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Gómez Soler - -Release Date: June 10, 2021 [eBook #65584] - -Language: Spanish - -Character set encoding: UTF-8 - -Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading - Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from - images generously made available by Biblioteca Digital - Hispánica/Biblioteca Nacional de España). - -*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DRAMAS (2 DE 2) *** - -NOTA DE TRANSCRIPCIÓN - - * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se - han convertido a MAYÚSCULAS. - - * Los errores de imprenta han sido corregidos. - - * La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las - variantes a la grafía más frecuente. - - * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan y se - ha completado el emparejamiento de los signos de interrogación y - exclamación. - - * Se ha ampliado el Índice para que mencione los Actos y Partes de - cada drama. - - * Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no - interrumpir un párrafo. - - * Las páginas en blanco han sido eliminadas. - - - - -DRAMAS DE VÍCTOR HUGO - - - - -ES PROPIEDAD - - - - - DRAMAS - DE - VÍCTOR HUGO - - LUCRECIA BORGIA - MARÍA TUDOR -- LA ESMERALDA -- RUY BLAS - - TRADUCCIÓN DE - A. BLANCO PRIETO - - ILUSTRACIÓN DE - F. GÓMEZ SOLER - - [Ilustración] - - BARCELONA - BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS» - DANIEL CORTEZO y C.ª--Calle de Pallars (Salón de S. Juan) - 1887 - - - - -[Ilustración] - - -Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª - - - - - LUCRECIA BORGIA - - Drama en 3 actos, con un prefacio de su autor - - - - -[Ilustración] - -PREFACIO - - -Cuando estaba escribiendo el prefacio de su último drama, el autor -volvió á la ocupación de toda su vida, al arte; y continuó sus trabajos -predilectos, aun antes de acabar del todo con los adversarios políticos -que fueron á distraerle hace dos meses. Por otra parte, dar á luz un -nuevo drama seis semanas después del que se había prohibido, era, en -cierto modo, censurar al gobierno por su acto; era demostrarle que -perdía el tiempo, probándole que el arte y la libertad podían renacer -en una noche bajo el torpe pie que los hollaba. Así es que el autor -confía sostener de aquí en adelante la lucha política, mientras fuere -necesario, sin dejar la obra literaria. Se puede cumplir con los -propios deberes y llevar á cabo una misión al mismo tiempo, sin que lo -uno perjudique á lo otro: el hombre tiene dos manos. - -El _Rey se divierte_ y _Lucrecia Borgia_ no se asemejan por el -fondo ni por la forma, y estas dos obras tienen, cada cual por su -parte, un destino tan diverso, que la una será tal vez algún día la -principal fecha política, y la otra la principal fecha literaria de -la vida del autor. Sin embargo, cree de su deber decir que estas dos -composiciones tan diferentes en el fondo, en la forma y en el destino, -se relacionan íntimamente en su pensamiento. La idea que produjo el -_Rey se divierte_, y la que dió origen á _Lucrecia Borgia_ nacieron -en el mismo instante y en el mismo punto del corazón. ¿Cuál es, en -efecto, el pensamiento íntimo oculto bajo estas tres ó cuatro cortezas -concéntricas en la primera de dichas producciones? Hele aquí: tomemos -la deformidad _física_ más hedionda, la más repugnante y completa; -coloquémosla allí donde más resalte, en el piso más bajo y en el más -despreciado del edificio social; iluminemos por todos lados, con la -siniestra luz de los contrastes, ese mísero sér; y después démosle -un alma y póngase en ésta el sentimiento más puro que se concede al -hombre: el de la paternidad. ¿Qué sucederá? Que este sentimiento -sublime, excitado, según ciertas condiciones, transformará á vuestros -ojos el sér envilecido, el cual, pequeño al principio, llegará á ser -grande, y su deformidad se convertirá en belleza. En el fondo, he -aquí lo que es el _Rey se divierte_. Ahora bien, ¿qué es _Lucrecia -Borgia_? Tómese la deformidad _moral_ más hedionda, la más repugnante y -completa; colóquese allí donde más resalte, en el corazón de una mujer, -con todas las condiciones de la belleza física y de la grandiosidad -regia, que ponen más en relieve el crimen; y ahora mézclese con toda -esta deformidad moral un sentimiento puro, el más puro que á la mujer -le es dado experimentar, el sentimiento materno; en el monstruo poned -una madre, y desde luego interesará y hará llorar; y ese sér que -inspiraba temor, infundirá lástima; y esa alma deforme se hará casi -hermosa á vuestros ojos. Así, pues, la paternidad santificando la -deformidad física es el _Rey se divierte_; y la maternidad, purificando -la deformidad moral, es _Lucrecia Borgia_. Si en el pensamiento del -autor no fuese bárbara la palabra _biología_, esas dos producciones no -formarían más que una biología _sui generis_, que pudiera titularse: -_El Padre_ y _la Madre_. La suerte les ha separado; pero ¿qué importa? -La una prosperó; la otra ha sido condenada; la idea que constituye el -fondo de la primera se mantendrá tal vez encubierta aún, á causa de -mil prevenciones, para muchas miradas; la idea que engendró la segunda -parece ser comprendida y aceptada todas las noches por una multitud -inteligente y simpática, si no nos ciega alguna ilusión: _Habent sua -fata_. Pero sea lo que fuere de esas dos composiciones, que por lo -demás no tienen otro mérito que la atención con que el público ha -tenido á bien escucharlas, son hermanas gemelas, que se han tocado -en germen, la coronada y la proscrita, como Luís XIV y el Máscara de -Hierro. - -Corneille y Molière tenían por costumbre contestar en detalle á las -críticas que sus obras suscitaban, y no deja de ser curioso hoy ver -á esos gigantes del teatro debatir en _prefacios_ y _advertencias -al lector_, entre la inextricable red de objeciones que la crítica -contemporánea urdía sin descanso á su alrededor. El autor de este drama -no se cree digno de seguir tan grandes ejemplos, y por lo tanto callará -ante la crítica: lo que sienta bien en hombres vestidos de autoridad, -como Molière y Corneille, no sería oportuno en otros. Por lo demás, -tal vez sólo Corneille en todo el mundo podría conservarse grande y -sublime en el momento mismo en que, de rodillas, hace poner un prefacio -ante Scudery ó Chapelain. El autor dista mucho de ser Corneille, y está -muy lejos de tener nada que ver con Chapelain ó Scudery. La crítica, -salvo algunas raras excepciones, ha sido generalmente leal y benévola -para él; pero sin duda podría contestar á más de una objeción. Á -los que opinan, por ejemplo, que Genaro se deja envenenar demasiado -cándidamente por el duque en el segundo acto, podría preguntarles -si Genaro, personaje creado por la fantasía del poeta, había de ser -más _verosímil_ y más desconfiado que el histórico Druso de Tácito, -_ignarum et juveniliter hauriens_; y á los que le censuran por haber -exagerado los crímenes de Lucrecia Borgia, les diría: «Leed á Tomasi, -á Guicciardini y sobre todo el _Diarium_»; á los que le vituperan por -haber aceptado ciertos rumores populares semifabulosos sobre la muerte -de los maridos de Lucrecia, les contestaría que con frecuencia las -fábulas del pueblo constituyen la verdad del poeta; y además citaría de -nuevo á Tácito, historiador más obligado á criticarse sobre la realidad -de los hechos que no el poeta dramático: _Quamvis fabulosa et immania -credebantur, atrociore semper fama erga dominantius exitus_. El autor -podría detallar estas explicaciones mucho más, examinando una por una -con la crítica todas las piezas de la armazón de su obra; pero prefiere -dar gracias al crítico en vez de contradecirle; y por otra parte, -complácele más que el lector halle en el drama, y no en el prefacio, -las respuestas que podría dar á las objeciones del crítico. - -Se le dispensará que no insista sobre la parte puramente estética de -su obra. Hay todo un orden de ideas muy distinto, no menos elevado en -su opinión, que quisiera tener tiempo de remover y profundizar en la -_Lucrecia Borgia_. Á su modo de ver, en las cuestiones literarias hay -otras muchas sociales, y toda obra es una acción. He aquí el asunto -sobre el cual se extendería de buena gana si no le faltasen el tiempo -y el espacio. El teatro, nunca lo repetiremos en demasía, tiene en -nuestra época una inmensa importancia que tiende á desarrollarse sin -cesar con la civilización misma. El teatro es una tribuna, una cátedra; -el teatro habla muy alto. Cuando Corneille dice: - - _Porque eres más que un rey, te crees ya ser algo_, - -Corneille es Mirabeau; y cuando Shakespeare dice: _To die, to sleep_, -Shakespeare es Bossuet. - -El autor sabe hasta qué punto el teatro es algo muy grande y formal; -sabe que el drama, sin salir de los límites imparciales del arte, tiene -una misión nacional, una misión social, una misión humana. Cuando ve -todas las noches, él, pobre poeta, á ese pueblo tan inteligente y -adelantado, que convierte á París en la ciudad central del progreso, -extasiarse en masa ante un telón que se levantará un momento después -por su pensamiento, se juzga muy poca cosa para excitar tanta atención -y curiosidad; comprende que si su talento no es nada, es preciso que -su honradez lo sea todo; y se interroga severamente sobre el alcance -filosófico de su obra, porque se considera responsable, y no quiere que -esa multitud pueda pedirle cuenta un día de lo que le enseñó. El poeta -ha de cuidar también de las almas; es preciso que el público no salga -del teatro sin llevar consigo alguna moralidad austera y profunda; -y por eso espera, Dios mediante, no desarrollar jamás en la escena -(por lo menos mientras duren los tiempos críticos en que estamos) -sino asuntos llenos de lecciones y de consejos; presentará siempre -el ataúd en la sala del festín, la oración de difuntos mezclándose -con los cantos de la orgía, y la cogulla junto á la careta. Algunas -veces dejará al carnaval cantar desordenado y desaforadamente en el -proscenio, pero le gritará desde el fondo de la escena: _Memento quia -pulvis es_. Sabe que el arte solo, el arte puro, el arte propiamente -dicho, no exige todo esto del poeta; pero piensa que en el teatro, -sobre todo, no basta llenar solamente las condiciones del arte. Y -en cuanto á las llagas y miserias de la humanidad, siempre que las -presente en el drama, tratará de encubrir con el velo de una idea -consoladora y grave todo lo que esas desnudeces tengan de odioso en -demasía. No pondrá á Marion de Lorme en la escena sin purificar á la -cortesana con un poco de amor; dará á Triboulet, el deforme, un corazón -de padre; á la monstruosa Lucrecia, entrañas de madre; y de este modo, -su conciencia reposará al menos tranquila y serena en su obra. El drama -que sueña y que se propone realizar podrá tocarlo todo sin manchar -nada. Hágase circular en el conjunto un pensamiento moral y compasivo, -y no habrá nada deforme ni repugnante. Con la cosa más hedionda -mézclese una idea religiosa, y será santa y pura. Sujetad á Dios al -palo y tendréis la cruz. - - 12 de Febrero de 1833. - - - - -LUCRECIA BORGIA - - - - -PERSONAJES - - - LUCRECIA BORGIA. - ALFONSO DE ESTE. - GENARO. - GUBETTA. - MAFFIO ORSINI. - JEPPO LIVERETTO. - APÓSTOLO GAZELLA. - ASCANIO PETRUCCI. - OLOFERNO VITELLOZZO. - RUSTIGHELLO. - ASTOLFO. - LA PRINCESA NEGRONI. - UN HUJIER. - FRAILES. - Caballeros, pajes y guardias. - - - - -[Ilustración] - -ACTO PRIMERO - -AFRENTA SOBRE AFRENTA - - -PARTE PRIMERA - -Un terrado del palacio Barbarigo, en Venecia. Fiesta nocturna; varias -máscaras cruzan á cada instante; en ambos lados del mismo, el palacio -presenta una iluminación espléndida, y se oyen acordes musicales. El -terrado está cubierto de sombra y de verde; en el fondo se figura que -al pie se halla el canal de la Zueca, por el cual se ven pasar, á -intervalos, entre las tinieblas, góndolas cargadas de máscaras; en cada -una de ellas se oye música cuando cruza por el fondo del teatro, tan -pronto alegre como lúgubre, y se extingue gradualmente en lontananza. Á -lo lejos se divisa Venecia, iluminada por la luz de la luna. - -PERSONAJES - - LUCRECIA BORGIA. - GENARO. - GUBETTA. - MAFFIO ORSINI. - JEPPO LIVERETTO. - APÓSTOLO GAZELLA. - ASCANIO PETRUCCI. - OLOFERNO VITELLOZZO. - ALFONSO DE ESTE. - RUSTIGHELLO. - ASTOLFO. - - -ESCENA I - -GUBETTA, GENARO (vestido de capitán), APÓSTOLO GAZELLA, MAFFIO ORSINI, -ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, LIVERETTO - - (_Jóvenes caballeros, magníficamente vestidos, con sus antifaces en - la mano, conversan en el terrado._) - -OLOFERNO.--Vivimos en una época en que los hombres consuman tantos -actos horribles, que ya no se habla de ese; pero seguro es que jamás se -ha conocido un hecho tan siniestro y misterioso. - -ASCANIO.--Un acto tenebroso, por hombres que lo son también. - -JEPPO.--Yo conozco bien los hechos, señores, pues me los ha referido -mi primo, el cardenal Carriale, que es la persona mejor informada... -ya conocéis al cardenal, aquel que tuvo tan empeñada disputa con el -cardenal Riario sobre la guerra contra Carlos VIII de Francia. - -GENARO (_bostezando_).--¡Ah! hete aquí que Jeppo comienza con sus -historias... Por mi parte no quiero escuchar, porque ya estoy cansado -de oir. - -MAFFIO.--Esas cosas no te interesan, Genaro, y me parece muy natural. -Tú eres un bravo capitán aventurero, que lleva un nombre de capricho; -no conoces á tu padre ni á tu madre, aunque no se duda seas caballero, -á juzgar por tu modo de manejar la espada; pero todo cuanto se sabe de -tu nobleza es que te bates como un león. Á fe mía, somos compañeros de -armas, y lo que te digo no es para ofenderte. Si me salvaste la vida en -Rímini, yo te la salvé en el puente de Vicencio; nos hemos jurado mutuo -auxilio así en guerra como en amor; vengarnos juntos cuando necesario -sea y tener por enemigos, yo los tuyos, y tú los míos. Un astrólogo nos -predijo que moriríamos el mismo día, y dímosle diez cequíes de oro por -su pronóstico. No somos amigos, sino hermanos. En fin, tú tienes la -suerte de llamarte simplemente Genaro, de no conocer pariente alguno, -y de que no te persiga ninguna de esas fatalidades inherentes á los -nombres históricos. ¡Eres feliz! ¿Qué te importa lo que pasa ni lo que -ha pasado, con tal que haya siempre hombres para la guerra y mujeres -para el placer? ¿Qué te importa la historia de las familias ni de las -ciudades, á ti que no tienes patria ni familia? Para nosotros, amigo -Genaro, es diferente; tenemos derecho á interesarnos en las catástrofes -de nuestra época; nuestros padres y nuestras madres han intervenido en -esa tragedia; y casi todas nuestras familias visten de luto aún.--Dinos -cuanto sepas, Jeppo. - -GENARO. (_Déjase caer en un sillón, en la actitud del que se propone -dormir._)--Me despertaréis cuando Jeppo haya concluído. - -JEPPO.--Comienzo. En el año mil cuatrocientos noventa... - -GUBETTA (_Desde un rincón._)--Noventa y siete. - -JEPPO.--Eso es, noventa y siete. Era cierta noche de un miércoles á -jueves... - -GUBETTA.--No, de un martes á miércoles. - -JEPPO.--Tenéis razón.--Aquella noche, pues, un barquero del Tíber, que -estaba echado en su barca, custodiando sus mercancías, presenció algo -espantoso; hallábase un poco más abajo de la iglesia de San Jerónimo, -y serían como las cinco de la madrugada. El buen hombre vió avanzar -en la oscuridad, por el camino que hay á la izquierda del templo, dos -hombres á pie, mirando á un lado y otro, cual si estuvieran inquietos; -después aparecieron otros dos, y luego un tercero, hasta que se -reunieron siete; sólo uno de ellos iba montado. La noche estaba muy -oscura, y en todas las casas que dan al Tíber veíase sólo una ventana -iluminada. Los siete hombres se aproximaron á la orilla del río; el -jinete hizo dar media vuelta á su caballo, y entonces el barquero vió -claramente en la grupa unas piernas que pendían por un lado, mientras -que la cabeza y los brazos colgaban por el otro: era el cadáver de -un hombre. Mientras sus compañeros vigilaban en los ángulos de las -calles, dos hombres cogieron el cuerpo, balanceáronle dos ó tres veces -con fuerza y arrojáronle en medio del Tíber. Apenas el cadáver tocó el -agua, el jinete hizo una pregunta, á la que los otros dos contestaron: -«Sí, Excelencia.» Entonces el caballero se volvió hacia el Tíber, y -como viese alguna cosa negra que flotaba en el agua, preguntó qué era -aquello. «Señor, le contestaron, es la capa del difunto.» Uno de los -hombres arrojó entonces algunas piedras sobre la capa, hasta que se -hundió; y hecho esto alejáronse todos, tomando el camino que conduce á -San Jaime. He aquí lo que el barquero vió. - -MAFFIO.--¡Lúgubre aventura! ¿Sería algún personaje el que esos hombres -echaron al agua? Ese jinete me da mucho que pensar. ¡El asesino montado -y el muerto en la grupa del cuadrúpedo! ¡Es cosa rara! - -GUBETTA.--En ese caballo iban los dos hermanos. - -JEPPO.--Vos lo habéis dicho, caballero Belverana: el cadáver era el de -Juan Borgia, y el jinete era César Borgia. - -MAFFIO.--¡Familia de diablos es la de los Borgias! Y decidme, Jeppo, -¿por qué el hermano cometió aquel fratricidio? - -JEPPO.--No os lo diré, pues la causa del asesinato es tan abominable, -que debe ser un pecado mortal hasta el hablar de ello. - -GUBETTA.--Pues yo os lo diré: César, cardenal entonces, mató á Juan, -duque de Gandía, porque los dos hermanos amaban á la misma mujer. - -MAFFIO.--¿Y quién era esa mujer? - -GUBETTA.--Su hermana. - -JEPPO.--Basta, señor de Belverana; no pronunciéis ante nosotros el -nombre de esa mujer monstruosa; ni una sola de nuestras familias ha -dejado de ser objeto de sus iniquidades. - -MAFFIO.--¿No había de por medio alguna criatura? - -JEPPO.--Sí, un niño, hijo de Juan Borgia. - -MAFFIO.--Ese niño sería ahora un hombre. - -OLOFERNO.--Ha desaparecido. - -JEPPO.--¿Fué César Borgia quien consiguió sustraerlo á la madre, ó -fué ésta quien se lo quitó á César? Nadie ha sabido contestar á esta -pregunta. - -APÓSTOLO.--Si es la madre quien oculta al hijo, hace bien. Desde que -César Borgia llegó á ser duque de Valentinois, ha mandado dar muerte, -como ya sabéis, sin contar á su hermano Juan, á sus dos sobrinos, á los -hijos del príncipe de Esquilache, y á su primo, el cardenal Francisco -Borgia: ese hombre tiene la fiebre de matar á sus parientes. - -JEPPO.--¡Pardiez! quiere ser el único Borgia, á fin de heredar todos -los bienes del papa. - -ASCANIO.--Esa hermana que no queréis nombrar, Jeppo, emprendió en la -misma época, según creo, una peregrinación secreta al monasterio de San -Sixto para encerrarse allí, sin que se supiera por qué. - -JEPPO.--Creo que sí. Sin duda fué para separarse del señor Juan Sforza, -su segundo marido. - -MAFFIO.--¿Y cómo se llamaba el barquero que vió todo eso? - -JEPPO.--Lo ignoro. - -GUBETTA.--Se llamaba Jorge Schiavone, y ocupábase en conducir leña á -Ripetta por el Tíber. - -MAFFIO (_en voz baja á Ascanio_).--He ahí á un extranjero que parece -mejor enterado de nuestros asuntos que nosotros mismos. - -ASCANIO (_en voz baja_).--Yo desconfío de ese caballero de Belverana; -mas no profundicemos la cuestión porque tal vez habría en esto algún -peligro. - -JEPPO.--¡Ah, señores! ¡En qué tiempos vivimos! ¿Conocéis algún sér -humano que pueda confiar hoy en vivir mañana en esta pobre Italia, -asolada por la guerra y por los Borgias? - -APÓSTOLO.--Hablando de otra cosa, señores, creo que todos debemos -formar parte de la embajada que la república de Venecia envía al duque -de Ferrara, para felicitarle por haber recobrado á Rímini de los -Malatesta. ¿Cuándo iremos á Ferrara? - -OLOFERNO.--Decididamente será pasado mañana. Sin duda sabréis que ya -están nombrados los dos embajadores, que son el senador Tiópolo y el -general Grimani. - -APÓSTOLO.--¿Vendrá con nosotros el capitán Genaro? - -MAFFIO.--¡Indudablemente! Genaro y yo no nos separamos nunca. - -ASCANIO.--Debo hacer una observación importante, señores, y es que se -bebe el vino de España mientras estamos aquí. - -MAFFIO.--Volvamos al palacio. ¡Eh! Genaro. (_Á Jeppo._) ¡Calle! se ha -dormido de veras cuando referíais vuestra historia. - -JEPPO.--Que duerma. - - (_Salen todos excepto Gubetta._) - - -ESCENA II - -GUBETTA, GENARO, durmiendo - -GUBETTA (_solo_).--Sí, yo sé más que ellos; se lo decían en voz baja; -pero Lucrecia sabe más que yo; el caballero Valentinois está mejor -enterado aún que ella; el diablo sabe más que ese caballero; y el -papa Alejandro VI aventaja en este punto al mismo diablo. (_Mirando á -Genaro._) ¡Cómo duermen esos jóvenes! - - (_Entra Lucrecia, con antifaz; ve á Genaro dormido, acércase á él y - le contempla con una especie de gozo y de respeto._) - - -ESCENA III - -GUBETTA, LUCRECIA, GENARO, dormido - -LUCRECIA.--¡Duerme! Sin duda le ha cansado la fiesta... ¡Qué hermoso -es! (_Volviéndose._) ¡Gubetta! - -GUBETTA.--No habléis alto, señora... No me llamo aquí Gubetta, sino -conde de Belverana, caballero castellano; y vos sois la señora marquesa -de Pontequadrato, dama napolitana. No debemos aparentar que somos -conocidos. ¿No es eso lo que ha dispuesto Vuestra Alteza? Aquí no -estáis en vuestra casa; os halláis en Venecia. - -LUCRECIA.--Es justo, Gubetta; pero en este terrado no hay más que ese -joven dormido ahora, y podremos hablar un instante. - -GUBETTA.--Como Vuestra Alteza guste; pero réstame aún daros un consejo, -y es que no os descubráis, porque podrían reconoceros. - -LUCRECIA.--¿Qué me importa? Si no saben quién soy, nada tengo que -temer; y si lo saben, ellos son los que deben guardarse. - -GUBETTA.--Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis muchos enemigos, -pero enemigos libres. Sin duda la República no toleraría que se -atentase contra vuestra persona; pero podrían insultaros. - -LUCRECIA.--¡Ah! tienes razón; mi nombre infunde horror. - -GUBETTA.--Aquí no hay tan sólo venecianos, sino también romanos, -napolitanos, italianos de todo el país. - -LUCRECIA.--¡Y toda Italia me odia; tienes razón! Sin embargo, es -preciso que todo esto cambie; yo no había nacido para hacer daño, y -lo conozco ahora más que nunca. El ejemplo de mi familia es el que me -arrastra... ¡Gubetta! - -GUBETTA.--Señora. - -LUCRECIA.--Dispón que se lleven á nuestro gobierno de Spoletto las -órdenes que vamos á dar. - -GUBETTA.--Mandad, señora; siempre tengo cuatro mulas ensilladas y otros -tantos correos dispuestos á marchar. - -LUCRECIA.--¿Qué se ha hecho de Galeas Accaioli? - -GUBETTA.--Sigue en la prisión, esperando á que Vuestra Alteza mande -ahorcarle. - -LUCRECIA.--¿Y Buondelmonte? - -GUBETTA.--En el calabozo; aún no habéis dado la orden para que le -estrangulen. - -LUCRECIA.--¿Y Manfredo de Curzola? - -GUBETTA.--Esperando también la hora de la ejecución. - -LUCRECIA.--¿Y Spadacappa? - -GUBETTA.--Todavía es obispo de Pésaro y regente de la Cancillería; -pero antes de un mes quedará reducido á un poco de polvo, pues le han -prendido á causa de vuestras quejas, y está bien vigilado en las -cámaras bajas del Vaticano. - -LUCRECIA.--Gubetta, escribe al punto al Padre Santo pidiéndole gracia -para Pedro Capra; y que se ponga en libertad á Accaioli, Manfredo de -Curzola, Buondelmonte y Spadacappa. - -GUBETTA.--¡Esperad, señora, esperad, dejadme respirar! ¡Cuántas órdenes -me dais á un tiempo! ¡Ahora llueven perdones y misericordia! ¡Estoy -sumergido en la clemencia, y no podré librarme nunca de este diluvio de -buenas acciones! - -LUCRECIA.--Buenas ó malas ¿qué te importa, con tal que te las pague? - -GUBETTA.--¡Ah! es que una buena acción es mucho más difícil de hacer -que una mala. ¡Pobre de mí! Ahora que imagináis ser misericordiosa ¿qué -llegaré á ser yo? - -LUCRECIA.--Escucha, Gubetta; tú eres mi más antiguo y mi más fiel -confidente... - -GUBETTA.--Sí; hace quince años que tengo el honor de colaborar con vos. - -LUCRECIA.--Pues bien, amigo mío, mi fiel cómplice, ¿no comienzas á -comprender la necesidad de que cambiemos de género de vida? ¿No tienes -sed de que nos bendigan á ti y á mí tanto como nos han maldecido? ¿No -se cuentan ya bastantes crímenes? - -GUBETTA.--Veo que estáis en camino de llegar á ser la princesa más -virtuosa del mundo. - -LUCRECIA.--¿No te comienza á pesar esa reputación de infames, de -asesinos y de envenenadores, común á los dos? - -GUBETTA.--Nada de eso. Cuando paso por las calles de Spoletto, suelo -oir á veces á los plebeyos que murmuran á mi alrededor: «¡Hum! ese es -Gubetta, Gubetta veneno, Gubetta cuchillo, Gubetta dogal», pues me han -puesto una infinidad de motes de los más brillantes; pero á mí no me -importa. Se dice todo eso, y cuando no se emplea la palabra, los ojos -lo expresan. Esto no me hace mella, porque estoy acostumbrado á mi mala -reputación, como el soldado del Papa á servir la misa. - -LUCRECIA.--Pero ¿no comprendes que todos los nombres odiosos con que -te designan, y á mí también, podrían despertar el desprecio y el odio -en un corazón en que quisieras hallar cariño? ¿No amas á nadie en el -mundo, Gubetta? - -GUBETTA.--¡Yo quisiera saber á quién amáis vos, señora! - -LUCRECIA.--¿Qué sabes tú? Yo soy franca contigo; no te hablaré de mi -padre, ni de mi hermano, ni de mi esposo, ni de mis amantes. - -GUBETTA.--No comprendo que se pueda amar otra cosa. - -LUCRECIA.--Pues hay otra, Gubetta. - -GUBETTA.--¡Hola! ¿os haréis virtuosa por amor de Dios? - -LUCRECIA.--¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en Italia, en esta fatal y -criminal Italia, un corazón noble y puro, un corazón dotado de elevadas -y varoniles virtudes, un corazón de ángel bajo la coraza del guerrero; -si no me quedase á mí, pobre mujer odiada, despreciada y aborrecida, -maldita de los hombres y condenada del cielo, mísera aunque poderosa; -si no me quedase, en el estado aflictivo en que mi alma agoniza -dolorosamente, más que una idea, una esperanza, la de merecer y obtener -antes de mi muerte un poco de ternura y de cariño en un corazón tan -intrépido como puro; si no tuviera más pensamiento que la ambición de -sentirle latir un día alegre y libremente sobre el mío, ¿comprenderías -entonces, Gubetta, por qué me urge purificar mi pasado y mi reputación, -lavar las manchas que por todas partes tengo, y convertir en una idea -de gloria, de penitencia y de virtud, la idea infame y sanguinaria que -Italia tiene de mi nombre? - -GUBETTA.--¡Señora! ¿En qué ermita habéis estado hoy? - -LUCRECIA.--No te rías. Hace ya largo tiempo que tengo estas ideas y -nada te digo; el que se ve arrastrado por una corriente de crímenes no -se detiene cuando quiere; los dos ángeles luchaban en mí, el bueno y el -malo, y paréceme que el primero triunfará al fin. - -GUBETTA.--Entonces, ¡_te Deum laudamus, magnificat anima mea Dominum_! -¿Sabéis, señora, que no os comprendo, y que desde hace algún tiempo -sois del todo indescifrable para mí? En el espacio de un mes, Vuestra -Alteza anuncia su marcha á Spoletto, se despide de don Alfonso de -Este, vuestro esposo, que tiene la candidez de enamorarse de vos como -un tortolillo, mostrándose celoso como un tigre; Vuestra Alteza sale -de Ferrara y va secretamente á Venecia, casi sin séquito, tomando un -nombre supuesto napolitano, y yo otro español. Llegada á Venecia, -Vuestra Alteza tiene á bien separarse de mí, dándome orden de no -conocerla, y después asiste á todas las fiestas, á las serenatas y á -las reuniones, aprovechándose del Carnaval para ir siempre enmascarada, -ocultándose á las miradas de todos, y sin hablarme nunca más que dos -palabras entre puertas todas las noches. ¡Y ahora que todos esos -regocijos terminen con un sermón para mí! ¡Un sermón de vos, señora! -¿No os parece esto prodigioso? Habéis metamorfoseado vuestro nombre, -después vuestro traje y ahora vuestra alma. ¡Esto sí que es un Carnaval -llevado hasta el último extremo! Yo me confundo. ¿Dónde está la causa -de esa conducta por parte de Vuestra Alteza? - -LUCRECIA (_cogiéndole vivamente el brazo, y acercándose á Genaro -dormido_).--¿Ves ese joven? - -GUBETTA.--Ese joven no es nada nuevo para mí; ya sé que vais en su -seguimiento con vuestro disfraz desde que estáis en Venecia. - -LUCRECIA.--¿Qué dices? - -GUBETTA.--Digo que es un joven que duerme echado en este momento, y que -dormiría de pie si hubiera oído la conversación moral y edificante que -acabo de tener con Vuestra Alteza. - -LUCRECIA.--¿No te parece hermoso? - -GUBETTA.--Más lo sería si no tuviese los ojos cerrados; una cara sin -ojos es un palacio sin ventanas. - -LUCRECIA.--¡Si supieras cuánto le amo! - -GUBETTA.--Esa es cuestión de don Alfonso, vuestro real esposo; pero -debo advertir á Vuestra Alteza que pierde el tiempo, porque ese joven, -según me han dicho, está enamorado de una hermosa doncella llamada -Fiametta. - -LUCRECIA.--¿Y le ama ella? - -GUBETTA.--Dicen que sí. - -LUCRECIA.--¡Mejor! Quisiera verlos felices. - -GUBETTA.--Cosa singular, y que no se aviene con vuestro proceder. Yo -creía que erais más celosa. - -LUCRECIA (_contemplando á Genaro_).--¡Qué figura tan noble! - -GUBETTA.--Yo creo que se parece á... - -LUCRECIA.--No digas á quién... déjame. - - (_Sale Gubetta. Lucrecia permanece algunos instantes como extasiada - ante Genaro, sin ver dos hombres disfrazados que acaban de entrar por - el fondo y que la observan._) - -LUCRECIA (_creyéndose sola_).--¡Es él! ¡Al fin me ha sido dado -contemplarle un momento sin peligros! ¡No, jamás le soñé tan hermoso! -¡Oh, Dios mío, no me castiguéis con la angustia de verme jamás -aborrecida y despreciada de él, pues ya sabéis que es lo único que amo -en este mundo!... No me atrevo á quitarme la careta, y sin embargo es -preciso enjugar mis lágrimas. - - (_Se quita la careta para secarse los ojos. Los dos hombres - enmascarados hablan en voz baja, mientras que ella besa la mano de - Genaro dormido._) - -1.er ENMASCARADO.--Eso basta; ahora puedo ya volver á Ferrara. No he -venido á Venecia sino para asegurarme de su infidelidad, y he visto lo -suficiente. No puedo prolongar más mi ausencia. Ese joven es su amante. -¿Cómo se llama, Rustighello? - -2.º ENMASCARADO.--Se llama Genaro; es un capitán aventurero, pero muy -intrépido; no tiene padre ni madre ni se conoce su vida. Ahora está al -servicio de la República de Venecia. - -1.er ENMASCARADO.--Arréglate para que vaya á Ferrara. - -2.º ENMASCARADO.--Esto se hará de por sí, Excelencia, porque pasado -mañana marchará á dicho punto con varios de sus amigos que forman parte -de la embajada de los senadores Tiópolo y Grimani. - -1.er ENMASCARADO.--Está bien. Los informes que he recibido eran -exactos; y como ya he visto lo suficiente, podemos marchar. - - (_Salen._) - -LUCRECIA (_uniendo las manos y casi arrodillada ante Genaro_).--¡Oh -Dios mío, que haya tanta felicidad para él como desgracia para mí! - - (_Besa la frente de Genaro, que se despierta sobresaltado._) - -GENARO (_cogiendo por los dos brazos á Lucrecia asustada_).--¡Un beso, -una mujer! ¡Por vida mía, señora, que si fuérais reina y yo poeta -tendríamos aquí verdaderamente la aventura de Alain Chartier, el vate -francés!... Pero ignoro quién sois, y yo no soy más que un soldado. - -LUCRECIA.--¡Dejadme, caballero Genaro! - -GENARO.--De ningún modo, señora. - -LUCRECIA.--¡Alguien viene! - - (_Huye; Genaro la sigue._) - - -ESCENA IV - -JEPPO y después MAFFIO - -JEPPO (_entrando por el lado opuesto_).--¿Quién es esa? ¡Es ella! ¡Esa -mujer en Venecia!... ¡Oye, Maffio! - -MAFFIO (_entrando_).--¿Qué ocurre? - -JEPPO.--Un encuentro inesperado. - - (_Habla al oído de Maffio_). - -MAFFIO.--¿Estás seguro? - -JEPPO.--Tanto como lo estoy de que nos hallamos en el palacio Barbarigo -y no en el de Labbia. - -MAFFIO.--¿Hablaba amorosamente con Genaro? - -JEPPO.--Sí. - -MAFFIO.--Será preciso librar á mi hermano Genaro de esa araña. - -JEPPO.--Avisemos á nuestros amigos. - - (_Salen.--Durante algunos momentos no aparece nadie en escena; sólo - se ven pasar de vez en cuando por el fondo algunas góndolas con - música.--Vuelven á entrar Genaro y Lucrecia con antifaz._) - - -ESCENA V - -GENARO y LUCRECIA - -LUCRECIA.--Este terrado está oscuro y desierto; aquí puedo quitarme la -careta, y quiero que veáis mi rostro, Genaro. - - (_Se descubre._) - -GENARO.--¡Sois muy hermosa! - -LUCRECIA.--¡Mírame bien, Genaro, y dime que no te causo horror! - -GENARO.--¡Causarme horror, señora! ¿Y por qué? Muy por el contrario, -siento en el fondo del corazón algo que me atrae á vos. - -LUCRECIA.--¿Crees que podrías amarme, Genaro? - -GENARO.--¿Por qué no? Sin embargo, señora, quiero ser franco; siempre -habrá una mujer á quien amaré más que á vos. - -LUCRECIA (_sonriendo_).--Ya lo sé, la linda Fiametta. - -GENARO.--No. - -LUCRECIA.--¿Pues quién? - -GENARO.--Mi madre. - -LUCRECIA.--¡Tu madre! ¡Oh Genaro mío! ¿La amas mucho? - -GENARO.--Sí; y eso que jamás la he visto. ¿No os parece esto muy -singular? Mirad, no sé por qué siento una inclinación á confiarme á -vos, y voy á revelaros un secreto que aún no he comunicado á nadie, ni -siquiera á mi hermano de armas, á Maffio Orsini. Es extraño descubrirse -así al primero que llega; pero me parece que vos no sois para mí una -desconocida.--Capitán aventurero, que ignora cuál es su familia, fuí -educado en Calabria por un pescador de quien me creía hijo. El día -que cumplí diez y seis años, el buen hombre me dijo que no era mi -padre, y algún tiempo después, presentóse un gran señor que, después -de armarme de caballero, se marchó sin levantar siquiera la visera de -su casco. Más tarde, llegó un hombre vestido de negro, y entregóme una -carta; abríla y supe que era de mi madre, á quien no conocía; pero -que á mi entender era buena, benigna, tierna, hermosa como vos; mi -madre, á quien adoraba con toda mi alma. En aquella misiva, sin darme -á conocer nombre alguno, manifestábaseme que era noble, de una familia -distinguida, y que mi madre era muy desgraciada. - -LUCRECIA.--¡Buen Genaro! - -GENARO.--Desde aquel día me hice aventurero, pues siendo algo por mi -cuna, quería serlo también por mi espada. He corrido toda la Italia; -pero el primer día de cada mes, hálleme donde quiera, veo llegar -siempre al mismo mensajero, quien me entrega una carta de mi madre, -recibe la contestación y se va; nada me dice, ni yo tampoco, porque es -sordo-mudo. - -LUCRECIA.--¿Conque no sabes nada de tu familia? - -GENARO.--Sé que tengo madre, y que es desgraciada, y que yo daría mi -vida en este mundo por verla llorar, y en el otro por verla sonreir. -Esto es todo. - -LUCRECIA.--¿Qué haces con sus cartas? - -GENARO.--Todas las tengo sobre el corazón. Nosotros, los hombres de -guerra, arriesgamos siempre la piel, presentando el pecho á la punta de -las espadas, y las cartas de una madre son una buena coraza. - -LUCRECIA.--¡Noble corazón! - -GENARO.--¿Queréis ver su escritura? He aquí una de sus cartas. (_Saca -del pecho un papel, lo besa y entrégaselo á Lucrecia._) Leed. - -LUCRECIA (_leyendo_): - - «... No trates de conocerme, Genaro mío, antes del día que yo te - señale. Soy muy digna de compasión; estoy rodeada de parientes sin - piedad, que te matarían, como mataron á tu padre. El secreto de tu - nacimiento, hijo mío, quiero ser yo la única en conocerlo. Si tú lo - supieses, es cosa tan triste al par que tan ilustre, que no podrías - callarlo; la juventud es confiada; no conoces, como yo, los peligros - que te rodean; ¿quién sabe? querrías arrostrarlos por bravata de - joven, hablarías ó dejarías que lo adivinasen y no vivirías ya dos - días. ¡Oh, no! conténtate con saber que tienes una madre que te - adora, y que día y noche vela por tu vida. Genaro mío, hijo mío, - tú eres todo lo que amo en la tierra; mi corazón se deshace cuando - pienso en ti.» - - (_Interrúmpese para enjugar una lágrima._) - -GENARO.--¡Cuán tiernamente leéis eso! Diríase, no que leéis, sino que -estáis hablando.--¡Ah! ¡Lloráis!--Sois buena, señora, y os agradezco -que lloréis de lo que me escribe mi madre. (_Vuelve á tomar la carta, -la besa de nuevo y la vuelve á poner en su pecho._) Sí; ya veis, ha -habido muchos crímenes en torno de mi cuna. ¡Pobre madre mía! ¿No es -verdad que ya comprendéis ahora que me entretengo poco en galanteos -y amoríos porque no tengo más que un pensamiento en el corazón, mi -madre? ¡Oh! ¡Librar á mi madre! ¡Servirla, vengarla, consolarla, -qué felicidad! Ya pensaré después en el amor. Todo lo que hago, es -para hacerme digno de mi madre. Hay muchos aventureros que no son -escrupulosos y se batirían por Satanás después de haberse batido por -San Miguel; yo, no; no sirvo más que causas justas; quiero poder -depositar un día á los pies de mi madre una espada limpia y leal como -la de un emperador. Ved, señora; me han ofrecido un ventajoso cargo al -servicio de esa infame Lucrecia Borgia y he rehusado. - -LUCRECIA.--¡Genaro! ¡Genaro! ¡Tened piedad de los malos! No sabéis lo -que pasa en su corazón. - -GENARO.--No tengo piedad de la que sin piedad se muestra. Pero, dejemos -eso, señora, y ahora que os he dicho quién soy, haced vos lo mismo, y -decidme á vuestra vez quién sois. - -LUCRECIA.--Una mujer que os ama, Genaro. - -GENARO.--Pero ¿vuestro nombre?... - -LUCRECIA.--No me preguntéis más. - - (_Antorchas. Entran con estruendo Jeppo y Maffio. Lucrecia vuelve á - ponerse el antifaz precipitadamente._) - - -ESCENA VI - -Los mismos, MAFFIO ORSINI, JEPPO LIVERETTO, ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO -VITELLOZZO, APÓSTOLO GAZELLA. Señores, damas, pajes llevando antorchas. - -MAFFIO (_con una antorcha en la mano_).--Genaro, ¿quieres saber quién -es la mujer á quien hablas de amor? - -LUCRECIA (_aparte, bajo su careta_).--¡Justo cielo! - -GENARO.--Todos sois amigos míos, pero juro á Dios que el que toque á la -máscara de esta mujer será mozo atrevido. La máscara de una mujer es -sagrada como la cara de un hombre. - -MAFFIO.--¡Precisa antes que la mujer sea una mujer, Genaro! No queremos -insultar á esa; queremos tan solamente decirle nuestros nombres. -(_Dando un paso hacia Lucrecia._) Señora, soy Maffio Orsini, hermano -del duque de Gravina, al que vuestros esbirros han asesinado de noche -mientras dormía. - -JEPPO.--Señora, soy Jeppo Liveretto, sobrino de Liveretto Vitelli, á -quien habéis hecho dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano. - -ASCANIO.--Señora, soy Ascanio Petrucci, primo de Pandolfo Petrucci, -señor de Siena, al que habéis asesinado para quitarle más fácilmente su -ciudad. - -OLOFERNO.--Señora, me llamo Oloferno Vitellozzo, sobrino de Iago -d’Appiani, á quien habéis envenenado en una fiesta después de haberle -traidoramente robado su buena ciudadela señorial de Piombino. - -APÓSTOLO.--Señora, habéis condenado á muerte en el patíbulo á Francisco -Gazella, tío materno de don Alfonso de Aragón, vuestro tercer marido, -á quien habéis hecho matar á golpes de alabarda en la meseta de la -escalera de San Pedro. Soy Apóstolo Gazella, primo del uno é hijo del -otro. - -LUCRECIA.--¡Oh Dios! - -GENARO.--¿Quién es esta mujer? - -MAFFIO.--Y ahora que os hemos dicho nuestros nombres, señora, ¿nos -permitís que digamos el vuestro? - -LUCRECIA.--¡No, no! ¡Tened piedad, señores! ¡No delante de él! - -MAFFIO (_desenmascarándola_).--Quitaos vuestra máscara, señora, que se -vea si podéis aún ruborizaros. - -APÓSTOLO.--Genaro, esa mujer á quien hablabas de amor, es envenenadora -y adúltera. - -JEPPO.--Incesto en todos grados. Incesto con sus dos hermanos que se -han dado muerte uno á otro por amor á ella. - -LUCRECIA.--¡Perdón! - -ASCANIO.--¡Incesto con su padre, que es papa! - -LUCRECIA.--¡Piedad! - -OLOFERNO.--Incesto con sus hijos, si los tuviese, pero el cielo los -rehusa á los monstruos. - -LUCRECIA.--¡Basta! ¡Basta! - -MAFFIO.--¿Quieres saber su nombre, Genaro? - -LUCRECIA.--¡Perdón! ¡Perdón, señores! - -MAFFIO.--Genaro, ¿quieres saber su nombre? - -LUCRECIA (_Arrástrase á los pies de Genaro._)--¡No escuches, Genaro mío! - -MAFFIO (_extendiendo el brazo_).--¡Es Lucrecia Borgia! - -GENARO (_rechazándola_).--¡Oh!... - -TODOS.--¡Lucrecia Borgia! - - (_Cae desmayada á los pies de Genaro._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -PARTE SEGUNDA - -Una plaza de Ferrara. Á la derecha un palacio con balcón guarnecido de -celosías, y una puerta baja. Sobre el balcón un gran escudo de piedra -cargado de blasones con esta palabra en gruesas letras en relieve -sobredoradas: BORGIA. Á la izquierda una casita con puerta á la plaza. -En el fondo casas y campanarios. - - -ESCENA I - -LUCRECIA, GUBETTA - -LUCRECIA.--¿Está dispuesto todo para esta noche, Gubetta? - -GUBETTA.--Sí, señora. - -LUCRECIA.--¿Estarán los cinco? - -GUBETTA.--Todos cinco. - -LUCRECIA.--Me han ultrajado muy cruelmente, Gubetta. - -GUBETTA.--No estaba yo allí, señora. - -LUCRECIA.--No han tenido compasión. - -GUBETTA.--¿Os han dicho vuestro nombre, alto y claro? - -LUCRECIA.--No me han dicho mi nombre, Gubetta; me lo han escupido al -rostro. - -GUBETTA.--¿En pleno baile? - -LUCRECIA.--Delante de Genaro. - -GUBETTA.--¡Vaya unos atolondrados! ¡Salir de Venecia para venirse -á Ferrara! Verdad es que no les quedaba otro remedio habiendo sido -designados por el Senado para formar parte de la embajada que llegó la -otra semana. - -LUCRECIA.--¡Oh! Me aborrece y me desprecia ahora, y es por culpa suya. -¡Ah, Gubetta! ¡Me vengaré de ellos! - -GUBETTA.--En hora buena; esto es hablar. Habéis abandonado vuestras -fantasías de misericordia; ¡alabado sea Dios! Estoy mucho más á mis -anchas con Vuestra Alteza cuando es natural, como en este caso. -Por lo menos, me reconozco mejor. Entended, señora, que un lago es -lo contrario de una isla; una torre, lo contrario de un pozo; un -acueducto, lo contrario de un puente, y yo tengo el honor de ser lo -contrario de un personaje virtuoso. - -LUCRECIA.--Genaro está con ellos. Cuidado que le suceda nada. - -GUBETTA.--Si nos convirtiéramos, vos en buena mujer y yo en hombre de -bien, sería cosa monstruosa. - -LUCRECIA.--Cuida de que no le suceda nada á Genaro, te digo. - -GUBETTA.--Estad tranquila. - -LUCRECIA.--¡Quisiera sin embargo verle todavía una vez más! - -GUBETTA.--¡Vive Dios, señora, Vuestra Alteza le ve todos los días! -Habéis ganado á su criado para que determinase á su amo á alojarse -ahí, en esa bicoca, frente á frente de vuestro balcón, y desde vuestra -ventana enrejada tenéis todos los días el inefable goce de ver entrar y -salir al susodicho gentil-hombre. - -LUCRECIA.--Digo que quisiera hablarle, Gubetta. - -GUBETTA.--Nada más sencillo. Enviadle á decir por vuestro porta-manto -Astolfo, que Vuestra Alteza lo espera hoy á tal hora en palacio. - -LUCRECIA.--Lo haré, Gubetta; ¿pero querrá venir? - -GUBETTA.--Retiraos, señora, creo que va á pasar por aquí dentro un -momento con los estorninos en cuestión. - -LUCRECIA.--¿Te toman siempre por el conde de Belverana? - -GUBETTA.--Me creen español desde los talones hasta las cejas. Soy uno -de sus mejores amigos. Les pido dinero á préstamo. - -LUCRECIA.--¡Dinero! ¿Para qué? - -GUBETTA.--¡Pardiez! para tenerlo. Por otra parte, nada más provechoso -que hacer de mendigo y tirarle de la cola al diablo. - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Dios mío! ¡Haced que no le suceda nada á mi -Genaro! - -GUBETTA.--Y á propósito, señora; se me ocurre una reflexión. - -LUCRECIA.--¿Cuál? - -GUBETTA.--Que es menester que la cola del diablo esté soldada, -enclavijada y atornillada en la espalda con extraordinaria solidez -para que resista á la innumerable multitud de gentes que tiran de ella -perpetuamente. - -LUCRECIA.--Todo te mueve á risa, Gubetta. - -GUBETTA.--Es una manía como cualquier otra. - -LUCRECIA.--Creo que están aquí.--Piensa en todo. - - (_Entra en palacio por la puertecilla bajo el balcón._) - - -ESCENA II - -GUBETTA, solo - -¿Quién es ese Genaro? ¿Ó qué diablos quiere hacer ella con él? No -sé todos los secretos de la dama ni con mucho, pero éste excita mi -curiosidad. Á fe que no ha tenido confianza conmigo esta vez, y no -creo vaya á imaginarse que le sirva en esta ocasión; saldrá de la -intriga con ese Genaro como pueda. Pero ¡qué extraña manera de amar á -un hombre cuando se es hija de Rodrigo Borgia y de la Vanozza, cuando -se es una mujer que tiene en las venas sangre de cortesano y sangre -de papa! ¡Lucrecia haciéndose platónica! ¡No me sorprendería ya, aun -cuando me dijesen que el papa Alejandro Sexto cree en Dios! (_Mira á la -calle vecina._) Vamos, he aquí á nuestros jóvenes locos del carnaval -de Venecia. ¡Bonita idea han tenido de abandonar una tierra neutral -y libre para venir aquí después de haber ofendido mortalmente á la -duquesa de Ferrara! En su lugar, hubiérame yo abstenido, ciertamente, -de formar parte de la cabalgata de los embajadores venecianos. Pero los -jóvenes son así. Las fauces del lobo son de todas las cosas sublunares -aquella en que de mejor gana se precipitan. - - (_Entran los jóvenes señores sin ver al principio á Gubetta, que se - ha colocado en observación bajo uno de los pilares que sostienen el - balcón. Hablan en voz baja y con aire de inquietud._) - - -ESCENA III - -GUBETTA.--GENARO, MAFFIO, JEPPO, ASCANIO, APÓSTOLO, OLOFERNO. - -MAFFIO (_en voz baja_).--Diréis lo que os parezca, señores; pero podía -uno dispensarse de venir á Ferrara cuando se ha herido en el corazón á -Lucrecia Borgia. - -APÓSTOLO.--¿Qué podíamos hacer? El Senado nos envía aquí. ¿Hay manera -acaso de eludir las órdenes del serenísimo senado de Venecia? Una vez -designados, menester era partir. No se me oculta, sin embargo, Maffio, -que Lucrecia Borgia es una formidable enemiga. Aquí es la dueña. - -JEPPO.--¿Qué quieres que nos haga, Apóstolo? ¿No estamos al servicio de -la república de Venecia? ¿No formamos parte de la embajada? Tocar á un -cabello de nuestra cabeza sería declarar la guerra al Dux, y Ferrara no -se indispone así como así con Venecia. - -GENARO (_meditando en un rincón del teatro, sin mezclarse en la -conversación_).--¡Oh, madre! ¡madre mía! ¡Quién me dijera lo que podría -hacer yo por mi buena madre! - -MAFFIO.--Pueden extenderte en el sepulcro, Jeppo, sin tocar á un -cabello de tu cabeza. Hay venenos que resuelven los asuntos de los -Borgias sin aparato ni estruendo, mucho mejor que con el hacha y el -puñal. Recuerdo cómo Alejandro Sexto ha hecho desaparecer del mundo al -Sultán Zizimí, hermano de Bayaceto. - -OLOFERNO.--Y á tantos otros. - -APÓSTOLO.--En cuanto al hermano de Bayaceto, su historia es curiosa -y no de las menos siniestras. El papa le persuadió que Carlos de -Francia le había envenenado el día que hicieron colación juntos; Zizimí -se lo creyó todo y recibió de las bellas manos de Lucrecia Borgia -un titulado contra-veneno, que en dos horas despachó al hermano de -Bayaceto. - -JEPPO.--Parece que ese bravo turco no entendía nada la política. - -MAFFIO.--Sí; los Borgias tienen venenos que matan en un día, ó en un -año, á su antojo. Son venenos infames que vuelven mejor el vino y hacen -vaciar el frasco con más placer. Os creéis ebrio y estáis muerto. Ó -bien un hombre siente de pronto languidez, su piel se arruga, sus ojos -se hunden, sus cabellos blanquean, los dientes se rompen como vidrio -al contacto del pan; no anda ya, se arrastra; no respira, estertorea; -no ríe, no duerme, tirita al sol en pleno mediodía; joven, tiene el -aspecto de un anciano; agoniza así algún tiempo, y muere. Muere, y -entonces recuerda que hace seis meses ó un año bebió un vaso de vino -de Chipre en casa de un Borgia. (_Volviéndose._) Ved, señores; he ahí -justamente á Montefeltro, á quien conocíais quizás, que es de esta -ciudad, y á quien le sucede actualmente lo que digo. Pasa por allí, en -el fondo de la plaza. Miradle. - - (_Vese pasar en el fondo del teatro un hombre con el cabello blanco, - flaco, vacilante, cojeando, apoyado en un bastón y embozado en una - capa._) - -ASCANIO.--¡Pobre Montefeltro! - -APÓSTOLO.--¿Qué edad tiene? - -MAFFIO.--Mi edad: veintinueve años. - -OLOFERNO.--Le he visto el año pasado, sonrosado y fresco como vos. - -MAFFIO.--Hace tres meses cenó en casa de nuestro Santísimo Padre el -Papa, en su viña de Belvedere. - -ASCANIO.--¡Esto es horrible! - -MAFFIO.--¡Oh! Se cuentan cosas muy extrañas de esas cenas de los -Borgias. - -ASCANIO.--Son bacanales desenfrenadas, sazonadas con envenenamientos. - -MAFFIO.--Ved, señores, cuán desierta está la plaza á nuestro -alrededor. El pueblo no se aventura tan cerca como nosotros del palacio -ducal; tiene miedo de que los venenos que se elaboran en él día y noche -no transpiren á través de las paredes. - -ASCANIO.--Señores, bien mirado, los embajadores han obtenido ayer su -audiencia del duque. Nuestra misión está casi terminada. El séquito de -la embajada se compone de cincuenta caballeros y nuestra desaparición -no se notará en este número. Creo que obraríamos cuerdamente en -abandonar á Ferrara. - -MAFFIO.--¡Hoy mismo! - -JEPPO.--Señores, mañana será tiempo. Estoy invitado á cenar esta noche -en casa de la princesa Negroni, de la cual ando perdidamente enamorado, -y no quisiera dar á entender que huyo ante la mujer más linda de -Ferrara. - -OLOFERNO.--¿Estás invitado á cenar esta noche en casa de la princesa -Negroni? - -JEPPO.--Sí. - -OLOFERNO.--Pues yo también. - -ASCANIO.--Y yo también. - -APÓSTOLO.--Y yo también. - -MAFFIO.--Y yo también. - -GUBETTA (_saliendo de la sombra del pilar_).--Y yo también, señores. - -JEPPO.--¡Toma, he ahí al señor de Belverana! Perfectamente: iremos -todos juntos; será una alegre velada. Buenos días, señor de Belverana. - -GUBETTA.--Largos años os guarde Dios, señores. - -MAFFIO (_por lo bajo á Jeppo_).--Te voy á parecer muy tímido, Jeppo; -pues bien: si quisiérais creerme, no iríamos á esa cena. El palacio -Negroni está contiguo al palacio ducal y no tengo gran confianza en la -amabilidad de ese señor Belverana. - -JEPPO (_por lo bajo_).--Estáis loco, Maffio. La Negroni es una mujer -encantadora; os digo que estoy enamorado de ella, y Belverana es un -excelente sujeto. Me he enterado de él y de los suyos. Mi padre estuvo -con su padre en el sitio de Granada, en mil cuatrocientos ochenta y -tantos. - -MAFFIO.--Eso no prueba que éste sea hijo del padre con quien estaba el -vuestro. - -JEPPO.--Libre sois de no venir á cenar, Maffio. - -MAFFIO.--Iré, si vais vos, Jeppo. - -JEPPO.--¡Viva Júpiter, entonces! Y tú, Genaro, ¿no quieres ser de los -nuestros esta noche? - -ASCANIO.--¿Acaso la Negroni ha dejado de invitarte? - -GENARO.--Así es. Le habré parecido á la princesa mediano gentil-hombre. - -MAFFIO (_sonriendo_).--Entonces, hermano, irás por tu parte á alguna -cita amorosa, ¿no es eso? - -JEPPO.--Á propósito, cuéntanos algo de lo que te decía Lucrecia la -otra noche. Parece que anda loca por ti. Largo debió de hablarte. La -libertad del baile era una buena ocasión para ella. Las mujeres no -disfrazan su persona más que para desnudar más audazmente su alma. -Rostro tapado, corazón desnudo. - - (_Desde algunos instantes Lucrecia está en el balcón cuya celosía ha - entreabierto. Escucha._) - -MAFFIO.--¡Ah! Has venido precisamente á alojarte delante de su balcón. -¡Genaro! ¡Genaro! - -APÓSTOLO.--Lo cual no deja de ser algo peligroso, camarada, pues se -dice que este digno duque de Ferrara anda muy celoso de su señora -esposa. - -OLOFERNO.--Vamos, Genaro, cuéntanos á qué alturas te encuentras en tus -amoríos con Lucrecia Borgia. - -GENARO.--Señores, si volvéis á hablarme de esa horrible mujer, habrá -espadas que saldrán á relucir al sol. - -LUCRECIA (_en el balcón, aparte_).--¡Ay! - -MAFFIO.--Es pura broma, Genaro. Pero me parece que bien se te puede -hablar de esa dama, puesto que llevas sus colores. - -GENARO.--¿Qué quieres decir? - -MAFFIO (_mostrándole la banda que lleva_).--Esta banda. - -JEPPO.--Son, en efecto, los colores de Lucrecia Borgia. - -GENARO.--Fiametta es quien me la ha enviado. - -MAFFIO.--Así lo crees tú. Lucrecia te lo ha enviado á decir; pero -Lucrecia en persona es la que ha bordado la banda con sus propias manos -para ti. - -GENARO.--¿Estás seguro de ello, Maffio? ¿Por quién lo sabes? - -MAFFIO.--Por tu criado, que te entregó la banda, y á quien ella sobornó. - -GENARO.--¡Condenación! - - (_Arráncase la banda, la destroza y la pisotea._) - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Ay! - - (_Cierra la celosía y se retira._) - -MAFFIO.--Es una mujer hermosa, con todo. - -JEPPO.--Sí, pero hay algo de siniestro impreso en su belleza. - -MAFFIO.--Es un ducado de oro con la efigie de Satanás. - -[Ilustración: MAFFIO.--_¿Qué diablos hace?_] - -GENARO.--¡Oh! ¡Maldita sea esa Lucrecia Borgia! ¡Decís que esa mujer -me ama! Pues bien: tanto mejor; sea este su castigo: ¡me horroriza! -¡Sí, me horroriza! Ya lo sabes, Maffio, siempre ha sido así; no hay -manera de ser indiferente hacia una mujer que nos ama. Hay que amarla ó -aborrecerla. ¿Y cómo amar á esa? Sucede que, cuando más perseguido se -ve uno por el amor de esas mujeres, más las aborrece. Esta me persigue, -me embiste, me tiene sitiado. ¿Por qué he podido merecer yo el amor de -una Lucrecia Borgia? ¿No es eso acaso una vergüenza y una calamidad? -Desde aquella noche en que de tan ruidosa manera me habéis dicho su -nombre, no podéis creer hasta qué punto me es odioso el pensamiento -de esa mujer malvada. En otro tiempo no veía yo á Lucrecia más que de -lejos, á través de mil intervalos, como un fantasma terrible de pie -sobre Italia, como el espectro de todo el mundo. Ahora este espectro es -el mío, viene á sentarse á mi cabecera; me ama y quiere acostarse en -mi lecho. ¡Por mi madre, esto es espantoso! ¡Ah, Maffio, ha matado al -señor de Gravina, ha matado á tu hermano! Pues bien, ¡yo reemplazaré á -tu hermano para contigo, y yo le vengaré para con ella!--¡He ahí, pues, -su execrable palacio! ¡Palacio de la lujuria, palacio de la traición, -palacio del asesinato, palacio del adulterio, palacio del incesto, -palacio de todos los crímenes, palacio de Lucrecia Borgia! ¡Oh! el -sello de infamia que no puedo poner sobre la frente de esa mujer, -¡quiero ponerle al menos en la fachada de su palacio! - - (_Sube sobre el banco de piedra que está debajo del balcón, y con su - puñal hace saltar la primera letra del nombre de Borgia grabado en el - muro, de manera que no queda más que la palabra_: ORGIA.) - -MAFFIO.--¿Qué diablos hace? - -JEPPO.--Genaro, esta letra de menos en el nombre de Lucrecia, es tu -cabeza de menos sobre tus espaldas. - -GUBETTA.--Señor Genaro, he aquí un retruécano que someterá mañana á -media ciudad al tormento. - -GENARO.--Si buscan al culpable, yo me presentaré. - -GUBETTA (_aparte_).--¡Me alegraría, pardiez! ¡Eso pondría en grande -apuro á Lucrecia! - - (_Desde algunos instantes, dos hombres vestidos de negro se pasean - por la plaza. Observan._) - -MAFFIO.--Señores, he aquí unos individuos de mala catadura que nos -miran algo curiosamente. Creo que será juicioso separarnos. No hagas -nuevas locuras, hermano Genaro. - -GENARO.--Anda tranquilo, Maffio. ¿Tu mano? Señores, divertíos mucho -esta noche. - - (_Entra en su casa; los otros se dispersan._) - - -ESCENA IV - -LOS DOS HOMBRES, vestidos de negro - -HOMBRE 1.º--¿Qué diablos haces tú por ahí, Rustighello? - -HOMBRE 2.º--Espero á que te largues, Astolfo. - -HOMBRE 1.º--¿De veras? - -HOMBRE 2.º--¿Y tú, qué haces ahí, Astolfo? - -HOMBRE 1.º--Espero á que te largues, Rustighello. - -HOMBRE 2.º--¿Con quién tienes que ver, Astolfo? - -HOMBRE 1.º--Con el hombre que acaba de entrar ahí. ¿Y tú, con quién te -las tienes? - -HOMBRE 2.º--Con el mismo. - -HOMBRE 1.º--¡Diablo! - -HOMBRE 2.º--¿Qué piensas hacer con él? - -HOMBRE 1.º--Llevárselo á la duquesa. ¿Y tú? - -HOMBRE 2.º--Quiero llevárselo al duque. - -HOMBRE 1.º--¡Diantre! - -HOMBRE 2.º--¿Qué le espera en casa la duquesa? - -HOMBRE 1.º--El amor sin duda. ¿Y en casa el duque? - -HOMBRE 2.º--Probablemente la horca. - -HOMBRE 1.º--¿Cómo componérnoslas? No debe hallarse á la vez en casa del -duque y de la duquesa, amante feliz y ahorcado. - -HOMBRE 2.º--Ahí va un ducado. Juguemos á cara ó cruz quien de nosotros -se llevará el hombre. - -HOMBRE 1.º--Lo dicho. - -HOMBRE 2.º--Á fe mía, si pierdo le diré buenamente al duque que el -pájaro había volado. ¿Qué me importan á mí los negocios del duque? - - (_Echa su ducado al aire._) - -HOMBRE 1.º--Cruz. - -HOMBRE 2.º (_mirando á tierra_).--Es cara. - -HOMBRE 1.º--El hombre será ahorcado. Tómale. Adiós. - -HOMBRE 2.º--Buenas noches. - - (_Cuando ha desaparecido el otro, abre la puerta baja que está cabe - el balcón, entra y reaparece un momento después acompañado de cuatro - esbirros, con los cuales va á llamar á la puerta de la casa donde ha - entrado Genaro. Cae el telón._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO II - -LA PAREJA - - -PARTE PRIMERA - -Una sala del palacio ducal de Ferrara. Tapices de cuero de Hungría -incrustados de arabescos de oro. Mobiliario magnífico, según el gusto -de fines del siglo XV en Italia. El sillón ducal de terciopelo rojo, -bordado con las armas de la casa de Este. Al lado, una mesa cubierta -de terciopelo rojo. En el fondo, una gran puerta. Á la derecha una -puertecilla, y á la izquierda otra secreta. Detrás de ésta se ve, en -un compartimento practicado en el teatro, el principio de una escalera -en espiral que se hunde en el suelo y está iluminada por una larga y -estrecha ventana enrejada. - -PERSONAJES - - LUCRECIA. - ALFONSO DE ESTE. - GENARO. - MAFFIO. - RUSTIGHELLO. - UN HUJIER. - - -ESCENA I - -D. ALFONSO DE ESTE, con traje de colores magnífico; RUSTIGHELLO, -vestido con los mismos colores, pero de tela más sencilla - -RUSTIGHELLO.--Monseñor, quedan ejecutadas vuestras primeras órdenes. -Espero otras. - -ALFONSO.--Toma esta llave y vé á la galería de Numa. Cuenta todos los -entrepaños de la ensambladura, comenzando en la grande figura pintada, -que está cerca de la puerta y representa á Hércules, hijo de Júpiter, -uno de mis antepasados. Cuando llegues al vigésimo tercero, verás una -pequeña abertura, oculta en las fauces de una serpiente dorada, que es -una serpiente de Milon. Mandó hacer el tal entrepaño Ludovico el Moro. -Introduce la llave en esta abertura y aquel girará sobre sus goznes -como una puerta. En el armario secreto que recubre verás, sobre una -bandeja de cristal, un frasco de oro y otro de plata con dos copas -esmaltadas. En el frasco de plata hay agua pura. En el frasco de oro -hay vino preparado. Llevarás la bandeja, sin tocar á nada, al gabinete -contiguo á esta cámara, Rustighello; y si nunca has oído á aquellos -cuyos dientes castañeteaban de terror, hablar del famoso veneno de los -Borgias, que en polvo es blanco y centelleante como polvo de mármol de -Carrara, y que, mezclado con el vino, cambia el de Romorantino en vino -de Siracusa, te guardarás bien de tocar al frasco. - -RUSTIGHELLO.--¿Es esto todo, monseñor? - -ALFONSO.--No; tomarás tu mejor espada, te estarás en el gabinete, de -pie, detrás de la puerta, de manera que oigas cuanto aquí se diga -y para que puedas entrar á la primera señal que te haga con esta -campanilla de plata, cuyo sonido conoces. (_Muestra una campanilla -sobre la mesa._) Si digo sencillamente: ¡Rustighello! entrarás con la -bandeja. Si toco la campanilla, entrarás con la espada. - -RUSTIGHELLO.--Basta, monseñor. - -ALFONSO.--Tendrás la espada desnuda en la mano, á fin de no tomarte la -molestia de desenvainarla. - -RUSTIGHELLO.--Bien. - -ALFONSO.--Rustighello, toma dos espadas. Una podría romperse. Anda. - - (_Rustighello sale por la puertecilla._) - -UN HUJIER (_entrando por la puerta del fondo_).--Nuestra señora la -duquesa desea hablar á nuestro señor el duque. - -ALFONSO.--Haced entrar á mi señora. - - -ESCENA II - -ALFONSO y LUCRECIA - -LUCRECIA (_entrando con impetuosidad_).--Señor, señor, esto es indigno, -esto es odioso, esto es infame. Algún hombre del pueblo, ¿sabéis -eso, don Alfonso? acaba de mutilar el nombre de vuestra esposa, -grabado debajo de mis armas de familia, en la fachada de vuestro -propio palacio. La cosa se ha hecho en pleno día, públicamente, ¿por -quién? lo ignoro, pero es harto injurioso y temerario. Se ha hecho -de mi nombre un padrón de ignominia, y vuestro populacho de Ferrara, -que es, á no dudarlo, el más infame de toda Italia, monseñor, está -allí mofándose alrededor de mi blasón como si fuera una picota. ¿Os -imagináis acaso, don Alfonso, que me resigno á esto y que no preferiría -mil veces más morir de una puñalada, más bien que de la picadura -envenenada del sarcasmo y de la befa? ¡Pardiez, señor, que me tratan -extrañamente en vuestro señorío de Ferrara! Esto empieza á cansarme, y -os encuentro demasiado tranquilo, mientras arrastran por los arroyos -de vuestra ciudad la reputación de vuestra esposa, despedazada por la -injuria y la calumnia. Me es menester una reparación ruidosa de esto, -os lo prevengo, señor duque. Preparaos á hacer justicia porque es -un acontecimiento grave el que acaba de acaecer ¿sabéis? ¿Creeríais -acaso que no tengo en nada la estimación de nadie en el mundo y que mi -marido puede dispensarse de ser mi caballero? No, no, monseñor; quien -se casa, protege; quien da la mano, da el brazo. Cuento con ello. -Cada día recibo una nueva injuria y nunca veo que os alteréis. ¿Acaso -ese cieno de que me cubren no os salpica, don Alfonso? ¡Vaya, por mi -alma, enfadaos un poco, que os vea una vez en la vida enojaros por mí, -señor! Que estáis enamorado de mí, me decís algunas veces; estadlo, -pues, de mi gloria; que estáis celoso, estadlo de mi reputación. Si he -doblado con mi dote vuestros dominios hereditarios; si os he traído -en matrimonio, no solamente la Rosa de oro y la bendición del Padre -Santo sino lo que ocupa más lugar en la superficie del globo, Siena, -Rímini, Cesena, Spoletto y Piombino, y más ciudades que castillos -tenéis, y más ducados que baronías teníais; si he hecho de vos el más -poderoso caballero de Italia, no es esto una razón para que dejéis que -vuestro pueblo me escarnezca, me denigre y me insulte; para que dejéis -á vuestra Ferrara señalar con el dedo á toda Europa á vuestra mujer, -más despreciada y más bajamente puesta que la sirvienta de los criados -de vuestros palafreneros; no es una razón, digo, para que vuestros -vasallos no puedan verme pasar entre ellos sin decir: «¡Anda! ¡Esa -mujer!...» Pues bien: os lo declaro, señor; quiero que el crimen de hoy -sea perseguido y ejemplarmente castigado, ó bien me quejaré al papa, me -quejaré al de Valentinois, que está en Forli con quince mil hombres de -guerra; ved ahora si vale esto la pena de que os levantéis de vuestro -sillón. - -ALFONSO.