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-The Project Gutenberg eBook of Dramas (2 de 2), by Víctor Hugo
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
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-whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
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-using this eBook.
-
-Title: Dramas (2 de 2)
- Lucrecia Borgia ; María Tudor ; La Esmeralda ; Ruy Blas
-
-Author: Víctor Hugo
-
-Translator: A. Blanco Prieto
-
-Illustrator: F. Gómez Soler
-
-Release Date: June 10, 2021 [eBook #65584]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: UTF-8
-
-Produced by: Ramón Pajares Box and the Online Distributed Proofreading
- Team at https://www.pgdp.net (This file was produced from
- images generously made available by Biblioteca Digital
- Hispánica/Biblioteca Nacional de España).
-
-*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DRAMAS (2 DE 2) ***
-
-NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
-
- * Las cursivas se muestran entre _subrayados_, y las versalitas se
- han convertido a MAYÚSCULAS.
-
- * Los errores de imprenta han sido corregidos.
-
- * La ortografía del original ha sido respetada, normalizándose las
- variantes a la grafía más frecuente.
-
- * Se han añadido tildes a las mayúsculas que las necesitan y se
- ha completado el emparejamiento de los signos de interrogación y
- exclamación.
-
- * Se ha ampliado el Índice para que mencione los Actos y Partes de
- cada drama.
-
- * Algunas ilustraciones se han desplazado ligeramente para no
- interrumpir un párrafo.
-
- * Las páginas en blanco han sido eliminadas.
-
-
-
-
-DRAMAS DE VÍCTOR HUGO
-
-
-
-
-ES PROPIEDAD
-
-
-
-
- DRAMAS
- DE
- VÍCTOR HUGO
-
- LUCRECIA BORGIA
- MARÍA TUDOR -- LA ESMERALDA -- RUY BLAS
-
- TRADUCCIÓN DE
- A. BLANCO PRIETO
-
- ILUSTRACIÓN DE
- F. GÓMEZ SOLER
-
- [Ilustración]
-
- BARCELONA
- BIBLIOTECA «ARTE Y LETRAS»
- DANIEL CORTEZO y C.ª--Calle de Pallars (Salón de S. Juan)
- 1887
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-
-Establecimiento tipográfico-editorial de DANIEL CORTEZO Y C.ª
-
-
-
-
- LUCRECIA BORGIA
-
- Drama en 3 actos, con un prefacio de su autor
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PREFACIO
-
-
-Cuando estaba escribiendo el prefacio de su último drama, el autor
-volvió á la ocupación de toda su vida, al arte; y continuó sus trabajos
-predilectos, aun antes de acabar del todo con los adversarios políticos
-que fueron á distraerle hace dos meses. Por otra parte, dar á luz un
-nuevo drama seis semanas después del que se había prohibido, era, en
-cierto modo, censurar al gobierno por su acto; era demostrarle que
-perdía el tiempo, probándole que el arte y la libertad podían renacer
-en una noche bajo el torpe pie que los hollaba. Así es que el autor
-confía sostener de aquí en adelante la lucha política, mientras fuere
-necesario, sin dejar la obra literaria. Se puede cumplir con los
-propios deberes y llevar á cabo una misión al mismo tiempo, sin que lo
-uno perjudique á lo otro: el hombre tiene dos manos.
-
-El _Rey se divierte_ y _Lucrecia Borgia_ no se asemejan por el
-fondo ni por la forma, y estas dos obras tienen, cada cual por su
-parte, un destino tan diverso, que la una será tal vez algún día la
-principal fecha política, y la otra la principal fecha literaria de
-la vida del autor. Sin embargo, cree de su deber decir que estas dos
-composiciones tan diferentes en el fondo, en la forma y en el destino,
-se relacionan íntimamente en su pensamiento. La idea que produjo el
-_Rey se divierte_, y la que dió origen á _Lucrecia Borgia_ nacieron
-en el mismo instante y en el mismo punto del corazón. ¿Cuál es, en
-efecto, el pensamiento íntimo oculto bajo estas tres ó cuatro cortezas
-concéntricas en la primera de dichas producciones? Hele aquí: tomemos
-la deformidad _física_ más hedionda, la más repugnante y completa;
-coloquémosla allí donde más resalte, en el piso más bajo y en el más
-despreciado del edificio social; iluminemos por todos lados, con la
-siniestra luz de los contrastes, ese mísero sér; y después démosle
-un alma y póngase en ésta el sentimiento más puro que se concede al
-hombre: el de la paternidad. ¿Qué sucederá? Que este sentimiento
-sublime, excitado, según ciertas condiciones, transformará á vuestros
-ojos el sér envilecido, el cual, pequeño al principio, llegará á ser
-grande, y su deformidad se convertirá en belleza. En el fondo, he
-aquí lo que es el _Rey se divierte_. Ahora bien, ¿qué es _Lucrecia
-Borgia_? Tómese la deformidad _moral_ más hedionda, la más repugnante y
-completa; colóquese allí donde más resalte, en el corazón de una mujer,
-con todas las condiciones de la belleza física y de la grandiosidad
-regia, que ponen más en relieve el crimen; y ahora mézclese con toda
-esta deformidad moral un sentimiento puro, el más puro que á la mujer
-le es dado experimentar, el sentimiento materno; en el monstruo poned
-una madre, y desde luego interesará y hará llorar; y ese sér que
-inspiraba temor, infundirá lástima; y esa alma deforme se hará casi
-hermosa á vuestros ojos. Así, pues, la paternidad santificando la
-deformidad física es el _Rey se divierte_; y la maternidad, purificando
-la deformidad moral, es _Lucrecia Borgia_. Si en el pensamiento del
-autor no fuese bárbara la palabra _biología_, esas dos producciones no
-formarían más que una biología _sui generis_, que pudiera titularse:
-_El Padre_ y _la Madre_. La suerte les ha separado; pero ¿qué importa?
-La una prosperó; la otra ha sido condenada; la idea que constituye el
-fondo de la primera se mantendrá tal vez encubierta aún, á causa de
-mil prevenciones, para muchas miradas; la idea que engendró la segunda
-parece ser comprendida y aceptada todas las noches por una multitud
-inteligente y simpática, si no nos ciega alguna ilusión: _Habent sua
-fata_. Pero sea lo que fuere de esas dos composiciones, que por lo
-demás no tienen otro mérito que la atención con que el público ha
-tenido á bien escucharlas, son hermanas gemelas, que se han tocado
-en germen, la coronada y la proscrita, como Luís XIV y el Máscara de
-Hierro.
-
-Corneille y Molière tenían por costumbre contestar en detalle á las
-críticas que sus obras suscitaban, y no deja de ser curioso hoy ver
-á esos gigantes del teatro debatir en _prefacios_ y _advertencias
-al lector_, entre la inextricable red de objeciones que la crítica
-contemporánea urdía sin descanso á su alrededor. El autor de este drama
-no se cree digno de seguir tan grandes ejemplos, y por lo tanto callará
-ante la crítica: lo que sienta bien en hombres vestidos de autoridad,
-como Molière y Corneille, no sería oportuno en otros. Por lo demás,
-tal vez sólo Corneille en todo el mundo podría conservarse grande y
-sublime en el momento mismo en que, de rodillas, hace poner un prefacio
-ante Scudery ó Chapelain. El autor dista mucho de ser Corneille, y está
-muy lejos de tener nada que ver con Chapelain ó Scudery. La crítica,
-salvo algunas raras excepciones, ha sido generalmente leal y benévola
-para él; pero sin duda podría contestar á más de una objeción. Á
-los que opinan, por ejemplo, que Genaro se deja envenenar demasiado
-cándidamente por el duque en el segundo acto, podría preguntarles
-si Genaro, personaje creado por la fantasía del poeta, había de ser
-más _verosímil_ y más desconfiado que el histórico Druso de Tácito,
-_ignarum et juveniliter hauriens_; y á los que le censuran por haber
-exagerado los crímenes de Lucrecia Borgia, les diría: «Leed á Tomasi,
-á Guicciardini y sobre todo el _Diarium_»; á los que le vituperan por
-haber aceptado ciertos rumores populares semifabulosos sobre la muerte
-de los maridos de Lucrecia, les contestaría que con frecuencia las
-fábulas del pueblo constituyen la verdad del poeta; y además citaría de
-nuevo á Tácito, historiador más obligado á criticarse sobre la realidad
-de los hechos que no el poeta dramático: _Quamvis fabulosa et immania
-credebantur, atrociore semper fama erga dominantius exitus_. El autor
-podría detallar estas explicaciones mucho más, examinando una por una
-con la crítica todas las piezas de la armazón de su obra; pero prefiere
-dar gracias al crítico en vez de contradecirle; y por otra parte,
-complácele más que el lector halle en el drama, y no en el prefacio,
-las respuestas que podría dar á las objeciones del crítico.
-
-Se le dispensará que no insista sobre la parte puramente estética de
-su obra. Hay todo un orden de ideas muy distinto, no menos elevado en
-su opinión, que quisiera tener tiempo de remover y profundizar en la
-_Lucrecia Borgia_. Á su modo de ver, en las cuestiones literarias hay
-otras muchas sociales, y toda obra es una acción. He aquí el asunto
-sobre el cual se extendería de buena gana si no le faltasen el tiempo
-y el espacio. El teatro, nunca lo repetiremos en demasía, tiene en
-nuestra época una inmensa importancia que tiende á desarrollarse sin
-cesar con la civilización misma. El teatro es una tribuna, una cátedra;
-el teatro habla muy alto. Cuando Corneille dice:
-
- _Porque eres más que un rey, te crees ya ser algo_,
-
-Corneille es Mirabeau; y cuando Shakespeare dice: _To die, to sleep_,
-Shakespeare es Bossuet.
-
-El autor sabe hasta qué punto el teatro es algo muy grande y formal;
-sabe que el drama, sin salir de los límites imparciales del arte, tiene
-una misión nacional, una misión social, una misión humana. Cuando ve
-todas las noches, él, pobre poeta, á ese pueblo tan inteligente y
-adelantado, que convierte á París en la ciudad central del progreso,
-extasiarse en masa ante un telón que se levantará un momento después
-por su pensamiento, se juzga muy poca cosa para excitar tanta atención
-y curiosidad; comprende que si su talento no es nada, es preciso que
-su honradez lo sea todo; y se interroga severamente sobre el alcance
-filosófico de su obra, porque se considera responsable, y no quiere que
-esa multitud pueda pedirle cuenta un día de lo que le enseñó. El poeta
-ha de cuidar también de las almas; es preciso que el público no salga
-del teatro sin llevar consigo alguna moralidad austera y profunda;
-y por eso espera, Dios mediante, no desarrollar jamás en la escena
-(por lo menos mientras duren los tiempos críticos en que estamos)
-sino asuntos llenos de lecciones y de consejos; presentará siempre
-el ataúd en la sala del festín, la oración de difuntos mezclándose
-con los cantos de la orgía, y la cogulla junto á la careta. Algunas
-veces dejará al carnaval cantar desordenado y desaforadamente en el
-proscenio, pero le gritará desde el fondo de la escena: _Memento quia
-pulvis es_. Sabe que el arte solo, el arte puro, el arte propiamente
-dicho, no exige todo esto del poeta; pero piensa que en el teatro,
-sobre todo, no basta llenar solamente las condiciones del arte. Y
-en cuanto á las llagas y miserias de la humanidad, siempre que las
-presente en el drama, tratará de encubrir con el velo de una idea
-consoladora y grave todo lo que esas desnudeces tengan de odioso en
-demasía. No pondrá á Marion de Lorme en la escena sin purificar á la
-cortesana con un poco de amor; dará á Triboulet, el deforme, un corazón
-de padre; á la monstruosa Lucrecia, entrañas de madre; y de este modo,
-su conciencia reposará al menos tranquila y serena en su obra. El drama
-que sueña y que se propone realizar podrá tocarlo todo sin manchar
-nada. Hágase circular en el conjunto un pensamiento moral y compasivo,
-y no habrá nada deforme ni repugnante. Con la cosa más hedionda
-mézclese una idea religiosa, y será santa y pura. Sujetad á Dios al
-palo y tendréis la cruz.
-
- 12 de Febrero de 1833.
-
-
-
-
-LUCRECIA BORGIA
-
-
-
-
-PERSONAJES
-
-
- LUCRECIA BORGIA.
- ALFONSO DE ESTE.
- GENARO.
- GUBETTA.
- MAFFIO ORSINI.
- JEPPO LIVERETTO.
- APÓSTOLO GAZELLA.
- ASCANIO PETRUCCI.
- OLOFERNO VITELLOZZO.
- RUSTIGHELLO.
- ASTOLFO.
- LA PRINCESA NEGRONI.
- UN HUJIER.
- FRAILES.
- Caballeros, pajes y guardias.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO PRIMERO
-
-AFRENTA SOBRE AFRENTA
-
-
-PARTE PRIMERA
-
-Un terrado del palacio Barbarigo, en Venecia. Fiesta nocturna; varias
-máscaras cruzan á cada instante; en ambos lados del mismo, el palacio
-presenta una iluminación espléndida, y se oyen acordes musicales. El
-terrado está cubierto de sombra y de verde; en el fondo se figura que
-al pie se halla el canal de la Zueca, por el cual se ven pasar, á
-intervalos, entre las tinieblas, góndolas cargadas de máscaras; en cada
-una de ellas se oye música cuando cruza por el fondo del teatro, tan
-pronto alegre como lúgubre, y se extingue gradualmente en lontananza. Á
-lo lejos se divisa Venecia, iluminada por la luz de la luna.
-
-PERSONAJES
-
- LUCRECIA BORGIA.
- GENARO.
- GUBETTA.
- MAFFIO ORSINI.
- JEPPO LIVERETTO.
- APÓSTOLO GAZELLA.
- ASCANIO PETRUCCI.
- OLOFERNO VITELLOZZO.
- ALFONSO DE ESTE.
- RUSTIGHELLO.
- ASTOLFO.
-
-
-ESCENA I
-
-GUBETTA, GENARO (vestido de capitán), APÓSTOLO GAZELLA, MAFFIO ORSINI,
-ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO VITELLOZZO, LIVERETTO
-
- (_Jóvenes caballeros, magníficamente vestidos, con sus antifaces en
- la mano, conversan en el terrado._)
-
-OLOFERNO.--Vivimos en una época en que los hombres consuman tantos
-actos horribles, que ya no se habla de ese; pero seguro es que jamás se
-ha conocido un hecho tan siniestro y misterioso.
-
-ASCANIO.--Un acto tenebroso, por hombres que lo son también.
-
-JEPPO.--Yo conozco bien los hechos, señores, pues me los ha referido
-mi primo, el cardenal Carriale, que es la persona mejor informada...
-ya conocéis al cardenal, aquel que tuvo tan empeñada disputa con el
-cardenal Riario sobre la guerra contra Carlos VIII de Francia.
-
-GENARO (_bostezando_).--¡Ah! hete aquí que Jeppo comienza con sus
-historias... Por mi parte no quiero escuchar, porque ya estoy cansado
-de oir.
-
-MAFFIO.--Esas cosas no te interesan, Genaro, y me parece muy natural.
-Tú eres un bravo capitán aventurero, que lleva un nombre de capricho;
-no conoces á tu padre ni á tu madre, aunque no se duda seas caballero,
-á juzgar por tu modo de manejar la espada; pero todo cuanto se sabe de
-tu nobleza es que te bates como un león. Á fe mía, somos compañeros de
-armas, y lo que te digo no es para ofenderte. Si me salvaste la vida en
-Rímini, yo te la salvé en el puente de Vicencio; nos hemos jurado mutuo
-auxilio así en guerra como en amor; vengarnos juntos cuando necesario
-sea y tener por enemigos, yo los tuyos, y tú los míos. Un astrólogo nos
-predijo que moriríamos el mismo día, y dímosle diez cequíes de oro por
-su pronóstico. No somos amigos, sino hermanos. En fin, tú tienes la
-suerte de llamarte simplemente Genaro, de no conocer pariente alguno,
-y de que no te persiga ninguna de esas fatalidades inherentes á los
-nombres históricos. ¡Eres feliz! ¿Qué te importa lo que pasa ni lo que
-ha pasado, con tal que haya siempre hombres para la guerra y mujeres
-para el placer? ¿Qué te importa la historia de las familias ni de las
-ciudades, á ti que no tienes patria ni familia? Para nosotros, amigo
-Genaro, es diferente; tenemos derecho á interesarnos en las catástrofes
-de nuestra época; nuestros padres y nuestras madres han intervenido en
-esa tragedia; y casi todas nuestras familias visten de luto aún.--Dinos
-cuanto sepas, Jeppo.
-
-GENARO. (_Déjase caer en un sillón, en la actitud del que se propone
-dormir._)--Me despertaréis cuando Jeppo haya concluído.
-
-JEPPO.--Comienzo. En el año mil cuatrocientos noventa...
-
-GUBETTA (_Desde un rincón._)--Noventa y siete.
-
-JEPPO.--Eso es, noventa y siete. Era cierta noche de un miércoles á
-jueves...
-
-GUBETTA.--No, de un martes á miércoles.
-
-JEPPO.--Tenéis razón.--Aquella noche, pues, un barquero del Tíber, que
-estaba echado en su barca, custodiando sus mercancías, presenció algo
-espantoso; hallábase un poco más abajo de la iglesia de San Jerónimo,
-y serían como las cinco de la madrugada. El buen hombre vió avanzar
-en la oscuridad, por el camino que hay á la izquierda del templo, dos
-hombres á pie, mirando á un lado y otro, cual si estuvieran inquietos;
-después aparecieron otros dos, y luego un tercero, hasta que se
-reunieron siete; sólo uno de ellos iba montado. La noche estaba muy
-oscura, y en todas las casas que dan al Tíber veíase sólo una ventana
-iluminada. Los siete hombres se aproximaron á la orilla del río; el
-jinete hizo dar media vuelta á su caballo, y entonces el barquero vió
-claramente en la grupa unas piernas que pendían por un lado, mientras
-que la cabeza y los brazos colgaban por el otro: era el cadáver de
-un hombre. Mientras sus compañeros vigilaban en los ángulos de las
-calles, dos hombres cogieron el cuerpo, balanceáronle dos ó tres veces
-con fuerza y arrojáronle en medio del Tíber. Apenas el cadáver tocó el
-agua, el jinete hizo una pregunta, á la que los otros dos contestaron:
-«Sí, Excelencia.» Entonces el caballero se volvió hacia el Tíber, y
-como viese alguna cosa negra que flotaba en el agua, preguntó qué era
-aquello. «Señor, le contestaron, es la capa del difunto.» Uno de los
-hombres arrojó entonces algunas piedras sobre la capa, hasta que se
-hundió; y hecho esto alejáronse todos, tomando el camino que conduce á
-San Jaime. He aquí lo que el barquero vió.
-
-MAFFIO.--¡Lúgubre aventura! ¿Sería algún personaje el que esos hombres
-echaron al agua? Ese jinete me da mucho que pensar. ¡El asesino montado
-y el muerto en la grupa del cuadrúpedo! ¡Es cosa rara!
-
-GUBETTA.--En ese caballo iban los dos hermanos.
-
-JEPPO.--Vos lo habéis dicho, caballero Belverana: el cadáver era el de
-Juan Borgia, y el jinete era César Borgia.
-
-MAFFIO.--¡Familia de diablos es la de los Borgias! Y decidme, Jeppo,
-¿por qué el hermano cometió aquel fratricidio?
-
-JEPPO.--No os lo diré, pues la causa del asesinato es tan abominable,
-que debe ser un pecado mortal hasta el hablar de ello.
-
-GUBETTA.--Pues yo os lo diré: César, cardenal entonces, mató á Juan,
-duque de Gandía, porque los dos hermanos amaban á la misma mujer.
-
-MAFFIO.--¿Y quién era esa mujer?
-
-GUBETTA.--Su hermana.
-
-JEPPO.--Basta, señor de Belverana; no pronunciéis ante nosotros el
-nombre de esa mujer monstruosa; ni una sola de nuestras familias ha
-dejado de ser objeto de sus iniquidades.
-
-MAFFIO.--¿No había de por medio alguna criatura?
-
-JEPPO.--Sí, un niño, hijo de Juan Borgia.
-
-MAFFIO.--Ese niño sería ahora un hombre.
-
-OLOFERNO.--Ha desaparecido.
-
-JEPPO.--¿Fué César Borgia quien consiguió sustraerlo á la madre, ó
-fué ésta quien se lo quitó á César? Nadie ha sabido contestar á esta
-pregunta.
-
-APÓSTOLO.--Si es la madre quien oculta al hijo, hace bien. Desde que
-César Borgia llegó á ser duque de Valentinois, ha mandado dar muerte,
-como ya sabéis, sin contar á su hermano Juan, á sus dos sobrinos, á los
-hijos del príncipe de Esquilache, y á su primo, el cardenal Francisco
-Borgia: ese hombre tiene la fiebre de matar á sus parientes.
-
-JEPPO.--¡Pardiez! quiere ser el único Borgia, á fin de heredar todos
-los bienes del papa.
-
-ASCANIO.--Esa hermana que no queréis nombrar, Jeppo, emprendió en la
-misma época, según creo, una peregrinación secreta al monasterio de San
-Sixto para encerrarse allí, sin que se supiera por qué.
-
-JEPPO.--Creo que sí. Sin duda fué para separarse del señor Juan Sforza,
-su segundo marido.
-
-MAFFIO.--¿Y cómo se llamaba el barquero que vió todo eso?
-
-JEPPO.--Lo ignoro.
-
-GUBETTA.--Se llamaba Jorge Schiavone, y ocupábase en conducir leña á
-Ripetta por el Tíber.
-
-MAFFIO (_en voz baja á Ascanio_).--He ahí á un extranjero que parece
-mejor enterado de nuestros asuntos que nosotros mismos.
-
-ASCANIO (_en voz baja_).--Yo desconfío de ese caballero de Belverana;
-mas no profundicemos la cuestión porque tal vez habría en esto algún
-peligro.
-
-JEPPO.--¡Ah, señores! ¡En qué tiempos vivimos! ¿Conocéis algún sér
-humano que pueda confiar hoy en vivir mañana en esta pobre Italia,
-asolada por la guerra y por los Borgias?
-
-APÓSTOLO.--Hablando de otra cosa, señores, creo que todos debemos
-formar parte de la embajada que la república de Venecia envía al duque
-de Ferrara, para felicitarle por haber recobrado á Rímini de los
-Malatesta. ¿Cuándo iremos á Ferrara?
-
-OLOFERNO.--Decididamente será pasado mañana. Sin duda sabréis que ya
-están nombrados los dos embajadores, que son el senador Tiópolo y el
-general Grimani.
-
-APÓSTOLO.--¿Vendrá con nosotros el capitán Genaro?
-
-MAFFIO.--¡Indudablemente! Genaro y yo no nos separamos nunca.
-
-ASCANIO.--Debo hacer una observación importante, señores, y es que se
-bebe el vino de España mientras estamos aquí.
-
-MAFFIO.--Volvamos al palacio. ¡Eh! Genaro. (_Á Jeppo._) ¡Calle! se ha
-dormido de veras cuando referíais vuestra historia.
-
-JEPPO.--Que duerma.
-
- (_Salen todos excepto Gubetta._)
-
-
-ESCENA II
-
-GUBETTA, GENARO, durmiendo
-
-GUBETTA (_solo_).--Sí, yo sé más que ellos; se lo decían en voz baja;
-pero Lucrecia sabe más que yo; el caballero Valentinois está mejor
-enterado aún que ella; el diablo sabe más que ese caballero; y el
-papa Alejandro VI aventaja en este punto al mismo diablo. (_Mirando á
-Genaro._) ¡Cómo duermen esos jóvenes!
-
- (_Entra Lucrecia, con antifaz; ve á Genaro dormido, acércase á él y
- le contempla con una especie de gozo y de respeto._)
-
-
-ESCENA III
-
-GUBETTA, LUCRECIA, GENARO, dormido
-
-LUCRECIA.--¡Duerme! Sin duda le ha cansado la fiesta... ¡Qué hermoso
-es! (_Volviéndose._) ¡Gubetta!
-
-GUBETTA.--No habléis alto, señora... No me llamo aquí Gubetta, sino
-conde de Belverana, caballero castellano; y vos sois la señora marquesa
-de Pontequadrato, dama napolitana. No debemos aparentar que somos
-conocidos. ¿No es eso lo que ha dispuesto Vuestra Alteza? Aquí no
-estáis en vuestra casa; os halláis en Venecia.
-
-LUCRECIA.--Es justo, Gubetta; pero en este terrado no hay más que ese
-joven dormido ahora, y podremos hablar un instante.
-
-GUBETTA.--Como Vuestra Alteza guste; pero réstame aún daros un consejo,
-y es que no os descubráis, porque podrían reconoceros.
-
-LUCRECIA.--¿Qué me importa? Si no saben quién soy, nada tengo que
-temer; y si lo saben, ellos son los que deben guardarse.
-
-GUBETTA.--Estamos en Venecia, señora, y aquí tenéis muchos enemigos,
-pero enemigos libres. Sin duda la República no toleraría que se
-atentase contra vuestra persona; pero podrían insultaros.
-
-LUCRECIA.--¡Ah! tienes razón; mi nombre infunde horror.
-
-GUBETTA.--Aquí no hay tan sólo venecianos, sino también romanos,
-napolitanos, italianos de todo el país.
-
-LUCRECIA.--¡Y toda Italia me odia; tienes razón! Sin embargo, es
-preciso que todo esto cambie; yo no había nacido para hacer daño, y
-lo conozco ahora más que nunca. El ejemplo de mi familia es el que me
-arrastra... ¡Gubetta!
-
-GUBETTA.--Señora.
-
-LUCRECIA.--Dispón que se lleven á nuestro gobierno de Spoletto las
-órdenes que vamos á dar.
-
-GUBETTA.--Mandad, señora; siempre tengo cuatro mulas ensilladas y otros
-tantos correos dispuestos á marchar.
-
-LUCRECIA.--¿Qué se ha hecho de Galeas Accaioli?
-
-GUBETTA.--Sigue en la prisión, esperando á que Vuestra Alteza mande
-ahorcarle.
-
-LUCRECIA.--¿Y Buondelmonte?
-
-GUBETTA.--En el calabozo; aún no habéis dado la orden para que le
-estrangulen.
-
-LUCRECIA.--¿Y Manfredo de Curzola?
-
-GUBETTA.--Esperando también la hora de la ejecución.
-
-LUCRECIA.--¿Y Spadacappa?
-
-GUBETTA.--Todavía es obispo de Pésaro y regente de la Cancillería;
-pero antes de un mes quedará reducido á un poco de polvo, pues le han
-prendido á causa de vuestras quejas, y está bien vigilado en las
-cámaras bajas del Vaticano.
-
-LUCRECIA.--Gubetta, escribe al punto al Padre Santo pidiéndole gracia
-para Pedro Capra; y que se ponga en libertad á Accaioli, Manfredo de
-Curzola, Buondelmonte y Spadacappa.
-
-GUBETTA.--¡Esperad, señora, esperad, dejadme respirar! ¡Cuántas órdenes
-me dais á un tiempo! ¡Ahora llueven perdones y misericordia! ¡Estoy
-sumergido en la clemencia, y no podré librarme nunca de este diluvio de
-buenas acciones!
-
-LUCRECIA.--Buenas ó malas ¿qué te importa, con tal que te las pague?
-
-GUBETTA.--¡Ah! es que una buena acción es mucho más difícil de hacer
-que una mala. ¡Pobre de mí! Ahora que imagináis ser misericordiosa ¿qué
-llegaré á ser yo?
-
-LUCRECIA.--Escucha, Gubetta; tú eres mi más antiguo y mi más fiel
-confidente...
-
-GUBETTA.--Sí; hace quince años que tengo el honor de colaborar con vos.
-
-LUCRECIA.--Pues bien, amigo mío, mi fiel cómplice, ¿no comienzas á
-comprender la necesidad de que cambiemos de género de vida? ¿No tienes
-sed de que nos bendigan á ti y á mí tanto como nos han maldecido? ¿No
-se cuentan ya bastantes crímenes?
-
-GUBETTA.--Veo que estáis en camino de llegar á ser la princesa más
-virtuosa del mundo.
-
-LUCRECIA.--¿No te comienza á pesar esa reputación de infames, de
-asesinos y de envenenadores, común á los dos?
-
-GUBETTA.--Nada de eso. Cuando paso por las calles de Spoletto, suelo
-oir á veces á los plebeyos que murmuran á mi alrededor: «¡Hum! ese es
-Gubetta, Gubetta veneno, Gubetta cuchillo, Gubetta dogal», pues me han
-puesto una infinidad de motes de los más brillantes; pero á mí no me
-importa. Se dice todo eso, y cuando no se emplea la palabra, los ojos
-lo expresan. Esto no me hace mella, porque estoy acostumbrado á mi mala
-reputación, como el soldado del Papa á servir la misa.
-
-LUCRECIA.--Pero ¿no comprendes que todos los nombres odiosos con que
-te designan, y á mí también, podrían despertar el desprecio y el odio
-en un corazón en que quisieras hallar cariño? ¿No amas á nadie en el
-mundo, Gubetta?
-
-GUBETTA.--¡Yo quisiera saber á quién amáis vos, señora!
-
-LUCRECIA.--¿Qué sabes tú? Yo soy franca contigo; no te hablaré de mi
-padre, ni de mi hermano, ni de mi esposo, ni de mis amantes.
-
-GUBETTA.--No comprendo que se pueda amar otra cosa.
-
-LUCRECIA.--Pues hay otra, Gubetta.
-
-GUBETTA.--¡Hola! ¿os haréis virtuosa por amor de Dios?
-
-LUCRECIA.--¡Gubetta, Gubetta! Si hubiese hoy en Italia, en esta fatal y
-criminal Italia, un corazón noble y puro, un corazón dotado de elevadas
-y varoniles virtudes, un corazón de ángel bajo la coraza del guerrero;
-si no me quedase á mí, pobre mujer odiada, despreciada y aborrecida,
-maldita de los hombres y condenada del cielo, mísera aunque poderosa;
-si no me quedase, en el estado aflictivo en que mi alma agoniza
-dolorosamente, más que una idea, una esperanza, la de merecer y obtener
-antes de mi muerte un poco de ternura y de cariño en un corazón tan
-intrépido como puro; si no tuviera más pensamiento que la ambición de
-sentirle latir un día alegre y libremente sobre el mío, ¿comprenderías
-entonces, Gubetta, por qué me urge purificar mi pasado y mi reputación,
-lavar las manchas que por todas partes tengo, y convertir en una idea
-de gloria, de penitencia y de virtud, la idea infame y sanguinaria que
-Italia tiene de mi nombre?
-
-GUBETTA.--¡Señora! ¿En qué ermita habéis estado hoy?
-
-LUCRECIA.--No te rías. Hace ya largo tiempo que tengo estas ideas y
-nada te digo; el que se ve arrastrado por una corriente de crímenes no
-se detiene cuando quiere; los dos ángeles luchaban en mí, el bueno y el
-malo, y paréceme que el primero triunfará al fin.
-
-GUBETTA.--Entonces, ¡_te Deum laudamus, magnificat anima mea Dominum_!
-¿Sabéis, señora, que no os comprendo, y que desde hace algún tiempo
-sois del todo indescifrable para mí? En el espacio de un mes, Vuestra
-Alteza anuncia su marcha á Spoletto, se despide de don Alfonso de
-Este, vuestro esposo, que tiene la candidez de enamorarse de vos como
-un tortolillo, mostrándose celoso como un tigre; Vuestra Alteza sale
-de Ferrara y va secretamente á Venecia, casi sin séquito, tomando un
-nombre supuesto napolitano, y yo otro español. Llegada á Venecia,
-Vuestra Alteza tiene á bien separarse de mí, dándome orden de no
-conocerla, y después asiste á todas las fiestas, á las serenatas y á
-las reuniones, aprovechándose del Carnaval para ir siempre enmascarada,
-ocultándose á las miradas de todos, y sin hablarme nunca más que dos
-palabras entre puertas todas las noches. ¡Y ahora que todos esos
-regocijos terminen con un sermón para mí! ¡Un sermón de vos, señora!
-¿No os parece esto prodigioso? Habéis metamorfoseado vuestro nombre,
-después vuestro traje y ahora vuestra alma. ¡Esto sí que es un Carnaval
-llevado hasta el último extremo! Yo me confundo. ¿Dónde está la causa
-de esa conducta por parte de Vuestra Alteza?
-
-LUCRECIA (_cogiéndole vivamente el brazo, y acercándose á Genaro
-dormido_).--¿Ves ese joven?
-
-GUBETTA.--Ese joven no es nada nuevo para mí; ya sé que vais en su
-seguimiento con vuestro disfraz desde que estáis en Venecia.
-
-LUCRECIA.--¿Qué dices?
-
-GUBETTA.--Digo que es un joven que duerme echado en este momento, y que
-dormiría de pie si hubiera oído la conversación moral y edificante que
-acabo de tener con Vuestra Alteza.
-
-LUCRECIA.--¿No te parece hermoso?
-
-GUBETTA.--Más lo sería si no tuviese los ojos cerrados; una cara sin
-ojos es un palacio sin ventanas.
-
-LUCRECIA.--¡Si supieras cuánto le amo!
-
-GUBETTA.--Esa es cuestión de don Alfonso, vuestro real esposo; pero
-debo advertir á Vuestra Alteza que pierde el tiempo, porque ese joven,
-según me han dicho, está enamorado de una hermosa doncella llamada
-Fiametta.
-
-LUCRECIA.--¿Y le ama ella?
-
-GUBETTA.--Dicen que sí.
-
-LUCRECIA.--¡Mejor! Quisiera verlos felices.
-
-GUBETTA.--Cosa singular, y que no se aviene con vuestro proceder. Yo
-creía que erais más celosa.
-
-LUCRECIA (_contemplando á Genaro_).--¡Qué figura tan noble!
-
-GUBETTA.--Yo creo que se parece á...
-
-LUCRECIA.--No digas á quién... déjame.
-
- (_Sale Gubetta. Lucrecia permanece algunos instantes como extasiada
- ante Genaro, sin ver dos hombres disfrazados que acaban de entrar por
- el fondo y que la observan._)
-
-LUCRECIA (_creyéndose sola_).--¡Es él! ¡Al fin me ha sido dado
-contemplarle un momento sin peligros! ¡No, jamás le soñé tan hermoso!
-¡Oh, Dios mío, no me castiguéis con la angustia de verme jamás
-aborrecida y despreciada de él, pues ya sabéis que es lo único que amo
-en este mundo!... No me atrevo á quitarme la careta, y sin embargo es
-preciso enjugar mis lágrimas.
-
- (_Se quita la careta para secarse los ojos. Los dos hombres
- enmascarados hablan en voz baja, mientras que ella besa la mano de
- Genaro dormido._)
-
-1.er ENMASCARADO.--Eso basta; ahora puedo ya volver á Ferrara. No he
-venido á Venecia sino para asegurarme de su infidelidad, y he visto lo
-suficiente. No puedo prolongar más mi ausencia. Ese joven es su amante.
-¿Cómo se llama, Rustighello?
-
-2.º ENMASCARADO.--Se llama Genaro; es un capitán aventurero, pero muy
-intrépido; no tiene padre ni madre ni se conoce su vida. Ahora está al
-servicio de la República de Venecia.
-
-1.er ENMASCARADO.--Arréglate para que vaya á Ferrara.
-
-2.º ENMASCARADO.--Esto se hará de por sí, Excelencia, porque pasado
-mañana marchará á dicho punto con varios de sus amigos que forman parte
-de la embajada de los senadores Tiópolo y Grimani.
-
-1.er ENMASCARADO.--Está bien. Los informes que he recibido eran
-exactos; y como ya he visto lo suficiente, podemos marchar.
-
- (_Salen._)
-
-LUCRECIA (_uniendo las manos y casi arrodillada ante Genaro_).--¡Oh
-Dios mío, que haya tanta felicidad para él como desgracia para mí!
-
- (_Besa la frente de Genaro, que se despierta sobresaltado._)
-
-GENARO (_cogiendo por los dos brazos á Lucrecia asustada_).--¡Un beso,
-una mujer! ¡Por vida mía, señora, que si fuérais reina y yo poeta
-tendríamos aquí verdaderamente la aventura de Alain Chartier, el vate
-francés!... Pero ignoro quién sois, y yo no soy más que un soldado.
-
-LUCRECIA.--¡Dejadme, caballero Genaro!
-
-GENARO.--De ningún modo, señora.
-
-LUCRECIA.--¡Alguien viene!
-
- (_Huye; Genaro la sigue._)
-
-
-ESCENA IV
-
-JEPPO y después MAFFIO
-
-JEPPO (_entrando por el lado opuesto_).--¿Quién es esa? ¡Es ella! ¡Esa
-mujer en Venecia!... ¡Oye, Maffio!
-
-MAFFIO (_entrando_).--¿Qué ocurre?
-
-JEPPO.--Un encuentro inesperado.
-
- (_Habla al oído de Maffio_).
-
-MAFFIO.--¿Estás seguro?
-
-JEPPO.--Tanto como lo estoy de que nos hallamos en el palacio Barbarigo
-y no en el de Labbia.
-
-MAFFIO.--¿Hablaba amorosamente con Genaro?
-
-JEPPO.--Sí.
-
-MAFFIO.--Será preciso librar á mi hermano Genaro de esa araña.
-
-JEPPO.--Avisemos á nuestros amigos.
-
- (_Salen.--Durante algunos momentos no aparece nadie en escena; sólo
- se ven pasar de vez en cuando por el fondo algunas góndolas con
- música.--Vuelven á entrar Genaro y Lucrecia con antifaz._)
-
-
-ESCENA V
-
-GENARO y LUCRECIA
-
-LUCRECIA.--Este terrado está oscuro y desierto; aquí puedo quitarme la
-careta, y quiero que veáis mi rostro, Genaro.
-
- (_Se descubre._)
-
-GENARO.--¡Sois muy hermosa!
-
-LUCRECIA.--¡Mírame bien, Genaro, y dime que no te causo horror!
-
-GENARO.--¡Causarme horror, señora! ¿Y por qué? Muy por el contrario,
-siento en el fondo del corazón algo que me atrae á vos.
-
-LUCRECIA.--¿Crees que podrías amarme, Genaro?
-
-GENARO.--¿Por qué no? Sin embargo, señora, quiero ser franco; siempre
-habrá una mujer á quien amaré más que á vos.
-
-LUCRECIA (_sonriendo_).--Ya lo sé, la linda Fiametta.
-
-GENARO.--No.
-
-LUCRECIA.--¿Pues quién?
-
-GENARO.--Mi madre.
-
-LUCRECIA.--¡Tu madre! ¡Oh Genaro mío! ¿La amas mucho?
-
-GENARO.--Sí; y eso que jamás la he visto. ¿No os parece esto muy
-singular? Mirad, no sé por qué siento una inclinación á confiarme á
-vos, y voy á revelaros un secreto que aún no he comunicado á nadie, ni
-siquiera á mi hermano de armas, á Maffio Orsini. Es extraño descubrirse
-así al primero que llega; pero me parece que vos no sois para mí una
-desconocida.--Capitán aventurero, que ignora cuál es su familia, fuí
-educado en Calabria por un pescador de quien me creía hijo. El día
-que cumplí diez y seis años, el buen hombre me dijo que no era mi
-padre, y algún tiempo después, presentóse un gran señor que, después
-de armarme de caballero, se marchó sin levantar siquiera la visera de
-su casco. Más tarde, llegó un hombre vestido de negro, y entregóme una
-carta; abríla y supe que era de mi madre, á quien no conocía; pero
-que á mi entender era buena, benigna, tierna, hermosa como vos; mi
-madre, á quien adoraba con toda mi alma. En aquella misiva, sin darme
-á conocer nombre alguno, manifestábaseme que era noble, de una familia
-distinguida, y que mi madre era muy desgraciada.
-
-LUCRECIA.--¡Buen Genaro!
-
-GENARO.--Desde aquel día me hice aventurero, pues siendo algo por mi
-cuna, quería serlo también por mi espada. He corrido toda la Italia;
-pero el primer día de cada mes, hálleme donde quiera, veo llegar
-siempre al mismo mensajero, quien me entrega una carta de mi madre,
-recibe la contestación y se va; nada me dice, ni yo tampoco, porque es
-sordo-mudo.
-
-LUCRECIA.--¿Conque no sabes nada de tu familia?
-
-GENARO.--Sé que tengo madre, y que es desgraciada, y que yo daría mi
-vida en este mundo por verla llorar, y en el otro por verla sonreir.
-Esto es todo.
-
-LUCRECIA.--¿Qué haces con sus cartas?
-
-GENARO.--Todas las tengo sobre el corazón. Nosotros, los hombres de
-guerra, arriesgamos siempre la piel, presentando el pecho á la punta de
-las espadas, y las cartas de una madre son una buena coraza.
-
-LUCRECIA.--¡Noble corazón!
-
-GENARO.--¿Queréis ver su escritura? He aquí una de sus cartas. (_Saca
-del pecho un papel, lo besa y entrégaselo á Lucrecia._) Leed.
-
-LUCRECIA (_leyendo_):
-
- «... No trates de conocerme, Genaro mío, antes del día que yo te
- señale. Soy muy digna de compasión; estoy rodeada de parientes sin
- piedad, que te matarían, como mataron á tu padre. El secreto de tu
- nacimiento, hijo mío, quiero ser yo la única en conocerlo. Si tú lo
- supieses, es cosa tan triste al par que tan ilustre, que no podrías
- callarlo; la juventud es confiada; no conoces, como yo, los peligros
- que te rodean; ¿quién sabe? querrías arrostrarlos por bravata de
- joven, hablarías ó dejarías que lo adivinasen y no vivirías ya dos
- días. ¡Oh, no! conténtate con saber que tienes una madre que te
- adora, y que día y noche vela por tu vida. Genaro mío, hijo mío,
- tú eres todo lo que amo en la tierra; mi corazón se deshace cuando
- pienso en ti.»
-
- (_Interrúmpese para enjugar una lágrima._)
-
-GENARO.--¡Cuán tiernamente leéis eso! Diríase, no que leéis, sino que
-estáis hablando.--¡Ah! ¡Lloráis!--Sois buena, señora, y os agradezco
-que lloréis de lo que me escribe mi madre. (_Vuelve á tomar la carta,
-la besa de nuevo y la vuelve á poner en su pecho._) Sí; ya veis, ha
-habido muchos crímenes en torno de mi cuna. ¡Pobre madre mía! ¿No es
-verdad que ya comprendéis ahora que me entretengo poco en galanteos
-y amoríos porque no tengo más que un pensamiento en el corazón, mi
-madre? ¡Oh! ¡Librar á mi madre! ¡Servirla, vengarla, consolarla,
-qué felicidad! Ya pensaré después en el amor. Todo lo que hago, es
-para hacerme digno de mi madre. Hay muchos aventureros que no son
-escrupulosos y se batirían por Satanás después de haberse batido por
-San Miguel; yo, no; no sirvo más que causas justas; quiero poder
-depositar un día á los pies de mi madre una espada limpia y leal como
-la de un emperador. Ved, señora; me han ofrecido un ventajoso cargo al
-servicio de esa infame Lucrecia Borgia y he rehusado.
-
-LUCRECIA.--¡Genaro! ¡Genaro! ¡Tened piedad de los malos! No sabéis lo
-que pasa en su corazón.
-
-GENARO.--No tengo piedad de la que sin piedad se muestra. Pero, dejemos
-eso, señora, y ahora que os he dicho quién soy, haced vos lo mismo, y
-decidme á vuestra vez quién sois.
-
-LUCRECIA.--Una mujer que os ama, Genaro.
-
-GENARO.--Pero ¿vuestro nombre?...
-
-LUCRECIA.--No me preguntéis más.
-
- (_Antorchas. Entran con estruendo Jeppo y Maffio. Lucrecia vuelve á
- ponerse el antifaz precipitadamente._)
-
-
-ESCENA VI
-
-Los mismos, MAFFIO ORSINI, JEPPO LIVERETTO, ASCANIO PETRUCCI, OLOFERNO
-VITELLOZZO, APÓSTOLO GAZELLA. Señores, damas, pajes llevando antorchas.
-
-MAFFIO (_con una antorcha en la mano_).--Genaro, ¿quieres saber quién
-es la mujer á quien hablas de amor?
-
-LUCRECIA (_aparte, bajo su careta_).--¡Justo cielo!
-
-GENARO.--Todos sois amigos míos, pero juro á Dios que el que toque á la
-máscara de esta mujer será mozo atrevido. La máscara de una mujer es
-sagrada como la cara de un hombre.
-
-MAFFIO.--¡Precisa antes que la mujer sea una mujer, Genaro! No queremos
-insultar á esa; queremos tan solamente decirle nuestros nombres.
-(_Dando un paso hacia Lucrecia._) Señora, soy Maffio Orsini, hermano
-del duque de Gravina, al que vuestros esbirros han asesinado de noche
-mientras dormía.
-
-JEPPO.--Señora, soy Jeppo Liveretto, sobrino de Liveretto Vitelli, á
-quien habéis hecho dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano.
-
-ASCANIO.--Señora, soy Ascanio Petrucci, primo de Pandolfo Petrucci,
-señor de Siena, al que habéis asesinado para quitarle más fácilmente su
-ciudad.
-
-OLOFERNO.--Señora, me llamo Oloferno Vitellozzo, sobrino de Iago
-d’Appiani, á quien habéis envenenado en una fiesta después de haberle
-traidoramente robado su buena ciudadela señorial de Piombino.
-
-APÓSTOLO.--Señora, habéis condenado á muerte en el patíbulo á Francisco
-Gazella, tío materno de don Alfonso de Aragón, vuestro tercer marido,
-á quien habéis hecho matar á golpes de alabarda en la meseta de la
-escalera de San Pedro. Soy Apóstolo Gazella, primo del uno é hijo del
-otro.
-
-LUCRECIA.--¡Oh Dios!
-
-GENARO.--¿Quién es esta mujer?
-
-MAFFIO.--Y ahora que os hemos dicho nuestros nombres, señora, ¿nos
-permitís que digamos el vuestro?
-
-LUCRECIA.--¡No, no! ¡Tened piedad, señores! ¡No delante de él!
-
-MAFFIO (_desenmascarándola_).--Quitaos vuestra máscara, señora, que se
-vea si podéis aún ruborizaros.
-
-APÓSTOLO.--Genaro, esa mujer á quien hablabas de amor, es envenenadora
-y adúltera.
-
-JEPPO.--Incesto en todos grados. Incesto con sus dos hermanos que se
-han dado muerte uno á otro por amor á ella.
-
-LUCRECIA.--¡Perdón!
-
-ASCANIO.--¡Incesto con su padre, que es papa!
-
-LUCRECIA.--¡Piedad!
-
-OLOFERNO.--Incesto con sus hijos, si los tuviese, pero el cielo los
-rehusa á los monstruos.
-
-LUCRECIA.--¡Basta! ¡Basta!
-
-MAFFIO.--¿Quieres saber su nombre, Genaro?
-
-LUCRECIA.--¡Perdón! ¡Perdón, señores!
-
-MAFFIO.--Genaro, ¿quieres saber su nombre?
-
-LUCRECIA (_Arrástrase á los pies de Genaro._)--¡No escuches, Genaro mío!
-
-MAFFIO (_extendiendo el brazo_).--¡Es Lucrecia Borgia!
-
-GENARO (_rechazándola_).--¡Oh!...
-
-TODOS.--¡Lucrecia Borgia!
-
- (_Cae desmayada á los pies de Genaro._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PARTE SEGUNDA
-
-Una plaza de Ferrara. Á la derecha un palacio con balcón guarnecido de
-celosías, y una puerta baja. Sobre el balcón un gran escudo de piedra
-cargado de blasones con esta palabra en gruesas letras en relieve
-sobredoradas: BORGIA. Á la izquierda una casita con puerta á la plaza.
-En el fondo casas y campanarios.
-
-
-ESCENA I
-
-LUCRECIA, GUBETTA
-
-LUCRECIA.--¿Está dispuesto todo para esta noche, Gubetta?
-
-GUBETTA.--Sí, señora.
-
-LUCRECIA.--¿Estarán los cinco?
-
-GUBETTA.--Todos cinco.
-
-LUCRECIA.--Me han ultrajado muy cruelmente, Gubetta.
-
-GUBETTA.--No estaba yo allí, señora.
-
-LUCRECIA.--No han tenido compasión.
-
-GUBETTA.--¿Os han dicho vuestro nombre, alto y claro?
-
-LUCRECIA.--No me han dicho mi nombre, Gubetta; me lo han escupido al
-rostro.
-
-GUBETTA.--¿En pleno baile?
-
-LUCRECIA.--Delante de Genaro.
-
-GUBETTA.--¡Vaya unos atolondrados! ¡Salir de Venecia para venirse
-á Ferrara! Verdad es que no les quedaba otro remedio habiendo sido
-designados por el Senado para formar parte de la embajada que llegó la
-otra semana.
-
-LUCRECIA.--¡Oh! Me aborrece y me desprecia ahora, y es por culpa suya.
-¡Ah, Gubetta! ¡Me vengaré de ellos!
-
-GUBETTA.--En hora buena; esto es hablar. Habéis abandonado vuestras
-fantasías de misericordia; ¡alabado sea Dios! Estoy mucho más á mis
-anchas con Vuestra Alteza cuando es natural, como en este caso.
-Por lo menos, me reconozco mejor. Entended, señora, que un lago es
-lo contrario de una isla; una torre, lo contrario de un pozo; un
-acueducto, lo contrario de un puente, y yo tengo el honor de ser lo
-contrario de un personaje virtuoso.
-
-LUCRECIA.--Genaro está con ellos. Cuidado que le suceda nada.
-
-GUBETTA.--Si nos convirtiéramos, vos en buena mujer y yo en hombre de
-bien, sería cosa monstruosa.
-
-LUCRECIA.--Cuida de que no le suceda nada á Genaro, te digo.
-
-GUBETTA.--Estad tranquila.
-
-LUCRECIA.--¡Quisiera sin embargo verle todavía una vez más!
-
-GUBETTA.--¡Vive Dios, señora, Vuestra Alteza le ve todos los días!
-Habéis ganado á su criado para que determinase á su amo á alojarse
-ahí, en esa bicoca, frente á frente de vuestro balcón, y desde vuestra
-ventana enrejada tenéis todos los días el inefable goce de ver entrar y
-salir al susodicho gentil-hombre.
-
-LUCRECIA.--Digo que quisiera hablarle, Gubetta.
-
-GUBETTA.--Nada más sencillo. Enviadle á decir por vuestro porta-manto
-Astolfo, que Vuestra Alteza lo espera hoy á tal hora en palacio.
-
-LUCRECIA.--Lo haré, Gubetta; ¿pero querrá venir?
-
-GUBETTA.--Retiraos, señora, creo que va á pasar por aquí dentro un
-momento con los estorninos en cuestión.
-
-LUCRECIA.--¿Te toman siempre por el conde de Belverana?
-
-GUBETTA.--Me creen español desde los talones hasta las cejas. Soy uno
-de sus mejores amigos. Les pido dinero á préstamo.
-
-LUCRECIA.--¡Dinero! ¿Para qué?
-
-GUBETTA.--¡Pardiez! para tenerlo. Por otra parte, nada más provechoso
-que hacer de mendigo y tirarle de la cola al diablo.
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Dios mío! ¡Haced que no le suceda nada á mi
-Genaro!
-
-GUBETTA.--Y á propósito, señora; se me ocurre una reflexión.
-
-LUCRECIA.--¿Cuál?
-
-GUBETTA.--Que es menester que la cola del diablo esté soldada,
-enclavijada y atornillada en la espalda con extraordinaria solidez
-para que resista á la innumerable multitud de gentes que tiran de ella
-perpetuamente.
-
-LUCRECIA.--Todo te mueve á risa, Gubetta.
-
-GUBETTA.--Es una manía como cualquier otra.
-
-LUCRECIA.--Creo que están aquí.--Piensa en todo.
-
- (_Entra en palacio por la puertecilla bajo el balcón._)
-
-
-ESCENA II
-
-GUBETTA, solo
-
-¿Quién es ese Genaro? ¿Ó qué diablos quiere hacer ella con él? No
-sé todos los secretos de la dama ni con mucho, pero éste excita mi
-curiosidad. Á fe que no ha tenido confianza conmigo esta vez, y no
-creo vaya á imaginarse que le sirva en esta ocasión; saldrá de la
-intriga con ese Genaro como pueda. Pero ¡qué extraña manera de amar á
-un hombre cuando se es hija de Rodrigo Borgia y de la Vanozza, cuando
-se es una mujer que tiene en las venas sangre de cortesano y sangre
-de papa! ¡Lucrecia haciéndose platónica! ¡No me sorprendería ya, aun
-cuando me dijesen que el papa Alejandro Sexto cree en Dios! (_Mira á la
-calle vecina._) Vamos, he aquí á nuestros jóvenes locos del carnaval
-de Venecia. ¡Bonita idea han tenido de abandonar una tierra neutral
-y libre para venir aquí después de haber ofendido mortalmente á la
-duquesa de Ferrara! En su lugar, hubiérame yo abstenido, ciertamente,
-de formar parte de la cabalgata de los embajadores venecianos. Pero los
-jóvenes son así. Las fauces del lobo son de todas las cosas sublunares
-aquella en que de mejor gana se precipitan.
-
- (_Entran los jóvenes señores sin ver al principio á Gubetta, que se
- ha colocado en observación bajo uno de los pilares que sostienen el
- balcón. Hablan en voz baja y con aire de inquietud._)
-
-
-ESCENA III
-
-GUBETTA.--GENARO, MAFFIO, JEPPO, ASCANIO, APÓSTOLO, OLOFERNO.
-
-MAFFIO (_en voz baja_).--Diréis lo que os parezca, señores; pero podía
-uno dispensarse de venir á Ferrara cuando se ha herido en el corazón á
-Lucrecia Borgia.
-
-APÓSTOLO.--¿Qué podíamos hacer? El Senado nos envía aquí. ¿Hay manera
-acaso de eludir las órdenes del serenísimo senado de Venecia? Una vez
-designados, menester era partir. No se me oculta, sin embargo, Maffio,
-que Lucrecia Borgia es una formidable enemiga. Aquí es la dueña.
-
-JEPPO.--¿Qué quieres que nos haga, Apóstolo? ¿No estamos al servicio de
-la república de Venecia? ¿No formamos parte de la embajada? Tocar á un
-cabello de nuestra cabeza sería declarar la guerra al Dux, y Ferrara no
-se indispone así como así con Venecia.
-
-GENARO (_meditando en un rincón del teatro, sin mezclarse en la
-conversación_).--¡Oh, madre! ¡madre mía! ¡Quién me dijera lo que podría
-hacer yo por mi buena madre!
-
-MAFFIO.--Pueden extenderte en el sepulcro, Jeppo, sin tocar á un
-cabello de tu cabeza. Hay venenos que resuelven los asuntos de los
-Borgias sin aparato ni estruendo, mucho mejor que con el hacha y el
-puñal. Recuerdo cómo Alejandro Sexto ha hecho desaparecer del mundo al
-Sultán Zizimí, hermano de Bayaceto.
-
-OLOFERNO.--Y á tantos otros.
-
-APÓSTOLO.--En cuanto al hermano de Bayaceto, su historia es curiosa
-y no de las menos siniestras. El papa le persuadió que Carlos de
-Francia le había envenenado el día que hicieron colación juntos; Zizimí
-se lo creyó todo y recibió de las bellas manos de Lucrecia Borgia
-un titulado contra-veneno, que en dos horas despachó al hermano de
-Bayaceto.
-
-JEPPO.--Parece que ese bravo turco no entendía nada la política.
-
-MAFFIO.--Sí; los Borgias tienen venenos que matan en un día, ó en un
-año, á su antojo. Son venenos infames que vuelven mejor el vino y hacen
-vaciar el frasco con más placer. Os creéis ebrio y estáis muerto. Ó
-bien un hombre siente de pronto languidez, su piel se arruga, sus ojos
-se hunden, sus cabellos blanquean, los dientes se rompen como vidrio
-al contacto del pan; no anda ya, se arrastra; no respira, estertorea;
-no ríe, no duerme, tirita al sol en pleno mediodía; joven, tiene el
-aspecto de un anciano; agoniza así algún tiempo, y muere. Muere, y
-entonces recuerda que hace seis meses ó un año bebió un vaso de vino
-de Chipre en casa de un Borgia. (_Volviéndose._) Ved, señores; he ahí
-justamente á Montefeltro, á quien conocíais quizás, que es de esta
-ciudad, y á quien le sucede actualmente lo que digo. Pasa por allí, en
-el fondo de la plaza. Miradle.
-
- (_Vese pasar en el fondo del teatro un hombre con el cabello blanco,
- flaco, vacilante, cojeando, apoyado en un bastón y embozado en una
- capa._)
-
-ASCANIO.--¡Pobre Montefeltro!
-
-APÓSTOLO.--¿Qué edad tiene?
-
-MAFFIO.--Mi edad: veintinueve años.
-
-OLOFERNO.--Le he visto el año pasado, sonrosado y fresco como vos.
-
-MAFFIO.--Hace tres meses cenó en casa de nuestro Santísimo Padre el
-Papa, en su viña de Belvedere.
-
-ASCANIO.--¡Esto es horrible!
-
-MAFFIO.--¡Oh! Se cuentan cosas muy extrañas de esas cenas de los
-Borgias.
-
-ASCANIO.--Son bacanales desenfrenadas, sazonadas con envenenamientos.
-
-MAFFIO.--Ved, señores, cuán desierta está la plaza á nuestro
-alrededor. El pueblo no se aventura tan cerca como nosotros del palacio
-ducal; tiene miedo de que los venenos que se elaboran en él día y noche
-no transpiren á través de las paredes.
-
-ASCANIO.--Señores, bien mirado, los embajadores han obtenido ayer su
-audiencia del duque. Nuestra misión está casi terminada. El séquito de
-la embajada se compone de cincuenta caballeros y nuestra desaparición
-no se notará en este número. Creo que obraríamos cuerdamente en
-abandonar á Ferrara.
-
-MAFFIO.--¡Hoy mismo!
-
-JEPPO.--Señores, mañana será tiempo. Estoy invitado á cenar esta noche
-en casa de la princesa Negroni, de la cual ando perdidamente enamorado,
-y no quisiera dar á entender que huyo ante la mujer más linda de
-Ferrara.
-
-OLOFERNO.--¿Estás invitado á cenar esta noche en casa de la princesa
-Negroni?
-
-JEPPO.--Sí.
-
-OLOFERNO.--Pues yo también.
-
-ASCANIO.--Y yo también.
-
-APÓSTOLO.--Y yo también.
-
-MAFFIO.--Y yo también.
-
-GUBETTA (_saliendo de la sombra del pilar_).--Y yo también, señores.
-
-JEPPO.--¡Toma, he ahí al señor de Belverana! Perfectamente: iremos
-todos juntos; será una alegre velada. Buenos días, señor de Belverana.
-
-GUBETTA.--Largos años os guarde Dios, señores.
-
-MAFFIO (_por lo bajo á Jeppo_).--Te voy á parecer muy tímido, Jeppo;
-pues bien: si quisiérais creerme, no iríamos á esa cena. El palacio
-Negroni está contiguo al palacio ducal y no tengo gran confianza en la
-amabilidad de ese señor Belverana.
-
-JEPPO (_por lo bajo_).--Estáis loco, Maffio. La Negroni es una mujer
-encantadora; os digo que estoy enamorado de ella, y Belverana es un
-excelente sujeto. Me he enterado de él y de los suyos. Mi padre estuvo
-con su padre en el sitio de Granada, en mil cuatrocientos ochenta y
-tantos.
-
-MAFFIO.--Eso no prueba que éste sea hijo del padre con quien estaba el
-vuestro.
-
-JEPPO.--Libre sois de no venir á cenar, Maffio.
-
-MAFFIO.--Iré, si vais vos, Jeppo.
-
-JEPPO.--¡Viva Júpiter, entonces! Y tú, Genaro, ¿no quieres ser de los
-nuestros esta noche?
-
-ASCANIO.--¿Acaso la Negroni ha dejado de invitarte?
-
-GENARO.--Así es. Le habré parecido á la princesa mediano gentil-hombre.
-
-MAFFIO (_sonriendo_).--Entonces, hermano, irás por tu parte á alguna
-cita amorosa, ¿no es eso?
-
-JEPPO.--Á propósito, cuéntanos algo de lo que te decía Lucrecia la
-otra noche. Parece que anda loca por ti. Largo debió de hablarte. La
-libertad del baile era una buena ocasión para ella. Las mujeres no
-disfrazan su persona más que para desnudar más audazmente su alma.
-Rostro tapado, corazón desnudo.
-
- (_Desde algunos instantes Lucrecia está en el balcón cuya celosía ha
- entreabierto. Escucha._)
-
-MAFFIO.--¡Ah! Has venido precisamente á alojarte delante de su balcón.
-¡Genaro! ¡Genaro!
-
-APÓSTOLO.--Lo cual no deja de ser algo peligroso, camarada, pues se
-dice que este digno duque de Ferrara anda muy celoso de su señora
-esposa.
-
-OLOFERNO.--Vamos, Genaro, cuéntanos á qué alturas te encuentras en tus
-amoríos con Lucrecia Borgia.
-
-GENARO.--Señores, si volvéis á hablarme de esa horrible mujer, habrá
-espadas que saldrán á relucir al sol.
-
-LUCRECIA (_en el balcón, aparte_).--¡Ay!
-
-MAFFIO.--Es pura broma, Genaro. Pero me parece que bien se te puede
-hablar de esa dama, puesto que llevas sus colores.
-
-GENARO.--¿Qué quieres decir?
-
-MAFFIO (_mostrándole la banda que lleva_).--Esta banda.
-
-JEPPO.--Son, en efecto, los colores de Lucrecia Borgia.
-
-GENARO.--Fiametta es quien me la ha enviado.
-
-MAFFIO.--Así lo crees tú. Lucrecia te lo ha enviado á decir; pero
-Lucrecia en persona es la que ha bordado la banda con sus propias manos
-para ti.
-
-GENARO.--¿Estás seguro de ello, Maffio? ¿Por quién lo sabes?
-
-MAFFIO.--Por tu criado, que te entregó la banda, y á quien ella sobornó.
-
-GENARO.--¡Condenación!
-
- (_Arráncase la banda, la destroza y la pisotea._)
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Ay!
-
- (_Cierra la celosía y se retira._)
-
-MAFFIO.--Es una mujer hermosa, con todo.
-
-JEPPO.--Sí, pero hay algo de siniestro impreso en su belleza.
-
-MAFFIO.--Es un ducado de oro con la efigie de Satanás.
-
-[Ilustración: MAFFIO.--_¿Qué diablos hace?_]
-
-GENARO.--¡Oh! ¡Maldita sea esa Lucrecia Borgia! ¡Decís que esa mujer
-me ama! Pues bien: tanto mejor; sea este su castigo: ¡me horroriza!
-¡Sí, me horroriza! Ya lo sabes, Maffio, siempre ha sido así; no hay
-manera de ser indiferente hacia una mujer que nos ama. Hay que amarla ó
-aborrecerla. ¿Y cómo amar á esa? Sucede que, cuando más perseguido se
-ve uno por el amor de esas mujeres, más las aborrece. Esta me persigue,
-me embiste, me tiene sitiado. ¿Por qué he podido merecer yo el amor de
-una Lucrecia Borgia? ¿No es eso acaso una vergüenza y una calamidad?
-Desde aquella noche en que de tan ruidosa manera me habéis dicho su
-nombre, no podéis creer hasta qué punto me es odioso el pensamiento
-de esa mujer malvada. En otro tiempo no veía yo á Lucrecia más que de
-lejos, á través de mil intervalos, como un fantasma terrible de pie
-sobre Italia, como el espectro de todo el mundo. Ahora este espectro es
-el mío, viene á sentarse á mi cabecera; me ama y quiere acostarse en
-mi lecho. ¡Por mi madre, esto es espantoso! ¡Ah, Maffio, ha matado al
-señor de Gravina, ha matado á tu hermano! Pues bien, ¡yo reemplazaré á
-tu hermano para contigo, y yo le vengaré para con ella!--¡He ahí, pues,
-su execrable palacio! ¡Palacio de la lujuria, palacio de la traición,
-palacio del asesinato, palacio del adulterio, palacio del incesto,
-palacio de todos los crímenes, palacio de Lucrecia Borgia! ¡Oh! el
-sello de infamia que no puedo poner sobre la frente de esa mujer,
-¡quiero ponerle al menos en la fachada de su palacio!
-
- (_Sube sobre el banco de piedra que está debajo del balcón, y con su
- puñal hace saltar la primera letra del nombre de Borgia grabado en el
- muro, de manera que no queda más que la palabra_: ORGIA.)
-
-MAFFIO.--¿Qué diablos hace?
-
-JEPPO.--Genaro, esta letra de menos en el nombre de Lucrecia, es tu
-cabeza de menos sobre tus espaldas.
-
-GUBETTA.--Señor Genaro, he aquí un retruécano que someterá mañana á
-media ciudad al tormento.
-
-GENARO.--Si buscan al culpable, yo me presentaré.
-
-GUBETTA (_aparte_).--¡Me alegraría, pardiez! ¡Eso pondría en grande
-apuro á Lucrecia!
-
- (_Desde algunos instantes, dos hombres vestidos de negro se pasean
- por la plaza. Observan._)
-
-MAFFIO.--Señores, he aquí unos individuos de mala catadura que nos
-miran algo curiosamente. Creo que será juicioso separarnos. No hagas
-nuevas locuras, hermano Genaro.
-
-GENARO.--Anda tranquilo, Maffio. ¿Tu mano? Señores, divertíos mucho
-esta noche.
-
- (_Entra en su casa; los otros se dispersan._)
-
-
-ESCENA IV
-
-LOS DOS HOMBRES, vestidos de negro
-
-HOMBRE 1.º--¿Qué diablos haces tú por ahí, Rustighello?
-
-HOMBRE 2.º--Espero á que te largues, Astolfo.
-
-HOMBRE 1.º--¿De veras?
-
-HOMBRE 2.º--¿Y tú, qué haces ahí, Astolfo?
-
-HOMBRE 1.º--Espero á que te largues, Rustighello.
-
-HOMBRE 2.º--¿Con quién tienes que ver, Astolfo?
-
-HOMBRE 1.º--Con el hombre que acaba de entrar ahí. ¿Y tú, con quién te
-las tienes?
-
-HOMBRE 2.º--Con el mismo.
-
-HOMBRE 1.º--¡Diablo!
-
-HOMBRE 2.º--¿Qué piensas hacer con él?
-
-HOMBRE 1.º--Llevárselo á la duquesa. ¿Y tú?
-
-HOMBRE 2.º--Quiero llevárselo al duque.
-
-HOMBRE 1.º--¡Diantre!
-
-HOMBRE 2.º--¿Qué le espera en casa la duquesa?
-
-HOMBRE 1.º--El amor sin duda. ¿Y en casa el duque?
-
-HOMBRE 2.º--Probablemente la horca.
-
-HOMBRE 1.º--¿Cómo componérnoslas? No debe hallarse á la vez en casa del
-duque y de la duquesa, amante feliz y ahorcado.
-
-HOMBRE 2.º--Ahí va un ducado. Juguemos á cara ó cruz quien de nosotros
-se llevará el hombre.
-
-HOMBRE 1.º--Lo dicho.
-
-HOMBRE 2.º--Á fe mía, si pierdo le diré buenamente al duque que el
-pájaro había volado. ¿Qué me importan á mí los negocios del duque?
-
- (_Echa su ducado al aire._)
-
-HOMBRE 1.º--Cruz.
-
-HOMBRE 2.º (_mirando á tierra_).--Es cara.
-
-HOMBRE 1.º--El hombre será ahorcado. Tómale. Adiós.
-
-HOMBRE 2.º--Buenas noches.
-
- (_Cuando ha desaparecido el otro, abre la puerta baja que está cabe
- el balcón, entra y reaparece un momento después acompañado de cuatro
- esbirros, con los cuales va á llamar á la puerta de la casa donde ha
- entrado Genaro. Cae el telón._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO II
-
-LA PAREJA
-
-
-PARTE PRIMERA
-
-Una sala del palacio ducal de Ferrara. Tapices de cuero de Hungría
-incrustados de arabescos de oro. Mobiliario magnífico, según el gusto
-de fines del siglo XV en Italia. El sillón ducal de terciopelo rojo,
-bordado con las armas de la casa de Este. Al lado, una mesa cubierta
-de terciopelo rojo. En el fondo, una gran puerta. Á la derecha una
-puertecilla, y á la izquierda otra secreta. Detrás de ésta se ve, en
-un compartimento practicado en el teatro, el principio de una escalera
-en espiral que se hunde en el suelo y está iluminada por una larga y
-estrecha ventana enrejada.
-
-PERSONAJES
-
- LUCRECIA.
- ALFONSO DE ESTE.
- GENARO.
- MAFFIO.
- RUSTIGHELLO.
- UN HUJIER.
-
-
-ESCENA I
-
-D. ALFONSO DE ESTE, con traje de colores magnífico; RUSTIGHELLO,
-vestido con los mismos colores, pero de tela más sencilla
-
-RUSTIGHELLO.--Monseñor, quedan ejecutadas vuestras primeras órdenes.
-Espero otras.
-
-ALFONSO.--Toma esta llave y vé á la galería de Numa. Cuenta todos los
-entrepaños de la ensambladura, comenzando en la grande figura pintada,
-que está cerca de la puerta y representa á Hércules, hijo de Júpiter,
-uno de mis antepasados. Cuando llegues al vigésimo tercero, verás una
-pequeña abertura, oculta en las fauces de una serpiente dorada, que es
-una serpiente de Milon. Mandó hacer el tal entrepaño Ludovico el Moro.
-Introduce la llave en esta abertura y aquel girará sobre sus goznes
-como una puerta. En el armario secreto que recubre verás, sobre una
-bandeja de cristal, un frasco de oro y otro de plata con dos copas
-esmaltadas. En el frasco de plata hay agua pura. En el frasco de oro
-hay vino preparado. Llevarás la bandeja, sin tocar á nada, al gabinete
-contiguo á esta cámara, Rustighello; y si nunca has oído á aquellos
-cuyos dientes castañeteaban de terror, hablar del famoso veneno de los
-Borgias, que en polvo es blanco y centelleante como polvo de mármol de
-Carrara, y que, mezclado con el vino, cambia el de Romorantino en vino
-de Siracusa, te guardarás bien de tocar al frasco.
-
-RUSTIGHELLO.--¿Es esto todo, monseñor?
-
-ALFONSO.--No; tomarás tu mejor espada, te estarás en el gabinete, de
-pie, detrás de la puerta, de manera que oigas cuanto aquí se diga
-y para que puedas entrar á la primera señal que te haga con esta
-campanilla de plata, cuyo sonido conoces. (_Muestra una campanilla
-sobre la mesa._) Si digo sencillamente: ¡Rustighello! entrarás con la
-bandeja. Si toco la campanilla, entrarás con la espada.
-
-RUSTIGHELLO.--Basta, monseñor.
-
-ALFONSO.--Tendrás la espada desnuda en la mano, á fin de no tomarte la
-molestia de desenvainarla.
-
-RUSTIGHELLO.--Bien.
-
-ALFONSO.--Rustighello, toma dos espadas. Una podría romperse. Anda.
-
- (_Rustighello sale por la puertecilla._)
-
-UN HUJIER (_entrando por la puerta del fondo_).--Nuestra señora la
-duquesa desea hablar á nuestro señor el duque.
-
-ALFONSO.--Haced entrar á mi señora.
-
-
-ESCENA II
-
-ALFONSO y LUCRECIA
-
-LUCRECIA (_entrando con impetuosidad_).--Señor, señor, esto es indigno,
-esto es odioso, esto es infame. Algún hombre del pueblo, ¿sabéis
-eso, don Alfonso? acaba de mutilar el nombre de vuestra esposa,
-grabado debajo de mis armas de familia, en la fachada de vuestro
-propio palacio. La cosa se ha hecho en pleno día, públicamente, ¿por
-quién? lo ignoro, pero es harto injurioso y temerario. Se ha hecho
-de mi nombre un padrón de ignominia, y vuestro populacho de Ferrara,
-que es, á no dudarlo, el más infame de toda Italia, monseñor, está
-allí mofándose alrededor de mi blasón como si fuera una picota. ¿Os
-imagináis acaso, don Alfonso, que me resigno á esto y que no preferiría
-mil veces más morir de una puñalada, más bien que de la picadura
-envenenada del sarcasmo y de la befa? ¡Pardiez, señor, que me tratan
-extrañamente en vuestro señorío de Ferrara! Esto empieza á cansarme, y
-os encuentro demasiado tranquilo, mientras arrastran por los arroyos
-de vuestra ciudad la reputación de vuestra esposa, despedazada por la
-injuria y la calumnia. Me es menester una reparación ruidosa de esto,
-os lo prevengo, señor duque. Preparaos á hacer justicia porque es
-un acontecimiento grave el que acaba de acaecer ¿sabéis? ¿Creeríais
-acaso que no tengo en nada la estimación de nadie en el mundo y que mi
-marido puede dispensarse de ser mi caballero? No, no, monseñor; quien
-se casa, protege; quien da la mano, da el brazo. Cuento con ello.
