<p class="center"><em>Traducciones de G. Martínez Sierra.</em></p>
-<p class="small1">EL PUEBLO GRIS &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-UN VIAJE AL PLATA <span class="flright">3,50</span><br />
-LA ISLA DE LA CALMA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL INDIANO <span class="flright">1,00</span></p>
-
-
-<p class="center p1">JOSÉ M. SALAVERRÍA</p>
-
-
-<p class="small1">LAS SOMBRAS DE LOYOLA <span class="flright">2,00</span></p>
-
-
-<p class="center p1">R. SÁNCHEZ DÍAZ</p>
-
-
-<p class="small1">JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">ALEJANDRO SAWA</p>
-
-
-<p class="small1">ILUMINACIONES EN LA SOMBRA &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">UNAMUNO Y GANIVET</p>
-
-
-<p class="small1">EL PORVENIR DE ESPAÑA <span class="flright">2,00</span></p>
-
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_332"></a>[Pg 332]</span></p>
-
-<p class="center p1">FELIPE TRIGO</p>
-<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p>
-
-<p class="center small1">NOVELAS</p>
-
-
-<p class="small1">LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS <span class="flright">7,00</span><br />
-LA SED DE AMAR &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-ALMA EN LOS LABIOS <span class="flright">3,50</span><br />
-DEL FRÍO AL FUEGO <span class="flright">3,50</span><br />
-LA ALTÍSIMA <span class="flright">3,50</span><br />
-LA BRUTA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA <span class="flright">3,50</span><br />
-SOR DEMONIO <span class="flright">3,50</span><br />
-EN LA CABRERA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-CUENTOS INGÉNUOS <span class="flright">3,00</span><br />
-LA CLAVE &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LAS EVAS DEL PARAÍSO &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-LAS POSADAS DEL AMOR &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL MÉDICO RURAL <span class="flright">3,50</span><br />
-LOS ABISMOS <span class="flright">3,50</span><br />
-EL CÍNICO <span class="flright">3,50</span><br />
-ASÍ PAGA EL DIABLO <span class="flright">1,00</span></p>
-
-
-<p class="center small1">ESTUDIOS</p>
-
-
-<p class="small1">SOCIALISMO INDIVIDUALISTA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">MIGUEL DE UNAMUNO</p>
-
-<p class="small1">MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS <span class="flright">3,50</span><br />
-POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES <span class="flright">3,50</span><br />
-CONTRA ESTO Y AQUELLO <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">RAMÓN DEL VALLE INCLÁN</p>
-
-<p class="small1">ÁGUILA DE BLASÓN <span class="flright">3,50</span><br />
-COFRE DE SÁNDALO <span class="flright">3,50</span><br />
-CUENTO DE ABRIL <span class="flright">3,50</span><br />
-GERIFALTES DE ANTAÑO &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_333"></a>[Pg 333]</span></p>
-
-<p class="center p1">FRANCISCO VILLAESPESA</p>
-
-
-<p class="small1">EL ESPEJO ENCANTADO <span class="flright">3,50</span><br />
-EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS <span class="flright">3,50</span><br />
-PANALES DE ORO &nbsp; <span class="flright">3,50</span><br />
-EL BALCÓN DE VERONA &nbsp; <span class="flright">3,50</span>
-PALABRAS ANTIGUAS <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">A. VIVERO Y A. DE LA VILLA</p>
-
-<p class="small1">CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal &nbsp; <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">EDUARDO ZAMACOIS</p>
-
-<p class="small1">EL OTRO. Novela <span class="flright">3,50</span><br />
-LA OPINIÓN AJENA. Novela <span class="flright">3,50</span></p>
-
-
-<p class="center p1">BIBLIOTECA CLÁSICA</p>
-
-
-<p class="center p2">COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS CADA UNO EN RÚSTICA
-Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS EN PASTA ESPAÑOLA</p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS GRIEGOS</p>
-
-
-<p class="small1">HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).&mdash;HERODOTO: Los
-nueve libros de la historia (dos).&mdash;PLUTARCO: Las vidas paralelas
-(cinco).&mdash;ARISTÓFANES: Teatro completo (tres).&mdash;ESQUILO: Teatro
-completo (uno).&mdash;POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco
-(uno).&mdash;XENOFONTE: Historia de la entrada de Cyro en Asia (uno).
