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-The Project Gutenberg eBook, El Hombre Mediocre, by José Ingenieros
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and most
-other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms of
-the Project Gutenberg License included with this eBook or online at
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-
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-
-Title: El Hombre Mediocre
- Ensayo de psicologia y moral
-
-
-Author: José Ingenieros
-
-
-
-Release Date: March 31, 2021 [eBook #64974]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL HOMBRE MEDIOCRE***
-
-
-E-text prepared by Andrés V. Galia, Jude Eylander, and the Online
-Distributed Proofreading Team (https://www.pgdp.net) from page images
-digitized by the Google Books Library Project (https://books.google.com)
-and generously made available by HathiTrust Digital Library
-(https://www.hathitrust.org/)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- HathiTrust Digital Library. See
- https://hdl.handle.net/2027/txu.059173023911023
-
-
-NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
-
- En la versión de texto las palabras en itálicas están
- indicadas con _guiones bajos_.
-
- El criterio utilizado para crear la presente versión
- electrónica ha sido el de respetar las reglas de la Real
- Academia Española vigentes cuando se publicó la edición
- de la obra utilizada para esta tarea. El lector interesado
- puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la
- Real Academia Española.
-
- Es por ello que palabras como _vio_, _fue_, _dio_, por
- ejemplo, que en esa época llevaban acento ortográfico,
- en esta transcipción aparecen escritas con acento.
-
- En la presente transcripción se adecuó la ortografía de
- las mayúsculas acentuadas a la norma establecida por la
- RAE, que estipula que las letras mayúsculas deben escribirse
- con tilde si les corresponde llevarlo, tanto si se trata de
- palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se
- trata únicamente de la mayúscula inicial.
-
- Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido
- corregidos.
-
- El Índice de capítulos, incluido en la publicación original
- al final, ha sido trasladado al principio.
-
-
-
-
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
-
- OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-
- La Psicopatología en el arte.
- La Simulación en la lucha por la vida. (9.ª edición.)
- La Simulación de la Locura. (7.ª edición.)
- Estudios clínicos sobre la histeria. (4.ª edición.)
- Patología del lenguaje musical.
- Nueva clasificación de los delincuentes. (2.ª edición.)
- Al Margen de la Ciencia. (4.ª edición.)
- Criminología. (2.ª edición)
- Sociología Argentina. (2.ª edición.)
- Principios de Psicología Biológica.
-
- EN PREPARACIÓN
-
- Hombres y cosas de mi tiempo.
-
- JOSÉ INGENIEROS
-
-
-
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
- [Ilustración]
-
-
- RENACIMIENTO
-
- MADRID BUENOS AIRES
- Pontejos, 3 Libertad, 170
- 1913
-
-
- ES PROPIEDAD
-
- ESTABLECIMIENTO TIPOGRÁFICO EDITORIAL.--PONTEJOS 3
-
-
-
-
- ÍNDICE
-
- Página
-
- LA MORAL DE LOS IDEALISTAS
-
- I. Las luces del camino.--II. Los visionarios de
- la perfección.--III. Los idealistas románticos.--IV.
- El idealismo experimental 5
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
- I. «¿Áurea mediocritas?»--II. Definición del hombre
- mediocre.--III. Función social de la mediocridad.--IV.
- La vulgaridad 39
-
- LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
-
- I. El hombre rutinario: psicología de los Panza.--II.
- Los estigmas mentales de la mediocridad:.--III.
- La maledicencia: Una alegoría de Botticelli.--IV.
- El éxito y la gloria 73
-
- LA MEDIOCRIDAD MORAL
-
- I. El hombre honesto.--II. La moral de Tartufo.--III.
- Los tránsfugas de la honestidad.--IV. Los
- senderos de la virtud: El corazón y el cerebro.--V.
- La santidad 107
-
- LOS CARACTERES MEDIOCRES
-
- I. Hombres y sombras.--II. La domesticación de
- los mediocres: Gil Blas de Santillana.--III. La
- vanidad y el orgullo.--IV. La dignidad 159
-
- LA ENVIDIA
-
- I. La pasión de los mediocres.--II. Los sacerdotes
- del mérito.--III. Los roedores de la gloria.--IV.
- Un castigo dantesco 191
-
- LA VEJEZ NIVELADORA
-
- I. Las canas.--II. Etapas de la decadencia.--III.
- La bancarrota de los ingenios.--IV. La
- psicología de la vejez.--V. La virtud de la
- impotencia 215
-
- LA MEDIOCRACIA
-
- I. El clima de la mediocridad.--II. La política de
- las piaras.--III. Demagogos y aristarcos: Las
- dos fórmulas de la injusticia.--IV. La aristocracia
- del mérito: «La justicia en la desigualdad» 235
-
- LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA
-
- I. Las sombras del crepúsculo.--II. El trinomio
- mental del arquetipo.--III. La mortaja de la
- insignificancia 265
-
- LOS FORJADORES DE IDEALES
-
- I. El clima del genio.--II. El genio pragmático:
- Sarmiento.--III. El genio revelador: Ameghino.--IV.
- La moral del genio 287
-
-
-
-
- LA MORAL DE LOS IDEALISTAS
-
- I.--LAS LUCES DEL CAMINO--II. LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN--III.
- LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS--IV. EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.
-
-
- I.--LAS LUCES DEL CAMINO.
-
-Cuando pones la proa visionaria hacia una estrella y tiendes el ala
-hacia tal excelsitud inasible, afanoso de perfección y rebelde á la
-mediocridad, llevas en ti el resorte misterioso de un Ideal. Es ascua
-sagrada, capaz de templarte para grandes acciones. Custódiala; si la
-dejas apagar no se reenciende jamás. Y si ella muere en ti quedas
-inerte: fría bazofia humana. Sólo vives por esa partícula de ensueño
-que te sobrepone á lo real. Ella es el lis de tu blasón, el penacho de
-tu temperamento. Innumerables signos la revelan--: cuando se te anuda
-la garganta al recordar la cicuta impuesta á Sócrates, la cruz izada
-para Cristo ó la hoguera encendida á Bruno--; cuando te abstraes en lo
-infinito leyendo un diálogo de Platón, un ensayo de Montaigne ó un
-discurso de Helvecio--; cuando el corazón se te estremece pensando en
-la desigual fortuna de esas pasiones en que fuiste, alternativamente,
-el Romeo de tal Julieta y el Werther de tal Carlota--; cuando tus
-sienes se hielan de emoción al declamar una estrofa de Musset que rima
-acorde con tu sentir--; y cuando, en suma, admiras la mente preclara
-de los genios, la sublime virtud de los santos, la magna gesta de los
-héroes, inclinándote con igual veneración ante los creadores de Verdad
-ó de Belleza.
-
-Todos no se extasían, como tú, ante un crepúsculo, no sueñan frente
-á una aurora ó cimbran ante una tempestad; ni gustan de pasear con
-Dante, reir con Molière, temblar con Shakespeare, crujir con Wagner;
-ni enmudecen ante el David, la Cena ó el Partenón. Es de pocos
-esa inquietud de perseguir ávidamente alguna quimera, venerando á
-filósofos, artistas y pensadores que fundieron en síntesis supremas
-sus visiones del ser y de la eternidad, volando más allá de lo Real.
-Los seres de tu estirpe, cuya imaginación se puebla de ideales y cuyo
-sentimiento polariza hacia ellos la personalidad entera, forman raza
-aparte en la humanidad: son idealistas.
-
-El Ideal es un gesto del espíritu hacia alguna perfección.
-
-Al poeta que definiera en esos términos, podría sintetizarlo
-así el filósofo: los Ideales son visiones que se anticipan al
-perfeccionamiento de la realidad.
-
-Sin ellos sería inexplicable la evolución humana. Los hubo y los
-habrá siempre. Palpitan detrás de todo esfuerzo magnífico realizado
-por un hombre ó por un pueblo. Son faros sucesivos en la evolución de
-los individuos y las razas. La imaginación los enciende en continuo
-contraste con la experiencia, anticipándose á sus datos. Ésa es la
-ley del devenir humano: la realidad, yerma de suyo, recibe vida y
-calor de los ideales, sin cuya influencia yacería inerte y los evos
-serían mudos. Los hechos son puntos de partida; los ideales son faros
-luminosos que de trecho en trecho alumbran la ruta. La historia es una
-infinita inquietud de perfecciones, que grandes hombres presienten ó
-simbolizan. Frente á ellos, en cada momento de la peregrinación humana,
-la mediocridad se revela por una incapacidad de ideales.
-
-Hablaremos en el lenguaje de nuestra filosofía.
-
-Al antiguo idealismo dogmático que los ideologistas pusieron en
-las «ideas absolutas», rígidas y aprioristas, nosotros oponemos un
-idealismo experimental que se refiere á los «ideales de perfección»,
-incesantemente renovados, plásticos, evolutivos como la vida misma.
-
-Acaso parezca extraño; mas no perderá con ello. Ganará, ciertamente.
-Tergiversado por los miopes y los fanáticos, el idealismo se rebaja.
-Tras un siglo de envilecimiento mediocrático, encaminado á la sórdida
-nivelación de todas las diferencias, siéntese en muchos el afán de
-rebelarse contra toda mediocridad plebeya: yerran los que miran
-al pasado, poniendo al rumbo hacia prejuicios muertos y vistiendo
-al idealismo con andrajos que son su mortaja. Los ideales viven de
-la Verdad, que se va haciendo; ni puede ser vital ninguno que la
-contradiga en su punto del tiempo. Es ceguera, también, oponer á la
-imaginación de lo futuro la experiencia de lo presente, la Verdad al
-Ideal, como si conviniera apagar las luces del camino para no desviarse
-de la meta. Es falso; la imaginación conduce por mano á la experiencia.
-Que, sola, no anda.
-
-La evolución humana es un perfeccionamiento continuo del hombre para
-adaptarse á la naturaleza, que evoluciona á su vez. Para ello necesita
-conocer la realidad ambiente y prever el sentido de las propias
-adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus etapas refléjanse
-en la mente humana como «ideales». Un hombre, un grupo ó una raza
-son «idealistas» cuando circunstancias ineludibles determinan su
-imaginación á concebir un perfeccionamiento posible: un Ideal.
-
-Son formaciones naturales. Aparecen cuando el pensar alcanza tal
-desarrollo que la imaginación puede anticiparse á la experiencia. No
-son entidades misteriosamente infundidas en los hombres, ni nacen
-del azar. Se forman como todos los fenómenos: son efectos de causas,
-accidentes en la evolución universal. Y es fácil explicarlo, si se
-comprende. Nuestro sistema solar es un punto en el cosmos; en ese
-punto es un simple detalle el planeta que habitamos; en ese detalle
-la vida es un transitorio equilibrio de la superficie; entre las
-complicaciones de ese equilibrio la especie humana data de un período
-brevísimo; en el hombre se desarrolla la función de pensar como un
-perfeccionamiento. Una de sus formas es la imaginación, que permite
-generalizar los datos de la experiencia, anticipando sus resultados
-posibles y abstrayendo de ella «ideales» de perfección.
-
-Así la filosofía científica, en vez de negarlos, afirma su realidad
-como formaciones naturales y los reintegra á su concepción monista
-del Universo. Un Ideal es un punto y un momento entre los infinitos
-posibles que pueblan el espacio y el tiempo.
-
-Evolucionar es variar. Toda variación es adquirida por temperamentos
-predispuestos; las variaciones útiles tienden á conservarse. La
-imaginación abstrae de los hechos ciertos caracteres comunes,
-elaborando ideas generales que permiten concebir el sentido probable
-de la evolución: así se elaboran los «ideales». Ellos no son
-apriorísticos; son inducidos de una vasta experiencia. Sobre ella se
-empina la imaginación para prever el sentido en que varía la humanidad.
-Todo ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado
-y el porvenir. Los ideales son creencias. Su fuerza estriba en sus
-elementos afectivos: influyen sobre nuestra conducta en la medida en
-que los creemos. Por eso la representación abstracta de las variaciones
-naturales del hombre adquiere un valor moral: las más provechosas
-á la especie son concebidas como perfeccionamientos. Lo futuro se
-identifica con lo perfecto. Así los «ideales», por ser visiones
-anticipadas de lo venidero, influyen sobre la conducta y son el
-instrumento natural de todo progreso humano. Mientras la instrucción se
-limita á extender las nociones que la experiencia actual considera más
-exactas, la educación consiste en sugerir los ideales que se presumen
-propicios á la perfección.
-
-El concepto de lo mejor está implicado en la vida misma, que tiende á
-perfeccionarse. Aristóteles enseñaba que la actividad es un movimiento
-del ser hacia la propia «entelequia»: su estado perfecto. Lo que
-existe tiende naturalmente á él y esa tendencia es presentida por los
-seres imaginativos. Lo mismo que todas las funciones de la mente, la
-formación de ideales está sometida á un determinismo, que por ser
-complejo no es menos absoluto. No nacen de una libertad que escapa á
-las leyes de la psicología naturalista, ni de una razón pura que nadie
-conoce. Son creencias aproximativas acerca de la perfección venidera.
-Lo futuro es lo mejor de lo presente, puesto que sobrevive en la
-selección natural; los ideales son un «élan» hacia lo mejor, en cuanto
-simples anticipaciones del devenir.
-
-Á medida que la cultura humana se amplía, observando la realidad, los
-ideales son modificados por la fantasía, que es plástica y no reposa
-jamás. Experiencia é imaginación siguen vías paralelas, aunque va
-retardada aquélla respecto de ésta. La hipótesis vuela; el hecho
-camina. Á veces el ala rumbea mal y el pie pisa siempre en firme; pero
-el vuelo puede rectificarse, mientras el paso no puede volar nunca. La
-imaginación es madre de toda originalidad; deformando lo real hacia
-su perfección ella crea los ideales y les da impulso con el ilusorio
-sentimiento de la libertad; el libre albedrío es un error útil para
-ejecutarlos. Por eso tiene, prácticamente, el valor de una realidad.
-Demostrar que es simple ilusión, debida á la ignorancia de causas
-innúmeras, no implica negar su eficacia. Las ilusiones tienen tanto
-valor como las verdades más exactas; pueden tener más que ellas, si
-son intensamente pensadas ó sentidas. El deseo de ser libre nace del
-conflicto entre dos móviles irreductibles: la tendencia á perseverar
-en el ser, implicada en la herencia, y la tendencia á aumentar el ser,
-implicada en la variación. La una es principio de estabilidad, la otra
-de progreso.
-
-En todo ideal, sea cual fuere el orden á cuyo perfeccionamiento
-tienda, hay un principio de síntesis y de continuidad. Como impulsos
-se equivalen y se implican recíprocamente, aunque en algunos predomine
-el razonamiento y otros sean emocionales. La imaginación despoja á la
-realidad de todo lo malo y la adorna con todo lo bueno, depurando la
-experiencia, cristalizándola en los moldes de perfección que concibe
-más puros. Los ideales son, por ende, preconstrucciones imaginativas de
-la realidad que deviene.
-
-Son siempre individuales. Un ideal colectivo es la coincidencia de
-muchos individuos en un mismo afán de perfección. No es que una idea
-los acomune; su análoga manera de sentir y pensar está representada por
-un ideal común á todos ellos. Cada era, siglo ó generación, puede tener
-su ideal; suele ser patrimonio de una selecta minoría, cuyo esfuerzo
-consigue imponerlo á las generaciones siguientes. Cada ideal puede
-encarnarse en un genio; al principio, y mientras él va generalizando
-su obra, ésta sólo es comprendida por un pequeño núcleo de espíritus
-esclarecidos.
-
-Todo ideal toma su fuerza de la Verdad que los hombres le atribuyen:
-es una fe en la posibilidad misma de la perfección. Su protesta
-involuntaria contra lo malo revela siempre una esperanza indestructible
-en lo mejor; en su agresión al pasado fermenta una sana levadura de
-porvenir.
-
-No es un fin, sino un camino. Es relativo siempre, como toda creencia.
-La intensidad con que tiende á realizarse no depende de su verdad
-efectiva, sino de la que se le atribuye. Aun cuando interpreta
-absurdamente la perfección venidera, es ideal para quien cree
-sinceramente en él.
-
-Hacer del «idealismo» un dogma equivale á negarlo. Los más vulgares
-diccionarios filosóficos lo sospechan: «Idealismo: palabra muy vaga,
-que no debe emplearse sin explicarla». Sólo es evidente la existencia
-de temperamentos idealistas, aptos para concebir perfecciones y capaces
-de vivir hacia ellas.
-
-Debe rehusarse el monopolio de los ideales á cuantos lo reclaman en
-nombre de escuelas filosóficas, sistemas de moral, credos de religión,
-fanatismos de secta ó dogmas de estética. La formación de ideales nace
-del temperamento individual, aparte de todo catecismo ó programa. Hay
-tantos idealismos como ideales; y tantos ideales como idealistas; y
-tantos idealistas como hombres ansiosos de perfección.
-
-El idealismo no es privilegio de las doctrinas espiritualistas que
-desearían oponerlo al materialismo; ese equívoco se duplica al sugerir
-que la materia es la antítesis de la idea, después de confundir al
-ideal con la idea y á ésta con el alma espiritual ó incorpórea. Se
-trata, en suma, de un juego de palabras, secularmente repetido por
-sus beneficiarios. El criterio de perfección en el conocimiento de la
-Verdad puede animar con igual ímpetu al filósofo monista y al dualista,
-al místico y al ateo, al estoico y al pragmático. El particular ideal
-de cada uno concurre al ritmo total de la perfección posible, antes que
-obstar al esfuerzo similar de los otros.
-
-Y es más estrecha la tendencia á confundir el «idealismo», que se
-refiere á los «ideales», con las tendencias filosóficas así denominadas
-porque oonsideran á las «ideas» más reales que las cosas, ó presuponen
-que ellas son la realidad única, forjada por nuestra mente, como en el
-sistema hegeliano. «Ideólogos» no puede ser sinónimo de «idealistas»,
-aunque el mal uso induzca á ello.
-
-Ni podríamos restringirlo al idealismo de ciertas escuelas estéticas,
-porque todas las maneras del naturalismo y del realismo pueden
-constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel Ángel,
-Ticiano, Flaubert ó Wagner; el esfuerzo imaginativo de los que
-persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas ó de
-sonidos, se equivale, siempre que su obra transparente un modo de
-belleza ó una original personalidad.
-
-No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende
-á monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los
-fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no
-existir un Bien ideal, difícilmente cabría en los catecismos para
-mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud puede ser tan
-magníficamente concebido y realizado por el peripatético como por el
-cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el filántropo
-como por el epicúreo. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben
-iluminarse en su doctrina. La perfección posible no es patrimonio de
-ningún credo: recuerda el agua de aquella fuente, citada por Platón,
-que no podía contenerse en ningún vaso.
-
-La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los ideales,
-en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se seleccionan
-naturalmente; sobreviven los más adaptados al sentido de la evolución,
-es decir, los coincidentes con el perfeccionamiento efectivo. Mientras
-se ignora ese fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo.
-Y es útil, por su fuerza de contraste; si es falso, muere sólo, no
-daña. Todo ideal puede contener una parte de error, ó serlo totalmente:
-es una visión remota, expuesta á ser inexacta. Lo malo es carecer de
-ideales y esclavizarse á las contingencias inmediatas, renunciando á lo
-mejor.
-
-Si el ideal de la razón es la Verdad, de la moral el Bien y del
-arte la Belleza--formas preeminentes de toda excelsitud--no se
-concibe que puedan ser antagonistas. Los caminos de perfección son
-convergentes. Las formas infinitas del ideal son complementarias; jamás
-contradictorias, aunque lo parezca.
-
-Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre ó para la sociedad,
-su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan
-sobre el ambiente que le rodea; lo mismo ocurre con la verdad del
-sabio y con el estilo del poeta. La sanción ajena es fácil para lo que
-concuerda con rutinas secularmente practicadas; es áspera cuando la
-imaginación pone mayor originalidad en el concepto y en la forma.
-
-Ese desequilibrio entre la perfección concebible y la realidad
-practicable, estriba en la naturaleza misma de la imaginación, rebelde
-al tiempo y al espacio. De ese contraste legítimo no se infiere que los
-ideales pueden ser contradictorios entre sí, aunque sean heterogéneos y
-marquen el paso á desigual compás, según los tiempos: no hay una Verdad
-amoral ó fea, ni fué nunca la Belleza absurda ó nociva, ni tuvo el Bien
-sus raíces en el error ó la desarmonía. De otro modo concebiríamos
-perfecciones imperfectas.
-
-Los ideales están en perpetuo devenir, como la realidad á que se
-anticipan. La imaginación los extrae de la naturaleza y de la
-experiencia; después de formados ya no están en ellas, son distintos de
-ellas, viven sobre ellas para señalar su futuro. Y cuando la realidad
-evoluciona hacia un ideal antes previsto, la imaginación se aparta de
-nuevo, aleja el ideal, proporcionalmente: «prometa más lo mucho, y la
-mejor acción deje siempre esperanzas de mayores», que dijo Baltasar
-Gracián. La realidad nunca puede igualarse al ensueño en la perpetua
-persecución de la quimera. El ideal es un «límite»: toda realidad es
-una dimensión «variable» que puede acercársele indefinidamente, sin
-alcanzarlo nunca. Por mucho que lo «variable» se acerque á su «límite»,
-se concibe que podría acercársele más.
-
-Todo ideal es relativo á una imperfecta realidad presente. No los
-hay abstractos ni absolutos. Afirmarlo implica abjurar su esencia
-misma, negando la posibilidad infinita de la perfección. Erraban los
-viejos moralistas al creer que en su punto y momento convergían todo
-el espacio y todo el tiempo. Para la ética nueva, libre de esa grave
-falacia, es un postulado fundamental la relatividad de los ideales.
-Sólo poseen un carácter común: su perfeccionamiento ilimitado.
-
-Es propia de hombres primitivos toda moral cimentada en prejuicios
-absolutos. Y es falsa, por ignorancia de la universal evolución. Y es
-contraria á todo idealismo, excluyente de todo ideal. En cada momento
-y lugar la realidad varía; con esa variación se desplaza el punto de
-referencia de los ideales. Nacen y mueren, convergen ó se excluyen,
-palidecen ó se acentúan; son, también ellos, vivientes como los
-cerebros en que germinan ó arraigan, en un proceso sin fin. No habiendo
-un esquema final de perfección, tampoco lo hay de ideales humanos. Se
-forman por cambio incesante; cambian siempre; su cambio es eterno.
-
-Esa evolución no sigue un ritmo uniforme. Hay climas morales, horas,
-momentos, en que toda una raza, un pueblo, una clase, un partido, una
-secta, concibe un ideal y se esfuerza por realizarlo. Y los hay en cada
-hombre.
-
-Hay, también, climas, horas y momentos en que los ideales se murmuran
-apenas ó se callan; la realidad ofrece inmediatas satisfacciones á los
-apetitos y la tentación del hartazgo ahoga todo afán de perfección. Y
-cada época tiene ciertos ideales que interpretan mejor su porvenir,
-entrevistos por pocos, seguidos por el pueblo ó ahogados por su
-indiferencia, ora predestinados á orientarlo como polos magnéticos, ora
-á quedar latentes hasta encontrar su hora propicia. Y otros ideales
-mueren, porque son falsos: ilusiones que el hombre se forja respecto
-de sí mismo, ó quimeras que las masas persiguen dando manotadas en la
-sombra.
-
-
- II.--LOS VISIONARIOS DE LA PERFECCIÓN.
-
-Ningún Dante podría elevar á Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el
-rincón de su paraíso donde moran Cyrano, Quijote y Stockmann. Son dos
-universos, dos razas, dos temperamentos: Hombres y Sombras. Seres
-desiguales no pueden pensar de igual manera. Siempre será evidente el
-contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el ingenio,
-la hipocresía y la virtud. La imaginación dará á unos el impulso
-original hacia lo perfecto; la imitación organizará en otros los
-hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres.
-
-El perfeccionamiento humano se efectúa con ritmo diverso en las
-sociedades y en los individuos. La multitud posee una experiencia
-sumisa al pasado: rutinas, prejuicios, domesticidades. Pocos
-elegidos varían, avanzando sobre el porvenir; al revés de Anteo, que
-tocando el suelo cobraba alientos nuevos, los toman clavando sus
-pupilas en constelaciones lejanas y de apariencia inaccesible. Esos
-hombres, predispuestos á emanciparse de su rebaño, buscando alguna
-perfección más allá de lo actual, son los «idealistas». La unidad
-del género no depende del contenido intrínseco de sus ideales, sino
-de su temperamento: se es idealista persiguiendo las quimeras más
-contradictorias, siempre que ellas impliquen un sincero afán de
-enaltecimiento. Cualquiera. Los espíritus afiebrados por algún ideal
-son adversarios de la mediocridad: soñadores contra los utilitarios,
-entusiastas contra los apáticos, pasionales contra los calculistas,
-indisciplinados contra los dogmáticos. Son alguien ó algo contra los
-que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo:
-posee un sentido de las diferencias que le permite distinguir entre
-lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres mediocres son
-cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen
-lo mejor de lo peor.
-
-Sin idealistas sería inconcebible la evolución de la humanidad. El
-culto del «hombre práctico», ceñido á las contingencias del presente,
-importa un renunciamiento á toda perfección. El hábito organiza la
-rutina y nada crea hacia el porvenir; los imaginativos dan á la ciencia
-sus hipótesis, al arte su vuelo, á la moral sus ejemplos, á la historia
-sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad;
-los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando
-en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres
-capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales.
-Más ha hecho la imaginación construyendo sin tregua, que el cálculo
-destruyendo sin descanso. La excesiva prudencia de los mediocres ha
-paralizado siempre las iniciativas más fecundas. Y no quiere esto decir
-que la imaginación excluya la experiencia: ésta es útil, pero sin
-aquélla es estéril. Los idealistas aspiran á conjugar en su mente la
-inspiración y la sabiduría; por eso, con frecuencia, viven trabados
-por su espíritu crítico cuando los caldea una emoción lírica y ésta les
-nubla la vista cuando observan la realidad. Del equilibrio entre la
-inspiración y la sabiduría nace el genio. En las grandes horas, de una
-raza ó de un hombre, la inspiración es indispensable para crear; esa
-chispa se enciende en la imaginación y la experiencia la convierte en
-hoguera. Todo idealismo es, por eso, un afán de cultura intensa: cuenta
-entre sus enemigos más audaces á la ignorancia, madrastra de obstinadas
-rutinas.
-
-La humanidad no llega hasta donde quieren los idealistas en cada
-perfección particular; pero siempre llega más allá de donde habría
-ido sin su esfuerzo. Un objetivo que huye ante ellos conviértese en
-estímulo para perseguir nuevas quimeras. Lo poco que pueden todos,
-depende de lo mucho que algunos anhelan. La mediocridad no poseería
-sus bienes presentes si algunos idealistas no los hubieran conquistado
-viviendo con la obsesiva aspiración de otros mejores.
-
-En la evolución humana los ideales mantiénense en equilibrio instable.
-Todo mejoramiento real es precedido por conatos y tanteos de pensadores
-audaces, puestos en tensión hacia él, rebeldes al pasado, aunque sin la
-intensidad necesaria para violentarlo; esa lucha es un reflujo perpetuo
-entre lo más concebido y lo menos realizado. Por eso los idealistas
-son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma:
-contra la tendencia apacible de los rutinarios, cuya estabilidad
-parece inercia de muerte. Esa inquietud se exacerba en los grandes
-hombres, en los genios mismos si el medio es hostil á sus quimeras,
-como es frecuente. Nunca agita á los hombres sin ideales, informe
-bazofia de la humanidad.
-
-Toda juventud es inquieta. El impulso hacia lo mejor sólo puede
-esperarse de ella: jamás de los enmohecidos y de los seniles. Y sólo es
-juventud la sana é iluminada, la que mira al frente y no á la espalda;
-nunca los decrépitos de pocos años, prematuramente domesticados por la
-moral de las mediocracias: en ellos parece primavera la tibieza otoñal
-y toda ilusión de aurora es ya un apagamiento de crepúsculo. Sólo hay
-juventud en los que persiguen con entusiasmo una perfección; por eso
-en los caracteres excelentes puede persistir sobre el apeñuscarse de
-los años. Nada cabe esperar de los hombres que entran á la vida sin
-afiebrarse por algún ideal; á los que nunca fueron jóvenes, paréceles
-descarriada toda soñadora inquietud. Y no se nace joven: hay que
-adquirir la juventud. Y sin un ideal no se adquiere.
-
-Los idealistas suelen ser esquivos ó rebeldes á los dogmatismos
-sociales que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador,
-aborrecen de todo sistema, sienten el peso de la realidad que intenta
-domesticarlos, haciéndolos cómplices de los intereses creados, dóciles,
-maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. El fanatismo
-igualitario pretende amalgamar á los individuos, mediocrizándolos:
-detesta las diferencias, aborrece las excepciones, anatematiza al
-que se aparta en busca de una propia personalidad. El original, el
-imaginativo, el creador, atrae sus odios, los busca, los desafía,
-sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo idealista
-es una viviente afirmación de individualismo, aunque persiga una
-quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su
-independencia es una reacción hostil á todos los dogmatismos de rebaño.
-Concibiéndose incesantemente perfectibles, los temperamentos idealistas
-quieren decir en todos los momentos de su vida, como Quijote: «yo sé
-quién soy». Viven animados por este afán afirmativo. En sus ideales
-cifran su ventura suprema y su perpetua desdicha. En ellos caldean la
-pasión que anima su fe; ésta, al estrellarse contra la realidad social,
-puede parecer desprecio, aislamiento, misantropía: la clásica «torre de
-marfil» reprochada á cuantos se erizan al contacto de la mediocridad.
-Diríase que para ellos dejó escrita su eterna imagen Santa Teresa:
-«Gusanos de seda somos, gusanillos que hilamos la seda de nuestras
-vidas y en el capullito de la seda nos encerramos para que el gusano
-muera y del capullo salga volando la mariposa».
-
-Todo idealismo es exagerado, necesita serlo. Y debe ser lírico su
-idioma, como si desbordara la personalidad sobre lo impersonal; el
-pensamiento sin lirismo es muerto, frío, carece de estilo, no tiene
-firma. Jamás fueron tibios los genios, los santos y los héroes. Para
-crear una partícula de Verdad, de Virtud ó de Belleza, requiérese un
-esfuerzo original y violento contra alguna rutina ó prejuicio, como
-para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo.
-Todo ideal es, instintivamente, extremoso; debe serlo á sabiendas, si
-es menester, pues pronto se rebaja al refractarse en la mediocridad de
-los más. Frente á los que mienten con viles objetivos, la exageración
-de los idealistas es una verdad apasionada. La pasión es su atributo
-necesario, aun cuando parezca desviar de la verdad; lleva á la
-hipérbole, al error mismo; á la mentira nunca. Ningún ideal es falso
-para quien lo profesa: es su verdad y él coopera á su advenimiento,
-con fe, con desinterés. El sabio busca la Verdad por buscarla y goza
-arrancando á la naturaleza secretos para él inútiles ó peligrosos.
-Y el artista busca también la suya, porque la Belleza es una verdad
-animada por la imaginación, más que por la experiencia. Y el filósofo
-la persigue en el Bien, que es una recta lealtad de la conducta para
-consigo mismo y para con los demás. Tener un ideal es servir á su
-propia Verdad. Siempre.
-
-Algunos ideales se revelan como pasión combativa y otros como pertinaz
-obsesión; de igual manera distínguense dos tipos de idealistas, según
-predomine en ellos el corazón ó el cerebro. El idealismo sentimental
-es romántico: la imaginación no es inhibida por la crítica y los
-ideales viven de sentimiento. En el idealismo experimental los ritmos
-afectivos son encarrilados por la experiencia y la crítica coordina la
-imaginación: los ideales tórnanse reflexivos y serenos. Corresponde el
-uno á la juventud y el otro á la madurez. El primero es adolescente,
-crece, puja y lucha; el segundo es adulto, se fija, impone y defiende.
-El idealista perfecto sería romántico á los veinte años y estoico á
-los cincuenta; es tan anormal el estoicismo en la juventud como el
-romanticismo en la edad madura. Lo que al principio le enciende en
-pasión debe cristalizarle después en suprema dignidad: ésa es la lógica
-de su temperamento.
-
-
- III.--LOS IDEALISTAS ROMÁNTICOS.
-
-Los idealistas románticos son exagerados porque son insaciables.
-Comprenden que todos los ideales contienen una partícula de utopía y
-pierden algo al realizarse: de razas ó de individuos, nunca se integran
-como se piensan. En pocas cosas el hombre puede llegar al fin que
-la imaginación señala: su gloria está en marchar hacia él, siempre
-inalcanzado é inalcanzable. Después de iluminar su espíritu con todos
-los resplandores de la cultura humana, Goethe muere pidiendo más luz;
-y Musset quiere amar incesantemente después de haber amado, ofreciendo
-su vida por una caricia y su genio por un beso. Todos los románticos
-parecen preguntarse, con el poeta: «¿Por qué no es infinito el poder
-humano, como el deseo?» Tienen una curiosidad de mil ojos, siempre
-atenta para no perder la más imperceptible titilación del mundo que
-la solicita. Su sensibilidad es aguda, plural, caprichosa, artista,
-como si los nervios hubieran centuplicado su impresionabilidad. Su
-gesto sigue prontamente el camino de las nativas inclinaciones:
-entre diez partidos adoptan aquél subrayado por el latir más intenso
-de su corazón. Son dionisíacos. Sus aspiraciones se traducen por
-esfuerzos activos sobre el medio social ó por una hostilidad contra
-todo lo que obstruye sus corazonadas y ensueños. Construyen sus
-ideales sin conceder nada á la realidad, rehusándose al contralor
-de la experiencia, agrediéndola si ella los contraría. Son ingenuos
-y sensibles, fáciles de conmoverse, accesibles al entusiasmo y á la
-ternura: con esa ingenuidad sin doblez que los hombres prácticos
-ignoran. Un minuto les basta para decidir de toda una vida. Su ideal
-cristaliza en firmezas inequívocas cuando la realidad los hiere con más
-saña.
-
-Todo romántico está por Quijote contra Sancho, por Cyrano contra
-Tartufo, por Stockmann contra Gil Blas: por cualquier ideal contra toda
-mediocridad. Prefiere la flor al fruto, presintiendo que éste no podría
-existir jamás sin aquélla. Los mercaderes y las turbas saben que la
-vida guiada por el interés brinda provechos materiales; los románticos
-creen que la suprema dignidad se incuba en el ensueño y la pasión. Para
-ellos un beso de tal mujer vale más que cien tesoros de Golconda.
-
-Su elocuencia está en su corazón: disponen de esas «razones que
-la razón ignora»--, como decía Pascal. En ellas estriba el encanto
-irresistible de los Musset y los Byron: estremece su estuosidad
-apasionada, ahoga como si una garra apretara el cuello, sobresalta las
-venas, humedece los párpados, entrecorta el aliento. Sus heroínas y sus
-protagonistas pueblan los insomnios juveniles, como si las describieran
-con una vara mágica entintada en el cáliz de una poetisa griega: Safo,
-por caso, la más lírica. Su estilo es de luz y de color, siempre
-encendido, ardiente á veces. Escriben como hablan los temperamentos
-apasionados, con esa elocuencia de las voces enronquecidas por un deseo
-ó por un exceso, esa «voce calda» que enloquece á las mujeres finas y
-hace un Don Juan de cada amador romántico. Son ellos los aristócratas
-del amor, los seductores de todas las Julietas é Isoldas. En vano se
-confabulan en su contra las embozadas hipocresías de la mediocridad
-sentimental, tan temerosa de las pasiones como desconfiada ante los
-ideales. Los espíritus zafios desearían inventar una balanza para pesar
-la utilidad inmediata de sus inclinaciones y sentimientos; como no la
-poseen, prefieren renunciar á seguirlos. El corazón naufraga en los
-hombres que piden su vida en préstamo á la sociedad.
-
-El mediocre es incapaz de alentar nobles pasiones. Esquiva el amor
-como si fuera un abismo: ignora que él acrisola todas las virtudes y
-es el más eficaz de los moralistas. Vive y muere sin haber aprendido á
-amar. Caricatura á este sentimiento guiándose por las sugestiones de
-sórdidas conveniencias. Los demás le eligen las queridas y le imponen
-la esposa. Poco le importa la fidelidad de las primeras mientras
-le sirvan de adorno; nunca exige inteligencia en la otra, si es un
-escalón en su mundo. Su amor se incuba en la tibieza del criterio
-ajeno. Musset le parece poco serio y encuentra infernal á Byron;
-habría quemado á Jorge Sand y la misma Teresa de Ávila resúltale
-un poco exagerada. Se persigna si alguien sospecha que Cristo pudo
-amar á la pecadora de Magdala. Cree firmemente que Werther, Jocelyn,
-Mimí, Rolla y Manón son símbolos del mal, creados por la imaginación
-de artistas enfermos. Aborrece la pasión honda y sentida; detesta
-los romanticismos sentimentales. Prefiere la compra tranquila á la
-conquista comprometedora; evita que su corazón se enardezca en una
-osada aventura sin el consentimiento de los demás. Ignora las supremas
-virtudes del amor.
-
-En las eras de rebajamiento, mientras arrecia el clima de la
-mediocridad, los idealistas se alinean contra los dogmatismos
-sociales, sea cual fuere el régimen dominante. Algunas veces, en
-nombre del romanticismo político, agitan un ideal plebocrático. Su
-amor á los esclavos es un disimulado encono contra los que oprimen su
-individualidad. Diríase que llegan hasta amar al siervo para protestar
-contra el amo indigno; pero siempre quedan fuera del rebaño, sabiendo
-que en cada lacayo puede incubarse un burgués del porvenir.
-
-En todo lo perfectible cabe un romanticismo; su orientación varía con
-los tiempos y con las inclinaciones. Hay épocas en que más florece,
-como en el siglo de abastardamiento iniciado por la revolución
-francesa. Algunos románticos se creen providenciales y su imaginación
-se revela por un misticismo constructivo, como en Chateaubriand y
-Fourier, precedidos por Rousseau, que fué un Marx calvinista, y
-seguidos por Marx, que fué un Rousseau judío. En otros el lirismo
-tiende, como en Byron y Ruskin, á convertirse en religión estética.
-En Mazzini y Kossouth toma color político. Habla en tono profético y
-trascendente por boca de Lamartine y de Hugo. En Stendhal acosa con
-ironía los dogmatismos sociales y en Vigny los desdeña amargamente.
-Se duele en Musset y se desespera en Amiel. Fustiga á la mediocridad
-con Flaubert y Barbey d'Aurevilly. Y en otros conviértese en rebelión
-abierta contra todo lo que amengua y domestica al individuo, como en
-Emerson, Stirner, Guyau, Ibsen ó Nietzsche.
-
-
- IV.--EL IDEALISMO EXPERIMENTAL.
-
-Las rebeldías románticas son embotadas por la experiencia: ella enfrena
-muchas nobles impetuosidades y da á los ideales mayor eficacia. Las
-lecciones de la realidad no matan al idealista: lo educan. Su afán
-de perfección tórnase más centrípeto y digno, busca los caminos
-propicios, aprende á rehuir las asechanzas que la mediocridad le
-tiende. Cuando la fuerza de las cosas se sobrepone á su personal
-inquietud y los dogmatismos sociales cohiben sus esfuerzos por
-enderezarlos, su idealismo tórnase experimental. No pueden doblar
-la realidad á sus ideales, pero los defienden de ella, procurando
-salvarlos de toda mengua ó envilecimiento. Lo que antes se proyecta
-hacia fuera, polarízase en el propio esfuerzo, se interioriza. «Una
-gran vida, escribió Vigny, es un ideal de la juventud realizado en
-la edad madura». Es inherente á aquélla la ilusión de imponer sus
-ensueños, rompiendo la barrera que la separa de la mediocridad; cuando
-advierte que la mole no cae, atrinchérase en virtudes intrínsecas,
-custodiándolos, realizándolos en alguna medida, sin complicidades.
-El idealismo sentimental y romántico se transforma en idealismo
-experimental y estoico; la experiencia regula la imaginación,
-haciéndolo ponderado y reflexivo. La serena armonía clásica reemplaza á
-la pujanza impetuosa: el Idealismo dionisíaco se convierte en Idealismo
-apolíneo.
-
-Es natural que así sea. Los romanticismos no resisten á la experiencia
-crítica: si duran hasta pasados los límites de la juventud, su ardor
-no equivale á su eficiencia. Fué error de Cervantes la avanzada edad
-en que Don Quijote emprende la persecución de su quimera. Es más
-lógico Don Juan, casándose á la misma altura en que Cristo muere;
-los personajes que Murger creó en la vida bohemia, detiénense en ese
-limbo de la madurez. No puede ser de otra manera. La acumulación de
-los contrastes acaba por coordinar la imaginación, orientándola sin
-rebajarla.
-
-Y si el idealista es una mente superior, su ideal asume formas
-definitivas: plasma la Verdad, la Belleza ó la Virtud en crisoles más
-perennes, tiende á fijarse y durar en obras. El tiempo lo consagra y
-su esfuerzo tórnase ejemplar. La posteridad lo juzga clásico. Todo
-clasicismo es una selección natural de ideales sobrevivientes á través
-de los siglos.
-
-Pocos ingenios encuentran tal clima y tal ocasión que les encumbren á
-la genialidad. Los más resultan exóticos é inoportunos; los sucesos,
-cuyo determinismo no pueden modificar, esterilizan sus esfuerzos. De
-allí cierta aquiescencia á las cosas que no dependen del propio mérito,
-la tolerancia de toda insoluble fatalidad. Al resignarse á la coerción
-exterior no se abajan ni contaminan: se apartan, se refugian en sí
-mismos, para encumbrarse en la orilla desde donde miran el fangoso
-arroyo que corre murmurando, sin que en su murmullo se oiga un grito.
-Son los jueces de su época: ven de dónde viene y cómo corre el turbión
-encenagado. Descubren á los omisos que se dejan opacar por el limo, á
-los que persiguen esos encumbramientos falaces con que las mediocracias
-oprobian á sus arquetipos.
-
-El idealista experimental mantiénese hostil á su medio, lo mismo que
-el romántico. Su actitud es de abierta resistencia á la mediocridad
-organizada, resignación desdeñosa ó renunciamiento altivo, sin
-compromisos. Impórtale menos agredir el mal que consienten los otros
-y más le sirve estar libre para realizar toda perfección que sólo
-depende de sí mismo. Posee una «sensibilidad individualista». Son
-notorias las diferencias entre el individualismo doctrinario y el
-sentimiento individualista; el uno es teoría y el otro es actitud.
-En Spencer, la doctrina individualista se acompaña de sensibilidad
-social; en Bakounine, la doctrina social coexiste con una sensibilidad
-individualista. Es cuestión de temperamentos y no de ideas; aquél es
-la base del carácter. Todo individualismo es una actitud de revuelta
-contra los dogmas y los prejuicios reinantes en las mediocracias;
-revela energías anhelosas de exparcirse y contenidas por mil obstáculos
-opuestos por el espíritu gregario. El individualista niega el principio
-de autoridad, se sustrae á los prejuicios, desacata cualquiera
-imposición, desdeña las jerarquías independientes del mérito. Los
-partidos, sectas y facciones le son indiferentes por igual, sintiéndose
-extraño á cada uno. Los regímenes políticos y las leyes escritas no
-han modificado nunca la mediocridad de quienes las admiran ni el
-sufrimiento de quienes las aguantan.
-
-Su ética difiere radicalmente de esos individualismos sórdidos que
-reclutan las simpatías de los mediocres. Hay dos morales egoístas. El
-digno elige la elevada, la de Zenón ó la de Epicuro; el mediocre opta
-siempre por la inferior y se encuentra con Aristipo. Aquél se refugia
-en sí para acrisolarse; éste se ausenta de los demás para zambullirse
-en la sombra. El individualismo es noble si un ideal lo alienta y lo
-eleva; sin ideal, es una caída á más bajo nivel que la mediocridad
-misma.
-
-En la Cirenaica griega, cuatro siglos antes del evo cristiano, Aristipo
-anunció que la única regla de la vida era el placer máximo, buscado por
-todos los medios, como si la naturaleza dictara al hombre el hartazgo
-de los sentidos y la ausencia de ideal. La sensualidad, erigida
-en sistema, llevaba al placer tumultuoso, sin seleccionarlo. Los
-cirenaicos llegaron á despreciar la vida misma: sus últimos pregoneros
-encomiaron el suicidio. Tal ética, practicada instintivamente por los
-escépticos y los depravados de todos los tiempos, no fué lealmente
-erigida en sistema después de entonces. El placer--como simple
-sensualidad cuantitativa--es absurdo é imprevisor; no puede sustentar
-una moral. Sería erigir á los sentidos en jueces. Deben ser otros.
-¿Estaría la felicidad en perseguir un interés bien ponderado? Un
-egoísmo prudente y cualitativo, que elija y calcule, reemplazaría á
-los apetitos ciegos. En vez del placer basto tendríase el deleite
-refinado, que prevé, coordina, prepara, goza antes é infinitamente más,
-pues la inteligencia gusta de centuplicar los goces futuros en sabias
-alquimias de preparación. Los epicúreos se apartan ya del cirenaísmo.
-Aristipo refugia la dicha en los burdos goces materiales; Epicuro
-la encumbra en la mente, la idealiza por la imaginación. Para aquél
-valen todos los placeres y se buscan de cualquier manera, desatados
-sin freno; para éste deben ser elegidos y dignificados por un sello
-de armonía. La originaria moral de Epicuro es toda refinamiento: su
-creador vivió una vida honorable y pura. Su ley es buscar la dicha y
-huir el dolor, prefiriendo las cosas que dejan un saldo á favor del
-primero. Esa aritmética de las emociones no es incompatible con la
-dignidad, el ingenio y la virtud, que son perfecciones ideales; permite
-practicarlas, si en ellas puede encontrarse una fuente de placer.
-
-En otra moral helénica encuentra sus moldes perfectos el idealismo
-experimental. Zenón dió á la humanidad una suprema doctrina de virtud
-heroica. La dignidad se identifica con el ideal: no conoce la historia
-más bellos ejemplos de conducta. Séneca, digno en la corte del propio
-Nerón, además de predicar con arte exquisito su doctrina, la aplicó con
-bello coraje en la hora extrema. Solamente Sócrates murió mejor que él,
-y ambos más dignamente que Jesús. Son las tres grandes muertes de la
-historia.
-
-La dignidad estoica tuvo su apóstol en Epicteto. Una convincente
-elocuencia de sofista caldeaba su palabra de liberto. Vivió como el más
-humilde, satisfecho con lo que tenía, durmiendo en casa sin puertas,
-entregado á meditar y educar, hasta el decreto que proscribió de Roma
-á los filósofos. Enseñó á distinguir, en toda cosa, lo que depende y
-lo que no depende de nosotros. Lo primero nadie puede cohibirlo; lo
-demás está subordinado á fuerzas extrañas. Colocar el Ideal en lo que
-depende de nosotros y ser indiferentes á lo demás: he ahí la fórmula
-del idealismo experimental.
-
-Es desdeñable todo lo que suele desear ó temer el mediocre. Si las
-resistencias en el camino de la perfección dependen de otros, conviene
-prescindir de ellas, como si no existiesen, y redoblar el esfuerzo
-enaltecedor. La realidad no tuerce ni desvía á los idealistas, aunque
-los obste ó retarde. Deseando influir sobre cosas que de él no
-dependen, encontraría obstáculos en todas partes; contra esa hostilidad
-de su ambiente sólo puede rebelarse la imaginación. El que sirve á un
-Ideal, vive de él: nadie le forzará á soñar lo que no quiere ni le
-impedirá ascender hacia su ensueño.
-
-Esta moral no es una contemplación pasiva: renuncia solamente á
-participar del mal. Su asentimiento no es apatía ni inercia. Apartarse
-no es morir. Si la hora llega es afirmación sublime, como lo fué en
-Marco Aurelio, nunca igualado en regir destinos de pueblos: sólo él
-pudo inspirar las páginas más hondas de Renán y las más líricas de
-Paul de Saint Victor. Delicado y penetrante, su estoicismo es más
-propicio para templar caracteres que para consolar corazones. Con
-él alcanzó el pensamiento antiguo su más tranquila nobleza. Entre
-perversos é ingratos que le circuían, enseñó á dar sus racimos, como
-la viña, sin reclamar precio alguno, preparándose para cargar otros
-en la vendimia futura. Los idealistas son hombres de su estirpe,
-ignoran el bien que hacen á la mediocridad, su enemiga. Cuando arrecia
-el encanallamiento de los rebaños, cuando más sofocante tórnase el
-clima de las mediocracias, ellos crean un nuevo ambiente moral,
-sembrando ideales: una nueva generación, aprendiendo á amarlos, se
-ennoblece. Frente á las burguesías afiebradas por remontar el nivel
-del bienestar material,--ignorando que su mayor miseria es la falta
-de cultura,--ellos concentran sus esfuerzos para aquilatar el respeto
-de las cosas del espíritu y el culto de todas las originalidades
-descollantes. Mientras la vulgaridad obstruye las vías del genio,
-de la santidad y del heroísmo, la sugestión de ideales concurre á
-restituirlas, preparando el advenimiento de esas horas fecundas que
-caracterizan la resurrección de las razas: el clima del genio.
-
-Toda ética idealista transmuta los valores y eleva el rango del mérito;
-las virtudes y los vicios trocan sus matices, en más ó en menos,
-creando equilibrios nuevos. Ésa es, en el fondo, la obra de todos los
-moralistas: su originalidad está en cambios de tono que modifican las
-perspectivas de un cuadro cuyo fondo es casi impermutable. Frente á la
-mediocridad, que empuja á ser vulgares, los caracteres dignos afirman
-su vehemencia de ideal. Una mediocracia sin ideales,--como un individuo
-ó un grupo,--es vil y escéptica, cobarde: contra ella cultivan hondos
-anhelos de perfección. Frente á la ciencia hecha oficio, la Verdad
-como un culto; frente á la honestidad de conveniencia, la Virtud
-desinteresada; frente al arte lucrativo de los funcionarios, la
-Armonía inmarcesible de la línea, de la forma y del color; frente á las
-complicidades de la política mediocrática, las máximas expansiones del
-Individuo dentro de cada sociedad.
-
-Cuando los rebaños callan, los idealistas levantan su voz. Una ciencia,
-un arte, un país, una raza, estremecidos por su eco, salen de su cauce
-habitual. El Genio es un guión que pone el destino entre dos párrafos
-de la historia. Si aparece en los orígenes, crea ó funda; si en los
-resurgimientos, transmuta ó desorbita. En ese instante remontan su
-vuelo todos los espíritus superiores, templándose en pensamientos altos
-y para obras perennes.
-
-En el vaivén eterno de las eras el porvenir es siempre de los
-visionarios. La interminable contienda entre el idealismo y la
-mediocridad tiene su símbolo: no pudo Cellini clavarlo en más digno
-sitio que la maravillosa plaza de Florencia. Nunca mano de orfebre
-plasmó un concepto más sublime: Perseo exhibiendo la cabeza de Medusa,
-cuyo cuerpo agítase en contorsiones de reptil bajo sus pies alados.
-Cuando los temperamentos idealistas se detienen ante el prodigio de
-Benvenuto, anímase el metal, revive su fisonomía, sus labios articulan
-palabras perceptibles. Dice á los jóvenes que toda brega por un Ideal
-es santa, aunque sea ilusorio el resultado; que nunca hay error en
-seguir su temperamento y pensar con el corazón, si ello contribuirá
-á crear una personalidad firme; que todo germen de romanticismo debe
-alentarse, para enguirnaldar de aurora la única primavera que no
-vuelve jamás. Y á los maduros, cuyas primeras canas salpican de otoño
-sus más vehementes quimeras, instígalos á custodiar sus ideales bajo el
-palio de la más severa dignidad, frente á las tentaciones que conspiran
-para encenagarlos en la Estigia donde se abisman los mediocres.
-
-Y en el gesto del bronce parece que el Idealismo decapitara á la
-Mediocridad, entregando su cabeza al juicio de los siglos.
-
-
-
-
- EL HOMBRE MEDIOCRE
-
- «_Cacciarli i ciel per non esser men belli,
- Né le profondo Inferno li riceve..._»
-
- DANTE. _Inferno._ Canto III.
-
- I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»--II. DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.--III.
- FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.--IV. LA VULGARIDAD.
-
-
-I. «¿ÁUREA MEDIOCRITAS?»
-
-Hay cierta hora en que el pastor ingenuo se asombra ante la naturaleza
-que le envuelve. La penumbra se espesa, el color de las cosas se
-uniforma en el gris homogéneo de las siluetas, la primera humedad
-crepuscular levanta de todas las hierbas un vaho de perfume, aquiétase
-el rebaño para prepararse al sueño, la remota campana tañe su
-aviso plañidero. Al caer sobre las cosas la liviana claridad lunar
-se emblanquece; algunas estrellas inquietan con su titilación el
-firmamento y un lejano rumor de arroyo brincante en las breñas parece
-conversar de misteriosos temas. Sentado en la piedra menos áspera que
-encuentra al borde del camino, el pastor contempla y enmudece, invitado
-á meditar por la convergencia del sitio y de la hora. Su admiración
-primitiva es simple estupor. La poesía natural que le rodea, al
-reflejarse en su imaginación, no se convierte en poema. Él es, apenas,
-un objeto en el cuadro, una pincelada: como la piedra, el árbol, la
-oveja, el camino; un accidente en la penumbra. Para él todas las cosas
-han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa
-hasta el rebaño que apacienta.
-
-La inmensa masa de los hombres piensa con cabeza de ingenuo pastor: no
-entendería el idioma de quien le explicara la evolución del universo
-ó de la vida. Sus rutinas y sus prejuicios parécenle eternamente
-invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni
-venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite
-forzoso de su mente. No puede formarse un ideal. Encontrará en los
-ajenos una chispa capaz de encender su fanatismo; será sectario, puede
-serlo. Nunca será idealista; es imposible. Y no advertirá siquiera la
-ironía de cuantos le invitan á arrebañarse en nombre de ideales que
-puede servir, no comprender. Todo ideal, seguido por muchedumbres,
-sólo es pensado por pocos visionarios que son sus amos. Para concebir
-una perfección es indispensable cierta cultura. Los hombres bastos
-pueden tener fanatismos, ideales jamás. Viven de dogmas que otros les
-imponen, esclavos de fórmulas invariables, paralizadas por la herrumbre
-del tiempo: enemigos naturales de todo amanecer y de toda cumbre.
-Individualmente son hombres que no existen. No inspiran simpatías ni
-rencores acentuados. No admiran ni espantan. Sería difícil decidir
-qué son más, si inútiles ó inofensivos. Aisladamente no obstan á los
-caracteres originales: su existencia pasa inadvertida. Cruzan el mundo
-como sombras insubstanciales, temiendo que alguien pueda reprocharles
-esa osadía de existir en vano, como contrabandistas de la vida.
-
-Y lo son. Aunque los hombres carecemos de misión transcendental sobre
-la tierra, en cuya superficie vivimos por igual motivo que la rosa y
-el gusano, es necesario que algún ideal ennoblezca nuestra existencia:
-los más altos placeres son inherentes á proponerse una perfección y
-perseguirla. Las existencias vegetativas no tienen biografía: no vive
-el que no deja rastros en las cosas ó en los espíritus. La vida sólo
-vale por el uso que de ella hacemos, por las obras que realizamos. No
-ha vivido más el que cuenta más años, sino el que ha sentido mejor
-algún ideal; las canas denuncian la vejez, pero no dicen cuánta
-juventud la precedió. La medida justa del hombre está en la duración
-de sus obras: la inmortalidad es el privilegio de quienes las hacen
-sobrevivientes á los siglos, y por ellas se mide. El poder que se
-maneja, los favores que se mendigan, el dinero que se amasa, las
-dignidades que se consiguen, tienen cierto efímero valor para los
-apetitos del mediocre. Pero hay algo que embellece los placeres y
-califica la vida del idealista: la afirmación de la propia personalidad
-y la cantidad de hombría aquilatada en la dignificación de nuestro yo.
-Vivir es aprender, para ignorar menos; es amar, para vincularnos á una
-parte mayor de humanidad; es admirar, para compartir las excelencias
-de la naturaleza y de los hombres; es un esfuerzo por mejorarse, un
-incesante afán de elevación hacia ideales definidos. Muchos nacen;
-pocos viven. Los hombres mediocres son innumerables y vegetan moldeados
-por su rebaño, como cera fundida en el cuño social. Su moralidad exigua
-y su inteligencia acorchada sujétanles á perpetua disciplina del pensar
-y de la conducta; su existencia es puramente negativa como unidades
-sociales. Sirven de cemento ó cañamazo para sostener á los que viven y
-piensan.
-
-Nunca se eleva sobre el nivel de los prejuicios colectivos: el mediocre
-es áptero, no puede volar. Forma legión. Desgóznase cada uno hasta
-acomodarse á la conducta común de la grey; está bien mediocrizado
-cuando ningún rasgo permite individualizarlo. Al clasificar los
-caracteres humanos en sensitivos y activos, Ribot comprendió la
-necesidad de separar los mediocres, cuya característica es no tener
-ninguna: «indiferentes», viven sin que se advierta su existencia. Son
-productos adventicios del medio, de las circunstancias, de la educación
-que reciben, de las personas y las cosas que los rodean. La sociedad
-piensa y quiere por ellos. No tienen voz, son un eco. No hay líneas
-definidas ni en su propia sombra: es una penumbra.
-
-En los idealistas hay profundidades ó encrespamientos sublimes, como
-en el océano; en los mediocres la superficie dilátase en quietud
-imperturbable, como en las ciénagas. Son el lastre de la sociedad:
-es su destino oponerse al impulso de los originales. Hay en el fondo
-de su psicología una espesa pincelada gris. La falta de personalidad
-los hace igualmente incapaces de bien y de mal, si de su iniciativa
-depende. Desfilan á hurtadillas, inadvertidos, sin aprender ni enseñar,
-diluyendo en tedios su insipidez tranquila, vegetando en la sociedad
-que ignora su existencia: ceros á la izquierda que nada califican y
-para nada cuentan. Su falta de robustez moral háceles ceder á la más
-leve presión, sufrir todas las influencias, altas y bajas, grandes y
-pequeñas, transitoriamente arrastrados á la altura por el más leve
-céfiro ó revolcados por la ola menuda de un arroyuelo. Barcos de amplio
-velamen, pero sin timón, no saben adivinar su propia ruta: ignoran si
-irán á varar en una quieta playa arenosa ó á quebrarse estrellados
-contra un escollo.
-
-Están en todas partes, aunque en vano buscaríamos uno solo que se
-conociera; si lo halláramos sería un original, por el simple hecho
-de enrolarse en la mediocridad. ¿Quién no se atribuye alguna virtud,
-cierto talento ó un firme carácter? Muchos cerebros torpes se
-envanecen de su testarudez, confundiendo esa cualidad mediocre con la
-firmeza, que es don de pocos elegidos; los bribones se jactan de su
-bigardía y desvergüenza, equivocándolas con el ingenio; los serviles y
-los parapocos pavonéanse de honestos, como si la incapacidad del mal
-pudiera en caso alguno confundirse con la virtud. Prescindiendo, pues,
-de la buena opinión que todo mediocre tiene de sí mismo, estudiaremos
-la mediocridad objetivamente, en sus aspectos fundamentales.
-
-Ningún hombre es excepcional en todas sus aptitudes; pero son
-mediocres, á carta cabal, los que no descuellan en ninguna.
-
-Solicitan nuestra curiosidad por el solo hecho de rodearnos. Aunque
-aisladamente no merezcan atención, en conjunto son instructivos.
-
-Desfilan bajo nuestro lente como simples casos de historia natural,
-con tanto derecho como los genios y los imbéciles. Existen: hay que
-estudiarlos. El moralista dirá si la mediocridad es buena ó mala; al
-psicólogo le es indiferente: observa los caracteres, los describe,
-los compara y los clasifica, de igual manera que otros naturalistas
-observan fósiles ó mariposas.
-
-Su existencia es necesaria. En todo lo que presenta grados hay
-mediocridad; en la escala de la inteligencia humana el hombre mediocre
-es el claro-obscuro entre el talento y la estulticie. No diremos,
-por eso, que toda mediocridad es loable. Horacio no dijo «_áurea
-mediocritas_» en el sentido general y absurdo que proclaman los
-incapaces de sobresalir por su ingenio, por sus virtudes ó por sus
-obras. Otro fué el parecer del poeta: poniendo en la tranquilidad
-y en la independencia el mayor bienestar del hombre, enalteció los
-goces de un pasable vivir que dista por igual de la opulencia y de la
-miseria, llamando áurea á esa mediocridad material. En cierto sentido
-epicúreo, su sentencia es verdadera y confirma el remoto proverbio
-árabe: «Un mediano bienestar tranquilo es preferible á la opulencia
-llena de preocupaciones.» Pero inferir de ello que la mediocridad
-moral, intelectual y de carácter, es digna de respetuoso homenaje,
-implica torcer la intención misma de Horacio: en versos memorables
-menospreció á los poetas mediocres, y es lícito extender su dicterio á
-cuantos hombres lo son de espíritu. ¿Por qué se subvierte el sentido
-del «_áurea mediocritas_» clásico? ¿Por qué ese afán de suprimir
-desniveles entre los hombres y las sombras, como si rebajando un poco á
-los excelentes y amerengando un poco á los mediocres se amenguaran las
-desigualdades creadas por la naturaleza? Sórdido anhelo de apelmazar
-la claridad y la tiniebla, confundiendo en una misma penumbra á los
-transparentes y á los opacos.
-
-La originalidad les parece herética. Todo perdonan menos esa herejía:
-ser original es una cosa detestable. Los que tal sentencian inclínanse
-á confundir el sentido común con el buen sentido, como si enmarañando
-la significación de los vocablos se pudiera babelizar las ideas
-correspondientes. Afirmemos el antagonismo. El sentido común es
-colectivo, eminentemente plebocrático; el buen sentido es individual,
-prerrogativa de la más absoluta aristocracia: la del ingenio. De esa
-insalvable heterogeneidad nace la intolerancia de los rutinarios frente
-á cualquier destello original: estrechan sus filas para defenderse,
-como si fuera crimen la desigualdad. En vano las mediocracias
-resuelven ignorar que esos desniveles son un postulado fundamental de
-la psicología. Las costumbres y las leyes pueden establecer derechos
-comunes á todos los hombres: éstos serán siempre tan desiguales como
-las olas que erizan la superficie de un Océano.
