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If you are not located in the United States, you'll have -to check the laws of the country where you are located before using this ebook. - - - - -Title: El Hombre Mediocre - Ensayo de psicologia y moral - - -Author: José Ingenieros - - - -Release Date: March 31, 2021 [eBook #64974] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - - -***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE*** - - -E-text prepared by Andrés V. Galia, Jude Eylander, and the Online -Distributed Proofreading Team (https://www.pgdp.net) from page images -digitized by the Google Books Library Project (https://books.google.com) -and generously made available by HathiTrust Digital Library -(https://www.hathitrust.org/) - - - -Note: Images of the original pages are available through - HathiTrust Digital Library. See - https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023 - - -NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - - En la versión de texto las palabras en itálicas están - indicadas con _guiones bajos_. - - El criterio utilizado para crear la presente versión - electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real - Academia Española vigentes cuando se publicó la edición - de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado - puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la - Real Academia Española. - - Es por ello que palabras como _vio_, _fue_, _dio_, por - ejemplo, que en esa época llevaban acento ortográfico, - en esta transcipción aparecen escritas con acento. - - En la presente transcripción se adecuó la ortografía de - las mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la - RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben escribirse - con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se trata de - palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se - trata únicamente de la mayúscula inicial. - - Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido - corregidos. - - El Índice de capítulos, incluido en la publicación original - al final, ha sido trasladado al principio. - - - - - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - - OBRAS DEL MISMO AUTOR - - - La Psicopatología en el arte. - La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.) - La Simulación de la Locura. (7.ª edición.) - Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.) - Patología del lenguaje musical. - Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.) - Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.) - Criminología. (2.ª edición) - Sociología Argentina. (2.ª edición.) - Principios de Psicología Biológica. - - EN PREPARACIÓN - - Hombres y cosas de mi tiempo. - - JOSÉ INGENIEROS - - - - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - [Ilustración] - - - RENACIMIENTO - - MADRID BUENOS AIRES - Pontejos, 3 Libertad, 170 - 1913 - - - ES PROPIEDAD - - ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.--PONTEJOS 3 - - - - - ÍNDICE - - Página - - LA MORAL DE LOS IDEALISTAS - - I. Las luces del camino.--II. Los visionarios de - la perfección.--III. Los idealistas románticos.--IV. - El idealismo experimental 5 - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - I. «¿Áurea mediocritas?»--II. Definición del hombre - mediocre.--III. Función social de la mediocridad.--IV. - La vulgaridad 39 - - LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL - - I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.--II. - Los estigmas mentales de la mediocridad:.--III. - La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.--IV. - El éxito y la gloria 73 - - LA MEDIOCRIDAD MORAL - - I. El hombre honesto.--II. La moral de Tartufo.--III. - Los tránsfugas de la honestidad.--IV. Los - senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.--V. - La santidad 107 - - LOS CARACTERES MEDIOCRES - - I. Hombres y sombras.--II. La domesticación de - los mediocres: Gil Blas de Santillana.--III. La - vanidad y el orgullo.--IV. La dignidad 159 - - LA ENVIDIA - - I. La pasión de los mediocres.--II. Los sacerdotes - del mérito.--III. Los roedores de la gloria.--IV. - Un castigo dantesco 191 - - LA VEJEZ NIVELADORA - - I. Las canas.--II. Etapas de la decadencia.--III. - La bancarrota de los ingenios.--IV. La - psicología de la vejez.--V. La virtud de la - impotencia 215 - - LA MEDIOCRACIA - - I. El clima de la mediocridad.--II. La política de - las piaras.--III. Demagogos y aristarcos: Las - dos fórmulas de la injusticia.--IV. La aristocracia - del mérito: «La justicia en la desigualdad» 235 - - LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA - - I. Las sombras del crepúsculo.--II. El trinomio - mental del arquetipo.--III. La mortaja de la - insignificancia 265 - - LOS FORJADORES DE IDEALES - - I. El clima del genio.--II. El genio pragmático: - Sarmiento.--III. El genio revelador: Ameghino.--IV. - La moral del genio 287 - - - - - LA MORAL DE LOS IDEALISTAS - - I.--LAS LUCES DEL CAMINO--II. LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN--III. - LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS--IV. EL IDEALISMO EXPERIMENTAL. - - - I.--LAS LUCES DEL CAMINO. - -Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala -hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la -mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua -sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la -dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti quedas -inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño -que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de -tu temperamento. Innumerables signos la revelan--: cuando se te anuda -la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la cruz izada -para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno--; cuando te abstraes en lo -infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne ó un -discurso de Helvecio--; cuando el corazón se te estremece pensando en -la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, -el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota--; cuando tus -sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima -acorde con tu sentir--; y cuando, en suma, admiras la mente preclara -de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los -héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad -ó de Belleza. - -Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente -á una aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con -Dante, reir con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; -ni enmudecen ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos -esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando á -filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas -sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real. -Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo -sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza -aparte en la humanidad: son idealistas. - -El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección. - -Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo -así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al -perfeccionamiento de la realidad. - -Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los -habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado -por un hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de -los individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo -contraste con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la -ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y -calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos -serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros -luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una -infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten ó -simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la peregrinación humana, -la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales. - -Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía. - -Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en -las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un -idealismo experimental que se refiere á los «ideales de perfección», -incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma. - -Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente. -Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. -Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida -nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de -rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran -al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo -al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de -la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la -contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la -imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al -Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse -de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia. -Que, sola, no anda. - -La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para -adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita -conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias -adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse -en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza -son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su -imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal. - -Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal -desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No -son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen -del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, -accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se -comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese -punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle -la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las -complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período -brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un -perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite -generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados -posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección. - -Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad -como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista -del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos -posibles que pueblan el espacio y el tiempo. - -Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos -predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La -imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, -elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable -de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son -apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se -empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. -Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado -y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus -elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en -que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones -naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas -á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se -identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones -anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el -instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se -limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más -exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen -propicios á la perfección. - -El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á -perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento -del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que -existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los -seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la -formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser -complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á -las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie -conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera. -Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la -selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto -simples anticipaciones del devenir. - -Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los -ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa -jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va -retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho -camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero -el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La -imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia -su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio -sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para -ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. -Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas -innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto -valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si -son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del -conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar -en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser, -implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra -de progreso. - -En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento -tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos -se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine -el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la -realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la -experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe -más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de -la realidad que deviene. - -Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de -muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea -los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por -un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener -su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo -consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede -encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando -su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus -esclarecidos. - -Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: -es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta -involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible -en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de -porvenir. - -No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. -La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad -efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta -absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree -sinceramente en él. - -Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares -diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, -que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia -de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces -de vivir hacia ellas. - -Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en -nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, -fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace -del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay -tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y -tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección. - -El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que -desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir -que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al -ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se -trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por -sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la -Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, -al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal -de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que -obstar al esfuerzo similar de los otros. - -Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se -refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas -porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen -que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el -sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», -aunque el mal uso induzca á ello. - -Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, -porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden -constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, -Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que -persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de -sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de -belleza ó una original personalidad. - -No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende -á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los -fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no -existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para -mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan -magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el -cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo -como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben -iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de -ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón, -que no podía contenerse en ningún vaso. - -La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, -en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan -naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, -es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras -se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. -Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no -daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente: -es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de -ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo -mejor. - -Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del -arte la Belleza--formas preeminentes de toda excelsitud--no se -concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son -convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás -contradictorias, aunque lo parezca. - -Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, -su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan -sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del -sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que -concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la -imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma. - -Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad -practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde -al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los -ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y -marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad -amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien -sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos -perfecciones imperfectas. - -Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se -anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la -experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de -ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad -evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de -nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la -mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar -Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua -persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es -una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin -alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite», -se concibe que podría acercársele más. - -Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los -hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia -misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los -viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo -el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave -falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales. -Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado. - -Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios -absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es -contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento -y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de -referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, -palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los -cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo -un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se -forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno. - -Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas, -momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una -secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada -hombre. - -Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran -apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los -apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y -cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir, -entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su -indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora -á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales -mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto -de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la -sombra. - - - II.--LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN. - -Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el -rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos -universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres -desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el -contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, -la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso -original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los -hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres. - -El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las -sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia -sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos -elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que -tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus -pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos -hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna -perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad -del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino -de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más -contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de -enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal -son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, -entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas, -indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los -que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: -posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre -lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son -cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen -lo mejor de lo peor. - -Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El -culto del «hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente, -importa un renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la -rutina y nada crea hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia -sus hipótesis, al arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia -sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad; -los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando -en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres -capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales. -Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo -destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha -paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir -que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin -aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la -inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados -por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les -nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la -inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una -raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa -chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en -hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta -entre sus enemigos más audaces á la ignorancia, madrastra de obstinadas -rutinas. - -La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada -perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría -ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en -estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, -depende de lo mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería -sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado -viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores. - -En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable. -Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores -audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la -intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo -entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas -son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma: -contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad -parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes -hombres, en los genios mismos si el medio es hostil á sus quimeras, -como es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, informe -bazofia de la humanidad. - -Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede -esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es -juventud la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda; -nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la -moral de las mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal -y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay -juventud en los que persiguen con entusiasmo una perfección; por eso -en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de -los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran á la vida sin -afiebrarse por algún ideal; á los que nunca fueron jóvenes, paréceles -descarriada toda soñadora inquietud. Y no se nace joven: hay que -adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere. - -Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos -sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, -aborrecen de todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta -domesticarlos, haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles, -maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo -igualitario pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos: -detesta las diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al -que se aparta en busca de una propia personalidad. El original, el -imaginativo, el creador, atrae sus odios, los busca, los desafía, -sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista -es una viviente afirmación de individualismo, aunque persiga una -quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su -independencia es una reacción hostil á todos los dogmatismos de rebaño. -Concibiéndose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas -quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: «yo sé -quién soy». Viven animados por este afán afirmativo. En sus ideales -cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la -pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad social, -puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre de -marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad. -Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: -«Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras -vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el gusano -muera y del capullo salga volando la mariposa». - -Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su -idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el -pensamiento sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene -firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes. Para -crear una partícula de Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un -esfuerzo original y violento contra alguna rutina ó prejuicio, como -para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo. -Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, si -es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de -los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la exageración -de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su atributo -necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la -hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso -para quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento, -con fe, con desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza -arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos. -Y el artista busca también la suya, porque la Belleza es una verdad -animada por la imaginación, más que por la experiencia. Y el filósofo -la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para -consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es servir á su -propia Verdad. Siempre. - -Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz -obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según -predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental -es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los -ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos -afectivos son encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la -imaginación: los ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el -uno á la juventud y el otro á la madurez. El primero es adolescente, -crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, impone y defiende. -El idealista perfecto sería romántico á los veinte años y estoico á -los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el -romanticismo en la edad madura. Lo que al principio le enciende en -pasión debe cristalizarle después en suprema dignidad: ésa es la lógica -de su temperamento. - - - III.--LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS. - -Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables. -Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y -pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran -como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que -la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre -inalcanzado é inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos -los resplandores de la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz; -y Musset quiere amar incesantemente después de haber amado, ofreciendo -su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los románticos -parecen preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito el poder -humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre -atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que -la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista, -como si los nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su -gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones: -entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más intenso -de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por -esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra -todo lo que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus -ideales sin conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor -de la experiencia, agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos -y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la -ternura: con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos -ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal -cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más -saña. - -Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra -Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda -mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría -existir jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la -vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos -creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para -ellos un beso de tal mujer vale más que cien tesoros de Golconda. - -Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que -la razón ignora»--, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto -irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad -apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las -venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus -protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran -con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo, -por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre -encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos -apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo -ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y -hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas -del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se -confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad -sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los -ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar -la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la -poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los -hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad. - -El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor -como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y -es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á -amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de -sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen -la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras -le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un -escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio -ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron; -habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale -un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo -amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn, -Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación -de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta -los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la -conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una -osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas -virtudes del amor. - -En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la -mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos -sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en -nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su -amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su -individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar -contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo -que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir. - -En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con -los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, -como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución -francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación -se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y -Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y -seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo -tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética. -En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y -trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con -ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente. -Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad -con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión -abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en -Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche. - - - IV.--EL IDEALISMO EXPERIMENTAL. - -Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena -muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las -lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán -de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos -propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le -tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal -inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por -enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar -la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando -salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta -hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una -gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en -la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus -ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando -advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas, -custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades. -El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo -experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación, -haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á -la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo -apolíneo. - -Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia -crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor -no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad -en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más -lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere; -los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese -limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de -los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin -rebajarla. - -Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas -definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más -perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y -su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo -clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través -de los siglos. - -Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á -la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, -cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De -allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito, -la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción -exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí -mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso -arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito. -Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión -encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á -los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias -oprobian á sus arquetipos. - -El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que -el romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad -organizada, resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin -compromisos. Impórtale menos agredir el mal que consienten los otros -y más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo -depende de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». Son -notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el -sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud. -En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad -social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una sensibilidad -individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas; aquél es -la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta -contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias; -revela energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos -opuestos por el espíritu gregario. El individualista niega el principio -de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera -imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los -partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, sintiéndose -extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las leyes escritas no -han modificado nunca la mediocridad de quienes las admiran ni el -sufrimiento de quienes las aguantan. - -Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que -reclutan las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El -digno elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta -siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia -en sí para acrisolarse; éste se ausenta de los demás para zambullirse -en la sombra. El individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo -eleva; sin ideal, es una caída á más bajo nivel que la mediocridad -misma. - -En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo -anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por -todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo -de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida -en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los -cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: sus últimos pregoneros -encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los -escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fué lealmente -erigida en sistema después de entonces. El placer--como simple -sensualidad cuantitativa--es absurdo é imprevisor; no puede sustentar -una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser otros. -¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un -egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á -los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite -refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más, -pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias -alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. -Aristipo refugia la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro -la encumbra en la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél -valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados -sin freno; para éste deben ser elegidos y dignificados por un sello -de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su -creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha y -huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á favor del -primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la -dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite -practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer. - -En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo -experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud -heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia -más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio -Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con -bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, -y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la -historia. - -La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente -elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más -humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas, -entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma -á los filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y -lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo -demás está subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que -depende de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula -del idealismo experimental. - -Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las -resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene -prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo -enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque -los obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no -dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad -de su ambiente sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un -Ideal, vive de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le -impedirá ascender hacia su ensueño. - -Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á -participar del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse -no es morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como lo fué en -Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: sólo él -pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más líricas de -Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su estoicismo es más -propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con -él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre -perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus racimos, como -la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros -en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe, -ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia -el encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el -clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral, -sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se -ennoblece. Frente á las burguesías afiebradas por remontar el nivel -del bienestar material,--ignorando que su mayor miseria es la falta -de cultura,--ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto -de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades -descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio, -de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre á -restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que -caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio. - -Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito; -las virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos, -creando equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los -moralistas: su originalidad está en cambios de tono que modifican las -perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la -mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman -su vehemencia de ideal. Una mediocracia sin ideales,--como un individuo -ó un grupo,--es vil y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos -anhelos de perfección. Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad -como un culto; frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud -desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la -Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente á las -complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del -Individuo dentro de cada sociedad. - -Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia, -un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce -habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos -de la historia. Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los -resurgimientos, transmuta ó desorbita. En ese instante remontan su -vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos -y para obras perennes. - -En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los -visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la -mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno -sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre -plasmó un concepto más sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, -cuyo cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados. -Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de -Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan -palabras perceptibles. Dice á los jóvenes que toda brega por un Ideal -es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que nunca hay error en -seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá -á crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe -alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no -vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño -sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus ideales bajo el -palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que conspiran -para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres. - -Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la -Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos. - - - - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - «_Cacciarli i ciel per non esser men belli, - Né le profondo Inferno li riceve..._» - - DANTE. _Inferno._ Canto III. - - I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»--II. DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.--III. - FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.--IV. LA VULGARIDAD. - - -I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?» - -Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza -que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se -uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad -crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase -el rebaño para prepararse al sueño, la remota campana tañe su -aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana claridad lunar -se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su titilación el -firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece -conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que -encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado -á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración -primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al -reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, -un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la -oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas -han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa -hasta el rebaño que apacienta. - -La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no -entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo -ó de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente -invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni -venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite -forzoso de su mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los -ajenos una chispa capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede -serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la -ironía de cuantos le invitan á arrebañarse en nombre de ideales que -puede servir, no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres, -sólo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. Para concebir -una perfección es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos -pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven de dogmas que otros les -imponen, esclavos de fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre -del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y de toda cumbre. -Individualmente son hombres que no existen. No inspiran simpatías ni -rencores acentuados. No admiran ni espantan. Sería difícil decidir -qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente no obstan á los -caracteres originales: su existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo -como sombras insubstanciales, temiendo que alguien pueda reprocharles -esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida. - -Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre -la tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y -el gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia: -los más altos placeres son inherentes á proponerse una perfección y -perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen biografía: no vive -el que no deja rastros en las cosas ó en los espíritus. La vida sólo -vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No -ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor -algún ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta -juventud la precedió. La medida justa del hombre está en la duración -de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen -sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se -maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las -dignidades que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los -apetitos del mediocre. Pero hay algo que embellece los placeres y -califica la vida del idealista: la afirmación de la propia personalidad -y la cantidad de hombría aquilatada en la dignificación de nuestro yo. -Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos á una -parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias -de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un -incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen; -pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y vegetan moldeados -por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad exigua -y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua disciplina del pensar -y de la conducta; su existencia es puramente negativa como unidades -sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los que viven y -piensan. - -Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre -es áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta -acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado -cuando ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los -caracteres humanos en sensitivos y activos, Ribot comprendió la -necesidad de separar los mediocres, cuya característica es no tener -ninguna: «indiferentes», viven sin que se advierta su existencia. Son -productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación -que reciben, de las personas y las cosas que los rodean. La sociedad -piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No hay líneas -definidas ni en su propia sombra: es una penumbra. - -En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como -en el océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud -imperturbable, como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad: -es su destino oponerse al impulso de los originales. Hay en el fondo -de su psicología una espesa pincelada gris. La falta de personalidad -los hace igualmente incapaces de bien y de mal, si de su iniciativa -depende. Desfilan á hurtadillas, inadvertidos, sin aprender ni enseñar, -diluyendo en tedios su insipidez tranquila, vegetando en la sociedad -que ignora su existencia: ceros á la izquierda que nada califican y -para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder á la más -leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y -pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el más leve -céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplio -velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si -irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados -contra un escollo. - -Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se -conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho -de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, -cierto talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se -envanecen de su testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la -firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su -bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los serviles y -los parapocos pavonéanse de honestos, como si la incapacidad del mal -pudiera en caso alguno confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues, -de la buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos -la mediocridad objetivamente, en sus aspectos fundamentales. - -Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son -mediocres, á carta cabal, los que no descuellan en ninguna. - -Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque -aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos. - -Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural, -con tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que -estudiarlos. El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al -psicólogo le es indiferente: observa los caracteres, los describe, -los compara y los clasifica, de igual manera que otros naturalistas -observan fósiles ó mariposas. - -Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay -mediocridad; en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre -es el claro-obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos, -por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio no dijo «_áurea -mediocritas_» en el sentido general y absurdo que proclaman los -incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por sus -obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad -y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteció los -goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y de la -miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido -epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio -árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia -llena de preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad -moral, intelectual y de carácter, es digna de respetuoso homenaje, -implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables -menospreció á los poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio á -cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido -del «_áurea mediocritas_» clásico? ¿Por qué ese afán de suprimir -desniveles entre los hombres y las sombras, como si rebajando un poco á -los excelentes y amerengando un poco á los mediocres se amenguaran las -desigualdades creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar -la claridad y la tiniebla, confundiendo en una misma penumbra á los -transparentes y á los opacos. - -La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía: -ser original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse -á confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando -la significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas -correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es -colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual, -prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa -insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente -á cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse, -como si fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias -resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado fundamental de -la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos -comunes á todos los hombres: éstos serán siempre tan desiguales como -las olas que erizan la superficie de un Océano. - -En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra -lo excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á -lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los -espíritus arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda -telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, velando su -gloria ante la multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las -cercanías el aletazo inequívoco de un águila. - -La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco -escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren -menos entre sí que unos hombres de otros». (_Obras morales_, vol. -3.) Montaigne suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y -tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más -excelente animal está más próximo del hombre menos inteligente, que -éste último de otro hombre grande y excelente». (_Ensayos_, vol. I. -cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, los -psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad humana; ella será en el -porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne. - -Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de -su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre -unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por -inferioridades ó excelencias. - -Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte -los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco -interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la -pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren -los moralistas; no merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni -la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden -estudiarse. Son los puntales de la mediocridad, constituyen un régimen, -representan un sistema especial de intereses inconmovibles; ellos -subvierten la tabla de los valores morales, falsean nombres, desvirtúan -conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es -lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración una -imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez... - -Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su -insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados -de ese impulso que se resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que -es la vida misma, la complicidad del régimen suple muchas lagunas de -sus biografías, disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de -la gloria entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje -mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato y conserva el nombre -del retratista; y cuando sus lacayos le costean un bronce, debajo del -verdín que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, como si -un pudor incontenible lo encendiera internamente. - -Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección, -ciegos á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é -insuficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y -el idiota; hay, también, una rica literatura consagrada á estudiar el -genio y el talento, amén de que historia y arte convergen á mantener -su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el -genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre común, el -que nos rodea á millares, el que prospera y se reproduce en el silencio -y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no asombra al observador, -pero su conjunto es omnipotente en ciertos momentos de la historia: -cuando reina el clima de la mediocridad. - -Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los -cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de -Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas -mismas de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios -al transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene -la firmeza del que sólo confía en su propia mano para consumar la -obra. ¿Por qué no tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de -autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué -sirve? - -La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la -psicología y de la moral. - - -II.--DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE. - -La mediocridad es una ausencia de características personales que -permitan distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos -un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir -cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil -genios en un Concilio y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras -la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las -opiniones colectivas. - -Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no -existe. No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y -sus cambios opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales, -distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; -el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir. - -Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales -graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos -extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares, -coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos -allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó -dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el -torbellinesco espíritu de Pascal. - -Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre -medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado _in medio stat -virtus_. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres -mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio -de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto -de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real. - -Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis -estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la -«edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el -Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu -humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación, -es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana -sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en -sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal -concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como -una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al -culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente, -de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre--decimos -ahora--es un animal que evoluciona en las edades más recientes del -planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección -en volver á sus formas ancestrales. - -El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado -ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos -los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre -equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una -complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir -á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos? -El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con -la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo, -sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y -los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más -los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la -normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia -del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este -grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil, -acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á -todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios, -resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su -mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se -derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y -no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa -equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre -equilibrado y del genio desequilibrado.» - -En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre -opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es -capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso -un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran -diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta -presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el -hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores. -Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y -estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus -costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal -doméstico.» _Fruges consumere natus_, que dijo el poeta latino. - -Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del -«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía, -ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida -honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus -concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora -todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas -líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine -contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte, -Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un -ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los -dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas -mundanas. - -Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó -estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud -para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería -la inclinación á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería -á «burgués», por contraposición á «artista»; Flaubert lo definió -como «un hombre que piensa bajamente». Juzgada con ese criterio, su -personalidad parece detestable. Tal resulta en la magnífica silueta de -Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó á admirar Rubén -Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del -mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será, -entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se llama -un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que es -justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es -justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por -carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier -estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, -absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. -No habla nunca; repite siempre. Juzga á los hombres como los oye -juzgar. Reverenciará á su más cruel adversario, si éste se encumbra; -desdeñará á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su criterio carece -de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son -oficiales. Esa definición descriptiva,--análoga á las que repitiera -Barbey D'Aurevilly--, posee muy sugestiva elocuencia, pero no es -satisfactoria. - -El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo» -de Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués» -antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es -reconocerlo, tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto -de vista psicológico y social; conviene buscar una más exacta é -inequívoca, abordando el problema por otros caminos. - -No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que -pueden englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones, -simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres -humanos, la «etología.» Los antiguos fundábanla sobre los -temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de -ciertas funciones psicológicas. - -Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial, -son insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño -humano, el rango de los hombres que lo componen resulta siempre -«relativo» al conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del -problema. Cada hombre es el producto de dos factores: la herencia y la -educación. La primera tiende á proveerle de los órganos y las funciones -mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es -el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el -individuo está obligado á vivir. La acción educativa es una adaptación -de las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: una continua -aclimatación del individuo en la sociedad. - -El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta -que empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á -reconocer entre éstos á sus semejantes. Su experiencia individual -es, entonces, coadyuvada por las personas que le rodean, tornándose -cada vez más decisiva la influencia del medio. Desde ese momento -evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan -mediante la imitación. El hombre incapaz de imitar no alcanza cierto -nivel, permanece «inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si -la imitación desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la -formación de la personalidad, actuando por un verdadero mimetismo -social, la invención produce, en cambio, las variaciones individuales. -Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es evolutiva y se -desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden inventar ó imitar -de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta -capacidad congénita, recibida mediante la herencia psicológica. La -adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio entre lo que -imita y lo que inventa. - -La variación individual determina la originalidad, rompiendo las -coyundas de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener -un carácter propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin, -de que no se vive como simple reflejo de los demás. El símbolo del -hombre mediocre es la paciencia imitativa; del hombre superior, la -imaginación creadora. El mediocre aspira á confundirse en los que le -rodean; eso lo sobrepone al inferior inadaptable. El original aspira á -diferenciarse de los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes -ó en acción. Mientras el mediocre se concreta á pensar con la cabeza de -la sociedad, el original aspira á pensar con la propia. En ello estriba -la desconfianza con que es mirado por los mediocres: nada les parece -tan peligroso como un hombre que aspira á pensar con su cabeza. - -Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su -medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia -biológica, la imitación social y la variación individual. - -Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para -adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é -insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de -los hombres inferiores. - -Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que -los rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición -inherente á todo hombre mediocre. - -Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere -variaciones propias, una «personalidad individual»: patrimonio -exclusivo de los hombres originales. - -Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres -inferiores, hombres mediocres y hombres superiores. - -El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las -tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para -la imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad -no se desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por -debajo de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera -de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad -para pensar como los demás. - -El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia -imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, -reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente -útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma -de la especie», el mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su -característica es imitar á cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena. - -El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es -original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de -su propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del -«alma de la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la -sociedad», constituyendo las aristas singulares del «alma individual» -que lo distingue dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas -formas de perfección: piensa mejor que la sociedad en que vive. - - -III.--FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD. - -Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el -equilibrio social: poco importa que ellos se cuenten por millares y -los idealistas en dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el -valor de la luz. La infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no -sería dulce si el acíbar no enseñara á paladear la amargura; admiramos -el vuelo del águila porque conocemos el arrastramiento de la oruga; -encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de -la serpiente. De igual manera todo hombre posee un valor de contraste, -si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la infinita -evolución del protohombre al superhombre. El mediocre, peldaño social -entre el imbécil y el genio, representa un progreso comparado con el -primero y ocupa su rango si le comparamos con el segundo. Si fuera -inútil no existiría: la selección natural habríale exterminado. Ello -no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al momento en -que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras para el -estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en -el diccionario; el estilo es una originalidad individual. - -Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere -su escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral -individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo -hasta Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original; -la historia del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á -innúmeros secuaces que los imitan. - -Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran -una justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste -eterno entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se -traduce por la lucha entre dos grandes actitudes que agitan la -mentalidad colectiva: el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu -original ó de rebeldía. - -Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la -humanidad en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y -los otros en todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles -interpretan mejor la vida. No es factible un vivir inmóvil de gentes -todas conservadoras, ni lo es un instable ajetreo de rebeldes é -insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún sendero -digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas sean igualmente -imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la preferencia una -actitud conservadora? La originalidad necesita un contrapeso robusto -que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á los hombres -metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos sociales -más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los organismos, -los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén; en vez -de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores en una obra -única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no -podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien -rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la -vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse, -ambas partes debieran advertir que ninguna tendría motivo de existir -como la otra no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al -revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base para la -tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo. - -Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como -arguye el pensador español, su justificación estaría hecha. Ser -mediocre no es una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que -sacan á su vida el mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus -cortos días sobre la tierra, sin preocuparse de sus prójimos ni de las -generaciones posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo? ¿Pecan, tal -vez, los que no piensan en sí y viven para los demás: los abnegados y -altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio ajeno, -renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como suele ocurrir? -Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle cierta parte -de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente, -pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones -venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas -trabajaron las pasadas. - -Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo -nada podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen -un valor moral. Cada individuo habla el idioma de su conveniencia -inmediata; pero el moralista usa otra lengua y sus juicios de valor -traducen conceptos colectivos que califican la conducta individual. -Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de otra manera; -tiene tanta culpa de su delito el asesino como de su creación el genio. -El original y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el -bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á pesar suyo; no lo serían -si el equilibrio de la sociedad lo impidiese. - -¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y -á los héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que -piensan en el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á -Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los -aplaude porque tiene una moral, una tabla de valores que aplica para -juzgar á cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias -particulares, sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada -época la medida de lo excelso está en los ideales de perfección que se -denominan genio, heroísmo y santidad. - -Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope función que -desempeñan en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que -importe un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su -ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de -los mediocres, asignándoles una función moderadora, como si estuvieran -destinados á contener el impulso creador de los hombres superiores y -las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. Para toda -mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad -ve una evidente ingratitud. El mediocre es útil; con un poco de -benevolencia podría concedérsele esa relativa belleza de las cosas -perfectamente adaptadas á su objeto. Es el fondo de perspectiva en -el paisaje social. De su exigüidad estética depende todo el relieve -adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales -de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si no -fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas -personales: éstos viven esperando--con encantadora ausencia de ideas -propias--los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El -rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales; -pero su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas -convenientes al bienestar social. Su gran culpa consiste en que se -le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso. Su -inteligencia es un espejo en que se reflejan todas las similares. Á -pesar de todo, es necesario; constituye el público de esta comedia -humana en que los hombres superiores avanzan hasta las candilejas, -buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta decir con fina -ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se encuentren reunidos -en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del -derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.» - -Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, -como el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental, -confundiéndolo con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa -su posición ecuánime. Individualmente considerado, á través del -lente moral y estético, el hombre mediocre es una entidad negativa y -deleznable; tomada la mediocridad en su conjunto, las sociedades pueden -reconocerle funciones indispensables para su equilibrio. - -Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible -sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de -conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde -mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, -no rompe, no encendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón -de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, -defendiendo ese capital común contra el acecho de los inadaptables. -Su rencor á los creadores compénsase por su resistencia á los -destructores. Los hombres mediocres desempeñan en la historia humana -el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan -y transmiten las variaciones más útiles para la continuidad del -grupo social. Constituyen una fuerza destinada á contrastar el poder -disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones atrevidas -de los visionarios. La conexión del conjunto los necesita, como un -mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento no es el -mosaico. - -Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los -que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría -estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse -el progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida -por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía -mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las -conquistas de los originales; la utilidad del mediocre está subordinada -á la existencia del superior, como la fortuna de los libreros estriba -en el ingenio de los escritores. El «alma social» es una empresa -anónima que explota las creaciones de pocas «almas individuales», -resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores. - -Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las -rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas -de ideales concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño -social va ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente -conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; -y éstos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su -retaguardia. Lo que ayer fué ideal contra una rutina, será mañana -rutina á su vez, contra otro ideal. Indefinidamente. - -Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres, -dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan -su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores -igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se -complementan en la evolución social, magüer se miren con adversaria -oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos -interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada -por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente -removibles, detendríase sin el uno y se interrumpiría sin las otras. - - -IV.--LA VULGARIDAD. - -La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos -comunes. La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse -un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de -los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á -las domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio, -la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; -sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á -las originalidades é insensibles á las emociones; ignoran la quimera, -el anhelo y la pasión. Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan -que hay cumbres más allá de sus horizontes. - -El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles -timoratos é indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de -iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la -nuca. - -Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo. -Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no -delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento. - -No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque -ignoren la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios -siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo -una tierna caricia, ni avalancharse de indignación ante una ofensa. - -No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en -la opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad -se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. -Trocan su honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un -peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar -la verdad frente al error de una turba. Su cerebro y su corazón están -entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado. - -Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número obvía su -febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á -cuantos no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan -encadenar su mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas -hay en que el equilibrio social rompe en su favor; los ideales se -agostan, la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase refractario á -todo afán de perfección. Los hombres mediocres tienen su primavera -florida: hay un clima de la mediocridad. Los estados conviértense en -mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan el nivel de moral -y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es -respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad, tiene que luchar -contra la rutina de los cerebros mediocres; si un santo persigue la -virtud, se astilla contra los prejuicios morales del hombre honesto; -si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó armonías, ciérranle el -paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado -quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las dogmáticas -hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso de -energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora -atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, -la turba de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de -perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el -destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una -raza ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten -é intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios -arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del -Santo Oficio. - -La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación -de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en -los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase -que es una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se -vulgarizan cuando reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en -las generaciones ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas -primitivas. Habrían sido perfectamente adaptados en sociedades -salvajes, pero carecen de la domesticación que les confundiría con -sus contemporáneos. Se puede ser rutinario, honesto y manso, sin ser -decididamente vulgar; el mediocre conserva una dócil aclimatación en -su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento de los estigmas comunes á -todo ser gregario; sólo aparece cuando las sociedades se desequilibran -en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo innoble. -Ningún ajetreo original la conmueve. Desdeña las dignidades altivas -y los romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra -muda, su mirar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de -las estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las alas. Es la -inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen -gusto; es el altar donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo en -servirle de monaguillo. - -La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos -de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su -mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla -inoportuna en la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el -encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión -luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea -y nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita -en las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son los defectos -físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de pensar y de -amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de la -vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida -ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza -y, en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en -circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos, -épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde -su palabra memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta -sublime. - -Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que -transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á -todos los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase. -Los hay en todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce -un recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que -entre la escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos -y en las cárceles, en las universidades y en los pesebres. En ciertos -momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como si la urgencia -de satisfacciones inmediatas pudiera confundirse con el afán de -perfecciones infinitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca. - -Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á -gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad -es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor -perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre -dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una -adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan -la honestidad misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la -reblandece. - -Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que -les indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de -sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad -del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus -prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no -fecundado por la pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero -bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el -mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el -ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un -cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida. - -El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un -comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, -de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad -transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en -cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva -á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, á la -simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que -conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos instintos y -sin otra aspiración que el hartazgo. - -En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, -los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á -purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto -á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los -santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando -ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en -las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede -soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento -de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna; -dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos; -encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la -vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar -de sus fuentes sea opacado por el limo. - -En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, -la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo -infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, -sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían -las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las -sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su -pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero, -y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos -por aquélla. Así--, resistiéndolos, como las velas al viento--, los -rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es -la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías -propulsoras. - - - - -LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL - -I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.--II. LOS ESTIGMAS -MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.--III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE -BOTTICELLI.--IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA. - - -I.--EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA. - -La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de -los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una -es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su -órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar -espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno -por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda -innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La -ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud -misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los -resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las -clases incultas. - -Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que -viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio -social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con -substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia -para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas. -La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de -renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia -aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad -aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que -al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina -percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las -mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no -agitarse por torpes acciones. - -Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios, -exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos -poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan -los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede -sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero -en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. -Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente -suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan -y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles. -Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa, -extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los -prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan -á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma -los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial -involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo -iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la -inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la -atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha -visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un -ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad -que el talento. - -Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por -el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como -reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del -conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata -como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del -juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los -creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión -ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más -severa, ó la de sus iguales. - -Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de -razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora -parece que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo, -como lo fué otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace -instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad, -incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un -cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen -de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo -no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto á una madona -del Angélico ó á un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran ante -cualquier escaparate donde haya oleografías de bailarinas españolas ó -coroneles americanos. - -Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la -más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, -la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre -de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de -meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y -cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su -ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil -para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos -jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura prodúceles -efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre -centones absurdos; gustan de los más superficiales, de ésos en que nada -podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos -para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental; -ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que -asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición -darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar -no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un -pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal -digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento. - -Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de -tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria -tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son -la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia -cabeza, renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del -resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad -que en llegar á ella». - -Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, -abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman -ideales á sus prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin -advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón, -opiniones sin juicio. Representan al sentido común desbocado, sin el -freno del buen sentido. - -Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de -ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza -la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert, -insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte -tiene en la vida real. Homais y Bournisieu son sus prototipos; es -imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del -boticario librepensador ó la casuística untuosa del eclesiástico -profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser -tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones -para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido». - -Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana: -resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, -egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo, -en una escena que á todas luces simboliza el desbordamiento villano -de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores -españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería, -hanse tornado apologistas del grosero Panza, oponiendo su bastardo -sentido práctico á los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien -lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera -un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene -ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el -uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza -y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió -Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el -conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la -evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero: -«asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe -el curso de la vida»; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta -convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo -es cristalino. La moraleja no lo es menos: frente á cada forjador de -ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el -advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de -la rutina. - -El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los -pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme -embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los -proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos -equivalentes de un mismo celo dogmatista. - -Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena -á serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus -opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que -busca una verdad ó persigue un ideal; los negros queman á Bruno y -Servet, los rojos decapitan á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia -de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el -que la enciende». La tolerancia es virtud suprema en los que piensan. -Es difícil para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo -de equilibrio ante el error de los demás; enseña á soportar esa -consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que -ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar el valor -de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud -propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace -estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce. - -Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose -cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la -verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios. -Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que -se negaron á mirar el cielo á través del telescopio, temiendo ver -desbaratados sus errores más firmes. - -En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus -prejuicios son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa -ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures -que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio -y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus -cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por -ellos, agradecidos á ese favor. - -En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los -rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de -la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden -la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la -complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman -sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y -conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda -opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa; -la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en -todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando -eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes, -conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos -conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu -los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de -no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda -del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que -lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores -hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten -perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se -corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los -clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver -planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen -aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana -vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen -la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si -intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas -elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas -que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar -vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos -les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la -pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace -crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de -hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia -la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos -palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que -se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y -halagan sus prejuicios. - -Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos, -como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el -Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á -guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus -calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas, -amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. -Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los -primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla -y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen -explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno -del cuerpo. - -Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas. -Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos -ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia -desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de -Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es -imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos: -trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes -más altas de la física. Galileo. - -Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros -conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio» -en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la -curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo -de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la -naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida -entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está -siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es -propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y -encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. -Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido -común, es decir, un original ó un genio--que en esto se parecen--, -puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y -no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un -audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara -suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la -brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace -girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo. - -En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á -que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de -perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos -y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la -disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer -en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las -tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus -rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan. - - -II.--LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD. - -En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del -cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. -Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo -concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo -sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. -Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos -concebirlo.» (_Pensées_; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no -piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier -hombre satisfecho de su mediocridad. - -Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por -adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no -adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta -soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede -atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase -que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio. - -El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades -busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica -los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la -Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus -actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la -fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas -vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por -Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades. -Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma -social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en -la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto -de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta -un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente -elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas -pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. -Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo -á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la -respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos -á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo -ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. -Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre -la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen -descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la -flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, -la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso -de los hombres--Sócrates--bailaba.» Esta aguda advertencia de -Montaigne, en los _Ensayos_, mereció una corroboración de Pascal en sus -_Pensamientos_: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles -con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos -sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. -Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y -divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más -filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que -renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir. - -Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia -tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de -méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias -superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos -suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos -naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas -de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no -pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles -nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; -los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud -es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la -existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la -modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los -bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un -tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser -original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni -desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el -hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo -que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, -estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar -sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula -de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de -los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, -son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen -genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar -á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo -mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las -úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la -falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de -Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa. - -Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; -confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando -los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: -llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener -ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á -cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar, -como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden -la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque -comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas -del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con -frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la -apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia -todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien -veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que -vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer -capítulo de los _Caracteres_ parece referirse á ellos La Bruyère, en -un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un -manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta -que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los -presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por -la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la -obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar -por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no -les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. -Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de -estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á -toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la -gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil. - -Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que -matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por -distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale -á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, -suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á -cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden -adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados -que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie -de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria -entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las -palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con -un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no -comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias. -En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se -convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse -esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya -cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden -á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y -sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; -tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema -gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los -puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la -única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus -contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo. - -La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y -obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro. -Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin -soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres -que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los -elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina. - - -III.--LA MALEDICENCIA. - -Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso -de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y -á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como -los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes -excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas -por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia -de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los -imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían -justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio -y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y -ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el -bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que -prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son -acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa. -Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del -rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores. - -Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden -tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el -paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y -nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran -con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; -la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno. -Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar -que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para -distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita -del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en -la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena. - -Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: _La calumnia_ -invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de -los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli--no -lo dudemos--quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la -víctima: en su encono está la medida de tu mérito... - -La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame -gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía -la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo -implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través -hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, -la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella -levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia -divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, -en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas -orejas á la Ignorancia y la Sospecha. - -En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito -por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que -desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» -invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el -amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.» - -Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren -la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta -es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es -subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador -desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se -aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se -encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra. - -Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, -en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á -todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con -recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á -puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es -una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos: -sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más -equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son -calificativos pavorosos. - -Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad -de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, -diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar -de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad -del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de -una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, -está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma, -pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, -contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente -con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á -la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro -y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes -íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que -asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la -boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de -lengua, un estilete. - -Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una -injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los -riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester -temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras -menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan -su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores -imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de -practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la -acción rectilínea. - -Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, -pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. -Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con -la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede -tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con -la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia, -una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad -y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con -precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una -sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad -urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la -complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo -perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina -que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que -el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen -malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan -de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se -alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no -se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son -más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen -los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico -indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida; -el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No -lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo -de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna -contra una estrella. - -El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua -centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la -traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por -su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en -sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran -los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, -aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á -ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían -terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares -comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando -tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas -que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura -entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco -de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin -vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su -andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado -medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y -de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira -convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad -de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. -Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no -sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de -sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la -mediocridad. - -El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente -la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La -maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. -Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen -espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien -los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más -alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su -propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia -tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos -pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran -una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa: -es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de -acuñarla. - -Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos -autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del -_Tartufo_: - - «Ceux de qui la conduite offre le plus á rire. - Sont toujours sur autrui les premiers á médire.» - -Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste -con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es -inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar -dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta -ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola, -adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de -la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué -evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais? - - -IV.