-La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).&mdash;LUCIANO: Obras completas
-(cuatro).&mdash;PÍNDARO: Odas (uno).&mdash;ARRIANO: Las expediciones de
-Alejandro (uno).&mdash;POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo,
-etc. (uno).&mdash;POLIBIO: Historia romana (tres).&mdash;PLATÓN: La república
-(dos).&mdash;DIÓGENES LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres
-(dos).&mdash;MORALISTAS GRIEGOS: Marco Aurelio, Teofrasto, Epicteto,
-Cebes (uno).&mdash;TUCÍDIDES: Historia de la guerra del Peloponeso
-(dos).&mdash;JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).&mdash;ISÓCRATES: Oraciones
-políticas y forenses (dos).&mdash;EURÍPIDES: obras dramáticas (tres).</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_334"></a>[Pg 334]</span></p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS LATINOS</p>
-
-
-<p class="small1">VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).&mdash;CICERÓN:
-Obras didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas
-familiares (dos). Cartas políticas (dos). Vida y discursos
-(siete).&mdash;TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres
-de los germanos (uno).&mdash;SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de
-Jugurta (uno).&mdash;CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de
-la civil (dos).&mdash;SUETONIO: Vida de los doce césares (uno).&mdash;SÉNECA:
-Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).&mdash;OVIDIO:
-Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).&mdash;FLORO: Compendio de
-las hazañas romanas (uno).&mdash;QUINTILIANO: Instituciones oratorias
-(dos).&mdash;QUINTO CURCIO: Vida de Alejandro (dos).&mdash;ESTACIO: La Tebaida
-(dos).&mdash;LUCANO: La farsalia (dos).&mdash;TITO LIVIO: Décadas de la historia
-romana (siete).&mdash;TERTULIANO: Apología contra los gentiles en defensa
-de los cristianos (uno).&mdash;VARIOS: Historia Augusta (tres).&mdash;Marcial
-y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).&mdash;TERENCIO: Teatro completo
-(uno).&mdash;APULEYO: El asno de oro (uno).&mdash;Plinio el joven y Cornelio
-Nepote: Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres
-(dos).&mdash;JUVENAL y PERSIO: Sátiras (uno).&mdash;AULIO GELIO: Noches áticas
-(dos).&mdash;SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios (cuatro).&mdash;AMMIANO: Historia
-del imperio romano (dos).&mdash;LUCRECIO: De la naturaleza de las cosas
-(uno).&mdash;HORACIO: Obras completas (dos).</p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS ESPAÑOLES</p>
-
-
-<p class="small1">CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos).
-Don Quijote de la Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho).
-Teatro completo (tres).&mdash;CALDERÓN: Teatro selecto (cuatro).&mdash;HURTADO
-DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).&mdash;QUEVEDO: Obras satíricas y
-festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de Dios
-(uno).&mdash;QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).&mdash;Duque de Rivas:
-Sublevación de Nápoles (uno).&mdash;ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano
-(uno).&mdash;MELO: Guerra de Cataluña (uno).&mdash;VARIOS: Antología de poetas
-líricos castellanos, ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios
-críticos del mismo (doce).&mdash;COLÓN: Relaciones y cartas (uno).&mdash;ROJAS:
-La celestina (uno).</p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS INGLESES</p>
-
-
-<p class="small1">MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno).