-
-En la lucha de la mediocridad contra los ideales, de lo vulgar contra
-lo excelente, confúndese el elogio á lo subalterno con la difamación á
-lo conspicuo, sabiendo que el uno y la otra conmueven por igual á los
-espíritus arrocinados. Las mediocracias contemporáneas tejen su sorda
-telaraña en torno de los genios, los santos y los héroes, velando su
-gloria ante la multitud: ciérrase el corral cada vez que cimbra en las
-cercanías el aletazo inequívoco de un águila.
-
-La desigualdad humana no es un descubrimiento moderno. Plutarco
-escribió, ha siglos, que «los animales de una misma especie difieren
-menos entre sí que unos hombres de otros». (_Obras morales_, vol.
-3.) Montaigne suscribió esa opinión: «Hay más distancia entre tal y
-tal hombre, que entre tal hombre y tal bestia: es decir, que el más
-excelente animal está más próximo del hombre menos inteligente, que
-éste último de otro hombre grande y excelente». (_Ensayos_, vol. I.
-cap. XLII.) Ajenos á las sugestiones de la moral mediocrática, los
-psicólogos seguimos creyendo en la desigualdad humana; ella será en el
-porvenir tan absoluta como en tiempos de Plutarco ó de Montaigne.
-
-Hay hombres mentalmente inferiores al término medio de su raza, de
-su tiempo y de su clase social; también los hay superiores. Entre
-unos y otros fluctúa una gran masa imposible de caracterizar por
-inferioridades ó excelencias.
-
-Los psicólogos no suelen ocuparse de estos seres arrebañados; el arte
-los desdeña por incoloros; la historia no sabe sus nombres. Son poco
-interesantes; en vano buscaríase en ellos la arista definida, la
-pincelada firme, el rasgo característico. De igual desdén les cubren
-los moralistas; no merecen el desprecio, fustigador de perversos, ni
-la apología, reservada á los virtuosos. Pero, en conjunto, pueden
-estudiarse. Son los puntales de la mediocridad, constituyen un régimen,
-representan un sistema especial de intereses inconmovibles; ellos
-subvierten la tabla de los valores morales, falsean nombres, desvirtúan
-conceptos: pensar es un desvarío, la dignidad es irreverencia, es
-lirismo la justicia, la sinceridad es tontería, la admiración una
-imprudencia, la pasión una ingenuidad, la virtud una estupidez...
-
-Sustraídos á la curiosidad del sabio por la coraza de su
-insignificancia, fortifícanse en la cohesión del total. Aunque privados
-de ese impulso que se resuelve en esfuerzo por ser más ó mejor, que
-es la vida misma, la complicidad del régimen suple muchas lagunas de
-sus biografías, disputándolas al anónimo. Pero en vano: si el deseo de
-la gloria entrega al pincel de un artista la efigie de un personaje
-mediocre, el tiempo hace impersonal el retrato y conserva el nombre
-del retratista; y cuando sus lacayos le costean un bronce, debajo del
-verdín que lo recubre parecen filtrarse rojizos resplandores, como si
-un pudor incontenible lo encendiera internamente.
-
-Estudiemos á estos enemigos de todo ideal, rebeldes á la perfección,
-ciegos á los astros. Existe una vastísima bibliografía de inferiores é
-insuficientes, desde el criminal y el delirante hasta el retardado y
-el idiota; hay, también, una rica literatura consagrada á estudiar el
-genio y el talento, amén de que historia y arte convergen á mantener
-su culto. Unos y otros son, empero, excepciones. Lo habitual no es el
-genio ni el idiota, no es el talento ni el imbécil. El hombre común, el
-que nos rodea á millares, el que prospera y se reproduce en el silencio
-y en la tiniebla, es el mediocre. Aislado, no asombra al observador,
-pero su conjunto es omnipotente en ciertos momentos de la historia:
-cuando reina el clima de la mediocridad.
-
-Toca al psicólogo disecar su mente con firme escalpelo, como á los
-cadáveres el profesor eternizado por Rembrandt en la «Lección de
-Anatomía»: sus ojos parecen iluminarse al contemplar las entrañas
-mismas de la naturaleza humana y se acarminan de emoción sus labios
-al transfundir serenamente la verdad en cuantos le rodean. Tiene
-la firmeza del que sólo confía en su propia mano para consumar la
-obra. ¿Por qué no tendemos al hombre mediocre sobre nuestra mesa de
-autopsias, hasta saber qué es, cómo es, qué hace, qué piensa, para qué
-sirve?
-
-La etopeya del hombre mediocre constituirá un capítulo básico de la
-psicología y de la moral.
-
-
-II.--DEFINICIÓN DEL HOMBRE MEDIOCRE.
-
-La mediocridad es una ausencia de características personales que
-permitan distinguir al individuo en su sociedad. Ésta ofrece á todos
-un mismo fardo de rutinas, prejuicios y domesticidades; basta reunir
-cien hombres para que ellos coincidan en lo impersonal: «Juntad mil
-genios en un Concilio y tendréis el alma de un mediocre.» Esas palabras
-la denuncian intrínsecamente: la mediocridad es el bajo nivel de las
-opiniones colectivas.
-
-Mediocre no significa normal ni equilibrado. El hombre normal no
-existe. No puede existir: nuestra especie evoluciona sin cesar y
-sus cambios opéranse desigualmente en numerosos agregados sociales,
-distintos entre sí. El hombre normal en una sociedad no lo es en otra;
-el de ha mil años no lo sería hoy, ni en el porvenir.
-
-Si pudiera medirse la mentalidad humana, los valores individuales
-graduaríanse en escala continua, de lo bajo á lo alto. Entre los tipos
-extremos existe una masa compacta de sujetos, más ó menos similares,
-coincidentes en los términos centrales de la serie; en vano buscaríamos
-allí al representante del llamado «Hombre normal». Aristóteles intentó
-dar con él; siglos más tarde la peregrina ocurrencia reapareció en el
-torbellinesco espíritu de Pascal.
-
-Quételet pretendió formular una doctrina científica acerca del «Hombre
-medio»: su ensayo es una burda exageración del abusado _in medio stat
-virtus_. No incurriremos, pues, en el yerro de creer que los hombres
-mediocres pueden reconocerse por atributos que serían un término medio
-de los observados en la especie humana. En ese sentido es un producto
-de estadística, sin corresponder á ningún individuo de existencia real.
-
-Si para Quételet el «Hombre medio» correspondía á una síntesis
-estadística de la especie, Morel lo consideró un ejemplar de la
-«edición princeps» de la Humanidad, lanzada á la circulación por el
-Supremo Hacedor. «La existencia de un tipo primitivo, que el espíritu
-humano se complace en forjar como la obra maestra de la creación,
-es un hecho conforme con nuestras creencias; la degeneración humana
-sólo es concebible como desvío de un tipo primitivo, que contenía en
-sí los elementos de la continuidad de la especie.» Partiendo de tal
-concepto, Morel definía la degeneración, en todas sus formas, como
-una divergencia patológica del perfecto ejemplar originario. De eso al
-culto por el hombre primitivo había un paso; alejáronse, felizmente,
-de tal prejuicio los antropólogos contemporáneos. El hombre--decimos
-ahora--es un animal que evoluciona en las edades más recientes del
-planeta; no fué creado perfecto en su origen, ni consiste su perfección
-en volver á sus formas ancestrales.
-
-El concepto de la normalidad humana es relativo á determinado
-ambiente social: es abstracto. Conviene afirmar, bien alto y en todos
-los tonos, que hombre mediocre no significa, concretamente, hombre
-equilibrado: la inercia no es un equilibrio. La mediocridad no es una
-complicada resultante de energías, sino su ausencia. ¿Cómo confundir
-á los grandes equilibrados, á Leonardo y á Goethe, con los amorfos?
-El equilibrio entre dos platillos cargados no puede compararse con
-la quietud de una balanza vacía. El hombre mediocre no es un modelo,
-sino una sombra; si hay peligros en la idolatría de los héroes y
-los hombres representativos, á la manera de Emerson ó Carlyle, más
-los hay en repetir esas fábulas que confunden la mediocridad con la
-normalidad, señalando como una aberración ó un crimen toda excelencia
-del carácter, de la virtud y del intelecto. Bovio ha señalado este
-grave yerro, pintando al hombre medio con rasgos precisos: «Es dócil,
-acomodaticio á todas las pequeñas oportunidades, adaptabilísimo á
-todas las temperaturas de un día variable, avisado para los negocios,
-resistente á las combinaciones de los astutos; pero dislocado de su
-mediocre esfera y ungido por una feliz combinación de intrigas, él se
-derrumba siempre, en seguida, precisamente porque es un equilibrista y
-no lleva en sí las fuerzas del equilibrio. Equilibrista no significa
-equilibrado. Ése es el prejuicio más grave, del hombre mediocre
-equilibrado y del genio desequilibrado.»
-
-En sus más indulgentes comentaristas, ese equilibrio del mediocre
-opérase entre cualidades poco dignas de admiración; su resultante es
-capaz de amortiguar la ira más acendrada. Alguna vez, recibió Lombroso
-un telegrama decididamente norteamericano. Era, en efecto, de un gran
-diario, y solicitaba una extensa respuesta telegráfica á la pregunta
-presentada con la sugerente recomendación de un cheque: ¿Cuál es el
-hombre normal? La respuesta desconcertó, sin duda, á los lectores.
-Lejos de alabar sus virtudes, hacía un cuadro de caracteres negativos y
-estériles: «buen apetito, trabajador, ordenado, egoísta, aferrado á sus
-costumbres, misoneísta, paciente, respetuoso de toda autoridad, animal
-doméstico.» _Fruges consumere natus_, que dijo el poeta latino.
-
-Con ligeras variantes, esa definición evoca la que dió Víctor Hehn del
-«filisteo» alemán: «Producto de la costumbre, desprovisto de fantasía,
-ornado por todas las virtudes de la mediocridad, llevando una vida
-honesta gracias á la moderación de sus exigencias, perezoso en sus
-concepciones intelectuales, sobrellevando con paciencia conmovedora
-todo el fardo de prejuicios que heredó de sus antepasados.» En estas
-líneas refléjanse las invectivas, ya clásicas, del poeta Heine
-contra la mentalidad corriente entre sus compatriotas. Por su parte,
-Schopenhauer, en sus «Aforismos», definió el perfecto filisteo como un
-ser que se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los
-dogmatismos sociales: constantemente ocupado en someterse á las farsas
-mundanas.
-
-Existen varias definiciones del hombre mediocre, de carácter moral ó
-estético. Para algunos, la mediocridad consistiría en la ineptitud
-para ejercitar las más altas cualidades del ingenio; para otros, sería
-la inclinación á pensar á ras de tierra. Mediocre correspondería
-á «burgués», por contraposición á «artista»; Flaubert lo definió
-como «un hombre que piensa bajamente». Juzgada con ese criterio, su
-personalidad parece detestable. Tal resulta en la magnífica silueta de
-Hello, traspapelado prosista católico que nos enseñó á admirar Rubén
-Darío. Distingue al mediocre del imbécil; éste ocupa un extremo del
-mundo y el genio ocupa el otro; el mediocre está en el centro. ¿Será,
-entonces, lo que en filosofía, en política ó en literatura, se llama
-un ecléctico ó un justo-medio? De ninguna manera, contesta. El que es
-justo-medio lo sabe, tiene la intención de serlo; el hombre mediocre es
-justo-medio sin sospecharlo. Lo es por naturaleza, no por opinión; por
-carácter, no por accidente. En todo minuto de su vida, y en cualquier
-estado de ánimo, será siempre mediocre. Su rasgo característico,
-absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás.
-No habla nunca; repite siempre. Juzga á los hombres como los oye
-juzgar. Reverenciará á su más cruel adversario, si éste se encumbra;
-desdeñará á su mejor amigo, si nadie lo elogia. Su criterio carece
-de iniciativas. Sus admiraciones son prudentes. Sus entusiasmos son
-oficiales. Esa definición descriptiva,--análoga á las que repitiera
-Barbey D'Aurevilly--, posee muy sugestiva elocuencia, pero no es
-satisfactoria.
-
-El «hombre normal» de Bovio y de Lombroso, corresponde al «filisteo»
-de Heine, de Schopenhauer y de Hehn, aproximándose ambos al «burgués»
-antiartístico de Flaubert y Barbey D'Aurevilly. Pero, fuerza es
-reconocerlo, tales definiciones no precisan gran cosa desde el punto
-de vista psicológico y social; conviene buscar una más exacta é
-inequívoca, abordando el problema por otros caminos.
-
-No obstante sus infinitas diferencias, existen grupos de hombres que
-pueden englobarse dentro de tipos similares; tales clasificaciones,
-simplemente aproximativas, constituyen la ciencia de los caracteres
-humanos, la «etología.» Los antiguos fundábanla sobre los
-temperamentos; los modernos buscan sus bases en la preponderancia de
-ciertas funciones psicológicas.
-
-Esas clasificaciones, admisibles desde algún punto de vista especial,
-son insuficientes para el nuestro. Si observamos cualquier rebaño
-humano, el rango de los hombres que lo componen resulta siempre
-«relativo» al conjunto: es un valor social. Ése es el nudo del
-problema. Cada hombre es el producto de dos factores: la herencia y la
-educación. La primera tiende á proveerle de los órganos y las funciones
-mentales que le transmiten las generaciones precedentes; la segunda es
-el resultado de las múltiples influencias del medio social en que el
-individuo está obligado á vivir. La acción educativa es una adaptación
-de las tendencias hereditarias á la mentalidad colectiva: una continua
-aclimatación del individuo en la sociedad.
-
-El niño desarróllase como un animal de la especie humana, hasta
-que empieza á distinguir las cosas inertes de los seres vivos y á
-reconocer entre éstos á sus semejantes. Su experiencia individual
-es, entonces, coadyuvada por las personas que le rodean, tornándose
-cada vez más decisiva la influencia del medio. Desde ese momento
-evoluciona como un miembro de su sociedad y sus hábitos se organizan
-mediante la imitación. El hombre incapaz de imitar no alcanza cierto
-nivel, permanece «inferior» respecto de la sociedad en que vive. Si
-la imitación desempeña un papel amplísimo, casi exclusivo, en la
-formación de la personalidad, actuando por un verdadero mimetismo
-social, la invención produce, en cambio, las variaciones individuales.
-Aquélla es conservadora y actúa creando hábitos; ésta es evolutiva y se
-desarrolla mediante la imaginación. Todos no pueden inventar ó imitar
-de la misma manera; esas aptitudes se ejercitan sobre la base de cierta
-capacidad congénita, recibida mediante la herencia psicológica. La
-adaptación del individuo á su medio depende del equilibrio entre lo que
-imita y lo que inventa.
-
-La variación individual determina la originalidad, rompiendo las
-coyundas de la rutina. Variar es ser alguien, diferenciarse es tener
-un carácter propio, un penacho, grande ó pequeño: emblema, al fin,
-de que no se vive como simple reflejo de los demás. El símbolo del
-hombre mediocre es la paciencia imitativa; del hombre superior, la
-imaginación creadora. El mediocre aspira á confundirse en los que le
-rodean; eso lo sobrepone al inferior inadaptable. El original aspira á
-diferenciarse de los demás, sobrepasándolos en pensamiento, en virtudes
-ó en acción. Mientras el mediocre se concreta á pensar con la cabeza de
-la sociedad, el original aspira á pensar con la propia. En ello estriba
-la desconfianza con que es mirado por los mediocres: nada les parece
-tan peligroso como un hombre que aspira á pensar con su cabeza.
-
-Podemos ya recapitular. Considerando á cada hombre con relación á su
-medio, tres elementos concurren á formar su personalidad: la herencia
-biológica, la imitación social y la variación individual.
-
-Todos, al nacer, reciben como herencia de la especie los elementos para
-adquirir una «personalidad específica» común á todo animal humano, é
-insuficiente para adaptarlo á la mentalidad social. Ella es propia de
-los hombres inferiores.
-
-Los más, mediante la educación imitativa, copian de las personas que
-los rodean una «personalidad social» perfectamente adaptada, condición
-inherente á todo hombre mediocre.
-
-Una minoría, además de imitar la mentalidad social, adquiere
-variaciones propias, una «personalidad individual»: patrimonio
-exclusivo de los hombres originales.
-
-Los miembros de una sociedad estratifícanse en tres categorías: hombres
-inferiores, hombres mediocres y hombres superiores.
-
-El inferior es un animal humano; en su mentalidad enseñoréanse las
-tendencias instintivas condensadas por la herencia. Su ineptitud para
-la imitación le impide adaptarse al medio en que vive; su personalidad
-no se desarrolla hasta el nivel corriente en su rebaño, viviendo por
-debajo de la moral ó de la cultura dominantes, y en muchos casos fuera
-de la legalidad. Esa insuficiente adaptación determina su incapacidad
-para pensar como los demás.
-
-El mediocre es una sombra proyectada por la sociedad; es por esencia
-imitativo y está perfectamente adaptado para vivir en rebaño,
-reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos reconocidamente
-útiles para la domesticidad. Así como el inferior hereda el «alma
-de la especie», el mediocre adquiere el «alma de la sociedad». Su
-característica es imitar á cuantos le rodean: pensar con cabeza ajena.
-
-El superior es un accidente provechoso para la evolución humana. Es
-original é imaginativo, desadaptándose del medio social en la medida de
-su propia variación. Ésta se sobrepone á los atributos hereditarios del
-«alma de la especie» y á las adquisiciones imitativas del «alma de la
-sociedad», constituyendo las aristas singulares del «alma individual»
-que lo distingue dentro de su grey. Es idealista, precursor de nuevas
-formas de perfección: piensa mejor que la sociedad en que vive.
-
-
-III.--FUNCIÓN SOCIAL DE LA MEDIOCRIDAD.
-
-Todo lo que existe es necesario. Los mediocres son útiles para el
-equilibrio social: poco importa que ellos se cuenten por millares y
-los idealistas en dedos de una mano. Sin la sombra ignoraríamos el
-valor de la luz. La infamia nos induce á respetar la virtud; la miel no
-sería dulce si el acíbar no enseñara á paladear la amargura; admiramos
-el vuelo del águila porque conocemos el arrastramiento de la oruga;
-encanta más el gorjeo del ruiseñor cuando se ha escuchado el silbido de
-la serpiente. De igual manera todo hombre posee un valor de contraste,
-si no lo tiene de afirmación; es un detalle necesario en la infinita
-evolución del protohombre al superhombre. El mediocre, peldaño social
-entre el imbécil y el genio, representa un progreso comparado con el
-primero y ocupa su rango si le comparamos con el segundo. Si fuera
-inútil no existiría: la selección natural habríale exterminado. Ello
-no ocurre. Sus idiosincracias son relativas al medio y al momento en
-que actúa. Es tan necesario para la sociedad como las palabras para el
-estilo; pero no basta alinearlas para crearlo. La mediocridad yace en
-el diccionario; el estilo es una originalidad individual.
-
-Los temperamentos idealistas, románticos, imaginativos, sea cual fuere
-su escuela filosófica ó su credo literario, le son hostiles. Toda moral
-individualista ó estética condena la mediocridad: desde Renán y Hugo
-hasta Guyau y Flaubert. La creación de belleza es un esfuerzo original;
-la historia del arte conserva los nombres de pocos creadores y olvida á
-innúmeros secuaces que los imitan.
-
-Pero ante la moral social, utilitaria siempre, los mediocres encuentran
-una justificación, como todo lo que existe por necesidad. El contraste
-eterno entre las fuerzas que pujan en las sociedades humanas, se
-traduce por la lucha entre dos grandes actitudes que agitan la
-mentalidad colectiva: el espíritu conservador ó rutinario y el espíritu
-original ó de rebeldía.
-
-Bellas páginas les consagró Dorado. Cree imposible dividir la
-humanidad en dos categorías de hombres, los unos rebeldes en todo y
-los otros en todo rutinarios; si así fuera, no sabría decirse cuáles
-interpretan mejor la vida. No es factible un vivir inmóvil de gentes
-todas conservadoras, ni lo es un instable ajetreo de rebeldes é
-insumisos, para quienes nada existente sea bueno y ningún sendero
-digno de seguirse. Es verosímil que ambas fuerzas sean igualmente
-imprescindibles. Obligados á elegir, ¿obtendría la preferencia una
-actitud conservadora? La originalidad necesita un contrapeso robusto
-que prevenga sus excesos; habría ligereza en fustigar á los hombres
-metódicos y de paso tardío si ellos constituyeran los tejidos sociales
-más resistentes, soporte de los otros. Lo mismo que en los organismos,
-los distintos elementos sociales se sirven mutuamente de sostén; en vez
-de mirarse como enemigos debieran considerarse cooperadores en una obra
-única, pero complicada. Si en el mundo no hubiera más que rebeldes, no
-podría marchar; tornárase imposible la rebeldía si faltara contra quien
-rebelarse. Y, sin los innovadores, ¿quién empujaría el carro de la
-vida, sobre el que van aquéllos tan satisfechos? En vez de combatirse,
-ambas partes debieran advertir que ninguna tendría motivo de existir
-como la otra no existiese. El conservador sagaz puede bendecir al
-revolucionario, tanto como éste á él. He aquí una nueva base para la
-tolerancia: cada hombre necesita de su enemigo.
-
-Si tuvieran igual razón de ser los rutinarios y los originales, como
-arguye el pensador español, su justificación estaría hecha. Ser
-mediocre no es una culpa; su conducta es legítima. ¿Acertarán los que
-sacan á su vida el mayor jugo y procuran pasar lo mejor posible sus
-cortos días sobre la tierra, sin preocuparse de sus prójimos ni de las
-generaciones posteriores? ¿Es pecado obrar de ese modo? ¿Pecan, tal
-vez, los que no piensan en sí y viven para los demás: los abnegados y
-altruístas, los que sacrifican sus goces y fuerzas en beneficio ajeno,
-renunciando á sus comodidades y aun á su vida, como suele ocurrir?
-Por indefectible que sea pensar en el mañana y dedicarle cierta parte
-de nuestros esfuerzos, es imposible dejar de vivir en el presente,
-pensando en él, siquiera en gran parte. Antes que las generaciones
-venideras están las actuales; otrora fueron futuras y para ellas
-trabajaron las pasadas.
-
-Ese razonamiento, aunque sanchesco, es respetable; el psicólogo
-nada podría oponerle si el idealismo y la mediocridad no tuviesen
-un valor moral. Cada individuo habla el idioma de su conveniencia
-inmediata; pero el moralista usa otra lengua y sus juicios de valor
-traducen conceptos colectivos que califican la conducta individual.
-Evidentemente, cada hombre es como es y no podría ser de otra manera;
-tiene tanta culpa de su delito el asesino como de su creación el genio.
-El original y el rutinario, el holgazán y el laborioso, el malo y el
-bueno, el generoso y el avaro, todos lo son á pesar suyo; no lo serían
-si el equilibrio de la sociedad lo impidiese.
-
-¿Por qué, entonces, la humanidad admira á los santos, á los genios y
-á los héroes, á todos los que inventan, enseñan ó plasman, á los que
-piensan en el porvenir, lo encarnan en un ideal ó forjan un imperio, á
-Sócrates y á Cristo, á Aristóteles y á Bacon, á César y á Napoleón? Los
-aplaude porque tiene una moral, una tabla de valores que aplica para
-juzgar á cada uno de sus componentes, no ya según las conveniencias
-particulares, sino según su utilidad social. En cada pueblo y en cada
-época la medida de lo excelso está en los ideales de perfección que se
-denominan genio, heroísmo y santidad.
-
-Los mediocres deben ser juzgados por la intérlope función que
-desempeñan en la sociedad: abiertamente nociva á todo idealismo que
-importe un esfuerzo hacia cualquier perfección. En el prolegómeno de su
-ensayo sobre el genio y el talento, Nordau hace el elogio irónico de
-los mediocres, asignándoles una función moderadora, como si estuvieran
-destinados á contener el impulso creador de los hombres superiores y
-las tendencias destructivas de los sujetos antisociales. Para toda
-mente elevada el «filisteo» es la bestia negra; en esa hostilidad
-ve una evidente ingratitud. El mediocre es útil; con un poco de
-benevolencia podría concedérsele esa relativa belleza de las cosas
-perfectamente adaptadas á su objeto. Es el fondo de perspectiva en
-el paisaje social. De su exigüidad estética depende todo el relieve
-adquirido por las figuras que ocupan el primer plano. Los ideales
-de los hombres superiores permanecerían en estado de quimeras si no
-fuesen recogidos y realizados por filisteos desprovistos de iniciativas
-personales: éstos viven esperando--con encantadora ausencia de ideas
-propias--los impulsos y las sugestiones de los cerebros luminosos. El
-rutinario no cede fácilmente á las instigaciones de los originales;
-pero su misma inercia es garantía de que sólo recoge las ideas
-convenientes al bienestar social. Su gran culpa consiste en que se
-le encuentra sin necesidad de buscarlo; su número es inmenso. Su
-inteligencia es un espejo en que se reflejan todas las similares. Á
-pesar de todo, es necesario; constituye el público de esta comedia
-humana en que los hombres superiores avanzan hasta las candilejas,
-buscando su aplauso y su sanción. Nordau llega hasta decir con fina
-ironía: «Cada vez que algunos hombres de genio se encuentren reunidos
-en torno de una mesa de cervecería, su primer brindis, en virtud del
-derecho y de la moral, debiera ser para el hombre mediocre.»
-
-Es tan exagerado ese criterio irónico que proclama su conspicuidad,
-como el criterio estético que lo relega á la más baja esfera mental,
-confundiéndolo con el hombre inferior. Entre ambos extremos fluctúa
-su posición ecuánime. Individualmente considerado, á través del
-lente moral y estético, el hombre mediocre es una entidad negativa y
-deleznable; tomada la mediocridad en su conjunto, las sociedades pueden
-reconocerle funciones indispensables para su equilibrio.
-
-Merece esa justicia. ¿La continuidad de la vida social sería posible
-sin esa compacta masa de hombres puramente imitativos, capaces de
-conservar los hábitos rutinarios que la sociedad les transfunde
-mediante la educación? El mediocre no inventa nada, no crea, no empuja,
-no rompe, no encendra; pero, en cambio, custodia celosamente el armazón
-de automatismos, prejuicios y dogmas acumulados durante siglos,
-defendiendo ese capital común contra el acecho de los inadaptables.
-Su rencor á los creadores compénsase por su resistencia á los
-destructores. Los hombres mediocres desempeñan en la historia humana
-el mismo papel que la herencia en la evolución biológica: conservan
-y transmiten las variaciones más útiles para la continuidad del
-grupo social. Constituyen una fuerza destinada á contrastar el poder
-disolvente de los inferiores y á contener las anticipaciones atrevidas
-de los visionarios. La conexión del conjunto los necesita, como un
-mosaico bizantino al cemento que lo sostiene. Pero el cemento no es el
-mosaico.
-
-Su acción sería nula sin el esfuerzo fecundo de los originales, de los
-que inventan lo imitado después por ellos. Sin los mediocres no habría
-estabilidad en las sociedades; sin los superiores no puede concebirse
-el progreso. La civilización sería inexplicable en una raza constituida
-por hombres sin iniciativa. Evolucionar es variar; solamente se varía
-mediante la invención. Los hombres imitativos limítanse á atesorar las
-conquistas de los originales; la utilidad del mediocre está subordinada
-á la existencia del superior, como la fortuna de los libreros estriba
-en el ingenio de los escritores. El «alma social» es una empresa
-anónima que explota las creaciones de pocas «almas individuales»,
-resumiendo las experiencias adquiridas y enseñadas por los innovadores.
-
-Son la minoría éstos. Pero son levaduras de mayorías venideras. Las
-rutinas defendidas hoy por los mediocres, son simples glosas colectivas
-de ideales concebidos ayer por hombres originales. El grueso del rebaño
-social va ocupando, á paso de tortuga, las posiciones atrevidamente
-conquistadas mucho antes por sus centinelas perdidos en la distancia;
-y éstos ya están muy lejos cuando la masa cree asentar el paso á su
-retaguardia. Lo que ayer fué ideal contra una rutina, será mañana
-rutina á su vez, contra otro ideal. Indefinidamente.
-
-Si los hábitos resumen la experiencia pasada de pueblos y hombres,
-dándoles unidad, los ideales orientan su experiencia venidera y marcan
-su probable destino. Los idealistas y los rutinarios son factores
-igualmente indispensables, aunque los unos recelen de los otros. Se
-complementan en la evolución social, magüer se miren con adversaria
-oblicuidad. Si los primeros hacen más para el porvenir, los segundos
-interpretan mejor el pasado. La evolución de una sociedad, espoloneada
-por el afán de perfección y contenida por tradiciones difícilmente
-removibles, detendríase sin el uno y se interrumpiría sin las otras.
-
-
-IV.--LA VULGARIDAD.
-
-La psicología de los hombres mediocres caracterízase por rasgos
-comunes. La incapacidad de concebir una perfección impídeles formarse
-un ideal. Son rutinarios, honestos y mansos; piensan con la cabeza de
-los demás, comparten la ajena hipocresía moral y ajustan su carácter á
-las domesticidades convencionales. Están fuera de su órbita el ingenio,
-la virtud y la dignidad, privilegios de los caracteres excelentes;
-sufren de ellos y los desdeñan. Son ciegos para las auroras, opacos á
-las originalidades é insensibles á las emociones; ignoran la quimera,
-el anhelo y la pasión. Condenados á vegetar sin ideales, no sospechan
-que hay cumbres más allá de sus horizontes.
-
-El horror de lo desconocido los ata á mil prejuicios, tornándoles
-timoratos é indecisos; nada aguijonea su curiosidad; carecen de
-iniciativa y miran siempre al pasado, como si tuvieran los ojos en la
-nuca.
-
-Son incapaces de virtud; no la conciben ó les exige demasiado esfuerzo.
-Ningún afán de santidad alborota la sangre en su corazón; á veces no
-delinquen por incapacidad de afrontar el remordimiento.
-
-No vibran á las tensiones más altas de la energía; son fríos, aunque
-ignoren la serenidad; apáticos, sin ser previsores; acomodaticios
-siempre, nunca equilibrados. No saben estremecerse de escalofrío bajo
-una tierna caricia, ni avalancharse de indignación ante una ofensa.
-
-No viven su vida por sí mismos, sino para el fantasma que proyectan en
-la opinión de sus similares. Carecen de línea original; su personalidad
-se borra como un trazo de carbón bajo el esfumino, hasta desaparecer.
-Trocan su honor por una prebenda y olvidan su dignidad por evitarse un
-peligro; renuncian á la gloria misma si ella tiene por precio gritar
-la verdad frente al error de una turba. Su cerebro y su corazón están
-entorpecidos por igual, como los polos de un imán gastado.
-
-Cuando se arrebañan son peligrosos. La fuerza del número obvía su
-febledad individual: acomúnanse por millares para ensombrecer á
-cuantos no cristalizan en las retortas de la mediocridad ó desdeñan
-encadenar su mente con los infinitos eslabones de la rutina. Épocas
-hay en que el equilibrio social rompe en su favor; los ideales se
-agostan, la dignidad se ausenta. El ambiente tórnase refractario á
-todo afán de perfección. Los hombres mediocres tienen su primavera
-florida: hay un clima de la mediocridad. Los estados conviértense en
-mediocracias; la falta de aspiraciones, que mantengan el nivel de moral
-y de cultura, ahonda la ciénaga constantemente. Ningún idealismo es
-respetado. Si un filósofo pone su ideal en la verdad, tiene que luchar
-contra la rutina de los cerebros mediocres; si un santo persigue la
-virtud, se astilla contra los prejuicios morales del hombre honesto;
-si el artista sueña nuevas formas, ritmos ó armonías, ciérranle el
-paso las reglamentaciones oficiales de la belleza; si el enamorado
-quiere amar escuchando su corazón, se estrella contra las dogmáticas
-hipocresías del convencionalismo social; si un juvenil impulso de
-energía lleva á inventar, á crear, á regenerar, la vejez conservadora
-atájale el paso; si alguien, con gesto decisivo, enseña la dignidad,
-la turba de los serviles le ladra; al que sigue con pasión una ruta de
-perfeccionamiento, los envidiosos le carcomen con saña malévola; si el
-destino llama á un genio, á un santo ó á un héroe para reconstituir una
-raza ó un pueblo, las mediocracias tácitamente regimentadas le resisten
-é intentan borrarle de la historia para encumbrar á sus propios
-arquetipos. Todo idealismo encuentra en esos climas su Tribunal del
-Santo Oficio.
-
-La vulgaridad es el aguafuerte de la mediocridad. En la ostentación
-de lo mediocre reside la psicología de lo vulgar; basta insistir en
-los rasgos suaves de la acuarela para tener el aguafuerte. Diríase
-que es una reviviscencia de antiguos atavismos. Los hombres se
-vulgarizan cuando reaparece en su carácter lo que fué mediocridad en
-las generaciones ancestrales. Los vulgares son mediocres de razas
-primitivas. Habrían sido perfectamente adaptados en sociedades
-salvajes, pero carecen de la domesticación que les confundiría con
-sus contemporáneos. Se puede ser rutinario, honesto y manso, sin ser
-decididamente vulgar; el mediocre conserva una dócil aclimatación en
-su rebaño. La vulgaridad es un envilecimiento de los estigmas comunes á
-todo ser gregario; sólo aparece cuando las sociedades se desequilibran
-en desfavor del idealismo. Es el renunciamiento al pudor de lo innoble.
-Ningún ajetreo original la conmueve. Desdeña las dignidades altivas
-y los romanticismos comprometedores. Su mueca es fofa, su palabra
-muda, su mirar opaco. Ignora el perfume de la flor, la inquietud de
-las estrellas, la gracia de la sonrisa, el rumor de las alas. Es la
-inviolable trinchera opuesta al florecimiento del ingenio y del buen
-gusto; es el altar donde oficia Panurgo y cifra su ensueño Bertoldo en
-servirle de monaguillo.
-
-La vulgaridad es el blasón nobiliario de los hombres ensoberbecidos
-de su mediocridad; la custodian como al tesoro el avaro. Ponen su
-mayor jactancia en exhibirla, sin sospechar que es su afrenta. Estalla
-inoportuna en la palabra ó en el gesto, rompe en un sólo segundo el
-encanto preparado en muchas horas, aplasta bajo su zarpa toda eclosión
-luminosa del espíritu. Incolora, sorda, ciega, insensible, nos rodea
-y nos acecha; deléitase en lo grotesco, vive en lo turbio, se agita
-en las tinieblas. Es al espíritu lo que al cuerpo son los defectos
-físicos, la cojera ó el estrabismo: es incapacidad de pensar y de
-amar, ausencia de gusto, incomprensión de lo bello, desperdicio de la
-vida, toda la sordidez. La conducta, en sí misma, no es distinguida
-ni vulgar; la intención ennoblece los actos, los eleva, los idealiza
-y, en otros casos, determina su vulgaridad. Ciertos gestos, que en
-circunstancias ordinarias serían sórdidos, pueden resultar poéticos,
-épicos; cuando Cambronne, invitado por el enemigo á rendirse, responde
-su palabra memorable, se eleva á un escenario homérico y resulta
-sublime.
-
-Los hombres vulgares querrían pedir á Circe los brebajes con que
-transformó en cerdos á los compañeros de Ulises, para recetárselos á
-todos los que poseen un ideal. No constituyen una secta ó una clase.
-Los hay en todas partes y siempre que la ausencia de ideales produce
-un recrudecimiento de la mediocridad: entre la púrpura lo mismo que
-entre la escoria, en la avenida y en el suburbio, en los parlamentos
-y en las cárceles, en las universidades y en los pesebres. En ciertos
-momentos osan llamar ideales á sus apetitos, como si la urgencia
-de satisfacciones inmediatas pudiera confundirse con el afán de
-perfecciones infinitas. Los apetitos se hartan; los ideales nunca.
-
-Repudian las cosas líricas porque obligan á pensamientos muy altos y á
-gestos demasiado dignos. Son incapaces de epicureísmos: su frugalidad
-es un cálculo para gozar más tiempo de los placeres, reservando mayor
-perspectiva de goces para la vejez impotente. Su generosidad es siempre
-dinero dado á usura. Su amistad es una complacencia servil ó una
-adulación provechosa. Cuando creen practicar alguna virtud degradan
-la honestidad misma, afeándola con algo de miserable ó bajo que la
-reblandece.
-
-Admiran el utilitarismo. Puestos á elegir, nunca seguirán el camino que
-les indique su propia inclinación, sino el que les marca el cálculo de
-sus iguales. Ignoran que toda grandeza de espíritu exige la complicidad
-del corazón. Los ideales irradian siempre un gran calor; sus
-prejuicios, en cambio, son fríos, porque son ajenos. Un pensamiento no
-fecundado por la pasión es como los soles de invierno: alumbran, pero
-bajo sus rayos se puede morir helado. La bajeza del propósito rebaja el
-mérito de todo esfuerzo y aniquila las cosas elevadas. Excluyendo el
-ideal queda suprimida la posibilidad de lo sublime. La vulgaridad es un
-cierzo que hiela todo germen de poesía capaz de embellecer la vida.
-
-El hombre sin ideales hace del arte un oficio, de la ciencia un
-comercio, de la filosofía un instrumento, de la virtud una empresa,
-de la caridad una fiesta, del placer un sensualismo. La vulgaridad
-transforma el amor de la vida en pusilanimidad, la prudencia en
-cobardía, el orgullo en vanidad, el respeto en servilismo. Lleva
-á la ostentación, á la avaricia, á la falsedad, á la avidez, á la
-simulación; detrás del hombre mediocre asoma el antepasado salvaje que
-conspira en su interior, acosado por el hambre de atávicos instintos y
-sin otra aspiración que el hartazgo.
-
-En esas crisis, mientras la mediocridad tórnase atrevida y militante,
-los idealistas viven desorbitados, esperando otro clima. Enseñan á
-purificar la conducta en el filtro de un ideal; imponen su respeto
-á los que no pueden concebirlo. En el culto de los genios, de los
-santos y de los héroes, tienen su arma; despertándolo, señalando
-ejemplos á las inteligencias y á los corazones, puede amenguarse en
-las mediocracias la omnipotencia de la vulgaridad. En toda larva puede
-soñar una mariposa. Los hombres que vivieron en perpetuo florecimiento
-de virtud, revelan que la vida puede ser intensa y conservarse digna;
-dirigirse á la cumbre, sin encharcarse en lodazales tortuosos;
-encresparse de pasión, tempestuosamente, como el océano, sin que la
-vulgaridad enturbie las aguas cristalinas de la ola, sin que el rutilar
-de sus fuentes sea opacado por el limo.
-
-En una meditación de viaje, oyendo silbar el viento entre las jarcias,
-la humanidad nos pareció comparable á un velero que cruza el tiempo
-infinito, ignorando su punto de partida y su destino remoto. Sin velas,
-sería estéril la pujanza del viento; sin viento, de nada servirían
-las lonas más amplias. La mediocridad es el complejo velamen de las
-sociedades, la resistencia que éstas oponen al viento para utilizar su
-pujanza; la energía que infla las velas, y arrastra el buque entero,
-y lo conduce, y lo orienta, son los idealistas: siempre resistidos
-por aquélla. Así--, resistiéndolos, como las velas al viento--, los
-rutinarios aprovechan el empuje de los creadores. El progreso humano es
-la resultante de ese contraste perpetuo entre masas inertes y energías
-propulsoras.
-
-
-
-
-LA MEDIOCRIDAD INTELECTUAL
-
-I. EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.--II. LOS ESTIGMAS
-MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.--III. LA MALEDICENCIA: UNA ALEGORÍA DE
-BOTTICELLI.--IV. EL ÉXITO Y LA GLORIA.
-
-
-I.--EL HOMBRE RUTINARIO: PSICOLOGÍA DE LOS PANZA.
-
-La Rutina es un esqueleto fósil cuyas piezas resisten á la carcoma de
-los siglos. No es hija de la experiencia; es su caricatura. La una
-es fecunda y engendra verdades; estéril la otra y las mata. En su
-órbita giran los espíritus mediocres. Evitan salir de ella y cruzar
-espacios nuevos; repiten que es preferible lo malo conocido á lo bueno
-por conocer. Ocupados en disfrutar lo existente, cobran horror á toda
-innovación que turbe su tranquilidad y les procure desasosiegos. La
-ciencia, el heroísmo, las originalidades, los inventos, la virtud
-misma, parécenles instrumentos del mal, en cuanto desarticulan los
-resortes de sus errores: como en los salvajes, en los niños y en las
-clases incultas.
-
-Acostumbrados á copiar escrupulosamente los prejuicios del medio en que
-viven, aceptan sin contralor las ideas destiladas en el laboratorio
-social: como ciertos enfermos de estómago inservible se alimentan con
-substancias ya digeridas en los frascos de las farmacias. Su impotencia
-para asimilar ideas nuevas los constriñe á frecuentar las antiguas.
-La Rutina, síntesis de todos los renunciamientos, es el hábito de
-renunciar á pensar. En los rutinarios todo es menor esfuerzo; la acidia
-aherrumbra su inteligencia. Cada hábito es un riesgo; la familiaridad
-aviene á las cosas detestables y á las personas indignas. Los actos que
-al principio provocaban pudor, acaban por parecer naturales; la retina
-percibe los tonos violentos como simples matices, el oído escucha las
-mentiras con igual respeto que las verdades, el corazón aprende á no
-agitarse por torpes acciones.
-
-Los prejuicios son creencias anteriores á la observación; los juicios,
-exactos ó erróneos, son consecutivos á ella. Todos los individuos
-poseen hábitos mentales; los conocimientos adquiridos facilitan
-los venideros y marcan su rumbo. En cierta medida nadie puede
-sustraérseles. No son prerrogativa de los hombres mediocres; pero
-en ellos representan siempre una pasiva obsecuencia al error ajeno.
-Los hábitos adquiridos por los hombres originales son genuinamente
-suyos, les son intrínsecos: constituyen su criterio cuando piensan
-y su carácter cuando actúan; son individuales é inconfundibles.
-Difieren substancialmente de la Rutina colectiva, siempre perniciosa,
-extrínseca al individuo, común al rebaño: consiste en contagiarse los
-prejuicios que infestan la cabeza de los demás. Aquéllos caracterizan
-á los hombres; ésta empaña á las sombras. El individuo se plasma
-los primeros; la sociedad impone la segunda. La educación oficial
-involucra ese peligro: intenta borrar toda originalidad poniendo
-iguales prejuicios en cerebros distintos. La acechanza persiste en la
-inevitable promiscuación mundana con hombres rutinarios. Flota en la
-atmósfera el contagio mental y acosa por todas partes; nunca se ha
-visto un tonto originalizado por contigüidad y es frecuente que un
-ingenio se amodorre entre pazguatos. Es más contagiosa la mediocridad
-que el talento.
-
-Los rutinarios razonan con la lógica de los demás. Disciplinados por
-el deseo ajeno, encajónanse en su casillero social y se catalogan como
-reclutas en las filas de un regimiento. Son dóciles á la presión del
-conjunto, maleables bajo el peso de la opinión pública que los achata
-como un inflexible laminador. Reducidos á vanas sombras, viven del
-juicio ajeno; se ignoran á sí mismos, limitándose á creerse como los
-creen los demás. Los hombres excelentes, en cambio, desdeñan la opinión
-ajena en la justa proporción en que respetan la propia, siempre más
-severa, ó la de sus iguales.
-
-Son zafios, sin creerse por ello desgraciados. Si no presumieran de
-razonables, su absurdidad enternecería. Oyéndoles hablar una hora
-parece que ésta tuviera mil minutos. La ignorancia es su verdugo,
-como lo fué otrora del esclavo y lo es aún del salvaje; ella los hace
-instrumentos de todos los fanatismos, dispuestos á la domesticidad,
-incapaces de gestos dignos. Enviarían en comisión á un lobo y un
-cordero, sorprendiéndose sinceramente si el lobo volviera solo. Carecen
-de buen gusto y de aptitud para adquirirlo. Si el humilde guía de museo
-no los detiene con insistencia, pasan indiferentes junto á una madona
-del Angélico ó á un retrato de Rembrandt; á la salida se asombran ante
-cualquier escaparate donde haya oleografías de bailarinas españolas ó
-coroneles americanos.
-
-Ignoran que el hombre vale por su saber; niegan que la cultura es la
-más honda fuente de la virtud. No intentan estudiar; sospechan, acaso,
-la esterilidad de su esfuerzo, como esas mulas que por la costumbre
-de marchar al paso han perdido el uso del galope. Su incapacidad de
-meditar acaba por convencerles de que no hay problemas difíciles y
-cualquier reflexión paréceles un sarcasmo; prefieren confiar en su
-ignorancia para adivinarlo todo. Basta que un prejuicio sea inverosímil
-para que lo acepten y lo difundan; cuando creen equivocarse podemos
-jurar que han cometido la imprudencia de pensar. La lectura prodúceles
-efectos de envenenamiento. Sus pupilas se deslizan frívolamente sobre
-centones absurdos; gustan de los más superficiales, de ésos en que nada
-podría aprender un espíritu claro, aunque resultan bastante profundos
-para empantanar al torpe. Tragan sin digerir, hasta el empacho mental;
-ignoran que el hombre no vive de lo que engulle, sino de lo que
-asimila. El atascamiento puede convertirlos en eruditos y la repetición
-darles hábitos de rumiante. Pero apiñar datos no es aprender; tragar
-no es digerir. La más intrépida paciencia no hace de un rutinario un
-pensador; la verdad hay que saberla amar y sentir. Las nociones mal
-digeridas sólo sirven para atorar el entendimiento.
-
-Pueblan su memoria con máximas de almanaque y las resucitan de
-tiempo en tiempo, como si fueran sentencias. Su cerebración precaria
-tartamudea pensamientos adocenados, haciendo gala de simplezas que son
-la espuma inocente de su tontería. Incapaces de espolonear su propia
-cabeza, renuncian á cualquier sacrificio, alegando la inseguridad del
-resultado; no sospechan que «hay más placer en marchar hacia la verdad
-que en llegar á ella».
-
-Sus creencias, amojonadas por los fanatismos de todos los credos,
-abarcan zonas circunscritas por supersticiones pretéritas. Llaman
-ideales á sus prejuicios y principios á sus preocupaciones, sin
-advertir que son simple rutina embotellada, parodias de razón,
-opiniones sin juicio. Representan al sentido común desbocado, sin el
-freno del buen sentido.
-
-Son prosaicos. No tienen afán de perfección: la ausencia de
-ideales impídeles poner en sus actos el grano de sal que poetiza
-la vida. Satúrales esa humana tontería que obsesionaba á Flaubert,
-insoportablemente. La ha descrito en muchos personajes, tanta parte
-tiene en la vida real. Homais y Bournisieu son sus prototipos; es
-imposible juzgar si es más tonto el racionalismo acometivo del
-boticario librepensador ó la casuística untuosa del eclesiástico
-profesional. Por eso los hizo felices, de acuerdo con su doctrina: «Ser
-tonto, egoísta y tener una buena salud, he ahí las tres condiciones
-para ser feliz. Pero si os falta la primera todo está perdido».
-
-Sancho Panza es la encarnación perfecta de esa vulgaridad humana:
-resume en su persona las más conspicuas proporciones de tontería,
-egoísmo y salud. En hora para él fatídica llega á maltratar á su amo,
-en una escena que á todas luces simboliza el desbordamiento villano
-de la mediocridad sobre el idealismo. Horroriza pensar que escritores
-españoles, creyendo mitigar con ello los estragos de la quijotería,
-hanse tornado apologistas del grosero Panza, oponiendo su bastardo
-sentido práctico á los quiméricos ensueños del caballero; hubo quien
-lo encontró cordial, fiel, crédulo, iluso, en grado que lo hiciera
-un símbolo ejemplar de pueblos. ¿Cómo no distinguir que el uno tiene
-ideales y el otro apetitos, el uno dignidad y el otro servilismo, el
-uno fe y el otro credulidad, el uno delirios originales de su cabeza
-y el otro absurdas creencias imitadas de la ajena? Á todos respondió
-Unamuno con honda emoción. En su aguda «vida de Quijote y Sancho» el
-conflicto espiritual entre el señor y el lacayo se resuelve en la
-evocación de las palabras memorables pronunciadas por el primero:
-«asno eres y asno has de ser y en asno has de parar cuando se te acabe
-el curso de la vida»; dicen los biógrafos que Sancho lloró, hasta
-convencerse de que para serlo faltábale solamente la cola. El símbolo
-es cristalino. La moraleja no lo es menos: frente á cada forjador de
-ideales se alinean impávidos mil Sanchos, como si para contener el
-advenimiento de la verdad hubieran de complotarse todas las huestes de
-la rutina.
-
-El resol de la originalidad ciega al hombre mediocre. Huye de los
-pensadores originales, albino ante su luminosa reverberación. Teme
-embriagarse con el perfume de su estilo. Si estuviese en su poder los
-proscribiría en masa, restaurando la Inquisición ó el Terror: aspectos
-equivalentes de un mismo celo dogmatista.
-
-Todos los rutinarios son intolerantes; su exigua cultura los condena
-á serlo. Defienden lo anacrónico y lo absurdo; no permiten que sus
-opiniones sufran el contralor de la experiencia. Llaman hereje al que
-busca una verdad ó persigue un ideal; los negros queman á Bruno y
-Servet, los rojos decapitan á Laplace y Chenier. Ignoran la sentencia
-de Shakespeare: «el hereje no es el que arde en la hoguera, sino el
-que la enciende». La tolerancia es virtud suprema en los que piensan.
-Es difícil para los mediocres; inaccesible. Exige un perpetuo esfuerzo
-de equilibrio ante el error de los demás; enseña á soportar esa
-consecuencia legítima de la falibilidad de todo juicio humano. El que
-ha fatigado mucho para formar sus creencias, sabe respetar el valor
-de las ajenas. La tolerancia es el respeto en los demás de una virtud
-propia; la firmeza de las convicciones reflexivamente adquiridas hace
-estimar en otros un mérito cuyo precio se conoce.
-
-Los hombres rutinarios desconfían de su imaginación, santiguándose
-cuando ésta les atribula con heréticas tentaciones. Reniegan de la
-verdad y de la virtud si ellas demuestran el error de sus prejuicios.
-Su más grave inquietud consiste en perturbarlos. Astrónomos hubo que
-se negaron á mirar el cielo á través del telescopio, temiendo ver
-desbaratados sus errores más firmes.
-
-En toda nueva idea presienten un peligro; si les dijeran que sus
-prejuicios son ideas originales, llegarían á creerlos peligrosos. Esa
-ilusión les hace decir paparruchas con la solemne prudencia de augures
-que temen desorbitar al mundo con sus profecías. Prefieren el silencio
-y la inercia; no pensar es su única manera de no equivocarse. Sus
-cerebros son casas de hospedaje, pero sin dueño; los demás piensan por
-ellos, agradecidos á ese favor.
-
-En todo lo que no hay prejuicios definitivamente consolidados, los
-rutinarios carecen de opinión. Sus ojos no saben distinguir la luz de
-la sombra, como los palurdos no distinguen el oro del dublé: confunden
-la tolerancia con la cobardía, la discreción con el servilismo, la
-complacencia con la indignidad, la simulación con el mérito. Llaman
-sensatos á los que suscriben mansamente los errores consagrados y
-conciliadores á los que renuncian á tener creencias propias. Toda
-opinión que revele una personalidad rectilínea paréceles peligrosa;
-la originalidad en el pensar les produce escalofríos. Comulgan en
-todos los altares, apelmazando creencias incompatibles y llamando
-eclecticismo á sus chafarrinadas; gustan de los juicios reticentes,
-conciliables con pareceres heteróclitos. Los temperamentos amorfos
-conmueven su complicidad más íntima; la maleabilidad de su espíritu
-los seduce y creen descubrir una agudeza particular en el arte de
-no comprometerse con juicios decisivos. No sospechan que la duda
-del hombre superior fué siempre de otra especie, antes ya de que
-lo explicara Descartes; es afán de rectificar los propios errores
-hasta aprender que toda verdad es falible y que los ideales admiten
-perfeccionamientos indefinidos. Los rutinarios, en cambio, no se
-corrigen ni se desconvencen nunca; sus prejuicios son como los
-clavos: cuanto más se golpean más se adentran. Les incomoda ver
-planteados en frases armoniosas algunos de los problemas que suelen
-aceptar en términos triviales, como si tuvieran pudor de la galana
-vestidura. Se tedian con los escritores que dejan rastro donde ponen
-la mano, denunciando una personalidad en cada frase, y mejor si
-intentan subordinar el estilo á las ideas; prefieren las desteñidas
-elucubraciones de los autores apampanados, exentas de las aristas
-que dan relieve á toda forma y cuyo mérito consiste en transfigurar
-vulgaridades mediante barrocos adjetivos. Los infolios desabridos
-les resultan profundos. Si un ideal parpadea en las páginas, si la
-pasión enciende en ellas vibraciones de ascua, si la verdad hace
-crujir el pensamiento en las frases, los libros parécenle material de
-hoguera. Cuando pueden ser un punto luminoso en el porvenir ó hacia
-la perfección, los rutinarios les desconfían. Veneran los mansos
-palimsestos, calcados sobre los que deletrea la humanidad desde que
-se inventó la lectura: los que confirman sus inocentes presunciones y
-halagan sus prejuicios.
-
-Su caja cerebral es un alhajero vacío. No pueden razonar por sí mismos,
-como si el seso les faltara. Una antigua leyenda cuenta que cuando el
-Creador pobló el mundo de hombres, comenzó por fabricar los cuerpos á
-guisa de maniquíes. Antes de lanzarlos á la circulación levantó sus
-calotas craneanas y llenó los cofres con diversas pastas divinas,
-amalgamando las aptitudes y cualidades del espíritu, buenas y malas.
-Fuera imprevisión al calcular las cantidades, ó desaliento al ver los
-primeros ejemplares de su obra maestra, quedaron muchos sin mezcla
-y fueron enviados al mundo sin nada dentro. Tal legendario origen
-explicaría la existencia de hombres cuya cabeza es un simple adorno
-del cuerpo.
-
-Viven de una vida que es no vivir. Crecen y mueren como las plantas.
-Exentos del trabajo de pensar por sí propios, no necesitan ser curiosos
-ni observadores. Son prudentes, por definición, de una prudencia
-desesperante. Si uno de ellos pasara junto al campanario inclinado de
-Pisa, se alejaría de él, temiendo ser aplastado. El hombre original es
-imprudente y se detiene á contemplarlo. Un genio suele ir más lejos:
-trepa al campanario, observa, medita, ensaya, hasta descubrir las leyes
-más altas de la física. Galileo.
-
-Si la humanidad hubiera contado solamente con ellos, nuestros
-conocimientos no excederían de los que tuvo el ancestral «hominidio»
-en las primitivas pampas americanas. La cultura es el fruto de la
-curiosidad, de esa inquietud misteriosa que invita á mirar el fondo
-de todos los abismos. El pavo no es curioso; nunca interroga á la
-naturaleza. Observa Ardigó que las personas vulgares pasan la vida
-entera viendo la luna en su sitio, arriba, sin preguntarse por qué está
-siempre allí, sin caerse; más bien creerán que el preguntárselo no es
-propio de un hombre cuerdo. Dirán que está allí porque es su sitio y
-encontrarán extraño que se busque la explicación de cosa tan natural.
-Sólo el hombre que cometa la incorrección de oponerse al sentido
-común, es decir, un original ó un genio--que en esto se parecen--,
-puede formular la pregunta sacrílega: ¿por qué la luna está allí y
-no se cae? Ese hombre que osa desconfiar de la rutina es Newton, un
-audaz á quien incumbe adivinar algún parecido entre la pálida lámpara
-suspendida en el cielo y la manzana que cae del árbol mecido por la
-brisa. Ningún rutinario habría descubierto que una misma fuerza hace
-girar la luna hacia arriba y caer la manzana hacia abajo.
-
-En esos hombres, inmunes á la pasión de la verdad, supremo ideal á
-que sacrificaron su vida pensadores y filósofos, no caben impulsos de
-perfección. Son como las aguas muertas; se pueblan de gérmenes nocivos
-y acaban por descomponerse. El que no cultiva su mente, va derecho á la
-disgregación del carácter. No desbastar la propia ignorancia es perecer
-en vida; los caracteres mediocres están muertos antes de morir. Las
-tierras fértiles se enmalezan cuando no son cultivadas; los espíritus
-rutinarios se pueblan de prejuicios, que los esclavizan.
-
-
-II.--LOS ESTIGMAS MENTALES DE LA MEDIOCRIDAD.
-
-En el verdadero hombre mediocre, la cabeza es un simple adorno del
-cuerpo. Si nos oye decir que sirve para pensar, cree que estamos locos.
-Diría que lo estuvo Pascal si leyera sus palabras decisivas: «Puedo
-concebir un hombre sin manos, sin pies; llegaría hasta concebirlo
-sin cabeza, si la experiencia no me enseñara que por ella se piensa.
-Es el pensamiento lo que caracteriza al hombre; sin él no podemos
-concebirlo.» (_Pensées_; XXIII.) Si de esto dedujéramos que quien no
-piensa no existe, la conclusión desternillaría de risa á cualquier
-hombre satisfecho de su mediocridad.
-
-Nacido sin el «esprit de finesse», desesperaríase en vano por
-adquirirlo. Carece de perspicacia adivinadora; está condenado á no
-adentrarse en las cosas ó en las personas. Su tontería no presenta
-soluciones de continuidad. Cuando la envidia le corroe, puede
-atornasolarse de agridulces perversidades; fuera de tal caso, diríase
-que el armiño de su estupidez no presenta una sola mancha de ingenio.
-
-El mediocre es solemne. En la pompa grandílocua de las exterioridades
-busca un disfraz para su íntima oquedad; reviste de fofa retórica
-los mínimos actos y pronuncia palabras insubstanciales, como si la
-Humanidad entera quisiese oirlas. Las mediocracias exigen de sus
-actores cierta seriedad convencional, resorte indispensable de la
-fantasmagoría colectiva. Los mediocres lo saben: se adaptan á ser esas
-vacuas «personalidades de respeto», certeramente acribilladas por
-Stirner y expuestas por Nietzsche á la burla de todas las posteridades.
-Nada hacen por dignificarse, afanándose por inflar su fantasma
-social. Esclavos de la sombra que sus apariencias han proyectado en
-la opinión de los demás, acaban por preferirla á sí mismos. Ese culto
-de la sombra oblígalos á vivir en continua alarma; suponen que basta
-un momento de distracción para comprometer la obra pacientemente
-elaborada en muchos años. Detestan la risa, temerosos de que el gas
-pueda escaparse por la comisura de los labios y el globo se desinfle.
-Destituirían á un funcionario del Estado si le sorprendieran leyendo
-á Bocaccio, Quevedo ó Rabelais; creen que el buen humor compromete la
-respetuosidad y estimula el hábito anarquista de reir. Constreñidos
-á vegetar en horizontes estrechos, llegan hasta desdeñar todo lo
-ideal y todo lo agradable, en nombre de lo inmediatamente provechoso.
-Su miopía mental impídeles comprender el equilibrio supremo entre
-la elegancia y la fuerza, la belleza y la sabiduría. «Donde creen
-descubrir las gracias del cuerpo, la agilidad, la destreza, la
-flexibilidad, rehusan los dones del alma: la profundidad, la reflexión,
-la sabiduría. Borran de la historia que el más sabio y el más virtuoso
-de los hombres--Sócrates--bailaba.» Esta aguda advertencia de
-Montaigne, en los _Ensayos_, mereció una corroboración de Pascal en sus
-_Pensamientos_: «Ordinariamente suele imaginarse á Platón y Aristóteles
-con grandes togas y como personajes graves y serios. Eran buenos
-sujetos, que jaraneaban, como los demás, en el seno de la amistad.
-Escribieron sus leyes y sus tratados de política para distraerse y
-divertirse; esa era la parte menos filosófica de su vida. La más
-filosófica era vivir sencilla y tranquilamente.» El hombre mediocre que
-renunciara á su solemnidad, quedaría desorbitado; no podría vivir.
-
-Son modestos, por principio. Pretenden que todos lo sean, exigencia
-tanto más fácil por cuanto la modestia sobra en ellos, desprovistos de
-méritos verdaderos. Consideran tan nocivo al que proclama las propias
-superioridades en voz alta como al que se ríe de sus convencionalismos
-suntuosos. Llaman modestia á la prohibición de reclamar los derechos
-naturales del genio, de la santidad ó del heroísmo. Las únicas víctimas
-de esa falsa virtud son los hombres excelentes, constreñidos á no
-pestañear mientras los mediocres empañan su gloria. Para los imbéciles
-nada más fácil que ser modestos: lo son por necesidad irrevocable;
-los más inflados lo fingen por cálculo, considerando que esa actitud
-es el complemento necesario de la solemnidad y deja sospechar la
-existencia de méritos pudibundos. Heine dijo: «Los charlatanes de la
-modestia son los peores de todos.» Y Goethe sentenció: «Solamente los
-bribones son modestos». Ello no obsta para que esa reputación sea un
-tesoro en las mediocracias. Se presume que el modesto nunca podrá ser
-original, ni alzará su palabra, ni tendrá opiniones peligrosas, ni
-desaprobará á los que gobiernan, ni blasfemará de los prejuicios: el
-hombre que se inviste de esa toga hipócrita renuncia á vivir más de lo
-que le permitan sus cómplices. Hay, es cierto, otra forma de modestia,
-estimable como virtud legítima: es el afán decoroso de no gravitar
-sobre los que nos rodean, sin declinar por ello la más leve partícula
-de nuestra dignidad. Tal modestia es un simple respeto de sí mismo y de
-los demás. Esos hombres son raros; comparados con los falsos modestos,
-son como los tréboles de cuatro hojas. Fracasados hay que se creen
-genios no comprendidos y se resignan á ser modestos para no estorbar
-á la mediocracia que puede hacerlos funcionarios; y son mediocres, lo
-mismo que los otros, con más la cataplasma de la modestia sobre las
-úlceras de su mediocridad. En ellos, como sentenció La Bruyère, «la
-falsa modestia es el último refinamiento de la vanidad.» La mentira de
-Tartarín es ridícula; pero la de Tartufo es ignominiosa.