--EL ÉXITO Y LA GLORIA. - -El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola -finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, -ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un -triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en -los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre -es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose, -reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose -en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito -se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone -dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta, -sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la -intriga. - -El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando -la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la -lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar -solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la -esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria -es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce -porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición -de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El -mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito, -indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio, -en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si -fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño -accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el -peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre. - -Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la -mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean -conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe -temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. -Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los -obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el -mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra -él con energías inagotables, hasta despejar su camino. - -Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera -vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El -espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande -ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un -cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción -del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer -amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana. - -Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se -retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un -abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos -retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro -que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre -superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese -pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos. - -Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un -accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple -elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la -conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo -mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta -embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos -los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa -ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender -sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre -hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces, -por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol -espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive -de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá, -se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior -siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira -reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil -si supiera que le tienen por tal. - -Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben -que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se -sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan -de un éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos -mismos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, -un impuesto de admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine -conoció el goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel -de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor oyendo sus -melodías en los labios del transeúnte que silba para darse valor al -atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que -fué una de sus grandes voluptuosidades oir sus versos recitados por -mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha -el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es -común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta -la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los -biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió -á contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar -su novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, -las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies, -temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres. - -El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la -estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña -incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, -es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral. -El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra -las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del -corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo. - -La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de -la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda, -esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al -común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente -reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de -artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por -eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí -inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y -artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es -lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude -á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata, -aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su -entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de -tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles -ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de -la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la -celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un -estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó -traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida -á sus propios funerales. - -Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la -gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al -caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso -vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la -dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la -ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola -ficha. - -En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso -pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una -butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito -no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda -preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas -transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La -fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo -que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna -vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor -sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz. - -Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su -error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una -suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras -sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el -acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador -mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don -Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de -dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de -frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla -hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí -una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada -más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres. -Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria -secretos. - -Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les -rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa -amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los -genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, -puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la -historia. - -La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles -en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico -que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria -es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado -en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, -suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un -ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: _vitam impendere -vero_. - - - - -LA MEDIOCRIDAD MORAL - -I. EL HOMBRE HONESTO.--II. LA MORAL DE TARTUFO.--III. LOS TRÁNSFUGAS -DE LA HONESTIDAD.--IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL -CEREBRO.--V. LA SANTIDAD. - - -I.--EL HOMBRE HONESTO. - -La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el -vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, -abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La -honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al -segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar -la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado -ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario. -Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología -social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales -extinguidas. - -Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y -de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene -disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se -puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello -con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es -indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la -virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común -de los mediocres morales. - -La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste -activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección -futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El -honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel -moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien -practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal. - -Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral -con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan -irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las -aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á -asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le -castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera -sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse. -La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo. - -La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es -democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la -virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio. - -El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, -toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los -prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las -variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original -de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de -la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, -eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el -mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por -incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de -los demás equivale á pensar con cabeza ajena. - -La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la -honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El -mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el -zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso, -ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una -virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica. - -Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol -de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los -corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á -las espinas; los virtuosos saben que es necesario acometer las más -punzantes para coger las flores mejor perfumadas. - -El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á -éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los -mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, -«cordura» y «moral» son los nombres que él reserva á su propia -mediocridad. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el -virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta -calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad... - -Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras -de vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con -frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por -simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal. -Enseñan que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser -mejor. Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos -al rebaño, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía -del propio ideal para complicarnos en la merienda ajena. - -La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento -moral tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás -virtuoso». La honestidad está al alcance de todos; la virtud es de -pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan -sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe -de ala. La mediocridad moral es una resignación: simple falta de -iniciativa, muchas veces, para practicar el mal. - -La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No -hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo -al castigo y el codicioso que las estimula por la esperanza de una -recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con -los prejuicios sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla ante -un peligro es indigno de nombrar la virtud: por ella se arriesgan en -la proscripción ó la miseria. No diremos por eso que el virtuoso es -infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones -espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una -lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El -que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera -pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni -se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con -la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados. - -Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á -la virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado -el culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más -segura del descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre -se afrenta al superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los -espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad y la firmeza á -fuerza de transigir con el servilismo y la hipocresía. - -Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse. -Stendhal reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene -agregar que no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de -los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos -para todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda permanecer -ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' on appelle les honnêtes gens: -c'est hideux», decía Talleyrand, preguntándose qué sería de los -hombres honestos si el interés ó la pasión entraran en juego. Su temor -del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen; son simples -beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. Llaman mérito á -su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero -no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales; -no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan -vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero -no cooperan al común engrandecimiento. - -Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres--propia de mentes -rutinarias y de caracteres domesticados--, existe una heráldica moral -cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la -tímida obsecuencia á los prejuicios que paraliza el corazón de los -temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la platitud -sentimental que caracteriza la irrupción de todas las burguesías. La -virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere -en la intención y en las obras. No la hay cuando los actos desmienten -las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso -la mediocridad moral es más nociva en los hombres conspicuos y en las -clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su verdad, el filósofo -que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna, descienden -á la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables que -el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y -del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para -consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección -es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que -revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su -alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la -honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral. - - -II.--LA MORAL DE TARTUFO. - -La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer -los escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación -del mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de coraje para -asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos -mediocres, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles -cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen á inmediaciones de las -ciénagas. - -Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo. -Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus -intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el -eslizón. Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos, -vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente -su moral: implica siempre una simulación de la virtud. - -Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto -énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el -valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus -acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran -embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban -con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen -un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas -de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el -ropaje social de la mentira. - -Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades -que considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta -en su escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento -intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los -sujetos de moralidad indecisa simulan el talento moral, soslayando de -esmerilada virtud su honestidad insípida. Los caracteres hipócritas -ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen -el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios -convencionales. - -Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse -de ella mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres -respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría -acercarse á ellos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar -en desprecio la estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide -por la distancia á que se les contempla. Pero el psicólogo reconoce -al hipócrita. Ciertos rasgos distinguen al virtuoso del simulador; -mientras éste es un custodio de los prejuicios que fermentan en su -medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse á ellos. - -Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede -ante las arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar -el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de -marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en -aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada -Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su Judas. - -La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar -en su honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su -hipocresía es un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan -la moral colectiva. Su culpa está en agitarse dentro de su basta -condición, pretendiendo parodiar á los virtuosos. Chapaleando en los -muladares de la intriga su honestidad se mancilla, rueda al vicio y se -encanalla en pasiones innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos -los rencores. Supone simplemente honesto, como él, á todo santo ó -virtuoso; no descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo, -no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores, -pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades, -desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra, -ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y amor á -los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por -escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el -más cruel de los suplicios. Es su castigo. - -El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se -distinguen la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina -lealtad del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia -palabras que son un estigma ó un epitafio; pero su rugido es la luz de -un relámpago fugaz y no deja escorias en su corazón, se desahoga por -un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un -exceso de fuerza plástica cuya función regeneradora cura prontamente -las más hondas heridas y trae el perdón. La juventud tiene entre -sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo -las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud de -borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan -imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la -hipocresía es la tintura de esas canas morales. - -Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas. -Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un -hueco armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para -conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las -que afirman el dogma del purgatorio y ofrecen redimir las culpas -por dinero. Su aritmética de ultratumba le permite disfrutar más -tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una -actitud y no un sentimiento, es una mueca que oculta intenciones -malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en -los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los -hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los -mandamientos. - -Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones -abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es -el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por -eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del -género, cuya creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos -de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto -á quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda -su familia. Cleanto, un joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo -consigue que Orgon expulse de su hogar á ese mal hijo y se hace legar -sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte de su huésped. -Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna á celebrar con -Tartufo una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. El hipócrita, -creyéndose solo, expone los principios de su casuística perversa; hay -acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas -contabilidades; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la -conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las -doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega: - - _En fin votre scrupule est facile à détruire: - Vous êtes assurée ici d'un plein secret, - Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait; - Le scandale du monde est ce que fait l'offense - Et ce n'est pas pécher que pécher en silence._ - -Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. -La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de -las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta -ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron -virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de -un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está -siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas -religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos -en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección -en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo -apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas -horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta -formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos, -irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer -en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros. - -El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán -como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los -pasajes pertinentes del _Sartor Resartus_; por ellos admira á Carlyle, -tanto como otros por su culto á _Los héroes_. El respeto de las formas -hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes; -hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus -adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados -á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á -los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices -individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda -animadversión á la verdad. - -La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, -aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una -mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, -toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando -á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la -cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios -del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como -la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, -la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha -escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero -jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea -cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la -opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular -á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El -que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la -propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. -Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la -virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es -mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á -adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de -todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos, -de todos los cómplices de su mediocridad. - -El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que -dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta -al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con -mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos -naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo -y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan -las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte -é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su -contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que -le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el -descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. -Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella. - -El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. -Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar -en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los -envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la -temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de -tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto, -ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica -en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan -de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al -hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de -creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no -tiene por qué ser leal con la mentira. - -El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas -vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el -precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida -se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta -honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de -las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á -ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, -quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que -tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar -el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que -ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con -desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna -parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y -el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á -desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio -que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (_Od._, -IV, 9, 29.) - -No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. -En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad -y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su -mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse -con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, -diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero, -por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus -juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de -su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los -prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia; -prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño, -avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el -flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más -leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su -rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente -á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á -estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos -venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles. -Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público; -traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita -sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su -capa. - -Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su -recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con -las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse -en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe -sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí -mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen -hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad. -Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de -su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se -repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose, -atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión; -viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á -la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el -velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los -hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten -la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo -y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer -en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad -por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una -industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si -tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las -suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte -su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una -empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho -del hambre ajena. - -Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades -indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante -las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan -consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para -enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son -poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar -una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su -cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, -desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin -ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas -que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores -más delicadas. - -Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, -hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror -ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar -en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino -remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo -la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es -hija del orgullo. - -Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la -sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la -delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible -al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo -precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre -digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por -los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna -despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso. -Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme -verse desenmascarado por los sinceros. - -Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el -naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos -matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de -dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; -los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos -escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose -moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes -materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan -al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á -su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde -hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede -sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen -á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y -su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por -vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda -dignidad. - -Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora -las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene -amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los -hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre -dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio -inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El -gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad -de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El -hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre -acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su -propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera: -«En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los -que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices, -buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por -Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero -se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para -traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus -y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre -el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento -ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser -capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á -su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece -despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de -méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero -permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó -de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca -amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando -que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en -los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las -determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los -méritos que la inspiran. - -Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas -del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, -sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que -da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,--virtud -de elegidos,--esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los -corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. -Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad -sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no -practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á -ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir -á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo -honesto aunque practique la ingratitud. - -La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en -lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de -pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, -casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor -convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas -efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece -inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos -natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores. -Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si -el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos; -pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las -abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al -vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no -está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral -para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas -aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno -solo sin tener marido. - -No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos -catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras -exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en -la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas -para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. -Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza -plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no -advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de -arte. - -El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral. - - -III.--LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD. - -Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se -refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la -mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por -leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el -crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en -el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia -gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el -peligro de la conducta acomodaticia y vacilante. - -Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian -la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben -simular, agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no -puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden -sus guerrillas, desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya -custodia obsesiona á los mediocres. - -Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. -Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de -que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es -de crimen; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el -delito. En los otros, en cambio, toda perversidad brota á flor de -piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la -hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los -honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes -se han decidido por el infierno, embistiendo sin escrúpulos ni -remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la sociedad -les opone. - -Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral, -olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, -vicioso, honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del -grupo, variable en el tiempo y en el espacio. La «moral» no es una -realidad, no tiene existencia esotérica, como no lo es la «sociedad» -abstractamente considerada. - -El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos, -objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en -nuestro juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y -apuestan «á cara ó cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro, -lo mismo que la cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al bien -ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética son juicios elementales -que acompañan á los conceptos de útil y nocivo, son movedizas sombras -chinescas que los fenómenos reales proyectan en la psiquis social: -calificaciones que ella hace de fenómenos indiferentes en sí mismos. -Esa calificación se transmuta continuamente, transformándose sin cesar -el bien en mal y viceversa. - -Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo -al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y -en cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como -buenos ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los -actos individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En -cada momento histórico ese criterio medio es la subestructura de la -moral, variable siempre. - -Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro -espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos -en el error de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus -fórmulas, aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta, -son conceptos efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma -y subvierte cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es -honesto ni delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad -en que se produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida -se transforman, modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su -interpretación. - -Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los -delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la -moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen -el «alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen -de la mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, -cuyas variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el -sentido de la perfección. - -Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan -en su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo -se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un -infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la -infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven -acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la -fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las -miserias ambientes. - -Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la -vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, -llevando sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino -involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta á -sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas -de un complejo determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en -ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las -deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil -circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia. -La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles -de todo sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los -vinculan al solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una -moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los -clarores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas; -fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas, -retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente -contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta características -del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La -imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano -horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos -de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra -legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia. - -En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del -delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su -conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles -de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda á la cárcel. -No son delincuentes ante la ley, pero son incapaces de mantenerse -honestos; pobres espíritus, de carácter claudicante y voluntad -relajada, no saben poner vallas seguras á los factores ocasionales, á -las sugestiones del medio, á la tentación del lucro fácil, al contagio -imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre -el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados -minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora -son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen -á medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta -antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al -borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de -moralidad incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan -las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de -interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerando. Carecen -del equilibrismo oportunista que salva del naufragio á los hombres -mediocres. - -Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á -los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del -temperamento nativo; son los delincuentes natos ó locos morales, -incapaces de organizarse una personalidad mediocre y mantenerse -honestos; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la -sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida, -fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la -vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres -desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de -comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha -errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, -una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el -cartabón aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos -para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo -carácter traduce la ausencia de sólidos cimientos que los aseguren -contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa -inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten -la coerción del rebaño; su moralidad inferior chapalea en el vicio -hasta el momento de rodar al delito. - -Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son -antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en -su gran mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad; -paralíticos de la voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia -ó del sentimiento, son animales descarriados de la grey humana, -condenados á vegetar una semivida cuyos más nobles resortes están -enmohecidos. En muchos de los segundos, en cambio, la incapacidad -de adaptarse á la mentalidad social se traduce por una conducta -delictuosa; el animal no se limita á aislarse del rebaño, se rebela -contra él, compromete el orden de cosas establecido para salvaguardar -la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes siempre, -siniestros con frecuencia. - -Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años, -dilatando pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva -patología mental. Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban -la existencia de innumerables variedades que hoy pueblan la zona -del desequilibrio y la anormalidad, fluctuando desde la demencia y -el delito hasta la avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos -intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el difamador. No -caben ellos en el marco de la mediocridad; su incapacidad de imitar -á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina social, -impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye «el -rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos -inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices -son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la -naturaleza. - -El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no -les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un -complejo armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través -de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una -horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la -acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación -aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de -la cuchilla subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante -presteza contra el corazón ó la espalda; otros deslizan furtivamente -su ágil garra sobre el oro ó la gema que tientan su avidez con -seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes, -los obstáculos con que la prudencia del mediocre custodia el tesoro -acumulado en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos -denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de -su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; -muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles aritméticas -de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad -en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan -conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la -ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de -su parasitaria función antisocial, idénticos todos en la inadaptación -de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos una inveterada -complicidad de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia -una pústula, arrastrándolos á malvivir del vicio y del delito. - -Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad -biológica ó social, encontramos una pincelada común en todos los -hombres que permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud -constante para adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad -humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite -al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la -sociedad en que vejeta. - - -IV.--LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO. - -La honestidad es una imitación; la virtud es una originalidad. -Solamente los innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier -ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas, -incorporando á la honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y -siempre rebajándola. - -Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de -ser honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la -virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es -inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en -variedad, en originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos -prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel. - -Ser honesto implica someterse á las convenciones corrientes: sírvele de -maestra la hipocresía. Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas, -exponiéndose á que los honestos consideren enemigo de toda moral al -que lo es solamente de sus prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera -adulado á sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada -por su condena y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería -Sócrates. Su virtud consistió en resistir los prejuicios de los demás. -Si viviéramos entre dignos y santos, la opinión ajena podría evitarnos -tropiezos y caídas; pero es cobardía, viviendo entre mediocres, -rebajarse al común nivel por miedo de atraerse sus iras. Hacer como -todos, puede implicar hacer lo indigno; el progreso moral tiene como -condición adelantarse á su tiempo, como cualquier otro progreso. - -Si existiera una moral eterna--y no tantas morales cuantos son los -pueblos--podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado -de frutos del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el -bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, -el moral y el inmoral. Pero no es así. Los juicios de valor se -transforman: el bien de hoy es el mal de ayer, el mal de hoy es el bien -de mañana. - -No es el hombre moralmente mediocre--el honesto--quien determina las -transformaciones de la moral: él vive perfectamente adaptado á los -dogmatismos corrientes en su medio. - -Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores, -apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, -las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de -esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben -y practican perfecciones inaccesibles al hombre honesto. En eso -consiste el talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que -crea la santidad. Sin estos hombres originales no se concebiría la -transformación de las costumbres; conservaríamos los sentimientos y -acciones de los primitivos seres humanos. Toda evolución moral es un -esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte -condescendencia de la mediocridad para con el pasado. - -La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales é -intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros -sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la -formación de los criterios morales. El hecho es más notorio en las -sociedades que en los individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si -resucitase un griego ó un romano, su cerebro permanecería atónito ante -nuestra cultura intelectual, pero su corazón podría latir al unísono -con muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, -el hombre y las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus -sentimientos ajustaríanse en gran parte á las palpitaciones del sentir -moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la -filosofía: los sentimientos centrales de la moral colectiva sólo sufren -leves oscilaciones, porque los atributos biológicos de la especie -humana varían lentamente. Nos fuerzan á sonreir los conocimientos -infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven, sus -virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos parecen honrados -por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, como -ahora, los hombres de ideas más opuestas practicaban análogas virtudes, -frente á la mediocridad de su tiempo. El fondo sentimental no varía; -lo que se trasmuta incesantemente es la forma intelectual que lo -transforma en juicio de valor, dándole fuerza ética. - -Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que fueron antes -virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento -histórico las virtudes coexisten con los prejuicios; el talento moral -practica las primeras; la honestidad mediocre se aferra á los segundos. -Los grandes virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra prejuicios; -son sus enemigos al predicar una elevación moral en la forma que su -cultura y su temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos, y -partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar -las virtudes en sentido propicio al enaltecimiento del hombre: son -igualmente enemigos de los prejuicios de su tiempo. - -Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad opone demasiados -obstáculos á su esfuerzo. Pensar el porvenir no implica practicarlo -totalmente; basta la firme intención de marchar hacia él. Los que -piensan como profetas pueden verse obligados á proceder como filisteos -en muchos de sus actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que se -concibe como perfección potencial; nunca llega á ser la perfección -misma. - -La evolución moral es lenta, pero segura. La virtud arrastra y enseña; -los honestos se resignan á imitar alguna parte de las excelencias -que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que -nuestros abuelos, sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra -moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos. -Sobre necesidades materiales, perennes en la especie, organízanse -conceptos de perfección que varían á través de los tiempos; sobre las -necesidades transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de -virtud más útil á su progreso. Mientras el ideal absoluto permanece -indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos -enteros, el concepto concreto de las virtudes se va plasmando en -las variaciones reales de la vida social. Los mediocres practican -rutinariamente la honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por -mejorarse; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que -se alejan sin cesar, hacia el infinito. - -Sobre cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana puede -florecer una virtud, una forma de talento moral. Hay filósofos que -meditan durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida -en los laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus -conciudadanos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio -su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus -hijos. El hombre mediocre no conoce esas virtudes: se limita á ser -honesto, adhiriendo á todas las hipocresías, cumpliendo las leyes por -temor de las penas que amenazan á quien las viola, trabajando con afán -de lucro ó sed de vanidad, guardando la honra por no arrostrar las -consecuencias de perderla. - -Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son -la inferioridad, la mediocridad y el talento,--aparte del idiotismo -y el genio, que ocupan sus extremos,--hay también una jerarquía -moral representada por términos equivalentes. En el fondo de esas -desigualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. La -conformación á los catecismos ajenos resulta fácil para los hombres -débiles, crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones -vehementes, sin necesidad de independencia, sin irradiación de su -personalidad; es inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas -y fuertes, capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales para no -dejarse engañar por la mentira de los demás. Aquéllos no sienten la -coacción moral del rebaño, pues la hipocresía es su clima propicio; -éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones y el falso concepto del -deber impuesto por la sociedad. La mediocridad moral á que se ajustan -los hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente superior. -«Puede acordársele--dice Remy de Gourmont--el valor de una moda á la -que uno se resigna para no llamar la atención, pero sin interesar -el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa -disconformidad con la hipocresía colectivamente organizada consiste la -virtud, que es individual, á la contra de la caridad y la beneficencia -mundanas, simples caricaturas colectivas, donde la miseria de los -corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos. - -Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El -primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida -preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La -bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo -á las hipócritas condescendencias permitidas por la honestidad, lleva -en sí una partícula de santidad. El «buenismo» es la moral de los -pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe á -evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de bondad que no podrían -distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral -del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no -perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los -malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado -la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los -evangelistas no osaron plantearse este problema. - -Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más -eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que -la primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda -suele ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la -complicidad; es nocivo como los venenos y debe oponérsele antídotos -eficaces: la reprobación y el desprecio. - -Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica. -Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la -indulgencia para sí mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen -su propia conducta. Para los demás encuentran una disculpa, en la -debilidad humana ó en la tentación del medio: «tout comprendre c'est -tout pardonner»; sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan sus -propias culpas y errores; y si no olvidan las ajenas, tampoco se -preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo las -castiga fatalmente, por esa gravitación que abisma á los perversos -como si fueran globos desinflados. Su corazón es sensible á las -pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir las -penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle -la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, -poniendo en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y -mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando -su aplauso á toda idea original y compadeciendo á los ignorantes -sin reproches inoportunos; su cordialidad sincera con los espíritus -humildes no está corroída por la urbanidad convencional. - -Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, -cuotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren -tanto de la honestidad como el buen sentido difiere del sentido común. -Importan una elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas -merecen los elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón -y Plutarco está hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración -por escritores que glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase -de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions dans les petites -luttes. Il y a des bravoures opiniatres et ignorées qui se défendent -pied á pied dans l'ombre contre l'envahissement fatal des nécessités. -Noble et mistérieux triomphe qu'aucun regard ne voit, qu'aucune -renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur, -l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de bataille qui -ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros -illustres». - -No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave -error oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero -no pueden compararse con el asiduo celo de perfección que convierte -la bondad en virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad -superior; las mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente -y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen: -«no hay tonto malo», podría respondérseles que la incapacidad del mal -no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio que proponía -á elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está -seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud, -ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos -mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración, glosando la -paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla las -cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes. - -Sócrates enseñó--hace de esto algunos años--que la Ciencia y la Virtud -se confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer -el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie -sería malo sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede -ser el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio -el torpe y el ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente. - -La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición -global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian -las luces del intelecto con las magnificencias del corazón. La -«grandeza de alma» es bilateral. Son raros esos talentos completos ó -poliédricos; son excepcionales esos genios. Así lo enseñan los epítomes -de psicología escolar. Los caracteres perfectamente equilibrados son -rarezas. Los hombres excelentes brillan por esta ó aquella aptitud, -sin resplandecer en todas; hay asimismo talentos de alguna aptitud -intelectual, que no lo son en virtud alguna, y hombres virtuosos que no -asombran por sus dotes intelectuales. - -Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son -igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse -aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas -poco valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es -infecundo en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la -inteligencia es un renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso -de los hombres sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio -de la rutina, del prejuicio ó del servilismo: sus triunfos serían -su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo Cicerón, ha muchos siglos: -«Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y sospechoso -se vuelve si pierde su reputación de honesto». (_De Offic._, II, 9.) -Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y á los héroes, -capaces de exceder con el bien que hacen al mal que no dejaron de -hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que medirlos -con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su obra. - -Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar -si son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las -ciencias y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de -energías morales que impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa -de la dignidad y la justicia. Entre los talentos intelectuales y los -talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos con razón, -conceptuándolos más necesarios. «El talento superior es el talento -moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse. De -ese parangón está excluido, _a priori_, el hombre mediocre, pues sólo -tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón. - -La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar, -como lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un -absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente -injusto sería desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en -que existen simuladores de la virtud. - -Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables. -¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría -ser ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera -sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por -catequistas igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito -ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes -hombres se cuentan anomalías morales ó de carácter, que no suelen -contarse del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y -éstos son virtuosos. - -Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si -se concediera--y es mentira--que los grandes ingenios son forzosamente -inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el -privilegio de la virtud, reservado al talento moral. - -Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y -no de los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por -una razón muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros, -ignorando á los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de -mediocres que beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos -mil uxoricidas que no son filósofos; por un sabio experimentador, cruel -con un perro ó una rana, hay una incontable cohorte de cazadores y -toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un -poeta alcoholista, un filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones -de mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours equivocó el rumbo; -Lombroso se extravió; Nordau hizo de la cuestión una simple polémica -literaria. No comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa. -Los que han visitado cien cárceles pueden asegurar que había en ellas -cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto á -cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo hombre de -genio. - -Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio, -aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre -propicia al talento moral y éste es la condición misma de la virtud. -Sólo hay una cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que -eleva hacia lo desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las -cimas eternas de esta aristocracia moral: son los genios que enseñan -virtudes no practicadas hasta la hora de sus profecías ó que practican -las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un hombre encarrila en -absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo ó contrastando todas las -contingencias materiales que contra él conspiran, ese hombre se eleva -sobre el nivel mismo de las más altas virtudes. Entra á la santidad. - - -V.--LA SANTIDAD. - -La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la -humanidad. La evolución de los sentimientos colectivos, representados -por los conceptos de bien y de virtud, se opera por intermedio de -hombres extraordinarios. En ellos se resume ó polariza alguna -tendencia inmanente del continuo devenir moral. Algunos legislan -y fundan religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó Budha, en -civilizaciones primitivas, cuando los estados son teocracias; otros -predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando -la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay, -en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes, -Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad -merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales -en la evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. -Son siempre hombres extraordinarios, genios, los que las enseñan. -Los talentos morales perfeccionan ó practican de manera excelente -esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se limitan á -imitarlas tímidamente. - -Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente, -incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por -cálculo, por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales: -así lo fueron todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del -apóstol es simbólico; sin él no tendríamos la iluminada firmeza del -virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son -los factores prácticos de la vida social, sino las masas mediocres -que imitan débilmente su fórmula. No fué Francisco un instrumento -eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará -por la solidaridad social; sus efectos normales son producidos por -innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por -iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones, -tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís -muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí -mismo; entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la -beneficencia por él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin -perturbar su tranquilidad en holocausto á los demás. - -La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los -sentimientos sociales y morales--dice Ribot--, se han producido -lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados -_inventores_ en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á -ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del -bien y del mal innato, universal, distribuido á todos los hombres -y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va -haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento -de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite inventores en -geometría, en música, en las artes plásticas ó mecánicas; pero también -ha habido hombres que por sus disposiciones morales eran muy superiores -á sus contemporáneos, y han sido promotores, iniciadores. Es importante -observar que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de -una etapa á pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga -obrar y, por contagio, comunique á los otros su propio _élan_. El -avance es proporcional á lo que se siente y no á lo que se piensa.» - -Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple -visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el -ejemplo, más bien que en la doctrina; pero no fuera de su creación -original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son -creadores; son simples virtuosos ó alucinados, que el interés del -culto y la política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles -una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso sólo -son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna manera los -que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican -una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es irrisorio. -Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra Domenico -Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo. -Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes de -los concilios al fanatismo de ciegos rebaños. - -Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación -inconfundible en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la -humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura que sin -cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas -virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su -orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con -que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad -que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente -perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito como la vida. -La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana -no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los -hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería -estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las -variaciones de la vida social. - -En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á -brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y -valientes para ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo; -entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del -coraje se transforma en culto de héroes, equiparados á los dioses. La -santidad está en el heroísmo. - -En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la -decadencia amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente -entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir ó morir -por un ideal fecundo para el común engrandecimiento. La santidad está -en el apostolado. - -En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad el que descubre -una nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus -fuerzas, que quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol. -Por eso el prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad -está en la sabiduría. - -Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no -lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos -florecer. Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos: -héroes, apóstoles ó sabios. - -Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus -grandes pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza -espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los -héroes y para los que creen los apóstoles, para los que piensan lo dan -los filósofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan -Alejandro, César ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó -Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman Aristóteles, -Bacon y Goethe. La santidad varía á compás del ideal. - -Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan -luminosa como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades -modernas el «santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta -de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende -que, á sus horas, haya santidad en servir á un ideal en los campos de -batalla ó desafiando la hipocresía, como en los supremos protagonistas -de una _Iliada_ ó de un _Evangelio_; pero se afirma que también es -santo, de otros ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven -eternos en su _Divina Comedia_, en su _Novum Organum_ ó en su _Origen -de las Especies_. Si es difícil mirar un instante la cara de la muerte -que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir toda una vida -los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia. - -La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas -que se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes -prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias, -y poner un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele. -Orientada por una exigua constelación de visionarios, las generaciones -remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y -desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los -caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su -imaginaria convergencia. - - - - - LOS CARACTERES MEDIOCRES - -I. HOMBRES Y SOMBRAS.--II LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES: GIL BLAS DE -SANTILLANA.--III LA VANIDAD Y EL ORGULLO.--IV LA DIGNIDAD. - - - I.--HOMBRES Y SOMBRAS. - -Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son -incapaces de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño. -Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria -del primer hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el -mundo cuidando su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan -á individualizarse; ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente -á los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga á -borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una -bandería: siempre á embadurnarse de otros. Apuntalan todas las rutinas -y prejuicios consolidados á través de siglos. Así medran. Siguen el -camino de las menores resistencias, nadando á favor de toda corriente -y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple -incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben adaptarse á la -hipocresía social, como tenias en una entraña. - -Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan -«honores» y alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el -inconcebible plural del honor y la dignidad, por definición singulares -é inflexibles. Viven de los demás y para los demás: sombras de una -grey. Su existencia es el accesorio de focos que la proyectan; carecen -de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, en ellos, prestado. - -Los caracteres excelentes ascienden á la propia dignidad, nadando -contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y -contrastan. Frente á los otros se les reconoce de inmediato, nunca -borrados por esa brumazón moral en que aquéllos se destiñen. Su -personalidad es toda brillo y arista: - - _Firmeza y luz, como cristal de roca_, - -breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron -mejor Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un -Ideal, perseverando en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones, -templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á -sus afectos, fieles á su palabra. Nunca se obstinan en el error, sin -traicionar por ello á la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia -y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y -afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se -dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en -la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada -alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable -cuanto más distante. Estos optímates son contados; cada uno vive por -un millón. Poseen una firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó -de armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de -nadie más; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble -en mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los teme, como la -llaga al cauterio; sin advertirlo, empero, los adora con su desdén. -Son los verdaderos amos de la sociedad, los que agreden el pasado y -preparan el porvenir, los que destruyen y plasman. Son los actores del -drama social, con energía inagotable. Poseen el don de resistir á la -masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad -vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las cualidades -que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea ó una -pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas, -para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se -inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido -en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen -ocuparse la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la -Humanidad. - -El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los -pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos. -Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla. - -El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composición -química; cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca -tomará otra forma que la propia. Al verlo sabemos lo que es, -inconfundiblemente. De igual manera el hombre superior es siempre -uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima social le es propicio -conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el -medio sus características propias, á la manera del cristal que en una -solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí -mismo, creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, -en cambio, carece de forma propia y toma la que le imprimen las -circunstancias exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que -la rodean; conserva el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos -los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica, esférica ó -piramidal, según la modelen. Así los caracteres mediocres: sensibles á -las coerciones del medio en que viven, incapaces de servir una fe ó una -pasión. - -Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee -firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La -personalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su -delicado instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de -la cultura y del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento. -Se educa después: la experiencia. Lo que heredamos implica cierta -fatalidad, que la educación corrige y orienta. Los hombres están -predestinados á conservar su línea propia entre las presiones -coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se -adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El carácter se -expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser humano -tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz», como -dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y -la luz en su elevación moral. - -Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación; -la febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como -de aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los -senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del -ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias -está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con -la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad; -son simples juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos -ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; cada verdad es una -opinión contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmación; -el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el afirmativo. Toda -negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una negación. La -actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo contrario -de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó negar -es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es -creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer. - -Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan -ser evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada -nueva noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda -debiera ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta; -la primera actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á -nuestra experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste -en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los -ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á todos los errores, -juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias. -Cualquiera desvía á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son como -los clavos, que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes -entran como los tornillos, poco á poco, á fuerza de observación y de -estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden -al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie -la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones -primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al individuo: la -amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas propias. Vivir -arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres son obra -de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar -en ninguna. - -Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo -ó inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa -unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la -coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, -sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento -humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, -las naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades -materiales que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero -siempre determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar -para vivir. - -La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con -el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del -hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus -actos son ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia; -siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que -custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos -para el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando -rectifican sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren -ser independientes de todos, sin que ello les impida ser tolerantes: -el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás. -Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus -fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca -creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han -hecho como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de -asumir su responsabilidad. - -Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le -sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no -oculta á los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias -se transforman por una nueva experiencia y al calor de más profundas -meditaciones. Las creencias de la sombra son surcos arados en el agua, -incapaces de resistir el roce de la ola más blanda; cualquier ventisca -las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen -á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los hombres -evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras -siguen aprendiendo; las sombras acomodan las propias á sus apetitos -y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si -dependiera de ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio ó -desvergüenza; muchas veces á traición. - -Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el -carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus -vestris», seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen -hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras -mediocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que -nada, valores negativos. Sombras. - - -II.--LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES. - -Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso -continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía -diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre -él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. -El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte -á cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura -moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia -pasiva, su alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. Las -sombras resbalan por la pendiente: si alguna partícula de originalidad -les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen -sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan, -calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se -apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos -lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad: aprenden -á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento -les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan -su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: la -domesticación les facilita la lucha por la vida. - -La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la -encanta; simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca -partido y en toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el -enemigo del pueblo, con tanto afán como pone en admirar á Gil Blas: -le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las -cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete, -ratero, prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita, -traidor, curandero: tan varios encenagamientos no le impiden ascender -hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa cumbre. Es perfecto en -su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico. Entra al -mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas -las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás -acomete de frente un obstáculo. - -El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía. -Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de -domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría -que copiar por entero el elocuente _«Discurso sobre la servidumbre -voluntaria»_, escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á -la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi, -miles de páginas fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, -el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto -de las jerarquías adventicias, la disciplina ciega á la imposición -colectiva, el homenaje decidido á todo lo que representa el orden -vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de los poderosos: todo -lo que refuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el -servilismo. - -Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto -en su Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras -degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su -arista. La mediocridad es un préstamo hecho por la grey al individuo; -la originalidad es una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su -sombra cuando el medio los instiga; los superiores se encumbran en la -misma proporción en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la -adversidad, amando y despreciando, entre risas y entre lágrimas, cada -hombre firme tiene un modo peculiar de comportarse, que es su síntesis: -el carácter. Las sombras ignoran esa unidad de conducta que permite -prever el gesto en todas las ocasiones. - -Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della -manan todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus -definiciones los moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos -catonizan como predicadores y éstos describen como naturalistas. Es -una síntesis: hay que insistir en ello. El carácter es un exponente -de toda la personalidad y no de algún elemento aislado. En los mismos -filósofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carácter -parece depender exclusivamente de condiciones intelectuales. Vano -error: su conducta es el trasunto de cien otros factores. Pensar es -vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una organización -sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á su objeto -los más vehementes anhelos de perfección humana. El investigador de -una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para ella y -piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una -personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar -en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad -en lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el -corazón y el cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el -que posee un carácter no se domestica. - -Gil Blas medra entre los hombres desde que el rebaño humano existe; -han protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los -románticos, envueltos en sublime desdén, han enfestado contra -los temperamentos serviles: «Lorenzaccio» estruja con palabras -ilevantables la cobardía de los pueblos avenidos á la servidumbre. -Y no le van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo lírico -alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas son un código de moral -antimediocre, una exaltación de cualidades inconciliables con la -disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente fustigado, -tiene un disector elocuentísimo en Palante: exhibe las solidarias -complicidades con que los mediocres resisten las iniciativas de los -originales, agrupándose en modos diversos según sus intereses de clase, -jerarquía ó funciones. - -Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles. -Vencido, no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio. -Uncido al yugo, tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo -coyundas que grababan en su carácter la domesticidad. Algunos--dice -la historia--fueron rebeldes ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué -siempre un gesto de animal hambriento y su éxito fué el precio de -complicidades en vicios de sus amos. Llegados al ejercicio de alguna -autoridad, practicaron la deslealtad y la ingratitud: tornáronse -despóticos, desprovistos de ideales que los detuvieran ante ninguna -infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la servidumbre -sufrida anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los favoritos. - -El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. El hábito de -resignarse para medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos -que destiñen para siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Blas -se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno. -Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos -instintos. - -La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica. El que -nace de siervos la trae acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos -serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un carácter. -Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad. Los -antiguos tenían mayor desprecio por los hijos de siervos, reputándolos -moralmente peores que los adultos reducidos al yugo por deudas ó en -las batallas; suponían que heredaban la domesticidad de sus padres, -intensificándola en la ulterior servidumbre. Eran despreciados por sus -amos. - -Esto se repite en cuantos países hubieron una raza esclava inferior. -Es legítimo. Con humillante desprecio son mirados los mulatos y -mestizos, descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de -raza blanca que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su -ascendencia servil demuestra que reconocen la indignidad hereditaria -condensada en ellos. Ese menosprecio es justo. Así como el antiguo -esclavo tornábase vanidoso é insolente si trepaba á cualquier posición -donde pudiera mandar, los mulatos contemporáneos se ensoberbecen en las -inorgánicas mediocracias sudamericanas, captando funciones y honores -que hartan los apetitos acumulados en domesticidades seculares. - -La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron -tan domésticos como los esclavos; la revolución francesa dió libertad -política á sus descendientes, más no supo darles esa libertad moral -que es el resorte de la dignidad. El burgués merece el desprecio del -aristócrata, más que el odio del proletario aspirante á la burguesía; -no hay peor jefe que el antiguo asistente, ni peor amo que el antiguo -lacayo. Las aristocracias son lógicas al desdeñar á los advenedizos: -los consideran descendientes de criados enriquecidos y suponen que han -heredado su domesticidad al mismo tiempo que las talegas. - -Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la -herencia étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias -contemporáneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha -variado el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación de los -mediocres se continúa en las sociedades modernas. Lleva más de un -siglo la abolición legal de la esclavitud ó la servidumbre; los países -no se creerían civilizados si la conservaran en sus códigos. Eso no -tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen existiendo, por -temperamento ó por mediocridad de carácter. No son propiedad de sus -amos, pero buscan la tutela ajena, como á la querencia los animales -extraviados. La psicología gregaria no se transmuta declarando los -derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son -ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de -su mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes -igualitarias y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden -dar hombría á la sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido, -iniciativa á los imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso, -afán de libertad al servil. Por eso, en plena democracia, los -caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican. - -En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba, -la conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque -su ayer no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos -accidentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos válidos, -ellos están dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone -á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los -surcos más profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y -poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la -honesta condición de animales de rebaño. - -Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la -sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades -pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria, -sin hogar, sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la -corrupción, sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo -luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores -inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse -á las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su -infancia sin rodar á la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos. - -El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del -carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente, -como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la -esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia, -hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo -cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes. -Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación -malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad -moderna toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias -quedan veladas mientras sus actos se refieren á los vulgares -automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los -obliga á buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela -sus vicios intrínsecos. - -Esos degenerados son indomesticables. - -Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia -conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial -hacia una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad -consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy -decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello. -En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los -hombres se corrompen los unos á los otros, se imitan en lo intérlope, -se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera -tibia entorpece al que cede por vez primera á la tentación de lo -injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo -infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el -propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras -no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin -advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen -esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su -origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce -que no deja rastro, en los mediocres aran un surco por donde se -facilita la recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos -la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, sólo les -cuesta la primera caída; después siguen cayendo como el agua en las -cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza, -de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa -ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres -no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á -ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus -intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros -para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha -de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan, -borrándose toda creencia y empañándose la dignidad. Así resbalan por la -pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de -Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos -á su imagen y semejanza. - -Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas -que las mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la -tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la -sangre humana. - -Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el -doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos, -religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos -congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para -agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia -son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos. - -Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada -funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los -hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza, -los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, -pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con -donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel. -La domesticación realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En -los límites de la influencia oficial, los medios de aclimatación se -multiplican, especialmente en los países apestados de funcionarismo. -Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. La pérdida de su -dignidad iníciase cuando abren el ojo á la prebenda que estremece su -estómago ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy le -otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay -servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa, -se avienen á ella voluntariamente, por vocación implícita en su -flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de -beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases -sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en -formas tan diversas como las personas que la ejercitan. - -Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las -razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del -mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad -altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la -columna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las -buenas acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la -admiración de todos; si Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago, -lo condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento -en que la virtud es un ultraje á las costumbres... - -Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de -castrar á los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados, -no perdonándoles el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta -de virilidad es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en los -caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda -elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos -conviértense en contrabando peligroso, obligados á disculparse y -ocultarse, como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre -digno empieza á despertar recelos, el arrebañamiento es grave; cuando -la dignidad parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación -de los mediocres ha llegado á sus extremos. - - -III.--LA VANIDAD Y EL ORGULLO. - -El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito -propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La -sombra pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á -juzgarse; desciende á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su -caricatura: ser ó parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á ser -mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la -dignidad; cuando el afán de parecer arrastra á cualquier abajamiento, -el culto de la sombra enciende la vanidad. - -Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y -Caín. Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas -de amor propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el -orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra -nace de la soberbia, apetito de culminación ante los demás. El orgullo -es una arrogancia originada por nobles motivos y quiere aquilatar el -mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca alargar la -sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado á la mediocrización -moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo vulgar. -Donde los padres de la Iglesia decían _superbia_, como los antiguos, -fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo -sentimientos distintos. De allí el equivocar la vanidad con la -dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual precio los -hombres y las sombras, con desmedro de los primeros. - -En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios -y temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los -demás. En los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los -prejuicios corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que -sugieren al pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción. -La simple circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la -aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste -ó la comparación con los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento -normal. - -Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese -á la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos -y se cultiva la sombra. Los primeros viven para sí; los segundos -vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una -perfección; éstos se acomodan á lo que favorezca el éxito. Si el hombre -no viviera en mesnadas, el amor propio sería dignidad en todos; lo es -solamente en los caracteres firmes. Los mediocres, forzados á venerar -su sombra, precipítanse en lo turbio. - -Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las mediocracias -contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria -sobre las frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo -del rico encela al miserable. El elogio del mérito es un estímulo -para su simulación. Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar -la gloria, muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios y -virtudes secretas que los demás no reconocen; créense actores de la -comedia humana; entran á la vida construyéndose un escenario, grande -ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío ó luminoso; viven con perpetua -preocupación del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia -sedientos de distinguirse en su órbita, de ocupar á su mundo, de -cultivar la atención ajena por cualquier medio y de cualquier manera. -La diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa entre la vanidad -del escolar que persigue diez puntos en los exámenes, la del político -que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista que -aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino que desea -ver su retrato en los periódicos. - -La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares, -es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad; -aquéllos la degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres, -nunca al excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la -personalidad en los hombres superiores: es su condición natural. ¿El -atleta no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad? La -función hace el órgano. El «yo» es el órgano propio de la originalidad: -absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el hombre -superior es un adorno: simple exponente de fuerza. EL músculo abultado -no es ridículo en el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad -excesiva, por monstruosa é inútil: como la vanidad del insignificante. -Ciertos hombres de genio habrían sido incompletos sin su megalomanía. - -Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente -diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple -vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra -de un león; lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres -y la desapercibida soberbia de las sombras más densas. No pueden -confundirse. El vanidoso vive comparándose con los que le rodean, -envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que no -puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores -y pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y -encienden su entusiasmo. - -El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los -hombres cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el -babélico idioma de los vulgares ha enmarañado la significación del -vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo -es relativo. Si hay méritos el orgullo es un derecho; si no los hay -se trata de vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona -hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera inferior que le asfixia; -es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y -constante. Para los mediocres sería más grato que no les enrostraran -esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus enemigos, -constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para -ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de -las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su -conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el -individuo á la marea de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la -multitud y desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio -rebaño. - - -IV.--LA DIGNIDAD. - -El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el -ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia -natural, siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos. -Credo supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible, -intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre -y borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del -honor. Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos -sin ella son esclavos. - -Los temperamentos adamantinos--_firmeza y luz_--apártanse de toda -complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos, -desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan -todo bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma -antes que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse -en facciones y huestes, convertidos en viviente protesta contra todo -abellacamiento ó servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para -disculparse en el número, rehuyendo las íntimas sanciones de su -conciencia; los seres domesticados son incapaces de gestos viriles, -fáltales coraje. La dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son -impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuando conviene -obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del -esfuerzo equivale á la desorientación del impulso: el mérito de las -acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin -coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud. -Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los -moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan -para violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la -fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el -vicio, los mártires van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía, -los santos mueren por un Ideal. Para anhelar una perfección es -indispensable: «el coraje--sentenció Lamartine--es la primera de las -elocuencias, es la elocuencia del carácter.» Noble decir. El que aspira -á ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar alto; el que se -resigna á arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar -si lo aplastan. - -La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los -caracteres mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la -cultura exaltan el individualismo de los excelentes, floreciéndolos de -dignidad. El lacayo pide; el digno merece. Aquél solicita del favor -lo que éste espera del mérito. Ser digno significa no pedir lo que se -merece, ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan entre -las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata -de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna. - -La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea -cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón: -lo que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado -en la adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere, -éste, perder un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más -leves que medrar indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede -dolerle una hora; la más leve domesticidad le remordería por toda la -vida. - -Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse -erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas -domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente; -la pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los -caracteres dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á -lo que puede darse sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su -orgullo á prosperar arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les -acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos, como si fueran -á desposarlo más allá de la muerte. - -Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca -ninguna marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea -los tiernos tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración -de los pesebres. Si su pradera es árida no importa; en libre oxígeno -aprovechan más que en cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél -se toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar solos. Saben -que juntarse es rebajarse. Cada flor englobada en un ramillete pierde -su perfume propio. Obligado á vivir entre desemejantes, el digno -mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior. Descartes dijo que se -paseaba entre los hombres como si ellos fueran árboles; y Banville -escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los regímenes, -son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con desdeñosa -altivez y con la firme resignación de un dios desterrado». - -Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el -fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su -respeto por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de -él, á agredirla si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la -muchedumbre que impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir, -el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla, -temiendo estorbar con sus palabras á las sombras que lo escuchan. -Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las -estaciones, espera anclado en su orgullo, como si éste fuera el puerto -natural y más seguro para su dignidad. - -Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin -independencia material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo -parásito es un siervo; todo mendigo es un doméstico. El hambriento -puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de -la dignidad es la miseria: ella hace trizas los caracteres mediocres -é incuba las peores servidumbres. El que ha atravesado dignamente una -pobreza es un heroico ejemplar de carácter. Suprema es la indignidad -de los que adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas las -domesticidades, si no fuesen esclavos de la vanidad. El pobre no -puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia; -redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos viven -soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza que -traba la lengua y paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras -para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer -más bella, los amigos más leales, los horizontes más risueños, el -aislamiento más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el -individuo se inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos -funcionario, contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que -le empujan á domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la -dignidad: contentarse con lo que se tiene, restringiendo las propias -necesidades. Un hombre libre no espera nada de otros. No necesita -pedir. La felicidad que da el dinero está en no tener que preocuparse -de él; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es feliz. -Los bienes que tenemos son la base de nuestra independencia; los que -deseamos son la cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna -aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna insolente la -vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son los que -acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún -tesoro los sustituye. - -Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla -inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan -ó rebajen. Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que -es propicio al crecimiento de la sombra. Para conservar la estima -propia no vacilan en afrontar la opinión de los mansos y embestir -sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos entre los que -en vano intentan malear su altivez. Estos hombres son raros en las -mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la misantropía -y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y -aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los -humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el -corazón una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía -indómita que á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes -para los hombres amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas, -ó porque cristianos en la más alta acepción del vocablo, ó porque -profundamente afectivos; presentan entonces uno de los caracteres más -sublimes, más espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza -humana. Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo -héroes, perdonan las cobardías de los demás; victoriosos siempre ante -sí mismos, compadecen á los que en la batalla de la vida siembran, -hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística pudiera decirnos -el número de hombres que poseen este carácter en cada nación, esa cifra -bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera, para indicarnos el -valor moral de un pueblo.» - -La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de -otros á la medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère, -que vivió como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo -medir el altísimo precepto que encabeza el _Manual_ de Epicteto, á -punto de apropiárselo textualmente sin amenguar con ello su propia -gloria: «Se faire valoir par des choses qui ne dependent point des -autres, mais de soi seul, ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le -parece inestimable y de recursos infinitos en la vida, útil para los -virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de los caracteres -excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, «pues -desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios, -la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se llenarían de -serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían á sus -hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios méritos -más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el -deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la -admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación -moral de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras. - - - - - LA ENVIDIA - - I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.--II. LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.--III. - LOS ROEDORES DE LA GLORIA.