-Estudios políticos (uno). Estudios biográficos (uno). Estudios
-críticos (uno). Estudios de política y literatura (uno). Discursos
-parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia
-de la revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo
-III (seis).&mdash;MILTON: El paraíso perdido (dos).&mdash;SHAKESPEARE: Teatro
-selecto (ocho).</p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS ITALIANOS</p>
-
-
-<p class="small1">MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). Tragedias,
-poesías: obras varias (dos).&mdash;GUICCIARDINI: Historia de Italia
-(seis).&mdash;MAQUIAVELO: Obras históricas (DOS). Obras políticas
-(DOS).&mdash;Benvenuto Cellini: su vida, descrita por él mismo
-(dos).&mdash;TASSO: La Jerusalén libertada (dos).</p>
-
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_335"></a>[Pg 335]</span></p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS ALEMANES</p>
-
-
-<p class="small1">SCHILLER: Teatro completo (tres tomos). Poesías líricas (dos).&mdash;HEINE:
-Poemas y fantasías (uno). Cuadros de viaje (dos).&mdash;GOETHE: Viaje
-á Italia (dos). Teatro selecto (dos).&mdash;HUMBOLDT: Colón y el
-descubrimiento de América (dos).</p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS FRANCESES</p>
-
-
-<p class="small1">LAMARTINE: Civilizadores y conquistadores (dos tomos).&mdash;BOSSUET:
-Oraciones fúnebres (ocho).&mdash;MERIMÉE: Colomba (uno).</p>
-
-<p class="center p1">CLÁSICOS SÁNSCRITOS</p>
-
-
-<p class="small1">Código de MANÚ (un tomo).</p>
-
-
-<p class="center p1">BIBLIOTECA POPULAR</p>
-
-<p class="center">Á UNA PESETA CADA TOMO EN RÚSTICA Y Á 1,50 ENCUADERNADO EN TELA</p>
-
-
-
-<p class="small1">I.&mdash;PÍO BAROJA: La casa de Aizgorri. Novela. II.&mdash;FELIPE TRIGO: Así
-paga el diablo... Novela. III.&mdash;ALBERTO INSÚA: En tierra de santos.
-Novela. IV.&mdash;S. y J. ÁLVAREZ QUINTERO: Drama, comedia y sainete.
-V.&mdash;JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.&mdash;RAFAEL LÓPEZ DE HARO:
-La imposible. Novela. VII.&mdash;SANTIAGO RUSIÑOL: El indiano. VIII.&mdash;E.
-GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.&mdash;CONDESA DE PARDO
-BAZÁN: Cuentos trágicos. X.&mdash;JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza.
-Novela. XI.&mdash;EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.&mdash;ALBERTO INSÚA: La hora
-trágica. Novela. XIII.&mdash;JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela
-escénica. XIV.&mdash;PÍO BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.&mdash;PEDRO
-DE RÉPIDE: Noche perdida. Novelas.</p>
-
-
-<p><span class="pagenum"><a id="Page_336"></a>[Pg 336]</span></p>
-
-<p class="small1">RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos
-de la Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío
-Baroja, Joaquín Belda, Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de
-Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina, Alejandro Larrubierra, Ricardo
-León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez Sierra, Benito
-Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio
-Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría,
-R. Sánchez Díaz, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo
-Zamacois.</p></div>
-
-<p>&nbsp;</p>
-<p>&nbsp;</p>
-<hr class="pgx" />
-<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***</p>
-<p>******* This file should be named 64974-h.htm or 64974-h.zip *******</p>
-<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br />
-<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/6/4/9/7/64974">http://www.gutenberg.org/6/4/9/7/64974</a></p>
-<p>
-Updated editions will replace the previous one--the old editions will
-be renamed.</p>
-
-<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright
-law means that no one owns a United States copyright in these works,
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-of this license, apply to copying and distributing Project
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-for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports,
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-away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks
-not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the
-trademark license, especially commercial redistribution.