-Cada día recibo una nueva injuria y nunca veo que os alteréis. ¿Acaso
-ese cieno de que me cubren no os salpica, don Alfonso? ¡Vaya, por mi
-alma, enfadaos un poco, que os vea una vez en la vida enojaros por mí,
-señor! Que estáis enamorado de mí, me decís algunas veces; estadlo,
-pues, de mi gloria; que estáis celoso, estadlo de mi reputación. Si he
-doblado con mi dote vuestros dominios hereditarios; si os he traído
-en matrimonio, no solamente la Rosa de oro y la bendición del Padre
-Santo sino lo que ocupa más lugar en la superficie del globo, Siena,
-Rímini, Cesena, Spoletto y Piombino, y más ciudades que castillos
-tenéis, y más ducados que baronías teníais; si he hecho de vos el más
-poderoso caballero de Italia, no es esto una razón para que dejéis que
-vuestro pueblo me escarnezca, me denigre y me insulte; para que dejéis
-á vuestra Ferrara señalar con el dedo á toda Europa á vuestra mujer,
-más despreciada y más bajamente puesta que la sirvienta de los criados
-de vuestros palafreneros; no es una razón, digo, para que vuestros
-vasallos no puedan verme pasar entre ellos sin decir: «¡Anda! ¡Esa
-mujer!...» Pues bien: os lo declaro, señor; quiero que el crimen de hoy
-sea perseguido y ejemplarmente castigado, ó bien me quejaré al papa, me
-quejaré al de Valentinois, que está en Forli con quince mil hombres de
-guerra; ved ahora si vale esto la pena de que os levantéis de vuestro
-sillón.
-
-ALFONSO.--Señora, el crimen de que os quejáis me es conocido.
-
-LUCRECIA.--¡Cómo, señor! ¡Os es conocido el crimen y no está
-descubierto todavía el criminal!
-
-ALFONSO.--El criminal está descubierto.
-
-LUCRECIA.--¡Vive Dios! Si está descubierto ¿cómo es que no está ya
-detenido?
-
-ALFONSO.--Está detenido, señora.
-
-LUCRECIA.--Por mi alma, si está detenido, ¿por qué motivo no está
-todavía castigado?
-
-ALFONSO.--Lo estará. He querido antes saber vuestra opinión sobre el
-castigo.
-
-LUCRECIA.--Habéis hecho bien, monseñor. ¿Dónde está?
-
-ALFONSO.--Aquí.
-
-LUCRECIA.--¡Ah! ¡aquí! He de hacer un ejemplar, ¿entendéis, señor? Esto
-es un crimen de lesa majestad, y esos crímenes hacen caer siempre la
-cabeza que los concibe y la mano que los ejecuta. ¿Conque está aquí?
-Quiero verle.
-
-ALFONSO.--Es fácil. (_Llamando._) ¡Bautista!
-
- (_El hujier reaparece._)
-
-LUCRECIA.--Una palabra aún, señor, antes de que el culpable sea
-introducido. Quien quiera que fuere ese hombre, aunque fuese de nuestra
-ciudad, aunque fuese de nuestra casa, don Alfonso, dadme vuestra
-palabra de duque coronado de que no saldrá vivo de aquí.
-
-ALFONSO.--Os la doy. Os la doy, ¿lo entendéis bien, señora?
-
-LUCRECIA.--Bien está; sin duda que lo entiendo. Traedle ahora; quiero
-interrogarle yo misma. ¡Dios mío! ¿qué habré hecho yo á esa gente de
-Ferrara para que me persiga de este modo?
-
-ALFONSO (_al hujier_).--Haced entrar al preso.
-
- (_Ábrese la puerta del fondo. Vese aparecer á Genaro desarmado entre
- dos partesaneros. En el mismo momento se ve á Rustighello subir la
- escalera en el pequeño compartimiento de la izquierda, detrás de la
- puerta secreta; lleva en la mano una bandeja en la cual hay un frasco
- dorado, otro plateado y dos copas. Pone la bandeja en el alféizar de
- la ventana, saca su espada y se coloca detrás de la puerta._)
-
-
-ESCENA III
-
-Los mismos, GENARO
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Genaro!
-
-ALFONSO (_aproximándose á ella, bajo y con una sonrisa_).--¿Conocíais
-acaso á ese hombre?
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Es Genaro! ¡Qué fatalidad, Dios mío!
-
- (_Le mira con angustia; él aparta la vista._)
-
-GENARO.--Señor duque, soy un simple capitán y os hablo con el respeto
-que conviene. Vuestra Alteza me ha hecho prender en mi alojamiento esta
-mañana: ¿qué me queréis?
-
-ALFONSO.--Señor capitán, se ha cometido esta mañana un crimen de lesa
-majestad frente á frente de la casa que habitáis. El nombre de nuestra
-bien amada esposa y prima doña Lucrecia Borgia ha sido insolentemente
-mutilado en la fachada de nuestro palacio ducal. Buscamos al culpable.
-
-LUCRECIA.--No es él; hay un error, don Alfonso. No es ese joven.
-
-ALFONSO.--¿Cómo lo sabéis?
-
-LUCRECIA.--Estoy segura de ello. Este joven es de Venecia y no de
-Ferrara. Así...
-
-ALFONSO.--¿Y qué prueba eso?
-
-LUCRECIA.--El hecho ha ocurrido esta mañana y yo sé que él ha pasado
-aquellas horas en casa de una joven llamada Fiametta.
-
-GENARO.--No, señora.
-
-ALFONSO.--Ya ve Vuestra Alteza que ha sido mal informada. Dejadme que
-le interrogue. Capitán Genaro, ¿sois vos quien ha cometido el crimen?
-
-LUCRECIA (_desesperada_).--¡Me ahogo aquí! ¡Aire! ¡aire! ¡tengo
-necesidad de respirar un poco! (_Se dirige á una ventana, y pasando al
-lado de Genaro le dice en voz baja y rápidamente_): Dí que no eres tú.
-
-ALFONSO (_aparte_).--Le ha hablado en voz baja.
-
-GENARO.--Duque Alfonso, los pescadores de Calabria que me criaron y que
-me han templado muy joven en el mar para hacerme fuerte y atrevido,
-me han enseñado esta máxima con la cual se puede arriesgar á menudo
-la vida, nunca el honor: «Haz lo que dices, dí lo que haces.» Duque
-Alfonso, yo soy el hombre á quien buscáis.
-
-ALFONSO (_volviéndose á Lucrecia_).--Tenéis mi palabra de duque
-coronado, señora.
-
-LUCRECIA.--Tengo que deciros dos palabras en particular, monseñor.
-
- (_El duque hace seña al hujier y á los guardias de retirarse con el
- prisionero á la sala contigua_).
-
-
-ESCENA IV
-
-LUCRECIA, ALFONSO
-
-ALFONSO.--¿Qué me queréis, señora?
-
-LUCRECIA.--Lo que yo os quiero, don Alfonso, es que no quiero que ese
-joven muera.
-
-ALFONSO.--Hace apenas un instante habéis venido á mi encuentro como la
-tempestad, irritada y llorosa; os habéis quejado de un ultraje que se
-os había inferido; habéis reclamado con injurias y gritos la cabeza del
-culpable; me habéis pedido mi palabra ducal de que no saldría vivo de
-aquí; os la he lealmente concedido, ¡y ahora no queréis que muera! ¡Por
-Cristo, señora, que esto es extraño!
-
-LUCRECIA.--No quiero que ese joven muera, señor duque.
-
-ALFONSO.--Señora, los caballeros tan probados como yo no tienen
-costumbre de dejar su fe en prenda. Tenéis mi palabra y es menester que
-la retire. He jurado que el culpable moriría y morirá. Por mi alma, que
-podéis escoger vos misma el género de muerte.
-
-LUCRECIA (_con aire risueño y lleno de dulzura_).--Don Alfonso, don
-Alfonso, en verdad que no hacemos más que decir locuras vos y yo.
-Es cierto que soy una mujer caprichosa; mi padre me ha consentido
-demasiado ¡qué queréis! Desde mi infancia se ha obedecido á todos mis
-caprichos. Lo que yo quería hace un cuarto de hora, no lo quiero ya en
-este momento. Ya sabéis, don Alfonso, que siempre he sido así. Vamos,
-sentaos ahí, cerca de mí, y hablemos un poco, tierna y cordialmente,
-como marido y mujer, como dos buenos amigos.
-
-ALFONSO (_tomando por su parte cierto aire de galantería_).--Doña
-Lucrecia, sois mi señora y me considero harto dichoso con que os plazca
-tenerme un momento á vuestros pies.
-
- (_Siéntase cerca de ella._)
-
-LUCRECIA.--¡Qué bueno es entenderse! ¿Sabéis, Alfonso, que os amo
-como el primer día de mi matrimonio, aquel día en que hicisteis tan
-deslumbradora entrada en Roma, entre el señor de Valentinois, mi
-hermano, y el señor cardenal Hipólito de Este, que lo es vuestro? Yo
-estaba en el balcón de las gradas de San Pedro. ¡Recuerdo aún vuestro
-hermoso caballo blanco cargado de guarniciones de oro y el noble
-aspecto de rey que teníais!
-
-ALFONSO.--Erais también muy bella vos, señora, y aparecíais bien
-resplandeciente bajo vuestro dosel de brocado de plata.
-
-LUCRECIA.--¡Oh, no me habléis de mí, monseñor, cuando os hablo de vos!
-Cierto que todas las princesas de Europa me envidian el haberme casado
-con el mejor caballero de la Cristiandad. Y yo os amo verdaderamente,
-como si tuviese diez y ocho años. ¿Sabéis que os amo, no es verdad,
-Alfonso? ¿No lo habéis dudado nunca, á lo menos? Soy fría algunas
-veces, y distraída; esto proviene de mi carácter y no de mi corazón.
-Escuchad, Alfonso: si Vuestra Alteza me riñese por ello suavemente,
-yo me corregiría bien pronto. ¡Qué cosa tan buena es amarnos como lo
-hacemos! ¡Dadme vuestra mano, dadme un beso, don Alfonso! Á la verdad,
-pienso ahora en ello, es muy ridículo que un príncipe y una princesa
-como vos y yo, que están sentados uno al lado de otro en el más bello
-trono ducal que haya en el mundo, y que se aman, hayan estado á punto
-de disputar por un miserable capitanete aventurero veneciano. Dad orden
-para arrojar de aquí á ese hombre y no hablemos más de ello. Que vaya
-donde le plazca ese pícaro ¿no es verdad, Alfonso? El león y la leona
-no van á irritarse por un pulgón. ¿Sabéis, monseñor, que si la corona
-ducal fuese otorgada en certamen al más hermoso caballero de vuestro
-ducado de Ferrara, seríais vos, también, quien la tendría? Esperad á
-que vaya á decirle á Bautista de parte vuestra que se ha de expulsar
-cuanto antes de Ferrara á ese Genaro.
-
-ALFONSO.--No corre prisa.
-
-LUCRECIA (_con aire juguetón_).--Quisiera no tener que pensar más en el
-asunto. Vamos, monseñor, dejadme terminar esta cuestión á mi manera.
-
-ALFONSO.--Es menester que termine según la mía.
-
-LUCRECIA.--Pero, en fin, Alfonso mío, ¿no tenéis razón alguna para
-querer la muerte de ese hombre?
-
-ALFONSO.--¿Y la palabra que os he dado? El juramento de un rey es
-sagrado.
-
-LUCRECIA.--Esto es bueno para decírselo al pueblo. Pero de vos á mí,
-Alfonso, ya sabemos lo que es eso. El Padre Santo había prometido á
-Carlos VIII de Francia la vida de Zizimí, y Su Santidad no por eso
-dejó de matar á Zizimí. El señor de Valentinois se había constituído
-bajo palabra en rehenes del mismo niño Carlos VIII, y el señor de
-Valentinois no por eso dejó de evadirse del campo francés así que
-pudo. Vos mismo habíais prometido á los Petrucci devolverles Siena. No
-lo habéis hecho ni debido hacer. ¡Eh! La historia de los países está
-llena de estas cosas. Ni reyes ni naciones podrían vivir un día con la
-rigidez de los juramentos que se guardaran. Entre nosotros, Alfonso,
-una palabra jurada no es una necesidad sino cuando no se presenta otra.
-
-ALFONSO.--Sin embargo, doña Lucrecia, un juramento...
-
-LUCRECIA.--No me deis esas malas razones. No soy ninguna tonta. Decidme
-más bien, mi caro Alfonso, si tenéis algún motivo de queja contra ese
-Genaro. ¿No? Pues bien, concededme su vida. Bien me habéis concedido
-su muerte. ¿Qué os importa que me plazca perdonarle? Yo soy la ofendida.
-
-ALFONSO.--Justamente porque os ha ofendido, amor mío, no quiero
-concederle mi perdón.
-
-LUCRECIA.--Si me amáis, Alfonso, no os opondréis por más tiempo á mis
-deseos. ¿Y si me place ensayarme en la clemencia? Es un medio para
-hacerme querer de vuestro pueblo. Quiero que vuestro pueblo me ame.
-La misericordia, Alfonso, hace asemejar un rey á Jesucristo. Seamos
-soberanos misericordiosos. Esta pobre Italia tiene bastantes tiranos
-sin nosotros, desde el barón, vicario del Papa, hasta el Papa, vicario
-de Dios. Acabemos con esto, querido Alfonso. Poned á ese Genaro en
-libertad. Es un capricho, si queréis; pero algo tiene de sagrado y de
-augusto el capricho de una mujer cuando salva la cabeza de un hombre.
-
-ALFONSO.--No puedo, querida Lucrecia.
-
-LUCRECIA.--¿No podéis? Pero en fin, ¿por qué no podéis concederme una
-cosa tan insignificante como la vida de ese capitán?
-
-ALFONSO.--¿Me preguntáis por qué, amor mío?
-
-LUCRECIA.--Sí; ¿por qué?
-
-ALFONSO.--Porque ese capitán es vuestro amante, señora.
-
-LUCRECIA.--¡Cielos!
-
-ALFONSO.--¡Porque le habéis ido á buscar á Venecia! ¡Porque le iríais á
-buscar al infierno! ¡Porque os he seguido mientras le seguíais! ¡Porque
-os he visto, enmascarada y palpitante, correr tras él como la loba en
-pos de su presa! ¡Porque ahora mismo le cubríais con una mirada llena
-de lágrimas y de fuego! ¡Porque os habéis prostituído á él, sin duda
-alguna, señora! ¡Porque hay ya bastante vergüenza é infamia y adulterio
-en todo eso! ¡Porque es tiempo de que vengue mi honor y haga correr
-alrededor de mi lecho un río de sangre, entendedlo bien, señora!
-
-LUCRECIA.--Don Alfonso...
-
-ALFONSO.--¡Callad! ¡Velad por vuestros amantes desde ahora, Lucrecia!
-Poned en la puerta por donde se entra á vuestra cámara nocturna al
-hujier que queráis; pero en la puerta por donde se sale habrá ahora un
-portero de mi elección, el verdugo.
-
-LUCRECIA.--Monseñor, os juro...
-
-ALFONSO.--No juréis. Eso de los juramentos es bueno para el pueblo. No
-me deis tan malas razones.
-
-LUCRECIA.--Si supiérais...
-
-ALFONSO.--¡Ved, señora, que aborrezco á toda vuestra abominable familia
-de los Borgias, y vos la primera, á quien tan locamente he amado!
-Es menester que os lo diga; es una cosa vergonzosa, sorprendente é
-inaudita ver aliadas en nuestras dos personas la casa de Este, que vale
-más que la de Valois y la casa de Tudor, la casa de Este, digo, y la
-familia Borgia, que ni siquiera se llama Borgia, que se llama Lenzuoli,
-ó Lenzolio, ¡qué sé yo! ¡Cáusame horror vuestro hermano César, que
-ha matado á su hermano Juan! ¡Me inspira horror vuestra madre Rosa
-Vanozza, la vieja ramera, que escandaliza á Roma después de haber
-escandalizado á Valencia! Y en cuanto á vuestros pretendidos sobrinos
-los duques de Sermoneto y de Nepi... ¡buenos duques son á fe mía!
-¡duques de ayer! ¡duques hechos con ducados robados! Dejadme acabar. Me
-causa horror vuestro padre, que es papa, y tiene un serrallo de mujeres
-como el Gran Turco Bayaceto; vuestro padre, que es el Anti-Cristo;
-vuestro padre, que llena el presidio de personas ilustres y el sacro
-colegio de bandidos, de tal suerte, que viendo vestidos de rojo á
-galeotes y cardenales, se pregunta uno quiénes son los unos y quiénes
-los otros. Idos, ahora.
-
-LUCRECIA.--¡Monseñor! ¡monseñor! os pido de rodillas y con las manos
-juntas, por Jesús y María, por vuestro padre y vuestra madre,
-monseñor, os pido la vida de ese capitán.
-
-ALFONSO.--¡En esto pára el amor! Podréis hacer de su cadáver lo que os
-plazca, señora, y quiero que sea esto antes de haber pasado una hora.
-
-LUCRECIA.--¡Perdón para Genaro!
-
-ALFONSO.--Si pudiéseis leer la firme resolución que tengo formada en mi
-ánimo, me hablaríais de ello como si estuviese ya muerto.
-
-LUCRECIA (_levantándose_).--¡Ah! ¡Tened cuidado, don Alfonso de
-Ferrara, mi cuarto marido!
-
-ALFONSO.--¡Oh, no os hagáis la terrible, señora! En mi alma no os
-temo. Sé vuestras costumbres. ¡No me dejaré envenenar como vuestro
-primer esposo, aquel pobre caballero español, cuyo nombre no sé, ni vos
-tampoco! ¡No me dejaré echar como vuestro segundo marido Juan Sforza,
-señor de Pésaro, ese imbécil! ¡No me dejaré matar á golpes de pica, en
-no importa qué escalera, como el tercero, don Alfonso de Aragón, débil
-niño, cuya sangre ha manchado las losas de otra suerte que si fuese
-agua pura! ¡Ah, no reza eso conmigo! Yo soy hombre, señora, y el nombre
-de Hércules se lleva á menudo en mi familia. ¡Vive el cielo! tengo
-llena de soldados mi ciudad y mi señorío, y yo mismo lo soy y no he
-vendido aún, como ese pobre rey de Nápoles, mis buenos cañones al papa,
-vuestro santo padre.
-
-LUCRECIA.--Os arrepentiréis de esas palabras, señor. Olvidáis que soy...
-
-ALFONSO.--Sé muy bien quién sois, pero sé muy bien dónde os halláis.
-Sois la hija del papa, pero no estáis en Roma, y sois la gobernadora
-de Spoletto, pero no estáis en Spoletto; sois la mujer, la vasalla
-y la sierva de Alfonso, duque de Ferrara, y estáis en Ferrara.
-(_Lucrecia, pálida de terror y de cólera, mira fijamente al duque y
-retrocede lentamente ante él, hasta un sillón donde viene á caer como
-desfallecida._) ¡Ah! Eso os sorprende, tenéis miedo de mí, señora.
-Hasta ahora he sido yo quien ha tenido miedo de vos, y entiendo que
-no será así de hoy en adelante. Para empezar, he aquí al primero de
-vuestros amantes cogido y condenado á muerte.
-
-LUCRECIA (_con voz débil_).--Razonemos un poco, don Alfonso. Si este
-hombre es el mismo que ha cometido para conmigo el crimen de lesa
-majestad, no puede ser al mismo tiempo mi amante...
-
-ALFONSO.--¿Por qué no? ¡En un acceso de despecho, de cólera, de celos!
-Porque puede estar celoso él, también. Por otra parte ¿yo qué sé?
-Quiero que este hombre muera. Es mi voluntad. Este palacio está lleno
-de soldados que me son leales y no conocen á nadie más que á mí. No
-puede escapar. Nada impediréis, señora. He dejado á Vuestra Alteza la
-elección del género de muerte. Decidid.
-
-LUCRECIA (_retorciéndose las manos_).--¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío! ¡Oh
-Dios mío!
-
-ALFONSO.--¿No respondéis? Voy á ordenar que le maten en la antecámara á
-estocadas.
-
- (_Se dispone á salir; Lucrecia le coge por el brazo._)
-
-LUCRECIA.--¡Deteneos!
-
-ALFONSO.--¿Preferís servirle vos misma un vaso de vino de Siracusa?
-
-LUCRECIA.--¡Genaro!
-
-ALFONSO.--Es menester que muera.
-
-LUCRECIA.--No á estocadas.
-
-ALFONSO.--Poco me importa la manera. ¿Qué elegís?
-
-LUCRECIA.--Lo otro.
-
-ALFONSO.--¿Tendréis cuidado de no equivocaros y de darle vos misma el
-contenido del frasco de oro que sabéis? Por lo demás, yo estaré allí.
-No os figuréis que vaya á dejaros.
-
-LUCRECIA.--Haré lo que queráis.
-
-ALFONSO.--¡Bautista! (_El hujier reaparece._) Traed al preso.
-
-LUCRECIA.--Sois un hombre terrible, monseñor.
-
-
-ESCENA V
-
-Los mismos, GENARO, los guardias
-
-ALFONSO.--¿Qué es lo que he oído decir, señor Genaro? ¿Que lo que
-habéis hecho esta mañana sólo ha sido por aturdimiento y bravata, y
-sin mala intención; que la señora duquesa os perdona, y que por otra
-parte sois un valiente? Por mi madre, si es así, podéis volveros sano y
-salvo á Venecia. Á Dios no plazca que prive yo á la magnífica república
-de Venecia de un buen servidor, y á la cristiandad de un brazo fiel
-que lleva una fiel espada cuando hay allende las aguas de Chipre y de
-Candía idólatras y sarracenos.
-
-GENARO.--Enhorabuena, monseñor. No me esperaba, lo confieso, este
-desenlace. Pero doy las gracias á Vuestra Alteza. La clemencia es una
-virtud de raza real, y Dios perdonará allá arriba al que perdona aquí
-abajo.
-
-ALFONSO.--Capitán, ¿es buen servicio el de la república? ¿Cuánto ganáis
-un año con otro?
-
-GENARO.--Tengo una compañía de cincuenta lanzas, monseñor, que pago y
-visto. La serenísima república, sin contar los gajes y las presas, me
-da dos mil cequíes de oro por año.
-
-ALFONSO.--¿Y si yo os ofreciese cuatro mil, me serviríais á mí?
-
-GENARO.--No podría. Debo servir aún cinco años á la república. Estoy
-ligado.
-
-ALFONSO.--¿Cómo ligado?
-
-GENARO.--Por juramento.
-
-ALFONSO (_bajo á Lucrecia_).--Parece que esa gente cumple los suyos,
-señora. (_Alto._) No hablemos más de ello, señor Genaro.
-
-GENARO.--No he cometido ninguna cobardía para salvar la vida, pero
-puesto que Vuestra Alteza me la deja, he aquí lo que puedo decir ahora.
-Vuestra Alteza se acordará de que en el asalto de Faenza, hace dos
-años, monseñor el duque Hércules de Este, vuestro padre, corrió gran
-peligro de perecer á manos de dos arcabuceros del Valentinois que iban
-á matarle. Un soldado aventurero le salvó la vida.
-
-ALFONSO.--Sí, y nunca se ha podido encontrar á ese soldado.
-
-GENARO.--Era yo.
-
-ALFONSO.--Pardiez, capitán, esto merece recompensa. ¿No aceptaríais por
-acaso esta bolsa llena de cequíes de oro?
-
-GENARO.--Hacemos juramento cuando entramos al servicio de la república
-de no recibir dinero alguno de los soberanos extranjeros. Con todo, si
-Vuestra Alteza me lo permite, tomaré esta bolsa y la distribuiré en mi
-nombre á los bravos soldados que veo aquí.
-
- (_Muestra los guardias._)
-
-ALFONSO.--Hacedlo. (_Genaro toma la bolsa._) Pero, entonces, beberéis
-conmigo, siguiendo la misma costumbre que mis antepasados, á fuer de
-buenos amigos como somos, un vaso de mi vino de Siracusa.
-
-GENARO.--De muy buena gana, señor.
-
-ALFONSO.--Y para honrar á quien ha salvado nada menos que á mi padre,
-quiero que sea la señora duquesa en persona quien os escancie el vino.
-(_Genaro se inclina y se vuelve para ir á distribuir el dinero á los
-soldados en el fondo del teatro. El duque llama_): ¡Rustighello!
-(_Rustighello aparece con la bandeja._) Pon la bandeja ahí, sobre esa
-mesa. Bien. (_Cogiendo á Lucrecia por la mano._) Señora, escuchad lo
-que voy á decirle á ese hombre. Rustighello, vuelve á colocarte detrás
-de esa puerta con tu espada desnuda en la mano; si oyes el sonido
-de esta campanilla, entrarás. Anda. (_Rustighello sale, y se ve cómo
-vuelve á colocarse detrás de la puerta._) Señora, le echaréis vos misma
-de beber al joven, y tendréis cuidado de escanciarle lo que hay en el
-frasco de oro.
-
-[Ilustración: D. ALFONSO (aparte).--_Ya está..._]
-
-LUCRECIA (_pálida, con voz débil_).--Si supiéseis lo que hacéis
-en este momento, y cuán horrible cosa es, os estremeceríais, por
-desnaturalizado que seáis, monseñor.
-
-ALFONSO.--Tened cuidado con no equivocar el frasco. Vamos, capitán.
-
- (_Genaro, que ha terminado su distribución del dinero, vuelve al
- proscenio. El duque se sirve de beber en una de las dos copas
- esmaltadas con el frasco de plata, y toma la suya, llevándola á sus
- labios._)
-
-GENARO.--Estoy confuso con tantas bondades, señor.
-
-ALFONSO.--Señora, escanciadle vino al señor Genaro. ¿Qué edad tenéis,
-capitán?
-
-GENARO (_tomando la otra copa y presentándola á la duquesa_).--Veinte
-años.
-
-ALFONSO (_bajo, á la duquesa, que trata de coger el frasco de
-plata_).--El frasco de oro, señora. (_Lucrecia le toma temblando._)
-¡Bravo! ¿Y andaréis enamorado?...
-
-GENARO.--¿Quién no lo está un poco, monseñor?
-
-ALFONSO.--¿Sabéis, señora, que hubiera sido una crueldad privar al
-capitán de la vida, del amor, del sol de Italia, de las ilusiones de
-los veinte años, de su gloriosa carrera de soldado y de aventurero
-por la cual han empezado todas las casas reales, de las fiestas, de
-los bailes de máscaras, de los alegres carnavales de Venecia donde
-se engaña á tantos maridos, y de las hermosas mujeres que ese joven
-puede amar y que deben amarle? ¿No es verdad, señora? Dad de beber al
-capitán. (_Por lo bajo._) Si vaciláis, hago entrar á Rustighello.
-
-GENARO.--Os doy gracias, monseñor, por dejarme vivir para mi pobre
-madre.
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Oh, qué horror!
-
-ALFONSO (_bebiendo_).--¡Á vuestra salud, capitán Genaro; que viváis
-muchos años!
-
-GENARO.--¡Monseñor, Dios os conserve!
-
- (_Bebe._)
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Cielos!
-
-ALFONSO (_aparte_).--Ya está. (_Alto._) Y con esto, os dejo, capitán.
-Partiréis para Venecia cuando queráis. (_Bajo, á Lucrecia._) Dadme las
-gracias, señora, os dejo á solas con él. Debéis tener que despediros.
-Vivid con él, si así os parece, su último cuarto de hora.
-
-
-ESCENA VI
-
-LUCRECIA, GENARO
-
- (_Vese siempre en el compartimiento á Rustighello, inmóvil detrás de
- la puerta secreta._)
-
-LUCRECIA.--¡Genaro! ¡Estáis envenenado!
-
-GENARO.--¡Envenenado, señora!
-
-LUCRECIA.--¡Envenenado!
-
-GENARO.--Habría debido conocerlo, habiéndome escanciado vos el vino.
-
-LUCRECIA.--¡Oh, no me agobiéis, Genaro! No me quitéis las pocas fuerzas
-que me quedan, de las cuales tengo necesidad aún por algunos instantes.
-Oídme: el duque está celoso de vos; el duque os cree mi amante, y no
-me ha dejado otra alternativa que la de veros dar de puñaladas delante
-de mí por Rustighello ó daros yo misma el veneno. Un veneno terrible,
-Genaro, un veneno cuyo solo nombre hace palidecer á todo italiano que
-sabe la historia de los últimos veinte años.
-
-GENARO.--Sí, los venenos de los Borgias.
-
-LUCRECIA.--De él habéis bebido. Nadie en el mundo conoce el antídoto
-de esta composición terrible, nadie, excepto el papa, el señor de
-Valentinois y yo. Tomad, ved esta redomilla que llevo oculta siempre
-en mi seno. Esta redomilla, Genaro, es la vida, es la salud, es la
-salvación. Una sola gota en vuestros labios y estáis salvado.
-
- (_Quiere aproximar la redoma á los labios de Genaro, que retrocede._)
-
-GENARO (_mirándola fijamente_).--Señora, ¿quién me dice que no sea ese
-el veneno?
-
-LUCRECIA (_cayendo aniquilada en el sillón_).--¡Dios mío! ¡Dios mío!
-
-GENARO.--¿No os llamáis Lucrecia Borgia? ¿Creéis que no me acuerdo del
-hermano de Bayaceto? Sí; sé un poco de historia... Hiciéronle creer,
-á él también, que estaba envenenado por Carlos VIII y se le dió un
-antídoto del cual murió. Y la mano que le presentó el antídoto es la
-que tiene ahora esa redoma. ¡Y la boca que le dijo que bebiera, hela
-aquí, me habla!
-
-LUCRECIA.--¡Miserable de mí!
-
-GENARO.--Oíd, señora, no me engañan vuestras apariencias de amor.
-Abrigáis algún siniestro designio sobre mí. Esto se ve. Debéis saber
-quién soy. En este momento se lee en vuestro rostro que lo sabéis;
-fácil es conocer que alguna razón poderosa tendréis para no decírmelo
-nunca. Vuestra familia debe conocer á la mía, y quizás á estas horas no
-es de mí de quien os vengáis envenenándome, sino, ¿quién sabe?, de mi
-madre...
-
-LUCRECIA.--¡Vuestra madre, Genaro! Quizás la veis distinta de lo que
-es. ¿Qué diríais si no fuese más que una mujer criminal como yo?
-
-GENARO.--No la calumniéis. ¡Oh, no, mi madre no es una mujer como vos,
-doña Lucrecia! ¡Oh! la siento en mi corazón y la sueño en mi alma tal
-como es; tengo su imagen aquí, nacida conmigo; no la amaría como la
-amo si no fuese digna de mí. El corazón de un hijo no se engaña sobre
-su madre. La aborrecería si pudiese parecerse á vos. Pero, no, no; hay
-algo en mí que me dice muy alto que mi madre no es una de esas infames
-culpables de incesto, de lujuria y de envenenamiento como vosotras, las
-hermosas mujeres de este tiempo. ¡Oh Dios! Estoy bien seguro de ello;
-¡si hay bajo el cielo una mujer inocente, una mujer virtuosa, una mujer
-santa, es mi madre! ¡Oh! Así es ella y no de otra manera. La conocéis
-sin duda, doña Lucrecia, y no me desmentiréis.
-
-LUCRECIA.--¡No, á esa mujer, Genaro, á esa madre, no la conozco!
-
-GENARO.--Pero ¿ante quién estoy hablando así? ¿Qué os importan á vos,
-Lucrecia Borgia, las alegrías ó los dolores de una madre? No habéis
-tenido hijos nunca, dicen, y debéis sentiros bien venturosa. Porque
-vuestros hijos, si los tuviéseis, ¿sabéis que renegarían de vos,
-señora? ¿Qué desdichado, bastante dejado de la mano del cielo, quisiera
-una madre semejante? ¡Ser hijo de Lucrecia Borgia! ¡Llamar madre á
-Lucrecia Borgia! ¡Oh!...
-
-LUCRECIA.--Genaro, estáis envenenado; el duque, que os cree muerto,
-puede llegar de un momento á otro. No debería pensar yo más que en
-vuestra salvación y en vuestra fuga, pero me decís cosas tan terribles,
-que no me queda más que permanecer ahí, petrificada, oyéndolas.
-
-GENARO.--Señora...
-
-LUCRECIA.--Veamos; se ha de acabar. Maltratadme, agobiadme con vuestro
-desprecio; pero, estáis envenenado; bebed esto en seguida.
-
-GENARO.--¿Qué debo creer yo, señora? El duque es leal; he salvado la
-vida á su padre. Vos, no; os he ofendido y tenéis que vengaros de mí.
-
-LUCRECIA.--¡Vengarme de ti, Genaro! Si fuera menester dar toda mi vida
-para añadir una hora á la tuya, derramar toda mi sangre para impedir
-que vertieses una lágrima, sentarme en la picota para colocarte sobre
-un trono, pagar con una tortura del infierno cada uno de tus menores
-placeres, no vacilaría yo, no murmuraría, sería feliz y besaríate los
-pies, Genaro. ¡Oh, no sabrás tú nunca nada de mi pobre corazón sino
-que está lleno de ti! Genaro, el tiempo urge, el veneno corre, de un
-momento á otro lo sentirás... un poco más y no será ya tiempo. La vida
-abre en este momento dos espacios oscuros delante de ti, pero el uno
-tiene menos minutos que años el otro. La elección es terrible. Deja que
-yo te guíe. Ten piedad de ti y de mí, Genaro. ¡Bebe pronto, en nombre
-del cielo!
-
-GENARO.--Bueno; está bien. Si hay un crimen en esto, caiga sobre
-vuestra cabeza. Después de todo, digáis ó no verdad, no vale mi vida la
-pena de ser tan disputada. Dadme.
-
- (_Toma la redomilla y bebe._)
-
-LUCRECIA.--¡Salvado! Ahora es menester partir para Venecia á caballo y
-á escape. ¿Tienes dinero?
-
-GENARO.--Tengo.
-
-LUCRECIA.--El duque te cree muerto. Fácil será ocultarle tu fuga.
-Espera; guarda ese frasco y llévalo siempre encima. En tiempos como los
-que vivimos, el veneno figura en todos los convites. Tú, sobre todo,
-estás expuesto. Ahora, parte pronto. (_Mostrándole la puerta secreta
-que entreabre._) Baja por esta escalera que comunica con uno de los
-patios del palacio Negroni. Fácil te será evadirte por allí. No esperes
-hasta mañana, no esperes la puesta de sol, no esperes una hora, ni
-siquiera media. Abandona á Ferrara en seguida, abandona á Ferrara como
-si fuese Sodoma que arde, y no vuelvas la vista atrás. ¡Adiós! espera
-un instante. ¡Tengo una última palabra que decirte, Genaro mío!
-
-GENARO.--Hablad, señora.
-
-LUCRECIA.--Te digo adiós en este momento, Genaro, para no volver á
-verte jamás. No has de pensar ya encontrarte alguna vez en mi camino.
-Es la sola dicha que tendría yo en el mundo; pero sería arriesgar tu
-cabeza. Henos aquí separados para siempre en esta vida; ¡ay! ¡harto
-segura estoy también de que lo mismo estaremos separados en la otra!
-Genaro, ¿no me dirás una sola palabra de cariño antes de abandonarme
-así por una eternidad?
-
-GENARO (_bajando los ojos_).--Señora...
-
-LUCRECIA.--¡Acabo de salvarte la vida, en fin!...
-
-GENARO.--Así lo decís. Todo esto me parece lleno de tinieblas. No sé
-qué pensar. Ved, señora, todo puedo perdonároslo excepto una cosa.
-
-LUCRECIA.--¿Cuál?
-
-GENARO.--Juradme por todo cuanto os es caro, por mi propia cabeza,
-puesto que me amáis, por la salvación eterna de mi alma, que vuestros
-crímenes no tienen que ver nada con las desgracias de mi madre.
-
-LUCRECIA.--Todas las palabras son formales en vos, Genaro. No puedo
-juraros eso.
-
-GENARO.--¡Oh madre! ¡madre mía! He aquí la espantosa mujer que ha
-causado tu desgracia.
-
-LUCRECIA.--Genaro...
-
-GENARO.--Lo habéis confesado, señora. ¡Adiós! ¡Maldita seáis!
-
-LUCRECIA.--Y tú, Genaro, ¡bendito seas!
-
- (_Sale. Lucrecia cae desvanecida en el sillón._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PARTE SEGUNDA
-
-La segunda decoración. La plaza de Ferrara con el balcón ducal á un
-lado y la casa de Genaro al otro. Es de noche.
-
-
-ESCENA I
-
-D. ALFONSO, RUSTIGHELLO, embozados en sus capas
-
-RUSTIGHELLO.--Sí, monseñor, así ha pasado esto. Con no sé qué filtro le
-ha vuelto á la vida y le ha hecho huir por el patio del palacio Negroni.
-
-ALFONSO.--¿Y tú has sufrido eso?
-
-RUSTIGHELLO.--¿Cómo estorbarlo? Había corrido el cerrojo de la puerta.
-Yo estaba encerrado.
-
-ALFONSO.--Era menester echar la puerta abajo.
-
-RUSTIGHELLO.--Una puerta de encina; un cerrojo de hierro. ¡Fácil cosa!
-
-ALFONSO.--¡No importa! Era preciso romper el cerrojo, entrar y matar á
-ese hombre.
-
-RUSTIGHELLO.--En primer lugar, suponiendo que yo hubiese podido
-derribar la puerta, doña Lucrecia le habría cubierto con su cuerpo. Me
-hubiese sido forzoso también matar á doña Lucrecia.
-
-ALFONSO.--¿Y qué?
-
-RUSTIGHELLO.--Yo no tenía orden para ello.
-
-ALFONSO.--Rustighello, los buenos servidores son los que comprenden á
-los príncipes sin ocasionarles la molestia de decirlo todo.
-
-RUSTIGHELLO.--Y luego, habría temido indisponer á Vuestra Alteza con el
-papa.
-
-ALFONSO.--¡Imbécil!
-
-RUSTIGHELLO.--Era muy delicado, monseñor. ¡Matar á la hija del Padre
-Santo!
-
-ALFONSO.--Y sin matarla ¿no podías acaso gritar, llamarme, advertirme,
-impedir al amante que se escapase?
-
-RUSTIGHELLO.--Sí, y luego, al día siguiente Vuestra Alteza se habría
-reconciliado con doña Lucrecia, y al otro doña Lucrecia me hubiera
-mandado ahorcar.
-
-ALFONSO.--Basta. Me has dicho que aún no se había perdido nada.
-
-RUSTIGHELLO.--No. Ved: hay una luz en esa ventana. Genaro no ha partido
-aún. Su criado, á quien sobornó antes la duquesa, lo he sobornado yo
-á mi vez, y me lo ha revelado todo. En este momento aguarda á su amo
-junto á la ciudadela con dos caballos ensillados. Genaro va á salir,
-para reunirse con él ahora mismo.
-
-ALFONSO.--En este caso, embosquémonos detrás del ángulo de su casa. La
-noche es oscura. Le mataremos cuando pase.
-
-RUSTIGHELLO.--Como vos lo ordenéis.
-
-ALFONSO.--¿Es buena tu espada?
-
-RUSTIGHELLO.--Sí.
-
-ALFONSO.--¿Traes puñal?
-
-RUSTIGHELLO.--Dos cosas hay bajo el cielo difíciles de encontrar: un
-italiano sin puñal, y una italiana sin amante.
-
-ALFONSO.--Está bien. Herirás con ambas manos.
-
-RUSTIGHELLO.--Monseñor, ¿por qué no dais orden de arrestarle
-simplemente, y que lo ahorquen luego por sentencia del fiscal?
-
-ALFONSO.--Es súbdito de Venecia y sería declarar la guerra á la
-república. No. Una puñalada viene de no se sabe dónde y no compromete á
-nadie. El envenenamiento valdría más aún, pero ha fracasado.
-
-RUSTIGHELLO.--Entonces, ¿queréis, monseñor, que vaya á buscar cuatro
-esbirros para despacharle, sin que tengáis la molestia de mezclaros en
-ello?
-
-ALFONSO.--No. Maquiavelo me ha dicho á menudo que en estos casos lo
-mejor era que los príncipes hiciesen las cosas por sí mismos.
-
-RUSTIGHELLO.--Monseñor, oigo que alguien se acerca.
-
-ALFONSO.--Coloquémonos junto á esta pared.
-
- (_Ocúltanse en la sombra, bajo el balcón. Aparece Maffio en traje de
- fiesta, que llega tarareando y va á llamar á la puerta de Genaro._)
-
-
-ESCENA II
-
-D. ALFONSO y RUSTIGHELLO ocultos; MAFFIO y GENARO
-
-MAFFIO.--¡Genaro!
-
- (_Abren la puerta, apareciendo Genaro._)
-
-GENARO.--¿Eres tú, Maffio? ¿Quieres entrar?
-
-MAFFIO.--No. Vengo sólo á decirte dos palabras. ¿Decididamente no
-vienes á cenar con nosotros á casa de la princesa Negroni?
-
-GENARO.--No estoy invitado.
-
-MAFFIO.--Yo te presentaré.
-
-GENARO.--Hay otra razón que debo decirte. Me marcho.
-
-MAFFIO.--¿Cómo, partes?
-
-GENARO.--Dentro de un cuarto de hora.
-
-MAFFIO.--¿Por qué?
-
-GENARO.--Te lo diré en Venecia.
-
-MAFFIO.--¿Cuestión de amores?
-
-GENARO.--Sí, cuestión de amor.
-
-MAFFIO.--Te portas mal conmigo, Genaro. Habíamos jurado no abandonarnos
-nunca, ser inseparables, ser hermanos, y ahora partes sin mí.
-
-GENARO.--¡Vente conmigo!
-
-MAFFIO.--¡No: ven conmigo tú! Vale más pasar la noche á la mesa con
-lindas mujeres y alegres convidados, que no en la carretera, entre
-bandidos y barrancos.
-
-GENARO.--No estabas muy seguro esta mañana de tu princesa Negroni.
-
-MAFFIO.--Me he informado. Jeppo tenía razón. Es una mujer encantadora
-y de excelente humor, que gusta de versos y de música. Esto es todo.
-Vamos, ven conmigo.
-
-GENARO.--No puedo.
-
-MAFFIO.--¡Partir de noche! Vas á morir asesinado.
-
-GENARO.--Tranquilízate. Adiós. Que te diviertas mucho.
-
-MAFFIO.--Genaro, me da mala espina tu viaje.
-
-GENARO.--Maffio, me da mala espina tu cena.
-
-MAFFIO.--¡Si te sucediese alguna desgracia sin estar yo allí!
-
-GENARO.--¿Quién sabe si no tendré que acusarme mañana de haberte
-abandonado esta noche?
-
-MAFFIO.--Vamos, decididamente no nos separamos. Cedamos algo cada uno
-por su parte. Ven esta noche conmigo á casa de la Negroni, y mañana, al
-rayar el alba, partiremos juntos. ¿Te avienes?
-
-GENARO.--Preciso será que te cuente, Maffio, los motivos de mi
-repentina partida. Vas á ver si tengo razón.
-
- (_Se lleva á Maffio aparte y le habla al oído._)
-
-RUSTIGHELLO (_bajo el balcón, en voz baja á don Alfonso_).--¿Atacamos,
-monseñor?
-
-ALFONSO.--Veamos el final de esto.
-
-MAFFIO (_echándose á reir después de la relación de Genaro_).--¿Quieres
-que te lo diga, Genaro? Estás equivocado. No hay en todo ese negocio ni
-veneno ni contra-veneno. Pura comedia. La Lucrecia está perdidamente
-enamorada de ti y ha querido hacerte creer que te salvaba la vida,
-esperando convertir suavemente la gratitud en amor. El duque es un buen
-hombre, incapaz de envenenar ó asesinar á nadie. Has salvado la vida
-á su padre, por otra parte, y lo sabe. La duquesa quiere que partas.
-Está muy bien. Sus amoríos serían, en efecto, más fáciles en Venecia
-que no en Ferrara. El marido la estorba siempre un poco. En cuanto á
-la cena de la princesa Negroni será altamente deliciosa. Tú vendrás.
-¡Qué diablo, hay que razonar un poco y no exagerar nada! Sabes que
-soy presidente y que doy buenos consejos. Porque haya habido dos ó
-tres cenas famosas en las que los Borgias han envenenado, con muy buen
-vino, á algunos de sus mejores amigos, no se deduce que no deba cenarse
-absolutamente. No se sigue de aquí que deba verse siempre veneno en el
-admirable vino de Siracusa; y detrás de todas las bellas princesas de
-Italia á Lucrecia Borgia. ¡Espectros y cuentos de vieja! Según esto,
-solamente los niños de pecho estarían seguros de lo que beben y podrían
-cenar sin inquietud. ¡Por Hércules, Genaro, sé niño ó sé hombre! Vuelve
-á tomar ama de cría ó ven á cenar.
-
-GENARO.--Á la verdad, es algo extraño huir de noche. Parezco un hombre
-que tiene miedo. Por otra parte, si hay peligro en cenar, no debo dejar
-á Maffio solo. Suceda lo que quiera. Es un albur como cualquier otro.
-Lo dicho. Me presentarás á la princesa Negroni. Me voy contigo.
-
-MAFFIO (_cogiéndole la mano_).--¡Dios de verdad! Este es un amigo.
-
- (_Salen. Se les ve alejarse hacia el fondo de la plaza. Don Alfonso y
- Rustighello salen de su escondrijo._)
-
-RUSTIGHELLO (_con la espada desnuda_).--Ea, ¿qué esperáis, monseñor? No
-son más que dos. Encargaos de vuestro hombre y yo me encargo del otro.
-
-ALFONSO.--No, Rustighello. Van á cenar á casa de la princesa Negroni.
-Si estoy bien informado... (_Se interrumpe y parece meditar un
-instante, dejando escapar después una carcajada._) ¡Pardiez! Esto
-favorecería todavía más mi asunto, y sería una divertida aventura.
-Esperemos á mañana.
-
- (_Entran en palacio._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO III
-
-EMBRIAGUEZ MORTAL
-
-
-Una sala magnífica del palacio Negroni. Á la derecha una puerta de
-escape.--En el fondo se abre una gran puerta de dos hojas. En el centro
-una mesa soberbiamente servida á la moda del siglo XVI. Pajecillos
-negros vestidos de brocado de oro, circulan en torno.--En el momento
-de levantarse el telón hay catorce convidados en la mesa, Jeppo,
-Maffio, Ascanio, Oloferno, Apóstolo, Genaro y Gubetta, y siete mujeres
-jóvenes, lindas, lujosamente engalanadas. Todos beben ó comen, ó ríen
-á carcajadas con sus vecinas, excepto Genaro, que está pensativo y
-silencioso.
-
-PERSONAJES
-
- LUCRECIA BORGIA.
- GENARO.
- GUBETTA.
- MAFFIO ORSINI.
- JEPPO LIVERETTO.
- APÓSTOLO GAZELLA.
- ASCANIO PETRUCCI.
- OLOFERNO VITELLOZZO.
- LA PRINCESA NEGRONI.
- DAMAS, PAJES, FRAILES.
-
-
-ESCENA I
-
-JEPPO, MAFFIO, ASCANIO, OLOFERNO, APÓSTOLO, GUBETTA, GENARO, mujeres,
-pajes
-
-OLOFERNO (_con el vaso en la mano_).--¡Viva el vino de Jerez! Jerez de
-la Frontera es una ciudad del paraíso.
-
-MAFFIO (_con el vaso en la mano_).--El vino que bebemos vale más que
-las historias que contáis, Jeppo.
-
-ASCANIO.--Jeppo tiene la manía de contar historias cuando ha bebido.
-
-APÓSTOLO.--El otro día era en Venecia, en casa del Serenísimo dux
-Barbarigo; hoy es en Ferrara, en casa de la divina princesa Negroni.
-
-JEPPO.--El otro día era una historia lúgubre; hoy es una historia
-alegre.
-
-MAFFIO.--¡Una historia alegre, Jeppo! De cómo don Silicio, galante
-caballero de treinta años, que había perdido su patrimonio, se casó
-con la riquísima marquesa Calpurnia, que contaba cuarenta y ocho
-primaveras. ¡Por Baco! ¡Eso os parece alegre!
-
-GUBETTA.--Es triste y común. Un hombre arruinado que se casa con una
-mujer caduca es cosa que se ve todos los días.
-
- (_Sigue comiendo. De vez en cuando algunos se levantan y van á hablar
- en el proscenio mientras continúa la orgía._)
-
-LA PRINCESA NEGRONI (_Á Maffio, señalándole á Genaro._)--Señor conde
-Orsini, tenéis ahí un amigo que me parece estar muy triste.
-
-MAFFIO.--Siempre está así, señora. Me dispensaréis que lo haya traído
-sin que le hubiéseis hecho la gracia de invitarle. Es mi hermano de
-armas. Me ha salvado la vida en el asalto de Rímini; y en el ataque
-del puente de Vicenza recibí una estocada que le iba dirigida. No
-nos separamos nunca. Vivimos juntos. Un gitano nos ha predicho que
-moriríamos el mismo día.
-
-LA NEGRONI (_riendo_).--¿Os ha dicho si sería por la mañana ó por la
-noche?
-
-MAFFIO.--Nos ha dicho que sería por la mañana.
-
-LA NEGRONI (_riendo más fuerte_).--Vuestro gitano no sabía lo que se
-decía. ¿Y le queréis vos mucho á ese joven?
-
-MAFFIO.--Tanto como un hombre puede querer á otro.
-
-LA NEGRONI.--Vamos, os bastáis uno á otro. ¡Dichosos sois!
-
-MAFFIO.--La amistad no llena todo el corazón, señora.
-
-LA NEGRONI.--¡Dios mío! ¿Qué es lo que llena todo el corazón?
-
-MAFFIO.--El amor.
-
-LA NEGRONI.--Vos tenéis el amor en la boca.
-
-MAFFIO.--Y vos en los ojos.
-
-LA NEGRONI.--¡Sois singular!
-
-MAFFIO.--¡Y vos cuán bella sois!
-
- (_La coge del talle._)
-
-LA NEGRONI.--Señor conde Orsini, dejadme.
-
-MAFFIO.--¿Un beso en vuestra mano?
-
-LA NEGRONI.--¡No!
-
- (_Se le escapa._)
-
-GUBETTA (_acercándose á Maffio_).--Vuestros asuntos con la princesa
-llevan buena marcha.
-
-MAFFIO.--Me dice siempre que no.
-
-GUBETTA.--En boca de una mujer, _No_ es el hermano mayor de _Sí_.
-
-JEPPO (_llegando de pronto á Maffio_).--¿Qué te parece la Princesa
-Negroni?
-
-MAFFIO.--Adorable. Aquí, para entre nosotros, comienza á interesarme
-vivamente.
-
-JEPPO.--¿Y su cena?
-
-MAFFIO.--Una orgía perfecta.
-
-JEPPO.--La princesa está viuda.
-
-MAFFIO.--¡Bien se conoce por su alegría!
-
-JEPPO.--Espero que ya no desconfiarás de su cena.
-
-MAFFIO.--¡Yo! de ningún modo; estaba loco.
-
-JEPPO (_á Gubetta_).--Señor de Belverana, ¿creeréis que Maffio temía
-venir á cenar con la princesa?
-
-GUBETTA.--¿Por qué?
-
-JEPPO.--Porque el palacio Negroni está contiguo al de los Borgias.
-
-GUBETTA.--¡Al diablo los Borgias y bebamos!
-
-JEPPO (_en voz baja á Maffio_).--Lo que me place en ese Belverana es
-que no aprecia á los Borgias.
-
-MAFFIO (_en voz baja_).--En efecto, no deja nunca de enviarlos al
-diablo con una gracia particular; pero, amigo Jeppo...
-
-JEPPO.--¿Y bien?
-
-MAFFIO.--Le observo desde que comenzó la cena, y me parece extraño que
-no haya bebido aún más que agua.
-
-JEPPO.--¡Vamos! ya vuelves á concebir sospechas, amigo mío; tienes un
-vino muy monótono.
-
-MAFFIO.--Tal vez tengas razón, estoy loco.
-
-GUBETTA (_volviendo y mirando á Maffio de pies á cabeza_).--¿Sabéis,
-caballero, que estáis dotado de una complexión muy propia
-para vivir noventa años, y que por tal concepto os asemejáis
-mucho á un abuelo mío que alcanzó esta edad, y que se llamaba
-Gil-Basilio-Fernán-Ireneo-Frasco-Frasquito-Felipe, conde de Belverana?
-
-JEPPO.--¡Vaya una letanía, señor de Belverana!
-
-GUBETTA.--¡Ah! nuestros padres acostumbraban á darnos más nombres de
-pila que escudos para casarnos. Pero... ¿quién ríe tanto allá abajo?
-(_Aparte._) Será preciso que las mujeres tengan un pretexto para
-marcharse. ¿Cómo lo haremos?
-
- (_Vuelve á sentarse á la mesa._)
-
-OLOFERNO (_bebiendo_).--¡Vive el cielo, señores, que jamás pasé una
-noche tan deliciosa! Señoras, probad ese vino; es más dulce que el
-Lácrima Cristi, y más ardiente que el de Chipre. ¡Es vino de Siracusa,
-señores!
-
-GUBETTA (_comiendo_).--Oloferno está beodo, según parece.
-
-OLOFERNO.--Señoras, será preciso que os recite algunos versos que acabo
-de componer. Quisiera ser más poeta de lo que soy para cantar tan
-admirables festines.
-
-GUBETTA.--Yo quisiera ser más rico de lo que soy para ofrecer otros á
-mis amigos.
-
-OLOFERNO.--Nada es tan dulce como cantar una hermosa mujer y disfrutar
-de una buena comida.
-
-GUBETTA.--Ó lo que es mejor, abrazar á la una y consumir la otra.
-
-OLOFERNO.--Sí, quisiera ser poeta para elevarme al cielo; quisiera
-tener alas...
-
-GUBETTA.--De faisán en mi plato.
-
-OLOFERNO.--Voy á recitaros mi soneto.
-
-GUBETTA.--¡Voto al diablo! señor marqués de Vitellozzo, os dispenso el
-soneto; dejadnos beber.
-
-OLOFERNO.--¿Me dispensáis mi soneto?
-
-GUBETTA.--Sí, como á los perros de morderme, al Papa de bendecirme, y á
-los transeúntes de apedrearme.
-
-OLOFERNO.--¡Vive Dios! creo que me insultáis, caballerito español.
-
-GUBETTA.--No os insulto, gigantón italiano; pero no quiero oir vuestro
-soneto; mi gaznate necesita más el vino de Chipre que mis oídos la
-poesía.
-
-OLOFERNO.--¡Pues os he de cortar las orejas para clavároslas en los
-talones!
-
-GUBETTA.--¡Sois un belitre! ¡Habráse visto otro mostrenco igual,
-embriagado con vino de Siracusa, y que parece borracho de cerveza!
-
-OLOFERNO.--¡Por vida del diablo!... ¡os voy á descuartizar!
-
-GUBETTA (_trinchando un faisán_).--No os diré otro tanto, porque yo no
-trincho volátiles como vos... ¿señoras, gustáis de un poco de faisán?
-
-OLOFERNO (_precipitándose para coger un cuchillo_).--¡Pardiez! ¡quiero
-abrir en canal á ese tunante, aunque sea más caballero que el emperador!
-
-LAS MUJERES (_levantándose de la mesa_).--¡Cielos, van á batirse!
-
-LOS HOMBRES.--¡Poco á poco, Oloferno!
-
- (_Desarman á Oloferno, que quiere precipitarse sobre Gubetta, y entre
- tanto las mujeres desaparecen por la puerta lateral._)
-
-OLOFERNO (_forcejeando_).--¡Vive Dios!
-
-GUBETTA.--Rimáis tan bien con esa palabra, mi querido poeta, que habéis
-hecho huir á las damas. Sois un torpe.
-
-JEPPO.--Eso es verdad. ¿Dónde diablos se habrán ido?
-
-MAFFIO.--Habrán tenido miedo: cuchillo que reluce, mujer que huye.
-
-ASCANIO.--¡Bah! ya volverán.
-
-OLOFERNO (_amenazando á Gubetta_).--¡Ya te encontraré mañana, Belverana
-del diablo!
-
-GUBETTA.--Mañana no hay inconveniente. (_Oloferno se sienta vacilante y
-con cólera; Gubetta suelta la carcajada._) ¡Qué imbécil, hacer huir así
-á las más lindas mujeres de Ferrara con un cuchillo de mesa! ¡Enfadarse
-por los versos! ¡Ahora creo que tiene alas; ese Oloferno no es un
-hombre, sino un ganso!
-
-JEPPO.--¡Haya paz, señores! Ya os cortaréis mañana el cuello como
-es debido; batíos al menos como caballeros, con espadas, y no con
-cuchillos.
-
-ASCANIO.--Á propósito, ¿qué hemos hecho de nuestras espadas?
-
-APÓSTOLO.--¿Olvidáis que nos han obligado á dejarlas en la antecámara?
-
-GUBETTA.--¡Y la precaución ha sido buena, pues de lo contrario nos
-habríamos batido delante de las damas, por lo cual se habrían sonrojado
-hasta los flamencos de Flandes, ebrios de tabaco!
-
-GENARO.--¡Buena precaución, en efecto!
-
-MAFFIO.--¡Pardiez, hermano Genaro, he aquí la primera palabra que
-pronuncias desde que comenzó la cena, y nunca bebes! ¿Piensas en
-Lucrecia Borgia? Decididamente tienes algún amorío con ella: no lo
-niegues.
-
-GENARO.--¡Dame de beber, Maffio! No abandono á mis amigos ni en la mesa
-ni en el juego.
-
-UN PAJE NEGRO (_con dos frascos en la mano_).--Señores, ¿queréis vino
-de Chipre ó de Siracusa?
-
-MAFFIO.--De Siracusa; es el mejor.
-
- (_El paje negro llena las copas._)
-
-JEPPO.--¡Por vida de Oloferno! ¿No volverán esas damas? (_Se dirige
-sucesivamente á las dos puertas._) ¡Están cerradas por fuera, señores!
-
-MAFFIO.--¿Tendréis miedo á vuestra vez, Jeppo? No quieren que las
-persigamos. Es muy natural.
-
-GENARO.--¡Bebamos, señores!
-
- (_Se oye el choque de las copas._)
-
-MAFFIO.--¡Á tu salud, Genaro! Brindo por que halles pronto á tu madre.
-
-GENARO.--¡Dios te oiga!
-
- (_Todos beben, excepto Gubetta, que arroja el vino por encima del
- hombro._)
-
-MAFFIO (_en voz baja á Jeppo_).--Ahora sí que lo he visto, Jeppo.
-
-JEPPO (_en voz baja_).--¿El qué?
-
-MAFFIO.--Belverana no ha bebido.
-
-JEPPO.--¡Cómo!
-
-MAFFIO.--Le he visto arrojar el vino por encima del hombro.
-
-JEPPO.--Está ebrio, y tú también.
-
-MAFFIO.--Es posible.
-
-GUBETTA.--¡Venga una canción báquica, señores! Voy á cantaros una que
-valdrá más que el soneto de Oloferno, y juro por el cráneo de mi padre
-que no la compuse yo, puesto que no soy poeta ni tengo bastante ingenio
-para hacer que dos rimas se besen expresando una idea. He aquí mi
-canción, cuyo asunto es muy delicado, pues tiende á demostrar que el
-cielo pertenece á los borrachos.
-
-JEPPO (_en voz baja á Maffio_).--Está más embriagado que borracho.
-
-TODOS (_excepto Genaro_).--¡La canción, la canción!
-
-GUBETTA (_cantando_):
-
- Abre la puerta, San Pedro
- al alegre bebedor,
- que con voz robusta y fuerte
- quiere cantar ¡_Gloria Domino_!
-
-TODOS (_á coro, excepto Genaro_).--¡_Gloria Domino_!
-
- (_Chocan las copas, riendo á carcajadas. De repente se oyen voces
- lejanas que cantan con tono lúgubre._)
-
-VOCES (_fuera_).--_Sanctum et terribile nomen ejus. Initium sapientiæ
-timor Domini._
-
-JEPPO (_riendo ruidosamente_).--¡Escuchad, señores! Mientras nosotros
-entonamos la canción báquica, el eco canta vísperas.
-
-TODOS.--¡Escuchemos!
-
-VOCES (_fuera, y un poco más próximas_).--_Nisi Dominus custodierit
-civitatem, frustra vigilat qui custodit eam._
-
- (_Todos ríen á carcajadas._)
-
-JEPPO.--Canto llano del más puro.
-
-MAFFIO.--Alguna procesión que pasa.
-
-GENARO.--¡Á media noche! Es un poco tarde.
-
-JEPPO.--¡Bah! Continuad, caballero Belverana.
-
-[Ilustración: JEPPO.--_¡Qué lazo tan espantoso!_]
-
-VOCES (_fuera, y más próximas aún_).--_Oculos habent et non
-videbunt. Nares habent et non odorabunt. Aures habent, et non audient._
-
- (_Todos ríen cada vez con más fuerza._)
-
-JEPPO.--¡Serán chillones esos frailes!
-
-MAFFIO.--¡Mira, Genaro! las lámparas se apagan aquí, y nos quedamos á
-oscuras.
-
- (_Las lámparas palidecen, como si les faltara el aceite._)
-
-VOCES (_fuera y más cerca_).--_Manus habent et non palpabunt; pedes
-habent et non ambulabunt; non clamabunt in gutture suo._
-
-GENARO.--Me parece que las voces se aproximan.
-
-JEPPO.--Diríase que la procesión está ahora debajo de nuestras ventanas.
-
-MAFFIO.--Son las oraciones de difuntos.
-
-ASCANIO.--Será algún entierro.
-
-JEPPO.--Bebamos á la salud del que van á enterrar.
-
-GUBETTA.--¿Sabéis que no habrá más de uno?
-
-JEPPO.--¡Pues bien, á la salud de todos!
-
-APÓSTOLO (_á Gubetta_).--¡Bravo! continuemos por nuestra parte la
-invocación de San Pedro.
-
-GUBETTA.--Sed más cortés; se debe decir: al señor San Pedro, digno
-portero del paraíso.
-
- (_Canta._)
-
-TODOS (_chocando sus copas y profiriendo carcajadas_):
-
- ¡_Gloria Domino_!
-
- (_La gran puerta del fondo se abre silenciosamente de par en par y se
- ve fuera una inmensa sala tapizada de negro, iluminada por algunas
- antorchas y con una gran cruz de plata en el fondo. Una larga fila de
- penitentes, blancos y negros, á los que sólo se les ven los ojos por
- los agujeros de la capucha, avanza precedida de una cruz y llevando
- cada monje un cirio en la mano. Entran por la puerta grande cantando
- con acento lúgubre y en voz alta_):
-
- ¡_De profundis clamavi ad te, Domine_!
-
- (_Se alinean silenciosamente en ambos lados de la sala, permaneciendo
- inmóviles como estatuas; mientras que los jóvenes caballeros los
- miran con estupor._)
-
-MAFFIO.--¿Qué quiere decir eso?
-
-JEPPO (_esforzándose para reirse_).--Es una broma. Apuesto mi caballo
-contra un cerdo, y mi nombre de Liveretto contra el de Borgia, á que
-son nuestras encantadoras condesas las que se han disfrazado de ese
-modo para ponernos á prueba, y que si levantamos una de esas capuchas
-veremos debajo el lindo rostro de una hermosa mujer. Mirad. (_Levanta
-sonriendo una de las capuchas, y queda petrificado al ver el rostro
-lívido de un monje, que permanece inmóvil con el cirio en la mano y la
-vista baja. Deja caer la capucha y retrocede._) ¡Esto comienza á ser
-extraño!
-
-MAFFIO.--No sé por qué se me hiela la sangre en las venas.
-
-LOS PENITENTES (_cantando con voz sonora_).--_¡Conquassabit capita in
-terra multorum!_
-
-JEPPO.--¡Qué lazo tan espantoso! ¡Nuestras espadas, vengan nuestras
-espadas! ¡Señores, aquí estamos en casa del demonio!
-
-
-ESCENA II
-
-Los mismos, LUCRECIA
-
-LUCRECIA (_apareciendo de repente, vestida de negro, en el umbral de la
-puerta_).--¡Estáis en mi casa!
-
-TODOS (_excepto Genaro que observa desde un rincón, donde Lucrecia no
-le ve_).--¡Lucrecia Borgia!
-
-LUCRECIA.--Hace pocos días, todos los que estáis aquí, pronunciabais
-mi nombre con expresión de triunfo, y hoy lo hacéis con espanto. Sí,
-ya podéis mirarme con esos ojos atónitos por el terror; soy yo,
-señores, y vengo para deciros que todos estáis envenenados, y que á
-ninguno de vosotros le queda una hora de vida. No os mováis, porque la
-sala contigua está llena de soldados. ¡Á mi vez podré hablaros alto y
-pisaros la cabeza! ¡Jeppo Liveretto, vé á reunirte con tu tío Vitelli,
-á quien mandé dar de puñaladas en los subterráneos del Vaticano!
-¡Ascanio Petrucci, vé á buscar á tu primo Pandolfo, á quien asesiné
-para robarle su palacio! ¡Oloferno Vitellozzo, tu tío te espera, ya
-sabes, Yago Appiani, á quien envenené en una fiesta! ¡Maffio Orsini,
-pronto podrás hablar de mí en el otro mundo á tu hermano el de Gravina,
-á quien mandé estrangular durante su sueño! ¡Apóstolo Gazella, yo hice
-decapitar á tu padre Francisco Gazella, y asesinar á tu primo Alfonso
-de Aragón, según tú dices: vé á reunirte con ellos! Me obsequiasteis
-con un baile en Venecia, y os correspondo con una cena en Ferrara.
-¡Fiesta por fiesta, señores!
-
-JEPPO.--¡He aquí un triste despertar, Maffio!
-
-MAFFIO.--¡Pensemos en Dios!
-
-LUCRECIA.--¡Ah, amiguitos míos del último carnaval, ya sé que no
-esperabais esto! Me parece que esto es vengarse bien. ¿Qué opináis,
-señores? Creo que no está del todo mal para una mujer. (_Á los
-monjes._) Padres míos, conducid á esos caballeros á la sala contigua,
-que ya está preparada; confesadlos, y aprovechad los pocos instantes
-que les quedan para salvar en ellos lo que aún sea posible. Señores,
-aquellos que entre vosotros tengan alma, deben apresurarse. Estad
-tranquilos; esos dignos padres son monjes de San Sixto, á quienes el
-Padre santo ha permitido ayudarme en ocasiones como la presente. Y
-si me he cuidado de vuestras almas, advertid que no he olvidado los
-cuerpos. ¡Mirad! (_Á los monjes que están delante de la puerta del
-fondo._) Apartad un poco para que estos señores vean. (_Los monjes se
-desvían, y entonces se ven cinco ataúdes, cubierto cada cual con un
-paño negro y alineados delante de la puerta._) Ya lo veis, hay cinco.
-¡Ah caballeros! ¡Arrancáis la piel á una desgraciada mujer, creyendo
-que ésta no se vengará! ¡Ved ahora vuestros ataúdes!
-
-GENARO (_á quien no ha visto hasta entonces, da un paso_).--¡Se
-necesita otro, señora!
-
-LUCRECIA.--¡Cielos, Genaro!
-
-GENARO.--El mismo.
-
-LUCRECIA.--Que todo el mundo salga de aquí y nos dejen solos...
-¡Gubetta, suceda lo que quiera, y aunque se oiga algo de lo que ha de
-pasar aquí, que no éntre nadie!
-
-GUBETTA.--Está bien.
-
- (_Los monjes salen procesionalmente, conduciendo entre sus filas á
- los cinco caballeros vacilantes y aturdidos._)
-
-
-ESCENA III
-
-GENARO, LUCRECIA
-
- (_Sólo iluminan la sala algunas lámparas moribundas, y se han cerrado
- las puertas. Lucrecia y Genaro, solos, se miran algunos instantes en
- silencio, como no sabiendo por dónde comenzar._)
-
-LUCRECIA (_hablándose á sí misma_).--¡Es Genaro!
-
-CANTO DE LOS MONJES (_fuera_).--_Nisi Dominus ædificaverit domum, in
-vanum laborant qui ædificant eam._
-
-LUCRECIA.--¡Otra vez vos, Genaro! ¡Habréis de estar siempre allí donde
-descargo mis golpes! ¡Santo cielo! ¿cómo os habéis mezclado en todo
-esto?
-
-GENARO.--Lo sospechaba.
-
-LUCRECIA.--¡Otra vez estáis envenenado, y vais á morir!
-
-GENARO.--Si quiero... tengo el antídoto.
-
-LUCRECIA.--¡Ah! ¡Dios sea loado!
-
-GENARO.--Una palabra, señora; vos sois experta en la materia, y podréis
-decirme si hay bastante elíxir en este frasquito para salvar á los
-caballeros que esos monjes conducen á la tumba.
-
-LUCRECIA (_examinando el frasco_).--¡Apenas hay bastante para vos,
-Genaro!
-
-GENARO.--¿No podéis obtener más al punto?
-
-LUCRECIA.--Os he dado cuanto tenía.
-
-GENARO.--Está bien.
-
-LUCRECIA.--¿Qué hacéis, Genaro? Despachad; no juguéis con cosas tan
-terribles, pues nunca se bebe á tiempo un contra-veneno. ¡Apuradlo,
-en nombre de Dios! ¡Qué imprudencia habéis cometido! Asegurad vuestra
-vida, y yo os facilitaré la salida de palacio por una puerta oculta que
-conozco. Todo se puede remediar aún; es de noche; muy pronto tendré dos
-caballos ensillados, y mañana á primera hora estaréis lejos de Ferrara.
-¿No es verdad que suceden cosas terribles? ¡Bebed y marchemos; es
-preciso vivir; es forzoso salvaros!
-
-GENARO (_tomando un cuchillo de la mesa_).--¡No; ahora vais á morir,
-señora!
-
-LUCRECIA.--¡Cómo! ¿Qué decís?
-
-GENARO.--Digo que acabáis de envenenar traidoramente á cinco
-caballeros, que eran mis mejores amigos, contándose entre ellos Maffio
-Orsini, mi hermano de armas, que me salvó la vida una vez, y á quien
-debo vengar, porque las injurias que recibimos son comunes. Digo que
-habéis cometido un acto infame; que debo vengar á Maffio y á los demás,
-y que vais á morir.
-
-LUCRECIA.--¡Cielos!
-
-GENARO.--Rezad vuestra última oración, y que sea corta, señora, porque
-estoy envenenado y no puedo esperar.
-
-LUCRECIA.--¡Bah! eso no puede ser. ¡Genaro matarme á mí! ¿Sería posible?
-
-GENARO.--Es la pura verdad, señora, y juro por Dios que en vuestro
-lugar ya estaría orando de rodillas... Ahí tenéis un sillón que os
-servirá para el caso.
-
-LUCRECIA.--No; os digo que es imposible. Entre las más terribles ideas
-que cruzan mi espíritu, jamás me había ocurrido esta... ¡Pues bien, ya
-que levantas el cuchillo, espera, Genaro! Debo decirte alguna cosa.
-
-GENARO.--Pronto.
-
-LUCRECIA.--¡Deja ese cuchillo, desgraciado, arrójale! ¡Si tú
-supieras... Genaro! ¿Sabes quién eres, y quién soy? Tú ignoras hasta
-qué punto me perteneces. ¿Será preciso decirlo todo? La misma sangre
-circula por nuestras venas, Genaro; ¡tu padre fué Juan Borgia, duque de
-Gandía!
-
-GENARO.--¡Vuestro hermano! ¡Conque sois mi tía! ¡Ah, señora!
-
-LUCRECIA (_aparte_).--¡Su tía!
-
-GENARO.--¡Ah! soy vuestro sobrino. ¡Ah! ¡mi madre fué esa infeliz
-duquesa de Gandía á quien todos los Borgias hicieron tan desgraciada!
-Señora, mi madre se refería á vos en sus cartas; sois una de aquellas
-parientas desnaturalizadas de quien me hablaba con horror, que mató
-á mi padre, y que hizo llorar lágrimas de sangre á su esposa. ¡Ah!
-¡ahora debo vengarlos á los dos! ¡Conque sois mi tía y yo un Borgia!
-¡Es lo bastante para volverme loco! Escuchadme; habéis vivido demasiado
-tiempo, y estáis tan cargada de crímenes, que debéis haber llegado
-á ser odiosa y abominable para vos misma; sin duda estaréis cansada
-de vivir, y será preciso acabar de una vez. En las familias como las
-nuestras, en las que el crimen es hereditario y se transmite de padre
-á hijo como el nombre, siempre sucede que esta fatalidad termina por
-un asesinato, de ordinario en la misma familia, último crimen que lava
-todos los demás. Jamás se censuró á un caballero por haber cortado
-una mala rama del árbol de su casa. El español Mudarra mató á su tío,
-Rodrigo de Lara, por menos de lo que habéis hecho, y todos elogiaron su
-acto. ¿Me comprendéis, tía mía? ¡Vaya pues, ya hemos hablado bastante!
-¡Recomendad vuestra alma á Dios, si creéis en Dios y en vuestra alma!
-
-LUCRECIA.--¡Genaro, por piedad para ti! Aún eres inocente. ¡No cometas
-tal crimen!
-
-GENARO.--¡Un crimen! ¡Oh! mi tía se trastorna. ¡Será esto un crimen!
-¡Pues bien! aunque le cometa, soy un Borgia, y nada tiene de
-particular. ¡De rodillas os digo, tía, de rodillas!
-
-LUCRECIA.--¿Dices verdaderamente lo que piensas, Genaro? ¿Es así cómo
-pagas el amor que te profeso?
-
-GENARO.--¡Amor!...
-
-LUCRECIA.--Es imposible. Quiero salvarte; llamaré, gritaré...
-
-GENARO.--No abriréis esa puerta, ni tampoco daréis un paso; y en cuanto
-á vuestros gritos, no os salvarán. ¿No acabáis de ordenar vos misma que
-no éntre nadie, oigan lo que quieran de lo que ha de pasar aquí?