-
-Adoran el sentido común, sin saber de seguro en qué consiste;
-confúndenlo con el buen sentido, que es su antítesis. Dudan cuando
-los demás resuelven dudar y son eclécticos cuando los otros lo son:
-llaman eclecticismo al sistema de los que, no atreviéndose á tener
-ninguna opinión, se apropian de todas un poco y creen así estar á
-cubierto de las más inesperadas contingencias. Temerosos de pensar,
-como si fincase en ello el pecado mayor de los siete capitales, pierden
-la aptitud para todo juicio; cuando un mediocre llega á juez, aunque
-comprenda que su deber es hacer justicia, se esclaviza á las rutinas
-del sistema y cumple con su oficio: no hacerla nunca y embrollarla con
-frecuencia. El temor de la exageración lo lleva á simpatizar con la
-apatía y la indiferencia; bueno es desconfiar del hipócrita que elogia
-todo y del fracasado que todo lo encuentra detestable; pero es cien
-veces menos estimable el hombre incapaz de un sí y de un no, el que
-vacila para admirar lo digno y detestar lo miserable. En el primer
-capítulo de los _Caracteres_ parece referirse á ellos La Bruyère, en
-un párrafo copiado por Hello: «Pueden llegar á sentir la belleza de un
-manuscrito que se les lee, pero no osan declararse en su favor hasta
-que hayan visto su curso en el mundo y escuchado la opinión de los
-presuntos competentes; no arriesgan su voto, quieren ser llevados por
-la multitud. Entonces dicen que han sido los primeros en aprobar la
-obra y cacarean que el público es de su opinión.» Temerosos de juzgar
-por sí mismos, se consideran obligados á dudar de los jóvenes; ello no
-les impide, después de su triunfo, decir que fueron sus descubridores.
-Entonces prodíganles juramentos de esclavitud, que llaman palabras de
-estímulo: son el homenaje de su pavor inconfesable. Su protección á
-toda superioridad ya irresistible, es un anticipo usurario sobre la
-gloria segura: prefieren tenerla propicia á sentirla hostil.
-
-Hacen mal por imprevisión ó por inconsciencia, como los niños que
-matan gorriones á pedradas. Traicionan por descuido. Comprometen por
-distracción. Son incapaces de guardar un secreto; confiárselo equivale
-á ocultar un tesoro en caja de vidrio. Si la vanidad no les tienta,
-suelen atravesar la penumbra sin herir ni ser heridos, llevando á
-cuestas cierto optimismo de Pangloss. Á fuerza de paciencia pueden
-adquirir alguna aptitud parcial, como esos autómatas perfeccionados
-que honran á la juguetería moderna: podría concedérseles una especie
-de talento sin talento, quisicosa del ser y del no ser, intermediaria
-entre una estupidez complicada y una habilidad inocente. Juzgan las
-palabras sin advertir que ellas se refieren á cosas; admiten con
-un nombre lo que repudian con otro. Creen aceptar una idea que no
-comprenden, rebelándose avergonzados ante sus naturales consecuencias.
-En sus juicios sustituyen la significación ficticia al sentido real; se
-convencen de lo que tiene un sitio marcado en su mollera y muéstranse
-esquivos á lo que no encaja en las denominaciones ó categorías que ya
-cuadriculan su espíritu. Son feligreses de la palabra; no ascienden
-á la idea ni conciben el ideal. Su mayor ingenio es siempre verbal y
-sólo llegan al chascarrillo, que es una prestidigitación de palabras;
-tiemblan ante los que pueden jugar con las ideas y producir esa suprema
-gracia del espíritu que es la paradoja. Mediante ésta se descubren los
-puntos de vista que permiten conciliar los contrarios y se enseña la
-única noción absoluta: toda verdad es relativa al que la cree y sus
-contrarias pueden, para otro, ser verdades al mismo tiempo.
-
-La mediocridad intelectual hace al hombre solemne, modesto, incoloro y
-obtuso. Esas cualidades le hacen temer el asombro, rehuir el peligro.
-Cuando no le envenena la vanidad y la envidia, diríase que duerme sin
-soñar. Pasea su vida por las llanuras; evita mirar desde las cumbres
-que escalan los videntes y asomarse á los abismos que sondan los
-elegidos. Vive entre los engranajes de la rutina.
-
-
-III.--LA MALEDICENCIA.
-
-Mientras se limitan á vegetar, agobiados como cariátides bajo el peso
-de sus atributos, los hombres mediocres escapan á la reprobación y
-á la alabanza. Circunscritos á su órbita, son tan respetables como
-los demás objetos que nos rodean. No hay culpa en nacer sin dotes
-excepcionales; no puede exigírseles que trepen las cuestas riscosas
-por donde ascienden los preclaros ingenios. Merecen la indulgencia
-de los espíritus privilegiados, que tampoco la rehusan á los
-imbéciles inofensivos. Éstos últimos, con ser más indigentes, podrían
-justificarse ante un optimismo risueño: zurdos en todo, rompen el tedio
-y hacen parecer la vida menos larga, divirtiendo á los ingeniosos y
-ayudándolos á andar el camino. Son buenos compañeros y desopilan el
-bazo durante la marcha; habría que agradecerles los servicios que
-prestan sin sospecharlo. Los mediocres, lo mismo que los imbéciles, son
-acreedores á esa amable tolerancia mientras se mantienen á la capa.
-Cuando renuncian á imponer sus rutinas son admirables ejemplares del
-rebaño humano, siempre dispuestos á ofrecer su lana á los pastores.
-
-Desgraciadamente, suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden
-tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de que otros marquen el
-paso á compás de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y
-nocivos. Detestan á los que no pueden igualar, como si les ofendieran
-con superarles. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos;
-la exigüidad del propio valimiento les induce á roer el mérito ajeno.
-Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar
-que nunca es más vil la conducta humana; basta ese rasgo para
-distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita
-del virtuoso, al villano del gentil hombre. Los lacayos pueden hozar en
-la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.
-
-Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia: _La calumnia_
-invita á meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de
-los Oficios parecen resonar las palabras que Sandro Botticelli--no
-lo dudemos--quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la
-víctima: en su encono está la medida de tu mérito...
-
-La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame
-gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía
-la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo
-implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través
-hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre, sola y desnuda,
-la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella
-levanta su índice al cielo en una tranquila apelación á la justicia
-divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella,
-en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas
-orejas á la Ignorancia y la Sospecha.
-
-En esta apasionada reconstrucción de un cuadro de Apeles, descrito
-por Luciano, parece adquirir dramáticas firmezas el suave pincel que
-desborda dulzuras en la «Virgen del Granado» y el «San Sebastián,»
-invita al remordimiento con «La Abandonada,» santifica la vida y el
-amor en la «Alegoría de la Primavera» y el «Nacimiento de Venus.»
-
-Los mediocres, más inclinados á la hipocresía que al odio, prefieren
-la maledicencia sorda á la calumnia violenta. Sabiendo que ésta
-es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es
-subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador
-desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se
-aparta de la mediocridad, es antisocial, es delincuente; el otro se
-encubre en la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.
-
-Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs,
-en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando á
-todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan á media voz, con
-recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando á
-puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es
-una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos:
-sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más
-equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son
-calificativos pavorosos.
-
-Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con la serenidad
-de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores,
-diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar
-de espaldas, un fruncir la frente como suscribiendo á la posibilidad
-del mal, bastan para macular la probidad de un hombre ó el honor de
-una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores,
-está seguro de la impunidad: por eso es despreciable. No afirma,
-pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace,
-contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente
-con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge á
-la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro
-y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes
-íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que
-asoma como una erupción en sus labios irritados, hasta que de toda la
-boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de
-lengua, un estilete.
-
-Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara á cara una
-injuria, el que denuncia á voces un vicio ajeno, el que acepta los
-riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester
-temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras
-menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: templan
-su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores
-imputaciones. Tal bajeza en el pensar es una insidiosa manera de
-practicar el mal, de efectuarlo potencialmente, sin el valor de la
-acción rectilínea.
-
-Si estos basiliscos parlantes poseen algún barniz de cultura,
-pretenden encubrir su infamia con el pabellón de la espiritualidad.
-Vana esperanza; están condenados á perseguir la gracia y tropezar con
-la perfidia. Su burla no es sonrisa, es mueca. El ejercicio puede
-tornarles fácil la malignidad zumbona, pero ella no se confunde con
-la ironía sagaz y justa. La ironía es la perfección de la gracia,
-una convergencia de intención y de sonrisa, aguda en la oportunidad
-y justa en la medida; es un cronómetro, no anda mucho, sino con
-precisión. Eso ignora el mediocre. Le es más fácil ridiculizar una
-sublime acción que imitarla. En las sobremesas subalternas su dicacidad
-urticante puede confundirse con la gracia, mientras le ampara la
-complicidad maldiciente; pero fáltale el aticismo sano del que todo
-perdona en fuerza de comprenderlo todo y esa inteligencia cristalina
-que permite descifrar la verdad en la entraña misma de las cosas que
-el vaivén mundano somete á nuestra experiencia. Esos ofidios tienen
-malignidades perversas por su misma falta de hidalguía; disfrazan
-de mesurada condolencia el encono de su inferioridad humillada. Se
-alimentan de diminutas perfidias; suponen que, á fuer de pequeñas, no
-se advertirá que son infames. Por eso los calumniadores minúsculos son
-más terribles, como las fuerzas moleculares que nadie ve y carcomen
-los metales más nobles. Ciertos asesinos llegan á sentir un pánico
-indefinible cuando ven vaciarse á borbotones las venas de una herida;
-el maldiciente lo ignora al sembrar sus añagazas de esterquilinio. No
-lo necesita; sabe que tiene á su espalda un innumerable jabardillo
-de cómplices, regocijados cada vez que un espíritu omiso los acomuna
-contra una estrella.
-
-El mediocre parlante es peor por su moral que por su estilo; su lengua
-centuplícase en copiosidades acicaladas y las palabras ruedan sin la
-traba de la ulterioridad. El escritor mediocre, en cambio, es peor por
-su estilo que por su moral. Acosa tímidamente á los que envidia; en
-sus collonadas se nota la temperancia del miedo, como si le urticaran
-los peligros de la responsabilidad. Abunda entre los malos escritores,
-aunque no todos los mediocres consiguen serlo; muchos se limitan á
-ser terriblemente aburridos, acosándonos con volúmenes que podrían
-terminar en el primer párrafo. Sus páginas están embalumadas de lugares
-comunes, como los ejercicios de las guías políglotas. Describen dando
-tropiezos contra la realidad; son objetivos que operan y no retortas
-que destilan; se desesperan pensando que la calcomanía no figura
-entre las bellas artes. Si acometen la literatura, diríase que Vasco
-de Gama emprende el descubrimiento de todos los lugares comunes, sin
-vislumbrar el cabo de una buena esperanza; si chapalean la ciencia, su
-andar es de mula montañesa, deteniéndose á rumiar el pienso pastado
-medio siglo antes por sus predecesores. Esos fieles de la rapsodia y
-de la paráfrasis practican una pudibunda modestia, que es la mentira
-convencional de los mediocres; se admiran entre sí, con solidaridad
-de logia, execrando cualquier soplo de ciclón ó revoloteo de águila.
-Palidecen ante el orgullo desdeñoso de los hombres cuyos ideales no
-sufren inflexiones; fingen no comprender esa virtud de santos y de
-sabios, supremo desprecio de todas las mentiras veneradas por la
-mediocridad.
-
-El escritor mediocre, tímido y prudente, resulta inofensivo. Solamente
-la envidia puede encelarle; entonces prefiere hacerse crítico. La
-maledicencia oral tiene, en cambio, eficacias inmediatas, pavorosas.
-Está en todas partes y agrede en cualquier momento. Cuando se reúnen
-espíritus pazguatos, para turnarse en decires sin interés para quien
-los dice y quien los escucha, el terreno es propicio para que el más
-alevoso comience á maldecir de algún ilustre, rebajándolo hasta su
-propio nivel. La eficacia de la difamación arraiga en la complacencia
-tácita de quienes la escuchan, en la cobardía colectiva de cuantos
-pueden escucharla sin indignarse. Moriría si ellos no le hicieran
-una atmósfera vital. Ése es su secreto. Semejante á la moneda falsa:
-es circulada sin escrúpulos por muchos que no tendrían el valor de
-acuñarla.
-
-Las lenguas más acibaradas son las de aquéllos que tienen menos
-autoridad moral, como enseña Molière desde la primera escena del
-_Tartufo_:
-
- «Ceux de qui la conduite offre le plus á rire.
- Sont toujours sur autrui les premiers á médire.»
-
-Diríase que empañan la reputación ajena para disminuir el contraste
-con la propia. Eso no excluye que existan casquivanos cuya culpa es
-inconsciente; maldicen por ociosidad ó por diversión, sin sospechar
-dónde conduce el camino en que se aventuran. Al contar una falta
-ajena ponen cierto amor propio en ser interesantes, aumentándola,
-adornándola, pasando insensiblemente de la verdad á la mentira, de
-la torpeza á la infamia, de la maledicencia á la calumnia. ¿Para qué
-evocar las palabras memorables de la comedia de Beaumarchais?
-
-
-IV.--EL ÉXITO Y LA GLORIA.
-
-El hombre mediocre que se aventura en la liza social tiene una sola
-finalidad: el éxito. No sospecha que existe otra cosa, la gloria,
-ambicionada solamente por los caracteres superiores. El éxito es un
-triunfo efímero, al contado; la gloria es definitiva, inmarcesible en
-los siglos. El éxito se mendiga; la gloria se conquista. El mediocre
-es un cortesano de la mediocracia en que vive; triunfa humillándose,
-reptando, á hurtadillas, en la sombra, disfrazado, apuntalándose
-en la complicidad de innumerables similares. El hombre de mérito
-se adelanta á su tiempo, la pupila puesta en un ideal; se impone
-dominando, iluminando, fustigando, en plena luz, á cara descubierta,
-sin humillarse, ajeno á todos los embozamientos del servilismo y de la
-intriga.
-
-El éxito es, para el genio, un accidente; puede ser su peligro. Cuando
-la multitud clava sus ojos por vez primera en él, y le aplaude, la
-lucha empieza: desgraciado quien se olvida á sí mismo para pensar
-solamente en los demás. Hay que poner más lejos la intención y la
-esperanza, resistiendo las tentaciones del éxito inmediato; la gloria
-es más difícil, pero más digna. El hombre excelente se reconoce
-porque es capaz de renunciar al éxito si en ello está la condición
-de la gloria, ó si tiene por precio una partícula de su dignidad. El
-mediocre, incapaz de orgullo, pone su vanidad en perseguir el éxito,
-indignamente si es necesario; sabe que su sombra lo necesita. El genio,
-en cambio, se revela por la perennidad de su irradiación: como si
-fuera su vida un perpetuo amanecer. Para éste, el éxito es un peldaño
-accidental en su ascensión; para aquél, todo consiste en trepar el
-peldaño, sin sospechar siquiera que existe una cumbre.
-
-Flota en la atmósfera como una nube, sostenido por el viento de la
-mediocridad ajena; puede abocadear por la adulación lo que otros desean
-conquistar por sus méritos. El que obtiene un éxito inmerecido debe
-temblar: fracasará después, cien veces, en cada cambio de viento.
-Los nobles ingenios sólo confían en sus alas, luchan, salvan los
-obstáculos, triunfan. Sus éxitos son propiamente suyos; mientras el
-mediocre se entrega al rebaño que le arrastra, el superior va contra
-él con energías inagotables, hasta despejar su camino.
-
-Merecido ó no, el éxito es el alcohol de los que combaten. La primera
-vez embriaga; después se convierte en imprescindible necesidad. El
-espíritu se aviene á él insensiblemente. El primer éxito, grande
-ó pequeño, es perturbador. Se siente una indecisión extraña, un
-cosquilleo moral que deleita y molesta al mismo tiempo, como la emoción
-del adolescente que se encuentra á solas por vez primera con una mujer
-amada: es tierna y violenta, estimula é inhibe, instiga y amilana.
-
-Mirar de frente al éxito, equivale á asomarse á un precipicio: se
-retrocede á tiempo ó se cae en él para siempre. El éxito es un
-abismo irresistible, como una boca juvenil que invita al beso; pocos
-retroceden. Inmerecido, es un castigo para el mediocre: es un filtro
-que envenena su vanidad y le hace infeliz para siempre; el hombre
-superior, en cambio, acepta como simple anticipación de la gloria ese
-pequeño tributo de la mediocridad, vasalla de sus méritos.
-
-Se presenta bajo cien aspectos, tienta de mil maneras. Nace por un
-accidente inesperado, llega por caminos invisibles. Basta el simple
-elogio de un maestro estimado, el aplauso ocasional de una multitud, la
-conquista fácil de una hermosa mujer; todos se equivalen, embriagan lo
-mismo. Corriendo el tiempo, tórnase imposible eludir el hábito de esta
-embriaguez; lo único difícil es iniciar la costumbre, como para todos
-los vicios. Después no se puede vivir sin el tósigo vivificador y esa
-ansiedad atormenta la existencia del que no tiene alas para ascender
-sin la ayuda de cómplices y de pilotos. Para el hombre mediocre
-hay una certidumbre absoluta: sus éxitos son ilusorios y fugaces,
-por humillante que le haya sido obtenerlos. Ignorando que el árbol
-espiritual tiene frutos, se preocupa de cosechar la hojarasca; vive
-de lo aleatorio, acechando las ocasiones propicias. Sin ver más allá,
-se juzga como á los otros, por el éxito. Mientras el hombre superior
-siente su fuerza en sí mismo y en sus ideales, el mediocre se mira
-reflejado en la opinión que merece á los demás; se creería un imbécil
-si supiera que le tienen por tal.
-
-Los grandes cerebros lo buscan por la senda exclusiva del mérito. Saben
-que en las mediocracias conviene seguir otros caminos; por eso no se
-sienten nunca vencidos, ni sufren de un contraste más de lo que gozan
-de un éxito: ambos son obra de los demás. La gloria depende de ellos
-mismos. El éxito les parece un simple reconocimiento de su derecho,
-un impuesto de admiración que los mediocres les pagan en vida. Taine
-conoció el goce del maestro que ve concurrir á sus lecciones un tropel
-de alumnos; Mozart ha narrado las delicias del compositor oyendo sus
-melodías en los labios del transeúnte que silba para darse valor al
-atravesar de noche una encrucijada solitaria; Musset confiesa que
-fué una de sus grandes voluptuosidades oir sus versos recitados por
-mujeres bellas; Castelar comentó la emoción del orador que escucha
-el aplauso frenético tributado por miles de hombres. El fenómeno es
-común, sin ser nuevo. Julio César, al historiar sus campañas, trasunta
-la ebriedad infinita del que conquista pueblos y aniquila hordas; los
-biógrafos de Beethoven narran su impresión profunda cuando se volvió
-á contemplar las ovaciones que su sordera le impedía oir, al estrenar
-su novena sinfonía; Stendhal ha dicho, con su ática gracia original,
-las fruiciones del amador afortunado que ve sucesivamente á sus pies,
-temblorosas de fiebre y ansiedad, á cien mujeres.
-
-El éxito es benéfico si es merecido; exalta la personalidad, la
-estimula. Tiene otra virtud mayor: destierra la envidia, ponzoña
-incurable en los espíritus mediocres. Triunfar á tiempo, merecidamente,
-es el más favorable rocío para cualquier germen de superioridad moral.
-El triunfo es un bálsamo de los sentimientos, una lima eficaz contra
-las asperezas del carácter. El éxito es el mejor lubrificante del
-corazón; el fracaso es su más urticante corrosivo.
-
-La fama es el pleonasmo del éxito; da transitoriamente la ilusión de
-la gloria. Es su forma espúrea y subalterna, extensa pero no profunda,
-esplendorosa pero fugaz. Es más que el simple éxito accesible al
-común de los mediocres; pero es menos que la gloria, exclusivamente
-reservada á los hombres superiores. Es oropel, piedra falsa, luz de
-artificio. Manifestación directa del entusiasmo gregario, es, por
-eso mismo, inferior: aplauso de multitud. Tiene algo de frenesí
-inconsciente y comunicativo. La gloria de los pensadores, filósofos y
-artistas, que traducen su genialidad mediante la palabra escrita, es
-lenta, pero estable; sus admiradores están dispersos, ninguno aplaude
-á solas. En el teatro y en la asamblea la gloria es rápida y barata,
-aunque ilusoria; los oyentes se sugestionan recíprocamente, suman su
-entusiasmo y estallan en ovaciones. Por eso cualquier histrión de
-tres al cuarto puede conocer el triunfo más de cerca que Aristóteles
-ó Bacon; la intensidad, que es el éxito, está en razón inversa de
-la duración, que es la gloria. Tales aspectos caricaturescos de la
-celebridad dependen de una aptitud secundaria del triunfador ó de un
-estado pasajero de la mentalidad colectiva. Amenguada la aptitud ó
-traspuesta la circunstancia, vuelven á la mediocridad y asisten en vida
-á sus propios funerales.
-
-Entonces pagan cara su notoriedad; vivir con perpetua nostalgia de la
-gloria es su martirio. Los hijos del éxito pasajero deberían morir al
-caer en la orfandad. Algún poeta melancólico escribió que es hermoso
-vivir de recuerdos: frase absurda. Ello equivale á agonizar. Es la
-dicha del gastrónomo obligado al ayuno, del pintor maniatado por la
-ceguera, del jugador que mira el tapete y no puede arriesgar una sola
-ficha.
-
-En la vida se es actor ó público, timonel ó galeote. Es tan doloroso
-pasar del timón al remo, como salir del escenario para ocupar una
-butaca, aunque ésta sea de primera fila. El que ha conocido el éxito
-no sabe resignarse á la obscuridad; ésa es la parte más cruel de toda
-preeminencia fundada en el capricho ajeno ó en aptitudes físicas
-transitorias. El público oscila con la moda; el físico se gasta. La
-fama de un orador, de un esgrimista ó de un comediante, sólo dura lo
-que una juventud; la voz, las estocadas y los gestos se acaban alguna
-vez, dejando lo que en el bello decir dantesco representa el dolor
-sumo: recordar en la miseria el tiempo feliz.
-
-Para estos triunfadores accidentales, el instante en que se disipa su
-error debería ser el último de la vida. Volver á la realidad es una
-suprema tristeza. Preferible es que un Otelo excesivo mate de veras
-sobre el tablado á una Desdémona próxima á envejecer, ó desnucarse el
-acróbata en un salto prodigioso, ó rompérsele un aneurisma al orador
-mientras habla á cien mil hombres que aplauden, ó ser apuñalado un don
-Juan por la amante más hermosa y sensual. La vida vale por sus horas de
-dicha. Convendría despedirse de ella sonriendo y gozando, mirándola de
-frente, con dignidad, con la sensación de que se ha merecido vivirla
-hasta el último instante. Toda ilusión que se desvanece deja tras sí
-una sombra indisipable. El éxito y la celebridad no son la gloria; nada
-más falaz que la sanción de los contemporáneos y de las muchedumbres.
-Por eso repiten los moralistas: la fama tiene caprichos y la gloria
-secretos.
-
-Compartiendo las rutinas y las debilidades de la mediocridad que les
-rodea, los mediocres pueden convertirse en arquetipos de la masa
-amorfa, prohombres entre sus iguales; pero mueren con ellos. Los
-genios, los santos y los héroes desdeñan toda sumisión al presente,
-puesta la proa hacia un remoto ideal: resultan prohombres en la
-historia.
-
-La integridad moral y la excelencia de carácter son virtudes estériles
-en los ambientes mediocres, más asequibles á los apetitos del doméstico
-que á las altiveces del digno: en ellos se incuba el éxito. La gloria
-es póstuma; nunca ciñe de laureles la sien del que se ha complicado
-en las rutinas de su tiempo; tardía á menudo, aunque siempre segura,
-suele ornar las frentes de cuantos miraron al porvenir y sirvieron á un
-ideal, practicando aquel lema que asumió el ginebrino: _vitam impendere
-vero_.
-
-
-
-
-LA MEDIOCRIDAD MORAL
-
-I. EL HOMBRE HONESTO.--II. LA MORAL DE TARTUFO.--III. LOS TRÁNSFUGAS
-DE LA HONESTIDAD.--IV. LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL
-CEREBRO.--V. LA SANTIDAD.
-
-
-I.--EL HOMBRE HONESTO.
-
-La mediocridad moral es impotencia para la virtud y cobardía para el
-vicio. Si hay mentes que parecen maniquíes articulados con rutinas,
-abundan corazones semejantes á mongolfieras infladas de prejuicios. La
-honestidad del hombre mediocre equidista del bien y del mal; niega al
-segundo sin afirmar al primero. Puede aborrecer el crimen sin admirar
-la santidad: incapaz de iniciativa para entrambos. La garra del pasado
-ásele del corazón, estrujándole en germen todo gesto libertario.
-Sus prejuicios son los documentos arqueológicos de la psicología
-social: residuos de virtudes crepusculares, supervivencias de morales
-extinguidas.
-
-Las mediocracias de todos los tiempos son enemigas de la santidad y
-de la virtud: prefieren al hombre honesto. Error ó mentira, conviene
-disiparlo. Honestidad no es virtud, aunque tampoco sea vicio. Se
-puede ser honesto sin sentir un afán de perfección: sobra para ello
-con no ostentar el mal. Para ser virtuoso no basta lo segundo, es
-indispensable lo primero. Entre el vicio, que es una lacra, y la
-virtud, que es una excelencia, fluctúa la honestidad: patrimonio común
-de los mediocres morales.
-
-La virtud eleva al hombre sobre la moral de su rebaño; resiste
-activamente á ella. El virtuoso presiente alguna forma de perfección
-futura y le sacrifica los automatismos consolidados por el hábito. El
-honesto, en cambio, es pasivo, circunstancia que le asigna un nivel
-moral superior al del vicioso, aunque permanece por debajo de quien
-practica activamente alguna virtud y orienta su vida hacia algún ideal.
-
-Limitándose á respetar los prejuicios que le asfixian, mide la moral
-con el doble decímetro de sus iguales, á cuyas fracciones resultan
-irreductibles las tendencias inferiores de los encanallados y las
-aspiraciones conspicuas de los virtuosos. Si aquél no llegara á
-asimilar los prejuicios, hasta saturarse de ellos, la sociedad le
-castigaría como delincuente por su conducta deshonesta; si pudiera
-sobreponérseles, su talento moral ahondaría surcos dignos de imitarse.
-La mediocridad está en no dar escándalo ni servir de ejemplo.
-
-La virtud representa la aristocracia del corazón; la honestidad es
-democrática; el vicio es caótico. Por eso el talento moral está en la
-virtud, lo mediocre en la honestidad y lo inferior en el vicio.
-
-El hombre honesto puede practicar acciones cuya indignidad sospecha,
-toda vez que á ello se sienta constreñido por la fuerza de los
-prejuicios, que son discordancias entre los hábitos adquiridos y las
-variaciones nuevas. Las acciones que ya son malas en el juicio original
-de los virtuosos, pueden seguir siendo buenas ante el colectivo de
-la grey. El hombre superior practica la virtud tal como la juzga,
-eludiendo los prejuicios que acoyundan á la multitud honesta; el
-mediocre sigue llamando bien á lo que ya ha dejado de serlo, por
-incapacidad de forjar el bien del porvenir. Sentir con el corazón de
-los demás equivale á pensar con cabeza ajena.
-
-La virtud suele ser un gesto audaz, como todo lo original; la
-honestidad es un harapiento uniforme que se endosa resignadamente. El
-mediocre teme á la opinión pública con la misma obsecuencia con que el
-zascandil teme al infierno; nunca tiene la audacia de parecer vicioso,
-ni aun cuando la apariencia del vicio es condición intrínseca de una
-virtud no comprendida. Renuncia á ella por los sacrificios que implica.
-
-Olvida que no hay perfección sin esfuerzo: sólo pueden mirar al sol
-de frente los que osan clavar su pupila sin temer la ceguera. Los
-corazones menguados no cosechan rosas en su huerto, por temor á
-las espinas; los virtuosos saben que es necesario acometer las más
-punzantes para coger las flores mejor perfumadas.
-
-El honesto es enemigo del santo, como el rutinario lo es del genio; á
-éste le llama «loco» y al otro lo juzga «amoral». Y se explica: los
-mide con su propia medida, en que ellos no caben. En su diccionario,
-«cordura» y «moral» son los nombres que él reserva á su propia
-mediocridad. Para su moral de sombras, el hipócrita es honesto; el
-virtuoso y el santo, que la exceden, parécenle «amorales», y con esta
-calificación les endosa veladamente cierta inmoralidad...
-
-Son hombres de pacotilla, hechos con retazos de catecismo y con sobras
-de vergüenza: el primer oferente los puede comprar á bajo precio. Con
-frecuencia mantiénense honestos por conveniencia; algunas veces por
-simplicidad: el prurito de la tentación no inquieta su tontería banal.
-Enseñan que es necesario ser como los demás; el virtuoso anhela ser
-mejor. Cuando nos dicen al oído que renunciemos al ensueño é imitemos
-al rebaño, no tienen valor de aconsejarnos derechamente la apostasía
-del propio ideal para complicarnos en la merienda ajena.
-
-La mediocridad predica: «no hagas mal y serás honesto». El talento
-moral tiene otras exigencias: «persigue una perfección y serás
-virtuoso». La honestidad está al alcance de todos; la virtud es de
-pocos elegidos. El hombre honesto aguanta el freno con que lo sujetan
-sus cómplices; el hombre virtuoso se eleva sobre ellos con un golpe
-de ala. La mediocridad moral es una resignación: simple falta de
-iniciativa, muchas veces, para practicar el mal.
-
-La honestidad puede ser industria, la virtud excluye el cálculo. No
-hay diferencia entre el cobarde que modera sus acciones por miedo
-al castigo y el codicioso que las estimula por la esperanza de una
-recompensa; ambos llevan en partida doble sus cuentas corrientes con
-los prejuicios sociales. El que persigue una prebenda ó tiembla ante
-un peligro es indigno de nombrar la virtud: por ella se arriesgan en
-la proscripción ó la miseria. No diremos por eso que el virtuoso es
-infalible. Pero la virtud implica una capacidad de rectificaciones
-espontáneas, el reconocimiento leal de los propios errores como una
-lección para los demás, la firme rectitud de la conducta ulterior. El
-que paga una culpa con muchos años de virtud, es como si no hubiera
-pecado: se purifica. En cambio, el mediocre no reconoce sus yerros ni
-se avergüenza de ellos, agravándolos con el impudor, subrayándolos con
-la reincidencia, duplicándolos con el aprovechamiento de los resultados.
-
-Predicar la honestidad sería excelente si no fuera un renunciamiento á
-la virtud, cuyo norte es la perfección incesante. Su elogio ha empañado
-el culto del honor en las burguesías igualitarias y es la prueba más
-segura del descenso moral de una sociedad. Encumbrando al mediocre
-se afrenta al superior; por el honesto se olvida al virtuoso. Los
-espíritus acomodaticios llegan á detestar la dignidad y la firmeza á
-fuerza de transigir con el servilismo y la hipocresía.
-
-Admirar al hombre honesto es rebajarse; adorarlo es envilecerse.
-Stendhal reducía la honestidad á una simple forma de miedo; conviene
-agregar que no es un miedo al mal en sí mismo, sino á la reprobación de
-los demás; por eso es compatible con una total ausencia de escrúpulos
-para todo acto que no tenga sanción expresa ó pueda permanecer
-ignorado. «J'ai vu le fond de ce qu' on appelle les honnêtes gens:
-c'est hideux», decía Talleyrand, preguntándose qué sería de los
-hombres honestos si el interés ó la pasión entraran en juego. Su temor
-del vicio y su impotencia para la virtud se equivalen; son simples
-beneficiarios de la mediocridad moral que les rodea. Llaman mérito á
-su mansedumbre. No son asesinos, pero no son héroes; no roban, pero
-no dan media capa al desvalido; no son traidores, pero no son leales;
-no asaltan en descubierto, pero no defienden al asaltado; no violan
-vírgenes, pero no redimen caídas; no conspiran contra la sociedad, pero
-no cooperan al común engrandecimiento.
-
-Frente á la honestidad hipócrita de los mediocres--propia de mentes
-rutinarias y de caracteres domesticados--, existe una heráldica moral
-cuyos blasones son la virtud y la santidad. Es la antítesis de la
-tímida obsecuencia á los prejuicios que paraliza el corazón de los
-temperamentos vulgares y degenera en esa apoteosis de la platitud
-sentimental que caracteriza la irrupción de todas las burguesías. La
-virtud quiere fe, entusiasmo, pasión, arrojo: de ellos vive. Los quiere
-en la intención y en las obras. No la hay cuando los actos desmienten
-las palabras, ni cabe nobleza donde la intención se arrastra. Por eso
-la mediocridad moral es más nociva en los hombres conspicuos y en las
-clases privilegiadas. El sabio que traiciona á su verdad, el filósofo
-que vive fuera de su moral y el noble que deshonra su cuna, descienden
-á la más ignominiosa de las villanías; son menos disculpables que
-el truhán encenagado en el delito. Los privilegios de la cultura y
-del nacimiento imponen al que los disfruta una lealtad ejemplar para
-consigo mismo. La nobleza que no está en nuestro afán de perfección
-es inútil que perdure en vanos títulos y pergaminos; noble es el que
-revela en sus actos un respeto por su rango y no el que alega su
-alcurnia para justificar actos innobles. Por la virtud, nunca por la
-honestidad, se miden los valores de la aristocracia moral.
-
-
-II.--LA MORAL DE TARTUFO.
-
-La hipocresía es el arte de amordazar la dignidad; ella hace enmudecer
-los escrúpulos en los espíritus incapaces de resistir la tentación
-del mal. Es falta de virtud para renunciar á él y de coraje para
-asumir su responsabilidad. Es el guano que fecundiza los temperamentos
-mediocres, permitiéndoles prosperar en la mentira: como esos árboles
-cuyo ramaje es más frondoso cuando crecen á inmediaciones de las
-ciénagas.
-
-Hiela, donde pasa, todo noble germen de ideal: zarzagán del entusiasmo.
-Los hombres rebajados por ella viven sin ensueño, ocultando sus
-intenciones, enmascarando sus sentimientos, dando saltos como el
-eslizón. Tienen la certidumbre de que sus actos son indignos,
-vergonzosos, nocivos, arrufianados, irredimibles. Por eso es insolvente
-su moral: implica siempre una simulación de la virtud.
-
-Los hipócritas ignoran la perfección; más aún, la aborrecen con tanto
-énfasis como al crimen desembozado. Ninguna fe los impulsa é ignoran el
-valor de las creencias rectilíneas. Esquivan la responsabilidad de sus
-acciones, son audaces en la traición y tímidos en la lealtad. Conspiran
-embozados y agreden en la sombra, escamotean vocablos ambiguos, alaban
-con reticencias ponzoñosas y difaman con afelpada suavidad. Nunca lucen
-un penacho que sea galardón inconfundible: cierran todas las rendijas
-de su espíritu por donde podría asomar desnuda su personalidad, sin el
-ropaje social de la mentira.
-
-Todo hombre se esfuerza por simular las aptitudes y cualidades
-que considera ventajosas para acrecentar la sombra que proyecta
-en su escenario. Así como los ingenios exiguos simulan el talento
-intelectual, embalumándose de refinados artilugios y defensas, los
-sujetos de moralidad indecisa simulan el talento moral, soslayando de
-esmerilada virtud su honestidad insípida. Los caracteres hipócritas
-ignoran el veredicto del propio tribunal interior; persiguen
-el salvoconducto otorgado por los cómplices de sus prejuicios
-convencionales.
-
-Es seductora la apariencia de la virtud; el hipócrita suele aventajarse
-de ella mucho más que el verdadero virtuoso. Pululan esos hombres
-respetados en fuerza de no descubrírseles bajo el disfraz; bastaría
-acercarse á ellos, un solo minuto, para advertir su doblez y trocar
-en desprecio la estimación. Viven de su sombra, cuyo tamaño se mide
-por la distancia á que se les contempla. Pero el psicólogo reconoce
-al hipócrita. Ciertos rasgos distinguen al virtuoso del simulador;
-mientras éste es un custodio de los prejuicios que fermentan en su
-medio, aquél posee algún talento que le permite sobreponerse á ellos.
-
-Todo apetito numulario encela la acucia del hipócrita. No retrocede
-ante las arterías, es fácil á los besamanos fementidos, sabe oliscar
-el deseo de los amos, se da al mejor oferente, prospera á fuerza de
-marañas. Triunfa sobre los sinceros, toda vez que el éxito estriba en
-aptitudes viles: el hombre leal es con frecuencia su víctima. Cada
-Sócrates encuentra su Mélètos y cada Cristo su Judas.
-
-La hipocresía tiene matices. Si el mediocre moral se aviene á vegetar
-en su honestidad lucífuga, no cae bajo el escalpelo del psicólogo: su
-hipocresía es un simple reflejo de oblicuas mentiras que infestan
-la moral colectiva. Su culpa está en agitarse dentro de su basta
-condición, pretendiendo parodiar á los virtuosos. Chapaleando en los
-muladares de la intriga su honestidad se mancilla, rueda al vicio y se
-encanalla en pasiones innoblemente contenidas. Tórnase capaz de todos
-los rencores. Supone simplemente honesto, como él, á todo santo ó
-virtuoso; no descansa en amenguar sus méritos. Intenta igualar abajo,
-no pudiendo hacerlo arriba. Persigue á los caracteres superiores,
-pretende confundir sus excelencias con las propias mediocridades,
-desahoga sordamente una envidia que no confiesa, en la penumbra,
-ensalobrándose, babeando sin morder, mintiendo sumisión y amor á
-los mismos que detesta y carcome. Su mediocridad está agitada por
-escrúpulos que le obligan á avergonzarse en secreto; descubrirle es el
-más cruel de los suplicios. Es su castigo.
-
-El odio es loable si lo comparamos con la hipocresía. En ello se
-distinguen la subrepticia medrosidad del mediocre y la adamantina
-lealtad del hombre digno. Alguna vez éste se encrespa y pronuncia
-palabras que son un estigma ó un epitafio; pero su rugido es la luz de
-un relámpago fugaz y no deja escorias en su corazón, se desahoga por
-un gesto violento, sin envenenarle. Las naturalezas viriles poseen un
-exceso de fuerza plástica cuya función regeneradora cura prontamente
-las más hondas heridas y trae el perdón. La juventud tiene entre
-sus preciosos atributos la incapacidad de dramatizar largo tiempo
-las pasiones antisociales; el hombre que ha perdido la aptitud de
-borrar sus odios está ya viejo, irreparablemente. Sus heridas son tan
-imborrables como sus canas. Y, como éstas, puede teñirse el odio: la
-hipocresía es la tintura de esas canas morales.
-
-Sin fe en creencia alguna, el hipócrita profesa las más provechosas.
-Atafagado por preceptos que entiende mal, su moralidad parece un
-hueco armazón recubierto con remiendos de catecismo; por eso, para
-conducirse, necesita la muleta de alguna religión. Prefiere las
-que afirman el dogma del purgatorio y ofrecen redimir las culpas
-por dinero. Su aritmética de ultratumba le permite disfrutar más
-tranquilamente los beneficios de su hipocresía; su religión es una
-actitud y no un sentimiento, es una mueca que oculta intenciones
-malévolas. Por eso suele exagerarla: es fanático. En los santos y en
-los virtuosos, la religión y la moral pueden correr parejas; en los
-hipócritas, la conducta baila en compás distinto del que marcan los
-mandamientos.
-
-Las mejores máximas teóricas se convierten pronto en acciones
-abominables; cuanto más se pudre la moral práctica, tanto mayor es
-el esfuerzo por rejuvenecerla con harapos de santidad abstracta. Por
-eso es declamatoria y suntuosa la retórica de Tartufo, arquetipo del
-género, cuya creación pone á Molière entre los más geniales psicólogos
-de todos los tiempos. No olvidemos la historia de ese oblicuo devoto
-á quien el sincero Orgon recoge piadosamente y que sugestiona á toda
-su familia. Cleanto, un joven, se atreve á desconfiar de él; Tartufo
-consigue que Orgon expulse de su hogar á ese mal hijo y se hace legar
-sus bienes. Y no basta: intenta seducir á la consorte de su huésped.
-Para desenmascarar tanta infamia, su esposa se resigna á celebrar con
-Tartufo una entrevista, á la que Orgon asiste oculto. El hipócrita,
-creyéndose solo, expone los principios de su casuística perversa; hay
-acciones prohibidas por el cielo, pero es fácil arreglar con él estas
-contabilidades; según convenga pueden aflojarse las ligaduras de la
-conciencia, rectificando la maldad de los actos con la pureza de las
-doctrinas. Y para retratarse de una vez, agrega:
-
- _En fin votre scrupule est facile à détruire:
- Vous êtes assurée ici d'un plein secret,
- Et le mal n'est jamais que dans l'éclat qu'on fait;
- Le scandale du monde est ce que fait l'offense
- Et ce n'est pas pécher que pécher en silence._
-
-Ésa es su moral, sintetizada en cinco versos, que son su pentateuco.
-La del hombre virtuoso es otra: está en la intención y en el fin de
-las acciones, en los hechos mejor que en las palabras, en la conducta
-ejemplar y no en la oratoria untuosa. Sócrates y Cristo fueron
-virtuosos contra la religión de su tiempo, los dos murieron á manos de
-un fanatismo que estaba ya divorciado de toda moral. La santidad está
-siempre fuera de la hipocresía colectiva. La exageración de las formas
-religiosas suele coincidir con la aniquilación de todos los idealismos
-en las naciones y en las razas; la historia marca esa intersección
-en la decadencia de las castas gobernantes, y dice que el tartufismo
-apuntala siempre la degeneración moral de las mediocracias. En esas
-horas de crisis, la fe agoniza en el fanatismo decrépito y alienta
-formidablemente en los ideales que renacen frente á él, inquietos,
-irrespetuosos, demoledores, aunque predestinados con frecuencia á caer
-en nuevos fanatismos y á oponerse á los ideales venideros.
-
-El hipócrita está constreñido á guardar las apariencias, con tanto afán
-como pone el virtuoso en cuidar sus ideales. Conoce de memoria los
-pasajes pertinentes del _Sartor Resartus_; por ellos admira á Carlyle,
-tanto como otros por su culto á _Los héroes_. El respeto de las formas
-hace que los hipócritas de cada época y país adquieran rasgos comunes;
-hay una «manera» peculiar que trasunta el tartufismo en todos sus
-adeptos, como hay «algo» que denuncia el parentesco entre los afiliados
-á una tendencia artística ó escuela literaria. Ese estigma común á
-los hipócritas, que permite reconocerlos no obstante los matices
-individuales impuestos por el rango ó la fortuna, es su profunda
-animadversión á la verdad.
-
-La hipocresía es más honda que la mentira: ésta puede ser accidental,
-aquélla es permanente. El hipócrita transforma su vida entera en una
-mentira metódicamente organizada. Hace lo contrario de lo que dice,
-toda vez que ello le reporte un beneficio inmediato; vive traicionando
-á sus palabras, como esos poetas que disfrazan con largas crenchas la
-cortedad de su inspiración. El hábito de la mentira paraliza los labios
-del hipócrita cuando llega la hora de pronunciar una verdad; así como
-la pereza es la clave de la rutina y la avidez el móvil del servilismo,
-la mentira es el prodigioso instrumento de la hipocresía. Nunca ha
-escuchado la Humanidad palabras más nobles que las de Tartufo; pero
-jamás un hombre ha producido acciones más disconformes con ellas. Sea
-cual fuere su rango social, en la privanza ó en la proscripción, en la
-opulencia ó en la miseria, el hipócrita está siempre dispuesto á adular
-á los poderosos y á engañar á los humildes, mintiendo á entrambos. El
-que se acostumbra á pronunciar palabras falsas, acaba por faltar á la
-propia sin repugnancia, perdiendo toda noción de lealtad consigo mismo.
-Los hipócritas ignoran que la verdad es la condición fundamental de la
-virtud. Olvidan la sentencia multisecular de Apolonio: «De siervos es
-mentir, de libres decir verdad»; todo hipócrita está predispuesto á
-adquirir sentimientos serviles y carácter doméstico. Es el lacayo de
-todos los que le rodean, el esclavo de mil amos, de un millón de amos,
-de todos los cómplices de su mediocridad.
-
-El que miente es traidor: sus víctimas le escuchan, suponiendo que
-dice la verdad. El mentiroso conspira contra la quietud ajena, falta
-al respeto á todos, siembra la inseguridad y la desconfianza. Con
-mirar ojizaino persigue á los sinceros, creyéndolos sus enemigos
-naturales. Aborrece la sinceridad. Dice que ella es fuente de escándalo
-y de anarquía, como si pudiera culparse á la escoba de que existan
-las basuras. En el fondo sospecha que el hombre sincero es fuerte
-é individualista, fincando en ello su altivez inquebrantable: su
-contradición con la hipocresía es una actitud de resistencia al mal que
-le acosa por todas partes. Se defiende contra la domesticación y el
-descenso común. Y dice su verdad como puede, cuando puede, donde puede.
-Pero la sabe decir. Muchos santos enseñaron á morir por ella.
-
-El disfraz sirve al débil; sólo se finge lo que se cree no tener.
-Hablan más de nobleza los nietos de truhanes; la virtud suele asomar
-en labios desvergonzados; la altivez sirve de estribillo á los
-envilecidos; la caballerosidad es la ganzúa de los estafadores; la
-temperancia figura en el catecismo de los viciosos. Suponen que de
-tanto oropel se adherirá alguna partícula á su sombra. Y, en efecto,
-ésta se va modificando en la constante labor; la máscara es benéfica
-en las mediocracias contemporáneas, magüer los que la usen carezcan
-de autoridad moral ante los hombres virtuosos. Éstos no creen al
-hipócrita, descubierto una vez; no le creen nunca, ni pueden dejar de
-creerle cuando sospechan que miente: quien es desleal con la verdad no
-tiene por qué ser leal con la mentira.
-
-El hábito de la ficción desmorona á los caracteres hipócritas
-vertiginosamente, como si cada nueva mentira los empujara hacia el
-precipicio. Nada detiene á una avalancha en la pendiente. Su vida
-se polariza en la ostentación de falsas virtudes ó en esa abyecta
-honestidad por cálculo que es simple sublimación del vicio. El culto de
-las apariencias lleva á desdeñar la realidad. El hipócrita no aspira á
-ser virtuoso, sino á parecerlo; no admira intrínsecamente la virtud,
-quiere ser contado entre los virtuosos por las prebendas y honores que
-tal condición puede reportarle. Faltándoles la osadía de practicar
-el mal, á que están inclinados, algunos conténtanse con sugerir que
-ocultan sus virtudes por modestia; pero jamás consiguen usar con
-desenvoltura el antifaz. Sus manejos insidiosos asoman por alguna
-parte, como las clásicas orejas bajo la corona de Midas. La virtud y
-el mérito son incompatibles con el tartufismo; la observación induce á
-desconfiar de esas misteriosas excelencias morales. Ya enseñaba Horacio
-que «la virtud oculta difiere poco de la obscura holgazanería». (_Od._,
-IV, 9, 29.)
-
-No teniendo valor para la verdad es imposible tenerlo para la justicia.
-En vano los hipócritas viven jactándose de una gran ecuanimidad
-y haciendo aspavientos para adquirir prestigios catonianos: su
-mediocridad les impide ser jueces toda vez que puedan comprometerse
-con un fallo. Prefieren tartajear sentencias bilaterales y ambiguas,
-diciendo que hay luz y sombra en todas las cosas: no lo hacen, empero,
-por filosofía, sino por incapacidad de responsabilizarse de sus
-juicios. Dicen que éstos deben ser relativos, aunque en lo íntimo de
-su mollera creen infalibles sus opiniones, por estar calcadas en los
-prejuicios de los demás. No osan proclamar su propia suficiencia;
-prefieren acomodarse á las opiniones suscriptas por el rebaño,
-avanzando en la vida sin más brújula que el éxito, ofreciendo el
-flanco y bordejeando, esquivos á poner la proa frente al obstáculo más
-leve. Los hombres leales son objeto de su odio acendrado, pues con su
-rectitud humillan á los oblicuos; pero el hipócrita sonríe servilmente
-á las miradas que lo torturan, aunque siente el vejamen: se contrae á
-estudiar los defectos de los hombres virtuosos para filtrar pérfidos
-venenos en el homenaje que á todas horas está obligado á tributarles.
-Difama sordamente y en secreto á los mismos que inciensa en público;
-traiciona siempre á los que alaba. Hay que temblar cuando el hipócrita
-sonríe: viene tanteando la empuñadura de algún estilete oculto bajo su
-capa.
-
-Entibia toda amistad con sus dobleces: nadie puede confiar en su
-recalcitrante simulación. Día por día se aflojan sus anastomosis con
-las personas que le rodean; su sensibilidad escasa impídele caldearse
-en la ternura ajena y va palideciendo como una planta que no recibe
-sol, agostado su corazón en un invierno prematuro. Sólo piensa en sí
-mismo, y esa es su pobreza suprema; sus sentimientos se empequeñecen
-hasta vegetar en los invernáculos de la mentira y de la vanidad.
-Mientras los caracteres dignos florecen en un perpetuo olvido de
-su ayer y de su mañana, pensando en cosas nobles, los hipócritas se
-repliegan sobre sí mismos, sin darse, sin gastarse, retrayéndose,
-atrofiándose. Su falta de intimidades les impide toda expansión;
-viven obsesionados por el temor de que su mediocridad moral asome á
-la superficie. Saben que bastaría una leve brisa para descorrer el
-velo que los enmascara de virtud. No pudiendo confiar en nadie, los
-hipócritas viven cegando las fuentes de su propio corazón: no sienten
-la raza, la patria, la clase, la familia ni la amistad. Ajenos á todo
-y á todos, pierden el sentimiento de la solidaridad social, hasta caer
-en sórdidas caricaturas del egoísmo. El hipócrita mide su generosidad
-por las ventajas que de ella obtiene; concibe la beneficencia como una
-industria lucrativa para su reputación. Antes de dar, investiga si
-tendrá notoriedad su donativo; figura en primera línea en todas las
-suscripciones públicas, pero no abriría su mano en la sombra. Invierte
-su dinero en un bazar de caridad como si comprara acciones de una
-empresa; eso no le impide ejercer la usura en privado ó sacar provecho
-del hambre ajena.
-
-Su indiferencia al mal del prójimo puede arrastrarle á complicidades
-indignas. Para satisfacer alguno de sus apetitos no vacilará ante
-las más grises intrigas, sin preocuparse de que ellas tengan
-consecuencias imprevistas. Una palabra del hipócrita basta para
-enemistar á dos amigos ó para distanciar á dos amantes. Sus armas son
-poderosas por lo invisibles; con una sospecha falsa puede envenenar
-una felicidad, destruir una armonía, quebrar una concordancia. Su
-cariño por la mentira le hace acoger benévolamente cualquier infamia,
-desenvolviéndola en la sombra hasta lo infinito, subterráneamente, sin
-ver el rumbo ni medir cuán hondo, tan irresponsable como esas alimañas
-que cavan al azar sus madrigueras, cortando las raíces de las flores
-más delicadas.
-
-Indigno de la confianza ajena, el hipócrita vive desconfiando de todos,
-hasta caer en el supremo infortunio de la susceptibilidad. Un terror
-ansioso lo acoquina frente á los hombres sinceros, creyendo escuchar
-en cada palabra un reproche merecido; en ello no hay dignidad, sino
-remordimiento. En vano pretenderían engañarse á sí mismos, confundiendo
-la susceptibilidad con la delicadeza; aquélla nace del miedo y ésta es
-hija del orgullo.
-
-Difieren como la cobardía y la prudencia, como el cinismo y la
-sinceridad. La desconfianza del hipócrita es una caricatura de la
-delicadeza del orgulloso; este sentimiento puede tornar susceptible
-al hombre de méritos excelentes, toda vez que desdeña dignidades cuyo
-precio es un servilismo y cuyo camino es la adulación. El hombre
-digno puede exigir respeto para ese valor moral que no manifiesta por
-los modos vulgares de la protesta estéril; esa exigencia le torna
-despreciativo frente á los hipócritas domesticados. Es raro el caso.
-Frecuentísima es, en cambio, la susceptibilidad del hipócrita que teme
-verse desenmascarado por los sinceros.
-
-Sería extraño que conservaran tal delicadeza, única sobreviviente en el
-naufragio de las demás. El hábito de fingir es incompatible con esos
-matices del orgullo; la mentira es opaca á cualquier resplandor de
-dignidad. La conducta de los mediocres no puede conservarse adamantina;
-los expedientes equívocos se encadenan hasta ahogar los últimos
-escrúpulos. Á fuerza de pedir á los demás sus prejuicios, endeudándose
-moralmente con la sociedad, pierden el temor de pedir otros bienes
-materiales y olvidan que las deudas torpemente contraídas esclavizan
-al hombre. Cada préstamo no devuelto es un nuevo eslabón remachado á
-su cadena; se le hace imposible vivir dignamente en una ciudad donde
-hay calles que no puede cruzar y entre personas cuya mirada no puede
-sostener ó cuyo encuentro teme. La mentira y la hipocresía convergen
-á estos renunciamientos, quitando al hombre su libertad de espíritu y
-su independencia de conducta. Las deudas contraídas por vanidad ó por
-vicio, obligan á fingir y engañar; el que las acumula, renuncia á toda
-dignidad.
-
-Hay otras consecuencias del tartufismo. Dúctil á la intriga, ignora
-las firmezas de la rectitud. Suele tener cómplices, pero no tiene
-amigos; la hipocresía no ata por el corazón, sino por el interés. Los
-hipócritas, forzosamente utilitarios y oportunistas, están siempre
-dispuestos á abdicar cualquier ideal en homenaje á un beneficio
-inmediato; eso les veda la amistad con espíritus superiores. El
-gentilhombre tiene siempre un enemigo en el mediocre; la reciprocidad
-de sentimientos y de aspiraciones sólo es posible entre iguales. El
-hombre excelente no puede entregarse nunca á su amistad; el mediocre
-acechará la ocasión para afrentarlo con alguna infamia, vengando su
-propia inferioridad. La Bruyère escribió una máxima imperecedera:
-«En la amistad desinteresada hay placeres que no pueden alcanzar los
-que nacieron mediocres»; éstos no necesitan amigos sino cómplices,
-buscándolos entre los que conocen esos secretos resortes descriptos por
-Renouvier como una simple «solidaridad del mal». Si el hombre sincero
-se entrega á los hipócritas, éstos aguaitan la hora propicia para
-traicionarlo; por eso la amistad es difícil para los grandes espíritus
-y la intimidad tórnaseles imposible cuando se elevan demasiado sobre
-el nivel común. Los hombres eminentes por su carácter, su talento
-ó su virtud, necesitan infinita sensibilidad y tolerancia para ser
-capaces de amistad; cuando poseen esos atributos nada pone límites á
-su ternura y su devoción. Entre hombres excelentes la amistad crece
-despacio y prospera mejor cuando arraiga en el reconocimiento de
-méritos recíprocos; entre hombres vulgares crece inmotivadamente, pero
-permanece raquítica, fundándose á menudo en la complicidad del vicio ó
-de la intriga. Por eso la política puede crear cómplices, pero nunca
-amigos; muchas veces lleva á cambiar éstos por aquéllos, olvidando
-que cambiarlos con frecuencia equivale á no tenerlos. Mientras en
-los hipócritas las complicidades se extinguen con el interés que las
-determina, en los caracteres leales la amistad dura tanto como los
-méritos que la inspiran.
-
-Siendo desleal, el hipócrita es también ingrato. Invierte las fórmulas
-del reconocimiento: aspira á la divulgación de los favores que hace,
-sin ser por ello sensible á los que recibe. Multiplica por mil lo que
-da y divide por un millón lo que acepta. Ignora la gratitud,--virtud
-de elegidos,--esa inquebrantable cadena remachada para siempre en los
-corazones sensibles por los que saben dar á tiempo y cerrando los ojos.
-Á veces son ingratos sin saberlo, por simple error de su contabilidad
-sentimental. Para evitar la ingratitud ajena sólo se les ocurre no
-practicar el bien; cumplen su decisión sin esfuerzo, limitándose á
-ejercer sus formas ostensibles, en la proporción que pueda convenir
-á su sombra. Sus sentimientos son otros; el hipócrita sigue siendo
-honesto aunque practique la ingratitud.
-
-La psicología de Tartufo sería incompleta si olvidáramos que coloca en
-lo más hermético de sus tabernáculos todo lo que anuncia el florecer de
-pasiones inherentes á la condición humana. Frente al pudor instintivo,
-casto por definición, los hipócritas han organizado un pudor
-convencional, que es impúdico y corrosivo. La capacidad de amar, cuyas
-efervescencias santifican la vida misma, eternizándola, les parece
-inconfesable, como si el beso febril de dos bocas amantes fuera menos
-natural que el beso del sol cuando enciende las corolas de las flores.
-Mantienen oculto y misterioso todo lo concerniente al amor, como si
-el convertirlo en delito no acicatara la tentación de los castos;
-pero esa pudibundez visible no les prohibe ensayar invisiblemente las
-abyecciones más torpes. Se escandalizan de la pasión sin renunciar al
-vicio, limitándose á disfrazarlo ó encubrirlo. Encuentran que el mal no
-está en las cosas mismas, sino en las apariencias, formándose una moral
-para sí y otra para los demás, como las casadas que se creen honestas
-aunque tengan varios amantes y reprochan severamente á la que ama á uno
-solo sin tener marido.
-
-No tiene límites esta escabrosa frontera de la hipocresía. Celosos
-catones de las costumbres, persiguen como deshonestas las más puras
-exhibiciones de la belleza artística. Pondrían una hoja de parra en
-la mano de la Venus Medicea, como otrora injuriaron telas y estatuas
-para velar las más divinas desnudeces de Grecia y del Renacimiento.
-Esos espíritus vulgares confunden la castísima armonía de la belleza
-plástica con la intención obscena que los asalta al contemplarla: no
-advierten que la perversidad está siempre en ellos, nunca en la obra de
-arte.
-
-El pudor de los hipócritas es la peluca de su calvicie moral.
-
-
-III.--LOS TRÁNSFUGAS DE LA HONESTIDAD.
-
-Mientras el hipócrita merodea en la penumbra, el inválido moral se
-refugia en la obscuridad. En el crepúsculo medra el vicio, que la
-mediocridad ampara; en la noche irrumpe el delito, reprimido por
-leyes que la sociedad forja. Desde la hipocresía consentida hasta el
-crimen castigado, la transición es insensible: la noche se incuba en
-el crepúsculo. De la honestidad convencional se pasa á la infamia
-gradualmente, por matices leves y concesiones sutiles. En eso está el
-peligro de la conducta acomodaticia y vacilante.
-
-Los tránsfugas de la moral son rebeldes á la domesticación; desprecian
-la prudente cobardía de Tartufo. Ignoran su equilibrismo, no saben
-simular, agreden los prejuicios consagrados; y como la sociedad no
-puede tolerarlos sin comprometer su propia existencia, ellos tienden
-sus guerrillas, desembozadamente, contra ese mismo orden social cuya
-custodia obsesiona á los mediocres.
-
-Comparado con el inválido moral, el hombre honesto parece una alhaja.
-Esa distinción es necesaria; hay que hacerla en su favor, seguros de
-que él la reputará honrosa. Si es incapaz de ideal, también lo es
-de crimen; sabe disfrazar sus instintos, encubre el vicio, elude el
-delito. En los otros, en cambio, toda perversidad brota á flor de
-piel, como una erupción pustulosa; son incapaces de sostenerse en la
-hipocresía, como los idiotas lo son de embalsarse en la rutina. Los
-honestos se esfuerzan por merecer el purgatorio; los delincuentes
-se han decidido por el infierno, embistiendo sin escrúpulos ni
-remordimientos contra el armazón de prejuicios y leyes que la sociedad
-les opone.
-
-Cada agregado humano cree que «la» verdadera moral es «su» moral,
-olvidando que hay tantas como rebaños de hombres. Se es infame,
-vicioso, honesto ó virtuoso, con relación á la moralidad del
-grupo, variable en el tiempo y en el espacio. La «moral» no es una
-realidad, no tiene existencia esotérica, como no lo es la «sociedad»
-abstractamente considerada.
-
-El bien y el mal serían idénticos si se les considerara en sí mismos,
-objetivamente, como atributos de ciertos hechos; se diferencian en
-nuestro juicio humano. Si dos sujetos tiran una moneda al aire y
-apuestan «á cara ó cruz», la cara es el bien de uno y el mal de otro,
-lo mismo que la cruz; la moneda, en sí, es una y no representa al bien
-ni al mal. Esos conceptos básicos de la ética son juicios elementales
-que acompañan á los conceptos de útil y nocivo, son movedizas sombras
-chinescas que los fenómenos reales proyectan en la psiquis social:
-calificaciones que ella hace de fenómenos indiferentes en sí mismos.
-Esa calificación se transmuta continuamente, transformándose sin cesar
-el bien en mal y viceversa.
-
-Sus cánones no son absolutos ni inviolables; se transforman obedeciendo
-al enmarañado determinismo de la evolución social. En cada ambiente y
-en cada momento histórico existe un criterio medio que sanciona como
-buenos ó malos, honestos ó delictuosos, permitidos ó inadmisibles, los
-actos individuales que son útiles ó nocivos á la vida colectiva. En
-cada momento histórico ese criterio medio es la subestructura de la
-moral, variable siempre.
-
-Las morales no nacen de principios abstractos; la pequeñez de nuestro
-espíritu, frente al espacio y al tiempo infinitos, suele inducirnos
-en el error de suponer que existen dogmas eternos é inmutables. Sus
-fórmulas, aplicadas á la calificación de un acto ó de una conducta,
-son conceptos efímeros establecidos por cada sociedad, que los deforma
-y subvierte cuando la conveniencia colectiva lo exige. Un acto no es
-honesto ni delictuoso en sí mismo, sino ante el juicio de la sociedad
-en que se produce. Por eso, cuando las condiciones de lucha por la vida
-se transforman, modifícase la apreciación de ciertos actos y varía su
-interpretación.