--IV. UN CASTIGO DANTESCO. - - - I.--LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES. - -La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito -por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada -por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el -acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de -las heridas abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes. -Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos -de su vanidad; desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de -su propia tristura, sin sospechar que sus lamentaciones envuelven una -consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad -de los mediocres sirve de pedestal á los genios, los santos y los -héroes. - -Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres -vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; -esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, -sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo -hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del -bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese -sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como -un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al -metal. - -Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía--y lo -repite La Rochefoucauld--que existen almas corrompidas hasta jactarse -de vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa. -Reconocer la propia envidia implica, á la vez, declararse inferior -al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente -detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por -ocultarla. - -Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las -pasiones, limitándose á mencionarla como un caso particular de los -celos. Fué siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la -mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano, haciéndola -nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja -horriblemente flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en vez -de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes -negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una mano ase tres -serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno un -monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno; -está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos -irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á -sufrir, es el verdugo implacable de sí misma. - -Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la -ganzúa á la espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y -corazón valiente. En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de -la garra que en un altivo estremecimiento destroza y aniquila; en la -subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento -tímido del que busca morder el talón. - -Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él, -opinión ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó -la cuestión, preocupándose de establecer diferencias entre las dos -pasiones (_Obras morales_, II, 576, edición Didier). Dice que á primera -vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian -tórnanse más fuertes, como las enfermedades que se complican. Ambas -sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta -para confundirlas, si atendemos á sus diferencias. Sólo se odia lo que -se cree malo ó nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia, -como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar á -las cosas y á los animales; sólo se puede envidiar á los hombres. El -odio puede ser justo, motivado; la envidia es siempre injusta, pues -la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones, como plantas de -una misma especie, se nutren y fortifican por causas equivalentes: se -odia más á los más perversos y se envidia más á los más meritorios. -Por eso Temístocles decía, en su juventud, que aún no había realizado -ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como -las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales -más florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su -carácter y por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la -mala fortuna; la envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente -desde el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de -los objetos que están debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la -gloria achica la sombra de la envidia y la hace desaparecer. - -El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira -es repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries -de los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo. -Las palabras más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden -la centésima parte de las que el envidioso va sembrando constantemente -á la espalda. Ignora las reacciones del odio y expresa su inquina -tartajeando, incapaz de encresparse en ímpetus viriles: diríase que su -boca está amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así -como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el bien recibido contiene -el odio en los nobles espíritus y exaspera la envidia en los indignos. -El envidioso es ingrato, como luminoso el sol, la nube opaca y la nieve -fría: lo es naturalmente. - -El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja -en la sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos -enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el -horror de las tinieblas. - -El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; -lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la -indignidad. La envidia es de corazones pequeños. La conciencia del -propio mérito suprime toda menguada villanía; el hombre que se siente -superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con -delirio de las grandezas. Su odio está de pie y ataca de frente. César -aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías; Donatello venció con su _Cristo_ -al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulminó á Wagner, sin -envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria y da á sus -predestinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un obscuro -porvenir vuelve miopes y reptiles á los mediocres. Por eso los hombres -sin méritos siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos -por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara -que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es su -tormento; comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre impidiendo -que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una -defensa de las sombras contra los hombres. - -Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre -la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar -el problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los -celos. - -La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva, -pero posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo -que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un -deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se -emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad -de alcanzarlo. - -Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión. -Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando -sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos -pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro -pueda compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble -emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de -condiciones con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del -sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan -del sentimiento de posesión comprometido; la emulación surge del -sentimiento de potencia que acompaña á toda noble afirmación de la -personalidad. - -Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están -naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad -por ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible -se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la -emulación; ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una -rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo -comprendió Bartrina, en su admirable quintilla: - - «La envidia y la emulación - parientes dicen que son; - aunque en todo diferentes, - al fin también son parientes - el diamante y el carbón.» - -La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces. -La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente, -una incapacidad manifiesta de competir ó de odiar. - -El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas -las cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia, -la fealdad y la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que -por la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda -subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de -los más grandes: un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos -de voces proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores; -el que siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos -como cicatrices, su clamor visionario y divino; el que se extasía -contemplando las supremas creaciones plásticas; el que goza de íntimos -escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus sentidos, -y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta -cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata -en fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el -deseo de crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no -se conmueve leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven, -puede jurar que la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha -suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben -admirarla en las obras de los genios. - -La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad -de un nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria, -marchando ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso, -emponzoña su espíritu mediocre hostilizando la marcha de los que no -puede seguir. - -Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, -digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo -sapo graznaba en su pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de -las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de -lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su -propia impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. -La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, -congestionado por la envidia, sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por -qué brillas? - - - II.--LOS SACERDOTES DEL MÉRITO. - -Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos son sus naturales -sacerdotes. - -El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos -heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo -al baldón eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su -moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las -excelencias de las personas que envidia. - -Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo -de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las -falsedades. El envidioso pertenece á una especie moral raquítica, -mezquina, digna de compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo, -se resigna á ser vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia -elevación. - -La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros -estigmas con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y -sentencioso; el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó -bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa: -ríe á contrapelo. - -¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es -de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el -asesinato: diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los -órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante -ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue -al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de -reirse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama la -importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres -aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable -inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no -vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si -es necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana», -Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza, -ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía, -un prisionero de su tiempo. - -El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con -niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los -abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el -propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio; -parece poseer mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano. -Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno en forma de -elogio reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es -el máximum de su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito; -tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga entre sus -propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de -antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se -empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad -complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que -su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo; -vive declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con -la intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban -sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que -le conoce y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su -vanidad sólo aspira á desquitarse con las frágiles compensaciones de la -zangamanga á ras de tierra. - -Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á -los envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa -el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima -difamando á los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á -la superioridad del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á -los grandes muertos, como si los detestaran personalmente. Hay quien -envidia á Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse á ellos -rebajándolos; para eso endiosarán á un Brunetière ó un Boulanger. Pero -esos placeres malignos poco amenguan su irreprochable desventura, que -está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria. -Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería -Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable regencia. - -El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan -la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó -desprecia: gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua. - -Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á -sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias -tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una -cacería de águilas ó decretar un apagamiento de astros! - -Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud -para satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que -hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es -puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de los demás, según -el juicio que tiene de sí mismo. - -Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten, -sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó -celos por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella -tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible -sentirse superior en cien cosas é inferior en una sola; éste es el -punto frágil por donde tienta su asalto la envidia. - -El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera -de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar -de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación -profesional, aunque en algunas es más célebre: los cómicos y las -rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La -«invidia medicorum» es memorable desde la antigüedad: la conoció -Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de los -enfermos sobrevivientes á sus drogas. - -El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo -ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace -en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma -aberrante de rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la -insuficiencia arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza. - -Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la -fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su -forma. - -La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su -arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados, -estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa -para traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando -representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia. - -La que ha nacido bella--y la Belleza para ser completa requiere, entre -otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia--tiene asegurado -el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas -por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una -lima, sin advertir que su desdén las convierte en vestales de la -gloria ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus -críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza -por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma -de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene pero las -atosiga. - -Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de -Ovidio, no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura -transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada -de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría de la envidia, -devorando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún -otro poeta de la era pagana. - -El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas. -Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás, -partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer -sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un -sitio en el escalafón del estado y le prepara ulteriores jubilaciones. -De allí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar á -substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía -de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas. - -El talento--en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad, -como carácter, como energía--es el tesoro más envidiado entre los -hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un -obtuso horror á la individualización excesiva; perdona al portador de -cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira, -la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las -filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar -en la política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, para que -los mediocres se estremezcan de envidia. Así se forma en torno de cada -astro una nebulosa grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión -de difamadores; los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su -ídolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por -millares las pústulas de la viruela. - -La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su -corazón gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor -es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible -de su talento en la acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas -del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos -de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la -altura. Sin oírlos. - - - III.--LOS ROEDORES DE LA GLORIA: LA CRÍTICA. - -Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y -su esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los -demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el -legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan -y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á -él mismo. El mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se -resigna á aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su -envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar. - -Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son -admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en -talento ó en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. -Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias, -meditaciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, á ese pintor, -á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden que ellos -han consumido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente; y la -biografía de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al -reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar tiempo ó comprar -un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo que el -mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve el -resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas -está sembrado el camino de la gloria. - -Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de -crear le empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar -el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian su -irreparable ultimidad. - -Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como -si reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el -émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores -que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores -con pie forzado; la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas -propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo -lo que toca deja un rastro de su personalidad. - -Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean -achicarla por la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni -sabrían escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor. -Tienen las manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir á los -demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por -definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno; cuando un gran -escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad y si -emplea una frase que usaron otros le llaman plagiario, olvidando que -nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría. - -El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera -del hilo que la rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga -á confundir el mármol con la chiscarra y la voz con el falsete, -inclinándole á suponer que todo escritor original es un heresiarca. -Los intelectos mediocres darían lo que no tienen por saber escribir -tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que -no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no compromete, -hecha de mendacidad prudente, restringiendo las perversidades para que -resulten más agudas, sacando aquí una migaja y dando allí un arañazo, -velando todo lo que puede ser objeto de admiración, rebajando siempre -con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un mismo nivel los -críticos y los criticados. El escritor original sabe que atormenta á -los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos ante -el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el laurel que -mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero llega -siempre apareada la ridiculez de un Zoilo. - -En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares -verdugos de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro -esa larva sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio, -conspiran con una intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas -armas que harían sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada -astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando que existen -hombres originales é indisciplinados, capaces de subvertir rutinas y -prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su -fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos ideales á las -razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gravedad, de -estremecer á los gobiernos... - -Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales -para cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por -docenas, por millares, como liliputienses en torno de un gigante. -Los contrabajistas de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos -sinfonistas. Gacetilleros anodinos consumarán bibliografías sobre -algún lejano pensador que los ignora. Muchos que en vano han intentado -acertar una mancha de color, dejarán caer su chorro de prosa como si -un robinete de pus se abriera sobre telas que vivirán en los siglos. -Cualquier promiscuador de palabras enfestará contra el que no sea -un panarra ó un pravo. Las mujeres feas demostrarán que la belleza -es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata; -vengarán su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema -entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras -para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en coro, -repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones, -locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la -dignidad, pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra, -sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á -éste le dieran á elegir entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un -minuto: murmuraría del primero con la firma del segundo. - -Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el -fuego de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se -entregan de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del -corazón; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del placer -de admirarlos. Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la -mansedumbre con la dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad -con el orgullo, rebajando todo ideal hasta las bajas intenciones -que supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán todo lo bello, -olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en -áureas espigas, frente al sol. «Es un gran signo de mediocridad--dijo -Leibnitz--elogiar siempre moderadamente.» Pascal decía que los -espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se -descubren más tipos originales á medida que se posee mayor ingenio. El -verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las cosas, -pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo mejor, -no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas -y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo -nivel donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben -admirar no tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia -una perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que -cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con -su pátina ignominiosa. - -La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero -ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los -malos autores. La mediocridad acosa colectivamente á los originales; -siendo éstos contados y aquella innumerable, el número y la complicidad -pueden contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria. -Mientras los criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos -quedan oprimidos y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir -que sigan muriendo á fuego lento. - -El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de -los pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano -esperando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la -mano tendida, negándole la notoriedad que le conferiría el desdén. -El silencio del genio mata al mediocre; su indiferencia le asfixia. -Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su -presencia; sueña que le han nombrado, aludido, refutado, injuriado. -Pero todo es un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde la -penumbra, de donde no le saca el hombre superior. El que tiene -conciencia de su mérito no se presta á inflar la vanidad del primer -indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole á -perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre sus -condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra -á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de muchos -criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con su -desprecio. - - - IV.--UNA ESCENA DANTESCA: SU CASTIGO. - -El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para -hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como -un estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más -desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario -ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor. - -El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia -le devora como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á -la encina. Por eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este -monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes -que le amenazan sin cesar. - -Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia -distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que -se aviene á su condición mediocre. - -Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto -á un paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, -formando un panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz: -tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el -bien del prójimo. Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus -conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco regocijo cuando -ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces -trágicas, mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la palabra que -Caín pronunció después de matar á Abel. Porque el primer asesino de la -leyenda bíblica tenía que ser un envidioso. - -Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber -que le envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que -sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos -gananciosos son los envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de -rodillas. - -Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener -la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía -inequívoca de mediocridad. - - - - - LA VEJEZ NIVELADORA - - I. LAS CANAS.--II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.--III. LA BANCARROTA DE LOS - INGENIOS.--IV. LA PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.--V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA. - - - I.--LAS CANAS. - -Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la -Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay -remedio. Arrancarse la primera--¿quién no lo hace?--es como quitar -el badajo á la campana que toca el _Angelus_, pretendiendo con ello -prolongar el día. - -Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el -cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al -mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los -años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza -ahoga á la llama y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa -es la mediocridad. - -Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una -rendija por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no -decir la conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara -excepción. La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse -á sí mismo, nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si -pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre -que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos -nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y -mediocridad suelen ser desdichas paralelas. - -El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en -los hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse -cuando mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular -empañe los deslumbramientos del espíritu. En general, si mueren tarde, -una pausada neblina comienza á velar su mente con los achaques de -la vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse -extraños á sí mismos, supervivencia que los lleva á no comprender su -propia obra. Les sucede como á un astrónomo que perdiera su telescopio -y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse -imposibilitado para confirmarlos á simple vista. - -La decadencia del hombre que envejece está representada por una -regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez -mediocriza á todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza -al viejo ya mediocre. - -Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La -personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija; -se organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se -amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza -su máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse -y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los -parpadeos de la llama interior que se apaga. - -Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos, -ó cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos -afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención -es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad -más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de -la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando -el cálculo utilitario reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone -á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible, ya -no es joven; cuando opina que es preferible tener de más á tener de -menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad -de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación -de sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes -de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón escribió -palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado -el sitio en que había ocultado su tesoro.» (_De Senectute_, c. 7). Y -debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y -alegrías de la vejez. - -Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad -perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa -del ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; hay graves -peligros en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se -disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que -es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la -vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la -esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo -á obscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse -á lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es -más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que no disfruta, -renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo que no -gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias. - -La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones -envejecidos. - - - II.--ETAPAS DE LA DECADENCIA. - -La personalidad individual se constituye por sobreposiciones -sucesivas de la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del -carácter»; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores -desenvolvimientos. - -En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones -recibidas hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la -especie». En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas -de la sociedad: la «mentalidad social». En las capas superiores -florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno, -los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la «mentalidad -individual». - -Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más -profundas contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de -la personalidad individual guardan celosamente el capital común á la -especie y á la sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos -van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á -descubrir la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas -vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas -van reemplazando á los cabellos. - -Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período -estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, -pero no adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra á su ocaso. - -Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas -declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de -regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, -decaen cuando comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de -nuestros centros nerviosos. - -Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo -admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy, -creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años. -Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá -haber discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la -vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función, -como para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere -de individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la -involución son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus -órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva -íntegras algunas de sus funciones hasta más allá de los límites -comunes. La longevidad mental es un accidente; no es la regla. - -La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que -en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y -puede sobrevivir á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril. -Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay -hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente -agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las -exageraciones románticas. En esos mediocres, la única precocidad es -la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan algunas -originalidades hasta sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero, -en unos antes y en otros después, despacio ó de prisa, el tiempo -consuma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones, -energías, según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo, que cambia -todo, cambia también nuestros humores». - -El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de -su organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad -individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la -«mentalidad de la especie». - -La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La -mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes -celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las -asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora -de la decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando -sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus -adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El -anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva -mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su -personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que -la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta -observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profundas -transformaciones psíquicas de los viejos; el cambio total de sus -sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza -progresiva para acometer empresas nuevas (con discreta conservación -de los hábitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda ó la -apostasía de las ideas más personales (para volver primero á las ideas -comunes en su medio y luego á las profesadas en la infancia ó por los -antepasados). - -La mejor prueba de ello--que los ignorantes suelen citar contra la -«ciencia»--la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de -cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de -opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que -la vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la -edad viril. - - - III.--LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS. - -Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del -proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean; -es como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á -la obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición. - -Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él -reviste en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir -un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta -inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en -plena senectud, su mentalidad social se reduce á la mentalidad de la -especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á -la miseria. - -En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente -esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario -que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior -deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período -de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes -ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse -tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en -la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las -obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» -por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin -recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable -si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez. - -Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis -psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á -la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios, -libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón -pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que -esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo -tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el -contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable -preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo -Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al -dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la -patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas -de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes, -Du-Bois Reymond y C. E. Baer. - -Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer -en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su -debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su -madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz -de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en -especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy, -cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le -hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años -escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar, -para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las -horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes. - - - IV.--PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ. - -La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de -comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen -y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la -inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez -anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta -hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es -una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con -desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares -se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el -volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los -tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener -el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión. -En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las -transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo -degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, -no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de -la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente -estudiado por Ribot en el último capítulo de su _Psicología de los -sentimientos_. - -Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su -ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período -expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto -perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de -analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba -por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece -advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece -contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su caparazón cuando -presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por todas las -fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las -primaveras. - -La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes. -Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte -para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud, -considerándola muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas -costumbres á que no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige -la parte más grande, contrariando toda iniciativa, desdeñando las -corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que en otro -tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera comprometedor ó -detestable. - -Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad -«atenúa ó anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir -ó simplemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. -Omito las rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen -particular. Para la mayoría de los hombres, el debilitamiento vital -suprime de seguida el gusto de esas cosas superfluas. Señalemos, -también, con la vejez, la hostilidad decidida contra las innovaciones: -nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de -plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es tan notorio, -que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, cada -generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese -«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados. -Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una -capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en -los viejos, por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á -esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos los -sentimientos altruístas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta -el fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la -personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad. - -Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al -de su formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan -impresiones poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto -revélase en la regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de -las primeras impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando -ya han desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de -plasticidad hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros, -ó muy débiles, mientras los antiguos se han grabado hondamente en -materia más sensible y sólo se borran con la destrucción de los órganos. - -Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su -poder de crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad -de adaptación del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas -ideológicos; la detención de las funciones neuronales en los ancianos, -ó en los adultos de cerebro atrofiado por falta de ilustración ú -otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la -inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe, -igualmente, que la amnesia, la falta de asociación de ideas, la torpeza -intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando--por -causas más ó menos mórbidas--la articulación entre los neurones llega -á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan y dejan de -estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se desorganizan -parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta -la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías de -asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos -años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido -organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado -de plasticidad. - -Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III, -452) observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la -vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables -cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez: - - Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis - ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque - mensque. - -Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha -anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura -hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio -usual en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine -piquera-t-elle jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de -la historia han sido realizadas antes de los treinta años. (_Essais_, -lib. I, cap. LVII.) - -Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las -mismas conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la -energética moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años -al publicar su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco, -veintiséis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes -innovadores había llegado á los treinta años cuando se dió á conocer. -Las épocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento -en que fueron concebidos; hubieron de pasar algunos años antes de -que tuviesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos -encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos -maestros de la ciencia; estamos acostumbrados á considerarla como -privilegio de una edad más avanzada, y nos parece que todos ellos han -faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose abrir nuevos caminos -á la verdad. Se dirá que la solución de esos problemas por verdaderos -muchachos fué una singular y excepcional casualidad; fácil es comprobar -que ocurre lo mismo en todos los dominios de la ciencia: la gran -mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron la obra -de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es éste el -sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese hecho; pero es -útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos -de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud. Los -trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador; -el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos... -permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes -en los institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como -ocurre ahora, un gran número de talentos científicos originales.» (W. -Ostwald: _L'Energie_, cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan -improvisadas el eminente filósofo las ha desenvuelto en su último -libro (_Les grands hommes_), donde el problema del genio juvenil está -analizado con criterio experimental. - -Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á -hombres que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es -natural que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada -á un joven significaría enterrar á un vivo. - - - V.--LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA. - -Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot -y Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los -jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas. - -Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán -viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á -la mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental. - -¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios -terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la -conversión religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría -el hombre, activo y emprendedor á los treinta años, no ser apático -y prudente á los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos -haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo -paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano -misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas -frente á la realidad que nos rodea? - -La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables -de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni -morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; -envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el -crecimiento, nos lo sustrae preparando la muerte. - -Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante, -mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La -historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su _De Senectute_ -con el mismo espíritu con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su -ensayo sobre _La Vieillesse_. Aquél se quejaba de que los viejos fueran -poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en -la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los -viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una -competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre -los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se -explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos lo -saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber -visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos -de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los -viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque -comete la imprudencia de juzgarle con verdad: _convenons de bonne grâce -qu'il prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux, -il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur et son aspect est -désagréable_: ningún joven ha escrito una silueta más sintética que -esa, incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia. - -Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias -contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez. - -Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier -excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del -gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela, -rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su -grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época -patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de -las clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron -superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su -mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el -individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la -cabeza de la sociedad. - -No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, -señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet. -Afirmar que por el camino de la vejez se llega á la mediocridad es -la aplicación simple de un principio regresivo que rige á todos los -organismos vivos y los prepara á la muerte. ¿Por qué extrañarnos de -esa decadencia mental si estamos acostumbrados á ver desteñir las -hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega perseguido por el -invierno? - -Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la -juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, -heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez -siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres -representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después -de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en -el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la -resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo, -esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los -peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen -derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas -en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen -á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la -incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden -concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles. - -La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede -convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil -para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se -arrepiente no es por santidad, sino por impotencia. - - - - - LA MEDIOCRACIA - - I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.--II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.--III. - DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.--IV. LA - ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.» - - - I.--EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD. - -En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se -exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. -Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más -tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia -de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras -líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los -héroes su corazón en la balanza del destino. - -Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de -encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales -trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de -palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y -noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la -continuidad del tiempo. - -En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo -vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales, -tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni -oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no -resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de -los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es -el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias. - -Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el -culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, -la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el -desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y -de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo. -En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se -habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como -predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El -culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra -fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños -militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan -esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido -improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás -piezas del mosaico. - -Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre. -Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos -gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. -Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las -democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la -culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no -patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los -engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos -desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas -advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de -parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar -con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la -encrucijada más impune para explotar á la sociedad. - -Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los -regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. -Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad -prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se -cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al -elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece -en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia: -todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada -uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades -oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la -tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en -llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura -á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas -denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí -mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, -carcomiendo la dignidad común. - -En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias -por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó -el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu -colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias. -Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el -mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la -pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia -estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á -los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son -despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados. -No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del -país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. -Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan. - -Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su -influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados; -nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los -ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza -á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan, -se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa -medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan -el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista: -cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se -condensa, conviértese en sistema, es incontrastable. - -Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las -profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La -aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. -Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida -por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias -pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos -administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia -de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase -cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman -las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente -la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la -justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de -todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable -que oscila entre un empleo y una decoración. - -Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo -representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son -suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres -se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales. -Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios -por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su -eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en -institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo -ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la -fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por -el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de -nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas -parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse -por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad -no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de -los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es -una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos -mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, -cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna, -ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto -en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de -virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco -Aurelio. - -Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la -ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de -los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen -prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban -resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras -son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó -lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos, -anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de -la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino _par negotiis neque -supra_. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan, -predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada -tienen que hacer. - -La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce -pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las -virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates, -el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel -á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres -ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún -brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó -ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio: -que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria -para usufructuar sus riquezas. - -En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las -cortes se pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores. -Mesnadas de retóricos parlotean _pane lucrando_: aspirantes á algún -bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, en cuyas conciencias -está siempre colgado el albarán ignominioso. Las mediocracias -apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el -miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley -en esos climas. Todo hombre declina su personalidad al convertirse -en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, -pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de -una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada -oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos -á las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se -aproxima. En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado. -De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino -sembrando el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito. - -Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de -instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de -espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea -disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la -grandeza y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de -esperanzas no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños -comunes, desear juntos grandes cosas y sentirse decididos á -realizarlas, con la seguridad de que ninguno se quedará en mitad del -camino contando sus talegas. No basta acumular riquezas para crear -una patria: Cartago no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, las -industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de un país un -estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una -patria. - -Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una -nación. El sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se -sienten acomunados para perseguir un mismo ideal: las naciones más -homogéneas son las que cuentan más hombres capaces de sentirlo y de -servirlo. Es más intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas. -La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, impídeles ver en -el patriotismo el más alto ideal; el _déclassé_, ajeno á la nación, -tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país natal. Sólo -el digno y el libre pueden tener una patria. - -Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos, -pero permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante -y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de -cofradía. Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los -ideales de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación, -el sentimiento nacional se corrompe: la patria es explotada como una -empresa. Cuando se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa -que en cada ingenio original puede estar una partícula de la gloria -común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven á la condición de -habitantes. La patria á la de país. - -Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara -parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres -aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios -tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie -individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma -la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en -el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa -se doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que -navegan, advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto -inmóvil: un faro en la costa. - - - II.--LA POLÍTICA DE LAS PIARAS. - -El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el -sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes -presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de -aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los -árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte. - -La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus -subalternos florecen en los establos del sufragio universal. En la -bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia -desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura una moral hostil -á la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va á manos de -gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse -los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican. -Los palaciegos se mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos -y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde -todos tragan. Lo que antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase -jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si -hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan -y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser -vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza, -en los países cúbrese de honores. - -Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados: -enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no -arrebatos de sectarios. Su justificación está á cargo de electores -inocentes, que van á la parodia como á una fiesta del ideal. - -Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres -pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan -sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad -de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada -piara se forma un estado mayor que disculpe la pretensión de gobernar -á su país, encubriendo las restantes vanidades ó piraterías con el -pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son -toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no admiran ninguna -superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar paso á su -mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced á la -firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de sombras -insignificantes. - -Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de -«elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos, -deshonestos y serviles. - -Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos -terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos -coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus -alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad -amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más -capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen -conseguirlo incorporándose á las piaras. - -Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á -especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las -arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el -erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y -dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo -para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política -suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría. -Apoya á todos los gobiernos. - -Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad -de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos -de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de -la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la -certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y -sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á -batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una -votación. - -En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los -congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes. -Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las -mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno -se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación. - -Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún -apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo -no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su -presencia, aquilatándolos. - -Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos -envilecidos. Los partidos--ó el gobierno en su nombre--operan una -selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la -intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que -tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia. - -Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos -infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El -desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el -rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del -representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á -los _desiderata_ del sufragio universal; la grey se prosterna ante los -fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería. - -Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en -funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho. -Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los -sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino -en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad -ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir -á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es -inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de -prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven, -maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose, -envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera. - -El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario -delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de -mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta -feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor. -Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las -instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una -clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese -altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la -rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña -burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara -que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida -doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias -bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios. -El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se -asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse -apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia. -Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres -que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero -á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios -de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más -contradictorias fisiologías. - -Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la -adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos. - -Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad -humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros -domésticos. - -El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran -esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios -para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad». -Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel, -jamás conducen á la gloria. - -La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos -son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación, -el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio -sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á -quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es -una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada. -El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la -conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su -inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus -gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su -personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de -los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle. - -La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el -adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por -el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (_Fedra_, IV, 6) lo -creyó un castigo divino: - - _Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux - rois la colère celeste._ - -No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es -menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad, -más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo -de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más -cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste. -Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de -sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la -propia dignidad. - -En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes, -los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven -fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su -sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los -ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los -arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su -hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios -desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación: -tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres -dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían -sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no -merecer. - -Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa -con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal -donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente--escribió La -Bruyère--no puede adular; cree que su presencia importuna en las -cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que -gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus -méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud -y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos. - -De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y -dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni -se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo -mediocre y lo innoble son calificados con justeza; á fuerza de velar -los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las -cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda -palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres á -las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una -cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente -y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro. - -Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias -admirables que cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un -ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert; -muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por -los gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista -es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías -constitucionales y en las repúblicas democráticas. Quien vive para un -ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para -que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; cuando -se apartan de ella la pierden para siempre. - -Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres. -En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y -el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los -rutinarios: rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben; -nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan contra -ella, á desmantelarla, cuando se prepara un porvenir. - - - III.--DEMAGOGOS Y ARISTARCOS. - -El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso -escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos -en rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la -culminación de los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías -ó repúblicas. El siglo XIX ha unificado el régimen político, en su -esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos. - -Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las -excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una -voz de la naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es -un privilegio excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La -democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos -y no aducen derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra -y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que -uno solo. La civilización parece concurrir á ese lento y progresivo -destierro del hombre extraordinario, ensanchando é iluminando las -medianías. Cuando los más no sabían pensar, justo era que uno lo -hiciese por todos, facultad suprema aunque expuesta á peligrosos -excesos. Pero el hombre providencial es innecesario á medida que -los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, se -pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas ó -escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y podría traducirse -así: en la medida en que se difunde el régimen democrático restríngese -la función de los hombres superiores. - -Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una -orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase -con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca; -ni lo será, según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación, -viendo en la igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil -y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la -presunción de la democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á -Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros -tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El -genio, en su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre en la -propia; mil, cien mil mediocres no harían entonces lo que un genio. -Cooperan á su obra los idealistas que les preceden ó siguen; nunca los -conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias, -que pueden ser su instrumento pero no su guía. - -Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial -sino al mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan -de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares. -El culto del gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al -malo, sin concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del -genio, del santo y del héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca -al fatuo: en la chatura crepuscular de las mediocracias, mientras las -academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado -los charlatanes ó los pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no -sirven; entonces puéblase de astros el horizonte. En la borrasca toma -el timón un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora -mira lejos un Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad en -formación. Y todo varía en sus dominios; fórmase en su rededor, como el -halo en torno de los astros, una particular atmósfera donde su palabra -resuena y su chispa ilumina: es el clima del genio. Y uno sólo piensa y -hace: marca un evo. - -Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza: -«la igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible -una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los -individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No -habría podido existir como término culminante de la serie biológica. -Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la -selección natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse -las variaciones descollantes de los individuos. Igualar todos los -antropoides sería negar la humanidad; igualar todos los hombres sería -negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma. - -Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo -del régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha -favorecido su descenso político durante el último siglo. - -Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente, -es una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser -todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine -y Hugo, nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la -equivalencia universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es -la posición del problema. Es sencilla. - -Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron -tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los -tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir -á las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido -siempre mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un -«pueblo» capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas -de pobres é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de -pastores. - -La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los -más grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho -individualistas y partidarios de la selección natural: _perseguían la -aristocracia del mérito contra los privilegios de las castas_. Aquel -ingenuo trovador que cantó - - «Ved en trono á la noble igualdad», - -creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes -oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas -coloniales. Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar -á los humildes, para inducirles á cambiar de amo; tan superficial -era su fe democrática que sólo acertó á calificar de «noble» á la -igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de entregarla al pueblo para -que la disfrutara, la puso en un «trono», como si con ella quisiera -simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, como -todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los ilusos ó forman -el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que -invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de toda -superioridad ó diferencia. - -Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis -de mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen -la justicia para todos y se equivocan buscándola en la igualdad; -los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban -por reservarlo á los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la -nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. Ambos son, de -hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo -sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: en -ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales. Así como -las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias -no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las -tabernas. - -Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es -respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo. -Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre -hombres y sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la -aristocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. -Es justo, porque es natural. En cambio es ridículo el concepto de -las aristocracias tradicionales: conciben la sociedad como un botín -reservado á una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar -compuesta por los mejores hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos, -familiares y lacayos de los que fueron otrora los más aptos seguirán -participando de un poder que no han contribuido á crear? ¿En nombre de -la herencia? - -Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y -podrían renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo. -Conviene que lo pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una -aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso -obstáculo. - -El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los -derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos -son igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes -superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal. - -Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática -son más propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se -constituyen oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos -y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su -improvisación, fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por -atributos inexplicables que fincan en una cultura de siglos: hay gentes -de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera. -Son más esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad y el -honor tienen más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia -que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á -castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas minadas por hábitos -de servidumbre? - -El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el -privilegio numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada -no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de -combatir la mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática; -en los dos casos trátase de idénticos mediocres con distinta -escarapela. Las masas inferiores--que podrían ser el «pueblo»--y -los hombres excelentes de cada sociedad--que son la «aristocracia -natural»--, suelen permanecer ajenos á su estrategia. - -Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que -pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas; -entre los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que -ansían reducir á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de -mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas son -víctimas propiciatorias en esas disputas entre mediocres enguantados ó -descamisados. - - - IV.--LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO. - -La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto -de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima -moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; -nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios -beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por -los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una -resultante concreta de la moral. - -La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito -de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una -mediocracia resulta ilusorio en las épocas de domesticación moral y de -hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus -fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el -vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos, -con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente á cierta -hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y -trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos -recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango -al mérito y reclama la intervención del genio. - -El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo -en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una _vis -medicatrix naturae_ que corrige el abellacamiento de las naciones: la -formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito. - -El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad, -se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la -orientación original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento -se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La -mediocridad calla, impotente; su hostilidad tórnase feble, aunque -innúmera. Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, otorgándolo á ras -de tierra. De lo útil á todos, no saben decidir los más: nunca fué el -rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto -del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez -en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la opinión de sus -iguales. - -Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas -converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa -de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena -como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán. -En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al -carácter como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su -esfuerzo ineficaz. - -Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas -las cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad -numérica ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo -tendría tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se -esforzarían por ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo -cualquier originalidad creadora á la más tradicional de las rutinas. - -Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno -aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos -útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras -respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de -las aptitudes y se perdería con ellas. - -Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental. - -Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la -igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito. - -Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los -intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base -natural del privilegio. - -La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las -mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta: -_la justicia en la desigualdad_. - - - - - LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1] - - I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO--II. EL TRINOMIO MENTAL DEL - ARQUETIPO.--III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA. - - - I.--LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO. - -Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro -legendario--Tiberio ó Facundo--y del genio transmutador--Marco Aurelio -ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los -mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á -la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia -inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios -por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana -de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima; -sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en -su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados -por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó -por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en -su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la -mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en -momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de -una serpiente. - - -Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles -culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que -comparten sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus -vicios, sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio de tal -casta ó partido: su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas -políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con su -corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad, -hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de -ajenas voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes, -buscan los tiranos sus favoritos, nombran los reyes sus ministros, -entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes: -en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y en -las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura -espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran -propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan -las cumbres y los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y -timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen -la originalidad y la juventud; adoran á los que nunca podrán volar ó -tienen ya las alas enmohecidas. - -Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes -apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal, -atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso -basta para disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas -gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma -infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría -de su fantasma: llámase lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad, -ponderación á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, fe á su -fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, distracción á sus vicios, -liberalidad á su briba, sazón á su marchitez. La hora los favorece: las -sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. En cierto momento -la ilusión ciega á muchos, acallando toda veraz disidencia. De esas -baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, aunque -no siempre los menos inservibles. - -La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: -nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en -la común vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el -espectáculo. Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,--J. -M. Ramos Mexía--lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la -persistente notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen -tener ciertos grupos de mediocres, consiste en propiedades de fácil -articulación de los unos con los otros, resultando una firmeza de -columna vertebral y constituyendo verdaderos mecanismos de nutrición -colectiva. Así asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no -necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento para adquirir el -sentido de las conveniencias vitales.» - -Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en -prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos. -Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse -proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del -Poder, aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, -los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación -al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, -mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir -attendre est le grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema -de los arquetipos: el «don de espera», que los expone á alelarse en una -vejez almibarada. - -La paciente expectativa converge á la culminación de los menos -inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca -vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando -les falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un -sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces, -en tácita transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar -más alabanzas en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo -los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una -hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno. Su armazón es -simple convergencia de ocultas debilidades: «Una cierta tendencia -asociativa duplica sus fuerzas. En virtud de la ley por la cual los -semejantes buscan á los semejantes, todo mediocre se siente atraído -por su homónimo mental. De allí procede ese género de epidemicidad de -la insignificancia intelectual que suele hacer estragos en la sociedad -en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese ambiente el -talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más chillona -y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho más -que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no -está en tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario, -en no tenerlas para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder -de mimetismo concurrente que hace de la vida un carnaval solemne, -en el cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización para -aplastar con su vientre la excelsitud del cerebro alado; tanto más -fácilmente cuanto que la miope simplicidad popular confunde á menudo -las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones cerebrales». - -Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el -pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas, -empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir -la verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas -las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo -disipa el equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados -en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el -primero es la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia. - -Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con -demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral, -sus lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las -cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran -prescritas sus viejas pústulas: incondicionalismos para con los -regímenes más turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos -infortunios de donjuanismo epigramático. Sus labios abrévanse en -aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten -que después de chapalear en el vicio todo puritanismo huele á encima, -como los guantes que pasan por el limpiador. - -Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan -esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los -desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta -que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la -tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester -los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados; -corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y -quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candorosamente la -zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de ciertas épocas: -cuando la mediocridad incuba pollipavos no tienen atmósfera los -aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos -necesarios para advenir al poder: entrégase á ejercitarlo como un -tartamudo á quien confiaran la declamación de un poema. - -La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas: -el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en -contra de alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de -andar á la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una -inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que -le han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin gallardía; no la -demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por -tantos años ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por -cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos, ni se -parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos -vagamundean con el «don de espera del batracio optimista», de que -habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una -herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa; pero llega su -sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir, -más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance -finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el -tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla. - -En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con -inocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan -alguna misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que -ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación -con que los exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los -eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer la -estrategia de los empresarios de su fama. - -Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas -diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus -huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático -ó perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas -canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de -sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías -reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo -después de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la -nación más hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos, -como si por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en -los corazones de los pueblos. - -Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los -ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo -puede agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración de la -calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica cuando procede de amigos -interesados, el «aparato» se completa á maravilla y sus efectos -transcendentales escapan á los límites de la vida privada; los simples -goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta la celebridad -mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos -calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura -híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar, -quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si -hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con -vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia -del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel la mula: se les -reconoce al pasar, viendo su moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su -herradura. - -Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no -piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á -misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran -como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías -arrugadas: la grandílocua rancidez de programas á cuyo pie buscaríase -de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no -traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén -cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más á los -mediocres. Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no -lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y -nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios -democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano, -la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza -consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula decir -mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase bajo -el antifaz de las vaguedades cívicas. - -No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia. -Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de -civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el -vicio, por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos -caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los -indignos han tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se -conquistan hay que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso -el engendrado en un vientre impuro», dicen las escrituras; los que se -encumbran cerrando los ojos é implicándose en mañas de estercolero, -sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintiéndose á sí mismos -para hartar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del -pecado original, aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al -maleficio de sus Mefistófeles. - -El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las -facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos -retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo -de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En -ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No -podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente -porque no existe, substituido por cohortes que medran. - -Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades -espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna -multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres. -Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en -la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las -oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos -los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se -complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas -ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y -raza y humanidad. - - - II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO. - -Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa -superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos -un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la -fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se -repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su -trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo. - -Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera -sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de -las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus -ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos -y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es -confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar -las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas -nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes -lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones -allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los -burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que -recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático -cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo -voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice -su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la -penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad -de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena -estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro -meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes -mentales que la vanidad les sugiere.» - -En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico -esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso -quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el -vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por -los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la -vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula -en los tontos. - -Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales -y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á -lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella -entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la -atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos -que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; -salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas -intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en -actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase -cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los -vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias. -El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla, -aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad. - -Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay -pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría -bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten -de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan -de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar -el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los -acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía -Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que -ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores -que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo -visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso -abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias, -la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios. -Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez -quitan al hombre el gobierno de sí mismo. - -La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción -de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de -los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones -de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta -trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su -aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder -lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se -entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de -potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas: -esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión -á la democracia. - -El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan; -ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El -verdadero justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello -tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta -equidad en los casos que no hieren al valimiento de sus cómplices; -pero se complica de hecho en todas las zirigañas de los serviles. -Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo al -digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante -al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las -mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se -empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos: -como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los -arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero -está su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, -acostumbrados á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde -el diamante con la bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció -Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de -hinojos á los estrados de los que mandan. - -Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar -su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al -dios de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron -los acordes rústicos de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas -divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable á la lira, -unánimes todos menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla. -De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo -quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso -ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un cubiculario; corrió á un -lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no -se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten -eternamente que Midas tiene orejas de asno. - -La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página -de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de -Bacon, los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones -ó reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es -el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación -hay diez ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en -usarlos á todos, con sus cualidades y defectos; un Panza los excluye -de su ínsula, usando á los que se domestican, es decir, á los peores -como carácter y moralidad. Siempre son injustos los mediócratas: -escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que -merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos -prefieran á sus similares, como dice el publicista. «La torpeza del -burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca -consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología -encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora llega en -que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos, -irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores; -dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se -saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás; -los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un -clavo se pierde una herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos -castiganlos con la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura -en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta -un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen va recta al -corazón, como la del romance famoso. - -Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca -al amo. - -Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan -con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de -arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla -para el cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los -sofistas y las manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas para -que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación -del ignorante al consejo del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si -coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan -la Monita Secreta para interpretar las Magnas Cartas de las naciones. -Bajo su imperio la hipocresía--más funesta que la desvergüenza--tórnase -sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas -ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el -que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos -los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía -crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes -moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la -fisonomía de toda una época. - - - III.--LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA. - -Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su -oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila -y su cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres -repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en -que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres. -Eligen á los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta -hartarse y bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches -blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes -verdes, tornándose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo, -preparando esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se -almibara. Ésa es la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio á -la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan á momificarse -en vida. - -Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los -arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo -reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de -ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias -naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz, -exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los -pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola. -Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos -los incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes. -Las apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo, -disueltos como enormes azucarillos. - -El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota, -como si el destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza, -demostrándola á los más empecinados, á los que podrían dudar si -murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento. - -Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para -sí tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar -que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos -como á la hoja de un catálogo abandonado á la intemperie. - -Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el -remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio: -«Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse: -pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los -arquetipos sienten su esclavitud: deben morir en ella, si es menester, -custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad. - -Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben -y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan -enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus -descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra -y vivir de ella. - -Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los -amortaje; sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los -palaciegos, en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos -comensales, no pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar -lo que pudieron ser..., creen que muere una esperanza, como si ésta -fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y -los almibaramientos de la vejez. - -Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada -era de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas -cartas ya están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros -nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas -trampas ignoran, se apartan de todas las piaras, esperando otro clima -ó preparándolo. Y no manchan sus labios nombrando á los arquetipos: -sería, acaso, inmortalizarlos. - - - NOTAS: - -[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares -luminosos de su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al -arquetipo de las mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el -actual presidente de su «país.» Lo que no es su intención ocultar. - - - - - LOS FORJADORES DE IDEALES - - I. EL CLIMA DEL GENIO.--II. EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.--III. EL - GENIO REVELADOR: AMEGHINO--IV. LA MORAL DEL GENIO. - - - I.