--Señora, el crimen de que os quejáis me es conocido. - -LUCRECIA.--¡Cómo, señor! ¡Os es conocido el crimen y no está -descubierto todavía el criminal! - -ALFONSO.--El criminal está descubierto. - -LUCRECIA.--¡Vive Dios! Si está descubierto ¿cómo es que no está ya -detenido? - -ALFONSO.--Está detenido, señora. - -LUCRECIA.--Por mi alma, si está detenido, ¿por qué motivo no está -todavía castigado? - -ALFONSO.--Lo estará. He querido antes saber vuestra opinión sobre el -castigo. - -LUCRECIA.--Habéis hecho bien, monseñor. ¿Dónde está? - -ALFONSO.--Aquí. - -LUCRECIA.--¡Ah! ¡aquí! He de hacer un ejemplar, ¿entendéis, señor? Esto -es un crimen de lesa majestad, y esos crímenes hacen caer siempre la -cabeza que los concibe y la mano que los ejecuta. ¿Conque está aquí? -Quiero verle. - -ALFONSO.--Es fácil. (_Llamando._) ¡Bautista! - - (_El hujier reaparece._) - -LUCRECIA.--Una palabra aún, señor, antes de que el culpable sea -introducido. Quien quiera que fuere ese hombre, aunque fuese de nuestra -ciudad, aunque fuese de nuestra casa, don Alfonso, dadme vuestra -palabra de duque coronado de que no saldrá vivo de aquí. - -ALFONSO.--Os la doy. Os la doy, ¿lo entendéis bien, señora? - -LUCRECIA.--Bien está; sin duda que lo entiendo. Traedle ahora; quiero -interrogarle yo misma. ¡Dios mío! ¿qué habré hecho yo á esa gente de -Ferrara para que me persiga de este modo? - -ALFONSO (_al hujier_).--Haced entrar al preso. - - (_Ábrese la puerta del fondo. Vese aparecer á Genaro desarmado entre - dos partesaneros. En el mismo momento se ve á Rustighello subir la - escalera en el pequeño compartimiento de la izquierda, detrás de la - puerta secreta; lleva en la mano una bandeja en la cual hay un frasco - dorado, otro plateado y dos copas. Pone la bandeja en el alféizar de - la ventana, saca su espada y se coloca detrás de la puerta._) - - -ESCENA III - -Los mismos, GENARO - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Genaro! - -ALFONSO (_aproximándose á ella, bajo y con una sonrisa_).--¿Conocíais -acaso á ese hombre? - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Es Genaro! ¡Qué fatalidad, Dios mío! - - (_Le mira con angustia; él aparta la vista._) - -GENARO.--Señor duque, soy un simple capitán y os hablo con el respeto -que conviene. Vuestra Alteza me ha hecho prender en mi alojamiento esta -mañana: ¿qué me queréis? - -ALFONSO.--Señor capitán, se ha cometido esta mañana un crimen de lesa -majestad frente á frente de la casa que habitáis. El nombre de nuestra -bien amada esposa y prima doña Lucrecia Borgia ha sido insolentemente -mutilado en la fachada de nuestro palacio ducal. Buscamos al culpable. - -LUCRECIA.--No es él; hay un error, don Alfonso. No es ese joven. - -ALFONSO.--¿Cómo lo sabéis? - -LUCRECIA.--Estoy segura de ello. Este joven es de Venecia y no de -Ferrara. Así... - -ALFONSO.--¿Y qué prueba eso? - -LUCRECIA.--El hecho ha ocurrido esta mañana y yo sé que él ha pasado -aquellas horas en casa de una joven llamada Fiametta. - -GENARO.--No, señora. - -ALFONSO.--Ya ve Vuestra Alteza que ha sido mal informada. Dejadme que -le interrogue. Capitán Genaro, ¿sois vos quien ha cometido el crimen? - -LUCRECIA (_desesperada_).--¡Me ahogo aquí! ¡Aire! ¡aire! ¡tengo -necesidad de respirar un poco! (_Se dirige á una ventana, y pasando al -lado de Genaro le dice en voz baja y rápidamente_): Dí que no eres tú. - -ALFONSO (_aparte_).--Le ha hablado en voz baja. - -GENARO.--Duque Alfonso, los pescadores de Calabria que me criaron y que -me han templado muy joven en el mar para hacerme fuerte y atrevido, -me han enseñado esta máxima con la cual se puede arriesgar á menudo -la vida, nunca el honor: «Haz lo que dices, dí lo que haces.» Duque -Alfonso, yo soy el hombre á quien buscáis. - -ALFONSO (_volviéndose á Lucrecia_).--Tenéis mi palabra de duque -coronado, señora. - -LUCRECIA.--Tengo que deciros dos palabras en particular, monseñor. - - (_El duque hace seña al hujier y á los guardias de retirarse con el - prisionero á la sala contigua_). - - -ESCENA IV - -LUCRECIA, ALFONSO - -ALFONSO.--¿Qué me queréis, señora? - -LUCRECIA.--Lo que yo os quiero, don Alfonso, es que no quiero que ese -joven muera. - -ALFONSO.--Hace apenas un instante habéis venido á mi encuentro como la -tempestad, irritada y llorosa; os habéis quejado de un ultraje que se -os había inferido; habéis reclamado con injurias y gritos la cabeza del -culpable; me habéis pedido mi palabra ducal de que no saldría vivo de -aquí; os la he lealmente concedido, ¡y ahora no queréis que muera! ¡Por -Cristo, señora, que esto es extraño! - -LUCRECIA.--No quiero que ese joven muera, señor duque. - -ALFONSO.--Señora, los caballeros tan probados como yo no tienen -costumbre de dejar su fe en prenda. Tenéis mi palabra y es menester que -la retire. He jurado que el culpable moriría y morirá. Por mi alma, que -podéis escoger vos misma el género de muerte. - -LUCRECIA (_con aire risueño y lleno de dulzura_).--Don Alfonso, don -Alfonso, en verdad que no hacemos más que decir locuras vos y yo. -Es cierto que soy una mujer caprichosa; mi padre me ha consentido -demasiado ¡qué queréis! Desde mi infancia se ha obedecido á todos mis -caprichos. Lo que yo quería hace un cuarto de hora, no lo quiero ya en -este momento. Ya sabéis, don Alfonso, que siempre he sido así. Vamos, -sentaos ahí, cerca de mí, y hablemos un poco, tierna y cordialmente, -como marido y mujer, como dos buenos amigos. - -ALFONSO (_tomando por su parte cierto aire de galantería_).--Doña -Lucrecia, sois mi señora y me considero harto dichoso con que os plazca -tenerme un momento á vuestros pies. - - (_Siéntase cerca de ella._) - -LUCRECIA.--¡Qué bueno es entenderse! ¿Sabéis, Alfonso, que os amo -como el primer día de mi matrimonio, aquel día en que hicisteis tan -deslumbradora entrada en Roma, entre el señor de Valentinois, mi -hermano, y el señor cardenal Hipólito de Este, que lo es vuestro? Yo -estaba en el balcón de las gradas de San Pedro. ¡Recuerdo aún vuestro -hermoso caballo blanco cargado de guarniciones de oro y el noble -aspecto de rey que teníais! - -ALFONSO.--Erais también muy bella vos, señora, y aparecíais bien -resplandeciente bajo vuestro dosel de brocado de plata. - -LUCRECIA.--¡Oh, no me habléis de mí, monseñor, cuando os hablo de vos! -Cierto que todas las princesas de Europa me envidian el haberme casado -con el mejor caballero de la Cristiandad. Y yo os amo verdaderamente, -como si tuviese diez y ocho años. ¿Sabéis que os amo, no es verdad, -Alfonso? ¿No lo habéis dudado nunca, á lo menos? Soy fría algunas -veces, y distraída; esto proviene de mi carácter y no de mi corazón. -Escuchad, Alfonso: si Vuestra Alteza me riñese por ello suavemente, -yo me corregiría bien pronto. ¡Qué cosa tan buena es amarnos como lo -hacemos! ¡Dadme vuestra mano, dadme un beso, don Alfonso! Á la verdad, -pienso ahora en ello, es muy ridículo que un príncipe y una princesa -como vos y yo, que están sentados uno al lado de otro en el más bello -trono ducal que haya en el mundo, y que se aman, hayan estado á punto -de disputar por un miserable capitanete aventurero veneciano. Dad orden -para arrojar de aquí á ese hombre y no hablemos más de ello. Que vaya -donde le plazca ese pícaro ¿no es verdad, Alfonso? El león y la leona -no van á irritarse por un pulgón. ¿Sabéis, monseñor, que si la corona -ducal fuese otorgada en certamen al más hermoso caballero de vuestro -ducado de Ferrara, seríais vos, también, quien la tendría? Esperad á -que vaya á decirle á Bautista de parte vuestra que se ha de expulsar -cuanto antes de Ferrara á ese Genaro. - -ALFONSO.--No corre prisa. - -LUCRECIA (_con aire juguetón_).--Quisiera no tener que pensar más en el -asunto. Vamos, monseñor, dejadme terminar esta cuestión á mi manera. - -ALFONSO.--Es menester que termine según la mía. - -LUCRECIA.--Pero, en fin, Alfonso mío, ¿no tenéis razón alguna para -querer la muerte de ese hombre? - -ALFONSO.--¿Y la palabra que os he dado? El juramento de un rey es -sagrado. - -LUCRECIA.--Esto es bueno para decírselo al pueblo. Pero de vos á mí, -Alfonso, ya sabemos lo que es eso. El Padre Santo había prometido á -Carlos VIII de Francia la vida de Zizimí, y Su Santidad no por eso -dejó de matar á Zizimí. El señor de Valentinois se había constituído -bajo palabra en rehenes del mismo niño Carlos VIII, y el señor de -Valentinois no por eso dejó de evadirse del campo francés así que -pudo. Vos mismo habíais prometido á los Petrucci devolverles Siena. No -lo habéis hecho ni debido hacer. ¡Eh! La historia de los países está -llena de estas cosas. Ni reyes ni naciones podrían vivir un día con la -rigidez de los juramentos que se guardaran. Entre nosotros, Alfonso, -una palabra jurada no es una necesidad sino cuando no se presenta otra. - -ALFONSO.--Sin embargo, doña Lucrecia, un juramento... - -LUCRECIA.--No me deis esas malas razones. No soy ninguna tonta. Decidme -más bien, mi caro Alfonso, si tenéis algún motivo de queja contra ese -Genaro. ¿No? Pues bien, concededme su vida. Bien me habéis concedido -su muerte. ¿Qué os importa que me plazca perdonarle? Yo soy la ofendida. - -ALFONSO.--Justamente porque os ha ofendido, amor mío, no quiero -concederle mi perdón. - -LUCRECIA.--Si me amáis, Alfonso, no os opondréis por más tiempo á mis -deseos. ¿Y si me place ensayarme en la clemencia? Es un medio para -hacerme querer de vuestro pueblo. Quiero que vuestro pueblo me ame. -La misericordia, Alfonso, hace asemejar un rey á Jesucristo. Seamos -soberanos misericordiosos. Esta pobre Italia tiene bastantes tiranos -sin nosotros, desde el barón, vicario del Papa, hasta el Papa, vicario -de Dios. Acabemos con esto, querido Alfonso. Poned á ese Genaro en -libertad. Es un capricho, si queréis; pero algo tiene de sagrado y de -augusto el capricho de una mujer cuando salva la cabeza de un hombre. - -ALFONSO.--No puedo, querida Lucrecia. - -LUCRECIA.--¿No podéis? Pero en fin, ¿por qué no podéis concederme una -cosa tan insignificante como la vida de ese capitán? - -ALFONSO.--¿Me preguntáis por qué, amor mío? - -LUCRECIA.--Sí; ¿por qué? - -ALFONSO.--Porque ese capitán es vuestro amante, señora. - -LUCRECIA.--¡Cielos! - -ALFONSO.--¡Porque le habéis ido á buscar á Venecia! ¡Porque le iríais á -buscar al infierno! ¡Porque os he seguido mientras le seguíais! ¡Porque -os he visto, enmascarada y palpitante, correr tras él como la loba en -pos de su presa! ¡Porque ahora mismo le cubríais con una mirada llena -de lágrimas y de fuego! ¡Porque os habéis prostituído á él, sin duda -alguna, señora! ¡Porque hay ya bastante vergüenza é infamia y adulterio -en todo eso! ¡Porque es tiempo de que vengue mi honor y haga correr -alrededor de mi lecho un río de sangre, entendedlo bien, señora! - -LUCRECIA.--Don Alfonso... - -ALFONSO.--¡Callad! ¡Velad por vuestros amantes desde ahora, Lucrecia! -Poned en la puerta por donde se entra á vuestra cámara nocturna al -hujier que queráis; pero en la puerta por donde se sale habrá ahora un -portero de mi elección, el verdugo. - -LUCRECIA.--Monseñor, os juro... - -ALFONSO.--No juréis. Eso de los juramentos es bueno para el pueblo. No -me deis tan malas razones. - -LUCRECIA.--Si supiérais... - -ALFONSO.--¡Ved, señora, que aborrezco á toda vuestra abominable familia -de los Borgias, y vos la primera, á quien tan locamente he amado! -Es menester que os lo diga; es una cosa vergonzosa, sorprendente é -inaudita ver aliadas en nuestras dos personas la casa de Este, que vale -más que la de Valois y la casa de Tudor, la casa de Este, digo, y la -familia Borgia, que ni siquiera se llama Borgia, que se llama Lenzuoli, -ó Lenzolio, ¡qué sé yo! ¡Cáusame horror vuestro hermano César, que -ha matado á su hermano Juan! ¡Me inspira horror vuestra madre Rosa -Vanozza, la vieja ramera, que escandaliza á Roma después de haber -escandalizado á Valencia! Y en cuanto á vuestros pretendidos sobrinos -los duques de Sermoneto y de Nepi... ¡buenos duques son á fe mía! -¡duques de ayer! ¡duques hechos con ducados robados! Dejadme acabar. Me -causa horror vuestro padre, que es papa, y tiene un serrallo de mujeres -como el Gran Turco Bayaceto; vuestro padre, que es el Anti-Cristo; -vuestro padre, que llena el presidio de personas ilustres y el sacro -colegio de bandidos, de tal suerte, que viendo vestidos de rojo á -galeotes y cardenales, se pregunta uno quiénes son los unos y quiénes -los otros. Idos, ahora. - -LUCRECIA.--¡Monseñor! ¡monseñor! os pido de rodillas y con las manos -juntas, por Jesús y María, por vuestro padre y vuestra madre, -monseñor, os pido la vida de ese capitán. - -ALFONSO.--¡En esto pára el amor! Podréis hacer de su cadáver lo que os -plazca, señora, y quiero que sea esto antes de haber pasado una hora. - -LUCRECIA.--¡Perdón para Genaro! - -ALFONSO.--Si pudiéseis leer la firme resolución que tengo formada en mi -ánimo, me hablaríais de ello como si estuviese ya muerto. - -LUCRECIA (_levantándose_).--¡Ah! ¡Tened cuidado, don Alfonso de -Ferrara, mi cuarto marido! - -ALFONSO.--¡Oh, no os hagáis la terrible, señora! En mi alma no os -temo. Sé vuestras costumbres. ¡No me dejaré envenenar como vuestro -primer esposo, aquel pobre caballero español, cuyo nombre no sé, ni vos -tampoco! ¡No me dejaré echar como vuestro segundo marido Juan Sforza, -señor de Pésaro, ese imbécil! ¡No me dejaré matar á golpes de pica, en -no importa qué escalera, como el tercero, don Alfonso de Aragón, débil -niño, cuya sangre ha manchado las losas de otra suerte que si fuese -agua pura! ¡Ah, no reza eso conmigo! Yo soy hombre, señora, y el nombre -de Hércules se lleva á menudo en mi familia. ¡Vive el cielo! tengo -llena de soldados mi ciudad y mi señorío, y yo mismo lo soy y no he -vendido aún, como ese pobre rey de Nápoles, mis buenos cañones al papa, -vuestro santo padre. - -LUCRECIA.--Os arrepentiréis de esas palabras, señor. Olvidáis que soy... - -ALFONSO.--Sé muy bien quién sois, pero sé muy bien dónde os halláis. -Sois la hija del papa, pero no estáis en Roma, y sois la gobernadora -de Spoletto, pero no estáis en Spoletto; sois la mujer, la vasalla -y la sierva de Alfonso, duque de Ferrara, y estáis en Ferrara. -(_Lucrecia, pálida de terror y de cólera, mira fijamente al duque y -retrocede lentamente ante él, hasta un sillón donde viene á caer como -desfallecida._) ¡Ah! Eso os sorprende, tenéis miedo de mí, señora. -Hasta ahora he sido yo quien ha tenido miedo de vos, y entiendo que -no será así de hoy en adelante. Para empezar, he aquí al primero de -vuestros amantes cogido y condenado á muerte. - -LUCRECIA (_con voz débil_).--Razonemos un poco, don Alfonso. Si este -hombre es el mismo que ha cometido para conmigo el crimen de lesa -majestad, no puede ser al mismo tiempo mi amante... - -ALFONSO.--¿Por qué no? ¡En un acceso de despecho, de cólera, de celos! -Porque puede estar celoso él, también. Por otra parte ¿yo qué sé? -Quiero que este hombre muera. Es mi voluntad. Este palacio está lleno -de soldados que me son leales y no conocen á nadie más que á mí. No -puede escapar. Nada impediréis, señora. He dejado á Vuestra Alteza la -elección del género de muerte. Decidid. - -LUCRECIA (_retorciéndose las manos_).--¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh -Dios mío! - -ALFONSO.--¿No respondéis? Voy á ordenar que le maten en la antecámara á -estocadas. - - (_Se dispone á salir; Lucrecia le coge por el brazo._) - -LUCRECIA.--¡Deteneos! - -ALFONSO.--¿Preferís servirle vos misma un vaso de vino de Siracusa? - -LUCRECIA.--¡Genaro! - -ALFONSO.--Es menester que muera. - -LUCRECIA.--No á estocadas. - -ALFONSO.--Poco me importa la manera. ¿Qué elegís? - -LUCRECIA.--Lo otro. - -ALFONSO.--¿Tendréis cuidado de no equivocaros y de darle vos misma el -contenido del frasco de oro que sabéis? Por lo demás, yo estaré allí. -No os figuréis que vaya á dejaros. - -LUCRECIA.--Haré lo que queráis. - -ALFONSO.--¡Bautista! (_El hujier reaparece._) Traed al preso. - -LUCRECIA.--Sois un hombre terrible, monseñor. - - -ESCENA V - -Los mismos, GENARO, los guardias - -ALFONSO.--¿Qué es lo que he oído decir, señor Genaro? ¿Que lo que -habéis hecho esta mañana sólo ha sido por aturdimiento y bravata, y -sin mala intención; que la señora duquesa os perdona, y que por otra -parte sois un valiente? Por mi madre, si es así, podéis volveros sano y -salvo á Venecia. Á Dios no plazca que prive yo á la magnífica república -de Venecia de un buen servidor, y á la cristiandad de un brazo fiel -que lleva una fiel espada cuando hay allende las aguas de Chipre y de -Candía idólatras y sarracenos. - -GENARO.--Enhorabuena, monseñor. No me esperaba, lo confieso, este -desenlace. Pero doy las gracias á Vuestra Alteza. La clemencia es una -virtud de raza real, y Dios perdonará allá arriba al que perdona aquí -abajo. - -ALFONSO.--Capitán, ¿es buen servicio el de la república? ¿Cuánto ganáis -un año con otro? - -GENARO.--Tengo una compañía de cincuenta lanzas, monseñor, que pago y -visto. La serenísima república, sin contar los gajes y las presas, me -da dos mil cequíes de oro por año. - -ALFONSO.--¿Y si yo os ofreciese cuatro mil, me serviríais á mí? - -GENARO.--No podría. Debo servir aún cinco años á la república. Estoy -ligado. - -ALFONSO.--¿Cómo ligado? - -GENARO.--Por juramento. - -ALFONSO (_bajo á Lucrecia_).--Parece que esa gente cumple los suyos, -señora. (_Alto._) No hablemos más de ello, señor Genaro. - -GENARO.--No he cometido ninguna cobardía para salvar la vida, pero -puesto que Vuestra Alteza me la deja, he aquí lo que puedo decir ahora. -Vuestra Alteza se acordará de que en el asalto de Faenza, hace dos -años, monseñor el duque Hércules de Este, vuestro padre, corrió gran -peligro de perecer á manos de dos arcabuceros del Valentinois que iban -á matarle. Un soldado aventurero le salvó la vida. - -ALFONSO.--Sí, y nunca se ha podido encontrar á ese soldado. - -GENARO.--Era yo. - -ALFONSO.--Pardiez, capitán, esto merece recompensa. ¿No aceptaríais por -acaso esta bolsa llena de cequíes de oro? - -GENARO.--Hacemos juramento cuando entramos al servicio de la república -de no recibir dinero alguno de los soberanos extranjeros. Con todo, si -Vuestra Alteza me lo permite, tomaré esta bolsa y la distribuiré en mi -nombre á los bravos soldados que veo aquí. - - (_Muestra los guardias._) - -ALFONSO.--Hacedlo. (_Genaro toma la bolsa._) Pero, entonces, beberéis -conmigo, siguiendo la misma costumbre que mis antepasados, á fuer de -buenos amigos como somos, un vaso de mi vino de Siracusa. - -GENARO.--De muy buena gana, señor. - -ALFONSO.--Y para honrar á quien ha salvado nada menos que á mi padre, -quiero que sea la señora duquesa en persona quien os escancie el vino. -(_Genaro se inclina y se vuelve para ir á distribuir el dinero á los -soldados en el fondo del teatro. El duque llama_): ¡Rustighello! -(_Rustighello aparece con la bandeja._) Pon la bandeja ahí, sobre esa -mesa. Bien. (_Cogiendo á Lucrecia por la mano._) Señora, escuchad lo -que voy á decirle á ese hombre. Rustighello, vuelve á colocarte detrás -de esa puerta con tu espada desnuda en la mano; si oyes el sonido -de esta campanilla, entrarás. Anda. (_Rustighello sale, y se ve cómo -vuelve á colocarse detrás de la puerta._) Señora, le echaréis vos misma -de beber al joven, y tendréis cuidado de escanciarle lo que hay en el -frasco de oro. - -[Ilustración: D. ALFONSO (aparte).--_Ya está..._] - -LUCRECIA (_pálida, con voz débil_).--Si supiéseis lo que hacéis -en este momento, y cuán horrible cosa es, os estremeceríais, por -desnaturalizado que seáis, monseñor. - -ALFONSO.--Tened cuidado con no equivocar el frasco. Vamos, capitán. - - (_Genaro, que ha terminado su distribución del dinero, vuelve al - proscenio. El duque se sirve de beber en una de las dos copas - esmaltadas con el frasco de plata, y toma la suya, llevándola á sus - labios._) - -GENARO.--Estoy confuso con tantas bondades, señor. - -ALFONSO.--Señora, escanciadle vino al señor Genaro. ¿Qué edad tenéis, -capitán? - -GENARO (_tomando la otra copa y presentándola á la duquesa_).--Veinte -años. - -ALFONSO (_bajo, á la duquesa, que trata de coger el frasco de -plata_).--El frasco de oro, señora. (_Lucrecia le toma temblando._) -¡Bravo! ¿Y andaréis enamorado?... - -GENARO.--¿Quién no lo está un poco, monseñor? - -ALFONSO.--¿Sabéis, señora, que hubiera sido una crueldad privar al -capitán de la vida, del amor, del sol de Italia, de las ilusiones de -los veinte años, de su gloriosa carrera de soldado y de aventurero -por la cual han empezado todas las casas reales, de las fiestas, de -los bailes de máscaras, de los alegres carnavales de Venecia donde -se engaña á tantos maridos, y de las hermosas mujeres que ese joven -puede amar y que deben amarle? ¿No es verdad, señora? Dad de beber al -capitán. (_Por lo bajo._) Si vaciláis, hago entrar á Rustighello. - -GENARO.--Os doy gracias, monseñor, por dejarme vivir para mi pobre -madre. - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Oh, qué horror! - -ALFONSO (_bebiendo_).--¡Á vuestra salud, capitán Genaro; que viváis -muchos años! - -GENARO.--¡Monseñor, Dios os conserve! - - (_Bebe._) - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Cielos! - -ALFONSO (_aparte_).--Ya está. (_Alto._) Y con esto, os dejo, capitán. -Partiréis para Venecia cuando queráis. (_Bajo, á Lucrecia._) Dadme las -gracias, señora, os dejo á solas con él. Debéis tener que despediros. -Vivid con él, si así os parece, su último cuarto de hora. - - -ESCENA VI - -LUCRECIA, GENARO - - (_Vese siempre en el compartimiento á Rustighello, inmóvil detrás de - la puerta secreta._) - -LUCRECIA.--¡Genaro! ¡Estáis envenenado! - -GENARO.--¡Envenenado, señora! - -LUCRECIA.--¡Envenenado! - -GENARO.--Habría debido conocerlo, habiéndome escanciado vos el vino. - -LUCRECIA.--¡Oh, no me agobiéis, Genaro! No me quitéis las pocas fuerzas -que me quedan, de las cuales tengo necesidad aún por algunos instantes. -Oídme: el duque está celoso de vos; el duque os cree mi amante, y no -me ha dejado otra alternativa que la de veros dar de puñaladas delante -de mí por Rustighello ó daros yo misma el veneno. Un veneno terrible, -Genaro, un veneno cuyo solo nombre hace palidecer á todo italiano que -sabe la historia de los últimos veinte años. - -GENARO.--Sí, los venenos de los Borgias. - -LUCRECIA.--De él habéis bebido. Nadie en el mundo conoce el antídoto -de esta composición terrible, nadie, excepto el papa, el señor de -Valentinois y yo. Tomad, ved esta redomilla que llevo oculta siempre -en mi seno. Esta redomilla, Genaro, es la vida, es la salud, es la -salvación. Una sola gota en vuestros labios y estáis salvado. - - (_Quiere aproximar la redoma á los labios de Genaro, que retrocede._) - -GENARO (_mirándola fijamente_).--Señora, ¿quién me dice que no sea ese -el veneno? - -LUCRECIA (_cayendo aniquilada en el sillón_).--¡Dios mío! ¡Dios mío! - -GENARO.--¿No os llamáis Lucrecia Borgia? ¿Creéis que no me acuerdo del -hermano de Bayaceto? Sí; sé un poco de historia... Hiciéronle creer, -á él también, que estaba envenenado por Carlos VIII y se le dió un -antídoto del cual murió. Y la mano que le presentó el antídoto es la -que tiene ahora esa redoma. ¡Y la boca que le dijo que bebiera, hela -aquí, me habla! - -LUCRECIA.--¡Miserable de mí! - -GENARO.--Oíd, señora, no me engañan vuestras apariencias de amor. -Abrigáis algún siniestro designio sobre mí. Esto se ve. Debéis saber -quién soy. En este momento se lee en vuestro rostro que lo sabéis; -fácil es conocer que alguna razón poderosa tendréis para no decírmelo -nunca. Vuestra familia debe conocer á la mía, y quizás á estas horas no -es de mí de quien os vengáis envenenándome, sino, ¿quién sabe?, de mi -madre... - -LUCRECIA.--¡Vuestra madre, Genaro! Quizás la veis distinta de lo que -es. ¿Qué diríais si no fuese más que una mujer criminal como yo? - -GENARO.--No la calumniéis. ¡Oh, no, mi madre no es una mujer como vos, -doña Lucrecia! ¡Oh! la siento en mi corazón y la sueño en mi alma tal -como es; tengo su imagen aquí, nacida conmigo; no la amaría como la -amo si no fuese digna de mí. El corazón de un hijo no se engaña sobre -su madre. La aborrecería si pudiese parecerse á vos. Pero, no, no; hay -algo en mí que me dice muy alto que mi madre no es una de esas infames -culpables de incesto, de lujuria y de envenenamiento como vosotras, las -hermosas mujeres de este tiempo. ¡Oh Dios! Estoy bien seguro de ello; -¡si hay bajo el cielo una mujer inocente, una mujer virtuosa, una mujer -santa, es mi madre! ¡Oh! Así es ella y no de otra manera. La conocéis -sin duda, doña Lucrecia, y no me desmentiréis. - -LUCRECIA.--¡No, á esa mujer, Genaro, á esa madre, no la conozco! - -GENARO.--Pero ¿ante quién estoy hablando así? ¿Qué os importan á vos, -Lucrecia Borgia, las alegrías ó los dolores de una madre? No habéis -tenido hijos nunca, dicen, y debéis sentiros bien venturosa. Porque -vuestros hijos, si los tuviéseis, ¿sabéis que renegarían de vos, -señora? ¿Qué desdichado, bastante dejado de la mano del cielo, quisiera -una madre semejante? ¡Ser hijo de Lucrecia Borgia! ¡Llamar madre á -Lucrecia Borgia! ¡Oh!... - -LUCRECIA.--Genaro, estáis envenenado; el duque, que os cree muerto, -puede llegar de un momento á otro. No debería pensar yo más que en -vuestra salvación y en vuestra fuga, pero me decís cosas tan terribles, -que no me queda más que permanecer ahí, petrificada, oyéndolas. - -GENARO.--Señora... - -LUCRECIA.--Veamos; se ha de acabar. Maltratadme, agobiadme con vuestro -desprecio; pero, estáis envenenado; bebed esto en seguida. - -GENARO.--¿Qué debo creer yo, señora? El duque es leal; he salvado la -vida á su padre. Vos, no; os he ofendido y tenéis que vengaros de mí. - -LUCRECIA.--¡Vengarme de ti, Genaro! Si fuera menester dar toda mi vida -para añadir una hora á la tuya, derramar toda mi sangre para impedir -que vertieses una lágrima, sentarme en la picota para colocarte sobre -un trono, pagar con una tortura del infierno cada uno de tus menores -placeres, no vacilaría yo, no murmuraría, sería feliz y besaríate los -pies, Genaro. ¡Oh, no sabrás tú nunca nada de mi pobre corazón sino -que está lleno de ti! Genaro, el tiempo urge, el veneno corre, de un -momento á otro lo sentirás... un poco más y no será ya tiempo. La vida -abre en este momento dos espacios oscuros delante de ti, pero el uno -tiene menos minutos que años el otro. La elección es terrible. Deja que -yo te guíe. Ten piedad de ti y de mí, Genaro. ¡Bebe pronto, en nombre -del cielo! - -GENARO.--Bueno; está bien. Si hay un crimen en esto, caiga sobre -vuestra cabeza. Después de todo, digáis ó no verdad, no vale mi vida la -pena de ser tan disputada. Dadme. - - (_Toma la redomilla y bebe._) - -LUCRECIA.--¡Salvado! Ahora es menester partir para Venecia á caballo y -á escape. ¿Tienes dinero? - -GENARO.--Tengo. - -LUCRECIA.--El duque te cree muerto. Fácil será ocultarle tu fuga. -Espera; guarda ese frasco y llévalo siempre encima. En tiempos como los -que vivimos, el veneno figura en todos los convites. Tú, sobre todo, -estás expuesto. Ahora, parte pronto. (_Mostrándole la puerta secreta -que entreabre._) Baja por esta escalera que comunica con uno de los -patios del palacio Negroni. Fácil te será evadirte por allí. No esperes -hasta mañana, no esperes la puesta de sol, no esperes una hora, ni -siquiera media. Abandona á Ferrara en seguida, abandona á Ferrara como -si fuese Sodoma que arde, y no vuelvas la vista atrás. ¡Adiós! espera -un instante. ¡Tengo una última palabra que decirte, Genaro mío! - -GENARO.--Hablad, señora. - -LUCRECIA.--Te digo adiós en este momento, Genaro, para no volver á -verte jamás. No has de pensar ya encontrarte alguna vez en mi camino. -Es la sola dicha que tendría yo en el mundo; pero sería arriesgar tu -cabeza. Henos aquí separados para siempre en esta vida; ¡ay! ¡harto -segura estoy también de que lo mismo estaremos separados en la otra! -Genaro, ¿no me dirás una sola palabra de cariño antes de abandonarme -así por una eternidad? - -GENARO (_bajando los ojos_).--Señora... - -LUCRECIA.--¡Acabo de salvarte la vida, en fin!... - -GENARO.--Así lo decís. Todo esto me parece lleno de tinieblas. No sé -qué pensar. Ved, señora, todo puedo perdonároslo excepto una cosa. - -LUCRECIA.--¿Cuál? - -GENARO.--Juradme por todo cuanto os es caro, por mi propia cabeza, -puesto que me amáis, por la salvación eterna de mi alma, que vuestros -crímenes no tienen que ver nada con las desgracias de mi madre. - -LUCRECIA.--Todas las palabras son formales en vos, Genaro. No puedo -juraros eso. - -GENARO.--¡Oh madre! ¡madre mía! He aquí la espantosa mujer que ha -causado tu desgracia. - -LUCRECIA.--Genaro... - -GENARO.--Lo habéis confesado, señora. ¡Adiós! ¡Maldita seáis! - -LUCRECIA.--Y tú, Genaro, ¡bendito seas! - - (_Sale. Lucrecia cae desvanecida en el sillón._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -PARTE SEGUNDA - -La segunda decoración. La plaza de Ferrara con el balcón ducal á un -lado y la casa de Genaro al otro. Es de noche. - - -ESCENA I - -D. ALFONSO, RUSTIGHELLO, embozados en sus capas - -RUSTIGHELLO.--Sí, monseñor, así ha pasado esto. Con no sé qué filtro le -ha vuelto á la vida y le ha hecho huir por el patio del palacio Negroni. - -ALFONSO.--¿Y tú has sufrido eso? - -RUSTIGHELLO.--¿Cómo estorbarlo? Había corrido el cerrojo de la puerta. -Yo estaba encerrado. - -ALFONSO.--Era menester echar la puerta abajo. - -RUSTIGHELLO.--Una puerta de encina; un cerrojo de hierro. ¡Fácil cosa! - -ALFONSO.--¡No importa! Era preciso romper el cerrojo, entrar y matar á -ese hombre. - -RUSTIGHELLO.--En primer lugar, suponiendo que yo hubiese podido -derribar la puerta, doña Lucrecia le habría cubierto con su cuerpo. Me -hubiese sido forzoso también matar á doña Lucrecia. - -ALFONSO.--¿Y qué? - -RUSTIGHELLO.--Yo no tenía orden para ello. - -ALFONSO.--Rustighello, los buenos servidores son los que comprenden á -los príncipes sin ocasionarles la molestia de decirlo todo. - -RUSTIGHELLO.--Y luego, habría temido indisponer á Vuestra Alteza con el -papa. - -ALFONSO.--¡Imbécil! - -RUSTIGHELLO.--Era muy delicado, monseñor. ¡Matar á la hija del Padre -Santo! - -ALFONSO.--Y sin matarla ¿no podías acaso gritar, llamarme, advertirme, -impedir al amante que se escapase? - -RUSTIGHELLO.--Sí, y luego, al día siguiente Vuestra Alteza se habría -reconciliado con doña Lucrecia, y al otro doña Lucrecia me hubiera -mandado ahorcar. - -ALFONSO.--Basta. Me has dicho que aún no se había perdido nada. - -RUSTIGHELLO.--No. Ved: hay una luz en esa ventana. Genaro no ha partido -aún. Su criado, á quien sobornó antes la duquesa, lo he sobornado yo -á mi vez, y me lo ha revelado todo. En este momento aguarda á su amo -junto á la ciudadela con dos caballos ensillados. Genaro va á salir, -para reunirse con él ahora mismo. - -ALFONSO.--En este caso, embosquémonos detrás del ángulo de su casa. La -noche es oscura. Le mataremos cuando pase. - -RUSTIGHELLO.--Como vos lo ordenéis. - -ALFONSO.--¿Es buena tu espada? - -RUSTIGHELLO.--Sí. - -ALFONSO.--¿Traes puñal? - -RUSTIGHELLO.--Dos cosas hay bajo el cielo difíciles de encontrar: un -italiano sin puñal, y una italiana sin amante. - -ALFONSO.--Está bien. Herirás con ambas manos. - -RUSTIGHELLO.--Monseñor, ¿por qué no dais orden de arrestarle -simplemente, y que lo ahorquen luego por sentencia del fiscal? - -ALFONSO.--Es súbdito de Venecia y sería declarar la guerra á la -república. No. Una puñalada viene de no se sabe dónde y no compromete á -nadie. El envenenamiento valdría más aún, pero ha fracasado. - -RUSTIGHELLO.--Entonces, ¿queréis, monseñor, que vaya á buscar cuatro -esbirros para despacharle, sin que tengáis la molestia de mezclaros en -ello? - -ALFONSO.--No. Maquiavelo me ha dicho á menudo que en estos casos lo -mejor era que los príncipes hiciesen las cosas por sí mismos. - -RUSTIGHELLO.--Monseñor, oigo que alguien se acerca. - -ALFONSO.--Coloquémonos junto á esta pared. - - (_Ocúltanse en la sombra, bajo el balcón. Aparece Maffio en traje de - fiesta, que llega tarareando y va á llamar á la puerta de Genaro._) - - -ESCENA II - -D. ALFONSO y RUSTIGHELLO ocultos; MAFFIO y GENARO - -MAFFIO.--¡Genaro! - - (_Abren la puerta, apareciendo Genaro._) - -GENARO.--¿Eres tú, Maffio? ¿Quieres entrar? - -MAFFIO.--No. Vengo sólo á decirte dos palabras. ¿Decididamente no -vienes á cenar con nosotros á casa de la princesa Negroni? - -GENARO.--No estoy invitado. - -MAFFIO.--Yo te presentaré. - -GENARO.--Hay otra razón que debo decirte. Me marcho. - -MAFFIO.--¿Cómo, partes? - -GENARO.--Dentro de un cuarto de hora. - -MAFFIO.--¿Por qué? - -GENARO.--Te lo diré en Venecia. - -MAFFIO.--¿Cuestión de amores? - -GENARO.--Sí, cuestión de amor. - -MAFFIO.--Te portas mal conmigo, Genaro. Habíamos jurado no abandonarnos -nunca, ser inseparables, ser hermanos, y ahora partes sin mí. - -GENARO.--¡Vente conmigo! - -MAFFIO.--¡No: ven conmigo tú! Vale más pasar la noche á la mesa con -lindas mujeres y alegres convidados, que no en la carretera, entre -bandidos y barrancos. - -GENARO.--No estabas muy seguro esta mañana de tu princesa Negroni. - -MAFFIO.--Me he informado. Jeppo tenía razón. Es una mujer encantadora -y de excelente humor, que gusta de versos y de música. Esto es todo. -Vamos, ven conmigo. - -GENARO.--No puedo. - -MAFFIO.--¡Partir de noche! Vas á morir asesinado. - -GENARO.--Tranquilízate. Adiós. Que te diviertas mucho. - -MAFFIO.--Genaro, me da mala espina tu viaje. - -GENARO.--Maffio, me da mala espina tu cena. - -MAFFIO.--¡Si te sucediese alguna desgracia sin estar yo allí! - -GENARO.--¿Quién sabe si no tendré que acusarme mañana de haberte -abandonado esta noche? - -MAFFIO.--Vamos, decididamente no nos separamos. Cedamos algo cada uno -por su parte. Ven esta noche conmigo á casa de la Negroni, y mañana, al -rayar el alba, partiremos juntos. ¿Te avienes? - -GENARO.--Preciso será que te cuente, Maffio, los motivos de mi -repentina partida. Vas á ver si tengo razón. - - (_Se lleva á Maffio aparte y le habla al oído._) - -RUSTIGHELLO (_bajo el balcón, en voz baja á don Alfonso_).--¿Atacamos, -monseñor? - -ALFONSO.--Veamos el final de esto. - -MAFFIO (_echándose á reir después de la relación de Genaro_).--¿Quieres -que te lo diga, Genaro? Estás equivocado. No hay en todo ese negocio ni -veneno ni contra-veneno. Pura comedia. La Lucrecia está perdidamente -enamorada de ti y ha querido hacerte creer que te salvaba la vida, -esperando convertir suavemente la gratitud en amor. El duque es un buen -hombre, incapaz de envenenar ó asesinar á nadie. Has salvado la vida -á su padre, por otra parte, y lo sabe. La duquesa quiere que partas. -Está muy bien. Sus amoríos serían, en efecto, más fáciles en Venecia -que no en Ferrara. El marido la estorba siempre un poco. En cuanto á -la cena de la princesa Negroni será altamente deliciosa. Tú vendrás. -¡Qué diablo, hay que razonar un poco y no exagerar nada! Sabes que -soy presidente y que doy buenos consejos. Porque haya habido dos ó -tres cenas famosas en las que los Borgias han envenenado, con muy buen -vino, á algunos de sus mejores amigos, no se deduce que no deba cenarse -absolutamente. No se sigue de aquí que deba verse siempre veneno en el -admirable vino de Siracusa; y detrás de todas las bellas princesas de -Italia á Lucrecia Borgia. ¡Espectros y cuentos de vieja! Según esto, -solamente los niños de pecho estarían seguros de lo que beben y podrían -cenar sin inquietud. ¡Por Hércules, Genaro, sé niño ó sé hombre! Vuelve -á tomar ama de cría ó ven á cenar. - -GENARO.--Á la verdad, es algo extraño huir de noche. Parezco un hombre -que tiene miedo. Por otra parte, si hay peligro en cenar, no debo dejar -á Maffio solo. Suceda lo que quiera. Es un albur como cualquier otro. -Lo dicho. Me presentarás á la princesa Negroni. Me voy contigo. - -MAFFIO (_cogiéndole la mano_).--¡Dios de verdad! Este es un amigo. - - (_Salen. Se les ve alejarse hacia el fondo de la plaza. Don Alfonso y - Rustighello salen de su escondrijo._) - -RUSTIGHELLO (_con la espada desnuda_).--Ea, ¿qué esperáis, monseñor? No -son más que dos. Encargaos de vuestro hombre y yo me encargo del otro. - -ALFONSO.--No, Rustighello. Van á cenar á casa de la princesa Negroni. -Si estoy bien informado... (_Se interrumpe y parece meditar un -instante, dejando escapar después una carcajada._) ¡Pardiez! Esto -favorecería todavía más mi asunto, y sería una divertida aventura. -Esperemos á mañana. - - (_Entran en palacio._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO III - -EMBRIAGUEZ MORTAL - - -Una sala magnífica del palacio Negroni. Á la derecha una puerta de -escape.--En el fondo se abre una gran puerta de dos hojas. En el centro -una mesa soberbiamente servida á la moda del siglo XVI. Pajecillos -negros vestidos de brocado de oro, circulan en torno.--En el momento -de levantarse el telón hay catorce convidados en la mesa, Jeppo, -Maffio, Ascanio, Oloferno, Apóstolo, Genaro y Gubetta, y siete mujeres -jóvenes, lindas, lujosamente engalanadas. Todos beben ó comen, ó ríen -á carcajadas con sus vecinas, excepto Genaro, que está pensativo y -silencioso. - -PERSONAJES - - LUCRECIA BORGIA. - GENARO. - GUBETTA. - MAFFIO ORSINI. - JEPPO LIVERETTO. - APÓSTOLO GAZELLA. - ASCANIO PETRUCCI. - OLOFERNO VITELLOZZO. - LA PRINCESA NEGRONI. - DAMAS, PAJES, FRAILES. - - -ESCENA I - -JEPPO, MAFFIO, ASCANIO, OLOFERNO, APÓSTOLO, GUBETTA, GENARO, mujeres, -pajes - -OLOFERNO (_con el vaso en la mano_).--¡Viva el vino de Jerez! Jerez de -la Frontera es una ciudad del paraíso. - -MAFFIO (_con el vaso en la mano_).--El vino que bebemos vale más que -las historias que contáis, Jeppo. - -ASCANIO.--Jeppo tiene la manía de contar historias cuando ha bebido. - -APÓSTOLO.--El otro día era en Venecia, en casa del Serenísimo dux -Barbarigo; hoy es en Ferrara, en casa de la divina princesa Negroni. - -JEPPO.--El otro día era una historia lúgubre; hoy es una historia -alegre. - -MAFFIO.--¡Una historia alegre, Jeppo! De cómo don Silicio, galante -caballero de treinta años, que había perdido su patrimonio, se casó -con la riquísima marquesa Calpurnia, que contaba cuarenta y ocho -primaveras. ¡Por Baco! ¡Eso os parece alegre! - -GUBETTA.--Es triste y común. Un hombre arruinado que se casa con una -mujer caduca es cosa que se ve todos los días. - - (_Sigue comiendo. De vez en cuando algunos se levantan y van á hablar - en el proscenio mientras continúa la orgía._) - -LA PRINCESA NEGRONI (_Á Maffio, señalándole á Genaro._)--Señor conde -Orsini, tenéis ahí un amigo que me parece estar muy triste. - -MAFFIO.--Siempre está así, señora. Me dispensaréis que lo haya traído -sin que le hubiéseis hecho la gracia de invitarle. Es mi hermano de -armas. Me ha salvado la vida en el asalto de Rímini; y en el ataque -del puente de Vicenza recibí una estocada que le iba dirigida. No -nos separamos nunca. Vivimos juntos. Un gitano nos ha predicho que -moriríamos el mismo día. - -LA NEGRONI (_riendo_).--¿Os ha dicho si sería por la mañana ó por la -noche? - -MAFFIO.--Nos ha dicho que sería por la mañana. - -LA NEGRONI (_riendo más fuerte_).--Vuestro gitano no sabía lo que se -decía. ¿Y le queréis vos mucho á ese joven? - -MAFFIO.--Tanto como un hombre puede querer á otro. - -LA NEGRONI.--Vamos, os bastáis uno á otro. ¡Dichosos sois! - -MAFFIO.--La amistad no llena todo el corazón, señora. - -LA NEGRONI.--¡Dios mío! ¿Qué es lo que llena todo el corazón? - -MAFFIO.--El amor. - -LA NEGRONI.--Vos tenéis el amor en la boca. - -MAFFIO.--Y vos en los ojos. - -LA NEGRONI.--¡Sois singular! - -MAFFIO.--¡Y vos cuán bella sois! - - (_La coge del talle._) - -LA NEGRONI.--Señor conde Orsini, dejadme. - -MAFFIO.--¿Un beso en vuestra mano? - -LA NEGRONI.--¡No! - - (_Se le escapa._) - -GUBETTA (_acercándose á Maffio_).--Vuestros asuntos con la princesa -llevan buena marcha. - -MAFFIO.--Me dice siempre que no. - -GUBETTA.--En boca de una mujer, _No_ es el hermano mayor de _Sí_. - -JEPPO (_llegando de pronto á Maffio_).--¿Qué te parece la Princesa -Negroni? - -MAFFIO.--Adorable. Aquí, para entre nosotros, comienza á interesarme -vivamente. - -JEPPO.--¿Y su cena? - -MAFFIO.--Una orgía perfecta. - -JEPPO.--La princesa está viuda. - -MAFFIO.--¡Bien se conoce por su alegría! - -JEPPO.--Espero que ya no desconfiarás de su cena. - -MAFFIO.--¡Yo! de ningún modo; estaba loco. - -JEPPO (_á Gubetta_).--Señor de Belverana, ¿creeréis que Maffio temía -venir á cenar con la princesa? - -GUBETTA.--¿Por qué? - -JEPPO.--Porque el palacio Negroni está contiguo al de los Borgias. - -GUBETTA.--¡Al diablo los Borgias y bebamos! - -JEPPO (_en voz baja á Maffio_).--Lo que me place en ese Belverana es -que no aprecia á los Borgias. - -MAFFIO (_en voz baja_).--En efecto, no deja nunca de enviarlos al -diablo con una gracia particular; pero, amigo Jeppo... - -JEPPO.--¿Y bien? - -MAFFIO.--Le observo desde que comenzó la cena, y me parece extraño que -no haya bebido aún más que agua. - -JEPPO.--¡Vamos! ya vuelves á concebir sospechas, amigo mío; tienes un -vino muy monótono. - -MAFFIO.--Tal vez tengas razón, estoy loco. - -GUBETTA (_volviendo y mirando á Maffio de pies á cabeza_).--¿Sabéis, -caballero, que estáis dotado de una complexión muy propia -para vivir noventa años, y que por tal concepto os asemejáis -mucho á un abuelo mío que alcanzó esta edad, y que se llamaba -Gil-Basilio-Fernán-Ireneo-Frasco-Frasquito-Felipe, conde de Belverana? - -JEPPO.--¡Vaya una letanía, señor de Belverana! - -GUBETTA.--¡Ah! nuestros padres acostumbraban á darnos más nombres de -pila que escudos para casarnos. Pero... ¿quién ríe tanto allá abajo? -(_Aparte._) Será preciso que las mujeres tengan un pretexto para -marcharse. ¿Cómo lo haremos? - - (_Vuelve á sentarse á la mesa._) - -OLOFERNO (_bebiendo_).--¡Vive el cielo, señores, que jamás pasé una -noche tan deliciosa! Señoras, probad ese vino; es más dulce que el -Lácrima Cristi, y más ardiente que el de Chipre. ¡Es vino de Siracusa, -señores! - -GUBETTA (_comiendo_).--Oloferno está beodo, según parece. - -OLOFERNO.--Señoras, será preciso que os recite algunos versos que acabo -de componer. Quisiera ser más poeta de lo que soy para cantar tan -admirables festines. - -GUBETTA.--Yo quisiera ser más rico de lo que soy para ofrecer otros á -mis amigos. - -OLOFERNO.--Nada es tan dulce como cantar una hermosa mujer y disfrutar -de una buena comida. - -GUBETTA.--Ó lo que es mejor, abrazar á la una y consumir la otra. - -OLOFERNO.--Sí, quisiera ser poeta para elevarme al cielo; quisiera -tener alas... - -GUBETTA.--De faisán en mi plato. - -OLOFERNO.--Voy á recitaros mi soneto. - -GUBETTA.--¡Voto al diablo! señor marqués de Vitellozzo, os dispenso el -soneto; dejadnos beber. - -OLOFERNO.--¿Me dispensáis mi soneto? - -GUBETTA.--Sí, como á los perros de morderme, al Papa de bendecirme, y á -los transeúntes de apedrearme. - -OLOFERNO.--¡Vive Dios! creo que me insultáis, caballerito español. - -GUBETTA.--No os insulto, gigantón italiano; pero no quiero oir vuestro -soneto; mi gaznate necesita más el vino de Chipre que mis oídos la -poesía. - -OLOFERNO.--¡Pues os he de cortar las orejas para clavároslas en los -talones! - -GUBETTA.--¡Sois un belitre! ¡Habráse visto otro mostrenco igual, -embriagado con vino de Siracusa, y que parece borracho de cerveza! - -OLOFERNO.--¡Por vida del diablo!... ¡os voy á descuartizar! - -GUBETTA (_trinchando un faisán_).--No os diré otro tanto, porque yo no -trincho volátiles como vos... ¿señoras, gustáis de un poco de faisán? - -OLOFERNO (_precipitándose para coger un cuchillo_).--¡Pardiez! ¡quiero -abrir en canal á ese tunante, aunque sea más caballero que el emperador! - -LAS MUJERES (_levantándose de la mesa_).--¡Cielos, van á batirse! - -LOS HOMBRES.--¡Poco á poco, Oloferno! - - (_Desarman á Oloferno, que quiere precipitarse sobre Gubetta, y entre - tanto las mujeres desaparecen por la puerta lateral._) - -OLOFERNO (_forcejeando_).--¡Vive Dios! - -GUBETTA.--Rimáis tan bien con esa palabra, mi querido poeta, que habéis -hecho huir á las damas. Sois un torpe. - -JEPPO.--Eso es verdad. ¿Dónde diablos se habrán ido? - -MAFFIO.--Habrán tenido miedo: cuchillo que reluce, mujer que huye. - -ASCANIO.--¡Bah! ya volverán. - -OLOFERNO (_amenazando á Gubetta_).--¡Ya te encontraré mañana, Belverana -del diablo! - -GUBETTA.--Mañana no hay inconveniente. (_Oloferno se sienta vacilante y -con cólera; Gubetta suelta la carcajada._) ¡Qué imbécil, hacer huir así -á las más lindas mujeres de Ferrara con un cuchillo de mesa! ¡Enfadarse -por los versos! ¡Ahora creo que tiene alas; ese Oloferno no es un -hombre, sino un ganso! - -JEPPO.--¡Haya paz, señores! Ya os cortaréis mañana el cuello como -es debido; batíos al menos como caballeros, con espadas, y no con -cuchillos. - -ASCANIO.--Á propósito, ¿qué hemos hecho de nuestras espadas? - -APÓSTOLO.--¿Olvidáis que nos han obligado á dejarlas en la antecámara? - -GUBETTA.--¡Y la precaución ha sido buena, pues de lo contrario nos -habríamos batido delante de las damas, por lo cual se habrían sonrojado -hasta los flamencos de Flandes, ebrios de tabaco! - -GENARO.--¡Buena precaución, en efecto! - -MAFFIO.--¡Pardiez, hermano Genaro, he aquí la primera palabra que -pronuncias desde que comenzó la cena, y nunca bebes! ¿Piensas en -Lucrecia Borgia? Decididamente tienes algún amorío con ella: no lo -niegues. - -GENARO.--¡Dame de beber, Maffio! No abandono á mis amigos ni en la mesa -ni en el juego. - -UN PAJE NEGRO (_con dos frascos en la mano_).--Señores, ¿queréis vino -de Chipre ó de Siracusa? - -MAFFIO.--De Siracusa; es el mejor. - - (_El paje negro llena las copas._) - -JEPPO.--¡Por vida de Oloferno! ¿No volverán esas damas? (_Se dirige -sucesivamente á las dos puertas._) ¡Están cerradas por fuera, señores! - -MAFFIO.--¿Tendréis miedo á vuestra vez, Jeppo? No quieren que las -persigamos. Es muy natural. - -GENARO.--¡Bebamos, señores! - - (_Se oye el choque de las copas._) - -MAFFIO.--¡Á tu salud, Genaro! Brindo por que halles pronto á tu madre. - -GENARO.--¡Dios te oiga! - - (_Todos beben, excepto Gubetta, que arroja el vino por encima del - hombro._) - -MAFFIO (_en voz baja á Jeppo_).--Ahora sí que lo he visto, Jeppo. - -JEPPO (_en voz baja_).--¿El qué? - -MAFFIO.--Belverana no ha bebido. - -JEPPO.--¡Cómo! - -MAFFIO.--Le he visto arrojar el vino por encima del hombro. - -JEPPO.--Está ebrio, y tú también. - -MAFFIO.--Es posible. - -GUBETTA.--¡Venga una canción báquica, señores! Voy á cantaros una que -valdrá más que el soneto de Oloferno, y juro por el cráneo de mi padre -que no la compuse yo, puesto que no soy poeta ni tengo bastante ingenio -para hacer que dos rimas se besen expresando una idea. He aquí mi -canción, cuyo asunto es muy delicado, pues tiende á demostrar que el -cielo pertenece á los borrachos. - -JEPPO (_en voz baja á Maffio_).--Está más embriagado que borracho. - -TODOS (_excepto Genaro_).--¡La canción, la canción! - -GUBETTA (_cantando_): - - Abre la puerta, San Pedro - al alegre bebedor, - que con voz robusta y fuerte - quiere cantar ¡_Gloria Domino_! - -TODOS (_á coro, excepto Genaro_).--¡_Gloria Domino_! - - (_Chocan las copas, riendo á carcajadas. De repente se oyen voces - lejanas que cantan con tono lúgubre._) - -VOCES (_fuera_).--_Sanctum et terribile nomen ejus. Initium sapientiæ -timor Domini._ - -JEPPO (_riendo ruidosamente_).--¡Escuchad, señores! Mientras nosotros -entonamos la canción báquica, el eco canta vísperas. - -TODOS.--¡Escuchemos! - -VOCES (_fuera, y un poco más próximas_).--_Nisi Dominus custodierit -civitatem, frustra vigilat qui custodit eam._ - - (_Todos ríen á carcajadas._) - -JEPPO.--Canto llano del más puro. - -MAFFIO.--Alguna procesión que pasa. - -GENARO.--¡Á media noche! Es un poco tarde. - -JEPPO.--¡Bah! Continuad, caballero Belverana. - -[Ilustración: JEPPO.--_¡Qué lazo tan espantoso!_] - -VOCES (_fuera, y más próximas aún_).--_Oculos habent et non -videbunt. Nares habent et non odorabunt. Aures habent, et non audient._ - - (_Todos ríen cada vez con más fuerza._) - -JEPPO.--¡Serán chillones esos frailes! - -MAFFIO.--¡Mira, Genaro! las lámparas se apagan aquí, y nos quedamos á -oscuras. - - (_Las lámparas palidecen, como si les faltara el aceite._) - -VOCES (_fuera y más cerca_).--_Manus habent et non palpabunt; pedes -habent et non ambulabunt; non clamabunt in gutture suo._ - -GENARO.--Me parece que las voces se aproximan. - -JEPPO.--Diríase que la procesión está ahora debajo de nuestras ventanas. - -MAFFIO.--Son las oraciones de difuntos. - -ASCANIO.--Será algún entierro. - -JEPPO.--Bebamos á la salud del que van á enterrar. - -GUBETTA.--¿Sabéis que no habrá más de uno? - -JEPPO.--¡Pues bien, á la salud de todos! - -APÓSTOLO (_á Gubetta_).--¡Bravo! continuemos por nuestra parte la -invocación de San Pedro. - -GUBETTA.--Sed más cortés; se debe decir: al señor San Pedro, digno -portero del paraíso. - - (_Canta._) - -TODOS (_chocando sus copas y profiriendo carcajadas_): - - ¡_Gloria Domino_! - - (_La gran puerta del fondo se abre silenciosamente de par en par y se - ve fuera una inmensa sala tapizada de negro, iluminada por algunas - antorchas y con una gran cruz de plata en el fondo. Una larga fila de - penitentes, blancos y negros, á los que sólo se les ven los ojos por - los agujeros de la capucha, avanza precedida de una cruz y llevando - cada monje un cirio en la mano. Entran por la puerta grande cantando - con acento lúgubre y en voz alta_): - - ¡_De profundis clamavi ad te, Domine_! - - (_Se alinean silenciosamente en ambos lados de la sala, permaneciendo - inmóviles como estatuas; mientras que los jóvenes caballeros los - miran con estupor._) - -MAFFIO.--¿Qué quiere decir eso? - -JEPPO (_esforzándose para reirse_).--Es una broma. Apuesto mi caballo -contra un cerdo, y mi nombre de Liveretto contra el de Borgia, á que -son nuestras encantadoras condesas las que se han disfrazado de ese -modo para ponernos á prueba, y que si levantamos una de esas capuchas -veremos debajo el lindo rostro de una hermosa mujer. Mirad. (_Levanta -sonriendo una de las capuchas, y queda petrificado al ver el rostro -lívido de un monje, que permanece inmóvil con el cirio en la mano y la -vista baja. Deja caer la capucha y retrocede._) ¡Esto comienza á ser -extraño! - -MAFFIO.--No sé por qué se me hiela la sangre en las venas. - -LOS PENITENTES (_cantando con voz sonora_).--_¡Conquassabit capita in -terra multorum!_ - -JEPPO.--¡Qué lazo tan espantoso! ¡Nuestras espadas, vengan nuestras -espadas! ¡Señores, aquí estamos en casa del demonio! - - -ESCENA II - -Los mismos, LUCRECIA - -LUCRECIA (_apareciendo de repente, vestida de negro, en el umbral de la -puerta_).--¡Estáis en mi casa! - -TODOS (_excepto Genaro que observa desde un rincón, donde Lucrecia no -le ve_).--¡Lucrecia Borgia! - -LUCRECIA.--Hace pocos días, todos los que estáis aquí, pronunciabais -mi nombre con expresión de triunfo, y hoy lo hacéis con espanto. Sí, -ya podéis mirarme con esos ojos atónitos por el terror; soy yo, -señores, y vengo para deciros que todos estáis envenenados, y que á -ninguno de vosotros le queda una hora de vida. No os mováis, porque la -sala contigua está llena de soldados. ¡Á mi vez podré hablaros alto y -pisaros la cabeza! ¡Jeppo Liveretto, vé á reunirte con tu tío Vitelli, -á quien mandé dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano! -¡Ascanio Petrucci, vé á buscar á tu primo Pandolfo, á quien asesiné -para robarle su palacio! ¡Oloferno Vitellozzo, tu tío te espera, ya -sabes, Yago Appiani, á quien envenené en una fiesta! ¡Maffio Orsini, -pronto podrás hablar de mí en el otro mundo á tu hermano el de Gravina, -á quien mandé estrangular durante su sueño! ¡Apóstolo Gazella, yo hice -decapitar á tu padre Francisco Gazella, y asesinar á tu primo Alfonso -de Aragón, según tú dices: vé á reunirte con ellos! Me obsequiasteis -con un baile en Venecia, y os correspondo con una cena en Ferrara. -¡Fiesta por fiesta, señores! - -JEPPO.--¡He aquí un triste despertar, Maffio! - -MAFFIO.--¡Pensemos en Dios! - -LUCRECIA.--¡Ah, amiguitos míos del último carnaval, ya sé que no -esperabais esto! Me parece que esto es vengarse bien. ¿Qué opináis, -señores? Creo que no está del todo mal para una mujer. (_Á los -monjes._) Padres míos, conducid á esos caballeros á la sala contigua, -que ya está preparada; confesadlos, y aprovechad los pocos instantes -que les quedan para salvar en ellos lo que aún sea posible. Señores, -aquellos que entre vosotros tengan alma, deben apresurarse. Estad -tranquilos; esos dignos padres son monjes de San Sixto, á quienes el -Padre santo ha permitido ayudarme en ocasiones como la presente. Y -si me he cuidado de vuestras almas, advertid que no he olvidado los -cuerpos. ¡Mirad! (_Á los monjes que están delante de la puerta del -fondo._) Apartad un poco para que estos señores vean. (_Los monjes se -desvían, y entonces se ven cinco ataúdes, cubierto cada cual con un -paño negro y alineados delante de la puerta._) Ya lo veis, hay cinco. -¡Ah caballeros! ¡Arrancáis la piel á una desgraciada mujer, creyendo -que ésta no se vengará! ¡Ved ahora vuestros ataúdes! - -GENARO (_á quien no ha visto hasta entonces, da un paso_).--¡Se -necesita otro, señora! - -LUCRECIA.--¡Cielos, Genaro! - -GENARO.--El mismo. - -LUCRECIA.--Que todo el mundo salga de aquí y nos dejen solos... -¡Gubetta, suceda lo que quiera, y aunque se oiga algo de lo que ha de -pasar aquí, que no éntre nadie! - -GUBETTA.--Está bien. - - (_Los monjes salen procesionalmente, conduciendo entre sus filas á - los cinco caballeros vacilantes y aturdidos._) - - -ESCENA III - -GENARO, LUCRECIA - - (_Sólo iluminan la sala algunas lámparas moribundas, y se han cerrado - las puertas. Lucrecia y Genaro, solos, se miran algunos instantes en - silencio, como no sabiendo por dónde comenzar._) - -LUCRECIA (_hablándose á sí misma_).--¡Es Genaro! - -CANTO DE LOS MONJES (_fuera_).--_Nisi Dominus ædificaverit domum, in -vanum laborant qui ædificant eam._ - -LUCRECIA.--¡Otra vez vos, Genaro! ¡Habréis de estar siempre allí donde -descargo mis golpes! ¡Santo cielo! ¿cómo os habéis mezclado en todo -esto? - -GENARO.--Lo sospechaba. - -LUCRECIA.--¡Otra vez estáis envenenado, y vais á morir! - -GENARO.--Si quiero... tengo el antídoto. - -LUCRECIA.--¡Ah! ¡Dios sea loado! - -GENARO.--Una palabra, señora; vos sois experta en la materia, y podréis -decirme si hay bastante elíxir en este frasquito para salvar á los -caballeros que esos monjes conducen á la tumba. - -LUCRECIA (_examinando el frasco_).--¡Apenas hay bastante para vos, -Genaro! - -GENARO.--¿No podéis obtener más al punto? - -LUCRECIA.--Os he dado cuanto tenía. - -GENARO.--Está bien. - -LUCRECIA.--¿Qué hacéis, Genaro? Despachad; no juguéis con cosas tan -terribles, pues nunca se bebe á tiempo un contra-veneno. ¡Apuradlo, -en nombre de Dios! ¡Qué imprudencia habéis cometido! Asegurad vuestra -vida, y yo os facilitaré la salida de palacio por una puerta oculta que -conozco. Todo se puede remediar aún; es de noche; muy pronto tendré dos -caballos ensillados, y mañana á primera hora estaréis lejos de Ferrara. -¿No es verdad que suceden cosas terribles? ¡Bebed y marchemos; es -preciso vivir; es forzoso salvaros! - -GENARO (_tomando un cuchillo de la mesa_).--¡No; ahora vais á morir, -señora! - -LUCRECIA.--¡Cómo! ¿Qué decís? - -GENARO.--Digo que acabáis de envenenar traidoramente á cinco -caballeros, que eran mis mejores amigos, contándose entre ellos Maffio -Orsini, mi hermano de armas, que me salvó la vida una vez, y á quien -debo vengar, porque las injurias que recibimos son comunes. Digo que -habéis cometido un acto infame; que debo vengar á Maffio y á los demás, -y que vais á morir. - -LUCRECIA.--¡Cielos! - -GENARO.--Rezad vuestra última oración, y que sea corta, señora, porque -estoy envenenado y no puedo esperar. - -LUCRECIA.--¡Bah! eso no puede ser. ¡Genaro matarme á mí! ¿Sería posible? - -GENARO.--Es la pura verdad, señora, y juro por Dios que en vuestro -lugar ya estaría orando de rodillas... Ahí tenéis un sillón que os -servirá para el caso. - -LUCRECIA.--No; os digo que es imposible. Entre las más terribles ideas -que cruzan mi espíritu, jamás me había ocurrido esta... ¡Pues bien, ya -que levantas el cuchillo, espera, Genaro! Debo decirte alguna cosa. - -GENARO.--Pronto. - -LUCRECIA.--¡Deja ese cuchillo, desgraciado, arrójale! ¡Si tú -supieras... Genaro! ¿Sabes quién eres, y quién soy? Tú ignoras hasta -qué punto me perteneces. ¿Será preciso decirlo todo? La misma sangre -circula por nuestras venas, Genaro; ¡tu padre fué Juan Borgia, duque de -Gandía! - -GENARO.--¡Vuestro hermano! ¡Conque sois mi tía! ¡Ah, señora! - -LUCRECIA (_aparte_).--¡Su tía! - -GENARO.--¡Ah! soy vuestro sobrino. ¡Ah! ¡mi madre fué esa infeliz -duquesa de Gandía á quien todos los Borgias hicieron tan desgraciada! -Señora, mi madre se refería á vos en sus cartas; sois una de aquellas -parientas desnaturalizadas de quien me hablaba con horror, que mató -á mi padre, y que hizo llorar lágrimas de sangre á su esposa. ¡Ah! -¡ahora debo vengarlos á los dos! ¡Conque sois mi tía y yo un Borgia! -¡Es lo bastante para volverme loco! Escuchadme; habéis vivido demasiado -tiempo, y estáis tan cargada de crímenes, que debéis haber llegado -á ser odiosa y abominable para vos misma; sin duda estaréis cansada -de vivir, y será preciso acabar de una vez. En las familias como las -nuestras, en las que el crimen es hereditario y se transmite de padre -á hijo como el nombre, siempre sucede que esta fatalidad termina por -un asesinato, de ordinario en la misma familia, último crimen que lava -todos los demás. Jamás se censuró á un caballero por haber cortado -una mala rama del árbol de su casa. El español Mudarra mató á su tío, -Rodrigo de Lara, por menos de lo que habéis hecho, y todos elogiaron su -acto. ¿Me comprendéis, tía mía? ¡Vaya pues, ya hemos hablado bastante! -¡Recomendad vuestra alma á Dios, si creéis en Dios y en vuestra alma! - -LUCRECIA.--¡Genaro, por piedad para ti! Aún eres inocente. ¡No cometas -tal crimen! - -GENARO.--¡Un crimen! ¡Oh! mi tía se trastorna. ¡Será esto un crimen! -¡Pues bien! aunque le cometa, soy un Borgia, y nada tiene de -particular. ¡De rodillas os digo, tía, de rodillas! - -LUCRECIA.--¿Dices verdaderamente lo que piensas, Genaro? ¿Es así cómo -pagas el amor que te profeso? - -GENARO.--¡Amor!... - -LUCRECIA.--Es imposible. Quiero salvarte; llamaré, gritaré... - -GENARO.--No abriréis esa puerta, ni tampoco daréis un paso; y en cuanto -á vuestros gritos, no os salvarán. ¿No acabáis de ordenar vos misma que -no éntre nadie, oigan lo que quieran de lo que ha de pasar aquí? - -LUCRECIA.--¡Pero eso es una cobardía, Genaro! ¡Matar á una mujer -indefensa! ¡Oh, los sentimientos de tu alma son más nobles! Escúchame; -me matarás después si quieres, pues no me importa la vida; pero es -preciso que mi pecho se desahogue, porque está lleno de angustia por -tu proceder. Tú eres un niño, y la juventud es siempre demasiado -severa. ¡Oh! si he de morir, no quiero que sea de tu mano; no sabes -hasta qué punto esto sería horrible. Por otra parte, Genaro, mi hora -no ha llegado aún. Cierto que he cometido muchas maldades, y que -soy una gran criminal; mas por lo mismo se me debe dejar tiempo para -reconocerlo y arrepentirme. Es indispensable, ¿lo oyes, Genaro? - -GENARO.--Sois mi tía; sois la hermana de mi padre. ¿Qué habéis hecho de -mi madre? - -LUCRECIA.--¡Espera, espera! Dios mío, no me es posible decirlo todo; -y aunque te lo dijese, tal vez fuera sólo para redoblar tu horror -y tu desprecio. ¡Escúchame un instante... yo deseo que me recibas -arrepentida á tus pies! Tú me perdonarás ¿no es cierto? Pues bien, -¿quieres que me retire á un claustro y me encierre para toda la vida? -Si te dijesen: «Esa desgraciada mujer se ha hecho rasar el cabello, -duerme sobre la ceniza, socava su propia fosa con las manos, y ruega -á Dios noche y día para que dejes caer sobre ella una mirada de -misericordia, para que viertas una lágrima sobre todas las llagas vivas -de su corazón y de su alma, y para que no le digas más, como acabas de -hacerlo, con esa voz tan severa como la del juicio final: “_¡Vos sois -Lucrecia Borgia!_”». Si te dijeran todo esto, Genaro, ¿tendrías corazón -para rechazarla? ¡Gracia, Genaro! Vivamos los dos, tú para perdonarme, -y yo para arrepentirme. ¡Compadécete de mí! No has de tratar sin -misericordia á una pobre mujer que sólo pide un poco de piedad. -¡Perdóname la vida!... Te lo digo, Genaro, por ti, porque tu acto sería -verdaderamente cobarde, y además un crimen espantoso, un asesinato. ¡Un -hombre matar á una mujer! ¡Oh, tú no harás eso! - -GENARO (_vacilante_).--¡Señora!... - -LUCRECIA.--¡Oh! ¡ya lo veo, me perdonas! Me parece leerlo en tus ojos. -¡Déjame llorar á tus pies! - -UNA VOZ (_fuera_).--¡Genaro! - -GENARO.--¿Quién me llama? - -LA VOZ.--¡Hermano Genaro! - -GENARO.--¡Es Maffio! - -LA VOZ.