-
-LUCRECIA.--¡Pero eso es una cobardía, Genaro! ¡Matar á una mujer
-indefensa! ¡Oh, los sentimientos de tu alma son más nobles! Escúchame;
-me matarás después si quieres, pues no me importa la vida; pero es
-preciso que mi pecho se desahogue, porque está lleno de angustia por
-tu proceder. Tú eres un niño, y la juventud es siempre demasiado
-severa. ¡Oh! si he de morir, no quiero que sea de tu mano; no sabes
-hasta qué punto esto sería horrible. Por otra parte, Genaro, mi hora
-no ha llegado aún. Cierto que he cometido muchas maldades, y que
-soy una gran criminal; mas por lo mismo se me debe dejar tiempo para
-reconocerlo y arrepentirme. Es indispensable, ¿lo oyes, Genaro?
-
-GENARO.--Sois mi tía; sois la hermana de mi padre. ¿Qué habéis hecho de
-mi madre?
-
-LUCRECIA.--¡Espera, espera! Dios mío, no me es posible decirlo todo;
-y aunque te lo dijese, tal vez fuera sólo para redoblar tu horror
-y tu desprecio. ¡Escúchame un instante... yo deseo que me recibas
-arrepentida á tus pies! Tú me perdonarás ¿no es cierto? Pues bien,
-¿quieres que me retire á un claustro y me encierre para toda la vida?
-Si te dijesen: «Esa desgraciada mujer se ha hecho rasar el cabello,
-duerme sobre la ceniza, socava su propia fosa con las manos, y ruega
-á Dios noche y día para que dejes caer sobre ella una mirada de
-misericordia, para que viertas una lágrima sobre todas las llagas vivas
-de su corazón y de su alma, y para que no le digas más, como acabas de
-hacerlo, con esa voz tan severa como la del juicio final: “_¡Vos sois
-Lucrecia Borgia!_”». Si te dijeran todo esto, Genaro, ¿tendrías corazón
-para rechazarla? ¡Gracia, Genaro! Vivamos los dos, tú para perdonarme,
-y yo para arrepentirme. ¡Compadécete de mí! No has de tratar sin
-misericordia á una pobre mujer que sólo pide un poco de piedad.
-¡Perdóname la vida!... Te lo digo, Genaro, por ti, porque tu acto sería
-verdaderamente cobarde, y además un crimen espantoso, un asesinato. ¡Un
-hombre matar á una mujer! ¡Oh, tú no harás eso!
-
-GENARO (_vacilante_).--¡Señora!...
-
-LUCRECIA.--¡Oh! ¡ya lo veo, me perdonas! Me parece leerlo en tus ojos.
-¡Déjame llorar á tus pies!
-
-UNA VOZ (_fuera_).--¡Genaro!
-
-GENARO.--¿Quién me llama?
-
-LA VOZ.--¡Hermano Genaro!
-
-GENARO.--¡Es Maffio!
-
-LA VOZ.--¡Genaro, me muero, véngame!
-
-GENARO (_levantando el cuchillo_).--Está dicho. Ya no escucho nada.
-¡Señora, es preciso morir!
-
-LUCRECIA (_deteniéndole el brazo_).--¡Perdón! ¡Escúchame!
-
-GENARO.--¡No!
-
-LUCRECIA.--¡En nombre del cielo!
-
-GENARO.--¡No!
-
- (_La hiere._)
-
-LUCRECIA.--¡Ah!... ¡me has muerto! ¡Genaro, soy tu madre!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-MARÍA TUDOR
-
-Drama en 3 jornadas, con un prefacio del autor
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PREFACIO
-
-
-Dos maneras hay de apasionar á la multitud en el teatro: por lo grande
-y por lo verdadero; lo grande influye en las masas; lo verdadero en el
-individuo.
-
-El objeto del poeta dramático, cualquiera que fuere el conjunto de sus
-ideas sobre el arte, debe ser siempre, ante todo, buscar lo grande,
-como Corneille, ó lo verdadero, como Molière, ó lo que sería mejor,
-alcanzar á la vez ambas cosas, lo grande en lo verdadero y lo verdadero
-en lo grande, como Shakespeare.
-
-Porque, observémoslo de paso, á Shakespeare le fué dado, y á esto debió
-la soberanía de su genio, conciliar, unir y amalgamar de continuo en
-su obra esas dos cualidades, la verdad y la grandeza, cualidades casi
-contrarias, ó por lo menos tan diferentes, que la falta de cada una de
-ellas constituye lo inverso de la otra. El escollo de lo verdadero es
-lo pequeño; el escollo de lo grande es lo falso. En todas las obras de
-Shakespeare hay algo grande que es verdadero y viceversa; en el centro
-de todas sus creaciones se encuentra el punto de intersección de lo
-grandioso y de lo verdadero; y allí donde se cruzan las cosas grandes
-y las verdaderas, el arte es completo. Shakespeare, así como Miguel
-Ángel, parece haber sido creado para resolver este problema extraño,
-cuya simple enunciación parece absurda:--mantenerse siempre en la
-naturaleza, saliendo de ella algunas veces.--Shakespeare exagera las
-proporciones, pero conserva la relación. ¡Admirable omnipotencia del
-poeta! Hace cosas más elevadas que nosotros, que viven como nosotros.
-Hamlet, por ejemplo, es tan verdadero como cualquiera de nosotros, y
-más grande; Hamlet es colosal, y sin embargo, verdadero; Hamlet no es
-como uno de vosotros ó como yo; es como todos; Hamlet no es un hombre,
-es el hombre.
-
-Separar continuamente lo grande á través de lo verdadero, y esto á
-través de aquello, es, según el autor de este drama, el objeto del
-poeta en el teatro, manteniendo todas las demás ideas que ha podido
-desarrollar sobre estas materias. En dos palabras, lo _grande_ y lo
-_verdadero_ lo encierran todo; la verdad contiene la moralidad; en lo
-grandioso está lo bello.
-
-Nadie supondrá que el autor haya tenido la presunción de creer que
-jamás alcanzó ese objeto, ni que podrá alcanzarla nunca; pero se le
-permitirá declarar públicamente que jamás buscó otro en el teatro hasta
-hoy día. El nuevo drama que ha hecho representar es un esfuerzo más
-hacia ese brillante fin. ¿Cuál es, en efecto, la idea que ha tratado de
-realizar en _María Tudor_? Hela aquí: una reina que sea mujer; grande
-como soberana, verdadera como mujer.
-
-El autor lo ha dicho ya en otra parte: el drama, tal como le comprende,
-el drama, tal como quisiera verle creado por un hombre de genio, el
-drama según el siglo XIX, no es la tragicomedia altiva, desmesurada,
-española y sublime de Corneille; no es la tragedia abstracta, amorosa,
-ideal y divinamente elegíaca de Racine; no es la comedia profunda,
-sagaz, penetrante y demasiado irónica de Molière; no es la tragedia
-de intención filosófica de Voltaire; no es la comedia de acción
-revolucionaria de Beaumarchais; no es más que todo eso, pero lo es
-todo á la vez; ó mejor dicho, no es nada de eso. No es, como en los
-grandes hombres que acabamos de citar, un solo lado de las cosas,
-sistemático y continuamente sacado á luz; es el conjunto considerado
-á la vez bajo todas sus fases. Si hubiera hoy un hombre que pudiese
-realizar el drama tal como le comprendemos, este drama sería el corazón
-humano, la cabeza humana, la pasión humana, la voluntad humana; sería
-el pasado resucitado en provecho del presente; sería la historia que
-nuestros padres hicieron, confrontada con la que nosotros hacemos;
-sería mezclar en la escena todo lo que se mezcla en la vida; sería un
-motín allá y un diálogo de amor aquí; en este último una lección para
-el pueblo, y en el otro un grito para el corazón; sería la risa, y
-también las lágrimas; sería el bien, el mal, lo superior, lo inferior,
-la fatalidad, la providencia, el genio, la casualidad, la sociedad, el
-mundo, la naturaleza, la vida; y algo grande cerniéndose sobre todo
-esto.
-
-Á este drama, que constituiría para la multitud una enseñanza perpetua,
-le sería permitido todo, porque estaría en su esencia no abusar de
-nada. Llegaría á ser tan notorio por su lealtad, elevación, utilidad
-y recta conciencia, que no se le acusaría nunca de buscar el efecto y
-el ruido allí donde sólo hubiera deseado obtener una lección moral.
-Podría llevar á Francisco I á casa de Magalona sin hacerse sospechoso;
-producir en el corazón de Didier un sentimiento compasivo para Marion;
-y sin que se le tachase de enfático y exagerado, como al autor de
-_María Tudor_, presentar ampliamente en la escena, con toda su terrible
-realidad, ese formidable triángulo que tan á menudo aparece en la
-historia: una reina, un valido y un verdugo.
-
-El hombre que crease este drama debería tener dos cualidades:
-conciencia y genio. El autor que habla aquí, sabe ya que sólo tiene
-la primera; mas no por eso dejará de continuar lo que ha comenzado,
-deseando que otros lo hagan mejor. Hoy día, un numeroso público, cada
-vez más inteligente, acoge con favor todas las tentativas formales del
-arte; y todo lo que ahora hay de elevado en la crítica ayuda y estimula
-al poeta. ¡Venga, pues, el poeta! En cuanto al autor de este drama,
-seguro del porvenir, que progresa, y de que, á falta de talento, se le
-tendrá algún día en cuenta su perseverancia, fija una mirada serena,
-confiada y tranquila en la multitud que todas las noches dispensa aún
-á esta obra incompleta tanta curiosidad, interés y atención. Ante esa
-multitud comprende la responsabilidad que sobre él pesa, y acéptala
-tranquilo. Jamás pierde un instante de vista en sus trabajos al pueblo
-que el teatro civiliza, la historia que el teatro explica, y el corazón
-humano que el teatro aconseja. Mañana dejará la obra terminada por
-la que se ha de hacer; y saldrá de esa multitud para retirarse á su
-soledad, soledad profunda donde no llega ninguna influencia perniciosa
-del mundo exterior; donde la juventud, su amiga, se presenta algunas
-veces para estrecharle la mano, donde está solo con su pensamiento, su
-independencia y su voluntad. La soledad le será más que nunca grata,
-porque sólo en ella se puede trabajar para la multitud; y más que
-nunca tendrá su espíritu, su obra y su pensamiento alejados de toda
-camarilla, pues conoce algo más grande que ésta: los partidos; algo
-más grande que los partidos: el pueblo; y algo superior al pueblo: la
-humanidad.
-
- 17 Noviembre 1833.
-
-
-
-
-MARÍA TUDOR
-
-
-
-
-PERSONAJES
-
-
- MARÍA, reina.
- JUANA.
- GILBERTO.
- FABIANO FABIANI.
- SIMÓN RENARD.
- JOSHUA FARNABY.
- UN JUDÍO.
- LORD CLINTON.
- LORD CHANDOS.
- LORD MONTAGU.
- MAESE ENEAS DULVERTON.
- LORD GARDINER.
- UN CARCELERO.
- CABALLEROS, PAJES, GUARDIAS, EL VERDUGO.
-
-Londres, 1553.
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-JORNADA PRIMERA
-
-EL HOMBRE DEL PUEBLO
-
-
-Playa desierta á orillas del Támesis, en parte oculta por un antiguo
-parapeto ruinoso. Á la derecha una casa de mísero aspecto, en uno de
-cuyos ángulos se ve una pequeña estatua de la Virgen, iluminada por una
-mecha de estopa que arde en un enrejado de hierro. En el fondo, más
-allá del Támesis, la ciudad. Divísanse dos altos edificios, la Torre de
-Londres y la Abadía de Westminster.--El día comienza á declinar.
-
-PERSONAJES
-
- GILBERTO.
- FABIANO FABIANI.
- SIMÓN RENARD.
- LORD CHANDOS.
- LORD CLINTON.
- LORD MONTAGU.
- JOSHUA FARNABY.
- JUANA.
- UN JUDÍO.
-
-
-ESCENA I
-
-Varios hombres agrupados acá y allá en la playa, entre los cuales se
-hallan SIMÓN RENARD; JUAN BRIDGES, barón de CHANDOS; ROBERTO CLINTON,
-barón de CLINTON, y ANTONIO BROWN, vizconde de MONTAGU
-
-LORD CHANDOS.--Tenéis razón, milord; es preciso que ese condenado
-italiano haya hechizado á la reina, porque ésta no puede prescindir de
-él; sólo por él vive, no está alegre sino en su presencia, y sólo á él
-escucha. Si pasa un día sin verle, sus ojos languidecen, como en aquel
-tiempo en que amaba al cardenal Polus. ¿Os acordáis?
-
-SIMÓN RENARD.--Muy enamorada está ciertamente, y por lo tanto muy
-celosa.
-
-LORD CHANDOS.--¡Ese italiano la tiene hechizada!
-
-LORD MONTAGU.--Á decir verdad, asegúrase que los de su nación tienen
-filtros para ese objeto.
-
-LORD CLINTON.--Los árabes saben confeccionar sutiles venenos que matan,
-y los italianos conocen los que hacen amar.
-
-LORD CHANDOS.--La reina está enamorada y enferma á la vez; debe haber
-bebido las dos clases de veneno.
-
-LORD MONTAGU.--¿Pero es ese hombre realmente italiano?
-
-LORD CHANDOS.--Parece haber nacido en Italia; pero pretende tener
-relaciones de parentesco con una distinguida familia española.
-
-LORD CLINTON.--Es un aventurero, de no sé qué país. Esos hombres que
-son cosmopolitas no tienen compasión en ninguna parte cuando llegan al
-poder.
-
-LORD MONTAGU.--¿No decíais que la reina está enferma, Chandos? esto no
-le impide vivir alegremente con su valido.
-
-LORD CLINTON.--¡Alegremente! Mientras que la reina ríe, el pueblo
-llora y el favorito se enriquece; ese hombre come plata y bebe oro. La
-reina le ha cedido los bienes del gran lord Talbot, le ha hecho conde
-de Clanbrassil y barón de Dinasmonddy. Como si esto no bastara, el
-tal Fabiano Fabiani es también par de Inglaterra, como vos, Montagu,
-como vos, Chandos, como Stanley, Norfolk y yo, y como el rey. Tiene
-la orden de la Jarretera, lo mismo que el infante de Portugal, el rey
-de Dinamarca y Tomás Percy, séptimo conde de Northumberland. ¡Y qué
-duro es ese tirano que nos gobierna desde su lecho! Nunca pesó otro
-semejante sobre Inglaterra. ¡Y eso que he visto muchos déspotas, pues
-ya soy viejo! Setenta horcas hay en Tyburn; y el hacha del verdugo,
-afilada por las mañanas, se mella todas las noches. Cada día se inmola
-á algún caballero; anteayer fué Blantyre; ayer le tocó el turno á
-Northcurry, hoy á South-Reppo, y mañana á Tyrconnel. La semana próxima
-os llegará el turno, Chandos, y el mes entrante seré yo la víctima.
-¡Señores, señores, es una vergüenza y una iniquidad que tantas cabezas
-inglesas caigan por el capricho de no sé qué miserable aventurero,
-que no es hijo de nuestro país! ¡Es insoportable y espantoso que
-un favorito napolitano pueda sacar tantos tajos como quiere de la
-habitación de esa reina! Los dos viven alegremente, según decís; mas
-¡vive el cielo que esto es una infamia! ¡Ah! ¡los dos enamorados se
-divierten, mientras que el verdugo, siempre á su puerta, hace viudas y
-huérfanos! ¡Oh! ¡Su guitarra italiana va demasiado acompañada del ruido
-de las cadenas! ¡Señora reina, hacéis venir cantantes de la capilla de
-Avignon, y todos los días se representan en vuestro palacio comedias, y
-los estrados están llenos de músicos! ¡Pardiez, señora, menos alegría
-en vuestra casa, si os place, y menos duelo entre nosotros; menos
-víctimas aquí y menos verdugos allá; menos tumbas en Westminster, y no
-tantos cadalsos en Tyburn!
-
-LORD MONTAGU.--Cuidado con lo que decís, porque nosotros somos súbditos
-leales. Hablad cuanto queráis de Fabiani; mas no de la reina.
-
-SIMÓN RENARD (_poniendo la mano en el hombro de lord
-Clinton_).--¡Paciencia!
-
-LORD CLINTON.--¡Paciencia! Fácil es decir eso, señor Simón Renard.
-Sois baile de Amont en el Franco Condado, súbdito del Emperador, y su
-legado en Londres; representáis aquí al príncipe de España, futuro
-esposo de la reina, y vuestra persona es sagrada para el favorito; pero
-tratándose de nosotros, es otra cosa. Fabiani es para vos el pastor, y
-para nosotros el verdugo.
-
- (_Ha cerrado la noche._)
-
-SIMÓN RENARD.--Ese hombre no me molesta menos que á vosotros, pues si
-teméis por vuestra vida, yo temo por mi honor, que es mucho más. No
-hablo, pero obro; no me anima tanta cólera como á vos, milord; mas en
-cambio, mi odio excede al vuestro. Yo aniquilaré al favorito.
-
-LORD MONTAGU.--¡Oh! ¿cómo hacerlo? Todos los días pienso en ello.
-
-SIMÓN RENARD.--No se hacen ni deshacen de día los favoritos de la
-reina, sino de noche.
-
-LORD CHANDOS.--La de hoy es bien negra y pavorosa.
-
-SIMÓN RENARD.--Á mí me parece magnífica para lo que trato de hacer.
-
-LORD CHANDOS.--¿Qué es ello?
-
-SIMÓN RENARD.--Ya lo veréis... Milord Chandos, cuando una mujer reina,
-el capricho gobierna; entonces, la política no es ya cuestión de
-cálculo, sino de casualidad; no se puede contar sobre nada, y el día de
-hoy no trae lógicamente el de mañana. Los negocios no se juegan ya al
-ajedrez, sino á los naipes.
-
-LORD CLINTON.--Todo eso está muy bien; pero vamos al hecho. Señor
-baile, ¿cuándo nos entregaréis al favorito? Es cosa urgente, porque
-mañana decapitan á Tyrconnel.
-
-SIMÓN RENARD.--Si encuentro esta noche un hombre como el que busco,
-Tyrconnel cenará con vos mañana.
-
-LORD CLINTON.--¿Qué queréis decir? ¿Qué sucederá con Fabiani?
-
-SIMÓN RENARD.--¿Tenéis buena vista, milord?
-
-LORD CLINTON.--Sí, aunque sea viejo y la noche esté negra, veo bastante.
-
-SIMÓN RENARD.--¿Divisáis la ciudad de Londres al otro lado del río?
-
-LORD CLINTON.--Sí. ¿Por qué?
-
-SIMÓN RENARD.--Mirad bien. Desde aquí se ve la subida y la bajada de
-todo favorito: Westminster y la Torre de Londres.
-
-LORD CLINTON.--¿Y bien?
-
-SIMÓN RENARD.--Si Dios me ayuda, en este momento hay allí un hombre...
-(_Señala la abadía de Westminster._) que mañana á la misma hora estará
-aquí.
-
- (_Señala la Torre._)
-
-LORD CLINTON.--¡Que el Señor os preste su ayuda!
-
-LORD MONTAGU.--El pueblo no le odia menos que nosotros. ¡Qué fiesta
-habrá en Londres el día de su caída!
-
-LORD CHANDOS.--Nos hemos puesto en vuestras manos, señor baile, y por
-lo tanto disponed de nosotros. ¿Qué se ha de hacer?
-
-SIMÓN RENARD (_mostrando la casa situada junto á la orilla)_.--¿Veis
-todos esa casa? Es la de Gilberto, el cincelador; no la perdáis de
-vista, y dispersaos con vuestra gente, aunque sin alejaros mucho. Sobre
-todo, no hagáis nada sin mí.
-
-LORD CHANDOS.--Está bien.
-
- (_Todos se alejan por diversos lados._)
-
-SIMÓN RENARD (_solo_).--No es fácil encontrar un hombre como el que
-necesito.
-
- (_Vase. Llegan Juana y Gilberto cogidos del brazo y se dirigen hacia
- la casa; acompáñales Joshua Farnaby, embozado en su capa._)
-
-
-ESCENA II
-
-JUANA, GILBERTO Y JOSHUA FARNABY
-
-JOSHUA.--Aquí os dejo, amigos míos, porque ya es de noche y he de ir
-á prestar mi servicio en la Torre de Londres. ¡Ah! yo no estoy libre
-como vosotros; el carcelero no es más que una especie de preso. Vamos,
-adiós, Juana, adiós, Gilberto; me alegro mucho de que seáis felices.
-¡Ah! dime tú, Gilberto, ¿cuándo es la boda?
-
-GILBERTO.--De aquí á ocho días. ¿No es verdad, Juana?
-
-JOSHUA.--Ahora recuerdo que pasado mañana es Navidad, día de
-felicitaciones; pero yo no tengo ninguna que daros, puesto que es
-imposible desear más belleza en la novia y más amor en el novio. ¡Sois
-dichosos!
-
-GILBERTO.--¿No lo eres tú también, buen Joshua?
-
-JOSHUA.--Ni feliz ni desgraciado, pues renuncié á todo hace tiempo.
-(_Entreabre su capa y deja ver un manojo de llaves que pende de su
-cintura._) He aquí, Gilberto, algunas llaves de la prisión, cuyo sonido
-me acompaña de continuo, induciéndome á muchas reflexiones filosóficas.
-Cuando joven, era como los demás; estaba enamorado un día, acosábame
-la ambición durante un mes, y la locura todo el año. Era en tiempo de
-Enrique VIII, rey verdaderamente singular, rey que cambiaba de mujeres
-como éstas de vestidos; repudió á la primera, mandó cortar la cabeza
-á la segunda, dispuso que abrieran el vientre á la tercera; perdonó á
-la cuarta, aunque expulsándola; pero en cambio ordenó que decapitaran
-á la quinta. No creáis que os refiero el cuento de Barba-Azul, porque
-es la verdadera historia de Enrique VIII. En aquel tiempo ocupábame en
-la guerra y en cuestiones de religión, batiéndome por una y por otra;
-y eso era lo mejor que se podía hacer entonces, aunque el asunto era
-espinoso. Tratábase de ir en favor ó en contra del papa; la gente del
-rey ahorcaba á los que no le defendían; pero quemaban á cuantos se
-declaraban en contra; y la misma suerte sufrían los indiferentes, es
-decir los que no estaban por el rey ni por el papa. Cada cual salía
-del paso como podía, hallándose amenazado siempre por la cuerda ó la
-hoguera. Á mí me han chamuscado más de cuatro veces, y creo que me
-descolgaron de la horca dos ó tres un momento antes de efectuarse la
-ejecución. ¡Buen tiempo era aquel, poco más ó menos como éste! Sí, yo
-me batía por todo eso; pero lléveme el diablo si sé ahora por qué y
-para qué me batía. Cuando me hablan del maestro Lutero y del papa Pablo
-III me encojo de hombros. Mira, Gilberto, cuando se tiene el cabello
-gris no se deben profesar las opiniones por las cuales nos batíamos
-antes, ni tratar á las mujeres á quienes se hacía el amor á los veinte
-años, pues unas y otras parecen ya muy feas y viejas, raquíticas,
-llenas de arrugas y estúpidas. Esa es mi historia. Ya me he retirado de
-los negocios, y ya no soy soldado del rey ni del papa, sino carcelero
-de la Torre de Londres; no me bato por nadie, y encierro bajo llave á
-todo el mundo. Carcelero y viejo, tengo un pie en la prisión y el otro
-en la fosa. Yo soy quien recoge los restos de todos los ministros y
-favoritos que se prenden en palacio, lo cual es muy divertido. Además
-tengo un hijo á quien amo mucho, y vosotros dos, que merecéis todo mi
-cariño. Si sois felices, ya estoy contento.
-
-GILBERTO.--En tal caso, sé dichoso, Joshua.
-
-JOSHUA.--Yo no puedo hacer nada por tu felicidad; pero Juana lo
-hará todo, porque la amas; y tampoco me será dado prestarte ningún
-servicio en mi vida, porque felizmente no eres bastante gran señor
-para necesitar nunca al llavero de la Torre de Londres. Juana pagará
-mi deuda al mismo tiempo que la suya, pues ella y yo te lo debemos
-todo; tú la recogiste y educaste cuando era una pobre niña huérfana y
-abandonada; y á mí me salvaste un día que me ahogaba en el Támesis.
-
-GILBERTO.--¿Á qué hablar siempre de eso, Joshua?
-
-JOSHUA.--Para decirte que nuestro deber es amarte, yo como un hermano,
-y ella... como otra cosa.
-
-JUANA.--Como una esposa fiel; ya comprendo, Joshua.
-
- (_Entrégase á una profunda meditación._)
-
-GILBERTO (_en voz baja á Joshua_).--¡Mírala, Joshua! ¿No te parece que
-es hermosa y encantadora, y digna de un rey? No puedes imaginar cuánto
-la amo.
-
-JOSHUA.--¡Cuidado! es imprudente amar tanto á una mujer. Tratándose de
-un niño, es otra cosa.
-
-GILBERTO.--¿Qué quieres decir?
-
-JOSHUA.--Nada... De aquí á ocho días asistiré á vuestra boda. Espero
-que entonces me dejarán alguna libertad los asuntos del Estado, y que
-todo se acabará.
-
-GILBERTO.--¿Qué se acabará?
-
-JOSHUA.--¡Ah! tú no debes ocuparte de estas cosas, porque estás
-enamorado. Tú eres del pueblo, y poco pueden importarte las intrigas
-de altas regiones, siendo tan feliz aquí abajo; pero puesto que me
-preguntas, te diré que se espera que de aquí á ocho días, ó tal vez
-dentro de veinticuatro horas, Fabiano Fabiani será sustituído por otro
-cerca de la reina.
-
-GILBERTO.--¿Quién es ese Fabiano Fabiani?
-
-JOSHUA.--Es el amante de la reina, un favorito muy célebre y
-encantador, un favorito que tarda menos en hacer cortar la cabeza á un
-hombre, cuando le desagrada, que un burgomaestre flamenco en comerse
-una cucharada de sopa; es el mejor favorito que el verdugo de la Torre
-de Londres ha tenido hace diez años, pues ya sabes que el ejecutor
-recibe por cada cabeza de noble diez escudos de plata, y á veces
-cuarenta, si la cabeza es de importancia. Se desea mucho la caída de
-ese Fabiani, aunque á decir verdad, en mis funciones de carcelero sólo
-oigo hablar de él á los descontentos, á hombres á quienes se ha de
-cortar la cabeza dentro de un mes.
-
-GILBERTO.--¡Devórense los lobos entre sí! ¿Qué nos importan á nosotros
-la reina y su favorito? ¿No es verdad, Juana?
-
-JOSHUA.--¡Oh! se está fraguando una tremenda conspiración contra
-Fabiani, y no tendrá poca suerte si sale bien de ella. No extrañaría
-que se intentase algún golpe esta noche, pues acabo de ver á maese
-Simón Renard rondando por ahí y muy meditabundo.
-
-GILBERTO.--¿Quién es ese Simón Renard?
-
-JOSHUA.--¡Cómo! ¿no lo sabes? Es el brazo derecho del emperador en
-Londres. La reina debe casarse con el príncipe de España, cuyo
-representante es Simón Renard; la soberana le odia, pero le teme, y
-nada puede contra él. Ha destronado ya dos ó tres favoritos, pues
-su instinto le induce á dar en tierra con todos, y por esto hace
-una limpia en palacio de vez en cuando. Simón Renard es hombre muy
-sagaz y malicioso, que sabe cuanto pasa, y que socava siempre las
-intrigas subterráneas en todos los acontecimientos. En cuanto á
-lord Paget... ¿no me has preguntado también quién era? Pues te diré
-que es un caballero muy audaz, que ha entendido en los negocios en
-tiempo de Enrique VIII; es individuo del Consejo secreto, y tiene tal
-ascendiente, que los demás ministros no osan decir palabra delante de
-él, exceptuando, no obstante, el canciller, milord Gardiner, que le
-aborrece. Este lord Gardiner tiene un carácter muy violento, pero es de
-muy buena cuna; mientras que Paget tuvo por padre á un zapatero. Paget
-obtendrá muy pronto el título de barón de Beaudesert en Stafford.
-
-GILBERTO.--¡Qué enterado está Joshua de todas estas cosas!
-
-JOSHUA.--¡Pardiez! de algo sirve oir hablar á los prisioneros de
-Estado. (_Simón Renard aparece en el fondo del teatro._) Te aseguro,
-Gilberto, que el hombre que mejor sabe la historia de estos tiempos es
-el carcelero de la Torre de Londres.
-
-SIMÓN RENARD (_que ha oído las últimas palabras_).--Os engañáis, maese,
-es el verdugo.
-
-JOSHUA (_en voz baja á Juana y á Gilberto_).--Retirémonos un poco.
-(_Simón Renard se aleja lentamente, desapareciendo después._) Ahí
-tenéis á Simón Renard.
-
-GILBERTO.--No me gustan esos hombres que rondan alrededor de mi casa.
-
-JOSHUA.--¿Qué diablos buscará por aquí? Bueno será marcharme pronto,
-pues tal vez me prepare algún trabajo. ¡Adiós, Gilberto, adiós, hermosa
-Juana!
-
-GILBERTO.--¡Adiós, Joshua!... Pero dime ¿qué llevas oculto debajo de la
-capa?
-
-JOSHUA.--¡Ah! yo también tengo mi complot.
-
-GILBERTO.--¿Qué complot?
-
-JOSHUA.--Vosotros los enamorados lo olvidáis todo. Acabo de recordaros
-que pasado mañana es día de Navidad. Los señores preparan una sorpresa
-á Fabiani, y yo conspiro por mi cuenta. La reina tendrá tal vez un
-favorito nuevo, y yo voy á dar una muñeca á mi niña. (_Saca una muñeca
-que lleva debajo de la capa._) También es nueva; veremos cuál dura más,
-si el favorito ó ella. ¡Dios os guarde, amigos míos!
-
-GILBERTO.--Hasta más ver, Joshua.
-
- (_Joshua se aleja; Gilberto toma la mano de Juana y la besa con
- pasión._)
-
-JOSHUA (_en el fondo del teatro_).--¡Qué grande es la Providencia! ¡Á
-cada cual le da su juguete, la muñeca á la niña, la niña al hombre, el
-hombre á la mujer y la mujer al diablo!
-
-
-ESCENA III
-
-GILBERTO, JUANA
-
-GILBERTO.--También debo separarme de ti. Adiós, Juana, duerme en paz.
-
-JUANA.--¿No queréis entrar esta noche, Gilberto?
-
-GILBERTO.--No me es posible. Ya te he dicho que debo concluir un
-trabajo en el taller esta noche; he de cincelar la empuñadura de una
-daga para no sé qué lord Clanbrassil, á quien no he visto nunca, y que
-la necesita para mañana.
-
-JUANA.--Pues entonces buenas noches, Gilberto.
-
-GILBERTO.--¡Un momento más, Juana! ¡Cuánto me cuesta separarme de
-ti, aunque sólo sea por algunas horas! ¡Tú eres mi vida y mi alegría,
-pero es preciso que vaya á trabajar, pues somos muy pobres! No quiero
-entrar, porque me quedaría, y debo marcharme. Mira, sentémonos algunos
-minutos á la puerta de tu casa, en ese banco; me parece que así me será
-menos difícil irme. Dame la mano. (_Se sienta y le coge ambas manos,
-mientras Juana permanece de pie._) ¿Me amas, Juana?
-
-JUANA.--¡Oh! todo os lo debo, Gilberto, ya lo sé, aunque durante largo
-tiempo me lo hayáis ocultado. Muy pequeña, cuando apenas había dejado
-la cuna, mis padres me abandonaron, y vos me recogisteis. Hace diez y
-seis años habéis trabajado para mí como un padre, y vuestros ojos me
-han vigilado como los de una madre. ¿Qué sería yo sin vos, Dios mío?
-Todo lo que tengo me lo habéis dado; todo lo que soy, á vos lo debo.
-
-GILBERTO.--Juana, ¿me amas?
-
-JUANA.--¡Qué abnegación la vuestra, Gilberto! Día y noche trabajabais
-para mí sin tregua ni reposo, y aun hoy pasáis la noche en vela por
-mi causa. Sin embargo, jamás oí de vuestros labios una reprensión ni
-una palabra dura; nunca os dejáis llevar de la cólera; y aunque sois
-tan pobre, procuráis satisfacer mis caprichos de coqueta. Gilberto,
-sólo pienso en vos con las lágrimas en los ojos; algunas veces habéis
-carecido de pan, y á mí no me han faltado nunca cintas.
-
-GILBERTO.--¿Me amas, Juana?
-
-JUANA.--Gilberto, os besaría hasta los pies.
-
-GILBERTO.--Pero ¿me amas? Con todo eso que me dices, aún no me
-has contestado; una sola palabra es la que yo necesito, Juana.
-¡Agradecimiento, siempre agradecimiento! ¡Oh! eso es cosa muy frívola;
-lo que yo quiero es amor ó nada. Juana, desde hace diez y seis años
-eres mi hija, y ahora vas á ser mi esposa; te había adoptado; quiero
-unirme contigo. De aquí á ocho días, pues tú has consentido en ello, se
-efectuará nuestro enlace. ¡Oh Juana! ¿me amabas cuando te comprometiste
-á esto? Hubo un tiempo, recuérdalo bien, en que me decías, mirando
-al cielo con tus hermosos ojos: «¡Te amo!» Así es cómo yo te quiero.
-Desde hace algunos meses, paréceme que algo ha cambiado en ti, sobre
-todo en estas tres últimas semanas en que el trabajo me obliga á estar
-ausente algunas noches. ¡Oh Juana! quiero que tú me ames, porque me
-has acostumbrado á ello. Tú, tan alegre en otro tiempo, siempre estás
-triste y preocupada ahora, por más que te esfuerzas para disimularlo; y
-yo conozco que las palabras de cariño no son en ti naturales como otras
-veces. ¿Qué tienes? ¿Es que no me amas ya? Soy seguramente un hombre
-honrado, un buen obrero; pero quisiera ser un ladrón ó un asesino con
-tal que me amases... ¡Juana, tú no sabes cuánto te adoro!
-
-JUANA.--Ya lo sé, Gilberto, y por eso lloro.
-
-GILBERTO.--¡De alegría! ¿No es cierto? Dime que es de alegría, porque
-necesito creerlo. En el mundo no hay nada como ser amado. Yo no soy
-más que un oscuro obrero; pero es preciso que mi Juana me ame. ¿Por
-qué me has de hablar siempre de lo que hice por ti? Deja todo tu
-agradecimiento á un lado y dime una sola palabra de amor. Por ti soy
-capaz de condenarme y de cometer un crimen si tú lo quisieras. Tú serás
-mi esposa ¿no es cierto? ¡Juana, por una mirada tuya daría cuanto
-tengo, por una de tus sonrisas mi vida, y por un beso mi alma!
-
-JUANA.--¡Qué noble corazón tenéis, Gilberto!
-
-GILBERTO.--Escucha, Juana, aunque te rías, te diré que estoy loco y
-celoso. No te ofendas... hace largo tiempo me parece ver á muchos
-jóvenes caballeros rondar por aquí. Ya sabes que yo tengo treinta y
-cuatro años, y sin duda comprendes que es una desgracia que un pobre
-obrero, mal vestido como yo, que ya no es joven ni buen mozo, ame á una
-encantadora muchacha de diez y siete abriles que llama la atención de
-apuestos y gallardos caballeros, dorados y brillantes como la luz que
-atrae á las mariposas. ¡Oh! yo sufro mucho; pero jamás te ofendo en mi
-pensamiento, á ti, tan casta y pura, á ti, cuya frente no han tocado
-aún mis labios. Sin embargo, paréceme á veces que te agrada en demasía
-ver pasar el séquito y el acompañamiento de la Reina, y á todos esos
-señores lujosamente vestidos de seda y terciopelo, pero que carecen de
-alma y corazón. ¡Perdóname!... no sé lo que me digo. Mas ¿por qué pasan
-por aquí tantos jóvenes caballeros? ¿Por qué no seré yo también noble
-y rico como ellos? ¡Ay, sólo soy Gilberto el cincelador! Lord Chandos,
-lord Fitz-Gerard, el conde de Arundel, el duque de Norfolk... ¡Oh!
-¡cuánto aborrezco á esos nobles! Paso la vida cincelando para ellos
-empuñaduras de espadas, con las cuales quisiera atravesarles el pecho.
-
-JUANA.--¡Gilberto!
-
-GILBERTO.--Dispénsame, Juana. ¿No es verdad que el amor puede hacer al
-hombre muy malo?
-
-JUANA.--No, muy bueno. Vos lo sois, Gilberto.
-
-GILBERTO.--¡Oh! cada día te amo más, y quisiera morir por ti. Bien me
-correspondas ó no, yo seré tu esclavo. Estoy loco... Perdóname cuanto
-te he dicho. Ya es tarde, y debo retirarme. Adiós. ¡Dios mío, qué
-triste es separarme de ti! Entra en casa. ¿No tienes la llave?
-
-JUANA.--No, hace días que no sé lo que ha sido de ella.
-
-GILBERTO.--Aquí tienes la mía... Hasta mañana... No olvides que si
-ahora soy tu padre, dentro de ocho días seré tu esposo.
-
- (_La besa en la frente y vase._)
-
-JUANA (_sola_).--¡Mi esposo! ¡Oh! no; de ningún modo cometeré ese
-crimen. ¡Pobre Gilberto, él sí que me ama; mientras que el otro!...
-¡Con tal que no haya preferido la vanidad al amor, infeliz de mí!...
-¿De quién dependo yo ahora? ¡Oh, soy tan ingrata como culpable!... Oigo
-pasos, entremos pronto.
-
- (_Entra en la casa._)
-
-
-ESCENA IV
-
-GILBERTO, UN HOMBRE embozado en su capa, y cubierta la cabeza con un
-bonete amarillo.--El hombre tiene cogida una mano de Gilberto.
-
-GILBERTO.--Sí, te reconozco, tú eres el mendigo judío que ronda hace
-días esta casa. ¿Qué quieres? ¿Por qué me has cogido de la mano para
-conducirme hasta aquí?
-
-EL HOMBRE.--Porque lo que debo deciros, sólo aquí puede decirse.
-
-GILBERTO.--Pues bien, habla y despáchate, porque voy de prisa.
-
-EL HOMBRE.--Escucha, joven. Hace diez y seis años, en la misma noche
-en que lord Talbot, conde de Waterford, fué decapitado á la luz de
-las antorchas por cuestión de papismo y de rebeldía, sus partidarios
-murieron destrozados en las calles de Londres por la gente de Enrique
-VIII. El tiroteo duró algunas horas, y aquella noche, un joven obrero,
-mucho más ocupado en su oficio que en la guerra, trabajaba en su
-tiendecilla, que es la primera que se encuentra al entrar en el puente
-de Londres. Serían las dos de la madrugada, poco más ó menos, y cerca
-de allí arreciaba la lucha, oyéndose cómo silbaban las balas al cruzar
-el Támesis. De repente llamaron á la puerta de la tiendecilla, á través
-de cuya cerradura veíase el resplandor de la luz; el artesano abrió,
-y al punto entró un hombre á quien no conocía, llevando en los brazos
-una criatura en mantillas, que gritaba y lloraba. El hombre la depositó
-sobre la mesa y dijo: «He aquí una niña que ya no tiene padre ni
-madre». Después salió lentamente, cerrando la puerta tras sí. Gilberto,
-el obrero, era también huérfano, y aceptó la criatura; cuidó de ella,
-vistióla, quiso educarla, y al fin la amó. Consagróse del todo á la
-pobre criatura, conducida allí por la guerra civil; olvidó por ella su
-juventud, sus amoríos y placeres, y desde entonces ella fué el objeto
-único de su cariño y afecto. Esto ha durado diez y seis años. Gilberto,
-el obrero erais vos; la niña...
-
-GILBERTO.--Era Juana. Todo cuanto me habéis dicho es verdad; pero ¿por
-qué me explicáis esto?
-
-EL HOMBRE.--Se me ha olvidado deciros que en los pañales de la criatura
-había un papel sujeto con un alfiler, y en el que se leían las
-siguientes palabras: _Compadeceos de Juana_.
-
-GILBERTO.--Estaban escritas con sangre; he conservado ese papel, y
-le llevo siempre conmigo. Pero me estáis mortificando... ¿veamos la
-conclusión?
-
-EL HOMBRE.--Es muy sencilla. Ya veis que conozco vuestros asuntos, y
-por lo mismo vengo á deciros: ¡Gilberto, vigilad vuestra casa esta
-noche!
-
-GILBERTO.--¿Qué queréis decir?
-
-EL HOMBRE.--Ni una palabra más. Os aconsejo que no vayáis á trabajar;
-permaneced en los alrededores de esta casa y vigilad. No soy amigo ni
-enemigo vuestro; pero pláceme daros este aviso. Ahora, á fin de no
-perjudicaros, dejadme; idos por ese lado, y acudid si me oís gritar.
-
-GILBERTO.--¿Qué significa todo esto?
-
- (_Aléjase lentamente._)
-
-
-ESCENA V
-
-EL HOMBRE, solo
-
-La cosa está bien arreglada así. Yo necesitaba algún hombre joven y
-fuerte que me prestase auxilio en caso necesario. Ese Gilberto es lo
-que me conviene... Me parece que oigo rumor de remos y los acordes
-de un bandolín en el río... Sí. (_Se dirige al parapeto.--Óyense los
-sonidos de dicho instrumento y una voz lejana que canta._) Es él.
-(_La voz se aproxima._) ¡Ya desembarca... bien... ahora despide al
-barquero... magnífico! (_Volviendo al proscenio._) ¡Hele aquí!
-
- (_Entra Fabiano Fabiani embozado en su capa y se dirige hacia la
- puerta de la casa._)
-
-
-ESCENA VI
-
-EL HOMBRE, FABIANO FABIANI
-
-EL HOMBRE (_deteniendo á Fabiani_).--Una palabra, si os place.
-
-FABIANI.--Creo que me hablan. ¿Quién será este bergante?
-
-EL HOMBRE.--Lo que gustéis que sea.
-
-FABIANI.--Esta linterna alumbra mal; pero veo que llevas un bonete
-amarillo, al parecer de judío. ¿Eres hebreo?
-
-EL HOMBRE.--Sí. Deseo deciros dos palabras.
-
-FABIANI.--¿Cómo te llamas?
-
-EL HOMBRE.--Sé vuestro nombre, y no conocéis el mío; de modo que por
-esta parte llevo la ventaja. Permitidme que la conserve.
-
-FABIANI.--¿Tú sabes mi nombre? No es verdad.
-
-EL HOMBRE.--Sí. En Nápoles os llamaban _signor_ Fabiani; en Madrid, don
-Fabiano; en Londres os tituláis Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil.
-
-FABIANI.--¡Llévete el diablo!
-
-EL HOMBRE.--¡Que Dios os guarde!
-
-FABIANI.--Mandaré apalearte. No quiero que sepan mi nombre cuando paseo
-por la noche.
-
-EL HOMBRE.--Sobre todo cuando vais al sitio en que os esperan.
-
-FABIANI.--¿Qué quieres decir?
-
-EL HOMBRE.--¡Si la reina lo supiese!
-
-FABIANI.--No voy á ninguna parte.
-
-EL HOMBRE.--Sí, milord; vais á casa de la hermosa Juana, la prometida
-de Gilberto el cincelador.
-
-FABIANI (_aparte_).--¡Diablo! ¡éste es un hombre peligroso!
-
-EL HOMBRE.--¿Queréis que os diga algo más? Habéis seducido á esa joven,
-y desde hace un mes os ha recibido dos veces en su casa por la noche;
-ésta es la tercera. La hermosa debe estar esperando.
-
-FABIANI.--¡Cállate! ¿Quieres dinero por callarte? ¿Cuánto deseas?
-
-EL HOMBRE.--Ahora lo veremos. Por lo pronto, milord, ¿queréis que os
-diga por qué sedujisteis á esa muchacha?
-
-FABIANI.--¡Pardiez! porque estaba enamorado.
-
-EL HOMBRE.--No; eso no es cierto.
-
-FABIANI.--¿No estaba yo enamorado de Juana?
-
-EL HOMBRE.--Lo mismo que de la reina... En vos no hay amor, sino
-cálculo.
-
-FABIANI.--¡Ah diablo! ¡Tú no eres un hombre; eres mi conciencia vestida
-de judío!
-
-EL HOMBRE.--Pues os hablaré como vuestra conciencia, milord; escuchad.
-Sois favorito de la reina, que os ha otorgado la Jarretera, el condado
-y el señorío, á la verdad cosas huecas, pues la una es un trapo,
-la otra una palabra, y la última el derecho de morir decapitado.
-Necesitabais algo mejor; os hacían falta buenas tierras, castillos y
-rentas considerables; y como el rey Enrique VIII confiscó los bienes
-de lord Talbot, decapitado hace diez y seis años, os arreglasteis
-de modo que la reina María os los diera. Sin embargo, para que la
-donación fuese valedera, necesitábase que el lord hubiese muerto sin
-posteridad; si existía un heredero ó heredera, como Talbot murió por
-la reina María y por su madre Catalina de Aragón, y atendido que era
-papista, como aquella soberana, no debía dudarse que esta última os
-retiraría los bienes, por muy favorito que fuéseis, para devolverlos,
-por deber, por agradecimiento y por religión, al heredero ó á la
-heredera. Por este lado estabais bastante tranquilo, pues lord Talbot
-tenía sólo una niña que desapareció de la cuna el día en que ejecutaron
-á su padre: llegaron á creer en toda Inglaterra que había muerto.
-Vuestros espías, sin embargo, descubrieron últimamente que en la noche
-en que lord Talbot y su partido fueron exterminados por Enrique VIII,
-se había depositado misteriosamente una niña en casa de un obrero
-cincelador que vive en el puente de Londres, y que era probable que
-esta niña, educada bajo el nombre de Juana, fuese realmente Juana
-Talbot, la niña desaparecida. Cierto que faltaban las pruebas escritas
-de su nacimiento, pero se podrían encontrar el día menos pensado. El
-inconveniente era grave; veros obligado á devolver algún día á una
-niña, Shrewsbury, Wexford y el magnífico condado de Waterford, os
-pareció muy duro. ¿Qué hacer? Buscasteis el medio de aniquilar ó anular
-la joven: un hombre honrado se habría valido de un asesino; pero vos,
-milord, lo hicisteis mejor: la deshonrasteis.
-
-FABIANI.--¡Insolente!
-
-EL HOMBRE.--Vuestra conciencia es la que habla, milord; otro
-hubiera quitado la vida á la joven; vos la robasteis el honor, y de
-consiguiente el porvenir. La reina María es orgullosa, aunque tenga
-amantes.
-
-FABIANI (_aparte_).--Este hombre llega al fondo de todo.
-
-EL HOMBRE.--La reina no goza de buena salud; puede morir pronto, y
-entonces vos, su favorito, caeríais arruinado sobre su tumba. Las
-pruebas materiales del estado civil de la joven, que darían á conocer
-su categoría, se pueden hallar cuando menos se espere, y entonces, si
-la reina ha muerto, Juana, por deshonrada que esté, será reconocida
-como heredera de Talbot. ¡Pues bien! vos habéis previsto este caso;
-sois un caballero joven, de buen aspecto, os habéis hecho amar de
-ella, y la pobre muchacha se ha entregado á vos: en el peor caso, os
-casaríais con ella. No me neguéis que tal es vuestro plan; á mí me
-parece sublime; y si no fuera quien soy, quisiera ser vos.
-
-FABIANI.--¡Gracias!
-
-EL HOMBRE.--Habéis conducido el asunto con mucha destreza, ocultando
-vuestro nombre; de modo que estáis á cubierto en lo que se refiere á la
-reina. La pobre muchacha cree haber sido seducida por un caballero del
-país de Somerset, llamado Amyas Pawlett.
-
-FABIANI.--¡Todo lo sabe! En fin, vamos al hecho. ¿Qué quieres?
-
-EL HOMBRE.--Milord, si alguno tuviera en su poder los papeles que
-prueban el nacimiento, la existencia y el derecho de la heredera de
-Talbot, vos quedaríais más pobre que mi antecesor Job, no conservando
-más castillos que los que hagáis en el aire, lo cual os disgustaría
-mucho.
-
-FABIANI.--Sí; pero nadie tiene esos papeles.
-
-EL HOMBRE.--Os engañáis.
-
-FABIANI.--¿Quién?
-
-EL HOMBRE.--Yo.
-
-FABIANI.--¡Bah, un miserable como tú! No es cierto; judío que habla,
-hombre que miente.
-
-EL HOMBRE.--Tengo esos papeles.
-
-FABIANI.--¡Mientes! ¿Dónde están?
-
-EL HOMBRE.--En mi bolsillo.
-
-FABIANI.--No lo creo. ¿Están en regla? ¿No falta nada?
-
-EL HOMBRE.--Nada.
-
-FABIANI.--Si es así, los necesito.
-
-EL HOMBRE.--Poco á poco.
-
-FABIANI.--¡Judío, dame esos papeles!
-
-EL HOMBRE.--¡Muy bien!... ¡Judío dices! Y tú, miserable mendigo, dame
-la ciudad de Shrewsbury, dame la de Wexford, y también el Condado de
-Waterford... Un poco de caridad, si os place.
-
-FABIANI.--Esos papeles son todo para mí, y nada valen para ti.
-
-EL HOMBRE.--Simón Renard y lord Chandos me los pagarían á buen precio.
-
-FABIANI.--Simón Renard y lord Chandos son dos perros entre los cuales
-mandaré que te ahorquen.
-
-EL HOMBRE.--Si no tenéis otra cosa que proponerme, adiós.
-
-FABIANI.--¡Aquí, judío! ¿Qué quieres por esos papeles?
-
-EL HOMBRE.--Una cosa que tienes encima.
-
-FABIANI.--¡Mi bolsa!
-
-EL HOMBRE.--¡Ca, nada de eso! ¿Queréis la mía?
-
-FABIANI.--¿Pues qué deseas?
-
-EL HOMBRE.--Siempre lleváis encima un pergamino; es una firma en blanco
-que la reina os ha dado, y en la que jura por su corona católica
-conceder á quien se la presente la gracia que solicite, sea cual fuere.
-Dadme esa firma en blanco, y os entregaré los papeles de Juana Talbot;
-papel por papel.
-
-FABIANI.--¿Y qué quieres hacer con esa firma en blanco?
-
-EL HOMBRE.--¡Vaya, juguemos limpio! Os he dicho cuáles son vuestros
-asuntos, y ahora voy á daros cuenta de los míos. Soy uno de los
-principales plateros judíos de la calle de Kantersten en Bruselas;
-presto dinero al cincuenta por ciento á todo el mundo, y prestaría
-aunque fuese al diablo ó al papa. Hace dos meses uno de mis deudores
-murió sin haberme pagado; era un antiguo servidor de la familia Talbot,
-y el pobre hombre, desterrado hacía tiempo, sólo dejó algunos harapos;
-la justicia los puso en mi poder, y en ellos encontré una caja que
-contenía varios papeles. Eran los de Juana Talbot, milord, con toda
-su minuciosa historia, y probada con documentos en regla. La reina de
-Inglaterra acababa de daros precisamente los bienes de Juana Talbot;
-y como yo necesitaba también á la soberana para negociar un préstamo
-de diez mil marcos de oro, comprendí que podría hacer negocio con vos.
-Vine á Inglaterra con este disfraz, espié á Juana Talbot, y todo lo he
-hecho por mí mismo. De esta manera he averiguado cuánto me convenía,
-y heme aquí. Tendréis los papeles de Juana Talbot si me dais la firma
-en blanco de la reina: yo escribiré en el documento que se me conceden
-diez mil marcos de oro; aquí me deben todavía alguna cosa, pero no
-quiero regatear. ¡Diez mil marcos de oro, nada más! No os pido la suma,
-porque sólo una testa coronada puede pagármela. Esto es hablaros con
-franqueza, pues supongo que dos hombres tan diestros como nosotros no
-ganarían nada engañándose. Si la franqueza se desterrase de la tierra,
-debería reaparecer en la entrevista de dos bribones.
-
-FABIANI.--Imposible; no puedo dar esa firma en blanco. ¡Diez mil marcos
-de oro! ¿Qué diría la reina? Además, mañana podría caer en desgracia, y
-esa firma en blanco sería la salvación para mí: es mi cabeza.
-
-[Ilustración: GILBERTO.--_¡Un hombre asesinado!... ¡El mendigo...!_]
-
-EL HOMBRE.--¿Qué me importa á mí?
-
-FABIANI.--Pedidme otra cosa.
-
-EL HOMBRE.--Quiero eso.
-
-FABIANI.--Judío, dame los papeles de Juana Talbot.
-
-EL HOMBRE.--Dadme la firma en blanco de la reina.
-
-FABIANI.--¡Vamos, maldito judío, será preciso ceder!
-
- (_Saca un papel del bolsillo._)
-
-EL HOMBRE.--Enseñadme la firma en blanco de la reina.
-
-FABIANI.--Muéstrame los papeles de Talbot.
-
-EL HOMBRE.--Ahora los veréis. (_Se acercan á la linterna; Fabiani,
-colocado detrás del judío, le pone el papel ante los ojos, y el hombre
-le examina._) «Nos, María, reina...»--Está bien. Ya veis que soy como
-vos, milord; todo lo he calculado y previsto.
-
-FABIANI (_desenvaina un puñal con la mano derecha y se lo hunde en la
-garganta_).--Exceptuando esto.
-
-EL HOMBRE.--¡Ah traidor!... ¡Á mí... socorro!
-
- (_Cae, y en el mismo instante arroja en la sombra tras sí, sin que
- Fabiani lo note, un pliego sellado._)
-
-FABIANI (_inclinándose sobre el cuerpo_).--¡Á fe mía, creo que ya
-está muerto!... ¡Cojamos ahora esos papeles! (_Registra al judío._)
-¡Maldición, no lleva nada, ni un solo papel! ¡El bribón me engañaba,
-quería robarme! ¡Maldito judío, le he matado inútilmente! Todos lo
-mismo; la mentira y el robo son propios de su raza. ¡Vamos, será
-preciso quitar de ahí ese cadáver, y no dejarle delante de la puerta!
-(_Dirigiéndose al fondo del teatro._) Si el barquero está aún allí, él
-me ayudará á tirar el cuerpo al agua.
-
- (_Desaparece detrás del parapeto._)
-
-GILBERTO (_entrando por el lado opuesto_).--Me parece haber oído un
-grito. (_Ve el cuerpo tendido en tierra junto á la linterna._) ¡Un
-hombre asesinado!... ¡El mendigo!
-
-EL HOMBRE (_incorporándose á medias_).--¡Ah!... Llegáis demasiado
-tarde, Gilberto. (_Señala con el dedo el sitio donde acaba de arrojar
-el pliego sellado._) Recoged eso; son los papeles que prueban que
-Juana, vuestra prometida, es hija y heredera del último lord Talbot.
-Mi asesino es lord de Clanbrassil, el favorito de la reina... ¡Ah! me
-ahogo... ¡Gilberto, véngame y véngate!
-
- (_Muere._)
-
-GILBERTO.--¡Muerto!... Que me vengue... ¿Qué quiere decir? ¡Juana hija
-de lord Talbot! ¡Lord de Clanbrassil, favorito de la reina! ¡Oh! Yo me
-confundo... (_Sacudiendo el cadáver._) ¡Habla, una palabra más!... ¡Ah!
-está bien muerto...
-
-
-ESCENA VII
-
-GILBERTO, FABIANI
-
-FABIANI (_volviendo_).--¿Quién va?
-
-GILBERTO.--Acaban de asesinar á un hombre.
-
-FABIANI.--No, es un judío.
-
-GILBERTO.--¿Quién le ha dado muerte?
-
-FABIANI.--¡Pardiez! vos ó yo.
-
-GILBERTO.--¡Caballero!...
-
-FABIANI.--No hay testigos. Aquí no se ve más que un cadáver y dos
-hombres á su lado. ¿Quién asesinó á ese hombre? Nada prueba que sea yo
-más bien que vos.
-
-GILBERTO.--¡Miserable! Sois el asesino.
-
-FABIANI.--Pues bien, es verdad. ¿Qué tenemos con eso?
-
-GILBERTO.--Voy á llamar á la justicia.
-
-FABIANI.--Lo que haréis es ayudarme á lanzar ese cuerpo al agua.
-
-GILBERTO.--Haré que os prendan y castiguen.
-
-FABIANI.--He dicho que me ayudaréis.
-
-GILBERTO.--Sois muy insolente.
-
-FABIANI.--Creedme, borremos todas las huellas de esto, pues os interesa
-más que á mí.
-
-GILBERTO.--¡Esto es demasiado!
-
-FABIANI.--Uno de los dos ha dado el golpe: yo soy un gran señor, un
-noble, y vos un transeúnte, un plebeyo, un hombre del pueblo. El
-caballero que mata á un judío paga cuatro sueldos de multa; el hombre
-del pueblo paga su delito con la vida.
-
-GILBERTO.--¡Osaríais...!
-
-FABIANI.--Si me denunciáis os denuncio, y yo seré más digno de crédito
-que vos. Con todo esto, las probabilidades son desiguales; para mí la
-multa; para vos la horca.
-
-GILBERTO.--¡Y no haber testigo ni pruebas! ¡Oh! mi cabeza se
-extravía... ¡Y el miserable tiene razón!
-
-FABIANI.--¿Queréis que os ayude á arrojar ese cadáver al agua?
-
-GILBERTO.--¡Sois un infame!
-
-FABIANI (_Gilberto coge el cuerpo por la cabeza, Fabiani por los pies,
-y le llevan al parapeto_).--Sí, amigo mío; no sé con seguridad quién de
-los dos ha dado muerte á este hombre.
-
- (_Desaparecen detrás del parapeto._)
-
-FABIANI (_volviendo_).--Ya está hecho, compañero. Buenas noches; ya
-podéis marcharos. (_Se dirige hacia la casa, y al volver la cabeza,
-nota que Gilberto le sigue._) ¡Qué se os ofrece! ¿Es que deseáis
-algún dinero por vuestro trabajo? En conciencia, nada os debo; pero
-tomad. (_Entrega su bolsa á Gilberto, que al pronto hace un ademán
-de negativa, aceptando después, como hombre que de pronto cambia de
-parecer._) Ahora, idos. ¡Vamos! ¿qué esperáis aún?
-
-GILBERTO.--Nada.
-
-FABIANI.--Á fe mía, podéis quedaros ahí si bien os parece. Estaréis al
-sereno, y yo con mi dama. ¡Dios os guarde!
-
- (_Se dirige hacia la puerta de la casa y hace ademán de abrir._)
-
-GILBERTO.--¿Adónde vais así?
-
-FABIANI.--¡Pardiez! á mi casa.
-
-GILBERTO.--¿Cómo á vuestra casa?
-
-FABIANI.--Sí.
-
-GILBERTO.--¿Quién de los dos es el que sueña? Antes me dijisteis que el
-asesino del judío era yo, y ahora me aseguráis que esa es vuestra casa.
-
-FABIANI.--Ó la de mi querida, que es lo mismo.
-
-GILBERTO.--Repetidme lo que acabáis de decir.
-
-FABIANI.--Digo, ya que os empeñáis en saberlo, que esa casa es la de
-una hermosa joven, que es mi querida.
-
-GILBERTO.--¡Yo digo, milord, que mientes! ¡Digo que eres un falsario
-y un asesino; que tu madre fué azotada por el verdugo en una plaza
-pública; y que voy á sujetar tu cabeza entre mis manos y á oprimirla
-hasta que te cortes la lengua con tus propios dientes!
-
-FABIANI.--¡Hola! ¿Quién es este diablo de hombre?
-
-GILBERTO.--Soy Gilberto el cincelador, y Juana es mi prometida.
-
-FABIANI.--Pues yo soy el caballero Amyas Pawlett, el querido de Juana.
-
-GILBERTO.--¡Te digo que mientes! Tú eres lord Clanbrassil, el favorito
-de la reina. ¡Imbécil! ¡Creías que lo ignoraba!
-
-FABIANI.--¡Está visto que todo el mundo me conoce esta noche!... He
-aquí otro hombre peligroso, y del cual será preciso deshacerse cuanto
-antes.
-
-GILBERTO.--Dime en el acto que has mentido como un bellaco, y que Juana
-no es tu querida.
-
-FABIANI.--¿Conoces su letra? (_Saca un billete del bolsillo._) Lee eso.
-(_Aparte, mientras que Gilberto desdobla convulsivamente el papel._)
-Importa que éntre en su casa para reñir con Juana, pues así mi gente
-tendrá tiempo de llegar.
-
-GILBERTO (_leyendo_).--«Estaré sola esta noche; podéis venir...»
-¡Maldición, milord, tú has deshonrado á mi prometida, y eres un infame!
-¡Vas á darme satisfacción al punto!
-
-FABIANI (_echando mano á la espada_).--No hay inconveniente. ¿Dónde
-está tu acero?
-
-GILBERTO.--¡Oh rabia! ¡Ser hijo del pueblo y no tener espada ni puñal!
-¡No importa; te esperaré en la esquina de una calle y te asesinaré,
-miserable!
-
-FABIANI.--Eres muy violento, amigo mío.
-
-GILBERTO.--¡Oh! ya me vengaré de ti.
-
-FABIANI.--¡Vengarte de mí! Estás demasiado bajo, y yo muy alto.
-
-GILBERTO.--¿Me desafías?
-
-FABIANI.--Sí.
-
-GILBERTO.--¡Ya nos veremos!
-
-FABIANI (_aparte_).--Es preciso que el sol de mañana no salga para ese
-hombre. (_En voz alta._) Créeme, amigo mío, entra en tu casa. Siento
-mucho que hayas descubierto lo que acabas de averiguar; pero te dejo la
-dama. Mi intención no era ir más lejos en estos amoríos. ¡Vamos, véte
-á dormir! (_Arroja una llave á los pies de Gilberto._) Si no tienes
-llave, toma esa, ó si lo prefieres, da tres golpes en la ventana; la
-muchacha creerá que soy yo, y te abrirá. Buenas noches.
-
- (_Vase._)
-
-
-ESCENA VIII
-
-GILBERTO, solo
-
-¡Se ha marchado, sin que pudiese despedazarle entre mis manos! ¡Ha
-sido forzoso dejarle escapar! ¡No tengo arma ninguna! (_Ve en tierra
-el puñal con que lord Clanbrassil ha dado muerte al judío, y recoge el
-arma con precipitación._) ¡Ah, llegas demasiado tarde! Ya no podría
-servir sino para mí; pero es igual; bien hayas caído del cielo ó vengas
-del infierno, yo te bendigo. ¡Oh! Juana me ha vendido; Juana se ha
-entregado á ese infame; ¡Juana es la heredera de lord Talbot; Juana
-está perdida para mí! ¡Oh Dios mío! ¡he aquí en una hora desgracias
-demasiado dolorosas para que yo las resista! (_Simón Renard aparece en
-la oscuridad, en el fondo del teatro._) ¡Oh, vengarme de ese hombre,
-vengarme de ese lord Clanbrassil! Si voy al palacio de la reina, los
-lacayos me arrojarán á puntapiés como si fuese un perro. ¡Estoy loco,
-mi cabeza arde! ¡Me es igual morir, mas antes quisiera vengarme, y
-para conseguirlo daría hasta mi sangre! ¿No hay nadie en el mundo que
-quiera hacer este pacto conmigo? ¿Quién se ofrece á vengarme de lord
-Clanbrassil, tomando en cambio mi vida?
-
-
-ESCENA IX
-
-GILBERTO, SIMÓN RENARD
-
-SIMÓN RENARD (_dando un paso_).--Yo.
-
-GILBERTO.--¿Tú? ¿Quién eres tú?
-
-SIMÓN RENARD.--Soy el hombre que deseas.
-
-GILBERTO.--¿Sabes quién soy yo?
-
-SIMÓN RENARD.--Eres el hombre que necesito.
-
-GILBERTO.--No tengo más que una idea, la de vengarme de lord
-Clanbrassil y morir.
-
-SIMÓN RENARD.--Quedarás vengado y morirás.
-
-GILBERTO.--Quien quiera que seas, gracias.
-
-SIMÓN RENARD.--Sí, tendrás la venganza que deseas; pero no olvides con
-qué condición. Necesito tu vida.
-
-GILBERTO.--Tómala.
-
-SIMÓN RENARD.--¿Queda convenido?
-
-GILBERTO.--Sí.
-
-SIMÓN RENARD.--Sígueme.
-
-GILBERTO.--¿Adónde?
-
-SIMÓN RENARD.--Ya lo sabrás.
-
-GILBERTO.--No olvides que me has prometido vengarme.
-
-SIMÓN RENARD.--Piensa que te comprometes á morir.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-Jornada Segunda
-
-LA REINA
-
-
-Habitación en la cámara de la reina.--Un evangelio abierto sobre un
-reclinatorio; la corona real en un escabel; puertas laterales, y
-una más grande en el fondo; una parte de éste queda oculta por una
-tapicería magnífica.
-
-PERSONAJES
-
- FABIANO FABIANI.
- LA REINA.
- GILBERTO.
- SIMÓN RENARD.
- JUANA.
- LOS NOBLES. EL VERDUGO.
-
-
-ESCENA I
-
-LA REINA, lujosamente vestida, y echada en un diván; FABIANO FABIANI,
-sentado junto á ella en un escabel, luciendo un magnífico traje y la
-orden de la Jarretera, tiene un bandolín entre las manos y canta.
-
-FABIANI (_dejando su bandolín en el suelo_).--¡Oh! os amo más de cuanto
-podáis imaginaros, señora; pero á ese Simón Renard, tan poderoso como
-vos misma, le odio con toda mi alma.
-
-LA REINA.--Ya sabéis que no puedo nada contra él, milord; es aquí el
-representante del príncipe de España, mi futuro esposo.
-
-FABIANI.--¡Vuestro futuro esposo!
-
-LA REINA.--Vamos, milord, no hablemos de eso. Yo os amo. ¿Qué más
-queréis? Por ahora, os recordaré que ya es hora de retiraros.
-
-FABIANI.--¡María, un momento más!
-
-LA REINA.--Ved que es hora de reunirse el consejo. Hasta ahora no ha
-habido aquí más que la mujer, y es preciso dejar paso á la reina.
-
-FABIANI.--Yo quisiera que la mujer hiciese esperar á la reina á la
-puerta.
-
-LA REINA.--¡Vos lo queréis! Miradme, milord. ¡Tienes una hermosa
-cabeza, Fabiano!
-
-FABIANI.--¡Vos sí que sois hermosa, señora! No necesitaríais más que
-vuestra belleza para ser poderosa; hay en vos algo que dice que sois
-la reina; pero lo lleváis escrito en la frente más bien que en vuestra
-corona.
-
-LA REINA.--Me lisonjeáis.
-
-FABIANI.--Te amo.
-
-LA REINA.--¿Me amas de veras, y sólo á mí? Vuelve á decírmelo con tu
-expresiva mirada. ¡Ay! nosotras las mujeres no sabemos nunca á punto
-fijo lo que pasa en el corazón de un hombre, y debemos creer por los
-ojos; pero los más hermosos son á veces los más engañadores. En los
-tuyos, sin embargo, hay tanta lealtad, tanto candor y buena fe, que no
-pueden mentir; tu mirada es cándida y sincera, bello paje. ¡Oh! valerse
-de ojos celestiales para engañar, sería un crimen. Ó tus ojos son los
-de un ángel, ó los de un demonio.
-
-FABIANI.--Ni demonio ni ángel; sólo soy un hombre que os ama.
-
-LA REINA.--¿Que ama á la reina?
-
-FABIANI.--Que ama á María.
-
-LA REINA.--Escucha, Fabiano; yo te amo también; pero eres joven; hay
-muchas bellas damas que te miran con ternura, y una reina puede cansar
-al fin, lo mismo que otra mujer. No me interrumpas: si alguna vez te
-enamoras de cualquiera dama, quiero que me lo digas, y haciéndolo así,
-tal vez te perdone. Tú no sabes hasta qué punto te amo, pues ni yo
-misma lo sé; pero hay momentos en que mejor quisiera verte muerto, que
-feliz con otra. ¡Dios mío! yo no sé por qué se me quiere representar
-siempre como una mujer maligna.
-
-FABIANI.--Yo no puedo ser feliz más que á tu lado, María; solo á ti te
-amo.
-
-LA REINA.--¿De veras? Mírame bien para decírmelo. Estoy tan celosa,
-que á veces me figuro--¿cuál es la mujer que no tiene estas ideas?--me
-figuro que me engañas. Quisiera ser invisible para poder seguirte y
-saber siempre qué haces, qué dices y dónde estás. En los cuentos de
-hadas se habla de una sortija que hace invisible; yo daría mi corona
-por esa sortija. Imagínome sin cesar que vas á ver á otras mujeres
-jóvenes y hermosas, y á fe mía que fuera una indignidad engañarme.
-
-FABIANI.--¡Desechad esas ideas, señora! ¡Yo engañaros, á vos que sois
-mi reina y mi amor! Para esto debería ser el más ingrato y miserable
-de los hombres; y seguramente no os he dado motivo alguno para que lo
-creáis así. ¡Yo te amo, María, te adoro, y no podría ni siquiera mirar
-á otra mujer! ¿No estás leyéndolo en mis ojos? ¡Dios mío! debería haber
-un acento de verdad para persuadir. ¡Vamos, mírame bien! ¿Tengo yo el
-aspecto de un hombre que engaña? ¿No se reconoce pronto al hombre que
-miente á una mujer? Ninguna se suele engañar en este punto. ¡Y qué
-momento has elegido, María, para decirme semejantes cosas! Precisamente
-aquel en que más te amo. Paréceme que nunca te adoré tanto como hoy.
-Ahora no hablo á la reina, de la cual me burlo, pues ¿qué podría
-hacerme? Mandar que me cortasen la cabeza, y esto me importa poco;
-mientras que tú, María, puedes destrozarme el corazón. No es á Vuestra
-Majestad á quien amo; es á ti; tu blanca y delicada mano es la que beso
-y adoro, no vuestro cetro, señora.
-
-LA REINA.--Gracias, Fabiano mío; adiós. ¡Pero milord, qué joven sois!
-¡Qué hermoso es el cabello de vuestra encantadora cabeza! Volved dentro
-de una hora.
-
-FABIANI.--¡Lo que llamáis una hora es para mí un siglo!
-
- (_Sale._)
-
- (_Apenas desaparece, la Reina corre presurosa hacia una puertecilla
- oculta en la pared, ábrela é introduce á Simón Renard._)
-
-
-ESCENA II
-
-LA REINA, SIMÓN RENARD
-
-LA REINA.--Entrad, caballero. Y bien ¿estabais ahí? ¿Lo habéis oído
-todo?
-
-SIMÓN RENARD.--Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Y qué os parece? ¡Oh! es el más redomado y el más falso de
-los hombres. ¿Qué opináis?
-
-SIMÓN RENARD.--No en vano termina en _i_ el apellido de ese hombre.
-
-LA REINA.--¿Estáis seguro que va por la noche á casa de esa mujer? ¿le
-habéis visto?
-
-SIMÓN RENARD.--No sólo yo, sino también Chandos, Clinton, Montagu, y
-otros diez testigos.
-
-LA REINA.--¡Eso es verdaderamente una infamia!
-
-SIMÓN RENARD.--Ahora mismo podréis tener una prueba más patente, pues
-la joven se halla aquí. Según he dicho á Vuestra Majestad, mandé
-prenderla en su casa anoche.
-
-LA REINA.--Pero ¿no hay ya crimen suficiente para mandar que corten la
-cabeza á ese hombre, caballero?
-
-SIMÓN RENARD.--El haber visitado á una joven de noche no basta, señora.
-Vuestra Majestad mandó juzgar á Trogmorton por un hecho análogo, y
-Trogmorton fué absuelto.
-
-LA REINA.--Por eso castigué á sus jueces.
-
-SIMÓN RENARD.--Procurad no veros obligada á proceder lo mismo con los
-de Fabiani.
-
-LA REINA.--¡Oh! ¿cómo me vengaré de ese traidor?
-
-SIMÓN RENARD.--Supongo que Vuestra Majestad sólo quiere vengarse de
-cierta manera.
-
-LA REINA.--De la única que sea digna de mí.
-
-SIMÓN RENARD.--Trogmorton fué absuelto, señora; sólo hay un medio, y ya
-le he indicado á Vuestra Majestad. El hombre está ahí.
-
-LA REINA.--¿Hará cuanto yo quiera?
-
-SIMÓN RENARD.--Sí, con tal que hagáis lo que él desea.
-
-LA REINA.--¿Dará su vida?
-
-SIMÓN RENARD.--Sí, pero poniendo ciertas condiciones.
-
-LA REINA.--¿Sabéis lo que quiere?
-
-SIMÓN RENARD.--Lo mismo que vos: vengarse.
-
-LA REINA.--Decidle que éntre, y permaneced al alcance de mi voz... ¡Ah!
-escuchad.
-
-SIMÓN RENARD (_volviendo_).--¿Qué desea Vuestra Majestad?
-
-LA REINA.--Decid á milord Chandos que esté en la cámara inmediata con
-seis hombres de mi servicio dispuestos á entrar... y la mujer también.
-Id. (_Simón Renard sale._) ¡Oh! ¡será cosa terrible!
-
- (_Ábrese una de las puertas laterales y entran Simón Renard y
- Gilberto._)
-
-
-ESCENA III
-
-LA REINA, GILBERTO, SIMÓN RENARD
-
-GILBERTO.--¿Ante quién estoy?
-
-SIMÓN RENARD.--Ante la reina.
-
-GILBERTO.--¿Ante la reina?