--EL CLIMA DEL GENIO. - -La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos -lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo -que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos -árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza -que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, -cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina, -algunos hombres excepcionales anticipan su visión á la de todos, la -concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en -los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree; -capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan una era ó señalan una -ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su -firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas. - -La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el -punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre -y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión -trascendente. El hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando -encuentra clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más -fecunda. La función implica el órgano: el genio hace actual lo que en -su clima es potencial. - -Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad -mientras en su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita -condiciones propicias de tiempo y de lugar para que su aptitud -desempeñe una función. El ambiente constituye el «clima» del genio y la -oportunidad marca su «hora». Sin ellos ningún cerebro excepcional puede -elevarse á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan para creerla -en un cerebro mediocre. - -Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien, -encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la -culminación: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y -en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con -la oportunidad que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando -un ideal implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo, -instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, imponiéndolo. - -El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho -intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de -aptitudes personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un -arte, una ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por -una renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando -nuevas orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como -artista ó profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las -emprende como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y -permiten reconocer su huella á través del tiempo. Es rectilíneo é -incontrastable porque encuentra su clima y su hora: vuela y vuela, -superior á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando -á deshoras viviría inquieto, fluctuante, desorientado; sería siempre -intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara á -alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio. No podría -serlo. Nunca. - -Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud, -significa confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan -sobre la mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los -hombres inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos -de una escala infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las -estadísticas y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso. -Reservemos el título á pocos elegidos. Son animadores de una época, -transfundiéndose, algunas veces, en su generación y con más frecuencia -en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, de sus ideas ó de -sus obras. - -La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos, -confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan -á sí mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada. -Hay una medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se -reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. -Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si -héroe, lo ejecuta. - -El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden -adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para -alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las -circunstancias convergerán á que ellas se conviertan en obras. Y, -mientras no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y -porque ciertas obras geniales no se realizan en minutos, sino en -años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser -consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el -paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una nueva -generación estará habilitada para comprenderlo. - -En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos, -desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar -los mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en -la lucha por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un -ideal y consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria -no está en el homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle -los demás, sino en sí mismos, en la capacidad para efectuar su obra -ó cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque Sócrates beba -la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó Bruno agonice en la hoguera: -fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la historia de -los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se reconoce por la remota -eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por las frágiles -sanciones de los contemporáneos. - -La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su -horizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse -cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados como -perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y la voluntad. - -Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio -ó á la excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la -hora puede ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden -de genialidad: la más oportuna es siempre la más fecunda. Conviene -renunciar á toda estratificación jerárquica de los genios, afirmando su -diferencia y admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las -cumbres son excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse -habilitado para decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan -de estas pequeñeces; el problema es insoluble por definición. - -Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que -la alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado -de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su -pueblo ó de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de -capitanes y conquistadores; las otras formas de genialidad entran -en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel -Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus siglos más altos que los -emperadores: por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo. -Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de -su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir ó -pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: todo Ideal es una -síntesis. Las grandes transmutaciones históricas nacen como videncias -líricas de los genios artísticos, se transfunden en la doctrina de -los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas. Así -la genialidad, de simple actitud individual, deviene función en los -pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente. - -La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología -de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su -aptitud, y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, -remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta -apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción de -los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende -el Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería, -dar visos de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos -simples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo -uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora -oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se desenvuelve hasta la -genialidad. - -El genio es una fuerza que actúa en función del medio. - -Probarlo es fácil. - -Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver -argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte -de la cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las -fuentes más hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las -suyas, han visto florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés -y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus organismos se -hubieran encendido lámparas votivas consagradas á la glorificación -eterna de su genio. - -Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra -decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura -de este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol -y sembrador: ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le -sucedieron en el gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las -doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino; -será imposible no advertir la huella de su paso, y quien lo olvide -renunciará á conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él. - - - II.--EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO. - -Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie -americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan -alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar -que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado -por el afán de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las -grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á -su influencia todas las masas menores de su sistema cósmico. - -Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar -civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para -saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para -cohibir su inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera -de sus propios ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino, -previendo que la gloria se incuba en regazos de auroras fecundadas por -los sueños de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando -urge construir ó transmutar, fórmase el clima del genio: su hora -suena como fatídica invitación á llenar una página de luz. El hombre -extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera á una -predestinación irrevocable. - -_Facundo_ es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo -feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la -verdad; presentir un ritmo de civilización cuesta más que acometer -una conquista. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. Un -libro es más que una intención: es un gesto. Su palabra parece bajar -de un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por entonces, su -espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso. -En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan de -angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno de su -frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende -las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con -sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse -busca al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio -y en su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes -de _Facundo_, asombroso enquiridión que parece un reto de águila á -águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su -verbo es anatema: tan fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se -enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo -no parece español. Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su -pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro. -Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta -para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea -llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan al corazón de miles -de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan -su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive: -palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase -que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro, -fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan -decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa -de infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente -herida una era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se -encumbra así para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no -admiten rectificación y escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir -sus ritmos á las mareas del Océano para loar líricamente la perennidad -del gesto magnífico. - -La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su -Ideal se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención -de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo, -siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso, -como el héroe del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué -pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los partidos, incapaces -para contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente. -Ninguno, grande ó pequeño, podía ser toda una generación, todo un -pueblo, toda una raza. Sarmiento sintetizaba una era en nuestra -latinidad americana. Su acercamiento á las facciones, compuestas por -amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias, eran simples -tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución -necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale -pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el lema -inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas». - -Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó -como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que -abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la -civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones -é ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear -tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados. -Entusiasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una -propia hija, fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con -la serena crueldad de un cirujano. - -La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes -contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas -extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. -Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta -años perfeccionando las originalidades que había adquirido á los -treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede -concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces -de opinión, porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino -parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo -que se obscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de -amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo. -En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo -oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo. - -Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto -á su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los -hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; -los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde -van. Vivió inventando doctrinas ó forjando instituciones, creando -siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo -paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del mediocre que -se acomoda para vegetar tranquilamente. La adaptación social depende -del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras -el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre -de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación es -mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que -son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. -Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen -ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la -vejez. Sarmiento fué una excepción. Había nacido «así» y quiso vivir -como era, sin desteñirse en el semitono de los demás. - -En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar -sus ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su -destino. Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su -tiempo, hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de -la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, -siempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de -sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa -si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de -entre las cenizas. - -Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento. -Fué «inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación. -Su originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente: -mas no era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y -su medio. Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación. -Su genio era una suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba. -Parecía lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le -circuía. - -Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos -los caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su -genialidad está en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes -desequilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y el -porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de -su destino. Nada le perdonan los enemigos del Ideal que él representa; -todo le exigen los partidarios. El equilibrio del mediocre es exiguo -comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo igual á uno y -éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza y una -absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan; -cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas -planeantes en su atmósfera natural. - -La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se -atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose -al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan -cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del -raciocinio rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que -inadaptado no quiere decir alienado: no puede el genio consistir en -adaptarse á la mediocridad. - -El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos -más insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara -predestinados á la degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento -y el genio pueblen los asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres -excelentes, encontráronse á su lado un millón de mediocres y pobres -diablos. Es evidente que los alienistas estudiarán la biografía de los -diez é ignorarán la del millón. Y para enriquecer sus catálogos de -genios enfermos incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuando -no á simples desequilibrados intelectuales que son «imbéciles con la -librea del genio». Estos personajes, que viven á horcajadas sobre el -muro que separa la cárcel del manicomio, son la antítesis misma del -talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de tantos estigmas -de su desequilibrio. - -Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función -que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero -juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos -se presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de -la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha -de los originales; se opera entre individuos diferenciados. El -desenvolvimiento de una personalidad genial es una simple variación -sobre los caracteres adquiridos por el grupo social; gracias á ella -aparecen nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de -divergencia y sirven de materia á la selección natural. La desarmonía -de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias son rebeliones á las -rutinas de los mediocres. - -Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre -disgregación, desequilibrio, solución de continuidad. Con breve -razonamiento refutó Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se -abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta de los demás; -la distracción ausenta de sí mismo. Cada proceso ideativo es una serie. -En cada serie hay un término medio y un proceso lógico. Entre las -diversas series hay saltos y faltan los términos medios. El genio, -moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia los -términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de una -serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar. -Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el -movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor, -el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos -medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de -los demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del -genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo -ni loco, es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica, -la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la -moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la -nulidad de estilo». - -La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la -confusión. Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman -loco al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta: -son aquéllos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas -algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que -viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer, -sus propios adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto -magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco -Sarmiento». - -¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre -la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos -formulados por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen -á marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por -resplandores inusitados, sólo atinan á justificarse con epítetos -despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino ilustre -sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso -que no haya sido empleado contra él: era tan grande que no bastó un -diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de -la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas -las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes. -La caricatura le mordió hasta sangrar, como á ningún otro: el lápiz -tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. Como -las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra maestra del -Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su titánica -personalidad, robustecida por la brega. - -El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número, -irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos, -desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de -tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en -todos los surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la -videncia del juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus -contemporáneos le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de -esperanzas en un matorral de espinas. - -Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de -recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las -ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con -frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores -son solitarios; parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á -él para combatir ó predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles, -sin entregarse nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes. -Muchos ingenios eminentes, arrollados por la marea colectiva, pierden -ó atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio. -Los prejuicios más hondamente arraigados en el individuo subsisten -y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de -reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas -el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si -no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse -por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga á una -misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó de una -generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se -encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento, -doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren -claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la -inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio -de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización -de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de la nacionalidad -entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo -entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro de su país, europeo -entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre -porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de -los hombres de genio estar ausentes en todas partes. - -Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus -contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron -compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros -rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la -adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen -tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á -todos, sin rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio: -sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad. -Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y -que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran varón que honra á la -raza de todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo -de las hachas... - - - III.--EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO. - -Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes -de que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que -Sarmiento, llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia -ambos fueron maestros de escuela, autodidactas, sin título -universitario, formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto -inmediato con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos -exteriores de la mentira mundana, con las manos libres, la cabeza -libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio florece -mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que son -su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus -universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus -academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el -aire libre y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento -precoz enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las -mejores originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial. - -Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene -caracteres de fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en -juntar huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe -compuesto con millares de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos -testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como si -obrara por predestinación ó por fatalidad? - -Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la -superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra; -tenía que ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado el -asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no -podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no fué -propicio á ello hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento; y -tenía que ser Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro -reunía en tan alto grado su aptitud para la observación y el análisis, -su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el -enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas -las mediocres vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan -al pensador? - -Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad. -Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente, -el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la -realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre, -son su estímulo: crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad -puede conspirar contra él, movilizando en su contra la detracción -y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, -dionisíacamente seguro. El genio no fracasa nunca. El que no ha -creado no es genio, no llegó á serlo, fué una ilusión disipada. No -quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha hacia la -gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene -prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila -y se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden -su talón los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en -dos circunstancias se ilumina ó se desencadena: en la hora de la -inspiración y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad -parece que en sus pupilas brillara una luz eterna; cuando amonesta á -los envilecidos diríase que refulge en su frente la soberanía de una -generación. - -Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función -genial. Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo -y sin quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación -no basta para dar vida á la obra: la voluntad la engendra. En este -sentido--y en ningún otro--el desarrollo de la aptitud nativa requiere -«una larga paciencia» para que el ingenio se convierta en talento ó -se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcionales tienen -un valor moral y son algo más que objetos de curiosidad: «merecen» -la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un don de la -naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más que -sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen -solas. El tiempo es el aliado del genio; el trabajo completa las -iniciativas de la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear -saben lo que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en -la raza, en la ley, en el mármol, en la palabra. Tan magno esfuerzo -explica el escaso número de obras maestras. Si la imaginación creadora -es necesaria para concebirlas, requiérese para ejecutarlas otra rara -virtud: la voluntad tenaz, que Newton bautizó como simple paciencia, -sin medir los falsos corolarios de su apotegma. - -Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación -es superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de -bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias, -la paciencia no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de -constancia, sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de -genio, en el tiempo que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su -vida marcha tras él, persiguiendo la quimera entrevista. - -Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se -revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia. -Eso no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad, -ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse -en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas -en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la -genialidad. Sólo es genio quien las convierte en obra luminosa, con -esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los más bellos -dones requieren ser cultivados, como las tierras más fértiles necesitan -ararse. Estériles resultan los espíritus brillantes que desdeñan todo -esfuerzo, tan absolutamente estériles como los imbéciles laboriosos; no -da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril -por más que se le are. - -Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio -con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos. -La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo -como una inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no -siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente -puede acordarse este supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian -menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y -gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una -fuerza y un resultado que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para -griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: era aquel espíritu -que acompaña, guía ó inspira á cada hombre desde la cuna hasta la -tumba. Con la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra -«genio», los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían -al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza ó -culminación. - -No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay -tipos intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de -genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el -«ingenio», es decir una capacidad superior á la mediana. Presenta -una gradación infinita y cada uno de sus grados es susceptible de -educarse ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los -más, sin implicar siquiera talento. Este último es una perfección -alcanzada por pocos, una originalidad particular, una síntesis -de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin ser por eso -equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación del -ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra -adquiere significación social y un Ameghino asciende á la genialidad. -La especie, con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas, -casi, como ejemplares. - -La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres -superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de -talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura. -Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al -hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por -otros ó desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades -ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó -frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que -cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta -la obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un -desarrollo orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por -el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en -su ambiente posee la mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la -inteligencia y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, que es -cualitativa entre el talento y el genio. - -No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad -complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica, -en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte -en talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio, -llegarán ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias -extrínsecas: su obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la -vida ó en la cultura de su pueblo. - -En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer -fiel á su escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco -desequilibrio ó anormalidad; su producción científica ó artística -se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó descubrimientos -son profundos y radicales. El hombre de talento, en cambio, es -más equilibrado y su degeneración física y mental es menor; no es -un precursor decidido, sino más bien un coordinador de elementos -dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo, aunque sin la -verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las conclusiones -son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales: Cervantes, -Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; son -talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace. Existen -tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial», como -Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de ambos -tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de -un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen -igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan -como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas -inquietas y el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes. - -La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay -creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El -genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas -vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes, -en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, -con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las -cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su -camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y -percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère. -Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones -que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no -requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á -siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las -cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil -desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza. - -¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad? -Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque -depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de -entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de -enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino. - -Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su -función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos -intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de -las células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas -químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse -las actividades moleculares y sus variables relaciones, además de -la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto -no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las -transformaciones de energía que determina en el momento que nace, -durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fenómenos -que acompañan á la complejísima función de pensar. Los conocimientos -científicos distan de ese límite. Mientras la química y la fisiología -celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre de que esa, -y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un -Ameghino, en función de su medio. - -Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el -genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas -á la estructura y la coordinación de las células que intervienen -en el pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso, -agudo ú obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas -capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando -faltan: Salamanca no las presta. - -Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa; -los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la -imaginación: de todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la -mano del pintor. El poder de concebir está subordinado al de percibir: -cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde á sus -percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le -estorba; pero ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean -nada superior á lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere -el concurso de la imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la -realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como «un grado -exquisito de sensibilidad nerviosa», se enuncia la más importante de -sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es -un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes imaginativas. - -En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la -imaginación sobre los sentidos; no lo es menos en los genios -especulativos, como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como -Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, se adivinan las -soluciones, se inventan las hipótesis, se plantean las experiencias, -se multiplican las combinaciones. Hay imaginación en la Paleontología -de Ameghino, como la hay en la física de Ampère y en la Cosmología de -Laplace; y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, como en la -política de César ó en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del -genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó un -plan de campaña de Napoleón; no digamos de los sistemas filosóficos, -tan absolutamente imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún: -son poemas, y su valor se mide por la imaginación de sus creadores. - -En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y -continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es -la antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo -en su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y -niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia -las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco -ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando -huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara -en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin -asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su -reputación de inadaptado. - -Basta leer su inmensa obra--centenares de monografías y de -volúmenes--para comprender que sólo presenta los desequilibrios -inherentes á su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, -nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una -vasta preparación; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la -herencia ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados; -no ocurrencias, sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades, -sino claramente previstos y anunciados. - -El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula -sospechar un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer -caídos bajo el nivel común á esos mismos que la admiración de los -siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden -ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la -creación, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una -clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio, -opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando á tiempo -de servir como premisa ó punto de partida para nuevas doctrinas y -corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente -que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se -nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio mental. -Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir -con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la -capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio -ni enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á -pesar de ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra. - -Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se -contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el -sentido de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen -á ello, el genio especulativo nace recto desde su origen, como un -rayo de luz que nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo: -todas sus palabras concurren á explicar un mismo pensamiento, á través -de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la -trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin -romper la equilibrada coherencia de la obra total: esa harmonía de la -síntesis que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino converge á -un fin por todos los senderos; nada le desvía. Mira alto y lejos, va -derechamente, sin las prudencias que traban el paso á las medianías sin -detenerse ante los mil interrogantes que de todas partes le acosan para -distraerle de la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos. - -La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el -pensamiento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga -las obras de los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio -ajeno y hablan con énfasis para que muchos les escuchen aunque -no les entiendan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no -atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados por -las circunstancias: los rutinarios serían supremas lumbreras si -por la simple incongruencia se calificara al genio. Para señalar el -punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó -dos generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas -contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser -más astuto y más hábil; pero en las grandes horas de la evolución -intelectual y social todo debe esperarse del genio. Y solamente de él. - -Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo -verdades absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de -Ameghino. Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene -que se equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por -las correcciones que provocan, las investigaciones que estimulan, -las pasiones que encienden, las inercias que conmueven. Los hombres -mediocres se equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se -desploma, enciende una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé -alguna cosa ó verdad no sospechada antes. No es menos grande Platón -por sus errores, ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los -genios que se equivocan hay una viril firmeza que los impone al respeto -de todos. Mientras los contemporizadores ambiguos no despiertan grandes -admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje de sus propios -adversarios. Hay más valor moral en creer firmemente un error, que en -aceptar tibiamente una verdad. - - - IV.--LA MORAL DEL GENIO. - -El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no -puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría -la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es -inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si -busca la Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía. -Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es -un genio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se -unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo por todas -las excelencias, por todas las idealidades. Como fué en Leonardo y en -Goethe. - -Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal: -la inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella -se descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. -Ameghino ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la -prosperidad material. En la ciencia buscó la verdad, tal como la -concebía; ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma de funcionario. -Sobrellevó heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto, sin -vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales, -ignorando esa técnica que simula el mérito para medrar á la sombra del -Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y decidido á no torcer -un milésimo de ella. El que puede domesticar sus convicciones no es, -no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial. - -Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad -moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira, -el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y -es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el -patriotismo y lo rebaja, el que predica el carácter y es servil, el que -predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas, -humillaciones, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un -ideal, ese no es genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga sin -eco, no repercute en el tiempo, como si resonara en el vacío. - -El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean -ásperos y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés; -repudia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en -la Patria á todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el -alma de toda su nación y de todo el continente; tiene sinceridades -que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y dice la verdad -en tan personal estilo que sólo puede ser palabra suya; tolera los -errores ajenos, recordando los propios; se encrespa ante las bajezas, -escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de -catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los -prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con -furor, de todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del -gran americano; Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes -públicas, sin preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas -que concentran la preocupación de la mediocridad. - -Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su -inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los -grandes, los cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos. -Entonces los espíritus estrechos les suponen desamorados, apáticos, -escépticos. Y se equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El -mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo, á su familia, á su -camarilla, á su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad, la -Patria ó la Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. Muchos -hombres darían su vida por defender á su secta; son raros los que se -han inmolado conscientemente por una doctrina ó por un ideal. - -La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su -Ideal y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu -genio», escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia -á los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los -caminos más escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén -decididos á concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á -perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, -son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente -se adivina el ascua crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre -sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apodera del -obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera su orgullo -y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que la -obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á sí misma. - -La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una -suprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente -cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el -choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante -ellas é intenta ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias, -Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo; -pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, -infinita: enseña y no persigue, discute y no amordaza. Muere él por -su fe, pero no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es -tolerante: es un misticismo que respeta las creencias propias en las -ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las -propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes -en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos. -Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con frecuencia las -combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo su -horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal. -Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino: -sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe es de -visionarios y el fanatismo es de siervos. La fe es llama que enciende y -el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo -es un renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna -verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la -verdad de los demás. - -Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del -horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio -es un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de -la Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura, -de doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza -los símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos -esfuerzos. - -Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra -la mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene -fomentar su culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos -se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún -ensueño, apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender -hacia las cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el -genio, la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propicios á su -advenimiento. - -Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y -fuerza es que mueran los venideros, implacablemente segados por el -tiempo. - -Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino: -el ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen -milagros: realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é -investigan profundas verdades. Mientras existan corazones que alienten -un afán de perfección, serán conmovidos por todo lo que revela fe en un -Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los héroes, por la -virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía -de los pensadores. - - - * * * * * - - - BIBLIOTECA RENACIMIENTO - - DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA - - EXTRACTO DEL CATÁLOGO - - - LEOPOLDO ALAS (CLARÍN) - OBRAS COMPLETAS - - I. GALDÓS 3,50 - II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50 - - S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO - - LA RIMA ETERNA 3,00 - LA FLOR DE LA VIDA 3,00 - PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00 - MALVALOCA 3,50 - MUNDO, MUNDILLO 3,50 - FORTUNATO 2,00 - - COMEDIAS ESCOGIDAS - - I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50 - II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50 - III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50 - IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50 - V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50 - - BALDOMERO ARGENTE - - HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50 - - - ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ - - GENTE MENUDA 3,00 - - - AZORÍN - - EL POLÍTICO 3,00 - - - PÍO BAROJA - NOVELAS - - LA BUSCA 3,50 - MALA HIERBA 3,50 - AURORA ROJA 3,50 - LA FERIA DE LOS DISCRETOS 3,50 - PARADOX, REY 3,00 - LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS 3,00 - LA DAMA ERRANTE 3,00 - LA CIUDAD DE LA NIEBLA 3,00 - LAS TRAGEDIAS GROTESCAS 3,00 - CÉSAR Ó NADA 4,00 - LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 3,50 - EL ÁRBOL DE LA CIENCIA 3,50 - EL MUNDO ES ANSÍ 3,50 - EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR 3,50 - LA CASA DE AIZGORRI 1,00 - - - JOAQUÍN BELDA - -LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50 MEMORIAS -DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50 LA -PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00 - - - JACINTO BENAVENTE - _De la Real Academia Española._ - - OBRAS COMPLETAS - Á 3,50 PESETAS TOMO - -CARTAS DE MUJERES.--FIGULINAS.--TEATRO FANTÁSTICO.--VILANOS.--DE -SOBREMESA. - - TEATRO - -I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE -ALIVIO.--II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO -FEMINISTA.--III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA -CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.--IV. -MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.--V. LA GOBERNADORA. EL PRIMO -ROMÁN.--VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS MARIDOS.--VII. -ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL SÁBADO.--VIII. LOS -FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE BELLE ISLE. POR QUÉ SE -AMA.--IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL DRAGÓN DE FUEGO.--X. -RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.--XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA -BODA.--XII. EL SUSTO DE LA CONDESA. CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA. -LOS MALHECHORES DEL BIEN.--XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE -QUE EL AMOR.--XIV. MANÓN LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.--XV. LA -PRINCESA SIN CORAZÓN. EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE -LOS MUERTOS.--XVI. LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL -ÚLTIMO MINUÉ. TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.--XVII. -SEÑORA AMA. EL MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.--XVIII. DE PEQUEÑAS -CAUSAS. HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN -HOMBRE!--XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE. EL -PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA. - - - HENRY BERGSON - _Traducción de Carlos Malagarriga._ - -LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos 7,00 - - - EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL) - - NOVELAS EN GERMEN 2,00 - VÓRTICE 3,00 - GRAFÓMANOS DE AMÉRICA 3,00 - SINTIÉNDOME VIVIR 3,00 - VIAJANDO POR ESPAÑA 3,50 - - - ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL - _Bachiller Alonso de San Martín._ - - LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. 3,50 - - - MANUEL BUENO - - TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO 3,50 - CORAZÓN ADENTRO. Novela. 3,00 - JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. 3,50 - - - ROSALÍA DE CASTRO - - EN LAS ORILLAS DEL SAR 3,50 - CANTARES GALLEGOS 3,50 - FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas 3,50 - - - RICARDO J. CATARINEU - - EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología 3,50 - MADRIGALES Y ELEGÍAS 3,50 - - - CURROS ENRÍQUEZ - - AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. 3,00 - EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. 3,00 - CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. 3,00 - - - RUBÉN DARÍO - - EL CANTO ERRANTE. Poesías. 3,00 - TODO AL VUELO 3,50 - - - OBRAS ESCOGIDAS - - I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO 3,50 - II. POESÍAS 3,50 - III. PROSA 3,50 - - - JOAQUÍN DICENTA - - LOS BÁRBAROS. Novela. 3,50 - GALERNA. Novelas. 1,00 - - - CONCHA ESPINA - - LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. 3,50 - DESPERTAR PARA MORIR. Novela. 3,50 - AGUA DE NIEVE. Novela. 3,50 - - - CARLOS FERNÁNDEZ SHAW - - LA VIDA LOCA 4,00 - POESÍA DE LA SIERRA 4,00 - POESÍA DEL MAR 4,00 - EL AMOR Y MIS AMORES 4,00 - CANCIONERO INFANTIL 1,00 - CANCIONES DE NOCHEBUENA 2,00 - LA PATRIA GRANDE 3,00 - EL ALMA EN PENA 3,50 - - - ANATOLE FRANCE - OBRAS COMPLETAS - - JOCASTA Ó EL GATO FLACO 3,50 - BALTASAR 3,50 - EL POZO DE SANTA CLARA 3,50 - EL LIBRO DE MI AMIGO 3,50 - EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO 3,50 - EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA 3,50 - OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD 3,50 - LA AZUCENA ROJA 3,50 - EL OLMO DEL PASEO 3,50 - EL MANIQUÍ DE MIMBRE 3,50 - EL ANILLO DE AMATISTA 3,50 - EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS 3,50 - HISTORIA CÓMICA 3,50 - CHAINQUEBILLE 3,50 - SOBRE LA PIEDRA INMACULADA 3,50 - LA ISLA DE LOS PINGÜINOS 3,50 - LA CAMISA 3,50 - LOS DIOSES TIENEN SED 3,50 - - - JOSÉ FRANCÉS - - LA GUARIDA. Novela. 3,50 - LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. 3,50 - GUIGNOL 3,50 - - - F. GARCÍA SANCHIZ - - NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS 3,00 - - - ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO - - MATILDE REY. Novela 3,50 - - - EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO - - LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO 3,50 - - - ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ - - LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela 3,50 - - - ANTONIO DE HOYOS - - LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela 3,50 - - - ALBERTO INSÚA - NOVELAS - - DON QUIJOTE EN LOS ALPES 3,00 - LA MUJER FÁCIL 3,50 - LAS NEURÓTICAS 3,50 - LA MUJER DESCONOCIDA 3,50 - EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD 3,50 - LAS FLECHAS DEL AMOR 3,50 - EL DESEO 3,50 - EN TIERRA DE SANTOS 1,00 - LA HORA TRÁGICA 1,00 - - - WALDO A. INSÚA - - LA BOCA DE LA ESFINGE 3,00 - - - JUAN R. JIMÉNEZ - - PASTORALES 3,50 - LABERINTO 3,50 - BALADAS DE PRIMAVERA 2,00 - ELEGÍAS PURAS 2,00 - ELEGÍAS INTERMEDIAS 2,00 - ELEGÍAS LAMENTABLES 2,00 - LA SOLEDAD SONORA 3,50 - POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES 3,50 - MELANCOLÍA 3,50 - - - RICARDO LEÓN - _De la Real Academia Española._ - - OBRAS COMPLETAS - - CASTA DE HIDALGOS. Novela 3,50 - COMEDIA SENTIMENTAL. Novela 3,50 - ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela 3,50 - LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS 3,50 - EL AMOR DE LOS AMORES. Novela 3,50 - ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías 3,50 - LOS CENTAUROS. Novela 4,00 - - - MANUEL LINARES RIVAS - - LA RAZA 3,00 - AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA 3,50 - - - RAFAEL LÓPEZ DE HARO - NOVELAS - - SIRENA 3,50 - ENTRE TODAS LAS MUJERES 3,50 - POSEÍDA 3,50 - EL PAÍS DE LOS MEDIANOS 3,50 - LA IMPOSIBLE 1,00 - - - DANIEL LÓPEZ ORENSE - - EL CAMINO DE LA DICHA. Novela 3,50 - - - JOSÉ LÓPEZ PINILLOS - - DOÑA MESALINA. Novela 3,50 - LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela 3,50 - LA SANGRE DE CRISTO. Novela 3,00 - - - LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA - - CARNE DE RELIEVE. Novela 3,50 - - - JOSÉ LÓPEZ SILVA - - LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso 3,50 - - - LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW - - SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS. - LOS BUENOS MOZOS 3,50 - - - ANTONIO MACHADO - - CAMPOS DE CASTILLA. Poesías 3,50 - - - MANUEL MACHADO - - APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras - de los mejores pintores 3,50 - - EL MAL POEMA. Poesías 3,00 - - - EDUARDO MARQUINA - OBRAS COMPLETAS - - LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española 3,50 - DOÑA MARÍA LA BRAVA 3,50 - EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia - Española 3,50 - LA ALCAIDESA DE PASTRANA 2,50 - EL REY TROVADOR 3,50 - POR LOS PECADOS DEL REY 3,50 - TIERRAS DE ESPAÑA 3,50 - VENDIMIÓN 3,50 - ELEGÍAS 1,00 - - - G. MARTÍNEZ SIERRA - - EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS. - FLORES DE ESCARCHA 3,50 - SOL DE LA TARDE. Novelas 3,50 - LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual 3,50 - EL AGUA DORMIDA. Novelas 3,50 - LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías 3,50 - - TEATRO - - TEATRO DE ENSUEÑO 3,50 - LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR 3,50 - CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL 3,50 - PRIMAVERA EN OTOÑO 3,50 - EL POBRECITO JUAN 1,50 - MAMÁ. EL ENAMORADO 3,50 - MADAME PEPITA 3,50 - - - ENRIQUE DE MESA - - FLOR PAGANA 3,00 - ANDANZAS SERRANAS 1,50 - - AMADO NERVO - - SERENIDAD. Poesías 3,50 - - - CONDESA DE PARDO BAZÁN - OBRAS COMPLETAS - - I. LA CUESTIÓN PALPITANTE 3,00 - II. LA PIEDRA ANGULAR 3,00 - III. LOS PAZOS DE ULLOA 3,50 - IV. LA MADRE NATURALEZA. Novela 3,50 - V. CUENTOS DE MARINEDA 3,00 - VI. POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS 3,00 - VII. INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas 3,50 - VIII. LA TRIBUNA. Novela 3,00 - IX. DE MI TIERRA 3,00 - X. CUENTOS NUEVOS 3,50 - XI. DOÑA MILAGROS. Novela 3,00 - XII. LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS 3,00 - XIII. NOVELAS EJEMPLARES 3,50 - XIV. MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela 3,00 - XV. EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela 4,50 - XVI. CUENTOS DE AMOR 3,00 - XVII. CUENTOS SACRO-PROFANOS 4,00 - XVIII. EL NIÑO DE GUZMÁN 3,00 - XIX. AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA 4,50 - XX. UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO. - Historias y cuentos regionales 3,00 - XXI. CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN 3,00 - XXII. UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas 5,00 - XXIII. EN TRANVÍA. Cuentos 3,00 - XXIV. DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 3,50 - XXV. CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA. - CUENTOS ANTIGUOS 3,00 - XXVI. POR LA EUROPA CATÓLICA 3,00 - XXVII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte 3,00 - XXVIII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte 3,00 - XXIX. LA QUIMERA 5,00 - XXX. UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN 6,00 - XXXI. EL FONDO DEL ALMA 3,00 - XXXII. RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS 4,00 - XXXIII. LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA 1,00 - XXXIV. MI ROMERÍA 1,00 - XXXV. Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES. - EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE 3,50 - XXXVI. SUD-EXPRESS. Cuentos 3,50 - XXXVII. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO 4,50 - XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela 3,50 - XXXIX. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN 4,50 - XL. BELCEBÚ. Novelas 3,50 - XLI. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO 4,00 - - BIBLIOTECA DE LA MUJER - _Dirigida por la C. de Pardo Bazán._ - - Á TRES PESETAS TOMO - -I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de -Ágreda.--II. Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John -Stuart Mill. Prólogo de la condesa de Pardo Bazán.--III. Sección -novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña María de Zayas.--IV. Sección -biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P. Mercier.--V. Sección -histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de Nervo, y -ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.--VI. Sección -pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS -VÍRGENES, por Juan Luis Vives.--VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL -SOCIALISMO, por Augusto Bebel. - - - JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN - - NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE 3,50 - AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS, - EN EL SIGLO XIX 3,50 - - - BENITO PÉREZ GALDÓS - _De la Real Academia Española._ - - EPISODIOS NACIONALES - - _Primera serie._ - - TRAFALGAR.--LA CORTE DE CARLOS IV.--EL 19 DE MARZO Y EL 2 - DE MAYO.--BAILÉN. NAPOLEÓN EN - CHAMARTÍN.--ZARAGOZA.--GERONA.--CÁDIZ.--JUAN MARTÍN EL - EMPECINADO.--LA BATALLA DE LOS ARAPILES. - - _Segunda serie._ - - EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.--MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.--LA - SEGUNDA CASACA.--EL GRANDE ORIENTE.--7 DE JULIO.--LOS CIEN MIL HIJOS - DE SAN LUIS.--EL TERROR DE 1822.--UN VOLUNTARIO REALISTA.--LOS - APOSTÓLICOS.--UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS. - - _Tercera serie._ - - ZUMALACÁRREGUI.--MENDIZÁBAL.--DE OÑATE Á LA GRANJA.--LUCHANA.--LA - CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.--LA ESTAFETA ROMÁNTICA.--VERGARA.--MONTES DE - OCA.--LOS AYACUCHOS.--BODAS REALES. - - _Cuarta serie._ - - LAS TORMENTAS DEL 48.--NARVÁEZ.--LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.--LA - REVOLUCIÓN DE JULIO.--O'DONNELL.--AITA TETTAUEN.--CARLOS VI EN LA - RÁPITA.--LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».--PRIM.--LA DE LOS - TRISTES DESTINOS. - - _Última serie._ - - ESPAÑA SIN REY.--ESPAÑA TRÁGICA.--AMADEO I.--LA PRIMERA REPÚBLICA.--DE - CARTAGO Á SAGUNTO.--CÁNOVAS. - - _Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al - precio de DOS pesetas volumen._ - - _Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo, CINCO - pesetas._ - - _Se venden tapas sueltas á UNA peseta._ - - NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO - - DOÑA PERFECTA.--GLORIA, primera parte.--GLORIA, segunda - parte.--MARIANELA.--LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.--LA - FAMILIA DE LEÓN ROCH, segunda parte.--LA FONTANA DE ORO.--EL - AUDAZ.--LA SOMBRA.--MEMORANDA. - - NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO - - LA DESHEREDADA, primera parte.--LA DESHEREDADA, segunda parte.--EL - AMIGO MANSO.--EL DOCTOR CENTENO, primera parte.--EL DOCTOR CENTENO, - segunda parte.--TORMENTO.--LA DE BRINGAS.--LO PROHIBIDO, primera - parte.--LO PROHIBIDO, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA, primera - parte.--FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA, - tercera parte.--FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.--MIAU.--LA - INCÓGNITA.--REALIDAD.--ÁNGEL GUERRA, primera parte.--ÁNGEL GUERRA, - segunda parte.--ÁNGEL GUERRA, tercera parte.--TRISTANA.--LA - LOCA DE LA CASA.--TORQUEMADA EN LA HOGUERA.--TORQUEMADA EN - LA CRUZ.--TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.--TORQUEMADA Y SAN - PEDRO.--NAZARÍN.--HALMA.--MISERICORDIA.--EL ABUELO.--CASANDRA.--EL - CABALLERO ENCANTADO. - - - COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS - - REALIDAD.--LA LOCA DE LA CASA.--LA DE SAN QUINTÍN.--LOS - CONDENADOS.--VOLUNTAD.--DOÑA PERFECTA.--LA FIERA.--ELECTRA.--ALMA Y - VIDA.--MARIUCHA.--BÁRBARA.--AMOR Y CIENCIA.--PEDRO MINIO. - - RAMÓN PÉREZ DE AYALA - - TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela 3,50 - A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela 3,50 - LA PATA DE LA RAPOSA. Novela 3,50 - TROTERAS Y DANZADERAS. Novela 3,50 - - - JUAN PÉREZ ZÚÑIGA - - CUATRO CUENTOS Y UN CABO 2,00 - HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos 5,00 - AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color 3,50 - - - JACINTO OCTAVIO PICÓN - _De la Real Academia Española._ - - OBRAS COMPLETAS - - I. DULCE Y SABROSA. Novela 4,00 - II. LA HONRADA. Novela 4,00 - III. JUANITA TENORIO. Novela 4,00 - IV. Mujeres. Novelas 3,50 - - - SALVADOR RUEDA - - POESÍAS ESCOGIDAS 3,50 - - - SANTIAGO RUSIÑOL - _Traducciones de G. Martínez Sierra._ - - EL PUEBLO GRIS 3,50 - UN VIAJE AL PLATA 3,50 - LA ISLA DE LA CALMA 3,50 - ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN 3,50 - EL INDIANO 1,00 - - - JOSÉ M. SALAVERRÍA - - LAS SOMBRAS DE LOYOLA 2,00 - - - R. SÁNCHEZ DÍAZ - - JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela 3,50 - - - ALEJANDRO SAWA - - ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 3,50 - - - UNAMUNO Y GANIVET - - EL PORVENIR DE ESPAÑA 2,00 - - - FELIPE TRIGO - OBRAS COMPLETAS - - NOVELAS - - LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS 7,00 - LA SED DE AMAR 3,50 - ALMA EN LOS LABIOS 3,50 - DEL FRÍO AL FUEGO 3,50 - LA ALTÍSIMA 3,50 - LA BRUTA 3,50 - LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA 3,50 - SOR DEMONIO 3,50 - EN LA CABRERA 3,50 - CUENTOS INGÉNUOS 3,00 - LA CLAVE 3,50 - LAS EVAS DEL PARAÍSO 3,50 - LAS POSADAS DEL AMOR 3,50 - EL MÉDICO RURAL 3,50 - LOS ABISMOS 3,50 - EL CÍNICO 3,50 - ASÍ PAGA EL DIABLO 1,00 - - - ESTUDIOS - - SOCIALISMO INDIVIDUALISTA 3,50 - EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS 3,50 - - - MIGUEL DE UNAMUNO - - MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS 3,50 - POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA 3,50 - SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES 3,50 - CONTRA ESTO Y AQUELLO 3,50 - - - RAMÓN DEL VALLE INCLÁN - - ÁGUILA DE BLASÓN 3,50 - COFRE DE SÁNDALO 3,50 - CUENTO DE ABRIL 3,50 - GERIFALTES DE ANTAÑO 3,50 - - - FRANCISCO VILLAESPESA - - EL ESPEJO ENCANTADO 3,50 - EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS 3,50 - PANALES DE ORO 3,50 - EL BALCÓN DE VERONA 3,50 - PALABRAS ANTIGUAS 3,50 - - - A. VIVERO Y A. DE LA VILLA - - CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal 3,50 - - - EDUARDO ZAMACOIS - - EL OTRO. Novela 3,50 - LA OPINIÓN AJENA. Novela 3,50 - - BIBLIOTECA CLÁSICA - - COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS CADA UNO EN RÚSTICA - Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS EN PASTA ESPAÑOLA - - - CLÁSICOS GRIEGOS - - HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).--HERODOTO: Los - nueve libros de la historia (dos).--PLUTARCO: Las vidas paralelas - (cinco).--ARISTÓFANES: Teatro completo (tres).--ESQUILO: Teatro - completo (uno).--POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco - (uno).--XENOFONTE: Historia de la entrada de Cyro en Asia (uno). - La ciropedia (uno). 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Guerra de - Jugurta (uno).--CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de - la civil (dos).--SUETONIO: Vida de los doce césares (uno).--SÉNECA: - Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).--OVIDIO: - Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).--FLORO: Compendio de - las hazañas romanas (uno).--QUINTILIANO: Instituciones oratorias - (dos).--QUINTO CURCIO: Vida de Alejandro (dos).--ESTACIO: La Tebaida - (dos).--LUCANO: La farsalia (dos).--TITO LIVIO: Décadas de la historia - romana (siete).--TERTULIANO: Apología contra los gentiles en defensa - de los cristianos (uno).--VARIOS: Historia Augusta (tres).--Marcial - y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).--TERENCIO: Teatro completo - (uno).--APULEYO: El asno de oro (uno).--Plinio el joven y Cornelio - Nepote: Panegírico de Trajano y cartas. 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ÁLVAREZ QUINTERO: Drama, comedia y sainete. - V.--JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.--RAFAEL LÓPEZ DE HARO: - La imposible. Novela. VII.--SANTIAGO RUSIÑOL: El indiano. VIII.--E. - GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.--CONDESA DE PARDO - BAZÁN: Cuentos trágicos. X.--JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza. - Novela. XI.--EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.--ALBERTO INSÚA: La hora - trágica. Novela. XIII.--JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela - escénica. XIV.--PÍO BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.--PEDRO - DE RÉPIDE: Noche perdida. Novelas. - - RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos - de la Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío - Baroja, Joaquín Belda, Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de - Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina, Alejandro Larrubierra, Ricardo - León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez Sierra, Benito - Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio - Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría, - R. Sánchez Díaz, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo - Zamacois. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE*** - - -******* This file should be named 64974-0.txt or 64974-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/6/4/9/7/64974 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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You may copy it, give it away or re-use it -under the terms of the Project Gutenberg License included with this -eBook or online at <a -href="https://www.gutenberg.org">www.gutenberg.org</a>. If you are not -located in the United States, you'll have to check the laws of the -country where you are located before using this ebook.</p> -<p>Title: El Hombre Mediocre</p> -<p> Ensayo de psicologia y moral</p> -<p>Author: José Ingenieros</p> -<p>Release Date: March 31, 2021 [eBook #64974]</p> -<p>Language: Spanish</p> -<p>Character set encoding: UTF-8</p> -<p>***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***</p> -<p> </p> -<h4 class="pgx" title="">E-text prepared by Andrés V. Galia, Jude Eylander,<br /> - and the Online Distributed Proofreading Team<br /> - (http://www.pgdp.net)<br /> - from page images digitized by<br /> - the Google Books Library Project<br /> - (https://books.google.com)<br /> - and generously made available by<br /> - HathiTrust Digital Library<br /> - (https://www.hathitrust.org/)</h4> -<p> </p> -<table border="0" style="background-color: #ccccff;margin: 0 auto;" cellpadding="10"> - <tr> - <td valign="top"> - Note: - </td> - <td> - Images of the original pages are available through - HathiTrust Digital Library. See - https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023 - </td> - </tr> -</table> -<div class="chapter"> -<p> </p> -<div class="tnote"> - - <p class="p2 center big1">NOTAS DEL TRANSCRIPTOR</p> - -<p>En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con -_guiones bajos_.</p> - -<p>El criterio utilizado para crear la presente versión electrónica ha sido el -de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se -publicó la edición de la obra utilizada para esta tarea. El -lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de -la Real Academia Española.</p> - -<p>Es por ello que palabras como <em>vio</em>, <em>fue</em>, <em>dio</em>, por ejemplo, que en -esa época llevaban acento ortográfico, en esta transcipción aparecen -escritas con acento.</p> - -<p>En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas -acentuadas a la norma establecida por la RAE, que estipula que las -letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde -llevarlo, tanto si se trata de palabras escritas en su totalidad con -mayúsculas como si se trata únicamente de la mayúscula inicial.</p> - -<p>Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.</p> - -<p>El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final, -ha sido trasladado al principio.</p> -</div> -</div> -<hr class="pgx" /> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> -<p> </p> - -<div class="figcenter illowp47" id="cover" style="max-width: 83.875em;"> - <img class="w100" src="images/cover.jpg" alt="cover" /> -</div> -<p> </p> -<p> </p> -<hr class="chap" /> - -<div class="chapter"> -<p class="half-title">EL HOMBRE MEDIOCRE</p> - -</div> - - -<div class="chapter"> - <p class="p2 center big1">OBRAS DEL MISMO AUTOR</p> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>La Psicopatología en el arte.<br /> -La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)<br /> -La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)<br /> -Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)<br /> -Patología del lenguaje musical.<br /> -Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)<br /> -Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)<br /> -Criminología. (2.ª edición)<br /> -Sociología Argentina. (2.ª edición.)<br /> -Principios de Psicología Biológica. -</p> - - -<p class="center">EN PREPARACIÓN</p> - -<p>Hombres y cosas de mi tiempo.</p> -</div> - -<div class="chapter"> - <p class="p2 center big2">JOSÉ INGENIEROS</p> -</div> - - -<h1>EL HOMBRE MEDIOCRE</h1> - -<div class="figcenter illowp62" id="ilotp" style="max-width: 12.4375em;"> - <img class="w100" src="images/ilotp.jpg" alt="tpage-ilo" /> -</div> - -<div class="box1"> -<p class="center p4 big1">RENACIMIENTO</p> -<p><span style="margin-left: 6.0em;">MADRID</span> <span class="flright" style="padding-right: 0.5em;">BUENOS AIRES</span><br /> -<span style="margin-left: 5.6em;">Pontejos, 3</span> <span class="flright" style= "padding-right: 1.2em;">Libertad, 170</span></p> -<p class="center">1913</p> -</div> - - -<div class="chapter"> - -<div class="top10"> -<p class="border center">ES PROPIEDAD</p> -</div> - -</div> - -<div class="top10"> -<hr class="full" /> -<p class="center">ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.—PONTEJOS 3</p> -</div> - - -<div class="chapter"> - <p class="p4 center big2" >ÍNDICE</p> -</div> - - - -<table class="autotable" border="0" summary=""> -<tr> - -<td class="tdl"> </td> -<td class="tdl">Página</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LA MORAL DE LOS IDEALISTAS</td> -</tr> - - -<tr> -<td class="tdl hang">I. Las luces del camino.—II. Los visionarios de -la perfección.—III. Los idealistas románticos.—IV. -El idealismo experimental</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em; "><a href="#Page_5">5</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">EL HOMBRE MEDIOCRE</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. «¿Áurea mediocritas?»—II. Definición del hombre -mediocre.—III. Función social de la mediocridad.—IV. La vulgaridad</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_39">39</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.—II. -Los estigmas mentales de la mediocridad:.—III. -La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.—IV. El éxito y la gloria</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_73">73</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LA MEDIOCRIDAD MORAL</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. El hombre honesto.—II. La moral de Tartufo.—III. Los tránsfugas de la honestidad.—IV. Los -senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.—V. La santidad</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_107">107</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LOS CARACTERES MEDIOCRES</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. Hombres y sombras.—II. La domesticación de los mediocres: Gil Blas de Santillana.—III. La - vanidad y el orgullo.—IV. La dignidad</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_159">159</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LA ENVIDIA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. La pasión de los mediocres.—II. Los sacerdotes del mérito.—III. Los roedores de la gloria.—IV. -Un castigo dantesco</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_191">191</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LA VEJEZ NIVELADORA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. Las canas.—II. Etapas de la decadencia.—III. La bancarrota de los ingenios.—IV. La - psicología de la vejez.—V. La virtud de la impotencia</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_215">215</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LA MEDIOCRACIA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. El clima de la mediocridad.—II. La política de las piaras.—III. Demagogos y aristarcos: Las - dos fórmulas de la injusticia.—IV. La aristocracia del mérito: «La justicia en la desigualdad»</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_235">235</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. Las sombras del crepúsculo.—II. El trinomio mental del arquetipo.—III. La mortaja de la -insignificancia</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_265">265</a> </td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdc">LOS FORJADORES DE IDEALES</td> -</tr> - -<tr> -<td class="tdl hang">I. El clima del genio.—II. El genio pragmático: - Sarmiento.—III. El genio revelador: Ameghino.—IV. La moral del genio</td> -<td class="tdr" style="vertical-align: bottom; padding-right: 1em;"><a href="#Page_287">287</a> </td> -</tr> - -</table> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_5"></a>[Pg 5]</span></p> -</div> - - <h2 class="nobreak">LA MORAL DE LOS IDEALISTAS</h2> - - -<div class="blockquot"> -<p>I.—<span class="smcap">LAS LUCES DEL CAMINO</span>—II. <span class="smcap">LOS VISIONARIOS DE LA -PERFECCIÓN</span>—III. <span class="smcap">LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS</span>—IV. <span class="smcap">EL -IDEALISMO EXPERIMENTAL.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">Las luces del camino.</span></h3> - -<p>Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella -y tiendes el ala hacia tal excelsitud inasible, -afanoso de perfección y rebelde á la mediocridad, -llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es -ascua sagrada, capaz de templarte para grandes -acciones. Custódiala; si la dejas apagar no se reenciende -jamás. Y si ella muere en ti quedas inerte: -fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula -de ensueño que te sobrepone á lo real. Ella es el -lis de tu blasón, el penacho de tu temperamento. -Innumerables signos la revelan—: cuando se te -anuda la garganta al recordar la cicuta impuesta -á Sócrates, la cruz izada para Cristo ó la hoguera -encendida á Bruno—; cuando te abstraes en lo -infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de -Montaigne ó un discurso de Helvecio—; cuando -el corazón se te estremece pensando en la desigual -fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, -el Romeo de tal Julieta y el Werther -de tal Carlota—; cuando tus sienes se hielan de -emoción al declamar una estrofa de Musset que -rima acorde con tu sentir—; y cuando, en suma, -admiras la mente preclara de los genios, la sublime -virtud de los santos, la magna gesta de los -héroes, inclinándote con igual veneración ante -los creadores de Verdad ó de Belleza.</p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_6"></a>[Pg 6]</span></p> - - -<p>Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, -no sueñan frente á una aurora ó cimbran -ante una tempestad; ni gustan de pasear con Dante, -reir con Molière, temblar con Shakespeare, -crujir con Wagner; ni enmudecen ante el David, -la Cena ó el Partenón. Es de pocos esa inquietud -de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando -á filósofos, artistas y pensadores que fundieron -en síntesis supremas sus visiones del ser y de -la eternidad, volando más allá de lo Real. Los -seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de -ideales y cuyo sentimiento polariza hacia ellos la -personalidad entera, forman raza aparte en la humanidad: -son idealistas.</p> - -<p>El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna -perfección.</p> - -<p>Al poeta que definiera en esos términos, podría -sintetizarlo así el filósofo: los Ideales son visiones -que se anticipan al perfeccionamiento de la -realidad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_7"></a>[Pg 7]</span></p> - - -<p>Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. -Los hubo y los habrá siempre. Palpitan detrás -de todo esfuerzo magnífico realizado por un hombre -ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la -evolución de los individuos y las razas. La imaginación -los enciende en continuo contraste con la -experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la -ley del devenir humano: la realidad, yerma de -suyo, recibe vida y calor de los ideales, sin cuya -influencia yacería inerte y los evos serían mudos. -Los hechos son puntos de partida; los ideales son -faros luminosos que de trecho en trecho alumbran -la ruta. La historia es una infinita inquietud de -perfecciones, que grandes hombres presienten ó -simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la -peregrinación humana, la mediocridad se revela -por una incapacidad de ideales.</p> - -<p>Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.</p> - -<p>Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas -pusieron en las «ideas absolutas», rígidas y -aprioristas, nosotros oponemos un idealismo experimental -que se refiere á los «ideales de perfección», -incesantemente renovados, plásticos, evolutivos -como la vida misma.</p> - -<p>Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. -Ganará, ciertamente. Tergiversado por los miopes -y los fanáticos, el idealismo se rebaja. Tras un -siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado -á la sórdida nivelación de todas las diferencias, -siéntese en muchos el afán de rebelarse contra -toda mediocridad plebeya: yerran los que miran -<span class="pagenum"><a id="Page_8"></a>[Pg 8]</span> -al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios -muertos y vistiendo al idealismo con andrajos que -son su mortaja. Los ideales viven de la Verdad, -que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno -que la contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, -también, oponer á la imaginación de lo futuro -la experiencia de lo presente, la Verdad al -Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino -para no desviarse de la meta. Es falso; la -imaginación conduce por mano á la experiencia. -Que, sola, no anda.</p> - -<p>La evolución humana es un perfeccionamiento -continuo del hombre para adaptarse á la naturaleza, -que evoluciona á su vez. Para ello necesita conocer -la realidad ambiente y prever el sentido de -las propias adaptaciones: los caminos de su perfección. -Sus etapas refléjanse en la mente humana -como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza -son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles -determinan su imaginación á concebir un perfeccionamiento -posible: un Ideal.</p> - -<p>Son formaciones naturales. Aparecen cuando el -pensar alcanza tal desarrollo que la imaginación -puede anticiparse á la experiencia. No son entidades -misteriosamente infundidas en los hombres, -ni nacen del azar. Se forman como todos los fenómenos: -son efectos de causas, accidentes en la -evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se -comprende. Nuestro sistema solar es un punto en -el cosmos; en ese punto es un simple detalle el -planeta que habitamos; en ese detalle la vida es -<span class="pagenum"><a id="Page_9"></a>[Pg 9]</span> -un transitorio equilibrio de la superficie; entre las -complicaciones de ese equilibrio la especie humana -data de un período brevísimo; en el hombre se -desarrolla la función de pensar como un perfeccionamiento. -Una de sus formas es la imaginación, -que permite generalizar los datos de la experiencia, -anticipando sus resultados posibles y abstrayendo -de ella «ideales» de perfección.</p> - -<p>Así la filosofía científica, en vez de negarlos, -afirma su realidad como formaciones naturales y -los reintegra á su concepción monista del Universo. -Un Ideal es un punto y un momento entre -los infinitos posibles que pueblan el espacio y el -tiempo.</p> - -<p>Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida -por temperamentos predispuestos; las variaciones -útiles tienden á conservarse. La imaginación -abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, -elaborando ideas generales que permiten -concebir el sentido probable de la evolución: así se -elaboran los «ideales». Ellos no son apriorísticos; -son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella -se empina la imaginación para prever el sentido en -que varía la humanidad. Todo ideal representa un -nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el -porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba -en sus elementos afectivos: influyen sobre -nuestra conducta en la medida en que los creemos. -Por eso la representación abstracta de las variaciones -naturales del hombre adquiere un valor moral: -las más provechosas á la especie son concebidas -<span class="pagenum"><a id="Page_10"></a>[Pg 10]</span> -como perfeccionamientos. Lo futuro se identifica -con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones -anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta -y son el instrumento natural de todo progreso -humano. Mientras la instrucción se limita á extender -las nociones que la experiencia actual considera -más exactas, la educación consiste en sugerir -los ideales que se presumen propicios á la -perfección.</p> - -<p>El concepto de lo mejor está implicado en la -vida misma, que tiende á perfeccionarse. Aristóteles -enseñaba que la actividad es un movimiento -del ser hacia la propia «entelequia»: su estado -perfecto. Lo que existe tiende naturalmente á él -y esa tendencia es presentida por los seres imaginativos. -Lo mismo que todas las funciones de la -mente, la formación de ideales está sometida á un -determinismo, que por ser complejo no es menos -absoluto. No nacen de una libertad que escapa á -las leyes de la psicología naturalista, ni de una -razón pura que nadie conoce. Son creencias aproximativas -acerca de la perfección venidera. Lo -futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive -en la selección natural; los ideales son un -«élan» hacia lo mejor, en cuanto simples anticipaciones -del devenir.</p> - -<p>Á medida que la cultura humana se amplía, -observando la realidad, los ideales son modificados -por la fantasía, que es plástica y no reposa -jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, -aunque va retardada aquélla respecto de -<span class="pagenum"><a id="Page_11"></a>[Pg 11]</span> -ésta. La hipótesis vuela; el hecho camina. Á veces -el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; -pero el vuelo puede rectificarse, mientras el paso -no puede volar nunca. La imaginación es madre de -toda originalidad; deformando lo real hacia su perfección -ella crea los ideales y les da impulso con -el ilusorio sentimiento de la libertad; el libre albedrío -es un error útil para ejecutarlos. Por eso tiene, -prácticamente, el valor de una realidad. Demostrar -que es simple ilusión, debida á la ignorancia de -causas innúmeras, no implica negar su eficacia. -Las ilusiones tienen tanto valor como las verdades -más exactas; pueden tener más que ellas, si son -intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser -libre nace del conflicto entre dos móviles irreductibles: -la tendencia á perseverar en el ser, implicada -en la herencia, y la tendencia á aumentar el -ser, implicada en la variación. La una es principio -de estabilidad, la otra de progreso.</p> - -<p>En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo -perfeccionamiento tienda, hay un principio de -síntesis y de continuidad. Como impulsos se equivalen -y se implican recíprocamente, aunque en -algunos predomine el razonamiento y otros sean -emocionales. La imaginación despoja á la realidad -de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, -depurando la experiencia, cristalizándola en los -moldes de perfección que concibe más puros. Los -ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas -de la realidad que deviene.</p> - -<p>Son siempre individuales. Un ideal colectivo es -<span class="pagenum"><a id="Page_12"></a>[Pg 12]</span> -la coincidencia de muchos individuos en un mismo -afán de perfección. No es que una idea los acomune; -su análoga manera de sentir y pensar está -representada por un ideal común á todos ellos. -Cada era, siglo ó generación, puede tener su ideal; -suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo -esfuerzo consigue imponerlo á las generaciones -siguientes. Cada ideal puede encarnarse en un genio; -al principio, y mientras él va generalizando -su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño -núcleo de espíritus esclarecidos.</p> - -<p>Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los -hombres le atribuyen: es una fe en la posibilidad -misma de la perfección. Su protesta involuntaria -contra lo malo revela siempre una esperanza -indestructible en lo mejor; en su agresión al -pasado fermenta una sana levadura de porvenir.</p> - -<p>No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, -como toda creencia. La intensidad con que -tiende á realizarse no depende de su verdad efectiva, -sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta -absurdamente la perfección venidera, es -ideal para quien cree sinceramente en él.</p> - -<p>Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. -Los más vulgares diccionarios filosóficos lo -sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, que no -debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente -la existencia de temperamentos idealistas, aptos -para concebir perfecciones y capaces de vivir hacia -ellas.</p> - -<p>Debe rehusarse el monopolio de los ideales á -<span class="pagenum"><a id="Page_13"></a>[Pg 13]</span> -cuantos lo reclaman en nombre de escuelas filosóficas, -sistemas de moral, credos de religión, fanatismos -de secta ó dogmas de estética. La formación -de ideales nace del temperamento individual, -aparte de todo catecismo ó programa. Hay tantos -idealismos como ideales; y tantos ideales como -idealistas; y tantos idealistas como hombres ansiosos -de perfección.</p> - -<p>El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas -que desearían oponerlo al materialismo; -ese equívoco se duplica al sugerir que la materia -es la antítesis de la idea, después de confundir -al ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual -ó incorpórea. Se trata, en suma, de un -juego de palabras, secularmente repetido por sus -beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento -de la Verdad puede animar con igual ímpetu -al filósofo monista y al dualista, al místico y -al ateo, al estoico y al pragmático. El particular -ideal de cada uno concurre al ritmo total de la perfección -posible, antes que obstar al esfuerzo similar -de los otros.</p> - -<p>Y es más estrecha la tendencia á confundir el -«idealismo», que se refiere á los «ideales», con -las tendencias filosóficas así denominadas porque -oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, -ó presuponen que ellas son la realidad única, forjada -por nuestra mente, como en el sistema hegeliano. -«Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», -aunque el mal uso induzca á ello.</p> - -<p>Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas -<span class="pagenum"><a id="Page_14"></a>[Pg 14]</span> -escuelas estéticas, porque todas las maneras del -naturalismo y del realismo pueden constituir un -ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel -Ángel, Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo -imaginativo de los que persiguen una ideal armonía -de ritmos, de colores, de líneas ó de sonidos, -se equivale, siempre que su obra transparente -un modo de belleza ó una original personalidad.</p> - -<p>No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo -ético que tiende á monopolizar el culto de la -perfección en favor de alguno de los fanatismos -religiosos predominantes en cada época, pues sobre -no existir un Bien ideal, difícilmente cabría -en los catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo -individual hacia la virtud puede ser tan magníficamente -concebido y realizado por el peripatético -como por el cirenaico, por el cristiano como por -el anarquista, por el filántropo como por el epicúreo. -Todos ellos pueden ser idealistas, si saben -iluminarse en su doctrina. La perfección posible -no es patrimonio de ningún credo: recuerda el -agua de aquella fuente, citada por Platón, que no -podía contenerse en ningún vaso.</p> - -<p>La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad -de los ideales, en cada tiempo y lugar. En -el curso de la vida social se seleccionan naturalmente; -sobreviven los más adaptados al sentido de -la evolución, es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento -efectivo. Mientras se ignora ese -fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca -<span class="pagenum"><a id="Page_15"></a>[Pg 15]</span> -absurdo. Y es útil, por su fuerza de contraste; si -es falso, muere sólo, no daña. Todo ideal puede -contener una parte de error, ó serlo totalmente: es -una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo -malo es carecer de ideales y esclavizarse á las -contingencias inmediatas, renunciando á lo mejor.</p> - -<p>Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral -el Bien y del arte la Belleza—formas preeminentes -de toda excelsitud—no se concibe que puedan -ser antagonistas. Los caminos de perfección son -convergentes. Las formas infinitas del ideal son -complementarias; jamás contradictorias, aunque lo -parezca.</p> - -<p>Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre -ó para la sociedad, su comprensión inmediata -es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre -el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la -verdad del sabio y con el estilo del poeta. La sanción -ajena es fácil para lo que concuerda con rutinas -secularmente practicadas; es áspera cuando la -imaginación pone mayor originalidad en el concepto -y en la forma.</p> - -<p>Ese desequilibrio entre la perfección concebible -y la realidad practicable, estriba en la naturaleza -misma de la imaginación, rebelde al tiempo y al -espacio. De ese contraste legítimo no se infiere -que los ideales pueden ser contradictorios entre -sí, aunque sean heterogéneos y marquen el paso -á desigual compás, según los tiempos: no hay una -Verdad amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda -ó nociva, ni tuvo el Bien sus raíces en el -<span class="pagenum"><a id="Page_16"></a>[Pg 16]</span> -error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos -perfecciones imperfectas.</p> - -<p>Los ideales están en perpetuo devenir, como la -realidad á que se anticipan. La imaginación los -extrae de la naturaleza y de la experiencia; después -de formados ya no están en ellas, son distintos -de ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. -Y cuando la realidad evoluciona hacia un -ideal antes previsto, la imaginación se aparta de -nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa -más lo mucho, y la mejor acción deje siempre esperanzas -de mayores», que dijo Baltasar Gracián. -La realidad nunca puede igualarse al ensueño en -la perpetua persecución de la quimera. El ideal es -un «límite»: toda realidad es una dimensión «variable» -que puede acercársele indefinidamente, sin -alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se -acerque á su «límite», se concibe que podría acercársele -más.</p> - -<p>Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad -presente. No los hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo -implica abjurar su esencia misma, negando -la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los -viejos moralistas al creer que en su punto y momento -convergían todo el espacio y todo el tiempo. -Para la ética nueva, libre de esa grave falacia, es -un postulado fundamental la relatividad de los -ideales. Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento -ilimitado.</p> - -<p>Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada -en prejuicios absolutos. Y es falsa, por ignorancia -<span class="pagenum"><a id="Page_17"></a>[Pg 17]</span> -de la universal evolución. Y es contraria -á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada -momento y lugar la realidad varía; con esa variación -se desplaza el punto de referencia de los ideales. -Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, -palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes -como los cerebros en que germinan ó -arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo un -esquema final de perfección, tampoco lo hay de -ideales humanos. Se forman por cambio incesante; -cambian siempre; su cambio es eterno.</p> - -<p>Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay -climas morales, horas, momentos, en que toda una -raza, un pueblo, una clase, un partido, una secta, -concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los -hay en cada hombre.</p> - -<p>Hay, también, climas, horas y momentos en que -los ideales se murmuran apenas ó se callan; la realidad -ofrece inmediatas satisfacciones á los apetitos -y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de -perfección. Y cada época tiene ciertos ideales que -interpretan mejor su porvenir, entrevistos por pocos, -seguidos por el pueblo ó ahogados por su -indiferencia, ora predestinados á orientarlo como -polos magnéticos, ora á quedar latentes hasta encontrar -su hora propicia. Y otros ideales mueren, -porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja -respecto de sí mismo, ó quimeras que las masas -persiguen dando manotadas en la sombra.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_18"></a>[Pg 18]</span></p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">Los visionarios de la perfección.</span></h3> - -<p>Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho -y Tartufo hasta el rincón de su paraíso donde moran -Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos universos, -dos razas, dos temperamentos: Hombres -y Sombras. Seres desiguales no pueden pensar de -igual manera. Siempre será evidente el contraste -entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el -ingenio, la hipocresía y la virtud. La imaginación -dará á unos el impulso original hacia lo perfecto; -la imitación organizará en otros los hábitos colectivos. -Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.</p> - -<p>El perfeccionamiento humano se efectúa con -ritmo diverso en las sociedades y en los individuos. -La multitud posee una experiencia sumisa -al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos -elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; -al revés de Anteo, que tocando el suelo cobraba -alientos nuevos, los toman clavando sus pupilas -en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. -Esos hombres, predispuestos á emanciparse -de su rebaño, buscando alguna perfección más -allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad -del género no depende del contenido intrínseco -de sus ideales, sino de su temperamento: se es -idealista persiguiendo las quimeras más contradictorias, -siempre que ellas impliquen un sincero -afán de enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus -<span class="pagenum"><a id="Page_19"></a>[Pg 19]</span> -afiebrados por algún ideal son adversarios de la -mediocridad: soñadores contra los utilitarios, entusiastas -contra los apáticos, pasionales contra los -calculistas, indisciplinados contra los dogmáticos. -Son alguien ó algo contra los que no son nadie ni -nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee -un sentido de las diferencias que le permite -distinguir entre lo malo que observa y lo mejor que -imagina. Los hombres mediocres son cuantitativos: -pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen -lo mejor de lo peor.</p> - -<p>Sin idealistas sería inconcebible la evolución de -la humanidad. El culto del «hombre práctico», ceñido -á las contingencias del presente, importa un -renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza -la rutina y nada crea hacia el porvenir; -los imaginativos dan á la ciencia sus hipótesis, al -arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia -sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica -de la humanidad; los prácticos no han hecho -más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando en -la sombra. Todo porvenir ha sido una creación -de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo -en infinita sucesión de ideales. Más ha hecho -la imaginación construyendo sin tregua, que el -cálculo destruyendo sin descanso. La excesiva -prudencia de los mediocres ha paralizado siempre -las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir -que la imaginación excluya la experiencia: ésta -es útil, pero sin aquélla es estéril. Los idealistas -aspiran á conjugar en su mente la inspiración y la -<span class="pagenum"><a id="Page_20"></a>[Pg 20]</span> -sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados -por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción -lírica y ésta les nubla la vista cuando observan -la realidad. Del equilibrio entre la inspiración -y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, -de una raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable -para crear; esa chispa se enciende en -la imaginación y la experiencia la convierte en hoguera. -Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura -intensa: cuenta entre sus enemigos más audaces -á la ignorancia, madrastra de obstinadas -rutinas.</p> - -<p>La humanidad no llega hasta donde quieren los -idealistas en cada perfección particular; pero siempre -llega más allá de donde habría ido sin su esfuerzo. -Un objetivo que huye ante ellos conviértese -en estímulo para perseguir nuevas quimeras. -Lo poco que pueden todos, depende de lo mucho -que algunos anhelan. La mediocridad no poseería -sus bienes presentes si algunos idealistas no los -hubieran conquistado viviendo con la obsesiva aspiración -de otros mejores.</p> - -<p>En la evolución humana los ideales mantiénense -en equilibrio instable. Todo mejoramiento real -es precedido por conatos y tanteos de pensadores -audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al -pasado, aunque sin la intensidad necesaria para -violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo entre -lo más concebido y lo menos realizado. Por eso -los idealistas son forzosamente inquietos, como -todo lo que vive, como la vida misma: contra la -<span class="pagenum"><a id="Page_21"></a>[Pg 21]</span> -tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad -parece inercia de muerte. Esa inquietud se -exacerba en los grandes hombres, en los genios -mismos si el medio es hostil á sus quimeras, como -es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, -informe bazofia de la humanidad.</p> - -<p>Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo -mejor sólo puede esperarse de ella: jamás de los -enmohecidos y de los seniles. Y sólo es juventud -la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la -espalda; nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente -domesticados por la moral de las mediocracias: -en ellos parece primavera la tibieza -otoñal y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento -de crepúsculo. Sólo hay juventud en los -que persiguen con entusiasmo una perfección; por -eso en los caracteres excelentes puede persistir -sobre el apeñuscarse de los años. Nada cabe esperar -de los hombres que entran á la vida sin afiebrarse -por algún ideal; á los que nunca fueron -jóvenes, paréceles descarriada toda soñadora inquietud. -Y no se nace joven: hay que adquirir la -juventud. Y sin un ideal no se adquiere.</p> - -<p>Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á -los dogmatismos sociales que los oprimen. Resisten -la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen -de todo sistema, sienten el peso de la realidad que -intenta domesticarlos, haciéndolos cómplices de -los intereses creados, dóciles, maleables, solidarios, -uniformes en la común mediocridad. El fanatismo -igualitario pretende amalgamar á los individuos, -<span class="pagenum"><a id="Page_22"></a>[Pg 22]</span> -mediocrizándolos: detesta las diferencias, -aborrece las excepciones, anatematiza al que -se aparta en busca de una propia personalidad. El -original, el imaginativo, el creador, atrae sus -odios, los busca, los desafía, sabiéndolos terribles -porque son irresponsables. Por eso todo idealista -es una viviente afirmación de individualismo, -aunque persiga una quimera social: puede vivir -para los demás, nunca de los demás. Su independencia -es una reacción hostil á todos los dogmatismos -de rebaño. Concibiéndose incesantemente -perfectibles, los temperamentos idealistas quieren -decir en todos los momentos de su vida, como -Quijote: «yo sé quién soy». Viven animados por -este afán afirmativo. En sus ideales cifran su ventura -suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean -la pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse -contra la realidad social, puede parecer desprecio, -aislamiento, misantropía: la clásica «torre -de marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto -de la mediocridad. Diríase que para ellos -dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: «Gusanos -de seda somos, gusanillos que hilamos la -seda de nuestras vidas y en el capullito de la seda -nos encerramos para que el gusano muera y del -capullo salga volando la mariposa».</p> - -<p>Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y -debe ser lírico su idioma, como si desbordara la -personalidad sobre lo impersonal; el pensamiento -sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no -tiene firma. Jamás fueron tibios los genios, los -<span class="pagenum"><a id="Page_23"></a>[Pg 23]</span> -santos y los héroes. Para crear una partícula de -Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un esfuerzo -original y violento contra alguna rutina ó -prejuicio, como para dar una lección de dignidad -hay que desgoznar algún servilismo. Todo ideal -es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, -si es menester, pues pronto se rebaja al -refractarse en la mediocridad de los más. Frente -á los que mienten con viles objetivos, la exageración -de los idealistas es una verdad apasionada. -La pasión es su atributo necesario, aun cuando -parezca desviar de la verdad; lleva á la hipérbole, -al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal -es falso para quien lo profesa: es su verdad y él -coopera á su advenimiento, con fe, con desinterés. -El sabio busca la Verdad por buscarla y goza -arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles -ó peligrosos. Y el artista busca también la -suya, porque la Belleza es una verdad animada -por la imaginación, más que por la experiencia. Y -el filósofo la persigue en el Bien, que es una recta -lealtad de la conducta para consigo mismo y para -con los demás. Tener un ideal es servir á su propia -Verdad. Siempre.</p> - -<p>Algunos ideales se revelan como pasión combativa -y otros como pertinaz obsesión; de igual -manera distínguense dos tipos de idealistas, según -predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El -idealismo sentimental es romántico: la imaginación -no es inhibida por la crítica y los ideales viven -de sentimiento. En el idealismo experimental -<span class="pagenum"><a id="Page_24"></a>[Pg 24]</span> -los ritmos afectivos son encarrilados por la experiencia -y la crítica coordina la imaginación: los -ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde -el uno á la juventud y el otro á la madurez. El -primero es adolescente, crece, puja y lucha; el -segundo es adulto, se fija, impone y defiende. El -idealista perfecto sería romántico á los veinte -años y estoico á los cincuenta; es tan anormal el -estoicismo en la juventud como el romanticismo -en la edad madura. Lo que al principio le enciende -en pasión debe cristalizarle después en suprema -dignidad: ésa es la lógica de su temperamento.</p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">Los idealistas románticos.</span></h3> - -<p>Los idealistas románticos son exagerados porque -son insaciables. Comprenden que todos los ideales -contienen una partícula de utopía y pierden algo -al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se -integran como se piensan. En pocas cosas el hombre -puede llegar al fin que la imaginación señala: -su gloria está en marchar hacia él, siempre inalcanzado -é inalcanzable. Después de iluminar su -espíritu con todos los resplandores de la cultura -humana, Goethe muere pidiendo más luz; y Musset -quiere amar incesantemente después de haber -amado, ofreciendo su vida por una caricia y su -genio por un beso. Todos los románticos parecen -preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito -el poder humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad -<span class="pagenum"><a id="Page_25"></a>[Pg 25]</span> -de mil ojos, siempre atenta para no perder -la más imperceptible titilación del mundo que -la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, -artista, como si los nervios hubieran -centuplicado su impresionabilidad. Su gesto sigue -prontamente el camino de las nativas inclinaciones: -entre diez partidos adoptan aquél subrayado -por el latir más intenso de su corazón. Son dionisíacos. -Sus aspiraciones se traducen por esfuerzos -activos sobre el medio social ó por una hostilidad -contra todo lo que obstruye sus corazonadas -y ensueños. Construyen sus ideales sin conceder -nada á la realidad, rehusándose al contralor de la -experiencia, agrediéndola si ella los contraría. -Son ingenuos y sensibles, fáciles de conmoverse, -accesibles al entusiasmo y á la ternura: con esa -ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos -ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda -una vida. Su ideal cristaliza en firmezas inequívocas -cuando la realidad los hiere con más saña.</p> - -<p>Todo romántico está por Quijote contra Sancho, -por Cyrano contra Tartufo, por Stockmann contra -Gil Blas: por cualquier ideal contra toda mediocridad. -Prefiere la flor al fruto, presintiendo que -éste no podría existir jamás sin aquélla. Los mercaderes -y las turbas saben que la vida guiada por -el interés brinda provechos materiales; los románticos -creen que la suprema dignidad se incuba en -el ensueño y la pasión. Para ellos un beso de tal -mujer vale más que cien tesoros de Golconda.</p> - -<p>Su elocuencia está en su corazón: disponen de -<span class="pagenum"><a id="Page_26"></a>[Pg 26]</span> -esas «razones que la razón ignora»—, como decía -Pascal. En ellas estriba el encanto irresistible de -los Musset y los Byron: estremece su estuosidad -apasionada, ahoga como si una garra apretara el -cuello, sobresalta las venas, humedece los párpados, -entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus protagonistas -pueblan los insomnios juveniles, como -si las describieran con una vara mágica entintada -en el cáliz de una poetisa griega: Safo, por caso, -la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre -encendido, ardiente á veces. Escriben como -hablan los temperamentos apasionados, con esa -elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo -ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece -á las mujeres finas y hace un Don Juan de cada -amador romántico. Son ellos los aristócratas del -amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. -En vano se confabulan en su contra las embozadas -hipocresías de la mediocridad sentimental, tan temerosa -de las pasiones como desconfiada ante los -ideales. Los espíritus zafios desearían inventar -una balanza para pesar la utilidad inmediata de sus -inclinaciones y sentimientos; como no la poseen, -prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga -en los hombres que piden su vida en préstamo -á la sociedad.</p> - -<p>El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. -Esquiva el amor como si fuera un abismo: -ignora que él acrisola todas las virtudes y es el -más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber -aprendido á amar. Caricatura á este sentimiento -<span class="pagenum"><a id="Page_27"></a>[Pg 27]</span> -guiándose por las sugestiones de sórdidas -conveniencias. Los demás le eligen las queridas y -le imponen la esposa. Poco le importa la fidelidad -de las primeras mientras le sirvan de adorno; nunca -exige inteligencia en la otra, si es un escalón en -su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio -ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra -infernal á Byron; habría quemado á Jorge -Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale un -poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha -que Cristo pudo amar á la pecadora de Magdala. -Cree firmemente que Werther, Jocelyn, Mimí, -Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la -imaginación de artistas enfermos. Aborrece la pasión -honda y sentida; detesta los romanticismos -sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la -conquista comprometedora; evita que su corazón -se enardezca en una osada aventura sin el consentimiento -de los demás. Ignora las supremas virtudes -del amor.</p> - -<p>En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el -clima de la mediocridad, los idealistas se alinean -contra los dogmatismos sociales, sea cual fuere el -régimen dominante. Algunas veces, en nombre del -romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. -Su amor á los esclavos es un disimulado encono -contra los que oprimen su individualidad. Diríase -que llegan hasta amar al siervo para protestar -contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera -del rebaño, sabiendo que en cada lacayo puede -incubarse un burgués del porvenir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_28"></a>[Pg 28]</span></p> - -<p>En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su -orientación varía con los tiempos y con las inclinaciones. -Hay épocas en que más florece, como en el -siglo de abastardamiento iniciado por la revolución -francesa. Algunos románticos se creen providenciales -y su imaginación se revela por un misticismo -constructivo, como en Chateaubriand y Fourier, -precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, -y seguidos por Marx, que fué un Rousseau -judío. En otros el lirismo tiende, como en Byron y -Ruskin, á convertirse en religión estética. En Mazzini -y Kossouth toma color político. Habla en tono -profético y trascendente por boca de Lamartine y -de Hugo. En Stendhal acosa con ironía los dogmatismos -sociales y en Vigny los desdeña amargamente. -Se duele en Musset y se desespera en -Amiel. Fustiga á la mediocridad con Flaubert y -Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión -abierta contra todo lo que amengua y domestica -al individuo, como en Emerson, Stirner, -Guyau, Ibsen ó Nietzsche.</p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">El idealismo experimental.</span></h3> - -<p>Las rebeldías románticas son embotadas por la -experiencia: ella enfrena muchas nobles impetuosidades -y da á los ideales mayor eficacia. Las lecciones -de la realidad no matan al idealista: lo educan. -Su afán de perfección tórnase más centrípeto -y digno, busca los caminos propicios, aprende á -<span class="pagenum"><a id="Page_29"></a>[Pg 29]</span> -rehuir las asechanzas que la mediocridad le tiende. -Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á -su personal inquietud y los dogmatismos sociales -cohiben sus esfuerzos por enderezarlos, su idealismo -tórnase experimental. No pueden doblar la -realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, -procurando salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. -Lo que antes se proyecta hacia fuera, polarízase -en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una -gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud -realizado en la edad madura». Es inherente á -aquélla la ilusión de imponer sus ensueños, rompiendo -la barrera que la separa de la mediocridad; -cuando advierte que la mole no cae, atrinchérase -en virtudes intrínsecas, custodiándolos, realizándolos -en alguna medida, sin complicidades. El -idealismo sentimental y romántico se transforma -en idealismo experimental y estoico; la experiencia -regula la imaginación, haciéndolo ponderado -y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á -la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se -convierte en Idealismo apolíneo.</p> - -<p>Es natural que así sea. Los romanticismos no -resisten á la experiencia crítica: si duran hasta -pasados los límites de la juventud, su ardor no -equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la -avanzada edad en que Don Quijote emprende la -persecución de su quimera. Es más lógico Don -Juan, casándose á la misma altura en que Cristo -muere; los personajes que Murger creó en la vida -bohemia, detiénense en ese limbo de la madurez. -<span class="pagenum"><a id="Page_30"></a>[Pg 30]</span> -No puede ser de otra manera. La acumulación -de los contrastes acaba por coordinar la imaginación, -orientándola sin rebajarla.</p> - -<p>Y si el idealista es una mente superior, su ideal -asume formas definitivas: plasma la Verdad, la Belleza -ó la Virtud en crisoles más perennes, tiende -á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y -su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga -clásico. Todo clasicismo es una selección natural -de ideales sobrevivientes á través de los siglos.</p> - -<p>Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión -que les encumbren á la genialidad. Los más -resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, cuyo -determinismo no pueden modificar, esterilizan sus -esfuerzos. De allí cierta aquiescencia á las cosas -que no dependen del propio mérito, la tolerancia -de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción -exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, -se refugian en sí mismos, para encumbrarse -en la orilla desde donde miran el fangoso arroyo -que corre murmurando, sin que en su murmullo -se oiga un grito. Son los jueces de su época: ven -de dónde viene y cómo corre el turbión encenagado. -Descubren á los omisos que se dejan opacar -por el limo, á los que persiguen esos encumbramientos -falaces con que las mediocracias oprobian -á sus arquetipos.</p> - -<p>El idealista experimental mantiénese hostil á su -medio, lo mismo que el romántico. Su actitud es -de abierta resistencia á la mediocridad organizada, -resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, -<span class="pagenum"><a id="Page_31"></a>[Pg 31]</span> -sin compromisos. Impórtale menos agredir el -mal que consienten los otros y más le sirve estar -libre para realizar toda perfección que sólo depende -de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». -Son notorias las diferencias entre -el individualismo doctrinario y el sentimiento individualista; -el uno es teoría y el otro es actitud. -En Spencer, la doctrina individualista se acompaña -de sensibilidad social; en Bakounine, la doctrina -social coexiste con una sensibilidad individualista. -Es cuestión de temperamentos y no de -ideas; aquél es la base del carácter. Todo individualismo -es una actitud de revuelta contra los -dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias; -revela energías anhelosas de exparcirse y -contenidas por mil obstáculos opuestos por el espíritu -gregario. El individualista niega el principio -de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata -cualquiera imposición, desdeña las jerarquías independientes -del mérito. Los partidos, sectas y facciones -le son indiferentes por igual, sintiéndose -extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las -leyes escritas no han modificado nunca la mediocridad -de quienes las admiran ni el sufrimiento de -quienes las aguantan.</p> - -<p>Su ética difiere radicalmente de esos individualismos -sórdidos que reclutan las simpatías de los -mediocres. Hay dos morales egoístas. El digno -elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el -mediocre opta siempre por la inferior y se encuentra -con Aristipo. Aquél se refugia en sí para acrisolarse; -<span class="pagenum"><a id="Page_32"></a>[Pg 32]</span> -éste se ausenta de los demás para zambullirse -en la sombra. El individualismo es noble si -un ideal lo alienta y lo eleva; sin ideal, es una caída -á más bajo nivel que la mediocridad misma.</p> - -<p>En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del -evo cristiano, Aristipo anunció que la única regla -de la vida era el placer máximo, buscado por todos -los medios, como si la naturaleza dictara al -hombre el hartazgo de los sentidos y la ausencia -de ideal. La sensualidad, erigida en sistema, llevaba -al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los -cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: -sus últimos pregoneros encomiaron el suicidio. -Tal ética, practicada instintivamente por los escépticos -y los depravados de todos los tiempos, -no fué lealmente erigida en sistema después de -entonces. El placer—como simple sensualidad -cuantitativa—es absurdo é imprevisor; no puede -sustentar una moral. Sería erigir á los sentidos en -jueces. Deben ser otros. ¿Estaría la felicidad en -perseguir un interés bien ponderado? Un egoísmo -prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría -á los apetitos ciegos. En vez del placer -basto tendríase el deleite refinado, que prevé, -coordina, prepara, goza antes é infinitamente más, -pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces -futuros en sabias alquimias de preparación. Los -epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. Aristipo -refugia la dicha en los burdos goces materiales; -Epicuro la encumbra en la mente, la idealiza por la -imaginación. Para aquél valen todos los placeres -<span class="pagenum"><a id="Page_33"></a>[Pg 33]</span> -y se buscan de cualquier manera, desatados sin -freno; para éste deben ser elegidos y dignificados -por un sello de armonía. La originaria moral de -Epicuro es toda refinamiento: su creador vivió una -vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha -y huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un -saldo á favor del primero. Esa aritmética de las -emociones no es incompatible con la dignidad, el -ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; -permite practicarlas, si en ellas puede encontrarse -una fuente de placer.