-
-Ésa es la única teoría natural del delito, como acto antisocial: los
-delincuentes son individuos incapaces de adaptar su conducta á la
-moralidad media de la sociedad en que viven. Son inferiores; tienen
-el «alma de la especie», pero no adquieren el «alma social». Divergen
-de la mediocridad, pero en sentido opuesto á los hombres excelentes,
-cuyas variaciones originales determinan una desaptación evolutiva en el
-sentido de la perfección.
-
-Son innúmeros. Todas las formas corrosivas de la degeneración desfilan
-en su caleidoscopio, como si al conjuro de un maléfico exorcismo
-se convirtieran en pavorosa realidad los más sórdidos ciclos de un
-infierno dantesco: parásitos de la escoria social, fronterizos de la
-infamia, comensales del vicio y de la deshonra, tristes que se mueven
-acicateados por sentimientos anormales, espíritus que sobrellevan la
-fatalidad de herencias enfermizas y sufren la carcoma inexorable de las
-miserias ambientes.
-
-Irreductibles é indomesticables, aceptan como un duelo permanente la
-vida en sociedad. Pasan por nuestro lado impertérritos y sombríos,
-llevando sobre las frentes fugitivas el estigma de su destino
-involuntario y en los mudos labios la mueca oblicua del que escruta á
-sus semejantes con ojo enemigo. Parecen ignorar que son las víctimas
-de un complejo determinismo, superior á todo freno ético; súmanse en
-ellos los desequilibrios transfundidos por una herencia malsana, las
-deformes configuraciones morales plasmadas en el medio social y las mil
-circunstancias ineludibles que atraviésanse al azar en su existencia.
-La ciénaga en que chapalean su conducta asfixia los gérmenes posibles
-de todo sentido moral, desarticulando las últimas anastomosis que los
-vinculan al solidario consorcio de los mediocres. Viven adaptados á una
-moral aparte, con panoramas de sombrías perspectivas, esquivando los
-clarores luminosos y escurriéndose entre las penumbras más densas;
-fermentan en el agitado aturdimiento de las grandes ciudades modernas,
-retoñan en todas las grietas del edificio social y conspiran sordamente
-contra su estabilidad, ajenos á las normas de conducta características
-del hombre mediocre, eminentemente conservador y disciplinado. La
-imaginación nos permite alinear sus torvas siluetas sobre un lejano
-horizonte donde la lobreguez crepuscular vuelca sus tonos violentos
-de oro y de púrpura, de incendio y de hemorragia: desfile de macabra
-legión que marcha atropelladamente hacia la ignominia.
-
-En esa pléyade anormal culminan por su virulencia los fronterizos del
-delito. Su débil sentido moral les impide conservar intachable su
-conducta, sin caer por ello en plena delincuencia: son los imbéciles
-de la honestidad, distintos del idiota moral que rueda á la cárcel.
-No son delincuentes ante la ley, pero son incapaces de mantenerse
-honestos; pobres espíritus, de carácter claudicante y voluntad
-relajada, no saben poner vallas seguras á los factores ocasionales, á
-las sugestiones del medio, á la tentación del lucro fácil, al contagio
-imitativo. Viven solicitados por tendencias opuestas, oscilando entre
-el bien y el mal, como el asno de Buridán. Son caracteres conformados
-minuto por minuto en el molde inestable de las circunstancias. Ora
-son auxiliares permanentes del vicio y del delito, ora delinquen
-á medias por incapacidad de ejecutar un plan completo de conducta
-antisocial, ora tienen suficiente astucia y previsión para llegar al
-borde mismo del manicomio y de la cárcel, sin caer. Estos sujetos de
-moralidad incompleta, larvada, accidental ó alternante, representan
-las etapas de transición entre la honestidad y el delito, la zona de
-interferencia entre el bien y el mal, socialmente considerando. Carecen
-del equilibrismo oportunista que salva del naufragio á los hombres
-mediocres.
-
-Un estigma irrevocable impídeles conformar sus sentimientos á
-los criterios morales de su sociedad. En algunos es producto del
-temperamento nativo; son los delincuentes natos ó locos morales,
-incapaces de organizarse una personalidad mediocre y mantenerse
-honestos; pululan en las cárceles y viven como enemigos dentro de la
-sociedad que los hospeda. En muchos la degeneración moral es adquirida,
-fruto de la educación; en ciertos casos deriva de la lucha por la
-vida en un medio social desfavorable á su esfuerzo; son mediocres
-desorganizados, caídos en la ciénaga por obra del azar, capaces de
-comprender su desventura y avergonzarse de ella, como la fiera que ha
-errado el salto. En otros hay una inversión de los valores éticos,
-una perturbación del juicio que impide medir el bien y el mal con el
-cartabón aceptado por la sociedad; son invertidos morales, inaptos
-para estimar la honestidad y el vicio. Instables hay, por fin, cuyo
-carácter traduce la ausencia de sólidos cimientos que los aseguren
-contra el oscilante vaivén de los apremios materiales y la alternativa
-inquietante de las tentaciones deshonestas. Esos inválidos no sienten
-la coerción del rebaño; su moralidad inferior chapalea en el vicio
-hasta el momento de rodar al delito.
-
-Algunos son extrasociales, como el vagabundo ó el loco. Otros son
-antisociales, como el delincuente y el sectario. Los primeros, en
-su gran mayoría, para nada cuentan en la historia de la sociedad;
-paralíticos de la voluntad ó del carácter, enfermos de la inteligencia
-ó del sentimiento, son animales descarriados de la grey humana,
-condenados á vegetar una semivida cuyos más nobles resortes están
-enmohecidos. En muchos de los segundos, en cambio, la incapacidad
-de adaptarse á la mentalidad social se traduce por una conducta
-delictuosa; el animal no se limita á aislarse del rebaño, se rebela
-contra él, compromete el orden de cosas establecido para salvaguardar
-la vida y los intereses de sus componentes. Son tristes siempre,
-siniestros con frecuencia.
-
-Complejos estudios han florecido en los últimos cincuenta años,
-dilatando pavorosamente los dominios estrechos de la primitiva
-patología mental. Los alienistas empíricos de antaño no sospechaban
-la existencia de innumerables variedades que hoy pueblan la zona
-del desequilibrio y la anormalidad, fluctuando desde la demencia y
-el delito hasta la avaricia y el misticismo, sin excluir los tipos
-intérlopes: el prestamista, el proxeneta, la ramera ó el difamador. No
-caben ellos en el marco de la mediocridad; su incapacidad de imitar
-á los que les rodean, de domesticarse en la disciplina social,
-impídeles fundirse con la masa amorfa y equilibrada que constituye «el
-rebaño de los que pasan en los siglos sin nombre y sin número.» Estos
-inadaptables son moralmente inferiores al hombre mediocre. Sus matices
-son variados: actúan en la sociedad como los insectos dañinos en la
-naturaleza.
-
-El rebaño teme á estos violadores de su hipocresía. Los mediocres no
-les perdonan el impudor de su infamia y organizan contra ellos un
-complejo armazón defensivo de códigos, jueces y presidios. Á través
-de siglos y de siglos su esfuerzo ha sido ineficaz; constituyen una
-horda extranjera y hostil dentro de su propio terruño, audaz en la
-acechanza, embozada en el procedimiento, infatigable en la tramitación
-aleve de sus programas trágicos. Algunos confían su vanidad al filo de
-la cuchilla subrepticia, siempre alertas para blandirla con fulgurante
-presteza contra el corazón ó la espalda; otros deslizan furtivamente
-su ágil garra sobre el oro ó la gema que tientan su avidez con
-seducciones irresistibles; éstos violentan, como infantiles juguetes,
-los obstáculos con que la prudencia del mediocre custodia el tesoro
-acumulado en interminables etapas de ahorro y de sacrificio; aquéllos
-denigran vírgenes inocentes para lucrar, ofreciendo los encantos de
-su cuerpo venusto á la insaciable lujuria de sensuales y libertinos;
-muchos succionan la entraña de la miseria en inverosímiles aritméticas
-de usura, como tenias solitarias que nutren su inextinguible voracidad
-en los jugos icorosos del intestino social enfermo; otros sobornan
-conciencias inexpertas para explotar los riquísimos filones de la
-ignorancia y el fanatismo. Todos son equivalentes en el desempeño de
-su parasitaria función antisocial, idénticos todos en la inadaptación
-de sus sentimientos más elementales. Converge en ellos una inveterada
-complicidad de instintos y de perversiones que hace de cada conciencia
-una pústula, arrastrándolos á malvivir del vicio y del delito.
-
-Sea cual fuere, sin embargo, la orientación de su inferioridad
-biológica ó social, encontramos una pincelada común en todos los
-hombres que permanecen bajo el nivel de la mediocridad: la ineptitud
-constante para adaptarse á las condiciones que, en cada colectividad
-humana, limitan la lucha por la vida. Carecen de la aptitud que permite
-al hombre mediocre imitar los prejuicios y las hipocresías de la
-sociedad en que vejeta.
-
-
-IV.--LOS SENDEROS DE LA VIRTUD: EL CORAZÓN Y EL CEREBRO.
-
-La honestidad es una imitación; la virtud es una originalidad.
-Solamente los innovadores poseen talento moral y es obra suya cualquier
-ascenso hacia la perfección; el rebaño se limita á seguir sus huellas,
-incorporando á la honestidad banal lo que fué antes virtud de pocos. Y
-siempre rebajándola.
-
-Hemos distinguido al deshonesto del mediocre, que se enorgullece de
-ser honesto frente á aquél. Insistamos en que la honestidad no es la
-virtud; él se esfuerza por confundirlas, sabiendo que la segunda le es
-inaccesible. La virtud es otra cosa. Es activa; excede infinitamente en
-variedad, en originalidad, en coraje, á la práctica rutinaria de esos
-prejuicios morales que libran al mediocre de la infamia ó de la cárcel.
-
-Ser honesto implica someterse á las convenciones corrientes: sírvele de
-maestra la hipocresía. Ser virtuoso significa á menudo ir contra ellas,
-exponiéndose á que los honestos consideren enemigo de toda moral al
-que lo es solamente de sus prejuicios. Si el sereno ateniense hubiera
-adulado á sus conciudadanos, la historia helénica no estaría manchada
-por su condena y el sabio no habría bebido la cicuta; pero no sería
-Sócrates. Su virtud consistió en resistir los prejuicios de los demás.
-Si viviéramos entre dignos y santos, la opinión ajena podría evitarnos
-tropiezos y caídas; pero es cobardía, viviendo entre mediocres,
-rebajarse al común nivel por miedo de atraerse sus iras. Hacer como
-todos, puede implicar hacer lo indigno; el progreso moral tiene como
-condición adelantarse á su tiempo, como cualquier otro progreso.
-
-Si existiera una moral eterna--y no tantas morales cuantos son los
-pueblos--podría tomarse en serio la leyenda bíblica del árbol cargado
-de frutos del bien y del mal. Sólo tendríamos dos tipos de hombres: el
-bueno y el malo, el honesto y el deshonesto, el normal y el inferior,
-el moral y el inmoral. Pero no es así. Los juicios de valor se
-transforman: el bien de hoy es el mal de ayer, el mal de hoy es el bien
-de mañana.
-
-No es el hombre moralmente mediocre--el honesto--quien determina las
-transformaciones de la moral: él vive perfectamente adaptado á los
-dogmatismos corrientes en su medio.
-
-Son los virtuosos y los santos, inconfundibles con él. Precursores,
-apóstoles, mártires, inventan formas superiores del bien, las enseñan,
-las predican, las imponen. Toda moral futura es un producto de
-esfuerzos individuales, obra de caracteres excelentes que conciben
-y practican perfecciones inaccesibles al hombre honesto. En eso
-consiste el talento moral, que forja la virtud, y el genio moral, que
-crea la santidad. Sin estos hombres originales no se concebiría la
-transformación de las costumbres; conservaríamos los sentimientos y
-acciones de los primitivos seres humanos. Toda evolución moral es un
-esfuerzo del talento virtuoso hacia la perfección futura; nunca inerte
-condescendencia de la mediocridad para con el pasado.
-
-La evolución de las virtudes depende de todos los factores morales é
-intelectuales. El cerebro suele anticiparse al corazón; pero nuestros
-sentimientos influyen más intensamente que nuestras ideas en la
-formación de los criterios morales. El hecho es más notorio en las
-sociedades que en los individuos. Ha podido afirmar Sighele que, si
-resucitase un griego ó un romano, su cerebro permanecería atónito ante
-nuestra cultura intelectual, pero su corazón podría latir al unísono
-con muchos corazones contemporáneos. Sus ideas sobre el universo,
-el hombre y las cosas contrastarían con las nuestras, pero sus
-sentimientos ajustaríanse en gran parte á las palpitaciones del sentir
-moderno. En un siglo cambian las ideas fundamentales de la ciencia y la
-filosofía: los sentimientos centrales de la moral colectiva sólo sufren
-leves oscilaciones, porque los atributos biológicos de la especie
-humana varían lentamente. Nos fuerzan á sonreir los conocimientos
-infantiles de los clásicos; pero sus sentimientos nos conmueven, sus
-virtudes nos entusiasman, sus héroes nos admiran y nos parecen honrados
-por los mismos atributos que hoy nos harían honrarlos. Entonces, como
-ahora, los hombres de ideas más opuestas practicaban análogas virtudes,
-frente á la mediocridad de su tiempo. El fondo sentimental no varía;
-lo que se trasmuta incesantemente es la forma intelectual que lo
-transforma en juicio de valor, dándole fuerza ética.
-
-Hay un progreso moral colectivo. Muchos dogmatismos, que fueron antes
-virtudes, son juzgados más tarde como prejuicios. En cada momento
-histórico las virtudes coexisten con los prejuicios; el talento moral
-practica las primeras; la honestidad mediocre se aferra á los segundos.
-Los grandes virtuosos, cada uno á su modo, combaten contra prejuicios;
-son sus enemigos al predicar una elevación moral en la forma que su
-cultura y su temperamento les sugieren. Aunque por distintos caminos, y
-partiendo de premisas racionales antagónicas, todos se proponen mejorar
-las virtudes en sentido propicio al enaltecimiento del hombre: son
-igualmente enemigos de los prejuicios de su tiempo.
-
-Los virtuosos no igualan á los santos; la sociedad opone demasiados
-obstáculos á su esfuerzo. Pensar el porvenir no implica practicarlo
-totalmente; basta la firme intención de marchar hacia él. Los que
-piensan como profetas pueden verse obligados á proceder como filisteos
-en muchos de sus actos. La virtud es un esfuerzo real hacia lo que se
-concibe como perfección potencial; nunca llega á ser la perfección
-misma.
-
-La evolución moral es lenta, pero segura. La virtud arrastra y enseña;
-los honestos se resignan á imitar alguna parte de las excelencias
-que practican los virtuosos. Cuando se afirma que somos mejores que
-nuestros abuelos, sólo quiere expresarse que lo somos ante nuestra
-moral contemporánea. Fuera más exacto decir que diferimos de ellos.
-Sobre necesidades materiales, perennes en la especie, organízanse
-conceptos de perfección que varían á través de los tiempos; sobre las
-necesidades transitorias de cada sociedad se elabora el arquetipo de
-virtud más útil á su progreso. Mientras el ideal absoluto permanece
-indefinido y ofrece escasas oscilaciones en el curso de siglos
-enteros, el concepto concreto de las virtudes se va plasmando en
-las variaciones reales de la vida social. Los mediocres practican
-rutinariamente la honestidad corriente, sin esfuerzo alguno por
-mejorarse; los virtuosos ascienden por mil senderos hacia cumbres que
-se alejan sin cesar, hacia el infinito.
-
-Sobre cada uno de los sentimientos útiles para la vida humana puede
-florecer una virtud, una forma de talento moral. Hay filósofos que
-meditan durante largas noches insomnes, sabios que sacrifican su vida
-en los laboratorios, patriotas que mueren por la libertad de sus
-conciudadanos, altivos que renuncian todo favor que tenga por precio
-su dignidad, madres que sufren la miseria custodiando el honor de sus
-hijos. El hombre mediocre no conoce esas virtudes: se limita á ser
-honesto, adhiriendo á todas las hipocresías, cumpliendo las leyes por
-temor de las penas que amenazan á quien las viola, trabajando con afán
-de lucro ó sed de vanidad, guardando la honra por no arrostrar las
-consecuencias de perderla.
-
-Así como hay una gama de intelectos, cuyos tonos fundamentales son
-la inferioridad, la mediocridad y el talento,--aparte del idiotismo
-y el genio, que ocupan sus extremos,--hay también una jerarquía
-moral representada por términos equivalentes. En el fondo de esas
-desigualdades hay una profunda heterogeneidad de temperamentos. La
-conformación á los catecismos ajenos resulta fácil para los hombres
-débiles, crédulos, timoratos, sin grandes deseos, sin pasiones
-vehementes, sin necesidad de independencia, sin irradiación de su
-personalidad; es inconcebible, en cambio, en las naturalezas idealistas
-y fuertes, capaces de pasiones vivas, bastante intelectuales para no
-dejarse engañar por la mentira de los demás. Aquéllos no sienten la
-coacción moral del rebaño, pues la hipocresía es su clima propicio;
-éstos sufren, luchando entre sus inclinaciones y el falso concepto del
-deber impuesto por la sociedad. La mediocridad moral á que se ajustan
-los hombres honestos, nunca esclaviza al hombre moralmente superior.
-«Puede acordársele--dice Remy de Gourmont--el valor de una moda á la
-que uno se resigna para no llamar la atención, pero sin interesar
-el ser íntimo y sin hacerle ningún sacrificio profundo». En esa
-disconformidad con la hipocresía colectivamente organizada consiste la
-virtud, que es individual, á la contra de la caridad y la beneficencia
-mundanas, simples caricaturas colectivas, donde la miseria de los
-corazones tristes alimenta la vanidad de los cerebros vacíos.
-
-Los temperamentos capaces de virtud difieren por su intensidad. El
-primer germen de perfección moral se manifiesta en una decidida
-preferencia por el bien: haciéndolo, enseñándolo, admirándolo. La
-bondad es el primer esfuerzo hacia la virtud: el hombre bueno, esquivo
-á las hipócritas condescendencias permitidas por la honestidad, lleva
-en sí una partícula de santidad. El «buenismo» es la moral de los
-pequeños virtuosos; su prédica es plausible, siempre que enseñe á
-evitar la cobardía: su peligro. Hay excesos de bondad que no podrían
-distinguirse del envilecimiento; hay falta de justicia en la moral
-del perdón sistemático. Está bien perdonar una vez y sería inicuo no
-perdonar ninguna; pero el que perdona dos veces se hace cómplice de los
-malvados. No sabemos qué hubiera hecho Cristo si le hubiesen abofeteado
-la segunda mejilla que ofreció al que le afrentaba la primera: los
-evangelistas no osaron plantearse este problema.
-
-Enseñemos á perdonar; pero enseñemos también á no ofender. Será más
-eficiente. Enseñémoslo con el ejemplo, no ofendiendo. Admitamos que
-la primera vez se ofende por ignorancia; pero creemos que la segunda
-suele ser por maldad. El mal no se corrige con la complacencia ó la
-complicidad; es nocivo como los venenos y debe oponérsele antídotos
-eficaces: la reprobación y el desprecio.
-
-Los pequeños virtuosos prefieren la práctica del bien á su prédica.
-Mientras los hipócritas recetan la austeridad, reservando la
-indulgencia para sí mismos, ellos evitan los sermones y enaltecen
-su propia conducta. Para los demás encuentran una disculpa, en la
-debilidad humana ó en la tentación del medio: «tout comprendre c'est
-tout pardonner»; sólo son severos consigo mismos. Nunca olvidan sus
-propias culpas y errores; y si no olvidan las ajenas, tampoco se
-preocupan de atormentarlas con su odio, pues saben que el tiempo las
-castiga fatalmente, por esa gravitación que abisma á los perversos
-como si fueran globos desinflados. Su corazón es sensible á las
-pulsaciones de los ajenos, abriéndose á toda hora para adulcir las
-penas de un desventurado y previniendo sus necesidades para ahorrarle
-la humillación de pedir ayuda; hacen siempre todo lo que pueden,
-poniendo en ello tal afán que trasluce el deseo de haber hecho más y
-mejor. Aprueban y estimulan cualquier germen de cultura, prodigando
-su aplauso á toda idea original y compadeciendo á los ignorantes
-sin reproches inoportunos; su cordialidad sincera con los espíritus
-humildes no está corroída por la urbanidad convencional.
-
-Esas pequeñas virtudes son usuales, de aplicación frecuente,
-cuotidiana; sirven para distinguir al bueno del mediocre y difieren
-tanto de la honestidad como el buen sentido difiere del sentido común.
-Importan una elevación sobre la mediocridad; los que saben practicarlas
-merecen los elogios que tan pródigamente se les tributan. Desde Platón
-y Plutarco está hecha su apología; ello no impide su asidua reiteración
-por escritores que glosan en estilo menos decisivo la socorrida frase
-de Hugo: «Il se fait beaucoup de grandes actions dans les petites
-luttes. Il y a des bravoures opiniatres et ignorées qui se défendent
-pied á pied dans l'ombre contre l'envahissement fatal des nécessités.
-Noble et mistérieux triomphe qu'aucun regard ne voit, qu'aucune
-renommée ne paye, qu'aucune fanfare ne salue. La vie, le malheur,
-l'isolement, l'abandon, la pauvreté, sont des champs de bataille qui
-ont leurs héros; héros obscurs plus grands parfois que les héros
-illustres».
-
-No olvidemos, sin embargo, que esas virtudes son pequeñas; es grave
-error oponerlas á las grandes. Ellas revelan una loable tendencia, pero
-no pueden compararse con el asiduo celo de perfección que convierte
-la bondad en virtud. Para esto se requiere cierta intelectualidad
-superior; las mentes exiguas no pueden concebir un gesto trascendente
-y noble, ni sabría ejecutarlo un carácter amorfo. Á los que dicen:
-«no hay tonto malo», podría respondérseles que la incapacidad del mal
-no es bondad. Aún está por resolverse el antiguo litigio que proponía
-á elegir entre un imbécil bueno y un inteligente malo; pero está
-seguramente resuelto que la imbecilidad no es una presunción de virtud,
-ni la inteligencia lo es de perversidad. Ello no impide que muchos
-mediocres protesten contra el ingenio y la ilustración, glosando la
-paradoja de Rousseau, hasta inferir de ella que la escuela puebla las
-cárceles y que los hombres más buenos son los torpes é ignorantes.
-
-Sócrates enseñó--hace de esto algunos años--que la Ciencia y la Virtud
-se confunden en una sola y misma resultante: la Sabiduría. Para hacer
-el bien, basta verlo claramente; no lo hacen los que no lo ven; nadie
-sería malo sabiéndolo. El hombre más inteligente y más ilustrado puede
-ser el más bueno; «puede» serlo, aunque no siempre lo sea. En cambio
-el torpe y el ignorante no pueden serlo nunca, irremisiblemente.
-
-La moralidad es tan importante como la inteligencia en la composición
-global del carácter. Los más grandes espíritus son los que asocian
-las luces del intelecto con las magnificencias del corazón. La
-«grandeza de alma» es bilateral. Son raros esos talentos completos ó
-poliédricos; son excepcionales esos genios. Así lo enseñan los epítomes
-de psicología escolar. Los caracteres perfectamente equilibrados son
-rarezas. Los hombres excelentes brillan por esta ó aquella aptitud,
-sin resplandecer en todas; hay asimismo talentos de alguna aptitud
-intelectual, que no lo son en virtud alguna, y hombres virtuosos que no
-asombran por sus dotes intelectuales.
-
-Ambas formas de talento, aunque distintas y cada una multiforme, son
-igualmente necesarias y merecen el mismo homenaje. Pueden observarse
-aisladas; suelen germinar al unísono en el hombre excelente. Aisladas
-poco valen. La virtud es inconcebible en el imbécil y el ingenio es
-infecundo en el desvergonzado. La subordinación de la moralidad á la
-inteligencia es un renunciamiento de toda dignidad; el más ingenioso
-de los hombres sería detestable cuando pusiera su ingenio al servicio
-de la rutina, del prejuicio ó del servilismo: sus triunfos serían
-su vergüenza, no su gloria. Por eso dijo Cicerón, ha muchos siglos:
-«Cuanto más fino y culto es un hombre, tanto más repulsivo y sospechoso
-se vuelve si pierde su reputación de honesto». (_De Offic._, II, 9.)
-Verdad es que el tiempo perdona sus vicios á los genios y á los héroes,
-capaces de exceder con el bien que hacen al mal que no dejaron de
-hacer; pero ellos son excepciones raras y en vida habría que medirlos
-con el criterio de la posteridad: la transcendente magnitud de su obra.
-
-Esas nociones suprimen algunos problemas inocentes, como el de fallar
-si son preferibles los que crean, inventan y perfeccionan en las
-ciencias y en las artes, ó los que poseen un admirable conjunto de
-energías morales que impulsa á jugar el porvenir y la vida en defensa
-de la dignidad y la justicia. Entre los talentos intelectuales y los
-talentos morales, estos últimos suelen ser preferidos con razón,
-conceptuándolos más necesarios. «El talento superior es el talento
-moral», ha escrito Smiles, glosando al inagotable M. de la Palisse. De
-ese parangón está excluido, _a priori_, el hombre mediocre, pues sólo
-tiene rutinas en el cerebro y prejuicios en el corazón.
-
-La apoteosis del tonto bueno encamínase, evidentemente, á protestar,
-como lo hacía Cicerón, contra los que pretenden consentir al ingenio un
-absurdo derecho á la inmoralidad. El sistema es equívoco; igualmente
-injusto sería desacreditar á los santos más ejemplares fundándose en
-que existen simuladores de la virtud.
-
-Es capcioso oponer el ingenio y la moral, como términos inconciliables.
-¿Sólo podría ser virtuoso el rutinario ó el imbécil? ¿Sólo podría
-ser ingenioso el deshonesto ó el degenerado? La humanidad debiera
-sonrojarse ante estas preguntas. Sin embargo, ellas son insinuadas por
-catequistas igualitarios que adulan á la mediocridad, buscando el éxito
-ante su número infinito. El sofisma es sencillo. De muchos grandes
-hombres se cuentan anomalías morales ó de carácter, que no suelen
-contarse del mediocre y del imbécil; luego, aquéllos son inmorales y
-éstos son virtuosos.
-
-Aunque las premisas fuesen exactas, la conclusión sería ilegítima. Si
-se concediera--y es mentira--que los grandes ingenios son forzosamente
-inmorales, no habría por qué otorgar al mediocre y al imbécil el
-privilegio de la virtud, reservado al talento moral.
-
-Pero la premisa es falsa. Si se cuentan desequilibrios de los genios y
-no de los mediocres, no es porque éstos sean faros de virtud, sino por
-una razón muy sencilla: la historia solamente se ocupa de los primeros,
-ignorando á los segundos. Por un poeta alcoholista hay diez millones de
-mediocres que beben como él; por un filósofo uxoricida hay quinientos
-mil uxoricidas que no son filósofos; por un sabio experimentador, cruel
-con un perro ó una rana, hay una incontable cohorte de cazadores y
-toreros que le aventajan en impiedad. ¿Y qué dirá la historia? Hubo un
-poeta alcoholista, un filósofo uxoricida y un sabio cruel: los millones
-de mediocres no tienen biografía. Moreau de Tours equivocó el rumbo;
-Lombroso se extravió; Nordau hizo de la cuestión una simple polémica
-literaria. No comulguemos con ruedas de molino; la premisa es falsa.
-Los que han visitado cien cárceles pueden asegurar que había en ellas
-cincuenta mil hombres de inteligencia mediocre ó inferior, junto á
-cinco ó veinte hombres de talento. No han visto á un solo hombre de
-genio.
-
-Volvamos al sano concepto socrático, hermanando la virtud y el ingenio,
-aliados antes que adversarios. Una elevada inteligencia es siempre
-propicia al talento moral y éste es la condición misma de la virtud.
-Sólo hay una cosa más vasta, ejemplar, magnífica, el golpe de ala que
-eleva hacia lo desconocido hasta entonces, remontándonos hasta las
-cimas eternas de esta aristocracia moral: son los genios que enseñan
-virtudes no practicadas hasta la hora de sus profecías ó que practican
-las conocidas con intensidad extraordinaria. Si un hombre encarrila en
-absoluto su vida hacia un ideal, eludiendo ó contrastando todas las
-contingencias materiales que contra él conspiran, ese hombre se eleva
-sobre el nivel mismo de las más altas virtudes. Entra á la santidad.
-
-
-V.--LA SANTIDAD.
-
-La santidad existe: los genios morales son los «santos» de la
-humanidad. La evolución de los sentimientos colectivos, representados
-por los conceptos de bien y de virtud, se opera por intermedio de
-hombres extraordinarios. En ellos se resume ó polariza alguna
-tendencia inmanente del continuo devenir moral. Algunos legislan
-y fundan religiones, como Manou, Confucio, Moisés ó Budha, en
-civilizaciones primitivas, cuando los estados son teocracias; otros
-predican y viven su moral, como Sócrates, Zenón ó Cristo, confiando
-la suerte de sus nuevos valores á la eficacia del ejemplo; los hay,
-en fin, que transmutan racionalmente las doctrinas, como Antistenes,
-Epicuro ó, Spinoza. Sea cual fuere el juicio que á la posteridad
-merezcan sus enseñanzas, todos ellos son inventores, fuerzas originales
-en la evolución del bien y del mal, en la metamorfosis de las virtudes.
-Son siempre hombres extraordinarios, genios, los que las enseñan.
-Los talentos morales perfeccionan ó practican de manera excelente
-esas virtudes por ellos creadas; los mediocres morales se limitan á
-imitarlas tímidamente.
-
-Toda santidad es excesiva, desbordante, obsesionadora, absorbente,
-incontrastable: es genio. Se es santo por temperamento y no por
-cálculo, por corazonadas firmes, más que por doctrinarismos racionales:
-así lo fueron todos. El inflexible absolutismo del profeta ó del
-apóstol es simbólico; sin él no tendríamos la iluminada firmeza del
-virtuoso ni la obediencia disciplinada del honesto. Los santos no son
-los factores prácticos de la vida social, sino las masas mediocres
-que imitan débilmente su fórmula. No fué Francisco un instrumento
-eficaz de la beneficencia, virtud cristiana que el tiempo reemplazará
-por la solidaridad social; sus efectos normales son producidos por
-innumerables individuos que serían incapaces de practicarla por
-iniciativa propia, y que de su exaltación sublime reciben sugestiones,
-tendencias y ejemplos, graduándolos, difundiéndolos. El santo de Asís
-muere de consunción, obsesionado por su virtud, sin cuidarse de sí
-mismo; entrega su vida á su ideal; los mediocres que practican la
-beneficencia por él predicada cumplen una obligación, tibiamente, sin
-perturbar su tranquilidad en holocausto á los demás.
-
-La santidad crea ó renueva. «La extensión y el desarrollo de los
-sentimientos sociales y morales--dice Ribot--, se han producido
-lentamente y por obra de ciertos hombres que merecen ser llamados
-_inventores_ en moral. Esta expresión puede sonar extrañamente á
-ciertos oídos de gente imbuida de la hipótesis de un conocimiento del
-bien y del mal innato, universal, distribuido á todos los hombres
-y en todos los tiempos. Si en cambio se admite una moral que se va
-haciendo, es necesario que ella sea la creación, el descubrimiento
-de un individuo ó de un grupo. Todo el mundo admite inventores en
-geometría, en música, en las artes plásticas ó mecánicas; pero también
-ha habido hombres que por sus disposiciones morales eran muy superiores
-á sus contemporáneos, y han sido promotores, iniciadores. Es importante
-observar que la concepción teórica de un ideal moral más elevado, de
-una etapa á pasar, no basta; se necesita una emoción poderosa que haga
-obrar y, por contagio, comunique á los otros su propio _élan_. El
-avance es proporcional á lo que se siente y no á lo que se piensa.»
-
-Por esto el genio moral es incompleto mientras no actúa; la simple
-visión de ideales magníficos no implica la santidad, que está en el
-ejemplo, más bien que en la doctrina; pero no fuera de su creación
-original. Los titulados santos de ciertas religiones rara vez son
-creadores; son simples virtuosos ó alucinados, que el interés del
-culto y la política eclesiástica disfrazan de genios, atribuyéndoles
-una santidad nominal. En la historia del sentimiento religioso sólo
-son genios los que fundan ó transmutan, pero de ninguna manera los
-que organizan órdenes, establecen reglas, repiten un credo, practican
-una norma ó difunden un catecismo. El santoral católico es irrisorio.
-Junto á pocas vidas que merecen la hagiografía de un Fra Domenico
-Cavalca, muchas hay que no interesan al moralista ni al psicólogo.
-Numerosas tientan la curiosidad de los alienistas ó son homenajes de
-los concilios al fanatismo de ciegos rebaños.
-
-Pongamos más alta la santidad: donde señale una orientación
-inconfundible en la historia de la moral. Y para eso cada hora en la
-humanidad tiene un clima, una atmósfera y una temperatura que sin
-cesar varían. Cada clima es propicio al florecimiento de ciertas
-virtudes; cada atmósfera se carga de creencias que señalan su
-orientación intelectual; cada temperatura marca los grados de fe con
-que se acentúan determinados ideales y aspiraciones. Una humanidad
-que evoluciona no puede tener ideales inmutables, sino incesantemente
-perfectibles, cuyo poder de transformación sea infinito como la vida.
-La virtud del pasado no es la virtud del presente; los santos de mañana
-no serán los mismos de ayer. Cada momento del equilibrio entre los
-hombres y la naturaleza requiere cierta forma de santidad que sería
-estéril si no fuera oportuna, pues las virtudes se van plasmando en las
-variaciones de la vida social.
-
-En el amanecer de los pueblos, cuando los hombres viven luchando á
-brazo partido con la naturaleza avara, es indispensable ser fuertes y
-valientes para ejercer la hegemonía ó asegurar la libertad del grupo;
-entonces la cualidad suprema es la excelencia física y la virtud del
-coraje se transforma en culto de héroes, equiparados á los dioses. La
-santidad está en el heroísmo.
-
-En las grandes crisis de renovación moral, cuando la apatía ó la
-decadencia amenazan disolver un pueblo ó una raza, la virtud excelente
-entre todas es la integridad del carácter, que permite vivir ó morir
-por un ideal fecundo para el común engrandecimiento. La santidad está
-en el apostolado.
-
-En las plenas civilizaciones más sirve á la humanidad el que descubre
-una nueva ley de la naturaleza, ó enseña á dominar alguna de sus
-fuerzas, que quien culmina por su temperamento de héroe ó de apóstol.
-Por eso el prestigio rodea á las virtudes intelectuales: la santidad
-está en la sabiduría.
-
-Los ideales éticos no son exclusivos del sentimiento religioso; no
-lo es la virtud; ni la santidad. Sobre cada sentimiento pueden ellos
-florecer. Cada época tiene sus ideales, sus virtuosos y sus santos:
-héroes, apóstoles ó sabios.
-
-Las naciones llegadas á cierto nivel de cultura santifican en sus
-grandes pensadores á los portaluces y heraldos de su grandeza
-espiritual. Si el ejemplo supremo para los que combaten lo dan los
-héroes y para los que creen los apóstoles, para los que piensan lo dan
-los filósofos. En la moral de las sociedades que se forman, culminan
-Alejandro, César ó Napoleón; y cuando se renuevan, Sócrates, Cristo ó
-Bruno; pero llega un momento en que los santos se llaman Aristóteles,
-Bacon y Goethe. La santidad varía á compás del ideal.
-
-Los espíritus cultos conciben la santidad en los pensadores, tan
-luminosa como en los héroes y en los apóstoles; en las sociedades
-modernas el «santo» es un anticipado visionario de teorías ó profeta
-de hechos, que la posteridad confirma, aplica ó realiza. Se comprende
-que, á sus horas, haya santidad en servir á un ideal en los campos de
-batalla ó desafiando la hipocresía, como en los supremos protagonistas
-de una _Iliada_ ó de un _Evangelio_; pero se afirma que también es
-santo, de otros ideales, el poeta, el sabio ó el filósofo que viven
-eternos en su _Divina Comedia_, en su _Novum Organum_ ó en su _Origen
-de las Especies_. Si es difícil mirar un instante la cara de la muerte
-que amenaza paralizar nuestro brazo, lo es más resistir toda una vida
-los prejuicios y rutinas que amenazan asfixiar nuestra inteligencia.
-
-La humanidad asciende sin reposo hacia remotas cumbres, entre nieblas
-que se espesan y disipan. Los más las ignoran, esclavos de los comunes
-prejuicios; pocos elegidos pueden verlas, en ciertas horas propicias,
-y poner un Ideal en las cimas lejanas, aspirando á aproximársele.
-Orientada por una exigua constelación de visionarios, las generaciones
-remontan desde la rutina hacia Verdades cada vez menos inexactas y
-desde el prejuicio hacia Virtudes cada vez menos imperfectas. Todos los
-caminos de la santidad conducen hacia el punto infinito que marca su
-imaginaria convergencia.
-
-
-
-
- LOS CARACTERES MEDIOCRES
-
-I. HOMBRES Y SOMBRAS.--II LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES: GIL BLAS DE
-SANTILLANA.--III LA VANIDAD Y EL ORGULLO.--IV LA DIGNIDAD.
-
-
- I.--HOMBRES Y SOMBRAS.
-
-Desprovistos de alas y de penacho, los caracteres mediocres son
-incapaces de volar hasta una cumbre ó de batirse contra un rebaño.
-Su vida es perpetua complicidad con la ajena. Son hueste mercenaria
-del primer hombre firme que sepa uncirlos á su yugo. Atraviesan el
-mundo cuidando su sombra é ignorando su personalidad. Nunca llegan
-á individualizarse; ignoran el placer de exclamar «yo soy», frente
-á los demás. No existen solos. Su amorfa estructura los obliga á
-borrarse en una raza, en un pueblo, en un partido, en una secta, en una
-bandería: siempre á embadurnarse de otros. Apuntalan todas las rutinas
-y prejuicios consolidados á través de siglos. Así medran. Siguen el
-camino de las menores resistencias, nadando á favor de toda corriente
-y variando con ella; en su rodar aguas abajo no hay mérito: es simple
-incapacidad de nadar aguas arriba. Flotan porque saben adaptarse á la
-hipocresía social, como tenias en una entraña.
-
-Son refractarios á todo gesto digno; le son hostiles. Conquistan
-«honores» y alcanzan «dignidades», en plural; han inventado el
-inconcebible plural del honor y la dignidad, por definición singulares
-é inflexibles. Viven de los demás y para los demás: sombras de una
-grey. Su existencia es el accesorio de focos que la proyectan; carecen
-de luz, de arrojo, de fuego, de emoción. Todo es, en ellos, prestado.
-
-Los caracteres excelentes ascienden á la propia dignidad, nadando
-contra todas las corrientes rebajadoras, cuyo reflujo acosan y
-contrastan. Frente á los otros se les reconoce de inmediato, nunca
-borrados por esa brumazón moral en que aquéllos se destiñen. Su
-personalidad es toda brillo y arista:
-
- _Firmeza y luz, como cristal de roca_,
-
-breves palabras que sintetizan su definición perfecta. No la dieron
-mejor Teofrasto ó la Bruyère. Han creado su vida y servido un
-Ideal, perseverando en su ruta, sintiéndose dueños de sus acciones,
-templándose por grandes esfuerzos: seguros en sus creencias, leales á
-sus afectos, fieles á su palabra. Nunca se obstinan en el error, sin
-traicionar por ello á la verdad. Ignoran el impudor de la inconstancia
-y la insolencia de la ingratitud. Pujan contra los obstáculos y
-afrontan las dificultades. Son respetuosos en la victoria y se
-dignifican en la derrota: como si para ellos la belleza estuviera en
-la lid y no en su resultado. Siempre, invariablemente, ponen la mirada
-alto y lejos; tras lo actual fugitivo divisan un Ideal más respetable
-cuanto más distante. Estos optímates son contados; cada uno vive por
-un millón. Poseen una firme línea moral, sirviéndoles de esqueleto ó
-de armadura. Son alguien. Su fisonomía es la propia y no puede ser de
-nadie más; son inconfundibles, capaces de imprimir su sello indeleble
-en mil iniciativas fecundas. La multitud mediocre los teme, como la
-llaga al cauterio; sin advertirlo, empero, los adora con su desdén.
-Son los verdaderos amos de la sociedad, los que agreden el pasado y
-preparan el porvenir, los que destruyen y plasman. Son los actores del
-drama social, con energía inagotable. Poseen el don de resistir á la
-masa y pueden librarse de su tiranía niveladora. Por ellos la Humanidad
-vive y progresa. Son siempre excesivos; centuplican las cualidades
-que los demás sólo poseen en germen. La hipertrofia de una idea ó una
-pasión los hace inadaptables á su medio, exagerando su pujanza; mas,
-para la sociedad, realizan una función armónica y vital. Sin ellos se
-inmovilizaría el progreso humano, estancándose como velero sorprendido
-en alta mar por la bonanza. De ellos, solamente de ellos, suelen
-ocuparse la historia y el arte, interpretándolos como arquetipos de la
-Humanidad.
-
-El hombre que piensa con su propia cabeza y la sombra que refleja los
-pensamientos de su rebaño, parecen pertenecer á mundos distintos.
-Hombres y sombras: difieren como el cristal y la arcilla.
-
-El cristal tiene una forma preestablecida en su propia composición
-química; cristaliza en ella ó no, según los casos; pero nunca
-tomará otra forma que la propia. Al verlo sabemos lo que es,
-inconfundiblemente. De igual manera el hombre superior es siempre
-uno, en sí, aparte de los demás. Si el clima social le es propicio
-conviértese en núcleo de energías sociales, proyectando sobre el
-medio sus características propias, á la manera del cristal que en una
-solución saturada provoca nuevas cristalizaciones semejantes á sí
-mismo, creando formas de su propio sistema geométrico. La arcilla,
-en cambio, carece de forma propia y toma la que le imprimen las
-circunstancias exteriores, los seres que la presionan ó las cosas que
-la rodean; conserva el rastro de todos los surcos y el hoyo de todos
-los dedos, como la cera, como la masilla; será cúbica, esférica ó
-piramidal, según la modelen. Así los caracteres mediocres: sensibles á
-las coerciones del medio en que viven, incapaces de servir una fe ó una
-pasión.
-
-Las creencias son el esqueleto del carácter; el hombre que las posee
-firmes y elevadas, lo tiene excelente. Las sombras no creen. La
-personalidad está en perpetua evolución y el carácter individual es su
-delicado instrumento; hay que templarlo sin descanso en las fuentes de
-la cultura y del amor. Nace, en parte, con nosotros: el temperamento.
-Se educa después: la experiencia. Lo que heredamos implica cierta
-fatalidad, que la educación corrige y orienta. Los hombres están
-predestinados á conservar su línea propia entre las presiones
-coercitivas de la sociedad; las sombras no tienen resistencia, se
-adaptan á los demás hasta desfigurarse, domesticándose. El carácter se
-expresa por actividades que constituyen la conducta. Cada ser humano
-tiene el correspondiente á sus creencias; si es «firmeza y luz», como
-dijo el poeta, la firmeza está en los sólidos cimientos de su cultura y
-la luz en su elevación moral.
-
-Los elementos intelectuales no bastan para determinar su orientación;
-la febledad del carácter depende tanto de la mediocridad moral como
-de aquéllos, ó más. Sin algún ingenio es imposible ascender por los
-senderos de la virtud; sin alguna virtud son inaccesibles los del
-ingenio. En la acción van de consuno. La fuerza de las creencias
-está en no ser puramente racionales; pensamos con el corazón y con
-la cabeza. Ellas no implican un conocimiento exacto de la realidad;
-son simples juicios á su respecto, susceptibles de ser corregidos
-ó reemplazados. Son nuestras verdades actuales; cada verdad es una
-opinión contingente y provisoria. Todo juicio implica una afirmación;
-el juicio negativo es una creencia, lo mismo que el afirmativo. Toda
-negación es, en sí misma, afirmativa; negar es afirmar una negación. La
-actitud es idéntica: se cree lo que se afirma ó se niega. Lo contrario
-de la afirmación no es la negación, es la duda. Para afirmar ó negar
-es indispensable creer. Ser alguien es creer intensamente; pensar es
-creer; amar es creer; odiar es creer; luchar es creer; vivir es creer.
-
-Las creencias son los móviles de toda actividad humana. No necesitan
-ser evidentes: creemos con anterioridad á todo razonamiento y cada
-nueva noción es adquirida á través de creencias ya preformadas. La duda
-debiera ser más común, faltándonos criterios de certidumbre absoluta;
-la primera actitud, sin embargo, es una adhesión á lo que se presenta á
-nuestra experiencia. La manera espontánea de pensar las cosas consiste
-en creerlas tales como las sentimos; los niños, los salvajes, los
-ignorantes y los espíritus débiles son accesibles á todos los errores,
-juguetes frívolos de las personas, las cosas y las circunstancias.
-Cualquiera desvía á los bajeles sin gobierno. Sus creencias son como
-los clavos, que se meten de un solo golpe; las convicciones firmes
-entran como los tornillos, poco á poco, á fuerza de observación y de
-estudio. Cuesta más trabajo adquirirlas; pero mientras los clavos ceden
-al primer estrujón vigoroso, los tornillos resisten y mantienen de pie
-la personalidad. El ingenio y la cultura corrigen las fáciles ilusiones
-primitivas y las rutinas impuestas por el rebaño al individuo: la
-amplitud del saber permite á los hombres formarse ideas propias. Vivir
-arrastrado por las ajenas equivale á no vivir. Los mediocres son obra
-de los demás y están en todas partes: manera de no ser nadie y no estar
-en ninguna.
-
-Sin unidad no se concibe un carácter. Cuando falta, el hombre es amorfo
-ó inestable; vive zozobrando como frágil barquichuelo en un océano. Esa
-unidad debe ser efectiva en el tiempo; depende, en gran parte, de la
-coordinación de las creencias. Ellas son fuerzas dinamógenas y activas,
-sintetizadoras de la personalidad. La historia natural del pensamiento
-humano sólo estudia creencias, no certidumbres. La especie, las razas,
-las naciones, los partidos, los grupos, son animados por necesidades
-materiales que las engendran, más ó menos conformes á la realidad, pero
-siempre determinantes de su acción. Creer es la forma natural de pensar
-para vivir.
-
-La unidad de las creencias permite á los hombres obrar de acuerdo con
-el propio pasado: es un hábito de independencia y la condición del
-hombre libre, en el sentido relativo que el determinismo consiente. Sus
-actos son ágiles y rectilíneos, pueden preveerse en cada circunstancia;
-siguen sin vacilaciones un camino trazado: todo concurre á que
-custodien su dignidad y se formen un ideal. Siempre están prontos
-para el esfuerzo y lo realizan sin zozobra. Se sienten libres cuando
-rectifican sus yerros y más libres aún al manejar sus pasiones. Quieren
-ser independientes de todos, sin que ello les impida ser tolerantes:
-el precio de su libertad no lo ponen en la sumisión de los demás.
-Siempre hacen lo que quieren, pues sólo quieren lo que está en sus
-fuerzas realizar. Han sabido pulir la obra de sus educadores y nunca
-creen terminada la propia cultura. Diríase que ellos mismos se han
-hecho como son, viéndoles recalcar en todos los actos el propósito de
-asumir su responsabilidad.
-
-Las creencias del hombre son hondas, arraigadas en vasto saber; le
-sirven de timón seguro para marchar por una ruta que él conoce y no
-oculta á los demás; cuando cambia de rumbo es porque sus creencias
-se transforman por una nueva experiencia y al calor de más profundas
-meditaciones. Las creencias de la sombra son surcos arados en el agua,
-incapaces de resistir el roce de la ola más blanda; cualquier ventisca
-las desvía; su opinión es tornadiza como veleta y sus cambios obedecen
-á solicitaciones groseras de conveniencias inmediatas. Los hombres
-evolucionan según varían sus creencias y pueden cambiarlas mientras
-siguen aprendiendo; las sombras acomodan las propias á sus apetitos
-y pretenden encubrir la indignidad con el nombre de evolución. Si
-dependiera de ellas, esta última palabra equivaldría á desequilibrio ó
-desvergüenza; muchas veces á traición.
-
-Creencias firmes, conducta firme. Ése es el criterio para apreciar el
-carácter: las obras. Lo dice el bíblico poema: «Iudicaberis ex operibus
-vestris», seréis juzgados por vuestras obras. ¡Cuántos hay que parecen
-hombres y sólo valen por las posiciones alcanzadas en las piaras
-mediocráticas! Vistos de cerca, examinadas sus obras, son menos que
-nada, valores negativos. Sombras.
-
-
-II.--LA DOMESTICACIÓN DE LOS MEDIOCRES.
-
-Gil Blas de Santillana es una sombra: su vida entera es un proceso
-continuo de domesticación social. Si alguna línea propia permitía
-diferenciarle de su rebaño, todo el estercolero social se vuelca sobre
-él para borrarla, complicando su insegura unidad en una cifra inmensa.
-El rebaño le ofrece infinitas ventajas. No sorprende que él las acepte
-á cambio de ciertos renunciamientos compatibles con su estructura
-moral. No le exige cosas inverosímiles; bástale su condescendencia
-pasiva, su alma de siervo. Los hombres resisten las tentaciones. Las
-sombras resbalan por la pendiente: si alguna partícula de originalidad
-les estorba, la eliminan para confundirse mejor en los demás. Parecen
-sólidas y se ablandan, ásperas y se suavizan, ariscas y se amansan,
-calurosas y se entibian, resplandecientes y se opacan, ardientes y se
-apaciguan, viriles y se afeminan, erguidas y se achatan. Mil sórdidos
-lazos las acechan desde que toman contacto con la mediocridad: aprenden
-á medir sus virtudes y á practicarlas con parsimonia. Cada apartamiento
-les cuesta un desengaño, cada desvío les vale una desconfianza. Amoldan
-su corazón á los prejuicios y su inteligencia á las rutinas: la
-domesticación les facilita la lucha por la vida.
-
-La mediocridad aborrece al digno y adora al lacayo. Gil Blas la
-encanta; simboliza al «hombre práctico» que de toda situación saca
-partido y en toda villanía tiene provecho. Persigue á Stockmann, el
-enemigo del pueblo, con tanto afán como pone en admirar á Gil Blas:
-le recoge en la cueva de bandoleros y le encumbra favorito en las
-cortes. Es un hombre de corcho: flota. Ha sido salteador, alcahuete,
-ratero, prestamista, asesino, estafador, fementido, ingrato, hipócrita,
-traidor, curandero: tan varios encenagamientos no le impiden ascender
-hasta la piara y otorgar sonrisas desde esa cumbre. Es perfecto en
-su género. Su secreto es simple: es un animal doméstico. Entra al
-mundo como siervo y sigue siendo servil hasta la muerte, en todas
-las circunstancias y situaciones: nunca tiene un gesto altivo, jamás
-acomete de frente un obstáculo.
-
-El buen lenguaje clásico llamaba doméstico á todo hombre que servía.
-Y era justo. El hábito de la servidumbre trae consigo sentimientos de
-domesticidad, en los cortesanos lo mismo que en los pueblos. Habría
-que copiar por entero el elocuente _«Discurso sobre la servidumbre
-voluntaria»_, escrito por La Boétie en su adolescencia y transmitido á
-la gloria por el admirativo elogio de Montaigne. Desde él hasta Sergi,
-miles de páginas fustigan la subordinación á los dogmatismos sociales,
-el acatamiento incondicional de los prejuicios admitidos, el respeto
-de las jerarquías adventicias, la disciplina ciega á la imposición
-colectiva, el homenaje decidido á todo lo que representa el orden
-vigente, la sumisión sistemática á la voluntad de los poderosos: todo
-lo que refuerza la domesticación y tiene por consecuencia inevitable el
-servilismo.
-
-Los caracteres excelentes son indomesticables: tienen su norte puesto
-en su Ideal. Su «firmeza» los sostiene; su «luz» los guía. Las sombras
-degeneran. Fácilmente se licua la cera; jamás el cristal pierde su
-arista. La mediocridad es un préstamo hecho por la grey al individuo;
-la originalidad es una virtud intrínseca. Los mediocres encharcan su
-sombra cuando el medio los instiga; los superiores se encumbran en la
-misma proporción en que se rebaja su ambiente. En la dicha y en la
-adversidad, amando y despreciando, entre risas y entre lágrimas, cada
-hombre firme tiene un modo peculiar de comportarse, que es su síntesis:
-el carácter. Las sombras ignoran esa unidad de conducta que permite
-prever el gesto en todas las ocasiones.
-
-Para Zenón, el estoico, el carácter es fuente de la vida y della
-manan todas nuestras acciones. Es buen decir, pero impreciso. En sus
-definiciones los moralistas no concuerdan con los psicólogos: aquéllos
-catonizan como predicadores y éstos describen como naturalistas. Es
-una síntesis: hay que insistir en ello. El carácter es un exponente
-de toda la personalidad y no de algún elemento aislado. En los mismos
-filósofos, que desarrollan sus aptitudes de modo parcial, el carácter
-parece depender exclusivamente de condiciones intelectuales. Vano
-error: su conducta es el trasunto de cien otros factores. Pensar es
-vivir. Los nobles aleteos serían imposibles sin una organización
-sistemática de su moral y su voluntad, haciendo converger á su objeto
-los más vehementes anhelos de perfección humana. El investigador de
-una verdad se sobrepone á la sociedad en que vive: trabaja para ella y
-piensa por todos, anticipándose, contrariando sus rutinas. Tiene una
-personalidad social, adaptada para las funciones que no puede ejercitar
-en una ermita; pero sus sentimientos sociales no le imponen complicidad
-en lo turbio. En su anastomosis con el rebaño conserva libres el
-corazón y el cerebro, mediante algo propio que nunca se desorienta: el
-que posee un carácter no se domestica.
-
-Gil Blas medra entre los hombres desde que el rebaño humano existe;
-han protestado contra él los idealistas de todos los tiempos. Los
-románticos, envueltos en sublime desdén, han enfestado contra
-los temperamentos serviles: «Lorenzaccio» estruja con palabras
-ilevantables la cobardía de los pueblos avenidos á la servidumbre.
-Y no le van en zaga los individualistas, cuyo más alto vuelo lírico
-alcanzara Nietzsche: sus más hermosas páginas son un código de moral
-antimediocre, una exaltación de cualidades inconciliables con la
-disciplina social. El espíritu gregario, por él acerbamente fustigado,
-tiene un disector elocuentísimo en Palante: exhibe las solidarias
-complicidades con que los mediocres resisten las iniciativas de los
-originales, agrupándose en modos diversos según sus intereses de clase,
-jerarquía ó funciones.
-
-Donde hubo esclavos y siervos se plasmaron caracteres serviles.
-Vencido, no lo mataban: lo hacían trabajar en provecho propio.
-Uncido al yugo, tembloroso ante el látigo, el esclavo doblábase bajo
-coyundas que grababan en su carácter la domesticidad. Algunos--dice
-la historia--fueron rebeldes ó alcanzaron dignidades: su rebeldía fué
-siempre un gesto de animal hambriento y su éxito fué el precio de
-complicidades en vicios de sus amos. Llegados al ejercicio de alguna
-autoridad, practicaron la deslealtad y la ingratitud: tornáronse
-despóticos, desprovistos de ideales que los detuvieran ante ninguna
-infamia, como si quisieran con sus abusos olvidar la servidumbre
-sufrida anteriormente. Gil Blas fué el más bajo de los favoritos.
-
-El tiempo y el ejercicio adaptan á la vida servil. El hábito de
-resignarse para medrar crea resortes cada vez más sólidos, automatismos
-que destiñen para siempre todo rasgo individual. El quitamotas Gil Blas
-se mancha de estigmas que lo hacen inconfundible con el hombre digno.
-Aunque emancipado, sigue siendo lacayo y da rienda suelta á bajos
-instintos.
-
-La costumbre de obedecer engendra una mentalidad doméstica. El que
-nace de siervos la trae acentuada, según Aristóteles. Hereda hábitos
-serviles y no encuentra ambiente propicio para formarse un carácter.
-Las vidas iniciadas en la servidumbre no adquieren dignidad. Los
-antiguos tenían mayor desprecio por los hijos de siervos, reputándolos
-moralmente peores que los adultos reducidos al yugo por deudas ó en
-las batallas; suponían que heredaban la domesticidad de sus padres,
-intensificándola en la ulterior servidumbre. Eran despreciados por sus
-amos.
-
-Esto se repite en cuantos países hubieron una raza esclava inferior.
-Es legítimo. Con humillante desprecio son mirados los mulatos y
-mestizos, descendientes de antiguos esclavos, en todas las naciones de
-raza blanca que han abolido la esclavitud; su afán por disimular su
-ascendencia servil demuestra que reconocen la indignidad hereditaria
-condensada en ellos. Ese menosprecio es justo. Así como el antiguo
-esclavo tornábase vanidoso é insolente si trepaba á cualquier posición
-donde pudiera mandar, los mulatos contemporáneos se ensoberbecen en las
-inorgánicas mediocracias sudamericanas, captando funciones y honores
-que hartan los apetitos acumulados en domesticidades seculares.
-
-La clase crea idénticas desigualdades que la raza. Los siervos fueron
-tan domésticos como los esclavos; la revolución francesa dió libertad
-política á sus descendientes, más no supo darles esa libertad moral
-que es el resorte de la dignidad. El burgués merece el desprecio del
-aristócrata, más que el odio del proletario aspirante á la burguesía;
-no hay peor jefe que el antiguo asistente, ni peor amo que el antiguo
-lacayo. Las aristocracias son lógicas al desdeñar á los advenedizos:
-los consideran descendientes de criados enriquecidos y suponen que han
-heredado su domesticidad al mismo tiempo que las talegas.
-
-Esas inclinaciones serviles, arraigadas en el fondo mismo de la
-herencia étnica ó social, son bien vistas por las mediocracias
-contemporáneas, que nivelan políticamente al servil y al digno. Ha
-variado el nombre, pero la cosa subsiste: la domesticación de los
-mediocres se continúa en las sociedades modernas. Lleva más de un
-siglo la abolición legal de la esclavitud ó la servidumbre; los países
-no se creerían civilizados si la conservaran en sus códigos. Eso no
-tuerce las costumbres; el esclavo y el siervo siguen existiendo, por
-temperamento ó por mediocridad de carácter. No son propiedad de sus
-amos, pero buscan la tutela ajena, como á la querencia los animales
-extraviados. La psicología gregaria no se transmuta declarando los
-derechos del hombre; la libertad, la igualdad y la fraternidad son
-ficciones que halagan á los espíritus mediocres, sin redimirlos de
-su mediocridad. Hay inclinaciones que sobreviven á todas las leyes
-igualitarias y hacen amar el yugo ó el látigo. Las leyes no pueden
-dar hombría á la sombra, carácter al amorfo, dignidad al envilecido,
-iniciativa á los imitadores, virtud al honesto, intrepidez al manso,
-afán de libertad al servil. Por eso, en plena democracia, los
-caracteres mediocres buscan naturalmente su bajo nivel: se domestican.
-
-En ciertos sujetos, sin carácter desde el cáliz materno hasta la tumba,
-la conducta no puede seguir normas constantes. Son peligrosos porque
-su ayer no dice nada sobre su mañana; obran á merced de impulsos
-accidentales, siempre aleatorios. Si poseen algunos elementos válidos,
-ellos están dispersos, incapaces de síntesis; la menor sacudida pone
-á flote sus atavismos de salvaje y de primitivo, depositados en los
-surcos más profundos de su personalidad. Sus imitaciones son frágiles y
-poco arraigadas. Por eso son antisociales, incapaces de elevarse á la
-honesta condición de animales de rebaño.
-
-Á otros desgraciados, sin irreparables lagunas del temperamento, la
-sociedad les mezquina su educación domesticadora. Las grandes ciudades
-pululan de niños moralmente desamparados, presa de la miseria,
-sin hogar, sin escuela. Viven tanteando el vicio y cosechando la
-corrupción, sin el hábito de la mediocre honestidad y sin el ejemplo
-luminoso de la virtud. Embotada su inteligencia y coartadas sus mejores
-inclinaciones, tienen la voluntad errante, incapaz de sobreponerse
-á las convergencias fatales que pugnan por hundirlos. Y si pasan su
-infancia sin rodar á la charca, tropiezan después con nuevos obstáculos.
-
-El trabajo, creando el hábito del esfuerzo, sería la mejor escuela del
-carácter; pero la sociedad enseña á odiarlo, imponiéndolo precozmente,
-como una ignominia desagradable ó un envilecimiento infame, bajo la
-esclavitud de yugos y de horarios, ejecutado por hambre ó por avaricia,
-hasta que el hombre huye de él como de un castigo: sólo podrá amarlo
-cuando sea una gimnasia espontánea de sus gustos y de sus aptitudes.
-Así la sociedad completa su obra; los que no naufragan por la educación
-malsana escollan en el trabajo embrutecedor. En la compleja actividad
-moderna toléranse las voluntades claudicantes: sus incongruencias
-quedan veladas mientras sus actos se refieren á los vulgares
-automatismos de la vida diaria; pero cuando una circunstancia nueva los
-obliga á buscar una solución, la personalidad se agita al azar y revela
-sus vicios intrínsecos.
-
-Esos degenerados son indomesticables.
-
-Los mediocres, como Gil Blas, carecen de contralor sobre su propia
-conducta y olvidan que la más leve caída puede ser el paso inicial
-hacia una degradación completa. Ignoran que cada esfuerzo de dignidad
-consolida nuestra firmeza: cuanto más peligrosa es la verdad que hoy
-decimos, tanto más fácil será mañana pronunciar otras á voz en cuello.