-
-LA REINA.--Sí, yo soy la reina, y no hay motivo para asombraros. Vos
-sois Gilberto, obrero, de oficio cincelador; vivís cerca del Támesis,
-no sé dónde, con una que llaman Juana, de quien sois el prometido, y
-que os engaña, pues tiene por amante á un tal Fabiano, que me engaña
-á mí á su vez. Queréis vengaros, y yo también, y para esto necesito
-disponer de vuestra vida á mi antojo. Me conviene que digáis lo que
-yo os mandaré decir, sea lo que fuere, sin que haya para vos nada
-falso ni verdadero, ni bueno ni malo, ni justo ni injusto; sólo debéis
-ver mi venganza y mi voluntad. Es indispensable que me dejéis obrar,
-sometiéndoos á todo. ¿Consentís en ello?
-
-GILBERTO.--Señora...
-
-LA REINA.--Quedarás vengado, pero te prevengo que habrás de morir: esto
-es todo. Ahora, fija tus condiciones; si tienes una madre anciana y es
-necesario llenar su mesa de oro, habla, que no le faltará: vende tu
-vida al más alto precio que te sea posible.
-
-GILBERTO.--Ya no estoy resuelto á morir, señora.
-
-LA REINA.--¿Cómo?
-
-GILBERTO.--He reflexionado toda la noche, y nada veo aún claro en este
-asunto. Un hombre se ha jactado de ser amante de Juana; pero ¿quién me
-asegura que no ha mentido? He visto una llave; pero bien mirado, podría
-ser robada. He visto un billete; pero ¿quién me dice que no se ha
-escrito por fuerza? Por otra parte, tampoco sé si la letra es de Juana,
-pues era de noche y yo estaba turbado. No puedo dar mi vida, que es la
-suya, sin reflexionarlo antes. No creo nada; ni de nada estoy seguro,
-porque no he visto á Juana.
-
-LA REINA.--¡Bien se ve que estás enamorado! Eres como yo; resistes á
-todas las pruebas. ¿Y si ves á esa Juana y la oyes confesar su falta,
-harás lo que yo quiera?
-
-GILBERTO.--Sí, con una condición.
-
-LA REINA.--Ya me la dirás más tarde. (_Á Simón Renard._) ¡Que éntre esa
-mujer al punto! (_Simón Renard sale; la reina oculta á Gilberto detrás
-de un cortinaje que ocupa parte de la habitación._) Quédate ahí.
-
- (_Entra Juana pálida y temblorosa._)
-
-
-ESCENA IV
-
-LA REINA, JUANA, GILBERTO detrás del cortinaje
-
-LA REINA.--Acércate, joven; ¿sabes quién somos?
-
-JUANA.--Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Sabes quién es el hombre que te ha seducido?
-
-JUANA.--Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Te había engañado diciéndote que era el caballero Amyas
-Pawlett?
-
-JUANA.--Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Sabes ahora que es Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil?
-
-JUANA.--Sí, señora.
-
-LA REINA.--Anoche, cuando te prendieron en tu casa, ¿le habías dado
-cita y le esperabas?
-
-JUANA (_juntando las manos_).--¡Dios mío, señora!
-
-LA REINA.--Responde.
-
-JUANA (_con voz desfallecida_).--Sí.
-
-LA REINA.--Debes suponer que ya no puedes esperar nada, ni para él, ni
-para ti.
-
-JUANA.--Sólo la muerte. Siempre es una esperanza.
-
-LA REINA.--Cuéntame la historia. ¿Dónde encontraste á ese hombre por
-primera vez?
-
-JUANA.--La primera vez en... pero ¿á qué decirlo? Una desgraciada hija
-del pueblo, pobre y vanidosa, loca y coqueta, enamorada de los adornos,
-y que se deslumbra ante el gallardo aspecto de un gran señor, nada
-tiene de particular. Me han seducido y deshonrado, y estoy perdida;
-nada tengo que añadir á esto. ¡Dios mío! ¿no veis cuánto me aflige cada
-palabra que digo, señora?
-
-LA REINA.--Está bien.
-
-JUANA.--¡Oh! ya sé cuán terrible es vuestra cólera, señora; mi cabeza
-se dobla de antemano bajo el castigo que me preparáis.
-
-LA REINA.--¡Yo castigarte! ¿Piensas que me ocupo de ti, loca? ¿Quién
-eres tú, infeliz criatura, para que me importen tus cosas? No; yo
-sólo tengo que ver con Fabiano. En cuanto á ti, otro se encargará de
-castigarte.
-
-JUANA.--¡Pues bien! señora, cualquiera que sea el castigo y la persona
-encargada de él, todo lo sufriré sin quejarme, y hasta os daré gracias
-si atendéis á la súplica que voy á dirigiros. Hay un hombre que me
-recogió huérfana en la cuna, y me adoptó y educó, amándome después,
-y que aún me ama; bien indigna soy de ese hombre, á quien he faltado
-gravemente, y cuya imagen, sin embargo, grabada en el fondo de mi
-corazón, es para mí tan sagrada como la de Dios; ese hombre, que sin
-duda habrá encontrado su casa desierta y abandonada, no se explica lo
-que ocurre, y tal vez se halle entregado á la desesperación. ¡Pues
-bien! lo que yo pido á Vuestra Majestad es que no se le dé á entender
-nada, y que se me haga desaparecer, sin que sepa jamás lo que de mí
-ha sido. Ignoro si se me comprenderá bien; pero seguramente no se os
-oculta que ese hombre es un amigo, un noble y generoso amigo... ¡pobre
-Gilberto!... que me ama y me cree pura. No quiero que me odie y me
-desprecie... Ya conoceréis, señora, que la estimación de ese hombre
-es para mí más que la vida. Mi falta le causará un profundo pesar, y
-tanta será su sorpresa, que tal vez no dé crédito á sus oídos. ¡Pobre
-Gilberto! ¡Oh señora, compadeceos de mí! ¡En nombre del cielo, que no
-sepa nada de esto; que no sepa que soy culpable, pues se mataría, y
-moriría si averiguase que ya no existo!
-
-LA REINA.--El hombre de quien habláis os escucha en este momento, os
-juzga, y os castigará.
-
- (_Aparece Gilberto._)
-
-JUANA.--¡Cielos, Gilberto!
-
-GILBERTO (_á la Reina_).--Mi vida es vuestra, señora.
-
-LA REINA.--Bien. ¿Tenéis que imponer algunas condiciones?
-
-GILBERTO.--Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Cuáles? Os damos nuestra palabra de reina de aceptarlas de
-antemano.
-
-GILBERTO.--El caso es muy sencillo, señora. Se trata de una deuda de
-agradecimiento contraída con un caballero de vuestra corte que me ha
-hecho trabajar mucho en mi oficio de cincelador.
-
-LA REINA.--Hablad.
-
-GILBERTO.--Ese caballero mantiene relaciones secretas con una mujer con
-quien no puede unirse, porque ella pertenece á una familia desterrada;
-esta mujer, que ha vivido oculta hasta ahora, es hija única y heredera
-del último lord Talbot, decapitado en tiempo de Enrique VIII.
-
-LA REINA.--¡Cómo! ¿Estás seguro de lo que dices? ¿Será cierto que el
-buen lord católico, el leal defensor de mi madre, dejó una hija? Si
-esto es verdad, juro por mi corona que esa niña es mía; y lo que Juan
-Talbot hizo por la madre de María de Inglaterra, ésta lo hará por la
-hija de Juan Talbot.
-
-GILBERTO.--Entonces, será sin duda una dicha para Vuestra Majestad
-devolver á la hija de lord Talbot los bienes de su difunto padre...
-
-LA REINA.--Seguramente que sí, y para esto obligaré á Fabiano á
-renunciar á ellos; pero ¿hay pruebas de que esa heredera exista?
-
-GILBERTO.--Las tenemos.
-
-LA REINA.--Y si no tuviéramos pruebas, las haríamos. No en balde soy
-reina.
-
-GILBERTO.--Vuestra Majestad devolverá á la hija de lord Talbot los
-bienes, los títulos, la jerarquía, el nombre y el blasón de su padre;
-la eximirá de toda proscripción y asegurará su vida; y por último,
-Vuestra Majestad la unirá con ese caballero, único hombre á quien debe
-dar su mano. Mediante estas condiciones, señora, podréis disponer de
-mí, de mi libertad y de mi vida como mejor os plazca.
-
-LA REINA.--Bien; haré lo que acabas de decir.
-
-GILBERTO.--La reina de Inglaterra debe jurarlo, á mí, Gilberto, el
-obrero cincelador, por su corona y por el Evangelio abierto.
-
-LA REINA.--¡Por mi corona y por el Evangelio lo juro!
-
-GILBERTO.--Pacto concluído, señora. Haced preparar una tumba para mí
-y un lecho nupcial para los esposos. El caballero de quien hablo es
-Fabiani, conde de Clanbrassil; y aquí tenéis á la heredera de Talbot.
-
-JUANA.--¿Qué dice?
-
-LA REINA.--¿Estaré hablando con un loco? ¿Qué significa esto? ¿Os
-atreveríais á burlaros de la reina de Inglaterra? Recordad que en las
-cámaras reales se han de pesar las palabras, y que hay casos en que la
-lengua derriba la cabeza.
-
-GILBERTO.--Mi cabeza está á vuestra disposición, señora; pero tengo
-vuestro juramento.
-
-LA REINA.--¿Habláis con formalidad? ¡Ese Fabiani, esa Juana... vamos!
-
-GILBERTO.--Esa Juana es hija y heredera de Talbot.
-
-LA REINA.--¡Bah! ¡visión, quimera, locura! ¿Tenéis las pruebas?
-
-GILBERTO.--Completas. (_Saca un paquete del pecho._) Dignaos leer esos
-papeles.
-
-LA REINA.--¿Creéis que yo tengo tiempo de leer vuestros papelotes?
-¿Os los he pedido yo por ventura? ¿Para qué los quiero yo? Si prueban
-alguna cosa, á fe mía que los arrojaré al fuego.
-
-GILBERTO.--Siempre me quedará vuestro juramento.
-
-LA REINA.--¡Mi juramento, mi juramento!
-
-GILBERTO.--Sí, señora, por la corona y el Evangelio, es decir, por
-vuestra cabeza y vuestra alma, por vuestra vida en este mundo y en el
-otro.
-
-LA REINA.--Pero ¿qué quieres? ¡Tú estás verdaderamente loco!
-
-GILBERTO.--Voy á deciros lo que quiero. Juana ha perdido su categoría;
-devolvédsela; proclamadla hija de lord Talbot y esposa de lord
-Clanbrassil, y tomad después mi vida.
-
-LA REINA.--¡Tu vida! ¿Qué haría yo con ella? Sólo podría quererla
-para vengarme de ese hombre, de Fabiani. Tú no comprendes nada, ni
-yo te entiendo á ti tampoco. Hablabas de venganza... ¿es así cómo te
-vengas? Esta gente del pueblo es muy estúpida. ¿Cómo puedo creer yo
-en la ridícula historia de una heredera de Talbot? ¡Me enseñas los
-papeles! Ni siquiera los miraré. ¡Ah! Una mujer te vende y te la echas
-de generoso... Pues yo no lo soy, porque mi corazón rebosa de cólera y
-de odio; me vengaré, y tú me ayudarás. Pero ¿qué digo? Ese hombre es un
-loco, y loco rematado. ¿Para qué le necesito yo? ¡Dios mío, qué triste
-es tener que tratar con semejantes personas en asuntos formales!
-
-GILBERTO.--Tengo vuestra palabra de reina católica. Lord Clanbrassil ha
-seducido á Juana y debe unirse con ella.
-
-LA REINA.--¿Y si rehusa?
-
-GILBERTO.--Le obligaréis, señora.
-
-JUANA.--¡Oh, no, compadeceos de mí!
-
-GILBERTO.--Pues bien, si ese infame rehusa, Vuestra Majestad dispondrá
-de nosotros como lo tenga por conveniente.
-
-LA REINA (_con alegría_).--¡Ah! eso es todo cuanto yo deseo.
-
-GILBERTO.--Si llegase ese caso, con tal que Vuestra Majestad ciña la
-frente sagrada é inviolable de Juana Talbot con la corona de condesa de
-Waterford, yo haré todo lo que la reina me ordene.
-
-LA REINA.--¿Todo?
-
-GILBERTO.--Todo.
-
-LA REINA.--¿Dirás cuanto convenga decir? ¿Morirás de la muerte que te
-impongan?
-
-GILBERTO.--Como Vuestra Majestad ordene.
-
-JUANA.--¡Oh Dios mío!
-
-LA REINA.--¿Lo juras?
-
-GILBERTO.--Lo juro.
-
-LA REINA.--Entonces, se podrá arreglar el asunto. Esto basta; tengo tu
-palabra y tienes la mía. Está dicho. (_Parece reflexionar un momento. Á
-Juana._) No sois necesaria aquí; salid; ya os llamaré.
-
-JUANA.--¡Oh Gilberto! ¿Qué habéis hecho? Soy una miserable, y no me
-atrevo á miraros; mientras que vos sois un ángel, pues tenéis á la vez
-las virtudes de éste y las pasiones de un hombre.
-
- (_Sale._)
-
-
-ESCENA V
-
-LA REINA, GILBERTO; después SIMÓN RENARD, LORD CHANDOS y los guardias
-
-LA REINA (_á Gilberto_).--¿Llevas algún arma, un puñal, un cuchillo ó
-cualquiera cosa?
-
-GILBERTO (_sacando del pecho el puñal de lord Clanbrassil_).--¿Un
-puñal? Sí, señora.
-
-LA REINA.--Bien; empúñale. (_Le coge con fuerza el brazo._) ¡Señor
-Baile de Amont... lord Chandos! (_Entra Simón Renard, lord Chandos y
-los guardias._) ¡Aseguraos de ese hombre; ha levantado el puñal contra
-mí! Le he cogido el brazo en el momento en que iba á descargar el
-golpe. ¡Es un asesino!
-
-GILBERTO.--¡Señora!...
-
-LA REINA (_en voz baja á Gilberto_).--¿Olvidas ya nuestro convenio? ¿Es
-así cómo te sometes? (_En voz alta._) Todos sois testigos, señores,
-de que aún tenía el puñal en la mano. Señor Baile, ¿cómo se llama el
-verdugo de la Torre de Londres?
-
-SIMÓN RENARD.--Mac Dermoti, natural de Irlanda.
-
-LA REINA.--Que le conduzcan á mi presencia; quiero hablarle.
-
-SIMÓN RENARD.--¿Vos misma?
-
-LA REINA.--Yo misma.
-
-SIMÓN RENARD.--¡La reina hablar al verdugo!
-
-LA REINA.--Sí; la cabeza hablará al brazo... ¡Vamos! (_Sale un
-guardia._) Milord Chandos y vosotros, señores, me respondéis de ese
-hombre; custodiadle sin perderle de vista, pues aquí van á suceder
-cosas que él debe ver... Señor de Amont, ¿está en palacio lord
-Clanbrassil?
-
-SIMÓN RENARD.--Se halla en la cámara pintada, esperando que Vuestra
-Majestad se digne recibirle.
-
-LA REINA.--¿No sospecha nada?
-
-SIMÓN RENARD.--Nada.
-
-LA REINA (_á lord Chandos_).--Que éntre.
-
-SIMÓN RENARD.--También está ahí toda la corte. ¿No ha de entrar nadie
-con lord Clanbrassil?
-
-LA REINA.--¿Cuál de nuestros señores y caballeros es el que más odia á
-Fabiani?
-
-SIMÓN RENARD.--Todos.
-
-LA REINA.--Quiero decir los que le odian más.
-
-SIMÓN RENARD.--Clinton, Montagu, Somerset, el conde de Derby, Gerard
-Fitz-Gerard, lord Paget y el lord Canciller.
-
-LA REINA (_á lord Chandos_).--Introducid á todos esos señores, excepto
-al lord Canciller. (_Chandos sale.--Dirigiéndose á Simón Renard:_)
-El digno obispo canciller es tan enemigo de Fabiani como los otros;
-pero tiene escrúpulos. (_Fijando la vista en los papeles que Gilberto
-ha dejado sobre la mesa._) ¡Ah! bueno será examinar rápidamente esos
-papeles.
-
- (_Mientras se ocupa en este examen, ábrese la puerta del fondo y
- entran los señores designados por la reina, haciendo profundas
- reverencias._)
-
-
-ESCENA VI
-
-Los mismos, LORD CLINTON y los demás señores
-
-LA REINA.--Dios os guarde, señores. (_Á lord Montagu._) Antonino Brown,
-no olvido nunca que hicisteis frente con valor á Juan de Montmorency y
-al señor de Tolosa en mis negociaciones con el emperador mi tío.--Lord
-Paget, hoy recibiréis vuestros títulos de barón de Beaudesert en
-Stafford.--¡He aquí á nuestro antiguo amigo, lord Clinton! Somos
-siempre vuestra buena amiga, milord; ya recuerdo que vos sois quien
-exterminó á Tomas Wyat en la llanura de San Jaime. Es preciso tener á
-todos presentes. Aquel día, la corona de Inglaterra fué salvada por un
-puente que permitió á mis tropas llegar hasta los revoltosos, y por un
-muro que impidió á éstos acercarse á mí. El puente es el de Londres; el
-muro es lord Clinton.
-
-LORD CLINTON (_en voz baja á Simón Renard_).--Hacía seis meses que la
-reina no me hablaba. ¡Qué amable está hoy!
-
-SIMÓN RENARD (_en voz baja á lord Clinton_).--Paciencia, milord; aún os
-parecerá más amable después.
-
-LA REINA (_á lord Chandos_).--El conde de Clanbrassil puede entrar. (_Á
-Simón Renard._) Cuando haya estado aquí algunos minutos...
-
- (_Le habla al oído, señalándole la puerta por donde Juana ha salido._)
-
-SIMÓN RENARD.--¡Basta, señora!
-
- (_Entra Fabiani._)
-
-
-ESCENA VII
-
-Los mismos, FABIANI
-
-LA REINA.--¡Ah, hele aquí!...
-
- (_Sigue hablando con Simón Renard._)
-
-FABIANI (_aparte, saludado por todo el mundo, y mirando á su
-alrededor_).--¿Qué quiere decir esto? Sólo veo aquí enemigos hoy. La
-reina habla en voz baja á Simón Renard... y ella se ríe. ¡Diablo, mala
-señal!
-
-LA REINA (_con aire risueño á Fabiani_).--¡Guárdeos Dios, milord!
-
-FABIANI (_tomándole la mano y besándola_).--Señora... (_Aparte._) Me ha
-sonreído. El peligro no es para mí.
-
-LA REINA (_siempre risueña_).--He de hablaros.
-
- (_Se adelanta con él hasta el proscenio._)
-
-FABIANI.--Yo también deseo hablaros, señora; tengo que daros quejas.
-¡Alejarme, desterrarme durante tanto tiempo! ¡Ah! no sucedería esto si
-en las horas de ausencia pensarais en mí como yo en vos.
-
-LA REINA.--Sois injusto; desde que os separasteis de mí sólo me he
-ocupado de vos.
-
-FABIANI.--¿De veras he tenido esa dicha? Repetídmelo.
-
-LA REINA (_siempre risueña_).--Os lo juro.
-
-FABIANI.--¿Me amáis, pues, como yo os amo?
-
-LA REINA.--Sí, milord, os aseguro que sólo he pensado en vos, tanto que
-os preparo una sorpresa muy agradable.
-
-FABIANI.--¡Cómo! ¿Qué sorpresa?
-
-LA REINA.--Un encuentro que os agradará.
-
-FABIANI.--¿Con quién?
-
-LA REINA.--Adivinadlo... ¿No lo adivináis?
-
-FABIANI.--No, señora.
-
-LA REINA.--Pues volved la cabeza.
-
- (_Al obedecer ve á Juana en el umbral de la puertecilla
- entreabierta._)
-
-FABIANI (_aparte_).--¡Juana!
-
-JUANA (_aparte_).--¡Es él!
-
-LA REINA (_sonriendo_).--Milord, ¿conocéis á esa joven?
-
-FABIANI.--No, señora.
-
-LA REINA.--Joven ¿conocéis á milord?
-
-JUANA.--La verdad antes que la vida. Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Conque no conocéis á esa mujer, milord?
-
-FABIANI.--¡Señora! quieren perderme. Estoy rodeado de enemigos. Esa
-mujer se ha unido con ellos sin duda; yo no la conozco ni sé quién es.
-
-LA REINA (_levantándose y cruzándole el rostro con su guante_).--¡Ah!
-¡eres un cobarde... vendes á la una y reniegas de la otra! ¡Conque
-no sabes quién es! ¿Quieres que yo te lo diga? ¡Esa mujer es Juana
-Talbot, hija de Juan Talbot, el buen caballero católico que murió en el
-cadalso por mi madre; esa mujer es Juana Talbot, mi prima, condesa de
-Shrewsbury, de Wexford y de Waterford! Lord Paget, vos sois comisario
-del sello privado, y tomaréis nota de nuestras palabras. La reina de
-Inglaterra reconoce solemnemente á la joven Juana como hija única y
-heredera del último conde de Waterford. (_Mostrando los papeles._) He
-ahí los títulos y las pruebas, que mandaréis legalizar con nuestro gran
-sello. Es nuestra voluntad. (_Á Fabiani._) Sí, condesa de Waterford, y
-esto se halla suficientemente probado. ¡Tú le devolverás sus bienes,
-miserable!... ¡Ah, conque no conocías á esa mujer, ni sabías quién
-era! ¡Pues yo te lo digo; es Juana Talbot! ¿Deseas saber algo más?
-(_Mirándole de frente, y en voz baja:_) ¡Cobarde, es tu querida!
-
-FABIANI.--Señora...
-
-LA REINA.--Ya sabes quién es Juana, y ahora te diré quién eres tú.
-¡Eres un desalmado, un hombre sin corazón ni talento, un bribón, un
-miserable!... Eres... señores, no es necesario que os alejéis, pues
-poco me importa que oigáis lo que debo decir á este hombre; me parece
-que no hablo en voz baja. Fabiano, para mí eres un traidor, y para ella
-un vil lacayo, el más miserable de los hombres. ¡Y yo que te había
-hecho conde de Clanbrassil, barón de Dinasmonddy y barón de Darmouth en
-Devonshire! ¡Estaba loca! Os pido perdón, señores, por haber sido causa
-de que os codeárais con ese hombre. ¡Tú caballero, tú noble, tú señor!
-¡Qué absurdo! ¡Compárate con esos que están ahí, miserable, y verás
-que ellos son verdaderamente caballeros! ¡Ahí tienes á Bridges, barón
-de Chandos; á Seymur, duque de Somerset; á los Stanley, que son condes
-de Derby desde el año 1425; á los Clinton, que son barones de Clinton
-desde el año 1298! ¿Te parece á ti que te asemejas á esos nobles? ¡Te
-titulas aliado de la familia española de Peñalver, pero esto es una
-falsedad; tú no eres más que un mal italiano, menos que nada, hijo de
-un zapatero de viejo del pueblo de Larino!... Sí, señores, hijo de
-un zapatero de viejo; yo lo sabía y no quise decirlo; ocultábalo, y
-aparentaba creer á este hombre cuando hablaba de su nobleza. ¡Oh Dios
-mío, qué débiles somos las mujeres! Quisiera que hubiese otras aquí
-para que aprendieran con esta lección. ¡Ese miserable engaña á una y
-reniega de la otra! ¡Seguramente eres muy villano! ¿Cómo es que desde
-que te dirijo la palabra no has doblado la rodilla? ¡Arrodíllate al
-punto, Fabiani! ¡Señores, obligadle á obedecer!
-
-FABIANI.--Vuestra Majestad...
-
-LA REINA.--¡Ese infame, á quien he colmado de beneficios, ese lacayo
-napolitano, á quien hice caballero y conde libre de Inglaterra! ¡Ah!
-debía esperármelo, pues ya me habían dicho que esto acabaría así; pero
-yo soy siempre lo mismo; me empeño en una cosa y veo después que
-he cometido un error. Todo es culpa mía. Italiano significa para mí
-bribón, y napolitano, cobarde. Siempre que mi padre se sirvió de un
-hombre de esa nación hubo de arrepentirse. ¡Ese es Fabiani! Bien ves,
-Juana, á qué hombre te has entregado. ¡Desgraciada niña, yo te vengaré!
-¡Oh! debías saberlo ya; del bolsillo de un italiano sólo se puede sacar
-un puñal, y de su alma una traición.
-
-FABIANI.--Señora, os juro...
-
-LA REINA.--¡Sólo os falta ahora eso! ¿Llevaríais vuestra vileza
-hasta el punto de jurar? ¡Al fin me haréis ruborizar delante de esos
-caballeros, cuando ni siquiera podéis levantar la cabeza!
-
-FABIANI.--Sí, señora, la levantaré, aunque vea que estoy perdido y que
-se ha resuelto mi muerte. Emplearéis todos los medios, el puñal, el
-veneno...
-
-LA REINA (_cogiéndole de la mano y conduciéndole vivamente al
-proscenio_).--¡El puñal, el veneno! ¿Qué dices, italiano? ¡La venganza
-traidora, la venganza vil, la venganza de los hombres de tu nación!
-¡No, señor Fabiani, ni puñal ni veneno! ¿Necesito yo por ventura
-ocultarme, buscar la esquina de las calles por la noche, y hacerme
-pequeña cuando me vengo? ¡No, yo lo quiero todo á la luz del día, á la
-luz del sol, en la plaza pública; el hacha y el tajo; la multitud en
-calles, ventanas y tejados, y cien mil testigos del acto! Quiero que
-se tenga miedo, que se vea un aparato imponente, magnífico y espantoso
-á la vez; quiero que se diga: «¡Es una mujer ultrajada, pero también
-una reina que se venga!» Á ese favorito tan envidiado, á ese gallardo
-joven insolente, á quien he cubierto de terciopelo y seda, quiero verle
-ahora espantado, tembloroso y de rodillas sobre un paño negro, con los
-pies descalzos y las manos atadas, silbado por el pueblo y en manos del
-verdugo. En ese blanco cuello que yo adorné con un collar de oro voy á
-poner ahora una cuerda; he visto el efecto que Fabiani producía en un
-trono; veremos qué aspecto tiene en el cadalso.
-
-FABIANI.--Señora...
-
-LA REINA.--¡Ni una palabra más, porque estás verdaderamente perdido!
-Has de subir al cadalso como Suffolk y Northumberland, y con esto
-proporcionaré una fiesta á mi buena ciudad de Londres; ya sabes cuánto
-te aborrece, y por lo tanto mayor será su satisfacción. ¡Ah! ¡gran
-cosa es ser María, reina de Inglaterra, hija de Enrique VIII, y dueña
-de los cuatro mares, cuando se quiere tomar venganza! Una vez en el
-patíbulo, Fabiani, podrás dirigir un largo discurso al pueblo como lo
-hizo Northumberland, ó una ferviente oración á Dios, como Suffolk, para
-que la gracia tenga tiempo de llegar; pero eres un traidor, y yo te
-aseguro que no habrá perdón. ¿Quién diría que ese miserable bergante me
-hablaba de amor esta mañana? ¡Dios mío, señores, parecéis admirados de
-que hable así ante vosotros; pero os repito que no me importa! (_Á lord
-Somerset._) Milord duque, sois condestable de la Torre; pedid su espada
-á ese hombre.
-
-FABIANI.--Hela aquí; pero protesto. Aun admitiendo que esté probado que
-engañé ó seduje á una mujer...
-
-LA REINA.--¡Y qué me importa que hayas seducido á una mujer! Esos
-señores comprenderán que á mí me es igual.
-
-FABIANI.--Seducir á una mujer no es un crimen capital, señora. Vuestra
-Majestad no pudo conseguir que condenasen á Trogmorton por una
-acusación análoga.
-
-LA REINA.--¡Creo, Dios me perdone, que ese hombre se atreve á retarme!
-El gusano se convierte en serpiente. ¿Y quién te dice que se te acusa
-de eso?
-
-FABIANI.--¿Pues de qué sería? Yo no soy inglés, ni tampoco súbdito de
-Vuestra Majestad; lo soy del rey de Nápoles, y vasallo del Padre santo.
-Apelaré á su legado, el eminentísimo cardenal Polus, para que me
-reclame; me defenderé, y además, soy extranjero; á mí no se me puede
-encausar sin que haya cometido un crimen, un verdadero crimen. ¿Cuál es
-el mío?
-
-LA REINA.--Todos oís la pregunta que ese hombre me dirige; escuchad
-ahora la respuesta; y tened todos cuidado, porque vais á ver que
-me basta golpear con el pie para hacer salir de tierra un cadalso.
-¡Chandos, abrid de par en par esas puertas, y que éntre aquí toda la
-corte; dejad paso á todo el mundo!
-
-
-ESCENA VIII
-
-Los mismos, EL LORD CANCILLER, toda la corte
-
-LA REINA.--Entrad, señores, entrad, que hoy me complace verdaderamente
-veros á todos... Bien, bien; los hombres de justicia, por aquí... más
-cerca, más cerca... ¿Dónde están los reyes de armas de la Cámara de los
-lores, Harriot y Llanerillo? ¡Ah! ya os veo, señores; sed bien venidos;
-desenvainad vuestros aceros y colocaos á derecha é izquierda de ese
-hombre, que es vuestro prisionero.
-
-FABIANI.--¿Cuál es mi crimen, señora?
-
-LA REINA.--Milord Gardiner, mi sabio amigo, sois canciller de
-Inglaterra, y os hacemos saber que debéis reuniros cuanto antes con
-los doce lores comisarios de la Cámara estrellada, á los cuales siento
-mucho no ver aquí, pues ocurren cosas extrañas en este palacio.
-Escuchad, señores, Isabel ha suscitado ya más de un enemigo de nuestra
-corona: hemos tenido la conspiración de Pietro Caro, que produjo el
-movimiento de Exeter, y que se correspondía secretamente con Isabel
-por medio de una cifra trazada en un bandolín; después, la traición de
-Tomás Wyat, que sublevó al condado de Kent; y por último, la rebelión
-del duque de Suffolk, que fué cogido en el hueco de un árbol después de
-la derrota de los suyos. Hoy tenemos un nuevo atentado: escuchad todos.
-Hoy, esta misma mañana, un hombre se ha presentado á mi audiencia, y
-después de algunas palabras ha levantado un puñal contra mí; pero he
-detenido su brazo á tiempo. Lord Chandos y el baile de Amont se han
-apoderado del hombre, y éste declara que lord Clanbrassil es quien le
-ha impelido al crimen.
-
-FABIANI.--¡Yo! Eso no es verdad. ¡Oh! ¡qué cosa tan horrible! Ese
-hombre no existe, no se le encontrará. ¿Quién es? ¿Dónde se halla?
-
-LA REINA.--Está aquí.
-
-GILBERTO (_saliendo de entre los soldados que le ocultaban_).--Soy yo.
-
-LA REINA.--En vista de las declaraciones de ese hombre, Nos, María,
-reina de Inglaterra, acusamos ante la Cámara á ese hombre, Fabiano
-Fabiani, conde de Clanbrassil, del delito de alta traición y conato de
-regicidio en nuestra persona imperial y sagrada.
-
-FABIANI.--¡Regicida yo! ¡Esto es monstruoso! ¡Oh! mi cabeza se
-trastorna, mi vista se turba... ¿Quién me tiende este lazo? Quien
-quiera que seas, miserable, ¿osarás afirmar que es verdad cuanto ha
-dicho la reina?
-
-GILBERTO.--Sí.
-
-FABIANI.--¿Yo te he impelido al regicidio?
-
-GILBERTO.--Sí.
-
-FABIANI.--¡Maldición! ¡Señores, no podéis imaginar hasta qué punto
-eso es falso! ¡Desgraciado, quieres perderme, pero ignoras que tú te
-pierdes al mismo tiempo; el crimen de que me acusas recae sobre ti! Por
-tu causa moriré, pero tú perecerás también. ¡Insensato, con una sola
-palabra haces caer dos cabezas, la mía y la tuya!
-
-GILBERTO.--Ya lo sé.
-
-FABIANI.--Señores, ese hombre está pagado...
-
-GILBERTO.--Por vos: he aquí la bolsa de oro que me disteis para cometer
-el crimen; en ella están bordados vuestro blasón y vuestra cifra.
-
-FABIANI.--¡Justo cielo!... Pero ¿dónde está el puñal con que ese hombre
-quería, según dicen, herir á la reina? ¿Dónde está?
-
-LORD CHANDOS.--Hele aquí.
-
-GILBERTO (_á Fabiani_).--Es el vuestro; me le disteis para descargar el
-golpe; en vuestra casa encontrarán la vaina.
-
-EL LORD CANCILLER.--Conde de Clanbrassil, ¿qué tenéis que contestar?
-¿Reconocéis á ese hombre?
-
-FABIANI.--No.
-
-GILBERTO.--Á decir verdad, sólo me ha visto de noche. Permitidme
-hablarle dos palabras al oído, señora, porque así le ayudaré á
-recordar. (_Se acerca á Fabiani y le habla en voz baja._) Hoy no
-reconoces á nadie, milord, ni al hombre ultrajado ni á la mujer
-seducida. ¡Ah! la reina se venga, pero el hombre del pueblo también;
-tú me habías retado, según creo; mas hete aquí cogido entre las dos
-venganzas. ¿Qué te parece, conde?... Yo soy Gilberto el cincelador.
-
-FABIANI.--¡Sí, te reconozco!... Señores, reconozco á este hombre, y una
-vez que se trata de él, nada tengo que añadir.
-
-LA REINA.--¡Confiesa!
-
-EL LORD CANCILLER (_á Gilberto_).--Según la ley normanda y el estatuto
-veinticinco del rey Enrique VIII, en los casos de lesa Majestad la
-confesión no salva al cómplice. No olvidéis que se trata de un caso en
-que la reina no tiene derecho de perdonar, y que moriréis en el cadalso
-lo mismo que aquel á quien acusáis. ¿Os ratificaréis en todo lo dicho?
-
-GILBERTO.--No ignoro que moriré; pero confirmo mis palabras.
-
-JUANA (_aparte_).--¡Dios mío, si esto es un sueño, es bien horrible!
-
-EL LORD CANCILLER (_á Gilberto_).--¿Consentís en reiterar vuestras
-declaraciones con la mano sobre el Evangelio?
-
- (_Presenta el Evangelio á Gilberto, que pone la mano._)
-
-GILBERTO.--Juro por el Evangelio que ese hombre es un asesino; que ese
-puñal, que es suyo, ha servido para el crimen; y que esta bolsa, suya
-también, me fué entregada por él para cometerle. Esta es la verdad.
-¡Que Dios me asista!
-
-EL LORD CANCILLER (_á Fabiani_).--¿Qué tenéis que decir?
-
-FABIANI.--Nada... ¡Estoy perdido!
-
-SIMÓN RENARD (_en voz baja á la Reina_).--Vuestra Majestad ha enviado á
-buscar el verdugo; ahí está.
-
-LA REINA.--Bueno, que éntre.
-
- (_Los caballeros se desvían, y se ve aparecer al verdugo vestido de
- rojo y negro, llevando sobre el hombro una espada envainada._)
-
-
-ESCENA IX
-
-Los mismos, EL VERDUGO
-
-LA REINA.--¡Duque de Somerset, esos dos hombres á la Torre! ¡Canciller
-Gardiner, comenzaréis á instruir el proceso mañana mismo ante los doce
-pares; y que Dios asista á la vieja Inglaterra! Entendemos que esos
-hombres serán juzgados ambos antes de nuestra marcha á Oxford, donde
-abriremos el Parlamento; poco después nos trasladaremos á Windsor para
-pasar la Pascua. (_Al verdugo._) ¡Acércate! Me alegro de verte, porque
-eres un buen servidor, y ya viejo, que ha visto tres reinados. Es
-costumbre que los soberanos de esta nación te hagan un regalo, el más
-rico que sea posible, el día de su advenimiento: mi padre, Enrique
-VIII, te dió el broche de diamantes de su manto; mi hermano, Eduardo
-VI, te regaló un anillo de oro cincelado; y ahora me toca á mí. Nada te
-he dado aún; quiero hacerte también un presente: acércate. (_Señalando
-á Fabiani._) ¿Ves esa cabeza, esa hermosa cabeza, que aun esta mañana
-era lo que yo tenía por lo más bello y querido en el mundo? ¡Pues bien,
-esa cabeza que ves, yo te la doy!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-JORNADA TERCERA
-
-¿CUÁL DE LOS DOS?
-
-
-PARTE PRIMERA
-
-Sala del interior de la Torre de Londres; bóveda ojival sostenida
-por gruesos pilares; á derecha é izquierda las dos puertas bajas de
-dos calabozos; en un lado una claraboya que se figura situada sobre
-el Támesis, y en el opuesto otra que da á la calle; en ambos hay
-una puertecilla secreta en el muro. En el fondo, una galería con
-una especie de balcón cerrado por cristales, y que da á los patios
-exteriores de la Torre.
-
-PERSONAJES
-
- LA REINA.
- GILBERTO.
- JUANA.
- SIMÓN RENARD.
- JOSHUA FARNABY.
- MAESE ENEAS DULVERTON.
- LORD CLINTON.
- UN CARCELERO.
-
-
-ESCENA I
-
-GILBERTO, JOSHUA
-
-GILBERTO.--¿Qué hay?
-
-JOSHUA.--¡Ay de mí!
-
-GILBERTO.--¿No hay esperanza?
-
-JOSHUA.--¡Ninguna! (_Gilberto se acerca á la ventana._) ¡Oh! no verás
-nada desde ahí.
-
-GILBERTO.--¿Te has informado bien?
-
-JOSHUA.--Estoy seguro de ello.
-
-GILBERTO.--¿Es para Fabiani?
-
-JOSHUA.--Sí.
-
-GILBERTO.--¡Qué feliz es ese hombre!
-
-JOSHUA.--¡Pobre Gilberto! ya llegará tu vez; hoy él; mañana tú.
-
-GILBERTO.--¿Qué quieres decir? No nos entendemos. ¿De qué me hablas?
-
-JOSHUA.--Del cadalso que levantan en este momento.
-
-GILBERTO.--Y yo te hablo de Juana.
-
-JOSHUA.--¡De Juana!
-
-GILBERTO.--Sí, sólo de Juana, ¿qué me importa lo demás? ¿Has olvidado
-que desde hace más de un mes, con el rostro pegado á los barrotes de
-mi ventana, que da á la calle, la veo rondar de continuo, pálida y de
-luto, al pie de esta torrecilla que nos sirve de calabozo á Fabiani y
-á mí? ¿No recuerdas ya mis angustias, mis dudas y mis incertidumbres?
-¿Por cuál de los dos viene ella? Me dirijo esta pregunta noche y día,
-y á ti también, Joshua; ayer noche me prometiste hacer lo posible por
-verla y hablarla. ¿Sabes algo? ¿Sabes si viene por mí ó por Fabiani?
-
-JOSHUA.--He sabido que Fabiani debía ser decapitado hoy mismo, y mañana
-tú; y confieso que estoy como loco, amigo mío. El cadalso me ha hecho
-olvidar á Juana. Tu muerte...
-
-GILBERTO.--¡Mi muerte! ¿Qué entiendes tú por esta palabra? Mi muerte
-es que Juana no me ama ya; desde el día en que ya no fuí amado dejé
-de vivir; lo que ha sobrevivido en mí no vale ya la pena de que me lo
-quiten mañana. ¡Oh! tú no puedes imaginarte lo que es un hombre que
-ama. Si me hubieran dicho hace dos meses que Juana, esa Juana tan pura,
-mi amor, mi orgullo y mi tesoro, se entregaría á otro, y preguntado si
-la querría después, hubiera contestado que no, y que preferiría mil
-veces la muerte para los dos. ¡Pues bien! hoy sí la quisiera; Juana
-no es ya la mujer sin tacha á quien yo adoraba, y cuya frente apenas
-me atrevía á tocar con los labios; Juana se ha entregado á otro, á un
-miserable; ya lo sé; pero yo la amo siempre; besaría sus pies, y la
-pediría perdón si me quisiera. Aunque la encontrara en la calle con
-otras de mala nota, me la llevaría á casa para estrecharla contra mi
-corazón. Joshua, yo daría no cien años de vida, porque sólo me quedan
-algunas horas; pero sí la eternidad por ver sonreir una sola vez á
-Juana, una sola vez antes de mi muerte, y porque me dijera esa palabra
-que pronunciaba en otro tiempo: «¡Yo te amo!» Hete aquí, Joshua, lo
-que es el corazón de un hombre; no creas que se puede matar á la mujer
-que se adora; muy por el contrario, se acaba por arrodillarse á sus
-pies como un esclavo. Á ti te parece que soy débil; pero ¿qué hubiera
-adelantado yo con matar á Juana? ¡Oh! si ella me amase aún, nada me
-importaría todo lo que ha hecho; pero ella ama á Fabiani, y por él
-viene aquí. ¡Quisiera morir pronto, Joshua!
-
-JOSHUA.--Fabiani será ejecutado hoy.
-
-GILBERTO.--Y yo mañana.
-
-JOSHUA.--Siempre está Dios al fin de todo.
-
-GILBERTO.--Hoy quedaré vengado de él; mañana quedará vengado de mí.
-
-JOSHUA.--Hermano, ahí viene el segundo condestable de la Torre, maese
-Eneas Dulverton; es preciso entrar; esta noche te veré, amigo mío.
-
-GILBERTO.--¡Oh! ¡morir sin ser amado, ni llorado! ¡Juana... Juana...
-Juana...!
-
- (_Entra en su calabozo._)
-
-JOSHUA.--¡Pobre Gilberto! ¡Dios mío! ¿quién hubiera dicho nunca que
-debía llegar semejante caso?
-
- (_Sale.--Entran Simón Renard y maese Eneas Dulverton._)
-
-
-ESCENA II
-
-SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS DULVERTON
-
-SIMÓN RENARD.--Es muy singular, como vos decís; pero ¿qué se le ha de
-hacer? La reina está loca y no sabe lo que quiere; no se puede confiar
-en nada, porque es una mujer. ¿Podríais decirme para qué viene aquí?
-¡Vamos! el corazón de la mujer es un enigma, que el rey Francisco I
-descifró en los cristales de Chambord: «Voluble es la mujer, y loco el
-hombre que en ella fía.» Escuchad, maese Eneas, nosotros somos antiguos
-amigos, y por lo tanto os diré que es preciso que esto concluya hoy. De
-vos depende todo aquí; si os encargan... (_Le habla al oído._) Alargad
-el asunto cuanto sea posible, para que el plan aborte después. Sólo
-puedo disponer de dos horas, y esta noche se ha de hacer lo que yo
-quiero. Mañana no ha de haber favorito; y como soy poderoso aquí, al
-día siguiente seréis barón y oficial de la Torre. ¿Está entendido?
-
-MAESE ENEAS.--Perfectamente.
-
-SIMÓN RENARD.--Bien... alguien viene, y no quiero que nos vean juntos;
-salid por ahí; yo voy á recibir á la reina.
-
- (_Sepáranse._)
-
-
-ESCENA III
-
-UN CARCELERO entra con precaución y después introduce á JUANA
-
-EL CARCELERO.--Habéis llegado al sitio que deseabais, señora; ahí
-tenéis las puertas de los dos calabozos; si lo tenéis á bien, dadme mi
-recompensa.
-
-JUANA (_se quita su brazalete de diamantes y lo entrega_).--Ahí la
-tenéis.
-
-EL CARCELERO.--Gracias; no me comprometáis.
-
- (_Sale._)
-
-JUANA (_sola_).--¡Dios mío! ¿cómo lo haré? Yo soy quien le ha perdido,
-y mi deber es salvarle; pero no lo conseguiré, porque nada puede hacer
-una mujer sola en semejante caso. ¡El cadalso, el cadalso... esto es
-horrible! ¡Vamos, menos lágrimas y más obras!... Pero ¿cómo he de
-hacerlo? ¡Compadeceos de mí, Dios mío! Alguien viene... ¿quién habla?
-Reconozco esa voz; es la de la reina... ¡Ah, todo se ha perdido!
-
- (_Se oculta detrás de un pilar.--Entran la reina y Simón Renard._)
-
-
-ESCENA IV
-
-LA REINA, SIMÓN RENARD, JUANA, oculta
-
-LA REINA.--¡Ah! el cambio os extraña; no me parezco á mí misma. ¡Pues
-bien! ¿qué me importa? Ahora no quiero ya que muera.
-
-SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad ordenó ayer, sin embargo, que la
-ejecución se efectuase hoy.
-
-LA REINA.--También ordené el domingo que se verificara el lunes, y hoy
-mando que se efectúe mañana.
-
-SIMÓN RENARD.--En efecto, desde que la Cámara pronunció la sentencia,
-hace ya tres semanas, Vuestra Majestad aplaza la ejecución de un día
-para otro.
-
-LA REINA.--¡Pues bien! ¿no comprendéis lo que esto significa,
-caballero? ¿Será preciso decíroslo todo, y que una débil mujer os abra
-su corazón, porque la infeliz es reina, y vos representáis aquí al
-príncipe de España, mi futuro esposo? ¡Dios mío! vosotros no sabéis
-esto; en las mujeres, el corazón tiene su pudor como el cuerpo; y
-en fin, puesto que deseáis saberlo, aparentando no comprender nada,
-os diré que aplazo la ejecución de Fabiani porque todas las mañanas
-me falta la fuerza al pensar que la campana de la Torre de Londres
-anunciará la muerte de ese hombre. Desfallezco al reflexionar que se
-afila el hacha para Fabiani, y que se ha de abrir una tumba para ese
-hombre; porque soy débil, porque estoy loca y porque le amo... ¿Estáis
-ya satisfecho? ¿Me comprendéis ahora? ¡Oh! ya encontraré medio de
-vengarme algún día por lo que me hacéis decir ahora.
-
-SIMÓN RENARD.--Sin embargo, ya es tiempo de acabar con ese Fabiani;
-vais á uniros con mi señor el príncipe de España, señora.
-
-LA REINA.--Si el príncipe de España no está conforme, que me lo diga;
-ya buscaremos otro esposo, pues no faltan pretendientes. El hijo del
-rey de los romanos, el príncipe del Piamonte, el infante de Portugal,
-el rey de Dinamarca y lord Courtenay son tan buenos caballeros como él.
-
-SIMÓN RENARD.--¡Lord Courtenay!
-
-LA REINA.--Un barón inglés es tan noble como un príncipe; y además,
-lord Courtenay desciende de los emperadores de Oriente.
-
-SIMÓN RENARD.--Fabiani se ha hecho aborrecer de todo Londres.
-
-LA REINA.--Excepto de mí.
-
-SIMÓN RENARD.--Los menestrales piensan como los nobles. Si no se
-efectúa la ejecución hoy mismo, como lo ha prometido Vuestra Majestad...
-
-LA REINA.--¿Qué más?
-
-SIMÓN RENARD.--Habrá un motín popular.
-
-LA REINA.--Tengo mis lansquenetes.
-
-SIMÓN RENARD.--Habrá complot de nobles.
-
-LA REINA.--Tengo el verdugo.
-
-SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad ha jurado por el devocionario de su
-madre que no concedería perdón.
-
-LA REINA.--He aquí una firma en blanco que me ha remitido, y en la cual
-juro por mi corona imperial que concederé la gracia pedida. La corona
-de mi padre vale tanto como el devocionario de mi madre; un juramento
-anula el otro; y además, ¿quién os dice que le perdonaré?
-
-SIMÓN RENARD.--¡Os ha vendido traidoramente!
-
-LA REINA.--¿Qué me importa? Todos los hombres hacen otro tanto. Yo no
-quiero que muera. Escuchad, milord... quiero decir embajador... estoy
-tan perturbada, que no sé ya á quién hablo. Ya sé todo lo que me vais
-á decir: que es un hombre vil, un cobarde, un miserable; lo reconozco,
-y me ruborizo de ello; pero le amo. ¿Qué queréis que haga? Tal vez
-amaré menos á un hombre honrado. Por otra parte, ¿quién sois vos que
-os dais tanta importancia? ¿Valéis más que él? Vais á decirme que es
-un favorito, y que á la nación inglesa no le agrada ninguno; pero ¿no
-sé yo acaso que trabajáis para derribarle y poner en su lugar al conde
-de Kildare, ese fatuo irlandés? Aunque haga cortar veinte cabezas
-diarias, nada tenéis que ver con ello. Y no me habléis más del príncipe
-de España, pues poco caso hacéis de él. No quiero oir hablar tampoco
-del descontento del señor de Noailles, el embajador de Francia, porque
-es un necio, y se lo diré yo misma. Además, yo soy mujer, quiero y no
-quiero, y me falta algo... necesito la vida de ese hombre para vivir.
-¡Vamos! no toméis ese aire de candor virginal y de buena fe, porque
-harto conozco todas vuestras intrigas. Sabéis tan bien como yo que no
-ha cometido el crimen por que se le condena. Quedamos convenidos; no
-quiero que Fabiani muera: ¿soy yo el ama ó no? ¡Vaya, hablemos de otra
-cosa!
-
-SIMÓN RENARD.--Me retiro, señora. Toda la nobleza os ha hablado por mi
-voz.
-
-LA REINA.--¡Qué me importa la nobleza!
-
-SIMÓN RENARD (_aparte_).--Probemos con el pueblo.
-
- (_Sale haciendo una profunda reverencia._)
-
-LA REINA (_sola_).--Ha salido con un aire singular. Ese hombre es capaz
-de promover algún motín. Será preciso que vaya al Ayuntamiento...
-¡Hola, aquí alguno!
-
- (_Preséntanse maese Eneas y Joshua._)
-
-
-ESCENA V
-
-Los mismos menos SIMÓN RENARD; MAESE ENEAS, JOSHUA
-
-LA REINA.--¿Sois vos, maese Eneas? Es preciso que vos y ese hombre os
-encarguéis de facilitar la fuga del conde de Clanbrassil.
-
-MAESE ENEAS.--Señora...
-
-LA REINA.--¡Vamos! no quiero fiarme de vos, pues recuerdo que sois uno
-de sus enemigos. ¡Dios mío! todos cuantos me rodean aborrecen al hombre
-que amo. Apostaría á que ese llavero, á quien no conozco, le aborrece
-también.
-
-JOSHUA.--Es verdad, señora.
-
-LA REINA.--¡Dios mío! ese Simón Renard es más rey que yo reina. ¡Cómo!
-¿no podré fiarme de nadie aquí? ¿no podré dar á persona alguna plenos
-poderes para que se encargue de la evasión de Fabiani?
-
-JUANA (_saliendo de su escondite_).--¡Sí, señora, á mí!
-
-JOSHUA (_aparte_).--¡Juana!
-
-LA REINA.--¡Tú, eres tú, Juana Talbot! ¿Cómo es que te hallas aquí?
-¡Ah! es igual; si vienes á salvar á Fabiani, gracias. Debería
-aborreceros, Juana, y estar celosa de vos, pues tengo mis razones para
-ello; pero no, os amo porque le amáis. Ante el cadalso no puede haber
-ya envidia ni celos, y sí sólo amor. Sois como yo; le perdonáis; ya lo
-veo; los hombres no comprenden eso; pero nosotras nos entenderemos.
-¿No es cierto que ambas somos muy desgraciadas? Es preciso conseguir
-la evasión de Fabiani, y sólo puedo contar con vos; de modo que debo
-aceptar vuestros servicios, porque lo tomaréis con interés. Encargaos
-de todo. Vosotros dos, obedeced á Juana Talbot en todo cuanto os
-ordene, y advertid que me respondéis con vuestras cabezas de la
-ejecución de sus órdenes. ¡Abrázame, Juana!
-
-JUANA.--El Támesis baña el pie de la Torre por aquel lado, y he visto
-que hay una salida secreta. Si hubiese un barco allí, la evasión se
-efectuaría por el río; es lo más seguro.
-
-MAESE ENEAS.--Es imposible conducir hasta ahí un barco en menos de una
-hora.
-
-JUANA.--Es mucho tiempo.
-
-MAESE ENEAS.--Pronto pasará, y además, habrá cerrado la noche, que será
-favorable, si Su Majestad se empeña en que se lleve á cabo la evasión.
-
-LA REINA.--En efecto, tal vez sea más conveniente; queda convenido,
-pues, para dentro de una hora. Yo me retiro, Juana, y sólo os encargo
-que salvéis á Fabiani.
-
-JUANA.--Estad tranquila, señora.
-
- (_La reina sale, siguiéndola Juana con la vista._)
-
-JOSHUA (_en el proscenio_).--¡Gilberto tenía razón, todo es para
-Fabiani!
-
-
-ESCENA VI
-
-Los mismos, menos LA REINA
-
-JUANA (_á Maese Eneas_).--Ya habéis oído cuál es la voluntad de la
-reina: una barca al pie de la Torre, las llaves de los pasadizos
-secretos, un sombrero y una capa.
-
-MAESE ENEAS.--No es posible tener todo eso antes de la noche; dentro de
-una hora, señora.
-
-JUANA.--Está bien; retiraos y dejadme con este hombre.
-
- (_Maese Eneas sale; Juana le sigue con la vista._)
-
-JOSHUA (_aparte, en el proscenio_).--¡Ese hombre! Es muy sencillo;
-quien ha olvidado á Gilberto no reconoce á Joshua.
-
- (_Se dirige hacia la puerta del calabozo de Fabiani, y prepárase á
- abrir._)
-
-JUANA.--¿Qué hacéis ahí?
-
-JOSHUA.--Me anticipo á vuestros deseos, señora; abro esta puerta.
-
-JUANA.--¿Quién está ahí?
-
-JOSHUA.--Es la puerta del calabozo de milord Fabiani.
-
-JUANA.--¿Y esa?
-
-JOSHUA.--Es la del calabozo de otro.
-
-JUANA.--¿De quién?
-
-JOSHUA.--De otro condenado á muerte, de uno que sin duda no conocéis.
-Es un obrero llamado Gilberto.
-
-JUANA.--¡Abrid esa puerta!
-
-JOSHUA (_después de abrir la puerta_).--¡Gilberto!
-
-
-ESCENA VII
-
-JUANA, GILBERTO, JOSHUA
-
-GILBERTO (_en el interior del calabozo_).--¿Qué me quieren? (_Aparece
-en el umbral, ve á Juana, y apóyase vacilante contra la pared._)
-¡Juana!... ¡Juana Talbot!
-
-JUANA (_de rodillas, sin levantar la vista_).--¡Gilberto, vengo á
-salvaros!
-
-GILBERTO.--¡Á salvarme!
-
-JUANA.--Escuchad: compadeceos de mí, y no me agobiéis con vuestras
-quejas, pues sé todo lo que vais á decirme. Es preciso que yo os salve;
-todo está preparado, y la evasión es segura; dejadme hacer á mí lo que
-permitiríais á otra; sólo os pido esto; después, sea yo desconocida
-para vos; ya no sabréis quién soy; no me perdonéis; pero dejadme
-salvaros.
-
-GILBERTO.--¡Gracias! es inútil. ¿Para qué quiero salvar mi vida, Juana,
-si ya no me amáis?
-
-JUANA (_con alegría_).--¡Oh, Gilberto! ¿Os dignáis aún ocuparos de lo
-que siente el corazón de la pobre muchacha? ¿Es posible que el amor que
-pueda profesar á otro os interese hasta el punto de pareceros que vale
-la pena informaros sobre él? Yo creía que ya os era igual, y que me
-despreciabais demasiado para cuidaros de mí. ¿Si supiérais, Gilberto,
-qué impresión me producen las palabras que acabáis de dirigirme? ¡Es
-un rayo de sol inesperado en una noche oscura! Escuchad: si yo me
-atreviese aún á acercarme á vos, á tocar vuestra ropa, á estrecharos
-la mano; si osase levantar la vista para miraros, como en otro tiempo,
-¿sabéis lo que os diría, prosternada, llorando á vuestros pies, con
-sollozos en la boca y la alegría en el corazón? Os diría: ¡Gilberto, yo
-te amo!
-
-GILBERTO (_estrechándola entre sus brazos con arrebato_).--¡Tú me amas!
-
-JUANA.--¡Sí, te amo!
-
-GILBERTO.--¡Tú me amas! ¡Dios mío, será verdad! ¿Es ella la que me lo
-dice, es su boca la que habla?
-
-JUANA.--¡Gilberto mío!
-
-GILBERTO.--¿Dices que lo has preparado todo para mi evasión? ¡Pronto,
-pronto, la vida! ¡Quiero vivir, porque Juana me ama! Parece que esa
-bóveda se apoya en mi cabeza y me aplasta. ¡Necesito aire... aquí me
-muero; huyamos pronto, Juana! ¡Quiero vivir, porque soy amado!
-
-JUANA.--Aún no; es preciso tener un barco, y para ello se ha de esperar
-la noche; pero puedes estar tranquilo, porque te salvarás. Antes de
-una hora saldremos de aquí; la reina no volverá por lo pronto, y entre
-tanto yo soy quien manda. Más tarde te explicaré esto.
-
-GILBERTO.--¡Una hora de espera! ¡Qué larga me parecerá! Ya ansío
-recobrar la vida y la dicha. ¡Juana, Juana, yo viviré y tú me amarás;
-reiré y cantaré; detenme para que no cometa alguna locura!
-
-JUANA.--¡Sí, te amo, Gilberto, y esto es tan verdad como si te lo
-dijera en mi lecho de muerte; jamás amé sino á ti, ni aun cuando te
-faltaba, pues entonces te quería en el fondo de mi corazón! ¡Apenas
-caída en brazos del demonio que me ha perdido, he llorado á mi ángel!
-
-GILBERTO.--¡Olvidar, perdonar! No hables de eso, Juana. ¡Oh! ¿qué me
-importa á mí el pasado, ni quién resiste á tu acento? ¡Sí, todo te lo
-perdono, niña adorada! Los celos y la desesperación han abrasado las
-lágrimas en mis ojos, pero te perdono y te doy gracias, porque para mí
-eres la única cosa que brilla en este mundo; cada una de tus palabras
-amortigua más mi dolor, y la alegría renace en mi alma. ¡Juana, levanta
-la cabeza y mírame!
-
-JUANA.--¡Siempre generoso, amado Gilberto!
-
-GILBERTO.--¡Oh! ya quisiera estar fuera, muy lejos de aquí, libre
-contigo. ¡Cuánto tarda en llegar la noche!... Juana, saldremos sin
-detenernos de Londres, y después, de Inglaterra: iremos á Venecia,
-porque los de mi oficio ganan allí mucho dinero... ¡Pero Dios mío,
-estoy loco... olvidaba el nombre que llevas! ¡Es demasiado noble, Juana!
-
-JUANA.--¿Qué quieres decir?
-
-GILBERTO.--Eres hija de lord Talbot.
-
-JUANA.--Conozco otro nombre más hermoso.
-
-GILBERTO.--¿Cuál?
-
-JUANA.--Esposa del obrero Gilberto.
-
-GILBERTO.--¡Juana!...
-
-JUANA.--¡Oh! no creas que yo te pido esto, porque sé muy bien que
-soy indigna de ti, y no me atreveré á levantar mi vista tan alta, ni
-abusaré del perdón hasta ese punto. El pobre cincelador Gilberto no se
-unirá desventajosamente con la Condesa de Waterford; no, yo te seguiré
-y te amaré, sin abandonarte jamás; durante el día me echaré á tus
-pies, y por la noche á tu puerta; veré cómo trabajas, te ayudaré y te
-daré cuanto necesites. Quiero ser para ti, algo menos que una hermana
-y algo más que un perro fiel; y si te casas, Gilberto, pues Dios
-permitirá que acabes por encontrar una mujer pura y sin mancha, digna
-de ti, entonces, si ella es buena, y si quiere, seré la sirvienta de
-tu esposa; si no le place, iré á morir donde pueda. Sólo en este caso
-me separaré de ti. Si no te casas, permaneceré á tu lado, mostrándome
-siempre afable y resignada; y si se piensa mal porque viva contigo,
-nada me importa. Ya no tengo de qué ruborizarme; soy una pobre joven
-abandonada.
-
-GILBERTO (_cayendo á sus pies_).--¡Eres un ángel; eres mi esposa!
-
-JUANA.--¡Tu esposa! ¿Perdonas solo como Dios, purificando? ¡Ah!
-¡bendito seas, Gilberto, por ceñirme con esa corona la frente!
-
- (_Gilberto se levanta y la estrecha en sus brazos; mientras que se
- hallan en esta actitud, Joshua coge de la mano á Juana._)
-
-JOSHUA.--Es Joshua, señora Juana.
-
-GILBERTO.--¡Mi buen Joshua!
-
-JOSHUA.--Antes no me habíais reconocido.
-
-JUANA.--¡Ah! es que debí haber comenzado por él.
-
- (_Joshua le besa la mano._)
-
-GILBERTO (_estrechándole en sus brazos_).--¡Qué felicidad! ¿Puede ser
-cierta tanta dicha?
-
- (_Desde hace algunos instantes se oye fuera un ruido lejano, gritos
- confusos y tumulto: el día comienza á declinar._)
-
-JOSHUA.--¿Qué ruido es ese?
-
- (_Se acerca á la ventana que da á la calle._)
-
-JUANA.--¡Dios mío! con tal que no suceda nada...
-
-JOSHUA.--La multitud se agolpa en la calle; se ven picas y hachas; los
-pensionarios de la Reina están á caballo y en orden de batalla; todos
-vienen por aquí... ¡Qué gritos! ¡Ah diablo! diríase que es un motín
-popular.
-
-JUANA.--¡Con tal que no sea contra Gilberto!
-
-GRITOS LEJANOS.--¡Muera Fabiani!
-
-JUANA.--¿Oís?
-
-JOSHUA.--Sí.
-
-JUANA.--¿Qué dicen?
-
-JOSHUA.--No lo entiendo bien.
-
-JUANA.--¡Dios mío! ¿qué será?
-
- (_Entran precipitadamente por la puerta secreta maese Eneas y un
- barquero._)
-
-
-ESCENA VIII
-
-Los mismos, MAESE ENEAS, un barquero
-
-MAESE ENEAS.--¡Milord Fabiani, no hay que perder un instante! Se ha
-sabido que la Reina quería salvaros, y el pueblo de Londres se ha
-sublevado contra vos; dentro de un cuarto de hora os habrían hecho
-pedazos. Salvaos, Milord; he aquí una capa y un sombrero; tomad las
-llaves; ese hombre conducirá la barca, y tened presente que á mí es á
-quien debéis todo esto. Daos prisa. (_En voz baja al barquero._) No te
-apresures.
-
-JUANA.--(_Cubre la cabeza de Gilberto y le pone la capa._) (_En voz
-baja á Joshua._) ¡Cielos! con tal que ese hombre no reconozca...
-
-MAESE ENEAS (_mirando á Gilberto con fijeza_).--¡Cómo! ¡ese no es lord
-Clanbrassil! No ejecutáis las órdenes de la Reina, señorita; facilitáis
-la fuga de otro.
-
-JUANA.--¡Todo se ha perdido!... ¡Debí preverlo! ¡Por Dios, amigo mío,
-tened compasión; ya sé que es verdad!...
-
-MAESE ENEAS (_en voz baja á Juana_).--¡Silencio! Haced lo que deseáis;
-yo no he dicho nada ni visto nada.
-
- (_Se retira al fondo del teatro con aire indiferente._)
-
-JUANA.--¿Qué dice?... ¡Ah! la Providencia está por nosotros. ¡Todo el
-mundo quiere salvar á Gilberto!
-
-JOSHUA.--No, señorita Juana, todo el mundo quiere perder á Fabiani.
-
- (_Durante esta escena redoblan fuera los gritos._)
-
-JUANA.--¡Apresurémonos, Gilberto! ¡Pronto, pronto!
-
-JOSHUA.--Dejadle salir solo.
-
-JUANA.--¡Abandonarle!
-
-JOSHUA.--Sólo por un instante: no debe ir una mujer en la barca si
-queréis que llegue á buen puerto, porque aún es de día y vais vestida
-de blanco. Una vez pasado el peligro, volveréis á veros. Venid conmigo
-por aquí, y dejadle salir por allá.
-
-JUANA.--Joshua tiene razón. ¿Dónde te encontraré, Gilberto?
-
-GILBERTO.--Debajo del primer arco del puente de Londres.
-
-JUANA.--¡Bien; véte pronto; el ruido redobla, y quisiera que ya
-estuvieses lejos!
-
-JOSHUA.--He aquí las llaves: se han de abrir doce puertas antes de
-llegar á la orilla del agua; de modo que tardaréis un cuarto de hora
-largo.
-
-JUANA.--¡Un cuarto de hora! ¡Doce puertas! ¡Esto es horrible!
-
-GILBERTO (_abrazándola_).--Adiós, Juana; algunos instantes más de
-separación y nos uniremos para toda la vida.
-
-JUANA.--¡Por toda la eternidad! (_Al barquero._) Buen hombre, os lo
-recomiendo.
-
-MAESE ENEAS (_en voz baja al barquero_).--Por si ocurre un accidente,
-no te apresures.
-
- (_Gilberto sale con el barquero._)
-
-JOSHUA.--¡Está salvado! Ahora, nosotros; es preciso cerrar ese
-calabozo. (_Cierra el calabozo de Gilberto._) Ya está hecho. Venid
-pronto por aquí.
-
- (_Sale con Juana por la otra puerta oculta._)
-
-MAESE ENEAS (_solo_).--Fabiani ha quedado en la ratonera. He ahí una
-jovencilla muy diestra, que maese Simón Renard hubiera pagado á peso de
-oro. Pero ¿cómo tomará esto la Reina? Con tal que no recaiga la culpa
-sobre mí...
-
- (_Entran lentamente por la galería Simón Renard y la Reina. El
- tumulto exterior ha ido en aumento; la noche acaba de cerrar; óyense
- gritos de muerte, el rumor de las oleadas de la multitud, crugido de
- armas, detonaciones y pisadas de caballos. Varios caballeros, daga en
- mano, acompañan á la Reina; entre ellos va el Heraldo de Inglaterra
- Clarence, llevando el estandarte real, y el Heraldo de la Orden de la
- Jarretera con la banda de la misma._)
-
-
-ESCENA IX
-
-LA REINA, SIMÓN RENARD, MAESE ENEAS, LORD CLINTON, los dos HERALDOS,
-Caballeros, pajes, etc.
-
-LA REINA (_en voz baja á Maese Eneas_).--¿Se ha evadido Fabiani?
-
-MAESE ENEAS.--Aún no.
-
-LA REINA.--¡Aún no!
-
- (_Le mira fijamente con expresión amenazadora._)
-
-MAESE ENEAS (_aparte_).--¡Diablo!
-
-GRITOS DEL PUEBLO (_fuera_).--¡Muera Fabiani!
-
-SIMÓN RENARD.--Es preciso que Vuestra Majestad tome un partido al
-punto, pues el pueblo quiere la muerte de ese hombre, y en todo Londres
-reina la mayor efervescencia; la Torre está bloqueada; el motín es
-formidable, y varios nobles han sido arrastrados en el puente. Los
-guardias de Vuestra Majestad se sostienen aún; mas no por eso habéis
-sido menos acosada de calle en calle, desde la casa Ayuntamiento hasta
-la Torre. Los partidarios de Isabel se han mezclado con el pueblo, y
-esto se comprende por la malignidad del motín. Lo veo todo muy oscuro.
-¿Qué ordena Vuestra Majestad?
-
-GRITOS DEL PUEBLO.--¡Fabiani! ¡Muera Fabiani!
-
- (_Van en aumento y acércanse cada vez más._)
-
-LA REINA.--¡Muera Fabiani! Señores, ¿oís ese pueblo que grita? Es
-preciso darle un hombre; el populacho quiere comer.
-
-SIMÓN RENARD.--¿Qué ordena Vuestra Majestad?
-
-LA REINA.--Señores, paréceme que todos tembláis alrededor de mí. ¡Por
-el cielo! ¿será necesario que una mujer os enseñe á ser caballeros?
-¡Á caballo, señores, á caballo! ¿Os intimida la canalla por ventura?
-¿Temerán las espadas á los palos?
-
-SIMÓN RENARD.--No permitáis que las cosas vayan más lejos, señora;
-ceded mientras sea tiempo; ahora podéis decir «la canalla»; de aquí á
-una hora diréis «el pueblo».
-
- (_Los gritos redoblan; el ruido se acerca._)
-
-LA REINA.--¡Dentro de una hora!
-
-SIMÓN RENARD (_se dirige á la galería y vuelve_).--Dentro de un cuarto
-de hora, señora. Han forzado ya el primer recinto de la Torre; un paso
-más y el pueblo estará dentro.
-
-EL PUEBLO.--¡Á la Torre, á la Torre! ¡Muera Fabiani, muera Fabiani!
-
-LA REINA.--¡Qué verdad es que el pueblo es una cosa horrible! ¡Fabiani!
-
-SIMÓN RENARD.--¿Queréis ver cómo le despedazan á vuestra vista en pocos
-momentos?
-
-LA REINA.--¡Verdaderamente es una infamia que ninguno de vosotros se
-mueva, señores! Pero ¡en nombre del cielo, defendedme!
-
-LORD CLINTON.--Á vos sí, señora; á Fabiani, no.
-
-LA REINA.--¡Dios mío, será forzoso confesarlo; pero no importa, tanto
-peor! Fabiano es inocente, Fabiano no ha cometido el crimen por el
-cual se le condena. Yo y el cincelador Gilberto lo hemos inventado
-y combinado. ¡Todo es pura comedia! ¿Osaríais desmentirme, señor
-embajador? ¿Y no le defenderéis ahora, señores, puesto que os digo que
-es inocente? ¡Por mi Dios, por mi corona y por el alma de mi madre,
-juro que es inocente del crimen de que se le acusa! ¡Defendedle, mi
-bravo Clinton; exterminad á estos como lo hicisteis con Tomás Wyat! Os
-juro que es falso que Fabiani haya querido asesinar á la reina.
-
-LORD CLINTON.--Á otra reina ha querido asesinar, que es la Inglaterra.
-
- (_Los gritos continúan fuera._)
-
-LA REINA.--¡El balcón, abrid el balcón! ¡Quiero probar yo misma al
-pueblo que no es culpable!
-
-SIMÓN RENARD.--¡Probad al pueblo que no es italiano!
-
-LA REINA.--¡Cuando pienso que un Simón Renard, una hechura del cardenal
-de Granvelle, es quien osa hablarme así! ¡Pues bien, abrid esa puerta,
-abrid el calabozo; Fabiano está ahí y quiero verle, quiero hablarle!
-
-SIMÓN RENARD.--¿Qué hacéis? Por su propio interés sería inútil dar á
-conocer á todo el mundo dónde se halla.
-
-EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!
-
-SIMÓN RENARD.--¿Oís lo que gritan?
-
-LA REINA.--¡Dios mío, Dios mío!
-
-SIMÓN RENARD.--Elegid, señora: (_Señala con una mano la puerta del
-calabozo._) Ó esa cabeza al pueblo, (_Señala con la otra mano la corona
-de la reina._) ó esa corona á la princesa Isabel.
-
-EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva Isabel!
-
- (_Una piedra rompe un vidrio junto á la Reina._)
-
-SIMÓN RENARD.--Vuestra Majestad se pierde sin salvarle; ya han forzado
-el segundo patio. ¿Qué dispone la reina?
-
-LA REINA.--Todos sois unos cobardes, y Clinton el primero. ¡Ah,
-Clinton, ya me acordaré de esto, amigo mío!
-
-SIMÓN RENARD.--¿Qué dispone la reina?
-
-LA REINA.--¡Oh, verme abandonada así, haberlo confesado todo y no poder
-conseguir nada! ¿Qué son, y para qué sirven esos caballeros? El pueblo
-es infame; yo quisiera hollarle bajo mis pies. ¿Hay, pues, casos en que
-la reina no es sino una mujer? ¡Todas me las pagaréis juntas, señores!
-
-SIMÓN RENARD.--¿Qué dispone la reina?
-
-LA REINA (_agobiada_).--Lo que vos queráis; haced lo que os plazca.
-¡Sois un asesino! (_Aparte._) ¡Oh Fabiani!
-
-SIMÓN RENARD.--¡Heraldos, á mí! Maese Eneas, abrid el balcón grande de
-la galería.
-
- (_El balcón del fondo se abre; Simón Renard se asoma, con un heraldo
- á la izquierda y otro á la derecha; se oye inmenso rumor._)
-
-EL PUEBLO.--¡Fabiani, Fabiani!
-
-SIMÓN RENARD (_en el balcón, de cara al pueblo_).--¡En nombre de la
-Reina!
-
-LOS HERALDOS.--¡En nombre de la Reina!
-
- (_Profundo silencio fuera._)
-
-SIMÓN RENARD.--¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la Reina! Hoy, esta
-misma noche, una hora después de la queda, Fabiano Fabiani, conde de
-Clanbrassil, cubierto con un velo negro desde la cabeza á los pies,
-amordazado con mordaza de hierro, con un hacha de cera amarilla de tres
-libras de peso en la mano, será conducido desde la Torre de Londres,
-por Charing-Cross, al Mercado Viejo de la Cité, para ser decapitado
-públicamente, en castigo de sus crímenes de alta traición, y por su
-conato de regicidio en la sagrada persona de Su Majestad.
-
- (_Óyense fuera ruidosos aplausos._)
-
-[Ilustración: SIMÓN RENARD.--_¡Plebeyos, escuchad la voluntad de la
-Reina!_]
-
-EL PUEBLO.--¡Viva la Reina! ¡Muera Fabiani!
-
-SIMÓN RENARD (_continuando_).--Y para que nadie lo ignore en esta
-ciudad, oíd lo que la Reina ordena: durante todo el trayecto que el
-condenado debe recorrer desde la Torre de Londres al lugar de la
-ejecución, se hará tocar la gran campana de la Torre, disparándose tres
-cañonazos, el primero cuando el reo suba al cadalso, el segundo cuando
-se arrodille sobre el paño negro, y el tercero cuando caiga su cabeza.