--¡Genaro, me muero, véngame! - -GENARO (_levantando el cuchillo_).--Está dicho. Ya no escucho nada. -¡Señora, es preciso morir! - -LUCRECIA (_deteniéndole el brazo_).--¡Perdón! ¡Escúchame! - -GENARO.--¡No! - -LUCRECIA.--¡En nombre del cielo! - -GENARO.--¡No! - - (_La hiere._) - -LUCRECIA.--¡Ah!... ¡me has muerto! ¡Genaro, soy tu madre! - -[Ilustración] - - - - -MARÍA TUDOR - -Drama en 3 jornadas, con un prefacio del autor - - - - -[Ilustración] - -PREFACIO - - -Dos maneras hay de apasionar á la multitud en el teatro: por lo grande -y por lo verdadero; lo grande influye en las masas; lo verdadero en el -individuo. - -El objeto del poeta dramático, cualquiera que fuere el conjunto de sus -ideas sobre el arte, debe ser siempre, ante todo, buscar lo grande, -como Corneille, ó lo verdadero, como Molière, ó lo que sería mejor, -alcanzar á la vez ambas cosas, lo grande en lo verdadero y lo verdadero -en lo grande, como Shakespeare. - -Porque, observémoslo de paso, á Shakespeare le fué dado, y á esto debió -la soberanía de su genio, conciliar, unir y amalgamar de continuo en -su obra esas dos cualidades, la verdad y la grandeza, cualidades casi -contrarias, ó por lo menos tan diferentes, que la falta de cada una de -ellas constituye lo inverso de la otra. El escollo de lo verdadero es -lo pequeño; el escollo de lo grande es lo falso. En todas las obras de -Shakespeare hay algo grande que es verdadero y viceversa; en el centro -de todas sus creaciones se encuentra el punto de intersección de lo -grandioso y de lo verdadero; y allí donde se cruzan las cosas grandes -y las verdaderas, el arte es completo. Shakespeare, así como Miguel -Ángel, parece haber sido creado para resolver este problema extraño, -cuya simple enunciación parece absurda:--mantenerse siempre en la -naturaleza, saliendo de ella algunas veces.--Shakespeare exagera las -proporciones, pero conserva la relación. ¡Admirable omnipotencia del -poeta! Hace cosas más elevadas que nosotros, que viven como nosotros. -Hamlet, por ejemplo, es tan verdadero como cualquiera de nosotros, y -más grande; Hamlet es colosal, y sin embargo, verdadero; Hamlet no es -como uno de vosotros ó como yo; es como todos; Hamlet no es un hombre, -es el hombre. - -Separar continuamente lo grande á través de lo verdadero, y esto á -través de aquello, es, según el autor de este drama, el objeto del -poeta en el teatro, manteniendo todas las demás ideas que ha podido -desarrollar sobre estas materias. En dos palabras, lo _grande_ y lo -_verdadero_ lo encierran todo; la verdad contiene la moralidad; en lo -grandioso está lo bello. - -Nadie supondrá que el autor haya tenido la presunción de creer que -jamás alcanzó ese objeto, ni que podrá alcanzarla nunca; pero se le -permitirá declarar públicamente que jamás buscó otro en el teatro hasta -hoy día. El nuevo drama que ha hecho representar es un esfuerzo más -hacia ese brillante fin. ¿Cuál es, en efecto, la idea que ha tratado de -realizar en _María Tudor_? Hela aquí: una reina que sea mujer; grande -como soberana, verdadera como mujer. - -El autor lo ha dicho ya en otra parte: el drama, tal como le comprende, -el drama, tal como quisiera verle creado por un hombre de genio, el -drama según el siglo XIX, no es la tragicomedia altiva, desmesurada, -española y sublime de Corneille; no es la tragedia abstracta, amorosa, -ideal y divinamente elegíaca de Racine; no es la comedia profunda, -sagaz, penetrante y demasiado irónica de Molière; no es la tragedia -de intención filosófica de Voltaire; no es la comedia de acción -revolucionaria de Beaumarchais; no es más que todo eso, pero lo es -todo á la vez; ó mejor dicho, no es nada de eso. No es, como en los -grandes hombres que acabamos de citar, un solo lado de las cosas, -sistemático y continuamente sacado á luz; es el conjunto considerado -á la vez bajo todas sus fases. Si hubiera hoy un hombre que pudiese -realizar el drama tal como le comprendemos, este drama sería el corazón -humano, la cabeza humana, la pasión humana, la voluntad humana; sería -el pasado resucitado en provecho del presente; sería la historia que -nuestros padres hicieron, confrontada con la que nosotros hacemos; -sería mezclar en la escena todo lo que se mezcla en la vida; sería un -motín allá y un diálogo de amor aquí; en este último una lección para -el pueblo, y en el otro un grito para el corazón; sería la risa, y -también las lágrimas; sería el bien, el mal, lo superior, lo inferior, -la fatalidad, la providencia, el genio, la casualidad, la sociedad, el -mundo, la naturaleza, la vida; y algo grande cerniéndose sobre todo -esto. - -Á este drama, que constituiría para la multitud una enseñanza perpetua, -le sería permitido todo, porque estaría en su esencia no abusar de -nada. Llegaría á ser tan notorio por su lealtad, elevación, utilidad -y recta conciencia, que no se le acusaría nunca de buscar el efecto y -el ruido allí donde sólo hubiera deseado obtener una lección moral. -Podría llevar á Francisco I á casa de Magalona sin hacerse sospechoso; -producir en el corazón de Didier un sentimiento compasivo para Marion; -y sin que se le tachase de enfático y exagerado, como al autor de -_María Tudor_, presentar ampliamente en la escena, con toda su terrible -realidad, ese formidable triángulo que tan á menudo aparece en la -historia: una reina, un valido y un verdugo. - -El hombre que crease este drama debería tener dos cualidades: -conciencia y genio. El autor que habla aquí, sabe ya que sólo tiene -la primera; mas no por eso dejará de continuar lo que ha comenzado, -deseando que otros lo hagan mejor. Hoy día, un numeroso público, cada -vez más inteligente, acoge con favor todas las tentativas formales del -arte; y todo lo que ahora hay de elevado en la crítica ayuda y estimula -al poeta. ¡Venga, pues, el poeta! En cuanto al autor de este drama, -seguro del porvenir, que progresa, y de que, á falta de talento, se le -tendrá algún día en cuenta su perseverancia, fija una mirada serena, -confiada y tranquila en la multitud que todas las noches dispensa aún -á esta obra incompleta tanta curiosidad, interés y atención. Ante esa -multitud comprende la responsabilidad que sobre él pesa, y acéptala -tranquilo. Jamás pierde un instante de vista en sus trabajos al pueblo -que el teatro civiliza, la historia que el teatro explica, y el corazón -humano que el teatro aconseja. Mañana dejará la obra terminada por -la que se ha de hacer; y saldrá de esa multitud para retirarse á su -soledad, soledad profunda donde no llega ninguna influencia perniciosa -del mundo exterior; donde la juventud, su amiga, se presenta algunas -veces para estrecharle la mano, donde está solo con su pensamiento, su -independencia y su voluntad. La soledad le será más que nunca grata, -porque sólo en ella se puede trabajar para la multitud; y más que -nunca tendrá su espíritu, su obra y su pensamiento alejados de toda -camarilla, pues conoce algo más grande que ésta: los partidos; algo -más grande que los partidos: el pueblo; y algo superior al pueblo: la -humanidad. - - 17 Noviembre 1833. - - - - -MARÍA TUDOR - - - - -PERSONAJES - - - MARÍA, reina. - JUANA. - GILBERTO. - FABIANO FABIANI. - SIMÓN RENARD. - JOSHUA FARNABY. - UN JUDÍO. - LORD CLINTON. - LORD CHANDOS. - LORD MONTAGU. - MAESE ENEAS DULVERTON. - LORD GARDINER. - UN CARCELERO. - CABALLEROS, PAJES, GUARDIAS, EL VERDUGO. - -Londres, 1553. - - - - -[Ilustración] - -JORNADA PRIMERA - -EL HOMBRE DEL PUEBLO - - -Playa desierta á orillas del Támesis, en parte oculta por un antiguo -parapeto ruinoso. Á la derecha una casa de mísero aspecto, en uno de -cuyos ángulos se ve una pequeña estatua de la Virgen, iluminada por una -mecha de estopa que arde en un enrejado de hierro. En el fondo, más -allá del Támesis, la ciudad. Divísanse dos altos edificios, la Torre de -Londres y la Abadía de Westminster.--El día comienza á declinar. - -PERSONAJES - - GILBERTO. - FABIANO FABIANI. - SIMÓN RENARD. - LORD CHANDOS. - LORD CLINTON. - LORD MONTAGU. - JOSHUA FARNABY. - JUANA. - UN JUDÍO. - - -ESCENA I - -Varios hombres agrupados acá y allá en la playa, entre los cuales se -hallan SIMÓN RENARD; JUAN BRIDGES, barón de CHANDOS; ROBERTO CLINTON, -barón de CLINTON, y ANTONIO BROWN, vizconde de MONTAGU - -LORD CHANDOS.--Tenéis razón, milord; es preciso que ese condenado -italiano haya hechizado á la reina, porque ésta no puede prescindir de -él; sólo por él vive, no está alegre sino en su presencia, y sólo á él -escucha. Si pasa un día sin verle, sus ojos languidecen, como en aquel -tiempo en que amaba al cardenal Polus. ¿Os acordáis? - -SIMÓN RENARD.--Muy enamorada está ciertamente, y por lo tanto muy -celosa. - -LORD CHANDOS.--¡Ese italiano la tiene hechizada! - -LORD MONTAGU.--Á decir verdad, asegúrase que los de su nación tienen -filtros para ese objeto. - -LORD CLINTON.--Los árabes saben confeccionar sutiles venenos que matan, -y los italianos conocen los que hacen amar. - -LORD CHANDOS.--La reina está enamorada y enferma á la vez; debe haber -bebido las dos clases de veneno. - -LORD MONTAGU.--¿Pero es ese hombre realmente italiano? - -LORD CHANDOS.--Parece haber nacido en Italia; pero pretende tener -relaciones de parentesco con una distinguida familia española. - -LORD CLINTON.--Es un aventurero, de no sé qué país. Esos hombres que -son cosmopolitas no tienen compasión en ninguna parte cuando llegan al -poder. - -LORD MONTAGU.--¿No decíais que la reina está enferma, Chandos? esto no -le impide vivir alegremente con su valido. - -LORD CLINTON.--¡Alegremente! Mientras que la reina ríe, el pueblo -llora y el favorito se enriquece; ese hombre come plata y bebe oro. La -reina le ha cedido los bienes del gran lord Talbot, le ha hecho conde -de Clanbrassil y barón de Dinasmonddy. Como si esto no bastara, el -tal Fabiano Fabiani es también par de Inglaterra, como vos, Montagu, -como vos, Chandos, como Stanley, Norfolk y yo, y como el rey. Tiene -la orden de la Jarretera, lo mismo que el infante de Portugal, el rey -de Dinamarca y Tomás Percy, séptimo conde de Northumberland. ¡Y qué -duro es ese tirano que nos gobierna desde su lecho! Nunca pesó otro -semejante sobre Inglaterra. ¡Y eso que he visto muchos déspotas, pues -ya soy viejo! Setenta horcas hay en Tyburn; y el hacha del verdugo, -afilada por las mañanas, se mella todas las noches. Cada día se inmola -á algún caballero; anteayer fué Blantyre; ayer le tocó el turno á -Northcurry, hoy á South-Reppo, y mañana á Tyrconnel. La semana próxima -os llegará el turno, Chandos, y el mes entrante seré yo la víctima. -¡Señores, señores, es una vergüenza y una iniquidad que tantas cabezas -inglesas caigan por el capricho de no sé qué miserable aventurero, -que no es hijo de nuestro país! ¡Es insoportable y espantoso que -un favorito napolitano pueda sacar tantos tajos como quiere de la -habitación de esa reina! Los dos viven alegremente, según decís; mas -¡vive el cielo que esto es una infamia! ¡Ah! ¡los dos enamorados se -divierten, mientras que el verdugo, siempre á su puerta, hace viudas y -huérfanos! ¡Oh! ¡Su guitarra italiana va demasiado acompañada del ruido -de las cadenas! ¡Señora reina, hacéis venir cantantes de la capilla de -Avignon, y todos los días se representan en vuestro palacio comedias, y -los estrados están llenos de músicos! ¡Pardiez, señora, menos alegría -en vuestra casa, si os place, y menos duelo entre nosotros; menos -víctimas aquí y menos verdugos allá; menos tumbas en Westminster, y no -tantos cadalsos en Tyburn! - -LORD MONTAGU.--Cuidado con lo que decís, porque nosotros somos súbditos -leales. Hablad cuanto queráis de Fabiani; mas no de la reina. - -SIMÓN RENARD (_poniendo la mano en el hombro de lord -Clinton_).--¡Paciencia! - -LORD CLINTON.--¡Paciencia! Fácil es decir eso, señor Simón Renard. -Sois baile de Amont en el Franco Condado, súbdito del Emperador, y su -legado en Londres; representáis aquí al príncipe de España, futuro -esposo de la reina, y vuestra persona es sagrada para el favorito; pero -tratándose de nosotros, es otra cosa. Fabiani es para vos el pastor, y -para nosotros el verdugo. - - (_Ha cerrado la noche._) - -SIMÓN RENARD.--Ese hombre no me molesta menos que á vosotros, pues si -teméis por vuestra vida, yo temo por mi honor, que es mucho más. No -hablo, pero obro; no me anima tanta cólera como á vos, milord; mas en -cambio, mi odio excede al vuestro. Yo aniquilaré al favorito. - -LORD MONTAGU.--¡Oh! ¿cómo hacerlo? Todos los días pienso en ello. - -SIMÓN RENARD.--No se hacen ni deshacen de día los favoritos de la -reina, sino de noche. - -LORD CHANDOS.--La de hoy es bien negra y pavorosa. - -SIMÓN RENARD.--Á mí me parece magnífica para lo que trato de hacer. - -LORD CHANDOS.--¿Qué es ello? - -SIMÓN RENARD.--Ya lo veréis... Milord Chandos, cuando una mujer reina, -el capricho gobierna; entonces, la política no es ya cuestión de -cálculo, sino de casualidad; no se puede contar sobre nada, y el día de -hoy no trae lógicamente el de mañana. Los negocios no se juegan ya al -ajedrez, sino á los naipes. - -LORD CLINTON.--Todo eso está muy bien; pero vamos al hecho. Señor -baile, ¿cuándo nos entregaréis al favorito? Es cosa urgente, porque -mañana decapitan á Tyrconnel. - -SIMÓN RENARD.--Si encuentro esta noche un hombre como el que busco, -Tyrconnel cenará con vos mañana. - -LORD CLINTON.--¿Qué queréis decir? ¿Qué sucederá con Fabiani? - -SIMÓN RENARD.--¿Tenéis buena vista, milord? - -LORD CLINTON.--Sí, aunque sea viejo y la noche esté negra, veo bastante. - -SIMÓN RENARD.--¿Divisáis la ciudad de Londres al otro lado del río? - -LORD CLINTON.--Sí. ¿Por qué? - -SIMÓN RENARD.--Mirad bien. Desde aquí se ve la subida y la bajada de -todo favorito: Westminster y la Torre de Londres. - -LORD CLINTON.--¿Y bien? - -SIMÓN RENARD.--Si Dios me ayuda, en este momento hay allí un hombre... -(_Señala la abadía de Westminster._) que mañana á la misma hora estará -aquí. - - (_Señala la Torre._) - -LORD CLINTON.--¡Que el Señor os preste su ayuda! - -LORD MONTAGU.--El pueblo no le odia menos que nosotros. ¡Qué fiesta -habrá en Londres el día de su caída! - -LORD CHANDOS.--Nos hemos puesto en vuestras manos, señor baile, y por -lo tanto disponed de nosotros. ¿Qué se ha de hacer? - -SIMÓN RENARD (_mostrando la casa situada junto á la orilla)_.--¿Veis -todos esa casa? Es la de Gilberto, el cincelador; no la perdáis de -vista, y dispersaos con vuestra gente, aunque sin alejaros mucho. Sobre -todo, no hagáis nada sin mí. - -LORD CHANDOS.--Está bien. - - (_Todos se alejan por diversos lados._) - -SIMÓN RENARD (_solo_).--No es fácil encontrar un hombre como el que -necesito. - - (_Vase. Llegan Juana y Gilberto cogidos del brazo y se dirigen hacia - la casa; acompáñales Joshua Farnaby, embozado en su capa._) - - -ESCENA II - -JUANA, GILBERTO Y JOSHUA FARNABY - -JOSHUA.--Aquí os dejo, amigos míos, porque ya es de noche y he de ir -á prestar mi servicio en la Torre de Londres. ¡Ah! yo no estoy libre -como vosotros; el carcelero no es más que una especie de preso. Vamos, -adiós, Juana, adiós, Gilberto; me alegro mucho de que seáis felices. -¡Ah! dime tú, Gilberto, ¿cuándo es la boda? - -GILBERTO.--De aquí á ocho días. ¿No es verdad, Juana? - -JOSHUA.--Ahora recuerdo que pasado mañana es Navidad, día de -felicitaciones; pero yo no tengo ninguna que daros, puesto que es -imposible desear más belleza en la novia y más amor en el novio. ¡Sois -dichosos! - -GILBERTO.--¿No lo eres tú también, buen Joshua? - -JOSHUA.--Ni feliz ni desgraciado, pues renuncié á todo hace tiempo. -(_Entreabre su capa y deja ver un manojo de llaves que pende de su -cintura._) He aquí, Gilberto, algunas llaves de la prisión, cuyo sonido -me acompaña de continuo, induciéndome á muchas reflexiones filosóficas. -Cuando joven, era como los demás; estaba enamorado un día, acosábame -la ambición durante un mes, y la locura todo el año. Era en tiempo de -Enrique VIII, rey verdaderamente singular, rey que cambiaba de mujeres -como éstas de vestidos; repudió á la primera, mandó cortar la cabeza -á la segunda, dispuso que abrieran el vientre á la tercera; perdonó á -la cuarta, aunque expulsándola; pero en cambio ordenó que decapitaran -á la quinta. No creáis que os refiero el cuento de Barba-Azul, porque -es la verdadera historia de Enrique VIII. En aquel tiempo ocupábame en -la guerra y en cuestiones de religión, batiéndome por una y por otra; -y eso era lo mejor que se podía hacer entonces, aunque el asunto era -espinoso. Tratábase de ir en favor ó en contra del papa; la gente del -rey ahorcaba á los que no le defendían; pero quemaban á cuantos se -declaraban en contra; y la misma suerte sufrían los indiferentes, es -decir los que no estaban por el rey ni por el papa. Cada cual salía -del paso como podía, hallándose amenazado siempre por la cuerda ó la -hoguera. Á mí me han chamuscado más de cuatro veces, y creo que me -descolgaron de la horca dos ó tres un momento antes de efectuarse la -ejecución. ¡Buen tiempo era aquel, poco más ó menos como éste! Sí, yo -me batía por todo eso; pero lléveme el diablo si sé ahora por qué y -para qué me batía. Cuando me hablan del maestro Lutero y del papa Pablo -III me encojo de hombros. Mira, Gilberto, cuando se tiene el cabello -gris no se deben profesar las opiniones por las cuales nos batíamos -antes, ni tratar á las mujeres á quienes se hacía el amor á los veinte -años, pues unas y otras parecen ya muy feas y viejas, raquíticas, -llenas de arrugas y estúpidas. Esa es mi historia. Ya me he retirado de -los negocios, y ya no soy soldado del rey ni del papa, sino carcelero -de la Torre de Londres; no me bato por nadie, y encierro bajo llave á -todo el mundo. Carcelero y viejo, tengo un pie en la prisión y el otro -en la fosa. Yo soy quien recoge los restos de todos los ministros y -favoritos que se prenden en palacio, lo cual es muy divertido. Además -tengo un hijo á quien amo mucho, y vosotros dos, que merecéis todo mi -cariño. Si sois felices, ya estoy contento. - -GILBERTO.--En tal caso, sé dichoso, Joshua. - -JOSHUA.--Yo no puedo hacer nada por tu felicidad; pero Juana lo -hará todo, porque la amas; y tampoco me será dado prestarte ningún -servicio en mi vida, porque felizmente no eres bastante gran señor -para necesitar nunca al llavero de la Torre de Londres. Juana pagará -mi deuda al mismo tiempo que la suya, pues ella y yo te lo debemos -todo; tú la recogiste y educaste cuando era una pobre niña huérfana y -abandonada; y á mí me salvaste un día que me ahogaba en el Támesis. - -GILBERTO.--¿Á qué hablar siempre de eso, Joshua? - -JOSHUA.--Para decirte que nuestro deber es amarte, yo como un hermano, -y ella... como otra cosa. - -JUANA.--Como una esposa fiel; ya comprendo, Joshua. - - (_Entrégase á una profunda meditación._) - -GILBERTO (_en voz baja á Joshua_).--¡Mírala, Joshua! ¿No te parece que -es hermosa y encantadora, y digna de un rey? No puedes imaginar cuánto -la amo. - -JOSHUA.--¡Cuidado! es imprudente amar tanto á una mujer. Tratándose de -un niño, es otra cosa. - -GILBERTO.--¿Qué quieres decir? - -JOSHUA.--Nada... De aquí á ocho días asistiré á vuestra boda. Espero -que entonces me dejarán alguna libertad los asuntos del Estado, y que -todo se acabará. - -GILBERTO.--¿Qué se acabará? - -JOSHUA.--¡Ah! tú no debes ocuparte de estas cosas, porque estás -enamorado. Tú eres del pueblo, y poco pueden importarte las intrigas -de altas regiones, siendo tan feliz aquí abajo; pero puesto que me -preguntas, te diré que se espera que de aquí á ocho días, ó tal vez -dentro de veinticuatro horas, Fabiano Fabiani será sustituído por otro -cerca de la reina. - -GILBERTO.--¿Quién es ese Fabiano Fabiani? - -JOSHUA.--Es el amante de la reina, un favorito muy célebre y -encantador, un favorito que tarda menos en hacer cortar la cabeza á un -hombre, cuando le desagrada, que un burgomaestre flamenco en comerse -una cucharada de sopa; es el mejor favorito que el verdugo de la Torre -de Londres ha tenido hace diez años, pues ya sabes que el ejecutor -recibe por cada cabeza de noble diez escudos de plata, y á veces -cuarenta, si la cabeza es de importancia. Se desea mucho la caída de -ese Fabiani, aunque á decir verdad, en mis funciones de carcelero sólo -oigo hablar de él á los descontentos, á hombres á quienes se ha de -cortar la cabeza dentro de un mes. - -GILBERTO.--¡Devórense los lobos entre sí! ¿Qué nos importan á nosotros -la reina y su favorito? ¿No es verdad, Juana? - -JOSHUA.--¡Oh! se está fraguando una tremenda conspiración contra -Fabiani, y no tendrá poca suerte si sale bien de ella. No extrañaría -que se intentase algún golpe esta noche, pues acabo de ver á maese -Simón Renard rondando por ahí y muy meditabundo. - -GILBERTO.--¿Quién es ese Simón Renard? - -JOSHUA.--¡Cómo! ¿no lo sabes? Es el brazo derecho del emperador en -Londres. La reina debe casarse con el príncipe de España, cuyo -representante es Simón Renard; la soberana le odia, pero le teme, y -nada puede contra él. Ha destronado ya dos ó tres favoritos, pues -su instinto le induce á dar en tierra con todos, y por esto hace -una limpia en palacio de vez en cuando. Simón Renard es hombre muy -sagaz y malicioso, que sabe cuanto pasa, y que socava siempre las -intrigas subterráneas en todos los acontecimientos. En cuanto á -lord Paget... ¿no me has preguntado también quién era? Pues te diré -que es un caballero muy audaz, que ha entendido en los negocios en -tiempo de Enrique VIII; es individuo del Consejo secreto, y tiene tal -ascendiente, que los demás ministros no osan decir palabra delante de -él, exceptuando, no obstante, el canciller, milord Gardiner, que le -aborrece. Este lord Gardiner tiene un carácter muy violento, pero es de -muy buena cuna; mientras que Paget tuvo por padre á un zapatero. Paget -obtendrá muy pronto el título de barón de Beaudesert en Stafford. - -GILBERTO.--¡Qué enterado está Joshua de todas estas cosas! - -JOSHUA.--¡Pardiez! de algo sirve oir hablar á los prisioneros de -Estado. (_Simón Renard aparece en el fondo del teatro._) Te aseguro, -Gilberto, que el hombre que mejor sabe la historia de estos tiempos es -el carcelero de la Torre de Londres. - -SIMÓN RENARD (_que ha oído las últimas palabras_).--Os engañáis, maese, -es el verdugo. - -JOSHUA (_en voz baja á Juana y á Gilberto_).--Retirémonos un poco. -(_Simón Renard se aleja lentamente, desapareciendo después._) Ahí -tenéis á Simón Renard. - -GILBERTO.--No me gustan esos hombres que rondan alrededor de mi casa. - -JOSHUA.--¿Qué diablos buscará por aquí? Bueno será marcharme pronto, -pues tal vez me prepare algún trabajo. ¡Adiós, Gilberto, adiós, hermosa -Juana! - -GILBERTO.--¡Adiós, Joshua!... Pero dime ¿qué llevas oculto debajo de la -capa? - -JOSHUA.--¡Ah! yo también tengo mi complot. - -GILBERTO.--¿Qué complot? - -JOSHUA.--Vosotros los enamorados lo olvidáis todo. Acabo de recordaros -que pasado mañana es día de Navidad. Los señores preparan una sorpresa -á Fabiani, y yo conspiro por mi cuenta. La reina tendrá tal vez un -favorito nuevo, y yo voy á dar una muñeca á mi niña. (_Saca una muñeca -que lleva debajo de la capa._) También es nueva; veremos cuál dura más, -si el favorito ó ella. ¡Dios os guarde, amigos míos! - -GILBERTO.--Hasta más ver, Joshua. - - (_Joshua se aleja; Gilberto toma la mano de Juana y la besa con - pasión._) - -JOSHUA (_en el fondo del teatro_).--¡Qué grande es la Providencia! ¡Á -cada cual le da su juguete, la muñeca á la niña, la niña al hombre, el -hombre á la mujer y la mujer al diablo! - - -ESCENA III - -GILBERTO, JUANA - -GILBERTO.--También debo separarme de ti. Adiós, Juana, duerme en paz. - -JUANA.--¿No queréis entrar esta noche, Gilberto? - -GILBERTO.--No me es posible. Ya te he dicho que debo concluir un -trabajo en el taller esta noche; he de cincelar la empuñadura de una -daga para no sé qué lord Clanbrassil, á quien no he visto nunca, y que -la necesita para mañana. - -JUANA.--Pues entonces buenas noches, Gilberto. - -GILBERTO.--¡Un momento más, Juana! ¡Cuánto me cuesta separarme de -ti, aunque sólo sea por algunas horas! ¡Tú eres mi vida y mi alegría, -pero es preciso que vaya á trabajar, pues somos muy pobres! No quiero -entrar, porque me quedaría, y debo marcharme. Mira, sentémonos algunos -minutos á la puerta de tu casa, en ese banco; me parece que así me será -menos difícil irme. Dame la mano. (_Se sienta y le coge ambas manos, -mientras Juana permanece de pie._) ¿Me amas, Juana? - -JUANA.--¡Oh! todo os lo debo, Gilberto, ya lo sé, aunque durante largo -tiempo me lo hayáis ocultado. Muy pequeña, cuando apenas había dejado -la cuna, mis padres me abandonaron, y vos me recogisteis. Hace diez y -seis años habéis trabajado para mí como un padre, y vuestros ojos me -han vigilado como los de una madre. ¿Qué sería yo sin vos, Dios mío? -Todo lo que tengo me lo habéis dado; todo lo que soy, á vos lo debo. - -GILBERTO.--Juana, ¿me amas? - -JUANA.--¡Qué abnegación la vuestra, Gilberto! Día y noche trabajabais -para mí sin tregua ni reposo, y aun hoy pasáis la noche en vela por -mi causa. Sin embargo, jamás oí de vuestros labios una reprensión ni -una palabra dura; nunca os dejáis llevar de la cólera; y aunque sois -tan pobre, procuráis satisfacer mis caprichos de coqueta. Gilberto, -sólo pienso en vos con las lágrimas en los ojos; algunas veces habéis -carecido de pan, y á mí no me han faltado nunca cintas. - -GILBERTO.--¿Me amas, Juana? - -JUANA.--Gilberto, os besaría hasta los pies. - -GILBERTO.--Pero ¿me amas? Con todo eso que me dices, aún no me -has contestado; una sola palabra es la que yo necesito, Juana. -¡Agradecimiento, siempre agradecimiento! ¡Oh! eso es cosa muy frívola; -lo que yo quiero es amor ó nada. Juana, desde hace diez y seis años -eres mi hija, y ahora vas á ser mi esposa; te había adoptado; quiero -unirme contigo. De aquí á ocho días, pues tú has consentido en ello, se -efectuará nuestro enlace. ¡Oh Juana! ¿me amabas cuando te comprometiste -á esto? Hubo un tiempo, recuérdalo bien, en que me decías, mirando -al cielo con tus hermosos ojos: «¡Te amo!» Así es cómo yo te quiero. -Desde hace algunos meses, paréceme que algo ha cambiado en ti, sobre -todo en estas tres últimas semanas en que el trabajo me obliga á estar -ausente algunas noches. ¡Oh Juana! quiero que tú me ames, porque me -has acostumbrado á ello. Tú, tan alegre en otro tiempo, siempre estás -triste y preocupada ahora, por más que te esfuerzas para disimularlo; y -yo conozco que las palabras de cariño no son en ti naturales como otras -veces. ¿Qué tienes? ¿Es que no me amas ya? Soy seguramente un hombre -honrado, un buen obrero; pero quisiera ser un ladrón ó un asesino con -tal que me amases... ¡Juana, tú no sabes cuánto te adoro! - -JUANA.--Ya lo sé, Gilberto, y por eso lloro. - -GILBERTO.--¡De alegría! ¿No es cierto? Dime que es de alegría, porque -necesito creerlo. En el mundo no hay nada como ser amado. Yo no soy -más que un oscuro obrero; pero es preciso que mi Juana me ame. ¿Por -qué me has de hablar siempre de lo que hice por ti? Deja todo tu -agradecimiento á un lado y dime una sola palabra de amor. Por ti soy -capaz de condenarme y de cometer un crimen si tú lo quisieras. Tú serás -mi esposa ¿no es cierto? ¡Juana, por una mirada tuya daría cuanto -tengo, por una de tus sonrisas mi vida, y por un beso mi alma! - -JUANA.--¡Qué noble corazón tenéis, Gilberto! - -GILBERTO.--Escucha, Juana, aunque te rías, te diré que estoy loco y -celoso. No te ofendas... hace largo tiempo me parece ver á muchos -jóvenes caballeros rondar por aquí. Ya sabes que yo tengo treinta y -cuatro años, y sin duda comprendes que es una desgracia que un pobre -obrero, mal vestido como yo, que ya no es joven ni buen mozo, ame á una -encantadora muchacha de diez y siete abriles que llama la atención de -apuestos y gallardos caballeros, dorados y brillantes como la luz que -atrae á las mariposas. ¡Oh! yo sufro mucho; pero jamás te ofendo en mi -pensamiento, á ti, tan casta y pura, á ti, cuya frente no han tocado -aún mis labios. Sin embargo, paréceme á veces que te agrada en demasía -ver pasar el séquito y el acompañamiento de la Reina, y á todos esos -señores lujosamente vestidos de seda y terciopelo, pero que carecen de -alma y corazón. ¡Perdóname!... no sé lo que me digo. Mas ¿por qué pasan -por aquí tantos jóvenes caballeros? ¿Por qué no seré yo también noble -y rico como ellos? ¡Ay, sólo soy Gilberto el cincelador! Lord Chandos, -lord Fitz-Gerard, el conde de Arundel, el duque de Norfolk... ¡Oh! -¡cuánto aborrezco á esos nobles! Paso la vida cincelando para ellos -empuñaduras de espadas, con las cuales quisiera atravesarles el pecho. - -JUANA.--¡Gilberto! - -GILBERTO.--Dispénsame, Juana. ¿No es verdad que el amor puede hacer al -hombre muy malo? - -JUANA.--No, muy bueno. Vos lo sois, Gilberto. - -GILBERTO.--¡Oh! cada día te amo más, y quisiera morir por ti. Bien me -correspondas ó no, yo seré tu esclavo. Estoy loco... Perdóname cuanto -te he dicho. Ya es tarde, y debo retirarme. Adiós. ¡Dios mío, qué -triste es separarme de ti! Entra en casa. ¿No tienes la llave? - -JUANA.--No, hace días que no sé lo que ha sido de ella. - -GILBERTO.--Aquí tienes la mía... Hasta mañana... No olvides que si -ahora soy tu padre, dentro de ocho días seré tu esposo. - - (_La besa en la frente y vase._) - -JUANA (_sola_).--¡Mi esposo! ¡Oh! no; de ningún modo cometeré ese -crimen. ¡Pobre Gilberto, él sí que me ama; mientras que el otro!... -¡Con tal que no haya preferido la vanidad al amor, infeliz de mí!... -¿De quién dependo yo ahora? ¡Oh, soy tan ingrata como culpable!... Oigo -pasos, entremos pronto. - - (_Entra en la casa._) - - -ESCENA IV - -GILBERTO, UN HOMBRE embozado en su capa, y cubierta la cabeza con un -bonete amarillo.--El hombre tiene cogida una mano de Gilberto. - -GILBERTO.--Sí, te reconozco, tú eres el mendigo judío que ronda hace -días esta casa. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has cogido de la mano para -conducirme hasta aquí? - -EL HOMBRE.--Porque lo que debo deciros, sólo aquí puede decirse. - -GILBERTO.--Pues bien, habla y despáchate, porque voy de prisa. - -EL HOMBRE.--Escucha, joven. Hace diez y seis años, en la misma noche -en que lord Talbot, conde de Waterford, fué decapitado á la luz de -las antorchas por cuestión de papismo y de rebeldía, sus partidarios -murieron destrozados en las calles de Londres por la gente de Enrique -VIII. El tiroteo duró algunas horas, y aquella noche, un joven obrero, -mucho más ocupado en su oficio que en la guerra, trabajaba en su -tiendecilla, que es la primera que se encuentra al entrar en el puente -de Londres. Serían las dos de la madrugada, poco más ó menos, y cerca -de allí arreciaba la lucha, oyéndose cómo silbaban las balas al cruzar -el Támesis. De repente llamaron á la puerta de la tiendecilla, á través -de cuya cerradura veíase el resplandor de la luz; el artesano abrió, -y al punto entró un hombre á quien no conocía, llevando en los brazos -una criatura en mantillas, que gritaba y lloraba. El hombre la depositó -sobre la mesa y dijo: «He aquí una niña que ya no tiene padre ni -madre». Después salió lentamente, cerrando la puerta tras sí. Gilberto, -el obrero, era también huérfano, y aceptó la criatura; cuidó de ella, -vistióla, quiso educarla, y al fin la amó. Consagróse del todo á la -pobre criatura, conducida allí por la guerra civil; olvidó por ella su -juventud, sus amoríos y placeres, y desde entonces ella fué el objeto -único de su cariño y afecto. Esto ha durado diez y seis años. Gilberto, -el obrero erais vos; la niña... - -GILBERTO.--Era Juana. Todo cuanto me habéis dicho es verdad; pero ¿por -qué me explicáis esto? - -EL HOMBRE.--Se me ha olvidado deciros que en los pañales de la criatura -había un papel sujeto con un alfiler, y en el que se leían las -siguientes palabras: _Compadeceos de Juana_. - -GILBERTO.--Estaban escritas con sangre; he conservado ese papel, y -le llevo siempre conmigo. Pero me estáis mortificando... ¿veamos la -conclusión? - -EL HOMBRE.--Es muy sencilla. Ya veis que conozco vuestros asuntos, y -por lo mismo vengo á deciros: ¡Gilberto, vigilad vuestra casa esta -noche! - -GILBERTO.--¿Qué queréis decir? - -EL HOMBRE.--Ni una palabra más. Os aconsejo que no vayáis á trabajar; -permaneced en los alrededores de esta casa y vigilad. No soy amigo ni -enemigo vuestro; pero pláceme daros este aviso. Ahora, á fin de no -perjudicaros, dejadme; idos por ese lado, y acudid si me oís gritar. - -GILBERTO.--¿Qué significa todo esto? - - (_Aléjase lentamente._) - - -ESCENA V - -EL HOMBRE, solo - -La cosa está bien arreglada así. Yo necesitaba algún hombre joven y -fuerte que me prestase auxilio en caso necesario. Ese Gilberto es lo -que me conviene... Me parece que oigo rumor de remos y los acordes -de un bandolín en el río... Sí. (_Se dirige al parapeto.--Óyense los -sonidos de dicho instrumento y una voz lejana que canta._) Es él. -(_La voz se aproxima._) ¡Ya desembarca... bien... ahora despide al -barquero... magnífico! (_Volviendo al proscenio._) ¡Hele aquí! - - (_Entra Fabiano Fabiani embozado en su capa y se dirige hacia la - puerta de la casa._) - - -ESCENA VI - -EL HOMBRE, FABIANO FABIANI - -EL HOMBRE (_deteniendo á Fabiani_).--Una palabra, si os place. - -FABIANI.--Creo que me hablan. ¿Quién será este bergante? - -EL HOMBRE.--Lo que gustéis que sea. - -FABIANI.--Esta linterna alumbra mal; pero veo que llevas un bonete -amarillo, al parecer de judío. ¿Eres hebreo? - -EL HOMBRE.--Sí. Deseo deciros dos palabras. - -FABIANI.--¿Cómo te llamas? - -EL HOMBRE.--Sé vuestro nombre, y no conocéis el mío; de modo que por -esta parte llevo la ventaja. Permitidme que la conserve. - -FABIANI.--¿Tú sabes mi nombre? No es verdad. - -EL HOMBRE.--Sí. En Nápoles os llamaban _signor_ Fabiani; en Madrid, don -Fabiano; en Londres os tituláis Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil. - -FABIANI.--¡Llévete el diablo! - -EL HOMBRE.--¡Que Dios os guarde! - -FABIANI.--Mandaré apalearte. No quiero que sepan mi nombre cuando paseo -por la noche. - -EL HOMBRE.--Sobre todo cuando vais al sitio en que os esperan. - -FABIANI.--¿Qué quieres decir? - -EL HOMBRE.--¡Si la reina lo supiese! - -FABIANI.--No voy á ninguna parte. - -EL HOMBRE.--Sí, milord; vais á casa de la hermosa Juana, la prometida -de Gilberto el cincelador. - -FABIANI (_aparte_).--¡Diablo! ¡éste es un hombre peligroso! - -EL HOMBRE.--¿Queréis que os diga algo más? Habéis seducido á esa joven, -y desde hace un mes os ha recibido dos veces en su casa por la noche; -ésta es la tercera. La hermosa debe estar esperando. - -FABIANI.--¡Cállate! ¿Quieres dinero por callarte? ¿Cuánto deseas? - -EL HOMBRE.--Ahora lo veremos. Por lo pronto, milord, ¿queréis que os -diga por qué sedujisteis á esa muchacha? - -FABIANI.--¡Pardiez! porque estaba enamorado. - -EL HOMBRE.--No; eso no es cierto. - -FABIANI.--¿No estaba yo enamorado de Juana? - -EL HOMBRE.--Lo mismo que de la reina... En vos no hay amor, sino -cálculo. - -FABIANI.--¡Ah diablo! ¡Tú no eres un hombre; eres mi conciencia vestida -de judío! - -EL HOMBRE.--Pues os hablaré como vuestra conciencia, milord; escuchad. -Sois favorito de la reina, que os ha otorgado la Jarretera, el condado -y el señorío, á la verdad cosas huecas, pues la una es un trapo, -la otra una palabra, y la última el derecho de morir decapitado. -Necesitabais algo mejor; os hacían falta buenas tierras, castillos y -rentas considerables; y como el rey Enrique VIII confiscó los bienes -de lord Talbot, decapitado hace diez y seis años, os arreglasteis -de modo que la reina María os los diera. Sin embargo, para que la -donación fuese valedera, necesitábase que el lord hubiese muerto sin -posteridad; si existía un heredero ó heredera, como Talbot murió por -la reina María y por su madre Catalina de Aragón, y atendido que era -papista, como aquella soberana, no debía dudarse que esta última os -retiraría los bienes, por muy favorito que fuéseis, para devolverlos, -por deber, por agradecimiento y por religión, al heredero ó á la -heredera. Por este lado estabais bastante tranquilo, pues lord Talbot -tenía sólo una niña que desapareció de la cuna el día en que ejecutaron -á su padre: llegaron á creer en toda Inglaterra que había muerto. -Vuestros espías, sin embargo, descubrieron últimamente que en la noche -en que lord Talbot y su partido fueron exterminados por Enrique VIII, -se había depositado misteriosamente una niña en casa de un obrero -cincelador que vive en el puente de Londres, y que era probable que -esta niña, educada bajo el nombre de Juana, fuese realmente Juana -Talbot, la niña desaparecida. Cierto que faltaban las pruebas escritas -de su nacimiento, pero se podrían encontrar el día menos pensado. El -inconveniente era grave; veros obligado á devolver algún día á una -niña, Shrewsbury, Wexford y el magnífico condado de Waterford, os -pareció muy duro. ¿Qué hacer? Buscasteis el medio de aniquilar ó anular -la joven: un hombre honrado se habría valido de un asesino; pero vos, -milord, lo hicisteis mejor: la deshonrasteis. - -FABIANI.--¡Insolente! - -EL HOMBRE.--Vuestra conciencia es la que habla, milord; otro -hubiera quitado la vida á la joven; vos la robasteis el honor, y de -consiguiente el porvenir. La reina María es orgullosa, aunque tenga -amantes. - -FABIANI (_aparte_).--Este hombre llega al fondo de todo. - -EL HOMBRE.--La reina no goza de buena salud; puede morir pronto, y -entonces vos, su favorito, caeríais arruinado sobre su tumba. Las -pruebas materiales del estado civil de la joven, que darían á conocer -su categoría, se pueden hallar cuando menos se espere, y entonces, si -la reina ha muerto, Juana, por deshonrada que esté, será reconocida -como heredera de Talbot. ¡Pues bien! vos habéis previsto este caso; -sois un caballero joven, de buen aspecto, os habéis hecho amar de -ella, y la pobre muchacha se ha entregado á vos: en el peor caso, os -casaríais con ella. No me neguéis que tal es vuestro plan; á mí me -parece sublime; y si no fuera quien soy, quisiera ser vos. - -FABIANI.--¡Gracias! - -EL HOMBRE.--Habéis conducido el asunto con mucha destreza, ocultando -vuestro nombre; de modo que estáis á cubierto en lo que se refiere á la -reina. La pobre muchacha cree haber sido seducida por un caballero del -país de Somerset, llamado Amyas Pawlett. - -FABIANI.--¡Todo lo sabe! En fin, vamos al hecho. ¿Qué quieres? - -EL HOMBRE.--Milord, si alguno tuviera en su poder los papeles que -prueban el nacimiento, la existencia y el derecho de la heredera de -Talbot, vos quedaríais más pobre que mi antecesor Job, no conservando -más castillos que los que hagáis en el aire, lo cual os disgustaría -mucho. - -FABIANI.--Sí; pero nadie tiene esos papeles. - -EL HOMBRE.--Os engañáis. - -FABIANI.--¿Quién? - -EL HOMBRE.--Yo. - -FABIANI.--¡Bah, un miserable como tú! No es cierto; judío que habla, -hombre que miente. - -EL HOMBRE.--Tengo esos papeles. - -FABIANI.--¡Mientes! ¿Dónde están? - -EL HOMBRE.--En mi bolsillo. - -FABIANI.--No lo creo. ¿Están en regla? ¿No falta nada? - -EL HOMBRE.--Nada. - -FABIANI.--Si es así, los necesito. - -EL HOMBRE.--Poco á poco. - -FABIANI.--¡Judío, dame esos papeles! - -EL HOMBRE.--¡Muy bien!... ¡Judío dices! Y tú, miserable mendigo, dame -la ciudad de Shrewsbury, dame la de Wexford, y también el Condado de -Waterford... Un poco de caridad, si os place. - -FABIANI.--Esos papeles son todo para mí, y nada valen para ti. - -EL HOMBRE.--Simón Renard y lord Chandos me los pagarían á buen precio. - -FABIANI.--Simón Renard y lord Chandos son dos perros entre los cuales -mandaré que te ahorquen. - -EL HOMBRE.--Si no tenéis otra cosa que proponerme, adiós. - -FABIANI.--¡Aquí, judío! ¿Qué quieres por esos papeles? - -EL HOMBRE.--Una cosa que tienes encima. - -FABIANI.--¡Mi bolsa! - -EL HOMBRE.--¡Ca, nada de eso! ¿Queréis la mía? - -FABIANI.--¿Pues qué deseas? - -EL HOMBRE.--Siempre lleváis encima un pergamino; es una firma en blanco -que la reina os ha dado, y en la que jura por su corona católica -conceder á quien se la presente la gracia que solicite, sea cual fuere. -Dadme esa firma en blanco, y os entregaré los papeles de Juana Talbot; -papel por papel. - -FABIANI.--¿Y qué quieres hacer con esa firma en blanco? - -EL HOMBRE.--¡Vaya, juguemos limpio! Os he dicho cuáles son vuestros -asuntos, y ahora voy á daros cuenta de los míos. Soy uno de los -principales plateros judíos de la calle de Kantersten en Bruselas; -presto dinero al cincuenta por ciento á todo el mundo, y prestaría -aunque fuese al diablo ó al papa. Hace dos meses uno de mis deudores -murió sin haberme pagado; era un antiguo servidor de la familia Talbot, -y el pobre hombre, desterrado hacía tiempo, sólo dejó algunos harapos; -la justicia los puso en mi poder, y en ellos encontré una caja que -contenía varios papeles. Eran los de Juana Talbot, milord, con toda -su minuciosa historia, y probada con documentos en regla. La reina de -Inglaterra acababa de daros precisamente los bienes de Juana Talbot; -y como yo necesitaba también á la soberana para negociar un préstamo -de diez mil marcos de oro, comprendí que podría hacer negocio con vos. -Vine á Inglaterra con este disfraz, espié á Juana Talbot, y todo lo he -hecho por mí mismo. De esta manera he averiguado cuánto me convenía, -y heme aquí. Tendréis los papeles de Juana Talbot si me dais la firma -en blanco de la reina: yo escribiré en el documento que se me conceden -diez mil marcos de oro; aquí me deben todavía alguna cosa, pero no -quiero regatear. ¡Diez mil marcos de oro, nada más! No os pido la suma, -porque sólo una testa coronada puede pagármela. Esto es hablaros con -franqueza, pues supongo que dos hombres tan diestros como nosotros no -ganarían nada engañándose. Si la franqueza se desterrase de la tierra, -debería reaparecer en la entrevista de dos bribones. - -FABIANI.--Imposible; no puedo dar esa firma en blanco. ¡Diez mil marcos -de oro! ¿Qué diría la reina? Además, mañana podría caer en desgracia, y -esa firma en blanco sería la salvación para mí: es mi cabeza. - -[Ilustración: GILBERTO.--_¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo...!_] - -EL HOMBRE.--¿Qué me importa á mí? - -FABIANI.--Pedidme otra cosa. - -EL HOMBRE.--Quiero eso. - -FABIANI.--Judío, dame los papeles de Juana Talbot. - -EL HOMBRE.--Dadme la firma en blanco de la reina. - -FABIANI.--¡Vamos, maldito judío, será preciso ceder! - - (_Saca un papel del bolsillo._) - -EL HOMBRE.--Enseñadme la firma en blanco de la reina. - -FABIANI.--Muéstrame los papeles de Talbot. - -EL HOMBRE.--Ahora los veréis. (_Se acercan á la linterna; Fabiani, -colocado detrás del judío, le pone el papel ante los ojos, y el hombre -le examina._) «Nos, María, reina...»--Está bien. Ya veis que soy como -vos, milord; todo lo he calculado y previsto. - -FABIANI (_desenvaina un puñal con la mano derecha y se lo hunde en la -garganta_).--Exceptuando esto. - -EL HOMBRE.--¡Ah traidor!... ¡Á mí... socorro! - - (_Cae, y en el mismo instante arroja en la sombra tras sí, sin que - Fabiani lo note, un pliego sellado._) - -FABIANI (_inclinándose sobre el cuerpo_).--¡Á fe mía, creo que ya -está muerto!... ¡Cojamos ahora esos papeles! (_Registra al judío._) -¡Maldición, no lleva nada, ni un solo papel! ¡El bribón me engañaba, -quería robarme! ¡Maldito judío, le he matado inútilmente! Todos lo -mismo; la mentira y el robo son propios de su raza. ¡Vamos, será -preciso quitar de ahí ese cadáver, y no dejarle delante de la puerta! -(_Dirigiéndose al fondo del teatro._) Si el barquero está aún allí, él -me ayudará á tirar el cuerpo al agua. - - (_Desaparece detrás del parapeto._) - -GILBERTO (_entrando por el lado opuesto_).--Me parece haber oído un -grito. (_Ve el cuerpo tendido en tierra junto á la linterna._) ¡Un -hombre asesinado!... ¡El mendigo! - -EL HOMBRE (_incorporándose á medias_).--¡Ah!... Llegáis demasiado -tarde, Gilberto. (_Señala con el dedo el sitio donde acaba de arrojar -el pliego sellado._) Recoged eso; son los papeles que prueban que -Juana, vuestra prometida, es hija y heredera del último lord Talbot. -Mi asesino es lord de Clanbrassil, el favorito de la reina... ¡Ah! me -ahogo... ¡Gilberto, véngame y véngate! - - (_Muere._) - -GILBERTO.--¡Muerto!... Que me vengue... ¿Qué quiere decir? ¡Juana hija -de lord Talbot! ¡Lord de Clanbrassil, favorito de la reina! ¡Oh! Yo me -confundo... (_Sacudiendo el cadáver._) ¡Habla, una palabra más!... ¡Ah! -está bien muerto... - - -ESCENA VII - -GILBERTO, FABIANI - -FABIANI (_volviendo_).--¿Quién va? - -GILBERTO.--Acaban de asesinar á un hombre. - -FABIANI.--No, es un judío. - -GILBERTO.--¿Quién le ha dado muerte? - -FABIANI.--¡Pardiez! vos ó yo. - -GILBERTO.--¡Caballero!... - -FABIANI.--No hay testigos. Aquí no se ve más que un cadáver y dos -hombres á su lado. ¿Quién asesinó á ese hombre? Nada prueba que sea yo -más bien que vos. - -GILBERTO.--¡Miserable! Sois el asesino. - -FABIANI.--Pues bien, es verdad. ¿Qué tenemos con eso? - -GILBERTO.--Voy á llamar á la justicia. - -FABIANI.--Lo que haréis es ayudarme á lanzar ese cuerpo al agua. - -GILBERTO.--Haré que os prendan y castiguen. - -FABIANI.--He dicho que me ayudaréis. - -GILBERTO.--Sois muy insolente. - -FABIANI.--Creedme, borremos todas las huellas de esto, pues os interesa -más que á mí. - -GILBERTO.--¡Esto es demasiado! - -FABIANI.--Uno de los dos ha dado el golpe: yo soy un gran señor, un -noble, y vos un transeúnte, un plebeyo, un hombre del pueblo. El -caballero que mata á un judío paga cuatro sueldos de multa; el hombre -del pueblo paga su delito con la vida. - -GILBERTO.--¡Osaríais...! - -FABIANI.--Si me denunciáis os denuncio, y yo seré más digno de crédito -que vos. Con todo esto, las probabilidades son desiguales; para mí la -multa; para vos la horca. - -GILBERTO.--¡Y no haber testigo ni pruebas! ¡Oh! mi cabeza se -extravía... ¡Y el miserable tiene razón! - -FABIANI.--¿Queréis que os ayude á arrojar ese cadáver al agua? - -GILBERTO.--¡Sois un infame! - -FABIANI (_Gilberto coge el cuerpo por la cabeza, Fabiani por los pies, -y le llevan al parapeto_).--Sí, amigo mío; no sé con seguridad quién de -los dos ha dado muerte á este hombre. - - (_Desaparecen detrás del parapeto._) - -FABIANI (_volviendo_).--Ya está hecho, compañero. Buenas noches; ya -podéis marcharos. (_Se dirige hacia la casa, y al volver la cabeza, -nota que Gilberto le sigue._) ¡Qué se os ofrece! ¿Es que deseáis -algún dinero por vuestro trabajo? En conciencia, nada os debo; pero -tomad. (_Entrega su bolsa á Gilberto, que al pronto hace un ademán -de negativa, aceptando después, como hombre que de pronto cambia de -parecer._) Ahora, idos. ¡Vamos! ¿qué esperáis aún? - -GILBERTO.--Nada. - -FABIANI.--Á fe mía, podéis quedaros ahí si bien os parece. Estaréis al -sereno, y yo con mi dama. ¡Dios os guarde! - - (_Se dirige hacia la puerta de la casa y hace ademán de abrir._) - -GILBERTO.--¿Adónde vais así? - -FABIANI.--¡Pardiez! á mi casa. - -GILBERTO.--¿Cómo á vuestra casa? - -FABIANI.--Sí. - -GILBERTO.--¿Quién de los dos es el que sueña? Antes me dijisteis que el -asesino del judío era yo, y ahora me aseguráis que esa es vuestra casa. - -FABIANI.--Ó la de mi querida, que es lo mismo. - -GILBERTO.--Repetidme lo que acabáis de decir. - -FABIANI.--Digo, ya que os empeñáis en saberlo, que esa casa es la de -una hermosa joven, que es mi querida. - -GILBERTO.--¡Yo digo, milord, que mientes! ¡Digo que eres un falsario -y un asesino; que tu madre fué azotada por el verdugo en una plaza -pública; y que voy á sujetar tu cabeza entre mis manos y á oprimirla -hasta que te cortes la lengua con tus propios dientes! - -FABIANI.--¡Hola! ¿Quién es este diablo de hombre? - -GILBERTO.--Soy Gilberto el cincelador, y Juana es mi prometida. - -FABIANI.--Pues yo soy el caballero Amyas Pawlett, el querido de Juana. - -GILBERTO.--¡Te digo que mientes! Tú eres lord Clanbrassil, el favorito -de la reina. ¡Imbécil! ¡Creías que lo ignoraba! - -FABIANI.--¡Está visto que todo el mundo me conoce esta noche!... He -aquí otro hombre peligroso, y del cual será preciso deshacerse cuanto -antes. - -GILBERTO.--Dime en el acto que has mentido como un bellaco, y que Juana -no es tu querida. - -FABIANI.--¿Conoces su letra? (_Saca un billete del bolsillo._) Lee eso. -(_Aparte, mientras que Gilberto desdobla convulsivamente el papel._) -Importa que éntre en su casa para reñir con Juana, pues así mi gente -tendrá tiempo de llegar. - -GILBERTO (_leyendo_).--«Estaré sola esta noche; podéis venir...» -¡Maldición, milord, tú has deshonrado á mi prometida, y eres un infame! -¡Vas á darme satisfacción al punto! - -FABIANI (_echando mano á la espada_).--No hay inconveniente. ¿Dónde -está tu acero? - -GILBERTO.--¡Oh rabia! ¡Ser hijo del pueblo y no tener espada ni puñal! -¡No importa; te esperaré en la esquina de una calle y te asesinaré, -miserable! - -FABIANI.--Eres muy violento, amigo mío. - -GILBERTO.--¡Oh! ya me vengaré de ti. - -FABIANI.--¡Vengarte de mí! Estás demasiado bajo, y yo muy alto. - -GILBERTO.--¿Me desafías? - -FABIANI.--Sí. - -GILBERTO.--¡Ya nos veremos! - -FABIANI (_aparte_).--Es preciso que el sol de mañana no salga para ese -hombre. (_En voz alta._) Créeme, amigo mío, entra en tu casa. Siento -mucho que hayas descubierto lo que acabas de averiguar; pero te dejo la -dama. Mi intención no era ir más lejos en estos amoríos. ¡Vamos, véte -á dormir! (_Arroja una llave á los pies de Gilberto._) Si no tienes -llave, toma esa, ó si lo prefieres, da tres golpes en la ventana; la -muchacha creerá que soy yo, y te abrirá. Buenas noches. - - (_Vase._) - - -ESCENA VIII - -GILBERTO, solo - -¡Se ha marchado, sin que pudiese despedazarle entre mis manos! ¡Ha -sido forzoso dejarle escapar! ¡No tengo arma ninguna! (_Ve en tierra -el puñal con que lord Clanbrassil ha dado muerte al judío, y recoge el -arma con precipitación._) ¡Ah, llegas demasiado tarde! Ya no podría -servir sino para mí; pero es igual; bien hayas caído del cielo ó vengas -del infierno, yo te bendigo. ¡Oh! Juana me ha vendido; Juana se ha -entregado á ese infame; ¡Juana es la heredera de lord Talbot; Juana -está perdida para mí! ¡Oh Dios mío! ¡he aquí en una hora desgracias -demasiado dolorosas para que yo las resista! (_Simón Renard aparece en -la oscuridad, en el fondo del teatro._) ¡Oh, vengarme de ese hombre, -vengarme de ese lord Clanbrassil! Si voy al palacio de la reina, los -lacayos me arrojarán á puntapiés como si fuese un perro. ¡Estoy loco, -mi cabeza arde! ¡Me es igual morir, mas antes quisiera vengarme, y -para conseguirlo daría hasta mi sangre! ¿No hay nadie en el mundo que -quiera hacer este pacto conmigo? ¿Quién se ofrece á vengarme de lord -Clanbrassil, tomando en cambio mi vida? - - -ESCENA IX - -GILBERTO, SIMÓN RENARD - -SIMÓN RENARD (_dando un paso_).--Yo. - -GILBERTO.--¿Tú? ¿Quién eres tú? - -SIMÓN RENARD.--Soy el hombre que deseas. - -GILBERTO.--¿Sabes quién soy yo? - -SIMÓN RENARD.--Eres el hombre que necesito. - -GILBERTO.--No tengo más que una idea, la de vengarme de lord -Clanbrassil y morir. - -SIMÓN RENARD.--Quedarás vengado y morirás. - -GILBERTO.--Quien quiera que seas, gracias. - -SIMÓN RENARD.--Sí, tendrás la venganza que deseas; pero no olvides con -qué condición. Necesito tu vida. - -GILBERTO.--Tómala. - -SIMÓN RENARD.--¿Queda convenido? - -GILBERTO.--Sí. - -SIMÓN RENARD.--Sígueme. - -GILBERTO.--¿Adónde? - -SIMÓN RENARD.--Ya lo sabrás. - -GILBERTO.--No olvides que me has prometido vengarme. - -SIMÓN RENARD.--Piensa que te comprometes á morir. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -Jornada Segunda - -LA REINA - - -Habitación en la cámara de la reina.--Un evangelio abierto sobre un -reclinatorio; la corona real en un escabel; puertas laterales, y -una más grande en el fondo; una parte de éste queda oculta por una -tapicería magnífica. - -PERSONAJES - - FABIANO FABIANI. - LA REINA. - GILBERTO. - SIMÓN RENARD. - JUANA. - LOS NOBLES. EL VERDUGO. - - -ESCENA I - -LA REINA, lujosamente vestida, y echada en un diván; FABIANO FABIANI, -sentado junto á ella en un escabel, luciendo un magnífico traje y la -orden de la Jarretera, tiene un bandolín entre las manos y canta. - -FABIANI (_dejando su bandolín en el suelo_).--¡Oh! os amo más de cuanto -podáis imaginaros, señora; pero á ese Simón Renard, tan poderoso como -vos misma, le odio con toda mi alma. - -LA REINA.--Ya sabéis que no puedo nada contra él, milord; es aquí el -representante del príncipe de España, mi futuro esposo. - -FABIANI.--¡Vuestro futuro esposo! - -LA REINA.--Vamos, milord, no hablemos de eso. Yo os amo. ¿Qué más -queréis? Por ahora, os recordaré que ya es hora de retiraros. - -FABIANI.--¡María, un momento más! - -LA REINA.--Ved que es hora de reunirse el consejo. Hasta ahora no ha -habido aquí más que la mujer, y es preciso dejar paso á la reina. - -FABIANI.--Yo quisiera que la mujer hiciese esperar á la reina á la -puerta. - -LA REINA.--¡Vos lo queréis! Miradme, milord. ¡Tienes una hermosa -cabeza, Fabiano! - -FABIANI.--¡Vos sí que sois hermosa, señora! No necesitaríais más que -vuestra belleza para ser poderosa; hay en vos algo que dice que sois -la reina; pero lo lleváis escrito en la frente más bien que en vuestra -corona. - -LA REINA.--Me lisonjeáis. - -FABIANI.--Te amo. - -LA REINA.--¿Me amas de veras, y sólo á mí? Vuelve á decírmelo con tu -expresiva mirada. ¡Ay! nosotras las mujeres no sabemos nunca á punto -fijo lo que pasa en el corazón de un hombre, y debemos creer por los -ojos; pero los más hermosos son á veces los más engañadores. En los -tuyos, sin embargo, hay tanta lealtad, tanto candor y buena fe, que no -pueden mentir; tu mirada es cándida y sincera, bello paje. ¡Oh! valerse -de ojos celestiales para engañar, sería un crimen. Ó tus ojos son los -de un ángel, ó los de un demonio. - -FABIANI.--Ni demonio ni ángel; sólo soy un hombre que os ama. - -LA REINA.--¿Que ama á la reina? - -FABIANI.--Que ama á María. - -LA REINA.--Escucha, Fabiano; yo te amo también; pero eres joven; hay -muchas bellas damas que te miran con ternura, y una reina puede cansar -al fin, lo mismo que otra mujer. No me interrumpas: si alguna vez te -enamoras de cualquiera dama, quiero que me lo digas, y haciéndolo así, -tal vez te perdone. Tú no sabes hasta qué punto te amo, pues ni yo -misma lo sé; pero hay momentos en que mejor quisiera verte muerto, que -feliz con otra. ¡Dios mío! yo no sé por qué se me quiere representar -siempre como una mujer maligna. - -FABIANI.--Yo no puedo ser feliz más que á tu lado, María; solo á ti te -amo. - -LA REINA.--¿De veras? Mírame bien para decírmelo. Estoy tan celosa, -que á veces me figuro--¿cuál es la mujer que no tiene estas ideas?--me -figuro que me engañas. Quisiera ser invisible para poder seguirte y -saber siempre qué haces, qué dices y dónde estás. En los cuentos de -hadas se habla de una sortija que hace invisible; yo daría mi corona -por esa sortija. Imagínome sin cesar que vas á ver á otras mujeres -jóvenes y hermosas, y á fe mía que fuera una indignidad engañarme. - -FABIANI.--¡Desechad esas ideas, señora! ¡Yo engañaros, á vos que sois -mi reina y mi amor! Para esto debería ser el más ingrato y miserable -de los hombres; y seguramente no os he dado motivo alguno para que lo -creáis así. ¡Yo te amo, María, te adoro, y no podría ni siquiera mirar -á otra mujer! ¿No estás leyéndolo en mis ojos? ¡Dios mío! debería haber -un acento de verdad para persuadir. ¡Vamos, mírame bien! ¿Tengo yo el -aspecto de un hombre que engaña? ¿No se reconoce pronto al hombre que -miente á una mujer? Ninguna se suele engañar en este punto. ¡Y qué -momento has elegido, María, para decirme semejantes cosas! Precisamente -aquel en que más te amo. Paréceme que nunca te adoré tanto como hoy. -Ahora no hablo á la reina, de la cual me burlo, pues ¿qué podría -hacerme? Mandar que me cortasen la cabeza, y esto me importa poco; -mientras que tú, María, puedes destrozarme el corazón. No es á Vuestra -Majestad á quien amo; es á ti; tu blanca y delicada mano es la que beso -y adoro, no vuestro cetro, señora. - -LA REINA.--Gracias, Fabiano mío; adiós. ¡Pero milord, qué joven sois! -¡Qué hermoso es el cabello de vuestra encantadora cabeza! Volved dentro -de una hora. - -FABIANI.--¡Lo que llamáis una hora es para mí un siglo! - - (_Sale._) - - (_Apenas desaparece, la Reina corre presurosa hacia una puertecilla - oculta en la pared, ábrela é introduce á Simón Renard._) - - -ESCENA II - -LA REINA, SIMÓN RENARD - -LA REINA.--Entrad, caballero. Y bien ¿estabais ahí? ¿Lo habéis oído -todo? - -SIMÓN RENARD.--Sí, señora. - -LA REINA.--¿Y qué os parece? ¡Oh! es el más redomado y el más falso de -los hombres. ¿Qué opináis? - -SIMÓN RENARD.--No en vano termina en _i_ el apellido de ese hombre. - -LA REINA.--¿Estáis seguro que va por la noche á casa de esa mujer? ¿le -habéis visto? - -SIMÓN RENARD.--No sólo yo, sino también Chandos, Clinton, Montagu, y -otros diez testigos. - -LA REINA.--¡Eso es verdaderamente una infamia! - -SIMÓN RENARD.--Ahora mismo podréis tener una prueba más patente, pues -la joven se halla aquí. Según he dicho á Vuestra Majestad, mandé -prenderla en su casa anoche. - -LA REINA.--Pero ¿no hay ya crimen suficiente para mandar que corten la -cabeza á ese hombre, caballero? - -SIMÓN RENARD.--El haber visitado á una joven de noche no basta, señora. -Vuestra Majestad mandó juzgar á Trogmorton por un hecho análogo, y -Trogmorton fué absuelto. - -LA REINA.--Por eso castigué á sus jueces. - -SIMÓN RENARD.--Procurad no veros obligada á proceder lo mismo con los -de Fabiani. - -LA REINA.--¡Oh! ¿cómo me vengaré de ese traidor? - -SIMÓN RENARD.--Supongo que Vuestra Majestad sólo quiere vengarse de -cierta manera. - -LA REINA.--De la única que sea digna de mí. - -SIMÓN RENARD.--Trogmorton fué absuelto, señora; sólo hay un medio, y ya -le he indicado á Vuestra Majestad. El hombre está ahí. - -LA REINA.--¿Hará cuanto yo quiera? - -SIMÓN RENARD.--Sí, con tal que hagáis lo que él desea. - -LA REINA.--¿Dará su vida? - -SIMÓN RENARD.--Sí, pero poniendo ciertas condiciones. - -LA REINA.--¿Sabéis lo que quiere? - -SIMÓN RENARD.--Lo mismo que vos: vengarse. - -LA REINA.--Decidle que éntre, y permaneced al alcance de mi voz... ¡Ah! -escuchad. - -SIMÓN RENARD (_volviendo_).--¿Qué desea Vuestra Majestad? - -LA REINA.--Decid á milord Chandos que esté en la cámara inmediata con -seis hombres de mi servicio dispuestos á entrar... y la mujer también. -Id. (_Simón Renard sale._) ¡Oh! ¡será cosa terrible! - - (_Ábrese una de las puertas laterales y entran Simón Renard y - Gilberto._) - - -ESCENA III - -LA REINA, GILBERTO, SIMÓN RENARD - -GILBERTO.--¿Ante quién estoy? - -SIMÓN RENARD.--Ante la reina. - -GILBERTO.--¿Ante la reina? - -LA REINA.--Sí, yo soy la reina, y no hay motivo para asombraros. Vos -sois Gilberto, obrero, de oficio cincelador; vivís cerca del Támesis, -no sé dónde, con una que llaman Juana, de quien sois el prometido, y -que os engaña, pues tiene por amante á un tal Fabiano, que me engaña -á mí á su vez. Queréis vengaros, y yo también, y para esto necesito -disponer de vuestra vida á mi antojo. Me conviene que digáis lo que -yo os mandaré decir, sea lo que fuere, sin que haya para vos nada -falso ni verdadero, ni bueno ni malo, ni justo ni injusto; sólo debéis -ver mi venganza y mi voluntad. Es indispensable que me dejéis obrar, -sometiéndoos á todo. ¿Consentís en ello? - -GILBERTO.--Señora... - -LA REINA.--Quedarás vengado, pero te prevengo que habrás de morir: esto -es todo. Ahora, fija tus condiciones; si tienes una madre anciana y es -necesario llenar su mesa de oro, habla, que no le faltará: vende tu -vida al más alto precio que te sea posible. - -GILBERTO.--Ya no estoy resuelto á morir, señora. - -LA REINA.--¿Cómo? - -GILBERTO.--He reflexionado toda la noche, y nada veo aún claro en este -asunto. Un hombre se ha jactado de ser amante de Juana; pero ¿quién me -asegura que no ha mentido? He visto una llave; pero bien mirado, podría -ser robada. He visto un billete; pero ¿quién me dice que no se ha -escrito por fuerza? Por otra parte, tampoco sé si la letra es de Juana, -pues era de noche y yo estaba turbado. No puedo dar mi vida, que es la -suya, sin reflexionarlo antes. No creo nada; ni de nada estoy seguro, -porque no he visto á Juana. - -LA REINA.--¡Bien se ve que estás enamorado! Eres como yo; resistes á -todas las pruebas. ¿Y si ves á esa Juana y la oyes confesar su falta, -harás lo que yo quiera? - -GILBERTO.--Sí, con una condición. - -LA REINA.--Ya me la dirás más tarde. (_Á Simón Renard._) ¡Que éntre esa -mujer al punto! (_Simón Renard sale; la reina oculta á Gilberto detrás -de un cortinaje que ocupa parte de la habitación._) Quédate ahí. - - (_Entra Juana pálida y temblorosa._) - - -ESCENA IV - -LA REINA, JUANA, GILBERTO detrás del cortinaje - -LA REINA.--Acércate, joven; ¿sabes quién somos? - -JUANA.--Sí, señora. - -LA REINA.--¿Sabes quién es el hombre que te ha seducido? - -JUANA.--Sí, señora. - -LA REINA.--¿Te había engañado diciéndote que era el caballero Amyas -Pawlett? - -JUANA.--Sí, señora. - -LA REINA.--¿Sabes ahora que es Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil? - -JUANA.--Sí, señora. - -LA REINA.--Anoche, cuando te prendieron en tu casa, ¿le habías dado -cita y le esperabas? - -JUANA (_juntando las manos_).--¡Dios mío, señora! - -LA REINA.--Responde. - -JUANA (_con voz desfallecida_).--Sí. - -LA REINA.--Debes suponer que ya no puedes esperar nada, ni para él, ni -para ti. - -JUANA.--Sólo la muerte. Siempre es una esperanza. - -LA REINA.--Cuéntame la historia. ¿Dónde encontraste á ese hombre por -primera vez? - -JUANA.