-En las mediocracias todo conspira contra las virtudes civiles: los
-hombres se corrompen los unos á los otros, se imitan en lo intérlope,
-se estimulan en lo turbio, se justifican recíprocamente. Una atmósfera
-tibia entorpece al que cede por vez primera á la tentación de lo
-injusto; las consecuencias de la primera falta pueden ir hasta lo
-infinito. Los mediocres no pueden evitarla; en vano harían el
-propósito de volver al buen sendero y enmendarse. Para las sombras
-no hay rehabilitación; prefieren excusar las desviaciones leves, sin
-advertir que ellas preparan las hondas. Todos los hombres conocen
-esas pequeñas flaquezas, que de otro modo fueran perfectos desde su
-origen; pero mientras en los caracteres firmes pasan como un roce
-que no deja rastro, en los mediocres aran un surco por donde se
-facilita la recidiva. Ésa es la vía del envilecimiento. Los virtuosos
-la ignoran; los honestos se dejan tentar. Como á Gil Blas, sólo les
-cuesta la primera caída; después siguen cayendo como el agua en las
-cascadas, á saltitos, de pequeñez en pequeñez, de flaqueza en flaqueza,
-de curiosidad en curiosidad. Los remordimientos de la primera culpa
-ceden á la necesidad de ocultarla con otras; los espíritus mediocres
-no se amedrentan. Su carácter se disocia y ellos se tuercen, andan á
-ciegas, tropiezan, dan barquinazos, adoptan expedientes, disfrazan sus
-intenciones, acceden por senderos tortuosos, buscan cómplices diestros
-para avanzar en la tiniebla. Después de los primeros tanteos se marcha
-de prisa, hasta que las raíces mismas de su moral se aniquilan,
-borrándose toda creencia y empañándose la dignidad. Así resbalan por la
-pendiente, aumentando la cohorte de lacayos y parásitos: centenares de
-Gil Blas carcomen las bases de la sociedad que ha pretendido modelarlos
-á su imagen y semejanza.
-
-Los hombres sin ideales son incapaces de resistir las acechanzas
-que las mediocracias siembran en su camino. Cuando han cedido á la
-tentación quedan cebados, como las fieras que conocen el sabor de la
-sangre humana.
-
-Por la circunstancia de pensar siempre con la cabeza de la sociedad, el
-doméstico es el puntal más seguro de todos los prejuicios políticos,
-religiosos, morales y sociales. Gil Blas está siempre con las manos
-congestionadas por el aplauso á los ungidos y con el arma filosa para
-agredir al que encarna una innovación. El panurgismo y la intolerancia
-son los colores de su escarapela, cuyo respeto exige de todos.
-
-Es incalculable la infinitud de gentes domésticas que nos rodea. Cada
-funcionario tiene un rebaño voraz, sumiso á su capricho, como los
-hambrientos al de quien los harta. Si fuesen capaces de vergüenza,
-los adulones vivirían más enrojecidos que las amapolas; lejos de eso,
-pasean su domesticidad y están orgullosos de ella, exhibiéndola con
-donaire, como luce la pantera las aterciopeladas manchas de su piel.
-La domesticación realízase de cien maneras, tentando sus apetitos. En
-los límites de la influencia oficial, los medios de aclimatación se
-multiplican, especialmente en los países apestados de funcionarismo.
-Los mediocres no resisten; ceden á esa hipnotización. La pérdida de su
-dignidad iníciase cuando abren el ojo á la prebenda que estremece su
-estómago ó nubla su vanidad, inclinándose ante las manos que hoy le
-otorgan el favor y mañana le manejarán la rienda. Aunque ya no hay
-servidumbre legal, muchos sujetos, libres de la domesticidad forzosa,
-se avienen á ella voluntariamente, por vocación implícita en su
-flaqueza. Están mancillados desde la cuna; aun no habiendo menester de
-beneficios, son instintivamente serviles. Los hay en todas las clases
-sociales. El precio de su indignidad varía con el rango y se traduce en
-formas tan diversas como las personas que la ejercitan.
-
-Alentando á Gil Blas, rebájase el nivel moral de los pueblos y de las
-razas; no es tolerancia estimular el abellacamiento. La cotización del
-mérito decae. La mansedumbre silenciosa es preferida á la dignidad
-altiva. La piel se cubre de más afeites cuando es menos sólida la
-columna vertebral; las buenas maneras son más apreciadas que las
-buenas acciones. Si el de Santillana se enguanta para robar, merece la
-admiración de todos; si Stockmann se desnuda para salvar á un náufrago,
-lo condenan por escándalo. En los pueblos domesticados llega un momento
-en que la virtud es un ultraje á las costumbres...
-
-Las sombras, cubiertas de moho igualitario, viven con el anhelo de
-castrar á los caracteres firmes y decapitar á los pensadores alados,
-no perdonándoles el lujo de ser viriles ó tener cerebro. La falta
-de virilidad es elogiada como un refinamiento, lo mismo que en los
-caballos de paseo. La ignorancia parece una coquetería, como la duda
-elegante que inquieta á ciertos fanáticos sin ideales. Los méritos
-conviértense en contrabando peligroso, obligados á disculparse y
-ocultarse, como si ofendieran por su sola existencia. Cuando el hombre
-digno empieza á despertar recelos, el arrebañamiento es grave; cuando
-la dignidad parece absurda y es cubierta de ridículo, la domesticación
-de los mediocres ha llegado á sus extremos.
-
-
-III.--LA VANIDAD Y EL ORGULLO.
-
-El hombre es. La sombra parece. El hombre pone su honor en el mérito
-propio y es juez supremo de sí mismo; asciende á la dignidad. La
-sombra pone el suyo en la estimación de los demás y renuncia á
-juzgarse; desciende á la vanidad. Hay una moral del honor y otra de su
-caricatura: ser ó parecer. Cuando un ideal de perfección impulsa á ser
-mejores, ese culto de los propios méritos consolida en los hombres la
-dignidad; cuando el afán de parecer arrastra á cualquier abajamiento,
-el culto de la sombra enciende la vanidad.
-
-Del amor propio nacen las dos: hermanas por su origen, como Abel y
-Caín. Y más enemigas que ellos, irreconciliables. Son formas diversas
-de amor propio. Siguen caminos divergentes. La una florece sobre el
-orgullo, celo escrupuloso puesto en el respeto de sí mismo; la otra
-nace de la soberbia, apetito de culminación ante los demás. El orgullo
-es una arrogancia originada por nobles motivos y quiere aquilatar el
-mérito; la soberbia es una desmedida presunción y busca alargar la
-sombra. Catecismos y diccionarios han colaborado á la mediocrización
-moral, subvirtiendo los términos que designan lo eximio y lo vulgar.
-Donde los padres de la Iglesia decían _superbia_, como los antiguos,
-fustigándola, tradujeron los zascandiles orgullo, confundiendo
-sentimientos distintos. De allí el equivocar la vanidad con la
-dignidad, que es su antítesis, y el intento de tasar á igual precio los
-hombres y las sombras, con desmedro de los primeros.
-
-En su forma embrionaria revélase el amor propio como deseo de elogios
-y temor de censuras: una exagerada sensibilidad á la opinión de los
-demás. En los caracteres mediocres, conformados á las rutinas y los
-prejuicios corrientes, el deseo de brillar en su medio y el juicio que
-sugieren al pequeño grupo que les rodea, son estímulos para la acción.
-La simple circunstancia de vivir arrebañados predispone á perseguir la
-aquiescencia ajena; la estima propia es favorecida por el contraste
-ó la comparación con los demás. Trátase hasta aquí de un sentimiento
-normal.
-
-Pero los caminos divergen. En los dignos el propio juicio antepónese
-á la aprobación ajena; en los mediocres se postergan los méritos
-y se cultiva la sombra. Los primeros viven para sí; los segundos
-vegetan para los otros. Aquéllos pueden alentar un Ideal y soñar una
-perfección; éstos se acomodan á lo que favorezca el éxito. Si el hombre
-no viviera en mesnadas, el amor propio sería dignidad en todos; lo es
-solamente en los caracteres firmes. Los mediocres, forzados á venerar
-su sombra, precipítanse en lo turbio.
-
-Las preocupaciones igualitarias, reinantes en las mediocracias
-contemporáneas, exaltan á los domésticos. El brillo de la gloria
-sobre las frentes elegidas deslumbra á los ineptos, como el hartazgo
-del rico encela al miserable. El elogio del mérito es un estímulo
-para su simulación. Obsesionados por el éxito, é incapaces de soñar
-la gloria, muchos impotentes se envanecen de méritos ilusorios y
-virtudes secretas que los demás no reconocen; créense actores de la
-comedia humana; entran á la vida construyéndose un escenario, grande
-ó pequeño, bajo ó culminante, sombrío ó luminoso; viven con perpetua
-preocupación del juicio ajeno sobre su sombra. Consumen su existencia
-sedientos de distinguirse en su órbita, de ocupar á su mundo, de
-cultivar la atención ajena por cualquier medio y de cualquier manera.
-La diferencia, si la hay, es puramente cuantitativa entre la vanidad
-del escolar que persigue diez puntos en los exámenes, la del político
-que sueña verse aclamado ministro ó presidente, la del novelista que
-aspira á ediciones de cien mil ejemplares y la del asesino que desea
-ver su retrato en los periódicos.
-
-La exaltación del amor propio, peligrosa en los espíritus vulgares,
-es útil al hombre que sirve un Ideal. Éste la cristaliza en dignidad;
-aquéllos la degeneran en vanidad. El éxito envanece á los mediocres,
-nunca al excelente. Esa anticipación de la gloria hipertrofia la
-personalidad en los hombres superiores: es su condición natural. ¿El
-atleta no tiene, acaso, biceps excesivos hasta la deformidad? La
-función hace el órgano. El «yo» es el órgano propio de la originalidad:
-absoluta en el genio. Lo que es absurdo en el mediocre, en el hombre
-superior es un adorno: simple exponente de fuerza. EL músculo abultado
-no es ridículo en el atleta; lo es, en cambio, toda adiposidad
-excesiva, por monstruosa é inútil: como la vanidad del insignificante.
-Ciertos hombres de genio habrían sido incompletos sin su megalomanía.
-
-Su orgullo nunca excede á la vanidad de los imbéciles. La aparente
-diferencia guarda proporción con el mérito. Á un metro y á simple
-vista nadie ve la pata de una hormiga, pero todos perciben la garra
-de un león; lo propio ocurre con el egotismo ruidoso de los hombres
-y la desapercibida soberbia de las sombras más densas. No pueden
-confundirse. El vanidoso vive comparándose con los que le rodean,
-envidiando toda excelencia ajena y carcomiendo toda reputación que no
-puede igualar; el orgulloso no se compara con los que juzga inferiores
-y pone su mirada en tipos ideales de perfección que están muy alto y
-encienden su entusiasmo.
-
-El orgullo, subsuelo indispensable de la dignidad, imprime á los
-hombres cierto bello gesto que las sombras censuran. Para ello el
-babélico idioma de los vulgares ha enmarañado la significación del
-vocablo, acabando por ignorarse si designa un vicio ó una virtud. Todo
-es relativo. Si hay méritos el orgullo es un derecho; si no los hay
-se trata de vanidad. El hombre que afirma un Ideal y se perfecciona
-hacia él, desprecia, con eso, la atmósfera inferior que le asfixia;
-es un sentimiento natural, cimentado por una desigualdad efectiva y
-constante. Para los mediocres sería más grato que no les enrostraran
-esa humillante diferencia; pero olvidan que ellos son sus enemigos,
-constriñendo su tronco robusto como la hiedra á la encina, para
-ahogarle en el número infinito. El digno está obligado á burlarse de
-las mil rutinas que el servil adora bajo el nombre de principios; su
-conflicto es perpetuo. La dignidad es un rompeolas opuesto por el
-individuo á la marea de mediocridad que le acosa. Es aislamiento de la
-multitud y desprecio de sus pastores, casi siempre esclavos del propio
-rebaño.
-
-
-IV.--LA DIGNIDAD.
-
-El que aspira á parecer renuncia á ser. En pocos hombres súmanse el
-ingenio y la virtud en un total de dignidad: forman una aristocracia
-natural, siempre exigua frente al número infinito de espíritus omisos.
-Credo supremo de todo idealismo, la dignidad es unívoca, intangible,
-intransmutable. Es síntesis de todas las virtudes que aceran al hombre
-y borran la sombra: donde ella falta no existe el sentimiento del
-honor. Y así como los pueblos sin dignidad son rebaños, los individuos
-sin ella son esclavos.
-
-Los temperamentos adamantinos--_firmeza y luz_--apártanse de toda
-complicidad niveladora, buscan en sí mismos la sanción de sus actos,
-desafían la opinión ajena si con ello han de salvar la propia, declinan
-todo bien mundano que requiera una abdicación, entregan su vida misma
-antes que traicionar sus ideales. Van rectos, solos, sin contaminarse
-en facciones y huestes, convertidos en viviente protesta contra todo
-abellacamiento ó servilismo. Las sombras vanidosas se mancornan para
-disculparse en el número, rehuyendo las íntimas sanciones de su
-conciencia; los seres domesticados son incapaces de gestos viriles,
-fáltales coraje. La dignidad implica valor moral. Los pusilánimes son
-impotentes, como los aturdidos; los unos reflexionan cuando conviene
-obrar, y los otros obran sin haber reflexionado. La insuficiencia del
-esfuerzo equivale á la desorientación del impulso: el mérito de las
-acciones se mide por el afán que cuestan y no por sus resultados. Sin
-coraje no hay honor. Todas sus formas implican dignidad y virtud.
-Con su ayuda los sabios acometen la exploración de lo ignoto, los
-moralistas minan las sórdidas fuentes del mal, los osados se arriesgan
-para violar la altura y la extensión, los justos se adiamantan en la
-fortuna adversa, los firmes resisten la tentación y los severos el
-vicio, los mártires van á la hoguera por desenmascarar una hipocresía,
-los santos mueren por un Ideal. Para anhelar una perfección es
-indispensable: «el coraje--sentenció Lamartine--es la primera de las
-elocuencias, es la elocuencia del carácter.» Noble decir. El que aspira
-á ser águila debe mirar lejos y esforzarse para volar alto; el que se
-resigna á arrastrarse como un gusano renuncia al derecho de protestar
-si lo aplastan.
-
-La febledad y la ignorancia favorecen la domesticación de los
-caracteres mediocres, adaptándolos á la vida mansa; el coraje y la
-cultura exaltan el individualismo de los excelentes, floreciéndolos de
-dignidad. El lacayo pide; el digno merece. Aquél solicita del favor
-lo que éste espera del mérito. Ser digno significa no pedir lo que se
-merece, ni aceptar lo inmerecido. Mientras los serviles trepan entre
-las malezas del favoritismo, los austeros ascienden por la escalinata
-de sus méritos. Ó no ascienden por ninguna.
-
-La dignidad estimula toda perfección del hombre; la vanidad acicatea
-cualquier éxito de la sombra. El digno ha escrito un lema en su blasón:
-lo que tiene por precio una partícula de honor, es caro. El pan sopado
-en la adulación, que engorda al servil, envenena al digno. Prefiere,
-éste, perder un derecho á obtener un favor; mil daños le serán más
-leves que medrar indignamente. Cualquier herida es transitoria y puede
-dolerle una hora; la más leve domesticidad le remordería por toda la
-vida.
-
-Cuando el éxito no depende de los propios méritos, bástale conservarse
-erguido, incólume, irrevocable en la propia dignidad. En las bregas
-domésticas, la obstinada sinrazón suele triunfar del mérito sonriente;
-la pertinacia del mediocre es proporcional á su acorchamiento. Los
-caracteres dignos desdeñan cualquier favor; se estiman superiores á
-lo que puede darse sin mérito. Prefieren vivir crucificados sobre su
-orgullo á prosperar arrastrándose; querrían que al morir su Ideal les
-acompañase blanquivestido y sin manchas de abajamientos, como si fueran
-á desposarlo más allá de la muerte.
-
-Los caracteres dignos permanecen solitarios, sin lucir en el anca
-ninguna marca de hierro; son como el ganado levantisco que hociquea
-los tiernos tréboles de la campiña virgen, sin aceptar la fácil ración
-de los pesebres. Si su pradera es árida no importa; en libre oxígeno
-aprovechan más que en cebadas copiosas, con la ventaja de que aquél
-se toma y éstas se reciben de alguien. Prefieren estar solos. Saben
-que juntarse es rebajarse. Cada flor englobada en un ramillete pierde
-su perfume propio. Obligado á vivir entre desemejantes, el digno
-mantiénese ajeno á todo lo que estima inferior. Descartes dijo que se
-paseaba entre los hombres como si ellos fueran árboles; y Banville
-escribió de Gautier: «Era de aquéllos que, bajo todos los regímenes,
-son necesaria é invenciblemente libres: cumplía su obra con desdeñosa
-altivez y con la firme resignación de un dios desterrado».
-
-Ignora el hombre digno las aterciopeladas cobardías que dormitan en el
-fondo de los caracteres serviles; no sabe desarticular su cerviz. Su
-respeto por el mérito le obliga á desacatar toda sombra que carece de
-él, á agredirla si amenaza, á castigarla si hiere. Cuando es anodina la
-muchedumbre que impide sus anhelos y no tiene adversarios que fazferir,
-el digno se refugia en sí mismo, se atrinchera en sus ideales y calla,
-temiendo estorbar con sus palabras á las sombras que lo escuchan.
-Y mientras cambia el clima, como es fatal en la alternativa de las
-estaciones, espera anclado en su orgullo, como si éste fuera el puerto
-natural y más seguro para su dignidad.
-
-Vive con la obsesión de no depender de nadie; sabe que sin
-independencia material el honor está expuesto á mil mancillas. Todo
-parásito es un siervo; todo mendigo es un doméstico. El hambriento
-puede ser rebelde: no es nunca un hombre libre. Enemiga poderosa de
-la dignidad es la miseria: ella hace trizas los caracteres mediocres
-é incuba las peores servidumbres. El que ha atravesado dignamente una
-pobreza es un heroico ejemplar de carácter. Suprema es la indignidad
-de los que adulan teniendo fortuna; ésta les redimiría de todas las
-domesticidades, si no fuesen esclavos de la vanidad. El pobre no
-puede vivir su vida, tantos son los compromisos de la indigencia;
-redimirse de ella es comenzar á vivir. Todos los hombres altivos viven
-soñando una modesta independencia material; la miseria es mordaza que
-traba la lengua y paraliza el corazón. Hay que escapar de sus garras
-para elegirse el Ideal más alto, el trabajo más agradable, la mujer
-más bella, los amigos más leales, los horizontes más risueños, el
-aislamiento más tranquilo. La pobreza impone el enrolamiento social; el
-individuo se inscribe en un gremio, más ó menos jornalero, más ó menos
-funcionario, contrayendo deberes y sufriendo presiones denigrantes que
-le empujan á domesticarse. Enseñaban los estoicos el secreto de la
-dignidad: contentarse con lo que se tiene, restringiendo las propias
-necesidades. Un hombre libre no espera nada de otros. No necesita
-pedir. La felicidad que da el dinero está en no tener que preocuparse
-de él; por ignorar ese precepto no es libre el avaro, ni es feliz.
-Los bienes que tenemos son la base de nuestra independencia; los que
-deseamos son la cadena remachada sobre nuestra esclavitud. La fortuna
-aumenta la gracia de los espíritus cultivados y torna insolente la
-vulgaridad de los palurdos. Los únicos bienes intangibles son los que
-acumulamos en el cerebro y en el corazón; cuando ellos faltan ningún
-tesoro los sustituye.
-
-Los orgullosos tienen el culto de su dignidad; quieren poseerla
-inmaculada, libre de remordimientos, sin flaquezas que la envilezcan
-ó rebajen. Á ella sacrifican bienes, honores, éxitos: todo lo que
-es propicio al crecimiento de la sombra. Para conservar la estima
-propia no vacilan en afrontar la opinión de los mansos y embestir
-sus prejuicios; pasan por indisciplinados ó peligrosos entre los que
-en vano intentan malear su altivez. Estos hombres son raros en las
-mediocracias modernas, cuya chatura moral los inclina á la misantropía
-y al menosprecio de los serviles; tienen cierto aire desdeñoso y
-aristocrático que desagrada á los vanidosos más culminantes, pues los
-humilla y avergüenza. «Inflexibles y tenaces, porque llevan en el
-corazón una fe sin dudas, una convicción que no trepida, una energía
-indómita que á nada cede ni teme, suelen tener asperezas urticantes
-para los hombres amorfos. En algunos casos pueden ser altruistas,
-ó porque cristianos en la más alta acepción del vocablo, ó porque
-profundamente afectivos; presentan entonces uno de los caracteres más
-sublimes, más espléndidamente bellos y que tanto honran á la naturaleza
-humana. Son los santos del honor, los poetas de la dignidad. Siendo
-héroes, perdonan las cobardías de los demás; victoriosos siempre ante
-sí mismos, compadecen á los que en la batalla de la vida siembran,
-hecha girones, su propia dignidad. Si la estadística pudiera decirnos
-el número de hombres que poseen este carácter en cada nación, esa cifra
-bastaría, por sí sola, mejor que otra cualquiera, para indicarnos el
-valor moral de un pueblo.»
-
-La dignidad, afán de autonomía, lleva á reducir la dependencia de
-otros á la medida de lo indispensable, siempre enorme. La Bruyère,
-que vivió como intruso en la domesticidad cortesana de su siglo, supo
-medir el altísimo precepto que encabeza el _Manual_ de Epicteto, á
-punto de apropiárselo textualmente sin amenguar con ello su propia
-gloria: «Se faire valoir par des choses qui ne dependent point des
-autres, mais de soi seul, ou renoncer à se faire valoir.» Esa máxima le
-parece inestimable y de recursos infinitos en la vida, útil para los
-virtuosos y los que tienen ingenio, tesoro intrínseco de los caracteres
-excelentes; es, en cambio, proscrita donde reina la mediocridad, «pues
-desterraría de las Cortes las tretas, los cabildeos, los malos oficios,
-la bajeza, la adulación y la intriga.» Las naciones no se llenarían de
-serviles domesticados, sino de varones excelentes que legarían á sus
-hijos menos vanidades y más nobles ejemplos. Amando los propios méritos
-más que la prosperidad indecorosa, crecería el amor á la virtud, el
-deseo de la gloria, el culto por ideales de perfección incesante: en la
-admiración por los genios, los santos y los héroes. Esa dignificación
-moral de los hombres señalaría en la historia el ocaso de las sombras.
-
-
-
-
- LA ENVIDIA
-
- I. LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.--II. LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.--III.
- LOS ROEDORES DE LA GLORIA.--IV. UN CASTIGO DANTESCO.
-
-
- I.--LA PASIÓN DE LOS MEDIOCRES.
-
-La envidia es una adoración de los hombres por las sombras, del mérito
-por la mediocridad. Es el rubor de la mejilla sonoramente abofeteada
-por la gloria ajena. Es el grillete que arrastran los fracasados. Es el
-acíbar que paladean los impotentes. Es un venenoso humor que mana de
-las heridas abiertas por la realidad en el flanco de las almas torpes.
-Por sus horcas caudinas pasan, tarde ó temprano, los que viven esclavos
-de su vanidad; desfilan lívidos de angustia, torvos, avergonzados de
-su propia tristura, sin sospechar que sus lamentaciones envuelven una
-consagración inequívoca del mérito ajeno. La inextinguible hostilidad
-de los mediocres sirve de pedestal á los genios, los santos y los
-héroes.
-
-Es la más innoble de las torpes lacras que afean á los caracteres
-vulgares. El que envidia se rebaja sin saberlo, se confiesa subalterno;
-esta pasión es el estigma psicológico de una humillante inferioridad,
-sentida, reconocida. No basta ser inferior para envidiar, pues todo
-hombre lo es de alguien en algún sentido; es necesario sufrir del
-bien ajeno, de la dicha ajena, de cualquier culminación ajena. En ese
-sufrimiento está el núcleo moral de la envidia: muerde el corazón como
-un ácido, lo carcome como una polilla, lo corroe como la herrumbre al
-metal.
-
-Entre las malas pasiones ninguna la aventaja. Plutarco decía--y lo
-repite La Rochefoucauld--que existen almas corrompidas hasta jactarse
-de vicios infames; ninguna ha tenido el coraje de confesarse envidiosa.
-Reconocer la propia envidia implica, á la vez, declararse inferior
-al envidiado; trátase de pasión tan abominable, y tan universalmente
-detestada, que avergüenza al más impúdico y se hace lo indecible por
-ocultarla.
-
-Sorprende que Ribot no la haya estudiado en su volumen sobre las
-pasiones, limitándose á mencionarla como un caso particular de los
-celos. Fué siempre tanta su difusión y su virulencia que ya la
-mitología greco-latina le atribuye origen sobrehumano, haciéndola
-nacer de las tinieblas nocturnas. El mito le asigna cara de vieja
-horriblemente flaca y exangüe, cubierta la cabeza de víboras en vez
-de cabellos. Su mirada es hosca y los ojos hundidos; los dientes
-negros y la lengua untada con tósigos fatales; en una mano ase tres
-serpientes, y en la otra una hidra ó una tea; incuba en su seno un
-monstruoso reptil que la devora continuamente y le instila su veneno;
-está agitada; no ríe; el sueño nunca cierra los párpados sobre sus ojos
-irritados. Todo suceso feliz la aflige ó atiza su congoja; destinada á
-sufrir, es el verdugo implacable de sí misma.
-
-Es pasión traidora y propicia á la hipocresía. Es al odio como la
-ganzúa á la espada; la emplean los que no tienen brazo robusto y
-corazón valiente. En los ímpetus del odio puede palpitar el gesto de
-la garra que en un altivo estremecimiento destroza y aniquila; en la
-subrepticia reptación de la envidia sólo se percibe el arrastramiento
-tímido del que busca morder el talón.
-
-Teofrasto creyó que la envidia se confunde con el odio ó nace de él,
-opinión ya enunciada por Aristóteles, su maestro. Plutarco abordó
-la cuestión, preocupándose de establecer diferencias entre las dos
-pasiones (_Obras morales_, II, 576, edición Didier). Dice que á primera
-vista se confunden; parecen brotar de la maldad, y cuando se asocian
-tórnanse más fuertes, como las enfermedades que se complican. Ambas
-sufren del bien y gustan del mal ajeno; pero esta semejanza no basta
-para confundirlas, si atendemos á sus diferencias. Sólo se odia lo que
-se cree malo ó nocivo; en cambio, toda prosperidad excita la envidia,
-como cualquier resplandor irrita los ojos enfermos. Se puede odiar á
-las cosas y á los animales; sólo se puede envidiar á los hombres. El
-odio puede ser justo, motivado; la envidia es siempre injusta, pues
-la prosperidad no daña á nadie. Estas dos pasiones, como plantas de
-una misma especie, se nutren y fortifican por causas equivalentes: se
-odia más á los más perversos y se envidia más á los más meritorios.
-Por eso Temístocles decía, en su juventud, que aún no había realizado
-ningún acto brillante, porque todavía nadie le envidiaba. Así como
-las cantáridas prosperan sobre los trigales más rubios y los rosales
-más florecientes, la envidia alcanza á los hombres más famosos por su
-carácter y por su virtud. El odio no es desarmado por la buena ó la
-mala fortuna; la envidia sí. Un sol que ilumina perpendicularmente
-desde el más alto punto del cielo reduce á nada ó muy poco la sombra de
-los objetos que están debajo: así, observa Plutarco, el brillo de la
-gloria achica la sombra de la envidia y la hace desaparecer.
-
-El odio que clama y asalta es temible; la envidia que calla y conspira
-es repugnante. Algún libro admirable dice que ella es como las caries
-de los huesos; ese libro es la Biblia, casi de seguro, ó debiera serlo.
-Las palabras más crueles que un valiente arroja á la cara no ofenden
-la centésima parte de las que el envidioso va sembrando constantemente
-á la espalda. Ignora las reacciones del odio y expresa su inquina
-tartajeando, incapaz de encresparse en ímpetus viriles: diríase que su
-boca está amargada por una hiel que no consigue arrojar ni tragar. Así
-como el aceite apaga la cal y aviva el fuego, el bien recibido contiene
-el odio en los nobles espíritus y exaspera la envidia en los indignos.
-El envidioso es ingrato, como luminoso el sol, la nube opaca y la nieve
-fría: lo es naturalmente.
-
-El odio es rectilíneo y no teme la luz; la envidia es torcida y trabaja
-en la sombra. Envidiando se sufre más que odiando: como esos tormentos
-enfermizos que tórnanse terroríficos de noche, amplificados por el
-horror de las tinieblas.
-
-El odio puede hervir en los grandes corazones; puede ser justo y santo;
-lo es muchas veces, cuando quiere borrar la tiranía, la infamia, la
-indignidad. La envidia es de corazones pequeños. La conciencia del
-propio mérito suprime toda menguada villanía; el hombre que se siente
-superior no puede envidiar, ni envidia nunca el loco feliz que vive con
-delirio de las grandezas. Su odio está de pie y ataca de frente. César
-aniquiló á Pompeyo, sin rastrerías; Donatello venció con su _Cristo_
-al de Brunelleschi, sin abajamientos; Nietzsche fulminó á Wagner, sin
-envidiarlo. Así como la genialidad presiente la gloria y da á sus
-predestinados cierto ademán apocalíptico, la certidumbre de un obscuro
-porvenir vuelve miopes y reptiles á los mediocres. Por eso los hombres
-sin méritos siguen siendo envidiosos á pesar de los éxitos obtenidos
-por su sombra mundana, como si un remordimiento interior les gritara
-que los usurpan sin merecerlos. Esa conciencia de su mediocridad es su
-tormento; comprenden que sólo pueden permanecer en la cumbre impidiendo
-que otros lleguen hasta ellos y los descubran. La envidia es una
-defensa de las sombras contra los hombres.
-
-Con los distingos enunciados los clásicos aceptan el parentesco entre
-la envidia y el odio, sin confundir ambas pasiones. Conviene sutilizar
-el problema distinguiendo otras que se les parecen: la emulación y los
-celos.
-
-La envidia, sin duda, arraiga como ellas en una tendencia afectiva,
-pero posee caracteres propios que permiten diferenciarla. Se envidia lo
-que otros ya tienen y se desearía tener, sintiendo que el propio es un
-deseo sin esperanza; se cela lo que ya se posee y se teme perder; se
-emula en pos de algo que otros también anhelan, teniendo la posibilidad
-de alcanzarlo.
-
-Un ejemplo tomado en las fuentes más notorias ilustrará la cuestión.
-Envidiamos la mujer que el prójimo posee y nosotros deseamos, cuando
-sentimos la imposibilidad de disputársela. Celamos la mujer que nos
-pertenece, cuando juzgamos incierta su posesión y tememos que otro
-pueda compartirla ó quitárnosla. Competimos sus favores en noble
-emulación, cuando vemos la posibilidad de conseguirlos en igualdad de
-condiciones con otro que á ellos aspira. La envidia nace, pues, del
-sentimiento de inferioridad respecto de su objeto; los celos derivan
-del sentimiento de posesión comprometido; la emulación surge del
-sentimiento de potencia que acompaña á toda noble afirmación de la
-personalidad.
-
-Por deformación de la tendencia egoísta algunos hombres están
-naturalmente inclinados á envidiar á los que poseen tal superioridad
-por ellos codiciada en vano; la envidia es mayor cuando más imposible
-se considera la adquisición del bien codiciado. Es el reverso de la
-emulación; ésta es una fuerza propulsora y fecunda, siendo aquélla una
-rémora que traba y esteriliza los esfuerzos del envidioso. Bien lo
-comprendió Bartrina, en su admirable quintilla:
-
- «La envidia y la emulación
- parientes dicen que son;
- aunque en todo diferentes,
- al fin también son parientes
- el diamante y el carbón.»
-
-La emulación es siempre noble: el odio mismo puede serlo algunas veces.
-La envidia es una cobardía propia de los débiles, un odio impotente,
-una incapacidad manifiesta de competir ó de odiar.
-
-El talento, la belleza, la energía, quisieran verse reflejados en todas
-las cosas é intensificados en proyecciones innúmeras; la estulticia,
-la fealdad y la impotencia sufren tanto ó más por el bien ajeno que
-por la propia desdicha. Por eso toda superioridad es admirativa y toda
-subyacencia es envidiosa. Admirar es sentirse crecer en la emulación de
-los más grandes: un Ideal preserva de la envidia. El que escucha ecos
-de voces proféticas al leer los escritos de los grandes pensadores;
-el que siente grabarse en su corazón, con caracteres profundos
-como cicatrices, su clamor visionario y divino; el que se extasía
-contemplando las supremas creaciones plásticas; el que goza de íntimos
-escalofríos frente á las obras maestras accesibles á sus sentidos,
-y se entrega á la vida que palpita en ellas, y se conmueve hasta
-cuajársele de lágrimas los ojos, y el corazón bullicioso se le arrebata
-en fiebres de emoción: ése tiene un noble espíritu y puede incubar el
-deseo de crear tan grandes cosas como las que sabe admirar. El que no
-se conmueve leyendo á Dante, mirando á Leonardo, oyendo á Beethoven,
-puede jurar que la Naturaleza no ha encendido en su cerebro la antorcha
-suprema, ni paseará jamás sin velos ante sus ojos miopes que no saben
-admirarla en las obras de los genios.
-
-La emulación presume un afán de equivalencia, implica la posibilidad
-de un nivelamiento; saluda á los fuertes que van camino de la gloria,
-marchando ella también. Sólo el impotente, convicto y confeso,
-emponzoña su espíritu mediocre hostilizando la marcha de los que no
-puede seguir.
-
-Toda la psicología de la envidia está sintetizada en una fábula,
-digna de incluirse en los libros de lectura infantil. Un ventrudo
-sapo graznaba en su pantano cuando vió resplandecer en lo más alto de
-las toscas á una luciérnaga. Pensó que ningún ser tenía derecho de
-lucir cualidades que él mismo no poseería jamás. Mortificado por su
-propia impotencia saltó hasta ella y la cubrió con su vientre helado.
-La inocente luciérnaga osó preguntarle: ¿Por qué me tapas? Y el sapo,
-congestionado por la envidia, sólo acertó á interrogar á su vez: ¿Por
-qué brillas?
-
-
- II.--LOS SACERDOTES DEL MÉRITO.
-
-Siendo la envidia un culto del mérito, los envidiosos son sus naturales
-sacerdotes.
-
-El propio Homero encarnó ya, en Tersites, el envidioso de los tiempos
-heroicos; como si sus lacras físicas fuesen exiguas para exponerlo
-al baldón eterno, en un simple verso nos da la línea sombría de su
-moral, diciéndolo enemigo de Aquiles y de Ulises: puede medirse por las
-excelencias de las personas que envidia.
-
-Shakespeare trazó una silueta definitiva en su Yago feroz, almácigo
-de infamias y cobardías, capaz de todas las traiciones y de todas las
-falsedades. El envidioso pertenece á una especie moral raquítica,
-mezquina, digna de compasión ó de desprecio. Sin coraje para ser malo,
-se resigna á ser vil. Rebaja á los otros, desesperando de la propia
-elevación.
-
-La familia ofrece variedades infinitas, por la combinación de otros
-estigmas con el fundamental. El envidioso pasivo es solemne y
-sentencioso; el activo es un escorpión atrabiliario. Pero, lúgubre ó
-bilioso, nunca sabe reir de risa inteligente y sana. Su mueca es falsa:
-ríe á contrapelo.
-
-¿Quién no los codea en su mundo intelectual? El envidioso pasivo es
-de cepa servil. Si intenta practicar el bien, se equivoca hasta el
-asesinato: diríase que es un miope cirujano predestinado á herir los
-órganos vitales y respetar la víscera cancerosa. No retrocede ante
-ninguna bajeza cuando un astro se levanta en su horizonte: persigue
-al mérito hasta dentro de su tumba. Es serio, por incapacidad de
-reirse; le atormenta la alegría de los satisfechos. Proclama la
-importancia de la solemnidad y la practica; sabe que sus congéneres
-aprueban tácitamente esa hipocresía que escuda la irremediable
-inferioridad de toda la especie. Tiene prejuicios aterradores: no
-vacila en sacrificarles la vida de sus propios hijos, empujándoles, si
-es necesario, en el mismo borde de la tumba. En la «Comedia Humana»,
-Balzac pudo llamarle Pandolfo y hacerle miope á cualquiera esperanza,
-ciego á todo porvenir. Como hombre mediocre es un esclavo de su miopía,
-un prisionero de su tiempo.
-
-El envidioso activo posee una elocuencia intrépida, disimulando con
-niágaras de palabras su estiptiquez de ideas. Pretende sondar los
-abismos del espíritu ajeno, sin haber podido nunca desenredar el
-propio. Es un Horacio para alabar la mediocridad y oponerla al genio;
-parece poseer mil lenguas, como el clásico monstruo rabelesiano.
-Por todas ellas destila su insidiosidad de viborezno en forma de
-elogio reticente, pues la viscosidad urticante de su falso loar es
-el máximum de su valentía moral. Se multiplica hasta lo infinito;
-tiene mil piernas y se insinúa doquiera; siembra la intriga entre sus
-propios cómplices, y, llegado el caso, los traiciona. Sabiéndose de
-antemano repudiado por la gloria, se refugia en esas academias donde se
-empampanan de vanidad los mediocres; si alguna inexplicable paternidad
-complica la quietud de su estéril madurez intelectual, podéis jurar que
-su obra es fruto del esfuerzo ajeno. Y es cobarde para ser completo;
-vive declamando su admiración y su cariño á los mismos que mataría con
-la intención si ello fuera posible; se arrastra ante los que turban
-sus noches con la aureola del ingenio luminoso, besa la mano del que
-le conoce y le desprecia, se humilla ante él. Se sabe inferior; su
-vanidad sólo aspira á desquitarse con las frágiles compensaciones de la
-zangamanga á ras de tierra.
-
-Á pesar de sus temperamentos heterogéneos, el destino suele agrupar á
-los envidiosos en camarillas ó en círculos, sirviéndoles de argamasa
-el común sufrimiento por la dicha ajena. Allí desahogan su pena íntima
-difamando á los envidiados y vertiendo toda su hiel como un homenaje á
-la superioridad del talento que los humilla. Son capaces de envidiar á
-los grandes muertos, como si los detestaran personalmente. Hay quien
-envidia á Sócrates y quien á Napoleón, creyendo igualarse á ellos
-rebajándolos; para eso endiosarán á un Brunetière ó un Boulanger. Pero
-esos placeres malignos poco amenguan su irreprochable desventura, que
-está en sufrir de toda felicidad y en martirizarse de toda gloria.
-Rubens lo presintió al pintar la envidia, en un cuadro de la Galería
-Medicea, sufriendo entre la pompa luminosa de la inolvidable regencia.
-
-El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan
-la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que lo ignora ó
-desprecia: gusano que se arrastra sobre el zócalo de una estatua.
-
-Todo rumor de alas parece estremecerlo, como si fuera una burla á
-sus vuelos gallináceos. Maldice la luz, sabiendo que en sus propias
-tinieblas no amanecerá un solo día de gloria. ¡Si pudiera organizar una
-cacería de águilas ó decretar un apagamiento de astros!
-
-Todo lo que causa felicidad puede ser objeto de envidia. La ineptitud
-para satisfacer un deseo ó hartar un apetito determina esta pasión que
-hace sufrir del bien ajeno. El criterio para valorar lo envidiado es
-puramente subjetivo: cada hombre se cree la medida de los demás, según
-el juicio que tiene de sí mismo.
-
-Se sufre la envidia apropiada á las inferioridades que se sienten,
-sea cual fuere su valor objetivo. El rico puede sentir emulación ó
-celos por la riqueza ajena; pero envidiará el talento. La mujer bella
-tendrá celos de otra hermosura; pero envidiará á las ricas. Es posible
-sentirse superior en cien cosas é inferior en una sola; éste es el
-punto frágil por donde tienta su asalto la envidia.
-
-El sujeto descollante encuentra su cohorte de envidiosos en la esfera
-de sus colegas más inmediatos, entre los que desearían descollar
-de idéntica manera. Es un accidente inevitable de toda culminación
-profesional, aunque en algunas es más célebre: los cómicos y las
-rameras tendrían el privilegio, si no existiesen los médicos. La
-«invidia medicorum» es memorable desde la antigüedad: la conoció
-Hipócrates. El arte la ha descrito con frecuencia, para deleite de los
-enfermos sobrevivientes á sus drogas.
-
-El motivo de la envidia se confunde con el de la admiración, siendo
-ambas dos aspectos de un mismo fenómeno. Sólo que la admiración nace
-en el fuerte y la envidia en el subalterno. Envidiar es una forma
-aberrante de rendir homenaje á la superioridad ajena. El gemido que la
-insuficiencia arranca á la vanidad es una forma especial de alabanza.
-
-Toda culminación es envidiada. En la mujer la belleza. El talento y la
-fortuna en el hombre. En ambos la fama y la gloria, cualquiera sea su
-forma.
-
-La envidia femenina suele ser afiligranada y perversa; la mujer da su
-arañazo con uña afilada y lustrosa, muerde con dientecillos orificados,
-estruja con dedos pálidos y finos. Toda maledicencia le parece escasa
-para traducir su despecho; en ella debió pensar el griego Apeles cuando
-representó á la Envidia guiando con mano felina á la Calumnia.
-
-La que ha nacido bella--y la Belleza para ser completa requiere, entre
-otros dones, la gracia, la pasión y la inteligencia--tiene asegurado
-el culto de la envidia. Sus más nobles superioridades serán adoradas
-por las envidiosas; en ellas clavarán sus incisivos, como sobre una
-lima, sin advertir que su desdén las convierte en vestales de la
-gloria ajena. Mil lenguas viperinas le quemarán el incienso de sus
-críticas; las miradas oblicuas de las sufrientes fusilarán su belleza
-por la espalda; las almas tristes le elevarán sus plegarias en forma
-de calumnias, torvas como el remordimiento que no las detiene pero las
-atosiga.
-
-Quien haya leído la séptima metamorfosis, en el libro segundo de
-Ovidio, no olvidará jamás que, á instancia de Minerva, fué Aglaura
-transfigurada en roca, castigando así su envidia de Hersea, la amada
-de Mercurio. Allí está escrita la más perfecta alegoría de la envidia,
-devorando víboras para alimentar sus furores, como no la perfiló ningún
-otro poeta de la era pagana.
-
-El hombre vulgar envidia la fortuna y las posiciones burocráticas.
-Cree que ser adinerado y funcionario es el supremo ideal de los demás,
-partiendo de que lo es suyo. El dinero permite al mediocre satisfacer
-sus vanidades más inmediatas; el destino burocrático le asigna un
-sitio en el escalafón del estado y le prepara ulteriores jubilaciones.
-De allí que el proletario envidie al burgués, sin renunciar á
-substituirlo; por eso mismo la escala del presupuesto es una jerarquía
-de envidias, perfectamente graduadas por las cifras de las prebendas.
-
-El talento--en todas sus formas intelectuales y morales: como dignidad,
-como carácter, como energía--es el tesoro más envidiado entre los
-hombres. Hay en el mediocre un sórdido afán de nivelarlo todo, un
-obtuso horror á la individualización excesiva; perdona al portador de
-cualquier sombra moral, perdona la cobardía, el servilismo, la mentira,
-la hipocresía, la esterilidad, pero no perdona al que sale de las
-filas dando un paso adelante. Basta que el talento permita descollar
-en la política ó en la ciencia, en las artes ó en el amor, para que
-los mediocres se estremezcan de envidia. Así se forma en torno de cada
-astro una nebulosa grande ó pequeña, camarilla de maldicientes ó legión
-de difamadores; los envidiosos necesitan aunar esfuerzos contra su
-ídolo, de igual manera que para afear una belleza venusina aparecen por
-millares las pústulas de la viruela.
-
-La dicha de los fecundos martiriza á los eunucos vertiendo en su
-corazón gotas de hiel que lo amargan por toda la existencia; su dolor
-es la gloria involuntaria de los otros, la sanción más indestructible
-de su talento en la acción ó en el pensar. Las palabras y las muecas
-del envidioso se pierden en la ciénaga donde se arrastra, como silbidos
-de reptiles que saludan el vuelo sereno del águila que pasa en la
-altura. Sin oírlos.
-
-
- III.--LOS ROEDORES DE LA GLORIA: LA CRÍTICA.
-
-Todo el que se siente capaz de crearse un destino con su talento y
-su esfuerzo está inclinado á admirar el esfuerzo y el talento en los
-demás; el deseo de la propia gloria no puede sentirse cohibido por el
-legítimo encumbramiento ajeno. El que tiene méritos sabe lo que cuestan
-y los respeta; estima en los otros lo que desearía se le estimara á
-él mismo. El mediocre ignora esa admiración abierta; muchas veces se
-resigna á aceptar el triunfo que desborda las restricciones de su
-envidia. Pero aceptar no es amar. Resignarse no es admirar.
-
-Los espíritus alicortos son malévolos; los grandes ingenios son
-admirativos. Éstos saben que los dones naturales no se transmutan en
-talento ó en genio sin un esfuerzo, que es la medida de su mérito.
-Saben que cada paso hacia la gloria ha costado trabajos y vigilias,
-meditaciones hondas, tanteos sin fin, consagración tenaz, á ese pintor,
-á ese poeta, á ese filósofo, á ese sabio; y comprenden que ellos
-han consumido acaso su organismo, envejeciendo prematuramente; y la
-biografía de los grandes hombres les enseña que muchos renunciaron al
-reposo ó al pan, sacrificando el uno y el otro á ganar tiempo ó comprar
-un libro para iluminar sus reflecciones. Esa conciencia de lo que el
-mérito importa, lo hace respetable. El envidioso, que lo ignora, ve el
-resultado á que otros llegan y él no, sin sospechar de cuantas espinas
-está sembrado el camino de la gloria.
-
-Todo escritor mediocre es candidato á criticastro. La incapacidad de
-crear le empuja á destruir. Su falta de inspiración le induce á rumiar
-el talento ajeno, empañándolo con especiosidades que denuncian su
-irreparable ultimidad.
-
-Los grandes ingenios son ecuánimes para criticar á sus iguales, como
-si reconocieran en ellos una consanguineidad en línea directa; en el
-émulo no ven nunca un rival. Los grandes críticos son óptimos autores
-que escriben sobre temas propuestos por otros, como los versificadores
-con pie forzado; la obra ajena es una ocasión para exhibir las ideas
-propias. El verdadero crítico enriquece las obras que estudia y en todo
-lo que toca deja un rastro de su personalidad.
-
-Los criticastros son, de instinto, enemigos de la obra; desean
-achicarla por la simple razón de que ellos no la han escrito. Ni
-sabrían escribirla cuando el criticado les contestara: hazla mejor.
-Tienen las manos trabadas por la cinta métrica; su afán de medir á los
-demás responde al sueño de rebajarlos hasta su propia medida. Son, por
-definición, prestamistas, parásitos, viven de lo ajeno; cuando un gran
-escritor es erudito se lo reprochan como una falta de originalidad y si
-emplea una frase que usaron otros le llaman plagiario, olvidando que
-nunca lo es quien señala las fuentes de su sabiduría.
-
-El criticastro mediocre es incapaz de enhilar tres ideas fuera
-del hilo que la rutina le enhebra; su oronda ignorancia le obliga
-á confundir el mármol con la chiscarra y la voz con el falsete,
-inclinándole á suponer que todo escritor original es un heresiarca.
-Los intelectos mediocres darían lo que no tienen por saber escribir
-tanto como baste para afiliarse á la crítica. Es el sueño de los que
-no pueden crear. Permite una maledicencia medrosa y que no compromete,
-hecha de mendacidad prudente, restringiendo las perversidades para que
-resulten más agudas, sacando aquí una migaja y dando allí un arañazo,
-velando todo lo que puede ser objeto de admiración, rebajando siempre
-con la oculta esperanza de que puedan aparecer á un mismo nivel los
-críticos y los criticados. El escritor original sabe que atormenta á
-los mediocres, aguzándoles ese instinto que los torna heliófobos ante
-el brillo ajeno; esa desesperación de los fracasados es el laurel que
-mejor premia su luminosa inquietud. Á la gloria de un Homero llega
-siempre apareada la ridiculez de un Zoilo.
-
-En cada género de actividad intelectual fermentan estos seculares
-verdugos de la originalidad: no perdonan al que incuba en su cerebro
-esa larva sediciosa. Viven para mancillarlo, sueñan su exterminio,
-conspiran con una intemperancia de terroristas y esgrimen sórdidas
-armas que harían sonrojar á un paquidermo. Ven un peligro en cada
-astro y una amenaza en cada gesto; tiemblan pensando que existen
-hombres originales é indisciplinados, capaces de subvertir rutinas y
-prejuicios, de encender nuevos planetas en el cielo, de arrancar su
-fuerza á los rayos y á las cataratas, de infiltrar nuevos ideales á las
-razas envejecidas, de suprimir la distancia, de violar la gravedad, de
-estremecer á los gobiernos...
-
-Cuando se eleva un astro ellos asoman en todos los puntos cardinales
-para cantarle el homenaje involuntario de su difamación. Aparecen por
-docenas, por millares, como liliputienses en torno de un gigante.
-Los contrabajistas de arrabal oprobiarán la gloria de los supremos
-sinfonistas. Gacetilleros anodinos consumarán bibliografías sobre
-algún lejano pensador que los ignora. Muchos que en vano han intentado
-acertar una mancha de color, dejarán caer su chorro de prosa como si
-un robinete de pus se abriera sobre telas que vivirán en los siglos.
-Cualquier promiscuador de palabras enfestará contra el que no sea
-un panarra ó un pravo. Las mujeres feas demostrarán que la belleza
-es repulsiva y las viejas sostendrán que la juventud es insensata;
-vengarán su desgracia en el amor diciendo que la castidad es suprema
-entre todas las virtudes, cuando ya en vano se harían biltroteras
-para ofrecer la propia á los transeúntes. Y los demás, todos en coro,
-repetirán que el genio, la santidad y el heroísmo son aberraciones,
-locura, epilepsia, degeneración, negarán el ingenio, la virtud y la
-dignidad, pondrán á esos talentos por debajo de su propia penumbra,
-sin advertir que donde el genio se resobra el mediocre no llega. Si á
-éste le dieran á elegir entre ser Shakespeare ó Sarcey no vacilaría un
-minuto: murmuraría del primero con la firma del segundo.
-
-Los espíritus rutinarios son rebeldes á la admiración: no reconocen el
-fuego de los astros porque nunca han tenido en sí una chispa. Jamás se
-entregan de buena fe á los ideales ó las pasiones que les toman del
-corazón; prefieren oponerles mil razonamientos para privarse del placer
-de admirarlos. Confundirán todo lo equívoco con todo lo cristalino, la
-mansedumbre con la dignidad, la honestidad con la virtud, la vanidad
-con el orgullo, rebajando todo ideal hasta las bajas intenciones
-que supuran en sus cerebros impropios. Desmenuzarán todo lo bello,
-olvidando que el trigo molido en harina no puede ya germinar en
-áureas espigas, frente al sol. «Es un gran signo de mediocridad--dijo
-Leibnitz--elogiar siempre moderadamente.» Pascal decía que los
-espíritus vulgares no encuentran diferencias entre los hombres: se
-descubren más tipos originales á medida que se posee mayor ingenio. El
-verdadero mediocre es parvificente; admira un poco todas las cosas,
-pero nada le merece una admiración decidida. El que no admira lo mejor,
-no puede mejorar. El que ve los defectos y no las bellezas, las culpas
-y no los méritos, las discordancias y no las armonías, muere en el bajo
-nivel donde vejeta con la ilusión de ser un crítico. Los que no saben
-admirar no tienen porvenir, están inhabilitados para ascender hacia
-una perfección ideal. Es una cobardía aplacar la admiración; hay que
-cultivarla como un fuego sagrado, evitando que la envidia la cubra con
-su pátina ignominiosa.
-
-La maledicencia escrita es inofensiva. El tiempo es un sepulturero
-ecuánime: entierra en una misma fosa á los críticos injustos y á los
-malos autores. La mediocridad acosa colectivamente á los originales;
-siendo éstos contados y aquella innumerable, el número y la complicidad
-pueden contrastar el éxito: pero no consiguen impedir la gloria.
-Mientras los criticastros murmuran, el genio crece; á la larga aquéllos
-quedan oprimidos y éste siente deseos de compadecerlos, para impedir
-que sigan muriendo á fuego lento.
-
-El verdadero castigo de los críticos está en la muda sonrisa de
-los pensadores. El que critica á un alto espíritu tiende la mano
-esperando una limosna de celebridad; basta ignorarle y dejarle con la
-mano tendida, negándole la notoriedad que le conferiría el desdén.
-El silencio del genio mata al mediocre; su indiferencia le asfixia.
-Algunas veces supone que le han tomado en cuenta y que se advierte su
-presencia; sueña que le han nombrado, aludido, refutado, injuriado.
-Pero todo es un simple sueño; debe resignarse á envidiar desde la
-penumbra, de donde no le saca el hombre superior. El que tiene
-conciencia de su mérito no se presta á inflar la vanidad del primer
-indigente que le sale al paso pretendiendo distraerle, obligándole á
-perder su tiempo; elije sus adversarios entre sus iguales, entre sus
-condignos. Los hombres superiores pueden inmortalizar con una palabra
-á sus lacayos ó á sus sicarios. Hay que evitar esa palabra; de muchos
-criticastros sólo tenemos noticia porque algún genio los honró con su
-desprecio.
-
-
- IV.--UNA ESCENA DANTESCA: SU CASTIGO.
-
-El castigo de los envidiosos estaría en cubrirlos de favores, para
-hacerles sentir que su envidia es recibida como un homenaje y no como
-un estiletazo; los bienes que el envidioso recibe constituyen su más
-desesperante humillación. Si no es posible agasajarle, es necesario
-ignorarle; tomar cuenta de su infamia sería hacerle favor.
-
-El envidioso es la primera víctima de su propio veneno; la envidia
-le devora como el cáncer á la víscera, le ahoga como la hiedra á
-la encina. Por eso el Poussin, en una tela admirable, pintó á este
-monstruo mordiéndose los brazos y sacudiendo la cabellera de serpientes
-que le amenazan sin cesar.
-
-Dante consideró á los envidiosos indignos del infierno. En la sabia
-distribución de penas y castigos los recluyó en el purgatorio, lo que
-se aviene á su condición mediocre.
-
-Yacen acoquinados en un círculo de piedra cenicienta, sentados junto
-á un paredón lívido como sus caras llorosas, cubiertos por cilicios,
-formando un panorama de cementerio viviente. El sol les niega su luz:
-tienen los ojos cosidos con alambres, porque nunca pudieron ver el
-bien del prójimo. Habla por ellos la noble Sapía, desterrada por sus
-conciudadanos; fué tal su envidia, que sintió loco regocijo cuando
-ellos fueron derrotados por los florentinos. Y hablan otros, con voces
-trágicas, mientras lejanos fragores de trueno recuerdan la palabra que
-Caín pronunció después de matar á Abel. Porque el primer asesino de la
-leyenda bíblica tenía que ser un envidioso.
-
-Llevan todos el castigo en su culpa. El espartano Antistenes, al saber
-que le envidiaban, contestó con acierto: peor para ellos, tendrán que
-sufrir el doble tormento de sus males y de mis bienes. Los únicos
-gananciosos son los envidiados; es satisfactorio sentirse adorar de
-rodillas.
-
-Es necesario provocar la envidia, estimularla, acosarla, para tener
-la dicha de escuchar sus plegarias. No ser envidiado es una garantía
-inequívoca de mediocridad.
-
-
-
-
- LA VEJEZ NIVELADORA
-
- I. LAS CANAS.--II. ETAPAS DE LA DECADENCIA.--III. LA BANCARROTA DE LOS
- INGENIOS.--IV. LA PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.--V. VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
-
-
- I.--LAS CANAS.
-
-Encanecer es una cosa muy triste; las canas son un mensaje de la
-Naturaleza que nos advierte la proximidad del crepúsculo. Y no hay
-remedio. Arrancarse la primera--¿quién no lo hace?--es como quitar
-el badajo á la campana que toca el _Angelus_, pretendiendo con ello
-prolongar el día.
-
-Las canas visibles corresponden á otras más graves que no vemos; el
-cerebro y el corazón, todo el espíritu y toda la ternura, encanecen al
-mismo tiempo que la cabellera. El alma de fuego bajo la ceniza de los
-años es una metáfora literaria, desgraciadamente incierta. La ceniza
-ahoga á la llama y protege á la brasa. El ingenio es la llama; la brasa
-es la mediocridad.
-
-Las verdades generales no son irrespetuosas; dejan entreabierta una
-rendija por donde escapan las excepciones particulares. ¿Por qué no
-decir la conclusión desconsoladora? Ser viejo es ser mediocre, con rara
-excepción. La máxima desdicha de un hombre superior es sobrevivirse
-á sí mismo, nivelándose con los demás. ¡Cuántos se suicidarían si
-pudieran advertir ese pasaje terrible del hombre que piensa al hombre
-que vegeta, del que empuja al que es arrastrado, del que ara surcos
-nuevos al que se esclaviza en las huellas de la rutina! Vejez y
-mediocridad suelen ser desdichas paralelas.
-
-El «genio y figura, hasta la sepultura», es una excepción muy rara en
-los hombres de ingenio excelente, si son longevos; suele confirmarse
-cuando mueren á tiempo, antes de que la fatal opacidad crepuscular
-empañe los deslumbramientos del espíritu. En general, si mueren tarde,
-una pausada neblina comienza á velar su mente con los achaques de
-la vejez; si la muerte se empeña en no venir, los genios tórnanse
-extraños á sí mismos, supervivencia que los lleva á no comprender su
-propia obra. Les sucede como á un astrónomo que perdiera su telescopio
-y acabara por dudar de sus anteriores descubrimientos, al verse
-imposibilitado para confirmarlos á simple vista.
-
-La decadencia del hombre que envejece está representada por una
-regresión sistemática de la intelectualidad. Al principio la vejez
-mediocriza á todo hombre superior; más tarde la decrepitud inferioriza
-al viejo ya mediocre.
-
-Tal afirmación es un simple corolario de verdades biológicas. La
-personalidad humana es una formación continua, no una entidad fija;
-se organiza y se desorganiza, evoluciona é involuciona, crece y se
-amengua, se intensifica y se agota. Hay un momento en que alcanza
-su máxima plenitud; después de esa época es incapaz de acrecentarse
-y pronto suelen advertirse los síntomas iniciales del descenso, los
-parpadeos de la llama interior que se apaga.
-
-Cuando el cuerpo se niega á servir todas nuestras intenciones y deseos,
-ó cuando éstos son medidos en previsión de fracasos posibles, podemos
-afirmar que ha comenzado la vejez. Detenerse á meditar una intención
-es matarla; el hielo invade traidoramente el corazón y la personalidad
-más libre se amansa y domestica. La rutina es el estigma mental de
-la vejez; el ahorro es su estigma social. El hombre envejece cuando
-el cálculo utilitario reemplaza á la alegría juvenil. Quien se pone
-á mirar si lo que tiene le bastará para todo su porvenir posible, ya
-no es joven; cuando opina que es preferible tener de más á tener de
-menos, está viejo; cuando su afán de poseer excede á su posibilidad
-de vivir, ya está moralmente decrépito. La avaricia es una exaltación
-de sentimientos egoístas propios de la vejez. Muchos siglos antes
-de estudiarla Ribot y Rogues de Fursac, el propio Cicerón escribió
-palabras definitivas: «Nunca he oído decir que un viejo haya olvidado
-el sitio en que había ocultado su tesoro.» (_De Senectute_, c. 7). Y
-debe ser verdad, si tal dijo quien se propuso defender los fueros y
-alegrías de la vejez.
-
-Las canas son avaras y la avaricia es un árbol estéril: la humanidad
-perecería si tuviese que alimentarse de sus frutos. La moral burguesa
-del ahorro ha envilecido á generaciones y pueblos enteros; hay graves
-peligros en predicarla; esa pasión de coleccionar bienes que no se
-disfrutan se acrecienta con los años, al revés de las otras. El que
-es maniestrecho en la juventud llega hasta asesinar por dinero en la
-vejez. La avaricia seca el corazón, lo cierra á la fe, al amor, á la
-esperanza, al ideal. Si un avaro poseyera el sol, dejaría el universo
-á obscuras para evitar que su tesoro se gastase. Además de aferrarse
-á lo que tiene, el avaro se desespera por tener más, sin límite; es
-más miserable cuanto más tiene; para soterrar talegas que no disfruta,
-renuncia á la dignidad ó al bienestar; ese afán de perseguir lo que no
-gozará nunca constituye la más siniestra de las miserias.
-
-La avaricia iguala á la envidia. Es la pústula moral de los corazones
-envejecidos.
-
-
- II.--ETAPAS DE LA DECADENCIA.
-
-La personalidad individual se constituye por sobreposiciones
-sucesivas de la experiencia. Se ha señalado una «estratificación del
-carácter»; la palabra es exacta y merece conservarse para ulteriores
-desenvolvimientos.
-
-En sus capas primitivas y fundamentales yacen las inclinaciones
-recibidas hereditariamente de los antepasados: la «mentalidad de la
-especie». En las capas medianas encuéntranse las sugestiones educativas
-de la sociedad: la «mentalidad social». En las capas superiores
-florecen las variaciones y perfeccionamientos recientes de cada uno,
-los rasgos personales que no son patrimonio colectivo: la «mentalidad
-individual».
-
-Así como en las formaciones geológicas las sedimentaciones más
-profundas contienen los fósiles más antiguos, las primitivas bases de
-la personalidad individual guardan celosamente el capital común á la
-especie y á la sociedad. Cuando los estratos recientemente constituidos
-van desapareciendo por obra de la vejez, el psicólogo comienza á
-descubrir la mentalidad del mediocre, del niño y del salvaje, cuyas
-vulgaridades, simplezas y atavismos reaparecen á medida que las canas
-van reemplazando á los cabellos.
-
-Inferior, mediocre ó superior, todo hombre adulto atraviesa un período
-estacionario, durante el cual perfecciona sus aptitudes adquiridas,
-pero no adquiere nuevas. Más tarde la inteligencia entra á su ocaso.
-
-Las funciones del organismo empiezan á decaer á cierta edad. Esas
-declinaciones corresponden á inevitables procesos histológicos de
-regresión orgánica. Las funciones mentales, lo mismo que las otras,
-decaen cuando comienzan á enmohecerse los engranajes celulares de
-nuestros centros nerviosos.
-
-Es evidente que el individuo ignora su propio crepúsculo: ningún viejo
-admite que su inteligencia haya disminuído. El que esto escribe hoy,
-creerá, probablemente, lo contrario cuando tenga más de sesenta años.
-Pero objetivamente considerado, el hecho es indiscutible, aunque podrá
-haber discrepancia para señalar límites generales á la edad en que la
-vejez desvencija nuestros resortes. Se comprende que para esta función,
-como para todas las demás del organismo, la edad de envejecer difiere
-de individuo á individuo; los sistemas orgánicos en que se inicia la
-involución son distintos en cada uno. Hay quien envejece antes por sus
-órganos digestivos, circulatorios ó psíquicos; y hay quien conserva
-íntegras algunas de sus funciones hasta más allá de los límites
-comunes. La longevidad mental es un accidente; no es la regla.
