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Galia, Jude Eylander, and the Online -Distributed Proofreading Team (https://www.pgdp.net) from page images -digitized by the Google Books Library Project (https://books.google.com) -and generously made available by HathiTrust Digital Library -(https://www.hathitrust.org/) - - - -Note: Images of the original pages are available through - HathiTrust Digital Library. See - https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023 - - -NOTAS DEL TRANSCRIPTOR - - En la versión de texto las palabras en itálicas están - indicadas con _guiones bajos_. - - El criterio utilizado para crear la presente versión - electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real - Academia Española vigentes cuando se publicó la edición - de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado - puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la - Real Academia Española. - - Es por ello que palabras como _vio_, _fue_, _dio_, por - ejemplo, que en esa época llevaban acento ortográfico, - en esta transcipción aparecen escritas con acento. - - En la presente transcripción se adecuó la ortografía de - las mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la - RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben escribirse - con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se trata de - palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se - trata únicamente de la mayúscula inicial. - - Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido - corregidos. - - El Índice de capítulos, incluido en la publicación original - al final, ha sido trasladado al principio. - - - - - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - - OBRAS DEL MISMO AUTOR - - - La Psicopatología en el arte. - La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.) - La Simulación de la Locura. (7.ª edición.) - Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.) - Patología del lenguaje musical. - Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.) - Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.) - Criminología. (2.ª edición) - Sociología Argentina. (2.ª edición.) - Principios de Psicología Biológica. - - EN PREPARACIÓN - - Hombres y cosas de mi tiempo. - - JOSÉ INGENIEROS - - - - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - [Ilustración] - - - RENACIMIENTO - - MADRID BUENOS AIRES - Pontejos, 3 Libertad, 170 - 1913 - - - ES PROPIEDAD - - ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.--PONTEJOS 3 - - - - - ÍNDICE - - Página - - LA MORAL DE LOS IDEALISTAS - - I. Las luces del camino.--II. Los visionarios de - la perfección.--III. Los idealistas románticos.--IV. - El idealismo experimental 5 - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - I. «¿Áurea mediocritas?»--II. Definición del hombre - mediocre.--III. Función social de la mediocridad.--IV. - La vulgaridad 39 - - LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL - - I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.--II. - Los estigmas mentales de la mediocridad:.--III. - La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.--IV. - El éxito y la gloria 73 - - LA MEDIOCRIDAD MORAL - - I. El hombre honesto.--II. La moral de Tartufo.--III. - Los tránsfugas de la honestidad.--IV. Los - senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.--V. - La santidad 107 - - LOS CARACTERES MEDIOCRES - - I. Hombres y sombras.--II. La domesticación de - los mediocres: Gil Blas de Santillana.--III. La - vanidad y el orgullo.--IV. La dignidad 159 - - LA ENVIDIA - - I. La pasión de los mediocres.--II. Los sacerdotes - del mérito.--III. Los roedores de la gloria.--IV. - Un castigo dantesco 191 - - LA VEJEZ NIVELADORA - - I. Las canas.--II. Etapas de la decadencia.--III. - La bancarrota de los ingenios.--IV. La - psicología de la vejez.--V. La virtud de la - impotencia 215 - - LA MEDIOCRACIA - - I. El clima de la mediocridad.--II. La política de - las piaras.--III. Demagogos y aristarcos: Las - dos fórmulas de la injusticia.--IV. La aristocracia - del mérito: «La justicia en la desigualdad» 235 - - LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA - - I. Las sombras del crepúsculo.--II. El trinomio - mental del arquetipo.--III. La mortaja de la - insignificancia 265 - - LOS FORJADORES DE IDEALES - - I. El clima del genio.--II. El genio pragmático: - Sarmiento.--III. El genio revelador: Ameghino.--IV. - La moral del genio 287 - - - - - LA MORAL DE LOS IDEALISTAS - - I.--LAS LUCES DEL CAMINO--II. LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN--III. - LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS--IV. EL IDEALISMO EXPERIMENTAL. - - - I.--LAS LUCES DEL CAMINO. - -Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala -hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la -mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua -sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la -dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti quedas -inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño -que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de -tu temperamento. Innumerables signos la revelan--: cuando se te anuda -la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la cruz izada -para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno--; cuando te abstraes en lo -infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne ó un -discurso de Helvecio--; cuando el corazón se te estremece pensando en -la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente, -el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota--; cuando tus -sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima -acorde con tu sentir--; y cuando, en suma, admiras la mente preclara -de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los -héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad -ó de Belleza. - -Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente -á una aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con -Dante, reir con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner; -ni enmudecen ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos -esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando á -filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas -sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real. -Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo -sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza -aparte en la humanidad: son idealistas. - -El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección. - -Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo -así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al -perfeccionamiento de la realidad. - -Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los -habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado -por un hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de -los individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo -contraste con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la -ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y -calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos -serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros -luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una -infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten ó -simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la peregrinación humana, -la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales. - -Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía. - -Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en -las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un -idealismo experimental que se refiere á los «ideales de perfección», -incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma. - -Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente. -Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja. -Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida -nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de -rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran -al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo -al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de -la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la -contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la -imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al -Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse -de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia. -Que, sola, no anda. - -La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para -adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita -conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias -adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse -en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza -son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su -imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal. - -Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal -desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No -son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen -del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas, -accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se -comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese -punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle -la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las -complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período -brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un -perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite -generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados -posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección. - -Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad -como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista -del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos -posibles que pueblan el espacio y el tiempo. - -Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos -predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La -imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes, -elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable -de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son -apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se -empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad. -Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado -y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus -elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en -que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones -naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas -á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se -identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones -anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el -instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se -limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más -exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen -propicios á la perfección. - -El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á -perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento -del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que -existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los -seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la -formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser -complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á -las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie -conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera. -Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la -selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto -simples anticipaciones del devenir. - -Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los -ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa -jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va -retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho -camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero -el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La -imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia -su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio -sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para -ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad. -Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas -innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto -valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si -son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del -conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar -en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser, -implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra -de progreso. - -En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento -tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos -se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine -el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la -realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la -experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe -más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de -la realidad que deviene. - -Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de -muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea -los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por -un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener -su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo -consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede -encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando -su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus -esclarecidos. - -Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen: -es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta -involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible -en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de -porvenir. - -No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia. -La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad -efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta -absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree -sinceramente en él. - -Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares -diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga, -que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia -de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces -de vivir hacia ellas. - -Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en -nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, -fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace -del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay -tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y -tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección. - -El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que -desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir -que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al -ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se -trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por -sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la -Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista, -al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal -de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que -obstar al esfuerzo similar de los otros. - -Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se -refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas -porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen -que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el -sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas», -aunque el mal uso induzca á ello. - -Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas, -porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden -constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel, -Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que -persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de -sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de -belleza ó una original personalidad. - -No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende -á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los -fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no -existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para -mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan -magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el -cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo -como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben -iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de -ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón, -que no podía contenerse en ningún vaso. - -La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales, -en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan -naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución, -es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras -se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. -Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no -daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente: -es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de -ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo -mejor. - -Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del -arte la Belleza--formas preeminentes de toda excelsitud--no se -concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son -convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás -contradictorias, aunque lo parezca. - -Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad, -su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan -sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del -sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que -concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la -imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma. - -Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad -practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde -al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los -ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y -marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad -amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien -sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos -perfecciones imperfectas. - -Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se -anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la -experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de -ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad -evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de -nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la -mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar -Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua -persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es -una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin -alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite», -se concibe que podría acercársele más. - -Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los -hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia -misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los -viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo -el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave -falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales. -Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado. - -Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios -absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es -contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento -y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de -referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen, -palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los -cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo -un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se -forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno. - -Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas, -momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una -secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada -hombre. - -Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran -apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los -apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y -cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir, -entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su -indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora -á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales -mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto -de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la -sombra. - - - II.--LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN. - -Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el -rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos -universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres -desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el -contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio, -la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso -original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los -hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres. - -El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las -sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia -sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos -elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que -tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus -pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos -hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna -perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad -del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino -de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más -contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de -enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal -son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios, -entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas, -indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los -que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: -posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre -lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son -cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen -lo mejor de lo peor. - -Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El -culto del «hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente, -importa un renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la -rutina y nada crea hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia -sus hipótesis, al arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia -sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad; -los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando -en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres -capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales. -Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo -destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha -paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir -que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin -aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la -inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados -por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les -nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la -inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una -raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa -chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en -hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta -entre sus enemigos más audaces á la ignorancia, madrastra de obstinadas -rutinas. - -La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada -perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría -ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en -estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos, -depende de lo mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería -sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado -viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores. - -En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable. -Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores -audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la -intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo -entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas -son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma: -contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad -parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes -hombres, en los genios mismos si el medio es hostil á sus quimeras, -como es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, informe -bazofia de la humanidad. - -Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede -esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es -juventud la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda; -nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la -moral de las mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal -y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay -juventud en los que persiguen con entusiasmo una perfección; por eso -en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de -los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran á la vida sin -afiebrarse por algún ideal; á los que nunca fueron jóvenes, paréceles -descarriada toda soñadora inquietud. Y no se nace joven: hay que -adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere. - -Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos -sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, -aborrecen de todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta -domesticarlos, haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles, -maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo -igualitario pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos: -detesta las diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al -que se aparta en busca de una propia personalidad. El original, el -imaginativo, el creador, atrae sus odios, los busca, los desafía, -sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista -es una viviente afirmación de individualismo, aunque persiga una -quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su -independencia es una reacción hostil á todos los dogmatismos de rebaño. -Concibiéndose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas -quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: «yo sé -quién soy». Viven animados por este afán afirmativo. En sus ideales -cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la -pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad social, -puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre de -marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad. -Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa: -«Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras -vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el gusano -muera y del capullo salga volando la mariposa». - -Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su -idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el -pensamiento sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene -firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes. Para -crear una partícula de Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un -esfuerzo original y violento contra alguna rutina ó prejuicio, como -para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo. -Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, si -es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de -los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la exageración -de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su atributo -necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la -hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso -para quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento, -con fe, con desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza -arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos. -Y el artista busca también la suya, porque la Belleza es una verdad -animada por la imaginación, más que por la experiencia. Y el filósofo -la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para -consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es servir á su -propia Verdad. Siempre. - -Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz -obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según -predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental -es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los -ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos -afectivos son encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la -imaginación: los ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el -uno á la juventud y el otro á la madurez. El primero es adolescente, -crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, impone y defiende. -El idealista perfecto sería romántico á los veinte años y estoico á -los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el -romanticismo en la edad madura. Lo que al principio le enciende en -pasión debe cristalizarle después en suprema dignidad: ésa es la lógica -de su temperamento. - - - III.--LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS. - -Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables. -Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y -pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran -como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que -la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre -inalcanzado é inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos -los resplandores de la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz; -y Musset quiere amar incesantemente después de haber amado, ofreciendo -su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los románticos -parecen preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito el poder -humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre -atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que -la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista, -como si los nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su -gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones: -entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más intenso -de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por -esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra -todo lo que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus -ideales sin conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor -de la experiencia, agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos -y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la -ternura: con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos -ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal -cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más -saña. - -Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra -Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda -mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría -existir jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la -vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos -creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para -ellos un beso de tal mujer vale más que cien tesoros de Golconda. - -Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que -la razón ignora»--, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto -irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad -apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las -venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus -protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran -con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo, -por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre -encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos -apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo -ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y -hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas -del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se -confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad -sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los -ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar -la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la -poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los -hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad. - -El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor -como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y -es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á -amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de -sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen -la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras -le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un -escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio -ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron; -habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale -un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo -amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn, -Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación -de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta -los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la -conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una -osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas -virtudes del amor. - -En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la -mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos -sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en -nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su -amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su -individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar -contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo -que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir. - -En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con -los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece, -como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución -francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación -se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y -Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y -seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo -tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética. -En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y -trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con -ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente. -Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad -con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión -abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en -Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche. - - - IV.--EL IDEALISMO EXPERIMENTAL. - -Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena -muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las -lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán -de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos -propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le -tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal -inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por -enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar -la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando -salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta -hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una -gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en -la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus -ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando -advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas, -custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades. -El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo -experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación, -haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á -la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo -apolíneo. - -Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia -crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor -no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad -en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más -lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere; -los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese -limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de -los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin -rebajarla. - -Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas -definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más -perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y -su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo -clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través -de los siglos. - -Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á -la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos, -cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De -allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito, -la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción -exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí -mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso -arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito. -Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión -encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á -los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias -oprobian á sus arquetipos. - -El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que -el romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad -organizada, resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin -compromisos. Impórtale menos agredir el mal que consienten los otros -y más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo -depende de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». Son -notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el -sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud. -En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad -social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una sensibilidad -individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas; aquél es -la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta -contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias; -revela energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos -opuestos por el espíritu gregario. El individualista niega el principio -de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera -imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los -partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, sintiéndose -extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las leyes escritas no -han modificado nunca la mediocridad de quienes las admiran ni el -sufrimiento de quienes las aguantan. - -Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que -reclutan las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El -digno elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta -siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia -en sí para acrisolarse; éste se ausenta de los demás para zambullirse -en la sombra. El individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo -eleva; sin ideal, es una caída á más bajo nivel que la mediocridad -misma. - -En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo -anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por -todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo -de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida -en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los -cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: sus últimos pregoneros -encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los -escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fué lealmente -erigida en sistema después de entonces. El placer--como simple -sensualidad cuantitativa--es absurdo é imprevisor; no puede sustentar -una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser otros. -¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un -egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á -los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite -refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más, -pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias -alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo. -Aristipo refugia la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro -la encumbra en la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél -valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados -sin freno; para éste deben ser elegidos y dignificados por un sello -de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su -creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha y -huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á favor del -primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la -dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite -practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer. - -En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo -experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud -heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia -más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio -Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con -bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él, -y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la -historia. - -La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente -elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más -humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas, -entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma -á los filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y -lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo -demás está subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que -depende de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula -del idealismo experimental. - -Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las -resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene -prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo -enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque -los obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no -dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad -de su ambiente sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un -Ideal, vive de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le -impedirá ascender hacia su ensueño. - -Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á -participar del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse -no es morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como lo fué en -Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: sólo él -pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más líricas de -Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su estoicismo es más -propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con -él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre -perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus racimos, como -la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros -en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe, -ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia -el encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el -clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral, -sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se -ennoblece. Frente á las burguesías afiebradas por remontar el nivel -del bienestar material,--ignorando que su mayor miseria es la falta -de cultura,--ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto -de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades -descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio, -de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre á -restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que -caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio. - -Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito; -las virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos, -creando equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los -moralistas: su originalidad está en cambios de tono que modifican las -perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la -mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman -su vehemencia de ideal. Una mediocracia sin ideales,--como un individuo -ó un grupo,--es vil y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos -anhelos de perfección. Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad -como un culto; frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud -desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la -Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente á las -complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del -Individuo dentro de cada sociedad. - -Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia, -un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce -habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos -de la historia. Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los -resurgimientos, transmuta ó desorbita. En ese instante remontan su -vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos -y para obras perennes. - -En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los -visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la -mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno -sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre -plasmó un concepto más sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa, -cuyo cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados. -Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de -Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan -palabras perceptibles. Dice á los jóvenes que toda brega por un Ideal -es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que nunca hay error en -seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá -á crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe -alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no -vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño -sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus ideales bajo el -palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que conspiran -para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres. - -Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la -Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos. - - - - - EL HOMBRE MEDIOCRE - - «_Cacciarli i ciel per non esser men belli, - Né le profondo Inferno li riceve..._» - - DANTE. _Inferno._ Canto III. - - I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»--II. DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.--III. - FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.--IV. LA VULGARIDAD. - - -I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?» - -Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza -que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se -uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad -crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase -el rebaño para prepararse al sueño, la remota campana tañe su -aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana claridad lunar -se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su titilación el -firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece -conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que -encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado -á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración -primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al -reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas, -un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la -oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas -han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa -hasta el rebaño que apacienta. - -La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no -entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo -ó de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente -invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni -venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite -forzoso de su mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los -ajenos una chispa capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede -serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la -ironía de cuantos le invitan á arrebañarse en nombre de ideales que -puede servir, no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres, -sólo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. Para concebir -una perfección es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos -pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven de dogmas que otros les -imponen, esclavos de fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre -del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y de toda cumbre. -Individualmente son hombres que no existen. No inspiran simpatías ni -rencores acentuados. No admiran ni espantan. Sería difícil decidir -qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente no obstan á los -caracteres originales: su existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo -como sombras insubstanciales, temiendo que alguien pueda reprocharles -esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida. - -Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre -la tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y -el gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia: -los más altos placeres son inherentes á proponerse una perfección y -perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen biografía: no vive -el que no deja rastros en las cosas ó en los espíritus. La vida sólo -vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No -ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor -algún ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta -juventud la precedió. La medida justa del hombre está en la duración -de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen -sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se -maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las -dignidades que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los -apetitos del mediocre. Pero hay algo que embellece los placeres y -califica la vida del idealista: la afirmación de la propia personalidad -y la cantidad de hombría aquilatada en la dignificación de nuestro yo. -Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos á una -parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias -de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un -incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen; -pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y vegetan moldeados -por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad exigua -y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua disciplina del pensar -y de la conducta; su existencia es puramente negativa como unidades -sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los que viven y -piensan. - -Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre -es áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta -acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado -cuando ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los -caracteres humanos en sensitivos y activos, Ribot comprendió la -necesidad de separar los mediocres, cuya característica es no tener -ninguna: «indiferentes», viven sin que se advierta su existencia. Son -productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación -que reciben, de las personas y las cosas que los rodean. La sociedad -piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No hay líneas -definidas ni en su propia sombra: es una penumbra. - -En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como -en el océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud -imperturbable, como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad: -es su destino oponerse al impulso de los originales. Hay en el fondo -de su psicología una espesa pincelada gris. La falta de personalidad -los hace igualmente incapaces de bien y de mal, si de su iniciativa -depende. Desfilan á hurtadillas, inadvertidos, sin aprender ni enseñar, -diluyendo en tedios su insipidez tranquila, vegetando en la sociedad -que ignora su existencia: ceros á la izquierda que nada califican y -para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder á la más -leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y -pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el más leve -céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplio -velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si -irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados -contra un escollo. - -Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se -conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho -de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud, -cierto talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se -envanecen de su testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la -firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su -bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los serviles y -los parapocos pavonéanse de honestos, como si la incapacidad del mal -pudiera en caso alguno confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues, -de la buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos -la mediocridad objetivamente, en sus aspectos fundamentales. - -Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son -mediocres, á carta cabal, los que no descuellan en ninguna. - -Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque -aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos. - -Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural, -con tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que -estudiarlos. El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al -psicólogo le es indiferente: observa los caracteres, los describe, -los compara y los clasifica, de igual manera que otros naturalistas -observan fósiles ó mariposas. - -Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay -mediocridad; en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre -es el claro-obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos, -por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio no dijo «_áurea -mediocritas_» en el sentido general y absurdo que proclaman los -incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por sus -obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad -y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteció los -goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y de la -miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido -epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio -árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia -llena de preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad -moral, intelectual y de carácter, es digna de respetuoso homenaje, -implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables -menospreció á los poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio á -cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido -del «_áurea mediocritas_» clásico? ¿Por qué ese afán de suprimir -desniveles entre los hombres y las sombras, como si rebajando un poco á -los excelentes y amerengando un poco á los mediocres se amenguaran las -desigualdades creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar -la claridad y la tiniebla, confundiendo en una misma penumbra á los -transparentes y á los opacos. - -La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía: -ser original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse -á confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando -la significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas -correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es -colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual, -prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa -insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente -á cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse, -como si fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias -resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado fundamental de -la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos -comunes á todos los hombres: éstos serán siempre tan desiguales como -las olas que erizan la superficie de un Océano. - -En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra -lo excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á -lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los -espíritus arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda -telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, velando su -gloria ante la multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las -cercanías el aletazo inequívoco de un águila. - -La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco -escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren -menos entre sí que unos hombres de otros». (_Obras morales_, vol. -3.) Montaigne suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y -tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más -excelente animal está más próximo del hombre menos inteligente, que -éste último de otro hombre grande y excelente». (_Ensayos_, vol. I. -cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, los -psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad humana; ella será en el -porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne. - -Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de -su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre -unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por -inferioridades ó excelencias. - -Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte -los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco -interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la -pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren -los moralistas; no merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni -la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden -estudiarse. Son los puntales de la mediocridad, constituyen un régimen, -representan un sistema especial de intereses inconmovibles; ellos -subvierten la tabla de los valores morales, falsean nombres, desvirtúan -conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es -lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración una -imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez... - -Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su -insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados -de ese impulso que se resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que -es la vida misma, la complicidad del régimen suple muchas lagunas de -sus biografías, disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de -la gloria entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje -mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato y conserva el nombre -del retratista; y cuando sus lacayos le costean un bronce, debajo del -verdín que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, como si -un pudor incontenible lo encendiera internamente. - -Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección, -ciegos á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é -insuficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y -el idiota; hay, también, una rica literatura consagrada á estudiar el -genio y el talento, amén de que historia y arte convergen á mantener -su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el -genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre común, el -que nos rodea á millares, el que prospera y se reproduce en el silencio -y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no asombra al observador, -pero su conjunto es omnipotente en ciertos momentos de la historia: -cuando reina el clima de la mediocridad. - -Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los -cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de -Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas -mismas de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios -al transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene -la firmeza del que sólo confía en su propia mano para consumar la -obra. ¿Por qué no tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de -autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué -sirve? - -La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la -psicología y de la moral. - - -II.--DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE. - -La mediocridad es una ausencia de características personales que -permitan distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos -un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir -cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil -genios en un Concilio y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras -la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las -opiniones colectivas. - -Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no -existe. No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y -sus cambios opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales, -distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra; -el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir. - -Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales -graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos -extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares, -coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos -allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó -dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el -torbellinesco espíritu de Pascal. - -Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre -medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado _in medio stat -virtus_. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres -mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio -de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto -de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real. - -Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis -estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la -«edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el -Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu -humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación, -es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana -sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en -sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal -concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como -una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al -culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente, -de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre--decimos -ahora--es un animal que evoluciona en las edades más recientes del -planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección -en volver á sus formas ancestrales. - -El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado -ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos -los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre -equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una -complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir -á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos? -El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con -la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo, -sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y -los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más -los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la -normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia -del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este -grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil, -acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á -todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios, -resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su -mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se -derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y -no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa -equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre -equilibrado y del genio desequilibrado.» - -En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre -opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es -capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso -un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran -diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta -presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el -hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores. -Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y -estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus -costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal -doméstico.» _Fruges consumere natus_, que dijo el poeta latino. - -Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del -«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía, -ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida -honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus -concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora -todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas -líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine -contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte, -Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un -ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los -dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas -mundanas. - -Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó -estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud -para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería -la inclinación á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería -á «burgués», por contraposición á «artista»; Flaubert lo definió -como «un hombre que piensa bajamente». Juzgada con ese criterio, su -personalidad parece detestable. Tal resulta en la magnífica silueta de -Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó á admirar Rubén -Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del -mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será, -entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se llama -un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que es -justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es -justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por -carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier -estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico, -absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. -No habla nunca; repite siempre. Juzga á los hombres como los oye -juzgar. Reverenciará á su más cruel adversario, si éste se encumbra; -desdeñará á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su criterio carece -de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son -oficiales. Esa definición descriptiva,--análoga á las que repitiera -Barbey D'Aurevilly--, posee muy sugestiva elocuencia, pero no es -satisfactoria. - -El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo» -de Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués» -antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es -reconocerlo, tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto -de vista psicológico y social; conviene buscar una más exacta é -inequívoca, abordando el problema por otros caminos. - -No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que -pueden englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones, -simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres -humanos, la «etología.» Los antiguos fundábanla sobre los -temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de -ciertas funciones psicológicas. - -Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial, -son insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño -humano, el rango de los hombres que lo componen resulta siempre -«relativo» al conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del -problema. Cada hombre es el producto de dos factores: la herencia y la -educación. La primera tiende á proveerle de los órganos y las funciones -mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es -el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el -individuo está obligado á vivir. La acción educativa es una adaptación -de las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: una continua -aclimatación del individuo en la sociedad. - -El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta -que empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á -reconocer entre éstos á sus semejantes. Su experiencia individual -es, entonces, coadyuvada por las personas que le rodean, tornándose -cada vez más decisiva la influencia del medio. Desde ese momento -evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan -mediante la imitación. El hombre incapaz de imitar no alcanza cierto -nivel, permanece «inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si -la imitación desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la -formación de la personalidad, actuando por un verdadero mimetismo -social, la invención produce, en cambio, las variaciones individuales. -Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es evolutiva y se -desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden inventar ó imitar -de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta -capacidad congénita, recibida mediante la herencia psicológica. La -adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio entre lo que -imita y lo que inventa. - -La variación individual determina la originalidad, rompiendo las -coyundas de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener -un carácter propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin, -de que no se vive como simple reflejo de los demás. El símbolo del -hombre mediocre es la paciencia imitativa; del hombre superior, la -imaginación creadora. El mediocre aspira á confundirse en los que le -rodean; eso lo sobrepone al inferior inadaptable. El original aspira á -diferenciarse de los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes -ó en acción. Mientras el mediocre se concreta á pensar con la cabeza de -la sociedad, el original aspira á pensar con la propia. En ello estriba -la desconfianza con que es mirado por los mediocres: nada les parece -tan peligroso como un hombre que aspira á pensar con su cabeza. - -Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su -medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia -biológica, la imitación social y la variación individual. - -Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para -adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é -insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de -los hombres inferiores. - -Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que -los rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición -inherente á todo hombre mediocre. - -Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere -variaciones propias, una «personalidad individual»: patrimonio -exclusivo de los hombres originales. - -Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres -inferiores, hombres mediocres y hombres superiores. - -El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las -tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para -la imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad -no se desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por -debajo de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera -de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad -para pensar como los demás. - -El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia -imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño, -reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente -útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma -de la especie», el mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su -característica es imitar á cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena. - -El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es -original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de -su propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del -«alma de la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la -sociedad», constituyendo las aristas singulares del «alma individual» -que lo distingue dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas -formas de perfección: piensa mejor que la sociedad en que vive. - - -III.--FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD. - -Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el -equilibrio social: poco importa que ellos se cuenten por millares y -los idealistas en dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el -valor de la luz. La infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no -sería dulce si el acíbar no enseñara á paladear la amargura; admiramos -el vuelo del águila porque conocemos el arrastramiento de la oruga; -encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de -la serpiente. De igual manera todo hombre posee un valor de contraste, -si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la infinita -evolución del protohombre al superhombre. El mediocre, peldaño social -entre el imbécil y el genio, representa un progreso comparado con el -primero y ocupa su rango si le comparamos con el segundo. Si fuera -inútil no existiría: la selección natural habríale exterminado. Ello -no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al momento en -que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras para el -estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en -el diccionario; el estilo es una originalidad individual. - -Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere -su escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral -individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo -hasta Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original; -la historia del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á -innúmeros secuaces que los imitan. - -Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran -una justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste -eterno entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se -traduce por la lucha entre dos grandes actitudes que agitan la -mentalidad colectiva: el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu -original ó de rebeldía. - -Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la -humanidad en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y -los otros en todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles -interpretan mejor la vida. No es factible un vivir inmóvil de gentes -todas conservadoras, ni lo es un instable ajetreo de rebeldes é -insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún sendero -digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas sean igualmente -imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la preferencia una -actitud conservadora? La originalidad necesita un contrapeso robusto -que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á los hombres -metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos sociales -más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los organismos, -los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén; en vez -de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores en una obra -única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no -podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien -rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la -vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse, -ambas partes debieran advertir que ninguna tendría motivo de existir -como la otra no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al -revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base para la -tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo. - -Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como -arguye el pensador español, su justificación estaría hecha. Ser -mediocre no es una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que -sacan á su vida el mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus -cortos días sobre la tierra, sin preocuparse de sus prójimos ni de las -generaciones posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo? ¿Pecan, tal -vez, los que no piensan en sí y viven para los demás: los abnegados y -altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio ajeno, -renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como suele ocurrir? -Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle cierta parte -de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente, -pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones -venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas -trabajaron las pasadas. - -Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo -nada podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen -un valor moral. Cada individuo habla el idioma de su conveniencia -inmediata; pero el moralista usa otra lengua y sus juicios de valor -traducen conceptos colectivos que califican la conducta individual. -Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de otra manera; -tiene tanta culpa de su delito el asesino como de su creación el genio. -El original y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el -bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á pesar suyo; no lo serían -si el equilibrio de la sociedad lo impidiese. - -¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y -á los héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que -piensan en el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á -Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los -aplaude porque tiene una moral, una tabla de valores que aplica para -juzgar á cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias -particulares, sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada -época la medida de lo excelso está en los ideales de perfección que se -denominan genio, heroísmo y santidad. - -Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope función que -desempeñan en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que -importe un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su -ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de -los mediocres, asignándoles una función moderadora, como si estuvieran -destinados á contener el impulso creador de los hombres superiores y -las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. Para toda -mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad -ve una evidente ingratitud. El mediocre es útil; con un poco de -benevolencia podría concedérsele esa relativa belleza de las cosas -perfectamente adaptadas á su objeto. Es el fondo de perspectiva en -el paisaje social. De su exigüidad estética depende todo el relieve -adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales -de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si no -fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas -personales: éstos viven esperando--con encantadora ausencia de ideas -propias--los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El -rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales; -pero su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas -convenientes al bienestar social. Su gran culpa consiste en que se -le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso. Su -inteligencia es un espejo en que se reflejan todas las similares. Á -pesar de todo, es necesario; constituye el público de esta comedia -humana en que los hombres superiores avanzan hasta las candilejas, -buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta decir con fina -ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se encuentren reunidos -en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del -derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.» - -Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad, -como el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental, -confundiéndolo con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa -su posición ecuánime. Individualmente considerado, á través del -lente moral y estético, el hombre mediocre es una entidad negativa y -deleznable; tomada la mediocridad en su conjunto, las sociedades pueden -reconocerle funciones indispensables para su equilibrio. - -Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible -sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de -conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde -mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja, -no rompe, no encendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón -de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos, -defendiendo ese capital común contra el acecho de los inadaptables. -Su rencor á los creadores compénsase por su resistencia á los -destructores. Los hombres mediocres desempeñan en la historia humana -el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan -y transmiten las variaciones más útiles para la continuidad del -grupo social. Constituyen una fuerza destinada á contrastar el poder -disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones atrevidas -de los visionarios. La conexión del conjunto los necesita, como un -mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento no es el -mosaico. - -Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los -que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría -estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse -el progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida -por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía -mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las -conquistas de los originales; la utilidad del mediocre está subordinada -á la existencia del superior, como la fortuna de los libreros estriba -en el ingenio de los escritores. El «alma social» es una empresa -anónima que explota las creaciones de pocas «almas individuales», -resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores. - -Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las -rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas -de ideales concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño -social va ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente -conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia; -y éstos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su -retaguardia. Lo que ayer fué ideal contra una rutina, será mañana -rutina á su vez, contra otro ideal. Indefinidamente. - -Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres, -dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan -su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores -igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se -complementan en la evolución social, magüer se miren con adversaria -oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos -interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada -por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente -removibles, detendríase sin el uno y se interrumpiría sin las otras. - - -IV.--LA VULGARIDAD. - -La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos -comunes. La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse -un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de -los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á -las domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio, -la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes; -sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á -las originalidades é insensibles á las emociones; ignoran la quimera, -el anhelo y la pasión. Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan -que hay cumbres más allá de sus horizontes. - -El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles -timoratos é indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de -iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la -nuca. - -Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo. -Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no -delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento. - -No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque -ignoren la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios -siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo -una tierna caricia, ni avalancharse de indignación ante una ofensa. - -No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en -la opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad -se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer. -Trocan su honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un -peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar -la verdad frente al error de una turba. Su cerebro y su corazón están -entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado. - -Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número obvía su -febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á -cuantos no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan -encadenar su mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas -hay en que el equilibrio social rompe en su favor; los ideales se -agostan, la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase refractario á -todo afán de perfección. Los hombres mediocres tienen su primavera -florida: hay un clima de la mediocridad. Los estados conviértense en -mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan el nivel de moral -y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es -respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad, tiene que luchar -contra la rutina de los cerebros mediocres; si un santo persigue la -virtud, se astilla contra los prejuicios morales del hombre honesto; -si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó armonías, ciérranle el -paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado -quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las dogmáticas -hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso de -energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora -atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad, -la turba de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de -perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el -destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una -raza ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten -é intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios -arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del -Santo Oficio. - -La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación -de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en -los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase -que es una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se -vulgarizan cuando reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en -las generaciones ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas -primitivas. Habrían sido perfectamente adaptados en sociedades -salvajes, pero carecen de la domesticación que les confundiría con -sus contemporáneos. Se puede ser rutinario, honesto y manso, sin ser -decididamente vulgar; el mediocre conserva una dócil aclimatación en -su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento de los estigmas comunes á -todo ser gregario; sólo aparece cuando las sociedades se desequilibran -en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo innoble. -Ningún ajetreo original la conmueve. Desdeña las dignidades altivas -y los romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra -muda, su mirar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de -las estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las alas. Es la -inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen -gusto; es el altar donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo en -servirle de monaguillo. - -La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos -de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su -mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla -inoportuna en la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el -encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión -luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea -y nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita -en las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son los defectos -físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de pensar y de -amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de la -vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida -ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza -y, en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en -circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos, -épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde -su palabra memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta -sublime. - -Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que -transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á -todos los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase. -Los hay en todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce -un recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que -entre la escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos -y en las cárceles, en las universidades y en los pesebres. En ciertos -momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como si la urgencia -de satisfacciones inmediatas pudiera confundirse con el afán de -perfecciones infinitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca. - -Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á -gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad -es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor -perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre -dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una -adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan -la honestidad misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la -reblandece. - -Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que -les indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de -sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad -del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus -prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no -fecundado por la pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero -bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el -mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el -ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un -cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida. - -El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un -comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa, -de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad -transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en -cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva -á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, á la -simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que -conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos instintos y -sin otra aspiración que el hartazgo. - -En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante, -los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á -purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto -á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los -santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando -ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en -las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede -soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento -de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna; -dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos; -encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la -vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar -de sus fuentes sea opacado por el limo. - -En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias, -la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo -infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas, -sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían -las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las -sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su -pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero, -y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos -por aquélla. Así--, resistiéndolos, como las velas al viento--, los -rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es -la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías -propulsoras. - - - - -LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL - -I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.--II. LOS ESTIGMAS -MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.--III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE -BOTTICELLI.--IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA. - - -I.--EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA. - -La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de -los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una -es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su -órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar -espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno -por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda -innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La -ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud -misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los -resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las -clases incultas. - -Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que -viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio -social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con -substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia -para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas. -La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de -renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia -aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad -aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que -al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina -percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las -mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no -agitarse por torpes acciones. - -Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios, -exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos -poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan -los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede -sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero -en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno. -Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente -suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan -y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles. -Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa, -extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los -prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan -á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma -los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial -involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo -iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la -inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la -atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha -visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un -ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad -que el talento. - -Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por -el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como -reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del -conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata -como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del -juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los -creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión -ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más -severa, ó la de sus iguales. - -Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de -razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora -parece que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo, -como lo fué otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace -instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad, -incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un -cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen -de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo -no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto á una madona -del Angélico ó á un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran ante -cualquier escaparate donde haya oleografías de bailarinas españolas ó -coroneles americanos. - -Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la -más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso, -la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre -de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de -meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y -cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su -ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil -para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos -jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura prodúceles -efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre -centones absurdos; gustan de los más superficiales, de ésos en que nada -podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos -para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental; -ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que -asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición -darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar -no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un -pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal -digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento. - -Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de -tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria -tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son -la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia -cabeza, renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del -resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad -que en llegar á ella». - -Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos, -abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman -ideales á sus prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin -advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón, -opiniones sin juicio. Representan al sentido común desbocado, sin el -freno del buen sentido. - -Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de -ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza -la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert, -insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte -tiene en la vida real. Homais y Bournisieu son sus prototipos; es -imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del -boticario librepensador ó la casuística untuosa del eclesiástico -profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser -tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones -para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido». - -Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana: -resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería, -egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo, -en una escena que á todas luces simboliza el desbordamiento villano -de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores -españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería, -hanse tornado apologistas del grosero Panza, oponiendo su bastardo -sentido práctico á los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien -lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera -un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene -ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el -uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza -y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió -Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el -conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la -evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero: -«asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe -el curso de la vida»; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta -convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo -es cristalino. La moraleja no lo es menos: frente á cada forjador de -ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el -advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de -la rutina. - -El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los -pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme -embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los -proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos -equivalentes de un mismo celo dogmatista. - -Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena -á serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus -opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que -busca una verdad ó persigue un ideal; los negros queman á Bruno y -Servet, los rojos decapitan á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia -de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el -que la enciende». La tolerancia es virtud suprema en los que piensan. -Es difícil para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo -de equilibrio ante el error de los demás; enseña á soportar esa -consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que -ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar el valor -de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud -propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace -estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce. - -Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose -cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la -verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios. -Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que -se negaron á mirar el cielo á través del telescopio, temiendo ver -desbaratados sus errores más firmes. - -En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus -prejuicios son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa -ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures -que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio -y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus -cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por -ellos, agradecidos á ese favor. - -En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los -rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de -la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden -la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la -complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman -sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y -conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda -opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa; -la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en -todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando -eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes, -conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos -conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu -los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de -no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda -del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que -lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores -hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten -perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se -corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los -clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver -planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen -aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana -vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen -la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si -intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas -elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas -que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar -vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos -les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la -pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace -crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de -hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia -la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos -palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que -se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y -halagan sus prejuicios. - -Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos, -como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el -Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á -guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus -calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas, -amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas. -Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los -primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla -y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen -explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno -del cuerpo. - -Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas. -Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos -ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia -desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de -Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es -imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos: -trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes -más altas de la física. Galileo. - -Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros -conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio» -en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la -curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo -de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la -naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida -entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está -siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es -propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y -encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural. -Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido -común, es decir, un original ó un genio--que en esto se parecen--, -puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y -no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un -audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara -suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la -brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace -girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo. - -En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á -que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de -perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos -y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la -disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer -en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las -tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus -rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan. - - -II.--LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD. - -En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del -cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos. -Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo -concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo -sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa. -Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos -concebirlo.» (_Pensées_; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no -piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier -hombre satisfecho de su mediocridad. - -Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por -adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no -adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta -soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede -atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase -que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio. - -El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades -busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica -los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la -Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus -actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la -fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas -vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por -Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades. -Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma -social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en -la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto -de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta -un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente -elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas -pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle. -Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo -á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la -respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos -á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo -ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso. -Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre -la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen -descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la -flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión, -la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso -de los hombres--Sócrates--bailaba.» Esta aguda advertencia de -Montaigne, en los _Ensayos_, mereció una corroboración de Pascal en sus -_Pensamientos_: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles -con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos -sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad. -Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y -divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más -filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que -renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir. - -Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia -tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de -méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias -superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos -suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos -naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas -de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no -pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles -nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable; -los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud -es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la -existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la -modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los -bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un -tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser -original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni -desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el -hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo -que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia, -estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar -sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula -de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de -los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos, -son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen -genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar -á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo -mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las -úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la -falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de -Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa. - -Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste; -confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando -los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son: -llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener -ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á -cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar, -como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden -la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque -comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas -del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con -frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la -apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia -todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien -veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que -vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer -capítulo de los _Caracteres_ parece referirse á ellos La Bruyère, en -un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un -manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta -que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los -presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por -la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la -obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar -por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no -les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores. -Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de -estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á -toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la -gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil. - -Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que -matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por -distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale -á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta, -suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á -cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden -adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados -que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie -de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria -entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las -palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con -un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no -comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias. -En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se -convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse -esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya -cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden -á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y -sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras; -tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema -gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los -puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la -única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus -contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo. - -La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y -obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro. -Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin -soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres -que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los -elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina. - - -III.--LA MALEDICENCIA. - -Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso -de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y -á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como -los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes -excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas -por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia -de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los -imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían -justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio -y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y -ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el -bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que -prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son -acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa. -Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del -rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores. - -Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden -tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el -paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y -nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran -con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos; -la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno. -Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar -que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para -distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita -del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en -la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena. - -Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: _La calumnia_ -invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de -los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli--no -lo dudemos--quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la -víctima: en su encono está la medida de tu mérito... - -La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame -gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía -la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo -implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través -hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda, -la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella -levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia -divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, -en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas -orejas á la Ignorancia y la Sospecha. - -En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito -por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que -desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,» -invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el -amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.» - -Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren -la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta -es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es -subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador -desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se -aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se -encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra. - -Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, -en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á -todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con -recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á -puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es -una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos: -sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más -equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son -calificativos pavorosos. - -Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad -de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, -diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar -de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad -del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de -una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, -está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma, -pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, -contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente -con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á -la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro -y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes -íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que -asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la -boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de -lengua, un estilete. - -Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una -injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los -riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester -temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras -menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan -su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores -imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de -practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la -acción rectilínea. - -Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura, -pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad. -Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con -la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede -tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con -la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia, -una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad -y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con -precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una -sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad -urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la -complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo -perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina -que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que -el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen -malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan -de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se -alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no -se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son -más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen -los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico -indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida; -el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No -lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo -de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna -contra una estrella. - -El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua -centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la -traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por -su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en -sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran -los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores, -aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á -ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían -terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares -comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando -tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas -que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura -entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco -de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin -vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su -andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado -medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y -de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira -convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad -de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila. -Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no -sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de -sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la -mediocridad. - -El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente -la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La -maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas. -Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen -espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien -los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más -alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su -propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia -tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos -pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran -una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa: -es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de -acuñarla. - -Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos -autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del -_Tartufo_: - - «Ceux de qui la conduite offre le plus á rire. - Sont toujours sur autrui les premiers á médire.» - -Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste -con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es -inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar -dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta -ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola, -adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de -la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué -evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais? - - -IV.--EL ÉXITO Y LA GLORIA. - -El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola -finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria, -ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un -triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en -los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre -es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose, -reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose -en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito -se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone -dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta, -sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la -intriga. - -El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando -la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la -lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar -solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la -esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria -es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce -porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición -de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El -mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito, -indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio, -en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si -fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño -accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el -peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre. - -Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la -mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean -conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe -temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento. -Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los -obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el -mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra -él con energías inagotables, hasta despejar su camino. - -Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera -vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El -espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande -ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un -cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción -del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer -amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana. - -Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se -retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un -abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos -retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro -que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre -superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese -pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos. - -Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un -accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple -elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la -conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo -mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta -embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos -los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa -ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender -sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre -hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces, -por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol -espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive -de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá, -se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior -siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira -reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil -si supiera que le tienen por tal. - -Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben -que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se -sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan -de un éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos -mismos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho, -un impuesto de admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine -conoció el goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel -de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor oyendo sus -melodías en los labios del transeúnte que silba para darse valor al -atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que -fué una de sus grandes voluptuosidades oir sus versos recitados por -mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha -el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es -común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta -la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los -biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió -á contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar -su novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original, -las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies, -temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres. - -El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la -estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña -incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente, -es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral. -El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra -las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del -corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo. - -La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de -la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda, -esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al -común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente -reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de -artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por -eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí -inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y -artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es -lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude -á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata, -aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su -entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de -tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles -ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de -la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la -celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un -estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó -traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida -á sus propios funerales. - -Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la -gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al -caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso -vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la -dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la -ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola -ficha. - -En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso -pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una -butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito -no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda -preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas -transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La -fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo -que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna -vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor -sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz. - -Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su -error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una -suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras -sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el -acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador -mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don -Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de -dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de -frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla -hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí -una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada -más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres. -Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria -secretos. - -Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les -rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa -amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los -genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente, -puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la -historia. - -La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles -en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico -que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria -es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado -en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura, -suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un -ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: _vitam impendere -vero_. - - - - -LA MEDIOCRIDAD MORAL - -I. EL HOMBRE HONESTO.--II. LA MORAL DE TARTUFO.--III. LOS TRÁNSFUGAS -DE LA HONESTIDAD.--IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL -CEREBRO.--V. LA SANTIDAD. - - -I.--EL HOMBRE HONESTO. - -La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el -vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas, -abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La -honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al -segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar -la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado -ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario. -Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología -social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales -extinguidas. - -Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y -de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene -disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se -puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello -con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es -indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la -virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común -de los mediocres morales. - -La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste -activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección -futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El -honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel -moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien -practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal. - -Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral -con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan -irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las -aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á -asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le -castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera -sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse. -La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo. - -La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es -democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la -virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio. - -El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha, -toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los -prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las -variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original -de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de -la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga, -eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el -mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por -incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de -los demás equivale á pensar con cabeza ajena. - -La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la -honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El -mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el -zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso, -ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una -virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica. - -Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol -de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los -corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á -las espinas; los virtuosos saben que es necesario acometer las más -punzantes para coger las flores mejor perfumadas. - -El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á -éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los -mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario, -«cordura» y «moral» son los nombres que él reserva á su propia -mediocridad. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el -virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta -calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad... - -Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras -de vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con -frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por -simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal. -Enseñan que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser -mejor. Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos -al rebaño, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía -del propio ideal para complicarnos en la merienda ajena. - -La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento -moral tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás -virtuoso». La honestidad está al alcance de todos; la virtud es de -pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan -sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe -de ala. La mediocridad moral es una resignación: simple falta de -iniciativa, muchas veces, para practicar el mal. - -La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No -hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo -al castigo y el codicioso que las estimula por la esperanza de una -recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con -los prejuicios sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla ante -un peligro es indigno de nombrar la virtud: por ella se arriesgan en -la proscripción ó la miseria. No diremos por eso que el virtuoso es -infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones -espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una -lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El -que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera -pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni -se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con -la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados. - -Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á -la virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado -el culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más -segura del descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre -se afrenta al superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los -espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad y la firmeza á -fuerza de transigir con el servilismo y la hipocresía. - -Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse. -Stendhal reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene -agregar que no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de -los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos -para todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda permanecer -ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' on appelle les honnêtes gens: -c'est hideux», decía Talleyrand, preguntándose qué sería de los -hombres honestos si el interés ó la pasión entraran en juego. Su temor -del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen; son simples -beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. Llaman mérito á -su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero -no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales; -no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan -vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero -no cooperan al común engrandecimiento. - -Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres--propia de mentes -rutinarias y de caracteres domesticados--, existe una heráldica moral -cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la -tímida obsecuencia á los prejuicios que paraliza el corazón de los -temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la platitud -sentimental que caracteriza la irrupción de todas las burguesías. La -virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere -en la intención y en las obras. No la hay cuando los actos desmienten -las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso -la mediocridad moral es más nociva en los hombres conspicuos y en las -clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su verdad, el filósofo -que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna, descienden -á la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables que -el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y -del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para -consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección -es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que -revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su -alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la -honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral. - - -II.--LA MORAL DE TARTUFO. - -La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer -los escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación -del mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de coraje para -asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos -mediocres, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles -cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen á inmediaciones de las -ciénagas. - -Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo. -Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus -intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el -eslizón. Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos, -vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente -su moral: implica siempre una simulación de la virtud. - -Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto -énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el -valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus -acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran -embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban -con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen -un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas -de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el -ropaje social de la mentira. - -Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades -que considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta -en su escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento -intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los -sujetos de moralidad indecisa simulan el talento moral, soslayando de -esmerilada virtud su honestidad insípida. Los caracteres hipócritas -ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen -el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios -convencionales. - -Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse -de ella mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres -respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría -acercarse á ellos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar -en desprecio la estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide -por la distancia á que se les contempla. Pero el psicólogo reconoce -al hipócrita. Ciertos rasgos distinguen al virtuoso del simulador; -mientras éste es un custodio de los prejuicios que fermentan en su -medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse á ellos. - -Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede -ante las arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar -el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de -marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en -aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada -Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su Judas. - -La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar -en su honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su -hipocresía es un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan -la moral colectiva. Su culpa está en agitarse dentro de su basta -condición, pretendiendo parodiar á los virtuosos. Chapaleando en los -muladares de la intriga su honestidad se mancilla, rueda al vicio y se -encanalla en pasiones innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos -los rencores. Supone simplemente honesto, como él, á todo santo ó -virtuoso; no descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo, -no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores, -pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades, -desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra, -ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y amor á -los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por -escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el -más cruel de los suplicios. Es su castigo. - -El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se -distinguen la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina -lealtad del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia -palabras que son un estigma ó un epitafio; pero su rugido es la luz de -un relámpago fugaz y no deja escorias en su corazón, se desahoga por -un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un -exceso de fuerza plástica cuya función regeneradora cura prontamente -las más hondas heridas y trae el perdón. La juventud tiene entre -sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo -las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud de -borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan -imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la -hipocresía es la tintura de esas canas morales. - -Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas. -Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un -hueco armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para -conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las -que afirman el dogma del purgatorio y ofrecen redimir las culpas -por dinero. Su aritmética de ultratumba le permite disfrutar más -tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una -actitud y no un sentimiento, es una mueca que oculta intenciones -malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en -los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los -hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los -mandamientos. - -Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones -abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es -el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por -eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del -género, cuya creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos -de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto -á quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda -su familia. Cleanto, un joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo -consigue que Orgon expulse de su hogar á ese mal hijo y se hace legar -sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte de su huésped. -Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna á celebrar con -Tartufo una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. El hipócrita, -creyéndose solo, expone los principios de su casuística perversa; hay -acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas -contabilidades; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la -conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las -doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega: - - _En fin votre scrupule est facile à détruire: - Vous êtes assurée ici d'un plein secret, - Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait; - Le scandale du monde est ce que fait l'offense - Et ce n'est pas pécher que pécher en silence._ - -Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco. -La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de -las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta -ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron -virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de -un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está -siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas -religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos -en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección -en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo -apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas -horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta -formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos, -irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer -en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros. - -El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán -como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los -pasajes pertinentes del _Sartor Resartus_; por ellos admira á Carlyle, -tanto como otros por su culto á _Los héroes_. El respeto de las formas -hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes; -hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus -adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados -á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á -los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices -individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda -animadversión á la verdad. - -La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental, -aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una -mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice, -toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando -á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la -cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios -del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como -la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo, -la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha -escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero -jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea -cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la -opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular -á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El -que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la -propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo. -Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la -virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es -mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á -adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de -todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos, -de todos los cómplices de su mediocridad. - -El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que -dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta -al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con -mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos -naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo -y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan -las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte -é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su -contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que -le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el -descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede. -Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella. - -El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener. -Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar -en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los -envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la -temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de -tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto, -ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica -en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan -de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al -hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de -creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no -tiene por qué ser leal con la mentira. - -El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas -vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el -precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida -se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta -honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de -las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á -ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud, -quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que -tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar -el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que -ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con -desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna -parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y -el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á -desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio -que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (_Od._, -IV, 9, 29.) - -No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia. -En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad -y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su -mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse -con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas, -diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero, -por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus -juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de -su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los -prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia; -prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño, -avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el -flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más -leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su -rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente -á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á -estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos -venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles. -Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público; -traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita -sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su -capa. - -Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su -recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con -las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse -en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe -sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí -mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen -hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad. -Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de -su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se -repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose, -atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión; -viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á -la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el -velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los -hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten -la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo -y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer -en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad -por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una -industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si -tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las -suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte -su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una -empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho -del hambre ajena. - -Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades -indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante -las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan -consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para -enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son -poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar -una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su -cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia, -desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin -ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas -que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores -más delicadas. - -Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos, -hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror -ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar -en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino -remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo -la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es -hija del orgullo. - -Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la -sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la -delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible -al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo -precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre -digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por -los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna -despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso. -Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme -verse desenmascarado por los sinceros. - -Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el -naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos -matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de -dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina; -los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos -escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose -moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes -materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan -al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á -su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde -hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede -sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen -á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y -su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por -vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda -dignidad. - -Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora -las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene -amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los -hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre -dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio -inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El -gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad -de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El -hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre -acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su -propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera: -«En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los -que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices, -buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por -Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero -se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para -traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus -y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre -el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento -ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser -capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á -su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece -despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de -méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero -permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó -de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca -amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando -que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en -los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las -determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los -méritos que la inspiran. - -Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas -del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace, -sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que -da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,--virtud -de elegidos,--esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los -corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos. -Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad -sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no -practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á -ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir -á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo -honesto aunque practique la ingratitud. - -La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en -lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de -pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo, -casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor -convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas -efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece -inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos -natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores. -Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si -el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos; -pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las -abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al -vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no -está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral -para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas -aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno -solo sin tener marido. - -No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos -catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras -exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en -la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas -para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento. -Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza -plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no -advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de -arte. - -El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral. - - -III.--LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD. - -Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se -refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la -mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por -leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el -crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en -el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia -gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el -peligro de la conducta acomodaticia y vacilante. - -Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian -la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben -simular, agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no -puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden -sus guerrillas, desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya -custodia obsesiona á los mediocres. - -Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja. -Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de -que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es -de crimen; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el -delito. En los otros, en cambio, toda perversidad brota á flor de -piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la -hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los -honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes -se han decidido por el infierno, embistiendo sin escrúpulos ni -remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la sociedad -les opone. - -Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral, -olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame, -vicioso, honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del -grupo, variable en el tiempo y en el espacio. La «moral» no es una -realidad, no tiene existencia esotérica, como no lo es la «sociedad» -abstractamente considerada. - -El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos, -objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en -nuestro juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y -apuestan «á cara ó cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro, -lo mismo que la cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al bien -ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética son juicios elementales -que acompañan á los conceptos de útil y nocivo, son movedizas sombras -chinescas que los fenómenos reales proyectan en la psiquis social: -calificaciones que ella hace de fenómenos indiferentes en sí mismos. -Esa calificación se transmuta continuamente, transformándose sin cesar -el bien en mal y viceversa. - -Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo -al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y -en cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como -buenos ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los -actos individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En -cada momento histórico ese criterio medio es la subestructura de la -moral, variable siempre. - -Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro -espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos -en el error de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus -fórmulas, aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta, -son conceptos efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma -y subvierte cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es -honesto ni delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad -en que se produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida -se transforman, modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su -interpretación. - -Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los -delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la -moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen -el «alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen -de la mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes, -cuyas variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el -sentido de la perfección. - -Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan -en su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo -se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un -infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la -infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven -acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la -fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las -miserias ambientes. - -Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la -vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos, -llevando sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino -involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta á -sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas -de un complejo determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en -ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las -deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil -circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia. -La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles -de todo sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los -vinculan al solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una -moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los -clarores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas; -fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas, -retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente -contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta características -del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La -imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano -horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos -de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra -legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia. - -En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del -delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su -conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles -de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda á la cárcel. -No son delincuentes ante la ley, pero son incapaces de mantenerse -honestos; pobres espíritus, de carácter claudicante y voluntad -relajada, no saben poner vallas seguras á los factores ocasionales, á -las sugestiones del medio, á la tentación del lucro fácil, al contagio -imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre -el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados -minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora -son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen -á medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta -antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al -borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de -moralidad incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan -las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de -interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerando. Carecen -del equilibrismo oportunista que salva del naufragio á los hombres -mediocres. - -Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á -los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del -temperamento nativo; son los delincuentes natos ó locos morales, -incapaces de organizarse una personalidad mediocre y mantenerse -honestos; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la -sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida, -fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la -vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres -desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de -comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha -errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos, -una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el -cartabón aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos -para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo -carácter traduce la ausencia de sólidos cimientos que los aseguren -contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa -inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten -la coerción del rebaño; su moralidad inferior chapalea en el vicio -hasta el momento de rodar al delito. - -Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son -antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en -su gran mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad; -paralíticos de la voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia -ó del sentimiento, son animales descarriados de la grey humana, -condenados á vegetar una semivida cuyos más nobles resortes están -enmohecidos. En muchos de los segundos, en cambio, la incapacidad -de adaptarse á la mentalidad social se traduce por una conducta -delictuosa; el animal no se limita á aislarse del rebaño, se rebela -contra él, compromete el orden de cosas establecido para salvaguardar -la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes siempre, -siniestros con frecuencia. - -Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años, -dilatando pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva -patología mental. Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban -la existencia de innumerables variedades que hoy pueblan la zona -del desequilibrio y la anormalidad, fluctuando desde la demencia y -el delito hasta la avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos -intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el difamador. No -caben ellos en el marco de la mediocridad; su incapacidad de imitar -á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina social, -impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye «el -rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos -inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices -son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la -naturaleza. - -El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no -les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un -complejo armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través -de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una -horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la -acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación -aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de -la cuchilla subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante -presteza contra el corazón ó la espalda; otros deslizan furtivamente -su ágil garra sobre el oro ó la gema que tientan su avidez con -seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes, -los obstáculos con que la prudencia del mediocre custodia el tesoro -acumulado en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos -denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de -su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y libertinos; -muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles aritméticas -de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad -en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan -conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la -ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de -su parasitaria función antisocial, idénticos todos en la inadaptación -de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos una inveterada -complicidad de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia -una pústula, arrastrándolos á malvivir del vicio y del delito. - -Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad -biológica ó social, encontramos una pincelada común en todos los -hombres que permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud -constante para adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad -humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite -al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la -sociedad en que vejeta. - - -IV.--LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO. - -La honestidad es una imitación; la virtud es una originalidad. -Solamente los innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier -ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas, -incorporando á la honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y -siempre rebajándola. - -Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de -ser honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la -virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es -inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en -variedad, en originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos -prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel. - -Ser honesto implica someterse á las convenciones corrientes: sírvele de -maestra la hipocresía. Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas, -exponiéndose á que los honestos consideren enemigo de toda moral al -que lo es solamente de sus prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera -adulado á sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada -por su condena y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería -Sócrates. Su virtud consistió en resistir los prejuicios de los demás. -Si viviéramos entre dignos y santos, la opinión ajena podría evitarnos -tropiezos y caídas; pero es cobardía, viviendo entre mediocres, -rebajarse al común nivel por miedo de atraerse sus iras. Hacer como -todos, puede implicar hacer lo indigno; el progreso moral tiene como -condición adelantarse á su tiempo, como cualquier otro progreso. - -Si existiera una moral eterna--y no tantas morales cuantos son los -pueblos--podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado -de frutos del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el -bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior, -el moral y el inmoral. Pero no es así. Los juicios de valor se -transforman: el bien de hoy es el mal de ayer, el mal de hoy es el bien -de mañana. - -No es el hombre moralmente mediocre--el honesto--quien determina las -transformaciones de la moral: él vive perfectamente adaptado á los -dogmatismos corrientes en su medio. - -Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores, -apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan, -las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de -esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben -y practican perfecciones inaccesibles al hombre honesto. En eso -consiste el talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que -crea la santidad. Sin estos hombres originales no se concebiría la -transformación de las costumbres; conservaríamos los sentimientos y -acciones de los primitivos seres humanos. Toda evolución moral es un -esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte -condescendencia de la mediocridad para con el pasado. - -La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales é -intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros -sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la -formación de los criterios morales. El hecho es más notorio en las -sociedades que en los individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si -resucitase un griego ó un romano, su cerebro permanecería atónito ante -nuestra cultura intelectual, pero su corazón podría latir al unísono -con muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo, -el hombre y las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus -sentimientos ajustaríanse en gran parte á las palpitaciones del sentir -moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la -filosofía: los sentimientos centrales de la moral colectiva sólo sufren -leves oscilaciones, porque los atributos biológicos de la especie -humana varían lentamente. Nos fuerzan á sonreir los conocimientos -infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven, sus -virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos parecen honrados -por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, como -ahora, los hombres de ideas más opuestas practicaban análogas virtudes, -frente á la mediocridad de su tiempo. El fondo sentimental no varía; -lo que se trasmuta incesantemente es la forma intelectual que lo -transforma en juicio de valor, dándole fuerza ética. - -Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que fueron antes -virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento -histórico las virtudes coexisten con los prejuicios; el talento moral -practica las primeras; la honestidad mediocre se aferra á los segundos. -Los grandes virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra prejuicios; -son sus enemigos al predicar una elevación moral en la forma que su -cultura y su temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos, y -partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar -las virtudes en sentido propicio al enaltecimiento del hombre: son -igualmente enemigos de los prejuicios de su tiempo. - -Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad opone demasiados -obstáculos á su esfuerzo. Pensar el porvenir no implica practicarlo -totalmente; basta la firme intención de marchar hacia él. Los que -piensan como profetas pueden verse obligados á proceder como filisteos -en muchos de sus actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que se -concibe como perfección potencial; nunca llega á ser la perfección -misma. - -La evolución moral es lenta, pero segura. La virtud arrastra y enseña; -los honestos se resignan á imitar alguna parte de las excelencias -que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que -nuestros abuelos, sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra -moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos. -Sobre necesidades materiales, perennes en la especie, organízanse -conceptos de perfección que varían á través de los tiempos; sobre las -necesidades transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de -virtud más útil á su progreso. Mientras el ideal absoluto permanece -indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos -enteros, el concepto concreto de las virtudes se va plasmando en -las variaciones reales de la vida social. Los mediocres practican -rutinariamente la honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por -mejorarse; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que -se alejan sin cesar, hacia el infinito. - -Sobre cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana puede -florecer una virtud, una forma de talento moral. Hay filósofos que -meditan durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida -en los laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus -conciudadanos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio -su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus -hijos. El hombre mediocre no conoce esas virtudes: se limita á ser -honesto, adhiriendo á todas las hipocresías, cumpliendo las leyes por -temor de las penas que amenazan á quien las viola, trabajando con afán -de lucro ó sed de vanidad, guardando la honra por no arrostrar las -consecuencias de perderla. - -Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son -la inferioridad, la mediocridad y el talento,--aparte del idiotismo -y el genio, que ocupan sus extremos,--hay también una jerarquía -moral representada por términos equivalentes. En el fondo de esas -desigualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. La -conformación á los catecismos ajenos resulta fácil para los hombres -débiles, crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones -vehementes, sin necesidad de independencia, sin irradiación de su -personalidad; es inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas -y fuertes, capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales para no -dejarse engañar por la mentira de los demás. Aquéllos no sienten la -coacción moral del rebaño, pues la hipocresía es su clima propicio; -éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones y el falso concepto del -deber impuesto por la sociedad. La mediocridad moral á que se ajustan -los hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente superior. -«Puede acordársele--dice Remy de Gourmont--el valor de una moda á la -que uno se resigna para no llamar la atención, pero sin interesar -el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa -disconformidad con la hipocresía colectivamente organizada consiste la -virtud, que es individual, á la contra de la caridad y la beneficencia -mundanas, simples caricaturas colectivas, donde la miseria de los -corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos. - -Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El -primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida -preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La -bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo -á las hipócritas condescendencias permitidas por la honestidad, lleva -en sí una partícula de santidad. El «buenismo» es la moral de los -pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe á -evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de bondad que no podrían -distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral -del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no -perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los -malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado -la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los -evangelistas no osaron plantearse este problema. - -Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más -eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que -la primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda -suele ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la -complicidad; es nocivo como los venenos y debe oponérsele antídotos -eficaces: la reprobación y el desprecio. - -Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica. -Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la -indulgencia para sí mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen -su propia conducta. Para los demás encuentran una disculpa, en la -debilidad humana ó en la tentación del medio: «tout comprendre c'est -tout pardonner»; sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan sus -propias culpas y errores; y si no olvidan las ajenas, tampoco se -preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo las -castiga fatalmente, por esa gravitación que abisma á los perversos -como si fueran globos desinflados. Su corazón es sensible á las -pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir las -penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle -la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden, -poniendo en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y -mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando -su aplauso á toda idea original y compadeciendo á los ignorantes -sin reproches inoportunos; su cordialidad sincera con los espíritus -humildes no está corroída por la urbanidad convencional. - -Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente, -cuotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren -tanto de la honestidad como el buen sentido difiere del sentido común. -Importan una elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas -merecen los elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón -y Plutarco está hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración -por escritores que glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase -de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions dans les petites -luttes. Il y a des bravoures opiniatres et ignorées qui se défendent -pied á pied dans l'ombre contre l'envahissement fatal des nécessités. -Noble et mistérieux triomphe qu'aucun regard ne voit, qu'aucune -renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur, -l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de bataille qui -ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros -illustres». - -No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave -error oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero -no pueden compararse con el asiduo celo de perfección que convierte -la bondad en virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad -superior; las mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente -y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen: -«no hay tonto malo», podría respondérseles que la incapacidad del mal -no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio que proponía -á elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está -seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud, -ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos -mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración, glosando la -paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla las -cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes. - -Sócrates enseñó--hace de esto algunos años--que la Ciencia y la Virtud -se confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer -el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie -sería malo sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede -ser el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio -el torpe y el ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente. - -La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición -global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian -las luces del intelecto con las magnificencias del corazón. La -«grandeza de alma» es bilateral. Son raros esos talentos completos ó -poliédricos; son excepcionales esos genios. Así lo enseñan los epítomes -de psicología escolar. Los caracteres perfectamente equilibrados son -rarezas. Los hombres excelentes brillan por esta ó aquella aptitud, -sin resplandecer en todas; hay asimismo talentos de alguna aptitud -intelectual, que no lo son en virtud alguna, y hombres virtuosos que no -asombran por sus dotes intelectuales. - -Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son -igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse -aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas -poco valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es -infecundo en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la -inteligencia es un renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso -de los hombres sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio -de la rutina, del prejuicio ó del servilismo: sus triunfos serían -su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo Cicerón, ha muchos siglos: -«Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y sospechoso -se vuelve si pierde su reputación de honesto». (_De Offic._, II, 9.) -Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y á los héroes, -capaces de exceder con el bien que hacen al mal que no dejaron de -hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que medirlos -con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su obra. - -Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar -si son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las -ciencias y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de -energías morales que impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa -de la dignidad y la justicia. Entre los talentos intelectuales y los -talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos con razón, -conceptuándolos más necesarios. «El talento superior es el talento -moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse. De -ese parangón está excluido, _a priori_, el hombre mediocre, pues sólo -tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón. - -La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar, -como lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un -absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente -injusto sería desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en -que existen simuladores de la virtud. - -Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables. -¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría -ser ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera -sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por -catequistas igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito -ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes -hombres se cuentan anomalías morales ó de carácter, que no suelen -contarse del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y -éstos son virtuosos. - -Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si -se concediera--y es mentira--que los grandes ingenios son forzosamente -inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el -privilegio de la virtud, reservado al talento moral. - -Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y -no de los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por -una razón muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros, -ignorando á los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de -mediocres que beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos -mil uxoricidas que no son filósofos; por un sabio experimentador, cruel -con un perro ó una rana, hay una incontable cohorte de cazadores y -toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un -poeta alcoholista, un filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones -de mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours equivocó el rumbo; -Lombroso se extravió; Nordau hizo de la cuestión una simple polémica -literaria. No comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa. -Los que han visitado cien cárceles pueden asegurar que había en ellas -cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto á -cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo hombre de -genio. - -Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio, -aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre -propicia al talento moral y éste es la condición misma de la virtud. -Sólo hay una cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que -eleva hacia lo desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las -cimas eternas de esta aristocracia moral: son los genios que enseñan -virtudes no practicadas hasta la hora de sus profecías ó que practican -las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un hombre encarrila en -absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo ó contrastando todas las -contingencias materiales que contra él conspiran, ese hombre se eleva -sobre el nivel mismo de las más altas virtudes. Entra á la santidad. - - -V.--LA SANTIDAD. - -La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la -humanidad. La evolución de los sentimientos colectivos, representados -por los conceptos de bien y de virtud, se opera por intermedio de -hombres extraordinarios. En ellos se resume ó polariza alguna -tendencia inmanente del continuo devenir moral. Algunos legislan -y fundan religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó Budha, en -civilizaciones primitivas, cuando los estados son teocracias; otros -predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando -la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay, -en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes, -Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad -merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales -en la evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes. -Son siempre hombres extraordinarios, genios, los que las enseñan. -Los talentos morales perfeccionan ó practican de manera excelente -esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se limitan á -imitarlas tímidamente. - -Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente, -incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por -cálculo, por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales: -así lo fueron todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del -apóstol es simbólico; sin él no tendríamos la iluminada firmeza del -virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son -los factores prácticos de la vida social, sino las masas mediocres -que imitan débilmente su fórmula. No fué Francisco un instrumento -eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará -por la solidaridad social; sus efectos normales son producidos por -innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por -iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones, -tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís -muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí -mismo; entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la -beneficencia por él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin -perturbar su tranquilidad en holocausto á los demás. - -La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los -sentimientos sociales y morales--dice Ribot--, se han producido -lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados -_inventores_ en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á -ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del -bien y del mal innato, universal, distribuido á todos los hombres -y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va -haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento -de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite inventores en -geometría, en música, en las artes plásticas ó mecánicas; pero también -ha habido hombres que por sus disposiciones morales eran muy superiores -á sus contemporáneos, y han sido promotores, iniciadores. Es importante -observar que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de -una etapa á pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga -obrar y, por contagio, comunique á los otros su propio _élan_. El -avance es proporcional á lo que se siente y no á lo que se piensa.» - -Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple -visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el -ejemplo, más bien que en la doctrina; pero no fuera de su creación -original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son -creadores; son simples virtuosos ó alucinados, que el interés del -culto y la política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles -una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso sólo -son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna manera los -que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican -una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es irrisorio. -Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra Domenico -Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo. -Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes de -los concilios al fanatismo de ciegos rebaños. - -Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación -inconfundible en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la -humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura que sin -cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas -virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su -orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con -que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad -que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente -perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito como la vida. -La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana -no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los -hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería -estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las -variaciones de la vida social. - -En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á -brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y -valientes para ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo; -entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del -coraje se transforma en culto de héroes, equiparados á los dioses. La -santidad está en el heroísmo. - -En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la -decadencia amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente -entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir ó morir -por un ideal fecundo para el común engrandecimiento. La santidad está -en el apostolado. - -En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad el que descubre -una nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus -fuerzas, que quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol. -Por eso el prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad -está en la sabiduría. - -Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no -lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos -florecer. Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos: -héroes, apóstoles ó sabios. - -Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus -grandes pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza -espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los -héroes y para los que creen los apóstoles, para los que piensan lo dan -los filósofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan -Alejandro, César ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó -Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman Aristóteles, -Bacon y Goethe. La santidad varía á compás del ideal. - -Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan -luminosa como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades -modernas el «santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta -de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende -que, á sus horas, haya santidad en servir á un ideal en los campos de -batalla ó desafiando la hipocresía, como en los supremos protagonistas -de una _Iliada_ ó de un _Evangelio_; pero se afirma que también es -santo, de otros ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven -eternos en su _Divina Comedia_, en su _Novum Organum_ ó en su _Origen -de las Especies_. Si es difícil mirar un instante la cara de la muerte -que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir toda una vida -los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia. - -La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas -que se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes -prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias, -y poner un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele. -Orientada por una exigua constelación de visionarios, las generaciones -remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y -desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los -caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su -imaginaria convergencia. - - - - - LOS CARACTERES MEDIOCRES - -I. HOMBRES Y SOMBRAS.--II LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES: GIL BLAS DE -SANTILLANA.--III LA VANIDAD Y EL ORGULLO.--IV LA DIGNIDAD. - - - I.--HOMBRES Y SOMBRAS. - -Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son -incapaces de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño. -Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria -del primer hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el -mundo cuidando su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan -á individualizarse; ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente -á los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga á -borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una -bandería: siempre á embadurnarse de otros. Apuntalan todas las rutinas -y prejuicios consolidados á través de siglos. Así medran. Siguen el -camino de las menores resistencias, nadando á favor de toda corriente -y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple -incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben adaptarse á la -hipocresía social, como tenias en una entraña. - -Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan -«honores» y alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el -inconcebible plural del honor y la dignidad, por definición singulares -é inflexibles. Viven de los demás y para los demás: sombras de una -grey. Su existencia es el accesorio de focos que la proyectan; carecen -de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, en ellos, prestado. - -Los caracteres excelentes ascienden á la propia dignidad, nadando -contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y -contrastan. Frente á los otros se les reconoce de inmediato, nunca -borrados por esa brumazón moral en que aquéllos se destiñen. Su -personalidad es toda brillo y arista: - - _Firmeza y luz, como cristal de roca_, - -breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron -mejor Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un -Ideal, perseverando en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones, -templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á -sus afectos, fieles á su palabra. Nunca se obstinan en el error, sin -traicionar por ello á la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia -y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y -afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se -dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en -la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada -alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable -cuanto más distante. Estos optímates son contados; cada uno vive por -un millón. Poseen una firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó -de armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de -nadie más; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble -en mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los teme, como la -llaga al cauterio; sin advertirlo, empero, los adora con su desdén. -Son los verdaderos amos de la sociedad, los que agreden el pasado y -preparan el porvenir, los que destruyen y plasman. Son los actores del -drama social, con energía inagotable. Poseen el don de resistir á la -masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad -vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las cualidades -que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea ó una -pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas, -para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se -inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido -en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen -ocuparse la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la -Humanidad. - -El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los -pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos. -Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla. - -El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composición -química; cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca -tomará otra forma que la propia. Al verlo sabemos lo que es, -inconfundiblemente. De igual manera el hombre superior es siempre -uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima social le es propicio -conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el -medio sus características propias, á la manera del cristal que en una -solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí -mismo, creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla, -en cambio, carece de forma propia y toma la que le imprimen las -circunstancias exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que -la rodean; conserva el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos -los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica, esférica ó -piramidal, según la modelen. Así los caracteres mediocres: sensibles á -las coerciones del medio en que viven, incapaces de servir una fe ó una -pasión. - -Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee -firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La -personalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su -delicado instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de -la cultura y del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento. -Se educa después: la experiencia. Lo que heredamos implica cierta -fatalidad, que la educación corrige y orienta. Los hombres están -predestinados á conservar su línea propia entre las presiones -coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se -adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El carácter se -expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser humano -tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz», como -dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y -la luz en su elevación moral. - -Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación; -la febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como -de aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los -senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del -ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias -está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con -la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad; -son simples juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos -ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; cada verdad es una -opinión contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmación; -el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el afirmativo. Toda -negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una negación. La -actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo contrario -de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó negar -es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es -creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer. - -Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan -ser evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada -nueva noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda -debiera ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta; -la primera actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á -nuestra experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste -en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los -ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á todos los errores, -juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias. -Cualquiera desvía á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son como -los clavos, que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes -entran como los tornillos, poco á poco, á fuerza de observación y de -estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden -al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie -la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones -primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al individuo: la -amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas propias. Vivir -arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres son obra -de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar -en ninguna. - -Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo -ó inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa -unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la -coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas, -sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento -humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas, -las naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades -materiales que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero -siempre determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar -para vivir. - -La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con -el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del -hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus -actos son ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia; -siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que -custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos -para el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando -rectifican sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren -ser independientes de todos, sin que ello les impida ser tolerantes: -el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás. -Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus -fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca -creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han -hecho como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de -asumir su responsabilidad. - -Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le -sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no -oculta á los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias -se transforman por una nueva experiencia y al calor de más profundas -meditaciones. Las creencias de la sombra son surcos arados en el agua, -incapaces de resistir el roce de la ola más blanda; cualquier ventisca -las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen -á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los hombres -evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras -siguen aprendiendo; las sombras acomodan las propias á sus apetitos -y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si -dependiera de ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio ó -desvergüenza; muchas veces á traición. - -Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el -carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus -vestris», seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen -hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras -mediocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que -nada, valores negativos. Sombras. - - -II.--LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES. - -Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso -continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía -diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre -él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa. -El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte -á cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura -moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia -pasiva, su alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. Las -sombras resbalan por la pendiente: si alguna partícula de originalidad -les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen -sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan, -calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se -apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos -lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad: aprenden -á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento -les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan -su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: la -domesticación les facilita la lucha por la vida. - -La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la -encanta; simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca -partido y en toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el -enemigo del pueblo, con tanto afán como pone en admirar á Gil Blas: -le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las -cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete, -ratero, prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita, -traidor, curandero: tan varios encenagamientos no le impiden ascender -hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa cumbre. Es perfecto en -su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico. Entra al -mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas -las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás -acomete de frente un obstáculo. - -El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía. -Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de -domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría -que copiar por entero el elocuente _«Discurso sobre la servidumbre -voluntaria»_, escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á -la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi, -miles de páginas fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales, -el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto -de las jerarquías adventicias, la disciplina ciega á la imposición -colectiva, el homenaje decidido á todo lo que representa el orden -vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de los poderosos: todo -lo que refuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el -servilismo. - -Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto -en su Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras -degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su -arista. La mediocridad es un préstamo hecho por la grey al individuo; -la originalidad es una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su -sombra cuando el medio los instiga; los superiores se encumbran en la -misma proporción en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la -adversidad, amando y despreciando, entre risas y entre lágrimas, cada -hombre firme tiene un modo peculiar de comportarse, que es su síntesis: -el carácter. Las sombras ignoran esa unidad de conducta que permite -prever el gesto en todas las ocasiones. - -Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della -manan todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus -definiciones los moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos -catonizan como predicadores y éstos describen como naturalistas. Es -una síntesis: hay que insistir en ello. El carácter es un exponente -de toda la personalidad y no de algún elemento aislado. En los mismos -filósofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carácter -parece depender exclusivamente de condiciones intelectuales. Vano -error: su conducta es el trasunto de cien otros factores. Pensar es -vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una organización -sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á su objeto -los más vehementes anhelos de perfección humana. El investigador de -una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para ella y -piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una -personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar -en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad -en lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el -corazón y el cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el -que posee un carácter no se domestica. - -Gil Blas medra entre los hombres desde que el rebaño humano existe; -han protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los -románticos, envueltos en sublime desdén, han enfestado contra -los temperamentos serviles: «Lorenzaccio» estruja con palabras -ilevantables la cobardía de los pueblos avenidos á la servidumbre. -Y no le van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo lírico -alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas son un código de moral -antimediocre, una exaltación de cualidades inconciliables con la -disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente fustigado, -tiene un disector elocuentísimo en Palante: exhibe las solidarias -complicidades con que los mediocres resisten las iniciativas de los -originales, agrupándose en modos diversos según sus intereses de clase, -jerarquía ó funciones. - -Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles. -Vencido, no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio. -Uncido al yugo, tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo -coyundas que grababan en su carácter la domesticidad. Algunos--dice -la historia--fueron rebeldes ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué -siempre un gesto de animal hambriento y su éxito fué el precio de -complicidades en vicios de sus amos. Llegados al ejercicio de alguna -autoridad, practicaron la deslealtad y la ingratitud: tornáronse -despóticos, desprovistos de ideales que los detuvieran ante ninguna -infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la servidumbre -sufrida anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los favoritos. - -El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. El hábito de -resignarse para medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos -que destiñen para siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Blas -se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno. -Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos -instintos. - -La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica. El que -nace de siervos la trae acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos -serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un carácter. -Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad. Los -antiguos tenían mayor desprecio por los hijos de siervos, reputándolos -moralmente peores que los adultos reducidos al yugo por deudas ó en -las batallas; suponían que heredaban la domesticidad de sus padres, -intensificándola en la ulterior servidumbre. Eran despreciados por sus -amos. - -Esto se repite en cuantos países hubieron una raza esclava inferior. -Es legítimo. Con humillante desprecio son mirados los mulatos y -mestizos, descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de -raza blanca que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su -ascendencia servil demuestra que reconocen la indignidad hereditaria -condensada en ellos. Ese menosprecio es justo. Así como el antiguo -esclavo tornábase vanidoso é insolente si trepaba á cualquier posición -donde pudiera mandar, los mulatos contemporáneos se ensoberbecen en las -inorgánicas mediocracias sudamericanas, captando funciones y honores -que hartan los apetitos acumulados en domesticidades seculares. - -La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron -tan domésticos como los esclavos; la revolución francesa dió libertad -política á sus descendientes, más no supo darles esa libertad moral -que es el resorte de la dignidad. El burgués merece el desprecio del -aristócrata, más que el odio del proletario aspirante á la burguesía; -no hay peor jefe que el antiguo asistente, ni peor amo que el antiguo -lacayo. Las aristocracias son lógicas al desdeñar á los advenedizos: -los consideran descendientes de criados enriquecidos y suponen que han -heredado su domesticidad al mismo tiempo que las talegas. - -Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la -herencia étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias -contemporáneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha -variado el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación de los -mediocres se continúa en las sociedades modernas. Lleva más de un -siglo la abolición legal de la esclavitud ó la servidumbre; los países -no se creerían civilizados si la conservaran en sus códigos. Eso no -tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen existiendo, por -temperamento ó por mediocridad de carácter. No son propiedad de sus -amos, pero buscan la tutela ajena, como á la querencia los animales -extraviados. La psicología gregaria no se transmuta declarando los -derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son -ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de -su mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes -igualitarias y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden -dar hombría á la sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido, -iniciativa á los imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso, -afán de libertad al servil. Por eso, en plena democracia, los -caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican. - -En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba, -la conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque -su ayer no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos -accidentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos válidos, -ellos están dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone -á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los -surcos más profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y -poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la -honesta condición de animales de rebaño. - -Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la -sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades -pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria, -sin hogar, sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la -corrupción, sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo -luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores -inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse -á las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su -infancia sin rodar á la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos. - -El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del -carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente, -como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la -esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia, -hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo -cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes. -Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación -malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad -moderna toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias -quedan veladas mientras sus actos se refieren á los vulgares -automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los -obliga á buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela -sus vicios intrínsecos. - -Esos degenerados son indomesticables. - -Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia -conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial -hacia una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad -consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy -decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello. -En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los -hombres se corrompen los unos á los otros, se imitan en lo intérlope, -se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera -tibia entorpece al que cede por vez primera á la tentación de lo -injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo -infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el -propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras -no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin -advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen -esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su -origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce -que no deja rastro, en los mediocres aran un surco por donde se -facilita la recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos -la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, sólo les -cuesta la primera caída; después siguen cayendo como el agua en las -cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza, -de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa -ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres -no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á -ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus -intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros -para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha -de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan, -borrándose toda creencia y empañándose la dignidad. Así resbalan por la -pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de -Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos -á su imagen y semejanza. - -Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas -que las mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la -tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la -sangre humana. - -Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el -doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos, -religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos -congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para -agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia -son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos. - -Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada -funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los -hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza, -los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso, -pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con -donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel. -La domesticación realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En -los límites de la influencia oficial, los medios de aclimatación se -multiplican, especialmente en los países apestados de funcionarismo. -Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. La pérdida de su -dignidad iníciase cuando abren el ojo á la prebenda que estremece su -estómago ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy le -otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay -servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa, -se avienen á ella voluntariamente, por vocación implícita en su -flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de -beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases -sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en -formas tan diversas como las personas que la ejercitan. - -Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las -razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del -mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad -altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la -columna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las -buenas acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la -admiración de todos; si Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago, -lo condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento -en que la virtud es un ultraje á las costumbres... - -Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de -castrar á los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados, -no perdonándoles el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta -de virilidad es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en los -caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda -elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos -conviértense en contrabando peligroso, obligados á disculparse y -ocultarse, como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre -digno empieza á despertar recelos, el arrebañamiento es grave; cuando -la dignidad parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación -de los mediocres ha llegado á sus extremos. - - -III.--LA VANIDAD Y EL ORGULLO. - -El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito -propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La -sombra pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á -juzgarse; desciende á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su -caricatura: ser ó parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á ser -mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la -dignidad; cuando el afán de parecer arrastra á cualquier abajamiento, -el culto de la sombra enciende la vanidad. - -Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y -Caín. Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas -de amor propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el -orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra -nace de la soberbia, apetito de culminación ante los demás. El orgullo -es una arrogancia originada por nobles motivos y quiere aquilatar el -mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca alargar la -sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado á la mediocrización -moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo vulgar. -Donde los padres de la Iglesia decían _superbia_, como los antiguos, -fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo -sentimientos distintos. De allí el equivocar la vanidad con la -dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual precio los -hombres y las sombras, con desmedro de los primeros. - -En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios -y temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los -demás. En los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los -prejuicios corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que -sugieren al pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción. -La simple circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la -aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste -ó la comparación con los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento -normal. - -Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese -á la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos -y se cultiva la sombra. Los primeros viven para sí; los segundos -vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una -perfección; éstos se acomodan á lo que favorezca el éxito. Si el hombre -no viviera en mesnadas, el amor propio sería dignidad en todos; lo es -solamente en los caracteres firmes. Los mediocres, forzados á venerar -su sombra, precipítanse en lo turbio. - -Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las mediocracias -contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria -sobre las frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo -del rico encela al miserable. El elogio del mérito es un estímulo -para su simulación. Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar -la gloria, muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios y -virtudes secretas que los demás no reconocen; créense actores de la -comedia humana; entran á la vida construyéndose un escenario, grande -ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío ó luminoso; viven con perpetua -preocupación del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia -sedientos de distinguirse en su órbita, de ocupar á su mundo, de -cultivar la atención ajena por cualquier medio y de cualquier manera. -La diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa entre la vanidad -del escolar que persigue diez puntos en los exámenes, la del político -que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista que -aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino que desea -ver su retrato en los periódicos. - -La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares, -es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad; -aquéllos la degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres, -nunca al excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la -personalidad en los hombres superiores: es su condición natural. ¿El -atleta no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad? La -función hace el órgano. El «yo» es el órgano propio de la originalidad: -absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el hombre -superior es un adorno: simple exponente de fuerza. EL músculo abultado -no es ridículo en el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad -excesiva, por monstruosa é inútil: como la vanidad del insignificante. -Ciertos hombres de genio habrían sido incompletos sin su megalomanía. - -Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente -diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple -vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra -de un león; lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres -y la desapercibida soberbia de las sombras más densas. No pueden -confundirse. El vanidoso vive comparándose con los que le rodean, -envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que no -puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores -y pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y -encienden su entusiasmo. - -El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los -hombres cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el -babélico idioma de los vulgares ha enmarañado la significación del -vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo -es relativo. Si hay méritos el orgullo es un derecho; si no los hay -se trata de vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona -hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera inferior que le asfixia; -es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y -constante. Para los mediocres sería más grato que no les enrostraran -esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus enemigos, -constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para -ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de -las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su -conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el -individuo á la marea de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la -multitud y desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio -rebaño. - - -IV.--LA DIGNIDAD. - -El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el -ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia -natural, siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos. -Credo supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible, -intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre -y borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del -honor. Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos -sin ella son esclavos. - -Los temperamentos adamantinos--_firmeza y luz_--apártanse de toda -complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos, -desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan -todo bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma -antes que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse -en facciones y huestes, convertidos en viviente protesta contra todo -abellacamiento ó servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para -disculparse en el número, rehuyendo las íntimas sanciones de su -conciencia; los seres domesticados son incapaces de gestos viriles, -fáltales coraje. La dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son -impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuando conviene -obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del -esfuerzo equivale á la desorientación del impulso: el mérito de las -acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin -coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud. -Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los -moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan -para violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la -fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el -vicio, los mártires van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía, -los santos mueren por un Ideal. Para anhelar una perfección es -indispensable: «el coraje--sentenció Lamartine--es la primera de las -elocuencias, es la elocuencia del carácter.» Noble decir. El que aspira -á ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar alto; el que se -resigna á arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar -si lo aplastan. - -La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los -caracteres mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la -cultura exaltan el individualismo de los excelentes, floreciéndolos de -dignidad. El lacayo pide; el digno merece. Aquél solicita del favor -lo que éste espera del mérito. Ser digno significa no pedir lo que se -merece, ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan entre -las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata -de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna. - -La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea -cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón: -lo que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado -en la adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere, -éste, perder un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más -leves que medrar indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede -dolerle una hora; la más leve domesticidad le remordería por toda la -vida. - -Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse -erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas -domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente; -la pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los -caracteres dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á -lo que puede darse sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su -orgullo á prosperar arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les -acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos, como si fueran -á desposarlo más allá de la muerte. - -Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca -ninguna marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea -los tiernos tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración -de los pesebres. Si su pradera es árida no importa; en libre oxígeno -aprovechan más que en cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél -se toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar solos. Saben -que juntarse es rebajarse. Cada flor englobada en un ramillete pierde -su perfume propio. Obligado á vivir entre desemejantes, el digno -mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior. Descartes dijo que se -paseaba entre los hombres como si ellos fueran árboles; y Banville -escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los regímenes, -son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con desdeñosa -altivez y con la firme resignación de un dios desterrado». - -Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el -fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su -respeto por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de -él, á agredirla si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la -muchedumbre que impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir, -el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla, -temiendo estorbar con sus palabras á las sombras que lo escuchan. -Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las -estaciones, espera anclado en su orgullo, como si éste fuera el puerto -natural y más seguro para su dignidad. - -Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin -independencia material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo -parásito es un siervo; todo mendigo es un doméstico. El hambriento -puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de -la dignidad es la miseria: ella hace trizas los caracteres mediocres -é incuba las peores servidumbres. El que ha atravesado dignamente una -pobreza es un heroico ejemplar de carácter. Suprema es la indignidad -de los que adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas las -domesticidades, si no fuesen esclavos de la vanidad. El pobre no -puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia; -redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos viven -soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza que -traba la lengua y paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras -para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer -más bella, los amigos más leales, los horizontes más risueños, el -aislamiento más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el -individuo se inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos -funcionario, contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que -le empujan á domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la -dignidad: contentarse con lo que se tiene, restringiendo las propias -necesidades. Un hombre libre no espera nada de otros. No necesita -pedir. La felicidad que da el dinero está en no tener que preocuparse -de él; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es feliz. -Los bienes que tenemos son la base de nuestra independencia; los que -deseamos son la cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna -aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna insolente la -vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son los que -acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún -tesoro los sustituye. - -Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla -inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan -ó rebajen. Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que -es propicio al crecimiento de la sombra. Para conservar la estima -propia no vacilan en afrontar la opinión de los mansos y embestir -sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos entre los que -en vano intentan malear su altivez. Estos hombres son raros en las -mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la misantropía -y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y -aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los -humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el -corazón una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía -indómita que á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes -para los hombres amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas, -ó porque cristianos en la más alta acepción del vocablo, ó porque -profundamente afectivos; presentan entonces uno de los caracteres más -sublimes, más espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza -humana. Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo -héroes, perdonan las cobardías de los demás; victoriosos siempre ante -sí mismos, compadecen á los que en la batalla de la vida siembran, -hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística pudiera decirnos -el número de hombres que poseen este carácter en cada nación, esa cifra -bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera, para indicarnos el -valor moral de un pueblo.» - -La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de -otros á la medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère, -que vivió como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo -medir el altísimo precepto que encabeza el _Manual_ de Epicteto, á -punto de apropiárselo textualmente sin amenguar con ello su propia -gloria: «Se faire valoir par des choses qui ne dependent point des -autres, mais de soi seul, ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le -parece inestimable y de recursos infinitos en la vida, útil para los -virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de los caracteres -excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, «pues -desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios, -la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se llenarían de -serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían á sus -hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios méritos -más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el -deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la -admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación -moral de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras. - - - - - LA ENVIDIA - - I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.--II. LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.--III. - LOS ROEDORES DE LA GLORIA.--IV. UN CASTIGO DANTESCO. - - - I.--LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES. - -La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito -por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada -por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el -acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de -las heridas abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes. -Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos -de su vanidad; desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de -su propia tristura, sin sospechar que sus lamentaciones envuelven una -consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad -de los mediocres sirve de pedestal á los genios, los santos y los -héroes. - -Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres -vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno; -esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad, -sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo -hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del -bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese -sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como -un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al -metal. - -Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía--y lo -repite La Rochefoucauld--que existen almas corrompidas hasta jactarse -de vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa. -Reconocer la propia envidia implica, á la vez, declararse inferior -al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente -detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por -ocultarla. - -Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las -pasiones, limitándose á mencionarla como un caso particular de los -celos. Fué siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la -mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano, haciéndola -nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja -horriblemente flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en vez -de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes -negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una mano ase tres -serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno un -monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno; -está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos -irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á -sufrir, es el verdugo implacable de sí misma. - -Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la -ganzúa á la espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y -corazón valiente. En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de -la garra que en un altivo estremecimiento destroza y aniquila; en la -subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento -tímido del que busca morder el talón. - -Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él, -opinión ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó -la cuestión, preocupándose de establecer diferencias entre las dos -pasiones (_Obras morales_, II, 576, edición Didier). Dice que á primera -vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian -tórnanse más fuertes, como las enfermedades que se complican. Ambas -sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta -para confundirlas, si atendemos á sus diferencias. Sólo se odia lo que -se cree malo ó nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia, -como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar á -las cosas y á los animales; sólo se puede envidiar á los hombres. El -odio puede ser justo, motivado; la envidia es siempre injusta, pues -la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones, como plantas de -una misma especie, se nutren y fortifican por causas equivalentes: se -odia más á los más perversos y se envidia más á los más meritorios. -Por eso Temístocles decía, en su juventud, que aún no había realizado -ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como -las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales -más florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su -carácter y por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la -mala fortuna; la envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente -desde el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de -los objetos que están debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la -gloria achica la sombra de la envidia y la hace desaparecer. - -El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira -es repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries -de los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo. -Las palabras más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden -la centésima parte de las que el envidioso va sembrando constantemente -á la espalda. Ignora las reacciones del odio y expresa su inquina -tartajeando, incapaz de encresparse en ímpetus viriles: diríase que su -boca está amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así -como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el bien recibido contiene -el odio en los nobles espíritus y exaspera la envidia en los indignos. -El envidioso es ingrato, como luminoso el sol, la nube opaca y la nieve -fría: lo es naturalmente. - -El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja -en la sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos -enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el -horror de las tinieblas. - -El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo; -lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la -indignidad. La envidia es de corazones pequeños. La conciencia del -propio mérito suprime toda menguada villanía; el hombre que se siente -superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con -delirio de las grandezas. Su odio está de pie y ataca de frente. César -aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías; Donatello venció con su _Cristo_ -al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulminó á Wagner, sin -envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria y da á sus -predestinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un obscuro -porvenir vuelve miopes y reptiles á los mediocres. Por eso los hombres -sin méritos siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos -por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara -que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es su -tormento; comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre impidiendo -que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una -defensa de las sombras contra los hombres. - -Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre -la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar -el problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los -celos. - -La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva, -pero posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo -que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un -deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se -emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad -de alcanzarlo. - -Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión. -Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando -sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos -pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro -pueda compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble -emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de -condiciones con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del -sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan -del sentimiento de posesión comprometido; la emulación surge del -sentimiento de potencia que acompaña á toda noble afirmación de la -personalidad. - -Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están -naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad -por ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible -se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la -emulación; ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una -rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo -comprendió Bartrina, en su admirable quintilla: - - «La envidia y la emulación - parientes dicen que son; - aunque en todo diferentes, - al fin también son parientes - el diamante y el carbón.» - -La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces. -La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente, -una incapacidad manifiesta de competir ó de odiar. - -El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas -las cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia, -la fealdad y la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que -por la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda -subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de -los más grandes: un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos -de voces proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores; -el que siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos -como cicatrices, su clamor visionario y divino; el que se extasía -contemplando las supremas creaciones plásticas; el que goza de íntimos -escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus sentidos, -y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta -cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata -en fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el -deseo de crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no -se conmueve leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven, -puede jurar que la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha -suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben -admirarla en las obras de los genios. - -La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad -de un nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria, -marchando ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso, -emponzoña su espíritu mediocre hostilizando la marcha de los que no -puede seguir. - -Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula, -digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo -sapo graznaba en su pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de -las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de -lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su -propia impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado. -La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo, -congestionado por la envidia, sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por -qué brillas? - - - II.--LOS SACERDOTES DEL MÉRITO. - -Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos son sus naturales -sacerdotes. - -El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos -heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo -al baldón eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su -moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las -excelencias de las personas que envidia. - -Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo -de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las -falsedades. El envidioso pertenece á una especie moral raquítica, -mezquina, digna de compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo, -se resigna á ser vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia -elevación. - -La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros -estigmas con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y -sentencioso; el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó -bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa: -ríe á contrapelo. - -¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es -de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el -asesinato: diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los -órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante -ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue -al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de -reirse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama la -importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres -aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable -inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no -vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si -es necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana», -Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza, -ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía, -un prisionero de su tiempo. - -El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con -niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los -abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el -propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio; -parece poseer mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano. -Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno en forma de -elogio reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es -el máximum de su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito; -tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga entre sus -propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de -antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se -empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad -complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que -su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo; -vive declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con -la intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban -sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que -le conoce y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su -vanidad sólo aspira á desquitarse con las frágiles compensaciones de la -zangamanga á ras de tierra. - -Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á -los envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa -el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima -difamando á los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á -la superioridad del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á -los grandes muertos, como si los detestaran personalmente. Hay quien -envidia á Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse á ellos -rebajándolos; para eso endiosarán á un Brunetière ó un Boulanger. Pero -esos placeres malignos poco amenguan su irreprochable desventura, que -está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria. -Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería -Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable regencia. - -El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan -la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó -desprecia: gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua. - -Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á -sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias -tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una -cacería de águilas ó decretar un apagamiento de astros! - -Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud -para satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que -hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es -puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de los demás, según -el juicio que tiene de sí mismo. - -Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten, -sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó -celos por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella -tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible -sentirse superior en cien cosas é inferior en una sola; éste es el -punto frágil por donde tienta su asalto la envidia. - -El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera -de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar -de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación -profesional, aunque en algunas es más célebre: los cómicos y las -rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La -«invidia medicorum» es memorable desde la antigüedad: la conoció -Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de los -enfermos sobrevivientes á sus drogas. - -El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo -ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace -en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma -aberrante de rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la -insuficiencia arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza. - -Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la -fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su -forma. - -La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su -arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados, -estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa -para traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando -representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia. - -La que ha nacido bella--y la Belleza para ser completa requiere, entre -otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia--tiene asegurado -el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas -por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una -lima, sin advertir que su desdén las convierte en vestales de la -gloria ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus -críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza -por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma -de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene pero las -atosiga. - -Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de -Ovidio, no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura -transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada -de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría de la envidia, -devorando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún -otro poeta de la era pagana. - -El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas. -Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás, -partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer -sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un -sitio en el escalafón del estado y le prepara ulteriores jubilaciones. -De allí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar á -substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía -de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas. - -El talento--en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad, -como carácter, como energía--es el tesoro más envidiado entre los -hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un -obtuso horror á la individualización excesiva; perdona al portador de -cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira, -la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las -filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar -en la política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, para que -los mediocres se estremezcan de envidia. Así se forma en torno de cada -astro una nebulosa grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión -de difamadores; los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su -ídolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por -millares las pústulas de la viruela. - -La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su -corazón gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor -es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible -de su talento en la acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas -del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos -de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la -altura. Sin oírlos. - - - III.--LOS ROEDORES DE LA GLORIA: LA CRÍTICA. - -Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y -su esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los -demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el -legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan -y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á -él mismo. El mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se -resigna á aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su -envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar. - -Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son -admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en -talento ó en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito. -Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias, -meditaciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, á ese pintor, -á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden que ellos -han consumido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente; y la -biografía de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al -reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar tiempo ó comprar -un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo que el -mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve el -resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas -está sembrado el camino de la gloria. - -Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de -crear le empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar -el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian su -irreparable ultimidad. - -Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como -si reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el -émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores -que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores -con pie forzado; la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas -propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo -lo que toca deja un rastro de su personalidad. - -Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean -achicarla por la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni -sabrían escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor. -Tienen las manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir á los -demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por -definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno; cuando un gran -escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad y si -emplea una frase que usaron otros le llaman plagiario, olvidando que -nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría. - -El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera -del hilo que la rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga -á confundir el mármol con la chiscarra y la voz con el falsete, -inclinándole á suponer que todo escritor original es un heresiarca. -Los intelectos mediocres darían lo que no tienen por saber escribir -tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que -no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no compromete, -hecha de mendacidad prudente, restringiendo las perversidades para que -resulten más agudas, sacando aquí una migaja y dando allí un arañazo, -velando todo lo que puede ser objeto de admiración, rebajando siempre -con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un mismo nivel los -críticos y los criticados. El escritor original sabe que atormenta á -los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos ante -el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el laurel que -mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero llega -siempre apareada la ridiculez de un Zoilo. - -En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares -verdugos de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro -esa larva sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio, -conspiran con una intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas -armas que harían sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada -astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando que existen -hombres originales é indisciplinados, capaces de subvertir rutinas y -prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su -fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos ideales á las -razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gravedad, de -estremecer á los gobiernos... - -Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales -para cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por -docenas, por millares, como liliputienses en torno de un gigante. -Los contrabajistas de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos -sinfonistas. Gacetilleros anodinos consumarán bibliografías sobre -algún lejano pensador que los ignora. Muchos que en vano han intentado -acertar una mancha de color, dejarán caer su chorro de prosa como si -un robinete de pus se abriera sobre telas que vivirán en los siglos. -Cualquier promiscuador de palabras enfestará contra el que no sea -un panarra ó un pravo. Las mujeres feas demostrarán que la belleza -es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata; -vengarán su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema -entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras -para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en coro, -repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones, -locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la -dignidad, pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra, -sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á -éste le dieran á elegir entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un -minuto: murmuraría del primero con la firma del segundo. - -Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el -fuego de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se -entregan de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del -corazón; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del placer -de admirarlos. Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la -mansedumbre con la dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad -con el orgullo, rebajando todo ideal hasta las bajas intenciones -que supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán todo lo bello, -olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en -áureas espigas, frente al sol. «Es un gran signo de mediocridad--dijo -Leibnitz--elogiar siempre moderadamente.» Pascal decía que los -espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se -descubren más tipos originales á medida que se posee mayor ingenio. El -verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las cosas, -pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo mejor, -no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas -y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo -nivel donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben -admirar no tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia -una perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que -cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con -su pátina ignominiosa. - -La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero -ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los -malos autores. La mediocridad acosa colectivamente á los originales; -siendo éstos contados y aquella innumerable, el número y la complicidad -pueden contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria. -Mientras los criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos -quedan oprimidos y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir -que sigan muriendo á fuego lento. - -El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de -los pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano -esperando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la -mano tendida, negándole la notoriedad que le conferiría el desdén. -El silencio del genio mata al mediocre; su indiferencia le asfixia. -Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su -presencia; sueña que le han nombrado, aludido, refutado, injuriado. -Pero todo es un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde la -penumbra, de donde no le saca el hombre superior. El que tiene -conciencia de su mérito no se presta á inflar la vanidad del primer -indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole á -perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre sus -condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra -á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de muchos -criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con su -desprecio. - - - IV.--UNA ESCENA DANTESCA: SU CASTIGO. - -El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para -hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como -un estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más -desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario -ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor. - -El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia -le devora como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á -la encina. Por eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este -monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes -que le amenazan sin cesar. - -Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia -distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que -se aviene á su condición mediocre. - -Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto -á un paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios, -formando un panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz: -tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el -bien del prójimo. Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus -conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco regocijo cuando -ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces -trágicas, mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la palabra que -Caín pronunció después de matar á Abel. Porque el primer asesino de la -leyenda bíblica tenía que ser un envidioso. - -Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber -que le envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que -sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos -gananciosos son los envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de -rodillas. - -Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener -la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía -inequívoca de mediocridad. - - - - - LA VEJEZ NIVELADORA - - I. LAS CANAS.--II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.--III. LA BANCARROTA DE LOS - INGENIOS.--IV. LA PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.--V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA. - - - I.--LAS CANAS. - -Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la -Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay -remedio. Arrancarse la primera--¿quién no lo hace?