--La primera vez en... pero ¿á qué decirlo? Una desgraciada hija -del pueblo, pobre y vanidosa, loca y coqueta, enamorada de los adornos, -y que se deslumbra ante el gallardo aspecto de un gran señor, nada -tiene de particular. Me han seducido y deshonrado, y estoy perdida; -nada tengo que añadir á esto. ¡Dios mío! ¿no veis cuánto me aflige cada -palabra que digo, señora? - -LA REINA.--Está bien. - -JUANA.--¡Oh! ya sé cuán terrible es vuestra cólera, señora; mi cabeza -se dobla de antemano bajo el castigo que me preparáis. - -LA REINA.--¡Yo castigarte! ¿Piensas que me ocupo de ti, loca? ¿Quién -eres tú, infeliz criatura, para que me importen tus cosas? No; yo -sólo tengo que ver con Fabiano. En cuanto á ti, otro se encargará de -castigarte. - -JUANA.--¡Pues bien! señora, cualquiera que sea el castigo y la persona -encargada de él, todo lo sufriré sin quejarme, y hasta os daré gracias -si atendéis á la súplica que voy á dirigiros. Hay un hombre que me -recogió huérfana en la cuna, y me adoptó y educó, amándome después, -y que aún me ama; bien indigna soy de ese hombre, á quien he faltado -gravemente, y cuya imagen, sin embargo, grabada en el fondo de mi -corazón, es para mí tan sagrada como la de Dios; ese hombre, que sin -duda habrá encontrado su casa desierta y abandonada, no se explica lo -que ocurre, y tal vez se halle entregado á la desesperación. ¡Pues -bien! lo que yo pido á Vuestra Majestad es que no se le dé á entender -nada, y que se me haga desaparecer, sin que sepa jamás lo que de mí -ha sido. Ignoro si se me comprenderá bien; pero seguramente no se os -oculta que ese hombre es un amigo, un noble y generoso amigo... ¡pobre -Gilberto!... que me ama y me cree pura. No quiero que me odie y me -desprecie... Ya conoceréis, señora, que la estimación de ese hombre -es para mí más que la vida. Mi falta le causará un profundo pesar, y -tanta será su sorpresa, que tal vez no dé crédito á sus oídos. ¡Pobre -Gilberto! ¡Oh señora, compadeceos de mí! ¡En nombre del cielo, que no -sepa nada de esto; que no sepa que soy culpable, pues se mataría, y -moriría si averiguase que ya no existo! - -LA REINA.--El hombre de quien habláis os escucha en este momento, os -juzga, y os castigará. - - (_Aparece Gilberto._) - -JUANA.--¡Cielos, Gilberto! - -GILBERTO (_á la Reina_).--Mi vida es vuestra, señora. - -LA REINA.--Bien. ¿Tenéis que imponer algunas condiciones? - -GILBERTO.--Sí, señora. - -LA REINA.--¿Cuáles? Os damos nuestra palabra de reina de aceptarlas de -antemano. - -GILBERTO.--El caso es muy sencillo, señora. Se trata de una deuda de -agradecimiento contraída con un caballero de vuestra corte que me ha -hecho trabajar mucho en mi oficio de cincelador. - -LA REINA.--Hablad. - -GILBERTO.--Ese caballero mantiene relaciones secretas con una mujer con -quien no puede unirse, porque ella pertenece á una familia desterrada; -esta mujer, que ha vivido oculta hasta ahora, es hija única y heredera -del último lord Talbot, decapitado en tiempo de Enrique VIII. - -LA REINA.--¡Cómo! ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Será cierto que el -buen lord católico, el leal defensor de mi madre, dejó una hija? Si -esto es verdad, juro por mi corona que esa niña es mía; y lo que Juan -Talbot hizo por la madre de María de Inglaterra, ésta lo hará por la -hija de Juan Talbot. - -GILBERTO.--Entonces, será sin duda una dicha para Vuestra Majestad -devolver á la hija de lord Talbot los bienes de su difunto padre... - -LA REINA.--Seguramente que sí, y para esto obligaré á Fabiano á -renunciar á ellos; pero ¿hay pruebas de que esa heredera exista? - -GILBERTO.--Las tenemos. - -LA REINA.--Y si no tuviéramos pruebas, las haríamos. No en balde soy -reina. - -GILBERTO.--Vuestra Majestad devolverá á la hija de lord Talbot los -bienes, los títulos, la jerarquía, el nombre y el blasón de su padre; -la eximirá de toda proscripción y asegurará su vida; y por último, -Vuestra Majestad la unirá con ese caballero, único hombre á quien debe -dar su mano. Mediante estas condiciones, señora, podréis disponer de -mí, de mi libertad y de mi vida como mejor os plazca. - -LA REINA.--Bien; haré lo que acabas de decir. - -GILBERTO.--La reina de Inglaterra debe jurarlo, á mí, Gilberto, el -obrero cincelador, por su corona y por el Evangelio abierto. - -LA REINA.--¡Por mi corona y por el Evangelio lo juro! - -GILBERTO.--Pacto concluído, señora. Haced preparar una tumba para mí -y un lecho nupcial para los esposos. El caballero de quien hablo es -Fabiani, conde de Clanbrassil; y aquí tenéis á la heredera de Talbot. - -JUANA.--¿Qué dice? - -LA REINA.--¿Estaré hablando con un loco? ¿Qué significa esto? ¿Os -atreveríais á burlaros de la reina de Inglaterra? Recordad que en las -cámaras reales se han de pesar las palabras, y que hay casos en que la -lengua derriba la cabeza. - -GILBERTO.--Mi cabeza está á vuestra disposición, señora; pero tengo -vuestro juramento. - -LA REINA.--¿Habláis con formalidad? ¡Ese Fabiani, esa Juana... vamos! - -GILBERTO.--Esa Juana es hija y heredera de Talbot. - -LA REINA.--¡Bah! ¡visión, quimera, locura! ¿Tenéis las pruebas? - -GILBERTO.--Completas. (_Saca un paquete del pecho._) Dignaos leer esos -papeles. - -LA REINA.--¿Creéis que yo tengo tiempo de leer vuestros papelotes? -¿Os los he pedido yo por ventura? ¿Para qué los quiero yo? Si prueban -alguna cosa, á fe mía que los arrojaré al fuego. - -GILBERTO.--Siempre me quedará vuestro juramento. - -LA REINA.--¡Mi juramento, mi juramento! - -GILBERTO.--Sí, señora, por la corona y el Evangelio, es decir, por -vuestra cabeza y vuestra alma, por vuestra vida en este mundo y en el -otro. - -LA REINA.--Pero ¿qué quieres? ¡Tú estás verdaderamente loco! - -GILBERTO.--Voy á deciros lo que quiero. Juana ha perdido su categoría; -devolvédsela; proclamadla hija de lord Talbot y esposa de lord -Clanbrassil, y tomad después mi vida. - -LA REINA.--¡Tu vida! ¿Qué haría yo con ella? Sólo podría quererla -para vengarme de ese hombre, de Fabiani. Tú no comprendes nada, ni -yo te entiendo á ti tampoco. Hablabas de venganza... ¿es así cómo te -vengas? Esta gente del pueblo es muy estúpida. ¿Cómo puedo creer yo -en la ridícula historia de una heredera de Talbot? ¡Me enseñas los -papeles! Ni siquiera los miraré. ¡Ah! Una mujer te vende y te la echas -de generoso... Pues yo no lo soy, porque mi corazón rebosa de cólera y -de odio; me vengaré, y tú me ayudarás. Pero ¿qué digo? Ese hombre es un -loco, y loco rematado. ¿Para qué le necesito yo? ¡Dios mío, qué triste -es tener que tratar con semejantes personas en asuntos formales! - -GILBERTO.--Tengo vuestra palabra de reina católica. Lord Clanbrassil ha -seducido á Juana y debe unirse con ella. - -LA REINA.--¿Y si rehusa? - -GILBERTO.--Le obligaréis, señora. - -JUANA.--¡Oh, no, compadeceos de mí! - -GILBERTO.--Pues bien, si ese infame rehusa, Vuestra Majestad dispondrá -de nosotros como lo tenga por conveniente. - -LA REINA (_con alegría_).--¡Ah! eso es todo cuanto yo deseo. - -GILBERTO.--Si llegase ese caso, con tal que Vuestra Majestad ciña la -frente sagrada é inviolable de Juana Talbot con la corona de condesa de -Waterford, yo haré todo lo que la reina me ordene. - -LA REINA.--¿Todo? - -GILBERTO.--Todo. - -LA REINA.--¿Dirás cuanto convenga decir? ¿Morirás de la muerte que te -impongan? - -GILBERTO.--Como Vuestra Majestad ordene. - -JUANA.--¡Oh Dios mío! - -LA REINA.--¿Lo juras? - -GILBERTO.--Lo juro. - -LA REINA.--Entonces, se podrá arreglar el asunto. Esto basta; tengo tu -palabra y tienes la mía. Está dicho. (_Parece reflexionar un momento. Á -Juana._) No sois necesaria aquí; salid; ya os llamaré. - -JUANA.--¡Oh Gilberto! ¿Qué habéis hecho? Soy una miserable, y no me -atrevo á miraros; mientras que vos sois un ángel, pues tenéis á la vez -las virtudes de éste y las pasiones de un hombre. - - (_Sale._) - - -ESCENA V - -LA REINA, GILBERTO; después SIMÓN RENARD, LORD CHANDOS y los guardias - -LA REINA (_á Gilberto_).--¿Llevas algún arma, un puñal, un cuchillo ó -cualquiera cosa? - -GILBERTO (_sacando del pecho el puñal de lord Clanbrassil_).--¿Un -puñal? Sí, señora. - -LA REINA.--Bien; empúñale. (_Le coge con fuerza el brazo._) ¡Señor -Baile de Amont... lord Chandos! (_Entra Simón Renard, lord Chandos y -los guardias._) ¡Aseguraos de ese hombre; ha levantado el puñal contra -mí! Le he cogido el brazo en el momento en que iba á descargar el -golpe. ¡Es un asesino! - -GILBERTO.--¡Señora!... - -LA REINA (_en voz baja á Gilberto_).--¿Olvidas ya nuestro convenio? ¿Es -así cómo te sometes? (_En voz alta._) Todos sois testigos, señores, -de que aún tenía el puñal en la mano. Señor Baile, ¿cómo se llama el -verdugo de la Torre de Londres? - -SIMÓN RENARD.--Mac Dermoti, natural de Irlanda. - -LA REINA.--Que le conduzcan á mi presencia; quiero hablarle. - -SIMÓN RENARD.--¿Vos misma? - -LA REINA.--Yo misma. - -SIMÓN RENARD.--¡La reina hablar al verdugo! - -LA REINA.--Sí; la cabeza hablará al brazo... ¡Vamos! (_Sale un -guardia._) Milord Chandos y vosotros, señores, me respondéis de ese -hombre; custodiadle sin perderle de vista, pues aquí van á suceder -cosas que él debe ver... Señor de Amont, ¿está en palacio lord -Clanbrassil? - -SIMÓN RENARD.--Se halla en la cámara pintada, esperando que Vuestra -Majestad se digne recibirle. - -LA REINA.--¿No sospecha nada? - -SIMÓN RENARD.--Nada. - -LA REINA (_á lord Chandos_).--Que éntre. - -SIMÓN RENARD.--También está ahí toda la corte. ¿No ha de entrar nadie -con lord Clanbrassil? - -LA REINA.--¿Cuál de nuestros señores y caballeros es el que más odia á -Fabiani? - -SIMÓN RENARD.--Todos. - -LA REINA.--Quiero decir los que le odian más. - -SIMÓN RENARD.--Clinton, Montagu, Somerset, el conde de Derby, Gerard -Fitz-Gerard, lord Paget y el lord Canciller. - -LA REINA (_á lord Chandos_).--Introducid á todos esos señores, excepto -al lord Canciller. (_Chandos sale.--Dirigiéndose á Simón Renard:_) -El digno obispo canciller es tan enemigo de Fabiani como los otros; -pero tiene escrúpulos. (_Fijando la vista en los papeles que Gilberto -ha dejado sobre la mesa._) ¡Ah! bueno será examinar rápidamente esos -papeles. - - (_Mientras se ocupa en este examen, ábrese la puerta del fondo y - entran los señores designados por la reina, haciendo profundas - reverencias._) - - -ESCENA VI - -Los mismos, LORD CLINTON y los demás señores - -LA REINA.--Dios os guarde, señores. (_Á lord Montagu._) Antonino Brown, -no olvido nunca que hicisteis frente con valor á Juan de Montmorency y -al señor de Tolosa en mis negociaciones con el emperador mi tío.--Lord -Paget, hoy recibiréis vuestros títulos de barón de Beaudesert en -Stafford.--¡He aquí á nuestro antiguo amigo, lord Clinton! Somos -siempre vuestra buena amiga, milord; ya recuerdo que vos sois quien -exterminó á Tomas Wyat en la llanura de San Jaime. Es preciso tener á -todos presentes. Aquel día, la corona de Inglaterra fué salvada por un -puente que permitió á mis tropas llegar hasta los revoltosos, y por un -muro que impidió á éstos acercarse á mí. El puente es el de Londres; el -muro es lord Clinton. - -LORD CLINTON (_en voz baja á Simón Renard_).--Hacía seis meses que la -reina no me hablaba. ¡Qué amable está hoy! - -SIMÓN RENARD (_en voz baja á lord Clinton_).--Paciencia, milord; aún os -parecerá más amable después. - -LA REINA (_á lord Chandos_).--El conde de Clanbrassil puede entrar. (_Á -Simón Renard._) Cuando haya estado aquí algunos minutos... - - (_Le habla al oído, señalándole la puerta por donde Juana ha salido._) - -SIMÓN RENARD.--¡Basta, señora! - - (_Entra Fabiani._) - - -ESCENA VII - -Los mismos, FABIANI - -LA REINA.--¡Ah, hele aquí!... - - (_Sigue hablando con Simón Renard._) - -FABIANI (_aparte, saludado por todo el mundo, y mirando á su -alrededor_).--¿Qué quiere decir esto? Sólo veo aquí enemigos hoy. La -reina habla en voz baja á Simón Renard... y ella se ríe. ¡Diablo, mala -señal! - -LA REINA (_con aire risueño á Fabiani_).--¡Guárdeos Dios, milord! - -FABIANI (_tomándole la mano y besándola_).--Señora... (_Aparte._) Me ha -sonreído. El peligro no es para mí. - -LA REINA (_siempre risueña_).--He de hablaros. - - (_Se adelanta con él hasta el proscenio._) - -FABIANI.--Yo también deseo hablaros, señora; tengo que daros quejas. -¡Alejarme, desterrarme durante tanto tiempo! ¡Ah! no sucedería esto si -en las horas de ausencia pensarais en mí como yo en vos. - -LA REINA.--Sois injusto; desde que os separasteis de mí sólo me he -ocupado de vos. - -FABIANI.--¿De veras he tenido esa dicha? Repetídmelo. - -LA REINA (_siempre risueña_).--Os lo juro. - -FABIANI.--¿Me amáis, pues, como yo os amo? - -LA REINA.--Sí, milord, os aseguro que sólo he pensado en vos, tanto que -os preparo una sorpresa muy agradable. - -FABIANI.--¡Cómo! ¿Qué sorpresa? - -LA REINA.--Un encuentro que os agradará. - -FABIANI.--¿Con quién? - -LA REINA.--Adivinadlo... ¿No lo adivináis? - -FABIANI.--No, señora. - -LA REINA.--Pues volved la cabeza. - - (_Al obedecer ve á Juana en el umbral de la puertecilla - entreabierta._) - -FABIANI (_aparte_).--¡Juana! - -JUANA (_aparte_).--¡Es él! - -LA REINA (_sonriendo_).--Milord, ¿conocéis á esa joven? - -FABIANI.--No, señora. - -LA REINA.--Joven ¿conocéis á milord? - -JUANA.--La verdad antes que la vida. Sí, señora. - -LA REINA.--¿Conque no conocéis á esa mujer, milord? - -FABIANI.--¡Señora! quieren perderme. Estoy rodeado de enemigos. Esa -mujer se ha unido con ellos sin duda; yo no la conozco ni sé quién es. - -LA REINA (_levantándose y cruzándole el rostro con su guante_).--¡Ah! -¡eres un cobarde... vendes á la una y reniegas de la otra! ¡Conque -no sabes quién es! ¿Quieres que yo te lo diga? ¡Esa mujer es Juana -Talbot, hija de Juan Talbot, el buen caballero católico que murió en el -cadalso por mi madre; esa mujer es Juana Talbot, mi prima, condesa de -Shrewsbury, de Wexford y de Waterford! Lord Paget, vos sois comisario -del sello privado, y tomaréis nota de nuestras palabras. La reina de -Inglaterra reconoce solemnemente á la joven Juana como hija única y -heredera del último conde de Waterford. (_Mostrando los papeles._) He -ahí los títulos y las pruebas, que mandaréis legalizar con nuestro gran -sello. Es nuestra voluntad. (_Á Fabiani._) Sí, condesa de Waterford, y -esto se halla suficientemente probado. ¡Tú le devolverás sus bienes, -miserable!... ¡Ah, conque no conocías á esa mujer, ni sabías quién -era! ¡Pues yo te lo digo; es Juana Talbot! ¿Deseas saber algo más? -(_Mirándole de frente, y en voz baja:_) ¡Cobarde, es tu querida! - -FABIANI.--Señora... - -LA REINA.--Ya sabes quién es Juana, y ahora te diré quién eres tú. -¡Eres un desalmado, un hombre sin corazón ni talento, un bribón, un -miserable!... Eres... señores, no es necesario que os alejéis, pues -poco me importa que oigáis lo que debo decir á este hombre; me parece -que no hablo en voz baja. Fabiano, para mí eres un traidor, y para ella -un vil lacayo, el más miserable de los hombres. ¡Y yo que te había -hecho conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy y barón de Darmouth en -Devonshire! ¡Estaba loca! Os pido perdón, señores, por haber sido causa -de que os codeárais con ese hombre. ¡Tú caballero, tú noble, tú señor! -¡Qué absurdo! ¡Compárate con esos que están ahí, miserable, y verás -que ellos son verdaderamente caballeros! ¡Ahí tienes á Bridges, barón -de Chandos; á Seymur, duque de Somerset; á los Stanley, que son condes -de Derby desde el año 1425; á los Clinton, que son barones de Clinton -desde el año 1298! ¿Te parece á ti que te asemejas á esos nobles? ¡Te -titulas aliado de la familia española de Peñalver, pero esto es una -falsedad; tú no eres más que un mal italiano, menos que nada, hijo de -un zapatero de viejo del pueblo de Larino!... Sí, señores, hijo de -un zapatero de viejo; yo lo sabía y no quise decirlo; ocultábalo, y -aparentaba creer á este hombre cuando hablaba de su nobleza. ¡Oh Dios -mío, qué débiles somos las mujeres! Quisiera que hubiese otras aquí -para que aprendieran con esta lección. ¡Ese miserable engaña á una y -reniega de la otra! ¡Seguramente eres muy villano! ¿Cómo es que desde -que te dirijo la palabra no has doblado la rodilla? ¡Arrodíllate al -punto, Fabiani! ¡Señores, obligadle á obedecer! - -FABIANI.--Vuestra Majestad... - -LA REINA.--¡Ese infame, á quien he colmado de beneficios, ese lacayo -napolitano, á quien hice caballero y conde libre de Inglaterra! ¡Ah! -debía esperármelo, pues ya me habían dicho que esto acabaría así; pero -yo soy siempre lo mismo; me empeño en una cosa y veo después que -he cometido un error. Todo es culpa mía. Italiano significa para mí -bribón, y napolitano, cobarde. Siempre que mi padre se sirvió de un -hombre de esa nación hubo de arrepentirse. ¡Ese es Fabiani! Bien ves, -Juana, á qué hombre te has entregado. ¡Desgraciada niña, yo te vengaré! -¡Oh! debías saberlo ya; del bolsillo de un italiano sólo se puede sacar -un puñal, y de su alma una traición. - -FABIANI.--Señora, os juro... - -LA REINA.--¡Sólo os falta ahora eso! ¿Llevaríais vuestra vileza -hasta el punto de jurar? ¡Al fin me haréis ruborizar delante de esos -caballeros, cuando ni siquiera podéis levantar la cabeza! - -FABIANI.--Sí, señora, la levantaré, aunque vea que estoy perdido y que -se ha resuelto mi muerte. Emplearéis todos los medios, el puñal, el -veneno... - -LA REINA (_cogiéndole de la mano y conduciéndole vivamente al -proscenio_).--¡El puñal, el veneno! ¿Qué dices, italiano? ¡La venganza -traidora, la venganza vil, la venganza de los hombres de tu nación! -¡No, señor Fabiani, ni puñal ni veneno! ¿Necesito yo por ventura -ocultarme, buscar la esquina de las calles por la noche, y hacerme -pequeña cuando me vengo? ¡No, yo lo quiero todo á la luz del día, á la -luz del sol, en la plaza pública; el hacha y el tajo; la multitud en -calles, ventanas y tejados, y cien mil testigos del acto! Quiero que -se tenga miedo, que se vea un aparato imponente, magnífico y espantoso -á la vez; quiero que se diga: «¡Es una mujer ultrajada, pero también -una reina que se venga!» Á ese favorito tan envidiado, á ese gallardo -joven insolente, á quien he cubierto de terciopelo y seda, quiero verle -ahora espantado, tembloroso y de rodillas sobre un paño negro, con los -pies descalzos y las manos atadas, silbado por el pueblo y en manos del -verdugo. En ese blanco cuello que yo adorné con un collar de oro voy á -poner ahora una cuerda; he visto el efecto que Fabiani producía en un -trono; veremos qué aspecto tiene en el cadalso. - -FABIANI.--Señora... - -LA REINA.--¡Ni una palabra más, porque estás verdaderamente perdido! -Has de subir al cadalso como Suffolk y Northumberland, y con esto -proporcionaré una fiesta á mi buena ciudad de Londres; ya sabes cuánto -te aborrece, y por lo tanto mayor será su satisfacción. ¡Ah! ¡gran -cosa es ser María, reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII, y dueña -de los cuatro mares, cuando se quiere tomar venganza! Una vez en el -patíbulo, Fabiani, podrás dirigir un largo discurso al pueblo como lo -hizo Northumberland, ó una ferviente oración á Dios, como Suffolk, para -que la gracia tenga tiempo de llegar; pero eres un traidor, y yo te -aseguro que no habrá perdón. ¿Quién diría que ese miserable bergante me -hablaba de amor esta mañana? ¡Dios mío, señores, parecéis admirados de -que hable así ante vosotros; pero os repito que no me importa! (_Á lord -Somerset._) Milord duque, sois condestable de la Torre; pedid su espada -á ese hombre. - -FABIANI.--Hela aquí; pero protesto. Aun admitiendo que esté probado que -engañé ó seduje á una mujer... - -LA REINA.--¡Y qué me importa que hayas seducido á una mujer! Esos -señores comprenderán que á mí me es igual. - -FABIANI.--Seducir á una mujer no es un crimen capital, señora. Vuestra -Majestad no pudo conseguir que condenasen á Trogmorton por una -acusación análoga. - -LA REINA.--¡Creo, Dios me perdone, que ese hombre se atreve á retarme! -El gusano se convierte en serpiente. ¿Y quién te dice que se te acusa -de eso? - -FABIANI.--¿Pues de qué sería? Yo no soy inglés, ni tampoco súbdito de -Vuestra Majestad; lo soy del rey de Nápoles, y vasallo del Padre santo. -Apelaré á su legado, el eminentísimo cardenal Polus, para que me -reclame; me defenderé, y además, soy extranjero; á mí no se me puede -encausar sin que haya cometido un crimen, un verdadero crimen. ¿Cuál es -el mío? - -LA REINA.--Todos oís la pregunta que ese hombre me dirige; escuchad -ahora la respuesta; y tened todos cuidado, porque vais á ver que -me basta golpear con el pie para hacer salir de tierra un cadalso. -¡Chandos, abrid de par en par esas puertas, y que éntre aquí toda la -corte; dejad paso á todo el mundo! - - -ESCENA VIII - -Los mismos, EL LORD CANCILLER, toda la corte - -LA REINA.--Entrad, señores, entrad, que hoy me complace verdaderamente -veros á todos... Bien, bien; los hombres de justicia, por aquí... más -cerca, más cerca... ¿Dónde están los reyes de armas de la Cámara de los -lores, Harriot y Llanerillo? ¡Ah! ya os veo, señores; sed bien venidos; -desenvainad vuestros aceros y colocaos á derecha é izquierda de ese -hombre, que es vuestro prisionero. - -FABIANI.--¿Cuál es mi crimen, señora? - -LA REINA.--Milord Gardiner, mi sabio amigo, sois canciller de -Inglaterra, y os hacemos saber que debéis reuniros cuanto antes con -los doce lores comisarios de la Cámara estrellada, á los cuales siento -mucho no ver aquí, pues ocurren cosas extrañas en este palacio. -Escuchad, señores, Isabel ha suscitado ya más de un enemigo de nuestra -corona: hemos tenido la conspiración de Pietro Caro, que produjo el -movimiento de Exeter, y que se correspondía secretamente con Isabel -por medio de una cifra trazada en un bandolín; después, la traición de -Tomás Wyat, que sublevó al condado de Kent; y por último, la rebelión -del duque de Suffolk, que fué cogido en el hueco de un árbol después de -la derrota de los suyos. Hoy tenemos un nuevo atentado: escuchad todos. -Hoy, esta misma mañana, un hombre se ha presentado á mi audiencia, y -después de algunas palabras ha levantado un puñal contra mí; pero he -detenido su brazo á tiempo. Lord Chandos y el baile de Amont se han -apoderado del hombre, y éste declara que lord Clanbrassil es quien le -ha impelido al crimen. - -FABIANI.--¡Yo! Eso no es verdad. ¡Oh! ¡qué cosa tan horrible! Ese -hombre no existe, no se le encontrará. ¿Quién es? ¿Dónde se halla? - -LA REINA.--Está aquí. - -GILBERTO (_saliendo de entre los soldados que le ocultaban_).--Soy yo. - -LA REINA.--En vista de las declaraciones de ese hombre, Nos, María, -reina de Inglaterra, acusamos ante la Cámara á ese hombre, Fabiano -Fabiani, conde de Clanbrassil, del delito de alta traición y conato de -regicidio en nuestra persona imperial y sagrada. - -FABIANI.--¡Regicida yo! ¡Esto es monstruoso! ¡Oh! mi cabeza se -trastorna, mi vista se turba... ¿Quién me tiende este lazo? Quien -quiera que seas, miserable, ¿osarás afirmar que es verdad cuanto ha -dicho la reina? - -GILBERTO.--Sí. - -FABIANI.--¿Yo te he impelido al regicidio? - -GILBERTO.--Sí. - -FABIANI.--¡Maldición! ¡Señores, no podéis imaginar hasta qué punto -eso es falso! ¡Desgraciado, quieres perderme, pero ignoras que tú te -pierdes al mismo tiempo; el crimen de que me acusas recae sobre ti! Por -tu causa moriré, pero tú perecerás también. ¡Insensato, con una sola -palabra haces caer dos cabezas, la mía y la tuya! - -GILBERTO.--Ya lo sé. - -FABIANI.--Señores, ese hombre está pagado... - -GILBERTO.--Por vos: he aquí la bolsa de oro que me disteis para cometer -el crimen; en ella están bordados vuestro blasón y vuestra cifra. - -FABIANI.--¡Justo cielo!... Pero ¿dónde está el puñal con que ese hombre -quería, según dicen, herir á la reina? ¿Dónde está? - -LORD CHANDOS.--Hele aquí. - -GILBERTO (_á Fabiani_).--Es el vuestro; me le disteis para descargar el -golpe; en vuestra casa encontrarán la vaina. - -EL LORD CANCILLER.--Conde de Clanbrassil, ¿qué tenéis que contestar? -¿Reconocéis á ese hombre? - -FABIANI.--No. - -GILBERTO.--Á decir verdad, sólo me ha visto de noche. Permitidme -hablarle dos palabras al oído, señora, porque así le ayudaré á -recordar. (_Se acerca á Fabiani y le habla en voz baja._) Hoy no -reconoces á nadie, milord, ni al hombre ultrajado ni á la mujer -seducida. ¡Ah! la reina se venga, pero el hombre del pueblo también; -tú me habías retado, según creo; mas hete aquí cogido entre las dos -venganzas. ¿Qué te parece, conde?... Yo soy Gilberto el cincelador. - -FABIANI.--¡Sí, te reconozco!... Señores, reconozco á este hombre, y una -vez que se trata de él, nada tengo que añadir. - -LA REINA.--¡Confiesa! - -EL LORD CANCILLER (_á Gilberto_).--Según la ley normanda y el estatuto -veinticinco del rey Enrique VIII, en los casos de lesa Majestad la -confesión no salva al cómplice. No olvidéis que se trata de un caso en -que la reina no tiene derecho de perdonar, y que moriréis en el cadalso -lo mismo que aquel á quien acusáis. ¿Os ratificaréis en todo lo dicho? - -GILBERTO.--No ignoro que moriré; pero confirmo mis palabras. - -JUANA (_aparte_).--¡Dios mío, si esto es un sueño, es bien horrible! - -EL LORD CANCILLER (_á Gilberto_).--¿Consentís en reiterar vuestras -declaraciones con la mano sobre el Evangelio? - - (_Presenta el Evangelio á Gilberto, que pone la mano._) - -GILBERTO.--Juro por el Evangelio que ese hombre es un asesino; que ese -puñal, que es suyo, ha servido para el crimen; y que esta bolsa, suya -también, me fué entregada por él para cometerle. Esta es la verdad. -¡Que Dios me asista! - -EL LORD CANCILLER (_á Fabiani_).--¿Qué tenéis que decir? - -FABIANI.--Nada... ¡Estoy perdido! - -SIMÓN RENARD (_en voz baja á la Reina_).--Vuestra Majestad ha enviado á -buscar el verdugo; ahí está. - -LA REINA.--Bueno, que éntre. - - (_Los caballeros se desvían, y se ve aparecer al verdugo vestido de - rojo y negro, llevando sobre el hombro una espada envainada._) - - -ESCENA IX - -Los mismos, EL VERDUGO - -LA REINA.--¡Duque de Somerset, esos dos hombres á la Torre! ¡Canciller -Gardiner, comenzaréis á instruir el proceso mañana mismo ante los doce -pares; y que Dios asista á la vieja Inglaterra! Entendemos que esos -hombres serán juzgados ambos antes de nuestra marcha á Oxford, donde -abriremos el Parlamento; poco después nos trasladaremos á Windsor para -pasar la Pascua. (_Al verdugo._) ¡Acércate! Me alegro de verte, porque -eres un buen servidor, y ya viejo, que ha visto tres reinados. Es -costumbre que los soberanos de esta nación te hagan un regalo, el más -rico que sea posible, el día de su advenimiento: mi padre, Enrique -VIII, te dió el broche de diamantes de su manto; mi hermano, Eduardo -VI, te regaló un anillo de oro cincelado; y ahora me toca á mí. Nada te -he dado aún; quiero hacerte también un presente: acércate. (_Señalando -á Fabiani._) ¿Ves esa cabeza, esa hermosa cabeza, que aun esta mañana -era lo que yo tenía por lo más bello y querido en el mundo? ¡Pues bien, -esa cabeza que ves, yo te la doy! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -JORNADA TERCERA - -¿CUÁL DE LOS DOS? - - -PARTE PRIMERA - -Sala del interior de la Torre de Londres; bóveda ojival sostenida -por gruesos pilares; á derecha é izquierda las dos puertas bajas de -dos calabozos; en un lado una claraboya que se figura situada sobre -el Támesis, y en el opuesto otra que da á la calle; en ambos hay -una puertecilla secreta en el muro. En el fondo, una galería con -una especie de balcón cerrado por cristales, y que da á los patios -exteriores de la Torre. - -PERSONAJES - - LA REINA. - GILBERTO. - JUANA. - SIMÓN RENARD. - JOSHUA FARNABY. - MAESE ENEAS DULVERTON. - LORD CLINTON. - UN CARCELERO. - - -ESCENA I - -GILBERTO, JOSHUA - -GILBERTO.--¿Qué hay? - -JOSHUA.--¡Ay de mí! - -GILBERTO.--¿No hay esperanza? - -JOSHUA.--¡Ninguna! (_Gilberto se acerca á la ventana._) ¡Oh! no verás -nada desde ahí. - -GILBERTO.--¿Te has informado bien? - -JOSHUA.--Estoy seguro de ello. - -GILBERTO.--¿Es para Fabiani? - -JOSHUA.--Sí. - -GILBERTO.--¡Qué feliz es ese hombre! - -JOSHUA.--¡Pobre Gilberto! ya llegará tu vez; hoy él; mañana tú. - -GILBERTO.--¿Qué quieres decir? No nos entendemos. ¿De qué me hablas? - -JOSHUA.--Del cadalso que levantan en este momento. - -GILBERTO.--Y yo te hablo de Juana. - -JOSHUA.--¡De Juana! - -GILBERTO.--Sí, sólo de Juana, ¿qué me importa lo demás? ¿Has olvidado -que desde hace más de un mes, con el rostro pegado á los barrotes de -mi ventana, que da á la calle, la veo rondar de continuo, pálida y de -luto, al pie de esta torrecilla que nos sirve de calabozo á Fabiani y -á mí? ¿No recuerdas ya mis angustias, mis dudas y mis incertidumbres? -¿Por cuál de los dos viene ella? Me dirijo esta pregunta noche y día, -y á ti también, Joshua; ayer noche me prometiste hacer lo posible por -verla y hablarla. ¿Sabes algo? ¿Sabes si viene por mí ó por Fabiani? - -JOSHUA.--He sabido que Fabiani debía ser decapitado hoy mismo, y mañana -tú; y confieso que estoy como loco, amigo mío. El cadalso me ha hecho -olvidar á Juana. Tu muerte... - -GILBERTO.--¡Mi muerte! ¿Qué entiendes tú por esta palabra? Mi muerte -es que Juana no me ama ya; desde el día en que ya no fuí amado dejé -de vivir; lo que ha sobrevivido en mí no vale ya la pena de que me lo -quiten mañana. ¡Oh! tú no puedes imaginarte lo que es un hombre que -ama. Si me hubieran dicho hace dos meses que Juana, esa Juana tan pura, -mi amor, mi orgullo y mi tesoro, se entregaría á otro, y preguntado si -la querría después, hubiera contestado que no, y que preferiría mil -veces la muerte para los dos. ¡Pues bien! hoy sí la quisiera; Juana -no es ya la mujer sin tacha á quien yo adoraba, y cuya frente apenas -me atrevía á tocar con los labios; Juana se ha entregado á otro, á un -miserable; ya lo sé; pero yo la amo siempre; besaría sus pies, y la -pediría perdón si me quisiera. Aunque la encontrara en la calle con -otras de mala nota, me la llevaría á casa para estrecharla contra mi -corazón. Joshua, yo daría no cien años de vida, porque sólo me quedan -algunas horas; pero sí la eternidad por ver sonreir una sola vez á -Juana, una sola vez antes de mi muerte, y porque me dijera esa palabra -que pronunciaba en otro tiempo: «¡Yo te amo!» Hete aquí, Joshua, lo -que es el corazón de un hombre; no creas que se puede matar á la mujer -que se adora; muy por el contrario, se acaba por arrodillarse á sus -pies como un esclavo. Á ti te parece que soy débil; pero ¿qué hubiera -adelantado yo con matar á Juana? ¡Oh! si ella me amase aún, nada me -importaría todo lo que ha hecho; pero ella ama á Fabiani, y por él -viene aquí. ¡Quisiera morir pronto, Joshua! - -JOSHUA.--Fabiani será ejecutado hoy. - -GILBERTO.--Y yo mañana. - -JOSHUA.--Siempre está Dios al fin de todo. - -GILBERTO.--Hoy quedaré vengado de él; mañana quedará vengado de mí. - -JOSHUA.--Hermano, ahí viene el segundo condestable de la Torre, maese -Eneas Dulverton; es preciso entrar; esta noche te veré, amigo mío. - -GILBERTO.--¡Oh! ¡morir sin ser amado, ni llorado! ¡Juana... Juana... -Juana...! - - (_Entra en su calabozo._) - -JOSHUA.--¡Pobre Gilberto! ¡Dios mío! ¿quién hubiera dicho nunca que -debía llegar semejante caso? - - (_Sale.--Entran Simón Renard y maese Eneas Dulverton._) - - -ESCENA II - -SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS DULVERTON - -SIMÓN RENARD.--Es muy singular, como vos decís; pero ¿qué se le ha de -hacer? La reina está loca y no sabe lo que quiere; no se puede confiar -en nada, porque es una mujer. ¿Podríais decirme para qué viene aquí? -¡Vamos! el corazón de la mujer es un enigma, que el rey Francisco I -descifró en los cristales de Chambord: «Voluble es la mujer, y loco el -hombre que en ella fía.» Escuchad, maese Eneas, nosotros somos antiguos -amigos, y por lo tanto os diré que es preciso que esto concluya hoy. De -vos depende todo aquí; si os encargan... (_Le habla al oído._) Alargad -el asunto cuanto sea posible, para que el plan aborte después. Sólo -puedo disponer de dos horas, y esta noche se ha de hacer lo que yo -quiero. Mañana no ha de haber favorito; y como soy poderoso aquí, al -día siguiente seréis barón y oficial de la Torre. ¿Está entendido? - -MAESE ENEAS.--Perfectamente. - -SIMÓN RENARD.--Bien... alguien viene, y no quiero que nos vean juntos; -salid por ahí; yo voy á recibir á la reina. - - (_Sepáranse._) - - -ESCENA III - -UN CARCELERO entra con precaución y después introduce á JUANA - -EL CARCELERO.--Habéis llegado al sitio que deseabais, señora; ahí -tenéis las puertas de los dos calabozos; si lo tenéis á bien, dadme mi -recompensa. - -JUANA (_se quita su brazalete de diamantes y lo entrega_).--Ahí la -tenéis. - -EL CARCELERO.--Gracias; no me comprometáis. - - (_Sale._) - -JUANA (_sola_).--¡Dios mío! ¿cómo lo haré? Yo soy quien le ha perdido, -y mi deber es salvarle; pero no lo conseguiré, porque nada puede hacer -una mujer sola en semejante caso. ¡El cadalso, el cadalso... esto es -horrible! ¡Vamos, menos lágrimas y más obras!... Pero ¿cómo he de -hacerlo? ¡Compadeceos de mí, Dios mío! Alguien viene... ¿quién habla? -Reconozco esa voz; es la de la reina... ¡Ah, todo se ha perdido! - - (_Se oculta detrás de un pilar.--Entran la reina y Simón Renard._) - - -ESCENA IV - -LA REINA, SIMÓN RENARD, JUANA, oculta - -LA REINA.--¡Ah! el cambio os extraña; no me parezco á mí misma. ¡Pues -bien! ¿qué me importa? Ahora no quiero ya que muera. - -SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad ordenó ayer, sin embargo, que la -ejecución se efectuase hoy. - -LA REINA.--También ordené el domingo que se verificara el lunes, y hoy -mando que se efectúe mañana. - -SIMÓN RENARD.--En efecto, desde que la Cámara pronunció la sentencia, -hace ya tres semanas, Vuestra Majestad aplaza la ejecución de un día -para otro. - -LA REINA.--¡Pues bien! ¿no comprendéis lo que esto significa, -caballero? ¿Será preciso decíroslo todo, y que una débil mujer os abra -su corazón, porque la infeliz es reina, y vos representáis aquí al -príncipe de España, mi futuro esposo? ¡Dios mío! vosotros no sabéis -esto; en las mujeres, el corazón tiene su pudor como el cuerpo; y -en fin, puesto que deseáis saberlo, aparentando no comprender nada, -os diré que aplazo la ejecución de Fabiani porque todas las mañanas -me falta la fuerza al pensar que la campana de la Torre de Londres -anunciará la muerte de ese hombre. Desfallezco al reflexionar que se -afila el hacha para Fabiani, y que se ha de abrir una tumba para ese -hombre; porque soy débil, porque estoy loca y porque le amo... ¿Estáis -ya satisfecho? ¿Me comprendéis ahora? ¡Oh! ya encontraré medio de -vengarme algún día por lo que me hacéis decir ahora. - -SIMÓN RENARD.--Sin embargo, ya es tiempo de acabar con ese Fabiani; -vais á uniros con mi señor el príncipe de España, señora. - -LA REINA.--Si el príncipe de España no está conforme, que me lo diga; -ya buscaremos otro esposo, pues no faltan pretendientes. El hijo del -rey de los romanos, el príncipe del Piamonte, el infante de Portugal, -el rey de Dinamarca y lord Courtenay son tan buenos caballeros como él. - -SIMÓN RENARD.--¡Lord Courtenay! - -LA REINA.--Un barón inglés es tan noble como un príncipe; y además, -lord Courtenay desciende de los emperadores de Oriente. - -SIMÓN RENARD.--Fabiani se ha hecho aborrecer de todo Londres. - -LA REINA.--Excepto de mí. - -SIMÓN RENARD.--Los menestrales piensan como los nobles. Si no se -efectúa la ejecución hoy mismo, como lo ha prometido Vuestra Majestad... - -LA REINA.--¿Qué más? - -SIMÓN RENARD.--Habrá un motín popular. - -LA REINA.--Tengo mis lansquenetes. - -SIMÓN RENARD.--Habrá complot de nobles. - -LA REINA.--Tengo el verdugo. - -SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad ha jurado por el devocionario de su -madre que no concedería perdón. - -LA REINA.--He aquí una firma en blanco que me ha remitido, y en la cual -juro por mi corona imperial que concederé la gracia pedida. La corona -de mi padre vale tanto como el devocionario de mi madre; un juramento -anula el otro; y además, ¿quién os dice que le perdonaré? - -SIMÓN RENARD.--¡Os ha vendido traidoramente! - -LA REINA.--¿Qué me importa? Todos los hombres hacen otro tanto. Yo no -quiero que muera. Escuchad, milord... quiero decir embajador... estoy -tan perturbada, que no sé ya á quién hablo. Ya sé todo lo que me vais -á decir: que es un hombre vil, un cobarde, un miserable; lo reconozco, -y me ruborizo de ello; pero le amo. ¿Qué queréis que haga? Tal vez -amaré menos á un hombre honrado. Por otra parte, ¿quién sois vos que -os dais tanta importancia? ¿Valéis más que él? Vais á decirme que es -un favorito, y que á la nación inglesa no le agrada ninguno; pero ¿no -sé yo acaso que trabajáis para derribarle y poner en su lugar al conde -de Kildare, ese fatuo irlandés? Aunque haga cortar veinte cabezas -diarias, nada tenéis que ver con ello. Y no me habléis más del príncipe -de España, pues poco caso hacéis de él. No quiero oir hablar tampoco -del descontento del señor de Noailles, el embajador de Francia, porque -es un necio, y se lo diré yo misma. Además, yo soy mujer, quiero y no -quiero, y me falta algo... necesito la vida de ese hombre para vivir. -¡Vamos! no toméis ese aire de candor virginal y de buena fe, porque -harto conozco todas vuestras intrigas. Sabéis tan bien como yo que no -ha cometido el crimen por que se le condena. Quedamos convenidos; no -quiero que Fabiani muera: ¿soy yo el ama ó no? ¡Vaya, hablemos de otra -cosa! - -SIMÓN RENARD.--Me retiro, señora. Toda la nobleza os ha hablado por mi -voz. - -LA REINA.--¡Qué me importa la nobleza! - -SIMÓN RENARD (_aparte_).--Probemos con el pueblo. - - (_Sale haciendo una profunda reverencia._) - -LA REINA (_sola_).--Ha salido con un aire singular. Ese hombre es capaz -de promover algún motín. Será preciso que vaya al Ayuntamiento... -¡Hola, aquí alguno! - - (_Preséntanse maese Eneas y Joshua._) - - -ESCENA V - -Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA - -LA REINA.--¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que vos y ese hombre os -encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil. - -MAESE ENEAS.--Señora... - -LA REINA.--¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues recuerdo que sois uno -de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean aborrecen al hombre -que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco, le aborrece -también. - -JOSHUA.--Es verdad, señora. - -LA REINA.--¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey que yo reina. ¡Cómo! -¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona alguna plenos -poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani? - -JUANA (_saliendo de su escondite_).--¡Sí, señora, á mí! - -JOSHUA (_aparte_).--¡Juana! - -LA REINA.--¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que te hallas aquí? -¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería -aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para -ello; pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber -ya envidia ni celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo -veo; los hombres no comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos. -¿No es cierto que ambas somos muy desgraciadas? Es preciso conseguir -la evasión de Fabiani, y sólo puedo contar con vos; de modo que debo -aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis con interés. Encargaos -de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo cuanto os -ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas de la -ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana! - -JUANA.--El Támesis baña el pie de la Torre por aquel lado, y he visto -que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la evasión se -efectuaría por el río; es lo más seguro. - -MAESE ENEAS.--Es imposible conducir hasta ahí un barco en menos de una -hora. - -JUANA.--Es mucho tiempo. - -MAESE ENEAS.--Pronto pasará, y además, habrá cerrado la noche, que será -favorable, si Su Majestad se empeña en que se lleve á cabo la evasión. - -LA REINA.--En efecto, tal vez sea más conveniente; queda convenido, -pues, para dentro de una hora. Yo me retiro, Juana, y sólo os encargo -que salvéis á Fabiani. - -JUANA.--Estad tranquila, señora. - - (_La reina sale, siguiéndola Juana con la vista._) - -JOSHUA (_en el proscenio_).--¡Gilberto tenía razón, todo es para -Fabiani! - - -ESCENA VI - -Los mismos, menos LA REINA - -JUANA (_á Maese Eneas_).--Ya habéis oído cuál es la voluntad de la -reina: una barca al pie de la Torre, las llaves de los pasadizos -secretos, un sombrero y una capa. - -MAESE ENEAS.--No es posible tener todo eso antes de la noche; dentro de -una hora, señora. - -JUANA.--Está bien; retiraos y dejadme con este hombre. - - (_Maese Eneas sale; Juana le sigue con la vista._) - -JOSHUA (_aparte, en el proscenio_).--¡Ese hombre! Es muy sencillo; -quien ha olvidado á Gilberto no reconoce á Joshua. - - (_Se dirige hacia la puerta del calabozo de Fabiani, y prepárase á - abrir._) - -JUANA.--¿Qué hacéis ahí? - -JOSHUA.--Me anticipo á vuestros deseos, señora; abro esta puerta. - -JUANA.--¿Quién está ahí? - -JOSHUA.--Es la puerta del calabozo de milord Fabiani. - -JUANA.--¿Y esa? - -JOSHUA.--Es la del calabozo de otro. - -JUANA.--¿De quién? - -JOSHUA.--De otro condenado á muerte, de uno que sin duda no conocéis. -Es un obrero llamado Gilberto. - -JUANA.--¡Abrid esa puerta! - -JOSHUA (_después de abrir la puerta_).--¡Gilberto! - - -ESCENA VII - -JUANA, GILBERTO, JOSHUA - -GILBERTO (_en el interior del calabozo_).--¿Qué me quieren? (_Aparece -en el umbral, ve á Juana, y apóyase vacilante contra la pared._) -¡Juana!... ¡Juana Talbot! - -JUANA (_de rodillas, sin levantar la vista_).--¡Gilberto, vengo á -salvaros! - -GILBERTO.--¡Á salvarme! - -JUANA.--Escuchad: compadeceos de mí, y no me agobiéis con vuestras -quejas, pues sé todo lo que vais á decirme. Es preciso que yo os salve; -todo está preparado, y la evasión es segura; dejadme hacer á mí lo que -permitiríais á otra; sólo os pido esto; después, sea yo desconocida -para vos; ya no sabréis quién soy; no me perdonéis; pero dejadme -salvaros. - -GILBERTO.--¡Gracias! es inútil. ¿Para qué quiero salvar mi vida, Juana, -si ya no me amáis? - -JUANA (_con alegría_).--¡Oh, Gilberto! ¿Os dignáis aún ocuparos de lo -que siente el corazón de la pobre muchacha? ¿Es posible que el amor que -pueda profesar á otro os interese hasta el punto de pareceros que vale -la pena informaros sobre él? Yo creía que ya os era igual, y que me -despreciabais demasiado para cuidaros de mí. ¿Si supiérais, Gilberto, -qué impresión me producen las palabras que acabáis de dirigirme? ¡Es -un rayo de sol inesperado en una noche oscura! Escuchad: si yo me -atreviese aún á acercarme á vos, á tocar vuestra ropa, á estrecharos -la mano; si osase levantar la vista para miraros, como en otro tiempo, -¿sabéis lo que os diría, prosternada, llorando á vuestros pies, con -sollozos en la boca y la alegría en el corazón? Os diría: ¡Gilberto, yo -te amo! - -GILBERTO (_estrechándola entre sus brazos con arrebato_).--¡Tú me amas! - -JUANA.--¡Sí, te amo! - -GILBERTO.--¡Tú me amas! ¡Dios mío, será verdad! ¿Es ella la que me lo -dice, es su boca la que habla? - -JUANA.--¡Gilberto mío! - -GILBERTO.--¿Dices que lo has preparado todo para mi evasión? ¡Pronto, -pronto, la vida! ¡Quiero vivir, porque Juana me ama! Parece que esa -bóveda se apoya en mi cabeza y me aplasta. ¡Necesito aire... aquí me -muero; huyamos pronto, Juana! ¡Quiero vivir, porque soy amado! - -JUANA.--Aún no; es preciso tener un barco, y para ello se ha de esperar -la noche; pero puedes estar tranquilo, porque te salvarás. Antes de -una hora saldremos de aquí; la reina no volverá por lo pronto, y entre -tanto yo soy quien manda. Más tarde te explicaré esto. - -GILBERTO.--¡Una hora de espera! ¡Qué larga me parecerá! Ya ansío -recobrar la vida y la dicha. ¡Juana, Juana, yo viviré y tú me amarás; -reiré y cantaré; detenme para que no cometa alguna locura! - -JUANA.--¡Sí, te amo, Gilberto, y esto es tan verdad como si te lo -dijera en mi lecho de muerte; jamás amé sino á ti, ni aun cuando te -faltaba, pues entonces te quería en el fondo de mi corazón! ¡Apenas -caída en brazos del demonio que me ha perdido, he llorado á mi ángel! - -GILBERTO.--¡Olvidar, perdonar! No hables de eso, Juana. ¡Oh! ¿qué me -importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí, todo te lo -perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las -lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí -eres la única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras -amortigua más mi dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta -la cabeza y mírame! - -JUANA.--¡Siempre generoso, amado Gilberto! - -GILBERTO.--¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos de aquí, libre -contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos sin -detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia, -porque los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío, -estoy loco... olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana! - -JUANA.--¿Qué quieres decir? - -GILBERTO.--Eres hija de lord Talbot. - -JUANA.--Conozco otro nombre más hermoso. - -GILBERTO.--¿Cuál? - -JUANA.--Esposa del obrero Gilberto. - -GILBERTO.--¡Juana!... - -JUANA.--¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé muy bien que -soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta, ni -abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se -unirá desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te seguiré -y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus -pies, y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te -daré cuanto necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana -y algo más que un perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios -permitirá que acabes por encontrar una mujer pura y sin mancha, digna -de ti, entonces, si ella es buena, y si quiere, seré la sirvienta de -tu esposa; si no le place, iré á morir donde pueda. Sólo en este caso -me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu lado, mostrándome -siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva contigo, -nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven -abandonada. - -GILBERTO (_cayendo á sus pies_).--¡Eres un ángel; eres mi esposa! - -JUANA.--¡Tu esposa! ¿Perdonas solo como Dios, purificando? ¡Ah! -¡bendito seas, Gilberto, por ceñirme con esa corona la frente! - - (_Gilberto se levanta y la estrecha en sus brazos; mientras que se - hallan en esta actitud, Joshua coge de la mano á Juana._) - -JOSHUA.--Es Joshua, señora Juana. - -GILBERTO.--¡Mi buen Joshua! - -JOSHUA.--Antes no me habíais reconocido. - -JUANA.--¡Ah! es que debí haber comenzado por él. - - (_Joshua le besa la mano._) - -GILBERTO (_estrechándole en sus brazos_).--¡Qué felicidad! ¿Puede ser -cierta tanta dicha? - - (_Desde hace algunos instantes se oye fuera un ruido lejano, gritos - confusos y tumulto: el día comienza á declinar._) - -JOSHUA.--¿Qué ruido es ese? - - (_Se acerca á la ventana que da á la calle._) - -JUANA.--¡Dios mío! con tal que no suceda nada... - -JOSHUA.--La multitud se agolpa en la calle; se ven picas y hachas; los -pensionarios de la Reina están á caballo y en orden de batalla; todos -vienen por aquí... ¡Qué gritos! ¡Ah diablo! diríase que es un motín -popular. - -JUANA.--¡Con tal que no sea contra Gilberto! - -GRITOS LEJANOS.--¡Muera Fabiani! - -JUANA.--¿Oís? - -JOSHUA.--Sí. - -JUANA.--¿Qué dicen? - -JOSHUA.--No lo entiendo bien. - -JUANA.--¡Dios mío! ¿qué será? - - (_Entran precipitadamente por la puerta secreta maese Eneas y un - barquero._) - - -ESCENA VIII - -Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero - -MAESE ENEAS.--¡Milord Fabiani, no hay que perder un instante! Se ha -sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se ha -sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho -pedazos. Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las -llaves; ese hombre conducirá la barca, y tened presente que á mí es á -quien debéis todo esto. Daos prisa. (_En voz baja al barquero._) No te -apresures. - -JUANA.--(_Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la capa._) (_En voz -baja á Joshua._) ¡Cielos! con tal que ese hombre no reconozca... - -MAESE ENEAS (_mirando á Gilberto con fijeza_).--¡Cómo! ¡ese no es lord -Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita; facilitáis -la fuga de otro. - -JUANA.--¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por Dios, amigo mío, -tened compasión; ya sé que es verdad!... - -MAESE ENEAS (_en voz baja á Juana_).--¡Silencio! Haced lo que deseáis; -yo no he dicho nada ni visto nada. - - (_Se retira al fondo del teatro con aire indiferente._) - -JUANA.--¿Qué dice?... ¡Ah! la Providencia está por nosotros. ¡Todo el -mundo quiere salvar á Gilberto! - -JOSHUA.--No, señorita Juana, todo el mundo quiere perder á Fabiani. - - (_Durante esta escena redoblan fuera los gritos._) - -JUANA.--¡Apresurémonos, Gilberto! ¡Pronto, pronto! - -JOSHUA.--Dejadle salir solo. - -JUANA.--¡Abandonarle! - -JOSHUA.--Sólo por un instante: no debe ir una mujer en la barca si -queréis que llegue á buen puerto, porque aún es de día y vais vestida -de blanco. Una vez pasado el peligro, volveréis á veros. Venid conmigo -por aquí, y dejadle salir por allá. - -JUANA.--Joshua tiene razón. ¿Dónde te encontraré, Gilberto? - -GILBERTO.--Debajo del primer arco del puente de Londres. - -JUANA.--¡Bien; véte pronto; el ruido redobla, y quisiera que ya -estuvieses lejos! - -JOSHUA.--He aquí las llaves: se han de abrir doce puertas antes de -llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto de hora -largo. - -JUANA.--¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es horrible! - -GILBERTO (_abrazándola_).--Adiós, Juana; algunos instantes más de -separación y nos uniremos para toda la vida. - -JUANA.--¡Por toda la eternidad! (_Al barquero._) Buen hombre, os lo -recomiendo. - -MAESE ENEAS (_en voz baja al barquero_).--Por si ocurre un accidente, -no te apresures. - - (_Gilberto sale con el barquero._) - -JOSHUA.--¡Está salvado! Ahora, nosotros; es preciso cerrar ese -calabozo. (_Cierra el calabozo de Gilberto._) Ya está hecho. Venid -pronto por aquí. - - (_Sale con Juana por la otra puerta oculta._) - -MAESE ENEAS (_solo_).--Fabiani ha quedado en la ratonera. He ahí una -jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard hubiera pagado á peso de -oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no recaiga la culpa -sobre mí... - - (_Entran lentamente por la galería Simón Renard y la Reina. El - tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar; óyense - gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de - armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en - mano, acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra - Clarence, llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la - Jarretera con la banda de la misma._) - - -ESCENA IX - -LA REINA, SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS, LORD CLINTON, los dos HERALDOS, -Caballeros, pajes, etc. - -LA REINA (_en voz baja á Maese Eneas_).--¿Se ha evadido Fabiani? - -MAESE ENEAS.--Aún no. - -LA REINA.--¡Aún no! - - (_Le mira fijamente con expresión amenazadora._) - -MAESE ENEAS (_aparte_).--¡Diablo! - -GRITOS DEL PUEBLO (_fuera_).--¡Muera Fabiani! - -SIMÓN RENARD.--Es preciso que Vuestra Majestad tome un partido al -punto, pues el pueblo quiere la muerte de ese hombre, y en todo Londres -reina la mayor efervescencia; la Torre está bloqueada; el motín es -formidable, y varios nobles han sido arrastrados en el puente. Los -guardias de Vuestra Majestad se sostienen aún; mas no por eso habéis -sido menos acosada de calle en calle, desde la casa Ayuntamiento hasta -la Torre. Los partidarios de Isabel se han mezclado con el pueblo, y -esto se comprende por la malignidad del motín. Lo veo todo muy oscuro. -¿Qué ordena Vuestra Majestad? - -GRITOS DEL PUEBLO.--¡Fabiani! ¡Muera Fabiani! - - (_Van en aumento y acércanse cada vez más._) - -LA REINA.--¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo que grita? Es -preciso darle un hombre; el populacho quiere comer. - -SIMÓN RENARD.--¿Qué ordena Vuestra Majestad? - -LA REINA.--Señores, paréceme que todos tembláis alrededor de mí. ¡Por -el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser caballeros? -¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por ventura? -¿Temerán las espadas á los palos? - -SIMÓN RENARD.--No permitáis que las cosas vayan más lejos, señora; -ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de aquí á -una hora diréis «el pueblo». - - (_Los gritos redoblan; el ruido se acerca._) - -LA REINA.--¡Dentro de una hora! - -SIMÓN RENARD (_se dirige á la galería y vuelve_).--Dentro de un cuarto -de hora, señora. Han forzado ya el primer recinto de la Torre; un paso -más y el pueblo estará dentro. - -EL PUEBLO.--¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani, muera Fabiani! - -LA REINA.--¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa horrible! ¡Fabiani! - -SIMÓN RENARD.--¿Queréis ver cómo le despedazan á vuestra vista en pocos -momentos? - -LA REINA.--¡Verdaderamente es una infamia que ninguno de vosotros se -mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme! - -LORD CLINTON.--Á vos sí, señora; á Fabiani, no. - -LA REINA.--¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero no importa, tanto -peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen por el -cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado -y combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor -embajador? ¿Y no le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que -es inocente? ¡Por mi Dios, por mi corona y por el alma de mi madre, -juro que es inocente del crimen de que se le acusa! ¡Defendedle, mi -bravo Clinton; exterminad á estos como lo hicisteis con Tomás Wyat! Os -juro que es falso que Fabiani haya querido asesinar á la reina. - -LORD CLINTON.--Á otra reina ha querido asesinar, que es la Inglaterra. - - (_Los gritos continúan fuera._) - -LA REINA.--¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero probar yo misma al -pueblo que no es culpable! - -SIMÓN RENARD.--¡Probad al pueblo que no es italiano! - -LA REINA.--¡Cuando pienso que un Simón Renard, una hechura del cardenal -de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid esa puerta, -abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero hablarle! - -SIMÓN RENARD.--¿Qué hacéis? Por su propio interés sería inútil dar á -conocer á todo el mundo dónde se halla. - -EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel! - -SIMÓN RENARD.--¿Oís lo que gritan? - -LA REINA.--¡Dios mío, Dios mío! - -SIMÓN RENARD.--Elegid, señora: (_Señala con una mano la puerta del -calabozo._) Ó esa cabeza al pueblo, (_Señala con la otra mano la corona -de la reina._) ó esa corona á la princesa Isabel. - -EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel! - - (_Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina._) - -SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad se pierde sin salvarle; ya han forzado -el segundo patio. ¿Qué dispone la reina? - -LA REINA.--Todos sois unos cobardes, y Clinton el primero. ¡Ah, -Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío! - -SIMÓN RENARD.--¿Qué dispone la reina? - -LA REINA.--¡Oh, verme abandonada así, haberlo confesado todo y no poder -conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos caballeros? El pueblo -es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay, pues, casos en que -la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis juntas, señores! - -SIMÓN RENARD.--¿Qué dispone la reina? - -LA REINA (_agobiada_).--Lo que vos queráis; haced lo que os plazca. -¡Sois un asesino! (_Aparte._) ¡Oh Fabiani! - -SIMÓN RENARD.--¡Heraldos, á mí! Maese Eneas, abrid el balcón grande de -la galería. - - (_El balcón del fondo se abre; Simón Renard se asoma, con un heraldo - á la izquierda y otro á la derecha; se oye inmenso rumor._) - -EL PUEBLO.--¡Fabiani, Fabiani! - -SIMÓN RENARD (_en el balcón, de cara al pueblo_).--¡En nombre de la -Reina! - -LOS HERALDOS.--¡En nombre de la Reina! - - (_Profundo silencio fuera._) - -SIMÓN RENARD.--¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina! Hoy, esta -misma noche, una hora después de la queda, Fabiano Fabiani, conde de -Clanbrassil, cubierto con un velo negro desde la cabeza á los pies, -amordazado con mordaza de hierro, con un hacha de cera amarilla de tres -libras de peso en la mano, será conducido desde la Torre de Londres, -por Charing-Cross, al Mercado Viejo de la Cité, para ser decapitado -públicamente, en castigo de sus crímenes de alta traición, y por su -conato de regicidio en la sagrada persona de Su Majestad. - - (_Óyense fuera ruidosos aplausos._) - -[Ilustración: SIMÓN RENARD.--_¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la -Reina!_] - -EL PUEBLO.--¡Viva la Reina! ¡Muera Fabiani! - -SIMÓN RENARD (_continuando_).--Y para que nadie lo ignore en esta -ciudad, oíd lo que la Reina ordena: durante todo el trayecto que el -condenado debe recorrer desde la Torre de Londres al lugar de la -ejecución, se hará tocar la gran campana de la Torre, disparándose tres -cañonazos, el primero cuando el reo suba al cadalso, el segundo cuando -se arrodille sobre el paño negro, y el tercero cuando caiga su cabeza. - - (_Aplausos._) - -EL PUEBLO.--¡Luces, luces! - -SIMÓN RENARD.--Esta noche, la Torre y la Cité de Londres se iluminarán -con hogueras y hachas en señal de regocijo. He dicho. (_Aplausos._) -¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra! - -LOS DOS HERALDOS.--¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra! - -EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva María! ¡Viva la Reina! - - (_Ciérrase el balcón; Simón Renard se acerca á la Reina._) - -SIMÓN RENARD.--Jamás me perdonará la princesa Isabel lo que acabo de -hacer ahora. - -LA REINA.--¡Ni tampoco la reina María!... ¡Dejadme ahora, caballero! - - (_Despide con un ademán á todos los presentes._) - -SIMÓN RENARD (_en voz baja á Maese Eneas_).--Cuidaos de la ejecución. - -MAESE ENEAS.--Confiad en mí. - - (_Simón Renard sale; en el momento en que maese Eneas se dispone á - seguirle, la Reina corre hacia él, cógele por un brazo y le conduce - vivamente al proscenio._) - - -ESCENA X - -LA REINA, MAESE ENEAS - -GRITOS FUERA.--¡Muera Fabiani! - -LA REINA.--¿Cuál de las dos cabezas crees tú que vale más en este -momento, la de Fabiani ó la tuya? - -MAESE ENEAS.--Señora... - -LA REINA.--¡Eres un traidor! - -MAESE ENEAS.--Señora... (_aparte_).--¡Diablo! - -LA REINA.--Pocas explicaciones. Juro por mi madre que si Fabiano muere, -tú morirás también. - -MAESE ENEAS.--Pero, señora... - -LA REINA.--Salva á Fabiano y te salvarás; de lo contrario, has de morir. - -GRITOS.--¡Muera Fabiani! - -MAESE ENEAS.--¡Salvar á lord Clanbrassil! El pueblo está ahí... es -imposible. ¿Por qué medio?... - -LA REINA.--Busca. - -MAESE ENEAS.--¿Cómo hacerlo, Dios mío? - -LA REINA.--Como si fuera para ti. - -MAESE ENEAS.--Pero, ved que el pueblo permanecerá armado hasta después -de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á uno ú otro. - -LA REINA.--Á quien tú quieras. - -MAESE ENEAS.--¿Á quien yo quiera? Esperad, señora... La ejecución se -efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá cubierto -con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta -distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es -posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que -no se apresurase. (_Se dirige á la ventana que da al Támesis._) ¡Aún -está ahí; pero ya era tiempo! (_Se inclina hacia fuera, con un hacha -en la mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina._) Está -bien; os respondo de milord Fabiani, señora. - -LA REINA.--¿Por tu cabeza? - -MAESE ENEAS.--Por mi cabeza. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -PARTE SEGUNDA - - -Una especie de sala, en la cual desembocan dos escaleras, una para -subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte del fondo -del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el -foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen. - -La sala está tendida de negro de una manera particular: la pared de la -derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos con un paño negro -cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador es blanco -con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista -en las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de -negro y blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún -sacerdote; de las bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que -alumbran débilmente la sala y las escaleras; lo que las ilumina en -realidad es el paño blanco del fondo, á través del cual se distingue -un resplandor rojizo, cual si hubiese detrás una inmensa hoguera. -Las baldosas de la sala son tumulares. Al levantarse el telón se ve -dibujarse en negro sobre el paño transparente la sombra inmóvil de la -Reina. - - -ESCENA I - -JUANA y JOSHUA entran con precaución, levantando una de las colgaduras -negras, por una puertecilla disimulada - -JUANA.--¿Dónde estamos, Joshua? - -JOSHUA.--En el descanso de la escalera por donde bajan los condenados -que van al suplicio. - -JUANA.--¿No hay medio de escapar de la Torre? - -JOSHUA.--El pueblo guarda todas las salidas; quiere estar seguro esta -vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá franquear las -puertas antes de la ejecución. - -JUANA.--La arenga que se ha pronunciado desde ese balcón resuena aún en -mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua. - -JOSHUA.--¡Otras muchas escenas he visto como ésta! - -JUANA.