-
-La vejez inequívoca es la que pone más arrugas en el espíritu que
-en la frente. La juventud no es simple cuestión de estado civil y
-puede sobrevivir á alguna cana: es un don de vida expresiva y febril.
-Muchos adolescentes no lo tienen y algunos viejos desbordan de él. Hay
-hombres que nunca han sido jóvenes; en sus corazones, prematuramente
-agostados, no encontraron calor las opiniones extremas ni aliento las
-exageraciones románticas. En esos mediocres, la única precocidad es
-la vejez. Hay, en cambio, espíritus de excepción que guardan algunas
-originalidades hasta sus años últimos, envejeciendo tardíamente. Pero,
-en unos antes y en otros después, despacio ó de prisa, el tiempo
-consuma su obra y transforma nuestras ideas, sentimientos, pasiones,
-energías, según el antiguo decir de Boileau: «El tiempo, que cambia
-todo, cambia también nuestros humores».
-
-El proceso de involución intelectual sigue el mismo curso que el de
-su organización, pero invertido. Primero desaparece la «mentalidad
-individual», más tarde la «mentalidad social», y, por último, la
-«mentalidad de la especie».
-
-La vejez comienza por hacer de todo individuo un hombre mediocre. La
-mengua mental puede, sin embargo, no detenerse allí. Los engranajes
-celulares del cerebro siguen enmoheciéndose, la actividad de las
-asociaciones neuronales se atenúa cada vez más y la obra destructora
-de la decrepitud es más profunda. Los achaques siguen desmantelando
-sucesivamente las capas del carácter, desapareciendo una tras otra sus
-adquisiciones secundarias, las que reflejan la experiencia social. El
-anciano se «inferioriza», es decir, vuelve poco á poco á su primitiva
-mentalidad infantil, conservando las adquisiciones más antiguas de su
-personalidad, que son, por ende, las mejor consolidadas. Es notorio que
-la infancia y la senectud se tocan; todos los idiomas consagran esta
-observación en refranes harto conocidos. Ello explica las profundas
-transformaciones psíquicas de los viejos; el cambio total de sus
-sentimientos (especialmente los sociales y altruistas), la pereza
-progresiva para acometer empresas nuevas (con discreta conservación
-de los hábitos consolidados por antiguos automatismos) y la duda ó la
-apostasía de las ideas más personales (para volver primero á las ideas
-comunes en su medio y luego á las profesadas en la infancia ó por los
-antepasados).
-
-La mejor prueba de ello--que los ignorantes suelen citar contra la
-«ciencia»--la encontramos en los hombres de más elevada mentalidad y de
-cultura mejor disciplinada; es frecuente en ellos un cambio radical de
-opiniones acerca de los más altos problemas filosóficos, á medida que
-la vejez hace decaer las aptitudes originalmente definidas durante la
-edad viril.
-
-
- III.--LA BANCARROTA DE LOS INGENIOS.
-
-Este cuadro no es exagerado ni esquemático. La marcha progresiva del
-proceso impide advertir esa evolución en las personas que nos rodean;
-es como si una claridad se apagara tan de á poco que pudiera llegarse á
-la obscuridad absoluta sin advertir en momento alguno la transición.
-
-Á la natural lentitud del fenómeno agréganse las diferencias que él
-reviste en cada individuo. Los mediocres, que sólo llegan á adquirir
-un reflejo de la mentalidad social, poco tienen que perder en esta
-inevitable bancarrota: es el empobrecimiento de un pobre. Y cuando, en
-plena senectud, su mentalidad social se reduce á la mentalidad de la
-especie, inferiorizándose, á nadie sorprende ese pasaje de la pobreza á
-la miseria.
-
-En el hombre superior, en el talento ó en el genio, se notan claramente
-esos estragos. ¿Cómo no llamaría nuestra atención un antiguo millonario
-que paseara á nuestro lado sus postreros andrajos? El hombre superior
-deja de serlo, se nivela. Sus ideas propias, organizadas en el período
-de perfeccionamiento, tienden á ser reemplazadas por ideas comunes
-ó inferiores. El genio nunca es tardío, aunque pueda revelarse
-tardíamente su fruto; las obras pensadas en la juventud y escritas en
-la vejez, pueden no mostrar decadencia, pero siempre la revelan las
-obras pensadas en la vejez misma. Leemos la segunda parte del «Fausto»
-por respeto al autor de la primera; no podemos salir de ello sin
-recordar que «nunca segundas partes fueron buenas», adagio inapelable
-si la primera fué obra de juventud y la segunda es fruta de vejez.
-
-Haeckel señala en Kant un ejemplo acabado de esta metamorfosis
-psicológica. El joven Kant, verdaderamente «crítico», había llegado á
-la convicción de que las tres grandes potencias del misticismo: Dios,
-libertad é inmortalidad del alma, eran insostenibles ante la «razón
-pura»; el Kant envejecido, «dogmático», encontró, en cambio, que
-esos tres fantasmas son postulados de la «razón práctica», y, por lo
-tanto, indispensables. Cuanto más se predica la vuelta á Kant, en el
-contemporáneo arreciar del neokantismo, tanto más ruidosa é irreparable
-preséntase la contradicción entre el joven y el viejo Kant. El mismo
-Spencer, monista como el que más, acabó por entreabrir una puerta al
-dualismo con su «incognoscible». Virchow, en plena juventud, creó la
-patología celular, sin sospechar que terminaría renegando sus ideas
-de naturalista filósofo. Lo mismo que él hicieron Wallace, Romanes,
-Du-Bois Reymond y C. E. Baer.
-
-Para citar tan sólo á muertos de ayer, hase visto á Lombroso caer
-en sus últimos años en ingenuidades infantiles, explicables por su
-debilitamiento mental, á punto de llorar conversando con el alma de su
-madre en un trípode espiritista. James, que en su juventud fué portavoz
-de la psicología evolucionista y biológica, acabó por enmarañarse en
-especulaciones morales que sólo él comprendió. Y, por fin, Tolstoy,
-cuya juventud fué pródiga de admirables novelas y escritos, que le
-hicieron clasificar como escritor anarquista, en los últimos años
-escribió artículos adocenados que no firmaría un gacetillero vulgar,
-para extinguirse en esa peregrinación mística que puso en ridículo las
-horas últimas de su vida física. La mental había terminado mucho antes.
-
-
- IV.--PSICOLOGÍA DE LA VEJEZ.
-
-La sensibilidad se atenúa en los viejos y se embotan sus vías de
-comunicación con el mundo que les rodea; los tejidos se endurecen
-y tórnanse menos sensibles al dolor físico. El viejo tiende á la
-inercia, busca el menor esfuerzo; así como la pereza es una vejez
-anticipada, la vejez es una pereza que llega fatalmente en cierta
-hora de la vida. Anatómica y fisiológicamente, su característica es
-una atrofia de los elementos superiores (musculares y nerviosos), con
-desarrollo de los inferiores (conjuntivos); una parte de los capilares
-se obstruye y amengua el aflujo sanguíneo á los tejidos; el peso y el
-volumen del sistema nervioso central se reduce, como el de todos los
-tejidos propiamente vitales; la musculatura flácida impide mantener
-el cuerpo erecto; los movimientos pierden su agilidad y su precisión.
-En el cerebro disminuyen las permutas nutritivas, se alteran las
-transformaciones químicas y el tejido conjuntivo prolifera, haciendo
-degenerar las células más nobles. Roto el equilibrio de los órganos,
-no puede subsistir el equilibrio de las funciones: la disolución de
-la vida intelectual y afectiva sigue ese curso fatal, perfectamente
-estudiado por Ribot en el último capítulo de su _Psicología de los
-sentimientos_.
-
-Á medida que envejece, tórnase el hombre infantil, tanto por su
-ineptitud creadora como por su achicamiento moral. Al período
-expansivo sucede el de concentración; la incapacidad para el asalto
-perfecciona la defensa. La insensibilidad física se acompaña de
-analgesia moral; en vez de participar del dolor ajeno, el viejo acaba
-por no sentir ni el propio; la ansiedad de prolongar su vida parece
-advertirle que una fuerte emoción puede gastar energía, y se endurece
-contra el dolor, como la tortuga se retrae bajo su caparazón cuando
-presiente un peligro. Así llega á sentir un odio oculto por todas las
-fuerzas vivas que crecen y avanzan, un sordo rencor contra todas las
-primaveras.
-
-La psicología de la vejez denuncia ideas obsesivas y absorbentes.
-Todo viejo cree que los jóvenes le desprecian y desean su muerte
-para suplantarle. Traduce tal manía por hostilidad á la juventud,
-considerándola muy inferior á la de su tiempo, así como las nuevas
-costumbres á que no puede adaptarse. Aun en las cosas pequeñas exige
-la parte más grande, contrariando toda iniciativa, desdeñando las
-corazonadas y escarneciendo los ideales, sin recordar que en otro
-tiempo pensó, sintió é hizo todo lo que ahora considera comprometedor ó
-detestable.
-
-Ésa es la verdadera psicología del hombre que envejece. La edad
-«atenúa ó anula el celo, el ardor, la aptitud para creer, descubrir
-ó simplemente saborear el arte, para tener la curiosidad despierta.
-Omito las rarísimas excepciones que exigirían, cada una, un examen
-particular. Para la mayoría de los hombres, el debilitamiento vital
-suprime de seguida el gusto de esas cosas superfluas. Señalemos,
-también, con la vejez, la hostilidad decidida contra las innovaciones:
-nuevas formas artísticas, nuevos descubrimientos, nuevas maneras de
-plantear ó tratar los problemas científicos. El hecho es tan notorio,
-que no exige pruebas. Ordinariamente, en estética sobre todo, cada
-generación reniega á la que le sigue. La explicación común de ese
-«misoneísmo», es la existencia de hábitos intelectuales ya organizados.
-Ellos serían conmovidos por un contraste violento, si tuvieran una
-capacidad de emoción ó de pasión. Esto último es lo que falta en
-los viejos, por apagamiento de la vida afectiva. Agrega Ribot que á
-esa disolución de los sentimientos superiores sigue la de todos los
-sentimientos altruístas y la de los egoaltruistas, perdurando hasta
-el fin los egoístas, cada vez más aislados y predominantes en la
-personalidad del viejo. Ellos mismos naufragan en la ulterior senilidad.
-
-Los diversos elementos del carácter disuélvense en orden inverso al
-de su formación. Los que han llegado al fin son menos activos, dejan
-impresiones poco persistentes, son adventicios, incoordinados. Esto
-revélase en la regresión de la memoria en los viejos; los fantasmas de
-las primeras impresiones juveniles siguen rondando en su mente, cuando
-ya han desaparecido los más cercanos, los del día anterior. La falta de
-plasticidad hace que los nuevos procesos psíquicos no dejen rastros,
-ó muy débiles, mientras los antiguos se han grabado hondamente en
-materia más sensible y sólo se borran con la destrucción de los órganos.
-
-Con la facultad de crecer de los neurones en el hombre joven, y su
-poder de crear nuevas asociaciones, explicaría Cajal la capacidad
-de adaptación del hombre y su aptitud para cambiar sus sistemas
-ideológicos; la detención de las funciones neuronales en los ancianos,
-ó en los adultos de cerebro atrofiado por falta de ilustración ú
-otra causa, permite comprender las convicciones inmutables, la
-inadaptación al medio moral y las aberraciones misoneístas. Se concibe,
-igualmente, que la amnesia, la falta de asociación de ideas, la torpeza
-intelectual, la imbecilidad, la demencia, puedan producirse cuando--por
-causas más ó menos mórbidas--la articulación entre los neurones llega
-á ser floja; es decir, cuando sus expansiones se debilitan y dejan de
-estar en contacto, ó cuando las esferas mnemónicas se desorganizan
-parcialmente. Para formular esta hipótesis Cajal ha tenido en cuenta
-la conservación mayor de las antiguas memorias juveniles; las vías de
-asociación creadas hace mucho tiempo y ejercitadas durante algunos
-años, han adquirido indudablemente una fuerza mayor por haber sido
-organizadas en la época en que los neurones poseían su más alto grado
-de plasticidad.
-
-Sin conocer la histología de los centros nerviosos, Lucrecio (III,
-452) observó que la ciencia y la experiencia pueden crecer andando la
-vida, pero la vivacidad, la prontitud, la firmeza, y otras loables
-cualidades se marchitan y languidecen al sobrevenir la vejez:
-
- Ubi jam validis quassatum est viribus aevi corpus, et obtusis
- ceciderunt viribus artus, claudicat ingenium, delirat linguaque
- mensque.
-
-Montaigne, viejo, estimaba que á los veinte años cada individuo ha
-anunciado lo que de él puede esperarse y afirma que ningún alma obscura
-hasta esa edad se ha vuelto luminosa después; recuerda el proverbio
-usual en el Delfinado: «Si l'épine ne pique pas en naissant, à peine
-piquera-t-elle jamais», y agrega que casi todas las grandes acciones de
-la historia han sido realizadas antes de los treinta años. (_Essais_,
-lib. I, cap. LVII.)
-
-Á distancia de siglos un espíritu absolutamente diverso llega á las
-mismas conclusiones. «El descubrimiento del segundo principio de la
-energética moderna fué hecho por un joven: Carnot tenía veintiocho años
-al publicar su Memoria. Mayer, Joule y Helmoltz tenían veinticinco,
-veintiséis y veinticinco, respectivamente; ninguno de estos grandes
-innovadores había llegado á los treinta años cuando se dió á conocer.
-Las épocas en que sus trabajos aparecieron no representan el momento
-en que fueron concebidos; hubieron de pasar algunos años antes de
-que tuviesen desarrollo suficiente para ser expuestos y de que ellos
-encontraran medios de publicarlos. Asombra la juventud de estos
-maestros de la ciencia; estamos acostumbrados á considerarla como
-privilegio de una edad más avanzada, y nos parece que todos ellos han
-faltado al respeto á sus mayores, permitiéndose abrir nuevos caminos
-á la verdad. Se dirá que la solución de esos problemas por verdaderos
-muchachos fué una singular y excepcional casualidad; fácil es comprobar
-que ocurre lo mismo en todos los dominios de la ciencia: la gran
-mayoría de los trabajos que señalaron horizontes nuevos fueron la obra
-de jóvenes que acababan de transponer los veinte años. No es éste el
-sitio para buscar las causas y las consecuencias de ese hecho; pero es
-útil recordarlo, pues aunque señalado más de una vez, está muy lejos
-de ser reconocido por los que se dedican á educar la juventud. Los
-trabajos de hombres jóvenes son de carácter principalmente innovador;
-el mecanismo de la instrucción pública no debe ser obstáculo á ellos...
-permitiéndoles desde temprano desarrollar libremente sus aptitudes
-en los institutos superiores, en vez de agotar prematuramente, como
-ocurre ahora, un gran número de talentos científicos originales.» (W.
-Ostwald: _L'Energie_, cap. V). Y para que sus conclusiones no parezcan
-improvisadas el eminente filósofo las ha desenvuelto en su último
-libro (_Les grands hommes_), donde el problema del genio juvenil está
-analizado con criterio experimental.
-
-Por eso las academias suelen ser cementerios donde se glorifica á
-hombres que ya han dejado de existir para su ciencia ó para su arte. Es
-natural que á ellas lleguen los muertos ó los agonizantes; dar entrada
-á un joven significaría enterrar á un vivo.
-
-
- V.--LA VIRTUD DE LA IMPOTENCIA.
-
-Será verdad lo que se afirma desde Lucrecio y Montaigne hasta Ribot
-y Ostwald; pero los viejos no renunciarán á sus protestas contra los
-jóvenes, ni éstos acatarán en silencio la hegemonía de las canas.
-
-Los viejos olvidan que fueron jóvenes y éstos parecen ignorar que serán
-viejos: el camino á recorrer es siempre el mismo, de la originalidad á
-la mediocridad, y de ésta á la inferioridad mental.
-
-¿Cómo sorprendernos, entonces, de que los jóvenes revolucionarios
-terminen siendo viejos conservadores? ¿Y qué de extraño en la
-conversión religiosa de los ateos llegados á la vejez? ¿Cómo podría
-el hombre, activo y emprendedor á los treinta años, no ser apático
-y prudente á los ochenta? ¿Cómo asombrarnos de que la vejez nos
-haga avaros, misántropos, regañones, cuando nos va entorpeciendo
-paulatinamente los sentidos y la inteligencia, como si una mano
-misteriosa fuera cerrando una por una todas las ventanas entreabiertas
-frente á la realidad que nos rodea?
-
-La ley es dura, pero es ley. Nacer y morir son los términos inviolables
-de la vida; ella nos dice con voz firme que lo normal no es nacer ni
-morir en la plenitud de nuestras funciones. Nacemos para crecer;
-envejecemos para morir. Todo lo que la Naturaleza nos ofrece para el
-crecimiento, nos lo sustrae preparando la muerte.
-
-Sin embargo, los viejos protestan de que no se les respeta bastante,
-mientras los jóvenes se desesperan por lo excesivo de ese respeto. La
-historia es de todos los tiempos. Cicerón escribió su _De Senectute_
-con el mismo espíritu con que hoy Faguet escribe ciertas páginas de su
-ensayo sobre _La Vieillesse_. Aquél se quejaba de que los viejos fueran
-poco respetados en el imperio; éste se queja de que lo sean menos en
-la democracia. Asombran las palabras de Faguet cuando afirma que los
-viejos no son escuchados, pretendiendo ver en ello la negación de una
-competencia más. Alega que en los pueblos primitivos, como hoy entre
-los salvajes, son los viejos los que gobiernan: la gerontocracia se
-explica donde no hay más ciencia que la experiencia y los viejos lo
-saben todo, pues cualquier caso nuevo les resulta conocido por haber
-visto muchos similares. Dice Faguet que el libro, puesto en manos
-de los jóvenes, es el enemigo de la experiencia que monopolizan los
-viejos. Y se desespera porque el viejo ha caído en ridículo, aunque
-comete la imprudencia de juzgarle con verdad: _convenons de bonne grâce
-qu'il prête à cela; il est entêté, il est maniaque, il est verbeux,
-il est conteur, il est ennuyeux, il est grondeur et son aspect est
-désagréable_: ningún joven ha escrito una silueta más sintética que
-esa, incluida en su volumen sobre el culto de la incompetencia.
-
-Faguet opina que el viejo está desterrado de las mediocracias
-contemporáneas. Grave error, que sólo prueba su vejez.
-
-Toda democracia es propicia á la mediocridad y enemiga de cualquier
-excelencia individual; por eso los jóvenes originales no participan del
-gobierno hasta que hayan perdido su arista propia. La vejez los nivela,
-rebajándolos hasta los modos de pensar y sentir que son comunes á su
-grupo social. Por esto las funciones directivas han sido en toda época
-patrimonio de la edad madura; la «opinión pública» de los pueblos, de
-las clases ó de los partidos, suele encontrar en los hombres que fueron
-superiores y empiezan ya á decaer el exponente más inequívoco de su
-mediocridad. En la juventud, son considerados peligrosos. Mientras el
-individuo superior piensa con su propia cabeza, no puede pensar con la
-cabeza de la sociedad.
-
-No hay, pues, la falta de respeto que, en sus vejeces respectivas,
-señalaron Platón, Aristóteles y Montesquieu, antes que Faguet.
-Afirmar que por el camino de la vejez se llega á la mediocridad es
-la aplicación simple de un principio regresivo que rige á todos los
-organismos vivos y los prepara á la muerte. ¿Por qué extrañarnos de
-esa decadencia mental si estamos acostumbrados á ver desteñir las
-hojas y deshojarse los árboles cuando el otoño llega perseguido por el
-invierno?
-
-Admiremos á los viejos por las superioridades que hayan poseído en la
-juventud. No incurramos en la simpleza de esperar una vejez santa,
-heroica ó genial tras una juventud equívoca, mansa y opaca; la vejez
-siega todas las originalidades con su hoz niveladora. Esos mediocres
-representativos, que ascienden al gobierno y á las dignidades después
-de haber pasado sus mejores años en la inercia ó en la orgía, en
-el tapete verde ó entre rameras, en la expectativa apática ó en la
-resignación humillada, sin una palabra viril y sin un gesto altivo,
-esquivando la lucha, temiendo los adversarios, y renunciando los
-peligros, no merecen la confianza de sus contemporáneos ni tienen
-derecho de catonizar. Sus palabras grandilocuentes parecen pronunciadas
-en falsete y mueven á risa. Los hombres de carácter elevado no hacen
-á la vida la injuria de malgastar su juventud, ni confían á la
-incertidumbre de las canas la iniciación de obras que sólo pueden
-concebir las mentes frescas y realizar los brazos viriles.
-
-La experiencia complica la tontería de los mediocres, pero no puede
-convertirlos en genios; la vejez no abuena al perverso, lo torna inútil
-para el mal. El diablo no sabe más por viejo que por diablo. Si se
-arrepiente no es por santidad, sino por impotencia.
-
-
-
-
- LA MEDIOCRACIA
-
- I. EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.--II. LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.--III.
- DEMAGOGOS Y ARISTARCOS: LAS DOS FÓRMULAS DE LA INJUSTICIA.--IV. LA
- ARISTOCRACIA DEL MÉRITO: «LA JUSTICIA EN LA DESIGUALDAD.»
-
-
- I.--EL CLIMA DE LA MEDIOCRIDAD.
-
-En raros momentos la pasión caldea la historia y los idealismos se
-exaltan: cuando las naciones se constituyen y cuando se renuevan.
-Primero es secreta ansia de libertad, lucha por la independencia más
-tarde, luego crisis de consolidación institucional, después vehemencia
-de expansión ó pujanza de imperialismo. Los genios hablan con palabras
-líricas; plasman los estadistas sus planes visionarios; ponen los
-héroes su corazón en la balanza del destino.
-
-Es, empero, fatal que los pueblos tengan largas intercadencias de
-encebadamiento. La historia no conoce un solo caso en que altos ideales
-trabajen con ritmo continuo la evolución de una raza. Hay horas de
-palingenesia y las hay de apatía, como vigilias y sueños, días y
-noches, primaveras y otoños, en cuyo alternarse infinito se divide la
-continuidad del tiempo.
-
-En ciertas horas la nación se aduerme dentro del país. El organismo
-vegeta; el espíritu se amodorra. Los apetitos acosan á los ideales,
-tornándose dominadores y agresivos. No hay astros en el horizonte ni
-oriflamas en los campanarios. Ningún clamor de pueblo se percibe; no
-resuena el eco de grandes voces animadoras. Todos se apiñan en torno de
-los manteles oficiales para alcanzar alguna migaja de la merienda. Es
-el clima de la mediocridad. Los estados tórnanse mediocracias.
-
-Entra á la penumbra toda tendencia idealista, intelectual, estética, el
-culto por la verdad, el afán de admiración, la fe en creencias firmes,
-la exaltación de ideales, la lealtad, el orgullo, la originalidad, el
-desinterés, la abnegación, todo lo que está en el camino de la virtud y
-de la santidad, del talento y del genio, de la dignidad y del heroísmo.
-En un mismo diapasón utilitario se templan todos los espíritus. Se
-habla por refranes, como discurría Panza; se cree por catecismos, como
-predicaba Tartufo; se vive de expedientes, como enseñó Gil Blas. El
-culto de la rutina, de los prejuicios y de las domesticidades encuentra
-fervorosos adeptos en los que pretenden representar á los rebaños
-militantes; los más encumbrados portavoces de las mediocracias resultan
-esclavos de su clima. Son actores á quienes les está prohibido
-improvisar: de otro modo romperían el molde á que se ajustan las demás
-piezas del mosaico.
-
-Platón no concibió la mediocridad ni estudió al hombre mediocre.
-Sin quererlo, al decir de la democracia: «Es el peor de los buenos
-gobiernos, pero es el mejor entre los malos», definió la mediocracia.
-Han transcurrido siglos; la sentencia conserva su verdad. Las
-democracias contemporáneas, vistas de fuera, son refractarias á la
-culminación de todo ideal. Son estados sin ser naciones; países, no
-patrias. En cada comarca una oligarquía de mediocres detenta los
-engranajes del mecanismo oficial, excluyendo de su seno á cuantos
-desdeñan aceptar la complicidad de sus empresas. Aquí son castas
-advenedizas, allí sindicatos industriales, acullá facciones de
-parlaembaldes. Son gavillas y se titulan partidos. Intentan disfrazar
-con ideales su monopolio del Estado. Son bandoleros que buscan la
-encrucijada más impune para explotar á la sociedad.
-
-Políticos mediocres hay en todos los tiempos y bajo todos los
-regímenes. Pero encuentran mejor clima en las burguesías sin ideales.
-Donde todos creen poder hablar, callan los sabios; la mediocridad
-prefiere escuchar á los más viles embaidores. Cuando el ignorante se
-cree igualado al estudioso, el bribón al apóstol, el boquirroto al
-elocuente y el burdégano al digno, la escala del mérito desaparece
-en una oprobiosa nivelación de villanía. Eso es la mediocracia:
-todos pretenden hablar y creen decir lo que piensan, aunque cada
-uno sólo acierta á repetir dogmas sectarios ó auspiciar voracidades
-oligárquicas. Esa chatura moral es más grave que la aclimatación á la
-tiranía; nadie puede volar donde todos se arrastran. Conviénese en
-llamar urbanidad á la hipocresía, distinción al amaricamiento, cultura
-á la timidez, tolerancia á la complicidad; la mentira proporciona estas
-denominaciones equívocas. Y los que así mienten son enemigos de sí
-mismos y de la patria, deshonrando en ella á sus padres y á sus hijos,
-carcomiendo la dignidad común.
-
-En esos paréntesis de alcornocamiento aventúranse las mediocracias
-por senderos innobles. La obsesión de acumular tesoros materiales, ó
-el torpe afán de usufructuarlos en la holganza, borra del espíritu
-colectivo todo rastro de ensueño. Los países dejan de ser patrias.
-Cualquier ideal agoniza ó muere; van desmereciendo el ingenio y el
-mérito. Los filósofos, los sabios y los artistas están de más; la
-pesadez de la atmósfera cierra sus alas y dejan de volar. Su presencia
-estorba á traficantes y judíos, á todos los que trabajan por lucrar, á
-los esclavos del ahorro ó de la avaricia. Las cosas del espíritu son
-despreciadas. No siéndole propicio el clima sus cultores son contados.
-No llegan á inquietar á las mediocracias; están proscritos dentro del
-país, que mata á fuego lento sus ideales, sin necesitar desterrarlos.
-Cada hombre queda preso entre mil sombras que lo rodean y lo paralizan.
-
-Siempre hay mediocres, son perennes. Lo que varía es su prestigio y su
-influencia. En los climas líricos muéstranse humildes, son tolerados;
-nadie los nota, no osan inmiscuirse en nada. Cuando se entibian los
-ideales y se reemplaza lo cualitativo por lo cuantitativo, se empieza
-á contar con ellos. Apercíbense entonces de su número, se cuentan,
-se mancornan en grupos, se arrebañan en partidos. Crecen en la justa
-medida en que el clima se atempera. Las ficciones democráticas igualan
-el sabio al analfabeto, el señor al lacayo, el poeta al prestamista:
-cada uno tiene un voto y el supremo derecho es votar. La mediocridad se
-condensa, conviértese en sistema, es incontrastable.
-
-Encúmbranse gañanes, pues no florecen genios: las creaciones y las
-profecías son imposibles si no están en el alma de la época. La
-aspiración de lo mejor no es privilegio de todas las generaciones.
-Tras una que ha realizado un gran esfuerzo, arrastrada ó conmovida
-por un genio, la siguiente descansa y se dedica á vivir de glorias
-pasadas, conmemorándolas sin fe; las facciones dispútanse los manejos
-administrativos, compitiendo en manosear todos los ideales. La ausencia
-de éstos se disfraza con exceso de pompa y de palabras; acállase
-cualquier protesta con la participación en los festines; se proclaman
-las mejores intenciones y se practican bajezas abominables; se miente
-la democracia; se miente la ciencia; se miente el arte; se miente la
-justicia; se miente el carácter. Todo se miente con la anuencia de
-todos; cada hombre pone precio á su complicidad, un precio razonable
-que oscila entre un empleo y una decoración.
-
-Los gobernantes no crean tal estado de cosas y de espíritus: lo
-representan. Cuando las naciones dan en bajíos, los ideales son
-suplantados por voracidades insaciables: alguna facción de mediocres
-se apodera del engranaje constituido ó reformado por hombres geniales.
-Florecen legisladores, pululan archivistas, cuéntanse los funcionarios
-por legiones: las leyes se multiplican, sin reforzar por ello su
-eficacia. Las ciencias conviértense en mecanismos oficiales, en
-institutos y academias donde el genio no se forma jamás y al mismo
-ingenio se le impide que crezca: su presencia humillaría con la
-fuerza del contraste. Las artes tórnanse industrias patrocinadas por
-el Estado, reaccionario en sus gustos y adverso á toda previsión de
-nuevos ritmos ó de nuevas formas; la imaginación de artistas y poetas
-parece aguzarse en descubrir las grietas del presupuesto y filtrarse
-por ellas. En tales épocas los astros no surgen. Huelgan: la sociedad
-no los necesita; bástale su cohorte de funcionarios. El nivel de
-los gobernantes desciende hasta marcar el cero: la mediocracia es
-una confabulación de los ceros contra las unidades. Cien políticos
-mediocres, juntos, no valen un estadista genial. Sumad diez ceros,
-cien, mil, todos los de las matemáticas y no tendréis cantidad alguna,
-ni siquiera negativa. Los políticos mediocres marcan el cero absoluto
-en el termómetro de la historia, conservándose limpios de infamia y de
-virtud. Roque gobernando la ínsula: equidistante de Nerón y de Marco
-Aurelio.
-
-Una apatía conservadora caracteriza á esos períodos; entíbiase la
-ansiedad de las cosas elevadas, prosperando á su contra el afán de
-los suntuosos formulismos. Los gobernantes que no piensan parecen
-prudentes; los que nada hacen titúlanse reposados; los que no roban
-resultan alhajas. El concepto del mérito se torna negativo: las sombras
-son preferibles á los hombres. Se busca lo originariamente mediocre ó
-lo mediocrizado por la senilidad. En vez de héroes, genios ó santos,
-anúncianse los apacibles administradores, milagrosos arquetipos de
-la mediocridad reinante, como aquel Popeo Sabino _par negotiis neque
-supra_. Pero el estadista, el filósofo, el poeta, los que realizan,
-predican y anuncian alguna parte de un ideal, están ausentes. Nada
-tienen que hacer.
-
-La tiranía del clima es absoluta: nivelarse ó sucumbir. La regla conoce
-pocas excepciones en la historia. Las mediocracias negaron siempre las
-virtudes, las bellezas, las grandezas, dieron el veneno á Sócrates,
-el leño á Cristo, el puñal á César, el destierro á Dante, la cárcel
-á Bacon, el fuego á Bruno; y mientras escarnecían á esos hombres
-ejemplares, aplastándolos con su saña ó armando contra ellos algún
-brazo enloquecido, ofrecían su servidumbre á pomposos pavoreales ó
-ponían su hombro para sostener las más torpes tiranías. Á un precio:
-que éstas garantizaran á las clases hartas la tranquilidad necesaria
-para usufructuar sus riquezas.
-
-En esas épocas de lenocinio la autoridad es fácil de ejercitar: las
-cortes se pueblan de serviles, apandillados por batos enflautadores.
-Mesnadas de retóricos parlotean _pane lucrando_: aspirantes á algún
-bajalato y pulchinelas de perilustres barrizales, en cuyas conciencias
-está siempre colgado el albarán ignominioso. Las mediocracias
-apuntálanse en los apetitos de los que ansían vivir de ellas y en el
-miedo de los que temen perder la pitanza. La indignidad civil es ley
-en esos climas. Todo hombre declina su personalidad al convertirse
-en funcionario: no lleva visible la cadena al pie, como el esclavo,
-pero la arrastra ocultamente, amarrada en su intestino. Ciudadanos de
-una patria son los capaces de vivir por su esfuerzo, sin la cebada
-oficial. Cuando todo se sacrifica á ésta, sobreponiendo los apetitos
-á las aspiraciones, el sentido moral se degrada y la decadencia se
-aproxima. En vano se buscan remedios en la glorificación del pasado.
-De ese atafagamiento los pueblos no despiertan loando lo que fué, sino
-sembrando el porvenir y reconstituyendo el culto del mérito.
-
-Los países son expresiones geográficas y los estados son equilibrios de
-instituciones. Una patria es mucho más y es otra cosa: sincronismo de
-espíritus y de corazones, temple uniforme para el esfuerzo, homogénea
-disposición para el sacrificio, simultaneidad en la aspiración de la
-grandeza y en el deseo de la gloria. Donde falta esa comunidad de
-esperanzas no hay patria, no puede haberla: hay que tener ensueños
-comunes, desear juntos grandes cosas y sentirse decididos á
-realizarlas, con la seguridad de que ninguno se quedará en mitad del
-camino contando sus talegas. No basta acumular riquezas para crear
-una patria: Cartago no lo fué. Era una empresa. Las áureas minas, las
-industrias afiebradas y las lluvias generosas hacen de un país un
-estado rico: se necesitan ideales de cultura para que en él haya una
-patria.
-
-Mientras un país no es patria, sus habitantes no constituyen una
-nación. El sentimiento de la nacionalidad sólo existe en los que se
-sienten acomunados para perseguir un mismo ideal: las naciones más
-homogéneas son las que cuentan más hombres capaces de sentirlo y de
-servirlo. Es más intenso y perfeccionado en las mentes conspicuas.
-La capacidad de ideales, exigua en los mediocres, impídeles ver en
-el patriotismo el más alto ideal; el _déclassé_, ajeno á la nación,
-tampoco lo concibe; el esclavo y el siervo tienen un país natal. Sólo
-el digno y el libre pueden tener una patria.
-
-Pueden tenerla. Rara vez la tienen. El sentimiento nace en muchos,
-pero permanece rudimentario; en pocos elegidos llega á ser dominante
-y vivificador, anteponiéndose á pequeñas sordideces de piara ó de
-cofradía. Cuando los intereses de la mediocridad sobrepónense á los
-ideales de los espíritus cultos, que constituyen el alma de una nación,
-el sentimiento nacional se corrompe: la patria es explotada como una
-empresa. Cuando se vive hartando los propios apetitos y nadie piensa
-que en cada ingenio original puede estar una partícula de la gloria
-común, la nación se abisma. Los ciudadanos vuelven á la condición de
-habitantes. La patria á la de país.
-
-Y eso ocurre periódicamente: como si la pupila de la nación necesitara
-parpadear en su mirada hacia el porvenir. Y los caracteres mediocres
-aprovechan ese paréntesis de sombra para culminar, mientras los genios
-tórnanse invisibles. Todo se dobla y abaja, desapareciendo la molicie
-individual en la común: diríase que en la culpa colectiva se esfuma
-la responsabilidad de cada uno. Cuando el conjunto se dobla, como en
-el barquinazo de un buque, parece, por relatividad, que ninguna cosa
-se doblara. Sólo quien se levanta, y mira desde otro plano á los que
-navegan, advierte su descenso, como si frente á ellos fuese un punto
-inmóvil: un faro en la costa.
-
-
- II.--LA POLÍTICA DE LAS PIARAS.
-
-El instrumento de esa contaminación general es, en nuestra época, el
-sistema parlamentario: todas las formas de parlamentarismo. Antes
-presumíase que para gobernar se requería cierta ciencia y el arte de
-aplicarla; ahora se ha convenido que Gil Blas, Tartufo y Sancho son los
-árbitros inapelables de esa ciencia y de ese arte.
-
-La política se degrada, conviértese en profesión. Los espíritus
-subalternos florecen en los establos del sufragio universal. En la
-bajamar sube lo rahez y se acorchan los traficantes. Toda excelencia
-desaparece, eclipsada por la mediocridad. Se instaura una moral hostil
-á la firmeza y propicia al relajamiento. El gobierno va á manos de
-gentualla que abocada el presupuesto. Abájanse los adarves y álzanse
-los muladares. El lauredal se agosta y los cardizales se multiplican.
-Los palaciegos se mancornan con los malandrines. Progresan funámbulos
-y volatineros. Nadie piensa, donde todos lucran; nadie sueña, donde
-todos tragan. Lo que antes era estigma de infamia ó cobardía, tórnase
-jactancia de astucia; lo que otrora mataba, ahora vivifica, como si
-hubiera una aclimatación al ridículo; sombras envilecidas se levantan
-y parecen hombres; la improbidad se pavonea y ostenta, en vez de ser
-vergonzante y pudorosa. Lo que en las patrias se cubría de vergüenza,
-en los países cúbrese de honores.
-
-Las jornadas electorales son humillantes en los países mediocrizados:
-enjuagues de mercenarios ó pugilatos de aventureros, cuando no
-arrebatos de sectarios. Su justificación está á cargo de electores
-inocentes, que van á la parodia como á una fiesta del ideal.
-
-Las facciones son adversas á todas las originalidades. Hombres ilustres
-pueden ser víctimas del voto de la canalla: los partidos adornan
-sus listas con ciertos nombres respetados, sintiendo la necesidad
-de parapetarse tras el blasón intelectual de algunos selectos. Cada
-piara se forma un estado mayor que disculpe la pretensión de gobernar
-á su país, encubriendo las restantes vanidades ó piraterías con el
-pretexto de sostener intereses de partidos. Las excepciones no son
-toleradas en homenaje á las virtudes: las piaras no admiran ninguna
-superioridad. Explotan el prestigio del pabellón para dar paso á su
-mercancía de contrabando; descuentan en el banco del éxito merced á la
-firma prestigiosa. Por cada hombre de mérito hay docenas de sombras
-insignificantes.
-
-Aparte esas excepciones, que existen en todas partes, la masa de
-«elegidos del pueblo» es subalterna y profesional, pelma de vanidosos,
-deshonestos y serviles.
-
-Los primeros derrochan su fortuna por acceder al Parlamento. Ricos
-terratenientes ó poderosos industriales pagan á peso de oro los votos
-coleccionados por agentes impúdicos; señorzuelos advenedizos abren sus
-alcancías para comprarse el único diploma accesible á su mentalidad
-amorfa; asnos enriquecidos aspiran á ser tutores de pueblos, sin más
-capital que su constancia y sus millones. Necesitan ser alguien; creen
-conseguirlo incorporándose á las piaras.
-
-Los deshonestos son legión; asaltan el Parlamento para entregarse á
-especulaciones lucrativas. Venden su voto á empresas que muerden las
-arcas del Estado; prestigian proyectos de grandes negocios con el
-erario, cobrando sus discursos á tanto por minuto; pagan con destinos y
-dádivas oficiales á sus electores; comercian su influencia al menudeo
-para obtener concesiones en favor de su clientela. Su gestión política
-suele ser tranquila: un hombre de negocios está siempre con la mayoría.
-Apoya á todos los gobiernos.
-
-Los serviles merodean por los Congresos en virtud de la flexibilidad
-de sus espinazos. Lacayos de un grande hombre, ó instrumentos ciegos
-de su piara, no osan discutir la jefatura del uno ó las consignas de
-la otra. No se les pide talento, elocuencia ó probidad: basta con la
-certeza de su panurgismo. Viven de luz ajena, satélites sin calor y
-sin pensamiento, uncidos al carro de su cacique, dispuestos siempre á
-batir palmas cuando él habla y á ponerse de pie llegada la hora de una
-votación.
-
-En las democracias más novicias, llamadas repúblicas por burla, los
-congresos puéblanse de mansos protegidos de las oligarquías dominantes.
-Medran piaras sumisas, serviles, incondicionales, afeminadas: las
-mayorías miran al porquero esperando una guiñada ó una seña. Si alguno
-se aparta está perdido; los que se rebelan son proscritos sin apelación.
-
-Hay casos aislados de ingenio y de carácter, soñadores de algún
-apostolado ó representantes de fanatismos colectivos; si el tiempo
-no los domestica, ellos sirven á los demás, justificándolos con su
-presencia, aquilatándolos.
-
-Es de ilusos creer que el mérito abre las puertas de los parlamentos
-envilecidos. Los partidos--ó el gobierno en su nombre--operan una
-selección entre sus miembros, á expensas del mérito y en favor de la
-intriga. Un soberano cuantitativo y sin ideales prefiere candidatos que
-tengan su misma complexión moral: por simpatía y por conveniencia.
-
-Las más abstrusas fórmulas de la química orgánica parecen balbuceos
-infantiles frente á las vueltacaras del parlamentario mediocre. El
-desprecio de los hombres probos no le amedrenta jamás. Confía en el
-rebaño amorfo: el bajo nivel del representante halaga la insensatez del
-representado. Por eso los inservibles se adaptan maravillosamente á
-los _desiderata_ del sufragio universal; la grey se prosterna ante los
-fetiches más huecos y los rellena con su complicada tontería.
-
-Los cómplices, grandes ó pequeños, aspiran á convertirse en
-funcionarios. La burocracia es una masonería de voracidades en acecho.
-Desde que se inventaron los «Derechos del Hombre» todo imbécil los
-sabe de memoria; un elector considérase apto para cualquier destino
-en el vastísimo engranaje burocrático, suponiendo que la igualdad
-ante la ley implica una equivalencia de aptitudes. Ese afán de vivir
-á expensas del Estado rebaja la dignidad, enseñando que el mérito es
-inútil frente á la influencia. Cada demócrata que cruza las calles de
-prisa, preocupado, á pie, en automóvil, de blusa, enguantado, joven,
-maduro, á cualquier hora, podéis asegurar que está domesticándose,
-envileciéndose: busca una recomendación ó la lleva en su faltriquera.
-
-El funcionarismo crece con la democracia. Otrora, cuando fué necesario
-delegar parte de sus funciones, los monarcas elegían á hombres de
-mérito, experiencia y fidelidad. Pertenecían casi todos á la casta
-feudal; los grandes cargos la vinculaban á la causa del señor.
-Junto á esa, formábanse pequeñas burocracias locales. Creciendo las
-instituciones de gobierno el funcionarismo creció, llegando á ser una
-clase, una rama de las oligarquías dominantes. Para impedir que fuese
-altiva, la reglamentaron, quitándole toda iniciativa y ahogándola en la
-rutina. Á su afán de mando se opuso una sumisión exagerada. La pequeña
-burocracia no varía; la grande, que es su llave, cambia con la piara
-que gobierna. Con el sistema parlamentario se la esclavizó por partida
-doble: del ejecutivo y del legislativo. Ese juego de influencias
-bilaterales converge á empequeñecer la dignidad de los funcionarios.
-El mérito queda excluido en absoluto; basta la influencia. Con ella se
-asciende por caminos equívocos. La característica del zafio es creerse
-apto para todo, como si la buena intención salvara la incompetencia.
-Flaubert ha contado en páginas eternas la historia de dos mediocres
-que ensayan lo ensayable: Buvard y Pécuchet. Nada hacen bien, pero
-á nada renuncian. Ellos pueblan las mediocracias; son funcionarios
-de cualquier función, creyéndose órganos valederos para las más
-contradictorias fisiologías.
-
-Consecuencias inmediatas del funcionarismo son la servilidad y la
-adulación. Existen desde que hubo poderosos y favoritos.
-
-Bajo cien formas se observa la primera, implícita en la desigualdad
-humana: donde hubo hombres diferentes, algunos fueron dignos y otros
-domésticos.
-
-El excesivo comedimiento y la afectación de agradar al amo engendran
-esas carcomas del carácter. No son delitos ante las leyes, ni vicios
-para la moral de ciertas épocas: son compatibles con la «honestidad».
-Pero no con la «virtud». Nunca. Por eso, si bien no llevan á la cárcel,
-jamás conducen á la gloria.
-
-La sensibilidad á los elogios es legítima en sus orígenes. Ellos
-son una medida indirecta del mérito; se fundan en la estimación,
-el reconocimiento, la amistad, la admiración ó el amor. El elogio
-sincero y desinteresado no rebaja á quien lo otorga ni ofende á
-quien lo recibe, aun cuando es injusto. Puede ser un error; no es
-una indignidad. La adulación lo es siempre: es desleal é interesada.
-El deseo de la privanza induce á complacer á los poderosos; la
-conducta del adulón mira á eso y todo lo sacrifica su ánimo servil. Su
-inteligencia sólo se aguza para oliscar el deseo del amo: subordina sus
-gustos á los de su dueño, pensando y sintiendo como él lo ordena; su
-personalidad no está abolida, pero poco falta. Pertenece á la raza de
-los «cobardes felices», como los bautizó Lecomte de Lisle.
-
-La adulación es una injusticia. Engaña. Es despreciable siempre el
-adulón, aun cuando lo hace por una especie de benevolencia banal ó por
-el deseo de agradar á cualquier precio. Racine (_Fedra_, IV, 6) lo
-creyó un castigo divino:
-
- _Détestables flatteurs, présent le plus funeste Que puisse faire aux
- rois la colère celeste._
-
-No sólo se adula á reyes y poderosos. El que adula al pueblo no es
-menos vil. En las mediocracias hay miserables afanes de popularidad,
-más degradantes que el servilismo. Para obtener el favor cuantitativo
-de los lacayos se les miente bajas alabanzas disfrazadas de ideal: más
-cobardes porque se dirigen á plebes que no saben controlar el embuste.
-Halagar á los ignorantes y merecer su aplauso hablándoles sin cesar de
-sus derechos, jamás de sus deberes, es el postrer renunciamiento á la
-propia dignidad.
-
-En los climas mediocres, mientras las masas escuchan á los charlatanes,
-los gobernantes prestan oído á los quitamotas. Los vanidosos viven
-fascinados por esta sirena que los arrulla sin cesar, acariciando su
-sombra; pierden todo criterio para juzgar sus propios actos y los
-ajenos; la intriga los aprisiona; la adulación de los serviles los
-arrastra á cometer ignominias: como esas mujeres que alardean su
-hermosura y acaban por prestarla á quienes la adulcen con elogios
-desmedidos. El verdadero mérito es desconcertado por la adulación:
-tiene su orgullo y su pudor, como la castidad. Los grandes hombres
-dicen de sí, naturalmente, elogios que en labios ajenos los harían
-sonrojar; las grandes sombras gozan oyendo las alabanzas que temen no
-merecer.
-
-Las mediocracias fomentan ese vicio de siervos. Todo el que piensa
-con cabeza propia, ó tiene un corazón altivo, se aparta del tremedal
-donde prosperan los envilecidos. «El hombre excelente--escribió La
-Bruyère--no puede adular; cree que su presencia importuna en las
-cortes, como si su virtud ó su talento fuesen un reproche á los que
-gobiernan.» Y de su apartamiento aprovechan los que palidecen ante sus
-méritos, como si existiera una perfecta compensación entre la ineptitud
-y el rango, entre las domesticidades y los avanzamientos.
-
-De tiempo en tiempo alguno de los mejores se yergue entre todos y
-dice la verdad, como sabe y como puede, para que no se extinga ni
-se subvierta, transmitiéndola al porvenir. Es la virtud cívica: lo
-mediocre y lo innoble son calificados con justeza; á fuerza de velar
-los nombres acabaría por perderse en los espíritus la noción de las
-cosas indignas. Los Tartufos, enemigos de toda luz estelar y de toda
-palabra sonora, persígnanse ante el herético que devuelve sus nombres á
-las cosas. Si dependiera de ellos la sociedad se transformaría en una
-cueva de mudos, cuyo silencio no interrumpiese ningún clamor vehemente
-y cuya sombra no rasgara el resplandor de ningún astro.
-
-Todo idealista ha leído con lírica emoción las tres historias
-admirables que cuenta Vigny en su «Stello» imperecedero. Tener un
-ideal es crimen que no perdonan las mediocracias. Muere Gilbert;
-muere Chatterton; muere Andrés Chenier. Los tres son asesinados por
-los gobiernos, con arma distinta según los regímenes. El idealista
-es inmolado en los imperios absolutos lo mismo que en las monarquías
-constitucionales y en las repúblicas democráticas. Quien vive para un
-ideal no puede servir á ninguna mediocracia. Todo conspira allí para
-que el pensador, el filósofo y el artista se desvíen de su ruta; cuando
-se apartan de ella la pierden para siempre.
-
-Temen por eso la política, sabiendo que es el Walhala de los mediocres.
-En su red pueden caer prisioneros. Pero cuando reina otro clima y
-el destino los lleva al poder, gobiernan contra los serviles y los
-rutinarios: rompen la monotonía de la historia. Sus enemigos lo saben;
-nunca un genio ha sido encumbrado por una mediocracia. Llegan contra
-ella, á desmantelarla, cuando se prepara un porvenir.
-
-
- III.--DEMAGOGOS Y ARISTARCOS.
-
-El progresivo advenimiento de la democracia, desde el ignominioso
-escándalo de la Bastilla hasta el arrebañamiento actual de los lacayos
-en rebeldía, ha mentido la igualdad de los más para impedir la
-culminación de los mejores. Es indiferente que se trate de monarquías
-ó repúblicas. El siglo XIX ha unificado el régimen político, en su
-esencia, nivelando todos los sistemas, democratizándolos.
-
-Un pensador eminente glosó esa verdad: la democracia no tolera las
-excepciones ilustres. Si el genio es un soliloquio magnífico, una
-voz de la naturaleza en que habla toda una nación ó una raza, ¿no es
-un privilegio excesivo que uno ahueque la voz en nombre de todos? La
-democracia reniega de tales soberanos que se encumbran sin plebiscitos
-y no aducen derechos divinos. Lo que en él era Verbo tórnase palabra
-y es distribuida entre todos, que, juntos, creen razonar mejor que
-uno solo. La civilización parece concurrir á ese lento y progresivo
-destierro del hombre extraordinario, ensanchando é iluminando las
-medianías. Cuando los más no sabían pensar, justo era que uno lo
-hiciese por todos, facultad suprema aunque expuesta á peligrosos
-excesos. Pero el hombre providencial es innecesario á medida que
-los más piensan y quieren. «En tanta difusión de la soberanía, se
-pregunta: ¿qué necesidad hay de grandes epopeyas pensadas, realizadas ó
-escritas?» Ésa parece, transitoriamente, su fórmula y podría traducirse
-así: en la medida en que se difunde el régimen democrático restríngese
-la función de los hombres superiores.
-
-Sería verdad inconcusa, definitiva, si el devenir democrático fuese una
-orientación natural de la historia y si, en caso de serlo, se efectuase
-con ritmo permanente, sin tropiezos. Y no es así. No lo ha sido nunca;
-ni lo será, según parece. La naturaleza se opone á toda nivelación,
-viendo en la igualdad la muerte; necesita del genio más que del imbécil
-y del talento más que de la mediocridad. La historia no confirma la
-presunción de la democracia: no suprime á Leonardo para endiosar á
-Panza ni aplasta á Bertoldo para endiosar á Goethe. Unos y otros
-tienen su razón de vivir, ni prospera el uno en el clima del otro. El
-genio, en su oportunidad, es tan irreemplazable como el mediocre en la
-propia; mil, cien mil mediocres no harían entonces lo que un genio.
-Cooperan á su obra los idealistas que les preceden ó siguen; nunca los
-conservadores, que son sus enemigos naturales, ni las masas rutinarias,
-que pueden ser su instrumento pero no su guía.
-
-Es irónico repetir que los estados no necesitan al gobernante genial
-sino al mediocre. En las horas solemnes los pueblos todo lo esperan
-de los grandes hombres; en las épocas decadentes bastan los vulgares.
-El culto del gobernante honesto es propio de mercaderes que temen al
-malo, sin concebir al superior. ¿Por qué la historia renegaría del
-genio, del santo y del héroe? Hay un clima que excluye al genio y busca
-al fatuo: en la chatura crepuscular de las mediocracias, mientras las
-academias se pueblan de miopes y de funcionarios, gobiernan el estado
-los charlatanes ó los pollipavos. Pero hay otro clima en que ellos no
-sirven; entonces puéblase de astros el horizonte. En la borrasca toma
-el timón un Sarmiento y pilotea un pueblo hacia su Ideal; en la aurora
-mira lejos un Ameghino y descubre fragmentos de alguna Verdad en
-formación. Y todo varía en sus dominios; fórmase en su rededor, como el
-halo en torno de los astros, una particular atmósfera donde su palabra
-resuena y su chispa ilumina: es el clima del genio. Y uno sólo piensa y
-hace: marca un evo.
-
-Al lema de la democracia, «igualdad ó muerte», replica la naturaleza:
-«la igualdad es la muerte.» Aquel dilema es absurdo. Si fuera posible
-una constante nivelación, si hubieran sucumbido alguna vez todos los
-individuos diferenciados, los originales, la humanidad no existiría. No
-habría podido existir como término culminante de la serie biológica.
-Nuestra especie ha salido de las precedentes como resultado de la
-selección natural; sólo hay evolución donde pueden seleccionarse
-las variaciones descollantes de los individuos. Igualar todos los
-antropoides sería negar la humanidad; igualar todos los hombres sería
-negar el progreso de la especie humana. Negar la civilización misma.
-
-Queda el hecho actual y contingente: el advenimiento progresivo
-del régimen democrático, en las monarquías y en las repúblicas, ha
-favorecido su descenso político durante el último siglo.
-
-Abstractamente, la democracia subvierte la naturaleza; prácticamente,
-es una ficción siempre. Es una mentira de algunos que pretenden ser
-todos: el pueblo. Aunque en ella creyeron por momentos Lamartine, Heine
-y Hugo, nadie más infiel que los poetas idealistas al verbo de la
-equivalencia universal; los más le son abiertamente hostiles. Otra es
-la posición del problema. Es sencilla.
-
-Jamás ha existido una democracia efectiva. Los regímenes que adoptaron
-tal nombre fueron ficciones. Las pretendidas democracias de todos los
-tiempos han sido y serán confabulaciones de profesionales para oprimir
-á las masas inferiores y excluir á los hombres eminentes. Han sido
-siempre mediocracias. La premisa de su mentira es la existencia de un
-«pueblo» capaz de asumir la soberanía del Estado. No hay tal: las masas
-de pobres é ignorantes no tienen aptitud para gobernarse: cambian de
-pastores.
-
-La igualdad es un equívoco ó una paradoja, según los casos. Los
-más grandes teóricos del ideal democrático han sido de hecho
-individualistas y partidarios de la selección natural: _perseguían la
-aristocracia del mérito contra los privilegios de las castas_. Aquel
-ingenuo trovador que cantó
-
- «Ved en trono á la noble igualdad»,
-
-creía hablar en nombre de una democracia y lo hacía en el de nacientes
-oligarquías indígenas que se aprestaban á suplantar á las castas
-coloniales. Lejos estuvo el poeta de sentir lo que necesitaba pregonar
-á los humildes, para inducirles á cambiar de amo; tan superficial
-era su fe democrática que sólo acertó á calificar de «noble» á la
-igualdad, ¡por antítesis!, y en vez de entregarla al pueblo para
-que la disfrutara, la puso en un «trono», como si con ella quisiera
-simbolizar la desigualdad eterna. La democracia es un espejismo, como
-todas las abstracciones que pueblan la fantasía de los ilusos ó forman
-el capital de los mendaces. El pueblo está ausente de ella. Los que
-invocan derechos igualitarios son simples mediocres enemigos de toda
-superioridad ó diferencia.
-
-Las castas aristocráticas no son mejores; en ellas hay, también, crisis
-de mediocridad y tórnanse mediocracias. Los demócratas persiguen
-la justicia para todos y se equivocan buscándola en la igualdad;
-los aristócratas buscan el privilegio para los mejores y acaban
-por reservarlo á los más ineptos. Aquéllos borran el mérito en la
-nivelación; éstos lo burlan atribuyéndolo á una clase. Ambos son, de
-hecho, enemigos de toda selección natural. Tanto da que el pueblo
-sea domesticado por oligarquías de blasonados ó de advenedizos: en
-ambas están igualmente proscritas la dignidad y los ideales. Así como
-las tituladas democracias no lo son, las pretendidas aristocracias
-no pueden serlo. El mérito estorba en las Cortes lo mismo que en las
-tabernas.
-
-Toda aristocracia pudo ser selectiva en su origen. Suele serlo: es
-respetable el que inicia con sus méritos una alcurnia ó un abolengo.
-Es evidente la desigualdad humana en cada tiempo y lugar; hay siempre
-hombres y sombras. Los hombres deben gobernar á las sombras; son la
-aristocracia natural de su tiempo y su derecho es indiscutible.
-Es justo, porque es natural. En cambio es ridículo el concepto de
-las aristocracias tradicionales: conciben la sociedad como un botín
-reservado á una casta, que usufructúa sus beneficios sin estar
-compuesta por los mejores hombres de su tiempo. ¿Por qué los deudos,
-familiares y lacayos de los que fueron otrora los más aptos seguirán
-participando de un poder que no han contribuido á crear? ¿En nombre de
-la herencia?
-
-Si las aptitudes se heredan, ese privilegio les resulta inútil y
-podrían renunciarlo; si no se heredan, es injusto y deben perderlo.
-Conviene que lo pierdan. Toda oligarquía es la antítesis de una
-aristocracia natural; con el andar del tiempo resulta su más vigoroso
-obstáculo.
-
-El derecho divino que invocan los unos, es mentira; lo mismo que los
-derechos del hombre, invocados por los otros. Aristarcos y demagogos
-son igualmente mediocres y obstan á la selección de las aptitudes
-superiores, nivelando toda originalidad, cohibiendo todo ideal.
-
-Una concesión podría hacerse. Los países sin casta aristocrática
-son más propicios á la mediocrización; evidentemente. En ellos se
-constituyen oligarquías de advenedizos, que tienen todos los defectos
-y las presunciones de la nobleza, sin poseer sus cualidades. En su
-improvisación, fáltales la mentalidad del gran señor, compuesta por
-atributos inexplicables que fincan en una cultura de siglos: hay gentes
-de calidad y hombres que tienen clase, como los caballos de carrera.
-Son más esquivos al rebajamiento. En sus prejuicios la dignidad y el
-honor tienen más parte que en los del advenedizo. Es una diferencia
-que los preserva de muchos envilecimientos. ¿Es preferible obedecer á
-castas que tienen la rutina del mando ó á pandillas minadas por hábitos
-de servidumbre?
-
-El privilegio tradicional de la sangre irrita á los demócratas y el
-privilegio numérico del voto repugna á los aristócratas. La cuna dorada
-no da aptitudes; tampoco las da la urna electoral. La peor manera de
-combatir la mentira democrática sería aceptar la mentira aristocrática;
-en los dos casos trátase de idénticos mediocres con distinta
-escarapela. Las masas inferiores--que podrían ser el «pueblo»--y
-los hombres excelentes de cada sociedad--que son la «aristocracia
-natural»--, suelen permanecer ajenos á su estrategia.
-
-Entre los demócratas embalumados de igualdad hay audaces lacayos que
-pretenden suplantar á sus amos con la ayuda de las turbas fanatizadas;
-entre los aristócratas enmohecidos de tradición hay vanidosos que
-ansían reducir á sus sirvientes con la ayuda de los hombres de
-mérito. La historia se repite siempre: las masas y los idealistas son
-víctimas propiciatorias en esas disputas entre mediocres enguantados ó
-descamisados.
-
-
- IV.--LA ARISTOCRACIA DEL MÉRITO.
-
-La degeneración mediocrática, que caracteriza Faguet como un «culto
-de la incompetencia», no depende del régimen político, sino del clima
-moral de las épocas decadentes. Cura cuando desaparecen sus causas;
-nunca por reformas legislativas, que es absurdo esperar de los propios
-beneficiarios. En vano son ensayadas por los tontos ó simuladas por
-los bribones: las leyes no crean un clima. El derecho efectivo es una
-resultante concreta de la moral.
-
-La apasionada protesta de los individualistas puede ser un grito
-de alarma, lanzado en la sombra; pero el ensueño de enaltecer una
-mediocracia resulta ilusorio en las épocas de domesticación moral y de
-hartazgo. Las facciones prefieren escuchar el falso idealismo de sus
-fetiches envejecidos, como si en viejos odres pudiera contenerse el
-vino nuevo. Hay que esperar mejores tiempos, sin pesimismos excesivos,
-con la certidumbre de que la reacción llega inevitablemente á cierta
-hora: los hombres superiores la esperan custodiando su dignidad y
-trabajando para su ideal. Cuando la mediocridad agota los últimos
-recursos de su incompetencia, naufraga. La catástrofe devuelve su rango
-al mérito y reclama la intervención del genio.
-
-El mismo encanallamiento mediocrático contribuye á restaurar, de tiempo
-en tiempo, las fuerzas vitales de cada civilización. Hay una _vis
-medicatrix naturae_ que corrige el abellacamiento de las naciones: la
-formación intermitente de sucesivas aristocracias del mérito.
-
-El privilegio vuelve á las manos mejores. Se respeta su legitimidad,
-se enaltecen esas raras cualidades individuales que implican la
-orientación original hacia ideales nuevos y fecundos. Todo renacimiento
-se anuncia por el respeto de las diferencias, por su culto. La
-mediocridad calla, impotente; su hostilidad tórnase feble, aunque
-innúmera. Si tuviera voz rebajaría el mérito mismo, otorgándolo á ras
-de tierra. De lo útil á todos, no saben decidir los más: nunca fué el
-rutinario juez del idealista, ni el ignorante del sabio, ni el honesto
-del virtuoso, ni el servil del digno. Toda excelencia encuentra su juez
-en sí misma. El mérito de cada uno se aquilata en la opinión de sus
-iguales.
-
-Hay aristocracia natural cuando el esfuerzo de las mentes más aptas
-converge á guiar los comunes destinos de la nación. No es prerrogativa
-de los ingenios más agudos, como querrían algunos, en cuyo oído resuena
-como un eco esa «aristocracia intelectual» que fué la quimera de Renán.
-En la aristocracia del mérito corresponde tanta parte á la virtud y al
-carácter como á la inteligencia; de otro modo sería incompleta y su
-esfuerzo ineficaz.
-
-Un régimen donde el mérito individual fuese estimado por sobre todas
-las cosas, sería perfecto. Excluiría la influencia de toda mediocridad
-numérica ú oligárquica. No habría intereses creados. El voto anónimo
-tendría tan exiguo valor como el blasón fortuito. Los hombres se
-esforzarían por ser cada vez más desiguales entre sí, prefiriendo
-cualquier originalidad creadora á la más tradicional de las rutinas.