-</p>
-
-<h2 class="pgx" title="">START: FULL LICENSE<br />
-<br />
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-(or any other work associated in any way with the phrase "Project
-Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full
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-electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to
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-(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all
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-1.E.8.</p>
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this
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-Foundation" or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection
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-States. If an individual work is unprotected by copyright law in the
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-contain a notice indicating that it is posted with permission of the
-copyright holder), the work can be copied and distributed to anyone in
-the United States without paying any fees or charges. If you are
-redistributing or providing access to a work with the phrase "Project
-Gutenberg" associated with or appearing on the work, you must comply
-either with the requirements of paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 or
-obtain permission for the use of the work and the Project Gutenberg-tm
-trademark as set forth in paragraphs 1.E.8 or 1.E.9.</p>
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-<p>1.E.3. If an individual Project Gutenberg-tm electronic work is posted
-with the permission of the copyright holder, your use and distribution
-must comply with both paragraphs 1.E.1 through 1.E.7 and any
-additional terms imposed by the copyright holder. Additional terms
-will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works
-posted with the permission of the copyright holder found at the
-beginning of this work.</p>
-
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-License terms from this work, or any files containing a part of this
-work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.</p>
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-electronic work, or any part of this electronic work, without
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-Gutenberg-tm License.</p>
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-compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including
-any word processing or hypertext form. However, if you provide access
-to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format
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-version posted on the official Project Gutenberg-tm web site
-(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense
-to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means
-of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain
-Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the
-full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.</p>
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-access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works
-provided that</p>
-
-<ul>
-<li>You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from
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- to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has
- agreed to donate royalties under this paragraph to the Project
- Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid
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- legally required to prepare) your periodic tax returns. Royalty
- payments should be clearly marked as such and sent to the Project
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- Literary Archive Foundation."</li>
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- License. You must require such a user to return or destroy all
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- works.</li>
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- any money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
- electronic work is discovered and reported to you within 90 days of
- receipt of the work.</li>
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-</ul>
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-Gutenberg-tm electronic work or group of works on different terms than
-are set forth in this agreement, you must obtain permission in writing
-from both the Project Gutenberg Literary Archive Foundation and The
-Project Gutenberg Trademark LLC, the owner of the Project Gutenberg-tm
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-
-<p>1.F.</p>
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-electronic works, and the medium on which they may be stored, may
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-with the defective work may elect to provide a replacement copy in
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-the second copy is also defective, you may demand a refund in writing
-without further opportunities to fix the problem.</p>
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-OTHER WARRANTIES OF ANY KIND, EXPRESS OR IMPLIED, INCLUDING BUT NOT
-LIMITED TO WARRANTIES OF MERCHANTABILITY OR FITNESS FOR ANY PURPOSE.</p>
-
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-warranties or the exclusion or limitation of certain types of
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-limitation permitted by the applicable state law. The invalidity or
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-
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-trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone
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-accordance with this agreement, and any volunteers associated with the
-production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm
-electronic works, harmless from all liability, costs and expenses,
-including legal fees, that arise directly or indirectly from any of
-the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this
-or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or
-additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any
-Defect you cause.</p>
-
-<h3 class="pgx" title="">Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
-electronic works in formats readable by the widest variety of
-computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It
-exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations
-from people in all walks of life.</p>
-
-<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the
-assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
-goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
-remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
-Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
-and permanent future for Project Gutenberg-tm and future
-generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see
-Sections 3 and 4 and the Foundation information page at
-www.gutenberg.org.</p>
-
-<h3 class="pgx" title="">Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by
-U.S. federal laws and your state's laws.</p>
-
-<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the
-mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its
-volunteers and employees are scattered throughout numerous
-locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt
-Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to
-date contact information can be found at the Foundation's web site and
-official page at www.gutenberg.org/contact</p>
-
-<p>For additional contact information:</p>
-
-<p> Dr. Gregory B. Newby<br />
- Chief Executive and Director<br />
- gbnewby@pglaf.org</p>
-
-<h3 class="pgx" title="">Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation</h3>
-
-<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
-spread public support and donations to carry out its mission of
-increasing the number of public domain and licensed works that can be
-freely distributed in machine readable form accessible by the widest
-array of equipment including outdated equipment. Many small donations
-($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
-status with the IRS.</p>
-
-<p>The Foundation is committed to complying with the laws regulating
-charities and charitable donations in all 50 states of the United
-States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
-considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
-with these requirements. We do not solicit donations in locations
-where we have not received written confirmation of compliance. To SEND
-DONATIONS or determine the status of compliance for any particular
-state visit <a href="https://www.gutenberg.org/donate">www.gutenberg.org/donate</a>.</p>
-
-<p>While we cannot and do not solicit contributions from states where we
-have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
-against accepting unsolicited donations from donors in such states who
-approach us with offers to donate.</p>
-
-<p>International donations are gratefully accepted, but we cannot make
-any statements concerning tax treatment of donations received from
-outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.</p>
-
-<p>Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
-methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
-ways including checks, online payments and credit card donations. To
-donate, please visit: www.gutenberg.org/donate</p>
-
-<h3 class="pgx" title="">Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3>
-
-<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project
-Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be
-freely shared with anyone. For forty years, he produced and
-distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of
-volunteer support.</p>
-
-<p>Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
-editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in
-the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not
-necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper
-edition.</p>
-
-<p>Most people start at our Web site which has the main PG search
-facility: www.gutenberg.org</p>
-
-<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
-including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
-Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
-subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p>
-
-</body>
-</html>
-
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