--¡Con tal que Gilberto haya conseguido evadirse! ¿Le crees -salvado, Joshua? - -JOSHUA.--Estoy seguro de ello. - -JUANA.--¿Bien seguro? - -JOSHUA.--La Torre no estaba guardada por la parte del río, y además, -cuando debió salir, el motín no era lo que fué después. ¿Sabéis que es -imponente? - -JUANA.--¿Estáis seguro de que se habrá salvado? - -JOSHUA.--Ahora os espera seguramente en el primer arco del puente de -Londres, donde os reuniréis con él á media noche. - -JUANA.--¡Dios mío! ¡qué inquieto estará! (_Divisando la sombra de la -Reina._) ¡Cielos! ¿Qué es eso, Joshua? - -JOSHUA (_en voz baja, cogiéndole la mano_).--¡Silencio!... Es la leona -que acecha. - - (_Mientras que Juana contempla aquella silueta negra con terror, - óyese una voz lejana que parece proceder de arriba, y la cual - pronuncia distintamente estas palabras:_) - -VOZ.--El que me sigue, cubierto con un velo negro, es el muy alto -y poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de -Dinasmonddy, barón de Darmouth en Devonshire, que será decapitado en el -mercado de Londres por crimen de regicidio y de alta traición. ¡Dios -tenga misericordia de su alma! - -OTRA VOZ.--¡Rogad por él! - -JUANA (_temblando_).--¡Joshua! ¿Oís? - -JOSHUA.--Sí; yo oigo esas cosas todos los días. - - (_En lo alto de la escalera aparece un cortejo fúnebre que se - desarrolla lentamente á medida que baja. Á la cabeza va un hombre - vestido de negro, que lleva una bandera blanca con cruz negra; sigue - maese Eneas Dulverton, revestido de manto negro, con su bastón de - condestable en la mano; un grupo de soldados con partesanas y traje - rojo, y el verdugo con su hacha al hombro y el filo vuelto hacia el - que va detrás, que es un hombre cubierto completamente con un gran - velo negro, cuyas puntas se arrastran bajo sus pies. De este hombre - no se ve sino un brazo que pasa por una abertura del velo, empuñando - la mano un blandón de cera amarilla. Á su lado va un sacerdote, y - detrás otro grupo de soldados con partesanas, un hombre vestido - de blanco, que lleva bandera negra con cruz blanca; y á derecha é - izquierda dos filas de alabarderos, alumbrando con hachas._) - -JUANA.--¡Joshua! ¿No veis? - -JOSHUA.--Todos los días veo esas cosas. - - (_En el momento de desembocar en el escenario, el cortejo se - detiene._) - -[Ilustración: JUANA.--_¡Joshua! ¿No veis?_] - -MAESE ENEAS.--El que va detrás de mí, cubierto con un velo negro, es -el muy alto y muy poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, -barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth, en Devonshire, que será -decapitado en el mercado de Londres, por crimen de regicidio y alta -traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma! - -LOS DOS HERALDOS.--¡Rogad por él! - - (_El cortejo cruza lentamente por el fondo del teatro._) - -JUANA.--Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua, esto me hiela la -sangre. - -JOSHUA.--¡Ese miserable Fabiani! - -JUANA.--¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy desgraciado. - - (_El cortejo llega á la otra escalera. Simón Renard, que desde - hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de aquella, - observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo - penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco. - Juana le sigue con la vista, poseída de terror._) - -SIMÓN RENARD (_después de haber desaparecido el cortejo_).--¿Qué -significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo. ¿Será que maese -Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento... Veamos -lo que hay. - - (_Desaparece en la escalera en pos del cortejo._) - -JOSHUA.--La campana grande anunciará muy pronto su salida de la Torre, -y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar los medios; -esperadme hasta que vuelva. - -JUANA.--¿Me dejáis sola, Joshua? ¡Dios mío, yo tengo miedo! - -JOSHUA.--No podríais recorrer toda la Torre conmigo sin riesgo, y es -preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera. - -JUANA.--¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (_Joshua sale._) ¡Oh! ¡qué -espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo habría sido -para Gilberto! (_Se arrodilla al pie de uno de los altares._) ¡Oh! -¡gracias; sois el Dios salvador! (_El paño del fondo se entreabre, -apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio, sin ver -á Juana._) ¡Dios mío, la Reina! - - -ESCENA II - -JUANA, LA REINA - - (_Juana se oprime contra el altar, y fija en la Reina una mirada de - estupor y de espanto._) - -LA REINA (_permanece algunos instantes silenciosa en el proscenio, con -la mirada fija, pálido el rostro, y como absorta en sombría meditación; -al fin deja escapar un profundo suspiro_).--¡Oh, el pueblo! (_Pasea á -su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana._) ¿Quién está ahí? ¡Ah, -eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no temas nada. Ya -sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que no has -de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú -amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el -corazón así; ambas le amamos; somos hermanas. - -JUANA.--Señora... - -LA REINA.--Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su favor; todo lo -demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en masa, -todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está -triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos -de lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca, -mientras que maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado -y victorioso, manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas -de hombres que llenan las calles, profiriendo gritos de muerte y de -alegría: soberbio y todopoderoso, ese odio ilumina toda una ciudad -alrededor de un cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos -mujeres vestidas de luto en una tumba; el odio está allí! (_Separa -violentamente el paño blanco del fondo, que al desviarse deja ver un -balcón, por el cual se divisa, en una noche oscura, toda la ciudad de -Londres espléndidamente iluminada, como también lo está lo que se ve -de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo -deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario._) ¡Oh ciudad -infame, rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de -fiesta en la sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te -infunde pavor ¿no es verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa -multitud se burla cobardemente de nosotras, y que nos mira con sus cien -mil ojos de fuego, á nosotras, débiles mujeres abandonadas, perdidas y -solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana, reirse y gritar? ¡Oh, daría -la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres! ¡Cuánto daría por -trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar de fuego! - - (_Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos y gritos confusos - que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!--La gran campana de - la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la - Reina profiere una carcajada terrible._) - -JUANA.--¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os reís, señora? - -LA REINA.--Sí, me río; y tú vas á reirte también; pero antes será -preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos solas, -y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (_Corre la cortina blanca -y vuelve._) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo -decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe -sangre. ¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes -reirte conmigo y estar tranquila. El hombre que se llevan, el hombre -que morirá, el que toman por Fabiano, no es él. - - (_Se ríe._) - -JUANA.--¡Que no es Fabiano! - -LA REINA.--¡No! - -JUANA.--¿Pues quién es? - -LA REINA.--Es el otro. - -JUANA.--¿Qué otro? - -LA REINA.--Ya le conoces, es aquel obrero, aquel hombre... Pero ¿qué -importa? - -JUANA (_temblando_).--¿Gilberto? - -LA REINA.--Sí; ese es su nombre. - -JUANA.--¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no es cierto! ¡Esto -sería demasiado horrible! Gilberto huyó. - -LA REINA.--Sí, huía cuando le cogieron, y le han puesto en lugar de -Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el pueblo no -verá nada; no tengas cuidado. - -JUANA (_profiriendo un grito espantoso_).--¡Ah, señora, aquel que yo -amo es Gilberto! - -LA REINA.--¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me engañabas tú también? -¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien, qué me importa! - -JUANA.--(_Desfallecida, á los pies de la Reina, solloza y se arrastra -de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran campana no -ha dejado de tocar durante esta escena._) ¡Señora, por compasión... -en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por los -ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es -mi vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora; -bien veis, sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa -conmigo. Lo que acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible, -que apenas sé cómo me queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis -suspender la ejecución al punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo -necesario para que se reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar -hasta mañana, y después veremos lo que se ha de hacer. No, no mováis -la cabeza; no hay peligro para vuestro Fabiano; yo me pondré en su -lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de ver por la noche; -pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto más -cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa -campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y -parece que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no -hay peligro alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no -os lo había dicho, porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras -hermosas manos. ¡Oh! dadme la orden para suspender la ejecución, pues -aún es tiempo, porque van muy despacio y hay mucho camino desde la -Torre al Mercado Viejo. El hombre del balcón me dijo que pasarían por -Charing-Cross, y como hay un camino más corto, un mensajero llegaría á -tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos! Suponed que yo soy -la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría. -¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar. -Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni -peligro para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que -yo digo? - -LA REINA (_enternecida y levantando á Juana_).--Bien lo quisiera, -infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo -sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también -yo lloro! Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran -podido tomar otro para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es -demasiado conocido; se necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más -que ese á mano. Te explico esto para que comprendas bien. ¡Dios mío, -verdaderamente hay fatalidades que no se pueden evitar! - -JUANA.--Os escucho, señora; yo también tendría muchas cosas que -deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la ejecución, para -que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar mejor. ¡Oh, -esa campana, siempre esa campana! - -LA REINA.--Lo que tú quieres no es posible, Juana. - -JUANA.--Sí, es posible. Un mensajero montado puede llegar á tiempo por -el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis que os -hablo con dulzura. - -LA REINA.--Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á la Torre, destruiría -cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se halla aquí. Tú -tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar, y -comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en -Gilberto, Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído! - -JUANA.--¡No, mientras esa campana resuene, no habrá concluído! -¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir así? -¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha, -el pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de -él, y aunque después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña, -y que aquel á quien conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero. - -LA REINA.--¡Detente, miserable! (_La coge de un brazo y mírala -fijamente con aire amenazador._) ¡Ah, conque lo tomas así! ¡Soy buena, -lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande -como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí -tu amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á -pedirme cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de -cualquiera. ¡Cuidad de los vuestros! - -JUANA.--¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna! - -LA REINA.--¡Silencio! - -JUANA.--No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea de que no es -Gilberto quien va á morir. - -LA REINA.--¿Qué dices? - -JUANA.--No lo sé; pero le he visto pasar con el velo negro, y paréceme -que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el corazón; creo -que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido así. - -LA REINA.--¡Dios mío! eso que dices no deja de ser un absurdo, y sin -embargo, me espanta, porque has despertado una de las más secretas -inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por -mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano? -Maese Eneas es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard. -¡Dios quiera que no me hayan hecho una segunda traición los enemigos de -Fabiano! ¡Venga aquí alguno, pronto! (_Preséntanse dos carceleros._) -(_Al primero._) ¡Corred, y decid que se suspenda la ejecución: he aquí -mi anillo real! Se ha de ir al Mercado Viejo... ¿No dices que hay un -camino más corto, Juana? - -JUANA.--Por el muelle. - -LA REINA (_al carcelero_).--Por el muelle. ¡Toma un caballo, y á -escape! (_El carcelero sale._) (_Al segundo carcelero._) Corred -á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos calabozos de los -condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle aquí -al punto. (_Sale el carcelero._) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no -tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan -desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el -hombre tiempo de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada; -todo se perturba en mi espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será -por Gilberto ó por Fabiani? - -JUANA.--La campana ha dejado de tocar. - -LA REINA.--Porque el cortejo estará en el sitio de la ejecución; el -hombre no habrá tenido tiempo de llegar. - - (_Óyese un cañonazo lejano._) - -JUANA.--¡Cielos! - -LA REINA.--Ahora sube al patíbulo. (_Segundo cañonazo._) Se arrodilla. - -JUANA.--¡Esto es horrible! - - (_Tercer cañonazo._) - -LAS DOS.--¡Ah!... - -LA REINA.--¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un instante sabremos -cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva! - -JUANA.--¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (_Se corre la cortina del -fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de la mano._) -¡Gilberto! - - (_Se precipita en sus brazos._) - -LA REINA.--¿Y Fabiano? - -SIMÓN RENARD.--Muerto. - -LA REINA.--¡Muerto! ¿Quién ha osado?... - -SIMÓN RENARD.--Yo; he salvado á la reina y á Inglaterra. - -[Ilustración] - - - - -LA ESMERALDA - -Libreto de ópera en 4 actos con un prefacio del autor - - - - -[Ilustración] - -PREFACIO - - -Por si acaso alguno recordase una novela al escuchar una ópera, el -autor cree de su deber anunciar al público que para introducir en la -perspectiva particular de una escena lírica alguna cosa del drama -que sirve de base al libro titulado _Nuestra Señora de París_, ha -sido necesario modificar diversamente tan pronto la acción como los -caracteres. El de Febo de Châteaupers, por ejemplo, es uno de aquellos -que han debido alterarse, haciéndose necesario también otro desenlace. -Por lo demás, aunque el autor se haya desviado lo menos posible, y sólo -cuando la música lo exigía, de ciertas condiciones indispensables, á -su modo de ver, en toda obra pequeña ó grande, no entiende ofrecer -aquí á los lectores, ó mejor dicho á los oyentes, sino un bosquejo de -ópera más ó menos bien dispuesto para que la obra musical se sobreponga -felizmente, un _libreto_ puro y sencillo, cuya publicación se explica -por un uso imperioso. En esto no puede ver más que una trama de -aquellas que siempre ganarán ocultándose bajo ese rico y deslumbrador -bordado que llaman la música. - -El autor supone, pues, si por casualidad se ocupan de este libreto, que -un opúsculo tan especial no se podría juzgar en ningún caso de por sí, -abstracción hecha de las necesidades musicales á que el poeta ha debido -someterse, y que en la ópera tienen siempre derecho de prevalecer. -Prescindiendo de todo lo demás, ruega con instancia al lector que no -vea en estas líneas sino lo que contienen, es decir, su pensamiento -personal en este libreto en particular, y no un desdén injusto y de -mal género á esa especie de poemas en general, y al establecimiento -magnífico en que se representan. El autor, que no es nada, recordaría, -en caso necesario, á los que ocupan más alta posición, que nadie tiene -derecho para despreciar, aunque fuese bajo el punto de vista literario, -una escena como ésta. No olvidemos que, sin contar los poetas, este -Real Teatro ha recibido en ciertas ocasiones ilustres visitantes. -En 1671 se representó con toda la pompa de la escena lírica una -tragedia-baile titulada «Psiquis», cuyo libreto era de dos autores: el -uno se llamaba Poquelin de Molière y el otro Pedro Corneille. - - 14 Noviembre 1835. - - - - -LA ESMERALDA - - - - -[Ilustración] - -ACTO PRIMERO - -La escena representa la Corte de los Milagros. Es de noche. Una -multitud de truhanes se entrega á ruidosas danzas. Mendigos y mendigas -en actitudes diversas y propias del oficio. El rey de la Truhanería -encima de un tonel. Fuegos, antorchas, hogueras. En el fondo y entre la -sombra, casas de mísero aspecto. - - -ESCENA I - -CLAUDIO FROLLO, CLOPIN, luego LA ESMERALDA, después -CUASIMODO.--TRUHANES. - -CORO DE TRUHANES.--¡Viva Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los -mendigos de París! ¡Trabajemos de noche cuando todos los gatos son -pardos! ¡Bailemos! ¡Comamos! ¡Burlémonos de las lluvias de Abril y del -ardiente sol de Julio! - -Aprendamos á olfatear la espada del arquero para huir de ella, y el -saco de oro que lleva el viajero para hacerlo nuestro. - -Iremos á bailar con los espíritus, á la claridad de la luna. ¡Viva -Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París! - -CLAUDIO FROLLO (_aparte detrás de un pilar; lleva una ancha capa que -oculta sus hábitos sacerdotales_).--Los ayes de mi alma dolorida se -pierden entre el tumulto de esta infame bacanal. ¡Cuánto sufro! Jamás -lava tan ardiente como la que abrasa mi pecho ha circulado por la -chimenea de un volcán. - - (_Entra Esmeralda bailando._) - -CORO.--¡Aquí está! ¡Aquí está Esmeralda! - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Es ella. ¡Sí! ¿Por qué cruel destino has -hecho tan hermosa á esa criatura, á esa criatura tan desgraciada? - - (_Esmeralda llega hasta el centro del escenario. Los Truhanes forman - corro en torno suyo y dan muestras de admiración mientras ella - baila._) - -[Ilustración: CORO.--_¡Baila, muchacha, baila!_] - -LA ESMERALDA.--Soy la huérfana hija del dolor, que arroja flores en -vuestro camino. Mi delirante alegría encubre muchos suspiros; os -muestro mis sonrisas y oculto mis lágrimas. Bailo y canto como el -pajarillo salta y trina á orillas de un arroyo. Soy palma herida que -cae inerte á tierra. La noche de la tumba es el dosel de mi cuna. - -CORO.--¡Baila, muchacha, baila! Tú suavizas nuestro áspero carácter. -Considéranos como tu familia y juega con nosotros como la golondrina -juguetea con las olas del mar. Esta es la pobre niña, hija de la -desgracia. Cuando centellea su mirada, desaparece el dolor. Todos nos -reímos para oir su canto. Desde lejos, parece, por lo graciosa, la -abeja que se columpia en el cáliz de una flor. - -¡Baila, muchacha! Tú suavizas nuestro carácter. Considéranos como tu -familia y juega con nosotros. - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Tiembla, muchacha! Los celos me devoran. - - (_Trata de aproximarse á Esmeralda, que se aparta de él casi - con espanto. Entra la procesión del papa de los locos, llevando - antorchas, linternas y músicas. En medio del cortejo va Cuasimodo - sobre unas angarillas rodeado de luces y con la cabeza cubierta por - una mitra._) - -CORO.--Saludad. - -¡Saludad todos! Aquí tenéis al papa de los locos. - -CLAUDIO FROLLO (_que al ver á Cuasimodo, se dirige hacia él con ademán -colérico_).--¡Cuasimodo! ¿Qué significa esta indigna mascarada? ¡Oh -profanación! ¡Aquí, Cuasimodo, aquí! - -CUASIMODO.--¡Dios mío! ¡Qué oigo! - -CLAUDIO FROLLO.--Que vengas aquí he dicho. - -CUASIMODO (_bajando de las angarillas_).--Aquí estoy. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Sé anatema! - -CUASIMODO.--¡Gran Dios! Es él. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Qué audacia! - -CUASIMODO.--¡Horrible situación! - -CLAUDIO FROLLO.--¡De rodillas, traidor! - -CUASIMODO.--¡Perdón, señor! - -CLAUDIO FROLLO.--El amo acaso podrá perdonarte; el sacerdote no. - -CUASIMODO.--¡Perdón! ¡perdón! - - (_Claudio Frollo arranca á Cuasimodo los burlescos ornamentos - pontificales de que va revestido y los pisotea. Los Truhanes, á - quienes dirige miradas de cólera Claudio, comienzan á murmurar y - forman en torno de éste varios grupos en actitud amenazadora._) - -CORO.--¡Compañeros! Se atreve á amenazarnos en nuestra misma casa. - -CUASIMODO.--¿Qué pretenden esos audaces ladrones? Amenazan á mi amo; -pero ya veremos quién lleva el gato al agua. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Raza impura de judíos y ladrones! ¡Os atrevéis á -amenazarme! ¡Pues ya veremos! - - (_La cólera de los Truhanes estalla._) - -CORO.--¡Basta, basta! ¡Muera el que turba nuestra fiesta! ¡Que pague -con la cabeza su atrevimiento! ¡Su resistencia será inútil! - -CUASIMODO.--¡Deteneos! ¡No le toquéis, ó va á convertirse la fiesta en -sangriento combate! - -CLAUDIO FROLLO.--Estoy intranquilo, pero no es por el peligro que puede -correr mi cabeza. (_Poniéndose la mano sobre el pecho._) ¡Aquí es donde -se libra un verdadero combate! ¡Aquí está la tempestad! - - (_En el momento de llegar al colmo el furor de los Truhanes, aparece - en el fondo Clopin Trouillefou._) - -CLOPIN.--¿Quién se atreve á atacar en esta infame madriguera, á mi -señor el Arcediano y á Cuasimodo, el campanero de Nuestra Señora? - -LOS TRUHANES (_conteniéndose_).--¡Es Clopin! ¡Es nuestro rey! - -CLOPIN.--¡Retiraos, miserables! - -LOS TRUHANES.--¡Fuerza es obedecer! - -CLOPIN.--Dejadnos. - - (_Los Truhanes se retiran. La Corte de los Milagros queda desierta. - Clopin se aproxima misteriosamente á Claudio._) - - -ESCENA II - -CLAUDIO FROLLO, CUASIMODO, CLOPIN TROUILLEFOU - -CLOPIN.--¿Qué motivo os ha impulsado á venir á esta orgía? ¿Tenéis -alguna orden que darme? Sois mi maestro de magia y podéis hablar con -libertad; estoy dispuesto á obedeceros en todo. - -CLAUDIO FROLLO (_cogiendo vivamente por un brazo á Clopin y llevándole -hacia el proscenio_).--Vengo á concluir. Oye. - -CLOPIN.--Ya escucho. - -CLAUDIO FROLLO.--¡La amo más que nunca! Por eso muero devorado por la -pasión y el pesar. Es preciso que sea mía esta misma noche. - -CLOPIN.--Este es el camino de su casa y por aquí pasará dentro de un -instante. - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Oh! ¡El infierno triunfa! (_En voz alta._) -¿Dices que pasará pronto? - -CLOPIN.--Inmediatamente. - -CLAUDIO FROLLO.--¿Sola? - -CLOPIN.--Sola. - -CLAUDIO FROLLO.--Está bien. - -CLOPIN.--¿Pensáis esperarla? - -CLAUDIO FROLLO.--Sí; estoy resuelto á que sea mía ó á morir. - -CLOPIN.--¿Puedo ayudaros? - -CLAUDIO FROLLO.--No. (_Entrega su bolsa á Clopin y le hace seña de que -se vaya. Quédase solo con Cuasimodo á quien lleva hacia el proscenio._) -Ven. Necesito de ti. - -CUASIMODO.--Mandad. - -CLAUDIO FROLLO.--Se trata de una cosa impía, horrible, abominable. - -CUASIMODO.--Sois mi amo y estoy dispuesto á obedecer. - -CLAUDIO FROLLO.--Arriesgamos la libertad, la vida, todo... - -CUASIMODO.--Á todo estoy resuelto. - -CLAUDIO FROLLO (_con impetuosidad_).--¡Quiero apoderarme de la gitana! - -CUASIMODO.--Podéis disponer de mi sangre, sin decirme el porqué. - - (_Á una seña de Claudio Frollo se retira hacia el fondo, dejando solo - á su amo en el proscenio._) - -CLAUDIO FROLLO.--¡Oh cielos! ¡Haber sepultado mi inteligencia en los -abismos del mal! ¡Haber ensayado todos los criminales artificios de la -magia! ¡Haber caído en profundidades más hondas que el mismo infierno! -¡Ser sacerdote! ¡Espiar en las tinieblas de la noche á una mujer! ¡Y -pensar que cuando mi alma se halla en semejante situación, está Dios -mirándome desde el Empíreo!... - -Pero ¡bah! no importa. El destino fatal me empuja con tan ruda mano, -que no puedo detenerme en la pendiente. Mi suerte se decide hoy. El -sacerdote loco ya no tiene esperanza de salvarse, pero tampoco miedo á -la condenación eterna. - -¡Demonio que me dominas y á quien evocan mis libros cabalísticos; si me -concedes esa mujer, te entrego mi alma! ¡Cobija bajo tus malditas alas -al sacerdote infiel! ¡El infierno, con ella, me parecerá un paraíso! - -¡Ven, mujer, ven! ¡Te espero! ¡Ya que Dios, cuya mirada penetra -constantemente en nuestros corazones, ha tenido el capricho de que -elija entre el cielo y el amor, quiero satisfacer éste enseguida! - -CUASIMODO (_adelantándose_).--Señor, se acerca el instante crítico. - -CLAUDIO FROLLO.--Sí; el momento es solemne; va á decidirse mi suerte. -Calla. - -CLAUDIO FROLLO Y CUASIMODO (_á dúo_).--La noche está oscura. Oigo -pasos. ¿Quién vendrá? - -LA RONDA (_pasando por detrás de las casas_).--¡Paz y vigilancia! -Tengamos el oído alerta y procuremos sondear con la mirada las -tinieblas de la noche. - -CLAUDIO Y CUASIMODO (_á dúo_).--Alguien se adelanta en la oscuridad sin -hacer ruido. Callemos. ¡Ah! Es la ronda nocturna. - - (_Se aleja la ronda._) - -CUASIMODO.--Ya se va la ronda. - -CLAUDIO FROLLO.--Y con ella nuestro miedo. - - (_Claudio Frollo y Cuasimodo miran con ansiedad hacia la calle por - donde ha de venir la Esmeralda._) - -CUASIMODO.--Consejos del amor recibe, y siente fortalecer su esperanza -quien vela mientras todo duerme. ¡La oigo venir!... es ella... Niña -divina; ven sin temor. - -CLAUDIO FROLLO.--La oigo venir; es ella... ¡Es mía! - - (_Sale la Esmeralda. Ambos se arrojan sobre ella y quieren - llevársela; pero se resiste._) - -LA ESMERALDA.--¡Socorro! ¡Socorro! ¡Á mí! - -CLAUDIO FROLLO Y CUASIMODO.--¡Calla! ¡Calla! - - -ESCENA III - -LA ESMERALDA, CUASIMODO, FEBO DE CHÂTEAUPERS, los arqueros de la ronda - -FEBO (_entrando á la cabeza de los arqueros_).--¡Alto, en nombre del -rey! - - (_Claudio se escapa aprovechando el tumulto. Los arqueros se - apoderan de Cuasimodo.--Febo á los arqueros, señalando al jorobado_:) - -¡Sujetadle y apretad firme, sea noble ó plebeyo! Llevémosle á las -prisiones del Châtelet. - - (_Los arqueros conducen á Cuasimodo al fondo del escenario. La - Esmeralda, repuesta del susto que ha recibido, se aproxima á Febo - á quien mira con curiosidad y admiración, llevándole luego al - proscenio._) - - -DÚO - -LA ESMERALDA (_á Febo_).--Señor, ¿queréis decirme vuestro nombre? - -FEBO.--Me llamo Febo de Châteaupers. - -LA ESMERALDA.--¿Sois capitán? - -FEBO.--¡Sí, reina mía! - -LA ESMERALDA.--¡Oh! ¡Yo no soy reina! - -FEBO.--¡Cuánto candor y cuánta gracia! - -LA ESMERALDA.--¡Febo! Me gusta mucho vuestro nombre. - -FEBO.--Más me gusta á mí. - -LA ESMERALDA (_á Febo_).--Muchas veces, un apuesto capitán, un gallardo -oficial de bizarro continente y corazón de acero, se apodera del -corazón de una pobre muchacha y luego se ríe de su llanto. - -FEBO (_aparte_).--El amor de un militar apenas puede vivir un día. Todo -soldado desea hallar flores sin espinas, placeres sin pesares, amor sin -dolor. (_Á La Esmeralda._) ¿Sabes que tienes unos ojos encantadores? - -LA ESMERALDA.--Acaso valdría más no tenerlos en ciertas ocasiones, pues -cuando se ve á un caballero como vos, luego se está pensando en él -largo tiempo. - -FEBO (_aparte_).--La obligación del buen soldado es cortejar á todas -las mujeres que halle en su camino. - -LA ESMERALDA (_colocándose delante del capitán y examinándole con -admiración_).--Cuanto más os contemplo más os admiro. ¡Oh! ¡qué -hermosa banda de seda con franjas de oro! - - (_Febo se quita la banda y se la entrega á Esmeralda._) - -FEBO.--¿Te gusta? Pues tuya es. - -LA ESMERALDA.--¡Qué preciosa! - - (_La Esmeralda toma la banda y se la pone._) - -FEBO.--¡Un momento! - - (_Se aproxima á la Esmeralda y trata de abrazarla. Ella retrocede._) - -LA ESMERALDA.--¡No, eso no! - -FEBO (_insistiendo_).--¡Déjate abrazar! - -LA ESMERALDA (_retrocediendo más_).--¡Nunca! - -FEBO (_riendo_).--¡Es chistoso esto de hallar una mujer tan hermosa y -tan cruel al mismo tiempo! Quiero un beso de tus labios; ¿por qué me lo -niegas? - -LA ESMERALDA.--Porque debo negarlo. ¿Quién sabe las consecuencias que -puede traer un beso? - -FEBO.--Pues si no me le das, voy á tomarlo yo. - -LA ESMERALDA.--No, dejadme: no hablemos de eso. - -FEBO.--¡Un solo beso no es nada! - -LA ESMERALDA.--Nada para vos; pero todo para mí. - -FEBO.--Mírame y te convencerás de cuánto te amo. - -LA ESMERALDA.--¡Si apenas me atrevo á mirarme á mí misma! - -FEBO.--El amor quiere entrar en tu corazón esta noche. - -LA ESMERALDA.--Esta noche el amor y mañana la desgracia. - - (_Se escapa de los brazos de Febo y huye. Febo, contrariado, se - vuelve hacia Cuasimodo á quien tienen atado los guardias en el fondo - del teatro._) - -FEBO.--¡Se resiste y huye! ¡Valiente aventura! De dos pájaros nocturnos -que tenía, el ruiseñor se me escapa y me queda el mochuelo. - - (_Se pone á la cabeza de la tropa y sale llevándose á Cuasimodo._) - -CORO DE LA RONDA.--Paz y vigilancia. Tengamos el oído alerta y -procuremos sondear con las miradas las tinieblas de la noche. - - (_Se alejan poco á poco y desaparecen._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO II - -La plaza de Grève. La picota y en ella Cuasimodo. El pueblo llena la -plaza. - - -ESCENA I - -CORO.--¿Conque robaba á una joven? - ---¡Es posible! - ---Mirad cómo le zurran en este momento. - ---¿Oís, comadre? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en las tierras de -Cupido. - -UNA MUJER DEL PUEBLO.--Pasará por mi calle cuando vuelva de la -picota... Pero silencio, el pregonero va á hablar. - -PREGONERO.--De orden del rey, que Dios guarde, el hombre á quien -estáis viendo, permanecerá durante una hora en la picota, debidamente -custodiado. - -CORO.--¡Muera, muera el jorobado, el sordo, el tuerto! ¡Muera ese -Barrabás! ¡Parece que se atreve á mirarnos! ¡Muera el hechicero! -¡Gesticula y se agita! ¡Él es quien hace ladrar á los perros por la -calle! - ---Castigad severamente á ese bandido. - ---¡Que se le dé doble número de azotes! - -CUASIMODO.--¡Por piedad! ¡Dadme agua! - -CORO.--¡Que le cuelguen! - -CUASIMODO.--Tengo sed. - -CORO.--¡Maldito seas! - - (_Esmeralda, que desde hace algunos momentos se ha mezclado en la - multitud, observa con sorpresa y luego con piedad á Cuasimodo. De - súbito, entre la gritería del pueblo, sube á la picota, saca de su - cinturón una botellita y da de beber al jorobado._) - -CORO.--¿Qué haces, hermosa niña? Deja á Cuasimodo. Cuando Belcebú se -abrasa, no le debes dar agua. - - (_La Esmeralda baja de la picota y los arqueros desatan y se llevan á - Cuasimodo._) - -CORO.--Había querido secuestrar una joven. - ---¿Quién, ese espantajo? - ---Eso es horrible, infame. - ---Eso es muy grave. - ---¿Oís, comadres? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en las tierras de -Cupido. - - -ESCENA II - -Sala lujosamente amueblada, donde se están haciendo los preparativos -para una fiesta - -FEBO, FLOR DE LIS, LA SEÑORA ELOÍSA DE GONDELAURIER - -LA SEÑORA ELOÍSA.--Febo, futuro yerno mío, á quien tanto quiero, mandad -y dirigid aquí ahora, como antes lo he hecho yo, procurando que esta -noche se divierta todo el mundo. Y tú, hija mía, prepárate. Ya que -serás la más hermosa de todas, debes ser también la más alegre. - - (_Se va hacia el fondo y da varias órdenes á los criados que están - haciendo los preparativos._) - -FLOR DE LIS (_á Febo_).--Desde la semana pasada apenas os he visto -dos veces, y sólo, gracias á esta fiesta, volvéis aquí. Esto es poco -lisonjero. - -FEBO.--¡Por Dios! No me riñáis. - -FLOR DE LIS.--Si veo que me vais olvidando... - -FEBO.--Os juro... - -FLOR DE LIS.--Nada de jurar. Cuando se jura es porque se miente. - -FEBO.--¡Olvidaros! ¡Qué locura! ¿Acaso no sois vos la más hermosa de -las mujeres y yo el hombre más amante de la belleza? (_Aparte._) ¡Qué -irritada está hoy mi novia! Sin duda sospecha algo. ¡Ah! nada hay más -fastidioso que los celos. Las mujeres deberían saber que los amantes á -quienes se hostiga, se largan con viento fresco. Es más fácil atraer al -hombre con la risa que con las lágrimas. - -FLOR DE LIS (_aparte_).--¡Hacer traición á su prometida! ¡Á mí, que no -pienso más que en él! ¡Ay! ¡cuánto sufro con sus ausencias y cuánto -padezco también al mirarle! Cuando le veo, menosprecia mi gozo; cuando -no viene, desdeña mis lágrimas. (_Á Febo._) Febo, ¿qué habéis hecho de -la banda que os bordé? ¿Cómo no la lleváis? - -FEBO.--¿La banda?... No sé... (_Aparte._) ¡Dios santo! ¡Qué compromiso! - -FLOR DE LIS.--Sin duda la habréis olvidado. (_Aparte._) ¿Quién será su -dueña ahora? ¿Por quién me olvida? - -ELOÍSA (_dirigiéndose hacia ellos y en tono conciliador_).--¡Vaya, -vaya! Ante todo casaos; luego tendréis tiempo de reñir. - -FEBO (_á Flor de Lis_).--No he olvidado vuestra banda. Si no la traigo -es porque la conservo doblada cuidadosamente en un cofrecillo esmaltado -que mandé hacer expresamente. (_Con pasión, á Flor de Lis, que todavía -está irritada._) ¡Juro que os adoro más que si fuéseis la misma Venus! - -FLOR DE LIS.--No juréis. Ya sabéis mi opinión respecto al asunto. - -ELOÍSA.--¡Vaya, niños! Nada de cuestiones. Hoy todo el mundo debe estar -alegre. - -Ven, hija mía; es preciso que hagamos los honores de la casa. Cada cosa -á su tiempo. (_Á los criados._) Encended las luces y que se disponga -todo para el baile. Quiero que por doquiera resplandezca la claridad, y -que los convidados crean hallarse en pleno día. - -FEBO.--Estando Flor de Lis aquí, no puede faltar nada para el esplendor -de la fiesta. - -FLOR DE LIS.--Sí, Febo; falta el amor. - - (_Vanse las dos mujeres._) - -FEBO (_mirando cómo se aleja Flor de Lis_).--Á decir verdad, aun -estando á su lado no puedo hallarme satisfecho, porque la mujer á quien -amo, y en la cual pienso todo el día, no está aquí. - - -ARIA - -Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora, hermosa sombra que -llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te apareces á -todas horas. - -Como un nido destaca entre el ramaje, como una flor entre las malezas, -como un bien entre los males, así destaca y brilla mi amada entre las -demás mujeres. Humilde y altiva á un tiempo, pero altiva sólo para -guardar su pureza, en medio de la libertad en que vive, sabe encubrir -la voluptuosidad de su mirada con un casto velo de pudor. - -En la oscura noche parece un ángel, cuya frente oculta la sombra, -mientras que en sus ojos resplandece el fuego. No me abandona un solo -instante su imagen, unas veces luminosa, otras sombría; y ora se me -represente como astro, ora como nube, siempre la veo en el cielo. - -Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora, hermosa sombra que -llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te apareces á -todas horas. - - (_Entran en el salón multitud de señoras y caballeros, elegantemente - vestidos._) - - -ESCENA III - -El mismo, EL VIZCONDE DE GIF, EL SEÑOR DE MORLAIX, EL SEÑOR DE -CHEVREUSE, LA SEÑORA DE GONDELAURIER, FLOR DE LIS, DIANA, BERENGUELA, -señoras, caballeros - -EL VIZCONDE DE GIF.--¡Salud, nobles castellanos! - -ELOÍSA, FEBO Y FLOR DE LIS (_saludando)_.--¡Salud, nobles caballeros! -Dios quiera que bajo este techo hospitalario olvidéis toda clase de -cuidados y pesares. - -EL SEÑOR DE MORLAIX.--Señoras, os deseo salud, placer y dicha. - -ELOÍSA, FEBO Y FLOR DE LIS.--Que el cielo premie vuestros buenos -deseos, nobles caballeros. - -EL SEÑOR DE CHEVREUSE.--Señoras, digo lo mismo que mi compañero. - -ELOÍSA, FEBO Y FLOR DE LIS.--Nuestra señora os recompense. - - (_Entran todos los convidados._) - -CORO.--Entremos todos á tomar parte en la fiesta, así las damas como -los caballeros; por todas partes embalsamen el ambiente las flores -que adornan las cabezas femeniles y en todos los corazones domine la -alegría. - - (_Los convidados se aproximan y saludan. Entre ellos circulan varios - criados llevando bandejas con flores y frutas. Á la derecha, junto á - una ventana, se forma un grupo de muchachas. De pronto, una de ellas - hace señales á las demás para que se inclinen sobre el alféizar y - miren fuera._) - - -BAILE - -DIANA (_mirando á la calle_).--Mira, mira, Berenguela. - -BERENGUELA (_obedeciendo_).--¡Qué viva es y qué ligera! - -DIANA.--¡Parece un hada ó la encarnación misma del Amor! - -EL VIZCONDE DE GIF (_riendo_).--¿Quién baila en la calle? - -EL SEÑOR DE CHEVREUSE (_después de mirar_).--Es la maga... Febo, es tu -gitana, la que salvaste valerosamente de manos de un ladrón, la otra -noche. - -EL VIZCONDE DE GIF.--Sí, sí, es la bohemia. - -EL SEÑOR DE MORLAIX.--Es hermosa como un sol. - -DIANA (_á Febo_).--Si la conocéis, decidla que venga á distraernos un -rato con sus habilidades. - -FEBO (_mirando con aparente indiferencia_).--Puede ser que sea ella. -(_Al señor de Gif._) ¿Pero creéis que se acordará...? - -FLOR DE LIS (_que ha estado escuchando_).--De vos se acuerda siempre -todo el mundo. Llamadla; decidla que suba. (_Aparte._) Ahora veré si es -cierto lo que se dice. - -FEBO (_á Flor de Lis_).--Ya que lo queréis, probemos. - - (_Hace señas para que suba Esmeralda._) - -LAS JÓVENES.--¡Ya viene! - -EL SEÑOR DE CHEVREUSE.--Acaba de trasponer el pórtico. - -DIANA.--Los que estaban admirándola se han quedado muy mustios. - -EL VIZCONDE DE GIF.--Señoras, vais á ver á esa deidad callejera. - -FLOR DE LIS (_aparte_).--¡Qué pronto ha obedecido á la señal de Febo! - - -ESCENA IV - -Los mismos y LA ESMERALDA - - (_Entra la gitana tímida y confusa. Movimiento de admiración. Todo el - mundo se aparta para dejarla paso._) - -CORO.--¡Mirad! Su hermosa faz resplandece entre todas, como brillaría -un lucero rodeado de antorchas. - -FEBO.--¡Oh! ¡es mi hermosa! Amigos, Esmeralda es la reina de este -baile; la corona de la belleza ciñe su frente. (_Volviéndose hacia los -señores de Gif y de Chevreuse_). Amigos, mi corazón quiere saltarse del -pecho. ¡Hada encantadora! Si pudiera libar el cáliz de la flor de tus -amores, desafiaría gustoso los peligros de la guerra y hasta la misma -desgracia. - -EL SEÑOR DE CHEVREUSE.--¡Es un rostro celestial! Parece uno de esos -encantadores sueños que flotan en la oscuridad de la noche y llenan la -sombra de claridad. Creeríase imposible que haya nacido en el abandono -y se haya criado en la calle... ¿Quién habrá sido capaz de abandonar á -la corriente de inmundo arroyo una flor tan hermosa? - -LA ESMERALDA (_con la vista fija en Febo_).--Es mi Febo, estoy segura -de ello, pues su imagen se ha conservado grabada en mi corazón. Ya -vista de seda, ya se cubra con la armadura, es siempre el mismo, todo -belleza y gracia. Febo, mi cabeza arde; me abrasa la alegría y el -dolor. Así como la tierra necesita el benéfico rocío, mi alma necesita -el consuelo de las lágrimas. - -FLOR DE LIS.--¡Qué hermosa es! Ya estaba segura de ello. En verdad -que debo estar muy celosa, si mis celos han de igualar á su belleza. -Pero ¡quién sabe! Acaso estemos predestinadas ambas, por el implacable -destino, á ver morir en flor todas nuestras ilusiones. - -ELOÍSA.--¡Qué criatura tan hermosa! ¡Mentira parece que una impura -gitana reuna en sí tanto encanto y belleza tanta! Mas ¿quién es capaz -de adivinar los caprichos de la suerte? Muchas veces una serpiente, -para cazar á los pobres pajarillos, oculta su venenosa cabeza en el -matorral que más cubierto se halla de flores. - -CORO GENERAL.--Las hermosas noches del estío no la aventajan en -serenidad ni en hermosura. - -ELOÍSA (_á Esmeralda_).--Vamos, niña hechicera, ven y danos á conocer -algún baile nuevo. - - (_Esmeralda se prepara á bailar y saca de su seno la banda que le - había regalado Febo._) - -FLOR DE LIS.--¡Mi banda!... ¡Ah! Febo, me engañabas. Esta es mi rival... - - (_Flor de Lis arranca la banda de manos de Esmeralda y se desmaya. - Los convidados se dirigen en actitud amenazadora hacia la gitana que - se refugia junto á Febo._) - -CORO.--¿Conque es verdad que Febo la ama? ¡Infame! Sal de aquí. Parece -mentira que te hayas atrevido á venir á desafiar nuestra cólera. Este -es el colmo de la imprudencia. Vuelve á recorrer las calles para que -la hez del pueblo se extasíe con tus bailes. Mujer de tan baja esfera -que á tanta altura se atreve á mirar, merece ser arrojada de este sitio -inmediatamente. - -LA ESMERALDA.--Defiéndeme tú, Febo mío, defiéndeme. La pobre gitanilla -no confía en nadie más que en ti. - -FEBO.--Pues bien, sí, la amo; sólo á ella adoro y me constituyo en su -defensor. Lucharé por ella, á quien pertenecen mi brazo y mi corazón. -Si necesita que se la proteja, yo la ampararé. Las injurias que se la -dirijan las tendré por hechas á mí, y considero su honor como el mío -propio. - -CORO.--¡Cómo! ¡Es verdad que la ama!... ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!... ¿Es -posible que nos desafíe por una gitana?... ¡Vaya, callad ambos! El -ardor que mostrais es incalificable. (_Á Febo._) Vos dais pruebas de -excesiva insolencia. (_Á La Esmeralda._) Y tú de falta de pudor. - - (_Febo y algunos amigos suyos protegen á La Esmeralda, á quien - amenazan los demás. La gitana se dirige con vacilante paso hacia la - puerta. Cae el telón._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO III - -Puerta exterior de una taberna. Á la derecha el establecimiento. -Árboles á la izquierda. En el fondo una pared baja, con puerta -practicable, que circuye el huerto. Á lo lejos se ven las torres de -Nuestra Señora y una vaga silueta del París antiguo que se destaca del -horizonte rojizo de una puesta de sol, y cuya base lame el Sena. - - -ESCENA I - -FEBO, EL VIZCONDE DE GIF, LOS SEÑORES DE MORLAIX y DE CHEVREUSE y otros -muchos amigos de Febo, sentados alrededor de varias mesas bebiendo y -cantando.--Luego CLAUDIO FROLLO. - -CORO.--Sea propicia y favorable Nuestra Señora á todos cuantos, en la -tierra, no aborrecen más que el agua. - -FEBO.--Quiera ella conceder á los valientes en todas partes buen vino -que beber y hermosos ojos que admirar. Con vino añejo y una mujer -bonita, todos somos felices. - -CORO.--Sea propicia, etc. - -FEBO.--Sucede á veces que una hermosa de alma fría, se muestra esquiva; -pero el amante comienza por bromear con la ingrata; luego canta y por -último bebe. - -CORO.--Sea propicia, etc. - -FEBO.--Pasa el tiempo, y el amante desdeñado, esté sereno ó borracho, -abraza á su querida y va á dormir sobre la misma boca de un cañón. - -CORO.--Sea propicia, etc. - -FEBO.--Y su alma, que con frecuencia tiene ensueños amorosos, está -satisfecha cuando el viento agita la tienda de campaña. - -CORO.--Sea propicia y favorable Nuestra Señora á todos cuantos mortales -no aborrecen más que el agua. - - (_Entra Claudio Frollo; va á sentarse junto á una mesa, lejos - de Febo, y al principio parece indiferente á lo que pasa á su - alrededor._) - -EL VIZCONDE DE GIF (_á Febo_).--¿Qué hay respecto á tu hermosa gitana? - - (_Movimiento de atención por parte de Claudio Frollo._) - -FEBO.--Estoy citado con ella para esta noche, dentro de una hora. - -TODOS.--¿De veras? - -FEBO.--Sí. - - (_Aumenta la agitación de Claudio Frollo._) - -EL VIZCONDE DE GIF.--¿Y dices que la cita es dentro de una hora? - -FEBO.--Casi podría decir: de aquí á un instante. - - -ARIA - -¡Oh! El amor es la suprema dicha. Ser dos cuerpos y un alma; poseer -á la mujer á quien se ama; ser á la vez esclavo y vencedor; sentirse -dueño del corazón y de los encantos del objeto amado; tranquilizarse al -sonido de su voz y secar con un beso las lágrimas de sus hermosos ojos: -todo eso es el amor. - - (_Mientras él canta, los demás beben, chocando los vasos._) - -CORO.--En todo tiempo, la dicha suprema consiste en beber á la salud de -la persona amada y en amar la bebida. - -FEBO.--Amigos míos, Esmeralda es la más linda de las mujeres, una -verdadera perfección, y me pertenece. - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Protéjame el infierno. ¡Maldición sobre -ella y sobre ti! - -FEBO.--El placer nos convida. No vacilemos en dar nuestra existencia -por un momento de amor. ¿Qué importa morir después? Bien pueden darse -cien años por una hora de goce, hasta la eternidad, por un solo día. - - (_Óyese el toque de queda. Los amigos de Febo se levantan de la - mesa, se ciñen las espadas, se ponen las capas y los sombreros y se - disponen á partir._) - -CORO.--Febo, llegó la hora: ese es el toque de la queda. Vé á buscar á -tu hermosa y que el cielo te guíe. - -FEBO.--Sí, tenéis razón: ese es el toque de la queda. Voy á visitar á -mi hermosa y que Dios me guíe. - - (_Salen los amigos de Febo._) - - -ESCENA II - -CLAUDIO FROLLO, FEBO - -CLAUDIO FROLLO (_deteniendo á Febo en el momento de ir éste á -salir_).--¡Capitán! - -FEBO.--¿Quién es este hombre? - -CLAUDIO FROLLO.--Oíd. - -FEBO.--Daos prisa. - -CLAUDIO FROLLO.--¿Sabéis cómo se llama la mujer que os espera? - -FEBO.--¡Diablo! ¡Pues no faltaba más sino que no supiera cómo se llama -mi amante! Es la graciosa bailarina Esmeralda. - -CLAUDIO FROLLO.--No se llama así: su nombre es la Muerte. - -FEBO.--Sólo dos cosas os contestaré. Primero: que estáis loco; y -segundo, que os vayáis á paseo y me dejéis en paz. - -CLAUDIO FROLLO.--Es preciso que me escuchéis. - -FEBO.--No me importa nada de cuanto tengáis que decirme. - -CLAUDIO FROLLO.--Febo, si traspasáis el dintel de esa puerta... - -FEBO.--Sin duda estáis loco. - -CLAUDIO FROLLO.--Sois hombre muerto. - - -DÚO - -CLAUDIO FROLLO.--Tiembla, es una gitana, una de esas mujeres que no -tienen ley ni conciencia. El amor sólo las sirve para encubrir su odio, -y su cama es un lecho de muerte. - -FEBO (_riendo_).--¡Vaya! Disponeos para ir al hospital de los locos y -que Júpiter, Esculapio y el Diablo os protejan. - -CLAUDIO FROLLO.--Esas mujeres son siempre traidoras. Da crédito á la -voz pública y ten presente que, si vas á ver á Esmeralda, morirás. - - (_La insistencia de Claudio Frollo parece hacer mella en el ánimo de - Febo, que mira con ansiedad á su interlocutor._) - -FEBO.--Este hombre me inquieta; á pesar mío siento algún recelo... La -verdad es que esta ciudad está llena de traidores... - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Le asusto, y le hago sospechar á pesar -suyo. Este imbécil no ve más que traidores en la ciudad. (_Á Febo._) -Creedme, caballero, huíd de la sirena que os tiende un lazo. Más de una -gitana ha satisfecho su odio á nuestra raza, clavando un puñal en el -seno de su amante que palpitaba de amor. - - (_Febo, á quien quiere arrastrar consigo, se rehace y le rechaza._) - -FEBO.--Parece que yo estoy loco también. Cuando se ama, ¿qué importa -que la persona amada sea mora, judía ó gitana? Dejadme en paz; ella -está esperándome. Puede que tengáis razón; pero cuando la muerte es tan -hermosa como ella, debe ser muy dulce morir. - -CLAUDIO FROLLO (_deteniéndole_).--Detente... Piensa que es una gitana. -¿Estás loco hasta el punto de correr tú mismo á tu perdición?... -Desconfía de la mujer infiel que te espera en la sombra. ¡Ah!... ¿No me -haces caso? Pues bien, corre á la muerte. - - (_Febo sale con rapidez á pesar de los esfuerzos de Claudio Frollo. - Éste permanece un momento como indeciso y luego sigue al capitán._) - - -ESCENA III - -Sala. En el fondo una ventana que da al río. - -Entra CLOPIN TROUILLEFOU con una antorcha en la mano y seguido de -varios hombres á quienes, luego de haberles hecho una señal de -inteligencia, conduce hacia un sitio oscuro, por donde desaparecen. -Entonces Clopin vuelve hacia la puerta y parece indicar á alguien que -suba. Preséntase CLAUDIO FROLLO. - -CLOPIN (_á Claudio_).--Desde aquí podréis observar á la gitana y al -capitán, sin ser visto de ellos. - - (_Le muestra un hueco del muro oculto por un tapiz._) - -CLAUDIO FROLLO.--¿Están ya en su sitio esos hombres? - -CLOPIN.--Sí. - -CLAUDIO FROLLO.--Importa que todo esto no se descubra nunca. Aquí -tienes esta bolsa; luego te daré otro tanto. - - (_Claudio Frollo entra en su escondite, Clopin sale con precaución y - á poco aparecen La Esmeralda y Febo._) - - -TERCETO - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Oh, mujer adorada! ¡Cuán cruel es tu -destino! Has entrado aquí de fiesta y saldrás de luto. - -LA ESMERALDA (_á Febo_).--Mi señor conde, tengo el corazón lleno de -vergüenza y de orgullo. - -FEBO (_á Esmeralda_).--¡Qué hermosa eres! Pero, mira, cuando se cierra -esta puerta, se han de dejar fuera las penas. - - (_Febo hace sentar en un banco, á su lado, á la Esmeralda._) - -FEBO.--¿Me quieres? - -LA ESMERALDA.--Sí, mucho. - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Qué horrible tormento! - -FEBO.--¡Oh, adorable mujer! ¡Cuán hermosa eres! - -LA ESMERALDA.--Sois muy adulador... Pero no os acerquéis tanto: estoy -avergonzada... - -CLAUDIO FROLLO.--¡Se aman! ¡Qué envidia les tengo! - -LA ESMERALDA.--Febo, os debo la vida. - -FEBO.--Y yo á ti la felicidad. - -LA ESMERALDA.--Sed cuerdo... Animadme con una sonrisa... ¿No veis que -vuestra mirada me fascina? - -FEBO.--Reina mía, mi sirena, belleza soberana, tus ojos sí que son -deslumbradores. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Qué suplicio es estarles oyendo! ¡Qué amante es ella! -¡Cuán seductor está él!... Reíd, sed felices, mientras yo abro vuestra -tumba. - -FEBO.--Hada ó mujer, quiéreme mucho, pues mi alma sólo en ti piensa día -y noche. - -LA ESMERALDA.--Soy mujer, y mi alma, abrasada de amor, suspira por ti -noche y día. - -CLAUDIO FROLLO.--El fuego que me consume es mi tormento... Á pesar mío, -admiro la belleza y el amoroso delirio de ambos. - -FEBO.--Seamos felices; deja que despierte en tu alma el amor, mientras -el pudor duerme. Tu boca es un cielo: deja que mi alma éntre en él. -¡Quisiera exhalar el último suspiro en un beso! - -LA ESMERALDA.--Tu voz resuena dulcemente en mis oídos; tu sonrisa es -hechicera y embriagadora; el brillo de tus ojos me enloquece; tus -deseos son mi suprema ley; pero comprendo que debo resistirme á ellos, -pues mi virtud y mi felicidad morirían en ese beso. - -CLAUDIO FROLLO.--Pasos de muerte, no lleguéis á sus oídos. Mi celoso -odio vela sobre su amor que se adormece. La pálida y descarnada Parca -va á interponerse entre ambos. Febo, en ese beso vas á exhalar tu -último aliento. - - (_Claudio Frollo sale de su escondite, se arroja sobre Febo, le - clava un puñal y, saltando por la ventana del fondo, desaparece. - La Esmeralda da un grito y se echa sobre el cuerpo de Febo. Entran - en tumulto los hombres que estaban escondidos y se apoderan de la - gitana, á quien parecen acusar. Cae el telón._) - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO IV - -Calabozo con puerta en el fondo - - -ESCENA I - -LA ESMERALDA sola, encadenada y echada sobre un montón de paja.--Luego -CLAUDIO FROLLO. - -LA ESMERALDA.--¡Dios mío! ¡Febo en la tumba y yo en este abismo! Yo -prisionera y él muerto... ¡Muerto, sí! ¡Yo misma le ví caer!... ¡Y se -atreven á acusarme de semejante crimen! La implacable guadaña siega -todavía tierno el tallo de nuestra existencia. Febo, al irse, me ha -enseñado el camino. Ayer abrieron su fosa; mañana abrirán la mía. - - -ROMANZA - -¿Será posible que no haya en la tierra poder alguno que proteja á los -amantes? ¿No habrá filtros ni encantos para enjugar las lágrimas de los -ojos que lloran y para abrir los que se han cerrado? - -¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el -amor de mi corazón. - -Febo, abramos nuestras alas y marchemos á las eternas esferas donde el -amor es inmortal. Así nuestros cuerpos estarán juntos en la tumba y -nuestras almas unidas en el cielo. - -¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el -amor de mi corazón. - - (_Se abre la puerta; entra Claudio Frollo con una lámpara en la mano - y la capucha echada sobre el rostro, y va á colocarse, inmóvil, - frente á la Esmeralda._) - -LA ESMERALDA (_sobresaltada_).--¿Quién sois? - -CLAUDIO FROLLO (_sin descubrirse_).--Un sacerdote. - -LA ESMERALDA.--¡Un sacerdote! ¿Y á qué venís? - -CLAUDIO FROLLO.--¿Estáis dispuesta? - -LA ESMERALDA.--¿Á qué? - -CLAUDIO FROLLO.--Á morir. - -LA ESMERALDA.--Sí. - -CLAUDIO FROLLO.--Bien. - -LA ESMERALDA.--Y decid, padre, ¿será pronto? - -CLAUDIO FROLLO.--Mañana. - -LA ESMERALDA.--¿Y por qué no hoy? - -CLAUDIO FROLLO.--¡Cómo! ¡Tanto sufrís que así deseáis la muerte! - -LA ESMERALDA.--Sí; sufro mucho. - -CLAUDIO FROLLO.--Pues yo, que no moriré mañana, acaso sufro más que -vos. - -LA ESMERALDA.--¡Es posible! ¿Quién sois, pues? - -CLAUDIO FROLLO.--Un hombre de quien os separa una tumba. - -LA ESMERALDA.--¿Cuál es vuestro nombre? - -CLAUDIO FROLLO.--¿Deseáis saberlo? - -LA ESMERALDA.--Sí. - - (_Claudio Frollo se levanta la capucha._) - -LA ESMERALDA.--¡El sacerdote! ¡Dios mío, él es! ¡Esa es su frente de -hielo, esos sus ojos, que brillan como carbunclos; es el mismo, el que -me persigue sin tregua noche y día, el que ha dado muerte á mi Febo, á -mi amor! ¡Monstruo, yo te maldigo en esta hora suprema! Pero ¿qué te he -hecho? ¿Cuál es tu propósito? ¿Qué quieres de mí, vil asesino? ¿Es que -me aborreces tanto que tratas de atraerme hasta el borde de la tumba? - -CLAUDIO FROLLO.--¡Es que te amo! - -¡Sí, te amo! Será infame mi amor, pero raya en locura; es mi alma y -mi sangre. Sí, mírame á tus pies; te juro que prefiero tu tumba al -paraíso. ¡Compadécete de mí!... ¡Yo muero y tú me maldices! - -LA ESMERALDA.--¡Me ama! ¡Qué horror! ¡Y estoy en poder de este demonio! - -CLAUDIO FROLLO.--En mí ya no vive más que mi pasión y mi dolor. - -¡Horrible desdicha! ¿Por qué extremas tu rigor? ¡Cuánto te amo! ¡Qué -espantosa noche! - -LA ESMERALDA.--¡Oh instante supremo! ¡Tiembla, corazón mío! Ese -miserable me ama. ¡Qué noche de horrores! - -CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--La siento estremecerse entre mis brazos. -¡Al fin ha llegado mi hora! Yo, que la he sepultado en las tinieblas, -la conduciré á la luz del sol; pero la muerte que de mí viene en pos no -la dejará sino para entregarla al amor. - -LA ESMERALDA.--¡Dejadme por piedad! Muerto Febo, también yo debo -morir. Vuestro horrible amor me espanta, como al pájaro la mirada del -buitre. - -CLAUDIO FROLLO.--No me rechaces; te amo y te conjuro á seguirme. -¡Piedad para mí, y para ti misma! ¡Huyamos! La ocasión es propicia. - -LA ESMERALDA.--¡Vuestra proposición es una injuria! - -CLAUDIO FROLLO.--¿Prefieres morir? - -LA ESMERALDA.--Cuando el cuerpo muere, el alma queda libre. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Pero la muerte es horrible! - -LA ESMERALDA.--¡Sellad el impuro labio! Comparada con vuestro amor, la -muerte es un bien. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Elige, elige entre la tumba ó mi amor! - - (_Claudio Frollo cae á los pies de la Esmeralda, y ésta le rechaza._) - -LA ESMERALDA.--¡Calla, infame asesino! Tu amor es una ofensa; prefiero -la tumba. ¡Maldito seas entre los malditos! - -CLAUDIO FROLLO.--¡Tiembla! El cadalso te espera. Tú no sabes que en -mi alma germinan proyectos de sangre y fuego, que Satanás aplaude -en sus antros infernales. Pero no, yo te adoro; dame tu mano, y aún -podrás vivir. ¡Oh noche de emociones y de remordimientos! ¡Para mí las -lágrimas, para ti la muerte! Dime que me amas, y para ti brillará una -nueva aurora. ¡Ah! puesto que en vano te imploro, puesto que tu odio no -se aplaca ¡adiós! ¡Tras el día de mañana vendrá para ti la eterna noche! - -LA ESMERALDA.--¡Véte, yo te aborrezco, vil sacerdote! Todavía están -manchadas tus manos con la sangre de tu víctima. ¡Oh noche de lágrimas -y de angustias! Basta ya de llanto; quiero morir. Hasta en la prisión -te resistiré, y en ella te maldigo. ¡Véte! tu crimen será tu castigo. -Febo y yo nos reuniremos en el cielo, y tú bajarás á los negros abismos. - - (_Aparece un carcelero; Claudio Frollo le hace seña para que se lleve - á la Esmeralda y sale._) - - -ESCENA II - -El atrio de Nuestra Señora; se ve la fachada de la iglesia; óyese ruido -de campanas - -CUASIMODO.--Amo todo cuanto hay aquí, excepto á mí mismo: el aire que -circula y refresca mi frente; la fiel golondrina que anida en los -carcomidos aleros, las capillas con sus cruces; las rosas que florecen, -todo, en fin, lo que sonríe, menos yo, porque soy contrahecho y feo, -aunque no tengo envidia de otros. Acepto la vida tal como es, pues sé -que las penas y alegrías, las noches oscuras ó el cielo azul, todo -puede conducirme á Dios. Mi cuerpo es feo, pero tengo el alma hermosa; -soy un buen acero guardado en tosca vaina. - -¡Campanas grandes y pequeñas, tocad! Confundid vuestros penetrantes -tañidos con vuestros sordos murmullos; cantad en las torrecillas y -zumbad en las torres; que os oiga yo noche y día. Con vuestro auxilio -las fiestas serán espléndidas; voltead rápidamente, agitando los aires, -que al oiros la gente estúpida acudirá ansiosa, cruzando los puentes. -¡Tocad sin tregua día y noche, que sin ruido no hay fiesta completa! -(_Se vuelve hacia la fachada de la iglesia._) ¡Veo la capilla enlutada! -¡Ay! ¿será que van á traer aquí á algún desgraciado? ¡Cielos, qué -horrible presentimiento!... ¡No, no quiero creerlo! (_Entran Claudio -Frollo y Clopin, sin ver á Cuasimodo._) Es mi amo... observemos. ¡Qué -sombrío viene! (_Se oculta en un ángulo oscuro del pórtico._)--¡Oh, -Santa Virgen, tomad mi vida, pero salvad mi alma! - - -ESCENA III - -CUASIMODO (oculto), CLAUDIO FROLLO, CLOPIN - -CLAUDIO FROLLO.--¿Conque Febo está en Monforte? - -CLOPIN.--Sí, señor, y vive. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Con tal que no venga por aquí! - -CLOPIN.--¡Bah! no hay cuidado; está demasiado débil aún para emprender -tan larga jornada; si viniese, su muerte sería segura, pues á cada paso -que diera se le volvería á abrir la herida. Nada temáis por ahora. - -CLAUDIO FROLLO.--¡Ah, téngala por lo menos hoy en mi poder, para que -por mí viva ó muera! ¡Infierno, sólo por este día te doy toda la -eternidad! (_Á Clopin._) Pronto van á traer aquí á la gitana. Acuérdate -de todo; tú has de estar en la plaza con los tuyos. - -CLOPIN.--Muy bien. - -CLAUDIO FROLLO.--Permanecerás oculto en la sombra, y si yo grito: «Á -mí,» acudirás al punto. - -CLOPIN.--Entendido. - -CLAUDIO FROLLO.--Es preciso que haya bastante gente. - -CLOPIN.--Bueno. Conque si vos gritáis «Á mí»... - -CLAUDIO FROLLO.--Eso es. - -CLOPIN.--Corro hacia ella y la arrebato de manos de los soldados... - -CLAUDIO FROLLO.--Precisamente. - -CLOPIN.--Y os la entrego. - -CLAUDIO FROLLO.--Sí. Tal vez conseguiré ablandar su corazón. Confúndete -entre el gentío, y si logro mi objeto acudirás con los tuyos apenas -haga la señal. - -CLOPIN.--Está bien, señor. - -CLAUDIO FROLLO.--Permaneced siempre reunidos. - -CLOPIN.--Así se hará. - -CLAUDIO FROLLO.--Llevad ocultas vuestras armas á fin de no excitar -sospechas. - -CLOPIN.--Seréis obedecido. - -CLAUDIO FROLLO.--Pero si esa mujer comete la locura de no escuchar -mi voz, llévesela el diablo. Mas no, creo que no será así, y cuento -contigo para que me ayudes á realizar mi última esperanza. - -CLOPIN.--No temáis, contad conmigo, y no dudo que se conseguirá el -objeto. - - (_Salen ambos con precaución. El pueblo comienza á llenar la plaza._) - - -ESCENA IV - -EL PUEBLO, CUASIMODO, después LA ESMERALDA y su acompañamiento, CLAUDIO -FROLLO, FEBO y CLOPIN. Sacerdotes, arqueros y ministros de justicia. - -CLOPIN.--Acudamos todos á Nuestra Señora para ver á la joven que hoy ha -de morir, á la gitana que asesinó, según dicen, al capitán de arqueros -más gallardo de todo el reino. ¡Parece mentira que una mujer tan -hermosa sea tan cruel, y que su dulce mirada oculte un alma tan negra! -¡Es horrible! - -¡Venid, corred todos á Nuestra Señora para ver á la joven que ha de -morir esta tarde! - - (_Aumenta la multitud, óyense rumores y comienza la fúnebre comitiva - á desembocar en la plaza. Hileras de penitentes negros, estandartes - de la Misericordia, hachas, arqueros, gente de justicia y guardias. - Los soldados apartan la multitud y aparece Esmeralda en camisa, con - una cuerda al cuello, descalza y cubierta con un largo crespón negro. - Á su lado va un fraile con un crucifijo; detrás, los verdugos y la - escolta. Cuasimodo, apoyado en el estribo del pórtico, observa con - atención. En el momento en que la gitana llega ante la iglesia, óyese - en el interior de ésta un canto solemne y lejano: las puertas están - cerradas._) - -CORO (_dentro de la iglesia_): - - _Omnes fluctus fluminis_ - _Transierunt super me_ - _In imo voraginis_ - _Ubi plorant animæ._ - - (_El canto se acerca lentamente y resuena al fin junto á las puertas, - que se abren de pronto, dejando ver el interior de la iglesia, - ocupado por una larga procesión de sacerdotes, precedidos de - estandarte. Claudio Frollo, con hábito sacerdotal, figura á la cabeza - y se dirige hacia la gitana._) - -EL PUEBLO.