-
-Sería posible la selección natural y los méritos de cada uno
-aprovecharían á la sociedad entera. El agradecimiento de los menos
-útiles estimularía á los favorecidos por la naturaleza. Las sombras
-respetarían á los hombres. El privilegio se mediría por la eficacia de
-las aptitudes y se perdería con ellas.
-
-Transparente, es, pues, el credo político del idealismo experimental.
-
-Se opone á la democracia del número, que busca la justicia en la
-igualdad: afirmando el privilegio en favor del mérito.
-
-Y á la aristocracia oligárquica, que asienta el privilegio en los
-intereses creados, se opone también: afirmando el mérito como base
-natural del privilegio.
-
-La aristocracia del mérito es el régimen ideal frente á las
-mediocracias que ensombrecen la historia. Tiene su fórmula absoluta:
-_la justicia en la desigualdad_.
-
-
-
-
- LOS ARQUETIPOS DE LA MEDIOCRACIA[1]
-
- I. LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO--II. EL TRINOMIO MENTAL DEL
- ARQUETIPO.--III. LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.
-
-
- I.--LAS SOMBRAS DEL CREPÚSCULO.
-
-Los prohombres de las mediocracias equidistan del bárbaro
-legendario--Tiberio ó Facundo--y del genio transmutador--Marco Aurelio
-ó Sarmiento. El genio crea instituciones y el bárbaro las viola: los
-mediocres las respetan, impotentes para forjar ó destruir. Esquivos á
-la gloria y rebeldes á la infamia, se reconocen por una circunstancia
-inequívoca: sus cubicularios más propincuos no osan llamarlos genios
-por temor al ridículo y sus adversarios no podrían sentarlos en cáncana
-de imbéciles sin flagrante injusticia. Son perfectos en su clima;
-sosláyanse en la historia á merced de cien complicidades y conjugan en
-su persona todos los atributos del ambiente que los repuja. Amerengados
-por equívocas jerarquías militares, por opacos títulos universitarios ó
-por la almidonada improvisación de alcurnias advenedizas, acicalan en
-su espíritu las rutinas y prejuicios que acorchan las creederas de la
-mediocridad dominante. Son pasicortos siempre; su marcha no puede en
-momento alguno compararse al vuelo de un condor ni á la reptación de
-una serpiente.
-
-
-Todas las piaras inflan algún ejemplar predestinado á posibles
-culminaciones. Seleccionan el acabado prototipo entre los que
-comparten sus pasiones ó sus voracidades, sus fanatismos ó sus
-vicios, sus prudencias ó sus hipocresías. No son privilegio de tal
-casta ó partido: su liviandad alcornocal flota en todas las ciénagas
-políticas. Piensan con la cabeza de algún rebaño y sienten con su
-corazón. Productos de su clima, son irresponsables: ayer de su oquedad,
-hoy de su preeminencia, mañana de su ocaso. Juguetes, siempre, de
-ajenas voluntades. Entre ellos eligen las repúblicas sus presidentes,
-buscan los tiranos sus favoritos, nombran los reyes sus ministros,
-entresacan los parlamentarios sus gabinetes. Bajo todos los regímenes:
-en las monarquías absolutas, en las repúblicas oligárquicas y en
-las demagogias parlamentarias. Siempre que desciende la temperatura
-espiritual de una raza, de un pueblo ó de una clase, encuentran
-propicio clima los obtusos y los seniles. Las mediocracias evitan
-las cumbres y los abismos. Intranquilas bajo el sol meridiano y
-timoratas en la noche, buscan sus arquetipos en la penumbra. Temen
-la originalidad y la juventud; adoran á los que nunca podrán volar ó
-tienen ya las alas enmohecidas.
-
-Adventicias jaurías de mediocres, vinculadas por la trahilla de comunes
-apetitos, osan llamarse partidos. Rumian un credo, fingen un ideal,
-atalajan fantasmas consulares y reclutan una hueste de lacayos. Eso
-basta para disputar á codo limpio el acaparamiento de las prebendas
-gubernamentales. Cada grey elabora su mentira, erigiéndola en dogma
-infalible. Los tunantes suman esfuerzos para enaltecer la prohombría
-de su fantasma: llámase lirismo á su ineptitud, decoro á su vanidad,
-ponderación á su pereza, prudencia á su pusilanimidad, fe á su
-fanatismo, ecuanimidad á su impotencia, distracción á sus vicios,
-liberalidad á su briba, sazón á su marchitez. La hora los favorece: las
-sombras se alargan cuanto más avanza el crepúsculo. En cierto momento
-la ilusión ciega á muchos, acallando toda veraz disidencia. De esas
-baraúndas mediocráticas salen á flote unos ú otros arquetipos, aunque
-no siempre los menos inservibles.
-
-La irresponsabilidad colectiva borra la cuota individual del yerro:
-nadie se sonroja cuando todas las mejillas pueden reclamar su parte en
-la común vergüenza. Las oligarquías mediocráticas ofrecen á diario el
-espectáculo. Un distinguido publicista, que vive sus intimidades,--J.
-M. Ramos Mexía--lo describe en imprudente agua fuerte: «La causa de la
-persistente notoriedad y del relativo éxito que, en la vida, suelen
-tener ciertos grupos de mediocres, consiste en propiedades de fácil
-articulación de los unos con los otros, resultando una firmeza de
-columna vertebral y constituyendo verdaderos mecanismos de nutrición
-colectiva. Así asociados, y á pesar de su inferioridad mental, no
-necesitan de ningún aparato de perfeccionamiento para adquirir el
-sentido de las conveniencias vitales.»
-
-Viven durante años en acecho; escúdanse en rencores políticos ó en
-prestigios mundanos, echándolos como agraz en el ojo á los inexpertos.
-Mientras yacen aletargados por irredimibles ineptitudes, simúlanse
-proscritos por misteriosos méritos. Claman contra los abusos del
-Poder, aspirando á cometerlos en beneficio propio. En la mala racha,
-los facciosos siguen oropelándose mutuamente, sin que la resignación
-al ayuno disminuya la magnitud de sus apetitos. Esperan su turno,
-mansos bajo el torniquete. Se repiten la máxima de De Maistre: «Savoir
-attendre est le grand moyen de parvenir», glosada como virtud suprema
-de los arquetipos: el «don de espera», que los expone á alelarse en una
-vejez almibarada.
-
-La paciente expectativa converge á la culminación de los menos
-inquietantes. Rara vez un hombre superior los apandilla con muñeca
-vigorosa, convirtiéndolos en comparsa que medra á su sombra; cuando
-les falta ese dominador absoluto, desorbítanse como asteroides de un
-sistema planetario cuyo sol se extingue. Todos se confabulan entonces,
-en tácita transacción, prestando su hombro á los que pueden aguantar
-más alabanzas en justa equivalencia de méritos ambiguos. El grupo
-los infla con solidaridad de logia; cada cómplice conviértese en una
-hebra de la telaraña tendida para captar el gobierno. Su armazón es
-simple convergencia de ocultas debilidades: «Una cierta tendencia
-asociativa duplica sus fuerzas. En virtud de la ley por la cual los
-semejantes buscan á los semejantes, todo mediocre se siente atraído
-por su homónimo mental. De allí procede ese género de epidemicidad de
-la insignificancia intelectual que suele hacer estragos en la sociedad
-en ciertas épocas de calamitosa incultura. Para ese ambiente el
-talento deja de ser un valor real; la imitación, que es más chillona
-y alegre, halaga el sentido embotado de las muchedumbres, mucho más
-que la realidad discreta. En tales circunstancias, la solución no
-está en tener talento ó cualidades de otro género, sino al contrario,
-en no tenerlas para poder subir: aptitudes defensivas y aquel poder
-de mimetismo concurrente que hace de la vida un carnaval solemne,
-en el cual los inútiles aprovechan de su accidental cotización para
-aplastar con su vientre la excelsitud del cerebro alado; tanto más
-fácilmente cuanto que la miope simplicidad popular confunde á menudo
-las anfractuosidades del intestino con las circunvoluciones cerebrales».
-
-Compréndese la arrevesada selección de las facciones oligárquicas y el
-pomposo envanecimiento del «pavo» que ellas consagran. Sus encomiastas,
-empeñados en purificarlo de toda mancha pecaminosa, intentan obstruir
-la verdad llamando romanticismo á su reiterada incompetencia para todas
-las empresas, orgullo á su vanidad, idealismo á su acidia. El tiempo
-disipa el equívoco devolviendo su nombre á esos dos vicios arracimados
-en un mismo tronco: el orgullo es compatible con el idealismo, pero el
-primero es la antítesis de la vanidad y el segundo lo es de la acidia.
-
-Repujados los prohombres de hojalatería, acaban de azogarles con
-demulcentes crisopeyas. Orificando las caries de su dentadura moral,
-sus lacras llegan á parecer coqueterías, como las arrugas de las
-cortesanas. Ungiéndolos árbitros del orden y de la virtud, declaran
-prescritas sus viejas pústulas: incondicionalismos para con los
-regímenes más turbios, intérlopes pasiones de garito, ridículos
-infortunios de donjuanismo epigramático. Sus labios abrévanse en
-aquella agua del Leteo que borra la memoria del pasado; no advierten
-que después de chapalear en el vicio todo puritanismo huele á encima,
-como los guantes que pasan por el limpiador.
-
-Donde medran oligarquías bajo disfraces democráticos, prosperan
-esos pavorreales apampanados, tensos por la vanidad: un travieso los
-desinflaría si los pinchase al pasar, descubriendo la nada absoluta
-que retoza en su interior. Vacuo no significa alígero; nunca fué la
-tontería cartabón de santidad. Sin sangre de hienas, que han menester
-los tiranos, tampoco tiénenla de águilas, propia de iluminados;
-corre en sus venas una linfa tontivana, propia en estirpe de pavos y
-quintaesenciada en el real, simbólica ave que suma candorosamente la
-zoncería y la fatuidad. Son termómetros morales de ciertas épocas:
-cuando la mediocridad incuba pollipavos no tienen atmósfera los
-aguiluchos. El memo llega á parecer omniscio y adquiere los ornamentos
-necesarios para advenir al poder: entrégase á ejercitarlo como un
-tartamudo á quien confiaran la declamación de un poema.
-
-La resignada mansedumbre explica ciertas culminaciones mediocráticas:
-el porvenir de algunos arquetipos estriba en ser admirados en
-contra de alguien. Huyen para agrandarse. Con muchos lustros de
-andar á la birlonga no borran sus culpas; en su paso descúbrese una
-inveterada pusilanimidad que rehuye escaramuzas con enemigos que
-le han humillado hasta sangrar. No hay virtud sin gallardía; no la
-demuestra quien esquiva con temblorosos alejamientos la batalla por
-tantos años ofrecida á su dignidad. Ese acoquinamiento no es, por
-cierto, el clásico valor gauchesco de los coroneles americanos, ni se
-parece al gesto del león agazapado para pegar mejor el salto. Ellos
-vagamundean con el «don de espera del batracio optimista», de que
-habla su biógrafo. El hombre digno puede enmudecer cuando recibe una
-herida, temiendo acaso que su desdén exceda á la ofensa; pero llega su
-sentencia, y llega en estilo nunca usado para adular ni para pedir,
-más hiriente que cien espadas. Cada verbo es una flecha cuyo alcance
-finca en la elasticidad del arco: la firmeza moral de la dignidad. Y el
-tiempo no borra una sílaba de lo que así se habla.
-
-En vano los arquetipos interrumpen sus humillados silencios con
-inocuas pirotecnias verbales; de tarde en tarde los cómplices pregonan
-alguna misteriosa lucubración tartamudeada, ó no, ante asambleas que
-ciertamente no la escucharon. Ellos no atinan á sostener la reputación
-con que los exornan: desertan el parlamento el día mismo en que los
-eligen, como si temieran ponerse en descubierto y comprometer la
-estrategia de los empresarios de su fama.
-
-Complétase la inflazón de estos aerostatos confiándoles subalternas
-diplomacias de festival, en cuya aparatosidad suntuaria pavonean sus
-huecas vanidades. Sus cómplices adivínanle algún talento diplomático
-ó perspicacias internacionalistas, hasta complicarles en lustrosas
-canonjías donde se apagan en tibias penumbras, junto al resplandecer de
-sus colaboradores más contiguos. Nunca desalentadas, las oligarquías
-reinciden, esperando que los tontos acertarán un golpe en el clavo
-después de afirmar cien en la herradura. Ungidos emisarios ante la
-nación más hermana, su casuística de sacristía envenena hondos afectos,
-como si por arte de encantamiento germinaran cizañas inextinguibles en
-los corazones de los pueblos.
-
-Archiveros y papelistas se confabulan para encelar el fervor de los
-ingenuos y captar la confianza de los rutinarios. «Si el defensivo
-puede agregar á su solemnidad y á su silencio la colaboración de la
-calumnia biográfica, tan útil y tan benéfica cuando procede de amigos
-interesados, el «aparato» se completa á maravilla y sus efectos
-transcendentales escapan á los límites de la vida privada; los simples
-goces de la canonjía subalterna se dilatan hasta la celebridad
-mundial y sobre el erial de su mente franciscana, esos amigos
-calumniadores levantan enormes fábricas, monumentos de arquitectura
-híbrica...» Plutarquillos bien rentados transforman en miel su acíbar,
-quintaesenciando en alabanzas sus vinagres más crónicos, como si
-hipotecaran su ingenio descontando prebendas futuras. Rellenan con
-vanos artilugios la oquedad del tonto, sin sospechar la insuficiencia
-del disfraz. Ni el pavo parece águila ni corcel la mula: se les
-reconoce al pasar, viendo su moco eréctil ú oyendo el chacoloteo de su
-herradura.
-
-Su gravitación negativa seduce á los caracteres domesticados: no
-piensan, no roban, no oprimen, no sueñan, no asesinan, no faltan á
-misa, ¿qué más? Cuando las facciones forjan tal Fénix, lo encumbran
-como su símbolo perfecto. Poseen cosméticos para sus fisonomías
-arrugadas: la grandílocua rancidez de programas á cuyo pie buscaríase
-de inmediato la firma de Bertoldo, si los vastos soponcios no
-traslucieran prudentes reticencias de Tartufo. Es preferible que estén
-cuajados de vulgaridades y escritos en pésimo estilo; gustan más á los
-mediocres. Un programa abstracto es perfecto: parece idealista y no
-lastima las ideas que cree tener cada cómplice. De cada cien, noventa y
-nueve mienten lo mismo: la grandeza del país, los sagrados principios
-democráticos, los intereses del pueblo, los derechos del ciudadano,
-la moralidad administrativa. Todo ello, si no es desvergüenza
-consuetudinaria, resulta de una tontería enternecedora; simula decir
-mucho y no significa nada. El miedo á las ideas concretas ocúltase bajo
-el antifaz de las vaguedades cívicas.
-
-No se avergüenzan de escalar el poder á horcajadas sobre la ignominia.
-Obtemperan á toda villanía que converja á su objeto: cuando hablan de
-civismo su aliento apesta al pantano originario. Su moral encubre el
-vicio, por el simple hecho de aprovecharlo. Empujados por torcidos
-caminos, siguen sembrando en los mismos surcos. Para aprovechar á los
-indignos han tenido que humillárseles mansamente; los honores que no se
-conquistan hay que pagarlos con abajamientos. «No puede ser virtuoso
-el engendrado en un vientre impuro», dicen las escrituras; los que se
-encumbran cerrando los ojos é implicándose en mañas de estercolero,
-sufriendo los manoseos de los majagranzas, mintiéndose á sí mismos
-para hartar la acucia de toda una vida, no pueden redimirse del
-pecado original, aunque, Faustos insubordinados, pretendan escapar al
-maleficio de sus Mefistófeles.
-
-El pueblo los ignora; está separado de ellos por el celo de las
-facciones oligárquicas. Para prevenirse de achaques indiscretos
-retráense de la circulación: como si de cerca no resistieran al cateo
-de los curiosos. Mantiénense ajenos á todo estremecimiento de raza. En
-ciertas horas las turbas pueden ser sus cómplices: el pueblo nunca. No
-podría serlo: en las mediocracias desaparece. Diríase que consiente
-porque no existe, substituido por cohortes que medran.
-
-Depositarios del alma de las naciones, los pueblos son entidades
-espirituales inconfundibles con las piaras democráticas. Ninguna
-multitud es pueblo: no lo sería la unanimidad de los mediocres.
-Aparece en los países que un ideal convierte en naciones y reside en
-la convergencia moral de los que sienten la patria más alta que las
-oligarquías, los partidos y las sectas. El pueblo--antítesis de todos
-los rebaños--no se cuenta por números. Está donde un solo hombre no se
-complica en el abellacamiento común; frente á las huestes domesticadas
-ó fanáticas ese único hombre libre, él solo, es todo: pueblo y nación y
-raza y humanidad.
-
-
- II.--EL TRINOMIO MENTAL DEL ARQUETIPO.
-
-Los arquetipos de la mediocracia pasan por la historia con la pompa
-superficial de fugitivas sombras chinescas. Jamás llega á sus oídos
-un insulto ó una loa, nunca se les dice «héroes» ó «tiranos»; en la
-fantasía popular despiertan un eco uniforme, que en todas partes se
-repite: «¡el pavo!», en una síntesis más definitiva que una lápida. Su
-trinomio psicológico es simple: vanidad, impotencia y favoritismo.
-
-Viven de aspavientos, que sólo atañen á las formas. La austera
-sobriedad del gesto es atributo de los hombres; la suntuosidad de
-las apariencias es galardón de las sombras. Después de incubar sus
-ansias, temblorosos de humildad ante sus cómplices, núblanse de humos
-y empavésanse de fatuidades; olvidan que envanecerse de un rango es
-confesarse inferior á él. Acumulan rumbosos artificios para alucinar
-las imaginaciones domésticas; rodéanse de lacayos, adoptan pleonásticas
-nomenclaturas, centuplican los expedientes, pavonéanse en trenes
-lujosos, navegan en complicados bucentauros, sueñan con recepciones
-allende los océanos. Ofrecen ambos flancos á la risueña ironía de los
-burlones, poniendo en todo cierta fastuosidad de segunda mano, que
-recuerda las cortes y señorías de opereta. Su énfasis melodramático
-cuadraría á personajes de Hugo y haría cosquillas al egotismo
-voltairiano de Stendhal. Hay su razón: «Esa vacía cuba cerebral--dice
-su biógrafo--tiene que llenarse de doradas virutas para que la
-penetrante radiografía popular no vaya á descubrir su completa orfandad
-de ideas; todos los huecos, y son muchos, están repletos con la arena
-estéril, pero pesada, que imita á las auríferas; dentro del obscuro
-meandro está preparado y armado ese ilusionismo, con los cubiletes
-mentales que la vanidad les sugiere.»
-
-En su adonismo contemplativo no cabe la ambición, que es enérgico
-esfuerzo por acrecentar en obras los propios méritos. El ambicioso
-quiere ascender hasta donde sus propias alas puedan levantarlo; el
-vanidoso cree encontrarse ya en las supremas cumbres codiciadas por
-los demás. La ambición es bella entre todas las pasiones, mientras la
-vanidad no la envilece; por eso es respetable en los genios y ridícula
-en los tontos.
-
-Empavónanse de permanentes altisonancias. Sospechan que existen ideales
-y se fingen sus servidores: incurren siempre en los más conformes á
-lo moral de su mediocracia. Sospechan la verdad, á veces, porque ella
-entra á todas partes, más sutil que la adulación; pero la mutilan, la
-atenúan, la corrompen, con acomodaciones, con muletas, con remiendos
-que la disfrazan. En ciertos casos, la verdad puede más que ellos;
-salta á la vista á pesar suyo y es su castigo. Se paramentan de buenas
-intenciones cuando menos fuerzas van teniendo para convertirlas en
-actos; la innata pavada se trasunta en sus parloteos puritanos. Tórnase
-cómica la ineptitud en su disfraz de idealismo; son deleznables los
-vagos principios que aplican á compás de oportunistas conveniencias.
-El tiempo descubre á los que tienen la moral en pieza, para mostrarla,
-aunque de su paño jamás corten un traje para cubrir su mediocridad.
-
-Son tributarios del séptimo pecado capital: en su impotencia hay
-pereza. Renuncian la autoridad y conservan la pompa; aquélla podría
-bruñir el mérito, ésta apacienta la vanidad. Gustan de holgar; desisten
-de hacer lo que no podrían; evitan toda firme labor; se apartan
-de cualquier combate, declarándose espectadores. Pueden practicar
-el mal por inercia y el bien por equivocación; se entregan á los
-acontecimientos por incapacidad de orientarlos. «Les paresseux--decía
-Voltaire--ne sont jamais que des gens médiocres, en quelque genre que
-ce soit.» Por detestables que sean los gobernantes, nunca son peores
-que cuando no gobiernan. El mal que hacen los tiranos es un enemigo
-visible; la inercia de los poltrones, en cambio, implica un misterioso
-abandono de la función por el órgano, la acefalía de las mediocracias,
-la muerte de la autoridad por una caquexia inaccesible á los remedios.
-Gran inconsciencia es gobernar pueblos cuando la enfermedad ó la vejez
-quitan al hombre el gobierno de sí mismo.
-
-La falta de inspiraciones intrínsecas tórnales sensibles á la coacción
-de los conspiradores, á la intriga de los domésticos, á la adulación de
-los palaciegos, á los apremios de los cotahures, á las intimidaciones
-de los gacetilleros, á las influencias de las sacristías. Su conducta
-trasluce febledad con cuantos les acechan; ni basta para ocultarlo su
-aparatoso enfestar contra molinos de viento. Cuando llegan al poder
-lo renuncian de hecho, convencidos de su impotencia para usarlo; se
-entregan al curso de la ría, como los nadadores incipientes. Jinetes de
-potros cuyo voltigeo ignoran, cierran los ojos y abandonan las riendas:
-esa ineptitud para asirlas con sus manos inexpertas, llámanla sumisión
-á la democracia.
-
-El favoritismo es su esclavitud frente á cien intereses que los acosan;
-ignoran el sentimiento de la justicia y el respeto del mérito. El
-verdadero justo resiste á la tentación de no serlo cuando en ello
-tiene un beneficio; el mediocre cede siempre. Profesa una abstracta
-equidad en los casos que no hieren al valimiento de sus cómplices;
-pero se complica de hecho en todas las zirigañas de los serviles.
-Nunca, absolutamente, puede haber justicia en preferir el lacayo al
-digno, el oblicuo al recto, el ignorante al estudioso, el intrigante
-al gentilhombre, el medroso al valiente. Ésa es la regla de las
-mediocracias: anteponer el valimiento al mérito. En el favoritismo se
-empantanan los que pisan firme y avanzan los que se arrastran mansos:
-como en los tembladerales. Cuando el mérito enrostra sus yerros á los
-arquetipos, arguyen éstos humildemente que no son infalibles; pero
-está su vileza en subrayar la disculpa con tentadores ofrecimientos,
-acostumbrados á comerciar el honor. No puede ser juez quien confunde
-el diamante con la bazofia: «equivocarse es una culpa», sentenció
-Epicteto. En las mediocracias se ignora que la dignidad nunca llega de
-hinojos á los estrados de los que mandan.
-
-Repiten con frecuencia el legendario juicio de Midas. Pan osó comparar
-su flauta de siete carrizos con la lira de Apolo. Propuso una lid al
-dios de la armonía y fué árbitro el anciano rey frigio. Resonaron
-los acordes rústicos de Pan y Apolo cantó á compás de sus melopeyas
-divinas. Decidieron todos que la flauta era incomparable á la lira,
-unánimes todos menos el rey, que reclamó la victoria para aquélla.
-De pronto crecieron entre sus cabellos dos milagrosas orejas: Apolo
-quedó vengado y Pan se refugió en la sombra. El juez, confuso, quiso
-ocultarlas bajo su corona. Las descubrió un cubiculario; corrió á un
-lejano valle, cavó un pozo y contó allí su secreto. Pero la verdad no
-se entierra: florecieron rosales que, agitados por las brisas, repiten
-eternamente que Midas tiene orejas de asno.
-
-La historia castiga con tanta severidad como la leyenda: una página
-de crónica dura más que un rosal. Nadie pregunta si los carceleros de
-Bacon, los ustores de Bruno y los burladores de Colón, fueron bribones
-ó reblandecidos. Su condena es la misma é ilevantable. La justicia es
-el respeto del mérito. Un Marco Aurelio sabe que en cada generación
-hay diez ó veinte espíritus privilegiados, y su genio consiste en
-usarlos á todos, con sus cualidades y defectos; un Panza los excluye
-de su ínsula, usando á los que se domestican, es decir, á los peores
-como carácter y moralidad. Siempre son injustos los mediócratas:
-escuchan al servil sin interrogar al digno. Nunca piden favor los que
-merecen justicia. Ni lo aceptan. Encuentran natural que los pravos
-prefieran á sus similares, como dice el publicista. «La torpeza del
-burgués, mortificado por la natural soberbia de la superioridad, busca
-consagrar á su igual, cuyo acceso le es fácil y en cuya psicología
-encuentra los medios de ser satisfecho y comprendido.» Hora llega en
-que las injusticias se pagan con formidables intereses compuestos,
-irremisiblemente. Hechas á uno sólo, amenazan á todos los mejores;
-dejarlas impunes significa hacerse su cómplice. Pronto ó tarde se
-saldan sus trabacuentas, aunque sus errores no se finiquiten jamás;
-los arquetipos de las mediocracias aprenden en carne propia que por un
-clavo se pierde una herradura. Como á Midas el divino Apolo, los dignos
-castiganlos con la perennidad de su palabra: si dicen verdad ella dura
-en el tiempo. Ésa es su espada; rara vez la sacan, pues pronto se gasta
-un arma que se desenvaina con frecuencia: si lo hacen va recta al
-corazón, como la del romance famoso.
-
-Y el rencor de los lacayos evidencia la seguridad de la punta que toca
-al amo.
-
-Para ser completos, son sensibles á todos los fanatismos. Los más rezan
-con los mismos labios que usan para mentir, como Tartufo; inseguros de
-arrostrar en la tierra la sanción de los dignos, desearían postergarla
-para el cielo. Si en su poder estuviera cortarían la lengua á los
-sofistas y las manos á los escritores; cerrarían las bibliotecas para
-que en ellas no conspirasen ingenios originales. Prefieren la adulación
-del ignorante al consejo del sabio. Subyacen á todos los dogmas. Si
-coroneles, usan escapulario en vez de espada; si políticos, consultan
-la Monita Secreta para interpretar las Magnas Cartas de las naciones.
-Bajo su imperio la hipocresía--más funesta que la desvergüenza--tórnase
-sistema. En ese combate incesante, renovado en tantos dramas
-ibsenianos, los amorfos conviértense en columnas de la sociedad, y el
-que desnuda una sombra parece un sedicioso enemigo del pueblo. Todos
-los avisados golpéanse el pecho para medrar. Las huestes de sacristía
-crecen y crecen, absorbiendo, minando, ensanchándose: como un herpes
-moral que se agranda en silencio hasta manchar ignominiosamente la
-fisonomía de toda una época.
-
-
- III.--LA MORTAJA DE LA INSIGNIFICANCIA.
-
-Las mediocracias niegan á sus arquetipos el derecho de elegir su
-oportunidad. Los atalajan en el gobierno cuando su organismo vacila
-y su cerebro se apaga: quieren al inservible ó al romo. Hombres
-repudiados en la juventud, son consagrados en la vejez: á esa edad en
-que las buenas intenciones son un cansancio de las malas costumbres.
-Eligen á los que usaron esclavizarse de su vientre, comiendo hasta
-hartarse y bebiendo hasta aturdirse, devastando su salud en noches
-blancas, rebajando su dignidad en la insolvencia de los tapetes
-verdes, tornándose impropios para todo esfuerzo continuado y fecundo,
-preparando esas decrepitudes en que el riñón se fosiliza y el hígado se
-almibara. Ésa es la mejor garantía para el rebaño rutinario; su odio á
-la originalidad lo impele hacia los hombres que empiezan á momificarse
-en vida.
-
-Mientras la vejez va borrando los últimos rasgos personales de los
-arquetipos, sus cómplices se confabulan para ocultar su progresivo
-reblandecimiento, eximiéndole de toda faena y adminiculándole de
-ingenuas ficciones. Poco á poco el carcamal huye de sus residencias
-naturales y se aisla; regatea las ocasiones de mostrarse en plena luz,
-exhibiéndose en reducidos escenarios oligárquicos: vidrieras donde los
-pavorreales pueden exhibir los cien ojos de Argos plantados en su cola.
-Inciertos ya para pensar, necesitan más que nunca el zahumerio de todos
-los incensarios: la adulonería acaba por cubrirlos de lubrificantes.
-Las apologías se redoblan á medida que ellos van desapareciendo,
-disueltos como enormes azucarillos.
-
-El crepúsculo sobreviene implacable, á fuego lento, gota á gota,
-como si el destino quisiera desnudar su vaciedad pieza por pieza,
-demostrándola á los más empecinados, á los que podrían dudar si
-murieran de golpe, sin ese pausado desteñimiento.
-
-Son sombras al servicio de sus huestes contiguas. Aunque no vivan para
-sí tienen que vivir para ellas, mostrándose de lejos para atestiguar
-que existen, y evitando hasta la ráfaga de aire que podría doblarlos
-como á la hoja de un catálogo abandonado á la intemperie.
-
-Aunque desfallezcan no pueden abandonar la carga; en vano el
-remordimiento repetirá á sus oídos las clásicas palabras de Propercio:
-«Es vergonzoso cargarse la cabeza con un fardo que no puede llevarse:
-pronto se doblan las rodillas, esquivas al peso» (III, IX, 5). Los
-arquetipos sienten su esclavitud: deben morir en ella, si es menester,
-custodiados por los cómplices que alimentaron su vanidad.
-
-Las casas de gobierno pueden ser su féretro; las facciones lo saben
-y se disputan sus vices, que aguaitan en acecho. Sus nombres quedan
-enumerados en las cronologías; desaparecen en la historia. Sus
-descendientes y beneficiarios esfuérzanse en vano por alargar su sombra
-y vivir de ella.
-
-Basta que un hombre libre los denuncie para que la posteridad los
-amortaje; sobra una sola crónica para borrar las adulaciones de los
-palaciegos, en vano acendradas en la hora fúnebre. Algunos hartos
-comensales, no pudiendo referirse á lo que fueron, atrévense á elogiar
-lo que pudieron ser..., creen que muere una esperanza, como si ésta
-fuera posible en organismos minados por las carcomas de la juventud y
-los almibaramientos de la vejez.
-
-Es natural que muera con cada uno su piara: túrnanse muchas en cada
-era de penumbra. La mediocridad las tira como viejos naipes cuyas
-cartas ya están marcadas por los tahures, entrando á tallar con otros
-nuevos, ni mejores ni peores. Los dignos, ajenos á la partida cuyas
-trampas ignoran, se apartan de todas las piaras, esperando otro clima
-ó preparándolo. Y no manchan sus labios nombrando á los arquetipos:
-sería, acaso, inmortalizarlos.
-
-
- NOTAS:
-
-[1] Así como para loar el genio ha elegido el autor dos ejemplares
-luminosos de su «patria», Sarmiento y Ameghino, para caracterizar al
-arquetipo de las mediocracias ha encontrado un ejemplar perfecto en el
-actual presidente de su «país.» Lo que no es su intención ocultar.
-
-
-
-
- LOS FORJADORES DE IDEALES
-
- I. EL CLIMA DEL GENIO.--II. EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.--III. EL
- GENIO REVELADOR: AMEGHINO--IV. LA MORAL DEL GENIO.
-
-
- I.--EL CLIMA DEL GENIO.
-
-La desigualdad es fuerza y esencia de toda selección. No hay dos
-lirios iguales, ni dos águilas, ni dos orugas, ni dos hombres: todo lo
-que vive es incesantemente desigual. En cada primavera florecen unos
-árboles antes que otros, como si fueran preferidos por la Naturaleza
-que sonríe al sol fecundante; en ciertas etapas de la historia humana,
-cuando se plasma un pueblo, se crea un estilo ó se intuye una doctrina,
-algunos hombres excepcionales anticipan su visión á la de todos, la
-concretan en un Ideal y la expresan de tal manera que perdura en
-los siglos. Heraldos, la humanidad los escucha; profetas, los cree;
-capitanes, los sigue; santos, los imita. Llenan una era ó señalan una
-ruta: sembrando algún germen fecundo de nuevas verdades, poniendo su
-firma en destinos de razas, creando armonías, forjando bellezas.
-
-La genialidad es una coincidencia. Surge como chispa luminosa en el
-punto donde se encuentran las más excelentes aptitudes de un hombre
-y la necesidad social de aplicarlas al desempeño de una misión
-trascendente. El hombre extraordinario asciende á la genialidad cuando
-encuentra clima propicio: la semilla mejor necesita de la tierra más
-fecunda. La función implica el órgano: el genio hace actual lo que en
-su clima es potencial.
-
-Ningún filósofo, estadista, sabio ó poeta alcanza la genialidad
-mientras en su medio se siente exótico ó inoportuno; necesita
-condiciones propicias de tiempo y de lugar para que su aptitud
-desempeñe una función. El ambiente constituye el «clima» del genio y la
-oportunidad marca su «hora». Sin ellos ningún cerebro excepcional puede
-elevarse á la genialidad; pero el uno y la otra no bastan para creerla
-en un cerebro mediocre.
-
-Nacen muchos ingenios excelentes en cada siglo. Uno, entre cien,
-encuentra tal clima y tal hora que lo destina fatalmente á la
-culminación: es como si la buena semilla cayera en terreno fértil y
-en vísperas de lluvia. Ése es el secreto de su gloria: coincidir con
-la oportunidad que necesita de él. Se entreabre y crece, sintetizando
-un ideal implícito en el porvenir inminente ó remoto: presintiéndolo,
-instituyéndolo, enseñándolo, iluminándolo, imponiéndolo.
-
-El genio no es un azar ni una enfermedad; ni es, tampoco, un capricho
-intercalado en el curso de la historia. Es una convergencia de
-aptitudes personales y de circunstancias infinitas. Cuando una raza, un
-arte, una ciencia ó un credo preparan su advenimiento ó atraviesan por
-una renovación fundamental, él aparece, extraordinario, personificando
-nuevas orientaciones de los pueblos ó de las ideas. Las anuncia como
-artista ó profeta, las desentraña como inventor ó filósofo, las
-emprende como conquistador ó estadista. Sus obras le sobreviven y
-permiten reconocer su huella á través del tiempo. Es rectilíneo é
-incontrastable porque encuentra su clima y su hora: vuela y vuela,
-superior á todos los obstáculos, hasta alcanzar la genialidad. Llegando
-á deshoras viviría inquieto, fluctuante, desorientado; sería siempre
-intrínsecamente un ingenio, podría llegar al talento si se acomodara á
-alguna de sus vocaciones adventicias, pero no sería un genio. No podría
-serlo. Nunca.
-
-Otorgar ese título á cuantos descuellan por determinada aptitud,
-significa confundir en una misma jerarquía á todos los que se elevan
-sobre la mediocridad; es tan inexacto como llamar idiotas á todos los
-hombres inferiores. El genio y el idiota son los términos extremos
-de una escala infinita. Por haberlo olvidado mueven á sonreir las
-estadísticas y las conclusiones de los Moreau y los Lombroso.
-Reservemos el título á pocos elegidos. Son animadores de una época,
-transfundiéndose, algunas veces, en su generación y con más frecuencia
-en las sucesivas, herederas legítimas de su estilo, de sus ideas ó de
-sus obras.
-
-La adulación prodiga á manos llenas el rango de genios á los poderosos,
-confundiendo con águilas los pavos. Imbéciles hay que se lo otorgan
-á sí mismos, desesperados por demostrar que la tortuga es ave alada.
-Hay una medida exacta para apreciar la genialidad: si es legítima se
-reconoce por su obra, honda en su raigambre y vasta en su floración.
-Si poeta, canta un ideal; si sabio, lo define; si santo, lo enseña; si
-héroe, lo ejecuta.
-
-El ingenio es una esperanza; el genio es su realización. Pueden
-adivinarse en un hombre joven las más conspicuas aptitudes para
-alcanzar la genialidad; pero es difícil pronosticar si las
-circunstancias convergerán á que ellas se conviertan en obras. Y,
-mientras no las vemos, toda apreciación es caprichosa. Por eso, y
-porque ciertas obras geniales no se realizan en minutos, sino en
-años, un hombre de genio puede pasar desconocido en su tiempo y ser
-consagrado por la posteridad. Los contemporáneos no suelen marcar el
-paso á compás del genio; pero si éste ha cumplido su obra, una nueva
-generación estará habilitada para comprenderlo.
-
-En vida, muchos hombres de genio son ignorados, proscriptos,
-desestimados ó escarnecidos. En la lucha por el éxito pueden triunfar
-los mediocres, pues mejor sirven á las mediocracias reinantes; pero en
-la lucha por la gloria sólo se computan las obras inspiradas por un
-ideal y consolidadas por el tiempo. Triunfan los genios. Su victoria
-no está en el homenaje transitorio que pueden otorgarle ó negarle
-los demás, sino en sí mismos, en la capacidad para efectuar su obra
-ó cumplir su misión. Duran á pesar de todo, aunque Sócrates beba
-la cicuta, Cristo muera en la cruz, ó Bruno agonice en la hoguera:
-fueron los órganos vitales de funciones necesarias en la historia de
-los pueblos ó de las doctrinas. Y el genio se reconoce por la remota
-eficacia de su esfuerzo ó de su ejemplo, más que por las frágiles
-sanciones de los contemporáneos.
-
-La magnitud de la obra genial se calcula por la vastedad de su
-horizonte y la extensión de sus aplicaciones. En ello suele fundarse
-cierta jerarquía de los diversos órdenes del genio, considerados como
-perfeccionamientos extraordinarios del intelecto y la voluntad.
-
-Ninguna clasificación es justa en cuanto á la función social del genio
-ó á la excelencia de las aptitudes geniales. Variando el clima y la
-hora puede ser más ó menos fatal la aparición de uno ú otro orden
-de genialidad: la más oportuna es siempre la más fecunda. Conviene
-renunciar á toda estratificación jerárquica de los genios, afirmando su
-diferencia y admirándolos por igual: más allá de cierto nivel todas las
-cumbres son excelsas. Nadie, que no fueran ellos mismos, podría creerse
-habilitado para decretarles rangos y desniveles. Ellos se despreocupan
-de estas pequeñeces; el problema es insoluble por definición.
-
-Ni jerarquías ni especies: la genialidad no se clasifica. El hombre que
-la alcanza, encontrando su clima y llegando á su hora, es el abanderado
-de un ideal. Siempre es definitivo: es un hito en la evolución de su
-pueblo ó de su arte. Las historias adocenadas suelen ser crónicas de
-capitanes y conquistadores; las otras formas de genialidad entran
-en ellas como simples accidentes. Y no es justo. Homero, Miguel
-Ángel, Cervantes y Goethe vivieron en sus siglos más altos que los
-emperadores: por cada uno de ellos se mide la grandeza de su tiempo.
-Marcan fechas memorables, personificando aspiraciones inmanentes de
-su clima intelectual. El golpe de ala es tan necesario para sentir ó
-pensar un Ideal como para predicarlo ó ejecutarlo: todo Ideal es una
-síntesis. Las grandes transmutaciones históricas nacen como videncias
-líricas de los genios artísticos, se transfunden en la doctrina de
-los pensadores y se realizan por el esfuerzo de los estadistas. Así
-la genialidad, de simple actitud individual, deviene función en los
-pueblos y florece en circunstancias irremovibles, fatalmente.
-
-La exégesis del genio es enigmática si se limita á estudiar la biología
-de los hombres geniales. Ésta sólo revela algunos resortes de su
-aptitud, y no siempre evidentes. Algunos pesquisan sus antepasados,
-remontando si pueden en los siglos, por muchas generaciones, hasta
-apelmazar un puñado de locos y degenerados, como si en la conjunción de
-los siete pecados capitales pudiera estallar la chispa que enciende
-el Ideal de una época. Eso es convertir en doctrina una superchería,
-dar visos de ciencia á falaces sofismas. Ni, por ésto, veremos en ellos
-simples productos del medio, olvidando sus singulares atributos. Ni lo
-uno ni lo otro. Si tal hombre nace en tal clima y llega en tal hora
-oportuna, su aptitud, apropiada á entrambos, se desenvuelve hasta la
-genialidad.
-
-El genio es una fuerza que actúa en función del medio.
-
-Probarlo es fácil.
-
-Dos veces la muerte y la gloria se dieron la mano sobre un cadáver
-argentino. Fué la primera cuando Sarmiento se apagó en el horizonte
-de la cultura continental; fué la segunda al cegarse en Ameghino las
-fuentes más hondas de la ciencia americana. Pocas tumbas, como las
-suyas, han visto florecer y entrelazarse á un tiempo mismo el ciprés
-y el laurel, como si en el parpadeo crepuscular de sus organismos se
-hubieran encendido lámparas votivas consagradas á la glorificación
-eterna de su genio.
-
-Merecen tal nombre; cumplieron una función social, realizando obra
-decisiva y fecunda. Nadie podrá pensar en la educación ni en la cultura
-de este continente, sin evocar el nombre de Sarmiento, su apóstol
-y sembrador: ni pudo mente alguna comparársele, entre los que le
-sucedieron en el gobierno y en la enseñanza. En el desarrollo de las
-doctrinas evolucionistas marcan un hito las concepciones de Ameghino;
-será imposible no advertir la huella de su paso, y quien lo olvide
-renunciará á conocer muchos dominios de la ciencia explorados por él.
-
-
- II.--EL GENIO PRAGMÁTICO: SARMIENTO.
-
-Sus pensamientos fueron tajos de luz en la penumbra de la barbarie
-americana, entreabriendo la visión de cosas futuras. Pensaba en tan
-alto estilo que parecía tener, como Sócrates, algún demonio familiar
-que alucinara su inspiración. Cíclope en su faena, vivía obsesionado
-por el afán de educar; esa idea gravitaba en su espíritu como las
-grandes moles incandescentes en el equilibrio celeste, subordinando á
-su influencia todas las masas menores de su sistema cósmico.
-
-Tenía la clarividencia del ideal y había elegido sus medios: organizar
-civilizando, elevar educando. Todas las fuentes fueron escasas para
-saciar su sed de aprender; todas las inquinas fueron exiguas para
-cohibir su inquietud de enseñar. Erguido y viril siempre, asta bandera
-de sus propios ideales, siguió las rutas por do le guiara el destino,
-previendo que la gloria se incuba en regazos de auroras fecundadas por
-los sueños de los que miran más lejos. América le esperaba. Cuando
-urge construir ó transmutar, fórmase el clima del genio: su hora
-suena como fatídica invitación á llenar una página de luz. El hombre
-extraordinario se revela auroralmente, como si obedeciera á una
-predestinación irrevocable.
-
-_Facundo_ es el clamor de la cultura moderna contra el crepúsculo
-feudal. Crear una doctrina justa vale ganar una batalla para la
-verdad; presentir un ritmo de civilización cuesta más que acometer
-una conquista. Todo ideal puede servirse con el verbo profético. Un
-libro es más que una intención: es un gesto. Su palabra parece bajar
-de un Sinaí. El hombre extraordinario encuadra, por entonces, su
-espíritu en el doble marco de la cordillera muda y del mar clamoroso.
-En alas del austro llegan hasta él gemidos de pueblos que llenan de
-angustia su corazón y parecen ensombrecer el cielo taciturno de su
-frente que incuba un relampaguear de profecías. La pasión enciende
-las dantescas hornallas en que forja sus páginas y ellas retumban con
-sonoridad plutoniana en todos los ámbitos de su patria. Para medirse
-busca al más grande enemigo, Rozas, que era también genial en su medio
-y en su tiempo: por eso hay ritmos apocalípticos en los apóstrofes
-de _Facundo_, asombroso enquiridión que parece un reto de águila á
-águila, lanzado por sobre las cumbres más conspicuas del planeta. Su
-verbo es anatema: tan fuerte es el grito que, por momentos, la prosa se
-enronquece. La vehemencia crea su estilo, tan suyo que siendo castizo
-no parece español. Sacude á todo un continente con la sola fuerza de su
-pluma, adiamantada por la santificación del peligro y del destierro.
-Cuando un ideal se plasma en un alto espíritu, bastan gotas de tinta
-para fijarlo en páginas decisivas; y ellas, como si en cada línea
-llevasen una chispa de incendio desvastador, llegan al corazón de miles
-de hombres, desorbitan sus rutinas, encienden sus pasiones, polarizan
-su actitud hacia el ensueño naciente. La prosa del visionario vive:
-palpita, agrede, conmueve, derrumba, aniquila. En sus frases diríase
-que se vuelca el alma de la nación entera, como un alud. Un libro,
-fruto de imperceptibles vibraciones cerebrales del genio, tórnase tan
-decisivo para la civilización de una raza como la irrupción tumultuosa
-de infinitos ejércitos. Y su verbo es sentencia: queda mortalmente
-herida una era de barbarie simbolizada en un nombre propio. El genio se
-encumbra así para hablar, intérprete de la historia. Sus palabras no
-admiten rectificación y escapan á la crítica. Los poetas debieran pedir
-sus ritmos á las mareas del Océano para loar líricamente la perennidad
-del gesto magnífico.
-
-La política puso á prueba su firmeza: gran hora fué aquélla en que su
-Ideal se convirtió en acción. Presidió la República contra la intención
-de todos: obra de un hado benéfico. Arriba vivió batallando como abajo,
-siempre agresor y agredido. Cumplía una función histórica. Por eso,
-como el héroe del romance, su trabajo fué la lucha, su descanso fué
-pelear. Se mantuvo ajeno y superior á todos los partidos, incapaces
-para contenerlo. Todos lo reclamaban y lo repudiaban alternativamente.
-Ninguno, grande ó pequeño, podía ser toda una generación, todo un
-pueblo, toda una raza. Sarmiento sintetizaba una era en nuestra
-latinidad americana. Su acercamiento á las facciones, compuestas por
-amalgamas de mediocres, tenía reservas y reticencias, eran simples
-tanteos hacia un fin claramente previsto, para cuya consecución
-necesitó ensayar todos los medios. Genio ejecutor, el mundo parecíale
-pequeño para abarcarle entre sus brazos; sólo pudo ser suyo el lema
-inequívoco: «las cosas hay que hacerlas; mal, pero hacerlas».
-
-Ninguna empresa le pareció indigna de su esfuerzo; en todas ellas llevó
-como única antorcha su Ideal. Habría preferido morir de sed antes que
-abrevarse en el manantial de la rutina. Miguelangelesco escultor de la
-civilización, tuvo siempre libres las manos para modelar instituciones
-é ideas, libres de cenáculos y de partidos, libres para golpear
-tiranías, para aplaudir virtudes, para sembrar verdades á puñados.
-Entusiasta por la Patria, cuya grandeza supo mirar como la de una
-propia hija, fué también despiadado con sus vicios, cauterizándolos con
-la serena crueldad de un cirujano.
-
-La unidad de su obra es profunda y absoluta, no obstante las aparentes
-contradicciones entre su conducta y su medio. Entre alternativas
-extremas, Sarmiento conservó la línea de su carácter hasta la muerte.
-Su madurez siguió la orientación de su juventud; llegó á los ochenta
-años perfeccionando las originalidades que había adquirido á los
-treinta. Se equivocó innumerables veces, tantas como sólo puede
-concebirse en un hombre que vivió pensando siempre. Cambió mil veces
-de opinión, porque nunca dejó de vivir. Su espíritu salvaje y divino
-parpadeaba como un faro, con alternativas perturbadoras. Era un mundo
-que se obscurecía y se alumbraba sin sosiego: incesante sucesión de
-amaneceres y de crepúsculos fundidos en el todo uniforme del tiempo.
-En ciertas épocas pareció nacer de nuevo con cada aurora; pero supo
-oscilar hasta lo infinito sin dejar nunca de ser él mismo.
-
-Miró siempre hacia el porvenir, como si el pasado hubiera muerto
-á su espalda; el ayer no existía, para él, frente al mañana. Los
-hombres y pueblos en decadencia viven acordándose de dónde vienen;
-los hombres geniales y los pueblos fuertes sólo necesitan saber dónde
-van. Vivió inventando doctrinas ó forjando instituciones, creando
-siempre, en continuo derroche de imaginación creadora. Nunca tuvo
-paciencias resignadas, ni esa imitativa mansedumbre del mediocre que
-se acomoda para vegetar tranquilamente. La adaptación social depende
-del equilibrio entre lo que se inventa y lo que se imita; mientras
-el hombre vulgar es imitativo y se adapta perfectamente, el hombre
-de genio es creador y con frecuencia inadaptado. La adaptación es
-mediocrizadora; rebaja al individuo á los modos de pensar y sentir que
-son comunes á la masa, borrando sus rasgos propiamente personales.
-Pocos hombres, al finalizar su vida, se libran de ella; muchos suelen
-ceder cuando los resortes del espíritu sienten la herrumbre de la
-vejez. Sarmiento fué una excepción. Había nacido «así» y quiso vivir
-como era, sin desteñirse en el semitono de los demás.
-
-En horas crueles, cuando los mediocres le agredían para desbaratar
-sus ideales de cultura, en vano intentaría Sarmiento rebelarse á su
-destino. Una fatalidad incontrastable lo había elegido portavoz de su
-tiempo, hostigándole á perseverar sin tregua hasta el borde mismo de
-la tumba. En pleno arreciar de la vejez siguió pensando por sí mismo,
-siempre alerta para avalancharse contra los que desplumaban el ala de
-sus grandes ensueños: habría osado desmantelar la tumba más gloriosa
-si en ello hubiera entrevisto la esperanza de que algo resucitaría de
-entre las cenizas.
-
-Había gestos de águila prisionera en los desequilibrios de Sarmiento.
-Fué «inactual» en su medio; el genio importa siempre una anticipación.
-Su originalidad pareció rayana en desequilibrio. Lo había, ciertamente:
-mas no era intrínseco en su personalidad, sino extrínseco, entre ella y
-su medio. Su inquietud no era inconstancia, su labor no era agitación.
-Su genio era una suprema cordura en todo lo que á sus ideales tocaba.
-Parecía lo contrario por contraste con la niebla de mediocridad que le
-circuía.
-
-Tenía los descompaginamientos que la vida moderna hace sufrir á todos
-los caracteres militantes; pero la revelación más indudable de su
-genialidad está en la eficacia de su obra, á pesar de los aparentes
-desequilibrios. Personificó la más grande lucha entre el pasado y el
-porvenir del continente, asumiendo con exceso la responsabilidad de
-su destino. Nada le perdonan los enemigos del Ideal que él representa;
-todo le exigen los partidarios. El equilibrio del mediocre es exiguo
-comparado con el del genio; aquél soporta un trabajo igual á uno y
-éste lo emprende igual á mil. Para ello necesita una rara fineza y una
-absoluta precisión ejecutiva. Donde los otros se apunan, ellos trepan;
-cobran mayor pujanza cuando arrecian las borrascas: parecen águilas
-planeantes en su atmósfera natural.
-
-La incomprensión de estos detalles ha hecho que en todo tiempo se
-atribuyeran taras psicopáticas á los hombres de genio, concretándose
-al fin la consabida hipótesis de su parentesco con la locura, tan
-cómoda para afrentar á cuantos se elevan sobre los comunes procesos del
-raciocinio rutinario y de la actividad doméstica. Pero se olvida que
-inadaptado no quiere decir alienado: no puede el genio consistir en
-adaptarse á la mediocridad.
-
-El culto de la bestia sana redundaría en beneficio de los sujetos
-más insignificantes, si se aceptara la doctrina que los declara
-predestinados á la degeneración ó el manicomio. Es falso que el talento
-y el genio pueblen los asilos; si ha habido, por acaso, diez hombres
-excelentes, encontráronse á su lado un millón de mediocres y pobres
-diablos. Es evidente que los alienistas estudiarán la biografía de los
-diez é ignorarán la del millón. Y para enriquecer sus catálogos de
-genios enfermos incluirán en sus listas á hombres ingeniosos, cuando
-no á simples desequilibrados intelectuales que son «imbéciles con la
-librea del genio». Estos personajes, que viven á horcajadas sobre el
-muro que separa la cárcel del manicomio, son la antítesis misma del
-talento y del genio; su deficiente moralidad es uno de tantos estigmas
-de su desequilibrio.
-
-Los hombres como Sarmiento pueden caldearse por la excesiva función
-que desempeñan; los ignorantes confunden su pasión con la locura. Pero
-juzgados en la evolución de las razas y de los grupos sociales, ellos
-se presentan como casos de perfeccionamiento activo, en beneficio de
-la civilización y de la especie. El devenir humano sólo aprovecha
-de los originales; se opera entre individuos diferenciados. El
-desenvolvimiento de una personalidad genial es una simple variación
-sobre los caracteres adquiridos por el grupo social; gracias á ella
-aparecen nuevas y distintas energías, que son el comienzo de líneas de
-divergencia y sirven de materia á la selección natural. La desarmonía
-de un Sarmiento es un progreso; sus discordancias son rebeliones á las
-rutinas de los mediocres.
-
-Cualquier sentido se de á la palabra, locura implica siempre
-disgregación, desequilibrio, solución de continuidad. Con breve
-razonamiento refutó Bovio á la escuela psiquiátrica. El genio se
-abstrae; el alienado se distrae. La abstracción ausenta de los demás;
-la distracción ausenta de sí mismo. Cada proceso ideativo es una serie.
-En cada serie hay un término medio y un proceso lógico. Entre las
-diversas series hay saltos y faltan los términos medios. El genio,
-moviéndose recto y rápido dentro de una misma serie, abrevia los
-términos medios é intuye la relación lejana; el loco, saltando de una
-serie á otra, privado de términos medios, disparata en vez de razonar.
-Ésa es la aparente analogía entre genio y locura; parece que en el
-movimiento de ambos faltaran los términos medios; pero, en rigor,
-el genio vuela, el loco salta. El uno sobreentiende muchos términos
-medios, el otro no ve ninguno. En el genio, el espíritu se ausenta de
-los demás; en la locura, se ausenta de sí mismo. «La sublime locura del
-genio es, pues, relativa al vulgo; éste, frente al genio, no es cuerdo
-ni loco, es simplemente la mediocridad, es decir, la media lógica,
-la media alma, el medio carácter, la religiosidad convencional, la
-moralidad acomodaticia, la politiquería menuda, el idioma usual, la
-nulidad de estilo».
-
-La ingenuidad de las masas ignorantes tiene parte decisiva en la
-confusión. Acogen con facilidad la insidia de los mediocres y proclaman
-loco al hombre mejor de su tiempo. Algunos se libran de esta etiqueta:
-son aquéllos cuya genialidad es discutible, concediéndoseles apenas
-algún talento especial en grado excelso. No así los indiscutibles, que
-viven en brega perpetua, como Sarmiento. Cuando empezó á envejecer,
-sus propios adversarios aprendieron á tolerarlo, aunque sin el gesto
-magnánimo de una admiración agradecida. Le siguieron llamando «el loco
-Sarmiento».
-
-¡El loco Sarmiento! Esas palabras enseñan más que cien libros sobre
-la fragilidad del juicio social. Cabe desconfiar de los diagnósticos
-formulados por los contemporáneos sobre los hombres que no se avienen
-á marcar el paso en las filas; las medianías, sorprendidas por
-resplandores inusitados, sólo atinan á justificarse con epítetos
-despectivos. Conviene confesar esa gran culpa: ningún argentino ilustre
-sufrió más burlas de sus conciudadanos. No hay vocablo injurioso
-que no haya sido empleado contra él: era tan grande que no bastó un
-diccionario entero para difamarle ante la posteridad. Las retortas de
-la envidia destilaron las más exquisitas quintaesencias; conoció todas
-las oblicuidades de los astutos y todos los soslayos de los impotentes.
-La caricatura le mordió hasta sangrar, como á ningún otro: el lápiz
-tuvo, vuelta á vuelta, firmezas de estilete y matices de ponzoña. Como
-las serpientes que estrangulan á Laocoonte en la obra maestra del
-Belvedere, mil tentáculos subalternos y anónimos acosaron su titánica
-personalidad, robustecida por la brega.
-
-El rebaño ceñía á Sarmiento por todas partes, con la fuerza del número,
-irresponsable ante el porvenir. Y él marchaba sin contar los enemigos,
-desbordante y hostil, ebrio de batallar en una atmósfera grávida de
-tempestades, sembrando á todos los vientos, en todas las horas, en
-todos los surcos. Le ahogaba el motejo de los que no le comprendían; la
-videncia del juicio póstumo era el único lenitivo á las heridas que sus
-contemporáneos le prodigaban. Su vida fué un perpetuo florecimiento de
-esperanzas en un matorral de espinas.
-
-Para conservar intactos sus atributos, el genio necesita períodos de
-recogimiento; el contacto prolongado con la mediocridad despunta las
-ideas originales y corroe los caracteres más adamantinos. Por eso, con
-frecuencia, toda superioridad es un destierro. Los grandes pensadores
-son solitarios; parecen proscriptos en su propio medio. Se mezclan á
-él para combatir ó predicar, un tanto excéntricos cuando no hostiles,
-sin entregarse nunca totalmente á gobernantes, sectas ó multitudes.
-Muchos ingenios eminentes, arrollados por la marea colectiva, pierden
-ó atenúan su originalidad, empañados por la sugestión del medio.
-Los prejuicios más hondamente arraigados en el individuo subsisten
-y prosperan; las ideas nuevas, por ser adquisiciones personales de
-reciente formación, se marchitan. Para defender sus frondas más tiernas
-el genio busca aislamientos parciales en sus invernáculos propios. Si
-no quiere nivelarse demasiado, necesita de tiempo en tiempo mirarse
-por dentro, sin que esta defensa de su originalidad equivalga á una
-misantropía. Lleva consigo las palpitaciones de una época ó de una
-generación, que son su finalidad y su fuerza: cuando se retira se
-encumbra. Desde su cima formula con firme claridad aquel sentimiento,
-doctrina ó esperanza que en todos se incuba sordamente. En él adquieren
-claridad meridiana los confusos rumores que serpentean en la
-inconsciencia de sus contemporáneos. Tal, más que en ningún otro genio
-de la historia, se plasmó en Sarmiento el concepto de la civilización
-de su raza, en la hora que preludiaba el surgir de la nacionalidad
-entre el caos de la barbarie. Para pensar mejor Sarmiento vivió solo
-entre muchos, ora expatriado, ora proscripto dentro de su país, europeo
-entre argentinos y argentino en el extranjero, provinciano entre
-porteños y porteño entre provincianos. Dijo Leonardo que es destino de
-los hombres de genio estar ausentes en todas partes.
-
-Viven más altos y fuera del torbellino común, desconcertando á sus
-contemporáneos. Son inquietos: la gloria y el reposo nunca fueron
-compatibles. Son apasionados: disipan los obstáculos como los primeros
-rayos del sol licuan la nieve caída en una noche primaveral. En la
-adversidad no flaquean: redoblan su pujanza, se aleccionan. Y siguen
-tras su Ideal, hiriendo á unos, despreciando á otros, adelantándose á
-todos, sin rendirse, tenaces, como si fuera lema suyo el viejo adagio:
-sólo está vencido el que confiesa estarlo. En eso finca su genialidad.
-Ésa es la locura divina que Erasmo elogió en páginas imperecederas y
-que la mediocridad de su tiempo enrostró al gran varón que honra á la
-raza de todo un continente. Sarmiento parecía agigantarse bajo el filo
-de las hachas...
-
-
- III.--EL GENIO REVELADOR: AMEGHINO.
-
-Sabio y filósofo, Ameghino fué pupila que supo ver en la noche, antes
-de que amaneciera para todos. Creó: fué su misión. Lo mismo que
-Sarmiento, llegó en su clima y á su hora. Por singular coincidencia
-ambos fueron maestros de escuela, autodidactas, sin título
-universitario, formados fuera de la urbe metropolitana, en contacto
-inmediato con la naturaleza, ajenos á todos los alambicamientos
-exteriores de la mentira mundana, con las manos libres, la cabeza
-libre, el corazón libre, las alas libres. Diríase que el genio florece
-mejor en las montañas solitarias, acariciado por las tormentas, que son
-su atmósfera natural; se agosta en los invernáculos del Estado, en sus
-universidades domesticadas, en sus laboratorios bien rentados, en sus
-academias fósiles y en su funcionarismo jerárquico. Fáltale allí el
-aire libre y la plena luz que sólo da la naturaleza: el encebadamiento
-precoz enmohece los resortes de la imaginación creadora y despunta las
-mejores originalidades. El genio nunca ha sido una institución oficial.
-
-Su vasta obra, en nuestro continente y en nuestra época, tiene
-caracteres de fenómeno natural. ¿Por qué un hombre, en Luján, da en
-juntar huesos de fósiles y los baraja entre sus dedos, como un naipe
-compuesto con millares de siglos, y acaba por arrancar á esos mudos
-testigos la historia de la tierra, de la vida, del hombre, como si
-obrara por predestinación ó por fatalidad?
-
-Tenía que ser un genio argentino, porque ningún otro punto de la
-superficie terrestre contiene una fauna fósil comparable á la nuestra;
-tenía que ser en nuestro siglo, porque otrora le habría faltado el
-asidero de las doctrinas darwinistas que le sirven de fundamento; no
-podía ser antes de ahora, porque el clima intelectual del país no fué
-propicio á ello hasta que lo fecundó el apostolado de Sarmiento; y
-tenía que ser Ameghino, y ningún otro hombre de su tiempo. ¿Cuál otro
-reunía en tan alto grado su aptitud para la observación y el análisis,
-su capacidad para la síntesis y la hipótesis, su resistencia para el
-enorme esfuerzo prolongado durante tantos años, su desinterés por todas
-las mediocres vanidades que hacen del hombre un funcionario, pero matan
-al pensador?
-
-Ninguna convergencia de rutinas detiene al genio en su oportunidad.