-
- (_Aplausos._)
-
-EL PUEBLO.--¡Luces, luces!
-
-SIMÓN RENARD.--Esta noche, la Torre y la Cité de Londres se iluminarán
-con hogueras y hachas en señal de regocijo. He dicho. (_Aplausos._)
-¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!
-
-LOS DOS HERALDOS.--¡Dios guarde la antigua Carta de Inglaterra!
-
-EL PUEBLO.--¡Muera Fabiani! ¡Viva María! ¡Viva la Reina!
-
- (_Ciérrase el balcón; Simón Renard se acerca á la Reina._)
-
-SIMÓN RENARD.--Jamás me perdonará la princesa Isabel lo que acabo de
-hacer ahora.
-
-LA REINA.--¡Ni tampoco la reina María!... ¡Dejadme ahora, caballero!
-
- (_Despide con un ademán á todos los presentes._)
-
-SIMÓN RENARD (_en voz baja á Maese Eneas_).--Cuidaos de la ejecución.
-
-MAESE ENEAS.--Confiad en mí.
-
- (_Simón Renard sale; en el momento en que maese Eneas se dispone á
- seguirle, la Reina corre hacia él, cógele por un brazo y le conduce
- vivamente al proscenio._)
-
-
-ESCENA X
-
-LA REINA, MAESE ENEAS
-
-GRITOS FUERA.--¡Muera Fabiani!
-
-LA REINA.--¿Cuál de las dos cabezas crees tú que vale más en este
-momento, la de Fabiani ó la tuya?
-
-MAESE ENEAS.--Señora...
-
-LA REINA.--¡Eres un traidor!
-
-MAESE ENEAS.--Señora... (_aparte_).--¡Diablo!
-
-LA REINA.--Pocas explicaciones. Juro por mi madre que si Fabiano muere,
-tú morirás también.
-
-MAESE ENEAS.--Pero, señora...
-
-LA REINA.--Salva á Fabiano y te salvarás; de lo contrario, has de morir.
-
-GRITOS.--¡Muera Fabiani!
-
-MAESE ENEAS.--¡Salvar á lord Clanbrassil! El pueblo está ahí... es
-imposible. ¿Por qué medio?...
-
-LA REINA.--Busca.
-
-MAESE ENEAS.--¿Cómo hacerlo, Dios mío?
-
-LA REINA.--Como si fuera para ti.
-
-MAESE ENEAS.--Pero, ved que el pueblo permanecerá armado hasta después
-de la ejecución; para apaciguarle es preciso decapitar á uno ú otro.
-
-LA REINA.--Á quien tú quieras.
-
-MAESE ENEAS.--¿Á quien yo quiera? Esperad, señora... La ejecución se
-efectuará de noche, á la luz de las hachas, y el reo irá cubierto
-con un velo negro y amordazado; el pueblo debe mantenerse á cierta
-distancia, según costumbre, y basta que vea caer una cabeza. La cosa es
-posible... Con tal que el barquero esté todavía ahí... ya le dije que
-no se apresurase. (_Se dirige á la ventana que da al Támesis._) ¡Aún
-está ahí; pero ya era tiempo! (_Se inclina hacia fuera, con un hacha
-en la mano, agitando su pañuelo, y después se dirige á la reina._) Está
-bien; os respondo de milord Fabiani, señora.
-
-LA REINA.--¿Por tu cabeza?
-
-MAESE ENEAS.--Por mi cabeza.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PARTE SEGUNDA
-
-
-Una especie de sala, en la cual desembocan dos escaleras, una para
-subir y otra para bajar; la entrada de cada una ocupa parte del fondo
-del escenario; la primera se pierde en los frisos y la segunda en el
-foso: no se ve de dónde parten ni á dónde conducen.
-
-La sala está tendida de negro de una manera particular: la pared de la
-derecha, la de la izquierda y el techo, revestidos con un paño negro
-cortado por una cruz blanca; el que da frente al espectador es blanco
-con cruz negra; y uno y otro se prolongan hasta perderse de vista
-en las dos escaleras. Á derecha é izquierda hay un altar tendido de
-negro y blanco, como para unos funerales: grandes cirios, sin ningún
-sacerdote; de las bóvedas penden algunas lámparas funerarias, que
-alumbran débilmente la sala y las escaleras; lo que las ilumina en
-realidad es el paño blanco del fondo, á través del cual se distingue
-un resplandor rojizo, cual si hubiese detrás una inmensa hoguera.
-Las baldosas de la sala son tumulares. Al levantarse el telón se ve
-dibujarse en negro sobre el paño transparente la sombra inmóvil de la
-Reina.
-
-
-ESCENA I
-
-JUANA y JOSHUA entran con precaución, levantando una de las colgaduras
-negras, por una puertecilla disimulada
-
-JUANA.--¿Dónde estamos, Joshua?
-
-JOSHUA.--En el descanso de la escalera por donde bajan los condenados
-que van al suplicio.
-
-JUANA.--¿No hay medio de escapar de la Torre?
-
-JOSHUA.--El pueblo guarda todas las salidas; quiere estar seguro esta
-vez de que no se le escapará su condenado, y nadie podrá franquear las
-puertas antes de la ejecución.
-
-JUANA.--La arenga que se ha pronunciado desde ese balcón resuena aún en
-mis oídos. Todo esto es horrible, Joshua.
-
-JOSHUA.--¡Otras muchas escenas he visto como ésta!
-
-JUANA.--¡Con tal que Gilberto haya conseguido evadirse! ¿Le crees
-salvado, Joshua?
-
-JOSHUA.--Estoy seguro de ello.
-
-JUANA.--¿Bien seguro?
-
-JOSHUA.--La Torre no estaba guardada por la parte del río, y además,
-cuando debió salir, el motín no era lo que fué después. ¿Sabéis que es
-imponente?
-
-JUANA.--¿Estáis seguro de que se habrá salvado?
-
-JOSHUA.--Ahora os espera seguramente en el primer arco del puente de
-Londres, donde os reuniréis con él á media noche.
-
-JUANA.--¡Dios mío! ¡qué inquieto estará! (_Divisando la sombra de la
-Reina._) ¡Cielos! ¿Qué es eso, Joshua?
-
-JOSHUA (_en voz baja, cogiéndole la mano_).--¡Silencio!... Es la leona
-que acecha.
-
- (_Mientras que Juana contempla aquella silueta negra con terror,
- óyese una voz lejana que parece proceder de arriba, y la cual
- pronuncia distintamente estas palabras:_)
-
-VOZ.--El que me sigue, cubierto con un velo negro, es el muy alto
-y poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil, barón de
-Dinasmonddy, barón de Darmouth en Devonshire, que será decapitado en el
-mercado de Londres por crimen de regicidio y de alta traición. ¡Dios
-tenga misericordia de su alma!
-
-OTRA VOZ.--¡Rogad por él!
-
-JUANA (_temblando_).--¡Joshua! ¿Oís?
-
-JOSHUA.--Sí; yo oigo esas cosas todos los días.
-
- (_En lo alto de la escalera aparece un cortejo fúnebre que se
- desarrolla lentamente á medida que baja. Á la cabeza va un hombre
- vestido de negro, que lleva una bandera blanca con cruz negra; sigue
- maese Eneas Dulverton, revestido de manto negro, con su bastón de
- condestable en la mano; un grupo de soldados con partesanas y traje
- rojo, y el verdugo con su hacha al hombro y el filo vuelto hacia el
- que va detrás, que es un hombre cubierto completamente con un gran
- velo negro, cuyas puntas se arrastran bajo sus pies. De este hombre
- no se ve sino un brazo que pasa por una abertura del velo, empuñando
- la mano un blandón de cera amarilla. Á su lado va un sacerdote, y
- detrás otro grupo de soldados con partesanas, un hombre vestido
- de blanco, que lleva bandera negra con cruz blanca; y á derecha é
- izquierda dos filas de alabarderos, alumbrando con hachas._)
-
-JUANA.--¡Joshua! ¿No veis?
-
-JOSHUA.--Todos los días veo esas cosas.
-
- (_En el momento de desembocar en el escenario, el cortejo se
- detiene._)
-
-[Ilustración: JUANA.--_¡Joshua! ¿No veis?_]
-
-MAESE ENEAS.--El que va detrás de mí, cubierto con un velo negro, es
-el muy alto y muy poderoso señor Fabiano Fabiani, conde de Clanbrassil,
-barón de Dinasmonddy, barón de Darmouth, en Devonshire, que será
-decapitado en el mercado de Londres, por crimen de regicidio y alta
-traición. ¡Dios tenga misericordia de su alma!
-
-LOS DOS HERALDOS.--¡Rogad por él!
-
- (_El cortejo cruza lentamente por el fondo del teatro._)
-
-JUANA.--Lo que vemos es una cosa terrible. Joshua, esto me hiela la
-sangre.
-
-JOSHUA.--¡Ese miserable Fabiani!
-
-JUANA.--¡Paz, Joshua! Bien miserable, pero muy desgraciado.
-
- (_El cortejo llega á la otra escalera. Simón Renard, que desde
- hace algunos instantes se ha presentado en la entrada de aquella,
- observándolo todo, se aparta para dejar el paso libre; el cortejo
- penetra bajo la bóveda de la escalera, donde desaparece poco á poco.
- Juana le sigue con la vista, poseída de terror._)
-
-SIMÓN RENARD (_después de haber desaparecido el cortejo_).--¿Qué
-significa eso? ¿Es ese Fabiani? Yo le creía más bajo. ¿Será que maese
-Eneas?... Paréceme que la Reina ha hablado con él un momento... Veamos
-lo que hay.
-
- (_Desaparece en la escalera en pos del cortejo._)
-
-JOSHUA.--La campana grande anunciará muy pronto su salida de la Torre,
-y entonces será tal vez posible que escapéis; voy á buscar los medios;
-esperadme hasta que vuelva.
-
-JUANA.--¿Me dejáis sola, Joshua? ¡Dios mío, yo tengo miedo!
-
-JOSHUA.--No podríais recorrer toda la Torre conmigo sin riesgo, y es
-preciso que salgáis de ella. Pensad que Gilberto os espera.
-
-JUANA.--¡Gilberto, todo por Gilberto! ¡Id! (_Joshua sale._) ¡Oh! ¡qué
-espectáculo tan espantoso! ¡Cuando pienso que lo mismo habría sido
-para Gilberto! (_Se arrodilla al pie de uno de los altares._) ¡Oh!
-¡gracias; sois el Dios salvador! (_El paño del fondo se entreabre,
-apareciendo la Reina, que avanza lentamente hasta el proscenio, sin ver
-á Juana._) ¡Dios mío, la Reina!
-
-
-ESCENA II
-
-JUANA, LA REINA
-
- (_Juana se oprime contra el altar, y fija en la Reina una mirada de
- estupor y de espanto._)
-
-LA REINA (_permanece algunos instantes silenciosa en el proscenio, con
-la mirada fija, pálido el rostro, y como absorta en sombría meditación;
-al fin deja escapar un profundo suspiro_).--¡Oh, el pueblo! (_Pasea á
-su alrededor una inquieta mirada y ve á Juana._) ¿Quién está ahí? ¡Ah,
-eres tú, Juana! Te inspiro pavor sin duda... pero no temas nada. Ya
-sabrás que maese Eneas nos ha hecho traición. Te digo, niña, que no has
-de temer nada de mí, pues lo que te perdía hace un mes te salva hoy. Tú
-amas á Fabiano. Entre todas las mujeres, sólo nosotras dos tenemos el
-corazón así; ambas le amamos; somos hermanas.
-
-JUANA.--Señora...
-
-LA REINA.--Sí, tú y yo, dos mujeres solas tiene á su favor; todo lo
-demás se declara en contra suya; la ciudad entera, un pueblo en masa,
-todo el mundo. ¡Lucha desigual del amor contra el odio! Fabiano está
-triste, espantado, aturdido; tiene tu frente pálida, y mis ojos llenos
-de lágrimas; ocúltase junto á un altar fúnebre, y ora por tu boca,
-mientras que maldice por la mía. El odio contra Fabiani triunfa; armado
-y victorioso, manifiéstase por la corte, por el pueblo, por esas turbas
-de hombres que llenan las calles, profiriendo gritos de muerte y de
-alegría: soberbio y todopoderoso, ese odio ilumina toda una ciudad
-alrededor de un cadalso. ¡El amor está aquí, representado por dos
-mujeres vestidas de luto en una tumba; el odio está allí! (_Separa
-violentamente el paño blanco del fondo, que al desviarse deja ver un
-balcón, por el cual se divisa, en una noche oscura, toda la ciudad de
-Londres espléndidamente iluminada, como también lo está lo que se ve
-de la Torre. Juana fija una mirada de asombro en aquel espectáculo
-deslumbrador, cuya reverberación ilumina el escenario._) ¡Oh ciudad
-infame, rebelde y maldita; ciudad monstruosa que empapa su traje de
-fiesta en la sangre, y que alumbra con sus hachones al verdugo! Eso te
-infunde pavor ¿no es verdad, Juana? ¿No te parece, como á mí, que esa
-multitud se burla cobardemente de nosotras, y que nos mira con sus cien
-mil ojos de fuego, á nosotras, débiles mujeres abandonadas, perdidas y
-solas en este sepulcro? ¿No la oyes, Juana, reirse y gritar? ¡Oh, daría
-la Inglaterra á quien pudiese destruir á Londres! ¡Cuánto daría por
-trocar esas luces en llamas, y esa ciudad iluminada en un mar de fuego!
-
- (_Se oye fuera inmenso rumor, seguido de aplausos y gritos confusos
- que dicen: ¡Ya viene, ya viene; muera Fabiani!--La gran campana de
- la Torre de Londres produce fúnebres tañidos. Al oir este rumor, la
- Reina profiere una carcajada terrible._)
-
-JUANA.--¡Gran Dios, ya sale ese infeliz!... ¿Os reís, señora?
-
-LA REINA.--Sí, me río; y tú vas á reirte también; pero antes será
-preciso bajar ese tapiz, pues siempre me parece que no estamos solas,
-y que esa espantosa ciudad nos ve y nos oye. (_Corre la cortina blanca
-y vuelve._) Ahora que ya ha salido, y que no hay peligro alguno, puedo
-decírtelo todo; pero riámonos las dos de ese execrable pueblo que bebe
-sangre. ¡Oh! ¡es delicioso, Juana! Tú tiemblas por Fabiani, pero puedes
-reirte conmigo y estar tranquila. El hombre que se llevan, el hombre
-que morirá, el que toman por Fabiano, no es él.
-
- (_Se ríe._)
-
-JUANA.--¡Que no es Fabiano!
-
-LA REINA.--¡No!
-
-JUANA.--¿Pues quién es?
-
-LA REINA.--Es el otro.
-
-JUANA.--¿Qué otro?
-
-LA REINA.--Ya le conoces, es aquel obrero, aquel hombre... Pero ¿qué
-importa?
-
-JUANA (_temblando_).--¿Gilberto?
-
-LA REINA.--Sí; ese es su nombre.
-
-JUANA.--¡Señora, oh, no puede ser! ¡Decidme que no es cierto! ¡Esto
-sería demasiado horrible! Gilberto huyó.
-
-LA REINA.--Sí, huía cuando le cogieron, y le han puesto en lugar de
-Fabiano, bajo el velo negro; es una ejecución nocturna y el pueblo no
-verá nada; no tengas cuidado.
-
-JUANA (_profiriendo un grito espantoso_).--¡Ah, señora, aquel que yo
-amo es Gilberto!
-
-LA REINA.--¿Qué dices? ¿has perdido la razón? ¿Me engañabas tú también?
-¡Ah! ¿Conque es á Gilberto á quien tú amas? ¡Pues bien, qué me importa!
-
-JUANA.--(_Desfallecida, á los pies de la Reina, solloza y se arrastra
-de rodillas, con las manos en actitud de súplica. La gran campana no
-ha dejado de tocar durante esta escena._) ¡Señora, por compasión...
-en nombre del cielo! ¡Por vuestra corona, por vuestra madre y por los
-ángeles! ¡Gilberto, Gilberto, salvadle, señora, porque ese hombre es
-mi vida, es mi esposo; y todo se lo debo á él desde la cuna! Señora;
-bien veis, sólo soy una pobre infeliz, y que no debéis mostraros severa
-conmigo. Lo que acabáis de decirme es para mí un golpe tan terrible,
-que apenas sé cómo me queda fuerza para hablar. Es preciso que mandéis
-suspender la ejecución al punto, aplazándola hasta mañana, el tiempo
-necesario para que se reconozca el error. Ese pueblo podrá esperar
-hasta mañana, y después veremos lo que se ha de hacer. No, no mováis
-la cabeza; no hay peligro para vuestro Fabiano; yo me pondré en su
-lugar. Oculta por el velo negro, nadie lo echará de ver por la noche;
-pero salvad á Gilberto. ¿Qué os importa que sea yo ó él, tanto más
-cuanto que deseo morir?... ¡Oh Dios mío!... ¡esa campana, esa espantosa
-campana... cada uno de sus tañidos es un paso más hacia el cadalso, y
-parece que me hieren el corazón! Haced lo que os pido, señora, pues no
-hay peligro alguno para vuestro Fabiani. Yo os amo, señora, aunque no
-os lo había dicho, porque sois una gran reina; ved cómo beso vuestras
-hermosas manos. ¡Oh! dadme la orden para suspender la ejecución, pues
-aún es tiempo, porque van muy despacio y hay mucho camino desde la
-Torre al Mercado Viejo. El hombre del balcón me dijo que pasarían por
-Charing-Cross, y como hay un camino más corto, un mensajero llegaría á
-tiempo. ¡En nombre del cielo, señora, compadeceos! Suponed que yo soy
-la reina y vos la pobre joven; lloraríais como yo, y yo perdonaría.
-¡Hacedlo, señora! He temido que las lágrimas no me permitirían hablar.
-Suspended la ejecución, señora, que en eso no hay inconveniente, ni
-peligro para Fabiani. ¿No os parece, señora, que se debe hacer lo que
-yo digo?
-
-LA REINA (_enternecida y levantando á Juana_).--Bien lo quisiera,
-infeliz, porque tú lloras, como yo lloraba, y sientes lo que yo
-sentía; mis angustias me hacen compadecer las tuyas. ¡Mira, también
-yo lloro! Es una desgracia, pobre niña, pues me parece que hubieran
-podido tomar otro para víctima, como por ejemplo Tyrconnel; pero es
-demasiado conocido; se necesitaba un hombre oscuro, y no teníamos más
-que ese á mano. Te explico esto para que comprendas bien. ¡Dios mío,
-verdaderamente hay fatalidades que no se pueden evitar!
-
-JUANA.--Os escucho, señora; yo también tendría muchas cosas que
-deciros; pero antes quisiera la orden de suspender la ejecución, para
-que el mensajero la llevase. Hecho esto, podríamos hablar mejor. ¡Oh,
-esa campana, siempre esa campana!
-
-LA REINA.--Lo que tú quieres no es posible, Juana.
-
-JUANA.--Sí, es posible. Un mensajero montado puede llegar á tiempo por
-el muelle, y sino, iré yo. Esto es posible y fácil; ya veis que os
-hablo con dulzura.
-
-LA REINA.--Pero el pueblo rehusaría, y volviendo á la Torre, destruiría
-cuanto encontrase, dando muerte á Fabiano, que aún se halla aquí. Tú
-tiemblas, pobre niña, y yo también; á tu vez, ponte en mi lugar, y
-comprende que no puedo hacer más de lo que hago. ¡No pienses más en
-Gilberto, Juana, resígnate! ¡Todo ha concluído!
-
-JUANA.--¡No, mientras esa campana resuene, no habrá concluído!
-¡Resignarme á la muerte de Gilberto! ¿Creéis que le dejaré morir así?
-¡Ah! ya veo que no me escucháis. ¡Pues bien, si la Reina no me escucha,
-el pueblo me atenderá! El patio está ocupado todavía por una parte de
-él, y aunque después me cueste la vida, voy á gritar que se le engaña,
-y que aquel á quien conducen al patíbulo no es Fabiani, sino un obrero.
-
-LA REINA.--¡Detente, miserable! (_La coge de un brazo y mírala
-fijamente con aire amenazador._) ¡Ah, conque lo tomas así! ¡Soy buena,
-lloro contigo y te vuelves loca furiosa! ¡Ah! mi amor es tan grande
-como el tuyo, y mi mano más fuerte. No te moverás. ¿Qué me importa á mí
-tu amante? ¿Será cosa de que todas las jóvenes de Inglaterra vengan á
-pedirme cuenta de los suyos? Yo salvo al mío como puedo, y á costa de
-cualquiera. ¡Cuidad de los vuestros!
-
-JUANA.--¡Dejadme!... ¡Yo os maldigo, mujer indigna!
-
-LA REINA.--¡Silencio!
-
-JUANA.--No, no callaré. ¡Ah! me ocurre ahora la idea de que no es
-Gilberto quien va á morir.
-
-LA REINA.--¿Qué dices?
-
-JUANA.--No lo sé; pero le he visto pasar con el velo negro, y paréceme
-que si hubiera sido Gilberto habría sentido algo en el corazón; creo
-que este me hubiera gritado: ¡ese es Gilberto! pero no ha sido así.
-
-LA REINA.--¡Dios mío! eso que dices no deja de ser un absurdo, y sin
-embargo, me espanta, porque has despertado una de las más secretas
-inquietudes de mi corazón. Ese motín me ha impedido vigilarlo todo por
-mí misma. ¿Por qué habré confiado á otros la salvación de Fabiano?
-Maese Eneas es un traidor, y tal vez andaba allí cerca Simón Renard.
-¡Dios quiera que no me hayan hecho una segunda traición los enemigos de
-Fabiano! ¡Venga aquí alguno, pronto! (_Preséntanse dos carceleros._)
-(_Al primero._) ¡Corred, y decid que se suspenda la ejecución: he aquí
-mi anillo real! Se ha de ir al Mercado Viejo... ¿No dices que hay un
-camino más corto, Juana?
-
-JUANA.--Por el muelle.
-
-LA REINA (_al carcelero_).--Por el muelle. ¡Toma un caballo, y á
-escape! (_El carcelero sale._) (_Al segundo carcelero._) Corred
-á la torre de Eduardo el Confesor; allí hay dos calabozos de los
-condenados á muerte, y en uno de ellos, un hombre. Conducidle aquí
-al punto. (_Sale el carcelero._) ¡Ah, tiemblo de pies á cabeza, y no
-tendría fuerza para ir yo misma! ¡Ah! ¡miserable mujer, me haces tan
-desgraciada como tú, y te maldigo á mi vez! ¡Dios mío! ¿tendrá el
-hombre tiempo de llegar? ¡Qué ansiedad tan horrible! Ya no veo nada;
-todo se perturba en mi espíritu... ¿Por quién tocará esa campana? ¿Será
-por Gilberto ó por Fabiani?
-
-JUANA.--La campana ha dejado de tocar.
-
-LA REINA.--Porque el cortejo estará en el sitio de la ejecución; el
-hombre no habrá tenido tiempo de llegar.
-
- (_Óyese un cañonazo lejano._)
-
-JUANA.--¡Cielos!
-
-LA REINA.--Ahora sube al patíbulo. (_Segundo cañonazo._) Se arrodilla.
-
-JUANA.--¡Esto es horrible!
-
- (_Tercer cañonazo._)
-
-LAS DOS.--¡Ah!...
-
-LA REINA.--¡Ya no hay más que uno vivo! Dentro de un instante sabremos
-cuál. ¡Dios mío, permitid que sea Fabiano el que vuelva!
-
-JUANA.--¡Dios mío, haced que sea Gilberto! (_Se corre la cortina del
-fondo, y Simón Renard aparece, conduciendo á Gilberto de la mano._)
-¡Gilberto!
-
- (_Se precipita en sus brazos._)
-
-LA REINA.--¿Y Fabiano?
-
-SIMÓN RENARD.--Muerto.
-
-LA REINA.--¡Muerto! ¿Quién ha osado?...
-
-SIMÓN RENARD.--Yo; he salvado á la reina y á Inglaterra.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-LA ESMERALDA
-
-Libreto de ópera en 4 actos con un prefacio del autor
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PREFACIO
-
-
-Por si acaso alguno recordase una novela al escuchar una ópera, el
-autor cree de su deber anunciar al público que para introducir en la
-perspectiva particular de una escena lírica alguna cosa del drama
-que sirve de base al libro titulado _Nuestra Señora de París_, ha
-sido necesario modificar diversamente tan pronto la acción como los
-caracteres. El de Febo de Châteaupers, por ejemplo, es uno de aquellos
-que han debido alterarse, haciéndose necesario también otro desenlace.
-Por lo demás, aunque el autor se haya desviado lo menos posible, y sólo
-cuando la música lo exigía, de ciertas condiciones indispensables, á
-su modo de ver, en toda obra pequeña ó grande, no entiende ofrecer
-aquí á los lectores, ó mejor dicho á los oyentes, sino un bosquejo de
-ópera más ó menos bien dispuesto para que la obra musical se sobreponga
-felizmente, un _libreto_ puro y sencillo, cuya publicación se explica
-por un uso imperioso. En esto no puede ver más que una trama de
-aquellas que siempre ganarán ocultándose bajo ese rico y deslumbrador
-bordado que llaman la música.
-
-El autor supone, pues, si por casualidad se ocupan de este libreto, que
-un opúsculo tan especial no se podría juzgar en ningún caso de por sí,
-abstracción hecha de las necesidades musicales á que el poeta ha debido
-someterse, y que en la ópera tienen siempre derecho de prevalecer.
-Prescindiendo de todo lo demás, ruega con instancia al lector que no
-vea en estas líneas sino lo que contienen, es decir, su pensamiento
-personal en este libreto en particular, y no un desdén injusto y de
-mal género á esa especie de poemas en general, y al establecimiento
-magnífico en que se representan. El autor, que no es nada, recordaría,
-en caso necesario, á los que ocupan más alta posición, que nadie tiene
-derecho para despreciar, aunque fuese bajo el punto de vista literario,
-una escena como ésta. No olvidemos que, sin contar los poetas, este
-Real Teatro ha recibido en ciertas ocasiones ilustres visitantes.
-En 1671 se representó con toda la pompa de la escena lírica una
-tragedia-baile titulada «Psiquis», cuyo libreto era de dos autores: el
-uno se llamaba Poquelin de Molière y el otro Pedro Corneille.
-
- 14 Noviembre 1835.
-
-
-
-
-LA ESMERALDA
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO PRIMERO
-
-La escena representa la Corte de los Milagros. Es de noche. Una
-multitud de truhanes se entrega á ruidosas danzas. Mendigos y mendigas
-en actitudes diversas y propias del oficio. El rey de la Truhanería
-encima de un tonel. Fuegos, antorchas, hogueras. En el fondo y entre la
-sombra, casas de mísero aspecto.
-
-
-ESCENA I
-
-CLAUDIO FROLLO, CLOPIN, luego LA ESMERALDA, después
-CUASIMODO.--TRUHANES.
-
-CORO DE TRUHANES.--¡Viva Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los
-mendigos de París! ¡Trabajemos de noche cuando todos los gatos son
-pardos! ¡Bailemos! ¡Comamos! ¡Burlémonos de las lluvias de Abril y del
-ardiente sol de Julio!
-
-Aprendamos á olfatear la espada del arquero para huir de ella, y el
-saco de oro que lleva el viajero para hacerlo nuestro.
-
-Iremos á bailar con los espíritus, á la claridad de la luna. ¡Viva
-Clopin, rey de la Truhanería! ¡Vivan los mendigos de París!
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte detrás de un pilar; lleva una ancha capa que
-oculta sus hábitos sacerdotales_).--Los ayes de mi alma dolorida se
-pierden entre el tumulto de esta infame bacanal. ¡Cuánto sufro! Jamás
-lava tan ardiente como la que abrasa mi pecho ha circulado por la
-chimenea de un volcán.
-
- (_Entra Esmeralda bailando._)
-
-CORO.--¡Aquí está! ¡Aquí está Esmeralda!
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Es ella. ¡Sí! ¿Por qué cruel destino has
-hecho tan hermosa á esa criatura, á esa criatura tan desgraciada?
-
- (_Esmeralda llega hasta el centro del escenario. Los Truhanes forman
- corro en torno suyo y dan muestras de admiración mientras ella
- baila._)
-
-[Ilustración: CORO.--_¡Baila, muchacha, baila!_]
-
-LA ESMERALDA.--Soy la huérfana hija del dolor, que arroja flores en
-vuestro camino. Mi delirante alegría encubre muchos suspiros; os
-muestro mis sonrisas y oculto mis lágrimas. Bailo y canto como el
-pajarillo salta y trina á orillas de un arroyo. Soy palma herida que
-cae inerte á tierra. La noche de la tumba es el dosel de mi cuna.
-
-CORO.--¡Baila, muchacha, baila! Tú suavizas nuestro áspero carácter.
-Considéranos como tu familia y juega con nosotros como la golondrina
-juguetea con las olas del mar. Esta es la pobre niña, hija de la
-desgracia. Cuando centellea su mirada, desaparece el dolor. Todos nos
-reímos para oir su canto. Desde lejos, parece, por lo graciosa, la
-abeja que se columpia en el cáliz de una flor.
-
-¡Baila, muchacha! Tú suavizas nuestro carácter. Considéranos como tu
-familia y juega con nosotros.
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Tiembla, muchacha! Los celos me devoran.
-
- (_Trata de aproximarse á Esmeralda, que se aparta de él casi
- con espanto. Entra la procesión del papa de los locos, llevando
- antorchas, linternas y músicas. En medio del cortejo va Cuasimodo
- sobre unas angarillas rodeado de luces y con la cabeza cubierta por
- una mitra._)
-
-CORO.--Saludad.
-
-¡Saludad todos! Aquí tenéis al papa de los locos.
-
-CLAUDIO FROLLO (_que al ver á Cuasimodo, se dirige hacia él con ademán
-colérico_).--¡Cuasimodo! ¿Qué significa esta indigna mascarada? ¡Oh
-profanación! ¡Aquí, Cuasimodo, aquí!
-
-CUASIMODO.--¡Dios mío! ¡Qué oigo!
-
-CLAUDIO FROLLO.--Que vengas aquí he dicho.
-
-CUASIMODO (_bajando de las angarillas_).--Aquí estoy.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Sé anatema!
-
-CUASIMODO.--¡Gran Dios! Es él.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Qué audacia!
-
-CUASIMODO.--¡Horrible situación!
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡De rodillas, traidor!
-
-CUASIMODO.--¡Perdón, señor!
-
-CLAUDIO FROLLO.--El amo acaso podrá perdonarte; el sacerdote no.
-
-CUASIMODO.--¡Perdón! ¡perdón!
-
- (_Claudio Frollo arranca á Cuasimodo los burlescos ornamentos
- pontificales de que va revestido y los pisotea. Los Truhanes, á
- quienes dirige miradas de cólera Claudio, comienzan á murmurar y
- forman en torno de éste varios grupos en actitud amenazadora._)
-
-CORO.--¡Compañeros! Se atreve á amenazarnos en nuestra misma casa.
-
-CUASIMODO.--¿Qué pretenden esos audaces ladrones? Amenazan á mi amo;
-pero ya veremos quién lleva el gato al agua.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Raza impura de judíos y ladrones! ¡Os atrevéis á
-amenazarme! ¡Pues ya veremos!
-
- (_La cólera de los Truhanes estalla._)
-
-CORO.--¡Basta, basta! ¡Muera el que turba nuestra fiesta! ¡Que pague
-con la cabeza su atrevimiento! ¡Su resistencia será inútil!
-
-CUASIMODO.--¡Deteneos! ¡No le toquéis, ó va á convertirse la fiesta en
-sangriento combate!
-
-CLAUDIO FROLLO.--Estoy intranquilo, pero no es por el peligro que puede
-correr mi cabeza. (_Poniéndose la mano sobre el pecho._) ¡Aquí es donde
-se libra un verdadero combate! ¡Aquí está la tempestad!
-
- (_En el momento de llegar al colmo el furor de los Truhanes, aparece
- en el fondo Clopin Trouillefou._)
-
-CLOPIN.--¿Quién se atreve á atacar en esta infame madriguera, á mi
-señor el Arcediano y á Cuasimodo, el campanero de Nuestra Señora?
-
-LOS TRUHANES (_conteniéndose_).--¡Es Clopin! ¡Es nuestro rey!
-
-CLOPIN.--¡Retiraos, miserables!
-
-LOS TRUHANES.--¡Fuerza es obedecer!
-
-CLOPIN.--Dejadnos.
-
- (_Los Truhanes se retiran. La Corte de los Milagros queda desierta.
- Clopin se aproxima misteriosamente á Claudio._)
-
-
-ESCENA II
-
-CLAUDIO FROLLO, CUASIMODO, CLOPIN TROUILLEFOU
-
-CLOPIN.--¿Qué motivo os ha impulsado á venir á esta orgía? ¿Tenéis
-alguna orden que darme? Sois mi maestro de magia y podéis hablar con
-libertad; estoy dispuesto á obedeceros en todo.
-
-CLAUDIO FROLLO (_cogiendo vivamente por un brazo á Clopin y llevándole
-hacia el proscenio_).--Vengo á concluir. Oye.
-
-CLOPIN.--Ya escucho.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡La amo más que nunca! Por eso muero devorado por la
-pasión y el pesar. Es preciso que sea mía esta misma noche.
-
-CLOPIN.--Este es el camino de su casa y por aquí pasará dentro de un
-instante.
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Oh! ¡El infierno triunfa! (_En voz alta._)
-¿Dices que pasará pronto?
-
-CLOPIN.--Inmediatamente.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Sola?
-
-CLOPIN.--Sola.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Está bien.
-
-CLOPIN.--¿Pensáis esperarla?
-
-CLAUDIO FROLLO.--Sí; estoy resuelto á que sea mía ó á morir.
-
-CLOPIN.--¿Puedo ayudaros?
-
-CLAUDIO FROLLO.--No. (_Entrega su bolsa á Clopin y le hace seña de que
-se vaya. Quédase solo con Cuasimodo á quien lleva hacia el proscenio._)
-Ven. Necesito de ti.
-
-CUASIMODO.--Mandad.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Se trata de una cosa impía, horrible, abominable.
-
-CUASIMODO.--Sois mi amo y estoy dispuesto á obedecer.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Arriesgamos la libertad, la vida, todo...
-
-CUASIMODO.--Á todo estoy resuelto.
-
-CLAUDIO FROLLO (_con impetuosidad_).--¡Quiero apoderarme de la gitana!
-
-CUASIMODO.--Podéis disponer de mi sangre, sin decirme el porqué.
-
- (_Á una seña de Claudio Frollo se retira hacia el fondo, dejando solo
- á su amo en el proscenio._)
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Oh cielos! ¡Haber sepultado mi inteligencia en los
-abismos del mal! ¡Haber ensayado todos los criminales artificios de la
-magia! ¡Haber caído en profundidades más hondas que el mismo infierno!
-¡Ser sacerdote! ¡Espiar en las tinieblas de la noche á una mujer! ¡Y
-pensar que cuando mi alma se halla en semejante situación, está Dios
-mirándome desde el Empíreo!...
-
-Pero ¡bah! no importa. El destino fatal me empuja con tan ruda mano,
-que no puedo detenerme en la pendiente. Mi suerte se decide hoy. El
-sacerdote loco ya no tiene esperanza de salvarse, pero tampoco miedo á
-la condenación eterna.
-
-¡Demonio que me dominas y á quien evocan mis libros cabalísticos; si me
-concedes esa mujer, te entrego mi alma! ¡Cobija bajo tus malditas alas
-al sacerdote infiel! ¡El infierno, con ella, me parecerá un paraíso!
-
-¡Ven, mujer, ven! ¡Te espero! ¡Ya que Dios, cuya mirada penetra
-constantemente en nuestros corazones, ha tenido el capricho de que
-elija entre el cielo y el amor, quiero satisfacer éste enseguida!
-
-CUASIMODO (_adelantándose_).--Señor, se acerca el instante crítico.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Sí; el momento es solemne; va á decidirse mi suerte.
-Calla.
-
-CLAUDIO FROLLO Y CUASIMODO (_á dúo_).--La noche está oscura. Oigo
-pasos. ¿Quién vendrá?
-
-LA RONDA (_pasando por detrás de las casas_).--¡Paz y vigilancia!
-Tengamos el oído alerta y procuremos sondear con la mirada las
-tinieblas de la noche.
-
-CLAUDIO Y CUASIMODO (_á dúo_).--Alguien se adelanta en la oscuridad sin
-hacer ruido. Callemos. ¡Ah! Es la ronda nocturna.
-
- (_Se aleja la ronda._)
-
-CUASIMODO.--Ya se va la ronda.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Y con ella nuestro miedo.
-
- (_Claudio Frollo y Cuasimodo miran con ansiedad hacia la calle por
- donde ha de venir la Esmeralda._)
-
-CUASIMODO.--Consejos del amor recibe, y siente fortalecer su esperanza
-quien vela mientras todo duerme. ¡La oigo venir!... es ella... Niña
-divina; ven sin temor.
-
-CLAUDIO FROLLO.--La oigo venir; es ella... ¡Es mía!
-
- (_Sale la Esmeralda. Ambos se arrojan sobre ella y quieren
- llevársela; pero se resiste._)
-
-LA ESMERALDA.--¡Socorro! ¡Socorro! ¡Á mí!
-
-CLAUDIO FROLLO Y CUASIMODO.--¡Calla! ¡Calla!
-
-
-ESCENA III
-
-LA ESMERALDA, CUASIMODO, FEBO DE CHÂTEAUPERS, los arqueros de la ronda
-
-FEBO (_entrando á la cabeza de los arqueros_).--¡Alto, en nombre del
-rey!
-
- (_Claudio se escapa aprovechando el tumulto. Los arqueros se
- apoderan de Cuasimodo.--Febo á los arqueros, señalando al jorobado_:)
-
-¡Sujetadle y apretad firme, sea noble ó plebeyo! Llevémosle á las
-prisiones del Châtelet.
-
- (_Los arqueros conducen á Cuasimodo al fondo del escenario. La
- Esmeralda, repuesta del susto que ha recibido, se aproxima á Febo
- á quien mira con curiosidad y admiración, llevándole luego al
- proscenio._)
-
-
-DÚO
-
-LA ESMERALDA (_á Febo_).--Señor, ¿queréis decirme vuestro nombre?
-
-FEBO.--Me llamo Febo de Châteaupers.
-
-LA ESMERALDA.--¿Sois capitán?
-
-FEBO.--¡Sí, reina mía!
-
-LA ESMERALDA.--¡Oh! ¡Yo no soy reina!
-
-FEBO.--¡Cuánto candor y cuánta gracia!
-
-LA ESMERALDA.--¡Febo! Me gusta mucho vuestro nombre.
-
-FEBO.--Más me gusta á mí.
-
-LA ESMERALDA (_á Febo_).--Muchas veces, un apuesto capitán, un gallardo
-oficial de bizarro continente y corazón de acero, se apodera del
-corazón de una pobre muchacha y luego se ríe de su llanto.
-
-FEBO (_aparte_).--El amor de un militar apenas puede vivir un día. Todo
-soldado desea hallar flores sin espinas, placeres sin pesares, amor sin
-dolor. (_Á La Esmeralda._) ¿Sabes que tienes unos ojos encantadores?
-
-LA ESMERALDA.--Acaso valdría más no tenerlos en ciertas ocasiones, pues
-cuando se ve á un caballero como vos, luego se está pensando en él
-largo tiempo.
-
-FEBO (_aparte_).--La obligación del buen soldado es cortejar á todas
-las mujeres que halle en su camino.
-
-LA ESMERALDA (_colocándose delante del capitán y examinándole con
-admiración_).--Cuanto más os contemplo más os admiro. ¡Oh! ¡qué
-hermosa banda de seda con franjas de oro!
-
- (_Febo se quita la banda y se la entrega á Esmeralda._)
-
-FEBO.--¿Te gusta? Pues tuya es.
-
-LA ESMERALDA.--¡Qué preciosa!
-
- (_La Esmeralda toma la banda y se la pone._)
-
-FEBO.--¡Un momento!
-
- (_Se aproxima á la Esmeralda y trata de abrazarla. Ella retrocede._)
-
-LA ESMERALDA.--¡No, eso no!
-
-FEBO (_insistiendo_).--¡Déjate abrazar!
-
-LA ESMERALDA (_retrocediendo más_).--¡Nunca!
-
-FEBO (_riendo_).--¡Es chistoso esto de hallar una mujer tan hermosa y
-tan cruel al mismo tiempo! Quiero un beso de tus labios; ¿por qué me lo
-niegas?
-
-LA ESMERALDA.--Porque debo negarlo. ¿Quién sabe las consecuencias que
-puede traer un beso?
-
-FEBO.--Pues si no me le das, voy á tomarlo yo.
-
-LA ESMERALDA.--No, dejadme: no hablemos de eso.
-
-FEBO.--¡Un solo beso no es nada!
-
-LA ESMERALDA.--Nada para vos; pero todo para mí.
-
-FEBO.--Mírame y te convencerás de cuánto te amo.
-
-LA ESMERALDA.--¡Si apenas me atrevo á mirarme á mí misma!
-
-FEBO.--El amor quiere entrar en tu corazón esta noche.
-
-LA ESMERALDA.--Esta noche el amor y mañana la desgracia.
-
- (_Se escapa de los brazos de Febo y huye. Febo, contrariado, se
- vuelve hacia Cuasimodo á quien tienen atado los guardias en el fondo
- del teatro._)
-
-FEBO.--¡Se resiste y huye! ¡Valiente aventura! De dos pájaros nocturnos
-que tenía, el ruiseñor se me escapa y me queda el mochuelo.
-
- (_Se pone á la cabeza de la tropa y sale llevándose á Cuasimodo._)
-
-CORO DE LA RONDA.--Paz y vigilancia. Tengamos el oído alerta y
-procuremos sondear con las miradas las tinieblas de la noche.
-
- (_Se alejan poco á poco y desaparecen._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO II
-
-La plaza de Grève. La picota y en ella Cuasimodo. El pueblo llena la
-plaza.
-
-
-ESCENA I
-
-CORO.--¿Conque robaba á una joven?
-
---¡Es posible!
-
---Mirad cómo le zurran en este momento.
-
---¿Oís, comadre? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en las tierras de
-Cupido.
-
-UNA MUJER DEL PUEBLO.--Pasará por mi calle cuando vuelva de la
-picota... Pero silencio, el pregonero va á hablar.
-
-PREGONERO.--De orden del rey, que Dios guarde, el hombre á quien
-estáis viendo, permanecerá durante una hora en la picota, debidamente
-custodiado.
-
-CORO.--¡Muera, muera el jorobado, el sordo, el tuerto! ¡Muera ese
-Barrabás! ¡Parece que se atreve á mirarnos! ¡Muera el hechicero!
-¡Gesticula y se agita! ¡Él es quien hace ladrar á los perros por la
-calle!
-
---Castigad severamente á ese bandido.
-
---¡Que se le dé doble número de azotes!
-
-CUASIMODO.--¡Por piedad! ¡Dadme agua!
-
-CORO.--¡Que le cuelguen!
-
-CUASIMODO.--Tengo sed.
-
-CORO.--¡Maldito seas!
-
- (_Esmeralda, que desde hace algunos momentos se ha mezclado en la
- multitud, observa con sorpresa y luego con piedad á Cuasimodo. De
- súbito, entre la gritería del pueblo, sube á la picota, saca de su
- cinturón una botellita y da de beber al jorobado._)
-
-CORO.--¿Qué haces, hermosa niña? Deja á Cuasimodo. Cuando Belcebú se
-abrasa, no le debes dar agua.
-
- (_La Esmeralda baja de la picota y los arqueros desatan y se llevan á
- Cuasimodo._)
-
-CORO.--Había querido secuestrar una joven.
-
---¿Quién, ese espantajo?
-
---Eso es horrible, infame.
-
---Eso es muy grave.
-
---¿Oís, comadres? Cuasimodo se ha atrevido á cazar en las tierras de
-Cupido.
-
-
-ESCENA II
-
-Sala lujosamente amueblada, donde se están haciendo los preparativos
-para una fiesta
-
-FEBO, FLOR DE LIS, LA SEÑORA ELOÍSA DE GONDELAURIER
-
-LA SEÑORA ELOÍSA.--Febo, futuro yerno mío, á quien tanto quiero, mandad
-y dirigid aquí ahora, como antes lo he hecho yo, procurando que esta
-noche se divierta todo el mundo. Y tú, hija mía, prepárate. Ya que
-serás la más hermosa de todas, debes ser también la más alegre.
-
- (_Se va hacia el fondo y da varias órdenes á los criados que están
- haciendo los preparativos._)
-
-FLOR DE LIS (_á Febo_).--Desde la semana pasada apenas os he visto
-dos veces, y sólo, gracias á esta fiesta, volvéis aquí. Esto es poco
-lisonjero.
-
-FEBO.--¡Por Dios! No me riñáis.
-
-FLOR DE LIS.--Si veo que me vais olvidando...
-
-FEBO.--Os juro...
-
-FLOR DE LIS.--Nada de jurar. Cuando se jura es porque se miente.
-
-FEBO.--¡Olvidaros! ¡Qué locura! ¿Acaso no sois vos la más hermosa de
-las mujeres y yo el hombre más amante de la belleza? (_Aparte._) ¡Qué
-irritada está hoy mi novia! Sin duda sospecha algo. ¡Ah! nada hay más
-fastidioso que los celos. Las mujeres deberían saber que los amantes á
-quienes se hostiga, se largan con viento fresco. Es más fácil atraer al
-hombre con la risa que con las lágrimas.
-
-FLOR DE LIS (_aparte_).--¡Hacer traición á su prometida! ¡Á mí, que no
-pienso más que en él! ¡Ay! ¡cuánto sufro con sus ausencias y cuánto
-padezco también al mirarle! Cuando le veo, menosprecia mi gozo; cuando
-no viene, desdeña mis lágrimas. (_Á Febo._) Febo, ¿qué habéis hecho de
-la banda que os bordé? ¿Cómo no la lleváis?
-
-FEBO.--¿La banda?... No sé... (_Aparte._) ¡Dios santo! ¡Qué compromiso!
-
-FLOR DE LIS.--Sin duda la habréis olvidado. (_Aparte._) ¿Quién será su
-dueña ahora? ¿Por quién me olvida?
-
-ELOÍSA (_dirigiéndose hacia ellos y en tono conciliador_).--¡Vaya,
-vaya! Ante todo casaos; luego tendréis tiempo de reñir.
-
-FEBO (_á Flor de Lis_).--No he olvidado vuestra banda. Si no la traigo
-es porque la conservo doblada cuidadosamente en un cofrecillo esmaltado
-que mandé hacer expresamente. (_Con pasión, á Flor de Lis, que todavía
-está irritada._) ¡Juro que os adoro más que si fuéseis la misma Venus!
-
-FLOR DE LIS.--No juréis. Ya sabéis mi opinión respecto al asunto.
-
-ELOÍSA.--¡Vaya, niños! Nada de cuestiones. Hoy todo el mundo debe estar
-alegre.
-
-Ven, hija mía; es preciso que hagamos los honores de la casa. Cada cosa
-á su tiempo. (_Á los criados._) Encended las luces y que se disponga
-todo para el baile. Quiero que por doquiera resplandezca la claridad, y
-que los convidados crean hallarse en pleno día.
-
-FEBO.--Estando Flor de Lis aquí, no puede faltar nada para el esplendor
-de la fiesta.
-
-FLOR DE LIS.--Sí, Febo; falta el amor.
-
- (_Vanse las dos mujeres._)
-
-FEBO (_mirando cómo se aleja Flor de Lis_).--Á decir verdad, aun
-estando á su lado no puedo hallarme satisfecho, porque la mujer á quien
-amo, y en la cual pienso todo el día, no está aquí.
-
-
-ARIA
-
-Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora, hermosa sombra que
-llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te apareces á
-todas horas.
-
-Como un nido destaca entre el ramaje, como una flor entre las malezas,
-como un bien entre los males, así destaca y brilla mi amada entre las
-demás mujeres. Humilde y altiva á un tiempo, pero altiva sólo para
-guardar su pureza, en medio de la libertad en que vive, sabe encubrir
-la voluptuosidad de su mirada con un casto velo de pudor.
-
-En la oscura noche parece un ángel, cuya frente oculta la sombra,
-mientras que en sus ojos resplandece el fuego. No me abandona un solo
-instante su imagen, unas veces luminosa, otras sombría; y ora se me
-represente como astro, ora como nube, siempre la veo en el cielo.
-
-Sólo á ti pertenece mi corazón, niña encantadora, hermosa sombra que
-llenas mi vida con tu recuerdo y que, ausente siempre, te apareces á
-todas horas.
-
- (_Entran en el salón multitud de señoras y caballeros, elegantemente
- vestidos._)
-
-
-ESCENA III
-
-El mismo, EL VIZCONDE DE GIF, EL SEÑOR DE MORLAIX, EL SEÑOR DE
-CHEVREUSE, LA SEÑORA DE GONDELAURIER, FLOR DE LIS, DIANA, BERENGUELA,
-señoras, caballeros
-
-EL VIZCONDE DE GIF.--¡Salud, nobles castellanos!
-
-ELOÍSA, FEBO Y FLOR DE LIS (_saludando)_.--¡Salud, nobles caballeros!
-Dios quiera que bajo este techo hospitalario olvidéis toda clase de
-cuidados y pesares.
-
-EL SEÑOR DE MORLAIX.--Señoras, os deseo salud, placer y dicha.
-
-ELOÍSA, FEBO Y FLOR DE LIS.--Que el cielo premie vuestros buenos
-deseos, nobles caballeros.
-
-EL SEÑOR DE CHEVREUSE.--Señoras, digo lo mismo que mi compañero.
-
-ELOÍSA, FEBO Y FLOR DE LIS.--Nuestra señora os recompense.
-
- (_Entran todos los convidados._)
-
-CORO.--Entremos todos á tomar parte en la fiesta, así las damas como
-los caballeros; por todas partes embalsamen el ambiente las flores
-que adornan las cabezas femeniles y en todos los corazones domine la
-alegría.
-
- (_Los convidados se aproximan y saludan. Entre ellos circulan varios
- criados llevando bandejas con flores y frutas. Á la derecha, junto á
- una ventana, se forma un grupo de muchachas. De pronto, una de ellas
- hace señales á las demás para que se inclinen sobre el alféizar y
- miren fuera._)
-
-
-BAILE
-
-DIANA (_mirando á la calle_).--Mira, mira, Berenguela.
-
-BERENGUELA (_obedeciendo_).--¡Qué viva es y qué ligera!
-
-DIANA.--¡Parece un hada ó la encarnación misma del Amor!
-
-EL VIZCONDE DE GIF (_riendo_).--¿Quién baila en la calle?
-
-EL SEÑOR DE CHEVREUSE (_después de mirar_).--Es la maga... Febo, es tu
-gitana, la que salvaste valerosamente de manos de un ladrón, la otra
-noche.
-
-EL VIZCONDE DE GIF.--Sí, sí, es la bohemia.
-
-EL SEÑOR DE MORLAIX.--Es hermosa como un sol.
-
-DIANA (_á Febo_).--Si la conocéis, decidla que venga á distraernos un
-rato con sus habilidades.
-
-FEBO (_mirando con aparente indiferencia_).--Puede ser que sea ella.
-(_Al señor de Gif._) ¿Pero creéis que se acordará...?
-
-FLOR DE LIS (_que ha estado escuchando_).--De vos se acuerda siempre
-todo el mundo. Llamadla; decidla que suba. (_Aparte._) Ahora veré si es
-cierto lo que se dice.
-
-FEBO (_á Flor de Lis_).--Ya que lo queréis, probemos.
-
- (_Hace señas para que suba Esmeralda._)
-
-LAS JÓVENES.--¡Ya viene!
-
-EL SEÑOR DE CHEVREUSE.--Acaba de trasponer el pórtico.
-
-DIANA.--Los que estaban admirándola se han quedado muy mustios.
-
-EL VIZCONDE DE GIF.--Señoras, vais á ver á esa deidad callejera.
-
-FLOR DE LIS (_aparte_).--¡Qué pronto ha obedecido á la señal de Febo!
-
-
-ESCENA IV
-
-Los mismos y LA ESMERALDA
-
- (_Entra la gitana tímida y confusa. Movimiento de admiración. Todo el
- mundo se aparta para dejarla paso._)
-
-CORO.--¡Mirad! Su hermosa faz resplandece entre todas, como brillaría
-un lucero rodeado de antorchas.
-
-FEBO.--¡Oh! ¡es mi hermosa! Amigos, Esmeralda es la reina de este
-baile; la corona de la belleza ciñe su frente. (_Volviéndose hacia los
-señores de Gif y de Chevreuse_). Amigos, mi corazón quiere saltarse del
-pecho. ¡Hada encantadora! Si pudiera libar el cáliz de la flor de tus
-amores, desafiaría gustoso los peligros de la guerra y hasta la misma
-desgracia.
-
-EL SEÑOR DE CHEVREUSE.--¡Es un rostro celestial! Parece uno de esos
-encantadores sueños que flotan en la oscuridad de la noche y llenan la
-sombra de claridad. Creeríase imposible que haya nacido en el abandono
-y se haya criado en la calle... ¿Quién habrá sido capaz de abandonar á
-la corriente de inmundo arroyo una flor tan hermosa?
-
-LA ESMERALDA (_con la vista fija en Febo_).--Es mi Febo, estoy segura
-de ello, pues su imagen se ha conservado grabada en mi corazón. Ya
-vista de seda, ya se cubra con la armadura, es siempre el mismo, todo
-belleza y gracia. Febo, mi cabeza arde; me abrasa la alegría y el
-dolor. Así como la tierra necesita el benéfico rocío, mi alma necesita
-el consuelo de las lágrimas.
-
-FLOR DE LIS.--¡Qué hermosa es! Ya estaba segura de ello. En verdad
-que debo estar muy celosa, si mis celos han de igualar á su belleza.
-Pero ¡quién sabe! Acaso estemos predestinadas ambas, por el implacable
-destino, á ver morir en flor todas nuestras ilusiones.
-
-ELOÍSA.--¡Qué criatura tan hermosa! ¡Mentira parece que una impura
-gitana reuna en sí tanto encanto y belleza tanta! Mas ¿quién es capaz
-de adivinar los caprichos de la suerte? Muchas veces una serpiente,
-para cazar á los pobres pajarillos, oculta su venenosa cabeza en el
-matorral que más cubierto se halla de flores.
-
-CORO GENERAL.--Las hermosas noches del estío no la aventajan en
-serenidad ni en hermosura.
-
-ELOÍSA (_á Esmeralda_).--Vamos, niña hechicera, ven y danos á conocer
-algún baile nuevo.
-
- (_Esmeralda se prepara á bailar y saca de su seno la banda que le
- había regalado Febo._)
-
-FLOR DE LIS.--¡Mi banda!... ¡Ah! Febo, me engañabas. Esta es mi rival...
-
- (_Flor de Lis arranca la banda de manos de Esmeralda y se desmaya.
- Los convidados se dirigen en actitud amenazadora hacia la gitana que
- se refugia junto á Febo._)
-
-CORO.--¿Conque es verdad que Febo la ama? ¡Infame! Sal de aquí. Parece
-mentira que te hayas atrevido á venir á desafiar nuestra cólera. Este
-es el colmo de la imprudencia. Vuelve á recorrer las calles para que
-la hez del pueblo se extasíe con tus bailes. Mujer de tan baja esfera
-que á tanta altura se atreve á mirar, merece ser arrojada de este sitio
-inmediatamente.
-
-LA ESMERALDA.--Defiéndeme tú, Febo mío, defiéndeme. La pobre gitanilla
-no confía en nadie más que en ti.
-
-FEBO.--Pues bien, sí, la amo; sólo á ella adoro y me constituyo en su
-defensor. Lucharé por ella, á quien pertenecen mi brazo y mi corazón.
-Si necesita que se la proteja, yo la ampararé. Las injurias que se la
-dirijan las tendré por hechas á mí, y considero su honor como el mío
-propio.
-
-CORO.--¡Cómo! ¡Es verdad que la ama!... ¡Fuera! ¡Fuera de aquí!... ¿Es
-posible que nos desafíe por una gitana?... ¡Vaya, callad ambos! El
-ardor que mostrais es incalificable. (_Á Febo._) Vos dais pruebas de
-excesiva insolencia. (_Á La Esmeralda._) Y tú de falta de pudor.
-
- (_Febo y algunos amigos suyos protegen á La Esmeralda, á quien
- amenazan los demás. La gitana se dirige con vacilante paso hacia la
- puerta. Cae el telón._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO III
-
-Puerta exterior de una taberna. Á la derecha el establecimiento.
-Árboles á la izquierda. En el fondo una pared baja, con puerta
-practicable, que circuye el huerto. Á lo lejos se ven las torres de
-Nuestra Señora y una vaga silueta del París antiguo que se destaca del
-horizonte rojizo de una puesta de sol, y cuya base lame el Sena.
-
-
-ESCENA I
-
-FEBO, EL VIZCONDE DE GIF, LOS SEÑORES DE MORLAIX y DE CHEVREUSE y otros
-muchos amigos de Febo, sentados alrededor de varias mesas bebiendo y
-cantando.--Luego CLAUDIO FROLLO.
-
-CORO.--Sea propicia y favorable Nuestra Señora á todos cuantos, en la
-tierra, no aborrecen más que el agua.
-
-FEBO.--Quiera ella conceder á los valientes en todas partes buen vino
-que beber y hermosos ojos que admirar. Con vino añejo y una mujer
-bonita, todos somos felices.
-
-CORO.--Sea propicia, etc.
-
-FEBO.--Sucede á veces que una hermosa de alma fría, se muestra esquiva;
-pero el amante comienza por bromear con la ingrata; luego canta y por
-último bebe.
-
-CORO.--Sea propicia, etc.
-
-FEBO.--Pasa el tiempo, y el amante desdeñado, esté sereno ó borracho,
-abraza á su querida y va á dormir sobre la misma boca de un cañón.
-
-CORO.--Sea propicia, etc.
-
-FEBO.--Y su alma, que con frecuencia tiene ensueños amorosos, está
-satisfecha cuando el viento agita la tienda de campaña.
-
-CORO.--Sea propicia y favorable Nuestra Señora á todos cuantos mortales
-no aborrecen más que el agua.
-
- (_Entra Claudio Frollo; va á sentarse junto á una mesa, lejos
- de Febo, y al principio parece indiferente á lo que pasa á su
- alrededor._)
-
-EL VIZCONDE DE GIF (_á Febo_).--¿Qué hay respecto á tu hermosa gitana?
-
- (_Movimiento de atención por parte de Claudio Frollo._)
-
-FEBO.--Estoy citado con ella para esta noche, dentro de una hora.
-
-TODOS.--¿De veras?
-
-FEBO.--Sí.
-
- (_Aumenta la agitación de Claudio Frollo._)
-
-EL VIZCONDE DE GIF.--¿Y dices que la cita es dentro de una hora?
-
-FEBO.--Casi podría decir: de aquí á un instante.
-
-
-ARIA
-
-¡Oh! El amor es la suprema dicha. Ser dos cuerpos y un alma; poseer
-á la mujer á quien se ama; ser á la vez esclavo y vencedor; sentirse
-dueño del corazón y de los encantos del objeto amado; tranquilizarse al
-sonido de su voz y secar con un beso las lágrimas de sus hermosos ojos:
-todo eso es el amor.
-
- (_Mientras él canta, los demás beben, chocando los vasos._)
-
-CORO.--En todo tiempo, la dicha suprema consiste en beber á la salud de
-la persona amada y en amar la bebida.
-
-FEBO.--Amigos míos, Esmeralda es la más linda de las mujeres, una
-verdadera perfección, y me pertenece.
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Protéjame el infierno. ¡Maldición sobre
-ella y sobre ti!
-
-FEBO.--El placer nos convida. No vacilemos en dar nuestra existencia
-por un momento de amor. ¿Qué importa morir después? Bien pueden darse
-cien años por una hora de goce, hasta la eternidad, por un solo día.
-
- (_Óyese el toque de queda. Los amigos de Febo se levantan de la
- mesa, se ciñen las espadas, se ponen las capas y los sombreros y se
- disponen á partir._)
-
-CORO.--Febo, llegó la hora: ese es el toque de la queda. Vé á buscar á
-tu hermosa y que el cielo te guíe.
-
-FEBO.--Sí, tenéis razón: ese es el toque de la queda. Voy á visitar á
-mi hermosa y que Dios me guíe.
-
- (_Salen los amigos de Febo._)
-
-
-ESCENA II
-
-CLAUDIO FROLLO, FEBO
-
-CLAUDIO FROLLO (_deteniendo á Febo en el momento de ir éste á
-salir_).--¡Capitán!
-
-FEBO.--¿Quién es este hombre?
-
-CLAUDIO FROLLO.--Oíd.
-
-FEBO.--Daos prisa.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Sabéis cómo se llama la mujer que os espera?
-
-FEBO.--¡Diablo! ¡Pues no faltaba más sino que no supiera cómo se llama
-mi amante! Es la graciosa bailarina Esmeralda.
-
-CLAUDIO FROLLO.--No se llama así: su nombre es la Muerte.
-
-FEBO.--Sólo dos cosas os contestaré. Primero: que estáis loco; y
-segundo, que os vayáis á paseo y me dejéis en paz.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Es preciso que me escuchéis.
-
-FEBO.--No me importa nada de cuanto tengáis que decirme.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Febo, si traspasáis el dintel de esa puerta...
-
-FEBO.--Sin duda estáis loco.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Sois hombre muerto.
-
-
-DÚO
-
-CLAUDIO FROLLO.--Tiembla, es una gitana, una de esas mujeres que no
-tienen ley ni conciencia. El amor sólo las sirve para encubrir su odio,
-y su cama es un lecho de muerte.
-
-FEBO (_riendo_).--¡Vaya! Disponeos para ir al hospital de los locos y
-que Júpiter, Esculapio y el Diablo os protejan.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Esas mujeres son siempre traidoras. Da crédito á la
-voz pública y ten presente que, si vas á ver á Esmeralda, morirás.
-
- (_La insistencia de Claudio Frollo parece hacer mella en el ánimo de
- Febo, que mira con ansiedad á su interlocutor._)
-
-FEBO.--Este hombre me inquieta; á pesar mío siento algún recelo... La
-verdad es que esta ciudad está llena de traidores...
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--Le asusto, y le hago sospechar á pesar
-suyo. Este imbécil no ve más que traidores en la ciudad. (_Á Febo._)
-Creedme, caballero, huíd de la sirena que os tiende un lazo. Más de una
-gitana ha satisfecho su odio á nuestra raza, clavando un puñal en el
-seno de su amante que palpitaba de amor.
-
- (_Febo, á quien quiere arrastrar consigo, se rehace y le rechaza._)
-
-FEBO.--Parece que yo estoy loco también. Cuando se ama, ¿qué importa
-que la persona amada sea mora, judía ó gitana? Dejadme en paz; ella
-está esperándome. Puede que tengáis razón; pero cuando la muerte es tan
-hermosa como ella, debe ser muy dulce morir.
-
-CLAUDIO FROLLO (_deteniéndole_).--Detente... Piensa que es una gitana.
-¿Estás loco hasta el punto de correr tú mismo á tu perdición?...
-Desconfía de la mujer infiel que te espera en la sombra. ¡Ah!... ¿No me
-haces caso? Pues bien, corre á la muerte.
-
- (_Febo sale con rapidez á pesar de los esfuerzos de Claudio Frollo.
- Éste permanece un momento como indeciso y luego sigue al capitán._)
-
-
-ESCENA III
-
-Sala. En el fondo una ventana que da al río.
-
-Entra CLOPIN TROUILLEFOU con una antorcha en la mano y seguido de
-varios hombres á quienes, luego de haberles hecho una señal de
-inteligencia, conduce hacia un sitio oscuro, por donde desaparecen.
-Entonces Clopin vuelve hacia la puerta y parece indicar á alguien que
-suba. Preséntase CLAUDIO FROLLO.
-
-CLOPIN (_á Claudio_).--Desde aquí podréis observar á la gitana y al
-capitán, sin ser visto de ellos.
-
- (_Le muestra un hueco del muro oculto por un tapiz._)
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Están ya en su sitio esos hombres?
-
-CLOPIN.--Sí.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Importa que todo esto no se descubra nunca. Aquí
-tienes esta bolsa; luego te daré otro tanto.
-
- (_Claudio Frollo entra en su escondite, Clopin sale con precaución y
- á poco aparecen La Esmeralda y Febo._)
-
-
-TERCETO
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Oh, mujer adorada! ¡Cuán cruel es tu
-destino! Has entrado aquí de fiesta y saldrás de luto.
-
-LA ESMERALDA (_á Febo_).--Mi señor conde, tengo el corazón lleno de
-vergüenza y de orgullo.
-
-FEBO (_á Esmeralda_).--¡Qué hermosa eres! Pero, mira, cuando se cierra
-esta puerta, se han de dejar fuera las penas.
-
- (_Febo hace sentar en un banco, á su lado, á la Esmeralda._)
-
-FEBO.--¿Me quieres?
-
-LA ESMERALDA.--Sí, mucho.
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--¡Qué horrible tormento!
-
-FEBO.--¡Oh, adorable mujer! ¡Cuán hermosa eres!
-
-LA ESMERALDA.--Sois muy adulador... Pero no os acerquéis tanto: estoy
-avergonzada...
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Se aman! ¡Qué envidia les tengo!
-
-LA ESMERALDA.--Febo, os debo la vida.
-
-FEBO.--Y yo á ti la felicidad.
-
-LA ESMERALDA.--Sed cuerdo... Animadme con una sonrisa... ¿No veis que
-vuestra mirada me fascina?
-
-FEBO.--Reina mía, mi sirena, belleza soberana, tus ojos sí que son
-deslumbradores.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Qué suplicio es estarles oyendo! ¡Qué amante es ella!
-¡Cuán seductor está él!... Reíd, sed felices, mientras yo abro vuestra
-tumba.
-
-FEBO.--Hada ó mujer, quiéreme mucho, pues mi alma sólo en ti piensa día
-y noche.
-
-LA ESMERALDA.--Soy mujer, y mi alma, abrasada de amor, suspira por ti
-noche y día.
-
-CLAUDIO FROLLO.--El fuego que me consume es mi tormento... Á pesar mío,
-admiro la belleza y el amoroso delirio de ambos.
-
-FEBO.--Seamos felices; deja que despierte en tu alma el amor, mientras
-el pudor duerme. Tu boca es un cielo: deja que mi alma éntre en él.
-¡Quisiera exhalar el último suspiro en un beso!
-
-LA ESMERALDA.--Tu voz resuena dulcemente en mis oídos; tu sonrisa es
-hechicera y embriagadora; el brillo de tus ojos me enloquece; tus
-deseos son mi suprema ley; pero comprendo que debo resistirme á ellos,
-pues mi virtud y mi felicidad morirían en ese beso.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Pasos de muerte, no lleguéis á sus oídos. Mi celoso
-odio vela sobre su amor que se adormece. La pálida y descarnada Parca
-va á interponerse entre ambos. Febo, en ese beso vas á exhalar tu
-último aliento.
-
- (_Claudio Frollo sale de su escondite, se arroja sobre Febo, le
- clava un puñal y, saltando por la ventana del fondo, desaparece.
- La Esmeralda da un grito y se echa sobre el cuerpo de Febo. Entran
- en tumulto los hombres que estaban escondidos y se apoderan de la
- gitana, á quien parecen acusar. Cae el telón._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO IV
-
-Calabozo con puerta en el fondo
-
-
-ESCENA I
-
-LA ESMERALDA sola, encadenada y echada sobre un montón de paja.--Luego
-CLAUDIO FROLLO.
-
-LA ESMERALDA.--¡Dios mío! ¡Febo en la tumba y yo en este abismo! Yo
-prisionera y él muerto... ¡Muerto, sí! ¡Yo misma le ví caer!... ¡Y se
-atreven á acusarme de semejante crimen! La implacable guadaña siega
-todavía tierno el tallo de nuestra existencia. Febo, al irse, me ha
-enseñado el camino. Ayer abrieron su fosa; mañana abrirán la mía.
-
-
-ROMANZA
-
-¿Será posible que no haya en la tierra poder alguno que proteja á los
-amantes? ¿No habrá filtros ni encantos para enjugar las lágrimas de los
-ojos que lloran y para abrir los que se han cerrado?
-
-¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el
-amor de mi corazón.
-
-Febo, abramos nuestras alas y marchemos á las eternas esferas donde el
-amor es inmortal. Así nuestros cuerpos estarán juntos en la tumba y
-nuestras almas unidas en el cielo.
-
-¡Oh, Dios! á quien continuamente invoco: quítame la vida ó arranca el
-amor de mi corazón.
-
- (_Se abre la puerta; entra Claudio Frollo con una lámpara en la mano
- y la capucha echada sobre el rostro, y va á colocarse, inmóvil,
- frente á la Esmeralda._)
-
-LA ESMERALDA (_sobresaltada_).--¿Quién sois?
-
-CLAUDIO FROLLO (_sin descubrirse_).--Un sacerdote.
-
-LA ESMERALDA.--¡Un sacerdote! ¿Y á qué venís?
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Estáis dispuesta?
-
-LA ESMERALDA.--¿Á qué?
-
-CLAUDIO FROLLO.--Á morir.
-
-LA ESMERALDA.--Sí.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Bien.
-
-LA ESMERALDA.--Y decid, padre, ¿será pronto?
-
-CLAUDIO FROLLO.--Mañana.
-
-LA ESMERALDA.--¿Y por qué no hoy?
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Cómo! ¡Tanto sufrís que así deseáis la muerte!
-
-LA ESMERALDA.--Sí; sufro mucho.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Pues yo, que no moriré mañana, acaso sufro más que
-vos.
-
-LA ESMERALDA.--¡Es posible! ¿Quién sois, pues?
-
-CLAUDIO FROLLO.--Un hombre de quien os separa una tumba.
-
-LA ESMERALDA.--¿Cuál es vuestro nombre?
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Deseáis saberlo?
-
-LA ESMERALDA.--Sí.
-
- (_Claudio Frollo se levanta la capucha._)
-
-LA ESMERALDA.--¡El sacerdote! ¡Dios mío, él es! ¡Esa es su frente de
-hielo, esos sus ojos, que brillan como carbunclos; es el mismo, el que
-me persigue sin tregua noche y día, el que ha dado muerte á mi Febo, á
-mi amor! ¡Monstruo, yo te maldigo en esta hora suprema! Pero ¿qué te he
-hecho? ¿Cuál es tu propósito? ¿Qué quieres de mí, vil asesino? ¿Es que
-me aborreces tanto que tratas de atraerme hasta el borde de la tumba?
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Es que te amo!
-
-¡Sí, te amo! Será infame mi amor, pero raya en locura; es mi alma y
-mi sangre. Sí, mírame á tus pies; te juro que prefiero tu tumba al
-paraíso. ¡Compadécete de mí!... ¡Yo muero y tú me maldices!
-
-LA ESMERALDA.--¡Me ama! ¡Qué horror! ¡Y estoy en poder de este demonio!
-
-CLAUDIO FROLLO.--En mí ya no vive más que mi pasión y mi dolor.
-
-¡Horrible desdicha! ¿Por qué extremas tu rigor? ¡Cuánto te amo! ¡Qué
-espantosa noche!
-
-LA ESMERALDA.--¡Oh instante supremo! ¡Tiembla, corazón mío! Ese
-miserable me ama. ¡Qué noche de horrores!
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte_).--La siento estremecerse entre mis brazos.
-¡Al fin ha llegado mi hora! Yo, que la he sepultado en las tinieblas,
-la conduciré á la luz del sol; pero la muerte que de mí viene en pos no
-la dejará sino para entregarla al amor.
-
-LA ESMERALDA.--¡Dejadme por piedad! Muerto Febo, también yo debo
-morir. Vuestro horrible amor me espanta, como al pájaro la mirada del
-buitre.
-
-CLAUDIO FROLLO.--No me rechaces; te amo y te conjuro á seguirme.
-¡Piedad para mí, y para ti misma! ¡Huyamos! La ocasión es propicia.
-
-LA ESMERALDA.--¡Vuestra proposición es una injuria!
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Prefieres morir?
-
-LA ESMERALDA.--Cuando el cuerpo muere, el alma queda libre.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Pero la muerte es horrible!
-
-LA ESMERALDA.--¡Sellad el impuro labio! Comparada con vuestro amor, la
-muerte es un bien.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Elige, elige entre la tumba ó mi amor!
-
- (_Claudio Frollo cae á los pies de la Esmeralda, y ésta le rechaza._)
-
-LA ESMERALDA.--¡Calla, infame asesino! Tu amor es una ofensa; prefiero
-la tumba. ¡Maldito seas entre los malditos!
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Tiembla! El cadalso te espera. Tú no sabes que en
-mi alma germinan proyectos de sangre y fuego, que Satanás aplaude
-en sus antros infernales. Pero no, yo te adoro; dame tu mano, y aún
-podrás vivir. ¡Oh noche de emociones y de remordimientos! ¡Para mí las
-lágrimas, para ti la muerte! Dime que me amas, y para ti brillará una
-nueva aurora. ¡Ah! puesto que en vano te imploro, puesto que tu odio no
-se aplaca ¡adiós! ¡Tras el día de mañana vendrá para ti la eterna noche!