--¡Viva hoy; muerta mañana! ¡Dulce Jesús, recibidla en -vuestro seno! - -LA ESMERALDA.--Mi Febo me llama á la morada eterna, donde Dios nos -cobijará bajo sus alas. ¡Bendito sea mi cruel destino, pues en medio de -tanta desdicha, mi corazón quebrantado abriga todavía una esperanza! -¡Voy á morir para la tierra, pero renaceré en el cielo! - -CLAUDIO FROLLO.--¡Morir tan joven y hermosa! ¡Ay de mí! el sacerdote -impuro está más condenado que ella, porque mi suplicio será eterno. -¡Pobre niña infeliz, cogida entre mis garras, vas á morir para el -mundo; mas yo he muerto para el cielo! - -EL PUEBLO.--¡Es una infiel! El cielo que á todos llama, no la abrirá -sus puertas, y su suplicio será eterno. La parca inexorable la estrecha -entre sus brazos; ha muerto ya para el mundo, y para el cielo también. - -[Ilustración: CORO.--_¡Venid, corred todos á Nuestra Señora...!_] - - (_La procesión se aproxima; Claudio se acerca á la Esmeralda._) - -LA ESMERALDA (_sobrecogida de terror_).--¡El sacerdote! - -CLAUDIO FROLLO (_en voz baja_).--¡Sí, soy yo, que amo y te suplico! ¡Dí -una sola palabra, y aún podré salvarte! ¡Dime que me amas! - -LA ESMERALDA.--¡Te aborrezco! ¡Véte! - -CLAUDIO FROLLO.--¡Entonces muere! Ya iré á buscarte. (_Volviéndose -hacia la multitud._) ¡Pueblo, en este supremo instante entregamos esa -mujer al brazo secular! ¡Permita el cielo que hasta su pobre alma -llegue el soplo del Señor! - - (_En el momento en que los agentes de justicia ponen mano sobre la - Esmeralda, Cuasimodo salta á la plaza, rechaza á los arqueros, coge á - la joven en sus brazos y precipítase en la iglesia._) - -CUASIMODO.--¡Asilo, asilo, asilo! - -EL PUEBLO.--¡Asilo, asilo, asilo! ¡Albricias, albricias! ¡Viva el buen -compañero! La condenada es del Señor; derribemos el cadalso, que el -Eterno la acogerá en su altar, librándola de la tumba. ¡Atrás, verdugos -y arqueros! La ley no puede traspasar esa sagrada barrera. Todo cambia -en la casa del Señor, donde los ángeles protegen á la condenada. - -CLAUDIO FROLLO (_imponiendo silencio con un ademán_).--No creáis que -está libre; es egipcia, y Nuestra Señora no puede salvar más que á una -cristiana. Aunque el altar abrazasen, los paganos no podrían obtener -gracia. (_Á los agentes de justicia._) En nombre de Monseñor, obispo de -París, os entrego á esa mujer impura. - -CUASIMODO (_á los arqueros_).--¡Juro defenderla! ¡No os acerquéis! - -CLAUDIO FROLLO (_á los arqueros_).--¡Vaciláis! Obedeced al punto; -arrancad del santo lugar á esa gitana. - - (_Los arqueros se adelantan. Cuasimodo se coloca entre ellos y la - Esmeralda._) - -CUASIMODO.--¡Jamás! - - (_Se oye el galope de un caballo, y una voz que grita_:) - ---¡Deteneos! - - (_La multitud se aparta._) (_Febo aparece á caballo, pálido, - anhelante, fatigado, como hombre que acaba de recorrer una larga - distancia._) - ---¡Deteneos! - -LA ESMERALDA.--¡Febo! - -CLAUDIO FROLLO (_aparte y aterrado_).--¡La trama se descubre! - -FEBO (_apeándose del caballo_).--¡Dios sea loado, á tiempo llego y al -fin respiro! ¡Esa mujer es inocente; he aquí mi asesino! - - (_Señala á Claudio Frollo._) - -TODOS.--¡Cielos, el sacerdote! - -FEBO.--Ese es el único culpable, y lo probaré. ¡Que le prendan! - -EL PUEBLO.--¡Oh sorpresa! - - (_Los arqueros rodean á Claudio Frollo._) - -CLAUDIO FROLLO.--¡Ah! ¡Dios es omnipotente! - -LA ESMERALDA.--¡Febo! - -FEBO.--¡Esmeralda! - - (_Se abrazan._) - -LA ESMERALDA.--¡Febo adorado, viviremos! - -FEBO.--Tú vivirás. - -LA ESMERALDA.--La felicidad nos sonríe. - -EL PUEBLO.--¡Vivan los dos! - -LA ESMERALDA.--¿Oyes esas alegres aclamaciones? Á tus pies recibe á la -humilde joven. ¡Cielos! palideces. ¿Qué tienes? - -FEBO (_vacilando_).--¡Me muero! (_Le recibe en sus brazos; ansiedad en -la multitud._) Á cada paso que daba hacia ti, amada mía, abríase mi -herida, mal cerrada aún. Yo bajo á la tumba y te dejo á la luz del sol. -El destino te venga; voy á ver, pobre ángel mío, si el cielo me hace -olvidar tu amor. ¡Adiós! - - (_Espira._) - -LA ESMERALDA.--Febo muere; ¡en un instante todo cambia! (_Cae sobre su -cuerpo._) ¡Yo te sigo á la tumba! - -CLAUDIO FROLLO.--¡Fatalidad! - -EL PUEBLO.--¡Fatalidad! - -[Ilustración] - - - - -RUY BLAS - -Drama en 5 actos, con un prólogo del autor - - - - -[Ilustración] - -PRÓLOGO - - -Tres clases de espectadores componen lo que se ha convenido en llamar -público: primera, las mujeres; segunda, los pensadores; y tercera, la -multitud propiamente dicha. Lo que esta última pide casi exclusivamente -en la obra dramática es la acción; lo que las mujeres quieren ante -todo es la pasión; y lo que más en particular buscan los pensadores -son los caracteres. Si se estudian atentamente esas tres clases de -espectadores, he aquí lo que se observa: la muchedumbre se enamora de -tal modo de la acción, que á ser necesario prescinde de los caracteres -y de las pasiones[1]; las mujeres, á quienes interesa por otra parte la -acción, quedan tan absortas por el desarrollo de las pasiones, que se -preocupan poco de los caracteres; y en cuanto á los pensadores, tienen -tal afición á ver caracteres, es decir hombres vivos en la escena, -que acogiendo con gusto la pasión como incidente natural en la obra -dramática, paréceles casi importuna la acción. En esto consiste que la -multitud pida sobre todo en el teatro sensaciones; la mujer, emociones; -el pensador, ideas: todos quieren un placer; estos, el de los ojos; -aquellos, el del corazón; los otros el del espíritu. Á esto se debe que -haya en nuestra escena tres clases de obras muy diferentes: una vulgar -é inferior, y las otras dos ilustres y superiores; pero todas tres -satisfacen una necesidad: el melodrama es para la multitud; para las -mujeres, la tragedia, que analiza la pasión; y para los pensadores, la -comedia, que pinta la humanidad. - - [1] Es decir del estilo, pues si la acción puede expresarse en muchos - casos por ella misma, las pasiones y los caracteres, con muy pocas - excepciones, sólo se expresan por medio de la palabra; y la palabra - fija y no vaga es en el teatro el estilo. - - Que el personaje hable como debe hablar, _sibi constet_, dice - Horacio. En esto consiste todo. - -Digamos de paso que no pretendemos establecer aquí nada de riguroso, -y rogaremos al lector que introduzca de por sí las restricciones que -nuestro pensamiento pueda concebir. Las generalidades admiten siempre -excepciones: sabemos muy bien que la multitud es una gran cosa, en la -cual se encuentra todo, así el instinto de lo bello como el gusto á lo -mediano, así el amor á lo ideal, como la afición á lo común; también -sabemos que todo pensador completo ha de ser mujer en los puntos -delicados del corazón; y no ignoramos que, gracias á esa ley misteriosa -que une los sexos, así espiritual como físicamente, muy á menudo se -halla en la mujer un pensador. Sentado esto, y después de rogar de -nuevo al lector que no dé un sentido demasiado absoluto á las pocas -palabras que nos resta decir, continuemos. - -Para todo hombre que se fije con detención en las tres clases de -espectadores de que acabamos de hablar, es evidente que todos tienen -razón: las mujeres, al pretender que se las conmueva; los pensadores -por querer que se les ilustre; y la multitud porque está en su derecho -al exigir que se la divierta. De esta evidencia se deduce la ley del -drama. En efecto, más allá de esa barrera de fuego que se llama la -rampa del teatro, la escena, y que separa el mundo verdadero del mundo -ideal, el objeto del drama es crear y hacer vivir, en las condiciones -combinadas del arte y de la naturaleza, caracteres diversos, es decir -hombres; crear en estos pasiones que desarrollan los unos y modifican -los otros; y por último, del choque de estos caracteres y pasiones -con las grandes leyes providenciales, hacer que surja la vida humana, -es decir acontecimientos grandes y pequeños, dolorosos, grotescos -ó terribles, que ofrezcan al corazón ese placer llamado interés, y -al espíritu la lección moral. Según vemos, el drama participa de la -tragedia por la expresión de las pasiones, y de la comedia por la -pintura de los caracteres; el drama, que es la tercera y grandiosa -forma del arte, comprende, estrecha y fecunda las dos primeras. -Corneille y Molière existirían independientemente uno de otro, si entre -ellos no estuviese Shakespeare, dando á Corneille la mano izquierda y á -Molière la derecha. De este modo, las dos electricidades opuestas de la -comedia y la tragedia chocan, y la chispa que se produce es el drama. - -Al explicar, como los entiende y los ha indicado ya varias veces, el -principio, la ley y el objeto del drama, el autor no se oculta la -exigüidad de sus fuerzas y la limitación de su espíritu. Define aquí, -y no se suponga otra cosa, no lo que ha hecho, sino lo que ha querido -hacer, señalando lo que para él fué su punto de partida, y nada más. - -Con pocas líneas hemos de encabezar este libro, pues fáltanos el -espacio para hacer las aclaraciones necesarias; y por lo tanto -permítasenos pasar sin transición desde las ideas generales expuestas, -y que á nuestro juicio dominan el arte si mantienen todas las -condiciones del ideal, á varias ideas particulares que el drama _Ruy -Blas_ podría despertar en los espíritus reflexivos. - -Ante todo, y no considerando la cuestión más que por uno de sus lados, -bajo el punto de vista de la filosofía de la historia, ¿cuál es el -sentido de este drama?--Expliquémonos. - -En el momento en que una monarquía está próxima á hundirse, se -pueden observar varios fenómenos: por lo pronto, la nobleza tiende á -disolverse, y cuando se disuelve, he aquí cómo se divide: - -El trono vacila, la dinastía se extingue, la ley cae por tierra; la -unidad política queda socavada por los embates de la intriga; lo -más elevado de la sociedad se bastardea y degenera; así exterior -como interiormente, siéntese un desfallecimiento mortal; los grandes -intereses del Estado se pierden, subsistiendo sólo los pequeños, triste -espectáculo público; ya no hay policía, ni ejército, ni hacienda; y -todos adivinan que se acerca el fin. De aquí resulta en todos los -ánimos el tedio de la víspera, la inquietud del mañana, la desconfianza -general, el desaliento y el profundo disgusto. Como la enfermedad del -Estado ataca la cabeza, la aristocracia es la primera víctima. ¿Qué -sucede entonces con ella? Una parte de los nobles, la menos honrada -y generosa, permanece en la corte: todo será devorado, el tiempo -apremia, es preciso apresurarse para enriquecerse y aprovechar las -circunstancias. Cada cual piensa sólo en sí, y sin compadecer al país -realiza una pequeña fortuna particular en un rincón del infortunio -público. Después de ser cortesano ó ministro es preciso darse prisa -para alcanzar la felicidad y el poderío; y el que tiene talento se -prostituye y triunfa. Las órdenes del Estado, las dignidades, los -empleos, el dinero, todo se toma, todo se quiere y todo se saquea; -no se vive más que para satisfacer la ambición y la codicia; y -ocúltanse bajo mucha gravedad exterior los secretos desórdenes que -pueden engendrar las flaquezas humanas. Y como este género de vida, -en el cieno de las vanidades y de los goces del orgullo, tiene por -primera condición el olvido de todos los sentimientos naturales, al -fin se acaba por ser feroz. Cuando llega el día de la desgracia, en el -cortesano caído desarróllase algo monstruoso, y el hombre se convierte -en demonio. - -La situación desesperada del reino impulsa á la otra mitad de la -nobleza, la más digna y mejor nacida, á seguir otro camino. Vuelve á -sus casas, á sus palacios, á sus castillos ó señoríos; disgústanle -los asuntos públicos, porque nada puede hacer; y aproximándose el fin -del mundo, no sabe qué partido tomar. Mas ¿para qué contristarse? Es -preciso aturdirse, cerrar los ojos, vivir, beber, amar y gozar. ¿Quién -sabe si vivirán un año más? Dicho esto, ó sólo pensado, el noble -toma la cosa á lo vivo; multiplica su servidumbre, compra caballos, -enriquece á mujeres, organiza fiestas, costea orgías, despilfarra, -vende, compra, hipoteca, empeña, devora, entrégase á los usureros, é -incendia su fortuna por los cuatro costados. El día menos pensado le -ocurre una desgracia; y es que, por más que la monarquía se encamine á -su ruina rápidamente, el noble llega antes á ella. Todo ha concluído, -todo se ha quemado; de aquella vida tan bella y brillante, ni siquiera -queda el humo; sólo se hallan cenizas. Olvidado y abandonado de todos, -excepto de sus acreedores, el pobre hidalgo se convierte entonces en lo -único que puede ser, en aventurero, espadachín, y algo gitano; húndese -y desaparece en la multitud, enorme masa, negra y sin brillo, que -hasta entonces apenas había entrevisto de lejos á sus pies. En ella se -sumerge y se refugia; ya no tiene oro, pero le queda el sol, riqueza de -aquellos que nada poseen. Ha vivido al principio en las altas regiones -de la sociedad; ahora se refugia en las más bajas y acomódase en ellas, -burlándose de algún pariente ambicioso y rico; se hace filósofo, y -compara á los ladrones con los cortesanos. Por lo demás, es bueno, -valeroso, leal é inteligente, mezcla singular de poeta, de mendigo y -de príncipe; se ríe de todos, é induce á sus compañeros á apalear á -los corchetes, como lo hacían en otro tiempo sus lacayos; pero sin -tomar parte en el asunto. En su persona se mezclan, no sin gracia, la -impudencia del marqués con la desvergüenza del gitano; manchado por -fuera, consérvase limpio interiormente; y nada tiene del caballero más -que el honor, que conserva en salvo, el nombre que oculta, y la espada -dispuesta. - -Si el doble cuadro que acabamos de trazar es el que se ofrece á la -vista en la historia de todas las monarquías en un momento dado, en -España es donde se produjo particularmente de una manera notable á -fines del siglo XVII. Si el autor hubiese podido realizar esta parte -de su pensamiento, lo cual está muy lejos de suponer, la primera mitad -de la nobleza española en aquella época y en el presente drama se -resumiría en D. Salustio, y la otra mitad en D. César, ambos primos, -como conviene. - -Se entiende que aquí, como en todas partes, al trazar este bosquejo de -la nobleza española hacia 1695, nos reservamos, por supuesto, hacer -raras y respetables excepciones.--Sentado esto, prosigamos. - -Continuando el examen de esa monarquía y de su época, por debajo -de la nobleza así distribuída, y que hasta cierto punto se podría -personificar en los dos hombres citados, vemos agitarse en la sombra -algo grande, sombrío y desconocido. - -Es el pueblo, que tiene el porvenir por suyo, sin poseer el presente; -es el pueblo huérfano, pobre, dotado de inteligencia y vigor, y que -hallándose muy bajo aspira á elevarse á las alturas, llevando en la -espalda el sello de la esclavitud y en el corazón las premeditaciones -del genio; es el pueblo, lacayo de los grandes señores, y enamorado, -en medio de su miseria y abyección, de la única figura que en esa -sociedad carcomida representa á sus ojos, en divina radiación, la -autoridad, la caridad y la fecundidad. El pueblo sería Ruy Blas. - -Ahora bien, sobre esos tres hombres que, así considerados, harían vivir -y andar á la vista de los espectadores tres hechos, y en ellos toda la -monarquía española del siglo XVII; sobre esos tres hombres, repetimos, -descuella una casta y hermosa joven, una mujer, una reina. Desgraciada -como mujer, porque, aunque casada, es como si no tuviese esposo; -infeliz como reina, porque para ella no existe el rey; inclinada á sus -inferiores por piedad real y por instinto; y mirando abajo mientras que -Ruy Blas, el pueblo, mira hacia arriba. - -Á los ojos del autor, y sin perjuicio de lo que los personajes -accesorios puedan prestar á la verdad del conjunto, esas cuatro -cabezas, así agrupadas, resumirían los principales caracteres que -presentaba á la vista del filósofo historiador la monarquía española -hace ciento cuarenta años. Á estas cuatro figuras podría agregarse, al -parecer, una quinta, la del rey Carlos II; pero así en la historia como -en el drama, este soberano no es una figura, sino una sombra. - -Apresurémonos ahora á decir que lo que se acaba de leer no es la -explicación de _Ruy Blas_, y sí solamente uno de sus aspectos: es la -impresión particular que podría dejar este drama, si valiese la pena -estudiarle, en el espíritu grave y concienzudo que lo examinara, por -ejemplo bajo el punto de vista de la filosofía de la historia. - -Pero por poco que este drama valga, tiene, como todas las cosas de este -mundo, otros varios aspectos, y se podría considerar de muy distintas -maneras, porque nos es dado tomar diversos puntos de vista de una -idea, lo mismo que de una montaña; esto depende del sitio donde el -observador se coloca. Permítasenos, sólo para aclarar nuestra idea, -una comparación por demás ambiciosa: el Mont Blanc, visto desde la -Croix-de-Fléchères, no parece el mismo cuando se mira desde Sallenches; -y no obstante, siempre es el Mont Blanc. - -Del mismo modo, y pasando de una cosa muy grande á otra pequeña, este -drama, cuyo sentido histórico acabamos de indicar, ofrecería un aspecto -muy distinto si se le considerase bajo un punto de vista mucho más -elevado aún, el punto puramente humano. Entonces, D. Salustio sería el -egoísmo absoluto, la inquietud sin reposo; D. César, su contrario, el -desinterés y la indiferencia; en Ruy Blas veríamos el genio y la pasión -comprimidos por la sociedad, lanzándose á tanta más altura cuanto mayor -es la compresión; y la reina, en fin, sería la virtud minada por el -tedio. - -Bajo el punto de vista exclusivamente literario, el aspecto de este -pensamiento, titulado _Ruy Blas_, cambiaría de nuevo. Las tres formas -soberanas del arte podrían parecer personificadas y resumidas: D. -Salustio sería el drama, D. César la comedia, y Ruy Blas la tragedia: -el drama anuda la acción, la comedia le complica, y la tragedia le -corta. - -Todos estos aspectos son verdaderos y exactos, pero ninguno de ellos -completo; la verdad absoluta no está sino en el conjunto de la obra. Si -cada cual encuentra lo que busca, el poeta habrá alcanzado su objeto, -aunque sin lisonjearse. El asunto filosófico de _Ruy Blas_ es el pueblo -aspirando á las regiones elevadas; el asunto humano es un hombre que -ama á una mujer; el asunto dramático es un lacayo que ama á una reina. -La multitud que todas las noches acude á ver esta obra, porque en -Francia la atención pública no deja nunca de fijarse en las tentativas -del ingenio, cualesquiera que sean, la multitud, repetimos, no ve en -_Ruy Blas_ más que este último asunto dramático, el lacayo; y tiene -razón. - -Lo que acabamos de decir de _Ruy Blas_ nos parece evidente en las demás -obras. Las producciones respetables de los maestros tienen también la -notable particularidad de presentar al estudio más fases que las otras. -Tartufe hace reir á éstos y temblar á aquellos; Tartufe es la serpiente -doméstica, ó el hipócrita, ó la hipocresía; tan pronto es un hombre -como una idea. Otelo es para algunos un negro que ama á una blanca; -para otros un intruso que se enlaza con una patricia; para éstos, un -celoso; para aquellos, la personificación de los celos. Esta diversidad -de aspectos no altera en nada la unidad fundamental de la obra, pues ya -lo hemos dicho: hay mil ramas y un tronco único. - -Si el autor de este libro ha insistido particularmente en la -significación histórica de _Ruy Blas_, es porque á su modo de ver, sólo -por el sentido histórico se relaciona esta producción con _Hernani_. -El hecho culminante de la nobleza manifiéstase en este drama, como -en _Ruy Blas_, junto al hecho culminante de la monarquía: sólo que -en _Hernani_, como la monarquía absoluta no está fundada todavía, la -nobleza lucha aún contra el rey, aquí con el orgullo, allá con el -acero, medio feudal y medio rebelde. En 1519, el noble vive lejos de -la corte, en la montaña, á manera de bandido, como Hernani, ó cual un -patriarca, como Ruy Gómez. Doscientos años más tarde todo ha cambiado: -los vasallos se han convertido en cortesanos; y si el noble comprende -la necesidad de ocultar su nombre, á causa de sus aventuras, no es para -escapar del rey, sino para sustraerse á sus acreedores; ya no se hace -bandido; conviértese en gitano. Harto se comprende que la monarquía -absoluta ha pasado durante largos años sobre esas nobles cabezas, -encorvando unas y aniquilando otras. - -Y ahora, permítasenos la última observación: entre _Hernani_ y _Ruy -Blas_ transcurren dos siglos en España, dos grandes siglos, durante los -cuales ha sido dado á la descendencia de Carlos V dominar el mundo; -dos siglos que la Providencia, hecho notable, no quiso prolongar ni -una hora, pues aquel soberano nació en 1500 y Carlos II murió en -1700. En este último año, Luís XIV recogía la herencia de Carlos V, -como Napoleón, en 1800, la de Luís XIV. Esas grandes apariciones de -dinastías, que iluminan por momentos la historia, son para el autor -bello y melancólico espectáculo en el que con frecuencia fija sus -miradas, tratando á veces de llevar algo de ellas á sus obras. Por eso -ha querido iluminar á _Hernani_ con los rayos de la aurora, cubriendo á -_Ruy Blas_ con las tinieblas del crepúsculo. En _Hernani_ sale el sol -de la casa de Austria; en _Ruy Blas_ se pone. - - París, 25 de Noviembre de 1838. - - - - -RUY BLAS - - - - -PERSONAJES - - RUY BLAS. - DON SALUSTIO DE BAZÁN. - DON CÉSAR DE BAZÁN. - DON GURITÁN. - EL CONDE DE CAMPO-REAL. - EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ. - EL MARQUÉS DEL BASTO. - EL DUQUE DE ALBA. - EL MARQUÉS DE PRIEGO. - DON MANUEL ARIAS. - MONTAZGO. - DON ANTONIO UBILLA. - COVADONGA. - GUDIEL. - UN LACAYO. - UN ALCALDE. - UN HUJIER. - UN ALGUACIL. - DOÑA MARÍA DE NEUBURGO, reina de España. - LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE. - CASILDA. - UNA DUEÑA. - UN PAJE. - DAMAS, CABALLEROS, CONSEJEROS, PAJES, DUEÑAS, ALGUACILES, - GUARDIAS Y HUJIERES. - - -Madrid, 169... - - - - -[Ilustración] - -ACTO PRIMERO - -DON SALUSTIO - -El salón de Danae en el palacio real de Madrid. Mobiliario magnífico, -al gusto semi-flamenco de la época de Felipe IV. Á la izquierda, -ventana grande con marco dorado y cristales pequeños; á cada lado una -puertecilla que comunica con alguna habitación interior; en el fondo, -galería de cristales con puerta grande; esta galería atraviesa todo el -teatro, y está oculta por inmensos cortinajes. Una mesa, un sillón y -recado de escribir. - -Don Salustio entra por la puertecilla de la izquierda, seguido de Ruy -Blas y de Gudiel, que lleva una maleta y algunos paquetes, como si -fuera de viaje. D. Salustio viste traje de terciopelo negro al estilo -de la corte de Carlos II, ostentando en el cuello el Toisón de oro; -lleva ferreruelo muy rico, de terciopelo claro, bordado de oro y con -forro negro de seda; espada con empuñadura de cazoleta, y sombrero con -plumas blancas. Gudiel viste también de negro, y lleva espada. Ruy Blas -va de lacayo: calzón corto, jubón pardo, galones de oro y la cabeza -descubierta. Sin espada. - - -ESCENA I - -DON SALUSTIO DE BAZÁN, GUDIEL y RUY BLAS - -D. SALUSTIO.--Ruy Blas, cerrad la puerta y abrid esa ventana. (_Ruy -Blas obedece, y á una señal de D. Salustio sale por la puerta del -fondo, mientras éste se dirige á la ventana._) Aún duermen todos aquí, -pero ya despunta el alba. (_Se vuelve bruscamente hacia Gudiel._) ¡Ah, -ha sido un rayo!... Sí, mi reinado ha concluído, Gudiel... ¡Estoy -en desgracia; me han expulsado! ¡Ah, perderlo todo en un día! La -aventura es aún secreta; no hables de ello. ¡Y todo por amoríos con -una doncella, harto impropios á mi edad, convengo en ello! ¡Seducida! -¡Vaya una desgracia! Porque esa muchacha es camarista de la reina y -vino con ella de Neuburgo, reclama contra mí; presenta á su hijo en -la cámara real; se me ordena casarme, rehuso y me destierran. ¡Sí, me -destierran! ¡He aquí el desenlace al cabo de veinte años de incesante -trabajo día y noche, de veinte años de ambición, después de haber sido -alcalde de casa y corte, cuyo nombre no pronunciaba nadie sin temor, y -jefe de la casa de Bazán! ¡Mi crédito, mi poderío, todo cuanto soñaba, -cargos, empleos, honores, todo se hunde en medio de las carcajadas de -la multitud! - -GUDIEL.--Nadie lo sabe aún, señor. - -D. SALUSTIO.--No, pero lo sabrán mañana, aunque afortunadamente ya -estaremos en camino. No quiero caer; desapareceré. (_Se desabrocha -violentamente el jubón._) Siempre me oprimes como si fuese una dama, y -yo me ahogo, amigo mío. (_Se sienta._) ¡Oh! quiero abrir un subterráneo -profundo y lóbrego sin que nadie lo eche de ver. ¡Desterrado! - - (_Se levanta._) - -GUDIEL.--¿De dónde viene el golpe, señor? - -D. SALUSTIO.--De la Reina. ¡Oh! me vengaré, Gudiel. Tú que has sido mi -maestro, y que desde hace veinte años me ayudaste y serviste en las -cosas pasadas, bien sabes hasta dónde alcanzan mis proyectos en la -sombra, así como el hábil arquitecto conoce la profundidad del pozo -que socavó. Me marcho; quiero ir á Castilla, á mis dominios, y allí -meditaré mis planes. ¡Y todo esto por una muchacha! Ocúpate tú de los -preparativos del viaje, porque la cosa urge. Entre tanto, diré dos -palabras al individuo que ya sabes, aunque ignoro si me podrá servir. -Hasta la noche soy el amo aún, y te aseguro que me vengaré. No sé cómo, -pero ha de ser ruidosamente. Vamos, vé á ocuparte de los preparativos, -y despacha. Sobre todo, silencio. Tú marcharás conmigo. (_Gudiel saluda -y sale. D. Salustio llama._) ¡Ruy Blas! - - (_Ruy Blas se presenta en la puerta del fondo._) - -RUY BLAS.--¿Señor? - -D. SALUSTIO.--Como ya no he de dormir más en palacio, es preciso dejar -las llaves y cerrar los postigos. - -RUY BLAS (_inclinándose_).--Está bien, señor. - -D. SALUSTIO.--Escucha: la Reina pasará por la galería cuando se dirija -á su cámara después de oir misa, de aquí á dos horas. Es preciso que -estés allí, Ruy Blas. - -RUY BLAS.--No faltaré, señor. - -D. SALUSTIO (_en la ventana_).--¿Ves aquel hombre que pasa por la plaza -y enseña á la guardia un papel? Sin decir palabra hazle señas para que -suba por la escalera secreta. (_Ruy Blas obedece; D. Salustio sigue -mostrándole la puertecilla de la derecha._) Antes de marcharte, mira si -se hallan en esa estancia los agentes de policía, y si están despiertos -los tres alguaciles de servicio. - -RUY BLAS (_se dirige á la puerta, la entreabre y vuelve_).--Duermen, -señor. - -D. SALUSTIO.--Habla en voz baja. Te necesitaré; no te alejes mucho, y -entre tanto vigila para que no nos molesten los importunos. - - (_Entra D. César de Bazán: lleva el sombrero abollado, capa - andrajosa, que no deja ver de su traje sino las medias desarregladas - y los zapatos rotos, y espada de matón. En el momento de entrar, D. - César y Ruy Blas se miran y hacen á la vez un ademán de sorpresa._) - -D. SALUSTIO (_aparte y observándolos_).--¡Se han mirado! ¿Si se -conocerán? - - (_Ruy Blas sale._) - - -ESCENA II - -D. SALUSTIO, D. CÉSAR - -D. SALUSTIO.--¡Hola! ¿Ya estáis aquí, bandido? - -D. CÉSAR.--Sí, primo; heme aquí. - -D. SALUSTIO.--¡Fortuna es ver á semejante truhán! - -D. CÉSAR (_saludando_).--Me complace... - -D. SALUSTIO.--Caballero, conocemos vuestras trapisondas. - -D. CÉSAR (_con aire risueño_).--¿Y os agradan? - -D. SALUSTIO.--Sí, son muy meritorias. La otra noche, la víspera de -Pascua, robaron á D. Carlos de Mira; quitáronle su acero, de vaina -cincelada, y el coleto; pero como es caballero de Santiago, los -ladrones le dejaron la capa. - -D. CÉSAR.--¡Santo cielo! ¿Y por qué? - -D. SALUSTIO.--Porque lleva bordada en ella la cruz roja. Pero ¿qué os -parece la algarada? - -D. CÉSAR.--¡Ah diablo! Digo que vivimos en un tiempo temible. ¿Qué será -de nosotros, Dios mío, si los ladrones se atreven con Santiago y hacen -con él de las suyas? - -D. SALUSTIO.--¡Entre ellos estabais! - -D. CÉSAR.--¡Pues bien, sí! Con ellos estaba, ya que es preciso hablar; -pero yo no toqué á vuestro don Carlos, y sólo dí algunos consejos. - -D. SALUSTIO.--Aún hay más. Anoche, en la plaza Mayor, varios hombres de -mala traza que salían de un lupanar espantoso, atacaron de improviso á -la ronda. También estabais con ellos. - -D. CÉSAR.--Primo mío, siempre tuve á menos atacar á los corchetes. -Cierto que estaba allí; pero mientras se distribuían las estocadas, yo -componía versos debajo de los arcos. Á decir verdad, se zurraron de lo -lindo. - -D. SALUSTIO.--No es eso todo. - -D. CÉSAR.--¿Qué más hay? - -D. SALUSTIO.--Entre otros actos, se os acusa de haber abierto en -Francia, sin llave, con ayuda de vuestros compañeros, las cajas reales. - -D. CÉSAR.--No digo que no. Francia es país enemigo. - -D. SALUSTIO.--En Flandes encontrasteis á un tal Pablo Barthelemy, que -llegaba de Mons con el producto de los diezmos del clero, y sin reparo -alguno osasteis apoderaros de los fondos que conducía. - -D. CÉSAR.--¿En Flandes? Puede ser muy bien, porque he viajado mucho. -¿Es eso todo? - -D. SALUSTIO.--Don César, al rostro me sube el rubor de la vergüenza -cuando en vos pienso. - -D. CÉSAR.--Bueno, dejadle que suba. - -D. SALUSTIO.--Nuestra familia... - -D. CÉSAR.--No hablemos de ella, porque en Madrid sólo vos conocéis mi -nombre. - -D. SALUSTIO.--Una marquesa me decía hace poco, al salir de la iglesia: -«¿Quién es ese bandido que va por allí, mirando á todas partes con aire -arrogante, apoyada la mano en la cadera y el ojo avizor? ¿Quién es ese -hombre, más andrajoso que Job y más altivo que Braganza, que lleva -deshilachados los puños, la capa hecha girones, y en vez de la espada -de caballero una tizona de espadachín?» - -D. CÉSAR (_dirigiendo una ojeada sobre su traje_).--Contestaríais que -era el buen Zafari. - -D. SALUSTIO.--No; me sonrojé de vergüenza. - -D. CÉSAR.--Pues la dama sonrió. Á mí me gusta mucho hacer reir á las -mujeres. - -D. SALUSTIO.--No os acompañáis más que con infames espadachines. - -D. CÉSAR.--¡Clérigos y estudiantes, humildes como corderos! - -D. SALUSTIO.--Por todas partes se os ve con mujerzuelas. - -D. CÉSAR.--¡Oh! son las diosas del amor, á las cuales rindo culto, y á -quienes compongo sonetos por la noche. - -D. SALUSTIO.--En fin, ese Matalobos, ese ladrón que está asolando á -Madrid á pesar de nuestra policía, es también amigo vuestro. - -D. CÉSAR.--Razonemos, si os place. Sin ese hombre, yo estaría desnudo, -lo cual no sería decente, primo mío. Una noche del mes de Diciembre, -viéndome en la calle casi sin ropa, se conmovió.--Al duque de Alba, ese -fatuo perfumado, le robaron, hace un mes, su hermoso jubón de seda... - -D. SALUSTIO.--¿Y qué más? - -D. CÉSAR.--Ahora le llevo yo; Matalobos tuvo á bien dármele. - -D. SALUSTIO.--¡El jubón del duque! ¿Y no os avergonzáis?... - -D. CÉSAR.--Nunca me avergonzaré de llevar tan buen jubón, ricamente -bordado, que me abriga en invierno y me hermosea en verano. Miradle, -está nuevo. (_Entreabre su capa y muestra un magnífico justillo de -seda de color de rosa bordado de oro._) He hallado en esta prenda un -centenar de billetes amorosos dirigidos al duque. Siempre pobre, y con -frecuencia enamorado, si en alguna calle entreveo una cocina, de la -cual se exhalan aromas suculentos, siéntome cerca, leo las cartitas del -duque, y así engaño á la vez el estómago y el amor. - -D. SALUSTIO.--¡Don César!... - -D. CÉSAR.--Primo mío, dejaos de reprensiones. Ciertamente soy un gran -señor, y deudo vuestro; me llamo don César, conde de Garofa; pero -véome reducido á la miseria. Yo era rico; tenía palacios, posesiones y -rentas; mas antes de cumplir los veinte años, todo me lo había comido, -y de mis cuantiosos bienes, verdaderos ó falsos, sólo me quedaba una -legión de acreedores que me acosaban sin cesar. No tenía más remedio -que huir y cambiar de nombre; y ahora no soy más que un alegre -compañero, llamado Zafari, á quien nadie puede comprometer excepto -vos. Vos no me dais un cuarto, ni tampoco os lo pido. Por la noche -duermo sobre la dura piedra, á la puerta de un palacio, teniendo por -techo la celeste bóveda; y así soy feliz, pues todo el mundo me cree en -la India, ó tal vez muerto. En la fuente más próxima apago la sed, y -después me paseo con aire arrogante. Mi palacio, donde en otro tiempo -voló mi dinero, pertenece ahora al nuncio Espínola; pero no importa. -Cuando por casualidad llego hasta allí, doy consejos á los operarios -del dueño, que se ocupan en esculpir un Baco sobre la puerta. Ahora ya -lo sabéis todo. Prestadme diez escudos. - -D. SALUSTIO.--Escuchadme... - -D. CÉSAR (_cruzándose de brazos_).--Veamos ahora vuestro estilo. - -D. SALUSTIO.--Os he hecho venir para seros útil, César. Yo, poderoso -y sin hijos, veo con sentimiento que os arrastran al abismo, y quiero -libraros de él. Aunque indiferente á todo, sois desgraciado, y por lo -mismo me propongo pagar vuestras deudas, devolveros vuestros palacios, -introduciros en la corte para que volváis á ser un caballero, embeleso -de las damas. Desaparezca para siempre Zafari, y sustitúyale don César. -Quiero que de mi caja toméis cuanto os conviniere, sin temor, á manos -llenas, sin ocuparos del porvenir. Cuando se tienen parientes, preciso -es sostenerlos, César, y mostrarnos compasivos con nuestros deudos... - - (_Mientras que D. Salustio habla, el rostro de D. César expresa - cada vez mayor asombro, alegría y confianza, y al fin no puede - reprimirse._) - -D. CÉSAR.--Siempre habéis tenido un talento endiablado, y á fe mía que -sois muy elocuente. Continuad. - -D. SALUSTIO.--César, no os impongo sino una condición... Voy á -explicarme. Por lo pronto tomad mi bolsa. - -D. CÉSAR (_cogiendo la bolsa que está llena de oro_).--¡Ah! Esto es -magnífico. - -D. SALUSTIO.--Y además voy á daros quinientos ducados. - -D. CÉSAR (_deslumbrado_).--¡Marqués...! - -D. SALUSTIO.--Desde hoy... - -D. CÉSAR.--¡Pardiez! soy del todo vuestro en cuanto á las condiciones. -Mandad; mi espada está á vuestra disposición, y soy vuestro esclavo. -Si os place, hasta iré á cruzar el acero con Lucifer, rey de los -infiernos. - -D. SALUSTIO.--No, no acepto vuestra espada; tengo mis razones para ello. - -D. CÉSAR.--¿Qué deseáis entonces? Apenas tengo nada más que ofrecer. - -D. SALUSTIO (_acercándose á él y bajando la voz_).--Vos conocéis, y en -esta ocasión es muy conveniente, á todos los perdidos de Madrid. - -D. CÉSAR.--Me lisonjeáis, primo mío. - -D. SALUSTIO.--Siempre os acompaña toda una cuadrilla, y en caso -necesario os sería fácil promover un motín. Todo esto podría servirnos. - -D. CÉSAR (_soltando la carcajada_).--Á fe mía que estáis haciendo -un drama. ¿Qué parte me confiaréis en la obra? ¿Será el poema ó la -sinfonía? De todos modos mandad; pero mi fuerte es el sainete. - -D. SALUSTIO.--Hablo á D. César, y no á Zafari. (_Bajando la voz cada -vez más._) Escucha. Necesito alguien que trabaje á mi lado en la -sombra, á fin de preparar un gran acontecimiento. Yo no soy perverso, -pero hay ocasiones en que el más delicado, desvergonzándose al fin, -ha de hacer cosas feas. Tú serás rico; para ello sólo te impongo por -condición que me ayudes en silencio á tender un lazo, una red oculta, -como hacen los cazadores por la noche; pero no para coger una avecilla. -Es preciso que por un plan bien combinado y terrible me sea dado -vengarme. Pienso que no serás escrupuloso... - -D. CÉSAR.--¿Vengaros? - -D. SALUSTIO.--Sí. - -D. CÉSAR.--¿De quién? - -D. SALUSTIO.--De una mujer. - -D. CÉSAR (_irguiéndose y mirando á D. Salustio con altivez_).--¡Alto -ahí! no me digáis una palabra más. En este punto, voy á deciros, primo -mío, cuál es mi modo de pensar. Todo aquel que vil y traidoramente -se venga de una mujer débil cuando tiene derecho á llevar espada y -que nacido caballero, obra como alguacil, ese, aunque fuese el rey de -Castilla, aunque ciñera cien coronas, aunque se titulase conde y duque -ó marqués, y descendiera de la más noble familia, no será para mí más -que un vil y cobarde, á quien quisiera ver colgado de una horca en -castigo de su felonía. - -D. SALUSTIO.--¡César!... - -D. CÉSAR.--No añadáis una palabra; me ultrajáis. (_Arroja la bolsa á -los pies de D. Salustio._) Guardad vuestro secreto, y con él vuestro -dinero. ¡Ah! Comprendo la matanza, el robo y el saqueo; comprendo que -en noche oscura se asalte, hacha en mano, algún castillo, y que con -cien bandoleros se mate sin compasión; entonces todos hieren y gritan, -cual verdaderos bandidos; ojo por ojo, diente por diente, hombres -contra hombres. Comprendo todo esto; pero que se atraiga suavemente á -una mujer para aniquilarla, tendiendo á sus pies odioso lazo, á fin de -abusar tal vez de su honor; apoderarse de una pobre avecilla que canta -alegre, valiéndose de un medio infame... ¡Oh! ¡antes que llegar á esta -deshonra, antes que ser rico y poderoso á semejante precio, preferiría, -y aquí lo digo ante Dios, que ve mi alma, que un perro corroyese mi -cráneo clavado en la picota! - -D. SALUSTIO.--Primo... - -D. CÉSAR.--De vuestros beneficios no necesito disfrutar mientras -que halle agua en las fuentes, espacio libre en los campos, y en la -ciudad un ladrón que me vista en invierno. Á fe mía que olvidaré la -prosperidad pasada mientras pueda dormir tranquilo á la puerta de -vuestros soberbios palacios, sin temor de que me despierten. Adiós, -pues; Dios sabe cuál de los dos es el mejor. Con vuestros cortesanos -quedad, don Salustio, mientras yo vuelvo con mi canalla, con los lobos, -no con las serpientes. - -D. SALUSTIO.--Un momento... - -D. CÉSAR.--¡Vamos! abreviemos la entrevista; si tratáis de prenderme, -ordenadlo de una vez. - -D. SALUSTIO.--Muy bien; creía, César, que estabais más endurecido; la -prueba ha sido buena, y favorable para vos. Estoy contento; venga esa -mano, os lo ruego. - -D. CÉSAR.--¡Cómo! - -D. SALUSTIO.--Todo esto no pasa de una broma. Cuanto he dicho ha sido -para probaros, y nada más. - -D. CÉSAR.--Me hacéis soñar despierto. La mujer, esa trama, esa -venganza... - -D. SALUSTIO.--¡Pura invención, sueños y quimeras! - -D. CÉSAR.--¡Perfectamente! ¿Y el ofrecimiento de pagar mis deudas es -quimera también? ¿Es un sueño lo de los quinientos ducados? - -D. SALUSTIO.--Voy á buscarlos ahora mismo. - - (_Se dirige á la puerta del fondo, y hace seña á Ruy Blas para que se - quede._) - -D. CÉSAR (_aparte, en el proscenio, y mirando á D. Salustio de -reojo_).--¡Hum! cara de traidor; cuando la boca dice sí, la mirada -parece decir: _veremos_. - -D. SALUSTIO (_á Ruy Blas_).--Permaneced aquí, Ruy Blas. (_Á D. César._) -Vuelvo al punto. - - (_Sale por la puertecilla de la izquierda, y apenas desaparece, D. - César y Ruy Blas corren el uno hacia el otro._) - - -ESCENA III - -D. CÉSAR, RUY BLAS - -D. CÉSAR.--Á fe mía que no me engañaba. ¡Tú aquí, Ruy Blas! - -RUY BLAS.--¿Eres tú, Zafari? ¿Qué haces en este palacio? - -D. CÉSAR.--Paso y me voy; así como al ave, agrádame el espacio. ¿Pero y -tú, qué significa esa librea, ese disfraz? - -RUY BLAS (_con amargura_).--Más disfrazado estoy de otro modo. - -D. CÉSAR.--¿Qué dices? - -RUY BLAS.--Déjame estrecharte la mano como en aquel tiempo feliz de -libertad y de miseria en que vivía sin hogar, hambriento de día y -yerto de frío por la noche; pero independiente; aquel tiempo en que -me conociste, y en que yo era hombre aún. Ambos hijos del pueblo, -nos parecíamos tanto que nos tomaban por hermanos; cantábamos al -despuntar la aurora, y llegada la noche dormíamos uno junto á otro -bajo el estrellado cielo, compartiendo siempre lo que teníamos. Por -fin llegó la triste hora de nuestra separación; y al cabo de cuatro -años te encuentro otra vez, siempre el mismo, alegre como un muchacho, -libre como el gitano; siempre eres ese Zafari, rico en su pobreza, que -nada tuvo jamás, ni deseó cosa alguna. Pero yo ¡cuánto he cambiado, -hermano! Huérfano, alimentado de ciencia y orgullo en un colegio, en -vez de destinarme á simple obrero, hicieron de mí un soñador. Tú ya -sabes hasta qué punto llegaban mis aspiraciones de poeta, cuando te -burlabas de mis versos insensatos. Tenía yo no sé qué ambición en el -alma. ¿Para qué trabajar? Dirigíame hacia un objeto invisible; creíalo -todo verdadero, todo posible, y de la suerte lo esperaba todo. Por -otra parte, soy de aquellos que pasan sus días pensativos y ociosos, -contemplando algún palacio donde rebosan las riquezas, para ver entrar -y salir á las elegantes damas. Así me sucedió un día en que, hambriento -y moribundo, recogí el pan donde le encontré, en medio del ocio y la -ignominia. ¡Oh! cuando yo tenía veinte años confiaba en mi genio, -mientras me perdía, recorriendo descalzo los caminos y entregado á mis -meditaciones sobre la suerte de los humanos. Había trazado planes -sobre todo, una verdadera montaña de proyectos; condolíame la desgracia -de España, y, pobre de espíritu, pensé que el mundo necesitaba de mí. -Ya ves el resultado, amigo mío: ¡un lacayo! - -D. CÉSAR.--Sí, ya lo sé; el hambre es puerta muy baja, y cuando se ha -de pasar por ella, el más grande es aquel que más se encorva; pero la -suerte tiene su flujo y reflujo. Espera. - -RUY BLAS.--El marqués de Finlas es mi amo. - -D. CÉSAR.--Ya le conozco. ¿Y vives en este palacio? - -RUY BLAS.--No, esta mañana pisé el umbral por primera vez. - -D. CÉSAR.--¿De veras? Tu amo, no obstante, debe habitar aquí á causa -del cargo que desempeña. - -RUY BLAS.--Sí, porque la corte le necesita á cada momento; pero tiene -una casa desconocida, donde tal vez no ha entrado nunca en pleno día, -aunque sólo dista cien pasos del palacio; es modesta y misteriosa, y -en ella vivo yo. Por la puerta secreta, cuya llave sólo tiene mi amo, -el marqués entra á veces por la noche seguido de hombres enmascarados -que hablan en voz baja y se encierran, sin que nadie sepa lo que allí -sucede luego. Por compañeros tengo dos negros mudos que, ignorando mi -nombre, tal vez me toman por su amo. - -D. CÉSAR.--Sí; allí recibe sin duda á sus espías, allí es donde tiende -sus emboscadas. Es un hombre profundo y poderoso. - -RUY BLAS.--Ayer me dijo: «Es preciso que mañana estés en palacio antes -de rayar la aurora: entrarás por la verja dorada.» Al llegar me mandó -ponerme esta librea, que hoy llevo por primera vez. - -D. CÉSAR (_estrechándole la mano_).--Espera. - -RUY BLAS.--¡Esperar! Tú no sabes aún lo que es para mí llevar este -traje que mancha y deshonra. Haber perdido la alegría y el orgullo no -es nada, y tampoco importa ser vil y esclavo. Escucha, hermano mío; no -siento yo usar esta librea que me infama, porque en el pecho tengo una -hidra cuyos dientes de fuego me oprimen el corazón en sus ardientes -repliegues. El exterior te atemoriza. ¡Qué dirías si vieses el interior! - -D. CÉSAR.--¿Qué quieres decir? - -RUY BLAS.--Inventa, imagina, busca en tu espíritu, supón algo extraño, -insensato, inaudito y horrible, una fatalidad que deslumbre; sí, -prepara un veneno espantoso, abre un abismo más sordo que la locura, -más negro que el crimen; y cuando hayas hecho todo lo que digo, aún no -te acercarás á mi secreto. ¿No lo adivinas? ¡Cómo has de adivinarlo! -Sondea con la mirada el precipicio á donde el destino me arrastra... -Amo á la Reina. - -D. CÉSAR.--¡Cielos! - -RUY BLAS.--Bajo un dosel ornado con el globo imperial hay un hombre, -unas veces en Aranjuez, y otras en el Escorial, á quien apenas se ve y -á quien no se nombra sin terror; un hombre para quien, cual si fuese -Dios, todos somos iguales; al que se mira temblando y se sirve de -rodillas; que puede hacer caer nuestras cabezas á una simple señal; un -hombre cuyos caprichos son un acontecimiento; que vive solo y soberbio, -encerrado gravemente en una majestad terrible y profunda, y cuyo -poderío se extiende por la mitad del mundo. ¡Pues bien, yo, el lacayo -de ese hombre, de ese rey, estoy celoso! - -D. CÉSAR.--¡Celoso del rey! - -RUY BLAS.--¡Sí, del rey, puesto que amo á su esposa! - -D. CÉSAR.--¡Desgraciado! - -RUY BLAS.--Escucha. Todos los días la espero al paso, y estoy como -loco. ¡Oh! la vida de esa mujer es un tejido de enojos; todas las -noches pienso en ello. ¡Vivir en esta corte de odios y mentiras, casada -con un rey que pasa el tiempo cazando! ¡Imbécil! Viejo ya á los treinta -años, ni es hombre ni es rey.--Familia que se extingue: el padre era -débil hasta el punto de no poder sostener en la mano un pergamino. ¡Oh! -tan bella y tan joven, y haber dado su mano á ese rey Carlos II. ¡Qué -lástima! No sé cómo esta locura amorosa ha penetrado en mi corazón; -pero juzga tú. La reina ama una flor azul de Alemania; aquí no la hay, -y todos los días ando una legua para coger algunas; con las más bonitas -formo un ramo, y á media noche me introduzco en los jardines reales -como un ladrón y deposito mi ofrenda en el banco donde la soberana -suele sentarse. Anoche mismo me atreví, compadécete, hermano, á colocar -un billete entre las flores. Para llegar hasta ese banco es preciso -franquear el muro, y en su parte superior me hieren las puntas de -hierro que se suelen poner en las cercas. Algún día me dejaré allí el -corazón y las entrañas. Ignoro si encuentra mis flores y mi carta; pero -con todo esto, ya ves que soy un insensato. - -D. CÉSAR.--¡Diablo! tu aventura no deja de ser peligrosa. Ten cuidado, -porque el conde de Oñate, que la ama también, la vigila, en calidad de -mayordomo y de enamorado. Podría suceder que una noche, algún guarda -poco dormilón, te clavase la partesana antes de marchitarse tu ramo. -¡Vaya una ocurrencia, amar á la reina! ¿Cómo diablos has podido llegar -á este caso? - -RUY BLAS (_con arrebato_).--¿Lo sé yo por ventura? ¡Oh! daría mi alma -al demonio por ser sólo durante una hora uno de esos jóvenes señores -que desde la ventana veo en este instante, y que cual viva afrenta para -mí, entran luciendo la pluma en el sombrero y altiva la frente. Sí, me -condenaría sólo para que me fuese dado arrojar esta librea y poder -acercarme á la reina, como ellos, con un traje semejante al suyo. Pero, -¡oh rabia, estar junto á ella y no ser á sus ojos más que un lacayo! -¡Tened compasión de mí, Dios mío! (_Acercándose á D. César._) Ahora -recuerdo que me preguntabas por qué la amo así y desde cuándo... Cierto -día... pero ¿á qué recordarlo? Es verdad; siempre te conocí esa manía -de preguntar ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo? Pero la sangre me hierve en las -venas, y sólo podría decirte que la amo locamente. - -D. CÉSAR.--Cálmate. - -RUY BLAS (_cayendo desfallecido y pálido en un sillón_).--Sufro mucho, -hermano; dispénsame, ó más bien huye de este pobre loco, que con -espanto siente bajo su librea de lacayo las pasiones de un rey. - -D. CÉSAR (_poniéndole la mano sobre el hombro_).--¡Yo huir de ti; yo -que no he sufrido porque nunca amé á nadie; yo, pobre cascabel que ya -no suena, pobre mendigo del amor, á quien de vez en cuando arroja una -limosna el destino; yo, que nada siento ya en el corazón, pareciéndome -que el alma se ha retirado de mi cuerpo! ¿Por qué había de huir? Por -ese amor que en tus ojos rebosa te envidio, y á la vez te compadezco, -Ruy Blas. - - (_Momento de pausa: con las manos cogidas, los dos se miran con - expresión amistosa y de tristeza.--Entra D. Salustio y adelántase con - paso lento, fijando una mirada profunda en D. César y Ruy Blas, que - no le ven. En una mano lleva un sombrero y una espada, que al entrar - deposita en un sofá, y en la otra una bolsa, que pone sobre la mesa._) - -D. SALUSTIO (_á D. César_).--He aquí el dinero. - - (_Al oir la voz de D. Salustio, Ruy Blas se levanta como - sobresaltado, y permanece en pie, con la vista baja, en actitud - respetuosa._) - -D. CÉSAR (_aparte, mirando á D. Salustio de reojo_).--El diablo me -lleve si ese tunante no escuchaba á la puerta. ¡Bah! al fin y al cabo, -poco importa. (_Á D. Salustio en voz alta._) Muchas gracias, primo. - - (_Abre la bolsa, esparce el contenido en la mesa y revuelve con - alegría los ducados, colocándolos en pilas sobre el tapete de - terciopelo. Mientras los cuenta, D. Salustio se dirige al fondo del - teatro, volviendo la cabeza para ver si llama la atención de D. - César; abre la puertecilla de la derecha y á una señal salen tres - alguaciles armados con espadas y vestidos de negro. D. Salustio les - muestra misteriosamente á D. César. Ruy Blas permanece inmóvil, de - pie cerca de la mesa, sin ver ni oir nada._) - -D. SALUSTIO (_en voz baja á los alguaciles_).--Cuando salga de -aquí ese hombre que cuenta el dinero, seguidle y apoderaos de él -silenciosamente, sin violencia. Después le conduciréis á Denia, y una -vez allí, embarcadle. (_Les entrega un pergamino sellado._) He aquí la -orden escrita de mi puño y letra. Sin prestar oído á sus quejas, le -venderéis, una vez en el mar, á los corsarios argelinos. Mil piastras -para vosotros si llenáis vuestro cometido pronto y bien. - - (_Los tres alguaciles se inclinan y salen._) - -D. CÉSAR (_acabando de arreglar los ducados_).--Nada es tan agradable y -divertido como hacer pilas de monedas cuando son nuestras. (_Hace dos -partes iguales y se vuelve á Ruy Blas._) Hermano, he aquí tu parte. - -RUY BLAS.--¡Cómo! - -D. CÉSAR (_mostrándole una de las dos pilas de oro_).--¡Tómala, vente y -sé libre! - -D. SALUSTIO (_que los observa en el fondo_).--¡Diablo! - -RUY BLAS (_moviendo la cabeza en señal de negativa_).--No; el corazón -es lo que quisiera tener libre; mi suerte está echada, y debo -permanecer aquí. - -D. CÉSAR.--Bien, obra como te plazca. Sólo Dios sabe si tú eres el loco -y yo el sabio. - - (_Recoge el dinero, lo echa en la bolsa y se la guarda._) - -D. SALUSTIO (_en el fondo del teatro, aparte, y observando -siempre_).--Poco más ó menos el mismo rostro y el mismo aire. - -D. CÉSAR (_á Ruy Blas_).--¡Adiós! - -RUY BLAS.--Toca estos cinco. - - (_Se estrechan la mano. D. César sale sin ver á D. Salustio, que - permanece retirado._) - - -ESCENA IV - -RUY BLAS, D. SALUSTIO - -D. SALUSTIO.--¡Ruy Blas! - -RUY BLAS (_volviéndose vivamente_).--¿Señor? - -D. SALUSTIO.--¿Era ya de día esta mañana cuando llegasteis? - -RUY BLAS.--Aún no, señor; dí el pase al portero, y he subido. - -D. SALUSTIO.--¿Llevabais capa? - -RUY BLAS.--Sí, señor. - -D. SALUSTIO.--En ese caso, nadie os habrá visto aún esa librea en -palacio. - -RUY BLAS.--Ni tampoco en Madrid. - -D. SALUSTIO (_señalando con el dedo la puerta por donde ha salido D. -César_).--Está muy bien. Id á cerrar la puerta y quitaos ese traje. -(_Ruy Blas se despoja de su librea y arrójala en un sillón._) Me parece -que tenéis muy buen carácter de letra. Escribid. (_Hace seña á Ruy Blas -para que se siente á la mesa, donde hay plumas y tinteros. Ruy Blas -obedece._) Hoy vais á servirme de secretario. Nada os ocultaré. Por -lo pronto un billete de amor para la reina de mi corazón, para doña -Elvira, esa sirena que debe haber caído del paraíso. Voy á dictaros. -«Un peligro terrible me amenaza en este momento; sólo mi reina puede -conjurar la tempestad, viniendo á buscarme esta noche á casa. De lo -contrario estoy perdido. Pongo á vuestras plantas mi vida y mi corazón -y os beso los pies.» (_Riendo._) ¡Un peligro! El recurso es hábil para -atraerla á mi casa. ¡Oh! yo soy experto. Á las mujeres les agrada -mucho salvar á quien las pierde.--Añadid: «Por la puerta que hay en lo -último de la Alameda podréis entrar sin ser reconocida; una persona de -confianza os abrirá.» Perfectamente. ¡Ah! firmad. - -D. SALUSTIO.--¿Vuestro nombre? - -D. SALUSTIO.--No. Firmad _César_; es mi nombre de guerra. - -RUY BLAS (_después de haber obedecido_).--La dama no reconocerá la -escritura. - -D. SALUSTIO.--¡Bah! el sello basta; con frecuencia lo hago de este -modo. Ruy Blas, yo parto esta noche y os dejo aquí. Tengo proyectos -muy favorables respecto á vos; vais á cambiar de situación, pero -es necesario que me obedezcáis en todo. Como vos sois un servidor -discreto, fiel y reservado... - -RUY BLAS (_inclinándose_).--Señor... - -D. SALUSTIO (_continuando_).--Quiero mejorar vuestra suerte. - -RUY BLAS (_mostrando el billete que acaba de escribir_).--¿Á dónde se -ha de dirigir esa carta? - -D. SALUSTIO.--Yo me encargo de ello. (_Acercándose á Ruy Blas con aire -significativo._) Quiero haceros feliz. (_Síguese una pausa. D. Salustio -hace seña á Ruy Blas para que vuelva á sentarse á la mesa._) Escribid: -«Yo, Ruy Blas, lacayo de su excelencia el marqués de Finlas, me obligo -á servirle como fiel criado en toda ocasión secreta ó pública.» (_Ruy -Blas obedece._) Firmad con vuestro nombre; ahora la fecha; está bien; -dadme. (_Dobla el billete y el papel en que Ruy Blas acaba de escribir, -y los guarda en su cartera._) Acaban de traerme una espada. ¡Ah! vedla -allí. (_Señala el sofá, en el que ha puesto la espada y el sombrero, y -coge estos objetos._) El tahalí es de seda, recamada á la última moda. -(_Haciendo admirar la flexibilidad del tejido._) Tocadla, Ruy Blas. -¿Qué os parece esa flor? La empuñadura es de Gil, el famoso cincelador, -el que mejor sabe formar, al gusto de las bellas, una caja de pastillas -en el pomo. (_Pasa el tahalí por el cuello de Ruy Blas sin quitar la -espada._) Dejadla; quiero ver si os sienta bien. ¡Cáspita! parecéis así -todo un caballero. (_Escuchando._) Alguien viene... Sí. Se acerca la -hora de pasar la Reina. ¡El marqués del Basto! - - (_La puerta del fondo que da á la galería se abre. D. Salustio se - despoja del ferreruelo y arrójale vivamente sobre los hombros de Ruy - Blas, en el momento de aparecer el marqués del Basto. Después se - dirige á este último, llevando consigo á Ruy Blas, mudo de asombro._) - - -ESCENA V - -D. SALUSTIO, RUY BLAS, EL MARQUÉS DEL BASTO, EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ, -EL DUQUE DE ALBA, y después toda la corte - -D. SALUSTIO (_al marqués del Basto_).--Permitidme, marqués, que os -presente á mi primo D. César. - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Cielos! - -D. SALUSTIO (_á Ruy Blas en voz baja_).--¡Callaos! - -EL MARQUÉS DEL BASTO (_saludando á Ruy Blas_).--Caballero, celebro -mucho... - - (_Le toma la mano, que Ruy Blas le presenta con cierta cortedad._) - -D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--Dejadme hacer y saludad. - - (_Ruy Blas saluda al marqués._) - -EL MARQUÉS DEL BASTO (_á Ruy Blas_).--Apreciaba mucho á vuestra madre. -(_En voz baja á D. Salustio, mostrándole á Ruy Blas._) Está muy -cambiado; apenas le hubiera reconocido. - -D. SALUSTIO (_al marqués_).--¡Diez años de ausencia! - -EL MARQUÉS DEL BASTO.--¡Verdad es! - -D. SALUSTIO (_golpeando en el hombro de Ruy Blas_).--¡Hele aquí de -vuelta! ¿Recordáis, marqués, qué pródigo era, y cómo despilfarraba sus -escudos? Todas las noches en bailes y fiestas; siempre luciendo galas -en festines y reuniones; con su fasto y su lujo deslumbraba á Madrid, -pero á los tres años se arruinó. Ahora llega de la India. - -RUY BLAS.--Señor... - -D. SALUSTIO (_alegremente_).--Llamadme primo, puesto que nos une -este parentesco. Los Bazanes somos buenos caballeros. Tenemos por -antecesor á don Íñigo de Ibiza; su nieto, Pedro de Bazán, casó con -Mariana de Gor, de quien nació Juan, que fué almirante en tiempo del -rey D. Felipe; Juan tuvo dos hijos, que en nuestro árbol genealógico -han dejado dos blasones. Yo soy el marqués de Finlas, y vos el conde -Garofa. Tanto valemos el uno como el otro, César; por parte de las -madres, tenemos igual jerarquía, sólo que vos sois de Aragón y yo de -Portugal. Vuestra rama no es menos noble que la nuestra; yo soy fruto -de la una, y vos, flor de la otra. - -RUY BLAS (_aparte_).--¿Á dónde me llevará? - - (_Mientras que D. Salustio hablaba, el marqués de Santa Cruz, D. - Álvaro de Bazán y Benavides, anciano de bigote blanco, que lleva una - gran peluca, se ha aproximado á ellos._) - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_á D. Salustio_).--Os explicáis con claridad; -pero si es primo vuestro también lo es mío. - -D. SALUSTIO.--Es verdad, pues tenemos el mismo origen, marqués. (_Le -presenta á Ruy Blas._) Don César. - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--Imagino que no es el que creían muerto. - -D. SALUSTIO.--Sí tal; el mismo. - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--¿Conque ahora ha vuelto?... - -D. SALUSTIO.--De las Indias. - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_examinando á Ruy Blas_).--En efecto, es el -mismo. - -D. SALUSTIO.--¿Le reconocéis? - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--¡Pardiez! como que le he visto nacer. - -D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--El buen hombre está ciego, y -sólo os reconoce para hacer creer que no lo es. - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_ofreciendo la mano á Ruy Blas_).--Venga esa -mano, primo. - -RUY BLAS (_inclinándose_).--¡Señor! - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--Me complace mucho veros. - -D. SALUSTIO (_en voz baja al marqués y aparte_).--Voy á pagar sus -deudas; vos podréis servirle en el cargo que desempeñáis: si en la -corte vacase algún cargo, cerca del rey ó de la reina... - -EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_en voz baja_).--Es un joven encantador, y -pensaré en ello. Además, pertenece á la familia. - -D. SALUSTIO (_en voz baja_).--Tenéis mucha influencia en el Consejo -de Castilla, y por lo tanto os le recomiendo. (_Sepárase del marqués -de Santa Cruz y se dirige á otros señores, á los que presenta á Ruy -Blas; entre ellos está el duque de Alba, que luce un traje magnífico. -D. Salustio le presenta á Ruy Blas._) Mi primo César, conde de -Garofa. (_Los nobles cambian graves saludos con Ruy Blas, siempre -sobrecogido._) (_Al conde de Ribagorza._) Ayer no estabais en el baile -de Atalante; Lindamira bailó muy bien. (_Se extasía contemplando el -jubón del duque de Alba._) Magnífico justillo lleváis, duque. - -EL DUQUE DE ALBA.--Otro más hermoso tenía, de seda rosa galoneado de -oro, pero ese bribón de Matalobos me le ha robado. - -UN HUJIER DE LA CORTE (_en el fondo del teatro_).--La Reina se -aproxima; tomad puesto, señores. - - (_Las grandes cortinas de la galería de cristales se abren, y - los señores se escalonan cerca de la puerta, mientras forman los - guardias. Ruy Blas, anhelante y fuera de sí, refúgiase en el - proscenio, á donde le sigue D. Salustio._) - -D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--¿Es posible que cuando la -fortuna os sonríe, disminuya vuestro espíritu? Volved en vos, Ruy Blas. -Yo marcho de Madrid; os dejo mi pequeña casa con los criados mudos; -nada quiero guardar sino las llaves secretas; muy pronto recibiréis -instrucciones. Haced mi voluntad, y yo me encargaré de vuestra fortuna. -Elevaos sin temer nada, pues la ocasión es propicia. La corte es un -país donde se anda sin ver claro; pero yo os conduciré; yo me encargo -de ver por vos. - - (_Aparecen otros guardias en el fondo del teatro._) - -EL HUJIER (_en alta voz_).--¡La Reina! - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Ah! ¡La Reina! - - (_La Reina, magníficamente vestida, aparece rodeada de damas y pajes - bajo un dosel de terciopelo escarlata, conducido por cuatro gentiles - hombres. Ruy Blas, despavorido, parece quedar absorto ante aquella - resplandeciente visión. Todos los grandes de España se cubren. D. - Salustio se dirige rápidamente hacia el sillón en que se halla su - sombrero y se lo lleva á Ruy Blas._) - -D. SALUSTIO (_á Ruy Blas, poniéndole el sombrero en la cabeza_).--¿Qué -tenéis, primo? ¡Cubríos; sois grande de España! - -RUY BLAS (_aturdido, en voz baja á D. Salustio_).--¿Y qué más ordenáis, -señor? - -D. SALUSTIO (_mostrándole á la Reina, que cruza lentamente por la -galería_).--Que hagáis lo posible por agradar á esa mujer y ser su -amante. - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO II - -LA REINA DE ESPAÑA - -Salón contiguo á la cámara de la reina; á la izquierda una puertecilla -de comunicación, y á la derecha otra que conduce á las habitaciones -exteriores. En el fondo grandes ventanas abiertas. Es la tarde de -un hermoso día de verano. Mesa grande, sillones; la imagen de una -Santa, con un rico marco, adornan una de las paredes: es «Santa María -Esclava». En el lado opuesto una imagen de la Virgen, iluminada por la -luz de una lámpara de oro; más allá un retrato de cuerpo entero del rey -Carlos II. - -Al levantarse el telón, la reina doña María de Neuburgo está sentada en -un extremo junto á una de sus damas, joven y hermosa. La reina viste -de blanco, con falda de tejido de plata. Está bordando y se interrumpe -á intervalos para hablar. En el lado opuesto, sentada en un sillón, -doña Juana de la Cueva, duquesa de Alburquerque, camarista mayor, con -su labor en la mano; es una anciana vestida de negro. Cerca de ella, -varias dueñas, sentadas á una mesa, trabajan también. En el fondo está -D. Guritán, conde de Oñate, mayordomo, alto, enjuto, con bigote gris; -es hombre de unos cincuenta años y tiene aspecto de militar veterano, -aunque viste con exagerada elegancia y lleva cintas hasta en los -zapatos. - - -ESCENA I - -LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, D. GURITÁN, CASILDA, dueñas - -LA REINA.--¡Por fin ha marchado! Debería estar tranquila y no lo estoy, -porque ese marqués de Finlas me preocupa; estoy segura que me odia. - -CASILDA.--¿No se le ha desterrado según vuestro deseo? - -LA REINA.