-Aunque son fuerzas todopoderosas, porque obran continua y sordamente,
-el genio las domina: antes ó después, pero en dominarlas radica la
-realización de su obra. Las resistencias, que desalientan al mediocre,
-son su estímulo: crece á la sombra de la envidia ajena. La mediocridad
-puede conspirar contra él, movilizando en su contra la detracción
-y el silencio. Sigue su camino, lucha, sin caer, sin extraviarse,
-dionisíacamente seguro. El genio no fracasa nunca. El que no ha
-creado no es genio, no llegó á serlo, fué una ilusión disipada. No
-quiere esto decir que viva del éxito, sino que su marcha hacia la
-gloria es fatal, á pesar de todos los contrastes. El que se detiene
-prueba impotencia para marchar. Algunas veces el hombre genial vacila
-y se interroga ansiosamente sobre su propio destino: cuando muerden
-su talón los envidiosos ó cuando le adulan los hipócritas. Pero en
-dos circunstancias se ilumina ó se desencadena: en la hora de la
-inspiración y en la hora de la diatriba. Cuando descubre una verdad
-parece que en sus pupilas brillara una luz eterna; cuando amonesta á
-los envilecidos diríase que refulge en su frente la soberanía de una
-generación.
-
-Firme y serena voluntad necesitó Ameghino para cumplir su función
-genial. Pero nada puede crearse sin materia y sin energía: sin saberlo
-y sin quererlo nadie crea cosas que valgan ó duren. La imaginación
-no basta para dar vida á la obra: la voluntad la engendra. En este
-sentido--y en ningún otro--el desarrollo de la aptitud nativa requiere
-«una larga paciencia» para que el ingenio se convierta en talento ó
-se encumbre en genialidad. Por eso los hombres excepcionales tienen
-un valor moral y son algo más que objetos de curiosidad: «merecen»
-la admiración que se les profesa. Si su aptitud es un don de la
-naturaleza, desarrollarla implica un esfuerzo ejemplar. Por más que
-sus gérmenes sean instintivos é inconscientes, las obras no se hacen
-solas. El tiempo es el aliado del genio; el trabajo completa las
-iniciativas de la inspiración. Los que han sentido el esfuerzo de crear
-saben lo que cuesta. Determinado el Ideal, hay que realizarlo: en
-la raza, en la ley, en el mármol, en la palabra. Tan magno esfuerzo
-explica el escaso número de obras maestras. Si la imaginación creadora
-es necesaria para concebirlas, requiérese para ejecutarlas otra rara
-virtud: la voluntad tenaz, que Newton bautizó como simple paciencia,
-sin medir los falsos corolarios de su apotegma.
-
-Falsas doctrinas, acariciadas por mediocres, enseñan que la imaginación
-es superflua y secundaria, atribuyendo el genio á lo que fué virtud de
-bueyes en el simbolismo mitológico. No. Sin aptitudes extraordinarias,
-la paciencia no produce un Ameghino. Un imbécil, en cincuenta años de
-constancia, sólo conseguirá fosilizar su imbecilidad. El hombre de
-genio, en el tiempo que dura un relámpago, intuye su Ideal: toda su
-vida marcha tras él, persiguiendo la quimera entrevista.
-
-Las aptitudes esenciales son nativas y espontáneas; en Ameghino se
-revelaron por una precocidad de «ingenio» anterior á toda experiencia.
-Eso no significa que todos los precoces puedan llegar á la genialidad,
-ni siquiera al talento. Muchos son desequilibrados y suelen agostarse
-en plena primavera; pocos perfeccionan sus aptitudes hasta convertirlas
-en talento; rara vez coinciden con la hora propicia y ascienden á la
-genialidad. Sólo es genio quien las convierte en obra luminosa, con
-esa fecundidad superior que implica alguna madurez; los más bellos
-dones requieren ser cultivados, como las tierras más fértiles necesitan
-ararse. Estériles resultan los espíritus brillantes que desdeñan todo
-esfuerzo, tan absolutamente estériles como los imbéciles laboriosos; no
-da cosechas el campo fértil no trabajado, ni las da el campo estéril
-por más que se le are.
-
-Ése es el profundo sentido moral de la paradoja que identifica el genio
-con la paciencia, aunque sean inadmisibles sus corolarios absurdos.
-La misma significación originaria de la palabra genio presupone algo
-como una inspiración transcendental. Todo lo que huele á cansancio, no
-siendo fatiga de vuelo alígero, es la antítesis del genio. Solamente
-puede acordarse este supremo homenaje á aquél cuyas obras denuncian
-menos el esfuerzo del amanuense que una especie de don imprevisto y
-gratuito, algo que opera sin que él lo sepa, por lo menos con una
-fuerza y un resultado que exceden á sus intenciones ó fatigas. Para
-griegos y latinos «genio» quería decir «demonio»: era aquel espíritu
-que acompaña, guía ó inspira á cada hombre desde la cuna hasta la
-tumba. Con la acepción que hoy se da, universalmente, á la palabra
-«genio», los antiguos no tuvieron ninguna; para expresarla anteponían
-al sustantivo «ingenio» un adjetivo que expresara su grandeza ó
-culminación.
-
-No es posible proclamar genios á todos los hombres superiores. Hay
-tipos intermediarios. Los modernos distinguen zurdamente al hombre de
-genio del hombre de talento. Olvidan la aptitud inicial de ambos: el
-«ingenio», es decir una capacidad superior á la mediana. Presenta
-una gradación infinita y cada uno de sus grados es susceptible de
-educarse ilimitadamente. Permanece estéril y desorganizado en los
-más, sin implicar siquiera talento. Este último es una perfección
-alcanzada por pocos, una originalidad particular, una síntesis
-de coordinación, inaccesible al hombre mediocre, sin ser por eso
-equivalente á la genialidad. Rara vez la máxima intensificación del
-ingenio crea, presagia, realiza ó inventa; sólo entonces su obra
-adquiere significación social y un Ameghino asciende á la genialidad.
-La especie, con ser exigua, presenta infinitas variedades: tantas,
-casi, como ejemplares.
-
-La contraria doctrina jamás se preocupó de distinguir entre los hombres
-superiores, á punto de catalogar entre los genios á muchos hombres de
-talento y aun á ciertos ingenios desequilibrados que son su caricatura.
-Ensayó Nordau una discreta diferenciación de tipos. Llama genio al
-hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por
-otros ó desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades
-ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general ó
-frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que
-cultivan esas mismas aptitudes. Este juicio diferencial tiene en cuenta
-la obra realizada y la aptitud del que la realiza. El genio implica un
-desarrollo orgánico primitivamente superior; el talento adquiere por
-el ejercicio una integral excelencia de ciertas disposiciones que en
-su ambiente posee la mayoría de los sujetos normales. Por eso entre la
-inteligencia y el talento sólo hay una diferencia cuantitativa, que es
-cualitativa entre el talento y el genio.
-
-No es así, aunque parezca. El talento es mucho más que una mediocridad
-complicada; no puede ascender hasta él la inteligencia común. Implica,
-en algún sentido, cierta forma de «ingenio», que la educación convierte
-en talento de su propio género. Las mentes más preclaras, en cambio,
-llegarán ó no á la genialidad, según lo determinen circunstancias
-extrínsecas: su obra revelará si tuvieron funciones decisivas en la
-vida ó en la cultura de su pueblo.
-
-En otro terreno plantea Ferri la diferencia, queriendo permanecer
-fiel á su escuela. Dice que el genio posee, acentuado, un franco
-desequilibrio ó anormalidad; su producción científica ó artística
-se adelanta mucho á su época; sus creaciones ó descubrimientos
-son profundos y radicales. El hombre de talento, en cambio, es
-más equilibrado y su degeneración física y mental es menor; no es
-un precursor decidido, sino más bien un coordinador de elementos
-dispersos, cuya amalgama produce un resultado nuevo, aunque sin la
-verdadera y profunda novedad de la ideación genial. Las conclusiones
-son buenas; no así las premisas. Son, sin duda, geniales: Cervantes,
-Miguel Ángel, Wagner, Dante, Napoleón, Sarmiento, Ameghino; son
-talentosos: Flaubert, Canova, Verdi, Hugo, Washington, Wallace. Existen
-tipos intermedios: los hombres que poseen un «talento genial», como
-Bismark, Mozart ó Spencer; pero eso no impide la distinción de ambos
-tipos. Prácticamente un vegetal difiere de un animal y un hombre de
-un gorila, aunque existan especies intermediarias. Ambos convienen
-igualmente al progreso humano. Su labor se integra. Se complementan
-como la hélice y el timón: el talento trepana sin sosiego las olas
-inquietas y el genio marca el rumbo hacia imprevistos horizontes.
-
-La obra de Ameghino es creadora: eso la caracteriza. Donde no hay
-creación no hay genio. Crear es inventar. Ya lo expresó Voltaire. El
-genio revélase por una aptitud inventiva ó creadora aplicada á cosas
-vastas ó difíciles. En la vida social, en las ciencias, en las artes,
-en las virtudes, en todo, se manifiesta con anticipaciones audaces,
-con una facilidad espontánea para salvar los obstáculos entre las
-cosas y las ideas, con una firme seguridad para no desviarse de su
-camino. En ciertos casos descubre lo nuevo; en otros acerca lo remoto y
-percibe relaciones entre las cosas distantes, como lo definió Ampère.
-Ni consiste simplemente en inventar ó descubrir: las invenciones
-que se producen por casualidad, sin ser expresamente pensadas, no
-requieren aptitudes geniales. El genio descubre lo que escapa á
-siglos ó generaciones, las leyes que expresan una relación entre las
-cosas: induce lo inesperado, señala puntos que sirven de centro á mil
-desarrollos y abre caminos en la infinita exploración de la naturaleza.
-
-¿En qué consiste? ¿No es soplo divino, no es demonio, no es enfermedad?
-Nunca. Es más sencillo y más excepcional á la vez. Más sencillo, porque
-depende de una complicada estructura histológica del cerebro y no de
-entidades fantásticas; más excepcional, porque el mundo pulula de
-enfermos y rara vez se anuncia un Ameghino.
-
-Cuanto mejor cerebrado está el hombre, tanto más alta y magnífica es su
-función de pensar. Ignórase todavía el mecanismo íntimo de los procesos
-intelectuales superiores. Los acompañan, sin duda, modificaciones de
-las células nerviosas: cambios de posición de los neurones y permutas
-químicas muy complicadas. Para comprenderlas deberían conocerse
-las actividades moleculares y sus variables relaciones, además de
-la histología exacta y completa de los centros cerebrales. Esto
-no basta: son enigmas la naturaleza de la actividad nerviosa, las
-transformaciones de energía que determina en el momento que nace,
-durante el tiempo que se propaga y mientras se producen los fenómenos
-que acompañan á la complejísima función de pensar. Los conocimientos
-científicos distan de ese límite. Mientras la química y la fisiología
-celular permitan llegar al fin, existe ya la certidumbre de que esa,
-y ninguna otra, es la vía para explicar las aptitudes supremas de un
-Ameghino, en función de su medio.
-
-Nacemos diferentes; hay una variadísima escala desde el idiota hasta el
-genio. Se nace en una zona de ese espectro, con aptitudes subordinadas
-á la estructura y la coordinación de las células que intervienen
-en el pensamiento; la herencia concurre á dar un sistema nervioso,
-agudo ú obtuso, según los casos. La educación puede perfeccionar esas
-capacidades ó aptitudes cuando existen; no puede crearlas cuando
-faltan: Salamanca no las presta.
-
-Cada uno tiene la sensibilidad propia de su histoquímica nerviosa;
-los sentidos son la base de la memoria, de la asociación, de la
-imaginación: de todo. Es el oído lo que hace al músico; el ojo lleva la
-mano del pintor. El poder de concebir está subordinado al de percibir:
-cada hombre tiene la memoria y la imaginación que corresponde á sus
-percepciones predominantes. La memoria no hace al genio, aunque no le
-estorba; pero ella y el razonamiento, cimentado en sus datos, no crean
-nada superior á lo real que percibimos. La fecundidad creadora requiere
-el concurso de la imaginación, elemento absoluto para sobreponer á la
-realidad algún Ideal. Cuando, pues, se define el genio como «un grado
-exquisito de sensibilidad nerviosa», se enuncia la más importante de
-sus condiciones; pero la definición es incompleta. La sensibilidad es
-un instrumento puesto al servicio de sus aptitudes imaginativas.
-
-En los genios estéticos es evidente la superintendencia de la
-imaginación sobre los sentidos; no lo es menos en los genios
-especulativos, como Ameghino, y en los genios pragmáticos, como
-Sarmiento. Gracias á ella se conciben los problemas, se adivinan las
-soluciones, se inventan las hipótesis, se plantean las experiencias,
-se multiplican las combinaciones. Hay imaginación en la Paleontología
-de Ameghino, como la hay en la física de Ampère y en la Cosmología de
-Laplace; y la hay en la visión civilizadora de Sarmiento, como en la
-política de César ó en la de Richelieu. Todo lo que lleva la marca del
-genio es obra de la imaginación, ya sea un capítulo del «Quijote» ó un
-plan de campaña de Napoleón; no digamos de los sistemas filosóficos,
-tan absolutamente imaginativos como las creaciones artísticas. Más aún:
-son poemas, y su valor se mide por la imaginación de sus creadores.
-
-En Ameghino la genialidad se traduce por una absoluta unidad y
-continuidad del esfuerzo, en toda la gestación de sus doctrinas, que es
-la antítesis de la locura. También él fué tratado como loco, sobre todo
-en su juventud. Con bonhomía risueña recordaba las burlas de vecinos y
-niños de su escuela, cuando le veían dirigirse, azada al hombro, hacia
-las márgenes del Luján; para esas mentes sencillas tenía que estar loco
-ese maestro que pasaba días enteros cavando la tierra y desenterrando
-huesos de animales extraños, como si algún delirio le transformara
-en sepulturero de edades extinguidas. Cambiando de ambientes, sin
-asimilarse á ninguno, consiguió pasar más desapercibido y atenuar su
-reputación de inadaptado.
-
-Basta leer su inmensa obra--centenares de monografías y de
-volúmenes--para comprender que sólo presenta los desequilibrios
-inherentes á su exuberancia. Sus descubrimientos, grandes y útiles,
-nunca fueron elaborados al acaso ni en la inconsciencia, sino por una
-vasta preparación; no fueron frutos de un cerebro carcomido por la
-herencia ó los tóxicos, sino de engranajes perfectamente entrenados;
-no ocurrencias, sino cosechas de siembras previas; jamás casualidades,
-sino claramente previstos y anunciados.
-
-El genio es una alta armonía; necesita serlo. Es paradoja ridícula
-sospechar un degenerado en todo grande hombre; es absurdo suponer
-caídos bajo el nivel común á esos mismos que la admiración de los
-siglos coloca por encima de todos. Las obras geniales sólo pueden
-ser realizadas por cerebros mejores que los demás; el proceso de la
-creación, aunque tenga fases inconscientes, sería imposible sin una
-clarividencia de su finalidad. Antes que improvisarse en horas de ocio,
-opérase tras largas meditaciones y es oportuno, llegando á tiempo
-de servir como premisa ó punto de partida para nuevas doctrinas y
-corolarios. Nunca tal equilibrio de la obra genial será más evidente
-que en la de Ameghino: si hubiéramos de juzgar por ella, el genio se
-nos presentaría como la suprema excelsitud en su propio dominio mental.
-Esto no excluye que la degeneración y la locura puedan coexistir
-con la imaginación creadora, afectando especiales dominios; pero la
-capacidad para las síntesis más vastas no necesita ser desequilibrio
-ni enfermedad. Ningún genio lo fué por su locura; algunos lo fueron á
-pesar de ella; muchos fueron por la enfermedad sumergidos en la sombra.
-
-Ameghino, como todos los que piensan mucho é intensamente, se
-contradijo muchas veces en los detalles, aunque sin perder nunca el
-sentido de su orientación global. Cuando las circunstancias convergen
-á ello, el genio especulativo nace recto desde su origen, como un
-rayo de luz que nada tuerce ó empaña. Basta oirlo para reconocerlo:
-todas sus palabras concurren á explicar un mismo pensamiento, á través
-de cien contradicciones en los detalles y de mil alternativas en la
-trayectoria; parecen tanteos para cerciorarse mejor del camino sin
-romper la equilibrada coherencia de la obra total: esa harmonía de la
-síntesis que escapa á los espíritus subalternos. Ameghino converge á
-un fin por todos los senderos; nada le desvía. Mira alto y lejos, va
-derechamente, sin las prudencias que traban el paso á las medianías sin
-detenerse ante los mil interrogantes que de todas partes le acosan para
-distraerle de la Verdad que le entreabre algún pliegue de sus velos.
-
-La verdadera contradicción, la que esteriliza el esfuerzo y el
-pensamiento, reside en la deshilvanada heterogeneidad que empalaga
-las obras de los mediocres. Viven éstos con la pesadilla del juicio
-ajeno y hablan con énfasis para que muchos les escuchen aunque
-no les entiendan; en su cerebro anidan todas las ortodoxias, no
-atreviéndose á bostezar sin metrónomo. Se contradicen forzados por
-las circunstancias: los rutinarios serían supremas lumbreras si
-por la simple incongruencia se calificara al genio. Para señalar el
-punto de intersección entre dos teorías, dos creencias, dos épocas ó
-dos generaciones, requiérese un supremo equilibrio. En las pequeñas
-contingencias de la vida ordinaria, el hombre vulgar puede ser
-más astuto y más hábil; pero en las grandes horas de la evolución
-intelectual y social todo debe esperarse del genio. Y solamente de él.
-
-Sería absurdo decir que la genialidad es infalible, no existiendo
-verdades absolutas; cien rectificaciones podrán hacerse en la obra de
-Ameghino. Los genios pueden equivocarse, suelen equivocarse, conviene
-que se equivoquen. Sus creaciones falsas resultan utilísimas por
-las correcciones que provocan, las investigaciones que estimulan,
-las pasiones que encienden, las inercias que conmueven. Los hombres
-mediocres se equivocan de vulgar manera; el genio, aun cuando se
-desploma, enciende una chispa, y en su fugaz alumbramiento se entrevé
-alguna cosa ó verdad no sospechada antes. No es menos grande Platón
-por sus errores, ni lo son por ellos César, Shakespeare ó Kant. En los
-genios que se equivocan hay una viril firmeza que los impone al respeto
-de todos. Mientras los contemporizadores ambiguos no despiertan grandes
-admiraciones, los hombres firmes obligan el homenaje de sus propios
-adversarios. Hay más valor moral en creer firmemente un error, que en
-aceptar tibiamente una verdad.
-
-
- IV.--LA MORAL DEL GENIO.
-
-El genio es excelente por su moral, ó no es genio. Pero su moralidad no
-puede medirse con preceptos corrientes en los catecismos; nadie mediría
-la altura del Himalaya con cintas métricas de bolsillo. Su conducta es
-inflexible respecto de los ideales servidos por su aptitud genial. Si
-busca la Verdad, todo sacrifica á ella. Si la Belleza, nada le desvía.
-Si el Bien, va recto y seguro por sobre todas las tentaciones. Y si es
-un genio universal, poliédrico, lo verdadero, lo bello y lo bueno se
-unifican en su ética ejemplar, que es un culto simultáneo por todas
-las excelencias, por todas las idealidades. Como fué en Leonardo y en
-Goethe.
-
-Por eso es raro. Excluye toda inconsecuencia respecto de su ideal:
-la inmoralidad para consigo mismo es la negación del genio. Por ella
-se descubren los desequilibrados, los exitistas y los simuladores.
-Ameghino ignoró las artes del escalamiento y las industrias de la
-prosperidad material. En la ciencia buscó la verdad, tal como la
-concebía; ese afán le bastó para vivir. Nunca tuvo alma de funcionario.
-Sobrellevó heroicamente su pobreza sin asaltar el presupuesto, sin
-vender sus libros á los gobiernos, sin vivir de comisiones oficiales,
-ignorando esa técnica que simula el mérito para medrar á la sombra del
-Estado. Fué y vivió como era, buscando la Verdad y decidido á no torcer
-un milésimo de ella. El que puede domesticar sus convicciones no es,
-no puede ser, nunca, absolutamente, un hombre genial.
-
-Ni lo es tampoco el que concibe un bien y no lo practica. Sin unidad
-moral no hay genio. El que predica la verdad y transige con la mentira,
-el que predica la justicia y no es justo, el que predica la piedad y
-es cruel, el que predica la lealtad y traiciona, el que predica el
-patriotismo y lo rebaja, el que predica el carácter y es servil, el que
-predica la dignidad y se arrastra, todo el que usa dobleces, intrigas,
-humillaciones, esos mil instrumentos incompatibles con la visión de un
-ideal, ese no es genio, está fuera de la santidad: su voz se apaga sin
-eco, no repercute en el tiempo, como si resonara en el vacío.
-
-El portador de un ideal va por caminos rectos, sin reparar que sean
-ásperos y abruptos. Sarmiento no transige nunca movido por vil interés;
-repudia el mal cuando concibe el bien; ignora la duplicidad; ama en
-la Patria á todos sus conciudadanos y siente vibrar en la propia el
-alma de toda su nación y de todo el continente; tiene sinceridades
-que dan escalofríos á los hipócritas de su tiempo y dice la verdad
-en tan personal estilo que sólo puede ser palabra suya; tolera los
-errores ajenos, recordando los propios; se encrespa ante las bajezas,
-escribiendo páginas que tienen ritmos de apocalipsis y eficacia de
-catapulta; cree en sí mismo y en sus ideales, sin compartir los
-prejuicios religiosos y sectarios de fanáticos que le acosan con
-furor, de todos los costados. Tal fué la culminante moralidad del
-gran americano; Sarmiento cultivó en grado sumo las más altas virtudes
-públicas, sin preocuparse de carpir en la selva magnífica las malezas
-que concentran la preocupación de la mediocridad.
-
-Los genios amplían su sensibilidad en la proporción que elevan su
-inteligencia; pueden subordinar los pequeños sentimientos á los
-grandes, los cercanos á los remotos, los concretos á los abstractos.
-Entonces los espíritus estrechos les suponen desamorados, apáticos,
-escépticos. Y se equivocan. Sienten, mejor que todos, lo humano. El
-mediocre limita su horizonte afectivo á sí mismo, á su familia, á su
-camarilla, á su facción; pero no sabe extenderlo hasta la Verdad, la
-Patria ó la Humanidad, que sólo pueden apasionar al genio. Muchos
-hombres darían su vida por defender á su secta; son raros los que se
-han inmolado conscientemente por una doctrina ó por un ideal.
-
-La fe es la fuerza del genio. Para imantar á una era necesitan amar su
-Ideal y transformarlo en pasión: «Golpea tu corazón, que en él está tu
-genio», escribió Stuart Mill antes que Nietzsche. La cultura no entibia
-á los visionarios: su vida entera es una fe en acción. Saben que los
-caminos más escarpados llevan más alto. Nada emprenden que no estén
-decididos á concluir. Las resistencias son espolazos que los incitan á
-perseverar; aunque nubarrones de escepticismo ensombrezcan su cielo,
-son, en definitiva, optimistas y creyentes: cuando sonríen, fácilmente
-se adivina el ascua crepitante bajo su ironía. Mientras el hombre
-sin ideales ríndese en la primera escaramuza, el genio se apodera del
-obstáculo, lo provoca, lo cultiva, como si en él pusiera su orgullo
-y su gloria: con igual vehemencia la llama acosa al objeto que la
-obstruye, hasta encenderlo para agrandarse á sí misma.
-
-La fe es la antítesis del fanatismo. La firmeza del genio es una
-suprema dignidad del propio Ideal; la falta de creencias sólidamente
-cimentadas convierte al mediocre en fanático. La fe se confirma en el
-choque con las opiniones contrarias; el fanatismo teme vacilar ante
-ellas é intenta ahogarlas. Mientras agonizan sus viejas creencias,
-Saúlo persigue á los cristianos, con saña proporcionada á su fanatismo;
-pero cuando el nuevo credo se afirma en Pablo, la fe le alienta,
-infinita: enseña y no persigue, discute y no amordaza. Muere él por
-su fe, pero no mata; fanático, habría vivido para matar. La fe es
-tolerante: es un misticismo que respeta las creencias propias en las
-ajenas. Es simple confianza en un Ideal y en la suficiencia de las
-propias fuerzas; los hombres de genio se mantienen creyentes y firmes
-en sus doctrinas, mejor que si éstas fueran dogmas ó mandamientos.
-Permanecen libres de las supersticiones vulgares y con frecuencia las
-combaten: por eso los fanáticos les suponen incrédulos, confundiendo su
-horror á la común mentira con falta de entusiasmo por el propio Ideal.
-Todas las religiones reveladas fueron ajenas á Sarmiento y Ameghino:
-sabían que nada hay más extraño á la fe que el fanatismo. La fe es de
-visionarios y el fanatismo es de siervos. La fe es llama que enciende y
-el fanatismo es ceniza que apaga. La fe es una dignidad y el fanatismo
-es un renunciamiento. La fe es una afirmación individual de alguna
-verdad propia y el fanatismo es una conjura de huestes para ahogar la
-verdad de los demás.
-
-Frente á la marea niveladora que amenaza por todos los puntos del
-horizonte, en las mediocracias contemporáneas, todo homenaje al genio
-es un acto de fe: sólo de él puede esperarse el perfeccionamiento de
-la Humanidad. Cuando alguna generación siente un hartazgo de chatura,
-de doblez, de servilismos, tiene que buscar en los genios de su raza
-los símbolos de pensamiento y de acción que la templen para nuevos
-esfuerzos.
-
-Todo hombre de genio es la personificación suprema de un Ideal. Contra
-la mediocridad, que asedia á los espíritus originales, conviene
-fomentar su culto: robustece las alas nacientes. Los más altos destinos
-se templan en la fragua de la admiración. Poner la propia fe en algún
-ensueño, apasionadamente, con la más honda emoción lírica, es ascender
-hacia las cumbres donde aletea la gloria. Enseñando á admirar el
-genio, la santidad y el heroísmo, prepáranse climas propicios á su
-advenimiento.
-
-Los ídolos de cien fanatismos han muerto en el curso de los siglos y
-fuerza es que mueran los venideros, implacablemente segados por el
-tiempo.
-
-Hay algo humano, más duradero que la fantasmagoría de lo divino:
-el ejemplo de los genios. Los santos de la moral idealista no hacen
-milagros: realizan magnas obras, conciben supremas bellezas é
-investigan profundas verdades. Mientras existan corazones que alienten
-un afán de perfección, serán conmovidos por todo lo que revela fe en un
-Ideal: por el canto de los poetas, por el gesto de los héroes, por la
-virtud de los santos, por la doctrina de los sabios, por la filosofía
-de los pensadores.
-
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- * * * * *
-
-
- BIBLIOTECA RENACIMIENTO
-
- DIRECTOR: G. MARTÍNEZ SIERRA
-
- EXTRACTO DEL CATÁLOGO
-
-
- LEOPOLDO ALAS (CLARÍN)
- OBRAS COMPLETAS
-
- I. GALDÓS 3,50
- II. SU ÚNICO HIJO. Novela 3,50
-
- S. Y J. ÁLVAREZ QUINTERO
-
- LA RIMA ETERNA 3,00
- LA FLOR DE LA VIDA 3,00
- PUEBLA DE LAS MUJERES 3,00
- MALVALOCA 3,50
- MUNDO, MUNDILLO 3,50
- FORTUNATO 2,00
-
- COMEDIAS ESCOGIDAS
-
- I. LOS GALEOTES. EL PATIO. LAS FLORES 3,50
- II. LA ZAGALA. PEPITA REYES. EL GENIO ALEGRE 3,50
- III. LA DICHA AJENA. EL AMOR QUE PASA. LAS DE CAÍN 3,50
- IV. LA MUSA LOCA. EL NIÑO PRODIGIO. AMORES Y AMORÍOS 3,50
- V. Y último. LA CASA DE GARCÍA. DOÑA CLARINES. EL CENTENARIO 3,50
-
- BALDOMERO ARGENTE
-
- HENRY GEORGE. Su vida y su obra 3,50
-
-
- ARNICHES y GARCÍA ÁLVAREZ
-
- GENTE MENUDA 3,00
-
-
- AZORÍN
-
- EL POLÍTICO 3,00
-
-
- PÍO BAROJA
- NOVELAS
-
- LA BUSCA 3,50
- MALA HIERBA 3,50
- AURORA ROJA 3,50
- LA FERIA DE LOS DISCRETOS 3,50
- PARADOX, REY 3,00
- LOS ÚLTIMOS ROMÁNTICOS 3,00
- LA DAMA ERRANTE 3,00
- LA CIUDAD DE LA NIEBLA 3,00
- LAS TRAGEDIAS GROTESCAS 3,00
- CÉSAR Ó NADA 4,00
- LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDÍA 3,50
- EL ÁRBOL DE LA CIENCIA 3,50
- EL MUNDO ES ANSÍ 3,50
- EL APRENDIZ DE CONSPIRADOR 3,50
- LA CASA DE AIZGORRI 1,00
-
-
- JOAQUÍN BELDA
-
-LA SUEGRA DE TARQUINO. Novela 3,50 SALDO DE ALMAS. Novela 3,50 MEMORIAS
-DE UN SUICIDA. Novela 3,50 LA FARÁNDULA. Novela de cómicos 3,50 LA
-PIARA. Novela política 3,50 ALCIBÍADES-CLUB. Novela 3,00
-
-
- JACINTO BENAVENTE
- _De la Real Academia Española._
-
- OBRAS COMPLETAS
- Á 3,50 PESETAS TOMO
-
-CARTAS DE MUJERES.--FIGULINAS.--TEATRO FANTÁSTICO.--VILANOS.--DE
-SOBREMESA.
-
- TEATRO
-
-I. EL NIDO AJENO. GENTE CONOCIDA. EL MARIDO DE LA TÉLLEZ. DE
-ALIVIO.--II. DON JUAN. LA FARÁNDULA. LA COMIDA DE LAS FIERAS. TEATRO
-FEMINISTA.--III. CUENTO DE AMOR. OPERACIÓN QUIRÚRGICA. DESPEDIDA
-CRUEL. LA GATA DE ANGORA. VIAJE DE INSTRUCCIÓN. POR LA HERIDA.--IV.
-MODAS. LO CURSI. SIN QUERER. SACRIFICIOS.--V. LA GOBERNADORA. EL PRIMO
-ROMÁN.--VI. AMOR DE AMAR. ¡LIBERTAD!. EL TREN DE LOS MARIDOS.--VII.
-ALMA TRIUNFANTE. EL AUTOMÓVIL. LA NOCHE DEL SÁBADO.--VIII. LOS
-FAVORITOS. EL HOMBRECITO. MADEMOISELLE DE BELLE ISLE. POR QUÉ SE
-AMA.--IX. AL NATURAL. LA CASA DE LA DICHA. EL DRAGÓN DE FUEGO.--X.
-RICHELIEU. LA PRINCESA BEBÉ. NO FUMADORES.--XI. ROSAS DE OTOÑO. BUENA
-BODA.--XII. EL SUSTO DE LA CONDESA. CUENTO INMORAL. LA SOBRESALIENTA.
-LOS MALHECHORES DEL BIEN.--XIII. LAS CIGARRAS HORMIGAS. MÁS FUERTE
-QUE EL AMOR.--XIV. MANÓN LESCAUT. LOS DUROS. ABUELA Y NIETA.--XV. LA
-PRINCESA SIN CORAZÓN. EL AMOR ASUSTA. LA COPA ENCANTADA. LOS OJOS DE
-LOS MUERTOS.--XVI. LA SONRISA DE GIOCONDA. LA HISTORIA DE OTELO. EL
-ÚLTIMO MINUÉ. TODOS SOMOS UNOS. LOS INTERESES CREADOS.--XVII.
-SEÑORA AMA. EL MARIDO DE SU VIUDA. LA FUERZA BRUTA.--XVIII. DE PEQUEÑAS
-CAUSAS. HACIA LA VERDAD. POR LAS NUBES. DE CERCA. ¡Á VER QUE HACE UN
-HOMBRE!--XIX. LA ESCUELA DE LAS PRINCESAS. LA SEÑORITA SE ABURRE. EL
-PRÍNCIPE QUE TODO LO APRENDIÓ EN LOS LIBROS. GANARSE LA VIDA.
-
-
- HENRY BERGSON
- _Traducción de Carlos Malagarriga._
-
-LA EVOLUCIÓN CREADORA. Dos tomos 7,00
-
-
- EMILIO BOBADILLA (FRAY CANDIL)
-
- NOVELAS EN GERMEN 2,00
- VÓRTICE 3,00
- GRAFÓMANOS DE AMÉRICA 3,00
- SINTIÉNDOME VIVIR 3,00
- VIAJANDO POR ESPAÑA 3,50
-
-
- ADOLFO BONILLA Y J. PUJOL
- _Bachiller Alonso de San Martín._
-
- LA HOSTERÍA DE CANTILLANA. Novela. 3,50
-
-
- MANUEL BUENO
-
- TEATRO ESPAÑOL CONTEMPORÁNEO 3,50
- CORAZÓN ADENTRO. Novela. 3,00
- JAIME EL CONQUISTADOR. Novela. 3,50
-
-
- ROSALÍA DE CASTRO
-
- EN LAS ORILLAS DEL SAR 3,50
- CANTARES GALLEGOS 3,50
- FOLLAS NOVAS. Poesías gallegas 3,50
-
-
- RICARDO J. CATARINEU
-
- EL LIBRO DE LA PRENSA. Antología 3,50
- MADRIGALES Y ELEGÍAS 3,50
-
-
- CURROS ENRÍQUEZ
-
- AIRES D'A MIÑA TERRA. O DIVINO SAINETE. Poesías gallegas. 3,00
- EL MAESTRE DE SANTIAGO. EL PADRE FEIJÓO. Poesías escogidas. 3,00
- CARTAS DEL NORTE. LA CONDESITA. Poseías escogidas. 3,00
-
-
- RUBÉN DARÍO
-
- EL CANTO ERRANTE. Poesías. 3,00
- TODO AL VUELO 3,50
-
-
- OBRAS ESCOGIDAS
-
- I. ESTUDIO PRELIMINAR DE ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO 3,50
- II. POESÍAS 3,50
- III. PROSA 3,50
-
-
- JOAQUÍN DICENTA
-
- LOS BÁRBAROS. Novela. 3,50
- GALERNA. Novelas. 1,00
-
-
- CONCHA ESPINA
-
- LA NIÑA DE LUZMELA. Novela. 3,50
- DESPERTAR PARA MORIR. Novela. 3,50
- AGUA DE NIEVE. Novela. 3,50
-
-
- CARLOS FERNÁNDEZ SHAW
-
- LA VIDA LOCA 4,00
- POESÍA DE LA SIERRA 4,00
- POESÍA DEL MAR 4,00
- EL AMOR Y MIS AMORES 4,00
- CANCIONERO INFANTIL 1,00
- CANCIONES DE NOCHEBUENA 2,00
- LA PATRIA GRANDE 3,00
- EL ALMA EN PENA 3,50
-
-
- ANATOLE FRANCE
- OBRAS COMPLETAS
-
- JOCASTA Ó EL GATO FLACO 3,50
- BALTASAR 3,50
- EL POZO DE SANTA CLARA 3,50
- EL LIBRO DE MI AMIGO 3,50
- EL CRIMEN DE UN ACADÉMICO 3,50
- EL FIGÓN DE LA REINA PATOJA 3,50
- OPINIONES DE JERÓNIMO COIGNARD 3,50
- LA AZUCENA ROJA 3,50
- EL OLMO DEL PASEO 3,50
- EL MANIQUÍ DE MIMBRE 3,50
- EL ANILLO DE AMATISTA 3,50
- EL SEÑOR BERGERET EN PARÍS 3,50
- HISTORIA CÓMICA 3,50
- CHAINQUEBILLE 3,50
- SOBRE LA PIEDRA INMACULADA 3,50
- LA ISLA DE LOS PINGÜINOS 3,50
- LA CAMISA 3,50
- LOS DIOSES TIENEN SED 3,50
-
-
- JOSÉ FRANCÉS
-
- LA GUARIDA. Novela. 3,50
- LA DÉBIL FORTALEZA. Novela. 3,50
- GUIGNOL 3,50
-
-
- F. GARCÍA SANCHIZ
-
- NUEVO DESCUBRIMIENTO DE CANARIAS 3,00
-
-
- ANDRÉS GONZÁLEZ BLANCO
-
- MATILDE REY. Novela 3,50
-
-
- EDMUNDO GONZÁLEZ BLANCO
-
- LOS GRANDES FILÓSOFOS. STRAUSS Y SU TIEMPO 3,50
-
-
- ALFONSO HERNÁNDEZ CATÁ
-
- LA JUVENTUD DE AURELIO ZALDÍVAR. Novela 3,50
-
-
- ANTONIO DE HOYOS
-
- LA VEJEZ DE HELIOGÁBALO. Novela 3,50
-
-
- ALBERTO INSÚA
- NOVELAS
-
- DON QUIJOTE EN LOS ALPES 3,00
- LA MUJER FÁCIL 3,50
- LAS NEURÓTICAS 3,50
- LA MUJER DESCONOCIDA 3,50
- EL DEMONIO DE LA VOLUPTUOSIDAD 3,50
- LAS FLECHAS DEL AMOR 3,50
- EL DESEO 3,50
- EN TIERRA DE SANTOS 1,00
- LA HORA TRÁGICA 1,00
-
-
- WALDO A. INSÚA
-
- LA BOCA DE LA ESFINGE 3,00
-
-
- JUAN R. JIMÉNEZ
-
- PASTORALES 3,50
- LABERINTO 3,50
- BALADAS DE PRIMAVERA 2,00
- ELEGÍAS PURAS 2,00
- ELEGÍAS INTERMEDIAS 2,00
- ELEGÍAS LAMENTABLES 2,00
- LA SOLEDAD SONORA 3,50
- POEMAS MÁGICOS Y DOLIENTES 3,50
- MELANCOLÍA 3,50
-
-
- RICARDO LEÓN
- _De la Real Academia Española._
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- CASTA DE HIDALGOS. Novela 3,50
- COMEDIA SENTIMENTAL. Novela 3,50
- ALCALÁ DE LOS ZEGRÍES. Novela 3,50
- LA ESCUELA DE LOS SOFISTAS 3,50
- EL AMOR DE LOS AMORES. Novela 3,50
- ALIVIO DE CAMINANTES. Poesías 3,50
- LOS CENTAUROS. Novela 4,00
-
-
- MANUEL LINARES RIVAS
-
- LA RAZA 3,00
- AIRES DE FUERA. EL ABOLENGO. MARÍA VICTORIA 3,50
-
-
- RAFAEL LÓPEZ DE HARO
- NOVELAS
-
- SIRENA 3,50
- ENTRE TODAS LAS MUJERES 3,50
- POSEÍDA 3,50
- EL PAÍS DE LOS MEDIANOS 3,50
- LA IMPOSIBLE 1,00
-
-
- DANIEL LÓPEZ ORENSE
-
- EL CAMINO DE LA DICHA. Novela 3,50
-
-
- JOSÉ LÓPEZ PINILLOS
-
- DOÑA MESALINA. Novela 3,50
- LAS ÁGUILAS (DE LA VIDA DEL TORERO). Novela 3,50
- LA SANGRE DE CRISTO. Novela 3,00
-
-
- LEOPOLDO LÓPEZ DE SÁA
-
- CARNE DE RELIEVE. Novela 3,50
-
-
- JOSÉ LÓPEZ SILVA
-
- LA MUSA DEL ARROYO. Diálogos en verso 3,50
-
-
- LÓPEZ SILVA Y FERNÁNDEZ SHAW
-
- SAINETES MADRILEÑOS: LA REVOLTOSA. LA CHAVALA. LAS BRAVÍAS.
- LOS BUENOS MOZOS 3,50
-
-
- ANTONIO MACHADO
-
- CAMPOS DE CASTILLA. Poesías 3,50
-
-
- MANUEL MACHADO
-
- APOLO. Poesías con fototipias de obras maestras
- de los mejores pintores 3,50
-
- EL MAL POEMA. Poesías 3,00
-
-
- EDUARDO MARQUINA
- OBRAS COMPLETAS
-
- LAS HIJAS DEL CID. Premiada por la Real Academia Española 3,50
- DOÑA MARÍA LA BRAVA 3,50
- EN FLANDES SE HA PUESTO EL SOL. Premiada por la Real Academia
- Española 3,50
- LA ALCAIDESA DE PASTRANA 2,50
- EL REY TROVADOR 3,50
- POR LOS PECADOS DEL REY 3,50
- TIERRAS DE ESPAÑA 3,50
- VENDIMIÓN 3,50
- ELEGÍAS 1,00
-
-
- G. MARTÍNEZ SIERRA
-
- EL POEMA DEL TRABAJO. DIÁLOGOS FANTÁSTICOS.
- FLORES DE ESCARCHA 3,50
- SOL DE LA TARDE. Novelas 3,50
- LA VIDA INQUIETA. Glosario espiritual 3,50
- EL AGUA DORMIDA. Novelas 3,50
- LA CASA DE LA PRIMAVERA. Poesías 3,50
-
- TEATRO
-
- TEATRO DE ENSUEÑO 3,50
- LA SOMBRA DEL PADRE. EL AMA DE LA CASA. HECHIZO DE AMOR 3,50
- CANCIÓN DE CUNA. LIRIO ENTRE ESPINAS. EL IDEAL 3,50
- PRIMAVERA EN OTOÑO 3,50
- EL POBRECITO JUAN 1,50
- MAMÁ. EL ENAMORADO 3,50
- MADAME PEPITA 3,50
-
-
- ENRIQUE DE MESA
-
- FLOR PAGANA 3,00
- ANDANZAS SERRANAS 1,50
-
- AMADO NERVO
-
- SERENIDAD. Poesías 3,50
-
-
- CONDESA DE PARDO BAZÁN
- OBRAS COMPLETAS
-
- I. LA CUESTIÓN PALPITANTE 3,00
- II. LA PIEDRA ANGULAR 3,00
- III. LOS PAZOS DE ULLOA 3,50
- IV. LA MADRE NATURALEZA. Novela 3,50
- V. CUENTOS DE MARINEDA 3,00
- VI. POLÉMICAS Y ESTUDIOS LITERARIOS 3,00
- VII. INSOLACIÓN. MORRIÑA. Novelas 3,50
- VIII. LA TRIBUNA. Novela 3,00
- IX. DE MI TIERRA 3,00
- X. CUENTOS NUEVOS 3,50
- XI. DOÑA MILAGROS. Novela 3,00
- XII. LOS POETAS ÉPICOS CRISTIANOS 3,00
- XIII. NOVELAS EJEMPLARES 3,50
- XIV. MEMORIAS DE UN SOLTERÓN. Novela 3,00
- XV. EL SALUDO DE LAS BRUJAS. Novela 4,50
- XVI. CUENTOS DE AMOR 3,00
- XVII. CUENTOS SACRO-PROFANOS 4,00
- XVIII. EL NIÑO DE GUZMÁN 3,00
- XIX. AL PIE DE LA TORRE EIFFEL. POR FRANCIA Y POR ALEMANIA 4,50
- XX. UN DESTRIPADOR DE ANTAÑO.
- Historias y cuentos regionales 3,00
- XXI. CUARENTA DÍAS EN LA EXPOSICIÓN 3,00
- XXII. UNA CRISTIANA. LA PRUEBA. Novelas 5,00
- XXIII. EN TRANVÍA. Cuentos 3,00
- XXIV. DE SIGLO Á SIGLO. 1899-1901 3,50
- XXV. CUENTOS DE NAVIDAD Y REYES. UENTOS DE LA PATRIA.
- CUENTOS ANTIGUOS 3,00
- XXVI. POR LA EUROPA CATÓLICA 3,00
- XXVII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Primera parte 3,00
- XXVIII. SAN FRANCISCO DE ASÍS. Segunda y última parte 3,00
- XXIX. LA QUIMERA 5,00
- XXX. UN VIAJE DE NOVIOS. EL TESORO DE GASTÓN 6,00
- XXXI. EL FONDO DEL ALMA 3,00
- XXXII. RETRATOS Y APUNTES LITERARIOS 4,00
- XXXIII. LA REVOLUCIÓN Y LA NOVELA EN RUSIA 1,00
- XXXIV. MI ROMERÍA 1,00
- XXXV. Teatro: VERDAD. CUESTA ABAJO. JUVENTUD. LAS RAÍCES.
- EL VESTIDO DE BODA. EL BECERRO DE METAL. LA SUERTE 3,50
- XXXVI. SUD-EXPRESS. Cuentos 3,50
- XXXVII. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. I. EL ROMANTICISMO 4,50
- XXXVIII. DULCE DUEÑO. Novela 3,50
- XXXIX. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. II. LA TRANSICIÓN 4,50
- XL. BELCEBÚ. Novelas 3,50
- XLI. LA LITERATURA FRANCESA MODERNA. III. EL NATURALISMO 4,00
-
- BIBLIOTECA DE LA MUJER
- _Dirigida por la C. de Pardo Bazán._
-
- Á TRES PESETAS TOMO
-
-I. Sección religiosa: VIDA DE LA VIRGEN MARÍA, por la venerable de
-Ágreda.--II. Sección sociológica: LA ESCLAVITUD FEMENINA, por John
-Stuart Mill. Prólogo de la condesa de Pardo Bazán.--III. Sección
-novelesca: NOVELAS ESCOGIDAS, por doña María de Zayas.--IV. Sección
-biográfica: REINAR EN SECRETO, por el jesuíta P. Mercier.--V. Sección
-histórica: HISTORIA DE ISABEL LA CATÓLICA, por el barón de Nervo, y
-ELOGIO DE LA MISMA REINA, por don Diego de Clemencín.--VI. Sección
-pedagógica: LA INSTRUCCIÓN DE LA MUJER CRISTIANA. TRATADO DE LAS
-VÍRGENES, por Juan Luis Vives.--VII. Sección crítica: LA MUJER ANTE EL
-SOCIALISMO, por Augusto Bebel.
-
-
- JAIME QUIROGA PARDO BAZÁN
-
- NOTAS DE UN VIAJE POR LA ITALIA DEL NORTE 3,50
- AVENTURAS DE UN FRANCÉS, UN ALEMÁN Y UN INGLÉS,
- EN EL SIGLO XIX 3,50
-
-
- BENITO PÉREZ GALDÓS
- _De la Real Academia Española._
-
- EPISODIOS NACIONALES
-
- _Primera serie._
-
- TRAFALGAR.--LA CORTE DE CARLOS IV.--EL 19 DE MARZO Y EL 2
- DE MAYO.--BAILÉN. NAPOLEÓN EN
- CHAMARTÍN.--ZARAGOZA.--GERONA.--CÁDIZ.--JUAN MARTÍN EL
- EMPECINADO.--LA BATALLA DE LOS ARAPILES.
-
- _Segunda serie._
-
- EL EQUIPAJE DEL REY JOSÉ.--MEMORIAS DE UN CORTESANO DE 1815.--LA
- SEGUNDA CASACA.--EL GRANDE ORIENTE.--7 DE JULIO.--LOS CIEN MIL HIJOS
- DE SAN LUIS.--EL TERROR DE 1822.--UN VOLUNTARIO REALISTA.--LOS
- APOSTÓLICOS.--UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS.
-
- _Tercera serie._
-
- ZUMALACÁRREGUI.--MENDIZÁBAL.--DE OÑATE Á LA GRANJA.--LUCHANA.--LA
- CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO.--LA ESTAFETA ROMÁNTICA.--VERGARA.--MONTES DE
- OCA.--LOS AYACUCHOS.--BODAS REALES.
-
- _Cuarta serie._
-
- LAS TORMENTAS DEL 48.--NARVÁEZ.--LOS DUENDES DE LA CAMARILLA.--LA
- REVOLUCIÓN DE JULIO.--O'DONNELL.--AITA TETTAUEN.--CARLOS VI EN LA
- RÁPITA.--LA VUELTA AL MUNDO EN LA «NUMANCIA».--PRIM.--LA DE LOS
- TRISTES DESTINOS.
-
- _Última serie._
-
- ESPAÑA SIN REY.--ESPAÑA TRÁGICA.--AMADEO I.--LA PRIMERA REPÚBLICA.--DE
- CARTAGO Á SAGUNTO.--CÁNOVAS.
-
- _Cada uno de los tomos anteriores se venden sueltos en rústica al
- precio de DOS pesetas volumen._
-
- _Precio de cada dos volúmenes, encuadernados en un tomo, CINCO
- pesetas._
-
- _Se venden tapas sueltas á UNA peseta._
-
- NOVELAS Á DOS PESETAS TOMO
-
- DOÑA PERFECTA.--GLORIA, primera parte.--GLORIA, segunda
- parte.--MARIANELA.--LA FAMILIA DE LEÓN ROCH, primera parte.--LA
- FAMILIA DE LEÓN ROCH, segunda parte.--LA FONTANA DE ORO.--EL
- AUDAZ.--LA SOMBRA.--MEMORANDA.
-
- NOVELAS Á TRES PESETAS TOMO
-
- LA DESHEREDADA, primera parte.--LA DESHEREDADA, segunda parte.--EL
- AMIGO MANSO.--EL DOCTOR CENTENO, primera parte.--EL DOCTOR CENTENO,
- segunda parte.--TORMENTO.--LA DE BRINGAS.--LO PROHIBIDO, primera
- parte.--LO PROHIBIDO, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA, primera
- parte.--FORTUNATA Y JACINTA, segunda parte.--FORTUNATA Y JACINTA,
- tercera parte.--FORTUNATA Y JACINTA, cuarta parte.--MIAU.--LA
- INCÓGNITA.--REALIDAD.--ÁNGEL GUERRA, primera parte.--ÁNGEL GUERRA,
- segunda parte.--ÁNGEL GUERRA, tercera parte.--TRISTANA.--LA
- LOCA DE LA CASA.--TORQUEMADA EN LA HOGUERA.--TORQUEMADA EN
- LA CRUZ.--TORQUEMADA EN EL PURGATORIO.--TORQUEMADA Y SAN
- PEDRO.--NAZARÍN.--HALMA.--MISERICORDIA.--EL ABUELO.--CASANDRA.--EL
- CABALLERO ENCANTADO.
-
-
- COMEDIAS Y DRAMAS Á DOS PESETAS
-
- REALIDAD.--LA LOCA DE LA CASA.--LA DE SAN QUINTÍN.--LOS
- CONDENADOS.--VOLUNTAD.--DOÑA PERFECTA.--LA FIERA.--ELECTRA.--ALMA Y
- VIDA.--MARIUCHA.--BÁRBARA.--AMOR Y CIENCIA.--PEDRO MINIO.
-
- RAMÓN PÉREZ DE AYALA
-
- TINIEBLAS EN LAS CUMBRES. Novela 3,50
- A. M. D. G. (La vida en los colegios de jesuítas). Novela 3,50
- LA PATA DE LA RAPOSA. Novela 3,50
- TROTERAS Y DANZADERAS. Novela 3,50
-
-
- JUAN PÉREZ ZÚÑIGA
-
- CUATRO CUENTOS Y UN CABO 2,00
- HISTORIA CÓMICA DE ESPAÑA. Dos tomos 5,00
- AMANTES CÉLEBRES. Con veinte ilustraciones en color 3,50
-
-
- JACINTO OCTAVIO PICÓN
- _De la Real Academia Española._
-
- OBRAS COMPLETAS
-
- I. DULCE Y SABROSA. Novela 4,00
- II. LA HONRADA. Novela 4,00
- III. JUANITA TENORIO. Novela 4,00
- IV. Mujeres. Novelas 3,50
-
-
- SALVADOR RUEDA
-
- POESÍAS ESCOGIDAS 3,50
-
-
- SANTIAGO RUSIÑOL
- _Traducciones de G. Martínez Sierra._
-
- EL PUEBLO GRIS 3,50
- UN VIAJE AL PLATA 3,50
- LA ISLA DE LA CALMA 3,50
- ALELUYAS DEL SEÑOR ESTEBAN 3,50
- EL INDIANO 1,00
-
-
- JOSÉ M. SALAVERRÍA
-
- LAS SOMBRAS DE LOYOLA 2,00
-
-
- R. SÁNCHEZ DÍAZ
-
- JESÚS EN LA FÁBRICA. Novela 3,50
-
-
- ALEJANDRO SAWA
-
- ILUMINACIONES EN LA SOMBRA 3,50
-
-
- UNAMUNO Y GANIVET
-
- EL PORVENIR DE ESPAÑA 2,00
-
-
- FELIPE TRIGO
- OBRAS COMPLETAS
-
- NOVELAS
-
- LAS INGÉNUAS. DOS TOMOS 7,00
- LA SED DE AMAR 3,50
- ALMA EN LOS LABIOS 3,50
- DEL FRÍO AL FUEGO 3,50
- LA ALTÍSIMA 3,50
- LA BRUTA 3,50
- LA DE LOS OJOS COLOR DE UVA 3,50
- SOR DEMONIO 3,50
- EN LA CABRERA 3,50
- CUENTOS INGÉNUOS 3,00
- LA CLAVE 3,50
- LAS EVAS DEL PARAÍSO 3,50
- LAS POSADAS DEL AMOR 3,50
- EL MÉDICO RURAL 3,50
- LOS ABISMOS 3,50
- EL CÍNICO 3,50
- ASÍ PAGA EL DIABLO 1,00
-
-
- ESTUDIOS
-
- SOCIALISMO INDIVIDUALISTA 3,50
- EL AMOR EN LA VIDA Y EN LOS LIBROS 3,50
-
-
- MIGUEL DE UNAMUNO
-
- MI RELIGIÓN Y OTROS ENSAYOS 3,50
- POR TIERRAS DE PORTUGAL Y ESPAÑA 3,50
- SOLILOQUIOS Y CONVERSACIONES 3,50
- CONTRA ESTO Y AQUELLO 3,50
-
-
- RAMÓN DEL VALLE INCLÁN
-
- ÁGUILA DE BLASÓN 3,50
- COFRE DE SÁNDALO 3,50
- CUENTO DE ABRIL 3,50
- GERIFALTES DE ANTAÑO 3,50
-
-
- FRANCISCO VILLAESPESA
-
- EL ESPEJO ENCANTADO 3,50
- EL ALCÁZAR DE LAS PERLAS 3,50
- PANALES DE ORO 3,50
- EL BALCÓN DE VERONA 3,50
- PALABRAS ANTIGUAS 3,50
-
-
- A. VIVERO Y A. DE LA VILLA
-
- CÓMO CAE UN TRONO. La revolución en Portugal 3,50
-
-
- EDUARDO ZAMACOIS
-
- EL OTRO. Novela 3,50
- LA OPINIÓN AJENA. Novela 3,50
-
- BIBLIOTECA CLÁSICA
-
- COLECCIÓN DE 228 TOMOS, QUE SE VENDEN á 3 PESETAS CADA UNO EN RÚSTICA
- Y á 4 PESETAS ENCUADERNADOS EN PASTA ESPAÑOLA
-
-
- CLÁSICOS GRIEGOS
-
- HOMERO: La Iliada (tres tomos). La Odisea (dos).--HERODOTO: Los
- nueve libros de la historia (dos).--PLUTARCO: Las vidas paralelas
- (cinco).--ARISTÓFANES: Teatro completo (tres).--ESQUILO: Teatro
- completo (uno).--POETAS BUCÓLICOS GRIEGOS: Demócrito, Bión y Mosco
- (uno).--XENOFONTE: Historia de la entrada de Cyro en Asia (uno).
- La ciropedia (uno). Las helénicas (uno).--LUCIANO: Obras completas
- (cuatro).--PÍNDARO: Odas (uno).--ARRIANO: Las expediciones de
- Alejandro (uno).--POETAS LÍRICOS GRIEGOS: Anacreonte, Safo, Tirteo,
- etc. (uno).--POLIBIO: Historia romana (tres).--PLATÓN: La república
- (dos).--DIÓGENES LAERCIO: Vidas de los filósofos más ilustres
- (dos).--MORALISTAS GRIEGOS: Marco Aurelio, Teofrasto, Epicteto,
- Cebes (uno).--TUCÍDIDES: Historia de la guerra del Peloponeso
- (dos).--JOSEFO: Guerras de los judíos (dos).--ISÓCRATES: Oraciones
- políticas y forenses (dos).--EURÍPIDES: obras dramáticas (tres).
-
-
- CLÁSICOS LATINOS
-
- VIRGILIO: La Eneida (dos tomos). Églogas y Geórgicas (uno).--CICERÓN:
- Obras didácticas (dos). Obras filosóficas (cuatro). Epístolas
- familiares (dos). Cartas políticas (dos). Vida y discursos
- (siete).--TÁCITO: Los anales (dos). Las historias y las costumbres
- de los germanos (uno).--SALUSTIO: Conjuración de Catilina. Guerra de
- Jugurta (uno).--CÉSAR: Los comentarios de la guerra de las Galias y de
- la civil (dos).--SUETONIO: Vida de los doce césares (uno).--SÉNECA:
- Tratados filosóficos (dos). Epístolas morales (uno).--OVIDIO:
- Las Heroídas (uno). Las metamorfosis (dos).--FLORO: Compendio de
- las hazañas romanas (uno).--QUINTILIANO: Instituciones oratorias
- (dos).--QUINTO CURCIO: Vida de Alejandro (dos).--ESTACIO: La Tebaida
- (dos).--LUCANO: La farsalia (dos).--TITO LIVIO: Décadas de la historia
- romana (siete).--TERTULIANO: Apología contra los gentiles en defensa
- de los cristianos (uno).--VARIOS: Historia Augusta (tres).--Marcial
- y Fedro: Epigramas y fábulas (tres).--TERENCIO: Teatro completo
- (uno).--APULEYO: El asno de oro (uno).--Plinio el joven y Cornelio
- Nepote: Panegírico de Trajano y cartas. Vidas de varones ilustres
- (dos).--JUVENAL y PERSIO: Sátiras (uno).--AULIO GELIO: Noches áticas
- (dos).--SAN AGUSTÍN: La ciudad de Dios (cuatro).--AMMIANO: Historia
- del imperio romano (dos).--LUCRECIO: De la naturaleza de las cosas
- (uno).--HORACIO: Obras completas (dos).
-
-
- CLÁSICOS ESPAÑOLES
-
- CERVANTES: Novelas ejemplares y Viaje del Parnaso (dos tomos).
- Don Quijote de la Mancha, con el comentario de Clemencín (ocho).
- Teatro completo (tres).--CALDERÓN: Teatro selecto (cuatro).--HURTADO
- DE MENDOZA: Obras en prosa (uno).--QUEVEDO: Obras satíricas y
- festivas (uno). Obras políticas é históricas (dos). Política de Dios
- (uno).--QUINTANA: Vidas de españoles célebres (dos).--Duque de Rivas:
- Sublevación de Nápoles (uno).--ALCALÁ GALIANO: Recuerdos de un anciano
- (uno).--MELO: Guerra de Cataluña (uno).--VARIOS: Antología de poetas
- líricos castellanos, ordenada por Menéndez y Pelayo, con estudios
- críticos del mismo (doce).--COLÓN: Relaciones y cartas (uno).--ROJAS:
- La celestina (uno).
-
-
- CLÁSICOS INGLESES
-
- MACAULAY: Estudios literarios (un tomo). Estudios históricos (uno).
- Estudios políticos (uno). Estudios biográficos (uno). Estudios
- críticos (uno). Estudios de política y literatura (uno). Discursos
- parlamentarios (uno). Vidas de políticos ingleses (uno). Historia
- de la revolución inglesa (cuatro). Historia del reinado de Guillermo
- III (seis).--MILTON: El paraíso perdido (dos).--SHAKESPEARE: Teatro
- selecto (ocho).
-
-
- CLÁSICOS ITALIANOS
-
- MANZONI: Los novios (un tomo). La moral católica (uno). Tragedias,
- poesías: obras varias (dos).--GUICCIARDINI: Historia de Italia
- (seis).--MAQUIAVELO: Obras históricas (DOS). Obras políticas
- (DOS).--Benvenuto Cellini: su vida, descrita por él mismo
- (dos).--TASSO: La Jerusalén libertada (dos).
-
-
- CLÁSICOS ALEMANES
-
- SCHILLER: Teatro completo (tres tomos). Poesías líricas (dos).--HEINE:
- Poemas y fantasías (uno). Cuadros de viaje (dos).--GOETHE: Viaje
- á Italia (dos). Teatro selecto (dos).--HUMBOLDT: Colón y el
- descubrimiento de América (dos).
-
-
- CLÁSICOS FRANCESES
-
- LAMARTINE: Civilizadores y conquistadores (dos tomos).--BOSSUET:
- Oraciones fúnebres (ocho).--MERIMÉE: Colomba (uno).
-
-
- CLÁSICOS SÁNSCRITOS
-
- Código de MANÚ (un tomo).
-
-
- BIBLIOTECA POPULAR
-
- Á UNA PESETA CADA TOMO EN RÚSTICA Y Á 1,50 ENCUADERNADO EN TELA
-
- I.--PÍO BAROJA: La casa de Aizgorri. Novela. II.--FELIPE TRIGO: Así
- paga el diablo... Novela. III.--ALBERTO INSÚA: En tierra de santos.
- Novela. IV.--S. y J. ÁLVAREZ QUINTERO: Drama, comedia y sainete.
- V.--JOAQUÍN DICENTA: Galerna. Novelas. VI.--RAFAEL LÓPEZ DE HARO:
- La imposible. Novela. VII.--SANTIAGO RUSIÑOL: El indiano. VIII.--E.
- GÓMEZ CARRILLO: El Japón heroico y galante. IX.--CONDESA DE PARDO
- BAZÁN: Cuentos trágicos. X.--JOSÉ FRANCÉS: La débil fortaleza.
- Novela. XI.--EDUARDO MARQUINA: Elegías. XII.--ALBERTO INSÚA: La hora
- trágica. Novela. XIII.--JACINTO BENAVENTE: La noche del sábado. Novela
- escénica. XIV.--PÍO BAROJA: Camino de perfección. Novela. XV.--PEDRO
- DE RÉPIDE: Noche perdida. Novelas.
-
- RENACIMIENTO tiene ya en su poder, para publicarlos en tomos sucesivos
- de la Biblioteca Popular, originales de Leopoldo Alas (Clarín), Pío
- Baroja, Joaquín Belda, Joaquín Dicenta, Anatole France, Antonio de
- Hoyos, Alberto Insúa, Eduardo Marquina, Alejandro Larrubierra, Ricardo
- León, R. López de Haro, J. López Pinillos, G. Martínez Sierra, Benito
- Pérez Galdós, Ramón Pérez de Ayala, Juan Pérez Zúñiga, Jacinto Octavio
- Picón, Pedro de Répide, Santiago Rusiñol, José María Salaverría,
- R. Sánchez Díaz, Miguel de Unamuno, Francisco Villaespesa, Eduardo
- Zamacois.
-
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