-
-LA ESMERALDA.--¡Véte, yo te aborrezco, vil sacerdote! Todavía están
-manchadas tus manos con la sangre de tu víctima. ¡Oh noche de lágrimas
-y de angustias! Basta ya de llanto; quiero morir. Hasta en la prisión
-te resistiré, y en ella te maldigo. ¡Véte! tu crimen será tu castigo.
-Febo y yo nos reuniremos en el cielo, y tú bajarás á los negros abismos.
-
- (_Aparece un carcelero; Claudio Frollo le hace seña para que se lleve
- á la Esmeralda y sale._)
-
-
-ESCENA II
-
-El atrio de Nuestra Señora; se ve la fachada de la iglesia; óyese ruido
-de campanas
-
-CUASIMODO.--Amo todo cuanto hay aquí, excepto á mí mismo: el aire que
-circula y refresca mi frente; la fiel golondrina que anida en los
-carcomidos aleros, las capillas con sus cruces; las rosas que florecen,
-todo, en fin, lo que sonríe, menos yo, porque soy contrahecho y feo,
-aunque no tengo envidia de otros. Acepto la vida tal como es, pues sé
-que las penas y alegrías, las noches oscuras ó el cielo azul, todo
-puede conducirme á Dios. Mi cuerpo es feo, pero tengo el alma hermosa;
-soy un buen acero guardado en tosca vaina.
-
-¡Campanas grandes y pequeñas, tocad! Confundid vuestros penetrantes
-tañidos con vuestros sordos murmullos; cantad en las torrecillas y
-zumbad en las torres; que os oiga yo noche y día. Con vuestro auxilio
-las fiestas serán espléndidas; voltead rápidamente, agitando los aires,
-que al oiros la gente estúpida acudirá ansiosa, cruzando los puentes.
-¡Tocad sin tregua día y noche, que sin ruido no hay fiesta completa!
-(_Se vuelve hacia la fachada de la iglesia._) ¡Veo la capilla enlutada!
-¡Ay! ¿será que van á traer aquí á algún desgraciado? ¡Cielos, qué
-horrible presentimiento!... ¡No, no quiero creerlo! (_Entran Claudio
-Frollo y Clopin, sin ver á Cuasimodo._) Es mi amo... observemos. ¡Qué
-sombrío viene! (_Se oculta en un ángulo oscuro del pórtico._)--¡Oh,
-Santa Virgen, tomad mi vida, pero salvad mi alma!
-
-
-ESCENA III
-
-CUASIMODO (oculto), CLAUDIO FROLLO, CLOPIN
-
-CLAUDIO FROLLO.--¿Conque Febo está en Monforte?
-
-CLOPIN.--Sí, señor, y vive.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Con tal que no venga por aquí!
-
-CLOPIN.--¡Bah! no hay cuidado; está demasiado débil aún para emprender
-tan larga jornada; si viniese, su muerte sería segura, pues á cada paso
-que diera se le volvería á abrir la herida. Nada temáis por ahora.
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Ah, téngala por lo menos hoy en mi poder, para que
-por mí viva ó muera! ¡Infierno, sólo por este día te doy toda la
-eternidad! (_Á Clopin._) Pronto van á traer aquí á la gitana. Acuérdate
-de todo; tú has de estar en la plaza con los tuyos.
-
-CLOPIN.--Muy bien.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Permanecerás oculto en la sombra, y si yo grito: «Á
-mí,» acudirás al punto.
-
-CLOPIN.--Entendido.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Es preciso que haya bastante gente.
-
-CLOPIN.--Bueno. Conque si vos gritáis «Á mí»...
-
-CLAUDIO FROLLO.--Eso es.
-
-CLOPIN.--Corro hacia ella y la arrebato de manos de los soldados...
-
-CLAUDIO FROLLO.--Precisamente.
-
-CLOPIN.--Y os la entrego.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Sí. Tal vez conseguiré ablandar su corazón. Confúndete
-entre el gentío, y si logro mi objeto acudirás con los tuyos apenas
-haga la señal.
-
-CLOPIN.--Está bien, señor.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Permaneced siempre reunidos.
-
-CLOPIN.--Así se hará.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Llevad ocultas vuestras armas á fin de no excitar
-sospechas.
-
-CLOPIN.--Seréis obedecido.
-
-CLAUDIO FROLLO.--Pero si esa mujer comete la locura de no escuchar
-mi voz, llévesela el diablo. Mas no, creo que no será así, y cuento
-contigo para que me ayudes á realizar mi última esperanza.
-
-CLOPIN.--No temáis, contad conmigo, y no dudo que se conseguirá el
-objeto.
-
- (_Salen ambos con precaución. El pueblo comienza á llenar la plaza._)
-
-
-ESCENA IV
-
-EL PUEBLO, CUASIMODO, después LA ESMERALDA y su acompañamiento, CLAUDIO
-FROLLO, FEBO y CLOPIN. Sacerdotes, arqueros y ministros de justicia.
-
-CLOPIN.--Acudamos todos á Nuestra Señora para ver á la joven que hoy ha
-de morir, á la gitana que asesinó, según dicen, al capitán de arqueros
-más gallardo de todo el reino. ¡Parece mentira que una mujer tan
-hermosa sea tan cruel, y que su dulce mirada oculte un alma tan negra!
-¡Es horrible!
-
-¡Venid, corred todos á Nuestra Señora para ver á la joven que ha de
-morir esta tarde!
-
- (_Aumenta la multitud, óyense rumores y comienza la fúnebre comitiva
- á desembocar en la plaza. Hileras de penitentes negros, estandartes
- de la Misericordia, hachas, arqueros, gente de justicia y guardias.
- Los soldados apartan la multitud y aparece Esmeralda en camisa, con
- una cuerda al cuello, descalza y cubierta con un largo crespón negro.
- Á su lado va un fraile con un crucifijo; detrás, los verdugos y la
- escolta. Cuasimodo, apoyado en el estribo del pórtico, observa con
- atención. En el momento en que la gitana llega ante la iglesia, óyese
- en el interior de ésta un canto solemne y lejano: las puertas están
- cerradas._)
-
-CORO (_dentro de la iglesia_):
-
- _Omnes fluctus fluminis_
- _Transierunt super me_
- _In imo voraginis_
- _Ubi plorant animæ._
-
- (_El canto se acerca lentamente y resuena al fin junto á las puertas,
- que se abren de pronto, dejando ver el interior de la iglesia,
- ocupado por una larga procesión de sacerdotes, precedidos de
- estandarte. Claudio Frollo, con hábito sacerdotal, figura á la cabeza
- y se dirige hacia la gitana._)
-
-EL PUEBLO.--¡Viva hoy; muerta mañana! ¡Dulce Jesús, recibidla en
-vuestro seno!
-
-LA ESMERALDA.--Mi Febo me llama á la morada eterna, donde Dios nos
-cobijará bajo sus alas. ¡Bendito sea mi cruel destino, pues en medio de
-tanta desdicha, mi corazón quebrantado abriga todavía una esperanza!
-¡Voy á morir para la tierra, pero renaceré en el cielo!
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Morir tan joven y hermosa! ¡Ay de mí! el sacerdote
-impuro está más condenado que ella, porque mi suplicio será eterno.
-¡Pobre niña infeliz, cogida entre mis garras, vas á morir para el
-mundo; mas yo he muerto para el cielo!
-
-EL PUEBLO.--¡Es una infiel! El cielo que á todos llama, no la abrirá
-sus puertas, y su suplicio será eterno. La parca inexorable la estrecha
-entre sus brazos; ha muerto ya para el mundo, y para el cielo también.
-
-[Ilustración: CORO.--_¡Venid, corred todos á Nuestra Señora...!_]
-
- (_La procesión se aproxima; Claudio se acerca á la Esmeralda._)
-
-LA ESMERALDA (_sobrecogida de terror_).--¡El sacerdote!
-
-CLAUDIO FROLLO (_en voz baja_).--¡Sí, soy yo, que amo y te suplico! ¡Dí
-una sola palabra, y aún podré salvarte! ¡Dime que me amas!
-
-LA ESMERALDA.--¡Te aborrezco! ¡Véte!
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Entonces muere! Ya iré á buscarte. (_Volviéndose
-hacia la multitud._) ¡Pueblo, en este supremo instante entregamos esa
-mujer al brazo secular! ¡Permita el cielo que hasta su pobre alma
-llegue el soplo del Señor!
-
- (_En el momento en que los agentes de justicia ponen mano sobre la
- Esmeralda, Cuasimodo salta á la plaza, rechaza á los arqueros, coge á
- la joven en sus brazos y precipítase en la iglesia._)
-
-CUASIMODO.--¡Asilo, asilo, asilo!
-
-EL PUEBLO.--¡Asilo, asilo, asilo! ¡Albricias, albricias! ¡Viva el buen
-compañero! La condenada es del Señor; derribemos el cadalso, que el
-Eterno la acogerá en su altar, librándola de la tumba. ¡Atrás, verdugos
-y arqueros! La ley no puede traspasar esa sagrada barrera. Todo cambia
-en la casa del Señor, donde los ángeles protegen á la condenada.
-
-CLAUDIO FROLLO (_imponiendo silencio con un ademán_).--No creáis que
-está libre; es egipcia, y Nuestra Señora no puede salvar más que á una
-cristiana. Aunque el altar abrazasen, los paganos no podrían obtener
-gracia. (_Á los agentes de justicia._) En nombre de Monseñor, obispo de
-París, os entrego á esa mujer impura.
-
-CUASIMODO (_á los arqueros_).--¡Juro defenderla! ¡No os acerquéis!
-
-CLAUDIO FROLLO (_á los arqueros_).--¡Vaciláis! Obedeced al punto;
-arrancad del santo lugar á esa gitana.
-
- (_Los arqueros se adelantan. Cuasimodo se coloca entre ellos y la
- Esmeralda._)
-
-CUASIMODO.--¡Jamás!
-
- (_Se oye el galope de un caballo, y una voz que grita_:)
-
---¡Deteneos!
-
- (_La multitud se aparta._) (_Febo aparece á caballo, pálido,
- anhelante, fatigado, como hombre que acaba de recorrer una larga
- distancia._)
-
---¡Deteneos!
-
-LA ESMERALDA.--¡Febo!
-
-CLAUDIO FROLLO (_aparte y aterrado_).--¡La trama se descubre!
-
-FEBO (_apeándose del caballo_).--¡Dios sea loado, á tiempo llego y al
-fin respiro! ¡Esa mujer es inocente; he aquí mi asesino!
-
- (_Señala á Claudio Frollo._)
-
-TODOS.--¡Cielos, el sacerdote!
-
-FEBO.--Ese es el único culpable, y lo probaré. ¡Que le prendan!
-
-EL PUEBLO.--¡Oh sorpresa!
-
- (_Los arqueros rodean á Claudio Frollo._)
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Ah! ¡Dios es omnipotente!
-
-LA ESMERALDA.--¡Febo!
-
-FEBO.--¡Esmeralda!
-
- (_Se abrazan._)
-
-LA ESMERALDA.--¡Febo adorado, viviremos!
-
-FEBO.--Tú vivirás.
-
-LA ESMERALDA.--La felicidad nos sonríe.
-
-EL PUEBLO.--¡Vivan los dos!
-
-LA ESMERALDA.--¿Oyes esas alegres aclamaciones? Á tus pies recibe á la
-humilde joven. ¡Cielos! palideces. ¿Qué tienes?
-
-FEBO (_vacilando_).--¡Me muero! (_Le recibe en sus brazos; ansiedad en
-la multitud._) Á cada paso que daba hacia ti, amada mía, abríase mi
-herida, mal cerrada aún. Yo bajo á la tumba y te dejo á la luz del sol.
-El destino te venga; voy á ver, pobre ángel mío, si el cielo me hace
-olvidar tu amor. ¡Adiós!
-
- (_Espira._)
-
-LA ESMERALDA.--Febo muere; ¡en un instante todo cambia! (_Cae sobre su
-cuerpo._) ¡Yo te sigo á la tumba!
-
-CLAUDIO FROLLO.--¡Fatalidad!
-
-EL PUEBLO.--¡Fatalidad!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-RUY BLAS
-
-Drama en 5 actos, con un prólogo del autor
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-PRÓLOGO
-
-
-Tres clases de espectadores componen lo que se ha convenido en llamar
-público: primera, las mujeres; segunda, los pensadores; y tercera, la
-multitud propiamente dicha. Lo que esta última pide casi exclusivamente
-en la obra dramática es la acción; lo que las mujeres quieren ante
-todo es la pasión; y lo que más en particular buscan los pensadores
-son los caracteres. Si se estudian atentamente esas tres clases de
-espectadores, he aquí lo que se observa: la muchedumbre se enamora de
-tal modo de la acción, que á ser necesario prescinde de los caracteres
-y de las pasiones[1]; las mujeres, á quienes interesa por otra parte la
-acción, quedan tan absortas por el desarrollo de las pasiones, que se
-preocupan poco de los caracteres; y en cuanto á los pensadores, tienen
-tal afición á ver caracteres, es decir hombres vivos en la escena,
-que acogiendo con gusto la pasión como incidente natural en la obra
-dramática, paréceles casi importuna la acción. En esto consiste que la
-multitud pida sobre todo en el teatro sensaciones; la mujer, emociones;
-el pensador, ideas: todos quieren un placer; estos, el de los ojos;
-aquellos, el del corazón; los otros el del espíritu. Á esto se debe que
-haya en nuestra escena tres clases de obras muy diferentes: una vulgar
-é inferior, y las otras dos ilustres y superiores; pero todas tres
-satisfacen una necesidad: el melodrama es para la multitud; para las
-mujeres, la tragedia, que analiza la pasión; y para los pensadores, la
-comedia, que pinta la humanidad.
-
- [1] Es decir del estilo, pues si la acción puede expresarse en muchos
- casos por ella misma, las pasiones y los caracteres, con muy pocas
- excepciones, sólo se expresan por medio de la palabra; y la palabra
- fija y no vaga es en el teatro el estilo.
-
- Que el personaje hable como debe hablar, _sibi constet_, dice
- Horacio. En esto consiste todo.
-
-Digamos de paso que no pretendemos establecer aquí nada de riguroso,
-y rogaremos al lector que introduzca de por sí las restricciones que
-nuestro pensamiento pueda concebir. Las generalidades admiten siempre
-excepciones: sabemos muy bien que la multitud es una gran cosa, en la
-cual se encuentra todo, así el instinto de lo bello como el gusto á lo
-mediano, así el amor á lo ideal, como la afición á lo común; también
-sabemos que todo pensador completo ha de ser mujer en los puntos
-delicados del corazón; y no ignoramos que, gracias á esa ley misteriosa
-que une los sexos, así espiritual como físicamente, muy á menudo se
-halla en la mujer un pensador. Sentado esto, y después de rogar de
-nuevo al lector que no dé un sentido demasiado absoluto á las pocas
-palabras que nos resta decir, continuemos.
-
-Para todo hombre que se fije con detención en las tres clases de
-espectadores de que acabamos de hablar, es evidente que todos tienen
-razón: las mujeres, al pretender que se las conmueva; los pensadores
-por querer que se les ilustre; y la multitud porque está en su derecho
-al exigir que se la divierta. De esta evidencia se deduce la ley del
-drama. En efecto, más allá de esa barrera de fuego que se llama la
-rampa del teatro, la escena, y que separa el mundo verdadero del mundo
-ideal, el objeto del drama es crear y hacer vivir, en las condiciones
-combinadas del arte y de la naturaleza, caracteres diversos, es decir
-hombres; crear en estos pasiones que desarrollan los unos y modifican
-los otros; y por último, del choque de estos caracteres y pasiones
-con las grandes leyes providenciales, hacer que surja la vida humana,
-es decir acontecimientos grandes y pequeños, dolorosos, grotescos
-ó terribles, que ofrezcan al corazón ese placer llamado interés, y
-al espíritu la lección moral. Según vemos, el drama participa de la
-tragedia por la expresión de las pasiones, y de la comedia por la
-pintura de los caracteres; el drama, que es la tercera y grandiosa
-forma del arte, comprende, estrecha y fecunda las dos primeras.
-Corneille y Molière existirían independientemente uno de otro, si entre
-ellos no estuviese Shakespeare, dando á Corneille la mano izquierda y á
-Molière la derecha. De este modo, las dos electricidades opuestas de la
-comedia y la tragedia chocan, y la chispa que se produce es el drama.
-
-Al explicar, como los entiende y los ha indicado ya varias veces, el
-principio, la ley y el objeto del drama, el autor no se oculta la
-exigüidad de sus fuerzas y la limitación de su espíritu. Define aquí,
-y no se suponga otra cosa, no lo que ha hecho, sino lo que ha querido
-hacer, señalando lo que para él fué su punto de partida, y nada más.
-
-Con pocas líneas hemos de encabezar este libro, pues fáltanos el
-espacio para hacer las aclaraciones necesarias; y por lo tanto
-permítasenos pasar sin transición desde las ideas generales expuestas,
-y que á nuestro juicio dominan el arte si mantienen todas las
-condiciones del ideal, á varias ideas particulares que el drama _Ruy
-Blas_ podría despertar en los espíritus reflexivos.
-
-Ante todo, y no considerando la cuestión más que por uno de sus lados,
-bajo el punto de vista de la filosofía de la historia, ¿cuál es el
-sentido de este drama?--Expliquémonos.
-
-En el momento en que una monarquía está próxima á hundirse, se
-pueden observar varios fenómenos: por lo pronto, la nobleza tiende á
-disolverse, y cuando se disuelve, he aquí cómo se divide:
-
-El trono vacila, la dinastía se extingue, la ley cae por tierra; la
-unidad política queda socavada por los embates de la intriga; lo
-más elevado de la sociedad se bastardea y degenera; así exterior
-como interiormente, siéntese un desfallecimiento mortal; los grandes
-intereses del Estado se pierden, subsistiendo sólo los pequeños, triste
-espectáculo público; ya no hay policía, ni ejército, ni hacienda; y
-todos adivinan que se acerca el fin. De aquí resulta en todos los
-ánimos el tedio de la víspera, la inquietud del mañana, la desconfianza
-general, el desaliento y el profundo disgusto. Como la enfermedad del
-Estado ataca la cabeza, la aristocracia es la primera víctima. ¿Qué
-sucede entonces con ella? Una parte de los nobles, la menos honrada
-y generosa, permanece en la corte: todo será devorado, el tiempo
-apremia, es preciso apresurarse para enriquecerse y aprovechar las
-circunstancias. Cada cual piensa sólo en sí, y sin compadecer al país
-realiza una pequeña fortuna particular en un rincón del infortunio
-público. Después de ser cortesano ó ministro es preciso darse prisa
-para alcanzar la felicidad y el poderío; y el que tiene talento se
-prostituye y triunfa. Las órdenes del Estado, las dignidades, los
-empleos, el dinero, todo se toma, todo se quiere y todo se saquea;
-no se vive más que para satisfacer la ambición y la codicia; y
-ocúltanse bajo mucha gravedad exterior los secretos desórdenes que
-pueden engendrar las flaquezas humanas. Y como este género de vida,
-en el cieno de las vanidades y de los goces del orgullo, tiene por
-primera condición el olvido de todos los sentimientos naturales, al
-fin se acaba por ser feroz. Cuando llega el día de la desgracia, en el
-cortesano caído desarróllase algo monstruoso, y el hombre se convierte
-en demonio.
-
-La situación desesperada del reino impulsa á la otra mitad de la
-nobleza, la más digna y mejor nacida, á seguir otro camino. Vuelve á
-sus casas, á sus palacios, á sus castillos ó señoríos; disgústanle
-los asuntos públicos, porque nada puede hacer; y aproximándose el fin
-del mundo, no sabe qué partido tomar. Mas ¿para qué contristarse? Es
-preciso aturdirse, cerrar los ojos, vivir, beber, amar y gozar. ¿Quién
-sabe si vivirán un año más? Dicho esto, ó sólo pensado, el noble
-toma la cosa á lo vivo; multiplica su servidumbre, compra caballos,
-enriquece á mujeres, organiza fiestas, costea orgías, despilfarra,
-vende, compra, hipoteca, empeña, devora, entrégase á los usureros, é
-incendia su fortuna por los cuatro costados. El día menos pensado le
-ocurre una desgracia; y es que, por más que la monarquía se encamine á
-su ruina rápidamente, el noble llega antes á ella. Todo ha concluído,
-todo se ha quemado; de aquella vida tan bella y brillante, ni siquiera
-queda el humo; sólo se hallan cenizas. Olvidado y abandonado de todos,
-excepto de sus acreedores, el pobre hidalgo se convierte entonces en lo
-único que puede ser, en aventurero, espadachín, y algo gitano; húndese
-y desaparece en la multitud, enorme masa, negra y sin brillo, que
-hasta entonces apenas había entrevisto de lejos á sus pies. En ella se
-sumerge y se refugia; ya no tiene oro, pero le queda el sol, riqueza de
-aquellos que nada poseen. Ha vivido al principio en las altas regiones
-de la sociedad; ahora se refugia en las más bajas y acomódase en ellas,
-burlándose de algún pariente ambicioso y rico; se hace filósofo, y
-compara á los ladrones con los cortesanos. Por lo demás, es bueno,
-valeroso, leal é inteligente, mezcla singular de poeta, de mendigo y
-de príncipe; se ríe de todos, é induce á sus compañeros á apalear á
-los corchetes, como lo hacían en otro tiempo sus lacayos; pero sin
-tomar parte en el asunto. En su persona se mezclan, no sin gracia, la
-impudencia del marqués con la desvergüenza del gitano; manchado por
-fuera, consérvase limpio interiormente; y nada tiene del caballero más
-que el honor, que conserva en salvo, el nombre que oculta, y la espada
-dispuesta.
-
-Si el doble cuadro que acabamos de trazar es el que se ofrece á la
-vista en la historia de todas las monarquías en un momento dado, en
-España es donde se produjo particularmente de una manera notable á
-fines del siglo XVII. Si el autor hubiese podido realizar esta parte
-de su pensamiento, lo cual está muy lejos de suponer, la primera mitad
-de la nobleza española en aquella época y en el presente drama se
-resumiría en D. Salustio, y la otra mitad en D. César, ambos primos,
-como conviene.
-
-Se entiende que aquí, como en todas partes, al trazar este bosquejo de
-la nobleza española hacia 1695, nos reservamos, por supuesto, hacer
-raras y respetables excepciones.--Sentado esto, prosigamos.
-
-Continuando el examen de esa monarquía y de su época, por debajo
-de la nobleza así distribuída, y que hasta cierto punto se podría
-personificar en los dos hombres citados, vemos agitarse en la sombra
-algo grande, sombrío y desconocido.
-
-Es el pueblo, que tiene el porvenir por suyo, sin poseer el presente;
-es el pueblo huérfano, pobre, dotado de inteligencia y vigor, y que
-hallándose muy bajo aspira á elevarse á las alturas, llevando en la
-espalda el sello de la esclavitud y en el corazón las premeditaciones
-del genio; es el pueblo, lacayo de los grandes señores, y enamorado,
-en medio de su miseria y abyección, de la única figura que en esa
-sociedad carcomida representa á sus ojos, en divina radiación, la
-autoridad, la caridad y la fecundidad. El pueblo sería Ruy Blas.
-
-Ahora bien, sobre esos tres hombres que, así considerados, harían vivir
-y andar á la vista de los espectadores tres hechos, y en ellos toda la
-monarquía española del siglo XVII; sobre esos tres hombres, repetimos,
-descuella una casta y hermosa joven, una mujer, una reina. Desgraciada
-como mujer, porque, aunque casada, es como si no tuviese esposo;
-infeliz como reina, porque para ella no existe el rey; inclinada á sus
-inferiores por piedad real y por instinto; y mirando abajo mientras que
-Ruy Blas, el pueblo, mira hacia arriba.
-
-Á los ojos del autor, y sin perjuicio de lo que los personajes
-accesorios puedan prestar á la verdad del conjunto, esas cuatro
-cabezas, así agrupadas, resumirían los principales caracteres que
-presentaba á la vista del filósofo historiador la monarquía española
-hace ciento cuarenta años. Á estas cuatro figuras podría agregarse, al
-parecer, una quinta, la del rey Carlos II; pero así en la historia como
-en el drama, este soberano no es una figura, sino una sombra.
-
-Apresurémonos ahora á decir que lo que se acaba de leer no es la
-explicación de _Ruy Blas_, y sí solamente uno de sus aspectos: es la
-impresión particular que podría dejar este drama, si valiese la pena
-estudiarle, en el espíritu grave y concienzudo que lo examinara, por
-ejemplo bajo el punto de vista de la filosofía de la historia.
-
-Pero por poco que este drama valga, tiene, como todas las cosas de este
-mundo, otros varios aspectos, y se podría considerar de muy distintas
-maneras, porque nos es dado tomar diversos puntos de vista de una
-idea, lo mismo que de una montaña; esto depende del sitio donde el
-observador se coloca. Permítasenos, sólo para aclarar nuestra idea,
-una comparación por demás ambiciosa: el Mont Blanc, visto desde la
-Croix-de-Fléchères, no parece el mismo cuando se mira desde Sallenches;
-y no obstante, siempre es el Mont Blanc.
-
-Del mismo modo, y pasando de una cosa muy grande á otra pequeña, este
-drama, cuyo sentido histórico acabamos de indicar, ofrecería un aspecto
-muy distinto si se le considerase bajo un punto de vista mucho más
-elevado aún, el punto puramente humano. Entonces, D. Salustio sería el
-egoísmo absoluto, la inquietud sin reposo; D. César, su contrario, el
-desinterés y la indiferencia; en Ruy Blas veríamos el genio y la pasión
-comprimidos por la sociedad, lanzándose á tanta más altura cuanto mayor
-es la compresión; y la reina, en fin, sería la virtud minada por el
-tedio.
-
-Bajo el punto de vista exclusivamente literario, el aspecto de este
-pensamiento, titulado _Ruy Blas_, cambiaría de nuevo. Las tres formas
-soberanas del arte podrían parecer personificadas y resumidas: D.
-Salustio sería el drama, D. César la comedia, y Ruy Blas la tragedia:
-el drama anuda la acción, la comedia le complica, y la tragedia le
-corta.
-
-Todos estos aspectos son verdaderos y exactos, pero ninguno de ellos
-completo; la verdad absoluta no está sino en el conjunto de la obra. Si
-cada cual encuentra lo que busca, el poeta habrá alcanzado su objeto,
-aunque sin lisonjearse. El asunto filosófico de _Ruy Blas_ es el pueblo
-aspirando á las regiones elevadas; el asunto humano es un hombre que
-ama á una mujer; el asunto dramático es un lacayo que ama á una reina.
-La multitud que todas las noches acude á ver esta obra, porque en
-Francia la atención pública no deja nunca de fijarse en las tentativas
-del ingenio, cualesquiera que sean, la multitud, repetimos, no ve en
-_Ruy Blas_ más que este último asunto dramático, el lacayo; y tiene
-razón.
-
-Lo que acabamos de decir de _Ruy Blas_ nos parece evidente en las demás
-obras. Las producciones respetables de los maestros tienen también la
-notable particularidad de presentar al estudio más fases que las otras.
-Tartufe hace reir á éstos y temblar á aquellos; Tartufe es la serpiente
-doméstica, ó el hipócrita, ó la hipocresía; tan pronto es un hombre
-como una idea. Otelo es para algunos un negro que ama á una blanca;
-para otros un intruso que se enlaza con una patricia; para éstos, un
-celoso; para aquellos, la personificación de los celos. Esta diversidad
-de aspectos no altera en nada la unidad fundamental de la obra, pues ya
-lo hemos dicho: hay mil ramas y un tronco único.
-
-Si el autor de este libro ha insistido particularmente en la
-significación histórica de _Ruy Blas_, es porque á su modo de ver, sólo
-por el sentido histórico se relaciona esta producción con _Hernani_.
-El hecho culminante de la nobleza manifiéstase en este drama, como
-en _Ruy Blas_, junto al hecho culminante de la monarquía: sólo que
-en _Hernani_, como la monarquía absoluta no está fundada todavía, la
-nobleza lucha aún contra el rey, aquí con el orgullo, allá con el
-acero, medio feudal y medio rebelde. En 1519, el noble vive lejos de
-la corte, en la montaña, á manera de bandido, como Hernani, ó cual un
-patriarca, como Ruy Gómez. Doscientos años más tarde todo ha cambiado:
-los vasallos se han convertido en cortesanos; y si el noble comprende
-la necesidad de ocultar su nombre, á causa de sus aventuras, no es para
-escapar del rey, sino para sustraerse á sus acreedores; ya no se hace
-bandido; conviértese en gitano. Harto se comprende que la monarquía
-absoluta ha pasado durante largos años sobre esas nobles cabezas,
-encorvando unas y aniquilando otras.
-
-Y ahora, permítasenos la última observación: entre _Hernani_ y _Ruy
-Blas_ transcurren dos siglos en España, dos grandes siglos, durante los
-cuales ha sido dado á la descendencia de Carlos V dominar el mundo;
-dos siglos que la Providencia, hecho notable, no quiso prolongar ni
-una hora, pues aquel soberano nació en 1500 y Carlos II murió en
-1700. En este último año, Luís XIV recogía la herencia de Carlos V,
-como Napoleón, en 1800, la de Luís XIV. Esas grandes apariciones de
-dinastías, que iluminan por momentos la historia, son para el autor
-bello y melancólico espectáculo en el que con frecuencia fija sus
-miradas, tratando á veces de llevar algo de ellas á sus obras. Por eso
-ha querido iluminar á _Hernani_ con los rayos de la aurora, cubriendo á
-_Ruy Blas_ con las tinieblas del crepúsculo. En _Hernani_ sale el sol
-de la casa de Austria; en _Ruy Blas_ se pone.
-
- París, 25 de Noviembre de 1838.
-
-
-
-
-RUY BLAS
-
-
-
-
-PERSONAJES
-
- RUY BLAS.
- DON SALUSTIO DE BAZÁN.
- DON CÉSAR DE BAZÁN.
- DON GURITÁN.
- EL CONDE DE CAMPO-REAL.
- EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.
- EL MARQUÉS DEL BASTO.
- EL DUQUE DE ALBA.
- EL MARQUÉS DE PRIEGO.
- DON MANUEL ARIAS.
- MONTAZGO.
- DON ANTONIO UBILLA.
- COVADONGA.
- GUDIEL.
- UN LACAYO.
- UN ALCALDE.
- UN HUJIER.
- UN ALGUACIL.
- DOÑA MARÍA DE NEUBURGO, reina de España.
- LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE.
- CASILDA.
- UNA DUEÑA.
- UN PAJE.
- DAMAS, CABALLEROS, CONSEJEROS, PAJES, DUEÑAS, ALGUACILES,
- GUARDIAS Y HUJIERES.
-
-
-Madrid, 169...
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO PRIMERO
-
-DON SALUSTIO
-
-El salón de Danae en el palacio real de Madrid. Mobiliario magnífico,
-al gusto semi-flamenco de la época de Felipe IV. Á la izquierda,
-ventana grande con marco dorado y cristales pequeños; á cada lado una
-puertecilla que comunica con alguna habitación interior; en el fondo,
-galería de cristales con puerta grande; esta galería atraviesa todo el
-teatro, y está oculta por inmensos cortinajes. Una mesa, un sillón y
-recado de escribir.
-
-Don Salustio entra por la puertecilla de la izquierda, seguido de Ruy
-Blas y de Gudiel, que lleva una maleta y algunos paquetes, como si
-fuera de viaje. D. Salustio viste traje de terciopelo negro al estilo
-de la corte de Carlos II, ostentando en el cuello el Toisón de oro;
-lleva ferreruelo muy rico, de terciopelo claro, bordado de oro y con
-forro negro de seda; espada con empuñadura de cazoleta, y sombrero con
-plumas blancas. Gudiel viste también de negro, y lleva espada. Ruy Blas
-va de lacayo: calzón corto, jubón pardo, galones de oro y la cabeza
-descubierta. Sin espada.
-
-
-ESCENA I
-
-DON SALUSTIO DE BAZÁN, GUDIEL y RUY BLAS
-
-D. SALUSTIO.--Ruy Blas, cerrad la puerta y abrid esa ventana. (_Ruy
-Blas obedece, y á una señal de D. Salustio sale por la puerta del
-fondo, mientras éste se dirige á la ventana._) Aún duermen todos aquí,
-pero ya despunta el alba. (_Se vuelve bruscamente hacia Gudiel._) ¡Ah,
-ha sido un rayo!... Sí, mi reinado ha concluído, Gudiel... ¡Estoy
-en desgracia; me han expulsado! ¡Ah, perderlo todo en un día! La
-aventura es aún secreta; no hables de ello. ¡Y todo por amoríos con
-una doncella, harto impropios á mi edad, convengo en ello! ¡Seducida!
-¡Vaya una desgracia! Porque esa muchacha es camarista de la reina y
-vino con ella de Neuburgo, reclama contra mí; presenta á su hijo en
-la cámara real; se me ordena casarme, rehuso y me destierran. ¡Sí, me
-destierran! ¡He aquí el desenlace al cabo de veinte años de incesante
-trabajo día y noche, de veinte años de ambición, después de haber sido
-alcalde de casa y corte, cuyo nombre no pronunciaba nadie sin temor, y
-jefe de la casa de Bazán! ¡Mi crédito, mi poderío, todo cuanto soñaba,
-cargos, empleos, honores, todo se hunde en medio de las carcajadas de
-la multitud!
-
-GUDIEL.--Nadie lo sabe aún, señor.
-
-D. SALUSTIO.--No, pero lo sabrán mañana, aunque afortunadamente ya
-estaremos en camino. No quiero caer; desapareceré. (_Se desabrocha
-violentamente el jubón._) Siempre me oprimes como si fuese una dama, y
-yo me ahogo, amigo mío. (_Se sienta._) ¡Oh! quiero abrir un subterráneo
-profundo y lóbrego sin que nadie lo eche de ver. ¡Desterrado!
-
- (_Se levanta._)
-
-GUDIEL.--¿De dónde viene el golpe, señor?
-
-D. SALUSTIO.--De la Reina. ¡Oh! me vengaré, Gudiel. Tú que has sido mi
-maestro, y que desde hace veinte años me ayudaste y serviste en las
-cosas pasadas, bien sabes hasta dónde alcanzan mis proyectos en la
-sombra, así como el hábil arquitecto conoce la profundidad del pozo
-que socavó. Me marcho; quiero ir á Castilla, á mis dominios, y allí
-meditaré mis planes. ¡Y todo esto por una muchacha! Ocúpate tú de los
-preparativos del viaje, porque la cosa urge. Entre tanto, diré dos
-palabras al individuo que ya sabes, aunque ignoro si me podrá servir.
-Hasta la noche soy el amo aún, y te aseguro que me vengaré. No sé cómo,
-pero ha de ser ruidosamente. Vamos, vé á ocuparte de los preparativos,
-y despacha. Sobre todo, silencio. Tú marcharás conmigo. (_Gudiel saluda
-y sale. D. Salustio llama._) ¡Ruy Blas!
-
- (_Ruy Blas se presenta en la puerta del fondo._)
-
-RUY BLAS.--¿Señor?
-
-D. SALUSTIO.--Como ya no he de dormir más en palacio, es preciso dejar
-las llaves y cerrar los postigos.
-
-RUY BLAS (_inclinándose_).--Está bien, señor.
-
-D. SALUSTIO.--Escucha: la Reina pasará por la galería cuando se dirija
-á su cámara después de oir misa, de aquí á dos horas. Es preciso que
-estés allí, Ruy Blas.
-
-RUY BLAS.--No faltaré, señor.
-
-D. SALUSTIO (_en la ventana_).--¿Ves aquel hombre que pasa por la plaza
-y enseña á la guardia un papel? Sin decir palabra hazle señas para que
-suba por la escalera secreta. (_Ruy Blas obedece; D. Salustio sigue
-mostrándole la puertecilla de la derecha._) Antes de marcharte, mira si
-se hallan en esa estancia los agentes de policía, y si están despiertos
-los tres alguaciles de servicio.
-
-RUY BLAS (_se dirige á la puerta, la entreabre y vuelve_).--Duermen,
-señor.
-
-D. SALUSTIO.--Habla en voz baja. Te necesitaré; no te alejes mucho, y
-entre tanto vigila para que no nos molesten los importunos.
-
- (_Entra D. César de Bazán: lleva el sombrero abollado, capa
- andrajosa, que no deja ver de su traje sino las medias desarregladas
- y los zapatos rotos, y espada de matón. En el momento de entrar, D.
- César y Ruy Blas se miran y hacen á la vez un ademán de sorpresa._)
-
-D. SALUSTIO (_aparte y observándolos_).--¡Se han mirado! ¿Si se
-conocerán?
-
- (_Ruy Blas sale._)
-
-
-ESCENA II
-
-D. SALUSTIO, D. CÉSAR
-
-D. SALUSTIO.--¡Hola! ¿Ya estáis aquí, bandido?
-
-D. CÉSAR.--Sí, primo; heme aquí.
-
-D. SALUSTIO.--¡Fortuna es ver á semejante truhán!
-
-D. CÉSAR (_saludando_).--Me complace...
-
-D. SALUSTIO.--Caballero, conocemos vuestras trapisondas.
-
-D. CÉSAR (_con aire risueño_).--¿Y os agradan?
-
-D. SALUSTIO.--Sí, son muy meritorias. La otra noche, la víspera de
-Pascua, robaron á D. Carlos de Mira; quitáronle su acero, de vaina
-cincelada, y el coleto; pero como es caballero de Santiago, los
-ladrones le dejaron la capa.
-
-D. CÉSAR.--¡Santo cielo! ¿Y por qué?
-
-D. SALUSTIO.--Porque lleva bordada en ella la cruz roja. Pero ¿qué os
-parece la algarada?
-
-D. CÉSAR.--¡Ah diablo! Digo que vivimos en un tiempo temible. ¿Qué será
-de nosotros, Dios mío, si los ladrones se atreven con Santiago y hacen
-con él de las suyas?
-
-D. SALUSTIO.--¡Entre ellos estabais!
-
-D. CÉSAR.--¡Pues bien, sí! Con ellos estaba, ya que es preciso hablar;
-pero yo no toqué á vuestro don Carlos, y sólo dí algunos consejos.
-
-D. SALUSTIO.--Aún hay más. Anoche, en la plaza Mayor, varios hombres de
-mala traza que salían de un lupanar espantoso, atacaron de improviso á
-la ronda. También estabais con ellos.
-
-D. CÉSAR.--Primo mío, siempre tuve á menos atacar á los corchetes.
-Cierto que estaba allí; pero mientras se distribuían las estocadas, yo
-componía versos debajo de los arcos. Á decir verdad, se zurraron de lo
-lindo.
-
-D. SALUSTIO.--No es eso todo.
-
-D. CÉSAR.--¿Qué más hay?
-
-D. SALUSTIO.--Entre otros actos, se os acusa de haber abierto en
-Francia, sin llave, con ayuda de vuestros compañeros, las cajas reales.
-
-D. CÉSAR.--No digo que no. Francia es país enemigo.
-
-D. SALUSTIO.--En Flandes encontrasteis á un tal Pablo Barthelemy, que
-llegaba de Mons con el producto de los diezmos del clero, y sin reparo
-alguno osasteis apoderaros de los fondos que conducía.
-
-D. CÉSAR.--¿En Flandes? Puede ser muy bien, porque he viajado mucho.
-¿Es eso todo?
-
-D. SALUSTIO.--Don César, al rostro me sube el rubor de la vergüenza
-cuando en vos pienso.
-
-D. CÉSAR.--Bueno, dejadle que suba.
-
-D. SALUSTIO.--Nuestra familia...
-
-D. CÉSAR.--No hablemos de ella, porque en Madrid sólo vos conocéis mi
-nombre.
-
-D. SALUSTIO.--Una marquesa me decía hace poco, al salir de la iglesia:
-«¿Quién es ese bandido que va por allí, mirando á todas partes con aire
-arrogante, apoyada la mano en la cadera y el ojo avizor? ¿Quién es ese
-hombre, más andrajoso que Job y más altivo que Braganza, que lleva
-deshilachados los puños, la capa hecha girones, y en vez de la espada
-de caballero una tizona de espadachín?»
-
-D. CÉSAR (_dirigiendo una ojeada sobre su traje_).--Contestaríais que
-era el buen Zafari.
-
-D. SALUSTIO.--No; me sonrojé de vergüenza.
-
-D. CÉSAR.--Pues la dama sonrió. Á mí me gusta mucho hacer reir á las
-mujeres.
-
-D. SALUSTIO.--No os acompañáis más que con infames espadachines.
-
-D. CÉSAR.--¡Clérigos y estudiantes, humildes como corderos!
-
-D. SALUSTIO.--Por todas partes se os ve con mujerzuelas.
-
-D. CÉSAR.--¡Oh! son las diosas del amor, á las cuales rindo culto, y á
-quienes compongo sonetos por la noche.
-
-D. SALUSTIO.--En fin, ese Matalobos, ese ladrón que está asolando á
-Madrid á pesar de nuestra policía, es también amigo vuestro.
-
-D. CÉSAR.--Razonemos, si os place. Sin ese hombre, yo estaría desnudo,
-lo cual no sería decente, primo mío. Una noche del mes de Diciembre,
-viéndome en la calle casi sin ropa, se conmovió.--Al duque de Alba, ese
-fatuo perfumado, le robaron, hace un mes, su hermoso jubón de seda...
-
-D. SALUSTIO.--¿Y qué más?
-
-D. CÉSAR.--Ahora le llevo yo; Matalobos tuvo á bien dármele.
-
-D. SALUSTIO.--¡El jubón del duque! ¿Y no os avergonzáis?...
-
-D. CÉSAR.--Nunca me avergonzaré de llevar tan buen jubón, ricamente
-bordado, que me abriga en invierno y me hermosea en verano. Miradle,
-está nuevo. (_Entreabre su capa y muestra un magnífico justillo de
-seda de color de rosa bordado de oro._) He hallado en esta prenda un
-centenar de billetes amorosos dirigidos al duque. Siempre pobre, y con
-frecuencia enamorado, si en alguna calle entreveo una cocina, de la
-cual se exhalan aromas suculentos, siéntome cerca, leo las cartitas del
-duque, y así engaño á la vez el estómago y el amor.
-
-D. SALUSTIO.--¡Don César!...
-
-D. CÉSAR.--Primo mío, dejaos de reprensiones. Ciertamente soy un gran
-señor, y deudo vuestro; me llamo don César, conde de Garofa; pero
-véome reducido á la miseria. Yo era rico; tenía palacios, posesiones y
-rentas; mas antes de cumplir los veinte años, todo me lo había comido,
-y de mis cuantiosos bienes, verdaderos ó falsos, sólo me quedaba una
-legión de acreedores que me acosaban sin cesar. No tenía más remedio
-que huir y cambiar de nombre; y ahora no soy más que un alegre
-compañero, llamado Zafari, á quien nadie puede comprometer excepto
-vos. Vos no me dais un cuarto, ni tampoco os lo pido. Por la noche
-duermo sobre la dura piedra, á la puerta de un palacio, teniendo por
-techo la celeste bóveda; y así soy feliz, pues todo el mundo me cree en
-la India, ó tal vez muerto. En la fuente más próxima apago la sed, y
-después me paseo con aire arrogante. Mi palacio, donde en otro tiempo
-voló mi dinero, pertenece ahora al nuncio Espínola; pero no importa.
-Cuando por casualidad llego hasta allí, doy consejos á los operarios
-del dueño, que se ocupan en esculpir un Baco sobre la puerta. Ahora ya
-lo sabéis todo. Prestadme diez escudos.
-
-D. SALUSTIO.--Escuchadme...
-
-D. CÉSAR (_cruzándose de brazos_).--Veamos ahora vuestro estilo.
-
-D. SALUSTIO.--Os he hecho venir para seros útil, César. Yo, poderoso
-y sin hijos, veo con sentimiento que os arrastran al abismo, y quiero
-libraros de él. Aunque indiferente á todo, sois desgraciado, y por lo
-mismo me propongo pagar vuestras deudas, devolveros vuestros palacios,
-introduciros en la corte para que volváis á ser un caballero, embeleso
-de las damas. Desaparezca para siempre Zafari, y sustitúyale don César.
-Quiero que de mi caja toméis cuanto os conviniere, sin temor, á manos
-llenas, sin ocuparos del porvenir. Cuando se tienen parientes, preciso
-es sostenerlos, César, y mostrarnos compasivos con nuestros deudos...
-
- (_Mientras que D. Salustio habla, el rostro de D. César expresa
- cada vez mayor asombro, alegría y confianza, y al fin no puede
- reprimirse._)
-
-D. CÉSAR.--Siempre habéis tenido un talento endiablado, y á fe mía que
-sois muy elocuente. Continuad.
-
-D. SALUSTIO.--César, no os impongo sino una condición... Voy á
-explicarme. Por lo pronto tomad mi bolsa.
-
-D. CÉSAR (_cogiendo la bolsa que está llena de oro_).--¡Ah! Esto es
-magnífico.
-
-D. SALUSTIO.--Y además voy á daros quinientos ducados.
-
-D. CÉSAR (_deslumbrado_).--¡Marqués...!
-
-D. SALUSTIO.--Desde hoy...
-
-D. CÉSAR.--¡Pardiez! soy del todo vuestro en cuanto á las condiciones.
-Mandad; mi espada está á vuestra disposición, y soy vuestro esclavo.
-Si os place, hasta iré á cruzar el acero con Lucifer, rey de los
-infiernos.
-
-D. SALUSTIO.--No, no acepto vuestra espada; tengo mis razones para ello.
-
-D. CÉSAR.--¿Qué deseáis entonces? Apenas tengo nada más que ofrecer.
-
-D. SALUSTIO (_acercándose á él y bajando la voz_).--Vos conocéis, y en
-esta ocasión es muy conveniente, á todos los perdidos de Madrid.
-
-D. CÉSAR.--Me lisonjeáis, primo mío.
-
-D. SALUSTIO.--Siempre os acompaña toda una cuadrilla, y en caso
-necesario os sería fácil promover un motín. Todo esto podría servirnos.
-
-D. CÉSAR (_soltando la carcajada_).--Á fe mía que estáis haciendo
-un drama. ¿Qué parte me confiaréis en la obra? ¿Será el poema ó la
-sinfonía? De todos modos mandad; pero mi fuerte es el sainete.
-
-D. SALUSTIO.--Hablo á D. César, y no á Zafari. (_Bajando la voz cada
-vez más._) Escucha. Necesito alguien que trabaje á mi lado en la
-sombra, á fin de preparar un gran acontecimiento. Yo no soy perverso,
-pero hay ocasiones en que el más delicado, desvergonzándose al fin,
-ha de hacer cosas feas. Tú serás rico; para ello sólo te impongo por
-condición que me ayudes en silencio á tender un lazo, una red oculta,
-como hacen los cazadores por la noche; pero no para coger una avecilla.
-Es preciso que por un plan bien combinado y terrible me sea dado
-vengarme. Pienso que no serás escrupuloso...
-
-D. CÉSAR.--¿Vengaros?
-
-D. SALUSTIO.--Sí.
-
-D. CÉSAR.--¿De quién?
-
-D. SALUSTIO.--De una mujer.
-
-D. CÉSAR (_irguiéndose y mirando á D. Salustio con altivez_).--¡Alto
-ahí! no me digáis una palabra más. En este punto, voy á deciros, primo
-mío, cuál es mi modo de pensar. Todo aquel que vil y traidoramente
-se venga de una mujer débil cuando tiene derecho á llevar espada y
-que nacido caballero, obra como alguacil, ese, aunque fuese el rey de
-Castilla, aunque ciñera cien coronas, aunque se titulase conde y duque
-ó marqués, y descendiera de la más noble familia, no será para mí más
-que un vil y cobarde, á quien quisiera ver colgado de una horca en
-castigo de su felonía.
-
-D. SALUSTIO.--¡César!...
-
-D. CÉSAR.--No añadáis una palabra; me ultrajáis. (_Arroja la bolsa á
-los pies de D. Salustio._) Guardad vuestro secreto, y con él vuestro
-dinero. ¡Ah! Comprendo la matanza, el robo y el saqueo; comprendo que
-en noche oscura se asalte, hacha en mano, algún castillo, y que con
-cien bandoleros se mate sin compasión; entonces todos hieren y gritan,
-cual verdaderos bandidos; ojo por ojo, diente por diente, hombres
-contra hombres. Comprendo todo esto; pero que se atraiga suavemente á
-una mujer para aniquilarla, tendiendo á sus pies odioso lazo, á fin de
-abusar tal vez de su honor; apoderarse de una pobre avecilla que canta
-alegre, valiéndose de un medio infame... ¡Oh! ¡antes que llegar á esta
-deshonra, antes que ser rico y poderoso á semejante precio, preferiría,
-y aquí lo digo ante Dios, que ve mi alma, que un perro corroyese mi
-cráneo clavado en la picota!
-
-D. SALUSTIO.--Primo...
-
-D. CÉSAR.--De vuestros beneficios no necesito disfrutar mientras
-que halle agua en las fuentes, espacio libre en los campos, y en la
-ciudad un ladrón que me vista en invierno. Á fe mía que olvidaré la
-prosperidad pasada mientras pueda dormir tranquilo á la puerta de
-vuestros soberbios palacios, sin temor de que me despierten. Adiós,
-pues; Dios sabe cuál de los dos es el mejor. Con vuestros cortesanos
-quedad, don Salustio, mientras yo vuelvo con mi canalla, con los lobos,
-no con las serpientes.
-
-D. SALUSTIO.--Un momento...
-
-D. CÉSAR.--¡Vamos! abreviemos la entrevista; si tratáis de prenderme,
-ordenadlo de una vez.
-
-D. SALUSTIO.--Muy bien; creía, César, que estabais más endurecido; la
-prueba ha sido buena, y favorable para vos. Estoy contento; venga esa
-mano, os lo ruego.
-
-D. CÉSAR.--¡Cómo!
-
-D. SALUSTIO.--Todo esto no pasa de una broma. Cuanto he dicho ha sido
-para probaros, y nada más.
-
-D. CÉSAR.--Me hacéis soñar despierto. La mujer, esa trama, esa
-venganza...
-
-D. SALUSTIO.--¡Pura invención, sueños y quimeras!
-
-D. CÉSAR.--¡Perfectamente! ¿Y el ofrecimiento de pagar mis deudas es
-quimera también? ¿Es un sueño lo de los quinientos ducados?
-
-D. SALUSTIO.--Voy á buscarlos ahora mismo.
-
- (_Se dirige á la puerta del fondo, y hace seña á Ruy Blas para que se
- quede._)
-
-D. CÉSAR (_aparte, en el proscenio, y mirando á D. Salustio de
-reojo_).--¡Hum! cara de traidor; cuando la boca dice sí, la mirada
-parece decir: _veremos_.
-
-D. SALUSTIO (_á Ruy Blas_).--Permaneced aquí, Ruy Blas. (_Á D. César._)
-Vuelvo al punto.
-
- (_Sale por la puertecilla de la izquierda, y apenas desaparece, D.
- César y Ruy Blas corren el uno hacia el otro._)
-
-
-ESCENA III
-
-D. CÉSAR, RUY BLAS
-
-D. CÉSAR.--Á fe mía que no me engañaba. ¡Tú aquí, Ruy Blas!
-
-RUY BLAS.--¿Eres tú, Zafari? ¿Qué haces en este palacio?
-
-D. CÉSAR.--Paso y me voy; así como al ave, agrádame el espacio. ¿Pero y
-tú, qué significa esa librea, ese disfraz?
-
-RUY BLAS (_con amargura_).--Más disfrazado estoy de otro modo.
-
-D. CÉSAR.--¿Qué dices?
-
-RUY BLAS.--Déjame estrecharte la mano como en aquel tiempo feliz de
-libertad y de miseria en que vivía sin hogar, hambriento de día y
-yerto de frío por la noche; pero independiente; aquel tiempo en que
-me conociste, y en que yo era hombre aún. Ambos hijos del pueblo,
-nos parecíamos tanto que nos tomaban por hermanos; cantábamos al
-despuntar la aurora, y llegada la noche dormíamos uno junto á otro
-bajo el estrellado cielo, compartiendo siempre lo que teníamos. Por
-fin llegó la triste hora de nuestra separación; y al cabo de cuatro
-años te encuentro otra vez, siempre el mismo, alegre como un muchacho,
-libre como el gitano; siempre eres ese Zafari, rico en su pobreza, que
-nada tuvo jamás, ni deseó cosa alguna. Pero yo ¡cuánto he cambiado,
-hermano! Huérfano, alimentado de ciencia y orgullo en un colegio, en
-vez de destinarme á simple obrero, hicieron de mí un soñador. Tú ya
-sabes hasta qué punto llegaban mis aspiraciones de poeta, cuando te
-burlabas de mis versos insensatos. Tenía yo no sé qué ambición en el
-alma. ¿Para qué trabajar? Dirigíame hacia un objeto invisible; creíalo
-todo verdadero, todo posible, y de la suerte lo esperaba todo. Por
-otra parte, soy de aquellos que pasan sus días pensativos y ociosos,
-contemplando algún palacio donde rebosan las riquezas, para ver entrar
-y salir á las elegantes damas. Así me sucedió un día en que, hambriento
-y moribundo, recogí el pan donde le encontré, en medio del ocio y la
-ignominia. ¡Oh! cuando yo tenía veinte años confiaba en mi genio,
-mientras me perdía, recorriendo descalzo los caminos y entregado á mis
-meditaciones sobre la suerte de los humanos. Había trazado planes
-sobre todo, una verdadera montaña de proyectos; condolíame la desgracia
-de España, y, pobre de espíritu, pensé que el mundo necesitaba de mí.
-Ya ves el resultado, amigo mío: ¡un lacayo!
-
-D. CÉSAR.--Sí, ya lo sé; el hambre es puerta muy baja, y cuando se ha
-de pasar por ella, el más grande es aquel que más se encorva; pero la
-suerte tiene su flujo y reflujo. Espera.
-
-RUY BLAS.--El marqués de Finlas es mi amo.
-
-D. CÉSAR.--Ya le conozco. ¿Y vives en este palacio?
-
-RUY BLAS.--No, esta mañana pisé el umbral por primera vez.
-
-D. CÉSAR.--¿De veras? Tu amo, no obstante, debe habitar aquí á causa
-del cargo que desempeña.
-
-RUY BLAS.--Sí, porque la corte le necesita á cada momento; pero tiene
-una casa desconocida, donde tal vez no ha entrado nunca en pleno día,
-aunque sólo dista cien pasos del palacio; es modesta y misteriosa, y
-en ella vivo yo. Por la puerta secreta, cuya llave sólo tiene mi amo,
-el marqués entra á veces por la noche seguido de hombres enmascarados
-que hablan en voz baja y se encierran, sin que nadie sepa lo que allí
-sucede luego. Por compañeros tengo dos negros mudos que, ignorando mi
-nombre, tal vez me toman por su amo.
-
-D. CÉSAR.--Sí; allí recibe sin duda á sus espías, allí es donde tiende
-sus emboscadas. Es un hombre profundo y poderoso.
-
-RUY BLAS.--Ayer me dijo: «Es preciso que mañana estés en palacio antes
-de rayar la aurora: entrarás por la verja dorada.» Al llegar me mandó
-ponerme esta librea, que hoy llevo por primera vez.
-
-D. CÉSAR (_estrechándole la mano_).--Espera.
-
-RUY BLAS.--¡Esperar! Tú no sabes aún lo que es para mí llevar este
-traje que mancha y deshonra. Haber perdido la alegría y el orgullo no
-es nada, y tampoco importa ser vil y esclavo. Escucha, hermano mío; no
-siento yo usar esta librea que me infama, porque en el pecho tengo una
-hidra cuyos dientes de fuego me oprimen el corazón en sus ardientes
-repliegues. El exterior te atemoriza. ¡Qué dirías si vieses el interior!
-
-D. CÉSAR.--¿Qué quieres decir?
-
-RUY BLAS.--Inventa, imagina, busca en tu espíritu, supón algo extraño,
-insensato, inaudito y horrible, una fatalidad que deslumbre; sí,
-prepara un veneno espantoso, abre un abismo más sordo que la locura,
-más negro que el crimen; y cuando hayas hecho todo lo que digo, aún no
-te acercarás á mi secreto. ¿No lo adivinas? ¡Cómo has de adivinarlo!
-Sondea con la mirada el precipicio á donde el destino me arrastra...
-Amo á la Reina.
-
-D. CÉSAR.--¡Cielos!
-
-RUY BLAS.--Bajo un dosel ornado con el globo imperial hay un hombre,
-unas veces en Aranjuez, y otras en el Escorial, á quien apenas se ve y
-á quien no se nombra sin terror; un hombre para quien, cual si fuese
-Dios, todos somos iguales; al que se mira temblando y se sirve de
-rodillas; que puede hacer caer nuestras cabezas á una simple señal; un
-hombre cuyos caprichos son un acontecimiento; que vive solo y soberbio,
-encerrado gravemente en una majestad terrible y profunda, y cuyo
-poderío se extiende por la mitad del mundo. ¡Pues bien, yo, el lacayo
-de ese hombre, de ese rey, estoy celoso!
-
-D. CÉSAR.--¡Celoso del rey!
-
-RUY BLAS.--¡Sí, del rey, puesto que amo á su esposa!
-
-D. CÉSAR.--¡Desgraciado!
-
-RUY BLAS.--Escucha. Todos los días la espero al paso, y estoy como
-loco. ¡Oh! la vida de esa mujer es un tejido de enojos; todas las
-noches pienso en ello. ¡Vivir en esta corte de odios y mentiras, casada
-con un rey que pasa el tiempo cazando! ¡Imbécil! Viejo ya á los treinta
-años, ni es hombre ni es rey.--Familia que se extingue: el padre era
-débil hasta el punto de no poder sostener en la mano un pergamino. ¡Oh!
-tan bella y tan joven, y haber dado su mano á ese rey Carlos II. ¡Qué
-lástima! No sé cómo esta locura amorosa ha penetrado en mi corazón;
-pero juzga tú. La reina ama una flor azul de Alemania; aquí no la hay,
-y todos los días ando una legua para coger algunas; con las más bonitas
-formo un ramo, y á media noche me introduzco en los jardines reales
-como un ladrón y deposito mi ofrenda en el banco donde la soberana
-suele sentarse. Anoche mismo me atreví, compadécete, hermano, á colocar
-un billete entre las flores. Para llegar hasta ese banco es preciso
-franquear el muro, y en su parte superior me hieren las puntas de
-hierro que se suelen poner en las cercas. Algún día me dejaré allí el
-corazón y las entrañas. Ignoro si encuentra mis flores y mi carta; pero
-con todo esto, ya ves que soy un insensato.
-
-D. CÉSAR.--¡Diablo! tu aventura no deja de ser peligrosa. Ten cuidado,
-porque el conde de Oñate, que la ama también, la vigila, en calidad de
-mayordomo y de enamorado. Podría suceder que una noche, algún guarda
-poco dormilón, te clavase la partesana antes de marchitarse tu ramo.
-¡Vaya una ocurrencia, amar á la reina! ¿Cómo diablos has podido llegar
-á este caso?
-
-RUY BLAS (_con arrebato_).--¿Lo sé yo por ventura? ¡Oh! daría mi alma
-al demonio por ser sólo durante una hora uno de esos jóvenes señores
-que desde la ventana veo en este instante, y que cual viva afrenta para
-mí, entran luciendo la pluma en el sombrero y altiva la frente. Sí, me
-condenaría sólo para que me fuese dado arrojar esta librea y poder
-acercarme á la reina, como ellos, con un traje semejante al suyo. Pero,
-¡oh rabia, estar junto á ella y no ser á sus ojos más que un lacayo!
-¡Tened compasión de mí, Dios mío! (_Acercándose á D. César._) Ahora
-recuerdo que me preguntabas por qué la amo así y desde cuándo... Cierto
-día... pero ¿á qué recordarlo? Es verdad; siempre te conocí esa manía
-de preguntar ¿por qué? ¿cómo? ¿cuándo? Pero la sangre me hierve en las
-venas, y sólo podría decirte que la amo locamente.
-
-D. CÉSAR.--Cálmate.
-
-RUY BLAS (_cayendo desfallecido y pálido en un sillón_).--Sufro mucho,
-hermano; dispénsame, ó más bien huye de este pobre loco, que con
-espanto siente bajo su librea de lacayo las pasiones de un rey.
-
-D. CÉSAR (_poniéndole la mano sobre el hombro_).--¡Yo huir de ti; yo
-que no he sufrido porque nunca amé á nadie; yo, pobre cascabel que ya
-no suena, pobre mendigo del amor, á quien de vez en cuando arroja una
-limosna el destino; yo, que nada siento ya en el corazón, pareciéndome
-que el alma se ha retirado de mi cuerpo! ¿Por qué había de huir? Por
-ese amor que en tus ojos rebosa te envidio, y á la vez te compadezco,
-Ruy Blas.
-
- (_Momento de pausa: con las manos cogidas, los dos se miran con
- expresión amistosa y de tristeza.--Entra D. Salustio y adelántase con
- paso lento, fijando una mirada profunda en D. César y Ruy Blas, que
- no le ven. En una mano lleva un sombrero y una espada, que al entrar
- deposita en un sofá, y en la otra una bolsa, que pone sobre la mesa._)
-
-D. SALUSTIO (_á D. César_).--He aquí el dinero.
-
- (_Al oir la voz de D. Salustio, Ruy Blas se levanta como
- sobresaltado, y permanece en pie, con la vista baja, en actitud
- respetuosa._)
-
-D. CÉSAR (_aparte, mirando á D. Salustio de reojo_).--El diablo me
-lleve si ese tunante no escuchaba á la puerta. ¡Bah! al fin y al cabo,
-poco importa. (_Á D. Salustio en voz alta._) Muchas gracias, primo.
-
- (_Abre la bolsa, esparce el contenido en la mesa y revuelve con
- alegría los ducados, colocándolos en pilas sobre el tapete de
- terciopelo. Mientras los cuenta, D. Salustio se dirige al fondo del
- teatro, volviendo la cabeza para ver si llama la atención de D.
- César; abre la puertecilla de la derecha y á una señal salen tres
- alguaciles armados con espadas y vestidos de negro. D. Salustio les
- muestra misteriosamente á D. César. Ruy Blas permanece inmóvil, de
- pie cerca de la mesa, sin ver ni oir nada._)
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja á los alguaciles_).--Cuando salga de
-aquí ese hombre que cuenta el dinero, seguidle y apoderaos de él
-silenciosamente, sin violencia. Después le conduciréis á Denia, y una
-vez allí, embarcadle. (_Les entrega un pergamino sellado._) He aquí la
-orden escrita de mi puño y letra. Sin prestar oído á sus quejas, le
-venderéis, una vez en el mar, á los corsarios argelinos. Mil piastras
-para vosotros si llenáis vuestro cometido pronto y bien.
-
- (_Los tres alguaciles se inclinan y salen._)
-
-D. CÉSAR (_acabando de arreglar los ducados_).--Nada es tan agradable y
-divertido como hacer pilas de monedas cuando son nuestras. (_Hace dos
-partes iguales y se vuelve á Ruy Blas._) Hermano, he aquí tu parte.
-
-RUY BLAS.--¡Cómo!
-
-D. CÉSAR (_mostrándole una de las dos pilas de oro_).--¡Tómala, vente y
-sé libre!
-
-D. SALUSTIO (_que los observa en el fondo_).--¡Diablo!
-
-RUY BLAS (_moviendo la cabeza en señal de negativa_).--No; el corazón
-es lo que quisiera tener libre; mi suerte está echada, y debo
-permanecer aquí.
-
-D. CÉSAR.--Bien, obra como te plazca. Sólo Dios sabe si tú eres el loco
-y yo el sabio.
-
- (_Recoge el dinero, lo echa en la bolsa y se la guarda._)
-
-D. SALUSTIO (_en el fondo del teatro, aparte, y observando
-siempre_).--Poco más ó menos el mismo rostro y el mismo aire.
-
-D. CÉSAR (_á Ruy Blas_).--¡Adiós!
-
-RUY BLAS.--Toca estos cinco.
-
- (_Se estrechan la mano. D. César sale sin ver á D. Salustio, que
- permanece retirado._)
-
-
-ESCENA IV
-
-RUY BLAS, D. SALUSTIO
-
-D. SALUSTIO.--¡Ruy Blas!
-
-RUY BLAS (_volviéndose vivamente_).--¿Señor?
-
-D. SALUSTIO.--¿Era ya de día esta mañana cuando llegasteis?
-
-RUY BLAS.--Aún no, señor; dí el pase al portero, y he subido.
-
-D. SALUSTIO.--¿Llevabais capa?
-
-RUY BLAS.--Sí, señor.
-
-D. SALUSTIO.--En ese caso, nadie os habrá visto aún esa librea en
-palacio.
-
-RUY BLAS.--Ni tampoco en Madrid.
-
-D. SALUSTIO (_señalando con el dedo la puerta por donde ha salido D.
-César_).--Está muy bien. Id á cerrar la puerta y quitaos ese traje.
-(_Ruy Blas se despoja de su librea y arrójala en un sillón._) Me parece
-que tenéis muy buen carácter de letra. Escribid. (_Hace seña á Ruy Blas
-para que se siente á la mesa, donde hay plumas y tinteros. Ruy Blas
-obedece._) Hoy vais á servirme de secretario. Nada os ocultaré. Por
-lo pronto un billete de amor para la reina de mi corazón, para doña
-Elvira, esa sirena que debe haber caído del paraíso. Voy á dictaros.
-«Un peligro terrible me amenaza en este momento; sólo mi reina puede
-conjurar la tempestad, viniendo á buscarme esta noche á casa. De lo
-contrario estoy perdido. Pongo á vuestras plantas mi vida y mi corazón
-y os beso los pies.» (_Riendo._) ¡Un peligro! El recurso es hábil para
-atraerla á mi casa. ¡Oh! yo soy experto. Á las mujeres les agrada
-mucho salvar á quien las pierde.--Añadid: «Por la puerta que hay en lo
-último de la Alameda podréis entrar sin ser reconocida; una persona de
-confianza os abrirá.» Perfectamente. ¡Ah! firmad.
-
-D. SALUSTIO.--¿Vuestro nombre?
-
-D. SALUSTIO.--No. Firmad _César_; es mi nombre de guerra.
-
-RUY BLAS (_después de haber obedecido_).--La dama no reconocerá la
-escritura.
-
-D. SALUSTIO.--¡Bah! el sello basta; con frecuencia lo hago de este
-modo. Ruy Blas, yo parto esta noche y os dejo aquí. Tengo proyectos
-muy favorables respecto á vos; vais á cambiar de situación, pero
-es necesario que me obedezcáis en todo. Como vos sois un servidor
-discreto, fiel y reservado...
-
-RUY BLAS (_inclinándose_).--Señor...
-
-D. SALUSTIO (_continuando_).--Quiero mejorar vuestra suerte.
-
-RUY BLAS (_mostrando el billete que acaba de escribir_).--¿Á dónde se
-ha de dirigir esa carta?
-
-D. SALUSTIO.--Yo me encargo de ello. (_Acercándose á Ruy Blas con aire
-significativo._) Quiero haceros feliz. (_Síguese una pausa. D. Salustio
-hace seña á Ruy Blas para que vuelva á sentarse á la mesa._) Escribid:
-«Yo, Ruy Blas, lacayo de su excelencia el marqués de Finlas, me obligo
-á servirle como fiel criado en toda ocasión secreta ó pública.» (_Ruy
-Blas obedece._) Firmad con vuestro nombre; ahora la fecha; está bien;
-dadme. (_Dobla el billete y el papel en que Ruy Blas acaba de escribir,
-y los guarda en su cartera._) Acaban de traerme una espada. ¡Ah! vedla
-allí. (_Señala el sofá, en el que ha puesto la espada y el sombrero, y
-coge estos objetos._) El tahalí es de seda, recamada á la última moda.
-(_Haciendo admirar la flexibilidad del tejido._) Tocadla, Ruy Blas.
-¿Qué os parece esa flor? La empuñadura es de Gil, el famoso cincelador,
-el que mejor sabe formar, al gusto de las bellas, una caja de pastillas
-en el pomo. (_Pasa el tahalí por el cuello de Ruy Blas sin quitar la
-espada._) Dejadla; quiero ver si os sienta bien. ¡Cáspita! parecéis así
-todo un caballero. (_Escuchando._) Alguien viene... Sí. Se acerca la
-hora de pasar la Reina. ¡El marqués del Basto!
-
- (_La puerta del fondo que da á la galería se abre. D. Salustio se
- despoja del ferreruelo y arrójale vivamente sobre los hombros de Ruy
- Blas, en el momento de aparecer el marqués del Basto. Después se
- dirige á este último, llevando consigo á Ruy Blas, mudo de asombro._)
-
-
-ESCENA V
-
-D. SALUSTIO, RUY BLAS, EL MARQUÉS DEL BASTO, EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ,
-EL DUQUE DE ALBA, y después toda la corte
-
-D. SALUSTIO (_al marqués del Basto_).--Permitidme, marqués, que os
-presente á mi primo D. César.
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Cielos!
-
-D. SALUSTIO (_á Ruy Blas en voz baja_).--¡Callaos!
-
-EL MARQUÉS DEL BASTO (_saludando á Ruy Blas_).--Caballero, celebro
-mucho...
-
- (_Le toma la mano, que Ruy Blas le presenta con cierta cortedad._)
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--Dejadme hacer y saludad.
-
- (_Ruy Blas saluda al marqués._)
-
-EL MARQUÉS DEL BASTO (_á Ruy Blas_).--Apreciaba mucho á vuestra madre.
-(_En voz baja á D. Salustio, mostrándole á Ruy Blas._) Está muy
-cambiado; apenas le hubiera reconocido.
-
-D. SALUSTIO (_al marqués_).--¡Diez años de ausencia!
-
-EL MARQUÉS DEL BASTO.--¡Verdad es!
-
-D. SALUSTIO (_golpeando en el hombro de Ruy Blas_).--¡Hele aquí de
-vuelta! ¿Recordáis, marqués, qué pródigo era, y cómo despilfarraba sus
-escudos? Todas las noches en bailes y fiestas; siempre luciendo galas
-en festines y reuniones; con su fasto y su lujo deslumbraba á Madrid,
-pero á los tres años se arruinó. Ahora llega de la India.
-
-RUY BLAS.--Señor...
-
-D. SALUSTIO (_alegremente_).--Llamadme primo, puesto que nos une
-este parentesco. Los Bazanes somos buenos caballeros. Tenemos por
-antecesor á don Íñigo de Ibiza; su nieto, Pedro de Bazán, casó con
-Mariana de Gor, de quien nació Juan, que fué almirante en tiempo del
-rey D. Felipe; Juan tuvo dos hijos, que en nuestro árbol genealógico
-han dejado dos blasones. Yo soy el marqués de Finlas, y vos el conde
-Garofa. Tanto valemos el uno como el otro, César; por parte de las
-madres, tenemos igual jerarquía, sólo que vos sois de Aragón y yo de
-Portugal. Vuestra rama no es menos noble que la nuestra; yo soy fruto
-de la una, y vos, flor de la otra.
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¿Á dónde me llevará?
-
- (_Mientras que D. Salustio hablaba, el marqués de Santa Cruz, D.
- Álvaro de Bazán y Benavides, anciano de bigote blanco, que lleva una
- gran peluca, se ha aproximado á ellos._)
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_á D. Salustio_).--Os explicáis con claridad;
-pero si es primo vuestro también lo es mío.
-
-D. SALUSTIO.--Es verdad, pues tenemos el mismo origen, marqués. (_Le
-presenta á Ruy Blas._) Don César.
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--Imagino que no es el que creían muerto.
-
-D. SALUSTIO.--Sí tal; el mismo.
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--¿Conque ahora ha vuelto?...
-
-D. SALUSTIO.--De las Indias.
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_examinando á Ruy Blas_).--En efecto, es el
-mismo.
-
-D. SALUSTIO.--¿Le reconocéis?
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--¡Pardiez! como que le he visto nacer.
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--El buen hombre está ciego, y
-sólo os reconoce para hacer creer que no lo es.
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_ofreciendo la mano á Ruy Blas_).--Venga esa
-mano, primo.
-
-RUY BLAS (_inclinándose_).--¡Señor!
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ.--Me complace mucho veros.
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja al marqués y aparte_).--Voy á pagar sus
-deudas; vos podréis servirle en el cargo que desempeñáis: si en la
-corte vacase algún cargo, cerca del rey ó de la reina...
-
-EL MARQUÉS DE SANTA CRUZ (_en voz baja_).--Es un joven encantador, y
-pensaré en ello. Además, pertenece á la familia.
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja_).--Tenéis mucha influencia en el Consejo
-de Castilla, y por lo tanto os le recomiendo. (_Sepárase del marqués
-de Santa Cruz y se dirige á otros señores, á los que presenta á Ruy
-Blas; entre ellos está el duque de Alba, que luce un traje magnífico.
-D. Salustio le presenta á Ruy Blas._) Mi primo César, conde de
-Garofa. (_Los nobles cambian graves saludos con Ruy Blas, siempre
-sobrecogido._) (_Al conde de Ribagorza._) Ayer no estabais en el baile
-de Atalante; Lindamira bailó muy bien. (_Se extasía contemplando el
-jubón del duque de Alba._) Magnífico justillo lleváis, duque.
-
-EL DUQUE DE ALBA.--Otro más hermoso tenía, de seda rosa galoneado de
-oro, pero ese bribón de Matalobos me le ha robado.
-
-UN HUJIER DE LA CORTE (_en el fondo del teatro_).--La Reina se
-aproxima; tomad puesto, señores.