</p> - -<p>En otra moral helénica encuentra sus moldes -perfectos el idealismo experimental. Zenón dió á -la humanidad una suprema doctrina de virtud heroica. -La dignidad se identifica con el ideal: no -conoce la historia más bellos ejemplos de conducta. -Séneca, digno en la corte del propio Nerón, -además de predicar con arte exquisito su doctrina, -la aplicó con bello coraje en la hora extrema. Solamente -Sócrates murió mejor que él, y ambos -más dignamente que Jesús. Son las tres grandes -muertes de la historia.</p> - -<p>La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. -Una convincente elocuencia de sofista caldeaba -su palabra de liberto. Vivió como el más humilde, -satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa -sin puertas, entregado á meditar y educar, hasta -el decreto que proscribió de Roma á los filósofos. -Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende -y lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie -puede cohibirlo; lo demás está subordinado á -<span class="pagenum"><a id="Page_34"></a>[Pg 34]</span> -fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que depende -de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he -ahí la fórmula del idealismo experimental.</p> - -<p>Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer -el mediocre. Si las resistencias en el camino de la -perfección dependen de otros, conviene prescindir -de ellas, como si no existiesen, y redoblar el -esfuerzo enaltecedor. La realidad no tuerce ni -desvía á los idealistas, aunque los obste ó retarde. -Deseando influir sobre cosas que de él no dependen, -encontraría obstáculos en todas partes; contra -esa hostilidad de su ambiente sólo puede rebelarse -la imaginación. El que sirve á un Ideal, vive -de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni -le impedirá ascender hacia su ensueño.</p> - -<p>Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia -solamente á participar del mal. Su asentimiento -no es apatía ni inercia. Apartarse no es -morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como -lo fué en Marco Aurelio, nunca igualado en regir -destinos de pueblos: sólo él pudo inspirar las páginas -más hondas de Renán y las más líricas de -Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su -estoicismo es más propicio para templar caracteres -que para consolar corazones. Con él alcanzó el -pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. -Entre perversos é ingratos que le circuían, enseñó -á dar sus racimos, como la viña, sin reclamar precio -alguno, preparándose para cargar otros en la -vendimia futura. Los idealistas son hombres de su -estirpe, ignoran el bien que hacen á la mediocridad, -<span class="pagenum"><a id="Page_35"></a>[Pg 35]</span> -su enemiga. Cuando arrecia el encanallamiento -de los rebaños, cuando más sofocante tórnase -el clima de las mediocracias, ellos crean un -nuevo ambiente moral, sembrando ideales: una -nueva generación, aprendiendo á amarlos, se ennoblece. -Frente á las burguesías afiebradas por -remontar el nivel del bienestar material,—ignorando -que su mayor miseria es la falta de cultura,—ellos -concentran sus esfuerzos para aquilatar -el respeto de las cosas del espíritu y el culto de -todas las originalidades descollantes. Mientras la -vulgaridad obstruye las vías del genio, de la santidad -y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre -á restituirlas, preparando el advenimiento -de esas horas fecundas que caracterizan la resurrección -de las razas: el clima del genio.</p> - -<p>Toda ética idealista transmuta los valores y -eleva el rango del mérito; las virtudes y los vicios -trocan sus matices, en más ó en menos, creando -equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de -todos los moralistas: su originalidad está en cambios -de tono que modifican las perspectivas de un -cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á -la mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres -dignos afirman su vehemencia de ideal. -Una mediocracia sin ideales,—como un individuo -ó un grupo,—es vil y escéptica, cobarde: contra -ella cultivan hondos anhelos de perfección. Frente -á la ciencia hecha oficio, la Verdad como un culto; -frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud -desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, -<span class="pagenum"><a id="Page_36"></a>[Pg 36]</span> -la Armonía inmarcesible de la línea, de -la forma y del color; frente á las complicidades de -la política mediocrática, las máximas expansiones -del Individuo dentro de cada sociedad.</p> - -<p>Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan -su voz. Una ciencia, un arte, un país, una raza, estremecidos -por su eco, salen de su cauce habitual. -El Genio es un guión que pone el destino entre -dos párrafos de la historia. Si aparece en los orígenes, -crea ó funda; si en los resurgimientos, transmuta -ó desorbita. En ese instante remontan su -vuelo todos los espíritus superiores, templándose -en pensamientos altos y para obras perennes.</p> - -<p>En el vaivén eterno de las eras el porvenir es -siempre de los visionarios. La interminable contienda -entre el idealismo y la mediocridad tiene -su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno -sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca -mano de orfebre plasmó un concepto más sublime: -Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, cuyo -cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus -pies alados. Cuando los temperamentos idealistas -se detienen ante el prodigio de Benvenuto, anímase -el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan -palabras perceptibles. Dice á los jóvenes -que toda brega por un Ideal es santa, aunque sea -ilusorio el resultado; que nunca hay error en seguir -su temperamento y pensar con el corazón, si -ello contribuirá á crear una personalidad firme; -que todo germen de romanticismo debe alentarse, -para enguirnaldar de aurora la única primavera -<span class="pagenum"><a id="Page_37"></a>[Pg 37]</span> -que no vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras -canas salpican de otoño sus más vehementes -quimeras, instígalos á custodiar sus ideales -bajo el palio de la más severa dignidad, frente á -las tentaciones que conspiran para encenagarlos -en la Estigia donde se abisman los mediocres.</p> - -<p>Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo -decapitara á la Mediocridad, entregando su -cabeza al juicio de los siglos.</p> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_38"></a>[Pg 38]</span></p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_39"></a>[Pg 39]</span></p> - - -<div class="chapter"> - <h2 class="nobreak">EL HOMBRE MEDIOCRE</h2> -</div> -</div> - -<p class="right" style="padding-right: 2em;">«<i lang="it" xml:lang="it">Cacciarli i ciel per non esser men belli,<br /> -Né le profondo Inferno li riceve...</i>»</p> - -<p class="p1 right" style="padding-right: 2em;"><span class="smcap">Dante.</span> <cite>Inferno.</cite> Canto III.</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="p2">I. «¿<span class="smcap">ÁUREA MEDIOCRITAS</span>?»—II. <span class="smcap">DEFINICIÓN DEL HOMBRE -MEDIOCRE.</span>—III. <span class="smcap">FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.</span>—IV. -<span class="smcap">LA VULGARIDAD.</span></p> -</div> - -<h3>I. «¿<span class="smcap">Áurea mediocritas</span>?»</h3> - -<p>Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se -asombra ante la naturaleza que le envuelve. La penumbra -se espesa, el color de las cosas se uniforma -en el gris homogéneo de las siluetas, la primera -humedad crepuscular levanta de todas las hierbas -un vaho de perfume, aquiétase el rebaño para -prepararse al sueño, la remota campana tañe su -aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana -claridad lunar se emblanquece; algunas estrellas -inquietan con su titilación el firmamento y -un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas -<span class="pagenum"><a id="Page_40"></a>[Pg 40]</span> -parece conversar de misteriosos temas. Sentado -en la piedra menos áspera que encuentra al -borde del camino, el pastor contempla y enmudece, -invitado á meditar por la convergencia del sitio -y de la hora. Su admiración primitiva es simple -estupor. La poesía natural que le rodea, al reflejarse -en su imaginación, no se convierte en poema. -Él es, apenas, un objeto en el cuadro, una -pincelada: como la piedra, el árbol, la oveja, el camino; -un accidente en la penumbra. Para él todas -las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo, -desde la tierra que pisa hasta el rebaño que -apacienta.</p> - -<p>La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza -de ingenuo pastor: no entendería el idioma -de quien le explicara la evolución del universo ó -de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle -eternamente invariables; su obtusa imaginación -no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el -estrecho horizonte de su experiencia constituye el -límite forzoso de su mente. No puede formarse un -ideal. Encontrará en los ajenos una chispa capaz -de encender su fanatismo; será sectario, puede -serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no -advertirá siquiera la ironía de cuantos le invitan á -arrebañarse en nombre de ideales que puede servir, -no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres, -sólo es pensado por pocos visionarios -que son sus amos. Para concebir una perfección -es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos -pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven -<span class="pagenum"><a id="Page_41"></a>[Pg 41]</span> -de dogmas que otros les imponen, esclavos de fórmulas -invariables, paralizadas por la herrumbre -del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y -de toda cumbre. Individualmente son hombres que -no existen. No inspiran simpatías ni rencores acentuados. -No admiran ni espantan. Sería difícil decidir -qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente -no obstan á los caracteres originales: su -existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo -como sombras insubstanciales, temiendo que alguien -pueda reprocharles esa osadía de existir en -vano, como contrabandistas de la vida.</p> - -<p>Y lo son. Aunque los hombres carecemos de -misión transcendental sobre la tierra, en cuya superficie -vivimos por igual motivo que la rosa y el -gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca -nuestra existencia: los más altos placeres son inherentes -á proponerse una perfección y perseguirla. -Las existencias vegetativas no tienen biografía: -no vive el que no deja rastros en las cosas ó -en los espíritus. La vida sólo vale por el uso que -de ella hacemos, por las obras que realizamos. No -ha vivido más el que cuenta más años, sino el que -ha sentido mejor algún ideal; las canas denuncian -la vejez, pero no dicen cuánta juventud la -precedió. La medida justa del hombre está en la -duración de sus obras: la inmortalidad es el privilegio -de quienes las hacen sobrevivientes á los -siglos, y por ellas se mide. El poder que se maneja, -los favores que se mendigan, el dinero que se -amasa, las dignidades que se consiguen, tienen -<span class="pagenum"><a id="Page_42"></a>[Pg 42]</span> -cierto efímero valor para los apetitos del mediocre. -Pero hay algo que embellece los placeres y -califica la vida del idealista: la afirmación de la -propia personalidad y la cantidad de hombría aquilatada -en la dignificación de nuestro yo. Vivir es -aprender, para ignorar menos; es amar, para -vincularnos á una parte mayor de humanidad; es -admirar, para compartir las excelencias de la naturaleza -y de los hombres; es un esfuerzo por -mejorarse, un incesante afán de elevación hacia -ideales definidos. Muchos nacen; pocos viven. Los -hombres mediocres son innumerables y vegetan -moldeados por su rebaño, como cera fundida en el -cuño social. Su moralidad exigua y su inteligencia -acorchada sujétanles á perpetua disciplina del -pensar y de la conducta; su existencia es puramente -negativa como unidades sociales. Sirven -de cemento ó cañamazo para sostener á los que -viven y piensan.</p> - -<p>Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios -colectivos: el mediocre es áptero, no puede volar. -Forma legión. Desgóznase cada uno hasta acomodarse -á la conducta común de la grey; está bien -mediocrizado cuando ningún rasgo permite individualizarlo. -Al clasificar los caracteres humanos -en sensitivos y activos, Ribot comprendió la necesidad -de separar los mediocres, cuya característica -es no tener ninguna: «indiferentes», viven -sin que se advierta su existencia. Son productos -adventicios del medio, de las circunstancias, -de la educación que reciben, de las personas -<span class="pagenum"><a id="Page_43"></a>[Pg 43]</span> -y las cosas que los rodean. La sociedad piensa y -quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No -hay líneas definidas ni en su propia sombra: es -una penumbra.</p> - -<p>En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos -sublimes, como en el océano; en los mediocres -la superficie dilátase en quietud imperturbable, -como en las ciénagas. Son el lastre de la -sociedad: es su destino oponerse al impulso de -los originales. Hay en el fondo de su psicología -una espesa pincelada gris. La falta de personalidad -los hace igualmente incapaces de bien y de -mal, si de su iniciativa depende. Desfilan á hurtadillas, -inadvertidos, sin aprender ni enseñar, diluyendo -en tedios su insipidez tranquila, vegetando -en la sociedad que ignora su existencia: ceros -á la izquierda que nada califican y para nada -cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder -á la más leve presión, sufrir todas las influencias, -altas y bajas, grandes y pequeñas, transitoriamente -arrastrados á la altura por el más leve céfiro ó -revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. -Barcos de amplio velamen, pero sin timón, no saben -adivinar su propia ruta: ignoran si irán á varar -en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados -contra un escollo.</p> - -<p>Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos -uno solo que se conociera; si lo halláramos -sería un original, por el simple hecho de enrolarse -en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna -virtud, cierto talento ó un firme carácter? Muchos -<span class="pagenum"><a id="Page_44"></a>[Pg 44]</span> -cerebros torpes se envanecen de su testarudez, -confundiendo esa cualidad mediocre con la -firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones -se jactan de su bigardía y desvergüenza, equivocándolas -con el ingenio; los serviles y los parapocos -pavonéanse de honestos, como si la incapacidad -del mal pudiera en caso alguno confundirse -con la virtud. Prescindiendo, pues, de la -buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, -estudiaremos la mediocridad objetivamente, -en sus aspectos fundamentales.</p> - -<p>Ningún hombre es excepcional en todas sus -aptitudes; pero son mediocres, á carta cabal, los -que no descuellan en ninguna.</p> - -<p>Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de -rodearnos. Aunque aisladamente no merezcan -atención, en conjunto son instructivos.</p> - -<p>Desfilan bajo nuestro lente como simples casos -de historia natural, con tanto derecho como los -genios y los imbéciles. Existen: hay que estudiarlos. -El moralista dirá si la mediocridad es buena -ó mala; al psicólogo le es indiferente: observa los -caracteres, los describe, los compara y los clasifica, -de igual manera que otros naturalistas observan -fósiles ó mariposas.</p> - -<p>Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta -grados hay mediocridad; en la escala de la -inteligencia humana el hombre mediocre es el claro-obscuro -entre el talento y la estulticie. No diremos, -por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio -no dijo «<em>áurea mediocritas</em>» en el sentido -<span class="pagenum"><a id="Page_45"></a>[Pg 45]</span> -general y absurdo que proclaman los incapaces de -sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por -sus obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo -en la tranquilidad y en la independencia el mayor -bienestar del hombre, enalteció los goces de -un pasable vivir que dista por igual de la opulencia -y de la miseria, llamando áurea á esa mediocridad -material. En cierto sentido epicúreo, su -sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio -árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es -preferible á la opulencia llena de preocupaciones.» -Pero inferir de ello que la mediocridad moral, intelectual -y de carácter, es digna de respetuoso homenaje, -implica torcer la intención misma de Horacio: -en versos memorables menospreció á los -poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio -á cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se -subvierte el sentido del «<em>áurea mediocritas</em>» clásico? -¿Por qué ese afán de suprimir desniveles entre -los hombres y las sombras, como si rebajando -un poco á los excelentes y amerengando un poco -á los mediocres se amenguaran las desigualdades -creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar -la claridad y la tiniebla, confundiendo en -una misma penumbra á los transparentes y á los -opacos.</p> - -<p>La originalidad les parece herética. Todo perdonan -menos esa herejía: ser original es una cosa -detestable. Los que tal sentencian inclínanse á -confundir el sentido común con el buen sentido, -como si enmarañando la significación de los vocablos -<span class="pagenum"><a id="Page_46"></a>[Pg 46]</span> -se pudiera babelizar las ideas correspondientes. -Afirmemos el antagonismo. El sentido común -es colectivo, eminentemente plebocrático; el -buen sentido es individual, prerrogativa de la más -absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa insalvable -heterogeneidad nace la intolerancia de los -rutinarios frente á cualquier destello original: estrechan -sus filas para defenderse, como si fuera -crimen la desigualdad. En vano las mediocracias -resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado -fundamental de la psicología. Las costumbres -y las leyes pueden establecer derechos comunes -á todos los hombres: éstos serán siempre -tan desiguales como las olas que erizan la superficie -de un Océano.</p> - -<p>En la lucha de la mediocridad contra los ideales, -de lo vulgar contra lo excelente, confúndese -el elogio á lo subalterno con la difamación á lo -conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven -por igual á los espíritus arrocinados. Las mediocracias -contemporáneas tejen su sorda telaraña -en torno de los genios, los santos y los héroes, velando -su gloria ante la multitud: ciérrase el corral -cada vez que cimbra en las cercanías el aletazo -inequívoco de un águila.</p> - -<p>La desigualdad humana no es un descubrimiento -moderno. Plutarco escribió, ha siglos, que -«los animales de una misma especie difieren menos -entre sí que unos hombres de otros». (<cite>Obras -morales</cite>, vol. 3.) Montaigne suscribió esa opinión: -«Hay más distancia entre tal y tal hombre, que<span class="pagenum"><a id="Page_47"></a> [Pg 47]</span> -entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más -excelente animal está más próximo del hombre -menos inteligente, que éste último de otro hombre -grande y excelente». (<cite>Ensayos</cite>, vol. I. cap. XLII.) -Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, -los psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad -humana; ella será en el porvenir tan absoluta -como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne.</p> - -<p>Hay hombres mentalmente inferiores al término -medio de su raza, de su tiempo y de su clase social; -también los hay superiores. Entre unos y otros -fluctúa una gran masa imposible de caracterizar -por inferioridades ó excelencias.</p> - -<p>Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres -arrebañados; el arte los desdeña por incoloros; -la historia no sabe sus nombres. Son poco -interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista -definida, la pincelada firme, el rasgo característico. -De igual desdén les cubren los moralistas; no -merecen el desprecio, fustigador de perversos, -ni la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en -conjunto, pueden estudiarse. Son los puntales de -la mediocridad, constituyen un régimen, representan -un sistema especial de intereses inconmovibles; -ellos subvierten la tabla de los valores morales, -falsean nombres, desvirtúan conceptos: pensar -es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es -lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración -una imprudencia, la pasión una ingenuidad, -la virtud una estupidez...</p> - -<p>Sustraídos á la curiosidad del sabio por la cora<span class="pagenum"><a id="Page_48"></a> [Pg 48]</span>za -de su insignificancia, fortifícanse en la cohesión -del total. Aunque privados de ese impulso que se -resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que es -la vida misma, la complicidad del régimen suple -muchas lagunas de sus biografías, disputándolas al -anónimo. Pero en vano: si el deseo de la gloria -entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje -mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato -y conserva el nombre del retratista; y cuando -sus lacayos le costean un bronce, debajo del verdín -que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, -como si un pudor incontenible lo encendiera -internamente.</p> - -<p>Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes -á la perfección, ciegos á los astros. Existe -una vastísima bibliografía de inferiores é insuficientes, -desde el criminal y el delirante hasta el -retardado y el idiota; hay, también, una rica literatura -consagrada á estudiar el genio y el talento, -amén de que historia y arte convergen á mantener -su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. -Lo habitual no es el genio ni el idiota, no es el talento -ni el imbécil. El hombre común, el que nos -rodea á millares, el que prospera y se reproduce en -el silencio y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, -no asombra al observador, pero su conjunto es -omnipotente en ciertos momentos de la historia: -cuando reina el clima de la mediocridad.</p> - -<p>Toca al psicólogo disecar su mente con firme -escalpelo, como á los cadáveres el profesor eternizado -por Rembrandt en la «Lección de Anatomía»:<span class="pagenum"><a id="Page_49"></a> [Pg 49]</span> -sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas -mismas de la naturaleza humana y se acarminan -de emoción sus labios al transfundir serenamente -la verdad en cuantos le rodean. Tiene la -firmeza del que sólo confía en su propia mano para -consumar la obra. ¿Por qué no tendemos al hombre -mediocre sobre nuestra mesa de autopsias, hasta -saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para -qué sirve?</p> - -<p>La etopeya del hombre mediocre constituirá un -capítulo básico de la psicología y de la moral.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">Definición del hombre mediocre.</span></h3> - -<p>La mediocridad es una ausencia de características -personales que permitan distinguir al individuo -en su sociedad. Ésta ofrece á todos un mismo -fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta -reunir cien hombres para que ellos coincidan en -lo impersonal: «Juntad mil genios en un Concilio -y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras -la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es -el bajo nivel de las opiniones colectivas.</p> - -<p>Mediocre no significa normal ni equilibrado. El -hombre normal no existe. No puede existir: nuestra -especie evoluciona sin cesar y sus cambios -opéranse desigualmente en numerosos agregados -sociales, distintos entre sí. El hombre normal en -una sociedad no lo es en otra; el de ha mil años -no lo sería hoy, ni en el porvenir.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_50"></a>[Pg 50]</span></p> - - -<p>Si pudiera medirse la mentalidad humana, los -valores individuales graduaríanse en escala continua, -de lo bajo á lo alto. Entre los tipos extremos -existe una masa compacta de sujetos, más ó menos -similares, coincidentes en los términos centrales -de la serie; en vano buscaríamos allí al representante -del llamado «Hombre normal». Aristóteles -intentó dar con él; siglos más tarde la peregrina -ocurrencia reapareció en el torbellinesco espíritu -de Pascal.</p> - -<p>Quételet pretendió formular una doctrina científica -acerca del «Hombre medio»: su ensayo es -una burda exageración del abusado <em>in medio stat -virtus</em>. No incurriremos, pues, en el yerro de creer -que los hombres mediocres pueden reconocerse -por atributos que serían un término medio de los -observados en la especie humana. En ese sentido -es un producto de estadística, sin corresponder á -ningún individuo de existencia real.</p> - -<p>Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía -á una síntesis estadística de la especie, Morel -lo consideró un ejemplar de la «edición princeps» -de la Humanidad, lanzada á la circulación por el -Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, -que el espíritu humano se complace en forjar -como la obra maestra de la creación, es un hecho -conforme con nuestras creencias; la degeneración -humana sólo es concebible como desvío -de un tipo primitivo, que contenía en sí los elementos -de la continuidad de la especie.» Partiendo -de tal concepto, Morel definía la degeneración,<span class="pagenum"><a id="Page_51"></a> [Pg 51]</span> -en todas sus formas, como una divergencia patológica -del perfecto ejemplar originario. De eso al -culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, -felizmente, de tal prejuicio los antropólogos -contemporáneos. El hombre—decimos ahora—es -un animal que evoluciona en las edades -más recientes del planeta; no fué creado perfecto -en su origen, ni consiste su perfección en volver -á sus formas ancestrales.</p> - -<p>El concepto de la normalidad humana es relativo -á determinado ambiente social: es abstracto. Conviene -afirmar, bien alto y en todos los tonos, que -hombre mediocre no significa, concretamente, -hombre equilibrado: la inercia no es un equilibrio. -La mediocridad no es una complicada resultante -de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir á -los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, -con los amorfos? El equilibrio entre dos platillos -cargados no puede compararse con la quietud de -una balanza vacía. El hombre mediocre no es un -modelo, sino una sombra; si hay peligros en la -idolatría de los héroes y los hombres representativos, -á la manera de Emerson ó Carlyle, más los -hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad -con la normalidad, señalando como una -aberración ó un crimen toda excelencia del carácter, -de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado -este grave yerro, pintando al hombre medio -con rasgos precisos: «Es dócil, acomodaticio á todas -las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á -todas las temperaturas de un día variable, avisa<span class="pagenum"><a id="Page_52"></a> [Pg 52]</span>do -para los negocios, resistente á las combinaciones -de los astutos; pero dislocado de su mediocre -esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, -él se derrumba siempre, en seguida, precisamente -porque es un equilibrista y no lleva en sí -las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa -equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del -hombre mediocre equilibrado y del genio desequilibrado.»</p> - -<p>En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio -del mediocre opérase entre cualidades poco -dignas de admiración; su resultante es capaz de -amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, -recibió Lombroso un telegrama decididamente -norteamericano. Era, en efecto, de un gran diario, -y solicitaba una extensa respuesta telegráfica -á la pregunta presentada con la sugerente recomendación -de un cheque: ¿Cuál es el hombre -normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los -lectores. Lejos de alabar sus virtudes, hacía un -cuadro de caracteres negativos y estériles: «buen -apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á -sus costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso -de toda autoridad, animal doméstico.» <em>Fruges -consumere natus</em>, que dijo el poeta latino.</p> - -<p>Con ligeras variantes, esa definición evoca la -que dió Víctor Hehn del «filisteo» alemán: «Producto -de la costumbre, desprovisto de fantasía, -ornado por todas las virtudes de la mediocridad, -llevando una vida honesta gracias á la moderación -de sus exigencias, perezoso en sus concepciones<span class="pagenum"><a id="Page_53"></a> [Pg 53]</span> -intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora -todo el fardo de prejuicios que heredó de -sus antepasados.» En estas líneas refléjanse las -invectivas, ya clásicas, del poeta Heine contra la -mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por -su parte, Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió -el perfecto filisteo como un ser que se deja -engañar por las apariencias y toma en serio todos -los dogmatismos sociales: constantemente ocupado -en someterse á las farsas mundanas.</p> - -<p>Existen varias definiciones del hombre mediocre, -de carácter moral ó estético. Para algunos, la -mediocridad consistiría en la ineptitud para ejercitar -las más altas cualidades del ingenio; para -otros, sería la inclinación á pensar á ras de tierra. -Mediocre correspondería á «burgués», por contraposición -á «artista»; Flaubert lo definió como -«un hombre que piensa bajamente». Juzgada -con ese criterio, su personalidad parece detestable. -Tal resulta en la magnífica silueta de -Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó -á admirar Rubén Darío. Distingue al mediocre -del imbécil; éste ocupa un extremo del mundo -y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el -centro. ¿Será, entonces, lo que en filosofía, en política -ó en literatura, se llama un ecléctico ó un -justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que -es justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; -el hombre mediocre es justo-medio sin sospecharlo. -Lo es por naturaleza, no por opinión; por carácter, -no por accidente. En todo minuto de su vida,<span class="pagenum"><a id="Page_54"></a> [Pg 54]</span> -y en cualquier estado de ánimo, será siempre mediocre. -Su rasgo característico, absolutamente -inequívoco, es su deferencia por la opinión de los -demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga á -los hombres como los oye juzgar. Reverenciará á -su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeñará -á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su -criterio carece de iniciativas. Sus admiraciones -son prudentes. Sus entusiasmos son oficiales. Esa -definición descriptiva,—análoga á las que repitiera -Barbey D'Aurevilly—, posee muy sugestiva elocuencia, -pero no es satisfactoria.</p> - -<p>El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, -corresponde al «filisteo» de Heine, de Schopenhauer -y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués» -antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. -Pero, fuerza es reconocerlo, tales definiciones -no precisan gran cosa desde el punto de vista -psicológico y social; conviene buscar una más exacta -é inequívoca, abordando el problema por otros -caminos.</p> - -<p>No obstante sus infinitas diferencias, existen -grupos de hombres que pueden englobarse dentro -de tipos similares; tales clasificaciones, simplemente -aproximativas, constituyen la ciencia -de los caracteres humanos, la «etología.» Los antiguos -fundábanla sobre los temperamentos; los -modernos buscan sus bases en la preponderancia -de ciertas funciones psicológicas.</p> - -<p>Esas clasificaciones, admisibles desde algún -punto de vista especial, son insuficientes para el<span class="pagenum"><a id="Page_55"></a> [Pg 55]</span> -nuestro. Si observamos cualquier rebaño humano, -el rango de los hombres que lo componen resulta -siempre «relativo» al conjunto: es un valor social. -Ése es el nudo del problema. Cada hombre es -el producto de dos factores: la herencia y la -educación. La primera tiende á proveerle de -los órganos y las funciones mentales que le transmiten -las generaciones precedentes; la segunda -es el resultado de las múltiples influencias del -medio social en que el individuo está obligado á -vivir. La acción educativa es una adaptación de -las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: -una continua aclimatación del individuo en -la sociedad.</p> - -<p>El niño desarróllase como un animal de la especie -humana, hasta que empieza á distinguir las cosas -inertes de los seres vivos y á reconocer entre -éstos á sus semejantes. Su experiencia individual -es, entonces, coadyuvada por las personas que le -rodean, tornándose cada vez más decisiva la influencia -del medio. Desde ese momento evoluciona -como un miembro de su sociedad y sus hábitos -se organizan mediante la imitación. El hombre incapaz -de imitar no alcanza cierto nivel, permanece -«inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si -la imitación desempeña un papel amplísimo, casi -exclusivo, en la formación de la personalidad, actuando -por un verdadero mimetismo social, la invención -produce, en cambio, las variaciones individuales. -Aquélla es conservadora y actúa creando -hábitos; ésta es evolutiva y se desarrolla<span class="pagenum"><a id="Page_56"></a> [Pg 56]</span> -mediante la imaginación. Todos no pueden inventar -ó imitar de la misma manera; esas aptitudes se -ejercitan sobre la base de cierta capacidad congénita, -recibida mediante la herencia psicológica. -La adaptación del individuo á su medio depende -del equilibrio entre lo que imita y lo que inventa.</p> - -<p>La variación individual determina la originalidad, -rompiendo las coyundas de la rutina. Variar -es ser alguien, diferenciarse es tener un carácter -propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, -al fin, de que no se vive como simple reflejo de los -demás. El símbolo del hombre mediocre es la paciencia -imitativa; del hombre superior, la imaginación -creadora. El mediocre aspira á confundirse -en los que le rodean; eso lo sobrepone al inferior -inadaptable. El original aspira á diferenciarse de -los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en -virtudes ó en acción. Mientras el mediocre se concreta -á pensar con la cabeza de la sociedad, el original -aspira á pensar con la propia. En ello estriba -la desconfianza con que es mirado por los mediocres: -nada les parece tan peligroso como un hombre -que aspira á pensar con su cabeza.</p> - -<p>Podemos ya recapitular. Considerando á cada -hombre con relación á su medio, tres elementos -concurren á formar su personalidad: la herencia -biológica, la imitación social y la variación individual.</p> - -<p>Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie -los elementos para adquirir una «personali<span class="pagenum"><a id="Page_57"></a> [Pg 57]</span>dad -específica» común á todo animal humano, é insuficiente -para adaptarlo á la mentalidad social. -Ella es propia de los hombres inferiores.</p> - -<p>Los más, mediante la educación imitativa, copian -de las personas que los rodean una «personalidad -social» perfectamente adaptada, condición -inherente á todo hombre mediocre.</p> - -<p>Una minoría, además de imitar la mentalidad -social, adquiere variaciones propias, una «personalidad -individual»: patrimonio exclusivo de los -hombres originales.</p> - -<p>Los miembros de una sociedad estratifícanse en -tres categorías: hombres inferiores, hombres mediocres -y hombres superiores.</p> - -<p>El inferior es un animal humano; en su mentalidad -enseñoréanse las tendencias instintivas -condensadas por la herencia. Su ineptitud para -la imitación le impide adaptarse al medio en -que vive; su personalidad no se desarrolla hasta el -nivel corriente en su rebaño, viviendo por debajo -de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos -casos fuera de la legalidad. Esa insuficiente -adaptación determina su incapacidad para pensar -como los demás.</p> - -<p>El mediocre es una sombra proyectada por la -sociedad; es por esencia imitativo y está perfectamente -adaptado para vivir en rebaño, reflejando -las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente -útiles para la domesticidad. Así como el -inferior hereda el «alma de la especie», el mediocre -adquiere el «alma de la sociedad». Su caracte<span class="pagenum"><a id="Page_58"></a> [Pg 58]</span>rística -es imitar á cuantos le rodean: pensar con -cabeza ajena.</p> - -<p>El superior es un accidente provechoso para -la evolución humana. Es original é imaginativo, -desadaptándose del medio social en la medida -de su propia variación. Ésta se sobrepone á los -atributos hereditarios del «alma de la especie» y á -las adquisiciones imitativas del «alma de la sociedad», -constituyendo las aristas singulares del -«alma individual» que lo distingue dentro de su -grey. Es idealista, precursor de nuevas formas de -perfección: piensa mejor que la sociedad en que -vive.</p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">Función social de la mediocridad.</span></h3> - -<p>Todo lo que existe es necesario. Los mediocres -son útiles para el equilibrio social: poco importa -que ellos se cuenten por millares y los idealistas en -dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el -valor de la luz. La infamia nos induce á respetar -la virtud; la miel no sería dulce si el acíbar no enseñara -á paladear la amargura; admiramos el vuelo -del águila porque conocemos el arrastramiento -de la oruga; encanta más el gorjeo del ruiseñor -cuando se ha escuchado el silbido de la serpiente. -De igual manera todo hombre posee un valor de -contraste, si no lo tiene de afirmación; es un detalle -necesario en la infinita evolución del protohombre -al superhombre. El mediocre, peldaño<span class="pagenum"><a id="Page_59"></a> [Pg 59]</span> -social entre el imbécil y el genio, representa un -progreso comparado con el primero y ocupa su -rango si le comparamos con el segundo. Si fuera -inútil no existiría: la selección natural habríale -exterminado. Ello no ocurre. Sus idiosincracias -son relativas al medio y al momento en que actúa. -Es tan necesario para la sociedad como las palabras -para el estilo; pero no basta alinearlas para -crearlo. La mediocridad yace en el diccionario; el -estilo es una originalidad individual.</p> - -<p>Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, -sea cual fuere su escuela filosófica ó su -credo literario, le son hostiles. Toda moral individualista -ó estética condena la mediocridad: desde -Renán y Hugo hasta Guyau y Flaubert. La creación -de belleza es un esfuerzo original; la historia -del arte conserva los nombres de pocos creadores -y olvida á innúmeros secuaces que los imitan.</p> - -<p>Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los -mediocres encuentran una justificación, como todo -lo que existe por necesidad. El contraste eterno -entre las fuerzas que pujan en las sociedades -humanas, se traduce por la lucha entre dos grandes -actitudes que agitan la mentalidad colectiva: -el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu -original ó de rebeldía.</p> - -<p>Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible -dividir la humanidad en dos categorías de -hombres, los unos rebeldes en todo y los otros en -todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles -interpretan mejor la vida. No es factible un vi<span class="pagenum"><a id="Page_60"></a> [Pg 60]</span>vir -inmóvil de gentes todas conservadoras, ni lo -es un instable ajetreo de rebeldes é insumisos, -para quienes nada existente sea bueno y ningún -sendero digno de seguirse. Es verosímil que ambas -fuerzas sean igualmente imprescindibles. Obligados -á elegir, ¿obtendría la preferencia una actitud -conservadora? La originalidad necesita un contrapeso -robusto que prevenga sus excesos; habría -ligereza en fustigar á los hombres metódicos -y de paso tardío si ellos constituyeran los -tejidos sociales más resistentes, soporte de los -otros. Lo mismo que en los organismos, los distintos -elementos sociales se sirven mutuamente de -sostén; en vez de mirarse como enemigos debieran -considerarse cooperadores en una obra única, -pero complicada. Si en el mundo no hubiera -más que rebeldes, no podría marchar; tornárase -imposible la rebeldía si faltara contra quien rebelarse. -Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el -carro de la vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? -En vez de combatirse, ambas partes debieran -advertir que ninguna tendría motivo de -existir como la otra no existiese. El conservador -sagaz puede bendecir al revolucionario, tanto -como éste á él. He aquí una nueva base para la tolerancia: -cada hombre necesita de su enemigo.</p> - -<p>Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y -los originales, como arguye el pensador español, -su justificación estaría hecha. Ser mediocre no es -una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los -que sacan á su vida el mayor jugo y procuran pa<span class="pagenum"><a id="Page_61"></a> [Pg 61]</span>sar -lo mejor posible sus cortos días sobre la tierra, -sin preocuparse de sus prójimos ni de las generaciones -posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo? -¿Pecan, tal vez, los que no piensan en sí y viven -para los demás: los abnegados y altruístas, los -que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio -ajeno, renunciando á sus comodidades y aun á su -vida, como suele ocurrir? Por indefectible que sea -pensar en el mañana y dedicarle cierta parte de -nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en -el presente, pensando en él, siquiera en gran parte. -Antes que las generaciones venideras están las -actuales; otrora fueron futuras y para ellas trabajaron -las pasadas.</p> - -<p>Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; -el psicólogo nada podría oponerle si el idealismo -y la mediocridad no tuviesen un valor moral. -Cada individuo habla el idioma de su conveniencia -inmediata; pero el moralista usa otra lengua -y sus juicios de valor traducen conceptos colectivos -que califican la conducta individual. Evidentemente, -cada hombre es como es y no podría ser -de otra manera; tiene tanta culpa de su delito el -asesino como de su creación el genio. El original -y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo -y el bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á -pesar suyo; no lo serían si el equilibrio de la sociedad -lo impidiese.</p> - -<p>¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los -santos, á los genios y á los héroes, á todos los que -inventan, enseñan ó plasman, á los que piensan en<span class="pagenum"><a id="Page_62"></a> [Pg 62]</span> -el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un -imperio, á Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á -Bacon, á César y á Napoleón? Los aplaude porque -tiene una moral, una tabla de valores que aplica -para juzgar á cada uno de sus componentes, no ya -según las conveniencias particulares, sino según -su utilidad social. En cada pueblo y en cada época -la medida de lo excelso está en los ideales de perfección -que se denominan genio, heroísmo y santidad.</p> - -<p>Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope -función que desempeñan en la sociedad: -abiertamente nociva á todo idealismo que importe -un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno -de su ensayo sobre el genio y el talento, -Nordau hace el elogio irónico de los mediocres, -asignándoles una función moderadora, como si estuvieran -destinados á contener el impulso creador -de los hombres superiores y las tendencias destructivas -de los sujetos antisociales. Para toda -mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en -esa hostilidad ve una evidente ingratitud. El mediocre -es útil; con un poco de benevolencia podría -concedérsele esa relativa belleza de las cosas perfectamente -adaptadas á su objeto. Es el fondo de -perspectiva en el paisaje social. De su exigüidad -estética depende todo el relieve adquirido por las -figuras que ocupan el primer plano. Los ideales de -los hombres superiores permanecerían en estado -de quimeras si no fuesen recogidos y realizados -por filisteos desprovistos de iniciativas persona<span class="pagenum"><a id="Page_63"></a> [Pg 63]</span>les: -éstos viven esperando—con encantadora -ausencia de ideas propias—los impulsos y las sugestiones -de los cerebros luminosos. El rutinario -no cede fácilmente á las instigaciones de los originales; -pero su misma inercia es garantía de que -sólo recoge las ideas convenientes al bienestar -social. Su gran culpa consiste en que se le encuentra -sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso. -Su inteligencia es un espejo en que se reflejan -todas las similares. Á pesar de todo, es necesario; -constituye el público de esta comedia humana -en que los hombres superiores avanzan hasta -las candilejas, buscando su aplauso y su sanción. -Nordau llega hasta decir con fina ironía: «Cada -vez que algunos hombres de genio se encuentren -reunidos en torno de una mesa de cervecería, su -primer brindis, en virtud del derecho y de la moral, -debiera ser para el hombre mediocre.»</p> - -<p>Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama -su conspicuidad, como el criterio estético -que lo relega á la más baja esfera mental, confundiéndolo -con el hombre inferior. Entre ambos extremos -fluctúa su posición ecuánime. Individualmente -considerado, á través del lente moral y estético, -el hombre mediocre es una entidad negativa -y deleznable; tomada la mediocridad en su -conjunto, las sociedades pueden reconocerle funciones -indispensables para su equilibrio.</p> - -<p>Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida -social sería posible sin esa compacta masa de -hombres puramente imitativos, capaces de conser<span class="pagenum"><a id="Page_64"></a> [Pg 64]</span>var -los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde -mediante la educación? El mediocre no inventa -nada, no crea, no empuja, no rompe, no -encendra; pero, en cambio, custodia celosamente -el armazón de automatismos, prejuicios y dogmas -acumulados durante siglos, defendiendo ese capital -común contra el acecho de los inadaptables. -Su rencor á los creadores compénsase por su -resistencia á los destructores. Los hombres mediocres -desempeñan en la historia humana el -mismo papel que la herencia en la evolución biológica: -conservan y transmiten las variaciones más -útiles para la continuidad del grupo social. Constituyen -una fuerza destinada á contrastar el poder -disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones -atrevidas de los visionarios. La conexión -del conjunto los necesita, como un mosaico -bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento -no es el mosaico.</p> - -<p>Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de -los originales, de los que inventan lo imitado después -por ellos. Sin los mediocres no habría estabilidad -en las sociedades; sin los superiores no -puede concebirse el progreso. La civilización sería -inexplicable en una raza constituida por hombres -sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente -se varía mediante la invención. Los hombres -imitativos limítanse á atesorar las conquistas -de los originales; la utilidad del mediocre está -subordinada á la existencia del superior, como la -fortuna de los libreros estriba en el ingenio de los<span class="pagenum"><a id="Page_65"></a> [Pg 65]</span> -escritores. El «alma social» es una empresa anónima -que explota las creaciones de pocas «almas -individuales», resumiendo las experiencias adquiridas -y enseñadas por los innovadores.</p> - -<p>Son la minoría éstos. Pero son levaduras de -mayorías venideras. Las rutinas defendidas hoy -por los mediocres, son simples glosas colectivas -de ideales concebidos ayer por hombres originales. -El grueso del rebaño social va ocupando, á -paso de tortuga, las posiciones atrevidamente -conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos -en la distancia; y éstos ya están muy lejos -cuando la masa cree asentar el paso á su retaguardia. -Lo que ayer fué ideal contra una rutina, -será mañana rutina á su vez, contra otro ideal. -Indefinidamente.</p> - -<p>Si los hábitos resumen la experiencia pasada de -pueblos y hombres, dándoles unidad, los ideales -orientan su experiencia venidera y marcan su -probable destino. Los idealistas y los rutinarios -son factores igualmente indispensables, aunque -los unos recelen de los otros. Se complementan -en la evolución social, magüer se miren con adversaria -oblicuidad. Si los primeros hacen más -para el porvenir, los segundos interpretan mejor -el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada -por el afán de perfección y contenida por -tradiciones difícilmente removibles, detendríase -sin el uno y se interrumpiría sin las otras.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_66"></a>[Pg 66]</span></p> - - - -<h3>IV.—<span class="smcap">La vulgaridad.</span></h3> - -<p>La psicología de los hombres mediocres caracterízase -por rasgos comunes. La incapacidad de -concebir una perfección impídeles formarse un -ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan -con la cabeza de los demás, comparten la ajena -hipocresía moral y ajustan su carácter á las domesticidades -convencionales. Están fuera de su -órbita el ingenio, la virtud y la dignidad, privilegios -de los caracteres excelentes; sufren de ellos -y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos -á las originalidades é insensibles á las emociones; -ignoran la quimera, el anhelo y la pasión. -Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan -que hay cumbres más allá de sus horizontes.</p> - -<p>El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, -tornándoles timoratos é indecisos; nada -aguijonea su curiosidad; carecen de iniciativa y -miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos -en la nuca.</p> - -<p>Son incapaces de virtud; no la conciben ó les -exige demasiado esfuerzo. Ningún afán de santidad -alborota la sangre en su corazón; á veces no -delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.</p> - -<p>No vibran á las tensiones más altas de la energía; -son fríos, aunque ignoren la serenidad; apáticos, -sin ser previsores; acomodaticios siempre, -nunca equilibrados. No saben estremecerse de es<span class="pagenum"><a id="Page_67"></a> [Pg 67]</span>calofrío -bajo una tierna caricia, ni avalancharse -de indignación ante una ofensa.</p> - -<p>No viven su vida por sí mismos, sino para el -fantasma que proyectan en la opinión de sus similares. -Carecen de línea original; su personalidad -se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, -hasta desaparecer. Trocan su honor por una -prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un -peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene -por precio gritar la verdad frente al error de -una turba. Su cerebro y su corazón están entorpecidos -por igual, como los polos de un imán gastado.</p> - -<p>Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza -del número obvía su febledad individual: acomúnanse -por millares para ensombrecer á cuantos no -cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan -encadenar su mente con los infinitos eslabones -de la rutina. Épocas hay en que el equilibrio -social rompe en su favor; los ideales se agostan, -la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase -refractario á todo afán de perfección. Los hombres -mediocres tienen su primavera florida: hay -un clima de la mediocridad. Los estados conviértense -en mediocracias; la falta de aspiraciones, que -mantengan el nivel de moral y de cultura, ahonda -la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es -respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad, -tiene que luchar contra la rutina de los cerebros -mediocres; si un santo persigue la virtud, se -astilla contra los prejuicios morales del hombre -honesto; si el artista sueña nuevas formas, ritmos<span class="pagenum"><a id="Page_68"></a> [Pg 68\]</span> -ó armonías, ciérranle el paso las reglamentaciones -oficiales de la belleza; si el enamorado quiere -amar escuchando su corazón, se estrella contra -las dogmáticas hipocresías del convencionalismo -social; si un juvenil impulso de energía lleva á inventar, -á crear, á regenerar, la vejez conservadora -atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, -enseña la dignidad, la turba de los serviles le ladra; -al que sigue con pasión una ruta de perfeccionamiento, -los envidiosos le carcomen con saña -malévola; si el destino llama á un genio, á un -santo ó á un héroe para reconstituir una raza ó un -pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas -le resisten é intentan borrarle de la historia -para encumbrar á sus propios arquetipos. Todo -idealismo encuentra en esos climas su Tribunal -del Santo Oficio.</p> - -<p>La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. -En la ostentación de lo mediocre reside la -psicología de lo vulgar; basta insistir en los rasgos -suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. -Diríase que es una reviviscencia de antiguos -atavismos. Los hombres se vulgarizan cuando -reaparece en su carácter lo que fué mediocridad -en las generaciones ancestrales. Los vulgares -son mediocres de razas primitivas. Habrían sido -perfectamente adaptados en sociedades salvajes, -pero carecen de la domesticación que les confundiría -con sus contemporáneos. Se puede ser rutinario, -honesto y manso, sin ser decididamente vulgar; -el mediocre conserva una dócil aclimatación<span class="pagenum"><a id="Page_69"></a> [Pg 69]</span> -en su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento -de los estigmas comunes á todo ser gregario; sólo -aparece cuando las sociedades se desequilibran -en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento -al pudor de lo innoble. Ningún ajetreo original -la conmueve. Desdeña las dignidades altivas -y los romanticismos comprometedores. Su -mueca es fofa, su palabra muda, su mirar opaco. -Ignora el perfume de la flor, la inquietud de las -estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las -alas. Es la inviolable trinchera opuesta al florecimiento -del ingenio y del buen gusto; es el altar -donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo -en servirle de monaguillo.</p> - -<p>La vulgaridad es el blasón nobiliario de los -hombres ensoberbecidos de su mediocridad; la -custodian como al tesoro el avaro. Ponen su mayor -jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su -afrenta. Estalla inoportuna en la palabra ó en el -gesto, rompe en un sólo segundo el encanto preparado -en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda -eclosión luminosa del espíritu. Incolora, sorda, -ciega, insensible, nos rodea y nos acecha; deléitase -en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita en -las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son -los defectos físicos, la cojera ó el estrabismo: es -incapacidad de pensar y de amar, ausencia de -gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de -la vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, -no es distinguida ni vulgar; la intención ennoblece -los actos, los eleva, los idealiza y, en otros<span class="pagenum"><a id="Page_70"></a> [Pg 70]</span> -casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que -en circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden -resultar poéticos, épicos; cuando Cambronne, -invitado por el enemigo á rendirse, responde su -palabra memorable, se eleva á un escenario homérico -y resulta sublime.</p> - -<p>Los hombres vulgares querrían pedir á Circe -los brebajes con que transformó en cerdos á los -compañeros de Ulises, para recetárselos á todos -los que poseen un ideal. No constituyen una secta -ó una clase. Los hay en todas partes y siempre -que la ausencia de ideales produce un recrudecimiento -de la mediocridad: entre la púrpura lo -mismo que entre la escoria, en la avenida y en el -suburbio, en los parlamentos y en las cárceles, en -las universidades y en los pesebres. En ciertos -momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como -si la urgencia de satisfacciones inmediatas pudiera -confundirse con el afán de perfecciones infinitas. -Los apetitos se hartan; los ideales nunca.</p> - -<p>Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos -muy altos y á gestos demasiado dignos. -Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad es -un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, -reservando mayor perspectiva de goces para la vejez -impotente. Su generosidad es siempre dinero -dado á usura. Su amistad es una complacencia servil -ó una adulación provechosa. Cuando creen -practicar alguna virtud degradan la honestidad -misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que -la reblandece.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_71"></a>[Pg 71]</span></p> - -<p>Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca -seguirán el camino que les indique su propia -inclinación, sino el que les marca el cálculo de sus -iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu -exige la complicidad del corazón. Los ideales irradian -siempre un gran calor; sus prejuicios, en cambio, -son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento -no fecundado por la pasión es como los soles de -invierno: alumbran, pero bajo sus rayos se puede -morir helado. La bajeza del propósito rebaja el -mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. -Excluyendo el ideal queda suprimida la -posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un -cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de -embellecer la vida.</p> - -<p>El hombre sin ideales hace del arte un oficio, -de la ciencia un comercio, de la filosofía -un instrumento, de la virtud una empresa, de la -caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La -vulgaridad transforma el amor de la vida en pusilanimidad, -la prudencia en cobardía, el orgullo en -vanidad, el respeto en servilismo. Lleva á la ostentación, -á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, -á la simulación; detrás del hombre mediocre asoma -el antepasado salvaje que conspira en su interior, -acosado por el hambre de atávicos instintos -y sin otra aspiración que el hartazgo.</p> - -<p>En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase -atrevida y militante, los idealistas viven desorbitados, -esperando otro clima. Enseñan á purificar -la conducta en el filtro de un ideal; imponen<span class="pagenum"><a id="Page_72"></a> [Pg 72]</span> -su respeto á los que no pueden concebirlo. En el -culto de los genios, de los santos y de los héroes, -tienen su arma; despertándolo, señalando ejemplos -á las inteligencias y á los corazones, puede -amenguarse en las mediocracias la omnipotencia -de la vulgaridad. En toda larva puede soñar una -mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo -florecimiento de virtud, revelan que la vida puede -ser intensa y conservarse digna; dirigirse á la cumbre, -sin encharcarse en lodazales tortuosos; encresparse -de pasión, tempestuosamente, como el océano, -sin que la vulgaridad enturbie las aguas cristalinas -de la ola, sin que el rutilar de sus fuentes -sea opacado por el limo.</p> - -<p>En una meditación de viaje, oyendo silbar el -viento entre las jarcias, la humanidad nos pareció -comparable á un velero que cruza el tiempo infinito, -ignorando su punto de partida y su destino -remoto. Sin velas, sería estéril la pujanza del viento; -sin viento, de nada servirían las lonas más amplias. -La mediocridad es el complejo velamen de -las sociedades, la resistencia que éstas oponen al -viento para utilizar su pujanza; la energía que infla -las velas, y arrastra el buque entero, y lo conduce, -y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos -por aquélla. Así—, resistiéndolos, como las velas -al viento—, los rutinarios aprovechan el empuje -de los creadores. El progreso humano es la resultante -de ese contraste perpetuo entre masas inertes -y energías propulsoras.</p> - - - - -<div class="chapter"> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_73"></a>[Pg 73]</span></p> - - <h2 class="nobreak">LA MEDIOCRIDAD -INTELECTUAL</h2> -</div> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.</span>—II. <span class="smcap">LOS -ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.</span>—III. <span class="smcap">LA MALEDICENCIA: -UNA ALEGORÍA DE BOTTICELLI.</span>—IV. <span class="smcap">EL ÉXITO Y LA GLORIA.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">El hombre rutinario: psicología -de los Panza.</span></h3> - -<p>La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten -á la carcoma de los siglos. No es hija de la -experiencia; es su caricatura. La una es fecunda y -engendra verdades; estéril la otra y las mata. En -su órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir -de ella y cruzar espacios nuevos; repiten que es -preferible lo malo conocido á lo bueno por conocer. -Ocupados en disfrutar lo existente, cobran -horror á toda innovación que turbe su tranquilidad -y les procure desasosiegos. La ciencia, el heroísmo, -las originalidades, los inventos, la virtud mis<span class="pagenum"><a id="Page_74"></a> [Pg 74]</span>ma, -parécenles instrumentos del mal, en cuanto -desarticulan los resortes de sus errores: como -en los salvajes, en los niños y en las clases incultas.</p> - -<p>Acostumbrados á copiar escrupulosamente los -prejuicios del medio en que viven, aceptan sin -contralor las ideas destiladas en el laboratorio social: -como ciertos enfermos de estómago inservible -se alimentan con substancias ya digeridas en los -frascos de las farmacias. Su impotencia para asimilar -ideas nuevas los constriñe á frecuentar las -antiguas. La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, -es el hábito de renunciar á pensar. En los -rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia aherrumbra -su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; -la familiaridad aviene á las cosas detestables y á -las personas indignas. Los actos que al principio -provocaban pudor, acaban por parecer naturales; -la retina percibe los tonos violentos como simples -matices, el oído escucha las mentiras con igual -respeto que las verdades, el corazón aprende á no -agitarse por torpes acciones.</p> - -<p>Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; -los juicios, exactos ó erróneos, son -consecutivos á ella. Todos los individuos poseen -hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan -los venideros y marcan su rumbo. En cierta -medida nadie puede sustraérseles. No son prerrogativa -de los hombres mediocres; pero en -ellos representan siempre una pasiva obsecuencia -al error ajeno. Los hábitos adquiridos por los<span class="pagenum"><a id="Page_75"></a> [Pg 75]</span> -hombres originales son genuinamente suyos, les -son intrínsecos: constituyen su criterio cuando -piensan y su carácter cuando actúan; son individuales -é inconfundibles. Difieren substancialmente -de la Rutina colectiva, siempre perniciosa, extrínseca -al individuo, común al rebaño: consiste en -contagiarse los prejuicios que infestan la cabeza -de los demás. Aquéllos caracterizan á los hombres; -ésta empaña á las sombras. El individuo se -plasma los primeros; la sociedad impone la segunda. -La educación oficial involucra ese peligro: -intenta borrar toda originalidad poniendo iguales -prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste -en la inevitable promiscuación mundana con -hombres rutinarios. Flota en la atmósfera el contagio -mental y acosa por todas partes; nunca se -ha visto un tonto originalizado por contigüidad -y es frecuente que un ingenio se amodorre entre -pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad que -el talento.</p> - -<p>Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. -Disciplinados por el deseo ajeno, encajónanse -en su casillero social y se catalogan como -reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles -á la presión del conjunto, maleables bajo el peso -de la opinión pública que los achata como un inflexible -laminador. Reducidos á vanas sombras, -viven del juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose -á creerse como los creen los demás. -Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la -opinión ajena en la justa proporción en que res<span class="pagenum"><a id="Page_76"></a> [Pg 76]</span>petan -la propia, siempre más severa, ó la de sus -iguales.</p> - -<p>Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si -no presumieran de razonables, su absurdidad enternecería. -Oyéndoles hablar una hora parece que -ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo, -como lo fué otrora del esclavo y lo es aún -del salvaje; ella los hace instrumentos de todos los -fanatismos, dispuestos á la domesticidad, incapaces -de gestos dignos. Enviarían en comisión á un -lobo y un cordero, sorprendiéndose sinceramente -si el lobo volviera solo. Carecen de buen gusto y -de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de -museo no los detiene con insistencia, pasan indiferentes -junto á una madona del Angélico ó á -un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran -ante cualquier escaparate donde haya oleografías -de bailarinas españolas ó coroneles americanos.</p> - -<p>Ignoran que el hombre vale por su saber; -niegan que la cultura es la más honda fuente de -la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, -la esterilidad de su esfuerzo, como esas -mulas que por la costumbre de marchar al paso -han perdido el uso del galope. Su incapacidad -de meditar acaba por convencerles de que no hay -problemas difíciles y cualquier reflexión paréceles -un sarcasmo; prefieren confiar en su ignorancia -para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea -inverosímil para que lo acepten y lo difundan; -cuando creen equivocarse podemos jurar que han -cometido la imprudencia de pensar. La lectura<span class="pagenum"><a id="Page_77"></a> [Pg 77]</span> -prodúceles efectos de envenenamiento. Sus pupilas -se deslizan frívolamente sobre centones absurdos; -gustan de los más superficiales, de ésos en -que nada podría aprender un espíritu claro, aunque -resultan bastante profundos para empantanar -al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho -mental; ignoran que el hombre no vive de lo que -engulle, sino de lo que asimila. El atascamiento -puede convertirlos en eruditos y la repetición -darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no -es aprender; tragar no es digerir. La más intrépida -paciencia no hace de un rutinario un pensador; -la verdad hay que saberla amar y sentir. Las -nociones mal digeridas sólo sirven para atorar el -entendimiento.</p> - -<p>Pueblan su memoria con máximas de almanaque -y las resucitan de tiempo en tiempo, como si fueran -sentencias. Su cerebración precaria tartamudea -pensamientos adocenados, haciendo gala de -simplezas que son la espuma inocente de su tontería. -Incapaces de espolonear su propia cabeza, renuncian -á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad -del resultado; no sospechan que «hay más -placer en marchar hacia la verdad que en llegar á -ella».</p> - -<p>Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de -todos los credos, abarcan zonas circunscritas por -supersticiones pretéritas. Llaman ideales á sus -prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin -advertir que son simple rutina embotellada, parodias -de razón, opiniones sin juicio. Representan al<span class="pagenum"><a id="Page_78"></a> [Pg 78]</span> -sentido común desbocado, sin el freno del buen -sentido.</p> - -<p>Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la -ausencia de ideales impídeles poner en sus actos -el grano de sal que poetiza la vida. Satúrales esa -humana tontería que obsesionaba á Flaubert, insoportablemente. -La ha descrito en muchos personajes, -tanta parte tiene en la vida real. Homais -y Bournisieu son sus prototipos; es imposible juzgar -si es más tonto el racionalismo acometivo del -boticario librepensador ó la casuística untuosa del -eclesiástico profesional. Por eso los hizo felices, -de acuerdo con su doctrina: «Ser tonto, egoísta -y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones -para ser feliz. Pero si os falta la primera todo -está perdido».</p> - -<p>Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa -vulgaridad humana: resume en su persona las más -conspicuas proporciones de tontería, egoísmo y -salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á -su amo, en una escena que á todas luces simboliza -el desbordamiento villano de la mediocridad sobre -el idealismo. Horroriza pensar que escritores -españoles, creyendo mitigar con ello los estragos -de la quijotería, hanse tornado apologistas del grosero -Panza, oponiendo su bastardo sentido práctico -á los quiméricos ensueños del caballero; hubo -quien lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en -grado que lo hiciera un símbolo ejemplar de pueblos. -¿Cómo no distinguir que el uno tiene ideales -y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servi<span class="pagenum"><a id="Page_79"></a> [Pg 79]</span>lismo, -el uno fe y el otro credulidad, el uno delirios -originales de su cabeza y el otro absurdas -creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió -Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida -de Quijote y Sancho» el conflicto espiritual entre -el señor y el lacayo se resuelve en la evocación de -las palabras memorables pronunciadas por el primero: -«asno eres y asno has de ser y en asno has -de parar cuando se te acabe el curso de la vida»; -dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta convencerse -de que para serlo faltábale solamente la -cola. El símbolo es cristalino. La moraleja no lo es -menos: frente á cada forjador de ideales se alinean -impávidos mil Sanchos, como si para contener el -advenimiento de la verdad hubieran de complotarse -todas las huestes de la rutina.</p> - -<p>El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. -Huye de los pensadores originales, albino -ante su luminosa reverberación. Teme embriagarse -con el perfume de su estilo. Si estuviese en su -poder los proscribiría en masa, restaurando la Inquisición -ó el Terror: aspectos equivalentes de un -mismo celo dogmatista.</p> - -<p>Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua -cultura los condena á serlo. Defienden lo anacrónico -y lo absurdo; no permiten que sus opiniones -sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje -al que busca una verdad ó persigue un ideal; -los negros queman á Bruno y Servet, los rojos decapitan -á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia -de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la<span class="pagenum"><a id="Page_80"></a> [Pg 80]</span> -hoguera, sino el que la enciende». La tolerancia -es virtud suprema en los que piensan. Es difícil -para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo -esfuerzo de equilibrio ante el error de los demás; -enseña á soportar esa consecuencia legítima -de la falibilidad de todo juicio humano. El que ha -fatigado mucho para formar sus creencias, sabe -respetar el valor de las ajenas. La tolerancia es el -respeto en los demás de una virtud propia; la firmeza -de las convicciones reflexivamente adquiridas -hace estimar en otros un mérito cuyo precio -se conoce.</p> - -<p>Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, -santiguándose cuando ésta les atribula con -heréticas tentaciones. Reniegan de la verdad y de -la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios. -Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. -Astrónomos hubo que se negaron á mirar -el cielo á través del telescopio, temiendo ver -desbaratados sus errores más firmes.</p> - -<p>En toda nueva idea presienten un peligro; si les -dijeran que sus prejuicios son ideas originales, llegarían -á creerlos peligrosos. Esa ilusión les hace -decir paparruchas con la solemne prudencia de -augures que temen desorbitar al mundo con sus -profecías. Prefieren el silencio y la inercia; no -pensar es su única manera de no equivocarse. Sus -cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; -los demás piensan por ellos, agradecidos á ese -favor.</p> - -<p>En todo lo que no hay prejuicios definitivamen<span class="pagenum"><a id="Page_81"></a> [Pg 81]</span>te -consolidados, los rutinarios carecen de opinión. -Sus ojos no saben distinguir la luz de la sombra, -como los palurdos no distinguen el oro del dublé: -confunden la tolerancia con la cobardía, la discreción -con el servilismo, la complacencia con la indignidad, -la simulación con el mérito. Llaman sensatos -á los que suscriben mansamente los errores -consagrados y conciliadores á los que renuncian á -tener creencias propias. Toda opinión que revele -una personalidad rectilínea paréceles peligrosa; la -originalidad en el pensar les produce escalofríos. -Comulgan en todos los altares, apelmazando creencias -incompatibles y llamando eclecticismo á sus -chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes, -conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos -amorfos conmueven su complicidad -más íntima; la maleabilidad de su espíritu los seduce -y creen descubrir una agudeza particular en -el arte de no comprometerse con juicios decisivos. -No sospechan que la duda del hombre superior -fué siempre de otra especie, antes ya de que -lo explicara Descartes; es afán de rectificar los -propios errores hasta aprender que toda verdad -es falible y que los ideales admiten perfeccionamientos -indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no -se corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios -son como los clavos: cuanto más se golpean -más se adentran. Les incomoda ver planteados en -frases armoniosas algunos de los problemas que -suelen aceptar en términos triviales, como si tuvieran -pudor de la galana vestidura. Se tedian<span class="pagenum"><a id="Page_82"></a> [Pg 82]</span> -con los escritores que dejan rastro donde ponen la -mano, denunciando una personalidad en cada frase, -y mejor si intentan subordinar el estilo á las -ideas; prefieren las desteñidas elucubraciones de -los autores apampanados, exentas de las aristas -que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste -en transfigurar vulgaridades mediante barrocos -adjetivos. Los infolios desabridos les resultan profundos. -Si un ideal parpadea en las páginas, si la -pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si -la verdad hace crujir el pensamiento en las frases, -los libros parécenle material de hoguera. Cuando -pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó -hacia la perfección, los rutinarios les desconfían. -Veneran los mansos palimsestos, calcados sobre -los que deletrea la humanidad desde que se inventó -la lectura: los que confirman sus inocentes -presunciones y halagan sus prejuicios.</p> - -<p>Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden -razonar por sí mismos, como si el seso les -faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando -el Creador pobló el mundo de hombres, comenzó -por fabricar los cuerpos á guisa de maniquíes. Antes -de lanzarlos á la circulación levantó sus calotas -craneanas y llenó los cofres con diversas pastas -divinas, amalgamando las aptitudes y cualidades -del espíritu, buenas y malas. Fuera imprevisión al -calcular las cantidades, ó desaliento al ver los primeros -ejemplares de su obra maestra, quedaron -muchos sin mezcla y fueron enviados al mundo sin -nada dentro. Tal legendario origen explicaría la<span class="pagenum"><a id="Page_83"></a> [Pg 83]</span> -existencia de hombres cuya cabeza es un simple -adorno del cuerpo.</p> - -<p>Viven de una vida que es no vivir. Crecen -y mueren como las plantas. Exentos del trabajo -de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos -ni observadores. Son prudentes, por definición, -de una prudencia desesperante. Si uno de -ellos pasara junto al campanario inclinado de Pisa, -se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre -original es imprudente y se detiene á contemplarlo. -Un genio suele ir más lejos: trepa al campanario, -observa, medita, ensaya, hasta descubrir -las leyes más altas de la física. Galileo.</p> - -<p>Si la humanidad hubiera contado solamente con -ellos, nuestros conocimientos no excederían de -los que tuvo el ancestral «hominidio» en las primitivas -pampas americanas. La cultura es el fruto -de la curiosidad, de esa inquietud misteriosa que -invita á mirar el fondo de todos los abismos. El -pavo no es curioso; nunca interroga á la naturaleza. -Observa Ardigó que las personas vulgares pasan -la vida entera viendo la luna en su sitio, arriba, -sin preguntarse por qué está siempre allí, sin -caerse; más bien creerán que el preguntárselo no -es propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí -porque es su sitio y encontrarán extraño que se -busque la explicación de cosa tan natural. Sólo el -hombre que cometa la incorrección de oponerse al -sentido común, es decir, un original ó un genio—que -en esto se parecen—, puede formular la pregunta -sacrílega: ¿por qué la luna está allí y no se<span class="pagenum"><a id="Page_84"></a> [Pg 84]</span> -cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina -es Newton, un audaz á quien incumbe adivinar -algún parecido entre la pálida lámpara suspendida -en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido -por la brisa. Ningún rutinario habría descubierto -que una misma fuerza hace girar la luna hacia -arriba y caer la manzana hacia abajo.</p> - -<p>En esos hombres, inmunes á la pasión de la -verdad, supremo ideal á que sacrificaron su vida -pensadores y filósofos, no caben impulsos de perfección. -Son como las aguas muertas; se pueblan -de gérmenes nocivos y acaban por descomponerse. -El que no cultiva su mente, va derecho -á la disgregación del carácter. No desbastar -la propia ignorancia es perecer en vida; los caracteres -mediocres están muertos antes de morir. -Las tierras fértiles se enmalezan cuando no -son cultivadas; los espíritus rutinarios se pueblan -de prejuicios, que los esclavizan.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">Los estigmas mentales de la mediocridad.</span></h3> - -<p>En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es -un simple adorno del cuerpo. Si nos oye decir que -sirve para pensar, cree que estamos locos. Diría -que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: -«Puedo concebir un hombre sin manos, sin -pies; llegaría hasta concebirlo sin cabeza, si la experiencia -no me enseñara que por ella se piensa. Es<span class="pagenum"><a id="Page_85"></a> [Pg 85]</span> -el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin -él no podemos concebirlo.» (<cite>Pensées</cite>; XXIII.) Si -de esto dedujéramos que quien no piensa no existe, -la conclusión desternillaría de risa á cualquier -hombre satisfecho de su mediocridad.</p> - -<p>Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase -en vano por adquirirlo. Carece de perspicacia -adivinadora; está condenado á no adentrarse en -las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta -soluciones de continuidad. Cuando la envidia -le corroe, puede atornasolarse de agridulces perversidades; -fuera de tal caso, diríase que el armiño -de su estupidez no presenta una sola mancha de -ingenio.</p> - -<p>El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua -de las exterioridades busca un disfraz para su -íntima oquedad; reviste de fofa retórica los mínimos -actos y pronuncia palabras insubstanciales, -como si la Humanidad entera quisiese oirlas. Las -mediocracias exigen de sus actores cierta seriedad -convencional, resorte indispensable de la fantasmagoría -colectiva. Los mediocres lo saben: se -adaptan á ser esas vacuas «personalidades de respeto», -certeramente acribilladas por Stirner y expuestas -por Nietzsche á la burla de todas las posteridades. -Nada hacen por dignificarse, afanándose -por inflar su fantasma social. Esclavos de la sombra -que sus apariencias han proyectado en la opinión de -los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese -culto de la sombra oblígalos á vivir en continua -alarma; suponen que basta un momento de distrac<span class="pagenum"><a id="Page_86"></a> [Pg 86]</span>ción -para comprometer la obra pacientemente elaborada -en muchos años. Detestan la risa, temerosos -de que el gas pueda escaparse por la comisura -de los labios y el globo se desinfle. Destituirían á -un funcionario del Estado si le sorprendieran -leyendo á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que -el buen humor compromete la respetuosidad y estimula -el hábito anarquista de reir. Constreñidos á -vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar -todo lo ideal y todo lo agradable, en nombre -de lo inmediatamente provechoso. Su miopía mental -impídeles comprender el equilibrio supremo -entre la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. -«Donde creen descubrir las gracias del -cuerpo, la agilidad, la destreza, la flexibilidad, rehusan -los dones del alma: la profundidad, la reflexión, -la sabiduría. Borran de la historia que el -más sabio y el más virtuoso de los hombres—Sócrates—bailaba.» -Esta aguda advertencia de Montaigne, -en los <cite>Ensayos</cite>, mereció una corroboración -de Pascal en sus <cite>Pensamientos</cite>: «Ordinariamente -suele imaginarse á Platón y Aristóteles con grandes -togas y como personajes graves y serios. Eran -buenos sujetos, que jaraneaban, como los demás, -en el seno de la amistad. Escribieron sus leyes y -sus tratados de política para distraerse y divertirse; -esa era la parte menos filosófica de su vida. La -más filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» -El hombre mediocre que renunciara á su solemnidad, -quedaría desorbitado; no podría vivir.</p> - -<p>Son modestos, por principio. Pretenden que to<span class="pagenum"><a id="Page_87"></a> [Pg 87]</span>dos -lo sean, exigencia tanto más fácil por cuanto -la modestia sobra en ellos, desprovistos de méritos -verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama -las propias superioridades en voz alta como -al que se ríe de sus convencionalismos suntuosos. -Llaman modestia á la prohibición de reclamar los -derechos naturales del genio, de la santidad ó del -heroísmo. Las únicas víctimas de esa falsa virtud -son los hombres excelentes, constreñidos á no pestañear -mientras los mediocres empañan su gloria. -Para los imbéciles nada más fácil que ser modestos: -lo son por necesidad irrevocable; los más -inflados lo fingen por cálculo, considerando que -esa actitud es el complemento necesario de la solemnidad -y deja sospechar la existencia de méritos -pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la -modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: -«Solamente los bribones son modestos». -Ello no obsta para que esa reputación sea un tesoro -en las mediocracias. Se presume que el modesto -nunca podrá ser original, ni alzará su palabra, -ni tendrá opiniones peligrosas, ni desaprobará -á los que gobiernan, ni blasfemará de los -prejuicios: el hombre que se inviste de esa toga -hipócrita renuncia á vivir más de lo que le permitan -sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de -modestia, estimable como virtud legítima: es el -afán decoroso de no gravitar sobre los que nos -rodean, sin declinar por ello la más leve partícula -de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple -respeto de sí mismo y de los demás. Esos hombres<span class="pagenum"><a id="Page_88"></a> [Pg 88]</span> -son raros; comparados con los falsos modestos, son -como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay -que se creen genios no comprendidos y se resignan -á ser modestos para no estorbar á la mediocracia -que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, -lo mismo que los otros, con más la cataplasma -de la modestia sobre las úlceras de su mediocridad. -En ellos, como sentenció La Bruyère, -«la falsa modestia es el último refinamiento de la -vanidad.» La mentira de Tartarín es ridícula; pero -la de Tartufo es ignominiosa.</p> - -<p>Adoran el sentido común, sin saber de seguro -en qué consiste; confúndenlo con el buen sentido, -que es su antítesis. Dudan cuando los demás resuelven -dudar y son eclécticos cuando los otros lo -son: llaman eclecticismo al sistema de los que, no -atreviéndose á tener ninguna opinión, se apropian -de todas un poco y creen así estar á cubierto de -las más inesperadas contingencias. Temerosos de -pensar, como si fincase en ello el pecado mayor de -los siete capitales, pierden la aptitud para todo -juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque -comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza -á las rutinas del sistema y cumple con su -oficio: no hacerla nunca y embrollarla con frecuencia. -El temor de la exageración lo lleva á simpatizar -con la apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar -del hipócrita que elogia todo y del fracasado -que todo lo encuentra detestable; pero es cien -veces menos estimable el hombre incapaz de un -sí y de un no, el que vacila para admirar lo digno<span class="pagenum"><a id="Page_89"></a> [Pg 89]</span> -y detestar lo miserable. En el primer capítulo de -los <cite>Caracteres</cite> parece referirse á ellos La Bruyère, -en un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar -á sentir la belleza de un manuscrito que se les lee, -pero no osan declararse en su favor hasta que hayan -visto su curso en el mundo y escuchado la -opinión de los presuntos competentes; no arriesgan -su voto, quieren ser llevados por la multitud. -Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar -la obra y cacarean que el público es de su opinión.» -Temerosos de juzgar por sí mismos, se consideran -obligados á dudar de los jóvenes; ello no -les impide, después de su triunfo, decir que fueron -sus descubridores. Entonces prodíganles juramentos -de esclavitud, que llaman palabras de estímulo: -son el homenaje de su pavor inconfesable. -Su protección á toda superioridad ya irresistible, -es un anticipo usurario sobre la gloria segura: -prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.</p> - -<p>Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, -como los niños que matan gorriones á pedradas. -Traicionan por descuido. Comprometen por distracción. -Son incapaces de guardar un secreto; -confiárselo equivale á ocultar un tesoro en caja de -vidrio. Si la vanidad no les tienta, suelen atravesar -la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando -á cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza -de paciencia pueden adquirir alguna aptitud parcial, -como esos autómatas perfeccionados que honran -á la juguetería moderna: podría concedérseles -una especie de talento sin talento, quisicosa del<span class="pagenum"><a id="Page_90"></a> [Pg 90]</span> -ser y del no ser, intermediaria entre una estupidez -complicada y una habilidad inocente. Juzgan -las palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; -admiten con un nombre lo que repudian con -otro. Creen aceptar una idea que no comprenden, -rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias. -En sus juicios sustituyen la significación -ficticia al sentido real; se convencen de lo -que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse -esquivos á lo que no encaja en las denominaciones -ó categorías que ya cuadriculan su espíritu. -Son feligreses de la palabra; no ascienden á -la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es -siempre verbal y sólo llegan al chascarrillo, que es -una prestidigitación de palabras; tiemblan ante los -que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema -gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante -ésta se descubren los puntos de vista que -permiten conciliar los contrarios y se enseña la -única noción absoluta: toda verdad es relativa al -que la cree y sus contrarias pueden, para otro, ser -verdades al mismo tiempo.</p> - -<p>La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, -modesto, incoloro y obtuso. Esas cualidades -le hacen temer el asombro, rehuir el peligro. -Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, -diríase que duerme sin soñar. Pasea su vida por -las llanuras; evita mirar desde las cumbres que -escalan los videntes y asomarse á los abismos que -sondan los elegidos. Vive entre los engranajes de -la rutina.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_91"></a>[Pg 91]</span></p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">La maledicencia.</span></h3> - -<p>Mientras se limitan á vegetar, agobiados como -cariátides bajo el peso de sus atributos, los hombres -mediocres escapan á la reprobación y á la alabanza. -Circunscritos á su órbita, son tan respetables -como los demás objetos que nos rodean. No -hay culpa en nacer sin dotes excepcionales; no -puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas -por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen -la indulgencia de los espíritus privilegiados, -que tampoco la rehusan á los imbéciles inofensivos. -Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían -justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en -todo, rompen el tedio y hacen parecer la vida menos -larga, divirtiendo á los ingeniosos y ayudándolos -á andar el camino. Son buenos compañeros y -desopilan el bazo durante la marcha; habría que -agradecerles los servicios que prestan sin sospecharlo. -Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, -son acreedores á esa amable tolerancia mientras -se mantienen á la capa. Cuando renuncian á -imponer sus rutinas son admirables ejemplares del -rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su -lana á los pastores.</p> - -<p>Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía -y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria -pretensión de que otros marquen el paso á -compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces -peligrosos y nocivos. Detestan á los que no pueden<span class="pagenum"><a id="Page_92"></a> [Pg 92]</span> -igualar, como si les ofendieran con superarles. Sin -alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; -la exigüidad del propio valimiento les induce á -roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda -reputación que les humilla, sin sospechar que nunca -es más vil la conducta humana; basta ese rasgo -para distinguir al doméstico del digno, al ignorante -del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano -del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en la -fama; los hombres excelentes no saben envenenar -la vida ajena.</p> - -<p>Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: -<cite>La calumnia</cite> invita á meditar con doloroso -recogimiento; en toda la Galería de los Oficios -parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli—no -lo dudemos—quiso poner en labios de -la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono -está la medida de tu mérito...</p> - -<p>La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada -bajo el infame gesto de la Calumnia. La -Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la -acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras -suman su esfuerzo implacable para el triunfo del -mal. El Arrepentimiento mira de través hacia -el opuesto extremo, donde está, como siempre, -sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el -salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta -su índice al cielo en una tranquila apelación á -la justicia divina. Y mientras la víctima junta -sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica -infinita y conmovedora, el juez Midas presta<span class="pagenum"><a id="Page_93"></a> [Pg 93]</span> -sus vastas orejas á la Ignorancia y la Sospecha.</p> - -<p>En esta apasionada reconstrucción de un cuadro -de Apeles, descrito por Luciano, parece adquirir -dramáticas firmezas el suave pincel que desborda -dulzuras en la «Virgen del Granado» y el -«San Sebastián,» invita al remordimiento con «La -Abandonada,» santifica la vida y el amor en la -«Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de -Venus.»</p> - -<p>Los mediocres, más inclinados á la hipocresía -que al odio, prefieren la maledicencia sorda á la -calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal -y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es -subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. -El calumniador desafía el castigo, se expone; -el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la -mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro -se encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose -en la penumbra.</p> - -<p>Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, -en los clubs, en las academias, en las familias, -en las profesiones, acosando á todos los que -perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, -con recato, constantes en su afán de taladrar la -dicha ajena, sembrando á puñados la semilla de -todas las yerbas venenosas. La maledicencia es -una serpiente que se insinúa en la conversación de -los envilecidos: sus vértebras son nombres propios, -articuladas por los verbos más equívocos del -diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas -son calificativos pavorosos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_94"></a>[Pg 94]</span></p> - - -<p>Vierten la infamia en todas las copas transparentes, -con la serenidad de Borgias; las manos que -la manejan parecen de prestidigitadores, diestras -en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, -un levantar de espaldas, un fruncir la frente como -suscribiendo á la posibilidad del mal, bastan para -macular la probidad de un hombre ó el honor de -una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los -envenenadores, está seguro de la impunidad: por -eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega -hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando -con la irresponsabilidad de hacerlas en esa -forma. Miente con espontaneidad, como respira. -Sabe seleccionar lo que converge á la detracción. -Dice distraídamente todo el mal de que no está -seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. -No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del -hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma -como una erupción en sus labios irritados, hasta -que de toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor -espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.</p> - -<p>Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede -gritar cara á cara una injuria, el que denuncia -á voces un vicio ajeno, el que acepta los riesgos -de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es -menester temblar ante la idea del castigo posible y -cubrirse con las máscaras menos sospechosas. Los -peores son los que maldicen elogiando: templan -su aplauso con arremangadas reservas, más graves -que las peores imputaciones. Tal bajeza en el pen<span class="pagenum"><a id="Page_95"></a> [Pg 95]</span>sar -es una insidiosa manera de practicar el mal, de -efectuarlo potencialmente, sin el valor de la acción -rectilínea.</p> - -<p>Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz -de cultura, pretenden encubrir su infamia con el -pabellón de la espiritualidad. Vana esperanza; están -condenados á perseguir la gracia y tropezar -con la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. -El ejercicio puede tornarles fácil la malignidad -zumbona, pero ella no se confunde con la ironía -sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia, -una convergencia de intención y de sonrisa, -aguda en la oportunidad y justa en la medida; es -un cronómetro, no anda mucho, sino con precisión. -Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar -una sublime acción que imitarla. En las -sobremesas subalternas su dicacidad urticante -puede confundirse con la gracia, mientras le ampara -la complicidad maldiciente; pero fáltale el -aticismo sano del que todo perdona en fuerza de -comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina -que permite descifrar la verdad en la entraña -misma de las cosas que el vaivén mundano somete -á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen malignidades -perversas por su misma falta de hidalguía; -disfrazan de mesurada condolencia el encono -de su inferioridad humillada. Se alimentan de -diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, -no se advertirá que son infames. Por eso los -calumniadores minúsculos son más terribles, como -las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen<span class="pagenum"><a id="Page_96"></a> [Pg 96]</span> -los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á -sentir un pánico indefinible cuando ven vaciarse -á borbotones las venas de una herida; el maldiciente -lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. -No lo necesita; sabe que tiene á su espalda -un innumerable jabardillo de cómplices, regocijados -cada vez que un espíritu omiso los acomuna -contra una estrella.</p> - -<p>El mediocre parlante es peor por su moral que -por su estilo; su lengua centuplícase en copiosidades -acicaladas y las palabras ruedan sin la traba -de la ulterioridad. El escritor mediocre, en -cambio, es peor por su estilo que por su moral. -Acosa tímidamente á los que envidia; en sus collonadas -se nota la temperancia del miedo, como -si le urticaran los peligros de la responsabilidad. -Abunda entre los malos escritores, aunque no todos -los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan -á ser terriblemente aburridos, acosándonos -con volúmenes que podrían terminar en el primer -párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares -comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. -Describen dando tropiezos contra la realidad; -son objetivos que operan y no retortas que -destilan; se desesperan pensando que la calcomanía -no figura entre las bellas artes. Si acometen -la literatura, diríase que Vasco de Gama emprende -el descubrimiento de todos los lugares comunes, -sin vislumbrar el cabo de una buena esperanza; -si chapalean la ciencia, su andar es de -mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso<span class="pagenum"><a id="Page_97"></a> [Pg 97]</span> -pastado medio siglo antes por sus predecesores. -Esos fieles de la rapsodia y de la paráfrasis practican -una pudibunda modestia, que es la mentira -convencional de los mediocres; se admiran entre -sí, con solidaridad de logia, execrando cualquier -soplo de ciclón ó revoloteo de águila. Palidecen -ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos -ideales no sufren inflexiones; fingen no comprender -esa virtud de santos y de sabios, supremo desprecio -de todas las mentiras veneradas por la mediocridad.</p> - -<p>El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta -inofensivo. Solamente la envidia puede encelarle; -entonces prefiere hacerse crítico. La maledicencia -oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. -Está en todas partes y agrede en cualquier -momento. Cuando se reúnen espíritus pazguatos, -para turnarse en decires sin interés para quien -los dice y quien los escucha, el terreno es propicio -para que el más alevoso comience á maldecir -de algún ilustre, rebajándolo hasta su propio nivel. -La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia -tácita de quienes la escuchan, en la cobardía -colectiva de cuantos pueden escucharla sin -indignarse. Moriría si ellos no le hicieran una atmósfera -vital. Ése es su secreto. Semejante á la -moneda falsa: es circulada sin escrúpulos por muchos -que no tendrían el valor de acuñarla.</p> - -<p>Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos -que tienen menos autoridad moral, como enseña -Molière desde la primera escena del <cite>Tartufo</cite>:</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_98"></a>[Pg 98]</span></p> - -<div class="poetry-container pw25"> -<div class="poetry"> -<p class="p1"><span style="margin-left: 1em;">«Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.</span><br /> -Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»</p> -</div> -</div> - -<p>Diríase que empañan la reputación ajena para -disminuir el contraste con la propia. Eso no excluye -que existan casquivanos cuya culpa es inconsciente; -maldicen por ociosidad ó por diversión, -sin sospechar dónde conduce el camino en -que se aventuran. Al contar una falta ajena ponen -cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola, -adornándola, pasando insensiblemente de la -verdad á la mentira, de la torpeza á la infamia, de -la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué evocar -las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?</p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">El éxito y la gloria.</span></h3> - -<p>El hombre mediocre que se aventura en la liza -social tiene una sola finalidad: el éxito. No sospecha -que existe otra cosa, la gloria, ambicionada -solamente por los caracteres superiores. El éxito -es un triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, -inmarcesible en los siglos. El éxito se mendiga; -la gloria se conquista. El mediocre es un -cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa -humillándose, reptando, á hurtadillas, en la sombra, -disfrazado, apuntalándose en la complicidad -de innumerables similares. El hombre de mérito se -adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; -se impone dominando, iluminando, fustigando, en<span class="pagenum"><a id="Page_99"></a> [Pg 99]</span> -plena luz, á cara descubierta, sin humillarse, ajeno -á todos los embozamientos del servilismo y de la -intriga.</p> - -<p>El éxito es, para el genio, un accidente; puede -ser su peligro. Cuando la multitud clava sus ojos -por vez primera en él, y le aplaude, la lucha empieza: -desgraciado quien se olvida á sí mismo para -pensar solamente en los demás. Hay que poner -más lejos la intención y la esperanza, resistiendo -las tentaciones del éxito inmediato; la gloria es -más difícil, pero más digna. El hombre excelente -se reconoce porque es capaz de renunciar al éxito -si en ello está la condición de la gloria, ó si tiene -por precio una partícula de su dignidad. El mediocre, -incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir -el éxito, indignamente si es necesario; sabe -que su sombra lo necesita. El genio, en cambio, se -revela por la perennidad de su irradiación: como -si fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, -el éxito es un peldaño accidental en su ascensión; -para aquél, todo consiste en trepar el peldaño, sin -sospechar siquiera que existe una cumbre.</p> - -<p>Flota en la atmósfera como una nube, sostenido -por el viento de la mediocridad ajena; puede abocadear -por la adulación lo que otros desean conquistar -por sus méritos. El que obtiene un éxito -inmerecido debe temblar: fracasará después, cien -veces, en cada cambio de viento. Los nobles ingenios -sólo confían en sus alas, luchan, salvan los obstáculos, -triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; -mientras el mediocre se entrega al rebaño<span class="pagenum"><a id="Page_100"></a> [Pg 100]</span> -que le arrastra, el superior va contra él con energías -inagotables, hasta despejar su camino.</p> - -<p>Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que -combaten. La primera vez embriaga; después se -convierte en imprescindible necesidad. El espíritu -se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, -grande ó pequeño, es perturbador. Se siente una -indecisión extraña, un cosquilleo moral que deleita -y molesta al mismo tiempo, como la emoción del -adolescente que se encuentra á solas por vez primera -con una mujer amada: es tierna y violenta, -estimula é inhibe, instiga y amilana.</p> - -<p>Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á -un precipicio: se retrocede á tiempo ó se cae en él -para siempre. El éxito es un abismo irresistible, -como una boca juvenil que invita al beso; pocos -retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: -es un filtro que envenena su vanidad y le -hace infeliz para siempre; el hombre superior, en -cambio, acepta como simple anticipación de la gloria -ese pequeño tributo de la mediocridad, vasalla -de sus méritos.</p> - -<p>Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil -maneras. Nace por un accidente inesperado, llega -por caminos invisibles. Basta el simple elogio de -un maestro estimado, el aplauso ocasional de una -multitud, la conquista fácil de una hermosa mujer; -todos se equivalen, embriagan lo mismo. Corriendo -el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de -esta embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, -como para todos los vicios. Después no se<span class="pagenum"><a id="Page_101"></a> [Pg 101]</span> -puede vivir sin el tósigo vivificador y esa ansiedad -atormenta la existencia del que no tiene alas para -ascender sin la ayuda de cómplices y de pilotos. -Para el hombre mediocre hay una certidumbre absoluta: -sus éxitos son ilusorios y fugaces, por humillante -que le haya sido obtenerlos. Ignorando -que el árbol espiritual tiene frutos, se preocupa de -cosechar la hojarasca; vive de lo aleatorio, acechando -las ocasiones propicias. Sin ver más allá, -se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el -hombre superior siente su fuerza en sí mismo y en -sus ideales, el mediocre se mira reflejado en la -opinión que merece á los demás; se creería un -imbécil si supiera que le tienen por tal.</p> - -<p>Los grandes cerebros lo buscan por la senda -exclusiva del mérito. Saben que en las mediocracias -conviene seguir otros caminos; por eso no se -sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste -más de lo que gozan de un éxito: ambos son obra -de los demás. La gloria depende de ellos mismos. -El éxito les parece un simple reconocimiento de -su derecho, un impuesto de admiración que los -mediocres les pagan en vida. Taine conoció el -goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones -un tropel de alumnos; Mozart ha narrado las delicias -del compositor oyendo sus melodías en los labios -del transeúnte que silba para darse valor al -atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset -confiesa que fué una de sus grandes voluptuosidades -oir sus versos recitados por mujeres bellas; -Castelar comentó la emoción del orador que<span class="pagenum"><a id="Page_102"></a> [Pg 102]</span> -escucha el aplauso frenético tributado por miles -de hombres. El fenómeno es común, sin ser nuevo. -Julio César, al historiar sus campañas, trasunta -la ebriedad infinita del que conquista pueblos y -aniquila hordas; los biógrafos de Beethoven narran -su impresión profunda cuando se volvió á -contemplar las ovaciones que su sordera le impedía -oir, al estrenar su novena sinfonía; Stendhal -ha dicho, con su ática gracia original, las fruiciones -del amador afortunado que ve sucesivamente -á sus pies, temblorosas de fiebre y ansiedad, á -cien mujeres.</p> - -<p>El éxito es benéfico si es merecido; exalta la -personalidad, la estimula. Tiene otra virtud mayor: -destierra la envidia, ponzoña incurable en -los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, -es el más favorable rocío para cualquier -germen de superioridad moral. El triunfo es -un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz -contra las asperezas del carácter. El éxito es el -mejor lubrificante del corazón; el fracaso es su -más urticante corrosivo.</p> - -<p>La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente -la ilusión de la gloria. Es su forma espúrea -y subalterna, extensa pero no profunda, esplendorosa -pero fugaz. Es más que el simple éxito -accesible al común de los mediocres; pero es menos -que la gloria, exclusivamente reservada á los -hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz -de artificio. Manifestación directa del entusiasmo -gregario, es, por eso mismo, inferior: aplauso de<span class="pagenum"><a id="Page_103"></a> [Pg 103]</span> -multitud. Tiene algo de frenesí inconsciente y -comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos -y artistas, que traducen su genialidad mediante -la palabra escrita, es lenta, pero estable; sus -admiradores están dispersos, ninguno aplaude á -solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es -rápida y barata, aunque ilusoria; los oyentes se -sugestionan recíprocamente, suman su entusiasmo -y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión -de tres al cuarto puede conocer el triunfo -más de cerca que Aristóteles ó Bacon; la intensidad, -que es el éxito, está en razón inversa de la -duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos -de la celebridad dependen de una aptitud -secundaria del triunfador ó de un estado pasajero -de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud -ó traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad -y asisten en vida á sus propios funerales.</p> - -<p>Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con -perpetua nostalgia de la gloria es su martirio. Los -hijos del éxito pasajero deberían morir al caer en -la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que -es hermoso vivir de recuerdos: frase absurda. Ello -equivale á agonizar. Es la dicha del gastrónomo -obligado al ayuno, del pintor maniatado por la ceguera, -del jugador que mira el tapete y no puede -arriesgar una sola ficha.</p> - -<p>En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. -Es tan doloroso pasar del timón al remo, -como salir del escenario para ocupar una butaca, -aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido<span class="pagenum"><a id="Page_104"></a> [Pg 104]</span> -el éxito no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es -la parte más cruel de toda preeminencia fundada -en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas transitorias. -El público oscila con la moda; el físico se -gasta. La fama de un orador, de un esgrimista ó -de un comediante, sólo dura lo que una juventud; -la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna -vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa -el dolor sumo: recordar en la miseria el -tiempo feliz.</p> - -<p>Para estos triunfadores accidentales, el instante -en que se disipa su error debería ser el último de -la vida. Volver á la realidad es una suprema tristeza. -Preferible es que un Otelo excesivo mate -de veras sobre el tablado á una Desdémona próxima -á envejecer, ó desnucarse el acróbata en un -salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al -orador mientras habla á cien mil hombres que -aplauden, ó ser apuñalado un don Juan por la -amante más hermosa y sensual. La vida vale por -sus horas de dicha. Convendría despedirse de ella -sonriendo y gozando, mirándola de frente, con -dignidad, con la sensación de que se ha merecido -vivirla hasta el último instante. Toda ilusión que -se desvanece deja tras sí una sombra indisipable. -El éxito y la celebridad no son la gloria; nada más -falaz que la sanción de los contemporáneos y de -las muchedumbres. Por eso repiten los moralistas: -la fama tiene caprichos y la gloria secretos.</p> - -<p>Compartiendo las rutinas y las debilidades de la -mediocridad que les rodea, los mediocres pueden<span class="pagenum"><a id="Page_105"></a> [Pg 105]</span> -convertirse en arquetipos de la masa amorfa, prohombres -entre sus iguales; pero mueren con ellos. -Los genios, los santos y los héroes desdeñan toda -sumisión al presente, puesta la proa hacia un remoto -ideal: resultan prohombres en la historia.</p> - -<p>La integridad moral y la excelencia de carácter -son virtudes estériles en los ambientes mediocres, -más asequibles á los apetitos del doméstico que -á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. -La gloria es póstuma; nunca ciñe de laureles -la sien del que se ha complicado en las rutinas de -su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, -suele ornar las frentes de cuantos miraron -al porvenir y sirvieron á un ideal, practicando -aquel lema que asumió el ginebrino: <em>vitam impendere -vero</em>.</p> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_106"></a>[Pg 106]<br /><a id="Page_107"></a>[Pg 107]</span></p> - - -<div class="chapter"> - - - -<div class="chapter"> - <h2 class="nobreak">LA MEDIOCRIDAD MORAL</h2> -</div> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">EL HOMBRE HONESTO.</span>—II. <span class="smcap">LA MORAL DE TARTUFO.</span>—III. -<span class="smcap">LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.</span>—IV. <span class="smcap">LOS SENDEROS DE LA -VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.</span>—V. <span class="smcap">LA SANTIDAD.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">El hombre honesto.</span></h3> - -<p>La mediocridad moral es impotencia para la virtud -y cobardía para el vicio. Si hay mentes que parecen -maniquíes articulados con rutinas, abundan -corazones semejantes á mongolfieras infladas de -prejuicios. La honestidad del hombre mediocre -equidista del bien y del mal; niega al segundo sin -afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin -admirar la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. -La garra del pasado ásele del corazón, -estrujándole en germen todo gesto libertario. Sus -prejuicios son los documentos arqueológicos de la -psicología social: residuos de virtudes crepusculares, -supervivencias de morales extinguidas.</p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_108"></a>[Pg 108]</span></p> - -<p>Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas -de la santidad y de la virtud: prefieren al -hombre honesto. Error ó mentira, conviene disiparlo. -Honestidad no es virtud, aunque tampoco -sea vicio. Se puede ser honesto sin sentir un afán -de perfección: sobra para ello con no ostentar el -mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es indispensable -lo primero. Entre el vicio, que es una -lacra, y la virtud, que es una excelencia, fluctúa -la honestidad: patrimonio común de los mediocres -morales.</p> - -<p>La virtud eleva al hombre sobre la moral de su -rebaño; resiste activamente á ella. El virtuoso -presiente alguna forma de perfección futura y le -sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. -El honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia -que le asigna un nivel moral superior al del -vicioso, aunque permanece por debajo de quien -practica activamente alguna virtud y orienta su -vida hacia algún ideal.</p> - -<p>Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, -mide la moral con el doble decímetro de -sus iguales, á cuyas fracciones resultan irreductibles -las tendencias inferiores de los encanallados -y las aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si -aquél no llegara á asimilar los prejuicios, hasta saturarse -de ellos, la sociedad le castigaría como delincuente -por su conducta deshonesta; si pudiera -sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos -dignos de imitarse. La mediocridad está en no -dar escándalo ni servir de ejemplo.</p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_109"></a>[Pg 109]</span></p> - -<p>La virtud representa la aristocracia del corazón; -la honestidad es democrática; el vicio es caótico. -Por eso el talento moral está en la virtud, lo mediocre -en la honestidad y lo inferior en el vicio.</p> - -<p>El hombre honesto puede practicar acciones -cuya indignidad sospecha, toda vez que á ello se -sienta constreñido por la fuerza de los prejuicios, -que son discordancias entre los hábitos adquiridos -y las variaciones nuevas. Las acciones que ya son -malas en el juicio original de los virtuosos, pueden -seguir siendo buenas ante el colectivo de la grey. -El hombre superior practica la virtud tal como -la juzga, eludiendo los prejuicios que acoyundan -á la multitud honesta; el mediocre sigue llamando -bien á lo que ya ha dejado de serlo, por incapacidad -de forjar el bien del porvenir. Sentir con -el corazón de los demás equivale á pensar con -cabeza ajena.</p> - -<p>La virtud suele ser un gesto audaz, como todo -lo original; la honestidad es un harapiento uniforme -que se endosa resignadamente. El mediocre -teme á la opinión pública con la misma obsecuencia -con que el zascandil teme al infierno; nunca -tiene la audacia de parecer vicioso, ni aun cuando -la apariencia del vicio es condición intrínseca de -una virtud no comprendida. Renuncia á ella por -los sacrificios que implica.</p> - -<p>Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo -pueden mirar al sol de frente los que osan clavar -su pupila sin temer la ceguera. Los corazones -menguados no cosechan rosas en su huerto, por<span class="pagenum"><a id="Page_110"></a> [Pg 110]</span> -temor á las espinas; los virtuosos saben que es -necesario acometer las más punzantes para coger -las flores mejor perfumadas.</p> - -<p>El honesto es enemigo del santo, como el rutinario -lo es del genio; á éste le llama «loco» y al -otro lo juzga «amoral». Y se explica: los mide con -su propia medida, en que ellos no caben. En su -diccionario, «cordura» y «moral» son los nombres -que él reserva á su propia mediocridad. Para su -moral de sombras, el hipócrita es honesto; el virtuoso -y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», -y con esta calificación les endosa veladamente -cierta inmoralidad...</p> - -<p>Son hombres de pacotilla, hechos con retazos -de catecismo y con sobras de vergüenza: el primer -oferente los puede comprar á bajo precio. Con -frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; -algunas veces por simplicidad: el prurito de -la tentación no inquieta su tontería banal. Enseñan -que es necesario ser como los demás; el virtuoso -anhela ser mejor. Cuando nos dicen al oído -que renunciemos al ensueño é imitemos al rebaño, -no tienen valor de aconsejarnos derechamente la -apostasía del propio ideal para complicarnos en la -merienda ajena.</p> - -<p>La mediocridad predica: «no hagas mal y serás -honesto». El talento moral tiene otras exigencias: -«persigue una perfección y serás virtuoso». La honestidad -está al alcance de todos; la virtud es de -pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno -con que lo sujetan sus cómplices; el hombre<span class="pagenum"><a id="Page_111"></a> [Pg 111]</span> -virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe de ala. -La mediocridad moral es una resignación: simple -falta de iniciativa, muchas veces, para practicar -el mal.</p> - -<p>La honestidad puede ser industria, la virtud excluye -el cálculo. No hay diferencia entre el cobarde -que modera sus acciones por miedo al castigo -y el codicioso que las estimula por la esperanza -de una recompensa; ambos llevan en partida -doble sus cuentas corrientes con los prejuicios -sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla -ante un peligro es indigno de nombrar la virtud: -por ella se arriesgan en la proscripción ó la miseria. -No diremos por eso que el virtuoso es infalible. -Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones -espontáneas, el reconocimiento leal de los -propios errores como una lección para los demás, -la firme rectitud de la conducta ulterior. El que -paga una culpa con muchos años de virtud, es -como si no hubiera pecado: se purifica. En cambio, -el mediocre no reconoce sus yerros ni se avergüenza -de ellos, agravándolos con el impudor, -subrayándolos con la reincidencia, duplicándolos -con el aprovechamiento de los resultados.</p> - -<p>Predicar la honestidad sería excelente si no fuera -un renunciamiento á la virtud, cuyo norte es la -perfección incesante. Su elogio ha empañado el -culto del honor en las burguesías igualitarias y es -la prueba más segura del descenso moral de una -sociedad. Encumbrando al mediocre se afrenta al -superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los<span class="pagenum"><a id="Page_112"></a> [Pg 112]</span> -espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad -y la firmeza á fuerza de transigir con el servilismo -y la hipocresía.</p> - -<p>Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo -es envilecerse. Stendhal reducía la honestidad -á una simple forma de miedo; conviene agregar -que no es un miedo al mal en sí mismo, sino -á la reprobación de los demás; por eso es compatible -con una total ausencia de escrúpulos para -todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda -permanecer ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' -on appelle les honnêtes gens: c'est hideux», decía -Talleyrand, preguntándose qué sería de los -hombres honestos si el interés ó la pasión entraran -en juego. Su temor del vicio y su impotencia -para la virtud se equivalen; son simples beneficiarios -de la mediocridad moral que les rodea. Llaman -mérito á su mansedumbre. No son asesinos, -pero no son héroes; no roban, pero no dan media -capa al desvalido; no son traidores, pero no son -leales; no asaltan en descubierto, pero no defienden -al asaltado; no violan vírgenes, pero no redimen -caídas; no conspiran contra la sociedad, pero -no cooperan al común engrandecimiento.</p> - -<p>Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres—propia -de mentes rutinarias y de caracteres -domesticados—, existe una heráldica moral cuyos -blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis -de la tímida obsecuencia á los prejuicios que -paraliza el corazón de los temperamentos vulgares -y degenera en esa apoteosis de la platitud sen<span class="pagenum"><a id="Page_113"></a> [Pg 113]</span>timental -que caracteriza la irrupción de todas las -burguesías. La virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, -arrojo: de ellos vive. Los quiere en la intención -y en las obras. No la hay cuando los actos -desmienten las palabras, ni cabe nobleza donde la -intención se arrastra. Por eso la mediocridad moral -es más nociva en los hombres conspicuos y en -las clases privilegiadas. El sabio que traiciona á -su verdad, el filósofo que vive fuera de su moral -y el noble que deshonra su cuna, descienden á la -más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables -que el truhán encenagado en el delito. -Los privilegios de la cultura y del nacimiento imponen -al que los disfruta una lealtad ejemplar para -consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro -afán de perfección es inútil que perdure en -vanos títulos y pergaminos; noble es el que revela -en sus actos un respeto por su rango y no el -que alega su alcurnia para justificar actos innobles. -Por la virtud, nunca por la honestidad, se -miden los valores de la aristocracia moral.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">La moral de Tartufo.</span></h3> - -<p>La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; -ella hace enmudecer los escrúpulos en los -espíritus incapaces de resistir la tentación del -mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de -coraje para asumir su responsabilidad. Es el guano -que fecundiza los temperamentos mediocres,<span class="pagenum"><a id="Page_114"></a> [Pg 114]</span> -permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos -árboles cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen -á inmediaciones de las ciénagas.