--Ese hombre me aborrece. - -CASILDA.--Vuestra Majestad... - -LA REINA.--Te aseguro, Casilda, que ese marqués es para mí como el -ángel malo. La víspera del día en que debía marchar, se presentó como -de costumbre durante el besamanos. Todos los nobles se adelantaban en -fila hacia el trono para cumplir con la etiqueta; mientras que yo, -triste y tranquila, miraba vagamente la pared que en el salón oscuro -representa una gran batalla. De repente, al fijar mi vista en la mesa, -divisé á ese hombre temible, que se adelantaba hacia mí, y desde aquel -momento, sólo él me llamó la atención. Adelantábase lentamente, con -la mano apoyada en la daga, de la cual veía á intervalos la brillante -hoja; estaba grave, y su mirada de fuego me imponía; se inclinó y sentí -sobre mi mano su boca de serpiente. - -CASILDA.--Cumplía con su deber de caballero. - -LA REINA.--Sus labios no eran como los demás. No he vuelto á verle, -pero desde ese día pienso en él á menudo, aunque otras cosas me -preocupan. Paréceme que el infierno está en el alma de ese hombre, -ante el cual no soy más que una mujer, y no una reina. En mis sueños -encuentro en mi camino á ese demonio, que me besa la mano; y veo -brillar el odio en sus miradas, que como un veneno mortal hielan la -sangre en mis venas, haciéndome estremecer. ¿Qué dices á esto? - -CASILDA.--¡Puras visiones, señora! - -LA REINA.--Á decir verdad, otros cuidados tengo más serios. (_Aparte._) -¡Oh! lo que más me atormenta debo ocultar. (_Á Casilda._) Dime ¿qué hay -de esos mendigos, que no osaban acercarse?... - -CASILDA (_dirigiéndose á la ventana_).--Aún están ahí, señora. - -LA REINA.--Toma, échales mi bolsa... - - (_Casilda toma la bolsa y arrójala por la ventana._) - -CASILDA.--¡Oh! señora, vos que hacéis tantas limosnas con tal bondad, -¿no haréis ninguna al conde de Oñate, aunque sólo sea diciéndole una -palabra? (_Mostrando á la Reina á D. Guritán, que de pie y silencioso -en el fondo de la cámara, fija en aquella miradas de muda adoración._) -Es un pobre viejo enamorado, que tiene la piel tan dura como tierno el -corazón. - -LA REINA.--Ese hombre me molesta. - -CASILDA.--Convengo en ello; pero decidle algo. - -LA REINA (_volviéndose á D. Guritán_).--Buenos días, conde. - - (_D. Guritán se aproxima, haciendo tres reverencias, y suspirando - besa la mano de la Reina, que se muestra indiferente y distraída. - Después vuelve á su sitio._) - -D. GURITÁN (_retirándose, en voz baja á Casilda_).--La Reina está -encantadora hoy. - -CASILDA (_mirándole cuando se aleja_).--¡Pobre ganso! Permanece inmóvil -junto al agua que le tienta, y si después de esperar todo un día se -le dirige una palabra, con frecuencia una frase indiferente, retírase -contento y satisfecho. - -LA REINA (_con triste sonrisa_).--¡Cállate! - -CASILDA.--Para ser feliz le basta veros; para él es toda una dicha -ver á la Reina. (_Extasiándose al divisar una caja colocada sobre un -velador._)--¡Oh! ¡qué caja tan preciosa! - -LA REINA.--Aquí tienes la llave. - -CASILDA.--Esta madera de sándalo es exquisita. - -LA REINA (_presentándole la llave_).--Ábrela y mira. Son reliquias -que me propongo enviar á mi padre, porque sé que le agradarán mucho. -(_Queda meditabunda un momento, y después interrumpe vivamente sus -impresiones. Aparte._) Quisiera desechar de mi mente lo que pienso. (_Á -Casilda._) Vé á buscar un libro en mi cámara... ¡Estoy loca! no hay uno -solo alemán; todos son españoles. Y el rey, de caza, siempre ausente. -¡Ah! ¡qué aburrimiento! En seis meses he pasado sólo doce días junto á -él. - -CASILDA.--¡Casarse con un rey para vivir así! - - (_La Reina se entrega otra vez á su meditación, arrancándose al fin - de ella como por un esfuerzo._) - -LA REINA.--¡Quiero salir! - - (_Al oir estas palabras, pronunciadas imperiosamente, la duquesa - de Alburquerque, que hasta entonces ha permanecido inmóvil en su - sillón, levanta la cabeza, se pone después en pie y hace una profunda - cortesía á la Reina._) - -LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE (_con voz breve y dura_).--Para que la Reina -salga es preciso, según el ceremonial, que un grande de España, aquel á -quien se concede este derecho, abra todas las puertas; y ahora no hay -tal vez ninguno en el alcázar. - -LA REINA.--¡Pero esto es encerrarme! ¿Quieren matarme, Duquesa? - -LA DUQUESA (_haciendo otra reverencia_).--Soy camarista mayor, y cumplo -con mi deber. - - (_Vuelve á sentarse._) - -LA REINA (_Ocultando la cabeza entre sus manos, con -desesperación.--Aparte._)--¿Será preciso volver á mis meditaciones? -¡No! (_En voz alta._) ¡Pronto, traed aquí las cartas para jugar al -sacanete, y vengan todas mis damas! - -LA DUQUESA (_á las dueñas_).--No os mováis, señoras. (_Levantándose y -saludando de nuevo á la Reina._) Según antiguo uso, Vuestra Majestad no -puede jugar sino con reyes, ó deudos del soberano. - -LA REINA (_con enojo_).--¡Pues bien, haced que vengan! - -CASILDA (_aparte, mirando á la Duquesa_).--¡Ah! ¡dueña gruñona! - -LA DUQUESA (_persignándose_).--Dios no se los ha concedido, señora, al -soberano que gobierna. La reina madre ha muerto, y ahora está solo. - -LA REINA.--¡Pues que me sirvan una colación! - -CASILDA.--¡Qué divertido es esto! - -LA REINA.--Casilda, te invito. - -CASILDA (_aparte, mirando á la camarista_).--¡Oh, respetable abuela! - -LA DUQUESA (_haciendo una reverencia_).--Cuando el rey no está aquí, la -reina come sola. - - (_Vuelve á sentarse._) - -LA REINA (_exasperada_).--¡Dios mío! ¿Qué podré hacer que permitido -sea? Ni salir, ni jugar, ni comer cuando se me antoja. Desde hace un -año que soy reina, me estoy muriendo. - -CASILDA (_aparte, mirándola con aire compasivo_).--¡Pobre mujer, -condenada á pasar todos sus días presa del tedio, en esta corte -insípida, sin más distracción que la de contemplar el agua estancada -en un pantano, (_Mirando á D. Guritán, siempre inmóvil y de pie en el -fondo de la cámara._) y á un viejo enamorado, que sueña despierto! - -LA REINA (_á Casilda_).--¿Qué hacer? Veamos, busca una idea. - -CASILDA.--En ausencia del rey, vos sois quien gobierna: procurad -distraeros, llamando á los ministros. - -LA REINA (_encogiéndose de hombros_).--¡Vaya un recreo! ¡Ver ocho -hombros de semblante siniestro, que me hablen de Francia y de su rey -caduco, de Roma y del retrato del archiduque, á quien pasean por Burgos -bajo un dosel de paño de oro, conducido por cuatro alcaldes! Busca otra -cosa. - -CASILDA.--Pues bien, si lo permitís, haré que suba algún joven escudero. - -LA REINA.--¡Casilda! - -CASILDA.--Quisiera ver algún joven, señora, porque esta corte venerable -me aburre y me contrista. Creo que la vejez llega por los ojos, y que -se envejece más pronto cuando siempre se ven ancianos. - -LA REINA.--¡Ríete, loca! No tarda en llegar el día en que el corazón -se entristece, y se pierde el sueño y la alegría. (_Pensativa._) Mi -felicidad está en ese rincón del parque, donde tengo derecho á ir sola. - -CASILDA.--Pues no os envidio esa dicha. ¡Vaya un sitio! ¡Paredes más -altas que los árboles, y una trampa detrás de cada uno de éstos! - -LA REINA.--¡Oh, quisiera salir algunas veces! - -CASILDA (_en voz baja_).--¡Salir! Pues bien, señora, escuchadme; -hablemos bajo. Por austera y oscura que sea una prisión, siempre hay -medio de buscar y encontrar en la sombra una llave. ¡Yo la tengo! -Cuando queráis, saldremos de palacio por la noche, á pesar de los -malos, y recorreremos la ciudad. Podemos ir... - -LA REINA.--¡Cielos, jamás, cállate! - -CASILDA.--Es muy fácil. - -LA REINA.--¡Nunca! (_Aléjase un poco de Casilda y vuelve á caer en su -meditación._) ¡Oh! ¿por qué no estaré aún en mi buena Alemania con mis -padres y mi hermano? Felices allí, corríamos libres por los campos, y -hablábamos sencillamente á los campesinos cuando iban cargados con sus -gavillas. ¡Esto era delicioso! Pero ¡ay de mí! cierto día acercóse á -mí un hombre vestido de negro y me dijo: «Señora, vais á ser reina de -España.» Mi padre estaba muy contento; mi madre lloraba; y hoy lloran -los dos. En secreto quiero enviarles esta caja, pues sé que mi padre -quedará contento. ¡Ah! todo me desespera aquí. Hasta mis pobres aves -de Alemania han muerto. (_Casilda hace el ademán de torcer el cuello -de un ave, mirando de reojo á la camarista._) También me prohiben ver -flores de mi país y jamás vibra en mi oído una palabra de amor. Hoy -soy reina; en otro tiempo era libre. Bien dices, que ese parque es muy -triste por la noche, y las paredes tan altas que impiden ver. ¡Oh qué -aburrimiento! (_Se oye fuera un canto lejano._) ¿Qué rumor es ese? - -CASILDA.--Son las lavanderas que cantan á lo lejos. - - (_Las voces se acercan, y óyense las palabras. La Reina presta - atención._) - - No escuches, niña, en el bosque, - el canto del ruiseñor, - que si dulces son sus trinos, - aún es más dulce tu voz. - - No envidies de las estrellas - el luminoso fulgor, - que son tus ojos luceros - que deslumbran como el sol. - - Ni tampoco de las flores - envidies el arrebol, - porque la flor más hermosa - en tu corazón se abrió. - - Las avecillas, los astros, - y la perfumada flor, - son emblemas, niña hermosa, - de eso que llaman amor. - - (_Las voces se alejan._) - -LA REINA (_pensativa_).--¡El amor! Sí, ellas son felices; su canto me -alivia y me enoja á la vez. - -LA DUQUESA (_á las dueñas_).--¡Haced que se alejen esas mujeres, que -importunan á la Reina! - -LA REINA (_vivamente_).--¡Cómo, si apenas se las oye! Dejadlas pasar en -paz, señora. (_Á Casilda, mostrándole una ventana en el fondo._) Por -ahí no es el bosque tan espeso, y esa ventana da al campo; ven, vamos á -verlas. - - (_Se dirige hacia la ventana con Casilda._) - -LA DUQUESA (_levantándose y haciendo una reverencia_).--La Reina de -España no debe asomarse á la ventana. - -LA REINA (_deteniéndose y retrocediendo_).--¡Vamos, el hermoso sol -poniente que ilumina los valles, las frescas brisas de la tarde, las -lejanas canciones que todos oyen, no existen para mí! Retirada estoy -del mundo; ni aun puedo ver la naturaleza de Dios, ni la libertad de -que los otros disfrutan. - -LA DUQUESA (_haciendo una señal á las dueñas para que salgan_).--Salid, -señoras, hoy es día de rezo. - - (_Casilda da algunos pasos hacia la puerta; la Reina la detiene._) - -LA REINA.--¿Me abandonas? - -CASILDA (_mostrando á la Duquesa_).--La señora ordena que salgamos. - -LA DUQUESA (_saludando á la Reina profundamente_).--Es preciso dejar á -la Reina sola para que se entregue á sus devotas prácticas. - - -ESCENA II - -LA REINA, sola - -¡Á mis prácticas devotas! Dí más bien á mis reflexiones. ¿Cómo huir -de ellas, estando sola? ¡Todos me han dejado, pobre espíritu sin luz, -en un camino oscuro! (_Meditando._) ¡Ah, esa mano sangrienta impresa -en la pared! Sin duda estará herido, pero suya es la culpa. ¿Por -qué empeñarse en franquear ese muro tan alto, sólo para traerme las -flores que aquí me rehusan? ¡Aventurarse así por tan poca cosa! Tal -vez se haya herido con las puntas de hierro, porque de ellas pendía -un pedazo de encaje. Una gota de esa sangre vertida vale tanto como -todas mis lágrimas. (_Abismándose más en su meditación._) Cada vez que -á ese banco voy á buscar las flores, prometo á Dios no volver nunca -más, y sin embargo, siempre vuelvo. Pero ¿y él? Tres días hace que no -he vuelto á verle. ¡Herido! ¡Quien quiera que seas, joven generoso, -tú que al verme sola, lejos de los que me aman, sin pedir ni esperar -nada vienes á mí arrostrando los peligros; tú que viertes tu sangre y -te arriesgas diariamente para dar una flor á la Reina; quien quiera -que seas, amigo cuya sombra me acompaña, desde el fondo del alma te -bendigo, y bendígate también tu madre! (_Llevándose vivamente la mano -al corazón._) ¡Oh! su carta me quema. (_Recayendo en sus reflexiones._) -¡Y el otro, el implacable don Salustio! Un ángel y un espectro me -siguen, y sin verlos, siéntolos á los dos agitarse en mis ensueños. -Un hombre que me odia junto á otro que me ama me conducirán tal vez á -algún supremo instante. ¿Me librará el uno del otro? No lo sé. ¡Ay! -el destino flota para mí con dos vientos opuestos. ¡Qué débil es -una reina, y qué poca cosa significa! Oremos. (_Se arrodilla ante la -imagen de la Virgen._) ¡Amparadme, señora, pues no me atrevo á elevar -la mirada hasta vos! (_Se interrumpe._) ¡Oh Dios mío! el encaje, la -carta, la flor; todo es fuego. (_Saca del seno una carta arrugada, un -ramo pequeño de florecillas azules y un pedazo de encaje teñido en -sangre; arroja estos objetos sobre la mesa y se arrodilla de nuevo._) -¡Virgen santa, esperanza de los mártires, auxiliadme en este trance! -(_Interrumpiéndose._) ¡Esa carta!... (_Se vuelve hacia la mesa._) Me -atrae... (_Arrodillándose de nuevo._) ¡No quiero leerla! ¡Oh virgen de -dulzura, arrodillada á tus plantas imploro tu protección! (_Se levanta, -da algunos pasos hacia la mesa, detiénese, y al fin precipítase sobre -la carta, como cediendo á una irresistible atracción._) Sí, quiero -volver á leerla por última vez; después la rasgaré. (_Con triste -sonrisa._) ¡Ay de mí! Un mes hace que digo siempre lo mismo. (_Desdobla -la carta resueltamente y lee._) «Señora, á vuestros pies, en la sombra, -hay un hombre que os ama, perdido en la noche que le oculta; que sufre, -vil gusano enamorado de una estrella; que por vos diera su alma, y que -muere aquí bajo mientras brilláis en las alturas.» (_Deja la carta -sobre la mesa._) Cuando el alma está sedienta, ha de beber, aunque sea -veneno. (_Vuelve á guardar en su seno la carta y el encaje._) Nadie -me ama en la tierra; pero á alguno debo amar. ¡Oh! si el rey hubiese -querido, á él hubiera amado; pero me deja así, completamente sola, sin -amor... - - (_Ábrese la puerta grande y entra un hujier de gala._) - -EL HUJIER (_en alta voz_).--¡Carta del rey! - -LA REINA (_vuelve en sí como sobresaltada, dejando escapar un grito de -alegría_).--¡Del rey; me he salvado! - - -ESCENA III - -LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, CASILDA, D. GURITÁN, damas de la -Reina, pajes, RUY BLAS - - (_Todos entran gravemente, la Duquesa primero, seguida de las damas. - Ruy Blas, magníficamente vestido, permanece en el fondo del teatro; - su ferreruelo oculta el brazo izquierdo. Dos pajes llevan en un cojín - de paño de oro la carta del rey, y arrodíllanse ante la Reina, á - pocos pasos de distancia._) - -RUY BLAS (_en el fondo del teatro, aparte_).--¿Dónde estoy? ¡Qué -hermosa es! ¿Por qué estaré aquí? - -LA REINA (_aparte_).--¡Es un socorro del cielo!... (_En voz alta._) -¡Dad pronto!... (_Volviéndose hacia el retrato del rey._) ¡Gracias, -señor! (_Á la Duquesa._) ¿De dónde viene esa carta? - -LA DUQUESA.--Señora, del Pardo, donde el rey caza. - -LA REINA.--En el fondo de mi alma le doy gracias. Ha comprendido que en -mi aislamiento necesitaba una palabra de amor que de él viniese. Dadme -la carta... - -LA DUQUESA (_haciendo una reverencia, enseña la carta_).--Preciso es -haceros presente que, según costumbre, yo soy quien debe abrir la carta -primero y leerla. - -LA REINA.--¿También eso? ¡Pues bien, leed! - - (_La Duquesa toma la carta y la desdobla lentamente._) - -CASILDA (_aparte_).--Veamos ese billete amoroso. - -LA DUQUESA (_leyendo_).--«Señora, aunque hace mucho viento, he matado -seis lobos.--Firmado, CARLOS.» - -LA REINA (_aparte_).--¡Ay de mí! - -D. GURITÁN (_á la Duquesa_).--¿Es eso todo? - -LA DUQUESA.--Sí, señor conde. - -CASILDA (_aparte_).--¡Ha matado seis lobos! ¡Vaya un consuelo para la -que está aburrida, triste y melancólica! ¡Ha matado seis lobos! ¡Buena -noticia! - -LA DUQUESA (_á la Reina, mostrándole la carta_).--Si Su Majestad -quiere... - -LA REINA (_rechazándola_).--No. - -CASILDA (_á la Duquesa_).--¿Es eso todo? - -LA DUQUESA.--Sin duda. ¿Qué más ha de decir? El rey caza, y en el -camino escribe dando cuenta de lo que hace y del estado del tiempo. Me -parece muy en razón. (_Examinando de nuevo la carta._) No escribe... -dicta. - -LA REINA (_tomando la carta y examinándola á su vez_).--En efecto, no -es su letra; no ha hecho más que firmar. (_Examina el escrito con más -atención y parece admirada._) ¿Será ilusión? Es la misma letra que la -de la otra. (_Señala con la mano la carta que acaba de ocultar en su -seno._) ¡Esto es extraño! (_Á la Duquesa._) ¿Dónde está el portador del -mensaje? - -LA DUQUESA (_mostrando á Ruy Blas_).--Ahí está. - -LA REINA.--¿Es ese joven? - -LA DUQUESA.--Sí, señora. La ha traído en persona. Es un nuevo escudero -que Su Majestad ha designado para vuestro servicio, un hidalgo que el -marqués de Santa Cruz me recomienda de parte del rey. - -LA REINA.--¿Cómo se llama? - -LA DUQUESA.--Es don César de Bazán, conde de Garofa, y según dicen, el -más cumplido caballero. - -LA REINA.--Bien; quiero hablarle. (_Á Ruy Blas._) Caballero... - -RUY BLAS (_aparte y estremeciéndose_).--¡Dios mío, me mira, me habla... -yo tiemblo! - -LA DUQUESA (_á Ruy Blas_).--Acercaos, conde. - -D. GURITÁN (_mirando á Ruy Blas de reojo, aparte_).--Ese joven escudero -no me place. - - (_Ruy Blas, pálido y turbado, se acerca lentamente._) - -[Ilustración: CASILDA (aparte).--_Veamos ese billete amoroso._] - -LA REINA (_á Ruy Blas_).--¿Venís del Pardo? - -RUY BLAS (_inclinándose_).--Sí, señora. - -LA REINA.--¿Sigue bien el rey? (_Ruy Blas se inclina.--Mostrando la -carta real:_) ¿Ha dictado esto para mí? - -RUY BLAS.--Estaba á caballo cuando dictó la carta... (_Vacila un -momento._) á uno de los presentes. - -LA REINA (_aparte, observando á Ruy Blas_).--Su mirada me fascina. No -me atrevo á preguntarle á quién. (_En alta voz._) Está bien; podéis -retiraros. ¡Ah! (_Ruy Blas, que había dado algunos pasos para salir, -vuelve hacia la Reina._) ¿Había allí muchos caballeros reunidos? -(_Aparte._) ¿Por qué me impresiona ese joven? (_Ruy Blas se inclina; la -Reina añade:_) ¿Quiénes eran? - -RUY BLAS.--No conozco sus nombres, pues sólo estuve allí breves -instantes. Hace tres días que salí de Madrid. - -LA REINA (_aparte_).--¡Tres días! - - (_Mira con turbación á Ruy Blas._) - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Es la mujer de otro! ¡Oh suerte cruel! ¡Y de -quién! En mi corazón se abre un abismo. - -D. GURITÁN (_acercándose á Ruy Blas_).--Sois gentil-hombre de la Reina, -y ya sabréis cuáles son vuestros deberes. Es preciso que esta noche -permanezcáis en la cámara inmediata á fin de abrir al soberano si -tuviese á bien visitar á la Reina. - -RUY BLAS (_estremeciéndose: aparte_).--¡Abrir yo al rey!... (_En voz -alta._) El rey está ausente... - -D. GURITÁN.--El rey puede venir de pronto. - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Cómo! - -D. GURITÁN (_aparte, observando á Ruy Blas_).--¿Qué tiene? - -LA REINA (_que lo ha oído todo, y cuya mirada está fija en Ruy -Blas_).--¡Cómo palidece! - - (_Ruy Blas vacila y se apoya en el respaldo de un sillón._) - -CASILDA (_á la Reina_).--¡Señora, ese joven está indispuesto!... - -RUY BLAS (_sosteniéndose con trabajo_).--No, no es nada... el aire y el -sol... la fatiga del camino... (_Aparte._) ¡Abrir al rey! - - (_Cae desfallecido sobre un sillón; el ferreruelo se entreabre y deja - ver la mano izquierda envuelta en un vendaje ensangrentado._) - -CASILDA.--¡Gran Dios, señora, tiene la mano herida! - -LA REINA.--¡Herida! - -CASILDA.--¡Y pierde el conocimiento! ¡Pronto, hagámosle respirar alguna -esencia! - -LA REINA (_buscando en su seno_).--Un frasco tengo aquí con un licor... -(_En el mismo instante su mirada se fija en el encaje de las mangas de -Ruy Blas.--Aparte._) ¡Es el mismo encaje! - - (_En el momento de sacar el frasco del seno, y en su turbación, coge - al mismo tiempo el pedazo de encaje que allí oculta. Ruy Blas, que no - separa de ella la vista, ve salir el objeto del seno de la Reina._) - -RUY BLAS (_fuera de sí_).--¡Oh! - - (_Las miradas de la Reina y de Ruy Blas se encuentran: sigue una - pausa._) - -LA REINA (_aparte_).--¡Él es! - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Sobre su corazón!... - -LA REINA (_aparte_).--¡Sí, es el mismo! - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Dios mío, permitid que muera en este instante! - - (_En el desorden de todas las damas, que se oprimen en derredor de - Ruy Blas, nadie observa lo que pasa entre la Reina y él._) - -CASILDA (_haciendo respirar el frasco á Ruy Blas_).--¿Cómo os habéis -herido? Sin duda durante el camino. ¿Por qué os encargasteis de traer -el mensaje del rey? - -LA REINA (_á Casilda_).--¿Acabarás con tus preguntas? - -LA DUQUESA (_á Casilda_).--¿Qué le importa eso á la Reina, hija mía? - -LA REINA.--Puesto que él la escribió, bien podía traerla. - -CASILDA.--Pero no ha dicho que él escribiese la carta. - -LA REINA (_aparte_).--¡Oh! (_Á Casilda._) ¡Cállate! - -CASILDA (_á Ruy Blas_).--¿Estáis ya mejor? - -RUY BLAS.--¡Renazco! - -LA REINA (_á sus damas_).--Ya es hora de retiraros, señoras. (_Á los -pajes._) Que se dé alojamiento al conde. Ya sabéis que el rey no vendrá -esta noche, pues pasará toda la estación cazando. - - (_Se retira con su servidumbre._) - -CASILDA (_mirándola salir_).--La Reina tiene algún pensamiento fijo. - - (_Sale por la misma puerta que la Reina, llevándose la cajita de - reliquias._) - -RUY BLAS (_Solo. Parece escuchar aún algún tiempo con profunda alegría -las últimas palabras de la Reina, como presa de un sueño. El pedazo -de encaje que la Reina ha dejado caer, en su turbación, está sobre la -alfombra; lo recoge, mírale con amor y lo cubre de besos, levantando -después los ojos al cielo._)--¡Oh Dios mío, gracias! Yo me vuelvo loco. -(_Mirando el pedazo de encaje._) ¡Lo tenía junto al corazón! - - (_Lo oculta en el pecho. Entra el conde de Oñate, volviendo de - la puerta de la cámara á donde ha seguido á la Reina; adelántase - lentamente hacia Ruy Blas; llegado cerca de él, sin decir palabra, - desenvaina á medias el acero, y por su mirada parece medirle con el - de Ruy Blas. No son iguales, y vuelve á envainar. Ruy Blas le mira - con asombro._) - - -ESCENA IV - -RUY BLAS, EL CONDE DE OÑATE - -EL CONDE (_envainando su espada_).--Llevaré dos de igual longitud. - -RUY BLAS.--Caballero, ¿qué significa?... - -EL CONDE (_con gravedad_).--En el año 1650, hallándome en Alicante, -estaba yo enamorado. Un joven hermoso como un Adonis, miraba con -descaro á la dama de mis pensamientos, pasando á menudo por debajo de -su balcón con aire conquistador. Llamábase Vázquez; era caballero, -aunque bastardo, y en un duelo le maté... (_Ruy Blas quiere -interrumpirle, pero el conde le detiene con un ademán, y continúa._) -Más tarde, hacia el año 66, Gil, conde de Íscola, opulento caballero, -envió á casa de mi dama un billete de amor por medio de un esclavo. -Mandé matar á este último y yo despaché al amo... - -RUY BLAS.--¡Caballero! - -EL CONDE (_continuando_).--Algún tiempo después, por el año 80, -sospeché que mi amada me engañaba, prefiriendo á un tal Tirso Gamonal, -uno de esos gallardos jóvenes que llaman la atención por su gracia y -altivez. Provoqué á don Tirso y también le dí muerte... - -RUY BLAS.--Pero, en fin, ¿qué quiere decir eso, caballero? - -EL CONDE.--Eso quiere decir, conde, que del pozo sale agua cuando la -sacan; que á las cuatro de la mañana despunta el día; que hay un sitio -desierto muy propio para los lances de honor, detrás de la capilla; que -os llamáis César de Bazán, y yo Guritán de Torres y Guevara, conde de -Oñate. - -RUY BLAS (_fríamente_).--Está bien, caballero, no faltaré. - - (_Desde hace algunos instantes, Casilda ha estado escuchando con - curiosidad, en la puertecilla del fondo, las últimas palabras de los - dos interlocutores, sin ser vista de ellos._) - -CASILDA (_aparte_).--¡Un duelo! Advertiré á la Reina. - - (_Desaparece por la puertecilla._) - -EL CONDE (_siempre imperturbable_).--Por si os place conocer algo mi -modo de pensar, os diré, para vuestra inteligencia, que nunca me -gustaron esos jóvenes almibarados, de mostacho retorcido, en quienes se -fija la atención de las bellas, que les dirigen miradas de amor y que -saben tomar las más graciosas posturas; pero que se desmayan si reciben -algún rasguño. - -RUY BLAS.--No comprendo... - -EL CONDE.--Comprenderéis muy bien. Los dos adoramos el mismo ídolo, y -de consiguiente, uno de nosotros sobra en palacio. Vos sois escudero -y yo mayordomo, y en este sentido tenemos derechos iguales; pero por -lo demás la partida es desigual. Si á mí me asiste el derecho del más -antiguo, vos tenéis el del más joven, y por eso me dais miedo. Veros -junto á mí con vuestras pretensiones y vuestro aire conquistador es -cosa que me molesta mucho. En cuanto á luchar con vos en el terreno -del amor, locura fuera intentarlo, porque la gota y otros achaques me -impedirían acometer la empresa de disputar el corazón de una Penélope á -un joven tan propenso á los desmayos. Sois muy bello, cariñoso, tierno -é interesante, y por todas estas razones me veo en la precisión de -mataros. - -RUY BLAS.--Tratad de hacerlo. - -EL CONDE.--Conde de Garofa, mañana á la hora de despuntar el alba -os esperaré en el sitio indicado, sin testigos ni lacayos; allí nos -batiremos con espada y daga, si os place, como cumplidos caballeros y -cual conviene á nuestra categoría. - - (_Presenta la mano á Ruy Blas que la estrecha._) - -RUY BLAS.--Ni una palabra de esto. ¿No es así? (_El Conde hace una -señal afirmativa._) Pues hasta mañana. - - (_Ruy Blas sale._) - -EL CONDE (_solo_).--No, su mano no ha temblado en la mía, aunque debe -estar seguro de morir. Es un valeroso joven. (_Ruido de una llave en -la puertecilla de la cámara de la Reina; el conde de Oñate vuelve la -cabeza._) ¡Abren la puerta! - - (_La Reina se presenta y adelántase vivamente hacia el conde, - sorprendido y contento á la vez; lleva entre las manos la cajita._) - - -ESCENA V - -EL CONDE, LA REINA - -LA REINA (_con una sonrisa_).--Conde, os buscaba. - -EL CONDE (_muy satisfecho_).--¿Á qué debo tanta dicha? - -LA REINA (_colocando la cajita sobre el velador_).--¡Oh! no es -nada, ó por lo menos muy poco, caballero. (_Se sonríe._) Hace poco -Casilda me decía entre otras cosas--ya sabéis que las mujeres son muy -locas--decíame que haríais por mí cuanto yo quisiera. - -EL CONDE.--Tiene razón. - -LA REINA (_riendo_).--Á fe mía, he sostenido lo contrario. - -EL CONDE.--Habéis hecho mal, señora. - -LA REINA.--Casilda me aseguraba que daríais por mí vuestra alma, -vuestra vida... - -EL CONDE.--Casilda decía muy bien. - -LA REINA.--Pues yo he contestado que no. - -EL CONDE.--Y yo digo que sí; por Vuestra Majestad estoy dispuesto á -todo. - -LA REINA.--¿Á todo? - -EL CONDE.--¡Á todo! - -LA REINA.--¡Pues bien! jurad que para complacerme haréis al punto lo -que os diga. - -EL CONDE.--¡Por el santo rey Gaspar, mi venerado patrón, os lo juro! -Ordenad; obedezco, ó muero. - -LA REINA (_cogiendo la cajita_).--Pues bien; saldréis de Madrid -inmediatamente para llevar esta cajita de sándalo á mi padre, el -elector de Neuburgo. - -EL CONDE (_aparte_).--¡Estoy cogido! (_En voz alta._) ¿Á Neuburgo? - -LA REINA.--Á Neuburgo. - -EL CONDE.--¡Seiscientas leguas! - -LA REINA.--Quinientas cincuenta. (_Mostrando la cubierta que resguarda -la caja._) Tendréis cuidado de estas franjas azules, porque se podrían -deteriorar en el camino. - -EL CONDE.--¿Y cuándo he de marchar? - -LA REINA.--En el acto. - -EL CONDE.--Permitidme que sea mañana. - -LA REINA.--No puedo consentirlo. - -EL CONDE (_aparte_).--¡Estoy cogido! (_En voz alta._) Pero... - -LA REINA.--¡Marchad! - -EL CONDE.--¡Cómo! - -LA REINA.--Me habéis dado vuestra palabra. - -EL CONDE.--Es que un asunto... - -LA REINA.--No admito excusa. - -EL CONDE.--Para un objeto tan frívolo... - -LA REINA.--¡Despachad! - -EL CONDE.--Concededme sólo un día. - -LA REINA.--No puede ser; complacedme y marchad. - -EL CONDE.--Pero... - -LA REINA.--¿Así apreciáis mi deferencia y cumplís vuestra palabra? - -EL CONDE.--No resisto más; obedeceré, señora. (_Aparte._) Si Dios se -hizo hombre, el diablo se ha hecho mujer. - -LA REINA (_mostrando la ventana_).--Abajo os espera un coche. - -EL CONDE (_aparte_).--¡Todo lo había previsto! (_Escribe en un papel -algunas palabras apresuradamente, toca una campanilla y preséntase -un paje._) Paje, lleva esto al punto al señor don César de Bazán. -(_Aparte._) Será preciso aplazar el duelo hasta mi vuelta. (_En voz -alta._) Voy á servir al punto á Vuestra Majestad. - -LA REINA.--Muy bien. (_El conde toma la caja, besa la mano de la Reina, -saluda profundamente y sale. Un momento después óyese el ruido de un -carruaje que se aleja.--La Reina cae en un sillón exclamando:_) ¡No le -matará! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO III - -RUY BLAS - -La sala llamada de Gobierno en el Palacio Real de Madrid. En el fondo -una puerta grande sobre gradas; en el ángulo, á la izquierda, una -salida cerrada por tapices, y en el lado opuesto una ventana. Á la -derecha una mesa grande cubierta con tapete de terciopelo verde, y -alrededor de la cual hay taburetes para ocho ó diez personas, que -corresponden á otros tantos pupitres colocados en aquella. El lado de -la mesa que da frente al espectador está ocupado por un sillón grande -revestido de tela de oro, sobrepuesto de un dosel con las armas de -España y la corona real. Junto á este sillón una silla. - -En el momento de levantarse el telón, la junta del Despacho universal -(Consejo privado del rey) hállase á punto de comenzar su sesión. - - -ESCENA I - -D. MANUEL ARIAS, presidente de Castilla; D. PEDRO VÉLEZ DE GUEVARA, -CONDE DE CAMPO-REAL, consejero; D. FERNANDO DE CÓRDOBA Y AGUILAR, -MARQUÉS DE PRIEGO, consejero; ANTONIO UBILLA, escribano mayor; -MONTAZGO, consejero; COVADONGA, secretario supremo. Otros varios -consejeros de toga y espada. Campo-real ostenta la cruz de Calatrava, y -Priego el Toisón de oro. - - (_D. Manuel Arias y el conde de Campo-real conversan en voz baja; los - otros consejeros forman grupos acá y allá._) - -D. MANUEL ARIAS.--Esa fortuna oculta algún misterio. - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Tiene el Toisón de oro; es ya secretario -universal, ministro, y además duque de Olmedo. - -D. MANUEL ARIAS.--¡En seis meses! - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Sin duda le protegen bajo cuerda. - -D. MANUEL ARIAS (_misteriosamente_).--¡La Reina! - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Á decir verdad, el rey, loco y enfermo, vive -en la tumba de su primera mujer; abdica, encerrado en su Escorial, y la -Reina lo hace todo. - -D. MANUEL ARIAS.--Amigo Campo-real, reina sobre nosotros, y don César -la gobierna. - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Don César vive de un modo muy extraño; no ve -nunca á la Reina, y parece huir de ella. Tal vez no lo creáis; pero -como hace seis meses que los vigilo, y no sin razón, estoy seguro de -ello. Además, el Conde tiene el raro capricho de habitar en una casa -misteriosa, siempre cerrada, con dos lacayos negros, que si no fueran -mudos podrían decirnos muchas cosas. - -D. MANUEL ARIAS.--¿Mudos? - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Sí señor; todos los demás criados habitan en -el alojamiento que don César tiene en palacio. - -D. MANUEL ARIAS.--Es singular. - -D. ANTONIO UBILLA (_que se ha acercado momentos antes_).--Por lo menos -don César es de noble estirpe. - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Lo extraño es que la echa de honrado. (_Á -don Manuel Arias._) Es primo de don Salustio, aquel que desterraron -el año pasado. Parece que era el hombre más loco que ha existido bajo -la capa del cielo; cambiaba todos los días de dama y de carroza; para -satisfacer sus caprichos despilfarraba cuanto tenía, y cuando dió fin -con su caudal, desapareció un día sin que nadie supiera por dónde. - -D. MANUEL ARIAS.--La edad hace del loco un hombre cuerdo. - -EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Toda muchacha alegre se hace juiciosa cuando -se marchita. - -UBILLA.--Yo le creo hombre probo. - -EL CONDE DE CAMPO-REAL (_riendo_).--¡Oh, cándido Ubilla, que se deja -deslumbrar por las apariencias de probidad! (_Con tono significativo._) -La casa de la Reina cuesta seiscientos sesenta y cuatro mil sesenta -y seis ducados al año; es un Pactolo oscuro, donde el pescador puede -echar la red con seguridad de obtener buen botín. Á río revuelto... ya -me entendéis. - -EL MARQUÉS DE PRIEGO (_acercándose_).--Mal que os pese, os diré que me -parece una imprudencia hablar como lo hacéis. Mi abuelo, protegido -del conde-duque de Olivares, solía decir: «Morded al rey y besad al -valido.» Y ahora, señores, ocupémonos de los asuntos públicos. - - (_Todos se sientan alrededor de la mesa; los unos toman plumas; los - otros revisan papeles; pero en rigor todos están ociosos. Momento de - silencio._) - -MONTAZGO (_en voz baja á Ubilla_).--Os he pedido sobre la caja la -cantidad que se ha de pagar por el empleo de alcalde para mi sobrino. - -UBILLA (_en voz baja_).--Y vos me habéis prometido nombrar baile antes -de poco á mi primo Melchor... - -MONTAZGO (_interrumpiéndole_).--Acabamos de dotar á vuestra hija; esto -es acosarnos sin tregua. - -UBILLA (_en voz baja_).--Se dará el empleo de alcalde. - -MONTAZGO (_en voz baja_).--Tendréis el bailiaje. - - (_Se estrechan la mano._) - -COVADONGA (_levantándose_).--Señores consejeros de Castilla, á fin -de que ninguno de nosotros se salga de su esfera, importa regular -nuestros derechos y distribuir las partes. Las rentas del Erario están -en cien manos, y esto es una calamidad pública, á la que es preciso -poner término, pues mientras los unos no tienen lo bastante, otros -poseen demasiado. La renta del tabaco es vuestra, Ubilla; el añil y -el almizcle os pertenecen, marqués de Priego; Campo-real percibe el -impuesto de los ocho mil hombres, el de la sal y otros muchos. (_Á -Montazgo._) Vos, que en mí fijáis miradas inquietas, tenéis para vos -solo, gracias á vuestros manejos, el impuesto sobre el arsénico y los -derechos sobre la nieve; los puertos, las cartas, el latón, las multas -de los plebeyos á quienes se castiga, los diezmos, el plomo... Yo, -señores, no tengo nada; dadme alguna cosa. - -EL CONDE DE CAMPO-REAL (_soltando la carcajada_).--¡Miren el tunante! -Tiene los beneficios más limpios, y aún se queja. Excepto las Indias, -posee las islas de ambos mares; con una mano tiene cogida Mallorca y -con la otra el Pico de Tenerife. - -COVADONGA (_irritado_).--¡Yo sí que no tengo nada! - -EL MARQUÉS DE PRIEGO (_riendo_).--¿Y los negros? - - (_Todos se levantan y hablan á la vez, disputando._) - -MONTAZGO.--¡Más bien debería quejarme yo! Yo quiero los bosques. - -COVADONGA (_al marqués de Priego_).--Dadme el arsénico, y yo os cederé -los negros. - - (_Hace algunos instantes que Ruy Blas ha entrado por la puerta - del fondo y presencia la escena sin ser visto de ninguno de los - interlocutores. Viste de terciopelo negro, con ferreruelo escarlata; - una pluma blanca adorna su sombrero, y ostenta el Toisón de oro. - Escucha primeramente silencioso, y después adelántase con lento paso, - hasta colocarse en medio de los contendientes._) - - -ESCENA II - -Los mismos, RUY BLAS - -RUY BLAS.--¡Parece que hay buen apetito, señores! (_Todos se vuelven: -silencio de sorpresa é inquietud. Ruy Blas se cubre, cruza los brazos -y sigue mirando frente á frente á todos._) ¡Oh fieles ministros y -virtuosos consejeros! ¡He aquí cómo saqueáis la casa, sin vergüenza, -eligiendo precisamente la triste hora en que el país gime y agoniza! -Aquí no tenéis más interés que llenar vuestra bolsa para huir luego; -y ante España que se arruina sólo sois dignos de baldón, viles -sepultureros que tratáis de robarla hasta en su tumba. Pero al menos, -señores, tened algún decoro, al ver que España se hunde con todas sus -virtudes y grandeza. Desde Felipe IV hemos perdido el Portugal y el -Brasil sin lucha; en Alsacia, Brisach; en el Luxemburgo Steinfort, y -todo el condado; el Rosellón, Ormuz, Goa; cinco mil leguas de costas, -Pernambuco y las Montañas Azules. Desde Poniente á Oriente, Europa -que os odia, nos mira sonriendo, como si nuestro rey fuese sólo un -vano fantasma. Holanda y los ingleses se comparten este reino; Roma -os engaña; apenas se puede arriesgar un ejército en el Piamonte, -aunque es país amigo; la Saboya y su Duque, sólo nos ofrecen peligro; -Francia espera una ocasión propicia para caer sobre nosotros; el -Austria os acecha también; y el infante bávaro se muere. En cuanto á -vuestros vireyes, Medina, loco de amor, llena de escándalos á Nápoles; -Vaudémont vende Milán, y Leganés pierde á Flandes. ¿Y quién remedia -todo esto?... El erario está pobre; el país agotado de dinero y de -gente; hemos perdido en el mar trescientos barcos, sin contar las -galeras; y aún osáis... Señores, en el espacio de veinte años, el -pueblo, agobiado bajo la enorme carga que le oprime, ha dado, para -vuestros placeres y vuestras queridas, cuatrocientos millones en oro; -y esto no basta, y aún queréis, señores... ¡Ah! ¡por vosotros me -avergüenzo!... En el interior, cuadrillas de ladrones y aventureros -que baten el país é incendian las cosechas, y en cada matorral un -arcabuz. Como si no bastara la lucha entre los príncipes, tenemos la -guerra intestina, en las provincias y hasta en los conventos; todos -quieren apropiarse del bien de su vecino como lobos voraces; y en -nuestras ruinosas iglesias crece la yerba. En cuanto á los nobles, -únicamente por sus abuelos podemos saber que son tales, no por sus -obras; sólo impera la intriga, y ya no existe la lealtad. España es una -cloaca que recibe las impurezas de todas las naciones... Los grandes -tienen á su servicio espadachines asalariados de todos los países, -genoveses, sardos, flamencos; y así tenemos á Madrid convertido en -una Babel. El alguacil, duro con el pobre, inclínase ante el rico; -por la noche se roba y se asesina en las calles; medio Madrid saquea -á la otra mitad; la justicia se vende; y no se paga á los soldados. -Antes señores del mundo, ¿qué ejército nos queda ahora? Apenas seis -mil hombres descalzos y sin pan. Mendigos y montañeses, armados de -puñales, siguen á los regimientos cuando cierra la noche, y llega un -momento en que el soldado, olvidando sus deberes, se convierte en -ladrón. Matalobos tiene más gente que un señor feudal, y osa declarar -la guerra al rey de España, cuyo coche insultan los labriegos cuando -le ven pasar. El monarca, entre tanto, presa de su amargura y poseído -de temor, se inclina ante los sepulcros del sombrío Escorial, doblando -la cabeza ante el imperio que se derrumba. ¡Europa nos desprecia, y -este pobre país, en otro tiempo púrpura, está convertido en un andrajo! -¡Sí, España está arruinada, y aún os disputáis sus restos! Este gran -pueblo español, enervadas sus fuerzas, y sobre el cual vivís, perece -en vuestras manos, cual león devorado por parásitos. ¿Qué haces en la -tumba, Carlos V, en estos tiempos de oprobio y de terror? ¡Levántate, -ven y verás cómo los buenos dejan su lugar á los malos; verás cómo -tu imperio, formado por cien reinos, se hunde en el abismo! ¡Danos -tu fuerte brazo, préstanos auxilio, porque la España se extingue! El -globo que en tu diestra brillaba, sol deslumbrador que hizo creer al -mundo que su luz no se extinguiría nunca, es ahora un astro muerto, -triste y menguante luna que sin cesar decrece, y que apagará tal vez la -aurora de otro pueblo. Los mercaderes se apoderan de tus despojos para -convertirlos en moneda, y tus esplendores se han desvanecido. ¡Oh rey -gigante! ¿es posible que duermas mientras venden tu cetro al peso, y -cuando manos codiciosas recortan sin vergüenza tu manto de púrpura para -vestirse con él? ¡Aquella águila imperial que tu poder cernía sobre el -mundo, ahora, ave sin plumas, se consume en vil caldera! - - (_Los consejeros, consternados, guardan silencio; sólo el marqués de - Priego y el conde de Campo-real levantan la cabeza y miran á Ruy Blas - con altivez y enojo. Campo-real, que había hablado al oído á Priego, - acércase á la mesa, escribe en un papel algunas palabras y los dos - firman._) - -EL CONDE DE CAMPO-REAL (_señalando al marqués de Priego y entregando -el papel á Ruy Blas_).--Señor duque, en nombre de los dos, he aquí la -dimisión de nuestro cargo. - -RUY BLAS (_tomando el papel fríamente_).--Gracias, señores; iréis á -reuniros con vuestras familias. (_Á Priego._) Vos, á Andalucía. (_Á -Campo-real._) Y vos, conde, á Castilla: cada cual á sus posesiones. -Marcharéis mañana. (_Los dos señores se inclinan y salen con la cabeza -cubierta y el ademán altivo. Ruy Blas se vuelve hacia los demás -consejeros._) Si alguno de vosotros no quiere ir por mi camino, puede -seguir á esos señores. - - (_Silencio entre los presentes. Ruy Blas se sienta á la mesa en un - sillón colocado junto al sitial de la Reina, y ocúpase en abrir - la correspondencia. Mientras recorre las cartas una tras otra, - Covadonga, Arias y Ubilla hablan en voz baja._) - -UBILLA (_á Covadonga, mostrando á Ruy Blas_).--Amigo mío, tenemos amo. -¡Ese hombre será grande! - -D. MANUEL ARIAS.--Sí, pero falta que le dén tiempo para ello. - -COVADONGA.--Y si no se pierde del todo por empeñarse en ver las cosas -demasiado de cerca. - -UBILLA.--¡Será un Richelieu! - -D. MANUEL ARIAS.--¡Ó un Olivares! - -RUY BLAS (_Después de leer rápidamente una carta que acaba de -abrir_).--¡Un complot! ¿Qué es esto? ¿No os lo decía yo, señores? -(_Leyendo._) «...Duque de Olmedo, velad; en Madrid están preparando una -trama para apoderarse de cierto personaje». (_Examinando la carta._) No -nombran la persona; pero yo velaré... El escrito es anónimo. (_Entra -un hujier que se aproxima á Ruy Blas, haciendo una reverencia._) ¿Qué -ocurre? - -EL HUJIER.--El embajador de Francia desea ver á vuecencia. - -RUY BLAS.--¡Ah! ¡Harcourt! No me es posible recibirle ahora. - -EL HUJIER (_inclinándose_).--El Nuncio de Su Santidad espera en la -antecámara á vuecencia. - -RUY BLAS.--Á esta hora no puedo verle. (_El hujier se inclina y sale. -Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla roja con -galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle, -dice:_) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente. - -EL PAJE (_en voz baja_).--El conde Guritán acaba de llegar de -Neuburgo... - -RUY BLAS (_con ademán de sorpresa_).--¡Ah! pues dile que vaya á verme -mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale dónde es. (_Sale el -paje. Á los consejeros._) Tendremos que trabajar luego; volved de aquí -á dos horas, señores. - - (_Todos salen, saludando profundamente á Ruy Blas._) - - (_Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en profunda meditación. De - repente se entreabre la tapicería en el ángulo del salón y la Reina - aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de alegría al - parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su - espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue - una puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda - como petrificado ante aquella aparición._) - - -ESCENA III - -RUY BLAS, LA REINA - -LA REINA (_en el fondo_).--¡Oh! ¡gracias! - -RUY BLAS.--¡Cielos! - -LA REINA.--Bien habéis hecho en hablarles así, y no puedo reprimir el -deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal. - - (_Se dirige hacia él, le coge la mano y estréchala antes que pueda - impedirlo._) - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Evitar su presencia hace seis meses, y verla de -improviso! (_En voz alta._) ¿Estabais ahí, señora? - -LA REINA.--Sí, duque, lo escuchaba todo... y con mucho interés. - -RUY BLAS (_mostrando el gabinete_).--No sospechaba... la existencia de -ese gabinete, señora... - -LA REINA.--Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro que Felipe III -mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía todo -cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia -á Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le -despojaba de sus bienes y se vendía el Estado. - -RUY BLAS.--¿Y qué decía? - -LA REINA.--Nada. - -RUY BLAS.--¿Nada? ¿Y qué hacía? - -LA REINA.--Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece oir vuestro acento -amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y con cuánta -razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras miradas, -sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes -verdades; y entre los consejeros cabizbajos sólo vuestra figura -descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que -conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz -hablaba cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso -y severo como un Dios. ¿Por qué es así? - -RUY BLAS.--¡Porque os amo! Porque conozco que esos hombres me odian, -y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi abnegación, -señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy un -infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el -ciego en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos, -desde abajo, desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista -hasta vos, porque vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora, -cuánto he sufrido durante los seis meses en que siempre evité vuestra -presencia!... No me ocupo de esos hombres, porque sólo vivo con mi -amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir esto frente á frente á -Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme... tengo miedo en el -corazón;... pero moriría por vos... - -LA REINA.--¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan; jamás me han dicho -esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte y oirte. -¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con -tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto -tan pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo! - -RUY BLAS (_que la escucha con pasión_).--¡Oh! ¡señora, concluíd, porque -vuestras palabras me llenan el corazón! - -LA REINA.--¡Pues bien, escucha! (_Alzando los ojos al cielo._) Sí, voy -á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo es, tanto -peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se -oculta. ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba! Todos -los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la -menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga -y resuelve, y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el -verdadero rey, el verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses, -debiste sospecharlo, te eleva paso á paso hasta la cumbre del poder. -Dios debió haberte colocado donde una mujer te ha puesto. Tú velas -solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me diste una flor, y -ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande. Esto es lo -que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta tumba -me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza, -sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré -todo cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento -mi orgullo humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi -cámara me disgusta; ya sabes que unas son más tristes que otras, y -quise abandonar la que ocupo; pero no me lo permitieron. Ya ves hasta -qué punto soy esclava y arrastro mis cadenas. ¡Duque, preciso es que -el cielo te haya enviado aquí para salvar al Estado, para apartar del -borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar trabaja, y para -amarme á mí, que tanto sufro en silencio! - -RUY BLAS (_cayendo de rodillas_).--Señora... - -LA REINA (_gravemente_).--Don César, mi alma os entrego; reina para -todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y por el corazón os -pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para confiar en -que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado. ¡Oh, -César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (_Da -un beso á Ruy Blas en la frente._) ¡Adiós! - - (_Levanta la tapicería y desaparece._) - - -ESCENA IV - -RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis - -¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y en la carrera de mi -vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz, semejante á esos -paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda con sus -brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez -y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca -más á la divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á -mí mismo es á quien ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me -deslumbra. ¡Feliz, amado, duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies; -y en mis manos el corazón de ese ángel á quien de rodillas contemplo! -Sus palabras me transfiguran y hacen de mí más que un hombre. Sí, -mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones de mi loca -fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de -encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme -estar viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía -en mí... ¡Pobre ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño -prodigio, nos dió el amor para que fuéramos más grandes y benignos, yo, -que no temo cosa alguna mientras que ella me ame; yo, poderoso ya por -su elección suprema; yo, á quien los reyes envidiarían, juro ante Dios, -sin temor y con voz segura, que podéis confiar en mí, señora, en mi -brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se oculta en -el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis, -reina mía! - - (_Desde hace algunos momentos un hombre ha entrado por la puerta - del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la cabeza con un - sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin - ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los - ojos al cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se - vuelve con viveza: el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio, - vestido de librea color de fuego, con galones de plata, semejante á - la del paje de Ruy Blas._) - - -ESCENA V - -RUY BLAS, D. SALUSTIO - -D. SALUSTIO.--Buenos días. - -RUY BLAS (_aterrado, aparte_).--¡Gran Dios, estoy perdido! ¡El marqués! - -D. SALUSTIO (_sonriendo_).--Apostaría á que no pensabais en mí. - -RUY BLAS.--En efecto, vuestra presencia me sorprende. (_Aparte._) ¡Oh! -ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel, mientras que el demonio -venía. - - (_Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete secreto, cierra la - puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don Salustio._) - -D. SALUSTIO.--Y bien, ¿cómo va por aquí? - -RUY BLAS (_con la mirada fija en D. Salustio impasible, apenas puede -coordinar sus ideas_).--¡Esa librea!... - -D. SALUSTIO (_sonriendo siempre_).--Érame preciso entrar en palacio, -y como con esta librea se puede llegar á todas partes, he tomado la -vuestra, que no deja de agradarme. (_Se cubre; Ruy Blas permanece -descubierto._) - -RUY BLAS.--Es que yo temo por vos. - -D. SALUSTIO.--¡Temor risible! - -RUY BLAS.--¡Estáis desterrado! - -D. SALUSTIO.--¿Lo creéis así? Es posible. - -RUY BLAS.--Si os reconociesen en el palacio en pleno día... - -D. SALUSTIO.--¡Bah! los cortesanos felices que viven descuidados no -irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para recordar -quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (_Se sienta en un -sillón; Ruy Blas permanece en pie._) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo -mío? ¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro -público, desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis -olvidado que sois parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué -diablo! y en su escudo lleva oro en campo de gules. Mirad vuestros -blasones, don César; esto es muy claro; entre parientes no se hacen -tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño entre sí, fingiéndose -corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos para los demás. -Cada cual para sí. - -RUY BLAS (_tranquilizándose un poco_).--Sin embargo, señor, permitidme -observar que el marqués de Priego, como noble, gravaba los ingresos -del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un ejército en -campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se muere, -según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien -debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra -estallará... - -D. SALUSTIO.--El aire me parece un poco frío; hacedme el favor de -cerrar la ventana. - - (_Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación, vacila un instante; - después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la ventana, - ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le - mira con expresión de indiferencia._) - -RUY BLAS (_continúa, tratando de convencer á D. Salustio_).--Dignaos -reflexionar hasta qué punto es inoportuna la guerra, no teniendo -dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad más que de -otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he -mandado decir al emperador que le haré frente... - -D. SALUSTIO (_interrumpiendo á Ruy Blas, y mostrándole un pañuelo, que -ha dejado caer al entrar_).--Tened la bondad de recogerme el pañuelo. -(_Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero al fin recoge -el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole en el -bolsillo:_) ¿Decíais?... - -RUY BLAS (_haciendo un esfuerzo_).--La salvación de España y el interés -público exigen un sacrificio. Toda nación bendice á quien la salva, y -para ello debemos atrevernos á ser grandes, á despejar las sombras de -la intriga y á desenmascarar á los bribones. - -D. SALUSTIO (_con indolencia_).--En efecto, esa es mala compañía; mas -no creo que se deba hacer tanto ruido por un pobre millón que han -devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el cielo. Amigo mío, -nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros, y gústales -vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el Quijote -para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me -parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en -que os adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas. -¡Qué rareza! Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público! -Pensad antes en el vuestro; y en cuanto á la salvación de España, -esta es una frase hueca que otros harán resonar mejor que vos. ¿La -popularidad? es pobre gloria; y eso de convertiros en dogo que ladra -siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste oficio. ¡La virtud, -la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba gastado ya en -tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáis un necio, siendo hombre -inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é hinchado, para -que salga el viento de tantas necedades. - -RUY BLAS.--Sin embargo, señor... - -D. SALUSTIO (_con helada sonrisa_).--¡Qué raro sois! Ocupémonos ahora -en cosas más serias. (_Con tono breve é imperioso._) Me esperaréis -mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en la que yo os he dado, -pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan sólo con los -mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una carroza -preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas. -Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré. - -RUY BLAS.--Señor, obedeceré; consiento en todo; pero juradme antes que -en este asunto nada tendrá que ver la Reina. - -D. SALUSTIO (_que juega con un cuchillo de marfil sobre la mesa, se -vuelve á medias_).--¿Y qué os importa? - -RUY BLAS (_vacilando y mirándole con espanto_).--¡Oh! ¡sois un -hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo -insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo -espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que -podáis juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer! - -D. SALUSTIO (_fríamente_).--Ya lo sabía. - -RUY BLAS.--¡Lo sabíais! - -D. SALUSTIO.--¡Pardiez! ¿Qué importa esto? - -RUY BLAS (_apoyándose en la pared para no caer, y como hablando consigo -mismo_).--¡Soy pues juguete de ese cobarde, que así me atormenta! ¡Oh! -¡qué horrible aventura! (_Levantando la vista al cielo._) ¡Perdonadme, -señor, Dios poderoso! - -D. SALUSTIO.--¡Pardiez, veo que de veras estáis soñando y que tomáis -por lo serio vuestro papel! Esto es ridículo. Mis proyectos tienen un -fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto es haceros más -feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis cuidado, -que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien -poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se -trata del destino de un imperio, y comparado con esto nada significan -vuestros asuntos. Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de -manteneros en vuestra esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué -diantre! un lacayo no es al fin más que humilde vaso donde puedo -verter mis fantasías. El amo puede hacer de vosotros lo que le plazca, -disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice gran señor por un -momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois mi lacayo. -Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi -carroza. Sed razonable, amigo mío. - -RUY BLAS (_que ha escuchado aturdido, y como no pudiendo dar crédito -á lo que oye_).--¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios justo! ¿De qué -crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú que -eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte -no hay falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado -en un abismo, y es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno -de amor y de fe, para llevar á cabo una venganza. (_Hablando consigo -mismo._) ¡Oh! sí, es una venganza, no hay duda alguna, y bien adivino -que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á decirle todo? ¡Cielos, ser -un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un bribón, un pillo -de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo loco! -(_Pausa._) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra -se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número; -después se arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y -por debajo de las ruedas, puestas ya en movimiento, se ve salir una -masa de carne palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado. -¡Y nadie se espanta entonces al reconocer que aquel lacayo era un -hombre! (_Volviéndose hacia D. Salustio._) Pero aún es tiempo, señor, -pues todavía no está la horrible rueda en movimiento. (_Se arroja á -sus pies._) ¡Compadeceos de mí, apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un -servidor fiel, y con frecuencia lo habéis dicho; ya veis que me someto. -¡Gracia! - -D. SALUSTIO.--Este hombre no comprenderá jamás, y á fe que me -impaciento. - -RUY BLAS (_arrastrándose á sus pies_).--¡Gracia! - -D. SALUSTIO.--¡Abreviemos! (_Se vuelve hacia la ventana._) Habéis -cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío. - - (_La cierra._) - -RUY BLAS (_levantándose_).--¡Oh! ¡esto es ya demasiado! Ahora soy duque -de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente bajo el pie que me -pisa. - -D. SALUSTIO.--¿Cómo decís eso? Repetid la frase: ¡Ruy Blas, duque de -Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo? - -RUY BLAS.--¡Ordenaré que os prendan! - -D. SALUSTIO.--Diré quién sois. - -RUY BLAS (_exasperado_).--Pero... - -D. SALUSTIO.--Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con la mía. Todo está -previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante. - -RUY BLAS.--¡Lo negaré todo! - -D. SALUSTIO.--¡Vamos, sois un niño! - -RUY BLAS.--¡No tenéis pruebas! - -D. SALUSTIO.--Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que digo, y os -demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (_Acercándose á -Ruy Blas._) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar -lo que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus -miradas ó tu ademán infunden la menor sospecha, aquella por quien -temes quedará públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo -sobre, un papel que conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás -por qué mano, y firmado por quien sabes. Ese papel dice lo siguiente: -«Yo, Ruy Blas, lacayo de Su Excelencia el marqués de Finlas, me obligo -á servirle, como buen criado, en toda ocasión pública ó secreta.» - -RUY BLAS (_con voz desfallecida_).--Basta, señor; haré lo que os plazca. - - (_Se abre la puerta del fondo y entran los consejeros. Don Salustio - se emboza rápidamente en su capa_.) - -D. SALUSTIO (_en voz baja_).--Alguien viene. (_Saluda profundamente á -Ruy Blas._) Señor duque, soy vuestro criado. - - (_Vase._) - -[Ilustración] - - - - -ACTO IV - -D. CÉSAR - -Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación y muebles usados y -de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de terciopelo -carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros -cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el -fondo una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran -chimenea del tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el -interior. De la parte opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña -que da á una habitación oscura. Á la izquierda una sola ventana con -barrotes, como los de una prisión. En las paredes algunos retratos -antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo de Venecia. -Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario colocado -junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño -velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el -telón, Ruy Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente -agitado, recorre á largos pasos la habitación. En el fondo, un paje -permanece inmóvil, esperando sus órdenes. - - -ESCENA I - -RUY BLAS, EL PAJE - -RUY BLAS (_hablando consigo mismo_).