-
- (_Las grandes cortinas de la galería de cristales se abren, y
- los señores se escalonan cerca de la puerta, mientras forman los
- guardias. Ruy Blas, anhelante y fuera de sí, refúgiase en el
- proscenio, á donde le sigue D. Salustio._)
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja á Ruy Blas_).--¿Es posible que cuando la
-fortuna os sonríe, disminuya vuestro espíritu? Volved en vos, Ruy Blas.
-Yo marcho de Madrid; os dejo mi pequeña casa con los criados mudos;
-nada quiero guardar sino las llaves secretas; muy pronto recibiréis
-instrucciones. Haced mi voluntad, y yo me encargaré de vuestra fortuna.
-Elevaos sin temer nada, pues la ocasión es propicia. La corte es un
-país donde se anda sin ver claro; pero yo os conduciré; yo me encargo
-de ver por vos.
-
- (_Aparecen otros guardias en el fondo del teatro._)
-
-EL HUJIER (_en alta voz_).--¡La Reina!
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Ah! ¡La Reina!
-
- (_La Reina, magníficamente vestida, aparece rodeada de damas y pajes
- bajo un dosel de terciopelo escarlata, conducido por cuatro gentiles
- hombres. Ruy Blas, despavorido, parece quedar absorto ante aquella
- resplandeciente visión. Todos los grandes de España se cubren. D.
- Salustio se dirige rápidamente hacia el sillón en que se halla su
- sombrero y se lo lleva á Ruy Blas._)
-
-D. SALUSTIO (_á Ruy Blas, poniéndole el sombrero en la cabeza_).--¿Qué
-tenéis, primo? ¡Cubríos; sois grande de España!
-
-RUY BLAS (_aturdido, en voz baja á D. Salustio_).--¿Y qué más ordenáis,
-señor?
-
-D. SALUSTIO (_mostrándole á la Reina, que cruza lentamente por la
-galería_).--Que hagáis lo posible por agradar á esa mujer y ser su
-amante.
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO II
-
-LA REINA DE ESPAÑA
-
-Salón contiguo á la cámara de la reina; á la izquierda una puertecilla
-de comunicación, y á la derecha otra que conduce á las habitaciones
-exteriores. En el fondo grandes ventanas abiertas. Es la tarde de
-un hermoso día de verano. Mesa grande, sillones; la imagen de una
-Santa, con un rico marco, adornan una de las paredes: es «Santa María
-Esclava». En el lado opuesto una imagen de la Virgen, iluminada por la
-luz de una lámpara de oro; más allá un retrato de cuerpo entero del rey
-Carlos II.
-
-Al levantarse el telón, la reina doña María de Neuburgo está sentada en
-un extremo junto á una de sus damas, joven y hermosa. La reina viste
-de blanco, con falda de tejido de plata. Está bordando y se interrumpe
-á intervalos para hablar. En el lado opuesto, sentada en un sillón,
-doña Juana de la Cueva, duquesa de Alburquerque, camarista mayor, con
-su labor en la mano; es una anciana vestida de negro. Cerca de ella,
-varias dueñas, sentadas á una mesa, trabajan también. En el fondo está
-D. Guritán, conde de Oñate, mayordomo, alto, enjuto, con bigote gris;
-es hombre de unos cincuenta años y tiene aspecto de militar veterano,
-aunque viste con exagerada elegancia y lleva cintas hasta en los
-zapatos.
-
-
-ESCENA I
-
-LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, D. GURITÁN, CASILDA, dueñas
-
-LA REINA.--¡Por fin ha marchado! Debería estar tranquila y no lo estoy,
-porque ese marqués de Finlas me preocupa; estoy segura que me odia.
-
-CASILDA.--¿No se le ha desterrado según vuestro deseo?
-
-LA REINA.--Ese hombre me aborrece.
-
-CASILDA.--Vuestra Majestad...
-
-LA REINA.--Te aseguro, Casilda, que ese marqués es para mí como el
-ángel malo. La víspera del día en que debía marchar, se presentó como
-de costumbre durante el besamanos. Todos los nobles se adelantaban en
-fila hacia el trono para cumplir con la etiqueta; mientras que yo,
-triste y tranquila, miraba vagamente la pared que en el salón oscuro
-representa una gran batalla. De repente, al fijar mi vista en la mesa,
-divisé á ese hombre temible, que se adelantaba hacia mí, y desde aquel
-momento, sólo él me llamó la atención. Adelantábase lentamente, con
-la mano apoyada en la daga, de la cual veía á intervalos la brillante
-hoja; estaba grave, y su mirada de fuego me imponía; se inclinó y sentí
-sobre mi mano su boca de serpiente.
-
-CASILDA.--Cumplía con su deber de caballero.
-
-LA REINA.--Sus labios no eran como los demás. No he vuelto á verle,
-pero desde ese día pienso en él á menudo, aunque otras cosas me
-preocupan. Paréceme que el infierno está en el alma de ese hombre,
-ante el cual no soy más que una mujer, y no una reina. En mis sueños
-encuentro en mi camino á ese demonio, que me besa la mano; y veo
-brillar el odio en sus miradas, que como un veneno mortal hielan la
-sangre en mis venas, haciéndome estremecer. ¿Qué dices á esto?
-
-CASILDA.--¡Puras visiones, señora!
-
-LA REINA.--Á decir verdad, otros cuidados tengo más serios. (_Aparte._)
-¡Oh! lo que más me atormenta debo ocultar. (_Á Casilda._) Dime ¿qué hay
-de esos mendigos, que no osaban acercarse?...
-
-CASILDA (_dirigiéndose á la ventana_).--Aún están ahí, señora.
-
-LA REINA.--Toma, échales mi bolsa...
-
- (_Casilda toma la bolsa y arrójala por la ventana._)
-
-CASILDA.--¡Oh! señora, vos que hacéis tantas limosnas con tal bondad,
-¿no haréis ninguna al conde de Oñate, aunque sólo sea diciéndole una
-palabra? (_Mostrando á la Reina á D. Guritán, que de pie y silencioso
-en el fondo de la cámara, fija en aquella miradas de muda adoración._)
-Es un pobre viejo enamorado, que tiene la piel tan dura como tierno el
-corazón.
-
-LA REINA.--Ese hombre me molesta.
-
-CASILDA.--Convengo en ello; pero decidle algo.
-
-LA REINA (_volviéndose á D. Guritán_).--Buenos días, conde.
-
- (_D. Guritán se aproxima, haciendo tres reverencias, y suspirando
- besa la mano de la Reina, que se muestra indiferente y distraída.
- Después vuelve á su sitio._)
-
-D. GURITÁN (_retirándose, en voz baja á Casilda_).--La Reina está
-encantadora hoy.
-
-CASILDA (_mirándole cuando se aleja_).--¡Pobre ganso! Permanece inmóvil
-junto al agua que le tienta, y si después de esperar todo un día se
-le dirige una palabra, con frecuencia una frase indiferente, retírase
-contento y satisfecho.
-
-LA REINA (_con triste sonrisa_).--¡Cállate!
-
-CASILDA.--Para ser feliz le basta veros; para él es toda una dicha
-ver á la Reina. (_Extasiándose al divisar una caja colocada sobre un
-velador._)--¡Oh! ¡qué caja tan preciosa!
-
-LA REINA.--Aquí tienes la llave.
-
-CASILDA.--Esta madera de sándalo es exquisita.
-
-LA REINA (_presentándole la llave_).--Ábrela y mira. Son reliquias
-que me propongo enviar á mi padre, porque sé que le agradarán mucho.
-(_Queda meditabunda un momento, y después interrumpe vivamente sus
-impresiones. Aparte._) Quisiera desechar de mi mente lo que pienso. (_Á
-Casilda._) Vé á buscar un libro en mi cámara... ¡Estoy loca! no hay uno
-solo alemán; todos son españoles. Y el rey, de caza, siempre ausente.
-¡Ah! ¡qué aburrimiento! En seis meses he pasado sólo doce días junto á
-él.
-
-CASILDA.--¡Casarse con un rey para vivir así!
-
- (_La Reina se entrega otra vez á su meditación, arrancándose al fin
- de ella como por un esfuerzo._)
-
-LA REINA.--¡Quiero salir!
-
- (_Al oir estas palabras, pronunciadas imperiosamente, la duquesa
- de Alburquerque, que hasta entonces ha permanecido inmóvil en su
- sillón, levanta la cabeza, se pone después en pie y hace una profunda
- cortesía á la Reina._)
-
-LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE (_con voz breve y dura_).--Para que la Reina
-salga es preciso, según el ceremonial, que un grande de España, aquel á
-quien se concede este derecho, abra todas las puertas; y ahora no hay
-tal vez ninguno en el alcázar.
-
-LA REINA.--¡Pero esto es encerrarme! ¿Quieren matarme, Duquesa?
-
-LA DUQUESA (_haciendo otra reverencia_).--Soy camarista mayor, y cumplo
-con mi deber.
-
- (_Vuelve á sentarse._)
-
-LA REINA (_Ocultando la cabeza entre sus manos, con
-desesperación.--Aparte._)--¿Será preciso volver á mis meditaciones?
-¡No! (_En voz alta._) ¡Pronto, traed aquí las cartas para jugar al
-sacanete, y vengan todas mis damas!
-
-LA DUQUESA (_á las dueñas_).--No os mováis, señoras. (_Levantándose y
-saludando de nuevo á la Reina._) Según antiguo uso, Vuestra Majestad no
-puede jugar sino con reyes, ó deudos del soberano.
-
-LA REINA (_con enojo_).--¡Pues bien, haced que vengan!
-
-CASILDA (_aparte, mirando á la Duquesa_).--¡Ah! ¡dueña gruñona!
-
-LA DUQUESA (_persignándose_).--Dios no se los ha concedido, señora, al
-soberano que gobierna. La reina madre ha muerto, y ahora está solo.
-
-LA REINA.--¡Pues que me sirvan una colación!
-
-CASILDA.--¡Qué divertido es esto!
-
-LA REINA.--Casilda, te invito.
-
-CASILDA (_aparte, mirando á la camarista_).--¡Oh, respetable abuela!
-
-LA DUQUESA (_haciendo una reverencia_).--Cuando el rey no está aquí, la
-reina come sola.
-
- (_Vuelve á sentarse._)
-
-LA REINA (_exasperada_).--¡Dios mío! ¿Qué podré hacer que permitido
-sea? Ni salir, ni jugar, ni comer cuando se me antoja. Desde hace un
-año que soy reina, me estoy muriendo.
-
-CASILDA (_aparte, mirándola con aire compasivo_).--¡Pobre mujer,
-condenada á pasar todos sus días presa del tedio, en esta corte
-insípida, sin más distracción que la de contemplar el agua estancada
-en un pantano, (_Mirando á D. Guritán, siempre inmóvil y de pie en el
-fondo de la cámara._) y á un viejo enamorado, que sueña despierto!
-
-LA REINA (_á Casilda_).--¿Qué hacer? Veamos, busca una idea.
-
-CASILDA.--En ausencia del rey, vos sois quien gobierna: procurad
-distraeros, llamando á los ministros.
-
-LA REINA (_encogiéndose de hombros_).--¡Vaya un recreo! ¡Ver ocho
-hombros de semblante siniestro, que me hablen de Francia y de su rey
-caduco, de Roma y del retrato del archiduque, á quien pasean por Burgos
-bajo un dosel de paño de oro, conducido por cuatro alcaldes! Busca otra
-cosa.
-
-CASILDA.--Pues bien, si lo permitís, haré que suba algún joven escudero.
-
-LA REINA.--¡Casilda!
-
-CASILDA.--Quisiera ver algún joven, señora, porque esta corte venerable
-me aburre y me contrista. Creo que la vejez llega por los ojos, y que
-se envejece más pronto cuando siempre se ven ancianos.
-
-LA REINA.--¡Ríete, loca! No tarda en llegar el día en que el corazón
-se entristece, y se pierde el sueño y la alegría. (_Pensativa._) Mi
-felicidad está en ese rincón del parque, donde tengo derecho á ir sola.
-
-CASILDA.--Pues no os envidio esa dicha. ¡Vaya un sitio! ¡Paredes más
-altas que los árboles, y una trampa detrás de cada uno de éstos!
-
-LA REINA.--¡Oh, quisiera salir algunas veces!
-
-CASILDA (_en voz baja_).--¡Salir! Pues bien, señora, escuchadme;
-hablemos bajo. Por austera y oscura que sea una prisión, siempre hay
-medio de buscar y encontrar en la sombra una llave. ¡Yo la tengo!
-Cuando queráis, saldremos de palacio por la noche, á pesar de los
-malos, y recorreremos la ciudad. Podemos ir...
-
-LA REINA.--¡Cielos, jamás, cállate!
-
-CASILDA.--Es muy fácil.
-
-LA REINA.--¡Nunca! (_Aléjase un poco de Casilda y vuelve á caer en su
-meditación._) ¡Oh! ¿por qué no estaré aún en mi buena Alemania con mis
-padres y mi hermano? Felices allí, corríamos libres por los campos, y
-hablábamos sencillamente á los campesinos cuando iban cargados con sus
-gavillas. ¡Esto era delicioso! Pero ¡ay de mí! cierto día acercóse á
-mí un hombre vestido de negro y me dijo: «Señora, vais á ser reina de
-España.» Mi padre estaba muy contento; mi madre lloraba; y hoy lloran
-los dos. En secreto quiero enviarles esta caja, pues sé que mi padre
-quedará contento. ¡Ah! todo me desespera aquí. Hasta mis pobres aves
-de Alemania han muerto. (_Casilda hace el ademán de torcer el cuello
-de un ave, mirando de reojo á la camarista._) También me prohiben ver
-flores de mi país y jamás vibra en mi oído una palabra de amor. Hoy
-soy reina; en otro tiempo era libre. Bien dices, que ese parque es muy
-triste por la noche, y las paredes tan altas que impiden ver. ¡Oh qué
-aburrimiento! (_Se oye fuera un canto lejano._) ¿Qué rumor es ese?
-
-CASILDA.--Son las lavanderas que cantan á lo lejos.
-
- (_Las voces se acercan, y óyense las palabras. La Reina presta
- atención._)
-
- No escuches, niña, en el bosque,
- el canto del ruiseñor,
- que si dulces son sus trinos,
- aún es más dulce tu voz.
-
- No envidies de las estrellas
- el luminoso fulgor,
- que son tus ojos luceros
- que deslumbran como el sol.
-
- Ni tampoco de las flores
- envidies el arrebol,
- porque la flor más hermosa
- en tu corazón se abrió.
-
- Las avecillas, los astros,
- y la perfumada flor,
- son emblemas, niña hermosa,
- de eso que llaman amor.
-
- (_Las voces se alejan._)
-
-LA REINA (_pensativa_).--¡El amor! Sí, ellas son felices; su canto me
-alivia y me enoja á la vez.
-
-LA DUQUESA (_á las dueñas_).--¡Haced que se alejen esas mujeres, que
-importunan á la Reina!
-
-LA REINA (_vivamente_).--¡Cómo, si apenas se las oye! Dejadlas pasar en
-paz, señora. (_Á Casilda, mostrándole una ventana en el fondo._) Por
-ahí no es el bosque tan espeso, y esa ventana da al campo; ven, vamos á
-verlas.
-
- (_Se dirige hacia la ventana con Casilda._)
-
-LA DUQUESA (_levantándose y haciendo una reverencia_).--La Reina de
-España no debe asomarse á la ventana.
-
-LA REINA (_deteniéndose y retrocediendo_).--¡Vamos, el hermoso sol
-poniente que ilumina los valles, las frescas brisas de la tarde, las
-lejanas canciones que todos oyen, no existen para mí! Retirada estoy
-del mundo; ni aun puedo ver la naturaleza de Dios, ni la libertad de
-que los otros disfrutan.
-
-LA DUQUESA (_haciendo una señal á las dueñas para que salgan_).--Salid,
-señoras, hoy es día de rezo.
-
- (_Casilda da algunos pasos hacia la puerta; la Reina la detiene._)
-
-LA REINA.--¿Me abandonas?
-
-CASILDA (_mostrando á la Duquesa_).--La señora ordena que salgamos.
-
-LA DUQUESA (_saludando á la Reina profundamente_).--Es preciso dejar á
-la Reina sola para que se entregue á sus devotas prácticas.
-
-
-ESCENA II
-
-LA REINA, sola
-
-¡Á mis prácticas devotas! Dí más bien á mis reflexiones. ¿Cómo huir
-de ellas, estando sola? ¡Todos me han dejado, pobre espíritu sin luz,
-en un camino oscuro! (_Meditando._) ¡Ah, esa mano sangrienta impresa
-en la pared! Sin duda estará herido, pero suya es la culpa. ¿Por
-qué empeñarse en franquear ese muro tan alto, sólo para traerme las
-flores que aquí me rehusan? ¡Aventurarse así por tan poca cosa! Tal
-vez se haya herido con las puntas de hierro, porque de ellas pendía
-un pedazo de encaje. Una gota de esa sangre vertida vale tanto como
-todas mis lágrimas. (_Abismándose más en su meditación._) Cada vez que
-á ese banco voy á buscar las flores, prometo á Dios no volver nunca
-más, y sin embargo, siempre vuelvo. Pero ¿y él? Tres días hace que no
-he vuelto á verle. ¡Herido! ¡Quien quiera que seas, joven generoso,
-tú que al verme sola, lejos de los que me aman, sin pedir ni esperar
-nada vienes á mí arrostrando los peligros; tú que viertes tu sangre y
-te arriesgas diariamente para dar una flor á la Reina; quien quiera
-que seas, amigo cuya sombra me acompaña, desde el fondo del alma te
-bendigo, y bendígate también tu madre! (_Llevándose vivamente la mano
-al corazón._) ¡Oh! su carta me quema. (_Recayendo en sus reflexiones._)
-¡Y el otro, el implacable don Salustio! Un ángel y un espectro me
-siguen, y sin verlos, siéntolos á los dos agitarse en mis ensueños.
-Un hombre que me odia junto á otro que me ama me conducirán tal vez á
-algún supremo instante. ¿Me librará el uno del otro? No lo sé. ¡Ay!
-el destino flota para mí con dos vientos opuestos. ¡Qué débil es
-una reina, y qué poca cosa significa! Oremos. (_Se arrodilla ante la
-imagen de la Virgen._) ¡Amparadme, señora, pues no me atrevo á elevar
-la mirada hasta vos! (_Se interrumpe._) ¡Oh Dios mío! el encaje, la
-carta, la flor; todo es fuego. (_Saca del seno una carta arrugada, un
-ramo pequeño de florecillas azules y un pedazo de encaje teñido en
-sangre; arroja estos objetos sobre la mesa y se arrodilla de nuevo._)
-¡Virgen santa, esperanza de los mártires, auxiliadme en este trance!
-(_Interrumpiéndose._) ¡Esa carta!... (_Se vuelve hacia la mesa._) Me
-atrae... (_Arrodillándose de nuevo._) ¡No quiero leerla! ¡Oh virgen de
-dulzura, arrodillada á tus plantas imploro tu protección! (_Se levanta,
-da algunos pasos hacia la mesa, detiénese, y al fin precipítase sobre
-la carta, como cediendo á una irresistible atracción._) Sí, quiero
-volver á leerla por última vez; después la rasgaré. (_Con triste
-sonrisa._) ¡Ay de mí! Un mes hace que digo siempre lo mismo. (_Desdobla
-la carta resueltamente y lee._) «Señora, á vuestros pies, en la sombra,
-hay un hombre que os ama, perdido en la noche que le oculta; que sufre,
-vil gusano enamorado de una estrella; que por vos diera su alma, y que
-muere aquí bajo mientras brilláis en las alturas.» (_Deja la carta
-sobre la mesa._) Cuando el alma está sedienta, ha de beber, aunque sea
-veneno. (_Vuelve á guardar en su seno la carta y el encaje._) Nadie
-me ama en la tierra; pero á alguno debo amar. ¡Oh! si el rey hubiese
-querido, á él hubiera amado; pero me deja así, completamente sola, sin
-amor...
-
- (_Ábrese la puerta grande y entra un hujier de gala._)
-
-EL HUJIER (_en alta voz_).--¡Carta del rey!
-
-LA REINA (_vuelve en sí como sobresaltada, dejando escapar un grito de
-alegría_).--¡Del rey; me he salvado!
-
-
-ESCENA III
-
-LA REINA, LA DUQUESA DE ALBURQUERQUE, CASILDA, D. GURITÁN, damas de la
-Reina, pajes, RUY BLAS
-
- (_Todos entran gravemente, la Duquesa primero, seguida de las damas.
- Ruy Blas, magníficamente vestido, permanece en el fondo del teatro;
- su ferreruelo oculta el brazo izquierdo. Dos pajes llevan en un cojín
- de paño de oro la carta del rey, y arrodíllanse ante la Reina, á
- pocos pasos de distancia._)
-
-RUY BLAS (_en el fondo del teatro, aparte_).--¿Dónde estoy? ¡Qué
-hermosa es! ¿Por qué estaré aquí?
-
-LA REINA (_aparte_).--¡Es un socorro del cielo!... (_En voz alta._)
-¡Dad pronto!... (_Volviéndose hacia el retrato del rey._) ¡Gracias,
-señor! (_Á la Duquesa._) ¿De dónde viene esa carta?
-
-LA DUQUESA.--Señora, del Pardo, donde el rey caza.
-
-LA REINA.--En el fondo de mi alma le doy gracias. Ha comprendido que en
-mi aislamiento necesitaba una palabra de amor que de él viniese. Dadme
-la carta...
-
-LA DUQUESA (_haciendo una reverencia, enseña la carta_).--Preciso es
-haceros presente que, según costumbre, yo soy quien debe abrir la carta
-primero y leerla.
-
-LA REINA.--¿También eso? ¡Pues bien, leed!
-
- (_La Duquesa toma la carta y la desdobla lentamente._)
-
-CASILDA (_aparte_).--Veamos ese billete amoroso.
-
-LA DUQUESA (_leyendo_).--«Señora, aunque hace mucho viento, he matado
-seis lobos.--Firmado, CARLOS.»
-
-LA REINA (_aparte_).--¡Ay de mí!
-
-D. GURITÁN (_á la Duquesa_).--¿Es eso todo?
-
-LA DUQUESA.--Sí, señor conde.
-
-CASILDA (_aparte_).--¡Ha matado seis lobos! ¡Vaya un consuelo para la
-que está aburrida, triste y melancólica! ¡Ha matado seis lobos! ¡Buena
-noticia!
-
-LA DUQUESA (_á la Reina, mostrándole la carta_).--Si Su Majestad
-quiere...
-
-LA REINA (_rechazándola_).--No.
-
-CASILDA (_á la Duquesa_).--¿Es eso todo?
-
-LA DUQUESA.--Sin duda. ¿Qué más ha de decir? El rey caza, y en el
-camino escribe dando cuenta de lo que hace y del estado del tiempo. Me
-parece muy en razón. (_Examinando de nuevo la carta._) No escribe...
-dicta.
-
-LA REINA (_tomando la carta y examinándola á su vez_).--En efecto, no
-es su letra; no ha hecho más que firmar. (_Examina el escrito con más
-atención y parece admirada._) ¿Será ilusión? Es la misma letra que la
-de la otra. (_Señala con la mano la carta que acaba de ocultar en su
-seno._) ¡Esto es extraño! (_Á la Duquesa._) ¿Dónde está el portador del
-mensaje?
-
-LA DUQUESA (_mostrando á Ruy Blas_).--Ahí está.
-
-LA REINA.--¿Es ese joven?
-
-LA DUQUESA.--Sí, señora. La ha traído en persona. Es un nuevo escudero
-que Su Majestad ha designado para vuestro servicio, un hidalgo que el
-marqués de Santa Cruz me recomienda de parte del rey.
-
-LA REINA.--¿Cómo se llama?
-
-LA DUQUESA.--Es don César de Bazán, conde de Garofa, y según dicen, el
-más cumplido caballero.
-
-LA REINA.--Bien; quiero hablarle. (_Á Ruy Blas._) Caballero...
-
-RUY BLAS (_aparte y estremeciéndose_).--¡Dios mío, me mira, me habla...
-yo tiemblo!
-
-LA DUQUESA (_á Ruy Blas_).--Acercaos, conde.
-
-D. GURITÁN (_mirando á Ruy Blas de reojo, aparte_).--Ese joven escudero
-no me place.
-
- (_Ruy Blas, pálido y turbado, se acerca lentamente._)
-
-[Ilustración: CASILDA (aparte).--_Veamos ese billete amoroso._]
-
-LA REINA (_á Ruy Blas_).--¿Venís del Pardo?
-
-RUY BLAS (_inclinándose_).--Sí, señora.
-
-LA REINA.--¿Sigue bien el rey? (_Ruy Blas se inclina.--Mostrando la
-carta real:_) ¿Ha dictado esto para mí?
-
-RUY BLAS.--Estaba á caballo cuando dictó la carta... (_Vacila un
-momento._) á uno de los presentes.
-
-LA REINA (_aparte, observando á Ruy Blas_).--Su mirada me fascina. No
-me atrevo á preguntarle á quién. (_En alta voz._) Está bien; podéis
-retiraros. ¡Ah! (_Ruy Blas, que había dado algunos pasos para salir,
-vuelve hacia la Reina._) ¿Había allí muchos caballeros reunidos?
-(_Aparte._) ¿Por qué me impresiona ese joven? (_Ruy Blas se inclina; la
-Reina añade:_) ¿Quiénes eran?
-
-RUY BLAS.--No conozco sus nombres, pues sólo estuve allí breves
-instantes. Hace tres días que salí de Madrid.
-
-LA REINA (_aparte_).--¡Tres días!
-
- (_Mira con turbación á Ruy Blas._)
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Es la mujer de otro! ¡Oh suerte cruel! ¡Y de
-quién! En mi corazón se abre un abismo.
-
-D. GURITÁN (_acercándose á Ruy Blas_).--Sois gentil-hombre de la Reina,
-y ya sabréis cuáles son vuestros deberes. Es preciso que esta noche
-permanezcáis en la cámara inmediata á fin de abrir al soberano si
-tuviese á bien visitar á la Reina.
-
-RUY BLAS (_estremeciéndose: aparte_).--¡Abrir yo al rey!... (_En voz
-alta._) El rey está ausente...
-
-D. GURITÁN.--El rey puede venir de pronto.
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Cómo!
-
-D. GURITÁN (_aparte, observando á Ruy Blas_).--¿Qué tiene?
-
-LA REINA (_que lo ha oído todo, y cuya mirada está fija en Ruy
-Blas_).--¡Cómo palidece!
-
- (_Ruy Blas vacila y se apoya en el respaldo de un sillón._)
-
-CASILDA (_á la Reina_).--¡Señora, ese joven está indispuesto!...
-
-RUY BLAS (_sosteniéndose con trabajo_).--No, no es nada... el aire y el
-sol... la fatiga del camino... (_Aparte._) ¡Abrir al rey!
-
- (_Cae desfallecido sobre un sillón; el ferreruelo se entreabre y deja
- ver la mano izquierda envuelta en un vendaje ensangrentado._)
-
-CASILDA.--¡Gran Dios, señora, tiene la mano herida!
-
-LA REINA.--¡Herida!
-
-CASILDA.--¡Y pierde el conocimiento! ¡Pronto, hagámosle respirar alguna
-esencia!
-
-LA REINA (_buscando en su seno_).--Un frasco tengo aquí con un licor...
-(_En el mismo instante su mirada se fija en el encaje de las mangas de
-Ruy Blas.--Aparte._) ¡Es el mismo encaje!
-
- (_En el momento de sacar el frasco del seno, y en su turbación, coge
- al mismo tiempo el pedazo de encaje que allí oculta. Ruy Blas, que no
- separa de ella la vista, ve salir el objeto del seno de la Reina._)
-
-RUY BLAS (_fuera de sí_).--¡Oh!
-
- (_Las miradas de la Reina y de Ruy Blas se encuentran: sigue una
- pausa._)
-
-LA REINA (_aparte_).--¡Él es!
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Sobre su corazón!...
-
-LA REINA (_aparte_).--¡Sí, es el mismo!
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Dios mío, permitid que muera en este instante!
-
- (_En el desorden de todas las damas, que se oprimen en derredor de
- Ruy Blas, nadie observa lo que pasa entre la Reina y él._)
-
-CASILDA (_haciendo respirar el frasco á Ruy Blas_).--¿Cómo os habéis
-herido? Sin duda durante el camino. ¿Por qué os encargasteis de traer
-el mensaje del rey?
-
-LA REINA (_á Casilda_).--¿Acabarás con tus preguntas?
-
-LA DUQUESA (_á Casilda_).--¿Qué le importa eso á la Reina, hija mía?
-
-LA REINA.--Puesto que él la escribió, bien podía traerla.
-
-CASILDA.--Pero no ha dicho que él escribiese la carta.
-
-LA REINA (_aparte_).--¡Oh! (_Á Casilda._) ¡Cállate!
-
-CASILDA (_á Ruy Blas_).--¿Estáis ya mejor?
-
-RUY BLAS.--¡Renazco!
-
-LA REINA (_á sus damas_).--Ya es hora de retiraros, señoras. (_Á los
-pajes._) Que se dé alojamiento al conde. Ya sabéis que el rey no vendrá
-esta noche, pues pasará toda la estación cazando.
-
- (_Se retira con su servidumbre._)
-
-CASILDA (_mirándola salir_).--La Reina tiene algún pensamiento fijo.
-
- (_Sale por la misma puerta que la Reina, llevándose la cajita de
- reliquias._)
-
-RUY BLAS (_Solo. Parece escuchar aún algún tiempo con profunda alegría
-las últimas palabras de la Reina, como presa de un sueño. El pedazo
-de encaje que la Reina ha dejado caer, en su turbación, está sobre la
-alfombra; lo recoge, mírale con amor y lo cubre de besos, levantando
-después los ojos al cielo._)--¡Oh Dios mío, gracias! Yo me vuelvo loco.
-(_Mirando el pedazo de encaje._) ¡Lo tenía junto al corazón!
-
- (_Lo oculta en el pecho. Entra el conde de Oñate, volviendo de
- la puerta de la cámara á donde ha seguido á la Reina; adelántase
- lentamente hacia Ruy Blas; llegado cerca de él, sin decir palabra,
- desenvaina á medias el acero, y por su mirada parece medirle con el
- de Ruy Blas. No son iguales, y vuelve á envainar. Ruy Blas le mira
- con asombro._)
-
-
-ESCENA IV
-
-RUY BLAS, EL CONDE DE OÑATE
-
-EL CONDE (_envainando su espada_).--Llevaré dos de igual longitud.
-
-RUY BLAS.--Caballero, ¿qué significa?...
-
-EL CONDE (_con gravedad_).--En el año 1650, hallándome en Alicante,
-estaba yo enamorado. Un joven hermoso como un Adonis, miraba con
-descaro á la dama de mis pensamientos, pasando á menudo por debajo de
-su balcón con aire conquistador. Llamábase Vázquez; era caballero,
-aunque bastardo, y en un duelo le maté... (_Ruy Blas quiere
-interrumpirle, pero el conde le detiene con un ademán, y continúa._)
-Más tarde, hacia el año 66, Gil, conde de Íscola, opulento caballero,
-envió á casa de mi dama un billete de amor por medio de un esclavo.
-Mandé matar á este último y yo despaché al amo...
-
-RUY BLAS.--¡Caballero!
-
-EL CONDE (_continuando_).--Algún tiempo después, por el año 80,
-sospeché que mi amada me engañaba, prefiriendo á un tal Tirso Gamonal,
-uno de esos gallardos jóvenes que llaman la atención por su gracia y
-altivez. Provoqué á don Tirso y también le dí muerte...
-
-RUY BLAS.--Pero, en fin, ¿qué quiere decir eso, caballero?
-
-EL CONDE.--Eso quiere decir, conde, que del pozo sale agua cuando la
-sacan; que á las cuatro de la mañana despunta el día; que hay un sitio
-desierto muy propio para los lances de honor, detrás de la capilla; que
-os llamáis César de Bazán, y yo Guritán de Torres y Guevara, conde de
-Oñate.
-
-RUY BLAS (_fríamente_).--Está bien, caballero, no faltaré.
-
- (_Desde hace algunos instantes, Casilda ha estado escuchando con
- curiosidad, en la puertecilla del fondo, las últimas palabras de los
- dos interlocutores, sin ser vista de ellos._)
-
-CASILDA (_aparte_).--¡Un duelo! Advertiré á la Reina.
-
- (_Desaparece por la puertecilla._)
-
-EL CONDE (_siempre imperturbable_).--Por si os place conocer algo mi
-modo de pensar, os diré, para vuestra inteligencia, que nunca me
-gustaron esos jóvenes almibarados, de mostacho retorcido, en quienes se
-fija la atención de las bellas, que les dirigen miradas de amor y que
-saben tomar las más graciosas posturas; pero que se desmayan si reciben
-algún rasguño.
-
-RUY BLAS.--No comprendo...
-
-EL CONDE.--Comprenderéis muy bien. Los dos adoramos el mismo ídolo, y
-de consiguiente, uno de nosotros sobra en palacio. Vos sois escudero
-y yo mayordomo, y en este sentido tenemos derechos iguales; pero por
-lo demás la partida es desigual. Si á mí me asiste el derecho del más
-antiguo, vos tenéis el del más joven, y por eso me dais miedo. Veros
-junto á mí con vuestras pretensiones y vuestro aire conquistador es
-cosa que me molesta mucho. En cuanto á luchar con vos en el terreno
-del amor, locura fuera intentarlo, porque la gota y otros achaques me
-impedirían acometer la empresa de disputar el corazón de una Penélope á
-un joven tan propenso á los desmayos. Sois muy bello, cariñoso, tierno
-é interesante, y por todas estas razones me veo en la precisión de
-mataros.
-
-RUY BLAS.--Tratad de hacerlo.
-
-EL CONDE.--Conde de Garofa, mañana á la hora de despuntar el alba
-os esperaré en el sitio indicado, sin testigos ni lacayos; allí nos
-batiremos con espada y daga, si os place, como cumplidos caballeros y
-cual conviene á nuestra categoría.
-
- (_Presenta la mano á Ruy Blas que la estrecha._)
-
-RUY BLAS.--Ni una palabra de esto. ¿No es así? (_El Conde hace una
-señal afirmativa._) Pues hasta mañana.
-
- (_Ruy Blas sale._)
-
-EL CONDE (_solo_).--No, su mano no ha temblado en la mía, aunque debe
-estar seguro de morir. Es un valeroso joven. (_Ruido de una llave en
-la puertecilla de la cámara de la Reina; el conde de Oñate vuelve la
-cabeza._) ¡Abren la puerta!
-
- (_La Reina se presenta y adelántase vivamente hacia el conde,
- sorprendido y contento á la vez; lleva entre las manos la cajita._)
-
-
-ESCENA V
-
-EL CONDE, LA REINA
-
-LA REINA (_con una sonrisa_).--Conde, os buscaba.
-
-EL CONDE (_muy satisfecho_).--¿Á qué debo tanta dicha?
-
-LA REINA (_colocando la cajita sobre el velador_).--¡Oh! no es
-nada, ó por lo menos muy poco, caballero. (_Se sonríe._) Hace poco
-Casilda me decía entre otras cosas--ya sabéis que las mujeres son muy
-locas--decíame que haríais por mí cuanto yo quisiera.
-
-EL CONDE.--Tiene razón.
-
-LA REINA (_riendo_).--Á fe mía, he sostenido lo contrario.
-
-EL CONDE.--Habéis hecho mal, señora.
-
-LA REINA.--Casilda me aseguraba que daríais por mí vuestra alma,
-vuestra vida...
-
-EL CONDE.--Casilda decía muy bien.
-
-LA REINA.--Pues yo he contestado que no.
-
-EL CONDE.--Y yo digo que sí; por Vuestra Majestad estoy dispuesto á
-todo.
-
-LA REINA.--¿Á todo?
-
-EL CONDE.--¡Á todo!
-
-LA REINA.--¡Pues bien! jurad que para complacerme haréis al punto lo
-que os diga.
-
-EL CONDE.--¡Por el santo rey Gaspar, mi venerado patrón, os lo juro!
-Ordenad; obedezco, ó muero.
-
-LA REINA (_cogiendo la cajita_).--Pues bien; saldréis de Madrid
-inmediatamente para llevar esta cajita de sándalo á mi padre, el
-elector de Neuburgo.
-
-EL CONDE (_aparte_).--¡Estoy cogido! (_En voz alta._) ¿Á Neuburgo?
-
-LA REINA.--Á Neuburgo.
-
-EL CONDE.--¡Seiscientas leguas!
-
-LA REINA.--Quinientas cincuenta. (_Mostrando la cubierta que resguarda
-la caja._) Tendréis cuidado de estas franjas azules, porque se podrían
-deteriorar en el camino.
-
-EL CONDE.--¿Y cuándo he de marchar?
-
-LA REINA.--En el acto.
-
-EL CONDE.--Permitidme que sea mañana.
-
-LA REINA.--No puedo consentirlo.
-
-EL CONDE (_aparte_).--¡Estoy cogido! (_En voz alta._) Pero...
-
-LA REINA.--¡Marchad!
-
-EL CONDE.--¡Cómo!
-
-LA REINA.--Me habéis dado vuestra palabra.
-
-EL CONDE.--Es que un asunto...
-
-LA REINA.--No admito excusa.
-
-EL CONDE.--Para un objeto tan frívolo...
-
-LA REINA.--¡Despachad!
-
-EL CONDE.--Concededme sólo un día.
-
-LA REINA.--No puede ser; complacedme y marchad.
-
-EL CONDE.--Pero...
-
-LA REINA.--¿Así apreciáis mi deferencia y cumplís vuestra palabra?
-
-EL CONDE.--No resisto más; obedeceré, señora. (_Aparte._) Si Dios se
-hizo hombre, el diablo se ha hecho mujer.
-
-LA REINA (_mostrando la ventana_).--Abajo os espera un coche.
-
-EL CONDE (_aparte_).--¡Todo lo había previsto! (_Escribe en un papel
-algunas palabras apresuradamente, toca una campanilla y preséntase
-un paje._) Paje, lleva esto al punto al señor don César de Bazán.
-(_Aparte._) Será preciso aplazar el duelo hasta mi vuelta. (_En voz
-alta._) Voy á servir al punto á Vuestra Majestad.
-
-LA REINA.--Muy bien. (_El conde toma la caja, besa la mano de la Reina,
-saluda profundamente y sale. Un momento después óyese el ruido de un
-carruaje que se aleja.--La Reina cae en un sillón exclamando:_) ¡No le
-matará!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO III
-
-RUY BLAS
-
-La sala llamada de Gobierno en el Palacio Real de Madrid. En el fondo
-una puerta grande sobre gradas; en el ángulo, á la izquierda, una
-salida cerrada por tapices, y en el lado opuesto una ventana. Á la
-derecha una mesa grande cubierta con tapete de terciopelo verde, y
-alrededor de la cual hay taburetes para ocho ó diez personas, que
-corresponden á otros tantos pupitres colocados en aquella. El lado de
-la mesa que da frente al espectador está ocupado por un sillón grande
-revestido de tela de oro, sobrepuesto de un dosel con las armas de
-España y la corona real. Junto á este sillón una silla.
-
-En el momento de levantarse el telón, la junta del Despacho universal
-(Consejo privado del rey) hállase á punto de comenzar su sesión.
-
-
-ESCENA I
-
-D. MANUEL ARIAS, presidente de Castilla; D. PEDRO VÉLEZ DE GUEVARA,
-CONDE DE CAMPO-REAL, consejero; D. FERNANDO DE CÓRDOBA Y AGUILAR,
-MARQUÉS DE PRIEGO, consejero; ANTONIO UBILLA, escribano mayor;
-MONTAZGO, consejero; COVADONGA, secretario supremo. Otros varios
-consejeros de toga y espada. Campo-real ostenta la cruz de Calatrava, y
-Priego el Toisón de oro.
-
- (_D. Manuel Arias y el conde de Campo-real conversan en voz baja; los
- otros consejeros forman grupos acá y allá._)
-
-D. MANUEL ARIAS.--Esa fortuna oculta algún misterio.
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Tiene el Toisón de oro; es ya secretario
-universal, ministro, y además duque de Olmedo.
-
-D. MANUEL ARIAS.--¡En seis meses!
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Sin duda le protegen bajo cuerda.
-
-D. MANUEL ARIAS (_misteriosamente_).--¡La Reina!
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Á decir verdad, el rey, loco y enfermo, vive
-en la tumba de su primera mujer; abdica, encerrado en su Escorial, y la
-Reina lo hace todo.
-
-D. MANUEL ARIAS.--Amigo Campo-real, reina sobre nosotros, y don César
-la gobierna.
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Don César vive de un modo muy extraño; no ve
-nunca á la Reina, y parece huir de ella. Tal vez no lo creáis; pero
-como hace seis meses que los vigilo, y no sin razón, estoy seguro de
-ello. Además, el Conde tiene el raro capricho de habitar en una casa
-misteriosa, siempre cerrada, con dos lacayos negros, que si no fueran
-mudos podrían decirnos muchas cosas.
-
-D. MANUEL ARIAS.--¿Mudos?
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Sí señor; todos los demás criados habitan en
-el alojamiento que don César tiene en palacio.
-
-D. MANUEL ARIAS.--Es singular.
-
-D. ANTONIO UBILLA (_que se ha acercado momentos antes_).--Por lo menos
-don César es de noble estirpe.
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Lo extraño es que la echa de honrado. (_Á
-don Manuel Arias._) Es primo de don Salustio, aquel que desterraron
-el año pasado. Parece que era el hombre más loco que ha existido bajo
-la capa del cielo; cambiaba todos los días de dama y de carroza; para
-satisfacer sus caprichos despilfarraba cuanto tenía, y cuando dió fin
-con su caudal, desapareció un día sin que nadie supiera por dónde.
-
-D. MANUEL ARIAS.--La edad hace del loco un hombre cuerdo.
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL.--Toda muchacha alegre se hace juiciosa cuando
-se marchita.
-
-UBILLA.--Yo le creo hombre probo.
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL (_riendo_).--¡Oh, cándido Ubilla, que se deja
-deslumbrar por las apariencias de probidad! (_Con tono significativo._)
-La casa de la Reina cuesta seiscientos sesenta y cuatro mil sesenta
-y seis ducados al año; es un Pactolo oscuro, donde el pescador puede
-echar la red con seguridad de obtener buen botín. Á río revuelto... ya
-me entendéis.
-
-EL MARQUÉS DE PRIEGO (_acercándose_).--Mal que os pese, os diré que me
-parece una imprudencia hablar como lo hacéis. Mi abuelo, protegido
-del conde-duque de Olivares, solía decir: «Morded al rey y besad al
-valido.» Y ahora, señores, ocupémonos de los asuntos públicos.
-
- (_Todos se sientan alrededor de la mesa; los unos toman plumas; los
- otros revisan papeles; pero en rigor todos están ociosos. Momento de
- silencio._)
-
-MONTAZGO (_en voz baja á Ubilla_).--Os he pedido sobre la caja la
-cantidad que se ha de pagar por el empleo de alcalde para mi sobrino.
-
-UBILLA (_en voz baja_).--Y vos me habéis prometido nombrar baile antes
-de poco á mi primo Melchor...
-
-MONTAZGO (_interrumpiéndole_).--Acabamos de dotar á vuestra hija; esto
-es acosarnos sin tregua.
-
-UBILLA (_en voz baja_).--Se dará el empleo de alcalde.
-
-MONTAZGO (_en voz baja_).--Tendréis el bailiaje.
-
- (_Se estrechan la mano._)
-
-COVADONGA (_levantándose_).--Señores consejeros de Castilla, á fin
-de que ninguno de nosotros se salga de su esfera, importa regular
-nuestros derechos y distribuir las partes. Las rentas del Erario están
-en cien manos, y esto es una calamidad pública, á la que es preciso
-poner término, pues mientras los unos no tienen lo bastante, otros
-poseen demasiado. La renta del tabaco es vuestra, Ubilla; el añil y
-el almizcle os pertenecen, marqués de Priego; Campo-real percibe el
-impuesto de los ocho mil hombres, el de la sal y otros muchos. (_Á
-Montazgo._) Vos, que en mí fijáis miradas inquietas, tenéis para vos
-solo, gracias á vuestros manejos, el impuesto sobre el arsénico y los
-derechos sobre la nieve; los puertos, las cartas, el latón, las multas
-de los plebeyos á quienes se castiga, los diezmos, el plomo... Yo,
-señores, no tengo nada; dadme alguna cosa.
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL (_soltando la carcajada_).--¡Miren el tunante!
-Tiene los beneficios más limpios, y aún se queja. Excepto las Indias,
-posee las islas de ambos mares; con una mano tiene cogida Mallorca y
-con la otra el Pico de Tenerife.
-
-COVADONGA (_irritado_).--¡Yo sí que no tengo nada!
-
-EL MARQUÉS DE PRIEGO (_riendo_).--¿Y los negros?
-
- (_Todos se levantan y hablan á la vez, disputando._)
-
-MONTAZGO.--¡Más bien debería quejarme yo! Yo quiero los bosques.
-
-COVADONGA (_al marqués de Priego_).--Dadme el arsénico, y yo os cederé
-los negros.
-
- (_Hace algunos instantes que Ruy Blas ha entrado por la puerta
- del fondo y presencia la escena sin ser visto de ninguno de los
- interlocutores. Viste de terciopelo negro, con ferreruelo escarlata;
- una pluma blanca adorna su sombrero, y ostenta el Toisón de oro.
- Escucha primeramente silencioso, y después adelántase con lento paso,
- hasta colocarse en medio de los contendientes._)
-
-
-ESCENA II
-
-Los mismos, RUY BLAS
-
-RUY BLAS.--¡Parece que hay buen apetito, señores! (_Todos se vuelven:
-silencio de sorpresa é inquietud. Ruy Blas se cubre, cruza los brazos
-y sigue mirando frente á frente á todos._) ¡Oh fieles ministros y
-virtuosos consejeros! ¡He aquí cómo saqueáis la casa, sin vergüenza,
-eligiendo precisamente la triste hora en que el país gime y agoniza!
-Aquí no tenéis más interés que llenar vuestra bolsa para huir luego;
-y ante España que se arruina sólo sois dignos de baldón, viles
-sepultureros que tratáis de robarla hasta en su tumba. Pero al menos,
-señores, tened algún decoro, al ver que España se hunde con todas sus
-virtudes y grandeza. Desde Felipe IV hemos perdido el Portugal y el
-Brasil sin lucha; en Alsacia, Brisach; en el Luxemburgo Steinfort, y
-todo el condado; el Rosellón, Ormuz, Goa; cinco mil leguas de costas,
-Pernambuco y las Montañas Azules. Desde Poniente á Oriente, Europa
-que os odia, nos mira sonriendo, como si nuestro rey fuese sólo un
-vano fantasma. Holanda y los ingleses se comparten este reino; Roma
-os engaña; apenas se puede arriesgar un ejército en el Piamonte,
-aunque es país amigo; la Saboya y su Duque, sólo nos ofrecen peligro;
-Francia espera una ocasión propicia para caer sobre nosotros; el
-Austria os acecha también; y el infante bávaro se muere. En cuanto á
-vuestros vireyes, Medina, loco de amor, llena de escándalos á Nápoles;
-Vaudémont vende Milán, y Leganés pierde á Flandes. ¿Y quién remedia
-todo esto?... El erario está pobre; el país agotado de dinero y de
-gente; hemos perdido en el mar trescientos barcos, sin contar las
-galeras; y aún osáis... Señores, en el espacio de veinte años, el
-pueblo, agobiado bajo la enorme carga que le oprime, ha dado, para
-vuestros placeres y vuestras queridas, cuatrocientos millones en oro;
-y esto no basta, y aún queréis, señores... ¡Ah! ¡por vosotros me
-avergüenzo!... En el interior, cuadrillas de ladrones y aventureros
-que baten el país é incendian las cosechas, y en cada matorral un
-arcabuz. Como si no bastara la lucha entre los príncipes, tenemos la
-guerra intestina, en las provincias y hasta en los conventos; todos
-quieren apropiarse del bien de su vecino como lobos voraces; y en
-nuestras ruinosas iglesias crece la yerba. En cuanto á los nobles,
-únicamente por sus abuelos podemos saber que son tales, no por sus
-obras; sólo impera la intriga, y ya no existe la lealtad. España es una
-cloaca que recibe las impurezas de todas las naciones... Los grandes
-tienen á su servicio espadachines asalariados de todos los países,
-genoveses, sardos, flamencos; y así tenemos á Madrid convertido en
-una Babel. El alguacil, duro con el pobre, inclínase ante el rico;
-por la noche se roba y se asesina en las calles; medio Madrid saquea
-á la otra mitad; la justicia se vende; y no se paga á los soldados.
-Antes señores del mundo, ¿qué ejército nos queda ahora? Apenas seis
-mil hombres descalzos y sin pan. Mendigos y montañeses, armados de
-puñales, siguen á los regimientos cuando cierra la noche, y llega un
-momento en que el soldado, olvidando sus deberes, se convierte en
-ladrón. Matalobos tiene más gente que un señor feudal, y osa declarar
-la guerra al rey de España, cuyo coche insultan los labriegos cuando
-le ven pasar. El monarca, entre tanto, presa de su amargura y poseído
-de temor, se inclina ante los sepulcros del sombrío Escorial, doblando
-la cabeza ante el imperio que se derrumba. ¡Europa nos desprecia, y
-este pobre país, en otro tiempo púrpura, está convertido en un andrajo!
-¡Sí, España está arruinada, y aún os disputáis sus restos! Este gran
-pueblo español, enervadas sus fuerzas, y sobre el cual vivís, perece
-en vuestras manos, cual león devorado por parásitos. ¿Qué haces en la
-tumba, Carlos V, en estos tiempos de oprobio y de terror? ¡Levántate,
-ven y verás cómo los buenos dejan su lugar á los malos; verás cómo
-tu imperio, formado por cien reinos, se hunde en el abismo! ¡Danos
-tu fuerte brazo, préstanos auxilio, porque la España se extingue! El
-globo que en tu diestra brillaba, sol deslumbrador que hizo creer al
-mundo que su luz no se extinguiría nunca, es ahora un astro muerto,
-triste y menguante luna que sin cesar decrece, y que apagará tal vez la
-aurora de otro pueblo. Los mercaderes se apoderan de tus despojos para
-convertirlos en moneda, y tus esplendores se han desvanecido. ¡Oh rey
-gigante! ¿es posible que duermas mientras venden tu cetro al peso, y
-cuando manos codiciosas recortan sin vergüenza tu manto de púrpura para
-vestirse con él? ¡Aquella águila imperial que tu poder cernía sobre el
-mundo, ahora, ave sin plumas, se consume en vil caldera!
-
- (_Los consejeros, consternados, guardan silencio; sólo el marqués de
- Priego y el conde de Campo-real levantan la cabeza y miran á Ruy Blas
- con altivez y enojo. Campo-real, que había hablado al oído á Priego,
- acércase á la mesa, escribe en un papel algunas palabras y los dos
- firman._)
-
-EL CONDE DE CAMPO-REAL (_señalando al marqués de Priego y entregando
-el papel á Ruy Blas_).--Señor duque, en nombre de los dos, he aquí la
-dimisión de nuestro cargo.
-
-RUY BLAS (_tomando el papel fríamente_).--Gracias, señores; iréis á
-reuniros con vuestras familias. (_Á Priego._) Vos, á Andalucía. (_Á
-Campo-real._) Y vos, conde, á Castilla: cada cual á sus posesiones.
-Marcharéis mañana. (_Los dos señores se inclinan y salen con la cabeza
-cubierta y el ademán altivo. Ruy Blas se vuelve hacia los demás
-consejeros._) Si alguno de vosotros no quiere ir por mi camino, puede
-seguir á esos señores.
-
- (_Silencio entre los presentes. Ruy Blas se sienta á la mesa en un
- sillón colocado junto al sitial de la Reina, y ocúpase en abrir
- la correspondencia. Mientras recorre las cartas una tras otra,
- Covadonga, Arias y Ubilla hablan en voz baja._)
-
-UBILLA (_á Covadonga, mostrando á Ruy Blas_).--Amigo mío, tenemos amo.
-¡Ese hombre será grande!
-
-D. MANUEL ARIAS.--Sí, pero falta que le dén tiempo para ello.
-
-COVADONGA.--Y si no se pierde del todo por empeñarse en ver las cosas
-demasiado de cerca.
-
-UBILLA.--¡Será un Richelieu!
-
-D. MANUEL ARIAS.--¡Ó un Olivares!
-
-RUY BLAS (_Después de leer rápidamente una carta que acaba de
-abrir_).--¡Un complot! ¿Qué es esto? ¿No os lo decía yo, señores?
-(_Leyendo._) «...Duque de Olmedo, velad; en Madrid están preparando una
-trama para apoderarse de cierto personaje». (_Examinando la carta._) No
-nombran la persona; pero yo velaré... El escrito es anónimo. (_Entra
-un hujier que se aproxima á Ruy Blas, haciendo una reverencia._) ¿Qué
-ocurre?
-
-EL HUJIER.--El embajador de Francia desea ver á vuecencia.
-
-RUY BLAS.--¡Ah! ¡Harcourt! No me es posible recibirle ahora.
-
-EL HUJIER (_inclinándose_).--El Nuncio de Su Santidad espera en la
-antecámara á vuecencia.
-
-RUY BLAS.--Á esta hora no puedo verle. (_El hujier se inclina y sale.
-Hace pocos momentos ha entrado un paje, que viste ropilla roja con
-galones de plata. Se acerca á Ruy Blas, y éste, que acaba de verle,
-dice:_) Paje, no estoy visible para nadie absolutamente.
-
-EL PAJE (_en voz baja_).--El conde Guritán acaba de llegar de
-Neuburgo...
-
-RUY BLAS (_con ademán de sorpresa_).--¡Ah! pues dile que vaya á verme
-mañana á mi casa, si lo tiene á bien; y tú enséñale dónde es. (_Sale el
-paje. Á los consejeros._) Tendremos que trabajar luego; volved de aquí
-á dos horas, señores.
-
- (_Todos salen, saludando profundamente á Ruy Blas._)
-
- (_Ruy Blas, solo, da algunos pasos, sumido en profunda meditación. De
- repente se entreabre la tapicería en el ángulo del salón y la Reina
- aparece. Viste de blanco, lleva la corona, y radiante de alegría al
- parecer, fija en Ruy Blas una mirada de admiración y respeto. Á su
- espalda se ve una especie de gabinete oscuro, en el cual se distingue
- una puertecilla. Al volver la cabeza, Ruy Blas ve á la Reina y queda
- como petrificado ante aquella aparición._)
-
-
-ESCENA III
-
-RUY BLAS, LA REINA
-
-LA REINA (_en el fondo_).--¡Oh! ¡gracias!
-
-RUY BLAS.--¡Cielos!
-
-LA REINA.--Bien habéis hecho en hablarles así, y no puedo reprimir el
-deseo de estrechar la mano de un hombre tan firme y leal.
-
- (_Se dirige hacia él, le coge la mano y estréchala antes que pueda
- impedirlo._)
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Evitar su presencia hace seis meses, y verla de
-improviso! (_En voz alta._) ¿Estabais ahí, señora?
-
-LA REINA.--Sí, duque, lo escuchaba todo... y con mucho interés.
-
-RUY BLAS (_mostrando el gabinete_).--No sospechaba... la existencia de
-ese gabinete, señora...
-
-LA REINA.--Nadie le conoce. Es un gabinetito oscuro que Felipe III
-mandó abrir en esa pared. Desde ahí, el monarca, invisible, oía todo
-cuanto en el consejo se trataba; y también he visto con frecuencia
-á Carlos II, triste y cabizbajo, asistiendo al consejo en que se le
-despojaba de sus bienes y se vendía el Estado.
-
-RUY BLAS.--¿Y qué decía?
-
-LA REINA.--Nada.
-
-RUY BLAS.--¿Nada? ¿Y qué hacía?
-
-LA REINA.--Iba á cazar. ¡Pero vos!... aún me parece oir vuestro acento
-amenazador. ¡Con qué brío y energía los habéis tratado, y con cuánta
-razón! Levantando un poco el tapiz podía veros bien. Vuestras miradas,
-sin cólera, pero severas, humillaban á todos al decirles tan tristes
-verdades; y entre los consejeros cabizbajos sólo vuestra figura
-descollaba. Pero ¿dónde habéis aprendido todas esas cosas? ¿Cómo es que
-conocéis los efectos y las causas? Veo que nada ignoráis. Vuestra voz
-hablaba cual debería hablar la de los reyes; y me parecíais majestuoso
-y severo como un Dios. ¿Por qué es así?
-
-RUY BLAS.--¡Porque os amo! Porque conozco que esos hombres me odian,
-y que al labrar mi ruina labrarán la vuestra; porque mi abnegación,
-señora, es tan profunda, que por salvaros, salvaría al mundo. Soy un
-infeliz que por vos delira de amor, y en vos piensa, señora, como el
-ciego en el día. Escuchadme: en mis sueños sin fin os amo desde lejos,
-desde abajo, desde el fondo de la sombra: y no osaría alzar la vista
-hasta vos, porque vuestra mirada me deslumbra. ¡Si supiérais, señora,
-cuánto he sufrido durante los seis meses en que siempre evité vuestra
-presencia!... No me ocupo de esos hombres, porque sólo vivo con mi
-amor. ¡Oh, Dios mío! ¡Y aún me atrevo á decir esto frente á frente á
-Vuestra Majestad! No sé lo que hago... Perdonadme... tengo miedo en el
-corazón;... pero moriría por vos...
-
-LA REINA.--¡Oh! prosigue, tus palabras me encantan; jamás me han dicho
-esas cosas, y te escucho con inefable placer; necesito verte y oirte.
-¡Si supieras cuánto he sufrido también en los seis meses en que con
-tanto afán has evitado mi presencia!... Pero no, no debo decirte esto
-tan pronto... ¡Soy muy desgraciada! ¡Oh! ¡debo callar; tengo miedo!
-
-RUY BLAS (_que la escucha con pasión_).--¡Oh! ¡señora, concluíd, porque
-vuestras palabras me llenan el corazón!
-
-LA REINA.--¡Pues bien, escucha! (_Alzando los ojos al cielo._) Sí, voy
-á decírtelo todo. ¡No sé si cometo un crimen; pero si lo es, tanto
-peor! Cuando el corazón se abre, forzoso es dejar ver cuanto en él se
-oculta. ¿Tú huías de la reina? ¡Pues bien, la reina te buscaba! Todos
-los días estaba allí, en aquel gabinete, escuchándote, recogiendo la
-menor palabra que decías, admirando tu espíritu, que quiere, juzga
-y resuelve, y seducida por tu voz y tu ardimiento. Tú me pareces el
-verdadero rey, el verdadero señor. Yo soy la que hace seis meses,
-debiste sospecharlo, te eleva paso á paso hasta la cumbre del poder.
-Dios debió haberte colocado donde una mujer te ha puesto. Tú velas
-solícito por mí, y yo te admiro; en otro tiempo me diste una flor, y
-ahora un imperio; primero has sido bueno, y después grande. Esto es lo
-que apasiona á una mujer. ¡Dios mío! si obro mal ¿por qué en esta tumba
-me encierras, como se aprisiona la paloma en una jaula, sin esperanza,
-sin amor y sin ilusiones? Otro día, cuando tengamos tiempo, te contaré
-todo cuanto he sufrido, siempre sola y olvidada. Á cada instante siento
-mi orgullo humillado; juzga tú mismo: ayer, sin ir más lejos... mi
-cámara me disgusta; ya sabes que unas son más tristes que otras, y
-quise abandonar la que ocupo; pero no me lo permitieron. Ya ves hasta
-qué punto soy esclava y arrastro mis cadenas. ¡Duque, preciso es que
-el cielo te haya enviado aquí para salvar al Estado, para apartar del
-borde del abismo á ese pobre pueblo que sin cesar trabaja, y para
-amarme á mí, que tanto sufro en silencio!
-
-RUY BLAS (_cayendo de rodillas_).--Señora...
-
-LA REINA (_gravemente_).--Don César, mi alma os entrego; reina para
-todos, sólo seré para vos una mujer; por el amor y por el corazón os
-pertenezco, duque; tengo bastante fe en vuestro honor para confiar en
-que respetaréis el mío, y cuando me llaméis estaré á vuestro lado. ¡Oh,
-César! tú eres un espíritu sublime, porque el genio es tu corona. (_Da
-un beso á Ruy Blas en la frente._) ¡Adiós!
-
- (_Levanta la tapicería y desaparece._)
-
-
-ESCENA IV
-
-RUY BLAS, solo, y como absorto en un éxtasis
-
-¡Ante mis ojos veo abrirse el cielo esplendoroso, y en la carrera de mi
-vida esta es la hora primera! Todo un mundo de luz, semejante á esos
-paraísos que entre sueños nos parece ver á veces, me inunda con sus
-brillantes rayos. Por doquiera alegría, éxtasis y misterio, embriaguez
-y orgullo, y sobre todo el amor, que es lo que en la tierra se acerca
-más á la divinidad. ¡La Reina me ama! ¡Oh Dios mío! ¿es verdad que á
-mí mismo es á quien ama? Entonces soy más que el rey, y esto solo me
-deslumbra. ¡Feliz, amado, duque de Olmedo!... ¡La España á mis pies;
-y en mis manos el corazón de ese ángel á quien de rodillas contemplo!
-Sus palabras me transfiguran y hacen de mí más que un hombre. Sí,
-mis sueños dorados se realizan; y estas no son ilusiones de mi loca
-fantasía. ¡Sí, sí, me ha hablado; era ella; llevaba una diadema de
-encaje de plata, y no dejé de mirarla mientras me habló! Paréceme
-estar viéndola aún con su aspecto noble y majestuoso. Dice que confía
-en mí... ¡Pobre ángel! ¡Oh! Si es cierto que Dios, por un extraño
-prodigio, nos dió el amor para que fuéramos más grandes y benignos, yo,
-que no temo cosa alguna mientras que ella me ame; yo, poderoso ya por
-su elección suprema; yo, á quien los reyes envidiarían, juro ante Dios,
-sin temor y con voz segura, que podéis confiar en mí, señora, en mi
-brazo como reina, en mi corazón como mujer. ¡La abnegación se oculta en
-el fondo de mi alma confundida con mi amor puro y leal! ¡Nada temáis,
-reina mía!
-
- (_Desde hace algunos momentos un hombre ha entrado por la puerta
- del fondo, embozado en una ancha capa, y cubierta la cabeza con un
- sombrero galoneado de plata. Avanza lentamente hacia Ruy Blas sin
- ser visto, y en el momento en que éste, ebrio de dicha, levanta los
- ojos al cielo, le pone bruscamente la mano en el hombro. Ruy Blas se
- vuelve con viveza: el hombre deja caer el embozo: es D. Salustio,
- vestido de librea color de fuego, con galones de plata, semejante á
- la del paje de Ruy Blas._)
-
-
-ESCENA V
-
-RUY BLAS, D. SALUSTIO
-
-D. SALUSTIO.--Buenos días.
-
-RUY BLAS (_aterrado, aparte_).--¡Gran Dios, estoy perdido! ¡El marqués!
-
-D. SALUSTIO (_sonriendo_).--Apostaría á que no pensabais en mí.
-
-RUY BLAS.--En efecto, vuestra presencia me sorprende. (_Aparte._) ¡Oh!
-ya renace mi desgracia; yo miraba el ángel, mientras que el demonio
-venía.
-
- (_Corre hacia el tapiz que oculta el gabinete secreto, cierra la
- puertecilla con cerrojo, y vuelve temblando hacia don Salustio._)
-
-D. SALUSTIO.--Y bien, ¿cómo va por aquí?
-
-RUY BLAS (_con la mirada fija en D. Salustio impasible, apenas puede
-coordinar sus ideas_).--¡Esa librea!...
-
-D. SALUSTIO (_sonriendo siempre_).--Érame preciso entrar en palacio,
-y como con esta librea se puede llegar á todas partes, he tomado la
-vuestra, que no deja de agradarme. (_Se cubre; Ruy Blas permanece
-descubierto._)
-
-RUY BLAS.--Es que yo temo por vos.
-
-D. SALUSTIO.--¡Temor risible!
-
-RUY BLAS.--¡Estáis desterrado!
-
-D. SALUSTIO.--¿Lo creéis así? Es posible.
-
-RUY BLAS.--Si os reconociesen en el palacio en pleno día...
-
-D. SALUSTIO.--¡Bah! los cortesanos felices que viven descuidados no
-irán á perder el tiempo en examinar el rostro de un caído para recordar
-quién es; y además, ¿quién repara en un lacayo? (_Se sienta en un
-sillón; Ruy Blas permanece en pie._) ¿Y qué se cuenta en Madrid, amigo
-mío? ¿Es cierto que, poseído de un celo hiperbólico en favor del tesoro
-público, desterráis á ese buen Priego, uno de nuestros nobles? ¿Habéis
-olvidado que sois parientes? Su madre es Sandoval, como la vuestra ¡qué
-diablo! y en su escudo lleva oro en campo de gules. Mirad vuestros
-blasones, don César; esto es muy claro; entre parientes no se hacen
-tales cosas. ¿Pensáis que los lobos se hacen daño entre sí, fingiéndose
-corderos? Abrid los ojos para vos mismo, pero cerradlos para los demás.
-Cada cual para sí.
-
-RUY BLAS (_tranquilizándose un poco_).--Sin embargo, señor, permitidme
-observar que el marqués de Priego, como noble, gravaba los ingresos
-del tesoro, precisamente cuando será necesario poner un ejército en
-campaña. No tenemos dinero, y se necesita. El heredero bávaro se muere,
-según me decía ayer el conde de Harrach, embajador de Austria, á quien
-debéis conocer. Si el archiduque quiere sostener su derecho, la guerra
-estallará...
-
-D. SALUSTIO.--El aire me parece un poco frío; hacedme el favor de
-cerrar la ventana.
-
- (_Ruy Blas, pálido de vergüenza y desesperación, vacila un instante;
- después hace un esfuerzo y se dirige lentamente á la ventana,
- ciérrala y vuelve hacia D. Salustio, que sentado en el sillón, le
- mira con expresión de indiferencia._)
-
-RUY BLAS (_continúa, tratando de convencer á D. Salustio_).--Dignaos
-reflexionar hasta qué punto es inoportuna la guerra, no teniendo
-dinero. La salvación de España depende de nuestra probidad más que de
-otra cosa; y yo, como si nuestro ejército estuviese ya preparado, he
-mandado decir al emperador que le haré frente...
-
-D. SALUSTIO (_interrumpiendo á Ruy Blas, y mostrándole un pañuelo, que
-ha dejado caer al entrar_).--Tened la bondad de recogerme el pañuelo.
-(_Ruy Blas, apurada la paciencia, vacila otra vez, pero al fin recoge
-el pañuelo y preséntale á D. Salustio, quien añade, guardándole en el
-bolsillo:_) ¿Decíais?...
-
-RUY BLAS (_haciendo un esfuerzo_).--La salvación de España y el interés
-público exigen un sacrificio. Toda nación bendice á quien la salva, y
-para ello debemos atrevernos á ser grandes, á despejar las sombras de
-la intriga y á desenmascarar á los bribones.
-
-D. SALUSTIO (_con indolencia_).--En efecto, esa es mala compañía; mas
-no creo que se deba hacer tanto ruido por un pobre millón que han
-devorado, ni tampoco es cosa de poner el grito en el cielo. Amigo mío,
-nuestros grandes señores no son ganapanes como los vuestros, y gústales
-vivir holgadamente. Os digo con franqueza que eso de hacer el Quijote
-para corregir abusos, siempre henchido de orgullo y rojo de cólera, me
-parece una ridiculez; pero ¡bah! os habéis empeñado en ser popular y en
-que os adoren los plebeyos; queréis ser famoso en tiendas y plazuelas.
-¡Qué rareza! Tened otros caprichos menos vanos. ¡El interés público!
-Pensad antes en el vuestro; y en cuanto á la salvación de España,
-esta es una frase hueca que otros harán resonar mejor que vos. ¿La
-popularidad? es pobre gloria; y eso de convertiros en dogo que ladra
-siempre alrededor de las gabelas, paréceme triste oficio. ¡La virtud,
-la fe, la probidad, palabras vanas! Todo esto estaba gastado ya en
-tiempos de Carlos V. Duéleme que parezcáis un necio, siendo hombre
-inteligente. Romped á puntapiés vuestro globo ridículo é hinchado, para
-que salga el viento de tantas necedades.
-
-RUY BLAS.--Sin embargo, señor...
-
-D. SALUSTIO (_con helada sonrisa_).--¡Qué raro sois! Ocupémonos ahora
-en cosas más serias. (_Con tono breve é imperioso._) Me esperaréis
-mañana todo el día en vuestra casa, es decir, en la que yo os he dado,
-pues ya se acerca el desenlace de mis planes. Quedaos tan sólo con los
-mudos para vuestro servicio, y tened en el jardín oculta una carroza
-preparada para emprender un viaje. Yo me cuidaré del cambio de mulas.
-Hacedlo todo tal como os digo; y si necesitáis dinero os lo enviaré.
-
-RUY BLAS.--Señor, obedeceré; consiento en todo; pero juradme antes que
-en este asunto nada tendrá que ver la Reina.
-
-D. SALUSTIO (_que juega con un cuchillo de marfil sobre la mesa, se
-vuelve á medias_).--¿Y qué os importa?
-
-RUY BLAS (_vacilando y mirándole con espanto_).--¡Oh! ¡sois un
-hombre temible! Mis rodillas tiemblan... Me arrastráis á un abismo
-insondable, y sospecho que proyectáis planes monstruosos. Entreveo algo
-espantoso... Compadeceos de mí. Es preciso que os lo diga todo para que
-podáis juzgar, pues no lo sabíais. ¡Yo amo á esa mujer!
-
-D. SALUSTIO (_fríamente_).--Ya lo sabía.
-
-RUY BLAS.--¡Lo sabíais!
-
-D. SALUSTIO.--¡Pardiez! ¿Qué importa esto?
-
-RUY BLAS (_apoyándose en la pared para no caer, y como hablando consigo
-mismo_).--¡Soy pues juguete de ese cobarde, que así me atormenta! ¡Oh!
-¡qué horrible aventura! (_Levantando la vista al cielo._) ¡Perdonadme,
-señor, Dios poderoso!
-
-D. SALUSTIO.--¡Pardiez, veo que de veras estáis soñando y que tomáis
-por lo serio vuestro papel! Esto es ridículo. Mis proyectos tienen un
-fin determinado que yo solo debo conocer; y el objeto es haceros más
-feliz de lo que podéis pensar. Obedeced, callad y no tengáis cuidado,
-que vuestra recompensa será la fortuna. Los pesares de amor valen bien
-poco, y todos sabemos que son muy pasajeros. Habéis de saber que se
-trata del destino de un imperio, y comparado con esto nada significan
-vuestros asuntos. Quiero deciros todo; pero tened el buen sentido de
-manteneros en vuestra esfera. Yo soy muy bueno y benigno; pero ¡qué
-diantre! un lacayo no es al fin más que humilde vaso donde puedo
-verter mis fantasías. El amo puede hacer de vosotros lo que le plazca,
-disfrazaros y descubriros á su antojo. Yo os hice gran señor por un
-momento dejándoos después libre; pero no olvidéis, que sois mi lacayo.
-Cortejáis á la reina, como también podríais colocaros detrás de mi
-carroza. Sed razonable, amigo mío.
-
-RUY BLAS (_que ha escuchado aturdido, y como no pudiendo dar crédito
-á lo que oye_).--¡Oh Dios mío, Dios clemente, Dios justo! ¿De qué
-crimen será este el castigo? ¿Qué he podido hacer yo? ¡Señor! tú que
-eres el padre de todos ¿quieres verme morir desesperado? De mi parte
-no hay falta, y no debo ser víctima. Señor marqués, me habéis lanzado
-en un abismo, y es una crueldad martirizar un pobre corazón, lleno
-de amor y de fe, para llevar á cabo una venganza. (_Hablando consigo
-mismo._) ¡Oh! sí, es una venganza, no hay duda alguna, y bien adivino
-que es contra la Reina. ¿Qué hacer? ¿Iré á decirle todo? ¡Cielos, ser
-un objeto de disgusto y de horror para ella, ser un bribón, un pillo
-de dos caras, á quien se expulsa á palos! ¡Jamás! ¡Me vuelvo loco!
-(_Pausa._) ¡Dios mío! he aquí cómo se hacen las cosas. En la sombra
-se construye una máquina terrible, armada de rodajes sin número;
-después se arroja en ella, como para probarla, una cosa, un lacayo; y
-por debajo de las ruedas, puestas ya en movimiento, se ve salir una
-masa de carne palpitante, una cabeza rota, un corazón ensangrentado.
-¡Y nadie se espanta entonces al reconocer que aquel lacayo era un
-hombre! (_Volviéndose hacia D. Salustio._) Pero aún es tiempo, señor,
-pues todavía no está la horrible rueda en movimiento. (_Se arroja á
-sus pies._) ¡Compadeceos de mí, apiadaos de ella! Ya sabéis que soy un
-servidor fiel, y con frecuencia lo habéis dicho; ya veis que me someto.
-¡Gracia!
-
-D. SALUSTIO.--Este hombre no comprenderá jamás, y á fe que me
-impaciento.
-
-RUY BLAS (_arrastrándose á sus pies_).--¡Gracia!
-
-D. SALUSTIO.--¡Abreviemos! (_Se vuelve hacia la ventana._) Habéis
-cerrado mal esa ventana, y por ahí entra el frío.
-
- (_La cierra._)
-
-RUY BLAS (_levantándose_).--¡Oh! ¡esto es ya demasiado! Ahora soy duque
-de Olmedo, ministro poderoso, y levanto la frente bajo el pie que me
-pisa.