</p> - -<p>Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: -zarzagán del entusiasmo. Los hombres rebajados -por ella viven sin ensueño, ocultando sus intenciones, -enmascarando sus sentimientos, dando -saltos como el eslizón. Tienen la certidumbre de -que sus actos son indignos, vergonzosos, nocivos, -arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente -su moral: implica siempre una simulación de la -virtud.</p> - -<p>Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, -la aborrecen con tanto énfasis como al crimen -desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran -el valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la -responsabilidad de sus acciones, son audaces en -la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran embozados -y agreden en la sombra, escamotean vocablos -ambiguos, alaban con reticencias ponzoñosas -y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen -un penacho que sea galardón inconfundible: cierran -todas las rendijas de su espíritu por donde -podría asomar desnuda su personalidad, sin el ropaje -social de la mentira.</p> - -<p>Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes -y cualidades que considera ventajosas para -acrecentar la sombra que proyecta en su escenario. -Así como los ingenios exiguos simulan el talento -intelectual, embalumándose de refinados artilugios -y defensas, los sujetos de moralidad inde<span class="pagenum"><a id="Page_115"></a> [Pg 115]</span>cisa -simulan el talento moral, soslayando de esmerilada -virtud su honestidad insípida. Los caracteres -hipócritas ignoran el veredicto del propio -tribunal interior; persiguen el salvoconducto -otorgado por los cómplices de sus prejuicios convencionales.</p> - -<p>Es seductora la apariencia de la virtud; el -hipócrita suele aventajarse de ella mucho más -que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres -respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el -disfraz; bastaría acercarse á ellos, un solo minuto, -para advertir su doblez y trocar en desprecio la -estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se -mide por la distancia á que se les contempla. Pero -el psicólogo reconoce al hipócrita. Ciertos rasgos -distinguen al virtuoso del simulador; mientras éste -es un custodio de los prejuicios que fermentan en -su medio, aquél posee algún talento que le permite -sobreponerse á ellos.</p> - -<p>Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. -No retrocede ante las arterías, es fácil á los -besamanos fementidos, sabe oliscar el deseo de -los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza -de marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda -vez que el éxito estriba en aptitudes viles: el -hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada -Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su -Judas.</p> - -<p>La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral -se aviene á vegetar en su honestidad lucífuga, -no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su hipo<span class="pagenum"><a id="Page_116"></a> [Pg 116]</span>cresía -es un simple reflejo de oblicuas mentiras -que infestan la moral colectiva. Su culpa -está en agitarse dentro de su basta condición, pretendiendo -parodiar á los virtuosos. Chapaleando -en los muladares de la intriga su honestidad se -mancilla, rueda al vicio y se encanalla en pasiones -innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos -los rencores. Supone simplemente honesto, como -él, á todo santo ó virtuoso; no descansa en amenguar -sus méritos. Intenta igualar abajo, no pudiendo -hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores, -pretende confundir sus excelencias con las -propias mediocridades, desahoga sordamente una -envidia que no confiesa, en la penumbra, ensalobrándose, -babeando sin morder, mintiendo sumisión -y amor á los mismos que detesta y carcome. -Su mediocridad está agitada por escrúpulos que le -obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es -el más cruel de los suplicios. Es su castigo.</p> - -<p>El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. -En ello se distinguen la subrepticia medrosidad -del mediocre y la adamantina lealtad del -hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia -palabras que son un estigma ó un epitafio; -pero su rugido es la luz de un relámpago fugaz y -no deja escorias en su corazón, se desahoga por -un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas -viriles poseen un exceso de fuerza plástica -cuya función regeneradora cura prontamente las -más hondas heridas y trae el perdón. La juventud -tiene entre sus preciosos atributos la incapacidad<span class="pagenum"><a id="Page_117"></a> [Pg 117]</span> -de dramatizar largo tiempo las pasiones antisociales; -el hombre que ha perdido la aptitud de borrar -sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas -son tan imborrables como sus canas. Y, como -éstas, puede teñirse el odio: la hipocresía es la -tintura de esas canas morales.</p> - -<p>Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa -las más provechosas. Atafagado por preceptos que -entiende mal, su moralidad parece un hueco armazón -recubierto con remiendos de catecismo; -por eso, para conducirse, necesita la muleta de -alguna religión. Prefiere las que afirman el dogma -del purgatorio y ofrecen redimir las culpas por -dinero. Su aritmética de ultratumba le permite -disfrutar más tranquilamente los beneficios de su -hipocresía; su religión es una actitud y no un sentimiento, -es una mueca que oculta intenciones -malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. -En los santos y en los virtuosos, la religión y la -moral pueden correr parejas; en los hipócritas, la -conducta baila en compás distinto del que marcan -los mandamientos.</p> - -<p>Las mejores máximas teóricas se convierten -pronto en acciones abominables; cuanto más se -pudre la moral práctica, tanto mayor es el esfuerzo -por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. -Por eso es declamatoria y suntuosa la retórica -de Tartufo, arquetipo del género, cuya creación -pone á Molière entre los más geniales psicólogos -de todos los tiempos. No olvidemos la historia -de ese oblicuo devoto á quien el sincero<span class="pagenum"><a id="Page_118"></a> [Pg 118]</span> -Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á -toda su familia. Cleanto, un joven, se atreve á -desconfiar de él; Tartufo consigue que Orgon expulse -de su hogar á ese mal hijo y se hace legar -sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte -de su huésped. Para desenmascarar tanta -infamia, su esposa se resigna á celebrar con Tartufo -una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. -El hipócrita, creyéndose solo, expone los principios -de su casuística perversa; hay acciones prohibidas -por el cielo, pero es fácil arreglar con él -estas contabilidades; según convenga pueden aflojarse -las ligaduras de la conciencia, rectificando -la maldad de los actos con la pureza de las doctrinas. -Y para retratarse de una vez, agrega:</p> - - -<div class="poetry-container pw25"> -<div class="poetry"> -<p class="p1"><i lang="fr" xml:lang="fr">En fin votre scrupule est facile à détruire:<br /> -Vous êtes assurée ici d'un plein secret,<br /> -Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;<br /> -Le scandale du monde est ce que fait l'offense<br /> -Et ce n'est pas pécher que pécher en silence.</i></p> -</div> -</div> - -<p>Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que -son su pentateuco. La del hombre virtuoso es otra: -está en la intención y en el fin de las acciones, en -los hechos mejor que en las palabras, en la conducta -ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates -y Cristo fueron virtuosos contra la religión de -su tiempo, los dos murieron á manos de un fanatismo -que estaba ya divorciado de toda moral. La -santidad está siempre fuera de la hipocresía colec<span class="pagenum"><a id="Page_119"></a> [Pg 119]</span>tiva. -La exageración de las formas religiosas suele -coincidir con la aniquilación de todos los idealismos -en las naciones y en las razas; la historia marca -esa intersección en la decadencia de las castas -gobernantes, y dice que el tartufismo apuntala -siempre la degeneración moral de las mediocracias. -En esas horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo -decrépito y alienta formidablemente en los -ideales que renacen frente á él, inquietos, irrespetuosos, -demoledores, aunque predestinados con -frecuencia á caer en nuevos fanatismos y á oponerse -á los ideales venideros.</p> - -<p>El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, -con tanto afán como pone el virtuoso en -cuidar sus ideales. Conoce de memoria los pasajes -pertinentes del <cite>Sartor Resartus</cite>; por ellos admira -á Carlyle, tanto como otros por su culto á <cite>Los -héroes</cite>. El respeto de las formas hace que los hipócritas -de cada época y país adquieran rasgos comunes; -hay una «manera» peculiar que trasunta -el tartufismo en todos sus adeptos, como hay «algo» -que denuncia el parentesco entre los afiliados á -una tendencia artística ó escuela literaria. Ese -estigma común á los hipócritas, que permite reconocerlos -no obstante los matices individuales impuestos -por el rango ó la fortuna, es su profunda -animadversión á la verdad.</p> - -<p>La hipocresía es más honda que la mentira: ésta -puede ser accidental, aquélla es permanente. El -hipócrita transforma su vida entera en una mentira -metódicamente organizada. Hace lo contrario<span class="pagenum"><a id="Page_120"></a> [Pg 120]</span> -de lo que dice, toda vez que ello le reporte un -beneficio inmediato; vive traicionando á sus palabras, -como esos poetas que disfrazan con largas -crenchas la cortedad de su inspiración. El hábito -de la mentira paraliza los labios del hipócrita cuando -llega la hora de pronunciar una verdad; así -como la pereza es la clave de la rutina y la avidez -el móvil del servilismo, la mentira es el prodigioso -instrumento de la hipocresía. Nunca ha escuchado -la Humanidad palabras más nobles que las -de Tartufo; pero jamás un hombre ha producido -acciones más disconformes con ellas. Sea cual fuere -su rango social, en la privanza ó en la proscripción, -en la opulencia ó en la miseria, el hipócrita -está siempre dispuesto á adular á los poderosos -y á engañar á los humildes, mintiendo á -entrambos. El que se acostumbra á pronunciar -palabras falsas, acaba por faltar á la propia sin -repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad -consigo mismo. Los hipócritas ignoran que la verdad -es la condición fundamental de la virtud. -Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: -«De siervos es mentir, de libres decir verdad»; -todo hipócrita está predispuesto á adquirir sentimientos -serviles y carácter doméstico. Es el lacayo -de todos los que le rodean, el esclavo de mil -amos, de un millón de amos, de todos los cómplices -de su mediocridad.</p> - -<p>El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, -suponiendo que dice la verdad. El mentiroso -conspira contra la quietud ajena, falta al respe<span class="pagenum"><a id="Page_121"></a> [Pg 121]</span>to -á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. -Con mirar ojizaino persigue á los sinceros, -creyéndolos sus enemigos naturales. Aborrece la -sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo -y de anarquía, como si pudiera culparse á la -escoba de que existan las basuras. En el fondo sospecha -que el hombre sincero es fuerte é individualista, -fincando en ello su altivez inquebrantable: -su contradición con la hipocresía es una actitud -de resistencia al mal que le acosa por todas -partes. Se defiende contra la domesticación y el -descenso común. Y dice su verdad como puede, -cuando puede, donde puede. Pero la sabe decir. -Muchos santos enseñaron á morir por ella.</p> - -<p>El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se -cree no tener. Hablan más de nobleza los nietos -de truhanes; la virtud suele asomar en labios desvergonzados; -la altivez sirve de estribillo á los -envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los -estafadores; la temperancia figura en el catecismo -de los viciosos. Suponen que de tanto oropel se -adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto, -ésta se va modificando en la constante labor; -la máscara es benéfica en las mediocracias contemporáneas, -magüer los que la usen carezcan de -autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos -no creen al hipócrita, descubierto una vez; no -le creen nunca, ni pueden dejar de creerle cuando -sospechan que miente: quien es desleal con la verdad -no tiene por qué ser leal con la mentira.</p> - -<p>El hábito de la ficción desmorona á los caracte<span class="pagenum"><a id="Page_122"></a> [Pg 122]</span>res -hipócritas vertiginosamente, como si cada nueva -mentira los empujara hacia el precipicio. Nada -detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida -se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en -esa abyecta honestidad por cálculo que es simple -sublimación del vicio. El culto de las apariencias -lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira -á ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira -intrínsecamente la virtud, quiere ser contado entre -los virtuosos por las prebendas y honores -que tal condición puede reportarle. Faltándoles la -osadía de practicar el mal, á que están inclinados, -algunos conténtanse con sugerir que ocultan sus -virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar -con desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos -asoman por alguna parte, como las clásicas -orejas bajo la corona de Midas. La virtud y el mérito -son incompatibles con el tartufismo; la observación -induce á desconfiar de esas misteriosas excelencias -morales. Ya enseñaba Horacio que «la -virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». -(<em>Od.</em>, IV, 9, 29.)</p> - -<p>No teniendo valor para la verdad es imposible -tenerlo para la justicia. En vano los hipócritas viven -jactándose de una gran ecuanimidad y haciendo -aspavientos para adquirir prestigios catonianos: -su mediocridad les impide ser jueces toda vez que -puedan comprometerse con un fallo. Prefieren -tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, diciendo -que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo -hacen, empero, por filosofía, sino por incapacidad<span class="pagenum"><a id="Page_123"></a> [Pg 123]</span> -de responsabilizarse de sus juicios. Dicen que éstos -deben ser relativos, aunque en lo íntimo de su -mollera creen infalibles sus opiniones, por estar -calcadas en los prejuicios de los demás. No osan -proclamar su propia suficiencia; prefieren acomodarse -á las opiniones suscriptas por el rebaño, -avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, -ofreciendo el flanco y bordejeando, esquivos á -poner la proa frente al obstáculo más leve. Los -hombres leales son objeto de su odio acendrado, -pues con su rectitud humillan á los oblicuos; pero -el hipócrita sonríe servilmente á las miradas que -lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae -á estudiar los defectos de los hombres virtuosos -para filtrar pérfidos venenos en el homenaje que á -todas horas está obligado á tributarles. Difama -sordamente y en secreto á los mismos que inciensa -en público; traiciona siempre á los que alaba. -Hay que temblar cuando el hipócrita sonríe: viene -tanteando la empuñadura de algún estilete -oculto bajo su capa.</p> - -<p>Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie -puede confiar en su recalcitrante simulación. Día -por día se aflojan sus anastomosis con las personas -que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse -en la ternura ajena y va palideciendo como -una planta que no recibe sol, agostado su corazón -en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí mismo, -y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos -se empequeñecen hasta vegetar en los invernáculos -de la mentira y de la vanidad. Mientras los<span class="pagenum"><a id="Page_124"></a> [Pg 124]</span> -caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido -de su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, -los hipócritas se repliegan sobre sí mismos, -sin darse, sin gastarse, retrayéndose, atrofiándose. -Su falta de intimidades les impide toda expansión; -viven obsesionados por el temor de que su -mediocridad moral asome á la superficie. Saben -que bastaría una leve brisa para descorrer el velo -que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar -en nadie, los hipócritas viven cegando las fuentes -de su propio corazón: no sienten la raza, la patria, -la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á -todo y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad -social, hasta caer en sórdidas caricaturas -del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad por -las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia -como una industria lucrativa para su reputación. -Antes de dar, investiga si tendrá notoriedad -su donativo; figura en primera línea en todas -las suscripciones públicas, pero no abriría su mano -en la sombra. Invierte su dinero en un bazar de -caridad como si comprara acciones de una empresa; -eso no le impide ejercer la usura en privado ó -sacar provecho del hambre ajena.</p> - -<p>Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle -á complicidades indignas. Para satisfacer -alguno de sus apetitos no vacilará ante las más -grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan -consecuencias imprevistas. Una palabra del -hipócrita basta para enemistar á dos amigos ó para -distanciar á dos amantes. Sus armas son poderosas<span class="pagenum"><a id="Page_125"></a> [Pg 125]</span> -por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar -una felicidad, destruir una armonía, quebrar -una concordancia. Su cariño por la mentira le -hace acoger benévolamente cualquier infamia, -desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, -subterráneamente, sin ver el rumbo ni medir cuán -hondo, tan irresponsable como esas alimañas que -cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces -de las flores más delicadas.</p> - -<p>Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive -desconfiando de todos, hasta caer en el supremo -infortunio de la susceptibilidad. Un terror ansioso -lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo -escuchar en cada palabra un reproche merecido; -en ello no hay dignidad, sino remordimiento. -En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo -la susceptibilidad con la delicadeza; -aquélla nace del miedo y ésta es hija del orgullo.</p> - -<p>Difieren como la cobardía y la prudencia, como -el cinismo y la sinceridad. La desconfianza del -hipócrita es una caricatura de la delicadeza del -orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible -al hombre de méritos excelentes, toda vez -que desdeña dignidades cuyo precio es un servilismo -y cuyo camino es la adulación. El hombre -digno puede exigir respeto para ese valor moral -que no manifiesta por los modos vulgares de la -protesta estéril; esa exigencia le torna despreciativo -frente á los hipócritas domesticados. Es raro -el caso. Frecuentísima es, en cambio, la suscepti<span class="pagenum"><a id="Page_126"></a> [Pg 126]</span>bilidad -del hipócrita que teme verse desenmascarado -por los sinceros.</p> - -<p>Sería extraño que conservaran tal delicadeza, -única sobreviviente en el naufragio de las demás. -El hábito de fingir es incompatible con esos matices -del orgullo; la mentira es opaca á cualquier -resplandor de dignidad. La conducta de los mediocres -no puede conservarse adamantina; los expedientes -equívocos se encadenan hasta ahogar -los últimos escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás -sus prejuicios, endeudándose moralmente con -la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes -materiales y olvidan que las deudas torpemente -contraídas esclavizan al hombre. Cada préstamo -no devuelto es un nuevo eslabón remachado -á su cadena; se le hace imposible vivir dignamente -en una ciudad donde hay calles que no puede -cruzar y entre personas cuya mirada no puede -sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la -hipocresía convergen á estos renunciamientos, quitando -al hombre su libertad de espíritu y su independencia -de conducta. Las deudas contraídas por -vanidad ó por vicio, obligan á fingir y engañar; el -que las acumula, renuncia á toda dignidad.</p> - -<p>Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á -la intriga, ignora las firmezas de la rectitud. Suele -tener cómplices, pero no tiene amigos; la hipocresía -no ata por el corazón, sino por el interés. -Los hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, -están siempre dispuestos á abdicar cualquier -ideal en homenaje á un beneficio inmediato;<span class="pagenum"><a id="Page_127"></a> [Pg 127]</span> -eso les veda la amistad con espíritus superiores. -El gentilhombre tiene siempre un enemigo en el -mediocre; la reciprocidad de sentimientos y de aspiraciones -sólo es posible entre iguales. El hombre -excelente no puede entregarse nunca á su amistad; -el mediocre acechará la ocasión para afrentarlo -con alguna infamia, vengando su propia inferioridad. -La Bruyère escribió una máxima imperecedera: -«En la amistad desinteresada hay placeres -que no pueden alcanzar los que nacieron mediocres»; -éstos no necesitan amigos sino cómplices, -buscándolos entre los que conocen esos secretos -resortes descriptos por Renouvier como una simple -«solidaridad del mal». Si el hombre sincero se -entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora -propicia para traicionarlo; por eso la amistad es -difícil para los grandes espíritus y la intimidad -tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado -sobre el nivel común. Los hombres eminentes por -su carácter, su talento ó su virtud, necesitan infinita -sensibilidad y tolerancia para ser capaces -de amistad; cuando poseen esos atributos nada -pone límites á su ternura y su devoción. Entre -hombres excelentes la amistad crece despacio y -prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento -de méritos recíprocos; entre hombres vulgares -crece inmotivadamente, pero permanece raquítica, -fundándose á menudo en la complicidad -del vicio ó de la intriga. Por eso la política puede -crear cómplices, pero nunca amigos; muchas veces -lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando<span class="pagenum"><a id="Page_128"></a> [Pg 128]</span> -que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. -Mientras en los hipócritas las complicidades -se extinguen con el interés que las determina, -en los caracteres leales la amistad dura tanto -como los méritos que la inspiran.</p> - -<p>Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. -Invierte las fórmulas del reconocimiento: aspira á -la divulgación de los favores que hace, sin ser -por ello sensible á los que recibe. Multiplica por -mil lo que da y divide por un millón lo que acepta. -Ignora la gratitud,—virtud de elegidos,—esa -inquebrantable cadena remachada para siempre -en los corazones sensibles por los que saben -dar á tiempo y cerrando los ojos. Á veces son ingratos -sin saberlo, por simple error de su contabilidad -sentimental. Para evitar la ingratitud ajena -sólo se les ocurre no practicar el bien; cumplen -su decisión sin esfuerzo, limitándose á ejercer -sus formas ostensibles, en la proporción que -pueda convenir á su sombra. Sus sentimientos -son otros; el hipócrita sigue siendo honesto aunque -practique la ingratitud.</p> - -<p>La psicología de Tartufo sería incompleta si -olvidáramos que coloca en lo más hermético de -sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer -de pasiones inherentes á la condición humana. -Frente al pudor instintivo, casto por definición, -los hipócritas han organizado un pudor convencional, -que es impúdico y corrosivo. La capacidad -de amar, cuyas efervescencias santifican la -vida misma, eternizándola, les parece inconfesa<span class="pagenum"><a id="Page_129"></a> [Pg 129]</span>ble, -como si el beso febril de dos bocas amantes -fuera menos natural que el beso del sol cuando -enciende las corolas de las flores. Mantienen oculto -y misterioso todo lo concerniente al amor, como -si el convertirlo en delito no acicatara la tentación -de los castos; pero esa pudibundez visible no -les prohibe ensayar invisiblemente las abyecciones -más torpes. Se escandalizan de la pasión sin -renunciar al vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. -Encuentran que el mal no está en las -cosas mismas, sino en las apariencias, formándose -una moral para sí y otra para los demás, como las -casadas que se creen honestas aunque tengan -varios amantes y reprochan severamente á la que -ama á uno solo sin tener marido.</p> - -<p>No tiene límites esta escabrosa frontera de la -hipocresía. Celosos catones de las costumbres, -persiguen como deshonestas las más puras exhibiciones -de la belleza artística. Pondrían una hoja -de parra en la mano de la Venus Medicea, como -otrora injuriaron telas y estatuas para velar las -más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. -Esos espíritus vulgares confunden la castísima -armonía de la belleza plástica con la intención -obscena que los asalta al contemplarla: no -advierten que la perversidad está siempre en -ellos, nunca en la obra de arte.</p> - -<p>El pudor de los hipócritas es la peluca de su -calvicie moral.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_130"></a>[Pg 130]</span></p> - - - -<h3>III.—<span class="smcap">Los tránsfugas de la honestidad.</span></h3> - -<p>Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, -el inválido moral se refugia en la obscuridad. En -el crepúsculo medra el vicio, que la mediocridad -ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido -por leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía -consentida hasta el crimen castigado, la transición -es insensible: la noche se incuba en el -crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa -á la infamia gradualmente, por matices leves y -concesiones sutiles. En eso está el peligro de la -conducta acomodaticia y vacilante.</p> - -<p>Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; -desprecian la prudente cobardía de -Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben simular, -agreden los prejuicios consagrados; y como la -sociedad no puede tolerarlos sin comprometer su -propia existencia, ellos tienden sus guerrillas, desembozadamente, -contra ese mismo orden social -cuya custodia obsesiona á los mediocres.</p> - -<p>Comparado con el inválido moral, el hombre honesto -parece una alhaja. Esa distinción es necesaria; -hay que hacerla en su favor, seguros de que -él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también -lo es de crimen; sabe disfrazar sus instintos, -encubre el vicio, elude el delito. En los otros, en -cambio, toda perversidad brota á flor de piel, -como una erupción pustulosa; son incapaces de -sostenerse en la hipocresía, como los idiotas lo son<span class="pagenum"><a id="Page_131"></a> [Pg 131]</span> -de embalsarse en la rutina. Los honestos se esfuerzan -por merecer el purgatorio; los delincuentes -se han decidido por el infierno, embistiendo -sin escrúpulos ni remordimientos contra el armazón -de prejuicios y leyes que la sociedad les -opone.</p> - -<p>Cada agregado humano cree que «la» verdadera -moral es «su» moral, olvidando que hay tantas -como rebaños de hombres. Se es infame, vicioso, -honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad -del grupo, variable en el tiempo y en el espacio. -La «moral» no es una realidad, no tiene existencia -esotérica, como no lo es la «sociedad» abstractamente -considerada.</p> - -<p>El bien y el mal serían idénticos si se les considerara -en sí mismos, objetivamente, como atributos -de ciertos hechos; se diferencian en nuestro -juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda -al aire y apuestan «á cara ó cruz», la cara es el -bien de uno y el mal de otro, lo mismo que la -cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al -bien ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética -son juicios elementales que acompañan á los conceptos -de útil y nocivo, son movedizas sombras -chinescas que los fenómenos reales proyectan en -la psiquis social: calificaciones que ella hace de -fenómenos indiferentes en sí mismos. Esa calificación -se transmuta continuamente, transformándose -sin cesar el bien en mal y viceversa.</p> - -<p>Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se -transforman obedeciendo al enmarañado determi<span class="pagenum"><a id="Page_132"></a> [Pg 132]</span>nismo -de la evolución social. En cada ambiente y -en cada momento histórico existe un criterio medio -que sanciona como buenos ó malos, honestos -ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los actos -individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. -En cada momento histórico ese criterio -medio es la subestructura de la moral, variable -siempre.</p> - -<p>Las morales no nacen de principios abstractos; -la pequeñez de nuestro espíritu, frente al espacio -y al tiempo infinitos, suele inducirnos en el error -de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. -Sus fórmulas, aplicadas á la calificación de -un acto ó de una conducta, son conceptos efímeros -establecidos por cada sociedad, que los deforma -y subvierte cuando la conveniencia colectiva -lo exige. Un acto no es honesto ni delictuoso en sí -mismo, sino ante el juicio de la sociedad en que se -produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha -por la vida se transforman, modifícase la apreciación -de ciertos actos y varía su interpretación.</p> - -<p>Ésa es la única teoría natural del delito, como -acto antisocial: los delincuentes son individuos -incapaces de adaptar su conducta á la moralidad -media de la sociedad en que viven. Son inferiores; -tienen el «alma de la especie», pero no adquieren -el «alma social». Divergen de la mediocridad, -pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, -cuyas variaciones originales determinan -una desaptación evolutiva en el sentido de la perfección.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_133"></a>[Pg 133]</span></p> - -<p>Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de -la degeneración desfilan en su caleidoscopio, como -si al conjuro de un maléfico exorcismo se convirtieran -en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos -de un infierno dantesco: parásitos de la escoria -social, fronterizos de la infamia, comensales del -vicio y de la deshonra, tristes que se mueven acicateados -por sentimientos anormales, espíritus que -sobrellevan la fatalidad de herencias enfermizas -y sufren la carcoma inexorable de las miserias -ambientes.</p> - -<p>Irreductibles é indomesticables, aceptan como -un duelo permanente la vida en sociedad. Pasan -por nuestro lado impertérritos y sombríos, llevando -sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino -involuntario y en los mudos labios la mueca -oblicua del que escruta á sus semejantes con ojo -enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas de -un complejo determinismo, superior á todo freno -ético; súmanse en ellos los desequilibrios transfundidos -por una herencia malsana, las deformes -configuraciones morales plasmadas en el medio social -y las mil circunstancias ineludibles que atraviésanse -al azar en su existencia. La ciénaga en -que chapalean su conducta asfixia los gérmenes -posibles de todo sentido moral, desarticulando las -últimas anastomosis que los vinculan al solidario -consorcio de los mediocres. Viven adaptados á -una moral aparte, con panoramas de sombrías -perspectivas, esquivando los clarores luminosos y -escurriéndose entre las penumbras más densas;<span class="pagenum"><a id="Page_134"></a> [Pg 134]</span> -fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes -ciudades modernas, retoñan en todas las grietas -del edificio social y conspiran sordamente -contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta -características del hombre mediocre, eminentemente -conservador y disciplinado. La imaginación -nos permite alinear sus torvas siluetas -sobre un lejano horizonte donde la lobreguez crepuscular -vuelca sus tonos violentos de oro y de -púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de -macabra legión que marcha atropelladamente hacia -la ignominia.</p> - -<p>En esa pléyade anormal culminan por su virulencia -los fronterizos del delito. Su débil sentido -moral les impide conservar intachable su conducta, -sin caer por ello en plena delincuencia: son los -imbéciles de la honestidad, distintos del idiota -moral que rueda á la cárcel. No son delincuentes -ante la ley, pero son incapaces de mantenerse honestos; -pobres espíritus, de carácter claudicante y -voluntad relajada, no saben poner vallas seguras á -los factores ocasionales, á las sugestiones del medio, -á la tentación del lucro fácil, al contagio imitativo. -Viven solicitados por tendencias opuestas, -oscilando entre el bien y el mal, como el asno de -Buridán. Son caracteres conformados minuto por -minuto en el molde inestable de las circunstancias. -Ora son auxiliares permanentes del vicio y -del delito, ora delinquen á medias por incapacidad -de ejecutar un plan completo de conducta antisocial, -ora tienen suficiente astucia y previsión para<span class="pagenum"><a id="Page_135"></a> [Pg 135]</span> -llegar al borde mismo del manicomio y de la cárcel, -sin caer. Estos sujetos de moralidad incompleta, -larvada, accidental ó alternante, representan -las etapas de transición entre la honestidad y -el delito, la zona de interferencia entre el bien y -el mal, socialmente considerando. Carecen del -equilibrismo oportunista que salva del naufragio -á los hombres mediocres.</p> - -<p>Un estigma irrevocable impídeles conformar sus -sentimientos á los criterios morales de su sociedad. -En algunos es producto del temperamento -nativo; son los delincuentes natos ó locos morales, -incapaces de organizarse una personalidad mediocre -y mantenerse honestos; pululan en las cárceles -y viven como enemigos dentro de la sociedad -que los hospeda. En muchos la degeneración moral -es adquirida, fruto de la educación; en ciertos -casos deriva de la lucha por la vida en un medio -social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres -desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del -azar, capaces de comprender su desventura y avergonzarse -de ella, como la fiera que ha errado el -salto. En otros hay una inversión de los valores -éticos, una perturbación del juicio que impide medir -el bien y el mal con el cartabón aceptado por -la sociedad; son invertidos morales, inaptos para -estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, -por fin, cuyo carácter traduce la ausencia de sólidos -cimientos que los aseguren contra el oscilante -vaivén de los apremios materiales y la alternativa -inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos<span class="pagenum"><a id="Page_136"></a> [Pg 136]</span> -inválidos no sienten la coerción del rebaño; su moralidad -inferior chapalea en el vicio hasta el momento -de rodar al delito.</p> - -<p>Algunos son extrasociales, como el vagabundo -ó el loco. Otros son antisociales, como el delincuente -y el sectario. Los primeros, en su gran -mayoría, para nada cuentan en la historia de la -sociedad; paralíticos de la voluntad ó del carácter, -enfermos de la inteligencia ó del sentimiento, son -animales descarriados de la grey humana, condenados -á vegetar una semivida cuyos más nobles -resortes están enmohecidos. En muchos de los segundos, -en cambio, la incapacidad de adaptarse á -la mentalidad social se traduce por una conducta -delictuosa; el animal no se limita á aislarse del -rebaño, se rebela contra él, compromete el orden -de cosas establecido para salvaguardar la vida y -los intereses de sus componentes. Son tristes siempre, -siniestros con frecuencia.</p> - -<p>Complejos estudios han florecido en los últimos -cincuenta años, dilatando pavorosamente los dominios -estrechos de la primitiva patología mental. -Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban -la existencia de innumerables variedades que hoy -pueblan la zona del desequilibrio y la anormalidad, -fluctuando desde la demencia y el delito hasta la -avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos intérlopes: -el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el -difamador. No caben ellos en el marco de la mediocridad; -su incapacidad de imitar á los que les -rodean, de domesticarse en la disciplina social,<span class="pagenum"><a id="Page_137"></a> [Pg 137]</span> -impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada -que constituye «el rebaño de los que pasan en -los siglos sin nombre y sin número.» Estos inadaptables -son moralmente inferiores al hombre mediocre. -Sus matices son variados: actúan en la -sociedad como los insectos dañinos en la naturaleza.</p> - -<p>El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. -Los mediocres no les perdonan el impudor de -su infamia y organizan contra ellos un complejo -armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. -Á través de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido -ineficaz; constituyen una horda extranjera y hostil -dentro de su propio terruño, audaz en la acechanza, -embozada en el procedimiento, infatigable en -la tramitación aleve de sus programas trágicos. -Algunos confían su vanidad al filo de la cuchilla -subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante -presteza contra el corazón ó la espalda; -otros deslizan furtivamente su ágil garra sobre el -oro ó la gema que tientan su avidez con seducciones -irresistibles; éstos violentan, como infantiles -juguetes, los obstáculos con que la prudencia del -mediocre custodia el tesoro acumulado en interminables -etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos -denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo -los encantos de su cuerpo venusto á la -insaciable lujuria de sensuales y libertinos; muchos -succionan la entraña de la miseria en inverosímiles -aritméticas de usura, como tenias solitarias que -nutren su inextinguible voracidad en los jugos<span class="pagenum"><a id="Page_138"></a> [Pg 138]</span> -icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan -conciencias inexpertas para explotar los riquísimos -filones de la ignorancia y el fanatismo. -Todos son equivalentes en el desempeño de su -parasitaria función antisocial, idénticos todos en -la inadaptación de sus sentimientos más elementales. -Converge en ellos una inveterada complicidad -de instintos y de perversiones que hace de -cada conciencia una pústula, arrastrándolos á malvivir -del vicio y del delito.</p> - -<p>Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de -su inferioridad biológica ó social, encontramos una -pincelada común en todos los hombres que permanecen -bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud -constante para adaptarse á las condiciones que, -en cada colectividad humana, limitan la lucha por -la vida. Carecen de la aptitud que permite al hombre -mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías -de la sociedad en que vejeta.</p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">Los senderos de la virtud: el corazón -y el cerebro.</span></h3> - -<p>La honestidad es una imitación; la virtud es -una originalidad. Solamente los innovadores poseen -talento moral y es obra suya cualquier ascenso -hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir -sus huellas, incorporando á la honestidad banal lo -que fué antes virtud de pocos. Y siempre rebajándola.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_139"></a>[Pg 139]</span></p> - -<p>Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, -que se enorgullece de ser honesto frente á aquél. -Insistamos en que la honestidad no es la virtud; él -se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda -le es inaccesible. La virtud es otra cosa. Es -activa; excede infinitamente en variedad, en originalidad, -en coraje, á la práctica rutinaria de esos -prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia -ó de la cárcel.</p> - -<p>Ser honesto implica someterse á las convenciones -corrientes: sírvele de maestra la hipocresía. -Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas, -exponiéndose á que los honestos consideren enemigo -de toda moral al que lo es solamente de sus -prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera adulado -á sus conciudadanos, la historia helénica no estaría -manchada por su condena y el sabio no habría -bebido la cicuta; pero no sería Sócrates. Su virtud -consistió en resistir los prejuicios de los demás. Si -viviéramos entre dignos y santos, la opinión ajena -podría evitarnos tropiezos y caídas; pero es cobardía, -viviendo entre mediocres, rebajarse al común -nivel por miedo de atraerse sus iras. Hacer como -todos, puede implicar hacer lo indigno; el progreso -moral tiene como condición adelantarse á su tiempo, -como cualquier otro progreso.</p> - -<p>Si existiera una moral eterna—y no tantas morales -cuantos son los pueblos—podría tomarse en -serio la leyenda bíblica del árbol cargado de frutos -del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos -de hombres: el bueno y el malo, el honesto y el<span class="pagenum"><a id="Page_140"></a> [Pg 140]</span> -deshonesto, el normal y el inferior, el moral y el -inmoral. Pero no es así. Los juicios de valor se -transforman: el bien de hoy es el mal de ayer, el -mal de hoy es el bien de mañana.</p> - -<p>No es el hombre moralmente mediocre—el honesto—quien -determina las transformaciones de -la moral: él vive perfectamente adaptado á los -dogmatismos corrientes en su medio.</p> - -<p>Son los virtuosos y los santos, inconfundibles -con él. Precursores, apóstoles, mártires, inventan -formas superiores del bien, las enseñan, las -predican, las imponen. Toda moral futura es un -producto de esfuerzos individuales, obra de caracteres -excelentes que conciben y practican perfecciones -inaccesibles al hombre honesto. En eso -consiste el talento moral, que forja la virtud, y el -genio moral, que crea la santidad. Sin estos hombres -originales no se concebiría la transformación -de las costumbres; conservaríamos los sentimientos -y acciones de los primitivos seres humanos. -Toda evolución moral es un esfuerzo del talento -virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte -condescendencia de la mediocridad para con el -pasado.</p> - -<p>La evolución de las virtudes depende de todos -los factores morales é intelectuales. El cerebro -suele anticiparse al corazón; pero nuestros sentimientos -influyen más intensamente que nuestras -ideas en la formación de los criterios morales. El -hecho es más notorio en las sociedades que en los -individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si re<span class="pagenum"><a id="Page_141"></a> [Pg 141]</span>sucitase -un griego ó un romano, su cerebro permanecería -atónito ante nuestra cultura intelectual, -pero su corazón podría latir al unísono con -muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre -el universo, el hombre y las cosas contrastarían -con las nuestras, pero sus sentimientos ajustaríanse -en gran parte á las palpitaciones del sentir -moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales -de la ciencia y la filosofía: los sentimientos -centrales de la moral colectiva sólo sufren -leves oscilaciones, porque los atributos biológicos -de la especie humana varían lentamente. Nos -fuerzan á sonreir los conocimientos infantiles de -los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven, -sus virtudes nos entusiasman, sus héroes nos -admiran y nos parecen honrados por los mismos -atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, -como ahora, los hombres de ideas más opuestas -practicaban análogas virtudes, frente á la mediocridad -de su tiempo. El fondo sentimental no -varía; lo que se trasmuta incesantemente es la -forma intelectual que lo transforma en juicio de -valor, dándole fuerza ética.</p> - -<p>Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, -que fueron antes virtudes, son juzgados -más tarde como prejuicios. En cada momento histórico -las virtudes coexisten con los prejuicios; el -talento moral practica las primeras; la honestidad -mediocre se aferra á los segundos. Los grandes -virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra -prejuicios; son sus enemigos al predicar una ele<span class="pagenum"><a id="Page_142"></a> [Pg 142]</span>vación -moral en la forma que su cultura y su temperamento -les sugieren. Aunque por distintos caminos, -y partiendo de premisas racionales antagónicas, -todos se proponen mejorar las virtudes en -sentido propicio al enaltecimiento del hombre: -son igualmente enemigos de los prejuicios de -su tiempo.</p> - -<p>Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad -opone demasiados obstáculos á su esfuerzo. Pensar -el porvenir no implica practicarlo totalmente; -basta la firme intención de marchar hacia él. Los -que piensan como profetas pueden verse obligados -á proceder como filisteos en muchos de sus -actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que -se concibe como perfección potencial; nunca llega -á ser la perfección misma.</p> - -<p>La evolución moral es lenta, pero segura. La -virtud arrastra y enseña; los honestos se resignan -á imitar alguna parte de las excelencias que practican -los virtuosos. Cuando se afirma que somos -mejores que nuestros abuelos, sólo quiere expresarse -que lo somos ante nuestra moral contemporánea. -Fuera más exacto decir que diferimos de -ellos. Sobre necesidades materiales, perennes en -la especie, organízanse conceptos de perfección -que varían á través de los tiempos; sobre las necesidades -transitorias de cada sociedad se elabora -el arquetipo de virtud más útil á su progreso. -Mientras el ideal absoluto permanece indefinido y -ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos -enteros, el concepto concreto de las virtudes se<span class="pagenum"><a id="Page_143"></a> [Pg 143]</span> -va plasmando en las variaciones reales de la vida -social. Los mediocres practican rutinariamente la -honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por mejorarse; -los virtuosos ascienden por mil senderos -hacia cumbres que se alejan sin cesar, hacia el -infinito.</p> - -<p>Sobre cada uno de los sentimientos útiles para -la vida humana puede florecer una virtud, una -forma de talento moral. Hay filósofos que meditan -durante largas noches insomnes, sabios que -sacrifican su vida en los laboratorios, patriotas que -mueren por la libertad de sus conciudadanos, altivos -que renuncian todo favor que tenga por precio -su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando -el honor de sus hijos. El hombre mediocre -no conoce esas virtudes: se limita á ser honesto, -adhiriendo á todas las hipocresías, cumpliendo -las leyes por temor de las penas que amenazan á -quien las viola, trabajando con afán de lucro ó -sed de vanidad, guardando la honra por no arrostrar -las consecuencias de perderla.</p> - -<p>Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos -fundamentales son la inferioridad, la mediocridad -y el talento,—aparte del idiotismo y el -genio, que ocupan sus extremos,—hay también -una jerarquía moral representada por términos -equivalentes. En el fondo de esas desigualdades -hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. -La conformación á los catecismos ajenos -resulta fácil para los hombres débiles, crédulos, -timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones vehe<span class="pagenum"><a id="Page_144"></a> [Pg 144]</span>mentes, -sin necesidad de independencia, sin irradiación -de su personalidad; es inconcebible, en -cambio, en las naturalezas idealistas y fuertes, -capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales -para no dejarse engañar por la mentira de los demás. -Aquéllos no sienten la coacción moral del rebaño, -pues la hipocresía es su clima propicio; éstos -sufren, luchando entre sus inclinaciones y el -falso concepto del deber impuesto por la sociedad. -La mediocridad moral á que se ajustan los -hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente -superior. «Puede acordársele—dice -Remy de Gourmont—el valor de una moda á la -que uno se resigna para no llamar la atención, -pero sin interesar el ser íntimo y sin hacerle ningún -sacrificio profundo». En esa disconformidad -con la hipocresía colectivamente organizada consiste -la virtud, que es individual, á la contra de -la caridad y la beneficencia mundanas, simples -caricaturas colectivas, donde la miseria de los corazones -tristes alimenta la vanidad de los cerebros -vacíos.</p> - -<p>Los temperamentos capaces de virtud difieren -por su intensidad. El primer germen de perfección -moral se manifiesta en una decidida preferencia -por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. -La bondad es el primer esfuerzo hacia -la virtud: el hombre bueno, esquivo á las hipócritas -condescendencias permitidas por la honestidad, -lleva en sí una partícula de santidad. El -«buenismo» es la moral de los pequeños virtuo<span class="pagenum"><a id="Page_145"></a> [Pg 145]</span>sos; -su prédica es plausible, siempre que enseñe á -evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de -bondad que no podrían distinguirse del envilecimiento; -hay falta de justicia en la moral del perdón -sistemático. Está bien perdonar una vez y sería -inicuo no perdonar ninguna; pero el que perdona -dos veces se hace cómplice de los malvados. -No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen -abofeteado la segunda mejilla que ofreció al -que le afrentaba la primera: los evangelistas no -osaron plantearse este problema.</p> - -<p>Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también -á no ofender. Será más eficiente. Enseñémoslo -con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que la -primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos -que la segunda suele ser por maldad. El mal -no se corrige con la complacencia ó la complicidad; -es nocivo como los venenos y debe oponérsele -antídotos eficaces: la reprobación y el desprecio.</p> - -<p>Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del -bien á su prédica. Mientras los hipócritas recetan -la austeridad, reservando la indulgencia para sí -mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen su -propia conducta. Para los demás encuentran una -disculpa, en la debilidad humana ó en la tentación -del medio: «tout comprendre c'est tout pardonner»; -sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan -sus propias culpas y errores; y si no olvidan -las ajenas, tampoco se preocupan de atormentarlas -con su odio, pues saben que el tiempo las cas<span class="pagenum"><a id="Page_146"></a> [Pg 146]</span>tiga -fatalmente, por esa gravitación que abisma á -los perversos como si fueran globos desinflados. -Su corazón es sensible á las pulsaciones de los ajenos, -abriéndose á toda hora para adulcir las penas -de un desventurado y previniendo sus necesidades -para ahorrarle la humillación de pedir ayuda; -hacen siempre todo lo que pueden, poniendo en -ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho -más y mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen -de cultura, prodigando su aplauso á toda idea -original y compadeciendo á los ignorantes sin reproches -inoportunos; su cordialidad sincera con -los espíritus humildes no está corroída por la urbanidad -convencional.</p> - -<p>Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación -frecuente, cuotidiana; sirven para distinguir -al bueno del mediocre y difieren tanto de la honestidad -como el buen sentido difiere del sentido -común. Importan una elevación sobre la mediocridad; -los que saben practicarlas merecen los elogios -que tan pródigamente se les tributan. Desde -Platón y Plutarco está hecha su apología; ello no -impide su asidua reiteración por escritores que -glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase -de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions -dans les petites luttes. Il y a des bravoures opiniatres -et ignorées qui se défendent pied á pied -dans l'ombre contre l'envahissement fatal des -nécessités. Noble et mistérieux triomphe qu'aucun -regard ne voit, qu'aucune renommée ne paye, -qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur<span class="pagenum"><a id="Page_147"></a> [Pg 147]</span>, -l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des -champs de bataille qui ont leurs héros; héros -obscurs plus grands parfois que les héros illustres».</p> - -<p>No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes -son pequeñas; es grave error oponerlas á las grandes. -Ellas revelan una loable tendencia, pero no -pueden compararse con el asiduo celo de perfección -que convierte la bondad en virtud. Para esto -se requiere cierta intelectualidad superior; las -mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente -y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter -amorfo. Á los que dicen: «no hay tonto malo», -podría respondérseles que la incapacidad del mal -no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo -litigio que proponía á elegir entre un imbécil bueno -y un inteligente malo; pero está seguramente -resuelto que la imbecilidad no es una presunción -de virtud, ni la inteligencia lo es de perversidad. -Ello no impide que muchos mediocres protesten -contra el ingenio y la ilustración, glosando la paradoja -de Rousseau, hasta inferir de ella que la -escuela puebla las cárceles y que los hombres más -buenos son los torpes é ignorantes.</p> - -<p>Sócrates enseñó—hace de esto algunos años—que -la Ciencia y la Virtud se confunden en una -sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer -el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los -que no lo ven; nadie sería malo sabiéndolo. El -hombre más inteligente y más ilustrado puede ser -el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre<span class="pagenum"><a id="Page_148"></a> [Pg 148]</span> -lo sea. En cambio el torpe y el ignorante no pueden -serlo nunca, irremisiblemente.</p> - -<p>La moralidad es tan importante como la inteligencia -en la composición global del carácter. Los -más grandes espíritus son los que asocian las luces -del intelecto con las magnificencias del corazón. -La «grandeza de alma» es bilateral. Son raros -esos talentos completos ó poliédricos; son excepcionales -esos genios. Así lo enseñan los epítomes -de psicología escolar. Los caracteres perfectamente -equilibrados son rarezas. Los hombres -excelentes brillan por esta ó aquella aptitud, sin -resplandecer en todas; hay asimismo talentos de -alguna aptitud intelectual, que no lo son en virtud -alguna, y hombres virtuosos que no asombran por -sus dotes intelectuales.</p> - -<p>Ambas formas de talento, aunque distintas y -cada una multiforme, son igualmente necesarias y -merecen el mismo homenaje. Pueden observarse -aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre -excelente. Aisladas poco valen. La virtud es inconcebible -en el imbécil y el ingenio es infecundo -en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad -á la inteligencia es un renunciamiento de -toda dignidad; el más ingenioso de los hombres -sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio -de la rutina, del prejuicio ó del servilismo: -sus triunfos serían su vergüenza, no su gloria. Por -eso dijo Cicerón, ha muchos siglos: «Cuanto más -fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y -sospechoso se vuelve si pierde su reputación de<span class="pagenum"><a id="Page_149"></a> [Pg 149]</span> -honesto». (<em>De Offic.</em>, II, 9.) Verdad es que el tiempo -perdona sus vicios á los genios y á los héroes, -capaces de exceder con el bien que hacen al mal -que no dejaron de hacer; pero ellos son excepciones -raras y en vida habría que medirlos con el -criterio de la posteridad: la transcendente magnitud -de su obra.</p> - -<p>Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, -como el de fallar si son preferibles los que -crean, inventan y perfeccionan en las ciencias -y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto -de energías morales que impulsa á jugar -el porvenir y la vida en defensa de la dignidad y -la justicia. Entre los talentos intelectuales y los -talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos -con razón, conceptuándolos más necesarios. -«El talento superior es el talento moral», ha escrito -Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse. -De ese parangón está excluido, <em>a priori</em>, el -hombre mediocre, pues sólo tiene rutinas en el cerebro -y prejuicios en el corazón.</p> - -<p>La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, -á protestar, como lo hacía Cicerón, -contra los que pretenden consentir al ingenio un -absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es -equívoco; igualmente injusto sería desacreditar á -los santos más ejemplares fundándose en que existen -simuladores de la virtud.</p> - -<p>Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como -términos inconciliables. ¿Sólo podría ser virtuoso -el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría ser ingenio<span class="pagenum"><a id="Page_150"></a> [Pg 150]</span>so -el deshonesto ó el degenerado? La humanidad -debiera sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, -ellas son insinuadas por catequistas igualitarios -que adulan á la mediocridad, buscando el -éxito ante su número infinito. El sofisma es sencillo. -De muchos grandes hombres se cuentan anomalías -morales ó de carácter, que no suelen contarse -del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos -son inmorales y éstos son virtuosos.</p> - -<p>Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión -sería ilegítima. Si se concediera—y es mentira—que -los grandes ingenios son forzosamente -inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre -y al imbécil el privilegio de la virtud, reservado -al talento moral.</p> - -<p>Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios -de los genios y no de los mediocres, no es -porque éstos sean faros de virtud, sino por una razón -muy sencilla: la historia solamente se ocupa -de los primeros, ignorando á los segundos. Por un -poeta alcoholista hay diez millones de mediocres -que beben como él; por un filósofo uxoricida hay -quinientos mil uxoricidas que no son filósofos; por -un sabio experimentador, cruel con un perro ó -una rana, hay una incontable cohorte de cazadores -y toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y -qué dirá la historia? Hubo un poeta alcoholista, un -filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones de -mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours -equivocó el rumbo; Lombroso se extravió; Nordau -hizo de la cuestión una simple polémica literaria.<span class="pagenum"><a id="Page_151"></a> [Pg 151]</span> -No comulguemos con ruedas de molino; la premisa -es falsa. Los que han visitado cien cárceles pueden -asegurar que había en ellas cincuenta mil -hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto -á cinco ó veinte hombres de talento. No han visto -á un solo hombre de genio.</p> - -<p>Volvamos al sano concepto socrático, hermanando -la virtud y el ingenio, aliados antes que adversarios. -Una elevada inteligencia es siempre propicia -al talento moral y éste es la condición misma -de la virtud. Sólo hay una cosa más vasta, -ejemplar, magnífica, el golpe de ala que eleva hacia -lo desconocido hasta entonces, remontándonos -hasta las cimas eternas de esta aristocracia moral: -son los genios que enseñan virtudes no practicadas -hasta la hora de sus profecías ó que practican -las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un -hombre encarrila en absoluto su vida hacia un -ideal, eludiendo ó contrastando todas las contingencias -materiales que contra él conspiran, ese -hombre se eleva sobre el nivel mismo de las más -altas virtudes. Entra á la santidad.</p> - - -<h3>V.—<span class="smcap">La santidad.</span></h3> - -<p>La santidad existe: los genios morales son los -«santos» de la humanidad. La evolución de los -sentimientos colectivos, representados por los conceptos -de bien y de virtud, se opera por intermedio -de hombres extraordinarios. En ellos se resu<span class="pagenum"><a id="Page_152"></a> [Pg 152]</span>me -ó polariza alguna tendencia inmanente del -continuo devenir moral. Algunos legislan y fundan -religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó -Budha, en civilizaciones primitivas, cuando los -estados son teocracias; otros predican y viven su -moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando -la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del -ejemplo; los hay, en fin, que transmutan racionalmente -las doctrinas, como Antistenes, Epicuro ó, -Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad -merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores, -fuerzas originales en la evolución del -bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. -Son siempre hombres extraordinarios, genios, los -que las enseñan. Los talentos morales perfeccionan -ó practican de manera excelente esas virtudes -por ellos creadas; los mediocres morales se limitan -á imitarlas tímidamente.</p> - -<p>Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, -absorbente, incontrastable: es genio. -Se es santo por temperamento y no por cálculo, -por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos -racionales: así lo fueron todos. El inflexible -absolutismo del profeta ó del apóstol es simbólico; -sin él no tendríamos la iluminada firmeza del virtuoso -ni la obediencia disciplinada del honesto. Los -santos no son los factores prácticos de la vida social, -sino las masas mediocres que imitan débilmente -su fórmula. No fué Francisco un instrumento -eficaz de la beneficencia, virtud cristiana -que el tiempo reemplazará por la solidaridad so<span class="pagenum"><a id="Page_153"></a> [Pg 153]</span>cial; -sus efectos normales son producidos por innumerables -individuos que serían incapaces de -practicarla por iniciativa propia, y que de su -exaltación sublime reciben sugestiones, tendencias -y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El -santo de Asís muere de consunción, obsesionado -por su virtud, sin cuidarse de sí mismo; entrega -su vida á su ideal; los mediocres que practican la -beneficencia por él predicada cumplen una obligación, -tibiamente, sin perturbar su tranquilidad -en holocausto á los demás.</p> - -<p>La santidad crea ó renueva. «La extensión y el -desarrollo de los sentimientos sociales y morales—dice -Ribot—, se han producido lentamente y -por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados -<em>inventores</em> en moral. Esta expresión puede -sonar extrañamente á ciertos oídos de gente imbuida -de la hipótesis de un conocimiento del bien -y del mal innato, universal, distribuido á todos -los hombres y en todos los tiempos. Si en cambio -se admite una moral que se va haciendo, es necesario -que ella sea la creación, el descubrimiento -de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite -inventores en geometría, en música, en las -artes plásticas ó mecánicas; pero también ha habido -hombres que por sus disposiciones morales -eran muy superiores á sus contemporáneos, y han -sido promotores, iniciadores. Es importante observar -que la concepción teórica de un ideal moral -más elevado, de una etapa á pasar, no basta; se -necesita una emoción poderosa que haga obrar y,<span class="pagenum"><a id="Page_154"></a> [Pg 154]</span> -por contagio, comunique á los otros su propio -<i lang="fr" xml:lang="fr">élan</i>. El avance es proporcional á lo que se siente -y no á lo que se piensa.»</p> - -<p>Por esto el genio moral es incompleto mientras -no actúa; la simple visión de ideales magníficos -no implica la santidad, que está en el ejemplo, -más bien que en la doctrina; pero no fuera de su -creación original. Los titulados santos de ciertas -religiones rara vez son creadores; son simples virtuosos -ó alucinados, que el interés del culto y la -política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles -una santidad nominal. En la historia del -sentimiento religioso sólo son genios los que fundan -ó transmutan, pero de ninguna manera los -que organizan órdenes, establecen reglas, repiten -un credo, practican una norma ó difunden -un catecismo. El santoral católico es irrisorio. -Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de -un Fra Domenico Cavalca, muchas hay que no interesan -al moralista ni al psicólogo. Numerosas -tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes -de los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.</p> - -<p>Pongamos más alta la santidad: donde señale -una orientación inconfundible en la historia de -la moral. Y para eso cada hora en la humanidad -tiene un clima, una atmósfera y una temperatura -que sin cesar varían. Cada clima es propicio -al florecimiento de ciertas virtudes; cada atmósfera -se carga de creencias que señalan su orientación -intelectual; cada temperatura marca los<span class="pagenum"><a id="Page_155"></a> [Pg 155]</span> -grados de fe con que se acentúan determinados -ideales y aspiraciones. Una humanidad que evoluciona -no puede tener ideales inmutables, sino -incesantemente perfectibles, cuyo poder de transformación -sea infinito como la vida. La virtud del -pasado no es la virtud del presente; los santos de -mañana no serán los mismos de ayer. Cada momento -del equilibrio entre los hombres y la naturaleza -requiere cierta forma de santidad que sería -estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes -se van plasmando en las variaciones de la vida -social.</p> - -<p>En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres -viven luchando á brazo partido con la naturaleza -avara, es indispensable ser fuertes y valientes -para ejercer la hegemonía ó asegurar la -libertad del grupo; entonces la cualidad suprema -es la excelencia física y la virtud del coraje se -transforma en culto de héroes, equiparados á los -dioses. La santidad está en el heroísmo.</p> - -<p>En las grandes crisis de renovación moral, cuando -la apatía ó la decadencia amenazan disolver un -pueblo ó una raza, la virtud excelente entre todas -es la integridad del carácter, que permite vivir ó -morir por un ideal fecundo para el común engrandecimiento. -La santidad está en el apostolado.</p> - -<p>En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad -el que descubre una nueva ley de la naturaleza, -ó enseña á dominar alguna de sus fuerzas, -que quien culmina por su temperamento de -héroe ó de apóstol. Por eso el prestigio rodea á las<span class="pagenum"><a id="Page_156"></a> [Pg 156]</span> -virtudes intelectuales: la santidad está en la sabiduría.</p> - -<p>Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento -religioso; no lo es la virtud; ni la santidad. -Sobre cada sentimiento pueden ellos florecer. -Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus -santos: héroes, apóstoles ó sabios.</p> - -<p>Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura -santifican en sus grandes pensadores á los portaluces -y heraldos de su grandeza espiritual. Si el -ejemplo supremo para los que combaten lo dan los -héroes y para los que creen los apóstoles, para los -que piensan lo dan los filósofos. En la moral de las -sociedades que se forman, culminan Alejandro, César -ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, -Cristo ó Bruno; pero llega un momento en que los -santos se llaman Aristóteles, Bacon y Goethe. La -santidad varía á compás del ideal.</p> - -<p>Los espíritus cultos conciben la santidad en los -pensadores, tan luminosa como en los héroes y en -los apóstoles; en las sociedades modernas el «santo» -es un anticipado visionario de teorías ó profeta -de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó -realiza. Se comprende que, á sus horas, haya santidad -en servir á un ideal en los campos de batalla -ó desafiando la hipocresía, como en los supremos -protagonistas de una <cite>Iliada</cite> ó de un <cite>Evangelio</cite>; -pero se afirma que también es santo, de otros -ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven -eternos en su <cite>Divina Comedia</cite>, en su <cite>Novum Organum</cite> -ó en su <cite>Origen de las Especies</cite>. Si es -<span class="pagenum"><a id="Page_157"></a> [Pg 157]</span> -difícil mirar un instante la cara de la muerte que -amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir -toda una vida los prejuicios y rutinas que amenazan -asfixiar nuestra inteligencia.</p> - -<p>La humanidad asciende sin reposo hacia remotas -cumbres, entre nieblas que se espesan y disipan. -Los más las ignoran, esclavos de los comunes -prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en -ciertas horas propicias, y poner un Ideal en las cimas -lejanas, aspirando á aproximársele. Orientada -por una exigua constelación de visionarios, las generaciones -remontan desde la rutina hacia Verdades -cada vez menos inexactas y desde el prejuicio -hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos -los caminos de la santidad conducen hacia el punto -infinito que marca su imaginaria convergencia.</p> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_158"></a></span></p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_159"></a>[Pg 159]</span></p> - <h2 class="nobreak">LOS CARACTERES MEDIOCRES</h2> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">HOMBRES Y SOMBRAS.</span>—II <span class="smcap">LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES: -GIL BLAS DE SANTILLANA.</span>—III <span class="smcap">LA VANIDAD Y EL ORGULLO.</span>—IV -<span class="smcap">LA DIGNIDAD.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">Hombres y sombras.</span></h3> - -<p>Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres -mediocres son incapaces de volar hasta una -cumbre ó de batirse contra un rebaño. Su vida es -perpetua complicidad con la ajena. Son hueste -mercenaria del primer hombre firme que sepa -uncirlos á su yugo. Atraviesan el mundo cuidando -su sombra é ignorando su personalidad. Nunca -llegan á individualizarse; ignoran el placer de exclamar -«yo soy», frente á los demás. No existen -solos. Su amorfa estructura los obliga á borrarse -en una raza, en un pueblo, en un partido, en una -secta, en una bandería: siempre á embadurnarse -de otros. Apuntalan todas las rutinas y prejuicios -consolidados á través de siglos. Así medran. Si<span class="pagenum"><a id="Page_160"></a> [Pg 160]</span>guen -el camino de las menores resistencias, nadando -á favor de toda corriente y variando con -ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es -simple incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan -porque saben adaptarse á la hipocresía social, -como tenias en una entraña.</p> - -<p>Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. -Conquistan «honores» y alcanzan «dignidades», -en plural; han inventado el inconcebible -plural del honor y la dignidad, por definición singulares -é inflexibles. Viven de los demás y para -los demás: sombras de una grey. Su existencia es -el accesorio de focos que la proyectan; carecen -de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, -en ellos, prestado.</p> - -<p>Los caracteres excelentes ascienden á la propia -dignidad, nadando contra todas las corrientes -rebajadoras, cuyo reflujo acosan y contrastan. -Frente á los otros se les reconoce de inmediato, -nunca borrados por esa brumazón moral en que -aquéllos se destiñen. Su personalidad es toda brillo -y arista:</p> - -<p class="p1 center"><em>Firmeza y luz, como cristal de roca</em>,</p> - -<p>breves palabras que sintetizan su definición perfecta. -No la dieron mejor Teofrasto ó la Bruyère. -Han creado su vida y servido un Ideal, perseverando -en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones, -templándose por grandes esfuerzos: seguros -en sus creencias, leales á sus afectos, fieles á su<span class="pagenum"><a id="Page_161"></a> [Pg 161]</span> -palabra. Nunca se obstinan en el error, sin traicionar -por ello á la verdad. Ignoran el impudor de -la inconstancia y la insolencia de la ingratitud. -Pujan contra los obstáculos y afrontan las dificultades. -Son respetuosos en la victoria y se dignifican -en la derrota: como si para ellos la belleza -estuviera en la lid y no en su resultado. Siempre, -invariablemente, ponen la mirada alto y lejos; tras -lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable -cuanto más distante. Estos optímates son contados; -cada uno vive por un millón. Poseen una -firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó de -armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia -y no puede ser de nadie más; son inconfundibles, -capaces de imprimir su sello indeleble en -mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los -teme, como la llaga al cauterio; sin advertirlo, empero, -los adora con su desdén. Son los verdaderos -amos de la sociedad, los que agreden el pasado -y preparan el porvenir, los que destruyen y plasman. -Son los actores del drama social, con energía -inagotable. Poseen el don de resistir á la masa y -pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos -la Humanidad vive y progresa. Son siempre excesivos; -centuplican las cualidades que los demás -sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea -ó una pasión los hace inadaptables á su medio, -exagerando su pujanza; mas, para la sociedad, realizan -una función armónica y vital. Sin ellos se -inmovilizaría el progreso humano, estancándose -como velero sorprendido en alta mar por la bonan<span class="pagenum"><a id="Page_162"></a> [Pg 162]</span>za. -De ellos, solamente de ellos, suelen ocuparse -la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos -de la Humanidad.</p> - -<p>El hombre que piensa con su propia cabeza y la -sombra que refleja los pensamientos de su rebaño, -parecen pertenecer á mundos distintos. Hombres -y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.</p> - -<p>El cristal tiene una forma preestablecida en su -propia composición química; cristaliza en ella ó -no, según los casos; pero nunca tomará otra forma -que la propia. Al verlo sabemos lo que es, inconfundiblemente. -De igual manera el hombre superior -es siempre uno, en sí, aparte de los demás. Si -el clima social le es propicio conviértese en núcleo -de energías sociales, proyectando sobre el medio -sus características propias, á la manera del cristal -que en una solución saturada provoca nuevas cristalizaciones -semejantes á sí mismo, creando formas -de su propio sistema geométrico. La arcilla, en -cambio, carece de forma propia y toma la que le -imprimen las circunstancias exteriores, los seres -que la presionan ó las cosas que la rodean; conserva -el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos -los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica, -esférica ó piramidal, según la modelen. Así -los caracteres mediocres: sensibles á las coerciones -del medio en que viven, incapaces de servir -una fe ó una pasión.</p> - -<p>Las creencias son el esqueleto del carácter; el -hombre que las posee firmes y elevadas, lo tiene -excelente. Las sombras no creen. La personali<span class="pagenum"><a id="Page_163"></a> [Pg 163]</span>dad -está en perpetua evolución y el carácter individual -es su delicado instrumento; hay que templarlo -sin descanso en las fuentes de la cultura y -del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento. -Se educa después: la experiencia. Lo que -heredamos implica cierta fatalidad, que la educación -corrige y orienta. Los hombres están predestinados -á conservar su línea propia entre las presiones -coercitivas de la sociedad; las sombras no -tienen resistencia, se adaptan á los demás hasta -desfigurarse, domesticándose. El carácter se expresa -por actividades que constituyen la conducta. -Cada ser humano tiene el correspondiente á -sus creencias; si es «firmeza y luz», como dijo el -poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de -su cultura y la luz en su elevación moral.</p> - -<p>Los elementos intelectuales no bastan para determinar -su orientación; la febledad del carácter -depende tanto de la mediocridad moral como de -aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible -ascender por los senderos de la virtud; sin alguna -virtud son inaccesibles los del ingenio. En la acción -van de consuno. La fuerza de las creencias -está en no ser puramente racionales; pensamos con -el corazón y con la cabeza. Ellas no implican un -conocimiento exacto de la realidad; son simples -juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos -ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; -cada verdad es una opinión contingente y provisoria. -Todo juicio implica una afirmación; el -juicio negativo es una creencia, lo mismo que el<span class="pagenum"><a id="Page_164"></a> [Pg 164]</span> -afirmativo. Toda negación es, en sí misma, afirmativa; -negar es afirmar una negación. La actitud -es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo -contrario de la afirmación no es la negación, es la -duda. Para afirmar ó negar es indispensable creer. -Ser alguien es creer intensamente; pensar es creer; -amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir -es creer.</p> - -<p>Las creencias son los móviles de toda actividad -humana. No necesitan ser evidentes: creemos con -anterioridad á todo razonamiento y cada nueva -noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. -La duda debiera ser más común, faltándonos -criterios de certidumbre absoluta; la primera -actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que -se presenta á nuestra experiencia. La manera espontánea -de pensar las cosas consiste en creerlas -tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los -ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á -todos los errores, juguetes frívolos de las personas, -las cosas y las circunstancias. Cualquiera desvía -á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son -como los clavos, que se meten de un solo golpe; -las convicciones firmes entran como los tornillos, -poco á poco, á fuerza de observación y de estudio. -Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los -clavos ceden al primer estrujón vigoroso, los tornillos -resisten y mantienen de pie la personalidad. -El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones -primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño -al individuo: la amplitud del saber permite á<span class="pagenum"><a id="Page_165"></a> [Pg 165]</span> -los hombres formarse ideas propias. Vivir arrastrado -por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres -son obra de los demás y están en todas -partes: manera de no ser nadie y no estar en -ninguna.</p> - -<p>Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando -falta, el hombre es amorfo ó inestable; vive zozobrando -como frágil barquichuelo en un océano. Esa -unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, -en gran parte, de la coordinación de las creencias. -Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, sintetizadoras -de la personalidad. La historia natural del -pensamiento humano sólo estudia creencias, no -certidumbres. La especie, las razas, las naciones, -los partidos, los grupos, son animados por necesidades -materiales que las engendran, más ó menos -conformes á la realidad, pero siempre determinantes -de su acción. Creer es la forma natural de pensar -para vivir.</p> - -<p>La unidad de las creencias permite á los hombres -obrar de acuerdo con el propio pasado: es un -hábito de independencia y la condición del hombre -libre, en el sentido relativo que el determinismo -consiente. Sus actos son ágiles y rectilíneos, -pueden preveerse en cada circunstancia; siguen sin -vacilaciones un camino trazado: todo concurre á -que custodien su dignidad y se formen un ideal. -Siempre están prontos para el esfuerzo y lo realizan -sin zozobra. Se sienten libres cuando rectifican -sus yerros y más libres aún al manejar sus -pasiones. Quieren ser independientes de todos,<span class="pagenum"><a id="Page_166"></a> [Pg 166]</span> -sin que ello les impida ser tolerantes: el precio -de su libertad no lo ponen en la sumisión de los -demás. Siempre hacen lo que quieren, pues sólo -quieren lo que está en sus fuerzas realizar. Han -sabido pulir la obra de sus educadores y nunca -creen terminada la propia cultura. Diríase que -ellos mismos se han hecho como son, viéndoles -recalcar en todos los actos el propósito de asumir -su responsabilidad.</p> - -<p>Las creencias del hombre son hondas, arraigadas -en vasto saber; le sirven de timón seguro para -marchar por una ruta que él conoce y no oculta á -los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus -creencias se transforman por una nueva experiencia -y al calor de más profundas meditaciones. -Las creencias de la sombra son surcos arados en -el agua, incapaces de resistir el roce de la ola más -blanda; cualquier ventisca las desvía; su opinión -es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen -á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. -Los hombres evolucionan según varían sus -creencias y pueden cambiarlas mientras siguen -aprendiendo; las sombras acomodan las propias -á sus apetitos y pretenden encubrir la indignidad -con el nombre de evolución. Si dependiera de -ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio -ó desvergüenza; muchas veces á traición.</p> - -<p>Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio -para apreciar el carácter: las obras. Lo dice -el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus vestris», -seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos<span class="pagenum"><a id="Page_167"></a> [Pg 167]</span> -hay que parecen hombres y sólo valen por las posiciones -alcanzadas en las piaras mediocráticas! -Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos -que nada, valores negativos. Sombras.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">La domesticación de los mediocres.</span></h3> - -<p>Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida -entera es un proceso continuo de domesticación -social. Si alguna línea propia permitía diferenciarle -de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca -sobre él para borrarla, complicando su insegura -unidad en una cifra inmensa. El rebaño le ofrece -infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte -á cambio de ciertos renunciamientos compatibles -con su estructura moral. No le exige cosas inverosímiles; -bástale su condescendencia pasiva, su -alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. -Las sombras resbalan por la pendiente: si alguna -partícula de originalidad les estorba, la eliminan -para confundirse mejor en los demás. Parecen -sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, -ariscas y se amansan, calurosas y se entibian, resplandecientes -y se opacan, ardientes y se apaciguan, -viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. -Mil sórdidos lazos las acechan desde que toman -contacto con la mediocridad: aprenden á medir sus -virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada -apartamiento les cuesta un desengaño, cada desvío -les vale una desconfianza. Amoldan su cora<span class="pagenum"><a id="Page_168"></a> [Pg 168]</span>zón -á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: -la domesticación les facilita la lucha por la vida.</p> - -<p>La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. -Gil Blas la encanta; simboliza al «hombre -práctico» que de toda situación saca partido y en -toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, -el enemigo del pueblo, con tanto afán como pone -en admirar á Gil Blas: le recoge en la cueva de -bandoleros y le encumbra favorito en las cortes. -Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, -alcahuete, ratero, prestamista, asesino, estafador, -fementido, ingrato, hipócrita, traidor, curandero: -tan varios encenagamientos no le impiden ascender -hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa -cumbre. Es perfecto en su género. Su secreto es -simple: es un animal doméstico. Entra al mundo -como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, -en todas las circunstancias y situaciones: nunca -tiene un gesto altivo, jamás acomete de frente un -obstáculo.</p> - -<p>El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á -todo hombre que servía. Y era justo. El hábito de -la servidumbre trae consigo sentimientos de domesticidad, -en los cortesanos lo mismo que en los -pueblos. Habría que copiar por entero el elocuente -<cite>«Discurso sobre la servidumbre voluntaria»</cite>, -escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido -á la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. -Desde él hasta Sergi, miles de páginas -fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, -el acatamiento incondicional de los prejuicios<span class="pagenum"><a id="Page_169"></a> [Pg 169]</span> -admitidos, el respeto de las jerarquías adventicias, -la disciplina ciega á la imposición colectiva, el homenaje -decidido á todo lo que representa el orden -vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de -los poderosos: todo lo que refuerza la domesticación -y tiene por consecuencia inevitable el servilismo.</p> - -<p>Los caracteres excelentes son indomesticables: -tienen su norte puesto en su Ideal. Su «firmeza» -los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras degeneran. -Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal -pierde su arista. La mediocridad es un préstamo -hecho por la grey al individuo; la originalidad es -una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su -sombra cuando el medio los instiga; los superiores -se encumbran en la misma proporción en que se -rebaja su ambiente. En la dicha y en la adversidad, -amando y despreciando, entre risas y entre -lágrimas, cada hombre firme tiene un modo peculiar -de comportarse, que es su síntesis: el carácter. -Las sombras ignoran esa unidad de conducta que -permite prever el gesto en todas las ocasiones.</p> - -<p>Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de -la vida y della manan todas nuestras acciones. Es -buen decir, pero impreciso. En sus definiciones -los moralistas no concuerdan con los psicólogos: -aquéllos catonizan como predicadores y éstos describen -como naturalistas. Es una síntesis: hay que -insistir en ello. El carácter es un exponente de -toda la personalidad y no de algún elemento aislado. -En los mismos filósofos, que desarrollan sus<span class="pagenum"><a id="Page_170"></a> [Pg 170]</span> -aptitudes de modo parcial, el carácter parece depender -exclusivamente de condiciones intelectuales. -Vano error: su conducta es el trasunto de cien -otros factores. Pensar es vivir. Los nobles aleteos -serían imposibles sin una organización sistemática -de su moral y su voluntad, haciendo converger á -su objeto los más vehementes anhelos de perfección -humana. El investigador de una verdad se -sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para -ella y piensa por todos, anticipándose, contrariando -sus rutinas. Tiene una personalidad social, adaptada -para las funciones que no puede ejercitar en -una ermita; pero sus sentimientos sociales no le -imponen complicidad en lo turbio. En su anastomosis -con el rebaño conserva libres el corazón y -el cerebro, mediante algo propio que nunca se -desorienta: el que posee un carácter no se domestica.</p> - -<p>Gil Blas medra entre los hombres desde que el -rebaño humano existe; han protestado contra él -los idealistas de todos los tiempos. Los románticos, -envueltos en sublime desdén, han enfestado -contra los temperamentos serviles: «Lorenzaccio» -estruja con palabras ilevantables la cobardía de -los pueblos avenidos á la servidumbre. Y no le -van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo -lírico alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas -son un código de moral antimediocre, una -exaltación de cualidades inconciliables con la -disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente -fustigado, tiene un disector elocuentísi<span class="pagenum"><a id="Page_171"></a> [Pg 171]</span>mo -en Palante: exhibe las solidarias complicidades -con que los mediocres resisten las iniciativas de -los originales, agrupándose en modos diversos según -sus intereses de clase, jerarquía ó funciones.</p> - -<p>Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres -serviles. Vencido, no lo mataban: lo hacían -trabajar en provecho propio. Uncido al yugo, -tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase -bajo coyundas que grababan en su carácter la domesticidad. -Algunos—dice la historia—fueron -rebeldes ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué -siempre un gesto de animal hambriento y su éxito -fué el precio de complicidades en vicios de sus -amos. Llegados al ejercicio de alguna autoridad, -practicaron la deslealtad y la ingratitud: tornáronse -despóticos, desprovistos de ideales que los -detuvieran ante ninguna infamia, como si quisieran -con sus abusos olvidar la servidumbre sufrida -anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los favoritos.</p> - -<p>El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. -El hábito de resignarse para medrar crea resortes -cada vez más sólidos, automatismos que destiñen -para siempre todo rasgo individual. El quitamotas -Gil Blas se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible -con el hombre digno. Aunque emancipado, -sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos -instintos.</p> - -<p>La costumbre de obedecer engendra una mentalidad -doméstica. El que nace de siervos la trae -acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos ser<span class="pagenum"><a id="Page_172"></a> [Pg 172]</span>viles -y no encuentra ambiente propicio para formarse -un carácter. Las vidas iniciadas en la servidumbre -no adquieren dignidad. Los antiguos tenían -mayor desprecio por los hijos de siervos, reputándolos -moralmente peores que los adultos reducidos -al yugo por deudas ó en las batallas; suponían que -heredaban la domesticidad de sus padres, intensificándola -en la ulterior servidumbre. Eran despreciados -por sus amos.</p> - -<p>Esto se repite en cuantos países hubieron una -raza esclava inferior. Es legítimo. Con humillante -desprecio son mirados los mulatos y mestizos, descendientes -de antiguos esclavos, en todas las naciones -de raza blanca que han abolido la esclavitud; -su afán por disimular su ascendencia servil demuestra -que reconocen la indignidad hereditaria -condensada en ellos. Ese menosprecio es justo. Así -como el antiguo esclavo tornábase vanidoso é insolente -si trepaba á cualquier posición donde pudiera -mandar, los mulatos contemporáneos se ensoberbecen -en las inorgánicas mediocracias sudamericanas, -captando funciones y honores que hartan -los apetitos acumulados en domesticidades seculares.</p> - -<p>La clase crea idénticas desigualdades que la -raza. Los siervos fueron tan domésticos como los -esclavos; la revolución francesa dió libertad política -á sus descendientes, más no supo darles esa -libertad moral que es el resorte de la dignidad. El -burgués merece el desprecio del aristócrata, más -que el odio del proletario aspirante á la burguesía;<span class="pagenum"><a id="Page_173"></a> [Pg 173]</span> -no hay peor jefe que el antiguo asistente, ni peor -amo que el antiguo lacayo. Las aristocracias son -lógicas al desdeñar á los advenedizos: los consideran -descendientes de criados enriquecidos y suponen -que han heredado su domesticidad al mismo -tiempo que las talegas.</p> - -<p>Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo -mismo de la herencia étnica ó social, son bien -vistas por las mediocracias contemporáneas, que -nivelan políticamente al servil y al digno. Ha variado -el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación -de los mediocres se continúa en las sociedades -modernas. Lleva más de un siglo la abolición -legal de la esclavitud ó la servidumbre; los -países no se creerían civilizados si la conservaran -en sus códigos. Eso no tuerce las costumbres; -el esclavo y el siervo siguen existiendo, por temperamento -ó por mediocridad de carácter. No son -propiedad de sus amos, pero buscan la tutela ajena, -como á la querencia los animales extraviados. -La psicología gregaria no se transmuta declarando -los derechos del hombre; la libertad, la igualdad -y la fraternidad son ficciones que halagan á -los espíritus mediocres, sin redimirlos de su mediocridad. -Hay inclinaciones que sobreviven á todas -las leyes igualitarias y hacen amar el yugo ó -el látigo. Las leyes no pueden dar hombría á la -sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido, -iniciativa á los imitadores, virtud al honesto, -intrepidez al manso, afán de libertad al servil. -Por eso, en plena democracia, los caracteres me<span class="pagenum"><a id="Page_174"></a> [Pg 174]</span>diocres -buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican.</p> - -<p>En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno -hasta la tumba, la conducta no puede seguir -normas constantes. Son peligrosos porque su ayer -no dice nada sobre su mañana; obran á merced de -impulsos accidentales, siempre aleatorios. Si poseen -algunos elementos válidos, ellos están dispersos, -incapaces de síntesis; la menor sacudida -pone á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, -depositados en los surcos más profundos de su -personalidad. Sus imitaciones son frágiles y poco -arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de -elevarse á la honesta condición de animales de -rebaño.</p> - -<p>Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas -del temperamento, la sociedad les mezquina su -educación domesticadora. Las grandes ciudades -pululan de niños moralmente desamparados, presa -de la miseria, sin hogar, sin escuela. Viven -tanteando el vicio y cosechando la corrupción, -sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el -ejemplo luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia -y coartadas sus mejores inclinaciones, -tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse -á las convergencias fatales que pugnan por -hundirlos. Y si pasan su infancia sin rodar á la -charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.</p> - -<p>El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería -la mejor escuela del carácter; pero la sociedad enseña -á odiarlo, imponiéndolo precozmente, como<span class="pagenum"><a id="Page_175"></a> [Pg 175]</span> -una ignominia desagradable ó un envilecimiento -infame, bajo la esclavitud de yugos y de horarios, -ejecutado por hambre ó por avaricia, hasta que el -hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá -amarlo cuando sea una gimnasia espontánea de sus -gustos y de sus aptitudes. Así la sociedad completa -su obra; los que no naufragan por la educación -malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En -la compleja actividad moderna toléranse las voluntades -claudicantes: sus incongruencias quedan veladas -mientras sus actos se refieren á los vulgares -automatismos de la vida diaria; pero cuando una -circunstancia nueva los obliga á buscar una solución, -la personalidad se agita al azar y revela sus -vicios intrínsecos.</p> - -<p>Esos degenerados son indomesticables.</p> - -<p>Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor -sobre su propia conducta y olvidan que la -más leve caída puede ser el paso inicial hacia una -degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo -de dignidad consolida nuestra firmeza: cuanto más -peligrosa es la verdad que hoy decimos, tanto más -fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello. -En las mediocracias todo conspira contra las -virtudes civiles: los hombres se corrompen los -unos á los otros, se imitan en lo intérlope, se estimulan -en lo turbio, se justifican recíprocamente. -Una atmósfera tibia entorpece al que cede por vez -primera á la tentación de lo injusto; las consecuencias -de la primera falta pueden ir hasta lo infinito. -Los mediocres no pueden evitarla; en vano<span class="pagenum"><a id="Page_176"></a> [Pg 176]</span> -harían el propósito de volver al buen sendero y -enmendarse. Para las sombras no hay rehabilitación; -prefieren excusar las desviaciones leves, sin -advertir que ellas preparan las hondas. Todos los -hombres conocen esas pequeñas flaquezas, que de -otro modo fueran perfectos desde su origen; pero -mientras en los caracteres firmes pasan como un -roce que no deja rastro, en los mediocres aran un -surco por donde se facilita la recidiva. Ésa es la -vía del envilecimiento. Los virtuosos la ignoran; -los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, -sólo les cuesta la primera caída; después siguen -cayendo como el agua en las cascadas, á saltitos, -de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza, -de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos -de la primera culpa ceden á la necesidad de -ocultarla con otras; los espíritus mediocres no se -amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se -tuercen, andan á ciegas, tropiezan, dan barquinazos, -adoptan expedientes, disfrazan sus intenciones, -acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices -diestros para avanzar en la tiniebla. Después -de los primeros tanteos se marcha de prisa, -hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan, -borrándose toda creencia y empañándose -la dignidad. Así resbalan por la pendiente, aumentando -la cohorte de lacayos y parásitos: centenares -de Gil Blas carcomen las bases de la sociedad -que ha pretendido modelarlos á su imagen y semejanza.</p> - -<p>Los hombres sin ideales son incapaces de resis<span class="pagenum"><a id="Page_177"></a> [Pg 177]</span>tir -las acechanzas que las mediocracias siembran -en su camino. Cuando han cedido á la tentación -quedan cebados, como las fieras que conocen el -sabor de la sangre humana.</p> - -<p>Por la circunstancia de pensar siempre con la -cabeza de la sociedad, el doméstico es el puntal -más seguro de todos los prejuicios políticos, religiosos, -morales y sociales. Gil Blas está siempre -con las manos congestionadas por el aplauso á los -ungidos y con el arma filosa para agredir al que -encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia -son los colores de su escarapela, cuyo -respeto exige de todos.</p> - -<p>Es incalculable la infinitud de gentes domésticas -que nos rodea. Cada funcionario tiene un rebaño -voraz, sumiso á su capricho, como los hambrientos -al de quien los harta. Si fuesen capaces -de vergüenza, los adulones vivirían más enrojecidos -que las amapolas; lejos de eso, pasean -su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola -con donaire, como luce la pantera las -aterciopeladas manchas de su piel. La domesticación -realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. -En los límites de la influencia oficial, los -medios de aclimatación se multiplican, especialmente -en los países apestados de funcionarismo. -Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. -La pérdida de su dignidad iníciase cuando -abren el ojo á la prebenda que estremece su estómago -ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos -que hoy le otorgan el favor y mañana le mane<span class="pagenum"><a id="Page_178"></a> [Pg 178]</span>jarán -la rienda. Aunque ya no hay servidumbre -legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad -forzosa, se avienen á ella voluntariamente, por -vocación implícita en su flaqueza. Están mancillados -desde la cuna; aun no habiendo menester de -beneficios, son instintivamente serviles. Los hay -en todas las clases sociales. El precio de su indignidad -varía con el rango y se traduce en formas -tan diversas como las personas que la ejercitan.</p> - -<p>Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de -los pueblos y de las razas; no es tolerancia estimular -el abellacamiento. La cotización del mérito -decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á -la dignidad altiva. La piel se cubre de más afeites -cuando es menos sólida la columna vertebral; las -buenas maneras son más apreciadas que las buenas -acciones. Si el de Santillana se enguanta para -robar, merece la admiración de todos; si Stockmann -se desnuda para salvar á un náufrago, lo -condenan por escándalo. En los pueblos domesticados -llega un momento en que la virtud es un -ultraje á las costumbres...</p> - -<p>Las sombras, cubiertas de moho igualitario, -viven con el anhelo de castrar á los caracteres firmes -y decapitar á los pensadores alados, no perdonándoles -el lujo de ser viriles ó tener cerebro. -La falta de virilidad es elogiada como un refinamiento, -lo mismo que en los caballos de paseo. -La ignorancia parece una coquetería, como la -duda elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin -ideales. Los méritos conviértense en contraban<span class="pagenum"><a id="Page_179"></a> [Pg 179]</span>do -peligroso, obligados á disculparse y ocultarse, -como si ofendieran por su sola existencia. -Cuando el hombre digno empieza á despertar recelos, -el arrebañamiento es grave; cuando la dignidad -parece absurda y es cubierta de ridículo, la -domesticación de los mediocres ha llegado á sus -extremos.</p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">La vanidad y el orgullo.</span></h3> - -<p>El hombre es. La sombra parece. El hombre -pone su honor en el mérito propio y es juez supremo -de sí mismo; asciende á la dignidad. La sombra -pone el suyo en la estimación de los demás y -renuncia á juzgarse; desciende á la vanidad. Hay -una moral del honor y otra de su caricatura: ser ó -parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á -ser mejores, ese culto de los propios méritos consolida -en los hombres la dignidad; cuando el afán -de parecer arrastra á cualquier abajamiento, el culto -de la sombra enciende la vanidad.</p> - -<p>Del amor propio nacen las dos: hermanas por su -origen, como Abel y Caín. Y más enemigas que -ellos, irreconciliables. Son formas diversas de -amor propio. Siguen caminos divergentes. La una -florece sobre el orgullo, celo escrupuloso puesto -en el respeto de sí mismo; la otra nace de la soberbia, -apetito de culminación ante los demás. El -orgullo es una arrogancia originada por nobles -motivos y quiere aquilatar el mérito; la soberbia<span class="pagenum"><a id="Page_180"></a> [Pg 180]</span> -es una desmedida presunción y busca alargar la -sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado -á la mediocrización moral, subvirtiendo los términos -que designan lo eximio y lo vulgar. Donde los -padres de la Iglesia decían <em>superbia</em>, como los antiguos, -fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, -confundiendo sentimientos distintos. De allí -el equivocar la vanidad con la dignidad, que es su -antítesis, y el intento de tasar á igual precio los -hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.</p> - -<p>En su forma embrionaria revélase el amor propio -como deseo de elogios y temor de censuras: -una exagerada sensibilidad á la opinión de los demás. -En los caracteres mediocres, conformados á -las rutinas y los prejuicios corrientes, el deseo de -brillar en su medio y el juicio que sugieren al pequeño -grupo que les rodea, son estímulos para la -acción. La simple circunstancia de vivir arrebañados -predispone á perseguir la aquiescencia ajena; -la estima propia es favorecida por el contraste ó -la comparación con los demás. Trátase hasta aquí -de un sentimiento normal.</p> - -<p>Pero los caminos divergen. En los dignos el propio -juicio antepónese á la aprobación ajena; en los -mediocres se postergan los méritos y se cultiva la -sombra. Los primeros viven para sí; los segundos -vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar -un Ideal y soñar una perfección; éstos se acomodan -á lo que favorezca el éxito. Si el hombre no -viviera en mesnadas, el amor propio sería digni<span class="pagenum"><a id="Page_181"></a> [Pg 181]</span>dad -en todos; lo es solamente en los caracteres firmes. -Los mediocres, forzados á venerar su sombra, -precipítanse en lo turbio.</p> - -<p>Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las -mediocracias contemporáneas, exaltan á los domésticos. -El brillo de la gloria sobre las frentes -elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo -del rico encela al miserable. El elogio del mérito -es un estímulo para su simulación. Obsesionados -por el éxito, é incapaces de soñar la gloria, -muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios -y virtudes secretas que los demás no reconocen; -créense actores de la comedia humana; -entran á la vida construyéndose un escenario, -grande ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío -ó luminoso; viven con perpetua preocupación -del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su -existencia sedientos de distinguirse en su órbita, -de ocupar á su mundo, de cultivar la atención ajena -por cualquier medio y de cualquier manera. La -diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa -entre la vanidad del escolar que persigue diez -puntos en los exámenes, la del político que sueña -verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista -que aspira á ediciones de cien mil ejemplares -y la del asesino que desea ver su retrato en los -periódicos.</p> - -<p>La exaltación del amor propio, peligrosa en los -espíritus vulgares, es útil al hombre que sirve un -Ideal. Éste la cristaliza en dignidad; aquéllos la -degeneran en vanidad. El éxito envanece á los<span class="pagenum"><a id="Page_182"></a> [Pg 182]</span> -mediocres, nunca al excelente. Esa anticipación -de la gloria hipertrofia la personalidad en los hombres -superiores: es su condición natural. ¿El atleta -no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad? -La función hace el órgano. El «yo» es -el órgano propio de la originalidad: absoluta en el -genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el -hombre superior es un adorno: simple exponente -de fuerza. EL músculo abultado no es ridículo en -el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad excesiva, -por monstruosa é inútil: como la vanidad del -insignificante. Ciertos hombres de genio habrían -sido incompletos sin su megalomanía.</p> - -<p>Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. -La aparente diferencia guarda proporción -con el mérito. Á un metro y á simple vista nadie -ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la -garra de un león; lo propio ocurre con el egotismo -ruidoso de los hombres y la desapercibida -soberbia de las sombras más densas. No pueden -confundirse. El vanidoso vive comparándose con -los que le rodean, envidiando toda excelencia -ajena y carcomiendo toda reputación que no puede -igualar; el orgulloso no se compara con los que -juzga inferiores y pone su mirada en tipos ideales -de perfección que están muy alto y encienden su -entusiasmo.</p> - -<p>El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, -imprime á los hombres cierto bello gesto que -las sombras censuran. Para ello el babélico idioma -de los vulgares ha enmarañado la significación del<span class="pagenum"><a id="Page_183"></a> [Pg 183]</span> -vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio -ó una virtud. Todo es relativo. Si hay méritos -el orgullo es un derecho; si no los hay se trata de -vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona -hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera -inferior que le asfixia; es un sentimiento natural, -cimentado por una desigualdad efectiva y constante. -Para los mediocres sería más grato que no -les enrostraran esa humillante diferencia; pero olvidan -que ellos son sus enemigos, constriñendo su -tronco robusto como la hiedra á la encina, para -ahogarle en el número infinito. El digno está obligado -á burlarse de las mil rutinas que el servil -adora bajo el nombre de principios; su conflicto es -perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto -por el individuo á la marea de mediocridad que -le acosa. Es aislamiento de la multitud y desprecio -de sus pastores, casi siempre esclavos del propio -rebaño.</p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">La dignidad.</span></h3> - -<p>El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos -hombres súmanse el ingenio y la virtud en un -total de dignidad: forman una aristocracia natural, -siempre exigua frente al número infinito de espíritus -omisos. Credo supremo de todo idealismo, la -dignidad es unívoca, intangible, intransmutable. -Es síntesis de todas las virtudes que aceran al -hombre y borran la sombra: donde ella falta no<span class="pagenum"><a id="Page_184"></a> [Pg 184]</span> -existe el sentimiento del honor. Y así como los -pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos -sin ella son esclavos.</p> - -<p>Los temperamentos adamantinos—<em>firmeza y -luz</em>—apártanse de toda complicidad niveladora, -buscan en sí mismos la sanción de sus actos, desafían -la opinión ajena si con ello han de salvar la -propia, declinan todo bien mundano que requiera -una abdicación, entregan su vida misma antes que -traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse -en facciones y huestes, convertidos en -viviente protesta contra todo abellacamiento ó servilismo. -Las sombras vanidosas se mancornan para -disculparse en el número, rehuyendo las íntimas -sanciones de su conciencia; los seres domesticados -son incapaces de gestos viriles, fáltales coraje. La -dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son -impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan -cuando conviene obrar, y los otros obran sin -haber reflexionado. La insuficiencia del esfuerzo -equivale á la desorientación del impulso: el mérito -de las acciones se mide por el afán que cuestan y -no por sus resultados. Sin coraje no hay honor. -Todas sus formas implican dignidad y virtud. Con -su ayuda los sabios acometen la exploración de lo -ignoto, los moralistas minan las sórdidas fuentes -del mal, los osados se arriesgan para violar la altura -y la extensión, los justos se adiamantan en la -fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y -los severos el vicio, los mártires van á la hoguera -por desenmascarar una hipocresía, los santos mue<span class="pagenum"><a id="Page_185"></a> [Pg 185]</span>ren -por un Ideal. Para anhelar una perfección -es indispensable: «el coraje—sentenció Lamartine—es -la primera de las elocuencias, es la elocuencia -del carácter.» Noble decir. El que aspira á -ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar -alto; el que se resigna á arrastrarse como un gusano -renuncia al derecho de protestar si lo aplastan.</p> - -<p>La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación -de los caracteres mediocres, adaptándolos -á la vida mansa; el coraje y la cultura exaltan -el individualismo de los excelentes, floreciéndolos -de dignidad. El lacayo pide; el digno merece. -Aquél solicita del favor lo que éste espera del mérito. -Ser digno significa no pedir lo que se merece, -ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan -entre las malezas del favoritismo, los austeros -ascienden por la escalinata de sus méritos. Ó no -ascienden por ninguna.</p> - -<p>La dignidad estimula toda perfección del hombre; -la vanidad acicatea cualquier éxito de la sombra. -El digno ha escrito un lema en su blasón: lo -que tiene por precio una partícula de honor, es -caro. El pan sopado en la adulación, que engorda -al servil, envenena al digno. Prefiere, éste, perder -un derecho á obtener un favor; mil daños le serán -más leves que medrar indignamente. Cualquier -herida es transitoria y puede dolerle una hora; la -más leve domesticidad le remordería por toda la -vida.</p> - -<p>Cuando el éxito no depende de los propios méritos, -bástale conservarse erguido, incólume, irre<span class="pagenum"><a id="Page_186"></a> [Pg 186]</span>vocable -en la propia dignidad. En las bregas domésticas, -la obstinada sinrazón suele triunfar del -mérito sonriente; la pertinacia del mediocre es -proporcional á su acorchamiento. Los caracteres -dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores -á lo que puede darse sin mérito. Prefieren -vivir crucificados sobre su orgullo á prosperar -arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les -acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos, -como si fueran á desposarlo más allá de -la muerte.</p> - -<p>Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin -lucir en el anca ninguna marca de hierro; son como -el ganado levantisco que hociquea los tiernos tréboles -de la campiña virgen, sin aceptar la fácil -ración de los pesebres. Si su pradera es árida no -importa; en libre oxígeno aprovechan más que en -cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél se -toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar -solos. Saben que juntarse es rebajarse. Cada flor -englobada en un ramillete pierde su perfume propio. -Obligado á vivir entre desemejantes, el digno -mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior. -Descartes dijo que se paseaba entre los hombres -como si ellos fueran árboles; y Banville escribió -de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los -regímenes, son necesaria é invenciblemente libres: -cumplía su obra con desdeñosa altivez y con -la firme resignación de un dios desterrado».</p> - -<p>Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías -que dormitan en el fondo de los caracteres<span class="pagenum"><a id="Page_187"></a> [Pg 187]</span> -serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su respeto -por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que -carece de él, á agredirla si amenaza, á castigarla -si hiere. Cuando es anodina la muchedumbre que -impide sus anhelos y no tiene adversarios que -fazferir, el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera -en sus ideales y calla, temiendo estorbar con -sus palabras á las sombras que lo escuchan. Y -mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa -de las estaciones, espera anclado en su -orgullo, como si éste fuera el puerto natural y más -seguro para su dignidad.</p> - -<p>Vive con la obsesión de no depender de nadie; -sabe que sin independencia material el honor está -expuesto á mil mancillas. Todo parásito es un siervo; -todo mendigo es un doméstico. El hambriento -puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre. -Enemiga poderosa de la dignidad es la miseria: -ella hace trizas los caracteres mediocres é incuba -las peores servidumbres. El que ha atravesado -dignamente una pobreza es un heroico ejemplar -de carácter. Suprema es la indignidad de los que -adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas -las domesticidades, si no fuesen esclavos de la -vanidad. El pobre no puede vivir su vida, tantos -son los compromisos de la indigencia; redimirse de -ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos -viven soñando una modesta independencia material; -la miseria es mordaza que traba la lengua y -paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras -para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más<span class="pagenum"><a id="Page_188"></a> [Pg 188]</span> -agradable, la mujer más bella, los amigos más -leales, los horizontes más risueños, el aislamiento -más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento -social; el individuo se inscribe en un gremio, -más ó menos jornalero, más ó menos funcionario, -contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes -que le empujan á domesticarse. Enseñaban -los estoicos el secreto de la dignidad: contentarse -con lo que se tiene, restringiendo las propias -necesidades. Un hombre libre no espera nada de -otros. No necesita pedir. La felicidad que da el -dinero está en no tener que preocuparse de él; -por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni -es feliz. Los bienes que tenemos son la base de -nuestra independencia; los que deseamos son la -cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La -fortuna aumenta la gracia de los espíritus cultivados -y torna insolente la vulgaridad de los palurdos. -Los únicos bienes intangibles son los que -acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando -ellos faltan ningún tesoro los sustituye.</p> - -<p>Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; -quieren poseerla inmaculada, libre de remordimientos, -sin flaquezas que la envilezcan ó rebajen. -Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo -lo que es propicio al crecimiento de la sombra. -Para conservar la estima propia no vacilan en -afrontar la opinión de los mansos y embestir sus -prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos -entre los que en vano intentan malear su altivez. -Estos hombres son raros en las mediocracias mo<span class="pagenum"><a id="Page_189"></a> [Pg 189]</span>dernas, -cuya chatura moral los inclina á la misantropía -y al menosprecio de los serviles; tienen -cierto aire desdeñoso y aristocrático que desagrada -á los vanidosos más culminantes, pues los humilla -y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque -llevan en el corazón una fe sin dudas, una convicción -que no trepida, una energía indómita que -á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes -para los hombres amorfos. En algunos casos -pueden ser altruistas, ó porque cristianos en -la más alta acepción del vocablo, ó porque profundamente -afectivos; presentan entonces uno de -los caracteres más sublimes, más espléndidamente -bellos y que tanto honran á la naturaleza humana. -Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. -Siendo héroes, perdonan las cobardías de los -demás; victoriosos siempre ante sí mismos, compadecen -á los que en la batalla de la vida siembran, -hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística -pudiera decirnos el número de hombres que -poseen este carácter en cada nación, esa cifra -bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera, -para indicarnos el valor moral de un pueblo.»</p> - -<p>La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir -la dependencia de otros á la medida de lo indispensable, -siempre enorme. La Bruyère, que -vivió como intruso en la domesticidad cortesana -de su siglo, supo medir el altísimo precepto que -encabeza el <cite>Manual</cite> de Epicteto, á punto de apropiárselo -textualmente sin amenguar con ello su -propia gloria: «Se faire valoir par des choses qui<span class="pagenum"><a id="Page_190"></a> [Pg 190]</span> -ne dependent point des autres, mais de soi seul, -ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le parece -inestimable y de recursos infinitos en la vida, -útil para los virtuosos y los que tienen ingenio, -tesoro intrínseco de los caracteres excelentes; -es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, -«pues desterraría de las Cortes las tretas, -los cabildeos, los malos oficios, la bajeza, la adulación -y la intriga.» Las naciones no se llenarían -de serviles domesticados, sino de varones excelentes -que legarían á sus hijos menos vanidades y -más nobles ejemplos. Amando los propios méritos -más que la prosperidad indecorosa, crecería el -amor á la virtud, el deseo de la gloria, el culto -por ideales de perfección incesante: en la admiración -por los genios, los santos y los héroes. Esa -dignificación moral de los hombres señalaría en -la historia el ocaso de las sombras.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_191"></a>[Pg 191]</span></p> - - -<div class="chapter"> - - - -<div class="chapter"> - - - <h2 class="nobreak">LA ENVIDIA</h2> -</div> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.</span>—II. <span class="smcap">LOS SACERDOTES DEL -MÉRITO.</span>—III. <span class="smcap">LOS ROEDORES DE LA GLORIA.</span>—IV. <span class="smcap">UN -CASTIGO DANTESCO.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">La pasión de los mediocres.</span></h3> - -<p>La envidia es una adoración de los hombres por -las sombras, del mérito por la mediocridad. Es el -rubor de la mejilla sonoramente abofeteada por la -gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. -Es el acíbar que paladean los impotentes. -Es un venenoso humor que mana de las heridas -abiertas por la realidad en el flanco de las almas -torpes. Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó -temprano, los que viven esclavos de su vanidad; -desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados -de su propia tristura, sin sospechar que sus -lamentaciones envuelven una consagración inequívoca -del mérito ajeno. La inextinguible hosti<span class="pagenum"><a id="Page_192"></a> [Pg 192]</span>lidad -de los mediocres sirve de pedestal á los genios, -los santos y los héroes.</p> - -<p>Es la más innoble de las torpes lacras que afean -á los caracteres vulgares. El que envidia se rebaja -sin saberlo, se confiesa subalterno; esta pasión es -el estigma psicológico de una humillante inferioridad, -sentida, reconocida. No basta ser inferior -para envidiar, pues todo hombre lo es de alguien -en algún sentido; es necesario sufrir del bien ajeno, -de la dicha ajena, de cualquier culminación -ajena. En ese sufrimiento está el núcleo moral de -la envidia: muerde el corazón como un ácido, lo -carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre -al metal.</p> - -<p>Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. -Plutarco decía—y lo repite La Rochefoucauld—que -existen almas corrompidas hasta jactarse de -vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse -envidiosa. Reconocer la propia envidia -implica, á la vez, declararse inferior al envidiado; -trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente -detestada, que avergüenza al más impúdico -y se hace lo indecible por ocultarla.</p> - -<p>Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su -volumen sobre las pasiones, limitándose á mencionarla -como un caso particular de los celos. Fué -siempre tanta su difusión y su virulencia que ya -la mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano, -haciéndola nacer de las tinieblas nocturnas. -El mito le asigna cara de vieja horriblemente -flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en<span class="pagenum"><a id="Page_193"></a> [Pg 193]</span> -vez de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; -los dientes negros y la lengua untada con -tósigos fatales; en una mano ase tres serpientes, -y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su -seno un monstruoso reptil que la devora continuamente -y le instila su veneno; está agitada; no -ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus -ojos irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su -congoja; destinada á sufrir, es el verdugo implacable -de sí misma.</p> - -<p>Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. -Es al odio como la ganzúa á la espada; la emplean -los que no tienen brazo robusto y corazón valiente. -En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto -de la garra que en un altivo estremecimiento -destroza y aniquila; en la subrepticia reptación de -la envidia sólo se percibe el arrastramiento tímido -del que busca morder el talón.