--es como quitar -el badajo á la campana que toca el _Angelus_, pretendiendo con ello -prolongar el día. - -Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el -cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al -mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los -años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza -ahoga á la llama y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa -es la mediocridad. - -Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una -rendija por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no -decir la conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara -excepción. La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse -á sí mismo, nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si -pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre -que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos -nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y -mediocridad suelen ser desdichas paralelas. - -El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en -los hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse -cuando mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular -empañe los deslumbramientos del espíritu. En general, si mueren tarde, -una pausada neblina comienza á velar su mente con los achaques de -la vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse -extraños á sí mismos, supervivencia que los lleva á no comprender su -propia obra. Les sucede como á un astrónomo que perdiera su telescopio -y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse -imposibilitado para confirmarlos á simple vista. - -La decadencia del hombre que envejece está representada por una -regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez -mediocriza á todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza -al viejo ya mediocre. - -Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La -personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija; -se organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se -amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza -su máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse -y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los -parpadeos de la llama interior que se apaga. - -Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos, -ó cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos -afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención -es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad -más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de -la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando -el cálculo utilitario reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone -á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible, ya -no es joven; cuando opina que es preferible tener de más á tener de -menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad -de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación -de sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes -de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón escribió -palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado -el sitio en que había ocultado su tesoro.» (_De Senectute_, c. 7). Y -debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y -alegrías de la vejez. - -Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad -perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa -del ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; hay graves -peligros en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se -disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que -es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la -vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la -esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo -á obscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse -á lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es -más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que no disfruta, -renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo que no -gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias. - -La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones -envejecidos. - - - II.--ETAPAS DE LA DECADENCIA. - -La personalidad individual se constituye por sobreposiciones -sucesivas de la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del -carácter»; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores -desenvolvimientos. - -En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones -recibidas hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la -especie». En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas -de la sociedad: la «mentalidad social». En las capas superiores -florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno, -los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la «mentalidad -individual». - -Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más -profundas contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de -la personalidad individual guardan celosamente el capital común á la -especie y á la sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos -van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á -descubrir la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas -vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas -van reemplazando á los cabellos. - -Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período -estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas, -pero no adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra á su ocaso. - -Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas -declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de -regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras, -decaen cuando comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de -nuestros centros nerviosos. - -Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo -admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy, -creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años. -Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá -haber discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la -vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función, -como para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere -de individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la -involución son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus -órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva -íntegras algunas de sus funciones hasta más allá de los límites -comunes. La longevidad mental es un accidente; no es la regla. - -La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que -en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y -puede sobrevivir á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril. -Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay -hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente -agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las -exageraciones románticas. En esos mediocres, la única precocidad es -la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan algunas -originalidades hasta sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero, -en unos antes y en otros después, despacio ó de prisa, el tiempo -consuma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones, -energías, según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo, que cambia -todo, cambia también nuestros humores». - -El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de -su organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad -individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la -«mentalidad de la especie». - -La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La -mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes -celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las -asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora -de la decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando -sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus -adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El -anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva -mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su -personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que -la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta -observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profundas -transformaciones psíquicas de los viejos; el cambio total de sus -sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza -progresiva para acometer empresas nuevas (con discreta conservación -de los hábitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda ó la -apostasía de las ideas más personales (para volver primero á las ideas -comunes en su medio y luego á las profesadas en la infancia ó por los -antepasados). - -La mejor prueba de ello--que los ignorantes suelen citar contra la -«ciencia»--la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de -cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de -opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que -la vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la -edad viril. - - - III.--LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS. - -Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del -proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean; -es como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á -la obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición. - -Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él -reviste en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir -un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta -inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en -plena senectud, su mentalidad social se reduce á la mentalidad de la -especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á -la miseria. - -En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente -esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario -que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior -deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período -de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes -ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse -tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en -la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las -obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto» -por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin -recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable -si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez. - -Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis -psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á -la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios, -libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón -pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que -esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo -tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el -contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable -preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo -Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al -dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la -patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas -de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes, -Du-Bois Reymond y C. E. Baer. - -Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer -en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su -debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su -madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz -de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en -especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy, -cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le -hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años -escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar, -para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las -horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes. - - - IV.--PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ. - -La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de -comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen -y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la -inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez -anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta -hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es -una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con -desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares -se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el -volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los -tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener -el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión. -En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las -transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo -degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos, -no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de -la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente -estudiado por Ribot en el último capítulo de su _Psicología de los -sentimientos_. - -Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su -ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período -expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto -perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de -analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba -por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece -advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece -contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su caparazón cuando -presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por todas las -fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las -primaveras. - -La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes. -Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte -para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud, -considerándola muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas -costumbres á que no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige -la parte más grande, contrariando toda iniciativa, desdeñando las -corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que en otro -tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera comprometedor ó -detestable. - -Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad -«atenúa ó anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir -ó simplemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta. -Omito las rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen -particular. Para la mayoría de los hombres, el debilitamiento vital -suprime de seguida el gusto de esas cosas superfluas. Señalemos, -también, con la vejez, la hostilidad decidida contra las innovaciones: -nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de -plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es tan notorio, -que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, cada -generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese -«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados. -Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una -capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en -los viejos, por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á -esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos los -sentimientos altruístas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta -el fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la -personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad. - -Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al -de su formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan -impresiones poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto -revélase en la regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de -las primeras impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando -ya han desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de -plasticidad hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros, -ó muy débiles, mientras los antiguos se han grabado hondamente en -materia más sensible y sólo se borran con la destrucción de los órganos. - -Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su -poder de crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad -de adaptación del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas -ideológicos; la detención de las funciones neuronales en los ancianos, -ó en los adultos de cerebro atrofiado por falta de ilustración ú -otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la -inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe, -igualmente, que la amnesia, la falta de asociación de ideas, la torpeza -intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando--por -causas más ó menos mórbidas--la articulación entre los neurones llega -á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan y dejan de -estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se desorganizan -parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta -la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías de -asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos -años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido -organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado -de plasticidad. - -Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III, -452) observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la -vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables -cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez: - - Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis - ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque - mensque. - -Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha -anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura -hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio -usual en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine -piquera-t-elle jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de -la historia han sido realizadas antes de los treinta años. (_Essais_, -lib. I, cap. LVII.) - -Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las -mismas conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la -energética moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años -al publicar su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco, -veintiséis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes -innovadores había llegado á los treinta años cuando se dió á conocer. -Las épocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento -en que fueron concebidos; hubieron de pasar algunos años antes de -que tuviesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos -encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos -maestros de la ciencia; estamos acostumbrados á considerarla como -privilegio de una edad más avanzada, y nos parece que todos ellos han -faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose abrir nuevos caminos -á la verdad. Se dirá que la solución de esos problemas por verdaderos -muchachos fué una singular y excepcional casualidad; fácil es comprobar -que ocurre lo mismo en todos los dominios de la ciencia: la gran -mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron la obra -de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es éste el -sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese hecho; pero es -útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos -de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud. Los -trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador; -el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos... -permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes -en los institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como -ocurre ahora, un gran número de talentos científicos originales.» (W. -Ostwald: _L'Energie_, cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan -improvisadas el eminente filósofo las ha desenvuelto en su último -libro (_Les grands hommes_), donde el problema del genio juvenil está -analizado con criterio experimental. - -Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á -hombres que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es -natural que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada -á un joven significaría enterrar á un vivo. - - - V.--LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA. - -Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot -y Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los -jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas. - -Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán -viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á -la mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental. - -¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios -terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la -conversión religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría -el hombre, activo y emprendedor á los treinta años, no ser apático -y prudente á los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos -haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo -paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano -misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas -frente á la realidad que nos rodea? - -La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables -de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni -morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer; -envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el -crecimiento, nos lo sustrae preparando la muerte. - -Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante, -mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La -historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su _De Senectute_ -con el mismo espíritu con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su -ensayo sobre _La Vieillesse_. Aquél se quejaba de que los viejos fueran -poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en -la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los -viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una -competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre -los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se -explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos lo -saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber -visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos -de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los -viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque -comete la imprudencia de juzgarle con verdad: _convenons de bonne grâce -qu'il prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux, -il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur et son aspect est -désagréable_: ningún joven ha escrito una silueta más sintética que -esa, incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia. - -Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias -contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez. - -Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier -excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del -gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela, -rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su -grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época -patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de -las clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron -superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su -mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el -individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la -cabeza de la sociedad. - -No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas, -señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet. -Afirmar que por el camino de la vejez se llega á la mediocridad es -la aplicación simple de un principio regresivo que rige á todos los -organismos vivos y los prepara á la muerte. ¿Por qué extrañarnos de -esa decadencia mental si estamos acostumbrados á ver desteñir las -hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega perseguido por el -invierno? - -Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la -juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa, -heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez -siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres -representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después -de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en -el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la -resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo, -esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los -peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen -derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas -en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen -á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la -incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden -concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles. - -La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede -convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil -para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se -arrepiente no es por santidad, sino por impotencia. - - - - - LA MEDIOCRACIA - - I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.--II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.--III. - DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.--IV. LA - ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.» - - - I.--EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD. - -En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se -exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan. -Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más -tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia -de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras -líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los -héroes su corazón en la balanza del destino. - -Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de -encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales -trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de -palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y -noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la -continuidad del tiempo. - -En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo -vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales, -tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni -oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no -resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de -los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es -el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias. - -Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el -culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes, -la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el -desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y -de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo. -En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se -habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como -predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El -culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra -fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños -militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan -esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido -improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás -piezas del mosaico. - -Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre. -Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos -gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia. -Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las -democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la -culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no -patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los -engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos -desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas -advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de -parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar -con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la -encrucijada más impune para explotar á la sociedad. - -Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los -regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales. -Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad -prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se -cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al -elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece -en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia: -todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada -uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades -oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la -tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en -llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura -á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas -denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí -mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos, -carcomiendo la dignidad común. - -En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias -por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó -el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu -colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias. -Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el -mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la -pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia -estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á -los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son -despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados. -No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del -país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos. -Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan. - -Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su -influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados; -nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los -ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza -á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan, -se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa -medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan -el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista: -cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se -condensa, conviértese en sistema, es incontrastable. - -Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las -profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La -aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones. -Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida -por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias -pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos -administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia -de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase -cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman -las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente -la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la -justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de -todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable -que oscila entre un empleo y una decoración. - -Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo -representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son -suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres -se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales. -Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios -por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su -eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en -institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo -ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la -fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por -el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de -nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas -parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse -por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad -no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de -los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es -una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos -mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros, -cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna, -ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto -en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de -virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco -Aurelio. - -Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la -ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de -los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen -prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban -resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras -son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó -lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos, -anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de -la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino _par negotiis neque -supra_. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan, -predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada -tienen que hacer. - -La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce -pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las -virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates, -el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel -á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres -ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún -brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó -ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio: -que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria -para usufructuar sus riquezas. - -En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las -cortes se pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores. -Mesnadas de retóricos parlotean _pane lucrando_: aspirantes á algún -bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, en cuyas conciencias -está siempre colgado el albarán ignominioso. Las mediocracias -apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el -miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley -en esos climas. Todo hombre declina su personalidad al convertirse -en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo, -pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de -una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada -oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos -á las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se -aproxima. En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado. -De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino -sembrando el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito. - -Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de -instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de -espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea -disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la -grandeza y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de -esperanzas no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños -comunes, desear juntos grandes cosas y sentirse decididos á -realizarlas, con la seguridad de que ninguno se quedará en mitad del -camino contando sus talegas. No basta acumular riquezas para crear -una patria: Cartago no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, las -industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de un país un -estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una -patria. - -Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una -nación. El sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se -sienten acomunados para perseguir un mismo ideal: las naciones más -homogéneas son las que cuentan más hombres capaces de sentirlo y de -servirlo. Es más intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas. -La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, impídeles ver en -el patriotismo el más alto ideal; el _déclassé_, ajeno á la nación, -tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país natal. Sólo -el digno y el libre pueden tener una patria. - -Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos, -pero permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante -y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de -cofradía. Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los -ideales de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación, -el sentimiento nacional se corrompe: la patria es explotada como una -empresa. Cuando se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa -que en cada ingenio original puede estar una partícula de la gloria -común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven á la condición de -habitantes. La patria á la de país. - -Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara -parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres -aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios -tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie -individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma -la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en -el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa -se doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que -navegan, advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto -inmóvil: un faro en la costa. - - - II.--LA POLÍTICA DE LAS PIARAS. - -El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el -sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes -presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de -aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los -árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte. - -La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus -subalternos florecen en los establos del sufragio universal. En la -bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia -desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura una moral hostil -á la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va á manos de -gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse -los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican. -Los palaciegos se mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos -y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde -todos tragan. Lo que antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase -jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si -hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan -y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser -vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza, -en los países cúbrese de honores. - -Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados: -enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no -arrebatos de sectarios. Su justificación está á cargo de electores -inocentes, que van á la parodia como á una fiesta del ideal. - -Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres -pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan -sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad -de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada -piara se forma un estado mayor que disculpe la pretensión de gobernar -á su país, encubriendo las restantes vanidades ó piraterías con el -pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son -toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no admiran ninguna -superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar paso á su -mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced á la -firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de sombras -insignificantes. - -Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de -«elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos, -deshonestos y serviles. - -Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos -terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos -coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus -alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad -amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más -capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen -conseguirlo incorporándose á las piaras. - -Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á -especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las -arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el -erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y -dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo -para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política -suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría. -Apoya á todos los gobiernos. - -Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad -de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos -de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de -la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la -certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y -sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á -batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una -votación. - -En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los -congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes. -Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las -mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno -se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación. - -Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún -apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo -no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su -presencia, aquilatándolos. - -Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos -envilecidos. Los partidos--ó el gobierno en su nombre--operan una -selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la -intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que -tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia. - -Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos -infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El -desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el -rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del -representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á -los _desiderata_ del sufragio universal; la grey se prosterna ante los -fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería. - -Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en -funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho. -Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los -sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino -en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad -ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir -á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es -inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de -prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven, -maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose, -envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera. - -El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario -delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de -mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta -feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor. -Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las -instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una -clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese -altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la -rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña -burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara -que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida -doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias -bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios. -El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se -asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse -apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia. -Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres -que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero -á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios -de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más -contradictorias fisiologías. - -Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la -adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos. - -Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad -humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros -domésticos. - -El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran -esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios -para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad». -Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel, -jamás conducen á la gloria. - -La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos -son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación, -el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio -sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á -quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es -una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada. -El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la -conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su -inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus -gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su -personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de -los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle. - -La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el -adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por -el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (_Fedra_, IV, 6) lo -creyó un castigo divino: - - _Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux - rois la colère celeste._ - -No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es -menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad, -más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo -de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más -cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste. -Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de -sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la -propia dignidad. - -En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes, -los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven -fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su -sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los -ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los -arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su -hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios -desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación: -tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres -dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían -sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no -merecer. - -Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa -con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal -donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente--escribió La -Bruyère--no puede adular; cree que su presencia importuna en las -cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que -gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus -méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud -y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos. - -De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y -dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni -se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo -mediocre y lo innoble son calificados con justeza; á fuerza de velar -los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las -cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda -palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres á -las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una -cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente -y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro. - -Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias -admirables que cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un -ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert; -muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por -los gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista -es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías -constitucionales y en las repúblicas democráticas. Quien vive para un -ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para -que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; cuando -se apartan de ella la pierden para siempre. - -Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres. -En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y -el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los -rutinarios: rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben; -nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan contra -ella, á desmantelarla, cuando se prepara un porvenir. - - - III.--DEMAGOGOS Y ARISTARCOS. - -El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso -escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos -en rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la -culminación de los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías -ó repúblicas. El siglo XIX ha unificado el régimen político, en su -esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos. - -Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las -excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una -voz de la naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es -un privilegio excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La -democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos -y no aducen derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra -y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que -uno solo. La civilización parece concurrir á ese lento y progresivo -destierro del hombre extraordinario, ensanchando é iluminando las -medianías. Cuando los más no sabían pensar, justo era que uno lo -hiciese por todos, facultad suprema aunque expuesta á peligrosos -excesos. Pero el hombre providencial es innecesario á medida que -los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, se -pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas ó -escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y podría traducirse -así: en la medida en que se difunde el régimen democrático restríngese -la función de los hombres superiores. - -Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una -orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase -con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca; -ni lo será, según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación, -viendo en la igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil -y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la -presunción de la democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á -Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros -tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El -genio, en su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre en la -propia; mil, cien mil mediocres no harían entonces lo que un genio. -Cooperan á su obra los idealistas que les preceden ó siguen; nunca los -conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias, -que pueden ser su instrumento pero no su guía. - -Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial -sino al mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan -de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares. -El culto del gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al -malo, sin concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del -genio, del santo y del héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca -al fatuo: en la chatura crepuscular de las mediocracias, mientras las -academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado -los charlatanes ó los pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no -sirven; entonces puéblase de astros el horizonte. En la borrasca toma -el timón un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora -mira lejos un Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad en -formación. Y todo varía en sus dominios; fórmase en su rededor, como el -halo en torno de los astros, una particular atmósfera donde su palabra -resuena y su chispa ilumina: es el clima del genio. Y uno sólo piensa y -hace: marca un evo. - -Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza: -«la igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible -una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los -individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No -habría podido existir como término culminante de la serie biológica. -Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la -selección natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse -las variaciones descollantes de los individuos. Igualar todos los -antropoides sería negar la humanidad; igualar todos los hombres sería -negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma. - -Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo -del régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha -favorecido su descenso político durante el último siglo. - -Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente, -es una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser -todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine -y Hugo, nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la -equivalencia universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es -la posición del problema. Es sencilla. - -Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron -tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los -tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir -á las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido -siempre mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un -«pueblo» capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas -de pobres é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de -pastores. - -La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los -más grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho -individualistas y partidarios de la selección natural: _perseguían la -aristocracia del mérito contra los privilegios de las castas_. Aquel -ingenuo trovador que cantó - - «Ved en trono á la noble igualdad», - -creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes -oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas -coloniales. Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar -á los humildes, para inducirles á cambiar de amo; tan superficial -era su fe democrática que sólo acertó á calificar de «noble» á la -igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de entregarla al pueblo para -que la disfrutara, la puso en un «trono», como si con ella quisiera -simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, como -todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los ilusos ó forman -el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que -invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de toda -superioridad ó diferencia. - -Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis -de mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen -la justicia para todos y se equivocan buscándola en la igualdad; -los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban -por reservarlo á los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la -nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. Ambos son, de -hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo -sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: en -ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales. Así como -las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias -no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las -tabernas. - -Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es -respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo. -Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre -hombres y sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la -aristocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible. -Es justo, porque es natural. En cambio es ridículo el concepto de -las aristocracias tradicionales: conciben la sociedad como un botín -reservado á una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar -compuesta por los mejores hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos, -familiares y lacayos de los que fueron otrora los más aptos seguirán -participando de un poder que no han contribuido á crear? ¿En nombre de -la herencia? - -Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y -podrían renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo. -Conviene que lo pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una -aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso -obstáculo. - -El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los -derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos -son igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes -superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal. - -Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática -son más propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se -constituyen oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos -y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su -improvisación, fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por -atributos inexplicables que fincan en una cultura de siglos: hay gentes -de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera. -Son más esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad y el -honor tienen más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia -que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á -castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas minadas por hábitos -de servidumbre? - -El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el -privilegio numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada -no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de -combatir la mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática; -en los dos casos trátase de idénticos mediocres con distinta -escarapela. Las masas inferiores--que podrían ser el «pueblo»--y -los hombres excelentes de cada sociedad--que son la «aristocracia -natural»--, suelen permanecer ajenos á su estrategia. - -Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que -pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas; -entre los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que -ansían reducir á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de -mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas son -víctimas propiciatorias en esas disputas entre mediocres enguantados ó -descamisados. - - - IV.--LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO. - -La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto -de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima -moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas; -nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios -beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por -los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una -resultante concreta de la moral. - -La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito -de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una -mediocracia resulta ilusorio en las épocas de domesticación moral y de -hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus -fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el -vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos, -con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente á cierta -hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y -trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos -recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango -al mérito y reclama la intervención del genio. - -El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo -en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una _vis -medicatrix naturae_ que corrige el abellacamiento de las naciones: la -formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito. - -El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad, -se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la -orientación original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento -se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La -mediocridad calla, impotente; su hostilidad tórnase feble, aunque -innúmera. Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, otorgándolo á ras -de tierra. De lo útil á todos, no saben decidir los más: nunca fué el -rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto -del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez -en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la opinión de sus -iguales. - -Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas -converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa -de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena -como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán. -En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al -carácter como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su -esfuerzo ineficaz. - -Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas -las cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad -numérica ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo -tendría tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se -esforzarían por ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo -cualquier originalidad creadora á la más tradicional de las rutinas. - -Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno -aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos -útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras -respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de -las aptitudes y se perdería con ellas. - -Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental. - -Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la -igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito. - -Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los -intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base -natural del privilegio. - -La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las -mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta: -_la justicia en la desigualdad_. - - - - - LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1] - - I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO--II. EL TRINOMIO MENTAL DEL - ARQUETIPO.--III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA. - - - I.--LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO. - -Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro -legendario--Tiberio ó Facundo--y del genio transmutador--Marco Aurelio -ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los -mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á -la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia -inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios -por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana -de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima; -sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en -su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados -por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó -por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en -su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la -mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en -momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de -una serpiente. - - -Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles -culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que -comparten sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus -vicios, sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio de tal -casta ó partido: su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas -políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con su -corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad, -hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de -ajenas voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes, -buscan los tiranos sus favoritos, nombran los reyes sus ministros, -entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes: -en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y en -las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura -espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran -propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan -las cumbres y los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y -timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen -la originalidad y la juventud; adoran á los que nunca podrán volar ó -tienen ya las alas enmohecidas. - -Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes -apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal, -atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso -basta para disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas -gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma -infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría -de su fantasma: llámase lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad, -ponderación á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, fe á su -fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, distracción á sus vicios, -liberalidad á su briba, sazón á su marchitez. La hora los favorece: las -sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. En cierto momento -la ilusión ciega á muchos, acallando toda veraz disidencia. De esas -baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, aunque -no siempre los menos inservibles. - -La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro: -nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en -la común vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el -espectáculo. Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,--J. -M. Ramos Mexía--lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la -persistente notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen -tener ciertos grupos de mediocres, consiste en propiedades de fácil -articulación de los unos con los otros, resultando una firmeza de -columna vertebral y constituyendo verdaderos mecanismos de nutrición -colectiva. Así asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no -necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento para adquirir el -sentido de las conveniencias vitales.» - -Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en -prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos. -Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse -proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del -Poder, aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha, -los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación -al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno, -mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir -attendre est le grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema -de los arquetipos: el «don de espera», que los expone á alelarse en una -vejez almibarada. - -La paciente expectativa converge á la culminación de los menos -inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca -vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando -les falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un -sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces, -en tácita transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar -más alabanzas en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo -los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una -hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno. Su armazón es -simple convergencia de ocultas debilidades: «Una cierta tendencia -asociativa duplica sus fuerzas. En virtud de la ley por la cual los -semejantes buscan á los semejantes, todo mediocre se siente atraído -por su homónimo mental. De allí procede ese género de epidemicidad de -la insignificancia intelectual que suele hacer estragos en la sociedad -en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese ambiente el -talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más chillona -y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho más -que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no -está en tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario, -en no tenerlas para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder -de mimetismo concurrente que hace de la vida un carnaval solemne, -en el cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización para -aplastar con su vientre la excelsitud del cerebro alado; tanto más -fácilmente cuanto que la miope simplicidad popular confunde á menudo -las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones cerebrales». - -Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el -pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas, -empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir -la verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas -las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo -disipa el equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados -en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el -primero es la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia. - -Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con -demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral, -sus lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las -cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran -prescritas sus viejas pústulas: incondicionalismos para con los -regímenes más turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos -infortunios de donjuanismo epigramático. Sus labios abrévanse en -aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten -que después de chapalear en el vicio todo puritanismo huele á encima, -como los guantes que pasan por el limpiador. - -Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan -esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los -desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta -que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la -tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester -los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados; -corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y -quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candorosamente la -zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de ciertas épocas: -cuando la mediocridad incuba pollipavos no tienen atmósfera los -aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos -necesarios para advenir al poder: entrégase á ejercitarlo como un -tartamudo á quien confiaran la declamación de un poema. - -La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas: -el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en -contra de alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de -andar á la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una -inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que -le han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin gallardía; no la -demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por -tantos años ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por -cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos, ni se -parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos -vagamundean con el «don de espera del batracio optimista», de que -habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una -herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa; pero llega su -sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir, -más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance -finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el -tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla. - -En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con -inocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan -alguna misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que -ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación -con que los exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los -eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer la -estrategia de los empresarios de su fama. - -Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas -diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus -huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático -ó perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas -canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de -sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías -reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo -después de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la -nación más hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos, -como si por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en -los corazones de los pueblos. - -Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los -ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo -puede agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración de la -calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica cuando procede de amigos -interesados, el «aparato» se completa á maravilla y sus efectos -transcendentales escapan á los límites de la vida privada; los simples -goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta la celebridad -mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos -calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura -híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar, -quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si -hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con -vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia -del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel la mula: se les -reconoce al pasar, viendo su moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su -herradura. - -Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no -piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á -misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran -como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías -arrugadas: la grandílocua rancidez de programas á cuyo pie buscaríase -de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no -traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén -cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más á los -mediocres. Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no -lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y -nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios -democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano, -la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza -consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula decir -mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase bajo -el antifaz de las vaguedades cívicas. - -No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia. -Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de -civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el -vicio, por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos -caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los -indignos han tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se -conquistan hay que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso -el engendrado en un vientre impuro», dicen las escrituras; los que se -encumbran cerrando los ojos é implicándose en mañas de estercolero, -sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintiéndose á sí mismos -para hartar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del -pecado original, aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al -maleficio de sus Mefistófeles. - -El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las -facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos -retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo -de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En -ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No -podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente -porque no existe, substituido por cohortes que medran. - -Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades -espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna -multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres. -Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en -la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las -oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos -los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se -complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas -ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y -raza y humanidad. - - - II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO. - -Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa -superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos -un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la -fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se -repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su -trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo. - -Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera -sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de -las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus -ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos -y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es -confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar -las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas -nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes -lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones -allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los -burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que -recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático -cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo -voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice -su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la -penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad -de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena -estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro -meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes -mentales que la vanidad les sugiere.» - -En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico -esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso -quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el -vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por -los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la -vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula -en los tontos. - -Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales -y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á -lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella -entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la -atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos -que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos; -salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas -intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en -actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase -cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los -vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias. -El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla, -aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad. - -Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay -pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría -bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten -de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan -de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar -el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los -acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía -Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que -ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores -que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo -visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso -abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias, -la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios. -Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez -quitan al hombre el gobierno de sí mismo. - -La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción -de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de -los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones -de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta -trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su -aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder -lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se -entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de -potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas: -esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión -á la democracia. - -El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan; -ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El -verdadero justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello -tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta -equidad en los casos que no hieren al valimiento de sus cómplices; -pero se complica de hecho en todas las zirigañas de los serviles. -Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo al -digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante -al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las -mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se -empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos: -como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los -arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero -está su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos, -acostumbrados á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde -el diamante con la bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció -Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de -hinojos á los estrados de los que mandan. - -Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar -su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al -dios de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron -los acordes rústicos de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas -divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable á la lira, -unánimes todos menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla. -De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo -quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso -ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un cubiculario; corrió á un -lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no -se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten -eternamente que Midas tiene orejas de asno. - -La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página -de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de -Bacon, los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones -ó reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es -el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación -hay diez ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en -usarlos á todos, con sus cualidades y defectos; un Panza los excluye -de su ínsula, usando á los que se domestican, es decir, á los peores -como carácter y moralidad. Siempre son injustos los mediócratas: -escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que -merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos -prefieran á sus similares, como dice el publicista. «La torpeza del -burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca -consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología -encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora llega en -que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos, -irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores; -dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se -saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás; -los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un -clavo se pierde una herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos -castiganlos con la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura -en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta -un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen va recta al -corazón, como la del romance famoso. - -Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca -al amo. - -Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan -con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de -arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla -para el cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los -sofistas y las manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas para -que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación -del ignorante al consejo del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si -coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan -la Monita Secreta para interpretar las Magnas Cartas de las naciones. -Bajo su imperio la hipocresía--más funesta que la desvergüenza--tórnase -sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas -ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el -que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos -los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía -crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes -moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la -fisonomía de toda una época. - - - III.--LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA. - -Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su -oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila -y su cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres -repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en -que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres. -Eligen á los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta -hartarse y bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches -blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes -verdes, tornándose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo, -preparando esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se -almibara. Ésa es la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio á -la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan á momificarse -en vida. - -Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los -arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo -reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de -ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias -naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz, -exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los -pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola. -Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos -los incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes. -Las apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo, -disueltos como enormes azucarillos. - -El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota, -como si el destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza, -demostrándola á los más empecinados, á los que podrían dudar si -murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento. - -Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para -sí tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar -que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos -como á la hoja de un catálogo abandonado á la intemperie. - -Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el -remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio: -«Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse: -pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los -arquetipos sienten su esclavitud: deben morir en ella, si es menester, -custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad. - -Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben -y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan -enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus -descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra -y vivir de ella. - -Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los -amortaje; sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los -palaciegos, en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos -comensales, no pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar -lo que pudieron ser..., creen que muere una esperanza, como si ésta -fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y -los almibaramientos de la vejez. - -Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada -era de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas -cartas ya están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros -nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas -trampas ignoran, se apartan de todas las piaras, esperando otro clima -ó preparándolo. Y no manchan sus labios nombrando á los arquetipos: -sería, acaso, inmortalizarlos. - - - NOTAS: - -[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares -luminosos de su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al -arquetipo de las mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el -actual presidente de su «país.» Lo que no es su intención ocultar. - - - - - LOS FORJADORES DE IDEALES - - I. EL CLIMA DEL GENIO.--II. EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.--III. EL - GENIO REVELADOR: AMEGHINO--IV. LA MORAL DEL GENIO. - - - I.--EL CLIMA DEL GENIO. - -La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos -lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo -que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos -árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza -que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana, -cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina, -algunos hombres excepcionales anticipan su visión á la de todos, la -concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en -los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree; -capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan una era ó señalan una -ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su -firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas. - -La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el -punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre -y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión -trascendente. El hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando -encuentra clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más -fecunda. La función implica el órgano: el genio hace actual lo que en -su clima es potencial. - -Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad -mientras en su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita -condiciones propicias de tiempo y de lugar para que su aptitud -desempeñe una función. El ambiente constituye el «clima» del genio y la -oportunidad marca su «hora». Sin ellos ningún cerebro excepcional puede -elevarse á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan para creerla -en un cerebro mediocre. - -Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien, -encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la -culminación: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y -en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con -la oportunidad que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando -un ideal implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo, -instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, imponiéndolo. - -El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho -intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de -aptitudes personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un -arte, una ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por -una renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando -nuevas orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como -artista ó profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las -emprende como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y -permiten reconocer su huella á través del tiempo. Es rectilíneo é -incontrastable porque encuentra su clima y su hora: vuela y vuela, -superior á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando -á deshoras viviría inquieto, fluctuante, desorientado; sería siempre -intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara á -alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio. No podría -serlo. Nunca. - -Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud, -significa confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan -sobre la mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los -hombres inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos -de una escala infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las -estadísticas y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso. -Reservemos el título á pocos elegidos. Son animadores de una época, -transfundiéndose, algunas veces, en su generación y con más frecuencia -en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, de sus ideas ó de -sus obras. - -La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos, -confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan -á sí mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada. -Hay una medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se -reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración. -Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si -héroe, lo ejecuta. - -El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden -adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para -alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las -circunstancias convergerán á que ellas se conviertan en obras. Y, -mientras no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y -porque ciertas obras geniales no se realizan en minutos, sino en -años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser -consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el -paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una nueva -generación estará habilitada para comprenderlo. - -En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos, -desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar -los mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en -la lucha por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un -ideal y consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria -no está en el homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle -los demás, sino en sí mismos, en la capacidad para efectuar su obra -ó cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque Sócrates beba -la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó Bruno agonice en la hoguera: -fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la historia de -los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se reconoce por la remota -eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por las frágiles -sanciones de los contemporáneos. - -La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su -horizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse -cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados como -perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y la voluntad. - -Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio -ó á la excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la -hora puede ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden -de genialidad: la más oportuna es siempre la más fecunda. Conviene -renunciar á toda estratificación jerárquica de los genios, afirmando su -diferencia y admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las -cumbres son excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse -habilitado para decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan -de estas pequeñeces; el problema es insoluble por definición. - -Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que -la alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado -de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su -pueblo ó de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de -capitanes y conquistadores; las otras formas de genialidad entran -en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel -Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus siglos más altos que los -emperadores: por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo. -Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de -su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir ó -pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: todo Ideal es una -síntesis. Las grandes transmutaciones históricas nacen como videncias -líricas de los genios artísticos, se transfunden en la doctrina de -los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas. Así -la genialidad, de simple actitud individual, deviene función en los -pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente. - -La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología -de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su -aptitud, y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados, -remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta -apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción de -los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende -el Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería, -dar visos de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos -simples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo -uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora -oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se desenvuelve hasta la -genialidad. - -El genio es una fuerza que actúa en función del medio. - -Probarlo es fácil. - -Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver -argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte -de la cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las -fuentes más hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las -suyas, han visto florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés -y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus organismos se -hubieran encendido lámparas votivas consagradas á la glorificación -eterna de su genio. - -Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra -decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura -de este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol -y sembrador: ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le -sucedieron en el gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las -doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino; -será imposible no advertir la huella de su paso, y quien lo olvide -renunciará á conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él. - - - II.--EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO. - -Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie -americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan -alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar -que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado -por el afán de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las -grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á -su influencia todas las masas menores de su sistema cósmico. - -Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar -civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para -saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para -cohibir su inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera -de sus propios ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino, -previendo que la gloria se incuba en regazos de auroras fecundadas por -los sueños de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando -urge construir ó transmutar, fórmase el clima del genio: su hora -suena como fatídica invitación á llenar una página de luz. El hombre -extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera á una -predestinación irrevocable. - -_Facundo_ es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo -feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la -verdad; presentir un ritmo de civilización cuesta más que acometer -una conquista. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. Un -libro es más que una intención: es un gesto. Su palabra parece bajar -de un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por entonces, su -espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso. -En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan de -angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno de su -frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende -las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con -sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse -busca al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio -y en su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes -de _Facundo_, asombroso enquiridión que parece un reto de águila á -águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su -verbo es anatema: tan fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se -enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo -no parece español. Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su -pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro. -Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta -para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea -llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan al corazón de miles -de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan -su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive: -palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase -que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro, -fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan -decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa -de infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente -herida una era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se -encumbra así para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no -admiten rectificación y escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir -sus ritmos á las mareas del Océano para loar líricamente la perennidad -del gesto magnífico. - -La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su -Ideal se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención -de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo, -siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso, -como el héroe del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué -pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los partidos, incapaces -para contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente. -Ninguno, grande ó pequeño, podía ser toda una generación, todo un -pueblo, toda una raza. Sarmiento sintetizaba una era en nuestra -latinidad americana. Su acercamiento á las facciones, compuestas por -amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias, eran simples -tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución -necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale -pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el lema -inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas». - -Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó -como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que -abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la -civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones -é ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear -tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados. -Entusiasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una -propia hija, fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con -la serena crueldad de un cirujano. - -La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes -contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas -extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte. -Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta -años perfeccionando las originalidades que había adquirido á los -treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede -concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces -de opinión, porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino -parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo -que se obscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de -amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo. -En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo -oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo. - -Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto -á su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los -hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen; -los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde -van. Vivió inventando doctrinas ó forjando instituciones, creando -siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo -paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del mediocre que -se acomoda para vegetar tranquilamente. La adaptación social depende -del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras -el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre -de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación es -mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que -son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales. -Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen -ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la -vejez. Sarmiento fué una excepción. Había nacido «así» y quiso vivir -como era, sin desteñirse en el semitono de los demás. - -En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar -sus ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su -destino. Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su -tiempo, hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de -la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo, -siempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de -sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa -si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de -entre las cenizas. - -Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento. -Fué «inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación. -Su originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente: -mas no era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y -su medio. Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación. -Su genio era una suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba. -Parecía lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le -circuía. - -Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos -los caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su -genialidad está en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes -desequilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y el -porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de -su destino. Nada le perdonan los enemigos del Ideal que él representa; -todo le exigen los partidarios. El equilibrio del mediocre es exiguo -comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo igual á uno y -éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza y una -absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan; -cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas -planeantes en su atmósfera natural. - -La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se -atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose -al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan -cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del -raciocinio rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que -inadaptado no quiere decir alienado: no puede el genio consistir en -adaptarse á la mediocridad. - -El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos -más insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara -predestinados á la degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento -y el genio pueblen los asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres -excelentes, encontráronse á su lado un millón de mediocres y pobres -diablos. Es evidente que los alienistas estudiarán la biografía de los -diez é ignorarán la del millón. Y para enriquecer sus catálogos de -genios enfermos incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuando -no á simples desequilibrados intelectuales que son «imbéciles con la -librea del genio». Estos personajes, que viven á horcajadas sobre el -muro que separa la cárcel del manicomio, son la antítesis misma del -talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de tantos estigmas -de su desequilibrio. - -Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función -que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero -juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos -se presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de -la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha -de los originales; se opera entre individuos diferenciados. El -desenvolvimiento de una personalidad genial es una simple variación -sobre los caracteres adquiridos por el grupo social; gracias á ella -aparecen nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de -divergencia y sirven de materia á la selección natural. La desarmonía -de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias son rebeliones á las -rutinas de los mediocres. - -Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre -disgregación, desequilibrio, solución de continuidad. Con breve -razonamiento refutó Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se -abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta de los demás; -la distracción ausenta de sí mismo. Cada proceso ideativo es una serie. -En cada serie hay un término medio y un proceso lógico. Entre las -diversas series hay saltos y faltan los términos medios. El genio, -moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia los -términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de una -serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar. -Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el -movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor, -el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos -medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de -los demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del -genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo -ni loco, es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica, -la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la -moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la -nulidad de estilo». - -La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la -confusión. Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman -loco al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta: -son aquéllos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas -algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que -viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer, -sus propios adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto -magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco -Sarmiento». - -¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre -la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos -formulados por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen -á marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por -resplandores inusitados, sólo atinan á justificarse con epítetos -despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino ilustre -sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso -que no haya sido empleado contra él: era tan grande que no bastó un -diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de -la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas -las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes. -La caricatura le mordió hasta sangrar, como á ningún otro: el lápiz -tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. Como -las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra maestra del -Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su titánica -personalidad, robustecida por la brega. - -El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número, -irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos, -desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de -tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en -todos los surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la -videncia del juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus -contemporáneos le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de -esperanzas en un matorral de espinas. - -Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de -recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las -ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con -frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores -son solitarios; parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á -él para combatir ó predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles, -sin entregarse nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes. -Muchos ingenios eminentes, arrollados por la marea colectiva, pierden -ó atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio. -Los prejuicios más hondamente arraigados en el individuo subsisten -y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de -reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas -el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si -no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse -por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga á una -misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó de una -generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se -encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento, -doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren -claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la -inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio -de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización -de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de la nacionalidad -entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo -entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro de su país, europeo -entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre -porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de -los hombres de genio estar ausentes en todas partes. - -Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus -contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron -compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros -rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la -adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen -tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á -todos, sin rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio: -sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad. -Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y -que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran varón que honra á la -raza de todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo -de las hachas... - - - III.--EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO. - -Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes -de que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que -Sarmiento, llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia -ambos fueron maestros de escuela, autodidactas, sin título -universitario, formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto -inmediato con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos -exteriores de la mentira mundana, con las manos libres, la cabeza -libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio florece -mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que son -su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus -universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus -academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el -aire libre y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento -precoz enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las -mejores originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial. - -Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene -caracteres de fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en -juntar huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe -compuesto con millares de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos -testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como si -obrara por predestinación ó por fatalidad? - -Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la -superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra; -tenía que ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado el -asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no -podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no fué -propicio á ello hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento; y -tenía que ser Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro -reunía en tan alto grado su aptitud para la observación y el análisis, -su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el -enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas -las mediocres vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan -al pensador? - -Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad. -Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente, -el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la -realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre, -son su estímulo: crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad -puede conspirar contra él, movilizando en su contra la detracción -y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse, -dionisíacamente seguro. El genio no fracasa nunca. El que no ha -creado no es genio, no llegó á serlo, fué una ilusión disipada. No -quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha hacia la -gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene -prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila -y se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden -su talón los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en -dos circunstancias se ilumina ó se desencadena: en la hora de la -inspiración y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad -parece que en sus pupilas brillara una luz eterna; cuando amonesta á -los envilecidos diríase que refulge en su frente la soberanía de una -generación. - -Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función -genial. Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo -y sin quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación -no basta para dar vida á la obra: la voluntad la engendra. En este -sentido--y en ningún otro--el desarrollo de la aptitud nativa requiere -«una larga paciencia» para que el ingenio se convierta en talento ó -se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcionales tienen -un valor moral y son algo más que objetos de curiosidad: «merecen» -la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un don de la -naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más que -sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen -solas. El tiempo es el aliado del genio; el trabajo completa las -iniciativas de la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear -saben lo que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en -la raza, en la ley, en el mármol, en la palabra. Tan magno esfuerzo -explica el escaso número de obras maestras. Si la imaginación creadora -es necesaria para concebirlas, requiérese para ejecutarlas otra rara -virtud: la voluntad tenaz, que Newton bautizó como simple paciencia, -sin medir los falsos corolarios de su apotegma. - -Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación -es superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de -bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias, -la paciencia no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de -constancia, sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de -genio, en el tiempo que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su -vida marcha tras él, persiguiendo la quimera entrevista. - -Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se -revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia. -Eso no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad, -ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse -en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas -en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la -genialidad. Sólo es genio quien las convierte en obra luminosa, con -esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los más bellos -dones requieren ser cultivados, como las tierras más fértiles necesitan -ararse. Estériles resultan los espíritus brillantes que desdeñan todo -esfuerzo, tan absolutamente estériles como los imbéciles laboriosos; no -da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril -por más que se le are. - -Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio -con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos. -La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo -como una inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no -siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente -puede acordarse este supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian -menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y -gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una -fuerza y un resultado que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para -griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: era aquel espíritu -que acompaña, guía ó inspira á cada hombre desde la cuna hasta la -tumba. Con la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra -«genio», los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían -al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza ó -culminación. - -No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay -tipos intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de -genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el -«ingenio», es decir una capacidad superior á la mediana. Presenta -una gradación infinita y cada uno de sus grados es susceptible de -educarse ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los -más, sin implicar siquiera talento. Este último es una perfección -alcanzada por pocos, una originalidad particular, una síntesis -de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin ser por eso -equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación del -ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra -adquiere significación social y un Ameghino asciende á la genialidad. -La especie, con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas, -casi, como ejemplares. - -La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres -superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de -talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura. -Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al -hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por -otros ó desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades -ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó -frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que -cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta -la obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un -desarrollo orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por -el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en -su ambiente posee la mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la -inteligencia y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, que es -cualitativa entre el talento y el genio. - -No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad -complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica, -en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte -en talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio, -llegarán ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias -extrínsecas: su obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la -vida ó en la cultura de su pueblo. - -En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer -fiel á su escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco -desequilibrio ó anormalidad; su producción científica ó artística -se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó descubrimientos -son profundos y radicales. El hombre de talento, en cambio, es -más equilibrado y su degeneración física y mental es menor; no es -un precursor decidido, sino más bien un coordinador de elementos -dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo, aunque sin la -verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las conclusiones -son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales: Cervantes, -Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; son -talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace. Existen -tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial», como -Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de ambos -tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de -un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen -igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan -como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas -inquietas y el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes. - -La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay -creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El -genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas -vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes, -en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces, -con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las -cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su -camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y -percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère. -Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones -que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no -requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á -siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las -cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil -desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza. - -¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad? -Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque -depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de -entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de -enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino. - -Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su -función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos -intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de -las células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas -químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse -las actividades moleculares y sus variables relaciones, además de -la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto -no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las -transformaciones de energía que determina en el momento que nace, -durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fenómenos -que acompañan á la complejísima función de pensar. Los conocimientos -científicos distan de ese límite. Mientras la química y la fisiología -celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre de que esa, -y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un -Ameghino, en función de su medio. - -Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el -genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas -á la estructura y la coordinación de las células que intervienen -en el pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso, -agudo ú obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas -capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando -faltan: Salamanca no las presta. - -Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa; -los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la -imaginación: de todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la -mano del pintor. El poder de concebir está subordinado al de percibir: -cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde á sus -percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le -estorba; pero ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean -nada superior á lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere -el concurso de la imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la -realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como «un grado -exquisito de sensibilidad nerviosa», se enuncia la más importante de -sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es -un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes imaginativas. - -En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la -imaginación sobre los sentidos; no lo es menos en los genios -especulativos, como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como -Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, se adivinan las -soluciones, se inventan las hipótesis, se plantean las experiencias, -se multiplican las combinaciones. Hay imaginación en la Paleontología -de Ameghino, como la hay en la física de Ampère y en la Cosmología de -Laplace; y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, como en la -política de César ó en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del -genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó un -plan de campaña de Napoleón; no digamos de los sistemas filosóficos, -tan absolutamente imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún: -son poemas, y su valor se mide por la imaginación de sus creadores. - -En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y -continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es -la antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo -en su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y -niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia -las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco -ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando -huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara -en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin -asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su -reputación de inadaptado. - -Basta leer su inmensa obra--centenares de monografías y de -volúmenes--para comprender que sólo presenta los desequilibrios -inherentes á su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles, -nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una -vasta preparación; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la -herencia ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados; -no ocurrencias, sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades, -sino claramente previstos y anunciados. - -El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula -sospechar un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer -caídos bajo el nivel común á esos mismos que la admiración de los -siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden -ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la -creación, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una -clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio, -opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando á tiempo -de servir como premisa ó punto de partida para nuevas doctrinas y -corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente -que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se -nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio mental. -Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir -con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la -capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio -ni enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á -pesar de ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra. - -Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se -contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el -sentido de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen -á ello, el genio especulativo nace recto desde su origen, como un -rayo de luz que nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo: -todas sus palabras concurren á explicar un mismo pensamiento, á través -de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la -trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin -romper la equilibrada coherencia de la obra total: esa harmonía de la -síntesis que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino converge á -un fin por todos los senderos; nada le desvía. Mira alto y lejos, va -derechamente, sin las prudencias que traban el paso á las medianías sin -detenerse ante los mil interrogantes que de todas partes le acosan para -distraerle de la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos. - -La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el -pensamiento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga -las obras de los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio -ajeno y hablan con énfasis para que muchos les escuchen aunque -no les entiendan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no -atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados por -las circunstancias: los rutinarios serían supremas lumbreras si -por la simple incongruencia se calificara al genio. Para señalar el -punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó -dos generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas -contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser -más astuto y más hábil; pero en las grandes horas de la evolución -intelectual y social todo debe esperarse del genio. Y solamente de él. - -Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo -verdades absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de -Ameghino. Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene -que se equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por -las correcciones que provocan, las investigaciones que estimulan, -las pasiones que encienden, las inercias que conmueven. Los hombres -mediocres se equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se -desploma, enciende una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé -alguna cosa ó verdad no sospechada antes. No es menos grande Platón -por sus errores, ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los -genios que se equivocan hay una viril firmeza que los impone al respeto -de todos. Mientras los contemporizadores ambiguos no despiertan grandes -admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje de sus propios -adversarios. Hay más valor moral en creer firmemente un error, que en -aceptar tibiamente una verdad. - - - IV.--LA MORAL DEL GENIO. - -El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no -puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría -la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es -inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si -busca la Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía. -Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es -un genio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se -unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo por todas -las excelencias, por todas las idealidades. Como fué en Leonardo y en -Goethe. - -Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal: -la inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella -se descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores. -Ameghino ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la -prosperidad material. En la ciencia buscó la verdad, tal como la -concebía; ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma de funcionario. -Sobrellevó heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto, sin -vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales, -ignorando esa técnica que simula el mérito para medrar á la sombra del -Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y decidido á no torcer -un milésimo de ella. El que puede domesticar sus convicciones no es, -no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial. - -Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad -moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira, -el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y -es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el -patriotismo y lo rebaja, el que predica el carácter y es servil, el que -predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas, -humillaciones, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un -ideal, ese no es genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga sin -eco, no repercute en el tiempo, como si resonara en el vacío. - -El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean -ásperos y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés; -repudia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en -la Patria á todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el -alma de toda su nación y de todo el continente; tiene sinceridades -que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y dice la verdad -en tan personal estilo que sólo puede ser palabra suya; tolera los -errores ajenos, recordando los propios; se encrespa ante las bajezas, -escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de -catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los -prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con -furor, de todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del -gran americano; Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes -públicas, sin preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas -que concentran la preocupación de la mediocridad. - -Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su -inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los -grandes, los cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos. -Entonces los espíritus estrechos les suponen desamorados, apáticos, -escépticos. Y se equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El -mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo, á su familia, á su -camarilla, á su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad, la -Patria ó la Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. Muchos -hombres darían su vida por defender á su secta; son raros los que se -han inmolado conscientemente por una doctrina ó por un ideal. - -La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su -Ideal y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu -genio», escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia -á los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los -caminos más escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén -decididos á concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á -perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo, -son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente -se adivina el ascua crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre -sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apodera del -obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera su orgullo -y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que la -obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á sí misma. - -La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una -suprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente -cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el -choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante -ellas é intenta ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias, -Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo; -pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta, -infinita: enseña y no persigue, discute y no amordaza. Muere él por -su fe, pero no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es -tolerante: es un misticismo que respeta las creencias propias en las -ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las -propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes -en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos. -Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con frecuencia las -combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo su -horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal. -Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino: -sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe es de -visionarios y el fanatismo es de siervos. La fe es llama que enciende y -el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo -es un renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna -verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la -verdad de los demás. - -Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del -horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio -es un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de -la Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura, -de doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza -los símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos -esfuerzos. - -Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra -la mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene -fomentar su culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos -se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún -ensueño, apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender -hacia las cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el -genio, la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propicios á su -advenimiento. - -Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y -fuerza es que mueran los venideros, implacablemente segados por el -tiempo. - -Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino: -el ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen -milagros: realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é -investigan profundas verdades. Mientras existan corazones que alienten -un afán de perfección, serán conmovidos por todo lo que revela fe en un -Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los héroes, por la -virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía -de los pensadores. - - - * * * * * - - - BIBLIOTECA RENACIMIENTO - - DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA - - EXTRACTO DEL CATÁLOGO - - - LEOPOLDO ALAS (CLARÍN) - OBRAS COMPLETAS - - I. GALDÓS 3,50 - II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50 - - S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO - - LA RIMA ETERNA 3,00 - LA FLOR DE LA VIDA 3,00 - PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00 - MALVALOCA 3,50 - MUNDO, MUNDILLO 3,50 - FORTUNATO 2,00 - - COMEDIAS ESCOGIDAS - - I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50 - II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50 - III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50 - IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50 - V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50 - - BALDOMERO ARGENTE - - HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50 - - - ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ - - GENTE MENUDA 3,00 - - - AZORÍN - - EL POLÍTICO 3,00 - - - PÍO BAROJA - NOVELAS - - LA BUSCA 3,50 - MALA HIERBA 3,50 - AURORA ROJA 3,50 - LA FERIA DE LOS DISCRETOS 3,50 - PARADOX, REY 3,00 - LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS 3,00 - LA DAMA ERRANTE 3,00 - LA CIUDAD DE LA NIEBLA 3,00 - LAS TRAGEDIAS GROTESCAS 3,00 - CÉSAR Ó NADA 4,00 - LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 3,50 - EL ÁRBOL DE LA CIENCIA 3,50 - EL MUNDO ES ANSÍ 3,50 - EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR 3,50 - LA CASA DE AIZGORRI 1,00 - - - JOAQUÍN BELDA - -LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50 MEMORIAS -DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50 LA -PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00 - - - JACINTO BENAVENTE - _De la Real Academia Española._ - - OBRAS COMPLETAS - Á 3,50 PESETAS TOMO - -CARTAS DE MUJERES.--FIGULINAS.--TEATRO FANTÁSTICO.--VILANOS.--DE -SOBREMESA. - - TEATRO - -I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE -ALIVIO.--II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO -FEMINISTA.--III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA -CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.--IV. -MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.--V. LA GOBERNADORA. EL PRIMO -ROMÁN.--VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS MARIDOS.--VII. -ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL SÁBADO.--VIII. LOS -FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE BELLE ISLE. POR QUÉ SE -AMA.--IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL DRAGÓN DE FUEGO.--X. -RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.--XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA -BODA.--XII. EL SUSTO DE LA CONDESA. CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA. -LOS MALHECHORES DEL BIEN.--XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE -QUE EL AMOR.--XIV. MANÓN LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.--XV. LA -PRINCESA SIN CORAZÓN. EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE -LOS MUERTOS.--XVI. LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL -ÚLTIMO MINUÉ. TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.--XVII. -SEÑORA AMA. EL MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.--XVIII. DE PEQUEÑAS -CAUSAS. HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN -HOMBRE!--XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE. EL -PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA. - - - HENRY BERGSON - _Traducción de Carlos Malagarriga._ - -LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos 7,00 - - - EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL) - - NOVELAS EN GERMEN 2,00 - VÓRTICE 3,00 - GRAFÓMANOS DE AMÉRICA 3,00 - SINTIÉNDOME VIVIR 3,00 - VIAJANDO POR ESPAÑA 3,50 - - - ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL - _Bachiller Alonso de San Martín._ - - LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. 3,50 - - - MANUEL BUENO - - TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO 3,50 - CORAZÓN ADENTRO. Novela. 3,00 - JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. 3,50 - - - ROSALÍA DE CASTRO - - EN LAS ORILLAS DEL SAR 3,50 - CANTARES GALLEGOS 3,50 - FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas 3,50 - - - RICARDO J. CATARINEU - - EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología 3,50 - MADRIGALES Y ELEGÍAS 3,50 - - - CURROS ENRÍQUEZ - - AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. 3,00 - EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. 3,00 - CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. 3,00 - - - RUBÉN DARÍO - - EL CANTO ERRANTE. Poesías. 3,00 - TODO AL VUELO 3,50 - - - OBRAS ESCOGIDAS - - I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO 3,50 - II. POESÍAS 3,50 - III. PROSA 3,50 - - - JOAQUÍN DICENTA - - LOS BÁRBAROS. Novela. 3,50 - GALERNA. Novelas. 1,00 - - - CONCHA ESPINA - - LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. 3,50 - DESPERTAR PARA MORIR. Novela. 3,50 - AGUA DE NIEVE. Novela. 3,50 - - - CARLOS FERNÁNDEZ SHAW - - LA VIDA LOCA 4,00 - POESÍA DE LA SIERRA 4,00 - POESÍA DEL MAR 4,00 - EL AMOR Y MIS AMORES 4,00 - CANCIONERO INFANTIL 1,00 - CANCIONES DE NOCHEBUENA 2,00 - LA PATRIA GRANDE 3,00 - EL ALMA EN PENA 3,50 - - - ANATOLE FRANCE - OBRAS COMPLETAS - - JOCASTA Ó EL GATO FLACO 3,50 - BALTASAR 3,50 - EL POZO DE SANTA CLARA 3,50 - EL LIBRO DE MI AMIGO 3,50 - EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO 3,50 - EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA 3,50 - OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD 3,50 - LA AZUCENA ROJA 3,50 - EL OLMO DEL PASEO 3,50 - EL MANIQUÍ DE MIMBRE 3,50 - EL ANILLO DE AMATISTA 3,50 - EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS 3,50 - HISTORIA CÓMICA 3,50 - CHAINQUEBILLE 3,50 - SOBRE LA PIEDRA INMACULADA 3,50 - LA ISLA DE LOS PINGÜINOS 3,50 - LA CAMISA 3,50 - LOS DIOSES TIENEN SED 3,50 - - - JOSÉ FRANCÉS - - LA GUARIDA. Novela. 3,50 - LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. 3,50 - GUIGNOL 3,50 - - - F. GARCÍA SANCHIZ - - NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS 3,00 - - - ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO - - MATILDE REY. Novela 3,50 - - - EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO - - LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO 3,50 - - - ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ - - LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela 3,50 - - - ANTONIO DE HOYOS - - LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela 3,50 - - - ALBERTO INSÚA - NOVELAS - - DON QUIJOTE EN LOS ALPES 3,00 - LA MUJER FÁCIL 3,50 - LAS NEURÓTICAS 3,50 - LA MUJER DESCONOCIDA 3,50 - EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD 3,50 - LAS FLECHAS DEL AMOR 3,50 - EL DESEO 3,50 - EN TIERRA DE SANTOS 1,00 - LA HORA TRÁGICA 1,00 - - - WALDO A. INSÚA - - LA BOCA DE LA ESFINGE 3,00 - - - JUAN R. JIMÉNEZ - - PASTORALES 3,50 - LABERINTO 3,50 - BALADAS DE PRIMAVERA 2,00 - ELEGÍAS PURAS 2,00 - ELEGÍAS INTERMEDIAS 2,00 - ELEGÍAS LAMENTABLES 2,00 - LA SOLEDAD SONORA 3,50 - POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES 3,50 - MELANCOLÍA 3,50 - - - RICARDO LEÓN - _De la Real Academia Española._ - - OBRAS COMPLETAS - - CASTA DE HIDALGOS. Novela 3,50 - COMEDIA SENTIMENTAL. Novela 3,50 - ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela 3,50 - LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS 3,50 - EL AMOR DE LOS AMORES. Novela 3,50 - ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías 3,50 - LOS CENTAUROS. Novela 4,00 - - - MANUEL LINARES RIVAS - - LA RAZA 3,00 - AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA 3,50 - - - RAFAEL LÓPEZ DE HARO - NOVELAS - - SIRENA 3,50 - ENTRE TODAS LAS MUJERES 3,50 - POSEÍDA 3,50 - EL PAÍS DE LOS MEDIANOS 3,50 - LA IMPOSIBLE 1,00 - - - DANIEL LÓPEZ ORENSE - - EL CAMINO DE LA DICHA. Novela 3,50 - - - JOSÉ LÓPEZ PINILLOS - - DOÑA MESALINA. Novela 3,50 - LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela 3,50 - LA SANGRE DE CRISTO. Novela 3,00 - - - LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA - - CARNE DE RELIEVE. Novela 3,50 - - - JOSÉ LÓPEZ SILVA - - LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso 3,50 - - - LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW - - SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS. - LOS BUENOS MOZOS 3,50 - - - ANTONIO MACHADO - - CAMPOS DE CASTILLA. Poesías 3,50 - - - MANUEL MACHADO - - APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras - de los mejores pintores 3,50 - - EL MAL POEMA. Poesías 3,00 - - - EDUARDO MARQUINA - OBRAS COMPLETAS - - LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española 3,50 - DOÑA MARÍA LA BRAVA 3,50 - EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia - Española 3,50 - LA ALCAIDESA DE PASTRANA 2,50 - EL REY TROVADOR 3,50 - POR LOS PECADOS DEL REY 3,50 - TIERRAS DE ESPAÑA 3,50 - VENDIMIÓN 3,50 - ELEGÍAS 1,00 - - - G. MARTÍNEZ SIERRA - - EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS. - FLORES DE ESCARCHA 3,50 - SOL DE LA TARDE. Novelas 3,50 - LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual 3,50 - EL AGUA DORMIDA. Novelas 3,50 - LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías 3,50 - - TEATRO - - TEATRO DE ENSUEÑO 3,50 - LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR 3,50 - CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL 3,50 - PRIMAVERA EN OTOÑO 3,50 - EL POBRECITO JUAN 1,50 - MAMÁ. EL ENAMORADO 3,50 - MADAME PEPITA 3,50 - - - ENRIQUE DE MESA - - FLOR PAGANA 3,00 - ANDANZAS SERRANAS 1,50 - - AMADO NERVO - - SERENIDAD. Poesías 3,50 - - - CONDESA DE PARDO BAZÁN - OBRAS COMPLETAS - - I. LA CUESTIÓN PALPITANTE 3,00 - II. LA PIEDRA ANGULAR 3,00 - III. LOS PAZOS DE ULLOA 3,50 - IV. LA MADRE NATURALEZA. Novela 3,50 - V. CUENTOS DE MARINEDA 3,00 - VI. POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS 3,00 - VII. INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas 3,50 - VIII. LA TRIBUNA. Novela 3,00 - IX. DE MI TIERRA 3,00 - X. CUENTOS NUEVOS 3,50 - XI. DOÑA MILAGROS. Novela 3,00 - XII. LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS 3,00 - XIII. NOVELAS EJEMPLARES 3,50 - XIV. MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela 3,00 - XV. EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela 4,50 - XVI. CUENTOS DE AMOR 3,00 - XVII. CUENTOS SACRO-PROFANOS 4,00 - XVIII. EL NIÑO DE GUZMÁN 3,00 - XIX. AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA 4,50 - XX. UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO. - Historias y cuentos regionales 3,00 - XXI. CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN 3,00 - XXII. UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas 5,00 - XXIII. EN TRANVÍA. Cuentos 3,00 - XXIV. DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 3,50 - XXV. CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA. - CUENTOS ANTIGUOS 3,00 - XXVI. POR LA EUROPA CATÓLICA 3,00 - XXVII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte 3,00 - XXVIII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte 3,00 - XXIX. LA QUIMERA 5,00 - XXX. UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN 6,00 - XXXI. EL FONDO DEL ALMA 3,00 - XXXII. RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS 4,00 - XXXIII. LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA 1,00 - XXXIV. MI ROMERÍA 1,00 - XXXV. Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES. - EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE 3,50 - XXXVI. SUD-EXPRESS. Cuentos 3,50 - XXXVII. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO 4,50 - XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela 3,50 - XXXIX. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN 4,50 - XL. BELCEBÚ. Novelas 3,50 - XLI. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO 4,00 - - BIBLIOTECA DE LA MUJER - _Dirigida por la C. de Pardo Bazán._ - - Á TRES PESETAS TOMO - -I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de -Ágreda.--II. Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John -Stuart Mill. Prólogo de la condesa de Pardo Bazán.--III. Sección -novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña María de Zayas.--IV. Sección -biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P. Mercier.--V. Sección -histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de Nervo, y -ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.--VI. Sección -pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS -VÍRGENES, por Juan Luis Vives.--VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL -SOCIALISMO, por Augusto Bebel. - - - JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN - - NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE 3,50 - AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS, - EN EL SIGLO XIX 3,50 - - - BENITO PÉREZ GALDÓS - _De la Real Academia Española._ - - EPISODIOS NACIONALES - - _Primera serie._ - - TRAFALGAR.--LA CORTE DE CARLOS IV.--EL 19 DE MARZO Y EL 2 - DE MAYO.--BAILÉN. NAPOLEÓN EN - CHAMARTÍN.--ZARAGOZA.--GERONA.--CÁDIZ.--JUAN MARTÍN EL - EMPECINADO.--LA BATALLA DE LOS ARAPILES. - - _Segunda serie._ - - EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.--MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.--LA - SEGUNDA CASACA.--EL GRANDE ORIENTE.--7 DE JULIO.--LOS CIEN MIL HIJOS - DE SAN LUIS.--EL TERROR DE 1822.--UN VOLUNTARIO REALISTA.--LOS - APOSTÓLICOS.--UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS. - - _Tercera serie._ - - ZUMALACÁRREGUI.--MENDIZÁBAL.--DE OÑATE Á LA GRANJA.--LUCHANA.--LA - CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.--LA ESTAFETA ROMÁNTICA.--VERGARA.--MONTES DE - OCA.--LOS AYACUCHOS.--BODAS REALES. - - _Cuarta serie._ - - LAS TORMENTAS DEL 48.--NARVÁEZ.--LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.--LA - REVOLUCIÓN DE JULIO.--O'DONNELL.--AITA TETTAUEN.--CARLOS VI EN LA - RÁPITA.--LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».--PRIM.--LA DE LOS - TRISTES DESTINOS. - - _Última serie._ - - ESPAÑA SIN REY.--ESPAÑA TRÁGICA.--AMADEO I.--LA PRIMERA REPÚBLICA.--DE - CARTAGO Á SAGUNTO.--CÁNOVAS. - - _Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al - precio de DOS pesetas volumen._ - - _Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo, CINCO - pesetas._ - - _Se venden tapas sueltas á UNA peseta._ - - NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO - - DOÑA PERFECTA.--GLORIA, primera parte.--GLORIA, segunda - parte.--MARIANELA.--LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.--LA - FAMILIA DE LEÓN ROCH, segunda parte.--LA FONTANA DE ORO.--EL - AUDAZ.--LA SOMBRA.--MEMORANDA. - - NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO - - LA DESHEREDADA, primera parte.--LA DESHEREDADA, segunda parte.--EL - AMIGO MANSO.--EL DOCTOR CENTENO, primera parte.--EL DOCTOR CENTENO, - segunda parte.--TORMENTO.--LA DE BRINGAS.--LO PROHIBIDO, primera - parte.--LO PROHIBIDO, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA, primera - parte.--FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA, - tercera parte.--FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.--MIAU.--LA - INCÓGNITA.--REALIDAD.--ÁNGEL GUERRA, primera parte.--ÁNGEL GUERRA, - segunda parte.--ÁNGEL GUERRA, tercera parte.--TRISTANA.--LA - LOCA DE LA CASA.--TORQUEMADA EN LA HOGUERA.--TORQUEMADA EN - LA CRUZ.--TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.--TORQUEMADA Y SAN - PEDRO.--NAZARÍN.--HALMA.--MISERICORDIA.--EL ABUELO.--CASANDRA.--EL - CABALLERO ENCANTADO. - - - COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS - - REALIDAD.--LA LOCA DE LA CASA.--LA DE SAN QUINTÍN.--LOS - CONDENADOS.--VOLUNTAD.--DOÑA PERFECTA.--LA FIERA.--ELECTRA.--ALMA Y - VIDA.--MARIUCHA.--BÁRBARA.--AMOR Y CIENCIA.--PEDRO MINIO. - - RAMÓN PÉREZ DE AYALA - - TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela 3,50 - A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela 3,50 - LA PATA DE LA RAPOSA. Novela 3,50 - TROTERAS Y DANZADERAS. Novela 3,50 - - - JUAN PÉREZ ZÚÑIGA - - CUATRO CUENTOS Y UN CABO 2,00 - HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos 5,00 - AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color 3,50 - - - JACINTO OCTAVIO PICÓN - _De la Real Academia Española._ - - OBRAS COMPLETAS - - I. DULCE Y SABROSA. Novela 4,00 - II. LA HONRADA. Novela 4,00 - III. JUANITA TENORIO. Novela 4,00 - IV. Mujeres. Novelas 3,50 - - - SALVADOR RUEDA - - POESÍAS ESCOGIDAS 3,50 - - - SANTIAGO RUSIÑOL - _Traducciones de G. Martínez Sierra._ - - EL PUEBLO GRIS 3,50 - UN VIAJE AL PLATA 3,50 - LA ISLA DE LA CALMA 3,50 - ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN 3,50 - EL INDIANO 1,00 - - - JOSÉ M. SALAVERRÍA - - LAS SOMBRAS DE LOYOLA 2,00 - - - R. SÁNCHEZ DÍAZ - - JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela 3,50 - - - ALEJANDRO SAWA - - ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 3,50 - - - UNAMUNO Y GANIVET - - EL PORVENIR DE ESPAÑA 2,00 - - - FELIPE TRIGO - OBRAS COMPLETAS - - NOVELAS - - LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS 7,00 - LA SED DE AMAR 3,50 - ALMA EN LOS LABIOS 3,50 - DEL FRÍO AL FUEGO 3,50 - LA ALTÍSIMA 3,50 - LA BRUTA 3,50 - LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA 3,50 - SOR DEMONIO 3,50 - EN LA CABRERA 3,50 - CUENTOS INGÉNUOS 3,00 - LA CLAVE 3,50 - LAS EVAS DEL PARAÍSO 3,50 - LAS POSADAS DEL AMOR 3,50 - EL MÉDICO RURAL 3,50 - LOS ABISMOS 3,50 - EL CÍNICO 3,50 - ASÍ PAGA EL DIABLO 1,00 - - - ESTUDIOS - - SOCIALISMO INDIVIDUALISTA 3,50 - EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS 3,50 - - - MIGUEL DE UNAMUNO - - MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS 3,50 - POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA 3,50 - SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES 3,50 - CONTRA ESTO Y AQUELLO 3,50 - - - RAMÓN DEL VALLE INCLÁN - - ÁGUILA DE BLASÓN 3,50 - COFRE DE SÁNDALO 3,50 - CUENTO DE ABRIL 3,50 - GERIFALTES DE ANTAÑO 3,50 - - - FRANCISCO VILLAESPESA - - EL ESPEJO ENCANTADO 3,50 - EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS 3,50 - PANALES DE ORO 3,50 - EL BALCÓN DE VERONA 3,50 - PALABRAS ANTIGUAS 3,50 - - - A. VIVERO Y A. DE LA VILLA - - CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal 3,50 - - - EDUARDO ZAMACOIS - - EL OTRO. Novela 3,50 - LA OPINIÓN AJENA. Novela 3,50 - - BIBLIOTECA CLÁSICA - - COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS CADA UNO EN RÚSTICA - Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS EN PASTA ESPAÑOLA - - - CLÁSICOS GRIEGOS - - HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).--HERODOTO: Los - nueve libros de la historia (dos).--PLUTARCO: Las vidas paralelas - (cinco).--ARISTÓFANES: Teatro completo (tres).--ESQUILO: Teatro - completo (uno).--POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco - (uno).--XENOFONTE: Historia de la entrada de Cyro en Asia (uno). - La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).--LUCIANO: Obras completas - (cuatro).--PÍNDARO: Odas (uno).--ARRIANO: Las expediciones de - Alejandro (uno).--POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo, - etc. (uno).--POLIBIO: Historia romana (tres).--PLATÓN: La república - (dos).--DIÓGENES LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres - (dos).--MORALISTAS GRIEGOS: Marco Aurelio, Teofrasto, Epicteto, - Cebes (uno).--TUCÍDIDES: Historia de la guerra del Peloponeso - (dos).--JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).--ISÓCRATES: Oraciones - políticas y forenses (dos).--EURÍPIDES: obras dramáticas (tres). - - - CLÁSICOS LATINOS - - VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).--CICERÓN: - Obras didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas - familiares (dos). Cartas políticas (dos). Vida y discursos - (siete).--TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres - de los germanos (uno).--SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de - Jugurta (uno).--CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de - la civil (dos).--SUETONIO: Vida de los doce césares (uno).--SÉNECA: - Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).--OVIDIO: - Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).--FLORO: Compendio de - las hazañas romanas (uno).--QUINTILIANO: Instituciones oratorias - (dos).--QUINTO CURCIO: Vida de Alejandro (dos).--ESTACIO: La Tebaida - (dos).--LUCANO: La farsalia (dos).--TITO LIVIO: Décadas de la historia - romana (siete).--TERTULIANO: Apología contra los gentiles en defensa - de los cristianos (uno).--VARIOS: Historia Augusta (tres).--Marcial - y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).--TERENCIO: Teatro completo - (uno).--APULEYO: El asno de oro (uno).--Plinio el joven y Cornelio - Nepote: Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres - (dos).--JUVENAL y PERSIO: Sátiras (uno).--AULIO GELIO: Noches áticas - (dos).--SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios (cuatro).--AMMIANO: Historia - del imperio romano (dos).--LUCRECIO: De la naturaleza de las cosas - (uno).--HORACIO: Obras completas (dos). - - - CLÁSICOS ESPAÑOLES - - CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos). - Don Quijote de la Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho). - Teatro completo (tres).--CALDERÓN: Teatro selecto (cuatro).--HURTADO - DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).--QUEVEDO: Obras satíricas y - festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de Dios - (uno).--QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).--Duque de Rivas: - Sublevación de Nápoles (uno).--ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano - (uno).--MELO: Guerra de Cataluña (uno).--VARIOS: Antología de poetas - líricos castellanos, ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios - críticos del mismo (doce).--COLÓN: Relaciones y cartas (uno).--ROJAS: - La celestina (uno). - - - CLÁSICOS INGLESES - - MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno). - Estudios políticos (uno). Estudios biográficos (uno). Estudios - críticos (uno). Estudios de política y literatura (uno). Discursos - parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia - de la revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo - III (seis).--MILTON: El paraíso perdido (dos).--SHAKESPEARE: Teatro - selecto (ocho). - - - CLÁSICOS ITALIANOS - - MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). 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ÁLVAREZ QUINTERO: Drama, comedia y sainete. - V.--JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.--RAFAEL LÓPEZ DE HARO: - La imposible. Novela. VII.--SANTIAGO RUSIÑOL: El indiano. VIII.--E. - GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.--CONDESA DE PARDO - BAZÁN: Cuentos trágicos. X.--JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza. - Novela. XI.--EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.--ALBERTO INSÚA: La hora - trágica. Novela. XIII.--JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela - escénica. XIV.--PÍO BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.--PEDRO - DE RÉPIDE: Noche perdida. Novelas. - - RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos - de la Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío - Baroja, Joaquín Belda, Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de - Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina, Alejandro Larrubierra, Ricardo - León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez Sierra, Benito - Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio - Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría, - R. Sánchez Díaz, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo - Zamacois. - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE*** - - -******* This file should be named 64974-0.txt or 64974-0.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/6/4/9/7/64974 - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the United -States without permission and without paying copyright -royalties. 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