-
-D. SALUSTIO.--¿Cómo decís eso? Repetid la frase: ¡Ruy Blas, duque de
-Olmedo! ¿No veis que sólo un Bazán puede ser Olmedo?
-
-RUY BLAS.--¡Ordenaré que os prendan!
-
-D. SALUSTIO.--Diré quién sois.
-
-RUY BLAS (_exasperado_).--Pero...
-
-D. SALUSTIO.--Acusadme; vuestra cabeza arriesgo con la mía. Todo está
-previsto. No toméis tan pronto ese aire triunfante.
-
-RUY BLAS.--¡Lo negaré todo!
-
-D. SALUSTIO.--¡Vamos, sois un niño!
-
-RUY BLAS.--¡No tenéis pruebas!
-
-D. SALUSTIO.--Ni vos memoria. Yo hago siempre lo que digo, y os
-demostraré que no sois más que el guante, y yo la mano. (_Acercándose á
-Ruy Blas._) Si no obedeces, si no estás mañana en tu casa para preparar
-lo que necesito, si dices una sola palabra de lo que ocurre, si tus
-miradas ó tu ademán infunden la menor sospecha, aquella por quien
-temes quedará públicamente difamada y perdida; y después recibirá, bajo
-sobre, un papel que conservo en sitio seguro, escrito, ya recordarás
-por qué mano, y firmado por quien sabes. Ese papel dice lo siguiente:
-«Yo, Ruy Blas, lacayo de Su Excelencia el marqués de Finlas, me obligo
-á servirle, como buen criado, en toda ocasión pública ó secreta.»
-
-RUY BLAS (_con voz desfallecida_).--Basta, señor; haré lo que os plazca.
-
- (_Se abre la puerta del fondo y entran los consejeros. Don Salustio
- se emboza rápidamente en su capa_.)
-
-D. SALUSTIO (_en voz baja_).--Alguien viene. (_Saluda profundamente á
-Ruy Blas._) Señor duque, soy vuestro criado.
-
- (_Vase._)
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ACTO IV
-
-D. CÉSAR
-
-Gabinete lujoso, de aspecto sombrío. Ornamentación y muebles usados y
-de antigua forma. Las paredes están cubiertas de tapices de terciopelo
-carmesí, desgastados por la acción del tiempo y formando cuadros
-cortados por franjas de oro que los separan en tiras verticales. En el
-fondo una puerta de dos hojas. Á la izquierda, en un bastidor, gran
-chimenea del tiempo de Felipe II con escudo de hierro forjado en el
-interior. De la parte opuesta, en otro bastidor, una puerta pequeña
-que da á una habitación oscura. Á la izquierda una sola ventana con
-barrotes, como los de una prisión. En las paredes algunos retratos
-antiguos y medio borrados. Un guardarropa con espejo de Venecia.
-Grandes butacas del tiempo de Felipe III. Un lujoso armario colocado
-junto á la pared. Una mesa cuadrada con recado de escribir. Un pequeño
-velador con pies dorados en un rincón. Es de día. Al levantarse el
-telón, Ruy Blas, vestido de negro, sin capa, sin el toisón y vivamente
-agitado, recorre á largos pasos la habitación. En el fondo, un paje
-permanece inmóvil, esperando sus órdenes.
-
-
-ESCENA I
-
-RUY BLAS, EL PAJE
-
-RUY BLAS (_hablando consigo mismo_).--¿Qué hacer?... Ella es primero
-que todo; sólo en ella debo pensar. Aunque hubiese de perder la
-vida, aunque hubiera de dar mi alma al infierno, es preciso que yo la
-salve. Mas ¿de qué modo lo conseguiré?... Dar por ella mi sangre, mi
-corazón, mi vida, es cosa fácil; pero ¿cómo destruir la inicua trama?
-Hay que adivinar lo que ese hombre maquina, lo que se propone. Ese
-hombre surge de repente de entre las tinieblas y luego desaparece...
-¿Qué hace en la oscuridad?... ¡Cuando reflexiono que, en el primer
-momento de sorpresa, le he rogado sólo por mí, me acuso de estúpido y
-de cobarde!... Está visto que ese hombre es un malvado, y me parece
-ahora imposible que yo haya tenido esperanza de que, al juzgarse
-dueño de la presa, se contentara con la mitad y dejase en paz á la
-reina por conmiseración á su criado... Sin embargo, ¡miserable de mí!
-es forzoso salvarla, ya que la he perdido, es indispensable á toda
-costa... si no, se acabó todo... ¡Y caer tan abajo después de subir
-á tanta altura!... ¿Acaso habré soñado?... ¡Oh! quiero salvarla...
-Quiero salvarla y todavía ignoro cómo y por dónde vendrá el traidor...
-Él es tan dueño de mi vida como de esta casa, de la cual conoce todos
-los secretos y tiene todas las llaves. Puede entrar y salir, penetrar
-alevosamente y pisotear mi corazón como este mismo suelo... Sí, yo
-soñaba... La fortuna improvisada había perturbado mi cabeza... Estoy
-loco, no puedo coordinar ni una sola idea... Mi razón, de la cual
-estaba tan orgulloso, no es más que un débil junco que se dobla al
-soplo del huracán... ¡Dios mío, Dios mío! ¿Qué haré?... Ante todo es
-necesario impedir que salga de palacio... Ahí está el lazo sin duda
-alguna... Todo es oscuro en torno mío... Presiento la trama, pero no
-puedo verla... ¡Cuánto sufro!... Ya está dicho. Impediré que salga, la
-avisaré inmediatamente... ¿Y por quién, si no tengo ninguna persona de
-confianza?... (_Reflexiona, dando muestras de abatimiento. De pronto,
-como herido por una súbita inspiración, que le infunde una esperanza,
-levanta la cabeza._) Sí, Guritán la ama... Es hombre leal... ¡Oh! sí,
-sí, eso es. (_Llama con un signo al paje, y le dice en voz baja:_) Véte
-inmediatamente á casa de don Guritán y preséntale mis excusas; dile
-luego que vaya sin perder momento á ver á la Reina y que en nombre
-suyo y mío la conjure á que, suceda lo que quiera, no salga de palacio
-en tres días; ¿lo oyes bien? que en tres días no salga... Corre...
-(_Llamando de nuevo al paje._) ¡Ah! espera. (_Saca de su cartera una
-hoja de papel y un lápiz._) Dile que entregue esto á la Reina y que
-esté alerta. (_Escribe con rapidez sobre una rodilla._) «Dad crédito
-á don Guritán y haced lo que os aconseje.» (_Dobla el papel y se lo
-entrega al paje._) Añade que, en cuanto á nuestro desafío, estaba yo en
-un error, que me pongo á sus órdenes, que me compadezca porque sufro
-mucho, y que públicamente le daré una satisfacción... Manifiéstale
-también que ella corre un gran peligro, que es preciso que no salga á
-lo menos en tres días, suceda lo que quiera. Hazlo todo puntualmente;
-sé discreto; no dejes traslucir nada...
-
-EL PAJE.--Confiad en mí; os quiero porque sois un buen amo.
-
-RUY BLAS.--Pues corre, pajecillo, corre. ¿Estás ya enterado?
-
-EL PAJE.--Sí, quedad tranquilo.
-
- (_Sale._)
-
-RUY BLAS (_que al quedar solo cae desplomado en un sillón_).--Voy
-tranquilizándome, y sin embargo, experimento aún síntomas de locura...
-Concibo confusamente multitud de ideas que muy luego se me olvidan...
-El medio de acudir á don Guritán es seguro... Pero yo ¿habré de esperar
-aquí á don Salustio?... ¿Y para qué?... No, no quiero esperarle; esto
-le inutilizará por todo un día... Voy á orar á cualquier iglesia...
-Necesito inspiración y Dios me la concederá. (_Toma el sombrero y agita
-una campanilla colocada sobre la mesa. Aparecen en la puerta del fondo
-dos negros vestidos de terciopelo verde claro y brocado de oro._) Voy á
-salir. Dentro de poco vendrá un hombre que acaso penetre por una puerta
-reservada. Si veis que procede aquí como si fuera el amo, dejadle; y
-si viniesen otros... (_Después de vacilar un momento._) ¡qué diablo!
-dejadlos entrar. (_Despide con un ademán á los negros, que se inclinan
-en señal de obediencia y se van._) Vámonos.
-
- (_Sale._)
-
- (_En el momento de cerrarse la puerta se oye un gran estrépito en la
- chimenea, por la cual se ve caer á un hombre embozado en una capa
- hecha girones y que se precipita en la habitación. Es D. César._)
-
-[Ilustración: D. CÉSAR.--_Esta capa me parece más decente que la mía._]
-
-
-ESCENA II
-
-D. CÉSAR
-
-D. CÉSAR (_azorado, anhelante, despeinado, aturdido y con expresión
-alegre é inquieta al mismo tiempo_).--Lo siento, pero soy yo. (_Se
-levanta frotándose la pierna sobre la cual ha caído y adelántase por la
-habitación con el sombrero en la mano y haciendo saludos._) Dispensad,
-no me hagáis caso, ya me voy... Podéis seguir hablando... Continuad,
-por favor... No podéis figuraros cuánto siento haberos interrumpido...
-(_Se detiene en medio de la habitación y se apercibe de que está
-solo._) ¡Nadie! Y sin embargo, hace un momento que, desde el tejado,
-creí haber oído rumor de voces... ¡Nadie! (_Sentándose en una butaca._)
-¡Perfectamente! Descansemos: ¡qué hermosa es la soledad!... ¡Uf!...
-¡Cuántas peripecias!... ¡Estoy asombrado de mí mismo!... Y todas tan
-inesperadas como la lluvia que, al sacudirse, nos arroja un perro que
-se acaba de bañar. En primer lugar, los alguaciles que me cogieron
-entre sus garras; luego mi ridículo embarque; después los corsarios;
-aquella gran ciudad donde tanto me han maltratado; las tentaciones
-contra mi virtud por aquella mujer amarilla; mi salida de la prisión,
-mis viajes, y por último, mi regreso á España. ¡Vaya una novela! El
-mismo día de mi llegada vuelvo á ver á los malditos alguaciles; me
-persiguen encarnizadamente y huyo á la desesperada; salto un muro,
-diviso una casa escondida entre los árboles, corro á ella sin que
-nadie me vea, gano el tejado y me introduzco en el interior por una
-chimenea donde queda hecha trizas mi mejor capa... La verdad, el
-caballero Salustio es un bandido... (_Mirándose en un pequeño espejo
-colocado sobre el guardarropa, que tiene cajones esculpidos._) Mi
-jubón me ha acompañado en todas mis desdichas y resiste valerosamente
-las injurias del tiempo. (_Se quita la capa y se mira en el espejo el
-jubón de seda usado, roto y con remiendos; luego se lleva con rapidez
-la mano á la pierna, á la vez que fija la vista en la chimenea._) Pero
-mi pierna ha sufrido horriblemente con la caída. (_Abre los cajones
-del guardarropa, y en uno de ellos encuentra una capa de terciopelo
-verde claro bordada de oro: la misma que D. Salustio dió á Ruy Blas. La
-examina y la compara con la suya._) Esta capa me parece más decente que
-la mía. (_Se la pone y coloca en su lugar la suya después de haberla
-doblado cuidadosamente; luego, abollando de un puñetazo su sombrero,
-colócale encima de la capa vieja, vuelve á cerrar el cajón y se pasea
-con orgullo embozado, luciendo la capa nueva._) Sea como fuere, ya
-estoy de vuelta en España y todo va bien... ¡Ah, querido primo! ¿deseas
-que emigre á esos países de África, donde el hombre hace el papel de
-ratón del tigre? Pues bien, me vengaré de ti de un modo espantoso...
-en cuanto almuerce... Iré á tu casa con mi verdadero nombre, llevando
-tras de mí la innumerable caterva de mis acreedores, seguidos de
-sus hijos, y te entregaré á su voraz apetito. (_Ve en un rincón un
-magnífico par de botinas con encañonados de encaje.--Arroja con viveza
-sus zapatos viejos y se pone aquellas._) Ahora veamos dónde me han
-traído mis desventuras. (_Examina la habitación por todos lados._) Casa
-misteriosa y á propósito para tragedias. Puertas cerradas, ventanas
-con barrotes, un verdadero calabozo... En esta deliciosa mansión se
-ha de entrar por arriba, como el vino entra en las botellas... ¡El
-vino! ¡Qué bueno es el vino, cuando es bueno! (_Se apercibe de la
-pequeña puerta de la derecha, la abre, entra precipitadamente en el
-gabinete con que comunica y vuelve á salir demostrando admiración._)
-¡Maravilla de maravillas! ¡Un gabinete sin salida y donde todo está
-cerrado también! (_Va á la puerta del fondo, la entreabre y mira hacia
-fuera; luego la vuelve á cerrar y se dirige al proscenio._) ¡Nadie!...
-¿Dónde diablos me he metido?... El caso es que he conseguido huir
-de los alguaciles; lo demás importa poco. Y luego que no es cosa de
-asustarse ni de tomar un aire lúgubre, porque nunca haya visto una casa
-que esté así dispuesta. (_Vuelve á sentarse en la butaca, bosteza y
-casi inmediatamente se levanta._) El caso es que me aburro sobremanera.
-(_Distinguiendo un pequeño armario adosado á la pared, en el rincón
-de la izquierda._) Veamos, esto tiene aspecto de ser una biblioteca.
-(_Se dirige al mueble y le abre, resultando ser un repostero bien
-provisto._) Justo y cabal. Una empanada, vino, una torta, seis
-botellas, correctamente alineadas... Me convenzo de que he calumniado á
-esta casa. (_Examina las botellas una por una._) Esto es exquisito...
-¡Oh respetable armario, yo te saludo! Veamos primero esto. (_Llena el
-vaso y bebe de un trago todo el líquido._) ¡Es una obra admirable de
-ese famoso poeta que se llama el Sol! Jerez de los Caballeros no ha
-producido nada mejor. (_Se sienta, llena otro vaso y bebe._) ¿Qué libro
-vale lo que esto? No hay nada que tenga más espíritu. (_Bebe._) ¡Ah!
-¡Cómo conforta! Ahora comamos. (_Corta un pedazo de empanada._) Esos
-bribones de alguaciles han quedado vencidos... No darán con mi pista.
-(_Come._) ¡Oh! Reina de las empanadas... Pero si viniese el dueño de
-la casa... (_Se dirige al armario, saca otro vaso y un cubierto y los
-coloca sobre la mesa._) ¡Bah! Le convidaría... ¿Y si me hiciera arrojar
-de aquí?... Por si acaso comamos aprisa. (_Come á dos carrillos._)
-Cuando haya concluído examinaré la casa. ¿Quién vivirá en ella? Tal
-vez sea un buen muchacho, y todo este misterio no sirva más que para
-ocultar una intriga amorosa. Después de todo, ¿qué mal causo yo aquí?
-Nada busco sino la hospitalidad de ese digno mortal y quiero pedirla
-á la manera antigua, abrazando el altar. (_Se inclina y rodea la mesa
-con sus brazos. Luego bebe._) Reflexionemos: el hombre que tiene este
-vino, no puede ser un malvado; y además, si viene, le diré quién soy.
-¡Ah, va á darse al diablo mi maldito primo!... ¡Cómo!... se dirá,
-¿ese cualquiera, ese andrajoso, ese mendigo, ese bandido es don César
-de Bazán? Ni más ni menos, y primo de don Salustio por añadidura...
-¡Oh, qué sorpresa y qué escándalo habrá en Madrid! ¿Cuándo ha venido?
-¿Anoche? ¿Esta mañana? ¡Qué tumulto se formará al estallar la bomba, al
-volverse á oir mi olvidado é ilustre nombre! Pues sí, señores, es don
-César de Bazán: nadie pensaba en él, nadie hablaba de él, pero vivía,
-vive, no ha muerto... Los hombres dirán: ¡Diablo!... Y las mujeres: ¡Me
-alegro! Y á estas dulces exclamaciones, se mezclarán los ladridos de
-mis trescientos acreedores. ¡Qué hermoso papel voy á hacer!... ¡Lástima
-que no tenga dinero! (_Se oye ruido en la puerta._) Alguien viene...
-Sin duda me arrojarán de aquí como un saltimbanqui... Sea lo que
-fuere... No hagas nada á medias, César.
-
- (_Se emboza hasta los ojos en la capa. Ábrese la puerta del fondo y
- aparece un lacayo con librea, llevando á la espalda voluminoso saco._)
-
-
-ESCENA III
-
-D. CÉSAR, UN LACAYO
-
-D. CÉSAR (_mirando al lacayo de pies á cabeza_).--¿Á quién venís á
-buscar? (_Aparte._) En situaciones apuradas se necesita mucho aplomo.
-
-EL LACAYO.--¿Don César de Bazán?
-
-D. CÉSAR (_desembozándose_).--Yo soy. (_Aparte._) Esto es asombroso.
-
-EL LACAYO.--¿Conque sois el señor don César de Bazán?
-
-D. CÉSAR.--Ya he dicho que sí. Yo soy César, el verdadero César, el
-único César, el conde de Garo...
-
-EL LACAYO (_colocando el saco en una butaca_).--Dignaos ver si está
-justa la cuenta.
-
-D. CÉSAR (_aturdido y aparte_).--¡Dinero! Esto es inexplicable.
-(_Alto._) Amigo mío...
-
-EL LACAYO.--Dignaos contarlo. Aquí está la cantidad que me han mandado
-traeros.
-
-D. CÉSAR (_con cómica gravedad_).--Ya comprendo. (_Aparte._) Lléveme el
-diablo si sé una palabra; pero no lo echemos á perder; el socorro no
-puede ser más oportuno (_Alto._) ¿He de hacer recibo?
-
-EL LACAYO.--No, señor.
-
-D. CÉSAR (_señalando la mesa_).--Coloca ahí ese dinero. (_El lacayo
-obedece._) ¿De parte de quién viene?
-
-EL LACAYO.--Vuecencia lo sabe perfectamente.
-
-D. CÉSAR.--¡Ya lo creo! Pero...
-
-EL LACAYO.--Me olvidaba repetir lo que me han dicho: este dinero viene
-de parte de quien vos sabéis, para lo que sabéis perfectamente.
-
-D. CÉSAR (_satisfecho de la explicación_).--¡Ya!
-
-EL LACAYO.--Ambos debemos ser muy reservados... ¡Chist!
-
-D. CÉSAR.--¡¡Chist!! Este dinero viene... ¡La frase es magnífica!
-Repítela.
-
-EL LACAYO.--Este dinero...
-
-D. CÉSAR.--Todo es muy claro: viene de parte de quien yo sé...
-
-EL LACAYO.--Para lo que vos sabéis. Debemos...
-
-D. CÉSAR.--Ambos...
-
-EL LACAYO.--Ser muy reservados.
-
-D. CÉSAR.--Pues no puede ser más claro.
-
-EL LACAYO.--Para vos. Yo obedezco y no sé nada.
-
-D. CÉSAR.--¡Bah!
-
-EL LACAYO.--Pero vos sí.
-
-D. CÉSAR.--¡No faltaba más!
-
-EL LACAYO.--Con eso basta.
-
-D. CÉSAR.--Lo sé todo... y me quedo con el dinero. La cosa es tan clara
-que...
-
-EL LACAYO.--¡Chist!
-
-D. CÉSAR.--¡Chist!... Es verdad, ya iba á ser indiscreto.
-
-EL LACAYO.--Contad, señor.
-
-D. CÉSAR.--¿Por quién me tomas? (_Admirando el volumen del saco._) ¡Qué
-hermosa pieza!
-
-EL LACAYO (_insistiendo_).--Pero...
-
-D. CÉSAR.--Me inspiras confianza.
-
-EL LACAYO.--Gracias. La cuenta está justa y en saquillos de oro y plata.
-
- (_D. César abre el saco y extrae muchos saquillos de oro y plata que
- vacía sobre la mesa; luego coge á puñados las monedas y se llena los
- bolsillos_.)
-
-D. CÉSAR (_interrumpiendo majestuosamente la operación_).--He aquí que
-mi extravagante novela termina con felicidad en... ¡un millón! (_Vuelve
-á llenarse los bolsillos._) ¡Oh! ¡Delicia! ¡Parezco un galeón!
-
- (_Cuando ha llenado un bolsillo, procede á igual operación en
- otro. Búscase bolsillos por todas partes y parece haber olvidado al
- lacayo._)
-
-EL LACAYO (_que le mira con impasibilidad_).--Ahora espero vuestras
-órdenes.
-
-D. CÉSAR (_volviéndose hacia él_).--¿Para qué?
-
-EL LACAYO.--Para ejecutar inmediatamente lo que yo no sé, pero vos sí.
-Parece que hay comprometidos grandes intereses...
-
-D. CÉSAR (_interrumpiéndole con aire de inteligencia_).--Sí, ¡públicos
-y privados!
-
-EL LACAYO.--Y quieren que en seguida haga lo que me ordenéis. Repito lo
-que me han dicho.
-
-D. CÉSAR (_dándole un amistoso golpe en la espalda_).--Y yo te alabo,
-fiel servidor.
-
-EL LACAYO.--Para que no haya retraso alguno, mi amo me ha encargado que
-me ponga á vuestras órdenes.
-
-D. CÉSAR.--Eso es hacer bien las cosas. Complazcamos á tu amo.
-(_Aparte._) Que me cuelguen si sé qué decir. (_Alto._) Acércate
-inmediatamente. (_Llena de vino el otro vaso._) ¡Bebe!
-
-EL LACAYO.--¡Cómo! Señor...
-
-D. CÉSAR.--¡Bebe! (_Obedece el lacayo, y D. César vuelve á llenar el
-vaso._) ¡Es vino de Oropesa! (_Hace sentar al lacayo, le obliga á beber
-otra vez y de nuevo le llena el vaso._) Ahora hablemos. (_Aparte._) Ya
-está medio alumbrado. (_Alto y estirándose en la silla que ocupa._) El
-hombre, amigo mío, no es más que humo, humo negro, producto del fuego
-de sus pasiones. Toma. (_Le escancia nuevamente._) Esto que te digo
-no puede ser más tonto. Y además, el humo de una chimenea ya es otra
-cosa: se dirige al cielo azul y sube alegremente mientras nosotros
-bajamos. (_Se frota la pierna._) El hombre no es más que vil materia.
-(_Llena los dos vasos._) Bebamos. Todos tus doblones no valen lo que
-la alegría de cualquier borracho. (_Aproximándose al lacayo y con aire
-misterioso._) Seamos prudentes: no es cuestión de cargar más de lo que
-se puede sostener: el edificio levantado sin cimientos, se derrumba en
-seguida... Mira, abróchame el cuello de la capa.
-
-EL LACAYO (_con orgullo_).--Yo no soy ayuda de cámara.
-
- (_Antes que D. César pueda impedírselo, toca la campanilla que está
- colocada encima de la mesa._)
-
-D. CÉSAR (_aparte y aterrado_).--Ha llamado; sin duda vendrá el amo en
-persona y estoy perdido.
-
- (_Entra uno de los negros. D. César, presa de la más viva ansiedad,
- se dirige al lado opuesto de aquel en que está el negro, como no
- sabiendo qué hacer._)
-
-EL LACAYO (_al negro_).--Abrocha al señor.
-
- (_El negro se aproxima gravemente á D. César que le mira estupefacto,
- le abrocha el cuello de la capa, saluda y sale._)
-
-D. CÉSAR (_levantándose: aparte_).--Estoy en casa de Belcebú, no hay
-duda. (_Pasa al proscenio y se pasea á largos pasos._) En fin, dejemos
-rodar la bola y aprovechémonos de la ocasión. Voy á dar aire al dinero;
-ya que le poseo, ¿qué puedo hacer de él? (_Se vuelve al lacayo que
-sigue sentado junto á la mesa, bebiendo y que comienza á tambalearse en
-su silla._) Escucha. (_Aparte._) Veamos: con este dinero podría pagar
-á mis acreedores... ¡Ca! no... Siquiera les daré alguna cantidad á
-cuenta... ¿Pero por qué les he de proporcionar esa satisfacción? ¿Cómo
-diablos se me ocurren semejantes ideas? Está visto que nada pervierte
-al hombre como el dinero. Aun cuando se descienda de Aníbal, el oro
-le hace á uno tener sentimientos de menestral. ¿Qué se diría de mí al
-saber que había pagado mis deudas?... ¡Ah!
-
-EL LACAYO (_bebiendo_).--¿Qué queréis?
-
-D. CÉSAR.--Déjame, estoy meditando. Mientras tanto, bebe. (_El Lacayo
-obedece. D. César sigue meditando y de pronto se da un golpe en la
-frente como si le hubiese acometido alguna idea súbita._) Sí, eso es.
-(_Al lacayo._) Levántate en seguida y oye lo que tienes que hacer. Ante
-todo llénate de oro los bolsillos. (_El lacayo se levanta tambaleándose
-y obedece. D. César le ayuda y continúa hablando._) Vé al extremo de la
-plaza Mayor y entra en el número nueve; es una casa pequeña, pero que
-sería de hermoso aspecto si uno de los cristales no estuviese roto y
-tapada la rotura con un pedazo de papel.
-
-EL LACAYO.--Entiendo.
-
-D. CÉSAR.--Me alegro... ¡Ah! te advierto que la escalera es estrecha y
-puede uno romperse el alma al subir. Ten cuidado.
-
-EL LACAYO.--Bien.
-
-D. CÉSAR.--En el último piso vive una hermosa á quien reconocerás
-fácilmente: es baja, rubia, su cabello rizado circunda con profusión su
-cabeza... una mujer encantadora, en una palabra... Se llama Lucinda; sé
-con ella muy atento, porque es mi amante, y entrégala de mi parte cien
-ducados. En un tabuco de al lado hallarás un prójimo que tiene la nariz
-como un pimiento por el abuso del vino, y que lleva puesto siempre un
-grasiento sombrero de fieltro con la pluma muy lacia. Á ese le darás
-seis piastras... Luego, algo más lejos, en la esquina de la calle,
-encontrarás una taberna, y en ella, bebiendo y fumando, un hombre de
-aire pacífico y de elegante aspecto, que bebe y fuma pero que no jura
-nunca, y á quien acompaña un íntimo amigo mío, llamado Tormentas...
-Dales treinta escudos, y diles por toda explicación que se los beban
-juntos, y que no les faltarán otros cuando esos se acaben... ¡Ah! y no
-te admires si ves que abren mucho los ojos...
-
-EL LACAYO.--¿Qué más?
-
-D. CÉSAR.--Guárdate el resto. Y luego...
-
-EL LACAYO.--Decid.
-
-D. CÉSAR.--Te vas á divertir. Gastas y triunfas y haces lo que quieras,
-con tal que no vuelvas á tu casa hasta mañana por la noche.
-
-EL LACAYO.--Seréis obedecido, príncipe.
-
- (_Se dirige hacia la puerta tambaleándose._)
-
-D. CÉSAR (_aparte, mirándole_).--Está completamente borracho. (_Le
-llama y el lacayo vuelve._) ¡Ah! Se me olvidaba. Cuando salgas,
-seguramente te seguirán los desocupados. Haz honor con tu conducta á lo
-que has bebido. Pórtate con nobleza. Si de tus bolsillos caen algunos
-escudos, déjalos; y si algunos menesterosos ó necesitados los recogen,
-déjalos hacer.--No te incomodes tampoco si alguien busca más dinero
-en tus bolsillos; sé indulgente; piensa que todos somos hombres y que
-en este valle de lágrimas se ha de conceder de vez en cuando algunas
-alegrías á las criaturas. (_Con melancolía._) Los que tal hagan,
-serán ahorcados un día ú otro... Justo es guardarles toda clase de
-consideraciones... Puedes irte. (_El lacayo sale. D. César, al quedar
-solo, se sienta, apoya los codos sobre la mesa y medita._) Un hombre
-cuerdo y cristiano, cuando posee dinero, debe hacer buen uso de él...
-Tengo para vivir por lo menos ocho días y los viviré... Si me quedase
-algo, lo emplearía en fundaciones piadosas. Pero no me atrevo á confiar
-mucho en ello, porque sin duda me quedaré sin nada muy pronto. Esto
-debe ser una equivocación. Ese torpe habrá dado mal el recado ó yo he
-pronunciado mal mi nombre...
-
- (_Se abre la puerta del fondo y entra una dueña vieja, con el pelo
- canoso, basquiña y mantilla negras y abanico._)
-
-
-ESCENA IV
-
-D. CÉSAR, UNA DUEÑA
-
-LA DUEÑA (_en el dintel de la puerta_).--¿Don César de Bazán?
-
- (_D. César, que estaba pensativo, levanta bruscamente la cabeza._)
-
-D. CÉSAR.--¿Otro más? (_Aparte._) Es una mujer. (_Mientras que la
-dueña, sin moverse del fondo, hace una profunda reverencia, él se
-adelanta estupefacto hacia el proscenio._) ¡Preciso es que el diablo
-ó Salustio anden mezclados en todo esto! Apostaría á que voy á ver
-á mi primo. ¡Una dueña! (_Alto._) Yo soy don César. ¿Qué queréis?
-(_Aparte._) Por lo general una vieja anuncia una joven.
-
-LA DUEÑA (_haciendo otra reverencia y la señal de la cruz_).--Señor
-mío, os saludo hoy, día de ayuno, en el nombre del Dios hijo,
-todopoderoso y su excelso Padre.
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--Ya se sabe: á principio devoto, amoroso final.
-(_Alto._) Amén. Buenos días.
-
-LA DUEÑA.--Dios os tenga en su santa guarda. (_Con misterio._) ¿Habéis
-dado á quien me envía á vos una cita reservada para esta noche?
-
-D. CÉSAR.--Soy capaz de eso y de mucho más.
-
-LA DUEÑA (_sacando de su guarda-infante una esquela cerrada que
-presenta á D. César, pero sin entregársela_).--Entonces, señor
-discreto, vos sois quien habéis dirigido esta carta á alguien que os
-ama y á quien conocéis perfectamente.
-
-D. CÉSAR.--Sin duda debo ser yo.
-
-LA DUEÑA.--Está bien. La dama, casada probablemente con algún viejo
-celoso, tiene que guardar ciertos miramientos, pues ha encargado que me
-enterase bien antes de... Yo no la conozco, pero vos sí... La criada
-me ha dicho lo que había de hacer... y por consiguiente no es preciso
-saber los nombres...
-
-D. CÉSAR.--Excepto el mío, según parece.
-
-LA DUEÑA.--¡Oh! La cosa es clara. Una dama recibe una cita de su
-amante, pero teme caer en algún lazo, y como las precauciones nunca
-están de más... En suma, me envían aquí para recibir de vuestra boca la
-confirmación.
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--¡Oh, qué vieja más cargante! ¡Cuánta broza rodea
-á ese dulce billete!... (_Alto._) Ya te he dicho que yo soy don César.
-
-LA DUEÑA (_colocando sobre la mesa un billete cerrado que D. César mira
-con curiosidad_).--Entonces debéis escribir al dorso de esta carta
-una sola palabra: _Venid_, pero no de vuestra mano, pues eso sería
-comprometido.
-
-D. CÉSAR.--Es claro, si fuese de mi mano... (_Aparte._) He aquí un
-encargo bien dado.
-
- (_Extiende la mano para apoderarse de la carta, pero la dueña se lo
- impide._)
-
-LA DUEÑA.--No la abráis; sin duda debéis reconocer el pliego.
-
-D. CÉSAR.--Sí que lo conozco. (_Aparte._) ¡Y yo que ardía en deseos de
-saber lo que dice!... En fin sigamos la comedia. (_Toca la campanilla y
-entra uno de los negros._) ¿Sabes escribir? (_El negro mueve la cabeza
-afirmativamente. D. César se admira y dice aparte:_) ¡Habla por señas!
-(_Alto._) ¿Eres mudo? (_El negro hace otra señal afirmativa que asombra
-nuevamente á D. César. Aparte:_) ¡Muy bien! Ya tengo que habérmelas con
-un mudo. (_Señala al negro la carta que la dueña tiene sujeta sobre la
-mesa._) Escribe ahí: _Venid._ (_El mudo escribe. D. César hace señas al
-negro para que se vaya y á la dueña para que recoja la carta. Sale el
-mudo. Aparte:_) No se puede negar que es obediente.
-
-LA DUEÑA (_comenzando á guardar el billete y acercándose á D.
-César_).--Esta noche la veréis... Debe ser muy hermosa.
-
-D. CÉSAR.--Encantadora.
-
-LA DUEÑA.--Yo sólo puedo decir que la criada es lindísima. Cuando me
-llamó aparte en medio del sermón quedé admirada: tiene un perfil de
-ángel y unos ojos de demonio... Y además parece muy experta en asuntos
-amorosos.
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--Pues me contentaría con la criada.
-
-LA DUEÑA.--Esto es ya para formar juicio, pues siempre lo bello
-aborrece lo feo, y por la esclava se puede conocer lo que será la
-sultana, así como por el criado lo que es el amo. Seguramente la mujer
-que esperáis es hermosísima.
-
-D. CÉSAR.--Estoy orgulloso de ello.
-
-LA DUEÑA (_haciendo una reverencia y en ademán de retirarse_).--Bésoos
-la mano.
-
-D. CÉSAR (_dándole un puñado de monedas_).--Y yo te lleno la pata.
-Toma, estantigua.
-
-LA DUEÑA (_guardándose el dinero_).--¡Qué alegre es la juventud del día!
-
-D. CÉSAR (_despidiéndola_).--Véte.
-
-LA DUEÑA (_repitiendo las reverencias_).--Si me necesitáis alguna vez,
-me llamo la señora Oliva, y en el convento de San Isidro... (_Sale,
-y vuelve á abrir la puerta._) Estoy siempre sentada á la derecha,
-entrando en la iglesia, junto al tercer pilar. (_D. César se vuelve
-hacia ella con impaciencia. Ciérrase la puerta, se vuelve á abrir y
-reaparece la dueña._) ¡Vais á verla esta noche!... Acordaos de mí en
-vuestras oraciones.
-
-D. CÉSAR (_despidiéndola colérico_).--¡Véte! (_La dueña se va y la
-puerta vuelve á cerrarse.--Solo:_) Ya estoy resuelto á no admirarme de
-nada. Sin duda vivo en la Luna. Y lo cierto es que no puedo quejarme de
-mi suerte: después de haber satisfecho el hambre, voy á contentar mi
-corazón... Todo esto es muy hermoso. Ya veremos el final.
-
- (_Vuelve á abrirse la puerta del fondo y aparece D. Guritán con dos
- largas espadas desnudas debajo del brazo._)
-
-
-ESCENA V
-
-D. CÉSAR, D. GURITÁN
-
-D. GURITÁN (_desde el fondo del teatro_).--¡Don César de Bazán!
-
-D. CÉSAR (_se vuelve y ve á D. Guritán con las dos espadas_).--¡Al
-fin; qué suerte! ¡Buena es la aventura y ahora se completa! ¡Comida
-excelente, dinero, una cita de amor y un desafío! Vuelvo á ser don
-César. (_Acércase alegremente á D. Guritán, haciendo muchos saludos, y
-fija en él una mirada inquieta, adelantándose con lento paso hasta el
-proscenio._) Aquí es, caballero; podéis entrar y tomar asiento, cual
-si estuviérais en vuestra casa. Me alegro mucho veros. Hablemos un
-rato. ¿Qué se dice en Madrid? ¡Oh! es una residencia deliciosa. Yo no
-sé lo que allí pasa; pero imagínome que se admira siempre á Matalobos
-y á Lindamira. En cuanto á mí, temería más que al ladrón de dinero á
-la que roba los corazones. ¡Oh! las mujeres son endiabladas; pero yo
-me vuelvo loco por ellas. ¡Vamos, decidme algo!, porque yo soy un ente
-inverosímil, absurdo, un muerto que resucita, un hidalgo que llega de
-los más extravagantes países.
-
-D. GURITÁN.--Pues yo llego desde más lejos, amigo mío.
-
-D. CÉSAR (_con expresión alegre_).--¿De qué ilustre playa?
-
-D. GURITÁN.--De allá del Norte.
-
-D. CÉSAR.--Y yo del Sur.
-
-D. GURITÁN.--¡Estoy furioso!
-
-D. CÉSAR.--Y yo rabio.
-
-D. GURITÁN.--¡He andado seiscientas leguas!
-
-D. CÉSAR.--¡Y yo dos mil! He visto mujeres amarillas, azules, negras y
-verdes; he visto tierras bendecidas del cielo; Argel, la ciudad feliz,
-y la agradable Túnez. ¡Oh! allí hay muchos turcos, de extraños modales,
-y muchas personas colgadas de las puertas.
-
-D. GURITÁN.--¡Á mí me han burlado, caballero!
-
-D. CÉSAR.--¡Á mí me han vendido!
-
-D. GURITÁN.--Á mí me desterraron casi.
-
-D. CÉSAR.--Y á mí por poco me ahorcan.
-
-D. GURITÁN.--Me envían á Neuburgo artificiosamente, para llevar una
-caja con cuatro palabras escritas, que decían: «Detened el más largo
-tiempo que sea posible á ese viejo loco.»
-
-D. CÉSAR (_soltando la carcajada_).--¡Muy bien! ¿Y quién ha hecho eso?
-
-D. GURITÁN.--¡He de retorcer el cuello á don César de Bazán!
-
-D. CÉSAR (_gravemente_).--¡Ah!
-
-D. GURITÁN.--Para colmo de audacia me envía un lacayo en su lugar para
-excusarle, según dijo; pero no he querido verle. Muy por el contrario,
-he dado orden de encerrarle, y ahora vengo en busca del amo, ese César
-de Bazán, ese traidor. ¡Quiero matarle! ¡Vamos! ¿dónde está?
-
-D. CÉSAR (_siempre con gravedad_).--Pues yo soy.
-
-D. GURITÁN.--¡Vos! Sin duda os burláis...
-
-D. CÉSAR.--¡Yo soy don César!
-
-D. GURITÁN.--¡Cómo!
-
-D. CÉSAR.--Lo dicho.
-
-D. GURITÁN.--Señor mío, renunciad á ese papel, porque me enojáis mucho.
-
-D. CÉSAR.--Y vos me estáis divirtiendo, porque parecéis un celoso. Os
-compadezco mucho, amigo mío, pues el mal que nos viene de nuestros
-vicios es peor que el que los demás nos hacen. Os digo con franqueza
-que más vale ser cornudo que celoso, y más bien pobre que avaro. Vos
-sois una cosa y otra. Debo advertiros que aún espero esta noche á
-vuestra esposa.
-
-D. GURITÁN.--¡Á mi esposa!
-
-D. CÉSAR.--Sí, á ella misma.
-
-D. GURITÁN.--¡Pero si yo no soy casado!
-
-D. CÉSAR.--Pues ¿por qué tenéis, desde hace un cuarto de hora, el
-aspecto de un marido que rabia, ó de un tigre que llora? Como os creía
-casado, os daba buenos consejos; pero si no lo sois, decid por qué os
-hacéis tan ridículo.
-
-D. GURITÁN.--¿Sabéis que me estáis exasperando?
-
-D. CÉSAR.--¡Bah!
-
-D. GURITÁN.--¿Y que esto es ya demasiado?
-
-D. CÉSAR.--¿De veras?
-
-D. GURITÁN.--Me las vais á pagar...
-
-D. CÉSAR (_examinando con aire burlón los zapatos de D. Guritán,
-ocultos por una ola de cintajos, según la nueva moda_).--En otro tiempo
-usábanse las cintas para adornar la cabeza; pero hoy, según veo, han
-bajado hasta las botas. ¡Habrá que peinarse los pies! ¡Magnífico!
-
-D. GURITÁN.--¡Vamos á batirnos!
-
-D. CÉSAR (_impasible_).--¿Lo queréis así?
-
-D. GURITÁN.--Si no sois don César, comenzaré por vos.
-
-D. CÉSAR.--Bueno; tened cuidado de no terminar por mí.
-
-D. GURITÁN (_presentándole una de las dos espadas_).--¡Será en el acto!
-
-D. CÉSAR (_tomando la espada_).--Vamos allá; cuando se me presenta un
-buen desafío no lo dejo escapar.
-
-D. GURITÁN.--¡Oh!
-
-D. CÉSAR.--Detrás del muro hay un callejón desierto.
-
-D. GURITÁN (_probando la punta de la espada en el suelo_).--Como á
-César de Bazán os mataré.
-
-D. CÉSAR.--¿Lo creéis así?
-
-D. GURITÁN.--Es posible.
-
-D. CÉSAR (_doblando también la punta de la espada_).--¡Bah! muerto uno
-de los dos, os desafío á que matéis á don César.
-
-D. GURITÁN.--¡Salgamos!
-
- (_Salen, y se oye el ruido de sus pasos que se alejan. Por una
- puertecilla oculta, practicada en el muro, se ve salir á D.
- Salustio._)
-
-
-ESCENA VI
-
-D. SALUSTIO
-
-D. SALUSTIO (_con traje verde oscuro, casi negro_).--¡Ningún
-preparativo! (_Reparando en la mesa cubierta de manjares._) ¿Qué quiere
-decir esto? (_Escuchando el ruido de los pasos de D. César y de D.
-Guritán._) ¿Qué rumor es ese? (_Se pasea meditabundo._) Gudiel vió
-salir esta mañana al paje y le siguió... iba á casa de Guritán... y no
-veo á Ruy Blas... ¡Condenación! aquí hay alguna contramina. Tal vez
-Guritán se haya encargado de algún mensaje para ella... Nada se puede
-averiguar por los mudos. No había previsto este caso.
-
- (_Entra D. César con la espada desnuda en la mano y déjala en un
- sillón._)
-
-
-ESCENA VII
-
-D. SALUSTIO, D. CÉSAR
-
-D. CÉSAR (_desde el umbral de la puerta_).--¡Ah! seguro estaba de que
-andaríais mezclado en el asunto.
-
-D. SALUSTIO (_volviéndose estupefacto_).--¡Don César!
-
-D. CÉSAR (_cruzándose de brazos y soltando una carcajada_).--Sin duda
-estáis urdiendo alguna trama espantosa; pero yo lo desarreglo todo. ¿No
-es cierto? Paréceme que vengo á caer de golpe en medio de la masa.
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Todo se ha perdido!
-
-D. CÉSAR (_riendo_).--Desde esta mañana he andado entre vuestras telas
-de araña, revolviéndome en ellas; y así es que ninguno de vuestros
-proyectos dará el resultado apetecido. Todos vuestros planes caerán por
-tierra. Verdaderamente me regocijo mucho de ello.
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Demonio! ¿Qué habrá hecho?
-
-D. CÉSAR (_riendo cada vez con más fuerza_).--Aquel hombre del saco de
-dinero... que venía para el negocio... para aquello que sabéis...
-
- (_Se ríe._)
-
-D. SALUSTIO.--¿Y bien, qué?
-
-D. CÉSAR.--Lo he embriagado.
-
-D. SALUSTIO.--Pero ¿y el dinero que llevaba?
-
-D. CÉSAR (_majestuosamente_).--He hecho varios regalos á ciertas
-personas. ¡Pardiez, siempre se tienen amigos!
-
-D. SALUSTIO.--De mí sospechas injustamente... Yo...
-
-D. CÉSAR (_haciendo sonar sus gregüescos_).--Por lo pronto he llenado
-mis bolsillos, como podréis comprender. (_Vuelve á reirse._) Ya
-sabéis... aquella dama...
-
-D. SALUSTIO.--¡Oh!
-
-D. CÉSAR (_observando su inquietud_).--Aquella conocida vuestra... (_D.
-Salustio escucha con la mayor ansiedad; D. César prosigue riendo._) Que
-me envía una dueña vieja y espantosa, con más barbas que un ermitaño...
-
-D. SALUSTIO.--¿Para qué?
-
-D. CÉSAR.--Para preguntarme, con prudencia y sin ruido, si es don César
-quien la espera esta noche...
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Cielos! (_En voz alta._) ¿Qué has contestado?
-
-D. CÉSAR.--He dicho que sí; que la esperaba.
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Tal vez no se haya perdido todo!
-
-D. CÉSAR.--En fin, vuestro matón, llamado Guritán, según me dijo en
-el terreno... (_Movimiento de D. Salustio._) y que esta mañana no
-quiso recibir un lacayo de don César, portador de un mensaje, viniendo
-después á pedirme no sé qué satisfacción...
-
-D. SALUSTIO.--¿Y bien? ¿qué has hecho?
-
-D. CÉSAR.--He dado muerte á ese pajarraco.
-
-D. SALUSTIO.--¿De veras?
-
-D. CÉSAR.--Temo que sí.
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Respiro! ¡Bondad divina, nada se ha perdido!
-Sin embargo, convendrá desembarazarme por el pronto de este rudo
-auxiliar. En cuanto al dinero, importa poco. (_En voz alta._) El lance
-es singular. ¿Y no habéis visto á otras personas?
-
-D. CÉSAR.--No; pero las veré. Por lo pronto quiero publicar mi nombre
-en todas partes, y voy á dar un escándalo terrible. No tengáis cuidado.
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--¡Diablo! (_Aproximándose vivamente á D.
-César._) Guárdate el dinero, pero véte.
-
-D. CÉSAR.--¡Ya! ¡Daríais orden de que me siguieran! Harto sé vuestra
-manera de proceder; y muy pronto volvería á ver las azules aguas del
-Mediterráneo. ¡Nada de eso!
-
-D. SALUSTIO.--Créeme.
-
-D. CÉSAR.--No. Sospecho que en este palacio-prisión alguno será víctima
-de vuestros manejos. Toda intriga cortesana es una escalera doble; por
-una parte el paciente, con los brazos ligados y la mirada triste; y por
-otra, el verdugo. Vos sois el ejecutor, y necesariamente...
-
-D. SALUSTIO.--¡Oh!
-
-D. CÉSAR.--Pero yo llego á tiempo, tiro de la escalera, y cataplum.
-
-D. SALUSTIO.--Te juro...
-
-D. CÉSAR.--Quiero desbaratarlo todo, y para ello debo quedarme hasta
-el fin de la intriga. Sé que sois muy astuto, primo mío, y que no os
-costaría mucho matar dos pájaros de una pedrada. Yo sería uno de ellos,
-y por lo mismo me quedo.
-
-D. SALUSTIO.--Escucha...
-
-D. CÉSAR.--¡No me vengáis con retóricas! ¡Ah! ¡Conque hacéis que me
-vendan á los piratas de África, y entre tanto fabricáis aquí un falso
-César, comprometiendo mi nombre!
-
-D. SALUSTIO.--¡Casualidad!
-
-D. CÉSAR.--¿Casualidad? Manjar es ese que los bribones dan á los
-tontos. Mucho sentiré que vuestros planes se desbaraten; mas pretendo
-salvar á los que aquí perdéis. Voy á publicar mi nombre desde los
-tejados á voz en cuello. (_Se sube en el poyo de la ventana y mira por
-fuera._) ¡Esperad! Precisamente pasan unos alguaciles por aquí. (_Pasa
-el brazo á través de los barrotes y agítale gritando_): ¡Hola! venid
-aquí.
-
-D. SALUSTIO (_asustado, en el proscenio: aparte_).--¡Todo se ha perdido
-si le reconocen!
-
- (_Entran los alguaciles precedidos de un alcalde. D. Salustio parece
- presa de una viva ansiedad. D. César se dirige al alcalde con aire de
- triunfo._)
-
-
-ESCENA VIII
-
-Los mismos, ALCALDE, ALGUACILES
-
-D. CÉSAR (_al alcalde_).--Consignaréis en vuestro informe...
-
-D. SALUSTIO (_señalando á D. César_).--Que ese es el famoso ladrón
-Matalobos.
-
-D. CÉSAR (_estupefacto_).--¡Cómo!
-
-D. SALUSTIO (_aparte_).--Todo se salva si puedo ganar veinticuatro
-horas. (_Al alcalde._) Ese hombre ha osado penetrar en estas
-habitaciones en pleno día. ¡Prended al ladrón!
-
- (_Los alguaciles cogen á D. César por el cuello._)
-
-D. CÉSAR (_furioso, á D. Salustio_).--¡Mentís como un bellaco!
-
-EL ALCALDE.--¿Quién nos llamaba?
-
-D. SALUSTIO.--Yo.
-
-D. CÉSAR.--¡Esto es demasiado!
-
-EL ALCALDE.--¡Vamos, callad!
-
-D. CÉSAR.--¡Yo soy don César de Bazán!
-
-D. SALUSTIO.--¿Don César? Mirad su capa, si os place, y hallaréis el
-nombre de Salustio en el cuello; esa capa es la que me acaba de robar.
-
- (_Los alguaciles se apoderan de la capa, el alcalde la examina._)
-
-EL ALCALDE.--Es verdad.
-
-D. SALUSTIO.--Y el jubón que lleva...
-
-[Ilustración: D. SALUSTIO.--¡_Prended al ladrón_!]
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ah traidor!
-
-D. SALUSTIO (_continuando_).--Es del duque de Alba, á quien se lo robó.
-
- (_Mostrando un escudo bordado en la manga izquierda._)
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese hombre es un demonio!
-
-EL ALCALDE (_examinando el blasón_).--Sí, los dos castillos de oro...
-
-D. SALUSTIO.--Y las dos calderas. (_En la lucha por desasirse, D. César
-deja caer algunos doblones de sus bolsillos; D. Salustio indica al
-alcalde el volumen de estos últimos._) ¿Es así cómo se lleva el dinero
-que no es robado?
-
-EL ALCALDE (_moviendo la cabeza_).--¡Hum!
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--¡Estoy perdido!
-
- (_Los alguaciles le registran y apodéranse de todo el dinero._)
-
-UN ALGUACIL (_rebuscando_).--Aquí hay papeles.
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--¡Pobres billetes de amor, que tan cuidadosamente
-conservaba!
-
-EL ALCALDE (_examinando los papeles_).--¡Cartas!... ¿Qué es esto?...
-escrituras diversas...
-
-D. SALUSTIO (_haciendo notar los sobres_).--Todos del duque de Alba.
-
-EL ALCALDE.--Sí.
-
-D. CÉSAR.--Pero...
-
-LOS ALGUACILES (_atándole las manos_).--¡Qué suerte ha sido cogerle!
-
-UN ALGUACIL (_entrando, al alcalde_).--Aquí cerca se acaba de encontrar
-un hombre asesinado.
-
-EL ALCALDE.--¿Quién es el asesino?
-
-D. SALUSTIO (_mostrando á D. César_).--¡Ese hombre!
-
-D. CÉSAR (_aparte_).--¡Ese duelo! he sido un torpe.
-
-D. SALUSTIO.--Al entrar, llevaba en la diestra una espada; vedla ahí.
-
-EL ALCALDE (_examinando el acero_).--¡Sangre! Está bien. (_Á D.
-César._) ¡Vamos, en marcha!
-
-D. SALUSTIO (_á D. César, conducido por los alguaciles_).--Buenas
-noches, Matalobos.
-
-D. CÉSAR (_dando un paso hacia él y mirándole fijamente_).--¡Sois un
-miserable!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-[Ilustración]
-
-ACTO V
-
-EL TIGRE Y EL LEÓN
-
-La misma estancia. Es de noche. En la mesa hay una lámpara. Al
-levantarse el telón, Ruy Blas está solo, y una especie de toga negra
-cubre su traje.
-
-
-ESCENA I
-
-RUY BLAS, solo
-
-¡Todo acabó! ¡Sueños extinguidos, visiones desvanecidas! Hasta que
-cerró la noche he andado por las calles, y ahora espero tranquilo.
-Á estas horas se piensa mejor, porque la cabeza está más despejada.
-Nada hay pavoroso en estas negras paredes; los muebles se hallan en
-su sitio, las llaves en los armarios, y los mudos duermen abajo. La
-casa está verdaderamente tranquila; no hay motivo alguno de alarma;
-todo va bien, y mi paje es muy fiel: don Guritán sabe que se trata de
-ella; y yo os bendigo, Dios mío, por haber permitido que el mensaje
-llegue á sus manos, para que yo pueda proteger á ese ángel, burlando
-los planes de don Salustio. Nada tendrá que temer ni que sufrir, y una
-vez salvada... moriré tranquilo. (_Saca del pecho un frasquito y le
-pone sobre la mesa._) ¡Sí, muere ahora, cobarde, y cae en el abismo;
-muere como se debe morir cuando se expía un crimen; muere en esta casa,
-vil, mísero y solo! (_Entreabre la toga, bajo la cual se ve la librea
-que llevaba en el primer acto._) ¡Sí, muere con tu librea al fin, y
-sea ella tu sudario! ¡Dios mío! si ese demonio viene á contemplar su
-víctima... (_Coloca un mueble como para atrancar la puerta._) ¡Que no
-éntre al menos por esa horrible puerta! (_Vuelve hacia la mesa._) ¡Oh!
-seguro es que el paje ha encontrado á Guritán, pues aún no eran las
-ocho de la mañana. (_Fija sus miradas en el frasquito._) En cuanto á
-mí, ya he pronunciado mi sentencia, preparo mi suplicio, y yo mismo
-voy á dejar caer sobre mi cuerpo la losa de la tumba. Por lo menos me
-queda el consuelo de pensar que nadie puede evitarlo, y que mi caída es
-irremediable. (_Se sienta en el sillón._) ¡Y sin embargo, me amaba!...
-¡Que Dios me auxilie! Me falta valor... (_Llora._) ¡Oh! ¡bien hubieran
-podido dejarnos tranquilos! (_Oculta la cabeza entre las manos y
-solloza._) ¡Dios mío! (_Levanta la cabeza y fija en el frasquito una
-mirada vaga._) El hombre que me ha vendido esto me preguntó en qué día
-del mes estábamos... yo no lo sé. Los hombres son malos y ninguno se
-conmueve al ver morir á uno de sus semejantes. ¡Cuánto sufro!... ¡Ella
-me amaba! ¡Y pensar que nada se puede retener de aquello que pasó! ¡No
-volveré á contemplarla más!... no estrecharé su mano... ¡Ángel mío!...
-¡Aún me parece ver los graciosos pliegues de su traje, sus dulces ojos,
-cuyas miradas me embriagaban; aún me parece oir su voz armoniosa y su
-ligero paso, que hacía latir mi corazón! ¡Mujer adorada... ya no la
-veré jamás, ni oiré tampoco su dulce acento! ¡Morir sin verla! ¿Es
-posible? ¡Nunca!
-
- (_Alarga con ansiedad su mano hacia el frasquito, y en el momento
- de cogerle convulsivamente, ábrese la puerta del fondo y aparece la
- Reina; va vestida de blanco; un mantón oscuro y el capuchón, caído
- sobre la espalda, hacen resaltar más la palidez de su rostro; lleva
- una linterna sorda en la mano, la deja en el suelo y adelántase
- rápidamente hacia Ruy Blas._)
-
-
-ESCENA II
-
-RUY BLAS, LA REINA
-
-LA REINA (_entrando_).--¡Don César!
-
-RUY BLAS (_volviéndose con un movimiento de espanto, y tapando
-presuroso su librea_).--¡Dios mío! ¡Es ella! ¡En horrible lazo ha
-caído! (_En voz alta._) ¡Señora!...
-
-LA REINA.--¿Qué significa ese grito de espanto, César?...
-
-RUY BLAS.--¿Quién os dijo que viniérais aquí?
-
-LA REINA.--Tú.
-
-RUY BLAS.--¡Yo!... ¿Cómo?
-
-LA REINA.--He recibido de vos...
-
-RUY BLAS (_ansioso_).--¡Decid pronto!
-
-LA REINA.--Una carta.
-
-RUY BLAS.--¿De mí?
-
-LA REINA.--De vuestro puño y letra.
-
-RUY BLAS.--¡Esto es para volverse loco! Pero ¡si yo no he escrito;
-estoy seguro de ello!
-
-LA REINA (_sacando del seno un billete y mostrándolo_).--Leed, pues.
-
- (_Ruy Blas toma el billete con viveza y acércase á la luz._)
-
-RUY BLAS (_leyendo_).--«Un peligro terrible me amenaza, y sólo mi reina
-puede conjurar la tempestad...»
-
- (_Mira la letra con estupor, cual si no pudiera proseguir._)
-
-LA REINA (_continúa, mostrando con el dedo la carta que
-lee_).--«viniendo á mi casa esta noche. De lo contrario, estoy perdido.»
-
-RUY BLAS (_con voz apagada_).--¡Oh qué traición! Este billete...
-
-LA REINA (_continúa la lectura_).--«Junto á la puerta principal hay
-una entrada por donde podéis penetrar de noche sin ser reconocida. Una
-persona de confianza os abrirá.»
-
-RUY BLAS (_aparte_).--¡Había olvidado este billete! (_Á la Reina con
-voz terrible._) ¡Salid al punto!
-
-LA REINA.--Me marcharé, don César. ¡Oh Dios mío, qué duro sois! ¿Qué os
-he hecho?
-
-RUY BLAS.--¡Cielos! ¡aquí os perdéis, señora!
-
-LA REINA.--¿Cómo?
-
-RUY BLAS.--No puedo explicarlo. ¡Huíd pronto!
-
-LA REINA.--Para cumplir mejor, hasta tuve la precaución de enviar esta
-mañana una dueña...
-
-RUY BLAS.--¡Dios mío! me parece que vuestra existencia se extingue por
-momentos como la vida de un corazón que se desangra. ¡Partid pronto!
-
-LA REINA (_como herida de una idea súbita_).--La abnegación que mi amor
-soñó, me inspira: os halláis en algún momento de peligro y queréis
-alejarme de él... ¡Pues me quedo!
-
-RUY BLAS.--¡Qué loca idea, Dios mío! ¡Permanecer á tal hora en
-semejante sitio!
-
-LA REINA.--La carta es de vos, y por lo tanto...
-
-RUY BLAS (_elevando los brazos al cielo con desesperación_).--¡Bondad
-divina!
-
-LA REINA.--Queréis alejarme...
-
-RUY BLAS (_tomándole la mano_).--Comprended...
-
-LA REINA.--Adivino: en el primer momento me escribisteis, y después...
-
-RUY BLAS.--¡Nada os he escrito! ¡Huíd de aquí, pobre ángel, porque os
-han tendido un lazo! Por todas partes os rodean los peligros. ¿Cómo
-podré convenceros? ¡Escuchad, comprended; yo os amo, ya lo sabéis,
-y sólo para desechar de vuestro espíritu lo que ahora imagina, me
-arrancaría el corazón del pecho! ¡Oh! ¡yo te amo, pero véte!
-
-LA REINA.--¡Don César!...
-
-RUY BLAS.--¡Véte! Pero ahora se me ocurre... alguien debió abrirte la
-puerta...
-
-LA REINA.--Es claro.
-
-RUY BLAS.--¿Quién?
-
-LA REINA.--Un hombre enmascarado, oculto por la pared.
-
-RUY BLAS.--¡Enmascarado! ¿Y qué ha dicho ese hombre? ¿Quién puede ser?
-¿Era alto? ¡Vamos, hablad!...
-
- (_En la puerta del fondo aparece un hombre vestido de negro._)
-
-EL ENMASCARADO.--¡Era yo!
-
- (_Se quita el antifaz: la Reina y Ruy Blas reconocen con terror á D.
- Salustio._)
-
-
-ESCENA III
-
-Los mismos, D. SALUSTIO
-
-RUY BLAS.--¡Gran Dios!... ¡Huíd, señora!
-
-D. SALUSTIO.--Ya no es tiempo; la señora de Neuburgo ha dejado de ser
-reina de España.
-
-LA REINA (_con terror_).--¡Don Salustio!
-
-D. SALUSTIO (_mostrando á Ruy Blas_).--Para siempre seréis la compañera
-de ese hombre.
-
-LA REINA.--¡Gran Dios, era un lazo en efecto! Y don César...
-
-RUY BLAS (_desesperado_).--¡Ah, señora! ¿Qué habéis hecho?
-
-D. SALUSTIO (_adelantándose lentamente hacia la Reina_).--Estáis en mi
-poder; mas quiero hablaros sin excitar el enojo de Vuestra Majestad,
-porque no me domina la cólera. Escuchadme tranquilamente, y no hagamos
-ruido. Os encuentro sola con don César en su casa á media noche, y
-tratándose de una reina, este hecho basta, una vez público, para
-anular el matrimonio en Roma. El Santo Padre lo sabría muy pronto;
-pero examinada detenidamente vuestra situación, todo puede arreglarse
-dentro. (_Saca de su bolsillo un pergamino, desarróllale y le presenta
-á la Reina._) Firmad esta carta, dirigida al Rey Nuestro Señor; yo haré
-que llegue en breve á sus manos; y en cuanto á vos, abajo os espera
-un coche que he mandado llenar de oro, y en el cual partiréis con don
-César al punto. Yo os presto mi auxilio, y sin que nadie os inquiete,
-podréis llegar á Portugal. Desde aquí, dirigíos á donde os plazca, pues
-á mí me es igual: nosotros cerraremos los ojos. Obedecedme. En este
-momento, nadie sabe la aventura más que yo; pero si rehusáis, todo
-Madrid conocerá el hecho mañana. Y nada de arrebatos, porque estáis
-en mi poder. (_Señalando la mesa, en la que hay recado de escribir._)
-Podéis tomar asiento, señora.
-
-LA REINA (_se deja caer aterrada en un sillón_).--¡Estoy en su poder!
-
-D. SALUSTIO.--Sólo exijo de vos el consentimiento para llevar el
-escrito al Rey. (_En voz baja á Ruy Blas, que escucha inmóvil, poseído
-de estupor._) ¡Déjame hacer, amigo, que para ti trabajo! (_Á la
-Reina._) ¡Firmad!
-
-LA REINA (_temblando y aparte_).--¿Qué hacer?
-
-D. SALUSTIO (_inclinándose á su oído y presentándole la
-pluma_).--¡Vamos! ¿Qué vale una corona? Si perdéis el trono, en cambio
-se os ofrece la felicidad. Por lo demás, no tengáis cuidado; nadie
-sabrá nada de esto, porque tengo toda mi gente fuera. (_Tratando
-de ponerle la pluma entre los dedos, sin que ella la rechace ni la
-tome._) ¡Vamos! (_La reina, indecisa y aterrada, le mira con expresión
-angustiosa._) ¡Si no firmáis, os espera el escándalo y el claustro!
-
-LA REINA (_agobiada_).--¡Oh Dios mío!
-
-D. SALUSTIO (_mostrando á Ruy Blas_).--César os ama; le creo digno de
-vos; es de noble alcurnia, duque de Olmedo, Bazán y grande de España...
-
- (_Empuja hacia el pergamino la mano de la Reina, que temblorosa y
- fuera de sí parece dispuesta á firmar._)
-
-RUY BLAS (_como volviendo en sí de improviso_).--¡Yo me llamo Ruy
-Blas, y soy un lacayo! (_Arrancando de manos de la Reina la pluma y el
-pergamino, y rasgando este último._) ¡Al fin!... ¡Me sofocaba!... ¡No
-firméis, señora!
-
-LA REINA.--¿Qué decís, don César?...
-
-RUY BLAS (_dejando caer su toga y mostrándose con la librea sin
-espada_).--Digo que ya basta de traiciones; que no quiero la felicidad
-á este precio. ¡Ah! es inútil que me habléis al oído, don Salustio;
-tiempo era ya de despertarme y de romper los lazos que me ligaban en
-vuestros odiosos planes. No pasaremos de aquí. ¡Si yo tengo el traje de
-lacayo, vos tenéis de lacayo el alma!
-
-D. SALUSTIO (_á la Reina, con frialdad_).--Ese hombre es efectivamente
-mi lacayo. (_Á Ruy Blas con autoridad._) ¡Ni una palabra más!
-
-LA REINA (_dejando escapar al fin un grito de desesperación y
-retorciéndose los brazos_).--¡Santo cielo!
-
-D. SALUSTIO (_continuando_).--Sólo que ha hablado demasiado pronto.
-(_Crúzase de brazos; irguiéndose y con voz tonante._) ¡Pues bien, sí;
-ahora digámoslo todo; poco importa, porque así será mi venganza más
-completa! (_Á la Reina._) ¿Qué pensáis de esto, señora? Á fe mía que la
-corte se reirá bien. ¡Ah! ¡vos me arruinasteis, y yo os destrono! ¡Vos
-tuvisteis á bien desterrarme, y yo os expulso! ¡Vos me ofrecisteis para
-esposa vuestra criada; yo os doy por amante mi lacayo! También podéis
-uniros con él, puesto que el rey se va; y así su corazón será vuestra
-riqueza. (_Riendo._) ¡Y le habréis hecho duque á fin de ser duquesa!
-(_Rechinando los dientes._) ¡Ah, me habéis hundido, arruinado, y entre
-tanto vos dormíais tranquila y confiada! ¡Qué locura!
-
- (_Mientras que habla, Ruy Blas se acerca á la puerta del fondo, la
- cierra con llave, y después se acerca á don Salustio por detrás, sin
- que éste lo note. En el momento en que acaba de hablar, fijando en la
- Reina una mirada de odio y de triunfo, Ruy Blas coge la espada de D.
- Salustio por la empuñadura y la desenvaina vivamente._)
-
-RUY BLAS (_con aspecto terrible y la espada en la mano_).--¡Paréceme
-que acabáis de insultar á vuestra Reina! (_D. Salustio se precipita
-hacia la puerta; Ruy Blas le cierra el paso._) ¡Oh! no vayáis por ahí
-que está cerrado. Marqués, hasta este día Satanás te ha protegido; mas
-ahora no escaparás de mis manos; si de mi poder quiere arrancarte,
-que se presente. ¡Ahora llegó mi vez, y aplasto á la serpiente que
-encuentro en mi camino! ¡Nadie entrará aquí, ni el diablo ni tu gente,
-y te sujetaré bajo mi pie de acero! Señora, este hombre os hablaba
-con insolencia, y yo voy á explicarme... Ante todo os diré que es un
-desalmado, un monstruo, y que ayer me martirizó á su antojo cruelmente.
-No podríais imaginar hasta qué punto lloré y supliqué. (_Al marqués._)
-Me explicabais vuestras quejas, hablándome de agravios recibidos;
-pero yo no comprendí. ¡Ah, miserable! ¡osáis ultrajar á vuestra Reina
-estando yo aquí! Me asombra que podáis ser hombre de ingenio. ¿Creíais
-que yo permanecería impasible? Escuchad, sea cual fuere su esfera,
-cuando un hombre, un traidor, ultraja á una mujer, ó comete algún
-delito monstruoso, todos tenemos derecho para escupirle á la cara y
-aplicarle el castigo. ¡Pardiez, si he sido lacayo, también podré ser
-verdugo!...
-
-LA REINA.--¡No matéis á ese hombre!
-
-RUY BLAS.--Con sentimiento debo ejercer ante vos mis funciones, señora,
-porque es forzoso acabar con el asunto en este sitio. (_Empuja á D.
-Salustio hacia el gabinete._) ¡Está dicho; id á poneros bien con Dios
-ahí dentro!
-
-D. SALUSTIO.--¡Es un asesinato!
-
-RUY BLAS.--¿Te parece así?
-
-D. SALUSTIO (_desarmado y paseando una mirada de cólera á su
-alrededor_).--¡Ni un arma en esas paredes! (_Á Ruy Blas._) ¡Una espada
-al menos!
-
-RUY BLAS.--¡Marqués, tú te burlas! ¿Soy yo caballero acaso para cruzar
-contigo el acero? Yo no soy más que un vil lacayo, que viste librea
-galoneada, un bergante á quien se castiga y se azota. ¡Pero ahora te
-voy á matar, como á un infame cobarde, como á un perro!
-
-LA REINA.--¡Gracia para él!
-
-RUY BLAS (_á la Reina, cogiendo al marqués_).--Señora, aquí cada cual
-se venga; el demonio no puede ser salvado por el ángel.
-
-LA REINA (_de rodillas_).--¡Gracia!
-
-D. SALUSTIO (_gritando_).--¡Al asesino! ¡Socorro!
-
-RUY BLAS (_levantando la espada_).--¿Has acabado ya?
-
-D. SALUSTIO (_arrojándose sobre él y gritando_).--¡Muero asesinado!
-
-RUY BLAS (_empujándole en el gabinete_).--¡No, mueres castigado!
-
- (_Desaparecen en el gabinete, cuya puerta se cierra._)
-
-LA REINA (_sola, cae desvanecida en el sillón_).--¡Cielos!
-
- (_Sigue una pausa; Ruy Blas vuelve á entrar, pálido y sin espada._)
-
-
-ESCENA IV
-
-LA REINA, RUY BLAS
-
- (_Ruy Blas da algunos pasos vacilando hacia la Reina, inmóvil y
- helada, y después cae de rodillas, con la vista fija en el suelo,
- cual si no se atreviese á levantarla._)
-
-RUY BLAS (_con voz grave y baja_).--Ahora, señora, es preciso que os
-hable... pero no me acercaré. Os juro que no soy tan culpable como me
-creéis. Reconozco mi traición, que debe pareceros horrible..., quisiera
-referíroslo todo, mas no es fácil. Sólo puedo decir que no tengo el
-alma vil, y que soy honrado en el fondo... Mi amor me ha perdido, y
-harto conozco que debí buscar algún otro medio. En fin, el mal está
-hecho... perdonadme, señora, por haberos amado.
-
-LA REINA.--¡Caballero!...
-
-[Ilustración: LA REINA.--¡_Ruy Blas_!]
-
-RUY BLAS (_siempre de rodillas_).--No temáis; no me acercaré á Vuestra
-Majestad; pero voy á decirlo todo, punto por punto. ¡Oh! creedme, no
-soy un vil; hoy he corrido por la ciudad como un loco, y la gente me
-miraba; cerca del hospital que habéis fundado, sentí vagamente que una
-mujer del pueblo enjugaba compasiva el sudor que brotaba de mi frente.
-¡Compadeceos de mí, Dios mío, mi corazón se rompe!
-
-LA REINA.--¿Qué deseáis?
-
-RUY BLAS (_uniendo las manos_).--Que me perdonéis, señora.
-
-LA REINA.--¡Nunca!
-
-RUY BLAS.--¡Nunca! (_Se levanta y adelántase hacia la mesa._) ¿Es esa
-vuestra resolución?
-
-LA REINA.--¡Sí!
-
-RUY BLAS (_coge el frasco que está sobre la mesa, acércale á sus labios
-y apura el contenido_).--¡Triste llama, extínguete de una vez!
-
-LA REINA (_corriendo hacia él_).--¿Qué hace?
-
-RUY BLAS (_dejando el frasco_).--¡Nada! Mis males han terminado; me
-maldecís, y yo os bendigo; esto es todo.
-
-LA REINA (_aterrada_).--¡Don César!
-
-RUY BLAS.--¡Cuando pienso, pobre ángel, que me habéis amado!
-
-LA REINA.--¿Qué filtro es ese? ¿Qué habéis hecho? ¡Decídmelo,
-contestadme, hablad! ¡César, yo te perdono, te amo y te creo!
-
-RUY BLAS.--Me llamo Ruy Blas.
-
-LA REINA (_rodeándole con sus brazos_).--Ruy Blas, os perdono; pero
-¿qué habéis hecho? ¡Hablad, yo os lo mando! ¿Es veneno ese horrible
-licor?
-
-RUY BLAS.--Sí; pero siento alegría en el corazón. (_Abrazando á la
-Reina y levantando los ojos al cielo._) ¡Permitid, oh Dios mío, que
-este pobre lacayo bendiga á su Reina, porque ella consoló su triste
-corazón; permitid que por su piedad muera ya que por su amor vivió!
-
-LA REINA.--¡Dios mío!¡Un veneno! ¡Y yo soy la causa de su muerte! ¡Yo
-te amo, y te había perdonado!
-
-RUY BLAS (_desfallecido_).--Lo mismo hubiera hecho. (_Su voz se apaga;
-la Reina le sostiene en sus brazos._) Ya no podía vivir. ¡Adiós!
-(_Mostrando la puerta._) ¡Huíd de aquí! Todo quedará en secreto... ¡Yo
-muero!
-
- (_Cae._)
-
-LA REINA (_arrojándose sobre su cuerpo_).--¡Ruy Blas!
-
-RUY BLAS (_á punto de morir, vuelve en sí al oir su nombre pronunciado
-por la Reina_).--¡Gracias!
-
-[Ilustración]
-
-
-
-
-ÍNDICE
-
-
- PÁGINAS.
-
-LUCRECIA BORGIA
-
- Prefacio. 7
-
- LUCRECIA BORGIA: Drama en tres actos. 13
-
- Acto primero -- Afrenta sobre afrenta.
-
- Parte primera. 15
-
- Parte segunda. 34
-
- Acto II -- La pareja.
-
- Parte primera. 49
-
- Parte segunda. 73
-
- Acto III -- Embriaguez mortal. 79
-
-
-MARÍA TUDOR
-
- Prefacio. 101
-
- MARÍA TUDOR: Drama en tres jornadas. 105
-
- Jornada primera -- El hombre del pueblo. 107
-
- Jornada segunda -- La reina. 139
-
- Jornada tercera -- ¿Cuál de los dos?
-
- Parte primera. 165
-
- Parte segunda. 190
-
-
-LA ESMERALDA
-
- Prefacio. 205
-
- LA ESMERALDA: Libreto de ópera en cuatro actos. 207
-
- Acto primero. 209
-
- Acto II. 221
-
- Acto III. 231
-
- Acto IV. 239
-
-
-RUY BLAS
-
- Prólogo. 255
-
- RUY BLAS: Drama en cinco actos. 263
-
- Acto primero -- Don Salustio. 265
-
- Acto II -- La reina de España. 289
-
- Acto III -- Ruy Blas. 311
-
- Acto IV -- Don César. 331
-
- Acto V -- El tigre y el león. 361
-
-*** END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK DRAMAS (2 DE 2) ***
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