</p> - -<p>Teofrasto creyó que la envidia se confunde con -el odio ó nace de él, opinión ya enunciada por -Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó la cuestión, -preocupándose de establecer diferencias entre -las dos pasiones (<cite>Obras morales</cite>, II, 576, edición -Didier). Dice que á primera vista se confunden; -parecen brotar de la maldad, y cuando se -asocian tórnanse más fuertes, como las enfermedades -que se complican. Ambas sufren del bien y -gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta -para confundirlas, si atendemos á sus diferencias. -Sólo se odia lo que se cree malo ó nocivo; en -cambio, toda prosperidad excita la envidia, como<span class="pagenum"><a id="Page_194"></a> [Pg 194]</span> -cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se -puede odiar á las cosas y á los animales; sólo se -puede envidiar á los hombres. El odio puede ser -justo, motivado; la envidia es siempre injusta, -pues la prosperidad no daña á nadie. Estas dos -pasiones, como plantas de una misma especie, se -nutren y fortifican por causas equivalentes: se -odia más á los más perversos y se envidia más á -los más meritorios. Por eso Temístocles decía, en -su juventud, que aún no había realizado ningún -acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. -Así como las cantáridas prosperan sobre los trigales -más rubios y los rosales más florecientes, -la envidia alcanza á los hombres más famosos por -su carácter y por su virtud. El odio no es desarmado -por la buena ó la mala fortuna; la envidia -sí. Un sol que ilumina perpendicularmente desde -el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy -poco la sombra de los objetos que están debajo: -así, observa Plutarco, el brillo de la gloria achica -la sombra de la envidia y la hace desaparecer.</p> - -<p>El odio que clama y asalta es temible; la envidia -que calla y conspira es repugnante. Algún libro -admirable dice que ella es como las caries de -los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó -debiera serlo. Las palabras más crueles que un -valiente arroja á la cara no ofenden la centésima -parte de las que el envidioso va sembrando constantemente -á la espalda. Ignora las reacciones del -odio y expresa su inquina tartajeando, incapaz de -encresparse en ímpetus viriles: diríase que su<span class="pagenum"><a id="Page_195"></a> [Pg 195]</span> -boca está amargada por una hiel que no consigue -arrojar ni tragar. Así como el aceite apaga la cal -y aviva el fuego, el bien recibido contiene el odio -en los nobles espíritus y exaspera la envidia en -los indignos. El envidioso es ingrato, como luminoso -el sol, la nube opaca y la nieve fría: lo es -naturalmente.</p> - -<p>El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia -es torcida y trabaja en la sombra. Envidiando se -sufre más que odiando: como esos tormentos enfermizos -que tórnanse terroríficos de noche, amplificados -por el horror de las tinieblas.</p> - -<p>El odio puede hervir en los grandes corazones; -puede ser justo y santo; lo es muchas veces, cuando -quiere borrar la tiranía, la infamia, la indignidad. -La envidia es de corazones pequeños. La conciencia -del propio mérito suprime toda menguada -villanía; el hombre que se siente superior no puede -envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que -vive con delirio de las grandezas. Su odio está -de pie y ataca de frente. César aniquiló á Pompeyo, -sin rastrerías; Donatello venció con su <cite>Cristo</cite> -al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche -fulminó á Wagner, sin envidiarlo. Así como la -genialidad presiente la gloria y da á sus predestinados -cierto ademán apocalíptico, la certidumbre -de un obscuro porvenir vuelve miopes y reptiles -á los mediocres. Por eso los hombres sin méritos -siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos -por su sombra mundana, como si un remordimiento -interior les gritara que los usurpan<span class="pagenum"><a id="Page_196"></a> [Pg 196]</span> -sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad -es su tormento; comprenden que sólo pueden permanecer -en la cumbre impidiendo que otros lleguen -hasta ellos y los descubran. La envidia es -una defensa de las sombras contra los hombres.</p> - -<p>Con los distingos enunciados los clásicos aceptan -el parentesco entre la envidia y el odio, sin -confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar el -problema distinguiendo otras que se les parecen: -la emulación y los celos.</p> - -<p>La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una -tendencia afectiva, pero posee caracteres propios -que permiten diferenciarla. Se envidia lo que -otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que -el propio es un deseo sin esperanza; se cela lo que -ya se posee y se teme perder; se emula en pos de -algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad -de alcanzarlo.</p> - -<p>Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias -ilustrará la cuestión. Envidiamos la mujer que el -prójimo posee y nosotros deseamos, cuando sentimos -la imposibilidad de disputársela. Celamos la -mujer que nos pertenece, cuando juzgamos incierta -su posesión y tememos que otro pueda compartirla -ó quitárnosla. Competimos sus favores en -noble emulación, cuando vemos la posibilidad de -conseguirlos en igualdad de condiciones con otro -que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del sentimiento -de inferioridad respecto de su objeto; los -celos derivan del sentimiento de posesión comprometido; -la emulación surge del sentimiento de<span class="pagenum"><a id="Page_197"></a> [Pg 197]</span> -potencia que acompaña á toda noble afirmación -de la personalidad.</p> - -<p>Por deformación de la tendencia egoísta algunos -hombres están naturalmente inclinados á envidiar -á los que poseen tal superioridad por ellos -codiciada en vano; la envidia es mayor cuando -más imposible se considera la adquisición del bien -codiciado. Es el reverso de la emulación; ésta es -una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla -una rémora que traba y esteriliza los esfuerzos -del envidioso. Bien lo comprendió Bartrina, en su -admirable quintilla:</p> - - -<div class="poetry-container pw20"> -<div class="poetry"> -<p class="p1"><span style="margin-left: 1em;">«La envidia y la emulación</span><br /> -parientes dicen que son;<br /> -aunque en todo diferentes,<br /> -al fin también son parientes<br /> -el diamante y el carbón.»</p> -</div> -</div> - -<p>La emulación es siempre noble: el odio mismo -puede serlo algunas veces. La envidia es una cobardía -propia de los débiles, un odio impotente, -una incapacidad manifiesta de competir ó de -odiar.</p> - -<p>El talento, la belleza, la energía, quisieran verse -reflejados en todas las cosas é intensificados en -proyecciones innúmeras; la estulticia, la fealdad y -la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno -que por la propia desdicha. Por eso toda superioridad -es admirativa y toda subyacencia es envidiosa. -Admirar es sentirse crecer en la emulación -de los más grandes: un Ideal preserva de la envi<span class="pagenum"><a id="Page_198"></a> [Pg 198]</span>dia. -El que escucha ecos de voces proféticas al -leer los escritos de los grandes pensadores; el que -siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos -como cicatrices, su clamor visionario y divino; -el que se extasía contemplando las supremas -creaciones plásticas; el que goza de íntimos escalofríos -frente á las obras maestras accesibles á sus -sentidos, y se entrega á la vida que palpita en -ellas, y se conmueve hasta cuajársele de lágrimas -los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata en -fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y -puede incubar el deseo de crear tan grandes cosas -como las que sabe admirar. El que no se conmueve -leyendo á Dante, mirando á Leonardo, -oyendo á Beethoven, puede jurar que la Naturaleza -no ha encendido en su cerebro la antorcha -suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos -miopes que no saben admirarla en las obras de los -genios.</p> - -<p>La emulación presume un afán de equivalencia, -implica la posibilidad de un nivelamiento; saluda -á los fuertes que van camino de la gloria, marchando -ella también. Sólo el impotente, convicto -y confeso, emponzoña su espíritu mediocre hostilizando -la marcha de los que no puede seguir.</p> - -<p>Toda la psicología de la envidia está sintetizada -en una fábula, digna de incluirse en los libros de -lectura infantil. Un ventrudo sapo graznaba en su -pantano cuando vió resplandecer en lo más alto -de las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún -ser tenía derecho de lucir cualidades que él mis<span class="pagenum"><a id="Page_199"></a> [Pg 199]</span>mo -no poseería jamás. Mortificado por su propia -impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su -vientre helado. La inocente luciérnaga osó preguntarle: -¿Por qué me tapas? Y el sapo, congestionado -por la envidia, sólo acertó á interrogar á -su vez: ¿Por qué brillas?</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">Los sacerdotes del mérito.</span></h3> - -<p>Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos -son sus naturales sacerdotes.</p> - -<p>El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el -envidioso de los tiempos heroicos; como si sus lacras -físicas fuesen exiguas para exponerlo al baldón -eterno, en un simple verso nos da la línea -sombría de su moral, diciéndolo enemigo de Aquiles -y de Ulises: puede medirse por las excelencias -de las personas que envidia.</p> - -<p>Shakespeare trazó una silueta definitiva en su -Yago feroz, almácigo de infamias y cobardías, capaz -de todas las traiciones y de todas las falsedades. -El envidioso pertenece á una especie moral -raquítica, mezquina, digna de compasión ó de desprecio. -Sin coraje para ser malo, se resigna á ser -vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia -elevación.</p> - -<p>La familia ofrece variedades infinitas, por la -combinación de otros estigmas con el fundamental. -El envidioso pasivo es solemne y sentencioso; -el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgu<span class="pagenum"><a id="Page_200"></a> [Pg 200]</span>bre -ó bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y -sana. Su mueca es falsa: ríe á contrapelo.</p> - -<p>¿Quién no los codea en su mundo intelectual? -El envidioso pasivo es de cepa servil. Si intenta -practicar el bien, se equivoca hasta el asesinato: -diríase que es un miope cirujano predestinado á -herir los órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. -No retrocede ante ninguna bajeza cuando -un astro se levanta en su horizonte: persigue al -mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por -incapacidad de reirse; le atormenta la alegría de -los satisfechos. Proclama la importancia de la solemnidad -y la practica; sabe que sus congéneres -aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda -la irremediable inferioridad de toda la especie. -Tiene prejuicios aterradores: no vacila en sacrificarles -la vida de sus propios hijos, empujándoles, -si es necesario, en el mismo borde de la tumba. En -la «Comedia Humana», Balzac pudo llamarle Pandolfo -y hacerle miope á cualquiera esperanza, ciego -á todo porvenir. Como hombre mediocre es un -esclavo de su miopía, un prisionero de su tiempo.</p> - -<p>El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, -disimulando con niágaras de palabras su estiptiquez -de ideas. Pretende sondar los abismos -del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar -el propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad -y oponerla al genio; parece poseer mil -lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano. -Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno -en forma de elogio reticente, pues la viscosi<span class="pagenum"><a id="Page_201"></a> [Pg 201]</span>dad -urticante de su falso loar es el máximum de -su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito; -tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la -intriga entre sus propios cómplices, y, llegado el -caso, los traiciona. Sabiéndose de antemano repudiado -por la gloria, se refugia en esas academias -donde se empampanan de vanidad los mediocres; -si alguna inexplicable paternidad complica la -quietud de su estéril madurez intelectual, podéis -jurar que su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es -cobarde para ser completo; vive declamando su -admiración y su cariño á los mismos que mataría -con la intención si ello fuera posible; se arrastra -ante los que turban sus noches con la aureola del -ingenio luminoso, besa la mano del que le conoce -y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; -su vanidad sólo aspira á desquitarse con las -frágiles compensaciones de la zangamanga á ras -de tierra.</p> - -<p>Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el -destino suele agrupar á los envidiosos en camarillas -ó en círculos, sirviéndoles de argamasa el común -sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan -su pena íntima difamando á los envidiados y -vertiendo toda su hiel como un homenaje á la superioridad -del talento que los humilla. Son capaces -de envidiar á los grandes muertos, como si -los detestaran personalmente. Hay quien envidia á -Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse -á ellos rebajándolos; para eso endiosarán á un -Brunetière ó un Boulanger. Pero esos placeres<span class="pagenum"><a id="Page_202"></a> [Pg 202]</span> -malignos poco amenguan su irreprochable desventura, -que está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse -de toda gloria. Rubens lo presintió al pintar -la envidia, en un cuadro de la Galería Medicea, -sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable -regencia.</p> - -<p>El envidioso cree marchar al calvario cuando -observa que otros escalan la cumbre. Muere en el -tormento de envidiar al que lo ignora ó desprecia: -gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.</p> - -<p>Todo rumor de alas parece estremecerlo, como -si fuera una burla á sus vuelos gallináceos. Maldice -la luz, sabiendo que en sus propias tinieblas no -amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar -una cacería de águilas ó decretar un apagamiento -de astros!</p> - -<p>Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de -envidia. La ineptitud para satisfacer un deseo ó -hartar un apetito determina esta pasión que hace -sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo -envidiado es puramente subjetivo: cada hombre se -cree la medida de los demás, según el juicio que -tiene de sí mismo.</p> - -<p>Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades -que se sienten, sea cual fuere su valor objetivo. -El rico puede sentir emulación ó celos por la -riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer -bella tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará -á las ricas. Es posible sentirse superior en -cien cosas é inferior en una sola; éste es el pun<span class="pagenum"><a id="Page_203"></a> [Pg 203]</span>to -frágil por donde tienta su asalto la envidia.</p> - -<p>El sujeto descollante encuentra su cohorte de -envidiosos en la esfera de sus colegas más inmediatos, -entre los que desearían descollar de idéntica -manera. Es un accidente inevitable de toda -culminación profesional, aunque en algunas es más -célebre: los cómicos y las rameras tendrían el privilegio, -si no existiesen los médicos. La «invidia -medicorum» es memorable desde la antigüedad: -la conoció Hipócrates. El arte la ha descrito con -frecuencia, para deleite de los enfermos sobrevivientes -á sus drogas.</p> - -<p>El motivo de la envidia se confunde con el de -la admiración, siendo ambas dos aspectos de un -mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace en -el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es -una forma aberrante de rendir homenaje á la superioridad -ajena. El gemido que la insuficiencia -arranca á la vanidad es una forma especial de -alabanza.</p> - -<p>Toda culminación es envidiada. En la mujer la -belleza. El talento y la fortuna en el hombre. En -ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su forma.</p> - -<p>La envidia femenina suele ser afiligranada y -perversa; la mujer da su arañazo con uña afilada y -lustrosa, muerde con dientecillos orificados, estruja -con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le -parece escasa para traducir su despecho; en ella -debió pensar el griego Apeles cuando representó -á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_204"></a>[Pg 204]</span></p> - - - -<p>La que ha nacido bella—y la Belleza para ser -completa requiere, entre otros dones, la gracia, la -pasión y la inteligencia—tiene asegurado el culto -de la envidia. Sus más nobles superioridades serán -adoradas por las envidiosas; en ellas clavarán -sus incisivos, como sobre una lima, sin advertir -que su desdén las convierte en vestales de la gloria -ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el -incienso de sus críticas; las miradas oblicuas de las -sufrientes fusilarán su belleza por la espalda; las -almas tristes le elevarán sus plegarias en forma de -calumnias, torvas como el remordimiento que no -las detiene pero las atosiga.</p> - -<p>Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el -libro segundo de Ovidio, no olvidará jamás que, á -instancia de Minerva, fué Aglaura transfigurada -en roca, castigando así su envidia de Hersea, la -amada de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta -alegoría de la envidia, devorando víboras -para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún -otro poeta de la era pagana.</p> - -<p>El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones -burocráticas. Cree que ser adinerado y -funcionario es el supremo ideal de los demás, partiendo -de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre -satisfacer sus vanidades más inmediatas; el -destino burocrático le asigna un sitio en el escalafón -del estado y le prepara ulteriores jubilaciones. -De allí que el proletario envidie al burgués, sin -renunciar á substituirlo; por eso mismo la escala -del presupuesto es una jerarquía de envidias, per<span class="pagenum"><a id="Page_205"></a> [Pg 205]</span>fectamente -graduadas por las cifras de las prebendas.</p> - -<p>El talento—en todas sus formas intelectuales y -morales: como dignidad, como carácter, como -energía—es el tesoro más envidiado entre los -hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de -nivelarlo todo, un obtuso horror á la individualización -excesiva; perdona al portador de cualquier -sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, -la mentira, la hipocresía, la esterilidad, pero no -perdona al que sale de las filas dando un paso adelante. -Basta que el talento permita descollar en la -política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, -para que los mediocres se estremezcan de envidia. -Así se forma en torno de cada astro una nebulosa -grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión -de difamadores; los envidiosos necesitan -aunar esfuerzos contra su ídolo, de igual manera -que para afear una belleza venusina aparecen por -millares las pústulas de la viruela.</p> - -<p>La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos -vertiendo en su corazón gotas de hiel que lo -amargan por toda la existencia; su dolor es la gloria -involuntaria de los otros, la sanción más indestructible -de su talento en la acción ó en el pensar. -Las palabras y las muecas del envidioso se pierden -en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos de -reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que -pasa en la altura. Sin oírlos.</p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_206"></a>[Pg 206]</span></p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">Los roedores de la gloria: la crítica.</span></h3> - -<p>Todo el que se siente capaz de crearse un destino -con su talento y su esfuerzo está inclinado á -admirar el esfuerzo y el talento en los demás; el -deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido -por el legítimo encumbramiento ajeno. El que -tiene méritos sabe lo que cuestan y los respeta; -estima en los otros lo que desearía se le estimara -á él mismo. El mediocre ignora esa admiración -abierta; muchas veces se resigna á aceptar el -triunfo que desborda las restricciones de su envidia. -Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.</p> - -<p>Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes -ingenios son admirativos. Éstos saben que los -dones naturales no se transmutan en talento ó en -genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. -Saben que cada paso hacia la gloria ha costado -trabajos y vigilias, meditaciones hondas, tanteos -sin fin, consagración tenaz, á ese pintor, á ese -poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden -que ellos han consumido acaso su organismo, envejeciendo -prematuramente; y la biografía de los -grandes hombres les enseña que muchos renunciaron -al reposo ó al pan, sacrificando el uno y -el otro á ganar tiempo ó comprar un libro para -iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo -que el mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, -que lo ignora, ve el resultado á que otros<span class="pagenum"><a id="Page_207"></a> [Pg 207]</span> -llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas -está sembrado el camino de la gloria.</p> - -<p>Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. -La incapacidad de crear le empuja á destruir. -Su falta de inspiración le induce á rumiar el talento -ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian -su irreparable ultimidad.</p> - -<p>Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar -á sus iguales, como si reconocieran en ellos -una consanguineidad en línea directa; en el émulo -no ven nunca un rival. Los grandes críticos son -óptimos autores que escriben sobre temas propuestos -por otros, como los versificadores con pie forzado; -la obra ajena es una ocasión para exhibir las -ideas propias. El verdadero crítico enriquece las -obras que estudia y en todo lo que toca deja un -rastro de su personalidad.</p> - -<p>Los criticastros son, de instinto, enemigos de la -obra; desean achicarla por la simple razón de que -ellos no la han escrito. Ni sabrían escribirla cuando -el criticado les contestara: hazla mejor. Tienen las -manos trabadas por la cinta métrica; su afán de -medir á los demás responde al sueño de rebajarlos -hasta su propia medida. Son, por definición, prestamistas, -parásitos, viven de lo ajeno; cuando un -gran escritor es erudito se lo reprochan como una -falta de originalidad y si emplea una frase que -usaron otros le llaman plagiario, olvidando que -nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría.</p> - -<p>El criticastro mediocre es incapaz de enhilar<span class="pagenum"><a id="Page_208"></a> [Pg 208]</span> -tres ideas fuera del hilo que la rutina le enhebra; -su oronda ignorancia le obliga á confundir el mármol -con la chiscarra y la voz con el falsete, inclinándole -á suponer que todo escritor original es un -heresiarca. Los intelectos mediocres darían lo que -no tienen por saber escribir tanto como baste para -afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que no pueden -crear. Permite una maledicencia medrosa y -que no compromete, hecha de mendacidad prudente, -restringiendo las perversidades para que -resulten más agudas, sacando aquí una migaja y -dando allí un arañazo, velando todo lo que puede -ser objeto de admiración, rebajando siempre con -la oculta esperanza de que puedan aparecer á un -mismo nivel los críticos y los criticados. El escritor -original sabe que atormenta á los mediocres, -aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos -ante el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados -es el laurel que mejor premia su luminosa -inquietud. Á la gloria de un Homero llega siempre -apareada la ridiculez de un Zoilo.</p> - -<p>En cada género de actividad intelectual fermentan -estos seculares verdugos de la originalidad: no -perdonan al que incuba en su cerebro esa larva -sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio, -conspiran con una intemperancia de terroristas -y esgrimen sórdidas armas que harían -sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada -astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando -que existen hombres originales é indisciplinados, -capaces de subvertir rutinas y prejuicios, de<span class="pagenum"><a id="Page_209"></a> [Pg 209]</span> -encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar -su fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar -nuevos ideales á las razas envejecidas, de suprimir -la distancia, de violar la gravedad, de estremecer -á los gobiernos...</p> - -<p>Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos -los puntos cardinales para cantarle el homenaje -involuntario de su difamación. Aparecen por docenas, -por millares, como liliputienses en torno de -un gigante. Los contrabajistas de arrabal oprobiarán -la gloria de los supremos sinfonistas. Gacetilleros -anodinos consumarán bibliografías sobre algún -lejano pensador que los ignora. Muchos que en -vano han intentado acertar una mancha de color, -dejarán caer su chorro de prosa como si un robinete -de pus se abriera sobre telas que vivirán en -los siglos. Cualquier promiscuador de palabras enfestará -contra el que no sea un panarra ó un pravo. -Las mujeres feas demostrarán que la belleza -es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud -es insensata; vengarán su desgracia en el amor -diciendo que la castidad es suprema entre todas -las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras -para ofrecer la propia á los transeúntes. Y -los demás, todos en coro, repetirán que el genio, -la santidad y el heroísmo son aberraciones, locura, -epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, -la virtud y la dignidad, pondrán á esos talentos -por debajo de su propia penumbra, sin advertir -que donde el genio se resobra el mediocre no -llega. Si á éste le dieran á elegir entre ser Sha<span class="pagenum"><a id="Page_210"></a> [Pg 210]</span>kespeare -ó Sarcey no vacilaría un minuto: murmuraría -del primero con la firma del segundo.</p> - -<p>Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: -no reconocen el fuego de los astros porque -nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se entregan -de buena fe á los ideales ó las pasiones que -les toman del corazón; prefieren oponerles mil razonamientos -para privarse del placer de admirarlos. -Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, -la mansedumbre con la dignidad, la honestidad -con la virtud, la vanidad con el orgullo, rebajando -todo ideal hasta las bajas intenciones que -supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán -todo lo bello, olvidando que el trigo molido en harina -no puede ya germinar en áureas espigas, frente -al sol. «Es un gran signo de mediocridad—dijo -Leibnitz—elogiar siempre moderadamente.» Pascal -decía que los espíritus vulgares no encuentran -diferencias entre los hombres: se descubren más -tipos originales á medida que se posee mayor ingenio. -El verdadero mediocre es parvificente; admira -un poco todas las cosas, pero nada le merece -una admiración decidida. El que no admira -lo mejor, no puede mejorar. El que ve los defectos -y no las bellezas, las culpas y no los méritos, -las discordancias y no las armonías, muere en el -bajo nivel donde vejeta con la ilusión de ser un -crítico. Los que no saben admirar no tienen porvenir, -están inhabilitados para ascender hacia una -perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; -hay que cultivarla como un fuego sagra<span class="pagenum"><a id="Page_211"></a> [Pg 211]</span>do, -evitando que la envidia la cubra con su pátina -ignominiosa.</p> - -<p>La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo -es un sepulturero ecuánime: entierra en una -misma fosa á los críticos injustos y á los malos autores. -La mediocridad acosa colectivamente á los -originales; siendo éstos contados y aquella innumerable, -el número y la complicidad pueden contrastar -el éxito: pero no consiguen impedir la gloria. -Mientras los criticastros murmuran, el genio -crece; á la larga aquéllos quedan oprimidos y éste -siente deseos de compadecerlos, para impedir que -sigan muriendo á fuego lento.</p> - -<p>El verdadero castigo de los críticos está en la -muda sonrisa de los pensadores. El que critica á -un alto espíritu tiende la mano esperando una limosna -de celebridad; basta ignorarle y dejarle con -la mano tendida, negándole la notoriedad que le -conferiría el desdén. El silencio del genio mata -al mediocre; su indiferencia le asfixia. Algunas -veces supone que le han tomado en cuenta y que -se advierte su presencia; sueña que le han nombrado, -aludido, refutado, injuriado. Pero todo es -un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde -la penumbra, de donde no le saca el hombre -superior. El que tiene conciencia de su mérito no -se presta á inflar la vanidad del primer indigente -que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole -á perder su tiempo; elije sus adversarios -entre sus iguales, entre sus condignos. Los hombres -superiores pueden inmortalizar con una pala<span class="pagenum"><a id="Page_212"></a> [Pg 212]</span>bra -á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar -esa palabra; de muchos criticastros sólo tenemos -noticia porque algún genio los honró con su desprecio.</p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">Una escena dantesca: su castigo.</span></h3> - -<p>El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos -de favores, para hacerles sentir que su envidia es -recibida como un homenaje y no como un estiletazo; -los bienes que el envidioso recibe constituyen -su más desesperante humillación. Si no es posible -agasajarle, es necesario ignorarle; tomar -cuenta de su infamia sería hacerle favor.</p> - -<p>El envidioso es la primera víctima de su propio -veneno; la envidia le devora como el cáncer á la -víscera, le ahoga como la hiedra á la encina. Por -eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este -monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la -cabellera de serpientes que le amenazan sin cesar.</p> - -<p>Dante consideró á los envidiosos indignos del -infierno. En la sabia distribución de penas y castigos -los recluyó en el purgatorio, lo que se aviene -á su condición mediocre.</p> - -<p>Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, -sentados junto á un paredón lívido como -sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, formando -un panorama de cementerio viviente. El sol les -niega su luz: tienen los ojos cosidos con alambres, -porque nunca pudieron ver el bien del prójimo.<span class="pagenum"><a id="Page_213"></a> [Pg 213]</span> -Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus -conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco -regocijo cuando ellos fueron derrotados por los -florentinos. Y hablan otros, con voces trágicas, -mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la -palabra que Caín pronunció después de matar á -Abel. Porque el primer asesino de la leyenda bíblica -tenía que ser un envidioso.</p> - -<p>Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano -Antistenes, al saber que le envidiaban, contestó -con acierto: peor para ellos, tendrán que sufrir el -doble tormento de sus males y de mis bienes. Los -únicos gananciosos son los envidiados; es satisfactorio -sentirse adorar de rodillas.</p> - -<p>Es necesario provocar la envidia, estimularla, -acosarla, para tener la dicha de escuchar sus plegarias. -No ser envidiado es una garantía inequívoca -de mediocridad.</p> - - - -<div class="chapter"> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_214"></a>[Pg 214]<br /><a id="Page_215"></a>[Pg 215]</span></p> - <h2 class="nobreak">LA VEJEZ NIVELADORA</h2> -</div> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">LAS CANAS.</span>—II. <span class="smcap">ETAPAS DE LA DECADENCIA.</span>—III. -<span class="smcap">LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS.</span>—IV. <span class="smcap">LA PSICOLOGÍA DE LA -VEJEZ.</span>—V. <span class="smcap">VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">Las canas.</span></h3> - -<p>Encanecer es una cosa muy triste; las canas son -un mensaje de la Naturaleza que nos advierte la -proximidad del crepúsculo. Y no hay remedio. -Arrancarse la primera—¿quién no lo hace?—es -como quitar el badajo á la campana que toca el -<cite>Angelus</cite>, pretendiendo con ello prolongar el día.</p> - -<p>Las canas visibles corresponden á otras más -graves que no vemos; el cerebro y el corazón, todo -el espíritu y toda la ternura, encanecen al mismo -tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la -ceniza de los años es una metáfora literaria, desgraciadamente -incierta. La ceniza ahoga á la llama -y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la -brasa es la mediocridad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_216"></a>[Pg 216]</span></p> - -<p>Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan -entreabierta una rendija por donde escapan las -excepciones particulares. ¿Por qué no decir la -conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, -con rara excepción. La máxima desdicha de -un hombre superior es sobrevivirse á sí mismo, nivelándose -con los demás. ¡Cuántos se suicidarían -si pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre -que piensa al hombre que vegeta, del que empuja -al que es arrastrado, del que ara surcos nuevos -al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez -y mediocridad suelen ser desdichas paralelas.</p> - -<p>El «genio y figura, hasta la sepultura», es una -excepción muy rara en los hombres de ingenio excelente, -si son longevos; suele confirmarse cuando -mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad -crepuscular empañe los deslumbramientos del espíritu. -En general, si mueren tarde, una pausada -neblina comienza á velar su mente con los achaques -de la vejez; si la muerte se empeña en no venir, -los genios tórnanse extraños á sí mismos, supervivencia -que los lleva á no comprender su propia -obra. Les sucede como á un astrónomo que -perdiera su telescopio y acabara por dudar de sus -anteriores descubrimientos, al verse imposibilitado -para confirmarlos á simple vista.</p> - -<p>La decadencia del hombre que envejece está representada -por una regresión sistemática de la intelectualidad. -Al principio la vejez mediocriza á -todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza -al viejo ya mediocre.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_217"></a>[Pg 217]</span></p> - - -<p>Tal afirmación es un simple corolario de verdades -biológicas. La personalidad humana es una -formación continua, no una entidad fija; se organiza -y se desorganiza, evoluciona é involuciona, -crece y se amengua, se intensifica y se agota. Hay -un momento en que alcanza su máxima plenitud; -después de esa época es incapaz de acrecentarse -y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales -del descenso, los parpadeos de la llama interior -que se apaga.</p> - -<p>Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras -intenciones y deseos, ó cuando éstos son medidos -en previsión de fracasos posibles, podemos -afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á -meditar una intención es matarla; el hielo invade -traidoramente el corazón y la personalidad más libre -se amansa y domestica. La rutina es el estigma -mental de la vejez; el ahorro es su estigma social. -El hombre envejece cuando el cálculo utilitario -reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone -á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir -posible, ya no es joven; cuando opina que es -preferible tener de más á tener de menos, está -viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad -de vivir, ya está moralmente decrépito. La -avaricia es una exaltación de sentimientos egoístas -propios de la vejez. Muchos siglos antes de estudiarla -Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón -escribió palabras definitivas: «Nunca he oído -decir que un viejo haya olvidado el sitio en que -había ocultado su tesoro.» (<cite>De Senectute</cite>, c. 7). Y<span class="pagenum"><a id="Page_218"></a> [Pg 218]</span> -debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender -los fueros y alegrías de la vejez.</p> - -<p>Las canas son avaras y la avaricia es un árbol -estéril: la humanidad perecería si tuviese que alimentarse -de sus frutos. La moral burguesa del -ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; -hay graves peligros en predicarla; esa pasión -de coleccionar bienes que no se disfrutan se acrecienta -con los años, al revés de las otras. El que -es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar -por dinero en la vejez. La avaricia seca el corazón, -lo cierra á la fe, al amor, á la esperanza, al -ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo -á obscuras para evitar que su tesoro se gastase. -Además de aferrarse á lo que tiene, el avaro -se desespera por tener más, sin límite; es más miserable -cuanto más tiene; para soterrar talegas que -no disfruta, renuncia á la dignidad ó al bienestar; -ese afán de perseguir lo que no gozará nunca constituye -la más siniestra de las miserias.</p> - -<p>La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula -moral de los corazones envejecidos.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">Etapas de la decadencia.</span></h3> - -<p>La personalidad individual se constituye por sobreposiciones -sucesivas de la experiencia. Se ha -señalado una «estratificación del carácter»; la palabra -es exacta y merece conservarse para ulteriores -desenvolvimientos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_219"></a>[Pg 219]</span></p> - -<p>En sus capas primitivas y fundamentales yacen -las inclinaciones recibidas hereditariamente de los -antepasados: la «mentalidad de la especie». En -las capas medianas encuéntranse las sugestiones -educativas de la sociedad: la «mentalidad social». -En las capas superiores florecen las variaciones y -perfeccionamientos recientes de cada uno, los rasgos -personales que no son patrimonio colectivo: -la «mentalidad individual».</p> - -<p>Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones -más profundas contienen los fósiles -más antiguos, las primitivas bases de la personalidad -individual guardan celosamente el capital -común á la especie y á la sociedad. Cuando -los estratos recientemente constituidos van desapareciendo -por obra de la vejez, el psicólogo comienza -á descubrir la mentalidad del mediocre, -del niño y del salvaje, cuyas vulgaridades, simplezas -y atavismos reaparecen á medida que las canas -van reemplazando á los cabellos.</p> - -<p>Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto -atraviesa un período estacionario, durante el -cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, pero no -adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra -á su ocaso.</p> - -<p>Las funciones del organismo empiezan á decaer -á cierta edad. Esas declinaciones corresponden á -inevitables procesos histológicos de regresión orgánica. -Las funciones mentales, lo mismo que las -otras, decaen cuando comienzan á enmohecerse los -engranajes celulares de nuestros centros nerviosos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_220"></a>[Pg 220]</span></p> - - -<p>Es evidente que el individuo ignora su propio -crepúsculo: ningún viejo admite que su inteligencia -haya disminuído. El que esto escribe hoy, -creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga -más de sesenta años. Pero objetivamente considerado, -el hecho es indiscutible, aunque podrá haber -discrepancia para señalar límites generales á -la edad en que la vejez desvencija nuestros resortes. -Se comprende que para esta función, como -para todas las demás del organismo, la edad de -envejecer difiere de individuo á individuo; los sistemas -orgánicos en que se inicia la involución son -distintos en cada uno. Hay quien envejece antes -por sus órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos; -y hay quien conserva íntegras algunas de sus -funciones hasta más allá de los límites comunes. -La longevidad mental es un accidente; no es la -regla.</p> - -<p>La vejez inequívoca es la que pone más arrugas -en el espíritu que en la frente. La juventud no es -simple cuestión de estado civil y puede sobrevivir -á alguna cana: es un don de vida expresiva -y febril. Muchos adolescentes no lo tienen y algunos -viejos desbordan de él. Hay hombres que -nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente -agostados, no encontraron calor las -opiniones extremas ni aliento las exageraciones -románticas. En esos mediocres, la única precocidad -es la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción -que guardan algunas originalidades hasta -sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero,<span class="pagenum"><a id="Page_221"></a> [Pg 221]</span> -en unos antes y en otros después, despacio ó de -prisa, el tiempo consuma su obra y transforma -nuestras ideas, sentimientos, pasiones, energías, -según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo, -que cambia todo, cambia también nuestros humores».</p> - -<p>El proceso de involución intelectual sigue el mismo -curso que el de su organización, pero invertido. -Primero desaparece la «mentalidad individual», -más tarde la «mentalidad social», y, por último, -la «mentalidad de la especie».</p> - -<p>La vejez comienza por hacer de todo individuo -un hombre mediocre. La mengua mental puede, -sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes celulares -del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad -de las asociaciones neuronales se atenúa -cada vez más y la obra destructora de la decrepitud -es más profunda. Los achaques siguen desmantelando -sucesivamente las capas del carácter, -desapareciendo una tras otra sus adquisiciones secundarias, -las que reflejan la experiencia social. -El anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco -á poco á su primitiva mentalidad infantil, conservando -las adquisiciones más antiguas de su personalidad, -que son, por ende, las mejor consolidadas. -Es notorio que la infancia y la senectud se -tocan; todos los idiomas consagran esta observación -en refranes harto conocidos. Ello explica las -profundas transformaciones psíquicas de los viejos; -el cambio total de sus sentimientos (especialmente -los sociales y altruistas), la pereza pro<span class="pagenum"><a id="Page_222"></a> [Pg 222]</span>gresiva -para acometer empresas nuevas (con discreta -conservación de los hábitos consolidados -por antiguos automatismos) y la duda ó la apostasía -de las ideas más personales (para volver primero -á las ideas comunes en su medio y luego á -las profesadas en la infancia ó por los antepasados).</p> - -<p>La mejor prueba de ello—que los ignorantes -suelen citar contra la «ciencia»—la encontramos -en los hombres de más elevada mentalidad y de -cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos -un cambio radical de opiniones acerca de los más -altos problemas filosóficos, á medida que la vejez -hace decaer las aptitudes originalmente definidas -durante la edad viril.</p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">La bancarrota de los ingenios.</span></h3> - -<p>Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La -marcha progresiva del proceso impide advertir -esa evolución en las personas que nos rodean; es -como si una claridad se apagara tan de á poco que -pudiera llegarse á la obscuridad absoluta sin advertir -en momento alguno la transición.</p> - -<p>Á la natural lentitud del fenómeno agréganse -las diferencias que él reviste en cada individuo. -Los mediocres, que sólo llegan á adquirir un reflejo -de la mentalidad social, poco tienen que perder -en esta inevitable bancarrota: es el empobrecimiento -de un pobre. Y cuando, en plena senectud,<span class="pagenum"><a id="Page_223"></a> [Pg 223]</span> -su mentalidad social se reduce á la mentalidad de -la especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese -pasaje de la pobreza á la miseria.</p> - -<p>En el hombre superior, en el talento ó en el genio, -se notan claramente esos estragos. ¿Cómo -no llamaría nuestra atención un antiguo millonario -que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? -El hombre superior deja de serlo, se nivela. -Sus ideas propias, organizadas en el período de -perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas -por ideas comunes ó inferiores. El genio nunca es -tardío, aunque pueda revelarse tardíamente su -fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas -en la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero -siempre la revelan las obras pensadas en la vejez -misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» por -respeto al autor de la primera; no podemos salir -de ello sin recordar que «nunca segundas partes -fueron buenas», adagio inapelable si la primera -fué obra de juventud y la segunda es fruta de -vejez.</p> - -<p>Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de -esta metamorfosis psicológica. El joven Kant, -verdaderamente «crítico», había llegado á la convicción -de que las tres grandes potencias del misticismo: -Dios, libertad é inmortalidad del alma, -eran insostenibles ante la «razón pura»; el Kant -envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, -que esos tres fantasmas son postulados de la «razón -práctica», y, por lo tanto, indispensables. -Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el<span class="pagenum"><a id="Page_224"></a> [Pg 224]</span> -contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto -más ruidosa é irreparable preséntase la contradicción -entre el joven y el viejo Kant. El mismo -Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir -una puerta al dualismo con su «incognoscible». -Virchow, en plena juventud, creó la patología -celular, sin sospechar que terminaría renegando -sus ideas de naturalista filósofo. Lo mismo -que él hicieron Wallace, Romanes, Du-Bois Reymond -y C. E. Baer.</p> - -<p>Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto -á Lombroso caer en sus últimos años en ingenuidades -infantiles, explicables por su debilitamiento -mental, á punto de llorar conversando con -el alma de su madre en un trípode espiritista. James, -que en su juventud fué portavoz de la psicología -evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse -en especulaciones morales que sólo él -comprendió. Y, por fin, Tolstoy, cuya juventud -fué pródiga de admirables novelas y escritos, que -le hicieron clasificar como escritor anarquista, en -los últimos años escribió artículos adocenados que -no firmaría un gacetillero vulgar, para extinguirse -en esa peregrinación mística que puso en ridículo -las horas últimas de su vida física. La mental había -terminado mucho antes.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_225"></a>[Pg 225]</span></p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">Psicología de la vejez.</span></h3> - -<p>La sensibilidad se atenúa en los viejos y se -embotan sus vías de comunicación con el mundo -que les rodea; los tejidos se endurecen y tórnanse -menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á -la inercia, busca el menor esfuerzo; así como la -pereza es una vejez anticipada, la vejez es una -pereza que llega fatalmente en cierta hora de la -vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica -es una atrofia de los elementos superiores -(musculares y nerviosos), con desarrollo de los -inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares -se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á -los tejidos; el peso y el volumen del sistema nervioso -central se reduce, como el de todos los tejidos -propiamente vitales; la musculatura flácida -impide mantener el cuerpo erecto; los movimientos -pierden su agilidad y su precisión. En el -cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se -alteran las transformaciones químicas y el tejido -conjuntivo prolifera, haciendo degenerar las células -más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, -no puede subsistir el equilibrio de las funciones: -la disolución de la vida intelectual y afectiva -sigue ese curso fatal, perfectamente estudiado por -Ribot en el último capítulo de su <cite>Psicología de -los sentimientos</cite>.</p> - -<p>Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, -tanto por su ineptitud creadora como por su<span class="pagenum"><a id="Page_226"></a> [Pg 226]</span> -achicamiento moral. Al período expansivo sucede -el de concentración; la incapacidad para el asalto -perfecciona la defensa. La insensibilidad física se -acompaña de analgesia moral; en vez de participar -del dolor ajeno, el viejo acaba por no sentir ni -el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece -advertirle que una fuerte emoción puede gastar -energía, y se endurece contra el dolor, como la -tortuga se retrae bajo su caparazón cuando presiente -un peligro. Así llega á sentir un odio oculto -por todas las fuerzas vivas que crecen y avanzan, -un sordo rencor contra todas las primaveras.</p> - -<p>La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas -y absorbentes. Todo viejo cree que los jóvenes -le desprecian y desean su muerte para suplantarle. -Traduce tal manía por hostilidad á la juventud, -considerándola muy inferior á la de su -tiempo, así como las nuevas costumbres á que -no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas -exige la parte más grande, contrariando toda iniciativa, -desdeñando las corazonadas y escarneciendo -los ideales, sin recordar que en otro tiempo -pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera -comprometedor ó detestable.</p> - -<p>Ésa es la verdadera psicología del hombre que -envejece. La edad «atenúa ó anula el celo, el ardor, -la aptitud para creer, descubrir ó simplemente -saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. -Omito las rarísimas excepciones que exigirían, -cada una, un examen particular. Para la mayoría -de los hombres, el debilitamiento vital su<span class="pagenum"><a id="Page_227"></a> [Pg 227]</span>prime -de seguida el gusto de esas cosas superfluas. -Señalemos, también, con la vejez, la hostilidad -decidida contra las innovaciones: nuevas -formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas -maneras de plantear ó tratar los problemas -científicos. El hecho es tan notorio, que no exige -pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, -cada generación reniega á la que le sigue. La explicación -común de ese «misoneísmo», es la existencia -de hábitos intelectuales ya organizados. -Ellos serían conmovidos por un contraste violento, -si tuvieran una capacidad de emoción ó de pasión. -Esto último es lo que falta en los viejos, por apagamiento -de la vida afectiva. Agrega Ribot que á -esa disolución de los sentimientos superiores sigue -la de todos los sentimientos altruístas y la de los -egoaltruistas, perdurando hasta el fin los egoístas, -cada vez más aislados y predominantes en la personalidad -del viejo. Ellos mismos naufragan en la -ulterior senilidad.</p> - -<p>Los diversos elementos del carácter disuélvense -en orden inverso al de su formación. Los que -han llegado al fin son menos activos, dejan impresiones -poco persistentes, son adventicios, incoordinados. -Esto revélase en la regresión de la memoria -en los viejos; los fantasmas de las primeras -impresiones juveniles siguen rondando en su mente, -cuando ya han desaparecido los más cercanos, -los del día anterior. La falta de plasticidad hace -que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros, -ó muy débiles, mientras los antiguos se han<span class="pagenum"><a id="Page_228"></a> [Pg 228]</span> -grabado hondamente en materia más sensible y -sólo se borran con la destrucción de los órganos.</p> - -<p>Con la facultad de crecer de los neurones en el -hombre joven, y su poder de crear nuevas asociaciones, -explicaría Cajal la capacidad de adaptación -del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas -ideológicos; la detención de las funciones neuronales -en los ancianos, ó en los adultos de cerebro -atrofiado por falta de ilustración ú otra causa, permite -comprender las convicciones inmutables, la -inadaptación al medio moral y las aberraciones -misoneístas. Se concibe, igualmente, que la amnesia, -la falta de asociación de ideas, la torpeza intelectual, -la imbecilidad, la demencia, puedan producirse -cuando—por causas más ó menos mórbidas—la -articulación entre los neurones llega á ser -floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan -y dejan de estar en contacto, ó cuando las esferas -mnemónicas se desorganizan parcialmente. Para -formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta -la conservación mayor de las antiguas memorias -juveniles; las vías de asociación creadas hace mucho -tiempo y ejercitadas durante algunos años, -han adquirido indudablemente una fuerza mayor -por haber sido organizadas en la época en que los -neurones poseían su más alto grado de plasticidad.</p> - -<p>Sin conocer la histología de los centros nerviosos, -Lucrecio (III, 452) observó que la ciencia -y la experiencia pueden crecer andando la vida, -pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras<span class="pagenum"><a id="Page_229"></a> [Pg 229]</span> -loables cualidades se marchitan y languidecen al -sobrevenir la vejez:</p> - -<div class="blockquot"> - -<p>Ubi jam validis quassatum est viribus aevi -corpus, et obtusis ceciderunt viribus artus, -claudicat ingenium, delirat linguaque mensque.</p></div> - -<p>Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años -cada individuo ha anunciado lo que de él puede -esperarse y afirma que ningún alma obscura hasta -esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda -el proverbio usual en el Delfinado: «Si l'épine ne -pique pas en naissant, à peine piquera-t-elle jamais», -y agrega que casi todas las grandes acciones de la -historia han sido realizadas antes de los treinta -años. (<cite>Essais</cite>, lib. I, cap. LVII.)</p> - -<p>Á distancia de siglos un espíritu absolutamente -diverso llega á las mismas conclusiones. «El descubrimiento -del segundo principio de la energética -moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía -veintiocho años al publicar su Memoria. Mayer, -Joule y Helmoltz tenían veinticinco, veintiséis y -veinticinco, respectivamente; ninguno de estos -grandes innovadores había llegado á los treinta -años cuando se dió á conocer. Las épocas en que -sus trabajos aparecieron no representan el momento -en que fueron concebidos; hubieron de pasar -algunos años antes de que tuviesen desarrollo suficiente -para ser expuestos y de que ellos encontraran -medios de publicarlos. Asombra la juventud -de estos maestros de la ciencia; estamos acos<span class="pagenum"><a id="Page_230"></a> [Pg 230]</span>tumbrados -á considerarla como privilegio de una -edad más avanzada, y nos parece que todos ellos -han faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose -abrir nuevos caminos á la verdad. Se dirá que -la solución de esos problemas por verdaderos muchachos -fué una singular y excepcional casualidad; -fácil es comprobar que ocurre lo mismo en todos -los dominios de la ciencia: la gran mayoría de los -trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron -la obra de jóvenes que acababan de transponer -los veinte años. No es éste el sitio para buscar las -causas y las consecuencias de ese hecho; pero es -útil recordarlo, pues aunque señalado más de una -vez, está muy lejos de ser reconocido por los que -se dedican á educar la juventud. Los trabajos de -hombres jóvenes son de carácter principalmente -innovador; el mecanismo de la instrucción pública -no debe ser obstáculo á ellos... permitiéndoles -desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes -en los institutos superiores, en vez de agotar -prematuramente, como ocurre ahora, un gran -número de talentos científicos originales.» (W. -Ostwald: <cite>L'Energie</cite>, cap. V). Y para que sus -conclusiones no parezcan improvisadas el eminente -filósofo las ha desenvuelto en su último libro -(<cite>Les grands hommes</cite>), donde el problema -del genio juvenil está analizado con criterio experimental.</p> - -<p>Por eso las academias suelen ser cementerios -donde se glorifica á hombres que ya han dejado -de existir para su ciencia ó para su arte. Es natu<span class="pagenum"><a id="Page_231"></a> [Pg 231]</span>ral -que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; -dar entrada á un joven significaría enterrar á -un vivo.</p> - - -<h3>V.—<span class="smcap">La virtud de la impotencia.</span></h3> - -<p>Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y -Montaigne hasta Ribot y Ostwald; pero los viejos -no renunciarán á sus protestas contra los jóvenes, -ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las -canas.</p> - -<p>Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos -parecen ignorar que serán viejos: el camino á recorrer -es siempre el mismo, de la originalidad á la -mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.</p> - -<p>¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes -revolucionarios terminen siendo viejos conservadores? -¿Y qué de extraño en la conversión -religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo -podría el hombre, activo y emprendedor á los treinta -años, no ser apático y prudente á los ochenta? -¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos haga avaros, -misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo -paulatinamente los sentidos y la inteligencia, -como si una mano misteriosa fuera cerrando -una por una todas las ventanas entreabiertas -frente á la realidad que nos rodea?</p> - -<p>La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son -los términos inviolables de la vida; ella nos dice -con voz firme que lo normal no es nacer ni morir<span class="pagenum"><a id="Page_232"></a> [Pg 232]</span> -en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos -para crecer; envejecemos para morir. Todo lo que -la Naturaleza nos ofrece para el crecimiento, nos -lo sustrae preparando la muerte.</p> - -<p>Sin embargo, los viejos protestan de que no se -les respeta bastante, mientras los jóvenes se desesperan -por lo excesivo de ese respeto. La historia -es de todos los tiempos. Cicerón escribió su <cite>De -Senectute</cite> con el mismo espíritu con que hoy Faguet -escribe ciertas páginas de su ensayo sobre <cite>La -Vieillesse</cite>. Aquél se quejaba de que los viejos -fueran poco respetados en el imperio; éste se queja -de que lo sean menos en la democracia. Asombran -las palabras de Faguet cuando afirma que los -viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello -la negación de una competencia más. Alega que -en los pueblos primitivos, como hoy entre los salvajes, -son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia -se explica donde no hay más ciencia que -la experiencia y los viejos lo saben todo, pues -cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber -visto muchos similares. Dice Faguet que el -libro, puesto en manos de los jóvenes, es el enemigo -de la experiencia que monopolizan los viejos. -Y se desespera porque el viejo ha caído en -ridículo, aunque comete la imprudencia de juzgarle -con verdad: <i lang="fr" xml:lang="fr">convenons de bonne grâce qu'il -prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est -verbeux, il est conteur, il est ennuyeux, il est -grondeur et son aspect est désagréable</i>: ningún -joven ha escrito una silueta más sintética que esa,<span class="pagenum"><a id="Page_233"></a> [Pg 233]</span> -incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia.</p> - -<p>Faguet opina que el viejo está desterrado de las -mediocracias contemporáneas. Grave error, que -sólo prueba su vejez.</p> - -<p>Toda democracia es propicia á la mediocridad -y enemiga de cualquier excelencia individual; por -eso los jóvenes originales no participan del gobierno -hasta que hayan perdido su arista propia. -La vejez los nivela, rebajándolos hasta los modos -de pensar y sentir que son comunes á su grupo -social. Por esto las funciones directivas han sido -en toda época patrimonio de la edad madura; la -«opinión pública» de los pueblos, de las clases ó -de los partidos, suele encontrar en los hombres -que fueron superiores y empiezan ya á decaer el -exponente más inequívoco de su mediocridad. En -la juventud, son considerados peligrosos. Mientras -el individuo superior piensa con su propia cabeza, -no puede pensar con la cabeza de la sociedad.</p> - -<p>No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces -respectivas, señalaron Platón, Aristóteles y -Montesquieu, antes que Faguet. Afirmar que por -el camino de la vejez se llega á la mediocridad es -la aplicación simple de un principio regresivo que -rige á todos los organismos vivos y los prepara á -la muerte. ¿Por qué extrañarnos de esa decadencia -mental si estamos acostumbrados á ver desteñir -las hojas y deshojarse los árboles cuando el -otoño llega perseguido por el invierno?</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_234"></a>[Pg 234]</span></p> - -<p>Admiremos á los viejos por las superioridades -que hayan poseído en la juventud. No incurramos -en la simpleza de esperar una vejez santa, heroica -ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; -la vejez siega todas las originalidades con su -hoz niveladora. Esos mediocres representativos, -que ascienden al gobierno y á las dignidades después -de haber pasado sus mejores años en la inercia -ó en la orgía, en el tapete verde ó entre rameras, -en la expectativa apática ó en la resignación -humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo, -esquivando la lucha, temiendo los adversarios, -y renunciando los peligros, no merecen la confianza -de sus contemporáneos ni tienen derecho de -catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen -pronunciadas en falsete y mueven á risa. Los hombres -de carácter elevado no hacen á la vida la injuria -de malgastar su juventud, ni confían á la incertidumbre -de las canas la iniciación de obras -que sólo pueden concebir las mentes frescas y realizar -los brazos viriles.</p> - -<p>La experiencia complica la tontería de los mediocres, -pero no puede convertirlos en genios; la -vejez no abuena al perverso, lo torna inútil para -el mal. El diablo no sabe más por viejo que por -diablo. Si se arrepiente no es por santidad, sino -por impotencia.</p> - - - -<div class="chapter"> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_235"></a>[Pg 235]</span></p> - - <h2 class="nobreak">LA MEDIOCRACIA</h2> -</div> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.</span>—II. <span class="smcap">LA POLÍTICA DE LAS -PIARAS.</span>—III. <span class="smcap">DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA -INJUSTICIA.</span>—IV. <span class="smcap">LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN -LA DESIGUALDAD.»</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">El clima de la mediocridad.</span></h3> - -<p>En raros momentos la pasión caldea la historia -y los idealismos se exaltan: cuando las naciones se -constituyen y cuando se renuevan. Primero es secreta -ansia de libertad, lucha por la independencia -más tarde, luego crisis de consolidación institucional, -después vehemencia de expansión ó pujanza -de imperialismo. Los genios hablan con palabras -líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; -ponen los héroes su corazón en la balanza -del destino.</p> - -<p>Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas -intercadencias de encebadamiento. La historia no -conoce un solo caso en que altos ideales trabajen<span class="pagenum"><a id="Page_236"></a> [Pg 236]</span> -con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay -horas de palingenesia y las hay de apatía, como -vigilias y sueños, días y noches, primaveras y otoños, -en cuyo alternarse infinito se divide la continuidad -del tiempo.</p> - -<p>En ciertas horas la nación se aduerme dentro -del país. El organismo vegeta; el espíritu se amodorra. -Los apetitos acosan á los ideales, tornándose -dominadores y agresivos. No hay astros en el -horizonte ni oriflamas en los campanarios. Ningún -clamor de pueblo se percibe; no resuena el eco -de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en -torno de los manteles oficiales para alcanzar alguna -migaja de la merienda. Es el clima de la mediocridad. -Los estados tórnanse mediocracias.</p> - -<p>Entra á la penumbra toda tendencia idealista, -intelectual, estética, el culto por la verdad, el afán -de admiración, la fe en creencias firmes, la exaltación -de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, -el desinterés, la abnegación, todo lo que -está en el camino de la virtud y de la santidad, del -talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo. -En un mismo diapasón utilitario se templan todos -los espíritus. Se habla por refranes, como discurría -Panza; se cree por catecismos, como predicaba -Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil -Blas. El culto de la rutina, de los prejuicios y de -las domesticidades encuentra fervorosos adeptos -en los que pretenden representar á los rebaños -militantes; los más encumbrados portavoces de las -mediocracias resultan esclavos de su clima. Son<span class="pagenum"><a id="Page_237"></a> [Pg 237]</span> -actores á quienes les está prohibido improvisar: de -otro modo romperían el molde á que se ajustan las -demás piezas del mosaico.</p> - -<p>Platón no concibió la mediocridad ni estudió al -hombre mediocre. Sin quererlo, al decir de la democracia: -«Es el peor de los buenos gobiernos, -pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. -Han transcurrido siglos; la sentencia -conserva su verdad. Las democracias contemporáneas, -vistas de fuera, son refractarias á la culminación -de todo ideal. Son estados sin ser naciones; -países, no patrias. En cada comarca una oligarquía -de mediocres detenta los engranajes del -mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos -desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. -Aquí son castas advenedizas, allí sindicatos -industriales, acullá facciones de parlaembaldes. -Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar -con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros -que buscan la encrucijada más impune -para explotar á la sociedad.</p> - -<p>Políticos mediocres hay en todos los tiempos y -bajo todos los regímenes. Pero encuentran mejor -clima en las burguesías sin ideales. Donde -todos creen poder hablar, callan los sabios; la -mediocridad prefiere escuchar á los más viles embaidores. -Cuando el ignorante se cree igualado al -estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al -elocuente y el burdégano al digno, la escala del -mérito desaparece en una oprobiosa nivelación de -villanía. Eso es la mediocracia: todos pretenden<span class="pagenum"><a id="Page_238"></a> [Pg 238]</span> -hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada -uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar -voracidades oligárquicas. Esa chatura moral -es más grave que la aclimatación á la tiranía; nadie -puede volar donde todos se arrastran. Conviénese -en llamar urbanidad á la hipocresía, distinción -al amaricamiento, cultura á la timidez, tolerancia -á la complicidad; la mentira proporciona -estas denominaciones equívocas. Y los que así -mienten son enemigos de sí mismos y de la patria, -deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, -carcomiendo la dignidad común.</p> - -<p>En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse -las mediocracias por senderos innobles. La -obsesión de acumular tesoros materiales, ó el torpe -afán de usufructuarlos en la holganza, borra -del espíritu colectivo todo rastro de ensueño. Los -países dejan de ser patrias. Cualquier ideal agoniza -ó muere; van desmereciendo el ingenio y el -mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están -de más; la pesadez de la atmósfera cierra sus alas -y dejan de volar. Su presencia estorba á traficantes -y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á -los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas -del espíritu son despreciadas. No siéndole propicio -el clima sus cultores son contados. No llegan -á inquietar á las mediocracias; están proscritos -dentro del país, que mata á fuego lento sus ideales, -sin necesitar desterrarlos. Cada hombre queda -preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_239"></a>[Pg 239]</span></p> - - -<p>Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que -varía es su prestigio y su influencia. En los climas -líricos muéstranse humildes, son tolerados; nadie -los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se -entibian los ideales y se reemplaza lo cualitativo -por lo cuantitativo, se empieza á contar con ellos. -Apercíbense entonces de su número, se cuentan, -se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. -Crecen en la justa medida en que el clima se atempera. -Las ficciones democráticas igualan el sabio -al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista: -cada uno tiene un voto y el supremo derecho -es votar. La mediocridad se condensa, conviértese -en sistema, es incontrastable.</p> - -<p>Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: -las creaciones y las profecías son imposibles si no -están en el alma de la época. La aspiración de lo -mejor no es privilegio de todas las generaciones. -Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada -ó conmovida por un genio, la siguiente descansa -y se dedica á vivir de glorias pasadas, conmemorándolas -sin fe; las facciones dispútanse los -manejos administrativos, compitiendo en manosear -todos los ideales. La ausencia de éstos se disfraza -con exceso de pompa y de palabras; acállase -cualquier protesta con la participación en los -festines; se proclaman las mejores intenciones y -se practican bajezas abominables; se miente la democracia; -se miente la ciencia; se miente el arte; -se miente la justicia; se miente el carácter. Todo -se miente con la anuencia de todos; cada hombre<span class="pagenum"><a id="Page_240"></a> [Pg 240]</span> -pone precio á su complicidad, un precio razonable -que oscila entre un empleo y una decoración.</p> - -<p>Los gobernantes no crean tal estado de cosas y -de espíritus: lo representan. Cuando las naciones -dan en bajíos, los ideales son suplantados por voracidades -insaciables: alguna facción de mediocres -se apodera del engranaje constituido ó reformado -por hombres geniales. Florecen legisladores, -pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios -por legiones: las leyes se multiplican, sin -reforzar por ello su eficacia. Las ciencias conviértense -en mecanismos oficiales, en institutos y academias -donde el genio no se forma jamás y al mismo -ingenio se le impide que crezca: su presencia -humillaría con la fuerza del contraste. Las artes -tórnanse industrias patrocinadas por el Estado, -reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión -de nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación -de artistas y poetas parece aguzarse en -descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse -por ellas. En tales épocas los astros no surgen. -Huelgan: la sociedad no los necesita; bástale su -cohorte de funcionarios. El nivel de los gobernantes -desciende hasta marcar el cero: la mediocracia -es una confabulación de los ceros contra las -unidades. Cien políticos mediocres, juntos, no valen -un estadista genial. Sumad diez ceros, cien, -mil, todos los de las matemáticas y no tendréis -cantidad alguna, ni siquiera negativa. Los políticos -mediocres marcan el cero absoluto en el termómetro -de la historia, conservándose limpios de<span class="pagenum"><a id="Page_241"></a> [Pg 241]</span> -infamia y de virtud. Roque gobernando la ínsula: -equidistante de Nerón y de Marco Aurelio.</p> - -<p>Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; -entíbiase la ansiedad de las cosas elevadas, -prosperando á su contra el afán de los suntuosos -formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen -prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; -los que no roban resultan alhajas. El concepto -del mérito se torna negativo: las sombras -son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente -mediocre ó lo mediocrizado por la senilidad. -En vez de héroes, genios ó santos, anúncianse -los apacibles administradores, milagrosos -arquetipos de la mediocridad reinante, como aquel -Popeo Sabino <em>par negotiis neque supra</em>. Pero el -estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan, -predican y anuncian alguna parte de un ideal, están -ausentes. Nada tienen que hacer.</p> - -<p>La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. -La regla conoce pocas excepciones en la -historia. Las mediocracias negaron siempre las virtudes, -las bellezas, las grandezas, dieron el veneno -á Sócrates, el leño á Cristo, el puñal á César, el -destierro á Dante, la cárcel á Bacon, el fuego á Bruno; -y mientras escarnecían á esos hombres ejemplares, -aplastándolos con su saña ó armando contra -ellos algún brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre -á pomposos pavoreales ó ponían su hombro -para sostener las más torpes tiranías. Á un precio: -que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad -necesaria para usufructuar sus riquezas.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_242"></a>[Pg 242]</span></p> - -<p>En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil -de ejercitar: las cortes se pueblan de serviles, -apandillados por batos enflautadores. Mesnadas -de retóricos parlotean <em>pane lucrando</em>: aspirantes -á algún bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, -en cuyas conciencias está siempre colgado -el albarán ignominioso. Las mediocracias apuntálanse -en los apetitos de los que ansían vivir de -ellas y en el miedo de los que temen perder la pitanza. -La indignidad civil es ley en esos climas. -Todo hombre declina su personalidad al convertirse -en funcionario: no lleva visible la cadena al -pie, como el esclavo, pero la arrastra ocultamente, -amarrada en su intestino. Ciudadanos de una -patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin -la cebada oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, -sobreponiendo los apetitos á las aspiraciones, el -sentido moral se degrada y la decadencia se aproxima. -En vano se buscan remedios en la glorificación -del pasado. De ese atafagamiento los pueblos no -despiertan loando lo que fué, sino sembrando el -porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.</p> - -<p>Los países son expresiones geográficas y los estados -son equilibrios de instituciones. Una patria -es mucho más y es otra cosa: sincronismo de espíritus -y de corazones, temple uniforme para el -esfuerzo, homogénea disposición para el sacrificio, -simultaneidad en la aspiración de la grandeza y -en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad -de esperanzas no hay patria, no puede haberla: -hay que tener ensueños comunes, desear jun<span class="pagenum"><a id="Page_243"></a> [Pg 243]</span>tos -grandes cosas y sentirse decididos á realizarlas, -con la seguridad de que ninguno se quedará -en mitad del camino contando sus talegas. No basta -acumular riquezas para crear una patria: Cartago -no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, -las industrias afiebradas y las lluvias generosas -hacen de un país un estado rico: se necesitan ideales -de cultura para que en él haya una patria.</p> - -<p>Mientras un país no es patria, sus habitantes no -constituyen una nación. El sentimiento de la nacionalidad -sólo existe en los que se sienten acomunados -para perseguir un mismo ideal: las naciones -más homogéneas son las que cuentan más -hombres capaces de sentirlo y de servirlo. Es más -intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas. -La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, -impídeles ver en el patriotismo el más alto ideal; -el <i lang="fr" xml:lang="fr">déclassé</i>, ajeno á la nación, tampoco lo concibe; -el esclavo y el siervo tienen un país natal. -Sólo el digno y el libre pueden tener una patria.</p> - -<p>Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento -nace en muchos, pero permanece rudimentario; -en pocos elegidos llega á ser dominante -y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces -de piara ó de cofradía. Cuando los intereses -de la mediocridad sobrepónense á los ideales -de los espíritus cultos, que constituyen el alma de -una nación, el sentimiento nacional se corrompe: -la patria es explotada como una empresa. Cuando -se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa -que en cada ingenio original puede estar una<span class="pagenum"><a id="Page_244"></a> [Pg 244]</span> -partícula de la gloria común, la nación se abisma. -Los ciudadanos vuelven á la condición de habitantes. -La patria á la de país.</p> - -<p>Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila -de la nación necesitara parpadear en su mirada -hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres -aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, -mientras los genios tórnanse invisibles. Todo -se dobla y abaja, desapareciendo la molicie individual -en la común: diríase que en la culpa colectiva -se esfuma la responsabilidad de cada uno. -Cuando el conjunto se dobla, como en el barquinazo -de un buque, parece, por relatividad, que -ninguna cosa se doblara. Sólo quien se levanta, y -mira desde otro plano á los que navegan, advierte -su descenso, como si frente á ellos fuese un punto -inmóvil: un faro en la costa.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">La política de las piaras.</span></h3> - -<p>El instrumento de esa contaminación general -es, en nuestra época, el sistema parlamentario: -todas las formas de parlamentarismo. Antes presumíase -que para gobernar se requería cierta ciencia -y el arte de aplicarla; ahora se ha convenido -que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los árbitros inapelables -de esa ciencia y de ese arte.</p> - -<p>La política se degrada, conviértese en profesión. -Los espíritus subalternos florecen en los establos -del sufragio universal. En la bajamar sube lo ra<span class="pagenum"><a id="Page_245"></a> [Pg 245]</span>hez -y se acorchan los traficantes. Toda excelencia -desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura -una moral hostil á la firmeza y propicia al -relajamiento. El gobierno va á manos de gentualla -que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves -y álzanse los muladares. El lauredal se agosta y -los cardizales se multiplican. Los palaciegos se -mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos -y volatineros. Nadie piensa, donde todos -lucran; nadie sueña, donde todos tragan. Lo que -antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase -jactancia de astucia; lo que otrora mataba, -ahora vivifica, como si hubiera una aclimatación -al ridículo; sombras envilecidas se levantan y parecen -hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, -en vez de ser vergonzante y pudorosa. Lo que -en las patrias se cubría de vergüenza, en los países -cúbrese de honores.</p> - -<p>Las jornadas electorales son humillantes en los -países mediocrizados: enjuagues de mercenarios ó -pugilatos de aventureros, cuando no arrebatos de -sectarios. Su justificación está á cargo de electores -inocentes, que van á la parodia como á una -fiesta del ideal.</p> - -<p>Las facciones son adversas á todas las originalidades. -Hombres ilustres pueden ser víctimas del -voto de la canalla: los partidos adornan sus listas -con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad -de parapetarse tras el blasón intelectual -de algunos selectos. Cada piara se forma un estado -mayor que disculpe la pretensión de gobernar<span class="pagenum"><a id="Page_246"></a> [Pg 246]</span> -á su país, encubriendo las restantes vanidades ó -piraterías con el pretexto de sostener intereses de -partidos. Las excepciones no son toleradas en homenaje -á las virtudes: las piaras no admiran ninguna -superioridad. Explotan el prestigio del pabellón -para dar paso á su mercancía de contrabando; -descuentan en el banco del éxito merced á la -firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay -docenas de sombras insignificantes.</p> - -<p>Aparte esas excepciones, que existen en todas -partes, la masa de «elegidos del pueblo» es subalterna -y profesional, pelma de vanidosos, deshonestos -y serviles.</p> - -<p>Los primeros derrochan su fortuna por acceder -al Parlamento. Ricos terratenientes ó poderosos -industriales pagan á peso de oro los votos coleccionados -por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos -abren sus alcancías para comprarse el -único diploma accesible á su mentalidad amorfa; -asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, -sin más capital que su constancia y sus millones. -Necesitan ser alguien; creen conseguirlo incorporándose -á las piaras.</p> - -<p>Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento -para entregarse á especulaciones lucrativas. -Venden su voto á empresas que muerden las -arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes -negocios con el erario, cobrando sus discursos á -tanto por minuto; pagan con destinos y dádivas -oficiales á sus electores; comercian su influencia -al menudeo para obtener concesiones en favor de<span class="pagenum"><a id="Page_247"></a> [Pg 247]</span> -su clientela. Su gestión política suele ser tranquila: -un hombre de negocios está siempre con la -mayoría. Apoya á todos los gobiernos.</p> - -<p>Los serviles merodean por los Congresos en -virtud de la flexibilidad de sus espinazos. Lacayos -de un grande hombre, ó instrumentos ciegos de -su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las -consignas de la otra. No se les pide talento, elocuencia -ó probidad: basta con la certeza de su -panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor -y sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, -dispuestos siempre á batir palmas cuando -él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una -votación.</p> - -<p>En las democracias más novicias, llamadas repúblicas -por burla, los congresos puéblanse de -mansos protegidos de las oligarquías dominantes. -Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, -afeminadas: las mayorías miran al porquero esperando -una guiñada ó una seña. Si alguno se aparta -está perdido; los que se rebelan son proscritos sin -apelación.</p> - -<p>Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores -de algún apostolado ó representantes de -fanatismos colectivos; si el tiempo no los domestica, -ellos sirven á los demás, justificándolos con -su presencia, aquilatándolos.</p> - -<p>Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas -de los parlamentos envilecidos. Los partidos—ó -el gobierno en su nombre—operan una selección -entre sus miembros, á expensas del mérito y<span class="pagenum"><a id="Page_248"></a> [Pg 248]</span> -en favor de la intriga. Un soberano cuantitativo -y sin ideales prefiere candidatos que tengan su -misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.</p> - -<p>Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica -parecen balbuceos infantiles frente á las -vueltacaras del parlamentario mediocre. El desprecio -de los hombres probos no le amedrenta jamás. -Confía en el rebaño amorfo: el bajo nivel del -representante halaga la insensatez del representado. -Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente -á los <em>desiderata</em> del sufragio universal; la -grey se prosterna ante los fetiches más huecos y -los rellena con su complicada tontería.</p> - -<p>Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á -convertirse en funcionarios. La burocracia es una -masonería de voracidades en acecho. Desde que -se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil -los sabe de memoria; un elector considérase -apto para cualquier destino en el vastísimo engranaje -burocrático, suponiendo que la igualdad ante -la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese -afán de vivir á expensas del Estado rebaja la dignidad, -enseñando que el mérito es inútil frente á -la influencia. Cada demócrata que cruza las calles -de prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, -enguantado, joven, maduro, á cualquier hora, -podéis asegurar que está domesticándose, envileciéndose: -busca una recomendación ó la lleva en -su faltriquera.</p> - -<p>El funcionarismo crece con la democracia. Otro<span class="pagenum"><a id="Page_249"></a> [Pg 249]</span>ra, -cuando fué necesario delegar parte de sus funciones, -los monarcas elegían á hombres de mérito, -experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á -la casta feudal; los grandes cargos la vinculaban á -la causa del señor. Junto á esa, formábanse pequeñas -burocracias locales. Creciendo las instituciones -de gobierno el funcionarismo creció, llegando -á ser una clase, una rama de las oligarquías dominantes. -Para impedir que fuese altiva, la reglamentaron, -quitándole toda iniciativa y ahogándola -en la rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión -exagerada. La pequeña burocracia no varía; -la grande, que es su llave, cambia con la piara -que gobierna. Con el sistema parlamentario se la -esclavizó por partida doble: del ejecutivo y del legislativo. -Ese juego de influencias bilaterales converge -á empequeñecer la dignidad de los funcionarios. -El mérito queda excluido en absoluto; basta -la influencia. Con ella se asciende por caminos -equívocos. La característica del zafio es creerse -apto para todo, como si la buena intención salvara -la incompetencia. Flaubert ha contado en páginas -eternas la historia de dos mediocres que ensayan -lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen -bien, pero á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; -son funcionarios de cualquier función, -creyéndose órganos valederos para las más contradictorias -fisiologías.</p> - -<p>Consecuencias inmediatas del funcionarismo -son la servilidad y la adulación. Existen desde que -hubo poderosos y favoritos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_250"></a>[Pg 250]</span></p> - - - -<p>Bajo cien formas se observa la primera, implícita -en la desigualdad humana: donde hubo hombres -diferentes, algunos fueron dignos y otros domésticos.</p> - -<p>El excesivo comedimiento y la afectación de -agradar al amo engendran esas carcomas del carácter. -No son delitos ante las leyes, ni vicios para la -moral de ciertas épocas: son compatibles con la -«honestidad». Pero no con la «virtud». Nunca. -Por eso, si bien no llevan á la cárcel, jamás conducen -á la gloria.</p> - -<p>La sensibilidad á los elogios es legítima en sus -orígenes. Ellos son una medida indirecta del mérito; -se fundan en la estimación, el reconocimiento, -la amistad, la admiración ó el amor. El elogio -sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga -ni ofende á quien lo recibe, aun cuando es injusto. -Puede ser un error; no es una indignidad. -La adulación lo es siempre: es desleal é interesada. -El deseo de la privanza induce á complacer á -los poderosos; la conducta del adulón mira á eso -y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su inteligencia -sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina -sus gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo -como él lo ordena; su personalidad no está -abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de -los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte -de Lisle.</p> - -<p>La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable -siempre el adulón, aun cuando lo hace -por una especie de benevolencia banal ó por el de<span class="pagenum"><a id="Page_251"></a> [Pg 251]</span>seo -de agradar á cualquier precio. Racine (<em>Fedra</em>, -IV, 6) lo creyó un castigo divino:</p> - -<div class="blockquot"> - -<p><i lang="fr" xml:lang="fr">Détestables flatteurs, présent le plus funeste -Que puisse faire aux rois la colère celeste.</i></p></div> - -<p>No sólo se adula á reyes y poderosos. El que -adula al pueblo no es menos vil. En las mediocracias -hay miserables afanes de popularidad, más -degradantes que el servilismo. Para obtener el favor -cuantitativo de los lacayos se les miente bajas -alabanzas disfrazadas de ideal: más cobardes -porque se dirigen á plebes que no saben controlar -el embuste. Halagar á los ignorantes y merecer -su aplauso hablándoles sin cesar de sus derechos, -jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento -á la propia dignidad.</p> - -<p>En los climas mediocres, mientras las masas escuchan -á los charlatanes, los gobernantes prestan -oído á los quitamotas. Los vanidosos viven fascinados -por esta sirena que los arrulla sin cesar, -acariciando su sombra; pierden todo criterio para -juzgar sus propios actos y los ajenos; la intriga los -aprisiona; la adulación de los serviles los arrastra -á cometer ignominias: como esas mujeres que -alardean su hermosura y acaban por prestarla á -quienes la adulcen con elogios desmedidos. El -verdadero mérito es desconcertado por la adulación: -tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. -Los grandes hombres dicen de sí, naturalmente, -elogios que en labios ajenos los harían son<span class="pagenum"><a id="Page_252"></a> [Pg 252]</span>rojar; -las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas -que temen no merecer.</p> - -<p>Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. -Todo el que piensa con cabeza propia, ó tiene -un corazón altivo, se aparta del tremedal donde -prosperan los envilecidos. «El hombre excelente—escribió -La Bruyère—no puede adular; cree que su -presencia importuna en las cortes, como si su virtud -ó su talento fuesen un reproche á los que gobiernan.» -Y de su apartamiento aprovechan los -que palidecen ante sus méritos, como si existiera -una perfecta compensación entre la ineptitud y el -rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.</p> - -<p>De tiempo en tiempo alguno de los mejores se -yergue entre todos y dice la verdad, como sabe y -como puede, para que no se extinga ni se subvierta, -transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: -lo mediocre y lo innoble son calificados con -justeza; á fuerza de velar los nombres acabaría por -perderse en los espíritus la noción de las cosas indignas. -Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar -y de toda palabra sonora, persígnanse ante el -herético que devuelve sus nombres á las cosas. Si -dependiera de ellos la sociedad se transformaría -en una cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese -ningún clamor vehemente y cuya sombra no -rasgara el resplandor de ningún astro.</p> - -<p>Todo idealista ha leído con lírica emoción las -tres historias admirables que cuenta Vigny en su -«Stello» imperecedero. Tener un ideal es crimen<span class="pagenum"><a id="Page_253"></a> [Pg 253]</span> -que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert; -muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los -tres son asesinados por los gobiernos, con arma -distinta según los regímenes. El idealista es inmolado -en los imperios absolutos lo mismo que en las -monarquías constitucionales y en las repúblicas democráticas. -Quien vive para un ideal no puede servir -á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para -que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen -de su ruta; cuando se apartan de ella la pierden -para siempre.</p> - -<p>Temen por eso la política, sabiendo que es el -Walhala de los mediocres. En su red pueden caer -prisioneros. Pero cuando reina otro clima y el destino -los lleva al poder, gobiernan contra los serviles -y los rutinarios: rompen la monotonía de la -historia. Sus enemigos lo saben; nunca un genio -ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan -contra ella, á desmantelarla, cuando se prepara -un porvenir.</p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">Demagogos y aristarcos.</span></h3> - -<p>El progresivo advenimiento de la democracia, -desde el ignominioso escándalo de la Bastilla hasta -el arrebañamiento actual de los lacayos en rebeldía, -ha mentido la igualdad de los más para impedir -la culminación de los mejores. Es indiferente -que se trate de monarquías ó repúblicas. El siglo -XIX ha unificado el régimen político, en su<span class="pagenum"><a id="Page_254"></a> [Pg 254]</span> -esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos.</p> - -<p>Un pensador eminente glosó esa verdad: la -democracia no tolera las excepciones ilustres. Si -el genio es un soliloquio magnífico, una voz de la -naturaleza en que habla toda una nación ó una -raza, ¿no es un privilegio excesivo que uno ahueque -la voz en nombre de todos? La democracia reniega -de tales soberanos que se encumbran sin -plebiscitos y no aducen derechos divinos. Lo que -en él era Verbo tórnase palabra y es distribuida -entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que -uno solo. La civilización parece concurrir á ese -lento y progresivo destierro del hombre extraordinario, -ensanchando é iluminando las medianías. -Cuando los más no sabían pensar, justo era que -uno lo hiciese por todos, facultad suprema aunque -expuesta á peligrosos excesos. Pero el hombre -providencial es innecesario á medida que los más -piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, -se pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes -epopeyas pensadas, realizadas ó escritas?» Ésa parece, -transitoriamente, su fórmula y podría traducirse -así: en la medida en que se difunde el régimen -democrático restríngese la función de los -hombres superiores.</p> - -<p>Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir -democrático fuese una orientación natural de la -historia y si, en caso de serlo, se efectuase con -ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No -lo ha sido nunca; ni lo será, según parece. La na<span class="pagenum"><a id="Page_255"></a> [Pg 255]</span>turaleza -se opone á toda nivelación, viendo en la -igualdad la muerte; necesita del genio más que del -imbécil y del talento más que de la mediocridad. -La historia no confirma la presunción de la democracia: -no suprime á Leonardo para endiosar á -Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. -Unos y otros tienen su razón de vivir, ni -prospera el uno en el clima del otro. El genio, en -su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre -en la propia; mil, cien mil mediocres no -harían entonces lo que un genio. Cooperan á su -obra los idealistas que les preceden ó siguen; -nunca los conservadores, que son sus enemigos -naturales, ni las masas rutinarias, que pueden ser -su instrumento pero no su guía.</p> - -<p>Es irónico repetir que los estados no necesitan -al gobernante genial sino al mediocre. En las horas -solemnes los pueblos todo lo esperan de los -grandes hombres; en las épocas decadentes bastan -los vulgares. El culto del gobernante honesto es -propio de mercaderes que temen al malo, sin concebir -al superior. ¿Por qué la historia renegaría -del genio, del santo y del héroe? Hay un clima que -excluye al genio y busca al fatuo: en la chatura -crepuscular de las mediocracias, mientras las academias -se pueblan de miopes y de funcionarios, -gobiernan el estado los charlatanes ó los pollipavos. -Pero hay otro clima en que ellos no sirven; -entonces puéblase de astros el horizonte. En la -borrasca toma el timón un Sarmiento y pilotea un -pueblo hacia su Ideal; en la aurora mira lejos un<span class="pagenum"><a id="Page_256"></a> [Pg 256]</span> -Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad -en formación. Y todo varía en sus dominios; -fórmase en su rededor, como el halo en torno de -los astros, una particular atmósfera donde su palabra -resuena y su chispa ilumina: es el clima del -genio. Y uno sólo piensa y hace: marca un evo.</p> - -<p>Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», -replica la naturaleza: «la igualdad es la muerte.» -Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible una -constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna -vez todos los individuos diferenciados, los -originales, la humanidad no existiría. No habría -podido existir como término culminante de la serie -biológica. Nuestra especie ha salido de las -precedentes como resultado de la selección natural; -sólo hay evolución donde pueden seleccionarse -las variaciones descollantes de los individuos. -Igualar todos los antropoides sería negar la -humanidad; igualar todos los hombres sería negar -el progreso de la especie humana. Negar la civilización -misma.</p> - -<p>Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento -progresivo del régimen democrático, en -las monarquías y en las repúblicas, ha favorecido -su descenso político durante el último siglo.</p> - -<p>Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; -prácticamente, es una ficción siempre. -Es una mentira de algunos que pretenden ser -todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por -momentos Lamartine, Heine y Hugo, nadie más -infiel que los poetas idealistas al verbo de la equi<span class="pagenum"><a id="Page_257"></a> [Pg 257]</span>valencia -universal; los más le son abiertamente -hostiles. Otra es la posición del problema. Es sencilla.</p> - -<p>Jamás ha existido una democracia efectiva. Los -regímenes que adoptaron tal nombre fueron ficciones. -Las pretendidas democracias de todos los -tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales -para oprimir á las masas inferiores y -excluir á los hombres eminentes. Han sido siempre -mediocracias. La premisa de su mentira es la -existencia de un «pueblo» capaz de asumir la soberanía -del Estado. No hay tal: las masas de pobres -é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: -cambian de pastores.</p> - -<p>La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según -los casos. Los más grandes teóricos del ideal -democrático han sido de hecho individualistas y -partidarios de la selección natural: <em>perseguían la -aristocracia del mérito contra los privilegios -de las castas</em>. Aquel ingenuo trovador que cantó</p> - -<p> -«Ved en trono á la noble igualdad»,<br /> -</p> - -<p>creía hablar en nombre de una democracia y lo -hacía en el de nacientes oligarquías indígenas que -se aprestaban á suplantar á las castas coloniales. -Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba -pregonar á los humildes, para inducirles á cambiar -de amo; tan superficial era su fe democrática -que sólo acertó á calificar de «noble» á la igualdad, -¡por antítesis!, y en vez de entregarla al<span class="pagenum"><a id="Page_258"></a> [Pg 258]</span> -pueblo para que la disfrutara, la puso en un -«trono», como si con ella quisiera simbolizar la -desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, -como todas las abstracciones que pueblan la -fantasía de los ilusos ó forman el capital de los -mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que -invocan derechos igualitarios son simples mediocres -enemigos de toda superioridad ó diferencia.</p> - -<p>Las castas aristocráticas no son mejores; en -ellas hay, también, crisis de mediocridad y tórnanse -mediocracias. Los demócratas persiguen la -justicia para todos y se equivocan buscándola en -la igualdad; los aristócratas buscan el privilegio -para los mejores y acaban por reservarlo á los más -ineptos. Aquéllos borran el mérito en la nivelación; -éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. -Ambos son, de hecho, enemigos de toda selección -natural. Tanto da que el pueblo sea domesticado -por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: -en ambas están igualmente proscritas la dignidad -y los ideales. Así como las tituladas democracias -no lo son, las pretendidas aristocracias no pueden -serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo -que en las tabernas.</p> - -<p>Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. -Suele serlo: es respetable el que inicia con -sus méritos una alcurnia ó un abolengo. Es evidente -la desigualdad humana en cada tiempo y -lugar; hay siempre hombres y sombras. Los hombres -deben gobernar á las sombras; son la aristocracia -natural de su tiempo y su derecho es indis<span class="pagenum"><a id="Page_259"></a> [Pg 259]</span>cutible. -Es justo, porque es natural. En cambio es -ridículo el concepto de las aristocracias tradicionales: -conciben la sociedad como un botín reservado -á una casta, que usufructúa sus beneficios -sin estar compuesta por los mejores hombres de -su tiempo. ¿Por qué los deudos, familiares y lacayos -de los que fueron otrora los más aptos seguirán -participando de un poder que no han contribuido -á crear? ¿En nombre de la herencia?</p> - -<p>Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les -resulta inútil y podrían renunciarlo; si no se heredan, -es injusto y deben perderlo. Conviene que lo -pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una -aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta -su más vigoroso obstáculo.</p> - -<p>El derecho divino que invocan los unos, es mentira; -lo mismo que los derechos del hombre, invocados -por los otros. Aristarcos y demagogos son -igualmente mediocres y obstan á la selección de las -aptitudes superiores, nivelando toda originalidad, -cohibiendo todo ideal.</p> - -<p>Una concesión podría hacerse. Los países sin -casta aristocrática son más propicios á la mediocrización; -evidentemente. En ellos se constituyen -oligarquías de advenedizos, que tienen todos los -defectos y las presunciones de la nobleza, sin poseer -sus cualidades. En su improvisación, fáltales -la mentalidad del gran señor, compuesta por atributos -inexplicables que fincan en una cultura de -siglos: hay gentes de calidad y hombres que tienen -clase, como los caballos de carrera. Son más<span class="pagenum"><a id="Page_260"></a> [Pg 260]</span> -esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad -y el honor tienen más parte que en los del -advenedizo. Es una diferencia que los preserva de -muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á -castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas -minadas por hábitos de servidumbre?</p> - -<p>El privilegio tradicional de la sangre irrita á los -demócratas y el privilegio numérico del voto repugna -á los aristócratas. La cuna dorada no da -aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La -peor manera de combatir la mentira democrática -sería aceptar la mentira aristocrática; en los dos -casos trátase de idénticos mediocres con distinta -escarapela. Las masas inferiores—que podrían ser -el «pueblo»—y los hombres excelentes de cada -sociedad—que son la «aristocracia natural»—, suelen -permanecer ajenos á su estrategia.</p> - -<p>Entre los demócratas embalumados de igualdad -hay audaces lacayos que pretenden suplantar á sus -amos con la ayuda de las turbas fanatizadas; entre -los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos -que ansían reducir á sus sirvientes con la -ayuda de los hombres de mérito. La historia se repite -siempre: las masas y los idealistas son víctimas -propiciatorias en esas disputas entre mediocres -enguantados ó descamisados.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_261"></a>[Pg 261]</span></p> - - -<h3>IV.—<span class="smcap">La aristocracia del mérito.</span></h3> - -<p>La degeneración mediocrática, que caracteriza -Faguet como un «culto de la incompetencia», no -depende del régimen político, sino del clima moral -de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen -sus causas; nunca por reformas legislativas, -que es absurdo esperar de los propios beneficiarios. -En vano son ensayadas por los tontos ó -simuladas por los bribones: las leyes no crean un -clima. El derecho efectivo es una resultante concreta -de la moral.</p> - -<p>La apasionada protesta de los individualistas puede -ser un grito de alarma, lanzado en la sombra; -pero el ensueño de enaltecer una mediocracia resulta -ilusorio en las épocas de domesticación moral -y de hartazgo. Las facciones prefieren escuchar -el falso idealismo de sus fetiches envejecidos, como -si en viejos odres pudiera contenerse el vino nuevo. -Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos -excesivos, con la certidumbre de que la reacción -llega inevitablemente á cierta hora: los -hombres superiores la esperan custodiando su dignidad -y trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad -agota los últimos recursos de su incompetencia, -naufraga. La catástrofe devuelve su rango -al mérito y reclama la intervención del genio.</p> - -<p>El mismo encanallamiento mediocrático contribuye -á restaurar, de tiempo en tiempo, las fuerzas -vitales de cada civilización. Hay una <em>vis me<span class="pagenum"><a id="Page_262"></a> [Pg 262]</span>dicatrix -naturae</em> que corrige el abellacamiento -de las naciones: la formación intermitente de sucesivas -aristocracias del mérito.</p> - -<p>El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta -su legitimidad, se enaltecen esas raras cualidades -individuales que implican la orientación -original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento -se anuncia por el respeto de las diferencias, -por su culto. La mediocridad calla, impotente; -su hostilidad tórnase feble, aunque innúmera. -Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, -otorgándolo á ras de tierra. De lo útil á todos, no -saben decidir los más: nunca fué el rutinario juez -del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto -del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia -encuentra su juez en sí misma. El mérito -de cada uno se aquilata en la opinión de sus -iguales.</p> - -<p>Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de -las mentes más aptas converge á guiar los comunes -destinos de la nación. No es prerrogativa de -los ingenios más agudos, como querrían algunos, -en cuyo oído resuena como un eco esa «aristocracia -intelectual» que fué la quimera de Renán. En -la aristocracia del mérito corresponde tanta parte -á la virtud y al carácter como á la inteligencia; -de otro modo sería incompleta y su esfuerzo ineficaz.</p> - -<p>Un régimen donde el mérito individual fuese -estimado por sobre todas las cosas, sería perfecto. -Excluiría la influencia de toda mediocridad numérica -<span class="pagenum"><a id="Page_263"></a>[Pg 263]</span> -ú oligárquica. No habría intereses creados. El -voto anónimo tendría tan exiguo valor como el -blasón fortuito. Los hombres se esforzarían por -ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo -cualquier originalidad creadora á la más tradicional -de las rutinas.</p> - -<p>Sería posible la selección natural y los méritos -de cada uno aprovecharían á la sociedad entera. -El agradecimiento de los menos útiles estimularía -á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras -respetarían á los hombres. El privilegio se mediría -por la eficacia de las aptitudes y se perdería -con ellas.</p> - -<p>Transparente, es, pues, el credo político del -idealismo experimental.</p> - -<p>Se opone á la democracia del número, que busca -la justicia en la igualdad: afirmando el privilegio -en favor del mérito.</p> - -<p>Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el -privilegio en los intereses creados, se opone también: -<span class="pagenum"><a id="Page_264"></a>[Pg 264]</span> -afirmando el mérito como base natural del -privilegio.</p> - -<p>La aristocracia del mérito es el régimen ideal -frente á las mediocracias que ensombrecen la historia. -Tiene su fórmula absoluta: <cite>la justicia en la -desigualdad</cite>.</p> - - - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_265"></a>[Pg 265]</span></p> - <h2 class="nobreak">LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA<a id="FNanchor_1" href="#Footnote_1" class="fnanchor">[1]</a></h2> -</div> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO</span>—II. <span class="smcap">EL TRINOMIO MENTAL DEL -ARQUETIPO.</span>—III. <span class="smcap">LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">Las sombras del crepúsculo.</span></h3> - -<p>Los prohombres de las mediocracias equidistan -del bárbaro legendario—Tiberio ó Facundo—y del -genio transmutador—Marco Aurelio ó Sarmiento. -El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: -los mediocres las respetan, impotentes para forjar -ó destruir. Esquivos á la gloria y rebeldes á la infamia, -se reconocen por una circunstancia inequívoca: - -<span class="pagenum"><a id="Page_266"></a>[Pg 266]</span> -sus cubicularios más propincuos no osan -llamarlos genios por temor al ridículo y sus adversarios -no podrían sentarlos en cáncana de imbéciles -sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima; -sosláyanse en la historia á merced de cien -complicidades y conjugan en su persona todos los -atributos del ambiente que los repuja. Amerengados -por equívocas jerarquías militares, por opacos -títulos universitarios ó por la almidonada improvisación -de alcurnias advenedizas, acicalan en su espíritu -las rutinas y prejuicios que acorchan las -creederas de la mediocridad dominante. Son pasicortos -siempre; su marcha no puede en momento -alguno compararse al vuelo de un condor ni á la -reptación de una serpiente.</p> - - -<p>Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado -á posibles culminaciones. Seleccionan el acabado -prototipo entre los que comparten sus pasiones -ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus vicios, -sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio -de tal casta ó partido: su liviandad alcornocal -flota en todas las ciénagas políticas. Piensan con -la cabeza de algún rebaño y sienten con su corazón. -Productos de su clima, son irresponsables: -ayer de su oquedad, hoy de su preeminencia, mañana -de su ocaso. Juguetes, siempre, de ajenas -voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes, -buscan los tiranos sus favoritos, nombran -los reyes sus ministros, entresacan los parlamentarios -sus gabinetes. Bajo todos los regímenes: -en las monarquías absolutas, en las repúbli<span class="pagenum"><a id="Page_267"></a> [Pg 267]</span>cas -oligárquicas y en las demagogias parlamentarias. -Siempre que desciende la temperatura -espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, -encuentran propicio clima los obtusos y los seniles. -Las mediocracias evitan las cumbres y los abismos. -Intranquilas bajo el sol meridiano y timoratas en -la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. -Temen la originalidad y la juventud; adoran á los -que nunca podrán volar ó tienen ya las alas enmohecidas.</p> - -<p>Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por -la trahilla de comunes apetitos, osan llamarse partidos. -Rumian un credo, fingen un ideal, atalajan -fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. -Eso basta para disputar á codo limpio el -acaparamiento de las prebendas gubernamentales. -Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma -infalible. Los tunantes suman esfuerzos para -enaltecer la prohombría de su fantasma: llámase -lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad, ponderación -á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, -fe á su fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, -distracción á sus vicios, liberalidad á su briba, -sazón á su marchitez. La hora los favorece: las -sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. -En cierto momento la ilusión ciega á muchos, -acallando toda veraz disidencia. De esas baraúndas -mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, -aunque no siempre los menos inservibles.</p> - -<p>La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual -del yerro: nadie se sonroja cuando todas<span class="pagenum"><a id="Page_268"></a> [Pg 268]</span> -las mejillas pueden reclamar su parte en la común -vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen -á diario el espectáculo. Un distinguido publicista, -que vive sus intimidades,—J. M. Ramos Mexía—lo -describe en imprudente agua fuerte: «La causa -de la persistente notoriedad y del relativo éxito -que, en la vida, suelen tener ciertos grupos de -mediocres, consiste en propiedades de fácil articulación -de los unos con los otros, resultando una -firmeza de columna vertebral y constituyendo verdaderos -mecanismos de nutrición colectiva. Así -asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no -necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento -para adquirir el sentido de las conveniencias -vitales.»</p> - -<p>Viven durante años en acecho; escúdanse en -rencores políticos ó en prestigios mundanos, -echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos. -Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, -simúlanse proscritos por misteriosos méritos. -Claman contra los abusos del Poder, aspirando -á cometerlos en beneficio propio. En la -mala racha, los facciosos siguen oropelándose mutuamente, -sin que la resignación al ayuno disminuya -la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, -mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima -de De Maistre: «Savoir attendre est le grand -moyen de parvenir», glosada como virtud suprema -de los arquetipos: el «don de espera», que los -expone á alelarse en una vejez almibarada.</p> - -<p>La paciente expectativa converge á la culmina<span class="pagenum"><a id="Page_269"></a> [Pg 269]</span>ción -de los menos inquietantes. Rara vez un hombre -superior los apandilla con muñeca vigorosa, -convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; -cuando les falta ese dominador absoluto, -desorbítanse como asteroides de un sistema planetario -cuyo sol se extingue. Todos se confabulan -entonces, en tácita transacción, prestando su -hombro á los que pueden aguantar más alabanzas -en justa equivalencia de méritos ambiguos. El -grupo los infla con solidaridad de logia; cada -cómplice conviértese en una hebra de la telaraña -tendida para captar el gobierno. Su armazón es -simple convergencia de ocultas debilidades: «Una -cierta tendencia asociativa duplica sus fuerzas. -En virtud de la ley por la cual los semejantes -buscan á los semejantes, todo mediocre se siente -atraído por su homónimo mental. De allí procede -ese género de epidemicidad de la insignificancia -intelectual que suele hacer estragos en la sociedad -en ciertas épocas de calamitosa incultura. -Para ese ambiente el talento deja de ser un valor -real; la imitación, que es más chillona y alegre, -halaga el sentido embotado de las muchedumbres, -mucho más que la realidad discreta. En tales -circunstancias, la solución no está en tener talento -ó cualidades de otro género, sino al contrario, -en no tenerlas para poder subir: aptitudes -defensivas y aquel poder de mimetismo concurrente -que hace de la vida un carnaval solemne, en el -cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización -para aplastar con su vientre la excelsitud<span class="pagenum"><a id="Page_270"></a> [Pg 270]</span> -del cerebro alado; tanto más fácilmente cuanto -que la miope simplicidad popular confunde á menudo -las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones -cerebrales».</p> - -<p>Compréndese la arrevesada selección de las facciones -oligárquicas y el pomposo envanecimiento -del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas, -empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, -intentan obstruir la verdad llamando romanticismo -á su reiterada incompetencia para todas -las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo -á su acidia. El tiempo disipa el equívoco devolviendo -su nombre á esos dos vicios arracimados en -un mismo tronco: el orgullo es compatible con el -idealismo, pero el primero es la antítesis de la vanidad -y el segundo lo es de la acidia.</p> - -<p>Repujados los prohombres de hojalatería, acaban -de azogarles con demulcentes crisopeyas. Orificando -las caries de su dentadura moral, sus lacras llegan -á parecer coqueterías, como las arrugas de -las cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y -de la virtud, declaran prescritas sus viejas pústulas: -incondicionalismos para con los regímenes más -turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos infortunios -de donjuanismo epigramático. Sus labios -abrévanse en aquella agua del Leteo que borra la -memoria del pasado; no advierten que después de -chapalear en el vicio todo puritanismo huele á -encima, como los guantes que pasan por el limpiador.</p> - -<p>Donde medran oligarquías bajo disfraces demo<span class="pagenum"><a id="Page_271"></a> [Pg 271]</span>cráticos, -prosperan esos pavorreales apampanados, -tensos por la vanidad: un travieso los desinflaría si -los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta -que retoza en su interior. Vacuo no significa -alígero; nunca fué la tontería cartabón de santidad. -Sin sangre de hienas, que han menester los -tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados; -corre en sus venas una linfa tontivana, -propia en estirpe de pavos y quintaesenciada en el -real, simbólica ave que suma candorosamente la -zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales -de ciertas épocas: cuando la mediocridad incuba -pollipavos no tienen atmósfera los aguiluchos. El -memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos -necesarios para advenir al poder: entrégase -á ejercitarlo como un tartamudo á quien confiaran -la declamación de un poema.</p> - -<p>La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones -mediocráticas: el porvenir de algunos -arquetipos estriba en ser admirados en contra de -alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros -de andar á la birlonga no borran sus culpas; -en su paso descúbrese una inveterada pusilanimidad -que rehuye escaramuzas con enemigos que le -han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin -gallardía; no la demuestra quien esquiva con temblorosos -alejamientos la batalla por tantos años -ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, -por cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles -americanos, ni se parece al gesto del león -agazapado para pegar mejor el salto. Ellos vaga<span class="pagenum"><a id="Page_272"></a> [Pg 272]</span>mundean -con el «don de espera del batracio optimista», -de que habla su biógrafo. El hombre digno -puede enmudecer cuando recibe una herida, temiendo -acaso que su desdén exceda á la ofensa; -pero llega su sentencia, y llega en estilo nunca -usado para adular ni para pedir, más hiriente que -cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance -finca en la elasticidad del arco: la firmeza -moral de la dignidad. Y el tiempo no borra una -sílaba de lo que así se habla.</p> - -<p>En vano los arquetipos interrumpen sus humillados -silencios con inocuas pirotecnias verbales; -de tarde en tarde los cómplices pregonan alguna -misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante -asambleas que ciertamente no la escucharon. Ellos -no atinan á sostener la reputación con que los exornan: -desertan el parlamento el día mismo en que -los eligen, como si temieran ponerse en descubierto -y comprometer la estrategia de los empresarios -de su fama.</p> - -<p>Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles -subalternas diplomacias de festival, en -cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus huecas -vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento -diplomático ó perspicacias internacionalistas, -hasta complicarles en lustrosas canonjías donde se -apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer -de sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, -las oligarquías reinciden, esperando -que los tontos acertarán un golpe en el clavo después -de afirmar cien en la herradura. Ungidos<span class="pagenum"><a id="Page_273"></a> [Pg 273]</span> -emisarios ante la nación más hermana, su casuística -de sacristía envenena hondos afectos, como si -por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles -en los corazones de los pueblos.</p> - -<p>Archiveros y papelistas se confabulan para encelar -el fervor de los ingenuos y captar la confianza -de los rutinarios. «Si el defensivo puede -agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración -de la calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica -cuando procede de amigos interesados, el -«aparato» se completa á maravilla y sus efectos -transcendentales escapan á los límites de la vida -privada; los simples goces de la canonjía subalterna -se dilatan hasta la celebridad mundial y sobre -el erial de su mente franciscana, esos amigos calumniadores -levantan enormes fábricas, monumentos -de arquitectura híbrica...» Plutarquillos bien -rentados transforman en miel su acíbar, quintaesenciando -en alabanzas sus vinagres más crónicos, -como si hipotecaran su ingenio descontando -prebendas futuras. Rellenan con vanos artilugios -la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia -del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel -la mula: se les reconoce al pasar, viendo su moco -eréctil ú oyendo el chacoloteo de su herradura.</p> - -<p>Su gravitación negativa seduce á los caracteres -domesticados: no piensan, no roban, no oprimen, -no sueñan, no asesinan, no faltan á misa, ¿qué -más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran -como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos -para sus fisonomías arrugadas: la grandí<span class="pagenum"><a id="Page_274"></a> [Pg 274]</span>locua -rancidez de programas á cuyo pie buscaríase -de inmediato la firma de Bertoldo, si los -vastos soponcios no traslucieran prudentes reticencias -de Tartufo. Es preferible que estén cuajados -de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; -gustan más á los mediocres. Un programa abstracto -es perfecto: parece idealista y no lastima las -ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, -noventa y nueve mienten lo mismo: la grandeza -del país, los sagrados principios democráticos, los -intereses del pueblo, los derechos del ciudadano, -la moralidad administrativa. Todo ello, si no es -desvergüenza consuetudinaria, resulta de una tontería -enternecedora; simula decir mucho y no significa -nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase -bajo el antifaz de las vaguedades cívicas.</p> - -<p>No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas -sobre la ignominia. Obtemperan á toda villanía -que converja á su objeto: cuando hablan de -civismo su aliento apesta al pantano originario. Su -moral encubre el vicio, por el simple hecho de -aprovecharlo. Empujados por torcidos caminos, siguen -sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar -á los indignos han tenido que humillárseles -mansamente; los honores que no se conquistan hay -que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso -el engendrado en un vientre impuro», dicen -las escrituras; los que se encumbran cerrando los -ojos é implicándose en mañas de estercolero, sufriendo -los manoseos de los majagranzas, mintiéndose -á sí mismos para hartar la acucia de toda una<span class="pagenum"><a id="Page_275"></a> [Pg 275]</span> -vida, no pueden redimirse del pecado original, -aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar -al maleficio de sus Mefistófeles.</p> - -<p>El pueblo los ignora; está separado de ellos por -el celo de las facciones oligárquicas. Para prevenirse -de achaques indiscretos retráense de la circulación: -como si de cerca no resistieran al cateo de -los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento -de raza. En ciertas horas las turbas pueden -ser sus cómplices: el pueblo nunca. No podría -serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que -consiente porque no existe, substituido por cohortes -que medran.