--¿Qué hacer?... Ella es primero -que todo; sólo en ella debo pensar. Aunque hubiese de perder la -vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es preciso que yo la -salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi sangre, mi -corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua trama? -Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese -hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece... -¿Qué hace en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer -momento de sorpresa, le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y -de cobarde!... Está visto que ese hombre es un malvado, y me parece -ahora imposible que yo haya tenido esperanza de que, al juzgarse -dueño de la presa, se contentara con la mitad y dejase en paz á la -reina por conmiseración á su criado... Sin embargo, ¡miserable de mí! -es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á toda -costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir -á tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla... -Quiero salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor... -Él es tan dueño de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos -los secretos y tiene todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar -alevosamente y pisotear mi corazón como este mismo suelo... Sí, yo -soñaba... La fortuna improvisada había perturbado mi cabeza... Estoy -loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi razón, de la cual -estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se dobla al -soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es -necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda -alguna... Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no -puedo verla... ¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la -avisaré inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de -confianza?... (_Reflexiona, dando muestras de abatimiento. De pronto, -como herido por una súbita inspiración, que le infunde una esperanza, -levanta la cabeza._) Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí, -sí, eso es. (_Llama con un signo al paje, y le dice en voz baja:_) Véte -inmediatamente á casa de don Guritán y preséntale mis excusas; dile -luego que vaya sin perder momento á ver á la Reina y que en nombre -suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera, no salga de palacio -en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga... Corre... -(_Llamando de nuevo al paje._) ¡Ah! espera. (_Saca de su cartera una -hoja de papel y un lápiz._) Dile que entregue esto á la Reina y que -esté alerta. (_Escribe con rapidez sobre una rodilla._) «Dad crédito -á don Guritán y haced lo que os aconseje.» (_Dobla el papel y se lo -entrega al paje._) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en -un error, que me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro -mucho, y que públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale -también que ella corre un gran peligro, que es preciso que no salga á -lo menos en tres días, suceda lo que quiera. Hazlo todo puntualmente; -sé discreto; no dejes traslucir nada... - -EL PAJE.--Confiad en mí; os quiero porque sois un buen amo. - -RUY BLAS.--Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya enterado? - -EL PAJE.--Sí, quedad tranquilo. - - (_Sale._) - -RUY BLAS (_que al quedar solo cae desplomado en un sillón_).--Voy -tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún síntomas de locura... -Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se me olvidan... -El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de esperar -aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto -le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia... -Necesito inspiración y Dios me la concederá. (_Toma el sombrero y agita -una campanilla colocada sobre la mesa. Aparecen en la puerta del fondo -dos negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro._) Voy á -salir. Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta -reservada. Si veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y -si viniesen otros... (_Después de vacilar un momento._) ¡qué diablo! -dejadlos entrar. (_Despide con un ademán á los negros, que se inclinan -en señal de obediencia y se van._) Vámonos. - - (_Sale._) - - (_En el momento de cerrarse la puerta se oye un gran estrépito en la - chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en una capa - hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César._) - -[Ilustración: D. CÉSAR.--_Esta capa me parece más decente que la mía._] - - -ESCENA II - -D. CÉSAR - -D. CÉSAR (_azorado, anhelante, despeinado, aturdido y con expresión -alegre é inquieta al mismo tiempo_).--Lo siento, pero soy yo. (_Se -levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y adelántase por la -habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos._) Dispensad, -no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad, -por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido... -(_Se detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está -solo._) ¡Nadie! Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado, -creí haber oído rumor de voces... ¡Nadie! (_Sentándose en una butaca._) -¡Perfectamente! Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!... -¡Cuántas peripecias!... ¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan -inesperadas como la lluvia que, al sacudirse, nos arroja un perro que -se acaba de bañar. En primer lugar, los alguaciles que me cogieron -entre sus garras; luego mi ridículo embarque; después los corsarios; -aquella gran ciudad donde tanto me han maltratado; las tentaciones -contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi salida de la prisión, -mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una novela! El -mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me -persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro, -diviso una casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que -nadie me vea, gano el tejado y me introduzco en el interior por una -chimenea donde queda hecha trizas mi mejor capa... La verdad, el -caballero Salustio es un bandido... (_Mirándose en un pequeño espejo -colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones esculpidos._) Mi -jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste valerosamente -las injurias del tiempo. (_Se quita la capa y se mira en el espejo el -jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez -la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea._) Pero -mi pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (_Abre los cajones -del guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo -verde claro bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La -examina y la compara con la suya._) Esta capa me parece más decente que -la mía. (_Se la pone y coloca en su lugar la suya después de haberla -doblado cuidadosamente; luego, abollando de un puñetazo su sombrero, -colócale encima de la capa vieja, vuelve á cerrar el cajón y se pasea -con orgullo embozado, luciendo la capa nueva._) Sea como fuere, ya -estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah, querido primo! ¿deseas -que emigre á esos países de África, donde el hombre hace el papel de -ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo espantoso... -en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre, llevando -tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de -sus hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (_Ve en un rincón un -magnífico par de botinas con encañonados de encaje.--Arroja con viveza -sus zapatos viejos y se pone aquellas._) Ahora veamos dónde me han -traído mis desventuras. (_Examina la habitación por todos lados._) Casa -misteriosa y á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas -con barrotes, un verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se -ha de entrar por arriba, como el vino entra en las botellas... ¡El -vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando es bueno! (_Se apercibe de la -pequeña puerta de la derecha, la abre, entra precipitadamente en el -gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando admiración._) -¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo está -cerrado también! (_Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia -fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio._) ¡Nadie!... -¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir -de los alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de -asustarse ni de tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa -que esté así dispuesta. (_Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y -casi inmediatamente se levanta._) El caso es que me aburro sobremanera. -(_Distinguiendo un pequeño armario adosado á la pared, en el rincón -de la izquierda._) Veamos, esto tiene aspecto de ser una biblioteca. -(_Se dirige al mueble y le abre, resultando ser un repostero bien -provisto._) Justo y cabal. Una empanada, vino, una torta, seis -botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he calumniado á -esta casa. (_Examina las botellas una por una._) Esto es exquisito... -¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (_Llena el -vaso y bebe de un trago todo el líquido._) ¡Es una obra admirable de -ese famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha -producido nada mejor. (_Se sienta, llena otro vaso y bebe._) ¿Qué libro -vale lo que esto? No hay nada que tenga más espíritu. (_Bebe._) ¡Ah! -¡Cómo conforta! Ahora comamos. (_Corta un pedazo de empanada._) Esos -bribones de alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista. -(_Come._) ¡Oh! Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de -la casa... (_Se dirige al armario, saca otro vaso y un cubierto y los -coloca sobre la mesa._) ¡Bah! Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar -de aquí?... Por si acaso comamos aprisa. (_Come á dos carrillos._) -Cuando haya concluído examinaré la casa. ¿Quién vivirá en ella? Tal -vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no sirva más que para -ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo yo aquí? -Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla -á la manera antigua, abrazando el altar. (_Se inclina y rodea la mesa -con sus brazos. Luego bebe._) Reflexionemos: el hombre que tiene este -vino, no puede ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy. -¡Ah, va á darse al diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá, -¿ese cualquiera, ese andrajoso, ese mendigo, ese bandido es don César -de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don Salustio por añadidura... -¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid! ¿Cuándo ha venido? -¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar la bomba, al -volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es don -César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía, -vive, no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me -alegro! Y á estas dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de -mis trescientos acreedores. ¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima -que no tenga dinero! (_Se oye ruido en la puerta._) Alguien viene... -Sin duda me arrojarán de aquí como un saltimbanqui... Sea lo que -fuere... No hagas nada á medias, César. - - (_Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la puerta del fondo y - aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda voluminoso saco._) - - -ESCENA III - -D. CÉSAR, UN LACAYO - -D. CÉSAR (_mirando al lacayo de pies á cabeza_).--¿Á quién venís á -buscar? (_Aparte._) En situaciones apuradas se necesita mucho aplomo. - -EL LACAYO.--¿Don César de Bazán? - -D. CÉSAR (_desembozándose_).--Yo soy. (_Aparte._) Esto es asombroso. - -EL LACAYO.--¿Conque sois el señor don César de Bazán? - -D. CÉSAR.--Ya he dicho que sí. Yo soy César, el verdadero César, el -único César, el conde de Garo... - -EL LACAYO (_colocando el saco en una butaca_).--Dignaos ver si está -justa la cuenta. - -D. CÉSAR (_aturdido y aparte_).--¡Dinero! Esto es inexplicable. -(_Alto._) Amigo mío... - -EL LACAYO.--Dignaos contarlo. Aquí está la cantidad que me han mandado -traeros. - -D. CÉSAR (_con cómica gravedad_).--Ya comprendo. (_Aparte._) Lléveme el -diablo si sé una palabra; pero no lo echemos á perder; el socorro no -puede ser más oportuno (_Alto._) ¿He de hacer recibo? - -EL LACAYO.--No, señor. - -D. CÉSAR (_señalando la mesa_).--Coloca ahí ese dinero. (_El lacayo -obedece._) ¿De parte de quién viene? - -EL LACAYO.--Vuecencia lo sabe perfectamente. - -D. CÉSAR.--¡Ya lo creo! Pero... - -EL LACAYO.--Me olvidaba repetir lo que me han dicho: este dinero viene -de parte de quien vos sabéis, para lo que sabéis perfectamente. - -D. CÉSAR (_satisfecho de la explicación_).--¡Ya! - -EL LACAYO.--Ambos debemos ser muy reservados... ¡Chist! - -D. CÉSAR.--¡¡Chist!! Este dinero viene... ¡La frase es magnífica! -Repítela. - -EL LACAYO.--Este dinero... - -D. CÉSAR.--Todo es muy claro: viene de parte de quien yo sé... - -EL LACAYO.--Para lo que vos sabéis. Debemos... - -D. CÉSAR.--Ambos... - -EL LACAYO.--Ser muy reservados. - -D. CÉSAR.--Pues no puede ser más claro. - -EL LACAYO.--Para vos. Yo obedezco y no sé nada. - -D. CÉSAR.--¡Bah! - -EL LACAYO.--Pero vos sí. - -D. CÉSAR.--¡No faltaba más! - -EL LACAYO.--Con eso basta. - -D. CÉSAR.--Lo sé todo... y me quedo con el dinero. La cosa es tan clara -que... - -EL LACAYO.--¡Chist! - -D. CÉSAR.--¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser indiscreto. - -EL LACAYO.--Contad, señor. - -D. CÉSAR.--¿Por quién me tomas? (_Admirando el volumen del saco._) ¡Qué -hermosa pieza! - -EL LACAYO (_insistiendo_).--Pero... - -D. CÉSAR.--Me inspiras confianza. - -EL LACAYO.--Gracias. La cuenta está justa y en saquillos de oro y plata. - - (_D. César abre el saco y extrae muchos saquillos de oro y plata que - vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se llena los - bolsillos_.) - -D. CÉSAR (_interrumpiendo majestuosamente la operación_).--He aquí que -mi extravagante novela termina con felicidad en... ¡un millón! (_Vuelve -á llenarse los bolsillos._) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco un galeón! - - (_Cuando ha llenado un bolsillo, procede á igual operación en - otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber olvidado al - lacayo._) - -EL LACAYO (_que le mira con impasibilidad_).--Ahora espero vuestras -órdenes. - -D. CÉSAR (_volviéndose hacia él_).--¿Para qué? - -EL LACAYO.--Para ejecutar inmediatamente lo que yo no sé, pero vos sí. -Parece que hay comprometidos grandes intereses... - -D. CÉSAR (_interrumpiéndole con aire de inteligencia_).--Sí, ¡públicos -y privados! - -EL LACAYO.--Y quieren que en seguida haga lo que me ordenéis. Repito lo -que me han dicho. - -D. CÉSAR (_dándole un amistoso golpe en la espalda_).--Y yo te alabo, -fiel servidor. - -EL LACAYO.--Para que no haya retraso alguno, mi amo me ha encargado que -me ponga á vuestras órdenes. - -D. CÉSAR.--Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos á tu amo. -(_Aparte._) Que me cuelguen si sé qué decir. (_Alto._) Acércate -inmediatamente. (_Llena de vino el otro vaso._) ¡Bebe! - -EL LACAYO.--¡Cómo! Señor... - -D. CÉSAR.--¡Bebe! (_Obedece el lacayo, y D. César vuelve á llenar el -vaso._) ¡Es vino de Oropesa! (_Hace sentar al lacayo, le obliga á beber -otra vez y de nuevo le llena el vaso._) Ahora hablemos. (_Aparte._) Ya -está medio alumbrado. (_Alto y estirándose en la silla que ocupa._) El -hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego -de sus pasiones. Toma. (_Le escancia nuevamente._) Esto que te digo -no puede ser más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra -cosa: se dirige al cielo azul y sube alegremente mientras nosotros -bajamos. (_Se frota la pierna._) El hombre no es más que vil materia. -(_Llena los dos vasos._) Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que -la alegría de cualquier borracho. (_Aproximándose al lacayo y con aire -misterioso._) Seamos prudentes: no es cuestión de cargar más de lo que -se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se derrumba en -seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa. - -EL LACAYO (_con orgullo_).--Yo no soy ayuda de cámara. - - (_Antes que D. César pueda impedírselo, toca la campanilla que está - colocada encima de la mesa._) - -D. CÉSAR (_aparte y aterrado_).--Ha llamado; sin duda vendrá el amo en -persona y estoy perdido. - - (_Entra uno de los negros. D. César, presa de la más viva ansiedad, - se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro, como no - sabiendo qué hacer._) - -EL LACAYO (_al negro_).--Abrocha al señor. - - (_El negro se aproxima gravemente á D. César que le mira estupefacto, - le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale._) - -D. CÉSAR (_levantándose: aparte_).--Estoy en casa de Belcebú, no hay -duda. (_Pasa al proscenio y se pasea á largos pasos._) En fin, dejemos -rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á dar aire al dinero; -ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (_Se vuelve al lacayo que -sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse en -su silla._) Escucha. (_Aparte._) Veamos: con este dinero podría pagar -á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á -cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo -diablos se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte -al hombre como el dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro -le hace á uno tener sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al -saber que había pagado mis deudas?... ¡Ah! - -EL LACAYO (_bebiendo_).--¿Qué queréis? - -D. CÉSAR.--Déjame, estoy meditando. Mientras tanto, bebe. (_El Lacayo -obedece. D. César sigue meditando y de pronto se da un golpe en la -frente como si le hubiese acometido alguna idea súbita._) Sí, eso es. -(_Al lacayo._) Levántate en seguida y oye lo que tienes que hacer. Ante -todo llénate de oro los bolsillos. (_El lacayo se levanta tambaleándose -y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando._) Vé al extremo de la -plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña, pero que -sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y -tapada la rotura con un pedazo de papel. - -EL LACAYO.--Entiendo. - -D. CÉSAR.--Me alegro... ¡Ah! te advierto que la escalera es estrecha y -puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado. - -EL LACAYO.--Bien. - -D. CÉSAR.--En el último piso vive una hermosa á quien reconocerás -fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con profusión su -cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama Lucinda; sé -con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte cien -ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz -como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un -grasiento sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás -seis piastras... Luego, algo más lejos, en la esquina de la calle, -encontrarás una taberna, y en ella, bebiendo y fumando, un hombre de -aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe y fuma pero que no jura -nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado Tormentas... -Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los beban -juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no -te admires si ves que abren mucho los ojos... - -EL LACAYO.--¿Qué más? - -D. CÉSAR.--Guárdate el resto. Y luego... - -EL LACAYO.--Decid. - -D. CÉSAR.--Te vas á divertir. Gastas y triunfas y haces lo que quieras, -con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la noche. - -EL LACAYO.--Seréis obedecido, príncipe. - - (_Se dirige hacia la puerta tambaleándose._) - -D. CÉSAR (_aparte, mirándole_).--Está completamente borracho. (_Le -llama y el lacayo vuelve._) ¡Ah! Se me olvidaba. Cuando salgas, -seguramente te seguirán los desocupados. Haz honor con tu conducta á lo -que has bebido. Pórtate con nobleza. Si de tus bolsillos caen algunos -escudos, déjalos; y si algunos menesterosos ó necesitados los recogen, -déjalos hacer.--No te incomodes tampoco si alguien busca más dinero -en tus bolsillos; sé indulgente; piensa que todos somos hombres y que -en este valle de lágrimas se ha de conceder de vez en cuando algunas -alegrías á las criaturas. (_Con melancolía._) Los que tal hagan, -serán ahorcados un día ú otro... Justo es guardarles toda clase de -consideraciones... Puedes irte. (_El lacayo sale. D. César, al quedar -solo, se sienta, apoya los codos sobre la mesa y medita._) Un hombre -cuerdo y cristiano, cuando posee dinero, debe hacer buen uso de él... -Tengo para vivir por lo menos ocho días y los viviré... Si me quedase -algo, lo emplearía en fundaciones piadosas. Pero no me atrevo á confiar -mucho en ello, porque sin duda me quedaré sin nada muy pronto. Esto -debe ser una equivocación. Ese torpe habrá dado mal el recado ó yo he -pronunciado mal mi nombre... - - (_Se abre la puerta del fondo y entra una dueña vieja, con el pelo - canoso, basquiña y mantilla negras y abanico._) - - -ESCENA IV - -D. CÉSAR, UNA DUEÑA - -LA DUEÑA (_en el dintel de la puerta_).--¿Don César de Bazán? - - (_D. César, que estaba pensativo, levanta bruscamente la cabeza._) - -D. CÉSAR.--¿Otro más? (_Aparte._) Es una mujer. (_Mientras que la -dueña, sin moverse del fondo, hace una profunda reverencia, él se -adelanta estupefacto hacia el proscenio._) ¡Preciso es que el diablo -ó Salustio anden mezclados en todo esto! Apostaría á que voy á ver -á mi primo. ¡Una dueña! (_Alto._) Yo soy don César. ¿Qué queréis? -(_Aparte._) Por lo general una vieja anuncia una joven. - -LA DUEÑA (_haciendo otra reverencia y la señal de la cruz_).--Señor -mío, os saludo hoy, día de ayuno, en el nombre del Dios hijo, -todopoderoso y su excelso Padre. - -D. CÉSAR (_aparte_).--Ya se sabe: á principio devoto, amoroso final. -(_Alto._) Amén. Buenos días. - -LA DUEÑA.--Dios os tenga en su santa guarda. (_Con misterio._) ¿Habéis -dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta noche? - -D. CÉSAR.--Soy capaz de eso y de mucho más. - -LA DUEÑA (_sacando de su guarda-infante una esquela cerrada que -presenta á D. César, pero sin entregársela_).--Entonces, señor -discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os -ama y á quien conocéis perfectamente. - -D. CÉSAR.--Sin duda debo ser yo. - -LA DUEÑA.--Está bien. La dama, casada probablemente con algún viejo -celoso, tiene que guardar ciertos miramientos, pues ha encargado que me -enterase bien antes de... Yo no la conozco, pero vos sí... La criada -me ha dicho lo que había de hacer... y por consiguiente no es preciso -saber los nombres... - -D. CÉSAR.--Excepto el mío, según parece. - -LA DUEÑA.--¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe una cita de su -amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones nunca -están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la -confirmación. - -D. CÉSAR (_aparte_).--¡Oh, qué vieja más cargante! ¡Cuánta broza rodea -á ese dulce billete!... (_Alto._) Ya te he dicho que yo soy don César. - -LA DUEÑA (_colocando sobre la mesa un billete cerrado que D. César mira -con curiosidad_).--Entonces debéis escribir al dorso de esta carta -una sola palabra: _Venid_, pero no de vuestra mano, pues eso sería -comprometido. - -D. CÉSAR.--Es claro, si fuese de mi mano... (_Aparte._) He aquí un -encargo bien dado. - - (_Extiende la mano para apoderarse de la carta, pero la dueña se lo - impide._) - -LA DUEÑA.--No la abráis; sin duda debéis reconocer el pliego. - -D. CÉSAR.--Sí que lo conozco. (_Aparte._) ¡Y yo que ardía en deseos de -saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (_Toca la campanilla y -entra uno de los negros._) ¿Sabes escribir? (_El negro mueve la cabeza -afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:_) ¡Habla por señas! -(_Alto._) ¿Eres mudo? (_El negro hace otra señal afirmativa que asombra -nuevamente á D. César. Aparte:_) ¡Muy bien! Ya tengo que habérmelas con -un mudo. (_Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta sobre la -mesa._) Escribe ahí: _Venid._ (_El mudo escribe. D. César hace señas al -negro para que se vaya y á la dueña para que recoja la carta. Sale el -mudo. Aparte:_) No se puede negar que es obediente. - -LA DUEÑA (_comenzando á guardar el billete y acercándose á D. -César_).--Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa. - -D. CÉSAR.--Encantadora. - -LA DUEÑA.--Yo sólo puedo decir que la criada es lindísima. Cuando me -llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un perfil de -ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en asuntos -amorosos. - -D. CÉSAR (_aparte_).--Pues me contentaría con la criada. - -LA DUEÑA.--Esto es ya para formar juicio, pues siempre lo bello -aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será la -sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer -que esperáis es hermosísima. - -D. CÉSAR.--Estoy orgulloso de ello. - -LA DUEÑA (_haciendo una reverencia y en ademán de retirarse_).--Bésoos -la mano. - -D. CÉSAR (_dándole un puñado de monedas_).--Y yo te lleno la pata. -Toma, estantigua. - -LA DUEÑA (_guardándose el dinero_).--¡Qué alegre es la juventud del día! - -D. CÉSAR (_despidiéndola_).--Véte. - -LA DUEÑA (_repitiendo las reverencias_).--Si me necesitáis alguna vez, -me llamo la señora Oliva, y en el convento de San Isidro... (_Sale, -y vuelve á abrir la puerta._) Estoy siempre sentada á la derecha, -entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (_D. César se vuelve -hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y -reaparece la dueña._) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en -vuestras oraciones. - -D. CÉSAR (_despidiéndola colérico_).--¡Véte! (_La dueña se va y la -puerta vuelve á cerrarse.--Solo:_) Ya estoy resuelto á no admirarme de -nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo cierto es que no puedo quejarme de -mi suerte: después de haber satisfecho el hambre, voy á contentar mi -corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el final. - - (_Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece D. Guritán con dos - largas espadas desnudas debajo del brazo._) - - -ESCENA V - -D. CÉSAR, D. GURITÁN - -D. GURITÁN (_desde el fondo del teatro_).--¡Don César de Bazán! - -D. CÉSAR (_se vuelve y ve á D. Guritán con las dos espadas_).--¡Al -fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se completa! ¡Comida -excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á ser don -César. (_Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos, y -fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el -proscenio._) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual -si estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un -rato. ¿Qué se dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no -sé lo que allí pasa; pero imagínome que se admira siempre á Matalobos -y á Lindamira. En cuanto á mí, temería más que al ladrón de dinero á -la que roba los corazones. ¡Oh! las mujeres son endiabladas; pero yo -me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme algo!, porque yo soy un ente -inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un hidalgo que llega de -los más extravagantes países. - -D. GURITÁN.--Pues yo llego desde más lejos, amigo mío. - -D. CÉSAR (_con expresión alegre_).--¿De qué ilustre playa? - -D. GURITÁN.--De allá del Norte. - -D. CÉSAR.--Y yo del Sur. - -D. GURITÁN.--¡Estoy furioso! - -D. CÉSAR.--Y yo rabio. - -D. GURITÁN.--¡He andado seiscientas leguas! - -D. CÉSAR.--¡Y yo dos mil! He visto mujeres amarillas, azules, negras y -verdes; he visto tierras bendecidas del cielo; Argel, la ciudad feliz, -y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de extraños modales, -y muchas personas colgadas de las puertas. - -D. GURITÁN.--¡Á mí me han burlado, caballero! - -D. CÉSAR.--¡Á mí me han vendido! - -D. GURITÁN.--Á mí me desterraron casi. - -D. CÉSAR.--Y á mí por poco me ahorcan. - -D. GURITÁN.--Me envían á Neuburgo artificiosamente, para llevar una -caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más largo -tiempo que sea posible á ese viejo loco.» - -D. CÉSAR (_soltando la carcajada_).--¡Muy bien! ¿Y quién ha hecho eso? - -D. GURITÁN.--¡He de retorcer el cuello á don César de Bazán! - -D. CÉSAR (_gravemente_).--¡Ah! - -D. GURITÁN.--Para colmo de audacia me envía un lacayo en su lugar para -excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy por el contrario, -he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo, ese César -de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está? - -D. CÉSAR (_siempre con gravedad_).--Pues yo soy. - -D. GURITÁN.--¡Vos! Sin duda os burláis... - -D. CÉSAR.--¡Yo soy don César! - -D. GURITÁN.--¡Cómo! - -D. CÉSAR.--Lo dicho. - -D. GURITÁN.--Señor mío, renunciad á ese papel, porque me enojáis mucho. - -D. CÉSAR.--Y vos me estáis divirtiendo, porque parecéis un celoso. Os -compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene de nuestros -vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con franqueza -que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos -sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á -vuestra esposa. - -D. GURITÁN.--¡Á mi esposa! - -D. CÉSAR.--Sí, á ella misma. - -D. GURITÁN.--¡Pero si yo no soy casado! - -D. CÉSAR.--Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el -aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía -casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os -hacéis tan ridículo. - -D. GURITÁN.--¿Sabéis que me estáis exasperando? - -D. CÉSAR.--¡Bah! - -D. GURITÁN.--¿Y que esto es ya demasiado? - -D. CÉSAR.--¿De veras? - -D. GURITÁN.--Me las vais á pagar... - -D. CÉSAR (_examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán, -ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda_).--En otro tiempo -usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han -bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico! - -D. GURITÁN.--¡Vamos á batirnos! - -D. CÉSAR (_impasible_).--¿Lo queréis así? - -D. GURITÁN.--Si no sois don César, comenzaré por vos. - -D. CÉSAR.--Bueno; tened cuidado de no terminar por mí. - -D. GURITÁN (_presentándole una de las dos espadas_).--¡Será en el acto! - -D. CÉSAR (_tomando la espada_).--Vamos allá; cuando se me presenta un -buen desafío no lo dejo escapar. - -D. GURITÁN.--¡Oh! - -D. CÉSAR.--Detrás del muro hay un callejón desierto. - -D. GURITÁN (_probando la punta de la espada en el suelo_).--Como á -César de Bazán os mataré. - -D. CÉSAR.--¿Lo creéis así? - -D. GURITÁN.--Es posible. - -D. CÉSAR (_doblando también la punta de la espada_).--¡Bah! muerto uno -de los dos, os desafío á que matéis á don César. - -D. GURITÁN.--¡Salgamos! - - (_Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se alejan. Por una - puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D. - Salustio._) - - -ESCENA VI - -D. SALUSTIO - -D. SALUSTIO (_con traje verde oscuro, casi negro_).--¡Ningún -preparativo! (_Reparando en la mesa cubierta de manjares._) ¿Qué quiere -decir esto? (_Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D. -Guritán._) ¿Qué rumor es ese? (_Se pasea meditabundo._) Gudiel vió -salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no -veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez -Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede -averiguar por los mudos. No había previsto este caso. - - (_Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un - sillón._) - - -ESCENA VII - -D. SALUSTIO, D. CÉSAR - -D. CÉSAR (_desde el umbral de la puerta_).--¡Ah! seguro estaba de que -andaríais mezclado en el asunto. - -D. SALUSTIO (_volviéndose estupefacto_).--¡Don César! - -D. CÉSAR (_cruzándose de brazos y soltando una carcajada_).--Sin duda -estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No -es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa. - -D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Todo se ha perdido! - -D. CÉSAR (_riendo_).--Desde esta mañana he andado entre vuestras telas -de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros -proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por -tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello. - -D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Demonio! ¿Qué habrá hecho? - -D. CÉSAR (_riendo cada vez con más fuerza_).--Aquel hombre del saco de -dinero... que venía para el negocio... para aquello que sabéis... - - (_Se ríe._) - -D. SALUSTIO.--¿Y bien, qué? - -D. CÉSAR.--Lo he embriagado. - -D. SALUSTIO.--Pero ¿y el dinero que llevaba? - -D. CÉSAR (_majestuosamente_).--He hecho varios regalos á ciertas -personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos! - -D. SALUSTIO.--De mí sospechas injustamente... Yo... - -D. CÉSAR (_haciendo sonar sus gregüescos_).--Por lo pronto he llenado -mis bolsillos, como podréis comprender. (_Vuelve á reirse._) Ya -sabéis... aquella dama... - -D. SALUSTIO.--¡Oh! - -D. CÉSAR (_observando su inquietud_).--Aquella conocida vuestra... (_D. -Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo._) Que -me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño... - -D. SALUSTIO.--¿Para qué? - -D. CÉSAR.--Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César -quien la espera esta noche... - -D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Cielos! (_En voz alta._) ¿Qué has contestado? - -D. CÉSAR.--He dicho que sí; que la esperaba. - -D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Tal vez no se haya perdido todo! - -D. CÉSAR.--En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en -el terreno... (_Movimiento de D. Salustio._) y que esta mañana no -quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo -después á pedirme no sé qué satisfacción... - -D. SALUSTIO.--¿Y bien? ¿qué has hecho? - -D. CÉSAR.--He dado muerte á ese pajarraco. - -D. SALUSTIO.--¿De veras? - -D. CÉSAR.--Temo que sí. - -D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido! -Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo -auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (_En voz alta._) El lance -es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas? - -D. CÉSAR.--No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre -en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado. - -D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Diablo! (_Aproximándose vivamente á D. -César._) Guárdate el dinero, pero véte. - -D. CÉSAR.--¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra -manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del -Mediterráneo. ¡Nada de eso! - -D. SALUSTIO.--Créeme. - -D. CÉSAR.--No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima -de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por -una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por -otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente... - -D. SALUSTIO.--¡Oh! - -D. CÉSAR.--Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum. - -D. SALUSTIO.--Te juro... - -D. CÉSAR.--Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta -el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os -costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos, -y por lo mismo me quedo. - -D. SALUSTIO.--Escucha... - -D. CÉSAR.--¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me -vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso -César, comprometiendo mi nombre! - -D. SALUSTIO.--¡Casualidad! - -D. CÉSAR.--¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los -tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo -salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los -tejados á voz en cuello. (_Se sube en el poyo de la ventana y mira por -fuera._) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (_Pasa -el brazo á través de los barrotes y agítale gritando_): ¡Hola! venid -aquí. - -D. SALUSTIO (_asustado, en el proscenio: aparte_).--¡Todo se ha perdido -si le reconocen! - - (_Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece - presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de - triunfo._) - - -ESCENA VIII - -Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES - -D. CÉSAR (_al alcalde_).--Consignaréis en vuestro informe... - -D. SALUSTIO (_señalando á D. César_).--Que ese es el famoso ladrón -Matalobos. - -D. CÉSAR (_estupefacto_).--¡Cómo! - -D. SALUSTIO (_aparte_).--Todo se salva si puedo ganar veinticuatro -horas. (_Al alcalde._) Ese hombre ha osado penetrar en estas -habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón! - - (_Los alguaciles cogen á D. César por el cuello._) - -D. CÉSAR (_furioso, á D. Salustio_).--¡Mentís como un bellaco! - -EL ALCALDE.--¿Quién nos llamaba? - -D. SALUSTIO.--Yo. - -D. CÉSAR.--¡Esto es demasiado! - -EL ALCALDE.--¡Vamos, callad! - -D. CÉSAR.--¡Yo soy don César de Bazán! - -D. SALUSTIO.--¿Don César? Mirad su capa, si os place, y hallaréis el -nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me acaba de robar. - - (_Los alguaciles se apoderan de la capa, el alcalde la examina._) - -EL ALCALDE.--Es verdad. - -D. SALUSTIO.--Y el jubón que lleva... - -[Ilustración: D. SALUSTIO.--¡_Prended al ladrón_!] - -D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ah traidor! - -D. SALUSTIO (_continuando_).--Es del duque de Alba, á quien se lo robó. - - (_Mostrando un escudo bordado en la manga izquierda._) - -D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese hombre es un demonio! - -EL ALCALDE (_examinando el blasón_).--Sí, los dos castillos de oro... - -D. SALUSTIO.--Y las dos calderas. (_En la lucha por desasirse, D. César -deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D. Salustio indica al -alcalde el volumen de estos últimos._) ¿Es así cómo se lleva el dinero -que no es robado? - -EL ALCALDE (_moviendo la cabeza_).--¡Hum! - -D. CÉSAR (_aparte_).--¡Estoy perdido! - - (_Los alguaciles le registran y apodéranse de todo el dinero._) - -UN ALGUACIL (_rebuscando_).--Aquí hay papeles. - -D. CÉSAR (_aparte_).--¡Pobres billetes de amor, que tan cuidadosamente -conservaba! - -EL ALCALDE (_examinando los papeles_).--¡Cartas!... ¿Qué es esto?... -escrituras diversas... - -D. SALUSTIO (_haciendo notar los sobres_).--Todos del duque de Alba. - -EL ALCALDE.--Sí. - -D. CÉSAR.--Pero... - -LOS ALGUACILES (_atándole las manos_).--¡Qué suerte ha sido cogerle! - -UN ALGUACIL (_entrando, al alcalde_).--Aquí cerca se acaba de encontrar -un hombre asesinado. - -EL ALCALDE.--¿Quién es el asesino? - -D. SALUSTIO (_mostrando á D. César_).--¡Ese hombre! - -D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese duelo! he sido un torpe. - -D. SALUSTIO.--Al entrar, llevaba en la diestra una espada; vedla ahí. - -EL ALCALDE (_examinando el acero_).--¡Sangre! Está bien. (_Á D. -César._) ¡Vamos, en marcha! - -D. SALUSTIO (_á D. César, conducido por los alguaciles_).--Buenas -noches, Matalobos. - -D. CÉSAR (_dando un paso hacia él y mirándole fijamente_).--¡Sois un -miserable! - -[Ilustración] - - - - -[Ilustración] - -ACTO V - -EL TIGRE Y EL LEÓN - -La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una lámpara. Al -levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga negra -cubre su traje. - - -ESCENA I - -RUY BLAS, solo - -¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones desvanecidas! Hasta que -cerró la noche he andado por las calles, y ahora espero tranquilo. -Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está más despejada. -Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan en -su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La -casa está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma; -todo va bien, y mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de -ella; y yo os bendigo, Dios mío, por haber permitido que el mensaje -llegue á sus manos, para que yo pueda proteger á ese ángel, burlando -los planes de don Salustio. Nada tendrá que temer ni que sufrir, y una -vez salvada... moriré tranquilo. (_Saca del pecho un frasquito y le -pone sobre la mesa._) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y cae en el abismo; -muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en esta casa, -vil, mísero y solo! (_Entreabre la toga, bajo la cual se ve la librea -que llevaba en el primer acto._) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y -sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su -víctima... (_Coloca un mueble como para atrancar la puerta._) ¡Que no -éntre al menos por esa horrible puerta! (_Vuelve hacia la mesa._) ¡Oh! -seguro es que el paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las -ocho de la mañana. (_Fija sus miradas en el frasquito._) En cuanto á -mí, ya he pronunciado mi sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo -voy á dejar caer sobre mi cuerpo la losa de la tumba. Por lo menos me -queda el consuelo de pensar que nadie puede evitarlo, y que mi caída es -irremediable. (_Se sienta en el sillón._) ¡Y sin embargo, me amaba!... -¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (_Llora._) ¡Oh! ¡bien hubieran -podido dejarnos tranquilos! (_Oculta la cabeza entre las manos y -solloza._) ¡Dios mío! (_Levanta la cabeza y fija en el frasquito una -mirada vaga._) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día -del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se -conmueve al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ella -me amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No -volveré á contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!... -¡Aún me parece ver los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos, -cuyas miradas me embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su -ligero paso, que hacía latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la -veré jamás, ni oiré tampoco su dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es -posible? ¡Nunca! - - (_Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito, y en el momento - de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y aparece la - Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído - sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva - una linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase - rápidamente hacia Ruy Blas._) - - -ESCENA II - -RUY BLAS, LA REINA - -LA REINA (_entrando_).--¡Don César! - -RUY BLAS (_volviéndose con un movimiento de espanto, y tapando -presuroso su librea_).--¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible lazo ha -caído! (_En voz alta._) ¡Señora!... - -LA REINA.--¿Qué significa ese grito de espanto, César?... - -RUY BLAS.--¿Quién os dijo que viniérais aquí? - -LA REINA.--Tú. - -RUY BLAS.--¡Yo!... ¿Cómo? - -LA REINA.--He recibido de vos... - -RUY BLAS (_ansioso_).--¡Decid pronto! - -LA REINA.--Una carta. - -RUY BLAS.--¿De mí? - -LA REINA.--De vuestro puño y letra. - -RUY BLAS.--¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo no he escrito; -estoy seguro de ello! - -LA REINA (_sacando del seno un billete y mostrándolo_).--Leed, pues. - - (_Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase á la luz._) - -RUY BLAS (_leyendo_).--«Un peligro terrible me amenaza, y sólo mi reina -puede conjurar la tempestad...» - - (_Mira la letra con estupor, cual si no pudiera proseguir._) - -LA REINA (_continúa, mostrando con el dedo la carta que -lee_).--«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy perdido.» - -RUY BLAS (_con voz apagada_).--¡Oh qué traición! Este billete... - -LA REINA (_continúa la lectura_).--«Junto á la puerta principal hay -una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una -persona de confianza os abrirá.» - -RUY BLAS (_aparte_).--¡Había olvidado este billete! (_Á la Reina con -voz terrible._) ¡Salid al punto! - -LA REINA.--Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os -he hecho? - -RUY BLAS.--¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora! - -LA REINA.--¿Cómo? - -RUY BLAS.--No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto! - -LA REINA.--Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta -mañana una dueña... - -RUY BLAS.--¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por -momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto! - -LA REINA (_como herida de una idea súbita_).--La abnegación que mi amor -soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis -alejarme de él... ¡Pues me quedo! - -RUY BLAS.--¡Qué loca idea, Dios mío! ¡Permanecer á tal hora en -semejante sitio! - -LA REINA.--La carta es de vos, y por lo tanto... - -RUY BLAS (_elevando los brazos al cielo con desesperación_).--¡Bondad -divina! - -LA REINA.--Queréis alejarme... - -RUY BLAS (_tomándole la mano_).--Comprended... - -LA REINA.--Adivino: en el primer momento me escribisteis, y después... - -RUY BLAS.--¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre ángel, porque os -han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros. ¿Cómo -podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis, -y sólo para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me -arrancaría el corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte! - -LA REINA.--¡Don César!... - -RUY BLAS.--¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien debió abrirte la -puerta... - -LA REINA.--Es claro. - -RUY BLAS.--¿Quién? - -LA REINA.--Un hombre enmascarado, oculto por la pared. - -RUY BLAS.--¡Enmascarado! ¿Y qué ha dicho ese hombre? ¿Quién puede ser? -¿Era alto? ¡Vamos, hablad!... - - (_En la puerta del fondo aparece un hombre vestido de negro._) - -EL ENMASCARADO.--¡Era yo! - - (_Se quita el antifaz: la Reina y Ruy Blas reconocen con terror á D. - Salustio._) - - -ESCENA III - -Los mismos, D. SALUSTIO - -RUY BLAS.--¡Gran Dios!... ¡Huíd, señora! - -D. SALUSTIO.--Ya no es tiempo; la señora de Neuburgo ha dejado de ser -reina de España. - -LA REINA (_con terror_).--¡Don Salustio! - -D. SALUSTIO (_mostrando á Ruy Blas_).--Para siempre seréis la compañera -de ese hombre. - -LA REINA.--¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don César... - -RUY BLAS (_desesperado_).--¡Ah, señora! ¿Qué habéis hecho? - -D. SALUSTIO (_adelantándose lentamente hacia la Reina_).--Estáis en mi -poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de Vuestra Majestad, -porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y no hagamos -ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y -tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para -anular el matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto; -pero examinada detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse -dentro. (_Saca de su bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta -á la Reina._) Firmad esta carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré -que llegue en breve á sus manos; y en cuanto á vos, abajo os espera -un coche que he mandado llenar de oro, y en el cual partiréis con don -César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que nadie os inquiete, -podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os plazca, pues -á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En este -momento, nadie sabe la aventura más que yo; pero si rehusáis, todo -Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis -en mi poder. (_Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir._) -Podéis tomar asiento, señora. - -LA REINA (_se deja caer aterrada en un sillón_).--¡Estoy en su poder! - -D. SALUSTIO.--Sólo exijo de vos el consentimiento para llevar el -escrito al Rey. (_En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil, poseído -de estupor._) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (_Á la -Reina._) ¡Firmad! - -LA REINA (_temblando y aparte_).--¿Qué hacer? - -D. SALUSTIO (_inclinándose á su oído y presentándole la -pluma_).--¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono, en cambio -se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie -sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (_Tratando -de ponerle la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la -tome._) ¡Vamos! (_La reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión -angustiosa._) ¡Si no firmáis, os espera el escándalo y el claustro! - -LA REINA (_agobiada_).--¡Oh Dios mío! - -D. SALUSTIO (_mostrando á Ruy Blas_).--César os ama; le creo digno de -vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y grande de España... - - (_Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina, que temblorosa y - fuera de sí parece dispuesta á firmar._) - -RUY BLAS (_como volviendo en sí de improviso_).--¡Yo me llamo Ruy -Blas, y soy un lacayo! (_Arrancando de manos de la Reina la pluma y el -pergamino, y rasgando este último._) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!... ¡No -firméis, señora! - -LA REINA.--¿Qué decís, don César?... - -RUY BLAS (_dejando caer su toga y mostrándose con la librea sin -espada_).--Digo que ya basta de traiciones; que no quiero la felicidad -á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído, don Salustio; -tiempo era ya de despertarme y de romper los lazos que me ligaban en -vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el traje de -lacayo, vos tenéis de lacayo el alma! - -D. SALUSTIO (_á la Reina, con frialdad_).--Ese hombre es efectivamente -mi lacayo. (_Á Ruy Blas con autoridad._) ¡Ni una palabra más! - -LA REINA (_dejando escapar al fin un grito de desesperación y -retorciéndose los brazos_).--¡Santo cielo! - -D. SALUSTIO (_continuando_).--Sólo que ha hablado demasiado pronto. -(_Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante._) ¡Pues bien, sí; -ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza más -completa! (_Á la Reina._) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que la -corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos -tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para -esposa vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis -uniros con él, puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra -riqueza. (_Riendo._) ¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa! -(_Rechinando los dientes._) ¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre -tanto vos dormíais tranquila y confiada! ¡Qué locura! - - (_Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la puerta del fondo, la - cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por detrás, sin - que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en la - Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D. - Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente._) - -RUY BLAS (_con aspecto terrible y la espada en la mano_).--¡Paréceme -que acabáis de insultar á vuestra Reina! (_D. Salustio se precipita -hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso._) ¡Oh! no vayáis por ahí -que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha protegido; mas -ahora no escaparás de mis manos; si de mi poder quiere arrancarte, -que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á la serpiente que -encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni tu gente, -y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba -con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un -desalmado, un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente. -No podríais imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (_Al marqués._) -Me explicabais vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos; -pero yo no comprendí. ¡Ah, miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina -estando yo aquí! Me asombra que podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais -que yo permanecería impasible? Escuchad, sea cual fuere su esfera, -cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó comete algún -delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara y -aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser -verdugo!... - -LA REINA.--¡No matéis á ese hombre! - -RUY BLAS.--Con sentimiento debo ejercer ante vos mis funciones, señora, -porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (_Empuja á D. -Salustio hacia el gabinete._) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios -ahí dentro! - -D. SALUSTIO.--¡Es un asesinato! - -RUY BLAS.--¿Te parece así? - -D. SALUSTIO (_desarmado y paseando una mirada de cólera á su -alrededor_).--¡Ni un arma en esas paredes! (_Á Ruy Blas._) ¡Una espada -al menos! - -RUY BLAS.--¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero acaso para cruzar -contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste librea -galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te -voy á matar, como á un infame cobarde, como á un perro! - -LA REINA.--¡Gracia para él! - -RUY BLAS (_á la Reina, cogiendo al marqués_).--Señora, aquí cada cual -se venga; el demonio no puede ser salvado por el ángel. - -LA REINA (_de rodillas_).--¡Gracia! - -D. SALUSTIO (_gritando_).--¡Al asesino! ¡Socorro! - -RUY BLAS (_levantando la espada_).--¿Has acabado ya? - -D. SALUSTIO (_arrojándose sobre él y gritando_).--¡Muero asesinado! - -RUY BLAS (_empujándole en el gabinete_).--¡No, mueres castigado! - - (_Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se cierra._) - -LA REINA (_sola, cae desvanecida en el sillón_).--¡Cielos! - - (_Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar, pálido y sin espada._) - - -ESCENA IV - -LA REINA, RUY BLAS - - (_Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la Reina, inmóvil y - helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el suelo, - cual si no se atreviese á levantarla._) - -RUY BLAS (_con voz grave y baja_).--Ahora, señora, es preciso que os -hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan culpable como me -creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible..., quisiera -referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el -alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y -harto conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está -hecho... perdonadme, señora, por haberos amado. - -LA REINA.--¡Caballero!... - -[Ilustración: LA REINA.--¡_Ruy Blas_!] - -RUY BLAS (_siempre de rodillas_).--No temáis; no me acercaré á Vuestra -Majestad; pero voy á decirlo todo, punto por punto. ¡Oh! creedme, no -soy un vil; hoy he corrido por la ciudad como un loco, y la gente me -miraba; cerca del hospital que habéis fundado, sentí vagamente que una -mujer del pueblo enjugaba compasiva el sudor que brotaba de mi frente. -¡Compadeceos de mí, Dios mío, mi corazón se rompe! - -LA REINA.--¿Qué deseáis? - -RUY BLAS (_uniendo las manos_).--Que me perdonéis, señora. - -LA REINA.--¡Nunca! - -RUY BLAS.--¡Nunca! (_Se levanta y adelántase hacia la mesa._) ¿Es esa -vuestra resolución? - -LA REINA.--¡Sí! - -RUY BLAS (_coge el frasco que está sobre la mesa, acércale á sus labios -y apura el contenido_).--¡Triste llama, extínguete de una vez! - -LA REINA (_corriendo hacia él_).--¿Qué hace? - -RUY BLAS (_dejando el frasco_).--¡Nada! Mis males han terminado; me -maldecís, y yo os bendigo; esto es todo. - -LA REINA (_aterrada_).--¡Don César! - -RUY BLAS.--¡Cuando pienso, pobre ángel, que me habéis amado! - -LA REINA.--¿Qué filtro es ese? ¿Qué habéis hecho? ¡Decídmelo, -contestadme, hablad! ¡César, yo te perdono, te amo y te creo! - -RUY BLAS.--Me llamo Ruy Blas. - -LA REINA (_rodeándole con sus brazos_).--Ruy Blas, os perdono; pero -¿qué habéis hecho? ¡Hablad, yo os lo mando! ¿Es veneno ese horrible -licor? - -RUY BLAS.--Sí; pero siento alegría en el corazón. (_Abrazando á la -Reina y levantando los ojos al cielo._) ¡Permitid, oh Dios mío, que -este pobre lacayo bendiga á su Reina, porque ella consoló su triste -corazón; permitid que por su piedad muera ya que por su amor vivió! - -LA REINA.--¡Dios mío!¡Un veneno! ¡Y yo soy la causa de su muerte! ¡Yo -te amo, y te había perdonado! - -RUY BLAS (_desfallecido_).--Lo mismo hubiera hecho. (_Su voz se apaga; -la Reina le sostiene en sus brazos._) Ya no podía vivir. ¡Adiós! -(_Mostrando la puerta._) ¡Huíd de aquí! Todo quedará en secreto... ¡Yo -muero! - - (_Cae._) - -LA REINA (_arrojándose sobre su cuerpo_).--¡Ruy Blas! - -RUY BLAS (_á punto de morir, vuelve en sí al oir su nombre pronunciado -por la Reina_).--¡Gracias! - -[Ilustración] - - - - -ÍNDICE - - - PÁGINAS. - -LUCRECIA BORGIA - - Prefacio. 7 - - LUCRECIA BORGIA: Drama en tres actos. 13 - - Acto primero -- Afrenta sobre afrenta. - - Parte primera. 15 - - Parte segunda. 34 - - Acto II -- La pareja. - - Parte primera. 49 - - Parte segunda. 73 - - Acto III -- Embriaguez mortal. 79 - - -MARÍA TUDOR - - Prefacio. 101 - - MARÍA TUDOR: Drama en tres jornadas. 105 - - Jornada primera -- El hombre del pueblo. 107 - - Jornada segunda -- La reina. 139 - - Jornada tercera -- ¿Cuál de los dos? - - Parte primera. 165 - - Parte segunda. 190 - - -LA ESMERALDA - - Prefacio. 205 - - LA ESMERALDA: Libreto de ópera en cuatro actos. 207 - - Acto primero. 209 - - Acto II. 221 - - Acto III. 231 - - Acto IV. 239 - - -RUY BLAS - - Prólogo. 255 - - RUY BLAS: Drama en cinco actos. 263 - - Acto primero -- Don Salustio. 265 - - Acto II -- La reina de España. 289 - - Acto III -- Ruy Blas. 311 - - Acto IV -- Don César. 331 - - Acto V -- El tigre y el león. 361 - -*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DRAMAS (2 DE 2) *** - -Updated editions will replace the previous one--the old editions will -be renamed. - -Creating the works from print editions not protected by U.S. copyright -law means that no one owns a United States copyright in these works, -so the Foundation (and you!) can copy and distribute it in the -United States without permission and without paying copyright -royalties. 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Redistribution is subject to the trademark -license, especially commercial redistribution. - -START: FULL LICENSE - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full -Project Gutenberg-tm License available with this file or online at -www.gutenberg.org/license. - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project -Gutenberg-tm electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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INDEMNITY - You agree to indemnify and hold the Foundation, the -trademark owner, any agent or employee of the Foundation, anyone -providing copies of Project Gutenberg-tm electronic works in -accordance with this agreement, and any volunteers associated with the -production, promotion and distribution of Project Gutenberg-tm -electronic works, harmless from all liability, costs and expenses, -including legal fees, that arise directly or indirectly from any of -the following which you do or cause to occur: (a) distribution of this -or any Project Gutenberg-tm work, (b) alteration, modification, or -additions or deletions to any Project Gutenberg-tm work, and (c) any -Defect you cause. - -Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm - -Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of -electronic works in formats readable by the widest variety of -computers including obsolete, old, middle-aged and new computers. It -exists because of the efforts of hundreds of volunteers and donations -from people in all walks of life. - -Volunteers and financial support to provide volunteers with the -assistance they need are critical to reaching Project Gutenberg-tm's -goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will -remain freely available for generations to come. In 2001, the Project -Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure -and permanent future for Project Gutenberg-tm and future -generations. To learn more about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation and how your efforts and donations can help, see -Sections 3 and 4 and the Foundation information page at -www.gutenberg.org - -Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation - -The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non-profit -501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the -state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal -Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification -number is 64-6221541. Contributions to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation are tax deductible to the full extent permitted by -U.S. federal laws and your state's laws. - -The Foundation's business office is located at 809 North 1500 West, -Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887. Email contact links and up -to date contact information can be found at the Foundation's website -and official page at www.gutenberg.org/contact - -Section 4. 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Hart was the originator of the Project -Gutenberg-tm concept of a library of electronic works that could be -freely shared with anyone. For forty years, he produced and -distributed Project Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of -volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as not protected by copyright in -the U.S. unless a copyright notice is included. Thus, we do not -necessarily keep eBooks in compliance with any particular paper -edition. - -Most people start at our website which has the main PG search -facility: www.gutenberg.org - -This website includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