</p> - -<p>Depositarios del alma de las naciones, los pueblos -son entidades espirituales inconfundibles con -las piaras democráticas. Ninguna multitud es pueblo: -no lo sería la unanimidad de los mediocres. -Aparece en los países que un ideal convierte en -naciones y reside en la convergencia moral de los -que sienten la patria más alta que las oligarquías, -los partidos y las sectas. El pueblo—antítesis de -todos los rebaños—no se cuenta por números. -Está donde un solo hombre no se complica en el -abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas -ó fanáticas ese único hombre libre, él -solo, es todo: pueblo y nación y raza y humanidad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_276"></a>[Pg 276]</span></p> - -<h3>II.—<span class="smcap">El trinomio mental del arquetipo.</span></h3> - -<p>Los arquetipos de la mediocracia pasan por la -historia con la pompa superficial de fugitivas sombras -chinescas. Jamás llega á sus oídos un insulto -ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; -en la fantasía popular despiertan un eco uniforme, -que en todas partes se repite: «¡el pavo!», en una -síntesis más definitiva que una lápida. Su trinomio -psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.</p> - -<p>Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. -La austera sobriedad del gesto es atributo de -los hombres; la suntuosidad de las apariencias es -galardón de las sombras. Después de incubar sus -ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, -núblanse de humos y empavésanse de fatuidades; -olvidan que envanecerse de un rango es -confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios -para alucinar las imaginaciones domésticas; -rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas nomenclaturas, -centuplican los expedientes, pavonéanse -en trenes lujosos, navegan en complicados bucentauros, -sueñan con recepciones allende los -océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía -de los burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad -de segunda mano, que recuerda las cortes y -señorías de opereta. Su énfasis melodramático -cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas -al egotismo voltairiano de Stendhal. Hay su razón:<span class="pagenum"><a id="Page_277"></a> [Pg 277]</span> -«Esa vacía cuba cerebral—dice su biógrafo—tiene -que llenarse de doradas virutas para que la penetrante -radiografía popular no vaya á descubrir su -completa orfandad de ideas; todos los huecos, y -son muchos, están repletos con la arena estéril, -pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del -obscuro meandro está preparado y armado ese ilusionismo, -con los cubiletes mentales que la vanidad -les sugiere.»</p> - -<p>En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, -que es enérgico esfuerzo por acrecentar en -obras los propios méritos. El ambicioso quiere ascender -hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; -el vanidoso cree encontrarse ya en las supremas -cumbres codiciadas por los demás. La -ambición es bella entre todas las pasiones, mientras -la vanidad no la envilece; por eso es respetable -en los genios y ridícula en los tontos.</p> - -<p>Empavónanse de permanentes altisonancias. -Sospechan que existen ideales y se fingen sus servidores: -incurren siempre en los más conformes á -lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, -á veces, porque ella entra á todas partes, más sutil -que la adulación; pero la mutilan, la atenúan, -la corrompen, con acomodaciones, con muletas, -con remiendos que la disfrazan. En ciertos casos, -la verdad puede más que ellos; salta á la vista á -pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas -intenciones cuando menos fuerzas van teniendo -para convertirlas en actos; la innata pavada se -trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase có<span class="pagenum"><a id="Page_278"></a> [Pg 278]</span>mica -la ineptitud en su disfraz de idealismo; son -deleznables los vagos principios que aplican á -compás de oportunistas conveniencias. El tiempo -descubre á los que tienen la moral en pieza, para -mostrarla, aunque de su paño jamás corten un -traje para cubrir su mediocridad.</p> - -<p>Son tributarios del séptimo pecado capital: en -su impotencia hay pereza. Renuncian la autoridad -y conservan la pompa; aquélla podría bruñir el -mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; -desisten de hacer lo que no podrían; evitan -toda firme labor; se apartan de cualquier combate, -declarándose espectadores. Pueden practicar el -mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan -á los acontecimientos por incapacidad de -orientarlos. «Les paresseux—decía Voltaire—ne -sont jamais que des gens médiocres, en quelque -genre que ce soit.» Por detestables que sean los -gobernantes, nunca son peores que cuando no gobiernan. -El mal que hacen los tiranos es un enemigo -visible; la inercia de los poltrones, en cambio, -implica un misterioso abandono de la función -por el órgano, la acefalía de las mediocracias, la -muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible -á los remedios. Gran inconsciencia es gobernar -pueblos cuando la enfermedad ó la vejez quitan al -hombre el gobierno de sí mismo.</p> - -<p>La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales -sensibles á la coacción de los conspiradores, á la -intriga de los domésticos, á la adulación de los -palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las<span class="pagenum"><a id="Page_279"></a> [Pg 279]</span> -intimidaciones de los gacetilleros, á las influencias -de las sacristías. Su conducta trasluce febledad -con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su -aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando -llegan al poder lo renuncian de hecho, convencidos -de su impotencia para usarlo; se entregan al -curso de la ría, como los nadadores incipientes. -Jinetes de potros cuyo voltigeo ignoran, cierran -los ojos y abandonan las riendas: esa ineptitud -para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla -sumisión á la democracia.</p> - -<p>El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses -que los acosan; ignoran el sentimiento de -la justicia y el respeto del mérito. El verdadero -justo resiste á la tentación de no serlo cuando en -ello tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. -Profesa una abstracta equidad en los casos que no -hieren al valimiento de sus cómplices; pero se -complica de hecho en todas las zirigañas de los -serviles. Nunca, absolutamente, puede haber justicia -en preferir el lacayo al digno, el oblicuo al -recto, el ignorante al estudioso, el intrigante al -gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la -regla de las mediocracias: anteponer el valimiento -al mérito. En el favoritismo se empantanan los -que pisan firme y avanzan los que se arrastran -mansos: como en los tembladerales. Cuando el -mérito enrostra sus yerros á los arquetipos, arguyen -éstos humildemente que no son infalibles; -pero está su vileza en subrayar la disculpa con -tentadores ofrecimientos, acostumbrados á comer<span class="pagenum"><a id="Page_280"></a> [Pg 280]</span>ciar -el honor. No puede ser juez quien confunde -el diamante con la bazofia: «equivocarse es una -culpa», sentenció Epicteto. En las mediocracias se -ignora que la dignidad nunca llega de hinojos á los -estrados de los que mandan.</p> - -<p>Repiten con frecuencia el legendario juicio de -Midas. Pan osó comparar su flauta de siete carrizos -con la lira de Apolo. Propuso una lid al dios -de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. -Resonaron los acordes rústicos de Pan y Apolo -cantó á compás de sus melopeyas divinas. Decidieron -todos que la flauta era incomparable á la -lira, unánimes todos menos el rey, que reclamó la -victoria para aquélla. De pronto crecieron entre -sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo quedó -vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, -confuso, quiso ocultarlas bajo su corona. Las descubrió -un cubiculario; corrió á un lejano valle, -cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad -no se entierra: florecieron rosales que, agitados -por las brisas, repiten eternamente que Midas -tiene orejas de asno.</p> - -<p>La historia castiga con tanta severidad como la -leyenda: una página de crónica dura más que un -rosal. Nadie pregunta si los carceleros de Bacon, -los ustores de Bruno y los burladores de Colón, -fueron bribones ó reblandecidos. Su condena es -la misma é ilevantable. La justicia es el respeto -del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada -generación hay diez ó veinte espíritus privilegiados, -y su genio consiste en usarlos á todos, con<span class="pagenum"><a id="Page_281"></a> [Pg 281]</span> -sus cualidades y defectos; un Panza los excluye -de su ínsula, usando á los que se domestican, es -decir, á los peores como carácter y moralidad. -Siempre son injustos los mediócratas: escuchan al -servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor -los que merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran -natural que los pravos prefieran á sus similares, -como dice el publicista. «La torpeza del burgués, -mortificado por la natural soberbia de la superioridad, -busca consagrar á su igual, cuyo acceso -le es fácil y en cuya psicología encuentra los -medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora -llega en que las injusticias se pagan con formidables -intereses compuestos, irremisiblemente. Hechas -á uno sólo, amenazan á todos los mejores; -dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. -Pronto ó tarde se saldan sus trabacuentas, aunque -sus errores no se finiquiten jamás; los arquetipos -de las mediocracias aprenden en carne propia que -por un clavo se pierde una herradura. Como á -Midas el divino Apolo, los dignos castiganlos con -la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella -dura en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la -sacan, pues pronto se gasta un arma que se desenvaina -con frecuencia: si lo hacen va recta al -corazón, como la del romance famoso.</p> - -<p>Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad -de la punta que toca al amo.</p> - -<p>Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. -Los más rezan con los mismos labios -que usan para mentir, como Tartufo; inseguros<span class="pagenum"><a id="Page_282"></a> [Pg 282]</span> -de arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, -desearían postergarla para el cielo. Si en su poder -estuviera cortarían la lengua á los sofistas y las -manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas -para que en ellas no conspirasen ingenios originales. -Prefieren la adulación del ignorante al consejo -del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si coroneles, -usan escapulario en vez de espada; si políticos, -consultan la Monita Secreta para interpretar -las Magnas Cartas de las naciones. Bajo su imperio -la hipocresía—más funesta que la desvergüenza—tórnase -sistema. En ese combate incesante, -renovado en tantos dramas ibsenianos, -los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, -y el que desnuda una sombra parece un sedicioso -enemigo del pueblo. Todos los avisados -golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de -sacristía crecen y crecen, absorbiendo, minando, -ensanchándose: como un herpes moral que se -agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente -la fisonomía de toda una época.</p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">La mortaja de la insignificancia.</span></h3> - -<p>Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho -de elegir su oportunidad. Los atalajan en el -gobierno cuando su organismo vacila y su cerebro -se apaga: quieren al inservible ó al romo. -Hombres repudiados en la juventud, son consagrados -en la vejez: á esa edad en que las buenas<span class="pagenum"><a id="Page_283"></a> [Pg 283]</span> -intenciones son un cansancio de las malas costumbres. -Eligen á los que usaron esclavizarse de su -vientre, comiendo hasta hartarse y bebiendo hasta -aturdirse, devastando su salud en noches blancas, -rebajando su dignidad en la insolvencia de -los tapetes verdes, tornándose impropios para -todo esfuerzo continuado y fecundo, preparando -esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el -hígado se almibara. Ésa es la mejor garantía para -el rebaño rutinario; su odio á la originalidad lo -impele hacia los hombres que empiezan á momificarse -en vida.</p> - -<p>Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos -personales de los arquetipos, sus cómplices se -confabulan para ocultar su progresivo reblandecimiento, -eximiéndole de toda faena y adminiculándole -de ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal -huye de sus residencias naturales y se aisla; -regatea las ocasiones de mostrarse en plena -luz, exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: -vidrieras donde los pavorreales pueden -exhibir los cien ojos de Argos plantados en su -cola. Inciertos ya para pensar, necesitan más que -nunca el zahumerio de todos los incensarios: la -adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes. -Las apologías se redoblan á medida que ellos van -desapareciendo, disueltos como enormes azucarillos.</p> - -<p>El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego -lento, gota á gota, como si el destino quisiera -desnudar su vaciedad pieza por pieza, demostrán<span class="pagenum"><a id="Page_284"></a> [Pg 284]</span>dola -á los más empecinados, á los que podrían -dudar si murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.</p> - -<p>Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. -Aunque no vivan para sí tienen que vivir -para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar -que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que -podría doblarlos como á la hoja de un catálogo -abandonado á la intemperie.</p> - -<p>Aunque desfallezcan no pueden abandonar la -carga; en vano el remordimiento repetirá á sus -oídos las clásicas palabras de Propercio: «Es vergonzoso -cargarse la cabeza con un fardo que no -puede llevarse: pronto se doblan las rodillas, esquivas -al peso» (III, IX, 5). Los arquetipos sienten -su esclavitud: deben morir en ella, si es menester, -custodiados por los cómplices que alimentaron su -vanidad.</p> - -<p>Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las -facciones lo saben y se disputan sus vices, que -aguaitan en acecho. Sus nombres quedan enumerados -en las cronologías; desaparecen en la historia. -Sus descendientes y beneficiarios esfuérzanse -en vano por alargar su sombra y vivir de ella.</p> - -<p>Basta que un hombre libre los denuncie para -que la posteridad los amortaje; sobra una sola crónica -para borrar las adulaciones de los palaciegos, -en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos -hartos comensales, no pudiendo referirse á lo que -fueron, atrévense á elogiar lo que pudieron ser..., -creen que muere una esperanza, como si ésta fue<span class="pagenum"><a id="Page_285"></a> [Pg 285]</span>ra -posible en organismos minados por las carcomas -de la juventud y los almibaramientos de la -vejez.</p> - -<p>Es natural que muera con cada uno su piara: -túrnanse muchas en cada era de penumbra. La -mediocridad las tira como viejos naipes cuyas cartas -ya están marcadas por los tahures, entrando -á tallar con otros nuevos, ni mejores ni peores. -Los dignos, ajenos á la partida cuyas trampas ignoran, -se apartan de todas las piaras, esperando -otro clima ó preparándolo. Y no manchan sus labios -nombrando á los arquetipos: sería, acaso, inmortalizarlos.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_286"></a>[Pg 286]</span></p> - -<hr class="chap" /> - -<div class="footnotes"> - -<p class="p2 center big1">NOTAS:</p> - -<div class="footnote"> - -<p><a id="Footnote_1" href="#FNanchor_1" class="label">[1]</a> Así como para loar el genio ha elegido el autor -dos ejemplares luminosos de su «patria», Sarmiento y -Ameghino, para caracterizar al arquetipo de las mediocracias -ha encontrado un ejemplar perfecto en el actual -presidente de su «país.» Lo que no es su intención -ocultar.</p></div></div> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_287"></a>[Pg 287]</span></p> -</div> - - -<h2 class="nobreak">LOS FORJADORES DE IDEALES</h2> - -<div class="blockquot"> -<p>I. <span class="smcap">EL CLIMA DEL GENIO.</span>—II. <span class="smcap">EL GENIO PRAGMÁTICO: -SARMIENTO.</span>—III. <span class="smcap">EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO</span>—IV. <span class="smcap">LA -MORAL DEL GENIO.</span></p> -</div> - -<h3>I.—<span class="smcap">El clima del genio.</span></h3> - -<p>La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. -No hay dos lirios iguales, ni dos águilas, -ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo que vive es -incesantemente desigual. En cada primavera florecen -unos árboles antes que otros, como si fueran -preferidos por la Naturaleza que sonríe al sol fecundante; -en ciertas etapas de la historia humana, -cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se -intuye una doctrina, algunos hombres excepcionales -anticipan su visión á la de todos, la concretan -en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura -en los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; -profetas, los cree; capitanes, los sigue; santos, -los imita. Llenan una era ó señalan una ruta: -sembrando algún germen fecundo de nuevas ver<span class="pagenum"><a id="Page_288"></a> [Pg 288]</span>dades, -poniendo su firma en destinos de razas, -creando armonías, forjando bellezas.</p> - -<p>La genialidad es una coincidencia. Surge como -chispa luminosa en el punto donde se encuentran -las más excelentes aptitudes de un hombre y la -necesidad social de aplicarlas al desempeño de -una misión trascendente. El hombre extraordinario -asciende á la genialidad cuando encuentra clima -propicio: la semilla mejor necesita de la tierra -más fecunda. La función implica el órgano: el -genio hace actual lo que en su clima es potencial.</p> - -<p>Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza -la genialidad mientras en su medio se siente exótico -ó inoportuno; necesita condiciones propicias -de tiempo y de lugar para que su aptitud desempeñe -una función. El ambiente constituye el «clima» -del genio y la oportunidad marca su «hora». -Sin ellos ningún cerebro excepcional puede elevarse -á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan -para creerla en un cerebro mediocre.</p> - -<p>Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. -Uno, entre cien, encuentra tal clima y tal -hora que lo destina fatalmente á la culminación: -es como si la buena semilla cayera en terreno fértil -y en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su -gloria: coincidir con la oportunidad que necesita -de él. Se entreabre y crece, sintetizando un ideal -implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo, -instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, -imponiéndolo.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_289"></a>[Pg 289]</span></p> - - - -<p>El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, -tampoco, un capricho intercalado en el curso de -la historia. Es una convergencia de aptitudes personales -y de circunstancias infinitas. Cuando una -raza, un arte, una ciencia ó un credo preparan su -advenimiento ó atraviesan por una renovación fundamental, -él aparece, extraordinario, personificando -nuevas orientaciones de los pueblos ó de -las ideas. Las anuncia como artista ó profeta, las -desentraña como inventor ó filósofo, las emprende -como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven -y permiten reconocer su huella á través del -tiempo. Es rectilíneo é incontrastable porque encuentra -su clima y su hora: vuela y vuela, superior -á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. -Llegando á deshoras viviría inquieto, fluctuante, -desorientado; sería siempre intrínsecamente -un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara -á alguna de sus vocaciones adventicias, pero -no sería un genio. No podría serlo. Nunca.</p> - -<p>Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada -aptitud, significa confundir en una misma -jerarquía á todos los que se elevan sobre la -mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas -á todos los hombres inferiores. El genio y el idiota -son los términos extremos de una escala infinita. -Por haberlo olvidado mueven á sonreir las estadísticas -y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso. -Reservemos el título á pocos elegidos. Son -animadores de una época, transfundiéndose, algunas -veces, en su generación y con más frecuencia<span class="pagenum"><a id="Page_290"></a> [Pg 290]</span> -en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, -de sus ideas ó de sus obras.</p> - -<p>La adulación prodiga á manos llenas el rango de -genios á los poderosos, confundiendo con águilas -los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan á sí -mismos, desesperados por demostrar que la tortuga -es ave alada. Hay una medida exacta para apreciar -la genialidad: si es legítima se reconoce por -su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. -Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; -si santo, lo enseña; si héroe, lo ejecuta.</p> - -<p>El ingenio es una esperanza; el genio es su -realización. Pueden adivinarse en un hombre joven -las más conspicuas aptitudes para alcanzar la -genialidad; pero es difícil pronosticar si las circunstancias -convergerán á que ellas se conviertan -en obras. Y, mientras no las vemos, toda apreciación -es caprichosa. Por eso, y porque ciertas obras -geniales no se realizan en minutos, sino en años, -un hombre de genio puede pasar desconocido en -su tiempo y ser consagrado por la posteridad. Los -contemporáneos no suelen marcar el paso á compás -del genio; pero si éste ha cumplido su obra, -una nueva generación estará habilitada para comprenderlo.</p> - -<p>En vida, muchos hombres de genio son ignorados, -proscriptos, desestimados ó escarnecidos. En -la lucha por el éxito pueden triunfar los mediocres, -pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; -pero en la lucha por la gloria sólo se computan -las obras inspiradas por un ideal y consoli<span class="pagenum"><a id="Page_291"></a> [Pg 291]</span>dadas -por el tiempo. Triunfan los genios. Su -victoria no está en el homenaje transitorio que -pueden otorgarle ó negarle los demás, sino en sí -mismos, en la capacidad para efectuar su obra ó -cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque -Sócrates beba la cicuta, Cristo muera en la cruz, -ó Bruno agonice en la hoguera: fueron los órganos -vitales de funciones necesarias en la historia -de los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se -reconoce por la remota eficacia de su esfuerzo ó -de su ejemplo, más que por las frágiles sanciones -de los contemporáneos.</p> - -<p>La magnitud de la obra genial se calcula por la -vastedad de su horizonte y la extensión de sus -aplicaciones. En ello suele fundarse cierta jerarquía -de los diversos órdenes del genio, considerados -como perfeccionamientos extraordinarios del -intelecto y la voluntad.</p> - -<p>Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función -social del genio ó á la excelencia de las aptitudes -geniales. Variando el clima y la hora puede -ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro -orden de genialidad: la más oportuna es siempre -la más fecunda. Conviene renunciar á toda estratificación -jerárquica de los genios, afirmando su -diferencia y admirándolos por igual: más allá de -cierto nivel todas las cumbres son excelsas. Nadie, -que no fueran ellos mismos, podría creerse habilitado -para decretarles rangos y desniveles. Ellos -se despreocupan de estas pequeñeces; el problema -es insoluble por definición.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_292"></a>[Pg 292]</span></p> - -<p>Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se -clasifica. El hombre que la alcanza, encontrando -su clima y llegando á su hora, es el abanderado de -un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la -evolución de su pueblo ó de su arte. Las historias -adocenadas suelen ser crónicas de capitanes y -conquistadores; las otras formas de genialidad entran -en ellas como simples accidentes. Y no es -justo. Homero, Miguel Ángel, Cervantes y Goethe -vivieron en sus siglos más altos que los emperadores: -por cada uno de ellos se mide la grandeza de -su tiempo. Marcan fechas memorables, personificando -aspiraciones inmanentes de su clima intelectual. -El golpe de ala es tan necesario para sentir -ó pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: -todo Ideal es una síntesis. Las grandes -transmutaciones históricas nacen como videncias -líricas de los genios artísticos, se transfunden en -la doctrina de los pensadores y se realizan por el -esfuerzo de los estadistas. Así la genialidad, de -simple actitud individual, deviene función en los -pueblos y florece en circunstancias irremovibles, -fatalmente.</p> - -<p>La exégesis del genio es enigmática si se limita -á estudiar la biología de los hombres geniales. Ésta -sólo revela algunos resortes de su aptitud, y no -siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, -remontando si pueden en los siglos, por -muchas generaciones, hasta apelmazar un puñado -de locos y degenerados, como si en la conjunción -de los siete pecados capitales pudiera estallar la<span class="pagenum"><a id="Page_293"></a> [Pg 293]</span> -chispa que enciende el Ideal de una época. Eso es -convertir en doctrina una superchería, dar visos -de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos -en ellos simples productos del medio, olvidando -sus singulares atributos. Ni lo uno ni lo otro. Si -tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora -oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se -desenvuelve hasta la genialidad.</p> - -<p>El genio es una fuerza que actúa en función del -medio.</p> - -<p>Probarlo es fácil.</p> - -<p>Dos veces la muerte y la gloria se dieron la -mano sobre un cadáver argentino. Fué la primera -cuando Sarmiento se apagó en el horizonte de la -cultura continental; fué la segunda al cegarse en -Ameghino las fuentes más hondas de la ciencia -americana. Pocas tumbas, como las suyas, han visto -florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés -y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular -de sus organismos se hubieran encendido -lámparas votivas consagradas á la glorificación -eterna de su genio.</p> - -<p>Merecen tal nombre; cumplieron una función -social, realizando obra decisiva y fecunda. Nadie -podrá pensar en la educación ni en la cultura de -este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, -su apóstol y sembrador: ni pudo mente alguna -comparársele, entre los que le sucedieron en el -gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de -las doctrinas evolucionistas marcan un hito las -concepciones de Ameghino; será imposible no ad<span class="pagenum"><a id="Page_294"></a> [Pg 294]</span>vertir -la huella de su paso, y quien lo olvide renunciará -á conocer muchos dominios de la ciencia -explorados por él.</p> - - -<h3>II.—<span class="smcap">El genio pragmático: Sarmiento.</span></h3> - -<p>Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra -de la barbarie americana, entreabriendo -la visión de cosas futuras. Pensaba en tan alto estilo -que parecía tener, como Sócrates, algún demonio -familiar que alucinara su inspiración. Cíclope -en su faena, vivía obsesionado por el afán de -educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las -grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste, -subordinando á su influencia todas las masas -menores de su sistema cósmico.</p> - -<p>Tenía la clarividencia del ideal y había elegido -sus medios: organizar civilizando, elevar educando. -Todas las fuentes fueron escasas para saciar -su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas -para cohibir su inquietud de enseñar. Erguido -y viril siempre, asta bandera de sus propios -ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino, -previendo que la gloria se incuba en regazos de -auroras fecundadas por los sueños de los que miran -más lejos. América le esperaba. Cuando urge -construir ó transmutar, fórmase el clima del genio: -su hora suena como fatídica invitación á llenar una -página de luz. El hombre extraordinario se revela<span class="pagenum"><a id="Page_295"></a> [Pg 295]</span> -auroralmente, como si obedeciera á una predestinación -irrevocable.</p> - -<p><cite>Facundo</cite> es el clamor de la cultura moderna -contra el crepúsculo feudal. Crear una doctrina -justa vale ganar una batalla para la verdad; presentir -un ritmo de civilización cuesta más que -acometer una conquista. Todo ideal puede servirse -con el verbo profético. Un libro es más que una -intención: es un gesto. Su palabra parece bajar de -un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por -entonces, su espíritu en el doble marco de la cordillera -muda y del mar clamoroso. En alas del -austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan -de angustia su corazón y parecen ensombrecer -el cielo taciturno de su frente que incuba un -relampaguear de profecías. La pasión enciende -las dantescas hornallas en que forja sus páginas y -ellas retumban con sonoridad plutoniana en todos -los ámbitos de su patria. Para medirse busca al -más grande enemigo, Rozas, que era también genial -en su medio y en su tiempo: por eso hay ritmos -apocalípticos en los apóstrofes de <cite>Facundo</cite>, -asombroso enquiridión que parece un reto de águila -á águila, lanzado por sobre las cumbres más -conspicuas del planeta. Su verbo es anatema: tan -fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se -enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan -suyo que siendo castizo no parece español. Sacude -á todo un continente con la sola fuerza de su pluma, -adiamantada por la santificación del peligro y -del destierro. Cuando un ideal se plasma en un<span class="pagenum"><a id="Page_296"></a> [Pg 296]</span> -alto espíritu, bastan gotas de tinta para fijarlo en -páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea -llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan -al corazón de miles de hombres, desorbitan -sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan su -actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario -vive: palpita, agrede, conmueve, derrumba, -aniquila. En sus frases diríase que se vuelca el -alma de la nación entera, como un alud. Un libro, -fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del -genio, tórnase tan decisivo para la civilización de -una raza como la irrupción tumultuosa de infinitos -ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente -herida una era de barbarie simbolizada en -un nombre propio. El genio se encumbra así para -hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no -admiten rectificación y escapan á la crítica. Los -poetas debieran pedir sus ritmos á las mareas del -Océano para loar líricamente la perennidad del -gesto magnífico.</p> - -<p>La política puso á prueba su firmeza: gran hora -fué aquélla en que su Ideal se convirtió en acción. -Presidió la República contra la intención de todos: -obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando -como abajo, siempre agresor y agredido. Cumplía -una función histórica. Por eso, como el héroe del -romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué -pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los -partidos, incapaces para contenerlo. Todos lo reclamaban -y lo repudiaban alternativamente. Ninguno, -grande ó pequeño, podía ser toda una gene<span class="pagenum"><a id="Page_297"></a> [Pg 297]</span>ración, -todo un pueblo, toda una raza. Sarmiento -sintetizaba una era en nuestra latinidad americana. -Su acercamiento á las facciones, compuestas -por amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias, -eran simples tanteos hacia un fin claramente -previsto, para cuya consecución necesitó -ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo -parecíale pequeño para abarcarle entre sus brazos; -sólo pudo ser suyo el lema inequívoco: «las -cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».</p> - -<p>Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; -en todas ellas llevó como única antorcha -su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que -abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco -escultor de la civilización, tuvo siempre -libres las manos para modelar instituciones é ideas, -libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear -tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar -verdades á puñados. Entusiasta por la Patria, cuya -grandeza supo mirar como la de una propia hija, -fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos -con la serena crueldad de un cirujano.</p> - -<p>La unidad de su obra es profunda y absoluta, -no obstante las aparentes contradicciones entre su -conducta y su medio. Entre alternativas extremas, -Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta -la muerte. Su madurez siguió la orientación de su -juventud; llegó á los ochenta años perfeccionando -las originalidades que había adquirido á los treinta. -Se equivocó innumerables veces, tantas como -sólo puede concebirse en un hombre que vivió<span class="pagenum"><a id="Page_298"></a> [Pg 298]</span> -pensando siempre. Cambió mil veces de opinión, -porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y -divino parpadeaba como un faro, con alternativas -perturbadoras. Era un mundo que se obscurecía y -se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de -amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo -uniforme del tiempo. En ciertas épocas pareció -nacer de nuevo con cada aurora; pero supo oscilar -hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo.</p> - -<p>Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado -hubiera muerto á su espalda; el ayer no existía, -para él, frente al mañana. Los hombres y pueblos -en decadencia viven acordándose de dónde vienen; -los hombres geniales y los pueblos fuertes -sólo necesitan saber dónde van. Vivió inventando -doctrinas ó forjando instituciones, creando siempre, -en continuo derroche de imaginación creadora. -Nunca tuvo paciencias resignadas, ni esa imitativa -mansedumbre del mediocre que se acomoda -para vegetar tranquilamente. La adaptación social -depende del equilibrio entre lo que se inventa y -lo que se imita; mientras el hombre vulgar es imitativo -y se adapta perfectamente, el hombre de -genio es creador y con frecuencia inadaptado. La -adaptación es mediocrizadora; rebaja al individuo -á los modos de pensar y sentir que son comunes á -la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. -Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran -de ella; muchos suelen ceder cuando los resortes -del espíritu sienten la herrumbre de la vejez. -Sarmiento fué una excepción. Había nacido<span class="pagenum"><a id="Page_299"></a> [Pg 299]</span> -«así» y quiso vivir como era, sin desteñirse en el -semitono de los demás.</p> - -<p>En horas crueles, cuando los mediocres le agredían -para desbaratar sus ideales de cultura, en -vano intentaría Sarmiento rebelarse á su destino. -Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz -de su tiempo, hostigándole á perseverar sin -tregua hasta el borde mismo de la tumba. En pleno -arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, -siempre alerta para avalancharse contra los -que desplumaban el ala de sus grandes ensueños: -habría osado desmantelar la tumba más gloriosa -si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que -algo resucitaría de entre las cenizas.</p> - -<p>Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios -de Sarmiento. Fué «inactual» en su medio; -el genio importa siempre una anticipación. Su -originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo -había, ciertamente: mas no era intrínseco en su -personalidad, sino extrínseco, entre ella y su medio. -Su inquietud no era inconstancia, su labor no -era agitación. Su genio era una suprema cordura -en todo lo que á sus ideales tocaba. Parecía lo contrario -por contraste con la niebla de mediocridad -que le circuía.</p> - -<p>Tenía los descompaginamientos que la vida moderna -hace sufrir á todos los caracteres militantes; -pero la revelación más indudable de su genialidad -está en la eficacia de su obra, á pesar de los -aparentes desequilibrios. Personificó la más grande -lucha entre el pasado y el porvenir del conti<span class="pagenum"><a id="Page_300"></a> [Pg 300]</span>nente, -asumiendo con exceso la responsabilidad de -su destino. Nada le perdonan los enemigos del -Ideal que él representa; todo le exigen los partidarios. -El equilibrio del mediocre es exiguo comparado -con el del genio; aquél soporta un trabajo -igual á uno y éste lo emprende igual á mil. Para -ello necesita una rara fineza y una absoluta precisión -ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos -trepan; cobran mayor pujanza cuando arrecian las -borrascas: parecen águilas planeantes en su atmósfera -natural.</p> - -<p>La incomprensión de estos detalles ha hecho que -en todo tiempo se atribuyeran taras psicopáticas á -los hombres de genio, concretándose al fin la consabida -hipótesis de su parentesco con la locura, -tan cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre -los comunes procesos del raciocinio rutinario -y de la actividad doméstica. Pero se olvida que -inadaptado no quiere decir alienado: no puede el -genio consistir en adaptarse á la mediocridad.</p> - -<p>El culto de la bestia sana redundaría en beneficio -de los sujetos más insignificantes, si se aceptara -la doctrina que los declara predestinados á la -degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento -y el genio pueblen los asilos; si ha habido, -por acaso, diez hombres excelentes, encontráronse -á su lado un millón de mediocres y pobres diablos. -Es evidente que los alienistas estudiarán la -biografía de los diez é ignorarán la del millón. Y -para enriquecer sus catálogos de genios enfermos -incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuan<span class="pagenum"><a id="Page_301"></a> [Pg 301]</span>do -no á simples desequilibrados intelectuales que -son «imbéciles con la librea del genio». Estos personajes, -que viven á horcajadas sobre el muro que -separa la cárcel del manicomio, son la antítesis -misma del talento y del genio; su deficiente moralidad -es uno de tantos estigmas de su desequilibrio.</p> - -<p>Los hombres como Sarmiento pueden caldearse -por la excesiva función que desempeñan; los ignorantes -confunden su pasión con la locura. Pero -juzgados en la evolución de las razas y de los grupos -sociales, ellos se presentan como casos de perfeccionamiento -activo, en beneficio de la civilización -y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha -de los originales; se opera entre individuos -diferenciados. El desenvolvimiento de una personalidad -genial es una simple variación sobre los -caracteres adquiridos por el grupo social; gracias -á ella aparecen nuevas y distintas energías, que -son el comienzo de líneas de divergencia y sirven -de materia á la selección natural. La desarmonía -de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias -son rebeliones á las rutinas de los mediocres.</p> - -<p>Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica -siempre disgregación, desequilibrio, solución -de continuidad. Con breve razonamiento refutó -Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se abstrae; -el alienado se distrae. La abstracción ausenta -de los demás; la distracción ausenta de sí mismo. -Cada proceso ideativo es una serie. En cada -serie hay un término medio y un proceso lógico<span class="pagenum"><a id="Page_302"></a> [Pg 302]</span>. -Entre las diversas series hay saltos y faltan los -términos medios. El genio, moviéndose recto y -rápido dentro de una misma serie, abrevia los términos -medios é intuye la relación lejana; el loco, -saltando de una serie á otra, privado de términos -medios, disparata en vez de razonar. Ésa es la -aparente analogía entre genio y locura; parece -que en el movimiento de ambos faltaran los términos -medios; pero, en rigor, el genio vuela, el -loco salta. El uno sobreentiende muchos términos -medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu -se ausenta de los demás; en la locura, se -ausenta de sí mismo. «La sublime locura del genio -es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, -no es cuerdo ni loco, es simplemente la mediocridad, -es decir, la media lógica, la media alma, -el medio carácter, la religiosidad convencional, la -moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, -el idioma usual, la nulidad de estilo».</p> - -<p>La ingenuidad de las masas ignorantes tiene -parte decisiva en la confusión. Acogen con facilidad -la insidia de los mediocres y proclaman loco -al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran -de esta etiqueta: son aquéllos cuya genialidad es -discutible, concediéndoseles apenas algún talento -especial en grado excelso. No así los indiscutibles, -que viven en brega perpetua, como Sarmiento. -Cuando empezó á envejecer, sus propios adversarios -aprendieron á tolerarlo, aunque sin el -gesto magnánimo de una admiración agradecida. -Le siguieron llamando «el loco Sarmiento».</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_303"></a>[Pg 303]</span></p> - -<p>¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más -que cien libros sobre la fragilidad del juicio social. -Cabe desconfiar de los diagnósticos formulados -por los contemporáneos sobre los hombres que no -se avienen á marcar el paso en las filas; las medianías, -sorprendidas por resplandores inusitados, -sólo atinan á justificarse con epítetos despectivos. -Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino -ilustre sufrió más burlas de sus conciudadanos. -No hay vocablo injurioso que no haya sido -empleado contra él: era tan grande que no bastó -un diccionario entero para difamarle ante la posteridad. -Las retortas de la envidia destilaron las -más exquisitas quintaesencias; conoció todas las -oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de -los impotentes. La caricatura le mordió hasta sangrar, -como á ningún otro: el lápiz tuvo, vuelta á -vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. -Como las serpientes que estrangulan á Laocoonte -en la obra maestra del Belvedere, mil tentáculos -subalternos y anónimos acosaron su titánica personalidad, -robustecida por la brega.</p> - -<p>El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, -con la fuerza del número, irresponsable ante el -porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos, -desbordante y hostil, ebrio de batallar en una -atmósfera grávida de tempestades, sembrando á -todos los vientos, en todas las horas, en todos los -surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le -comprendían; la videncia del juicio póstumo era el -único lenitivo á las heridas que sus contemporá<span class="pagenum"><a id="Page_304"></a> [Pg 304]</span>neos -le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento -de esperanzas en un matorral de espinas.</p> - -<p>Para conservar intactos sus atributos, el genio -necesita períodos de recogimiento; el contacto -prolongado con la mediocridad despunta las ideas -originales y corroe los caracteres más adamantinos. -Por eso, con frecuencia, toda superioridad es -un destierro. Los grandes pensadores son solitarios; -parecen proscriptos en su propio medio. Se -mezclan á él para combatir ó predicar, un tanto -excéntricos cuando no hostiles, sin entregarse -nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes. -Muchos ingenios eminentes, arrollados por -la marea colectiva, pierden ó atenúan su originalidad, -empañados por la sugestión del medio. Los -prejuicios más hondamente arraigados en el individuo -subsisten y prosperan; las ideas nuevas, por -ser adquisiciones personales de reciente formación, -se marchitan. Para defender sus frondas más -tiernas el genio busca aislamientos parciales en -sus invernáculos propios. Si no quiere nivelarse -demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse -por dentro, sin que esta defensa de su originalidad -equivalga á una misantropía. Lleva consigo -las palpitaciones de una época ó de una generación, -que son su finalidad y su fuerza: cuando se -retira se encumbra. Desde su cima formula con -firme claridad aquel sentimiento, doctrina ó esperanza -que en todos se incuba sordamente. En él -adquieren claridad meridiana los confusos rumores<span class="pagenum"><a id="Page_305"></a> [Pg 305]</span> -que serpentean en la inconsciencia de sus contemporáneos. -Tal, más que en ningún otro genio de la -historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la -civilización de su raza, en la hora que preludiaba -el surgir de la nacionalidad entre el caos de la -barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo -entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro -de su país, europeo entre argentinos y argentino -en el extranjero, provinciano entre porteños -y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que -es destino de los hombres de genio estar ausentes -en todas partes.</p> - -<p>Viven más altos y fuera del torbellino común, -desconcertando á sus contemporáneos. Son inquietos: -la gloria y el reposo nunca fueron compatibles. -Son apasionados: disipan los obstáculos -como los primeros rayos del sol licuan la nieve -caída en una noche primaveral. En la adversidad -no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. -Y siguen tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando -á otros, adelantándose á todos, sin rendirse, -tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio: -sólo está vencido el que confiesa estarlo. En -eso finca su genialidad. Ésa es la locura divina -que Erasmo elogió en páginas imperecederas y -que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran -varón que honra á la raza de todo un continente. -Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo de las -hachas...</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_306"></a>[Pg 306]</span></p> - - -<h3>III.—<span class="smcap">El genio revelador: Ameghino.</span></h3> - -<p>Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo -ver en la noche, antes de que amaneciera para todos. -Creó: fué su misión. Lo mismo que Sarmiento, -llegó en su clima y á su hora. Por singular -coincidencia ambos fueron maestros de escuela, -autodidactas, sin título universitario, formados -fuera de la urbe metropolitana, en contacto inmediato -con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos -exteriores de la mentira mundana, con -las manos libres, la cabeza libre, el corazón libre, -las alas libres. Diríase que el genio florece mejor -en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, -que son su atmósfera natural; se agosta en -los invernáculos del Estado, en sus universidades -domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, -en sus academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. -Fáltale allí el aire libre y la plena luz -que sólo da la naturaleza: el encebadamiento precoz -enmohece los resortes de la imaginación creadora -y despunta las mejores originalidades. El genio -nunca ha sido una institución oficial.</p> - -<p>Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra -época, tiene caracteres de fenómeno natural. -¿Por qué un hombre, en Luján, da en juntar huesos -de fósiles y los baraja entre sus dedos, como -un naipe compuesto con millares de siglos, y acaba -por arrancar á esos mudos testigos la historia -de la tierra, de la vida, del hombre, como<span class="pagenum"><a id="Page_307"></a> [Pg 307]</span> -si obrara por predestinación ó por fatalidad?</p> - -<p>Tenía que ser un genio argentino, porque ningún -otro punto de la superficie terrestre contiene -una fauna fósil comparable á la nuestra; tenía que -ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado -el asidero de las doctrinas darwinistas que le -sirven de fundamento; no podía ser antes de ahora, -porque el clima intelectual del país no fué propicio -á ello hasta que lo fecundó el apostolado -de Sarmiento; y tenía que ser Ameghino, y ningún -otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro reunía -en tan alto grado su aptitud para la observación y -el análisis, su capacidad para la síntesis y la hipótesis, -su resistencia para el enorme esfuerzo prolongado -durante tantos años, su desinterés por todas -las mediocres vanidades que hacen del hombre -un funcionario, pero matan al pensador?</p> - -<p>Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio -en su oportunidad. Aunque son fuerzas todopoderosas, -porque obran continua y sordamente, -el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas -radica la realización de su obra. Las resistencias, -que desalientan al mediocre, son su estímulo: -crece á la sombra de la envidia ajena. La -mediocridad puede conspirar contra él, movilizando -en su contra la detracción y el silencio. Sigue -su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, dionisíacamente -seguro. El genio no fracasa nunca. El -que no ha creado no es genio, no llegó á serlo, fué -una ilusión disipada. No quiere esto decir que viva -del éxito, sino que su marcha hacia la gloria es fa<span class="pagenum"><a id="Page_308"></a> [Pg 308]</span>tal, -á pesar de todos los contrastes. El que se detiene -prueba impotencia para marchar. Algunas -veces el hombre genial vacila y se interroga ansiosamente -sobre su propio destino: cuando muerden -su talón los envidiosos ó cuando le adulan los -hipócritas. Pero en dos circunstancias se ilumina -ó se desencadena: en la hora de la inspiración y -en la hora de la diatriba. Cuando descubre una -verdad parece que en sus pupilas brillara una luz -eterna; cuando amonesta á los envilecidos diríase -que refulge en su frente la soberanía de una generación.</p> - -<p>Firme y serena voluntad necesitó Ameghino -para cumplir su función genial. Pero nada puede -crearse sin materia y sin energía: sin saberlo y sin -quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La -imaginación no basta para dar vida á la obra: la -voluntad la engendra. En este sentido—y en ningún -otro—el desarrollo de la aptitud nativa requiere -«una larga paciencia» para que el ingenio -se convierta en talento ó se encumbre en genialidad. -Por eso los hombres excepcionales tienen un -valor moral y son algo más que objetos de curiosidad: -«merecen» la admiración que se les profesa. -Si su aptitud es un don de la naturaleza, desarrollarla -implica un esfuerzo ejemplar. Por más -que sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, -las obras no se hacen solas. El tiempo es el aliado -del genio; el trabajo completa las iniciativas de la -inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de -crear saben lo que cuesta. Determinado el Ideal,<span class="pagenum"><a id="Page_309"></a> [Pg 309]</span> -hay que realizarlo: en la raza, en la ley, en el mármol, -en la palabra. Tan magno esfuerzo explica el -escaso número de obras maestras. Si la imaginación -creadora es necesaria para concebirlas, requiérese -para ejecutarlas otra rara virtud: la voluntad -tenaz, que Newton bautizó como simple -paciencia, sin medir los falsos corolarios de su -apotegma.</p> - -<p>Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan -que la imaginación es superflua y secundaria, -atribuyendo el genio á lo que fué virtud de -bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes -extraordinarias, la paciencia no produce un -Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de constancia, -sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El -hombre de genio, en el tiempo que dura un relámpago, -intuye su Ideal: toda su vida marcha -tras él, persiguiendo la quimera entrevista.</p> - -<p>Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; -en Ameghino se revelaron por una precocidad -de «ingenio» anterior á toda experiencia. Eso -no significa que todos los precoces puedan llegar -á la genialidad, ni siquiera al talento. Muchos son -desequilibrados y suelen agostarse en plena primavera; -pocos perfeccionan sus aptitudes hasta -convertirlas en talento; rara vez coinciden con la -hora propicia y ascienden á la genialidad. Sólo es -genio quien las convierte en obra luminosa, con -esa fecundidad superior que implica alguna madurez; -los más bellos dones requieren ser cultivados, -como las tierras más fértiles necesitan ararse. Es<span class="pagenum"><a id="Page_310"></a> [Pg 310]</span>tériles -resultan los espíritus brillantes que desdeñan -todo esfuerzo, tan absolutamente estériles -como los imbéciles laboriosos; no da cosechas el -campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril -por más que se le are.</p> - -<p>Ése es el profundo sentido moral de la paradoja -que identifica el genio con la paciencia, aunque -sean inadmisibles sus corolarios absurdos. La misma -significación originaria de la palabra genio -presupone algo como una inspiración transcendental. -Todo lo que huele á cansancio, no siendo -fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. -Solamente puede acordarse este supremo homenaje -á aquél cuyas obras denuncian menos el esfuerzo -del amanuense que una especie de don imprevisto -y gratuito, algo que opera sin que él lo -sepa, por lo menos con una fuerza y un resultado -que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para -griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: -era aquel espíritu que acompaña, guía ó inspira á -cada hombre desde la cuna hasta la tumba. Con -la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra -«genio», los antiguos no tuvieron ninguna; -para expresarla anteponían al sustantivo «ingenio» -un adjetivo que expresara su grandeza ó culminación.</p> - -<p>No es posible proclamar genios á todos los hombres -superiores. Hay tipos intermediarios. Los -modernos distinguen zurdamente al hombre de -genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud -inicial de ambos: el «ingenio», es decir una ca<span class="pagenum"><a id="Page_311"></a> [Pg 311]</span>pacidad -superior á la mediana. Presenta una gradación -infinita y cada uno de sus grados es susceptible -de educarse ilimitadamente. Permanece -estéril y desorganizado en los más, sin implicar -siquiera talento. Este último es una perfección -alcanzada por pocos, una originalidad particular, -una síntesis de coordinación, inaccesible al hombre -mediocre, sin ser por eso equivalente á la genialidad. -Rara vez la máxima intensificación del -ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces -su obra adquiere significación social y un -Ameghino asciende á la genialidad. La especie, -con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas, -casi, como ejemplares.</p> - -<p>La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir -entre los hombres superiores, á punto de -catalogar entre los genios á muchos hombres de -talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados -que son su caricatura. Ensayó Nordau una discreta -diferenciación de tipos. Llama genio al hombre -que crea nuevas formas de actividad no emprendidas -antes por otros ó desarrolla de un modo enteramente -propio y personal actividades ya conocidas; -y talento al que practica formas de actividad, -general ó frecuentemente practicadas por -otros, mejor que la mayoría de los que cultivan -esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene -en cuenta la obra realizada y la aptitud del que -la realiza. El genio implica un desarrollo orgánico -primitivamente superior; el talento adquiere por el -ejercicio una integral excelencia de ciertas dispo<span class="pagenum"><a id="Page_312"></a> [Pg 312]</span>siciones -que en su ambiente posee la mayoría de -los sujetos normales. Por eso entre la inteligencia -y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, -que es cualitativa entre el talento y el genio.</p> - -<p>No es así, aunque parezca. El talento es mucho -más que una mediocridad complicada; no puede -ascender hasta él la inteligencia común. Implica, -en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que -la educación convierte en talento de su propio género. -Las mentes más preclaras, en cambio, llegarán -ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias -extrínsecas: su obra revelará si tuvieron -funciones decisivas en la vida ó en la cultura -de su pueblo.</p> - -<p>En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo -permanecer fiel á su escuela. Dice que el -genio posee, acentuado, un franco desequilibrio ó -anormalidad; su producción científica ó artística -se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó -descubrimientos son profundos y radicales. El -hombre de talento, en cambio, es más equilibrado -y su degeneración física y mental es menor; no es -un precursor decidido, sino más bien un coordinador -de elementos dispersos, cuya amalgama produce -un resultado nuevo, aunque sin la verdadera -y profunda novedad de la ideación genial. Las -conclusiones son buenas; no así las premisas. Son, -sin duda, geniales: Cervantes, Miguel Ángel, -Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; -son talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, -Hugo, Washington, Wallace. Existen tipos inter<span class="pagenum"><a id="Page_313"></a> [Pg 313]</span>medios: -los hombres que poseen un «talento genial», -como Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso -no impide la distinción de ambos tipos. Prácticamente -un vegetal difiere de un animal y un hombre -de un gorila, aunque existan especies intermediarias. -Ambos convienen igualmente al progreso -humano. Su labor se integra. Se complementan -como la hélice y el timón: el talento trepana sin -sosiego las olas inquietas y el genio marca el rumbo -hacia imprevistos horizontes.</p> - -<p>La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. -Donde no hay creación no hay genio. Crear -es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El genio revélase -por una aptitud inventiva ó creadora aplicada -á cosas vastas ó difíciles. En la vida social, -en las ciencias, en las artes, en las virtudes, en -todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, -con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos -entre las cosas y las ideas, con una firme -seguridad para no desviarse de su camino. En -ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca -lo remoto y percibe relaciones entre las cosas distantes, -como lo definió Ampère. Ni consiste simplemente -en inventar ó descubrir: las invenciones -que se producen por casualidad, sin ser expresamente -pensadas, no requieren aptitudes geniales. -El genio descubre lo que escapa á siglos ó -generaciones, las leyes que expresan una relación -entre las cosas: induce lo inesperado, señala puntos -que sirven de centro á mil desarrollos y abre -caminos en la infinita exploración de la naturaleza.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_314"></a>[Pg 314]</span></p> - -<p>¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, -no es enfermedad? Nunca. Es más sencillo -y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque -depende de una complicada estructura histológica -del cerebro y no de entidades fantásticas; más -excepcional, porque el mundo pulula de enfermos -y rara vez se anuncia un Ameghino.</p> - -<p>Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto -más alta y magnífica es su función de pensar. Ignórase -todavía el mecanismo íntimo de los procesos -intelectuales superiores. Los acompañan, sin -duda, modificaciones de las células nerviosas: -cambios de posición de los neurones y permutas -químicas muy complicadas. Para comprenderlas -deberían conocerse las actividades moleculares y -sus variables relaciones, además de la histología -exacta y completa de los centros cerebrales. Esto -no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad -nerviosa, las transformaciones de energía que -determina en el momento que nace, durante el -tiempo que se propaga y mientras se producen los -fenómenos que acompañan á la complejísima función -de pensar. Los conocimientos científicos distan -de ese límite. Mientras la química y la fisiología -celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre -de que esa, y ninguna otra, es la vía -para explicar las aptitudes supremas de un Ameghino, -en función de su medio.</p> - -<p>Nacemos diferentes; hay una variadísima escala -desde el idiota hasta el genio. Se nace en una zona -de ese espectro, con aptitudes subordinadas á la<span class="pagenum"><a id="Page_315"></a> [Pg 315]</span> -estructura y la coordinación de las células que intervienen -en el pensamiento; la herencia concurre -á dar un sistema nervioso, agudo ú obtuso, según -los casos. La educación puede perfeccionar esas -capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede -crearlas cuando faltan: Salamanca no las presta.</p> - -<p>Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica -nerviosa; los sentidos son la base de la -memoria, de la asociación, de la imaginación: de -todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva -la mano del pintor. El poder de concebir está subordinado -al de percibir: cada hombre tiene la memoria -y la imaginación que corresponde á sus percepciones -predominantes. La memoria no hace al -genio, aunque no le estorba; pero ella y el razonamiento, -cimentado en sus datos, no crean nada -superior á lo real que percibimos. La fecundidad -creadora requiere el concurso de la imaginación, -elemento absoluto para sobreponer á la realidad -algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como -«un grado exquisito de sensibilidad nerviosa», se -enuncia la más importante de sus condiciones; -pero la definición es incompleta. La sensibilidad -es un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes -imaginativas.</p> - -<p>En los genios estéticos es evidente la superintendencia -de la imaginación sobre los sentidos; no -lo es menos en los genios especulativos, como -Ameghino, y en los genios pragmáticos, como -Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, -se adivinan las soluciones, se inventan las<span class="pagenum"><a id="Page_316"></a> [Pg 316]</span> -hipótesis, se plantean las experiencias, se multiplican -las combinaciones. Hay imaginación en la -Paleontología de Ameghino, como la hay en la -física de Ampère y en la Cosmología de Laplace; -y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, -como en la política de César ó en la de Richelieu. -Todo lo que lleva la marca del genio es obra de la -imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó -un plan de campaña de Napoleón; no digamos de -los sistemas filosóficos, tan absolutamente imaginativos -como las creaciones artísticas. Más aún: -son poemas, y su valor se mide por la imaginación -de sus creadores.</p> - -<p>En Ameghino la genialidad se traduce por una -absoluta unidad y continuidad del esfuerzo, en -toda la gestación de sus doctrinas, que es la antítesis -de la locura. También él fué tratado como -loco, sobre todo en su juventud. Con bonhomía risueña -recordaba las burlas de vecinos y niños de -su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al -hombro, hacia las márgenes del Luján; para esas -mentes sencillas tenía que estar loco ese maestro -que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando -huesos de animales extraños, como si -algún delirio le transformara en sepulturero de -edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin -asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido -y atenuar su reputación de inadaptado.</p> - -<p>Basta leer su inmensa obra—centenares de monografías -y de volúmenes—para comprender que<span class="pagenum"><a id="Page_317"></a> [Pg 317]</span> -sólo presenta los desequilibrios inherentes á su -exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, -nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, -sino por una vasta preparación; no -fueron frutos de un cerebro carcomido por la herencia -ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente -entrenados; no ocurrencias, sino cosechas -de siembras previas; jamás casualidades, sino claramente -previstos y anunciados.</p> - -<p>El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es -paradoja ridícula sospechar un degenerado en todo -grande hombre; es absurdo suponer caídos bajo el -nivel común á esos mismos que la admiración de -los siglos coloca por encima de todos. Las obras -geniales sólo pueden ser realizadas por cerebros -mejores que los demás; el proceso de la creación, -aunque tenga fases inconscientes, sería imposible -sin una clarividencia de su finalidad. Antes -que improvisarse en horas de ocio, opérase tras -largas meditaciones y es oportuno, llegando á -tiempo de servir como premisa ó punto de partida -para nuevas doctrinas y corolarios. Nunca tal -equilibrio de la obra genial será más evidente que -en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por -ella, el genio se nos presentaría como la suprema -excelsitud en su propio dominio mental. Esto no -excluye que la degeneración y la locura puedan -coexistir con la imaginación creadora, afectando -especiales dominios; pero la capacidad para las -síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio ni -enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura;<span class="pagenum"><a id="Page_318"></a> [Pg 318]</span> -algunos lo fueron á pesar de ella; muchos fueron -por la enfermedad sumergidos en la sombra.</p> - -<p>Ameghino, como todos los que piensan mucho -é intensamente, se contradijo muchas veces en -los detalles, aunque sin perder nunca el sentido -de su orientación global. Cuando las circunstancias -convergen á ello, el genio especulativo nace -recto desde su origen, como un rayo de luz que -nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo: -todas sus palabras concurren á explicar un -mismo pensamiento, á través de cien contradicciones -en los detalles y de mil alternativas en la -trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor -del camino sin romper la equilibrada coherencia -de la obra total: esa harmonía de la síntesis -que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino -converge á un fin por todos los senderos; nada le -desvía. Mira alto y lejos, va derechamente, sin -las prudencias que traban el paso á las medianías -sin detenerse ante los mil interrogantes que de -todas partes le acosan para distraerle de la Verdad -que le entreabre algún pliegue de sus velos.</p> - -<p>La verdadera contradicción, la que esteriliza el -esfuerzo y el pensamiento, reside en la deshilvanada -heterogeneidad que empalaga las obras de -los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del -juicio ajeno y hablan con énfasis para que muchos -les escuchen aunque no les entiendan; en su cerebro -anidan todas las ortodoxias, no atreviéndose -á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados -por las circunstancias: los rutinarios serían<span class="pagenum"><a id="Page_319"></a> [Pg 319]</span> -supremas lumbreras si por la simple incongruencia -se calificara al genio. Para señalar el punto de -intersección entre dos teorías, dos creencias, dos -épocas ó dos generaciones, requiérese un supremo -equilibrio. En las pequeñas contingencias de -la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser más -astuto y más hábil; pero en las grandes horas de -la evolución intelectual y social todo debe esperarse -del genio. Y solamente de él.</p> - -<p>Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, -no existiendo verdades absolutas; cien rectificaciones -podrán hacerse en la obra de Ameghino. -Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, -conviene que se equivoquen. Sus creaciones -falsas resultan utilísimas por las correcciones que -provocan, las investigaciones que estimulan, las -pasiones que encienden, las inercias que conmueven. -Los hombres mediocres se equivocan de vulgar -manera; el genio, aun cuando se desploma, enciende -una chispa, y en su fugaz alumbramiento -se entrevé alguna cosa ó verdad no sospechada -antes. No es menos grande Platón por sus errores, -ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant. -En los genios que se equivocan hay una viril firmeza -que los impone al respeto de todos. Mientras -los contemporizadores ambiguos no despiertan -grandes admiraciones, los hombres firmes -obligan el homenaje de sus propios adversarios. -Hay más valor moral en creer firmemente un -error, que en aceptar tibiamente una verdad.</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_320"></a>[Pg 320]</span></p> - -<h3>IV.—<span class="smcap">La moral del genio.</span></h3> - -<p>El genio es excelente por su moral, ó no es genio. -Pero su moralidad no puede medirse con preceptos -corrientes en los catecismos; nadie mediría -la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. -Su conducta es inflexible respecto de los -ideales servidos por su aptitud genial. Si busca la -Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada -le desvía. Si el Bien, va recto y seguro por sobre -todas las tentaciones. Y si es un genio universal, -poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se -unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo -por todas las excelencias, por todas las -idealidades. Como fué en Leonardo y en Goethe.</p> - -<p>Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia -respecto de su ideal: la inmoralidad para consigo -mismo es la negación del genio. Por ella se descubren -los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. -Ameghino ignoró las artes del escalamiento -y las industrias de la prosperidad material. -En la ciencia buscó la verdad, tal como la concebía; -ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma -de funcionario. Sobrellevó heroicamente su pobreza -sin asaltar el presupuesto, sin vender sus libros -á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales, -ignorando esa técnica que simula el mérito para -medrar á la sombra del Estado. Fué y vivió como -era, buscando la Verdad y decidido á no torcer -un milésimo de ella. El que puede domesticar sus<span class="pagenum"><a id="Page_321"></a> [Pg 321]</span> -convicciones no es, no puede ser, nunca, absolutamente, -un hombre genial.</p> - -<p>Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo -practica. Sin unidad moral no hay genio. El que -predica la verdad y transige con la mentira, el que -predica la justicia y no es justo, el que predica la -piedad y es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, -el que predica el patriotismo y lo rebaja, el -que predica el carácter y es servil, el que predica -la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, -intrigas, humillaciones, esos mil instrumentos -incompatibles con la visión de un ideal, ese no es -genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga -sin eco, no repercute en el tiempo, como si resonara -en el vacío.</p> - -<p>El portador de un ideal va por caminos rectos, -sin reparar que sean ásperos y abruptos. Sarmiento -no transige nunca movido por vil interés; repudia -el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; -ama en la Patria á todos sus conciudadanos -y siente vibrar en la propia el alma de toda su -nación y de todo el continente; tiene sinceridades -que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y -dice la verdad en tan personal estilo que sólo puede -ser palabra suya; tolera los errores ajenos, recordando -los propios; se encrespa ante las bajezas, -escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis -y eficacia de catapulta; cree en sí mismo -y en sus ideales, sin compartir los prejuicios religiosos -y sectarios de fanáticos que le acosan con -furor, de todos los costados. Tal fué la culminan<span class="pagenum"><a id="Page_322"></a> [Pg 322]</span>te -moralidad del gran americano; Sarmiento cultivó -en grado sumo las más altas virtudes públicas, -sin preocuparse de carpir en la selva magnífica -las malezas que concentran la preocupación de -la mediocridad.</p> - -<p>Los genios amplían su sensibilidad en la proporción -que elevan su inteligencia; pueden subordinar -los pequeños sentimientos á los grandes, los -cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos. -Entonces los espíritus estrechos les suponen -desamorados, apáticos, escépticos. Y se equivocan. -Sienten, mejor que todos, lo humano. El -mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo, -á su familia, á su camarilla, á su facción; pero no -sabe extenderlo hasta la Verdad, la Patria ó la -Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. -Muchos hombres darían su vida por defender á su -secta; son raros los que se han inmolado conscientemente -por una doctrina ó por un ideal.</p> - -<p>La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una -era necesitan amar su Ideal y transformarlo en -pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu genio», -escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La -cultura no entibia á los visionarios: su vida entera -es una fe en acción. Saben que los caminos más -escarpados llevan más alto. Nada emprenden que -no estén decididos á concluir. Las resistencias son -espolazos que los incitan á perseverar; aunque nubarrones -de escepticismo ensombrezcan su cielo, -son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando -sonríen, fácilmente se adivina el ascua crepitante<span class="pagenum"><a id="Page_323"></a> [Pg 323]</span> -bajo su ironía. Mientras el hombre sin ideales ríndese -en la primera escaramuza, el genio se apodera -del obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en -él pusiera su orgullo y su gloria: con igual vehemencia -la llama acosa al objeto que la obstruye, -hasta encenderlo para agrandarse á sí misma.</p> - -<p>La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza -del genio es una suprema dignidad del propio -Ideal; la falta de creencias sólidamente cimentadas -convierte al mediocre en fanático. La fe se -confirma en el choque con las opiniones contrarias; -el fanatismo teme vacilar ante ellas é intenta ahogarlas. -Mientras agonizan sus viejas creencias, -Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada -á su fanatismo; pero cuando el nuevo credo -se afirma en Pablo, la fe le alienta, infinita: -enseña y no persigue, discute y no amordaza. -Muere él por su fe, pero no mata; fanático, habría -vivido para matar. La fe es tolerante: es un misticismo -que respeta las creencias propias en las -ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la -suficiencia de las propias fuerzas; los hombres de -genio se mantienen creyentes y firmes en sus doctrinas, -mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos. -Permanecen libres de las supersticiones -vulgares y con frecuencia las combaten: por eso -los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo -su horror á la común mentira con falta de entusiasmo -por el propio Ideal. Todas las religiones reveladas -fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino: -sabían que nada hay más extraño á la fe que el fa<span class="pagenum"><a id="Page_324"></a> [Pg 324]</span>natismo. -La fe es de visionarios y el fanatismo es -de siervos. La fe es llama que enciende y el fanatismo -es ceniza que apaga. La fe es una dignidad -y el fanatismo es un renunciamiento. La fe es una -afirmación individual de alguna verdad propia y el -fanatismo es una conjura de huestes para ahogar -la verdad de los demás.</p> - -<p>Frente á la marea niveladora que amenaza por -todos los puntos del horizonte, en las mediocracias -contemporáneas, todo homenaje al genio es -un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento -de la Humanidad. Cuando alguna -generación siente un hartazgo de chatura, de doblez, -de servilismos, tiene que buscar en los genios -de su raza los símbolos de pensamiento y de -acción que la templen para nuevos esfuerzos.</p> - -<p>Todo hombre de genio es la personificación suprema -de un Ideal. Contra la mediocridad, que -asedia á los espíritus originales, conviene fomentar -su culto: robustece las alas nacientes. Los más -altos destinos se templan en la fragua de la admiración. -Poner la propia fe en algún ensueño, apasionadamente, -con la más honda emoción lírica, es -ascender hacia las cumbres donde aletea la gloria. -Enseñando á admirar el genio, la santidad y el heroísmo, -prepáranse climas propicios á su advenimiento.</p> - -<p>Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el -curso de los siglos y fuerza es que mueran los venideros, -implacablemente segados por el tiempo.</p> - -<p>Hay algo humano, más duradero que la fantas<span class="pagenum"><a id="Page_325"></a>[Pg 325]</span>magoría -de lo divino: el ejemplo de los genios. Los -santos de la moral idealista no hacen milagros: -realizan magnas obras, conciben supremas bellezas -é investigan profundas verdades. Mientras -existan corazones que alienten un afán de perfección, -serán conmovidos por todo lo que revela fe -en un Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto -de los héroes, por la virtud de los santos, por -la doctrina de los sabios, por la filosofía de los -pensadores.</p> - -<div class="chapter"> -<p><span class="pagenum"><a id="Page_326"></a>[Pg 326]<br /><a id="Page_327"></a>[Pg 327]</span></p> -</div> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_328"></a>[Pg 328]</span></p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_329"></a>[Pg 329]</span></p> - - -<p class="center p4 big3">BIBLIOTECA RENACIMIENTO</p> - -<p class="center big2">DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA</p> - -<p class="center p2 big1">EXTRACTO DEL CATÁLOGO</p> - -<div class="blockquot"> -<p class="center p4">LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)</p> -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> - -<p class="small1"> <span style="padding-left: 0.5em;">I.</span> GALDÓS <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="padding-left: 0.0em;">II.</span> SU ÚNICO HIJO. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center small1">S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO</p> - -<p class="small1">LA RIMA ETERNA <span class="flright">3,00</span><br /> -LA FLOR DE LA VIDA <span class="flright">3,00</span><br /> -PUEBLA DE LAS MUJERES <span class="flright">3,00</span><br /> -MALVALOCA <span class="flright">3,50</span><br /> -MUNDO, MUNDILLO <span class="flright">3,50</span><br /> -FORTUNATO <span class="flright">2,00</span></p> - - -<p class="center small1">COMEDIAS ESCOGIDAS</p> - -<p class="small1"><span style="margin-left: 0.5em;">I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.3em;">II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.1em;">IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.4em;">V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO</span> <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">BALDOMERO ARGENTE</p> -<p class="small1">HENRY GEORGE. Su vida y su obra <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ</p> -<p class="small1">GENTE MENUDA <span class="flright">3,00</span></p> - -<p class="center">AZORÍN</p> - -<p class="small1">EL POLÍTICO <span class="flright">3,00</span></p> - -<p class="center p1">PÍO BAROJA</p> -<p class="center small1">NOVELAS</p> - - -<p class="small1">LA BUSCA <span class="flright">3,50</span><br /> -MALA HIERBA <span class="flright">3,50</span><br /> -AURORA ROJA <span class="flright">3,50</span><br /> -LA FERIA DE LOS DISCRETOS <span class="flright">3,50</span><br /> -PARADOX, REY <span class="flright">3,00</span><br /> -LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS <span class="flright">3,00</span><br /> -LA DAMA ERRANTE <span class="flright">3,00</span><br /> -LA CIUDAD DE LA NIEBLA <span class="flright">3,00</span><br /> -LAS TRAGEDIAS GROTESCAS <span class="flright">3,00</span><br /> -CÉSAR Ó NADA <span class="flright">4,00</span><br /> -LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL ÁRBOL DE LA CIENCIA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL MUNDO ES ANSÍ <span class="flright">3,50</span><br /> -EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR <span class="flright">3,50</span><br /> -LA CASA DE AIZGORRI <span class="flright">1,00</span></p> - -<p class="center p1">JOAQUÍN BELDA</p> - - - - -<p class="small1">LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50 MEMORIAS -DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50 LA -PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00</p> - -<p class="center p1">JACINTO BENAVENTE<br /> -<em>De la Real Academia Española.</em></p> - -<p class="center small2">OBRAS COMPLETAS<br /> -Á 3,50 PESETAS TOMO</p> - - - - -<p class="small1">CARTAS DE MUJERES.—FIGULINAS.—TEATRO FANTÁSTICO.—VILANOS.—DE -SOBREMESA.</p> - -<p class="center small1">TEATRO</p> - - -<p class="small1">I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE -ALIVIO.—II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO -FEMINISTA.—III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA -CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.—IV. -MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.—V. LA GOBERNADORA. EL PRIMO -ROMÁN.—VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS MARIDOS.—VII. -ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL SÁBADO.—VIII. LOS -FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE BELLE ISLE. POR QUÉ SE -AMA.—IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL DRAGÓN DE FUEGO.—X. -RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.—XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA -BODA.—XII. EL SUSTO DE LA CONDESA. CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA. -LOS MALHECHORES DEL BIEN.—XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE -QUE EL AMOR.—XIV. MANÓN LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.—XV. LA -PRINCESA SIN CORAZÓN. EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE -LOS MUERTOS.—XVI. LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL -ÚLTIMO MINUÉ. TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.—XVII. -SEÑORA AMA. EL MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.—XVIII. DE PEQUEÑAS -CAUSAS. HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN -HOMBRE!—XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE. EL -PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA.</p> - -<p class="center p1">HENRY BERGSON</p> -<p class="center"><em>Traducción de Carlos Malagarriga.</em></p> -<p class="small1">LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos <span class="flright">7,00</span></p> - -<p class="center p1">EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL)</p> -<p class="small1">NOVELAS EN GERMEN <span class="flright"> 2,00</span><br /> -VÓRTICE <span class="flright">3,00</span><br /> -GRAFÓMANOS DE AMÉRICA <span class="flright">3,00</span><br /> -SINTIÉNDOME VIVIR <span class="flright">3,00</span><br /> -VIAJANDO POR ESPAÑA <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL<br /> -<em>Bachiller Alonso de San Martín.</em></p> -<p class="small1">LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">MANUEL BUENO</p> -<p class="small1">TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO <span class="flright">3,50</span><br /> -CORAZÓN ADENTRO. Novela. <span class="flright">3,00</span><br /> -JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ROSALÍA DE CASTRO</p> -<p class="small1 p1">EN LAS ORILLAS DEL SAR <span class="flright">3,50</span><br /> -CANTARES GALLEGOS <span class="flright">3,50</span><br /> -FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">RICARDO J. CATARINEU</p> -<p class="small1">EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología <span class="flright">3,50</span><br /> -MADRIGALES Y ELEGÍAS <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">CURROS ENRÍQUEZ</p> -<p class="small1">AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. <span class="flright">3,00</span><br /> -EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. <span class="flright">3,00</span><br /> -CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. <span class="flright">3,00</span></p> - -<p class="center p1">RUBÉN DARÍO</p> -<p class="small1">EL CANTO ERRANTE. Poesías. <span class="flright">3,00</span><br /> -TODO AL VUELO <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center small1">OBRAS ESCOGIDAS</p> -<p class="small1"><span style="margin-left: 1.0em;">I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.5em;">II. POESÍAS</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -III. PROSA <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">JOAQUÍN DICENTA</p> -<p class="small1">LOS BÁRBAROS. Novela. <span class="flright">3,50</span><br /> -GALERNA. Novelas. <span class="flright">1,00</span></p> - -<p class="center p1">CONCHA ESPINA</p> -<p class="small1">LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. <span class="flright">3,50</span><br /> -DESPERTAR PARA MORIR. Novela. <span class="flright">3,50</span><br /> -AGUA DE NIEVE. Novela. <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">CARLOS FERNÁNDEZ SHAW</p> -<p class="small1">LA VIDA LOCA <span class="flright">4,00</span><br /> -POESÍA DE LA SIERRA <span class="flright">4,00</span><br /> -POESÍA DEL MAR <span class="flright">4,00</span><br /> -EL AMOR Y MIS AMORES <span class="flright">4,00</span><br /> -CANCIONERO INFANTIL <span class="flright">1,00</span><br /> -CANCIONES DE NOCHEBUENA <span class="flright">2,00</span><br /> -LA PATRIA GRANDE <span class="flright">3,00</span><br /> -EL ALMA EN PENA <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ANATOLE FRANCE</p> -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> -<p class="small1">JOCASTA Ó EL GATO FLACO <span class="flright">3,50</span><br /> -BALTASAR <span class="flright">3,50</span><br /> -EL POZO DE SANTA CLARA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL LIBRO DE MI AMIGO <span class="flright">3,50</span><br /> -EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO <span class="flright">3,50</span><br /> -EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA <span class="flright">3,50</span><br /> -OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD <span class="flright">3,50</span><br /> -LA AZUCENA ROJA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL OLMO DEL PASEO <span class="flright">3,50</span><br /> -EL MANIQUÍ DE MIMBRE <span class="flright">3,50</span><br /> -EL ANILLO DE AMATISTA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS <span class="flright">3,50</span><br /> -HISTORIA CÓMICA <span class="flright">3,50</span><br /> -CHAINQUEBILLE <span class="flright">3,50</span><br /> -SOBRE LA PIEDRA INMACULADA <span class="flright">3,50</span><br /> -LA ISLA DE LOS PINGÜINOS <span class="flright">3,50</span><br /> -LA CAMISA <span class="flright">3,50</span><br /> -LOS DIOSES TIENEN SED <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">JOSÉ FRANCÉS</p> -<p class="small1">LA GUARIDA. Novela. <span class="flright">3,50</span><br /> -LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. <span class="flright">3,50</span><br /> -GUIGNOL <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="p1 center">F. GARCÍA SANCHIZ</p> -<p class="small1">NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS <span class="flright">3,00</span></p> - -<p class="p1 center">ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO</p> -<p class="small1">MATILDE REY. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO</p> -<p class="small1">LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO <span class="flright">3,50</span><br /> -</p> - -<p class="p1 center">ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ</p> -<p class="small1">LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ANTONIO DE HOYOS</p> -<p class="small1">LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ALBERTO INSÚA</p> -<p class="center small1">NOVELAS</p> -<p class="small1"> -DON QUIJOTE EN LOS ALPES <span class="flright">3,00</span><br /> -LA MUJER FÁCIL <span class="flright">3,50</span><br /> -LAS NEURÓTICAS <span class="flright">3,50</span><br /> -LA MUJER DESCONOCIDA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD <span class="flright">3,50</span><br /> -LAS FLECHAS DEL AMOR <span class="flright">3,50</span><br /> -EL DESEO <span class="flright">3,50</span><br /> -EN TIERRA DE SANTOS <span class="flright">1,00</span><br /> -LA HORA TRÁGICA <span class="flright">1,00</span> -</p> - -<p class="center p1">WALDO A. INSÚA</p> -<p class="small1">LA BOCA DE LA ESFINGE <span class="flright">3,00</span><br /> -</p> - -<p class="center p1">JUAN R. JIMÉNEZ</p> -<p class="small1">PASTORALES <span class="flright">3,50</span><br /> -LABERINTO <span class="flright">3,50</span><br /> -BALADAS DE PRIMAVERA <span class="flright">2,00</span><br /> -ELEGÍAS PURAS <span class="flright">2,00</span><br /> -ELEGÍAS INTERMEDIAS <span class="flright">2,00</span><br /> -ELEGÍAS LAMENTABLES <span class="flright">2,00</span><br /> -LA SOLEDAD SONORA <span class="flright">3,50</span><br /> -POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES <span class="flright">3,50</span><br /> -MELANCOLÍA <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">RICARDO LEÓN<br /> -<em>De la Real Academia Española.</em></p> - -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> -<p class="small1">CASTA DE HIDALGOS. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -COMEDIA SENTIMENTAL. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS <span class="flright">3,50</span><br /> -EL AMOR DE LOS AMORES. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías <span class="flright">3,50</span><br /> -LOS CENTAUROS. Novela <span class="flright">4,00</span></p> - -<p class="center p1">MANUEL LINARES RIVAS</p> -<p class="small1">LA RAZA <span class="flright">3,00</span><br /> -AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">RAFAEL LÓPEZ DE HARO</p> -<p class="center small1">NOVELAS</p> -<p class="small1">SIRENA <span class="flright">3,50</span><br /> -ENTRE TODAS LAS MUJERES <span class="flright">3,50</span><br /> -POSEÍDA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL PAÍS DE LOS MEDIANOS <span class="flright">3,50</span><br /> -LA IMPOSIBLE <span class="flright">1,00</span></p> - -<p class="center p1">DANIEL LÓPEZ ORENSE</p> -<p class="small1">EL CAMINO DE LA DICHA. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">JOSÉ LÓPEZ PINILLOS</p> -<p class="small1">DOÑA MESALINA. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -LA SANGRE DE CRISTO. Novela <span class="flright">3,00</span></p> - -<p class="center p1">LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA</p> -<p class="small1">CARNE DE RELIEVE. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">JOSÉ LÓPEZ SILVA</p> -<p class="small1">LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW</p> -<p class="small1">SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS.<br /> -<span style="margin-left: 2em;">LOS BUENOS MOZOS</span> <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ANTONIO MACHADO</p> -<p class="small1">CAMPOS DE CASTILLA. Poesías <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">MANUEL MACHADO</p> -<p class="small1">APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras<br /> -<span style="margin-left: 2em;">de los mejores pintores</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -EL MAL POEMA. Poesías <span class="flright">3,00</span></p> - -<p class="center p1">EDUARDO MARQUINA</p> -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> -<p class="small1">LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española <span class="flright">3,50</span><br /> -DOÑA MARÍA LA BRAVA <span class="flright">3,50</span><br /> -EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia<br /> -<span style="margin-left: 2em;">Española</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -LA ALCAIDESA DE PASTRANA <span class="flright">2,50</span><br /> -EL REY TROVADOR <span class="flright">3,50</span><br /> -POR LOS PECADOS DEL REY <span class="flright">3,50</span><br /> -TIERRAS DE ESPAÑA <span class="flright">3,50</span><br /> -VENDIMIÓN <span class="flright">3,50</span><br /> -ELEGÍAS <span class="flright">1,00</span></p> - -<p class="center p1">G. MARTÍNEZ SIERRA</p> -<p class="small1">EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS.<br /> -<span style="margin-left: 2em;">FLORES DE ESCARCHA</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -SOL DE LA TARDE. Novelas <span class="flright">3,50</span><br /> -LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual <span class="flright">3,50</span><br /> -EL AGUA DORMIDA. Novelas <span class="flright">3,50</span><br /> -LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías <span class="flright">3,50</span></p> -<p class="center small1">TEATRO</p> - -<p class="small1">TEATRO DE ENSUEÑO <span class="flright">3,50</span><br /> -LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR <span class="flright">3,50</span><br /> -CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL <span class="flright">3,50</span><br /> -PRIMAVERA EN OTOÑO <span class="flright">3,50</span><br /> -EL POBRECITO JUAN <span class="flright">1,50</span><br /> -MAMÁ. EL ENAMORADO <span class="flright">3,50</span><br /> -MADAME PEPITA <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">ENRIQUE DE MESA</p> -<p class="small1">FLOR PAGANA <span class="flright">3,00</span><br /> -ANDANZAS SERRANAS <span class="flright">1,50</span></p> - -<p class="center p1">AMADO NERVO</p> -<p class="small1">SERENIDAD. Poesías <span class="flright">3,50</span></p> - -<p class="center p1">CONDESA DE PARDO BAZÁN</p> -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> - -<p class="small1"><span style="margin-left: 3.1em;">I.</span> LA CUESTIÓN PALPITANTE <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.6em;">II. </span>LA PIEDRA ANGULAR <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.2em;">III. </span>LOS PAZOS DE ULLOA <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.2em;">IV. </span>LA MADRE NATURALEZA. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.4em;">V. </span>CUENTOS DE MARINEDA <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.2em;">VI. </span>POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2em;">VII. </span>INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 1.6em;">VIII. </span>LA TRIBUNA. Novela <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.5em;">IX. </span>DE MI TIERRA <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 3em;">X. </span>CUENTOS NUEVOS <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.6em;">XI. </span>DOÑA MILAGROS. Novela <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.1em;">XII. </span>LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.8em;">XIII. </span>NOVELAS EJEMPLARES <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2em;">XIV. </span>MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.5em;">XV. </span>EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela <span class="flright">4,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.1em;">XVI. </span>CUENTOS DE AMOR <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.6em;">XVII. </span>CUENTOS SACRO-PROFANOS <span class="flright">4,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.1em;">XVIII. </span>EL NIÑO DE GUZMÁN <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 2.0em;">XIX. </span>AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA <span class="flright">4,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.5em;">XX. </span>UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO.<br /> -<span style="margin-left: 4.5em;">Historias y cuentos regionales <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.9em;">XXI. </span>CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.5em;">XXII. </span>UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas <span class="flright">5,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.29em;">XXIII. </span>EN TRANVÍA. Cuentos <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.5em;">XXIV. </span>DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 1.9em;">XXV. </span>CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA.</span><br /> -<span style="margin-left: 4.5em;">CUENTOS ANTIGUOS</span> <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.5em;">XXVI. </span>POR LA EUROPA CATÓLICA <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1em;">XXVII. </span>SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 0.6em;">XXVIII. </span>SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.45em;">XXIX. </span>LA QUIMERA <span class="flright">5,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.55em;">XXX. </span>UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN <span class="flright">6,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.45em;">XXXI. </span>EL FONDO DEL ALMA <span class="flright">3,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1.2em;">XXXII. </span>RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS <span class="flright">4,00</span><br /> -<span style="margin-left: 0.6em;">XXXIII. </span>LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA <span class="flright">1,00</span><br /> -<span style="margin-left: 0.8em;">XXXIV. </span>MI ROMERÍA <span class="flright">1,00</span><br /> -<span style="margin-left: 1em;">XXXV.</span> Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES.<br /> -<span style="margin-left: 4.5em;">EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE</span> <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.8em;">XXXVI. </span>SUD-EXPRESS. Cuentos <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.4em;">XXXVII. </span>LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO <span class="flright">4,50</span><br /> -XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 0.7em;">XXXIX. </span>LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN <span class="flright">4,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.6em;">XL. </span>BELCEBÚ. Novelas <span class="flright">3,50</span><br /> -<span style="margin-left: 2.15em;">XLI. </span>LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO <span class="flright">4,00</span></p> - -<p class="center p1">BIBLIOTECA DE LA MUJER<br /> -<em>Dirigida por la C. de Pardo Bazán.</em></p> - -<p class="center small2">Á TRES PESETAS TOMO</p> - - -<p class="small1">I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de -Ágreda.—II. Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John -Stuart Mill. Prólogo de la condesa de Pardo Bazán.—III. Sección -novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña María de Zayas.—IV. Sección -biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P. Mercier.—V. Sección -histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de Nervo, y -ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.—VI. Sección -pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS -VÍRGENES, por Juan Luis Vives.—VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL -SOCIALISMO, por Augusto Bebel.</p> - -<p class="center p1">JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN</p> -<p class="small1">NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE <span class="flright">3,50</span><br /> -AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS,<br /> -<span style="margin-left: 2em;">EN EL SIGLO XIX </span> <span class="flright">3,50</span><br /> -</p> - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_330"></a>[Pg 330]</span></p> - -<p class="center p1">BENITO PÉREZ GALDÓS<br /> -<em>De la Real Academia Española.</em></p> - -<p class="center small1">EPISODIOS NACIONALES</p> - -<p class="center small1"><em>Primera serie.</em></p> - - -<p class="small1">TRAFALGAR.—LA CORTE DE CARLOS IV.—EL 19 DE MARZO Y EL 2 -DE MAYO.—BAILÉN. NAPOLEÓN EN -CHAMARTÍN.—ZARAGOZA.—GERONA.—CÁDIZ.—JUAN MARTÍN EL -EMPECINADO.—LA BATALLA DE LOS ARAPILES.</p> - - -<p class="center small1"><em>Segunda serie.</em></p> - - -<p class="small1">EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.—MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.—LA -SEGUNDA CASACA.—EL GRANDE ORIENTE.—7 DE JULIO.—LOS CIEN MIL HIJOS -DE SAN LUIS.—EL TERROR DE 1822.—UN VOLUNTARIO REALISTA.—LOS -APOSTÓLICOS.—UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS.</p> -<p class="center small1"><em>Tercera serie.</em></p> - - -<p class="small1">ZUMALACÁRREGUI.—MENDIZÁBAL.—DE OÑATE Á LA GRANJA.—LUCHANA.—LA -CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.—LA ESTAFETA ROMÁNTICA.—VERGARA.—MONTES DE -OCA.—LOS AYACUCHOS.—BODAS REALES.</p> -<p class="center"><em>Cuarta serie.</em></p> - - -<p class="small1">LAS TORMENTAS DEL 48.—NARVÁEZ.—LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.—LA -REVOLUCIÓN DE JULIO.—O'DONNELL.—AITA TETTAUEN.—CARLOS VI EN LA -RÁPITA.—LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».—PRIM.—LA DE LOS -TRISTES DESTINOS.</p> -<p class="center small1"><em>Última serie.</em></p> - - -<p class="small1">ESPAÑA SIN REY.—ESPAÑA TRÁGICA.—AMADEO I.—LA PRIMERA REPÚBLICA.—DE -CARTAGO Á SAGUNTO.—CÁNOVAS.</p> -<p class="center"><em>Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al<br /> -precio de DOS pesetas volumen.</em></p> - -<p class="center"><em>Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo,<br /> -CINCO pesetas.</em></p> - -<p class="center"><em>Se venden tapas sueltas á UNA peseta.</em></p> - -<p class="center p1">NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO</p> - - -<p class="small1">DOÑA PERFECTA.—GLORIA, primera parte.—GLORIA, segunda -parte.—MARIANELA.—LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.—LA -FAMILIA DE LEÓN ROCH, segunda parte.—LA FONTANA DE ORO.—EL -AUDAZ.—LA SOMBRA.—MEMORANDA.</p> -<p class="center p1">NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO</p> - - -<p class="small1">LA DESHEREDADA, primera parte.—LA DESHEREDADA, segunda parte.—EL -AMIGO MANSO.—EL DOCTOR CENTENO, primera parte.—EL DOCTOR CENTENO, -segunda parte.—TORMENTO.—LA DE BRINGAS.—LO PROHIBIDO, primera -parte.—LO PROHIBIDO, segunda parte.—FORTUNATA Y JACINTA, primera -parte.—FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.—FORTUNATA Y JACINTA, -tercera parte.—FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.—MIAU.—LA -INCÓGNITA.—REALIDAD.—ÁNGEL GUERRA, primera parte.—ÁNGEL GUERRA, -segunda parte.—ÁNGEL GUERRA, tercera parte.—TRISTANA.—LA -LOCA DE LA CASA.—TORQUEMADA EN LA HOGUERA.—TORQUEMADA EN -LA CRUZ.—TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.—TORQUEMADA Y SAN -PEDRO.—NAZARÍN.—HALMA.—MISERICORDIA.—EL ABUELO.—CASANDRA.—EL -CABALLERO ENCANTADO.</p> - -<p class="center p1">COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS</p> - - -<p class="small1">REALIDAD.—LA LOCA DE LA CASA.—LA DE SAN QUINTÍN.—LOS -CONDENADOS.—VOLUNTAD.—DOÑA PERFECTA.—LA FIERA.—ELECTRA.—ALMA Y -VIDA.—MARIUCHA.—BÁRBARA.—AMOR Y CIENCIA.—PEDRO MINIO.</p> - - -<p class="center p1">RAMÓN PÉREZ DE AYALA</p> - - -<p class="small1">TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -LA PATA DE LA RAPOSA. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -TROTERAS Y DANZADERAS. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">JUAN PÉREZ ZÚÑIGA</p> - - -<p class="small1">CUATRO CUENTOS Y UN CABO <span class="flright">2,00</span><br /> -HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos <span class="flright">5,00</span><br /> -AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">JACINTO OCTAVIO PICÓN<br /> -<em>De la Real Academia Española.</em></p> - -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> - - -<p class="small1"><span style="margin-left: 1.0em;">I.</span> DULCE Y SABROSA. Novela <span class="flright">4,00</span><br /> -<span style="margin-left: 0.5em;">II.</span> LA HONRADA. Novela <span class="flright">4,00</span><br /> -III. JUANITA TENORIO. Novela <span class="flright">4,00</span><br /> -<span style="margin-left: 0.2em;">IV.</span> Mujeres. Novelas <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_331"></a>[Pg 331]</span></p> - -<p class="center p1">SALVADOR RUEDA</p> - - -<p class="small1">POESÍAS ESCOGIDAS <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">SANTIAGO RUSIÑOL</p> - -<p class="center"><em>Traducciones de G. Martínez Sierra.</em></p> -<p class="small1">EL PUEBLO GRIS <span class="flright">3,50</span><br /> -UN VIAJE AL PLATA <span class="flright">3,50</span><br /> -LA ISLA DE LA CALMA <span class="flright">3,50</span><br /> -ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN <span class="flright">3,50</span><br /> -EL INDIANO <span class="flright">1,00</span></p> - - -<p class="center p1">JOSÉ M. SALAVERRÍA</p> - - -<p class="small1">LAS SOMBRAS DE LOYOLA <span class="flright">2,00</span></p> - - -<p class="center p1">R. SÁNCHEZ DÍAZ</p> - - -<p class="small1">JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">ALEJANDRO SAWA</p> - - -<p class="small1">ILUMINACIONES EN LA SOMBRA <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">UNAMUNO Y GANIVET</p> - - -<p class="small1">EL PORVENIR DE ESPAÑA <span class="flright">2,00</span></p> - - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_332"></a>[Pg 332]</span></p> - -<p class="center p1">FELIPE TRIGO</p> -<p class="center small1">OBRAS COMPLETAS</p> - -<p class="center small1">NOVELAS</p> - - -<p class="small1">LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS <span class="flright">7,00</span><br /> -LA SED DE AMAR <span class="flright">3,50</span><br /> -ALMA EN LOS LABIOS <span class="flright">3,50</span><br /> -DEL FRÍO AL FUEGO <span class="flright">3,50</span><br /> -LA ALTÍSIMA <span class="flright">3,50</span><br /> -LA BRUTA <span class="flright">3,50</span><br /> -LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA <span class="flright">3,50</span><br /> -SOR DEMONIO <span class="flright">3,50</span><br /> -EN LA CABRERA <span class="flright">3,50</span><br /> -CUENTOS INGÉNUOS <span class="flright">3,00</span><br /> -LA CLAVE <span class="flright">3,50</span><br /> -LAS EVAS DEL PARAÍSO <span class="flright">3,50</span><br /> -LAS POSADAS DEL AMOR <span class="flright">3,50</span><br /> -EL MÉDICO RURAL <span class="flright">3,50</span><br /> -LOS ABISMOS <span class="flright">3,50</span><br /> -EL CÍNICO <span class="flright">3,50</span><br /> -ASÍ PAGA EL DIABLO <span class="flright">1,00</span></p> - - -<p class="center small1">ESTUDIOS</p> - - -<p class="small1">SOCIALISMO INDIVIDUALISTA <span class="flright">3,50</span><br /> -EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">MIGUEL DE UNAMUNO</p> - -<p class="small1">MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS <span class="flright">3,50</span><br /> -POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA <span class="flright">3,50</span><br /> -SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES <span class="flright">3,50</span><br /> -CONTRA ESTO Y AQUELLO <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">RAMÓN DEL VALLE INCLÁN</p> - -<p class="small1">ÁGUILA DE BLASÓN <span class="flright">3,50</span><br /> -COFRE DE SÁNDALO <span class="flright">3,50</span><br /> -CUENTO DE ABRIL <span class="flright">3,50</span><br /> -GERIFALTES DE ANTAÑO <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_333"></a>[Pg 333]</span></p> - -<p class="center p1">FRANCISCO VILLAESPESA</p> - - -<p class="small1">EL ESPEJO ENCANTADO <span class="flright">3,50</span><br /> -EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS <span class="flright">3,50</span><br /> -PANALES DE ORO <span class="flright">3,50</span><br /> -EL BALCÓN DE VERONA <span class="flright">3,50</span> -PALABRAS ANTIGUAS <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">A. VIVERO Y A. DE LA VILLA</p> - -<p class="small1">CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">EDUARDO ZAMACOIS</p> - -<p class="small1">EL OTRO. Novela <span class="flright">3,50</span><br /> -LA OPINIÓN AJENA. Novela <span class="flright">3,50</span></p> - - -<p class="center p1">BIBLIOTECA CLÁSICA</p> - - -<p class="center p2">COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS CADA UNO EN RÚSTICA -Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS EN PASTA ESPAÑOLA</p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS GRIEGOS</p> - - -<p class="small1">HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).—HERODOTO: Los -nueve libros de la historia (dos).—PLUTARCO: Las vidas paralelas -(cinco).—ARISTÓFANES: Teatro completo (tres).—ESQUILO: Teatro -completo (uno).—POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco -(uno).—XENOFONTE: Historia de la entrada de Cyro en Asia (uno). -La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).—LUCIANO: Obras completas -(cuatro).—PÍNDARO: Odas (uno).—ARRIANO: Las expediciones de -Alejandro (uno).—POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo, -etc. (uno).—POLIBIO: Historia romana (tres).—PLATÓN: La república -(dos).—DIÓGENES LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres -(dos).—MORALISTAS GRIEGOS: Marco Aurelio, Teofrasto, Epicteto, -Cebes (uno).—TUCÍDIDES: Historia de la guerra del Peloponeso -(dos).—JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).—ISÓCRATES: Oraciones -políticas y forenses (dos).—EURÍPIDES: obras dramáticas (tres).</p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_334"></a>[Pg 334]</span></p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS LATINOS</p> - - -<p class="small1">VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).—CICERÓN: -Obras didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas -familiares (dos). Cartas políticas (dos). Vida y discursos -(siete).—TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres -de los germanos (uno).—SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de -Jugurta (uno).—CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de -la civil (dos).—SUETONIO: Vida de los doce césares (uno).—SÉNECA: -Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).—OVIDIO: -Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).—FLORO: Compendio de -las hazañas romanas (uno).—QUINTILIANO: Instituciones oratorias -(dos).—QUINTO CURCIO: Vida de Alejandro (dos).—ESTACIO: La Tebaida -(dos).—LUCANO: La farsalia (dos).—TITO LIVIO: Décadas de la historia -romana (siete).—TERTULIANO: Apología contra los gentiles en defensa -de los cristianos (uno).—VARIOS: Historia Augusta (tres).—Marcial -y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).—TERENCIO: Teatro completo -(uno).—APULEYO: El asno de oro (uno).—Plinio el joven y Cornelio -Nepote: Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres -(dos).—JUVENAL y PERSIO: Sátiras (uno).—AULIO GELIO: Noches áticas -(dos).—SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios (cuatro).—AMMIANO: Historia -del imperio romano (dos).—LUCRECIO: De la naturaleza de las cosas -(uno).—HORACIO: Obras completas (dos).</p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS ESPAÑOLES</p> - - -<p class="small1">CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos). -Don Quijote de la Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho). -Teatro completo (tres).—CALDERÓN: Teatro selecto (cuatro).—HURTADO -DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).—QUEVEDO: Obras satíricas y -festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de Dios -(uno).—QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).—Duque de Rivas: -Sublevación de Nápoles (uno).—ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano -(uno).—MELO: Guerra de Cataluña (uno).—VARIOS: Antología de poetas -líricos castellanos, ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios -críticos del mismo (doce).—COLÓN: Relaciones y cartas (uno).—ROJAS: -La celestina (uno).</p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS INGLESES</p> - - -<p class="small1">MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno). -Estudios políticos (uno). Estudios biográficos (uno). Estudios -críticos (uno). Estudios de política y literatura (uno). Discursos -parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia -de la revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo -III (seis).—MILTON: El paraíso perdido (dos).—SHAKESPEARE: Teatro -selecto (ocho).</p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS ITALIANOS</p> - - -<p class="small1">MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). Tragedias, -poesías: obras varias (dos).—GUICCIARDINI: Historia de Italia -(seis).—MAQUIAVELO: Obras históricas (DOS). Obras políticas -(DOS).—Benvenuto Cellini: su vida, descrita por él mismo -(dos).—TASSO: La Jerusalén libertada (dos).</p> - - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_335"></a>[Pg 335]</span></p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS ALEMANES</p> - - -<p class="small1">SCHILLER: Teatro completo (tres tomos). Poesías líricas (dos).—HEINE: -Poemas y fantasías (uno). Cuadros de viaje (dos).—GOETHE: Viaje -á Italia (dos). Teatro selecto (dos).—HUMBOLDT: Colón y el -descubrimiento de América (dos).</p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS FRANCESES</p> - - -<p class="small1">LAMARTINE: Civilizadores y conquistadores (dos tomos).—BOSSUET: -Oraciones fúnebres (ocho).—MERIMÉE: Colomba (uno).</p> - -<p class="center p1">CLÁSICOS SÁNSCRITOS</p> - - -<p class="small1">Código de MANÚ (un tomo).</p> - - -<p class="center p1">BIBLIOTECA POPULAR</p> - -<p class="center">Á UNA PESETA CADA TOMO EN RÚSTICA Y Á 1,50 ENCUADERNADO EN TELA</p> - - - -<p class="small1">I.—PÍO BAROJA: La casa de Aizgorri. Novela. II.—FELIPE TRIGO: Así -paga el diablo... Novela. III.—ALBERTO INSÚA: En tierra de santos. -Novela. IV.—S. y J. ÁLVAREZ QUINTERO: Drama, comedia y sainete. -V.—JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.—RAFAEL LÓPEZ DE HARO: -La imposible. Novela. VII.—SANTIAGO RUSIÑOL: El indiano. VIII.—E. -GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.—CONDESA DE PARDO -BAZÁN: Cuentos trágicos. X.—JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza. -Novela. XI.—EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.—ALBERTO INSÚA: La hora -trágica. Novela. XIII.—JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela -escénica. XIV.—PÍO BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.—PEDRO -DE RÉPIDE: Noche perdida. Novelas.</p> - - -<p><span class="pagenum"><a id="Page_336"></a>[Pg 336]</span></p> - -<p class="small1">RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos -de la Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío -Baroja, Joaquín Belda, Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de -Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina, Alejandro Larrubierra, Ricardo -León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez Sierra, Benito -Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio -Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría, -R. Sánchez Díaz, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo -Zamacois.</p></div> - -<p> </p> -<p> </p> -<hr class="pgx" /> -<p>***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***</p> -<p>******* This file should be named 64974-h.htm or 64974-h.zip *******</p> -<p>This and all associated files of various formats will be found in:<br /> -<a href="http://www.gutenberg.org/dirs/6/4/9/7/64974">http://www.gutenberg.org/6/4/9/7/64974</a></p> -<p> -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed.</p> - -<p>Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. Special rules, set forth in the General Terms of Use part -of this license, apply to copying and distributing Project -Gutenberg-tm electronic works to protect the PROJECT GUTENBERG-tm -concept and trademark. Project Gutenberg is a registered trademark, -and may not be used if you charge for the eBooks, unless you receive -specific permission. If you do not charge anything for copies of this -eBook, complying with the rules is very easy. You may use this eBook -for nearly any purpose such as creation of derivative works, reports, -performances and research. They may be modified and printed and given -away--you may do practically ANYTHING in the United States with eBooks -not protected by U.S. copyright law. Redistribution is subject to the -trademark license, especially commercial redistribution. -</p> - -<h2 class="pgx" title="">START: FULL LICENSE<br /> -<br /> -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE<br /> -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK</h2> - -<p>To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license.</p> - -<h3 class="pgx" title="">Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm electronic works</h3> - -<p>1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. If you do not agree to abide by all -the terms of this agreement, you must cease using and return or -destroy all copies of Project Gutenberg-tm electronic works in your -possession. If you paid a fee for obtaining a copy of or access to a -Project Gutenberg-tm electronic work and you do not agree to be bound -by the terms of this agreement, you may obtain a refund from the -person or entity to whom you paid the fee as set forth in paragraph -1.E.8.</p> - -<p>1.B. "Project Gutenberg" is a registered trademark. It may only be -used on or associated in any way with an electronic work by people who -agree to be bound by the terms of this agreement. 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If an individual work is unprotected by copyright law in the -United States and you are located in the United States, we do not -claim a right to prevent you from copying, distributing, performing, -displaying or creating derivative works based on the work as long as -all references to Project Gutenberg are removed. Of course, we hope -that you will support the Project Gutenberg-tm mission of promoting -free access to electronic works by freely sharing Project Gutenberg-tm -works in compliance with the terms of this agreement for keeping the -Project Gutenberg-tm name associated with the work. You can easily -comply with the terms of this agreement by keeping this work in the -same format with its attached full Project Gutenberg-tm License when -you share it without charge with others.</p> - -<p>1.D. The copyright laws of the place where you are located also govern -what you can do with this work. Copyright laws in most countries are -in a constant state of change. 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Additional terms -will be linked to the Project Gutenberg-tm License for all works -posted with the permission of the copyright holder found at the -beginning of this work.</p> - -<p>1.E.4. Do not unlink or detach or remove the full Project Gutenberg-tm -License terms from this work, or any files containing a part of this -work or any other work associated with Project Gutenberg-tm.</p> - -<p>1.E.5. Do not copy, display, perform, distribute or redistribute this -electronic work, or any part of this electronic work, without -prominently displaying the sentence set forth in paragraph 1.E.1 with -active links or immediate access to the full terms of the Project -Gutenberg-tm License.</p> - -<p>1.E.6. You may convert to and distribute this work in any binary, -compressed, marked up, nonproprietary or proprietary form, including -any word processing or hypertext form. However, if you provide access -to or distribute copies of a Project Gutenberg-tm work in a format -other than "Plain Vanilla ASCII" or other format used in the official -version posted on the official Project Gutenberg-tm web site -(www.gutenberg.org), you must, at no additional cost, fee or expense -to the user, provide a copy, a means of exporting a copy, or a means -of obtaining a copy upon request, of the work in its original "Plain -Vanilla ASCII" or other form. Any alternate format must include the -full Project Gutenberg-tm License as specified in paragraph 1.E.1.</p> - -<p>1.E.7. Do not charge a fee for access to, viewing, displaying, -performing, copying or distributing any Project Gutenberg-tm works -unless you comply with paragraph 1.E.8 or 1.E.9.</p> - -<p>1.E.8. You may charge a reasonable fee for copies of or providing -access to or distributing Project Gutenberg-tm electronic works -provided that</p> - -<ul> -<li>You pay a royalty fee of 20% of the gross profits you derive from - the use of Project Gutenberg-tm works calculated using the method - you already use to calculate your applicable taxes. The fee is owed - to the owner of the Project Gutenberg-tm trademark, but he has - agreed to donate royalties under this paragraph to the Project - Gutenberg Literary Archive Foundation. Royalty payments must be paid - within 60 days following each date on which you prepare (or are - legally required to prepare) your periodic tax returns. 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Contact the Foundation as set forth in Section 3 below.</p> - -<p>1.F.</p> - -<p>1.F.1. Project Gutenberg volunteers and employees expend considerable -effort to identify, do copyright research on, transcribe and proofread -works not protected by U.S. copyright law in creating the Project -Gutenberg-tm collection. Despite these efforts, Project Gutenberg-tm -electronic works, and the medium on which they may be stored, may -contain "Defects," such as, but not limited to, incomplete, inaccurate -or corrupt data, transcription errors, a copyright or other -intellectual property infringement, a defective or damaged disk or -other medium, a computer virus, or computer codes that damage or -cannot be read by your equipment.</p> - -<p>1.F.2. 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It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life.</p> - -<p>Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org.</p> - -<h3 class="pgx" title="">Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation</h3> - -<p>The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws.</p> - -<p>The Foundation's principal office is in Fairbanks, Alaska, with the -mailing address: PO Box 750175, Fairbanks, AK 99775, but its -volunteers and employees are scattered throughout numerous -locations. Its business office is located at 809 North 1500 West, Salt -Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up to -date contact information can be found at the Foundation's web site and -official page at www.gutenberg.org/contact</p> - -<p>For additional contact information:</p> - -<p> Dr. Gregory B. Newby<br /> - Chief Executive and Director<br /> - gbnewby@pglaf.org</p> - -<h3 class="pgx" title="">Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg Literary Archive Foundation</h3> - -<p>Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. 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General Information About Project Gutenberg-tm electronic works.</h3> - -<p>Professor Michael S. Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support.</p> - -<p>Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition.</p> - -<p>Most people start at our Web site which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org</p> - -<p>This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.</p> - -</body> -</html> - diff --git a/old/64974-h/images/cover.jpg b/old/64974-h/images/cover.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 6ba67b8..0000000 --- a/old/64974-h/images/cover.jpg +++ /dev/null diff --git a/old/64974-h/images/ilotp.jpg b/old/64974-h/images/ilotp.jpg Binary files differdeleted file mode 100644 index 81531c9..0000000 --- a/old/64974-h/images/ilotp.jpg +++ /dev/null |
